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viernes, 24 de mayo de 2013

LA LAMPARA DE ALHAZRED - H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH



LA LAMPARA DE ALHAZRED
H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH



Siete años habían transcurrido desde la desaparición de su abuelo Whipple cuando Ward Phillips recibió la lámpara. Esta, así como la casa de la calle Angell, donde vivía Ward, habían pertenecido a su abuelo. Phillips había estado habitando en la casa desde la desaparición de su abuelo, pero la lámpara había quedado en manos del abogado hasta pasados los siete años que deberían transcurrir hasta darle definitivamente por muerto. Había sido deseo de su abuelo que la lámpara estuviese bien guardada durante esos años, en manos del ahogado, por si acaeciese algo imprevisto, la muerte o cualquier otro accidente. El caso era que Phillips dispusiese del tiempo necesario para familiarizarse con la imponente biblioteca de Whipple, en la que le esperaba una gran cantidad de sabiduría. El viejo Whipple había decidido que, cuando Phillips hubiese acabado de leer los enormes volúmenes que llenaban las estanterías, habría alcanzado un grado de madurez suficiente para poder heredar el «tesoro más valioso» de su abuelo, según declaración del propio Whipple.
Phillips tenía entonces treinta años y una salud delicada, lo cual era normal, pues desde niño, siempre había sido un poco enfermizo. Había nacido en el seno de una familia medianamente rica, pero los ahorros de su abuelo volaron en unas inversiones desacertadas, de modo que a Phillips lo único que le quedaba era la casa de la calle Angell y lo que ésta encerraba. Phillips trabajaba como redactor en unas revistas de escándalo, y luego, para redondear las pocas ganancias que le producía el oficio, se dedicaba a revisar y corregir los innumerables y poco prometedores manuscritos de prosa o de poesía que otros escritores, más inexpertos que él, le enviaban con la esperanza de llegar a ver su obra publicada, una vez que la pluma de Phillips hubiese obrado un milagro. La vida sedentaria que llevaba no había mejorado su resistencia a la enfermedad; era alto, delgado, llevaba gafas, tenía frecuentes catarros y, una vez, para gran vergüenza suya, enfermó del sarampión.
Cuando los días eran cálidos, le gustaba mucho pasear por los campos donde había jugado de pequeño. En esas ocasiones, solía llevar sus papeles debajo del brazo y trabajar al aire libre, sentado en la encantadora y frondosa ribera del río que, durante su infancia, había sido su escondite predilecto. Esta orilla del río Seekonk no había cambiado en todos esos años, y Phillips, que vivía mucho del pasado, creía que una forma de desafiar el tiempo era permanecer cerca de los lugares que no cambiaban. En una carta a un corresponsal, había descrito esta forma de sentir suya: «Entre esos caminos del bosque que tan bien conozco, el salto entre el presente y los años 1899 ó 1900 desaparece totalmente, de modo que muchas veces me sorprende, al encontrarme nuevamente en la ciudad, constatar que ésta ha perdido su apariencia de fin de siècle». Además de la ribera del Seekonk, otro de los lugares que elegía para sus paseos era la colina de Nentaconhaunt. Le gustaba poder contemplar, desde allí, su ciudad natal a la puesta del sol, y esperar el plácido panorama de la población al recogerse en su vida nocturna, con los campanarios y los tejados de estilo holandés que, progresivamente, iban oscureciéndose sobre el fondo anaranjado y carmín del atardecer. Le emocionaba el brillo esmeralda o perlado en que se fundía el horizonte, y finalmente las luces centelleantes que transformaban la vasta y desigual ciudad en una tierra mágica que ejercía para Phillips una mayor atracción que durante el día.
Hacía mucho tiempo que Phillips había renunciado a alumbrarse con luz eléctrica, pues ésta resultaba excesivamente cara para sus modestos ingresos. Pero como sus largas excursiones diurnas le obligaban a trabajar hasta muy avanzada la noche, la famosa lámpara de su abuelo Whipple, por muy extraña y vieja que fuera, le iba a ser de una gran utilidad. La carta que acompañaba el último regalo del viejo, cuya relación con su nieto había sido muy profunda desde la muerte de los padres del niño, le explicaba que la lámpara provenía de una tumba de Arabia, en los comienzos de la historia. Decía que había pertenecido a un árabe medio loco, llamado Abdul Alhazred. Era obra de la fabulosa tribu de Ad, una de las cuatro misteriosas y poco conocidas de Arabia -Ad estaba en el sur, Thamood en el norte, y el centro de la península estaba ocupado por Tasm y Jadis-. Había sido hallada hace mucho tiempo en una ciudad oculta llamada Irem. Edificada por Shedad, el último de los déspotas de Ad, era la Ciudad de las Columnas, conocida por algunos como la Ciudad Sin Nombre. Decían que se encontraba cerca de Hadramant; según otros, debía estar enterrada bajo las antiquísimas y siempre movedizas arenas de Arabia. De todas maneras, salvo los favoritos del profeta que habían logrado encontrarla, nunca nadie había conseguido verla. Para terminar su larga carta, el viejo Whipple había escrito: «Puede proporcionar tanto placer encendida como apagada. Igualmente puede traer dolor. Es la fuente del éxtasis o del terror.»
El aspecto de la lámpara de Alhazred era poco corriente. Funcionaba con aceite, y parecía ser de oro. Por su forma, se asemejaba a una marmita oblonga, con un asa curvada a un lado y una espita para la llama al otro. Su decoración consistía en unos extraños dibujos, mezclados con letras y colocados de tal manera que parecían formar unas palabras. Pero aquel lenguaje era desconocido para Phillips, que conocía varios dialectos árabes y, sin embargo, no lograba descifrar la inscripción de la lámpara. No era sánscrito. Indudablemente se trataba de un idioma más antiguo; su escritura se componía de letras y jeroglíficos, algunos de los cuales eran pictografías. Phillips dedicó una tarde entera a limpiarla por dentro, por fuera y , después de haberle sacado brillo, la llenó de aceite.
Esa misma noche, Phillips retiró las velas y la lámpara de petróleo, que le habían alumbrado durante tantas y tantas noches de trabajo, y encendió la lámpara de Alhazred. Le sorprendió un poco lo cálido de su brillo, la estabilidad de su llama, y la calidad de su luz. Pero la cantidad de trabajo que le esperaba era tal que no podía seguir entreteniéndose con la lámpara. Sin perder más tiempo, se puso a revisar una obra en verso, que empezaba de la siguiente manera:
En la brillante y temprana alborada
De un año, mucho antes de nacer yo,
Cuando la tierra era aún el caos,
Mucho antes de cubrirse de luchas...
y continuaba así, en ese mismo estilo arcaico caído completamente en desuso. Sin embargo, era un estilo que a Phillips le gustaba. Vivía tanto en el pasado que sus puntos de vista y su filosofía acerca de la influencia del pasado desbordaban toda fantasía. Su noción del tiempo y del espacio estaba, desde sus primeros recuerdos, tan inextricablemente ligada a sus más profundos pensamientos y sentimientos, que cualquier intento de describir con palabras sus estados de ánimo parecería artificial, exótico o convencional. Durante décadas enteras, los sueños de Phillips estuvieron compuestos por una extraña mezcla de inquietud aventurera unida a paisajes, perspectivas arquitectónicas y efectos de la bóveda celeste. En su mente conservaba cierta imagen de sí mismo a los tres años: se encontraba sobre un puente ferroviario. A través de los huecos de la barandilla, su vista penetraba en la parte más densa de la ciudad. Y entonces sintió la inminencia de algún prodigio, que no podía describir ni llegar a comprender en su totalidad; era la intuición de algo maravilloso, de una liberación escondida en oscuras dimensiones. Presentía que, aunque raras veces y con muchas dificultades, aquellas dimensiones podían alcanzarse mediante ciertas perspectivas visuales, tales como la de una vieja calle vista a través de leguas de campo montañoso; o la de las balaustradas de unas terrazas enfocadas desde abajo, desde el mismo pie de la interminable escalera de mármol que conduce a ellas. Es cierto que Phillips soñaba con vivir en el siglo dieciocho, o incluso antes, cuando todavía había tiempo para el arte de la conversación y cuando el hombre podía vestirse con cierta elegancia sin ser observado con extrañeza por sus vecinos. Pero por muy intenso que fuera su deseo de volver a un tiempo en que el mundo era más joven y menos apurado, la falta de imaginación y las pocas ideas que reflejaban las líneas sobre las cuales estaba trabajando, sumadas a su propio cansancio, le hicieron sentirse incapaz de seguir con su tarea. Reconoció que no podía interesarse por estas líneas tan poco inspiradas; apartó el manuscrito y se inclinó hacia atrás para descansar.
Fue entonces cuando observó el súbito cambio que se había operado a su alrededor.
Las familiares paredes tapizadas de libros, salvo en los huecos de las ventanas -Phillips tenía la manía de taparlas con cortinas para que ninguna luz exterior, ya fuera la del sol, la de la luna, o la de las estrellas, invadiese su santuario- estaban extrañamente cambiadas. No era sólo la claridad difundida sobre ellas por la lámpara de Arabia lo que las había modificado, sino que la misma luz proyectaba contra las paredes objetos desconocidos para Phillips. Dondequiera que iluminara la lámpara, contra las paredes, sobre los tomos de los libros alineados en sus estantes, Phillips contemplaba unas escenas que ni los fondos más misteriosos de su imaginación hubiesen podido crear. En cambio, en todas las zonas oscuras, tales como la gran mancha de sombra que el respaldo de la silla de Phillips proyectaba sobre una parte de los estantes, no veía nada, nada más que la oscuridad de las sombras y en ellas la monotonía de los libros alineados.
Phillips permaneció sentado y, maravillado, contempló las escenas que se desarrollaban ante él. Luego quiso reaccionar y pensó que era víctima de una ilusión óptica. Pero tal explicación a ese fenómeno no le satisfacía, y la rechazó. Por otra parte, tenía el curioso convencimiento de que no deseaba hallar explicación alguna, de que no la necesitaba: algo maravilloso había ocurrido, sabía que tenía que ser pasajero y no quería conocer o sentir más que la admiración por lo que sus ojos presenciaban. El mundo que veía a la luz de la lámpara era de una rareza suprema. Era un mundo al que nunca había tenido acceso, ni por la vista, ni por la lectura, ni siquiera por la vía de sus sueños.
La escena parecía representar la tierra en sus principios, cuando aún estaba en período de formación. Unos chorros de vapor salían de las fisuras de sus rocas. Las huellas dejadas por unos reptiles se veían claramente dibujadas en el barro. Arriba, volando en el aire, unas bestias gigantescas peleaban y se destrozaban entre sí. Entre las rocas de una playa, el tentáculo de algún animal monstruoso se desenroscaba sinuosa y amenazadoramente en la luz roja del día, como una criatura extraída de alguna ficción fantástica.
Entonces, suavemente, la escena cambió. Las rocas fueron sustituidas por un desierto arrasado por el viento, y, como un espejismo, surgió la oculta y desierta Ciudad de las Columnas, conocida también como Irem. Phillips sabía que ahora, cuando ningún pie humano pisaba ya las calles de esa ciudad, unos seres terribles seguían merodeando entre los pilares de piedra de las viviendas, que no estaban en ruinas, sino que permanecían en el estado en que se encontraban cuando sus antiguos habitantes fueron aniquilados o echados de la ciudad por aquellos entes venidos del cielo para asediar Irem y apoderarse de ella. De aquellos seres no se veía nada, tan sólo se adivinaba el angustioso movimiento merodeante, como una sombra fuera del tiempo. Y a lo lejos, detrás de la ciudad y del desierto, se erguían las montañas cuyas cimas estaban cubiertas de nieve; cuando aún las estaba contemplando, Phillips tuvo conocimiento do sus nombres, porque en ese mismo momento se revelaron a su mente. La ciudad en el desierto era la Ciudad Sin Nombre, y las cumbres nevadas eran las Montañas de la Locura, o quizá Kadath en el Páramo Frío. A Phillips le divertía dar sus nombres a estos lugares del paisaje, pues se le ocurrían con facilidad; le venían a la mente como si hubiesen estado rondando el perímetro de sus pensamientos, en espera de la oportunidad que les permitiera encarnar en una vivencia real.
Permaneció sentado durante mucho tiempo, fascinado, hasta que una leve sensación de alarma le removió. Los paisajes que desfilaban ante sus ojos eran similares a los que podrían aparecer en un sueño, y sin embargo, Phillips sentía crecer su inquietud. Intuía algo parecido a la presencia de lo maligno, a la vez que tomaba conciencia de ciertos inconfundibles indicios de los horribles seres que ocupaban estos parajes. Finalmente, no pudo resistir más tiempo a esa angustia envolvente; apagó la luz y, algo tembloroso, encendió una vela. Se sintió inmediatamente confortado por su brillo descolorido y familiar.
Estuvo meditando largo rato sobre todo cuanto había visto. Su abuelo le había dicho de la lámpara que era su «más valiosa posesión»; con lo cual resultaba evidente que sus propiedades le eran conocidas. ¿Y qué eran esas propiedades sino el poder de transmitir el recuerdo ancestral y mágico de una revelación, de tal modo que quien se sentara a su luz podía contemplar los lugares de terror y belleza que sus dueños habían conocido? Phillips estaba convencido de que los paisajes que había podido ver eran lugares familiares a Alhazred. Pero esta explicación tenía muy poca lógica. Y cuantas más vueltas le daba, más aumentaba su perplejidad. Decidió volver al trabajo que había apartado; se volcó en él y consiguió alejar de sí todas las fantasías y alarmas que empezaban a instalarse en su mente.
Al día siguiente, Phillips salió a la declinante luz de octubre para pasearse fuera de la ciudad. Tomó el coche de línea hasta el final del barrio residencial, y después caminó en dirección al campo. Llegó a un lugar que no conocía, y que distaba por lo menos una milla de cualquier lugar por donde hubiera paseado antes. Siguió una carretera hasta la bifurcación al noroeste de Plainfield Pike y subió por la falda oeste del Nentaconhaunt. Allí pudo disfrutar de una vista realmente idílica. Era un panorama de praderas, de viejas paredes de piedra, de blancas alamedas y de lejanos tejados al oeste y al sur. Phillips se encontraba a menos de tres millas del corazón de la ciudad y sin embargo, estaba como sumergido en la primaria Nueva Inglaterra rural de los primeros colonizadores.
Antes de la puesta del sol, subió hasta arriba de la colina en dirección a uno de sus escondrijos familiares, que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se había percatado ante la perspectiva que tenía del extenso campo. Todo era resplandor de riachuelos, bosques lejanos y cielo naranja místico, con el gran disco solar rojo hundiéndose entre las franjas de estratos de nubes. Se adentró en el bosque y pudo contemplar la misma puesta del sol a través de los árboles. Luego volvió hacia el este para cruzar la colina en dirección a uno de sus escondrijos familiares y que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se había percatado de la inmensa extensión de Nentaconhaunt. Más que una simple colina, era una verdadera planicie en miniatura, con sus valles, sus cordilleras, y sus cimas propias. Desde alguna de sus praderas ocultas -tan alejadas de toda señal de vida humana- la vista que se le ofrecía sobre el remoto cielo urbano le maravilló: era un sueño de picachos encantados y de cúpulas medio flotando en el
aire y rodeadas de un oscuro aura de misterio. Las ventanas superiores de algunas de las torres más altas conservaban la incandescencia que el sol ya había perdido, y ofrecían una visión de resplandor irreal. Seguidamente, Phillips pudo admirar el gran disco de la luna de Orión flotando alrededor de los campanarios y alminares, mientras que al oeste, en el horizonte brillantemente anaranjado, Venus y Júpiter empezaban a parpadear. Se adentró en la llanura. El camino atravesaba unos paisajes muy variados: algunas veces serpenteaba por el interior, y otras penetraba en los bosques y los cruzaba para acercarse a los valles oscuros que se deslizaban hacia la llanura inferior. Los grandes pedruscos que se balanceaban en las alturas rocosas producían un efecto espectral, druídico, al recortarse en el crepúsculo.
Finalmente llegó a unos parajes que le eran más familiares. Allí, recubierto por la hierba, el promontorio de un viejo acueducto enterrado le daba la ilusión de pisar los restos de una carretera romana; y allí estaba la cima de la colina que siempre habla conocido. Extendida a sus pies, la ciudad se iluminaba rápidamente y se asemejaba a una constelación yaciendo en el profundo anochecer. La luna derramaba una inundación de oro pálido, y, al oeste, el resplandor de Venus y de Júpiter se acrecentaba con intensidad en el horizonte cada vez más difuso. El camino que le conduciría a su casa estaba ante él; no tenía más que bajar esa última pendiente para llegar al coche de línea que le llevaría a los prosaicos lugares frecuentados por el hombre.
Pero durante todas estas horas apacibles, Phillips no había olvidado un solo instante su experiencia de la noche anterior, y no podía negar que ansiaba anticipar la llegada de la noche. La sensación de alarma que se había apoderado de él se había convertido en la promesa de una nueva experiencia nocturna de naturaleza desconocida.
Esa noche, tomó su solitaria cena con más rapidez que de costumbre para poder acudir en seguida al estudio, donde las hileras de libros, que llegaban al techo, le esperaban con su saludo permanente. Pero él no miró siquiera el trabajo que había abandonado sobre la mesa, sino que encendió la lámpara de Alhazred y se sentó a esperar lo que pudiese ocurrir.
El suave resplandor amarillento de la lámpara se extendía sobre las paredes cubiertas de estantes. La llama no se movía; ardía tranquila y establemente, e igual que la víspera, la primera impresión que Phillips recibió fue la de un calor confortante y arrullador. Entonces, con suavidad, los libros y los estantes parecieron difuminarse, desteñirse, y dieron paso a escenas de otro mundo y otros tiempos. Aunque le fueran completamente desconocidos, los nombres de las escenas y de los lugares que veía afloraban con naturalidad a su mente, como si el resplandor de la lámpara de Alhazred estimulase su imaginación. Vio una casa muy bella, coronada de humo, en un promontorio como el cercano Gloucester. Vio un antiguo pueblo de estilo holandés, con un oscuro río que lo atravesaba, un pueblo como Salem, pero más malvado y misterioso, y llamó al pueblo Arkham, y al río Miskatonic. Vio la oscura ciudad costera de Innsmouth, y detrás de ella el Arrecife del Diablo. Vio las profundidades acuáticas de R'lyeh donde el difunto Cthulhu yacía durmiendo. Contempló la Meseta de Leng, arrasada por el viento, y las oscuras islas de los Mares del Sur. Pudo apreciar las Tierras del Ensueño, los paisajes de otros lugares, del espacio, así como las formas de vida que habían existido en otros tiempos y que, más viejos que la propia tierra, remontaban a los Primordiales, hasta Hali, e incluso más allá.
Pero presenciaba estas escenas como a través de una ventana que parecía invitarle a abandonar su propio mundo para viajar a estos reinos de maravilla y belleza; y en Phillips la tentación era cada vez más fuerte: temblaba con el deseo de obedecer, de dejar de ser lo que era, de intentar ser lo que tal vez podría ser. Pero, como la noche anterior, apagó la luz y agradeció la aparición de las paredes llenas de libros del estudio de su abuelo Whipple.
Renunció a las monótonas revisiones que le esperaban, y se pasó el resto de la noche, a la luz de la vela, escribiendo relatos cortos, inspirándose en las escenas y los seres que había visto a la luz de la lámpara de Alhazred.
Pasó toda la noche escribiendo, y todo el día siguiente durmiendo, exhausto.
Y a la noche, antes de ponerse de nuevo a escribir, estuvo contestando unas cartas. En ellas hablaba de sus «sueños», como ignorando si había visto realmente las imágenes que habían pasado ante sus ojos, o si las había soñado. Reconocía que los mundos de su propia ficción se entretejían con los mundos de la lámpara. Los deseos y anhelos de su juventud se habían fundido en su mente con las visiones de sus intentos creativos, que habían absorbido de igual forma los lugares de la lámpara y los secretos ocultos de su corazón, el cual, como la lámpara de Alhazred, había alcanzado los lejanos extremos del universo.
Pasaron muchas noches sin que Phillips volviese a encender la lámpara.
Las noches se sumaron, llegando a formar meses, y los meses años.
Envejeció, sus relatos de ficción fueron publicados, y con ellos las mitologías de Cthulhu; de Hastur el Inefable; de Yog-Sothoth; de Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques con sus Mil Crías; de Hypnos, el dios del sueño; de los Primigenios Mayores y de su mensajero, Nyarlathotep; todos esos seres mitológicos, con el oscuro mundo de sombras que representaban, llegaron a formar parte integrante de la intimidad de Phillips. Su conocimiento de ellos era tal que pudo traer Arkham a la realidad. Descubrió la sombra sobre Innsmouth, habló de los murmullos en la oscuridad y del moho de Yuggoth, y dio a conocer el horror de Dunwich. Y en toda su prosa, en todos sus versos, la luz de la lámpara de Alhazred brillaba, aun cuando Phillips ya no la utilizara.
Dieciséis años transcurrieron de esta forma, hasta que, una noche, Ward Phillips se acercó a donde había dejado la lámpara, detrás de una fila de libros, sobre uno de los estantes inferiores de la biblioteca de su abuelo Whipple. La sacó de allí, e inmediatamente todos los viejos encantos y todas las maravillas se reavivaron para él. Volvió a limpiarla y la colocó sobre la mesa. En los últimos años, el estado de salud de Phillips había empeorado mucho. Padecía una enfermedad incurable y sabía que sus días estaban contados; pero no quería morir sin volver a contemplar, una última vez, los mundos de belleza y de terror que encerraba la lámpara de Alhazred.
Encendió la lámpara otra vez y miró hacia las paredes. Pero sucedió algo extraño. En las mismas paredes donde antes le habían sido presentados los lugares y seres relacionados con la vida de Alhazred, surgía ahora la aparición mágica de un lugar muy conocido por Ward Phillips, pero no del tiempo actual, sino tal como era en una época pasada, un tiempo querido y perdido, cuando retozaba de chiquillo en las orillas del Seekonk, ocupado con los juegos que inspiraba a su imaginación la mitología griega. Allí estaba otra vez la niñez; allí estaban las ensenadas donde había pasado sus años de juventud; allí estaba la glorieta que había construido en honor del gran Pan; toda la irresponsabilidad y la feliz libertad de aquella niñez se reproducían sobre las paredes, porque lo que la lámpara reflejaba ahora eran sus propios recuerdos.
Anhelante, pensó que quizá siempre le había proporcionado la lámpara recuerdos ancestrales, pues ¿quién podía negar que su abuelo Whipple, cuando era joven, o los que le precedieron en la línea de Ward Phillips, habían visto todos aquellos lugares iluminados por la lámpara?
Y otra vez fue como si mirase por una puerta abierta. La escena le invitaba. Se levantó dificultosamente y caminó hacia la pared. No dudó más que un instante; luego siguió hacia los libros.
La luz del sol irrumpió repentinamente a su alrededor. Se sintió libre de sus cadenas y empezó a correr ligeramente a lo largo de la orilla del Seekonk, donde los escenarios de sus primeros años le esperaban para que rejuveneciese, para que volviera a empezar una vida en los tiempos apacibles, cuando el mundo era joven...
Se descubrió la desaparición de Ward Phillips cuando un admirador de sus cuentos, que sentía curiosidad por conocerle, vino a la ciudad a hacerle una visita. Se llegó a la conclusión de que se había sentido mal en el bosque y había fallecido allí, pues sus paseos solitarios eran bien conocidos por los vecinos de la calle Angell, así como el paulatino agravamiento de su salud.
Organizaron varias excursiones para explorar los alrededores de Nentaconhaunt y las orillas, pero no encontraron rastro de Ward Phillips. La policía confiaba en que algún día se encontrarían sus restos, pero nada descubrió y, con el tiempo, el misterio sin resolver se perdió en los archivos.
Los años pasaron. La casa de la calle Angell fue derribada, la biblioteca adquirida por algunas librerías, y lo que había en la casa se vendió como chatarra, incluyendo una vieja y antigua lámpara árabe, por la que nadie, en un mundo tecnológico posterior a la época de Phillips, se interesó y a la que no se encontró utilidad alguna.


domingo, 30 de mayo de 2010

H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH -- EL SUPERVIVIENTE






H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
EL SUPERVIVIENTE


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Algunas casas, al igual que ciertas personas, delatan a primera vista su predilección por
lo maligno. Quizá sea el efluvio de hechos perversos ocurridos bajo determinado techo,
que permanece mucho tiempo después de que sus realizadores se hayan ido, lo que hace
que se le pongan a uno la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión del
ejecutor del acto, y del horror sentido por su víctima, entra en el corazón del inocente
espectador, quien repentinamente se vuelve consciente de un hormigueo nervioso, de un
escalofrío en la piel y en la sangre...
Algernon Blackwood
Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre la casa Charriere tras mi
huida de Providence en la noche del horrible descubrimiento -hay recuerdos
que todo el mundo desea suprimir, creer que no son ciertos, borrarlos de su
existencia- pero me veo obligado a transcribir ahora mi breve estancia en la casa
de la calle Benefit, y mi precipitada huida de ella. Lo hago por si algún inocente
fuese sometido a presiones injustas por parte de la policía, deseosa de hallar
alguna explicación a su horrible descubrimiento. Ese horror lo experimenté,
antes que cualquier otro humano, ante la vista de algo ciertamente mucho más
terrible que cuanto haya podido verse después, al cabo de tantos años, tras
pasar la casa a ser propiedad municipal, como sabía que ocurriría algún día.
Ciertamente, no cabe esperar de un anticuario que esté tan instruido en lo que
respecta a ciertas antiguas sendas del conocimiento humano como en lo que
concierne a casas antiguas. Sin embargo, cabe pensar que, inmerso en la
investigación del hábitat humano, tropiece en ocasiones con ciertos misterios
considerablemente más complejos que la fecha de un pabellón o la procedencia
de un techo estilo holandés, y logre sacar de ellos determinadas conclusiones,
por increíbles, horribles, espantosas o aun condenables -¡sí, condenables!- que
sean. En los lugares frecuentados por los anticuarios es bien conocido el nombre
de Alijah Atwood; no digo más por modestia, pero cualquier persona que tenga
interés en buscar referencias encontrará, en esos directorios dedicados a la
información para anticuarios, más de un párrafo que trata de mí.
Vine a Providence, Rhode Island, en 1930, con la intención de visitarla
brevemente y seguir luego hacia Nueva Orleáns. Pero vi la casa Charriere en la
calle Benefit, y me atrajo como sólo un anticuario puede ser atraído por una
casa extraña y solitaria en una calle de Nueva Inglaterra, que no era de la
misma época, una casa de cierta antigüedad, con un aura indescriptible que
atraía y repelía al mismo tiempo.
Se decía de la casa Charriere que estaba embrujada, pero eso suele decirse de
cualquier casa vieja y abandonada del nuevo o del viejo mundo, e incluso -si he
de fiarme de los solemnes artículos del Journal of American Folklore- de las
viviendas de los indios americanos, australianos, polinesios y muchos otros. No
es mi intención escribir sobre fantasmas; me bastará decir que ha habido, en el
ámbito de mi experiencia, ciertas revelaciones sin explicación científica alguna,
aunque soy lo suficientemente racional como para pensar que dicha explicación
puede llegar a encontrarse alguna vez, cuando el hombre utilice para su
interpretación un procedimiento científico correcto.
En este sentido, estoy seguro de que la casa Charriere no estaba embrujada.
Ningún fantasma transitaba por sus habitaciones haciendo sonar sus cadenas,
ninguna voz exhalaba lamentos a la medianoche, ninguna figura sepulcral
aparecía a la hora de las brujas para anunciar una muerte próxima. Pero nadie
podía negar que la casa estaba rodeada por un halo no sé si de terror, de
perversión o de horribles misterios; si llego a ser un hombre menos insensible,
esa casa, sin duda, me hubiese hecho perder la razón. El halo resultaba menos
corpóreo que en otras casas que he conocido, pero sugería la existencia de
secretos inconfesables no percibidos en mucho tiempo por ningún ser humano.
Sobre todo, transmitía una poderosa sensación del paso de los siglos, pero de
siglos muy anteriores a la propia edad de la casa; sugería edades remotas,
cuando el mundo era joven. Y era curioso, porque la casa, aunque vieja, tenía
menos de tres siglos.
La observé primero como anticuario, encantado de descubrir una casa, entre
otras características de Nueva Inglaterra, perteneciente al estilo de Quebec del
siglo XVII. Era, por tanto, tan diferente de las vecinas que habría llamado la
atención de cualquier viandante. Había visitado muchas veces Quebec, lo
mismo que otras ciudades viejas del continente americano, pero en esta primera
visita a Providence no venía particularmente en busca de antiguas viviendas,
sino para ver a un colega anticuario de renombre. Fue camino de su casa,
situada en la calle Barnes, cuando pasé por la casa Charriere. Al observar que
no estaba habitada, decidí alquilarla para mí. De todos modos, puede que no lo
hubiese hecho de no haberme incitado la peculiar aversión de mi amigo a
hablar de la casa y el hecho de mostrarse reacio a que yo me acercase a aquel
lugar. Quizá sea injusto con él, ahora que miro hacia atrás y recuerdo que el
pobre hombre, sin saberlo ninguno de los dos, estaba ya en su lecho de muerte.
Sea como sea, hablé con él en su habitación, sentado al borde de la cama, en
lugar de hacerlo en su despacho. Fue allí donde le pregunté acerca de la casa,
describiéndosela para que no hubiese dudas respecto a cuál me refería, ya que
por entonces yo no sabía el nombre ni nada acerca de ella.
Un hombre llamado Charriere, un cirujano francés venido de Quebec, había
sido su dueño. Pero mi amigo Gamwell no sabía quién la había construido. A
Charriere sí le había conocido. «Un hombre alto, de piel áspera. Le vi poco, pero
nadie lo vio mucho más. Se había retirado de la medicina» dijo Gamwell.
Cuando éste conoció la casa, el doctor Charriere ya vivía en ella, como debieron
hacerlo sus antepasados, aunque esto Gamwell no podía asegurarlo. El doctor
Charriere había llevado una vida recluida y había muerto hacía tres años, en
1927, según la noticia oficial aparecida en su día en el Journal de Providence. La
fecha de la muerte del doctor Charriere fue la única que Gamwell pudo
indicarme; todo lo demás se mantenía a oscuras. La casa sólo había sido
alquilada una vez: la había ocupado durante un corto período de tiempo un
profesional y su familia, pero la dejaron después de un mes, quejándose de la
humedad y de los malos olores del vetusto edificio. Desde entonces se
encontraba vacía, pero no podía ser destruida, ya que el doctor Charriere había
dejado en su testamento una considerable suma de dinero para pagar los
impuestos durante muchos años -algunos decían que veinte- y garantizar que la
casa estaría allí en el caso de que los herederos del cirujano la reclamasen. El
doctor Charriere, en una carta, había hecho vagas referencias a un sobrino que
hacía su servicio militar en Indochina. Todos los intentos para encontrar al
sobrino habían sido inútiles, y ahora se dejaba que la casa siguiese en pie hasta
que expirase el período de tiempo que el doctor Charriere había estipulado en
su testamento.
-Voy a alquilarla -le dije a Gamwell.
Enfermo como estaba, mi colega anticuario se apoyó sobre un codo para
incorporarse en el lecho y expresar su disconformidad.
-Un capricho pasajero, Atwood. Olvídelo. He oído cosas inquietantes acerca de
esa casa.
-¿Qué cosas? -le pregunté llanamente.
Pero de esto no quiso hablar; movió la cabeza ligeramente y cerró los ojos.
-Pienso verla mañana -continué.
-No encontrará en ella nada que no pueda encontrar en Quebec, créame -recalcó
Gamwell.
Pero, como dije antes, su extraña manera de oponerse a mi deseo de visitar la
casa no contribuyó sino a aumentar tal deseo. No pensaba quedarme allí para
siempre: solamente alquilarla por seis meses más o menos, como centro de
operaciones mientras visitaba los alrededores de la ciudad y los caminos y
paseos de Providence en busca de antigüedades de esa región. Finalmente
Gamwell accedió a darme el nombre de la firma de abogados en cuyas manos
Charriere había dejado su testamentaría. Después de haber solicitado una
entrevista con ellos y vencido el escaso entusiasmo con que acogieron mi
proposición, me convertí en el amo de la vieja casa Charriere por un período de
no más de seis meses, que podían ser menos, si así lo decidía.
Tomé posesión de la casa en seguida, aunque me dejó algo perplejo comprobar
que se había instalado agua corriente, pero en cambio carecía de corriente
eléctrica. Entre el mobiliario de la casa, que permanecía tal como quedó a la
muerte del doctor Charriere, encontré para alumbrado una docena de lámparas
de varias formas y épocas, algunas aparentemente con más de un siglo de
antigüedad. Esperaba hallar la casa llena de telarañas y de polvo, pero cuál no
sería mi sorpresa cuando comprobé que no era así. Y eso que, según tenía
entendido, los abogados -la firma Baker & Greenbaugh- no estaban encargados
de la limpieza de la casa durante ese medio siglo que -según lo estipulado en el
testamento del doctor Charriere- podía transcurrir hasta que se presentara a
tomar posesión su único heredero.
La casa correspondía exactamente a la imagen que me había hecho de ella.
Abundaba la madera. En algunas habitaciones cuyas paredes habían sido
empapeladas el papel se había despegado, y en otras, el yeso había ido
adquiriendo, con el paso de los años, un tono amarillento. Las habitaciones eran
irregulares y daban la impresión de ser o muy grandes o demasiado pequeñas.
Había dos plantas, pero se veía que el piso de arriba no había sido utilizado
nunca. El de abajo, sin embargo, conservaba las huellas de su antiguo ocupante,
el cirujano. Una de las habitaciones le había servido de laboratorio, y otra anexa,
de despacho. Ambos cuartos parecían haber sido abandonados recientemente
en el curso de alguna investigación, como si su último y efímero ocupante -postmortem
Charriere- no hubiese penetrado en ellos. No me causó extrañeza, ya
que la casa era suficientemente grande como para poder vivir en ella sin
necesidad de utilizar aquellos dos cuartos. Tanto el despacho como el
laboratorio se hallaban en la parte de atrás de la casa y daban sobre un jardín
frondoso, lleno de arbustos y árboles. Extendido a lo largo de toda la parte
posterior de la casa, este jardín era de un tamaño muy considerable, ya que
ocupaba el ancho de tres solares y en profundidad equivalía a uno. Remataba
en un muro de piedra muy alto que lindaba con la calle de atrás.
El estado en que se habían quedado el laboratorio y el estudio indicaban que,
sin lugar a duda, el doctor Charriere se hallaba en plena investigación cuando le
llegó su hora. Por mi parte, confieso que la naturaleza de su trabajo me intrigó
desde el primer momento. Parecía evidente que no se trataba de algo ordinario.
La vista de los extraños y casi cabalísticos dibujos, que parecían cuadros
fisiológicos de diversas especies de saurios, me indujo a pensar que la labor de
investigación emprendida por el doctor Charriere iba más allá del simple
estudio del hombre. Entre aquellos saurios, los más destacados eran del orden
Loricata y de los géneros Crocodylus y Osteolaemus, pero había también otros
dibujos representando el Gavialis, el Tomistoma, el Gaiman y el Alligator, así como
algunos otros reptiles de esta misma especie, aunque anteriores y que
correspondían al período Jurásico. De todas maneras, sé que no fue esa primera
ojeada y la curiosidad que despertó en mí lo que me impulsó a profundizar mi
estudio de la extraña investigación del doctor Charriere. Lo que me arrastró
realmente fue ese halo de misterio -perceptible para un anticuario- que se
desprendía de toda la casa.
La casa Charriere me impresionó desde el primer momento, pues era una casa
totalmente de su época, salvo en el hecho de la posterior instalación de agua
corriente. Tenía la impresión de que había sido el doctor Charriere quien la
había construido. Gamwell, en el curso de la conversación curiosamente elíptica
que habíamos mantenido, no me había dado a entender lo contrario. Pero
tampoco había mencionado la edad que tenía el cirujano el día de su muerte.
Suponiendo que hubiera muerto a los ochenta años, no podía haber sido él
quien había edificado la casa, ya que ésta había sido construida alrededor de
1700, ¡dos siglos antes de la muerte del doctor Charriere! Pensé, por lo tanto,
que el nombre que llevaba la casa era el del último propietario y no el del
constructor. Buscando una explicación racional respecto a este punto, descubrí
algunos hechos desagradablemente inverosímiles.
Por un lado, la fecha del nacimiento del doctor Charriere no aparecía en ningún
sitio. Busqué su tumba: curiosamente, se hallaba en la propia finca. Había
solicitado y obtenido permiso para ser enterrado en el jardín. La sepultura
estaba junto a un viejo y gracioso pozo que parecía haber sido construido más o
menos al mismo tiempo que la casa y permanecía intacto, con su techo, su cubo
y otros accesorios, sin duda tal como habían estado desde que se construyó la
casa. Eché una ojeada a la lápida en busca de la fecha de nacimiento, pero con
desazón observé que en la piedra sólo aparecían su nombre: Jean-François
Charriere; su profesión: cirujano; los lugares en los que había residido o
trabajado: Bayona, París, Pondichérry, Quebec, Providence; y el año de su
muerte: 1927. No había nada más, pero era suficiente para permitirme seguir
investigando más a fondo. Escribí en el acto a amistades de varios lugares en
donde podían investigarse los hechos.
Dos semanas después tenía ante mí los resultados de dichas investigaciones.
Pero lejos de quedar satisfecho, me hallaba más perplejo que nunca. Había
empezado por dirigirme a un corresponsal de Bayona, dando por supuesto que,
ya que éste era el primer lugar mencionado en la lápida, Charriere había nacido
allí. Luego pedí informes a París, después a un amigo de Londres que podía
tener acceso a los archivos de los asuntos británicos en la India, y finalmente a
Quebec. Salvo una relación de fechas, no obtuve ninguna información
interesante. Un Jean-François Charriere había nacido, efectivamente, en Bayona
¡en el año 1636! El nombre no era desconocido en París, ya que un joven de
diecisiete años, llamado Jean-François Charriere, había estudiado con el exiliado
monárquico Richard Wiseman, en 1653, y durante los tres años siguientes. En
Pondichérry, y luego en Caronmandall, en la costa india, un tal doctor JeanFrançois
Charriere, cirujano del ejército francés, había prestado servicio desde
1674 en adelante. Y en Quebec, el dato más antiguo que aparecía del doctor
Charriere se remontaba a 1691. Había practicado en esa ciudad durante seis
años, y abandonó posteriormente la ciudad con destino desconocido
Evidentemente, sólo podía llegarse a una conclusión: el doctor Jean-François
Charriere, nacido en Bayona en 1636 y cuyo último paradero conocido había
sido Quebec, precisamente el mismo año en que se construyó la casa Charriere
de la calle Benefit, era un antepasado del cirujano que había vivido en la casa y
llevaba el mismo nombre. Pero, y aunque así fuese, había una laguna absoluta
entre el año 1697 y la vida del último habitante de la casa, pues en ningún sitio
aparecían datos relativos a la familia de ese primer Jean-François Charriere. No
había ningún dato respecto a la existencia de una señora Charriere o de hijos,
que necesariamente debieron existir para que continuase su descendencia hasta
el presente siglo. Todavía cabía suponer que el viejo señor que había venido de
Quebec era soltero y que, al llegar a Providence, había contraído matrimonio.
Tendría entonces sesenta y un años, Pero la lectura del registro no revelaba que
ese matrimonio se hubiese realizado. Aquello me desconcertó, aunque sabía,
como anticuario, las dificultades que representaba la búsqueda de datos. La
desilusión, pues, no fue tan grande como para hacerme abandonar mis
investigaciones.
Opté por un nuevo procedimiento, y me dirigí a la firma Baker & Greenbaugh
para solicitar información acerca del doctor Charriere. Allí tropecé con algo más
extraño todavía, pues al preguntar acerca del aspecto físico del cirujano francés,
ambos abogados se vieron obligados a admitir que nunca lo habían visto. Todas
sus instrucciones habían llegado por carta, junto con unos cheques por un valor
muy elevado. Habían trabajado para el doctor Charriere durante los seis años
que precedieron a su muerte, y desde entonces hasta la fecha. No habían sido
empleados por él anteriormente.
Les pregunté acerca de ese «sobrino», puesto que la existencia de un sobrino
implicaba la existencia, por lo menos en alguna época, de un hermano o una
hermana de Charriere. Pero por ese camino tampoco conseguí la menor
información. Gamwell me había informado mal: Charriere no había
especificado que se refería a un sobrino, sino que había dicho: «el único varón
superviviente de mi familia». Se había pensado que este superviviente podía ser
un sobrino, pero toda pesquisa había sido inútil. De todas maneras, el
testamento del doctor Charriere decía que no era preciso buscar a su heredero
porque él mismo se dirigiría a la firma Baker & Greenbaugh, bien por carta o
personándose en unos términos inconfundibles que no darían lugar a dudas.
Ciertamente había algo misterioso. Los abogados no lo negaban. Pero también
resultaba evidente que habían sido muy bien recompensados por la confianza
que había sido depositada en ellos y que no iban a traicionarla contándome más
de lo que me habían contado. Después de todo, según dijo razonablemente uno
de los abogados, sólo habían transcurrido tres años desde la muerte del doctor
Charriere, y quedaba aún tiempo suficiente para que el heredero superviviente
se presentase.
Después de aquel fracaso, recurrí de nuevo a mi viejo amigo Gamwell, que
seguía en cama y se encontraba aún más débil. Su médico de cabecera, con
quien me crucé cuando salía de la casa, me dio a entender por primera vez que
Gamwell quizá no volvería a levantarse, y me pidió que procurara no excitarle,
ni cansarle con muchas preguntas. Sin embargo, estaba decidido a averiguar
todo lo que pudiese acerca de Charriere, pese a que la primera sorpresa me la
llevé yo ante el escrutinio al que me sometió Gamwell. Parecía como si mi
amigo esperara que una estancia de menos de tres semanas en la casa Charriere
me hubieran alterado incluso mi aspecto físico.
Charlamos un rato, y le expuse el motivo de mi visita; expliqué que había
encontrado la casa muy interesante y que, por lo tanto, deseaba conocer algo
más de su último ocupante. Gamwell había mencionado que le vio alguna vez.
-Fue hace muchos años -dijo Gamwell-. Si han pasado tres años después de su
muerte, déjame pensar... debió de ser en 1907.
-¡Pero eso fue veinte años antes de que muriese! -exclamé asombrado.
De todas formas, Gamwell insistió en que ésa era la fecha.
¿Y qué aspecto tenía? Insistí con la pregunta.
Desgraciadamente, la senilidad y la enfermedad habían invadido el vivo
intelecto del viejo.
-Coges un tritón, lo haces crecer un poco, le enseñas a andar sobre sus patas
traseras, lo vistes con ropas elegantes -dijo Gamwell- y ya tienes al doctor Jean-
François Charriere. Sólo que su piel era áspera, casi callosa. Un hombre frío.
Vivía en otro mundo.
-¿Cuántos años tenía? -le pregunté- ¿Ochenta?
-¿Ochenta? -se quedó pensativo-. La primera vez que le vi, yo no tenía más de
veinte años y él no aparentaba más de ochenta. Y hace veinte años, mi querido
Atwood, no había cambiado. Parecía tener ochenta años aquella primera vez.
¿O sería la perspectiva de mi juventud? Quizá. Parecía tener ochenta años en
1907. Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.
En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada
específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un
recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque
él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que
Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio.
A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos
del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable
porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó
que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era
una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás
de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada.
Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña
y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se
animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo
vivía en la casa, empezó a hablar.
-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa
endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en
un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado
como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era
aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande
para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al
doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que
ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un
zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a
una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso,
porque nadie lo hace.
¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al
despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece
arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no
pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan
vivo de sus ojos mientras estaba hablando. Parecía estar en posesión de un
secreto tan prodigioso que ni su guardián, la severa e inflexible hija que
permanecía inmóvil junto a ella, hubiera podido percibir o imaginar siquiera
sus contornos.
Los desengaños me esperaban a la vuelta de cada esquina. La suma de los datos
que había conseguido reunir basta entonces no me proporcionaba mayor
información que cada dato aislado. Archivos de periódicos, bibliotecas,
registros, lo intenté todo. Pero lo único que podía encontrarse era la fecha en
que se había construido la casa: 1697, y la de la muerte del doctor Jean-François
Charriere. Si algún otro Charriere había muerto en esta ciudad, no había señal
de ello en ningún sitio. Me parecía inconcebible que todos los miembros de la
familia Charriere, anteriores al antiguo inquilino de la casa de la calle Benefit,
hubiesen muerto fuera de Providence, y sin embargo debía de haber sucedido
así, ya que no encontraba otra explicación posible.
En la casa descubrí un retrato. Pese a que no llevaba ningún nombre inscrito,
por las iniciales J. F. C. supuse que se trataba del doctor Charriere. El cuadro,
que estaba colgado en un rincón apartado y casi inaccesible del piso superior,
representaba una cara delgada y ascética, con una barba desordenada; lo que
más resaltaba en ese rostro eran los pómulos salientes que acentuaban el
hundimiento de las mejillas y el brillo de los ojos negros. En general, su aspecto
era desvaído y siniestro.
En vista de la imposibilidad de obtener más información por otros medios,
decidí dedicarme de nuevo al examen de los papeles y libros dejados en el
despacho y el laboratorio del doctor Charriere. Hasta entonces me había
ausentado mucho de la casa en busca de información acerca del pasado del
doctor Charriere, y ahora me había recluido en ella casi con la misma
obstinación. Quizá debido a esta reclusión percibí con mayor fuerza el halo
misterioso de la casa -a nivel psíquico tanto como físico-. Ahora, por vez
primera, llegaba a notar la extraña mezcla de olores que habían decidido al
efímero inquilino y a su familia a abandonar la casa apenas alquilada. Algunos
de ellos eran los aromas típicos y comunes de todas las casas viejas, pero otros
me eran totalmente desconocidos. Sin embargo, logré identificar fácilmente el
olor predominante: lo había percibido ya en otras ocasiones, en jardines
zoológicos y en las proximidades de ciertos pantanos de aguas estancadas. Se
trataba de un miasma que, con una fuerza increíble, sugería la presencia
cercana de reptiles. Cabía admitir la posibilidad de que ciertos reptiles hubiesen
llegado, a través de la ciudad, hasta el refugio que les podía proporcionar el
jardín de la casa Charriere. En cambio, lo que sí parecía inconcebible era que
hubiese llegado hasta allí una cantidad tan grande de ellos como para llenar la
casa entera de su hedor. Pero por mucho que busqué no logré encontrar el lugar
de donde emanaba ese olor a reptil, ni dentro ni fuera de la casa. Cuando se me
ocurrió que podía provenir del pozo, pensé que sin duda se trataba de una
ilusión mía, provocada por mi deseo de encontrar alguna explicación racional.
El olor persistía. Noté también que aumentaba con la lluvia, pues es bien sabido
que con la humedad se acentúan los olores. Como la casa también estaba
húmeda, la brevedad de la estancia del último inquilino era comprensible. Lo
cierto era que éste no se había equivocado. A mí, personalmente, si bien aquel
hedor llegó a desagradarme en ocasiones, no me inquietaba -al menos no tanto
como me inquietaban otros aspectos de la casa.
Parecía que la vieja casa había empezado a protestar contra mi intromisión en el
despacho y en el laboratorio. En efecto, empecé a tener ciertas alucinaciones que
se hicieron cada vez más frecuentes. Por una parte, durante la noche oía un
extraño ladrido que parecía provenir del jardín. Por otra parte, y también
durante la noche, veía algo como una extraña y encorvada figura de reptil
rondando por el jardín, cerca de las ventanas del despacho. Pese a que esta y
otras visiones se repetían, me empeñé en considerarlas como meras
alucinaciones personales. Lo conseguí hasta aquella fatídica noche en que oí un
ruido esta vez inconfundible: era como si alguien se estuviera bañando en el
jardín. Me desperté de mi sueño convencido de que ya no estaba solo en la casa.
Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, encendí una lámpara y corrí hacia
el despacho.
Lo que mis ojos presenciaron allí me indujo a creer que estaba soñando aún. Mi
pesadilla parecía generada directamente por la naturaleza de ciertas lecturas
que acababa de hacer indagando entre los papeles del doctor Charriere. Porque
se trataba de una pesadilla, en ese momento no me cabía la menor duda,
aunque apenas pude divisar al intruso, el intruso que había penetrado en el
despacho, llevándose unos papeles del doctor Charriere. La luz amarillenta y
tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo
veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por
la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no
duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al
cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en
perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas
inquietantes.
El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y
mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban:
unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su
marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido
inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado
de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como
parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y
estuve a punto de desmayarme.
Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la
curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue
que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa
Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que
fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio.
Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo
explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar?
Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios
de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que
había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba
entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que
alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de
reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes
relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para
mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había
volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de
sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su
propia vida. Hasta entonces nada en esos apuntes me había inducido a pensar
que el doctor Charriere hubiera descubierto los secretos de esa longevidad. Tan
sólo algunos párrafos alarmantes sugerían la posibilidad de que hubiera
sometido a «operaciones» a alguien -no especificaba quién- con el fin de
alargarle la vida.
En realidad, existía también otra clase de notas escritas, según me pareció a mí,
por el doctor Charriere. Sin embargo, en su contenido se apartaban de la
investigación más o menos científica seguida por éste en torno a la longevidad
de los reptiles. Se trataba de una serie de enigmáticas referencias a ciertas
criaturas mitológicas, entre las cuales dos eran frecuentemente citadas:
«Cthulhu» y «Dagon». Eran, por lo visto, deidades del mar en alguna mitología
muy antigua y de la que nunca había oído hablar hasta entonces. Los
misteriosos apuntes se referían también a otros seres (¿hombres?), llamados
‘Los Profundos’, que gozaban de una longevidad muy larga y estaban al
servicio de esos dioses antiguos. Eran evidentemente unos seres anfibios que
vivían e las profundidades de los océanos. Entre aquellos apuntes se
encontraban las fotografías de una estatua monolítica particularmente horrenda
y con marcados rasgos saurios. Estaban acompañadas del texto siguiente:
«Costa Este de la Isla de Hivaoa, Marquesas. ¿Ídolo?» En otras fotografías
aparecía un tótem de los indios de la costa noroeste. Su parecido con la primera
estatua era inquietante: la misma anchura, los mismos rasgos acusados de
reptil. Sobre una de esas fotos, el doctor Charriere había anotado: «Tótem de los
indios Kwakiutl. Estrecho de Quatsino. Parecido a los construidos por ind.
Tlingit.» Estas extrañas anotaciones demostraban claramente que su autor
estaba dispuesto a estudiar cualquier antiguo rito de brujería, cualquier
superstición religiosa primitiva, con tal de que aquello le sirviera para alcanzar
su objetivo.
No tardé mucho en darme cuenta de cuál era la naturaleza de ese objetivo. El
doctor Charriere, evidentemente, no se había volcado en el estudio de la
longevidad por puro amor al estudio. No, lo que él pretendía con ello era
conseguir alargar su propia vida. Y en sus apuntes ciertos indicios
espeluznantes daban a entender que, al menos parcialmente, había tenido éxito.
Este era un descubrimiento desagradable, que me impedía apartar de mi mente
el recuerdo del extraño misterio que envolvía los últimos años y la muerte del
primer Jean-François Charriere, cirujano también, así como el nacimiento del
último doctor Jean-François Charriere, muerto en Providence en el año 1927.
Aunque los acontecimientos de aquella noche no me habían asustado
excesivamente, opté por comprar una pistola Luger de segunda mano y una
linterna. La lámpara me había impedido ver durante la noche, cosa que, en
idénticas circunstancias, no me ocurriría con una linterna. Si el visitante
nocturno había sido uno de los vecinos, estaba seguro de que esos papeles no
harían otra cosa que llamar su atención y, tarde o temprano, volvería. Ante esa
posibilidad deseaba estar preparado. En caso de que sorprendiera nuevamente
al merodeador en la casa que yo había alquilado, estaba decidido a disparar si
no obedecía a mi orden de alto. Por supuesto, era un caso extremo al que no
deseaba llegar.
La noche siguiente reanudé mi lectura de los libros y papeles del doctor
Charriere. Era indudable que muchos de los libros habían pertenecido a
antepasados suyos, pues databan de siglos atrás. Una de las obras, escrita por R.
Wiseman y traducida del inglés al francés, apoyaba la tesis de una relación
existente entre el doctor Jean-François Charriere, alumno de Wiseman en París,
y ese otro cirujano del mismo nombre que había vivido hasta hacía poco en
Providence, Rhode Island.
En conjunto, era un curioso batiburrillo de libros. Los había en casi todos los
idiomas conocidos, desde el francés hasta el árabe. Me era imposible traducir la
mayor parte de los títulos, aunque leía francés y tenía ciertas nociones de otras
lenguas románicas. Me era totalmente incomprensible el significado de un título
como Unaussprechlichen Kulten, de Von Junzt, y si sospechaba que se trataba de
un libro del mismo estilo que el Cultes des Goules, del conde d'Erlette, era porque
se hallaba colocado junto a él. Libros de zoología estaban mezclados con
gruesos tomos que trataban de antiguas culturas. Y en esa mezcolanza se
encontraban publicaciones como Un Estudio sobre la Relación Existente entre los
Habitantes de Polinesia y las Culturas del Continente Suramericano con Especial
Referencia a Perú; Los Manuscritos Pnakóticos; De Furtivis Literarum Notis, de
Giambattista Porta; la Criptografía, de Thicknesse; el Daemonolatreia, de
Remigius; La Era de los Saurios, de Banfort; una colección del Transcript, de
Aylesbury, Massachusetts, etcétera. Era indudable que, por su antigüedad,
muchos de estos libros eran valiosísimos. Gran cantidad de ellos habían sido
editados entre 1670 y 1820 y se encontraban en perfecto estado de conservación,
pese a haber sido constantemente manipulados.
Sin embargo, aquellas obras tenían poco interés para mí. A veces pienso que
por no haber dedicado un poco más de tiempo a su examen perdí en esa
ocasión la oportunidad de aprender aún más de lo que aprendería luego; pero
el dicho afirma que tener demasiados conocimientos acerca de temas que el
hombre haría mejor en ignorar es más pernicioso que tener pocos. Otro de los
motivos que me impulsaron a abandonar tan pronto el examen de todos
aquellos libros fue un descubrimiento que hice. Oculto entre ellos encontré algo
que, a primera vista, me pareció un diario. Un examen más minucioso me
convenció de que aquello no era tal cosa, sino una simple libreta, porque las
primeras fechas apuntadas en ella eran tan remotas que no podían
corresponder a ningún momento de la vida del doctor Charriere, por muchos
años que hubiese logrado vivir. Y sin embargo, era evidente que, desde las
primeras y más antiguas hojas hasta las últimas y más recientes, todas las
anotaciones habían sido escritas por la misma mano. En todas ellas se reconocía
la pequeña y angulosa letra del difunto cirujano. Supuse entonces que,
recopilando viejos papeles, el doctor Charriere había encontrado ciertas notas
de su interés y decidido copiarlas en su libreta para poder tenerlas reunidas y
ordenadas por orden cronológico. Además de las anotaciones, en aquellas
páginas figuraban también unos dibujos que producían indudablemente una
gran impresión, pese a la poca maestría con que habían sido realizados. En
cierto sentido, recordaban a las primeras obras de ciertos artistas autodidactas.
La primera página del manuscrito empezaba con la nota siguiente: «1851.
Arkham. Aseph Goade, P.» A continuación venía lo que me pareció ser el
retrato de Aseph Goade. Era un dibujo en el que determinados rasgos de su
fisonomía -más propios de un batracio que de un hombre- habían sido
intencionadamente realzados. Tenía la boca anormalmente ancha, los labios
como de cuero cuarteado, la frente muy baja y ojos que parecían recubiertos por
una membrana; era una fisonomía chata, claramente similar a la de una rana. El
dibujo ocupaba casi la totalidad de la página. Del texto que le acompañaba
deduje que se trataba del relato del descubrimiento -en el campo de la pura
investigación intelectual, pues era imposible de toda evidencia que existiera
semejante criatura- de una especie subhumana (¿podía la inicial «P» referirse a
«Los Profundos», cuyo nombre había leído en notas anteriores?) Para el doctor
Charriere, en cambio, aquel ejemplar de esa especie subhumana era una
realidad, una verificación en el curso de su investigación, que le permitiría
demostrar la existencia de un parentesco entre el batracio y el hombre y, por lo
tanto, entre éste y el saurio.
A continuación venían otros apuntes de la misma naturaleza. La mayoría de
ellos eran un tanto ambiguos -quizá a propósito- y, a primera vista, parecían no
tener ningún sentido. ¿Qué podía yo sacar de una página como ésta?:
1857 San Agustín. Henry Bishop. Piel cubierta de escamas aunque no
ictiológicas. Debe tener 107 años. Ningún proceso de degeneración. Todos los
sentidos muy agudos. Origen incierto, algunos antepasados dedicados al
comercio en Polinesia.
1861. Charleston. Familia Balzac. Piel de las manos cubierta de costras.
Mandíbula doble. Toda la familia presenta las mismas características. Anton 117
años. Anna 109 años. Infelices lejos del agua.
1863. Innsmouth. Familias Marsh, Waite, Eliot y Gilman. El Capitán Obed
Marsh, comerciante en Polinesia, contrajo matrimonio con una nativa. Todos
con características faciales similares a las de Aseph Goade. Vida apartada. Las
mujeres raras veces vistas por las calles, pero mucha natación durante la noche -
familias enteras nadando en dirección al Arrecife del Diablo, mientras el resto
de la ciudad permanecía en sus casas-. Notable relación con P. Tráfico
considerable entre Innsmouth y Ponapé. Algunas ceremonias religiosas
secretas.
1871. Jed Price, atracción de ferias. Conocido como el «Hombre Caimán».
Aparece en estanques llenos de caimanes. Aspecto saurio. Mandíbula hundida.
Reputado por sus dientes puntiagudos, pero imposible determinar si eran
naturalmente así o si habían sido afilados.
Esta era en general la sustancia de las anotaciones reunidas en la libreta.
Aquellas notas hacían referencia a diversos puntos del continente, desde el
Canadá hasta México, pasando por la Costa Este de Norteamérica. Desde aquel
momento se hizo patente la extraña obsesión del doctor Jean-François
Charriere, que le empujaba a comprobar la longevidad de ciertos seres
humanos que, en sus mismos rasgos, parecían mostrar algún parentesco con
antepasados saurios o batracios.
Indudablemente, si se conseguía admitir la realidad de aquellos hechos -sin
interpretarlos como una pintoresca y colorida descripción de personas
marcadas por ciertos acusados defectos físicos- cabía reconocer el peso de la
evidencia buscada por el doctor Charriere para corroborar extraña y
provocativamente su propia creencia. Sin embargo, y en muchos aspectos, el
cirujano no había pasado de hacer puras conjeturas. Parecía que lo único que
pretendía era establecer una relación entre los datos recopilados. Esa relación la
había buscado en las doctrinas de tres civilizaciones distintas. La más conocida
estaba contenida en las leyendas vudús de la cultura negra. Inmediatamente
después, la doctrina que había generado los cultos a los animales en el antiguo
Egipto. Finalmente, la tercera y la más importante de todas, según las
anotaciones del cirujano, era una cultura completamente extraña y tan vieja
como la tierra misma, o más aún. Era la civilización de unos Dioses
Arquetípicos, de su terrible e incesante conflicto con los Primigenios, tan
primitivos como ellos mismos y que se llamaban Cthulhu, Hastur, Yog-Sothoth,
Shub-Niggurath, Nyarlathotep y nombres similares. Esos tenían a su servicio
unos seres tan extraños como podían serlo el Pueblo Tcho-Tcho, los Profundos,
los Shantaks, los Abominables Hombres de las Nieves, y otros más. Al parecer,
algunos de ellos eran seres subhumanos; en cuanto a los demás, o eran criaturas
en vía de transformación, o no eran humanos en absoluto. El resultado de la
investigación del doctor Charriere era fascinante, pero en ningún momento
había establecido y menos aún comprobado una relación definitiva. Se
encontraban ciertas referencias a los saurios en el culto vudú; existían relaciones
similares con la cultura religiosa del antiguo Egipto; y aparecían oscuras y
sugerentes referencias a una relación con los saurios representados por el mítico
Cthulhu, en una época anterior al Crocodilus y al Gavialis; y aún antes del
Tyrannosaurus y del Brontosaurus, del Megalosaurus y otros reptiles de la era
mesozoica.
Además de estas interesantes notas, había diagramas de lo que parecían ser
extrañísimas operaciones y cuya naturaleza no comprendía en ese momento.
Aparentemente habían sido copiados de antiguos textos, entre ellos una obra de
Ludvig Prinn, titulada De Vermis Mysteriis, frecuentemente citada como fuente
de referencias y que me era también totalmente desconocida. Las operaciones
en sí mismas sugerían una raison d’être demasiado aterradora para poder
aceptarla; una de ellas, por ejemplo, cuyo propósito era estirar la piel, consistía
en realizar muchas incisiones para «permitir el crecimiento». Otra explicaba
cómo un sencillo corte en cruz en la base de la columna vertebral era suficiente
para lograr «una extensión del hueso de la cola». Lo que estos fantásticos
diagramas sugerían era demasiado horrible para ser contemplado, pero sin
duda formaba parte de la extraña investigación realizada por el doctor
Charriere. A partir de ese momento, su reclusión me pareció sobradamente
justificada: un estudio como éste no podía llevarse a cabo más que en secreto si
se quería evitar la burla de todos los científicos.
En estos papeles pude leer también la descripción de esas experiencias. Estaban
relatadas de tal modo que no podía tratarse más que de experiencias vividas
por el propio narrador. Sin embargo, eran anteriores a 1850 -en algunos casos
en varias décadas- aunque, como todas las demás notas, estaban escritas de
puño y letra del doctor Charriere. En este caso preciso, era indudable que no se
trataba del relato de experiencias ajenas. No me quedaba ya otra opción que la
de admitir que era más que octogenario en el momento de su muerte, y
muchísimo más, tanto que empecé a sentirme molesto y a no poder apartar de
mi mente a ese otro doctor Charriere que había existido antes que él
La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e
hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y
otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad
característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto
como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se
retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de
semiinconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento
en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra
larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos
de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en
cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había
apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de
naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que
se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un
significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ese era justo el
tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor
Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese
material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo
científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias,
quizá suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento
espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a
satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
¿Hasta qué punto habría seguido profundizando en la investigación del doctor
Charriere? Lo ignoro.
Quizá habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo
gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su
contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se
presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y
será destruida.
Estaba examinando estos «hallazgos» del doctor Charriere, cuando me di
menta, con eso que la gente llama el «sexto sentido», de que estaba siendo
observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi
reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior
del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que
estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible
caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto
que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había
nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la
luz, y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que,
medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín:
¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para
perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la
noche anterior.
De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones
que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno,
confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se
oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían
asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba
a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en
el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy
convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para
conseguirlo durante el largo período en que la casa estuvo deshabitada. Lo
cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera
explicación de los hechos. No soy más escéptico que cualquier otro anticuario;
pero la aparición de mi visitante, lo confieso, no me sugirió nada que hubiera
podido relacionar con su verdadera identidad, a pesar de todas las
circunstancias coincidentes que podían tener cierto significado para mentes
menos científicas que la mía.
Sentado allí en la oscuridad, me sentía más impresionado que nunca por la
atmósfera de la vieja casa. La misma oscuridad parecía tener vida propia; no le
influía la vida de Providence que la rodeaba y que, sin embargo, se hallaba tan
lejos. Estaba poblada de residuos psíquicos dejados por el paso de los años: el
olor persistente de la humedad, sumado a ese otro tan peculiar y característico
de ciertas zonas en los parques zoológicos donde viven los reptiles; el olor a
madera vieja mezclado con ese otro que desprendía la piedra de las paredes en
el sótano, aroma de material descompuesto porque, con el tiempo, la madera
tanto como la piedra habían ido deteriorándose. Pero había algo más: el
vaporoso indicio de una presencia animal, que parecía incrementarse de minuto
en minuto.
Estuve esperando así cerca de una hora, antes de percibir algún ruido.
Cuando lo oí, fue irreconocible. Al principio me pareció que era un ladrido,
algo muy similar al sonido emitido por los caimanes; pero pensé que sería mi
imaginación febril, y que no había sido más que el ruido de una puerta al
cerrarse. Pasó algún tiempo antes de que volviese a oír algún otro sonido: el
crujido de unos papeles. ¡El intruso había logrado entrar en el estudio delante
de mis propias narices sin que lo advirtiera! Estaba estupefacto y encendí la
linterna que tenía enfocada hacia la mesa.
Lo que vi fue algo increíble, espantoso. Lo que allí había no era un hombre, sino
la absoluta desfiguración de un hombre. Sé que en ese mismo instante pensé
que perdería el conocimiento. Pero el sentido de la necesidad ante el eminente
peligro me invadió y, sin pensarlo, disparé cuatro veces. Por la poca distancia
que nos separaba, sabía positivamente que cada disparo había dado en el
cuerpo bestial que se inclinaba sobre la mesa del doctor Charriere en el oscuro
estudio.
De lo que sucedió inmediatamente después, afortunadamente recuerdo muy
poco: un cuerpo revolcándose, la huida del intruso, y mi confusa carrera en
persecución. Era evidente que le había herido, porque había manchado el suelo
de sangre, desde la mesa del estudio hasta la ventana por la que había saltado,
atravesando y rompiendo el cristal. Salí afuera y, a la luz de mi linterna, seguí
las huellas sangrientas. Aunque no hubiera estado desangrándose, el fuerte olor
que despedía y que se percibía en el aire de la noche me habría permitido
seguirle.
Me llevó por el jardín, no muy lejos de la casa, directamente al borde del pozo
que estaba detrás de ella. Desde allí, las huellas seguían hacia el interior del pozo.
A la luz de la linterna, vi entonces, y por primera vez, los escalones, hábilmente
construidos, que bajaban al oscuro interior. Era tan grande la pérdida de sangre
que encharcaba el borde del pozo, que estaba seguro de haber herido
mortalmente al intruso. La confianza de que así había sido me impulsó a
seguirle más adentro, a pesar del eminente peligro.
¡Ojalá hubiese dado media vuelta y me hubiese alejado de aquel maldito lugar!
Pero seguí adelante y bajé por las escaleras situadas contra la pared del pozo,
que no conducían a la superficie del agua, sino a un agujero, el cual comunicaba
con un túnel que atravesaba el muro del pozo y se adentraba profundamente en
el jardín. Movido ahora por un ardiente deseo de conocer la identidad de mi
víctima, me introduje en el túnel, sin apenas darme cuenta de la húmeda tierra
que manchaba mi ropa. Con la linterna alumbraba hacia delante, y tenía mi
arma preparada. Más allá había una especie de caverna -lo suficientemente
grande como para que cupiera un hombre arrodillado- y, en medio de la luz
emitida por mi linterna, apareció un ataúd. Al verlo dudé un instante, pues me
di cuenta que la desviación del túnel conducía a la tumba del doctor Charriere.
Pero había llegado demasiado lejos para poder retroceder.
El hedor en este espacio era indescriptible. La atmósfera del túnel entero estaba
impregnada de ese nauseabundo olor a reptil, pero ahora se había vuelto tan
denso que tuve que hacer un gran esfuerzo para acercarme al ataúd. Llegué a él
y vi que estaba destapado. Los charcos de sangre llegaban hasta el mismo
féretro que habían manchado. Con una mezcla de curiosidad y de temor ante lo
que iba a ver, me incorporé cuanto pude. Temblando, alumbré con la linterna el
interior del ataúd...
Habrá quien diga que mi memoria no es muy de fiar, dada la cantidad de años
que han transcurrido, pero lo que vi allí ha quedado grabado para siempre en
mi memoria. Bajo la luz de mi linterna yacía un ser que acababa de morir, y
cuya existencia implicaba una serie de cosas espeluznantes. Esta era la criatura
que yo había matado. Mitad hombre, mitad saurio, era el macabro recuerdo de
lo que una vez había sido un ser humano. Sus ropas estaban rotas, desgarradas
por las horribles mutaciones de su cuerpo; la piel, cubierta de costras; sus
manos y sus pies descalzos eran planos, de aspecto fuertes, parecidos a unas
garras. Aterrado, noté también el apéndice en forma de cola que había crecido
en la base de la columna vertebral, y su mandíbula horriblemente alargada, una
mandíbula de cocodrilo en la que aún crecía una mota de pelo, como la barba
de una cabra...
Todo esto fue lo que vi antes de poder abandonarme a un desmayo bienhechor,
pues ya había reconocido lo que yacía en el ataúd. Había permanecido allí
desde 1927 en una semiinconsciencia cataléptica, esperando el momento de
volver a la vida, con un aspecto horrorosamente alterado. Era el doctor Jean-
François Charriere, cirujano, nacido en Bayona en el año 1636 y «muerto» en
Providence en 1927. ¡Ahora ya sabía que el superviviente de quien hablaba en
su testamento no era otro que él mismo, nacido otra vez, devuelto a la vida por
el conocimiento endemoniado de ritos más antiguos que la propia humanidad,
y ya olvidados, tan antiguos como los primeros días de la tierra, cuando las
grandes bestias luchaban y se destruían entre sí!

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