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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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miércoles, 24 de julio de 2013

Mundodisco - 6 - Brujerías - Terry Pratchett

Mundodisco 6
Brujerías
Terry Pratchett




Brujerías
El viento aullaba. El relámpago apuñalaba la tierra erráticamente, como un asesino
inexperto. El trueno retumbaba sobre las oscuras colinas azotadas por la lluvia.
La noche era tan negra como las entrañas de un gato. De verdad, era de esas noches en
que los dioses mueven a los hombres como si fueran peones, en el tablero de ajedrez del
destino. En medio de la tormenta, una hoguera brillaba entre los arbustos empapados, como la
locura en los ojos de una comadreja. Iluminaba a tres figuras encorvadas. El caldero
burbujeaba.
-¿Cuándo volveremos a reunimos? -preguntó una voz seca, sobrecogedora.
Hubo una pausa.
Por fin, otra voz respondió, en tono mucho más normal:
-Bueno, a mí me va bien el martes que viene.
Por las profundidades insondables del espacio nada la tortuga estelar, Gran A'Tuin, que
transporta sobre su caparazón a los cuatro elefantes gigantes que a su vez soportan sobre sus
lomos la masa del Mundodisco. En torno a ellos giran un pequeño sol y una luna diminuta.
Dibujan una órbita muy complicada para provocar los cambios de estación, así que debe de ser
el único lugar del universo donde a veces un elefante tiene que levantar una pata para dejar
pasar al sol.
Quizá nunca sepamos exactamente el porqué de esto. Es posible que el Creador del
universo se aburriera de tanta inclinación axial, albedo y velocidad de rotación, y decidiera
divertirse un ratito.
No hace falta ser un genio para suponer que los dioses de un mundo así no deben de jugar
al ajedrez, y así es. La verdad es que ningún dios juega al ajedrez. Les falta imaginación. Los
dioses prefieren juegos más sencillos y salvajes, donde uno No Expande Su Intelecto sino que
se Va A La Porra Directamente. Para comprender toda religión es imprescindible saber que a
los dioses les divierte ver a las niñas saltando a la comba con alambres de púas.
La magia es lo que mantiene la consistencia del Mundodisco, es una magia generada por su
mismo girar, una magia entretejida como hilos de seda a la estructura subyacente de su
existencia, una magia que sutura las heridas de la realidad.
Buena parte de ella termina en las Montañas del Carnero, que se extienden desde las
llanuras heladas cercanas al Eje, atraviesan los archipiélagos y llegan hasta los mares cálidos
que se vierten interminablemente al espacio por el Borde.
La magia pura es invisible, pero crepita de cumbre en cumbre, y se entierra en las
montañas. De las Montañas del Carnero ha surgido la mayor parte de los magos y brujas del
mundo. En las Montañas del Carnero, las hojas de los árboles se mueven incluso cuando no
hay brisa. Las rocas pasean antes de cenar.
Hasta la tierra, de vez en cuando, parece viva...
Y en ocasiones, también el cielo.
La tormenta estaba azotando con todo su entusiasmo. Aquélla era su gran oportunidad. Se
había pasado años de gira por provincias, haciendo trabajitos útiles para conseguir experiencia,
consiguiendo contactos, y sólo de vez en cuando asaltando a pastores distraídos o hendiendo
pequeños robles. Ahora, un hueco en el escalafón del tiempo le había dado su gran
oportunidad, y la tormenta se esforzaba al máximo con la esperanza de que la viera alguno de
los climas importantes.
Era una buena tormenta. Ponía auténtica pasión en su trabajo, pero sin olvidar la eficacia, y
los críticos opinaban que, en cuanto aprendiera a controlar un poco mejor sus truenos, no
tardaría en ser una tormenta a tener en cuenta.
Los bosques rugieron sus aplausos, y se llenaron de nieblas y hojas desprendidas.
En noches como ésta, los dioses, según se ha señalado ya, juegan a cosas que no son el
ajedrez con los destinos de los mortales y los tronos de los reyes. Es importante recordar que
siempre hacen trampas, del principio al final.
Un coche de caballos recorría a toda velocidad el tortuoso sendero del bosque, se
tambaleaba con violencia cuando las ruedas tropezaban en las raíces de los árboles. El
conductor azuzaba a los animales, el crujido desesperado de su látigo proporcionaba un
interesante contrapunto al rugir de la tempestad.
Tras él (muy poco por detrás, y acercándose) había tres jinetes encapuchados.
En noches como ésta se llevan a cabo acciones malvadas. También buenas, claro. Pero las
malas ganan de largo.
En noches como ésta, las brujas cruzan las fronteras.
Metafóricamente hablando, claro. Porque no les gusta la comida, el agua no es de
confianza, y los chamanes son unos mandones. Pero la luna llena se divisaba entre los jirones
de nubes, el aire estaba poblado de susurros, y todo apuntaba hacia la magia.
En su claro, desde donde se divisaba el bosque, así hablaron las brujas:
-El martes me toca hacer de canguro -dijo la que no llevaba sombrero, sino una masa de
rizos blancos tan espesa que parecía un casco-. Para el pequeño de Jason. Me va mejor el
viernes. Date prisa con el té, querida, estoy seca.
La más joven de las tres dejó escapar un suspiro, y vertió parte del agua hirviendo del
caldero en una tetera.
La tercera bruja le dio unas palmaditas cariñosas en la mano.
-Lo dijiste muy bien -le aseguró-. Sólo hay que trabajar un poco más los aullidos. ¿No te
parece, Tata Ogg?
-Claro, claro, los aullidos son muy útiles -se apresuró a asentir Tata Ogg-. Ya veo que
Abuela Whemper, quenpazdescanse, te ayudó mucho en lo de bizquear.
-Son unos bizquees muy buenos -la apoyó Yaya Ceravieja.
La bruja más joven, que se llamaba Magrat Ajostiernos, se tranquilizó visiblemente.
Admiraba mucho a Yaya Ceravieja. En las Montañas del Carnero, todo el mundo sabía que la
señora Ceravieja no aprobaba nada demasiado. Si ella decía que era un buen bizqueo, es que
Magrat se había mirado las fosas nasales como mínimo.
A diferencia de los magos, que adoran las jerarquías, y cuanto más complicadas mejor, a
las brujas no les va mucho eso de la estructuración en la carrera profesional. De cada una
depende educar a una niña de su zona para que se encargue de todo cuando ella muera. Las
brujas no son gregarias por naturaleza, al menos con otras brujas. Y, desde luego, no tienen
líderes.
Yaya Ceravieja era la más respetada de las líderes que no tenían.
A Magrat le temblaban un poco las manos mientras preparaba el té. Todo era muy
gratificante, claro, pero también resultaba algo tenso iniciar su vida laboral como bruja de
pueblo entre Yaya y Tata Ogg, que vivía al otro lado del bosque. Había sido idea suya crear los
aquelarres. Le parecía más..., bueno, más oculto. Para su sorpresa, las otras dos asintieron, o
al menos no disintieron demasiado.
-¿Aquel padre? -había dicho Tata Ogg-. ¿Para qué demonios queremos otro padre? Yo ya
ni me acuerdo del mío.
-Un aquelarre, Gytha, un aquelarre -le había explicado Yaya Ceravieja-. Ya sabes, como en
los viejos tiempos. Una reunión de brujas.
-¿Una juerguecita? -insistió Tata Ogg, esperanzada.
-Nada de bailes -le advirtió Yaya-. No apruebo eso de bailar. Ni cantar, ni emocionarse
demasiado, ni todo eso de los ungüentos, ni nada por el estilo.
A Magrat la había decepcionado un poco lo del baile, pero se alegraba de no haber
propuesto una o dos ideas más que llevaba preparadas. Rebuscó en la bolsa que había llevado
con ella. Era su primera reunión de brujas, y estaba decidida a hacerlo bien.
-¿Alguien quiere una pastita? -ofreció.
Yaya miró fijamente la suya antes de comérsela. Magrat las había horneado dándoles forma
de murciélagos. Los ojitos eran pasas.
El coche de caballos pasaba como una centella junto al lindero del bosque. Se mantuvo
unos segundos sobre dos ruedas tras tropezar con una piedra, volvió a ceñirse a las leyes del
equilibrio y prosiguió su alocada carrera. Pero ahora iba más despacio. La cuesta era
empinada.
El cochero, de pie como si guiara una cuadriga, se apartó el pelo de los ojos y escudriñó la
oscuridad. Allí, en las laderas de las Montañas del Carnero, no vivía nadie, pero había luz más
adelante. Increíble, maravilloso, había luz.
Una flecha se clavó en el techo del coche, tras él.
Entretanto, el rey Verence, monarca de Lancre, estaba descubriendo algo.
Como la mayor parte de la gente (bueno, como la mayor parte de la gente que aún no ha
cumplido los sesenta), Verence no había meditado mucho sobre lo que sucedía tras la muerte.
Como la mayor parte de la gente desde el amanecer de los tiempos, daba por hecho que ya lo
averiguaría en su momento.
Y, como la mayor parte de la gente desde el amanecer de los tiempos, ahora estaba
muerto.
De hecho, se encontraba tendido al pie de una de sus propias escalinatas, en el Castillo
Lancre, con una daga clavada en la espalda.
Se sentó, y le sorprendió ver que, aunque alguien a quien podía considerar sin lugar a
dudas como él mismo se estaba sentando, algo muy semejante a su cuerpo permanecía
tendido en el suelo.
Por cierto, era un buen cuerpo, ahora que lo veía desde fuera por primera vez. Siempre se
había sentido muy unido a él, aunque tenía que reconocer que ya no era el caso.
Era un cuerpo grande y musculoso. Lo había cuidado bien. Le había dejado crecer un bigote
y patillas largas. Se había encargado de que recibiera mucho ejercicio al aire libre y cantidades
ingentes de carne roja. Y ahora, justo cuando más necesitaba un cuerpo, le dejaba de lado. O
le dejaba fuera.
Además, aún tenía que reconciliarse con la visión de la figura alta y delgada que se erguía
junto a él. La mayor parte de ella quedaba oculta bajo una túnica negra con capucha, pero el
brazo que salía de entre los pliegues para sostener una gran guadaña era de hueso.
Cuando uno está muerto, hay cosas que reconoce por instinto.
MUY BUENAS.
Verence se irguió en toda su estatura, o en lo que habría sido toda su estatura si la parte de
él a la que se podía aplicar la palabra «estatura» no estuviera tendida rígida en el suelo,
enfrentándose a un futuro en el que sólo era apropiada la palabra «profundidad».
-Más respeto, que soy un rey -dijo.
ERAS, MAJESTAD.
-¿Qué? -rugió Verence.
HE DICHO QUE ERAS. SE LLAMA PRETÉRITO IMPERFECTO. YA TE
ACOSTUMBRARÁS.
La alta figura tamborileó los dedos calcáreos sobre el mango de la guadaña. Obviamente,
estaba molesta por algo.
Pues ya que lo mencionamos, pensó Verence, yo también. Pero los sutiles indicios que se
le presentaban en sus circunstancias actuales empezaban a penetrar incluso la espesa coraza
de valor estúpido que era la característica predominante de su personalidad, y comenzaba a
intuir que, fuera cual fuera el reino donde se encontraba, él no era ya el rey.
-Oye, tú, ¿eres la Muerte?
TENGO MUCHOS NOMBRES.
-¿Cuál usas ahora mismo? -insistió Verence con algo más de deferencia.
La gente pasaba a su alrededor. En realidad, muchos pasaban a través de ellos, como
fantasmas.
-Vaya, así que ha sido Felmet -añadió vagamente el rey, al ver la figura escurridiza que
observaba alegremente la escena desde la cima de las escaleras-. Mi padre me dijo que no
confiara en él. ¿Por qué no estoy furioso?
GLÁNDULAS -replicó la Muerte brevemente-. ADRENALINA Y
ESAS COSAS. Y EMOCIONES. No TIENES. AHORA LO ÚNICO QUE TIENES ES
PENSAMIENTO.
La alta figura pareció tomar una decisión. TODO ESTO ES MUY IRREGULAR -siguió, al parecer
hablando consigo misma-. PERO ¿QUIÉN SOY YO PARA DISCUTIR? -Eso, ¿quién? ¿QUÉ?
-Que quién.
CÁLLATE.
La Muerte inclinó el cráneo hacia un lado, como si escuchara alguna voz interior. La
capucha se le deslizó hacia atrás, y el difunto rey advirtió que la Muerte parecía un esqueleto
bien pulido en todo excepto en un detalle. Sus órbitas oculares tenían un brillo azul celeste.
Pero Verence no tuvo miedo. No sólo porque es muy difícil tener miedo cuando los pedazos
necesarios para tener miedo están tendidos en el suelo a varios metros de distancia, sino
porque no había tenido miedo de verdad en toda su vida, y no estaba por la labor de empezar
ahora. Esto se debía en parte a que no tenía imaginación, y en gran medida a que era uno de
esos escasos individuos concentrados en el momento.
La mayoría de la gente no lo es. Viven sus vidas como una especie de borrón en torno al
punto donde se encuentra su cuerpo, anticipándose al futuro o aferrándose al pasado. Suelen
estar tan preocupados con lo que sucederá que sólo averiguan lo que sucede cuando ya ha
sucedido. Así son la mayor parte de las personas. Aprenden a tener miedo porque no saben lo
que va a suceder. Y ya les está sucediendo.
Pero Verence había vivido siempre en el presente. Al menos hasta ahora, claro.
La Muerte suspiró.
¿DEBO SUPONER QUE NADIE TE HA MENCIONADO NADA? -aventuró.
-¿Cómo dices?
¿NO HAS TENIDO PREMONICIONES? ¿Ni SUEÑOS EXTRAÑOS? ¿NlNGÚN LOCO TE
HA GRITADO NADA POR LA CALLE?
-¿Sobre qué, sobre lo de morir?
NO, SUPONGO QUE NO. SERÍA ESPERAR DEMASIADO -Suspiró la Muerte con
amargura-. SIEMPRE ME LO DEJAN A MÍ.
-¿Quién? -preguntó Verence, asombrado.
SINO. DESTINO. Y TODOS LOS DEMÁS. -La Muerte apoyó una mano sobre el hombro del rey-.
BIEN, ME TEMO QUE PRONTO TE
CONVERTIRÁS EN UN FANTASMA.
-Oh.
Bajó la vista y miró su... su cuerpo, que parecía bastante sólido. Alguien caminó a través de
él. TRATA DE TOMÁRTELO BIEN.
Verence vio cómo se llevaban su cadáver rígido de la sala con toda reverencia. -Lo
intentaré.
ASÍ SE HACE.
-Pero no creo que se me dé bien todo eso de andar con sábanas blancas y cadenas -
señaló-. ¿Tendré que gemir y aullar?
La Muerte se encogió de hombros.
¿TE APETECE? -preguntó.
-No.
ENTONCES, YO EN TU LUGAR NO ME PREOCUPARÍA.
La Muerte se sacó un reloj de arena de entre los pliegues de la túnica oscura, y lo examinó.
BIEN, TENGO QUE MARCHARME YA -dijo.
Se dio media vuelta, se echó la guadaña al hombro y se dirigió hacia la pared más cercana
con la evidente intención de atravesarla.
-¿Cómo? ¡Alto ahí un momento! -gritó Verence, corriendo tras ella.
La Muerte no volvió la vista. Verence la siguió a través de la pared. Fue como cruzar un
banco de niebla.
-¿Eso es todo? -exigió saber-. A ver, ¿cuánto tiempo seré un fantasma? ¿Por qué soy un
fantasma? ¡No puedes dejarme así! -Se detuvo y alzó un dedo imperioso, algo transparente-.
¡Alto! ¡Te lo ordeno!
La Muerte sacudió la cabeza con pesimismo y atravesó la siguiente pared. El rey corrió tras
ella con toda la dignidad que le quedaba, y la encontró desatando las riendas de un gran
caballo blanco. El caballo tenía una bolsa de alfalfa atada al cuello.
-¡No me puedes dejar así! -repitió, pese a las pruebas.
La Muerte se volvió hacia él.
PUEDO -dijo-. ESTÁS NO MUERTO, ¿SABES? Los FANTASMAS
HABITAN EN UN MUNDO QUE SE ENCUENTRA ENTRE EL DE LOS VIVOS Y EL DE
LOS MUERTOS. NO CAE BAJO MI JURISDICCIÓN. -DÍO Unas palmaditas en el hombro del
rey-. TRANQUILO -dijo-, NO SERÁ
ETERNO.
-Bien.
AUNQUE PUEDE QUE TE PAREZCA ETERNO.
-¿Cuánto tiempo será en realidad?
SUPONGO QUE HASTA QUE HAYAS REALIZADO TU DESTINO.
-¿Y cómo sabré cuál es mi destino? -preguntó el rey, desesperado.
Ni IDEA, LO SIENTO.
-Bueno, ¿cómo lo puedo averiguar?
TENGO ENTENDIDO QUE ESTAS COSAS SE REVELAN TARDE o TEMPRANO -replicó la Muerte al
tiempo que montaba.
-Y hasta entonces, tendré que encantar este lugar. -El rey Verence miró a su alrededor,
contempló los muros de piedra-. Yo solo, supongo. ¿Nadie podrá verme?
OH, SÍ, LOS QUE TENGAN CIERTOS PODERES PSÍQUICOS. LOS PARIENTES
CERCANOS. Y LOS GATOS, CLARO.
-Detesto los gatos.
El rostro de la Muerte se tensó un poco más, como si fuera posible. Los destellos azulados
de sus órbitas oculares se tornaron rojos durante un instante.
COMPRENDO -dijo. Su tono sugería que la muerte era demasiado buena para los que odiaban
a los gatos-. SUPONGO QUE TE
GUSTAN LOS PERROS, Y CUANTO MÁS GRANDES MEJOR.
-La verdad es que sí.
El rey contempló el amanecer con gesto sombrío. Sus perros. Iba a echarlos mucho de
menos. Y parecía que iba a ser un día estupendo para la caza.
Se preguntó si los fantasmas cazaban. Supuso que no, casi con toda seguridad. Y tampoco
comerían, ni beberían..., eso sí que era deprimente. Le gustaban los grandes banquetes, mejor
con mucho jaleo, y vaciado [Las vaciaba, pero no bebía todo el líquido; buena parte de él caía en su pechera.]
más de una jarra de buena cerveza. Y más de una de mala cerveza, claro. Pero nunca había
sido capaz de diferenciarlas hasta la mañana siguiente.
Dio una patada a una piedra, y advirtió con desesperación que su pie la atravesaba. Nada
de caza, ni de bebida, ni de juergas, ni de borracheras, ni de perros..., empezaba a comprender
que los placeres de la carne eran más bien escasos cuando se carecía de carne. De repente, la
vida no valía la pena. El hecho de no estar vivo no lo animaba en absoluto.
A ALGUNOS LES GUSTA SER FANTASMAS -señaló la Muerte.
-¿Mmm? -se interesó Verence.
TENGO ENTENDIDO QUE NO ESTÁ TAN MAL. PODRÁS VER LO QUE HACEN TUS DESCENDIENTES.
¿PERDÓN? ¿PASA ALGO?
Pero Verence había desaparecido a través de una pared.
TRANQUILO, COMO si YO NO ESTUVIERA -se enfurruñó la Muerte.
Miró a su alrededor con una mirada que podía ver a través del tiempo, el espacio y las
almas de los hombres, y advirtió un terremoto en la lejana Klatch, un huracán en
Howandalandia, una epidemia de peste en Hergen.
SIEMPRE TRABAJO, SIEMPRE TRABAJO -murmuró mientras espoleaba a su caballo hacia el cielo.
Verence corrió a través de los muros de su propio castillo. Sus pies apenas rozaban el
suelo..., de hecho, la irregularidad del suelo implicaba que en ocasiones no lo rozaban en
absoluto.
Cuando era rey, solía tratar a los criados como si no estuvieran allí, y correr a través de
ellos en forma de fantasma venía a ser casi lo mismo. La única diferencia era que no se
apartaban.
Verence llegó al cuarto de los niños, vio la puerta rota, las sábanas colgadas de la
ventana...
Oyó el sonido de los cascos de un caballo. Llegó junto a la ventana, vio cómo su corcel salía
a toda velocidad tirando de un carro. Segundos más tarde, tres jinetes lo siguieron. El retumbar
de su galope resonó sobre los guijarros antes de desaparecer.
El rey golpeó la repisa de la ventana, su puño atravesó diez centímetros de piedra.
Luego se lanzó al aire. Hizo caso omiso de la caída (que de todos modos no sintió) y medio
voló medio corrió hacia los establos, al otro lado del patio.
Sólo tardó veinte segundos en comprender que, entre las muchas cosas que un fantasma
no puede hacer, estaba la de montar a caballo. Consiguió encaramarse a la silla, o al menos
trepar al aire sobre la silla, pero cuando el caballo se encabritó, aterrado por las cosas
misteriosas que le sucedían a sus orejas, Verence se encontró a horcajas de metro y medio de
aire puro.
Trató de correr, y llegó hasta la entrada de la verja antes de que el aire que lo rodeaba
adquiriera la consistencia del alquitrán.
-No puedes -dijo tras él una voz vieja, triste-. Tienes que quedarte en el lugar donde te
mataron. En eso consiste encantar un sitio. Hazme caso, tengo experiencia.
Yaya Ceravieja se detuvo con la segunda pastita a medio camino de la boca.
-Se acerca algo -dijo.
-¿Lo sabes porque te cosquillean los pulgares? -inquirió rápidamente Magrat.
Había aprendido mucha brujería en los libros.
-Lo sé porque me cosquillean las orejas -replicó Yaya.
Miró a Tata Ogg, arqueando las cejas. La anciana Abuela Whemper había sido una bruja
excelente a su manera, pero demasiado moderna. Demasiadas flores, demasiadas ideas
románticas, esas cosas.
De cuando en cuando los relámpagos mostraban el páramo que se extendía hasta el
bosque, pero la lluvia sobre la cálida tierra estival había llenado el aire de espectros de niebla.
-¿Cascos de caballo? -se sorprendió Tata Ogg-. Nadie sube hasta aquí a estas horas de la
noche.
Magrat miró a su alrededor tímidamente. El páramo estaba salpicado de grandes piedras
verticales cuyo origen se perdía en la niebla del tiempo. Se decía que aquellas piedras tenían
una vida de lo más interesante. Se estremeció.
-¿De qué hay que tener miedo? -consiguió preguntar.
-De nosotras -replicó Yaya Ceravieja, con el ceño fruncido.
El sonido del galope se acercó, se hizo más lento. Y entonces, el coche de caballos
apareció entre los arbustos. El conductor saltó del vehículo, corrió hacia la puerta, sacó un
fardo del interior y se dirigió precipitadamente hacia el trío.
Estaba a medio camino cuando se detuvo en seco y miró a Yaya Ceravieja con expresión
de horror.
-No pasa nada -susurró ella.
El susurro destacó por encima del fragor de la tormenta con la nitidez de una campana.
Yaya Ceravieja dio unos pasos hacia delante, y un relámpago muy oportuno le permitió ver
los ojos del hombre. Tenían esa mirada peculiar de los que Saben que ya no verán nada de
este mundo.
Con un último movimiento compulsivo, puso el fardo en brazos de Yaya y se desplomó
hacia delante. De su espalda surgía el asta emplumada de una flecha.
Tres figuras se acercaron a la hoguera. Yaya alzó la vista hacia otro par de ojos, tan gélidos
como las fosas del Infierno.
Su propietario apartó la ballesta. Bajo su capa empapada brilló la cota de mallas cuando
desenfundó la espada.
No hizo fiorituras. Los ojos que no se apartaban del rostro de Yaya no eran ojos de alguien
que pierde el tiempo con fiorituras. Eran los ojos de alguien que sabe muy bien para qué sirven
las espadas. Extendió una mano.
-Dámelo -dijo.
Yaya apartó los pliegues de la manta que tenía entre los brazos, y vio una carita dormida.
Alzó la vista.
-No -dijo, generalizando.
El soldado miró a Magrat y a Tata Ogg, que estaban tan quietas como las piedras verticales
del páramo.
-¿Sois brujas? -preguntó.
Yaya asintió. Un relámpago hendió el cielo, y un arbusto a cien metros de distancia estalló
en llamas. Los dos soldados rezagados murmuraron algo, pero el primer hombre sonrió y alzó
una mano enfundada en un guantelete metálico.
-¿La piel de las brujas repele el acero? -preguntó.
-Que yo sepa, no -replicó Yaya con tranquilidad-. Puedes probar a ver.
Uno de los soldados se adelantó y tocó el brazo del hombre con gesto ansioso.
-Señor, con todos los respetos, señor, no creemos que sea buena idea.
-Cállate.
-Pero es que trae muy mala suerte...
-¿Tengo que ordenártelo de nuevo?
-Señor... -titubeó el hombre.
Sus ojos se cruzaron con los de Yaya un momento, reflejaban un terror desesperado.
El jefe sonrió a Yaya, que no había movido ni un músculo.
-Vuestra magia campesina es para idiotas, madre de la noche. Puedo matarte antes de que
te des cuenta.
-Bien, ataca cuando quieras -sugirió Yaya, mirando por encima de su hombro-. Si tu corazón
te lo dicta, ataca.
El hombre alzó la espada. El relámpago volvió a rasgar el cielo y destrozó una roca, a
escasos metros de ellos, llenando el aire de humo y del hedor del silicio fundido.
-Falló -señaló él.
Yaya vio que los músculos del hombre se tensaban mientras se disponía a descargar el
golpe.
De pronto, el rostro del soldado reflejó un asombro sin límites. Inclinó la cabeza hacia un
lado y abrió la boca, como si intentara reconciliarse con una idea novedosa. La espada se le
cayó de la mano y aterrizó de punta sobre la hierba. Dejó escapar un suspiro y se dobló sobre
sí mismo, muy despacio, para desplomarse a los pies de Yaya.
Ella le dio unas pataditas.
-Me parece que no te diste cuenta de a dónde apuntaba -susurró-. ¡Madre de la noche!
¡Será posible...!
El soldado que había tratado de detener al jefe miró con horror la daga ensangrentada que
tenía en la mano, y retrocedió.
-N-n-no podía permitirlo. No debió hacerlo. No..., no estaba bien -tartamudeó.
-¿Eres de aquí, joven? -preguntó Yaya.
Él se dejó caer de rodillas.
-De Lobo Loco, señora -contestó. Volvió a mirar el cuerpo del capitán-. ¡Ahora me matarán!
-gimió.
-Pero hiciste lo que consideraste correcto -señaló Yaya.
-No me hice soldado para esto. No quiero ir por ahí matando a la gente.
-Bien pensado. Yo en tu lugar me habría hecho marinero -asintió ella, pensativa-. Sí señor,
una profesión en el mar. Yo que tú empezaría lo antes posible. Ahora mismo, de hecho. Venga,
corre. Corre hacia el mar, donde no hay huellas. Tendrás una vida larga y llena de éxitos, te lo
prometo. -Se quedó pensativa un instante-. Al menos, más larga de lo que sería si te quedas
por aquí -añadió.
El joven se levantó, le dirigió una mirada de agradecimiento y admiración, y se perdió
corriendo en la niebla.
-Y ahora, espero que alguien nos diga qué está pasando -dijo Yaya, dirigiéndose al tercer
hombre.
A donde había estado el tercer hombre.
Se oyó el retumbar lejano de unos cascos de caballo sobre la tierra húmeda. Luego, el
silencio.
Tata Ogg se inclinó hacia delante.
-Puedo atraparlo -dijo-. ¿Qué te parece?
Yaya sacudió la cabeza. Se sentó en una roca y miró al niño que tenía entre los brazos. El
chiquillo no aparentaba más de dos años, y estaba desnudo bajo la manta. Lo meció
vagamente y clavó los ojos en el vacío.
Tata Ogg examinó los dos cadáveres.
-Quizá fueran ladrones -susurró Magrat, temblorosa.
Tata sacudió la cabeza.
-Es extraño -señaló-, los dos llevan la misma insignia. Dos osos sobre un campo negro y
gualda. ¿Alguien sabe qué significa?
-Es el emblema del rey Verence -respondió Magrat.
-¿Quién es ése? -se interesó Yaya Ceravieja.
-El que gobierna este país.
-Ah. Ese rey -asintió Yaya, como si su interés en el asunto fuera igual o menor que cero.
-Soldados peleando entre ellos. Eso no es lógico -dijo Tata Ogg-. Echa un vistazo al coche,
Magrat.
La joven bruja dio un buen rodeo para esquivar los cadáveres, y volvió con una saca. La
abrió. Un objeto cayó al suelo.
La tormenta se había desplazado al otro lado de la montaña, y la luna proyectaba una luz
tenue sobre los páramos húmedos. Iluminaba también lo que sin lugar a dudas era una corona
extremadamente importante.
-Es una corona -señaló Magrat-. Tiene picos y todo eso.
-Oh, cielos -suspiró Yaya.
El niño gorgoteó en sueños. A Yaya Ceravieja no le gustaba mirar hacia el futuro, pero
ahora notaba que el futuro la estaba mirando a ella.
Y no le gustaba lo más mínimo su expresión.
El rey Verence estaba mirando hacia el pasado, y se había formado una idea muy similar.
-¿Puedes verme? -preguntó.
-Oh, sí. Y con bastante claridad, por cierto -respondió el recién llegado.
Verence frunció el ceño. Parecía que para ser un fantasma hacía falta un esfuerzo mental
muy superior al requerido para estar vivo. Se las había apañado muy bien durante cuarenta
años sin tener que pensar más de una o dos veces al día, y ahora se veía obligado a hacerlo
constantemente.
-Ah -dijo al final-. Tú también eres un fantasma.
-Muy listo.
-Lo he notado porque llevas la cabeza bajo el brazo -señaló Verence, satisfecho consigo
mismo-. Eso me dio la pista.
-¿Te molesta? Si te da reparo, me la pongo -ofreció amablemente el viejo espíritu. Le tendió
la mano libre-. Encantado de conocerte. Soy Ornal, rey de Lancre.
-Verence. Lo mismo. -Examinó de cerca el rostro del viejo rey-. No recuerdo haber visto tu
retrato en la galería -añadió.
-Ah, esas cosas no se hacían en mis tiempos -señaló Ornal con gesto vago.
-Vaya, ¿cuánto tiempo llevas aquí?
Ornal bajó la mano para rascarse la nariz.
-Unos mil años -dijo con una voz en la que se advertía el orgullo-. Entre hombre y fantasma.
-¡Milanos!
-Para ser exactos, yo construí este castillo. Aunque lo reformaron cuando mi sobrino me
cortó la cabeza mientras dormía. Ni te imaginas cuánto me molestó aquello.
-Pero... mil años... -repitió Verence débilmente.
Ornal le cogió del brazo.
-No está tan mal -le confió mientras guiaba al acongojado rey por el patio-. En muchos
aspectos, es mejor que estar vivo.
-¡Vaya idea! -estalló Verence-. ¡A mí me gustaba estar vivo!
El viejo rey le sonrió, tranquilizador.
-Pronto te acostumbrarás -le aseguró.
-¡Es que no quiero acostumbrarme!
-Tienes un campo morfogénico muy fuerte -dijo Ornal-. Se nota, se nota. Yo me doy cuenta
de estas cosas. Sí señor, es muy fuerte.
-¿Qué es eso?
-Nunca se me dio muy bien explicarme -suspiró Ornal-. Siempre me pareció más sencillo
golpear a la gente con algo. Pero me temo que eso depende de lo vivo que esté uno. Cuando
estás vivo, claro. Es algo que se llama... -hizo una pausa-. Vitalidad animal. Sí, eso es.
Vitalidad animal. Cuanta más tienes, más parecido a ti mismo sigues siendo cuando te
conviertes en fantasma. Seguro que, cuando estabas vivo, estabas vivo al cien por cien.
Muy a su pesar, Verence se sintió halagado.
-Siempre traté de mantenerme ocupado -dijo.
Habían atravesado el muro de la Sala Principal, que ahora estaba vacía. La visión de las
mesas provocó una reacción automática en el rey.
-¿Cómo nos montamos lo del desayuno? -preguntó.
La cabeza de Ornal pareció sorprendida.
-De ninguna manera -replicó-. Somos fantasmas.
-¡Pero es que tengo hambre!
-No, no tienes hambre. Es tu imaginación.
De las cocinas les llegó el tintineo de los platos. Los cocineros ya se habían levantado y, a
falta de otras instrucciones, estaban preparando el menú habitual para los desayunos del
castillo. Los aromas familiares llenaban toda la estancia.
Verence olfateó.
-Salchichas -dijo, soñador-. Beicon. Huevos. Pescado ahumado. -Miró a Ornal-. Y budín de
pasas -susurró.
-No tienes estómago -señaló el anciano fantasma-. Todo está en tu mente, es la fuerza de la
costumbre. Lo que pasa es que crees que tienes hambre.
-Creo que estoy muerto de hambre.
-Sí, pero el caso es que no puedes tocar nada -le explicó amablemente Ornal-. Nada en
absoluto.
Verence se dejó caer sentado en un banco, con suavidad, para no atravesarlo. Hundió la
cabeza entre las manos. Le habían dicho que la muerte era mala, pero no que fuera tan mala.
Quería vengarse. Quería salir de aquel castillo, que de pronto se le antojaba espantoso,
para encontrar a su hijo. Pero lo que más le aterraba era darse cuenta de que lo que más
deseaba en aquel momento era un plato de riñones al jerez.
Un amanecer húmedo inundó el paisaje, trepó por las almenas del Castillo Lancre, luchó
con valor y por fin consiguió llegar al patio.
El duque Felmet contempló con gesto sombrío el bosque empapado por la lluvia. Era todo
un bosque, bien grande. Él no tenía nada contra los árboles, pero ver tantos juntos le resultaba
deprimente. Siempre le daban ganas de contarlos.
-Claro, mi amor -dijo.
La gente que conocía al duque empezaba a pensar de repente en un lagarto, seguramente
uno de esos que viven en islas volcánicas, se mueven una vez al día, tienen un tercer ojo
vestigial y parpadean una vez al mes. Se consideraba un hombre civilizado, más preparado
para el ambiente seco y el sol brillante de un clima bien organizado.
Por otra parte, pensó, no estaría tan mal ser un árbol. Los árboles no tenían oídos, de eso
estaba casi seguro. Y parecían arreglárselas muy bien sin la institución del matrimonio. El roble
macho se limitaba a dispersar su polen al viento y al asunto de las pinas, a no ser que tuvieran
manzanas, no, estaba convencido de que los robles tenían pinas...
-Por supuesto, preciosa -dijo.
Sí, los árboles lo tenían todo hecho. El duque Felmet contempló la densa vegetación. Los
muy egoístas.
-Desde luego, querida mía -dijo.
-¿Cómo? -replicó la duquesa.
El duque titubeó, trató desesperadamente de recordar el monólogo de los cinco últimos
minutos. Había dicho algo así como que él era medio hombre..., ¿débil y sin voluntad? Y
también estaba seguro de que había habido alguna queja sobre lo frío que era el castillo. Sí,
probablemente. Malditos árboles, podrían trabajar al menos una vez.
-Haré que corten unos cuantos y los traigan, adorada -dijo Felmet.
Lady Felmet se quedó sin habla un momento. Por cierto, esto era un acontecimiento digno
de ser recordado. Se trataba de una mujer corpulenta e imponente. Los que la veían por
primera vez se llevaban el recuerdo indeleble de un galeón con todas las velas desplegadas. El
efecto se acentuaba por el hecho de que el terciopelo rojo le iba al pelo. Pero no para disimular
su complexión, sino para acentuarla.
El duque pensaba a menudo en la suerte que había tenido al casarse con ella. De no ser
por el motor ambicioso de su esposa, no sería más que otro noble rural, sin más ocupaciones
que cazar, beber y ejercer su droit de seigneur [Sea eso lo que sea, nadie había sabido
explicárselo. Pero al menos estaba seguro de que era algo que debía tener un señor feudal, y
también de que necesitaba ejercicio regular. Se imaginaba que se trataba de una especie de
perro grande y peludo. Haría todo lo posible por conseguir uno y por ejercitarlo a modo.] En vez
de eso, ahora estaba a un paso del trono, y pronto sería monarca de todo lo que divisaba.
Siempre y cuando todo lo que divisara fueran árboles.
Suspiró.
-¿Qué cortarás? -preguntó Lady Felmet con voz gélida.
-Oh, los árboles.
-¿Qué tienen que ver los árboles con esto?
-Bueno... es que hay muchos -señaló el duque con pasión.
-¡No cambies de tema!
-Lo siento, nenita.
-Te decía que cómo has podido ser tan idiota como para permitir que escaparan. Te dije que
ese criado era demasiado leal. No se puede confiar en gente así.
-No, amor mío.
-Supongo que habrás enviado a alguien en su busca, ¿no?
-A Benzen, querida. Y a dos guardias más.
-Oh.
La duquesa hizo una pausa. Benzen, como capitán de la milicia personal del duque, era un
asesino tan eficaz como una mangosta psicópata. Ella misma lo habría elegido. Le molestaba
verse privada temporalmente de una oportunidad para sacar fallos a su marido, pero se
recuperó admirablemente.
-No habrías tenido que enviarlo si me hubieras hecho caso. Pero nunca lo haces.
-¿El qué, vida mía?
El duque bostezó. Había sido una noche muy larga. La tormenta llegó a adquirir
proporciones innecesariamente teatrales, y luego había estado todo el molesto asunto de los
cuchillos.
Ya hemos mencionado que el duque Felmet se encontraba a un paso del trono. El paso en
cuestión estaba ubicado en la cima de las escaleras que llevaban a la Sala Principal, por las
cuales había tropezado el rey Verence para aterrizar, contra todas las leyes de la probabilidad,
sobre su propia daga.
Pero, de cualquier manera, su médico había firmado un certificado de defunción por causas
naturales. Benzen le había explicado que caer por una escalinata con una daga clavada en la
espalda era un enfermedad causada por las palabras poco medidas.
De hecho, algunos miembros de la guardia del rey, un poco duros de oído, habían sido
víctimas de la misma enfermedad. Se trataba de una pequeña epidemia.
El duque se estremeció. Algunos detalles de la noche anterior le resultaban a la vez
nebulosos y horribles.
Trató de infundirse ánimos, de convencerse de que lo más desagradable ya había pasado,
de que ahora tenía un reino. No era lo que se dice un gran reino, estaba compuesto de árboles
en su mayoría, pero era un reino, y tenía su corona.
Si la encontraba, claro.
El castillo Lancre se alzaba sobre un saliente de roca. Lo había edificado un arquitecto que
había oído hablar de Gormenghast, pero no tenía presupuesto. Había puesto su mejor voluntad
con pequeñas tórrelas prefabricadas, vigas de rebajas y almenas, ventanucos, gárgolas
torreones, patios, celdas y mazmorras de rebajas. Casi todo lo que necesita un castillo, excepto
quizás unos cimientos decentes y ese mortero que no se va con la lluvia.
El castillo descendía en un picado vertiginoso hacia las blancas aguas agitadas del río
Lancre, que corría trescientos metros más abajo. De cuando en cuando algunos fragmentos se
precipitaban hacia la corriente.
Pero, pese a ser bastante pequeño, en aquel castillo había mil sitios donde esconder una
corona.
La duquesa se marchó en busca de otra víctima a la que atormentar, dejando a Lord Felmet
contemplando el paisaje con gesto sombrío. Empezaba a llover.
Fue entonces cuando alguien llamó vigorosamente a la puerta del castillo. Esto molestó
mucho al portero, que en aquel momento jugaba a las cartas con el cocinero y el bufón de la
corte, al calor de la cocina.
Lanzó un gruñido y se levantó.
-¿Y yo qué sé, idiota?
-Llaman afuera -dijo.
-¿Dónde? -preguntó el bufón.
-Fuera de la puerta, idiota.
El bufón le dirigió una mirada preocupada.
-El Zen enseña la relatividad de ese tipo de conceptos.
Cuando el portero se alejó gruñendo en dirección a la entrada, el cocinero echó otro leño al
fuego y miró al bufón por encima de sus cartas.
-¿Qué es un Zen? -preguntó.
Las campanillas del bufón tintinearon mientras examinaba sus naipes.
-Oh, un subsector del sistema filosófico de Sumtin en Klatch dextro -respondió sin pensar-.
Famoso por su sencilla austeridad y la promesa de tranquilidad personal y plenitud, que se
adquieren mediante la meditación y la práctica de técnicas respiratorias. Uno de sus aspectos
más interesantes es la formulación de preguntas, aparentemente sin sentido, con el objetivo de
ampliar los márgenes de la percepción.
-¿Y eso cómo se come? -preguntó el cocinero, malhumorado.
Tenía los nervios de punta. Mientras desayunaba en la Sala Principal, había tenido la
sensación de que alguien intentaba quitarle la bandeja de las manos. Y, por si fuera poco, el
nuevo duque le había hecho preparar... Se estremeció. ¡Tostadas! ¡Y un huevo pasado por
agua! El cocinero no tenía edad ya para aquellas cosas. Se aferraba a sus costumbres. Era un
cocinero de la mejor tradición feudal. No preparaba nada que no tuviera una manzana en la
boca y no se pudiera meter en el horno.
El bufón titubeó con una carta en la mano, disimuló el pánico y pensó a toda velocidad.
-Cosas que oye uno, pero ni idea de lo que significan -se apresuró a tartamudear.
El cocinero se tranquilizó.
-Ah, bueno -dijo, no del todo seguro.
El bufón perdió las tres bazas siguientes, sólo para convencerlo del todo.
Entretanto, el portero desatrancaba la puerta y miraba hacia el exterior.
-¿Quién hay ahí fuera? -rugió.
El soldado, pese a estar empapado y aterrado, titubeó.
-¿Fuera? ¿Fuera de dónde?
-¡Oye, si me vas a tomar el pelo, te quedas ahí todo el día!
-¡No! ¡Tengo que ver al duque ahora mismo! -gritó el guardia-. ¡Las brujas han cruzado las
fronteras!
El portero estaba a punto de replicar «han elegido una buena época del año», o «ya me
gustaría a mí hacer lo mismo», pero se contuvo al ver el rostro del hombre. No era el rostro de
un hombre que se tomaría a bien la broma. Era el rostro de un hombre que ha visto cosas que
nadie debe ver...
-¿Brujas? -preguntó Lord Felmet. -¡Brujas! -exclamó la duquesa.
En los fríos pasillos, una voz tan tenue como el viento al cruzar una cerradura distante dijo,
con cierto tono de esperanza: -¡Brujas! Los que tenían ciertos poderes psíquicos...
-Esto es meterse en líos, no cabe duda -dijo Yaya Ceravieja-. No puede salir nada bueno.
-A mí me parece muy romántico -insistió Magrat apasionadamente, al tiempo que dejaba
escapar un suspiro.
-Cuchi cuchi cuchi -dijo Tata Ogg.
-Además -siguió Magrat-, ¡tú mataste a ese hombre horrible!
-En absoluto. No hice más que... potenciar el curso normal de los acontecimientos. -Yaya
Ceravieja frunció el ceño-. No tenía el menor respeto. Cuando la gente pierde el respeto a los
demás, empieza a haber problemas.
-Cuchiguapo, cuchinene, chiquitín.
-¡Ese otro hombre lo trajo aquí para salvarlo! -gritó Magrat-. ¡Quería que lo cuidáramos! ¡Es
obvio! ¡Es el destino!
-Vaya, obvio -le espetó Yaya-. Claro que es obvio. Lo malo es que porque una cosa sea
obvia no quiere decir que sea cierta.
Sostuvo la corona entre sus manos. Parecía muy pesada, en un sentido que no tenía nada
que ver con los kilos y los gramos.
-Sí, pero lo que importa... -empezó Magrat.
-Lo que importa -la interrumpió Yaya-, es que va a venir gente a buscarlo. Gente seria. Con
aspecto serio. Con aspecto de derribar muros y quemar techos de paja. Y...
-Mi nenitobonito, nenitobonito, ¿gugu?
-... y, Gytha, te garantizo que seré mucho más feliz si dejas de balbucear tonterías -estalló
Yaya.
Tenía los nervios a flor de piel. Siempre le pasaba lo mismo cuando no estaba segura.
Además, ahora se encontraban en la casita de Magrat, y la decoración empezaba a darle
náuseas, porque Magrat creía en la sabiduría de la naturaleza, en los elfos, en el poder curativo
de los colores, en el ciclo de las estaciones y en muchas otras cosas que a Yaya Ceravieja le
parecían simplezas.
-¡No irás a explicarme cómo se cuida a un niño! -replicó Tata Ogg-. ¡A mí, que he tenido
quince!
-Lo único que digo es que tenemos que pensarlo -insistió Yaya.
Las otras dos la miraron durante un rato.
-¿Y? -preguntó al final Magrat.
Los dedos de Yaya tamborilearon sobre el borde de la corona. Frunció el ceño.
-Lo primero que tenemos que hacer es alejarlo de aquí -dijo, y alzó una mano-. No, Gytha,
estoy segura de que tu casa es ideal y todo eso, pero no es segura. Tenemos que llevarlo lejos
de aquí, muy lejos, donde nadie sepa quién es. Y luego queda esto.
La corona pasó de mano en mano.
-Bah, eso es fácil -la tranquilizó Magrat-. No hay más que esconderla bajo una piedra, o algo
por el estilo. Es fácil. Mucho más que los bebés.
-No lo es -replicó Yaya-. Evidentemente, el mundo está lleno de bebés y todos son
parecidos, pero no he visto muchas coronas. Además, se hacen encontrar. Es como si llamaran
mentalmente a la gente. Si la escondemos aquí, bajo una piedra, en menos de una semana se
hará descubrir por accidente. Créeme.
-Eso es verdad, sí -se apresuró a apoyarla Tata Ogg-. ¿Cuántas veces has arrojado un
anillo mágico a lo más profundo del océano y luego, cuando vuelves a casa a prepararte un té,
te lo encuentras en la tetera?
Lo meditaron en silencio.
-Ninguna -replicó Yaya, enfadada-. Y tú tampoco. Además, puede que quiera recuperarla. Si
es suya por derecho, claro. Los reyes aprecian mucho sus coronas. La verdad, Gytha, a veces
dices unas...
-¿Queréis que prepare un poco de té? -interrumpió rápidamente Magrat, al tiempo que se
precipitaba hacia la despensa.
Las dos brujas mayores se quedaron sentadas junto a la mesa, en educado (aunque tenso)
silencio. Fue Tata Ogg quien lo rompió.
-Tiene una casa muy graciosa, ¿verdad? Con tantas flores y todo eso. ¿Qué son esas
cosas de las paredes?
-Signos cabalísticos -contestó Yaya con amargura-. O algo por el estilo.
-Qué... curiosos -dijo Tata Ogg, educadamente-. Y todas esas túnicas, esas varas...
-Moderneces -bufó Yaya Ceravieja-. Cuando yo tenía su edad, nos teníamos que conformar
con un trozo de cera y unos cuantos alfileres. En aquellos tiempos una tenía que hacerse sus
propios hechizos.
-Oh, bueno, ha llovido mucho desde entonces -asintió Tata Ogg con tono de entendida.
Dedicó un gorgoteo al bebé.
Yaya Ceravieja bufó de nuevo. Tata Ogg había estado casada tres veces, y gobernaba una
tribu de hijos y nietos dispersos por todo el reino. Desde luego, las brujas no tenían prohibido
casarse. Yaya lo aceptaba, aunque de mala gana. De muy mala gana. Bufó otra vez,
desaprobadora. Era un error.
-¿Qué es ese olor? -gruñó de repente.
-¡Ah! -exclamó Tata Ogg. Movió al bebé con todo cuidado-. Iré a ver si Magrat tiene alguna
tela que me sirva...
Y Yaya se quedó sola. Se sentía cohibida, como le pasa a todo el mundo que se queda a
solas en la habitación de otra persona. Tuvo que luchar contra el impulso de levantarse para
inspeccionar los libros de la estantería, o averiguar si había polvo en la repisa de la chimenea.
Dio más vueltas a la corona entre sus manos. Volvía a tener la impresión de que era más
grande, más pesada de lo que parecía.
Vio el espejo colgado sobre la chimenea, bajó la vista hacia la corona. Era una tentación.
Prácticamente le suplicaba que se la probara. Bueno, ¿por qué no? Se aseguró de que las
otras brujas no estaban cerca y, con un rápido movimiento, se quitó el sombrero y se puso la
corona.
Parecía hecha a medida. Yaya se irguió orgullosamente, y alzó una mano imperiosa en
dirección a la repisa.
-Más te vale obedecer -dijo. Contempló con arrogancia el reloj de pared-. ¡Que le corten la
cabeza! -ordenó.
Sonrió con gesto torvo.
Y se quedó helada al oír los gritos, el galope de los caballos, el silbido mortífero de las
flechas, el golpe sonoro de las lanzas contra la carne. En su cabeza, la espada chocó contra el
escudo, o contra otra espada, o contra el hueso..., sin cesar, una y otra vez. Los años pasaron
por su mente en un segundo. En ocasiones se encontraba entre los muertos, o colgada de la
rama de un árbol. Pero siempre había unas manos que la recogían y la colocaban sobre un
cojín de terciopelo...
Lenta, cuidadosamente, Yaya se la quitó. Le costó todo un esfuerzo, porque la corona no se
dejaba. La puso sobre la mesa.
-¿Así que en eso consiste ser rey? -dijo en voz baja-. Entonces, ¿por qué todo el mundo
quiere el puesto?
-¿Lo tomas con azúcar? -preguntó Magrat tras ella.
-Hay que nacer idiota para querer ser rey -replicó Yaya.
-¿Cómo dices?
La anciana bruja se volvió.
-No te vi entrar -se disculpó-. ¿Qué me decías?
-Que si tomas el té con azúcar.
-Tres cucharaditas -pidió Yaya rápidamente.
Una de las pocas desilusiones que Yaya Ceravieja había sufrido en la vida era que, pese a
todos sus esfuerzos, conservaba la complexión de una manzana bien sana, y todos los dientes.
No había hechizo capaz de hacerle crecer una verruga en el rostro atractivo, aunque algo
equino, y la ingestión constante de azúcar sólo había servido para proporcionarle un vigor
ilimitado. Un mago con el que consultó le había explicado que se debía a que tenía un
metabolismo, cosa que al menos le permitía sentirse vagamente superior a Tata Ogg, de quien
sospechaba que en su vida había visto uno.
Obedientemente, Magrat le sirvió tres cucharaditas bien colmadas, al tiempo que pensaba
que un «gracias» de cuando en cuando sería una agradable novedad.
Se dio cuenta de que la corona la miraba.
-Lo notas, ¿verdad? -dijo Yaya-. ¡Ya os lo dije! ¡Las coronas llaman a la gen te!
-Es horrible.
-No, no. Es lo que es. No lo puede evitar.
-¡Pero es mágica!
-Sólo es lo que es -repitió Yaya.
-Quiere que me la ponga -dijo Magrat, con la mano suspendida sobre la corona.
-Sí.
-Pero seré fuerte.
-Estoy segura -replicó Yaya, con una expresión repentinamente rígida-. ¿Qué hace Gytha?
-Está bañando al bebé en la cocina -respondió Magrat vagamente-. ¿Cómo podemos
esconder algo así? ¿Y si la enterráramos a mucha profundidad, pero mucha, mucha?
-Algún tejón la desenterraría -respondió Yaya con voz cansada-. O alguien buscando oro
daría con ella. O se enredaría entre las raíces de un árbol, y luego una tormenta lo arrancaría, y
entonces alguien la cogería para ponérsela...
-A menos que ese alguien tuviera una voluntad tan fuerte como la nuestra -señaló Magrat.
-Claro, claro -asintió Yaya, contemplándose las uñas-. Pero el problema con las coronas no
es ponérselas, es quitárselas.
Magrat la cogió y la examinó atentamente.
-Ni siquiera parece una buena corona -dijo.
-Claro, como has visto tantas... -se burló Yaya-. No me cabe duda de que eres una experta.
-Pues he visto unas cuantas. Suelen tener muchas más joyas, y cosas de tela en medio -
replicó Magrat, desafiante-. Esta es demasiado fina...
-¡Magrat Ajostiernos!
-Es verdad. Cuando me enseñaba la Abuela Whemper...
-... quenpazdescanse...
-... quenpazdescanse, me llevaba a menudo a Rorcual y a Lancre cuando había ferias y
cosas así. Le gustaba mucho sobre todo el teatro. Y había cantidad de coronas, aunque... -Hizo
una pausa-. Aunque la Abuela me dijo que eran de latón, de papel y todo eso. Y que las joyas
eran falsas, de cristal. Pero parecían más reales que ésta. ¿Te parece extraño?
-Las cosas que intentan parecer cosas a menudo parecen más cosas que las cosas. Es un
hecho -replicó Yaya-. Pero no lo apruebo. ¿Y qué hacen en eso del teatro con las coronas?
-¿No sabes nada sobre el teatro? -se asombró Magrat.
Yaya Ceravieja jamás reconocía su ignorancia sobre ningún tema, así que no vaciló.
-Oh, sí -dijo-. Es de ese estilo de cosas.
-La Abuela Whemper decía que es como un espejo de la vida. A ella siempre la animaba.
-Es lógico es lógico. Al menos cuando es un buen teatro. ¿Son gente decente, esos
teatreros?
-Creo que sí.
-¿Y dices que van por todo el país? -siguió Yaya, pensativa, mientras miraba hacia la puerta
de la cocina.
-Por todas partes. Tengo entendido que ahora mismo hay una compañía en Lancre. No he
ido porque..., ya sabes. -Magrat bajó la vista-. No es correcto que una mujer vaya sola a esos
sitios.
Yaya asintió. Aprobaba sin reparos esa manera de pensar, siempre y cuando no se aplicara
a ella, claro. Tamborileó los dedos sobre el mantel de Magrat.
-Bien -dijo-. ¿Por qué no? Ve a decirle a Gytha que abrigue bien al niño. Hace mucho que
no oigo un buen teatro.
Magrat estaba en éxtasis, como de costumbre. El teatro no consistía más que en algunos
metros cuadrados de telas pintadas, y unos tablones sobre cuatro barriles, acompañados por
media docena de bancos en la plaza del pueblo. Pero al mismo tiempo había logrado
convertirse en El Castillo, en Otra Parte Del Castillo, en La Misma Parte Un Poco Más Tarde, El
Campo De Batalla, y ahora era Un Camino En Las Afueras De La Ciudad. La tarde habría sido
perfecta de no ser por Yaya Ceravieja.
Tras varias miradas penetrantes hacia la orquesta de tres hombres para intentar averiguar
cuál de los instrumentos era el teatro, la anciana bruja se decidió a prestar atención al
escenario, y Magrat empezaba a darse cuenta de que Yaya aún no había aprehendido algunos
aspectos fundamentales de la dramaturgia.
En aquel momento, estaba rabiosa, agitándose en su taburete.
-¡Lo ha matado! -siseó-. ¿Por qué no hacen algo? ¡Lo ha matado! ¡Y aquí mismo, delante de
todo el mundo!
Magrat sujetó desesperadamente a su colega por el brazo. Yaya intentaba ponerse de pie.
-No pasa nada -susurró-. ¡No está muerto!
-¿Intentas decir que miento, niña? -rugió Yaya-. ¡Lo he visto todo!
-Mira, Yaya, no es de verdad, ¿entiendes?
Yaya Ceravieja cedió un poco, pero aún seguía gruñendo entre dientes. Empezaba a tener
la sensación de que querían dejarla en ridículo.
En el escenario, un hombre ataviado con una sábana estaba embarcado en un inspirado
monólogo. Yaya escuchó atentamente unos minutos, y luego dio un codazo a Magrat entre las
costillas.
-¿Qué le pasa a ése ahora? -preguntó, imperiosa.
-Está diciendo cuánto siente que el otro hombre haya muerto -respondió Magrat-. ¿Has visto
cuántas coronas? -añadió rápidamente, tratando de cambiar de tema.
Pero Yaya no tenía intención de dejarse distraer.
-Entonces, ¿por qué le ha matado?
-Bueno, es un poco complicado... -respondió Magrat débilmente.
-¡Una vergüenza, eso es lo que es! -estalló Yaya-. ¡Y el pobre muerto, ahí tirado!
Magrat dirigió una mirada suplicante a Tata Ogg, que masticaba una manzana mientras
estudiaba el escenario con mirada de investigador científico.
-Creo -dijo lentamente-, creo que están fingiendo. Mira, aún respira.
El resto del público, que a aquellas alturas ya había decidido que la conversación era parte
de la obra, contempló como un sólo hombre el cadáver. Éste se sonrojó.
-Y además, mira que botas -insistió Tata con tono crítico-. Un rey de verdad jamás llevaría
botas como ésas.
El cadáver trató de ocultar los pies tras un arbusto de cartón.
Yaya tuvo la sensación de que, de alguna manera profunda, había conseguido una pequeña
victoria sobre los representantes de falsedades y artificios. Cogió una manzana de la bolsa y
contempló el escenario con renovado interés. Los nervios de Magrat empezaron a calmarse, y
se dispuso a disfrutar de la obra. Pero resultó que la tregua era sólo temporal. Su voluntaria
eliminación de la incredulidad se vio interrumpida de nuevo.
-¿Qué pasa ahora?
Magrat suspiró.
-Bueno -se atrevió a explicar-, él cree que es el príncipe, pero en realidad es la otra hija del
rey, disfrazada de hombre.
Yaya sometió al actor a una larga mirada analítica.
-Es un hombre -dijo-. Con una peluca de paja. Y poniendo voz chillona.
Magrat se estremeció. Sabía muy poco sobre las convenciones del teatro. Había estado
temiendo aquello. Yaya Ceravieja tenía sus Puntos de Vista.
-Sí, sí -suspiró-. Pero esto es el Teatro. Los papeles de las mujeres los representan
hombres.
-¿Por qué?
-No se permite que las mujeres suban al escenario -dijo Magrat en un hilo de voz.
Cerró los ojos.
Pero no hubo ninguna explosión en el asiento que tenía a su izquierda. Se arriesgó a lanzar
una mirada rápida.
Yaya seguía masticando en silencio el mismo bocado de manzana, una y otra vez, sin que
sus ojos se apartaran ni un instante del escenario.
-No la armes, Esme -dijo Tata, que también conocía los Puntos de Vista de Yaya-. Este
trozo es bueno. Me parece que le empiezo a coger el tranquillo.
Alguien dio una palmadita a Yaya en el hombro.
-Señora, ¿tendría la bondad de quitarse el sombrero?
Yaya se volvió muy despacio en su taburete, como impulsada por algún motor oculto, y
sometió al hombre a una mirada azul diamante de cien kilovatios de potencia. El espectador
retrocedió, sintiendo la repentina necesidad de que la tierra se abriera bajo sus pies.
-No -dijo Yaya.
El hombre consideró sus opciones.
-Muy bien -respondió.
Yaya se dio media vuelta e hizo un gesto a los actores, que se habían interrumpido para
observarla.
-No sé qué miráis -gruñó-. Venga, seguid.
Tata Ogg le pasó otra bolsa.
-Tómate un bizcocho -sugirió.
El silencio volvió a invadir el teatro provisional, roto sólo por las voces titubeantes de los
actores, que seguían mirando de soslayo la figura imponente de Yaya, y el sonido de una
dentadura sana al masticar un bizcocho algo duro.
Entonces, Yaya exclamó con una voz retumbante que hizo que a un actor se le cayera la
espada de madera:
-¡Ahí hay un hombre que les susurra algo!
-Es el apuntador -le explicó Magrat-. Les cuenta lo que tienen que decir.
-¿No lo saben?
-Creo que se les está olvidando -replicó la joven con amargura-. ¿Por qué será?
Yaya dio un codazo a Tata Ogg.
-¿Qué pasa ahora? ¿Por qué están los reyes y todo el mundo ahí arriba?
-Es un banquete, ¿sabes? -respondió con autoridad Tata Ogg-. En honor del rey muerto, el
de las botas, aunque estaba disimulando porque, si te fijas bien, ahora se hace pasar por
soldado. Todo el mundo hace discursos diciendo lo bueno que era y cuánto les gustaría saber
quién lo mató.
-¿Sí? -dijo Yaya, sombría.
Paseó la vista por los actores, buscando al asesino.
Estaba tomando una decisión.
Entonces, se levantó.
El chal negro ondeaba a su alrededor como las alas de un ángel vengador, que acudía para
liberar al mundo de toda su estupidez, falsedad y artificio. Parecía mucho más corpulenta de lo
normal. Señaló al culpable con gesto furioso.
-¡Fue él! -gritó, triunfal-. ¡Todos lo hemos visto! ¡Lo mató con una daga!
El público se marchó satisfecho. Al fin y al cabo, la obra había sido buena, decidieron,
aunque resultaba un poco difícil seguir todos los detalles. Pero se habían reído mucho cuando
todos los reyes salieron corriendo y la mujer de negro saltó al escenario gritando. Sólo por eso
ya valía la pena haber pagado el dinero de la entrada.
Las tres brujas se quedaron solas, sentadas en el borde del escenario.
-¿A qué habrán venido aquí todos esos reyes y nobles? -preguntó Yaya, sin el menor rubor-
. Yo creía que estaban muy ocupados. Gobernando, y cosas así.
-No -suspiró Magrat-. Me parece que aún no lo has comprendido del todo bien.
-Bueno, pues pienso llegar al fondo de todo esto -estalló Yaya.
Se volvió hacia el escenario y apartó el telón.
-¡Tú! -gritó-. ¡Estás muerto!
El infortunado ex cadáver, que se estaba comiendo un bocadillo de jamón para calmarse los
nervios, se cayó de espaldas de su taburete.
Yaya dio una patada a un arbusto. Su pie lo atravesó.
-¿Lo ves? -dijo al mundo en general, con una voz extrañamente satisfecha-. ¡Todo es
mentira! ¡No hay más que pintura, madera y papeles!
-¿Puedo ayudaros en algo, hermosas señoras?
Era una voz profunda y maravillosa, cada sílaba se deslizaba con precisión hacia su lugar.
Era una voz dorada y castaña. Si el creador del multiverso tenía voz, debía de ser como
aquélla. Su único inconveniente era que no se podía usar para algunas cosas, como por
ejemplo para pedir carbón. El carbón pedido con aquella voz se transformaba en diamantes.
Al parecer, pertenecía a un hombre definitivamente gordo, que padecía un grave caso de
bigote inadecuado. Las venillas rosas trazaban en sus mejillas el mapa de una ciudad de
dimensiones considerables. Su nariz se habría podido camuflar en un bote de fresones en
conserva. Llevaba una casaca ajada y unos leotardos llenos de agujeros, pero lo hacía con un
aplomo que casi te convencía que de sus ropajes de seda y armiño estaban en la lavandería en
ese momento. En una mano llevaba una toalla, con la que obviamente se acababa de quitar el
maquillaje que aún engrasaba sus rasgos.
-Yo te conozco -dijo Yaya-. Eres el asesino. -Miró de soslayo a Yaya, y admitió de mala
gana-: Al menos, lo parecía.
-Encantado. Siempre es un placer conocer a una auténtica experta. Olwyn Vitoller, a vuestro
servicio. Soy el representante de esta panda de vagabundos -dijo el hombre al tiempo que se
quitaba el apolillado sombrero.
Hizo una aparatosa reverencia. No era tanto una cortesía como un ejercicio de topología
avanzada.
El sombrero giró y describió una serie de arcos complejos, para acabar en el extremo de un
brazo que ahora señalaba hacia el cielo. Entretanto, una de sus piernas se había desplazado
hacia atrás. El resto de su cuerpo se inclinó educadamente hasta que la cabeza quedó a la
altura de las rodillas de Yaya.
-Sí, bueno -dijo ésta.
De repente, notaba la ropa mucho más pesada, mucho más cálida.
-A mí me pareció muy bonito, lo hizo muy bien -dijo Tata Ogg-. ¡Cómo les gritaba, qué cosas
tan graciosas les decía! Parecía un rey de verdad.
-Esperamos no haber estropeado la obra -intervino Magrat.
-Mi querida señorita -la interrumpió Vitoller-. ¿Cómo podría explicarle lo gratificante que es
para un simple cómico intuir que su público ha visto más allá de la simple capa de pintura, que
ha intuido el espíritu que yace bajo ella?
-Espero que pueda -dijo-. Espero que pueda decir algo, lo que sea, señor Vitoller.
Él volvió a ponerse el sombrero. Sus ojos se encontraron, con la mirada larga y calculada de
un profesional sopesando la valía de otro. Vitoller se rindió el primero, y trató de fingir que no
había sido una competición.
-Bien, ¿a qué debo la visita de tres damas tan encantadoras?
La verdad era que había ganado. A Yaya se le abrió la boca involuntariamente. Ella no se
habría descrito más que con un «bien conservada para su edad». Por su parte, Tata tenía las
encías desnudas de un bebé, y su rostro parecía una pasa. De Magrat, lo mejor que se podía
decir era que se trataba de una mujer decentemente vulgar, plana como una tabla de planchar
con dos guisantes bajo el forro, aunque tuviera la cabeza demasiado llena de fantasías. Yaya
advirtió que allí había una especie de magia, una magia poderosa a la que no estaba
acostumbrada.
Era la voz de Vitoller. Sólo con pronunciar una palabra, transformaba el objeto al que se
refería.
Mira a estas dos, se dijo, envanecidas como un par de adolescentes. Yaya consiguió
contenerse para no darse una palmada en el duro trasero, y carraspeó, pensativa.
-Queremos hablar con usted, señor Vitoller. -Señaló a los actores, que estaban
desmontando el escenario procurando mantenerse bien lejos de ella-. En algún lugar privado -
añadió en un susurro de conspiración.
-Délo por hecho, mi querida señora -replicó él-. Actualmente, me alojo en el establecimiento
público de la zona.
Las brujas miraron a su alrededor. Al final, Magrat se atrevió a preguntar:
-¿En el pub?
La Sala Principal del Castillo Lancre era fría, llena de corrientes, y la vesícula del nuevo
chambelán ya no era la de otros tiempos. Se irguió y se estremeció bajo la mirada de Lady
Felmet.
-Oh, sí -dijo-. Claro que tenemos. Muchas.
-¿Y la gente no hace nada? -le interrogó la duquesa.
El chambelán parpadeó.
-¿Perdón?
-¿La gente las tolera?
-Oh, por supuesto -respondió el hombre alegremente-. Se dice que trae buena suerte tener
a una bruja en el pueblo. Claro que sí.
-¿Por qué?
El chambelán titubeó. La última vez que había acudido a una bruja fue a causa de ciertos
problemas rectales que convertían el excusado en una cámara de torturas cotidiana, y el tarro
de ungüento que le entregó la mujer convertía el mundo en un lugar mucho más agradable.
-Ellas allanan las pequeñas asperezas de la vida -respondió.
-En el lugar donde yo nací, no toleramos a las brujas -insistió la duquesa, tozuda-. Y aquí
tampoco las toleraremos. Tú nos proporcionarás sus direcciones.
-¿Sus direcciones, señora?
-El lugar donde viven. Supongo que los recaudadores de impuestos las tendrán.
-Ah... -titubeó el chambelán.
El duque se inclinó hacia delante en el trono.
-Supongo que pagarán impuestos -dijo.
-Pues... no exactamente, mi señor.
Hubo un silencio.
-Sigue, hombre -le animó el duque.
-Bueno, más que «no exactamente», debería haber dicho «no en absoluto». Nunca nos
pareció, es decir, el viejo rey nunca pensó..., en fin, que no pagan impuestos.
El duque apoyó una mano en el brazo de su esposa.
-Ya -dijo fríamente-. Muy bien, puedes marcharte.
El chambelán le dedicó una breve reverencia de alivio, y retrocedió hacia la puerta
caminando como un cangrejo.
-¡Desde luego! -se indignó la duquesa.
-Ciertamente.
-Así gobierna un reino tu familia, ¿eh? Tenías el deber moral de asesinar a tu primo.
Obviamente, era en beneficio de la especie. Los débiles no merecen sobrevivir.
El duque se estremeció. Su mujer no dejaba de recordárselo. En esencia, no veía nada de
malo en matar a la gente, o al menos en ordenar que mataran a la gente y presenciarlo. Pero
eso de matar a un pariente lo tenía atascado en la garganta, o (recordó) en el hígado.
-Más o menos -consiguió responder-. Pero claro, parece que hay muchas brujas, quizá sea
difícil encontrar a las tres del páramo.
-Eso no importa.
-Por supuesto que no.
-Pon manos a la obra.
-Sí, mi amor.
Manos a la obra. Claro que pondría manos a la obra. Si cerraba los ojos, podía ver el cuerpo
derrumbándose escaleras abajo. ¿Se había oído un siseo atragantado, en la oscuridad de la
sala? Desde luego, no había estado solo. ¡Manos a la obra! Seguía intentando limpiárselas de
sangre. Si lo lograba, se dijo, sería como si nada hubiera sucedido. Se las frotaba una y otra
vez. Se las frotaba hasta gritar de dolor.
Yaya no se encontraba a gusto en los locales públicos. Se sentaba rígida tras su combinado
de limón, como si fuera un escudo contra las tentaciones del mundo.
Por el contrario, Tata Ogg engullía con entusiasmo su tercera copa. Yaya pensó con
amargura que se iba adentrando por el camino que conducía con sus habituales bailes sobre la
mesa, enseñando las enaguas y cantando la canción del puercoespín.
La mesa estaba cubierta de monedas de cobre. Vitoller y su esposa, sentados cada uno a
un extremo, las contaban. Era como una especie de carrera.
Yaya examinó a la señora Vitoller mientras ella arrebataba monedas a su marido casi de
debajo de los dedos. Era una mujer de aspecto inteligente, que parecía tratar al hombre de la
misma manera que un perro pastor a su cordero favorito. Yaya sólo conocía por referencias las
complejidades de la vida marital, al igual que un astrónomo sólo puede ver la superficie de un
mundo remoto y extraño, pero ya había adivinado que la esposa de Vitoller tenía que ser una
mujer muy especial, con una infinita paciencia, capacidad de organización y dedos hábiles.
-Señora Vitoller -dijo al final-, ¿puedo tener el atrevimiento de preguntar si su unión ha
recibido la bendición de algún fruto?
La pareja se quedó boquiabierta.
-Quiere decir... -empezó Tata Ogg.
-No, ya entiendo -la interrumpió la señora Vitoller con tranquilidad-. No, aunque tuvimos una
niña.
Un pequeño nubarrón pendió sobre la mesa. Durante un segundo o dos, Vitoller pareció del
tamaño de un simple ser humano, y mucho más viejo. Contempló el montoncito de dinero que
tenía ante él.
-Verán, tenemos a este niño... -señaló Yaya, haciendo un gesto en dirección al bebé que
Tata Ogg tenía entre sus brazos-. Necesita un hogar.
Los Vitoller se miraron. Luego, el hombre suspiró.
-Ésta no es vida para un niño -dijo-. Siempre en movimiento. Cada día en una ciudad nueva.
Sin colegios. Y eso es muy importante en estos tiempos, me han dicho.
Pero no apartaba los ojos del bebé.
-¿Por qué necesita un hogar? -se interesó la señora Vitoller.
-Porque no lo tiene -replicó Yaya-. Al menos, no tiene un hogar donde lo quieran.
Se hizo un largo silencio.
-Y ustedes -dijo la señora Vitoller-, ¿qué son del niño?
-Sus madrinas -intervino rápidamente Tata Ogg.
Yaya se quedó sin habla. A ella jamás se le habría ocurrido.
Vitoller jugueteaba con las monedas que tenía delante. Su esposa le acarició la mano por
encima de la mesa, y hubo un momento de comunicación sin palabras. Yaya apartó la vista. Se
había convertido en una auténtica experta a la hora de leer en los rostros, pero en algunas
ocasiones le gustaría no serlo.
-Es que no nos sobra el dinero... -empezó Vitoller.
-Pero lo estiraremos -replicó su mujer con firmeza.
-Sí, creo que sí. Nos encantará cuidar de él.
Yaya asintió, y rebuscó entre los más profundos pliegues de su capa. Por último, sacó una
bolsita de piel que vació sobre la mesa. Había mucha plata, incluso unas moneditas de oro.
-Esto bastará para... -Se atragantó-. Para pañales y esas cosas. Ropa y todo eso. Supongo.
-Unas cien veces, más o menos -respondió Vitoller débilmente-. ¿Por qué no lo mencionó
antes?
-Si tenía que comprarlos a ustedes, no valdrían la pena.
-¡Pero no sabe nada de nosotros! -se asombró la señora Vitoller.
-No, ¿verdad? -asintió Yaya con calma-. Por supuesto, querremos saber cómo van las
cosas. Ustedes deberán enviarnos cartas y cosas así. Pero será mejor que no vuelvan a
mencionar el tema cuando se vayan, ¿comprenden? Es por el bien del niño.
La señora Vitoller miró a las dos ancianas.
-Hay algo que no nos están contando, lo sé -dijo-. Algo importante.
Yaya titubeó, luego asintió.
-¿Y será mejor que no sepamos qué es?
Otro asentimiento.
Yaya se levantó cuando entraron varios actores, rompiendo el embrujo. Los actores tienen
la costumbre de llenar todo el espacio que los rodea.
-Tengo que encargarme de algunas cosas -dijo-. Discúlpenme un momento.
-¿Cómo se llama el niño? -preguntó Vitoller.
-Tom -respondió Yaya sin titubear.
-John -dijo Tata al mismo tiempo.
Las dos brujas intercambiaron miradas. Yaya venció.
-Tom John -señaló con firmeza antes de salir.
Se reunió con una jadeante Magrat junto a la puerta.
-Encontré una caja -dijo la joven-, tenían guardadas todas las coronas y esas cosas. Así que
la puse dentro, como dijiste, debajo de todas.
-Bien.
-¡Nuestra corona parecía la peor!
-Sólo es para el teatro -replicó Yaya-. ¿Te vio alguien?
-No, todos estaban muy ocupados, pero...
Magrat titubeó, y se sonrojó.
-Habla ya, chica.
-Cuando ya la había guardado, vino un hombre y me pellizcó en el trasero.
-¿De veras? -dijo Yaya-. ¿Y luego?
-Luego..., luego...
-¿Sí?
-Me dijo..., me dijo...
-¿Qué te dijo?
-Me dijo: «Hola, chata, ¿qué haces esta noche?».
Yaya meditó un momento.
-La Abuela Whemper no salía a menudo, ¿verdad? -preguntó al final.
-Tenía la pierna pachucha, ya sabes.
-Pero ¿te enseñó todo lo de la obstetricia, a asistir en los partos?
-Ah, eso sí -asintió Magrat-. Lo he hecho muchas veces.
-Pero... -Yaya titubeó, avanzaba por un territorio que le resultaba poco familiar-. Pero nunca
te habló de lo que podríamos considerar... previo.
-¿Cómo dices?
-Ya sabes -insistió Yaya, al borde de la desesperación-. De los hombres, y todo eso.
Magrat parecía a punto de gritar.
-¿Qué pasa con los hombres?
Yaya Ceravieja había hecho muchas cosas desacostumbradas durante su vida, y era
extraño que rechazase un desafío. Pero, esta vez, se rindió.
-Me parece -suspiró, impotente-, que sería buena idea que tuvieras una charla tranquila con
Tata Ogg un día de estos. Cuanto antes, mejor.
Les llegó una ráfaga de carcajadas por la ventana, tras ellas. Los vasos entrechocaron, y
una voz seca entonó una canción: -... con una jirafa si te subes a un taburete. Pero el
puercoespín...
Yaya dejó de escuchar.
-Pero que no sea ahora mismo -añadió.
La compañía teatral se puso en marcha unas horas antes del anochecer. Los cuatro carros
traqueteaban por la carretera que llevaba a las llanuras Sto y a las grandes ciudades. Según la
ley de Lancre, todos los cómicos, feriantes y otros criminales en potencia tenían que
encontrarse antes del anochecer fuera de los muros de la ciudad. La cosa no tenía mayor
importancia, porque la ciudad no tenía muros; además, a nadie le importaría si volvían a entrar
en cuanto anocheciera. Pero las apariencias eran muy importantes.
Las brujas vigilaban desde la casita de Magrat, utilizando la vieja bola de cristal verde de
Tata.
-Ya era hora de que aprendieras a hacer funcionar este cacharro -murmuró Yaya.
Le dio un empujoncito, llenando la imagen de ondulaciones.
-Era muy extraño -suspiró Magrat-. Lo que había en esos carros... ¡Qué cosas tenían!
Árboles de papel, todo tipo de disfraces y... -Hizo amplios gestos con las manos-. Y un gran
cuadro del extranjero, con todos los templos y esas cosas. Era precioso.
Yaya gruñó.
-Me pareció sorprendente cuando los actores se transformaron en reyes y nobles, ¿a
vosotras no? Fue como magia.
-Magrat Ajostiernos, ¿qué estás diciendo? No era más que papel pintado. Se veía a la
legua.
Magrat abrió la boca para decir algo, imaginó la discusión que seguiría, y volvió a cerrarla.
-¿Dónde está Tata? -preguntó.
-Ha salido a tumbarse en la hierba. Se encontraba mal.
Desde fuera les llegó el sonido de Tata Ogg encontrándose mal a pleno pulmón.
Magrat suspiró.
-¿Sabes una cosa? -dijo-. Si somos sus madrinas, deberíamos haberle hecho tres regalos.
Es lo tradicional.
-¿De qué hablas, niña?
-Se supone que tres brujas buenas tienen que hacer tres regalos al niño. No sé, como
belleza, sabiduría y felicidad -insistió Magrat, desafiante-. Eso es lo que se hacía en los viejos
tiempos.
-Ah, cuando había casitas de chocolate y todo eso -bufó Yaya-. Y ruecas para hilar, y
duendes que te clavaban espinas de rosa en los dedos, y cosas de ésas. No lo soportaría.
Acarició la bola con gesto reflexivo.
-Sí, pero... -titubeó Magrat.
Yaya alzó la vista hacia ella. Así era Magrat, con la cabeza llena de duendes. Hada madrina
del primero que se lo pidiera. Pero buena chica en el fondo. Le gustaban los animalitos. Una de
esas personas que se preocupan por si los pajaritos se caen de sus nidos.
-De acuerdo, si eso te hace feliz... -murmuró, sorprendiéndose a sí misma. Contempló la
imagen de los carros que se alejaban-. ¿Qué le damos? ¿Riqueza, belleza?
-El dinero no lo es todo, y si sale a su padre ya será suficientemente guapo -respondió
Magrat, seria de repente-. ¿Qué tal sabiduría?
-Eso lo tendrá que aprender él solo.
-¿Buena vista? ¿Bonita voz para cantar?
Del exterior les llegó la voz cascada pero entusiasta de Tata Ogg, diciéndole al cielo
nocturno que El Cayado Del Mago Tiene Un Nudo En La Punta.
-No son cosas importantes -replicó Yaya-. Tienes que pensar con cabezología-. Todo eso
del dinero y la belleza son tonterías, no tienen importancia.
Se volvió de nuevo hacia la bola e hizo un gesto desganado.
-Será mejor que hagas entrar a Tata, ya que se supone que debemos ser tres.
No sin cierto esfuerzo, Magrat ayudó a entrar a Tata, y tuvieron que explicarle las cosas.
-Tres regalos, ¿eh? -dijo-. No hacía nada semejante desde que era una chiquilla, me
recuerda..., ¿qué haces?
Magrat recorría la habitación, encendiendo velas por todas partes.
-Oh, tenemos que crear el ambiente mágico adecuado -le explicó.
Yaya se encogió de hombros, pero no dijo nada, ni ante la provocación extrema. Cada bruja
tenía su propio estilo, y al fin y al cabo estaban en casa de Magrat.
-Entonces, ¿qué le vamos a dar? -preguntó Tata.
-Lo estábamos pensando -respondió Yaya.
-Ya sé lo que querrá -anunció la primera.
Hizo una sugerencia que fue acogida con un silencio gélido.
-No entiendo para qué le puede servir eso -dijo Magrat al final-. ¿No será muy incómodo?
-Cuando sea mayor, nos lo agradecerá, toma nota de lo que te digo -insistió Tata-. Mi primer
marido siempre decía...
-Este tipo de cosas no suelen ser tan físicas -la interrumpió Yaya, mirándola fijamente-. No
empieces a estropearlo todo, Gytha. ¿Por qué siempre tienes que...?
-Bueno, al menos por experiencia...
Ambas voces bajaron de tono hasta desaparecer. Se hizo un largo silencio.
Magrat lo rompió con repentina animación.
-Creo que lo mejor sería que nos fuéramos cada una a nuestra casa y lo hiciéramos por el
camino. Ya sabéis. Por separado. Ha sido un día muy largo, todas estamos cansadas.
-Buena idea -asintió Yaya con firmeza. Se levantó-. Vamos, Tata Ogg -gruñó-. Ha sido un
día muy largo, todas estamos cansadas.
Magrat las oyó discutir mientras caminaban sendero abajo.
Se sentó algo triste entre las velas de colores, sosteniendo entre las manos una botellita de
incienso extremadamente mágico que había pedido por catálogo a una tienda de suministros
taumatúrgicos en la lejana Ankh-Mofpork. Había estado esperando una buena ocasión para
probarlo. Deseó que la gente fuera un poquito más amable...
Miró la bola de cristal.
Bueno, podía empezar ya.
-Hará amigos con facilidad -susurró.
No era mucho, lo sabía, pero a ella nunca se le había dado muy bien.
Tata Ogg, sentada a solas en su cocina, con un enorme gato acurrucado en el regazo, se
sirvió una última copa y, entre las neblinas de su mente, trató de recordar la letra de la canción
del puercoespín, que se le había olvidado a la altura del vigésimo séptimo verso. Decía algo
sobre cabras, estaba casi segura, pero no sabía qué concretamente. El tiempo hacía estragos
en su memoria.
Hizo un brindis en dirección a algo invisible.
-Una memoria estupenda, eso es lo que debe tener -dijo-. Siempre se acordará de todo.
Y Yaya Ceravieja, que caminaba a solas por el bosque nocturno, se arrebujó en su chal y
meditó. Había sido un día largo, un día duro. Lo del teatro había sido un peor. Todo el mundo
fingiendo ser quien no era, cosas falsas, paisajes que no se podían pisar... A Yaya le gustaba
saber dónde estaba, y no aprobaba aquel tipo de cosas. No le agradaba que el mundo
cambiara constantemente.
Antes no cambiaba tanto. Era desconcertante.
Caminó rápidamente por la oscuridad, con el paso seguro de quien tiene al menos la
certeza de que en el bosque había algo terrible en aquella noche húmeda y ventosa: ella.
-Que siempre sea quien cree ser -dijo-. Es lo máximo que cualquiera puede esperar en la
vida.
Al igual que la mayor parte de la gente, las brujas no viven concentradas en el momento. La
diferencia estriba en que ellas lo comprenden, aunque sea de una manera nebulosa, y
aprovechan la circunstancia. Valoran el pasado porque una parte de ellas aún vive en él, y
pueden ver las sombras que proyecta el futuro.
Yaya captaba la forma del futuro, y veía que estaba llena de cuchillos afilados.
Empezó a las cinco de la madrugada siguiente. Cuatro hombres cabalgaron por los bosques
cercanos a la casita de Yaya, ataron los caballos lejos para no ser oídos, y se deslizaron
cautelosamente entre la neblina.
El sargento que estaba al mando no parecía nada contento con su misión. Había nacido en
las Montañas del Carnero, y no tenía la menor idea de cómo se hace para arrestar a una bruja.
En cambio, imaginaba que a la bruja no le haría ninguna gracia. Y no le hacía gracia hacer algo
que no hiciera gracia a una bruja.
Sus hombres también eran de la zona. Le seguían de cerca, muy de cerca, preparados para
escudarse tras él en cuanto vieran algo más inesperado que un árbol.
y secretos demoníacos que te llevaron a lo más profundo de los deseos humanos?
El duque se sentó y se dio aire con el pañuelo.
-¿Te encuentras bien, señor? -se alarmó el sargento.
-¿Qué? Oh, perfectamente, perfectamente.
-Te has puesto todo rojo.
-¡No cambies de tema! -le espetó el duque, recuperando un poco la compostura-. Admítelo.
Te ofreció placeres hedonistas y licenciosos, conocidos sólo para los que dominan las artes
carnales, ¿verdad?
El sargento se puso firme y miró hacia el frente.
-No, señor -respondió con el tono del que dice la verdad, sean cuales sean las
consecuencias-. Me ofreció un bizcocho.
-¿Un bizcocho?
-Sí, señor. De pasas.
Felmet se quedó completamente quieto mientras trataba de recuperar la paz interior. Todo
lo que consiguió decir fue:
-¿Y tus hombres?
-Ellos también comieron bizcocho, señor. Todos excepto el joven Roger, que no puede
comer fruta, señor, por su problema.
El duque, tambaleante, se sentó en una silla junto a la ventana, y se cubrió los ojos con una
mano. Yo nací para gobernar en las llanuras, pensó, donde todo es tan plano y tan sencillo, no
hace este tiempo y la gente parece más cuerda. Ahora me contará qué comió Roger.
-Roger comió una pasta, señor.
El duque se volvió y contempló los árboles. Estaba furioso. Estaba muy furioso. Pero veinte
años de matrimonio con Lady Felmet le habían enseñado, no sólo a controlar sus emociones,
sino a controlar incluso sus instintos, y ni un tic muscular delataba lo que pasaba por su mente.
Además, en los más oscuros rincones de su mente, había una emoción a la que hasta
entonces había dedicado muy poco tiempo. La curiosidad acababa de dar señales de vida.
El duque se las había arreglado muy bien durante cincuenta años sin encontrarle uso a la
curiosidad. No era una característica muy apreciada entre los aristócratas. La certeza siempre
le había parecido mucho mejor. Pero se le ocurrió que, por una vez, la curiosidad podía ser útil.
El sargento estaba de pie ante él, con el aire estólido de quien aguarda una orden, y
seguramente seguirá esperando hasta que la deriva continental lo arranque de su lugar.
Llevaba muchos años cumpliendo las escasas órdenes de los reyes de Lancre, y se le notaba.
Su cuerpo estaba en posición de firmes. Pese a todos los esfuerzos que hacía, su estómago,
no.
El duque miró al bufón, que estaba sentado en su taburete junto al trono. La figura jorobada
alzó la vista con cierta vergüenza, e hizo tintinear desganadamente sus cascabeles.
El duque tomó una decisión. Se dijo que, para avanzar, había que buscar los puntos
débiles. Trató de no pensar en que entre esos puntos débiles estaban los riñones de un rey en
la cima de una escalinata oscura, y se concentró en los asuntos que tenía al alcance de la
mano.
... mano. Se había frotado y frotado, pero sin lograr nada. Al final, fue a las mazmorras y
pidió prestado al torturador uno de sus cepillos de alambres. También con eso se frotó y se
frotó, y también sin lograr nada. Nada bueno, al menos, porque cuanto más frotaba, más
sangre había. Tenía miedo de estar volviéndose loco.
Luchó contra la idea. Puntos débiles. Eso era. El bufón entero parecía un punto débil.
-Puedes retirarte, sargento.
-Señor -saludó el soldado.
Se alejó, caminando con rigidez.
-Bufón.
-Decidme, oh gran señoooor -contestó el bufón, nervioso, dando un rápido rasgueo a su
detestada mandolina.
El duque se sentó en el trono.
-Ya tengo el soniquete de mi esposa en los oídos, no necesito el tuyo. Quiero que me
aconsejes.
-A tus órdenes, tío.
-No soy tu tío, si lo fuera me acordaría, estoy seguro -replicó Lord Felmet, inclinándose
hasta que la proa de su nariz quedó a escasos centímetros del rostro aterrado del bufón-. Y si
vuelves a tocar esa maldita mandolina, verás mi lado malo.
El bufón movió los labios sin pronunciar palabra.
-¿Os molesta también el tintineo de los cascabeles? -preguntó al final.
El duque sabía cuándo mostrarse generoso.
-Con eso puedo vivir. Y tú también. Pero no tientes a la suerte. -Le dedicó una sonrisa
amistosa-. ¿Cuánto hace que eres bufón, chico?
El bufón iba a rasguear la mandolina, pero una mirada del duque le hizo contenerse.
-To... toda mi vida, señor. Desde niño. Como lo fue mi padre antes que yo. Y mi tío.
Actuaban a dúo. Y mi abuelo antes que ellos. Y su...
-¿Todos en tu familia han sido bufones?
-Sí, señor, por tradición.
El duque sonrió de nuevo. El bufón estaba demasiado ocupado intentando mantenerse en
su papel como para preguntarse qué significaría aquello.
-Eres de estas tierras, ¿verdad?
-Sí, señor.
-Así que conocerás las creencias y supersticiones de aquí.
-Creo que sí. Señor.
-Bien. ¿Dónde duermes, bufón mío?
-En los establos, señor.
-De ahora en adelante, puedes dormir en el pasillo, junto a la puerta de mi habitación -
concedió el duque generosamente.
-Cielos.
-Y ahora -siguió el duque, con una voz que caía sobre el bufón como la miel sobre una
tostada-, háblame de las brujas...
Aquella noche, el bufón durmió sobre las regias baldosas de un pasillo lleno de corrientes,
en vez de en la cálida paja de los establos.
-Esto es estúpido -se dijo-. Pero ¿será suficientemente estúpido?
Durmió muy mal, con una especie de sueño en el que una figura difusa trataba de atraer su
atención, y apenas fue consciente de las voces de Lord y Lady Felmet al otro lado de la puerta.
-Al menos no hay tantas corrientes -decía la duquesa, de mala gana.
El duque se sentó en el sillón y dedicó una sonrisa a su esposa.
-¿Dónde están las brujas? -exigió saber ella.
-Parece que el chambelán tenía razón, amada mía. Esas brujas tienen hechizada a la gente
de esta zona. El sargento de la guardia volvió con las manos vacías.
Manos..., trató de rechazar el inoportuno pensamiento.
-¡Pues manda que lo ejecuten! -le espetó su mujer-. ¡Así servirá de ejemplo a los demás!
-Querida mía, generalmente esa manera de actuar suele llevar a ordenar que el último
soldado se corte su propia garganta para servirse de ejemplo a sí mismo. Por cierto -añadió
con suavidad-, parece que hay menos criados en el castillo. Ya sabes que no suelo
entrometerme...
-Pues no lo hagas -bufó ella-. Eso lo controlo yo. No puedo permitir la negligencia.
-Estoy seguro de que sabes lo que haces, pero...
-¿Qué pasa con esas brujas? ¿Piensas quedarte sin hacer nada y dejar problemas para el
futuro? ¿Permitirás que esas brujas te desafíen? ¿Y la corona?
El duque se encogió de hombros.
-Sin duda acabó en el río -dijo.
-¿Y el niño? ¿Fue entregado a las brujas? ¿Hacen sacrificios humanos?
-Tengo entendido que no -respondió el duque.
La duquesa pareció algo decepcionada.
-Al parecer, esas brujas hechizan a la gente -siguió el duque.
-Bueno, es obvio que...
-No, no se trata de un hechizo de magia. Es más bien que les tienen respeto. Practican la
medicina y cosas así. Los que viven en la montaña parecen temerlas y respetarlas a la vez.
Quizá sea difícil que eso cambie.
-Empiezo a pensar que a ti también te han hechizado -bufó la duquesa.
La verdad era que el duque estaba intrigado. El poder tenía una cualidad vagamente
fascinante, quizá por eso se había casado con la duquesa. Contempló el fuego de la chimenea.
-De hecho -añadió la duquesa, que reconocía aquella sonrisa malévola-, te gusta la idea del
peligro, ¿verdad? Recuerdo cuando nos casamos, todo aquello de la cuerda de nudos...
Chasqueó los dedos ante la mirada perdida del duque. Él pegó un respingo.
-¡En absoluto! -gritó.
-Entonces, ¿qué piensas hacer?
-Esperar.
-¿Esperar?
-Esperar y meditar. La paciencia es una virtud.
El duque se irguió. Sonrió con la sonrisa de quien puede pasarse un millón de años sentado
sobre una roca. Tenía un tic nervioso en un ojo.
La sangre brotaba de nuevo bajo los vendajes de sus manos.
Una vez más, la luna llena cabalgaba entre las nubes.
Yaya Ceravieja ordeñó a las cabras y les puso comida, encendió el fuego en el hogar, echó
un trapo sobre el espejo y sacó su escoba mágica de detrás de la puerta. Salió de casa, cerró
la puerta trasera y colgó la llave de un clavito en el excusado.
Aquello era más que suficiente. En toda la historia de la brujería en las Montañas del
Carnero, sólo en una ocasión un ladrón había entrado en la casa de una bruja. La bruja
afectada descargó sobre él el más terrible de los castigos. [En realidad, no hizo nada, aunque cuando lo
veía en el pueblo le dedicaba una sonrisa sutil, ligeramente asombrada. Después de tres semanas de suspense
insoportable, el ladrón se quitó la vida. Bueno, en realidad no se la quitó, sino que se la llevó al otro lado del continente,
donde se reformó por completo y jamás volvió a su casa.]
Yaya se sentó en su escoba y murmuró unas palabras, pero sin mucha convicción. Tras un
par de intentos, se bajó, arregló un poco las cerdas y probó de nuevo. El extremo del palo brilló
un momento, pero enseguida se apagó.
-Rayos -murmuró Yaya entre dientes.
Miró a su alrededor, por si había alguien vigilándola. Sólo vio un tejón al acecho, que a su
vez oyó el sonido de los pies corriendo, sacó la cabeza de entre los arbustos y vio a Yaya
lanzada como una exhalación sendero abajo, arrastrando la escoba tras ella. Por fin, la magia
prendió, y Yaya consiguió saltar a bordo torpemente antes de que se elevara hacia el cielo con
la elegancia de un pato manco de un ala.
En las alturas resonó una maldición dedicada a todos los cacharros mágicos.
La mayor parte de las brujas preferían vivir en casitas aisladas, con las tradicionales
chimeneas semiderruidas y hierbajos en los jardines. Yaya Ceravieja aprobaba esta actitud.
Era inútil ser bruja a menos que la gente lo supiera.
En cambio a Tata Ogg le importaba bien poco lo que supiera la gente, y aún menos lo que
pensara; vivía en una casita cómoda y pulcra en el centro mismo de Lancre, en el centro de su
imperio privado. Varias hijas y nueras acudían allí a limpiar y cocinar, organizadas en turnos
rotatorios. Toda superficie plana se encontraba atestada de adornos y recuerdos traídos por los
miembros viajeros de la familia. Los hijos y nietos se encargaban de tener llena la leñera, de
estucar los techos y de limpiar la chimenea. La alacena de las bebidas estaba siempre llena, al
igual que la bolsita de tabaco junto a su mecedora. Sobre la chimenea pendía un gran cartel
que decía «Madre». En la historia del mundo, ningún tirano había logrado un control tan
absoluto como ella.
Tata Ogg también tenía un gato, un macho enorme llamado Mandón, que repartía su tiempo
entre dos tareas: dormir y procrear en la tribu felina más extensa e incestuosa que ha existido
jamás. Abrió su ojo, semejante a una ventana amarillenta que diera al infierno, cuando oyó la
escoba de Yaya aterrizar torpemente en el césped del jardín trasero. Con instinto felino,
identificó inmediatamente a Yaya como uno de esos seres que detestan a los gatos, y se metió
bajo una silla.
Magrat ya estaba sentada junto a la chimenea.
Una de las pocas reglas inmutables de la magia es que los que la practican no pueden
cambiar de apariencia durante mucho tiempo. El cuerpo humano tiene desarrollada una
especie de inercia mórfica y, gradualmente, recupera su forma original. Pero Magrat lo
intentaba. Todas las mañanas, su cabellera era larga, espesa y rubia, pero por la tarde siempre
había vuelto a ser el estropajo enmarañado de siempre. Trataba de paliar el efecto
entrelazándose flores en el pelo. El resultado no era precisamente el que esperaba. Daba la
impresión de que se le había caído una maceta en la cabeza.
-Buenas noches -dijo Yaya.
-Bienhallada bajo la luz de la luna -respondió Magrat educadamente-. Feliz este encuentro.
Una estrella brilla...
-Suficiente -la interrumpió Tata Ogg.
Magrat parpadeó.
Yaya se sentó y empezó a quitarse las horquillas que le sujetaban el sombrero puntiagudo
al moño. Por fin, se fijó en Magrat.
-Entonces, ¿qué piensas hacer?
-Esperar.
-¿Esperar?
-Esperar y meditar. La paciencia es una virtud.
El duque se irguió. Sonrió con la sonrisa de quien puede pasarse un millón de años sentado
sobre una roca. Tenía un tic nervioso en un ojo.
La sangre brotaba de nuevo bajo los vendajes de sus manos.
Una vez más, la luna llena cabalgaba entre las nubes.
Yaya Ceravieja ordeñó a las cabras y les puso comida, encendió el fuego en el hogar, echó
un trapo sobre el espejo y sacó su escoba mágica de detrás de la puerta. Salió de casa, cerró
la puerta trasera y colgó la llave de un clavito en el excusado.
Aquello era más que suficiente. En toda la historia de la brujería en las Montañas del
Carnero, sólo en una ocasión un ladrón había entrado en la casa de una bruja. La bruja
afectada descargó sobre él el más terrible de los castigos. [En realidad, no hizo nada, aunque cuando lo
veía en el pueblo le dedicaba una sonrisa sutil, ligeramente asombrada. Después de tres semanas de suspense
insoportable, el ladrón se quitó la vida. Bueno, en realidad no se la quitó, sino que se la llevó al otro lado del continente,
donde se reformó por completo y jamás volvió a su casa.]
Yaya se sentó en su escoba y murmuró unas palabras, pero sin mucha convicción. Tras un
par de intentos, se bajó, arregló un poco las cerdas y probó de nuevo. El extremo del palo brilló
un momento, pero enseguida se apagó.
-Rayos -murmuró Yaya entre dientes.
Miró a su alrededor, por si había alguien vigilándola. Sólo vio un tejón al acecho, que a su
vez oyó el sonido de los pies corriendo, sacó la cabeza de entre los arbustos y vio a Yaya
lanzada como una exhalación sendero abajo, arrastrando la escoba tras ella. Por fin, la magia
prendió, y Yaya consiguió saltar a bordo torpemente antes de que se elevara hacia el cielo con
la elegancia de un pato manco de un ala.
En las alturas resonó una maldición dedicada a todos los cacharros mágicos.
La mayor parte de las brujas preferían vivir en casitas aisladas, con las tradicionales
chimeneas semiderruidas y hierbajos en los jardines. Yaya Ceravieja aprobaba esta actitud.
Era inútil ser bruja a menos que la gente lo supiera.
En cambio a Tata Ogg le importaba bien poco lo que supiera la gente, y aún menos lo que
pensara; vivía en una casita cómoda y pulcra en el centro mismo de Lancre, en el centro de su
imperio privado. Varias hijas y nueras acudían allí a limpiar y cocinar, organizadas en turnos
rotatorios. Toda superficie plana se encontraba atestada de adornos y recuerdos traídos por los
miembros viajeros de la familia. Los hijos y nietos se encargaban de tener llena la leñera, de
estucar los techos y de limpiar la chimenea. La alacena de las bebidas estaba siempre llena, al
igual que la bolsita de tabaco junto a su mecedora. Sobre la chimenea pendía un gran cartel
que decía «Madre». En la historia del mundo, ningún tirano había logrado un control tan
absoluto como ella.
Tata Ogg también tenía un gato, un macho enorme llamado Mandón, que repartía su tiempo
entre dos tareas: dormir y procrear en la tribu felina más extensa e incestuosa que ha existido
jamás. Abrió su ojo, semejante a una ventana amarillenta que diera al infierno, cuando oyó la
escoba de Yaya aterrizar torpemente en el césped del jardín trasero. Con instinto felino,
identificó inmediatamente a Yaya como uno de esos seres que detestan a los gatos, y se metió
bajo una silla.
Magrat ya estaba sentada junto a la chimenea.
Una de las pocas reglas inmutables de la magia es que los que la practican no pueden
cambiar de apariencia durante mucho tiempo. El cuerpo humano tiene desarrollada una
especie de inercia mórfica y, gradualmente, recupera su forma original. Pero Magrat lo
intentaba. Todas las mañanas, su cabellera era larga, espesa y rubia, pero por la tarde siempre
había vuelto a ser el estropajo enmarañado de siempre. Trataba de paliar el efecto
entrelazándose flores en el pelo. El resultado no era precisamente el que esperaba. Daba la
impresión de que se le había caído una maceta en la cabeza.
-Buenas noches -dijo Yaya.
-Bienhallada bajo la luz de la luna -respondió Magrat educadamente-. Feliz este encuentro.
Una estrella brilla...
-Suficiente -la interrumpió Tata Ogg.
Magrat parpadeó.
Yaya se sentó y empezó a quitarse las horquillas que le sujetaban el sombrero puntiagudo
al moño. Por fin, se fijó en Magrat
daba dinero a la gente para que reconstruyeran la casa. Cuando se acordaba, claro.
-Y cada Noche de la Vigilia de los Puercos, una pata de venado. Sin falta -suspiró Yaya.
-Desde luego, era muy respetuoso con las brujas -añadió Tata Ogg-. Cuando salía a cazar
gente, si se encontraba conmigo en el bosque, siempre se quitaba el casco y me saludaba,
«Espero que se encuentre bien, señora Ogg», me decía, y al día siguiente me enviaba a su
mayordomo con un par de botellas de algo. Un rey como debe ser.
-Pero lo de cazar gente tampoco está muy bien -dijo Magrat.
-Bueno, no -concedió Yaya Ceravieja-. Pero sólo lo hacía si habían hecho algo muy malo. Y
él decía que lo disfrutaban. Además, si le habían hecho pasar un buen rato, los dejaba vivir.
-Y luego estaba esa cosa peluda suya -dijo Tata Ogg.
Hubo un cambio perceptible en el ambiente. Se hizo más cálido, más oscuro, llenó los
rincones con las sombras de una muda conspiración.
-Ah -asintió Yaya Ceravieja, perdida en sus pensamientos-. Su droit de seigneur.
-Necesitaba mucho ejercicio -añadió Tata Ogg, con la vista fija en el suelo.
-Pero al día siguiente enviaba a su mayordomo con una bolsa de plata y un montón de
cosas para la boda. Más de una pareja tuvo un buen matrimonio gracias a eso.
-Cierto -afirmó Tata-. Y algún que otro individuo soltero, también.
-Era un rey de los pies a la cabeza.
-¿De qué habláis? -preguntó Magrat, desconcertada-. ¿Hacía obras de caridad?
Las dos brujas salieron de las profundas corrientes donde habían estado nadando. Yaya
Ceravieja se encogió de hombros.
-La verdad -siguió Magrat, severa-, para tener tan buena opinión del viejo rey, no parecéis
muy preocupadas por el hecho de que lo asesinaran. Es decir, fue un accidente muy
sospechoso...
-Son cosas que les pasan a los reyes -dijo Yaya-. Vienen y van, buenos y malos. Su padre
envenenó al rey que teníamos antes.
-Sí, al viejo Thargum -asintió Tata-. Recuerdo que tenía una barba roja muy llamativa.
También era muy atento, ¿sabéis?
-Pero ahora nadie debe decir que Felmet mató al rey -aportó Magrat.
-¿Qué? -se sorprendió Yaya.
-El otro día hizo ejecutar a unos hombres en Lancre por decirlo -siguió Magrat-. Los acusó
de ir difundiendo mentiras maliciosas. Aseguró que cualquiera que opinase lo contrario visitaría
el interior de sus mazmorras, aunque por poco tiempo. Según él, Verence murió de muerte
natural.
-En realidad, el asesinato es una muerte natural cuando se trata de un rey -comentó Yaya-.
No sé por qué se lo toma tan mal. Cuando asesinaron al viejo rey Thargum, clavaron su cabeza
en una pica, encendieron una hoguera enorme, y todos los del palacio se emborracharon
durante una semana.
-Me acuerdo, me acuerdo -asintió Tata-. Pasearon la cabeza por todos los pueblos para
demostrar que estaba muerto. Me pareció muy convincente. Sobre todo para él. Sonreía. Creo
que es la manera en que le habría gustado morir.
-Pues me parece que a éste será mejor tenerlo vigilado -suspiró Yaya-. Quizá sea listo. Eso
no es bueno para un rey. Y creo que no es nada respetuoso.
-La semana pasada vino a verme un hombre, para preguntarme si quería pagar impuestos -
intervino Magrat-. Le dije que no.
-A mí también vino a verme -dijo Tata Ogg-. Pero mi Jason y mi Wane, que le abrieron la
puerta, le dijeron que no estábamos interesados.
-¿Un tipo bajito, calvo, con capa negra? -preguntó Tata, pensativa.
-Sí -respondieron las otras dos al unísono.
-Lo encontré merodeando entre mis tomateras. Pero, cuando fui a ver qué quería, salió
huyendo.
-La verdad es que yo le di dos moneditas de cobre -reconoció Magrat-. Es que me dijo que,
si no conseguía que las brujas pagaran impuestos, iban a torturarlo...
Lord Felmet examinó detenidamente las dos monedas que tenía en el regazo.
Luego clavó la vista en el recaudador de impuestos.
-Explícate -dijo.
El recaudador carraspeó para aclararse la garganta.
-Bueno, señor, veréis... Les conté que había que pagar a un ejército regular, etcétera, y
ellas preguntaron que por qué, y les dije que por los bandidos, etcétera, y ellas dijeron que los
bandidos nunca las molestaban.
-¿Y las obras públicas?
-Ah, sí. Bien, les señalé la necesidad de construir y mantener puentes, etcétera.
-¿Y?
-Dijeron que no los usaban.
-Ah -asintió el duque con gesto de entendido-, no pueden cruzar corrientes de agua.
-De eso no estoy seguro, señor. Creo que las brujas cruzan lo que les da la gana.
-¿Te dijeron algo más?
El recaudador de impuestos se retorció distraídamente el dobladillo de la túnica.
-Bueno, señor..., mencioné que los impuestos ayudan a mantener la Paz del Rey, señor...
-¿Y?
-Me dijeron que el rey tenía que mantener su propia paz, señor. Y luego me dirigieron una
mirada.
-¿Qué clase de mirada?
-Es difícil de describir.
El recaudador trató de esquivar los ojos de Lord Felmet, que le empezaban a provocar la
alucinación de que el suelo embaldosado se extendía en todas las direcciones, y había cubierto
ya varios acres de terreno. La fascinación de Lord Felmet era para él lo que un alfiler para una
mariposa.
-Inténtalo -le invitó el duque.
El recaudador se sonrojó.
-Bueno -dijo-, no fue... agradable.
Lo cual demuestra que al recaudador de impuestos se le daban mucho mejor los números
que las palabras. Lo que habría podido decir si la vergüenza, el miedo, la mala memoria y una
carencia absoluta de imaginación no hubieran conspirado contra él, era:
«Cuando era pequeño, y estaba en casa de mi tía, y ella me había dicho que no tocara la
crema, etcétera, y la había guardado en el estante más alto de la despensa, y yo cogí un
taburete cuando ella no estaba, y mi tía volvió y no me di cuenta, y no pude coger bien el bote y
se rompió contra el suelo, y ella abrió la puerta y me miró..., con esa mirada. Pero lo peor era
que las brujas lo sabían».
-No fue agradable -repitió el duque.
-No, señor.
El duque tamborileó los dedos de la mano izquierda sobre el brazo del trono. El recaudador
de impuestos carraspeó de nuevo.
-No..., no me obligarás a volver allí, ¿verdad, señor? -preguntó.
-¿Eh? -se sobresaltó el duque. Movió una mano, irritado-. No, no -dijo-. En absoluto.
Cuando salgas de aquí, ve a ver al torturador, a ver qué tiene para ti.
El recaudador le dirigió una mirada agradecida, e hi/o una reverencia.
-Sí, señor. Ahora mismo, señor. Gracias, señor. Eres muy...
-Sí, sí -replicó Lord Felmet, ausente-. Puedes retirarte.
El duque quedó a solas en la vasta sala. Llovía de nuevo. De cuando en cuando, un trocito
de yeso del techo se estrellaba contra las baldosas, y los muros crujían al alejarse aún más
unos de otros. El aire olía a sótano cerrado.
Dioses, cómo detestaba aquel reino.
Era diminuto, unos sesenta kilómetros de largo por quince de ancho, constituido en su
mayor parte por montañas ariscas, con laderas de hielo verdoso y picos afilados como
cuchillos, o densos bosques oscuros. Un reino así no tenía por qué dar el menor problema.
Pero no podía librarse de la sensación de que, además de longitud y anchura, tenía
profundidad. Parecía contener mucha geografía, demasiada.
Se levantó y caminó hasta el balcón, desde donde se divisaba un inigualable paisaje de
árboles y más árboles. Se le ocurrió que los árboles también lo miraban a él.
Advertía su resentimiento, pero eso era extraño, porque los habitantes en sí no habían
objetado demasiado. La verdad es que no ponían objeciones a casi nada. Verence había sido
bastante popular, a su manera. Hubo mucha gente en el funeral. Lord Felmet recordaba los
rostros solemnes. No estúpidos, no, de ninguna manera. Sólo preocupados, como si lo que
hiciesen los reyes no tuviera demasiada importancia.
Eso le parecía casi tan turbador como los árboles. Una buena revuelta, en cambio, habría
sido más..., más apropiada. Entonces podría haber salido a caballo para ahorcar a la gente,
habría tenido la tensión creativa que es fundamental para el desarrollo de un estado. En las
llanuras donde había nacido, si uno daba patadas a la gente, la gente se las devolvía. En
cambio, allí arriba, si dabas una patada a alguien, éste se apartaba y se limitaba a esperar a
que se te cansara la pierna. ¿Cómo podía un rey pasar a la historia gobernando sobre
semejante pueblo? No se los podía oprimir más de lo que se puede oprimir a una manta.
Había elevado los impuestos, había quemado unos cuantos pueblos por cuestión de
principios, sólo para demostrar a todo el mundo con quién se las tenían que ver. No había
surtido el menor efecto.
Y luego estaban aquellas brujas. Le obsesionaban.
-¡Bufón!
El bufón, que estaba echando una cabezadita tras el trono, despertó horrorizado.
-¡Sí!
-Acércate, bufón.
El bufón se acercó con la cabeza gacha, haciendo tintinear sus cascabeles.
-Dime, bufón, ¿aquí siempre llueve?
-Pues veréis, señooooooor...
-Limítate a responder a la pregunta -le interrumpió Lord Felmet, al ver que echaba mano de
la mandolina.
-A veces la lluvia cesa, señor. Para dejar sitio a la nieve. Y a veces tenemos nieblas
realmente orgulosas -respondió el bufón.
-¿Orgulosas? -inquirió el duque, distraído.
El bufón no pudo contenerse. Sus oídos espantados oyeron a su boca afirmar:
-Espesas, mi señor. Del latatiano orgulum, que significa sopa o caldo.
Pero el duque no le escuchaba. La experiencia le había enseñado que escuchar el parloteo
de los criados era una pérdida de tiempo.
-Me aburro, bufón.
-Permitid que os entretenga, mi señor, con alegres historias y divertidas anécdotas.
-Prueba a ver.
El bufón se lamió los labios resecos. No se esperaba aquello. El rey Verence siempre se
había conformado con darle una patada, o tirarle una botella a la cabeza. Un rey como debe
ser.
-Estoy esperando. Hazme reír.
El bufón se decidió.
-A ver, señor -tartamudeó-, ¿cuántos bufones hacen falta para cambiar una bombilla?
El duque frunció el ceño. El bufón consideró que era mejor no esperar.
-Cinco, señor. Uno para sujetar la bombilla y cuatro para dar vueltas a la silla.
Y, como parte del chiste, rasgueó su mandolina.
El dedo índice del duque marcaba un extraño ritmo en el brazo del trono.
-Sigue -dijo-. ¿Qué pasa luego?
-Eh..., me temo que eso era todo, señor -dijo el bufón-. Mi abuelo lo consideraba uno de sus
mejores chistes.
-Seguro que lo contaba de otra manera -señaló el duque. Se levantó-. Haz venir al montero
mayor. Voy a salir a cazar. Tú también puedes venir.
-¡Pero señor, nunca he montado a caballo!
Por primera vez aquella mañana, Lord Felmet sonrió.
-¡Excelente! -exclamó-. Te daremos un caballo que nunca haya sido montado. Ja. Ja.
Se miró las manos vendadas. Y después, dijo para sus adentros, haré que el herrero me
fabrique una buena lima.
Pasó un año. Los días se sucedían con paciencia. En el principio del multiverso, habían
intentado pasar todos a la vez, pero la cosa no funcionó.
Tomjon estaba sentado bajo la desvencijada mesa de Hwel, mirando a su padre, que
paseaba de arriba a abajo moviendo un brazo y sin dejar de hablar. Vitoller siempre movía los
brazos cuando hablaba. Si le ataran las manos a la espalda, se quedaría mudo.
-Muy bien -estaba diciendo-, ¿qué tal Las Novias del Rey?
-El año pasado -respondió la voz de Hwel.
-Vale, vale. Entonces haremos Mallo, el Tirano de Klatch -replicó Vitoller. Su laringe se
cambió las pilas y su voz se convirtió en aquel trueno retumbante que podía hacer vibrar las
ventanas de cualquier plaza de pueblo-. Entre sangre llegué, y por ley de sangre, que nadie
ose limpiar la sangre de estos muros...
-La hicimos el año antepasado -le interrumpió Hwel con tranquilidad-. Además, la gente está
harta de reyes. Lo que quieren es reírse.
-De mis reyes nadie se harta -replicó Vitoller-. Mi querido muchacho, la gente no va al teatro
para reír, van a Experimentar, a Aprender, a Maravillarse...
-A reír -se limitó a señalar Hwel-. Echa un vistazo a ésta.
Tomjon oyó el crujido del papel y los de la estructura de madera cuando Vitoller hizo
descender todo su peso sobre un cesto puesto al revés.
-Una especie de mago -leyó Vitoller-, O, Como gustéis.
Hwel estiró las piernas por debajo de la mesa y dio una patada a Tomjon. Sacó al niño por
una oreja.
-¿Qué es esto? -dijo Vitoller-. ¿Magos? ¿Demonios? ¿Duendes? ¿Mercaderes?
-Me gusta sobre todo el Acto II, Escena IV -señaló Hwel-. Cómico Lavando la Ropa con Dos
Criados.
-¿Alguna escena de lecho de muerte? -preguntó Vitoller, esperanzado.
-N-no. Pero puedo hacer un monólogo humorístico en el Acto III.
-¡Un monólogo humorístico!
-Vale, hay sitio para un soliloquio en el último -se apresuró a añadir Hwel-. Te lo escribiré
esta misma noche, no hay problema.
-Y un apuñalamiento -pidió Vitoller al tiempo que se ponía de pie-. Un asesinato
despiadado. Eso siempre gusta.
Salió para organizar el montaje del escenario.
Hwel suspiró y cogió la pluma. Al otro lado de las paredes de la tienda estaba la ciudad de
Perro Ahorcado, que se había dejado construir en un saliente de un precipicio monstruoso.
Había mucho terreno llano en las Montañas del Carnero. Por desgracia, casi todo se
encontraba en posición vertical.
A Hwel no le gustaban las Montañas del Carnero, cosa extraña, puesto que era tierra
tradicional de enanos, y él era un enano. Pero lo habían expulsado de su tribu hacía años, no
sólo por su claustrofobia, sino porque además tenía tendencia a soñar con los ojos abiertos. El
rey enano era de la opinión de que no se trataba de un talento valioso para alguien que debe
blandir un hacha de doble filo, y sobre todo acordarse de qué debe golpear con ella, de manera
que Hwel recibió una bolsa pequeña, muy pequeña, de oro, los mejores deseos de la tribu, y
una despedida irrevocable.
Casualmente, la compañía itinerante de Vitoller había pasado por la zona en aquel
momento, y el enano invirtió una monedita de cobre en ver El Dragón de las Llanuras.
Contempló la obra sin mover ni un sólo músculo de la cara, volvió a su alojamiento, y a la
mañana siguiente llamó a la puerta de Vitoller con el primer borrador de El Rey Bajo la
Montaña. En realidad, no era muy bueno, Pero Vitoller fue lo suficientemente perceptivo como
para ver que en aquella cabeza afilada y peluda había una imaginación que asombraría al
mundo, y así, cuando los actores itinerantes echaron a andar, uno de ellos tuvo que correr para
no perderlos de vista...
Las partículas de inspiración recorren el universo constantemente. De cuando en cuando,
una de ellas va a caer sobre una mente perceptiva, que entonces inventa el ADN, o las sonatas
para flauta dulce, o la manera de hacer que las bombillas se fundan en la mitad de tiempo.
Pero la mayoría se pierden. La vida de muchísima gente transcurre sin que una de estas
partículas se le acorche siquiera.
Otros son aún más desgraciados. Las reciben todas.
Hwel era una de estas personas. Suficientes inspiraciones como para escribir una historia
completa del arte dramático entraban continuamente en un pequeño cráneo, diseñado como
mucho para resistir golpes de hacha.
Lamió la pluma y contempló el campamento a su alrededor. Nadie miraba. Cautelosamente,
levantó el Mago, y descubrió otro fajo de papeles.
No era otro folletón más. Cada página estaba manchada de sudor, las líneas eran un
laberinto de tachones, flechas e inserciones. Hwel las miró un instante, a solas en un mundo
compuesto por él, la siguiente página en blanco y las voces clamorosas que poblaban sus
sueños.
Empezó a escribir.
Libre de la atención de Hwel, que nunca era excesiva, Tomjon abrió la tapa del cesto donde
se guardaban los elementos para los disfraces. Con el estilo metódico de los muy jóvenes,
empezó a desempaquetar las coronas.
El enano se mordió la punta de la lengua mientras guiaba la pluma por la página
emborronada. Había encontrado lugar para los desgraciados amantes, los sepultureros
cómicos y el rey jorobado. Pero le estaban dando problemas los gatos y los patinadores...
Un gorjeo le hizo alzar la vista.
-Por lo que más quieras, niño -dijo-. Es demasiado grande para ti, vuelve a ponerla en su
sitio.
Llegó el invierno al Disco.
En las Montañas del Carnero, si se quiere hablar con propiedad, no se puede describir el
invierno corno ese país de las maravillas helado, la nieve no es un sutil encaje que entrelaza
las ramas de los árboles. En las Montañas del Carnero, el invierno no se anda con tonterías. Es
una puerta directa a esa frialdad primaria que existía antes de la creación del mundo. En las
Montañas del Carnero, el invierno consistía en varios metros de nieve, los árboles eran una
serie de túneles color verde sombrío agitados por las ventiscas. El invierno significaba la
llegada del viento perezoso, que no se tomaba la molestia de soplar alrededor de las personas,
sino que soplaba a través de ellas. La idea de que el invierno pudiera ser hermoso jamás se le
habría ocurrido a los habitantes de las Montañas del Carnero, que tenían dieciocho nombres
diferentes para la nieve. [Por desgracia, ninguno de ellos es publicable.]
El fantasma del rey Verence rondaba por las almenas, helado y hambriento, contemplaba
sus amados bosques y aguardaba su oportunidad.
Era un invierno lleno de portentos. Los cometas centelleaban al surcar los gélidos cielos
nocturnos. Las nubes, con formas de ballenas y dragones, navegaban de día muy cerca de la
tierra. En el pueblo de Rorcual, una gata parió un gatito de dos cabezas, pero como el
esforzado Mandón era el antepasado macho de al menos las treinta últimas generaciones,
aquello tampoco era nada del otro mundo.
De todos modos, en Culo de Mal Asiento un pollo puso un huevo, y tuvo que enfrentarse a
algunas preguntas muy personales y embarazosas. En Lancre, un hombre juró que había
conocido a un hombre que había visto con sus propios ojos cómo un árbol se levantaba y
caminaba. Cierto día, llovieron gambas. Hubo luces extrañas en el cielo. Los gansos caminaron
hacia atrás. Y, por encima de todo, brillaron las grandes cortinas de fuego frío provenientes del
Eje, cuyo centelleo helado iluminó y coloreó las nieves invernales.
Nada de esto era muy inusual. Las Montañas del Carnero, que como ya se ha dicho se
extienden a lo largo del vasto campo mágico del Disco como una barra de hierro depositada
inocentemente sobre los raíles del metro, estaban tan saturadas de magia que ésta producía
descargas constantes sobre el medio ambiente. La gente se despertaba sobresaltada en medio
de la noche, pero luego se limitaba a murmurar «Rayos, otro jodido portento», y volvía a
dormirse.
La Noche de la Vigilia de los Puercos llegó para marcar el principio de otro año. Y repentina,
alarmantemente, no sucedió nada.
Los cielos permanecieron claros; la nieve, profunda y suelta como azúcar.
Los bosques helados estaban silenciosos, y olían a latón. Lo único que caía del cielo era
más nieve para relevar a la anterior.
Un hombre cruzó los páramos entre Rorcual y Lancre sin ver ni un sólo fuego fatuo, ni un
perro sin cabeza, ni un árbol andante, ni un carro fantasma, ni siquiera un cometa, y tuvieron
que meterlo en una taberna y darle una copa para calmarle los nervios.
El estoicismo de los habitantes de las Montañas, desarrollado a lo largo de años como
resistencia soberana contra el caos taumatúrgico, no fue capaz de soportar aquel brusco
cambio. Era como un ruido que no se oye hasta que no deja de sonar.
Yaya Ceravieja lo oía ahora, mientras yacía calentita bajo un montón de mantas en su
gélido dormitorio. La Noche de la Vigilia de los Puercos es, por tradición, la única noche en todo
el largo año del Disco en que las brujas se quedan en su casa, y ella se había acostado
temprano, en compañía de una bolsa de manzanas y una bolsa de agua caliente. Pero algo la
había despertado de su duermevela.
Una persona normal habría bajado sigilosamente por las escaleras, probablemente con un
atizador en la mano. Yaya se limitó a cogerse las rodillas y a dejar que su mente vagara.
No había sido en la casa. Detectaba las mentes pequeñas y rápidas de los ratones, y las
brumosas de las cabras que dormitaban en su cómoda flatulencia del corral. Un búho cazando
fue un repentino cuchillo de atención cuando planeó por encima del tejado.
Yaya se concentró más, hasta que su mente se llenó con el chirriar de los insectos en la
paja del techo, con los crujidos de la carcoma en las vigas. Nada digno de interés.
Descendió y vagó hacia el bosque, que estaba en silencio, a excepción de algún que otro
golpe sólido cuando la nieve se deslizaba de las ramas de un árbol. Incluso en invierno, el
bosque estaba lleno de vida, aunque ésta dormitara o hibernara entre los árboles.
Todo como de costumbre. Yaya se dispersó más, hasta los páramos elevados y los pasos
secretos donde los lobos corrían en silencio sobre la tierra helada; tocó sus mentes, afiladas
como cuchillos. Aún más arriba, los campos nevados no tenían más habitantes que las
sabanadijas. [La sabanadija es un animalito de pelo color blanco y lomo aplastado. Es pariente lejano del lemming, y
más cauteloso, puesto que sólo se lanza a charquitos poco profundos.]
Todo era tal como debía ser, excepto por el hecho de que nada era como debía ser. Había
algo..., sí, había algo vivo allí fuera, algo joven y antiguo y...
Yaya trató de aislar la sensación que captaba. Sí. Eso era. Algo. Algo desolado. Algo
perdido. Y...
Los sentimientos nunca eran sencillos, y Yaya lo sabía bien. Cuando se consigue aislar uno,
aparece otro debajo.
Algo que, si no dejaba de sentirse desolado y perdido muy pronto, iba a ponerse furioso.
Y, aún así, no podía encontrarlo. Captaba las pequeñas mentes de las crisálidas bajo las
hojas húmedas. Percibía a los gusanos, que habían emigrado a capas más profundas de la
tierra para huir del hielo. Hasta podía captar a algunas personas, lo más difícil de todo, porque
las mentes humanas albergaban tantos pensamientos a la vez que eran casi imposibles de
localizar. Era como intentar clavar la niebla a la pared.
Allí no había nada. Allí no había nada. La sensación la rodeaba, y no había nada que la
causase. Había descendido tanto como le era posible, hasta la criatura más pequeña del reino
animal, y allí no había nada.
Yaya Ceravieja se sentó en la cama, encendió una vela y cogió una manzana. Contempló la
pared de su dormitorio.
No le gustaba que la derrotaran. Afuera había algo, algo que se alimentaba de magia, algo
que crecía, algo tan vivo que parecía rodear toda la casa, y ella no lo encontraba.
Dejó sólo el corazón de la manzana y lo depositó cuidadosamente sobre la bandeja del
candelabro. Apagó la vela.
El terciopelo frío de la noche volvió a cubrir la habitación.
Yaya hizo un último intento. Quizá se hubiera equivocado de dirección...
Un momento más tarde, se encontró tendida en el suelo, con la almohada sobre la cabeza.
Y pensar que había creído que se trataba de algo pequeño...
El Castillo Lancre tembló. No fue un temblor violento, pero tampoco hacía falta, dado que su
arquitectura era tal que se inclinaba incluso con la más suave brisa. Un pequeño torreón se
desplomó lentamente hacia las profundidades del cañón.
El bufón estaba tendido en las baldosas, y se estremeció en sueños. Agradecía el honor
que se le concedía, si es que se trataba de un honor, pero dormir en el pasillo siempre le hacía
soñar con el Gremio de Bufones, entre cuyos severos muros grises había padecido durante
siete años de terrible aprendizaje. Sólo que allí las baldosas eran un poco más blandas que las
camas.
A pocos metros de allí, una armadura tembló suavemente. La pica vibró en el guantelete
hasta terminar por hendir el aire nocturno como un murciélago y estrellarse contra las baldosas
a un centímetro de la oreja del bufón.
El bufón se sentó y comprendió que seguía temblando. Igual que el suelo.
En la habitación de Lord Felmet, el temblor hacía caer cascadas de polvo de la gran cama
antigua. El duque despertó de un sueño en el que una gran bestia rondaba el castillo, y
descubrió horrorizado que podía ser verdad.
El retrato de un rey muerto hacía tiempo cayó de la pared. El duque gritó.
El bufón entró en la habitación, tratando de mantener el equilibrio en un suelo que se
comportaba como un mar. El duque saltó de la cama y se aferró al hombrecillo.
-¿Qué pasa? -gimió-. ¿Es un terremoto?
-Por aquí no hay terremotos, mi señor -dijo el bufón, que recibió un golpe cuando una
chaise-longue se deslizó sobre la alfombra.
El duque corrió hacia la ventana y miró en dirección a los bosques iluminados por la luna.
Los árboles cubiertos de nieve se cimbreaban en la noche tranquila.
Un trozo de yeso se estrelló contra el suelo. Lord Felmet se dio la vuelta, y esta vez su garra
elevó al bufón medio metro por encima del suelo.
Entre los muchos lujos de los que el duque había prescindido a lo largo de su vida estaba el
de la ignorancia. Le gustaba sentir que sabía lo que estaba pasando. Las gloriosas
inseguridades de la existencia no le atraían en absoluto.
-Son las brujas, ¿verdad? -gimió mientras su mejilla izquierda temblaba con el tic, como un
pez fuera del agua-. Están ahí fuera, ¿no? Tienen una Influencia sobre el castillo, ¿a que sí?
-Pues, la verdad, señor... -empezó el bufón.
-Ellas mandan en este país, ¿no es cierto?
-No, mi señor, nunca han...
-¿Quién te ha pedido tu opinión?
El aterrado bufón temblaba de miedo justo al revés que el castillo, de manera que sólo él en
toda la habitación parecía completamente quieto.
-Eh..., vos, mi señor.
-¿Vas a discutir conmigo?
-¡No, mi señor!
-Justo lo que pensaba. ¡Seguro que estás aliado con ellas!
-¡Mi señor! -exclamó el bufón, sinceramente asombrado.
-¡Todos estáis aliados con ellas! -rugió el duque-. ¡Todos vosotros, sin excepción! ¡No sois
más que una panda de payasos!
Empujó al bufón a un lado y abrió de golpe el balcón. Salió al gélido aire nocturno.
Contempló el reino dormido.
-¿Me oís todos? -gritó-. ¡Soy el rey!
El temblor cesó, y el duque perdió el equilibrio. Consiguió recuperarlo y se sacudió el yeso
del camisón.
-Así me gusta -dijo.
Pero aquello era peor. Ahora, el bosque escuchaba. Todo lo que decía Lord Felmet se
perdía en el gran vacío del silencio.
Allí fuera había algo. Lo notaba. Era tan fuerte como para sacudir el castillo, y ahora le
miraba, le escuchaba.
El duque retrocedió cautelosamente, volvió a la habitación, cerró los ventanales y corrió
apresuradamente las cortinas.
-Soy el rey -repitió en voz baja.
Miró al bufón, quien sintió que se esperaba alguna respuesta de él.
Este tipo es mi amo y señor, pensó. Me da el pan de cada día, o como se diga eso. En la
escuela del Gremio me dijeron que un bufón debe ser fiel a su amo hasta el fin, incluso
después de que todos los demás lo hayan abandonado. No importa si el señor es bueno o
malo. Todo dirigente necesita un bufón. Sólo es cuestión de lealtad, es lo único que importa.
Aunque él esté como una cabra, seré su bufón hasta que uno de los dos muera.
Horrorizado, se dio cuenta de que el duque estaba llorando.
El bufón rebuscó en su manga y sacó un pañuelo rojo y amarillo bastante sucio, con un
bordado de cascabeles. El duque lo cogió con expresión de gratitud y se sonó la nariz. Luego
se lo apartó del cuerpo y lo miró con terror demente.
-¿Es una daga lo que veo ante mí? -murmuró.
-Eh..., no, mi señor. Es un pañuelo, ¿sabéis? Si lo examináis bien, notaréis la diferencia. No
tiene tantos filos.
-Buen bufón -suspiró el duque vagamente.
Completamente loco, pensó el bufón. Si perdía un tornillo más, se desmontaría. Más sonado
que el pecho de un gorila.
-Arrodíllate junto a mí, bufón.
El bufón obedeció. El duque le puso una mano vendada sobre el hombro.
-¿Eres leal, bufón? -preguntó-. ¿Eres digno de confianza?
-Juré seguir a mi señor hasta la muerte -replicó el bufón con voz ronca.
El duque bajó el rostro enloquecido hacia el bufón, quien alzó la vista hacia unos ojos
inyectados de sangre.
-Yo no quería -siseó en tono confidencial-. Me obligaron. Yo no quería...
La puerta se abrió de golpe. La duquesa llenó el marco. De hecho, tenía casi la misma
forma.
-¡Leonal! -ladró.
El bufón se quedó fascinado por lo que sucedía en los ojos del duque. La llama roja de la
locura se desvaneció, retrocedió para ser sustituida por la dura mirada azul que ya había
llegado a conocer. Comprendió que aquello no significaba que el duque estuviera menos loco.
Incluso la frialdad de aquella cordura era, en cierto modo, demente. El duque tenía un cerebro
que funcionaba como un reloj y, como en un reloj, de vez en cuando le daban las horas.
Lord Felmet alzó la vista con tranquilidad.
-¿Sí, querida?
-¿Qué significa todo esto? -exigió saber ella.
-Deben de ser las brujas.
-La verdad, no pienso... -empezó a decir el bufón.
La mirada de Lady Felmet no se limitó a silenciarlo, casi lo clavó a la pared.
-Eso es obvio -dijo la duquesa-. Eres un payaso.
-Un bufón, mi señora.
-Tanto da. -Se volvió hacia su marido-. Vaya -siguió, sombría-. Así que aún te desafían.
El duque se encogió de hombros.
-¿Cómo quieres que luche contra la magia? -preguntó.
-Con palabras -respondió el bufón, sin pensar.
Lo lamentó al instante. Los duques lo miraron.
-¿Qué? -le interrogó la duquesa.
Al bufón se le cayó la mandolina de vergüenza.
-En..., en el Gremio -explicó, tartamudeando-, nos enseñan que las palabras pueden ser
más poderosas que la magia.
-¡Payaso! -exclamó el duque-. Las palabras no son más que palabras. Sílabas breves. Palos
y piedras me romperán los huesos... -Hizo una pausa, saboreando la idea-. Pero las palabras,
no.
-Hay palabras que pueden hacer daño, señor -dijo el bufón-. ¡Mentiroso! ¡Usurpador!
¡Asesino!
El duque pegó un respingo y se agarró a los brazos del trono, parpadeando.
-Esas palabras no contienen verdad alguna -se apresuró a añadir el bufón-, pero pueden
extenderse como un fuego subterráneo, y arder cuando...
-¡Es verdad! ¡Es verdad! -gimió el duque-. ¡Las oigo constantemente! -Se inclinó hacia
delante-. ¡Son las brujas! -siseó.
-Entonces, se las puede combatir con otras palabras -aseguró el bufón-. Las palabras
pueden derrotar incluso a las brujas.
-¿Qué palabras? -preguntó la duquesa, pensativa.
El bufón se encogió de hombros.
-Arpía. Malojo. Vieja idiota.
La duquesa arqueó una espesa ceja.
-No eres del todo idiota, ¿eh? -dijo-. Te refieres a los rumores.
-Exacto, mi señora.
El bufón puso los ojos en blanco. ¿Dónde se había metido?
-Son las brujas -susurró el duque, sin dirigirse a nadie en concreto-. Tenemos que hablar al
mundo de las brujas. Son malvadas. Han hecho que volviera la sangre. Ni el papel de lija sirve
de nada.
Hubo otro temblor mientras Yaya Ceravieja caminaba apresuradamente por los senderos
estrechos y helados del bosque. Un montón de nieve se desprendió de una rama y le cayó en
el sombrero.
Aquello no estaba bien, lo sabía. Nunca se había sabido de ninguna bruja que saliera en la
Noche de la Vigilia de los Puercos. Iba contra la tradición. Nadie sabía por qué, pero eso
tampoco importaba.
Llegó al páramo encharcado y siguió caminado. La luna creciente brillaba sobre el
horizonte, y su brillo pálido iluminaba las cimas de las montañas. Allí arriba había un mundo
diferente, y ni las brujas se aventuraban en él demasiado a menudo. El paisaje recordaba al
nacimiento gélido del mundo, todo era hielo verde y riscos afilados en torno a valles profundos,
secretos. Era un lugar no apto para seres humanos. No era hostil, al menos no más que un
ladrillo o una nube, pero sí terriblemente descuidado.
Pero, en aquel momento, la miraba. Una mente distinta de todas las que Yaya había
conocido centraba en ella buena parte de su atención. Alzó la vista hacia las laderas gélidas,
casi esperando ver una sombra montañosa moviéndose contra las estrellas.
-¿Quién eres? -gritó-. ¿Qué quieres?
Su voz resonó por los desfiladeros, las rocas le devolvieron el eco. En lo más alto, entre los
picos, oyó el ruido distante 'de una avalancha.
En la parte más elevada del páramo, donde en verano las perdices rondaban entre los
arbustos, como imbéciles enamoradas, había una piedra vertical. Señalaba más o menos el
lugar donde se reunían las brujas, aunque nunca habían trazado formalmente los límites.
La roca tenía la altura de un hombre, y era de un color azulado. Se la consideraba muy
mágica, porque, aunque sólo había una, nadie había sido capaz de contarla. Si veía a alguien
mirándola de forma especulativa, se escondía. Era el monolito más tímido jamás descubierto.
También era uno de los numerosos puntos de descarga para la magia que se acumulaba en
las Montañas del Carnero. La tierra que la circundaba en varios metros a la redonda no estaba
cubierta por la correspondiente capa de nieve, y de ella brotaba un tenue vapor.
La piedra se escondió un poco y miró a Yaya con gesto de sospecha desde detrás de un
árbol.
Aguardó durante diez minutos, hasta que Magrat llegó corriendo por el camino de
Comadreja Rabiosa, un pueblo cuyos bondadosos habitantes empezaban a acostumbrarse al
masaje de orejas y a los remedios homeopáticos a base de flores que curaban todo lo que no
fuera una decapitación consumada. [Y funcionaban. Los remedios de las brujas solían funcionar siempre,
pese a la forma que adoptaran.]
Estaba sin aliento, y sólo llevaba un chal sobre el camisón, que habría sido muy revelador
si Magrat hubiera tenido algo que revelar.
-¿Tú también lo notas? -preguntó.
Yaya asintió.
-¿Dónde está Gytha?
Las dos contemplaron el sendero que llevaba a la ciudad de Lancre, un racimo de luces
sobre la penumbra de la nieve.
Se estaba celebrando una fiesta. La luz llegaba hasta la calle. La gente no dejaba de entrar
y salir en casa de Tata Ogg, y dentro resonaban las carcajadas, los gritos infantiles y algún que
otro ruido de vaso al romperse. Obviamente que en aquella casa se experimentaba la vida
familiar al máximo.
Las dos brujas se quedaron en la calle, inseguras.
-¿Crees que debemos entrar? -titubeó Magrat-. No estamos invitadas. Y no hemos traído
una botella.
-Me da la sensación de que ahí dentro ya hay demasiadas botellas -replicó Yaya Ceravieja,
desaprobadora.
Un hombre salió tambaleándose, eructó, tropezó con Yaya, dijo: «Feliz Vigilia de los
Puercos, señorita», alzó la vista hacia su rostro y recuperó la sobriedad al instante.
-Señora -le espetó Yaya.
-L-lo siento en el alma...
Yaya pasó junto a él sin prestarle atención.
-Vamos, Magrat -ordenó.
Dentro, la luz era semejante a la de un día de niebla espesa. La Noche de la Vigilia de los
Puercos, Tata Ogg, por tradición, invitaba a todo el pueblo a su casa, y el ambiente de la
habitación estaba ya más allá del alcance de cualquier control de polución. Yaya se abrió
camino entre la marea de cuerpos, guiada por el sonido de una voz cascada que explicaba a
todo el mundo en cien metros a la redonda que, comparado con muchísimos otros animales, el
puercoespín era muy afortunado.
Tata Ogg estaba sentada en una silla junto a la chimenea, con una jarra de cerveza en una
mano, y marcaba el compás de la conversación con un cigarro puro. Sonrió al ver el rostro de
Yaya.
-Vaya, vaya, querida -aulló para hacerse oír-. Me alegra que hayas venido. Tómate una
copa. Tómate dos. Hola, Magrat, acércate una silla, quita de en medio a ese gato.
Mandón, que observaba la celebración con el ojo amarillento entrecerrado, sacudió la cola
un par de veces.
Yaya se sentó muy erguida, la viva imagen de la decencia.
-No vamos a quedarnos -dijo al tiempo que miraba a Magrat, quien extendía tímidamente la
mano hacia un plato de cacahuetes-. Ya veo que estás ocupada. Es que no sabíamos si habías
notado... algo. Esta noche. Hace un rato.
Tata Ogg frunció el ceño.
-El mayor de mi Darron se puso enfermo -dijo-. Debió de ser la cerveza de su padre.
-A menos que estuviera extremadamente enfermo -replicó Yaya-, no creo que fuera eso a lo
que me refería.
Trazó un complejo signo en el aire, del cual Tata hizo caso omiso.
-Alguien quiso bailar sobre la mesa -siguió-. Se cayó en la salsa de calabaza de mi Reet.
Nos reímos un montón.
Yaya arqueó las cejas y se puso un dedo junto a la nariz, en un gesto cargado de sentido.
-Estoy hablando de cosas de naturaleza diferente -sugirió.
Tata Ogg la miró.
-¿Te pasa algo en la nariz, Esme? -aventuró.
Yaya Ceravieja suspiró.
-Están teniendo lugar acontecimientos de índole mágica muy preocupantes -dijo en voz alta.
Toda la habitación quedó en silencio. Todo el mundo miró a las brujas, excepto el mayor de
Darron, que aprovechó la oportunidad para continuar con sus experimentos alcohólicos. Luego,
tan deprisa como habían escapado, varias docenas de conversaciones volvieron a su lugar.
-Sería buena idea que lo discutiéramos en un lugar más tranquilo -sugirió Yaya, mientras el
tranquilizador caos volvía a rodearlas.
Acabaron en el lavadero, donde Yaya trató de informarlas sobre la mente con la que se
había encontrado.
-Está ahí fuera, en las montañas, en los bosques altos -dijo-. Y es muy grande.
-A mí me pareció que buscaba a alguien -aportó Magrat-. Me recordó a un perro enorme. Ya
sabéis lo que quiero decir. Perdido. Asombrado.
Yaya meditó un instante. Ahora que lo decían...
-Sí -asintió-. Algo así. Un perro grande.
-Preocupado -insistió Magrat.
-Buscando algo -siguió Yaya.
-Y cada vez más furioso.
-Eso es -asintió Yaya, mirando fijamente a Tata.
-Podría ser un troll -aportó ésta-. Me habéis hecho dejar una cerveza a medias -añadió en
tono de reproche.
-Sé perfectamente cómo es la mente de un troll, Gytha -dijo Yaya.
No parecía furiosa. De hecho, fue su manera tranquila de decirlo lo que hizo titubear a Tata.
-Me han dicho que cerca del Eje hay trolls muy grandes -sugirió, insegura-. Y gigantes del
hielo, y nosequés peludos que viven en las nieves. Pero no te refieres a nada por el estilo,
¿verdad?
-No.
-Oh.
Magrat se estremeció. Se dijo que una bruja tiene control absoluto sobre su cuerpo, y que la
carne de gallina bajo su camisón no era más que una imaginación suya. Por desgracia, tenía
una imaginación excelente.
Tata Ogg suspiró.
-En ese caso, será mejor que echemos un vistazo -dijo.
Levantó la tapa de la caldera. Tata Ogg nunca la utilizaba, ya que de la colada se
encargaban sus nueras, una tribu de mujeres sometidas, de rostros grisáceos, cuyos nombres
nunca se molestaba en recordar. Por tanto, se había convertido en un lugar de almacenamiento
para velas secas, calderos requemados y jarras de jalea fermentada. Hacía diez años que la
caldera no se usaba. Los ladrillos estaban agrietados, y extraños helechos crecían en el
interior. El agua que había bajo la tapa era de un color negro tinta y, según se rumoreaba,
insondable. A los nietos de la familia Ogg se les había enseñado que en sus profundidades
habitaban monstruos procedentes del amanecer de los tiempos, ya que Tata creía que un poco
de terror infundado era el ingrediente esencial de la magia en la infancia.
En verano, usaba la caldera para refrescar las cervezas.
-Tendrá que bastar con esto. Supongo que será mejor que nos cojamos de las manos -dijo-.
Magrat, por favor, asegúrate de que la puerta está cerrada.
-Siempre he dicho que una buena Invocación no puede salir mal -siguió Tata-. Hace años
que no hago una.
Yaya Ceravieja frunció el ceño.
-Pero no la puedes hacer -señaló Magrat-. Aquí no. Hace falta un caldero, y una espada
mágica. Y un octograma. Y especias, y montones de cosas.
Yaya y Tata intercambiaron una mirada.
-No es culpa suya -suspiró Yaya-. Son todos esos bromuros que le compraron. -Se volvió
hacia Magrat-. No hace falta nada de todo eso. Sólo se necesita cabezología.
Paseó la vista por el viejo lavadero.
-Hay que usar lo que se tiene a mano -añadió.
Cogió el oxidado barrote de cobre, y lo sopesó, pensativa.
—Te conjuramos e invocamos por el poder de este... -Yaya hizo una pausa-, afilado y
terrible barrote de cobre.
El agua de la caldera se movió en suaves ondas.
-Mira cómo dispersamos... -Magrat suspiró-. Este detergente mohoso y los fragmentos de
un estropajo roto en tu honor. La verdad, Tata, no creo...
-¡Silencio! Ahora tú, Gytha.
-Te invocamos y sometemos con el cepillo roto del Arte y la tabla de lavar de la Protección -
dijo Tata, blandiendo los instrumentos.
A la tabla se le cayeron un par de astillas.
-Esto de la sinceridad está muy bien -susurró Magrat, resignada-, pero me da la sensación
de que no es lo mismo.
-Haz el favor de escuchar, niña -ordenó Yaya-. A los demonios no les importa la forma
exterior de las cosas. Lo fundamental es lo que tú crees. Venga, sigamos.
Magrat trató de imaginar que la pastilla de jabón amarillento y rancio era un precioso
ungüento aromático procedente del lejano Klatch. Aquello suponía todo un esfuerzo. Sólo los
dioses sabían qué tipo de demonio respondería a semejante invocación.
Yaya tampoco estaba del todo tranquila. No le importaban gran cosa los demonios, y todo
aquello de los Encantamientos y tonterías semejantes apestaba a magia de mago. Si se hacían
las cosas tan aparatosas, los demonios empezarían a sentirse importantes. Los demonios
deberían acudir cuando se los llamaba, y punto.
Pero, según el protocolo, la bruja anfitriona tenía el poder de decisión, y a Tata le gustaban
los demonios, que eran de género masculino, o al menos lo aparentaban.
A Yaya le tocaba ahora alternar los halagos y las amenazas al otro mundo con un palo
podrido de medio metro. Le impresionaba su propia osadía.
Las aguas vibraron un poquito, volvieron a calmarse, y entonces, con un movimiento
repentino y un sonido como el de una pompa de jabón al romperse, adquirieron la forma de una
cabeza. A Magrat se le cayó el jabón de las manos.
Era una cabeza atractiva, de ojos quizás un poco crueles, con la nariz, algo picuda, pero
atractiva a su manera, sí. Esto no tenía nada de sorprendente, puesto que el demonio se
limitaba a proyectar una imagen de sí mismo hacia la realidad, y le costaba lo mismo hacerlo
bien que mal. Se giró muy despacio, como una brillante estatua negra bajo la adecuada luz de
la luna.
-Venga, ¿qué?-dijo.
-¿Quién eres? -preguntó Yaya, sin demasiada sutileza.
La cabeza se giró hacia ella.
-Mi nombre es impronunciable en tu idioma, mujer -replicó.
-Eso lo decidiré yo -bufó Yaya-. Y no me llames mujer.
-Como quieras. Mi nombre es WxrtHltl-jwlpklz -contestó el demonio.
-¿Dónde estabas cuando repartieron las vocales, debajo de la mesa? -dijo Tata Ogg.
-Pues bien, señor..., -Yaya titubeó sólo un instante-, señor WxrtHltl-jwlpklz, supongo que se
preguntará por qué le hemos llamado esta noche.
-No tienes que decir eso -se quejó el demonio-. Tienes que decir...
-Silencio. Tenemos la espada del Arte y el octograma de la protección, te lo advierto.
-Como quieras. Pero a mí me parecen una barra de cobre y una tabla de lavar -se burló el
demonio.
Yaya miró de reojo. Un rincón del lavadero estaba lleno de leña, y había un tocón para
cortarla. Miró fijamente al demonio y, sin apartar la vista, descargó un golpe contra la dura
madera.
El silencio de muerte que siguió sólo se vio quebrado por el sonido de las dos mitades
perfectas del tocón al caer al suelo.
El rostro del demonio permaneció impasible.
-Se os permite hacer tres preguntas -dijo.
-¿Hay algo extraño en el reino? -preguntó Yaya.
El demonio pareció pensárselo.
-Nada de mentiras -le advirtió Magrat rápidamente-. Si no, probarás el cepillo.
-¿Quieres decir más extraño de lo habitual?
-Venga, responde de una vez -se quejó Tata-. Se me están quedando los pies helados.
-No. No hay nada extraño.
-Pero hemos notado... -empezó Magrat.
-Espera, espera -la interrumpió Yaya.
Movió los labios sin decir nada. Los demonios eran como genios, o como profesores de
filosofía: si no formulabas la pregunta con toda precisión, les encantaba darte respuestas
perfectamente precisas y falsas.
-¿Hay en el reino algo que no hubiera antes? -aventuró.
-No.
Según la tradición, sólo podían hacer tres preguntas. Yaya trató de formular una que no
hubiera manera de malinterpretar deliberadamente. Se dio cuenta de que se había equivocado.
-¿Qué diantre está pasando? -preguntó con cautela-. Y no me des largas, o te
achicharramos.
El demonio pareció titubear. Obviamente, aquel enfoque le resultaba nuevo.
-Magrat, ¿te importa acercarme las cerillas?
-Protesto por este tratamiento -dijo el demonio, con voz insegura.
-Bueno, no tenemos tiempo para andarnos con jueguecitos toda la noche -replicó Yaya-.
Estos juegos de palabras están muy bien para los magos, pero nosotras somos harina de otro
costal.
-O de otro lavadero -señaló Tata.
-Mirad -dijo el demonio, en cuya voz había ahora un atisbo de terror-, es que no debemos
regalar la información así como así. Hay reglas, ya sabéis.
-Creo que hay aceite en la estantería, Magrat -pidió Tata.
-Lo único que digo es... -empezó el demonio.
-¿Sí? -lo alentó Yaya.
-No se lo diréis a nadie, ¿verdad? -suplicó.
-Ni una palabra -prometió Yaya.
-Nuestros labios están sellados -añadió Magrat.
-No hay nada nuevo en el reino -dijo el demonio-, pero la tierra ha despertado.
-¿Qué quieres decir?
-Es desdichada. Quiere un rey que la ame.
-¿Cómo...? -empezó Magrat, pero Yaya la hizo callar con un gesto.
-No te refieres a la gente, ¿verdad? -preguntó. La brillante cabeza se sacudió en gesto de
negación-. No, ya me parecía a mí.
-¿Qué...?
Yaya interrumpió a Tata, llevándose un dedo a los labios. Se dio la vuelta y se acercó a la
ventana del lavadero, un auténtico cementerio de mariposas atrapadas en telarañas. Un tenue
brillo más allá de los cristales cubiertos de escarcha sugería que, contra todo pronóstico, pronto
amanecería un nuevo día.
-¿Puedes decirnos por qué? -preguntó, sin volverse.
Había sondeado la mente de todo un país... Estaba impresionada.
-No soy más que un demonio, ¿cómo quieres que lo sepa? Sólo conozco lo que sucede, no
el cómo ni el porqué.
-Ya, claro.
-¿Puedo irme ya?
-¿Eh?
-Por favor...
Yaya se irguió.
-Oh, sí. Lárgate -dijo, distraídamente-. Y gracias.
La cabeza no se movió. Se quedó inmóvil, como un botones de hotel que acabara de subir
quince maletas al décimo piso, enseñado a todo el mundo dónde estaban los baños, ahuecado
las almohadas y subido todas las persianas habidas y por haber.
-Eh..., supongo que no os importará hacerme desaparecer -pidió, al ver que nadie captaba
la indirecta.
-¿Qué? -preguntó Yaya, otra vez inmersa en sus pensamientos.
-Nada, que me sentiría mejor si me hicierais desaparecer apropiadamente. Lo de «Lárgate»
no es muy ortodoxo -gimió la cabeza.
-Ah. Bueno, si quieres..., ¡Magrat!
-¿Sí? -respondió la joven bruja, sobresaltada.
Yaya le tendió el barrote de cobre.
-¿Quieres hacer los honores?
Magrat cogió el barrote por lo que esperaba que Yaya viera como la empuñadura, y sonrió.
-Cómo no. Muy bien. Voy. Desaparece, demonio oscuro, hacia el más oscuro pozo...
La cabeza sonrió con satisfacción. Aquello ya era más apropiado. Se fundió en las aguas de
la caldera como una vela bajo la llama. Su último comentario despectivo casi se perdió entre
las ondas.
-Lárgate, nada menos...
Yaya volvió a casa sola, mientras la luz rosada del amanecer se deslizaba sobre la nieve, y
entró en su casa.
Las cabras estaban inquietas en el corral. Los estorninos hacían chasquear sus dentaduras
postizas entre la paja del tejado. Los ratones correteaban por la despensa de la cocina.
Preparó el té, consciente de que todos los sonidos parecían más agudos. Cuando dejó caer
el estropajo en la pila de fregar, resonó como una campana golpeada por un martillo.
Siempre se encontraba incómoda tras verse involucrada en cualquier tipo de magia
organizada. Aquello no le iba. Paseó por la habitación, buscando algo que hacer y luego
dejándolo a medias. Recorrió una y otra vez las frías losas del suelo.
En momentos como éste, las mente encuentra las ocupaciones más extrañas para evitar su
objetivo primario, o sea, pensar. Si alguien la hubiera estado observando, se habría
sorprendido de la dedicación con que Yaya acometió tareas tales como limpiar el estante de la
tetera, quitar las nueces viejas del frutero que había en la alacena, y sacar migas de pan
fosilizadas de entre las baldosas con la ayuda del mango de una cucharilla.
Los animales tenían mente. Las personas tenían mente, aunque la humana era más bien
vaga y nebulosa. Hasta los insectos tenían mente, puntitos de luz en la oscuridad de la no
mente.
Yaya se consideraba experta en mentes. Y estaba bastante segura de algunas cosas, como
por ejemplo, que los países no tenían mente.
Diantre, ni siquiera estaban vivos. Un país era..., bueno, era...
Alto ahí. Alto ahí... Una idea cobró forma suavemente en la mente de Yaya, y trató de atraer
su atención.
Había una manera de que aquellos bosques pudieran tener mente. Yaya se sentó muy
erguida, con una corteza de pan duro digna de anticuario en la mano, y contempló
especulativamente la chimenea. Su ojo mental miró a través de los ladrillos, hacia los pasillos
nevados entre los árboles. Sí. Nunca se le había ocurrido. Por supuesto, tenía que ser una
mente compuesta por todas las pequeñas mentes que había dentro. Mentes de insectos,
mentes de pájaros, mentes de osos, incluso las grandes mentes lentas de los mismos árboles...
Se sentó en la mecedora, que empezó a mecerse por su cuenta.
A menudo había pensado que el bosque era una amplia criatura, pero sólo
metafóricamente, como diría un mago. Con el ronroneo de las abejas en el verano, con el
zumbido del viento en otoño, acurrucado y dormido en invierno. Se le ocurrió que, además de
ser una colección de otras cosas, el bosque también era algo vivo. Vivo, pero no en el sentido
en que está viva una musaraña, por poner un ejemplo.
Y era mucho más lento.
Eso tenía que ser importante. ¿A qué velocidad latía el corazón de un bosque? Quizás una
vez al año. Sí, seguro, más o menos. Allí fuera, el bosque aguardaba un sol más brillante y días
más largos que bombearían un millón de litros de savia a cien metros de altura, en un latir
demasiado fuerte como para que nadie lo oyera.
Más o menos a estas alturas del razonamiento, Yaya se mordió un labio.
Se le acababa de ocurrir la palabra sístole, y desde luego no estaba incluida en su
vocabulario.
Tenía compañía en la cabeza.
Había algo.
¿Acababa de pensar aquellos pensamientos, o alguien los había pensado a través de ella?
Clavó la vista en el suelo, tratando de mantener sus ideas en privado. Pero algo o alguien le
vigilaba la mente con tanta facilidad como si tuviera el cráneo de cristal.
Yaya Ceravieja se levantó y abrió las cortinas de par en par.
Y allí estaban en lo que en meses más cálidos era el césped. Y todos, sin excepción, la
miraban.
Tras unos minutos, la puerta principal de la casa de Yaya se abrió. Aquello era todo un
acontecimiento. Como la mayoría de los habitantes de la zona, Yaya vivía su vida a través de la
puerta trasera. En una existencia normal, la puerta principal sólo se cruzaba tres veces, y en
las tres te transportaban.
Se abrió con gran dificultad, con una serie de trompicones dolorosos. Unas cuantas astillas
de pintura cayeron sobre la nieve, se coló hacia el interior. Por último, consiguió entreabrirla.
Yaya se deslizó como pudo por la abertura, y salió a la nieve hasta entonces inmaculada.
Se había puesto el sombrero puntiagudo y la larga capa negra que usaba cuando quería
que alguien comprendiera sin lugar a dudas que era una bruja.
Había una vieja silla de cocina medio enterrada en la nieve. En verano era un buen lugar
para sentarse y hacer labores, al tiempo que vigilaba el sendero. Yaya la puso de pie, sacudió
la nieve del asiento y se sentó, con las rodillas ligeramente separadas y los brazos cruzados en
gesto desafiante. Alzó la barbilla.
El sol estaba muy alto, pero la luz aquel Día de la Vigilia de los Puercos seguía siendo
rosado y sesgado. Brillaba sobre la gran nube de vapor que pendía sobre las criaturas
reunidas. No se habían movido, aunque de cuando en cuando alguna de ellas agitaba una
pata, o se rascaba.
Yaya alzó la vista hacia un punto de movimiento. No lo había advertido hasta entonces, pero
hasta el último árbol del jardín estaba lleno de pájaros, hasta tal punto que parecía que una
extraña primavera castaña y negra había llegado con antelación.
En el lugar donde la hierba crecía en verano estaban los lobos, sentados o de pie, con las
lenguas colgando. Tras ellos se alineaba un contingente de osos, y detrás de éstos una
escuadra de ciervos. Ocupando los metafóricos flancos había una legión de conejos,
comadrejas, ardillas, zorros y todo tipo de criaturas que, pese a vivir siempre en una
sanguinaria atmósfera de cazadores y presas, matar o morir a garra, a zarpa o a colmillo,
suelen recibir el nombre común de «fauna».
Ahora estaban juntos en la nieve, habían olvidado sus relaciones culinarias habituales para
establecer un duelo de miradas, todos contra ella.
A Yaya le resultaron obvias dos cosas. Una era que allí tenía una muestra exhaustiva de la
vida animal en el bosque.
La otra no pudo evitar formularla en voz alta.
-No sé qué hechizo será éste -dijo-. Pero os aseguro que, cuando se desvanezca, más os
vale correr.
Ningún animal se movió. No hubo sonido alguno, excepto el de un lobo viejo aliviando sus
necesidades con expresión avergonzada.
-¿Qué queréis que haga? -dijo Yaya-. No sirve de nada que acudáis a mí. Es el nuevo
señor. Éste reino es suyo. No puedo entrometerme. No estaría bien que me metiera en los
asuntos de los que mandan. Para bien o para mal, la cosa tendrá que arreglarse sola. Es una
de las reglas fundamentales de la magia. No se puede ir por ahí dominando a la gente con
hechizos, porque cada vez hacen falta más.
Se acomodó en la silla, agradecida por la tradición que no permitía que los Sabios y los
Inteligentes reinaran. Recordaba lo que le había hecho sentir la corona, incluso aunque fuera
durante unos pocos segundos.
No, los objetos como las coronas surtían un efecto muy desagradable en la gente
inteligente. Era mejor dejar las cosas del gobierno a personas cuyas cejas se juntaban cuando
intentaban pensar. Por raro que pareciera, se les daba mucho mejor.
-La gente tiene que resolver sus asuntos -añadió-. Eso lo sabe cualquiera.
Le pareció que uno de los venados más grandes le dirigía una mirada particularmente
dubitativa.
-Sí, bueno, ya sé que mató al viejo rey -concedió-. Pero es ley natural, ¿no? Vosotros
deberíais saberlo. La supervivencia de los comosellamen.
Tamborileó los dedos sobre las rodillas.
-Además, el viejo rey no era lo que se dice amigo vuestro, ¿verdad? Le encantaba cazar.
Trescientos pares de ojos oscuros la miraron sin pestañear. Yaya probó otra táctica.
-No sirve de nada que me miréis así. No puedo ir por ahí metiéndome con los reyes sólo
porque no os gusten. ¿Dónde acabarían las cosas? A mí no me ha hecho nada.
Trató de esquivar la mirada de una comadreja particularmente bizca.
-De acuerdo, es una actitud egoísta -se defendió-. Pero en eso consiste ser una bruja.
Buenos días a todos.
Entró apresuradamente en la casa, y trató de cerrar la puerta de golpe. Las bisagras se
atascaron un par de veces, cosa que estropeó un tanto el efecto.
Una vez dentro, corrió las cortinas, se sentó en la mecedora y se meció con fiereza.
-En eso consiste -se dijo-. No puedo entrometerme. Eso es lo importante.
Los carromatos traqueteaban lentamente por malos caminos, hacia una ciudad, otra más,
de cuyo nombre la compañía no se acordaba muy bien y olvidaría en cuanto saliera de ella. El
sol invernal brillaba bajo sobre los plantíos de coliflores húmedos y neblinosos de las Llanuras
Sto, y el silencio algodonoso hacía que resonara aún más fuerte el crujido de las ruedas.
Hwel iba sentado en la parte trasera del último carromato, con las piernecillas regordetas
colgando.
Había hecho todo lo posible. Vitoller había dejado la educación de Tomjon en sus manos;
«A ti se te dan mejor esas cosas -dijo; y luego añadió, con su habitual tacto-: Además, os
parecéis más en estatura».
Pero la cosa no había funcionado.
-Manzana -repitió, enseñándole la fruta.
Tomjon le sonrió. Tenía casi tres años, y aún no había dicho una sola palabra comprensible.
Hwel albergaba sombrías sospechas con respecto a las brujas.
-Pues parece inteligente -dijo la señora Vitoller, que viajaba en el interior del carromato e iba
remendando una cota de mallas-. Sabe lo que son las cosas. Hace lo que le dicen. Ojalá
hablaras -suspiró con cariño, dando una palmadita en la mejilla del niño.
Hwel entregó la manzana a Tomjon, quien la aceptó con seriedad.
-Tengo la sensación de que aquellas brujas os jugaron una mala pasada -dijo el enano-. Ya
sabe, gato por liebre. Antes hacían mucho ese tipo de cosas. Mi tatarabuela me contó que una
vez se lo hicieron a mi familia. Las hadas intercambiaron a un humano y a un enano. Y no nos
enteramos hasta que no empezó a pegarse con la cabeza contra el techo. Dicen...
Dicen que esta fruta es metáfora,
tan dulce, jugosa, madura,
del corazón de un hombre,
roja, pero dentro, sin indicios,
encontramos el gusano, la podredumbre,
la lacra. No veas sólo el brillo, es el mordisco
el que muestra la maldad humana.
Los dos se giraron para mirar a Tomjon, quien saludó y se dedicó a devorar la manzana.
-Era el discurso del gusano en El tirano -susurró Hwel. Su habitual dominio del lenguaje le
abandonó por un momento-. Demonios -dijo.
-Pero si hablaba como...
-Voy a hablar con Vitoller -dijo Hwel.
Saltó del carromato y corrió sobre los charcos helados hasta el principio de la caravana,
donde el actor-director silbaba sin melodía y, sí, agitaba los brazos.
-¿Qué tal, b'zugda-hiara? [Un insulto terrible en el idioma de los enanos, pero usado aquí como término
cariñoso. Significa «Adorno para el césped».] -dijo alegremente.
-¡Tienes que venir enseguida! ¡Está hablando!
-¿Hablando?
Hwel daba saltos.
-¡Está recitando! -gritó-. ¡Tienes que venir! ¡Habla igual que...!
-¿Yo? -dijo Vitoller unos minutos más tarde, después de que hubieron detenido los
carromatos junto a un grupo de árboles sin hojas, cerca del camino-. ¿Yo hablo así?
-Sí -respondió toda la compañía al unísono.
El joven Willikins, especializado en papeles femeninos, miró a Tomjon, de pie sobre un barril
situado en el centro del claro.
-Oye, chico, ¿conoces mi papel en Como gustéis? -preguntó.
Tomjon asintió.
-Os digo que no está muerto quien yace bajo la piedra. Porque si la Muerte pudiera oír...
Escucharon en silencio asombrado mientras las nieblas interminables cubrían los campos
húmedos y la bola roja que era el sol descendía más y más. Cuando el niño hubo terminado, el
rostro de Hwel estaba cubierto de lágrimas.
-Por todos los dioses -dijo-, yo debía de estar muy inspirado cuando escribí eso.
Se sonó la nariz.
-¿De verdad hablo así? -preguntó Willikins, pálido.
Vitoller le dio una palmadita amistosa en el hombro.
-Si hablaras así, muchacho -dijo-, no estarías metido hasta las rodillas en lodo, en medio de
estos campos perdidos, tomando té de hojas de repollo.
Dio una palmada.
-Ya basta, ya basta -dijo, mientras su aliento formaba nubéculas de vapor en el aire gélido-.
Cada uno a su lugar. Tenemos que estar fuera de los muros de Sto Lat antes de que se ponga
el sol.
Los actores salieron del ensueño, y volvieron a los pescantes de los carromatos caminando
entre nubes. Vitoller llamó al enano y le puso el brazo en torno a los hombros, o mejor dicho,
sobre la cabeza.
-¿Qué opinas? -preguntó-. Vosotros lo sabéis todo sobre la magia, o eso se dice. ¿Qué te
parece esto?
-Se pasa todo el tiempo alrededor del escenario. Es natural que recuerde las cosas -
respondió Hwel vagamente.
Vitoller se inclinó hacia delante.
-¿Tú crees eso?
-Creo que oí una voz que cogió lo que yo había escrito, le dio forma y me lo disparó contra
las orejas, directo al corazón -se limitó a responder el enano-. Creo que oí una voz que iba más
allá de la ruda forma de las palabras y decía las cosas que yo quise decir y no pude por falta de
habilidad. ¿Quién sabe cómo ha sucedido?
Contempló impasible el rostro enrojecido de Vitoller.
-Quizá lo haya heredado de su padre -dijo.
-Pero...
-¿Y quién sabe hasta dónde llegan los poderes de las brujas? -insistió el enano.
Vitoller sintió que su esposa le cogía de la mano. Cuando se levantó, asombrado y furioso,
ella le besó en la nuca.
-No te atormentes -dijo-, todo ha sido para bien. Tu hijo ha declamado su primera palabra.
Llegó la primavera, y el ex rey Verence seguía sin tomarse nada bien lo de estar muerto.
Paseaba incansable por el castillo, tratando de que las viejas piedras lo dejaran libre.
También trataba de no tropezar con otros fantasmas.
Ornal no era mal tipo, aunque algo pesado. Pero Verence se había sobresaltado al ver por
primera vez a los Gemelos, cogidos de la mano por los pasillos nocturnos; los pequeños
fantasmas eran el recuerdo de un acto aún más negro que las habituales molestias del
regicidio.
Y luego estaba el Troglodita Errante, un hombre simio vestido con taparrabos de piel, quien
al parecer hechizaba el castillo porque lo habían construido sobre su túmulo funerario. Sin
motivo aparente, de cuando en cuando salía del lavadero un carro en el que viajaba una mujer
aullante. En cuanto a la cocina...
Un día se había rendido, pese a los consejos del viejo Ornal, y siguió los aromas de la
comida hasta la inmensa caverna cálida que era la cocina-despensa del castillo. Qué cosas,
pensó, no había pasado por allí desde su infancia. Al parecer, los reyes y las cocinas no
pegaban demasiado.
Estaba llena de fantasmas.
Pero no eran humanos. Ni siquiera eran protohumanos.
Eran venados. Eran pavos. Eran conejos, y faisanes, y perdices, y corderos, y cerdos. Hasta
había unas cosas redondas informes que parecían fantasmas de ostras. Estaban tan apretados
que se fundían unos con otros, convirtiendo la cocina en una silenciosa pesadilla de dientes,
pelo y cuernos, apenas visibles y nebulosos. Algunos advirtieron su presencia, y hubo un caos
de ruidos lejanos, desagradablemente fuera de registro. A través de los fantasmas, el cocinero
y sus ayudantes caminaban despreocupadamente, preparando salsas de verduras.
Verence contempló la escena medio minuto y luego huyó, deseando tener un estómago de
verdad para poder meterse los dedos en la garganta y vomitar todo lo que había comido
durante su vida.
Luego buscó tranquilidad en los establos, donde sus amados perros de caza gimotearon y
arañaron la puerta, muy incómodos ante la presencia que sentían sin ver.
Ahora hechizaba (cómo detestaba aquella palabra) la Galería Larga, donde los retratos de
reyes muertos mucho tiempo atrás lo contemplaban desde arriba, desde las sombras
polvorientas. Habría tenido una opinión mucho mejor de ellos si no se hubiera encontrado a
bastantes rondando por las diferentes habitaciones.
Verence había decidido que tenía dos objetivos en la muerte. Uno era salir del castillo y
buscar a su hijo, y el otro vengarse del duque. Pero no matándolo, había decidido, ni siquiera
aunque encontrara la manera, porque una eternidad en compañía de aquel idiota balbuceante
significaría empeorar aún más la muerte.
Se sentó bajo un retrato de la reina Bemery (670-722), cuya belleza madura habría
apreciado mucho más si no la hubiera visto aquella misma mañana atravesando la pared.
Verence trataba de no atravesar las paredes. Al menos, le quedaba su dignidad.
Fue consciente de que le estaban vigilando.
Volvió la cabeza.
Había un gato sentado junto a la puerta, y lo miraba sin parpadear. Era gris,
extremadamente gordo...
No. Extremadamente grande. Tenía tantas cicatrices que parecía un puño recubierto de
pelo. Sus orejas eran un par de muñones perforados, sus ojos como dos hendiduras amarillas
de malevolencia, su cola una serie de interrogaciones en movimiento mientras le miraba.
Mandón se había enterado de que Lady Felmet tenía una gatita blanca, y pasaba por allí
para presentarle sus respetos.
Verence jamás había visto un animal con tanta maldad inherente. No se resistió cuando el
bicho se acercó a él e intentó frotarse contra sus piernas, ronroneando como un motor a
reacción.
-Bueno, bueno -dijo el rey vagamente.
Extendió la mano e hizo un esfuerzo por rascarle detrás de los dos jirones que tenía en la
cabeza. Era un alivio encontrarse con algo que pudiera verle, y no fuera un fantasma. Además,
notaba que Mandón no era un gato cualquiera. Los gatos del palacio eran o bien mascotas
malcriadas o habitantes de los establos y las cocinas, que acababan pareciéndose a los
roedores de los que se alimentaban. Pero aquel gato no tenía más dueño que él mismo. Es la
impresión que dan todos los gatos, claro, pero en vez del egoísmo ciego que le hace parecer
sabios, Mandón irradiaba genuina inteligencia. También irradiaba un olor que podía derribar
una pared y provocar problemas de sinusitis a un zorro muerto.
Sólo una clase de personas tenían gatos como aquél.
El rey trató de agacharse, y descubrió que se estaba hundiendo en el suelo. Intentó
calmarse, y se elevó. Una vez un hombre se asienta en el mundo etéreo, ya no hay esperanza
para él, pensaba.
Sólo los parientes cercanos y los que tengan ciertos poderes psíquicos, había dicho la
Muerte. Ni los unos ni los otros abundaban en el castillo. El duque entraba en la primera
categoría, pero su egoísmo exacerbado lo convertía en un ser tan psíquicamente útil como una
zanahoria. En cuanto a los demás, sólo el cocinero y el bufón parecían cualificados, pero el
cocinero se pasaba gran parte del día escondido en la despensa y llorando porque ya no le
dejaban asar nada con más sangre que una chirivía, y el bufón se había convertido en tal
manojo de nervios que Verence dejó de intentar contactar con él.
Pero una bruja... Si una bruja no tenía «ciertos poderes psíquicos», entonces él, el rey
Verence, era una ráfaga de viento. Tenía que conseguir que una bruja acudiera al castillo. Y
luego...
Había trazado un plan. En realidad, era algo más. Era un Plan. Se había pasado meses
dedicado a perfeccionarlo. No tenía nada más que hacer, excepto pensar. En eso tenía razón
la Muerte. Los fantasmas no tenían más que pensamiento, y aunque durante su vida el rey
había intentado pensar lo menos posible, la carencia de un cuerpo que lo distrajera con sus
tendencias le hacía apreciar el valor de lo cerebral. Hasta entonces, nunca había tenido un
Plan, al menos ninguno más elaborado que «busquemos algo y matémoslo». Y allí, ante él,
lamiéndose los bigotes, tenía la pieza clave.
-Gatito, gatito -aventuró.
Mandón le dirigió una penetrante mirada amarilla.
-Gato -se corrigió rápidamente el rey.
Retrocedió y siguió llamándolo. Por un momento, pareció que el gato no tenía la menor
intención de seguirle, pero entonces, para alivio del rey, Mandón se levantó, bostezó y caminó
pausadamente hacia él. Mandón no veía fantasmas muy a menudo, y le interesaba vagamente
aquel hombre alto y barbudo del cuerpo translúcido.
El rey lo precedió por un pasillito polvoriento hacia la habitación de los trastos, atestada de
tapices rotos y retratos de reyes que nadie recordaba. Mandón lo examinó todo con gesto
crítico. Luego se sentó en el suelo sucio y miró al rey, expectante.
-Aquí hay montones de ratones y cosas de ésas, ¿sabes? -dijo Verence-. La ventana está
rota y se cuela la lluvia. Además, se puede dormir sobre los tapices. Perdóname.
En eso había estado trabajando todos aquellos meses. Cuando estaba vivo, había cuidado
bien de su cuerpo, y una vez muerto trató de conservar la forma. Era demasiado fácil dejarse
llevar y permitir que se te difuminaran los bordes. En el castillo había algunos fantasmas que
parecían glóbulos translúcidos. Pero Verence tenía una voluntad de hierro, y había hecho
ejercicio (mejor dicho, había pensado con todas sus fuerzas en hacer ejercicio), con lo que
ahora sus músculos espectrales aparecían bien marcados. Aquellos meses de levantar
ectoplasma lo habían dejado en mejor forma que nunca, si se descontaba el hecho de que
estaba muerto.
Después, empezó a ejercitarse con motilas de polvo. La primera casi lo mató, [Metafóricamente
hablando, claro.] pero él perseveró, y consiguió progresar hasta los granos de arena, y luego hasta
guisantes enteros. Aún no se atrevía a volver a la cocina, pero se había divertido echando sal
de más en la comida de Felmet, un pellizquito cada vez, hasta que se dijo que lo de envenenar
a alguien no era honorable, ni aunque se tratara de aquella sabandija.
Ahora, apoyó todo su peso contra la puerta y, forzando al máximo cada microgramo de su
ser, empujó con todas sus fuerzas. El sudor de la autosugestión le goteó de la nariz y
desapareció antes de llegar al suelo. Mandón observó interesado cómo los músculos se
movían en los brazos del rey, como balones de fútbol.
La puerta empezó a moverse, crujió, luego aceleró y se cerró con un golpe sordo.
Más valía que la cosa funcionara, se dijo Verence. Él sólo, jamás sería capaz de abrirla de
nuevo. Pero una bruja sin duda buscaría a su gato, ¿verdad?
En las colinas, no lejos del castillo, el bufón yacía de bruces y contemplaba las
profundidades de un pequeño lago. Un par de truchas le devolvieron la mirada.
La razón le decía que, en algún lugar del disco, debía de haber alguien aún más
atormentado que él. Se preguntaba quién sería.
No había consultado con ningún bufón, pero tampoco habría importado, porque en su
familia nadie escuchaba nada de lo que decía desde la fuga de su padre.
Desde luego, su abuelo, no. Su primer recuerdo del abuelo era cómo le enseñaba el
repertorio de chistes, acompañando cada uno con un golpe de cinturón. Era de cuero duro, y el
hecho de que tuviera cascabelitos no mejoraba las cosas.
El abuelo había recibido siete chistes nuevos oficiales. Había ganado la gorra y cascabeles
honoríficos en el Gran Premio de los Payasos en Ankh-Morpork durante cuatro años seguidos,
una hazaña que nadie había repetido, y se suponía que aquello lo convertía en el hombre más
gracioso del Disco. Había trabajado duro para conseguirlo, eso se lo reconocía.
El bufón recordó con un escalofrío como, a los seis años, se había acercado tímidamente al
anciano después de comer, con un chiste que había inventado. Iba sobre un pato.
Aquello hizo que le propinara la peor paliza de su vida, cosa que supuso todo un desafío
para el viejo bufón.
-Así aprenderás... -recordaba cada frase entre el tintineo de los cascabeles-, que no hay
nada más serio que un chiste. De ahora en adelante, nunca... -el viejo se detuvo para
cambiarse el cinturón de mano-, nunca, nunca, nunca te atrevas ni a susurrar un chiste que no
haya sido aprobado por el Gremio. ¿Quién te crees para decidir qué es divertido? Sólo
provocarás las risas del ignorante. Que nunca te vuelva a ver hacerlo.
Después de aquello, se dedicó exclusivamente a los trescientos ochenta y tres chistes
aprobados por el Gremio, cosa que ya era bastante mala, y al glosario, que era mucho más
largo y mucho peor.
Luego lo enviaron a Ankh, y allí, en las habitaciones austeras, descubrió que había más
libros aparte del pesado Súper libro de la risa, con su encuadernación de piel y sus remaches
de latón. Allí fuera había todo un mundo circular, lleno de lugares extraños y de gente que
hacía cosas interesantes, cosas como...
Cantar. Oía a alguien cantar.
Alzó la cabeza con cautela, y se sobresaltó cuando sonaron los cascabeles de su gorro.
Los cantos continuaron. El bufón escudriñó con cautela a través del follaje que le ofrecía un
escondrijo perfecto.
Los cánticos no eran demasiado buenos. La única palabra que la cantante parecía conocer
era «la», pero la utilizaba con entusiasmo. La melodía daba la impresión de que la cantante
creía que la gente debe cantar «lalala» en determinadas circunstancias, y estaba decidida a
hacer lo que el mundo esperaba de ella.
El bufón se arriesgó a levantar la cabeza un poco más, y vio a Magrat por primera vez.
La joven había dejado de bailar por el prado, e intentaba ponerse unas margaritas en el
cabello, aunque sin demasiado éxito.
El bufón contuvo el aliento. En las largas noches sobre las frías losas del pasillo, había
soñado con mujeres como ella. La verdad, si era sincero, no se parecían demasiado a ella:
estaban más dotadas a la altura del pecho, no tenían la nariz tan roja y puntiaguda, y su pelo
no parecía un estropajo. Pero la libido del bufón era lo suficientemente inteligente como para
conocer la diferencia entre lo imposible y lo probable, y puso en marcha rápidamente algunos
circuitos de filtración.
Magrat cogía flores y hablaba con ellas. El bufón trató de escuchar.
-Aquí está Pluma de Algodón -dijo-. Y Tentáculo de Gusano, muy bueno para las
infecciones de oído...
Ni siquiera Tata Ogg, que veía el mundo con buenos ojos, habría podido decir un sólo
cumplido sobre la voz de Magrat. Pero era música para las orejas del bufón.
-Y el Falso Mago de Cinco Hojas, para los trastornos del hígado. Oh, y aquí está el Sapo
Viejo, para la diarrea.
El bufón se irguió con timidez, haciendo sonar todo un carillón de cascabeles. Para Magrat
fue como si en el prado, donde hasta entonces no había habido nada más amenazador que
nubes de mariposas azules y abejorros ajetreados, hubiera surgido un demonio rojo y amarillo.
Un demonio que abría y cerraba la boca. Un demonio con tres cuernos amenazadores.
Una voz apremiante al fondo de su mente dijo: deberías salir corriendo, chica, como una
tímida gacela. Es lo que se suele hacer en estos casos.
El sentido común intervino. Ni en sus momentos más optimistas se había comparado
Magrat a una gacela, tímida o no. Además, correr no era lo suyo, un tronco de árbol la habría
adelantado.
-Ehhh... -dijo la aparición.
El sentido común, del cual Magrat poseía una dosis suficiente pese a la opinión de Yaya
Ceravieja, le señaló que pocos demonios tartamudeaban de una manera tan patética, o
temblaban sacudiendo cascabeles.
-Hola -dijo ella.
La mente del bufón trabajaba también a toda velocidad. Empezaba a tener ganas de salir
corriendo.
A Magrat no le gustaba el tradicional sombrero puntiagudo de las brujas más ancianas, pero
seguía fiel a uno de los preceptos fundamentales de su oficio: no sirve de nada ser una bruja si
no lo pareces. En su caso, eso se reflejaba en montones de joyas de plata con octogramas,
murciélagos, arañas, dragones y otros símbolos del misticismo cotidiano. A Magrat le habría
gustado pintarse las uñas de negro, pero no creía poder soportar las burlas de Yaya.
El bufón empezaba a darse cuenta de que estaba ante una bruja.
-Ooops -dijo.
Y se volvió para echar a correr.
-No... -empezó a decir Magrat.
Pero el bufón corría ya sendero abajo, hacia el castillo.
Magrat contempló la amapola que tenía entre las manos. Se pasó los dedos por el pelo,
provocando una lluvia de pétalos.
Tenía la sensación de que acababa de perderse algo importante.
Sentía la imperiosa necesidad de maldecir. Conocía muchas maldiciones, la Abuela
Whemper era una mujer de gran imaginación en ese aspecto; hasta las criaturas del bosque
esquivaban su casita.
Pero no encontró ninguna que expresara plenamente sus sentimientos.
-Oh, mierda -dijo al final.
Otra vez había luna llena y, contra lo acostumbrado, las tres brujas llegaron a la piedra
vertical muy temprano. A la piedra le dio tanta vergüenza que corrió a esconderse entre unos
arbustos.
-Mandón no aparece por casa desde hace dos días -dijo Tata Ogg nada más llegar-. No es
propio de él. No lo encuentro por ninguna parte.
-Los gatos se saben cuidar solos -replicó Yaya Cera vieja-. Los países, no. Tengo que
informaros de algo. Enciende el fuego, Magrat.
-¿Mm?
-Que enciendas el fuego.
-¿Mm? Ah. Sí.
Las dos ancianas la observaron moverse soñadora, tropezando con todo. Parecía que
Magrat tenía algo en la cabeza.
-No está como de costumbre -señaló Tata Ogg.
-Sí. Puede ser toda una mejora -asintió Yaya. Se sentó en una roca-. Debería haberlo tenido
encendido antes de que llegáramos. Es su trabajo.
-Tiene buena intención -dijo Tata, contemplando pensativa la espalda de Magrat.
-Yo también tenía buena intención cuando era niña, pero eso no hizo que la lengua de la
Abuela Filtro perdiera filo. Las brujas jóvenes tienen que espabilarse, ya lo sabes. En nuestros
tiempos era más difícil. Mírala, ni siquiera lleva sombrero puntiagudo. ¿Cómo lo va a saber la
gente?
-¿Se puede saber qué te preocupa, Esme? -la interrumpió Tata.
Yaya suspiró.
-Ayer recibí una visita.
-Yo también.
Pese a la preocupación, Yaya se molestó un poco.
-¿De quién? -bufó.
-El alcalde de Lancre y unos cuantos peces gordos de la ciudad. No están nada contentos
con el rey. Quieren un rey en el que puedan confiar.
-Yo no confiaría en un rey en el que confiase un pez gordo -señaló Yaya.
-Sí, pero nadie se beneficia con tanto impuesto, con tanto matar gente. El nuevo sargento
que han puesto es muy aficionado a prender fuego a las casa. El viejo rey Verence también lo
hacía, claro, pero... bueno...
-Ya sé, ya sé, de una manera más personal -asintió Yaya-. Se notaba que lo hacía de
corazón. El pueblo sentía que los valoraba.
-Ese tal Felmet odia el reino -siguió Tata-. Lo dice todo el mundo. Me han contado que,
cuando van a hablar con él, se limita a mirarlos, se ríe, se frota las manos... y tiene un tic en un
ojo.
Yaya se rascó la barbilla.
-El viejo rey gritaba, los echaba a patadas y todo eso. Decía que no tenía tiempo para
tenderos y gentuza semejante -añadió en tono de aprobación.
-Pero siempre lo hacía de manera muy elegante -dijo Tata Ogg-. Y además...
-El reino está preocupado -la interrumpió Yaya.
-Sí, ya lo he dicho.
-No me refiero a la gente, me refiero al reino.
Yaya se lo explicó todo. Tata la interrumpió un par de veces para formular breves preguntas.
En ningún momento se le ocurrió dudar de lo que oía. Yaya Ceravieja jamás se inventaba
nada.
Cuando hubo concluido, dijo:
-Vaya.
-Lo mismo pienso yo.
-Qué cosas.
-Eso mismo.
-¿Y qué hicieron entonces los animales?
-Se marcharon. Eso los había hecho reunirse, y eso los dispersó.
-¿No viste a nadie más?
-No.
-Qué extraño.
-Y tanto.
Tata Ogg contempló el sol poniente.
-No tengo noticia de que haya otros reinos que se comporten así -dijo-. Ya viste el teatro.
Los reyes y esa gente se pasan el día matándose unos a otros. Los reinos se las arreglan
como pueden. ¿Por qué le habrá dado a éste por ofenderse tan de repente?
-Lleva aquí mucho tiempo -replicó Yaya.
-Como todas partes -señaló Tata. Luego añadió con aires de intelectual de toda la vida-:
Todos los lugares están donde están desde que los pusieron ahí. Es cosa de geografía.
-Eso sólo se refiere a la tierra. Con los reinos, no es lo mismo. Un reino está compuesto por
todo tipo de cosas. Ideas. Lealtades. Recuerdos. Todo eso existe a la vez, y crea una especie
de idea viviente. Compuesta por todo lo que está vivo y por lo que esto piensa. Y por lo que
pensó lo que existió antes.
Magrat volvió y encendió la hoguera como si estuviera en trance.
-Ya veo que has meditado mucho sobre el tema -dijo Tata, con cautela-. Y este reino quiere
un rey mejor, ¿es eso?
-¡No! Es decir, sí. Mira... -Se inclinó hacia delante-. No le gustan o le desagradan las
mismas cosas que a la gente, ¿sabes?
Tata Ogg se inclinó hacia detrás.
-Parece lógico -aventuró.
-No le importa si la gente es buena o mala. Ni siquiera creo que lo sepa, igual que tú no
sabes si una hormiga es buena o mala. Pero quiere que el rey lo ame.
-Sí, pero... -Tata titubeó. Le empezaba a dar un poco de miedo el brillo en los ojos de Yaya-.
Hay muchos que han matado a otros para llegar a ser reyes de Lancre. Han cometido
asesinatos de lo más variado.
-¡No importa! ¡No importa! -exclamó Yaya, sacudiendo los brazos. Empezó a contar con los
dedos-. Razones -dijo-: Una, los reyes van por ahí matándose unos a otros porque es cosa del
destino y todo eso, así que no son asesinatos de verdad, y dos, matan por el reino. Eso es lo
más importante. Pero este nuevo sólo quiere el poder. Detesta el reino.
-Claro, es como un perro -asintió Magrat.
Yaya la miró boquiabierta. Luego, su expresión se suavizó.
-Una cosa así -asintió-. A un perro no le importa si su amo es bueno o malo, mientras lo
quiera.
-Ya -dijo Tata-. Y a nadie ni a nada le gusta Felmet. ¿Qué podemos hacer?
-Nada. Ya sabes que no podemos entrometernos.
-Tú salvaste a aquel bebé -señaló Tata.
-¡Aquello no fue una intromisión!
-Como quieras. Pero quizá vuelva un día. Por eso del destino. Y tú dijiste que
escondiéramos la corona. Oye lo que te digo, volverá. Date prisa con el té, Magrat.
-¿Y qué harás con esos peces gordos? -preguntó Yaya.
-Les dije que se las arreglaran solos. Una vez se empieza con la magia, no hay manera de
pararla. Ya lo sabes.
-Claro -asintió Yaya, pero algo pensativa.
-La verdad es que no les hizo mucha gracia. Se marcharon de muy mal humor.
-¿Conocéis al bufón, al que vive en el castillo? -intervino Magrat.
-¿El bajito que bizquea? -preguntó Tata, aliviada al ver que la conversación se centraba en
temas más normales.
-No es tan bajo -replicó Magrat-. ¿Tenéis idea de cómo se llama?
-Lo llaman bufón, y nada más -replicó Yaya-. Eso no es trabajo para un hombre, mira que
andar por ahí con cascabeles...
-Su madre era de Beldame, más allá de Cristal Negro -dijo Tata Ogg, cuyos conocimientos
sobre la genealogía de todo Lancre eran legendarios-. Una belleza, de joven. Rompió más de
un corazón, y tanto que sí. Me enteré de que hubo un par de escándalos. Pero Yaya tiene
razón, un bufón no es más que un bufón.
-¿Por qué quieres saberlo, Magrat? -preguntó Yaya Cera-vieja.
-Oh..., una de las chicas de mi pueblo me lo preguntó -respondió la joven, colorada hasta
las orejas.
Tata carraspeó y sonrió a Yaya Ceravieja, quien bufó sonoramente.
-Es un trabajo seguro -dijo Tata-. Eso te lo puedo garantizar.
-Bah -replicó Yaya-. Un hombre que va haciendo sonar cascabeles todo el día..., no es
marido para nadie.
-Al menos así sabrías..., ella sabría siempre dónde estaba -dijo Tata, que se lo estaba
pasando en grande-. Bastaría con escuchar.
-No se puede confiar en un hombre que lleva un sombrero de picos -insistió Yaya.
Magrat se levantó y recuperó la compostura, aunque dio la impresión de que algunos
fragmentos de ella tenían que recorrer una distancia considerable.
-Sois un par de viejas tontas -dijo con voz tranquila-. Me voy a mi casa.
Y echó a andar sendero abajo, hacia su pueblo, sin añadir ni una palabra.
Las dos brujas se miraron.
-¡Vaya! -dijo Tata.
-Son todos esos libros que leen hoy en día -replicó Yaya-. Les recalientan el cerebro. No le
habrás estado metiendo ideas en la cabeza, ¿verdad?
-¿Qué quieres decir?
-Sabes muy bien lo que quiero decir.
Tata se levantó.
-La verdad, no veo por qué una chica va a tener que quedarse soltera toda la vida sólo
porque a ti te parezca lo correcto -dijo-. Además, si la gente no tuviera hijos, ¿dónde
estaríamos?
-Ninguna de tus hijas es bruja -señaló Yaya, al tiempo que se Ponía en pie.
-Pero podrían haberlo sido -replicó Tata a la defensiva.
-Sí, si las hubieras dejado seguir su camino, en vez de empujarlas a los brazos de los
hombres.
-Son muy guapas. No te puedes interponer en el curso de la naturaleza. Si tú...
-¿Si yo, qué? -preguntó Yaya Ceravieja sin alzar la voz.
Se miraron en silencio asombrado. Ambas sentían la tensión acumularse en ellas,
procedente del suelo mismo: la sensación dolorosa, ardiente, de que habían comenzado algo y
debían acabarlo a cualquier precio.
-Te conocí cuando eras una jovencita -bufó Tata-. Una engreída, sí señor.
-Al menos, yo me pasaba la mayor parte del tiempo de pie -replicó Tata-. Lo tuyo era
repugnante. Todo el mundo lo pensaba.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque el pueblo entero hablaba de ti.
-¡Y de ti! Te llamaban «La Doncella de Hielo», ¿a que lo no sabías? -se burló Tata.
-¡Yo no me ensuciaré la boca diciendo lo que te llamaban a ti! -gritó Yaya.
-Ah, ¿sí? ¡Pues perdona que te diga, guapa...!
-¡No me hables en ese tono! ¡Y no me llames guapa!
-¡De acuerdo, no mentiré!
Hubo otro silencio mientras se miraban, nariz contra nariz, pero en este silencio el volumen
de animosidad era muy superior al del anterior. En el calor de aquel silencio se podía asar un
pavo. No hubo más gritos. Las cosas estaban demasiado mal como para gritar. Ahora las
voces brotaban bajas y cargadas de amenazas.
-No debí hacer caso a Magrat -gruñó Yaya-. Esto del los aquelarres es ridículo. Acude la
gente más indeseable.
-Me alegra que hayamos tenido esta pequeña conversación -siseó Tata Ogg-. Ha despejado
el ambiente.
Bajó la vista.
-Y estás en mi territorio, señora.
-¡Señora!
El trueno retumbó a lo lejos. La tormenta fija de Lancre, tras un viajecito a las colinas, había
regresado a las montañas y pensaba quedarse toda la noche. Los últimos rayos de sol brillaron
débilmente entre las nubes, y gruesas gotas de agua empezaron a repiquetear sobre los
sombreros puntiagudos de las brujas.
-No tengo tiempo para esto -bufó Yaya, temblando de ira-. Tengo que hacer cosas mucho
más importantes.
-Y yo -replicó Tata.
-Buenas noches.
-Lo mismo digo.
Se dieron la espalda y echaron a andar bajo el chaparrón.
La lluvia nocturna tamborileó sobre las ventanas encortinadas de Magrat mientras la joven
repasaba con gesto decidido la colección de libros de la Abuela Whemper. A falta de una
definición mejor, se los podía encasillar en el género de «magia natural».
La anciana había sido muy aficionada a acumular ese tipo de cosas y, por raro que
pareciera, incluso había escrito algo en los libros. Por lo general, a las brujas no les interesa
demasiado la literatura. Pero todos aquellos libros estaban llenos de caligrafía menuda y
meticulosa, detallando los resultados de la magia aplicada sobre diversos pacientes. La Abuela
Whemper había sido una bruja investigadora. [Alguien tenía que hacerlo, ¿no? Está muy bien eso de pedir
un diente de león, pero, ¿cuál? ¿Común, africano, macho, hembra? Además, ¿qué diente? ¿Dará lo mismo un
colmillo? Si se sustituye la clara de huevo, ¿el hechizo a) funcionará, b) fracasará o c) derretirá el fondo del caldero?
En estos asuntos, la curiosidad de la abuela Whemper era enorme e insaciable. Bueno, casi insaciable. Probablemente
quedó saciada durante su último vuelo para comprobar si una escoba sobreviviría si le arrancaban una a una las
cerdas durante el viaje. Según el cuervo que había entrenado como caja negra, la respuesta era no tirarla hacia atrás;
caía formando el nombre buscado. Millones de jovencitas lo habían intentado, y todas sufrían una decepción a menos
que su amado se llamase Scscs. Eso era porque no usaban una Golden poco madura recogida tres minutos antes del
mediodía en el primer día con escarcha del otoño, ni la pelaban con la mano izquierda utilizando un cuchillo de plata
con hoja de menos de cuatro centímetros de ancho. La Abuela había hecho muchos experimentos, y era muy precisa
en aquel punto. Magrat siempre tenía unas cuantas para emergencias, y aquello era una emergencia, sin lugar a
dudas.]
Magrat buscaba hechizos amorosos. Cada vez que cerraba los ojos, veía una figura roja y
amarilla en la oscuridad. Tenía que hacer algo al respecto.
Cerró el libro y consultó las notas que estaba tomando. En primer lugar, tenía que averiguar
el nombre del bufón. Eso se podía hacer con el viejo truco de la piel de manzana. Había que
pelar una manzana, procurando sacar la piel de una pieza, y luego
Respiró hondo y lanzó la piel de manzana por encima de su hombro.
Se dio la vuelta lentamente.
Soy una bruja, se dijo. Esto es sólo un hechizo más. No hay nada que temer. Contrólate
niña. Mujer.
Bajó la vista, y se mordió el dorso de la mano, presa de los nervios y de la vergüenza.
-¿Quién lo habría imaginado? -dijo en voz alta.
Había funcionado.
Volvió a consultar las notas, con el corazón latiéndole a toda velocidad. ¿Qué venía a
continuación? Ah, sí..., recoger semillas de helechos con un pañuelo de seda al amanecer. La
menuda caligrafía de la Abuela Whemper ocupaba dos páginas de instrucciones botánicas
detalladas que, si se seguían cuidadosamente, servirían para fabricar una de esas pócimas
amorosas que hay que guardar en un frasco bien cerrado y dentro de un cubo de hielo.
Magrat abrió la puerta trasera. Los truenos habían cesado, pero ahora la primera luz
grisácea del nuevo día se ahogaba en una llovizna constante. Aún así, seguía siendo un
amanecer, y Magrat estaba decidida.
Las zarzas le arañaban el vestido, la lluvia le pegaba el pelo a la cabeza, pero salió al
bosque húmedo.
Los árboles temblaron, aunque no había brisa.
Tata Ogg también salió temprano. No había podido dormir ni un instante, estaba
preocupada por Mandón. Mandón era una de sus debilidades. Aunque el intelecto le decía que
se trataba de un bicho gordo, astuto, maloliente y violador reincidente, seguía imaginándolo
como el gatito algodonoso que había sido décadas antes. El hecho de que en cierta ocasión
hubiera perseguido a una loba hasta obligarla a subir a un árbol, y en otro hubiera pegado un
buen susto a una osa que buscaba alimento, no hacía que dejara de preocuparse por si le
había pasado algo malo. Todo el reino opinaba que la única cosa capaz de detener aunque
fuera momentáneamente a Mandón era el impacto directo de un meteorito grande.
Ahora, Tata usaba un poco de magia elemental para seguir su pista, aunque cualquiera que
no careciera de olfato lo habría podido hacer por medios naturales. La pista la llevó por las
calles húmedas, hasta las puertas abiertas del castillo.
Hizo un gesto de saludo a los guardias al pasar. A ninguno se le pasó por la cabeza la idea
de detenerla, porque las brujas, al igual que los apicultores y los gorilas, iban a donde les daba
la gana. En cualquier caso, una señora anciana que anduviera por ahí haciendo resonar una
cuchara contra un tazón no parecía la avanzadilla de un ejército invasor.
La vida de un guardia de castillo en Lancre era de lo más aburrido. Uno de ellos, apoyado
en su lanza, vio pasar a Tata y deseó un trabajo más emocionante. Pronto descubriría cuan
equivocado estaba. El otro guardia se irguió y saludó.
-Buenos días, mamá.
-Buenos días, Shawn -saludó Tata, antes de echar a andar por el patio.
Como todas las brujas, Tata Ogg desconfiaba de las puertas delanteras. Dio un rodeo para
entrar por las cocinas. Un par de doncellas la saludaron con respeto, al igual que una criada a
la que Tata Ogg reconoció vagamente como nuera suya, aunque no recordaba su nombre.
Y así fue como, cuando Lord Felmet salió de su dormitorio, vio a una bruja avanzando por el
pasillo en dirección a él. No había duda. Desde la punta del sombrero hasta las botas, era una
bruja. E iba a por él.
Magrat resbaló hasta una de las orillas del riachuelo. Estaba calada hasta los huesos, y
cubierta de lodo. Pensó con amargura que, al leer los hechizos, una siempre imaginaba
soleadas mañanas primaverales. Y se le había olvidado mirar qué maldita clase de malditos
helechos tenía que recoger.
La brisa sacudió una rama, y el agua acumulada en las hojas le cayó encima. Magrat se
apartó el pelo empapado de los ojos y se dejó caer sentada sobre un tronco en el que crecían
setas pálidas y enfermizas.
Al principio le había parecido una idea fenomenal. Había puesto grandes esperanzas en el
aquelarre. Estaba segura de que no era correcto ser una bruja solitaria, a una se le ocurrían
ideas extrañas. Soñaba con discusiones eruditas sobre energías naturales, mientras una gran
luna redonda brillaba en el cielo, y luego quizá bailarían algunas de las antiguas danzas
descritas en los libros de la Abuela Whemper. No desnudas, o con la piel expuesta a la luna,
como decían amablemente los textos, porque Magrat no se engañaba con respecto a su
cuerpo, y las brujas ancianas estaban muy aferradas a sus ropas. Además, tampoco era
absolutamente imprescindible. Los libros decían que las brujas del pasado a veces bailaban
con la muda. Magrat se preguntaba si la muda tenía que ser una bruja, o bastaba con cualquier
pobre chica sin voz.
Pero lo que menos esperaba era encontrarse con un par de viejas cascarrabias que se
negaban a entrar en el espíritu del asunto. Oh, habían sido buenas con el bebé, al menos a su
manera, pero le daba la sensación de que, si una bruja era buena con alguien, siempre lo hacía
por motivos egoístas.
Y, cuando practicaban la magia, hacían que pareciera tan vulgar como fregar los platos. No
llevaban joyas misteriosas. Magrat tenía una gran fe en las joyas misteriosas.
Todo estaba saliendo mal. Decidió volver a casa.
Se levantó, se arrebujó en el vestido empapado, y echó a andar por los bosques cubiertos
de nieblas...
... y oyó el ruido de unas pisadas acercándose a toda prisa. Alguien corría a toda velocidad,
sin importarle que se le oyera, y por encima del ruido de las ramitas al romperse le llegó un
tintineo. Magrat se ocultó tras un arbusto, y escudriñó cautelosa entre las hojas.
Era Shawn, el pequeño de Tata Ogg, y el sonido metálico lo provocaba su cota de mallas,
que le quedaba demasiado grande. Lancre es un reino pobre, y a lo largo de los siglos las
cotas de mallas de los guardias palaciegos pasaban de generación en generación. La que
llevaba Shawn le hacía parecer un sabueso a prueba de balas.
La joven salió al descubierto.
-¿Es usted, señorita Magrat? -preguntó, levantándose el visor que le cubría los ojos, y parte
de la boca-. ¡Se trata de mamá!
-¿Qué le ha pasado?
-¡Él la ha encerrado! ¡Dijo que iba a envenenarle! ¡Y no puedo bajar a las mazmorras a
verla, porque todos los guardias son nuevos! Dicen que la han encadenado... -Shawn frunció el
ceño-. ¡Y eso significa que va a ocurrir algo espantoso! Ya sabe cómo se pone cuando la hacen
enfadar. Esto no acabará así, señorita.
-¿A dónde vas? -preguntó Magrat.
-A buscar a Jason, a Wane, a Darron, a...
-Espera un momento.
-Oh, señorita Magrat, ¿y si intentan torturarla? ¡Ya sabe qué vocabulario tiene cuando se
pone furiosa!
-Estoy pensando.
-Él ha puesto a su guardia personal en las puertas, y todo...
-¿Te quieres callar un momento, Shawn?
-Cuando Jason se entere, al duque le va a caer una buena, señorita. Dice que ya va siendo
hora de que alguien lo ponga en su sitio.
Jason, el hijo de Tata Ogg, era un joven con la constitución de un buey (y, según Magrat,
con un cerebro a juego). Tenía la piel bien dura, pero aún así dudaba de que sobreviviera a una
andanada de flechas.
-No se lo digas aún -ordenó, pensativa-. Quizás haya otro sistema...
-¿Quiere que busque a Yaya Cera vieja, señorita? -preguntó Shawn, dando saltitos de
nerviosismo-. Ella sabrá lo que hay que hacer. Es una bruja.
Magrat se quedó inmóvil. Antes había pensado que estaba furiosa, pero ahora iba en serio.
Estaba empapada, tenía frío y hambre y aquel niñato... Pensó que, hacía pocos días, se habría
echado a llorar en las mismas circunstancias.
-Ooops -susurró Shawn-. Mm..., no quería decir..., oops...
Retrocedió un par de pasos.
-Si por casualidad encuentras a Yaya Ceravieja -dijo Magrat lentamente, en un tono que
habría grabado las palabras en un cristal-, puedes decirle que yo me encargo de todo. Ahora,
lárgate antes de que te convierta en una rana. Total, no notarías la diferencia.
Se dio media vuelta, se recogió las faltas y corrió a toda velocidad hacia su casa.
A Lord Felmet se le daba muy bien ser malévolo.
-¿Qué, estamos cómodos? -dijo.
Tata Ogg meditó un instante.
-¿Quieres decir aparte de los grilletes? -preguntó.
-No me afectan tus maldiciones -replicó el duque-. Desprecio tus viles artes. Serás
torturada, por si te interesa saberlo.
Aquello no pareció surtir el efecto apetecido. Tata contemplaba la mazmorra con vago
interés.
-Y luego te quemaremos -añadió la duquesa.
-Muy bien -asintió Tata.
-¿Muy bien?
-Aquí me estoy muriendo de frío. ¿Qué es esa especie de armario lleno de pinchos?
El duque temblaba de ira.
-Aja -dijo-. Ahora te das cuenta, ¿eh? Eso es una Doncella de Hierro. El último grito. Te...
-¿Puedo probarla?
-Tú súplicas no...
El duque se quedó sin voz. Volvió el tic de su ojo.
La duquesa se inclinó hacia delante, hasta que su rostro rojizo estuvo a milímetros de la
nariz de Tata.
-Te encanta mostrarte indiferente -siseó-, ¡pero pronto te volveremos del revés!
-Sólo tengo un lado.
La duquesa acarició amorosamente una bandeja de instrumentos.
-Ya lo veremos -dijo, cogiendo unas tenazas.
-Y no pienses que vendrá alguien a ayudarte -dijo el duque, que sudaba pese al frío-. Sólo
nosotros tenemos llaves de esta mazmorra. Jajá. Servirás de ejemplo a todos los que han
estado esparciendo rumores maliciosos sobre mí. ¡No intentes alegar que eres inocente! Oigo
voces constantemente, mienten...
La duquesa lo agarró por el brazo.
-Basta -rugió-. Vamos, Leonal. La dejaremos sola un rato para que medite sobre su destino.
-... las caras..., mentiras terribles..., yo no estaba allí, se cayó..., toda la comida llena de
sal... -murmuró el duque, tembloroso.
La puerta se cerró tras ellos. Las cerraduras y cadenas la bloquearon.
Tata se quedó a solas en la penumbra. La titubeante antorcha que colgaba de una pared
sólo conseguía hacer más amenazadora la oscuridad circundante. Las extrañas formas
metálicas, destinadas a probar científicamente la resistencia del cuerpo humano, proyectaban
sombras desagradables. Tata Ogg desentumeció sus músculos encadenados.
-Muy bien -dijo-. Ya te veo. ¿Quién eres?
El rey Verence dio un paso adelante.
-Te vi hacerle muecas -añadió Tata Ogg-. Casi se me escapa la risa.
-No estaba haciendo muecas, eran gestos de desprecio.
Tata entrecerró los ojos.
-Oye, yo te conozco. Estás muerto.
-Yo prefiero la palabra «difunto» -señaló el rey.
-Te haría una reverencia, [Las brujas nunca se inclinan]. pero con estas cadenas... No habrás
visto un gato por aquí, ¿verdad?
-Sí. Está en una habitación del piso de arriba, dormido.
Tata se tranquilizó un poco.
-Ah, entonces no pasa nada. Empezaba ya a preocuparme. -Volvió a examinar la
mazmorra-. ¿Qué es esa cama grande de ahí?
-El potro de tormento -contestó el rey.
Le explicó su utilidad. Tata Ogg asintió.
-Vaya ideas que se le ocurren -señaló.
-Me temo que soy el responsable de tu situación actual -suspiró Verence al tiempo que se
sentaba en un yunque, o al menos a pocos milímetros por encima de él-. Quería hacer que
viniera una bruja.
-Supongo que no podrás abrir unas cuantas cerraduras.
-Lo siento, pero están fuera de mis capacidades. Pero sin duda tú... -El fantasma del rey
movió la mano en un vago gesto que comprendió a Tata, la mazmorra y las cadenas-. Para una
bruja, esto no es más que...
-Hierro sólido -dijo Tata-. Tú puedes atravesarlo, pero yo no.
-No lo sabía -dijo Verence-. Creía que las brujas podían hacer magia.
-Haz el favor de callar, joven -ordenó Tata.
-¡Señora! ¡Que soy un rey!
-También estás muerto, así que no te corresponde tener opiniones. Ahora, calla y espera
como un buen chico.
Contra todos sus instintos, el rey obedeció. No había manera de contradecir a aquel tono de
voz. Le hablaba a través de los años, desde sus días de niño. Sus ecos le decían que, si no se
lo comía todo, iría derechito a la cama.
Tata Ogg sacudió las cadenas. Esperaba que vinieran pronto.
-Eh... -dijo el rey, intranquilo-, creo que te debo una explicación.
-Gracias -dijo Yaya Ceravieja. Como Shawn parecía esperarlo, añadió-: Has hecho muy
bien.
-Sí, señora. ¿Señora?
-¿Qué más?
Shawn retorció una punta de su cota de mallas, avergonzado.
-No es verdad lo que van diciendo de nuestra madre, señora -dijo-. No va por ahí echando
maldiciones a todo el mundo. Excepto a Daviss, el carnicero. Y al viejo Migaja, que le dio una
patada a su gato. Pero no son lo que se dice maldiciones de verdad, ¿no cree, señora?
-Puedes dejar de llamarme señora.
-Sí, señora.
-Eso dicen, ¿eh?
-Sí, señora.
-Bueno, a veces tu madre hace enfadar a la gente.
Shawn daba saltitos, nervioso.
-Sí, señora, pero también dicen cosas terribles de usted cuando no está, señora.
Yaya se puso rígida.
-¿Qué cosas?
-No me gusta repetirlas, señora.
-¿Qué cosas?
Shawn meditó sobre lo que debía hacer. No tenía mucho donde elegir.
-Muchas cosas que no son ciertas, señora -dijo, presentando sus credenciales lo antes
posible-. Todo tipo de cosas. Como que el viejo Verence era un mal rey y usted lo ayudó a
llegar al trono, o que provocó el invierno malo del año pasado, que la vaca del viejo Norbut no
dio leche después de que usted la cuidó. Mentiras, señora -añadió lealmente.
-Ya -dijo yaya.
Cerró la puerta ante el rostro sudoroso del muchacho, meditó un instante y se dirigió hacia
su mecedora.
-Ya -repitió al cabo de un rato.
Más silencio.
-Es una vieja antipática -dijo al final-, pero no podemos permitir que vayan por ahí haciendo
cosas a las brujas. Si te pierden el respeto, no queda nada. No recuerdo haber cuidado de la
vaca del viejo Norbut. ¿Quién es el viejo Norbut?
Se levantó, descolgó el sombrero puntiagudo de su gancho tras la puerta, se miró al espejo
para colocárselo bien, y lo sujetó con buen número de horquillas, que fueron encajando en su
lugar una a una, imparables como la ira de Dios.
Salió de la casa un momento y volvió con su capa de bruja, que usaba como manta para las
cabras enfermas cuando no la estaba utilizando.
En tiempos remotos había sido de terciopelo negro. Ahora era de tejido negro. Se la puso
lenta, deliberadamente, y se la sujetó con un broche de plata.
Ningún samurai, ningún caballero andante, se había vestido jamás con tanta ceremonia.
Por último, Yaya se irguió, admiró su reflejo en el cristal, esbozó una sonrisita de
aprobación, y salió por la puerta trasera.
Su aire amenazador sólo quedó algo mermado por el sonido de las carreras al intentar que
la escoba arrancara.
Magrat también se estaba mirando al espejo.
Había desenterrado del baúl un vestido color verde brillante, diseñado para ser a la vez
revelador y misterioso. Y lo habría sido si Magrat tuviera algo que revelar, o algo que ocultar
con misterio. Le puso un par de lazos en lugares estratégicos para ocultar las deficiencias más
obvias. También había probado un hechizo con su cabello, pero era impermeable a la magia, y
ya empezaba a erizarse por las puntas (antes de las dos del mediodía parecería un diente de
león).
Además, ensayó un maquillaje. No fue lo que se dice un éxito, carecía de práctica.
Empezaba a preguntarse si no se habría pasado con la sombra de ojos.
Su cuello, sus dedos y brazos transportaban suficiente plata como para hacer una vajilla
para seis personas, y se abrigaba con una capa negra ribeteada en seda roja.
Bajo cierta luz, y desde un ángulo cuidadosamente elegido, Magrat no carecía por completo
de atractivos. Es muy discutible que los preparativos previos mejorasen algo su imagen, pero al
menos daban un barniz de confianza a su tembloroso corazón.
Se irguió y dio unos pasitos. Los racimos de amuletos, joyas mágicas y brazaletes
misteriosos tintinearon al unísono en diferentes partes de su cuerpo. Cualquier enemigo notaría
que se le acercaba una bruja, a menos que estuviera ciego. Y sordo.
Se volvió hacia su mesa de trabajo y examinó lo que, con cierta timidez, y nunca en
presencia de Yaya, denominaba «Instrumentos del Arte». Allí estaba el cuchillo de puño blanco
que se usaba para preparar ingredientes mágicos. Y el cuchillo de puño negro utilizado para la
ejecución en sí. Magrat había tallado tantas runas en ambos que en cualquier momento se
partirían por la mitad. Sin duda eran poderosos, pero...
Magrat sacudió la cabeza apenada, fue a la cocina, abrió un armario y sacó el cuchillo del
pan. Algo le decía que, con los tiempos que corrían, un buen cuchillo afilado era el mejor amigo
de una chica.
-Veo, veo, una cosita, con la letrita T -dijo Tata Ogg. El fantasma del rey contempló
desganado la mazmorra. -Tenazas -sugirió.
-No.
-¿Torniquete?
-Bonito nombre. ¿Qué es?
-Sirve para cortar las hemorragias. O la circulación. Mira -señaló el rey.
-No es eso.
-¿Látigo? -propuso a la desesperada.
-Eso empieza por D, y además, si te refieres a ese trasto de ahí, tiene demasiadas colas
para ser un látigo.
El rey de explicó los matices de la cuestión.
-No, desde luego, no era eso.
-¿Gota malaya? -sugirió él.
-Se te dan demasiado bien estos nombres -señaló Tata con tono brusco-. ¿De verdad no
usabas esto cuando estabas vivo?
-Te lo juro, Tata -aseguró el fantasma.
-Los niños que dicen mentiras van al infierno -le advirtió ella.
-Lo digo de verdad, la mayoría los ha traído Lady Felmet -se defendió el rey.
Su situación actual ya le parecía suficientemente precaria, no quería tener que preocuparse
por el infierno.
-Muy bien -dijo Tata, algo calmada-. Era «Tenazas».
-Pero eso ya lo di... -empezó el rey.
Se detuvo justo a tiempo. En toda su vida adulta no había temido a ningún hombre, bestia o
combinación de ambas cosas, pero la voz de Tata le traía viejos recuerdos del colegio y las
institutrices, de una vida bajo las órdenes estrictas de damas severas vestidas con faldas
largas, de comida siempre gris o marrón que entonces parecía indigerible, pero que ahora
consideraría un manjar.
-Gano cinco a cero -anunció Tata alegremente.
-Esos dos volverán pronto -dijo el rey-. ¿Estás segura de que no te pasará nada?
-Si no lo estoy, ¿hasta qué punto puedes servirme de ayuda? -preguntó Tata.
Una llave giró en la cerradura.
Ya había una multitud fuera del castillo cuando la escoba de Yaya descendió insegura hacia
el suelo. Todo el mundo guardó silencio mientras ella avanzaba a zancadas, y le abrieron paso.
Llevaba una cesta de manzanas bajo el brazo.
-Hay una bruja en las mazmorras -le susurró alguien-. ¡Dicen que la van a torturar!
-Tonterías -replicó Yaya-. No puede ser. Supongo que Tata Ogg ha ido a aconsejar al rey, o
algo por el estilo.
-Dicen que Jason Ogg está reuniendo a sus hermanos -dijo el herrero, asombrado.
-Os aconsejo que volváis a vuestras casas -dijo Yaya Cera-vieja-. Seguramente ha habido
un error. Todo el mundo sabe que no se puede retener a una bruja contra su voluntad.
-Esta vez ha ido demasiado lejos -dijo un campesino-. Tanto quemar, tanto impuesto, y
ahora, esto. La culpa la tenéis las brujas. Las cosas tienen que cesar. Conozco mis derechos.
-¿Cuáles son tus derechos? -preguntó Yaya.
-Derecho a que no me quemen la casa, y menos con la cabra dentro. Era una cabra muy
buena.
-Uno que conozca sus derechos como tú, irá muy lejos -dijo Yaya-. Pero, ahora mismo,
debe ir derecho a su casa.
Se dio media vuelta y contempló la verja. Había dos guardias, extremadamente temerosos
Se acercó a uno de ellos y le dirigió una mirada penetrante.
-Soy una inofensiva vendedora de manzanas -dijo con una voz más apropiada para abrir
hostilidades en una guerra de calibre medio-. Déjame pasar, hijito.
La última palabra tenía filos por todas partes.
-Nadie puede entrar en el castillo -dijo uno de los guardias-. Son órdenes del duque.
Yaya se encogió de hombros. El truco de la vendedora de manzanas sólo había funcionado
una vez en toda la historia de la brujería, al menos que ella supiera, pero era tradicional.
-Te conozco, Champett Poldy -dijo-. Te traje al mundo.
Miró a la multitud, que había retrocedido un poco, y se volvió de nuevo hacia el guardia,
cuyo rostro era ya una máscara de pavor. Se inclinó un poco más hacia él.
-Te di el primer cachete que recibiste en este valle de lágrimas -añadió-. Y por todos los
dioses, si no te apartas, te daré el último.
Hubo un suave sonido metálico cuando al hombre se le cayó la lanza de los dedos
temblorosos. Yaya le dio una palmadita tranquilizadora en el hombro.
-No te preocupes, muchacho -dijo-. Anda, toma una manzana.
Dio un paso hacia delante, y una segunda lanza le cortó el paso. Alzó la vista, interesada.
El otro guardia no era nativo de las Montañas, sino un mercenario nacido en la ciudad e
importado para cubrir alguna de las bajas de los últimos años. Su rostro era un mapa de
cicatrices. Algunas de las cicatrices se redistribuyeron para formar algo semejante a una mueca
burlona.
-Así que ésa es la magia de las brujas, ¿eh? -dijo el guardia-. Poca cosa. Quizás asuste a
estos idiotas pueblerinos, mujer, pero no a mí.
-Supongo que hace falta mucho más para asustar a un muchacho tan corpulento y fuerte
como tú -replicó Yaya, tocándose el sombrero.
-Ni lo intentes. -El guardia se irguió y se meció sobre las puntas de los pies-. Hay que ver,
dejarse asustar por una anciana...
-Como prefieras -dijo Yaya, apartando a un lado la lanza.
-Escucha, he dicho... -empezó el guardia.
Agarró a Yaya por el hombro. La mano de la mujer se movió tan deprisa que nadie la vio,
pero de pronto el guardia se agarraba el brazo y gemía.
Yaya volvió a colocarse la horquilla en el sombrero y echó a correr.
-Empezaremos Mostrando el Instrumental -dijo la duquesa.
-Ya lo he visto todo -replicó Tata-. Al menos, todo lo que empieza por P, S, I, R, y T.
-Pues veremos hasta cuándo puedes mantener ese tono indiferente. Enciende el brasero,
Felmet -ordenó la duquesa.
-Enciende el brasero, bufón -ordenó el duque.
El bufón se movió muy despacio. Aquello no lo esperaba. En su plan del día no entraba
torturar a nadie. Hacer daño a una anciana a sangre fría no era plato de su gusto, y hacer daño
a una bruja a sangre de cualquier temperatura no era ni mucho menos un banquete de lujo.
Palabras, dijo. Pero aquello se incluía bajo el epígrafe de palos y piedras.
-No me gusta hacer esto -murmuró entre dientes.
-Bien -dijo Tata Ogg, que tenía un oído excelente-. Recordaré que no te gustaba.
-¿Qué pasa? -preguntó el duque con voz chillona.
-Nada -replicó Tata-. ¿Durará mucho tiempo esto? No he desayunado.
El bufón encendió una cerilla. Hubo una ligerísima turbación en el aire junto a él, y se le
apagó. Dejó escapar una maldición y encendió otra. Esta vez sus manos temblorosas
consiguieron acercarla al brasero antes de que también la segunda cerilla se apagara.
-¿Quieres darte prisa? -ordenó la duquesa, dejando a un lado una bandeja de instrumentos.
-Parece que no quiere encenderse -murmuró el bufón, mientras otra cerilla temblaba si se
apagaba.
El duque le quitó la caja de fósforos de entre los dedos temblorosos, y le dio una bofetada
con una mano llena de anillos.
-¿Es que nadie obedece mis órdenes? -gritó-. ¡Débil! ¡Enclenque! ¡Dame esa caja!
El bufón retrocedió. Alguien a quien no veía le estaba susurrando cosas ininteligibles al
oído.
-¡Sal de aquí! -siseó el duque-. ¡Encárgate de que nadie nos moleste!
El bufón tropezó con el último escalón, se volvió y dirigió a Tata otra mirada suplicante antes
de salir precipitadamente. Hizo una cabriola, por la fuerza de la costumbre.
-El fuego no es estrictamente imprescindible -dijo la duquesa-. Sólo ayuda. Bien, mujer,
¿vas a confesar?
-¿El qué? -preguntó Tata.
-Lo sabe todo el mundo. Traición. Práctica ilegal de la brujería. Dar cobijo a los enemigos
del rey. Robo de la corona.
Un tintineo les hizo bajar la vista. Una daga manchada de sangre se acababa de caer de la
bandeja, como si alguien hubiera intentado cogerla sin tener fuerzas para ello. Tata oyó al
fantasma del rey maldecir entre dientes, o entre lo que deberían ser sus dientes.
-...y esparcir falsos rumores -terminó la duquesa.
-Sal en mi comida... -dijo el duque, mirándose las vendas de la mano.
Seguía teniendo la sensación de que había una cuarta persona en la mazmorra.
-Si confiesas -siguió la duquesa-, solamente serás quemada en la hoguera. Y por favor, no
hagas ningún chiste.
-¿Qué falsos rumores?
El duque cerró los ojos, pero las visiones seguían allí.
-Rumores relativos al accidente del difunto rey Verence -susurró él con voz ronca.
El aire se estremeció de nuevo.
Tata se sentó con la cabeza inclinada hacia un lado, como si escuchara algo que sólo ella
podía oír. Aunque al duque también le parecía oír algo, no exactamente una voz, más bien el
suspiro lejano de la brisa.
-Oh, yo no sé nada falso -dijo-. Se que tú lo apuñalaste, y tú le diste la daga. Fue en la cima
de las escaleras. -Hizo una pausa, escuchó y asintió-. Junto a la armadura de la pica, y tú
dijiste «Si hay que hacerlo, cuanto antes mejor», o algo así, y luego le quitaste la daga al rey,
esa misma que está ahora en el suelo, y...
-¡Mientes! No hubo testigos. Hicimos... ¡No hubo nada de lo que ser testigo! ¡Oí a alguien en
la oscuridad, pero no había nadie! ¡No pudo haber nadie viendo nada! -chilló el duque.
Su esposa le pegó un empujón.
-Cállate, Leonal -dijo-. Creo que entre estas cuatro paredes podemos pasar sin ataques de
histeria.
-¿Quién se lo ha dicho? ¿Se lo has dicho tú?
-¡Cálmate! No se lo ha dicho nadie. ¡Por lo que más quieras es una bruja, ellas adivinan
estas cosas! Tienen el ojo abierto, o algo así.
-El ojo que ve -señaló Tata.
-Del que tú no dispondrás mucho tiempo más, a menos que nos digas quién más lo sabe, y
nos ayudes en otros asuntos -replicó la duquesa en tono sombrío-. Lo harás, créeme. Se me da
muy bien manejar estas cosas.
Tata examinó la mazmorra. Aquello empezaba a estar abarrotado. El rey Verence irradiaba
tal vitalidad airada que era casi visible, e intentaba por todos los medios coger un cuchillo. Pero
tras él había otros..., no exactamente fantasmas, sino formas temblorosas, rotas, implantadas
en la sustancia misma de las paredes a fuerza de puro dolor y terror.
-¡Con mi propia daga! ¡Los muy canallas! ¡Me mataron con mi propia daga! -exclamó el rey
Verence, al tiempo que alzaba los brazos transparentes como implorando al otro mundo en
general que fuera testigo de la humillación definitiva-. Dame fuerzas...
-Sí -dijo Tata-. Vale la pena intentarlo.
-Empecemos -dijo la duquesa.
-¿Qué? -preguntó el guardia.
-HE DICHO -insistió Magrat-, que vengo a vender estas hermosas manzanas. ¿Estás sordo
o qué?
-No han organizado un mercadillo aquí dentro, ¿verdad?
El guardia estaba muy nervioso desde que se habían llevado a su compañero a la
enfermería. No había aceptado aquel empleo para enfrentarse a cosas semejantes.
La luz se hizo en su mente.
-Eres una bruja, ¿verdad? -gimió, asiendo la pica pero sin saber muy bien qué hacer con
ella.
-Claro que no. ¿Tengo cara de bruja?
El guardia miró sus misteriosos brazaletes, su capa ribeteada, sus manos y su rostro
tembloroso. El rostro era lo que más le preocupaba. Magrat se había puesto muchos, muchos
polvos, para parecer más pálida e interesante. Eso, combinado con una máscara de pestañas
aplicada con más bien poca maestría, bastaba para que el guardia tuviera la impresión de estar
viendo dos moscas aplastadas en un bote de azúcar. Descubrió que sus dedos querían hacer
el signo para espantar el mal de sombra de ojo.
-Claro -respondió, inseguro.
Daba vueltas al problema mentalmente. Era una bruja. Últimamente, se decía a menudo
que las brujas eran perjudiciales para la salud. Le habían dicho que no dejara pasar a ninguna
bruja, pero nadie le habló de vendedoras de manzanas. Las vendedoras de manzanas podían
pasar. Ella decía que era una vendedora de manzanas, y el guardia no era quién para dudar de
la palabra de una bruja.
Satisfecho por aquella demostración de lógica aplicada, se apartó a un lado e hizo una
amplia reverencia.
-Pasa, vendedora de manzanas -dijo.
-Gracias -respondió Magrat con dulzura-. ¿Quieres una manzana?
-No, gracias. No me he terminado la que me dio la otra bruja. -Se mordió la lengua-. No. No
era una bruja. No era una bruja, era una vendedora de manzanas. Me lo dijo ella, y parecía
muy segura.
-¿Cuánto hace de eso?
-Unos minutos...
Yaya Ceravieja no se había perdido. No era de esas personas que se pierden. Lo que
pasaba era que, en aquel momento, aunque sabía muy bien dónde se encontraba, no conocía
la ubicación del resto de las cosas. En realidad, había llegado otra vez a la cocina, provocando
un ataque de nervios al cocinero, que estaba intentando asar un tazón de cereales. El hecho de
que varias personas hubieran intentado comprarle manzanas no mejoraba en absoluto el
humor de Yaya.
Magrat en cambio había llegado a la Sala Principal, que en aquel momento se encontraba
vacía y desierta, a excepción de dos guardias que jugaban a los dados. Llevaban los tabardos
de la guardia personal de Felmet, y dejaron de jugar en cuanto ella apareció.
-Vaya, vaya -dijo uno, burlón-. Ven a hacernos compañía, preciosa. [Nadie sabe por qué los
hombres dicen cosas así. En cualquier momento dirá también que le gustan las chicas duras.]
-Estaba buscando las mazmorras -dijo Magrat, para quien las palabras «acoso sexual» no
eran más que una colección de silabas.
-Estupendo -asintió uno de los guardias, guiñando el ojo al otro-. Creo que te podemos
ayudar.
Los dos se levantaron y se pusieron a ambos lados de la joven. Ella sólo vio dos barbillas en
las que se podía encender una cerilla, acompañadas de un terrible hedor a cerveza rancia. Los
gritos frenéticos de una parte desentrenada de su mente empezaron a minar su convicción
férrea de que sólo a la gente mala le pasan cosas malas.
La escoltaron mientras bajaban varios tramos de escaleras, en un laberinto de humedad,
pasadizos en forma de arco. Magrat buscaba desesperadamente alguna manera educada de
librarse de ellos.
-Debo avisaros de algo -dijo-. Pese a las apariencias, no soy una simple vendedora de
manzanas.
-Estupendo.
-La verdad es que soy una bruja.
Aquello no causó la impresión esperada. Los guardias intercambiaron miradas.
-Qué bien -dijo uno-. Siempre me he preguntado cómo sería besar a una bruja; la gente dice
que te conviertes en rana.
El otro guardia le dio un codazo.
-Entonces -dijo, con el tono agudo y lento de quien cree que va a decir algo increíblemente
divertido-, supongo que besaste a una hace años.
La breve carcajada se vio repentinamente interrumpida cuando lanzaron a Magrat contra
una pared, y la obsequiaron con un primer plano de las fosas nasales del guardia.
-Ahora, escucha bien, corazón -dijo el hombre-. No eres la primera bruja que traemos aquí,
si es que eres una bruja, pero puede que tengas suerte y vuelvas a salir. Si eres amable con
nosotros, ¿entiendes?
Un grito agudo resonó cerca de ellos.
-¿Oyes? -siguió el guardia-. Eso era una bruja que lo está pasando mal. Haznos un favor a
todos, ¿vale? La verdad, tienes suerte de haber tropezado con nosotros.
Su mano indagadora se detuvo un instante.
-¿Qué es esto? -preguntó a la pálida Magrat-. ¿Un cuchillo? ¿Un cuchillo? Me parece que
nos lo tenemos que tomar muy en serio, ¿no es verdad, Hron?
-Tienes que atarle las manos y amordazarla -dijo Hron apresuradamente-. No pueden hacer
magia si no les es posible hablar o mover las manos...
-¡Dejadla en paz!
Los tres alzaron la vista hacia el bufón. Éste tintineaba de rabia.
-¡Soltadla ahora mismo! -gritó-. ¡Si no, os denunciaré!
-Vaya, nos vas a denunciar, ¿eh? -rió Hron-. ¿Y quién te va a creer, enano ridículo?
-Hemos cogido a una bruja -dijo el otro guardia-. Así que vete a hacer sonar los cascabeles
a otra parte. -Se volvió a Magrat-. Me gustan las chicas duras -añadió, aunque luego cambiaría
de opinión.
El bufón avanzó con la decisión de los terminalmente furiosos.
-Os he dicho que la dejéis en paz -repitió.
Hron desenfundó la espada y guiñó un ojo a su compañero.
Magrat atacó. Fue un golpe no planeado, instintivo, con un impulso considerablemente
incrementado por el peso de los anillos y los brazaletes; su brazo describió un arco que
conectó con la mandíbula del soldado y le hizo girar dos veces sobre sí mismo antes de caer
con un ligero suspiro y, de paso, con varios símbolos mágicos grabados en la mejilla.
Hron miró a su compañero, y luego a Magrat. Alzó la espada aproximadamente en el mismo
momento en que el bufón se lanzaba como una bala contra él, y los dos hombres cayeron en
un caos de brazos y piernas. Como la mayor parte de los bajitos, el bufón confiaba en el
impulso de rabia inicial para conseguir una ventaja, y luego se encontraba perdido. Las cosas
le habrían ido muy mal si Hron no se hubiera dado cuenta de que un cuchillo de cocina le
presionaba la garganta.
-Suéltalo -ordenó Magrat, apartándose el pelo de los ojos.
El guardia se puso rígido.
-Te estarás preguntando si voy a cortarte la garganta de verdad -jadeó Magrat-. Yo tampoco
lo sé. Imagina cuánto nos divertiremos averiguándolo juntos.
Estiró el otro brazo y levantó al bufón por el cuello de la camisa.
-¿De dónde vino ese grito? -preguntó sin apartar la vista del guardia.
-De ahí abajo. La tienen en la cámara de torturas, no me gusta, esto va demasiado lejos, no
pude entrar, y vine a buscar a alguien...
-Bueno, me has encontrado a mí -dijo Magrat. Miró al guardia-. Tú te quedas aquí. O te vas
corriendo, me da igual. El caso es que no nos sigas.
El hombre asintió y los vio alejarse a toda velocidad pasillo abajo.
-La puerta está cerrada -dijo el bufón-. Dentro hay mucho ruido, pero la puerta está cerrada.
-Bueno, es una mazmorra, ¿no?
-¡Las mazmorras no suelen estar cerradas desde dentro!
Aquello era irrebatible. Al otro lado sólo se oía el silencio..., un silencio ajetreado, espeso,
que reptaba por las hendiduras y se derramaba por el pasillo, uno de esos silencios que son
peores que cualquier grito.
El bufón temblaba de nervios mientras Magrat tanteaba la superficie áspera de la puerta.
-¿De verdad eres una bruja? -preguntó-. Dijeron que eras una bruja, ¿lo eres? No lo
pareces, eres muy..., es decir... -Se puso colorado-. No eres vieja, ni tienes verrugas, eres
preciosa...
Afortunadamente, se quedó sin voz.
Tengo un control absoluto sobre la situación, se dijo Magrat. Nunca pensé que pudiera ser
así, pero estoy pensando con toda claridad.
Y se dio cuenta, con toda claridad, de que el relleno del pecho se le había resbalado hasta
la cintura, sentía la cabeza como si toda una bandada de pájaros sucios hubiera anidado en
ella, y la máscara de pestañas no se le había corrido, más bien había escapado a toda
velocidad. Tenía el vestido desgarrado por varios sitios, las piernas llenas de arañazos, los
brazos llenos de magulladuras, y sin razón concreta se sentía en la cima del mundo.
-Será mejor que te apartes, Verence -dijo-. No sé cómo funcionará esto.
El bufón se atragantó.
-¿Cómo has sabido mi nombre?
Magrat pasó la mano por la puerta. El roble era viejo, tenía siglos, pero la bruja aún captaba
un poco de savia bajo la superficie pulida por los años hasta transformarla en algo casi tan duro
como la piedra. En circunstancias normales, lo que iba a intentar requería un día entero de
preparativos y un saco de ingredientes exóticos. Al menos, eso había pensado siempre. Ahora
se sentía dispuesta a ponerlo en duda. Si se podían conjurar demonios en un lavadero, se
podía hacer cualquier cosa.
Se dio cuenta de que el bufón había dicho algo.
-Oh, supongo que me lo habrá comentado alguien -respondió con vaguedad.
-No creo, nunca uso mi nombre -replicó el bufón-. No es muy popular, ahora que manda el
duque. Fue cosa de mi madre, ¿sabes? Le gustaba poner a sus hijos nombres de reyes. Mi
abuelo dijo que era una tontería, claro...
Magrat asintió. Estaba examinando el túnel húmedo con mirada profesional.
No era un lugar nada prometedor. Las viejas tablas de roble llevaban años en aquella
oscuridad, apartadas del reloj de las estaciones.
Por otra parte... Yaya había dicho que, en cierto modo, todos los árboles eran un árbol, o
algo por el estilo. Magrat creía comprenderlo, aunque no sabía exactamente qué significaba. Y
allí arriba era primavera. El fantasma de vida que aún había en la madera debía saberlo. Y, si
se le había olvidado, ella debía recordárselo.
Apoyó las palmas de las manos en la puerta una vez más, y cerró los ojos, tratando de que
su mente atravesara la piedra, saliera del castillo y se adentrara en la fina tierra negra de las
montañas, en el aire, en la luz del sol...
El bufón sólo veía a Magrat muy quieta. A la joven se le estaba poniendo el pelo de punta
poco a poco, y había un olor a hojas húmedas.
Y entonces, sin previo aviso, el martillo que puede hacer que una frágil seta atraviese
quince centímetros de cemento, o que una anguila atraviese miles de millas de océano hostil
hasta llegar a una charca concreta tierra adentro, la recorrió y sacudió la puerta.
Magrat retrocedió con cautela, algo atontada, luchando contra el deseo irresistible de
enterrar los pies en el suelo y permitir que le brotaran hojas. El bufón la cogió, y el esfuerzo
casi lo derribó a él también.
Magrat temblaba contra el cuerpo tintineante. Se sentía victoriosa. ¡Lo había logrado! ¡Y sin
ayuda artificial! Ojalá la hubieran visto las otras...
-No te acerques a la puerta -murmuró-. Creo que..., que se me ha ido la mano.
El bufón aún sostenía su cuerpo anguloso entre sus brazos, y estaba demasiado
emocionado como para decir palabra. Aun así, Magrat no se quedó sin respuesta.
-Sospecho que sí -dijo Yaya Ceravieja, saliendo de entre las sombras-. A mí no se me
habría ocurrido.
Magrat la miró.
-¿Has estado ahí todo el tiempo?
-Sólo unos minutos. -Yaya observó la puerta-. Buena técnica -dijo-, pero la madera es muy
vieja. Incluso ha sufrido un incendio, por lo que parece. Hay demasiados clavos de hierro. No
creo que funcione. Yo en tu lugar hubiera probado con las piedras, pero...
La interrumpió un suave «pop».
Sonó otro, y luego toda una larga serie, como si alguien estuviera haciendo palomitas.
Tras ellos, la puerta empezaba a cubrirse de hojas.
Yaya la miró unos segundos y luego se encontró con la mirada aterrada de Magrat.
-¡Corred! -gritó.
Entre las dos, agarraron al bufón, y corrieron a esconderse en un recodo del pasadizo.
La puerta emitió un crujido de advertencia. Varios de sus tablones se retorcieron en una
agonía vegetal, hubo una lluvia de astillas duras como la roca, los clavos salieron disparados
como espinas y fueron a estrellarse contra la pared. El bufón se agachó cuando parte de la
cerradura pasó silbando sobre su cabeza y chocó contra el muro opuesto.
De la parte baja de los tablones brotaron raíces blancas que se deslizaron por el suelo en
busca de la ranura más cercana donde enterrarse. En los nudos de la madera brotaban ramas
que chocaban contra el dintel de piedra y lo derruían. Y no dejaba de sonar un gemido grave, el
sonido de las células de la madera tratando de contener el chorro de vida pura que bombeaba
a través de ellas.
-Yo en tu lugar -dijo Yaya Ceravieja al tiempo que parte del techo se derrumbaba al otro
lado del pasillo-, no lo habría hecho así. No es que me parezca mal, claro -se apresuró a añadir
al ver que Magrat abría la boca-. No es mal trabajo. Pero quizá te hayas excedido un poquito.
-Disculpad -intervino el bufón.
-No sé hacer las rocas -señaló Magrat.
-No, claro, las rocas son difíciles, hay que practicar...
-Disculpad.
Las dos brujas lo miraron, y el hombrecillo retrocedió.
-¿No teníais que rescatar a alguien? -dijo.
-Oh -asintió Yaya-. Sí. Vamos, Magrat. A ver qué ha armado Tata esta vez.
-Hubo gritos -dijo el bufón, que tenía la sensación de que no se lo estaban tomando
suficientemente en serio.
-Por supuesto -bufó Yaya, apartándolo a un lado y avanzando sobre las raíces-. Si alguien
me encerrara a mí en una mazmorra, también habría gritos.
Había mucho polvo en la mazmorra, y gracias al aura de luz que rodeaba la solitaria
antorcha, Magrat distinguió dos figuras acurrucadas en el rincón más lejano. La mayor parte de
los muebles estaban volcados y dispersos por el suelo. No parecían diseñados para ser el
último grito en comodidad. Tata Ogg estaba sentada, bastante tranquila pese a los grilletes.
-Ya era hora -señaló-. ¿Queréis quitarme esto? Empiezo a estar entumecida.
Y también había una daga.
Giraba suavemente en el centro de la habitación, centelleando cada vez que la hoja
reflejaba la luz.
-¡Con mi propia daga! -gritó el fantasma del rey, con una voz que sólo las brujas podían oír-.
¡Y en todo este tiempo, yo sin saberlo! ¡Mi propia daga! ¡Los muy canallas me asesinaron con
mi propia daga!
Dio otro paso hacia la real pareja, blandiendo el puñal. Un gemido huyó a toda velocidad de
los labios del duque.
-Lo hace bien, ¿verdad? -dijo Tata mientras Magrat la liberaba.
-¿No es ése el viejo rey? ¿Lo pueden ver ellos?
-Me parece que no.
El rey Verence se tambaleaba un poco bajo el peso. Era demasiado viejo para tanta
actividad sobrenatural.
-Si pudiera agarrar bien esto..., oh, rayos -dijo.
El cuchillo se resbaló de la tenue mano del fantasma, y cayó al suelo. Yaya Ceravieja se
adelantó rápidamente y lo pisó.
-Los muertos no deben matar a los vivos -señaló-. Se crearía un comosellame, un
precedente, muy peligroso. Para empezar, nos superarían en número.
La duquesa fue la primera en superar el terror. Los cuchillos habían volado por los aires, las
puertas habían reventado, y ahora aquellas mujeres la desafiaban en sus propias mazmorras.
No sabía muy bien cómo reaccionar ante las cuestiones sobrenaturales, pero tenía las ideas
muy claras con respecto a lo tercero.
Su boca se abrió como la puerta a un infierno rojo.
-¡Guardias! -gritó. Vio al bufón junto a la puerta-. ¡Bufón! ¡Llama a la guardia!
-Todos están ocupados. Y ya nos íbamos -dijo Yaya-. ¿Cuál de vosotros es el duque?
Desde su rincón, Felmet alzó hacia ella unos ojos desencajados. Un hilillo de saliva le caía
por una comisura de la boca, y reía entre dientes.
Yaya le miró de cerca. En el centro de aquellos ojos enrojecidos, algo le devolvió la mirada.
-No te diré por qué -dijo la bruja, con toda tranquilidad-. Pero será mucho mejor que
abandones este país. Abdica, o algo así.
-¿En favor de quién? -replicó la duquesa con voz gélida-. ¿De una bruja?
-No lo haré -dijo el duque.
-¿Qué?
El duque se levantó, se sacudió el polvo de la ropa y miró fijamente a Yaya. La frialdad en el
centro de sus ojos había crecido.
-He dicho que no lo haré -repitió-. ¿Crees que me puedes asustar con unos pocos conjuros?
Soy rey por derecho de conquista, y eso no lo puedes cambiar. Así de fácil, bruja.
Se acercó aún más.
Yaya lo miró. Jamás se había enfrentado a nada semejante. El hombre estaba loco, de eso
no cabía duda, pero en el corazón de su locura había una cordura fría y terrible, un centro de
puro hielo interestelar en medio del horno. Lo había creído débil, escudado tras una débil capa
de fuerza, pero no era tan sencillo. En algún lugar de lo más profundo de su mente, más allá
del horizonte de racionalidad, la presión de la locura había martilleado su demencia hasta darle
la dureza de un diamante.
-Si me derrotáis con magia, la magia reinará -dijo el duque-.
Y eso no es posible. Cualquier rey proclamado con vuestra ayuda estará sometido a
vosotras. La magia destruye todo aquello que domina. Vosotras también seríais destruidas, lo
sabéis. Ja. Ja.
Cuando el hombre se le acercó más, a Yaya se le pusieron los nudillos blancos.
-Podríais derrocarme ahora -dijo-. Y quizás encontraríais a alguien para sustituirme. Pero
tendría que ser un imbécil, porque se sabría siempre vigilado por vosotras. Si hacía algo que no
os gustara, perdería la vida al instante. Podríais alegar que no, pero él sabría que reinaba con
vuestro permiso. Y no sería un auténtico rey, ¿verdad?
Yaya apartó la vista. Las otras brujas retrocedieron, preparadas a esquivar lo que fuera.
-Te he hecho una pregunta.
-Sí-dijo Yaya-. Es verdad...
-Sí.
-... pero hay alguien que puede derrotarte -dijo Yaya, marcando bien cada palabra.
-¿El niño? Deja que venga cuando se haga mayor. Un joven armado con su espada, a la
búsqueda de un destino -se burló el duque-. Muy romántico. Pero tengo muchos años para
prepararme. Dejad que lo intente.
Junto a él, el puño del rey Verence salió disparado, pero no conectó con mandíbula alguna.
El duque se inclinó aún más hacia delante, hasta que su nariz estuvo a un centímetro de la
de Yaya.
-Volved a vuestros calderos, hermanas de escoba -dijo suavemente.
Yaya Ceravieja recorrió los pasillos del Castillo Lancre como un enorme murciélago furioso,
mientras la risa del duque le resonaba en los oídos.
-Podrías haber hecho que le salieran golondrinos, o algo así -dijo Tata Ogg-. Las
hemorroides también son estupendas. Eso no está prohibido. No le impediría reinar,
simplemente tendría que reinar de pie. Y además, nos reiríamos. Almorranas, jeje.
Yaya Ceravieja no dijo nada. Si la furia fuera caliente, su sombrero estaría ardiendo.
-Aunque claro, igual empeorábamos las cosas -siguió Tata, que tenía que correr para
mantenerse a su ritmo-. Igual que el dolor de muelas. -Miró de reojo hacia los rasgos
contraídos de Yaya-. No tenías que haberte preocupado -añadió-. No me hicieron nada. Pero
gracias.
-No me preocupabas tú, Gytha Ogg -bufó Yaya-. Sólo vine porque Magrat estaba
preocupada. Siempre he dicho que, si una bruja no sabe cuidarse sola, no tiene derecho a ser
una bruja.
-Magrat lo hizo muy bien con la madera, ¿eh?
Pese a la ira, Yaya Ceravieja se permitió asentir.
-Está mejorando -dijo. Miró a derecha e izquierda, y se acercó a la oreja de Tata Ogg-. No le
daré el placer de decírselo -dijo-, pero ese canalla nos ha derrotado.
-Bueno, aún no -señaló Tata-. Mi Jason y unos cuantos muchachos más vendrán...
-Ya has visto a algunos de los guardias. No son como los de antes. Éstos son duros.
-Podríamos echar una mano a los chicos...
-No funcionaría. La gente tiene que arreglar estas cosas por su cuenta.
-Si tú lo dices, Esme... -concedió Tata, todo mieles.
-Lo digo. La magia es para dominarla, no para que domine.
Tata asintió y entonces, recordando una promesa, se agachó y recogió una piedrecilla del
techo derrumbado del túnel.
-Ya creí que se te olvidaba -dijo el fantasma del rey junto a su oído.
En el mismo pasillo, el bufón corría tras Magrat.
-¿Puedo volver a verte? -preguntó.
-Bueno..., no sé -respondió la joven, cuyo corazón cantaba.
-¿Qué tal esta noche?
-Oh, no -dijo Magrat-. Esta noche estoy muy ocupada.
Sus planes consistían en beber un vaso de leche caliente y leer las anotaciones de la
Abuela Whemper sobre astrología experimental, pero el instinto le decía que cualquier
pretendiente necesitaba tener que salvar algún obstáculo para interesarse aún más.
-¿Y mañana por la noche? -insistió el bufón.
-Creo que tengo que lavarme el pelo.
-Puedo conseguir que me den libre la noche del viernes.
-Es que, de noche, trabajamos mucho...
Magrat titubeó. Quizá su instinto estuviera equivocado.
-Bueno... -dijo.
-A las dos. ¿En el prado que hay junto a la charca?
-Bueno...
-Entonces, te veré allí. ¿De acuerdo? -suplicó el bufón, desesperado.
-¡Bufón!
La voz de la duquesa resonó en el pasillo, y una expresión de terror recorrió el rostro del
hombrecito.
-Tengo que irme -dijo apresuradamente-. En el prado, ¿vale? Me pondré algo para que me
reconozcas, ¿de acuerdo?
-De acuerdo -repitió Magrat, hipnotizada por la fuerza de su insistencia.
Se volvió y echó a correr tras las otras brujas.
Fuera del castillo se había armado un auténtico caos. La multitud que presenciara la llegada
de Yaya había crecido considerablemente y entraba por la puerta, ahora sin vigilancia. Las
revueltas eran una novedad en Lancre, pero sus habitantes ya habían dominado algunas de las
manifestaciones más elementales, y blandían rastrillos y horcas en sencillos movimientos
arriba-abajo, al tiempo que hacían muecas y gritaban « ¡Grrr!», aunque algunos ciudadanos
que no habían captado bien la idea hacían ondear banderitas y lanzaban aclamaciones. Los
estudiantes más espabilados buscaban ya con la vista los edificios más combustibles. Varios
vendedores de empanadas y perritos calientes, aparecidos de la nada, [Siempre sucede lo mismo, en
todas partes. Nadie los ve llegar. La explicación lógica es que la franquicia incluye el carrito, el gorro de papel y la
máquina a gas.] estaban haciéndose ricos. Pronto alguien empezaría a tirar algo.
Las tres brujas se detuvieron en la cima de las escaleras que descendían hasta el patio, y
observaron el mar de rostros airados.
-Ahí está mi Jason -dijo Tata alegremente-. Y Wane y Darron y Kev y Trev y Nev...
-Recordaré sus rostros -dijo Lord Felmet, apareciendo entre ellas y poniéndoles las manos
en los hombros-. ¿Y vosotras, veis a mis arqueros en los muros?
-Sí -respondió Yaya, sombría.
-Entonces, sonreíd y saludad -ordenó el duque-. Para que la gente sepa que todo va bien.
Al fin y al cabo, ¿no habéis venido a verme por asuntos de estado?
Se inclinó más hacia Tata.
-Sí, podrías hacer cien cosas diferentes -dijo-. Pero al final, todas acaban igual. -Se irguió-.
Me considero una persona razonable -añadió con tono alegre-. Quizá, si convences a la gente
para que se tranquilice, me plantee la idea de moderar mi manera de reinar. Aunque no
prometo nada, claro.
Yaya no respondió.
-Sonríe y saluda -ordenó de nuevo el duque.
Yaya alzó una mano con un vago movimiento, y esbozó un breve rictus que no tenía nada
de humorístico. Lanzó un gruñido y dio un codazo a Tata Ogg, que agitaba los brazos como
una loca.
-No tienes por qué poner tanto entusiasmo -siseó.
-Pero es que ahí están mi Reet, y mi Sharleen, que han venido con sus chiquitines -replicó
Tata-. ¡Eeeeeh!
-¿Te quieres callar, vieja tonta? -le espetó Yaya-. ¡Haz el favor de controlarte!
-Bien hecho, bien hecho -sonrió el duque.
Alzó las manos. Mejor dicho, la mano. La otra aún le dolía. La noche anterior había probado
con un cepillo de carpintero, pero sin lograr nada.
-¡Pueblo de Lancre! -exclamó-. ¡No temáis! Soy vuestro amigo. ¡Yo os protegeré de las
brujas! ¡Han accedido a dejaros en paz!
Yaya lo miró mientras hablaba. Es uno de esos maníacos depresivos, se dijo. Suben y bajan
constantemente. En un momento te mata, al siguiente te pregunta cómo te encuentras.
Se dio cuenta de que el duque la miraba expectante.
-¿Qué?
-He dicho que ahora la respetada Yaya Ceravieja dirá unas palabritas, jajá -respondió.
-¿Eso has dicho?
-¡Sí!
-Esta vez has ido demasiado lejos.
-¡Qué va, qué va! -rió el duque.
Yaya se volvió hacia la multitud expectante, que guardó silencio.
-Marchaos a casa -dijo.
Más silencio.
-¿Eso es todo? -preguntó el duque.
-Sí.
-¿Y dónde están las promesas de lealtad eterna?
-Eso, ¿dónde están? ¡Deja de saludar a la gente, Gytha!
-Perdona.
-Nosotras también nos vamos -zanjó Yaya.
-Ahora que empezábamos a conocernos... -suspiró el duque.
-Vamos, Gytha -siguió Yaya con voz de hielo-. ¿A dónde ha ido Magrat?
La joven alzó la vista con gesto culpable. Había estado inmersa en una conversación con el
bufón, aunque era una de esas conversaciones en que ambas partes se pasan mucho tiempo
mirándose los pies y contándose las uñas. El noventa por ciento del amor consiste en una
timidez insuperable.
-Nos vamos -repitió Yaya.
-Entonces, el viernes por la noche -siseó el bufón.
-Bueno, si puedo... -respondió Magrat.
Tata Ogg se echó a reír.
Y así, Yaya Ceravieja bajó por las escaleras y pasó entre la multitud, mientras las otras dos
la seguían corriendo. Varios guardias sonrientes cruzaron una mirada con ella, y desearon no
haberlo hecho, pero entre la gente, aquí y allá, sonaron algunas risitas apenas contenidas. Las
brujas salieron por la puerta de la muralla, cruzaron el puente y atravesaron la ciudad. Cuando
Yaya caminaba deprisa, los demás tenían que correr para alcanzarla.
Tras ellas, el duque, que había llegado a la cumbre más alta de la demencia y descendía a
toda velocidad hacia el pozo de la desesperación, reía.
-Ja. Ja.
Yaya no se detuvo hasta que no se encontró fuera de la ciudad, bajo los acogedores
árboles frondosos del bosque. Salió del camino, se sentó en un tronco y enterró el rostro entre
las manos.
Las otras dos se acercaron a ella con cautela. Magrat le dio unas palmaditas en la espalda.
-No desesperes -dijo-. Las dos pensamos que manejaste la situación muy bien.
-No estoy desesperando, estoy pensando -replicó Yaya-. Apártate.
Tata Ogg miró a Magrat y arqueó las cejas en gesto de advertencia. Ambas se retiraron a
una distancia aceptable, aunque cuando Yaya tenía aquel estado de ánimo el universo más
próximo no era del todo seguro, y se sentaron en una piedra cubierta de musgo.
-¿Estás bien? -se interesó Magrat-. No te hicieron nada, ¿verdad?
-No me pusieron ni un dedo encima -bufó Tata-. No son auténticos reyes -añadió-. El viejo
rey Gruneweld, por ejemplo, no hubiera perdido el tiempo enseñando los cacharros esos y
amenazando a la gente. Latigazos, astillas bajo las uñas y hierros al rojo desde el principio.
Nada de zarandajas. Nada de risas malévolas, y esas bobadas. Era un auténtico rey.
-Oí que te amenazaba con quemarte.
-Bah, no se lo hubiera permitido, hasta ahí podríamos llegar. He visto que tienes un
pretendiente -dijo Tata.
-¿Cómo?
-El joven de los cascabeles. El que tiene cara de perro apaleado.
-Ah, ése. -Magrat enrojeció como un tomate bajo el maquillaje-. Bah, no es nadie. Es que
me sigue...
-Sí, son una molestia -rió Tata.
-Además, es tan bajo... y va dando saltitos.
-No lo has mirado muy bien, ¿eh? -señaló la anciana bruja.
-¿Qué?
-Que no lo has mirado bien. Ese bufón es un hombre muy listo. Seguro que podría llegar a
actor.
-¿Qué quieres decir?
-La próxima vez que lo veas, míralo con ojos de bruja, no con ojos de mujer -dijo Tata al
tiempo que daba un codazo de complicidad a Magrat-. Hiciste un buen trabajo con la puerta -
añadió-. Estás aprendiendo mucho. Espero que le dijeras lo de Mandón.
-Ah, sí. Me aseguró que lo soltaría enseguida, Tata.
Yaya Ceravieja lanzó un bufido.
-¿Oísteis las risitas entre la multitud? -dijo-. ¡Alguien se rió!
Tata Ogg fue a sentarse junto a ella.
-Y uno o dos nos señalaron -asintió-. Lo vi.
-¡No podemos consentirlo!
Magrat se sentó en el otro extremo del tronco.
-Hay otras brujas -dijo-. Hay muchas brujas en las Montañas del Carnero. Quizá podrían
ayudarnos.
Las otras dos la miraron, dolorosamente sorprendidas.
-No creo que haya que llegar tan lejos -replicó Yaya-. Pedir ayuda.
-Muy mala costumbre -asintió Tata Ogg.
-Pero si pedimos a un demonio que nos ayudara -se quejó Magrat.
-En absoluto -dijo Yaya.
-Jamás hemos hecho tal cosa.
-Le ordenamos que colaborara con nosotras.
-Exacto.
Yaya Ceravieja estiró las piernas y se miró las botas. Eran unas botas buenas, bien fuertes
y resistentes.
-Por ejemplo, está esa bruja que vive de camino a Skund -dijo-. La hermana Nosequé, su
hijo se hizo marinero..., ya sabes a quién me refiero, Gytha, la que te mira por encima del
hombro y pone un pañito en la silla antes de que te sientes...
-Grodley -dijo Tata Ogg-. La que levanta el dedo meñique al beber el té y siempre arrastra
las erres.
-Esa misma. No me he rrrebajado a hablarrr con ella desde aquel asunto de las hierrrbas,
como rrrecorrrdarrrás. Le encan-tarrría venirrr a meterrr las narrrices, a decirrrrnos cómo
tenemos que hacerlo todo. Ayuda. Menuda cosa. Estaríamos buenas si nos pasáramos el día
por ahí ayudando.
-Sí, y en Skund los árboles te hablan y caminan por la noche -asintió Tata-. Sin siquiera
pedir permiso. Están muy mal organizados.
-¿No están tan bien organizados como nosotras? -preguntó Magrat con toda la mala
intención.
Yaya se levantó, decidida.
-Me voy a casa -dijo.
Hay miles de razones por las que la magia no domina el mundo. Se llaman «magos» y
«brujas», reflexionó Magrat mientras seguía a las otras dos por el camino.
Seguramente era alguna maravillosa defensa de la naturaleza para protegerse. Se
encargaba de que cualquier persona con talento para la magia estuviera tan dispuesta a
cooperar como una osa con dolor de muelas, de manera que todo el peligroso poder se
dispersaba sin riesgos en rivalidades y enfrentamientos personales. Había diferencias en el
estilo, claro. Los magos se asesinaban unos a otros en pasillos llenos de corrientes, las brujas
en cambio se limitaban a ponerse verdes en la calle. Todos eran tan ególatras como peonzas.
Incluso cuando se ayudaban, en secreto lo hacían por razones egoístas. Niños creciditos, eso
es lo que eran.
Excepto yo, pensó con cierto orgullo.
-Está muy enfadada, ¿verdad? -dijo a Tata Ogg.
-Bueno, ya sabes -suspiró Tata-. Es por ese problema. Cuanto más te acostumbras a la
magia, más quieres usarla. Y más se interpone en tu camino. Supongo que, cuando estabas
empezando, aprendiste unos cuantos hechizos de la Abuela Whemper, quenpazdescanse, y
los usabas constantemente, ¿a que sí?
-Sí, claro. Todo el mundo lo hace.
-Cierto, cierto -asintió Tata-. Pero, cuando conoces más el Arte, descubres que la magia
más difícil es la que no usas nunca.
Magrat meditó sobre la idea.
-No será una especie de Zen, ¿verdad?
-No sé. Nunca he visto uno.
-Cuando estábamos en las mazmorras, Yaya dijo algo sobre «probar con las rocas». A mí
eso me parece magia muy difícil.
-Bueno, es que a la Abuela no se le daban muy bien las rocas -respondió Tata-. Pero no es
tan difícil. No hay más que sondear sus recuerdos. Ya sabes, los viejos tiempos. Cuando
estaban calientes y fluidas.
Titubeó, y se llevó la mano al bolsillo. Tocó el trozo de piedra del castillo, y se tranquilizó.
-Por un momento se me había olvidado -dijo al tiempo que lo sacaba-. Ya puedes salir.
El rey Verence era apenas visible con la claridad del día. Parpadeó. No estaba
acostumbrado al sol.
-Esme -llamó Tata-. Aquí hay alguien que quiere verte.
Yaya se volvió muy despacio y miró al fantasma.
-Te vi en la mazmorra, ¿no? -dijo-. ¿Quién eres?
-Verence, rey de Lancre -respondió el fantasma. Hizo una reverencia-. ¿Tengo el honor de
dirigirme a Yaya Cera vieja, decana de las brujas?
Ya hemos mencionado que el hecho de que Verence procediera de una larga estirpe de
reyes no significaba que fuera del todo idiota, y un año sin las distracciones de la carne había
obrado maravillas con su intelecto. Yaya Ceravieja se consideraba inmune a todo tipo de
peloteo, pero el rey estaba acostumbrado a hacer tragar píldoras doradas a todo un país. La
reverencia fue todo un detalle.
Yaya alzó ligeramente una comisura de la boca. Hizo una reverencia breve y rígida, porque
no sabía muy bien qué significaba «decana».
-Soy yo -reconoció-. Ya puedes levantarte -añadió con regia cortesía.
Verence permaneció arrodillado, a unos cinco centímetros por encima del suelo.
-Suplico una merced -dijo.
-Venga, ¿cómo has salido del castillo? -preguntó Yaya.
-La inestimable Tata Ogg, aquí presente, me ayudó -dijo el rey-. Razoné que, si estoy atado
a las piedras de Lancre, entonces también puedo ir allí a donde vayan las piedras. Me temo
que he puesto en práctica un pequeño truco por mis intereses. Actualmente, vivo en su vestido.
-No eres el primero -señaló Yaya.
-¡Esme!
-Quiero suplicarte, Yaya Ceravieja, que instales a mi hijo en el trono.
-¿Instalar?
-Ya me entiendes. ¿Goza de buena salud?
Yaya asintió.
-La última vez que lo Observamos, se estaba comiendo una manzana -dijo.
-¡Su destino es ser rey de Lancre!
-Sí, bueno..., ya sabes que el destino juega malas pasadas.
-¿No me ayudarás?
Yaya parecía deprimida.
-Eso sería entrometerme -explicó-. Si te entrometes en la política, todo va de mal en peor. Y
cuando empiezas, ya no hay manera de parar. Es una de las reglas básicas de la magia. Y las
reglas básicas son algo muy serio.
-Entonces, ¿no me ayudarás?
-Bien..., naturalmente, algún día, cuando tu hijo sea un poco mayor...
-¿Dónde está ahora? -preguntó el rey con voz gélida.
Las brujas trataron de no mirarse entre ellas.
-Nos encargamos de que saliera del país -titubeó Yaya.
-Con una familia excelente -añadió Tata Ogg rápidamente.
-¿Qué clase de familia? -quiso saber el rey-. Espero que no será gente vulgar.
-En absoluto -respondió Yaya, recordando a Vitoller-. De vulgares no tienen nada en
absoluto.
Miró a Magrat, suplicante.
-Son tespianos -dijo la joven con firmeza.
Su voz irradiaba tal aprobación que el rey asintió automáticamente.
-Oh -dijo-. Bien.
-¿De verdad? -susurró Tata Ogg-. No lo parecían.
-No haces más que demostrar tu ignorancia, Gytha Ogg -bufó Yaya. Se dirigió de nuevo al
fantasma del rey-. Perdona, majestad. Esta mujer es terrible. Ni siquiera sabe dónde está
Tespia.
-Esté donde esté, espero que allí sepan cómo educar a un hombre en las artes de la guerra
-dijo Verence-. Conozco a Felmet. Dentro de diez años, estará más instalado aquí que un sapo
sobre una piedra. -Miró a las brujas alternativamente-. ¿Qué reino se encontrará cuando
regrese? He oído lo que está pasando, y eso en tan poco tiempo. ¿Os limitaréis a verlo cambiar
con los años, a presenciar cómo se estropea y se pervierte?
El fantasma del rey se desvaneció. Su voz permaneció un instante en el aire, tenue como
una brisa.
-Recordad, bondadosas hermanas -dijo-. El rey y la tierra son uno.
Y desapareció del todo.
Magrat rompió el silencio embarazoso sonándose la nariz.
-¿Uno? ¿Un qué?
-Tenemos que hacer algo -dijo Magrat, con la voz ahogada por la emoción-. ¡Con reglas o
sin ellas!
-Esto es irritante -asintió Yaya en voz baja.
-Sí, pero ¿qué vas a hacer?
-Reflexionar sobre el tema. Pensar en ello.
-Llevas casi un año pensando -señalo Magrat.
-¿Cómo que son uno? ¿Un qué?
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