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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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miércoles, 6 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - LA NAVE DE GANIMEDES

LA NAVE DE GANIMEDES
Philip K. Dick
 
 
 
El general Thomas Groves contempló lúgubremente los mapas de las batallas que
colgaban de las paredes. La delgada línea negra, el círculo de hierro que rodeaba
Ganimedes, continuaba intacta. Esperó un momento, como si abrigara alguna vaga
esperanza, pero la línea no se alteró. Por fin se volvió y abandonó la sala de mapas,
abriéndose paso entre la fila de escritorios.
Se topó en la puerta con el mayor Siller.
—¿Qué ocurre, señor? ¿No se han producido cambios en la guerra?
—Ningún cambio.
—¿Qué vamos a hacer?
—Pactaremos una tregua, aceptando sus condiciones. No podemos seguir otro mes
así. Todo el mundo lo sabe; ellos lo saben.
—Derrotados por algo tan insignificante como Ganimedes.
—Necesitaríamos más tiempo, pero no lo tenemos. Las naves han de zarpar al espacio
ahora mismo. Si hemos de capitular para conseguir que lo hagan, capitularemos.
¡Ganimedes! —escupió—. Si pudiéramos aniquilarles... Pero cuando lo lográramos...
—Cuando lo lográramos las colonias habrían dejado de existir.
—Hemos de controlar la situación —gruñó Groves—, aun a costa de rendirnos.
—¿No nos queda otra solución?
—Encuéntrela. —Groves pasó junto a Siller y salió al pasillo—. Si la encuentra,
comuníquemelo.
 
La guerra duraba desde hacía dos meses terrestres, sin señales visibles de debilitarse.
La difícil posición del Senado se basaba en el hecho de que Ganimedes era el punto de
partida entre el Sistema y su precaria red de colonias en Próxima Centauro. Todas las
naves que se dirigían a las profundidades del espacio eran lanzadas desde las enormes
bases espaciales de Ganimedes. No existían otras bases. Ganimedes había consentido
en este punto, y las bases se habían construido allí.
Los habitantes de Ganimedes se enriquecieron al permitir que sus pequeñas naves en
forma de tubo transportaran todo tipo de carga y aprovisionamientos. Las naves de
Ganimedes, cargueros, cruceros y patrulleros, invadieron poco a poco el espacio.
Un día, esta extraña flota tomó tierra entre las bases, asesinó o encarceló a los
guardias terrestres y marcianos, y proclamó que Ganimedes y las bases les pertenecían.
Si el Senado deseaba utilizar las bases pagaría; y pagaría mucho: el veinte por ciento de
las mercancías sería entregado al emperador de Ganimedes, instalado en la luna con
toda una representación del Senado.
Si el Senado del Sistema intentaba recuperar las bases por la fuerza, éstas serían
destruidas. El ejército de Ganimedes las había minado con bombas H. La flota
ganimediana rodeó la luna, un estrecho círculo de hierro. Si la flota del Senado trataba de
romper el cerco y apoderarse de la luna, sería el fin de las bases. ¿Qué podía hacer el
Sistema?
Y las colonias de Próxima se verían reducidas a la inanición.
—¿Están seguros de que no podemos enviar naves al espacio desde pistas normales?
—preguntó un senador marciano.
—Sólo las naves de clase Uno tienen alguna oportunidad de llegar a las colonias —
respondió con semblante contrariado el comandante James Carmichael—. Una nave de
clase Uno es diez veces más grande que las naves normales intrasistemáticas. Una nave
de clase A necesita unos soportes de varios kilómetros de anchura. No se puede lanzar
una nave de tal envergadura desde un prado.
Se hizo el silencio. La enorme cámara del Senado estaba atestada con representantes
de los nueve planetas.
—Las colonias de Próxima no resistirán ni veinte días —aseguró el doctor Basset—.
Eso significa que debemos enviar una nave antes de una semana; de lo contrario, no
encontraremos a nadie con vida cuando lleguemos.
—¿Cuánto falta para terminar las nuevas bases de la Luna?
—Un mes —contestó Carmichael.
—¿No puede ser antes?
—No.
—Parece evidente que hemos de aceptar las condiciones de Ganimedes —afirmó el
presidente del Senado con disgusto—. ¡Nueve planetas contra una miserable y minúscula
luna! ¡Atreverse a desafiar a los miembros del Senado!
—Podríamos romper su cerco —dijo Carmichael—, pero destruirían las bases sin
dudarlo ni un momento.
—Quizá pudiéramos aprovisionar a las colonias sin utilizar las bases —sugirió un
senador de Plutón.
—Eso significaría no utilizar naves de clase Uno.
—¿No existe otro vehículo capaz de llegar a Próxima?
—Ninguno, que sepamos.
Un senador de Saturno se levantó.
—Comandante, ¿qué clase de naves usa Ganimedes? ¿Son muy diferentes de las
nuestras?
—Sí, pero no sabemos nada de ellas.
—¿Cómo las lanzan?
—De la forma acostumbrada. —Carmichael se encogió de hombros—. Desde las
pistas.
—¿Cree que...?
—No creo que sean naves hiperespaciales. Estamos divagando. Para decirlo claro, no
hay nave capaz de adentrarse en las profundidades del espacio que no requiera una
lanzadera; es un hecho que debemos aceptar.
El presidente del Senado se agitó.
—Se ha presentado una moción ante este Senado, en el sentido de que aceptemos las
propuestas de Ganimedes y terminemos la guerra. ¿Procedemos a la votación, o hay más
preguntas?
Nadie encendió su luz.
—Empecemos, por tanto. Mercurio: ¿cuál es el voto del primer planeta?
—Mercurio acepta las condiciones del enemigo.
—Venus. ¿Qué vota Venus?
—Venus vota...
—¡Alto! —el comandante Carmichael se irguió de súbito. El presidente del Senado
levantó la mano.
—¿Qué ocurre? El Senado está votando.
Carmichael bajó la vista hacia una hoja de papel que le habían traído desde la sala de
mapas.
—Desconozco la importancia de esto, pero creo que el Senado debería escuchar antes
de seguir la votación.
—¿De qué se trata?
—Tengo un mensaje de la avanzadilla. Una patrulla marciana ha conseguido capturar
una Estación de Investigaciones de Ganimedes, en un asteroide situado entre Marte y
Júpiter. Se ha incautado una enorme cantidad de material ganimediano —Carmichael
paseó la mirada por la sala—, incluyendo una nave de Ganimedes, una de fabricación
reciente que se ensayaba en la Estación. La tripulación fue exterminada, pero la nave
apresada resultó ilesa. La patrulla la traslada hacia aquí para que sea examinada por
nuestros expertos.
Un murmullo se elevó de la sala.
—Presento la moción de que retardemos nuestra decisión hasta que la nave de
Ganimedes haya sido examinada —clamó un senador de Urano—. ¡Quizá extraigamos
nuevas conclusiones!
—Los ganimedianos se han dedicado con gran energía a diseñar naves —murmuró
Carmichael al presidente del Senado—. Sus naves son muy extrañas, muy diferentes de
las nuestras. Quizá...
—¿Cuál es la opinión acerca de esta moción? —preguntó el presidente del Senado—.
¿Esperaremos a que la nave sea examinada?
—¡Esperemos! —gritó un coro de voces—. ¡Esperemos!
Carmichael se frotó las manos con aire pensativo.
—Vale la pena intentarlo, pero si no sacamos nada en claro nos tendremos que
resignar a la rendición —dobló la hoja de papel—. De todas maneras, vamos a intentarlo.
Una nave de Ganimedes. Me pregunto...
 
La cara del doctor Earl Basset se puso roja de excitación.
—Déjenme pasar —se abrió paso a codazos entre la fila de oficiales uniformados—.
Por favor, déjenme pasar.
Dos gallardos tenientes se apartaron y entonces vio, por primera vez, la gran esfera de
acero y rexenoido que había sido capturada a las fuerzas de Ganimedes.
—Mírela —susurró el mayor Siller—. No se parece en nada a las nuestras. ¿Cómo
funciona?
—No lleva motores, sólo los de aterrizaje. ¿Qué clase de energía la impulsa? —
preguntó el comandante Carmichael.
La esfera de Ganimedes reposaba en el centro del laboratorio experimental terrestre;
se elevaba sobre las cabezas de los hombres que la rodeaban como una gigantesca
burbuja. Era una hermosa nave, que resplandecía con destellos metálicos, brillaba e
irradiaba una fría luz.
—Produce una sensación extraña —dijo el general Groves. De pronto, contuvo el
aliento—. ¿Supone que esto..., esto sea una nave gravitacional? Creemos que los
ganimedianos experimentan con la gravedad.
—¿Qué es eso? —preguntó Basset.
—Una nave gravitacional alcanzaría su objetivo sin que transcurriera el menor lapso de
tiempo. La velocidad de la gravedad es infinita, no puede ser medida. Si esta esfera es...
—Tonterías —protestó Carmichael—. Einstein demostró que la gravedad no es una
fuerza, sino una torsión de la malla espacio-temporal.
—¿Pero no podría construirse una nave utilizando...?
—¡Caballeros! —El presidente del Senado entró en el laboratorio, seguido de sus
guardias—. ¿Es esto la nave? ¿Esta esfera?
Los oficiales se apartaron y el presidente del Senado se acercó con cautela al enorme
globo resplandeciente. Posó la mano sobre la superficie.
—Está intacta —dijo Siller—. Están descifrando las instrucciones para que podamos
utilizarla.
—Así que ésta es la nave ganimediana. ¿Nos será de alguna ayuda?
—Todavía no lo sabemos —respondió Carmichael.
—Aquí llegan los expertos —señaló Groves.
Se abrió la compuerta de la esfera y dos hombres con batas blancas salieron del
interior, cargados con un descifrador semántico.
—¿Cuáles son los resultados? —preguntó el presidente del Senado.
—Hemos traducido las indicaciones. Una tripulación terrestre puede hacerse cargo de
la nave. Todos los controles están señalizados.
—Antes de hacer despegar la nave deberíamos examinar los motores —advirtió el
doctor Basset—. ¿Sabemos algo de ellos? Ignoramos qué fuerza los mueve, o el tipo de
carburante.
—¿Cuánto tardarían en hacer ese estudio? —preguntó el presidente.  
—Varios días, como mínimo —respondió Carmichael.
—¿Tanto?
—No es posible predecir lo que encontraremos; tal vez alguna clase radicalmente
diferente de propulsión o carburante. Los análisis quizá se prolonguen durante semanas.
El presidente del Senado reflexionó.
—Señor —dijo Carmichael—, creo que sería factible realizar un vuelo de prueba. No
nos costaría mucho reclutar voluntarios.
—El experimento se llevaría a cabo en seguida —dijo Groves—. Sin embargo,
tardaríamos semanas en completar los estudios sobre la propulsión.
—¿Cree que toda una tripulación se presentará voluntariamente?
Carmichael entrelazó las manos.
—No se preocupe por eso. Cuatro hombres serían suficientes. Tres, sin contarme a mí.
—Dos —dijo el general Groves—. Cuenten conmigo.
—¿Y yo, señor? —preguntó el mayor Siller, esperanzado.
El doctor Basset levantó un brazo con nerviosismo.
—¿Se admiten voluntarios civiles? Siento una gran curiosidad.
—¿Por qué no? —sonrió el presidente del Senado—. Si nos va a servir de ayuda,
adelante. Ya tenemos la tripulación.
Los cuatro hombres intercambiaron una sonrisa.
—Bueno —dijo Groves—, ¿qué esperamos? ¡Empecemos!
 
El lingüista señaló los datos con el dedo.
—Observen las indicaciones ganimedianas. A continuación hemos colocado los
equivalentes terrestres. Sin embargo, hay una dificultad. Sabemos que la palabra
ganimediana zahf significa, por ejemplo, cinco, de modo que al lado de zahf escribimos
cinco. ¿Ven este cuadrante? ¿Ven que la saeta marca nesi? Quiere decir cero. ¿Ven
cómo está señalizado?
 
100 liw
50 ka
5 zahf
0 nesi
5 zahf
50 ka
100 liw
 
—¿Y? —inquirió Carmichael.
—Ese es el problema. No sabemos a qué se refieren las cifras. Cinco, pero cinco
¿qué? Cincuenta, pero cincuenta ¿qué? Velocidad, presumiblemente, o quizá distancia.
Como no se ha efectuado ningún estudio de la maquinaria de esta nave...
—¿No pueden interpretarlo?
—¿Cómo? —el lingüista señaló un conmutador—. Sin duda, este mando conecta la
propulsión. Mel: encendido. Cierra el conmutador e indica io: alto. Pero guiar la nave es
harina de otro costal. No sabemos para qué sirven los medidores.
Groves tocó un volante.
—¿Sirve para guiar la nave?
—Controla los cohetes de frenado, de aterrizaje. Desconocemos la propulsión central o
cómo controlarla. La semántica no les ayudará, pero sí la experiencia. Nos limitamos a
traducir números.
Groves y Carmichael se miraron entre sí.
—¿Y bien? —preguntó Groves—. Corremos el riesgo de perdernos en el espacio, o de
caer en el sol. Una vez presencié cómo una nave se precipitaba hacia el sol, girando en
espiral, cada vez más rápida, bajando, bajando...
—Estamos muy lejos del sol. Nos dirigimos hacia Plutón. Nos haremos con el control.
¿Está arrepentido de haberse presentado voluntario?
—Por supuesto que no.
—¿Y ustedes? —preguntó Carmichael a Basset y a Siller—. ¿Aún se sienten con
ánimos?
—Desde luego. —Basset se colocaba el traje espacial—. Ya vamos.
—Cierre el casco herméticamente. —Carmichael le ayudó a ajustarse las polainas—. Y
ahora, los zapatos.
—Comandante —dijo Groves—, están terminando de instalar una videopantalla, por si
necesitamos establecer contacto. Quizá necesitemos ayuda.
—Buena idea. —Carmichael examinó la conexiones—. ¿Una unidad energética
autosuficiente?
—Para mayor seguridad; independiente de la nave.
Carmichael se sentó ante la pantalla y la conectó. Apareció el operador local.
—Póngame con la estación Garrison de Marte, con el comandante Vecchi.
Mientras se efectuaba la conexión, Carmichael se ató los cordones de las botas y las
polainas. Se estaba colocando el casco cuando la pantalla se iluminó. Se materializaron
las morenas y enjutas facciones del comandante Vecchi, que portaba su uniforme
escarlata.
—Saludos, comandante Carmichael —murmuró. Contempló con curiosidad el atuendo
de Carmichael—. ¿Se va de viaje, comandante?
—Es posible que le visite. Vamos a hacer despegar la nave de Ganimedes. Si todo va
bien, confío en aterrizar en su pista a última hora de la tarde.
—Tendremos la pista despejada y preparada.
—Será mejor que dispongan un equipo de emergencia; aún no sabemos hacer
funcionar bien los mandos.
—Les deseo suerte. —Los ojos de Vecchi centellearon—. Veo desde aquí el interior de
la nave. ¿Qué propulsión utiliza?
—Todavía no lo sabemos. Ése es el problema.
—Ojalá sepan aterrizar, comandante.
—Gracias, eso esperamos. —Carmichael cortó la conexión. Groves y Siller ya se
habían vestido, y ayudaban a Basset a ajustarse los auriculares.
—Estamos dispuestos —anunció Groves.
Miró afuera y vio a un grupo de oficiales que les observaban en silencio.
—Despídase —dijo Siller a Basset—. Puede ser su último minuto en la Tierra.
—¿Tanto peligro hay?
Groves se sentó junto a Carmichael ante el tablero de mandos.
—¿Preparado?
Carmichael oyó su voz a través de los auriculares.
—Preparado. —Carmichael estiró su mano enguantada hacia el interruptor que llevaba
la indicación mel—. Allá vamos. ¡Agárrense!
Asió la palanca y tiró.
 
Caían por el espacio.
—¡Socorro! —gritó el doctor Basset.
Rodó por el suelo y se golpeó contra una mesa. Carmichael y Groves se sujetaron con
todas sus fuerzas para no ser despedidos del tablero de control.
La esfera daba vueltas y se precipitaba en medio de una cortina de lluvia,
descendiendo sin cesar. Por la tronera se veía un inmenso océano, una infinita extensión
de agua azul que ocupaba todo el espacio visible. Siller, oscilando de un lado a otro,
miraba el espectáculo con las manos sobre las rodillas.
—Comandante, ¿dónde... dónde se supone que estamos?
—En algún lugar que no es Marte... ¡porque esto no puede ser Marte!
Groves conectó los cohetes de frenado. La esfera tembló cuando los cohetes se
pusieron en funcionamiento.
—Perfecto —dijo Carmichael, estirando el cuello para mirar por la tronera—. ¿Un
océano? Pero ¿qué demonios?
La esfera se deslizó con toda rapidez sobre el agua, paralela a la superficie. Siller se
levantó poco a poco, cogiéndose de la barandilla. Ayudó a Basset a levantarse.
—¿Se encuentra bien, doctor?
—Gracias —tartamudeó Basset. Sus gafas se habían caído en el interior del casco—.
¿Dónde estamos? ¿Ya hemos llegado a Marte?
—Yo diría que esto no es Marte —contestó Groves..
—Pero yo pensaba que íbamos a Marte.
—Y nosotros también. —Groves aminoró la velocidad de la esfera cautelosamente—.
Es evidente que no estamos en Marte.
—¿Y dónde estamos?
—No lo sé. Ya lo averiguaremos. Comandante, cuidado con el motor de estribor, está
desequilibrado. Compénselo.
Carmichael hizo los ajustes necesarios.
—¿Dónde cree que nos hallamos? No lo entiendo. ¿Continuamos en la Tierra? ¿O es
Venus?
Groves conectó la pantalla.
—En seguida sabremos si estamos en la Tierra.
Sintonizó el canal de toda onda, pero la pantalla permaneció sin imagen.
—No estamos en la Tierra.
—Ni en ningún lugar del Sistema. —Groves hizo girar el dial—. No hay respuesta.
—Sintonice la frecuencia de la gran Emisora Marciana.
Groves movió el dial. No había nada en el punto correspondiente a la Emisora
Marciana..., nada. Los cuatro hombres contemplaron con incredulidad la pantalla en
blanco. Toda su vida habían captado en esa onda los rostros sanguíneos de los
presentadores marcianos, veinticuatro horas al día. La emisora más potente del Sistema.
La Emisora Marciana llegaba a los nueve planetas, y aún más lejos. Siempre estaba en el
aire.
—Señor —musitó Basset—, hemos salido del Sistema.
—No estamos en el Sistema —dijo Groves—. Observen ese horizonte curvo... Se trata
de un pequeño planeta, tal vez una luna, pero nunca antes lo habíamos visto, ni en el
Sistema ni en la zona de Próxima.
—Las cifras deben referirse a cantidades enormes. —Carmichael se levantó—. Hemos
salido del Sistema y aterrizado en algún lugar inconcreto de la galaxia.
Escudriñó las aguas ondulantes a través de la tronera.
—No veo estrellas —dijo Basset.
—Más tarde procederemos a una medición estelar, cuando lleguemos al otro lado, lejos
del sol.
—Un océano —murmuró Siller—, un océano enorme. Y una excelente temperatura. —
Empezó a quitarse el casco—. Quizá no los necesitemos, después de todo.
—Es mejor dejárnoslos puestos hasta que analicemos la atmósfera —advirtió Groves—
. ¿Hay tubos de análisis en esta burbuja?
—No veo ninguno —contestó Carmichael.
—Bueno, no importa. Si...
—¡Señor! —exclamó Siller—. ¡Tierra!
Se precipitaron hacia la tronera. En el horizonte del planeta se vislumbraba tierra. Una
larga y llana faja de terreno, el perfil de una costa. Se veía algo verde; la tierra era fértil.
—Giraré un poco a la derecha —dijo Groves, sentado ante el tablero de mandos.
Ajustó los controles—. ¿Qué tal?
—Directos hacia allí —confirmó Carmichael—. Bueno, al menos no nos ahogaremos.
Me pregunto dónde estaremos. ¿Cómo lo averiguaremos? ¿Y si la carta estelar no
coincide? Podemos realizar un análisis espectroscópico, encontrar una estrella conocida...
—Estamos a punto de llegar —anunció Basset con nerviosismo—. Será mejor que
empiece a frenar, general, no sea que nos estrellemos.
—Hago lo que puedo. ¿Hay montañas o picos?
—No, terreno llano.
La esfera aminoró la velocidad a medida que descendía. Bajo sus pies se desplegaba
una alfombra de verdor. Muy lejos divisaron una fila de colinas insignificantes. La esfera
casi rozaba el suelo, mientras los dos pilotos luchaban para frenarla.
—Suave, suave —murmuró Groves—. Demasiado rápido.
Todos los cohetes de frenado estaban conectados. Un ruido atronador, el sonido de los
motores funcionando a pleno rendimiento, ensordecía a los viajeros. Perdió velocidad
poco a poco, hasta que prácticamente quedó colgando en el cielo. Luego flotó, como un
globo de juguete, hasta posarse con suavidad sobre la llanura verde.
—¡Pare los motores!
Los pilotos cerraron los interruptores. El sonido cesó de repente. Se miraron entre sí.
—En cualquier momento... —murmuró Carmichael.
«¡Plop!»
—Hemos aterrizado —se regocijó Basset—, hemos aterrizado.
Abrieron la esclusa sin quitarse los cascos. Siller vigiló con un fusil Boris mientras
Groves y Carmichael ajustaban de nuevo el pesado disco de rexenoide. Una ráfaga de
aire caliente remolineó a su alrededor.
—¿Ve algo? —preguntó Basset.
—Nada, campos llanos. Una especie de planeta. —El general avanzó unos pasos
sobre la tierra—. ¡Plantas! Hay miles de ellas, pero no sé de qué clase.
Los demás le siguieron. Sus botas se hundían en el húmedo suelo. Contemplaron lo
que les rodeaba.
—Qué camino tomamos, ¿hacia aquellas colinas? —preguntó Siller.
—Tanto da. ¡Qué planeta tan llano!
Carmichael empezó a caminar; dejaba profundas huellas en el suelo. Los demás le
siguieron.
—Parece un lugar inofensivo —comentó Basset. Recogió un puñado de plantas—.
¿Qué serán? Tienen aspecto de maleza.
Lo guardó en el bolsillo del traje espacial.
—Alto.
Siller se inmovilizó, rígido, con el fusil levantado.
—¿Qué ocurre?
—Algo se ha movido entre aquellos arbustos.
Esperaron. Todo estaba tranquilo. Una leve brisa agitaba la superficie verde. El cielo
azul se veía limpio de nubes.
—¿Cómo era? —preguntó Basset.
—Algún insecto. Esperen.
Siller avanzó hacia los arbustos y les dio una patada. Una diminuta criatura salió
corriendo al instante. Siller disparó. La lengua de fuego blanco prendió en el suelo.
Cuando la nube de humo se disipó sólo descubrieron un hoyo calcinado.
—Lo siento.
Siller bajó el fusil, tembloroso.
—Está bien. En un planeta desconocido es mejor disparar primero.
Groves y Carmichael se dispusieron a remontar una pequeña elevación.
—Espérenme —gritó Basset, pisándoles los talones—. Me ha entrado algo en la bota.
—Sáqueselo.
Los tres siguieron adelante y dejaron solo al doctor. Éste se sentó sobre el húmedo
suelo, malhumorado. Se desató los cordones de las botas lenta y cuidadosamente.
El aire era cálido. Se relajó y suspiró. Al cabo de un momento se quitó el casco para
ponerse bien las gafas. El perfume de las plantas y las flores era penetrante. Inspiró y
dejó escapar el aire poco a poco. Entonces se puso el casco y terminó de atarse las
botas.
Un hombrecillo que medía menos de veinte centímetros salió de unos arbustos y le
disparó una flecha.
Basset miró la flecha, un diminuto dardo de madera que colgaba de la manga del traje
espacial. Abrió y cerró la boca sin emitir sonido alguno.
Una segunda flecha rebotó en la visera transparente de su casco, seguida de una
tercera y una cuarta. Al arquero se habían unido otros hombrecillos, uno de ellos montado
sobre un caballo diminuto.
—¡Madre de Dios! —exclamó Basset.
—¿Qué ocurre? —la voz del general Groves resonó en sus auriculares—. ¿Se
encuentra bien, doctor?
—Señor, un enano me ha disparado una flecha.
—¿De veras?.
—Hay... hay muchos, ahora.
—¿Está loco?
—¡No! —Basset se levantó de un salto. Una lluvia de flechas se clavó en su traje o
rebotó en el caso. Las vocecillas agudas de los enanos llegaron a sus oídos, excitadas y
penetrantes—. ¡General, vuelva, por favor!
Groves y Siller aparecieron en lo alto de la colina.
—Basset, ¿ha perdido los...?
Se inmovilizaron, estupefactos. Siller levantó el fusil Boris, pero Groves bajó el cañón.
—Es imposible. —Avanzó con la vista clavada en el suelo. Una flecha se estrelló contra
su casco—. Hombrecillos con arcos y flechas.
De súbito, los enanos dieron media vuelta y huyeron, algunos a pie, otros a caballo,
atravesaron los arbustos y salieron al otro lado.
—Se escapan —dijo Siller—. ¿Les seguimos?
—No es posible. —Groves agitó la cabeza—. En ningún planeta viven seres humanos
tan pequeños como ésos. ¡Tan diminutos!
El comandante Carmichael bajó corriendo la cuesta y se les unió.
—¿Es cierto lo que estoy viendo? ¿Han visto también a unos enanitos que huían?
Groves se sacó una flecha del traje.
—Los vimos, ya lo creo que los vimos. —Se acercó la flecha a la visera y la examinó—.
Miren... La punta brilla. Es de metal.
—¿Reparó en su vestimenta? —preguntó Basset—. Lo leí una vez en un cuento: Robin
Hood. Gorritos, botas...
—Un cuento... —Groves se frotó la mandíbula. Un extraño brillo iluminaba sus ojos—.
Un libro.
—¿Cómo dice, señor? —preguntó Siller.
—Nada. —Groves se reanimó y empezó a caminar—. Sigámosles. Quiero ver su
ciudad.
Aceleró el paso, persiguiendo a grandes zancadas a los hombrecillos, que no estaban
muy lejos.
—Vamos —dijo Siller—, antes de que los perdamos de vista.
Carmichael, Basset y Siller alcanzaron a Groves. Los cuatro pisaron los talones a los
enanos, que corrían tan rápidamente como podían. Al cabo de un rato, uno de los
hombrecillos se detuvo y se arrojó al suelo. Los demás vacilaron, mirando hacia atrás.
—Está agotado —dijo Siller—. No puede seguir el ritmo.
Se oyeron grititos agudos. Le estaban azuzando.
—Echadle una mano —dijo Basset.
Se agachó y cogió al hombrecillo. Lo sostuvo delicadamente entre sus dedos
enguantados, sin dejar de darle vueltas.
—¡Uy!
Lo volvió a posar en el suelo.
—¿Qué sucede? —preguntó Groves.
—Me ha picado.
Basset se friccionó el pulgar.
—¿Le ha picado?
—Quiero decir que me ha atravesado el dedo con una espada.
—Eso no es nada.
Groves se lanzó en pos de los hombrecillos.
—Señor —comentó Siller a Carmichael—, esto hace que el problema de Ganimedes
parezca muy remoto.
—Estamos muy lejos.
—Me pregunto cómo será su ciudad —dijo Groves.
—Creo que lo sé —aseguró Basset.
—¿Cómo lo sabe?
Basset no contestó. Se abismó en sus pensamientos y contempló con sumo interés a
los hombrecillos.
—Vamos —dijo—, no les perdamos de vista.
Permanecieron juntos sin intercambiar la menor palabra. A lo lejos, divisaron una
ciudad en miniatura. Los hombrecillos penetraron en ella a través de un puente levadizo.
El puente se alzó, tirado por cuerdas casi invisibles. El puente se cerró ante sus miradas
curiosas.
—¿Y bien, doctor? —preguntó Siller—. ¿Era esto lo que esperaba?
—Ni más ni menos —asintió Basset.
La ciudad estaba rodeada de una muralla de piedra gris, y circundada por un pequeño
foso. Incontables agujas, torres y gabletes se elevaban hacia el cielo. Una furiosa
actividad recorría la ciudad. Una cacofonía de agudos sonidos surgidos de innumerables
gargantas, que aumentaban de intensidad a cada momento, llegó hasta los cuatro
hombres. Soldados protegidos con armaduras hicieron acto de aparición sobre la muralla.
De repente, el puente levadizo se movió. Empezó a bajar hasta quedar horizontal.
Hubo una pausa, y luego...
—¡Miren! —exclamó Groves—. ¡Ahí vienen!
—¡Santo Dios! ¡Mirad eso! —dijo Siller, con el fusil preparado para disparar.
Una horda de hombres armados a caballo cruzó el puente y salió a campo abierto. Se
precipitaron sobre los cuatro hombre. El sol arrancaba reflejos de sus corazas y lanzas.
Eran varios centenares, provistos de gallardetes, banderas y pendones de todos los
colores y tamaños: un impresionante espectáculo en miniatura.
—Prepárense —advirtió Carmichael—. Vienen dispuestos a todo. Protéjanse las
piernas.
La primera oleada de hombres se lanzó sobre Groves, que se hallaba un poco
adelantado. Un círculo de guerreros, diminutas figuras protegidas con armaduras
resplandecientes y adornadas con plumas, le rodearon y acuchillaron furiosamente los
tobillos con sus espadas.
—¡Basta! —aulló Groves, retrocediendo a saltos—. ¡Alto!
—Nos van a dar problemas —dijo Carmichael.
Siller rió histéricamente cuando las flechas empezaron a llover a su alrededor.
—¿Disparo, señor? Una descarga del fusil Boris y...
—¡No! No dispare, es una orden.
Groves siguió retrocediendo cuando una falange de caballería cargó sobre él con las
lanzas enhiestas. Propinó puntapiés con su pesada bota. Una frenética masa de hombres
y caballos se les vino encima.
—Atrás —aconsejó Basset—. Malditos arqueros...
Un ejército de hombres a pie brotó de la ciudad. Llevaban largos arcos y carcajes a la
espalda. Un sonido agudo estremeció el aire.
—Tiene razón —asintió Carmichael. Tenía las polainas destrozadas por obstinados
guerreros que habían desmontado y trataban de derribarle—. Si no vamos a disparar,
será mejor que nos retiremos. Son muy tozudos.
Nubes de flechas llovían sobre sus cabezas.
—Tienen buena puntería —admitió Groves—. Son soldados experimentados.
—Cuidado —dijo Siller—, intentan separarnos y cazarnos uno a uno. —Se acercó a
Carmichael, nervioso—. Larguémonos de aquí.
—¿Les oyen? —preguntó Carmichael—. Están como enloquecidos, se nota que no les
gustamos.
Los cuatro hombres iniciaron la retirada. Los hombrecillos fueron deteniéndose
gradualmente y procedieron a reorganizar sus líneas.
—Es una suerte que nos pusiéramos los trajes —dijo Groves—. Esto ha dejado de ser
divertido.
Siller se agachó y arrancó un puñado de arbustos. Lo lanzó contra la vanguardia de
jinetes, que se dispersaron.
—Déjelo —dijo Basset—. Vámonos.
—¿Nos marchamos?
—Vámonos de aquí. —Basset estaba pálido—. No puedo creerlo; debe de ser algún
tipo de hipnosis, algún tipo de control mental. No puede ser cierto.
—¿Se encuentra bien? —Siller le cogió del brazo—. ¿Qué sucede?
Una mueca peculiar se dibujó en el rostro de Basset.
—No puedo aceptarlo —murmuró en voz baja—. Hace tambalear toda la estructura del
universo, todas las creencias básicas.
—¿Por qué? ¿A qué se refiere?
Groves cogió a Basset por el hombro.
—Tranquilo, doctor.
—Pero, general...
—Ya sé lo que está pensando, pero es imposible. Tiene que haber una explicación
racional, tiene que haberla.
—Un cuento de hadas —musitó Basset—. Una leyenda.
—Mera coincidencia. El relato era una sátira social, nada más. Una sátira social, una
obra de ficción. Recuerde lo que ocurre en este lugar. El parecido es sólo...
—¿De qué hablan? —preguntó Carmichael.
—Este lugar —divagó Basset—. Hemos de marcharnos. Estamos atrapados en una
especie de malla mental.
—¿De qué habla? —Carmichael miró alternativamente a Basset y a Groves—. ¿Saben
dónde nos hallamos?
—No podemos permanecer aquí —dijo Basset
—¿Dónde?
—El lo adivinó: un cuento de hadas, un cuento infantil.
—No, una sátira social, para ser exactos —remachó Groves.
—¿De qué están hablando, señor? —preguntó Siller al comandante Carmichael—. ¿Lo
sabe?
Carmichael gruñó. Su rostro expresó cierta comprensión.
—¿Qué?
—¿Sabe dónde estamos, señor?
—Volvamos a la esfera —respondió Carmichael.
 
Groves paseaba arriba y abajo, inquieto. Se detuvo junto a la tronera y miró afuera.
—¿Vienen más? —preguntó Basset.
—Muchos más.
—¿Qué hacen ahora?
—Siguen trabajando en su torre.
Los hombrecillos levantaban una torre, un andamio junto a la esfera. Caballeros,
arqueros, mujeres y niños colaboraban en la construcción. Desde la ciudad les enviaban
carros tirados por caballos y bueyes, cargados de suministros. Un griterío estridente
penetraba a través del casco de la esfera y llegaba a oídos de los cuatro hombres.
—¿Y bien? —inquirió Carmichael—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Regresamos?
—Ya he tenido bastante —dijo Groves—. Lo único que me interesa es volver a la
Tierra.
—¿Dónde estamos? —preguntó Siller por enésima vez—. Doctor, usted lo sabe.
¡Dígalo, maldita sea! Los tres lo saben. ¿Por qué no lo confiesan?
—Porque queremos conservar nuestra salud mental —respondió Basset con los
dientes apretados—. Sólo por eso.
—Me gustaría saberlo —murmuró Siller—. Si nos fuéramos a un rincón, ¿me lo diría?
—No me moleste, mayor. —Basset meneó la cabeza.
—No es posible —murmuró Groves—. ¿Cómo podría ser cierto?
—Si nos vamos, nunca lo sabremos, nunca llegaremos a estar seguros. Nos perseguirá
durante el resto de nuestras vidas. ¿De verdad estuvimos... aquí? ¿Existe este lugar? ¿Es
cierto que...?
—Había un segundo lugar —interrumpió Carmichael.
—¿Un segundo lugar?
—En el cuento. Un lugar en que la gente era grande.
—Sí —asintió Basset—. Se llamaba... ¿cómo?
—Brobdingnag.
—Brobdingnag. Quizá exista también.
—Así que piensa en serio...
—¿No se ajusta a la descripción? —Basset agitó la mano en dirección a la tronera—.
¿No es eso lo que describe? Todo a escala reducida, soldados diminutos, pequeñas
ciudades amuralladas, bueyes, caballos, jinetes, reyes, gallardetes, el puente levadizo, un
foso, y esas condenadas torres. Siempre construían torres... y disparaban flechas.
—Doctor —preguntó Siller—, ¿a qué se refieren?
No hubo respuesta.
—¿Podría..., podría contármelo al oído?
—No entiendo cómo pudo hacerse realidad —comentó Carmichael—. Recuerdo el
libro, por supuesto. Lo leí de niño, como todo el mundo. Más tarde me di cuenta de que
satirizaba las costumbres de su tiempo, pero, por el amor de Dios, ¡es pura fantasía, no
un lugar real!
—Tal vez poseyera un sexto sentido, tal vez estuvo allí, o sea, aquí, en sueños. Quizá
tuvo una visión. Dicen que, hacia el final de su vida, derivó hacia la psicosis.
—Brobdingnag. Su equivalente —reflexionó en voz alta Carmichael—. Si éste existe,
quizá el otro también existe. Nos explicaría... Saldríamos de dudas, una especie de
verificación.
—Sí, de nuestra teoría, nuestra hipótesis. Pronosticamos que debió de existir; su
existencia serviría de prueba.
—La teoría de L, que predice la existencia de B.
—Hemos de asegurarnos —dijo Basset—. Si regresamos sin comprobarlo, siempre nos
quedaremos con la duda. Cuando estemos luchando con los ganimedianos nos
detendremos y nos preguntaremos... ¿Estuve allí? ¿Existe realmente? Siempre
pensamos que era un cuento, pero ahora...
Groves se sentó ante el tablero de control. Examinó los cuadrantes con suma atención.
Carmichael se sentó a su lado.
—Observe esto —Groves tocó con el dedo el medidor central—. Llega hasta liw, cien.
¿Recuerda qué distancia indicaba cuando despegamos?
—Por supuesto. Nesi, cero. ¿Por qué?
—Nesi indica la posición neutral, nuestra posición en la Tierra. Hemos ido en una
dirección hasta el límite. Carmichael, Basset tiene razón. No podemos volver a la Tierra
hasta que hayamos averiguado si esto es realmente... ¿Me entiende?
—¿Quiere recorrer todo el camino? ¿Ir hasta el otro extremo, hasta el otro liw?
Groves asintió con la cabeza.
—De acuerdo. —El comandante expulsó el aire lentamente—, estoy de acuerdo con
usted. Yo también quiero descubrir el misterio.
—Doctor Basset, no volveremos a la Tierra, de momento —explicó el general Groves—
. Nosotros dos queremos continuar.
—¿Continuar? —Basset se mostró perplejo—. ¿Hacia el otro extremo?
Ambos asintieron. Se hizo el silencio. Los sonidos del exterior habían cesado. La torre
casi llegaba al nivel de la tronera.
—Debemos saber lo que ocurre —dijo Groves.
—Estoy de acuerdo —consintió Basset..
—Estupendo —aprobó Carmichael.
—Me gustaría que alguien me dijera de qué están hablando —expresó Siller en tono de
lamentación—. ¿Sería posible?
—Allá vamos. —Groves apoyó la mano en el interruptor—. ¿Estamos dispuestos?
—Sí —dijo Basset.
Groves bajó el interruptor.
Enormes y confusas formas.
La esfera se tambaleó y trató de equilibrarse. Caían de nuevo, se deslizaban hacia las
profundidades. La esfera vagaba en un océano de formas indistintas, neblinosas y
movedizas que se agitaban alrededor del aparato.
Basset miraba por la tronera, apretando los dientes.
—¿Qué...?
La esfera descendía con velocidad creciente. Todo era difuso, informe. Formas
inmensas, carentes de límites precisos, flotaban y derivaban como sombras.
—¡Señor! —murmuró Siller—. ¡Comandante, dése prisa! ¡Mire!
Carmichael se acercó a la tronera.
Se encontraban en un mundo de gigantes. Una forma inmensa, un torso tan enorme
que sólo divisaron una pequeña parte, pasó frente a ellos. Había otras formas tan grandes
y confusas que no podían ser identificadas. Un rugido, una profunda corriente subterránea
que recordaba el sonido de las olas de un monstruoso océano, bombardeaba la esfera,
como un eco repetido y ensordecedor.
Groves miró a Basset y a Carmichael.
—Por tanto, es cierto —dijo Basset.
—Esto lo confirma.
—No puedo creerlo —dijo Carmichael—, pero es la prueba que buscábamos. Aquí la
tenemos..., ahí afuera.
Algo se acercaba a la esfera con movimientos majestuosos. Siller lanzó un grito y se
apartó de la tronera. Se apoderó del fusil Boris, con el rostro de color ceniciento.
—¡Groves! —chilló Basset—. ¡Bájelo a neutral, rápido! ¡Hemos de salir de aquí!
Carmichael obligó a Siller a bajar el fusil, y, le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Lo siento, pero esta vez nos serviría de muy poco.
Una mano, tan enorme que ocultó la luz, avanzó hacia ellos, una mano provista de
dedos gigantescos, poros del tamaño de cráteres, uñas desmesuradas y grandes
mechones de vello. La mano se cerró sobre la esfera y la zarandeó.
—¡Rápido, general!
Desapareció de repente, así como la presión. Tras la tronera no se veía... nada. Las
agujas de los cuadrantes ascendían a nesi, hacia la franja neutral, hacia la Tierra.
Basset exhaló un suspiro de alivio. Se quitó el casco y secó el sudor de su frente.
—Nos libramos por poco —dijo Groves.
—Una mano quería cogernos, una mano enorme —dijo Siller—. ¿Dónde estábamos?
¡Díganmelo!
Carmichael se sentó junto a Groves. Intercambiaron una mirada en silencio.
—No debemos decírselo a nadie —masculló Carmichael—. A nadie. No nos creerían y,
si lo hicieran, sería muy perjudicial. No es conveniente que una sociedad se entere de
ciertas cosas. Mucha gente perdería los estribos.
—Debió de tener una visión, a partir de la cual escribió un cuento. Comprendió que
nunca podría presentarlo como un hecho real.
—Más o menos. En realidad, existe, ambos existen, y quizá otros: el País de las
Maravillas, Oz, Pellucidar, Erewhon, todas las fantasías, todos los sueños:..
Groves cogió por el brazo al comandante Carmichael.
—Tómeselo con calma. Les diremos que la nave no funcionó. No llegamos a ningún
sitio. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
La pantalla cobró vida y se formó una imagen.
—De acuerdo, no diremos nada. Sólo nosotros cuatro estaremos al corriente. —Miró de
reojo a Siller—. Sólo nosotros tres, quiero decir.
El presidente del Senado se materializó en la pantalla.
—¡Comandante Carmichael! ¿Se encuentra bien? ¿Podrán aterrizar? No recibimos
ningún mensaje de Marte. ¿Están todos ustedes bien?
Basset se asomó a la tronera.
—Sobrevolamos Ciudad Tierra a unos mil quinientos metros de altura. Descendemos
con suavidad. El cielo está lleno de naves. No necesitamos ayuda, ¿verdad?
—No —contestó Carmichael.
Puso en marcha los cohetes de frenado y la nave empezó a perder velocidad.
—Algún día, cuando la guerra haya terminado —dijo Basset—, quiero hacerles algunas
preguntas a los ganimedianos sobre este asunto. Me gustaría redondear la historia.
—Tal vez consiga su oportunidad —respondió Groves, más sereno que antes—.
¡Claro, Ganimedes! Hemos perdido nuestra oportunidad de ganar la guerra.
—El presidente del Senado se disgustará —observó Carmichael en tono sombrío—.
Quizá cumpla sus deseos pronto, doctor. La guerra terminará pronto, ahora que hemos
vuelto... con las manos vacías.
 
El esbelto ganimediano de color amarillo entró lentamente en la sala, arrastrando la
túnica por el suelo. Se detuvo e hizo una reverencia.
El comandante Carmichael le indicó por señas que se enderezara.
—Me dijeron que viniera —silabeó el emisario— para recuperar una propiedad nuestra
que tienen en su laboratorio.
—Exacto.
—Si no tienen objeción, nos gustaría...
—Llévesela.
—Bien, me alegra que no exista animosidad por su parte. Ahora que volvemos a ser
amigos, deseo que trabajemos juntos en armonía, sobre la base de...
Carmichael le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta.
—Acompáñeme. Vamos a buscar su propiedad.
El ganimediano le acompañó hasta el recinto principal del laboratorio. En el centro de la
amplia sala estaba la esfera.
Groves se aproximó.
—Veo que han venido a buscarla.
—Aquí está —indicó Carmichael al emisario—, su nave espacial. Llévesela.
—Nuestra máquina del tiempo, querrá decir.
Groves y Carmichael se sobresaltaron.
—¿Su qué?
—Nuestra máquina del tiempo —sonrió el ganimediano, señalando la esfera con el
dedo—. ¿Puedo trasladarla a nuestra nave?
—Llame a Basset, rápido —ordenó Carmichael.
Groves salió corriendo de la sala. Un momento después regresó con el doctor Basset.
—Doctor, este ganimediano viene a recuperar su propiedad —Carmichael respiró
hondo—. Dice que es una... máquina del tiempo.
—¿Una qué? ¿Una máquina del tiempo? —Su rostro se demudó—. ¿Esto? ¿Una
máquina del tiempo? ¿No lo que... nosotros...?
Groves hizo un esfuerzo para serenarse. Dirigió la palabra al emisario de Ganimedes
con el tono de voz más reposado que pudo.
—Antes de que se lleve su... su máquina del tiempo, ¿viaja al pasado y al futuro?
—Exacto.
—Entiendo. Nesi es el presente.
—Sí.
—¿Para viajar al pasado se levanta la palanca?
—Sí.
Por tanto, bajándola se va al futuro. Otra cosa: una persona que viajara al pasado,
¿descubriría que a causa de la expansión del universo...?
El ganimediano reaccionó con una súbita sonrisa de comprensión.
—¿Han probado la nave?
Groves asintió con un gesto.
—¿Fueron al pasado y lo encontraron todo mucho más pequeño? ¿Reducido de
tamaño?
—Claro... ¡porque el universo se expande! Y, en el futuro, todo ha aumentado de
tamaño.
—Sí —la sonrisa del emisario se ensanchó—. Menuda sorpresa, ¿verdad? Les dejó
perplejos descubrir nuestro mundo reducido de tamaño y poblado por seres diminutos,
aunque el tamaño, por supuesto, es relativo, como comprenderán cuando se trasladen al
futuro.
—Así es. —Groves respiró con fuerza—. Bien, eso es todo. Llévese su nave.
—El viaje a través del tiempo no es una empresa positiva —se lamentó el
ganimediano—. El pasado es demasiado breve, y el futuro demasiado extenso.
Consideramos que esta nave es un fracaso.
El ganimediano tocó la esfera con su sensor.
—No podíamos imaginar para qué la querían. Alguien sugirió que habían robado la
nave —el emisario sonrió— para llegar hasta sus colonias más allá del Sistema, pero no
habría sido muy divertido. Ni siquiera le dimos crédito a esa idea.
Nadie dijo nada.
El ganimediano emitió un silbido. Un grupo de obreros se acercó para transportar la
esfera hasta un enorme camión.
—De modo que nunca abandonamos la Tierra —murmuró Groves—. Aquellos seres
eran nuestros antepasados.
—A juzgar por su indumentaria, eran del siglo veinte —dijo Basset—, la Edad Media.
Se miraron entre sí.
Carmichael lanzó una carcajada.
—Y pensamos que era... Pensamos que nos hallábamos en...
—Siempre supe que se trataba de un simple cuento —dijo Basset.
—Una sátira social —le corrigió Groves.
Contemplaron en silencio cómo los ganimedianos sacaban la esfera del laboratorio y la
trasladaban al carguero.
 
 
FIN
 


SPECIAL - PHILIP K. DICK - LA NAVE HUMANA

LA NAVE HUMANA
Philip K. Dick
 
 
 
Kramer se reclinó en su asiento.
—Ya te he expuesto la situación. ¿Cómo controlaremos un factor semejante? La
variable perfecta.
—¿Perfecta? Todavía es posible formular una predicción. Un ser vivo actúa según la
necesidad, al igual que la materia inanimada, pero la cadena causa-efecto es más sutil;
entran más factores en juego. Creo que la diferencia es cuantitativa. La reacción del
organismo vivo es paralela a la causalidad natural, pero implica una mayor complejidad.
Gross y Kramer levantaron la vista hacia las pantallas colgadas de la pared; las
imágenes cobraban forma. Kramer señaló con su lápiz.
—¿Ves eso? Es un seudópodo. Están vivos y, de momento, son armas imbatibles.
Ningún sistema mecánico, sencillo o complicado, puede hacerles la competencia.
Tendremos que descartar el control Johnson y encontrar otra cosa.
—Y entretanto la guerra continuará como siempre. Estancada, en perpetuo jaque mate.
Ellos no pueden alcanzarnos, y nosotros no podemos atravesar su campo de minas
viviente.
—Una defensa perfecta —asintió Kramer—, pero quizá exista todavía posibilidad.
—¿Cuál?
—Espera un momento. —Kramer se volvió hacia su experto en cohetes, que estaba
enfrascado en sus mapas e informes—. El crucero que llegó esta semana no fue dañado,
¿verdad? Pasó cerca, pero no hubo contacto.
—Exacto. La mina se hallaba a unos treinta y cinco kilómetros de distancia. El crucero
surcaba el espacio en dirección a Próxima, y utilizaba el control Johnson, por supuesto.
Se había desviado quince minutos por razones desconocidas. Luego modificó su ruta,
momento en el que fue detectado.
—Aceleró —dijo Kramer—, pero no lo suficiente. La mina le venía siguiendo los pasos,
pero me pregunto por qué no hubo contacto.
—Les contaré nuestra teoría —explicó el experto—. Hemos buscado el contacto, el
gatillo del seudópodo. Sin embargo, parece que nos enfrentamos a un fenómeno
psicológico, a una decisión carente de motivaciones físicas. Esperamos algo que no
existe. La mina decide estallar. Ve nuestra nave, se acerca, y después decide.
—Gracias. —Kramer volvió su atención a Gross—. Bien, esto confirma lo que te decía.
¿Cómo es posible que una nave guiada por mandos automáticos escape a una mina que
decide estallar? Toda la teoría acerca de la penetración del campo de minas descansa
sobre la base de que debe evitarse apretar el gatillo, pero, en el caso que nos ocupa, el
gatillo es el estado mental de una forma de vida evolucionada y compleja.
—El anillo tiene una profundidad de setenta y cinco mil kilómetros —añadió Gross—.
Además, tienen resuelto el problema de la reparación y el mantenimiento. Los malditos
bichos se reproducen, cubren los huecos reproduciéndose entre sí. Me gustaría saber de
qué se alimentan.
—Probablemente de los restos de nuestra primera línea. Los grandes cruceros deben
de ser un manjar delicado. Es una pugna de inteligencia entre una criatura viviente y una
nave gobernada por mandos automáticos. La nave pierde siempre. —Kramer abrió una
carpeta—. Te resumiré nuestra sugerencia.
—Vamos, adelante —dijo Gross—. Hoy ya he oído diez sugerencias. ¿Cuál es la tuya?
—Es muy sencilla. Estas criaturas son superiores a cualquier sistema mecánico, pero
únicamente porque están vivas. Casi cualquier otra forma de vida podría competir con
ellas, cualquier forma de vida superior. Si los yuks pueden diseminar minas vivientes para
proteger sus planetas, deberíamos ser capaces de hacer lo mismo con alguna de
nuestras formas de vida. Devolvámosles el golpe.
—¿Y qué forma de vida propones?
—Creo que el cerebro humano es la forma de vida más ágil que conocemos. ¿Sabes
de otra mejor?
—Ningún ser humano sobreviviría a un viaje al espacio exterior. Un piloto humano
moriría de un ataque al corazón mucho antes de que la nave se acercara a Próxima.
—Pero no necesitamos todo el cuerpo —arguyó Kramer—. Nos basta con el cerebro.
—¿Qué?
—El problema consiste en encontrar a una persona dotada de gran inteligencia que
acepte cooperar de la misma manera que obedecen ojos y brazos.
—Pero un cerebro...
—Técnicamente, es posible. Se han hecho varios trasplantes de cerebro cuando el
deterioro del cuerpo lo exigía. Claro que implantarlo en una nave espacial, en un crucero,
es algo nuevo.
En la habitación se hizo el silencio.
—Una idea muy original —dijo Gross. Dibujó una mueca en su rotunda cara
cuadrada—, pero aun suponiendo que funcionara, la pregunta esencial es ¿a quién
pertenecerá ese cerebro?
 
Todo era muy confuso: las causas de la guerra, la naturaleza del enemigo. Los
yucconae habían sido localizados en uno de los planetas exteriores de Próxima Centauro.
Al acercarse una nave terrestre, fue disparado sin previo aviso un haz de rayos. El primer
encuentro real se produjo entre tres de los proyectiles yuk y una nave de exploración de la
Tierra. No hubo supervivientes. Luego se declaró una guerra sin cuartel.
Ambos bandos construyeron febrilmente anillos defensivos alrededor de sus sistemas.
El mejor resultó ser el de los yucconae. El anillo que rodeaba Próxima era un anillo
viviente, superior a todo lo que la Tierra podía emplear en atravesarlo. El equipo habitual
utilizado por las naves terrestres para guiarse en el espacio exterior, el control Johnson,
no era adecuado. Se necesitaba algo más. Los mandos automáticos quedaban en franca
desventaja.
«No sirven para nada», se dijo Kramer mientras observaba los trabajos que se llevaban
a cabo al pie de la colina. Un viento cálido mecía la hierba y la maleza. En el fondo del
valle, los mecánicos casi habían terminado de desmontar el sistema reflejo de la nave y
se preparaban a embalarlo.
Ya sólo faltaba reemplazar el sistema mecánico por el nuevo elemento esencial, el
nuevo corazón de la nave. Un cerebro humano, el cerebro de un ser humano inteligente y
astuto. ¿Estaría de acuerdo el ser humano? Ése era el problema.
Kramer se volvió. Dos personas se aproximaban por el camino, un hombre y una mujer.
El hombre era Gross, inexpresivo, corpulento, caminando con dignidad. La mujer era...
Abrió los ojos de par en par, sorprendido e irritado. Era Dolores, su esposa. La había visto
muy poco desde la separación...
—Kramer —dijo Gross—, mira a quién me he encontrado. Bajó con nosotros. Nos
vamos a la ciudad.
—Hola, Phil —saludó Dolores—. Bueno, ¿no te alegras de verme?
—¿Cómo te va? Tienes buen aspecto.
El uniforme gris azulado de Seguridad Interna, la organización de Gross, no conseguía
ocultar su belleza.
—Gracias —sonrió—. Parece que tampoco te va mal a ti. El comandante Gross me ha
dicho que eres el responsable de este proyecto, la Operación Cabeza, como la llamáis.
¿Ya sabéis de quién será la cabeza?
—He ahí el problema. —Kramer encendió un cigarrillo—. Esta nave irá equipada con
un cerebro humano en lugar del sistema Johnson. Hemos construido conductos
especiales para regar el cerebro, relés electrónicos para recoger los impulsos y
amplificarlos y un tubo de alimentación que proporciona a las células continuamente todo
lo que necesitan, pero...
—Pero aún no hemos conseguido el cerebro —concluyó Gross. Se pusieron en camino
hacia el coche—. En cuanto lo tengamos, empezaremos las pruebas.
—¿Sobrevivirá el cerebro? —preguntó Dolores—. ¿Podrá funcionar como parte
integrante de una nave?
—Estará vivo, pero no consciente. Hay muy poca vida consciente. Los animales, los
árboles, los insectos son rápidos en sus respuestas, pero no conscientes. En el proceso
que estamos llevando a cabo, la personalidad individual, el ego, quedará en suspenso.
Sólo necesitamos la capacidad de respuesta, nada más.
—¡Qué horror! —se estremeció Dolores.
—La guerra nos empuja a intentarlo todo —dijo Kramer con aire ausente—. Valdrá la
pena sacrificar una vida a cambio de terminar la guerra. Esta nave puede ser la clave.
Otras dos y ya no habrá más guerras.
 
Montaron en el coche. Mientras circulaban por la carretera, Gross dijo:
—¿Has pensado en alguien?
—No es asunto mío —Kramer sacudió la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—Soy ingeniero. No es mi departamento.
—Pero la idea fue tuya.
—Mi trabajo acaba aquí.
Gross le miró con extrañeza. Kramer se agitó, inquieto.
—¿Y quién se supone que lo va a hacer? —se quejó Gross—. Mi organización está
preparada para efectuar exámenes de todo tipo, pruebas de aptitud...
—Oye, Phil —le interrumpió Dolores.
—¿Qué?
—Tengo una idea. ¿Te acuerdas de aquel profesor de la universidad? Michael
Thomas.
Kramer asintió con la cabeza.
—Me pregunto si aún vivirá. —Dolores frunció el entrecejo—. Será terriblemente viejo.
—¿Por qué lo dices, Dolores? —preguntó Gross.
—Tal vez una persona que no fuera a vivir mucho tiempo, pero con un cerebro lúcido y
perspicaz...
—El profesor Thomas. —Kramer se frotó la barbilla—. Ya lo creo que era un tío
inteligente. Habría que averiguar si sigue vivo. Rondará los setenta.
—No cuesta nada intentarlo —dijo Gross—. Ordenaré una investigación rutinaria.
—¿Qué opinas? —preguntó Dolores—. Si hay una mente humana capaz de superar a
las de esas criaturas...
—No me gusta la idea —contestó Kramer.
En su mente se había formado la imagen de un anciano sentado detrás de un pupitre
que paseaba sus ojos brillantes y bondadosos por el aula. El anciano se inclinaba hacia
adelante, levantaba una mano delgada...
—Dejémosle fuera de esto —dijo Kramer.
—¿Por qué? —Gross le miró intrigado.
—Sólo porque yo lo sugerí —insinuó Dolores.
—No —Kramer movió la cabeza—, no es por eso. No me esperaba algo parecido, un
conocido, un antiguo profesor mío. Le recuerdo muy bien. Tenía una personalidad muy
notable.
—Bien —dijo Gross—, me parece perfecto.
—No podemos hacerlo. ¡Significa su muerte!
—Es la guerra —dijo Gross—, y la guerra no atiende a necesidades individuales. Tú
mismo lo has dicho. Seguro que aceptará de buen grado; míralo desde este ángulo.
—Es posible que ya esté muerto —murmuró Dolores.
—Lo averiguaremos —dijo Gross, y aumentó la velocidad.
El resto del trayecto transcurrió en silencio.
 
Los dos hombres permanecieron mucho rato examinando la casita de madera, cubierta
de enredadera y enclavada en un claro, detrás de un enorme roble. El pueblo estaba
silencioso y dormido; de vez en cuando, un coche se deslizaba perezosamente por la
autopista.
—Éste es el lugar —dijo Gross, cruzándose de brazos—. Una casita muy hermosa.
Kramer no dijo nada. Los dos agentes de seguridad que tenía a su espalda no
mostraban la menor expresión.
—Vamos. —Gross empezó a caminar hacia el portalón—. Según el informe, aún vive,
pero está muy enfermo. Sin embargo, conserva la mente ágil. Nunca sale de casa. Una
mujer se ocupa de las faenas domésticas. El viejo está muy débil.
Recorrieron el sendero de piedra y llegaron al porche. Gross tocó el timbre.
Aguardaron. Al poco rato oyeron unos pasos lentos. La puerta se abrió. Una mujer de
edad avanzada, envuelta en una bata, les observó con indiferencia.
—Seguridad. —Gross exhibió sus credenciales—. Deseamos ver al profesor Thomas.
—¿Para qué?
—Asuntos del gobierno —miró de reojo a Kramer.
—Fui alumno del profesor —dijo Kramer, dando un paso adelante—. Estoy seguro de
que no tendrá el menor inconveniente en recibirnos.
La mujer vaciló. Gross traspasó el umbral.
—Tranquila, mamá. Estamos en guerra. No podemos esperar.
Los dos agentes de seguridad le siguieron, y Kramer les imitó a regañadientes. Cerró la
puerta. Gross atravesó el vestíbulo hasta llegar frente a una puerta abierta. Se asomó al
interior. Kramer vislumbró la esquina blanca de una cama, una columna de madera y el
borde de una cómoda.
Se reunió con Gross.
Un anciano yacía a oscuras, apoyado sobre innumerables almohadas. Daba la
impresión de estar dormido, inmóvil, sin la menor señal de vida, pero, al cabo de un rato,
Kramer observó con un ligero sobresalto que el anciano tenía los ojos bien abiertos y
clavados en ellos, sin parpadear apenas.
—¿Profesor Thomas? —dijo Gross—. Soy el comandante Gross, de Seguridad. Quizá
se acuerde del hombre que me acompaña...
Los ojos descoloridos se fijaron en Kramer.
—Le conozco. Philip Kramer... Has engordado, hijo. —La voz era débil, como el
rescoldo de las cenizas—. ¿Es verdad que te casaste?
—Sí, con Dolores French. Seguro que se acuerda de ella. —Kramer se acercó a la
cama—. Ahora estamos separados. No funcionó muy bien. Nuestras carreras...
—Profesor, hemos venido para... —empezó Gross, pero Kramer le interrumpió con un
gesto perentorio.
—Déjame hablar. ¿Puedes salir afuera con tus hombres para que podamos charlar
tranquilamente?
—De acuerdo, Kramer —suspiró Gross.
Hizo una señal a los dos hombres. Los tres salieron de la habitación y cerraron la
puerta.
El anciano contempló a Kramer en silencio.
—No me gustan los tipos como ése. ¿Qué es lo que quiere?
—Nada, sólo me acompañó. ¿Puedo sentarme? —Kramer se instaló en una silla de
respaldo duro, junto a la cama—. Si le molesto...
—No. Me alegro de verte, Philip. Hace tanto tiempo. Lamento que tu matrimonio
fracasara.
—¿Cómo le ha ido?
—He estado muy enfermo. Temo que mi paso por el gran teatro del mundo esté
llegando a su fin. —Los cansados ojos examinaron a Kramer pensativamente—. No
parece que te haya ido mal. Nunca me equivoqué en mis apreciaciones. Has llegado a la
cumbre de esta sociedad.
Kramer sonrió. Después compuso una expresión de seriedad.
—Profesor, quiero hablarle de un proyecto en el que estamos trabajando. Es el primer
rayo de esperanza que vislumbramos desde que empezó la guerra. Si prospera,
romperemos las defensas yuk e introduciremos algunas naves en su sistema. En este
caso, habría muchas posibilidades de terminar la guerra.
—Sigue. Cuéntamelo, si quieres.
—Es un proyecto muy ambicioso. Es posible que sea un rotundo fracaso, pero
debemos intentarlo.
—Resulta obvio que es la causa de tu presencia aquí —murmuró el profesor Thomas—
. Has despertado mi curiosidad. Sigue.
Cuando Kramer cesó de hablar, el anciano acostado en la cama no dijo una palabra.
Por fin, suspiró.
—Comprendo. Una mente humana, extraída de un cuerpo humano. —Se incorporó a
medias y miró a Kramer—. Supongo que estás pensando en mí.
Kramer no dijo nada.
—Antes de tomar una decisión, quiero examinar toda la documentación, la teoría y los
principios generales del proyecto. No estoy seguro de que me guste... por motivos
personales. Pero quiero echar un vistazo al material. Si lo haces...
—Desde luego. —Kramer se levantó y fue hacia la puerta. Gross y los dos agentes de
seguridad esperaban afuera, algo nerviosos—. Gross, entra.
Ambos volvieron a la habitación.
—Dale al profesor los documentos —dijo Kramer—. Quiere estudiarlos antes de
decidir.
Gross sacó del bolsillo de su chaqueta un sobre de papel manila y se lo ofreció al
anciano.
—Tome, profesor. Me complace que los examine. Dénos su respuesta lo antes posible.
Nos urge empezar a poner en marcha la operación.
—Le daré mi respuesta cuando haya decidido. —El anciano cogió el sobre con una
mano pálida y temblorosa—. Mi decisión depende de lo que saque en claro de estos
papeles. Si no me gusta lo que averiguo, me desinteresaré de este asunto por completo.
—Abrió el sobre con manos trémulas—. Busco una cosa.
—¿Cuál? —preguntó Gross.
—Eso es asunto mío. Déme un número de teléfono para poder localizarle cuando haya
decidido.
Gross, en silencio, dejó su tarjeta sobre la cómoda. Cuando salían, el profesor Thomas
ya había empezado a leer el primer documento, los principios generales de la teoría.
 
Kramer tomó asiento frente a Dale Winter, su ayudante.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Winter.
—Se pondrá en contacto con nosotros. —Kramer trazó garabatos con un tiralíneas
sobre un papel—. No sé qué pensar.
—¿Qué quieres decir?
El rostro bondadoso de Winter se contrajo de asombro.
—Fue profesor mío en la universidad. —Kramer se puso en pie y paseó arriba y abajo,
con las manos en los bolsillos del uniforme—. Le respetaba como hombre tanto como
profesor. Era algo más que una voz, un libro parlante. Era una persona, una persona
tranquila y amable a la que podía respetar. Siempre quise llegar a ser como él. Mírame
ahora.
—No te entiendo.
—¿No caes en la cuenta de lo que le estoy pidiendo? Le estoy pidiendo su vida, como
si se tratara de un cobaya encerrado en una jaula, no un hombre, un profesor.
—¿Crees que lo hará?
—No lo sé. —Kramer fue hacia la ventana y miró afuera—. Por una parte, espero que
no.
—Pero si él no lo hace...
—Tendremos que buscar a otro, lo sé. Tiene que haber otro. ¿Por qué tuvo Dolores
que...?
El videófono zumbó. Kramer apretó el botón.
—Soy Gross. —Sus facciones enérgicas se materializaron en la pantalla—. El viejo me
llamó. El profesor Thomas.
—¿Qué dijo?
Lo sabía; bastaba con escuchar el tono de voz de Gross.
—dijo que lo hará. Me sorprendió un poco, pero me parece que va en serio. Ya lo
hemos preparado todo para su ingreso en el hospital. Su abogado está redactando el
documento de aceptación bajo su plena responsabilidad.
Kramer apenas le prestaba atención. Asintió cansadamente.
—Estupendo. Me alegro. Supongo que podemos seguir adelante con el plan.
—No pareces muy contento.
—Me pregunto por qué habrá aceptado.
—Estaba muy seguro —declaró Gross con satisfacción—. Me llamó muy temprano;
aún estaba en la cama. —Esto merece una celebración.
—Claro —dijo Kramer—, por supuesto.
 
Mediado agosto, el proyecto se acercó a su culminación. Estaban de pie bajo el
ardiente sol y contemplaban los bruñidos flancos metálicos de la nave.
Gross golpeó la plancha de metal con la mano.
—Bien, ya falta poco. Podemos iniciar los ensayos cuando queramos.
—Dénos más información —pidió un oficial que llevaba galones dorados—. Se trata de
un concepto muy poco habitual.
—¿Es cierto que hay un cerebro humano en el interior de la nave? —preguntó un
dignatario, un hombre bajo, vestido con un traje arrugado—. ¿Y que el cerebro está vivo?
—Caballeros, esta nave va guiada por un cerebro viviente en lugar del típico sistema
de control automático Johnson. Sin embargo, el cerebro no está consciente. Funcionará
sólo por reflejos. La diferencia práctica con el sistema Johnson consiste en que un
cerebro humano es mucho más complicado que cualquier otra estructura creada por el
hombre, y su habilidad para adaptarse a una situación, para reaccionar ante un peligro,
supera la de cualquier mecanismo artificial.
Gross hizo una pausa y aguzó el oído. Las turbinas de la nave empezaban a retumbar
y sacudían el suelo con una profunda vibración. Kramer se mantenía a cierta distancia de
los demás, con los brazos cruzados, observando en silencio. Al percibir el sonido de las
turbinas se dirigió rápidamente hacia el otro lado de la nave. Algunos obreros despejaban
el terreno de andamios y cables. Levantaron la vista al notar su presencia y aceleraron el
trabajo. Kramer subió por la rampa y entró en la cabina de control de la nave. Winter
estaba sentado ante los mandos junto a un piloto de Transportes Espaciales.
—¿Cómo va todo? —preguntó Kramer.
—Muy bien. —Winter se levantó—. Me ha dicho el piloto que tal vez sería preferible
despegar manualmente. Los controles robóticos... —Winter vaciló—, o sea, los controles
incorporados pueden hacerse cargo después, en el espacio.
—Exacto —asintió el piloto—. Es la costumbre con el sistema Johnson, y en este caso
también podríamos...
—¿Quiere hacer alguna indicación? —preguntó Kramer.
—No. He efectuado una revisión completa, y todo parece estar en orden. Me gustaría
hacerle una pregunta. —Posó las manos sobre el tablero de mando—. Hay algunos
cambios que no entiendo.
—¿Cambios?
—Alteraciones del plan original. No sé con qué propósito.
Kramer extrajo de su chaqueta una colección de bosquejos.
—Déjeme ver.
Giró las páginas. El piloto miraba por encima de su hombro.
—Los cambios no están indicados en su copia —señaló el piloto—. Me pregunto...
Se interrumpió. El comandante Gross había entrado en la cabina de control.
—Gross, ¿quién autorizó las alteraciones? —preguntó Kramer—. Algunas instalaciones
han sido cambiadas.
—Pues tu viejo amigo.
Gross indicó con el dedo la torre del campo, visible a través de la ventana.
—¿Mi viejo amigo?
—El profesor. Se tomó mucho interés. —Gross se volvió hacia el piloto—. Vamos a
empezar. Me han dicho que debemos abandonar la gravedad para el ensayo. Bueno,
quizá sea conveniente. ¿Está preparado?
—Desde luego. —El piloto se sentó y manipuló algunos controles—. Cuando quieran.
—Adelante, pues —dijo Gross.
—El profesor... —empezó Kramer, pero en ese momento se produjo un tremendo
estruendo y la nave brincó bajo sus pies.
Se agarró a una de las manijas de la pared y resistió como pudo. El rugido de las
turbinas de reacción hacía vibrar enérgicamente toda la cabina.
La nave se elevó. Kramer cerró los ojos y contuvo el aliento. Viajaban al espacio y
ganaban velocidad a cada segundo.
—Bien, ¿qué opinas? —preguntó Winter, nervioso—. ¿Ya es hora?
—Todavía falta un poco —contestó Kramer.
Estaba sentado en el piso de la cabina, inspeccionando la instalación electrónica de
control. Había quitado la tapa de metal y dejado al descubierto el complicado laberinto de
cables. Lo estudiaba y comparaba con el de los diagramas.
—¿Qué pasa? —preguntó Gross.
—Estos cambios. No consigo entender para qué sirven. Lo único que se me ocurre es
que por alguna razón...
—Déjeme echar una ojeada —pidió el piloto. Se acuclilló junto a Kramer—. ¿Qué
decía?
—¿Ve este plomo? En el proyecto original estaba controlado por un conmutador. Se
abría y cerraba automáticamente, según los cambios de temperatura. Ahora está
conectado de manera que lo opera el sistema de control central. Lo mismo sucede con los
otros. Gran parte de la instalación era mecánica, operada por el aumento de la
temperatura y de la presión. Ahora todo está controlado desde el núcleo central.
—¿El cerebro? —inquirió Gross—. ¿Quieres decir que ha sido alterado para que el
cerebro lo manipule?
—Quizá el profesor Thomas no confiaba en los controles mecánicos —sugirió
Kramer—. Quizá pensó que los acontecimientos se precipitarían. Algunos de los controles
podrían cerrarse en una fracción de segundo. Los cohetes de frenado podrían activarse
con tanta rapidez como...
—Oye —advirtió Winter desde la butaca de control—, nos acercamos a las estaciones
lunares. ¿Qué debo hacer?
Miraron por la tronera. La desgastada superficie de la Luna brillaba bajo ellos, un
espectáculo enfermizo y desagradable. Se aproximaban a gran velocidad.
—Tomaré los mandos —dijo el piloto.
Apartó a Winter de su camino y ocupó su lugar. La nave empezó a alejarse de la Luna
en cuanto movió los controles. Divisaron las estaciones de observación diseminadas por
la superficie y los diminutos cuadrados que eran la entrada a las fábricas y hangares
subterráneos. Un destello rojo parpadeó en dirección a ellos. Los dedos del piloto
transmitieron la respuesta desde el tablero de mandos.
—Hemos dejado atrás la Luna —dijo el piloto al cabo de un rato. Bien, sigamos con el
plan.
Kramer no respondió.
—Señor Kramer, podemos proceder cuando quiera.
—Lo siento, estaba pensando. De acuerdo, gracias.
Frunció el ceño, sumido en sus reflexiones.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gross.
—Los cambios en la instalación. ¿Entendías los motivos cuando diste la autorización a
los trabajadores?
Gross enrojeció.
—Ya sabes que no entiendo nada de material técnico. Soy de Seguridad.
—Debiste consultarme.
—¿Cuál es el problema? —se impacientó Gross—. Más pronto o más tarde tendremos
que depositar nuestra confianza en el viejo.
El piloto se alejó del tablero con el rostro pálido y desencajado.
—Bueno, ya está.
—¿El qué? —preguntó Kramer.
—He cambiado al automático. Al cerebro. Se lo he entregado... al viejo. —El piloto
encendió un cigarrillo y expulsó el humo nerviosamente—. Crucemos los dedos.
 
La nave se deslizaba en manos de un piloto invisible. En las profundidades de la nave,
protegido y acorazado, un frágil cerebro humano reposaba en un tanque de líquido, donde
recibía mil descargas eléctricas por minuto en su superficie. Las descargas eran
recogidas y amplificadas, introducidas en sistemas de relés, aceleradas y enviadas a toda
la nave...
Gross se secó el sudor de la frente, nervioso.
—Así que ya está funcionando. Ojalá sepa lo que hace.
—Creo que sí lo sabe —afirmó Kramer enigmáticamente.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. —Kramer se acercó a la tronera—. Veo que todavía nos desplazamos en línea
recta. —Cogió el micrófono—. Podemos dar instrucciones al cerebro de viva voz.
Sopló en el micrófono para probarlo.
—Adelante —dijo Winter.
—Haga dar media vuelta a la nave —ordenó Kramer—. Reduzca la velocidad.
Esperaron. Pasó el tiempo. Gross miró a Kramer.
—No cambia. No pasa nada.
—Espera.
Poco a poco, la nave comenzaba a girar. Las turbinas aminoraron su rítmico golpeteo.
La nave emprendió su nueva ruta. Desechos espaciales pasaron en dirección contraria a
toda velocidad y se incineraron al entrar en contacto con los chorros de los cohetes.  
—Hasta ahora, todo va bien —dijo Gross.
Respiraron con más tranquilidad. El piloto invisible había tomado el control lenta y
suavemente. La nave se hallaba en buenas manos. Kramer pronunció algunas palabras
más ante el micrófono y volvieron a girar retrocediendo por el camino de ida hacia la
Luna.
—A ver lo que hace cuando entremos en el campo de atracción lunar —dijo Kramer—.
El viejo era un buen matemático. Resolvía cualquier tipo de problemas.
La nave cambió de rumbo y se alejó de la Luna. El gran globo de torturada superficie
se hundió detrás de ellos.
Gross exhaló un suspiro de alivio.
—Funciona a la perfección.
—Una cosa más —dijo Kramer por el micrófono—. Vuelva a la Luna y pose la nave en
la primera pista de aterrizaje.
—Santo Dios —murmuró Winter—. ¿Por qué...?
—Tranquilo.
Kramer escuchó. Las turbinas jadearon y rugieron cuando la nave viró en redondo y
aceleró. Retrocedían, retrocedían hacia la Luna. La nave cayó en picado hacia el globo.
—Vamos demasiado rápido —indicó el piloto—. No entiendo cómo podrá aterrizar a
esta velocidad.
 
El globo llenaba la tronera. El piloto se precipitó sobre el tablero de control. La nave
experimentó una sacudida al instante. La proa se alzó y la nave se zambulló en el
espacio, lejos de la Luna, dibujando un ángulo oblicuo. Los hombres cayeron al suelo a
causa del brusco cambio de dirección. Se incorporaron, estupefactos, mirándose entre sí.
—¡No fui yo! —gritó el piloto—. No llegué a tocar nada.
La nave ganaba velocidad a cada momento. Kramer titubeó.
—Tal vez sería mejor conectar el control manual.
El piloto cortó el automático. Aferró los controles de navegación y los movió.
—Nada. Nada. No responde.
Nadie habló.
—No es difícil entender lo que ha sucedido —dijo Kramer con tranquilidad—. El viejo no
piensa dejar el control. Me lo temí cuando advertí los cambios. Todo en la nave está
centralizado, incluso el sistema de refrigeración, las esclusas y la eliminación de
desperdicios. Estamos a su merced.
—Tonterías.
Gross se precipitó hacia el tablero de mandos. Aferró el timón y lo giró. La nave
continuó su curso, cada vez más lejos de la Luna.
—¡Abandone! —dijo Kramer en el micrófono—. ¡Deje los controles! Nosotros nos
encargaremos. ¡Abandone!
—No funciona nada —dijo el piloto—. El timón está muerto, completamente muerto.
—Y seguimos adelante —señaló Winter, con una sonrisa estúpida pintada en el
semblante—. Atravesaremos la primera línea de defensa dentro de pocos minutos. Si no
nos derriban...
—Pediremos auxilio por radio —dijo el piloto mientras la conectaba—. Me pondré en
contacto con las bases principales y una de las estaciones de observación.
—Será mejor que lo haga con el cinturón defensivo, teniendo en cuenta la velocidad a
la que vamos. Llegaremos dentro de un minuto.
—Y después nos adentraremos en el espacio exterior —explicó Kramer—. Está
acelerando. ¿Va equipada la nave con baños?
—¿Baños? —exclamó Gross.
—Tanques de sueño, para viajes espaciales. Es posible que los necesitemos si la
velocidad continúa en aumento.
—Por el amor de Dios, ¿adónde vamos? —masculló Gross—. ¿Adónde..., adónde nos
lleva?
 
El piloto consiguió establecer contacto.
—Soy Dwight, desde la nave. Vamos a entrar en la zona de defensa a gran velocidad.
No disparen.
—Vuelvan —les conminó una voz impersonal—. No permitimos la entrada en la zona
de defensa.
—No podemos. Hemos perdido el control.
—¿Que han perdido el control?
—Esta es una nave experimental.
Gross se apoderó del micrófono.
—Soy el comandante Gross, de Seguridad. Somos arrastrados hacia el espacio
exterior. No podemos hacer nada. ¿Hay alguna posibilidad de que nos rescaten?
Un instante de vacilación.
—Tenemos algunas naves rápidas de persecución que podrían recogerles si se
atreven a saltar. Hay bastantes posibilidades de que les encuentren. ¿Tienen bengalas
espaciales?
—Sí —dijo el piloto—. Vamos a probarlo.
—¿Abandonar la nave? —se extrañó Kramer—. Si la dejamos, nunca la volveremos a
ver.
—¿Y qué otra cosa podemos hacer? La velocidad aumenta sin cesar. ¿Propone que
nos quedemos?
—No. —Kramer agitó la cabeza—. Maldita sea, tiene que haber otra solución.
—¿Puedes comunicarte con él? —preguntó Winter—. Con el viejo. Trata de razonar
con él.
—Vale la pena probarlo —dijo Gross—. Hazlo.
—De acuerdo. —Kramer cogió el micrófono y dudó un momento—. ¡Escuche! ¿Me
oye? Soy Phil Kramer. ¿Me oye, profesor? ¿Me oye? Quiero que abandone los controles.
Silencio.
—Soy Kramer, profesor. ¿Me oye? ¿Se acuerda de mí? ¿Sabe quién soy?
El altavoz situado sobre el panel de control emitió un sonido de estática. Todos
levantaron la vista.
—¿Me oye, profesor? Soy Philip Kramer. Quiero que nos devuelva la nave. ¡Si me oye,
abandone los controles! ¡Suéltelos, profesor, suéltelos!
Estática. Un sonido silbante, como el viento. Se miraron entre sí. Hubo un momento de
silencio.
—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Gross.
—No..., ¡escucha!
Se produjo un chisporroteo. Luego, mezclada, casi perdida en el chisporroteo, llegó una
voz mate, sin modular, una voz mecánica y desprovista de vida.
...¿Eres tú, Phil? No te veo. Oscuridad... ¿Quién está ahí? Contigo...
—Soy yo, Kramer. —Sus dedos se cerraron sobre el mango del micrófono—. Debe
abandonar los controles, profesor. Tenemos que volver a la Tierra. Hágalo.
Silencio. Después, la débil y vacilante voz habló de nuevo, algo más nítida que antes.
—Kramer. Todo es tan extraño. Yo tenía razón, a pesar de todo. La conciencia es el
resultado del pensamiento. Un resultado necesario. Cogito ergo sum: Conserva la
capacidad conceptual. ¿Me oyes?
—Sí, profesor...
—Alteré las conexiones. El control. Estaba absolutamente seguro. Me pregunto si
puedo hacerlo. Tratar de...
De repente, el aire acondicionado se puso a funcionar. Cesó bruscamente. Una puerta
golpeó al otro extremo del pasillo. Algo cayó al suelo. Los hombres estaban atentos al
menor de los sonidos. que llegaban de todas partes. Los interruptores se abrían y
cerraban. Las luces parpadearon; se quedaron a oscuras. Las luces volvieron y, al mismo
tiempo, los calefactores se apagaron.
—¡Santo Dios! —dijo Winter.
El sistema contra incendios se disparó y un chorro de agua cayó sobre ellos. Una de
las esclusas de emergencia se abrió y el aire escapó hacia el espacio con un bramido
ensordecedor.
La esclusa se cerró con estrépito. El silencio se apoderó de la nave. Los calefactores
funcionaron. La fantástica exhibición terminó tan repentinamente como había empezado.
—Puedo hacerlo... todo. —Habló la monótona e inexpresiva voz desde el altavoz—. Lo
controlo todo. Kramer, me gustaría hablar contigo. He estado..., he estado pensando.
Hace muchos años que no te veo. Tenemos tantas cosas de qué hablar. Has cambiado,
muchacho. Hay mucho que discutir. Tu esposa...
El piloto asió a Kramer por el brazo.
—Una nave se mantiene paralela a nuestro rumbo. Mire.
 
Corrieron hacia la tronera. Un esbelto y ceniciento vehículo espacial navegaba en su
misma dirección, emitiendo señales luminosas.
—Una nave de persecución de la Tierra —dijo el piloto— Saltemos. Nos recogerán. Los
trajes...
Corrió al depósito de suministros y giró la manecilla. La puerta se abrió. El piloto tiró los
trajes al suelo.
—De prisa —dijo Gross.
El pánico se apoderó de ellos. Se vistieron frenéticamente los pesados trajes. Winter se
tambaleó hacia la esclusa de emergencia y se detuvo para esperar a los demás. Se
agruparon de uno en uno.
—¡Vamos! —ordenó Gross—. Abra la esclusa.
Winter tiró con fuerza de la esclusa.
—Ayúdeme todos.
No sucedió nada. La esclusa no cedió, pese al esfuerzo conjunto de todos.
—Traiga una palanca —pidió el piloto.
—¿Alguien tiene un desintegrador? —Gross rebuscó a su alrededor como un poseso—
. ¡Maldita sea, vuélenla!
—Tiremos —masculló Kramer—, tiremos todos a la vez.
—¿Están en la esclusa? —La voz monótona se arrastró y circuló por los pasillos de la
nave. Levantaron la vista, desconcertados—. Percibo que algo se aproxima en el exterior.
¿Una nave? ¿Se marchan todos? ¿Tú también, Kramer? Qué pena. Confiaba en que
podríamos hablar. Tal vez en otra ocasión te convenza para que te quedes.
—¡Abra la esclusa! —gritó Gross con los ojos clavados en las paredes impersonales de
la nave—. ¡Por el amor de Dios, ábrala!
Hubo un silencio, una pausa interminable. Luego, muy despacio, la esclusa se abrió. El
aire huyó hacia el espacio con un bramido agudo.
Saltaron uno tras otro, propulsados por el material repelente de los trajes. Fueron
rescatados por la nave de persecución unos minutos más tarde. Cuando el último
atravesaba la compuerta, su nave se lanzó adelante a tremenda velocidad. Desapareció.
Kramer se quitó el casco y jadeó. Dos soldados le envolvieron en mantas. Gross,
tembloroso, bebió una taza de café.
—Se ha ido —murmuró Kramer.
—Enviaré un aviso —dijo Gross.
—¿Qué le ha sucedido a su nave? —preguntó uno de los tripulantes con curiosidad—.
Se fue a toda prisa. ¿Quién va en ella?
—Habrá que destruirla —continuó Gross, con el rostro contraído por la cólera—. Debe
ser destruida. No hay forma de saber lo que..., lo que él tiene en mente. —Gross se dejó
caer en un banco de metal—. Menuda advertencia. Fue una locura confiar en él.
«Me pregunto lo que estará planeando —se dijo Kramer—. No tiene sentido. No lo
entiendo.»
 
Mientras la nave regresaba a la base lunar, se sentaron alrededor de una mesa en el
comedor. Bebieron café caliente y reflexionaron, sin hablar demasiado.
—Escucha —rompió el silencio Gross—, ¿qué clase de hombre era el profesor
Thomas? ¿Cómo le recuerdas?
Kramer posó su taza sobre la mesa.
—Han pasado diez años. No me acuerdo muy bien.
Su mente retrocedió en el tiempo. Dolores y él habían ido juntos a la Universidad de
Hunt, donde cursaron las especialidades de física y ciencias sociales. La universidad era
pequeña y estaba bastante distanciada de lo que sucedía en el mundo exterior. La había
elegido porque era la de su ciudad natal, y porque su padre también se formó en ella.
El profesor Thomas llevaba tanto tiempo en la universidad que nadie recordaba su
fecha de ingreso. Era un viejecito extraño y reservado. Desaprobaba muchas cosas, pero
no solía mencionarlas.
—¿Recuerdas algo que nos pueda ayudar? —preguntó Gross—. ¿Algo que nos dé la
clave para comprender lo que está sucediendo?
—Recuerdo algo... —asintió lentamente Kramer.
Un día, él y el profesor se habían sentado en la capilla de la universidad para charlar
con tranquilidad.
—Bueno, pronto te marcharás de la universidad —había dicho el profesor—. ¿Qué vas
a hacer?
—¿Hacer? Trabajar en alguno de los proyectos de investigación del gobierno, supongo.
—¿Y luego? ¿A qué aspiras?
—La pregunta es poco científica —había sonreído Kramer—. Presupone algo así como
metas definitivas.
—Entonces, supón lo siguiente: no hay guerra ni proyecto de investigación del
gobierno. ¿Qué harías en ese caso?
—No lo sé, pero me resulta difícil imaginar esa situación hipotética. Hay guerra desde
que tuve uso de razón. Nos educan para la guerra: Ignoro lo que haría. Supongo que
terminaría por adaptarme.
El profesor le había mirado fijamente.  
—Ah, crees que te acostumbrarías. ¿eh? Bien, me complace. ¿Y piensas que
encontrarías otra cosa?
Gross escuchaba con suma atención.
—¿Cuáles son tus conclusiones, Kramer?
—Muy pocas, excepto que era contrario a la guerra.
—Todos somos contrarios a la guerra —puntualizó Gross.
—Es cierto, pero él era un solitario, se mantenía al margen de todo. Vivía con mucha
sencillez, se hacía la comida él solo. Su mujer había muerto muchos años antes. Él había
nacido en Europa, en Italia. Se cambió el nombre cuando llegó a Estados Unidos. Leía
con frecuencia a Dante y a Milton. Hasta tenía una Biblia.
—Muy anticuado, ¿no?
—Sí, estaba muy anclado en el pasado. Compró un fonógrafo y discos, y escuchaba
música antigua. Ya viste lo muy clásica que era su casa.
—¿Estaba fichado? —preguntó Winter a Gross.
—¿Por Seguridad? No, en absoluto. Según nuestros informes, nunca se mezcló en
política ni se afilió a ningún partido; de hecho, parece que carecía de fuertes convicciones
políticas.
—En efecto —añadió Kramer—, lo único que le gustaba era pasear por las colinas. Le
gustaba la naturaleza.
—La naturaleza es imprescindible para los científicos —dijo Gross—. La ciencia no
existiría sin ella.
—Kramer, después de apoderarse de la nave y esfumarse, ¿cuál crees que es su
plan? —preguntó Winter.
—Quizá le volvió loco el trasplante —insinuó el piloto—. Quizá no tenga planes, ni
ideas.
—Pero modificó las instalaciones de la nave y se aseguró de que conservaría la
conciencia y la memoria antes de dar su consentimiento a la operación. Tuvo que hacer
planes desde el principio. La pregunta es ¿cuáles?
—Es posible que sólo quisiera vivir más tiempo —dijo Kramer—. Estaba enfermo, a
punto de morir. O...
—¿O qué?.
—Nada. —Kramer se levantó—. Tan pronto como lleguemos a la base lunar llamaré
por videófono a la Tierra. Quiero comentar este asunto con alguien.
—¿Con quién? —preguntó Gross.
—Con Dolores. Tal vez recuerde algo.
—Es una buena idea —aprobó Gross.
 
—¿Desde dónde llamas? —preguntó Dolores cuando Kramer consiguió localizarla.
—Desde una base lunar.
—Se han esparcido toda clase de rumores. ¿Por qué no regresó la nave? ¿Qué
sucedió?
—Me temo que se escapó con ella.
—¿Quién?
—El viejo. El profesor Thomas.
Kramer explicó los últimos acontecimientos.
—Qué raro. ¿Crees que lo planeó todo desde el principio?
—Estoy seguro. Lo primero que hizo fue estudiar los planos y los principios teóricos.
—Pero ¿para qué? ¿Por qué?
—No lo sé. Oye, Dolores, ¿qué recuerdas de él? ¿Hay algo que nos pueda
proporcionar una pista?
—¿Como qué?
—No lo sé. Ése es el problema.
Vio en la pantalla cómo Dolores arqueaba una ceja.
—Recuerdo que criaba pollos en un corral, y que una vez tuvo una cabra. ¿Te
acuerdas cuando la cabra se soltó y estuvo paseando por la calle principal de la ciudad?
Todo el mundo se preguntaba de dónde había salido.
—¿Algo más?
—No —intentó recordar—. Quería comprar una granja.
—De acuerdo, gracias. Cuando vuelva a la Tierra pasaré a verte.
—Tenme al corriente.
Kramer cortó la comunicación. La imagen se difuminó. Regresó a la mesa donde
aguardaban Gross y algunos militares.
—¿Hubo suerte? —preguntó Gross.
—No. Todo lo que recuerda es que tenía una cabra.
—Ven a mirar este radar. —Gross le arrastró a su lado—. ¡Mira!
Kramer vio aletas moviéndose furiosamente y puntitos blancos que corrían atrás y
adelante.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Un escuadrón situado más allá de la zona defensiva ha conseguido establecer
contacto con la nave. Ahora está tomando posiciones. Mira.
Los puntos blancos se disponían a rodear un ala blanca que atravesaba en línea recta
la pantalla, alejándose de la posición central. Los puntos blancos fueron cerrando filas.
—Están preparados para abrir fuego —dijo un técnico—. Comandante, ¿cuáles son las
órdenes?
—Odio ser el que tome la decisión —vaciló Gross—. Cuando lo tengan a tiro...
—No es una nave —interrumpió Kramer—. Es un hombre, un ser vivo. Una persona
que cruza el espacio. Ojalá supiéramos...
—Es necesario dar la orden. No nos podemos arriesgar. Imagina por un momento que
se pase a los yuks.
Kramer abrió la boca de asombro.
—Por Dios, nunca haría eso.
—¿Estás seguro? ¿Sabes cuáles son sus propósitos?
—Nunca haría eso.
—Dígales que sigan adelante —ordenó Gross al técnico.
—Lo siento, señor, pero la nave ha huido. Observe la pantalla.
Gross y Kramer bajaron la vista al mismo tiempo. El punto blanco se había deslizado
entre los negros con una brusca maniobra. Los puntos blancos, desorientados, se movían
dispersos.
—Un estratega poco común —comentó uno de los oficiales. Recorrió con el dedo la
trayectoria—. Se trata de un viejo truco prusiano, pero ha funcionado.
Los puntos blancos volvían a su base.
—Demasiadas naves yuks por esa zona —dijo Gross—. Bien, esto es lo que ocurre
cuando no se actúa con la suficiente rapidez. —Miró fríamente a Kramer —Tuvimos que
hacerlo en cuanto se puso a tiro. ¡Mira cómo escapa! —Indicó con el dedo el veloz punto
negro que, al llegar al límite de la pantalla, se detuvo—. ¿Lo ves?
«¿Y ahora qué?», pensó Kramer. Así que el viejo había burlado a los cruceros. No
descuidaba la vigilancia, de acuerdo; su mente funcionaba al ciento por ciento. Controlaba
con suma habilidad su nuevo cuerpo.
Cuerpo... La nave era su nuevo cuerpo. Había cambiado su viejo y agonizante cuerpo,
marchito y frágil, por un armazón de plástico y metal, turbinas y cohetes propulsores.
Ahora era fuerte. Fuerte y grande. El nuevo cuerpo era más poderoso que el de un millar
de cuerpos humanos. ¿Cuánto tiempo duraría? La vida media de un crucero no
sobrepasaba los diez años. Alcanzaría los veinte siempre que fuera tratado con
delicadeza, hasta que fallara alguna pieza esencial y no hubiera forma de repararlo.
¿Y después? ¿Qué haría cuando algo dejara de funcionar y nadie pudiera arreglarlo?
Sería el fin. La nave, silenciosa e inerte, en la fría oscuridad del espacio, iría
disminuyendo de velocidad hasta agotar su último impulso de energía en la eternidad sin
límites del espacio exterior, o tal vez se estrellaría contra un cinturón de asteroides y
estallaría en un millón de fragmentos.
Sólo era cuestión de tiempo.
—¿No recordó nada tu esposa? —preguntó Gross.
—Ya te lo dije. Sólo que una vez tuvo una cabra.
—Una gran ayuda.
—No es culpa mía.
Kramer se encogió de hombros.
—Me pregunto si le volveremos a ver. —Gross contempló el ala blanca, parada en el
extremo de la pantalla—. Me pregunto si alguna vez regresará.
—Yo también —asintió Kramer.
 
Kramer se revolvió en la cama toda la noche, insomne. No estaba acostumbrado a la
escasa gravedad lunar que, incluso aumentada artificialmente, le resultaba incómoda. Un
millar de pensamientos vagaban por su mente.
¿Cuál era el misterio? ¿Qué planeaba el profesor? Quizá nunca lo sabrían. Quizá era
mejor que la nave y el profesor hubieran desaparecido para siempre en la oscuridad del
espacio exterior. Nunca sabrían por qué lo había hecho, qué propósito, en caso de existir,
le animaba.
Kramer se incorporó en la cama, abrió la luz y encendió un cigarrillo. La habitación, de
paredes metálicas, formaba parte de la base lunar.
El viejo había querido hablar con él. Quería discutir, entablar una conversación, pero su
único deseo, en medio de la histeria y la confusión, había sido el de huir. La nave les
arrastraba hacia el espacio exterior. Kramer se frotó la mejilla. ¿Alguien podía culparles
por haber saltado? No tenían ni idea de adónde iban, ni por qué. Estaban indefensos,
atrapados en su propia nave; su única oportunidad era la nave que había ido a
rescatarles. Media hora más y habría sido demasiado tarde.
Pero ¿qué había querido decirle el viejo? ¿Qué había tratado de comunicarle en
aquellos primeros momentos de confusión, cuando toda la nave había cobrado vida, cada
cable y cada plancha de metal, como el cuerpo de un animal, como un gigantesco
organismo metálico?
Fue siniestro, aterrador. Ni aun ahora podía olvidarlo. Paseó la mirada por la pequeña
habitación, inquieto. ¿Qué significaba la resurrección del metal y el plástico? De repente,
se habían encontrado en el interior de una criatura viviente, en su estómago, como Jonás
dentro de la ballena.
Estaba viva y les había hablado, con calma, racionalmente, mientras se zambullía a
velocidad progresiva en el espacio exterior. El altavoz y el circuito habían hecho las veces
de cuerdas vocales y de boca, los cables, la espina dorsal y los nervios, y las esclusas.
los relés y los interruptores automáticos, los músculos.
Habían quedado a su merced, completamente a su merced. Les había arrebatado en
un segundo la posesión de la nave, dejándoles indefensos, desnudos. Una situación muy
perturbadora. Toda su vida había controlado las máquinas: había doblegado a la
naturaleza y a las fuerzas de la naturaleza para que sirvieran a las necesidades del
hombre. La raza humana había evolucionado poco a poco hasta lograr aprender a
manipular las cosas. Y de repente la habían empujado escalera abajo, a los pies de un
poder ante el que no eran más que niños.
Kramer saltó de la cama. Se puso la bata y buscó un cigarrillo. El videófono zumbó.
—¿Sí?
—Una llamada de la Tierra, señor Kramer —anunció el monitor—. Una llamada de
emergencia.
—¿Una llamada de emergencia? ¿Para mí? Póngame.
Kramer se quitó el pelo de tos ojos, despierto y alarmado.
—¿Philip Kramer? ¿Es usted Kramer? —preguntó una voz desconocida.
—Sí, diga.
—Le llamo desde el Hospital General de Nueva York, en la Tierra. Señor Kramer, su
esposa está aquí. Ha sufrido graves heridas en un accidente. Me dieron su nombre para
que le informara. Si le es posible...
—¿Cuál es su estado? —Kramer aferró el aparato—. ¿Es grave?
—Sí, es grave, señor Kramer. ¿Puede venir? Cuanto antes, mejor.
—Sí —asintió Kramer— Iré. Gracias.
La comunicación se cortó. Kramer esperó un momento. Apretó el botón y la pantalla se
iluminó de nuevo.
—A sus órdenes, señor —dijo el monitor.
—Necesito ir a la Tierra cuanto antes. ¿Hay alguna nave disponible? Se trata de una
emergencia. Mi esposa...
—La próxima nave despegará dentro de ocho horas. Tendrá que esperar.
—¿Hay alguna otra posibilidad?
—Transmitiremos un mensaje a todas las naves que circulen por las inmediaciones.
Algunos cruceros que van camino de la Tierra se detienen aquí para efectuar
reparaciones.
—Hágalo, por favor. Bajaré a la pista.
—Sí, señor, pero es posible que tarde en aparecer alguna nave. Es cuestión de suerte.
La pantalla se apagó.
Kramer se vistió a toda prisa. Se puso la chaqueta y corrió al ascensor. Un momento
después cruzaba el vestíbulo principal, dejando atrás filas de escritorios vacíos y mesas
de conferencia. Los centinelas de la puerta se apartaron y bajó por los enormes peldaños
de hormigón.
La cara de la Luna estaba en sombras. La pista, una extensión negra, infinita, sin
forma, se hallaba por completo a oscuras. Descendió los escalones con grandes
precauciones y siguió por la rampa hasta la torre de control. Una hilera de lucecillas rojas
le guió.
Dos soldados, agazapados al pie de la torre y con los fusiles dispuestos, le dieron el
alto.
—¿Kramer?
—Sí.
Una linterna iluminó su rostro.
—Su mensaje ya ha sido enviado.
—¿Ha habido suerte?
—Se acerca un crucero con el que hemos comunicado. Lleva un motor averiado y se
mueve a poca velocidad hacia la Tierra, lejos de la línea defensiva.
—Bien —aprobó Kramer, algo más aliviado.
Encendió un cigarrillo y ofreció el paquete a los soldados. Ambos aceptaron.
—Señor —preguntó uno—, ¿es cierto lo que cuentan de la nave experimental?
—¿Por ejemplo?
—Que cobró vida y salió huyendo.
—No, no exactamente. Utilizamos un nuevo sistema de control, en lugar del equipo
Johnson. No se hicieron suficientes comprobaciones.
—Pero, señor, un amigo mío que estaba a bordo de uno de los cruceros que fue tras
ella, me contó que la nave se comportó de una manera extraña. Nunca había visto nada
parecido. Le recordó una vez que estuvo pescando en la Tierra, en el estado de
Washington. Pescaba percas. Eran muy listas, y se movían de un lado a otro...
—¡Mire! —indicó el otro soldado—. Ahí está su crucero.
Una enorme sombra imprecisa descendía lentamente sobre la pista. Sólo se distinguía
una corta fila de luces verdes.
—Apresúrese, señor —dijo un soldado—, no se van a quedar mucho rato.
—Gracias.
Kramer cruzó la pista en dirección a la forma negra que se cernía sobre su cabeza y
que ocupaba todo el ancho de la pista. Se sujetó a la rampa que había bajado desde un
costado del crucero. La rampa se elevó, y un momento después se hallaba a bordo de la
nave. La compuerta se cerró tras él.
Mientras subía la escalerilla que llevaba al puente de mando, las turbinas rugieron y el
vehículo abandonó la Luna, rumbo al espacio.
Kramer abrió la puerta del puente de mando. Se detuvo en el umbral, atónito, y
sorprendido. No había nadie a la vista. La nave estaba vacía.
—Santo Dios —murmuró al comprender la realidad. Se sentó en un banco con la
cabeza hundida entre las manos —Santo Dios.
La nave se adentró en el espacio, alejándose cada vez más de la Luna y de la Tierra.
Y no podía hacer nada por evitarlo.
 
—Así que fue usted quien efectuó la llamada —dijo por fin—. Fue usted quien me llamó
por videófono, no un hospital de la Tierra. Todo formaba parte del plan. —Paseó la vista
en torno suyo—. Y Dolores no...
—Tu esposa está bien —dijo el altavoz— Fue una trampa. Lamento haberte engañado
de esa manera, Philip, pero no se me ocurrió otra cosa. Un día más y habrías vuelto a la
Tierra. No quiero permanecer en esta zona más de lo estrictamente necesario. Estaban
tan seguros de que me hallaba en las profundidades del espacio que no me costó nada
merodear por las cercanías sin exponerme a ningún peligro. Claro que hasta la carta
robada fue descubierta.
Kramer fumó su cigarrillo con nerviosismo.
—¿Qué piensa hacer ahora? ¿Adónde vamos?
—En primer lugar, quiero hablar contigo. Tenemos muchas cosas de qué discutir. Me
disgustó mucho que te marcharas con los demás. Confiaba en que te quedarías. —La voz
monótona rió entre dientes—. ¿Te acuerdas de nuestras conversaciones, en los viejos
días? Ha pasado mucho tiempo.
La nave ganaba velocidad. Atravesó como un rayo el límite de la zona defensiva y se
hundió en el espacio. Kramer se dobló en dos, a punto de vomitar.
Cuando se recuperó, la voz continuó hablando:
—Siento que vayamos tan rápidos, pero todavía estamos en peligro. Dentro de unos
momentos iremos más despacio.
—¿Y las naves yuk? ¿Andan por aquí?
—Me he escabullido de algunas. Despierto su curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Intuyen que soy diferente, mucho más que sus minas orgánicas. Eso no les gusta.
Creo que pronto abandonarán esta zona. Parece que no desean problemas conmigo. Es
una raza extraña, Philip. Me hubiera gustado estudiarles más de cerca, obtener todo tipo
de información. Sostengo la opinión de que no utilizan materiales inertes. Todo su equipo
e instrumental, de una u otra forma, están vivos. No construyen ni fabrican nada. Son
ideas ajenas a su estructura mental. Utilizan formas de vida. Incluso sus naves...
—¿Adónde vamos? —preguntó Kramer—. Quiero saber adónde me lleva.
—Francamente, no estoy seguro.
—¿Que no está seguro?
—Me faltan por perfilar algunos detalles. Todavía hay ciertas deficiencias en mi
programa, pero no tardaré en subsanarlas.
—¿En qué consiste su programa?
—En realidad, es muy sencillo. Será mejor que entres en la sala de control y tomes
asiento. Las butacas son mucho más cómodas que los bancos metálicos.
Kramer obedeció y se sentó frente al tablero de control. Contemplar aquel instrumental
inutilizado le causaba una sensación extraña.
—¿Qué te ocurre? —chirrió el altavoz que colgaba de la pared.
—Me siento impotente. —Kramer hizo un gesto vago—. No puedo hacer nada, y no me
gusta. ¿Me lo reprocha?
—No, no te lo reprocho. Pronto recuperarás el control, no te preocupes. El hecho de
mantenerte al margen es una situación meramente provisional. Ni siquiera me la había
planteado. Olvidé que habían dado orden de disparar sobre mí en cuanto apareciera.
—Fue idea de Gross.
—No lo dudo. Se me ocurrió el plan tan pronto como me describiste el proyecto, aquel
día en mi casa. En seguida comprendí que estabais equivocados; ignoráis todo acerca de
la mente. Me di cuenta de que trasplantar un cerebro humano de un cuerpo orgánico a
una compleja nave artificial no implica la pérdida de las facultades intelectuales de la
mente. Cuando un hombre piensa, existe.
»Una vez llegado a esta conclusión, vi la posibilidad de hacer realidad un viejo sueño.
Yo era ya muy viejo cuando me conociste, Philip. Mi vida estaba tocando a su fin. La
única perspectiva que se abría ante mí era la muerte, la extinción de mis ideas. No había
dejado huella en el mundo, ninguna en absoluto. Mis estudiantes, uno por uno, pasaban
de mis manos al mundo externo, y entraban a trabajar en el gran Programa de
Investigación, dirigido a inventar armas mejores y más poderosas para continuar la
guerra.
»El mundo no ha cesado de guerrear durante mucho tiempo, primero consigo, después
con los marcianos, luego con estos seres de Próxima Centauro de los que apenas
sabemos nada. La sociedad humana ha consagrado la guerra como una institución
cultural, al igual que la astronomía o las matemáticas. La guerra es parte de nuestras
vidas, una carrera, una vocación respetable. Jóvenes de ambos sexos que poseen un
gran talento se suben a esa rueda imparable, como en los tiempos de Nabucodonosor.
Siempre ha sido así.
»¿Es algo innato en la humanidad? No lo creo. Ningún hábito social es innato. Hay
muchos grupos humanos que no guerrean; los esquimales jamás lo hicieron, y los indios
americanos nunca acogieron la idea con agrado.
»Pero estos disidentes fueron borrados del mapa, y se establecieron nuevos modelos
culturales que se extendieron por todo el planeta, hasta impregnarnos por completo.
»Sin embargo, si en algún punto de la evolución se han producido discrepancias, si se
han establecido costumbres diferentes a la concentración de hombres y material para...
—¿Cuál es su plan? —interrumpió Kramer—. Conozco la teoría. Formaba parte de una
de sus asignaturas.
—Sí, disfrazada en la asignatura de selección de cultivos, según creo recordar. Cuando
me hiciste esta proposición, comprendí que tal vez podría llevar mi idea a la práctica,
después de todo. Si mi teoría de que la guerra es un simple hábito y no un instinto es
correcta, una sociedad establecida fuera de la Tierra, con una mínima base cultural,
debería evolucionar de manera diferente. Si se apartara de nuestro punto de vista, si
partiera de otros presupuestos, se desviaría del punto en el que nos hemos estancado: un
callejón sin salida, una sucesión de guerras que finalizará con la ruina y la destrucción del
planeta.
»Al principio, un Vigilante debería guiar el experimento, por supuesto. No tardaría en
desencadenarse una crisis, quizá en la segunda generación. Caín surgiría casi al instante.
»Por lo tanto, Kramer, considero que si reposo la mayor parte del tiempo en algún
pequeño planeta o satélite, podré seguir funcionando durante casi cien años, tiempo
suficiente para observar la evolución de la nueva colonia. Después... Bien, después la
colonia debería valerse por sus propios medios.
»La única solución válida, por supuesto. Un día u otro, el hombre ha de llevar sus
propias riendas. Cien años más y controlará su destino. Quizá me equivoque, quizá la
guerra sea algo más que un hábito. Quizá la supervivencia mediante la violencia sea una
ley del universo.
»Con todo, seguiré adelante, asumiré el riesgo de que sea un simple hábito, de que
estoy en lo cierto, de que la guerra es algo a lo que estamos tan acostumbrados que no
comprendemos su monstruosidad. ¡Hay que encontrar un lugar! Aún no lo tengo claro. Sin
embargo, es imprescindible hacerlo.
»Y eso es lo que estoy haciendo ahora. Tú y yo vamos a inspeccionar algunos
sistemas fuera de las rutas habituales, planetas con pocas perspectivas para desarrollar
el comercio y, por tanto, despreciados por las expediciones terrestres. Conozco uno que
podría ser un buen sitio. Consta en el manuscrito original de la expedición Fairchild.
Miraremos en ése, para empezar.
La nave quedó en silencio.
 
Kramer estuvo sentado un rato con la vista fija en el piso de metal, que vibraba
lentamente al compás de las turbinas. Al fin, levantó los ojos.
—Tal vez esté en lo cierto. Quizá nuestro punto de vista sea sólo un hábito. —Kramer
se puso de pie—. Pero es posible que no haya considerado un detalle.
—¿Cuál?
—Si se trata de un hábito integrado profundamente en nuestro comportamiento desde
hace miles de años, ¿cómo va a conseguir que sus colonizadores efectúen la ruptura,
abandonen la Tierra y las costumbres terrestres? ¿Qué ocurrirá con esta generación, los
primeros, los que funden la colonia? Creo que es correcto afirmar que la siguiente
generación se vería libre de esta maldición, en el caso de que hubiera un... —sonrió—
...un viejo en lo alto que les enseñara otras cosas.
»¿Cómo conseguirá que la gente marche de la Tierra con usted si, según su teoría,
esta generación está perdida, si todo empezará en la próxima?
El altavoz permaneció en silencio. Luego se oyó una débil risita.
—Me sorprendes, Philip. Buscaremos los colonizadores. No necesitamos demasiados,
sólo unos cuantos. —El altavoz rió de nuevo—. Te explicaré mi solución.
Una puerta se abrió al otro lado del pasillo. Se produjo un sonido, un sonido vacilante.
Kramer se volvió.
—¡Dolores!
Dolores Kramer se quedó donde estaba, insegura, mirando la sala de control.
Parpadeó de asombro.
—¡Phil! ¿Qué haces aquí? ¿Qué sucede?
Intercambiaron una mirada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dolores—. Me dijeron por videófono que habías resultado
herido en una explosión lunar...
El altavoz volvió a la vida.
—Como ves, Philip, el problema ya está resuelto. No necesitamos mucha gente;
bastará con una pareja.
—Comprendo —murmuró Kramer— Sólo una pareja: un hombre y una mujer.
—Podrían hacerlo muy bien, si hubiera alguien que velara para que el proceso no se
desviara de su meta. No te podré ayudar mucho, Phil, muy poco, pero creo que saldremos
adelante.
—Podría ayudarnos a dar nombre a los animales —ironizó Phil Kramer—. Entiendo que
es el primer paso.
—Lo haré con gusto —dijo la voz monótona e impersonal—. Si no recuerdo mal, mi
trabajo consiste en traértelos uno por uno. Luego te encargarás de ponerles nombre.
—No comprendo nada —balbuceó Dolores—. ¿De qué está hablando, Phil? Dar
nombre a los animales. ¿Qué animales? ¿Adónde vamos?
Kramer caminó lentamente hacia la tronera y miró afuera en silencio con los brazos
cruzados. Miríadas de chispas de luz destellaban en la lejanía, innumerables brasas
resplandeciendo en el oscuro vacío. Estrellas, soles, sistemas. Infinitos, incalculables. Un
universo de mundos. Una infinidad de planetas que les aguardaban, fulgurando y
parpadeando en la oscuridad.
Se apartó de la tronera.
—¿Adónde vamos? —Sonrió a su esposa, que le contemplaba de pie, nerviosa y
asustada, con la inquietud reflejada en sus grandes ojos—. No sé adónde vamos, pero
eso no parece importante ahora... Empiezo a comprender el punto de vista del profesor; el
resultado es lo que cuenta.
Y por primera vez en muchos meses rodeó con su brazo a Dolores.
Ella se puso rígida, al principio, aterrada y nerviosa todavía, pero se apretó contra él y
las lágrimas humedecieron sus mejillas.
—Phil..., ¿crees de veras que podemos volver a empezar...?
Él la besó con ternura, y después con pasión.
Y la nave surcó a toda velocidad la infinita y desconocida del vacío...
 
 
FIN
 

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