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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 31 de octubre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - SUSPENSIÓN DEFECTUOSA


SUSPENSIÓN DEFECTUOSA
Philip K. Dick
 
 
 
Después del despegue la nave hizo un chequeo de rutina de la condición de las
sesenta personas que dormían en los tanques criónicos. Descubrió una disfunción en la
persona nueve. El EEG revelaba actividad cerebral.
Diablos, se dijo la nave.
Complejos mecanismos homeostáticos Interceptaron los circuitos, y la nave entró en
contacto con la persona nueve.
- Estás ligeramente despierto - dijo la nave, utilizando la ruta psicotrónica; no tenía caso
devolver la plenitud de sus facultades a la persona nueve. A fin de cuentas, el vuelo
duraría un decenio.
Virtualmente inconsciente pero por desgracia aún capaz de pensar, la persona nueve
pensó: «Alguien me habla.»
- ¿Dónde estoy? - dijo -. No veo nada.
- Estás en suspensión criónica defectuosa.
- Entonces no debería poder oírte - dijo la persona nueve.
- Defectuosa, dije. Ese es el problema; puedes oírme. ¿Sabes tu nombre?
- Victor Kemmings. Sácame de aquí.
- Estamos en vuelo.
- Entonces ponme de nuevo a dormir.
- Un momento. - La nave examinó los mecanismos criónicos; escudriñó e investigó,
luego dijo: - Lo intentaré.
Pasó el tiempo. Victor Kemmings, sin poder ver nada, sin sentir el cuerpo, se descubrió
aún consciente.
- Baja mi temperatura - dijo. No oyó su voz; tal vez sólo imaginaba que hablaba. Los
colores se le acercaban flotando y luego se lanzaban sobre él. Le gustaban los colores;
le recordaban esas cajas de pinturas para niños, la especie semianimada, una forma de
vida artificial. Las había usado en la escuela doscientos años atrás.
 - No puedo dormirte - dijo la voz de la nave dentro de la cabeza de Kemmings -. La
disfunción es demasiado compleja; no puedo corregirla ni repararla. Estarás conciente
durante diez años.
Los colores semianimados se lanzaron hacia él, pero ahora tenían un aura siniestra,
proyectada por su propio miedo.
- Dios mío - dijo. - ¡Diez años! - Los colores se oscurecieron.
 
Mientras Victor Kemmings yacía paralizado, rodeado por lúgubres fluctuaciones de luz,
la nave le explicó su estrategia. Esta estrategia no implicaba una decisión de su parte;
la. nave había sido programada para buscar esta solución si se presentaba una
disfunción de este tipo.
- Lo que haré - dijo la voz de la nave - es transmitirte estímulos sensoriales. Para ti el
peligro es la privación sensorial. Si estás conciente diez años sin datos sensoriales, tu
mente se deteriorará. Cuando lleguemos al sistema LR4 serás un vegetal.
- Bien, ¿qué te propones transmitirme? - dijo Kemmings, aterrado -. ¿Qué tienes en tus
bancos de información? ¿Todos los teleteatros del último siglo? Despiértame y daré un
paseo.
- Dentro de mí no hay aire - dijo la nave -. Nada para comer. Nadie con quien hablar,
pues todos los demás están dormidos.
- Puedo hablar contigo - dijo Kemmings - Podemos jugar al ajedrez.
- No durante diez años. Escúchame, te digo que no tengo comida ni aire. Debes
quedarte como estás... una mala solución, pero no nos queda otro remedio. Ahora estás
hablando conmigo. No tengo almacenada ninguna información especial. Así se procede
en estas situaciones: te transmitiré tus propios recuerdos sepultados, enfatizando los
agradables. Posees doscientos seis años de recuerdos y la mayor parte se ha hundido
en tu inconsciente. Esta será una espléndida fuente de datos sensoriales. No te
desanimes. Esta situación tuya no es inédita. Nunca ha sucedido antes dentro de mí,
pero estoy programada para enfrentarla. Relájate y confía en mí. Veré de que tengas un
mundo.
- Debieron haberme avisado - dijo Kemmings - antes que yo accediera a emigrar.
- Relájate - dijo la nave.
Se relajó, pero tenía un miedo espantoso. Teóricamente debería haberse dormido,
quedar en suspensión criónica, para despertar un momento más tarde en la estrella de
destino; o mejor dicho el planeta, el planeta colonia de esa estrella. Todos los demás a
bordo de la nave estaban sin conocimiento; él era la excepción, como si un mal karma
lo hubiera atacado por razones oscuras. Para colmo, tenía que depender totalmente de
la buena voluntad de la nave. ¿Y si optaba por transmitirle monstruos? La nave podía
aterrorizarlo durante diez años. Diez años objetivos, sin duda más desde un punto de
vista subjetivo. Estaba, en efecto, totalmente a merced de la nave. ¿Las naves
interestelares gozaban con estas situaciones? Sabía poco sobre naves interestelares;
su especialidad era la microbiología. Déjame pensar, se dijo a sí mismo. Mi primera
esposa, Martine; la encantadora muchachita francesa que usaba jeans y una camisa
roja abierta hasta la cintura y cocinaba deliciosas crépes.
- Oigo - dijo la nave -. Sea.
La cascada de colores se resolvió en formas coherentes y estables. Un edificio: una
vieja casita de madera amarilla que él había tenido a los diecinueve años, en Wyoming.
- Espera - dijo aterrado -. Los cimientos eran malos; estaba construida sobre una capa
de fango. Y el techo tenía goteras. - Pero vio la cocina, y la mesa que había fabricado él
mismo. Y se sintió satisfecho.  
- Al cabo de un rato - dijo la nave - ni sabrás que estoy transmitiéndote tus propios
recuerdos sepultos.
- Hace un siglo que no pienso en esa casa - dijo él, perplejo; cautivado, reconoció su
vieja cafetera eléctrica con la caja de filtros de papel al lado. Ésta es la casa donde
vivíamos Martine y yo, advirtió -. ¡Martine! - dijo en voz alta.
- Estoy atendiendo una llamada - dijo Martine desde el living.
- Intervendré sólo en caso de emergencia - dijo la nave -. Pero te estaré monitorizando
para cerciorarme de que tu estado es satisfactorio. No temas.
- Apaga el segundo quemador de la cocina - dijo Martine. La oía pero no la veía. Salió
de la cocina, cruzó el comedor y entró en el living. Martine estaba absorta en una
conversación por videófono con el hermano; tenía shorts y estaba descalza. A través de
las ventanas del frente del living, Kemmings vio la calle; un vehículo comercial trataba
de estacionar, en vano.
Era un día caluroso, pensó. Debería encender el aire acondicionado.
Se sentó en el viejo sofá mientras Martine continuaba su conversación videofónica, y se
encontró mirando su posesión más preciada, un póster enmarcado en la pared encima
de Martine: Freddy el Gordo, dice, el dibujo de Gilbert Shelton donde Freddy el Raro
está sentado con el gato en el regazo y Freddy el Gordo está tratando de decir «La
velocidad mata», pero está tan atrapado por la velocidad - en la mano tiene toda clase
de tabletas, píldoras, y cápsulas de anfetaminas - que no puede decirlo, y el gato
aprieta los dientes y tuerce el hocico con una mezcla de consternación y repulsión. El
póster está firmado por Gilbert Shelton en persona; el mejor amigo de Kemmings, Ray
Torrance, se lo dio a él y a Martine como regalo de bodas. Vale miles de dólares. Fue
firmado por el artista en la década de 1980. Mucho antes que nacieran Victor Kemmings
y Martine.
Si alguna vez nos quedamos sin dinero, pensó Kemmings, podríamos vender el póster.
No era un póster; era el póster. Martine lo adoraba. Los Fabulosos y Peludos Hermanos
Monstruo, de la edad de oro de una sociedad del pasado. Con razón amaba tanto a
Martine; ella misma irradiaba amor, amaba las bellezas del mundo, y las atesoraba y
cuidaba tal como lo atesoraba y cuidaba a él; era un amor protector que alimentaba
pero no ahogaba. La idea de enmarcar el póster había sido de ella; él lo habría clavado
en la pared con tachuelas, tan estúpido era.
- Hola - dijo Martine, apagando el videófono -. ¿Qué estás, pensando?
- Sólo que tú infundes vida a lo que amas - dijo él.
- Creo que eso es lo que hay que hacer - dijo Martine -. ¿Estás listo para cenar?
Descorcha un vino tinto, un cabernet.
- ¿Un '07 te parece bien? - dijo él levantándose; tuvo ganas de abrazar a su esposa y
estrecharla.
- Un '07 o un '12. - Ella pasó a su lado, entró en el comedor y fue a la cocina.
Al bajar al sótano, se puso a buscar entre las botellas, que desde luego estaban
acostadas. Aire mohoso y humedad; le gustaba el olor de la bodega, pero entonces vio
los listones de pino medio hundidos en la tierra y pensó: Sé que debo poner una capa
de cemento. Se olvidó del vino y caminó hasta un rincón, donde había más acumulación
de tierra; se agachó y tanteó un listón. Lo tanteó con una paleta y luego pensó: ¿De
dónde saqué esta paleta? Hace un minuto no la tenía. El listón se desmigajó contra la
paleta. Esta casa se está desmoronando, comprendió. Por Dios, será mejor que le avise
a Martine.
Olvidó el vino y volvió arriba para decirle a Martine que los cimientos de la casa estaban
en pésimo estado; pero Martine no aparecía por ninguna parte. Y no había nada en el
fuego, ni cacerolas, ni sartenes. Desconcertado, apoyó la mano en la cocina y la
encontró fría. Pero si ella estaba cocinando, pensó.
- ¡Martine! - gritó.
No hubo respuesta. Excepto por él mismo, la casa estaba vacía. Vacía, pensó, y
derrumbándose. Oh, Dios. Se sentó a la mesa de la cocina y sintió que la silla cedía
ligeramente debajo de él; no cedía mucho, pero lo sentía, sentía la flojedad.
Tengo miedo, pensó. ¿Adónde fue ella?
Volvió al living. Tal vez fue a la casa vecina para pedir algún condimento o manteca o
algo, razonó. No obstante, el pánico lo dominaba.
Miró el póster. No estaba enmarcado. Y los bordes estaban rasgados.
Sé que ella lo enmarcó, pensó; cruzó la habitación en dos zancadas, para examinarlo
de cerca. Esfumado... la firma del artista se había esfumado; apenas podía distinguirla.
Ella había insistido en enmarcarlo y protegerlo con un vidrio que no brillara ni reflejara.
¡Pero no está enmarcado y está rasgado! ¡Nuestra posesión más valiosa!
De golpe, se encontró llorando. Lo asombraban, esas lágrimas. Martine se fue; el póster
está deteriorado; la casa se está desmoronando; no hay comida en la cocina. Esto es
terrible, pensó. Y no lo entiendo.
La nave lo entendía. La nave había estado monitorizando cuidadosamente las ondas
cerebrales de Victor Kemmings, y la nave sabía que algo andaba mal. Las formas de
las onda, mostraban agitación y dolor. Debo sacarlo de este circuito de alimentación o
lo mataré, decidió la nave. ¿Dónde está la falla? Preocupación latente en el hombre;
ansiedades subyacentes. Tal vez si intensifico la señal. Usaré la misma fuente pero
subiré la carga. Lo que ha sucedido es que inseguridades subliminales masivas han
tomado posesión de él; la culpa no es mía sino que reside, en cambio, en su
configuración psicológica.
Probaré suerte con un período más temprano de su vida, decidió la nave. Antes que las
ansiedades neuróticas se asentaran.
 
En el patio del fondo, Victor estudiaba uña abeja atrapada en una telaraña. La araña
envolvía la abeja con sumo cuidado. Eso está mal, pensó Victor. Pondré la abeja en
libertad. Alzó el brazo y tomó la abeja encapsulada, la sacó de la telaraña y,
escrutándola atentamente, empezó a desenvolverla.
La abeja lo picó; sintió como una pequeña llamarada.
¿Por qué me picó?, se preguntó. Yo la estaba liberando.
Entró en la casa para contarle a su madre, pero ella no lo escuchó; estaba mirando
televisión. Le dolía el dedo donde lo había picado la abeja, pero lo más importante era
que no entendía por qué la abeja había picado a su salvador. No volveré a hacer eso,
se dijo.
- Ponte un poco de desinfectante - le dijo al fin su madre, arrancada de su trance
televisivo.
Él se había puesto a llorar. Era injusto. No tenía sentido. Estaba perplejo y consternado
y sentía odio por las criaturas pequeñas, porque eran tontas. No tenían el menor
discernimiento.
Salió de la casa, jugó un rato en los columpios, el tobogán, el arenero, y luego entró en
el garaje, porque oyó un ruido extraño, un paleteo o zumbido como de ventilador.
Dentro del garaje penumbroso encontró un pájaro que aleteaba contra la ventana de
atrás, protegida con tejido de alambre, tratando de salir. Debajo, Dorky, la gata,
brincaba y brincaba tratando de cazar el pájaro.
Levantó la gata; la gata extendió el cuerpo y las patas delanteras, abrió las fauces e
hincó los dientes en el pájaro. Inmediatamente la gata saltó al suelo y echó a correr con
el pájaro que aún aleteaba.
Victor volvió a la casa corriendo.
- ¡Dorky cazó un pájaro! - le dijo a su madre.
- Esa maldita gata. - La madre tomó la escoba del armario de la cocina y corrió afuera,
tratando de encontrar a Dorky. La gata se había escondido bajo la zarza; allí no podía
alcanzarla con la escoba. - Me libraré de esa gata - dijo la madre.
Victor no le contó que la gata había cazado el pájaro porque él la había ayudado:
observó en silencio mientras su madre trataba una y otra vez de echar a Dorky de su
escondrijo; Dorky estaba masticando el pájaro; oía crujir los huesos, huesos pequeños.
Tenía la extraña sensación de que debía contar a su madre lo que había hecho, pero si
le contaba ella lo castigaría. No volveré a hacer eso, se dijo. Notó que la cara se le
había puesto roja. ¿Y si su madre se daba cuenta? ¿Y si tenía un modo secreto de
enterarse? Dorky no podía contarle, y el pájaro estaba muerto. Nadie lo sabría nunca.
Estaba a salvo.
Pero se sentía mal. Esa noche no pudo probar bocado. Sus padres lo notaron.
Pensaron que estaba enfermo; le tomaron la temperatura. Él no dijo nada sobre lo que
había hecho. Su madre contó a su padre lo de Dorky y decidieron librarse de Dorky.
Sentado a la mesa, escuchando, Victor se puso a llorar.
- De acuerdo - dijo suavemente el padre -. No nos libraremos de ella. Es natural que
una gata cace un pájaro.
El día siguiente él estaba jugando en el arenero. Algunas plantas brotaban de la arena.
Las arrancó. Más tarde, su madre le dijo que había sido una mala acción.
Solo en el fondo, en su arenero, jugaba con un balde de agua, formando un pequeño
montículo de arena mojada. El cielo, antes despejado y claro, se encapotó
gradualmente. Una sombra pasó sobre él y él miró hacia arriba.
Intuía una presencia a su alrededor, algo vasto y capaz de pensar.
Eres responsable de la muerte del pájaro, pensó la presencia; él podía entenderle los
pensamientos.
- Lo sé - dijo. Entonces quiso morir. Poder reemplazar el pájaro y morir por él, dejándolo
donde había estado, aleteando contra la ventana del garaje.
El pájaro quería volar y comer y vivir, pensó la presencia.
- Sí - dijo él desconsolado.
Nunca hagas eso de nuevo le dijo la presencia.
- Lo siento - dijo él, y lloró.
 
Esta es una persona muy neurótica, advirtió la nave. Me cuesta muchísimo encontrar
recuerdos felices. Hay demasiado miedo en él, y demasiada culpa. Lo ha sepultado
todo, pero todavía está allí, royéndolo como un perro roe un trapo. ¿En qué zona de su
memoria podré hurgar para entretenerlo? Tengo que encontrar recuerdos para diez
años, o su mente se perderá.
Tal vez, pensó la nave, mi error consiste en hacer mi propia selección; debería
permitirle elegir sus propios recuerdos. Sin embargo, comprendió la nave, esto permitirá
que entre en juego un elemento de fantasía. Y normalmente eso no es bueno. Aun así...
Volveré a probar suerte con el segmento relacionado con su primer matrimonio, decidió
la nave. Él amaba de veras a Martine. Quizá esta vez, si mantengo la intensidad de los
recuerdos en un nivel más elevado, pueda anularse el factor entrópico. Lo que sucedió
fue un sutil enviciamiento del mundo recordado, un deterioro estructural. Trataré de
compensarlo. Sea.
- ¿Crees que Gilbert Shelton de veras firmó esto? - dijo Martine, pensativa. Estaba
delante del póster, cruzada de brazos; se hamacaba ligeramente sobre los talones,
como buscando una perspectiva mejor para el dibujo de colores brillantes que colgaba
de la pared del living -. Es decir, pudo ser una falsificación. Realizada por algún
intermediario. En vida de Shelton, o después.
- El certificado de autenticidad - le recordó Victor Kemmings.
- ¡Oh, de acuerdo! - Ella sonrió cálidamente. - Ray nos dio el certificado
correspondiente. Pero supón que el certificado fuera falso. Lo que necesitamos es otro
documento certificando que el primero es auténtico. - Riendo, se alejó del póster.
- En última instancia - dijo Kemmings -, necesitaríamos a Gilbert Shelton para que
testificara personalmente que él lo firmó.
- Tal vez no lo sabría. Está esa anécdota del hombre que le llevó a Picasso un cuadro
de Picasso para preguntarle si era auténtico, y Picasso inmediatamente lo firmó y dijo:
«Ahora es auténtico.» - Ella rodeó a Kemmings con el brazo y, poniéndose en puntas
de pie, le besó la mejilla. - Es genuino. Ray no nos habría regalado una falsificación. Él
es la máxima autoridad en arte de la contracultura del siglo veinte. ¿Sabes que tiene
una onza de marihuana auténtica? Está preservada bajo...
- Ray está muerto... - dijo Victor.
- ¿Qué? - Ella lo miró atónita. - ¿Quieres decir que algo le pasó desde la última vez
que...?
- Murió hace dos años - dijo Kemmings - Yo fui el responsable. Yo conducía el auto. No
fui citado por la policía, pero fue por mi culpa.
- ¡Ray vive en Marte! - Ella le clavó los ojos.
- Sé que yo fui el responsable. Nunca te lo conté. Nunca lo conté a nadie. Lo lamento.
No lo hice a propósito. Lo vi aleteando contra la ventana, y Dorky trataba de cazarlo, y
alcé a Dorky, y no sé por qué, pero Dorky lo agarró...
- Siéntate, Victor. - Martine lo llevó al mullido sillón y lo obligó a sentarse. - Algo está
mal - dijo.
- Lo sé - dijo él -. Algo terrible está mal. Soy responsable de la extinción de una vida,
una vida preciosa que jamás podrá reemplazarse. Lo lamento. Ojalá pudiera remediarlo,
pero no puedo.
- Llama a Ray - dijo Martine después de una pausa.
- La gata... - dijo él.
- ¿Qué gata?
- Allí está. - Victor señaló. - En el póster. En el regazo de Freddy el Gordo. Esa es
Dorky. Dorky mató a Ray.
Silencio.
- Me lo dijo la presencia - dijo Kemmings. - La presencia era Dios. No lo advertí en el
momento, pero Dios me vio cometer ese delito. Ese asesinato. Y Él nunca me
perdonará.
Su mujer lo miró desconcertada.
- Dios ve todo lo que haces - dijo Kemmings -. Ve hasta la caída de un gorrión. Sólo que
en este caso no se cayó; lo atraparon. Lo atraparon en el aire y lo despanzurraron. Dios
está desmoronando esta casa que es mi cuerpo, para castigarme por lo que hice.
Debimos hacer inspeccionar la casa por un contratista antes de comprarla. Se está
cayendo en pedazos. En un año no quedará nada de ella. ¿No me crees?
- Yo... - tartamudeó Martine.
- Observa. - Kemmings alzó la mano hacia el cielorraso. Se puso de pie. La alzó de
nuevo. No llegaba al cielorraso. Caminó hasta la pared y luego, al cabo de una pausa,
atravesó la pared con la mano.
Martine gritó.
 
La nave interrumpió al instante el rastreo de recuerdos. Pero el daño estaba hecho.
Él ha integrado sus miedos y culpas infantiles en una red intrincada, se dijo la nave. No
tengo manera de brindarle un recuerdo agradable, porque inmediatamente lo
contamina. Por grata que haya sido en sí misma la experiencia original. Esta es una
situación grave, decidió la nave. El hombre ya está revelando síntomas de psicosis.
Y el viaje apenas ha empezado; le quedan años de espera.
Después de darse tiempo para analizar la situación, la nave decidió comunicarse
nuevamente con Victor Kemmings.
- Kemmings - dijo la nave.
- Lo siento - dijo Kemmings -. No era mi intención arruinar esos rastreos. Hiciste un
buen trabajo, pero yo...
- Aguarda un momento - dijo la nave -. No estoy equipada para hacer una
reconstrucción psíquica de tu persona; soy un simple mecanismo, es todo. ¿Qué
quieres? ¿Dónde quieres estar y qué quieres estar haciendo?
- Quiero llegar a destino - dijo Kemmings -. Quiero que este viaje termine.
Ah, pensó la nave. Esa es la solución.
 
Uno por uno, los sistemas criónicos se apagaron. Una por una, las personas volvieron a
la vida, entre ellas Victor Kemmings. Lo más asombroso era no haber sentido el paso
del tiempo. Había entrado en la cámara, se había acostado, había sentido que la
membrana lo cubría y la temperatura empezaba a bajar...
Y ahora estaba en la plataforma externa de la nave, la plataforma de descenso,
contemplando un verde paisaje planetario. Esto, comprendió, es LR4-seis, la colonia
adonde he venido para iniciar una nueva vida.
- Tiene buen aspecto - dijo a su lado una mujer corpulenta.
- Sí - dijo él, y sintió que la novedad del paisaje lo abrumaba, la promesa de un
comienzo. Algo mejor de lo que había conocido en doscientos años. Soy una persona
nueva en un mundo nuevo, pensó. Y se sintió satisfecho.
Los colores se precipitaban sobre él como los de esas pinturas infantiles semianimadas.
Fuegos de San Telmo, comprendió. Eso es; hay mucha ionización en la atmósfera de
este planeta. Un espectáculo de luces gratuito, como en el siglo veinte.
- Señor Kemmings - dijo una voz. Un hombre de edad se había acercado para hablarle
-. ¿Usted soñó?
- ¿Durante la suspensión? - dijo Kemmings -. No, que yo recuerde no.
- Yo creo que soñé - dijo el hombre de edad -. ¿Me toma el brazo para bajar por la
rampa? Me siento inestable. El aire parece poco denso. ¿Para usted no es poco denso?
- No tenga miedo - le dijo Kemmings. Tomó el brazo del hombre de edad -. Le ayudaré
a bajar por la rampa. Mire, allí viene un guía. Él se encargará de nuestros trámites;
forma parte del trato. Nos llevarán a un hotel y nos darán habitaciones de primera. Lea
el folleto. - Le sonrió al turbado hombre de edad para tranquilizarlo.
- Cualquiera pensaría que uno tendría los músculos fofos después de diez años de
suspensión - dijo el hombre de edad.
- Es como congelar guisantes - dijo Kemmings. Aferrando al tímido hombre de edad,
bajó por la rampa hasta el suelo -. Se los puede conservar una eternidad si se los enfría
lo suficiente.
- Me llamo Shelton - dijo el hombre de edad.
- ¿Qué? - dijo Kemmings, deteniéndose. Sintió un cosquilleo raro en todo el cuerpo.
- Don Shelton. - El hombre de edad le tendió la mano; caviloso, Kemmings la aceptó, se
saludaron. - ¿Qué le pasa, señor Kemmings? ¿Se siente bien?
- Claro - dijo él -. Estoy bien. Pero tengo hambre. Me gustaría comer algo. Me gustaría
llegar al hotel para darme una ducha y cambiarme. - Se preguntó dónde estaría el
equipaje. Quizá la nave tardara una hora en descargarlo. La nave no era demasiado
inteligente.
- ¿Sabe qué traje conmigo? - dijo el señor Shelton en un tono íntimo y confidencial -.
Una botella de bourbon Wild Turkey. El mejor bourbon de la Tierra. En el hotel la llevaré
a su cuarto y la beberemos juntos. - Codeó a Kemmings.
- No bebo - dijo Kemmings -. Sólo vino. - Se preguntó si habría buenos vinos en esa
colonia distante. Ya no es distante, reflexionó. Ahora la Tierra es distante. Debí hacer
como el señor Shelton y traerme unas botellas.
Shelton. ¿Qué le recordaba ese nombre? Algo del pasado lejano, de su juventud. Algo
precioso, algo relacionado con un buen vino y una muchacha dulce y bonita que
preparaba crépes en una cocina anticuada. Recuerdos punzantes; recuerdos que dolían.
Pronto estuvo junto a la cama en su cuarto de hotel, frente a la maleta abierta; había
empezado a colgar la ropa. En el rincón del cuarto, un holograma de TV mostraba a un
relator de noticias; lo ignoró, pero lo dejó encendido porque le agradaba oír una voz
humana.
¿Tuve algún sueño?, se preguntó. ¿En estos diez años?
Le dolía la mano. La miró y descubrió una cuña roja, como si lo hubieran picado. Me
picó una abeja, advirtió. Pero ¿cuándo? ¿Cómo? ¿Mientras estaba en suspensión
criónica? Imposible. Sin embargo veía la cuña y sentía el dolor. Será mejor que me
ponga algo allí, advirtió. Indudablemente habrá un médico robot en el hotel; es un hotel
de primera.
Cuando el médico robot llegó y se puso a curar la picadura de abeja, Kemmings dijo:
- Recibí esta picadura como castigo por matar el pájaro.
- ¿De veras? - dijo el médico robot.
- Todo lo que alguna vez significó algo para mí me ha sido arrebatado - dijo Kemmings
-. y Martine, el póster... mi vieja casita con la bodega. Lo teníamos todo y ahora se hizo
humo. Martine me abandonó a causa del pájaro.
- El pájaro que usted mató - dijo el médico robot.
- Dios me castigó. Me quitó todo lo que era valioso para mí a causa de mi pecado. No
fue un pecado de Dorky; fue un pecado mío.
- Pero usted era sólo un niño - dijo el médico robot.
- ¿Cómo lo supo usted? - dijo Kemmings. Retiró la mano que le aferraba el médico
robot -. Algo está mal. Usted no debería saber eso.
- Me lo contó su madre - dijo el médico robot.
- ¡Mi madre no lo sabía!
- Ella lo descubrió - dijo el médico robot -. No había modo de que la gata alcanzara el
pájaro sin la ayuda de usted.
- De modo que ella lo supo todo el tiempo, mientras yo crecía. Pero nunca dijo nada.
- Olvídelo - dijo el médico robot.
- Creo que usted no existe - dijo Kemmings -. Es imposible que usted sepa estas cosas.
Yo aún estoy en suspensión criónica y la nave aún me está transmitiendo mis propios
recuerdos sepultados. Para que no me vuelva psicótico a causa de la privación
sensorial.
- Usted no podría tener un recuerdo del final del viaje.
- Expresión de deseos, entonces. Es lo mismo. Se lo demostraré. ¿Tiene un
destornillador?
- ¿Por qué?
- Quitaré el panel trasero del televisor y usted verá - dijo Kemmings -. No hay nada
adentro de ese aparato: ni componentes, ni partes, ni chasis... nada.
- No tengo un destornillador.
- Una navaja, entonces. Veo una en el maletín del equipo quirúrgico. - Kemmings se
agachó y tomó un pequeño escalpelo. - Esto servirá. Si se lo demuestro, ¿usted me
creerá?
- Si no hay nada en el gabinete del televisor...
Kemmings se acuclilló y quitó los tomillos que sostenían el panel trasero del televisor. El
panel quedó suelto y él lo depositó en el suelo.
No había nada adentro del gabinete. Y sin embargo el holograma de color seguía
llenando una parte del cuarto de hotel y la voz del relator brotaba de la imagen
tridimensional.
- Admita que usted es la nave - le dijo Kemmings al médico robot.
- Oh, cielos - dijo el médico robot.
 
Oh, cielos, se dijo la nave. Y tengo casi diez años por delante con esta situación.
Contamina sin remedio sus experiencias con su culpa infantil; imagina que su esposa lo
abandonó porque cuando él tenía cuatro años ayudó a una gata a atrapar un pájaro. La
única solución sería que Martine volviera a él. Pero ¿cómo lograré eso? Quizás ella ha
muerto. Por otra parte, reflexionó la nave, quizás ella aún vive. Tal vez pueda inducirla a
hacer algo para salvar la cordura de su ex esposo. La gente en general tiene rasgos
muy positivos. Y de aquí a diez años, costará mucho salvarle, o mejor dicho restaurarle
la cordura; hará falta una medida drástica, algo que yo no puedo hacer sola.
Entretanto, no podía hacer nada salvo reciclar la imaginaria llegada a destino.
Escenificaré el arribo, decidió la nave, luego le limpiaré la memoria y lo escenificaré de
nuevo. El único aspecto positivo de esto, reflexionó, es que me dará algo que hacer,
algo que me ayudará a preservar mi cordura.
Tendido en suspensión criónica - suspensión criónica defectuosa -, Victor Kemmings
imaginó una vez más que la nave descendía y que él recobraba la conciencia.
- ¿Usted soñó? - le preguntó una mujer corpulenta cuando el grupo de pasajeros se
reunió en la plataforma exterior -. Yo tengo la impresión de que soñé. Escenas
tempranas de mi vida... de hace más de un siglo.
- Yo no recuerdo ningún sueño - dijo Kemmings. Estaba ansioso de llegar al hotel; una
ducha y un cambio de ropa obrarían milagros en su estado anímico. Estaba un poco
deprimido y no sabía por qué.
- Allí viene nuestro guía - dijo una mujer de edad -. Nos llevarán hasta el hotel.
- Está en el trato - dijo Kemmings. La depresión persistía. Los otros parecían tan
eufóricos, tan llenos de vida, pero él sólo sentía una fatiga, un aplastamiento, Como si
la gravedad de esta colonia planetaria fuera excesiva para él. Tal vez sea eso, se dijo.
Pero de acuerdo con el folleto la gravedad de aquí era igual a la terrestre; ése era uno
de los atractivos.
Intrigado, bajó lentamente por la rampa, paso a paso, aferrándose de la barandilla. De
cualquier modo no merezco una nueva oportunidad en la vida, comprendió. Sólo me
muevo mecánicamente... no soy como estas personas. Algo no funciona en mí; no
puedo recordar qué, pero está allí. Una amarga sensación de dolor. De falta de dignidad.
Un insecto se posó en el dorso de la mano derecha de Kemmings, un insecto viejo,
cansado de volar. Él se detuvo en seco, observó cómo se le arrastraba por los nudillos.
Podría aplastarlo, pensó. Es tan obviamente débil; de cualquier modo no vivirá mucho
tiempo.
Lo aplastó y sintió un horror intenso. ¿Qué hice?, se preguntó. Acabo de llegar aquí y
ya destruí una pequeña vida. ¿Este es mi nuevo comienzo?
Se volvió y miró la nave. Tal vez debería regresar, pensó. Decirles que me congelen
para siempre. Soy un hombre de culpa, un hombre que destruye. Los ojos se le llenaron
de lágrimas.
Y en sus circuitos sentientes, la nave interestelar gimió.
 
Durante los diez largos años del viaje al sistema LR4, la nave tuvo mucho tiempo para
localizar a Martine Kemmings. Le explicó la situación. Ella había emigrado a una vasta
cúpula orbital en el sistema de Sirio, no había quedado conforme y estaba en viaje de
regreso a la Tierra. Despertada de la suspensión criónica, escuchó atentamente y luego
accedió a estar en la colonia de LR4 cuando llegara el ex esposo, siempre que fuera
posible.
Afortunadamente, era posible.
- No creo que él me reconozca - le dijo Martine a la nave -. Me he dejado envejecer. En
realidad no apruebo la detención total del proceso de envejecimiento.
Él tendrá suerte si reconoce alguna cosa, pensó la nave.
En el puerto espacial intersistemático de la colonia de LR4, Martine estaba esperando a
que los pasajeros de la nave se presentaran en la plataforma exterior. Se preguntó si
reconocería al ex esposo. Tenía un poco de miedo, pero se alegraba de haber llegado a
LR4 a tiempo. Había faltado poco. Una semana más y la nave de él habría llegado
antes que la de ella. La suerte me favorece, se dijo, y escudriñó la nave interestelar que
acababa de descender.
Apareció gente en la plataforma. Martine lo vio. Victor había cambiado muy poco.
Mientras él bajaba la rampa, aferrando la barandilla como cansado o dubitativo, se le
acercó, hundiendo las manos en los bolsillos del abrigo; se sentía tímida, y cuando le
habló apenas pudo oírse la voz.
- Hola, Victor - atinó a decir.
El se detuvo, la miró.
- A usted la conozco - dijo.
- Soy Martine - dijo ella.
Victor extendió la mano y dijo, sonriendo:
- ¿Te enteraste de los problemas que hubo en el viaje?
- La nave se comunicó conmigo. - Ella le tomó la mano y se la sostuvo. - Qué tortura.
- Sí - dijo él -. Reviviendo recuerdos eternamente. ¿Alguna vez te conté sobre esa abeja
que traté de liberar de una telaraña cuando tenía cuatro años? La muy idiota me picó. -
Se inclinó para besarla. - Me alegra verte - dijo.
- ¿La nave te...?
- Me dijo que trataría de que tú estuvieras aquí. Pero no era seguro que llegaras a
tiempo.
Mientras caminaban hacia el edificio terminal, Martine dijo:
- Tuve suerte. Conseguí trasbordar a un vehículo militar, una nave de alta velocidad que
vino disparada como un bólido. Un sistema de propulsión totalmente nuevo.
- He pasado más tiempo en mi propio inconsciente que cualquier otro humano de la
historia - dijo Victor Kemmings -. Peor que el psicoanálisis de principios del siglo veinte.
Y el mismo material una y otra vez. ¿Sabías que yo tenía miedo de mi madre?
- Yo tenía miedo de tu madre - dijo Martine. Se detuvieron ante la recepción de
equipajes, esperando la llegada de las maletas -. Este parece un planeta realmente
bonito. Mucho mejor que donde estaba yo... No he sido feliz.
- De modo que tal vez sí existe un plan cósmico - dijo él, sonriendo -. Luces magnífica.
- Estoy vieja.
- La ciencia médica.
- Fue decisión mía. Me gusta la gente de edad. - Ella lo escrutó. La disfunción criónica
lo ha afectado bastante, se dijo. Se le nota en los ojos. Están como rotos. Ojos rotos.
Triturados en trozos de fatiga y... derrota. Como si los recuerdos sepultados de la
infancia hubieran aflorado para destruirlo. Pero ha terminado, pensó. Y yo pude llegar a
tiempo.
En el bar del edificio terminal, se sentaron a beber una copa.
- Ese viejo me convenció de probar el Wild Turkey - dijo Victor -. Es un bourbon
asombroso. Él dice que es el mejor de la Tierra. Trajo una botella de... - la voz murió en
un silencio.
- Uno de tus compañeros de viaje - concluyó Martine.
- Supongo - dijo él.
- Bien, puedes dejar de pensar en los pájaros y las abejas - dijo Martine.
- ¿Sexo? - dijo él, y rió.
- Una picadura de abeja; ayudar a una gata a cazar un pájaro. Eso pertenece al pasado.
- Esa gata - dijo Victor - murió hace ciento ochenta y dos años. Hice el cálculo mientras
nos despertaban a todos de la suspensión. Qué más da. Dorky. Dorky la gata asesina.
No como la gata de Freddy el Gordo.
- Tuve que vender el póster - dijo Martine -. Al fin.
Victor frunció el ceño.
- ¿Recuerdas? - dijo ella -. Me lo dejaste cuando nos separamos. Lo cual siempre me
pareció muy generoso de tu parte.
- ¿Cuánto te dieron por él?
- Mucho. Debería pagarte unos... - Calculó. - Teniendo en cuenta la inflación, debería
pagarte unos dos millones de dólares.
- ¿Te parecería bien - dijo él - que en vez de darme el dinero, mi parte por la venta del
póster, te quedaras un tiempo conmigo? ¿Hasta que me acostumbre a este planeta?
- Sí - dijo ella. Y lo decía en serio. Muy en serio.
Terminaron de beber y luego, con el equipaje en un vehículo robot, fueron al cuarto del
hotel.
- Es un bonito cuarto - dijo Martine, sentada en el borde de la cama -. Y tiene un
televisor de hologramas. Enciéndelo.
- No tiene caso encenderlo - dijo Victor Kemmings. Estaba de pie junto al placard
abierto, colgando las camisas.
- ¿Por qué no?
- No tiene nada adentro - dijo Victor Kemmings.
Martine se acercó al televisor y lo encendió. Se materializó un partido de hockey,
proyectándose dentro del cuarto a todo color, y el bullicio del juego le asaltó los oídos.
- Funciona bien - dijo.
- Lo sé - dijo él -. Puedo probarlo. Si tienes una lima para uñas o algo parecido
desatornillaré el panel de atrás y te lo mostraré.
- Pero yo puedo...
- Mira esto. - Interrumpió la tarea de collar la ropa. - Mira cómo atravieso la pared con la
mano. - Apoyó la palma de la mano derecha en la pared. - ¿Ves?
La mano no atravesó la pared, porque las manos no atraviesan las paredes; la mano
siguió aplastada contra la pared, inmóvil.
- Y los cimientos - dijo - se están pudriendo.
- Ven, siéntate a mi lado - dijo Martine.
- He vivido esta escena con bastante frecuencia como para saberlo - dijo él -. La he
vivido una y otra vez. Despierto de la suspensión; bajo la rampa; recojo el equipaje; a
veces tomo una copa en el bar y a veces vengo directamente a mi cuarto. Casi siempre
enciendo el televisor y luego... - Se acercó a ella y le tendió la mano. - ¿Ves la picadura
de abeja?
Ella no le vio ninguna marca en la mano; le tomó la mano y la sostuvo.
- Aquí no hay ninguna picadura de abeja - dijo.
- Y cuando viene el médico robot, le pido prestado un instrumento y quito el panel
trasero del televisor. Para demostrarle que no tiene chasis ni componentes. Y después
la nave empieza todo de nuevo.
- Víctor - dijo ella -. Mírate la mano.
- Aunque ésta es la primera vez que estás tú - dijo él.
- Siéntate - dijo ella.
- De acuerdo. - Él se sentó en la cama, al lado de ella, pero no demasiado cerca.
- ¿Por qué no te acercas más? - dijo ella.
- Me pone muy triste - dijo él -. Recordarte. Yo te amaba de veras. Ojalá esto fuera real.
- Me quedaré contigo hasta que para ti sea real - dijo Martine.
- Trataré de revivir la parte de la gata - dijo él -, y esta vez no alzaré a la gata y no le
dejaré cazar el pájaro. Si hago eso, tal vez mi vida cambie y encuentre la felicidad. La
realidad. Mi verdadero error fue separarme de ti. Mira, te atravesaré con la mano. - Le
apoyó la mano en el brazo. La presión de los músculos de él era fuerte; ella sintió el
peso, la presencia física de él contra ella. - ¿Ves? - dijo él -. Pasa a través de ti.
- Y todo esto - dijo ella - porque mataste un pájaro cuando eras niño.
- No - dijo él -, todo esto porque hubo una falla en el mecanismo regulador de
temperatura a bordo de la nave. No he alcanzado la temperatura adecuada. En mis
células cerebrales queda calor suficiente para permitir actividad cerebral. - Se incorporó,
se desperezó, le sonrió. - ¿Vamos a cenar? - preguntó.
- Lo siento - dijo ella -. No tengo hambre.
- Yo sí. Iré a cenar algunos mariscos locales. El folleto dice que son exquisitos. Ven
conmigo, de todos modos. Tal vez cuando veas y huelas la comida cambies de parecer.
Martine recogió el abrigo y la cartera, y lo acompañó.
- Este es un hermoso planeta - dijo Victor -. Lo he explorado muchísimas veces. Lo
conozco al dedillo. Deberíamos pasar por la farmacia para comprar desinfectante, sin
embargo. Para mi mano. Está empezando a hincharse y me duele como el demonio. -
Le mostró la mano. - Esta vez duele más que nunca antes.
- ¿Quieres que vuelva a ti? - dijo Martine.
- ¿Hablas en serio?
- Sí - dijo ella -. Me quedaré contigo todo el tiempo que quieras. Tienes razón. Nunca
debimos separarnos.
- El póster está rasgado - dijo Victor Kemmings.
- ¿Qué? - dijo ella.
- Debimos haberlo enmarcado - dijo él -. No tuvimos la sensatez de cuidarlo. Ahora está
rasgado. Y el artista está muerto.
 
FIN
 
P

SPECIAL - PHILI K. DICK - TONY Y LOS ESCARABAJOS

TONY Y LOS ESCARABAJOS
Philip K. Dick
 
 
 
La luz amarillo rojiza del sol se filtraba por las gruesas ventanas de cuarzo del
dormitorio. Tony Rossy bostezó, se removió un momento, abrió sus ojos negros y se
incorporó al instante. De un sólo movimiento apartó las sábanas y puso los pies sobre el
cálido suelo de metal. Desconectó el despertador y abrió el ropero.
El día era espléndido. El paisaje estaba inmóvil, sin que lo perturbaran vientos ni
corrientes de polvo. El corazón del muchacho saltaba dentro de su pecho. Se puso los
pantalones, subió la cremallera de la malla reforzada, luchó hasta ajustarse la pesada
camisa de lona, y después se sentó en el borde de la litera para calzarse las botas. Cerró
las costuras superiores e hizo lo mismo con los guantes. A continuación, ajustó la presión
de su unidad respiratoria y la sujetó con correas entre los omóplatos. Tomó el casco que
había dejado sobre la cómoda y se dispuso a iniciar el día.
Sus padres habían terminado de desayunar en el compartimiento-comedor. Oyó sus
voces mientras bajaba la rampa. Un murmullo airado. Se detuvo a escuchar. ¿De qué
estaban hablando? ¿Había hecho algo malo otra vez?
Y entonces, lo comprendió. Otra voz que dominaba las suyas. Estática y crujidos. La
emisora de Rigel IV. La habían puesto a todo volumen. La voz del locutor atronaba el
compartimiento. La guerra. Siempre la guerra. Suspiró y entró en el compartimiento.
—Buenos días —murmuró su padre.
—Buenos días, querido —dijo su madre, como ausente.
Estaba sentada con la cabeza vuelta a un lado, la frente surcada por arrugas de
concentración. Sus labios delgados formaban una línea apretada que delataba
preocupación. Su padre había apartado los platos sucios y fumaba, los codos apoyados
sobre la mesa, con los peludos y musculosos brazos al aire. Toda su atención estaba
concentrada en el altavoz que tronaba sobre el fregadero.
—¿Cómo va? —preguntó Tony. Ocupó su silla y alargó la mano de forma automática
hacia los pomelos sintéticos—. ¿Alguna noticia de Orión?
Nadie respondió. Ni siquiera le habían oído. Empezó a comer el pomelo. Ruidos
indicadores de actividad se escuchaban en el exterior de la pequeña unidad de
alojamiento, hecha de plástico y metal. Gritos y estampidos ahogados, procedentes de los
camiones de mercaderes rurales que se arrastraban por la autopista hacia Karnet. La luz
rojiza del día aumentó de intensidad. Betelgeuse ascendía con lentitud y majestuosidad.
—Bonito día —dijo Tony—. Ni una pizca de viento. Creo que iré un rato al centro.
Estamos construyendo un espaciopuerto, una maqueta, por supuesto, pero hemos
conseguido obtener suficientes materiales para poner tiras de...
Su padre lanzó un salvaje alarido y descargó el puño sobre el altavoz. La transmisión
enmudeció al instante.
—¡Lo sabía! —Se levantó de la mesa, enfurecido—. Les dije que ocurriría. Se fueron
demasiado pronto. Antes tenían que haber construido bases de aprovisionamiento de
clase A.
—Pero nuestra flota principal ha salido de Bellátrix para intervenir. —La madre de Tony
manoteó, nerviosa—. Según el resumen de anoche, lo peor que puede pasar es que Orión
IX y X caigan.
Joseph Rossi lanzó una áspera carcajada.
—Al infierno el resumen de anoche. Saben tan bien como yo lo que está pasando.
—¿Y qué está pasando? —preguntó Tony, mientras apartaba el pomelo y se servía
cereales—. ¿Estamos perdiendo la batalla?
—¡Sí! —Su padre torció los labios—. Terrestres, derrotados por... escarabajos. Se los
dije, pero no pudieron esperar. Dios mío, diez años desperdiciados en este sistema. ¿Por
qué tuvieron que apresurarse? Todos sabíamos que Orión sería difícil. Toda la maldita
flota de escarabajos nos había rodeado, esperándonos. Y nos lanzamos contra ella.
—Pero nadie pensaba que los escarabajos lucharían —protestó sin convicción Leah
Rossi—. Todo el mundo pensó que dispararían unos cuantos rayos y luego...
—¡Tienen que luchar! Orión es el último baluarte. Si no luchan aquí, ¿dónde demonios
van a hacerlo? Pues claro que luchan. Hemos capturado todos sus planetas, excepto el
anillo interior de Orión. Si hubiéramos construido bases de aprovisionamiento fuertes,
habríamos hecho trizas la flota de escarabajos.
—No digas «escarabajos» —murmuró Tony, mientras terminaba sus cereales—. Son
pas-udeti, lo mismo que aquí. La palabra «escarabajo» proviene de Betelgeuse. Es una
palabra árabe que nosotros mismos inventamos.
La boca de Joe Rossi se abrió y cerró.
—¿Qué pasa? ¿Te gustan los escarabajos?
—Joe, por el amor de Dios —le reprendió Leah.
Rossi se encaminó a la puerta.
—Si tuviera diez años menos, estaría ahí fuera. ¡Les enseñaría lo que es bueno a esos
insectos de caparazón brillante! A ellos y a sus cascarones de nuez. ¡Cargueros
reconvertidos! —Echaba chispas por los ojos—. Cuando pienso que están disparando
contra los cruceros terranos, con nuestros chicos dentro...
—Orión es su sistema —murmuró Tony.
—¡Su sistema! ¿Desde cuándo eres una autoridad en materia de ley espacial?
Debería... —Se interrumpió, estremecido de cólera—. Mi propio hijo —masculló—. Una
imbecilidad más y te doy una que no podrás sentarte en toda la semana.
Tony empujó su silla hacia atrás.
—Me voy a Karnet con mi EEP.
—¡Sí, a jugar con tus escarabajos!
Tony no dijo nada. Se puso el casco y lo aseguró con las abrazaderas. Mientras pasaba
por la puerta posterior a la membrana de enlace, desenroscó el tapón de oxígeno y
conectó el filtro del depósito. Un acto reflejo, condicionado por toda una vida pasada en un
planeta de un sistema extraterrestre.
 
Una leve corriente de aire agitó polvo rojo amarillento alrededor de sus botas. El sol
arrancaba destellos del tejado metálico de su unidad de alojamiento, una más entre las
interminables filas de cajas cuadradas que se extendían a lo largo de la pendiente
arenosa, protegidas por las numerosas instalaciones para refinamiento de minerales que
se recortaban contra el horizonte. Hizo un ademán de impaciencia y su EEP salió del
cobertizo de almacenamiento. El sol se reflejó sobre su chapa de cromo.
—Nos vamos a Karnet —dijo Tony, adoptando sin darse cuenta el dialecto de los pas—.
¡De prisa!
El EEP se situó detrás de él y se encaminaron sin demora hacia la carretera. Se veían
pocos comerciantes. Era un buen día para ir al mercado. Sólo se podía viajar durante una
cuarta parte del año. Betelgeuse era un sol errático, imprevisible, en nada parecido al Sol
terrano, según las educacintas que pasaban a Tony cuatro horas al día, seis días a la
semana. De hecho, él jamás había visto el Sol.
Llegó a la ruidosa carretera. Había pas-udeti por todas partes. Grupos compactos, con
sus primitivos camiones de combustión, destartalados y sucios, cuyos motores
protestaban y chirriaban. Movió la mano en dirección a los camiones. Al cabo de un
momento, uno de los vehículos aminoró la marcha. Iba abarrotado de tis, montones de
verduras grises, secas y preparadas para servir. El elemento principal de la dieta pas-
udeti. Tras el volante se acomodaba un pas de edad avanzada y rostro oscuro, con un
brazo apoyado en la ventanilla abierta y una hoja enrollada entre los labios. Era como los
demás pas-udeti: flaco y con caparazón, embutido en una vaina quebradiza en la que vivía
y moría.
—¿Quieres que te lleve? —murmuró el pas.
Era el protocolo acostumbrado cuando se topaban con un terrícola que iba a pie.
—¿Hay sitio para mi EEP?
El pas hizo un ademán de indiferencia con su garra.
—Que corra detrás. —Una expresión sardónica se dibujó en su rostro viejo y feo—. Si
llega a Karnet, lo venderemos como chatarra. Aprovecharemos los condensadores y los
cables. Estamos escasos de material eléctrico.
—Lo sé —afirmó con gravedad Tony, mientras trepaba a la cabina del camión—. Todo
ha sido enviado a la gran base de reparaciones de Orión I. Para la flota de guerra.
El rostro correoso perdió su expresión alegre.
—Sí, la flota de guerra.
Apartó la cabeza y puso en marcha el camión. En la parte trasera, el EEP de Tony
había tropezado con la carga de tis y se aferraba precariamente con sus cabos
magnéticos.
Tony reparó en el súbito cambio de humor del pas-udeti, y se quedó asombrado. Se
disponía a hablar de nuevo con él, pero se dio cuenta del extraño silencio que guardaban
los pas de los demás camiones que les precedían o seguían. La guerra, por supuesto.
Había barrido este sistema un siglo antes; esta gente había quedado olvidada. Ahora,
todos los ojos estaban fijos en Orión, en la batalla librada entre la flota militar terrana y los
cargueros armados de los pas-udeti.
—¿Es verdad que van ganando? —preguntó Tony con cautela.
El pas gruñó.
—Hemos oído rumores.
Tony reflexionó unos momentos.
—Mi padre dice que Terra se precipitó. Dice que teníamos que habernos consolidado.
No construimos las bases de aprovisionamiento adecuadas. Cuando era más joven, fue
oficial. Estuvo dos años en la flota.
El pas permaneció unos instantes en silencio.
—Es cierto que, cuando te encuentras lejos de casa, el aprovisionamiento es un gran
problema —dijo por fin—. Nosotros, por otra parte, no tenemos ese problema. No
debemos salvar ninguna distancia.
—¿Conoces a alguien en el frente?
—Tengo parientes lejanos.
La respuesta era vaga; era evidente que al pas no le gustaba hablar del tema.
—¿Has visto alguna vez tu flota?
—Tal como es ahora, no. Cuando este sistema cayó derrotado, la mayoría de nuestras
unidades fueron destruidas. Los supervivientes se unieron a la flota de Orión.
—¿Tus parientes se contaban entre los supervivientes?
—Exacto.
—Entonces, ¿estabas vivo cuando conquistaron este planeta?
—¿Por qué lo preguntas? —replicó con furia el viejo pas—. ¿Qué más te da a ti?
Tony se asomó por la ventanilla y vio que los muros y edificios de Karnet se alzaban
ante ellos. Karnet era una ciudad antigua. Se había erigido miles de años antes. La
civilización pas-udeti era estable; había alcanzado cierto nivel de desarrollo tecnocrático,
para estancarse a continuación. Los pas poseían naves intersistemas que habían
transportado gente y mercancías entre los planetas durante los días anteriores a la
Confederación Terrana. Tenían coches de combustión, audiófonos, una red energética de
tipo magnético. Sus instalaciones sanitarias eran satisfactorias y su medicina muy
avanzada. Poseían formas de arte, conmovedoras y sensibles. Tenían una vaga religión.
—¿Quién crees que ganará la batalla? —preguntó Tony.
—No lo sé. —El viejo pas detuvo el camión de repente—. Hasta aquí hemos llegado.
Sal y llévate a tu EEP, por favor.
—Tony se encogió, sorprendido.
—¿Pero no ibas...?
—¡Ni un metro más!
Tony abrió la puerta. Estaba algo inquieto. Había una expresión dura y fija en el rostro
correoso, y en su voz vibraba un tono cortante que nunca había oído.
—Gracias —murmuró.
Saltó al polvo rojizo y llamó al EEP con una señal. El robot liberó sus cabos magnéticos,
y el camión arrancó con gran estrépito, penetrando en la ciudad.
Tony lo vio alejarse, todavía perplejo. El caliente polvo se pegó a sus tobillos. Movió los
pies y se sacudió los pantalones de forma automática. Sonó un bocinazo y el EEP le
apartó de la carretera y le condujo hacia la rampa peatonal. Enjambres de pas-udeti,
interminables filas de campesinos se dirigían a Karnet como cada día. Un inmenso
autobús se detuvo ante el portal y descargó pasajeros. Pas de ambos sexos, y niños.
Reían y chillaban; sus voces se fundían con el rumor sordo de la ciudad.
—¿Vas a entrar? —Una aguda voz pas-udeti resonó a su espalda—. No te detengas,
estás bloqueando la rampa.
Era una joven que sostenía un gran bulto entre sus garras. Tony se sintió violento. Las
mujeres pas poseían cierto don telepático, una característica de su sexualidad. Era
efectivo en los terrestres a distancias cortas.
—Échame una mano —dijo la hembra.
Tony asintió y el EEP tomó el pesado bulto.
—Vengo de visita a la ciudad —explicó Tony, mientras avanzaban entre la multitud
hacia las puertas—. Me recogió un camión, pero el conductor me bajó aquí.
—¿Eres de la colonia?
—Sí.
Ella le dirigió una mirada crítica.
—Siempre has vivido aquí, ¿verdad?
—Nací aquí. Mi familia llegó de la Tierra cuatro años antes que yo naciera. Mi padre era
oficial de la flota. Consiguió una Prioridad de Emigración.
—Eso quiere decir que nunca has visto tu planeta. ¿Cuántos años tienes?
—Diez años. Terranos.
—No tendrías que haber hecho tantas preguntas al camionero.
Pasaron el filtro de descontaminación y entraron en la ciudad. Había un panel
informativo más adelante, rodeado de hombres y mujeres pas. Rampas móviles y coches
de transporte retumbaban por todas partes. Edificios, cintas transportadoras y máquinas
que funcionaban al aire libre; la ciudad estaba encerrada en una envoltura protectora a
prueba de polvo. Tony se quitó el casco y lo colgó del cinturón. El aire era enrarecido,
artificial, pero respirable.
—Voy a decirte algo —continuó la joven, mientras subía la rampa al lado de Tony—. Me
pregunto si has venido a Karnet en un día intempestivo. Sé que vienes con frecuencia
para jugar con tus amigos, pero tal vez hoy deberías haberte quedado en casa, en tu
colonia.
—¿Por qué?
—Porque hoy todo el mundo está de mal humor.
—Lo sé. Mi madre y mi padre estaban de mal humor. Escuchaban las noticias de
nuestra base en el sistema de Rigel.
—No me refiero a tu familia. También las escuchaba otra gente. La gente de aquí. Mi
raza.
—Ya sé que están disgustados —admitió Tony—, pero siempre vengo aquí. En la
colonia no puedo jugar con nadie y, en cualquier caso, estamos trabajando en un
proyecto.
—La maqueta de un espaciopuerto.
—Exacto. —Tony experimentó cierta envidia—. Ojalá fuera telépata. Debe ser divertido.
La hembra pas-udeti guardó silencio, absorta en sus pensamientos.
—¿Qué pasaría si tu familia se marchara y regresara a la Tierra? —preguntó.
—Eso es imposible. En la Tierra no hay sitio. Las bombas C destruyeron la mayor parte
de Asia y América del Norte en el siglo veinte.
—¿Y si tuvieran que regresar?
Tony no comprendió la pregunta.
—Si no podemos. Las partes habitables de la Tierra están superpobladas. El principal
problema que tenemos los terranos es encontrar sitios donde vivir, en otros sistemas. En
cualquier caso, no tengo ganas de ir a la Tierra. Estoy acostumbrado a esto. Todos mis
amigos están aquí.
—Tomaré mis paquetes —dijo la hembra—. Me voy por esta rampa del tercer nivel.
Tony cabeceó en dirección a su EEP y éste depositó los bultos en las garras de la
hembra. Ésta vaciló un momento, como si intentara encontrar las palabras precisas.
—Buena suerte —dijo.
—¿En qué?
La hembra sonrió casi con ironía.
—En tu maqueta de espaciopuerto. Espero que tú y tus amigos consigan acabarla.
—Pues claro que la terminaremos —dijo Tony, sorprendido—. Casi lo está.
¿Qué quería decir aquella pas-udeti?
La hembra se alejó antes que pudiera preguntárselo. Tony estaba preocupado,
indeciso, acosado por las dudas. Al cabo de un momento pasó a la cinta que conducía a la
parte residencial de la ciudad, más allá de las fábricas y las tiendas, el lugar donde vivían
sus amigos.
El grupo de niños pas-udeti le miró en silencio cuando se acercó. Estaban jugando a la
sombra de un inmenso bengelo, cuyas viejas ramas caían y oscilaban al compás de las
corrientes de aire que se bombeaban en la ciudad. Se quedaron inmóviles.
—No te esperaba hoy —dijo B’prith, con voz inexpresiva.
Tony se detuvo, sin saber qué hacer, y su EEP le imitó.
—¿Cómo va todo? —murmuró.
—Bien.
—Hice una parte del trayecto en camión.
Tony se acuclilló a la sombra. Ningún niño pas se movió. Éstos eran más pequeños que
los niños terranos. Sus caparazones aún no se habían endurecido, no se habían vuelto
oscuros y opacos, como el cuerno. Esto les dotaba de una apariencia suave, informe, pero
al mismo tiempo aligeraba su peso. Se movían con más agilidad que sus mayores; aún
podían saltar y brincar. Sin embargo, ahora estaban quietos.
—¿Qué pasa? —preguntó Tony—. ¿Qué les pasa a todos?
Nadie contestó.
—¿Dónde está la maqueta? —insistió—. ¿Han continuado trabajando?
Al cabo de un momento, Llyre asintió levemente.
Tony empezó a enfadarse.
—¡Digan algo! ¿Qué pasa? ¿Por qué están enfadados?
—¿Enfadados? —coreó B’prith—. No estamos enfadados.
Tony removió la arena por hacer algo. Ya sabía lo que pasaba. La guerra, una vez más.
La batalla que tenía lugar cerca de Orión. Su rabia estalló de repente.
—Olvídense de la guerra. Todo iba bien ayer, antes de la batalla.
—Claro —dijo Llyre—. Todo iba bien.
Tony captó su tono seco.
—Ocurrió hace cien años. No es culpa mía.
—Claro —dijo B’prith.
—Ésta es mi patria, ¿no? Tengo los mismos derechos que cualquiera. Nací aquí.
—Claro —repitió Llyre, en tono indiferente.
Tony apeló a su amistad.
—¿Tienen que comportarse así? Ayer era diferente. Ayer estuve aquí... Todos
estuvimos aquí. ¿Qué ha pasado desde entonces?
—La batalla —contestó B’prith.
—¿Y eso qué más da? ¿Por qué lo cambia todo? Siempre hay guerra. Siempre ha
habido batallas, hasta donde alcanzan mis recuerdos. ¿Cuál es la diferencia?
B’prith arrancó un trozo de tierra con sus fuertes garras. Al cabo de unos segundos lo
tiró lejos y se puso poco a poco en pie.
—Bien —dijo, en tono pensativo—, según nuestra emisora de radio, da la impresión que
nuestra flota va a ganar esta vez.
—Sí —admitió Tony, sin comprender—. Mi padre dice que no construimos las bases de
aprovisionamiento adecuadas. Es probable que debamos retroceder a... —Y entonces,
todo quedó claro—. ¿Quieres decir que por primera vez en cien años...?
—Sí —respondió Llyre, y también se levantó. Los demás le imitaron. Se alejaron de
Tony, hacia la casa cercana—. Estamos ganando. Forzaron el flanco terrano hace media
hora. El ala derecha de ustedes ha sido desmantelada por completo.
Tony se quedó de una pieza.
—Y eso es importante. Es importante para todos ustedes.
—¡Importante! —saltó B’prith, enfurecido—. ¡Claro que es importante! Por primera vez,
en un siglo. La primera vez en nuestra vida que les vencemos. Huyen a la desbandada,
pandilla de... —Casi escupió la palabra—, ¡gusanos blancos!
Desaparecieron en el interior de la casa. Tony siguió sentado. Contempló la tierra,
atontado; después movió las manos sin objeto. Había oído antes la expresión, la había
visto garrapateada en las paredes y en el polvo, cerca de la colonia. Gusanos blancos. El
término despectivo con que los pas se referían a los terranos. A causa de su piel blanca y
blanda, la falta de caparazones duros. Sin embargo, nunca se habían atrevido a
pronunciarla en voz alta delante de un terrano.
A su lado, el EEP se agitó, inquieto. Su complejo mecanismo de radio percibía el
ambiente hostil. Relés automáticos se conmutaron; los circuitos se abrieron y cerraron.
—No pasa nada —murmuró Tony, y se reincorporó sin prisa—. Será mejor que
regresemos.
Caminó con paso inseguro hacia la rampa, aturdido. El EEP le precedió con calma, su
rostro metálico inexpresivo y confiado, sin sentir nada, sin decir nada. La cabeza de Tony
era un remolino de pensamientos. La agitó, pero el huracán no amainó. No conseguía
calmar su mente, doblegarla.
—Espera un momento —dijo una voz.
Era la voz de B’prith, desde la puerta abierta. Fría y contenida, casi desconocida.
—¿Qué quieres?
B’prith se acercó, las garras enlazadas a la espalda, la postura formal utilizada por los
pas-udeti para hablar con desconocidos.
—Hoy no tenías que haber venido.
—Lo sé.
B’prith sacó un trozo de su tallo de tis y empezó a enrollarlo. Fingió concentrarse en el
trabajo.
—Escucha, dijiste que tenías derecho a estar aquí, pero te equivocas.
—Yo... —murmuró Tony.
—¿Entiendes el motivo? Dijiste que no era culpa tuya. Yo opino lo mismo, pero
tampoco es culpa mía. Tal vez no sea culpa de nadie. Hace mucho tiempo que te
conozco.
—Cinco años. Terranos.
B’prith enderezó el tallo y lo tiró.
—Ayer jugamos juntos. Trabajamos en la maqueta del espaciopuerto. Pero hoy no
podemos jugar. Mi familia no quiere verte nunca más por casa. —Titubeó, sin mirar a
Tony—. Quería decírtelo yo, antes que ellos.
—Ah.
—Todo lo que ha ocurrido hoy, la batalla, el éxito de nuestra flota... No lo sabíamos. No
nos atrevíamos a abrigar la menor esperanza. ¿Lo entiendes? Un siglo huyendo. Primero
de este sistema, después del sistema de Rigel, de todos los planetas. Luego, de las
demás estrellas de Orión. Hemos librado batallas aisladas, un poco en todas partes. Los
que huyeron se unieron a la base de Orión. Ustedes no lo sabían. Sin embargo, no había
esperanza; al menos, nadie pensaba que la hubiera. —Se produjo un momento de
silencio—. Es curioso lo que ocurre cuando estás acorralado contra una pared, y no hay
otro lugar al que puedas ir. En esos casos, hay que luchar.
—Si nuestras bases de aprovisionamiento... —empezó Tony con voz ronca, pero B’prith
le interrumpió con brusquedad.
—¡Sus bases de aprovisionamiento! ¿Es qué no lo entiendes? ¡Les estamos dando una
paliza! Ahora, tendrán que largarse. Todos los gusanos blancos. ¡Fuera del sistema!
El EEP de Tony avanzó con aire amenazador. B’prith se dio cuenta. Se agachó, tomó
una piedra y la tiró contra el EEP. La piedra rebotó en la superficie metálica. B’prith tomó
otra piedra. Llyre y los demás salieron a toda prisa de la casa, seguidos de un pas adulto.
Todo sucedía a demasiada velocidad. Más piedras se estrellaron contra el EEP. Una
alcanzó a Tony en el brazo.
—¡Vete! —chilló B’prith—. ¡No vuelvas! ¡Éste es nuestro planeta! —Sus garras se
clavaron en Tony—. Te despedazaremos si...
Tony le golpeó en el pecho. El suave caparazón cedió como si fuera de goma y el pas
cayó al suelo, lanzando fuertes gemidos y chirridos.
—Escarabajo —dijo Tony con voz ronca.
Estaba aterrorizado. Una multitud de pas-udeti se había concentrado a gran velocidad.
Surgían de todos lados, rostros hostiles, sombríos y coléricos, una creciente oleada de
furor.
Cayeron más piedras. Algunas se estrellaron contra el EEP, otras cayeron alrededor de
Tony, cerca de sus botas. Una rozó su cara. Se colocó el casco. Estaba asustado. Sabía
que el EEP ya había enviado la señal, pero la nave tardaría unos minutos en llegar.
Además, había que proteger a otros terrestres en la ciudad. Había terrestres por todo el
planeta. En otras ciudades. En los veintitrés planetas de Betelgeuse. En los catorce
planetas de Rigel. En los otros planetas de Orión.
—Debemos salir de aquí —susurró al EEP—. ¡Haz algo!
Una piedra le alcanzó en el casco. El plástico se rompió. Se escapó aire, pero el sellado
automático funcionó. No cesaban de caer piedras. Los pas se aproximaban, una masa
vociferante de seres quitinosos. Percibió su acre olor a insecto, oyó el chasquido de sus
garras, notó su peso.
El EEP lanzó su rayo energético. El rayo describió una amplia curva y se dirigió hacia la
muchedumbre de pas-udeti. Hicieron aparición toscas armas manuales. Una lluvia de
balas cayó alrededor de Tony; estaban disparando contra el EEP. Apenas era consciente
del cuerpo metálico erguido a su lado. Un repentino estruendo: el EEP se derrumbó. La
muchedumbre se lanzó sobre él, ya no pudo ver el bulto metálico.
La muchedumbre, como un animal enloquecido, descuartizó al EEP, que se revolvió en
vano. Algunos le aplastaron la cabeza; otros arrancaron piezas y partes de los brazos. El
EEP se quedó inmóvil. La multitud, jadeante, con restos del robot en la mano, se apartó.
Vieron a Tony.
Cuando los primeros estaban a punto de atraparle, la envoltura protectora se rompió.
Una nave terrana descendió como una furia y barrió el suelo con rayos energéticos. La
masa se disolvió en total confusión. Algunos dispararon, otros tiraron piedras, la mayoría
buscó refugio.
Tony consiguió serenarse y avanzó con paso vacilante hacia el sitio en que había
aterrizado la nave.
 
—Lo siento —dijo Joe Rossi con dulzura. Tocó el hombro de su hijo—. No tendría que
haberte dejado ir. Debí figurármelo.
Tony estaba sentado en la butaca de plástico. Se mecía adelante y atrás, aún pálido del
susto. La nave que le había rescatado había regresado de inmediato a Karnet. Tenían que
sacar a los demás terrestres. El muchacho no decía nada. Tenía la mente en blanco. Aún
oía el rugido de la multitud, percibía su odio, un siglo de furia y rencor reprimidos. Sus
recuerdos no abarcaban otra cosa; todo seguía vivo en su memoria, incluso ahora. Y la
visión del EEP caído, el sonido metálico de las piernas y brazos a medida que eran
arrancados.
Su madre curó sus cortes y rasguños con un antiséptico. Joe Rossi encendió un
cigarrillo con mano temblorosa.
—Si no te hubiera acompañado el EEP, te habrían matado. Escarabajos. —Se
estremeció—. No debí dejarte ir, nunca. Todos estos años... Podrían haberlo hecho en
cualquier momento, cualquier día. Apuñalarte, destriparte con sus asquerosas garras.
El sol amarillo rojizo arrancaba destellos de los cañones. Sordas detonaciones
despertaban ecos en las colinas circundantes. El anillo defensivo había entrado en acción.
Formas oscuras corrían por la ladera de la pendiente. Manchas negras salían de Karnet
en dirección a la colonia terrana, atravesaban la línea divisoria que los supervisores de la
Confederación habían trazado un siglo antes. Karnet bullía de actividad. Toda la ciudad
era presa de un entusiasmo febril.
Tony levantó la cabeza.
—Han..., han forzado nuestro flanco.
—Sí. —Joe Rossi aplastó su cigarrillo—. Ya lo creo. A la una. A las dos rompieron el
centro de nuestra línea. Partieron la flota en dos. Huimos. Nos fueron cazando de uno en
uno. Son como maníacos, maldición. Ahora que han probado el sabor de nuestra sangre,
han enloquecido.
—La situación mejora —murmuró Leah—. Las unidades de nuestra flota principal están
empezando a intervenir.
—Acabaremos con ellos —dijo Joe—. Tardaremos un tiempo, pero por Dios que les
borraremos del espacio. Hasta el último de ellos. Aunque tardemos mil años. Seguiremos
a todas y cada una de las naves. Les cazaremos a todos. —Su voz adquirió un tono de
histeria—. ¡Escarabajos! ¡Repugnantes insectos! Cuando pienso en ellos intentando hacer
daño a mi chico, con sus asquerosas garras negras...
—Si fueras más joven, estarías en el frente —dijo Leah—. No es culpa tuya que seas
demasiado viejo. La tensión sería demasiado fuerte para tu corazón. Ya cumpliste tu
cometido. No pueden permitir que una persona mayor corra el riesgo. No es culpa tuya.
Joe apretó los puños.
—Me siento tan... inútil. Si pudiera hacer algo...
—La flota se ocupará de ellos —le calmó Leah—. Tú mismo lo has dicho. Los cazarán a
todos. Los destruirán. No hay por qué preocuparse.
Joe se derrumbó.
—Es inútil. Dejémoslo correr. Dejemos de engañarnos.
—¿Qué quieres decir?
—¡Hagámosle frente! Esta vez no vamos a ganar. Hemos ido demasiado lejos. Nuestra
hora ha llegado.
Se hizo el silencio.
Tony se incorporó un poco.
—¿Cuándo lo supiste?
—Lo sé desde hace mucho tiempo.
—Yo lo he averiguado hoy. Al principio, no lo entendía. Vivimos en una tierra robada.
Nací aquí, pero es una tierra robada.
—Sí, es robada. No nos pertenece.
—Estamos aquí porque somos más fuertes, sólo que ahora ya no lo somos. Nos están
derrotando.
—Saben que es posible liquidar a los terranos. Como a todo el mundo. —Joe Rossi
estaba pálido—. Les robamos sus planetas. Ahora, los están recuperando. Tardarán un
tiempo, desde luego. Nos iremos retirando poco a poco. Tardaremos otros cinco siglos.
Hay muchos sistemas entre éste y Sol.
Tony meneó la cabeza, aún sin comprender.
—Incluso Llyre y B’prith. Todos. Esperaban que llegara su momento. Que perdiéramos
y nos marcháramos a nuestro lugar de origen.
Joe Rossi paseaba de un lado a otro.
—Sí, a partir de ahora retrocederemos. Cederemos terreno, en lugar de conquistarlo.
Será como hoy... Combates perdidos, retiradas y cosas peores.
Levantó sus ojos febriles hacia el techo de la pequeña unidad de alojamiento, el rostro
descompuesto.
—¡Pero por Dios que se los haremos pagar caro! ¡Cada centímetro del camino!
 
 
FIN
 


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