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domingo, 1 de noviembre de 2009

LOS CUENTOS DE ZOTHIQUE -- NIGROMANCIA EN NAAT




NIGROMANCIA EN NAAT


"..Añorando la muerte, cada vez más alejados del dolor; es dulce y suave el amor animado por las sombras, la felicidad que los amantes muertos prueban en Naat, al otro lado del oscuro océano."

Canción de los esclavos de las galeras. Zothique.


Uno a uno sus seguidores habían ido muriendo, bien a causa de extrañas fiebres o debido a la dureza del viaje. Después de mucho vagabundeo al azar siguiendo rumores falsos, había llegado, solo, a Oroth, un puerto occidental situado en el país de Xylac.

Allí oyó algo que quizá se refiriese a Dalili: la gente de Oroth todavía hablaba sobre la partida de una rica galera que llevaba a una encantadora muchacha procedente de lejanas tierras y que respondía a su descripción. La esclava había sido comprada por el rey de Xylac y enviada al emperador de Yoros, un reino situado lejos, hacia el sur, como un regalo que sellaba un pacto entre ambos países.

Yadar, con esperanzas ahora de encontrar a su bienamada, tomó pasaje en un barco que estaba a punto de emprender la navegación hacia Yoros. La nave era una pequeña galera mercante, cargada de trigo y vino, que navegaría costeando, siguiendo de cerca el sinuoso litoral occidental de Zothique, sin aventurarse nunca a perder de vista la tierra firme. En un claro día azul de verano, partió de Oroth con todos los augurios de un viaje seguro y tranquilo. Pero a la tercera mañana después de salir del puerto, un viento tremendo se levantó repentinamente, soplando desde la baja costa que estaban bordeando por entonces, acompañado de una oscuridad como la de una noche cubierta de nubes que no permitía ver ni el mar ni el cielo; la nave fue arrastrada muy lejos, navegando a ciegas con la ciega tempestad.

Después de dos días, la enloquecedora furia del viento cesó y pronto no fue más que un vago susurro, los cielos se aclararon y una brillante bóveda de azur se extendió de horizonte a horizonte. Pero en ningún lugar había tierra a la vista, sólo un desierto de agua que continuaba rugiendo y arremolinándose violentamente, aunque no había viento, dirigiéndose hacia el oeste formando una corriente demasiado rápida y fuerte para que la nave pudiese vencerla. Así la galera fue arrastrada hacia adelante de forma irresistible por aquella extraña
corriente, como por un huracán.

Yadar, que era el único pasajero, estaba grandemente maravillado ante este hecho y le sobresaltó ver el lívido terror que había aparecido en los rostros del capitán y los tripulantes. Y mirando de nuevo hacia el mar, observó un extraño oscurecimiento de las aguas que, de momento a momento, adquirían un tono parecido al de sangre vieja, mezclado con más y más oscuridad, aunque el sol brillaba sin mácula por encima de sus cabezas. Por tanto, interrogó al capitán, un hombre de barba gris procedente de Yoros y llamado Agor, que había surcado el océano durante cuarenta veranos, y el capitán le contesto:

—Cuando la tormenta nos llevó hacia el oeste he comprendido que hemos sido atrapados por esa terrible corriente marina que los marineros llaman el río Negro. La corriente nos empuja y acelera su curso cada vez más, hasta llevarnos al lugar más alejado donde se pone el sol, donde se despeña desde el borde del mundo. Ahora entre nosotros y ese extremo final no hay tierra alguna, excepto la maldita isla de Naat, llamada también la isla de los Nigromantes. Yo no sé qué destino sería peor, si naufragar en esa isla infame o precipitarse en el espacio
arrastrados por las aguas desde el límite de la tierra. Para hombres vivos como nosotros no hay retorno desde ninguno de esos dos lugares. Y nadie sale de la isla de Naat, excepto los malvados hechiceros que la habitan y los muertos que son resucitados y controlados por sus brujerías. Cuando quieren, los magos navegan hacia otras costas en naves mágicas que remontan el río Negro, y para cumplir con sus siniestros deseos, además de su magia emplean a los muertos, que nadan sin pausa durante días y noches hacia donde los amos les envíen. Yadar, que sabía poco de brujos y nigromancia, se sentía algo incrédulo en lo que se refería a aquellas cosas. Pero vio que las aguas, cada vez más negras, se dirigían salvaje y torrencialmente hacia la línea del horizonte y que, en verdad, había pocas esperanzas de que la galera pudiese volver a poner su rumbo hacia el sur. Lo que más le preocupaba era el pensamiento de que nunca alcanzaría el reino de Yoros, donde había soñado encontrar a Dalili.

Durante todo el día la nave fue arrastrada por los oscuros mares que corrían en forma extraña bajo un cielo inmaculado y como sin aire. El anaranjado atardecer fue seguido de una noche repleta de grandes estrellas inmóviles, que al final fue sucedida por el volátil ámbar de la mañana. Pero las aguas continuaban sin calmarse y en la inmensidad que rodeaba la galera no se discernía ni una tierra ni una nube.

Yadar no habló mucho con Agor y los tripulantes, después de preguntarles la razón de la negrura del océano, que era una cosa no comprendida por ningún hombre. La desesperación cayó sobre él, pero, de pie sobre el puente, observaba el cielo y las olas con una agudeza que había adquirido en su vida nómada. Hacia el atardecer, percibió a lo lejos una extraña nave con velas de un fúnebre púrpura, que avanzaba continuamente, siguiendo un rumbo hacia el este contra la poderosa corriente. Llamó la atención de Agor sobre el navío, y éste le dijo, musitando entre dientes juramentos de marino, que la nave pertenecía a los nigromantes de Naat.

Las velas pupúreas se perdieron pronto de vista, pero un poco más tarde Yadar percibió ciertos objetos semejantes a cabezas humanas que pasaban a sotavento de la galera entre las encrespadas aguas. Considerando que ningún hombre mortal podía nadar así, y recordando lo que Agor le había dicho referente a los nadadores muertos que salían de Naat, Yadar fue consciente de que temblaba en la forma en que un hombre valiente puede hacerlo en presencia de cosas sobrenaturales. No mencionó el asunto a nadie y, aparentemente, los objetos
semejantes a cabezas no fueron advertidos por sus compañeros.

La galera continuaba su carrera, los remeros se sentaban ociosos en sus bancos y el capitán se erguía, indiferente, al lado del desatendido timón.

Al caer la noche, cuando el sol se ponía sobre aquel tumultuoso océano de ébano, pareció que un gran banco de nubes tormentosas se elevaba por el oeste, larga y chata al principio, pero elevándose rápidamente hacia el cielo con montañosas cumbres. Descollaba cada vez más alta, revelando la amenaza de una serie de acantilados v sombríos y terribles salientes, pero su forma no cambiada como lo hacen las nubes, y Yadar' se dio cuenta, al fin, de que era una isla que se destacaba en solitario a lo lejos a los bajos rayos del ocaso. Lanzaba a su alrededor una sombra de leguas de extensión que oscurecía todavía más las oscuras aguas, como si la noche hubiese caído allí precipitadamente y, en la sombra, las crestas espumosas que brillaban sobre los ocultos arrecifes eran tan blancas como los desnudos dientes de la muerte. Y Yadar no necesitó de los agudos y asustados gritos de sus compañeros para saber que aquélla era la terrible isla de Naat.

La corriente aumentó horriblemente, encrespándose, mientras se precipitaba a la batalla contra la costa defendida por rocas, y su clamor ahogó las voces de los marineros que oraban en voz alta a sus dioses. Yadar, de pie en la proa, dirigió solo una silenciosa plegaria a la lúgubre y fatal deidad de su tribu; sus ojos, escudriñando la masa de la isla como los de un halcón volando sobre el mar, vieron los desnudos y bajando hacia el mar entre los acantilados y la línea blanca de una monstruosa rompiente sobre una costa sombría.

El aspecto de la isla era lúgubre y ominoso y el corazón de Yadar se hundió como una sonda en un mar sin sol. Cuando la galera llegó más cerca de la costa, creyó ver gente moviéndose en la oscuridad visible entre golpe y golpe de mar sobre la baja playa y oculta de nuevo por la espuma y el rocío del mar. Antes de que pudiera verlos por segunda vez, la galera fue lanzada con estruendo y chasquido atronadores sobre un arrecife enterrado bajo las torrenciales aguas. La parte delantera de la proa y del fondo se rompieron, y al levantarla sobre el arrecife
una segunda ola, se llenó instantáneamente de agua y se hundió. El único de todos los que habían salido de Oroth que saltó antes de que la nave se fuese al fondo fue Yadar, pero puesto que su habilidad como nadador no era demasiado grande, fue arrastrado rápidamente hacia abajo y estuvo a punto de ahogarse en los remolinos de aquel mar maldito.

Perdió el sentido, y en su cerebro, como un sol perdido que vuelve del pasado, contempló el rostro de Dilili y, junto a ella, en una brillante fantasmagoría, volvieron los días felices que habían vivido antes de la desgracia. Las visiones desaparecieron y se despertó forcejeando, con el amargo sabor del mar en la boca, su rugido en los oídos y su rápida oscuridad a su alrededor. Y al aguzarse sus sentidos, se dio cuenta de que una forma nadaba a su lado y unos brazos le sostenían en el agua.

Levantó la cabeza y vio vagamente el pálido cuello y el rostro medio vuelto de su salvador y el largo cabello negro que flotaba de una ola a otra. Tocando el cuerpo a su lado, supo que era el de una mujer. Aunque estaba aturdido y mareado por el movimiento del mar, la sensación de algo familiar se movió en su interior y pensó que, en algún lugar, en algún momento anterior, había conocido a una mujer con un cabello semejante y un corte de cara parecido. Intentando recordar, tocó de nuevo a la mujer y sintió en sus dedos una extraña frialdad que venía de su cuerpo desnudo.

La fuerza y habilidad de la mujer eran milagrosas, pues se dejaba llevar con facilidad sobre el aterrador subir y bajar del oleaje. Yadar, flotando en sus brazos como en una cuna, divisó la costa que se aproximaba desde la cumbre de las olas y le pareció difícil que un nadador, por hábil que fuese, pudiese salir con vida de la fuerza de aquellas aguas. Al fin, y como en sueños, fueron lanzados hacia arriba, como si el oleaje fuese a golpearlos contra el acantilado mayor de todos, pero como controlada por algún hechizo, la ola se derrumbó lenta y perezosamente, y Yadar y su salvadora, liberados por su reflujo, yacieron sanos y salvos sobre un saliente arenoso.

Sin pronunciar palabra, ni volverse a mirar a Yadar, la mujer se puso en pie, y haciéndole seña de que le siguiera se alejó en el mortecino azul del atardecer que había caído sobre Naat. Yadar, levantándose y siguiendo a la mujer, escuchó un extraño y etéreo cántico que sobresalía por encima del tumulto del mar y vio, a cierta distancia ante él en la penumbra, una hoguera que brillaba de forma extraña. La mujer se encaminó directamente hacia el fuego y las voces. Y Yadar, cuyos ojos se habían acostumbrado a aquella dudosa oscuridad, vio que la hoguera se encontraba en la boca de un desfiladero profundo entre los acantilados que dominaban la playa, y detrás de ella, como sombras altas y demoniacas estaban las figuras, oscuramente vestidas, de los que cantaban.

En aquel momento le volvió a la memoria lo que le había dicho el capitán de la galera respecto a los nigromantes de Naat y sus prácticas. El mismo sonido de aquel cántico, pronunciado en un lenguaje desconocido, parecía suspender el flujo de sus venas dejando su corazón sin sangre y helaba sus entrañas con la frialdad de la tumba. Y aunque él sabía muy poco de aquellos asuntos, le asaltó el pensamiento de que las palabras que estaba oyendo eran de importancia y poder mágicos.

Adelantándose, la mujer se inclinó ante los cantores como una esclava. Los hombres, que eran tres, continuaron sin detenerse con su cántico. Eran de gran estatura, lívidos como garzas hambrientas, y muy parecidos entre sí; lo único visible de sus hundidos ojos eran las chispas rojas de la hoguera reflejadas en ellos. Mientras cantaban, sus ojos parecían mirar a lo lejos sobre el oscuro mar y sobre cosas ocultas por la oscuridad y la distancia. Y Yadar, acercándose a ellos, se dio cuenta de que el horror y la repugnancia atenazaban su garganta, como si hubiese encontrado, en un lugar entregado a la muerte, la poderosa y siniestra madurez de la corrupción.

Las llamas dieron un salto, con un torbellino de lenguas que semejaban serpientes azules y verdes enroscándose entre serpientes amarillas. Y la luz se reflejó sobre el rostro y los pechos de la mujer que había salvado a Yadar del río Negro... ¡Contemplándola de cerca, supo por qué había agitado vagos recuerdos en su interior, porque no era otra que su perdido amor, Dalili!

Olvidando la presencia de los oscuros cantores, se lanzó hacia adelante para abrazar a su bienamada, gritando su nombre en una agonía de éxtasis. Pero ella no le contestó y sólo respondió a su abrazo con un leve temblor. Yadar, profundamente perplejo y desmayado, se dio cuenta de la mortal frialdad que, procedente de su carne, se insinuaba por sus dedos y atravesaba incluso sus vestiduras. Los labios que besó estaban mortalmente pálidos y lánguidos y parecía que de ellos no salía ningún aliento; el lívido pecho apretado contra el suyo no se elevaba y descendía con la respiración. En los amplios y hermosos ojos que ella volvió hacia él sólo encontró un soñoliento vacío y el tipo de reconocimiento de un durmiente que sólo se ha despertado a medias y cae rápidamente en el sueño otra vez.

—¿Eres realmente Dalili?—dijo.

Ella contestó, como medio dormida, con voz monótona e indecisa:

—Soy Dalili.

Para Yadar, estupefacto por aquel misterio, desesperado y apenado, fue como si ella le hubiese hablado desde un país mucho más allá que todas las fatigosas leguas que había recorrido en su búsqueda. Temiendo comprender el cambio que había tenido lugar en ella, le dijo tiernamente:

—Tienes que acordarte de mí, porque soy tu amante, el príncipe Yadar, que te ha buscado por la mitad de los reinos de la tierra y, por tu causa, ha navegado hasta aquí, sobre el océano abierto.

Ella replicó como alguien que está bajo los efectos de alguna pesada droga, repitiendo sus palabras sin comprenderlas realmente.

—Claro que te conozco.

Esta respuesta no consoló a Yadar, y su preocupación no disminuyó ante las cortas respuestas con que ella contestó a todas sus cariñosas preguntas y frases.

No advirtió que los tres cantores habían terminado con su canto y, en realidad, se había olvidado de su presencia. Pero mientras seguía abrazado tiernamente a la muchacha, los hombres se le acercaron, y uno de ellos le sujetó por el brazo. El hombre le saludó por su nombre y se dirigió a él, aunque algo rudamente, en un lenguaje hablado en muchas regiones de Zothique, diciendo:

—Te damos la bienvenida a la isla de Naat.

Yadar, sintiendo una aterradora sospecha, interrogó fieramente al hombre.

—¿Qué clase de seres sois vosotros? ¿Por qué está aquí Dalili? ¿Qué le habéis hecho?

—Soy Vacharn, un nigromante—contestó el hombre—, y aquellos otros que están conmigo son mis hijos, Vokal y Uldulla, que también son nigromantes. Vivimos en una casa detrás del acantilado y nuestros sirvientes están formados por los ahogados que nuestra magia ha rescatado del mar. Entre ellos se encuentra esta muchacha, Dalili, junto con la tripulación del barco en el que había partido de Oroth. Al igual que la nave en la que tú llegaste después, la suya fue arrastrada mar adentro y cayó más tarde en el río Negro, destrozándose finalmente contra los acantilados de Naat. Mis hijos y yo, cantando esa poderosa fórmula que no requiere el uso del círculo o del pentágono, trajimos a tierra a todos los ahogados, de la misma forma que ahora acabamos de llamar a la tripulación de esta otra nave, de la que sólo tú has salido con vida, rescatado por la nadadora muerta cumpliendo nuestras órdenes.

Vacharn terminó y se quedó mirando fijamente la oscuridad. Detrás suyo, Yadar oyó el sonido de unas lentas pisadas subiendo sobre los guijarros desde la playa. Dando media vuelta, vio emerger de la lívida oscuridad al viejo capitán de aquella galera en la que había viajado hasta Naat; detrás del capitán venían los marineros y remeros. Se acercaron a la luz de la hoguera andando como sonámbulos, el agua del mar caía abundantemente de su cabello y vestiduras y babeaba de sus bocas. Algunos mostraban fuertes magulladuras, otros se tambaleaban o arrastraban a causa de alguna extremidad rota por las rocas sobre las que el mar los había arrojado, pero sus rostros tenían el aspecto que tienen los hombres que han muerto ahogados.

Rígidamente, como autómatas, rindieron homenaje a Vacharn y sus hijos, reconociendo así su servidumbre a aquellos que les habían llamado de la profunda muerte. Sus ojos vidriosos no dieron muestra de reconocer a Yadar ni de tener conciencia de las cosas exteriores, y sólo hablaron para reconocer, monótona y maquinalmente, ciertas palabras que les dirigieron en voz baja los nigromantes.

Yadar actuaba como si él también fuese un muerto en vida en un sueño oscuro, hueco y semiconsciente. Caminando al lado de Dalili y seguido de aquellos otros, los encantadores le condujeron a través de un oscuro cañón que serpenteaba secretamente hacia las alturas de Naat. En su corazón no había demasiada alegría por haber encontrado a Dalili y su amor estaba acompañado de una sombría desesperación.

Vacharn guiaba el camino con una rama cogida de la hoguera. En seguida surgió una voluminosa luna, roja como con sangre mezclada de sanies, que iluminó el mar, furioso y rugiente. Antes de que su globo hubiese adquirido la palidez de la muerte, salieron de la garganta y llegaron a una planicie rocosa donde se encontraba la casa de los tres nigromantes.

La casa era de granito oscuro, con largas alas bajas que se escondían entre el follaje de los cercanos cipreses. A sus espaldas se alzaba otro acantilado, y sobre éste, colinas y cordilleras sombrías se amontonaban a la luz de la luna, alejándose hacia el montañoso centro de Naat.

Parecía que la mansión era un lugar vaciado por la muerte, no había luces ni en las puertas ni en las ventanas y el silencio de su interior igualaba la tranquilidad de los lívidos cielos. Pero al acercarse los hechiceros al umbral, Vacharn pronunció una sola palabra que retumbó a lo lejos en los salones interiores, y como en respuesta, repentinamente brillaron lámparas por todas partes, llenando la casa con sus monstruosos ojos amarillos, e instantáneamente apareció gente en las puertas, sombras que se inclinaban. Pero los rostros de aquellos seres estaban blancos por la palidez de la tumba, algunos mostraban manchas verdes de putrefacción o estaban marcados por el sinuoso roer de los gusanos...

Yadar fue invitado a sentarse a la mesa, donde Vacharn, Vokal y Uldulla comían normalmente solos, en un gran salón de la casa. La mesa estaba dispuesta sobre una plataforma de enormes losas de piedra, y a un nivel más bajo los muertos se apiñaban alrededor de las otras mesas en número que casi llegaba a la cuarentena; entre ellos se sentaba Dalili, que nunca miraba hacia Yadar. El se hubiese reunido con ella, no queriendo separarse de su lado, pero estaba dominado por un profundo sopor, como si un hechizo innombrable le atase las piernas y no pudiese moverse ya por su propia voluntad.

Embotado, se sentó con sus taciturnos y lúgubres anfitriones, que al vivir siempre rodeados por los silenciosos muertos habían adquirido un aire y costumbres muy parecidos a ellos. Y vio, con más claridad que antes, la semejanza común entre los tres, porque daba la impresión de que todos fuesen hermanos con un mismo nacimiento, antes que padre e hijos. Parecían que no tuviesen edad, y no eran ni viejos ni jóvenes, como los hombres ordinarios. Cada vez era más consciente de aquella extraña maldad que emanaba de los tres, poderosa y aborrecible como una exhalación de muerte oculta.

Dominado por aquel embotamiento, apenas se maravilló ante el servicio de aquella extraña comida, aunque ésta no era traída por ningún agente palpable, y los vinos se servían desde el propio aire; el paso de los sirvientes de un lado para otro solamente era traicionado por un rumor de vacilantes pisadas y una ligera frialdad que iba y
venía.
En silencio, con gestos y movimientos rígidos, los muertos comenzaron a comer en sus mesas. Pero los nigromantes se abstuvieron de las vituallas ante ellos, en actitud de espera, y Vacharn dijo al nómada:

—Hay otros que cenarán esta noche con nosotros.

Yadar percibió entonces una silla vacía, colocada al lado de la silla de Vacharn.

Pronto entró, por una puerta que daba al interior de la casa, un hombre de gran corpulencia y estatura, desnudo y de un color tostado que casi llegaba a la negrura. Tenía un aspecto salvaje y sus ojos se dilataron a causa de la rabia o del terror, mientras que sus gruesos labios purpúreos estaban orlados de espuma. Detrás de él, levantando amenazadoramente sus pesadas y herrumbrosas cimitarras, entraron dos de los marineros muertos a manera de guardianes de un prisionero.

—Este hombre es un caníbal —dijo Vacharn—. Nuestros sirvientes le han capturado en el bosque al otro lado de las montañas, que es donde habita su salvaje pueblo. Sólo los más fuertes y bravos son llamados vivos a esta mansión... No en vano, oh príncipe Yadar, fuiste escogido para tal honor. Observa atentamente todo lo que pase.

El salvaje se había detenido en el umbral, como si temiese más a los ocupantes del salón que a las armas de sus guardianes. Uno de los espectros golpeó su hombro izquierdo con la herrumbrosa hoja y la sangre saltó de la profunda herida, mientras el caníbal se adelantaba después de aquel aviso. Temblaba tan convulsivamente como un animal asustado, mirando aterrorizado a ambos lados en busca de un medio de escape, y sólo después de un segundo golpe subió a la plataforma y se acercó a la mesa de los nigromantes. Pero tras ciertas palabras de hueco sonido pronunciadas por Vacharn, el hombre se sentó, todavía temblando, en la silla al lado de la del amo y enfrente de Yadar. Detrás de él se estacionaron sus espectrales guardianes con las armas en alto; sus
rasgos eran los de hombres que llevan muertos dos semanas.

—Todavía falta otro invitado —dijo Vacharn—. Vendrá más tarde y no hay necesidad de esperar por él.

Sin más ceremonia comenzó a comer, y Yadar le siguió, aunque con poco apetito. El príncipe apenas percibía el sabor de las viandas que llenaban su plato, ni podría haber jurado si los vinos que bebía eran dulces o amargos. Sus pensamientos estaban divididos entre Dalili y la extrañeza y el terror de todo lo que le rodeaba.

Mientras comía y bebía sus sentidos se aguzaron de forma extraña y se dio cuenta de las sombras horribles que se movían entre las lámparas y escuchó el frío silbido de unos susurros, que detuvieron hasta su sangre. Y desde el concurrido salón, todos los olores que la mortalidad puede exhalar entre la muerte reciente y el fin de la corrupción llegaron hasta él.

Vacharn y sus hijos se dedicaron a la comida con la despreocupación de los que hace mucho que están acostumbrados a semejantes ambientes. Pero el caníbal, cuyo terror era todavía palpable, se negó a tocar la comida que estaba ante él. La sangre corría incesantemente en dos pesados surcos por su pecho, desde sus hombros heridos, y goteaba de forma audible sobre las losas de piedra.

Finalmente, ante la insistencia de Vacharn, que hablaba en la propia lengua del caníbal, se persuadió a beber una copa de vino. Este vino no tenía el mismo color del que había sido servido al resto de la compañía, y era de un color violeta oscuro, como el capullo de la belladona, mientras el restante era de un rojo amapola. Apenas lo había probado cuando cayó hacia atrás en su silla con el aspecto de alguien indefenso por un ataque de parálisis. La copa todavía continuaba sujeta entre sus rígidos dedos y derramó el resto de su contenido; no se advertía ningún movimiento ni temblor en sus extremidades y sus ojos estaban completamente abiertos, mirando fijamente, como si quedase todavía conciencia en su interior.

Una horrible sospecha surgió en Yadar y ya no pudo continuar comiendo la comida y bebiendo el vino de los nigromantes. Se quedó sorprendido por las acciones de sus anfitriones, que, absteniéndose de igual forma, se dieron la vuelta en sus asientos y contemplaron fijamente una porción del suelo a espaldas de Vacharn, entre la mesa y el extremo interno del salón.

Yadar, elevándose un poco en el asiento, miró por encima de la mesa y percibió un pequeño agujero en una de las losas. El agujero era del tipo que podría servir de madriguera a un pequeño animal, pero no podía imaginarse Yadar la naturaleza de una bestia que habitase en el sólido granito.

Con voz alta y clara, Vacharn pronunció una sola palabra "Esrit", como pronunciando el nombre de alguien a quien desease llamar. No mucho tiempo después aparecieron dos pequeñas chispas en la oscuridad del agujero, y de allí saltó una criatura que tenía algo del tamaño y forma de una comadreja, pero todavía más largo y delgado. La piel de la criatura era de un negro herrumbroso, sus garras eran como diminutas manos desprovistas de pelo, y las cuentas de sus ojos, de un amarillo flameante, parecían contener la maligna sabiduría y malevolencia de un demonio. Velozmente, con movimientos sinuosos que le hacían parecer una serpiente cubierta de piel, corrió hasta estar debajo de la silla ocupada por el caníbal y comenzó a beber ávidamente en el charco de sangre que había goteado de sus heridas hasta el suelo.

Después, mientras el horror hacía presa en el corazón de Yadar, saltó a las rodillas del caníbal y de allí a su hombro izquierdo, donde había sido infligidala herida más profunda. Allí la cosa se pegó al corte que todavía sangraba, del que chupó al estilo de una comadreja, y la sangre cesó de manar sobre el cuerpo del hombre. Este no se movió de su silla, pero sus ojos se dilataron todavía más con fijeza horrible, hasta que el iris estuvo aislado en el lívido blanco y sus labios colgaron separados, mostrando unos dientes fuertes y puntiagudos como los de un tiburón.

Los nigromantes habían reanudado su comida con los ojos atentos sobre aquel pequeño monstruo sediento de sangre, y Yadar comprendió que éste era el otro huésped esperado por Vacharn. No sabía si la cosa era realmente una comadreja o algún sirviente del hechicero, pero el horror fue seguido por la ira ante el suplicio del caníbal, y sacando una espada que había llevado consigo durante todos sus viajes, se puso en pie con ánimo de matar al monstruo. Pero Vacharn describió un signo peculiar en el aire con su dedo índice y el brazo del príncipe fue suspendido a mitad del golpe, mientras sus dedos quedaban tan débiles como los de un bebé y la espada le caía de la mano, resonando con estrépido sobre la plataforma. Después, como siguiendo la muda voluntad de Vacharn, se vio obligado a sentarse de nuevo a la mesa.

La sed de aquella criatura parecida a una comadreja parecía ser insaciable, porque después de que pasasen muchos minutos, continuaba sorbiendo la sangre del salvaje. Los poderosos músculos del hombre se hundían de minuto en minuto y los huesos y las rígidas articulaciones se veían tensos bajo arrugados pliegues de piel. Su rostro era el informe de la muerte, sus miembros estaban escuálidos como los de una antigua momia, aunque la cosa que se había abatido sobre él había aumentado de tamaño solamente lo mismo que un armiño que hubiese chupado la sangre de algún ave de corral.

Por esta señal Yadar supo que sin duda la cosa era un demonio, y que estaba al servicio de Vacharn. Paralizado por el terror, estuvo mirando, desde su asiento, hasta que la criatura se soltó de los secos huesos y piel del caníbal y corrió, retorciéndose y arrastrándose siniestramente, hasta su agujero en la losa de
piedra.

Extraña era la vida que ahora comenzó Yadar en la casa de los nigromantes. Sobre él pesaba siempre la maligna esclavitud que se había apoderado de su persona durante aquella primera comida y se movía como alguien que no puede despertar por completo de un sueño. Parecía como si su voluntad estuviese controlada de alguna forma por aquellos amos de los muertos vivientes. Pero aún más que por eso le retenía el viejo encanto de su amor por Dalili, aunque ahora este amor se hubiese convertido en un desesperado arrobamiento.

Algo aprendió sobre los nigromantes y su forma de existencia, aunque Vacharn hablaba raras veces, excepto con lúgubres ironías, y sus hijos eran tan taciturnos como los mismos muertos. Supo que el sirviente, parecido a una comadreja, cuyo nombre era Esrit, se había comprometido a servir a Vacharn durante un tiempo fijado, recibiendo en pago, cada luna llena, la sangre de un hombre vivo escogido por su fuerza y valor indomables.

Y para Yadar era evidente que, a menos que surgiera algún milagro o magia más poderosa que la de los nigromantes, los días de su vida estaban limitados por el período de la luna. Porque, además de sí mismo y los amos, no había ninguna otra persona en toda aquella mansión que no hubiese traspasado ya las amargas puertas de la muerte...

La casa era solitaria, estando situada a bastante distancia de sus vecinos. En las costas de Naat vivían otros nigromantes, pero entre ellos y los anfitriones de Yadar había poca relación. Y detrás de las salvajes montañas que dividían la isla vivían solamente algunas tribus de antropófagos que guerreaban unas con
otras en los oscuros bosques de pinos y cipreses.

Los muertos se alojaban en profundas cuevas, parecidas a catacumbas, detrás de la casa, yaciendo toda la noche en sepulcros de piedra y saliendo en una resurrección diaria para cumplir las tareas que sus dueños les ordenaban. Algunos araban los jardines rocosos que se encontraban en una pendiente abrigada de los vientos marinos, otros cuidaban de las negras cabras u otro ganado, y otros eran enviados buceando a las profundidades del mar en busca de perlas que crecían prodigiosamente, en lugares inaccesibles para un nadador vivo, sobre los trágicos atolones y arrecifes orlados de cuernos de granito. A través de los años, Vacharn amasó gran cantidad de tales perlas, puesto que había vivido más tiempo de lo que dura una vida normal. A veces, en una nave que remontaba la corriente del río Negro, él o alguno de sus hijos viajaba hasta Zothique con algunos de los muertos como tripulantes, y cambiaban las perlas por las cosas que su magia era incapaz de conseguir en Naat.

Era extraño para Yadar ver a sus compañeros de viaje yendo de un sitio a otro junto a los otros espectros, saludándole únicamente los vacíos ecos de sus propios saludos. Y era amargo, aunque nunca sin una vaga dulzura llena de pena, ver a Dalili y hablar con ella, intentando vanamente reavivar el perdido ardor del amor en un corazón que se había sumergido profundamente en el olvido y no había vuelto de allí. Era siempre como intentar alcanzarla a través de un golfo más terrible que la irresistible corriente que continuamente chocaba contra la isla de los Nigromantes.

Dalili, que desde su infancia había nadado en los hundidos lagos de Zyra, se encontraba entre los que se veían forzados a sumergirse en busca de perlas. Muchas veces, Yadar la acompañaba hasta la costa y esperaba su vuelta de las alocadas rompientes; a ratos, se sintió tentado de lanzarse tras ella y encontrar, si es que era posible, la paz de una muerte verdadera. Seguramente hubiese hecho esto, a no ser que entre el fantasmagórico arrobamiento de su situación y las grises redes de la brujería que le rodeaba, parecía que su fuerza y resolución antiguas le hubieran abandonado por completo.

Un día, hacia el atardecer, cuando el mes estaba terminando, Vokal y Uldulla se acercaron al príncipe, que estaba esperando en una playa rodeada de rocas mientras Dalili buceaba lejos entre las torrenciales aguas. Sin decir palabra, le hicieron gestos furtivos de que les siguiera, y Yadar, sintiéndose vagamente curioso de su intención, les permitió que lo alejasen de la playa y le guiasen por peligrosos senderos que serpenteaban de un acantilado a otro sobre la sinuosa costa. Antes de la caída de la oscuridad, llegaron a un pequeño puertecillo, que se adentraba en la tierra, cuya existencia había sido hasta aquel momento insospechada por el nómada. En aquella plácida bahía, bajo la oscura sombra de la isla, se balanceaba una galera con sombrías velas color púrpura que recordaba la nave que Yadar había descubierto moviéndose rápidamente hacia Zothique contra la enorme corriente del río Negro.

Yadar se sintió muy asombrado y no pudo adivinar por qué le habían llevado a aquel puerto escondido, ni el significado de sus gestos cuando señalaron el extraño navío. Después, en un susurro apresurado y oculto, como si temiesen ser oídos en aquel remoto lugar, Vokal le dijo:

—Si nos ayudas a mi hermano y a mí en la ejecución de cierto plan, podrás utilizar esa galera para abandonar Naat. Y contigo, si tal es tu deseo, podrás llevarte a Dalili, junto con algunos marineros como tripulantes. Favorecido por las poderosas galernas que nuestros conjuros llamarán para ti, podrás navegar contra el río Negro y volver a Zothique... Pero si no nos ayudas, entonces la comadreja Esrit te chupará la sangre hasta que la última extremidad de tu cuerpo haya sido vaciada y Dalili continuará siendo la esclava de Vacharn, trabajando durante el día, para servir su avaricia, en las oscuras aguas... y quizá sirviendo su lujuria por la noche.

Ante la promesa de Vokal, Yadar sintió que algo de esperanza y hombría revivían en su interior, y le pareció que la siniestra magia de Vacharn abandonaba su mente; además las insinuaciones de Vokal despertaron su indignación contra Vacharn. Y dijo rápidamente:

—Te ayudaré en tus planes, sean los que sean, si está en mi poder hacerlo.

Entonces, lanzando muchas y temerosas miradas a su alrededor y a sus espaldas, Uldulla habló con un furtivo susurro.

—Nosotros pensamos que Vacharn ya ha vivido más del tiempo que le corresponde y que nos ha impuesto su autoridad durante mucho tiempo. Nosotros, sus hijos, nos hacemos viejos y creemos que es simplemente justo que heredemos las riquezas atesoradas por nuestro padre y su supremacía mágica antes de que la edad nos impida disfrutar de ellas. Por tanto, buscamos tu ayuda para matar a Vacharn.

Después de una breve reflexión, Yadar decidió que el asesinato del nigromante era un hecho justo desde cualquier punto de vista y algo a lo que podía prestarse sin deterioro de su valor o de su virilidad. Por tanto, dijo sin demora:

—Os ayudaré a hacerlo.

Muy envalentonados, en apariencia, por el consentimiento de Yadar, Vokal le habló a su vez, diciendo:

—Esto tiene que hacerse antes de mañana por la noche, pues ésta traerá una luna llena del río Negro sobre Naat y llamará al demonio-comadreja Esrit de su agujero. Y mañana por la mañana es el único momento en que podemos encontrar a Vacharn desprevenido en su cámara. Durante esas horas, pues tal es su voluntad, contemplará en trance un espejo mágico que contiene visiones del mar exterior y de las naves navegando sobre el mar y de los países que están al otro lado. Y debemos matarle ante el espejo, golpeándole veloz y fuertemente antes de que despierte de su trance.

A la hora fijada para la hazaña, Vokal y Uldulla se acercaron a Yadar, que les estaba esperando en el salón de fuera. Cada uno de los hermanos portaba una larga y reluciente cimitarra y Vokal también llevaba en la mano izquierda un arma semejante que ofreció al príncipe, explicando que aquellas cimitarras habían sido templadas con un conjuro de canciones fatales y grabadas después con innombrables invocaciones de muerte. Yadar declinó el arma del mago, prefiriendo su propia espada, y sin retrasarse más los tres se dirigieron apresuradamente, con todo el sigilo posible, hacia la cámara de Vacharn.

La casa estaba vacía, porque todos los muertos habían ido a cumplir con sus asignaciones, y no se oía ningún susurro ni se veía ninguna sombra de aquellos seres invisibles, ya fuesen espíritus del aire o simples fantasmas, que servían a Vacharn de diversas maneras. Los tres se acercaron en silencio a la entrada de la cámara, que sólo estaba cubierta por un tapiz negro tejido en plata con los signos de la noche y bordado en hilo escarlata con la repetición de los cinco nombres del archidemonio Thasaidón. Los hermanos se detuvieron, como si temiesen levantar el tapiz, pero Yadar, sin dudarlo un momento, lo echó a un lado y entró en la cámara, siguiéndole los gemelos rápidamente, como avergonzados de su pusilanimidad.

La habitación era grande, con una alta cúpula, e iluminada por una pequeña ventana que, por encima de los salvajes cipreses, daba hacia el negro mar. Ninguna llama se elevaba de la miríada de lámparas para ayudar a la
camuflada luz diurna y las sombras se apretaban en el lugar como un fluido espectral en el que los recipientes mágicos, los grandes incensarios y alambiques, los braseros, parecían temblar como cosas animadas. Un poco más allá del centro de la habitación, de espaldas a la puerta, Vacharn se sentaba sobre un taburete de ébano ante el espejo de la clarividencia, que había sido forjado de electrum en la forma de una gigantesca letra delta y era sostenido oblicuamente en alto por un serpenteante brazo de cobre. El espejo relucía brillantemente en la sombra, como si estuviese iluminado por algún resplandor de fuente desconocida, y los intrusos fueron ofuscados por reflejos de su brillo al avanzar hacia delante.

Realmente, parecía que Vacharn estaba inmerso en el trance inducido, porque miraba hacia el espejo rígidamente, inmóvil como una momia sentada. Los hermanos retrocedieron mientras Yadar, pensando que estaban cerca a sus espaldas, avanzó hacia el mago con el arma levantada. Al acercarse, vio que Vacharn tenía sobre sus rodillas una gran cimitarra, y temiendo que el hechicero quizá estuviese sobre aviso, Yadar corrió con rapidez hacia él y dirigió un poderoso golpe contra su cuello. Pero al calcular la dirección, sus ojos fueron cegados por el extraño brillo del espejo, como si un sol se hubiese levantado ante ellos por encima del hombro de Vacharn, y la hoja se torció y cayó oblicuamente sobre el hueso de la clavícula, de forma que el nigromante, aunque severamente herido, se salvó de la decapitación.

Parecía probable ahora que Vacharn hubiese conocido de antemano el intento de asesinarle y había decidido presentar batalla a sus enemigos cuando éstos se presentasen. Pero al sentarse para fingir el trance, sin duda había sido dominado, contra su voluntad, por el extraño resplandor y había caído en el
sueño adivinatorio.

Veloz y fiero como un tigre herido, saltó del taburete, blandiendo su cimitarra en alto al volverse hacia Yadar. El príncipe, todavía ciego, no pudo ni repetir el golpe ni evitar el de Vacharn, y la cimitarra se hundió profundamente en su hombro derecho. Cayó mortalmente herido y quedó con la cabeza un poco en alto, apoyada contra la base del brazo de cobre en forma de serpiente que soportaba el espejo.

Yaciendo allí, mientras la vida se le escapaba lentamente, vio cómo Vokal, con la desesperación del que ve la muerte inminente, saltaba hacia delante y cortaba de un golpe el cuello de Vacharn. La cabeza, casi separada del cuerpo, cayó y colgó a un lado por un trozo de carne y piel, pero Vacharn, trastabillando, no cayó o murió de golpe, como hubiese hecho cualquier hombre mortal, sino que, animado todavía por el poder mágico que llevaba dentro, corrió por la cámara, dirigiendo poderosos golpes a los parricidas. Mientras corría, la sangre saltaba de su cuello como de una fuente y su cabeza se balanceaba de un lado para otro sobre su pecho como un monstruoso péndulo. Todos sus golpes iban a ciegas porque ya no podía ver para dirigirlos y sus hijos le evitaban con agilidad, hiriéndole algunas veces de paso. A veces tropezaba con el caído Yadar, o golpeaba el espejo de electrum con su espada, produciendo un sonido como el de una profunda campana. Y a veces la batalla salía fuera del campo visual del moribundo príncipe, hacia la ventana que daba al mar, y escuchaba extraños crujidos, como si parte de los mágicos muebles hubiesen sido destrozados por los golpes del mago; también se oían las agitadas respiraciones de los hijos de Vacharn y el amortiguado sonido de los golpes que daban en el blanco, pues continuaban hiriendo a su padre. Pronto la lucha regresó delante de Yadar, que la observaba con ojos que se iban apagando. El combate era horrible, más allá de toda descripción, y Vokal y Uldulla jadeaban como los corredores agotados cerca del final.

Pero después de un cierto tiempo, el poder pareció faltarle a Vacharn junto con la sangre del cuerpo. Se
tambaleaba de un lado a otro, sus pasos se detuvieron y sus golpes se hicieron más débiles. Su vestimenta colgaba en harapos empapados de sangre a causa de las cuchilladas de sus hijos, y algunos de sus miembros estaban medio cortados y todo su cuerpo cortado y arañado como el tajo del verdugo. Al fin, con un golpe certero, Vokal cortó la delgada cinta de la que todavía pendía la cabeza, y ésta cayo y rodó por el suelo, rebotando muchas veces.

Entonces, con una salvaje agitación, como si todavía quisiese mantenerse en pie, se derrumbó el cuerpo de Vacharn y yació agitándose, recordando un ave enorme y descabezada. intentando incesantemente levantarse y dejándose caer de nuevo. Nunca volvió a ponerse el cuerpo de pie por completo, a pesar de todos sus esfuerzos, pero la cimitarra continuaba firmemente sujeta en la mano derecha y el cadáver golpeaba ciegamente, atacando desde el suelo con golpes laterales, o hacia abajo cuando se elevaba a una postura semisentada. La cabeza, incansable, continuaba rodando por la cámara y las maldiciones salían de su boca en una voz aflautada, no más alta que la de un niño.

Ante esto, Yadar vio que Vokal y Uldulla se echaban hacia atrás como si estuviesen algo preocupados, y después se volvieron hacia la puerta, con la clara intención de abandonar la habitación. Pero antes de que Vokal, que era el primero, hubiese levantado el tapiz de la entrada, de entre sus pliegues se desprendió el largo, negro, serpentino cuerpo de la comadreja-sirviente Esrit. La criatura se lanzó al aire, alcanzando de un solo salto la garganta de Vokal, y se colgó allí con los dientes pegados a su carne y chupándole la sangre sin detenerse un minuto, mientras éste se tambaleaba por la habitación e intentaba en vano arrancársela de allí con dedos enloquecidos.

Posiblemente Uldulla hubiese hecho algún intento para matar la criatura, porque gritó conjurando a Vokal a que se estuviese quieto, y elevó su espada como esperando una oportunidad para golpear a Esrit. Pero Vokal parecía no oírle, o estar demasiado aterrorizado para obedecerle. En aquel instante, la cabeza de Vacharn, que seguía rodando, chocó contra los pies de Uldulla, y con un furioso rugido alcanzó con los dientes el borde de su túnica y se colgó de allí, mientras él retrocedía, completamente aterrorizado. Aunque golpeó la cabeza salvajemente con su cimitarra, los dientes se negaron a soltar su presa. Así que dejando caer sus vestimentas y abandonándolas allí con la cabeza de su padre todavía colgando, huyó desnudo de la habitación. Mientras Uldulla huía, la vida partió de Yadar y ya no vio ni oyó nada más...

Confusamente, desde las profundidades del olvido, Yadar distinguió el flamear de luces remotas y escuchó el canto de una voz lejana. Se sintió nadar hacia arriba desde los negros mares, hacia la voz y las luces, y vio cómo a través de una película fina y acuosa la cara de Uldulla inclinada sobre él y el humear de unos extraños recipientes en la cámara de Vacharn. Y le pareció que Uldulla le decía:

—Levántate de entre los muertos y obedéceme en todas las cosas a mí, tu amo.

Así, en respuesta a los nefandos ritos y encantos de la nigromancia, Yadar se despertó a la vida, tal como era ésta posible para un espectro resucitado. Y volvió a andar, con el negro cuajarón de su herida en un gran coágulo sobre su hombro y su pecho, y contestó a Uldulla al estilo de los muertos vivientes. Recordó vagamente, y como asuntos de poca importancia, algo sobre su muerte y las circunstancias que la habían precedido, y buscó en vano con ojos borrosos por la destrozada cámara el cuerpo y la cortada cabeza de Vacharn, y a Vokal y al demonio-comadreja.

Entonces pareció que Uldulla le decía: "Sígueme", y salió con el nigromante a la luz de la roja y plena luna que había llegado desde el río Negro hasta Naat. Allí, en la planicie delante de la casa, había un gran montón de cenizas donde las brasas brillaban y relucían como si fuesen ojos con vida. Uldulla permaneció en contemplación delante de la pira y Yadar se mantuvo a su lado, sin saber que lo que contemplaba era la consumida pira de Vacharn y Vokal, construida y encendida por los esclavos muertos, bajo las órdenes de Uldulla.

Entonces un viento se levantó repentinamente desde el mar, con agudos y fantasmagóricos gemidos, y levantando todas las cenizas y tizones formando una nube grande y en remolino la lanzó sobre Yadar y el nigromante. Ambos pudieron apenas resistir el viento, y su cabello, sus barbas y vestiduras se llenaron de los restos de la pira, quedando los dos como cegados. Después el viento se elevó, lanzando la nube de cenizas sobre la casa, y por sus puertas y ventanas, entrando en todas las habitaciones. Y durante muchos días después, pequeñas volutas de ceniza se levantaban bajo los pies de los que recorrían los salones, y aunque por orden de Uldulla, las escobas se utilizaban diariamente, parecía que el lugar nunca quedaba completamente libre de aquellas cenizas...

Queda poco que decir con respecto a Uldulla, porque su señorío sobre los muertos fue breve. Viviendo siempre solo, excepto por la compañía de los espectros que le atendían, cayó en poder de una extrañísima melancolía que se convirtió rápidamente en locura. Ya no podía concebir cuál era el fin y el objeto de la vida, y el sopor de la muerte se le presentaba como un mar negro y tranquilo lleno de suaves murmullos y de brazos como sombras que le empujaban hacia abajo. Pronto llegó a envidiar a los muertos y a considerar su suerte más deseable que ninguna otra. Así pues, llevando la cimitarra que había empleado para matar a Vacharn, se dirigió a la cámara de su padre, donde no había entrado desde la resurrección del príncipe Yadar. Allí, junto al espejo de las adivinanzas, que brillaba como el sol, se abrió a sí mismo el vientre y cayó entre el polvo y las telarañas que recubrían todo en abundancia. Y puesto que no había ningún otro mago que le devolviera incluso a una semblanza de vida, permaneció pudriéndose y sin ser molestado por siempre jamás.

Pero en los jardines de Vacharn los muertos continuaban trabajando, sin prestar atención a la muerte de Uldulla, y seguían cuidando de las cabras y del ganado y buceando en busca de perlas en aquel oscuro y tormentoso océano.

Y Yadar, que junto con Dalili compartía ahora su mismo estado, se sentía atraído por ella con un fantasmal anhelo y sentía un vago consuelo en su presencia. La profunda desesperación que le había traspasado en un tiempo y los largos tormentos del deseo y la separación eran cosas olvidadas y desaparecidas y compartió con Dalili un sombrío amor y una vaga felicidad.

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