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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 12 de mayo de 2011

Jack London La Pillastrona







Jack London

La Pillastrona







Hay cuentos que deben ser necesariamente historia, tales, que no podría imaginarlos la fantasía del más narrador, y asi­mismo hay hombres de historia de cuyas narraciones es imposi­ble dudar. Julián Jones era uno de estos hombres. No sé si la mayoría de mis lectores podrá creer la historia que Julián Jones me relató. Sin embargo, yo creo en la veracidad de cuanto me dijo. Tan convencido estoy de ello, que de buena gana invertiría mi capital, si lo tuviera, en la empresa, y hasta siento vehemen­tes deseos de embarcarme en plan de aventura hacia el lejano país de esta verdadera historia.
Fue en el pabellón australiano de la Exposición del Pacífico, en Panamá, donde por primera vez nos encontramos. Estaba yo embobado ante una vitrina donde se exhibían a la vista de los curiosos unos facsímiles de las palacras o pepitas de oro más hermosas que se habían encontrado en los yacimientos auríferos de los antípodas-. Nudosas, deformes y macizas, era tan difícil dudar de que fuesen en realidad de oro, como creer en lo que manifestaban las adjuntas tablas de pesos y valores.
-He ahí lo que los cazadores de canguros llaman palacras ­tronó una voz de bombo por encima de mis hombros, refiriéndo­se al más hermoso de los ejemplares expuestos.
Me volví y miré hacia arriba, donde tropecé con las pupilas turbias y azules de Julián Jones. Y digo que miré hacia arriba porque mi hombre tendría por lo menos un metro noventa de estatura. Eran casi tan turbios y pálidos como las niñas de sus ojos los mechones amarillos de los cabellos color de arena. Sin duda el sol los había descolorido. Así lo atestiguaba también el rostro curtido y tostado por el sol. Enfocó en los míos la mirada de sus ojos, y en ellos descubrí un fulgor extraño e inquisitivo, como si revelaran un vano esfuerzo por recordar algo extrema­damente importante.
-¿Y qué tiene de particular esa palacra?- pregunté. Desapareció de su mirada aquella expresión de vago recuer­do y atronó mis oídos con el portentoso estallido de su voz, diciendo:
-¿Que qué tiene de particular? ¿Le parece que no es admira­ble su tamaño?
-Sí; me parece bastante grande -asentí-. Pero no cabe duda que es auténtica. Creo que el gobierno australiano no osaría...
-¡A cualquier cosa llama usted grande! -interrumpió con un resoplido de menosprecio.
-En efecto, alguna vez se han encontrado mayores; pero... -rectifiqué.
-¡Alguna vez! -y sus ojos se caldeaban con una llama ar­diente mientras hablaba-. ¿Cree usted que todas las palacras descubiertas hasta hoy han figurado en las tablas de las enciclo­pedias o en las columnas de los periódicos?
-¡Hombre! -repliqué prudentemente-. Si usted sabe de algu­na que no haya sido mencionada ni en las unas ni en los otros, comprenderá que no pudo llegar a conocimiento mío por arte de magia. Cuando haya una palacra, o más bien un buscador de oro tan ruboroso que desee permanecer anónimo...
-Es que no lo desea -interrumpió bruscamente-. Es que yo la he visto con mis propios ojos; además de que tengo la piel demasiado curtida para ruborizarme. Soy ferroviario y he vivi­do muchos años en los trópicos. A fuerza de aire y de sol he lle­gado a tener color de caoba vieja, Muchos me tomaban por es­pañol a pesar de mis ojos azules.
Me creí en el deber de interrumpirle.
Y dice usted que aquella palabra es mayor que ésta, señor...
-Jones; me llamo Julián Jones.
Hundió las manazas en un bolsillo interior y sacó un sobre cuya dirección ostentaba este nombre, para entregar en la lista de Correos de San Francisco. Yo, a mi vez, le entregué mi tarje­ta, para darme a conocer.
-Tengo verdadera satisfacción en conocerle -me dijo, ten­diéndome la mano y suavizando la voz, siempre ensordecedora, como si estuviese acostumbrado a hablar desde lejos-. Por su­puesto, le conozco a usted de referencias y hasta me parece haber visto su retrato en los periódicos. Aunque no es costum­bre hablar con la franqueza que yo lo hago, he de confesarle que sus artículos acerca de Méjico no valen dos centavos. Está usted completamente desorientado. Entre otros, comete el error, tan común entre los gringos de tomar a los mejicanos por gente de raza blanca. Y no lo son, no señor. Ninguno, ni los que llaman greasers, ni los spiggoties, ni los hispanoamericanos, ni el resto de la ganadería. Le aseguro a usted que ni son, ni piensan, ni obrar, como nosotros. Hasta tienen otra tabla de multiplicar. ¿Cree usted que siete por siete son cuarenta y nueve? Bueno; pues los mejicanos. no. Cuentan de distinta manera. Tampoco ven blanco lo blanco. No sé cómo decirle... Mire; por ejemplo. Si usted compra café al por menor en una tienda, y pide un pa­quete de a libra...
-¿Qué tamaño dice usted que tenía aquella palacra? -le interrogué con firmeza-. ¿Era tan grande como la mayor de esa vi­trina?
-¡Mayor! ¡muchísimo mayor! -dijo con gran flema-. Más grande que todos esos esperpentos juntos. ¡Si son ejemplares de dos al cuarto!...
Me miró de pies a cabeza y luego prosiguió:
-No veo inconveniente en tratar con usted de este asunto. Goza usted fama de ser hombre digno de confianza, y hasta tengo entendido que ha corrido alguna que otra aventura de las que se dan por sendas poco trilladas de la vida. Precisamente andaba yo a la busca de alguien con quien pudiera hablar de este asunto.
-Puede depositar en mí su confianza -le dije.
Y aquí tenéis ahora, dispuesto a sacar a la luz de la imprenta, sin quitar ni poner tilde de mi cosecha, la historia que Julián Jones me relató una vez que ambos estuvimos sentados al bor­de del lago, frente al palacio de Bellas Artes, arrullados por los graznidos de las gaviotas.
Se me había olvidado decir que, saliendo de los pabellones a la caza de un asiento, se apresuró a precipitarse en brazos de mi hombre, con la precisión y exactitud de una pieza de maquina­ria, cierta mujercita de unos treinta años de edad, rostro sano y colorado, propio de pueblerina acomodada, y andar flexible y ligero, como el vuelo de las gaviotas que surcaban el espacio azul, chillonas e inquietas.
-¿Dónde vas? -gritaba-. ¡Te marchas sin acordarte de mí! ¡Ingrato!
Me presentaron a ella con las formalidades de rigor. Se veía que no habla oído hablar nunca de mi, a juzgar por las miradas recelosas e inquisitivas que me lanzaban sus ojos negros, in­quietos como un pájaro, por entre los párpados entornados, en una cortina de espesas pestañas.
-Supongo que no irás a hablar con este señor de aquella pi­llastrona... -dijo con mimoso enfado.
-¡Qué cosas tienes, Sara! Voy a tratar del asunto -contestó él lamentándose-. He andado a la busca de un hombre de su condición desde hace mucho tiempo, y ahora que he topado con quien parece ser digno de escucharme, voy a endilgarle toda la relación de lo acaecido.
La mujercita no contestó, pero frunció los labios en un mohín de disgusto, tan apretados y rígidos, que parecían una aguja de coral, y se puso a mirar hacia la Torre de las Joyas, con tan aus­tera expresión en el semblante, que ni las múltiples refracciones de los rayos del sol, al quebrarse en infinitos reflejos y sombras, suavizaban las líneas del rostro contraído. Nos acercamos a paso lento hacia el borde del lago, y con un suspiro de desaho­go, dejamos caer sobre el asiento la mole fastidiosa de nuestras respectivas humanidades, no sin alguna satisfacción de los pies atormentados.
-¡Y que una tenga que soportar este fastidio!... -afirmó la mujer en tono casi retador.
Dos cisnes alzaron elegantemente fa cabeza blanca sobre el espejo del agua inmóvil para contemplarnos. Cuando se con­vencieron de nuestra proeza o tacañería en asuntos de cacahue­tes y guisantes, se alejaron suavemente en busca de otros deso­cupados más generosos. Julián Jones volvió la espalda a su cara mitad y comenzó a relatarme la historia.
-¿Ha estado usted alguna vez en el Ecuador? ¿No? Bueno; pues entonces siga mi consejo y no vaya nunca por allá. Aunque, si termina usted por creerme, y se anima, puede que tenga­mos que ir de excursión por aquellas tierras. Después de todo, no hace tantos años que me encaminaba yo hacia allá a bordo de un barco carbonero, tosco y renqueante, que tardó cuarenta y tres días en cruzar las aguas del Pacífico. Hacía poco menos de siete nudos, cuanto todo marchaba viento en popa, que si no... Navegando al Norte de Nueva Zelanda nos sorprendieron unas rachas de huracán, y las máquinas se rompieron cuando estába­mos a dos días de la isla de Pitcairn. Preciso es aclarar que yo no formaba parte de la tripulación del barco. Mi oficio es ma­quinista de tren. Pero habíamos hecho buenas migas el capitán y yo cuando nos conocimos en Newcastle, y me llevó como huésped suyo hasta Guayaquil. Vea usted. Llegó a nuestros oídos la noticia de que el ferrocarril americano pagaba muy buenos salarios a quienes hicieran la travesía de los Andes has­ta Quito. Ahora bien; Guayaquil...
-Es un antro de fiebres-interpuse. Julián Jones asintió con la cabeza.
-Thomas Nast murió de ellas al mes de haber desembarcado en aquella tierra.
-Por cierto que era nuestro más hábil caricaturista-añadí.
-No lo sabe usted bien -dijo a secas Julián Jones-. No fue el único que perdió la pelleja. Verá usted mi primer encuentro con la maldita fiebre. Sesenta millas antes de llegar al atracadero, río abajo, subió el práctico a tomar el marido de la embarcación. Era al amanecer.
«-¿Cómo van esas fiebres? -le pregunté.
«-Mire aquel buque hamburgués -me dijo, señalando a una embarcación que estaba anclada-. Ya han muerto el capitán y catorce hombres de la tripulación. El cocinero y otros dos están a las últimas. Son los únicos que quedan...
Y vive Dios que el hombre decía la verdad. En Guayaquil perecían más de cuarenta personas cada día víctimas de la fiebre amarilla. Pero aquello eran tortas y pan pintado con lo que aún me quedaba por ver. La peste bubónica y la viruela cundían por todas partes. La disentería y la neumonía diezmaban la población; pero el ferrocarril era más temible aún que todas las enfermedades juntas.
Viajar en aquellos trenes constituía un peligro mayor que: el de la peste.
Apenas habíamos anclado en Guayaquil, cuando media do­cena de capitanes subieron en comisión a conferenciar con el nuestro, advirtiéndole de que no permitiera pisar tierra a ningún oficial ni tripulante, si no quería quedarse sin ellos. Vino desde Durán, que es la opuesta orilla del río donde el ferrocarril de­semboca, un lanchón que traía el encargado de recogerme. Cuando atracaba al costado del buque, brotó de él, de súbito, como un surtidor, un hombre, que en dos brincos se encaramó a bordo, trepando por el pasamano. Y una vez en la cubierta, en lugar de dirigir a ninguno de los presentes la palabra, se abalan­zó sobre la barandilla y sacudiendo el puño amenazador, gritó señalando a la orilla del Durán:
-¡Así te hundas! ¡Así te hundas!
-¿Qué es lo que se ha de hundir, amigo mío? -inquirí.
-El ferrocarril -contestó, mientras que, introduciendo la mano entre los harapos que le cubrían, sacaba a luz un enorme revólver Colt de calibre 44, que llevaba al cinto-. He perma­necido ahí todo el tiempo que fijamos en el compromiso. Tres meses. No me conviene continuar. Trabajaba de conductor de tren.
Y aquel era el ferrocarril en donde había de prestar mis servi­cios. Todo lo cual parece tortas y miel en comparación de lo que me dijo al cabo de unos minutos. El ferrocarril ascendía desde el nivel del mar, a orillas del Durán, hasta el Chimborazo que está a cuatro mil metros de altura, para descender luego a la ciudad de Quito, al otro lado de la Cordillera, encaramada como un nido de águilas entre los montes. Y era tan peligroso el cami­no, que los trenes no viajaban nunca de noche. Los viajeros ha­bían de apearse y dormir en las ciudades que se encontraban al paso, mientras que el tren aguardaba a que se hiciera de día. Cada tren solía llevar un piquete de soldados ecuatorianos, que constituían el mayor de los peligros. Se les suponía protectores del tren cuando llegara el caso, pero al menor asomo de revuelta, se echaban los fusiles a la cara y se unían a las hordas de los sublevados. Ya sabe usted; en cuanto estalla la revuelta en uno de aquellos trenes, el primer grito de los spiggoties es el de «mueran los gringos». Y cuenta que como lo dicen lo hacen. En los descarrilamientos, el que no muere por accidente, perece a mano armada. No dejan escapar a ningún gringo o cosa que le parezca; que ésta es la aritmética de que antes le hablaba, bien diferente de la nuestra.
¡Diantre! Antes de terminar el día hube de comprobar, a mi costa que el ex conductor no habla dicho mentira. Tuvo lugar el percance en Durán. Yo había de partir con la primera división hacia Quito a la mañana siguiente. Sólo salía un tren cada vein­ticuatro horas. Serían las cuatro de la tarde cuando explotaron las calderas del Governor Hancock, lancha acorazada que transportaba los pasajeros del ferrocarril, atravesando el río desde Durán a Guayaquil. Se hundió rápidamente. El accidente había sido fortuito, aunque lamentable. Pero no pararon aquí nuestras desgracias. Al cabo de media hora comenzaron a llegar trenes abarrotados de pasajeros. Era día de fiesta y las gentes de Guayaquil hablan salido de excursión por los campos vecinos. La multitud regresaba de la fiesta.
Serian unas cinco mil almas. Hacináronse a orillas del río desordenadamente, aguardando al vaporcito para cruzarlo. El vaporcito yacía bajo las aguas, de lo cual no teníamos nosotros la culpa. Pero según los cálculos aritméticos de los spiggoties, resultaba que sí. ¡Mueran los gringos! osó chillar uno de ellos, y como una ola se derramó instantáneamente el saco de los gar­banzos. La mayoría de los que nos salvamos debimos la vida a la celeridad de nuestras piernas. Yo corrí entonces en pos del jefe de máquinas, con uno de sus hijos en brazos, hacia una lo­comotora que comenzaba a arrancar. Media docena de mujeres y muchos niños yacían tumbados en el interior de los coches cuando conseguimos arrancar. Los soldados del piquete, que debieran haber protegido la vida y los bienes de los viajeros, volvieron contra nosotros sus armas, y nos costó no poco traba­jo alejarnos del alcance de sus disparos.
Acampamos en pleno monte y no volvimos hasta el siguiente día. La chusma, alborotada, había hecho una limpieza general. Los vagones descubiertos y los techados, los coches de viajeros, las locomotoras asmáticas, hasta las carretillas de mano, todo había sido arrojado desde el muelle al río, formando un enorme catafalco que se alzaba a flor de agua. Querían quemar la casa circular de las locomotoras, incendiar los depósitos de carbón y demoler los talleres de reparaciones. ¡Oh, si! Y lo peor es que habían apresado a tres de nuestros camaradas, que hubimos de enterrar muy pronto. ¡Hace demasiado calor en aquellas tierras del Sur!
Julián Sones hizo una larga pausa, y por encima del hombro observó de soslayó la mirada prohibitiva y rígida de su mujer.
-¡Ah! No crea usted que me he olvidado de la palacra.
-Ni de la pillastrona aquella -silbó la mujercita con disimu­lo, como si hablara a uno de los patitos que chapoteaban por la superficie del lago.
-Precisamente iba derecho hacia la palacra...
-No tenías motivos para permanecer en una tierra tan peli­grosa -le hurgó su esposa.
-Si, Sara -arguyó el hombrón-. Entonces trabajaba yo para ti.
Y continuando su relación me dijo:
-Grandes eran los riesgos, pero los jornales no eran meno­res. Algunos meses ganaba más de quinientos dólares oro. Y además, Sara me aguardaba, como premio de mis fatigas, en Nebraska.
-Dos años hacía ya que me tenía apalabrada -añadió ella con un mohín de protesta, mirando a la Torre de las Joyas.
-La huelga general por una parte, la desgracia por otra, unas tifoideas que cogí en Australia, y otras que tú sabes, me justifi­can. Además, había entrado en el ferrocarril con pie derecho. Mire usted: más de un camarada recién llegado de los Estados Unidos cayó en el primero de sus viajes. Cuando las enfermeda­des o los descarrilamientos les perdonaban, los spiggoties daban buena cuenta de ellos. Estaba de Dios que fuera otro mi destino. En cierta ocasión se derrumbó por un despeñadero mi máquina; me quedé sin fogonero; el inspector del material rodante, que casualmente se dirigía a Durán para contraer matrimonio, cayó en manos de los spiggoties, que le cortaron con una navaja la cabeza, la hincaron en una pica y la llevaron en procesión por la comarca. Pero yo tuve la fortuna de quedar enterrado bajo un montón de carbón menudo, donde permanecí mientras duró la revuelta. Al cabo de un día y una noche, más apaciguados los ánimos, pude salir de mi escondrijo. Sí; había entrado con suer­te en el ferrocarril. Los dos únicos percances que me ocurrieron fueron un constipado que cogí y un carbunclo, que no tuvo ma­las consecuencias. Algunos camaradas, en cambio, morían como moscas, unos de fiebre amarilla, otros de pulmonía, quien­es de los spiggoties y cuáles del ferrocarril. Lo más triste es que nunca podía tener un amigo con quien charlar a mi gusto. Ape­nas comenzaba a tener trato estrecho con uno, cuando se moría o lo mataban. Solamente uno, el fogonero Andrews, sobrevivió, pero se volvió loco de remate.
Desde un principio alquilé en Quito una casa de adobes, de estilo español, con su techumbre de gruesos troncos, donde vi­vía. Nunca discutía ni altercaba con los spiggoties; hasta les permitía viajar de balde en el ténder o en los topes. ¿Meterme con ellos? ¡Cá! ¡Ni por esas! Cuando Jack Harris echó del tén­der a puñetazos a un grupo de spiggoties, adiviné que no tarda­ría en asistir a su entierro...
Bueno; como iba diciendo, las cosas salían a pedir de boca, el cerdo engordando, como quien dice, y la matanza rica en pro­mesas. Quiero decir, que iba yo apilando mis buenos dólares con ánimo de volver a mi tierra del Norte y casarme con Sara, cuando un día me encontré con Vahna.
-¡La pillastrona! -silbó Sara.
-¡Mujer! -suplicó el gigantesco varón-. ¿Cómo quieres que hable del hallazgo de la palacra sin mencionar a Vahna? Una noche, cuando conducía hacia Amato, que está a cuarenta mi­llas de Quito, una locomotora suelta, tuvo lugar el encuentro. Mi fogonero era un tal Seth Manners. Le había encomendado la dirección de la máquina para que se ejercitase por una parte y para poder pensar en mi Sara por otra. Acababa precisamente de recibir una carta suya, donde me rogaba el pronto regreso al hogar, encareciendo los peligros que corre por esos mundos un hombre solo, y más en un país de señoritas y fandangos. ¡Dios mío, si ella las pudiera ver por un agujero! ¡Son verdaderos es perpentos! Las caras pintarrajeadas, pálidas como cadáveres y los labios rojos como la sangre.
Era una noche encantadora de abril; ni una brisa alentaba en el aire. Una luna enorme de plata brillaba sobre la cima del Chimborazo. Es una montaña más que regular. El ferrocarril serpea por sus cumbres a cuatro mil metros sobre el nivel del mar y el picacho más alto se remonta todavía más de dos kiló­metros por encima.
Acaso un vago adormecimiento se apoderaba de mi. De re­pente cerró Seth los frenos, tan de improviso, que a poco más salgo disparado por la ventanilla de la cabina.
-¿Qué es eso? -comencé a decir.
-¡Maldita sea! -rugió Seth, cuando ambos nos asomábamos a la ventanilla para ver el bulto que estaba atravesado sobre la vía.
Coincidimos Seth y yo en nuestras apreciaciones. Era una muchacha india. Le ruego que repare en que los indios no son spiggoties. ¿eh? Seth consiguió detener la locomotora a pocos metros de la muchacha. Ella...
Observé la forma rígida de Sara. aun cuando disimuladamente aparentase distraerse en observar los juegos de los patos que se zambullían hasta el fondo somero del lago. «¡La pillastrona!». murmuró de pronto en tono conminatorio. Jones se detuvo al escucharla. Luego prosiguió.
-Ella era una muchacha alta. esbelta y gentil. Los cabellos negros, larguísimos, le cubrían las espaldas y los hombros. En pie, sin miedo alguno, extendía los brazos como si quisiera dete­ner la máquina. Llevaba una especie de clámide, que no era precisamente un vestido, sino más bien unas pieles de ocelote, suaves, que adheridas al cuerpo revelaban sus formas.
-¡Ea! no te detengas en detalles. Sigue tu historia -suspiró enojada la señora de Jorres.
Julián prosiguió. como si no hubiese advertido la interrup­ción.
-¡Mira que ponerse en la vía para detener a una locomotora! -dije a Seth disgustado. mientras me apeaba por la parte ante­rior de la máquina.
Me dirigí recto hacia la muchacha. Había cerrado los ojos con los párpados apretujados, y temblaba con tal violencia que se la veía tiritar a la luz de la luna. Llevaba los pies desnudos.
-¿Qué diablos haces aquí? -la dije en tono nada gentil.
Ella se sobresaltó. parecía como si saliera de su ensimisma­miento, y abrió los ojos. ¡Digo! Eran unos ojos grandes, negros, hermosos. Créame usted. Daba gusto mirarla.
-¡La pillastrona! -gritó Sara-.
Los patos se alejaron asustados a prudente distancia; pero Julián Jones, que hablaba con entusiasmo, no se detuvo.
-¿Por qué quieres parar la locomotora? -le dije en español. No respondió ni media palabra. Me miró. volvió luego a mi­rar a la máquina estrepitosa, y por último se deshizo en un mar de lágrimas. Lo cual confesará usted que es una conducta poco común entre indias.
-Si te pones en medio de la vía al paso del tren -la amenacé en español imitando el dejo de los spiggoties-, te vas a estrellar contra los topes. La máquina te hará trizas.
No hablaba yo entonces muy bien el español, pero compren­dí que me entendía, si bien sacudía la cabeza sin hablar. Pero, caballero, ¡era una hermosura aquella chiquilla!...
Volví el rostro para mirar, temeroso, a la señora de Jones, que debió sorprenderme por el rabillo del ojo porque dijo:
-Si no hubiera sido tan guapa, ¿cree usted que este majadero se la hubiera llevado a su casa?
-No hables así. Sara -protestó él-. Eso no está bien en una mujer como tú. Además... Bueno.
-¿Vamos a estar aquí toda la noche? -me preguntó Seth.
-Ven, sígueme -dije a la muchacha-. Sube a la máquina. Otra vez no intentes detener al tren entre dos estaciones.
Ella me siguió; pero cuando ponía yo el pie en el estribillo me volví para ayudarla a subir, y me encontré con que había desaparecido. Bajé otra vez a la vía. No quedaba ni rastro de la muchacha. Arriba y abajo se erguían unos acantilados inaccesi­bles y la vía se extendía en línea recta a uno y otro lado, clara y descubierta. Por fin la encontré agazapada debajo de los topes, tan pegada a ellos, que por poco la piso. Si hubiese arrancado la máquina la hubiéramos triturado. Aquello me desorientaba. No sabia ya cómo interpretar las acciones de la muchacha. Acaso quería suicidarse. La agarré rudamente por las muñecas, y de un latigazo la hice incorporarse. Entonces me siguió como un corderillo. Las mujeres, aunque sean indias, saben cuando un hombre está decidido a todo.
Miré primero al Goliat, luego a su mujercita de ojillos de pájaro. y me pregunté si alguna vez había estado él decidido a todo con respecto a ella.
-Seth la dio un puntapié al recibirla. Yo la empujé al interior de la cabina y la hice sentarse a mi lado...
-Por lo visto. Seth estaba demasiado ocupado con la dirección de la máquina -observó irónicamente Sara.
-Tenia que aprender a manejarla. ¿Qué tiene de particular? -protestó una vez más el gigante-. Y así llegamos a Amato. La muchacha no abrió el pico en todo el camino. Apenas detenida la locomotora, ella se puso en pie, saltó a tierra y desapareció. Tan rápidamente como se lo cuento. Ni siquiera dar las gracias. Nada.
Pero a la mañana siguiente, cuando íbamos a salir con direc­ción a Quito con una docena de vagones descubiertos cargados de rieles, la encontramos escondida en la cabina. Y a la luz del día pude cerciorarme de que era mucho más bonita de lo que me había parecido por la noche.
-¡Ja, ja, ja! -prorrumpió Seth, con un guiño malicioso-. Pa­rece que te haya adoptado como protector.
Así lo parcela al menos. Nos miraba como un perrillo cariño­so y mimado a quien han sorprendido devorando salchichas de la alacena y que. sin embargo. sabe que no le harán nada.
-¡Largo de aquí en seguida! -la dije. Seth se rió de mí.
-No te la quitarás de encima tan fácilmente -me dijo-. Tú la salvaste la vida. Tienes huésped para rato.
-¡Cá, hombre! Si fuiste tú quien detuvo la máquina.
-Ella cree que fuiste tú, que es lo que importa -me respon­dió-. y ahora te pertenece. Tal es la costumbre del país, que no debieras ignorar.
-¡Salvajadas! -dijo despectivamente Sara. y si bien es cierto que parecía extraviarse en la contemplación de la Torre de las Joyas, yo sabía que no reparaba precisamente en las bellezas de la arquitectura.
-La muchacha está dispuesta a metérsete en casa -comentó Seth, no sin fruncir los labios en una mueca picaresca.
Yo le dejé fantasear a su gusto. pero le ordené luego que se dedicase a alimentar el hogar de la caldera. a fin de que no me molestara demasiado con su charla. Bueno; cuando llegamos al lugar en donde la noche anterior habíamos recogido a la mucha­cha paré el tren y la invité a que descendiera. Ella se hincó de rodillas a mis pies, se abrazó a mis piernas como si fueran sus brazos una tenaza y me bañó de lágrimas los zapatos. ¿Qué quiere usted que yo hiciera?
Un ligero movimiento de inquietud por parte de Sara me ad­virtió de lo que ella hubiera hecho en semejante ocasión.
-En cuanto llegamos a Quito, la muchacha obró como en la estación anterior obrara, esto es, desapareció. Sara no quiso creer nunca en la sensación de libertad y desahogo que yo expe­rimentaba al verme libre de la india. Me encaminé hacia mi ca­sona de adobes, donde devoré la exquisita cena que mi cocinera me había preparado. Era ésta una mestiza de spiggoty e india; su nombre. Paloma. Sara sabe muy bien, porque ya la he infor­mado repetidas veces de ello, que la cocinera tenía más de le­chuza vieja que de paloma. No podía comer si la tenia delante, porque de sólo verla se me iba el apetito. Pero era aseada, pre­paraba bien las cosas, me cuidaba con esmero y escatimaba el gasto en el mercado.
Al atardecer, luego de haber dormido la siesta, me encontré en la cocina con la maldita muchacha, que andaba con tal desparpajo como si se encontrara en su propia casa. Paloma en cuclillas a los pies de la mocita, la friccionaba las rodillas, como suele hacerse con los reumáticos, canturriando cierta graciosa canción al compás de la friega. Yo me despaché a mi gusto. Como sabe muy bien Sara, nunca pude tolerar a ninguna mujer en mi casa, joven. guapa y soltera, se entiende. Pero Paloma tomó asiento al lado de la muchacha y me llamó necio, tunante, tonto, majadero y otras astil lindezas a que provee la abundancia del léxico castellano. Era Paloma de un hablar tan gracioso y flexible, que conquistaba el corazón de cualquiera. Era, además, honrada a carta cabal, aun cuando no le quedase ni un solo diente y aunque su fealdad quitara las ganas de comer a un hambriento.
Tuve que ceder. ¿Qué otro remedio me quedaba? Nunca me quiso decir Paloma la razón por la cual se había puesto de parte de la muchacha. Si la estrechaba mucho a preguntas, contestaba que le hacia falta una mujer para que atendiese a las faenas de la casa, aunque yo sabia que ella, vieja y todo, se bastaba y so­braba para estos menesteres. Vahna, por otra parte, no daba guerra, ni molestaba, ni gastos. Permanecía siempre en casa, conversando con Paloma o ayudándola a sus quehaceres. No tardé, sin embargo, en averiguar que vivía inquieta y asustada. Alzaba el rostro iluminado con un destello de ansiedad cada vez que alguien llamaba a la puerta. Más de una vez quise sonsacar a Paloma para que me revelase el motivo de aquella tortura: pero la vieja se limitaba, por toda respuesta, a ponerse en acti­tud solemne y a manifestar con un movimiento de cabeza que el infierno entero estaba a punto de caer sobre nuestra casa.
Y un día recibió Vahna a un visitante. Acababa de llegar yo de una de mis travesías y me había quedado acompañándola, deber que la galantería me imponía, aunque se me hubiera meti­do de rondón en casa, cuando de pronto vi que su rostro se transfiguraba en un gesto de ansiedad. A la puerta, en el umbral, percibí a un muchacho indio. Se parecía mucho a Vahna, si bien semejaba más, joven y más sucio. Ella lo introdujo en la cocina y allí debieron tener una conversación interminable, porque el muchacho no se marchó hasta bien entrada la noche. A la sema­na siguiente repitió la visita. No estaba yo en casa. Cuando regresé. Paloma me entregó una palacra que el indio me había traído a petición de Vahna. Era una masa de unas dos libras de peso, que bien valdría sus quinientos dólares. Palo­ma me dijo que Vahna quería pagarme su hospedaje, y yo tuve que guardarme la palacra a fin de que no se alterase la paz de mi casa.
Mas adelante, al cabo de muchos días, se presentó otro visi­tante. Estábamos sentados al amor de la lumbre...
-Los dos, él y la pillastrona -aclaró la señora Jones.-Y Palo­ma además -se apresuró a rectificar él.
-Bueno. los tres: el caballero, la cocinera y la huéspeda -a­sintió ella.
-Oh. confieso que Vahna me miraba con muy buenos ojos! -dijo Iones despreocupadamente; y luego añadió. precavido: -Con demasiados buenos ojos. para su mal. porque yo maldito el interés que le demostraba.
Bueno; pues como iba diciendo, recibió a otro visitante. Era un indio anciano, alto, delgado, de cabeza blanca y cara de agui­lucho. Penetró en casa sin haber llamado, resueltamente. Vahna dio un grito de espanto y se lanzo de hinojos a mis pies, con mirada suplicante de gacela que no quiere morir.
Luego. durante un minuto que pareció largo como una vida, el viejo y la muchacha estuvieron mirándose de hito en hito. Paloma fue la primera en hablar, en la lengua del viejo, según deduje, porque éste le contestó. ¡Voto a Sanes! ¡Y aquel hombre no era ni el más alto ni el más fuerte de la casa! Paloma temblaba como una azogada y hasta se humillaba al advenedizo, como si fuese una perra servil. Y todo esto en mi casa. De buena gana le habría echado a puntapiés si el respeto a las canas no me de­tuviera.
¿Serian tan terribles. como sus efectos lo publicaban, aque­llas palabras que el indio dirigía a Vahna! ¡Digo! ¡Si escupía más que hablaba!... Paloma segura gimiendo y disputando. De pronto dijo algo que produjo gran emoción en el anciano. Con la cara desencajada dirigió a Vahna una pregunta. La muchacha se quedó corno atontada, inclinó la cabeza sobre el pecho y se ruborizó, dando por toda respuesta una palabra y un movimien­to de cabeza. Entonces el indio giró sobre sus talones y se fue tan campante, con la mayor naturalidad y campechanía. Supongo que ella le dijo que no.
En lo sucesivo Vahna se quedaba aturdida y confusa cuantas veces me veía. Estuvo durante una temporada recluida como una embobada, sin salir de la cocina. Pero al cabo de muchos días volvió a presentarse en el salón, tímida y turbada todavía, con sus ojazos enormes pendientes de cuanto yo hacia...
-¡La muy bribona! ... oí que decía una voz en son de queja. Pera Julián Jones y yo ya nos habíamos acostumbrado a tan inocentes interrupciones.
-No niego que había comenzado a interesarme por la mu­chacha... ¡Oh! Ni que decir tiene que en muy distinto sentido del que Sara piensa. Lo que a mí me traía preocupado era aquel par de palacras. Si Vahna me dijera de donde las había recogido podría yo dar un puntapié a mi ferrocarril y cambiar por Sara y Nebraska las tierras montaraces e inhospitalarias.
Un día recibí una carta de Wisconsin, portadora de noticias sensacionales. Había fallecido mi tía Elisa, dejándome en heren­cia la más hermosa de sus haciendas. Di una voltereta de puro contento. Más hubiese valido que reprimiese mi alegría porque entre la herencia y yo se interponían aún los abogados y la justi­cia, que me dejaron sin un centavo y empeñado. Ellos fueron los únicos herederos. Aún estoy pagando los vidrios rotos.
Pero esto vino después. Yo no lo sabía entonces. Me preparé para partir para la tierra bendita. Paloma se puso triste; Vahna lloró. ¡No te vayas! ¡No te vayas!, me decía a todas horas. No hice caso de llantos ni penas, y confiado en mi buena suerte es­cribí a Sara.... Ella lo puede decir.
Aquella noche, al amor de la lumbre, nuestra compañía pare­cía un funeral. Por fin. Vahna, por primera vez, se decidió a hablar sin miedo.
-No te vayas. Yo te enseñaré el lugar en donde mi hermano recoge las palacras.
-Es demasiado tarde -contesté. Y le dije el por qué.
-Sí; le dijo que yo aguardaba en Nebraska -explicó la señora de Jones fríamente.
-¿Qué ganaba yo, Sara, con herir los sentimientos delicados de una pobre niña? No le dije eso, por supuesto.
Cambiaron ella y Paloma algunas palabras en lengua india. Luego Vahna dijo:
-Si no te marchas te enseñaré la palacra más grande del mundo. La madre de todas las demás.
-¿Cómo es de grande? -pregunté-. ¿Tanto como yo? Vahna se rió.
-Mucho más grande que tú -repuso.
-No suelen crecer tanto -la objeté.
Pero ella me aseguró quo la había visto, y Paloma vino en su ayuda. ¡Caracoles! Si era verdad lo que decían, aquella palacra valdría muchos millones. Paloma no la había visto, pero lo sabía de referencias. El sitio donde estaba era secreto de tribu, que a ella, por ser mestiza, no le había sido confiado.
Julián Jones hizo una pausa y suspiró.
-Tanto me ofrecieron el cebo, que al fin piqué en el anzuelo de...
-¿De la pillastrona?
-No, hija mía, de la palacra. Con la herencia de mi tía Elisa podía considerarme lo bastante acaudalado para abandonar el ferrocarril, pero no lo suficiente para que osara volver la espalda a la fortuna. No podía por menos de creer en el testimonio de aquellas dos mujeres. ¡Diantre! Iba a convertirme en un nuevo Vanderbilt o en un J.P. Morgan. Con tales pensamientos en la imaginación. traté de sonsacar a Vahna para que me transmitiera el secreto. Ella se acercó a la banda.
-Imposible -dijo.
-Has de venir tú conmigo. Dentro de dos semanas estaremos de regreso con todo el oro que entre los dos podamos cargar. Sería conveniente llevar un burro o una reata, si no estorba -su­gerí.
No era posible, según la opinión de Vahna, que Paloma compartía. Se corría un riesgo terrible. Los indios nos cogerían. Partirnos los dos. Viajábamos de noche y dormíamos de día. La luna clara y llena iluminaba los montes. Vahna no me permi­tía encender hogueras de suerte que hube de sufrir la tortura de no probar mi café. Ascendimos por las montañas regias del macizo fundamental de los Andes, donde la nieve obstaculizaba el camino, y gracias a que la muchacha conocía muy bien los rastros. pudimos llegar a la meta de nuestras jornadas al cabo de una semana de fatigosa ascensión. Conozco perfectamente la ruta, porque llevaba una brújula de bolsillo que me indicaba el rumbo, que es lo único necesario. El pico de la montaña no tiene pérdida. No existe en el mundo ninguna cima semejante. Por el momento, es innecesario que yo le describa la forma particular: pero cuando salgamos de Quito usted y yo, verá cómo le llevo allá con los ojos cerrados.
La ascensión era muy dificultosa. Nadie podría atreverse a escalar por la noche aquella montaña. Emprendimos la subida al amanecer, y cuando alcanzamos la cumbre, hacia ya tiempo que se había puesto e sol. Podría relatarle mil detalles de aque­lla jornada, que ahorro en honor a la brevedad, por no cansarle demasiado. Remataba el pico una meseta llana y lisa como mesa de billar, de un acre de superficie poco más o menos y limpia por completo de nieve. Vahna me dijo que las rachas de viento, muy frecuentes allí, barrían la meseta.
Me sentía mareado. El mal de las alturas se apoderó de mí con tal intensidad, que hube de acostarme largo rato para repo­nerme. Luego salió la luna. Su luz blanca lo iluminaba todo.
Tendí la vista en torno. Ni se veía ni se olía nada que se aseme­jase al oro. Cuando pregunté a Vhana, se rió y se puso a batir palmas de contento. Entretanto, volví a sentir el mal de las altu­ras y me senté en una roca para descansar.
-Prosigamos -dije cuando me sentí mejor-. Deja de tontear y díme dónde está la palacra.
-Tan cerca de tu mano derecha, que casi te quemas -repuso, abriendo desmesuradamente sus ojazos negros en ademán pen­sativo-. Todos los gringos sois iguales. El oro reina en vuestro corazón. Las mujeres no somos nada para vosotros.
No contesté. Tampoco era aquella ocasión para que yo le hablase de Sara. Vahna sacudió la cabeza como si se despren­diera de sus tristes pensamientos y comenzó de nuevo sus risas importunas.
-¿Qué tal te parece? -preguntó.
-¿Qué?
-La palacra. Estás encima de ella.
Di un salto como si me hubiese sentado en un hierro canden­te. No había allí nada más que una roca. Sentí que desfallecía mi esperanza. O ella se había vuelto loca, o se estaba burlando de mi. Ambas hipótesis me parecían inaceptables. Me dio enton­ces un hacha, y dijo:
-Dale un tajo a esa peña.
La obedecí. Comencé a repartir mandoblazos, y a cada golpe se abría una raja en la piedra, por donde surgía un brillo amari­llento y metálico. ¡Vive Dios! ¡Era un peñasco de oro!...
Julián Jones se irguió como una torre, extendidos los brazos y con la faz vuelta hacia el cielo del Sur. Un cisne que se acer­caba en apacible actitud se espantó al verlo, y huyó rompiendo en una estela las aguas del lago, o, Jones dió un paso atrás, brusca­mente, y atropelló a una señora obesa. Lanzó ésta un grito mientras que por tierra se desparramaba un saquito de cacahue­tes, cariñosa ofrenda que traía para los patos. El se sentó y dijo:
-¡Oro! ¡Era oro, como se lo digo, tan puro y blando que pude cortar algunas esquirlas! Estaba cubierta la roca con una capa de asfalto o laca, impermeable a la lluvia. No hay que extrañar­se de que confundiera la palacra con alguna roca, porque ten­dría unos diez pies de largo por cinco de ancho, en forma de un huevo apuntado por los extremos. Mire. Aquí tiene usted una muestra de su composición.
Sacó del bolsillo una caja de cuero, de la cual extrajo un ob­jeto cuidadosamente envuelto en papel tela. Y depositó en mis manos un pedazo de oro purísimo, del tamaño aproximado que tienen las monedas de diez dólares. Aún quedaban en algún si­tio trozos de la sustancia con que había sido pintado.
-Arranqué este trozo de uno de los extremos a fuerza de hachazos -prosiguió Jones, envolviendo el objeto y guardándo­lo en la caja-. Gozosamente me lo guardé en el bolsillo. De pronto, sentí una voz profunda a mis espaldas, semejante al graznido de un cuervo. Me volví sobresaltado. Era el viejo indio de rostro de aguilucho que una noche habla penetrado en mi casa.
Con él venían unos treinta indios, jóvenes, desarrapados, su­cios.
Vahna se desplomó y comenzó a llorar.
-Levántate -le dije, y tratemos amistosamente con ellos.
-¡No, no! -dijo llorando-. Es la muerte. ¡Adiós, amigo mío!...
-Entonces levántate y luchemos. Ven conmigo -la dije.
Así lo hizo. Se defendía mordiendo y arañando como un leo­pardo. Yo no estaba ocioso, si bien fueran mis únicas armas el hacha y los brazos. Pero eran muchos los enemigos y no tenía tampoco a mis espaldas una pared donde arrimarme para evitar los golpes traidores. A los pocos instantes me habían abierto la cabeza por aquí. Toque esta herida.
Y quitándose el sombrero, me hizo hurgar con el dedo las matas de cabellos color de arena hasta hundirlo en una cicatriz profunda, de unos ocho centímetros de longitud, que calaba el hueso del cráneo.
-Cuando volví en mi, Vahna yacía tendida encima de la roca de oro y a su lado el viejo indio de rostro de águila rezongaba solemnemente una especie de melopea religiosa. En la mano diestra empuñaba un cuchillo de piedra. Ya los habrá visto us­ted. Son agudos, finos y de una piedra semejante a la obsidiana, con la que suelen confeccionar sus flechas. No me quedaban fuerzas ni arrestos para alzar la mano. Estaba demasiado débil. El cuchillo había sido reservado para Vahna. A mi no podían concederme el honor de ser inmolado en el pico sagrado. Me arrojaron por las pendientes escarpadas como quien tira una basura.
Aún veo la luna desleída en un mar de plata sobre los picos de nieve, cuya imagen me empapaba los ojos según rodaba pe­ñas abajo. El despeñadero tendría unos doscientos metros de profundidad; sólo que yo no lo rodé todo. Tuve la fortuna de quedarme enganchado en una grieta que se había abierto en la nieve. Cuando volví en mi, al cabo de muchas horas, porque ya brillaba el sol en lo alto, me encontré en una cueva o túnel que las aguas derretidas del monte, al descender, habían socavado en la nieve. A uno y otro lado se abría una sima salvaje. De haber caído unos palmos más allá mi perdición no tenía reme­dio. Fue un verdadero milagro mi salvación.
Pero la pague a buen precio. Hubieron de transcurrir dos años antes de que me percatara de cuanto había acaecido. Sólo sabía que me llamaba Julián Jones, que fui de los «negros» en la huelga general y que me había casado con Sara. Ignoraba cuan­to hubiese ocurrido entre una y otra fecha, y cuando mi mujerci­ta trataba de hablarme de ello, me entraba una jaqueca terrible. No debía andar bien de la cabeza.
Luego, una noche, a la luz de la luna, sentados en el portal de la casa de campo que mi suegro posee en Nebraska. Sara vino con esta esquirla de oro y me la puso en la mano. Al parecer, la había encontrado recientemente entre la ropa al revolver el baúl que había traído del Ecuador; aunque ni me acordaba de haber estado en tal país, ni en Australia ni en parte alguna. Bueno; pues entonces, estando allí sentado, con la piedrecita de oro en la mano, dándole vueltas y más vueltas y cavilando qué fuera y de dónde la habrían traído, siento dentro de la cabeza un dolor intenso, como si me hubieran mordido los sesos, y como si se rasgara un velo, veo a Vahna tendida sobre la enorme peña de oro y al viejo de cara de aguilucho con el puñal de piedra en la mano, y... todo lo demás. Esto es, todo lo que había pasado desde que abandoné Nebraska hasta el momento en que me despeñaron por los abruptos riscos de la montaña de nieve. Ignoro, porque no he vuelto a recordarlo, lo que sucediera después. Cuando Sara me dijo que yo era su esposo, no quería creerla. Hubo de llamar a toda su familia, a los colonos y al cura, para que el testimonio unánime de todos me redujera a partido.
Más tarde escribí a Seth Manners. Aún no le había matado el ferrocarril. El me lo contó todo. Puedo enseñarle sus cartas. Las tengo en el hotel. Dice que un día, cuando su travesía de cos­tumbre, me vio venir a rastras por la vía. Me tomó al principio por una ternera o un mastín. No parecía, ni en realidad lo era, un ser humano. Luego, por la cuenta que he podido escuchar, deducido que habían transcurrido ya diez días desde que me arrojaron por el despeñaperros. No sé lo que habría comido, si es que había comido algo en todo aquel tiempo. Luego vinieron los doctores, los cuidados de Paloma, la convalecencia larga y dura. Al fin se convencieron todos de que había perdido el jui­cio, y la Compañía me devolvió a Nebraska. Así al menos me lo escribió Seth. Yo no sé nada. Sara está mejor enterada porque mantuvo correspondencia con la Compañía hasta que me em­barcaron, enviándome de regreso a mi país natal.
La señora de Jones asintió con un movimiento de cabeza, suspiró y dio a entender que estaba deseosa de marcharse.
-Desde entonces estoy imposibilitado para trabajar -prosi­guió su esposo-. Y lo que es peor, no sé de dónde sacar dinero para partir en busca de la palabra. Sara tiene dinero de su pro­piedad, pero no consiente en soltar ni medio centavo...
-No quiero que vuelva nunca más a semejante país -excla­mó.
-Pero mujer, ¡si la pobre Vahna murió! Tú lo sabes -protestó Julián Jones.
-Yo no se nada de nada -repuso ella decididamente-. Yo sólo sé que aquél no es un país bueno para un hombre casado. Apretó los labios y se puso a contemplar una estrella invisi­ble que comenzaba a encenderse entre las luces opacas del atar­decer.
-¿Y cómo explica usted que estuviese en semejante lugar aquella masa de oro? -pregunté a Julián Jones-. ¿Se trata de un meteoro aurífero que habrá venido del Cielo? De no ser así...
-Nada de eso. Los indios lo han transportado hasta el pico del monte.
-¿Siendo el monte tan empinado? ¿Y una piedra de tanto peso y tamaño? -inquirí.
-Lo cual es sencillísimo. Muchas veces me he planeado yo ese mismo problema desde que recobré la memoria. Solía pasar­me horas y más horas haciendo números y cábalas para resol­verlo. ¿Cómo pudieron haberlo transportado los indios? Hasta que al fin di con la solución. No lo llevaron.
-Hace un momento ha dicho usted que sí. ¿En qué quedamos?- . Lo llevaron y no lo llevaron, ¿me entiende? -fue su enig­mática respuesta-. Claro está que ellos no cargaron con una piedra tan monstruosa como aquella. Lo que hicieron es trans­portar poco a poco su contenido.
Se detuvo, hasta que leyó en la expresión de mi semblante que le iba comprendiendo.
-Y luego derritieron todo el oro o lo soldaron a martillo, hasta formar una sola pieza. Ya sabe usted que las gentes de Piza­rro recorrían el país en busca de oro. Los indios ocultaron todo el que pudieron en aquella montaña inaccesible. Y allí está aguardando a que yo, o usted, o los dos juntos lo recojamos, si a usted le parece bien.
Y aquí terminó mi amistad con Julián Jones, al borde de la laguna, frente al palacio de Bellas Artes. Como yo manifestara estar de acuerdo con el proyecto de la aventura, me prometió venir a mi hospedaje al día siguiente por la mañana, con las car­tas de Seth Manners y de la Compañía del Ferrocarril, a fin de concluir el trato. Pero Julián Jones no cumplió su palabra. Por la tarde telefoneé al hotel, donde me informaron que el señor Jones y su esposa se habían partido aquella mañana, a primera hora, en compañía de su equipaje.
¿Se lo llevaría su esposa, por las buenas o por las malas, a la granja de Nebraska? Yo sólo sé que al despedirnos creí descu­brir en el rostro de Sara una sonrisa vulpina que me recordó la imagen enigmática de Mona Lisa...


Jack London La Plancha







Jack London

La Plancha





Tengo derecho a saberlo –dijo la muchacha.
Su voz sonaba firme y decidida. No había en ella tono de súplica, pero, sin embargo, su determinación era de aquellas a las que se llega tras mucho suplicar. En su caso, no se había expresado con palabras, sino a través de su actitud. Sus labios guardaron silencio, pero lo expresaban su rostro, sus ojos y toda su persona. El hombre lo sabía, aunque jamás le respondiese. Y, ahora, ella se lo exigía de palabra.
Tengo derecho –repitió.
Lo sé –convino él, con aire desesperado.
Hubo una pausa durante la cual la muchacha esperó, mien­tras contemplaba los rayos solares que se filtraban a través de las ramas de los árboles, para bañar los gruesos troncos con cálida suavidad. Aquel resplandor, tenue y de vivos colores, semejaba irradiar de los propios troncos, a causa del modo como lo reflejaban.
La muchacha lo contemplaba sin verlo, del mismo modo que oía, sin escucharlo, el murmullo del torrente, que corría al fon­do de la cañada.
Entonces, se volvió hacia su acompañante.
¿Bien? –preguntó con la firmeza del que está seguro de que van a obedecerle.
La muchacha se sentaba rígida, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol caído, mientras que el hombre, junto a ella, yacía de costado, con un codo en el suelo y la cabeza en la mano.
¡Querida Lute! –murmuró.
La muchacha se estremeció al oír su voz, no a causa de la repulsión, sino del esfuerzo para no dejarse fascinar por su acariciadora amabilidad. Conocía bien el encanto de aquel hom­bre, la serenidad que prometía la entonación de su voz, el con­tacto de su mano o el de su aliento en el cuello o en la mejilla. Aquel hombre no podía expresarse, fuese con palabras o con una simple mirada, sin que semejara, muy sutilmente, que con una mano acariciase a su interlocutora. No se trataba de cari­cias empalagadoras por su dulzura, ni, tampoco, excesivamente sentimentales, ni, por último, de las que provocan las locuras de la pasión. Resultaban vigorosas y masculinas. En este as­pecto, el hombre no era culpable. Apenas se daba cuenta de que ocurriese. Formaba parte de su personalidad, igual que si emanase de su alma, involuntariamente y sin premeditación alguna.
Sin embargo, en aquel momento, la muchacha se fortaleció para resistirlo. El hombre intentó mirarla, pero las pupilas gri­ses le contemplaban con fijeza, bajo unas cejas serenas e inalte­rables, por lo que abatió la cabeza sobre las rodillas de su acompañante. Esta le apoyó, con cuidado, la mano en el cabello, mientras su rostro se alteraba de ternura y solicitud. Sin embar­go, cuando él volvió a mirarla, sus pupilas grises se mantenían tan firmes como siempre.
¿Qué más puedo decirte? –exclamó el hombre; alzó la cabeza para enfrentarse a su mirada–. No puedo casarme con­tigo. No puedo casarme con ninguna mujer. Te quiero, como muy bien sabes, mucho más que a mi propia vida. Al compa­rarte con todas las cosas hermosas que me rodean, eres tú quien ganas. Lo daría todo con tal de tenerte, pero me es imposible. No puedo casarme contigo. No podré nunca.
La muchacha apretaba los labios para dominarse. Él volvía a abatir la cabeza cuando ella le detuvo.
¿Estás casado, Chris?
¡No, no! –repuso éste con premura–. No me he casado. Sólo deseo casarme contigo, pero me es imposible.
Entonces...
¡No! –la interrumpió Chris–. ¡No me lo preguntes!
Tengo derecho a saberlo –dijo Lute.
Lo sé –interrumpió Chris nuevamente–. Pero no puedo decírtelo.
Me tienes muy poca consideración, Chris –objetó la mu­chacha sin alterarse.
Lo sé, lo sé –convino él.
No me tienes la menor consideración. No sabes lo que, por tu culpa, debo soportar en mi casa.
Ignoraba que tuvieran tan mala opinión de mí –dijo Chris amargamente.
Es cierto. No pueden tragarte. A ti no te lo demuestran, pero casi te odian. Y soy yo quien lo aguanta. Al principio, no era así. Te querían tanto como yo. Pero de eso hace ya cuatro años. Pasó el tiempo y, a los dos años, se volvieron en contra tuya. Sin embargo, no se les puede culpar. No decías nada y consideran que estás destrozando mi vida. Ahora hace ya cuatro años y ni una sola vez me has hablado de matrimonio. ¿Qué van a pensar? Pues lo que piensan, que estás destrozando mi vida.
Mientras hablaba, Lute seguía paseándole la mano por el ca­bello, con ternura, apenada por el dolor que le estaba causando.
Al principio les gustabas. ¿Quién puede evitar tenerte simpatía? Parece como si atrajeras el afecto de la gente, lo mis­mo que el árbol atrae la humedad de la Tierra. Lo recibes igual que si te lo debiese. Tanto tía Mildred como tío Robert creían que no había nadie que pudiera igualársete. No veían más que por tus ojos. Y me consideraban la chica más afortunada del Mundo por tener el amor de un hombre como tú. «Yo juraría que es eso», me decía tío Robert moviendo significativamente la cabeza. Claro que te tenía simpatía. Tía Mildred solía suspirar y, mirando al tío Robert decía en tono de burla: «Cuando pienso en Chris casi deseo volver a ser joven.» Y el tío contestaba: «No me extraña, querida, no me extraña lo más mínimo.» Y ambos me felicitaban por haber conseguido el amor de un hom­bre como tú. Y sabían que yo también te quería. ¿Cómo iba a ocultar eso tan maravilloso que iluminaba mi existencia? Du­rante cuatro años, Chris, no he vivido más que para ti. Cada momento ha sido tuyo. Al despertarme, te amaba. Al dormirme, soñaba contigo. Cada uno de mis actos, iba presidido por tu recuerdo. Incluso mis pensamientos estaban influidos por ti, por tu invisible presencia. No ha habido nada, importante o trivial, en que no estuvieras presente.
No tenía idea de que te imponía tal servidumbre –mur­muró él.
Nada me has impuesto. Siempre me dejaste hacer mi vo­luntad. Eras tú el complaciente servidor. Nunca pretendiste do­minarme. Preveías mis deseos, sin que lo demostrases por tu modo natural de comportarte. Repito que no me dominabas. Tampoco fuiste un muñeco. No escandalizabas. ¿Comprendes? No parecías hacer nada. Las cosas venían siempre de manera rodada. Mi servidumbre es la del amor. Fue éste el que llenaba mis días con tu recuerdo. No te tuviste que imponer. Me llenaste y seguiste en mí, hasta un punto que nunca podrás ima­ginar –ella suspiró y, tras una pausa, siguió diciendo–: Pero, conforme pasaba el tiempo, mis tíos comenzaron a cobrarte antipatía. Se inquietaban mucho. ¿Qué iba a ser de mí? Estabas destrozando mi vida. ¿La música? Sabes muy bien que perdí todas mis ambiciones, iba a marcharme a Alemania. Que­ría estudiar mucho. De eso hace cuatro años y sigo en California –volvió a detenerse, para continuar luego–: Tuve otros pretendientes. Los ahuyentaste. ¡No, no! Eso no es cierto. Yo misma los alejé. ¿Qué me importaban los de­más pretendientes, cuando te veía a ti? Pero, como dije, mis tíos se inquietaron. Hubo comentarios de amigos entrometidos. Pasó el tiempo. Y seguías sin decir nada. Sólo podía preguntar­me qué era lo que ocurría. Me constaba que me amabas. Mi tío me habló en contra tuya y, luego, también tía Mildred. Ya sabes que me han hecho de padres. No tengo modo de defen­derte. Sin embargo, he sido leal contigo. Me he negado a es­cucharles, encerrándome en mí misma. En casa, el ambiente es malo. Mi tío está siempre tan serio como un enterrador y a mi tía se la ve triste a todas horas. ¿Qué puedo hacer, Chris? ¿Qué puedo hacer?
El hombre, siempre con la cabeza apoyada en sus rodillas, gruñó, pero sin el menor comentario.
Tía Mildred ha ocupado el lugar de mi madre. Sin embar­go, no me es posible hacerle confidencias. Se cerró para siem­pre el libro de mi infancia. Y fue un hermoso libro, Chris. Al recordarlo, a veces se me llenan los ojos de lágrimas. Pero eso ya no importa. También he conocido mucha felicidad. Me sa­tisface poderte hablar francamente de mi amor. Y también éste me ha hecho feliz. Te quiero, Chris, te quiero y no sé decirte cuánto. Lo eres todo para mí. ¿Recuerdas el árbol de Navidad y cómo jugábamos en torno a él? Una vez me cogiste del brazo con tanta fuerza que grité de dolor. No te lo dije, pero me lo magullaste. Y la dicha que me produjo no podrás saberla nun­ca. Allí, en colores, estaba la huella de tus dedos, Chris, de tus dedos. Era tu contacto hecho visible. Permaneció una semana y yo lo besaba con frecuencia, con mucha frecuencia. Me dolió que desapareciese. Deseaba herirme de nuevo para que no se marchara. Incluso me sentía enfurecida contra el nuevo color blanco, que borraba la señal. ¡No sé explicar lo mucho que te quiero!
En el silencio que siguió, ella continuaba acariciándole el pelo, mientras observaba distraída una ardilla gris que, escan­dalizando, recorría una rama de un extremo a otro. Un pica­maderos de cresta escarlata, que golpeaba con energía un tronco caído, atrajo, de súbito, su atención. Chris no alzó la cabeza. Por el contrario, apretó la cara contra la rodilla de la mucha­cha, mientras el temblor de sus hombros indicaba su nervio­sismo.
Debes decirme la verdad, Chris –insistió Lute con dulzu­ra–. Este misterio me está matando. He de saber el motivo que nos impide casarnos. ¿Es que siempre ha de ser igual, sim­ples enamorados que se ven con frecuencia, ciertamente, pero con grandes separaciones entre cada encuentro? ¿Es eso todo lo que el Mundo nos depara, Chris? ¿Es que no podemos ser nada más? Es bonito amarse, lo sé, y me has hecho locamente feliz. Pero siempre se desea algo más. Te necesito continuamen­te, Chris. Quiero que estemos siempre juntos. Deseo tu com­pañía, la intimidad que ahora no tenemos y que se puede con­seguir con el matrimonio –se detuvo bruscamente–. Pero nunca vamos a casarnos. Lo había olvidado. Y has de decirme la razón.
El hombre alzó la cabeza, para mirarla directamente a los ojos. Era su costumbre con todos cuantos hablaba; mirarles di­rectamente a los ojos.
Te he tenido muy en cuenta, Lute, –comenzó a decir sin prisas–. Desde un principio. No debí continuar con lo nuestro. Lo mejor hubiera sido marcharme. Lo supe siempre. Lo pensé mucho, pero... no me fui. ¡Dios mío! ¿Qué iba a hacer? Te quiero. No podía marcharme. Me resultó imposible. Y me que­dé. Lo decidí muchas veces, pero siempre rompía mis propósi­tos. Era igual que si estuviese borracho. Estaba borracho de ti. Sé que fui débil. Fallé, pues no pude marcharme. Lo intenté. Sabes que me fui, aunque entonces ignoraban el motivo. Ahora ya lo sabes. Me marché, pero me resultó imposible quedarme lejos. Volví, aunque sabía que nunca nos podríamos casar. Y ahora estoy aquí, contigo. Oblígame a marcharme. No tengo fuerza de voluntad para decidirlo yo mismo.
¿Por qué has de irte? –le preguntó la muchacha–. Y, además, he de saber el motivo antes de tomar una determina­ción.
No me lo preguntes.
Dímelo –insistió ella, con voz suavemente autoritaria.
No, Lute, no me obligues –rogó el hombre con la angustia reflejada en los ojos y en la voz.
Tienes que decírmelo –apremió ella–. En justicia, me lo debes.
El hombre se revolvió.
Si te lo digo... –comenzó. Luego, se cortó, para añadir muy decidido–. Nunca me lo perdonaría. No, no puedo decírtelo. No me obligues, Lute. Lo lamentarías tanto como yo.
Si hay un obstáculo... si este misterio impide... –la muchacha hablaba con lentitud, haciendo grandes pausas, como si buscara la forma más adecuada de expresar su pensamiento–. Chris, te quiero. Te quiero tanto como puede llegar a querer una mujer. Si ahora me dijeras: «Ven», me iría contigo. Te seguiría a donde quiera que fueses. Me convertiría en tu paje, como en la antigüedad, cuando las damas iban con sus caballe­ros a tierras lejanas. Tú eres mi caballero, Chris, y no puedes causarme el menor daño. Tu voluntad es la mía. Me asustaban las censuras del Mundo. Desde que has aparecido en mi vida, ya nada temo. Por causa tuya, me río del Mundo y de sus críti­cas. Y, también, por causa mía. Me reiría de todo, porque te tendría a ti y tú significas más que la aprobación del Mundo entero. Si me dices: «Ven», yo...
¡No, no! –la interrumpió él–. ¡No es posible! Ni matri­monio ni, tampoco, pedirte que vengas conmigo. No puedo. Te lo demostraré. Escucha.
Se irguió junto a ella, muy decidido. Le tomó la mano, apre­tándola con fuerza. Movió los labios como si fuese a hablar. El misterio deseaba expresarse. Se advertía en el aire. Lo mismo que si esperase una sentencia fatal, la muchacha procuró hacer acopio de ánimo. Pero el hombre siguió callado, mirando an­te sí.
Lute sintió cómo su mano se relajaba en la suya y la opri­mió, animándola a seguir. Luego, advirtió que la rigidez aban­donaba a Chris y comprendió que el alma y la carne se relajaban a la vez. Su decisión se tambaleaba. Supo que no iba a hablar y, también, con esa seguridad que da la fe, supo que a él no le era posible.
Lute clavó la mirada en el Infinito, pareciéndole que se le helaba el corazón, igual que si hubiesen muerto la dicha y la esperanza. Contemplaba los rayos de Sol que se filtraban por entre las ramas de los árboles. Pero lo hacía mecánicamente. Vio la escena como desde lejos, muy lejos, sintiéndose una extraña, que ya no formaba parte de la Tierra, de los árboles y de las flores que amaba tanto.
Tan alejada se sentía, que le nació una curiosidad sorprenden­temente impersonal por todo lo que la rodeaba. Miró a un árbol lleno de flores, como si lo viese por primera vez. Sus pupilas se detuvieron en unos matorrales que crecían en un claro del bosque. Por lo general, las flores la animaban y satisfacían, pero, entonces, nada sintió. Los examinó con lentitud, igual que un fumador de haschis, embrutecido por la droga, contemplaría unos macizos de rosas que cerrasen su horizonte. Hasta sus oídos, llegaba el rumor del torrente, que cantaba sus somnolientas fantasías. Pero a ella no le despertó ningún pensamiento.
Supo que se trataba de agua que iba cayendo sobre las rocas del profundo cañón y nada más.
Sus pupilas se alzaron sobre los matorrales, para contemplar los espacios abiertos. En la falda de la montaña, con la hierba hasta las rodillas, pacían dos caballos ingleses, de color casta­ño, reluciendo bajo el Sol. La muchacha casi se sorprendió al reconocer a uno de ellos que le pertenecía, a Dolly, la compa­ñera de su infancia y de su juventud, sobre cuyo lomo había llorado muchos pesares y cantado innumerables alegrías. Los ojos se le humedecieron y regresó del remoto Universo, al que la llevara su estado de ánimo, para, con pasión, convertirse nue­vamente en parte del Mundo.
Chris se inclinó, relajándose, para apoyarle la cabeza en las rodillas. Ella hizo lo propio, pasándole los labios, suavemente por el cabello.
Vámonos –susurró.
Lute contuvo un sollozo, apretó los labios y se puso en pie. Chris estaba pálido y demudado a causa del esfuerzo. No se miraron, dirigiéndose hacia los caballos. Lute se apoyó en el cuello de Dolly, mientras su acompañante revisaba las sillas de montar. Luego, ella tomó las riendas y esperó. Él la miró, al inclinarse, como pidiéndole que le perdonase y, en aquel instante, las pupilas de la muchacha le respondieron. Esta apoyó el pie en sus manos y, allí, saltó sobre la yegua. En silencio, sin siquiera dirigirse una mirada, volvieron los caballos y tomaron el sendero que cruzaba el bosquecillo, para encaminarse hacia los prados. El sendero se convirtió en un camino de vacas y éste, en uno de carros que iba a desembocar en uno vecinal, por el que descendieron a lo largo de las colinas, hasta la carretera, bordeada de cercas, que conducía al fondo del valle. La muchacha se mantuvo a caballo, mientras él iba a abrir una de las vallas.
No, espera –le advirtió ella de pronto.
Azuzó la yegua y ésta pasó por encima de la cerca, con un limpio salto. Brillaron las pupilas de Chris, mientras aplaudía.
¡Bonita, bonita! –exclamó la muchacha, inclinándose para apoyar la mejilla en el cuello del animal, que resplandecía al Sol.
Cuando él hubo cruzado la cerca y vuelto a cerrarla, le propuso.
Cambiemos de caballo. Nunca has apreciado a Dolly debidamente.
No, no –se negó Chris.
La crees demasiado vieja y lenta –insistió Lute– Sólo tiene dieciséis años y es capaz de vencer a nueve de cada diez potros. Pero no se encabrita. Tiene demasiada serenidad, por lo que, a ti, no te gusta. No, no lo niegue, caballero. Lo sé. Y tam­bién sé que puede vencer a tu potro Washoe Ban, del que estás tan orgulloso. ¡Bien! Te desafío. Y, mejor aún, móntala tú mis­mo. Sabes de lo que Ban es capaz. Debes montar a Dolly y comprobar de lo que es capaz.
Cambiaron las sillas de los animales, contentos de aquella di­versión.
Me alegro de haber nacido en California –dijo Lute, sen­tándose sobre Ban–. Es una injuria, tanto para el caballo como para la mujer, usar una montura de amazona.
¿Listo? –indagó luego.
Listo.
Entonces, ¡al viejo molino! –indicó la muchacha, cuando partieron los caballos–. Está a menos de un kilómetro.
¿Hasta el final? –quiso saber Chris.
Ella asintió y los caballos, al sentirse azuzados, participaron del espíritu de la carrera. El polvo se fue alzando en nubecillas, conforme avanzaban a lo largo de la carretera. Tomaron las cur­vas, inclinándose jinetes y monturas casi en ángulo recto, de­biendo los primeros, más de una vez, agacharse para evitar las ramas bajas de los árboles. Resonaron los cascos sobre los puen­tes de madera, escandalizando de manera atronadora al pasar por los metálicos.
Cabalgaban muy juntos, reservándose para el último esfuer­zo, aunque dejando los caballos a un paso que avivaba su fuer­za y sus energías. Tras dar un rodeo en torno a unas encinas, la carretera se extendía, muy recta, durante varios centenares de metros, al final de los cuales podía verse un molino.
¡Ahora! –gritó la muchacha.
Apremió a su montura, inclinando el cuerpo hacia adelante, dejando sueltas las riendas y golpeándole en el cuello. Comenzó a alejarse de su acompañante.
¡Dale en el cuello! –le gritó a éste.
Al hacerlo Chris, la yegua se adelantó y, poco a poco, fue pasando a la muchacha. Los dos jóvenes se miraron un momen­to, mientras Dolly avanzaba, de modo que el hombre tuvo que volver la cabeza. El molino quedaba sólo a cien metros.
¿He de usar las espuelas? –indagó la muchacha.
Chris asintió y ella hundió los acicates con rudeza, para sacarle a su montura el máximo, puesto que su yegua iba alejándose.
¡Vencida por tres cabezas! –exclamó Lute triunfalmente, mientras ponía su caballo al paso–. ¡Confesadlo, caballero, confesadlo! No esperabas eso de Dolly.
Lute se inclinó para acariciar el húmedo cuello de la yegua.
Ban no es más que un tardón comparado con ella –reco­noció Chris–. Dolly es extraordinaria, aunque esté en su vera­nillo de San Martín.
Lute asintió.
Es un buen modo de decirlo: Veranillo de San Martín. Le cuadra bien. Pero no es gandula. Conserva todo su fuego aun­que no haga locuras. Tiene una mayor sensatez, a causa de los años.
Esa es la explicación –convino Chris–. Las locuras desa­parecen con los años. Pero, antes, debió hacerte pasar algunos malos ratos.
No –respondió Lute–. Nunca se desmandaba. Me parece que la única complicación fue cuando le enseñé a que abriese las verjas, porque le asustaban al volver a cerrarse. Debe ser el miedo instintivo a las trampas. Sin embargo, lo venció muy pronto. Y nunca tuvo malos instintos. Nunca quiso tirarme ni se encabritaba jamás.
Los caballos iban al paso, jadeando aún por el esfuerzo de la carrera. El camino serpenteaba por el fondo del valle, cruzando la corriente en varios puntos. Desde ambos lados, llegaba el estruendo de las máquinas segadoras, oyéndose, de vez en cuan­do, las voces de los hombres que recogían las mieses. En la parte occidental del valle, las colinas se alzaban con un verde obscuro, pero en el oriental se las veía quemadas por el Sol.
Allí verano y aquí primavera –dijo Lute–. ¡Qué hermo­so es el valle de Somona!
Le brillaban los ojos y su rostro se encendía de amor a su tierra. Fue contemplando los campos de cultivo y las viñas, para luego buscar la niebla que se extendía sobre los desniveles y las gargantas de los cañones. Más arriba, en las más abruptas crestas, donde las laderas se veían cubiertas de manzanita, des­cubrió un lugar en el que la agreste hierba no había perdido aún su rico color verde.
¿No conoces el pasto secreto? –indagó, contemplando aún aquel lugar.
Un relincho de miedo la obligó a volverse hacia Chris. Dolly, encabritada, dilatadas las narices, coceaba en el aire con sus patas delanteras. Chris se pegó al cuello, para impedir que la yegua cayese de espaldas, y, al mismo tiempo, le clavó las espuelas con objeto de obligarla a que apoyase los cascos en el suelo.
Dolly, eso no está bien –le reprochó Lute.
Mas el animal abatió la cabeza, al tiempo que arqueaba la espalda, saltando en el aire, para caer de nuevo, con las patas rígidas.
¡Potro salvaje! –gritó Chris y, al instante, la yegua volvía a brincar.
Lute quedó como anonadada ante la inesperada conducta de Dolly, pero no sin admirar la maestría de jinete de su amado. Se mantenía sereno e, indudablemente, se estaba divirtiendo mucho. Una y otra vez, hasta media docena, la yegua se arqueó para saltar en el aire y caer con las patas rígidas. Luego, echó la cabeza hacia atrás y se levantó con las patas traseras, patean­do por delante. Lute giró el caballo que montaba, para apartarlo del peligro, y, al hacerlo, vio los ojos de Dolly, en los que res­plandecía una mirada de locura, tan encendidos como si fuesen a saltársele de las órbitas. El sonrosado habitual de la pupila, lo substituía un blanco que semejaba mármol y que, sin embargo, brillaba de furia interior.
Un grito de miedo, ahogado casi al mismo tiempo de lanzarlo, se le escapó a Lute. Una de las patas traseras de la yegua pare­ció fallar y, por un instante, todo su cuerpo tenso y erecto, se balanceó, sin que pudiera saberse si iba a caer hacia atrás o hacia adelante. El jinete, soltándose de la silla, para poder saltar si la yegua se desplomaba de espaldas, avanzó hasta el cuello. Con esto, pudo vencer el peligroso balanceo y la yegua golpeó, nuevamente, el suelo con sus cascos.
Pero no se calmó. Dolly extendió la cabeza, de modo que ésta semejaba una continuación, en línea recta, del cuello. Así logró dominar el bocado, por lo que partió al galope por la carretera. Entonces, Lute se asustó de verdad. Espoleó a Washoe Ban, para perseguirla, pero el caballo no podía mantenerse a la altura de Dolly, de manera que fue rezagándose. Lute vio cómo la ye­gua se detenía, para saltar en el aire, alcanzándola cuando de nuevo lo intentaba. Luego, Dolly se lanzó a una curva y, de súbito, se detuvo bruscamente. Lute vio a su enamorado que se deslizaba de la silla, perdido el equilibrio con la brusca sacudi­da. Sin embargo, no le había arrojado al suelo y, cuando la ye­gua arrancó, nuevamente, al galope, Lute pudo comprobar que se pegaba al costado del caballo, con una pierna sobre la montu­ra y asido a las crines. Con un rápido salto, Chris recobró su si­tio, disponiéndose a dominar a la yegua.
Sin embargo, Dolly abandonó el camino, para lanzarse por una ladera cubierta de alhelíes y de hierba amarilla. Una vieja cerca, que se alzaba al pie, no resultó un obstáculo, Dolly la destrozó, con la misma facilidad que si se hubiera tratado de una tela de araña, desapareciendo, después, entre la maleza. Lute la siguió sin desmayar, azuzando a Ban a través de la aber­tura en la cerca e internándose, a su vez, entre los matorrales. También se pegaba al cuello del potro, para evitar los golpes de las ramas. Estas les envolvían al ir avanzando hacia la fresca corriente de un arroyo. Oyó chapotear en el agua y pudo ver, por un momento, a Dolly que ascendía por la opuesta ladera, ha­cia el bosquecillo de encinas, contra cuyos troncos intentaba estrellar a su jinete.
Lute casi les alcanzó pero quedó, nuevamente, muy rezagada en el extenso prado por el que se alejó la yegua, sin preocuparse de posibles zanjas o desniveles. Cuando Dolly giró hacia la es­pesura, Lute se lanzó en diagonal, esquivando los matorrales, para dirigir a Ban al otro lado. Fue la primera en llegar. Se oía, en el interior de la espesura, cómo se quebraban ramas y arbus­tos. Luego, apareció la yegua, para caer de rodillas, exhausta. Se puso en pie, intentando seguir, pero se detuvo. Estaba em­papada de sudor y asustada y le temblaban todos los músculos. Chris continuaba montado. Tenía la camiseta hecha jirones. Se había herido el dorso de las manos, mientras que le corría la sangre de un rasguño en la sien. Hasta aquel momento, Lute pudo dominarse, pero, entonces, sintió unas profundas náuseas y una intensa debilidad.
¡Chris! –exclamó con voz tan baja que semejaba un sus­piro, para añadir luego–. ¡Gracias a Dios!
Estoy bien –repuso el otro, con todo el ánimo que podía infundirle a su voz, que no era mucho pues la tensión había sido muy grande.
Esta acabó por salirle, al descabalgar. Intentó comportarse normalmente, pasando una pierna sobre la silla, pero al fin, tuvo que apoyarse en la yegua. Lute, a su vez, bajó de su montura, para ir a abrazarle.
Aquí cerca hay un arroyo –le dijo luego.
Dejaron los caballos sin trabar y la muchacha condujo a su enamorado a la fresca protección de la maleza, entre la que una corriente de agua cristalina descendía desde las montañas.
¿No me habías dicho que Dolly nunca se encabritaba? –indagó él, una vez se le hubo restañado la sangre y consiguió dominar los nervios.
Estoy sorprendida –respondió Lute–. No lo comprendo. Jamás había hecho una cosa igual. Los animales te quieren, por lo que no se trata de eso. Es una montura para niños. Yo era muy pequeña cuando comencé a montarla y hasta hoy...
Pues hoy lo fue todo menos una montura de niños –in­terrumpió Chris–. Se comportó como un verdadero diablo. In­tentaba golpearme contra los árboles y saltarme los sesos con las ramas. Buscó los lugares más bajos y angostos que podían encontrarse. Debieras haber visto cómo pasaba por ellos. ¿Re­cuerdas sus saltos?
Lute asintió.
Igual que un potro salvaje.
¿Dónde lo habrá aprendido? –indagó Lute–. Nunca se lo vi hacer hasta ahora.
Chris se encogió de hombros.
Algún instinto que parecía olvidado y que, de súbito, ha resurgido.
La muchacha se puso en pie muy decidida.
Voy a averiguarlo.
Regresaron junto a los caballos, sometiendo a Dolly a un seve­ro examen, que nada reveló. Tanto los cascos como las patas, el tronco o la boca se encontraban normalmente. Ni la silla ni la manta podían haberla herido. El lomo parecía liso y sin ras­guños. Buscaron alguna picada de serpiente o de insecto, pero nada se halló.
Fuese lo que fuese, se trata de algo subjetivo; eso resulta evidente –decidió Chris.
Alguna obsesión –sugirió Lute.
Ambos estallaron en carcajadas, pues los dos eran una conse­cuencia del siglo XX, de mente sana y normal, a quienes encan­taba buscar nuevos ideales, pero que se detenían ante el umbral de las supersticiones.
Algún duende perverso –exclamó Chris–. ¿Qué mal ha­bré hecho para que me castiguen así?
Piensa usted demasiado en sí mismo, caballero –se bur­ló la muchacha–. Lo más probable es que se trate de algo que ha hecho la propia Dolly. Tú no fuiste más que un simple accidente. Hubiese ocurrido exactamente igual de montarla yo, tía Mildred o, incluso, cualquier otra persona.
Mientras hablaba, tomó el estribo, disponiéndose a acortarlo.
¿Qué haces? –inquiró Chris.
Volver con Dolly.
Ni mucho menos –anunció él–. Sería un mal precedente. Después de lo que ha ocurrido, no tengo más remedio que ha­cerlo yo.
La yegua se mostró muy mansa, aunque debilitada, detenién­dose y titubeando de continuo, víctima de espasmos y de con­tracciones musculares, como consecuencia del enorme esfuerzo realizado.
Después de lo que ocurrió, sólo me apetece la hamaca y un libro de poesía –le dijo Lute cuando entraron en el campa­mento.
Se trataba de un campamento veraniego para gente cansada del bullicio de la ciudad, situado en un bosquecillo de enormes árboles, a través de cuyas pobladas ramas se filtraba el Sol, es­parciendo una suave luz en medio de una agradable sombra. Algo alejado del núcleo principal, se alzaban las cocinas y las tiendas de la servidumbre y, en el centro, el extenso y amplio comedor, protegido por las columnas de los árboles, en­tre las que siempre circulaba una agradable brisa y donde no eran precisos toldos para protegerse de los rayos solares.
Pobre Dolly, está enferma –dijo Lute más tarde, después de un último examen a la montura–. Pero no te hiciste daño, Chris, y eso ya le basta a cierta insignificante mujer. Creía sa­berlo, pero, hasta hoy, ni me he dado cuenta de lo mucho que significas para mí. Oía el rumor entre la maleza. No podía verte ni saber lo que te estaba ocurriendo.
Yo sólo pensaba en ti –exclamó Chris y obtuvo una res­puesta afirmativa en la presión de la mano que se le apoyaba en el brazo.
Ella se volvió a mirarle y sus labios se encontraron.
Buenas noches.
Buenas noches, Lute querida –le acarició él con la voz, mientras la muchacha se alejaba entre las sombras.

¿Quién irá a buscar el correo? –preguntó una voz feme­nina a través de los árboles.
Lute cerró el libro que estaba leyendo y suspiró.
No pensábamos salir a pasear –dijo.
Déjame ir –propuso Chris–. Quédate tú. Yo volveré en seguida.
La muchacha negó con la cabeza.
¿Quién va a buscar el correo? –insistió la voz.
¿Dónde está Martin? –quiso saber Lute.
No lo sé –dijo la voz–. Me parece que se lo llevó Robert, para comprar caballos, ir de pesca, o algo parecido. Sólo quedáis Chris y tú. Así se te despertará el apetito. Te has pasado el día en la hamaca. Tío Robert necesita su periódico.
Muy bien, tía, nos vamos –decidió Lute, saltando de la hamaca.
Minutos después, con ropas de montar, ensillaron los caba­llos. Galoparon hasta la carretera, bajo el ardiente Sol de la tar­de, encaminándose hacia Glen Ellen. La aldea dormitaba, ven­cida por el calor, y el dueño del almacén y jefe de la oficina de correos apenas pudo abrir los ojos el tiempo preciso para entre­garles las cartas y los periódicos.
Una hora más tarde, Lute y Chris abandonaron la carretera para internarse en un camino que conducía a un arroyo, donde abrevaron los caballos antes de regresar al campamento.
Se diría que Dolly ha olvidado lo de ayer –comentó Chris, al entrar con los caballos en el río–. Mírala.
La yegua enderezó las orejas al oír unos rumores entre la es­pesura. Chris se inclinó para acariciárselas. Resultaba evidente que esto complacía a Dolly, pues ladeó la cabeza hasta tocar el caballo que él montaba.
Igual que un gato –exclamó Lute.
Sin embargo, no podré fiarme totalmente de ella –dijo Chris–. Nunca olvidaré el ramalazo de locura de ayer.
También yo te creo más seguro en Ban –convino Lute–. Es curioso. Mi confianza en Dolly sigue igual que siempre. No me inquieta en lo que a mí respecta, pero no te permitiré vol­verla a montar. Sin embargo, con Ban es otra cosa. ¡Fíjate en ese cuello! ¡Qué bonito! Será tan sensato como Dolly cuando tenga su edad.
Opino lo mismo –reconoció Chris–. Ban nunca me trai­cionaría.
Sacaron los caballos de la corriente. Dolly se detuvo para espantarse, con el morro, una mosca que se le había detenido en la rodilla y Ban se encaminó a toda prisa al estrecho sendero. El espacio era tan reducido que no se le podía hacer regresar sin muchas complicaciones, por lo que Chris le permitió seguir adelante. Lute, que iba detrás, fijó la vista en la espalda de su amado, complaciéndose en las líneas del cuello desnudo y en el musculoso marco de sus hombros.
De improviso, la muchacha detuvo su caballo. Nada pudo hacer más que mirar, tan rápido fue todo. Abajo y arriba del sendero, la tierra estaba cortada a pico. Apenas quedaba espacio suficiente para que pasara una sola persona. Sin embargo, Washoe Ban, encabritándose y pateando, saltó en el aire para caer fuera.
Resultó tan inesperado y, al mismo tiempo, tan rápido, que arrastró al hombre en la caída. Chris no tuvo ocasión de saltar al sendero. Sabía que se despeñaba e hizo lo único a su alcance. Sacó los pies de los estribos y, a su vez, saltó en el aire, hacia uno de los lados. Había cuatro metros hasta las rocas. Se man­tuvo rígido, con la cabeza alta, contemplando al caballo que se le venía encima.
Chris cayó como un gato, de pie, apartándose rápidamente. Al instante, Ban se desplomaba a su lado. El animal apenas se movía pero lanzó el terrible relincho de los caballos cuando han recibido una herida mortal. Se golpeó en el lomo y quedó iner­te, con la cabeza torcida, entre las patas traseras, mientras agi­taba inútilmente las otras.
Chris miró a la muchacha para tranquilizarla.
Comienzo a acostumbrarme –dijo Lute sonriendo–. No es necesario que te pregunte si estás herido. ¿Necesitas algo?
Él sonrió a su vez y se acercó a su montura, soltando la silla y enderezándole la cabeza.
Me lo había parecido –dijo–. Me lo había parecido. ¿Oíste cómo crujía?
Ella se estremeció.
Bien, ése ha sido el punto final, el último servicio de Ban –Chris inició la ascensión–. Ha sido la última vez que monto a ese caballo. Regresemos.
Cuando llegaron a la cima de la cresta, Chris se volvió para mirar al barranco.
¡Adiós, Washoe Ban! –gritó–. ¡Adiós, viejo amigo!
El caballo intentaba enderezar la cabeza. Los ojos de Chris estaban húmedos cuando se alejó bruscamente y también los de Lute, al mirarle.
La muchacha guardaba silencio, aunque Chris le oprimía fir­memente la mano, mientras andaba junto a su yegua por la polvorienta carretera.
Fue un accidente provocado –dijo Chris de pronto–. No me avisó. Se echó hacia atrás, a propósito.
No, no te avisó –convino Lute–. Yo os estaba mirando. Lo vi todo. Giró y saltó hacia atrás, igual que si tú se lo hubie­ras indicado, tirándole de las riendas.
Te juro que no le guié. Ni siquiera pensaba en él. Le había dejado la rienda suelta.
De guiarle, yo lo hubiese visto –dijo Lute–. Acabó todo antes de que tuvieras ocasión de reaccionar. No fuiste tú, ni si­quiera inconscientemente.
Entonces, fue una mano invisible que salió de no sé dónde.
Dirigió una mirada al cielo y sonrió, ante tamaña suposi­ción.
Martin se hizo cargo de Dolly, cuando llegaron a los establos del campamento, pero su rostro no demostró la menor sorpresa al ver a Chris a pie. Este se quedó un instante, después de mar­charse Lute.
¿Sabes cómo rematar un potro? –le preguntó.
El caballerizo asintió, añadiendo luego: «Sí, señor», con una segunda inclinación de cabeza.
¿Cómo se hace?
Se establece una línea que va del ojo a la oreja, a la opues­ta, quiero decir. Y, en el centro...
Eso basta –interrumpió Chris–. Ya conoces el arroyo, después de la segunda curva. Allí está Ban, con la espalda rota.

Al fin le encuentro, caballero, te he estado buscando desde que acabó la cena. Te llaman.
Chris arrojó el cigarro y luego apoyó el pie para apagarlo.
¿No le habrás contado a nadie lo de Ban? –indagó.
Lute movió la cabeza.
Se enterarán pronto. Martin se lo explicará mañana al tío Robert –tras una pausa, la muchacha añadió, tomándole la mano–. No te tortures más.
Era mi potro –dijo Chris–. Nadie lo había montado más que yo. Nos conocíamos desde que vino al Mundo. Lo domé yo mismo. Le conocía muy bien; cada movimiento, cada salto, y hubiese jurado que era incapaz de una cosa así. No pude dar­me cuenta, no se revolvió ni se encabritó. Lo he estado pen­sando. No fue que se desmandara. No se mostraba rebelde. No tuvo ocasión. No pasó de un simple impulso, al que obedeció. Al recordarlo, me sorprende su rapidez. En un segundo, había­mos caído por el abismo. Fue un acto deliberado, un suicidio y, también, un intento de asesinato. Era una trampa. Y yo tenía que ser la víctima. Cargaba conmigo y se despeñó conmigo. Pero no me odiaba. Me quería, tanto como puede querer un caballo. Estoy aturdido. No lo comprendo, como tú no pudiste comprender el comportamiento de Dolly...
Los caballos enloquecen, Chris –dijo Lute–. Lo sabes muy bien. Es una simple coincidencia que dos caballos que tú montabas tuvieran idénticos ramalazos en dos días.
Es la única explicación –respondió él, echando a andar–. ¿Y quién me llama?
La Plancha.
Ya recuerdo. Será una nueva experiencia. Me lo perdí cuan­do estaba de moda.
Lo mismo nos pasó a todos, menos a mistress Grantly –dijo Lute–. Por lo visto, constituye su entretenimiento favo­rito.
Es casi una anémica –recordó él–. Un amasijo de ner­vios, con ojos negros. No creo que pase más allá de cuarenta kilos y se aguanta por el magnetismo.
En ocasiones, resulta muy desagradable –confesó Lute–. Me pone la piel de gallina.
Eso ocurre cuando los sanos se encuentran con los morbo­sos –explicó él secamente–. Fíjate en que son siempre los sanos a quienes se les pone la piel de gallina, pero jamás a los morbosos. Ellos, simplemente, lo provocan. Para eso están. ¿De dónde la sacó tu familia?
No lo sé; sí, ahora lo recuerdo. Me parece que tía Mildred la conoció en Boston. Bueno, no estoy segura. Sea como sea, cuando mistress Grantly vino a California, fue a visitar a tía Mildred. Ya sabes que recibe bien a todo el Mundo.
Se detuvieron ante dos árboles que, muy juntos, formaban una especie de puerta natural del comedor. En lo alto, a través de las ramas, se veían las estrellas. Unas velas iluminaban la escena.
Cuatro personas estaban reunidas en torno a la mesa, con­templando la Plancha. Chris los examinó y se dio cuenta de una especie de vergüenza al detener la vista en los tíos de Lute, de mediana edad y tan amables como les hicieron las inciden­cias de la vida. Pasó por alto a la frágil mistress Grantly, de grandes ojos obscuros y se detuvo, nuevamente, en la cuarta persona, un hombre de cabeza maciza, cuyas sienes grises des­mentían la juventud de sus facciones.
¿Quién es ése? –preguntó en voz baja.
Un tal mister Barton. El tren se retrasó y, por eso no le viste a la cena. No es más que un capitalista, que posee una central eléctrica de larga distancia o algo por el estilo.
No creo que venciera a un buey en un concurso de imagi­nación.
No podría. Heredó su fortuna. Pero tiene el suficiente sentido común para alquilar el cerebro de otras personas. Es muy conservador.
Eso era de esperar –comentó Chris; su mirada se volvió a posar en el hombre y en la mujer que habían hecho de padres de la muchacha–. ¿Sabes? –le dijo a ésta–. Me impresionó mucho lo que ayer me contaste de que estaban en contra mía y de que casi no podían soportarme. Luego, al encontrarme con ellos me sentí muy asustado e inquieto, temblándome todo el cuerpo y hoy me ha ocurrido lo mismo. Sin embargo, no veo diferencia en su trato.
Mi querido muchacho –respondió Lute con un suspiro–. La hospitalidad les resulta tan natural como el respirar. Pero no es eso todo. Son sinceros. Por mucho que te censuren cuando no estás presente, al verte se ablandan, les brotan el afecto y el cariño. Así eres tú. Incluso los animales te quieren. Todo el Mundo te quiere. No puedes evitarlo. Atraes a todo el Mundo y, lo mejor, es que no lo sabes. Incluso ahora no te das cuenta. Incluso en este momento, en que te lo estoy contando, no te das cuenta, no eres capaz de darte cuenta y esa misma incapacidad es uno de los motivos de que te quieran. No me crees y mueves la cabeza. Pero yo lo sé, yo que soy tu esclava, como lo sabe todo el Mundo, porque también son tus esclavos. Dentro de un minuto, nos reuniremos con ellos. Fíjate en la luz casi maternal que brillará en los ojos de tía Mildred. Escucha el tono de tío Robert cuando te diga: «¿Qué hay, Chris, muchacho?» Fíjate en cómo se deshace mistress Grantly, igual que una gota de ro­cío bajo el Sol. Y, luego, fíjate en mister Barton. No le has visto nunca. Le invitarás a fumarse un cigarro contigo, cuando los demás nos hayamos ido a la cama, tú, un desconocido, un don nadie y él, uno que tiene millones, un hombre poderoso, un hombre obtuso y estúpido como un buey, te seguirá fielmente, fumándose el cigarro, igual que un perrillo, tu perrillo, detrás de tus pasos. No se dará cuenta de lo que hace, pero va a hacer­lo. ¿Acaso no lo sé yo muy bien, Chris? Te he observado, te he observado con mucha frecuencia y me he enamorado aún más, porque estabas tan deliciosa y ciegamente al margen de lo que hacías.
Voy a reventar de vanidad si sigo escuchándote –dijo Chris riendo, mientras la enlazaba para atraerla hacia sí.
Ahora mismo que te burlas de cuanto te he dicho, tu con­tacto, tu alma, llámalo como quieras, está despertando todo el amor que hay en mí.
Se acercó más a él, mientras suspiraba igual que a causa de la fatiga. Chris le besó el cabello, al tiempo que la estrechaba con ternura.
Tía Mildred se estremeció y alzó la vista de la Plancha.
Empecemos ya –dijo–. Pronto hará frío. Robert, ¿dónde están los chicos?
Aquí –saludó Lute, soltándose.
Ahora, a ponernos la piel de gallina –murmuró Chris con­forme se acercaban.
La profecía de Lute, acerca del modo como iban a recibir a su enamorado, se cumplió totalmente. Mistress Grantly, irreal, enfermiza, emanando magnetismo, se animó y pareció a punto de fundirse, igual que el rocío bajo el Sol. Mister Barton le hizo una profunda reverencia, mostrándose extraordinariamente ama­ble. Tía Mildred le saludó con cariño, mientras tío Robert, ju­biloso y cordial, indagaba:
Bien, Chris, muchacho, ¿cómo ha ido vuestro paseo?
Pero tía Mildred, arrebujándose en su chal, rogó a los demás que empezaran. En la mesa, había una cuartilla de papel. Sobre ésta, apoyándose en tres pies, se veía una plancha de madera, en forma de triángulo. Dos de los pies eran movibles. El tercero, que constituía el vértice del triángulo, terminaba en un lápiz.
¿Quién va primero? –indagó el tío Robert; hubo un momento de duda y, luego, la tía Mildred dijo, apo­yando la mano en la Plancha:
Siempre hay uno que debe hacer el tonto para que los de­más se diviertan.
¡Bravo! –aplaudió su esposo–. Ahora, mistress Grantly, comience con sus brujerías.
¿Yo? –exclamó la aludida–. Yo no hago nada. El poder, o como quiera usted llamarlo, no viene de mí. Como tampoco viene de ustedes. Ignoro en qué consiste ese poder, aunque exista. He podido comprobarlo en muchas ocasiones. Ahora, por favor, callen todos. Apoye la mano en el triángulo, mistress Story; ligeramente pero con firmeza. Y no haga nada en abso­luto.
La tía Mildred asintió y mantuvo la mano en la Plancha, mientras el resto formaban un círculo expectante y silencioso. Pero nada ocurrió. Pasaron los minutos y, sin embargo, el trián­gulo continuaba inmóvil.
Tenga paciencia –aconsejó mistress Grantly–. No intente resistir ninguna influencia. Y, sobre todo, no actúe por propia iniciativa. Las influencias se encargarán de todo. Se sentirá im­pelida a hacer ciertas cosas, sin que pueda contenerse.
Me gustaría que se diesen prisa –protestó la tía Mildred a los cinco minutos.
Aguarde un poco más, sólo un poco más –rogó mistress Grantly conciliadora.
De súbito, la mano de tía Mildred comenzó a agitarse. Su semblante se alteró levemente al observarlo y oír cómo rascaba el lápiz sobre el papel.
Siguieron así durante cinco minutos, al cabo de los cuales tía Mildred, con un gran esfuerzo, retiró la mano al tiempo que decía:
No sé si lo hice yo o no. Sólo sé que me ponía nerviosa, de pie, aquí, igual que una tonta, mientras todos me miraban tan serios.
Patas de mosca –comentó el tío Robert al mirar lo que ha­bían escrito en el papel.
Totalmente ilegible –convino mistress Grantly–. No pa­rece escritura. Las influencias no han funcionado bien. Inténtelo usted, mister Barton.
Este se adelantó, decidido a complacerla, y apoyó la mano en el triángulo. Durante diez pesados y estólidos minutos, se mantuvo allí inmóvil, como la personificación de una era co­mercial. El semblante de tío Robert comenzó a agitarse. Parpa­deaba, apretando los labios, se aclaró un par de veces la gar­ganta y, al fin, perdiendo el dominio de sí mismo, estalló en una estruendosa carcajada. Los demás le hicieron coro, incluida mistress Grantly. Mister Barton rió a su vez, pero se le veía ligeramente irritado.
Inténtelo usted ahora, Story –propuso.
El tío Robert, riendo aún y presionado por Lute y por su esposa, apoyó la mano en el triángulo. De súbito, su rostro cam­bió de expresión. La mano se le movía y podía oírse el lápiz rascando el papel.
¡Diablos! –murmuró–. Esto sí que es curioso. Fíjense. Yo no hago nada. Sé que no hago nada. ¡Miren cómo se mueve la mano! ¡Mírenla!
Robert, no gastes bromas –le advirtió su esposa.
Te aseguro que no lo hago yo –repuso él, indignado–. Hay una fuerza que me obliga. Pregúntaselo a mistress Grantly. Dile a ella que lo pare. ¡Diablo!, fíjate ahora en ese rasgo. Yo no lo hice. Jamás hice un rasgo tan floreado en toda mi vida.
Un poco de seriedad –les pidió mistress Grantly–. Esa atmósfera frívola no es la más apropiada para lo que pretende­mos.
Creo que ya basta –dijo el tío Robert, apartando la ma­no–. Veamos.
Se inclinó al tiempo que se ponía los lentes.
Eso, por lo menos, es caligrafía y bastante más de lo que vosotros conseguisteis. Toma, Lute, tú tienes buena vista.
¡Qué trazos más cuidados! –comentó la muchacha al to­mar la cuartilla de papel–. Miren, aquí hay dos estilos dis­tintos.
Luego, comenzó a leer:
Este es el primer escrito. Escuchen esta frase:
«Soy un es­píritu positivo, sin rasgos negativos. Síganme, concentrándose mucho y con amor positivo. Entonces, la paz y la armonía vi­brarán en todo su cuerpo. ¡Su alma!...»
La otra caligrafía le in­terrumpe. Dice así:
«Bullfrog 95, Dixie 16, Golden Anchor 65, Gold Mountain 13, Jim Butler 70, Jumbo 75, North Star 42, Rescue 7, Black Butte 75, Brown Hope 16, Iron Top 3.»
Iron Top se cotiza mal –comentó mister Barton.
Robert, ésta es otra de tus bromas –le reprendió tía Mil­dred con aire acusador.
Te aseguro que no –repuso él–. Leo, de vez en cuando, las cotizaciones, eso sí, pero me gustaría saber cómo demonios... perdonen, cómo llegaron a ese papel.
El subconsciente –sugirió Chris–. Las habrá repasado en el periódico de hoy.
No, no; le eché una ojeada la semana anterior.
Para el subconsciente, lo mismo da un año que un día. Pero no afirmo que esto se deba al subconsciente. Me niego a decir lo que sospecho ser la causa.
¿Pero qué hay de lo otro? –insistió el tío Robert–. Sue­na a lo que imagino será la Christian Science * .
* _ Secta americana fundada por Mary Baker Edy, en el siglo XIX, y que todo lo basa en la fuerza del espíritu.
O la teosofía –opinó tía Mildred–. Un mensaje para el neófito.
Vamos, continúa, Lute –la animó el tío.
«Esto os pone en contacto con el espíritu superior.» –leyó la muchacha–. «Te convertirás en uno de los nuestros y tu nombre será “Arya” y tú... Conqueror 20, Empire 12, Columbia Mountain 18, Midway 140...» Y eso es todo. No, aquí dice algo más, una última frase: «Arya de Kandor.» Debe ser el nombre del espíritu.
Me gustaría que me explicaras eso de la teosofía, basán­dote en el subconsciente, Chris –retó el tío Robert.
El aludido se encogió de hombros.
No hay explicación. Debió usted recibir un mensaje diri­gido a otra persona.
Un cruce, ¿eh? –rió tío Robert–. Pues habría que lla­marlo telegrafía sin hilos espiritual.
Tonterías –atajó mistress Grantly–. Nunca vi una cosa semejante. Hay influencias perturbadoras. Las sentí desde un principio. Quizá se deba a que gastan demasiadas burlas. No se encuentran en el estado de ánimo adecuado.
Una cierta seriedad nos vendría bien –dijo Chris apoyan­do la mano en la Plancha–. Probaré yo. Nadie debe reírse o burlarse y ni siquiera pensar en «risa» o «burla». Y si se atreve usted a sonreír, aunque sólo sea una vez, tío Robert, nadie sabe las ocultas venganzas que pueden caerle encima.
Me portaré bien –convino el aludido–. Pero, si me viene una sonrisa, ¿puedo marcharme en silencio?
Chris asintió. La mano comenzaba a movérsele. No hubo ningún aviso preliminar. Se inició de súbito y el triángulo se mo­vía claramente a lo largo de la cuartilla de papel.
Mira –le dijo Lute a su tía–. Fíjate en lo pálido que está.
Chris se alteró levemente ante el sonido de su voz y, desde aquel momento, hubo un silencio total. Tan sólo se oía el ras­guear del lápiz. De pronto, como sí le hubiesen pinchado, Chris apartó la mano. Con un suspiro y un bostezo, se alejó de la mesa, para contemplar a los otros, con la curiosidad del que aca­ba de despertarse.
Me parece que escribí algo –dijo.
Léelo en voz alta –animó tío Robert.
Bien, escuchen. Comienza por decir «cuidado», repetido tres veces y con letras mayúsculas.
«¡CUIDADO! ¡CUIDADO! ¡CUIDADO! Chris Dunbar, me propongo destruirte. Ya he hecho dos intentos contra tu vida pero he fallado. Sin embargo, lo conseguiré. Tal seguridad ten­go, que no me importa avisarte. No necesito decirte la razón. La sabes muy bien. El mal que estás causando...»
Y aquí termina.
Mistress Grantly contempló a Chris, que era el centro de la atención general y que bostezaba como víctima de un amodo­rramiento invencible.
¡Qué propósitos más sanguinarios! –comentó el tío Ro­bert.
«He hecho dos intentos contra tu vida». –leyó mistress Grantly.
¿Contra mi vida? –repitió Chris entre dos bostezos–. Nadie ha atentado contra mí, ni siquiera una sola vez. ¡Qué sue­ño tengo!
Muchacho, estás pensando en gente de carne y hueso –di­jo el tío Robert riendo–. Pero se trata de un espíritu. Han atentado contra ti de forma invisible. Lo más probable es que unas manos fantasmales pretendieran estrangularte mientras dormías.
¡Chris! –gritó Lute incapaz de contenerse–. ¡Esta tar­de! ¡Dijiste que una mano sujetaba las riendas!
Bromeaba –objetó él.
No obstante... –comenzó a decir la muchacha, sin que, luego, llegase a expresar su pensamiento.
Mistress Grantly se sentía muy interesada.
¿Qué ocurrió esta tarde? ¿Estuvo usted en peligro?
A Chris se le había pasado la modorra.
Comienza a interesarme a mí también –reconoció–. Nada hemos dicho. Ban se rompió la espalda al tirarse por un barran­co, y por poco, me aplasta.
Qué raro, qué raro –comentó en voz alta mistress Gran­tly–. Pero hay algo en eso... Es como un aviso. Y dice que se hirió usted ayer, al montar la yegua de miss Story. Son dos intentos.
Les miró con aire triunfal. La Plancha quedaba reivindicada.
¡Tonterías! –se burló el tío Robert con una ligera irrita­ción–. Hoy día no ocurren tales cosas. Estamos en el siglo veinte, querida señora. Todo eso huele a medievalismo.
He hecho pruebas tan extraordinarias con la Plancha –co­mentó mistress Grantly, pero se detuvo para colocar la mano sobre el triángulo de madera.
¿Quién eres? –preguntó–. ¿Cómo te llamas?
La Plancha comenzó a escribir en seguida. Todas las cabezas, excepto la de mister Barton, se inclinaban sobre la mesa para seguir el lápiz.
¡Es Dick! –gritó la tía Mildred en tono casi histérico; su marido se enderezó, con una grave expresión en el rostro–. Es la firma de Dick –dijo–. La reconocería en cualquier sitio.
Dick Curtis –leyó mistress Grantly en voz alta–. ¿Quién es Dick Curtis?
¡Qué curioso! –exclamó mister Barton–. La caligrafía es la misma en ambos casos. Muy hábil, sin duda alguna, muy hábil –añadió con admiración.
Veamos –rogó el tío Robert tomando el papel y exami­nándolo–. Sí, es la escritura de Dick.
¿Pero quién es Dick? –insistió mistress Grantly–. ¿Quién es Dick Curtis?
Dick Curtis era el capitán Richard Curtis –respondió el tío Robert.
El padre de Lute –aclaró la tía Mildred–. Esta lleva, ahora, nuestro apellido y no llegó a conocerle. Murió cuando ella tenía tan sólo unas semanas. Era mi hermano.
Extraordinario, muy extraordinario –dijo mistress Gran­tly que meditaba sobre el mensaje–. Hubo dos atentados contra la vida de mister Dunbar. Esto no puede explicarse por medio del subconsciente, ya que lo ignorábamos.
Yo sí lo sabía –advirtió Chris– y era quien manejaba la Plancha. Esa es la explicación.
¿La caligrafía? –objetó mister Barton–. Lo que usted ha escrito es igual a lo que escribió mistress Grantly. Chris se inclinó para observarla.
Además –advirtió mistress Grantly–, mister Story la ha reconocido.
Se volvió hacia él, para que confirmase sus palabras. El tío Robert asintió.
Sí, son los rasgos de Dick. Estoy dispuesto a jurarlo.
Lute tuvo como una visión. Mientras los otros discutían los pros y los contras y el aire se llenaba de frases como «fenó­meno psíquico», «autohipnosis», «residuos de verdad no ex­plicada» y «espiritismo», la muchacha revivía mentalmente las imágenes que, en su infancia, se había creado acerca del padre que no llegó a conocer. Conservaba su espada, tenía ciertos viejos daguerrotipos y las historias y anécdotas que de él le con­taron, todo lo cual le sirvió de base para crearse una idea de aquel militar.
Es posible que una mente influya inconscientemente en otra– decía mistress Grantly.
A través de la mente de Lute, cabalgaba su padre en un cor­cel de guerra. Ahora conducía a sus hombres al combate. Le vio en solitarias patrullas o ante los escandalosos indios en Salt Medows, cuando, de toda su compañía, no quedó más que uno de cada diez hombres. Y en la imagen que de él tenía, en la semblanza física que se había creado, se reflejaba una talla es­piritual emanada de su propio cariño, tanto en las facciones como en el gesto: su valor, su genio vivo, su impulsivo entusias­mo, su furia en la defensa de una causa justa, su cálido carácter generoso y su nobleza, que se basaba en códigos ideales tan primitivos como los días de la caballería andante. Ante, sobre y por encima de todo, dominando el resto, la muchacha veía en su rostro la pasión y el ansia de aventuras que le valieron el apodo de «Dick Curtis, el batallador».
Pongámoslo a prueba –volvía a decir mistress Grantly–. Que lo intente ahora miss Story. Es posible que haya ahora otro mensaje.
No, no, se lo suplico –objetó la tía Mildred–. Me parece poco respetuoso. No está bien jugar con los muertos. Además, me siento muy nerviosa. Es preferible que vaya a acostarme y que ustedes continúen con sus experimentos. Será lo mejor y mañana pueden contármelo.
Junto a las despedidas, cuando la tía Mildred se retiraba, se oyeron las protestas de mistress Grantly.
Robert volverá –dijo la otra– en cuanto me deje en la tienda.
Sería una lástima abandonarlo ahora –objetó mistress Grantly–. Nadie sabe lo que podemos averiguar. ¿No quiere usted hacer la prueba, miss Story?
Lute obedeció, pero, al apoyar la mano en el triángulo de madera, sintió un vago y desconocido temor ante lo sobrenatu­ral. Ella pertenecía al siglo XX y todo aquello, como dijera su tío, era medieval. Sin embargo, no conseguía librarse de aquel miedo instintivo que la iba dominando, como una herencia, sin duda, de las épocas más remotas, en que sus antepasados, de forma simiesca y peludo cuerpo, temían la obscuridad y personi­ficaban los elementos en cosas tenebrosas.
Pero, cuando la misteriosa influencia se apoderó de su mano, para que escribiese sobre el papel, la situación perdió su ca­rácter insólito y la muchacha no experimentó más que una débil curiosidad. Acababa de despertársele otra visión, esta vez de su madre, a la que tampoco llegó a conocer. A diferencia de la viva y áspera que tenía de su padre, la de ella resultaba un poco nebulosa, cual la cabeza de un santo, aureolada de dulzura y de bondad, pero injertada de una determinación, de una terca fir­meza, que, en vida, se expresara, principalmente, por su conti­nua renuncia a todo.
La mano de Lute dejó de moverse y mistress Grantly comen­zó a leer el mensaje que había escrito.
Tiene una caligrafía distinta –dijo–. Parece de mujer. Está firmado: «Martha». ¿Quién es Martha?
A Lute no le sorprendió.
Mi madre –aclaró con sencillez–. ¿Qué dice?
No sintió una gran somnolencia, como Chris, pero sí que se embotaba su entusiasmo por la vida, viéndose dominada por una dulce y agradable laxitud. Y, mientras leían el mensaje, persistía ante sus ojos la imagen de su madre.
«Querida hija –leyó mistress Grantly– no hagas caso. Tu padre siempre fue violento y agresivo. No escatimes tu amor. El amor no puede causarte daño alguno. Negar el amor es pe­cado. Obedece a tu corazón, que no te engañará. De obedecer los preceptos mundanos, el orgullo o a quienes te aconsejan contra las inclinaciones de tu corazón, pecaréis. No te preocupes de tu padre. Sigue tan colérico como lo fue en la vida terrena, pero acabará comprendiendo la razón de mi consejo, igual que ocurría antes. Ama, hija mía, y ama bien. Martha.»
Déjeme verlo –gritó Lute tomando el papel para recorrer­lo con la vista.
Se sentía encendida de amor por la madre que jamás cono­ciera y aquel mensaje de ultratumba parecía darle mayor tangi­bilidad a su existencia que cuantas imágenes de ella se forjara.
Es extraordinario –repetía mistress Grantly–. Nunca vi nada semejante. Piénselo, querida, sus padres estuvieron con nosotros esta noche.
Lute se estremeció. La laxitud había desaparecido y volvía a ser la de antes, enervada por el instintivo temor a cosas jamás vistas. Y le parecía ofensivo que la prueba, ilusoria o real, de la presencia de sus padres pasara por las manos de aquellas dos personas, que le eran totalmente extrañas; mistress Grantly, morbosa y enfermiza, y mister Barton, estúpido y estólido, gro­sero tanto de cuerpo como de espíritu. Y, asimismo, le resultaba intolerable que aquellos desconocidos se inmiscuyeran en su intimidad con Chris.
Oyó los pasos de su tío, que se acercaban, y la situación le pareció súbitamente clara. A toda prisa, dobló la hoja de papel, para guardársela en el pecho.
No le hablen de este segundo mensaje, por favor. Ni tam­poco a tía Mildred. Sólo serviría para irritarles y causarles ansiedad.
Además, deseaba proteger su noviazgo, ya que sabía que la tensión de las relaciones con sus tíos iba a aumentar de un modo inconsciente, a causa de los extraños mensajes recibidos a través de la Plancha.
¡No sigamos por esta noche! –continuó Lute con premu­ra–. Olvidemos todas esas tonterías.
¿Tonterías, querida niña? –protestó mistress Grantly in­dignada, cuando el tío Robert entró en el círculo.
Hola –saludó– ¿Qué es lo que ocurre?
Que ya es muy tarde –dijo Lute–. Esta noche no habrá más cotizaciones. Se suspende la sesión y aplazaremos el discu­tir sus teorías. ¿Saben la hora que es?

Bien, ¿qué hiciste anoche cuando nos separamos?
Di un paseo –respondió Chris.
Brillaron los ojos de Lute, cuando indagó, con forzada natu­ralidad.
¿En compañía de mister Barton?
Pues, sí.
¿Y fumasteis juntos?
Sí. Oye, ¿qué pretendes?
Lute rompió a reír.
Tal como te lo anuncié anoche. ¿No soy una buena profe­tisa? Pero, antes de hablar contigo, sabía que mis predicciones se cumplieron totalmente. Acabo de dejar a mister Barton, que me ha contado que disteis un paseo, pues afirma, por todos sus ídolos y fetiches, que eres un joven extraordinario. Estaba segura desde un principio. El encanto de Chris Dunbar le ha seducido por completo. Pero no ha terminado, ni mucho menos, el interrogatorio. ¿Dónde has estado hasta ahora?
En el sitio al que iremos esta tarde.
Lo planeas todo sin conocer mis deseos.
Los conozco muy bien. Iremos a ver un caballo que me ofrecen.
La voz de la muchacha descubrió su entusiasmo al decir:
¡Estupendo!
Es magnífico –aseguró Chris.
Sin embargo, la expresión de Lute había cambiado y en sus ojos se veía una mirada grave.
Se llama Comanche –continuó Chris–. Es magnífico; un auténtico potro de vaquero californiano. ¡Con unas líneas! Oye, ¿qué te pasa?
No tengo ganas de montar a caballo –dijo ella–. Por lo menos, de momento. Creo que he abusado un poco.
Chris la contempló sorprendido, sosteniendo su mirada con valentía.
Me parece ver flores y coronas –comenzó a decir el joven– y oír una oración fúnebre. Se acerca el fin del Mundo y las estrellas se desplomarán del cielo, al tiempo que van a en­rollarlo igual que un papiro. Ya veo a los muertos y a los vivos que se reúnen para el Juicio Final, los corderos y las cabras, las ovejas y los carneros y todo lo demás, los santos con sus blancas vestiduras, el tañer de las arpas de oro y los gritos de las almas perdidas al hundirse en los abismos. Todo esto es lo que anuncia el día en que tú, Lute Story, ya no quieres montar a caballo. ¡Un caballo, amor mío, un caballo!
De momento, por lo menos –rogó ella.
Ridículo –comentó Chris–. ¿Qué te pasa? ¿No te en­cuentras bien? Tú, que siempre te encuentras abominable y adorablemente bien.
No es eso –respondió ella–. Comprendo que resulta ri­dículo, Chris, lo sé muy bien, pero me quedan dudas. No puedo evitarlo. Me has dicho muchas veces que siempre estoy aferrada al Mundo y a la realidad. Es posible que todo sea superstición, no lo sé. Pero todo eso, los mensajes de la Plancha, la posibili­dad de que la mano de mi padre, aunque no sé cómo, tirase de las riendas de Ban, obligándole a despeñarse y procurando des­peñarte a ti, la coincidencia entre sus afirmaciones de que, por dos veces, había atentado contra tu vida y el hecho de que, en los dos últimos días, tu vida estuviera en peligro, a causa de los caballos, así como que mi padre fuese un gran jinete, todo eso, según ya he dicho, me hace dudar. ¿Y si hubiese algo de cierto? No estoy segura. La ciencia puede mostrarse demasiado dogmá­tica con respecto a lo invisible. Las fuerzas del espíritu pueden ser en exceso sutiles, sublimes en demasía, para que la ciencia las desmenuce, las analice y establezca fórmulas. ¿No compren­des, Chris, que incluso la duda puede ser racional? Aunque sea una duda muy pequeña, muy pequeña, pequeñísima, te quie­ro demasiado para permitir que te arriesgues lo más mínimo. Además, soy mujer y eso debiera justificar mi predisposición a las supersticiones. Sí, sí, ya sé, podemos llamarlo irrealidad. Pero he oído muchas veces tus paradojas acerca de la realidad de lo irreal, de la realidad de las alucinaciones de una mente enferma. Quizá me está ocurriendo a mí. Puede ser ilusión e irrealidad, mas, para mí, tal como estoy hecha, me resulta muy real, tan real como una pesadilla cuando estamos sumergidos en ella.
El razonamiento más lógico acerca de lo ilógico que he oído en mi vida –dijo Chris sonriendo–. Por lo menos, está muy bien expuesto. Abarcas muchas más posibilidades y mayo­res aspectos con tus disquisiciones que yo con las mías. Me recuerdas a Sam, el jardinero que teníais hace dos años. Una vez le oí discutir con Martin en el establo. Ya sabes que éste es ateo. Bien, pues había desconcertado al otro con su lógica. Sam que­dó pensativo. Luego, le dijo: «En realidad, mister Martin, me arrolla usted igual que un incendio, pero no tiene tantas posibilidades como yo.» «¿Cuáles son?» indagó el otro. «Pues verá mister Martin, la cosa es así. Usted no tiene otra posibilidad que convertirse en alimento de gusano, igual que los que se comen las lechugas del huerto. Pero yo tengo la posibilidad de elevar mi voz, alabando al Señor, mientras recorro esas calles de oro, y, además, la de quedarme con los gusanos, lo mismo que usted.»
No quieres tomarme en serio –se quejó Lute, una vez que pudo dominar la risa.
¿Cómo voy a tomar en serio ese asunto de la Plancha –indagó él.
Pero no hay explicación para que fuese la misma caligrafía de mi padre, que tío Robert identificó, ni para todo lo demás. No hay modo de explicarlo.
Apenas conozco los misterios de la mente –reconoció Chris– pero creo, con toda sinceridad, que tales fenómenos acabarán por tener una explicación científica en un futuro no muy lejano.
No obstante, deseo averiguar más cosas acerca de esa Plancha –dijo Lute–. Sigue aún en el comedor. Podríamos hacer algunas pruebas, sin que nadie lo supiese.
Chris la tomó de la mano, al tiempo que comentaba.
Vamos. Será divertido.
Juntos, se dirigieron hacia aquel lugar.
No hay nadie en todo el campamento –dijo Lute colocando el triángulo sobre la mesa–. Mistress Grantly y tía Mildred están descansando y mister Barton ha salido a pasear con tío Robert. Nadie va a molestarnos –colocó la mano sobre la Plancha–. Comencemos.
Al principio, cosa de unos minutos, nada ocurrió. Chris fue a hablar pero ella, con un gesto, le ordenó que callase. Empezaba a sentir los primeros cosquilleos en la mano y en el brazo. Luego, el lápiz comenzó a moverse. Leyeron el mensaje palabra por palabra, según lo iban escribiendo:
«Hay una sabiduría mayor que la sabiduría de la razón. El amor no viene de las reacciones frías de la mente. El amor viene del corazón y está más allá de todo razonamiento, lógica y filosofía. Confía en tu corazón, hija. Y si tu corazón te indica que creas a tu amado, ríete, entonces, de la mente y de sus fríos cálculos, para obedecer al otro, con entera seguridad. Martha.»
Ese mensaje está dictado por tus deseos –objetó Chris–. ¿No lo comprendes, Lute? Esos son tus pensamientos y tu subconsciente no ha hecho otra cosa que expresarlos sobre el papel.
Pero hay algo que no comprendo –repuso ella.
¿Qué es?
La caligrafía. Fíjate. No se parece en absoluto a la mía. Es más pequeña y anticuada, es la escritura femenina de hace una generación.
¿No irás a decirme que, de veras, crees que se trata de un mensaje de los muertos? –le interrumpió él.
No lo sé, Chris –confesó la muchacha–. Te aseguro que no lo sé.
Es absurdo –protestó el joven–. Son juegos de la fantasía. Cuando morimos, no somos más que muertos. Polvo. Va­mos a los gusanos, como dice Martin. ¿Los muertos? Me río de ellos. No existen. Ya no están. Desafío a los poderes de ultratumba, a los muertos, que se fueron y no son más que polvo. ¿Y ahora, qué vas a decirme? –añadió, apoyando la mano en el triángulo.
Y en aquel mismo instante, el lápiz comenzó a escribir. A ambos les sorprendió la rapidez. El mensaje era muy breve:
«¡CUIDADO! ¡CUIDADO! ¡CUIDADO!»
Chris quedó aturdido, pero, sin embargo, acabó por reír.
Parece una comedia de magia. La muerte nos habla desde el más allá de la tumba. ¿Pero, dónde están las Buenas Acciones? ¿Y la Compasión, la Alegría, y los Dioses Lares? ¿Y la Amistad y los Buenos Compañeros?
Lute no compartía su arrogancia. La expresión del rostro demostraba su temor. Apoyó una mano temblorosa en el brazo de su acompañante.
¡Basta ya, Chris! Lamento haberlo repetido. Dejemos que descansen los muertos. Está mal hecho. Tiene que estar mal hecho. Reconozco que me ha afectado. No puedo evitarlo. Me tiemblan el cuerpo y el alma. Ese mensaje de ultratumba, ese muerto que viene de una generación atrás para protegerme. Todo concuerda. Ese misterio que te impide casarte conmigo. De vivir vivir mi padre, él me protegería. Muerto, intenta hacer lo mismo. ¡Sus manos, sus manos fantasmales amenazan tu vida!
¡Cálmate! –le aconsejó Chris–. Ahora, escúchame. Todo es una simple ilusión. Nos enfrentamos a fuerzas subjetivas de nuestra propia mente, a un fenómeno que la ciencia aún no ha explicado; eso es todo. La psicología está en sus comienzos. Podríamos decir que acaba de descubrir la mente subconsciente. Sigue siendo un misterio y sus leyes todavía han de formularse. No es más que un fenómeno que no se ha explicado. Pero no hay motivo para que lo califiquemos de espiritismo. Se le des­conoce, nada más. En cuanto a la Plancha...
Se interrumpió bruscamente, pues, en aquel momento, para dar mayor fuerza a sus palabras, había apoyado la mano en el triángulo y, casi al instante, la mano semejó víctima de un ata­que y recorrió la cuartilla de papel, escribiendo con toda la pre­mura de una persona furiosa.
No quiero que sigamos –dijo Lute una vez concluyó el mensaje–. Es como si asistiera a una lucha entre mi padre y tú. Hay, en todo caso, como un aire de agresión y de violencia.
Señaló una frase que decía:
«¡No podrás escapar de mí ni del justo castigo que mereces!»
La muchacha continuó:
Puede que me lo imagine con demasiada viveza para mi propia tranquilidad, pero me parece ver sus manos que te opri­men la garganta. Ya sé que, según tus palabras, está muerto y es sólo polvo, mas, pese a todo eso, le veo igual que si viviese y estuviera junto a nosotros. Incluso creo advertir la expresión de ira de su rostro, ira y venganza que se vuelcan sobre ti.
Estrujó las hojas de papel y guardó el triángulo de madera.
No hablemos más de eso –propuso Chris–. No imaginé que iba a afectarte tanto. Pero estoy seguro de que todo es un efecto subjetivo, con alguna dosis de sugestión. Nada más. Y lo inusitado de nuestras relaciones te predispone a aceptar cual­quier fenómeno.
Con respecto a nuestras relaciones –dijo Lute cuando se alejaban por el sendero– no sé lo que debe hacerse ¿Vamos a seguir igual que hasta ahora? ¿Qué es lo mejor? ¿Lo has pen­sado?
Chris meditó unos instantes.
He pensado hablar con tus tíos.
¿Y revelarles lo que no quisiste decirme? –indagó ella anhelante.
No –respondió él lentamente– pero contarles cuanto te he confiado. No tengo derecho a decirles lo que a ti no te he dicho.
Esta vez fue ella la que estuvo meditando.
No, no les digas nada –decidió al fin–. No lo compren­derían. Tampoco yo lo comprendo, pero confío en ti y, como es lógico, ellos no son capaces de la misma fe ciega. Me aseguras que hay un misterio que nos impide casarnos y yo te creo. Pero ellos no podrían sin que sospecharan que, en ese misterio, hay cierta perversidad y malas intenciones. Además, sólo iba a servir para inquietarles.
Sé que debería irme –dijo Chris en voz baja–. Y soy capaz de hacerlo. No me falta voluntad. Que una vez fallase, y no pudiera alejarme de ti, no significa que ahora vaya a ocurrirme lo mismo.
La muchacha contuvo el aliento.
Es terrible oírte hablar de marcharte para siempre. No volvería a verte. No sé si iba a poderlo soportar. Y no te cen­sures por tu debilidad. Soy yo la culpable. Fui yo la que te impidió que te fueras. Lo sé. Te necesito conmigo. Y te nece­sitaré siempre. No hay otra solución, Chris, excepto seguir como hasta ahora y confiar en que todo se arreglará. De esto, hemos de estar seguros: todo acabará por arreglarse.
Pero resultaría más fácil sí me fuese –indicó él.
Soy más feliz cuando estás conmigo.
La crueldad de las circunstancias –murmuró Chris con violencia.
Que te vayas o te quedes, será parte de la solución. Pero no quiero que te marches, Chris; lo sabes muy bien. Y, ahora, no hablemos más. No lo arreglaremos con palabras. No volve­remos a ocuparnos de eso hasta... hasta... algún día, algún día muy hermoso y feliz, en que puedas decirme: «Lute, todo está resuelto. Ya no me ata ningún misterio. Soy libre.» Hasta entonces, olvidémoslo, junto con la Plancha y lo demás, y goce­mos de lo poco que nos queda. Y, ahora, para demostrarte lo dispuesta que estoy para aprovechar ese poco, iré a ver a tu nuevo caballo, aunque preferiría que no volvieses a montar, por lo menos durante unos días o una semana. ¿Cómo dijiste que se llamaba?
Comanche –le respondió Chris–. Ya sé que va a encan­tarte.

Chris yacía de espaldas, con la cabeza apoyada en los muros de roca, mirando atentamente, a través del cañón, hacia la opuesta ladera cubierta de árboles. Se oían extraños ruidos bajo la maleza, el golpear de herraduras sobre las piedras y, de vez en cuando, el rodar de algún peñasco, que iba a caer sobre el río que venía de las montañas, deslizándose por entre las rocas.
En ocasiones, veía pasar, por en medio de la espesura, a Lute, ataviada con su traje de montar de terciopelo, sobre el nuevo potro.
La muchacha cabalgó hacia un espacio abierto donde el decli­ve de la tierra rechazaba la hierba y los árboles. Frenó su mon­tura en el mismo borde y miró hacia abajo, como calculando las distancias. A unos trece metros el declive concluía en un terra­plén pequeño pero muy firme, formado por la acumulación de tierra y grava desprendida.
¡Será la mejor manera de probarlo! –gritó–. ¡Voy a ha­cer que baje hasta ahí!
El animal se lanzó al difícil descenso, avanzando con las patas traseras, mientras mantenía las de delante muy tiesas y, con se­guridad, calmosamente, sin asustarse o ponerse nervioso, saca­ba los cascos de la tierra que se iba desprendiendo a su paso. Cuando alcanzó el terraplén, el potro paseó con buen ánimo, demostrando un vigor que desmentía la lentitud del descenso.
¡Bravo! –gritó Chris entusiasmado.
Es el caballo de cascos más seguros y de cabeza más clara que he visto –afirmó Lute, mientras le guiaba hacia uno de los lados, para internarse de nuevo entre los árboles.
Chris pudo seguir sus movimientos por el golpear de las he­rraduras, aunque, a veces, la viese por entre las ramas. La mu­chacha apareció allá abajo, en la rocosa orilla del río, deteniendo la montura junto al acantilado, para estudiar el modo de vadearlo.
A un metro sobre el agua, se extendía un enorme saliente. Al otro lado, se agitaba una revuelta laguna. Pero a la izquier­da, y bastante más bajo, se veía un lecho de grava. Una enorme roca impedía llegar hasta allí. El único medio de alcanzarlo, era saltar sobre el saliente. La muchacha lo estudió y, la tensión del brazo con el que sostenía la rienda, indicó que se había decidido.
Chris, en su ansiedad, se puso en pie para observar la escena.
No saltes –advirtió.
Confío en Comanche –repuso ella.
No se puede alcanzar así la grava –indicó Chris–. Es im­posible. Caerá en la corriente. Ni un caballo entre mil lo con­seguiría.
Y Comanche es ese caballo –le respondió Lute–. Míralo.
Soltó al potro, que pegó un salto y cayó en el saliente, afir­mándose sobre la estrecha superficie. En aquel mismo instante, Lute le tocó el cuello con la rienda, dirigiéndole en el abismo, se alzó sobre las patas traseras, giró hacia donde le indicaban y fue a caer en el lecho de grava. Otro salto sencillo le permitió cruzar la corriente y Lute le condujo al lugar donde se encon­traba su enamorado.
¿Bien? –le preguntó a éste.
Aún estoy en tensión –reconoció Chris–. No me atrevía ni a respirar.
Cómpralo –dijo Lute descabalgando–. Es una ganga. Con él, me atrevería a cualquier cosa. Jamás vi un caballo de patas tan seguras.
El propietario dice que jamás perdió pie y que no hay modo de agotarle.
Cómpralo en seguida –apremió la muchacha– antes de que su dueño cambie de parecer. Si no lo haces tú, lo haré yo. ¡Qué patas más fuertes! Tengo tanta confianza en ellas, que, cuando lo monto, las olvido. Es rápido como un gato y muy obediente. No es que entienda las señales de las riendas. Es que se le podría guiar con un hilo de seda. Me ha entusiasmado y, si no lo compras tú, lo compraré yo. Recuérdalo.
Chris sonreía mientras cambiaba las sillas de montar. La mu­chacha examinó los dos caballos.
No hace tanto juego con Dolly como Ban –reconoció– pero es extraordinario.
Chris la ayudó a montar y, luego, la siguió hacia la carretera. De pronto, Lute se detuvo, advirtiendo:
No vamos al campamento.
Hemos de comer –le recordó Chris.
Prefiero a Comanche –le dijo ella–. Hay que ir directa­mente al rancho, a comprarlo. La comida puede esperar.
Pero no la cocinera –río Chris–. Ya ha amenazado con marcharse a causa de nuestros retrasos.
Así y todo –fue la respuesta–. Quizá tía Mildred deba conseguir otra cocinera, pero, sin embargo, tendremos a Co­manche.
Volvieron los caballos en otra dirección, subieron por el Nun Canyon, hacia la divisoria, y, luego, hasta el valle de Napa. Pero se trataba de un camino difícil, por lo que avanzaron muy lenta­mente. A veces se encontraba a más de cien metros sobre la superficie del río y, luego descendía hasta él, cruzándolo por distintos lugares. Atravesaron varios bosques de altos árboles, para salir, luego, a llanuras resecas y quemadas por el Sol.
Desde allí, vieron la carretera que se extendía en línea recta durante cuatrocientos metros. A uno de los lados, se alzaba una enorme montaña. En el otro, la pared del cañón descendía hacia el río, en lo más hondo. Era un abismo de verde belleza y de profundas sombras, rotas por los rayos del Sol, que moteaban, aquí y allí, la espesura. Llegaba hasta los dos jinetes el rumor del agua corriente y, en el aire, se oía el zumbido de las abejas.
Los caballos avanzaron a un ligero trote. Chris marchaba jun­to al barranco, contemplando aquellas profundidades y gozando con cuanto veía. El estruendo de una cascada se alzó sobre el zumbido de las abejas. Iba creciendo conforme avanzaban las monturas.
¡Mira! –exclamó Chris.
Lute se ladeó para verlo mejor. Al fondo, la corriente de agua se deslizaba, espumeante, hacia una alta roca, desde la que sal­taba, convertida en una blanca cinta, cayendo sin descanso pero sin desaparecer, cambiando de materia pero no de forma, etérea cual una gasa pero eterna como las montañas, ensanchándose en el aire, desde aquella roca hasta las copas de los árboles, en­tre las que desaparecía para ir a caer en un remanso.
Se alejaron y la cascada se fue convirtiendo en un murmullo que volvía a confundirse con el zumbido de las abejas, hasta que, al fin, se apagó totalmente. Movidos por idéntico impulso, los dos jóvenes se miraron.
¡Chris, qué hermosa es la vida... y tenerte a mi lado!
Él le respondió con una cálida mirada.
Todo tendía a unirles, tanto el movimiento de sus cuerpos como el de sus monturas, la sangre, ligeramente excitada, que iba acariciándoles la carne a impulsos de su sana juventud, el aire cálido que les golpeaba el rostro, deslizándose suavemente por su piel, y la belleza del Mundo, aún más sutil, que les en­volvía en un éxtasis, eminentemente personal y que no puede expresarse, pero que resulta fácil de comunicar con la mirada y con las reacciones del espíritu.
Así se contemplaban uno a otro, con los caballos al trote, la primavera del Mundo y la primavera de su juventud encendién­doles la sangre y con el secreto de vivir bailándoles en los ojos, a punto de descubrirse, como si fuese a explicar, con una mágica palabra, las fatigas y los misterios de la existencia.
El camino daba una curva, tras la cual se alzaban los picos más altos del cañón. La tomaron, por la parte interior, contem­plando el maravilloso panorama. Nada pudo advertirles de lo que se avecinaba. La muchacha nada oyó, pero, incluso antes de que se despeñara el caballo, tuvo la sensación de haberse roto la unión de ambas monturas. Volvió la cabeza tan deprisa que pudo ver cómo el potro se desplomaba. No fue un paso en falso ni tampoco que se encabritase. Cayó de improviso, igual que si, súbitamente, hubiera muerto o recibido un golpe fatal.
Y, en aquel preciso instante, recordó la Plancha, viniéndole a la memoria cual un relámpago que todo lo iluminaba. La yegua se echaba hacia atrás y la amazona sobre el cuello, pero con la cabeza vuelta para contemplar cómo el potro se iba despeñando. Cayó en un lecho de piedras, con las patas flojas y sin vida.
Ocurrió en uno de esos segundos que abarcan toda una eter­nidad. El cuerpo de Comanche rebotó levemente sobre la tierra. La violencia del golpe hizo que se le escapase el aire de los pul­mones, con un relincho prolongado. El impulso le hizo saltar bacía el precipicio. El peso del jinete en el cuello le obligó a jirar en el aire, durante la caída.
Lute saltó de su montura, aunque sin siquiera darse cuenta, para correr al borde del abismo. Chris se había desprendido del caballo, aunque no lograba sacar uno de los pies del estribo. La pendiente era demasiado pronunciada para que pudiera detenerse. La tierra y los pedruscos que habían desprendido con sus esfuerzos, descendían con ellos y ante ellos, formando una diminuta avalancha. Lute quedó inmóvil, contemplándoles, mientras se apoyaba una de las manos en el corazón. Pero, al tiempo que seguía con la mirada lo que estaba ocurriendo, tuvo una visión de su padre que propinaba a Comanche el golpe es­pectral que le hizo desplomarse.
En el camino del caballo y del jinete, se alzaba un muro rocoso, del que, a su vez, partía una nueva pendiente. De ésta, nacía otra, que iba a concluir a una última pared pétrea, apoyada en el fondo del cañón, a unos ciento treinta metros de donde la muchacha se encontraba. Lute pudo ver cómo Chris se esforzaba por sacar el pie del estribo. Comanche se estrelló con fuerza en los salientes de una roca. Durante una fracción de segundo, le detuvo en su caída y, en ese brevísimo intervalo, el jinete consiguió aferrarse a una mata de manzanita. Lute advirtió que, también, se cogía con la otra mano. Luego, Comanche siguió cayendo. La muchacha comprobó que se ponían en tensión la correa del estribo y los brazos de Chris. La mata de manzanita se rompió y, tanto el caballo como el hombre cayeron por enci­na de la pendiente, desapareciendo de su vista.
Surgieron de nuevo, rodando sin cesar, uno encima del otro. Chris ya no luchaba y, juntos, saltaron sobre la tercera pendiente. Casi al final, Comanche se estrelló contra un promontorio rocoso. Quedó inmóvil y, a su lado, aún prendido el pie en el estribo, yacía su jinete, cara al suelo.
Si no se moviese ahora –se dijo Lute en voz alta, pen­sando en las posibilidades de rescatarle.
Pero vio que Comanche se agitaba de nuevo y le pareció que la mano espectral de su padre tiraba de las riendas para arrastrar al potro. Comanche saltó por encima del promontorio, seguido del cuerpo inerte y, nuevamente juntos, desaparecieron una vez más de la vista. No reaparecieron. Habían llegado al fondo.
Lute miró en torno suyo. Se encontraba sola en el Mundo. Había muerto el hombre que amaba. Nada quedaba para de­mostrar su existencia, excepto las huellas de las herraduras de Comanche en la carretera, en el lugar por el que se había desplomado.
¡Chris! –le llamó un par de veces, pero sin obtener res­puesta.
De las profundidades, en el aire inmóvil, sólo llegaba el zum­bido de las abejas y el rumor de la corriente.
¡Chris! –le llamó por tercera vez, dejándose caer lenta­mente en el polvo del camino.
Sintió el contacto del húmedo morro de la yegua en el brazo y se apoyó en su cuello, para esperar. Ignoraba qué era lo que esperaba, ni para qué, pero le parecía que no había otra cosa que hacer.




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