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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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sábado, 11 de octubre de 2008

CRONICAS DE PRIDAYN 2 -- EL CALDERO MAGICO -- LLOYD ALEXANDER

EL CALDERO MÁGICO
Crónicas de Prydain/2
Lloyd Alexander

1 - El consejo en Caer Dallben
El otoño había llegado con demasiada rapidez. En las comarcas situadas al norte de
Prydain había ya muchos árboles sin hojas, y entre las ramas colgaban las siluetas
maltrechas de los nidos vacíos. Hacia el sur, al otro lado del Gran Avren, las colinas
protegían Caer Dallben de los vientos, pero incluso allí la pequeña granja parecía
recogerse sobre sí misma como buscando refugio.
Para Taran, el verano había terminado antes de empezar. Esa mañana Dallben le
había encargado lavar a la cerda oráculo. Si el viejo mago le hubiera mandado capturar
un gwythaint adulto, Taran habría partido alegremente en busca de una de esas feroces
criaturas aladas. Sin embargo, siendo muy otra su tarea, había llenado el cubo en el pozo
y se había dirigido, con paso lento y desganado, hacia el aprisco de Hen Wen. La cerda
blanca, que normalmente acogía con placer la perspectiva de un baño, lanzó un chillido
nervioso al verle y se dejó caer de espaldas en el barro. Taran, muy ocupado intentando
hacer que Hen Wen volviera a levantarse, no se dio cuenta de que había llegado un jinete
hasta que éste se detuvo junto a la valla.
—¡Eh, tú! ¡Porquerizo!
El jinete que le contemplaba desde lo alto de su montura era sólo algunos años mayor
que Taran. Su cabellera era de un matiz leonado y sus negros ojos parecían hundirse en
un rostro pálido y arrogante. Aunque de excelente calidad, sus ropas estaban muy
desgastadas, y llevaba la capa cuidadosamente dispuesta para ocultar entre sus pliegues
el mal estado de su atuendo. Taran notó que incluso la capa había sido minuciosamente
remendada. El jinete iba montado en una yegua esbelta y nerviosa, con el pelaje
constelado de manchas rojas y amarillas; la cabeza, larga y estrecha, tenía una expresión
tan malhumorada como la de su amo.
—Tú, porquerizo —repitió —, ¿es esto Caer Dallben?
Aunque tanto el tono como las maneras del jinete molestaron a Taran, logró dominar su
temperamento y le hizo una reverencia cortés, —Sí —le replicó, y añadió a continuación
—, pero no soy un porquerizo. Soy Taran, Aprendiz de Porquerizo.
—Un cerdo es un cerdo —dijo el forastero—, y un porquerizo es un porquerizo. Ve
corriendo y dile a tu amo que he llegado —le ordenó—. Dile que el príncipe Ellidyr, Hijo de
Pen-Llarcau...
Hen Wen decidió aprovechar la ocasión para revolcarse en otro charco de fango.
—¡Hen, basta ya! —gritó Taran, apresurándose a detenerla. —Deja a esa cerda —le
conminó Ellidyr—. ¿Acaso no me has oído? Haz lo que te he dicho, y procura ser rápido.
—¡Díselo tú mismo a Dallben! —le gritó Taran por encima del hombro, en tanto
intentaba mantener a Hen Wen lejos del fango—. ¡De lo contrario, deberás esperar a que
termine con mi trabajo!
—Vigila tus maneras —le contestó Ellidyr—, o acabarás recibiendo una buena paliza.
Taran se ruborizó. Dejando que Hen Wen hiciera lo que le viniera en gana, fue hacia la
empalizada y trepó por ella con rapidez.
—Si la recibo —le replicó impetuosamente, echando hacia atrás la cabeza y clavando
los ojos en el rostro de Ellidyr—, no serás tú quien me la dé.
Ellidyr lanzó una carcajada despectiva. Antes de que Taran pudiera saltar a un lado, la
yegua se precipitó sobre él y Ellidyr, agachándose, cogió a Taran por el cuello. Taran
agitó inútilmente los brazos y las piernas: aunque era fuerte, no logró soltarse. Sintió que
le sacudían con violencia hasta hacerle castañetear los dientes. Ellidyr lanzó su yegua al
galope y arrastró a Taran por todo el prado, para acabar finalmente arrojándole con
rudeza al suelo delante de la casa, mientras las gallinas huían en todas direcciones.
El estruendo hizo salir a Dallben y a Coll. La princesa Eilonwy abandonó a toda prisa la
cocina y apareció con el delantal alborotado y una marmita aún entre los dedos. Con un
grito de alarma, corrió hasta Taran.
Ellidyr, sin molestarse en bajar de su montura, se dirigió hacia el mago de blanca
barba.
—¿Eres Dallben? Te he traído a tu porquerizo para que su insolencia sea castigada
con unos azotes.
¡Vaya! —dijo Dallben, sin inmutarse un ápice ante la furiosa expresión de Ellidyr—. Que
sea insolente es una cosa, y que deba ser azotado es otra muy distinta. De todos modos,
no me hacen falta tus sugerencias al respecto.
¡Soy un príncipe de Pen-Llarcau! —gritó Ellidyr.
—Sí, sí, sí —le cortó Dallben agitando su mano frágil y huesuda—. Todo eso ya lo sé, y
estoy demasiado atareado para preocuparme por ello. Anda, calma la sed de tu montura y
al mismo tiempo calma un poco tu temperamento. Cuando sea necesaria tu presencia ya
se te llamará.
Ellidyr iba a contestarle, pero la firme mirada del mago le contuvo. Hizo volver grupas a
su montura y se encaminó hacia el establo.
Mientras tanto la princesa Eilonwy, ayudada por el fornido y calvo Coll, había ayudado
a Taran a levantarse.
—Muchacho, ya deberías saber que no es bueno andar peleándose con los forasteros
—le dijo Coll con aire bonachón.
—Eso es muy cierto —añadió Eilonwy—. Especialmente si ellos van a caballo y tú a
pie.
—La próxima vez que le encuentre... —empezó a decir Taran.
—La próxima vez que le encuentres —dijo Dallben—, por lo menos tú actuarás con
toda la cortesía y dignidad que te sean posibles...; aunque debo admitir que seguramente
no podrás disponer de ambas cosas en gran cantidad, deberás arreglártelas como
puedas. Ahora, vete. La princesa Eilonwy puede contribuir a que tengas un aspecto algo
más presentable que el actual.
Con el ánimo por los suelos, Taran siguió a la muchacha de dorada cabellera hasta la
cocina. Aún se encontraba algo dolorido, más por las palabras de Ellidyr que por el
revolcón; y no le complacía en absoluto que Eilonwy le hubiera visto derrumbado a los
pies del arrogante príncipe.
—¿Cómo ocurrió todo? —le preguntó Eilonwy, mientras tomaba un trapo húmedo y lo
pasaba por el rostro de Taran.
Taran no le respondió y, aunque de mala gana, se sometió a sus cuidados.
Antes de que Eilonwy hubiera terminado, una figura peluda cubierta de ramitas y hojas
apareció en la ventana y saltó con gran agilidad sobre el alféizar.
—¡Tristeza y desolación! —gimió el ser, acercándose presuroso a Taran —. ¡Gurgi ve
ya las palizas y los golpes del poderoso señor! ¡Mi pobre y buen amo! Gurgi siente pena
por él... ¡Pero hay noticias! —añadió Gurgi a toda prisa—. ¡Buenas noticias! ¡Gurgi ve
también acercarse a la carrera al más poderoso de los príncipes! Sí, sí, ya se acerca a
todo galope, montado sobre un caballo blanco, con una espada negra. ¡Oh, qué alegría!
—¿Qué es eso? —preguntó Taran —. ¿Te refieres al príncipe Gwydion? No puede
ser...
—Sí puede ser —dijo una voz a su espalda.
En el umbral estaba Gwydion.
Con un grito de asombro, Taran corrió hacia él y le estrechó la mano. Eilonwy rodeó
con los brazos la alta figura del guerrero, en tanto que Gurgi daba alegres patadas en el
suelo. Cuando Taran le vio por última vez, Gwydion iba ataviado como un príncipe de la
casa real de Don; ahora, sin embargo, iba vestido con sencillez: una capa gris con
capucha y un jubón de tela tosca y sin adornos constituían su atuendo. De su cinto pendía
Drynwyn, la espada negra.
—Bien hallados seáis todos —dijo Gwydion —. Gurgi parece tan hambriento como
siempre y Eilonwy está más bonita que nunca. En cuanto a ti, Aprendiz de Porquerizo —
añadió, con su rostro curtido por la intemperie suavizado por una sonrisa—, tienes un
aspecto algo peor que de costumbre. Dallben ya me ha contado cómo conseguiste esos
moretones.
—No fui yo quien buscó pelea —afirmó Taran.
—Pero la encontraste, pese a todo —dijo Gwydion—. Creo que ése es un rasgo
inherente a tu carácter, Taran de Caer Dallben. Pero no importa —dijo, retrocediendo un
paso y examinando atentamente a Taran; en sus ojos parecían brillar destellos
verdosos—. Deja que te mire bien. Has crecido desde nuestro último encuentro. —
Gwydion sacudió la cabeza en un gesto de aprobación, haciendo oscilar su abundante
cabellera, que recordaba el pelaje grisáceo de un lobo—. Espero que hayas ganado en
sabiduría al igual que en talla: ya lo veremos. Ahora debo prepararme para el consejo.
—¿El consejo? —exclamó Taran—. Dallben no dijo nada de ningún consejo. Ni
siquiera dijo que fueras a venir aquí.
—La verdad es que Dallben no le ha estado diciendo gran cosa a nadie —aclaró
Eilonwy.
—A estas alturas, ya deberías haber comprendido que Dallben cuenta siempre muy
poco de lo que sabe —dijo Gwydion—. Sí, habrá un consejo, y he llamado a otros para
que se reúnan con nosotros.
—Ya soy lo bastante mayor como para tomar asiento en un consejo de hombres —le
interrumpió Taran, emocionado—. He aprendido mucho; he combatido junto a ti, he...
—Despacio, despacio —le dijo Gwydion—. Hemos estado de acuerdo en que tendrás
un lugar en el consejo. Aunque —añadió en voz más baja y con cierta tristeza en el tono
—quizá hacerse adulto no suponga todo lo que tú crees. —Gwydion puso sus manos en
los hombros de Taran—. Mientras tanto, debes prepararte. Muy pronto se te confiará una
tarea que llevar a cabo.
Tal como les había anunciado Gwydion, el transcurso de la mañana trajo consigo otras
llegadas. Una tropa de jinetes apareció poco tiempo después y empezó a montar su
campamento entre los rastrojos del campo que había más allá del huerto. Taran vio que
los guerreros iban armados para combatir y sintió que el corazón le daba un vuelco.
Estaba seguro de que también ellos guardaban relación con el consejo de Gwydion. La
cabeza, llena de preguntas sin respuesta, le daba vueltas continuamente; se apresuró a
dirigirse hacia el campo. Cuando se encontraba a medio camino se detuvo en seco,
enormemente sorprendido. Dos figuras familiares se acercaban con sus monturas por el
sendero. Taran echó a correr hacia ellas.
—¡Fflewddur! —gritó mientras el bardo, con su hermoso instrumento a la espalda,
alzaba una mano saludándole—. ¡Y Dolí! ¿Eres realmente tú?
El enano de roja cabellera saltó con agilidad de su poni y por un instante le sonrió
ampliamente, para recuperar luego su gesto malhumorado de costumbre. Pese a todo, no
logró ocultar el brillo de placer que iluminaba sus ojos redondos y rojizos.
—¡Dolí! —Taran le dio una palmada en el hombro—. Pensé que no volvería a verte. Me
refiero a verte de modo auténtico, ya que habías conseguido el poder de hacerte invisible.
—¡Buf! —resopló el enano, vestido con un jubón de cuero—. ¡Invisible! Ya he tenido
más que suficiente. ¿Te das cuenta del esfuerzo que requiere? ¡Algo terrible! Me hacía
zumbar los oídos, y eso no era lo peor. Nadie puede verte y por lo tanto no dejan de
aplastarte los pies o de meterte el codo en el ojo. No, no, eso no es para mí. ¡Ya no podía
aguantarlo más!
—Fflewddur, también te he echado de menos —exclamó Taran mientras el bardo
desmontaba—. ¿Sabes de qué va a tratar el consejo? Ésa es la razón de que hayáis
venido tú y Dolí, ¿verdad?
—No sé nada de consejos —refunfuñó Dolí—. El rey Eiddileg me ordenó que viniera,
como un favor especial a Gwydion. Pero, francamente, puedo decirte que me gustaría
mucho más estar en casa, en el reino del Pueblo Rubio, ocupándome de mis propios
asuntos.
—En mi caso —dijo el bardo —, dio la casualidad de que Gwydion pasó por mi reino...;
bueno, pareció que era una pura casualidad, aunque ahora estoy empezando a pensar
que no se trataba de eso. Sugirió que quizá me gustara visitar Caer Dallben. Dijo que el
viejo Dolí estaría aquí y, naturalmente, me puse en marcha de inmediato.
»Había abandonado el oficio de bardo —prosiguió Fflewddur—, y estaba de nuevo
felizmente instalado en mi puesto de rey. A decir verdad, he venido sólo para complacer a
Gwydion.
De inmediato, dos cuerdas se partieron con un estruendoso chasquido. Fflewddur se
quedó callado y tosió levemente.
—Sí, bueno... —añadió—, debo reconocer que me encontraba realmente fatal. Habría
aprovechado cualquier excusa para abandonar ese húmedo y tétrico castillo, aunque sólo
hubiera sido por unos días. ¿Así que un consejo, no? Tenía la esperanza de que se
tratara de alguna fiesta de la cosecha y que mi presencia fuera necesaria para las
diversiones.
—Sea lo que sea —dijo Taran—, me alegro de que estéis aquí.
—Pues yo no —gruñó el enano—. Cuando todo el mundo empieza a decir que si el
viejo Dolí esto y el viejo Doli lo otro, ¡mucho cuidado! Seguro que se trata de algo
desagradable.
Mientras iban hacia la casa. Fflewddur lo examinó todo con gran interés.
—Vaya, vaya... ¿No veo ahí la bandera del rey Smoit? No tengo la menor duda de que
habrá venido aquí a petición de Gwydion.
En ese mismo instante, un jinete apareció al galope y gritó el nombre de Fflewddur. El
bardo lanzó una exclamación de alegría.
—Ése es Adaon, el hijo de Taliesin, Jefe de los Bardos —le explicó a Taran—.
¡Ciertamente, hoy Caer Dallben puede sentirse honrada!
El jinete desmontó y Fflewddur no perdió ni un momento en presentarle a sus
compañeros.
Adaon era de elevada estatura y tenía el cabello lacio y negro, tan largo que le cubría
los hombros. Aunque de noble porte, iba vestido como un guerrero corriente y no llevaba
adorno alguno, salvo un broche de hierro de extraña forma en el cuello. Tenía los ojos
grises y claros como una llama. Poseían una hondura y penetración fuera de lo común;
Taran tuvo la sensación de que poco era lo que podía ocultarse a la perspicaz y curiosa
mirada de Adaon.
—Me alegra conoceros, Taran de Caer Dallben y Dolí del Pueblo Rubio —dijo Adaon,
estrechándoles la mano. Vuestros nombres no son nuevos para los bardos del norte.
—Entonces, ¿tú también eres un bardo? —le preguntó Taran, haciéndole una
reverencia llena de respeto.
Adaon sonrió y negó con la cabeza.
—Muchas veces me ha pedido mi padre que me presente a la iniciación, pero he
preferido siempre esperar. Aún tengo la esperanza de aprender muchas cosas, y en lo
más hondo de mi corazón siento que aún no estoy preparado. Puede que algún día llegue
a estarlo.
Adaon se volvió hacia Fflewddur.
—Mi padre te envía sus saludos y te pregunta cómo te ha ido con el instrumento que te
dio. Veo que le hace falta alguna reparación —añadió, riendo amistosamente.
—Sí —admitió Fflewddur—. Tengo problemas con él de vez en cuando. No consigo
acordarme de que no debo..., bueno, darle un poco de color a los hechos, aunque en
muchas ocasiones lo necesiten enormemente. Pero cada vez que lo hago —suspiró,
contemplando las dos cuerdas rotas—, aquí tienes el resultado.
—Alégrate —le dijo Adaon, riendo más fuerte aún que antes—. Tus relatos
caballerescos valen lo que todas las cuerdas de Prydain. Y vosotros, Taran y Doli, debéis
prometer que me contaréis más cosas sobre vuestras famosas hazañas. Pero antes de
eso debo encontrar al señor Gwydion.
Adaon se despidió de sus compañeros, montó de nuevo y partió al galope.
Fflewddur le siguió con los ojos, y en su mirada había afecto y admiración.
—No puede tratarse de ninguna menudencia, si Adaon está aquí —dijo—. Es uno de
los hombres más valerosos que conozco y es más que eso, pues posee el corazón de un
auténtico bardo. Algún día, acordaos de mis palabras, será el más grande de todos
nuestros bardos, estoy seguro de ello.
—¿Es cierto que nuestros nombres le eran conocidos? —le preguntó Taran—. ¿Y que
se han hecho canciones sobre nosotros?
Fflewddur le dedicó una sonrisa radiante.
—Después de nuestra batalla contra el Rey con Cuernos..., pues sí, compuse una
piececilla, una especie de modesta ofrenda por mi parte. Resulta muy satisfactorio saber
que ha llegado a difundirse tanto. Apenas haya arreglado estas condenadas cuerdas, me
encantará hacérosla oír.
Un poco después del mediodía, cuando todos se hubieron repuesto del cansancio del
viaje, Coll les hizo acudir a la habitación de Dallben, en la que se había dispuesto una
gran mesa alargada, con asientos a cada lado. Taran se dio cuenta de que el mago se
había tomado incluso la molestia de intentar poner cierto orden en el confuso montón de
volúmenes antiguos que llenaban la estancia. El Libro de los Tres, el grueso tomo que
contenía los más recónditos secretos de Dallben, había sido cuidadosamente colocado en
un estante. Taran lo contempló casi con miedo, seguro de que en él se hallaba encerrado
mucho más de lo que Dallben había revelado a lo largo de su vida.
Los demás estaban empezando a entrar cuando Fflewddur cogió a Taran del brazo y le
apartó del camino de un guerrero de negra barba que avanzaba casi a la carrera.
—De una cosa puedes estar bien seguro —le dijo el bardo en un susurro—, Gwydion
no está planeando ninguna fiesta de la cosecha. ¿Has visto quién está aquí?
El guerrero iba más ricamente vestido que ninguno de los presentes. Su nariz afilada
hacía pensar en un halcón y sus ojos, pese a los párpados gruesos y pesados, eran
igualmente agudos. Sólo se inclinó ante Gwydion y luego, tomando asiento en la mesa,
contempló fría y calculadoramente a los que le rodeaban.
—¿Quién es? —murmuró Taran, no osando mirar hacia esa figura regia y orgullosa.
—Es el rey Morgant de Madoc —le contestó el bardo—, el jefe guerrero más audaz de
todo Prydain, superado solamente por Gwydion. Debe fidelidad a la Casa de Don. —Agitó
la cabeza admirativamente—. Dicen que una vez le salvó la vida a Gwydion. Lo creo. Le
he visto en la batalla..., ¡es puro hielo! ¡No siente el más mínimo temor! Si Morgant está
metido en esto es que algo muy interesante debe estarse preparando. Oh, mira..., es el
rey Smoit. Siempre se le puede oír antes de alcanzar a verle.
Una estruendosa carcajada resonó en el exterior de la estancia, y un instante después
un gigantesco guerrero pelirrojo entró en ella acompañado por Adaon. Superaba en
estatura a todos los presentes y su barba ardía como un incendio alrededor de un rostro
tan repleto de viejas cicatrices que era imposible decir dónde empezaba una y terminaba
otra. Su nariz había recibido tantos golpes que llegaba casi a confundirse con los
pómulos, y su prominente ceño parecía perderse en un revuelto bosque de cejas; su
cuello era casi tan grueso como la cintura de Taran.
—¡Menudo oso! —dijo Fflewddur con una risita afectuosa—. Ah, pero no hay en él ni
una pizca de maldad. Cuando los señores del sur se levantaron contra los Hijos de Don,
Smoit fue uno de los pocos que permanecieron leales. Su reino es Cantrev Cadiffor.
Smoit se detuvo en mitad de la habitación, echó hacia atrás su capa y metió los
pulgares en el enorme cinto de bronce, que luchaba para no partirse bajo la presión de su
barriga.
—¡Saludos, Morgant! —rugió—. Así que te han llamado, ¿no? —Lanzó un feroz
bufido—. ¡Ah! ¡Huelo sangre en el viento!
Avanzó a grandes zancadas hacia el silencioso jefe de guerreros y le propinó una
potente palmada en el hombro.
—Ten cuidado de que no sea la tuya —dijo Morgant, sonriendo de tal modo que
apenas si mostró los dientes.
—Jo! ¡Ojo! —aulló el rey Smoit, golpeándose con las manos sus inmensos muslos—.
¡Muy buena! ¡Que cuide de que no sea la mía! ¡No temas, carámbano, tengo mucha que
gastar! —Entonces vio a Fflewddur y rugió nuevamente—: ¡Otro viejo camarada!
Corrió hacia él y le estrechó entre sus brazos, con tal entusiasmo que Taran oyó crujir
las costillas de Fflewddur.
—¡Mi pulso! —gritó Smoit—. ¡Mi cuerpo y mis huesos! ¡Danos una buena canción para
alegrarnos, rascatripas cabeza de manteca!
Sus ojos se posaron en Taran.
—¿Qué tenemos aquí, qué tenemos aquí? —Una mano poderosa y cubierta de vello
rojizo se apoderó de él—. ¿Un conejo despellejado? ¿Una gallina sin plumas?
—Es Taran, el Aprendiz de Porquerizo de Dallben —dijo el bardo.
—¡Ojalá fuera el cocinero de Dallben! —gritó Smoit—. ¡Apenas si he podido llenar mi
estómago!
Dallben golpeó la mesa para imponer silencio y Smoit fue hacia su asiento después de
propinarle otro apretón a Fflewddur.
—Puede que no haya maldad en él —le dijo Taran al bardo—, pero creo más seguro
tenerle por amigo.
Ahora todos se habían sentado a la mesa, con Dallben y Gwydion en un extremo y Coll
en el otro. El rey Smoit, cuyo asiento resultaba estrecho, estaba a la izquierda del mago;
frente a él se situaba el rey Morgant. Taran logró instalarse entre el bardo y Dolí, el cual
gruñó amargamente por la excesiva altura de la mesa. A la derecha de Morgant se
sentaba Adaon y, junto a éste, Ellidyr, a quien Taran no había visto desde la mañana.
Dallben se puso en pie y permaneció callado unos instantes. Todos se volvieron hacia
él, y el mago se tiró brevemente de un mechón de la barba.
—Soy demasiado viejo para ser cortés —dijo Dallben —, y no tengo la intención de
pronunciar un discurso de bienvenida. El asunto que nos reúne es urgente y debemos
ocuparnos de él de inmediato.
«Hace poco más de un año, como algunos de los presentes tenéis buenos motivos
para recordar —prosiguió Dallben, mirando hacia Taran y sus compañeros—, Arawn,
Señor de Annuvin, sufrió una grave derrota al morir el Rey con Cuernos, su campeón. El
poder de la Tierra de la Muerte fue contenido durante un tiempo; sin embargo, el mal no
se halla nunca demasiado lejos de Prydain.
«Ninguno de nosotros es lo bastante tonto para creer que Arawn pudiera llegar a
consentir ser derrotado sin oponerse —prosiguió Dallben—. Había tenido la esperanza de
que hubiera más tiempo para considerar la nueva amenaza de Annuvin, pero ¡ay!, ese
tiempo no va a sernos concedido. Los planes de Arawn se han hecho demasiado claros.
Pido al señor Gwydion que os hable de ello.
Gwydion se puso en pie, con el rostro muy serio.
—¿Quién no ha oído hablar de los Nacidos del Caldero, los guerreros mudos para los
que no existe la muerte, los servidores del Señor de Annuvin? Los cadáveres robados de
aquellos que mueren en la batalla son sumergidos en el caldero de Arawn para darles
nueva vida. Redivivos, emergen de él tan implacables cual si fueran la misma muerte,
olvidada su humanidad. Ya no son hombres sino armas de muerte, eternamente
sometidas a la voluntad de Arawn.
»Para llevar a cabo esta obra abominable —siguió diciendo Gwydion—, Arawn ha
profanado las tumbas y los túmulos de los guerreros caídos. Y ahora, a lo largo de todo
Prydain, se han dado extrañas desapariciones; muchos hombres se han esfumado para
no ser vistos nunca más, y han aparecido luego los Nacidos del Caldero en sitios donde
nunca habían sido vistos. Arawn no ha permanecido ocioso. He sabido recientemente que
sus servidores se atreven ahora con los vivos, a los que llevan hasta Annuvin para
engrosar las filas de su hueste inmortal. De tal modo la muerte engendra muerte y el mal
engendra mal.
Taran se estremeció. En el exterior de la casa, el bosque ardía con un resplandor rojo y
amarillo. El aire era aún cálido, como si un día de verano hubiera sobrevivido al final de su
estación, pero las palabras de Gwydion le helaron como una ráfaga de aire frío surgida de
la nada. Recordaba demasiado bien los ojos sin vida y los lívidos rostros de los Nacidos
del Caldero, al igual que su horrible silencio y sus espadas implacables.
—¡Vayamos a la carne del asunto! —gritó Smoit—. ¿Acaso somos conejos?
¿Debemos tener miedo a esos esclavos del Caldero?
—Tendrás carne más que suficiente para masticar —le respondió Gwydion con una
lúgubre sonrisa—. Os digo que ninguno de nosotros ha emprendido jamás una misión tan
peligrosa. Os pido vuestra ayuda porque pretendo atacar la mismísima Annuvin,
apoderarme del caldero de Arawn y destruirlo.
2 - El reparto de las tareas
Taran estuvo a punto de dar un salto. En la habitación reinaba el más absoluto silencio.
El rey Smoit, a punto de decir algo, se había quedado con la boca abierta. El único que no
daba señales de asombro era el rey Morgant, que seguía sin moverse, con los ojos medio
cerrados y una extraña expresión en el rostro.
—No hay otro modo —dijo Gwydion—. Dado que no se puede matar a los Nacidos del
Caldero, debemos evitar que su número siga creciendo: el equilibrio existente entre el
poder de Annuvin y nuestras fuerzas es demasiado delicado. Cuantos más guerreros
nuevos consiga Arawn, más se acercará su mano a nuestras gargantas. Y tampoco
puedo olvidar a todos los hombres que han sido asesinados de un modo repugnante para
verse sometidos a un yugo más repugnante todavía.
»Hasta el día de hoy —prosiguió Gwydion—, sólo el Gran Rey Math y muy pocos más
han sabido lo que tenía en mente. Ahora que lo habéis oído, sois libres de quedaros o de
marcharos, según os plazca. Si escogéis volver a vuestras tierras, no tendré por ello en
menos vuestro coraje.
—¡Pero yo sí lo tendría! —gritó Smoit—. ¡Si alguien tiene la sangre como el agua y las
tripas como las gachas y se niega a ir contigo, se las tendrá que ver conmigo!
—Smoit, amigo mío —replicó Gwydion con voz firme pero afectuosa—, esta elección
debe hacerse sin ninguna persuasión por tu parte.
Nadie se movió. Gwydion les miró y luego asintió satisfecho.
—No me decepcionáis —dijo—. Había contado con cada uno de vosotros para
desempeñar misiones que luego os explicaré.
La emoción que sentía Taran había ahogado su miedo a los Nacidos del Caldero.
Apenas logró contener su impaciencia para preguntarle a Gwydion allí mismo cuál iba a
ser su misión; por una vez, sin embargo, fue lo bastante sabio para hacer callar su lengua.
En lugar de él, fue Fflewddur quien se incorporó de un salto.
—¡Por supuesto! —gritó el bardo —. ¡Lo vi todo claro de inmediato! Naturalmente, te
harán falta guerreros para apoderarte de ese asqueroso caldero. Pero necesitarás un
bardo para componer los cantos heroicos de la victoria. ¡Acepto! ¡Y estoy encantado de
hacerlo!
—Te he elegido más por tu espada que por tu arpa —le dijo Gwydion amablemente.
—¿Cómo es posible eso? —le preguntó Fflewddur, frunciendo el ceño a causa de la
decepción—. Oh, ya veo —añadió, mientras su expresión se despejaba—. Sí, bueno..., no
pienso negar que tengo cierta reputación en esos asuntos. ¡Un Fflam siempre es
valeroso! ¡A mandobles me he abierto paso a través de miles de...! —lanzó una mirada
inquieta al arpa—, bueno, digamos que de numerosos enemigos.
—Espero que mostrarás el mismo anhelo por cumplir tu misión una vez que te la haya
expuesto —dijo Gwydion al tiempo que sacaba una hoja de pergamino de su jubón y la
extendía sobre la mesa.
»Nos hemos reunido en Caer Dallben no sólo por razones de seguridad —prosiguió—.
Dallben es el mago más poderoso de Prydain y aquí nos hallamos bajo su protección.
Caer Dallben es el único sitio que Arawn no osa atacar, y es también el más adecuado
para iniciar nuestro viaje hasta Annuvin. —Trazó con el dedo una línea que iba hacia el
noroeste, empezando en la pequeña granja—. En esta temporada del año, el Gran Avren
lleva poco caudal —dijo—, y puede ser cruzado sin dificultad. Una vez lo hayamos
franqueado, avanzaremos fácilmente a través de Cantrev Cadiffor, el reino de Smoit,
hasta llegar al Bosque de Idris, que se encuentra al sur de Annuvin. A partir de allí
podremos ir con rapidez hasta la Puerta Oscura.
Taran contuvo el aliento. Al igual que los demás, había oído hablar de la Puerta
Oscura, las montañas gemelas que guardaban la entrada sur de la Tierra de la Muerte.
Aunque no era tan imponente como el Monte del Dragón, al norte de Annuvin, la Puerta
Oscura resultaba muy traicionera a causa de sus escarpados desfiladeros y sus abismos
ocultos.
—Es un paso difícil —continuó Gwydion—, pero es el menos vigilado; Coll, Hijo de
Collfrewr, os lo confirmará.
Coll se puso en pie. El viejo guerrero, con su calva reluciente y sus grandes manos,
tenía el aspecto de quien prefiere el combate a los discursos de un consejo. A pesar de
todo, sonrió ampliamente a los presentes y empezó a hablar.
—Podría decirse que vamos a entrar por la puerta trasera de Arawn. El caldero se
encuentra en una plataforma de la Sala de los Guerreros, la cual, como recuerdo muy
bien, está justo después de la Puerta Oscura. La entrada a la Sala está vigilada, pero hay
otro acceso por detrás, muy bien asegurado. Un hombre podría abrirla para que entraran
los otros si, como a Dolí, le fuera posible moverse sin que le vieran.
—Ya te dije que no me iba a gustar —le murmuró Dolí a Taran—. ¡Todo ese asunto de
volverse invisible! ¿Un don? ¡Una maldición, mejor! Fíjate adonde acabará por llevarme...!
¡Buf!
El enano lanzó un resoplido lleno de irritación, pero no prosiguió con las protestas.
—Se trata de un plan osado —dijo Gwydion—, pero con unos compañeros igualmente
osados es posible que tenga éxito. En la Puerta Oscura nos dividiremos en tres grupos.
En el primero estarán Dolí, del Pueblo Rubio; Coll, Hijo de Collfrewr; Fflewddur Fflam, Hijo
de Godo, y yo mismo. Con nosotros irán seis de los guerreros más fuertes y valientes del
rey Morgant. Dolí, invisible, entrará primero para abrir los cerrojos y decirnos cómo están
dispuestos los centinelas de Arawn. Luego irrumpiremos en la estancia y nos
apoderaremos del caldero.
Al mismo tiempo, el segundo grupo, formado por el rey Morgant y sus jinetes, atacará
la Puerta Oscura siguiendo mi señal e intentará dar la impresión de ser una fuerza
numerosa, para sembrar la confusión y atraer allí al mayor contingente posible de las
huestes de Arawn.
El rey Morgant asintió con la cabeza y habló por primera vez. Su voz, aunque fría como
el hielo, era mesurada y cortés.
—Me alegra que al fin hayamos decidido atacar directamente el poder de Arawn. Yo
mismo habría comprendido dicha tarea hace tiempo, pero estaba obligado a esperar la
orden del señor Gwydion. Sin embargo, una cosa sí debo decir —prosiguió Morgant—. En
tanto que el plan me parece bien pensado, el camino elegido no permite una retirada
veloz en el caso de que Arawn os persiga.
—No hay un camino más corto a Caer Dallben —le replicó Gwydion—, y el caldero
debe ser traído aquí. Debemos aceptar el riesgo. De todos modos, si nos vemos
acosados podemos refugiarnos en Caer Cadarn, la fortaleza del rey Smoit; por ello pido al
rey Smoit que se encuentre dispuesto con todos sus guerreros cerca del Bosque de Idris.
—¿Qué? —rugió Smoit—. ¿Y mantenerme apartado de Annuvin? —Golpeó la mesa
con el puño—. ¿Pensáis dejarme ahí para que me muerda las uñas? ¡Que sea Morgant,
esa resbaladiza serpiente de negra barba y sangre helada, quien vigile la retaguardia!
Morgant no dio señal alguna de haber oído las iracundas palabras de Smoit.
Gwydion meneó la cabeza.
—Nuestro éxito depende de la sorpresa y de la rapidez de movimientos, no de la fuerza
numérica. Smoit, tú debes ser nuestro firme apoyo en el caso de que nuestros planes
salieran mal. Tu misión no es menos importante que las otras.
»El tercer grupo nos esperará cerca de la Puerta Oscura para vigilar a los animales que
lleven nuestros arreos, asegurar la retirada y desempeñar cualquier otra tarea que pueda
ser necesaria en ese momento. En él estarán Adaon, Hijo de Taliesin; Taran de Caer
Dallben y Ellidyr, Hijo de Pen-Llarcau.
Inmediatamente se oyó la voz colérica de Ellidyr, que protestaba a gritos.
—¿Por qué debo mantenerme en la retaguardia? ¿No soy acaso mejor que un
porquerizo? ¡No es más que una manzana verde que no ha tenido tiempo aún de
madurar! ¡Nunca ha sido puesto a prueba!
—¡Prueba! —gritó Taran, levantándose de un salto—. Me he enfrentado a los Nacidos
del Caldero junto a Gwydion en persona. ¿Has pasado tú por alguna prueba mejor que
ésa, príncipe Capa-Remendada?
La mano de Ellidyr voló hacia su espada. —Soy un hijo de Pen-Llarcau y no debo
tragarme los insultos de un...
—¡Silencio! —ordenó Gwydion—. En esta empresa, el coraje de un Aprendiz de
Porquerizo pesa tanto como el de un príncipe. Ellidyr, te lo advierto: o dominas tu
temperamento o deberás abandonar el consejo.
»Y tú —añadió Gwydion, volviéndose hacia Taran —, en pago de la ira has lanzado un
insulto digno de un niño. Tenía mejor concepto de ti. En mi ausencia, además, ambos
deberéis obedecer las órdenes de Adaon.
Taran, con el rostro enrojecido, volvió a sentarse. Ellidyr hizo lo mismo, con expresión
sombría y el ceño fruncido.
—Pongamos fin a nuestra reunión —dijo Gwydion—. Hablaré con cada uno de vosotros
luego de modo más extenso. Ahora debo discutir ciertos asuntos con Coll. Estad listos
mañana al amanecer para iniciar el viaje hacia Annuvin.
Mientras los demás abandonaban la estancia, Taran fue hasta Ellidyr y le tendió la
mano.
—En esta misión no debemos ser enemigos.
—Tú eres quien lo dice —le respondió Ellidyr—. No tengo el menor deseo de actuar
como un siervo junto a un porquerizo insolente. Soy hijo de un rey. Y tú, ¿de quién eres
hijo? Así que te has enfrentado a los Nacidos del Caldero —se burló —. Y junto a
Gwydion, ¿eh? No pierdes ninguna oportunidad de repetirlo.
—Tú fanfarroneas de tu linaje —replicó Taran—. Yo me enorgullezco de mis
compañeros.
—Tu amistad con Gwydion no te servirá de escudo contra mí —dijo Ellidyr—. Que te
favorezca cuanto le venga en gana... Pero óyeme bien: cuando estés en mi grupo
cumplirás con tus tareas.
—Sí, cumpliré con ellas —respondió Taran, sintiendo nacer la ira en su interior—. Ya
veremos si tú cumples con las tuyas tan valerosamente como hablas.
Adaon se había acercado a ellos.
—Tened calma, amigos —dijo riendo—. Había pensado que la batalla era con Arawn,
no entre nosotros.
Aunque había hablado sin levantar la voz, su tono tenía la firmeza de quien sabe
mandar. Sus ojos fueron de Taran a Ellidyr.
—Las vidas de los demás reposan en las palmas de nuestras manos, no en nuestros
puños apretados —prosiguió.
Taran bajó la cabeza. Ellidyr, envolviéndose en su capa remendada, abandonó la
habitación sin decir palabra. Taran iba a salir, siguiendo los pasos de Adaon, cuando
Dallben le llamó, haciéndole volver.
—Los dos tenéis la sangre demasiado caliente —observó el mago—. He estado
intentando decidir cuál de los dos es más duro de mollera y no es asunto fácil —añadió,
bostezando —. Tendré que meditarlo.
—Ellidyr dijo la verdad —le contestó sombríamente Taran—. ¿De quién soy hijo? No
tengo más nombre que éste que tú me diste. Ellidyr es un príncipe...
—Puede que sea un príncipe —dijo Dallben—, pero puede también que no sea tan
afortunado como tú. Es el hijo más joven del viejo Pen-Llarcau, que reina en el norte; sus
hermanos mayores han heredado los escasos restos de la fortuna familiar, y creo que en
estos momentos ya nada queda de esa fortuna. Ellidyr sólo tiene su nombre y su espada,
aunque debo admitir que no muestra gran sabiduría en la utilización de ninguna de las
dos cosas.
»Sin embargo —prosiguió Dallben—, estos problemas suelen acabar siempre
arreglándose por sí solos. Oh, antes de que lo olvide...
Con la túnica revoloteando alrededor de sus flacas piernas, Dallben fue hasta un
enorme arcón, lo abrió con una vieja llave y alzó la tapa. Se inclinó sobre él y empezó a
rebuscar entre su contenido.
—Debo confesar que me invade cierto número de preocupaciones y malos
presentimientos —dijo—, los cuales no es posible que te interesen. Por lo tanto, no te
abrumaré con ellos. Por otra parte, hay algo que estoy seguro de que sí te interesará. Y,
si a eso vamos, también constituirá para ti un peso abrumador.
Dallben se irguió de nuevo y se volvió hacia Taran. En sus manos sostenía una
espada.
Taran sintió que el corazón le daba un brinco. Cogió el arma ansiosamente, con las
manos tan temblorosas que estuvo a punto de caérsele. Ni la vaina ni la empuñadura
tenían el menor adorno: todo el arte de la espada se hallaba en sus proporciones y su
equilibrio. Aunque era muy antigua, su metal brillaba con una luz clara y sin mácula, y la
misma sencillez de sus líneas encerraba la hermosura de la auténtica nobleza. Taran le
hizo una profunda reverencia a Dallben y, tartamudeando, le dio las gracias.
Dallben sacudió la cabeza.
—Que debas darme las gracias o no —dijo—, eso es algo que aún está por ver. Úsala
con sabiduría —añadió—. Mi única esperanza es que no tengas ninguna razón para
utilizarla.
—¿Cuáles son sus poderes? —le preguntó Taran, con los ojos ardiendo de emoción—.
Debo saberlo ahora, para...
—¿Sus poderes? —le replicó Dallben con una triste sonrisa—. Mi querido muchacho,
se trata de un trozo de metal que ha sido golpeado con un martillo hasta darle una forma
más bien poco atractiva. Mejor habría quedado como azada para el huerto o como reja de
un arado. ¿Sus poderes? Como todas las armas, son únicamente los de quien la esgrime.
En cuanto a cuáles puedan ser los tuyos, debo confesar mi ignorancia al respecto.
»Será mejor que nos despidamos ahora —acabó, posando su mano sobre el hombro
de Taran.
Por primera vez Taran se dio cuenta de lo viejo que era el rostro del mago y de cómo
las preocupaciones lo habían llenado de arrugas.
—Prefiero no volver a verte antes de la partida —prosiguió Dallben—. Ah, las partidas
son algo de lo que muy alegremente prescindiría... Además, luego tu cabeza estará
demasiado ocupada con otros asuntos y se te olvidaría todo lo que pudiera decirte. Ahora
vete e intenta convencer a la princesa Eilonwy de que te la ciña. Ya que tienes espada —
suspiró—, supongo que harás bien cumpliendo con el resto de las formalidades.
Eilonwy estaba recogiendo cuencos y platos cuando Taran entró a la carrera en la
cocina.
—¡Mira! —gritó—. ¡Dallben me la ha dado! Pronto, cuélgala de mi cintura... Quiero
decir..., hazlo, por favor. Di que lo harás. Quiero que seas tú quien lo haga.
Eilonwy, sorprendida, se volvió a mirarle.
—Sí, claro —dijo, ruborizándose—, si es que realmente...
¡Claro que sí! —exclamó Taran—. Después de todo, eres la única muchacha que hay
en Caer Dallben —añadió.
¡Así que es eso! —gritó Eilonwy—. Ya me extrañaba que te mostraras tan educado.
Muy bien, Taran de Caer Dallben, si ésa es tu única razón, ya puedes ir buscando a otra
persona, y no me importa el tiempo que tardes en hallarla, pero ¡cuanto más sea, mejor!
Apartó bruscamente la cabeza y, furiosa, empezó a secar un cuenco.
—Pero, ¿qué he hecho mal? —le preguntó Taran, perplejo—. He dicho «por favor»,
¿no? Cuélgala de mi cintura —le suplicó—. Prometo contarte todo lo que sucedió en el
consejo.
—No quiero saberlo —le contestó Eilonwy—. No tengo el más mínimo interés en...
¿Qué sucedió? Oh, vamos, dame ese trasto.
Ató diestramente el ceñidor de cuero, rodeando con él la cintura de Taran, y le miró.
—No creas que voy a perder el tiempo con todas esas ceremonias y discursos sobre lo
de ser bravo e invencible —dijo Eilonwy—. Para empezar, creo que no son aplicables a
los Aprendices de Porquerizo y, además, no tengo ni idea de cómo son. Bueno —dijo,
retrocediendo un paso—, debo admitir que te queda bastante bien.
Taran sacó la espada y la sostuvo en alto.
—Sí —exclamó—, ¡es el arma de un hombre y un guerrero!
—¡Basta ya! —gritó Eilonwy, dando una impaciente patada en el suelo—¿Qué hay del
consejo?
—Partimos hacia Annuvin —le contó Taran, muy emocionado, hablando en un
susurro—. Al amanecer. Vamos a quitarle el caldero al mismísimo Arawn, el caldero que
usa para...
—¿Por qué no empezaste diciendo eso? —exclamó Eilonwy—. Oh, no tendré tiempo
de recoger ni la mitad de mis cosas. ¿Cuánto tiempo estaremos fuera? Debo pedirle yo
también una espada a Dallben. ¿Crees que me hará falta...?
—No, no —la interrumpió Taran—. No me entiendes. Es una misión para guerreros. No
podemos vernos entorpecidos y retrasados por una chica. Al decir que partíamos, me
refería a...
—¿Cómo? —aulló Eilonwy—¿Por qué no me lo has dicho en seguida? Taran de Caer
Dallben, nadie es capaz de hacerme enfadar tanto como tú. ¡Un guerrero, vaya que sí!
¡Me da igual que tengas cien espadas! ¡En el fondo sigues siendo un Aprendiz de
Porquerizo, nada más, y si el señor Gwydion está dispuesto a llevarte con él, entonces no
hay razón alguna para que no me lleve a mí también! ¡Oh, largo de mi cocina!
Lanzando un grito, Eilonwy cogió un plato. Taran salió huyendo con todo el cuerpo
encogido, mientras a su espalda resonaba el estruendo de la loza haciéndose añicos.
3 - Adaon
Al alborear el día, los guerreros se prepararon para salir. Taran ensilló presuroso a
Melynlas, de pelaje gris y crines plateadas, descendiente de la mismísima Melyngar, la
montura de Gwydion. Gurgi, con un aire desolado y miserable, como el de un búho
mojado al verse dejado atrás, le ayudó a cargar las alforjas. Dallben había cambiado de
opinión en lo tocante a no ver a nadie y permanecía, callado y pensativo, en la puerta de
la casa, con Eilonwy detrás de él.
—¡No hablo contigo! —le gritó ésta a Taran—. Te portaste de un modo... como si...,
¡bueno, como si invitaras a una persona a un banquete y luego le hicieras lavar los platos!
Pero... de todos modos, adiós. No creo que eso pueda considerarse hablar contigo —
añadió.
Con Gwydion en cabeza, los jinetes avanzaron a través de la niebla, que giraba en
torbellinos. Taran se irguió en su silla de montar y, volviéndose, agitó orgullosamente la
mano. La casa blanca y las tres figuras que había ante ella se hicieron cada vez más
pequeñas. Melynlas entró en la arboleda y tanto el huerto como los campos se
desvanecieron. El bosque se cerró detrás de Taran, y se le hizo imposible seguir viendo a
Caer Dallben.
De pronto Melynlas se encabritó y lanzó un relincho asustado. Ellidyr se había
acercado a Taran por la espalda y su yegua, extendiendo el largo cuello, le había
propinado al otro corcel un maligno mordisco. Taran aferró las riendas y estuvo a punto de
caer.
—Mantente lejos de Islimach —dijo Ellidyr con una ronca risotada—. Muerde. Ella y yo
somos muy parecidos.
Taran estaba a punto de contestarle enfadado cuando Adaon, que había visto todo lo
sucedido, apareció montado en su yegua baya al lado de Ellidyr.
—Tienes razón, Hijo de Pen-Llarcau —dijo Adaon—. Tu montura lleva una carga difícil,
al igual que tú.
—¿Cuál es mi carga? —exclamó Ellidyr, torciendo el gesto.
La noche pasada soñé con todos nosotros —dijo Adaon, que acariciaba pensativo el
broche de hierro que llevaba al cuello—. Te vi cargando una bestia negra sobre los
hombros. Ten cuidado de que no te devore, Ellidyr —añadió, con la suavidad de su tono
endulzando un tanto la aspereza de sus palabras.
¡Salvadme de los porquerizos y los soñadores! —replicó Ellidyr.
Lanzando un grito, hizo que Islimach se pusiera al galope y les dejó atrás.
—¿Y yo? —preguntó Taran—. ¿Qué te dijo tu sueño sobre mí?
—Tú... —le contestó Adaon, tras vacilar un instante—, tú estabas lleno de pena.
—¿Qué causa tengo para sentir pena? —le preguntó Taran, sorprendido —. Me siento
muy orgulloso sirviendo al señor Gwydion, y se me ofrece la oportunidad de ganarme un
gran honor..., ¡Mucho más que lavando cerdas y cuidando del huerto!
—He marchado con muchos ejércitos —le respondió quedamente Adaon—, pero
también he plantado semillas y recogido sus cosechas con mis propias manos. Y he
aprendido que hay mucho más honor en un campo bien arado que en uno empapado de
sangre.
La columna había empezado a moverse con mayor rapidez y los dos hicieron apretar el
paso a sus monturas. Adaon cabalgaba con hábil soltura: llevaba la cabeza alta y sonreía
abiertamente, pareciendo beber con alegría todos los sonidos e imágenes del amanecer.
Fflewddur, Doli y Coll marchaban junto a Gwydion y Ellidyr seguía con el rostro mohíno a
las tropas del rey Morgant; Taran se mantuvo al lado de Adaon, recorriendo con él el
sendero sembrado de hojas.
Mientras hablaban para olvidar así los rigores del viaje, Taran no tardó en darse cuenta
de que pocas cosas había que Adaon no hubiera visto o hecho. Había navegado mucho
más allá de la isla de Mona, llegando incluso hasta los mares del norte; había trabajado
con el torno del alfarero y había lanzado sus redes junto a los pescadores. Había hilado
en las ruecas de las granjas y, como Taran, se había afanado sobre la forja
incandescente. Sabía mucho del bosque; Taran, maravillado, le oyó hablar sobre las
costumbres y la naturaleza de las criaturas que vivían en él, desde el atrevido tejón hasta
los cautelosos ratones, sin olvidar a los gansos que desplegaban sus alas bajo la luna.
—Hay mucho que conocer —le dijo Adaon— y, por encima de todo, hay mucho que
amar, ya sea la sucesión de las estaciones o la forma de un guijarro en el río. La verdad
es que cuantas más cosas encontrarnos para amar, más grandes se hacen nuestros
corazones.
El rostro de Adaon brillaba bajo los primeros rayos del sol, pero en su voz había
surgido una nota de añoranza. Al preguntarle Taran si acaso estaba preocupado, Adaon
tardó unos instantes en responderle, como si no deseara expresar sus pensamientos.
—Sentiré más ligero el corazón cuando nuestra tarea haya terminado —dijo Adaon por
último —. Mi prometida Arianllyn me espera en las tierras del norte y, cuanto antes
destruyamos el caldero de Arawn, antes podré volver junto a ella.
Al terminar el día ya se habían hecho amigos; cuando llegó la noche y Taran volvió con
Gwydion y sus compañeros, Adaon se unió a ellos. Ya habían cruzado el Gran Avren y
habían recorrido buena parte del camino que les llevaría a las fronteras donde empezaba
el reino de Smoit. Gwydion estaba satisfecho de su avance, aunque ya les había
advertido de que la parte más difícil y peligrosa del viaje estaba aún por llegar.
Todos se encontraban de buen humor, salvo Dolí, que odiaba montar a caballo y que
con tono malhumorado afirmó ser capaz de avanzar más de prisa a pie. Mientras los
demás reposaban al abrigo de un bosquecillo, Fflewddur le ofreció su arpa a Adaon y le
suplicó que tocara un poco. Adaon, instalándose cómodamente con la espalda apoyada
en un árbol, aceptó el instrumento. Durante unos segundos pareció meditar, con la
cabeza inclinada, y luego sus dedos acariciaron suavemente las cuerdas.
La voz del arpa y la de Adaon se mezclaron para tejer armonías tales como Taran
jamás había oído antes. Adaon había alzado el rostro hacia las estrellas y sus ojos grises
parecían ver mucho más allá de lo que les rodeaba. El bosque se había quedado
silencioso y todos los ruidos nocturnos se habían apagado.
La canción de Adaon no era un himno guerrero: hablaba de paz y de una honda
alegría; mientras Taran la escuchaba, sus ecos resonaron una y otra vez en su corazón.
Anheló que la música no parase nunca, pero Adaon se detuvo de pronto y con una grave
sonrisa le devolvió el arpa a Fflewddur.
Los compañeros se envolvieron en sus capas y se durmieron. Ellidyr permaneció lejos
de ellos, acostado en el suelo junto a las patas de su montura. Taran, con la cabeza
recostada en sus arreos y la mano apoyada en su nueva espada, deseó impaciente que
llegara el alba, anhelando proseguir el viaje. Y, sin embargo, mientras se adormecía,
recordó el sueño de Adaon y sintió sobre él una sombra que parecía agitarse como un ala
tenebrosa.
Al día siguiente, los compañeros cruzaron el río Ystrad y empezaron a dirigirse hacia el
norte. Con gran profusión de protestas al verse apartado de la misión, el rey Smoit
obedeció a Gwydion y abandonó la columna, cabalgando hacia Caer Cadarn para ir
preparando a sus guerreros. La columna aflojó el paso y los agradables prados fueron
haciéndose más abruptos, hasta convertirse en colinas. Poco después del mediodía, los
jinetes entraron en el Bosque de Idris, donde la hierba marrón y reseca era tan afilada
como arbustos espinosos. Los robles y los alisos que le habían sido familiares a Taran le
parecieron repentinamente extraños: sus hojas muertas colgaban de las ramas retorcidas
y los negros troncos emergían del suelo como huesos calcinados.
El bosque acabó abriéndose para revelar las desnudas laderas rocosas de las
montañas. Gwydion indicó a la columna que avanzara y Taran sintió que se le formaba un
nudo en la garganta. Por un instante tuvo frío y se creyó incapaz de hacer que Melynlas
empezara a subir por las rocas. Sabía, aunque Gwydion no hubiera dicho ni una palabra
al respecto, que la Puerta Oscura de Annuvin no estaba demasiado lejos.
El angosto sendero que serpenteaba sobre los barrancos obligó a la columna a seguir
avanzando en fila india. Taran, Adaon y Ellidyr iban al final de ésta, pero de pronto Ellidyr
apretó los flancos de Islimach y, haciendo apartarse a Taran, pasó delante de él.
—¡Tu sitio está detrás, porquerizo! —le gritó.
—Y el tuyo está allí donde te lo ganes —le replicó Taran, que soltó las riendas para que
Melynlas fuera más de prisa.
Las dos monturas se tocaban y los jinetes se encontraron luchando uno con el otro; sus
cuerpos estaban casi juntos. Islimach se encabritó y relinchó salvajemente. Ellidyr agarró
las riendas de Melynlas con su mano libre para obligarle a retroceder. Aunque Taran
intentó desviar a su montura, Melynlas resbaló entre una lluvia de guijarros, salió del
sendero y cayó por la escarpada ladera. Taran se vio arrojado de la silla y tuvo que
agarrarse a las rocas para no precipitarse en el abismo.
Melynlas, más hábil que su amo, logró recobrar el equilibrio y se sostuvo en una
cornisa que se abría bajo el sendero. Taran, pegado a las rocas, intentó vanamente trepar
de nuevo hacia el sendero. Adaon desmontó sin perder un instante y corrió hasta el borde
del abismo, tratando de coger la mano de Taran. También Ellidyr desmontó y, apartando
bruscamente las manos de Adaon, agarró a Taran por debajo de los brazos. Dio un
potente tirón y alzó a Taran, como si fuera un saco de grano, hasta depositarle de nuevo
en la seguridad del camino. Luego, bajando cautelosamente hasta donde estaba
Melynlas, Ellidyr apoyó la espalda bajo la cincha y tensó los músculos. Así, muy poco a
poco y usando hasta el último gramo de sus fuerzas, le fue levantando hasta que el
caballo pudo avanzar por sí solo.
—¡Loco! —gritó Taran, que corrió hasta Melynlas y examinó ansiosamente su
montura—. ¿Acaso el orgullo no deja sitio en tu cabeza para el buen juicio?
Se tranquilizó al comprobar que Melynlas no había sufrido daño alguno y, aunque a
pesar suyo, no pudo sino contemplar a Ellidyr con un asombro no exento de cierta
admiración. —Jamás había visto una fuerza tal —admitió Taran. Por primera vez, Ellidyr
pareció confuso y algo asustado. —No quería hacerte caer —dijo; luego echó hacia atrás
la cabeza y, con una sonrisa burlona, añadió—: Me preocupaba tu caballo, no tu piel.
—También yo admiro tu fuerza, Ellidyr —le dijo secamente Adaon—. Pero debería
avergonzarte probarla de ese modo. La bestia negra cabalga montada junto a ti. Puedo
verla incluso ahora.
Uno de los guerreros de Morgant había dado la alarma al oír el estruendo. Un instante
después apareció Gwydion, seguido por el rey Morgant. Detrás de ellos venían a toda
prisa Fflewddur, muy nervioso, y el enano.
—Tu estúpido porquerizo tuvo la loca idea de intentar pasar a la fuerza por delante de
mí —le dijo Ellidyr a Gwydion—. Si no hubiera logrado sacarles a él y a su caballo...
—¿Es cierto eso? —preguntó Gwydion, mientras examinaba el rostro de Taran y sus
ropas desgarradas.
Taran iba a contestarle, pero en vez de ello apretó los labios y asintió con la cabeza. En
el rostro irritado de Ellidyr apareció una fugaz expresión de sorpresa.
—No tenemos vidas que malgastar —dijo Gwydion—, y sin embargo tú has puesto dos
en peligro. No puedo permitirme el lujo de perder un hombre; de lo contrario, en este
mismo instante te mandaría de regreso a Caer Dallben. Pero si ocurre otra vez algo
parecido, lo haré. Y lo mismo haré contigo, Ellidyr, o con cualquiera del grupo.
El rey Morgant hizo avanzar su montura.
—Señor Gwydion, esto prueba lo que yo había temido. Nuestro viaje es difícil incluso
sin el peso del caldero. Una vez que lo tengamos, vuelvo a rogarte que no emprendas
camino a Caer Dallben. Sería más sabio llevar el caldero al norte, a mi reino.
»Pienso también —prosiguió Morgant— que debería enviarse un contingente de mis
guerreros para proteger nuestra retirada. A cambio, ofrezco a estos tres —dijo, señalando
a Taran, Adaon y Ellidyr— un lugar entre nuestros jinetes cuando ataque. Si he leído bien
en sus rostros, preferirán eso a ser mantenidos en reserva.
—¡Sí! —gritó Taran, apretando su espada—. ¡Unámonos al ataque!
Gwydion meneó la cabeza.
—El plan se realizará tal como lo había dispuesto. Montad, de prisa: ya hemos perdido
mucho tiempo.
En los ojos del rey Morgant ardió brevemente una chispa.
—Se hará como mandéis, señor Gwydion.
—¿Qué sucedió? —le preguntó en un murmullo Fflewddur a Taran—. No pensarás
decirme que la culpa no fue de Ellidyr, aunque no sé cómo. Puedo darme cuenta de que
lo suyo es causar problemas, y no consigo imaginarme en qué estaba pensando Gwydion
cuando lo trajo con nosotros.
—La culpa es igualmente mía —dijo Taran—. No me porté mejor que él: tendría que
haber contenido mi lengua. Algo que con Ellidyr —añadió— es bastante difícil.
—Sí —suspiró el bardo, contemplando su arpa—. Yo tengo una dificultad bastante
parecida a la tuya.
Durante todo el día siguiente la columna avanzó con extremada cautela, pues entre las
nubes se veía volar ya a los gwythaints, los temibles pájaros mensajeros de Arawn.
Cuando faltaba poco para el anochecer, el sendero empezó a bajar hacia una angosta
hondonada cubierta de pinos y maleza; Gwydion se detuvo al llegar a ella. Delante se
alzaban los lúgubres acantilados de la Puerta Oscura, dos montañas gemelas que ardían
con un resplandor carmesí bajo el sol agonizante.
Hasta el momento el grupo no se había encontrado con ningún Nacido del Caldero.
Taran lo atribuyó a la buena suerte, pero Gwydion no dejaba de fruncir el ceño,
preocupado.
—Temo más a los Nacidos del Caldero cuando no puedo verles —dijo Gwydion,
después de haber convocado a los guerreros junto a él—. Estuve a punto de creer que
habían abandonado Annuvin, pero Doli os trae noticias que preferiría no verme obligado a
revelaros.
—Me hizo volver invisible y tuve que ir a explorar, eso es lo que me hizo —le contó Doli
en un furioso murmullo a Taran—. Cuando entremos en Annuvin, tendré que hacer lo
mismo otra vez. ¡Buf! ¡Ya siento las orejas como si tuvieran un enjambre de avispas
dentro!
—Prestadme atención todos —prosiguió Gwydion—. Los Cazadores de Annuvin andan
por aquí.
—Me he enfrentado a los Nacidos del Caldero —exclamó osadamente Taran—. Estos
guerreros no pueden ser más terribles que ellos.
—¿Eso crees? —le replicó Gwydion con una seca sonrisa—. Yo les temo en gran
manera. Son tan implacables como los Nacidos del Caldero, y su fortaleza es aún mayor
que la de éstos. Siempre van a pie, pese a lo cual son veloces y están dotados de enorme
resistencia. La fatiga, el hambre y la sed tienen escaso significado para ellos.
—Los Nacidos del Caldero no mueren —dijo Taran—. Si esos otros son hombres
mortales, será posible acabar con ellos.
—Son mortales —contestó Gwydion—, aunque me niego a llamarles hombres. Entre
los guerreros que han traicionado a sus camaradas, ellos pertenecen a lo más bajo: son
asesinos que han cometido sus crímenes sólo por el placer de cometerlos. Para satisfacer
su propia crueldad han escogido voluntariamente el reino de Arawn y le han jurado
alianza con una promesa de sangre que ni siquiera ellos pueden romper.
—Sí —añadió Gwydion—, se les puede matar. Pero Arawn les ha convertido en una
hermandad de asesinos y les ha dado un terrible poder. Van siempre en pequeñas
bandas, y en sus grupos la muerte de un hombre no hace sino aumentar el poder de los
demás.
»Evitadles —les advirtió Gwydion—. No les presentéis batalla si es posible rehuirla,
pues cuantos más logréis abatir más fuerza ganará el resto. A medida que su número
disminuye, su poder se fortalece. Ahora, buscad un sitio resguardado y dormid —les
ordenó—. Nuestro ataque debe llevarse a cabo esta noche.
Taran estaba inquieto y apenas si logró obligarse a cerrar los ojos. Cuando al fin los
cerró fue para caer en un sueño ligero y nervioso del que despertó con un sobresalto, que
le hizo buscar a tientas su espada. Adaon, que ya estaba despierto, le indicó mediante
una seña que guardara silencio. La luna brillaba en lo alto con un frío resplandor. Los
guerreros del rey Morgant se movían como sombras. Se oyó el débil tintineo de un arnés
y el susurro de una espada al ser desenvainada.
Doli, que se había vuelto invisible, iba ya hacia la Puerta Oscura. Taran encontró al
bardo asegurando la preciada arpa a su espalda.
—Realmente, dudo mucho que vaya a necesitarla —admitió Fflewddur—. Por otra
parte, nunca se sabe lo que puedes acabar haciendo. ¡Un Fflam siempre está listo!
Coll, que estaba a su lado, se acababa de poner un casco puntiagudo que le quedaba
un poco estrecho. Ver al viejo guerrero, de tan valeroso corazón, con ese casco que a
duras penas parecía capaz de proteger su calva cabeza, hizo que a Taran le invadiera
una súbita melancolía. Abrazó fuertemente a Coll y le deseó mucha suerte.
—Bueno, muchacho —dijo Coll, guiñándole el ojo—, no temas. Volveremos antes de
que te hayas dado cuenta; luego partiremos hacia Caer Dallben y la misión se habrá
cumplido.
El rey Morgant, cubierto con una gruesa capa negra, se detuvo junto a Taran.
—Me habría honrado contándote entre mis hombres —dijo—. Gwydion me habló un
poco de ti y eso me hizo observarte. Soy un guerrero y sé reconocer el buen temple.
Era la primera ocasión en que Morgant le hablaba directamente; Taran quedó tan
sorprendido y lleno de placer que ni consiguió tartamudear una respuesta antes de que el
jefe de guerreros se alejara en su montura.
Taran vio a Gwydion montado en Melyngar y corrió hacia él.
—Déjame ir contigo —volvió a suplicarle—. Si fui lo bastante hombre como para
sentarme junto a ti en el consejo y llegar hasta tan lejos, también lo soy para cabalgar con
tus guerreros.
—¿Tanto amas el peligro? —le preguntó Gwydion—. Antes de que llegues a ser un
hombre —añadió con voz amable—, deberás aprender a odiarlo. Sí, e incluso a temerlo,
como hago yo. —Tendió la mano y sus dedos apretaron los de Taran—. Mantén la
bravura de tu corazón. Tu coraje será puesto a prueba muy pronto.
Decepcionado, Taran se apartó de él. Los jinetes se desvanecieron más allá de los
árboles y el bosquecillo pareció quedar vacío y desolado. Melynlas, atado junto a los
demás corceles, lanzó un breve relincho quejumbroso.
—Esta noche será muy larga —dijo Adaon, con los ojos clavados en las sombras que
envolvían las negras estribaciones de la Puerta Oscura—. La primera guardia la harás tú,
Taran; la segunda Ellidyr, hasta que se oculte la luna.
—Así tendrás más tiempo para soñar —dijo Ellidyr lanzando una carcajada burlona.
—Esta noche no tendrás ocasión de buscar pelea con el pretexto de mis sueños —le
replicó Adaon sin enfadarse—, pues compartiré vuestras dos guardias. Duerme, Ellidyr —
añadió—; si no piensas dormir, al menos guarda silencio.
Ellidyr, irritado, se envolvió en su capa y se acostó en el suelo junto a Islimach. La
yegua resopló levemente e inclinó la cabeza, frotando con su hocico el rostro de su amo.
La noche era muy fría. La escarcha centelleaba ya sobre los resecos cañizos y una
nube pasó lentamente ante la luna. Adaon desenvainó su espada y fue hasta donde
terminaban los árboles. La blanca luz lunar se reflejaba en sus ojos, que brillaban como
dos estrellas. Permaneció allí, silencioso, con la cabeza levantada como una criatura
salvaje del bosque.
—¿Crees que ya han entrado en Annuvin? —susurró Taran. —Deberían llegar muy
pronto —respondió Adaon. —Ojalá Gwydion me hubiera dejado acompañarle —dijo Taran
con cierta amargura—. Si me hubiera dejado ir con Morgant, al menos...
—No desees tal cosa —se apresuró a decir Adaon, con una expresión preocupada en
el rostro.
—¿Por qué no? —le preguntó Taran, perplejo—. Me habría sentido muy orgulloso de
acompañar a Morgant. Después de Gwydion, es el mayor guerrero de Prydain.
—Es un hombre valiente y fuerte —accedió Adaon—, pero me preocupa. En el sueño
que tuve la noche antes de marcharnos le vi rodeado por un círculo de guerreros que
cabalgaban lentamente. La espada de Morgant estaba rota y lloraba sangre.
—Quizá eso no tenga ningún significado —sugirió Taran, intentando con sus palabras
tanto tranquilizarse como calmar a su compañero—. ¿Acaso es siempre cierto que... que
tus sueños contengan la verdad?
Adaon sonrió.
—La verdad está en todas las cosas, si eres capaz de entenderlas bien.
—Nunca me dijiste lo que habías soñado sobre los demás —prosiguió Taran—. Sobre
Coll, sobre el buen Dolí... y, si a eso vamos, sobre ti mismo.
Adaon no le contestó. Se quedó callado y se volvió nuevamente hacia la Puerta
Oscura.
Con la espada desenvainada, cada vez más preocupado, Taran fue hacia los confines
del bosquecillo.
4 - A la sombra de la Puerta Oscura
La noche transcurrió con pesada lentitud y ya casi había llegado el momento de que
montara guardia Ellidyr cuando Taran oyó un ruido en la espesura. Alzó bruscamente la
cabeza y el sonido se esfumó. Ahora ya no estaba demasiado seguro de haberlo oído
realmente. Contuvo el aliento y esperó, con el cuerpo rígido y envarado.
Adaon, cuyo oído era tan agudo como su vista, lo había percibido también y no tardó ni
un segundo en aparecer junto a él.
Taran creyó ver un destello luminoso. Una rama crujió cerca de ellos. Lanzando un
grito, Taran blandió su espada y dio un salto en esa dirección. Un rayo de luz dorada le
deslumbró y un chillido indignado resonó en sus oídos.
—¡Baja esa espada! —gritó Eilonwy—. Cada vez que tropiezo contigo estás jugando
con ella o amenazando al primero que ves.
Taran retrocedió confundido; en ese mismo instante, una figura oscura apareció de
repente junto a Ellidyr, que se incorporó de golpe con la espada desenvainada y cortando
el aire con un silbido.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —aulló Gurgi—. ¡El irritado señor hará pedazos la pobre y tierna
cabeza de Gurgi con sus tajos y mandobles!
Trepó rápidamente a un pino hasta media altura y, una vez a salvo en su refugio, agitó
el puño hacia el atónito Ellidyr.
Taran cogió del brazo a Eilonwy y la hizo entrar en la protección del bosquecillo. Tenía
la cabellera en desorden y sus ropas estaban rotas y manchadas de barro.
—¿Qué has hecho? —exclamó—. ¿Quieres que nos maten a todos? ¡Apaga esa luz!
Le quitó de las manos la esfera resplandeciente y empezó a darle vueltas, intentando
sin éxito extinguir su brillo.
—Oh, nunca aprenderás a usar mi juguete —le dijo Eilonwy con impaciencia.
Recuperó la bola dorada, la posó en la palma de su mano y la luz se esfumó.
Adaon, que había reconocido a la muchacha, le puso la mano en el hombro, lleno de
ansiedad.
—Princesa, princesa... no debiste seguirnos.
—Claro que no —dijo Taran enfadado—. Debe volver de inmediato. No es más que
una loca, cabeza de chorlito y...
—Nadie la ha llamado y nadie la necesita aquí —dijo Ellidyr, que se había acercado
mientras tanto. Se volvió hacia Adaon—. Por una vez, el porquerizo da muestras de buen
sentido: que esa pequeña tonta vuelva a sus cacharros de cocina.
Taran se volvió en redondo.
—¡Contén tu lengua! He tolerado los insultos que me has dirigido en bien de nuestra
misión, pero no pienso dejar que ofendas a otra persona.
La espada de Ellidyr pareció saltar hacia adelante y Taran alzó también la suya. Adaon
se interpuso entre ellos y extendió las manos.
—Basta, basta —les ordenó—. ¿Tan ansiosos os encontráis de hacer brotar la sangre?
—¿Tengo que escuchar los reproches de un porquerizo? —replicó Ellidyr—. ¿Debo
permitir que una criada me cueste la cabeza?
—¡Criada! —aulló Eilonwy—. Bueno, pues puedo decirte que...
Gurgi, mientras tanto, había bajado cautelosamente del árbol y, medio corriendo, medio
saltando, se había colocado detrás de Taran.
—¡Y esto! —Ellidyr rió amargamente, señalando a Gurgi—. ¡Esta... esta cosa! ¿Es
quizá la bestia negra que tanto te había alarmado, soñador?
—No, Ellidyr, no lo es —murmuró Adaon, casi con tristeza.
—¡Éste es Gurgi, el guerrero! —exclamó osadamente Gurgi, asomando tras el hombro
de Taran—. ¡Sí, sí! ¡El listo y valiente Gurgi, que se reúne con su amo para protegerle de
dolorosas heridas y batacazos!
Cállate —le ordenó Taran—, ya nos has causado bastantes problemas.
¿Cómo lograsteis alcanzarnos? —le preguntó Adaon—. Yendo a pie...
—Bueno, no íbamos a pie... —dijo Eilonwy —, al menos, no todo el camino. Los
caballos se nos escaparon hace muy poco rato.
—¿Qué? —chilló Taran—. ¿Cogisteis caballos de Caer Dallben y luego los perdisteis?
—Sabes perfectamente bien que se trataba de nuestros caballos —declaró Eilonwy—,
los que Gwydion nos regaló el año pasado. Y no los perdimos. Fueron más bien ellos
quienes nos perdieron a nosotros. Nos detuvimos solamente un segundo para que
bebieran, y esos tontos animales huyeron al galope. Supongo que se asustaron. Creo que
no les gustó encontrarse tan cerca de Annuvin, aunque puedo decirte con toda sinceridad
que a mí no me molesta ni pizca.
»De todos modos —acabó diciendo—, no debes preocuparte por ellos. Cuando los
vimos por última vez iban en línea recta hacia Caer Dallben.
—Y eso mismo harás tú —dijo Taran.
¡No lo haré! —exclamó Eilonwy—. Lo estuve pensando un buen rato después de que
os fuerais: lo pensé durante un rato tan largo que os dio tiempo de cruzar el campo de un
lado a otro. Y me decidí: no importa lo que digan los demás, lo justo es lo justo. Si tú
puedes ir en esta misión, yo también; es así de sencillo.
¡Y fue el inteligente Gurgi quien encontró el camino! —afirmó Gurgi con orgullo—. ¡Sí,
sí, entre bufidos y soplidos! Gurgi no permite que la buena y amable princesa vaya sola,
¡oh, no! Y el leal Gurgi nunca deja atrás a sus amigos —añadió, con una mirada de
reproche dirigida a Taran.
—Ya que habéis llegado tan lejos —dijo Adaon—, bien podéis esperar a Gwydion.
Aunque quizá su modo de tratar a dos bergantes como vosotros no llegue a ser de
vuestro agrado. Al parecer —añadió, contemplando con una sonrisa el harapiento
atuendo de la princesa—, vuestro viaje ha sido más duro que el nuestro. Descansad un
poco y refrescaos con algo de bebida y comida.
—¡Sí, sí! —gritó Gurgi—. ¡Morder y mascar para el bravo y fa mélico Gurgi!
—Muy considerado y amable por tu parte —dijo Eilonwy, contemplándole con ojos
llenos de admiración—. Es mucho más de lo que se puede esperar de ciertos Aprendices
de Porquerizo...
Adaon fue hacia donde guardaban las provisiones mientras Ellidyr se dirigía al puesto
de guardia. Taran, agotado, se derrumbó en un peñasco con la espada sobre las rodillas.
—No es que estemos muriéndonos de hambre —dijo Eilonwy—. Gurgi se acordó de
traer su alforja. Sí, también eso era un regalo de Gwydion, así que estaba perfectamente
en su derecho a traérsela. Se trata ciertamente de una alforja mágica —prosiguió—, ya
que nunca parece vaciarse. La comida es muy nutritiva, estoy segura de ello, y resulta
maravilloso tenerla a mano cuando la necesitas. Pero, a decir verdad, no sabe a nada.
Ése es a menudo el problema con las cosas de la magia: nunca son del todo lo que uno
esperaba que fueran.
»Estás enfadado, ¿verdad? —prosiguió Eilonwy—. Siempre noto cuándo estás
enfadado. Parece que te hubieras tragado una avispa.
—Si te hubieras parado a pensar en el peligro que corrías, en vez de lanzarte hacia
adelante sin pensar en nada... —replicó Taran.
—Bueno eres tú para decir eso, Taran de Caer Dallben —le contestó Eilonwy—.
Además, creo que en realidad no estás tan enfadado... No, después de ver cómo
contestaste a Ellidyr. Me pareció maravilloso que estuvieras dispuesto a pelear con él por
mi causa. No es que fuera necesario, claro. Yo podría haberme ocupado perfectamente
de él. Y no pretendía decir que no seas bueno y considerado..., en realidad lo eres. Sólo
que a veces no piensas en ello y se te olvida. Para ser un Aprendiz de Porquerizo, lo
haces sorprendentemente bien...
Antes de que Eilonwy pudiera terminar, Ellidyr lanzó un grito de advertencia. Un caballo
y su jinete entraron al galope en el bosquecillo. Era Fflewddur; detrás de él venía,
igualmente al galope, el poni peludo de Doli.
Casi sin aliento y con su amarilla cabellera erizada como un puercoespín, el bardo
desmontó de un salto y corrió hacia Adaon.
—¡Preparaos para marchar! —gritó —. Coged las armas. Disponed los animales. Nos
vamos a Caer Cadarn... —Entonces vio a Eilonwy—. ¡Por el gran Belin! ¿Qué estás
haciendo aquí?
—Estoy cansada de que me lo pregunten —dijo Eilonwy.
—¡El caldero! —exclamó Taran—. ¿Lo habéis cogido? ¿Dónde están los otros?
¿Dónde está Doli?
—Aquí, ¿dónde iba a estar? —le replicó secamente una voz.
Un instante después, Doli apareció a lomos de lo que hasta el momento había parecido
un poni sin jinete. Desmontó sin demasiada agilidad y se llevó las manos a la cabeza.
—Ni siquiera había tenido tiempo para hacerme visible otra vez —continuó—. ¡Oh, mis
oídos!
Mientras Ellidyr y Adaon se apresuraban a soltar a los animales, Taran y el bardo se
dedicaron a recoger las armas.
—Quédatelos —ordenó Fflewddur, colocando a Eilonwy un arco y una aljaba de flechas
entre las manos—. Y los demás, armaos bien.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó Taran con temor—. ¿Acaso el plan ha fracasado?
—¿El plan? —le preguntó Fflewddur—. Fue perfecto, no habría podido ir mejor.
Morgant y sus hombres cabalgaron con nosotros hasta la Puerta Oscura... ¡Ah, ese
Morgant! ¡Qué guerrero! se diría que no tiene nervios, parece un pedazo de hielo. Se
habría podido pensar que iba a un banquete. —El bardo meneó su erizada cabeza—. ¡Y
ahí estábamos, en el mismísimo umbral de Annuvin! Oh, ya oiréis canciones al respecto,
recordad mis palabras...
—Deja de parlotear —le ordenó Doli, que se acercaba a toda prisa con los nerviosos
caballos—. Sí, el plan era estupendo —gritó enfadado—. Habría sido tan fácil como untar
mantequilla en el pan. Sólo había un problema. ¡Perdimos el tiempo y arriesgamos
nuestros cuellos para nada!
—¿Es que alguno de vosotros va a decir al fin algo coherente? —estalló de pronto
Eilonwy—. ¡No me importan nada las canciones ni la mantequilla! ¡Decidlo de una vez!
¿Dónde está el caldero?
—No lo sé —dijo el bardo—. Nadie lo sabe.
—No lo habréis perdido, ¿verdad? —preguntó Eilonwy atónita, llevándose la mano a la
boca—. ¡No! ¡Oh, vaya grupo de tontos! ¡Grandes héroes! Supe desde el principio que
habría debido acompañaros.
Doli puso una cara como si estuviese a punto de reventar. Empezaron a temblarle las
orejas y se puso de puntillas con los puños muy apretados.
—¿No lo entiendes? ¡El caldero ha desaparecido! ¡No está ahí! ¡Se ha ido!
—¡Eso es imposible! —exclamó Taran.
—No me digas que eso es imposible —le replicó secamente Dolí—. Yo estuve ahí. Sé
lo que vi y sé lo que oí. Yo entré primero, tal y como Gwydion ordenó. Encontré la Sala de
los Guerreros; no hubo ningún problema: de hecho, no había centinelas. Aja, pienso yo,
esto va a ser coser y cantar. Entré..., bien podría haberlo hecho de día y sin ser invisible.
Y ¿por qué? ¡Porque no había nada que vigilar! ¡La plataforma estaba vacía!
—Arawn ha cambiado el caldero de sitio —le interrumpió Taran—. Debe de tener un
nuevo escondite y el caldero estará ahí, en ese otro lugar.
—¿Crees acaso que nací sin ni una pizca de sesos o qué? —le replicó Doli—. Eso fue
lo primero que me vino a la cabeza. Por lo tanto, me puse de nuevo en marcha: hubiera
sido capaz de buscar en las habitaciones del mismísimo Arawn. Pero no había dado ni
seis pasos cuando me tropecé con un par de guardias de Arawn. O, mejor dicho, fueron
esos dos hombretones estúpidos los que se tropezaron conmigo —murmuró Doli,
frotándose un ojo que empezaba a ponerse morado—. Les seguí durante unos instantes y
no tardé en oír lo suficiente.
«Debió de suceder hace pocos días. No sé cómo ocurrió ni quién lo hizo..., y Arawn
tampoco. ¡Ya os podéis imaginar su rabia! Pero, sean quienes sean, se nos han
adelantado e hicieron bien su trabajo. ¡El caldero ya no está en Annuvin!
—¡Pero eso es algo maravilloso! —dijo Eilonwy—. Nuestra misión ha sido realizada, y
para ello nos ha bastado con hacer el viaje.
—A nuestra misión le falta mucho para estar realizada —dijo Adaon con voz grave.
Había terminado de cargar los arreos en uno de los caballos y se había acercado a
Taran. También Ellidyr había estado escuchando atentamente.
—Hemos perdido la gloria de luchar por el caldero —dijo Taran—, pero lo importante es
que ahora ya no está en manos de Arawn.
—No es tan sencillo —le advirtió Adaon—. Esta derrota es una grave herida para el
orgullo de Arawn, y hará todo cuanto esté en su poder para recobrar el caldero. Pero hay
más. El caldero es peligroso por sí mismo, incluso fuera del alcance de Arawn. ¿Qué
sucederá si ha caído en poder de otra fuerza maligna?
—Exactamente lo que dijo Gwydion —añadió Fflewddur—. Para citar sus palabras, el
caldero debe ser encontrado y destruido sin tardanza, sea como sea. Una vez en Caer
Cadarn, Gwydion pensará la forma de hallarlo. Parece que nuestra misión acaba de
empezar.
—Montad —les ordenó Adaon—. No debemos cargar en exceso a las monturas que
llevan los arreos: la princesa Eilonwy y Gurgi compartirán nuestros caballos.
—Islimach no llevará a otro que no sea yo —dijo Ellidyr—. Se la ha enseñado así
desde que era una potrilla.
—No me sorprende nada, viniendo de esa yegua tuya —dijo Taran—. Eilonwy montará
en mi caballo.
—Y yo llevaré conmigo a Gurgi en Lluagor —dijo Adaon—. Venga, de prisa.
Taran fue corriendo hacia Melynlas y montó de un salto; luego ayudó a Eilonwy a subir
a la grupa. Dolí y los demás se apresuraron igualmente a montar, pero en ese mismo
instante un griterío salvaje resonó a ambos lados del grupo y un repentino silbido de
flechas hendió el aire.
5 - Los cazadores de Annuvin
Los caballos relincharon aterrados. Melynlas se encabritó al oír las flechas que
repiqueteaban entre los arbustos. Fflewddur, espada en mano, hizo volver grupas a su
montura y se lanzó contra los atacantes.
La voz de Adaon se alzó, dominando el estrépito.
—¡Son los Cazadores! ¡Intentad huir!
En el primer instante, Taran tuvo la impresión de que las sombras habían cobrado vida.
Figuras borrosas se lanzaron contra él e intentaron arrancarle de su montura. Taran hizo
girar su espada a ciegas y Melynlas lanzó coces furiosas, queriendo liberarse de los
guerreros que lo aprisionaban.
El cielo había empezado a romperse en un tapiz de hebras carmesíes. El sol,
alzándose en el horizonte sobre un telón de pinos negros y árboles sin hojas, inundó el
bosquecillo con un resplandor fatídico.
Los atacantes serían aproximadamente una docena. Llevaban ropas hechas con pieles
de animal y en sus cintos se veían largos cuchillos: del cuello de uno de ellos colgaba un
cuerno de caza. Mientras los guerreros parecían girar a su alrededor, Taran, horrorizado,
contuvo el aliento. En la frente de cada uno había una raya escarlata. Al verla, Taran se
sintió invadido por el terror, pues sabía que el extraño símbolo era una marca del poder
de Arawn. Intentó luchar contra el miedo que le helaba el corazón y le robaba la fuerza.
Detrás de él oyó gritar a Eilonwy y, en ese mismo instante, sintió que alguien le cogía
del cinto y le arrancaba de su montura. Cayó al suelo, arrastrando con él a un Cazador
que le aferraba con tanta fuerza que a Taran le resultaba imposible usar su espada. De
pronto, el Cazador se incorporó y golpeó con la rodilla el pecho de Taran. Los ojos del
guerrero brillaban ferozmente y su boca se entreabrió en una mueca horrible mientras
alzaba su cuchillo.
La voz del Cazador pareció helarse en mitad de un grito de triunfo y de pronto su
cuerpo se desplomó hacia atrás. Ellidyr, al ver el apuro en que se hallaba Taran, le había
golpeado con su espada con una fuerza terrible; luego apartó a un lado el cuerpo sin vida
y levantó a Taran prácticamente en vilo.
Sus ojos se encontraron un instante. En el rostro de Ellidyr, bajo su cabellera leonina
ahora manchada de sangre, había una expresión mezcla de burla y orgullo. Pareció a
punto de hablar, pero se volvió rápidamente sin decir palabra y corrió directamente hacia
la confusión del combate.
En el bosquecillo reinó por un instante el silencio; de pronto, un prolongado suspiro
pareció brotar de todos los guerreros que les habían atacado, como si todos y cada uno
de ellos hubieran estado conteniendo el aliento. Taran sintió que el corazón le desfallecía
al recordar el aviso de Gwydion. Con un rugido, los Cazadores reanudaron su ataque con
ferocidad aún mayor, y se lanzaron contra los compañeros en un repentino estallido de
furia.
En pie junto a Melynlas, Eilonwy puso la flecha en el arco. Taran fue corriendo hasta
ella.
—¡No los mates! —gritó —. ¡Defiéndete, pero no los mates!
En ese mismo instante, una figura velluda y cubierta de ramajes brotó de entre la
maleza. Gurgi había cogido una espada casi tan grande como él. Con los ojos cerrados y
dando patadas en el suelo, empezó a gritar mientras hacía girar su arma como si fuera
una hoz. Luego, furioso como una avispa enloquecida, echó a correr entre los Cazadores,
saltando de un lado a otro con su arma en perpetuo movimiento.
Mientras los guerreros intentaban esquivarle, Taran vio que uno de ellos manoteaba
ciegamente y luego caía de bruces. Otro Cazador se dobló de repente para caer al suelo,
derribado por puños invisibles. Se dejó rodar, intentando huir de los golpes que caían
sobre él; cuando había logrado incorporarse, otro guerrero, gritando y debatiéndose, cayó
sobre él. Los Cazadores blandieron sus espadas para ver cómo éstas les eran
arrebatadas y tiradas entre la maleza. Enfrentados a este extraño ataque, los guerreros
retrocedieron, alarmados.
—¡Doli! —gritó Taran—. ¡Es Dolí!
Adaon aprovechó el momento y se lanzó hacia adelante. Logró coger a Gurgi y le
instaló en la grupa de Lluagor.
—¡Seguidme! —gritó Adaon, que hizo volver grupas a su montura y pasó como una
exhalación entre el confuso grupo de guerreros.
Taran dio un salto y se encontró montado en Melynlas. Con Eilonwy agarrándose a su
cinturón, se pegó todo lo posible a la crin plateada del caballo. Melynlas galopó hacia
adelante mientras las flechas silbaban a su alrededor, y de repente el caballo salió del
bosquecillo y sus cascos resonaron sobre el suelo rocoso.
Con las orejas echadas hacia atrás, Melynlas rebasó una hilera de árboles. Las hojas
secas volaban en torbellinos bajo los cascos veloces mientras el corcel remontaba una
colina reseca. Taran corrió el riesgo de mirar durante un segundo hacia atrás. Unos
cuantos Cazadores se habían apartado del grupo principal y, a grandes zancadas,
perseguían a los compañeros lanzados en veloz huida. Se movían con gran rapidez, tal
como les había advertido Gwydion. Cubiertos por sus jubones de tosca piel, más
parecidos a bestias que a hombres, se desplegaban en un amplio arco para cubrir la
colina. Mientras corrían se gritaban entre ellos un extraño aullido que parecía llegar hasta
los oscuros barrancos de la Puerta Oscura, en los que despertaban ecos fantasmales.
Taran, con el cuerpo helado por el terror, espoleó a Melynlas. Entre los troncos caídos
y las ramas marchitas surgían fantasmagóricas masas de maleza. Delante de ellos corría
Lluagor, cruzando al galope una hondonada.
Adaon les había llevado hasta el lecho de un río. Algunos charcos de agua oscura
brillaban débilmente, aunque en su mayor parte el río estaba seco y sus orillas arcillosas
tenían la altura suficiente para ocultarles. Adaon detuvo a Lluagor y miró rápidamente
hacia atrás para asegurarse de que todos le habían seguido, y les indicó luego con un
gesto que siguieran avanzando. Los compañeros reemprendieron la marcha, poniendo al
trote sus monturas. El lecho del río se abría paso entre imponentes grupos de higueras
entremezcladas con alisos de menor talla, pero unos minutos después el cauce
desapareció y se encontraron con una rala arboleda como único refugio.
Aunque Melynlas no había aflojado el paso, Taran se dio cuenta de que el resto de
caballos empezaba a fatigarse. También él ansiaba descansar. El poni peludo de Dolí se
abría paso con dificultad entre los árboles, y la montura del bardo estaba tan cansada que
Fflewddur se había visto obligado a cambiar de caballo. Ellidyr tenía el rostro pálido como
un muerto y sangraba abundantemente a causa de una herida en la frente.
A Taran le parecía que se habían dirigido siempre hacia el oeste; la Puerta Oscura se
hallaba a cierta distancia detrás de ellos, y sus picos ya no eran visibles. Taran había
albergado la esperanza de que Adaon se dirigiría hacia el sendero que habían tomado
antes, yendo con Gwydion, pero ahora se daba cuenta de que se encontraban lejos de él
y de que a cada segundo se alejaban más.
Adaon les condujo hasta un espeso macizo de árboles y les indicó que desmontaran.
—No podemos quedarnos mucho tiempo —les advirtió—. Hay pocos escondites que
los cazadores de Arawn no sean capaces de encontrar.
—¡Entonces quedémonos aquí y plantémosles cara! —exclamó el bardo—. ¡Un Fflam
jamás escurre el bulto!
—¡Sí, sí! ¡Gurgi se enfrentará también a ellos! —afirmó Gurgi, que a duras penas si
parecía capaz de sostenerse.
—Presentaremos batalla sólo si nos vemos obligados a ello —dijo Adaon—. Ahora son
más fuertes que antes y no se cansarán tan de prisa como nosotros.
—Deberíamos hacerles frente ahora mismo —gritó Ellidyr—. ¿Es éste el honor que
ganamos siguiendo a Gwydion? ¿Debemos permitir que se nos persiga y cace como a
animales? ¿O acaso les tenéis demasiado miedo?
—No les temo —replicó Taran—, pero evitarles no supone ningún deshonor. Ésa es la
orden que daría Gwydion, si estuviera aquí.
Eilonwy, pese a estar cansada y maltrecha, no había perdido el dominio de su lengua.
—¡Oh, callaos los dos! —les ordenó—. Os preocupáis demasiado del honor cuando
deberíais estar pensando en un modo de volver a Caer Dallben.
Taran, que había permanecido apoyado en un árbol, alzó la cabeza. A lo lejos resonó
un prolongado alarido, que fue respondido por otro y luego por otro más.
—¿Están abandonando la persecución? —preguntó—. ¿Hemos logrado dejarles atrás?
Adaon sacudió la cabeza.
—Lo dudo. No nos habrían perseguido hasta tan lejos para acabar dejándonos huir. —
Montó nuevamente en Lluagor, moviéndose con rigidez a causa del cansancio—.
Debemos seguir cabalgando hasta encontrar un sitio mejor en el que descansar. No
tendríamos muchas esperanzas si cayeran sobre nosotros ahora.
Cuando Ellidyr se dirigía hacia Islimach, tan cansada como los demás, Taran le cogió
del brazo.
—Luchaste bien, Hijo de Pen-Llarcau —le dijo en voz baja—. Creo que te debo la vida.
Ellidyr se volvió a mirarle con la misma expresión despectiva que Taran había notado
en el bosquecillo.
—La deuda es pequeña —replicó—. Tú la valoras más que yo. Emprendieron
nuevamente la marcha y se adentraron en el bosque con toda la rapidez que les era
posible. El día se había encapotado, volviéndose húmedo y frío. El sol, envuelto en
deshilachadas nubes grises, apenas brillaba. Su avance se vio entorpecido por la maleza
y las hojas mojadas parecían adherirse a los animales, que se debatían para librarse de
ellas. Dolí, que había estado montando con el cuerpo encogido, se irguió de repente y
examinó atentamente los alrededores. Pareció distinguir algo que le animó de un modo
extraño.
—Aquí hay gente del Pueblo Rubio —afirmó, al acercársele Taran.
—¿Estás seguro? —le preguntó Taran—. ¿Cómo lo sabes?
Por mucho que mirara, no lograba ver diferencia alguna entre esta parte del bosque y
la que habían dejado atrás.
—¿Que cómo lo sé? ¿Cómo lo sé? —le replicó brusca mente Dolí —. ¿Cómo sabes tú
de qué modo has de comerte la cena?
Apretó con los talones los flancos de su poni y pasó como un rayo por delante de
Adaon, el cual se detuvo, sorprendido. Dolí desmontó de un salto y, tras examinar varios
árboles, corrió rápidamente hacia los restos de un enorme roble cuyo tronco estaba
hueco. Metió la cabeza dentro de éste y empezó a gritar tan fuerte como pudo.
Taran desmontó también y, con Eilonwy pisándole los talones, corrió hacia el árbol,
temeroso de que el cansancio y las emociones del día hubieran acabado finalmente por
enloquecer al enano.
—¡Ridículo! —murmuró Dolí, sacando la cabeza del tronco—. ¡No puedo equivocarme
de ese modo!
Se agachó hasta casi tocar el suelo, clavando los ojos en él, y empezó a hacer cálculos
incomprensibles con los dedos.
—¡Eso debe ser! —gritó—. El rey Eiddileg nunca habría dejado que las cosas fueran
tan mal.
Una vez dicho esto, pateó furiosamente las raíces del árbol. Taran estuvo seguro de
que el enfadadísimo enano se habría metido dentro del tronco si la apertura hubiera sido
lo bastante grande.
—¡Informaré de esto al mismísimo Eiddileg! —exclamó Doli—. ¡Es algo inaudito! ¡Es
imposible!
—No sé qué estás haciendo —dijo Eilonwy, apartando al enano y acercándose al
roble—, pero si nos dices de qué se trata quizá podamos ayudarte.
Al igual que había hecho el enano, Eilonwy miró en el interior del tronco hueco.
—No sé quién está ahí abajo —gritó—, pero nosotros estamos aquí arriba y Doli quiere
hablar con vosotros. ¡Al menos podríais responder! ¿Me oís?
Eilonwy se apartó del roble y meneó la cabeza.
—Sean quienes sean, no son demasiado corteses. ¡Eso es peor que cuando alguien
cierra los ojos para que no le veas!
Y entonces una voz, débil pero clara, brotó del tronco.
—Iros —dijo.
6 - Gwystyl
Doli apartó presurosamente a Eilonwy de un empujón y volvió a meter la cabeza en el
tronco. Se puso a gritar nuevamente, pero la madera apagaba de tal modo el sonido que
Taran no logró entender nada de la conversación, que consistió principalmente en largas
parrafadas pronunciadas por el enano, a las que seguían breves respuestas.
Por último, Doli volvió a erguirse y les hizo una seña para que le siguieran. Cruzó
rápidamente el bosque y, cuando hubo andado un centenar de pasos, bajó de un salto a
un pequeño desnivel. Taran, que llevaba el poni del enano y también a Melynlas, se
apresuró a reunirse con él. Adaon, Ellidyr y el bardo hicieron volver grupas rápidamente a
sus monturas y fueron tras ellos.
El suelo estaba tan inclinado y cubierto de maleza que los caballos a duras penas
lograban mantener el equilibrio, por lo que debían caminar con gran cuidado entre los
arbustos y rocas. Islimach agitó sus crines y relinchó con nerviosismo. La montura del
bardo estuvo a punto de caer e incluso Melynlas piafó brevemente, protestando ante lo
difícil del camino.
Cuando Taran logró llegar por fin a suelo llano, Doli ya se había lanzado corriendo
hacia la espesura y aguardaba, impaciente y mascullando maldiciones, ante un enorme
grupo de arbustos espinosos. Para asombro de Taran, los arbustos empezaron a temblar
como si alguien los estuviera removiendo desde el interior y luego, con abundante ruido
de ramas que se partían, una grieta se abrió entre los espinos.
—¡Es un puesto avanzado del Pueblo Rubio! —exclamó Eilonwy—. ¡Sabía que hay
muchos, repartidos por todos los sitios, pero sólo el bueno de Doli es capaz de encontrar
uno!
Cuando Taran se reunió con el enano, la grieta era ya lo bastante ancha como para
permitirle ver a una figura.
Doli metió la cabeza dentro para mirar.
—Así que eres tú, Gwystyl —dijo—. Tendría que habérmelo imaginado.
—Así que eres tú, Doli —replicó con tristeza una voz—. Ojalá me hubieras avisado.
—¡Avisado! —gritó el enano—. ¡Te daré algo más que un aviso si no abres! Eiddileg se
enterará de esto. ¿De qué sirve un puesto semejante si no puedes entrar en él cuando te
hace falta? Ya conoces las reglas: si cualquier miembro del Pueblo Rubio está en
peligro... ¡Bueno, pues ahora ésa es exactamente nuestra situación! ¡Y, para rematarlo
todo, podría haberme quedado ronco chillando! —Y lanzó una furiosa patada a los
arbustos.
La otra figura emitió un largo y melancólico suspiro y la apertura se ensanchó todavía
más. Taran vio entonces a una criatura que, al primer vistazo, parecía un amasijo de
palos con unas telarañas flotando en la parte superior. Muy pronto se dio cuenta de que el
extraño portero se parecía bastante a los otros miembros del Pueblo Rubio que había
visto anteriormente en el reino de Eiddileg; aunque este individuo en concreto daba la
impresión de necesitar con urgencia unas buenas reparaciones.
Al contrario que Doli, Gwystyl no era precisamente un enano. Era alto y
extremadamente delgado. Su revuelta cabellera tenía un aspecto reseco y su nariz se
desplomaba como agotada sobre su labio superior, el cual a su vez se abatía hacia su
mentón, componiendo con ello una expresión francamente lúgubre. Tenía la frente
constelada de arruguitas y sus ojos no paraban de hacer guiños nerviosos: daba la
impresión de estar a punto de echarse a llorar. Sus hombros encorvados sostenían una
túnica bastante sucia y medio rota, que no dejaba de estrujar con inquietud. Resopló
varias veces, volvió a suspirar y, como a regañadientes, indicó a Doli con una seña que
entrara.
Gurgi y Fflewddur se habían reunido con Taran; al verles, Gwystyl lanzó un gemido
ahogado.
—Oh, no —dijo—, humanos no. Otro día, quizá. Lo siento, Doli, créeme, pero los
humanos no.
—Vienen conmigo —le respondió secamente el enano—. Piden la protección del
Pueblo Rubio y yo me encargaré de que la consigan.
El caballo de Fflewddur se agitó entre la espesura y lanzó un potente relincho; al oírlo,
Gwystyl se golpeó la frente con la palma de la mano.
—¡Caballos! —dijo, casi sollozando—. ¡De eso, ni hablar! Haz entrar a tus humanos si
es imprescindible, pero de caballos nada. Hoy caballos no, Dolí, sencillamente hoy no
estoy de humor para caballos. Por favor, Dolí —gimió—, no me hagas esto. No me
encuentro bien, la verdad es que no me encuentro nada bien. No puedo ni pensarlo...
todos esos bufidos, el resonar de cascos, todas esas enormes cabezas huesudas...
Además, no hay sitio. No queda ni un solo hueco para ellos.
—¿De qué lugar se trata? —preguntó Ellidyr con voz irritada—. ¿Adonde nos has
traído, enano? Mi yegua no se apartará de mi lado. Podéis entrar vosotros en esa
ratonera, si queréis. Yo me encargaré de proteger a Islimach.
—No podemos dejar las monturas arriba —le dijo Doli a Gwystyl, que ya había
empezado a retroceder e intentaba escabullirse por el pasadizo —. Encuentra el espacio
necesario o agranda el refugio, me da igual —le ordenó—. ¡Eso es todo!
Gimiendo y resoplando mientras movía la cabeza de un lado a otro, Gwystyl, con cara
de no gustarle nada lo que hacía, acabó por abrir la puerta de par en par.
—Muy bien —suspiró—, metedlos dentro. Que entren todos. Y si conocéis a alguien
más por aquí, invitadle también, no importa... Yo sólo sugería..., bueno, apelaba a tu
generoso corazón, Doli. Pero ahora ya no importa, da igual.
Taran empezaba a pensar que Gwystyl tenía buenas razones para preocuparse. La
entrada era apenas lo bastante alta para dejar pasar a los animales; la montura de Adaon,
con su gran talla, tuvo dificultades para entrar. Islimach piafó, aterrada, al sentir que los
espinos le arañaban los flancos.
Una vez rebasada la barrera, sin embargo, Taran pudo ver que se hallaban en una
especie de galería, muy larga y con el techo bajo. Uno de los costados era de tierra
sólida, y el otro estaba formado por una espesa pantalla de espinos y ramas a través de la
que era imposible ver nada, aunque tenía las grietas y resquicios suficientes como para
dejar entrar el aire.
—Supongo que podéis meter los caballos por ahí —suspiró Gwystyl, indicando
vagamente con la mano hacia la galería—. Lo limpié todo hace poco, pero no esperaba
verlo convertido en un establo. Adelante, da igual.
Entre toses y suspiros, Gwystyl condujo a los compañeros a través de un pasadizo que
olía a moho. Taran vio que en uno de los lados se había excavado una recámara; estaba
llena de raíces, líquenes y hongos que imaginó que serían la despensa del melancólico
habitante de aquel lugar. El agua goteaba del techo o corría en riachuelos por la pared.
Un olor a humedad y a hojas muertas flotaba en la atmósfera del pasadizo, que un poco
más adelante se convertía en una estancia de forma redondeada.
En un hogar diminuto y recubierto de cenizas ardía vacilante un pequeño fuego de
turba que emitía frecuentes bocanadas de un humo acre e irritante. Junto al hogar se
encontraba un revuelto camastro de paja. Había una mesa rota y dos escabeles; de la
pared, puestos a secar, colgaban gran cantidad de manojos de hierbas. Aunque se había
hecho un intento de alisar algo los muros de la cueva, en bastantes lugares asomaban por
ellos sinuosas raíces que parecían dedos. El lugar estaba tan caldeado que resultaba casi
asfixiante; a pesar de ello, Gwystyl se estremeció y se envolvió más apretadamente en su
túnica.
—Muy acogedor —observó Fflewddur, tosiendo violentamente.
Gurgi corrió hacia el fuego y, pese a la humareda, se acostó junto a él. Adaon, obligado
a permanecer encorvado, no pareció darse cuenta del desorden y fue hacia Gwystyl, al
que hizo una cortés reverencia.
—Os damos las gracias por vuestra hospitalidad —dijo—. Hemos pasado momentos
bastante difíciles.
—¡Hospitalidad! —bufó Dolí—. ¡Poca hemos visto de momento! Venga, Gwystyl, trae
algo para comer y beber.
—Oh, claro, claro —murmuró Gwystyl—, si es que realmente queréis tomaros la
molestia y el tiempo. ¿Cuándo dijisteis que os iríais?
Eilonwy lanzó una exclamación de placer.
—¡Mirad, tiene un cuervo domesticado! Junto al fuego, en una rama de árbol que había
sido tallada hasta formar una tosca percha, se encontraba agazapado un bulto sombrío
que era en realidad un cuervo de gran tamaño. Taran y Eilonwy fueron rápidamente a
verlo de cerca. El cuervo tenía el aspecto de una pelota rechoncha, con las plumas de la
cola en bastante mal estado y el resto del plumaje tan hirsuto y desordenado como la
cabellera de su amo, que tanto recordaba a una telaraña. Pero sus ojos eran tan agudos
como brillantes, y en la mirada que clavaron sobre el rostro de Taran se habría dicho que
se ocultaba cierta inteligencia. Lanzando unos secos graznidos, el cuervo se afiló el pico
en la rama y ladeó la cabeza.
—Es un cuervo precioso —dijo Eilonwy—, aunque jamás había visto ninguno con unas
plumas parecidas. Son bastante raras, pero resultan de lo más bonito cuando te
acostumbras a ellas.
Dado que el cuervo no parecía oponerse a ello, Taran le acarició suavemente las
plumas del cuello y luego pasó el dedo por su pico afilado y reluciente. De pronto recordó
con tristeza a la cría de gwythaint con la que había terminado por trabar amistad (algo
que, le parecía ahora, sucedió hacía mucho tiempo) y se preguntó qué habría sido de ella.
Mientras tanto, el cuervo gozaba al verse objeto de tantas atenciones, ya que obviamente
no estaba acostumbrado a recibirlas: con la cabeza aún ladeada y guiñando los ojos con
expresión de felicidad, intentó pasar su pico por el pelo de Taran.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Eilonwy.
—¿Nombre? —le replicó Gwystyl—. Oh, su nombre es Kaw. A causa de los ruidos que
hace, ¿entiendes? Se parecen bastante a eso —añadió con expresión indecisa.
—¡Kaw! —exclamó Fflewddur, que lo había estado observando con interés—.
¡Excelente! ¡Qué inteligencia! Jamás se me habría ocurrido un nombre semejante. —Y
sacudió la cabeza con placer y aprobación.
Mientras Taran seguía alisando el plumaje del cuervo, cada vez más complacido,
Adaon examinó la herida de Ellidyr. Sacó un puñado de hierbas secas de una bolsa que
llevaba al cinto y las aplastó hasta convertirlas en polvo.
—Vaya —dijo Ellidyr—, ¿así que eres curandero además de soñador? Bueno, si ese
arañazo no me molesta, ¿por qué debería molestarte a ti?
—Si prefieres no considerarlo un gesto amable —le contestó Adaon sin inmutarse,
mientras aplicaba el polvo sobre la herida—, considéralo entonces una buena precaución.
Tenemos por delante un viaje duro y peligroso: no deseo que caigas enfermo y que eso
nos retrase.
—No seré yo el que os retrase —replicó Ellidyr—. Yo habría presentado batalla cuando
había oportunidad de hacerlo. Ahora aquí estamos, metidos en la tierra como si fuéramos
zorros...
Gwystyl había estado mirando la operación ansiosamente por encima del hombro de
Adaon.
—¿Tienes algo que pueda ser útil para mi estado? —le preguntó con voz temblona—.
No, supongo que no... Bueno, no importa. No puede hacerse nada respecto a la humedad
y las corrientes de aire...; no, durarán ellas más que yo, de eso podéis estar bien seguros
—añadió con voz abatida.
—Deja de refunfuñar sobre las corrientes de aire —le ordenó bruscamente Doli—, y
piensa en algún modo para sacarnos de aquí con seguridad. Si estás a cargo del puesto,
entonces se supone que debes estar preparado para las emergencias. —Le volvió la
espalda, furioso—. No logro entender en qué estaba pensando Eiddileg cuando te instaló
aquí.
—Me lo he preguntado a menudo —dijo Gwystyl, dándole la razón con un suspiro
melancólico—. El puesto se encuentra demasiado cerca de Annuvin para que nadie
decente venga a llamar a la puerta...; no me refiero a ninguno de vosotros —añadió
apresuradamente—. Pero el sitio es horrible. Realmente, no hay nada interesante aquí.
No, Doli, me temo que nada puedo hacer por vosotros, salvo deciros que reemprendáis el
camino tan rápido como os sea posible.
—¿Y los Cazadores? —preguntó Taran—. Si andan todavía siguiéndonos...
—¿Cazadores? —Gwystyl se volvió de un feo color entre blanco y verdoso, y las
manos empezaron a temblarle violentamente—. ¿Cómo habéis conseguido tropezar con
ellos? Lamento oírlo. Si lo hubiera sabido antes, habría sido posible... oh, es demasiado
tarde para ello. Ahora ya estarán por todas partes. Podríais haber sido un poco más
considerados y...
—¡Tú crees que deseábamos tenerles detrás nuestro! —gritó Eilonwy, incapaz de
contener más tiempo su impaciencia—. Eso es como invitar a una abeja para que te clave
el aguijón.
Ante el enfado de la muchacha, Gwystyl pareció encogerse dentro de su túnica y su
aspecto se hizo todavía más lamentable. Tragó ruidosamente saliva, se frotó la frente con
una mano temblorosa y dejó que un lagrimón le resbalara por la nariz.
—No pretendía decir eso, mi querida niña, créeme. —Gwystyl resopló —.
Sencillamente, no veo qué se puede hacer... si es que se puede hacer algo. Os habéis
metido en un lío espantoso y no consigo imaginar el cómo ni el porqué.
—Gwydion nos condujo hasta aquí para atacar a Arawn —empezó a decir Taran.
Gwystyl levantó presuroso la mano.
—No me lo cuentes —le interrumpió, frunciendo el ceño nerviosamente—. Sea lo que
sea, no quiero oírlo. Prefiero no saber nada de todo eso y no quiero verme enredado en
ninguno de vuestros locos planes. ¿Gwydion? Me sorprende que ni siquiera él diera
muestras de mejor sentido... Pero era algo previsible, supongo. De nada sirve quejarse.
—Nuestra misión es muy urgente —dijo Adaon, que había vendado ya la herida de
Ellidyr y se había acercado a Gwystyl—. No te pedimos que hagas nada que pueda
suponer peligro para ti. No deseo narrarte las circunstancias que nos han traído aquí, pero
si no las conoces no puedes darte cuenta de lo desesperadamente que necesitamos tu
ayuda.
—Vinimos para arrebatarle el caldero al poder de Annuvin —dijo Taran.
—¿Caldero? —murmuró Gwystyl.
—¡Sí, el caldero! —gritó el enano, furioso—. ¡Gusano paliducho! ¡Luciérnaga apagada!
¡El caldero de Arawn, el de los Nacidos del Caldero!
—Oh, ese caldero... —contestó Gwystyl con voz débil—. Perdóname, Dolí, estaba
pensando en otra cosa. ¿Cuándo dijiste que os iríais?
El enano pareció estar a punto de coger a Gwystyl por el cuello y zarandearle, pero
Adaon se interpuso entre ellos y le explicó rápidamente lo ocurrido en la Puerta Oscura.
—Es una pena —murmuró Gwystyl, lanzando un suspiro entristecido—. Nunca habríais
debido meteros en ese asunto. Me temo que ya es demasiado tarde para pensar en ello:
deberéis intentar sacar el mejor partido posible de la situación. No os envidio, creedme.
Se trata de una de esas desgracias que...
—Pero, ¿no lo entiendes? —dijo Taran—. No tenemos nada que ver con el caldero. Ya
no está en Annuvin. Alguien lo había robado antes que nosotros.
—Sí —dijo Gwystyl, mirando lúgubremente a Taran—, sí, lo sé.
7 - Kaw
Taran se quedó sin habla.
—¿Que lo sabes? —le preguntó luego, sorprendido—. Entonces, ¿por qué no...?
Gwystyl tragó saliva y les miró a todos con nerviosismo.
—Oh, lo sé, pero de un modo muy vago y general, ¿entiendes? Quiero decir que en
realidad no sé nada, meramente los típicos rumores infundados que son de esperar en un
lugar tan salvaje y desagradable como éste. No tienen importancia, no hay que prestarles
la menor atención.
—Gwystyl —dijo Dolí secamente—, tú sabes del asunto más de lo que nos has
contado. Venga, suéltalo todo.
La apesadumbrada criatura se echó las manos a la cabeza y empezó a gimotear,
meciéndose hacia adelante y hacia atrás.
—Iros, dejadme solo —dijo entre llantos—, no me encuentro bien; tengo muchísimas
cosas que hacer. Nunca lograré ponerme al día...
—¡Debes contárnoslo! —exclamó Taran—. Por favor —añadió, bajando la voz al ver
que el desgraciado Gwystyl había empezado a temblar violentamente, mientras los ojos le
giraban en las órbitas como si estuviera a punto de tener un ataque —. No debes
ocultarnos lo que sabes. Si guardas silencio, habremos arriesgado nuestras vidas para
nada.
—Abandonad el asunto —dijo Gwystyl medio ahogándose, dándose aire con el faldón
de la túnica—. No os molestéis en buscar el caldero. Olvidadlo. Es lo mejor que podéis
hacer. Volved al sitio del que habéis venido y no penséis siquiera en él.
—¿Cómo podríamos hacer eso? —grito Taran—. Arawn no descansará hasta tener de
nuevo el caldero en su poder.
—Naturalmente que no lo hará —dijo Gwystyl—. Ahora mismo no está descansando,
precisamente. Y por eso mismo debéis abandonar vuestra búsqueda y marcharos sin
hacer ruido. Lo único que conseguiréis será causar más problemas, y de eso ya hay
bastante ahora.
—Entonces, será mejor que volvamos a Caer Cadarn y nos reunamos con Gwydion tan
de prisa como podamos —dijo Eilonwy.
—Sí, sí, desde luego —le interrumpió Gwystyl, dando muestras de entusiasmo por
primera vez—. Este consejo os lo doy por vuestro propio bien. Me alegraría muchísimo
que lo consideraseis adecuado y me hicierais caso. Ahora, por supuesto —añadió, casi
con alegría—, querréis seguir vuestro camino. Muy inteligente por vuestra parte. Yo, por
desgracia, debo quedarme aquí: os envidio, de veras. Pero... así son las cosas y poco
podemos hacer al respecto. Ha sido un placer conoceros a todos. Adiós.
—¿Adiós? —gritó Eilonwy—. Si asomamos la nariz a la superficie y los Cazadores nos
están esperando..., ¡sí, entonces sí que será ciertamente el adiós! Dolí dice que tu deber
es ayudarnos, y de momento no has hecho nada para ello. ¡Solamente suspirar y gemir!
Si eso es todo lo que el Pueblo Rubio puede hacer... ¡bueno, prefiero ser un árbol y tener
los pies plantados en el suelo!
Gwystyl inclinó nuevamente la cabeza y se la agarró con las manos.
—Por favor, por favor, no grites. Hoy no me siento con fuerzas para aguantar gritos...
No, después de los caballos. Uno de vosotros puede ir a ver si los Cazadores siguen ahí.
Realmente, no es que eso sirva de nada, porque quizá se hayan marchado solamente
para volver dentro de un minuto o dos...
—Me pregunto quién hará eso... —murmuró el enano—. El buen Dolí, claro. Creí que
se había terminado eso de hacerme invisible.
—Podría daros una cosilla... —prosiguió Gwystyl—. No es que sirva de mucho, claro:
es una especie de polvo que he guardado para un caso de necesidad. Lo reservaba para
una emergencia.
—¿Y cómo llamas tú a esto, idiota? —gruñó Doli.
—Sí, bueno... me refería a..., esto..., a emergencias personales —le explicó Gwystyl,
palideciendo—. Pero yo no importo. Podéis cogerlo. Podéis cogerlo todo, adelante.
»Os lo ponéis en los pies o en lo que uséis para caminar..., quiero decir en los cascos y
en todo eso —añadió Gwystyl—. No funciona muy bien, así que en realidad no tiene
demasiado sentido tomarse la molestia... Es que se va. Naturalmente, cuando caminas
sobre él es lógico, ¿no? De todos modos, tapará vuestro rastro durante un tiempo.
—Eso es lo que necesitamos —dijo Taran—. En cuanto hayamos logrado que los
Cazadores pierdan nuestro rastro, creo que podremos dejarles atrás.
—Traeré un poco —dijo Gwystyl, nervioso—, no tardaré ni un segundo.
Cuando iba a salir de la estancia, Dolí le cogió del brazo.
—Gwystyl —le dijo el enano con severidad—, hay en tus ojos una expresión furtiva y
huidiza. Puede que logres engañar a mis amigos; no olvides, sin embargo, que estás
tratando también con un miembro del Pueblo Rubio. Tengo la sensación —añadió Doli,
agarrándole el brazo con más fuerza— de que estás excesivamente anhelante por vernos
marchar. Me estoy empezando a preguntar qué podría averiguar si te apretara un poquito
más...
Al oír esto, Gwystyl puso los ojos en blanco y se desmayó. El enano tuvo que
sostenerle en vilo mientras Taran y los demás le daban aire.
Finalmente, Gwystyl abrió un ojo.
—Lo siento —jadeó—. Hoy no me encuentro muy bien. Es una pena lo del caldero, una
de esas desgracias que...
El cuervo, que había estado observando todo el ajetreo, clavó sus ojillos en su
propietario y batió las alas con tal vigor que Gurgi se incorporó a medias, alarmado.
—¡Orddu! —graznó Kaw.
Fflewddur se volvió hacia él, sorprendido.
¡Vaya, quién lo iba a imaginar! No dijo «kaw», ni nada parecido: al menos, no me ha
sonado a eso. Juraría que ha dicho algo como «ordo».
¡Orwen! —graznó Kaw—. ¡Orgoch!
—Vaya —dijo Fflewddur, contemplando fascinado al pájaro—. Lo ha vuelto a hacer.
—Es raro, sí —dijo Taran —. ¡Parecía algo así como ordorwenorgoch! Y fijaos en él,
corriendo de un lado a otro de su rama. ¿Creéis que le habremos asustado?
—Actúa como si quisiera decirnos algo —afirmó Eilonwy.
Mientras tanto, el rostro de Gwystyl había cobrado el color del queso rancio.
—Puede que tú no quieras contárnoslo —dijo Dolí, agarrando de nuevo con rudeza al
aterrado Gwystyl —, pero él sí. Gwystyl, esta vez pienso apretarte realmente mucho...
—No, no, Doli, por favor, no lo hagas —gimió Gwystyl—. No le prestes atención, hace
cosas muy raras. He intentado enseñarle y mejorar sus costumbres, pero no sirve de
nada.
A continuación, Gwystyl se lanzó a un prolongado torrente de súplicas y gemidos. No
obstante, el enano no le hizo el menor caso y empezó a poner en práctica su amenaza.
—No —gorgoteó Gwystyl—, no aprietes, no. Hoy no. Escúchame, Doli —añadió,
bizqueando frenéticamente —, si te lo digo, ¿prometes soltarme?
Doli asintió, aflojando un poco su presa.
—Kaw sólo pretendía deciros —prosiguió Gwystyl a toda prisa— que el caldero se
encuentra en manos de Orddu, Orwen y Orgoch. Eso es todo. Es una pena, pero
ciertamente no hay nada que hacer al respecto. No valía la pena ni hablar de ello.
—¿Quiénes son Orddu, Orwen y Orgoch? —le preguntó Taran.
También él empezaba a sentirse dominado por la impaciencia y el nerviosismo, y le
costaba bastante resistir la tentación de ayudar a Doli en su tarea de apretar a Gwystyl.
—¿Quiénes son? —murmuró Gwystyl—. Harías mejor preguntando qué son...
—Muy bien —exclamó Taran—, ¿qué son?
—No lo sé —replicó Gwystyl —, es difícil decirlo. No importa; tienen el caldero y bien
podéis dejar que descanse donde está. —Se estremeció violentamente—. No os metáis
con ellos; no sirve absolutamente de nada.
—Sean quienes sean o lo que sean —gritó Taran, volviéndose hacia los demás—, yo
digo que debemos encontrarles y coger el caldero. Partirnos para ello y no debemos
retroceder ahora. ¿Dónde viven? —le preguntó a Gwystyl.
—¿Vivir? —replicó Gwystyl frunciendo el ceño—. No viven..., no exactamente. Todo es
muy confuso y vago, realmente no lo sé.
Kaw batió nuevamente las alas.
—¡Morva! —graznó.
—Quiero decir —gimió Gwystyl al ver que el irritado Doli alargaba nuevamente las
manos hacia él— que se encuentran en los pantanos de Morva. En cuanto a exactamente
dónde, no tengo idea... ni la menor idea. Ése es el problema. Nunca les encontraréis. Y si
lo hacéis, lo cual no va a suceder, entonces desearéis no haberles encontrado nunca.
Gwystyl empezó a retorcer sus manos huesudas, y en sus rasgos temblorosos
apareció una expresión del más intenso pavor.
—He oído hablar de los pantanos de Morva —dijo Adaon—. Se encuentran hacia el
oeste, pero no sé a qué distancia.
—¡Yo sí! —le interrumpió Fflewddur—. Diría que están por lo menos a un día largo de
viaje. Estuve allí una vez durante mis andanzas y los recuerdo muy bien. Una tierra
francamente desagradable y más bien aterradora. No es que eso me molestara, claro. Sin
ningún temor los atravesé y...
Una cuerda del arpa se quebró de pronto con un estruendoso chasquido.
—Los rodeé —se apresuró a corregirse el bardo—. Eran unas ciénagas feísimas,
lúgubres y pestilentes. Pero —añadió— si allí se encuentra el caldero, entonces digo lo
mismo que Taran: ¡Vayamos! ¡Un Fflam jamás vacila!
—Un Fflam jamás vacila cuando se trata de abrir la boca —dijo Doli —. Por una vez,
Gwystyl está diciendo la verdad, estoy seguro de ello. He oído ciertos relatos en el reino
de Eiddileg sobre esos..., bueno, sobre esos como se llamen. Y no eran nada agradables.
Nadie sabe gran cosa sobre ellos. Y el que sabe algo no lo dice.
—Deberíais hacerle más caso a Doli —le interrumpió Eilonwy, volviéndose impaciente
hacia Taran—. No entiendo cómo podéis estar pensando en quitarle el caldero a quien lo
tenga en su poder... sin saber siquiera qué es ese quién.
«Además —prosiguió Eilonwy—, Gwydion nos ordenó reunimos con él en Caer
Cadarn, y si todas las tonterías que he estado oyendo no me han agujereado la memoria,
no dijo ni una sola palabra acerca de ir en la dirección opuesta.
—No lo comprendes —le replicó Taran—. Cuando nos dijo que debíamos reunimos con
él pensaba planear un nuevo modo de conseguir el caldero. No sabía que nosotros
íbamos a encontrarlo.
—En primer lugar —dijo Eilonwy—, no hemos encontrado el caldero.
—¡Pero sabemos dónde está! —exclamó Fflewddur—. ¡Y eso es lo mismo!
—Y en segundo lugar —prosiguió Eilonwy sin hacer caso del bardo—, si ahora
sabemos algo sobre él, lo más inteligente es buscar a Gwydion y decírselo.
—Eso tiene sentido —afirmó Doli—. Ya tendremos bastantes problemas para llegar a
Caer Cadarn, sin que encima nos enredemos persiguiendo una quimera y chapoteando
entre ciénagas. Debéis escucharle. Aparte de mí mismo, es la única persona aquí
presente con cierta idea sobre lo que debemos hacer.
Taran vaciló.
—Es posible —dijo unos instantes después—. Quizá fuera más sabio volver con
Gwydion. El rey Morgant y sus guerreros serían un buen refuerzo.
Pronunciar tales palabras le costó bastante; en lo más hondo de su mente sentía el
anhelo de encontrar el caldero y llevárselo en triunfo a Gwydion. Sin embargo, no podía
negar que Eilonwy y Doli habían propuesto el plan más seguro.
—Por lo tanto, me parece que... —empezó a decir.
Sin embargo, antes de que hubiera tenido tiempo para declararse de acuerdo con Doli,
Ellidyr avanzó hacia el fuego, abriéndose paso entre ellos con brusquedad.
—Porquerizo —dijo Ellidyr—, has elegido bien. Vuelve con tus amigos y separémonos
ahora mismo.
—¿Separarnos? —le preguntó Taran, perplejo.
—¿Piensas acaso que voy a volver ahora, con la recompensa casi en las manos? —
dijo fríamente Ellidyr—. Sigue tu camino, porquerizo, que yo seguiré el mío..., hacia los
mismísimos pantanos de Morva. Esperadme en Caer Cadarn —añadió Ellidyr con una
sonrisa despectiva—. Calienta tu valor junto al fuego. Yo llevaré hasta allí el caldero.
Una llamarada de furia brilló en los ojos de Taran al oír las palabras de Ellidyr. La sola
idea de que fuera él quien encontrara el caldero le resultaba intolerable.
—¡Hijo de Pen-Llarcau, calentaré mi valor en el fuego que yo elija! —exclamó—. Los
demás podéis volver, si tal es vuestro deseo. Fui un estúpido al prestar oídos a las ideas
de una muchacha.
Eilonwy lanzó un chillido furioso y Doli levantó la mano para protestar, pero Taran le
hizo callar con un gesto. Ahora, desvanecido el primer impulso de su ira, se encontraba
más calmado.
—Esto no es una competición de coraje —dijo—. Sería doblemente estúpido por mi
parte y por la vuestra permitir que esa pulla ociosa nos cegara. Al menos, eso es algo que
he aprendido de Gwydion. Pero hay otra cosa: en estos mismos instantes, Arawn está
buscando el caldero. No podemos correr ningún riesgo perdiendo el tiempo necesario
para buscar ayuda. Si encuentra el caldero antes de que lo hagamos nosotros...
—¿Y si no lo encuentra? —le interrumpió Dolí—. ¿Sabes acaso si él conoce su
paradero? Y si no lo conoce, ¿cuánto tardará en descubrirlo? ¡Apuesto a que le costará lo
suyo, por muchos Nacidos del Caldero, Cazadores, gwythaints y demás cosas que tenga!
Cualquier cabeza dura puede ver que hay riesgos en cada una de las alternativas. Pero si
me pides una opinión, es más arriesgado meterse de cabeza en los pantanos de Morva.
—Y tú, Taran de Caer Dallben —dijo Eilonwy—, lo único que haces es buscar excusas
para poner en práctica alguna idea fruto de tu cabeza de chorlito. Has estado hablando y
hablando y te has olvidado de una cosa. No eres tú quien debe decidir; y tú tampoco,
Ellidyr. Si no estoy confundida, los dos estáis a las órdenes de Adaon.
Taran se ruborizó ante las palabras de Eilonwy.
—Perdóname, Adaon —dijo, inclinando la cabeza—. No pretendía desobedecer tus
órdenes. La elección es tuya.
Adaon, que había estado escuchando en silencio junto al fuego, sacudió la cabeza.
—No —dijo en voz baja—, esta elección no puede ser mía. No tengo nada en favor o
en contra de tu plan; la decisión es demasiado grande como para que me arriesgue a
tomarla yo.
—Pero ¿por qué? —exclamó Taran—. No lo entiendo —dijo, hablando con voz
preocupada—. De todos nosotros, tú eres quien mejor sabe lo que debemos hacer.
Adaon volvió sus ojos grises hacia el fuego.
—Quizá lo entiendas algún día. Por ahora, escoge tu camino, Taran de Caer Dallben —
le dijo—. Te lleve adonde te lleve, yo te prometo mi ayuda.
Taran retrocedió y permaneció callado unos instantes, sintiéndose lleno de inquietud y
de temores. No se trataba simplemente de miedo: notaba el mudo dolor de las hojas
secas que giran desoladas en el vendaval. Adaon siguió con los ojos clavados en la
danza de las llamas.
—Iré a los pantanos de Morva —dijo Taran, y Adaon asintió.
—Así sea.
Todos se quedaron callados. Ni siquiera Ellidyr le replicó: se mordió los labios y sus
dedos juguetearon con el pomo de su espada.
—Bien —dijo Dolí finalmente—, supongo que también podría ir yo. Haré lo que pueda.
Pero te advierto de que cometes un error.
—¿Un error? —exclamó jubiloso el bardo—. ¡En absoluto! ¡Y no pienso dejar que nada
me impida acompañarte!
—Y, ciertamente, yo tampoco —afirmó Eilonwy—. Alguien debe asegurarse de que
haya por lo menos un poco de sentido común en el grupo. Pantanos..., ¡uf! Si insistes en
cometer locuras, al menos podrías hacerlo en un sitio más seco.
¡Y Gurgi ayudará! —gritó Gurgi, incorporándose de un salto —. ¡Sí, sí, con atisbos y
husmeos!
Gwystyl —dijo Doli con expresión resignada—, bien podrías ir y traernos un poco de
ese polvo que mencionaste.
Mientras Gwystyl hurgaba ansiosamente por la estancia, el enano inhaló una profunda
bocanada de aire y desapareció. Regresó al cabo de un rato, totalmente visible y con
aspecto furioso, las orejas temblorosas y algo azuladas.
—Hay cinco Cazadores acampados más arriba —dijo—. Se han instalado para pasar..,
oh, mis oídos.., para pasar la noche. Si ese polvo sirve de algo, podríamos estar bien lejos
antes de que se enteraran.
Los compañeros recubrieron sus pies y después los cascos de sus monturas con una
sustancia negra que Gwystyl les entregó, procedente de un saco mohoso. Mientras Taran
desataba las riendas de Melynlas y guiaba al caballo hacia la pantalla de espinos, Gwystyl
parecía casi alegre.
—Adiós, adiós —murmuró Gwystyl—. Odio ver cómo perdéis el tiempo, para no hablar
de la vida. Pero supongo que así son siempre las cosas. Hoy estás aquí, mañana allá y
¿quién puede hacer nada al respecto? Adiós. Espero que volvamos a encontrarnos, pero
no demasiado pronto. Adiós.
Con esas últimas palabras cerró la entrada. Taran aferró con más fuerza las riendas de
Melynlas, y los compañeros se adentraron silenciosamente en el bosque.
8 - La piedra en la herradura
Cuando salieron del refugio ya había anochecido; el cielo había vuelto a despejarse,
pero hacía aún más frío. Adaon y Fflewddur mantuvieron una rápida deliberación respecto
al camino que debían seguir, y acabaron decidiendo que el grupo cabalgaría en dirección
oeste hasta el amanecer y buscaría entonces un sitio en el que dormir; después se
desviarían hacia el sur. Al igual que antes. Eilonwy compartió a Melynlas con Taran y
Gurgi se agarró a los crines de Lluagor.
Fflewddur se había ofrecido a encabezar la marcha, afirmando que jamás se había
extraviado y que era capaz de encontrar los pantanos con los ojos cerrados. Después de
que se le rompieran dos cuerdas del arpa, reconsideró su postura y cedió el sitio a Adaon.
Dolí, refunfuñando aún amargamente sobre sus oídos llenos de zumbidos, cabalgaba el
último para proteger la retaguardia, aunque se negó de plano a volverse invisible, fueran
cuales fuesen las circunstancias.
Ellidyr no había pronunciado ni una palabra desde que abandonaron al melancólico
Gwystyl, y Taran había podido ver la fría rabia que ardía en sus ojos después de que los
compañeros se decidieran a ir hacia los pantanos de Morva.
—Creo que realmente habría intentado traer el caldero por sí solo —le dijo Taran a
Eilonwy—. Y ya sabes las oportunidades que habría tenido de conseguirlo, sin nadie
más... Ése es el tipo de locura infantil que yo habría cometido cuando era Aprendiz de
Porquerizo.
—Sigues siendo un Aprendiz de Porquerizo —le replicó Eilonwy—. Vas a esos ridículos
pantanos a causa de Ellidyr, y todo lo que puedas decir al respecto es simplemente una
tontería. Reconocerás que habría sido más inteligente volver en busca de Gwydion... Pero
no, tenías que decidirte por el otro rumbo y arrastrar contigo al resto de nosotros.
Taran no le contestó. Las palabras de Eilonwy le dolían..., y le dolían aún más porque
ya había empezado a lamentar su propia decisión. Ahora que los compañeros se habían
puesto en marcha, sentía que las dudas le atormentaban y su corazón estaba abrumado.
Taran no lograba olvidar el extraño matiz de las últimas palabras de Adaon, y buscaba
una y otra vez un modo de entender por qué había renunciado a tomar una decisión que
en justicia le correspondía. Hizo que Melynlas se acercara un poco más a la montura de
Adaon y le miró.
—Me siento inquieto —dijo en voz baja—, y me pregunto ahora si no deberíamos
volver. Temo que me hayas estado ocultando algo que, de haberlo sabido, quizá me
habría hecho adoptar otra decisión.
Si Adaon compartía las dudas de Taran, no dio la menor señal de ello. Montaba con el
cuerpo muy erguido, como si hubiera recobrado sus fuerzas y todo el cansancio del viaje
fuera incapaz de afectarle. En su rostro había una expresión que Taran no había visto
nunca antes y que era incapaz de entender. En ella había orgullo y al mismo tiempo algo
más, un brillo que se parecía casi al de la alegría.
Después de un largo silencio, Adaon le dijo:
—A cada uno de nosotros se nos impone el destino de actuar tal como debemos,
aunque a veces no nos sea dado comprenderlo.
—Creo que eres capaz de ver muchas cosas —le replicó Taran quedamente —,
muchas cosas que no le cuentas a nadie. Hace mucho tiempo que pienso —prosiguió,
con gran vacilación— ahora más que nunca, en el sueño que tuviste la última noche en
Caer Dallben. Viste a Ellidyr y al rey Morgant; en cuanto a mí, tu predicción fue de pena y
dolor. Pero ¿qué soñaste respecto a ti?
Adaon sonrió.
—¿Eso es lo que te inquieta? Muy bien, te lo contaré. Me vi en un claro del bosque y,
que pese a que alrededor mío reinaba el invierno, en el claro brillaba el sol y hacía calor.
Los pájaros cantaban y las flores brotaban de entre las piedras desnudas.
—Tu sueño era muy hermoso —dijo Eilonwy—, pero no logro entender su significado.
Taran asintió.
—Sí, es hermoso. Temía que hubiera sido un sueño triste y que por esa razón hubieras
decidido no hablar de él.
Adaon no dijo más y Taran volvió a sumirse en sus propios pensamientos, con el alma
todavía inquieta. Melynlas avanzaba con paso seguro pese a la oscuridad. El corcel era
capaz de evitar las piedras sueltas y las ramas caídas que sembraban el sinuoso sendero
incluso cuando Taran no sujetaba sus riendas. Con los ojos pesados a causa de la fatiga,
Taran se inclinó hacia adelante y acarició suavemente el poderoso cuello de su corcel.
—Sigue el camino, amigo mío —murmuró Taran—. Seguramente lo conoces mejor que
yo.
Cuando empezaba a romper el día, Adaon levantó la mano para indicarles que se
detuvieran. Taran tenía la impresión de que durante toda la noche habían estado
cabalgando por una larga serie de cuestas cada vez más bajas. Se encontraban aún en el
bosque de Idris, pero el terreno se había vuelto bastante más llano. Muchos árboles
estaban todavía cubiertos de hojas; la maleza era más abundante y el paisaje menos
árido que en las colinas alrededor de la Puerta Oscura. Doli, cuyo poni exhalaba hilillos de
niebla blanca al respirar, se adelantó al galope y, luego de haber subido a una elevación,
les informó de que no se distinguía rastro alguno de los Cazadores detrás suyo.
—No tengo ni la menor idea de cuánto puede durar el efecto del polvo que nos dio ese
gusano amarillento —dijo el enano—. Y, de todos modos, no creo que pueda servirnos de
mucho. Si Arawn está buscando el caldero, estoy seguro de que lo examinará todo
atentamente. Los Cazadores deben saber que hemos venido aproximadamente en esta
dirección y, si nos siguen en número suficiente, tarde o temprano acabarán por
encontrarnos. Ese Gwystyl..., ¡para la ayuda que nos ha dado! ¡Buf! Y su cuervo, vaya
otro. ¡Buf! Ojalá no hubiéramos encontrado a ninguno de los dos.
Ellidyr había desmontado y estaba examinando con cara preocupada la pata delantera
izquierda de Islirnach. Taran desmontó igualmente y se le aproximó. La yegua lanzó un
relincho, moviendo salvajemente los ojos al verle venir.
—Se ha hecho daño —dijo Taran—. Si no podemos curarla, me temo que será incapaz
de sostener el paso.
—No me hace falta ningún porquerizo para decirme eso —le respondió Ellidyr.
Se agachó para inspeccionar el casco de la yegua, con una delicadeza en sus gestos
que sorprendió a Taran.
—Si le aligeras el peso —le sugirió Taran—, puede que eso la alivie. Fflewddur puede
llevarte en su montura.
Ellidyr se incorporó, con sus negros ojos llenos de amargura.
—No me des consejos en lo tocante a mi yegua. Islimach puede seguir, y eso hará.
Sin embargo, al volverse, Taran vio que su rostro estaba fruncido en una mueca de
preocupación.
—Deja que la vea —le dijo Taran—. Quizá pueda encontrar la causa del problema.
Se arrodilló en el suelo y tendió la mano hacia la pata de Islimach.
—¡No la toques! —gritó Ellidyr—. No consentirá que la toque un extraño.
Islimach se encabritó y enseñó los dientes. Ellidyr se rió burlonamente.
—Eso te enseñará, porquerizo —le dijo—. Como podrás ver, sus cascos son tan
afilados como cuchillos.
Taran se puso en pie y agarró las riendas de Islimach. Por un instante, mientras la
yegua se debatía, temió que acabara pisoteándole. Los ojos de Islimach estaban
desorbitados por el terror; relinchó agudamente e intentó darle con las patas. Uno de sus
cascos le golpeó en el hombro de refilón, pero Taran no soltó su presa. Alzó la mano y la
puso en su huesuda y larga cabeza. La yegua empezó a temblar, y Taran le habló en voz
baja, intentando calmarla. Islimach agitó las crines y sus tensos músculos fueron
aflojándose; al soltarle un poco las riendas, la yegua no intentó huir.
Sin dejar de hablar para calmarla, Taran le cogió la pata y se la levantó. Tal como
había sospechado, una piedra diminuta pero afilada se había encajado en la parte trasera
de la herradura. Taran sacó su cuchillo. Islimach se estremeció, pero Taran actuó con
tanta rapidez como destreza. La piedra quedó suelta y cayó al suelo.
—Eso también le ocurrió a Melynlas —explicó Taran, acariciando el flanco de la
yegua—. En el casco hay una zona muy honda que es fácil pasar por alto si no la
conoces. Coll me enseñó cómo encontrarla.
Ellidyr se había puesto lívido.
—Has intentado robar mi honor, porquerizo —le dijo, apretando los dientes—. ¿Vas a
intentar ahora robarme mi yegua?
Aunque Taran no había esperado agradecimiento, el impacto de las enfurecidas
palabras de Ellidyr le pilló desprevenido. La mano de Ellidyr reposaba sobre su espada.
Taran sintió nacer en su interior una oleada de ira, y un cálido torrente de sangre le tino
las mejillas; no obstante, se volvió sin decir nada.
—Tu honor es propiedad tuya —le replicó fríamente—, al igual que tu yegua. ¿Qué
piedra llevas tú en el zapato, Príncipe de Pen-Llarcau?
Fue hacia sus compañeros, que se habían instalado entre los arbustos. Gurgi había
abierto ya la alforja y repartía orgullosamente su contenido.
—¡Sí, sí! —gritó Gurgi alegremente—, ¡Morder y mascar para todos! ¡Y gracias al
generoso y buen corazón de Gurgi! ¡Él no dejará que las barrigas de los bravos guerreros
sufran al estar sólo llenas de aullidos y gruñidos!
Ellidyr permaneció apartado, acariciando el cuello de Islimach y hablándole en susurros
al oído. Al ver que no hacía el menor gesto de unirse a sus compañeros para comer,
Taran le llamó, pero el Príncipe de Pen-Llarcau se limitó a mirarle con amargura y se
quedó junto a Islimach.
—Esa jaca de malas pulgas es lo único que le importa —murmuró el bardo—, y por lo
que yo puedo ver ella es la única que se preocupa de él. Son tal para cual, si quieres
saber mi opinión al respecto.
Adaon, que permanecía un poco alejado de los demás, llamó a Taran para que se
aproximara.
—Te pido paciencia —le dijo—. La bestia negra clava cruelmente sus espuelas en
Ellidyr.
—Creo que se encontrará mejor cuando hallemos el caldero —dijo Taran—. Habrá
gloria suficiente para que todos la compartamos.
Adaon le sonrió gravemente.
—¿Acaso no hay gloria suficiente en vivir los días que se nos han concedido? Deberías
saber que sencillamente estando entre aquellos a los que amas y rodeado por las cosas
queridas ya vives la aventura..., sí, y también la belleza.
»Pero debo hablarte de otra cuestión —prosiguió Adaon. Su apuesto rostro,
normalmente tranquilo, parecía ahora nublado por la preocupación—. Tengo pocas
posesiones, pues les doy escasa importancia, pero hay algunas a las que considero
tesoros. Son éstas: Lluagor, mis hierbas para curar... y esto —dijo, tocando el broche que
llevaba al cuello—, un preciado regalo de Arianllyn, mi prometida. Si algo malo me
sucediera, son tuyas. Te he observado atentamente, Taran de Caer Dallben. En todos mis
viajes no había encontrado a nadie a quien pudiera confiárselas.
—No hables de que vaya a ocurrirte nada malo —exclamó Taran—. Somos
compañeros y debemos protegernos unos a otros del peligro. Además, tu amistad ya es
para mí un don suficiente.
—Pese a todo —le replicó Adaon—, no podemos saber lo que nos reserva el futuro.
¿Las aceptarás?
Taran asintió.
—Bien —dijo Adaon—, ahora siento más ligero el corazón.
Después de tomar algo, se decidió que reposarían hasta el mediodía. Ellidyr no hizo
comentario alguno cuando Adaon ordenó que montara el primer turno de guardia. Taran
se acostó sobre su capa, protegido por un arbusto; agotado tanto por el viaje como por
sus propias dudas y miedos, no tardó en dormir profundamente.
Cuando abrió los ojos, el sol ya estaba alto. Se irguió, sobresaltado, dándose cuenta de
que su turno de guardia casi había transcurrido. Sus compañeros dormían todavía
alrededor de él.
—Ellidyr —exclamó—, ¿por qué no me despertaste?
Se apresuró a levantarse y no vio señal alguna de Ellidyr ni de Islimach.
Taran despertó sin perder tiempo a los otros. Luego corrió hacia los árboles y, trazando
un círculo, volvió al campamento.
—¡Se ha ido! —gritó Taran—. Se ha ido solo en pos del caldero. ¡Dijo que lo haría y lo
ha hecho!
—Así que se ha marchado a escondidas, ¿no? —gruñó Doli—. Bueno, ya le
encontraremos; si no es así..., eso es problema suyo. No sabe adonde va y, si hay que
decir la verdad, nosotros tampoco.
—Que tenga un buen viaje —dijo Fflewddur—. A poco propicia que nos sea la suerte,
quizá no le volvamos a ver.
Por primera vez, Taran vio una profunda alarma en los rasgos de Adaon.
—Debemos alcanzarle a toda prisa —dijo Adaon—. El orgullo y la ambición de Ellidyr le
han devorado. Temo pensar en lo que podría ocurrir si el caldero acabara cayendo en sus
manos.
Emprendieron la marcha tras Ellidyr con toda la rapidez posible, y Adaon no tardó en
hallar su rastro en dirección hacia el sur.
—Tenía la esperanza de que hubiera acabado cansándose de todo esto y se hubiera
marchado a su casa —dijo Fflewddur—, pero no cabe duda: se dirige hacia Morva.
Pese a su rápido avance, los compañeros no vieron de Ellidyr nada más que su rastro.
Siguieron adelante, obligando a las cansadas monturas a entregar hasta sus últimas
fuerzas, y finalmente no les quedó más remedio que hacer un alto para recuperar el
aliento. Se había levantado un viento frío que hacía girar las hojas en grandes remolinos
sobre sus cabezas.
—No sé si podremos alcanzarle —dijo Adaon—. Cabalga tan de prisa como nosotros y
nos lleva casi un cuarto de día de ventaja.
Con el corazón latiéndole fuertemente, Taran desmontó y se desplomó en el suelo. Se
sostuvo la cabeza entre las manos y entonces oyó a lo lejos el agudo trino de un pájaro, el
primer canto de ave que oía tras abandonar Caer Dallben.
—No es un pájaro auténtico —exclamó Adaon, levantándose de un salto —. Los
Cazadores nos han encontrado.
Sin esperar las órdenes de Adaon, el enano echó a correr en la dirección de la que
llegaba la señal de los Cazadores. Mientras Taran le observaba, Dolí se esfumó ante sus
mismos ojos. Adaon desenvainó su espada.
—Esta vez debemos enfrentarnos a ellos —dijo—, no podemos huir por más tiempo.
Rápidamente, ordenó a Taran, Eilonwy y Gurgi que prepararan sus arcos, en tanto que
él y Fflewddur montaban en sus caballos.
El enano volvió unos instantes después.
—¡Cinco Cazadores! —gritó—. Seguid vosotros. Les gastaré el mismo truco de antes.
—No —dijo Adaon—, no confío en que funcione esta vez. De prisa, seguidme.
Les condujo a través de un claro y se detuvo en el extremo de éste.
—Aquí les presentaremos batalla —le dijo a Taran—. Apenas aparezcan, Fflewddur,
Dolí y yo cargaremos sobre ellos por el costado. Cuando se vuelvan hacia nosotros para
luchar, disparad vuestras flechas.
Adaon giró en redondo y se encaró hacia el claro; un segundo después, los Cazadores
aparecieron ante ellos. Apenas habían dado un paso hacia adelante cuando Adaon, con
un potente grito, se lanzó al galope contra ellos, seguido por Doli y el bardo. Taran
levantaba su arco y Adaon ya estaba entre los Cazadores, golpeando a diestra y siniestra
con su hoja. El enano había soltado del cinto su gruesa hacha y lanzaba furiosos tajos
contra el enemigo. Sorprendidos por lo salvaje del ataque, los Cazadores se volvieron
para enfrentarse a los jinetes.
Taran lanzó su flecha y oyó como las saetas de Eilonwy y Gurgi silbaban junto a él. Su
curso fue desviado por el viento y los proyectiles se perdieron entre los arbustos resecos.
Gritando como un loco, Gurgi puso otra flecha en su arco.
Tres cazadores atacaron a Fflewddur y al enano, obligándoles a meterse entre los
arbustos. La espada de Adaon brillaba como un rayo y resonaba contra las armas de sus
enemigos.
Taran no osaba ahora disparar otra flecha, pues temía herir a uno de sus compañeros.
—Este modo de luchar no sirve de nada —exclamó, arrojando su arco al suelo.
Desenvainó su espada y corrió en ayuda de Adaon. Uno de los Cazadores se volvió
hacia Taran, y éste le golpeó con toda su fuerza. A pesar de que el mandoble fue
desviado por el jubón de pieles de animal, el Cazador perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Taran saltó sobre él. Había olvidado las dagas de maligno aspecto con que se armaban
los Cazadores; el hombre se incorporó a medias y se llevó la mano al cinto.
Taran se quedó helado de pavor. Vio ante él un rostro retorcido por una mueca feroz, la
señal escarlata y el brazo levantado para arrojar la daga. De pronto Lluagor se interpuso
entre él y el Cazador. Adaon se alzó en la silla de montar y barrió el aire con su espada.
El Cazador se derrumbó en el suelo y el cuchillo hendió el aire con un centelleo.
Adaon emitió un jadeo ahogado, dejó caer su arma y quedó apoyado en el cuello de
Lluagor, mientras sus dedos agarraban la daga que tenía en el pecho.
Taran, con un grito de angustia, logró sostenerle antes de que se desplomara.
—¡Fflewddur! ¡Doli! —clamó Taran—. ¡Venid aquí! ¡Adaon está herido!
9 - El broche
El caballo de Fflewddur se encabritó al volverse los Cazadores contra él. La muerte de
un miembro del grupo había hecho aumentar aún más la violencia y el frenesí del
enemigo.
—Llévale a un sitio seguro —gritó el bardo.
Con un potente salto, su montura salvó los arbustos y se internó en el bosque. El
enano le siguió en su poni; con un grito de rabia, los Cazadores corrieron tras ellos.
Taran cogió las riendas de Lluagor y, mientras Adaon se aferraba a las crines del
caballo, corrió hacia el final del claro. Eilonwy se reunió con él; entre los dos lograron
impedir que Adaon cayera del caballo y se abrieron paso entre la espesura. Gurgi se
apresuró a seguirles con Melynlas.
Corrieron ciegamente, tropezando con los arbustos y luchando con las ásperas cortinas
de vegetación muerta. Se había levantado un viento tan cortante y frío como cualquier
galerna invernal, pero el bosque se aclaraba ya un poco y, a medida que el nivel del suelo
descendía, lograron llegar hasta una hondonada más protegida que se encontraba entre
un macizo de alisos.
Adaon levantó la cabeza y les hizo señas de que se detuvieran. Tenía el rostro
grisáceo y los rasgos rígidos por el dolor; su cabello negro colgaba, empapado en sudor,
tapándole la frente.
—Bajadme —murmuró—. Dejadme aquí, no puedo ir más lejos. ¿Cómo están el bardo
y Dolí?
—Han logrado que los Cazadores dejaran de acosarnos —le respondió rápidamente
Taran—. Aquí estaremos a salvo durante un tiempo. Sé que Dolí es capaz de hacerles
perder nuestro rastro, y Fflewddur le ayudará; estoy seguro de que conseguirán reunirse
de nuevo con nosotros. Ahora, descansa. Cogeré las medicinas de tus alforjas.
Con gran cuidado le bajaron del caballo y le llevaron hasta un otero. Mientras Eilonwy
iba en busca de agua, Taran y Gurgi le quitaron los arreos a Lluagor y pusieron la silla de
montar bajo la cabeza de Adaon. El viento aullaba por encima de los árboles; el lugar,
más protegido, parecía en contraste casi cálido. Las nubes, impulsadas por el vendaval,
fueron dispersándose y el sol convirtió las ramas en oro.
Adaon se incorporó, apoyándose en el suelo. Sus ojos grises examinaron el claro.
—Sí, es un hermoso lugar —dijo, moviendo brevemente la cabeza—. Aquí descansaré.
—Curaremos tu herida —le dijo Taran, apresurándose a coger un paquete de hierbas—
. Pronto estarás mejor; si debemos moverte, podemos hacer una litera con ramas y
colgarla entre dos caballos.
Ya estoy mejor —dijo Adaon—. El dolor se ha ido y este sitio es muy agradable. Es
cálido, como si estuviéramos en primavera.
Al oír las palabras de Adaon, Taran sintió que el corazón se le llenaba de terror. El
claro tranquilo y el sol que brillaba en los alisos le parecieron repentinamente
amenazadores.
—¡Adaon! —gritó, alarmado—. ¡Esto es lo que soñaste!
—Se le parece mucho —le respondió Adaon en voz baja y tranquila.
—¡Entonces, lo sabías! —exclamó Taran—. Sabías que ibas a correr peligro. ¿Por qué
no hablaste antes de ello? Jamás habría ido hacia los pantanos. Podríamos haber
vuelto...
Adaon sonrió.
—Es cierto. En realidad, ésa es la razón por la que no me atreví a decirlo. Mucho he
anhelado encontrarme de nuevo junto a mi amada Arianllyn, y mis pensamientos están
ahora con ella. Pero si hubiera escogido volver, me habría estado preguntando siempre si
mi decisión la motivó la sabiduría o simplemente el deseo de seguir los dictados de mi
corazón. Así debían ser las cosas, y ahora veo que éste es el destino que se me había
impuesto. Me siento feliz al morir aquí.
—¡Me salvaste la vida! —gritó Taran—. No perderás la tuya por mi culpa:
encontraremos un camino para volver a Caer Cadarn y reunimos con Gwydion.
Adaon sacudió la cabeza. Se llevó la mano al cuello y abrió el cierre del broche de
hierro.
—Tómalo y guárdalo bien —le dijo—. Es pequeño, pero más valioso de lo que tú crees.
—Debo rechazarlo —le contestó Taran, con una sonrisa que apenas lograba ocultar su
inquietud—. Ese regalo sería propio de un hombre que va a morir..., pero tú vivirás,
Adaon.
—Tómalo —le repitió Adaon—. No te doy una orden: mis palabras expresan el deseo
que un amigo le dirige a otro.
Y, diciendo esto, depositó el broche entre los dedos de Taran, que no se decidía a
cogerlo.
Eilonwy había vuelto con agua en la que empapar las hierbas. Taran la cogió y se
arrodilló nuevamente al lado de Adaon.
Adaon había cerrado los ojos. Tenía el rostro tranquilo. Su mano, con los dedos
abiertos, reposaba sobre el suelo.
Y, de este modo, Adaon murió.
Cuando su dolor se hubo calmado un poco, los compañeros cavaron una fosa cuyo
interior recubrieron de piedras alargadas. Envolvieron el cuerpo de Adaon en su capa y lo
depositaron en la tumba, que taparon luego con tierra mientras Lluagor lanzaba relinchos
quejumbrosos y arañaba con la pata el suelo reseco. Después alzaron sobre la sepultura
un túmulo de piedras. Eilonwy encontró en un rincón protegido unas flores silvestres que
el frío había respetado y esparció puñados de ellas encima de la tumba; las flores cayeron
sobre el suelo agrietado, pareciendo así brotar de las mismas rocas.
Permanecieron allí en silencio hasta el anochecer y no vieron ni a Fflewddur ni a Doli.
—Les esperaremos hasta que amanezca —dijo Taran—. No podemos correr el riesgo
de quedarnos más tiempo. Temo que hayamos perdido más que a un valeroso amigo...
Adaon me advirtió que sufriría —murmuró luego, hablando consigo mismo —. Y ahora
sufro, por tres motivos distintos.
Demasiado abrumados por la pena y tan cansados que no podían ni siquiera montar
guardia, se acurrucaron envueltos en sus capas y se durmieron. Los sueños de Taran
fueron tan inquietos como su estado de ánimo en esos momentos, y estuvieron llenos de
miedo y cansancio. Vio en ellos los rostros entristecidos de sus compañeros y la mirada
serena de Adaon. Vio a Ellidyr apresado por una negra bestia que hundía sus garras en
él, y oprimía su cuerpo hasta hacerle gritar atormentado.
Las cambiantes imágenes se esfumaron finalmente para dejar paso a una enorme
extensión de hierba por la que corría Taran, con los tallos verdes llegándole hasta el
hombro, en desesperada búsqueda de un camino que no lograba encontrar. En lo alto, un
pájaro gris surcaba el cielo con las alas extendidas. Taran le siguió y de pronto un camino
apareció ante sus pies.
Vio también un turbulento río en el centro del cual había un peñasco. Sobre él estaba el
arpa de Fflewddur, que parecía tocar por sí sola al mover el viento sus cuerdas.
Taran se encontró luego corriendo por un pantano en el que no había sendero alguno.
Un oso y dos lobos se lanzaron sobre él, amenazándole con sus colmillos. Aterrado,
convencido de que le harían pedazos, Taran se arrojó de cabeza a un lago negro, pero de
pronto el agua se esfumó y quedó sólo una superficie de tierra reseca. Las bestias,
enfurecidas, saltaron sobre él con un rugido.
Despertó sobresaltado; el corazón le latía con fuerza. La noche estaba a punto de
terminar y por encima del bosquecillo las primeras luces del alba teñían ya el cielo de un
color rosáceo. Eilonwy se removía en el suelo y Gurgi gemía en sueños. Taran, abatido,
escondió el rostro entre las manos. El sueño parecía aplastarle con su peso; aún podía
ver las fauces abiertas del lobo y sus colmillos blancos y aguzados. Se estremeció. Sabía
que en ese mismo instante debía decidir si volvían a Caer Cadarn o seguían buscando los
pantanos de Morva.
Taran desvió la mirada hacia las figuras dormidas de Gurgi y Eilonwy. En poco menos
de un día, los compañeros se habían visto dispersados como hojas ante el viento y ahora
de ellos sólo quedaba este grupo, lamentablemente reducido, perdido y a la deriva.
¿Cómo podían seguir teniendo esperanzas de hallar el caldero? Taran dudaba incluso de
que pudieran llegar a salvar la vida y, con todo, el viaje a Caer Cadarn sería tan peligroso
como la misión que había ante ellos..., quizá más aún. Debía tomar una decisión.
Un tiempo después se puso en pie y ensilló los caballos. Eilonwy había despertado y
Gurgi asomaba su hirsuta cabeza recubierta de ramitas por entre los pliegues de la capa.
—De prisa —les ordenó Taran—. Será mejor que salgamos lo antes posible para que
los Cazadores no logren alcanzarnos.
—Muy pronto nos encontrarán —dijo Eilonwy—. Probablemente el camino de aquí a
Caer Cadarn esté lleno de ellos.
—Vamos a los pantanos —dijo Taran—, no a Caer Cadarn.
—¿Cómo? —gritó Eilonwy—. ¿Sigues pensando en esos desgraciados pantanos?
¿Crees en serio que podemos encontrar el caldero y, aún más, traerlo con nosotros desde
dondequiera que esté?
»Por otro lado —prosiguió Eilonwy antes de que Taran pudiera contestarle—, supongo
que no podemos hacer otra cosa, ahora que nos has metido en este jaleo. Y no hay modo
de saber lo que piensa hacer Ellidyr. Si no le hubieras hecho ponerse tan celoso por esa
tonta yegua...
—Siento pena por Ellidyr —le contestó Taran—. Adaon me dijo una vez que había visto
una bestia negra sobre sus hombros. Ahora entiendo algo de lo que pretendía decir.
—Bueno —señaló Eilonwy—, me sorprende oírte decir eso. Pero fue un acto muy
bondadoso por tu parte ayudar a Islimach, me alegro realmente de que lo hicieras. Estoy
segura de que tus intenciones eran buenas y eso, por sí solo, ya valía la pena. Le hace
pensar a una que, después de todo, quizá aún haya esperanza para ti.
Taran no le replicó, pues seguía inquieto y con el ánimo abrumado, pese a que los
sueños que tanto le preocupaban estaban empezando a desvanecerse. Montó en
Melynlas en tanto que Gurgi y Eilonwy compartían a Lluagor, y los compañeros
abandonaron rápidamente el refugio del claro.
La intención de Taran era dirigirse hacia el sur, esperando sin saber muy bien cómo
que llegarían a los pantanos de Morva en un día más. Sin embargo, en su fuero interno
debía admitir que sólo tenía una vaga idea de la distancia a la que se hallaban e incluso
de su posición exacta.
El día estaba despejado y hacía un poco de frío. Mientras Melynlas avanzaba por el
terreno cubierto de escarcha, Taran vio en la rama de un espino una telaraña que relucía,
bañada en rocío, y una araña muy ocupada reparándola. De un modo extraño e
inexplicable, Taran se dio cuenta de que en el sendero del bosque se desarrollaba un
sinfín de actividades. Las ardillas estaban preparando sus reservas para el invierno y las
hormigas se afanaban en sus castillos de barro. Podía ver todo eso muy claramente, no
tanto con sus ojos sino de un modo que antes nunca había conocido.
El mismo aire llevaba en su seno olores especiales. En él flotaba una corriente clara y
aguda que se parecía al vino frío y Taran, sin necesidad de pensar en ello, supo que el
viento había empezado a soplar del norte. De pronto, entremezclado con ese olor,
percibió otro e hizo que Melynlas fuera hacia él.
—Ya que nos estás guiando —observó Eilonwy—, me pregunto si sería mucho esperar
de ti que supieras hacia dónde.
—Hay agua cerca —dijo Taran—, nos hará falta llenar los odres... —Vaciló, perplejo—.
Sí, hay un arroyo —murmuró—, estoy seguro. Debemos ir allí.
Sin embargo, no logró ocultar del todo su sorpresa cuando poco después se
encontraron realmente con un rápido arroyuelo que se abría paso serpenteando a través
de un macizo de serbales. Cabalgaron hasta la orilla y, con un grito, Taran tiró
bruscamente de las riendas. Sobre una roca, en el centro del arroyo, estaba Fflewddur,
refrescándose los pies en el agua.
El bardo se incorporó de un salto y atravesó el arroyo con ruidosos chapoteos para
saludar a sus compañeros. Aunque parecía cansado y algo maltrecho, no se le veían las
heridas.
—Vaya golpe de suerte haberos encontrado..., bueno, más bien que me hayáis
encontrado. Odio admitirlo, pero estoy perdido. Completamente perdido... Me extravié no
sé cómo después de que Dolí y yo saliéramos corriendo delante de los Cazadores. Intenté
volver hacia donde estabais y me perdí todavía más. ¿Cómo está Adaon? Me alegro de
que consiguierais...
El bardo se calló de pronto. La expresión de Taran le dijo lo que había ocurrido, y
Fflewddur agitó tristemente la cabeza.
—Había pocos como él —dijo —. Su pérdida es de las que debemos lamentar
amargamente, al igual que la de nuestro buen Doli.
»No estoy muy seguro de lo que ocurrió —siguió diciendo Fflewddur—. Todo cuanto sé
es que galopábamos lo más de prisa posible. ¡Tendríais que haberle visto! Corría como
un loco, esfumándose y haciéndose luego visible otra vez, con los Cazadores detrás de
él. Si no hubiera sido por Doli, estoy seguro de que me habrían cogido: ahora son más
fuertes que nunca. Entonces, mi caballo cayó. Es decir... —añadió el bardo, al ver que
una cuerda de su arpa se tensaba emitiendo un agudo tañido—, yo me caí. Por fortuna,
cuando eso ocurrió Doli se los había llevado bastante lejos. Por la velocidad a la que iba...
—Fflewddur suspiró cansadamente —. Lo ocurrido desde entonces, lo ignoro.
El bardo flexionó las piernas. Había estado caminando todo ese trecho y le complacía
enormemente montar de nuevo. Gurgi se instaló detrás de él en Lluagor y Taran y Eilonwy
montaron en Melynlas. Las noticias del bardo abatieron aún más el ánimo de Taran, pues
ahora se daba cuenta de que había pocas oportunidades de que Doli se reuniera con
ellos. Sin embargo, siguió conduciendo a los compañeros hacia el sur.
Fflewddur estuvo de acuerdo en que ése era el único rumbo posible, al menos hasta
que lograran reconocer alguna señal del terreno que atravesaban.
—El problema —les explicó— es que nos hemos internado demasiado hacia el sur y
que si seguimos así acabaremos en el mar, sin conseguir llegar a los pantanos.
Taran no podía ofrecer ninguna sugerencia al respecto. Más abatido que nunca, aflojó
las riendas de Melynlas y no hizo apenas ningún esfuerzo por guiar a su montura. Los
árboles fueron haciéndose cada vez más escasos y los compañeros entraron en una gran
pradera. Taran, que iba medio dormido en su montura, con la capa envolviéndole los
hombros, se despabiló de pronto con una sensación de inquietud. La pradera y las altas
hierbas que les rodeaban..., sí, eso le era familiar. Lo había visto antes, aunque no
lograba recordar del todo dónde. Sus dedos acariciaron el broche de Adaon, que llevaba
al cuello. De pronto, nervioso y algo asustado, lo entendió; el descubrimiento hizo que le
temblaran las manos. Taran miró hacia lo alto y vio que un pájaro gris trazaba círculos en
el cielo, bajando hacia ellos con las alas desplegadas y volando luego rápidamente sobre
los campos hasta desaparecer.
—Era un ave de los pantanos —dijo Taran, haciendo volver grupas a Melynlas—. Si
seguimos por ahí —continuó, señalando hacia donde había volado el pájaro—, estoy
seguro de que llegaremos directamente a Morva.
—¡Bravo! —exclamó el bardo—. Debo decir que yo nunca me habría fijado en él.
—Al menos hoy has hecho una cosa inteligente —admitió Eilonwy.
—No es obra mía —dijo Taran, con el ceño fruncido en una mueca de perplejidad—.
Adaon dijo la verdad y su regalo es realmente precioso.
A toda prisa, le contó a Eilonwy lo referente al broche y los sueños de la noche anterior.
—¿No te das cuenta? —exclamó al terminar—. Soñé con el arpa de Fflewddur... y le
encontramos a él en persona. No fue idea mía buscar un arroyo; sencillamente me vino a
la mente y supe que lo encontraríamos. Sólo ahora, al ver el pájaro..., eso estaba en mi
sueño. Y había otro sueño, uno terrible, con lobos...
Eso también va a suceder, estoy seguro. Los sueños de Adaon eran siempre ciertos, él
me lo contó.
Al principio, Eilonwy se resistió a creerle.
—Adaon era un hombre maravilloso —dijo—, y no puedes decirme que todo eso se
debía a un trozo de hierro. No me importa lo mágico que sea.
—No quería decir eso —le contestó Taran—. Lo que yo creo —añadió pensativo— es
que Adaon entendía esas cosas, pese a todo, y que yo, incluso con su broche, no
entiendo gran parte de ellas. Todo cuanto sé es que ahora, de un modo insólito, siento
cosas distintas. Puedo ver detalles que jamás vi antes..., puedo olerlos y sentir su sabor.
No sé decir exactamente de qué se trata. Es algo extraño y en parte aterrador. Y a veces
es muy hermoso. Hay cosas que sé...—Taran sacudió la cabeza—. Ni siquiera puedo
decir cómo he llegado a saberlas.
Eilonwy se quedó callada un instante.
—Sí —acabó diciendo con lentitud—, ahora lo creo. Ni siquiera pareces tú al hablar. El
broche de Adaon es un don que carece de precio porque te da una especie de
sabiduría...; algo que, supongo —añadió—, le hace más falta a un Aprendiz de Porquerizo
que a ninguna otra persona.
10 - Los pantanos de Morva
Desde el instante en que vio aparecer al pájaro del pantano, Taran condujo a sus
compañeros velozmente, siguiendo sin vacilar un camino que ahora le parecía muy claro.
Sentía moverse debajo de él los poderosos músculos de Melynlas, y guiaba al caballo con
una habilidad desacostumbrada. El corcel respondía a su nuevo dominio de las riendas
acelerando poderosamente el paso, de tal modo que Lluagor apenas si conseguía
mantenerse a su altura. Fflewddur le gritó a Taran que se detuviera unos momentos y les
dejara así recuperar el aliento a todos. Gurgi, que parecía un pajar revuelto por el viento,
bajó agradecido del caballo e incluso Eilonwy lanzó un suspiro de alivio.
—Ya que nos hemos parado —dijo Taran—, bien podría Gurgi compartir con nosotros
un poco de su comida. Pero deberíamos buscar antes un refugio, si no queremos quedar
empapados.
—¿Empapados? —exclamó Fflewddur—¡Gran Belin, pero si no hay ni una nube en el
cielo! Y el día es magnífico..., bueno, si tomamos en consideración todos los factores.
—Yo en tu lugar le escucharía —aconsejó Eilonwy al sorprendido bardo—.
Normalmente lo más sabio es no prestarle oídos, pero ahora las circunstancias son un
poco distintas.
El bardo se encogió de hombros, meneando la cabeza, pero siguió a Taran a través de
los campos hasta llegar a un angosto barranco. Una vez en él encontraron en el costado
de una colina lo que resultó ser una cueva bastante ancha y de gran profundidad.
—Espero que no estés herido —observó Fflewddur—. En mi tierra hay un jefe de
guerreros con una vieja herida que le da punzadas cada vez que el tiempo va a cambiar.
Admito que es muy útil, aunque me parece un modo bastante doloroso de predecir la
lluvia. Siempre he pensado que es mucho más sencillo limitarse a esperar: tarde o
temprano el tiempo acaba cambiando.
—El viento viene ahora del mar —dijo Taran—. Sopla a ráfagas, como inquieto, y sabe
a salitre. Siento también en él cierto olor a hierba y a malezas, lo que me hace suponer
que no estamos muy lejos de Morva. Si todo va bien, puede que alcancemos los pantanos
mañana.
Un poco después, el cielo empezó a cubrirse de nubes y una fría lluvia azotó la colina;
unos instantes más tarde caía un fuerte chubasco. El agua corría formando riachuelos a
cada lado de su refugio, pero los compañeros estaban secos y a salvo.
—¡El sabio amo nos protege de resbalones y mojaduras! —exclamó Gurgi.
—Debo reconocer —observó el bardo— que tu predicción ha sido totalmente exacta.
—No fue cosa mía —dijo Taran—; sin el broche de Adaon, me temo que todos nos
habríamos calado hasta los huesos.
—¿Cómo es posible? —preguntó el atónito Fflewddur—. No habría creído nunca que
un broche tuviera nada que ver en esto.
Del mismo modo que se lo había explicado antes a Eilonwy, Taran le contó ahora al
bardo lo que había aprendido gracias al broche. Fflewddur examinó cuidadosamente el
adorno que llevaba Taran al cuello.
—Muy interesante —dijo—. No sé qué otras cosas hay en él, pero, desde luego, lleva
el símbolo bárdico... Son esas tres líneas de ahí, que forman una especie de punta de
flecha.
—Las había visto —dijo Taran—, pero ignoraba lo que eran.
—Naturalmente —dijo Fflewddur—, es parte de la sabiduría secreta de los bardos. Al
menos llegué a aprender eso cuando intentaba aprobar mis exámenes.
—Pero ¿qué significan? —preguntó Taran.
—Si recuerdo bien —dijo Eilonwy—, la última vez que le pediste que leyera una
inscripción...
—Sí —dijo Fflewddur, algo incómodo—, se trataba en realidad de algo totalmente
distinto. Pero conozco bien el símbolo bárdico. Es secreto, aunque teniendo en cuenta
que posees el broche supongo que no hago nada malo contándotelo. Las líneas significan
el conocimiento, la verdad y el amor.
—Eso es muy bonito —dijo Eilonwy—, pero no consigo imaginar la razón de que el
conocimiento, la verdad y el amor deban ser un secreto.
—Quizá debí decir extraordinario en vez de secreto —le respondió el bardo —. A veces
pienso que ya es bastante difícil encontrarlos, aunque sea por separado... Si los pones a
los tres juntos, entonces tendrás algo ciertamente muy poderoso.
Taran, que había estado acariciando pensativamente el broche, dejó de hacerlo y miró
a su alrededor inquieto.
—De prisa —dijo—, debemos irnos de aquí en seguida.
—Taran de Caer Dallben —exclamó Eilonwy—, ¡vas demasiado lejos! Puedo entender
muy bien que haya que protegerse de la lluvia, pero no veo razón de meterse
deliberadamente en ella.
Sin embargo, le siguió; los compañeros, siguiendo las ansiosas órdenes de Taran,
desataron los caballos y abandonaron a toda prisa su refugio en la colina. No habrían
dado ni diez pasos cuando todo el costado de ésta, debilitado por el aguacero, se
derrumbó con un estruendoso rugido.
Gurgi lanzó un chillido de terror y se arrojó a los pies de Taran.
—¡Oh, grande, bravo y sabio amo! ¡Gurgi está agradecido! ¡Su pobre y tierna cabeza
ha sido salvada de terribles aplastamientos y golpes!
Fflewddur puso los brazos en jarras y lanzó un silbido apagado, —Bueno, bueno, mirad
eso... Un segundo más y habríamos quedado enterrados para siempre. Nunca te apartes
de ese broche, amigo mío: es un auténtico tesoro.
Taran guardaba silencio. Su mano fue hasta el broche de Adaon, mientras sus ojos
asombrados parecían clavados en la avalancha de tierra.
La lluvia cedió un poco antes del anochecer. Pese a que estaban empapados y
temblaban de frío, los compañeros habían logrado avanzar bastante cuando Taran les
permitió descansar de nuevo. Ante ellos se extendían ahora páramos grises y desolados.
El viento y el agua habían excavado grandes surcos en la tierra, parecidos a las huellas
que hubieran podido dejar los dedos de un gigante. Los compañeros acamparon en una
estrecha garganta, alegrándose de poder dormir al fin, aunque fuera sobre el barro. Taran
se quedó adormilado con una mano sobre el broche de hierro y la otra aferrando su
espada. Se encontraba menos cansado de lo que había esperado después de la
agotadora cabalgata y sentía en su interior una extraña emoción, muy distinta a la que
había sentido cuando Dallben le entregó la espada. Sin embargo, esa noche sus sueños
fueron inquietos y tristes.
Mientras los compañeros iniciaban de nuevo su viaje al clarear el alba, Taran habló de
sus sueños a Eilonwy.
—No logro sacar nada coherente de ellos —le dijo lleno de dudas—. Vi a Ellidyr en
peligro mortal y, al mismo tiempo, era como si tuviera atadas las manos y no pudiera
hacer nada por él.
—Me temo que a Ellidyr sólo le verás en tus sueños —le replicó Eilonwy—.
Ciertamente, por ahora no hemos encontrado ni rastro de él. Por lo que nosotros
sabemos, puede haber llegado a Morva y desaparecido ahí..., o quizá, para empezar, ni
siquiera haya conseguido alcanzar los pantanos. Es una pena que no soñaras un modo
más fácil de encontrar el caldero para poner así fin a todo esto. Tengo frío, estoy mojada y
en estos momentos empieza a no importarme demasiado quién tiene el caldero.
—También soñé con el caldero —se apresuró a decirle Taran—. Pero todo estaba muy
confuso, como envuelto en nubes. Me parece que llegábamos a encontrarlo y... y, sin
embargo —añadió—, cuando lo encontramos me eché a llorar.
Por una vez, Eilonwy se quedó callada y Taran no tuvo ánimos para hablarle
nuevamente del sueño.
Un poco después del mediodía llegaron a los pantanos de Morva.
Taran los había estado sintiendo desde hacía ya rato: el suelo había empezado a
volverse esponjoso y traicionero a cada paso que daba Melynlas. Había visto más aves
de los pantanos y a lo lejos había oído el extraño y solitario chillido del martín pescador.
Tentáculos de niebla que se retorcían como serpientes blancas habían empezado a surgir
del suelo pestilente.
Los compañeros se detuvieron y permanecieron en silencio contemplando la angosta
embocadura que daba al pantano. A partir de ella se extendían hacia el oeste los
pantanos de Morva, que se perdían en el horizonte. El suelo estaba cubierto por
frondosos macizos de aulagas espinosas y, en la distancia, Taran creyó distinguir los
delgados troncos de una arboleda reseca. Charcos de agua estancada relucían bajo el
cielo grisáceo, medio escondidos entre las hojas muertas y los cañizos. Le pareció que un
olor a cosas largo tiempo muertas invadía el aire, casi ahogándole, mientras que por
todas partes sonaba incesantemente un rumor apagado entremezclado con leves
gemidos. Los ojos de Gurgi estaban llenos de pavor y el bardo se agitó inquieto a lomos
de Lluagor.
—Bueno, nos has conducido hasta aquí —dijo Eilonwy—. Pero ¿cómo esperas que
vayamos a buscar el caldero en semejante lugar?
Taran le indicó con un gesto que no hablara. Mientras contemplaba la espantosa
extensión de los pantanos, algo se agitó en su mente.
—No os mováis —les advirtió en voz baja, y miró rápidamente hacia atrás.
Recortadas contra los arbustos que coronaban un otero aparecieron dos borrosas
siluetas grises. Al principio creyó que eran lobos, pero luego distinguió a dos Cazadores
que llevaban jubones hechos con piel de lobo. Otro Cazador, éste con una gruesa capa
de piel de oso, estaba agazapado detrás de ellos.
—Los Cazadores nos han encontrado —prosiguió Taran hablando con premura—.
Seguid todos mis pasos, pero no hagáis ni un movimiento hasta que yo dé la señal.
Ahora entendía claramente el sueño de los lobos y sabía con exactitud lo que debía
hacer.
Los Cazadores, creyendo que podrían coger desprevenidas a sus presas, se acercaron
un poco más.
—¡Ahora! —gritó Taran.
Haciendo que Melynlas se lanzara hacia adelante, se internó en los pantanos. El
corcel, jadeando con dificultad, luchó por abrirse paso a través del suelo fangoso y, con
un potente alarido, los Cazadores se precipitaron tras él. En una ocasión, Melynlas estuvo
a punto de caer en una fosa escondida. Los perseguidores se acercaban cada vez más, a
grandes zancadas: estaban tan cerca que cuando Taran, temeroso, miró por un segundo
hacia atrás vio a uno de ellos, con los rasgos contorsionados en un feroz gruñido,
extendiendo la mano para agarrar los estribos de Lluagor.
Taran hizo girar a Melynlas a la derecha. Lluagor le siguió y detrás de ellos sonó un
grito de terror. Uno de los hombres vestidos con pieles de lobo había tropezado y, caído
de bruces en el pantano, gritaba al ver cómo el negro fango se apoderaba de él,
absorbiéndole. Sus dos camaradas se agarraron el uno al otro, luchando
desesperadamente para huir de aquel suelo traicionero que parecía fundirse bajo sus
pies. El cazador con la piel de oso extendió los brazos y arañó los juncos, gruñendo
rabioso; el último de los guerreros pisoteó su cuerpo, ya medio hundido, en un vano
intento de hallar un asidero que le permitiera escapar a la ciénaga mortífera.
Melynlas galopó hacia adelante. Sus cascos hacían brotar surtidores de agua sucia;
Taran guió al poderoso corcel en línea recta hacia lo que parecía ser una cadena de islas
sumergidas, sin detenerse ni siquiera cuando llegó al otro extremo del pantano. Allí el
terreno se hacía más sólido y Taran condujo a Melynlas, aún al galope, a través de la
aulaga y más allá de los árboles. Con Lluagor detrás, Taran siguió una larga garganta
hasta la protección de un montículo.
Al llegar a él, tiró bruscamente de las riendas. A un lado del montículo, como si formara
parte de la misma tierra, se alzaba una cabaña. Estaba tan hábilmente disimulada con
barro y ramas que Taran necesitó mirar dos veces para distinguir la puerta. Junto al
montículo había lo que parecían unos establos medio derrumbados y un gallinero en
ruinas.
Taran hizo que Melynlas retrocediera, apartándose un poco del extraño grupo de
construcciones e indicó a los demás que permanecieran callados.
—Yo no me preocuparía por eso —dijo Eilonwy—. Quien viva aquí nos habrá oído
llegar, seguramente; si no han salido ya a pelear con nosotros o a darnos la bienvenida,
entonces pienso que no debe de haber nadie.
Bajó de un salto de Melynlas y se dirigió hacia la cabaña.
—¡Vuelve! —gritó Taran.
Blandiendo su espada, fue tras ella. El bardo y Gurgi desmontaron también, con sus
armas preparadas. Con mucha cautela, Taran se acercó a la puertecilla. Eilonwy había
descubierto una ventana medio escondida entre la hierba y la tierra, y estaba mirando al
interior.
—No veo a nadie —dijo, al reunirse los demás con ella—. Mirad vosotros mismos.
—Si a eso vamos —dijo el bardo, agachando la cabeza y atisbando por la abertura—,
creo que nadie ha estado aquí en mucho tiempo. ¡Tanto mejor! Sea como sea, tendremos
un lugar seco para descansar.
La cabaña parecía en verdad abandonada, dado que la habitación a la que daba la
ventana estaba aún más caóticamente revuelta que la de Dallben. En una esquina había
un gran telar del que todavía pendían enmarañados haces de hilo. El tapiz estaba sin
acabar, y el resto se encontraba tan enredado y lleno de nudos que no parecía posible
terminarlo. Había también una mesita cubierta de cacharros rotos, y por toda la habitación
yacían confusos montones de armas oxidadas y medio destrozadas.
—¿Te gustaría ser convertido en un sapo? —dijo alegremente una voz detrás de
Taran—. ¿Y que luego te pisaran?
11 - La cabaña
Taran giró en redondo levantando su espada y de pronto tuvo en la mano una fría
serpiente que se retorcía siseando, con el cuerpo preparado para atacar. Lanzó un grito
de horror y la arrojó lo más lejos que pudo. La serpiente cayó al suelo y allí donde había
caído estuvo, de pronto, la espada de Taran. Eilonwy emitió un grito ahogado y Taran
retrocedió, lleno de pavor.
Ante él se encontraba una mujer de baja estatura y más bien regordeta: su rostro
redondo y lleno de verrugas albergaba dos ojos negrísimos y muy agudos. Su cabellera
parecía un revuelto amasijo de cañaverales del pantano, recogido mediante fibras
vegetales y adornado con agujas de colores chillones que se dirían a punto de perderse
para siempre en la confusa extensión de hierbas y cabello. Vestía una túnica oscura e
informe, llena de manchas y remiendos. Sus pies, descalzos, eran excepcionalmente
grandes.
Los compañeros se apretaron unos contra otros y Gurgi, estremeciéndose
violentamente, se arrojó a los pies de Taran. El bardo, aunque pálido e inquieto, se
preparó a plantarle cara al peligro.
—Venga, venga, gansitos míos —dijo con voz alegre la bruja—, prometo que no os
haré ni pizca de daño. Puedes coger tu espada si quieres —le dijo a Taran con una
sonrisa indulgente—, aunque no la necesitarás. Jamás he visto un sapo con espada. Por
otra parte, jamás he visto una espada con un sapo, así que puedes hacer lo que más te
plazca.
—Nos place más seguir tal y como somos —exclamó Eilonwy—. No creas que vamos a
dejarte...
—¿Quién eres? —gritó Taran—. No te hemos hecho ningún mal y no tienes razón
alguna para amenazarnos.
—¿Cuántas ramitas hay en el nido de un pájaro? —preguntó de repente la bruja—.
Responded, rápido. ¿Veis? —añadió —. Pobres gansitos, ni siquiera lo sabéis. Entonces,
¿cómo puedo esperar que sepáis realmente lo que pretendéis de la vida?
—Una cosa que no quiero de la vida —le replicó Eilonwy— es acabar siendo un sapo.
—Eres una gansita muy linda —dijo la bruja con voz amable y zalamera—. ¿Me darás
tu pelo cuando ya no lo necesites? Estos días tengo tales problemas con el mío... ¿Has
tenido alguna vez la sensación de que las cosas se meten en él para desaparecer y no
volver a verlas nunca más?
»No importa —continuó diciendo—. Os lo pasaréis muy bien siendo sapos, saltando de
un lado a otro, sentados en vuestras setas..., bueno, puede que eso no. La verdad, los
sapos no se sientan en las setas. Pero siempre podéis bailar en los charcos de rocío, esa
me parece una idea encantadora... No te asustes —añadió, acercándose a Taran y
hablándole al oído—, ¿No habrás imaginado ni por un momento que haría todo eso que
he dicho, verdad? Caramba, no, ni se me ocurriría la idea de pisarte... Sería incapaz de
aguantar tanta viscosidad pegada a mi pie.
Sintiendo crecer el pánico en su interior, Taran buscó desesperadamente un modo de
salvar a sus compañeros. De no haber recordado a la serpiente en su mano, con sus fríos
ojos y amenazadores colmillos, las intenciones de esa estrafalaria criatura le habrían
parecido por completo imposibles...
—Puede que al principio no os guste ser sapos —dijo la bruja en tono razonable—,
hace falta tiempo para acostumbrarse. Pero —añadió como para tranquilizarles— una vez
que haya ocurrido, estoy segura de que no lo cambiaríais por nada.
—¿Por qué haces esto? —gritó Taran, aún más enfadado al sentirse indefenso en sus
manos.
La bruja le palmeó amablemente en la mejilla, y Taran apartó la cabeza, lleno de miedo
y repugnancia.
—No soporto a la gente que anda por aquí husmeando y metiendo las narices en todo
—dijo ella—. Eso podrás entenderlo, ¿no? Si hago una excepción con alguien, luego
vienen dos y luego tres más, y antes de que puedas darte cuenta de ello tienes a cientos
y cientos dando vueltas por aquí y rompiendo las cosas. Créeme, esto es lo mejor para
todos.
En ese instante aparecieron dos nuevas figuras por el otro lado de la colina. Se
parecían bastante a la mujer baja y rechoncha, pero una de ellas llevaba una capa negra
cuyo capuchón le ocultaba casi por completo la cara y la otra lucía un collar con piedras
de un blanco lechoso.
La bruja corrió hacia ellas y las llamó.
—¡Orwen! ¡Orgoch! ¡Aprisa! —les dijo llena de felicidad—. ¡Vamos a hacer sapos!
Taran jadeó asustado y miró de soslayo al bardo y a Eilonwy.
—¿Habéis oído esos nombres? —dijo en un susurro presuroso—. ¡Las hemos
encontrado!
El bardo parecía francamente alarmado.
—No creo que nos sirva de gran cosa —dijo—. Cuando hayan terminado con nosotros,
creo que no va a importarnos ya demasiado el caldero, ni ninguna otra cosa. Nunca he
bailado en el rocío —prosiguió en un murmullo —; creo que si las circunstancias fueran
distintas podría llegar a pasármelo bien. Pero no ahora —añadió estremeciéndose.
—Nunca he conocido a nadie que fuera capaz de hablar sobre cosas tan espantosas y
sonreír al mismo tiempo —susurró a su vez Eilonwy, mientras que Gurgi, aterrado,
husmeaba el aire a toda velocidad—. Es como tener hormigas andando por tu espalda,
arriba y abajo...
—Debemos intentar tomarlas por sorpresa —dijo Taran—. No sé qué podrían hacer
contra todos nosotros si les atacáramos a la vez... Tampoco sé qué podríamos hacerles
nosotros, claro. Pero debemos correr el riesgo. Puede que uno o dos lográramos
sobrevivir.
—Supongo que no podemos hacer otra cosa —dijo el bardo. Tragó saliva con dificultad
y miró a Taran con expresión preocupada—. Si resultara que yo... quiero decir que si
me..., sí, bueno, lo que quiero decir es que si me ocurriera algo..., en fin, os suplico que
tengáis mucho cuidado al andar.
Mientras tanto, las tres brujas habían llegado a la cabaña.
—Oh, Orddu —estaba diciendo la del collar—, ¿por qué deben ser siempre sapos?
¿No puedes pensar en otra cosa?
—Pero son preciosos... —replicó Orddu—. Son tan sólidos y quedan tan bien...
—¿Qué hay de malo en los sapos? —dijo la figura encapuchada—. Ése es el problema
contigo, Orwen, siempre intentas hacer las cosas del modo más complicado.
—Sólo hacía una sugerencia, Orgoch —respondió la bruja llamada Orwen—, para
variar un poquito.
—Adoro los sapos —murmuró Orgoch, chasqueando los labios.
Pese a la sombra del capuchón, Taran pudo ver como los rasgos de la bruja se
movían, retorciéndose en una mueca de lo que temió que fuera impaciencia.
—Mírales —dijo Orddu—, pobres gansitos, todos mojados y cubiertos de fango. He
estado hablando con ellos y tengo la impresión de que finalmente han comprendido que
esto será lo mejor.
—Vaya, pero si son los que vi galopando a través del pantano —dijo Orwen,
jugueteando con sus piedras—. Fuiste muy inteligente —añadió, mirando a Taran con una
sonrisa—. Realmente, eso de hacer que los Cazadores acabaran tragados por el fango
estuvo muy bien.
—Ah, Cazadores, qué criaturas más molestas —murmuró Orgoch—. Esas cosas
peludas, repugnantes y malignas... Me revuelven el estómago.
—Debo reconocer que son muy tozudos cuando se trata de cumplir con su misión —se
arriesgó el bardo—. Hay que decirlo en su favor.
—El otro día tuvimos por aquí a toda una banda de esos Cazadores —dijo Orddu—.
Andaban husmeando y metiendo las narices por todos lados, igual que vosotros. Ahora
entenderéis la razón de que no podamos hacer excepciones, ¿no?
—No hicimos ninguna excepción con ellos, ¿verdad, Orddu? —dijo Orwen—. Aunque
no fueron sapos, si te acuerdas bien...
—Lo recuerdo con toda claridad, querida mía —dijo la primera bruja—, pero entonces
Orddu eras tú. Y cuando te toca ser Orddu puedes hacer lo que te venga en gana. Pero
ahora Orddu soy yo y lo que yo digo es...
—Eso no es justo —interrumpió Orgoch—. Siempre quieres ser Orddu y yo he tenido
que ser Orgoch tres veces seguidas, mientras que tú sólo has sido Orgoch una vez.
—Cariñito, no es culpa nuestra que nos disguste ser Orgoch.
Ya sabes que no es nada cómodo —dijo Orddu—. Tienes unas indigestiones tan
horribles... Deberías tener más cuidado con lo que comes.
Taran había estado intentando seguir la conversación de las brujas, pero acabó más
confundido que antes. Ahora no tenía ya idea de quién era realmente Orddu, quién Orwen
y quién Orgoch, o de si las tres eran la misma. Sin embargo, sus observaciones sobre los
Cazadores le hicieron sentir esperanzas por primera vez.
—Si los Cazadores de Annuvin son vuestros enemigos —dijo Taran—, entonces
tenemos una causa común. También nosotros hemos luchado contra ellos.
—Amigos, enemigos..., al final todo es lo mismo —refunfuñó Orgoch—. Orddu, date
prisa y llévales a otro sitio que no sea aquí. La mañana me ha resultado espantosamente
larga.
—Ah, qué codiciosa eres —dijo Orddu, sonriendo con aire de tolerancia a la bruja
encapuchada—. Ésa es otra de las razones por las que ninguna de nosotras quiere ser
Orgoch si es posible evitarlo. Quizá si hubieras aprendido a controlarte mejor... Bueno,
ahora escuchemos lo que estos queridos ratoncitos tienen que contarnos. Debería ser
interesante: dicen cosas encantadoras, a veces... —Orddu se volvió hacia Taran—. Y
ahora, gansito —le dijo amablemente—, ¿cómo habéis llegado a estar en tan malas
relaciones con los Cazadores?
Taran vaciló, temiendo revelar el plan de Gwydion.
—Nos atacaron y... —empezó a decir.
—Claro que lo hicieron, mis pobres gansitos —le dijo Orddu con simpatía—. Siempre
están atacando a todo el mundo. Ésa es una de las ventajas que tendréis al ser sapos: ya
no hará falta que os preocupéis por ese tipo de cosas. Toda vuestra vida estará llena de
cabriolas por el bosque y preciosas mañanas de lluvia. Los Cazadores no tendrán nunca
más ocasión de molestaros... Naturalmente, tendréis que vigilar un poco a las garzas, las
serpientes y los martín pescadores, pero, aparte de eso, no habrá ningún problema en
vuestro mundo.
—Pero, ¿quiénes son estos «vosotros»? —le interrumpió Orwen, volviéndose hacia
Orddu—. ¿Acaso no piensas enterarte de sus nombres?
—Claro que sí, claro que sí —murmuró Orgoch, chasqueando los labios—. Adoro los
nombres.
Taran vaciló nuevamente.
—Ésta..., ésta... —dijo, señalando a Eilonwy—, ésta es Indeg. Y el príncipe Glessig...
Orwen lanzó una risita y le propinó a Orddu un afectuoso codazo.
—Escúchales —dijo—, son encantadores cuando mienten. —Si no piensan darnos sus
auténticos nombres —dijo Orgoch—, entonces llévatelos y punto.
Taran se quedó callado y Orddu clavó los ojos en él, observándole con atención.
Repentinamente abatido, se dio cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles.
—Ésta es Eilonwy, Hija de Angharad —dijo—, y éste es Fflewddur Fflam.
—Un bardo del arpa —añadió Fflewddur.
—Y éste es Gurgi —prosiguió Taran.
—Así que eso es un gurgi —dijo Orwen, muy interesada—. Me parece que he oído
hablar de ellos, pero nunca supe exactamente qué eran.
—No es un gurgi —replicó Eilonwy—, es Gurgi. Y sólo hay uno.
—¡Sí, sí! —gritó Gurgi, arriesgándose y asomando la cabeza por detrás de Taran—. ¡Y
es osado e inteligente! ¡No dejará que sus valerosos compañeros se conviertan en sapos
con bultos y saltos!
Orgoch le contempló con curiosidad.
—¿Qué hacéis con el gurgi? —preguntó —. ¿Es para comer o para sentarse en él?
—Tengo la impresión —sugirió Orddu— de que, hagas lo que hagas con él, lo mejor
sería limpiarlo antes. Y tú, patito mío —le dijo a Taran—, ¿quién eres tú?
Taran se irguió, echando la cabeza hacia atrás.
—Soy Taran —dijo—, el Aprendiz de Porquerizo de Caer Dallben.
—¡Dallben! —gritó Orddu —. Pobre gallinita perdida, ¿por qué no dijiste eso en primer
lugar? Dime, dime, ¿cómo está el pequeño Dallben?
12 - El pequeño Dallben
Taran sintió que se le aflojaba la mandíbula por la sorpresa, y antes de que pudiera
decir nada las tres brujas estaban conduciendo a los compañeros hacia la cabaña. Lleno
de asombro se volvió hacia Fflewddur, el cual no parecía tan pálido ahora que Orddu no
seguía hablando de sapos.
—¿El pequeño Dallben? —murmuró Taran—. En mi vida había oído a nadie hablar así
de él. ¿Pueden estarse refiriendo al mismo Dallben que conocemos?
—No lo sé —murmuró a su vez el bardo —. Pero si ellas creen que sí..., ¡por el Gran
Belin, no se te ocurra decirles otra cosa!
Una vez dentro, las brujas se apresuraron a ordenar la habitación con un ruidoso
despliegue de alegre actividad que, de hecho, no fue demasiado efectiva. Orwen,
obviamente nerviosa y contentísima, trajo a toda prisa sillas de mimbre y escabeles.
Orgoch despejó la mesa tirando todos los cacharros rotos al suelo, y Orddu se limitó a dar
palmadas de contento mientras contemplaba radiante a los compañeros.
—Nunca lo habría imaginado —empezó a decir—. ¡Oh, no, no, patito mío! —exclamó
de repente dirigiéndose a Eilonwy, que se había acercado al telar y se inclinaba sobre él
para examinar el tapiz—. No debes tocarlo o te pincharías de un modo muy desagradable:
está lleno de alfileres. Anda, sé buena y ven a sentarte con nosotros.
Pese al súbito calor de la acogida, Taran examinó a las brujas con cierta inquietud. La
misma atmósfera del cuarto despertaba en él extraños presentimientos que no era capaz
de comprender por entero y que se le escapaban como sombras huidizas. Sin embargo,
Gurgi y el bardo parecían encantados ante la sorprendente evolución de los
acontecimientos y no tardaron en sentarse alegremente ante la comida que, sin más
dilación, empezó a llenar la mesa. Taran miró a Eilonwy con expresión interrogativa. La
muchacha adivinó sus pensamientos.
—No temas comer —le dijo, ocultando el rostro tras la mano —. La comida está en
perfecto estado: no hay en ella ni pizca de veneno o brujería. Estoy segura, aprendí todo
eso cuando estaba con la reina Achren, preparándome para ser hechicera. Lo que se
hace en tales casos es...
—Venga, venga, gorrioncito —les interrumpió Orddu —, ahora debes contarnos todo lo
que sepas sobre nuestro pequeño y querido Dallben. ¿Qué hace? ¿Conserva todavía El
Libro de los Tres?
—Bueno..., sí, aún lo tiene —dijo Taran, bastante confundido y empezando a
preguntarse si en realidad las brujas no sabrían más cosas sobre Dallben que él.
—Pobrecito petirrojo —observó Orddu —, con un libro tan gordo y pesado... Me
sorprende que sea capaz de pasar las páginas, fíjate en lo que digo.
—Bueno, veréis... —dijo Taran, aún perplejo—, el Dallben que nosotros conocemos no
es pequeño..., quiero decir que, de hecho, es bastante mayor.
—¡Mayor! —explotó Fflewddur—. ¡Tiene nada menos que trescientos ochenta años de
edad! El mismo Coll me lo dijo.
—Oh, era una criaturita tan dulce y encantadora —dijo Orwen suspirando—, todo
mejillitas sonrosadas y dedos regordetes...
—Adoro a los niños —dijo Orgoch, chasqueando los labios.
—Ahora tiene el cabello gris —dijo Taran.
No lograba convencerse de que esas extrañas criaturas estuvieran hablando realmente
de su viejo maestro. La idea de que el sabio Dallben hubiera tenido alguna vez mejillitas
sonrosadas y dedos regordetes resultaba francamente excesiva para su imaginación.
—Y también tiene barba —añadió.
—¿Barba? —chilló Orddu —. ¿Qué hace el pequeño Dallben con una barba? ¿Para
qué iba a desear semejante cosa? ¡Oh, era un renacuajo tan adorable!
—Le encontramos una mañana en el pantano —dijo Orwen—. Estaba sólito, el pobre,
en una cesta de mimbre. Era demasiado bonito para describirlo con palabras. Orgoch,
naturalmente...
Al oír esto, Orgoch emitió un bufido de irritación y sus ojos parecieron arder en las
profundidades del capuchón.
—Venga, venga, querida Orgoch, no pongas esa cara tan desagradable —dijo Orddu
—. Estamos entre amigos y podemos hablar de esas cosas. Bueno, lo diré de otro modo
para no herir los sentimientos de Orgoch: ella no quería que lo conserváramos. Bueno, al
menos no en el sentido corriente de la palabra... Pero lo hicimos, y nos llevamos a la
pobre criaturita abandonada a la cabaña.
—Creció muy de prisa —añadió Orwen—. Vaya, pero si no tardó prácticamente nada
en andar por todos lados, hablando y haciendo pequeñas tareas... Era tan amable y
educado, tan bueno. Un gozo de criatura... ¿Y ahora dices que tiene barba? —Meneó la
cabeza—. Qué idea tan curiosa... ¿Dónde la habrá encontrado?
—Sí, era un gorrioncito encantador —dijo Orddu —. Pero luego —prosiguió con una
sonrisa entristecida— se produjo un lamentable accidente. Estábamos cociendo hierbas
cierta mañana para hacer una poción bastante especial, y...
—Y Dallben —suspiró Orwen—, el pequeño Dallben estaba removiendo el agua. Era
una de esas delicadas bondades que siempre tenía con nosotros, ¿entiendes? Pero
cuando el agua empezó a hervir se hicieron burbujas, y una de ellas le salpicó al reventar.
—Sus pobres deditos se quemaron —añadió Orddu—. Pero no lloró, nada de eso.
Nuestro pequeño y valeroso estornino se limitó a meterse los deditos en la boca;
naturalmente, en ellos había un poquito de poción y se la tragó.
—Apenas lo hizo —les explicó Orwen—, supo casi tanto como nosotras. Se trataba de
una poción mágica, ¿entendéis?, una poción de sabiduría.
—Después de eso —prosiguió Orddu —, ya era imposible tenerlo con nosotras. Las
cosas nunca habrían sido iguales; oh, no, nada habría funcionado. No hay forma de tener
a tanta gente sabiendo tantas cosas bajo el mismo techo, y menos aún cuando podía
adivinar algunas de las ideas que Orgoch tenía en la cabeza. Y, por lo tanto, tuvimos que
dejarle ir...; realmente hubo que dejarle ir a toda prisa, ya que, para entonces, era Orgoch
la que no pensaba dejarle marchar. Quería conservarle a su manera y dudo que a él le
hubiera gustado.
—Como golosina habría resultado delicioso —murmuró Orgoch.
—Debo decir que nos portamos estupendamente con él —continuó diciendo Orddu—.
Le dejamos escoger entre un arpa, una espada o El Libro de los Tres. Si hubiera elegido
el arpa, habría sido el bardo más grande del mundo; de haber tomado la espada, nuestro
querido patito habría gobernado todo Prydain. Pero —dijo Orddu— eligió El Libro de los
Tres. Y si debo deciros la verdad, nos alegró mucho que lo hiciera, porque era un trasto
pesado y lleno de moho que siempre estaba recogiendo polvo. Y de ese modo se marchó,
dispuesto a hacerse un lugar en el mundo, y no volvimos a verle nunca más.
—Es bueno que el dulce y pequeño Dallben no esté aquí —le dijo Fflewddur con una
risita a Taran—. Su descripción no encaja demasiado bien con la realidad actual: me temo
que se llevarían una considerable sorpresa.
Taran había permanecido en silencio durante todo el relato de Orddu, preguntándose
de qué modo podía atreverse a sacar el tema del caldero.
—Dallben ha sido mi señor durante todo el tiempo que alcanza mi memoria —les dijo
por último, decidiendo que la franqueza era el mejor modo de encarar el problema...,
especialmente dado que las brujas parecían capaces de adivinar cuándo mentía—. Si le
estimáis tanto como yo...
—Oh, puedes estar seguro de que amamos muchísimo a la dulce criaturita —dijo
Orddu.
—Entonces, os suplico que nos ayudéis a cumplir sus deseos y los de Gwydion,
Príncipe de Don —continuó diciendo Taran.
Les explicó lo que había ocurrido en el consejo, lo que habían descubierto después en
la Puerta Oscura y lo que les dijo Gwystyl. Les habló de cuan apremiante era llevar el
caldero a Caer Dallben y finalmente les preguntó también si habían visto a Ellidyr.
Orddu sacudió la cabeza.
—¿Un hijo de Pen-Llarcau? No, patito mío; no hemos visto a tal persona en este lugar.
Si hubiera cruzado los pantanos le habríamos visto, sin duda alguna.
—Oh, desde lo alto de la colina tenemos una vista preciosa de las ciénagas —le
interrumpió Orwen, con tal entusiasmo y agitación que su collar tintineó ruidosamente—.
Tenéis que subir para disfrutar de ella. Naturalmente, podéis quedaros aquí el tiempo que
os plazca —añadió a toda prisa—. Ahora que el pequeño Dallben se ha ido y ha logrado
encontrar una barba, este lugar no es ni la mitad de alegre que antes. No os
convertiremos en sapos, a menos que insistáis.
—Quedaos, claro que sí —graznó Orgoch con una mueca espantosa.
—Nuestra misión es recobrar el caldero —insistió Taran, prefiriendo fingir que no había
oído las palabras de Orgoch—.. Por lo que nos dijo Gwystyl...
—Corderito, antes nos dijiste que había sido su cuervo —le interrumpió Orddu —. No
debes creer todo lo que te cuente un cuervo.
—Doli del Pueblo Rubio le creyó —dijo Taran—¿Afirmáis ahora que el caldero no está
en vuestras manos? Os pido que contestéis a mi pregunta como si la hubiera hecho el
mismísimo Dallben.
—¿Un caldero? —exclamó Orddu—. ¡Pero si tenemos docenas! Calderos, marmitas,
ollas..., a veces es difícil saber dónde se encuentran, de tantos como hay.
—Hablo del caldero de Annuvin —dijo con firmeza Taran—, el caldero de Arawn y sus
guerreros que no mueren.
—Oh —dijo Orddu, riendo alegremente—, debes referirte al Crochan Negro.
—No conozco su nombre —dijo Taran—, pero quizá sea el que buscamos.
—¿Estás seguro de no preferir alguno de los otros? —le preguntó Orwen—. Son
mucho más atractivos que ese viejo trasto, y bastante más prácticos. ¿Qué utilidad se le
puede encontrar a un Nacido del Caldero? Son un estorbo y nada más. Podemos darte
una marmita con la que harás unas pociones narcóticas maravillosas, y hay otra con la
que puedes rociar los narcisos y quitarles ese feo color amarillo que tienen.
—El que nos preocupa es el Crochan Negro —insistió Taran, decidiendo que ése debía
ser realmente el nombre del caldero de Arawn—. ¿Por qué no me decís la verdad? ¿Está
aquí el caldero?
—Por supuesto que está aquí —dijo Orddu—. ¿Por qué no iba a estar, si era nuestro
desde el principio? ¡Y siempre lo ha sido!
—¿Vuestro? —exclamó Taran—. Entonces, ¿Arawn os lo robó?
—¿Robar? —le contestó Orddu—. No, al menos no exactamente. No podría decirse
que nos lo robara...
—Pero es imposible que se lo dierais —chilló Eilonwy—. ¡No, sabiendo para qué iba a
usarlo!
—Incluso Arawn tiene derecho a que se le dé una oportunidad —dijo Orddu con
ademán tolerante—. Algún día entenderéis la razón. Hay un destino para todo, tanto para
los enormes y feos Crochans como para los pobres patitos...; incluso para nosotras hay
un destino fijado de antemano. Por otra parte, Arawn pagó muy caro poder usarlo... Sí,
muy caro lo pagó, de eso podéis estar bien seguros. Los detalles, patita mía, son de
naturaleza privada y no deben preocuparos. En cualquier caso, el Crochan no iba a ser
suyo para siempre, claro que no...
—Arawn juró devolverlo pasado un tiempo —dijo Orwen—. Pero cuando llegó el
momento de hacerlo, rompió el juramento, como era de esperar.
—Lo cual fue una estupidez —murmuró Orgoch.
—Y dado que no pensaba devolverlo —dijo Orddu—, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
Fuimos y lo cogimos.
—¡Gran Belin! —gritó el bardo—. Señoras, ¿pretendéis decir me que las tres os
aventurasteis en el corazón de Annuvin y os llevasteis el caldero? ¿Cómo fue posible?
Orddu sonrió.
—Oh, hay muchos modos de hacer las cosas, mi curioso gorrión. Podríamos haber
inundado Annuvin de tinieblas y el caldero habría salido flotando de ahí. Podríamos haber
hecho que todos los centinelas se durmieran. O podríamos habernos convertido en...,
bueno, no importa..., digamos que podíamos usar una amplia variedad de métodos. En
cualquier caso, el caldero está nuevamente aquí.
»Y —añadió la bruja— aquí va a quedarse. No, no —dijo, alzando la mano al ver que
Taran pretendía decir algo—, ya veo que te gustaría tenerlo, pero eso está fuera de
discusión. Es demasiado peligroso para estar en manos de unos polluelos vagabundos
como vosotros. Caramba, pero si ni podríamos dormir de lo preocupadas que
estaríamos... No, no, ni siquiera en nombre del pequeño Dallben.
»De hecho —siguió diciendo Orddu —, estaríais mucho más seguros siendo sapos si
os enredáis con el Crochan Negro. —Sacudió la cabeza—. Mejor aún, podríamos
convertiros en pájaros y así volveríais volando a Caer Dallben en seguida.
»No, no —dijo, levantándose de la mesa y poniendo la mano en el hombro de Taran—.
Patitos, debéis marcharos en seguida y no pensar nunca más en el Crochan. Decid al
querido Dallben y al príncipe Gwydion que lo sentimos enormemente, y que si hay alguna
otra cosa que esté en nuestras manos hacer... Pero eso no. Oh, no, ni hablar.
Taran se dispuso a protestar, pero Orddu le silenció con un gesto y le condujo a toda
velocidad hacia la puerta, mientras las otras dos brujas empujaban presurosas a sus
compañeros para que le siguieran.
—Podéis dormir esta noche en el establo, gallinitas mías —les dijo Orddu —. Y por la
mañana, lo primero que debéis hacer es partir en busca del pequeño Dallben. Mientras
tanto, será mejor que decidáis cómo preferís el viaje: con vuestras piernas, o... —añadió,
esta vez sin sonreír— con un bonito par de alas.
—O dando saltos —murmuró Orgoch.
13 - El plan
La puerta se cerró ruidosamente detrás de ellos, y una vez más los compañeros se
encontraron fuera de la cabaña.
—¡Bueno, eso sí que me ha gustado! —exclamó Eilonwy, in dignada—. Después de
tanto hablar sobre nuestro querido Dallben y de lo encantador que era nuestro pequeño
Dallben..., ¡nos han echado!
—Si quieres saber mi opinión, prefiero que nos hayan echado a que nos hayan
transformado —dijo el bardo—. A un Fflam siempre le gustan los animales, ¡pero no
consigo convencerme de que pudiera acabar gustándome ser convertido en uno de ellos!
—¡No, oh, no! —gritó fervorosamente Gurgi—. También Gurgi quiere seguir siendo
como es ahora..., ¡osado e inteligente!
Taran se volvió hacia la cabaña y empezó a golpear la puerta.
—¡Debéis escucharnos! —pidió—. Ni siquiera os habéis tomado el tiempo suficiente
para pensarlo.
Pero la puerta no se abrió, y aunque luego fue hasta la ventana y estuvo largo tiempo
llamando a ella, las tres brujas no volvieron a dar señales de vida.
—Me temo que ahí tienes tu respuesta —dijo Fflewddur—. Han dicho ya todo lo que
pensaban..., y quizá sea mejor así. Además, tengo la incómoda e inquietante sensación
de que todos esos gritos y golpes en la puerta..., bueno, nunca se sabe lo sensibles que
pueden ser esas..., esto, esas damas a los ruidos.
—No podemos irnos así como así —replicó Taran—. El caldero está en sus manos y,
sean amigas de Dallben o no, es imposible saber lo que harán con él. Me dan miedo y no
les tengo confianza. Ya habéis oído lo que hablaba ésa que se llama Orgoch. Sí, puedo
imaginarme muy bien lo que habría hecho con Dallben. —Agitó la cabeza con expresión
grave—. Gwydion ya nos lo advirtió. Quien tenga el caldero puede acabar convirtiéndose
en una amenaza mortal para Prydain cuando lo desee...
—Al menos no lo ha encontrado Ellidyr —dijo Eilonwy—, podemos dar gracias de ello.
—Si queréis el consejo de quien, después de todo, es el más viejo de los aquí
presentes —dijo el bardo—, creo que deberíamos marcharnos a toda prisa y dejar que
Dallben y Gwydion se cuidaran del asunto. Después de todo, Dallben debe saber mejor
cómo tratar a esas tres...
—No —contestó Taran—, eso no servirá: perderíamos varios días preciosos en el viaje.
Los Cazadores no consiguieron recuperar el caldero; sin embargo, ¿quién sabe en qué
consistirá la próxima intentona de Arawn? No, correr el riesgo de que se quede aquí es
imposible.
—Por una vez estoy de acuerdo —declaró Eilonwy—. Hemos llegado ya muy lejos y
debernos continuar hasta el final. Tampoco yo me fío de esas brujas. ¿Así que ellas no
podrían dormir si tuviéramos el caldero? ¡Pues yo ciertamente tendré pesadillas, sabiendo
que está en sus manos! ¡Y eso sin hablar de Arawn! Creo que nadie, sea humano o no,
debería tener tal poder. —Se estremeció—. ¡Uf! ¡Ya vuelvo a sentir las hormigas por mi
espalda!
—Sí, bueno, eso es cierto —empezó a decir Fflewddur—. Pero los hechos siguen
siendo que ellas tienen esa maldita olla y nosotros no. Ellas están ahí dentro y nosotros
aquí fuera y, al parecer, así es como van a seguir las cosas.
Taran se quedó callado y pensativo durante unos momentos.
—Cuando Arawn no quiso devolverles el caldero —dijo por fin—, fueron y lo cogieron.
Ahora, dado que no piensan entregárnoslo, sólo veo un camino: ¡tendremos que cogerlo
nosotros!
—¿Robarlo? —chilló el bardo.
Su expresión preocupada se desvaneció en un segundo, y en sus ojos empezó a brillar
una chispa.
—Quiero decir —añadió, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo—, ¿robarlo?
Vaya, eso es una idea —prosiguió lleno de entusiasmo—, jamás se me habría ocurrido.
Sí, sí, ése es el camino. ¡Pero debemos hacerlo de un modo elegante y hábil!
—Hay una dificultad —dijo Eilonwy—. No sabemos dónde han escondido el caldero y,
evidentemente, no piensan dejarnos entrar para que lo descubramos.
Taran frunció el ceño.
—Ojalá Doli estuviera aquí; entonces no tendríamos ningún problema. No lo sé..., debe
existir algún modo. Nos dijeron que podíamos pasar aquí la noche —prosiguió—, y eso
nos da tiempo desde ahora hasta el amanecer. Venga, no podemos quedarnos aquí
delante de su cabaña, o acabarán sabiendo que planeamos algo. Orddu mencionó el
establo.
Los compañeros llevaron sus caballos al otro lado de la colina, donde se levantaba un
pequeño cobertizo en bastante mal estado que parecía a punto de hacerse pedazos en el
barro. Su aspecto era lúgubre y poco acogedor; el viento otoñal silbaba por entre las
grietas de las paredes. El bardo golpeó el suelo con los pies y empezó a frotarse los
brazos.
—Un sitio bastante gélido para hacer planes —señaló—. Puede que esas brujas
tengan una vista excelente de los pantanos, pero al parecer es bastante fría.
—Ojalá tuviéramos algo de paja —dijo Eilonwy—, o cualquier otra cosa para
mantenernos calientes. Nos quedaremos helados antes de que podamos pensar en nada.
—Gurgi encontrará paja —sugirió Gurgi, y salió disparado hacia el gallinero.
Taran empezó a caminar de un lado a otro.
—Tendremos que entrar en la cabaña apenas se hayan dormido. —Sacudió la cabeza
y acarició el broche que llevaba al cuello—. Pero, ¿cómo? El broche de Adaon no me ha
dado ninguna idea al respecto. Los sueños que tuve sobre el caldero carecen de
significado para mí. Si al menos pudiera entenderlos...
—Supón que te fueras a dormir ahora mismo —dijo Fflewddur para ayudarle—, y que
intentaras dormir lo más de prisa posible... Bueno, quiero decir lo más profundamente
posible. Podrías encontrar la respuesta.
—No estoy seguro —replicó Taran—, no funciona exactamente de ese modo.
—Comparado con hacer un agujero a través de la colina —dijo el bardo —, eso debería
ser mucho más fácil. Es lo que pensaba sugerirte a continuación, pero...
—Podríamos tapar su chimenea y hacerlas salir con el humo —dijo Eilonwy—.
Entonces uno de nosotros podría entrar en la cabaña sin ser visto. No —añadió—,
pensándolo mejor, temo que fuera lo que fuese lo que pudiéramos meter en su chimenea,
se les ocurriría algo peor para sacarlo de ahí. Por otra parte, no tienen chimenea, así que
deberemos olvidar esa idea.
Mientras tanto, Gurgi había vuelto con un enorme montón de paja que había cogido del
gallinero y sus compañeros, agradecidos, empezaron a cubrir con ella el suelo arcilloso.
Mientras Gurgi iba a buscar más paja, Taran contempló con aire dubitativo la que habían
puesto en el suelo.
—Supongo que podría intentar soñar algo —dijo, sin demasiadas esperanzas—. La
verdad es que no tengo ninguna idea mejor.
—Podemos hacerte una cama lo más cómoda posible —dijo Fflewddur—, y mientras tú
sueñas podemos ir pensando también. Así, cada uno de nosotros estará trabajando a su
modo. No me importa decirte que me encantaría tener el broche de Adaon —añadió—.
¿Dormir? No haría falta que me lo pidieran dos veces, porque me caigo de cansancio.
Taran, aún no muy seguro, se estaba preparando para acostarse en la paja cuando
apareció otra vez Gurgi, con los ojos desorbitados y temblando. El pobre ser se
encontraba tan trastornado que sólo lograba hacer muecas y emitir jadeos. Taran se
incorporó de un salto.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Gurgi les hizo gestos para que le acompañaran hasta el gallinero, y todos se
apresuraron a seguirle. El inquieto Gurgi les llevó hasta la pequeña construcción de
ramajes cubiertos con lechada y luego retrocedió, aterrado, señalando hacia una esquina.
Allí, entre la paja, se encontraba el caldero.
Era rechoncho y negro y tendría la altura de un niño. Su fea boca era lo bastante ancha
como para engullir un cuerpo humano; los bordes estaban sucios y medio agrietados. El
fondo del caldero estaba manchado de hollín y había en él estrías de un color marrón
oscuro que Taran sabía muy bien que no se debían a la herrumbre. Su mango, largo y
grueso, estaba asegurado con una pesada barra de metal, y a cada lado del caldero
había una gruesa anilla que parecía el eslabón de una enorme cadena. Aunque estaba
hecho de hierro inanimado, el caldero parecía vivo, como retorciendo su forma en un
frenesí de maldad más vieja que el hombre. En su boca abierta la gélida brisa gemía,
aprisionada, haciendo nacer de sus silenciosas profundidades un murmullo como el de las
voces perdidas de las almas muertas que sufren tormento.
—Es el Caldero Negro —dijo Taran.
Su voz se había convertido en un murmullo por el miedo y la sorpresa. Comprendía
muy bien el terror de Gurgi, pues le bastaba con ver el caldero para sentir que una mano
helada le aferraba el corazón. Se apartó de él, sin atreverse a contemplarlo por más
tiempo.
El rostro de Fflewddur había palidecido y Eilonwy se tapó la boca con la mano.
Acurrucado en el rincón, Gurgi temblaba de un modo lamentable. Pese a que había sido
él quien lo había encontrado, no lanzaba alegres chillidos de triunfo y, en vez de
fanfarronear, se encogía sobre la paja como intentando fundirse en ella.
—Sí, bueno..., supongo que realmente se trata del caldero —replicó Fflewddur,
tragando saliva con dificultad—. Por otra parte —añadió con voz esperanzada—, quizá no
sea el caldero. Ellas dijeron que tenían un montón de ollas y marmitas por aquí. Quiero
decir..., bien, deberíamos asegurarnos antes de cometer un error.
—Es el Crochan —dijo Taran—, he soñado con él. Y aunque no hubiera soñado con él
lo reconocería, pues puedo sentir el mal que esconde.
—Yo también —musitó Eilonwy—. Está lleno de muerte y sufrimiento. Comprendo muy
bien que Gwydion quiera destruirlo. —Se volvió hacia Taran—. Tenías mucha razón al
querer buscarlo sin pérdida de tiempo —añadió Eilonwy estremeciéndose—. Retiro todo
lo que he dicho. El Crochan debe ser destruido lo más pronto posible.
—Sí —suspiró Fflewddur—, me temo que se trata del mismísimo Crochan. Oh, ¿por
qué no una linda teterita en vez de este feo y enorme trasto? Sin embargo —prosiguió,
aspirando una honda bocanada de aire—, ¡robémoslo! ¡Un Fflam jamás vacila!
¡No! —gritó Taran, extendiendo la mano para detener al bardo—. No podemos robarlo
y llevarlo con nosotros en pleno día..., y tampoco debemos quedarnos aquí, pues de lo
contrario sabrían que lo hemos encontrado. Volveremos con los caballos cuando haya
anochecido y nos lo llevaremos. Por el momento, será mejor que volvamos al establo y
actuemos como si nada hubiera ocurrido.
Los compañeros se apresuraron a volver al establo; una vez lejos del Crochan, Gurgi
recobró un poco el ánimo.
—¡El hábil Gurgi lo encontró! —dijo—. ¡Oh, sí, él siempre encuentra lo perdido! ¡Ha
encontrado antes cerditas y ahora encuentra el gran caldero en el que se cuecen
maldades y brebajes! ¡El buen amo honrará al humilde Gurgi!
Pese a todos sus gritos, su rostro seguía lleno de miedo. Taran le propinó unas
palmadas en el hombro, intentando tranquilizarle.
—Sí, viejo amigo —le dijo—, más de una vez nos has ayudado. Pero nunca hubiera
imaginado que esconderían el Crochan en un gallinero vacío bajo un montón de paja
sucia. —Agitó la cabeza—. Pensaba que lo guardarían mucho mejor...
—Al contrario —dijo el bardo—, son muy listas. Lo ocultaron en el primer sitio donde
todos hubieran mirado, sabiendo que era tan fácil encontrarlo que a nadie se le hubiera
ocurrido buscar en él.
—Quizá —dijo Taran, frunciendo el ceño—. O quizá... —añadió, incapaz de dominar el
miedo que se agitaba en su interior —quizá pretendían que lo encontráramos.
Una vez en el establo, los compañeros intentaron dormir: la noche, cada vez más
próxima, les traería una labor dura y peligrosa. Fflewddur y Gurgi cayeron en un sopor
intranquilo; Eilonwy se acurrucó envuelta en su capa y se tapó con un poco de paja. Taran
estaba demasiado nervioso e inquieto para que le resultara posible cerrar los ojos. Se
quedó sentado en silencio; en las manos tenía un gran rollo de cuerda que había
encontrado entre sus ya parcos arreos. Habían decidido colgar el caldero entre los dos
caballos y partir de los pantanos con rumbo al seguro refugio del bosque, donde podrían
destruir el Crochan.
En la cabaña no se veía ninguna señal de vida; al anochecer, no obstante, se encendió
de pronto una vela en la ventana. Taran se puso en pie silenciosamente y, con gran
cautela, salió del establo. Moviéndose entre las sombras, se abrió paso hasta la pequeña
vivienda y atisbo por la ventana. Permaneció ante ella durante un instante, atónito e
incapaz de moverse. Luego se volvió y echó a correr para reunirse con los otros, tan de
prisa como podían llevarle sus pies.
—¡Las he visto ahí dentro! —murmuró, despertando al bardo y a Gurgi—. ¡No son en
absoluto como antes!
—¿Qué? —exclamó Eilonwy—. ¿Estás seguro de no haber dado con otra cabaña
distinta?
—Claro que no —le replicó Taran—. Si no me crees, ve y echa una mirada. No son
iguales que antes. Hay tres, sí, pero son distintas. Una cardaba lana; otra estaba hilando y
la tercera tejía.
—Bueno... —dijo el bardo—, supongo que es un buen modo de distraerse. No hay gran
cosa que hacer, en medio de estos horribles pantanos.
—Tendré que verlo con mis propios ojos —afirmó Eilonwy—. No hay nada extraño en
tejer, pero, aparte de eso, no entiendo nada de lo que has dicho.
Con Taran guiándoles, los compañeros fueron cautelosamente hasta la ventana. Todo
era tal y como les había dicho. En el interior de la cabaña había tres figuras muy
ocupadas, pero ninguna de ellas se parecía a Orddu, a Orwen ni a Orgoch.
—¡Son preciosas! —murmuró Eilonwy.
—Había oído historias sobre viejas arpías que intentaban hacerse pasar por hermosas
doncellas —susurró el bardo—, pero jamás había oído hablar de hermosas doncellas
intentando hacerse pasar por viejas arpías. No lo encuentro natural y no me importa
confesar que me pone bastante nervioso. Creo que haríamos mejor cogiendo el caldero y
largándonos.
—Ignoro quiénes son —dijo Taran—, pero me temo que su poder es mucho más
grande del que podemos imaginar. No entiendo cómo, pero nos hemos encontrado con
algo..., no sé de qué se trata. Me da miedo y me inquieta. Sí, debemos apoderarnos del
caldero tan pronto como podamos, pero deberíamos esperar hasta que se durmieran.
—Si duermen —dijo el bardo—. Después de lo que he visto, no me sorprendería
nada..., ni siquiera que durmieran colgadas de los pies durante toda la noche, como los
murciélagos.
Durante largo tiempo, Taran temió que el bardo estuviera en lo cierto: quizá las brujas
no precisaran dormir. Los compañeros montaron turnos de guardia para vigilar la cabaña,
y la luz no se apagó hasta casi despuntar el alba. Taran, con el ánimo torturado, decidió
esperar un poco más; muy pronto oyeron sonoros ronquidos dentro de la cabaña.
—Ahora deben de ser como antes —observó el bardo—, no puedo imaginar a unas
bellas damas roncando de tal modo. No, ésa es Orgoch. Reconocería ese ronquido en
cualquier sitio.
Bajo las sombras tranquilas de esa falsa luz que precede a la aurora, los compañeros
volvieron rápidamente al gallinero; una vez en él, Eilonwy corrió el riesgo de encender su
juguete.
El Crochan seguía en su rincón, oscuro y lleno de fatídicos presagios.
—Aprisa —les ordenó Taran, cogiéndolo por el mango—. Fflewddur y Eilonwy, agarrad
las asas; Gurgi, levántalo por el otro lado. Lo sacaremos de aquí y lo llevaremos hasta los
caballos para atarlo. ¿Listos? Ahora, haced fuerza todos a la vez.
Los compañeros se esforzaron al máximo y a punto estuvieron de caer al suelo. El
caldero no se había movido.
—Es más pesado de lo que pensaba —dijo Taran—. Probad de nuevo.
Se dispuso a mover las manos para agarrar con más fuerza el mango, y descubrió que
no podía soltarlas del caldero. Espoleado por el miedo, intentó apartarlas del metal, pero
todo era en vano.
—Yo diría... —murmuró el bardo—, yo diría que me he enganchado con algo.
¡Yo también! —exclamó Eilonwy, luchando para liberar sus manos.
¡Y Gurgi está atrapado! —aulló el aterrado Gurgi—. ¡Oh, pena, oh, dolor! ¡No puede
moverse!
Los compañeros se agitaron desesperadamente, luchando contra su mudo enemigo de
hierro. Taran se debatió y tiré del caldero hasta acabar sollozando y falto de fuerzas.
Eilonwy se había derrumbado, agotada, con las manos aún pegadas a la gruesa anilla de
hierro. Taran intentó nuevamente liberarse, pero el Caldero le tenía bien agarrado.
Una figura ataviada con un camisón apareció en el umbral.
—¡Es Orddu! —exclamó el bardo—¡Acabaremos siendo sapos, estoy seguro!
14 - El precio
Orddu, parpadeando a causa del sueño y con un aspecto aún menos aseado que de
costumbre, entró en el gallinero. Detrás de ella venían las otras dos brujas, también
ataviadas con largos camisones de dormir y con la cabellera enmarañada cubriéndoles la
espalda en una masa de hirsutos mechones. Habían adoptado nuevamente su forma de
viejas y ahora en nada se parecían a las doncellas que Taran había visto al espiar por la
ventana.
Orddu levantó por encima de su cabeza un candil chisporroteante y contempló a los
compañeros.
—¡Oh, los pobres corderitos! —exclamó—. ¿Qué han hecho, qué han hecho?
¡Intentamos advertirles sobre el feo Crochan, pero los gansitos testarudos no quisieron
escucharnos! Oh, vaya, vaya —cloqueó apenada—, ¡ahora se han pillado los deditos en
él!
—¿No crees que deberíamos prender ya el fuego? —dijo Orgoch con un graznido
apagado. Orddu se volvió hacia ella.
—Cállate, Orgoch —le riñó—, qué idea tan horrible... Es demasiado pronto para
desayunar.
—Nunca es demasiado pronto —musitó Orgoch.
—Mírales —prosiguió Orddu con voz cariñosa—. Son tan encantadores cuando están
asustados... Parecen pajarillos desplumados.
—¡Orddu, nos has engañado! —gritó Taran—. ¡Sabías que encontraríamos el caldero y
lo que sucedería entonces!
—Pues claro que sí, polluelo mío —le replicó Orddu con voz melosa—. Pero sentíamos
mucha curiosidad por ver lo que haríais cuando lo encontraseis. ¡Y ahora que lo habéis
encontrado, ya lo sabemos!
Taran luchó desesperadamente por liberarse. Pese al terror que sentía, echó la cabeza
hacia atrás para mirar a Orddu con aire desafiante.
—¡Matadnos si queréis, arpías malvadas! —gritó—. ¡Sí, habríamos robado el caldero y
luego lo habríamos destruido! ¡Y volveré a intentarlo mientras me quede vida!
Taran se lanzó furiosamente contra el inamovible Crochan e intentó de nuevo con
todas sus fuerzas levantarlo del suelo. Todo fue en vano.
—Me encanta ver como se enfadan. ¿A ti no te ocurre igual? —murmuró Orwen con
expresión feliz a Orgoch.
—Ten cuidado —le aconsejó Orddu a Taran—, o acabarás haciéndote daño con tanto
tirar y empujar. Te perdonamos que nos hayas llamado arpías —añadió con indulgencia—
. Ahora estás inquieto, pobre polluelo, y eres capaz de soltar lo primero que se te ocurra.
—¡Sois unas criaturas malvadas! —exclamó Taran—. Haced de nosotros lo que os
plazca, pero tarde o temprano seréis vencidas. Gwydion sabrá cuál fue nuestro destino. Y
Dallben...
¡Sí, sí! —gritó Gurgi—. ¡Lo descubrirán, oh, sí! ¡Y entonces habrá grandes combates y
mandobles!
—Queridos pollitos míos —le replicó Orddu —, seguís sin entender nada, ¿verdad?
¿Malvadas? Vaya, benditos sean vuestros pequeños corazoncitos desbocados, no somos
malvadas.
—Me costaría bastante calificar todo esto como «bueno» —murmuró el bardo—. Al
menos, desde mi punto de vista personal.
—Naturalmente que no —le dijo Orddu—. No somos ni buenas ni malas: sencillamente,
nos interesan las cosas tal y como son. Y en este momento la cosa es, aparentemente,
que el Crochan os ha pillado.
—¡Y no os preocupa! —chilló Eilonwy—. ¡Eso es mucho peor que ser malvadas!
—Claro que nos preocupa, querida mía —le dijo Orwen intentando calmarla—. Lo que
ocurre es que no nos importa del mismo modo que a vosotros o, más bien, que la
preocupación no es un sentimiento que realmente pueda tener cabida en nuestra
naturaleza.
—Vamos, vamos —dijo Orddu—, no os torturéis con tales asuntos. Hemos estado
hablando sin parar y tenemos algunas noticias agradables para vosotros. Sacad el
Crochan de aquí, hace mucho calor y estamos demasiado apretados: luego os las
contaremos. Adelante —añadió—, ahora ya podréis levantarlo.
Taran miró a Orddu con desconfianza, pero pese a todo se arriesgó a empujar el
caldero. Éste se movió, y entonces Taran descubrió que sus manos habían quedado
libres. Con bastante trabajo, los compañeros consiguieron alzar el pesado Crochan y
sacarlo del gallinero.
El sol estaba sobre el horizonte. Depositaron el caldero en el suelo y se apartaron a
toda prisa de él. Los rayos luminosos del amanecer tiñeron el negro hierro de un color rojo
sangre.
—Sí, como decía —prosiguió Orddu mientras Taran y sus camaradas se frotaban
doloridos los brazos y las manos—, hemos estado hablando de ello y hemos llegado a un
acuerdo al que incluso Orgoch ha dado su conformidad..., bueno, si realmente queréis el
Crochan, os lo podéis llevar.
—¿Vais a permitir que lo cojamos? —exclamó Taran—. Después de todo lo que habéis
hecho, ¿vais a...? —Así es —le contestó Orddu —. El Crochan es inútil..., salvo para crear
Nacidos del Caldero. Arawn ha hecho que no sirva para nada más, como ya podréis
imaginar. Es una pena, pero así son las cosas... Y puedo aseguraros que los Nacidos del
Caldero son la última especie de criaturas que desearíamos ver paseando por aquí.
Hemos decidido que para nosotras el Crochan no es más que un estorbo. Y, dado que
sois amigos de Dallben...
—¿Nos entregáis el Crochan? —preguntó Taran, asombrado.
—Será un placer aceptarlo, señoras mías —dijo el bardo.
—Calma, calma, patitos —les interrumpió Orddu —. ¿Daros el Crochan? ¡Oh, caramba,
no! Nosotras nunca damos nada. Para conseguir una cosa hay que ganársela. Pero os
ofrecemos la oportunidad de comprarlo.
—Ay, me temo que no tenemos ningún tesoro que entregaros a cambio —dijo Taran,
abatido.
—Oh, sería imposible esperar que pagarais tanto como Arawn —le replicó Orddu —,
pero estoy segura de que podréis hallar algo con que retribuirnos. Oh, digamos que...,
¿quizá el viento del norte encerrado en una bolsa?
—¿El viento del norte? —exclamó Taran—. ¡Eso es imposible! ¿Cómo podéis ni soñar
que...?
—Muy bien —dijo Orddu—, no queremos poneros demasiadas dificultades. Entonces,
que sea el viento del sur: es mucho más pacífico.
—¡Os burláis de nosotros! —exclamó Taran, enfadado—. El precio que pedís está más
allá de lo que cualquiera de nosotros puede pagar.
Al oírle, Orddu pareció vacilar.
—Quizá tengas razón —acabó admitiendo—. Bueno, entonces algo más personal. ¡Ya
lo tengo! —dijo con expresión radiante—. Danos... ¡el día de verano más hermoso que
puedas recordar! ¡No me dirás que eso también es difícil, pues ese día es tuyo y de nadie
más!
—Sí —dijo Orwen, excitada—, una hermosa tarde veraniega, llena de luz y olores que
inviten a echar la siesta...
—No hay nada tan dulce como la tarde veraniega de un corderito joven y tierno —
murmuró Orgoch relamiéndose.
—¿Cómo os lo podría dar? —protestó Taran—. O, si a eso vamos..., ¿cómo podría
daros el día que fuera, cuando están..., bueno, están dentro de mí y no sé dónde? ¡No
podéis sacarlos de mi interior! Quiero decir que...
—Oh, podríamos intentarlo —musitó Orgoch. Orddu lanzó un suspiro lleno de
paciencia.
—Muy bien, gansitos míos. Hemos hecho nuestras sugerencias y ahora estamos
dispuestas a escuchar las vuestras. Pero tened bien en cuenta que el intercambio debe
ser justo y ha de consistir en algo que valoréis tanto como el Crochan.
—Yo tengo en gran aprecio mi espada —dijo Taran—. Es la primera que he tenido y,
además, es un regalo de Dallben. La perdería gustosamente si fuera a cambio del
Crochan.
Empezó a quitársela del cinto, pero Orddu le detuvo con un gesto; por su expresión,
parecía claro que no les interesaba nada la oferta de Taran.
—¿Una espada? —dijo, meneando la cabeza—. No, patito mío, caramba que no...
Tenemos ya tantas..., de hecho, tenemos demasiadas. Y algunas de ellas son armas
famosas que pertenecieron a grandes guerreros.
—Entonces —dijo Taran sin vacilar—, os ofrezco a Lluagor. Es una montura de gran
nobleza —vio como Orddu fruncía el ceño y se calló, sin saber qué decir—. O... —añadió
de mala gana—, también está mi caballo, Melynlas, hijo de Melyngar, la montura del
mismísimo príncipe Gwydion. No hay corcel más seguro ni veloz. Le aprecio más que a
cualquier otro...
—¿Caballos? —dijo Orddu—. No, eso no sirve. Es una molestia darles de comer y
tener que estar siempre cuidándolos. Además, teniendo aquí a Orgoch es muy difícil
conservar ninguna mascota.
Taran se quedó callado unos instantes. Su rostro palideció al pensar de pronto en el
broche de Adaon, y se llevó la mano al cuello con un ademán protector.
—Todo lo que me resta es... —empezó a decir lentamente.
—¡No, no! —gritó Gurgi abriéndose paso hacia la bruja con la alforja en la mano—.
¡Coged el gran tesoro de Gurgi! ¡Coged la bolsa del morder y el mascar!
Nada de comida —dijo Orddu —, eso tampoco sirve. La única de las tres que siente
algún interés por la comida es Orgoch, y estoy segura de que en vuestra alforja no hay
nada capaz de tentarla.
Gurgi se quedó mirando a Orddu con aire alicaído.
—Pero es todo lo que el pobre Gurgi tiene para dar —dijo, extendiendo nuevamente la
alforja.
La bruja sonrió, meneando la cabeza. Gurgi dejó caer las manos a los costados, con
los hombros repentinamente encorvados, y se apartó de ella abatido.
—Deben gustaros las joyas —dijo rápidamente Eilonwy. Se sacó el anillo del dedo y se
lo ofreció a Orddu —. Es muy bonito —dijo Eilonwy—, me lo dio el príncipe Gwydion.
¿Veis la piedra? Fue tallada por el Pueblo Rubio.
Orddu cogió el anillo y se lo acercó a los ojos, bizqueando terriblemente.
—Bonito, bonito —dijo—. Muy lindo. Casi tan lindo como tú, corderita mía. Pero es
mucho más antiguo. No, me temo que no. Tenemos también montones de anillos, y la
verdad es que ya no deseamos tener más: guárdalo, pollita. Puede que algún día lo
encuentres útil, pero estoy segura de que nosotras no sabríamos qué hacer con él.
Le devolvió el anillo a Eilonwy y ésta, tristemente, se lo puso de nuevo en el dedo.
—Tengo otra cosa que aprecio como un tesoro —prosiguió Eilonwy. Metió la mano
entre los pliegues de su capa y sacó de ella la esfera dorada—. Mirad —dijo, haciéndola
girar entre sus dedos para que despidiera su brillante luz —. Es mucho mejor que una
simple luz —les dijo—. Con ella se ven las cosas distintas, más claras..., es muy útil.
—Oh, qué detalle tan dulce ofrecérnosla —dijo Orddu —. Pero ¿ves?, es otra cosa que
realmente no necesitamos.
—¡Señoras, señoras! —exclamó Fflewddur—. Habéis dejado que se os escapara la
posibilidad de hacer un excelente negocio. —Dio un paso adelante y cogió el arpa que
llevaba al hombro—. Puedo entender perfectamente que las alforjas de comida y todo lo
demás no os interese, claro, pero os pido que consideréis un poco este arpa. Vivís muy
solas en este lúgubre pantano —prosiguió —, y un poco de música debería sentaros a las
mil maravillas.
»El arpa prácticamente toca sola —continuó diciendo.
Apoyó el instrumento bellamente esculpido en su hombro y, rozando apenas las
cuerdas, hizo que el aire se llenara de un prolongado y hermoso acorde.
—¿Habéis visto? —exclamó el bardo—. ¡No hay nada que se le pueda comparar!
—¡Oh, es muy linda! —murmuró Orwen con aire pensativo—. Y, claro, hay que pensar
en las canciones que podríamos interpretar para distraernos...
Orddu examinó de cerca el arpa.
—Veo que hay unas cuantas cuerdas que han sido anudadas hace poco. ¿Quizá la
humedad las ha afectado?
—No, no se trata exactamente de la humedad —dijo el bardo—. Conmigo tienen
tendencia a romperse frecuentemente. Pero sólo cuando..., bueno, cuando exagero un
poco los hechos para darles color. Estoy seguro, señoras mías, de que vosotras no
tendréis tal problema.
—Puedo entender muy bien que la aprecies —dijo Orddu—. Pero si queremos música,
siempre podemos hacer venir a unos cuantos pájaros. No, pensándolo bien, sería
bastante molesto tener que mantenerla afinada y todas esas cosas...
—¿Estáis seguros de no tener nada más? —les preguntó Orwen esperanzada.
—Eso es todo —le respondió el bardo, decepcionado—, absolutamente todo. A menos
que deseéis quitarnos las capas que llevamos sobre los hombros...
—¡Oh, por supuesto que no! —dijo Orddu—. No estaría bien que unos patitos como
vosotros fueran por ahí sin nada para taparse. Os moriríais de frío y entonces, ¿de qué
iba a serviros el Crochan?
»Lo siento terriblemente, gallinitas mías —prosiguió Orddu—. A decir verdad, parece
que no tenéis nada capaz de interesarnos. Muy bien, entonces nos quedaremos el
Crochan y vosotros seguiréis vuestro camino.
15 - El Crochan Negro
—Adiós, lechucitas —dijo Orddu, volviéndose hacia la cabaña—. Es una pena que no
hayáis podido hacer ningún trato con nosotras. Pero eso..., bueno, así son las cosas. Iros
volando a vuestro nidito y dadle muchos recuerdos cariñosos de nuestra parte al pequeño
Dallben.
—¡Esperad! —gritó Taran, lanzándose tras ella.
Eilonwy, que se dio cuenta de lo que pensaba hacer, le cogió del brazo e intentó
protestar. Taran la apartó suavemente. Orddu se detuvo y se volvió a mirarle.
—Hay... hay otra cosa más —dijo Taran en voz muy baja. Irguió el cuerpo y tragó
aire—. El broche que llevo, el regalo de Adaon, Hijo de Taliesin.
—¿Un broche? —dijo Orddu, contemplándole con curiosidad—. ¿Un broche, de veras?
Sí, eso podría ser más interesante. Quizá fuera lo apropiado... Tendrías que haberlo
mencionado antes.
Taran alzó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Orddu. En ese momento
tuvo la sensación de que no había nadie más con ellos. Se llevó la mano lentamente a la
garganta y sintió que el poder del broche se agitaba en su interior.
—Habéis estado jugando con nosotros, Orddu —murmuró—. Visteis que llevaba el
broche de Adaon cuando llegamos aquí y reconocisteis muy bien lo que era.
—¿Importa eso? —le replicó Orddu —. Sigue siendo cosa tuya decidir si quieres usarlo
para hacer el trato o no. Sí, conocemos bien el broche. Menwy, Hijo de Teirgwaedd, el
primer bardo, lo creó hace mucho tiempo.
—Podríais habernos matado —murmuró Taran—, y tomar luego el broche.
Orddu le sonrió con tristeza.
—¿No lo entiendes aún, pobre gallinita? Al igual que ocurre con el conocimiento, la
verdad y el amor, el broche debe ser entregado voluntariamente o su poder desaparece.
Ah, y realmente está lleno de poder... También debes entender eso, ya que Menwy el
bardo puso en él un potente hechizo y lo llenó de sueños, sabiduría y visiones. Con ese
broche, un patito como tú podría ganar muchas glorias y honores. ¿Quién podría decir
hasta dónde llegaría? Sería capaz de rivalizar con los héroes de Prydain..., con todos,
incluso con Gwydion, príncipe de Don.
«Piénsalo bien, patito —dijo Orddu—. Una vez que lo hayas entregado, ya no volverá
nunca más a ti. ¿Quieres realmente cambiarlo por un caldero maligno que pretendes
destruir?
Mientras sostenía el broche, Taran recordó con amarga claridad todas las alegrías que
había tenido viendo y oliendo por medio de él: las gotas de rocío sobre la telaraña, cómo
había logrado salvar a sus compañeros de la avalancha, el modo en que Gurgi había
alabado su sabiduría, los ojos admirados de Eilonwy y cómo Adaon le había confiado el
broche... Una vez más sintió que en su interior se agitaba el orgullo nacido de la fuerza y
la sabiduría. Inmóvil a sus pies, el horrible caldero parecía burlarse de él.
Taran asintió, casi incapaz de hablar.
—Sí —dijo agotado—, haré ese trato.
Se quitó lentamente el broche del cuello y, cuando dejó caer el trozo de hierro en la
mano extendida de Orddu, fue como si en su corazón chispeara una luz para morir en
seguida, casi arrancándole un grito de angustia.
—¡Hecho, gallinita mía! —gritó Orddu —. ¡El broche por el Crochan!
Sus compañeros permanecían a su alrededor, silenciosos y con el rostro abatido.
Taran apretó los puños.
—El Crochan es nuestro —dijo, clavando los ojos en el rostro de Orddu —. ¿No es así?
¿Es nuestro y podemos hacer con él lo que nos plazca?
—Pues claro que sí, querido pajarillo mío —dijo Orddu —. Nosotras nunca rompemos
un trato. Es vuestro por completo y de ello no cabe duda alguna.
—En vuestro establo vi martillos y barras de hierro —dijo Taran—. ¿Nos dejaréis
usarlas? O... —añadió con amargura—¿debemos pagar aún otro precio por ellas?
—Usadlas, usadlas, no faltaría más —le replicó Orddu —. Digamos que eso forma
parte del trato, y debemos admitir que eres un polluelo muy osado al hablar así.
Taran llevó a sus compañeros hasta el establo y una vez allí se detuvo.
—Comprendo muy bien lo que pensabais hacer —les dijo en voz baja y calmada,
estrechándoles las manos uno a uno—. Todos habríais entregado vuestro mayor tesoro
por mí. Me alegro de que Orddu no cogiera tu arpa, Fflewddur —añadió—. Sé que sin tu
música serías mucho más desgraciado que yo sin mi broche. Y tú, Gurgi, jamás debiste
intentar sacrificar tu comida por mí. Eilonwy, tu anillo y tu juguete son demasiado
hermosos y útiles como para cambiarlos por un feo Crochan.
»Ahora —dijo Taran—, todas esas cosas son doblemente preciosas. Y vosotros
también lo sois, pues habéis demostrado ser los mejores camaradas que se puede tener.
—Cogió un pesado martillo que había apoyado en la pared—. Venid ahora, amigos, pues
debemos terminar una tarea.
Armados con cuñas y barras de hierro, los compañeros regresaron presurosos y,
mientras las tres brujas les contemplaban, Taran levantó su martillo y lo dejó caer luego
con todas sus fuerzas sobre el Crochan.
El martillo rebotó y el caldero resonó como una lúgubre campana que anuncia el
desastre, sin que se hubiera formado en él ni una grieta. Lanzando un grito de ira, Taran
golpeó de nuevo; también el bardo y Eilonwy descargaban sobre el caldero una lluvia de
golpes y Gurgi lo atacaba con su barra de hierro.
Pese a todos sus esfuerzos, en el caldero no apareció ni la más leve señal. Empapado
en sudor, Taran, agotado, se apoyó sobre el martillo y se limpió el rostro con la mano.
—Oh, gansitos, debisteis decirnos antes lo que pretendíais hacer —exclamó Orddu —.
Ya sabréis que al Crochan no se le puede hacer eso...
—El caldero nos pertenece —le replicó Eilonwy—. Taran ha pagado más que suficiente
por él. ¡Si queremos hacerlo pedazos, es cosa nuestra!
—Naturalmente —dijo Orddu —, y tenéis toda la libertad del mundo para darle
martillazos y patadas desde ahora hasta que los pájaros vuelvan a sus nidos. Pero, mis
tontos gansitos, nunca lograréis destruir el Crochan de ese modo. ¡No, caramba, lo estáis
haciendo muy mal!
Gurgi, que iba a meterse en el Crochan para atacar el metal desde dentro, se detuvo a
escuchar.
—Dado que el Crochan es vuestro —prosiguió Orddu—, tenéis derecho a saber cómo
es posible destruirlo. Sólo hay una forma, aunque es muy cómoda, limpia y sencilla...
—Entonces, ¡dinos cuál es! —gritó Taran—. ¡Así podremos acabar con este objeto
maligno!
—Alguien debe meterse dentro de él —dijo Orddu —, y cuando lo haga el Crochan se
quebrará en mil pedazos. Pero —añadió— debo deciros que ese modo de acabar con el
caldero tiene una faceta muy desagradable...: el pobre patito que entre en él jamás
volverá a salir vivo de su interior.
Con un chillido de pánico, Gurgi dio un salto para apartarse del caldero y echó a correr
hasta hallarse a buena distancia. Una vez se consideró a salvo, blandió furioso su barra
de hierro y amenazó al Crochan con el puño.
—Sí —dijo Orddu, sonriendo—, ése es el modo. El Crochan sólo os costó un broche,
pero destruirlo costará una vida. Y no sólo eso: quien entregue su vida al Crochan debe
hacerlo voluntariamente y sabiendo muy bien el precio que paga.
»Y ahora, gallinitas mías —prosiguió—, debemos despedirnos. Orgoch tiene un sueño
terrible. Nos habéis hecho levantar muy temprano, ¿comprendéis? Adiós, adiós.
Agitó su mano y, seguida por las otras dos brujas, entró en la cabaña.
—¡Alto! —gritó Taran—. Dime..., ¿no hay otro modo? —le suplicó, corriendo hasta la
puerta.
Orddu asomó la cabeza un momento.
—No hay otro modo, gallinita mía —le dijo, y por primera vez había una sombra de
compasión en sus palabras.
La puerta se cerró con un fuerte golpe delante de Taran. En vano la golpeó con los
puños: las brujas no le contestaron y hasta la ventana se oscureció de repente con una
niebla negra e impenetrable.
—Cuando Orddu y sus amigas se despiden lo hacen a conciencia —señaló el bardo—.
Dudo que volvamos a verlas —añadió, con el rostro mucho más alegre—, Y ésa es la
mejor noticia que me han dado en lo que llevamos de mañana.
Taran, agotado, dejó caer su martillo al suelo.
—Tiene que haber alguna otra posibilidad a nuestro alcance —dijo—. No podemos
destruir el Crochan y no podemos correr el riesgo de perderlo...
—Escondámoslo —sugirió Fflewddur—. Enterrémoslo...; y yo diría que lo hagamos tan
pronto como podamos. Puedes estar bien seguro de que no encontraremos a nadie con
ganas de saltar ahí dentro y destruir el caldero para hacernos un favor.
Taran sacudió la cabeza.
—No podemos esconderlo. Tarde o temprano Arawn lo encontraría, y todos nuestros
esfuerzos habrían sido en vano. Dallben sabrá qué hacer —prosiguió —. Sólo él posee la
sabiduría necesaria para ocuparse del caldero. Gwydion había planeado llevar el Crochan
a Caer Dallben y ahora ésa debe ser nuestra misión.
Fflewddur asintió.
—Supongo que eso será lo más seguro. Pero este armatoste es enorme e incómodo:
no logro imaginarme a nosotros cuatro llevándolo por los senderos de la montaña...
Los compañeros condujeron a Lluagor y Melynlas ante la silenciosa cabaña y
sostuvieron el caldero con cuerdas entre los dos corceles. Gurgi y Eilonwy guiaban a las
monturas con su pesada carga, mientras Taran y el bardo caminaban, uno delante y otro
detrás, impidiendo que el Crochan se moviera demasiado.
Aunque anhelaba abandonar la cabaña de Orddu, Taran no se atrevió a cruzar
nuevamente los pantanos de Morva y acabó decidiendo que los compañeros rodearían
durante un trecho la ciénaga, manteniéndose en terreno firme y siguiendo un sendero que
bordeaba las zonas fangosas hasta llegar a los páramos.
—Es más largo —dijo Taran—, pero los pantanos son demasiado traicioneros. La vez
anterior me guió el broche de Adaon. Ahora —añadió con un suspiro— me temo que os
conduciría al mismo destino que tuvieron los Cazadores.
—¡Ésa es una idea bastante buena! —exclamó el bardo—. No para nosotros, quiero
decir —añadió a toda prisa—, sino para el Crochan. ¡Hundamos esa espantosa olla en las
arenas movedizas!
—¡No, gracias! —contestó Eilonwy—. Cuando lográramos encontrar arenas movedizas
ya nos estaríamos hundiendo con el Crochan. Si estás cansado podemos cambiar de sitio
y tú guiarás a Melynlas.
—En absoluto, en absoluto —gruñó Fflewddur—. No pesa tanto. De hecho encuentro el
ejercicio de lo más tonificante. ¡Un Fflam jamás flaquea!
Apenas lo hubo dicho se rompió una cuerda del arpa, pero el bardo no se enteró:
estaba demasiado ocupado sosteniendo el caldero para que no se balanceara.
Taran avanzaba en silencio, abriendo la boca sólo para indicarles el camino a Eilonwy y
Gurgi. Siguieron así durante todo el día, descansando brevemente de vez en cuando; no
obstante, al llegar el ocaso Taran se dio cuenta de que habían cubierto muy poca
distancia y de que aún les faltaba un trecho para llegar a los páramos. También percibía
lo cansado que estaba: una fatiga pesada como el Crochan abrumaba su alma, algo que
no había sentido mientras llevaba el broche de Adaon.
Acamparon en un brezal frío y desolado sobre el que colgaba como un sudario la
neblina que se alzaba desde los pantanos de Morva. Una vez allí libraron del peso del
Crochan a los cansados corceles mientras Gurgi sacaba comida de su alforja. Después
de la cena, Fflewddur se animó un poco y, aunque temblaba a causa del frío y la
humedad, se llevó el arpa al hombro e intentó alegrar a sus compañeros con una canción.
Taran, que normalmente acogía con placer cada ocasión de oír la música del bardo, se
quedó sentado a cierta distancia, vigilando con expresión abatida el caldero. Unos
instantes después, Eilonwy se acercó a él y le puso la mano en el hombro.
—Me doy cuenta de que no te consolará mucho —le dijo—, pero si lo miras bien..., en
cierto modo, realmente no les diste nada a las brujas. Les entregaste el broche y todos los
poderes que iban con él, pero debes darte cuenta de que todos procedían del broche. No
estaban dentro de ti.
»Pienso que habría sido mucho peor darles un día de verano —añadió—, porque eso
es parte de ti. Yo sé muy bien que no habría querido darles ni uno solo de mis días
veraniegos..., ni siquiera uno de invierno, si a eso vamos. Por lo tanto, si lo piensas bien,
Orddu no te quitó nada..., ¡después de todo, sigues siendo tú mismo, y eso no podrás
negármelo!
—Sí —respondió Taran—, sigo siendo solamente un Aprendiz de Porquerizo. Debí
saber muy bien que aquello era demasiado bello para que durase.
—Quizá estés en lo cierto —dijo Eilonwy—; sin embargo, en lo que respecta a ser
Aprendiz de Porquerizo, pienso que como tal eres magnífico. Créeme, no tengo ni la
menor duda de que eres el mejor Aprendiz de Porquerizo de toda Prydain. No tengo ni
idea de cuántos habrá, pero eso no importa..., y dudo que ni uno solo de ellos hubiera
hecho lo que tú.
—No podía obrar de otro modo —dijo Taran—, si queríamos conseguir el caldero.
Orddu dijo que sólo les interesaban las cosas tal y como son —prosiguió—. Ahora creo
que en realidad les preocupan las cosas tal y como deberían ser... Adaon sabía que su
destino estaba ya decidido —prosiguió Taran, volviéndose hacia Eilonwy, con la voz más
firme ahora—, y no intentó huir de él, aunque le iba a costar la vida. Pues bien —afirmó—,
si hay un destino aguardándome, me enfrentaré a él. Mi única esperanza es que pueda
hacerlo con tanta dignidad como Adaon.
—Pero no debes olvidar —dijo Eilonwy—, ocurra lo que ocurra, que conseguiste el
caldero que deseaban Gwydion, Dallben y todos nosotros también. Eso es algo que nadie
podrá quitarte y sólo por eso ya tienes una razón para estar orgulloso.
Taran asintió.
—Sí, al menos eso lo conseguí.
No dijo nada más, y Eilonwy se retiró en silencio, dejándole allí.
Cuando los otros llevaban ya largo rato dormidos, Taran seguía sentado contemplando
el Crochan. Pensó cuidadosamente en todo lo que le había dicho Eilonwy y su
desesperación se hizo algo menos intensa: en lo más hondo de su ánimo sintió nacer una
débil llamita de orgullo. Muy pronto el caldero estaría en manos de Gwydion y aquella
larga misión habría terminado.
—Al menos he conseguido eso —se repitió Taran, hablando consigo mismo, y en su
corazón floreció nuevamente el coraje.
Pero al oír el viento que gemía sobre el brezal, con el Crochan alzándose ante él como
una férrea sombra, pensó otra vez en el broche, y con el rostro enterrado en las manos,
lloró.
16 - El río
El sueño de aquella noche no refrescó demasiado a Taran y su cansancio al despertar
era casi tan agudo como al dormirse. Pese a ello, avisó a sus compañeros apenas
despuntaba el alba; con gran esfuerzo empezaron a disponer de nuevo las sogas que
ataban el Crochan a Lluagor y Melynlas. Cuando hubieron terminado, Taran miró a su
alrededor con inquietud.
—En estos páramos no hallaremos ningún escondite —di jo—. Había tenido la
esperanza de ir por terreno llano, con lo que nuestro viaje habría resultado más fácil, pero
temo que Arawn tenga a todos sus gwythaints buscando el Crochan. Más pronto o más
tarde nos encontrarían, y en esos lugares podrían lanzarse sobre nosotros como
gavilanes sobre indefensas gallinas.
—Por favor, no hables de gallinas —dijo el bardo torciendo el gesto—, ya tuve
bastantes con Orddu.
¡Gurgi protegerá a su buen amo! —gritó Gurgi.
Sé que harás cuanto esté a tu alcance —le dijo —, pero ni todos nosotros juntos
podemos enfrentarnos a un solo gwythaint —Taran sacudió la cabeza—. No —dijo de
mala gana—, creo que lo mejor será desviarse hacia el bosque de Idris. El camino es más
largo, pero al menos nos dará cierta protección.
Eilonwy estuvo de acuerdo.
—Normalmente no es muy sabio ir en dirección opuesta a la de tu meta —dijo—, pero
puedes estar bien seguro de que no deseo combatir con ningún gwythaint.
—Entonces, adelante —dijo Fflewddur—. ¡Un Fflam jamás desfallece! ¡Aunque no sé
muy bien cómo acabarán mis doloridos huesos!
Mientras estuvieron en los páramos, los compañeros no hallaron grandes dificultades,
pero al adentrarse en el bosque de Idris el Crochan se hizo cada vez más incómodo de
llevar. Pese a que los árboles y la maleza les ofrecían un escondite protector, los
senderos eran muy angostos. Lluagor y Melynlas tropezaban con bastante frecuencia y,
aunque se esforzaban valerosamente, en más de una ocasión estuvo el caldero a punto
de quedar atascado entre la espesura.
Taran les indicó que se detuvieran.
—Nuestros corceles han hecho todo lo posible —dijo, acariciando con suavidad el
cuello de Melynlas—. Ahora nos toca a nosotros ayudarles. Ojalá Doli estuviera aquí —
dijo con un suspiro—. Estoy seguro de que hallaría un modo más sencillo y cómodo de
llevar el Crochan. Pensaría un poco y se le ocurriría alguna idea inteligente, como hacer
algún tipo de armazón con ramas y lianas...
—¡Eso es! —exclamó Eilonwy—. ¡Tú mismo acabas de encontrarlo! ¡Lo haces
sorprendentemente bien para no tener el broche de Adaon!
Con sus espadas, Taran y el bardo cortaron ramas bien resistentes mientras Eilonwy y
Gurgi recogían lianas de los árboles. Taran sintió que se le alegraba un poco el ánimo al
ver como la armazón iba tomando forma según su plan: los compañeros colocaron el
Crochan en ella y emprendieron de nuevo la marcha; no obstante, incluso con su ayuda y
por mucho que se esforzaran, el avance era lento y penoso.
—¡Oh, pobres brazos cansados! —gimió Gurgi —. ¡Oh, labores y dolores! ¡Esta olla
malvada resulta un amo cruel y duro para todos nosotros! ¡Oh, dolor y pena! ¡El
desfallecido Gurgi jamás volverá a marcharse de Caer Dallben sin permiso!
Taran sintió que las ásperas ramas le herían los hombros y apretó los dientes hasta
casi hacerlos rechinar. También él empezaba a tener la impresión de que el gigantesco y
horrible caldero había cobrado una extraña vida propia. El Crochan, achaparrado y
oscurecido por la sangre, parecía acechar a su espalda mientras Taran avanzaba
tambaleándose por entre la maleza. Se quedaba aprisionado en las ramas una y otra vez,
como si extendiera hacia ellas anhelantes miembros invisibles, y los compañeros debían
esforzarse entonces al máximo para soltarlo y avanzar de nuevo.
Aunque hacía tanto frío que su aliento se convertía en nubéculas blancas, tenían las
ropas empapadas en sudor y los zarzales las habían convertido prácticamente en
harapos.
Los árboles eran cada vez más abundantes y tupidos, y el suelo iba subiendo de nivel
hasta formar una colina. A Taran le parecía que el Crochan se hacía más pesado a cada
paso que daban. Sus fauces abiertas le contemplaban con burla; el caldero iba minando
sus fuerzas mientras él luchaba y se esforzaba para hacerlo subir por la cuesta.
Los compañeros habían llegado casi a la cima cuando de repente una de las ramas
que sostenían el Crochan se partió: el caldero cayó al suelo, arrastrando con él a Taran.
Se puso en pie, dolorido, se frotó el hombro y contempló el caldero, que parecía
devolverle la mirada con desprecio.
—Es inútil —jadeó Taran agitando la cabeza—, jamás conseguiremos cruzar el bosque
con él. Es inútil intentarlo...
—Me recuerdas a Gwystyl —observó Eilonwy—. Si no fuera porque tengo los ojos
abiertos, no encontraría ninguna diferencia entre los dos.
—¡Gwystyl! —exclamó el bardo, contemplando con pena sus manos llenas de ampollas
y cortes —. ¡Cómo envidio su madriguera de conejo ahora! A veces pienso que acertó de
pleno...
—Somos demasiado pocos para transportar semejante peso —dijo Taran
desesperado—. Con otro caballo o con dos manos más quizá tuviéramos una
oportunidad, pero así no hacemos sino engañarnos a nosotros mismos pensando que
podemos llevar el Crochan a Caer Dallben.
—Puede que eso sea cierto —dijo Eilonwy con un suspiro de cansancio—, pero no se
me ocurre qué otra cosa podemos hacer, salvo seguir engañándonos. Puede que si lo
hacemos el tiempo suficiente acabemos llegando a casa...
Taran cortó otra rama, pero el corazón le pesaba tanto como el mismísimo Crochan.
Una vez que los compañeros hubieron conseguido transportar su carga hasta la cima, y
después de descender a un profundo valle, Taran estuvo a punto de caer al suelo
desesperado. Ante ellos se extendía un río turbulento que parecía una amenazadora
serpiente marrón.
Taran contempló con expresión abatida las espumeantes aguas durante un instante y
luego les dio la espalda.
—Nuestro destino es que el Crochan no llegue jamás a Caer Dallben.
—¡Tonterías! —gritó Eilonwy—. ¡Si te detienes ahora, habrás entregado el broche de
Adaon a cambio de nada! ¡Eso es peor que ponerle un collar a un búho para dejar luego
que salga volando!
—Si no me equivoco —dijo Fflewddur, intentando animar a Taran—, ése debe ser el río
Tewyn. Lo he cruzado algo más al norte, allí donde nace. Es sorprendente la cantidad de
información que llegas a recoger siendo un bardo vagabundo...
—Ay, amigo mío, eso no nos sirve de nada —dijo Taran—, a no ser que volvamos
hacia el norte y crucemos el río por donde no es tan caudaloso.
—Me temo que eso tampoco iría demasiado bien —dijo Fflewddur—. Para seguir ese
camino deberíamos subir por las montañas. Si vamos a cruzar el río, tendremos que
hacerlo por aquí.
—Ahí abajo parece algo más angosto —dijo Eilonwy, señalando hacia un punto en que
el río trazaba una curva—. Muy bien, Taran de Caer Dallben —dijo —, ¿qué hacemos?
No podemos quedarnos aquí sentados hasta que los gwythaints o algo aún más
desagradable acabe encontrándonos y, ciertamente, no podemos volver con Orddu para
ofrecerle nuevamente el Crochan.
Taran tragó una honda bocanada de aire.
—Si todos estáis dispuestos —dijo—, intentaremos cruzar.
Los compañeros llevaron lentamente el Crochan hasta la orilla, luchando con su
aplastante peso. Mientras Gurgi, guiando los caballos, se iba adentrando cautelosamente
en la corriente, poniendo primero un pie y luego el otro, Taran y el bardo avanzaron
sosteniendo el caldero; Eilonwy iba detrás para impedir que se agitara. El agua helada
hirió las piernas de Taran como si fuera un cuchillo. Hundió los talones en el lecho del río,
intentando sostenerse mejor, y sintió que se hundía: Fflewddur, a su lado, se esforzaba
para que la corriente no se llevara la armazón. Taran sintió que el frío del agua le impedía
respirar, y la cabeza empezó a darle vueltas mientras las ramas se deslizaban entre sus
dedos ateridos.
Durante un breve instante de terror notó que caía; entonces su pie encontró una roca y
logró apoyarse en ella. Las lianas crujieron al tensarse bajo el peso del caldero, sacudido
por la corriente. Ahora los compañeros se encontraban en el centro del río y el agua les
llegaba sólo hasta la cintura. Taran levantó el rostro, del que chorreaba agua fangosa, y
vio que la orilla no estaba muy lejos. El terreno parecía menos abrupto y el bosque no era
tan denso.
—¡Pronto estaremos ahí! —gritó, recobrando el ánimo. Gurgi ya había sacado los
caballos del agua y volvía hacia el río para ayudar a sus compañeros.
Un poco más cerca de la orilla, el fondo del río se volvía rocoso. Taran avanzó casi a
ciegas por entre las piedras resbaladizas y traicioneras. Ante él se alzaba una masa de
grandes peñascos que le obligaron a tener mucho cuidado con el Crochan. Gurgi tendía
ya las manos hacia él cuando de pronto Taran oyó que el bardo lanzaba un agudo grito.
El caldero estuvo a punto de volcar y Taran empujó hacia adelante con todas sus fuerzas.
Eilonwy cogió el caldero por el mango y tiró desesperadamente de él al tiempo que Taran
se derrumbaba en la orilla.
El Crochan rodó sobre sí mismo y quedó medio hundido en el barro.
Taran se volvió para ayudar a Fflewddur. El bardo había tropezado con las rocas y, tras
haber caído entre ellas, se esforzaba ahora por llegar a la orilla. Tenía el rostro lívido a
causa del dolor y el brazo derecho le colgaba inútil del costado.
—¿Se ha roto? ¿Se ha roto? —gimió Fflewddur mientras Taran y Eilonwy le
arrastraban hacia la orilla.
—Podré responderte dentro de un momento —dijo Taran.
Le ayudó a sentarse y apoyó la espalda del bardo, que estaba a punto de desfallecer,
en el tronco de un aliso. Abrió la capa de Fflewddur y, tras cortarle la manga del jubón,
examinó cuidadosamente el brazo herido. Taran se dio cuenta en seguida de que,
además del considerable golpe de la caída, una de las patas del Crochan había herido
profundamente a Fflewddur en el costado.
—Sí —dijo Taran con voz grave—, me temo que se ha roto.
Al oír sus palabras, el bardo emitió un prolongado quejido y agachó la cabeza.
—Terrible, terrible —gimió—. Un Fflam siempre está alegre, pero esto es muy difícil de
soportar...
—Fue un accidente bastante grave —dijo Eilonwy, intentando ocultar su
preocupación—, pero no debes tomártelo así. Puede arreglarse, encontraremos el modo
de...
—¡Es inútil! —gritó Fflewddur desesperado —. ¡Nunca será igual que antes! ¡Y todo es
culpa de ese maldito Crochan! ¡Oh, estoy seguro de que esa cosa horrible me atacó
deliberadamente!
—Te prometo que acabarás poniéndote bien —dijo Taran.
Mientras intentaba tranquilizar al preocupado Fflewddur, arrancó unas cuantas tiras
bien anchas de su capa.
—Dentro de nada estará tan bien como antes —añadió—. Naturalmente, no podrás
mover el brazo hasta que se haya curado.
—¿El brazo? —dijo Fflewddur—. ¡No es el brazo lo que me preocupa! ¡Es mi arpa!
—Tu arpa se halla en mejor estado que tú —dijo Eilonwy, que descolgó del hombro de
Fflewddur su instrumento y se lo puso en el regazo.
—¡Gran Belin, qué susto me habías dado! —dijo Fflewddur, acariciando el arpa con la
mano sana—. ¿Brazos? Claro que sí, siempre se curan sin ningún problema. Al menos
una docena de veces me he..., sí, bueno, quiero decir que una vez me torcí la muñeca
mientras practicaba un poco de esgrima...; en cualquier caso, tengo dos brazos..., ¡pero
sólo un arpa! —El bardo lanzó un inmenso suspiro de alivio—. Ciertamente, ya estoy
mejor.
Pese a que sonreía con valentía, Taran pudo percibir que el bardo sufría bastante más
de lo que revelaban sus palabras. Con gestos tan diestros como cuidadosos, Taran
escogió una rama del tamaño adecuado y la colocó a lo largo del miembro herido, que
luego envolvió apretadamente con las tiras de tela, entablillando así el brazo de
Fflewddur. Después cogió unas hierbas de la alforja que llevaba Lluagor.
—Mastícalas —le dijo al bardo—, te aliviarán el dolor. Y será mejor que permanezcas
sin moverte ni lo más mínimo durante un buen rato.
—¿Quedarme aquí tendido? —exclamó el bardo—, ¡No, ahora menos que nunca!
¡Debemos sacar esa repugnante marmita del fango!
Taran meneó la cabeza.
—Nosotros tres lo intentaremos. Con un brazo roto, ni siquiera un Fflam puede sernos
de gran ayuda.
—¡Imposible! —gritó Fflewddur—. ¡Un Fflam siempre ayuda! Intentó levantarse del
suelo, pero volvió a desplomarse con un quejido de dolor. Jadeando a causa del esfuerzo,
se quedó callado, y contempló con aire abatido su brazo.
Taran cogió las cuerdas y, con Gurgi y Eilonwy siguiéndole, se metió en el agua. El
Crochan estaba medio sumergido: la corriente formaba remolinos alrededor de la abertura
y el caldero parecía hablar con un murmullo desafiante. Taran vio que, aunque la armazón
de ramas no se había roto, el caldero había quedado atrapado entre dos rocas. Hizo un
nudo corredizo con la soga, lo pasó por una de las patas e indicó a Gurgi y Eilonwy que
tirasen al avisarles él.
Taran se adentró un poco más en el río y, agachándose, intentó meter el hombro bajo
el caldero mientras Gurgi y Eilonwy tiraban con todas sus fuerzas. El Crochan no se
movió.
Calado hasta los huesos y con las manos entumecidas, Taran luchó en vano con el
caldero. Finalmente volvió sin aliento y tambaleándose a la orilla y, una vez allí, ató las
sogas a Lluagor y Melynlas.
De nuevo se metió Taran en la gélida corriente e indicó con un grito a Eilonwy que
obligara a los caballos a alejarse del río. Las sogas se tensaron y los corceles se
esforzaron al máximo, en tanto que Taran empujaba con toda su alma el inamovible
caldero. El bardo había logrado ponerse en pie y les ayudaba en la medida de sus
fuerzas. Gurgi y Eilonwy se metieron en el agua y se reunieron con Taran; el Crochan, no
obstante, resistió incluso al esfuerzo combinado de los tres.
Desesperado, Taran les hizo una señal para que se detuvieran. Con el ánimo abatido,
los compañeros volvieron a la orilla.
—Acamparemos aquí el resto del día —dijo Taran—. Mañana, cuando hayamos
recobrado las fuerzas, lo intentaremos otra vez. No sé cómo, pero debe existir algún
modo de sacarlo. Está aprisionado entre las rocas y las algas y cuanto más nos
esforzamos más atascado parece quedar.
Miró hacia el río. El caldero, medio hundido en el agua, parecía observarles como un
maligno animal de presa.
—El caldero está lleno de mal y sólo males nos ha traído —dijo Taran—. Me temo que
ahora ha conseguido derrotarnos por fin.
Se apartó del río y detrás de él los arbustos se agitaron. Taran giró en redondo con la
espada desenvainada.
Y entre los árboles apareció una figura.
17 - El dilema
Era Ellidyr. Con Islimach tras él, fue hasta la orilla: su cabellera leonada estaba cubierta
de barro reseco y tenía el rostro manchado de tierra. En sus mejillas y sus manos se
veían huellas de crueles heridas; su jubón, lleno de sangre, le colgaba hecho harapos de
los hombros y ya no llevaba capa. En sus ojos rodeados por anillos oscuros ardía una luz
febril. Ellidyr se detuvo ante los compañeros, enmudecidos de sorpresa, y, echando la
cabeza hacia atrás, les contempló con expresión burlona.
—Me alegra encontraros —dijo con voz ronca—, valerosa tropa de espantapájaros. —
Sus labios se retorcieron en una tensa sonrisa cargada de amargura—. El porquerizo, la
criada..., no veo al soñador.
—¿Qué haces aquí? —le gritó Taran, encarándose con él—. ¿Osas pronunciar el
nombre de Adaon? Está muerto y yace enterrado bajo su túmulo. ¡Nos has traicionado,
Hijo de Pen-Llarcau! ¿Dónde estabas cuando los Cazadores cayeron sobre nosotros?
¿Dónde estabas cuando otra espada podría haber inclinado la batalla a nuestro favor? ¡El
precio fue la vida de Adaon, un hombre mucho mejor de lo que nunca llegarás a ser tú!
Ellidyr, sin contestarle, pasó junto a Taran y, moviéndose con cansad.) rigidez, tomó
asiento al lado de las alforjas.
Dadme algo de comer —dijo en tono brusco—. Sólo he tenido raíces y agua de lluvia
como provisiones.
¡Traidor malvado! —gritó Gurgi, levantándose de un salto—. ¡No hay morder y mascar
para el perverso villano, no, no!
—Contén la lengua —dijo Ellidyr—, o no tendrás cabeza con que moverla.
—Dadle comida como ha pedido —ordenó Taran.
Murmurando furioso, Gurgi obedeció y abrió su bolsa mágica.
—¡Y no creas que eres bienvenido aquí sólo porque te damos de comer! —le gritó
Eilonwy.
—La criada no parece muy alegre de verme —dijo Ellidyr—. Tiene mal genio.
—No puedo culparla por ello, realmente —dijo Fflewddur—, y no veo que debieras
esperar otra cosa. Nos jugaste una mala pasada. ¿Esperabas acaso que te recibiéramos
con una fiesta?
—Veo que al menos el rascador de arpas está con vosotros —dijo Ellidyr, cogiendo la
comida que le tendía Gurgi—. Pero veo también que ahora el pájaro tiene un ala rota.
—Otra vez pájaros —murmuró el bardo estremeciéndose—. ¿No me dejarán nunca
olvidar a Orddu?
—¿Por qué nos has buscado? —le preguntó secamente Taran—. Antes no tuviste
ningún escrúpulo en abandonarnos. ¿Qué te trae aquí ahora?
—¿Buscaros yo? —Ellidyr lanzó una áspera carcajada—. Busco los pantanos de
Morva.
—Bueno, pues estás muy lejos de ahí —exclamó Eilonwy—. Pero si tienes mucha prisa
por llegar, como yo espero, me encantará orientarte. Y cuando llegues, te sugiero que
busques a Orddu, Orwen y Orgoch. Ellas se alegrarán mucho más que nosotros cuando
te vean.
Ellidyr engulló a toda prisa su comida y se apoyó en las alforjas.
—Eso está mejor —dijo—, ya siento algo de vida en mi cuerpo.
—Espero que te sientas lo bastante vivo para marchar en seguida adonde vayas, sea
cual sea tu destino —le replicó enfadada Eilonwy.
—Y sea cual sea el vuestro —contestó Ellidyr—, os deseo que disfrutéis mucho con el
viaje. Encontraréis Cazadores más que suficientes para divertiros...
—¿Cómo? —gritó Taran—. ¿Siguen por aquí los Cazadores?
—Sí, porquerizo —le contestó Ellidyr—. Toda Annuvin anda revuelta. He logrado correr
más que los Cazadores, practicando el noble deporte de la liebre que huye ante los
sabuesos. También los gwythaints se divirtieron conmigo —añadió con una risa
despectiva—, aunque hacerlo les costó perder a dos miembros de su bandada. Pero
quedan los suficientes para ofreceros una buena caza, si eso es lo que buscáis.
—Espero que no los hayas atraído hacia nosotros —empezó a decir Eilonwy.
Ellidyr la interrumpió.
—No les llevaría a ningún sitio y menos aún hasta vuestro paradero, ya que lo
ignoraba. Cuando los gwythaints y yo nos despedimos, puedo aseguraros que no me fijé
demasiado en el camino que tomaba.
—Ahora puedes escoger con tiempo tu camino —dijo Eilonwy—, siempre que te lleve
lejos de nosotros. Y espero que lo recorras tan aprisa como hiciste al abandonarnos sin
aviso.
—¿Sin aviso? —rió Ellidyr—. Un Hijo de Pen-Llarcau no huye sigilosamente en la
noche como un ladrón. Erais demasiado lentos para mí y tenía asuntos muy urgentes de
los que ocuparme.
—¡Tu propia gloria! —le replicó secamente Taran—. No pensabas en nada más: di al
menos la verdad, Ellidyr.
—Es cierto que pretendía ir a los pantanos de Morva —dijo Ellidyr, sonriendo con
amargura—. Y es tamben cierto que no pude encontrarlos. Aunque lo habría conseguido
si los Cazadores no se hubieran interpuesto en mi camino...
»Por lo que ha dicho la criada —prosiguió Ellidyr—, deduzco que habéis estado en
Morva.
Taran asintió.
—Sí, hemos estado ahí. Ahora volvemos a Caer Dallben.
Ellidyr se rió de nuevo.
—Y también vosotros habéis fracasado. Pero dado que vuestro viaje fue el más largo,
os pregunto, ¿quién ha malgastado mayor cantidad de esfuerzo y sufrimiento?
—¿Fracasado? —exclamó Taran—. ¡No hemos fracasado! ¡El caldero es nuestro! Ahí
está —añadió, señalando la oscura forma del Crochan medio hundida en el barro.
Ellidyr se incorporó de un salto y miró hacia el río.
—¡Cómo es posible! —gritó con ira—¿Me habéis engañado una vez más? —Su rostro
se oscureció a causa de la rabia—. ¿He arriesgado de nuevo mi vida para que un
porquerizo me robara mi trofeo?
En sus ojos ardía la locura y su mano saltó hacia el cuello de Taran, pero éste la desvió
de un golpe.
—Jamás te he engañado, Hijo de Pen-Llarcau! —gritó—. ¿Tu trofeo? ¿Arriesgar tu
vida? Hemos perdido una vida y hemos derramado sangre por el caldero. Sí, príncipe de
Pen-Llarcau, hemos pagado por él un precio muy caro..., mucho más caro de lo que tú
puedas llegar a imaginar.
Ellidyr pareció estar a punto de ahogarse, tal era su rabia. Permaneció en pie sin
moverse, con el rostro contorsionado por la ira, y tardó unos instantes en lograr que de
nuevo su rostro adoptara la expresión fría y altanera de costumbre, aunque seguían
temblándole las manos.
—Así pues, porquerizo —dijo con voz ronca y sibilante—, has logrado encontrar el
caldero después de todo... Aunque, la verdad, me parece que ahora es más propiedad del
río que tuya. Ah, ¿quién podría haberlo dejado en semejante sitio sino un porquerizo?
¿No tenías el seso suficiente como para hacerlo trizas, en vez de llevarlo con vosotros?
—El Crochan no puede ser destruido a menos que alguien dé su vida entrando en él —
le respondió Taran—. Tenemos el seso suficiente para saber que sólo estará seguro en
manos de Dallben.
—¿Quieres ser un héroe, porquerizo? —le preguntó Ellidyr—. ¿Por qué no entras en
él? Estoy seguro de que tienes el valor suficiente para ello..., o quizá en el fondo de tu
ánimo seas un cobarde, y lo demuestras al tener la prueba ante ti.
Taran no hizo el menor caso a las burlas de Ellidyr.
—Necesitamos tu ayuda —le apremió—. No somos lo bastante fuertes: ayúdanos a
llevar el Crochan a Caer Dallben. Ayúdanos por lo menos a sacarlo del barro.
—¿Ayudaros? —Ellidyr lanzó una feroz carcajada—. ¿Ayudaros? ¿Para que así un
porquerizo pueda luego pavonearse ante Gwydion y alardear de sus hazañas? ¿Para que
un príncipe de Pen-Llarcau deba reírle las gracias? ¡No, de mí no recibiréis ninguna
ayuda! ¡Te advertí que debías cumplir con tus obligaciones! ¡Cumple ahora con ellas,
porquerizo!
—¡Gwythaints! —gritó Eilonwy de pronto señalando hacia el cielo.
Sobre los árboles se divisaban tres gwythaints que, cual compitiendo en velocidad con
las nubes impulsadas por el viento, se lanzaron sobre ellos. Taran y Eilonwy ayudaron a
Fflewddur y se metieron tambaleándose entre la maleza. Gurgi, medio enloquecido por el
miedo, se encargó de los caballos, a los que llevó al refugio ofrecido por los árboles.
Mientras Ellidyr les seguía, los gwythaints cayeron en picado con el viento silbando entre
sus plumas brillantes.
Los gwythaints volaron en círculos sobre el caldero en medio de roncos graznidos,
tapando el sol con sus negras alas. Uno de los feroces pájaros se posó por un instante en
el Crochan y aleteó estruendosamente. Los gwythaints no hicieron el menor intento de
atacar a los compañeros: trazaron otro círculo sobre el caldero y luego remontaron el
vuelo hacia lo alto, dirigiéndose al norte. Las montañas no tardaron en tragárselos.
Pálido y tembloroso, Taran salió de los arbustos.
—Han encontrado al fin lo que estaban buscando —dijo —. Muy pronto Arawn sabrá
que el Crochan está esperando a que nos lo quite de entre las manos. —Se volvió hacia
Ellidyr—. Ayúdanos —le pidió de nuevo—, te lo ruego. No podemos perder ni un
momento.
Ellidyr se encogió de hombros y fue hasta la orilla, observando desde allí con atención
el Crochan medio hundido en el fango.
—Puede moverse —dijo al volver junto a ellos—, pero no serás tú quien lo consiga,
porquerizo. Necesitarás la fuerza de Islimach para unirla a la de tus corceles..., y también
necesitarás la mía.
—Entonces, préstanos tu ayuda —le suplicó Taran—. Saquemos el Crochan del fango
y marchémonos antes de que más esbirros de Arawn lleguen hasta aquí.
—Puede que lo haga y puede que no —le respondió Ellidyr con una extraña expresión
en la mirada—. Así que pagaste un precio por conseguir el caldero, ¿no? Muy bien,
entonces tendrás que pagar otro ahora.
«Escúchame, porquerizo —prosiguió—, si te ayudo a llevar el caldero a Caer Dallben,
tendrá que ser según mis condiciones.
—No es momento para condiciones —gritó Eilonwy—, y no queremos oír las tuyas,
Ellidyr. Encontraremos un modo de sacar el Crochan o nos quedaremos aquí junto a él
mientras que uno de nosotros regresa en busca de Gwydion.
—Permaneced aquí y dejad que os maten —replicó Ellidyr—. No, debe hacerse ahora
y se hará como yo diga o no se hará. —Se volvió hacia Taran y le dijo—: Éstas son mis
condiciones: el Crochan es mío y se hará con él lo que yo ordene. Yo lo encontré,
porquerizo, no tú. Fui yo quien luchó por él y quien lo conquistó, y eso es lo que dirás a
Gwydion y a los demás. Y todos deberéis prestar el más sagrado de los juramentos.
—¡No lo haremos! —gritó Eilonwy—. ¡Nos pides que mintamos para poder robar así el
Crochan y robar también con él todo nuestro esfuerzo! ¡Estás loco, Elllidyr!
—No estoy loco, criada —dijo Ellidyr con los ojos llameando—, estoy agotado..., estoy
harto. ¿Me oyes? Toda mi vida he sido obligado a ocupar el segundo puesto y a ver cómo
se me hacía a un lado y se me despreciaba. ¿El honor? Siempre se me ha negado, pero
esta vez no dejaré que el trofeo se me escurra entre los dedos.
—Adaon vio una bestia negra sobre tus hombros —dijo Taran en voz baja—, y yo
también la he visto. Ahora la estoy viendo, Ellidyr.
—¡No me importa nada tu bestia negra! —gritó Ellidyr—. Sólo me importa mi honor.
—¿Piensas acaso que el mío no me importa? —le dijo Taran.
—¿Qué es el honor de un porquerizo comparado al de un príncipe? —le replicó Ellidyr
con una carcajada.
—He pagado por mi honor —dijo Taran, alzando ahora la voz— mucho más de lo que
pagarías tú por el tuyo. ¿Me pides ahora que lo arroje al fango?
—Porquerizo, osaste reprocharme que buscara la gloria —dijo Ellidyr—, pero ahora te
aferras a ella con tus sucias manos. No pienso discutir más. O aceptáis mis términos o no
tendréis mi ayuda. Escoged.
Taran se quedó callado y Eilonwy agarró a Ellidyr por el jubón.
—¿Cómo osas pedir tal precio?
Ellidyr se apartó, haciendo que Eilonwy le soltara.
—Que decida el porquerizo. Es cosa suya pagarlo o no.
—Si presto el juramento —dijo Taran, volviéndose hacia sus compañeros—, vosotros
deberéis jurar también conmigo. Nunca he roto un juramento, y hacerlo sería ahora una
deshonra aún peor que en cualquier otro caso. Antes de tomar mi decisión debo saber si
estáis dispuestos a comprometeros también vosotros, pues en esto debemos estar todos
de acuerdo.
Nadie respondió a sus palabras hasta que, por último, Fflewddur habló en un murmullo:
—Pongo la decisión en tus manos y me someto a lo que hagas.
Gurgi inclinó la cabeza con solemnidad.
—¡No mentiré por un desertor traicionero como él! —gritó Eilonwy.
—No es por él —le dijo Taran con voz tranquila—, sino por nuestra misión.
—No es justo..., —empezó a decir Eilonwy, con el llanto asomando en sus ojos.
—No estamos hablando de lo que es justo —le replicó Taran—, sino de una misión que
debe ser llevada a término.
Eilonwy desvió la mirada.
—Fflewddur ha dicho que la elección es tuya —murmuró por último —. Yo debo decir lo
mismo.
Taran guardó silencio durante un momento que pareció eterno y otra vez le invadió la
inmensa angustia que había sentido al perder el broche de Adaon. Entonces recordó las
palabras de Eilonwy en aquel instante de su más negra desesperación, y oyó de nuevo la
voz de la muchacha diciéndole que nada podría quitarle lo que había hecho. Y, sin
embargo, eso era exactamente lo que Ellidyr le pedía ahora.
Taran inclinó la cabeza.
—El caldero es tuyo, Ellidyr —dijo con lentitud—. Estamos a tus órdenes y todo se hará
como tú digas. Así lo juramos.
En silencio, con el ánimo abatido, los compañeros siguieron las órdenes de Ellidyr y
una vez más ataron las sogas a la masa medio hundida del Crochan. Ellidyr puso los tres
corceles uno junto a otro y ató luego las sogas a sus sillas de montar. Mientras Fflewddur
sostenía las riendas con su mano sana, los compañeros se metieron en el río.
Ellidyr, con el agua espumeante hasta las rodillas, ordenó a Taran, Eilonwy y Gurgi que
se colocaran a los dos lados del Crochan y no lo dejaran resbalar de nuevo hacia las
rocas. Después le hizo una seña al bardo, que esperaba en la orilla, y se dispuso a
empezar su parte de la tarea.
Tal como había hecho anteriormente con Melynlas, Ellidyr metió el cuerpo debajo del
caldero hasta donde se lo permitieron las rocas. Tensó los músculos y las venas
parecieron a punto de estallar en su frente chorreante de sudor. Pese a todo, tanto
Eilonwy como Taran tiraron en vano: el caldero no cedía.
Con la respiración trabajosa, Ellidyr se apoyó nuevamente en el Crochan. Las ramas
crujieron entre las rocas y las sogas se tensaron. Ellidyr tenía los hombros cubiertos de
sangre y su rostro estaba blanco como el de un muerto. Con voz ahogada dio una nueva
orden a los compañeros, y sus músculos se estremecieron en un último esfuerzo.
De pronto se desplomó de bruces en el agua con un grito, intentando sin éxito recobrar
el equilibrio. Después, al incorporarse, lanzó un grito más fuerte, esta vez de triunfo: el
caldero había quedado libre.
Los compañeros se afanaron desesperadamente para llevar el Crochan a tierra firme.
Ellidyr cogió un extremo del armazón y avanzó tirando de él: con un crujido, el caldero
descansó por fin en la orilla.
Los compañeros ataron luego a toda prisa las sogas entre Melynlas y Lluagor. Ellidyr
puso delante a Islimach para que guiara a los otros dos corceles y les ayudara un poco a
llevar el peso.
Hasta ese momento había ardido en los ojos de Ellidyr la luz de la victoria, pero
entonces su expresión cambió.
—Mi caldero ha sido recobrado del río —dijo, mirando de un modo extraño a Taran—.
Pero ahora pienso que quizá obre demasiado aprisa y que tú accediste con excesiva
rapidez a mis condiciones. Dime, porquerizo, ¿qué estás tramando? —Nuevamente le
dominaba la ira—. ¡Lo sé muy bien! ¡Piensas engañarme otra vez!
—Tienes mi juramento de que... —empezó a decir Taran.
—¿De qué sirve el juramento de un porquerizo? —dijo Ellidyr—. ¡Puedes romperlo con
la misma facilidad con que lo has pronunciado!
—Eso es lo que tú dices —le replicó airada Eilonwy—, y eso es lo que tú harías,
príncipe de Pen-Llarcau. Pero nosotros no somos como tú.
—Todos éramos necesarios para sacarlo del río —prosiguió Ellidyr, bajando la voz—,
pero ahora..., ¿es necesario que lo llevemos entre todos? Bastaría con unos pocos —
añadió—. Sí, sí, sólo unos pocos. Quizá una sola persona, si ésta fuera lo bastante
fuerte...
»¿Acaso puse un precio demasiado bajo? —siguió diciendo, dándose la vuelta y
encarándose a Taran.
—¡Ellidyr, estás realmente loco! —gritó Taran.
—Sí —rió Ellidyr—. ¡Loco por haber creído en tu palabra! ¡El precio debe ser el
silencio..., el silencio eterno! —Su mano avanzó hacia la espada—. Sí, porquerizo,
siempre supe que con el tiempo deberíamos acabar enfrentándonos.
Saltó hacia adelante alzando la espada y, antes de que Taran pudiera desenvainar la
suya, Ellidyr le lanzó un potente mandoble que a duras penas logró esquivar. Acosado por
Ellidyr, Taran retrocedió tambaleándose por la orilla y trepó de un salto a un peñasco,
intentando durante todo ese tiempo desesperadamente sacar su arma. Ellidyr se metió en
el agua mientras los compañeros avanzaban hacia él para detenerle.
En el mismo instante en que Ellidyr golpeaba de nuevo, Taran perdió el equilibrio;
intentó levantarse, pero las piedras resbalaron bajo sus pies, haciéndole caer de
espaldas. Alzó las manos, al sentir que la corriente se apoderaba de él, y se hundió. El
agudo borde de una roca se alzó bruscamente ante él y Taran perdió el conocimiento.
18 - La pérdida
Cuando Taran despertó ya era de noche. Se encontró recostado en un tronco, cubierto
con una capa. Sentía un sordo latido en la cabeza y le dolía todo el cuerpo. Eilonwy,
inclinada sobre él, le observaba preocupada. Taran pestañeó un par de veces e intentó
sentarse. Durante unos instantes, su memoria fue un confuso torbellino de imágenes y
sonidos: el estruendo del agua, una piedra, un grito... La cabeza aún le daba vueltas. Un
resplandor amarillo le deslumbraba. A medida que su mente iba aclarándose comprendió
que la muchacha había encendido su esfera dorada y la había colocado sobre el tronco.
Junto a él ardía una pequeña hoguera en la cual estaban echando ramas el bardo y
Gurgi.
—Me alegro de que hayas decidido despertar —dijo Eilonwy, intentando parecer
alegre, mientras Fflewddur y Gurgi se arrodillaban junto a Taran—. Tragaste tal cantidad
de agua que temimos que sería imposible hacértela escupir, y el golpe que recibiste en la
cabeza no fue precisamente una ayuda.
—¡El Crochan! —jadeó Taran—. ¡Ellidyr! —Miró a su alrededor—. Esta hoguera... —
murmuró—, no podemos correr el riesgo de tener encendida una luz..., los guerreros de
Arawn...
—O encendíamos una hoguera o te dejábamos morir congelado —dijo el bardo—, así
que, naturalmente, nos decidimos por lo primero. La verdad es que, dada la situación —
añadió con una triste sonrisa—, dudo que represente ninguna diferencia tenerla
encendida o no. Con el caldero fuera de nuestras manos, no creo que Arawn siga
sintiendo ningún interés por nosotros. Afortunadamente, podría añadir...
—¿Dónde está el Crochan? —preguntó Taran mientras se levantaba, sin hacer caso
del vértigo que aún sentía.
—Lo tiene Ellidyr —dijo Eilonwy.
—Y si piensas preguntar dónde está él —añadió el bardo—, te podemos contestar en
seguida: no lo sabemos.
—El príncipe malvado se fue con la olla mala —dijo Gurgi—, ¡sí, sí, con galopadas y
carreras!
—Que tengan buen viaje —dijo Fflewddur—. No sé quién es peor, si el Crochan o
Ellidyr. Al menos ahora están los dos juntos.
—¿Le dejasteis marchar? —gritó Taran lleno de alarma, llevándose las manos a la
cabeza—. ¿Habéis permitido que robara el Crochan?
—Permitido no me parece exactamente la palabra adecuada, amigo mío —respondió el
bardo con tristeza.
—Pareces haber olvidado que Ellidyr intentaba matarte —añadió Eilonwy—. Fue una
suerte que cayeras al río, porque, la verdad, las cosas no te iban demasiado bien en la
orilla.
»De hecho, fue terrible —prosiguió la muchacha—. Nos habíamos lanzado detrás de
Ellidyr y en esos momentos tú ya estabas a la deriva en el río como una ramita en...,
bueno, como una ramita en un río. Intentamos salvarte, pero Ellidyr nos atacó.
»Estoy segura de que pretendía matarnos —dijo Eilonwy—, tendrías que haber visto su
cara y sus ojos. Estaba furioso..., peor que furioso. Fflewddur intentó detenerle y...
—¡Ese villano tiene la fuerza de diez hombres! —dijo el bar do—. A duras penas si
podía desenvainar mi espada..., es algo muy incómodo cuando tienes un brazo roto,
¿comprendes? ¡Pero me enfrenté a él! ¡El estruendo de las armas al chocar fue
espantoso! ¡Ah, jamás has visto las proezas de que es capaz un Fflam ultrajado! Un
segundo más y le habría tenido a mi merced..., bueno, es un modo de hablar —añadió
con premura el bardo—. Me dejó inconsciente de un golpe.
—¡Y Gurgi también luchó! ¡Sí, sí, con porrazos y mordiscos!
—El pobre Gurgi hizo todo lo que pudo —dijo Eilonwy—. Pero Ellidyr le cogió en vilo y
le arrojó contra un árbol. Cuando quise utilizar mi arco me lo arrebató y lo partió en dos
con las manos desnudas.
—Después nos persiguió por el bosque —dijo Fflewddur—. Jamás he visto a un
hombre en tal estado. Gritaba a pleno pulmón y nos llamaba perjuros y ladrones, decía
que intentábamos mantenerle siempre en segundo lugar... Al parecer, es lo único que en
estos momentos puede decir o pensar, si a eso quieres llamarle pensar.
Taran meneó la cabeza tristemente.
—Temo que la bestia negra le ha devorado, tal como Adaon le advirtió que ocurriría —
dijo—. Le compadezco en lo más hondo de mi corazón.
—Yo sentiría un poco más de compasión por él —murmuró Fflewddur— si no hubiera
intentado dejarme sin cabeza.
—Le odié durante largo tiempo —dijo Taran—, pero en las escasas horas que tuve el
broche de Adaon creo que llegué a ver con más claridad. Es desgraciado y su corazón
sufre. Tampoco logro olvidar lo que me dijo: que le acusé de buscar la gloria pese a que
yo también me aferraba a ella —Taran extendió las manos ante él, contemplándolas—.
Con mis sucias manos... —añadió lentamente, con la voz llena de cansancio.
—No hagas ningún caso de sus palabras —exclamó Eilonwy—. Después de lo que nos
ha hecho, no tiene ningún derecho a culpar a nadie de nada.
—Y, pese a todo —dijo Taran en voz muy baja, cual si hablara consigo mismo—, era la
verdad.
—¿Ah, sí? —le preguntó Eilonwy—. Pues en cuanto a él, acertó de pleno y se quedó
corto: nos habría matado a todos por su honor.
—Logramos huir de él —continuó diciendo Fflewddur—. Es decir, finalmente dejó de
perseguirnos. Cuando volvimos, tanto los caballos como el Crochan y Ellidyr habían
desaparecido. Luego seguimos el curso del río en tu busca: no habías ido muy lejos.
¡Pero sigue asombrándome que alguien pueda tragar tanta agua en un trayecto tan corto!
¡Debemos encontrarle! —exclamó Taran—. ¡No podemos correr el riesgo de que posea
el Crochan! Tendríais que haberme abandonado para seguirle. —De nuevo intentó
ponerse en pie —. ¡Vamos, no hay tiempo que perder!
Fflewddur meneó la cabeza.
—Me temo que es inútil, como diría nuestro amigo Gwysyl. No hay el menor rastro de
él y no tenemos ninguna idea de adonde planeaba dirigirse o cuáles eran sus intenciones.
Nos lleva demasiada ventaja y, aunque odie admitirlo, creo que ninguno de nosotros...,
bueno, ni todos nosotros juntos podríamos hacer gran cosa contra él. —El bardo
contempló su brazo roto—. No estamos precisamente en muy buena forma para tratar con
el Crochan o con Ellidyr, aun si lográramos encontradlos.
Taran se quedó callado, con los ojos clavados en el fuego.
—También tú dices la verdad, amigo mío —le respondió; su voz estaba impregnada de
tristeza y desánimo—. Todos vosotros habéis hecho mucho más de lo que tenía derecho
a pediros. Ay, os habéis portado mucho mejor que yo... Sí, ahora sería inútil buscar a
Ellidyr..., sería tan inútil como lo ha sido toda nuestra misión. Lo hemos entregado todo a
cambio de nada: el broche de Adaon, nuestro honor y ahora el mismísimo Crochan.
Volveremos a Caer Dallben con las manos vacías. Quizá Ellidyr tenía razón —murmuró—.
No es bueno que un porquerizo busque los honores de un príncipe.
—¡Porquerizo! —chilló Eilonwy indignada—. No hables nunca más de ti con esas
palabras, Taran de Caer Dallben. No importa lo que haya podido ocurrir: no eres un
porquerizo, ¡eres un Aprendiz de Porquerizo! Y eso por sí solo ya es todo un honor.
Bueno, si vas al fondo del asunto, las dos cosas tienen el mismo significado —añadió —,
pero en una hay orgullo y en la otra no. ¡Ya que puedes escoger, escoge aquella en la
que hay orgullo!
Taran permaneció callado unos instantes y luego alzó la cabeza, mirando a Eilonwy.
—Adaon me dijo una vez que hay más honor en un campo bien arado que en uno
empapado de sangre. —A medida que las palabras surgían de sus labios, sintió que su
ánimo renacía—. Ahora me doy cuenta de que decía una gran verdad. No le envidio su
trofeo a Ellidyr. También yo buscaré mi honor, pero lo haré allí donde sé que puedo
encontrarlo.
Los compañeros pasaron la noche en el bosque y a la mañana siguiente fueron hacia
el sur, buscando lugares más áridos. No vieron Cazadores ni gwythaints y apenas
intentaron esconderse, ya que, como había dicho el bardo, las fuerzas de Arawn
buscaban el Crochan y no a una harapienta banda de fugitivos. Al no llevar carga,
avanzaron con mayor facilidad, a pesar de que, sin Lluagor ni Melynlas, el viaje les resultó
lento y a veces doloroso. Taran caminaba en silencio, inclinando la cabeza para
protegerse del frío viento. Las hojas muertas se estrellaban en su cara pero él no les
hacía caso, demasiado absorto en el dolor que ocupaba todos sus pensamientos.
Un poco después del mediodía, Taran distinguió un movimiento entre los árboles que
cubrían una colina. Previendo el peligro, instó a los compañeros a cruzar a toda prisa la
pradera y buscar refugio entre la maleza. Pero antes de que pudieran llegar ahí, un grupo
de jinetes apareció en la colina y galopó hacia ellos. Taran y el bardo desenvainaron sus
espadas mientras Gurgi ponía una flecha en su arco. El agotado grupo se preparó a
defenderse tan bien como le fuera posible.
De repente, Fflewddur lanzó un potente grito y agitó la espada lleno de emoción.
—¡Bajad las armas! —les dijo—. ¡Al fin estamos a salvo! ¡Son guerreros de Morgant,
llevan los colores de la Casa de Madoc!
Los guerreros se acercaron a ellos haciendo retumbar el suelo con su galope. También
Taran lanzó un grito de alivio, pues ciertamente eran jinetes del rey Morgant y al frente de
ellos cabalgaba el mismo rey en persona. Los guerreros se detuvieron ante ellos y Taran
corrió hacia el corcel de Morgant, ante el que hincó una rodilla en el suelo.
—Bien hallado seáis, mi señor —dijo—. Temíamos que vuestros hombres fueran
sirvientes de Arawn.
El rey Morgant desmontó de su corcel. Su negra capa estaba rota y sucia por el viaje y
en su rostro había cansancio y tristeza, pero sus ojos seguían ardiendo con el feroz
orgullo de un halcón. Una leve sonrisa brilló por un segundo en sus labios.
—Y, sin embargo, os preparabais a plantarnos cara —dijo, haciendo levantar a Taran.
—¿Qué ha sido del príncipe Gwydion y de Coll? —se apresuró a preguntarle Taran,
lleno de una súbita inquietud—. Nos separamos en la Puerta Oscura y no hemos tenido
noticias de ellos. Adaon ha muerto, por desgracia..., y me temo que Doli también.
—No hay rastro del enano hasta ahora —le respondió Morgant—. El señor Gwydion y
Coll, Hijo de Collfrewr, están a salvo. En estos mismos instantes deben de andar
buscándoos. Pero —añadió Morgant, sonriendo levemente otra vez— he tenido la buena
fortuna de ser yo quien os hallara.
»Los Cazadores de Annuvin nos atacaron ferozmente en la Puerta Oscura —prosiguió
Morgant—. Logramos huir de ellos al fin y empezamos el viaje hacia Caer Cadarn, donde
el señor Gwydion tenía la esperanza de que acudiríais.
»No habíamos llegado aún allí —dijo Morgant—, cuando nos llegaron nuevas de
vosotros y de que habíais decidido ir a los pantanos de Morva. Fue una empresa osada,
Taran de Caer Dallben —añadió Morgant—; quizá tan osada como poco prudente.
Deberías saber que un guerrero está obligado a rendir siempre obediencia a su señor.
—Me pareció que no podíamos hacer otra cosa —protestó Taran—. Debíamos
encontrar el Crochan antes que Arawn. ¿No habríais hecho vos lo mismo?
Morgant asintió con una seca inclinación de cabeza.
—No hago reproches a tu valor, pero debiste pensar que incluso el señor Gwydion
habría vacilado antes de tomar una decisión tan importante y de tal peso. Nada
habríamos sabido de vuestros movimientos si no hubiera sido porque Gwystyl, del Pueblo
Rubio, nos trajo noticias sobre vosotros. Entonces el señor Gwydion y yo nos separamos
para buscaros.
—¿Gwystyl? —le interrumpió Eilonwy—. ¡No puede haber sido él! ¡Pero si no hizo nada
por nosotros hasta... hasta que Doli amenazó con lastimarle! ¡Gwystyl! ¡Sólo deseaba que
le dejáramos en paz para esconderse en su maldita madriguera!
Morgant se volvió hacia ella.
—Habláis sin pensar, princesa. Entre los guardianes de los refugios, Gwystyl del
Pueblo Rubio es el más astuto y valeroso. ¿Creíais acaso que el rey Eiddileg le confiaría
a cualquiera un puesto tan cerca de Annuvin? Pero —añadió— si le juzgasteis mal fue
porque tal era su intención.
»En cuanto al Crochan —prosiguió Morgant mientras que Taran le miraba perplejo—,
aunque no lograsteis traerlo de Morva, el príncipe Ellidyr nos ha prestado un noble
servicio. Sí —añadió rápidamente Morgant—, mis guerreros le encontraron cerca del río
Tewyn durante la búsqueda. Por lo que nos dijo supe que te habías ahogado y que el
grupo de los compañeros había sido dispersado, en tanto que él había encontrado el
caldero de Morva.
—Eso no es cierto —empezó a decir Eilonwy mientras en sus ojos se encendía una
chispa de ira.
—¡Calla! —exclamó Taran.
—No, no pienso callar —le replicó Eilonwy, girando en redondo y encarándose a Taran
—. ¡No pensarás decirme que sigues considerándote atado por el juramento que nos
hiciste prestar a todos!
—¿A qué se refiere? —preguntó Morgant, entrecerrando los ojos y observando
atentamente a Taran.
—¡Yo os diré a qué se refiere! —respondió Eilonwy, sin prestar atención a Taran, que
se disponía a hablar—. Es muy sencillo.
Taran pagó por él, y el precio fue muy alto. Lo llevamos casi sobre nuestros hombros
durante cada uno de los metros que hay de aquí a Morva..., hasta que apareció Ellidyr.
Nos ayudó..., sí, ciertamente que nos ayudó, ¡igual que un ladrón te ayuda a limpiar tu
casa! ¡Ésa es la verdad, y no me importa lo que cualquier otro pueda decir!
—¿Es cierto lo que cuenta? —le preguntó Morgant a Taran. Al ver que éste guardaba
silencio, Morgant asintió lentamente y siguió hablando en tono pensativo—. Creo que es
cierto aunque tú no digas nada al respecto. En la historia del príncipe Ellidyr en persona
hubo muchas cosas que me sonaron a falsas. Como ya te dije una vez, Taran de Caer
Dallben, soy un guerrero y conozco a mis hombres. No obstante, cuando te enfrentes a
Ellidyr en persona lo sabré todo sin ninguna duda.
«Venid —dijo Morgant, ayudando a Taran a montar en su corcel—, iremos a mi
campamento. Vuestra misión ha terminado: el Crochan está en mis manos.
Los guerreros de Morgant hicieron montar al resto de los compañeros y el grupo se
adentró rápidamente en el bosque. El rey Morgant había acampado en un gran claro bien
protegido por la arboleda, al que sólo se podía llegar por una abrupta garganta. Las
tiendas se confundían prácticamente con la maleza. Taran vio a Lluagor y Melynlas entre
los demás caballos; un poco más lejos estaba Islimach, arañando el suelo nerviosamente
con las patas y tirando de sus riendas.
Taran divisó el Crochan Negro en el centro del claro y contuvo el aliento. Ya no estaba
unido a la armazón de ramas y, pese a que junto a él montaban guardia dos guerreros de
Morgant con las espadas desenvainadas, no logró evitar que le invadiera una vez más la
extraña mezcla de miedo y presagios fatídicos que parecía colgar como una oscura niebla
sobre el caldero.
—¿No teméis que Arawn os ataque en este lugar y se apodere nuevamente del
caldero? —le preguntó Taran en un susurro.
Morgant le miró con los ojos entrecerrados, y en su expresión había tanto orgullo como
ira.
—Quien me desafíe será recibido adecuadamente —dijo con voz helada—, así sea el
mismísimo Señor de Annuvin.
Un guerrero levantó el cortinaje que cerraba uno de los pabellones y el rey Morgant les
hizo entrar en él.
Allí, atada de pies y manos, yacía la inmóvil figura de Ellidyr. Tenía el rostro cubierto de
sangre y parecía haber sido golpeado de tal modo que ni siquiera Eilonwy pudo impedir
que se le escapara un grito de compasión.
—¿Cómo es posible? —exclamó Taran, volviéndose hacia Morgant lleno de sorpresa y
reproche—. Señor —añadió con premura—, ¡vuestros guerreros no tenían ningún
derecho a hacer esto! Se le ha tratado de un modo deshonroso.
—¿Te atreves a juzgar mis actos? —le replicó Morgant—. Mucho debes aprender aún
en cuanto a obediencia. Mis guerreros cumplieron mis órdenes y tú harás lo mismo. El
príncipe Ellidyr osó resistirse a mi voluntad: te aconsejo que no sigas su ejemplo.
Al oír la llamada de Morgant, unos centinelas armados entraron con paso rápido en la
tienda. El jefe de guerreros movió levemente la mano, señalando a Taran y a sus
compañeros.
—Desarmadles y atadles bien.
19 - El señor de la guerra
Antes de que el sorprendido Taran pudiera desenvainar su espada, un centinela le
agarró y le ató las manos rápidamente a la espalda. También el bardo fue capturado, y
todos los gritos y pataleos de Eilonwy no pudieron librarla de idéntico destino. Gurgi, que
había logrado desasirse de sus captores, se lanzó sobre el rey Morgant, pero un guerrero
le golpeó brutalmente y le hizo caer al suelo; luego, montando a horcajadas sobre el
inerme Gurgi, le ató concienzudamente.
—¡Traidor! —chilló Eilonwy—. ¡Mentiroso! Te atreves a robar...
—Hacedla callar —dijo fríamente Morgant.
Un segundo después, una mordaza ahogó sus gritos.
Taran luchó frenéticamente por acercarse a ella, pero acabaron derribándole y le
ataron también las piernas. Morgant lo observó todo en silencio, con los rasgos hieráticos
y sin expresión alguna. Finalmente, los centinelas se apartaron de los compañeros, ahora
indefensos, y Morgant les indicó con una seña que salieran del pabellón.
Taran, a quien la cabeza aún daba vueltas a causa de la confusión y la incredulidad,
luchó para librarse de sus ataduras.
—Ya eres un traidor —exclamó—. ¿Vas a ser ahora también un asesino? ¡Estamos
bajo la protección de Gwydion y no lograrás escapar a su ira!
—No temo a Gwydion —le respondió Morgant—, y ahora su protección no os sirve de
nada. Su protección, a decir verdad, ya no le sirve de nada a Prydain entera. Ni Gwydion
puede hacer gran cosa contra los Nacidos del Caldero.
Taran le miró, horrorizado.
—No te atreverás a usar el Crochan contra tus propios parientes, contra tu pueblo...
¡Esa acción sería aún más repugnante que la traición y el asesinato!
—¿Eso crees? —replicó Morgant—. Entonces has de aprender muchas más lecciones,
aparte de la obediencia. El caldero pertenece a quien sabe conservarlo y usarlo. Es un
arma siempre dispuesta que sólo espera una mano: durante años Arawn fue su amo y, sin
embargo, acabó perdiéndolo. ¿No prueba ello acaso que era indigno de él, que no tenía la
fuerza ni la astucia necesarias para evitar que se lo acabaran arrebatando? Ellidyr, idiota
orgulloso, creyó que podía quedárselo aun cuando apenas si vale lo suficiente como para
meterle dentro de él.
—¿Piensas acaso rivalizar con Arawn? —exclamó Taran.
—¿Rivalizar con él? —le preguntó Morgant sonriendo con dureza—. No..., pienso ser
más que él. Sé muy bien lo que hago, aunque durante mucho tiempo me haya consumido
sirviendo a hombres de menos valía que yo; ahora estoy seguro de que ha llegado el
momento propicio. Muy pocos entienden para qué sirve el poder y cómo debe usarse —
prosiguió con altivez—, y son menos aún los que se atreven a utilizarlo cuando se les
ofrece.
»Un poder como éste le fue ofrecido una vez a Gwydion —añadió Morgant—, y lo
rehusó. Yo no fracasaré ahora que puede ser mío. ¿Piensas fracasar tú?
—¿Yo? —preguntó Taran, mirando con horror a Morgant.
El rey Morgant asintió. Sus párpados entrecerrados ocultaban la expresión de sus ojos,
pero todo en su rostro de halcón proclamaba una ávida codicia.
—Gwydion me habló de ti —dijo —. No me contó gran cosa, pero lo poco que dijo era
interesante. Eres un joven osado..., y quizá seas algo más que eso. No lo sé con
seguridad, pero sí estoy enterado de que no tienes familia, nombre ni futuro. Nada puedes
esperar del mañana. Y, sin embargo —añadió Morgant—, ahora puedes esperarlo todo.
»No le haría una oferta igual a Ellidyr —siguió diciendo Morgant—. Es demasiado
orgulloso y lo que él cree su mayor fortaleza es realmente su peor debilidad. ¿Recuerdas
que te dije cómo sé reconocer el buen temple? Hay muchas cosas a tu alcance, Taran de
Caer Dallben, y ésta es mi oferta: jura que me servirás como vasallo y, llegado el
momento, tú serás mi señor de la guerra, al mando de todos mis guerreros, y en todo
Prydain sólo yo estaré por encima tuyo.
—¿Por qué me ofreces todo esto? —exclamó Taran—. ¿Por qué me escoges a mí?
—Como ya he dicho —respondió Morgant—, eres capaz de hacer grandes cosas si
alguien te abre camino para llevarlas a cabo. No pensarás negarme que llevas largo
tiempo soñando con la gloria... Si te he juzgado bien, no te es imposible acabar
encontrándola.
—Júzgame bien —le replicó con ira Taran—, ¡y sabrás cómo desprecio la sola idea de
servir a un malvado traicionero!
—Ah, no tengo tiempo para escuchar cómo malgastas tu rabia —dijo Morgant—. Hay
muchos planes que trazar de ahora al amanecer. Te dejaré para que pienses bien qué
prefieres ser: el primero de mis guerreros... o el primero entre mis Nacidos del Caldero.
—¡Entonces, arrójame al caldero! —gritó Taran—. ¡Échame en él ahora mismo, cuando
aún estoy vivo!
—Me has llamado traidor —respondió Morgant sonriendo—, pero no debes llamarme
también estúpido. Conozco el secreto del caldero. ¿Piensas acaso que deseo ver el
Crochan convertido en mil pedazos antes de que haya empezado su obra? Sí —
prosiguió—, también yo estuve en los pantanos de Morva, mucho antes de que el caldero
le fuera arrebatado al poder de Annuvin, pues sabía que más pronto o más tarde Gwydion
actuaría contra Arawn. Por eso hice mis preparativos. ¿Pagasteis un precio por el
Crochan? También yo pagué mi precio para saber cómo debía usarse. Sé cómo destruirlo
y sé cómo hacer que me entregue una rica cosecha de poder.
»Sin embargo, fue muy osado de tu parte ese intento de engañarme —añadió
Morgant—. Me temes —dijo, acercándose a Taran—, y hay muchos en Prydain que me
temen también. Pese a todo, te atreves a desafiarme... Pocos son los que se han atrevido
a tanto. Sí, realmente estás hecho de un metal poco abundante que sólo espera a ser
templado en el fuego.
Taran se disponía a contestarle, pero Morgant alzó la mano.
—No digas nada más y piénsalo todo cuidadosamente. Si rehúsas mi oferta, te
convertirás en un esclavo sin mente y sin voz al que no le cabrá ni la esperanza de la
muerte para escapar a su cautiverio.
Taran sintió que su ánimo desfallecía; a pesar de ello, alzó la cabeza con orgullo.
—Si tal es mi destino...
—Será un destino más duro de lo que crees —dijo Morgant con los ojos centelleando
—. Un guerrero no teme entregar su propia vida, pero... ¿sacrificará también las de sus
camaradas?
Taran emitió un apagado jadeo de horror al oír las palabras de Morgant.
—Sí —dijo el rey—, uno a uno tus compañeros morirán para ser entregados luego al
Crochan. ¿A cuántos habrá devorado antes de que grites basta? ¿Será el bardo? ¿O
quizá esa hirsuta criatura que te sirve? ¿O la joven princesa? Ellos partirán antes que tú
mientras tus ojos lo contemplan todo. Y, por último, irás tú.
«Considéralo todo cuidadosamente —le dijo —. Volveré a buscar tu respuesta.
Envolviéndose en su negra capa, Morgant salió del pabellón.
Taran luchó con sus ataduras, pero éstas se mantuvieron firmes. Agotado, cesó en sus
esfuerzos y hundió la cabeza, abatido.
El bardo, que había permanecido todo el tiempo en silencio, lanzó un melancólico
suspiro.
—Si lo hubiera sabido —dijo —, le habría pedido a Orddu, en los pantanos de Morva,
que me convirtiera en sapo. En esos momentos no me atraía la idea, pero ahora lo he
pensado mejor y me parece una vida mucho más feliz que la de un guerrero del Caldero.
Al menos habría podido bailar sobre la hierba mojada por el rocío...
—No triunfará —dijo Taran—. Debemos encontrar un modo de escapar. No podemos
perder las esperanzas...
—Estoy totalmente de acuerdo —respondió Fflewddur—. Tu idea es magnífica en su
aspecto general; sólo encuentro cierto problema en cuanto a los detalles. ¿Perder las
esperanzas? ¡En absoluto! ¡Un Fflam siempre mantiene la esperanza! Pretendo seguir
teniendo esperanza —añadió tristemente—, incluso cuando vengan para meterme en el
Crochan.
Gurgi y Ellidyr seguían inconscientes, pero Eilonwy no había dejado de luchar
furiosamente con su mordaza y por último logró liberarse de ella.
—¡Morgant! —jadeó —. ¡Pagará por esto! ¡Vaya, si creí que acabaría ahogándome!
Puede que me impidiera hablar, pero no consiguió impedir que lo oyera todo. ¡Cuando
vuelva, espero que intente meterme primero a mí en el caldero! Pronto descubrirá con
quién se las está viendo. ¡Entonces deseará no haber tenido jamás la idea de fabricar sus
propios Nacidos del Caldero!
Taran meneó la cabeza.
—Entonces ya será demasiado tarde, pues nos matarán antes de llevarnos al Crochan.
No, sólo hay una esperanza. Ninguno de vosotros será sacrificado por mi causa. He
decidido lo que debo hacer.
—¡Decidido! —explotó Eilonwy —. La única decisión que debes tomar es cómo
podremos huir de esta tienda; si piensas en otras cosas, sean las que sean, estás
perdiendo el tiempo. Es como preguntarse si debes rascarte la cabeza cuando tienes un
peñasco a punto de caer sobre ti...
—Ésta es mi decisión —dijo Taran lentamente—. Aceptaré lo que me ofrece Morgant.
—¿Qué? —gritó Eilonwy con incredulidad —. Durante un tiempo creí que habías
aprendido algo del broche de Adaon. ¿Cómo puedes ni pensar en aceptar eso?
—Le juraré vasallaje a Morgant —prosiguió Taran—. Tendrá mi palabra, pero no podrá
hacer que la mantenga: un juramento prestado bajo amenaza de muerte no puede
atarme. De este modo ganaremos al menos un poco de tiempo.
—¿Estás seguro de que los guerreros de Morgant no te han dado algún golpe en la
cabeza sin que lo notaras? —le preguntó Eilonwy secamente—. ¿Supones acaso que
Morgant no adivinará tu plan? No tiene la menor intención de mantener su parte del trato;
nos matará pase lo que pase. Una vez te encuentras en sus manos..., quiero decir, aún
más de lo que estás ahora..., bueno, acabarás descubriendo que es peor aún que ser un
guerrero del Caldero. Aunque admito que eso tampoco resulta nada atractivo...
Taran se quedó callado durante un rato.
—Temo que estás en lo cierto —acabó diciendo—, pero no se me ocurre qué otra cosa
podemos hacer.
—Primero, salir de aquí —le aconsejó Eilonwy—. Ya decidiremos el resto cuando
llegue el momento. No sé por qué, pero cuesta bastante pensar hacia dónde debes correr
cuando estás atado de pies y manos...
Con gran dificultad, los compañeros lograron aproximarse unos a otros e intentaron
desatarse. Pero los nudos resbalaban entre sus dedos entumecidos y se negaban
tozudamente a ceder, y sólo consiguieron que las cuerdas mordieran aún más
profundamente su carne.
Una y otra vez se esforzaron los compañeros, hasta quedar exhaustos y sin aliento. Ni
siquiera Eilonwy tenía ya las fuerzas necesarias para hablar. Descansaron durante un
tiempo para recobrar sus energías, pero la noche transcurría con la velocidad de un
sueño inquieto y atormentado, y los momentos que pasaron entregados a un nervioso
sopor nada hicieron para restaurar sus fuerzas. Además, no osaban perder demasiado
rato: Taran sabía que el amanecer no tardaría en llegar. La fría y grisácea claridad del
alba había empezado ya a insinuarse en el pabellón, como un hilillo de agua sobre las
rocas.
Durante toda la noche, mientras luchaban con las cuerdas, Taran había oído los
movimientos de los guerreros en el claro y la áspera voz de Morgant que, a gritos, daba
órdenes apremiantes. Taran se arrastró dolorosamente hasta la cortina que cerraba la
entrada y, con la mejilla adosada contra el frío suelo, intentó ver algo del exterior. No
podía distinguir gran cosa, pues la neblina se alzaba en remolinos por encima del claro y
sólo le permitía percibir sombras que iban de un lado para otro. Supuso que los guerreros
estarían recogiendo sus cosas, preparándose quizá para levantar el campamento. De
entre los caballos se alzó un relincho prolongado y quejumbroso que Taran reconoció: era
Islimach. El Crochan seguía donde lo habían visto antes; Taran advirtió su masa oscura y
fatídica y, en un fugaz instante de horror, le pareció que sus fauces se abrían en una
mueca codiciosa.
Taran rodó sobre sí mismo hasta volver junto a sus compañeros. El rostro del bardo
estaba muy pálido: parecía medio aturdido por la fatiga y el dolor de su herida. Eilonwy
alzó la cabeza y le miró en silencio.
—¿Cómo? ¿Ha llegado ya el momento de que nos despidamos? —murmuró
Fflewddur.
—Todavía no —dijo Taran—, aunque Morgant, según temo, pronto estará aquí.
Entonces habrá llegado nuestra hora... ¿Cómo está Gurgi?
—El pobre sigue inconsciente —respondió Eilonwy—. Déjale, así es mejor.
Ellidyr se agitó y lanzó un débil gemido. Sus ojos se abrieron lentamente y, con una
mueca de dolor, su rostro herido y cubierto de sangre se volvió hacia Taran, al que
estudió durante unos instantes como si no le reconociera. Finalmente, los labios
hinchados se fruncieron en su ya familiar gesto de amargura.
—Así que volvemos a estar juntos, Taran de Caer Dallben —dijo —. No esperaba que
nos encontráramos tan pronto.
—No temas, Hijo de Pen-Llarcau —le respondió Taran—. No lo estaremos durante
mucho tiempo.
Ellidyr inclinó la cabeza, como apenado.
—Algo que siento de veras. Me gustaría compensar todo el mal que os he causado.
—¿Habrías dicho lo mismo si el caldero estuviera aún en tus manos? —le preguntó con
voz queda Taran.
Ellidyr vaciló.
—Te responderé con la verdad...: no lo sé. La bestia negra de la que hablabas es un
amo cruel, y sus garras son muy afiladas. Sin embargo, no las había sentido hasta ahora.
«Pero hay algo que sí puedo decirte —prosiguió Ellidyr, intentando levantarse —. Robé
el caldero por orgullo, no por maldad: te lo juro sobre el honor que aún pueda quedarme.
No lo hubiese utilizado. Sí, habría sido capaz de robarte la gloria para apropiarme de ella,
pero también yo pensaba llevar el Crochan a Gwydion y ofrecérselo para que fuera
destruido. Cree al menos esto.
Taran asintió.
—Te creo, Príncipe de Pen-Llarcau. Y en estos momentos quizá mi fe en ti sea mayor
que la tuya propia.
Se había levantado un poco de viento que agitaba la tienda y soplaba con un gemido
entre los árboles. El cortinaje se apartó por un instante y Taran vio que los guerreros se
disponían en filas detrás del caldero.
20 - El precio final
—¡Ellidyr! —gritó Taran—. ¿Queda en ti aún la fuerza suficiente para romper tus
ataduras y liberarnos?
Ellidyr rodó sobre sí mismo y luchó desesperadamente contra sus ligaduras. El bardo y
Taran intentaron ayudarle, pero Ellidyr acabó rindiéndose, exhausto y jadeante a causa
del dolor que le producían sus esfuerzos.
—Una parte demasiado grande de mi fortaleza se ha esfumado —murmuró—. Temo
que Morgant me haya herido de muerte. No puedo hacer más...
El cortinaje se alzó de nuevo; un instante después Taran se vio arrojado de bruces al
suelo y sintió que le daban la vuelta sin ningún miramiento. Agitando salvajemente sus
piernas atadas, Taran intentó moverse; de pronto, una voz le gritó casi al oído:
¡Estáte quieto, idiota!
¡Doli! —dijo Taran, sintiendo que el corazón le daba un vuelco—. ¿Eres tú?
¡Inteligente pregunta! —respondió bruscamente la voz —, ¡Deja de luchar conmigo!
¡Las cosas son ya lo bastante difíciles para que encima te revuelvas como un gusano
panza arriba! ¡No sé quién hizo estos nudos, pero ojalá los tuviera ahora alrededor de su
cuello!
Taran sintió que unas manos firmes tiraban de sus cuerdas.
¡Doli! ¿Cómo has llegado hasta aquí?
No me molestes con tus preguntas tontas —gruñó el enano.
Taran notó que una rodilla se clavaba duramente en el hueco de su espalda mientras
Dolí intentaba agarrar mejor los nudos.
—¿No ves que estoy ocupado? —murmuró —. No, claro, no puedes verlo, pero eso no
importa. ¡Maldición! ¡Si no hubiera perdido mi hacha, habría acabado con estos nudos en
un instante! ¡Oh, mis orejas! Jamás había permanecido tanto tiempo invisible! ¡Avispas!
¡Abejas!
De pronto los nudos cedieron. Taran, sentado en el suelo, empezó a soltarse las
ataduras de sus piernas. Un instante después, Dolí se hizo visible y empezó a liberar a
Fflewddur. El fornido enano estaba sucio, cubierto de fango y con las orejas de un fuerte
tono azulado. Dolí cejó un momento en su lucha con los nudos y se dio dos buenas
palmadas en los oídos.
—¡Ya está bien de invisibilidad! —exclamó—. Aquí no hace falta..., al menos, todavía
no. ¡Tábanos, tengo una colmena entera en las orejas!
—¿Cómo lograste encontrarnos? —preguntó Eilonwy mientras el enano la desataba.
—Bueno, si tanto os interesa —le replicó Dolí con impaciencia—, no os encontré. Al
menos, no os encontré primero a vosotros, sino a Ellidyr. Le vi llegar por el río un poco
antes de que Morgant le cogiera. Iba de camino a Caer Cadarn, después de haber
despistado a los Cazadores, para conseguir ayuda de Gwydion. No me atrevía a perder
más tiempo recorriendo los pantanos en vuestra busca. Ellidyr tenía el caldero y también
vuestros caballos, lo que me hizo entrar en sospechas. Por lo tanto, me hice invisible y le
seguí a pie. Apenas comprendí lo que había ocurrido volví a buscaros. Mi poni se había
escapado..., la verdad es que esa condenada bestia y yo nunca llegamos a apreciarnos...,
por lo que llegasteis aquí antes que yo.
El enano se arrodilló junto a Gurgi, que empezaba a dar señales de vida, y le desató; al
tocarle el turno a Ellidyr, Doli vaciló.
—¿Qué hay de éste? —les preguntó —. Me parece que está mejor así —añadió con
voz enfadada—. Ya sé lo que intentaba hacer.
Ellidyr alzó la cabeza.
Taran le miró a los ojos y le hizo un rápido gesto a Doli.
—Libérale —ordenó Taran.
Doli siguió inmóvil, no muy decidido, y Taran repitió lo que había dicho. El enano
meneó la cabeza y luego se encogió de hombros.
—Si tú lo dices... —murmuró, empezando a desatarle.
Mientras Eilonwy le daba masaje a Gurgi en las muñecas, el bardo se acercó a la
entrada de la tienda y atisbo cautelosamente por el cortinaje. Taran examinó en vano el
interior del pabellón buscando armas.
—Veo a Morgant —dijo Fflewddur—, y viene hacia aquí. Bueno, se llevará una
sorpresa.
—¡Estamos desarmados! —exclamó Taran —. ¡Nos superan enormemente en número,
estaremos a su merced!
—¡Desgarrad la tela del pabellón por atrás! —exclamó Dolí—. ¡Podéis huir corriendo
por el bosque!
—¿Y dejar el Crochan en manos de Morgant? —le replicó Taran—. ¡No podemos
hacerlo!
Ellidyr se había puesto en pie.
—No tuve la fuerza suficiente para romper mis ligaduras —dijo—, pero aún puedo
prestaros un servicio.
Antes de que Taran pudiera detenerle, Ellidyr salió corriendo del pabellón. Los
centinelas dieron la alarma y Taran vio a Morgant retroceder un paso, sorprendido, para
desenvainar luego su espada.
—¡Matadle! —ordenó Morgant—¡Matadle, no permitáis que se acerque al caldero!
Con el bardo y Doli pisándole los talones, Taran salió también de la tienda y se arrojó
sobre Morgant, luchando ferozmente para arrancarle la espada de las manos. Con un
rugido salvaje, Morgant le agarró por el cuello y le arrojó al suelo, volviéndose luego para
perseguir a Ellidyr. Los guerreros habían roto su formación y corrían tras él.
Taran logró levantarse y vio a Ellidyr luchando denodadamente con uno de los
guerreros. Taran sabía que en esos instantes el Príncipe de Pen-Llarcau combatía como
jamás lo había hecho antes, apelando a las últimas fuerzas que aún le quedaban. Ellidyr
derribó al guerrero, pero estaba demasiado débil y no logró esquivar el mandoble que
éste le dio en el costado, haciéndole lanzar un grito. Se cubrió la herida con las manos y
siguió avanzando con pasos vacilantes.
—¡No, no! —gritó Taran—. ¡Ellidyr, no lo hagas, escapa!
Cuando apenas le separaba un metro del caldero, Ellidyr, debatiéndose como un loco,
consiguió liberarse de los guerreros que intentaban retenerle y, con un grito, se arrojó a
las abiertas fauces del Crochan.
El caldero tembló como un ser vivo. Taran gritó nuevamente el nombre de Ellidyr, lleno
de pena y horror. Trató de llegar hasta el Crochan, pero un segundo después un
estampido más fuerte que el trueno resonó sobre el claro. Los árboles sin hojas temblaron
pese a sus raíces, y sus ramas se retorcieron como presas de una insoportable agonía;
mientras el aire se llenaba de ecos y un remolino de vientos salvajes aullaba en el cielo, el
caldero se hendió de parte a parte, haciéndose luego mil pedazos. Al caer los fragmentos
al suelo apareció el cuerpo sin vida de Ellidyr.
Entonces un corcel brotó como una exhalación de la espesura. Sobre él iba el rey
Smoit, con la espada desenvainada; un alarido de guerra brotaba de sus labios. Detrás
del pelirrojo monarca venía un torrente de jinetes que se lanzaron sobre los hombres de
Morgant, y en el tumulto del combate Taran vislumbró durante un segundo un corcel
blanco que galopaba hacia adelante.
—¡Gwydion! —gritó Taran.
Cuando intentaba llegar hasta él, vio a Coll: el viejo y fornido guerrero había
desenvainado ya su espada y repartía con ella potentes golpes. Gwystyl, con Kaw
aferrado a su hombro, apareció también y se lanzó a la contienda.
Con un grito de rabia, el rey Smoit fue directamente hacia Morgant, que alzó su espada
para dirigir un feroz mandoble al corcel que se le venía encima. Smoit desmontó de un
salto y dos guerreros de Morgant corrieron a interponerse entre él y su señor. Pero Smoit
les abatió en unos segundos con dos poderosas estocadas y siguió avanzando.
Con unos ojos desorbitados que parecían echar fuego y con la boca retorcida en una
mueca bestial, Morgant luchó salvajemente entre los fragmentos del caldero, como si
incluso ahora quisiera desafiar a todos y reclamarlos para sí. Su espada se había partido
ante el acero de Smoit; a pesar de ello, Morgant seguía blandiendo el fragmento
embotado y golpeaba con él, y un rictus de odio y arrogancia helaba sus rasgos. Su mano
no soltó la espada manchada de sangre ni siquiera al morir.
Los guerreros de Morgant habían muerto o estaban ya prisioneros cuando la voz de
Gwydion se alzó para ordenar el cese del combate. Taran avanzó tambaleándose hasta
llegar a Ellidyr e intentó levantarle.
—La bestia negra ha desaparecido, Príncipe de Pen-Llarcau —murmuró, inclinando la
cabeza llena de dolor.
Detrás de Taran resonó un agudo relincho que le hizo volverse. Era Islimach, que había
logrado soltarse y ahora permanecía inmóvil junto al cadáver de su amo. La yegua alzó su
larga y delgada cabeza, agitando sus crines, giró en redondo y partió al galope.
Taran, que había comprendido la expresión enloquecida de sus ojos, lanzó un grito y
corrió tras ella. Islimach se metió en la espesura mientras Taran intentaba alcanzarla para
coger sus riendas, pero la yegua, en su veloz carrera, había llegado ya a un barranco. Ni
siquiera entonces aflojó el paso: con un potente salto, Islimach se lanzó por él. Pareció
colgar inmóvil un instante en el aire y cayó luego hacia las rocas del fondo. Taran se
cubrió el rostro con las manos y regresó al claro.
Los cuerpos del rey Morgant y de Ellidyr yacían uno junto a otro, y los jinetes del rey
Smoit cabalgaban a su alrededor en un lento y melancólico círculo funerario. Gwydion,
que se mantenía aparte, se apoyaba con aspecto cansado en Drynwyn, la espada negra:
su cabeza de león colgaba abatida y su rostro curtido por las batallas estaba lleno de
pena. Taran fue hacia él y se quedó inmóvil, mirándole en silencio.
Pasado un tiempo, Gwydion alzó la cabeza y habló.
—Fflewddur me ha contado todo lo que os ocurrió. Siento un gran dolor porque Coll y
yo tardáramos tanto en encontraros, pero sin el rey Smoit y sus guerreros me temo que
no habríamos logrado vencer. La impaciencia le dominó y fue en nuestra busca. Si
hubiera podido mandarle un mensaje, le habría hecho acudir hace mucho tiempo. Doy
gracias por esa impaciencia...
»Y también a ti debo estarte agradecido, Aprendiz de Porquerizo —añadió—. El
Crochan está destruido y con él también el poder de Arawn para aumentar las filas de sus
Nacidos del Caldero. Es una de las derrotas más graves que Arawn ha sufrido..., pero sé
qué precio has pagado por ella.
—Fue Ellidyr quien pagó finalmente el precio —dijo lentamente Taran—. El honor es
suyo. —Luego le habló de Islimach y añadió—. Al final lo perdió todo, incluso su montura.
—Quizá lo haya ganado todo —respondió Gwydion—, y su honor se vea ahora
asegurado para siempre. Alzaremos un túmulo en memoria suya y también Islimach
reposará a su lado, pues ahora los dos se encuentran en paz. Los muertos de Smoit
serán igualmente honrados y se levantará otro túmulo sobre el cuerpo de Morgant, rey de
Madoc.
—¿Morgant? —le preguntó Taran, contemplando perplejo a Gwydion —. ¿Cómo puede
haber honras para un hombre tal?
—Es fácil juzgar el mal cuando se presenta en su estado puro —le replicó Gwydion—,
pero por desgracia en la mayoría de nosotros el bien y el mal están entrelazados como la
estrecha urdimbre de las hebras en el telar. Haría falta una sabiduría mayor que la mía
para juzgarle.
»El rey Morgant sirvió bien durante largo tiempo a los Hijos de Don —siguió diciendo —
. Hasta que la sed del poder resecó su garganta, fue un señor noble e intrépido: más de
una vez salvó mi vida en la batalla. Todo eso es parte de él y no puede ser olvidado o
apartado fácilmente a un lado.
»De tal modo, honraré a Morgant por lo que fue —dijo Gwydion—, y a Ellidyr, Príncipe
de Pen-Llarcau, por lo que llegó a ser.
Taran encontró a sus compañeros junto a los pabellones de Morgant. Gracias a los
cuidados de Eilonwy, Gurgi se había recobrado ya y su aspecto era sólo un poco más
revuelto que el de costumbre.
—Mi pobre y tierna cabeza está llena de dolores y clamores —dijo Gurgi a Taran con
una sonrisa algo tristona—. Gurgi siente mucho no haber podido pelear junto a su amable
amo. ¡Él habría abatido a los malvados guerreros, oh, sí!
—Ya hemos tenido batallas suficientes —dijo Eilonwy—. He logrado recuperar tu
espada —le dijo a Taran, tendiéndole el arma—, pero a veces deseo que Dallben no te la
hubiera regalado nunca. Siempre acaba ocasionando problemas.
—Oh, yo creo que nuestros problemas han terminado —afirmó Fflewddur, sosteniendo
cuidadosamente su brazo herido —. Esa horrible y vieja tetera se ha hecho pedacitos...,
gracias a Ellidyr —añadió tristemente—. Los bardos cantarán nuestras hazañas... y la
suya.
—Eso no me importa —gruñó Doli, frotándose las orejas, que sólo ahora empezaban a
recobrar su color natural—. No quiero que nadie, ni siquiera Gwydion, invente otro plan
para el que sea necesaria mi invisibilidad.
—El buen Doli... —dijo Taran—. Cuanto más gruñes, más contento estás en realidad.
—El buen Doli... —replicó el enano—. ¡Buf!
Taran vio a Coll y al rey Smoit descansando bajo un roble. Coll se había quitado el
casco y, aunque lleno de golpes y heridas, cuando vio a Taran le rodeó con sus brazos;
su rostro irradiaba alegría y hasta su calva coronilla parecía brillar de contento.
—No pudimos encontrarnos tan pronto como esperábamos —le dijo Coll con un
guiño—, pues he oído que anduviste muy ocupado con otros asuntos.
—¡Por mi cuerpo y mi sangre! —rugió Smoit, asestándole a Taran una potente palmada
en la espalda—. La última vez me pareciste un conejo despellejado pero ahora... ¡ahora el
conejo se ha esfumado y tan sólo quedan piel y huesos!
Un ronco graznido hizo callar al rey pelirrojo. Taran se volvió, sorprendido, y vio a
Gwystyl, que permanecía sentado y apartado de todos con aire mohíno. Sobre su hombro
estaba Kaw, que no paraba de dar saltos y movía la cabeza sumamente complacido.
—Ah, otra vez tú —observó Gwystyl, suspirando cansadamente al ver que Taran se le
acercaba—. Bueno, espero que no pienses culparme por lo sucedido. Ya te lo advertí. De
todos modos, lo hecho hecho está y no tiene sentido quejarse por ello. No, no sirve
absolutamente de nada...
—No lograrás engañarme de nuevo, Gwystyl del Pueblo Rubio —dijo Taran—. Sé
quién eres y el valeroso servicio que nos has prestado.
Kaw graznó jubiloso mientras Taran le alisaba las plumas y le rascaba bajo el pico.
—Adelante —dijo Gwystyl—, póntelo en el hombro. Eso es lo que desea. En realidad,
puedes quedártelo: es un regalo y le acompaña el agradecimiento del Pueblo Rubio, pues
también tú nos has rendido un gran servicio. No estábamos tranquilos con todo ese jaleo
sobre el Crochan: nunca se sabe lo que puede ocurrir... Sí, sí, cógelo —añadió Gwystyl
con un suspiro melancólico—. Se ha encaprichado realmente de ti... No importa. Pienso
abandonar mi costumbre de domesticar cuervos para siempre.
—¡Taran! —graznó Kaw.
—Pero vuelvo a decirte que no le hagas el menor caso —le advirtió Gwystyl—. La
mayor parte de las veces habla sólo para oírse a sí mismo..., como muchas otras
personas que podría mencionar. El secreto es: no le escuches nunca. No sirve de nada,
realmente de nada...
Después de que los túmulos hubieron sido levantados, Gwystyl regresó a su puesto de
vigilancia. Los compañeros, el rey Smoit y sus jinetes abandonaron el claro y
encaminaron sus monturas hacia el río Avren. En las alturas, oscureciendo el cielo con
sus alas, se veían interminables bandadas de gwythaints que se retiraban hacia Annuvin.
No había la menor señal de Cazadores, y Gwydion opinaba que, enterado Arawn de la
destrucción del Crochan, los había mandado llamar de nuevo a sus dominios.
Los compañeros cabalgaron, aunque no triunfantes y alegres, sino más bien
pensativos. También el corazón del rey Smoit estaba dolorido, pues había perdido a
muchos guerreros.
Taran iba junto a Gwydion a la cabeza de la columna, con Kaw en el hombro. El
sendero se abría paso lentamente a través de colinas ricamente vestidas con los colores
del otoño; Taran guardó silencio durante un largo rato.
—Es extraño —acabó diciendo al fin—. Había anhelado entrar en el mundo de los
hombres y ahora veo que está lleno de penalidades, crueldad y traiciones, y que en él
abundan demasiado quienes serían capaces de acabar con todo lo que les rodea.
—Pese a todo debes entrar en él —le respondió Gwydion—, pues tal es el destino que
se nos ha impuesto a todos y cada uno de nosotros. Es cierto que has visto todas esas
cosas, pero también existen en igual proporción el amor y la alegría. Piensa en Adaon y
me creerás.
»Piensa también en tus compañeros. Habrían dado lo que más apreciaban a causa de
su amistad hacia ti: a decir verdad, lo habrían dado todo.
Taran asintió.
—Ahora veo que en realidad pagué un precio muy bajo por todo, pues el broche no fue
nunca realmente mío. Lo llevé durante un tiempo, mas no era parte de mí. Doy gracias
por haberlo tenido conmigo durante ese tiempo, pues al menos pude aprender, en ese
breve lapso, lo que siente un bardo y qué debe hacer un héroe.
—Por eso fue tan difícil tu sacrificio —dijo Gwydion—. Escogiste ser un héroe no a
través de los encantamientos sino mediante tu propia hombría; ahora que has elegido de
tal modo, para bien o para mal, debes correr los riesgos de un hombre. Puede que venzas
y puede que seas derrotado: el tiempo lo decidirá.
Habían llegado ya al valle del Ystrad. En ese instante Gwydion detuvo su corcel de
crines doradas.
—Melyngar y yo debemos volver a Caer Dathyl —le dijo— para contárselo todo al rey
Math. Tú le dirás a Dallben lo sucedido, pues, ciertamente, esta vez sabes tú mucho más
de los acontecimientos que yo.
«Parte sin dilación —siguió Gwydion tendiéndole la mano—. Tus camaradas te
aguardan y ya sé lo ansioso que está Coll por preparar su huerto antes de la llegada del
invierno. Adiós, Taran, Aprendiz de Porquerizo... y amigo mío.
Gwydion agitó la mano una vez más en señal de adiós y cabalgó en dirección norte.
Taran permaneció allí hasta perderle de vista y luego hizo volver grupas a Melynlas para
encontrarse con los sonrientes rostros de sus compañeros.
—De prisa —exclamó Eilonwy—. Hen Wen estará esperando con impaciencia su baño.
Y me temo que Gurgi y yo nos fuimos con tal prisa que la cocina habrá quedado algo
revuelta. ¡Eso es peor que empezar un viaje y olvidarse de los zapatos!
Taran galopó hacia ellos.
FIN

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