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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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domingo, 21 de julio de 2013

Mundodisco - 04 - Mort - Terry Pratchett

Mundodisco 04
Mort
Terry Pratchett




Ésta es la habitación iluminada por la luz brillante de las velas donde se almacenan los biómetros,
estantes y más estantes llenos de ellos: rechonchos relojes de arena, uno por cada
persona viva, en los que la fina arena va descendiendo del futuro al pasado. El siseo acumulado
de los granos que van cayendo llena la habitación con un rugido parecido al del mar.
He aquí a la propietaria de la habitación; se pasea majestuosa por ella con cara de preocupación.
Es la Muerte.
Pero no es una Muerte cualquiera. Ésta es la Muerte cuya esfera de actividad se encuentra…
bueno, en realidad no es una esfera, sino el Mundodisco, que es plano y viaja a lomos de
cuatro elefantes gigantescos que, a su vez, van montados sobre el caparazón, rodeado por una
cascada que fluye incesantemente hacia el espacio, de Gran A'Tuin, la enorme tortuga estelar.
Los científicos han calculado que hay una posibilidad entre millones de que algo tan manifiestamente
absurdo exista de verdad.
Pero los magos han calculado que esa posibilidad entre millones se da en nueve de cada
diez ocasiones.
La Muerte atraviesa con sus pies huesudos el suelo de baldosas blancas y negras, mientras
masculla en el interior de la capucha y con sus dedos esqueléticos cuenta las filas de atareados
relojes de arena.
Finalmente encuentra uno que parece satisfacerla, lo saca con cuidado de su estante y lo
acerca a la vela más próxima. Lo sostiene de manera que refleje la luz, y se queda mirando
fijamente el puntito brillante en él reflejado.
Comentario [LT1]:
Terry Pratchett Mort – Mundodisco 4
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La fija mirada de esas titilantes órbitas oculares abarca la tortuga mundo, que rema por las
profundidades del espacio, con su caparazón plagado de las heridas dejadas por los cometas y
los cráteres producidos por los meteoros. La Muerte sabe que algún día hasta Gran A'Tuin
morirá, y ése sí que será todo un reto.
Pero su mirada se desplaza para zambullirse en la verdeazulada magnificencia del Disco
mismo, que gira despacio bajo la órbita de su pequeño sol.
Y describiendo una curva se aleja hacia la gran cordillera llamada Montañas del Carnero.
Las Montañas del Carnero están plagadas de valles profundos, de inesperados despeñaderos
y de formas geográficas tan variadas que nadie sabe qué hacer con ellas. Tienen un clima propio
y peculiar, con abundantes lluvias de metralla y perpetuas tormentas de truenos. Hay gente
que dice que todo esto es debido a que las Montañas del Camero dan cobijo a una magia antigua
y salvaje. Pero claro, la gente dice muchas tonterías.
La Muerte pestañea e intenta ver mucho más lejos. Y ve los campos cubiertos de hierba de
los declives dextro de las montañas.
Y ve una ladera en particular.
Y ve un campo.
Y ve a un muchacho que corre.
Y lo observa.
Y con una voz que suena como planchas de plomo al caer sobre granito, dice: Sí.
No cabía duda alguna de que había algo mágico en el suelo de aquella accidentada zona de
colinas que, debido al extraño color que daba a la flora local, era conocida como el país de la
hierba octarina. Por ejemplo, era uno de los pocos lugares del Disco donde las plantas producían
variedades reanuales.
Reciben el nombre de reanuales aquellas plantas que crecen hacia atrás en el tiempo. Se
siembran este año y crecen el año pasado.
La familia de Mort estaba especializada en la destilación de vino de uvas reanuales. Se trataba
de una fruta muy poderosa y buscada por los adivinos puesto que, como es obvio, les
permitía ver el futuro. El único inconveniente era que la resaca se producía la mañana antes, y
había que beber mucho para reponerse.
Los cultivadores de reanuales eran, por lo general, hombres corpulentos y serios, muy dados
a la introspección y al análisis exhaustivo del calendario. Un agricultor que se olvida de
sembrar semillas normales sólo pierde la cosecha, mientras que quien se olvida de sembrar las
semillas de una cosecha que ya ha sido recogida doce meses antes, se arriesga a poner en
peligro toda la estructura de la causalidad, por no mencionar que es una vergüenza enorme
para él.
Para la familia de Mort resultaba una vergüenza realmente tremenda el hecho de que el
menor de los hijos no fuera nada serio y que tuviera para la horticultura el mismo talento que se
encontraría en una estrella de mar muerta. No se trataba de que no fuese colaborador, pero su
forma alegre y dispersa de colaborar era de esas que los hombres serios no tardan en temer.
Había en ella algo malsano, quizá incluso fatal. Era un muchacho alto, pelirrojo y pecoso, con
uno de esos cuerpos que dan la impresión de estar sólo marginal-mente bajo el control de su
dueño; un cuerpo que parecía compuesto en su mayoría de rodillas.
Ese día en particular, su cuerpo cruzaba como un rayo los altos campos, agitando las manos
y gritando.
El padre y el tío de Mort lo observaban, desconsolados, desde el muro de piedra.
-No entiendo por qué -dijo Lezek, el padre- los pájaros ni siquiera salen volando a su paso.
Yo saldría volando si lo viera venir hacia mí.
-Aah. El cuerpo humano es algo maravilloso. No sé, lo digo porque sus piernas se desvían
en todas las direcciones, y aún así parece conseguir una cierta velocidad.
Mort llegó al final de un surco. Una paloma torcaz con el buche repleto se apartó despacio
de su camino, dando bandazos.
-Tiene buen corazón, no lo olvides -comentó Lezek con sumo cuidado.
-Sí, claro, pero todo lo demás salió defectuoso.
-En casa es bastante limpio. No come demasiado -dijo Lezek.
-Ya se ve, ya se ve.
Lezek miró de soslayo a su hermano, quien a su vez tenía la vista clavada en el cielo.
-Me he enterado de que en tu granja tenías un puesto libre, Hamesh -le dijo.
-Esto… me he conseguido un aprendiz.
-Ah, ¿y cuándo fue eso? -inquirió Lezek con tono pesimista.
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-Ayer -repuso su hermano, mintiendo con la velocidad de una serpiente de cascabel-. Lo
tengo todo firmado y sellado. Lo siento. Oye, no tengo nada contra el joven Mort, es un muchacho
agradable como el que más, pero es que…
-Ya lo sé, ya lo sé -dijo Lezek-. Sería incapaz de encontrarse el trasero aunque utilizara las
dos manos.
Se quedaron mirando fijamente a la silueta lejana. Se había caído al suelo. Unas cuantas
palomas se le habían acercado contoneándose para inspeccionarla.
-Y la verdad es que tonto, tonto, no es -dijo Hamesh.
-Bueno, cerebro sí que tiene -admitió Lezek-. A veces se pone a pensar con tanta fuerza
que hay que golpearlo en la cabeza para que te preste atención. Su abuela le ha enseñado a
leer, ¿sabes? Supongo que eso le ha recalentado los sesos.
Mort se había levantado, para tropezar con su túnica.
-Tendrías que meterlo en algún oficio -dijo Hamesh, pensativo-. En el sacerdocio, quizá. O
la hechicería. Los magos leen mucho.
Se miraron. En las mentes de ambos se formó una idea de lo que Mort sería capaz de hacer
si llegaba a poner sus bienintencionadas manos en un libro de magia.
-Está bien -siguió Hamesh rápidamente-. Pensemos en otro oficio. Ha de haber muchas cosas
a las que pueda dedicarse.
-Es que empieza a pensar demasiado, ése es el problema -dijo Lezek-. Míralo. No hay que
pensar en cómo espantar a los pájaros, se hace y en paz. Al menos es lo que un muchacho
normal haría.
Hamesh se rascó la barbilla con aire pensativo.
-Aunque el problema podría ser de otros -dijo. Lezek continuó impasible, pero en sus ojos
se produjo un cambio sutil.
-¿A qué te refieres?
-La semana entrante será la feria de contratación en el Cerro de las Ovejas. Lo metes a
aprendiz, y su nuevo amo será quien se encargue de ponerlo en forma. Lo dice la ley. Con un
contrato por escrito, la cosa es obligatoria.
Lezek miró a su hijo, que estaba al otro lado del campo contemplando una piedra.
-Es que no me gustaría que le ocurriera nada malo -dijo, con un asomo de duda-. Su madre
y yo le tenemos cariño. Uno acaba por acostumbrarse a la gente.
-Será por su bien, ya lo verás. Se hará hombre.
-Bueno, sí. La verdad es que hay abundante materia prima -suspiró Lezek.
Mort empezaba a interesarse en la piedra. Tenía incrustadas unas conchas rizadas, reliquias
de los primeros días del mundo, cuando el Creador había hecho criaturas a partir de las
piedras, sin que nadie supiera por qué.
Mort estaba interesado en montones de cosas. En por qué los dientes de las personas encajaban
tan bien juntos, por ejemplo. Había pensado mucho en ese punto. Después estaba la
intrigante cuestión de por qué el sol salía de día en lugar de salir por la noche, cuando la luz
habría resultado más útil. Conocía la explicación corriente que, en cierto modo, no le parecía
satisfactoria.
En pocas palabras, Mort era una de esas personas que son más peligrosas que una bolsa
llena de serpientes de cascabel. Estaba decidido a descubrir la lógica fundamental del universo.
Difícil le iba a resultar, porque no había lógica alguna. Cuando montó el mundo, el Creador
tuvo muchas ideas notablemente buenas, pero entre ellas no estaba la de hacerlo comprensible.
Los héroes trágicos siempre gimen cuando los dioses se interesan por ellos, pero son precisamente
las personas a las que los dioses pasan por alto las que se llevan la peor parte.
Como de costumbre, su padre le gritaba. Mort le tiró la piedra a una paloma que estaba demasiado
ahíta para esquivarla y, a paso lento, regresó por el campo.
Y precisamente por eso fue que Mort y su padre bajaron las montañas con rumbo al Cerro
de las Ovejas la Noche de la Vigilia de los Cerdos, transportando a lomos de un burro y metidas
en un saco las escasas posesiones de Mort. El pueblo no era más que las cuatro calles
que formaban los lados de una plaza adoquinada; en ellas se alineaban las tiendas que proporcionaban
toda la industria de reparaciones a la comunidad agricultora.
Al cabo de cinco minutos, Mort salió de la sastrería ataviado con una prenda marrón muy
amplia, de función indefinida que, comprensiblemente, no había sido reclamada por su anterior
dueño y le dejaba bastante espacio para crecer, suponiendo que fuera a crecer hasta convertirse
en un elefante de diecinueve patas.
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Su padre lo contempló con ojo crítico.
-Para lo que hemos gastado, muy bonito -concluyó.
-Me pica -dijo Mort-. Me parece que llevo cosas aquí dentro.
-En el mundo hay miles de muchachos que estarían agradecidos por llevar una bonita… -
Lezek se interrumpió y, dándose por vencido, añadió-: Por llevar una prenda abrigada y bonita
como ésa, hijo mío.
-¿Podría compartirla con ellos? -inquirió Mort, esperanzado.
-Has de parecer elegante -dijo Lezek con tono severo-. Has de causar una buena impresión,
destacarte entre la multitud.
No había duda sobre ese aspecto. Destacaría. Se internaron entre la multitud que se agolpaba
en la plaza, cada uno sumido en sus pensamientos. Normalmente, Mort disfrutaba al visitar
el pueblo, con su atmósfera cosmopolita y sus extraños dialectos de las aldeas ubicadas a
cinco, incluso diez kilómetros de distancia, pero en aquella ocasión, sentía una desagradable
aprensión, como si lograse recordar algo no ocurrido aún.
Al parecer, la feria funcionaba del siguiente modo: los hombres que buscaban trabajo se
disponían en filas desordenadas en el centro de la plaza. Muchos de ellos llevaban en los sombreros
pequeños símbolos para indicar al mundo el tipo de trabajo para el que estaban adiestrados;
los pastores llevaban una hebra de lana; los carreteros un mechón de pelo de caballo;
los decoradores una tira de papel pintado de un aspecto harto interesante, y así sucesivamente.
Los muchachos que buscaban colocarse como aprendices estaban apiñados en el extremo
Eje de la plaza.
-Vas y te pones allí de pie, y alguien viene y te ofrece trabajo de aprendiz -dijo Lezek con la
voz mermada por la incertidumbre-. Siempre y cuando les guste tu aspecto.
-¿Cómo lo hacen? -inquirió Mort.
-Pues verás… -comenzó a decir Lezek y se interrumpió. Hamesh no le había explicado ese
punto. Recurrió a su limitado conocimiento del mercado, que se restringía a las ventas de ganado,
y aventuró-: Supongo que te cuentan los dientes o algo por el estilo. Ah, procura no resollar,
y tener los pies bien puestos. Yo que tú no diría que sé leer, es algo que desconcierta a la
gente.
-¿Y después, qué? -preguntó Mort.
-Después vas y aprendes un oficio -respondió Lezek.
-¿Qué oficio?
-Bueno… pues… carpintería, por ejemplo, es un buen oficio -aventuró Lezek-. O a robar.
Alguien ha de hacerlo.
Mort se miró los pies. Era un hijo obediente, cuando se acordaba, y si se esperaba de él que
fuera aprendiz, entonces, estaba decidido a ser un buen aprendiz. Lo de la carpintería no parecía
demasiado prometedor, por cierto…, la madera poseía una tozuda vida propia y una tendencia
a partirse. Por otra parte, los ladrones oficiales eran una rareza en las Montañas del
Carnero, pues las gentes que allí vivían no eran lo bastante ricas como para permitirse semejante
lujo.
-Está bien -dijo finalmente-, lo intentaré. Pero ¿qué pasa si nadie me quiere como aprendiz?
Lezek se rascó la cabeza.
-No lo sé -repuso-. Supongo que habrás de esperar hasta el final de la feria. Hasta medianoche,
supongo.
Y la medianoche estaba cerca.
Una fina capa de escarcha comenzó a recubrir los adoquines. En la ornamentada torre del
reloj que daba a la plaza, dos autómatas delicadamente tallados emergieron con zumbido metálico
de las trampillas que había en la cara del reloj y marcaron los cuartos.
Faltaban quince minutos para la medianoche. Mort se estremeció, pero las rojas hogueras
de la vergüenza y la obstinación ardieron en su interior, más calientes que las laderas del Infierno.
Se sopló los dedos por hacer algo y observó el cielo helado, tratando de evitar las miradas
de los pocos rezagados que quedaban en la feria.
La mayoría de los dueños de los puestos habían hecho sus petates y se habían marchado.
Incluso el vendedor de pasteles de carne calientes había dejado de pregonar su mercancía y,
sin pensar ni un momento en su seguridad personal, se estaba comiendo uno.
El último de los compañeros de Mort había desaparecido hacía horas. Era un joven encorvado,
con leucoma en los ojos y la nariz goteante, y el único mendigo autorizado del Cerro de
las Ovejas lo había considerado material ideal. El muchacho que estaba al otro lado de Mort se
había marchado para convertirse en fabricante de juguetes. Uno a uno se habían alejado, los
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albañiles, los herreros, los asesinos, los merceros, los toneleros, los embaucadores y labradores.
Unos minutos más y llegaría el año nuevo, y cientos de muchachos comenzarían esperanzados
sus nuevas carreras, ante ellos se extendía una vida nueva y meritoria de útil servicio.
Mort se preguntó apenado por qué no lo habían elegido. Había tratado de parecer respetable
y, para impresionar a sus posibles amos con su excelente naturaleza y sus cualidades sumamente
agradables, los había mirado fijamente a los ojos. Al parecer, aquello no había ejercido
el efecto adecuado.
-¿Te apetecería un pastel de carne caliente? -le preguntó su padre.
-No.
-Los vende baratos.
-No, gracias. Lezek vaciló.
-Podría preguntarle al hombre si quiere un aprendiz -dijo con ánimo colaborador-. Un oficio
de fiar, el de la venta ambulante de comida.
-No creo que quiera -dijo Mort.
-No, probablemente no -admitió Lezek-. Supongo que se trata de un negocio en el que uno
solo se basta. De todas maneras, ya se ha ido. Te diré lo que haremos, te guardaré un pedazo
del mío.
-La verdad es que no tengo hambre, papá.
-La carne apenas tiene nervios.
-No, gracias de todos modos.
-Ah -dijo Lezek un tanto desanimado.
Se puso a bailotear para devolver un poco de vida a sus pies y silbó entre dientes unas
cuantas notas desafinadas. Se sentía en la obligación de decirle algo a su hijo, de ofrecerle
algún consejo, de decirle que la vida tenía sus altibajos, de pasarle el brazo por los hombros y
de hablarle largo y tendido sobre los problemas que representa el hacerse mayor, de indicarle,
en definitiva, que el mundo es un sitio antiguo y extraño en el cual no se debería nunca, hablando
metafóricamente, permitir que un exceso de orgullo le hiciera a uno rechazar un pastel
de carne caliente perfectamente comestible.
Y finalmente se quedaron solos. La helada, la última del año, se aferró con más firmeza a
las piedras.
En lo alto de la torre, una rueda dentada hizo clone, movió una palanca, que a su vez soltó
un trinquete, que a su vez permitió que cayera una pesa de plomo. Se produjo un terrible sonido
metálico y jadeante y las trampillas de la cara del reloj se abrieron para soltar a unos hombrecitos
mecánicos. Hicieron revolotear sus martillos de forma espasmódica, como presas de
una artritis rebotica, y comenzaron a anunciar el nuevo día.
-Bueno, ya está -dijo Lezek, esperanzado.
Tendrían que buscar un sitio donde dormir; la Noche de la Vigilia de los Cerdos no era momento
para andar por las montañas. Tal vez, en alguna parte, habría un establo…
-No será medianoche hasta que no suene el último toque -dijo Mort, distante.
Lezek se encogió de hombros. Se sintió derrotado por la fuerza de la obstinación de Mort.
-Está bien -dijo-. Esperaremos, pues.
Entonces oyeron el patatín patatín de unos cascos que resonaron en la plaza helada con
más fuerza de la permitida por la acústica normal. En realidad, patatín patatín resultaba una
expresión asombrosamente inexacta para el tipo de ruido que reverberó en la cabeza de Mort;
porque patatín patatín sugería más bien el trotar de un pequeñísimo pony, tocado quizá con un
sombrero de paja con agujeros por donde le salían las orejas. Pero este sonido poseía una
tonalidad que dejaba bien claro que lo del sombrero de paja no era una opción posible.
El caballo entró en la plaza por el camino del Eje, mientras sus enormes flancos blancos y
húmedos soltaban nubéculas rizadas de vapor y sus cascos arrancaban chispas de los adoquines.
Trotó orgulloso, como un corcel de guerra. Desde luego, no llevaba un sombrero de paja.
La alta figura montada en sus lomos iba bien abrigada para protegerse del frío. Cuando el
caballo llegó al centro de la plaza, el jinete desmontó despacio, y toqueteó torpemente algo que
llevaba detrás de la silla. Finalmente, sacó un morral, lo ajustó a las orejas del caballo y le dio a
éste una palmadita amistosa en el cuello.
El aire se tornó espeso y grasiento, y las profundas sombras que envolvían a Mort quedaron
ribeteadas por arcos iris azulados y purpúreos. El jinete avanzó hacia él a grandes zancadas, la
capa negra al viento, mientras sus pies arrancaban pequeños sonidos metálicos a los adoquines.
Eran los únicos ruidos; el silencio se cernió sobre la plaza como un gran manto de algodones.
Una mancha de hielo hizo que se perdiera parte del impresionante efecto.
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EH, TÍO.
No era exactamente una voz. Las palabras estaban ahí, pero llegaron a la cabeza de Mort
sin molestarse en pasar antes por sus oídos.
Se precipitó a ayudar a la silueta caída y al hacerlo, notó que sujetaba una mano formada
apenas por unos huesos lustrados, suaves y más bien amarillentos, como una vieja bola de
billar. La capucha de la silueta cayó hacia atrás y una calavera desnuda volvió hacia él las vacías
cuencas de los ojos.
Aunque no del todo vacías, la verdad. En lo más profundo, como si fueran ventanas ubicadas
al otro lado del espacio infinito, se veían dos estrellitas azules.
Mort pensó que debía sentirse horrorizado, y al descubrir que no lo estaba, se asombró ligeramente.
Sentado ante él tenía un esqueleto que se frotaba las rodillas y mascullaba, pero se
trataba de un esqueleto vivo, que llamaba la atención y despertaba la curiosidad, pero por algún
extraño motivo no resultaba demasiado aterrador.
GRACIAS, MUCHACHO -dijo la calavera-. ¿CÓMO TE LLAMAS?
-Pues… -titubeó Mort-, Mortimer… Pero me llaman Mort.
QUÉ COINCIDENCIA -dijo la calavera-. ÉCHAME UNA MANO, POR FAVOR.
La silueta se incorporó, vacilante, al tiempo que se sacudía la ropa. Mort advirtió entonces
que llevaba un pesado cinturón del que colgaba una espada de blanca empuñadura.
-Espero que no se haya hecho daño -dijo, amable. La calavera sonrió. Claro que no tenía
muchas alternativas, pensó Mort.
NO ME HE HECHO DAÑO, DALO POR SEGURO.
La calavera miró a su alrededor y vio a Lezek, quien, por primera vez, parecía haberse quedado
congelado en su sitio. Mort se vio en la obligación de dar una explicación.
-Mi padre -dijo al tiempo que trataba de colocarse delante de la Prueba A para protegerla,
pero sin provocar ofensa alguna-. Discúlpeme, señora, pero… ¿es usted la Muerte?
ASÍ ES. EN OBSERVACIÓN, MERECES LA MÁXIMA CALIFICACIÓN, MUCHACHO.
Mort tragó saliva.
-Mi padre es un buen hombre -dijo. Reflexionó brevemente y añadió-: Un hombre muy
bueno. Le agradecería que lo dejara en paz, si no le importa. No sé qué le ha hecho, pero me
gustaría que lo remediase. No lo tome usted a mal.
La Muerte retrocedió e inclinó el cráneo hacia un lado.
NO HE HECHO MÁS QUE COLOCARNOS FUERA DEL TIEMPO MOMENTÁNEAMENTE -
dijo-. NO VERÁ NI OIRÁ NADA QUE LO PERTURBE. NO, MUCHACHO, ES A TI A QUIEN
BUSCO.
-¿A mí?
¿ACASO NO QUIERES UN EMPLEO?
Mort cayó entonces en la cuenta y preguntó:
-¿Busca usted un aprendiz?
Las cuencas de los ojos se volvieron hacia él con sus destellantes y aclínicas puntas de alfiler.
POR SUPUESTO.
La muerte agitó una mano huesuda. Surgió una luz purpúrea, una especie de «paff» visible
y Lezek se descongeló. En lo alto, los autómatas del reloj prosiguieron con su tarea de proclamar
la medianoche cuando se permitió al Tiempo que regresara.
Lezek parpadeó.
-Por un momento dejé de verte -comentó-. Lo siento… es como si la cabeza se me hubiera
ido.
LE HE OFRECIDO UN PUESTO A su HIJO -dijo la Muerte-. ESPERO QUE DÉ USTED SU
APROBACIÓN.
-¿Cuál dijo que era el trabajo? -inquirió Lezek dirigiéndose al esqueleto de negra túnica sin
mostrar la más mínima sorpresa.
ME DEDICO A ACOMPAÑAR A LAS ALMAS AL OTRO MUNDO -respondió la Muerte.
-Ah -dijo Lezek-, claro, claro, perdone usted, por la ropa debí haberlo adivinado. Un trabajo
muy necesario, y muy estable. ¿Hace mucho que se dedica al oficio?
DIGAMOS QUE LLEVO BASTANTE TIEMPO EN ESTO -respondió la Muerte.
-Bien, bien. La verdad es que no se me había ocurrido pensar en que pudiera ser un oficio
para Mort, pero se trata de un buen trabajo, muy bueno de verdad, no falta nunca. ¿Cómo se
llama?
MUERTE.
-Papá… -dijo Mort con premura.
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-La verdad, no reconozco la empresa -admitió Lezek-. ¿Dónde ejerce usted exactamente?
DESDE LAS INSONDABLES PROFUNDIDADES DEL MAR HASTA LAS ALTURAS DONDE
NI SIQUIERA LAS ÁGUILAS LLEGAN -respondió la Muerte.
-Un campo bastante amplio -asintió Lezek-. Bien, yo…
-Papá… -interrumpió Mort, tirando de la chaqueta de su padre. La Muerte posó una de sus
manos sobre el hombro de Mort.
TU PADRE NO VE NI OYE LO MISMO QUE TÚ -le advirtió-. NO TE PREOCUPES POR ÉL.
¿ACASO CREES QUE LE GUSTARÍA VERME EN CARNE Y HUESO, POR DECIRLO ASÍ?
-Pero usted es la Muerte -dijo Mort-. ¡Va por ahí matando a la gente!
¿Yo MATANDO A LA GENTE? -repitió la Muerte visiblemente ofendida-. DE ESO NADA. LA
GENTE SE HACE MATAR SOLA, ES UN ASUNTO DE ELLOS. YO ME LIMITO A TOMAR LAS
RIENDAS A PARTIR DE ESE MOMENTO. AL FIN Y AL CABO, ESTE MUNDO SERÍA UNA
SOBERANA ESTUPIDEZ SI LA GENTE SE HICIERA MATAR SIN MORIRSE, ¿NO TE PARECE?
-Bueno, sí… -dijo Mort, dubitativo.
-Mort jamás había oído la palabra «intrigado». No era de uso frecuente en el vocabulario de
la familia. Pero una chispa en su alma le dijo que había allí algo extraño y fascinante y no del
todo horrendo, y que si dejaba escapar ese momento, lo lamentaría por el resto de sus días.
Recordó entonces las humillaciones del día, y la larga caminata para regresar a casa…
-Esto… -comenzó a decir-. No tendré que morirme para conseguir el puesto, ¿verdad?
NO ES OBLIGATORIO ESTAR MUERTO.
-¿Y… y los huesos…?
SI NO QUIERES, NO.
Mort volvió a respirar con alivio. Era algo que había empezado a preocuparle.
-Si mi padre me da permiso -dijo. Miraron a Lezek, que se rascaba la barba.
-¿A ti qué te parece, Mort? -le preguntó con la viveza quebradiza de una víctima de fiebres-.
La verdad es que no se trata de un trabajo corriente. He de reconocer que no es lo que tenía en
mente. Si bien es cierto que se dice que el negocio de las pompas fúnebres es honorable. Decide
tú.
-¿Pompas fúnebres? -inquirió Mort.
La Muerte asintió y se llevó el índice a los labios con un gesto cómplice.
-Es interesante -dijo Mort despacio-. Creo que me gustaría probar.
-¿Dónde me dijo que tenía el negocio? -preguntó Lezek-. ¿Queda muy lejos?
A UNA DISTANCIA NO MAYOR QUE EL ESPESOR DE UNA SOMBRA -repuso la Muerte-.
ALLÍ DONDE ESTUVO LA PRIMERA CÉLULA, ESTUVE YO. ALLÍ DONDE ESTÁ EL HOMBRE,
ESTOY YO. CUANDO LA ÚLTIMA VIDA SE ACURRUQUE DEBAJO DE LAS ESTRELLAS
HELADAS, ALLÍ ESTARÉ YO.
-Veo que se mueve usted mucho -dijo Lezek.
Parecía desconcertado, como un hombre que lucha por recordar algo importante, pero que
acaba dándose por vencido.
La Muerte le dio una palmadita amistosa en el hombro y se volvió hacia Mort.
¿TIENES ALGUNA POSESIÓN, MUCHACHO?
-Sí -repuso Mort y al acordarse, añadió-: Pero creo que me las he dejado en la tienda. ¡Papá,
nos hemos dejado el saco en la sastrería!
-Ahora estará cerrada -dijo Lezek-. Las tiendas no abren el Día de la Vigilia de los Cerdos.
Tendrás que volver pasado mañana… mejor dicho, mañana.
NO TIENE IMPORTANCIA -dijo la Muerte-. NOS VAMOS AHORA. SIN DUDA, PRONTO
TENDRÉ QUE VOLVER POR AQUÍ POR MOTIVOS DE TRABAJO.
-Espero que vengas a vernos pronto -dijo Lezek.
Daba la impresión de estar luchando con sus pensamientos.
-No creo que sea buena idea -dijo Mort.
-Bien, muchacho, adiós -dijo Lezek-. Haz lo que te manden, ¿entendido? Y… disculpe, señora,
¿tiene usted un hijo? La Muerte se mostró un tanto sorprendida. No -respondió-. No
TENGO HIJOS.
-Entonces, si no tiene usted objeción, quiero decirle algo a mi hijo.
EN ESE CASO, ME OCUPARÉ DE MI CABALLO -dijo la Muerte, con más tacto del acostumbrado.
Lezek rodeó los hombros de su hijo con el brazo, no sin cierta dificultad, debido a la diferencia
de alturas, y con suavidad lo hizo cruzar la plaza.
-Mort, ya sabes que tu tío Hamesh fue quien me habló de esto de los aprendices.
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-¿Y?
-Pues verás, me dijo algo más -le confió el hombre-. Me dijo que no es nada infrecuente que
un aprendiz herede el negocio de su amo. ¿Qué te parece a ti eso?
-Esto… no estoy seguro -respondió Mort.
-Es algo que merece la pena considerar -dijo Lezek.
-Ya me lo estoy pensando, papá.
-Según Hamesh, más de un jovencito ha comenzado de ese modo. Se muestra útil, se gana
la confianza del amo y, bueno, si en la casa hay una hija… ¿Ha mencionado la señora…, esto…,
la señora, si tenía hijas?
-¿La señora qué? -preguntó Mort.
-La señora…, bueno, tu ama.
-Ah, ella. No. No lo creo -respondió Mort lentamente-. Pero no me parece que sea de las
que se casan.
-Más de un joven entusiasta debe su progreso a las nupcias -dijo Lezek.
-No me digas.
-Mort, no me estás escuchando.
-¿Cómo?
Lezek se detuvo sobre el helado pavimento de adoquines e hizo girar al muchacho para que
lo mirase de frente.
-Tendrás que esforzarte mucho más que hasta ahora -le dijo-. ¿Acaso no lo comprendes,
muchacho? Si quieres llegar a ser alguien en este mundo, entonces tendrás que escuchar. Te
lo dice tu padre.
Desde su altura, Mort miró el rostro de su padre. Quería decirle muchas cosas: cuánto lo
quería, lo preocupado que estaba; ansiaba preguntarle qué creía que acababa de ver y oír.
Quería explicarle que se sentía como si se hubiera subido a una topera para descubrir que en
realidad se trataba de un volcán. Quería preguntarle qué significaba «nupcias».
Pero lo que en realidad hizo fue decir:
-Sí, gracias. Será mejor que me vaya. Trataré de escribirte una carta.
-Siempre habrá alguien que pase por aquí y que sea capaz de leérnosla -dijo Lezek-. Adiós,
Mort -añadió y se sonó la nariz.
-Adiós, papá. Ya vendré a veros -dijo Mort.
La Muerte tosió con mucho tacto aunque aquello sonó más bien como el crujido de una vieja
viga llena de carcoma.
SERÁ MEJOR QUE NOS MARCHEMOS -dijo ella-. ANDA, SÚBETE, MORT.
Mientras Mort trepaba a la parte trasera de la ornada silla de plata, la Muerte se inclinó hacia
abajo para estrecharle la mano a Lezek.
GRACIAS -le dijo.
-En el fondo, es un buen muchacho -dijo Lezek-. Un tanto soñador, nada más. Supongo que
cuando fuimos jóvenes, todos pasamos por lo mismo.
La Muerte se quedó meditando este aspecto.
NO -dijo-, NO LO CREO.
Recogió las riendas e hizo girar su caballo en dirección al camino de la Periferia. Desde su
posición, detrás de la silueta de negra túnica, Mort saludaba desesperadamente con la mano.
Lezek le devolvió el saludo. Después, cuando el caballo y sus dos jinetes se perdieron de
vista, bajó la mano y se la miró. El apretón… le había parecido extraño. Pero, sin motivo alguno,
no logró recordar exactamente por qué.
Mort oyó el estrépito que los cascos del caballo arrancaban a las piedras. Después siguió el
ruido sordo y mullido de la tierra apisonada cuando llegaron al camino y, tras eso, absolutamente
nada.
Bajó la mirada y vio como se extendía el paisaje mucho más abajo, la noche grabada por la
luz plateada de la luna. Si llegaba a caerse se golpearía únicamente contra el aire.
Se asió a la silla con fuerza redoblada.
Entonces, la Muerte le preguntó:
¿TIENES HAMBRE, MUCHACHO?
-Sí, señora.
Las palabras le salieron directamente del estómago, sin que interviniera su cerebro.
La Muerte asintió, detuvo al caballo y éste quedó en el aire. Debajo de él brillaba el panorama
circular del Disco. Se alcanzaban a ver los dispersos fulgores anaranjados de alguna que
otra ciudad. En los mares cálidos más cercanos a la Periferia se apreciaba un atisbo de fosfoTerry
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rescencia. En algunos de los profundos valles, la luz diurna atrapada del Disco, que es lenta y
ligeramente pesada1, se evaporaba como vapor plateado.
Pero el fulgor que se elevaba hacia las estrellas desde la Periferia misma le ganaba en intensidad.
La noche aparecía surcada por el reverbero y el brillo de la aurora boreal. El mundo
estaba rodeado por enormes muros dorados.
-Es bellísimo -dijo Mort en voz baja-. ¿Qué es?
EL SOL ESTÁ DEBAJO DEL DISCO -respondió la Muerte.
-¿Y es así todas las noches?
TODAS LAS NOCHES -repuso la Muerte-. LA NATURALEZA ES ASÍ.
-¿Y nadie lo sabe?
Tú. Yo. Los DIOSES. BONITO, ¿NO?
-¡Cielos!
La Muerte se inclinó sobre la silla y miró hacia los reinos del mundo.
No SÉ QUÉ OPINARÁS TÚ -dijo la Muerte-, PERO YO ME MUERO
POR UN CURRY.
Aunque era más de medianoche, la ciudad doble de Ankh-Morpork bullía de actividad. Mort
había pensado siempre que en el Cerro de las Ovejas había mucho trajín, pero comparado con
el alboroto de la calle en la que se encontraba, el pueblo era más bien una morgue.
Los poetas han intentado describir Ankh-Morpork. Y no lo han logrado. Quizá se deba a la
animada vitalidad del lugar, o quizá sea sencillamente que una ciudad con un millón de habitantes
y ni una sola cloaca resulta más bien fuerte para los poetas, que prefieren los narcisos, y
con razón. De modo que digamos nada más que Ankh-Morpork está tan llena de vida como un
queso pasado en un día caluroso, que resulta tan llamativa como una maldición en una catedral,
tan brillante como capa de aceite, tan colorida como un cardenal y tan llena de actividad,
industria, bullicio y de exuberante concurrencia como un perro muerto tendido sobre un nido de
termitas.
Había templos con las puertas abiertas de par en par que llenaban las calles con sonidos de
gongs, címbalos y, en el caso de algunas de las religiones más conservadoras y fundamentalistas,
los breves gritos de las víctimas. Había tiendas cuyas extrañas mercancías aparecían desparramadas
en la calle. Al parecer había también una ligera profusión de muchachas amistosas
que no podían permitirse el lujo de comprarse mucha ropa. Había bengalas, y malabaristas, y
vendedores variados de trascendencia instantánea.
Y la Muerte pasaba a través de todo con paso majestuoso. Mort se había imaginado que
atravesaría las multitudes como el humo, pero no era así. La verdad pura y simple era que allí
donde la Muerte caminaba, la gente se apartaba, sin más.
En el caso de Mort no funcionaba igual. Las multitudes que gentilmente abrían paso para
que pasase su nueva ama, volvían a juntarse justo a tiempo para plantársele delante. Le pisaban
los pies, le pegaban codazos en las costillas, había personas que intentaban venderle especias
desagradables y verduras de formas sugestivas, y una mujer más bien anciana le dijo,
en contra de todos los indicios, que tenía aspecto de ser un joven bien plantado en busca de
pasárselo bien.
Le dio las gracias y le dijo que tenía la esperanza de estar pasándoselo bien ya.
La Muerte llegó a la esquina de la calle y mientras la luz de las bengalas arrancaba destellos
a la cúpula pulida de su cráneo, husmeó el aire. Un borracho se levantó con dificultad y, sin
1 Prácticamente todo puede moverse a mayor velocidad que la luz del Disco, que es lenta
y mansa, a diferencia de la luz corriente. Según el filósofo Ly Tin Wheedle, lo único
conocido que se mueve más deprisa que la luz corriente es la monarquía. Llegó a esta
conclusión siguiendo este razonamiento: no se puede tener más de un rey, y la tradición
exige que no existan intervalos entre un rey y otro, de manera que cuando un rey muere,
la sucesión ha de pasar al heredero instantáneamente. Según Wheedle, es probable que
existan ciertas partículas elementales, los reiones o tal vez las reionas, que se encargan
de cumplir esta función, pero hay que tener en cuenta que a veces la sucesión falla si, en
mitad del vuelo, chocan con una antipartícula, o republicón. Su ambicioso plan de utilizar
este descubrimiento para enviar mensajes, para lo cual hubo de torturar cuidadosamente
a un rey menor para poder así modular la señal, jamás llegó a desarrollarse con
todo detalle porque, alcanzado ese punto, le cerraron el bar.
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saber exactamente por qué ni mediar razón aparente, realizó un ligero desvío en su errático
deambular.
ÉSTA ES LA CIUDAD, MUCHACHO -dijo la Muerte-. ¿QUÉ TE PARECE?
-Es muy grande -repuso Mort no muy seguro-. ¿Por qué quiere todo el mundo vivir apiñado
de este modo? La Muerte se encogió de hombros.
A MÍ ME GUSTA -dijo-. ESTÁ LLENA DE VIDA.
-¿Señora?
DIME.
-¿Qué es un curry?
Los fuegos azules se avivaron en el fondo de los ojos de la Muerte.
¿HAS MORDIDO ALGUNA VEZ UN CUBITO DE HIELO AL ROJO VIVO?
-No, señora -respondió Mort.
PUES EL CURRY ES ASÍ.
-¿Señora?
DIME.
Mort tragó saliva y se explicó:
-Discúlpeme, señora, pero mi padre me dijo que si no entendía algo, debía preguntar.
MUY DIGNO DE ELOGIO -dijo la Muerte, y se internó por una calle lateral; las multitudes se
apartaban para dejarla pasar como si fueran moléculas erráticas.
-Verá usted, señora, me ha sido imposible no notar… la cuestión es que…
SUÉLTALO DE UNA VEZ, MUCHACHO.
-¿Cómo puede comer, señora?
La Muerte paró en seco de modo que Mort caminó a través de ella. Cuando el muchacho se
disponía a hablar, lo mandó callar con un ademán. Daba la impresión de estar escuchando
algo.
OCURRE QUE EN OCASIONES ME SIENTO REALMENTE MOLESTA -dijo como si hablara
consigo misma.
Giró sobre un talón y salió corriendo por un callejón con la capa al viento. El callejón se internaba
entre oscuros muros y edificios dormidos, y más que una vía pública era un agujero
sinuoso.
La Muerte se detuvo junto a un aljibe decrépito, hundió un brazo cuan largo era y extrajo un
saquito atado a un ladrillo. Desenvainó la espada, una línea de fuego azul y titilante en la oscuridad,
y cortó el cordel.
ME PONGO REALMENTE FURIOSA -dijo.
Le dio la vuelta al saco y Mort contempló como salían los patéticos bultos de pelambre empapada
y quedaban tendidos en un charco, sobre los adoquines. La Muerte tendió los blancos
dedos y los acarició con suavidad.
Al cabo de unos instantes, algo así como un humo gris se alzó en volutas de los felinos para
formar en el aire tres nubéculas en forma de gato. Fluctuaban de vez en cuando, inseguros de
su forma, y al ver a Mort parpadearon con sus asombrados ojos grises. Cuando trató de tocar a
uno de ellos, su mano lo atravesó y notó un hormigueo.
EN ESTE TRABAJO NO SE VE A LA GENTE EN SU MEJOR MOMENTO -dijo la Muerte.
Sopló hacia uno de los gatos y lo hizo rodar suavemente. Su maullido quejumbroso sonó como
si hubiera venido de muy lejos a través de un tubo de latón.
-Son almas, ¿verdad? -preguntó Mort-. ¿Qué aspecto tienen las personas?
ASPECTO DE PERSONAS -respondió la Muerte-. BÁSICAMENTE TODO
QUEDA CIRCUNSCRITO AL CAMPO MORFOGENÉTICO CARACTERÍSTICO.
Lanzó un suspiro como el crujido de una mortaja, recogió a los gatitos del aire y con mucho
cuidado se los guardó en algún lugar, entre los oscuros pliegues de su túnica. Se puso en pie.
ES HORA DEL CURRY -dijo.
Los Jardines del Curry, en la esquina de la calle del Dios con el callejón de la Sangre, estaban
muy concurridos, pero sólo se encontraba allí la crema de la sociedad: es decir, aquellas
personas que suelen flotar en lo alto y que, por lo tanto, merecen el apelativo de crema. Entre
mesa y mesa había unos arbustos fragantes que casi lograban ocultar el olor básico de la ciudad,
que ha sido equiparado al equivalente nasal de una sirena de niebla.
Mort comía con voracidad, pero contenía su curiosidad y no miraba para descubrir cómo lo
hacía la Muerte. En un momento dado tenía la comida delante y al cabo de un instante, ya no
estaba, de modo que era de suponer que algo ocurría entre medio. Mort tenía la sensación de
que la Muerte no estaba acostumbrada a todo aquello, pero que lo hacía para que se sintiera
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cómodo, como si se tratara de una vieja tía solterona a la que le confían el sobrino un día de
fiesta y teme hacer algo mal.
Los demás comensales no se fijaban mucho en ellos, ni siquiera cuando la Muerte se reclinó
en su asiento y encendió una pipa más bien fina. Hace falta mucha concentración para no
fijarse en alguien a quien le sale humo por las cuencas de los ojos, pero todos se las arreglaron
bastante bien.
-¿Es magia? -preguntó Mort.
¿Tú QUÉ CREES? -respondió la Muerte-. ¿ESTOY REALMENTE AQUÍ, MUCHACHO?
-Sí -repuso Mort despacio-. Yo he… he observado a la gente. Me parece que la miran pero
no la ven. Usted hace algo a sus mentes.
La Muerte negó con la cabeza.
SON ELLOS MISMOS QUIENES LO HACEN -repuso-. NO HAY MAGIA. LA GENTE NO
PUEDE VERME SENCILLAMENTE PORQUE NO SE LO PERMITE. HASTA QUE NO LES
LLEGA EL MOMENTO, CLARO ESTÁ. Los MAGOS
SÍ QUE PUEDEN VERME, Y LOS GATOS TAMBIÉN. PERO LOS HUMANOS
CORRIENTES Y MOLIENTES… NO, NUNCA. -Lanzó una voluta de humo al cielo y añadió-
: ES EXTRAÑO, PERO ES ASÍ.
Mort miró la voluta de humo, la vio bambolearse hacia el cielo y navegar a la deriva hacia el
río.
-Yo puedo verla.
ESO ES DIFERENTE.
El camarero klatchiano llegó con la cuenta y la dejó delante de la Muerte. El hombre era rechoncho
y moreno; llevaba un peinado como un coco transformado en estrella nova, y su rostro
redondo se arrugó con una mueca de asombro cuando la Muerte asintió amablemente. El
hombre sacudió la cabeza como si tuviera jabón atascado en las orejas, y se alejó.
La Muerte metió la mano en las profundidades de su túnica y sacó una bolsa grande de cuero,
repleta de una nutrida variedad de monedas de cobre, la mayoría de ellas verdeazuladas
por el tiempo. Analizó cuidadosamente la cuenta. Después contó doce monedas.
VAMOS -dijo poniéndose en pie-. DEBEMOS MARCHARNOS.
Mort siguió al trote a la Muerte cuando ésta salió del jardín con paso majestuoso para internarse
en la calle, que seguía bastante concurrida a pesar de que en el horizonte se vislumbraban
ya los primeros signos de la alborada.
-¿Qué vamos a hacer ahora? COMPRARTE ROPA NUEVA.
-Esta que llevo era nueva hoy… quiero decir, ayer.
¿DE VERAS?
-Mi padre me dijo que la tienda era famosa por sus prendas asequibles -comentó Mort corriendo
para mantener el ritmo.
PUES LE AÑADEN UN NUEVO TERROR A LA POBREZA.
Giraron hacia una calle más ancha que conducía a una parte más rica de la ciudad (había
menos distancia entre antorcha y antorcha, y los muladares estaban más espaciados). No había
allí ni puestos callejeros ni comerciantes en las esquinas de los callejones, sino edificios
adecuados con carteles colgados en el exterior. No se trataba de simples tiendas, sino de verdaderos
emporios; en ellos había proveedores, y sillas, y escupideras. La mayoría se encontraban
abiertos incluso a esa hora de la madrugada, porque el comerciante ankhiano normal no
logra conciliar el sueño de sólo pensar en el dinero que deja de ganar.
-¿Es que aquí la gente no duerme nunca? -preguntó Mort.
Es UNA CIUDAD -repuso la Muerte y abrió la puerta de una tienda de ropa.
Veinte minutos después, cuando salieron, Mort llevaba una túnica negra de su talla, con
bordados de plata, y el tendero se quedó mirando un puñado de antiguas monedas de cobre,
preguntándose cómo habían llegado a su poder.
-¿Cómo consigue todas esas monedas? -preguntó Mort.
DE DOS EN DOS.
Un barbero que trabajaba toda la noche le hizo a Mort un corte
de pelo muy de moda entre los jóvenes presumidos de la ciudad, mientras la Muerte esperaba
tranquilamente sentada en la silla de al lado, tarareando por lo bajo. Para su sorpresa,
estaba de buen humor. Al cabo de un rato, se quitó la capucha y echó un vistazo al aprendiz
del barbero, quien le colocó una toalla alrededor del cuello con ese aire hipnotizado y ausente
que a Mort comenzaba a resultarle familiar, y dijo:
ÉCHEME UN POCO DE COLONIA Y SÁQUEME UN POCO DE BRILLO, BUEN HOMBRE.
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Un mago anciano al que le estaban arreglando la barba en el otro extremo de la barbería se
puso tenso al oír aquellas palabras sombrías y plúmbeas, y se volvió. Palideció y luego murmuró
unos cuantos encantamientos protectores cuando la Muerte se volvió muy despacio para
lograr el máximo efecto y le obsequió con una sonrisa.
Minutos más tarde, un tanto tímidamente y con frío en las orejas, Mort regresó a los establos
donde la Muerte había dejado su caballo. Ensayó un pavoneo, pues creía que el traje y el
corte de pelo nuevos lo exigían. No le salió demasiado bien.
Mort despertó.
Se quedó mirando el techo mientras su memoria hacía un rápido rebobinado y los acontecimientos
de la noche anterior se cristalizaban en su mente como cubitos de hielo.
Era imposible que se hubiera encontrado con la Muerte. Y que hubiera comido con un esqueleto
de ojos azules y brillantes. Tenía que tratarse de un sueño raro. Era imposible que
hubiera montado a la grupa de un enorme caballo blanco que se había remontado en el cielo al
galope para dirigirse… ¿… adonde?
La respuesta fluctuó en su mente con la inevitabilidad de una reclamación de impuestos.
Allí.
Con las manos se tanteó hasta llegar al pelo cortado y luego recorrió las sábanas y notó la
tela suave y resbaladiza. Era mucho más fina que la lana a la que lo tenían acostumbrado en
su casa, un tejido áspero que olía siempre a oveja; aquellas sábanas eran como hielo cálido y
seco.
Salió de la cama a toda prisa y observó la habitación.
En primer lugar, era grande, más grande que toda su casa, y seca, seca como las viejas
tumbas de los antiguos desiertos. El aire tenía un sabor que… era como si lo hubieran cocido
durante horas y lo hubieran dejado enfriar. La alfombra que tenía debajo de los pies era lo bastante
mullida como para ocultar a una tribu de pigmeos; al recorrerla, soltaba descargas estáticas.
Todo estaba decorado en tonos de púrpura y negro.
Bajó la mirada y se observó el cuerpo, enfundado en un largo camisón blanco. Su ropa estaba
prolijamente doblada sobre una silla, junto a la cama; no pudo dejar de notar que la silla
tenía un cráneo y unos huesos delicadamente tallados.
Mort se sentó en el borde de la cama y empezó a vestirse mientras los pensamientos se
agolpaban en su mente.
Abrió la pesada puerta de roble y sintió una extraña decepción cuando no la oyó crujir ominosamente.
Afuera, vio un pasillo de madera vacío, con enormes velas amarillas colocadas en unos soportes
en la pared más alejada. Mort salió de puntillas y avanzó con paso furtivo por el suelo de
tablas hasta llegar a una escalera. Logró subirla sin que nada espantoso le ocurriera, y llegó a
algo que parecía un vestíbulo de entrada lleno de puertas. Vio una gran profusión de fúnebres
cortinas y un reloj de péndulo con un tictac como el latido de una montaña. Junto a él había un
paragüero.
En su interior había una guadaña.
Mort miró las puertas que lo rodeaban. Parecían importantes. En sus arcos se veía tallado el
motivo con huesos que ya le resultaba familiar. Cuando se disponía a abrir la que tenía más a
mano, a su espalda oyó una voz que le decía: -No debes entrar ahí, muchacho.
Tardó un momento en darse cuenta de que no era la voz de su conciencia, sino palabras
humanas emitidas por una boca y transmitidas a sus oídos mediante un adecuado sistema de
compresión del aire, tal y como estaba previsto por la naturaleza. La naturaleza se había tomado
muchas molestias sólo por cinco palabras con un ligero tono petulante.
Se volvió. Había allí una muchacha, más o menos de su altura, y tal vez unos años mayor
que él. Tenía el cabello de plata, los ojos con un brillo perlado, y llevaba uno de esos interesantes
pero poco prácticos vestidos largos que suelen lucir las heroínas trágicas que aprietan contra
el pecho una sola rosa mientras contemplan la luna con mucho sentimiento. Mort no había
oído jamás la palabra «prerrafaelista», lo cual es una lástima, porque habría sido la descripción
perfecta. No obstante, ese tipo de muchachas tienden a ser más bien translúcidas y tísicas,
mientras que el aspecto de ésta sugería un exceso de bombones.
Lo miró con la cabeza ladeada mientras con el pie golpeteaba el suelo, irritada. Acto seguido,
tendió rápidamente la mano y le pellizcó con fuerza el brazo.
-¡Ay!
-Mmm. De modo que eres real de verdad -dijo-. ¿Cómo te llamas, muchacho?
-Mortimer. Me llaman Mort -repuso frotándose el codo-. ¿Por qué lo has hecho?
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-Te llamaré muchacho -dijo-. Como comprenderás, no te debo ningún tipo de explicación,
pero si te empeñas en saberlo, lo hice porque pensaba que estabas muerto. Pareces muerto.
Mort no dijo nada.
-¿Se te han comido la lengua los ratones? En realidad, Mort estaba contando hasta diez.
-No estoy muerto —respondió cuando hubo terminado-. Al menos creo que no lo estoy. Resulta
un tanto difícil de decir. ¿Quién eres?
-Puedes llamarme señorita Ysabell -repuso ella, altiva-. Me ha dicho mi madre que debes
comer. Sígueme.
Majestuosa, se dirigió hacia una de las puertas. Mort la siguió a una distancia prudente, para
que ella no tuviese ocasión de volverse otra vez y pellizcarle el otro codo.
Al cruzar la puerta, se encontraron en una cocina larga, baja y cálida, con cacharros de cobre
colgados del techo y una enorme cocina de hierro negro que ocupaba una pared entera. Un
anciano se encontraba delante de la cocina, friendo huevos con beicon y silbando por lo bajo.
El olorcillo que provenía del otro lado de la habitación sedujo las papilas gustativas de Mort,
sugiriéndole que si llegaban a reunirse, se lo iban a pasar en grande. Notó que avanzaba sin
haber consultado siquiera a sus piernas.
-Albert, aquí tienes a otro para desayunar -le espetó Ysabell. El hombre volvió lentamente la
cabeza y asintió sin decir palabra.
-He de decir -comentó ella dirigiéndose a Mort-, que con toda
la gente que hay para elegir en el Disco, mi madre podría haber traído algo mejor que tú.
Supongo que tendré que arreglármelas contigo.
Salió de la cocina con paso majestuoso y cerró de un portazo.
-¿Arreglárselas para qué? -inquirió Mort sin dirigirse a nadie en particular.
En la habitación sólo se oyó el chisporroteo de la sartén y el ruido del carbón al desmoronarse
en el corazón ígneo de la cocina. Mort notó que en la puerta del horno estaban grabadas
las palabras «La pequeña Moloch (patentada)».
El cocinero no parecía fijarse en él, de modo que Mort apartó una silla y se sentó a la mesa
blanca y limpia.
-¿Setas? -preguntó el hombre sin volverse.
-¿Mmm? ¿Qué?
-He preguntado si quieres setas.
-Ah, perdona. No, gracias -repuso Mort.
-Pues muy bien, señorito.
Se volvió y enfiló hacia la mesa.
Incluso después de haberse acostumbrado, Mort siempre contenía el aliento cuando veía
andar a Albert. El sirviente de la Muerte era uno de esos ancianos delgados como un palo, de
nariz afilada, que siempre dan la impresión de llevar guantes con los dedos cortados -aunque
no los lleven- y su manera de andar era una secuencia de complicados movimientos. Albert se
inclinó hacia adelante y su brazo izquierdo comenzó a ir hacia atrás, despacio al principio, pero
luego con un agitado movimiento espasmódico que de repente, más o menos en el momento
en que su observador esperaba que el brazo se le saliera a la altura del codo, se transmitía al
resto de su cuerpo para llegar a las piernas, que lo desplazaban hacia adelante como una zancuda
veloz. La sartén describió en el aire una serie de intrincadas curvas para detenerse justo
encima del plato de Mort.
Albert llevaba puestas el tipo correcto de gafas, con el cristal en forma de media luna, que le
permitían espiar por encima de ellas.
-Quizá haya un poco de gachas para después -le sugirió, y guiñó un ojo, aparentemente para
incluir a Mort en la conspiración mundial de las gachas.
-Perdóname -dijo Mort-, pero ¿dónde estoy exactamente?
-¿No lo sabes? Esta es la casa de la Muerte, muchacho. Te trajo anoche.
-Ya… algo recuerdo. Pero…
-¿Mmm?
-Pues verás… los huevos con beicon -dijo Mort indeciso-. No me parecen… pues no me parecen
adecuados.
-En alguna parte debo de tener morcilla -dijo Albert.
-No, no, lo decía por… -Mort vaciló-. Lo decía porque no me la imagino a ella .dispuesta a
zamparse un par de lonchas de jamón y una rebanada de pan frito.
-No, muchacho, no come -dijo Albert con una sonrisa-. Al menos no de forma regular. Mi
ama es muy fácil de conformar en este sentido. Yo sólo cocino para mí y para… -Hizo una pausa
y añadió-: Para la señorita, claro.
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-Tu hija -aventuró Mort.
-¿Hija mía? Ja -repuso Albert-. Ahí sí que te equivocas. Es de ella.
Mort se quedó mirando fijamente los huevos fritos, que le devolvieron la mirada desde su
lago de grasa. Albert había oído hablar de las dietas equilibradas, pero no las aprobaba.
-¿Estamos hablando de la misma persona? -preguntó finalmente-. Una chica alta, vestida
de negro, más bien… más bien delgaducha…
-Es adoptada -dijo Albert amablemente-. Es una larga historia… Junto a su cabeza se agitó
una campanita.
-… que tendrá que esperar. Quiere verte en su estudio. Yo que tú, iría corriendo. No le gusta
que la hagan esperar. La verdad, es comprensible. Subiendo la escalera, la primera puerta a
la izquierda. No tiene pérdida…
-¿Alrededor de la puerta hay cráneos y huesos? -inquirió Mort empujando la silla hacia
atrás.
-Los hay alrededor de casi todas las puertas -suspiró Albert-. Un capricho de mi ama. Pero
no lo hace con mala intención.
Mort dejó que su desayuno se enfriara y a toda prisa subió la escalera, recorrió el pasillo y
se detuvo ante la primera puerta. Levantó la mano para llamar.
PASA.
El picaporte giró espontáneamente. La puerta se abrió hacia adentro.
La Muerte estaba sentada tras un escritorio y, concentrada, miraba fijamente un enorme libro
de cuero, casi tan grande como el escritorio en sí. Al entrar Mort, levantó la vista mientras
con un dedo calcáreo señalaba el sitio donde había dejado de leer, y le sonrió. No le quedaban
muchas alternativas.
AH -dijo, y luego hizo una pausa.
Se rascó la barbilla produciendo un ruido parecido al que hace una uña al arañar los dientes
de un peine.
¿QUIÉN ERES, MUCHACHO?
-Mort, señora -repuso Mort-. Su aprendiz. ¿No se acuerda?
La Muerte se quedó mirándolo fijamente durante unos instantes. Después, las puntas de alfiler
de sus azules ojos volvieron a posarse en el libro.
AH, SÍ -dijo-, MORT. BIEN, MUCHACHO, ¿DE VERDAD QUIERES
APRENDER LOS SECRETOS SUPREMOS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO?
-Sí, señora. Creo que sí, señora.
BIEN. LOS ESTABLOS ESTÁN EN LA PARTE DE ATRÁS. ENCONTRARÁS LA PALA
COLGADA DETRÁS DE LA PUERTA.
Bajó la vista. Volvió a levantarla. Mort no se había movido.
¿ACASO EXISTE LA POSIBILIDAD DE QUE NO ME HAYAS ENTENDIDO?
-No del todo, señora -repuso Mort.
EL ESTIÉRCOL, MUCHACHO. EL ESTIÉRCOL. ALBERT ESTÁ PREPARANDO ABONO
EN EL HUERTO. SUPONGO QUE HABRÁ UNA CARRETILLA EN ALGUNA PARTE. ANDA,
PONTE A TRABAJAR.
-Sí, señora. Ya lo entiendo, señora -dijo Mort con tono lúgubre-. ¿Señora? DIME.
-No veo qué tiene esto que ver con los secretos del tiempo y el espacio.
La Muerte no apartó la vista del libro.
ESO ES PORQUE ESTÁS AQUÍ PARA APRENDER -repuso.
Es un hecho que a pesar de que la Muerte del Mundodisco es, en sus propias palabras, una
PERSONIFICACIÓN ANTROPOMÓRFICA, hace tiempo que dejó de utilizar los tradicionales
esqueletos de caballos, debido a lo molesto que resultaba detenerse a cada rato a sujetarles
con alambre los huesos caídos. Para superar este inconveniente, sus caballos eran siempre
bestias de carne y hueso, y de la mejor raza.
Y según pudo comprobar Mort, muy bien alimentados.
Hay trabajos que ofrecen incrementos. Aquél ofrecía… más bien todo lo contrario, pero al
menos estaba en un sitio abrigado y era bastante fácil cogerle el truco. Al cabo de un rato, captó
el ritmo y empezó a jugar ese juego particular del control de cantidades que todos practican
en esas circunstancias. Veamos -pensaba Mort-, ya he hecho la cuarta parte, digamos la tercera
parte, de modo que cuando haya terminado con aquel rincón que hay junto al pesebre, tendré
más de la mitad hecha, digamos los cinco octavos, lo cual significa tres carretillas más…
Todo esto no prueba casi nada, salvo que resulta más sencillo hacerse cargo del pavoroso
esplendor del universo si se piensa en él como una serie de trocitos.
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El caballo lo observaba desde su pesebre y, de vez en cuando, trataba de morderle el pelo
de un modo amistoso.
Al cabo de un rato, Mort comenzó a notar que había alguien más que lo estaba observando.
Ysabell estaba reclinada sobre la media puerta, con la barbilla apoyada en ambas manos.
-¿Eres un criado? -le preguntó. Mort se incorporó.
-No -respondió-, soy aprendiz.
-Qué tontería. Albert ha dicho que no puedes ser aprendiz.
Mort se concentró para echar una paletada en la carretilla. Dos paletadas más, digamos tres
más si están muy comprimidas, y entonces con cuatro carretillas más que haga, pongamos
cinco, habré llegado a la mitad de…
-Dice que los aprendices se convierten en amos -comentó Ysabell en voz más alta-, y que
Muerte no puede haber más que una. De modo que no eres más que un criado y habrás de
hacer lo que yo te diga.
…Y con ocho carretillas más habré llegado hasta la puerta, con lo cual habré llegado a los
dos tercios del total, eso significa que…
-¿Has oído lo que te he dicho, muchacho? Mort asintió. Entonces, me quedarán catorce carretillas
más, pongamos quince, porque no he barrido bien en el rincón y así…
-¿Se te han comido la lengua los ratones?
-Mort -dijo Mort suavemente. Ella lo miró furiosa.
-¿Qué?
-Me llamo Mort -repuso-. O Mortimer. Casi todo el mundo me llama Mort. ¿Querías hablarme
de algo?
Por un momento, la muchacha se quedó muda, mientras su mirada iba del rostro de Mort a
la pala y vuelta a empezar.
-El problema es que me han pedido que haga este trabajo -le explicó Mort.
La muchacha estalló.
-¿Por qué estás aquí? ¿Por qué te ha traído mi madre?
-Me contrató en una feria de contratación -repuso Mort-. Se colocaron todos los muchachos.
Y yo también.
-¿Y tú querías que te contratara? -le espetó la muchacha-. No sé si sabrás que es la Muerte.
La Parca. Es muy importante. No es algo en lo que puedas convertirte, porque ella es, y
punto.
Mort señaló vagamente en dirección a la carretilla.
-Espero que todo salga lo mejor posible -comentó-. Mi padre siempre dice que las cosas casi
siempre resultan lo mejor posible.
Empuñó la pala, se dio la vuelta, sonrió al ver el trasero del caballo y entonces oyó que
Ysabell se marchaba dando un bufido.
Mort continuó trabajando sin parar, pasó por los dieciseisavos, los octavos, los cuartos y los
tercios, empujando la carretilla por el patio hasta el montón que había junto al manzano.
El huerto de la Muerte era grande, ordenado y bien cuidado. Era también muy, pero que
muy negro. La hierba era negra. Las flores eran negras. En las ramas del manzano, escudadas
tras negras hojas, brillaban unas manzanas negras. Hasta el aire parecía de tinta.
Al cabo de un rato, Mort creyó que alcanzaba a ver… no, era imposible que imaginara que
podía ver… colores negros diferentes.
Es decir, no sólo tonalidades muy oscuras de rojo y verde o el color que fuera, sino verdaderos
matices del negro. Todo un espectro de colores diferentes y todos muy… pues muy negros.
Volcó la última carga, guardó la carretilla y regresó a la casa.
PASA.
La Muerte se encontraba de pie, detrás de un atril, estudiando atentamente un mapa. Miró a
Mort como si no se encontrara realmente allí.
¿HAS OÍDO HABLAR DE LA BAHÍA DE MANTE? -le preguntó.
-No, señora -repuso Mort.
LUGAR DE UN FAMOSO NAUFRAGIO.
-¿Cuándo ocurrió?
OCURRIRÁ MUY PRONTO -dijo la Muerte-, SI LOGRO SITUAR EL MALDITO LUGAR.
Mort caminó alrededor del atril y espió el mapa.
-¿Va a hundir el barco? -preguntó. La Muerte se mostró horrorizada.
POR SUPUESTO QUE NO. SE PRODUCIRÁ UNA COMBINACIÓN DE DESCONOCIMIENTO
DE LA NÁUTICA, AGUAS BAJAS Y VIENTOS EN CONTRA.
-Es horrible -dijo Mort-. ¿Habrá muchos ahogados?
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ESO DEPENDE DEL DESTINO -respondió la Muerte dirigiéndose a la estantería que tenía
a su espalda, y sacó un voluminoso diccionario geográfico-. NO HAY NADA QUE YO PUEDA
HACER. ¿DE DÓNDE SALE ESE OLOR?
-De mí -replicó Mort con sencillez.
AH. LOS ESTABLOS. -La Muerte hizo una pausa sin apartar la mano del lomo del libro y
luego preguntó-: ¿Y POR QUÉ CREES QUE TE MANDÉ A LOS ESTABLOS? PIÉNSALO
BIEN.
Mort vaciló. Lo había pensado cuando hacía alguna pausa al contar las carretillas. Se había
preguntado si el trabajo se lo habían asignado para que coordinara los movimientos con el
cálculo mental, o si había sido para que se acostumbrara a obedecer, o si había sido para que
comprendiera la importancia, a escala humana, de las pequeñas tareas, o si había sido para
que supiera que incluso los grandes hombres han de comenzar desde abajo. Pero ninguna de
aquellas explicaciones le parecía del todo adecuada.
-La verdad, señora… -comenzó a decir. ¿Sí?
-Pues para serle franco, creo que fue porque la mierda de caballo le llegaba ya hasta las rodillas.
La Muerte se lo quedó mirando durante un largo instante. Incómodo, Mort iba pasando el
peso del cuerpo de un pie al otro.
ABSOLUTAMENTE CORRECTO -le espetó la Muerte-. CLARIDAD DE PENSAMIENTO.
ENFOQUE REALISTA. SON ELEMENTOS MUY IMPORTANTES EN UN TRABAJO COMO EL
NUESTRO.
-Sí, señora. ¿Señora?
¿MMM? -La Muerte tenía dificultades en el manejo del índice.
-La gente se muere a todas horas, ¿no es verdad, señora? A millones. Ha de estar usted
muy ocupada. Pero…
La Muerte echó a Mort una mirada con la que éste ya se estaba familiarizando. Al principio
estaba llena de sorpresa, después fluctuaba brevemente hacia el fastidio, al reconocerlo parecía
invitadora, y acababa adoptando un aire de indulgencia.
PERO ¿QUÉ?
-Pues yo hubiera pensado que… bueno, que salía usted mucho más. Ya sabe. Acechando
por las calles. En el almanaque de mi abuela había un dibujo donde aparecía usted con una
guadaña y cosas así.
COMPRENDO. ME TEMO QUE ES ALGO DIFÍCIL DE EXPLICAR A MENOS QUE SEPAS
ALGO SOBRE ENCARNACIÓN DE PUNTOS Y ENFOQUE DE NODULOS. Y SUPONGO QUE
DE ESO NO SABES NADA, ¿VERDAD?
-No, lo siento.
EN GENERAL, SÓLO SE REQUIERE MI PRESENCIA REAL EN OCASIONES ESPECIALES.
-Como hacen los reyes, supongo -dijo Mort-. Lo digo porque un rey reina incluso cuando está
haciendo otra cosa, incluso cuando está durmiendo. ¿Es así, señora?
MÁS O MENOS -respondió la Muerte, enrollando los mapas-. Y AHORA, MUCHACHO, SI
HAS ACABADO CON EL ESTABLO, PUEDES IR A VER si ALBERT TIENE ALGUNA TAREA
PARA TI. SI QUIERES, PUEDES ACOMPAÑARME EN LA RONDA DE ESTA NOCHE.
Mort asintió. La Muerte volvió a enfrascarse en su enorme libro de cuero, cogió una pluma,
se quedó contemplándola durante un momento, y después levantó la vista para mirar a Mort
con el cráneo inclinado hacia un lado.
¿HAS CONOCIDO A MI HIJA? -le preguntó.
-Pues… sí, sí señora -replicó Mort con la mano en el picaporte.
ES UNA MUCHACHA MUY AGRADABLE -dijo la Muerte-, PERO CREO QUE LE GUSTA
TENER A SU LADO A ALGUIEN DE SU EDAD CON QUIEN PODER CONVERSAR.
-¿Señora?
Y TEN EN CUENTA QUE, ALGÚN DÍA, TODO ESTO SERÁ SUYO.
Algo parecido a una pequeña supernova azul destelló un instante en las profundidades de
las cuencas de sus ojos. Mort se dio cuenta de que, con una cierta dosis de turbación y una
falta total de práctica, la Muerte intentaba guiñarle un ojo.
En un paisaje que nada debía al tiempo y al espacio, que no aparecía en ningún mapa, que
sólo existía en las lejanas extensiones del cosmos infinito conocidas únicamente por los pocos
astrofísicos que se han tomado un ácido realmente malo, Mort se pasó la tarde ayudando a
Albert a plantar brécoles. Eran negros, con tonalidades purpúreas.
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-Lo intenta, ¿sabes? -dijo Albert revoleando el almocafre-. Pero lo que ocurre es que cuando
se trata de colores, no tiene demasiada imaginación.
-No estoy muy seguro de entender todo esto -dijo Mort-. ¿Has dicho que ella hizo todo esto?
Al otro lado del muro del huerto, el suelo caía en picado hacia un profundo valle, para elevarse
después en un oscuro páramo que se extendía hasta unas montañas lejanas, afiladas
como dientes de gato.
-Sí -repuso Albert-. Ten cuidado con lo que haces con la regadera.
-¿Qué había aquí antes?
-No lo sé -respondió Albert comenzando una fila nueva-. El firmamento, supongo. Es el
nombre fantasioso que recibe la nada. Para serte sincero, no es que se haya lucido demasiado.
No sé, el huerto está bien, pero las montañas están realmente mal hechas. Cuando te acercas
a ellas se ven borrosas. Una vez fui a echarles un vistazo.
Mort miró de reojo los árboles que tenía más cerca y le parecieron de una solidez digna de
elogio.
-¿Para qué hizo todo esto? -preguntó. Albert gruñó y repuso:
-¿Sabes lo que les ocurre a los muchachos que hacen demasiadas preguntas?
Mort se quedó pensando un momento y luego respondió:
-No, ¿qué?
Hubo un silencio.
Luego, Albert se incorporó.
-No tengo la más mínima idea. Probablemente, les responden, lo cual les está bien empleado.
-Me ha dicho que esta noche puedo ir con ella -dijo Mort.
-Entonces eres un muchacho afortunado, ¿no? -comentó Albert vagamente mientras regresaba
a la cabaña.
-¿De veras hizo todo esto? -preguntó Mort siguiendo a Albert.
-Sí.
-¿Por qué?
-Supongo que quería tener un lugar donde pudiera sentirse en casa.
-Albert, ¿estás muerto?
-¿Yo? ¿Tengo cara de muerto? -El anciano resopló, le lanzó a Mort una mirada crítica y le
dijo-: Será mejor que te dejes de tonterías. Estoy tan vivo como tú. Tal vez más.
-Lo siento.
-Está bien -dijo Albert.
Abrió la puerta trasera y se volvió para observar a Mort con toda la amabilidad de que fue
capaz.
-Sería mejor que no hicieras todas esas preguntas -le sugirió-, perturban a la gente. ¿Qué te
parece una buena fritura?
La campana sonó cuando jugaban una partida de dominó. Mort se puso rígido en el asiento.
-Querrá que le prepare el caballo -le dijo Albert-. Andando.
Salieron al establo en medio de la creciente oscuridad; Mort se quedó observando al anciano
mientras ensillaba el caballo de la Muerte.
-Se llama Binky -le dijo Albert ajustando la cincha-. Eso te demuestra que nunca se sabe.
Binky intentó cariñosamente comerle la bufanda.
Mort recordó que en el grabado en madera del almanaque de su abuela, entre la página de
las épocas de siembra y el apartado dedicado a las fases de la luna, aparecía la inscripción «La
Muerte, la gran niveladora, llega a todos los hombres». La había visto cientos de veces cuando
aprendía a leer. No le habría resultado tan impresionante si hubiera sido de público conocimiento
que el caballo que lanzaba fuego por los ollares, en el que iba montado el espectro, se
llamaba Binky.
-A mí se me hubiera ocurrido ponerle algo así como Colmillo, o Sable, o Ébano -continuó
Albert-, pero a mi ama le da por estas cosas, ya sabes. No ves la hora de partir, ¿verdad?
-Creo que sí -repuso Mort no muy seguro-. Nunca he visto a la Muerte haciendo su trabajo.
-Pocos la han visto -dijo Albert-. Y menos dos veces. Mort inspiró hondo.
-En cuanto a su hija… -comenzó a decir.
AH. BUENAS NOCHES, ALBERT. BUENAS NOCHES, MUCHACHO.
-Mort -aclaró Mort automáticamente.
La Muerte entró en el establo a grandes zancadas, ligeramente encorvada para no tocar el
techo. Albert hizo una reverencia, pero no de un modo servil, advirtió Mort, sino sencillamente
por pura formalidad. Mort había conocido a uno o dos sirvientes en las raras ocasiones en que
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lo habían llevado al pueblo, pero Albert no se parecía a ninguno de ellos. Se comportaba como
si la casa le perteneciera y su propietaria no fuera más que una huésped de paso, algo que
había que tolerar como las paredes desconchadas o las arañas en el lavabo. La Muerte también
soportaba aquello, como si ella y Albert se hubieran dicho cuanto tenían que decirse hacía
mucho tiempo y se conformaran con seguir cada uno con su trabajo causándose los menores
inconvenientes posibles. Para Mort aquello era como salir a dar un paseo después de una fuerte
tormenta de truenos: todo estaba bastante fresco, nada era particularmente desagradable,
pero se tenía la sensación de que se acababan de liberar inmensas energías.
Averiguar más detalles sobre Albert era algo que se encontraba en el último lugar en su lista
de tareas por hacer.
AGUANTA ESTO -le ordenó la Muerte entregándole una guadaña, y se montó en Binky.
La guadaña parecía bastante normal, salvo por la hoja: era tan delgada que Mort lograba
ver a través de ella; era un pálido relumbre azul en el aire, capaz de rebanar las llamas y cortar
el sonido. La sostuvo con cuidado.
MUY BIEN, MUCHACHO -dijo la muerte-. SÚBETE. NO ME ESPERES LEVANTADO, ALBERT.
El caballo salió trotando del patio y se lanzó al cielo.
Debería haberse apreciado un brillo, o una avalancha de estrellas. El aire debió haberse
arremolinado y convertido en chispas veloces, que es lo que normalmente ocurre en los hipersaltos
transdimensionales comunes y corrientes. Pero en este caso, se trataba de la Muerte,
que ha dominado el arte de ir a todas partes sin ostentaciones, y que podía ir de una dimensión
a otra con la misma facilidad con que lograba atravesar una puerta cerrada; de modo que
avanzaron a galope tendido por cañones de nubes, dejando atrás las henchidas montañas de
los cúmulos, hasta que las volutas se abrieron ante ellos y allá abajo apareció el Disco, tomando
el sol.
ESO ES PORQUE EL TIEMPO ES AJUSTABLE -explicó la Muerte cuando Mort se lo hizo
notar-. EN REALIDAD, NO TIENE IMPORTANCIA.
-Siempre creí que la tenía.
LA GENTE SE CREE QUE TIENE IMPORTANCIA SÓLO PORQUE LO HAN INVENTADO -
comentó la Muerte, sombría.
A Mort aquello le pareció un tanto trillado, pero decidió no discutir.
-¿Y ahora, qué hacemos? -preguntó.
EN KLATCHISTÁN HAY UNA GUERRA PROMETEDORA -respondió la Muerte-. VARIOS
BROTES DE PESTE. UN ASESINATO BASTANTE IMPORTANTE, SI LO PREFIERES.
-¿Cómo, un asesinato?
SÍ, DE UN REY.
-Ah, de un rey -dijo Mort con un interés nada excesivo.
Ya sabía él lo que eran los reyes. Una vez al año, una banda de músicos ambulantes, o en
todo caso, deambulantes, llegaba al Cerro de las Ovejas, y en las obras que interpretaban había
invariablemente un rey. Los reyes se pasaban la vida matándose entre sí o siendo víctimas
de asesinatos. Los argumentos eran bastante complicados y en ellos intervenían elementos
tales como identificaciones erróneas, venenos, batallas, hijos perdidos tiempo ha, fantasmas,
brujas y, casi siempre, montones de dagas. Como estaba claro que ser rey no era ningún chollo,
resultaba sorprendente que la mitad del reparto intentara convertirse en soberano. Mort
tenía una idea muy vaga de lo que era la vida palaciega, pero se imaginaba que nadie dormía
demasiado.
-Me gustaría ver a un rey de verdad -dijo-. Según mi abuela, se pasan la vida llevando corona.
Hasta para ir al lavabo. La Muerte sopesó cuidadosamente el comentario.
NO HAY MOTIVOS TÉCNICOS PARA QUE NO LO HAGAN -admitió-. SIN EMBARGO,
POR MI EXPERIENCIA, NO SUELE SER ASÍ.
El caballo giró y el inmenso damero plano de la llanura de Sto pasó debajo de ellos a la velocidad
del rayo. Era aquél un país rico, lleno de cieno, de ondulantes campos de coles, y de
pequeños reinos cuyos límites serpenteaban cual víboras a medida que las pequeñas guerras
formales, los pactos matrimoniales, las complejas alianzas y los ocasionales errores de los
cartógrafos iban cambiando el perfil político de las tierras.
-¿Este rey es bueno o es malo? -preguntó Mort mientras un bosque se abría debajo de
ellos.
NUNCA ME PREOCUPO POR SEMEJANTES DETALLES -respondió la Muerte-. SUPONGO
QUE NO SERÁ PEOR QUE CUALQUIER OTRO REY.
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-¿Manda matar a la gente? -preguntó Mort y al recordar con quién estaba hablando, añadió-
: Con perdón.
ALGUNAS VECES. HAY COSAS QUE ES PRECISO HACER CUANDO UNO ES REY.
Allá abajo surgió una ciudad apiñada alrededor de un castillo construido sobre un saliente
de piedra que brotaba en plena llanura cual espinilla geológica. Se trataba de una enorme roca
de las lejanas Montañas del Carnero, le dijo la Muerte, que había sido abandonada allí por los
hielos en la época legendaria en que los Gigantes de Hielo al entrar en guerra con los dioses
habían cabalgado por la tierra sobre sus glaciares tratando de congelar el mundo entero. Sin
embargo, al final se dieron por vencidos y condujeron sus brillantes manadas de vuelta a sus
tierras ocultas, entre las montañas de afilados picos, cerca del Eje. Ningún habitante de las
llanuras supo nunca por qué lo habían hecho, pero la generación más joven de la ciudad de Sto
Lat, la ciudad que rodeaba la roca, consideraba que se habían marchado porque aquel lugar
era mortalmente aburrido.
Binky bajó trotando en la nada y se posó sobre las losas de la torre más elevada del castillo.
La Muerte desmontó y ordenó a Mort que se encargara del morral.
-¿No se darán cuenta de que aquí arriba hay un caballo? -inquirió mientras se dirigían hacia
una escalera. La Muerte sacudió la cabeza.
¿ACASO CREERÍAS QUE PUEDE HABER UN CABALLO EN LO ALTO DE ESTA TORRE?
-replicó.
-No. Sería imposible que subiera por la escalera -respondió Mort.
MUY BIEN. ¿Y ENTONCES?
-Ah. Ya entiendo. La gente no quiere ver aquello cuya existencia resulta imposible.
MUY BIEN, PERO QUE MUY BIEN.
Recorrieron un ancho pasillo cuyas paredes estaban adornadas con tapices. La Muerte
buscó en el interior de su túnica, sacó un reloj de arena y entrecerró los ojos para verlo en la
penumbra.
Se trataba de un reloj especialmente fino, el cristal tenía talladas unas intrincadas facetas e
iba encerrado en un marco ornamentado de bronce y madera. La inscripción «Rey Olerve, el
Bastardo» aparecía profundamente grabada en él.
La arena que había en su interior centelleaba de un modo extraño. No quedaba mucha.
La Muerte tarareó para sí y guardó el reloj de arena en el misterioso escondite que había
ocupado.
Giraron en una esquina y se toparon con un muro de sonidos. Había un vestíbulo lleno de
gente, bajo una nube de humo y chácharas que se elevaba hasta alcanzar las sombras plagadas
de estandartes del techo. En lo alto de una galería un trío de juglares se esmeraba por que
lo oyeran, pero no lo lograba.
La aparición de la Muerte no causó demasiado revuelo. Un lacayo apostado junto a la puerta
se volvió hacia ella, abrió la boca, luego frunció el ceño de un modo distraído y pensó en otra
cosa. Unos cuantos cortesanos miraron hacia ellos, e inmediatamente apartaron la vista cuando
el sentido común se impuso a los otros cinco.
DISPONEMOS DE UNOS CUANTOS MINUTOS -dijo la Muerte sirviéndose una copa de
una bandeja que pasaba por ahí-, MEZCLÉMONOS CON LA GENTE.
-¡A mí tampoco me ven! -exclamó Mort-. ¡Pero si soy real!
LA REALIDAD NO SIEMPRE ES LO QUE PARECE -comentó la Muerte-. DE TODOS MODOS,
SI NO QUIEREN VERME A MÍ, ES OBVIO QUE TAMPOCO QUIEREN VERTE A TI.
ÉSTOS SON ARISTÓCRATAS, MUCHACHO. SE LES DA BIEN ESO DE NO VER LAS COSAS.
¿POR QUÉ HAY UNA CEREZA CON UN PALILLO DENTRO DE ESTA COPA?
-Mort -aclaró Mort automáticamente.
NO MEJORA PARA NADA EL SABOR. ¿POR QUÉ LA GENTE SE MOLESTA EN TOMAR
UNA COPA PERFECTAMENTE BUENA Y PONERLE UNA CEREZA EN UN POSTE?
-¿Qué pasará después? -inquirió Mort.
Un conde entrado en años tropezó con él, miró hacia todos lados excepto hacia donde él
estaba, se encogió de hombros y se alejó.
FÍJATE EN ESTAS COSAS, POR EJEMPLO -dijo la Muerte robando un canapé que pasaba
por allí-. LAS SETAS SÍ, EL POLLO SÍ, LA CREMA SÍ, NO TENGO NADA CONTRA NINGUNO
DE ESTOS INGREDIENTES, PERO EN NOMBRE DE LA CORDURA, ¿POR QUÉ MEZCLARLOS
A TODOS Y METERLOS EN PEQUEÑOS RECIPIENTES DE PASTA?
-¿Cómo dice? -preguntó Mort.
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Esos QUE VES ALLÍ SON MORTALES -prosiguió la Muerte-. ESTARÁN EN ESTE MUNDO
APENAS UNOS CUANTOS AÑOS Y SE LOS PASAN COMPLICÁNDOSE LA VIDA. ES FASCINANTE.
SÍRVETE UN PEPINILLO.
-¿Dónde está el rey? -inquirió Mort estirando el cuello para ver por encima de las cabezas
de los cortesanos.
ES EL TIPO DE LA BARBA DORADA -repuso la Muerte.
Dio unas palmaditas en el hombro a un lacayo y, cuando el hombre se volvió a mirar asombrado
a su alrededor, le quitó diestramente otra copa de la bandeja.
Mort buscó a su alrededor hasta que vio a la figura de pie en medio de un grupito que había
en el centro de la multitud, inclinada ligeramente para oír mejor lo que un cortesano más bien
bajito le estaba diciendo. Era un hombre alto, corpulento, con el rostro impasible y paciente de
alguien a quien uno le compraría confiadamente un caballo de segunda mano.
-No tiene aspecto de ser mal rey -dijo Mort-. ¿Por qué querrán matarlo?
¿VES AL HOMBRE QUE ESTÁ JUNTO A ÉL? ¿EL DEL BIGOTITO Y LA SONRISA DE
LAGARTIJA? -inquirió la Muerte señalando con la guadaña.
-Sí.
ES SU PRIMO, EL DUQUE DE STO HELIT. NO DESTACA POR SU SIMPATÍA -dijo la
Muerte-. MUY DIESTRO CON EL VENENO. EL AÑO PASADO ERA EL QUINTO EN LA LÍNEA
DE SUCESIÓN AL TRONO, AHORA ES EL SEGUNDO. PODRÍAMOS DECIR QUE SE TRATA
DE TODO UN TREPA. -Hurgó en el interior de su túnica y extrajo un reloj cuya arena negra
bajaba entre un enrejado puntiagudo de hierro. Lo sacudió para comprobar el efecto-. AL QUE
LE QUEDAN TREINTA o TREINTA Y CINCO AÑOS POR DELANTE -concluyó con un suspiro.
-¿Y va por ahí matando a la gente? -preguntó Mort. Sacudió la cabeza y agregó-: No hay
justicia.
La Muerte lanzó un suspiro.
No. -Le entregó la copa a un paje, que se sorprendió al descubrir que de repente tenía en la
mano un recipiente vacío-. SÓLO ESTOY YO.
Desenvainó la espada, con la misma hoja azul hielo, delgada como una sombra, que la
guadaña de rigor, y avanzó.
-Creí que utilizaba la guadaña -susurró Mort.
A LOS REYES LES CORRESPONDE LA ESPADA -replicó la Muerte-. ES UNA… CÓMO
SE DICE… UNA PRERROGATIVA REAL.
Su mano libre extendió los dedos huesudos y se perdió entre los pliegues de la túnica para
sacar el reloj del rey Olerve. En la parte superior del artefacto quedaban unos pocos granos de
arena amontonados.
PRESTA MUCHA ATENCIÓN -dijo la Muerte-, TAL VEZ DESPUÉS TE HAGA PREGUNTAS.
-Espere -le pidió Mort, desesperado-. No es justo. ¿No puede impedirlo?
¿JUSTO? ¿QUIÉN HA HABLADO DE JUSTICIA? -preguntó la Muerte.
-Bueno, si el otro tipo es tan…
ESCUCHA -dijo la Muerte-, LA JUSTICIA NO TIENE NADA QUE VER CON ESTO. NO SE
PUEDE TOMAR PARTIDO. SANTO CIELO. CUANDO TE LLEGA LA HORA, PUES TE HA
LLEGADO. NO HAY MÁS QUE DECIR, MUCHACHO.
-Mort -gimió Mort mirando fijamente a la multitud.
Entonces la vio. Un movimiento hecho al azar por la multitud abrió un canal entre Mort y una
muchacha delgada y pelirroja que estaba sentada con un grupo de mujeres mayores detrás del
rey. No era exactamente hermosa, pues tenía un exceso de pecas y, francamente, tendía más
bien a la delgadez. Pero al verla, Mort sufrió una impresión tan grande que le produjo un cortocircuito
cerebral que le recorrió el cuerpo hasta llegarle a la boca del estómago y le hizo reír
malignamente.
HA LLEGADO LA HORA -anunció la Muerte dándole un golpecito a Mort con el codo afilado-.
SÍGUEME.
La Muerte se dirigió hacia el rey, sopesando la espada en la mano. Mort parpadeó y se dispuso
a seguirla. Los ojos de la muchacha se posaron brevemente en los suyos, para apartarse
de ellos inmediatamente y… volver a posarse en ellos, al tiempo que giraba la cabeza y comenzaba
a abrir la boca para formar un «ooh» aterrado.
A Mort se le heló la sangre. Echó a correr hacia el rey.
-¡Cuidado! -gritó-. ¡Estáis en gran peligro!
Y el mundo se convirtió en melaza. Comenzó a llenarse de sombras azules y purpúreas,
como el sueño de alguien que sufre una insolación; el sonido se fue apagando hasta que el
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rugido de la corte se transformó en algo lejano y disonante, como la música transmitida por los
auriculares de otra persona. Mort vio a la muerte colocarse junto al rey con aire sociable y levantar
la vista hacia… la galería de los juglares.
Mort vio al arquero, vio el arco, vio la flecha recorrer el aire a la velocidad de un caracol enfermo.
Aunque iba lenta, no logró superarla. Tuvo la impresión de que pasaron horas antes de
que lograse que sus plúmbeas piernas le obedecieran, pero al final, pudo tocar el suelo con
ambos pies a la vez y patear con toda la aceleración aparente de la deriva continental.
Mientras se retorcía lentamente en el aire, la Muerte le dijo sin rencor:
¿SABES? No DARÁ RESULTADO. Es NATURAL QUE LO INTENTES, PERO NO DARÁ
RESULTADO.
Como en sueños, Mort flotó en un mundo silencioso…
La flecha dio en el blanco. La Muerte blandió la espada empuñándola con ambas manos y
con ella segó suavemente el cuello del rey sin dejarle marca alguna. Para Mort, que giraba
despacio por el mundo crepuscular, aquello fue como si una silueta fantasmal se hubiera quedado
rezagada.
No podía tratarse del rey, porque era evidente que estaba allí de pie, mirando a la Muerte directamente
con una expresión sumamente sorprendida. Alrededor de sus pies se veía algo
vago, y muy, pero que muy lejos, la gente reaccionaba dando voces y gritos.
UN TRABAJO LIMPIO -dijo la Muerte-. LA REALEZA SIEMPRE CAUSA PROBLEMAS.
TIENDE A AFERRARSE A LA VIDA. PERO LO QUE SON LOS CAMPESINOS CORRIENTES,
VAYA, ÉSOS NO VEN LA HORA.
-¿Quién diablos eres? -inquirió el rey-. ¿Qué haces aquí? ¿Eh? ¡Guardias! Exijo que…
El insistente mensaje de sus ojos logró por fin abrirse paso hasta llegar a su cerebro. Mort
estaba impresionado. El rey Olerve se había aferrado a su trono durante muchos años e incluso
después de muerto, sabía cómo comportarse.
-Ah -dijo el rey-. Ya comprendo. No esperaba verte tan pronto. MAJESTAD -dijo la Muerte
con una reverencia-, NO sois EL ÚNICO A QUIEN LE PARECE QUE LLEGO PRONTO.
El rey miró a su alrededor. Todo estaba a oscuras y en silencio en aquel mundo de sombras,
pero afuera había mucho alboroto.
-¿Y ese de ahí abajo soy yo?
ME TEMO QUE SÍ, MAJESTAD.
-Un trabajo limpio. Ha sido con ballesta, ¿no?
Sí. Y AHORA, MAJESTAD, SI NO OS IMPORTA…
-¿Quién lo hizo? -preguntó el rey. La Muerte vaciló.
UN ASESINO CONTRATADO EN ANKH-MORPORK -respondió.
-Mmm. Hábil. Felicito a Sto Helit. Y yo aquí, atiborrándome de antídotos. No hay antídoto
para el frío acero, ¿verdad?
NO, MAJESTAD, LA VERDAD ES QUE NO.
-El viejo truco de la escalera de cuerda y el caballo veloz junto al puente levadizo, ¿eh?
Eso PARECE, MAJESTAD -replicó la Muerte tomando delicadamente de la mano a la sombra
del rey-. PERO si os SIRVE DE CONSUELO, EL CABALLO TIENE QUE SER VELOZ DE
VERDAD.
-¿Eh?
La Muerte permitió que su sonrisa gélida se ensanchara un poco.
TENGO UNA CITA CON SU JINETE MAÑANA EN ANKH -dijo la Muerte-. HA PERMITIDO
QUE EL DUQUE LE SUMINISTRARA UNA FIAMBRERA CON EL ALMUERZO.
El rey, cuya eminente aptitud para su puesto implicaba que no era muy veloz para captar al
vuelo las sugerencias, reflexionó durante un instante y luego lanzó una breve risotada. Por
primera vez se percató de la presencia de Mort.
-¿Y éste quién es? -preguntó-. ¿También está muerto?
MI APRENDIZ -repuso la Muerte-. AL QUE HABRÁ QUE DARLE UN BUEN SERMÓN ANTES
DE QUE SE HAGA MAYOR, EL MUY BRIBÓN.
-Mort -dijo Mort automáticamente.
El sonido de su charla fluyó a su alrededor, pero no lograba quitar los ojos de la escena
donde se encontraban. Se sentía real. La Muerte parecía sólida. El rey tenía un aspecto sorprendentemente
lozano y saludable para tratarse de alguien que acababa de morir. Pero el
resto del mundo era una masa de sombras flotantes. Unas siluetas estaban inclinadas sobre el
cuerpo desplomado, y atravesaban a Mort como si no fueran más tangibles que la bruma.
La muchacha estaba arrodillada en el suelo, sollozando.
-Ésa es mi hija -dijo el rey-. Debería sentirme triste. ¿Por qué no es así?
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LAS EMOCIONES SE DEJAN ATRÁS. TODO SE REDUCE A UNA CUESTIÓN DE GLÁNDULAS.
-Ah. Es por eso entonces. No nos puede ver, ¿verdad? No.
-Supongo que no existe la posibilidad de que yo… EN ABSOLUTO -dijo la Muerte.
-Pero es que se convertirá en reina y si pudiera advertirle…
LO SIENTO.
La muchacha levantó la mirada sin ver a Mort. El observó como el duque se acercaba a la
princesa por detrás y posaba una mano reconfortante sobre su hombro. En los labios del hombre
se dibujó una leve sonrisa. Era el tipo de sonrisa que yace al acecho entre los bancos de
arena a la espera de nadadores incautos.
-No logro que me oigas -dijo Mort-. ¡No te fíes de él! La princesa miró hacia Mort y entrecerró
los ojos. Él tendió la mano y vio como traspasaba la de ella.
SÍGUENOS, MUCHACHO. NADA DE TONTERÍAS.
Mort notó que la mano de la Muerte le aferraba el hombro de un modo nada hostil. Se alejó
a regañadientes, y fue tras ella y el rey.
Salieron atravesando los muros. Había recorrido la mitad de la distancia que los separaba
cuando cayó en la cuenta de que eso de atravesar paredes era imposible.
La lógica suicida de aquello casi lo mata. Sintió el frío de la piedra alrededor de las piernas
antes de que una voz le dijera al oído:
MÍRALO DE ESTE MODO. EL MURO NO PUEDE ESTAR AHÍ. DE LO CONTRARIO, TÚ
NO ESTARÍAS ATRAVESÁNDOLO. ¿NO ES ASÍ, MUCHACHO?
-Mort -aclaró Mort.
¿CÓMO?
-Me llamo Mort. O Mortimer -respondió Mort, enfadado, y avanzó. El frío quedó a su espalda.
YA ESTÁ. NO HA SIDO TAN DIFÍCIL, ¿VERDAD?
Mort miró hacia ambos extremos del pasillo y luego le dio una palmada al muro. Debía de
haberlo atravesado, pero la palmada le indicaba que era bastante sólido. Unas partículas de
mica lo miraron con todo su brillo.
-¿Cómo lo hace? -preguntó-. ¿Cómo lo hago yo? ¿Es magia?
ESO ES PRECISAMENTE LO QUE NO ES, MUCHACHO. CUANDO PUEDAS HACERLO
TÚ SOLO, YA NO TENDRÉ NADA MÁS QUE ENSEÑARTE.
El rey, que ya estaba considerablemente más difuso, dijo:
-Debo reconocer que es impresionante. Por cierto, creo que me estoy esfumando.
ES A CAUSA DEL CAMPO MORFOGENÉTICO, SE ESTÁ DEBILITANDO -le explicó la
Muerte.
-Conque es eso, ¿eh? -La voz del rey era apenas un suspiro.
LES OCURRE A TODOS. TRATAD DE DISFRUTARLO.
-¿Cómo? -La voz no era más que una forma en el aire.
ACTUAD CON NATURALIDAD.
En ese momento, el rey se desplomó y fue empequeñeciendo cada vez más en el aire al
tiempo que el campo se concentró hasta quedar reducido a un brillante puntito. Ocurrió tan
deprisa que Mort estuvo a punto de perdérselo. De fantasma a mota en medio segundo con un
leve suspiro.
La Muerte atrapó delicadamente la brillante cosita y la guardó en alguna parte, debajo de su
túnica.
-¿Qué le ha ocurrido? -inquirió Mort.
SÓLO ÉL LO SABE -respondió la Muerte-. VEN.
-Mi abuela dice que morirse es como quedarse dormido -añadió Mort con un atisbo de esperanza.
NO SABRÍA DECIRTE. NUNCA HE HECHO NINGUNA DE LAS DOS COSAS.
Mort echó una última mirada al pasillo. Habían abierto de par en par las enormes puertas
para que saliera la corte. Dos mujeres entradas en años procuraban consolar a la princesa,
pero la muchacha avanzaba delante de ellas a paso veloz, de modo que las señoras la seguían
a saltos, como dos globos nerviosos. Desaparecieron al final de otro pasillo.
TODA UNA REINA YA -dijo la Muerte con tono de aprobación.
A la Muerte le gustaban las cosas con clase.
Llegaron al tejado sin decirse nada más.
TRATASTE DE AVISARLE -dijo quitándole el morral a Binky.
-Sí, señora. Lo siento.
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NO PUEDES INTERFERIR CON EL DESTINO. ¿QUIÉN ERES TÚ PARA JUZGAR QUIÉN
HA DE VIVIR Y QUIÉN HA DE MORIR?
La Muerte estudió atentamente la expresión de Mort.
SÓLO LOS DIOSES PUEDEN HACERLO -añadió-. JUGAR CON EL DESTINO DE UN SOLO
INDIVIDUO PODRÍA DESTRUIR EL MUNDO ENTERO. ¿LO COMPRENDES?
Mort asintió, desalentado.
-¿Me enviará usted a mi casa? -inquirió.
La Muerte tendió las manos y lo subió al caballo.
¿POR MOSTRAR COMPASIÓN? NO. TAL VEZ LO HABRÍA HECHO SI HUBIERAS MOSTRADO
PLACER. PERO HAS DE APRENDER LA COMPASIÓN ADECUADA A TU OFICIO.
-¿Cuál es?
UN BUEN FILO.
Pasaron los días, aunque Mort no estaba seguro de cuántos. El sol mortecino del mundo de
la Muerte recoma regularmente el cielo, pero las visitas al espacio mortal no parecían seguir un
sistema determinado. Además, la Muerte no sólo visitaba a reyes y batallas importantes; gran
parte de las visitas personales eran a personas bastante corrientes.
Las comidas las servía Albert, que sonreía mucho para sí y no decía gran cosa. Ysabell se
pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación, o cabalgaba en su pony por los páramos
negros que había encima de la cabaña. Verla con el cabello al viento habría resultado más
impresionante si el pony hubiera sido más grande, o si ella hubiera sido mejor amazona, o si su
cabellera hubiera sido de las que flotan naturalmente al viento. Hay cabelleras que tienen esa
cualidad y otras que no la tienen. La de ella no la tenía.
Cuando no estaba fuera en eso que la Muerte llamaba DE SERVICIO, Mort ayudaba a Albert,
o se buscaba trabajos en el huerto o el establo, o echaba un vistazo a los libros de la nutrida
biblioteca de la Muerte, los leía a la velocidad y con la avidez típica de los que descubren
por primera vez la magia de la palabra escrita.
La mayoría de los libros de la biblioteca eran biografías, claro.
Tenían un aspecto inusual. Se escribían a sí mismos. Evidentemente, las personas que ya
habían muerto llenaban sus libros de la primera a la última página, y las que aún no habían
nacido tenían que conformarse con las páginas en blanco. Los que se encontraban a mitad de
camino… Mort les seguía la pista y marcaba el lugar, contaba las líneas extra, y calculaba que
a ciertos libros se les iban añadiendo de cuatro a cinco párrafos diarios. No reconocía la letra.
Hasta que finalmente se armó de valor.
¿UNA QUÉ? -dijo la Muerte llena de asombro, mientras estaba sentada tras su ornamentado
escritorio y jugueteaba con el cortapapeles en forma de guadaña.
-Una tarde libre -repitió Mort.
De repente, la habitación se tornó opresivamente enorme, y él se encontraba muy expuesto
en el centro de una alfombra del tamaño de un campo.
PERO ¿POR QUÉ? -preguntó la Muerte-. NO PUEDE SER PARA IR AL ENTIERRO DE TU
ABUELA -añadió-. PORQUE YO ESTARÍA ENTERADA.
-No sé, quiero salir y conocer gente -dijo Mort tratando de no pestañear ante aquella mirada
azul e implacable.
PERO SI CONOCES GENTE TODOS LOS DÍAS -protestó la Muerte.
-Ya lo sé, pero no es por mucho tiempo -adujo Mort-. Y me gustaría conocer a alguien con
una esperanza de vida de más de dos minutos.
La Muerte tamborileó con los dedos sobre el escritorio produciendo un sonido muy similar al
de un ratón bailando zapateado, y observó a Mort durante unos segundos más. Notó que el
muchacho parecía menos flacucho de lo que lo recordaba, mantenía una postura erguida, y
dicho despiadadamente, era capaz de utilizar una expresión como «esperanza de vida». La
culpa la tenía la biblioteca.
ESTÁ BIEN -aceptó a regañadientes-. PERO YO CREO QUE AQUÍ TIENES CUANTO NECESITAS.
TUS OBLIGACIONES NO SE TE HARÁN PESADAS, ¿VERDAD?
-No, señora.
ADEMÁS TIENES BUENA COMIDA, UNA CAMA CALIENTE, DIVERSIONES Y GENTE DE
TU MISMA EDAD.
-¿Cómo ha dicho, señora? -inquirió Mort.
Mi HIJA -replicó la Muerte-. SUPONGO QUE YA LA HAS CONOCIDO.
-Ah, sí. Sí, señora.
CUANDO LLEGAS A CONOCERLA BIEN TIENE UNA PERSONALIDAD MUY CÁLIDA.
-No lo dudo, señora.
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NO OBSTANTE, ¿DESEAS TENER UNA TARDE LIBRE? -La Muerte lanzó las palabras
con un deje de disgusto.
-Sí, señora. Si a usted no le importa.
PUES MUY BIEN. HECHO. TIENES HASTA LA PUESTA DE SOL.
La Muerte abrió su enorme libro mayor, cogió una pluma y se puso a escribir. De vez en
cuando, tendía la mano y pasaba las cuentas de un ábaco.
Al cabo de un minuto levantó la vista.
SIGUES AHÍ -dijo-. PERDIENDO TU TIEMPO LIBRE -añadió con acritud.
-Esto… señora -vaciló Mort-, ¿la gente podrá verme? IMAGINO QUE sí, ESTOY SEGURA -
respondió la Muerte-. ¿HAY ALGO MÁS EN LO QUE PUEDA SERVIRTE ANTES DE QUE
PARTAS PARA ESA ORGÍA?
-Pues verá, señora, ya que lo menciona, sí. No sé cómo llegar al mundo mortal, señora -dijo
Mort, desesperado.
La Muerte lanzó un sonoro suspiro y abrió un cajón de su escritorio.
PUES CAMINANDO.
Mort asintió lleno de tristeza y empezó a recorrer el largo camino que lo separaba de la
puerta del estudio. Cuando se disponía a abrirla, la Muerte tosió.
¡MUCHACHO! -le gritó, y le lanzó algo desde el otro extremo de la habitación.
Mort lo aferró automáticamente al tiempo que la puerta se abría con un crujido.
El portal desapareció. La mullida alfombra que tenía bajo los pies se transformó en enlodados
adoquines. Sobre él caía la luz del día como si fuera mercurio.
-Mort -aclaró Mort al universo en general.
-¿Cómo? -preguntó el dueño de un puesto callejero que había junto a él.
Mort miró a su alrededor. Se encontraba en un mercado atestado de gente y animales. Allí
se vendía de todo, desde agujas hasta (gracias a la mediación de unos cuantos profetas itinerantes)
visiones de salvación. Resultaba imposible mantener una conversación por debajo del
nivel acústico de los gritos.
Mort le dio unas palmaditas en la región lumbar al propietario del puesto.
-¿Puedes verme? -exigió saber.
El propietario del puesto le lanzó una mirada crítica.
-Creo que sí -repuso-, o al menos veo a alguien muy parecido a ti.
-Gracias -dijo Mort inmensamente aliviado.
-De nada. Cada día veo montones de personas sin cobrarles nada. ¿Quieres comprar cordones
para las botas?
-No, creo que no -repuso Mort-. ¿Qué lugar es éste?
-¿No lo sabes?
Un par de personas que se encontraban en el puesto contiguo observaban a Mort con aire
pensativo. La cabeza le trabajaba a toda velocidad.
-Es que mi amo viaja mucho -dijo con convicción-. Anoche, cuando llegamos, yo iba dormido
en el carro. Y ahora tengo la tarde libre.
-Ah -dijo el propietario del puesto. Se inclinó hacia adelante con aire de complicidad y añadió-:
Buscas pasártelo bien, ¿eh? Podría recomendarte algo.
-La verdad, disfrutaría mucho si supiera dónde estoy -admitió Mort.
El hombre se quedó estupefacto.
-Estamos en Ankh-Morpork -dijo-. Es algo que salta a la vista. Y al olfato.
Mort husmeó. El aire de la ciudad tenía un no sé qué. Daba la sensación de que era un aire
que había visto mundo. Resultaba imposible dejar de notar a cada inspiración que había miles
de personas cerca, y que todas tenían sobacos.
El propietario del puesto contempló a Mort con ojo crítico; notó su rostro pálido, su ropa de
buen corte y su extraña presencia, como un efecto de resorte de hélice.
-Mira, voy a hablarte sinceramente -le dijo-, puedo indicarte cómo llegar a un gran prostíbulo.
-Ya he almorzado -replicó Mort vagamente-. Pero podrías decirme si estamos cerca de un
lugar que se llama Sto Lat, si mal no recuerdo.
-Pues está a unos treinta kilómetros en dirección al Eje, pero allí no hay nada para un joven
de tu clase -se apresuró a informarle el mercader-. Ya sé cómo son estas cosas, has salido
solo en busca de nuevas experiencias, de emociones, de romances…
Entretanto, Mort había abierto la bolsa que la Muerte le había entregado. Estaba llena de
moneditas de oro, grandes como cequíes.
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En su mente volvió a formarse la imagen de un rostro joven y pálido enmarcado por una cabellera
pelirroja y que, de algún modo, sabía que él se encontraba allí. Los sentimientos dispersos
que lo habían atormentado durante los últimos días se concentraron de repente en un punto.
-Quiero un caballo muy veloz -dijo con firmeza.
Cinco minutos más tarde, Mort estaba perdido.
Aquella parte de Ankh-Morpork era conocida como Las Tinieblas; se trataba de una zona de
la ciudad terriblemente necesitada de la ayuda gubernamental o bien, a ser posible, de un lanzallamas.
No se la podía calificar de sórdida porque habría sido estirar el término hasta el extremo.
Sobrepasaba la sordidez y seguía de largo hasta llegar al punto en que, debido a una
especie de inversión einsteiniana, adquiría una magnífica depauperación que lucía cual premio
arquitectónico. Era ruidosa, sofocante y olía como el suelo de un establo.
No había allí un barrio, sino más bien una ecología, como una especie de inmenso arrecife
de coral crecido en tierra. Había seres humanos, eso sí, los equivalentes humanoides de las
langostas, los calamares, los camarones y demás fauna. Y también de los tiburones.
Mort vagó sin esperanzas por las calles sinuosas. Cualquiera que sobrevolara a la altura de
los tejados habría notado que las multitudes que iban tras él seguían una determinada pauta,
sugestiva de un número de hombres que convergían, indiferentes, en un objetivo, y habría llegado
a la acertada conclusión de que tanto Mort como su oro tenían la misma esperanza de
vida que un erizo con tres patas en una autopista de seis carriles.
Probablemente, a estas alturas, ya haya quedado claro que Las Tinieblas no era el tipo de
lugar que posee habitantes. Sino más bien especímenes aclimatados. Periódicamente, Mort
trataba de entablar conversación con alguien para averiguar cómo llegar hasta un vendedor de
caballos. El espécimen aclimatado mascullaba algo y se alejaba a toda prisa, puesto que todo
aquel que deseara sobrevivir en Las Tinieblas algo más de tres horas desarrollaba unos sentidos
muy especializados y no habría permanecido al lado de Mort del mismo modo que un campesino
no se cobijaría debajo de un árbol alto en plena tormenta de rayos.
Y así, Mort llegó finalmente al río Ankh, el más grande de los ríos. Incluso antes de entrar en
la ciudad, fluía lento y pesado con el limo de las llanuras y, cuando alcanzaba Las Tinieblas,
hasta un agnóstico habría sido capaz de caminar sobre sus aguas. Resultaba difícil ahogarse
en el Ankh, aunque sería muy fácil asfixiarse.
Mort contempló la superficie lleno de dudas. Parecía moverse. Veía burbujas. Tenía que ser
agua.
Suspiró y se alejó.
A sus espaldas habían aparecido tres hombres, como si el suelo de piedra los hubiera escupido
de su interior. Tenían el aspecto pesado e impasible de aquellos delincuentes cuya aparición
en cualquier narrativa indica que ha llegado la hora de que al héroe lo amenacen un poco,
aunque sin pasarse, porque resulta evidente que van a recibir una horrible sorpresa.
Reían entre dientes. Se les daba bien.
Uno de ellos había sacado un cuchillo y lo movía en el aire haciéndole describir pequeños
círculos. Se acercó despacio a Mort, mientras los otros dos se quedaban rezagados y le proporcionaban
apoyo inmoral.
-Entréganos el dinero -exigió con voz ronca.
Mort llevó la mano a la bolsa que llevaba colgada del cinturón.
-Un momento -dijo-. ¿Y después qué ocurrirá?
-¿Qué?
-¿Vais a preguntarme eso de la bolsa o la vida? -inquirió Mort-. Porque es el tipo de cosas
que los- ladrones han de preguntar. La bolsa o la vida. Lo he leído en un libro.
-Puede ser, puede ser -admitió el ladrón. Tuvo la impresión de que perdía la iniciativa, pero
se recuperó de un modo magnífico-. Por otra parte, podría ser la bolsa y la vida. Sacaría el
doble, por decirlo de alguna manera.
El hombre miró de reojo a sus colegas y, al oír el comentario, éstos rieron disimuladamente.
-En ese caso -dijo Mort levantando la bolsa con una mano, dispuesto a lanzarla lo más lejos
posible de la orilla del Ankh, aunque existía una posibilidad más que razonable de que rebotase.
-Eh, ¿qué haces? -inquirió el ladrón.
Se disponía a lanzarse sobre él, pero se contuvo cuando Mort sacudió la bolsa, amenazante.
-Pues verás -contestó Mort-, yo lo veo así. Si de todos modos vais a matarme, tanto me da
deshacerme del dinero. Vosotros decidís.
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Y para demostrar lo que quería decir, sacó una moneda de la bolsa y la lanzó a las aguas,
que la aceptaron con una desafortunada succión. Los ladrones se estremecieron.
El cabecilla echó una mirada a la bolsa. Y luego miró su cuchillo. Y luego miró la cara de
Mort. Y luego miró a sus colegas.
-Perdona un momento -dijo, y se puso a conferenciar con los otros dos.
Mort calculó la distancia que lo separaba del final del callejón. No lo lograría. De todos modos,
los tres ladrones tenían todo el aspecto de ser bastante diestros en perseguir gente. La
lógica, en cambio, no era lo suyo.
El cabecilla volvió a donde se encontraba Mort. Lanzó una última mirada a los otros dos. Éstos
asintieron decididos.
-Creo que primero te matamos y nos arriesgamos a que tires el dinero -le informó-. No nos
gustaría que esto se supiera por ahí. Los otros dos sacaron sus cuchillos. Mort tragó saliva y
dijo:
-Me parece que es una imprudencia.
-¿Por qué?
-Pues, por una parte, a mí no me gustará.
-No se supone que haya de gustarte, se supone que debes morir -dijo el ladrón avanzando.
-Me parece que todavía no me ha llegado la hora de morir -dijo Mort retrocediendo-. Estoy
seguro de que me habrían avisado.
-Ya -dijo el ladrón, que ya empezaba a hartarse-. Ya, te habrían avisado, ¿eh? ¡Por las
mierdas humeantes de elefante!
Mort había retrocedido un paso más. A través de una pared.
El cabecilla se quedó mirando impávido la piedra dura que se había tragado a Mort, y luego
soltó el cuchillo.
-¡Me - - - -! -exclamó-. Era un j - - - - o mago. ¡Detesto a los j ----- s magos!
-Entonces, no deberías j------s -masculló uno de sus secuaces, y luego soltó sin esfuerzo alguno
una ráfaga de guiones.
El tercer componente del trío, que era un poco duro de entendederas, dijo:
-¡Pero si atravesó una pared!
-Ya, y nosotros aquí siguiéndolo durante siglos -masculló el segundo-. Pilgarlic, tú sí que
eres listo. He dicho que me parece que es un mago, y que sólo los magos pueden andar por
este barrio solos. ¿No he dicho que tenía pinta de mago? He dicho…
-Dices demasiadas cosas -gruñó el cabecilla.
-Yo lo he visto, atravesó esa pared de ahí…
-¿Ah, sí?
-¡Sí!
-Y has visto cómo la atravesaba, ¿no?
-Oye tú, ¿te crees muy agudo o qué?
-¡Lo suficiente!
El cabecilla levantó su cuchillo del suelo con un movimiento serpenteante.
-¿Agudo como esto?
El tercer ladrón se lanzó contra la pared y la pateó con fuerza un par de veces, mientras a
sus espaldas se oía el ruido de una pelea y el sonido de húmedas burbujas.
-Pues sí, es una pared -dijo-. Es una pared como la copa de un pino. Eh, muchachos, ¿cómo
creéis que lo hacen? «¿Muchachos? Tropezó con los cuerpos tendidos boca abajo.
-¡Ah! -exclamó.
Aunque duro de mollera, fue lo bastante rápido como para deducir un hecho importante. Se
encontraba en un callejón de Las Tinieblas y estaba solo. Salió por piernas y logró recorrer
bastante trecho.
La Muerte recorrió lentamente el cuarto de los biómetros inspeccionando las apretadas filas
de atareados relojes de arena. Albert la seguía, obediente, sosteniendo el enorme libro mayor
abierto entre los brazos.
En el cuarto se oía un rugido descomunal, como el de una inmensa catarata gris.
Provenía de los estantes donde, prolongándose hasta la distancia infinita, había filas y más
filas de relojes de arena en los que bajaban los granos del tiempo mortal. Era un sonido pesado,
un sonido sordo, un sonido que caía como unas tristes natillas sobre el suculento budín del
alma.
MUY BIEN -dijo por fin la Muerte-. DEJÉMOSLO EN TRES. UNA NOCHE TRANQUILA.
-Entonces serán Goodie Hamstring, el abad Lobsang otra vez y la tal princesa Keli -
enumeró Albert.
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La Muerte contempló los tres relojes de arena que tenía en la mano.
HABÍA PENSADO EN ENVIAR AL MUCHACHO -dijo.
Albert consultó el libro mayor.
-Bueno, Goodie no causará problemas y se podría decir que el abad tiene experiencia -
comentó-. Lo de la princesa es una lástima. Sólo tiene quince años. Podría resultar complicado.
Sí, ES UNA PENA.
-¿Ama?
La Muerte se quedó con el tercer reloj de arena en la mano, contemplando pensativa el juego
de luces reflejado en su superficie. Lanzó un suspiro.
Y ES TAN JOVENCITA…
-¿Se encuentra bien, ama? -inquirió Albert con tono preocupado.
EL TIEMPO COMO UN ARROYO QUE FLUYE ETERNAMENTE LLEVA TODAS…
-¡Ama!
¿QUÉ? -inquirió la Muerte saliendo de su ensimismamiento.
-Se ha pasado, ama…
¿QUÉ TONTERÍAS DICES, HOMBRE?
-Por un momento había experimentado usted un extraño cambio, ama.
MEMECES. NUNCA ME HABÍA SENTIDO MEJOR. BUENO, ¿DE QUÉ HABLÁBAMOS?
Albert se encogió de hombros y, entrecerrando los ojos, leyó las anotaciones del libro.
-Goodie es una bruja -dijo-. Podría ofenderse si enviara a Mort.
Una vez que toda su arena había caído a la parte inferior del reloj, todos los practicantes de
la magia tenían derecho a ser reclamados por la Muerte en persona, más que por sus funcionarios
menores.
La Muerte no pareció oír lo que Albert le decía. Había vuelto a clavar la vista en el reloj de
arena de la princesa Keli.
¿CÓMO SE LLAMA ESA SENSACIÓN DE MELANCÓLICA PENA QUE TE HACE LAMENTAR
QUE LAS COSAS SEAN TAL COMO APARENTAN?
-Creo que tristeza, ama. Y ahora…
YO SOY LA TRISTEZA.
Albert se quedó boquiabierto. Y cuando logró dominarse un poco, balbuceó:
-¡Ama, hablábamos de Mort! ¿QUIÉN ES MORT?
-Su aprendiz, ama -repuso Albert pacientemente-. Un muchacho alto y joven.
AH, CLARO. BIEN, LO ENVIAREMOS A ÉL.
-Ama, ¿estará preparado para actuar en solitario? -preguntó Albert embargado por la duda.
La Muerte reflexionó un instante y luego contestó:
PODRÁ HACERLO. ES AGUDO, APRENDE RÁPIDO Y, EN FIN, QUE LA GENTE NO
PUEDE ESPERAR QUE ME PASE LA VIDA CORRIENDO TRAS ELLA.
Mort miraba con aire ausente las colgaduras de terciopelo de las paredes que tenía a pocos
centímetros de los ojos.
He traspasado una pared, pensó. Y eso es imposible.
Apartó cautelosamente las colgaduras para comprobar si ocultaban alguna puerta, pero no
encontró más que yeso desconchado que se había cuarteado en varios sitios dejando al descubierto
el ladrillo húmedo, pero decididamente sólido.
Lo tocó con la punta del dedo para comprobar el efecto. Estaba claro que por ahí no iba a
salir.
-Bien -le dijo a la pared-, ¿y ahora, qué? A su espalda, una voz le contestó:
-¿Mmm? ¿Cómo has dicho?
Mort se volvió despacio.
Reunidos en tomo a una mesa, en medio de la habitación, se encontraba una familia klatchiana
compuesta por el padre, la madre y media docena de hijos de tamaño escalonado.
Ocho pares de ojos redondos se fijaron en Mort. La única excepción la constituía un noveno par
que pertenecía a una persona anciana, de sexo indefinido; su propietario había aprovechado la
interrupción para hacerse con el recipiente comunal del arroz, con la idea de que más vale un
pescado hervido en mano que cien manifestaciones inexplicables, y el silencio se vio interrumpido
por el sonido de una masticación decidida.
En un rincón del cuarto atestado había un pequeño altar a Offler, el Dios Cocodrilo de seis
brazos de Klatch. Sonreía igual que la Muerte, aunque está claro que la Muerte no tenía una
bandada de pájaros sagrados que le llevaran nuevas de sus adoradores y al mismo tiempo le
mantuvieran limpia la dentadura.
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Los klatchianos valoran la hospitalidad por encima de las demás virtudes. Mientras Mort los
miraba fijamente, la mujer sacó otro plato de un estante que había detrás de ella y, en silencio,
comenzó a servirle del enorme recipiente. Después de un breve forcejeo, logró arrebatarle al
vejestorio un trozo de bagre de primera. No obstante, sus ojos maquillados con khol se mantuvieron
fijos en Mort.
Quien había hablado era el padre. Presa del nerviosismo, Mort hizo una reverencia.
-Lo siento -dijo-. Esto… parece que he atravesado la pared. Tenía que admitir que se trataba
de un comentario bastante flojo.
-¿Cómo? -preguntó el hombre.
Con un tintineo de brazaletes, la mujer dispuso cuidadosamente unas cuantas lonchas de
pimiento sobre el plato y lo roció con una salsa verde oscura que, por desgracia, a Mort le resultaba
conocida. La había probado semanas antes, y aunque era producto de una complicada
receta, un solo bocado le había bastado para saber que estaba compuesta de entrañas de
pescado marinadas durante varios años en una cuba llena de bilis de tiburón. La Muerte había
dicho que le había llegado a coger el gusto. Mort había decidido no esforzarse.
Intentó escabullirse hacia el portal, del que colgaba una cortina de abalorios, y todas las cabezas
se volvieron para contemplarlo. Ensayó una sonrisa.
-Maridito de mi vida, ¿por qué enseña los dientes el demonio? -preguntó la mujer.
-Quizá tenga hambre, lunita de mis anhelos. ¡Sírvele más pescado!
-Me lo estaba comiendo yo, criatura desgraciada -gruñó el vejestorio-. ¡Mal acabará este
mundo cuando no hay respeto para los mayores!
Había un hecho curioso; aunque las palabras penetraban en los oídos de Mort en klatchiano,
con todas las fiorituras y sutiles diptongos de una lengua tan antigua y sofisticada que
ya poseía quince palabras distintas para «asesinato» mucho antes de que el resto del mundo le
hubiera cogido el truco a eso de matarse a pedradas, llegaban a su cerebro tan claras y comprensibles
como si estuvieran en su lengua materna.
-¡No soy ningún demonio! ¡Soy humano! -exclamó Mort y se paró en seco cuando oyó que
las palabras le salían en perfecto klatchiano.
-¿Eres un ladrón? -preguntó el padre-. ¿Un asesino? Para haber entrado tan sigiloso… ¿no
serás un recaudador de impuestos?
Metió la mano debajo de la mesa y volvió a sacarla empuñando una cuchilla de carnicero
delgada como el papel de puro añilada. Su esposa lanzó un grito, soltó el plato y aferró a los
niños más pequeños.
Mort contempló como la hoja de la cuchilla hendía el aire, y se dio por vencido.
-Os traigo saludos de los círculos más recónditos del infierno -aventuró.
El cambio fue notable. La cuchilla bajó y en los rostros de toda la familia se dibujaron amplias
sonrisas.
-Es que la visita de un demonio nos trae mucha suerte -le informó el padre, regocijado-.
¿Cuál es tu deseo, oh, impío engendro de las entrañas de Offler?
-¿Cómo?
-Los demonios traen buena suerte y todo tipo de bendiciones al hombre que les ayuda -le
explicó el padre de familia-. ¿En qué podemos ayudarte, oh, repugnante aliento de perro del
Hades?
-Bueno, la verdad es que no tengo mucho apetito -se excusó Mort-, pero si sabes dónde
puedo conseguir un caballo veloz, podría llegar a Sto Lat antes de la puesta de sol.
El hombre sonrió y le hizo una reverencia.
-Conozco el sitio exacto, horrendo producto de las entrañas, si tienes la bondad de seguirme.
Mort salió tras él a toda prisa. El vejestorio los vio partir con expresión crítica, mientras sus
mandíbulas mascaban rítmicamente.
-¿Y a eso le llaman demonio? -dijo-. Que Offler pudra este país húmedo, hasta los demonios
son de tercera, ni la sombra de los que teníamos en el Antiguo País.
La esposa colocó un pequeño cuenco de arroz en el par de manos unidas que la estatua de
Offler tenía en el centro (a la mañana siguiente ya no quedaría nada) y retrocedió.
-La verdad es que mi marido dijo que el mes pasado, en los Jardines del Curry, sirvió a una
criatura que no estaba allí -dijo-. Quedó impresionado.
Diez minutos más tarde, el hombre regresó y en solemne silencio, colocó sobre la mesa un
montoncito de monedas de oro. Eran una fortuna que les alcanzaría para adquirir una buena
parte de la ciudad.
-Tenía una bolsa llena -dijo.
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La familia se quedó mirando fijamente el dinero durante un momento. La mujer lanzó un
suspiro.
-Las riquezas traen muchos problemas -dijo-. ¿Qué vamos a hacer?
-Volvernos a Klatch -respondió el marido con firmeza-, donde nuestros hijos puedan criarse
en un país apropiado, fieles a las gloriosas tradiciones de nuestra antigua raza y donde los
hombres no tienen que trabajar de camareros para amos malvados, sino que pueden ir por la
vida con la cabeza bien alta. Y hemos de marcharnos ahora mismo, fragante florecita de palmera
datilera.
-¿Por qué tan pronto, oh, trabajador hijo del desierto?
-Porque acabo de vender el pura sangre de carreras del Patricio -repuso el hombre.
El caballo no era tan hermoso ni tan veloz como Binky, pero los kilómetros pasaban raudos
debajo de sus cascos y, con facilidad, sacó ventaja a los pocos guardias montados que, por
algún motivo, parecían ansiosos por hablar con Mort. Los suburbios de chabolas de Morpork
quedaron atrás y el camino se internó en los campos de negra tierra de la llanura de Sto, formados
a través de siglos por las periódicas inundaciones del lento y grandioso Ankh que llevaba
a aquella región prosperidad, seguridad y artritis crónica.
Además, era sumamente aburrido. Mientras la luz mudaba del plateado al oro, Mort galopó
por un paisaje plano y helado, cubierto de extremo a extremo por el damero de los campos de
coles. De las coles se pueden decir muchas cosas. Se puede hablar largo y tendido de su alto
contenido de vitaminas, de su vital aporte de hierro, de su gran valor como alimento y forraje.
Sin embargo, vistas a granel, carecen de un no sé qué; a pesar de su inmenso valor nutritivo y
de su superioridad moral sobre, por ejemplo, los narcisos, jamás han constituido una vista que
inspirara a la musa del poeta. A menos que el poeta tuviera hambre, claro. Sto Lat estaba a
sólo treinta kilómetros, pero para la insignificante experiencia humana, parecían tres mil.
Ante las puertas de Sto Lat había guardias, aunque comparados con los que patrullaban
Ankh, poseían un aspecto manso, de aficionados. Mort pasó al trote; uno de ellos, sintiéndose
un poco tonto, le pidió el santo y seña.
-Me temo que no puedo parar -dijo Mort.
El guardia era nuevo en el puesto y bastante listo. Eso de montar guardia no era lo que había
esperado. Estarse todo el día de pie, vestido con una cota de malla, empuñando un hacha
en un palo largo, no era para lo que él se había ofrecido; él se había imaginado que aquello iba
a ser emocionante, todo un reto, y que le iban a dar una ballesta y un uniforme que no se oxidara
con la lluvia.
Avanzó, dispuesto a defender la ciudad de aquellas personas que no respetaban las órdenes
dadas por los funcionarios autorizados. Mort examinó la cuchilla de la pica suspendida a
unos centímetros de su cara. Estas situaciones comenzaban a repetirse demasiado.
-Por otra parte -dijo tranquilamente-, ¿qué te parecería si te regalara este hermoso caballo?
No resultó difícil encontrar la entrada al castillo. Allí también había guardias; llevaban ballestas,
tenían una visión de la vida bastante menos comprensiva y, en cualquier caso, a Mort se le
habían acabado los caballos. Deambuló por allí hasta que comenzaron a prestarle un grado de
atención generoso, con lo cual se alejó desconsolado y se internó en las calles de la pequeña
ciudad, sintiéndose tonto.
Después de todo aquello, de kilómetros de brássicas y de que el trasero le quedara como
un bloque de madera, ni siquiera sabía por qué se encontraba allí. ¿De modo que ella lo había
visto a pesar de ser invisible? ¿Acaso significaba algo? Por supuesto que no. Pero no lograba
dejar de ver su rostro y el brillo de esperanza en sus ojos. Quería decirle que todo saldría bien.
Quería contarle cosas de él, de lo que quería ser. Quería averiguar cuál era su habitación en el
castillo para vigilarla toda la noche hasta que se apagaran las luces. Y así sucesivamente.
Poco después, un herrero, cuyo taller se encontraba en una de las callejuelas que iban a
parar a los muros del castillo, levantó la vista de su trabajo y descubrió a un joven alto y larguirucho,
con la cara más bien arrebolada, que intentaba atravesar las paredes.
Un poco después que eso, un joven con unas cuantas magulladuras superficiales en la cabeza,
entró en una de las tabernas de la ciudad y pidió que le indicasen cómo llegar al hechicero
más cercano.
Un poco después de todo eso, Mort apareció delante de una casa destartalada que se
anunciaba en una placa de bronce ennegrecido como la morada de Ígneo Buencorte, Doctor en
Magia (Oculta), Maestro del Infinito, Iluminado, Hechicero de Príncipes, Guardián de las Puertas
Sagradas, en caso de ausencia dejar el correo a la señora Nugent, en la casa de al lado.
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Convenientemente impresionado a pesar del corazón galopante, Mort levantó el pesado
llamador, que tenía la forma de una repulsiva gárgola con un pesado aro de hierro en la boca, y
llamó dos veces.
En el interior se produjo una breve agitación, la serie de apresurados sonidos domésticos
que, en una casa menos exaltada, podría haber hecho alguien que metía apresuradamente los
platos en el fregadero y quitaba la colada de la vista.
Al cabo de un rato, la puerta se abrió lenta y misteriosamente.
-Ferá mejor que finjaf eftar imprefionado -dijo la aldaba con locuacidad, no sin cierta dificultad
debido al aro-. Lo hace con poleaf y un pedazo de cuerda. No fe le dan bien lof hechizof
para abrir puertaf, ¿fabef?
Mort observó la sonriente cara de metal. Trabajo para un esqueleto parlante capaz de atravesar
paredes, se dijo. ¿Cómo me voy a sorprender de nada?
-Gracias -dijo.
-De nada. Límpiate lof zapatof en el fuelo, que hoy el felpudo tiene el día libre.
La enorme habitación de techo bajo estaba a oscuras, sumida en las sombras, y olía principalmente
a incienso, pero también a col hervida, a coladas añejas y al tipo de persona que tira
todos sus calcetines contra las paredes y se pone los que no se quedan pegados. Había una
gran bola de cristal con una grieta, un astrolabio al que le faltaban varias piezas, un octograma
desgastado en el suelo, y un caimán disecado colgado del techo. El caimán disecado constituye
parte indispensable del equipo de todo establecimiento de magia correctamente dirigido.
Éste en particular no parecía haber disfrutado mucho del proceso.
En la pared del extremo opuesto, se abrió una cortina de abalorios con ademán espectacular
y apareció una silueta encapuchada.
-¡Que en la hora de nuestro encuentro brillen constelaciones benéficas! -rugió.
-¿Cuáles? -inquirió Mort.
Se produjo un silencio repentino y preocupado.
-¿Qué has dicho?
-¿Cuáles constelaciones serían benéficas? -preguntó Mort.
-Pues las benéficas -respondió la silueta con tono incierto, y recuperando fuerzas, añadió-:
¿Por qué hostigas a ígneo Buencorte, Poseedor de las Ocho Llaves, Viajero de las Dimensiones
de la Mazmorra, Mago Supremo de…?
-Perdona -lo interrumpió Mort-, ¿de verdad lo eres?
-¿Soy qué?
-¿Maestro del Nosequé, Señor Supremo Nosecuántos de las Mazmorras Sagradas?
Buencorte se quitó la capucha con un ademán cargado de fastidio. En lugar del místico de
grises barbas que Mort había imaginado encontrarse, vio una cara redonda, más bien regordeta,
blanca y rosada como una empanada de carne de cerdo, a lo que se parecía un tanto en
otros aspectos. Por ejemplo, al igual que la mayoría de las empanadas de carne de cerdo, carecía
de barba y, al igual que la mayoría de las empanadas de carne de cerdo, parecía básicamente
jovial.
-En sentido figurado, sí -repuso.
-¿Qué significa eso?
-Pues que no.
-Pero dijiste que…
-Eso era publicidad -aclaró el hechicero-. Es un tipo de magia que estuve practicando. En
fin, ¿qué querías? -Le echó una sugestiva mirada de reojo y añadió-: ¿Un filtro de amor, quizá?
¿Algo para animar a las jóvenes damitas?
-¿Es posible atravesar paredes? -preguntó Mort, desesperado. Buencorte se paró en seco
con la mano a medio camino hacia una botella grande llena de un líquido pegajoso.
-¿Usando magia?
-No -respondió Mort-, creo que no.
-Entonces elige paredes muy delgadas -le sugirió Buencorte-. Mejor aún, usa la puerta. La
que tienes allá sería candidata favorita, si has venido sólo para hacerme perder el tiempo.
Mort titubeó, y luego depositó la bolsa con las monedas de oro sobre la mesa. El hechicero
les echó una mirada, ahogó un quejido en la garganta y tendió el brazo. Mort lo aferró por la
muñeca a toda velocidad.
-He atravesado paredes -le dijo lenta y deliberadamente.
-Claro que sí, claro que sí -balbuceó Buencorte, sin apartar la vista de la bolsa.
Le quitó el corcho a la botella de líquido azulado y bebió un sorbo distraídamente.
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-Pero antes de hacerlo, no sabía que podía, y cuando lo estaba haciendo no me di cuenta, y
ahora que lo he hecho, no me acuerdo de cómo se hace. Y quiero repetirlo.
-¿Por qué?
-Porque si pudiera atravesar paredes, podría hacer cualquier cosa.
-Profunda deducción. Filosófica. ¿Y cómo se llama la joven da-mita que está al otro lado de
esa pared?
-Se llama… -Mort tragó saliva-. No sé su nombre. Ni siquiera sé si hay una muchacha -
añadió, arrogante-, y no he dicho que la hubiera.
-Bien -dijo Buencorte. Tomó otro sorbo y se estremeció-. Estupendo. Cómo atravesar paredes.
Investigaré. Pero podría costarte caro.
Mort levantó cuidadosamente la bolsa y sacó una monedita de oro.
-Un adelanto -dijo, poniéndola sobre la mesa. Buencorte levantó la moneda como si esperara
que estallase o se evaporara, y la examinó con sumo cuidado.
-Nunca había visto este tipo de monedas -dijo en tono acusador-. ¿Qué es toda esa escritura
rizada?
-Pero es oro, ¿no? -dijo Mort-. No sé, no tienes por qué aceptarla…
-Claro que es oro, y tanto que es oro -se apresuró a aclarar Buencorte-. Es oro, claro que sí.
Sólo me preguntaba de dónde salía, es todo.
-No me creerías -le aseguró Mort-. ¿A qué hora se pone el sol por aquí?
-Normalmente, logramos que sea entre la noche y el día -respondió Buencorte, sin dejar de
mirar la moneda y de beber a sorbos de la botella azul-. Más o menos ahora.
Mort echó un vistazo por la ventana. Afuera, la calle ya adquiría una tonalidad crepuscular.
-Volveré -masculló y se dirigió a la puerta. Oyó que el hechicero gritaba algo, pero Mort iba
ya calle abajo a toda carrera.
Empezaba a asustarse. La Muerte lo estaría esperando a sesenta kilómetros de allí. La que
se iba a armar. La que se iba a armar…
AH, MUCHACHO.
Una silueta familiar surgió del fulgor que rodeaba un puesto de anguilas en gelatina, sosteniendo
un plato de bígaros.
EL VINAGRE ESTÁ ESPECIALMENTE PICANTE. SÍRVETE, TENGO UN PALILLO EXTRA.
Pero claro, el hecho de que se encontrara a sesenta kilómetros no quería decir que no pudiera
estar también allí…
En su desordenada habitación, Buencorte daba vueltas y más vueltas a la moneda entre los
dedos mascullando «paredes» para sí, y vaciando la botella.
Se dio cuenta de lo que hacía cuando ya no quedaba nada que beber, momento en el cual
sus ojos se centraron en la botella y, en medio de una creciente bruma rosada, leyó la etiqueta
que decía: «Yaya Ceravieja, Cera del Tiempo para Friegas Vigorizantes y Filtro de Amor, una
cucharada solamente antes de ir a dormir. Que sea pequeñita».
-¿Yo solo? -preguntó Mort.
CLARO. TENGO MUCHA CONFIANZA EN TI.
-¡Cielos!
La sugerencia le quitó a Mort todas las ideas que llevaba en la cabeza y se sorprendió al
descubrir que no se sentía especialmente horrorizado. En las últimas semanas había presenciado
unas cuantas muertes, y la cosa quedaba despojada de todo horror cuando se sabía que
después se podía hablar con la víctima. La mayoría se sentían aliviadas, una o dos se lo tomaban
a mal, pero todas se alegraban de oír unas cuantas palabras amables.
¿CREES QUE PODRÁS HACERLO?
-Pues sí, señora, creo que sí.
ASÍ ME GUSTA, QUE TENGAS ENTUSIASMO. HE DEJADO A BINKY JUNTO AL BEBEDERO,
A LA VUELTA DE LA ESQUINA. LLÉVALO DIRECTAMENTE A CASA CUANDO HAYAS
TERMINADO.
-¿Y usted, señora, se queda aquí?
La Muerte miró hacia ambos extremos de la calle. Le brillaban las cuencas de los ojos.
HE PENSADO QUE PODÍA DAR UN PASEO -le comentó, misteriosa-. NO ME ENCUENTRO
DEL TODO BIEN. EL AIRE FRESCO ME SENTARÁ BIEN.
En ese momento, recordó algo, buscó en las misteriosas sombras de su capa y sacó tres relojes
de arena.
TODOS SIN COMPLICACIONES -le dijo-. QUE TE DIVIERTAS.
Se volvió y salió andando calle abajo a grandes zancadas. Se alejó tarareando.
-Mmm. Gracias -dijo Mort.
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Colocó los relojes de arena bajo la luz y notó que en uno de ellos estaban cayendo los últimos
granos de arena.
-¿Significa esto que estoy al mando? -gritó, pero la Muerte ya había doblado la esquina.
Binky lo saludó con un débil relincho de reconocimiento. Mort se acercó al caballo; la aprensión
y el sentido de la responsabilidad le hacían galopar el corazón. Sus dedos sacaron automáticamente
la guadaña de su funda y ajustaron la cuchilla (su acero brilló azulado en la noche
y rebanó la luz de las estrellas como si fuera salami). Montó con cuidado; dio un respingo al
sentir la punzada de dolor que le producían las llagas del trasero, pero montar a Binky era como
ir sentado en una almohada. Embriagado por la autoridad delegada, se le ocurrió una idea
tardía: sacó de las alforjas la capa de montar de la Muerte, se la colocó y la sujetó con su broche
de plata.
Echó otro vistazo al primer reloj de arena y azuzó a Binky con las rodillas. El caballo husmeó
el aire helado y comenzó a trotar.
Tras ellos, Buencorte salió de su casa a toda prisa y corrió por la calle cubierta de escarcha
con la túnica al viento.
El caballo iba ya a medio galope; la distancia entre sus cascos y los adoquines iba en aumento.
Con un meneo de la cola, se elevó por encima de los tejados y flotó en el cielo frío.
Buencorte no hizo caso. Por la mente le daban vueltas cosas más urgentes. Dio un salto en
alto y fue a caer cuan largo era en las aguas congeladas del bebedero, y agradecido, se quedó
acostado entre los trozos de hielo flotantes. Al cabo de unos instantes, el agua comenzó a soltar
vapor.
Mort no se elevó demasiado por el simple regocijo de sentir la velocidad. Los campos dormidos
pasaban silenciosos allá abajo. Binky avanzaba a galope largo; sus potentes músculos
se deslizaban bajo su piel como caimanes al abandonar un banco de arena, sus crines azotaban
el rostro de Mort. La noche se abría al paso de la hoja de la guadaña, partida en dos mitades
rizadas.
Surcaron el cielo bajo la luz de la luna, silenciosos como sombras, y sólo visibles para los
gatos y las personas que se metían en cosas en las que los nombres no debían interferir.
Más tarde, Mort no lograría recordarlo, pero con toda probabilidad se echó a reír.
Las heladas llanuras no tardaron en dejar paso a las accidentadas tierras que rodeaban las
montañas, y después, la sucesión de picos de las Montañas del Carnero se acercaron veloces
hacia ellos. Binky bajó la cabeza y apuró el ritmo, apuntando a un paso entre dos montañas
afiladas como dientes de duendes bajo la luz de plata. Un lobo aulló en alguna parte.
Mort le echó otro vistazo al reloj de arena. Su marco llevaba hojas de roble talladas y raíces
de mandrágora, y la arena de su interior, incluso bajo la luz de la luna, se veía de color dorado
pálido. Haciendo girar el reloj logró ver apenas el nombre de «Ammeline Hamstring» grabado
con trazos sutilísimos.
Binky aminoró el paso. Mort miró hacia abajo, al tejado del bosque, cubierto de nieve que
era o muy temprana o muy, pero que muy tardía; podía haber sido cualquiera de las dos cosas,
porque las Montañas del Carnero atesoraban su clima y lo prodigaban sin limitarse a seguir una
época precisa del año.
Debajo de ellos se abrió una brecha. Binky volvió a aminorar el paso, giró y descendió hacia
un claro, blanco de nieve. Era circular, y, justo en su centro, se alzaba una cabaña. Si el suelo
que la rodeaba no hubiera estado cubierto de nieve, Mort habría notado que no había tocones
de árboles; en el círculo los árboles no habían sido talados, sencillamente habían sido disuadidos
para que no crecieran allí. O se habían marchado.
De una de las ventanas del piso de abajo salía la luz de una vela que formaba un charco
anaranjado en el suelo.
Binky tocó el suelo suavemente y trotó por la costra helada sin hundirse. No dejó huella alguna,
por supuesto.
Mort desmontó y se dirigió a la puerta, mascullando para sí y ensayando movimientos varios
con la guadaña.
El tejado de la cabaña tenía amplios aleros, para protegerla de la nieve y resguardar la leña.
Ningún morador de las Montañas del Carnero soñaría jamás con empezar el invierno sin una
pila de leña en tres costados de la casa. Pero allí no había una pila de leña, a pesar de que
todavía faltaba mucho para la primavera.
Sin embargo, en una red, junto a la puerta, había un manojo de paja. Del manojo colgaba
una notita, escrita en mayúsculas grandes, ligeramente temblorosas: «PARA EL CABALLO».
Mort se habría preocupado si se lo hubiera permitido. Alguien lo estaba esperando. Sin embargo,
en los últimos días había aprendido que en lugar de ahogarse en la incertidumbre, era
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mucho mejor sobrenadar en su rompiente. De todos modos, a Binky no le perturbaba ningún
escrúpulo moral, y tomó un buen bocado.
Se le planteaba entonces el problema de si debía o no llamar a la puerta. En cierto modo,
no parecía adecuado. ¿Y si nadie contestaba o si le pedían que se marchara?
Levantó el pestillo y empujó la puerta. Se abrió hacia adentro con bastante facilidad y sin
crujir.
Había una cocina de techo bajo, cuyas vigas se encontraban a la altura exacta como para
trepanarle la cabeza. La luz de la única vela se reflejaba en los cacharros que había sobre una
cómoda larga y en las losas, lavadas y pulidas hasta la iridiscencia. El fuego de la chimenea
con forma de cueva no ayudaba a iluminar gran cosa, porque apenas era un montón de ceniza
blanca debajo de los restos de un tronco. Mort supo, sin que nadie se lo dijera, que aquél era el
último tronco.
Una anciana estaba sentada a la mesa de la cocina; escribía con ahínco manteniendo la nariz
ganchuda a pocos centímetros del papel. Un gato gris, acurrucado sobre la mesa, junto a su
ama, le guiñó tranquilamente el ojo a Mort.
La guadaña chocó contra una viga. La mujer levantó la mirada.
-En seguida estoy contigo -dijo. Frunció el ceño al mirar el papel-. Todavía no he puesto que
estoy en pleno uso de mis facultades mentales, aunque considero que son puras tonterías,
porque nadie en pleno uso de sus facultades mentales estaría muerto. ¿Te apetecería tomar
algo?
-¿Cómo? -replicó Mort. Cuando recordó qué estaba haciendo, repitió-: ¿CÓMO?
-Es decir, si bebes. Es oporto de frambuesas. Está en la cómoda. Ya que estás, podrías
acabarte la botella.
Mort observó la cómoda con suspicacia. Tenía la impresión de haber perdido la iniciativa.
Sacó el reloj de arena y le lanzó una mirada colérica. Quedaba un montoncito de arena.
-Aún me quedan unos cuantos minutos -le dijo la bruja sin levantar la vista.
-¿Cómo, quiero decir, CÓMO LO SABE?
Ella no le contestó, secó la tinta delante de la vela, selló la carta con una gota de cera y la
metió debajo de la palmatoria. Después, cogió el gato en brazos.
-Mañana vendrá la abuela Beedle a limpiar y tú te irás con ella, ¿entendido? Y procura que
le deje a Gammer Nutley llevarse el lavabo de mármol rosa, hace años que le echó el ojo.
El gato lanzó un maullido sagaz.
-No dispongo de… quiero decir, NO DISPONGO DE TODA LA NOCHE -dijo Mort con tono
de reproche.
-Tú sí, pero yo no, y no hace falta que grites -le dijo la bruja.
Bajó de su banqueta y entonces Mort notó lo doblada que estaba, como un arco. Con cierta
dificultad desenganchó un sombrero puntiagudo de un clavo de la pared, se lo colocó torcido
sobre la blanca cabeza con una batería de alfileres, y aferró dos bastones.
Tambaleante, cruzó la habitación hacia donde Mort se encontraba, y lo miró con unos ojos
pequeños y brillantes como grosellas negras.
-¿Me hará falta el chai? ¿Crees que necesitaré un chai? No, supongo que no. Imagino que
el sitio adonde voy es bastante cálido.
-Miró a Mort entrecerrando los ojos y frunció el ceño-. Eres más joven de lo que me había
imaginado -dijo. Mort no contestó. Después, Goodie Hamstring añadió en voz baja-: ¿Sabes?
No creo que tú seas a quien estaba esperando. Mort se aclaró la garganta.
-¿Y a quién esperaba exactamente? -le preguntó.
-A la Muerte -repuso la bruja simplemente-. Verás, forma parte del trato. Conocemos de antemano
el momento de nuestra muerte, y se nos garantiza… pues atención personal.
-Ésa soy yo -dijo Mort.
-¿Ésa?
-La atención personal. Ella me ha enviado. Trabajo para ella. Fue la única que quiso contratarme.
Mort hizo una pausa. Aquello le estaba saliendo fatal. Iba a volver otra vez a casa sumido
en la desgracia. El primer trabajo de responsabilidad que le daban y él iba y lo echaba todo a
perder. Si hasta podía oír como se reían de él.
El lamento se inició en las profundidades de su desconcierto y sonó como una sirena de
niebla.
-¡Es mi primer trabajo serio y todo me ha salido mal!
La guadaña cayó al suelo con estrépito, rebanó un trocito de la pata de la mesa y cortó por
la mitad una baldosa.
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Goodie se quedó observándolo durante un rato, con la cabeza ladeada. Luego le dijo:
-Entiendo. ¿Cómo te llamas, jovencito?
-Mort -repuso él inspirando con fuerza-. Es el diminutivo de Mortimer.
-Muy bien, Mort, supongo que en alguna parte llevarás un reloj de arena.
Mort asintió con vaguedad. Se llevó la mano al cinturón y sacó el reloj. La bruja lo inspeccionó
con aire crítico.
-Me quedará un minuto, o poco más -dijo-. No hay tiempo que perder. Espérate a que cierre
todo.
-¡Pero no lo entiende! -gimió Mort-. ¡Lo echaré todo a perder! ¡Es la primera vez que hago
esto!
Ella le dio unas palmaditas en la mano y le dijo:
-Yo también. Aprenderemos juntos. Anda, recoge la guadaña y trata de comportarte como
un muchacho de tu edad, así me gusta.
A pesar de sus protestas, la bruja lo mandó afuera, en medio de la nieve, luego lo siguió y
cerró la puerta con una pesada llave de hierro que colgó de un clavo, junto a la puerta.
La escarcha había cerrado su puño sobre el bosque y apretaba hasta hacer crujir las raíces.
La luna se ponía, pero el cielo estaba tachonado de estrellas duras y blancas que hacían que el
invierno pareciera aún más frío. Goodie Hamstring se estremeció.
-Allá hay un viejo tronco, desde el que se aprecia una buena vista del valle -le dijo, locuaz-.
En verano, claro está. Me gustaría sentarme.
Mort la ayudó a cruzar los ventisqueros y quitó toda la nieve que pudo del asiento de madera.
Se sentaron con el reloj de arena entre los dos. Fuera cual fuese la vista en verano, en
aquel momento constaba de roca negra contra un cielo del que caían pequeños copos de nieve.
-Es increíble -dijo Mort-. No sé, da usted la impresión de querer morirse.
-Echaré de menos algunas cosas -dijo-. Pero empieza a escasear, sabes. Me refiero a la vida.
Ya no se puede confiar en el propio cuerpo, y es hora de marcharse. Supongo que me ha
llegado la hora de probar otra cosa. ¿Te ha dicho que los magos podemos verla siempre?
-No -respondió Mort.
-Pues sí, la vemos.
-No le gustan mucho los hechiceros y las brujas -le informó Mort.
-A nadie le caen bien los sabelotodos -dijo ella no sin cierta satisfacción-. Le causamos problemas,
¿sabes? Los sacerdotes no, por eso le gustan los sacerdotes.
-Nunca me lo ha dicho -comentó Mort.
-Ah. Se pasan la vida diciéndole a la gente lo bien que van a estar cuando se mueran. Y nosotros
lo que hacemos es decirles que aquí también se lo pueden pasar muy bien si se lo proponen.
Mort titubeó. Quería decirle: se equivoca, ella no es así, no es así en absoluto, no le importa
si la gente es buena o mala con tal de que sea puntual. Y además, es amable con los gatos,
hubiera querido añadir.
Pero se lo pensó mejor y se le ocurrió que la gente necesitaba tener cosas en las que creer.
El lobo volvió a aullar, tan cerca esta vez que Mort miró a su alrededor lleno de aprensión.
Al otro lado del valle, otro le contestó. Desde las profundidades del bosque, otros dos continuaron
el coro. Mort nunca había oído nada tan fúnebre.
Echó una mirada de reojo a la silueta inmóvil de Goodie, y luego, con pavor creciente, al reloj
de arena. Se puso en pie de un salto, levantó bruscamente la guadaña y la empuñó en ambas
manos y le dio la vuelta.
La bruja se puso en pie, dejando atrás su cuerpo.
-Muy bien hecho -dijo-. Por un momento, pensé que fallarías. Mort se inclinó contra un árbol,
jadeando pesadamente, y observó a Goodie que caminaba alrededor del tronco para mirarse.
-Mmm -dijo con tono crítico-. El tiempo tiene mucho que explicar. -Levantó la mano y se
echó a reír cuando advirtió que veía las estrellas a través de ella.
Luego se transformó. Mort ya lo había presenciado en otras ocasiones, cuando el alma se
daba cuenta de que ya no se encontraba sujeta al campo mórfico del cuerpo, pero nunca con
semejante dominio. El moño se le deshizo, y el pelo le cambió de color y se le alargó. Su cuerpo
se enderezó. Las arrugas se estremecieron hasta desaparecer. Su vestido gris de lana se
movió como la superficie del mar y acabó esbozando unas formas completamente distintas y
perturbadoras.
Se miró, rió por lo bajo y cambió el vestido por una prenda ceñida, color verde hoja.
-¿Qué te parece, Mort? -le preguntó.
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La voz que momentos antes había sonado temblorosa y cascada, recordaba entonces el
almizcle, el jarabe de arce y otras cosas que hicieron que la nuez de Adán de Mort se bamboleara
como una pelota de goma sujeta por un elástico.
Fue todo lo que logró pronunciar, y aferró la guadaña con fuerza hasta que los nudillos se le
pusieron blancos.
Ella se le acercó como si fuera una serpiente que se arrastrara sobre cuatro ruedas.
-No te he oído -ronroneó.
-Mu… muy gu… guapa -dijo-. ¿Era así antes?
-Siempre he sido así.
-Ah. -Mort se miró los pies-. Se supone que debo llevármela -le dijo.
-Ya lo sé, pero me voy a quedar.
-¡No puede hacerlo! Quiero decir… -Balbuceó en busca de las palabras adecuadas-. Es que
si se queda, empezará a desvanecerse, a adelgazarse cada vez más hasta que…
-Procuraré disfrutarlo -dijo con firmeza.
Se inclinó hacia adelante y le dio un beso tan etéreo como el suspiro de una efímera, y al
hacerlo se fue desvaneciendo hasta que sólo quedó el beso, igual que un gato de Cheshire
pero mucho más erótico.
-Ten cuidado, Mort -le dijo la voz de Goodie en la cabeza-. Puede que quieras conservar tu
trabajo, pero ¿acaso serás capaz de dejarlo?
Mort se quedó allí como un tonto, sujetándose la mejilla. Los árboles del borde del claro
temblaron un momento, se oyó una carcajada en la brisa y luego el silencio helado volvió a
cernirse sobre todo.
El deber lo llamaba a través de las brumas rosadas de su mente. Aferró el segundo reloj de
arena y se lo quedó mirando. Casi no quedaba arena.
El cristal tenía dibujados pétalos de loto. Cuando Mort le pasó el dedo sonó: «Ommm».
Corrió por la nieve crujiente hasta donde estaba Binky y se abalanzó sobre la silla de montar.
El caballo echó hacia atrás la cabeza, retrocedió y se lanzó hacia las estrellas.
Del techo del mundo pendían inmensos estandartes silenciosos de llamas azules y verdes.
Lentamente, unos cortinajes de fulgor octarino bailaron con majestuosidad sobre el Disco mientras
el fuego de la Aurora Coriolis, la gran descarga de magia del campo vertical del Disco, fue
a parar a las verdes montañas de hielo del Eje.
La espiral central de Cori Celesti, morada de los dioses, era una columna de quince kilómetros
de altura de fuego abrasador.
Era un espectáculo presenciado por muy pocos, y Mort no fue uno de ellos, porque iba inclinado
sobre el cogote de Binky y se aferraba como si en ello le fuera la vida, mientras surcaban
el cielo nocturno delante de la estela de vapor de un cometa.
Alrededor de Cori se agrupaban otras montañas. En comparación no eran más que nidos de
termitas, aunque en realidad cada una de ellas era un surtido majestuoso de cumbres, laderas,
precipicios, desfiladeros y glaciares a los que cualquier montaña se habría sentido feliz de verse
asociada.
Entre las más altas, al final de un valle en forma de embudo, moraban los Oyentes.
Constituían una de las más antiguas sectas religiosas del Disco, aunque los dioses mismos
no se ponían de acuerdo sobre si Oír era una religión propiamente dicha, y lo único que impidió
que unas cuantas avalanchas con buena puntería arrasaran su templo fue el hecho de que
incluso los dioses sentían curiosidad por saber qué era lo que los Oyentes podían llegar a Oír.
Si hay algo que puede fastidiar de verdad a un dios, es ignorar una cosa.
Mort tardará varios minutos en llegar. Una serie de puntos suspensivos llenaría perfectamente
ese tiempo, pero el lector ya estará viendo la extraña forma del templo -enroscado como
una amonita blanca al final del valle- y probablemente querrá una explicación.
La cuestión es que los Oyentes intentan descifrar exactamente qué fue lo que el Creador dijo
cuando hizo el universo.
La teoría es bastante simple.
Está claro que nada de lo que el Creador hace pudo ser destruido, lo cual significa que los
ecos de aquellas primeras sílabas deben de estar dando vueltas en alguna parte, reverberando
por toda la materia del cosmos pero todavía audibles si el oyente es realmente bueno.
Hace eones, los Oyentes descubrieron que el hielo y la casualidad habían tallado ese valle
haciendo de él el perfecto opuesto acústico de un valle de resonancia, por lo que construyeron
su templo de múltiples cámaras en la posición exacta que ocupa siempre una silla cómoda en
la casa de un fanático de la alta fidelidad. Unos complejos altavoces captaban y amplificaban
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los sonidos que entraban por el embudo del frío valle y los guiaban hacia adentro, hasta la cámara
central, donde a todas horas del día y de la noche, había siempre tres monjes sentados.
Oyendo.
El hecho de que no sólo oyeran los ecos sutiles de las primeras palabras, sino además todos
los demás sonidos del Disco, les causaba ciertos problemas. Para poder reconocer el sonido
de las Palabras, debían aprender a reconocer todos los demás ruidos. Esto exigía un cierto
talento, y los aspirantes sólo eran aceptados en el noviciado si lograban distinguir sólo por el
sonido, a una distancia de mil metros, de qué lado aterrizaba una moneda lanzada al aire. En
realidad, la orden no los aceptaba hasta que lograban decir de qué color era.
Aunque los Santos Oyentes se encontraban en un sitio tan remoto, muchos eran quienes se
arriesgaban a recorrer el largo y peligroso sendero que conducía a su templo, y atravesaban
tierras heladas plagadas de gnomos, vadeaban ríos congelados, escalaban montañas imponentes,
caminaban penosamente por la tundra inhóspita, para poder subir la estrecha escalinata
que conducía al valle oculto a buscar con el corazón abierto los secretos del ser.
Y los monjes les gritaban: «¡Bajad el jodido volumen!».
Binky pasó por las cimas como una especie de vaho blanco, y se posó sobre la nevada soledad
de un patio transformado en algo espectral por la luz del disco proveniente del cielo. Mort
saltó de la silla y corrió por los silenciosos claustros hasta la sala donde el 88° abad se estaba
muriendo, rodeado de sus devotos seguidores.
Los pasos de Mort retumbaron con estrépito mientras corría por el intrincado suelo de mosaico.
Los monjes llevaban siempre chanclos de lana.
Llegó a la cama y esperó un momento, apoyado en la guadaña hasta que recuperó el aliento.
El abad, que era pequeño y completamente calvo, y que tenía más arrugas que un saco entero
de ciruelas pasas, abrió los ojos.
-Llegas tarde -susurró, y expiró.
Mort tragó saliva, inspiró con esfuerzo y sacó la guadaña haciéndola describir un arco lento.
A pesar de ello, tuvo la exactitud suficiente; el abad se incorporó y dejó atrás su cadáver.
-Justo en el momento oportuno -dijo en un tono que sólo Mort alcanzó a oír-. Me tenías
preocupado.
-¿Todo en orden? -inquirió Mort-. El problema es que he de darme prisa…
El abad saltó de la cama y se dirigió hacia Mort atravesando las filas de sus atribulados seguidores.
-No te precipites -le dijo-. Siempre espero con ansia estas charlas. ¿Qué le ha pasado a la
señora de siempre?
-¿La señora de siempre? -inquirió Mort asombrado.
-Una mujer alta. Con capa negra. No le dan bien de comer, por el aspecto que tiene -le informó
el abad.
-¿La señora de siempre? ¿Se refiere a la Muerte? -preguntó Mort.
-La misma -repuso el abad alegremente. Mort se quedó boquiabierto.
-Se muere usted a menudo, ¿eh? -logró decir Mort.
-Pues sí, bastante. Pero claro -dijo el abad-, cuando le coges el truco, sólo es cuestión de
práctica.
-¿De veras?
-Hemos de irnos -le recordó el abad. Mort cerró la boca de golpe.
-Eso mismo intentaba decirle.
-A mí me dejas en el valle -continuó el monjecito plácidamente.
Pasó delante de Mort y se dirigió al patio. Mort se quedó mirando el suelo un instante, y luego
corrió tras él de un modo que le constaba que era poco profesional y digno.
-Oiga… -comenzó a decir.
-Recuerdo que la señora tenía un caballo llamado Binky -dijo el abad amablemente-. ¿Le
has comprado la ruta?
-¿La ruta? -repitió Mort completamente perdido.
-O como se llame. Perdóname -le pidió el abad-. Lo cierto es que no tengo idea de cómo están
organizadas estas cosas, muchacho.
-Mort -aclaró Mort, distraído-. Creo que usted debe regresar conmigo, señor. Si no le importa
-añadió con un tono que esperaba que sonase firme y autoritario.
El monje se volvió y le lanzó una plácida sonrisa.
-Ojalá pudiera -le dijo-. Quizá algún día. Y ahora, si me pudieras acercar a la aldea más cercana,
me imagino que en estos momentos se disponen a concebirme.
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-¿Concebirlo? ¡Pero si acaba de morirse!
-Sí, pero es que tengo lo que podría denominarse un abono -le explicó el abad.
Mort comenzó a captar la idea, pero muy despacio.
-Ah -dijo finalmente-. Ya he leído algo sobre eso. Se llama reencarnación, ¿no?
-Exactamente. Ya voy por la cincuenta y tres. O la cincuenta y cuatro.
Al acercarse, Binky levantó la cabeza y lanzó un breve relincho de reconocimiento cuando el
abad le dio una palmadita en la nariz. Mort montó y ayudó al abad a colocarse en la grupa.
-Ha de ser interesante -dijo mientras Binky se elevaba en el aire por encima del templo.
En la escala absoluta de la charla, este comentario debía de estar muy por debajo del cero,
pero a Mort no se le ocurrió nada mejor.
-Pues no lo es -dijo el abad-. A ti te lo parece porque seguro que crees que me acuerdo de
todas mis vidas, pero por supuesto que no me acuerdo. Al menos no mientras estoy vivo.
-No se me había ocurrido pensarlo -admitió Mort.
-Imagínate aprender a controlar esfínteres cincuenta veces.
-Nada que añorar, supongo -dijo Mort.
-Nada. Si volviera a nacer, no me reencarnaría. Cuando ya empiezo a tomarle el gustito a
las cosas, salen los jóvenes del templo a buscar un niño concebido la misma hora en que murió
el abad. Una falta total de imaginación. Para aquí un momento, por favor.
Mort miró hacia abajo.
-Estamos en el aire -dijo con tono incierto.
-No tardaré nada.
El abad se deslizó del lomo de Binky, dio unos cuantos pasos en el aire y gritó.
Fue como si el grito continuara durante un largo rato. Después, el abad volvió a montar.
-No sabes cuánto hace que quería hacerlo.
En uno de los valles inferiores, a unos kilómetros del templo, había una aldea, que era una
especie de industria de servicios. Desde el aire, sólo se veían unas cuantas chozas desparramadas,
pequeñas pero completamente insonorizadas.
-En cualquier parte ya va bien -dijo el abad. Mort lo dejó a unos palmos de la nieve, en un
punto donde las chozas parecían más abundantes.
-Espero que su próxima vida sea mejor -le dijo. El abad se encogió de hombros.
-La esperanza es lo último que se pierde -le replicó-. Al menos ahora me conceden una
pausa de nueve meses. El panorama no es gran cosa, pero se está abrigado.
-Adiós, entonces -se despidió Mort-. He de darme prisa.
-Au revoir -dijo el abad tristemente, y se volvió.
Los fuegos de las Luces del Eje seguían lanzando su luz fluctuante sobre el paisaje. Mort
suspiró y sacó el tercer reloj de arena.
El recipiente era de plata, decorado con pequeñas coronas. Prácticamente ya no le quedaba
arena.
Sintiendo que la noche había sido un desastre, pero que no podía empeorar, Mort lo giró
con cuidado para echarle un vistazo al nombre…
La princesa Keli se despertó.
Se había producido un sonido como de alguien que no hace ningún ruido. Dejando de lado
los guisantes y los colchones, a través de los años la pura selección natural había establecido
que las familias reales que sobrevivían más eran aquellas cuyos miembros lograban distinguir
un asesino en la oscuridad por el ruido que no hacía, porque, en los círculos cortesanos, siempre
había alguien dispuesto a trocear al heredero con un cuchillo.
Se quedó tendida en la cama, pensando qué hacer. Debajo de la almohada tenía una daga.
Comenzó a deslizar una mano por las sábanas, al tiempo que miraba alrededor de la habitación
con los ojos entrecerrados, en busca de sombras extrañas. Era consciente de que, si llegaba
a dar señales de que dormía, jamás volvería a despertar.
Por la enorme ventana del extremo opuesto se filtraba un poco de luz, pero tanto armaduras,
tapizados, como los mil trastos varios que inundaban la habitación, podrían haber servido
de escondite a un ejército.
La daga se había escurrido por el cabezal de la cama. De todos modos, lo más probable era
que no la hubiera sabido usar correctamente.
Decidió que no sería buena idea llamar a gritos a los guardias. Si en su habitación había alguien,
seguramente los guardias habrían sido reducidos, o al menos noqueados por una cuantiosa
suma de dinero.
En el suelo, junto al fuego, había un calentador de cama. ¿Serviría como arma?
Se oyó un leve ruido metálico.
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Después de todo, quizá no sería tan mala idea eso de gritar…
La ventana se abrió hacia adentro. Por un instante, Keli vio, enmarcada contra un infierno
de llamas azules y purpúreas, una figura encapuchada, agazapada sobre el lomo de un caballo
inmenso.
Había alguien de pie, junto a la cama, con un cuchillo medio levantado.
En cámara lenta, contempló fascinada mientras el arma se elevaba y el caballo cruzaba la
habitación al galope a velocidad de glaciar. El cuchillo estaba ya sobre ella, comenzaba a descender,
el caballo retrocedía y el jinete se erguía sobre los estribos para blandir una especie de
arma; la hoja atravesó el aire con un ruido parecido al que se oye al pasar el dedo por el borde
de una copa mojada…
La luz desapareció. Se oyó que algo caía al suelo con un ruido sordo, seguido de un estrépito
metálico.
Keli inspiró profundamente.
Alguien le tapó la boca con la mano y una voz preocupada le dijo:
-Si gritas, lo lamentaré. Por favor. Tal y como están las cosas ya estoy metido en un buen
lío.
Cualquiera capaz de darle a su voz esa modulación tan suplicante, o era sincero, o bien un
actor tan excelente que no le hacía falta dedicarse al asesinato para ganarse la vida.
-¿Quién eres? -preguntó.
-No sé si estoy autorizado a decírtelo -respondió la voz-. Sigues viva, ¿verdad?
La muchacha logró tragarse a tiempo la respuesta sarcástica. Había algo en el tono de la
pregunta que la preocupó.
-¿Es que no lo notas?
-No es fácil… -Se produjo una pausa. La princesa se esforzó por ver en la oscuridad, para
dotar de cara a esa voz-. Tal vez te haya causado un daño irreparable -añadió la voz.
-¿No acabas de salvarme la vida?
-La verdad es que no sé qué es lo que he salvado. ¿Hay luz por aquí?
-A veces, la doncella deja cerillas sobre la repisa de la chimenea -replicó Keli.
Notó que la presencia que tenía a su lado se alejaba. Se oyeron unos cuantos pasos titubeantes,
un par de golpes secos, y finalmente un estrépito, aunque el término no es suficiente
para describir la cacofonía de metales que llenó el aposento. Le siguió incluso el tintineo tradicional,
ése de segundos después de que uno había dado todo por concluido.
-Estoy debajo de una armadura -dijo la voz apenas audible-. ¿Dónde me encuentro?
Keli salió sigilosamente de la cama, fue tanteando hasta llegar a la chimenea, localizó el
manojo de cerillas sirviéndose de la débil luz del fuego medio apagado, rascó una en medio de
una nube de humo sulfuroso, encendió una vela, encontró la pila de la armadura desarmada,
desenvainó la espada y, después, casi se tragó la lengua.
Alguien acababa de soplarle un aire caliente y húmedo en la oreja.
-Es Binky -le dijo el montón-. Sólo trata de ser amistoso. Supongo que le gustaría un poco
de heno, si es que tienes. Con un autocontrol de soberana, Keli le informó:
-Estamos en la cuarta planta. En los aposentos de una dama. Y te asombraría descubrir la
cantidad de caballos que suben aquí.
-Ah. ¿Me ayudas a levantarme, por favor? Keli dejó la espada en el suelo y apartó un peto.
Una delgada cara pálida se la quedó mirando.
-En primer lugar, será mejor que me digas por qué no debo llamar a los guardias. El simple
hecho de estar en mis aposentos podría hacerte merecedor de ser torturado hasta morir.
Le lanzó una mirada furiosa.
Al cabo de un rato, él repuso:
-Bueno… ¿podrías soltarme la manó, por favor? Gracias… En primer lugar, con toda probabilidad
los guardias no me verían, en segundo lugar, así nunca averiguarías por qué estoy aquí,
y tienes todo el aspecto de odiar no saberlo, y en tercer lugar…
-¿En tercer lugar qué?
Mort abrió la boca y la volvió a cerrar. Quería decirle: En tercer lugar, eres tan hermosa, o al
menos muy atractiva, o de todos modos más atractiva que ninguna otra chica que he conocido,
aunque debo reconocer que no he conocido a muchas. De todo ello se deduce que la honestidad
innata de Mort no le permitirá nunca llegar a poeta; si alguna vez Mort hubiera comparado
a una muchacha con un día de estío, la comparación habría ido seguida de una concienzuda
explicación del tipo de día que tenía en mente y si llovía o no. Vistas estas circunstancias, tanto
mejor que hubiera perdido la voz.
Keli levantó la vela y miró hacia la ventana.
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Estaba entera. Los marcos de piedra estaban intactos. Los cristales con una reproducción
en color del escudo de armas de Sto Lat estaban completos. Volvió a mirar a Mort.
-Olvídate del tercer lugar y volvamos a lo del segundo lugar.
Una hora más tarde, empezó a alborear. En el Disco, la luz del día fluye en lugar de llegar
precipitadamente, porque se ve ralentizada por el campo mágico vertical del mundo, y rodó por
las planicies como un mar dorado. La ciudad del montículo se destacó por un momento como
un castillo de arena en la marea, hasta que el día la rodeó y siguió adelante.
Mort y Keli se sentaron en la cama uno al lado de la otra. El reloj de arena estaba entre ambos.
En la parte superior del recipiente ya no quedaba arena.
Desde afuera les llegaron los ruidos del despertar del castillo.
-Sigo sin entenderlo -dijo Keli-. ¿Significa que estoy muerta o no?
-Significa que deberías estar muerta -dijo-, según marca el destino o como se llame. La verdad
es que no he estudiado parte teórica.
-¿Y deberías haberme matado tú?
-¡No! Quiero decir, yo no, el asesino. Ya he tratado de explicártelo.
-¿Por qué no se lo permitiste? Mort la miró horrorizado.
-¿Querías morirte?
-Por supuesto que no. Pero tengo la impresión de que lo que la gente quiere no tiene nada
que ver, ¿no? Intento ser sensata con todo esto.
Mort clavó la mirada en sus rodillas. Luego se puso en pie.
-Será mejor que me marche -dijo fríamente. Desmontó la guadaña y la metió en su vaina,
detrás de la silla. Después miró la ventana.
-Entraste por ahí -le dijo Keli con ánimo colaborador-. Oye, cuando te dije…
-¿Se abre?
-No. Hay un balcón al otro lado del pasillo. ¡Pero te van a ver!
Mort hizo caso omiso de la princesa, abrió la puerta y condujo a Binky hasta el pasillo. Keli
corrió tras ellos. Una doncella se detuvo, hizo una reverencia y frunció ligeramente el ceño al
tiempo que su cerebro borraba sabiamente la visión de un enorme caballo que caminaba por la
alfombra.
El balcón daba a uno de los patios interiores. Mort echó una mirada por encima del parapeto
y montó.
-Cuidado con el duque -le dijo-. Él está tras todo esto.
-Mi padre siempre me previno contra él -replicó la princesa-. Tengo un probador de comidas.
-Deberías conseguirte también un guardaespaldas -le sugirió Mort-. He de irme. Me aguardan
cosas importantes. -Y con un tono que esperaba que estuviese cargado de orgullo herido,
añadió-: Adiós.
-¿Volveré a verte? -preguntó Keli-. Hay tantas cosas que quiero…
-Si te lo piensas, quizá no sea buena idea -dijo Mort, altanero. Chasqueó la lengua y Binky
saltó en el aire por encima del parapeto y salió a medio galope por el cielo azul de la mañana.
-¡Quería darte las gracias! -le gritó Keli. La doncella, que no podía quitarse la sensación de
que algo no funcionaba, la había seguido para decirle:
-¿Estáis bien, mi señora? Keli la miró distraídamente.
-¿Cómo?
-Me preguntaba si… si todo está bien. Keli dejó caer los hombros.
-No -repuso-. Todo está mal. Hay un asesino muerto en mis aposentos. ¿Podrías encargarte
de que se hiciera algo al respecto? Y… -añadió levantando una mano- no quiero que me
digas «¿Muerto, mi señora?», ni «¿Un asesino, mi señora?», ni que grites ni nada por el estilo.
Simplemente quiero que te encargues de que lo arreglen. Sin hacer ruido. Creo que tengo jaqueca.
De manera que limítate a asentir con la cabeza.
La doncella asintió, se movió insegura y salió.
Mort no estaba seguro de cómo había regresado. El cielo simplemente cambió de azul hielo
a un gris encapotado mientras Binky recorría la abertura entre las dimensiones. No aterrizó en
la tierra negra de la finca de la Muerte, sino que la finca estaba allí, debajo de sus pies, como si
un portaaviones hubiera maniobrado suavemente hasta colocarse debajo del avión para ahorrarle
al piloto la molestia de aterrizar.
El caballo entró al trote en el patio del establo y se detuvo delante de las puertas dobles,
meneando la cola. Mort bajó de la montura y corrió hacia la casa.
Se detuvo, volvió sobre sus pasos a la carrera, llenó el pesebre y corrió hacia la casa; se
detuvo, masculló entre dientes, regresó a la carrera, cepilló al caballo y comprobó si tenía agua,
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salió corriendo otra vez hacia la casa, volvió otra vez sobre sus pasos, sacó la manta del caballo
de su gancho en la pared y se la colocó. Binky le dio una hocicada muy digna.
Cuando Mort entró por la puerta trasera, tuvo la impresión de que no había nadie en casa y
se dirigió a la biblioteca, donde, incluso a esa hora de la noche, el aire parecía hecho de polvo
seco y caliente. Se le hizo eterno el tiempo que tardó en localizar la biografía de la princesa
Keli, pero al final dio con ella. Era un volumen de una delgadez deprimente, y estaba en un
estante al que sólo se podía acceder trepando a la escalera de la biblioteca, una estructura
desvencijada montada sobre ruedas, con un fuerte parecido a una antigua maquinaria de asedio.
Con dedos temblorosos, lo abrió por la última página y lanzó un gemido.
«La princesa fue asesinada a los quince años -leyó-, después de lo cual se produjo la unión
de Sto Lat con Sto Helit e indirectamente, la caída de los estados ciudadanos de la llanura central
y el surgimiento de…»
Siguió leyendo sin poder parar. De vez en cuando lanzaba algún que otro gemido.
Cuando hubo terminado, devolvió el libro a su sitio, vaciló y luego lo metió detrás de unos
cuantos volúmenes. Cuando bajó la escalera siguió notándolo allá arriba, mientras proclamaba
a gritos a todo el mundo su existencia incriminadora.
En el Disco eran pocas las embarcaciones que se internaban en el océano. A ningún capitán
le gustaba perder de vista la costa. Constituía un hecho lamentable el que los barcos que a
la distancia daban la impresión de estar cayéndose por el borde del mundo, no estuviesen en
realidad desapareciendo en el horizonte, sino cayéndose por el borde del mundo.
Una vez cada generación, más o menos, unos cuantos exploradores entusiastas ponían en
duda este aspecto y emprendían viaje para probar lo contrario. Por extraño que pareciera, ninguno
había regresado nunca para anunciar el resultado de sus investigaciones.
Por tanto, para Mort, la siguiente analogía habría carecido absolutamente de sentido.
Se sintió como si hubiera naufragado en el Titanio y lo hubiesen rescatado justo a tiempo.
En el Lusitania.
Se sintió como si hubiera lanzado una bola de nieve sin pensarlo y se hubiera quedado mirando
como la avalancha provocada se tragaba tres estaciones de esquí.
Sintió que a su alrededor se desenmarañaba la historia.
Sintió la necesidad de hablar con alguien, y deprisa.
Eso significaba que debía dirigirse o bien a Albert o bien a Ysabell, porque, la idea de explicárselo
todo a aquellas dos puntitas de alfiler azules se le hacía insoportable después de una
larga noche. En las raras ocasiones en que Ysabell se dignaba mirar en su dirección, dejaba
bien claro que la única diferencia entre Mort y un sapo muerto era el color. En cuanto a Albert…
De acuerdo, no sería el confidente perfecto, pero sin duda el mejor si la elección posible era
él o él.
Mort bajó sigilosamente la escalera y volvió sobre sus pasos entre las estanterías. Tampoco
sería mala idea si dormía un poco.
Entonces oyó un jadeo, el breve golpeteo de unos pies al correr y un portazo. Cuando espió
desde detrás de la estantería más cercana sólo vio un taburete con unos cuantos libros encima.
Levantó uno, le echó un vistazo al nombre y luego releyó unas cuantas páginas. Junto a él
encontró un pañuelo de encaje húmedo.
Mort se levantó tarde y se dirigió a toda prisa a la cocina, esperando oír en cualquier momento
los tonos profundos de la desaprobación. Nada ocurrió.
Albert se encontraba delante del fregadero de piedra, mirando pensativo la sartén de las patatas
fritas, y preguntándose quizá si había llegado la hora de cambiar el aceite o si debía esperar
un año más. Se volvió justo en el momento en que Mort ocupaba una silla.
-Ha sido una noche ocupada -le dijo-. Te oí corretear por toda la casa. Puedo hacerte un
huevo. Si no, hay gachas.
-Prefiero el huevo, gracias -dijo Mort.
Nunca había logrado reunir el valor suficiente para probar las gachas de Albert, que tenían
una vida propia en las profundidades de su cacerola y se comían las cucharas.
-El ama quiere verte después -le anunció Albert-, pero me ha dicho que no había prisa.
-Ah -repuso Mort y clavó la vista en la mesa-. ¿Te ha dicho algo más?
-Me ha dicho que hacía mil años que no tenía una tarde libre. Canturreaba. No me gusta.
Nunca la había visto así.
-Ah. -Mort dio el paso decisivo-: Albert, ¿llevas mucho tiempo aquí?
Albert lo miró por encima del borde de las gafas.
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-Es posible -repuso-. Cuesta mucho seguirle la pista al tiempo exterior, muchacho. Vine aquí
inmediatamente después de la muerte del viejo rey.
-¿Qué rey, Albert?
-Artorollo creo que se llamaba. Un hombre bajito y rechoncho. De voz chillona. Sólo lo vi
una vez.
-¿Dónde fue eso?
-En Ankh, por supuesto.
-¿Cómo? ¡Ya no hay reyes en Ankh-Morpork, todo el mundo lo sabe!
-Ya te he dicho que fue hace mucho tiempo -le recordó Albert.
Se sirvió una taza de té de la tetera personal de la Muerte y se sentó con una mirada soñadora
en los ojos legañosos. Mort esperó expectante.
-En aquellos tiempos había reyes, verdaderos reyes, no cómo los de ahora. Había monarcas
-continuó Albert, vertiendo un poco de té en el plato para abanicarlo remilgadamente con la
punta de la bufanda-. Eran sabios y justos, bueno, bastante sabios. Y no se lo pensaban dos
veces para mandar que te cortaran la cabeza -añadió con tono aprobador-. Y todas las reinas
eran altas y pálidas y llevaban unas cosas como sombreros en la cabeza…
-¿Pasamontañas? -preguntó Mort.
-Sí, eso, y las princesas eran hermosas como largo es el día y tan nobles que… que notaban
un sedante a través de doce colchones…
-¿Qué?
Albert titubeó y luego repuso:
-O algo parecido. Y había bailes y torneos y ejecuciones. Qué tiempos aquéllos.
Sonrió soñador ante tantos recuerdos.
-No como ahora -sentenció saliendo de su ensueño con poca gracia.
-¿Tienes otros nombres, Albert? -le preguntó Mort. Pero el breve hechizo se había roto y el
anciano no iba a dejarse arrastrar otra vez.
-Ah, ya entiendo -le espetó-. Quieres mi nombre completo para poder ir a la biblioteca a leer
qué pone mi libro, ¿no? Eres un fisgón. Te conozco, te pasas las horas metido en la biblioteca,
leyendo las vidas de las jovencitas…
Los heraldos de la culpa debieron de agitar sus relucientes trompetas en el fondo de los
ojos de Mort porque Albert lanzó una risita aguda y lo azuzó con un dedo huesudo.
-Al menos podrías volver a ponerlos donde los has encontrado -le dijo-, y no dejar pilas y pilas
por ahí dando vueltas para que el viejo Albert los guarde. De todos modos, está mal hecho
lo de fisgonear en esas cosas muertas. Seguro que te dejarán ciego.
-Pero yo sólo… -comenzó a decir Mort y al recordar el pañuelo de encaje húmedo que llevaba
en el bolsillo, se calló.
Dejó a Albert gruñendo por lo bajo mientras lavaba los platos y se fue a la biblioteca. De las
altas ventanas caía como lanzas la luz del sol, que desteñía levemente las cubiertas de los
pacientes y antiguos volúmenes. De vez en cuando, una mota de polvo atravesaba la luz al
flotar a través de los haces dorados y brillaba como una supernova en miniatura.
Mort sabía que si prestaba atención oiría el roce como de patas de insecto que nacían los
libros al escribirse.
En otros tiempos, Mort lo habría considerado horripilante. Pero entonces lo encontraba…
tranquilizador. Venía a demostrar que el universo funcionaba sin contratiempos. Su conciencia,
que había esperado precisamente ese momento, le recordó regodeándose que de acuerdo,
quizá funcionara sin contratiempos, pero estaba claro que no se dirigía en la dirección adecuada.
Se abrió paso entre el laberinto de estantes hasta llegar a la misteriosa pila de libros, y descubrió
que ya no estaba. Albert había estado en la cocina, y Mort no había visto que la Muerte
entrara en la biblioteca. ¿Qué estaría Ysabell buscando, entonces?
Levantó la cabeza y contempló el precipicio de estantes que tenía encima de él, y se le hizo
un nudo en el estómago cuando pensó en lo que estaba empezando a ocurrir…
No tenía escapatoria. Debía contárselo a alguien.
Entretanto, para Keli la vida también se había vuelto difícil.
Esto se debía a que la causalidad poseía una inercia impresionante. El empellón que, impulsado
por la rabia, la desesperación y el amor incipiente, había dado Mort en el sitio equivocado,
la había desviado hacia un nuevo sendero, pero nadie se había percatado aún. Había
pateado al dinosaurio en la cola, pero pasaría todavía algún tiempo antes de que el otro extremo
se diera cuenta y soltara un ay.
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Francamente, el universo sabía que Keli estaba muerta y, por tanto, se sintió un tanto sorprendido
al descubrir que no había dejado de caminar y de respirar.
Lo dejó entrever con pequeños indicios. Los cortesanos que por la mañana habían lanzado
miradas furtivas a la princesa Keli habrían sido incapaces de decir por qué al verla se habían
sentido extrañamente incómodos. Para incomodidad de ellos y fastidio de ella, descubrieron
que hacían caso omiso de la princesa, o hablaban en susurros.
El Chambelán descubrió que había dado instrucciones para que se izara a media asta el estandarte
real, pero por mucho que lo intentara habría sido incapaz de explicar por qué. Después
de haber encargado mil metros de tela negra sin motivo aparente, lo condujeron gentilmente
a la cama con una ligera enfermedad nerviosa.
La horrible sensación irreal no tardó en propagarse por todo el castillo. El cochero jefe mandó
sacar y pulir el catafalco estatal, luego se quedó parado en medio del patio del establo y se
echó a llorar sobre la gamuza porque no lograba recordar el motivo. Los sirvientes caminaban
sin hacer ruido por los pasillos. El cocinero tuvo que luchar denodadamente para vencer la
necesidad de preparar banquetes sencillos con carne fría. Los perros aullaban y después callaban
sintiéndose más bien tontos. Los dos garañones negros que tradicionalmente tiraban del
cortejo fúnebre de Sto Lat se tornaron ingobernables en sus establos y casi mataron a coces a
un mozo de cuadras.
En su castillo de Sto Helit, el duque esperó en vano la llegada del mensajero que, de hecho,
había partido, pero que se había detenido en mitad de la calle, incapaz de recordar qué estaba
haciendo.
Mientras todo esto ocurría, Keli se paseaba como un fantasma sólido y cada vez más irritado.
A la hora del almuerzo, las cosas llegaron al colmo. La princesa entró majestuosa en el gran
salón y vio que no habían colocado plato ni cubiertos delante del sillón real. Hablando clara y
firmemente al mayordomo, logró que lo remediasen, pero después, las bandejas pasaban delante
de ella sin detenerse para que ella pudiera pescar algo con el tenedor. Contempló con
sombría incredulidad cómo traían el vino y servían primero al Lord de Retretes.
Aquello era una falta absoluta de protocolo, pero sacó un pie y le puso una zancadilla al
camarero encargado de los vinos. El hombre tropezó, masculló algo entre dientes y se quedó
mirando las baldosas.
Keli se inclinó hacia el otro lado y le gritó al oído al Alabardero de la Despensa:
-¿Puedes verme, hombre? ¿Por qué nos vemos obligados a comer cerdo y jamón fríos?
El hombre interrumpió la conversación susurrada que mantenía con la Señora del Cuartito
Hexagonal de la Torre Norte, le lanzó una larga mirada en la que la sorpresa dio paso a una
especie de asombro desenfocado y respondió:
-Vaya, es cierto…, yo…, esto…
-Su alteza -le sugirió Keli.
-Sí…, pero…, su alteza -balbuceó. Se produjo una pesada pausa.
Luego, como si hubieran vuelto a conectarlo, le volvió la espalda y siguió conversando.
Keli se quedó sentada, blanca de rabia y sorpresa, luego echó hacia atrás la silla y salió
como una tromba hacia sus aposentos. Un par de sirvientes que compartían un revolcón en el
pasillo fueron empujados de lado por algo que no lograron ver bien.
Keli entró corriendo en sus aposentos y tiró con fuerza de la cuerda que debería haber hecho
que la doncella de servicio entrara a la carrera desde la sala de espera, al final del pasillo.
Durante un rato no ocurrió nada, y luego, la puerta se abrió despacio y una cara espió en dirección
de la princesa.
Esta vez Keli reconoció la expresión y estaba preparada. Aferró a la doncella por los hombros,
la arrastró hasta la habitación y cerró de un portazo. Al comprobar que la mujer asustada
miraba en todas direcciones menos hacia donde ella estaba, levantó la mano y le dio un bofetón
en la mejilla.
-¿Has sentido eso? ¿Lo has sentido? -chilló.
-Pero…, es que os… -sollozó la doncella retrocediendo hasta que fue a tropezar con la cama
y se sentó pesadamente.
-¡Mírame! ¡Mírame cuando te hablo! -aulló Keli avanzando hacia ella-. Puedes verme, ¿no?
¡Dime que me ves o te haré ejecutar! La doncella la miró fijamente a los ojos aterrados.
-Puedo veros -dijo-, pero…
-Pero ¿qué? Pero ¿qué?
-Sin duda estaréis…, he oído decir que…, creía que…
-¿Qué es lo que creías? -le espetó Keli.
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Ya no gritaba. Las palabras salieron como latigazos al rojo vivo.
La doncella se acurrucó y se echó a llorar. Keli golpeteó el suelo con el pie durante un momento
y después sacudió suavemente a la mujer.
-¿Hay un hechicero en la ciudad? -le preguntó-. Mírame, que me mires te digo. Hay un hechicero,
¿verdad? ¡Vosotras, las muchachas, os pasáis la vida yendo a ver a los hechiceros
para contarles vuestras cosas! ¿Dónde vive?
La mujer la miró con el rostro empapado en lágrimas, luchando contra todos los instintos
que le indicaban que la princesa no existía.
-Esto…, un hechicero…, sí… Buencorte, está en la calle del Muro…
Los labios de Keli se comprimieron en una leve sonrisa. Se preguntó dónde guardarían sus
capas, pero la fría lógica le dijo que iba a resultarle infinitamente más fácil buscarlas ella misma
que lograr que la doncella reconociera su presencia. Mientras esperaba, observó de cerca a la
mujer que dejaba de sollozar, miró a su alrededor, presa de una vaga perplejidad, y salió a toda
prisa de sus aposentos.
Ya me ha olvidado, pensó. Se miró las manos. Parecían sólidas.
Tenía que ser obra de la magia.
Vagó por el vestidor y abrió unos cuantos armarios hasta que encontró una capa negra con
capucha. Se la puso, salió a la carrera al pasillo y bajó por la escalera de servicio.
No había estado en esa parte del castillo desde que era una niña. Aquél era el mundo de los
armarios de ropa blanca, suelos desnudos y montaplatos. Olía ligeramente a migas añejas.
Keli avanzaba como un espectro prosaico. Tenía conciencia de la existencia de las dependencias
de servicio, claro está, del mismo modo que la gente es consciente de la existencia de
los desagües y las cloacas, y estaba preparada para admitir que aunque todos los sirvientes
eran muy parecidos, debían de tener, sin duda, características por las que sus seres queridos
pudieran identificarlos. Pero no estaba preparada para espectáculos como el que le ofreció
Moghedron, el encargado de la bodega, al que ella había visto siempre como una presencia
majestuosa, moviéndose como un galeón con las velas desplegadas, sentado en su despensa
con la chaqueta desabrochada y fumando en pipa.
Dos doncellas pasaron corriendo y riendo a su lado sin dignarse echarle un solo vistazo. Keli
siguió su camino, consciente de que en cierto modo era una intrusa en su propio castillo.
Se dio cuenta de que eso se debía a que en realidad aquel castillo no le pertenecía. El
mundo ruidoso que la rodeaba, con sus lavanderías humeantes y sus frescas despensas, era
un mundo aparte. Ella no podía poseerlo. Quizá él la poseyera a ella.
Se sirvió un muslo de pollo de una mesa de la cocina más grande, una caverna tapizada
con tantos cacharros que, a la luz de sus fuegos, parecía un arsenal para tortugas, y sintió la
emoción del hurto. ¡Un hurto! ¡En su propio reino! El cocinero miró a través de ella, con los ojos
vidriosos como jamón glaseado.
Keli cruzó a la carrera los patios del establo, salió por el portón trasero, y dejó atrás a dos
centinelas cuyas miradas severas no lograron verla.
Afuera, en la calle, todo le resultó menos fantasmal, pero siguió sintiéndose extrañamente
desnuda. Le resultaba desconcertante encontrarse entre personas que se ocupaban de sus
asuntos sin molestarse en mirarla cuando hasta ese momento, en su experiencia, todo el mundo
había girado siempre a su alrededor. Los peatones tropezaban con ella y se alejaban, preguntándose
por un instante con qué habrían chocado, y en varias ocasiones tuvo que esquivar
varias carretas.
El muslo de pollo no había bastado para llenarle el hueco dejado por la falta de almuerzo,
por lo tanto robó unas manzanas de un puesto, y se dijo que debería ordenar al chambelán que
averiguase cuánto costaban las manzanas para enviarle el dinero al dueño del tenderete.
Despeinada, un poco sucia y con un ligero olor a estiércol de caballo, llegó por fin ante la
puerta de Buencorte. Tuvo problemas con el llamador. En su experiencia, las puertas se abrían
siempre a su paso; había personas especiales que se encargaban de ello.
Tan turbada estaba que ni siquiera se dio cuenta de que el llamador le había guiñado el ojo.
Llamó otra vez, y creyó oír un estampido lejano. Al cabo de un rato la puerta se abrió unos
cuantos centímetros y atisbo una cara redonda y sonrojada, rematada por cabello ondulado. Su
pie derecho la sorprendió al decidir inteligentemente meterse entre la puerta y el marco.
-Exijo ver al hechicero -anunció-. Ruego que me dejes entrar ahora mismo.
-En estos momentos está ocupado -replicó la cara-. ¿Buscabas una pócima del amor?
-¿Una qué?
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-Tengo… tenemos un ungüento especial, el Escudo de la Pasión de Buencorte -le informó la
cara con un guiño sorprendente-. Asegura una buena temporada pero sin cosecha, ya sabes a
qué me refiero.
Keli se contuvo y mintió con toda frialdad:
-No, no sé a qué te refieres.
-¿Friegas para carneros? ¿Espantadoncellas? ¿Colirio de belladona?
-Exijo…
-Lo siento, ya hemos cerrado -dijo la cara, y cerró la puerta.
Keli retiró el pie justo a tiempo.
Masculló unas cuantas palabras que habrían asombrado y escandalizado a sus tutores, y
golpeó la puerta con los puños.
El repiqueteo de sus golpes aminoró de repente cuando advirtió lo que había ocurrido.
¡La había visto! ¡La había oído!
Aporreó la puerta con renovado vigor, gritando con toda la fuerza de sus pulmones.
-No dará refultado -le dijo una voz al oído-. Ef muy tozudo.
Se volvió despacio para encontrarse con la mirada impertinente del llamador. Meneaba las
cejas metálicas y le hablaba de un modo no demasiado claro, por culpa del aro de hierro forjado.
-Soy la princesa Keli, heredera del trono de Sto Lat -dijo con arrogancia y tratando de contener
el miedo-. Y no hablo con adornos de puertas.
-Eftupendo, como no foy máf que un llamador, yo hablo con quien me place -dijo la gárgola
toda amabilidad-. Y te diré que mi amo ha tenido un día agotador y no quiere que fe lo molefte.
Pero fi utilizaraf la palabra mágica -añadió-, quizá facaríaf algo. Fiem-pre que la utilice una mujer
atractiva, funciona nueve de cada ocho vecef.
-¿La palabra mágica? ¿Qué palabra mágica?
El llamador lanzó una sonrisa burlona y respondió:
-¿Ef que no le han enfeñado nada a la feñorita?
Keli se irguió cuan alta era, aunque podría haberse ahorrado el esfuerzo, dado que el resultado
no valía la pena. Sentía que también había tenido un día agotador. Su padre había ejecutado
personalmente a cien enemigos en el campo de batalla. Por lo tanto, ella debería ser capaz
de vérselas con un llamador.
-Me han educado algunas de las personas más eruditas de la comarca -le informó con gélida
precisión. El llamador no pareció impresionarse.
-Fi no te han enfeñado la palabra mágica -le dijo con toda calma-, no me parece a mí que
hayan fido tan eruditof.
Keli tendió la mano, aferró el pesado aro y lo golpeó con fuerza contra la puerta. El llamador
soltó una risita burlona.
-Trátame con dureza -le soltó-, ¡ef jufto lo que a mí me gufta!
-¡Eres asqueroso!
-Ffí. ¡Cómo me ha guftaado, hazlo otra vez…! La puerta se entreabrió dejando ver una mata
de pelo ondulado envuelta en sombras.
-Señora, he dicho que hemos ce… Keli se vino abajo.
-Por favor, ayúdame -suplicó-. ¡Por favor!
-¿Lo vef? -dijo el llamador con aire triunfante-. ¡Tarde o temprano todo el mundo fe acuerda
de la palabra mágica!
Keli había asistido a actos oficiales en Ankh-Morpork y había conocido a hechiceros ancianos
de la Universidad Invisible, la más prestigiosa institución académica dedicada a la magia.
Algunos de ellos habían sido altos, la mayoría, gorditos, y casi todos iban ricamente vestidos, o
al menos creían que iban ricamente vestidos.
De hecho, en la hechicería existen modas, así como ocurre en artes más mundanas, y la
tendencia a vestirse como concejales ancianos fue temporal. Las generaciones anteriores se
habían inclinado por exhibir un aspecto pálido e interesante, o misterioso y saturnino, o de druida
mugriento. Pero Keli estaba acostumbrada a los hechiceros que eran una especie de montaña
pequeña, revestida de pieles, con una voz asmática, e ígneo Buencorte no encajaba en la
imagen del mago.
Era joven. En fin, ese detalle no podía evitarse; presumiblemente, incluso los hechiceros
debían comenzar de jóvenes. No llevaba barba, y de la única cosa que iba revestida su capa
mugrienta era de ribetes desgastados.
-¿Te apetecería una copa o algo? -le preguntó y disimuladamente escondió debajo de la
mesa una camiseta que había en el suelo.
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Keli miró a su alrededor para ver si veía algo en qué sentarse que no estuviese ocupado
con ropa sucia o vajilla usada, y sacudió la cabeza. Buencorte notó su expresión.
-Me temo que esto está un poco desordenado -añadió rápidamente, mientras con el codo tiraba
al suelo unos restos de salchicha con ajo-. La señora Nugent viene dos veces por semana
a hacerme la limpieza, pero ha tenido que marcharse a ver a su hermana porque le ha dado
otro de sus ataques. ¿Estás segura? No es ningún problema. Ayer mismo vi una taza limpia por
alguna parte.
-Tengo un problema, señor Buencorte -dijo Keli.
-Espera un momento. -Fue hasta un gancho que había encima de la chimenea y sacó un
sombrero de punta que había tenido épocas mejores, aunque por su aspecto no habían sido
mucho mejores, y luego añadió-: Listo. Dispara.
-¿Por qué es tan importante el sombrero?
-Importante no, esencial. Para ejercer de hechicero hay que llevar el sombrero adecuado.
Nosotros, los hechiceros, lo sabemos bien.
-Si tú lo dices. Oye, ¿puedes verme?
La observó entrecerrando los ojos y repuso:
-Sí. Sí, diría con toda certeza que te veo.
-¿Y me oyes? Puedes oírme, ¿verdad?
-Perfectamente. Sí. Cada sílaba resuena como es debido. Sin problemas.
-¿Te sorprendería si te dijera que en esta ciudad nadie más puede hacerlo?
-¿Salvo yo?
-Y tu llamador -añadió Keli con un bufido.
Buencorte sacó una silla y se sentó. Se revolvió un poco en el asiento. Una expresión preocupada
le surcó el rostro. Se puso en pie, buscó a su espalda y sacó una masa plana y rojiza
que en algún momento pudo haber sido media pizza.2 Se la quedó mirando con pena.
-¿Me creerías si te dijera que me he pasado la mañana buscándola? Era una completa con
doble de pimientos.
Escarbaba entristecido el trozo aplastado cuando de repente se acordó de Keli.
-Cielos, perdóname. ¿Dónde he dejado mis modales? ¿Qué vas a pensar de mí? Anda, toma
una anchoa. Por favor.
-¿Has escuchado lo que te he dicho? -le espetó Keli.
-¿Te sientes invisible? En tu interior, me refiero -inquirió Buencorte con voz poco clara.
-Claro que no. Lo que siento es rabia. Por eso quiero que me leas la suerte.
-Pues yo de eso no sé nada, a mí me suena a cosa médica y…
-Te pagaré.
-Es ilegal -le dijo Buencorte con tono apesadumbrado-. El antiguo rey prohibió expresamente
que se leyera la suerte en Sto Lat. Los hechiceros no le caíamos muy bien.
-Te pagaré mucho.
-La señora Nugent me ha comentado que parece ser que la nueva niña será peor. Me dijo
que es una altanera de mucho cuidado. Me temo que no es de las que ven con buenos ojos a
los practicantes de las artes sutiles.
2La primera pizza tuvo su origen en el Disco y fue una creación del místico klatchiano
Ronrón loe Revelación Shuwadhi. Ronrón manifestó que le fue entregada en
sueños por el mismísimo Creador del Mundodisco, el Cual, aparentemente, le comentó
que era lo que se había propuesto crear desde el comienzo. Los viajeros del desierto que
habían visto el original, que, según se dice, se encuentra milagrosamente conservado en
la Ciudad Prohibida de Ee, sostienen que lo que el Creador tenía en mente entonces era
una cosa pequeña de queso y pimientos con unas cuantas aceitunas negras,** y que los
detalles como las montañas y los mares le habían salido después, con el entusiasmo de
última hora, como suele ocurrir con tanta frecuencia.
** Después del Cisma de los dextrosianos y de la muerte de unas veinticinco mil
personas en la cruzada resultante, se permitió a los fieles que añadieran a la receta una
hojita de laurel.
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Keli sonrió. Los cortesanos que ya conocían esa sonrisa se habrían apresurado a sacar de
allí a Buencorte aunque fuera a rastras, para ponerlo en un lugar seguro, como por ejemplo el
continente de al lado, pero el pobre se quedó ahí sentado, tratando de quitarse trocitos de
champiñón de la túnica.
-Se rumorea que tiene un carácter espantoso -dijo Keli-. No me sorprendería nada que de
todos modos te echara de la ciudad.
-Cielos, ¿de veras lo crees? -inquirió Buencorte.
-Te propongo un trato -le dijo Keli-, no tienes que hablarme de mi futuro, sólo de mi presente.
Ni siquiera ella podría oponerse a eso. Si lo deseas, puedo hablarle -añadió, magnánima.
-¿La conoces? -preguntó Buencorte más animado.
-Sí. Pero a veces creo que no demasiado bien.
Buencorte lanzó un suspiro y luego hurgó en los restos que había sobre la mesa; apartó
cascadas de platos sucios y los restos largo tiempo momificados de varias comidas. Finalmente,
desenterró una voluminosa cartera de cuero, pegada a una loncha de queso.
-Bueno, aquí tenemos las cartas del Caroc -dijo no muy seguro-. La sabiduría destilada de
los Antiguos y cosas por el estilo. También tengo el Ching Aling del Eje. Está haciendo furor
entre la gente bien. Pero no leo las hojas de té.
-Probaré con el Ching no sé cuántos.
-Entonces lanza al aire estos tallos de milenrama.
Ella obedeció y luego los dos se quedaron mirando el efecto.
-Mmm -murmuró Buencorte al cabo de unos instantes-. Pues bien, uno ha caído en la chimenea,
otro en el tazón del chocolate, otro ha ido a parar a la calle, lo que más siento es la
ventana, otro sobre la mesa y uno, no, dos detrás de la cómoda. Espero que la señora Nugent
logre encontrar los demás.
-No me dijiste con cuánta fuerza había que lanzarlos. ¿Pruebo otra vez?
-Nooo, mejor no. -Buencorte hojeó un libro amarillento que momentos antes había aguantado
la pata de la mesa y dijo-: Al parecer, el dibujo tiene sentido. Sí, aquí está, Octograma ocho
mil ochocientos ochenta y siete: La Ilegalidad, la Oca de la No Expiación. Esto nos remite a…
un momento… un momento… sí. Ya lo tengo.
-¿Y bien?
-Sin verticalidad, el emperador escarlata avanza sabiamente a la hora del té; por la noche,
el molusco permanece silencioso entre la flor del almendro.
-¿Sí? -dijo Keli, respetuosa-. ¿Y qué significa?
-Probablemente muy poco, a menos que seas un molusco -respondió Buencorte-. Creo que
con la traducción puede haber perdido algo.
-¿Estás seguro de que sabes cómo se hace esto?
-Probemos con las cartas -se apresuró a sugerir Buencorte, al tiempo que las abría en abanico-.
Elige una cualquiera.
-Es la Muerte -dijo Keli.
-Ah, bueno. Pero ten en cuenta que la carta de la Muerte no siempre significa la muerte en
todas las circunstancias -aclaró velozmente Buencorte.
-¿Quieres decir que no significa la muerte en esas circunstancias en las que el sujeto se
pone muy nervioso y tú estás demasiado incómodo como para decirle la verdad?
-Oye, elige otra carta, anda.
-Ésta también es la Muerte -dijo Keli.
-¿Has puesto la otra en su sitio?
-No. ¿Elijo otra?
-Será mejor que sí.
-¡Vaya coincidencia!
-¿La Muerte número tres?
-Sí. ¿Se trata de una baraja especial para hacer trucos? -Keli trató de no perder la compostura,
pero hasta ella misma detectó un leve tono histérico en su voz.
Buencorte la miró con el ceño fruncido y cuidadosamente fue colocando las cartas en la baraja,
mezcló y las dispuso otra vez sobre la mesa. Sólo había una Muerte.
-Cielos -dijo-. Creo que esto será serio. ¿Me dejas que te examine la palma de la mano, por
favor?
La estudió durante un largo rato. Finalmente, se dirigió a la cómoda, sacó de un cajón una
lupa de joyero, le quitó los restos de gachas que tenía pegados con la manga de la túnica y se
pasó unos cuantos minutos más estudiándole la mano hasta el más mínimo detalle. Cuando
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hubo terminado, se reclinó en el asiento, se quitó la lupa, se la quedó mirando fijamente y luego
le dijo:
-Estás muerta.
Keli esperó. No se le ocurría una respuesta adecuada. «No estoy muerta» carecía de estilo,
pero «¿Es muy grave?» le parecía un tanto frívola.
-¿He dicho que me parecía que esto iba a ser serio? -inquirió Buencorte.
-Me parece que sí -respondió Keli con sumo cuidado, tratando de que el tono de su voz no
se alterara.
-Pues no me he equivocado.
-Ah.
-Podría ser grave.
-¿Hay algo más grave que estar muerta? -inquirió Keli.
-No me refería a ti.
-Ah.
-Aquí ha fallado algo sumamente fundamental. Estás muerta en todos los sentidos menos…
menos en el verdadero. Quiero decir, las cartas creen que estás muerta. La línea de la vida
cree que estás muerta. Todo y todos creen que estás muerta.
-Yo no -dijo Keli, pero su voz sonó menos confiada.
-Me temo que tu opinión no cuenta.
-¡Pero la gente me ve y me oye!
-Lamento informarte que lo primero que aprendes cuando te matriculas en la Universidad
Oculta es que la gente no le presta demasiada atención a esas cosas. Lo importante es lo que
les dicen sus mentes.
-¿Quieres decir que la gente no me ve porque sus mentes les dicen que no lo hagan?
-Me temo que sí. Se llama predestinación o algo por el estilo.
-Buencorte le lanzó una mirada llena de pena-. Soy hechicero. Y los hechiceros sabemos de
estas cosas.
»Por cierto, no es lo primero que aprendes cuando te matriculas -aclaró-. Lo primero, lo primero,
es dónde están los lavabos y todo ese tipo de cosas. Pero quitando eso, sí es lo primero.
-Pero tú sí que me ves.
-Bueno, pero a los hechiceros nos adiestran para que veamos cosas que están allí y para
que no veamos las que no están. Nos dan unos ejercicios especiales que…
Keli tamborileó con los dedos sobre la mesa, o al menos lo intento. Le resultó difícil. Se miró
la mano horrorizada.
Buencorte se apresuró a repasar la mesa con la manga.
-Lo siento -masculló—. Anoche cené bocadillos de melaza.
-¿Qué puedo hacer?
-Nada.
-¿Nada?
-Pues verás, te podrías convertir en una ladrona de éxito… Perdona. Ha sido una falta absoluta
de buen gusto.
-Eso me ha parecido.
Buencorte le dio unas palmaditas en la mano que estaban totalmente fuera de lugar, pero
Keli estaba demasiado preocupada como para reparar en tan flagrante lése majesté.
-Verás, todo ha sido fijado. La historia ya está escrita desde el principio hasta el final. La
realidad de los hechos está fuera de toda discusión; la historia sigue adelante y arrasa con
ellos. No se puede cambiar nada porque los cambios ya forman parte de todo ello. Estás muerta.
Es el destino. No te queda más remedio que aceptarlo, te guste o no.
Le sonrió a manera de disculpa y agregó:
-Si lo consideras objetivamente, eres mucho más afortunada que la mayoría de los muertos,
porque estás viva para disfrutarlo.
-No quiero aceptarlo. ¿Por qué debo hacerlo? ¡Yo no tengo la culpa!
-No lo has entendido. La historia sigue su curso. Ya no puedes participar en ella. No hay un
papel para ti, ¿es que no lo entiendes? Será mejor que dejes que las cosas sigan su curso.
Volvió a darle unas cuantas palmaditas en la mano. Ella lo miró. Él apartó la mano.
-¿Qué se supone que he de hacer, pues? ¿No comer porque no está escrito que coma?
¿Irme a vivir a alguna cripta?
-Un problema de difícil solución, ¿eh? -convino Buencorte-. Me temo que ése es tu destino.
Si el mundo no logra verte, no existes. Soy hechicero, y nosotros, los hechiceros, sabemos
que…
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-No lo digas.
Keli se puso en pie.
Cinco generaciones antes, uno de sus antepasados había hecho detener a su banda de degolladores
nómadas, a unos cuantos kilómetros del montículo de Sto Lat, y había contemplado
la ciudad dormida con una expresión peculiarmente decidida que decía: Hasta aquí hemos
llegado. El hecho de que hayamos nacido en una silla de montar, no significa que tengamos
que morir en el mismo sitio.
Por extraño que resulte, por un truco de las leyes de la herencia, muchas de sus características
distintivas habían pasado a su descendiente,3 y explicaban su atractivo más bien idiosincrático.
Nunca se apreciaron con tanta claridad como en aquel momento. Incluso Buen-corte
quedó impresionado. Cuando se trataba de determinación, en la mandíbula de Keli se podría
haber cascado nueces.
Exactamente con el mismo tono de voz empleado por su antepasado cuando se dirigió a
sus cansados y sudorosos seguidores antes del ataque,4 dijo:
-No. No pienso aceptarlo. No pienso quedarme reducida a una especie de fantasma. Y tú
vas a ayudarme, hechicero.
El subconsciente de Buencorte reconocía el tono. Transmitía una armonía que hacía que incluso
la carcoma de las tablas del suelo abandonaran lo que estaban haciendo para ponerse
en posición de firmes. Aquel tono no expresaba una opinión, sino que decía: las cosas serán
así.
-¿Yo, señora? -balbuceó-. No sé en qué podría yo…
Fue sacado de su silla, llevado a la calle con la túnica volándole al viento. Keli marchó hacia
el palacio con los hombros bien erguidos; arrastraba tras ella al hechicero como si fuera un
cachorrito renuente. Con ese mismo paso decidido, las madres se dirigían a la escuela local
cuando su hijito regresaba a casa con un ojo morado; era imparable; era como la Marcha del
Tiempo.
-¿Qué intenciones tienes? -tartamudeó Buencorte, horriblemente consciente de que no podría
hacer nada para resistirse.
-Hoy es tu día de suerte, hechicero.
-Qué bien -dijo con un hilo de voz.
-Acabas de ser nombrado Reconocedor Real.
Y siguió así durante tres horas. La realidad, que normalmente no puede permitirse el lujo de
pagar a un poeta, refiere que, de hecho, todo el discurso decía lo siguiente:
Muchachos, la mayoría de ellos siguen durmiendo, deberíamos pulírnoslos con la misma velocidad
con que una abuela bajita digeriría una fruta, porque lo que es yo, estoy hasta el gorro
de vivir en yurtas, ¿estamos?
-Ah. ¿Y a qué obliga exactamente ese cargo?
-Le recordarás a todo el mundo que estoy viva. Es un trabajo fácil. Tres comidas diarias y te
hacen la colada. Aviva el paso, hombre.
3Con la excepción del bigote caído y el sombrero redondo de pieles con el pincho en la
punta.
4El discurso pasó a las generaciones posteriores en forma de poema épico, mandado
componer por su hijo, que no nació en una silla de montar y comía con tenedor y cuchillo.
Decía así:
Contemplad cómo dormita el impasible enemigo,
Repletos de oro robado, corruptas sus mentes.
Dejad que las lanzas de vuestras iras sean
Cual fuego estepario en un día ventoso
De la estación seca,
Dejad que vuestra espada honesta embista
Como los cuernos de un buey con dolor de muelas…
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-¿Reconocedor Real?
-Eres hechicero. Creo que hay algo que deberías saber -dijo la princesa.
¿DE VERAS? -dijo la Muerte.
(Ése es un truco cinematográfico adaptado para las artes gráficas. La Muerte no le hablaba
a la princesa. En realidad, se encontraba en su estudio, conversando con Mort. Pero a que es
efectivo, ¿eh? Probablemente se denomine fundido a negro o zoom/corte transversal. O algo
por el estilo. Una industria que se permite llamar Best Boy a un técnico experimentado, puede
ponerle cualquier nombre.)
¿Y DE QUÉ SE TRATA? -añadió, enrollando un trozo de seda negra alrededor de un anzuelo
colocado en un torno de mesa que había fijado a su escritorio.
Mort vaciló. Más que nada como una reacción de miedo e incomodidad, pero también porque
el espectáculo ofrecido por un espectro encapuchado que ataba tranquilamente moscas
desecadas bastaba para hacer vacilar a cualquiera.
Además, Ysabell estaba sentada en el extremo opuesto de la habitación; aparentemente
bordaba, pero al mismo tiempo lo observaba a través de una nube de hosca desaprobación.
Notaba como sus ojos enrojecidos le agujereaban la nuca.
La Muerte insertó unas cuantas plumas de cuervo y silbó una melodía entre dientes, porque
no tenía otra cosa con qué silbar. Levantó la vista.
¿MMM?
-Las cosas no…, esto…, no han salido tan bien como pensaba -dijo Mort, de pie en la alfombra,
delante del escritorio, carcomido por los nervios.
¿HAS TENIDO PROBLEMAS? -preguntó la Muerte cortando de un tijeretazo unos cuantos
restos de pluma.
-Pues verá, la bruja no quiso venirse, y el monje…, bueno, que ha vuelto a empezar.
EN TODO ELLO NO HAY NADA DE PREOCUPANTE, MUCHACHO…
-… Mort…
… A ESTAS ALTURAS YA DEBERÍAS HABER DEDUCIDO QUE CADA CUAL RECIBE LO
QUE CREE QUE LE ESPERA. DE ESE MODO, TODO RESULTA MUCHO MÁS LIMPIO.
-Ya lo sé, señora. Pero entonces, eso significa que las personas que creen que irán a una
especie de paraíso, van realmente a parar allí. Y que las personas buenas que temen ir a una
especie de sitio horrible, sufren de verdad. No hay justicia.
¿QUÉ TE HE DICHO QUE DEBES RECORDAR CUANDO ESTÁS DE GUARDIA?
-Pues…
¿MMM?
Mort permaneció callado.
LA JUSTICIA NO EXISTE. SÓLO EXISTES TÚ.
-Pues yo…
NO LO OLVIDES.
-Sí, pero…
ESPERO QUE AL FINAL TODO SALGA BIEN. NUNCA HE CONOCIDO AL CREADOR,
PERO ME HAN DICHO QUE CON LAS PERSONAS ES BASTANTE
AMABLE.
La Muerte cortó el hilo y comenzó a desenroscar el torno de mesa.
QUÍTATE ESAS IDEAS DE LA CABEZA -añadió-. AL MENOS LA TERCERA NO TE HABRÁ
CAUSADO PROBLEMAS.
Había llegado el momento. Mort lo había meditado largo tiempo. No tenía sentido que lo
ocultase. Desviaría el curso futuro de la historia. Las cosas como aquélla tendían a llamar la
atención de la gente. Más le valía desahogarse. Confesar como un hombre. Aceptar el mal
trago. Cartas sobre la mesa, poner las. Irse por las ramas, nada de. Merced de uno, abandonarse
a la.
Los penetrantes ojos azules lo miraron soltando destellos.
Él devolvió la mirada como un conejo nocturno que intenta hacer bajar la vista a los faros de
un camión con remolque de dieciséis ruedas cuyo conductor es un prodigio que se mantiene
doce horas al volante gracias a la cafeína, e intenta ganarles a los cuentakilómetros del infierno.
No lo logró.
-No, señora -respondió.
BIEN. ASÍ ME GUSTA. Y AHORA DIME, ¿QUÉ OPINAS DE ESTO?
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Los pescadores consideran que una buena mosca desecada debería ser capaz de imitar ingeniosamente
a las de verdad. Existen las moscas adecuadas para la mañana. Existen diferentes
moscas para el anochecer. Y así.
Pero la cosa que se encontraba entre los dedos triunfantes de la Muerte era una mosca de
los albores de los tiempos. Era la mosca del caldo primordial. Se había criado en los excrementos
del mamut. No era una mosca que choca contra los cristales de las ventanas, era una mosca
que perfora paredes. Era un insecto que se arrastraba entre las tablillas de la palmeta más
pesada destilando veneno y buscando venganza. De todo él sobresalían extrañas alas y trozos
colgantes. Daba la impresión de tener muchos dientes.
-¿Cómo se llama? -inquirió Mort.
LA LLAMARÉ… GLORIA DE LA MUERTE. -La Muerte le echó una última mirada de admiración
y la metió en la capucha de su túnica-. ESTA NOCHE ME SIENTO CON GANAS DE
VER UN POCO DE VIDA -dijo-. PUEDES ENCARGARTE DE LA RONDA, AHORA QUE LE
TIENES COGIDO EL TRANQUILLO.
-Sí, señora -dijo Mort con tono fúnebre.
Ante sí veía que su vida se prolongaba como un feo túnel negro sin luces al final.
La Muerte tamborileó con los dedos sobre el escritorio mientras mascullaba entre dientes.
AH, sí -dijo-. ALBERT ME HA DICHO QUE ALGUIEN HA ESTADO HURGANDO EN LA BIBLIOTECA.
-¿Cómo dice, señora?
SACANDO LIBROS, DEJÁNDOLOS POR AHÍ TIRADOS. LIBROS SOBRE JOVENCITAS.
AL PARECER LO DEBE DE ENCONTRAR DIVERTIDO.
Tal como se ha revelado ya, los Santos Oyentes tienen el oído tan desarrollado que un buen
crepúsculo puede dejarlos sordos. Por unos segundos, Mort tuvo la impresión de que la piel de
su cuello había desarrollado unos poderes parecidos, porque logró ver a Ysabell quedarse
inmóvil en mitad de una puntada. Oyó también la leve inspiración que había oído antes, entre
los estantes. Recordó el pañuelo de encaje.
-Sí, señora. No volverá a suceder, señora -dijo. La piel del cuello comenzó a escocerle con
furia. ESPLÉNDIDO. Y AHORA, PODÉIS IROS LOS DOS. PEDIDLE A ALBERT
QUE OS PREPARE UN ALMUERZO CAMPESTRE O ALGO ASÍ. SALID A TOMAR AIRE
FRESCO. YA HE NOTADO CÓMO PROCURÁIS EVITAROS. –Le dio a Mort un codazo cargado
de picardía (era como si te dieran con la punta de un palo) y añadió-: ALBERT ME HA EXPLICADO
LO QUE SIGNIFICA.
-¿Ah, sí? -dijo Mort, deprimido.
Se había equivocado; había una luz al final del túnel, y era un lanzallamas.
La Muerte le lanzó otro de sus guiños supernova.
Mort no se lo devolvió. Se limitó a volverse y a dirigirse con paso pesado hacia la puerta, a
una velocidad media y con unos andares que hacían que Gran A'Tuin pareciese un corderillo
retozón.
Se encontraba en mitad del pasillo cuando oyó a sus espaldas el roce suave de unas pisadas
y una mano lo agarró del brazo.
-¿Mort?
Se volvió y miró a Ysabell a través de la bruma de la depresión.
-¿Por qué dejaste que creyese que fuiste tú quien hurga en la biblioteca?
-No lo sé.
-Has… has sido muy amable -le dijo, cautelosa.
-¿Te parece? No sé qué me dio. -Se tanteó el bolsillo y sacó el pañuelo-. Creo que esto es
tuyo.
-Gracias.
Se sonó la nariz ruidosamente.
Mort ya se encontraba casi al final del pasillo, con los hombros encogidos como las alas de
un buitre. Ella corrió tras él.
-Oye.
-¿Qué?
-Quería darte las gracias.
-No tiene importancia -masculló-. Será mejor que no vuelvas a sacar libros. No les sienta
bien. -Lanzó una risa que a él le pareció falta de alegría-. ¡Ja!
-¿Ja qué?
-¡Pues ja!
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Había llegado al final del pasillo. Había una puerta que daba a la cocina, donde Albert estaría
mirando maliciosamente, y Mort decidió que sería incapaz de enfrentarse a él. Se detuvo.
-Yo sólo saqué los libros porque buscaba un poco de compañía -dijo ella, a su espalda. Mort
cedió.
-Podríamos dar un paseo por el jardín -dijo, desesperado, y cuando hubo logrado endurecerse
un poco, añadió-: Sin ningún tipo de obligaciones, claro.
-¿Quieres decir que no te casarás conmigo? -le preguntó ella.
-¿Casarme contigo? -inquirió Mort, horrorizado.
-¿Acaso mi madre no te ha traído aquí para eso? Al fin y al cabo, no necesita un aprendiz.
-¿Te refieres a todos esos codazos y guiños y comentarios como algún día, hijo mío, todo
esto será tuyo? -preguntó Mort-. Traté de no prestarles atención. Todavía no quiero casarme
con nadie -añadió borrando una fugaz imagen mental de la princesa-. Y mucho menos contigo,
y lo digo sin ánimo de ofender.
-No me casaría contigo aunque fueses el último hombre del Disco -le informó ella dulcemente.
Mort se sintió herido. Una cosa era no querer casarse con alguien, pero otra muy distinta
era que te dijesen que no se querían casar contigo.
-Al menos no tengo cara de haberme pasado siglos en un armario comiendo rosquillas -le
dijo cuando ya pisaban el negro césped de la Muerte.
-Al menos yo camino como si mis piernas tuvieran sólo una rodilla cada una -dijo Ysabell.
-Mis ojos no son dos huevos escalfados. Ysabell asintió y repuso:
-Por otra parte, mis orejas no dan la impresión de parecerse a algo que crece en un árbol
muerto. ¿Qué quiere decir escalfados?
-Como Albert hace los huevos.
-¿Con la clara toda pegajosa y líquida y llena de trochos babosos?
-Sí.
-Buena palabra -admitió ella, pensativa-. Pero mi pelo, para que sepas, no parece un estropajo
con el que se limpia el retrete.
-Claro que no, pero el mío tampoco se parece a un puercoespín mojado.
-Te ruego que tomes nota de que mi pecho no parece una rejilla para tostadas en una bolsa
de papel húmeda.
Mort miró de reojo el escote de Ysabell y al ver una delantera digna del mejor equipo de fútbol,
se abstuvo de hacer comentarios.
-Mis cejas no parecen un par de orugas acopladas -aventuró.
-Es cierto. Pero sugiero que con mis piernas al menos sería capaz de detener un cerdo en
un pasillo.
-¿Cómo…?
-No soy patizamba -le explicó.
-Ah.
Se pasearon entre los parterres de lirios, momentáneamente sin argumentos. Al final,
Ysabell se plantó ante Mort y le tendió la mano. Él se la estrechó, sumido en un silencio agradecido.
-¿Suficiente? -preguntó ella.
-Casi casi.
-Bien. Está claro que no nos vamos a casar, aunque no sea más que por el bien de los niños.
Mort asintió.
Se sentaron en un asiento de piedra, entre dos setos de boj prolijamente podados. En aquel
rincón del jardín, la Muerte había construido un estanque alimentado por un manantial helado
que parecía vomitado al estanque por un león de piedra. Unas carpas blancas y gordas merodeaban
en las profundidades o bien hocicaban en la superficie entre aterciopelados nenúfares
negros.
-Deberíamos haber traído migas de pan -dijo Mort, galante, inclinándose por un tema nada
polémico.
-¿Sabes? Ella nunca viene aquí -le dijo Ysabell mirando los peces-. Lo construyó para distraerme.
-¿Y no funcionó?
-No es real. Aquí nada es real. No es realmente real. A ella le gusta comportarse como un
ser humano. No sé si habrás notado que ahora se esfuerza muchísimo. Creo que tú influyes
mucho en ella. ¿Sabías que cierta vez intentó aprender a tocar el banjo?
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-Tiene más bien tipo de aprender a tocar el órgano.
-No logró cogerle el truco -dijo Ysabell sin prestarle atención-. No puede crear.
-Dijiste que había creado este estanque.
-Es una copia de uno que vio en alguna parte. Todo es una copia. Mort se movió, incómodo.
Un insecto pequeño le había trepado por la pierna.
-Es un poco triste -dijo con la esperanza de que el suyo fuese aproximadamente el tono correcto
que debía adoptar.
-Sí.
Ysabell tomó un puñado de grava del sendero y empezó a lanzarla distraídamente al estanque.
-¿Tan mal tengo las cejas? -preguntó.
-Aja -dijo Mort-, me temo que sí.
-Ah.
Clop clop. Las carpas la observaban con desdén.
-¿Y mis piernas? -inquirió él.
-Sí, lo siento.
Mort repasó ansiosamente su limitado repertorio de temas de conversación y se dio por
vencido.
-Pues da igual dijo, galante-. Al menos a ti te queda el recurso de las pinzas.
-Mi madre es muy amable, de un modo un tanto distraído -dijo Ysabell sin prestarle atención.
-¿No es exactamente tu madre, verdad?
-Mis padres murieron hace años al cruzar el Gran Nef. Creo que hubo una tormenta. Ella me
encontró y me trajo aquí. No sé por qué lo haría.
-¿Porque sentiría lástima?
-Nunca siente nada. Y no lo digo con maldad, entiéndeme. Es que la pobre no tiene nada
con qué sentir, no tiene… ¿cómo se llaman? Glándulas, no tiene glándulas. Probablemente
pensó que me tenía lástima.
Volvió su pálido rostro hacia Mort y añadió:
-No quiero que nadie hable mal de ella. Hace lo que puede. El problema es que siempre tiene
mucho en qué pensar.
-Mi padre también era un poco así. Quiero decir, es así.
-Ya, pero él seguramente tendrá glándulas.
-Me imagino que sí -dijo Mort moviéndose incómodo-. La verdad es que nunca había pensado.
En las glándulas, quiero decir.
Juntos se quedaron mirando a la trucha. La trucha les devolvió la mirada.
-Acabo de trastornar toda la historia del futuro -confesó Mort.
-¿Ah, sí?
-Cuando él quiso matarla, yo lo maté a él, pero la cuestión es que, según la historia, ella debía
haber muerto para que el duque fuera rey, pero la peor parte, la peor parte es que aunque
él esté absolutamente corrupto hasta la médula, iba a unir las ciudades y, con el tiempo, formarían
una federación, y los libros dicen que habría cien años de paz y prosperidad. No sé, cualquiera
hubiera pensado que iba a haber un reinado de terror o algo por el estilo, pero según
parece, a veces la historia necesita de este tipo de personas, porque lo que es la princesa habría
sido una reina más. Vamos a ver, no quiero decir mala, bastante buena en realidad, pero
no adecuada, y ahora todo eso no ocurrirá y la historia anda por ahí agitándose en el aire, y
todo por culpa mía.
Se apaciguó y esperó ansiosamente a que ella le contestase.
-Tenías razón, ¿sabes?
-¿De veras?
-Deberíamos haber traído migas de pan -dijo Ysabell-. Imagino que encontrarán comida en
el agua. Escarabajos y cosas así.
-¿Has oído lo que te he dicho?
-¿Sobre qué?
-Nada. No era nada importante. Perdona. -Ysabell lanzó un suspiro y se puso en pie.
-Supongo que querrás marcharte -dijo-. Me alegra que hayamos aclarado lo del matrimonio.
Ha sido agradable charlar contigo.
-Podríamos tener una especie de relación odio-odio -sugirió Mort.
-Normalmente, no logro hablar con la gente que trabaja para mi madre.
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Daba la impresión de que Ysabell no lograba alejarse, como si estuviese esperando que
Mort dijera algo más.
-Es natural -fue todo lo que se le ocurrió comentar a Mort.
-Supongo que tendrás que irte a trabajar.
-Más o menos.
Mort titubeó, consciente de que en cierto modo indefinible, la conversación había logrado
salir de las aguas poco profundas para quedar flotando sobre ciertos tópicos profundos que no
lograba comprender del todo.
Se oyó un ruido como de…
Con una punzada de añoranza, a Mort le recordó el viejo patio de su casa. Durante los crudos
inviernos en las Montañas del Carnero, la familia guardaba en el patio unos robustos thargas,
unas bestias de montaña, y echaba toda la paja que hiciera falta. Después del deshielo
primaveral, el patio tenía una profundidad de varios palmos y una costra sólida en la superficie.
Con un poco de precaución se podía caminar encima. Si se carecía de ella, y uno se hundía
hasta la rodilla en la grasa concentrada, el sonido que soltaba la bota al salir, verde y humeante,
era tan indicador del cambio de estación como el canto de los pájaros y el zumbido de las
abejas.
Era ese ruido. Instintivamente, Mort se examinó los zapatos.
Ysabell lloraba, pero no con los sollozos medidos de una dama, sino abriendo grande la boca
y tragando aire ruidosamente, como las burbujas de un volcán submarino, que pugnan por
ser las primeras en salir a la superficie. Eran los sollozos que escapaban bajo presión, madurados
en la monotonía de la pena.
-¿Eh? -dijo Mort.
El cuerpo de Ysabell se sacudía como una cama de agua en una zona sísmica. Se tanteó
desmañadamente las mangas en busca del pañuelo, pero en esas circunstancias le resultó tan
útil como un gorro de papel en una tormenta. Trató de decir algo, y le salió un torrente de consonantes
interrumpidas por sollozos.
-¿Eh? -repitió Mort.
-He preguntado que cuántos años crees que tengo.
-¿Quince? -aventuró él.
-Dieciséis -gimió-. ¿Y sabes cuánto hace que tengo dieciséis?
-Lo siento, pero no te entien…
-No, claro que no. Nadie lo entendería.
Volvió a sonarse la nariz, y a pesar de que le temblaban mucho las manos, logró volver a
meterse el pañuelo empapado en la manga.
-A ti te permiten salir -dijo-. No llevas aquí lo suficiente como para haberlo notado. ¿No te
has dado cuenta de que aquí el tiempo está fijo? Ya, hay algo que pasa, pero no es tiempo de
verdad. Ella no puede crear tiempo de verdad.
-Ah.
Cuando Ysabell volvió a hablar, lo hizo con la voz fina, cuidadosa y, sobre todo, valiente de
quien ha logrado dominarse a pesar de circunstancias abrumadoras, pero que podría volver a
venirse abajo en cualquier momento.
-Hace treinta y cinco años que tengo dieciséis.
-¿Qué?
-El primer año ya me costó lo suyo.
Mort pasó revista a sus últimas semanas y asintió, solidario.
-¿Y por eso leías todos esos libros?
Ysabell bajó la mirada y con el pie enfundado en una sandalia, jugueteó con la grava embargada
por la vergüenza.
-Son muy románticos -dijo-. Hay unas historias realmente preciosas. Como la de aquella
chica que tomó veneno al morir su amado, y aquella otra que se arrojó a un precipicio porque
su padre insistía en que se casase con un viejo, y aquella otra que prefirió ahogarse que someterse
a…
Mort la escuchaba pasmado. A juzgar por la cuidadosa selección del material de lectura que
había hecho Ysabell, para cualquier muchacha del Disco resultaba una cuestión de renombre
sobrevivir a la adolescencia lo suficiente como para gastar un par de medias.
-… y entonces ella creyó que él había muerto, y se quitó la vida, y resulta que él se despertó
y acabó suicidándose, y aquella otra muchacha que…
El sentido común sugería que al menos unas cuantas mujeres lograrían alcanzar la tercera
década sin matarse por amor, pero el sentido común no parecía conseguir en esos dramas
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siquiera un papel secundario.5 Mort ya se percataba de que el amor lo hacía sentir a uno acalorado,
frío, cruel, débil, pero no se había dado cuenta de que podía convertirlo en un estúpido.
-… nadaba cada noche en el río, pero una noche hubo una tormenta y al ver que no llegaba,
ella…
Instintivamente, Mort tuvo la convicción de que algunas jóvenes parejas se conocían, digamos
que en el baile de la aldea, se caían bien, salían un año o dos, tenían unas cuantas peleas,
se reconciliaban, se casaban y no se suicidaban para nada.
Notó entonces que la letanía de amores desdichados había perdido ímpetu.
-Vaya -dijo débilmente-. ¿Es que ya no queda nadie que se lleve bien?
-Amar es sufrir -sentenció Ysabell-. Tiene que haber muchas pasiones desgraciadas.
-¿Es preciso?
-Absolutamente imprescindible. Y angustias. En ese momento, Ysabell recordó algo.
-¿Has comentado tú que había algo que andaba por ahí agitándose en el aire? -inquirió con
la voz tensa de quien procura dominarse.
Mort reflexionó unos instantes y contestó:
-No.
-Me temo que no te estaba prestando demasiada atención.
-No tiene ninguna importancia.
Volvieron a la casa sin decirse nada más.
Cuando Mort regresó al estudio, se encontró con que la Muerte se había marchado y le había
dejado sobre el escritorio cuatro relojes de arena. El enorme libro de cuero estaba sobre el
atril, cerrado con llave.
Debajo de los relojes había una notita.
Mort se había imaginado que la Muerte tendría una letra estilo gótico, o angular como las
piedras sepulcrales, pero en realidad, la Muerte había estudiado un tratado clásico de grafología
antes de elegir un estilo y había adoptado uno que indicaba una personalidad equilibrada y
bien adaptada.
La nota decía así:
Me he ido a pescar. Hay una ejecución en Pseudópolis, una muerte natural en Krull, una
caída mortal en los Montes Carrick y una fiebre intermitente en Ell-Kinte. Tómate el resto del
día libre.
Mort creyó que la historia iba por ahí revolviéndose como una guindaleza de acero destensada,
que entre tañidos recorría la realidad en grandes movimientos destructivos.
La historia no es así. La historia se va deshaciendo despacio, como un jersey viejo. Le han
puesto parches y la han zurcido muchas veces, la han vuelto a tejer al gusto de diferentes personas,
la han metido en una caja, debajo del fregadero de la censura para acabar cortada a
trozos para hacer de trapo de la propaganda, y sin embargo, al final, siempre logra recobrar su
antigua forma. La historia tiene la costumbre de cambiar a las personas que se creen que la
están cambiando a ella. La historia siempre se guarda unos cuantos ases en la manga gastada.
Hace mucho tiempo que anda dando vueltas.
He aquí lo que ocurría:
El guadañazo mal aplicado de Mort había partido a la historia en dos realidades separadas.
En la ciudad de Sto Lat, la princesa Keli seguía gobernando, con un cierto grado de dificultad y
con la ayuda a jornada completa del Reconocedor Real, al que incluyó en la nómina cortesana
con el deber de recordar que ella existía. Sin embargo, en las tierras exteriores, más allá de la
llanura, en las Montañas del Carnero, alrededor del Mar Circular y todo el trecho hasta la Periferia,
seguía dominando la realidad tradicional, para la cual, la princesa estaba definitivamente
muerta, el duque era el rey y el mundo discurría sosegadamente de acuerdo con el plan, cualquiera
que éste fuese.
5Los enamorados más famosos del Disco fueron, sin lugar a dudas, Mellius y Gretelina,
cuyos apasionados y encendidos amoríos habrían chamuscado las páginas de la
historia si, por un inexplicable capricho del destino, no hubieran nacido con doscientos
años de diferencia, en continentes bien alejados el uno del otro. Sin embargo, los dioses
se apiadaron de ellos y a él lo convirtieron en una tabla de planchar** y a ella, en un
pequeño noray de bronce.
** Cuando se es un dios, no es preciso aportar argumentos.
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La cuestión es que ambas realidades eran ciertas.
El horizonte de acontecimientos históricos se encontraba en aquel momento a unos treinta
kilómetros de la ciudad, y todavía no era demasiado visible. Ello se debía a que… bueno…
digamos que la diferencia de presiones históricas no era todavía muy grande. Pero iba en aumento.
Sobre los húmedos campos de coles había en el aire una especie de tenue resplandor y
un ligero chisporroteo como de langostas friéndose.
Las personas no alteran la historia, del mismo modo que los pájaros no alteran el cielo y sólo
se limitan a describir en él breves diseños. Centímetro a centímetro, implacable como un
glaciar y mucho más fría, la realidad verdadera regresaba, aplastante, hacia Sto Lat.
Mort fue el primero en darse cuenta.
Había sido una larga tarde. El montañero se había aferrado a su helado asidero hasta el último
momento y el condenado había llamado a Mort lacayo del estado monárquico. Sólo la
anciana de ciento tres años, que había acudido a recibir su recompensa rodeada de sus pesarosos
parientes, le había sonreído y le había dicho que lo veía un poco pálido.
El sol del Disco se acercaba al horizonte cuando Binky galopó cansadamente por los cielos,
sobre Sto Lat, y Mort miró hacia abajo y vio los límites de la realidad. Se curvaba en la distancia,
cual una media luna de leve bruma plateada. Ignoraba de qué se trataba, pero tuvo el horrible
presentimiento de que tenía algo que ver con él.
Refrenó al caballo y dejó que trotase despacio hacia el suelo hasta posarse a unos metros
detrás del muro de aire iridiscente. Avanzaba más o menos a paso de hombre, siseando suavemente
al flotar como un fantasma por los desnudos campos de coles y las heladas acequias.
Hacía una noche helada, el tipo de noche en el que la escarcha y la niebla luchan por prevalecer
y en el que todos los sonidos quedan amortiguados. El aliento de Binky formaba fuentes
de nubes en el aire quieto. Relinchó suavemente, como pidiendo disculpas, y se puso a piafar.
Mort desmontó y se acercó, sigiloso, hasta la zona de contacto. Crujía ligeramente. Por toda
su extensión centelleaban extrañas formas que fluían, se movían y desaparecían.
Después de una breve búsqueda encontró un palo y con él tocó cuidadosamente el muro.
Formó extrañas ondas que se bambolearon despacio hasta desaparecer.
Mort miró hacia lo alto justo cuando una silueta pasaba volando. Era un búho negro que patrullaba
por las acequias en busca de algo pequeño y chillón.
Fue a golpear contra el muro, levantó una ola de niebla chisporroteante que dejó unos rizos
con forma de búho y éstos, a su vez, crecieron y se desperdigaron hasta unirse con el hirviente
calidoscopio.
Después, desapareció. Mort lograba ver a través de la transparente zona de contacto, y estaba
seguro de que al otro lado no había vuelto a aparecer ningún búho. Cuando intentaba
buscarle una explicación al fenómeno, a pocos metros de allí oyó otro chapoteo sordo y el ave
volvió a aparecer, con toda tranquilidad, para alejarse por los campos en vuelo rasante.
Mort se tranquilizó y atravesó la barrera, que en realidad no era tal. Le produjo un hormigueo.
Momentos después, Binky la atravesó también y fue tras él, con los ojos desorbitados por la
desesperación y zarcillos de la zona de contacto prendidos a los cascos. Retrocedió, sacudió
las crines como un perro para quitarse las fibras de bruma que se le habían pegado y miró a
Mort, implorante.
Mort lo agarró por la brida, le dio unas palmaditas en la nariz, buscó en el bolsillo y sacó un
terrón de azúcar mugriento. Sabía que se encontraba ante algo importante, pero todavía no
estaba seguro de qué se trataba.
Entre una avenida de sauces húmedos y tristes, había un camino. Mort volvió a montar y
cruzó el campo, internándose en la goteante oscuridad que había bajo las ramas.
A lo lejos vio las luces de Sto Helit, que en realidad no era más que un pueblecito, y el débil
fulgor que se apreciaba por el rabillo del ojo debía de ser Sto Lat. Se la quedó mirando con
añoranza.
La barrera lo tenía preocupado. Alcanzaba a ver como se arrastraba por el campo, detrás
de los árboles.
Mort se disponía a espolear a Binky para que volviera a elevarse en el aire cuando a lo lejos
vio una luz cálida y atrayente. Provenía de las ventanas de un edificio grande, apartado del
camino. Con toda probabilidad se trataría de una luz alegre, pero en aquel ambiente y comparada
con el humor de Mort, resultaba positivamente extática.
Cuando se acercó más, vio unas sombras que se movían contra ella, y distinguió trozos de
una canción. Se trataba de una posada en cuyo interior había gente que se lo estaba pasando
bien, o lo que se considera pasárselo bien cuando se es un campesino que dedica la mayor
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parte de su tiempo a preocuparse por un campo de coles. Comparado con las brássicas, prácticamente
cualquier cosa es divertida.
Allí dentro había seres humanos, que se dedicaban a cosas humanas y sencillas como emborracharse
y olvidarse de la letra de las canciones.
Mort nunca había sentido una nostalgia verdadera por su casa, tal vez porque había tenido
la mente muy ocupada con otras cosas. Pero la sintió entonces, por primera vez; era una especie
de añoranza por un estado de ánimo, más que por un lugar; echaba de menos el ser un
humano corriente, con preocupaciones simples, como el dinero, la salud y otras personas…
Me tomaré una copa, pensó, y tal vez después me sienta mejor. A un costado del edificio
principal había un establo abierto; llevó a Binky hasta la cálida oscuridad con olor a caballo, en
la que ya habían acomodado a otros tres equinos. Mientras Mort desataba el morral, se preguntó
si el caballo de la Muerte se sentiría igual con respecto a los demás caballos con estilos de
vida menos sobrenaturales. Comparado con los otros, que lo miraban vigilantes, tenía, sin duda,
un aspecto impresionante. Binky era todo un caballo -las ampollas que el mango de la pala
había dejado en las manos de Mort lo testimoniaban- y comparado con los otros, parecía más
real que nunca. Más sólido. Más equino. Con un tamaño ligeramente superior al natural.
De hecho, Mort estaba a punto de efectuar una importante deducción, y es una desgracia
que, al cruzar el patio en dirección a la puerta de la posada, el cartel de ésta lo distrajera. Su
dibujante no parecía excepcionalmente dotado, pero no había manera de confundir la línea de
la mandíbula de Keli, ni su masa de encendidos cabellos, en el retrato de La Cabeza de la
Reina.
Suspiró y abrió la puerta de un empellón.
Los allí reunidos dejaron de hablar como un solo hombre para lanzarle la honesta mirada rural
que sugiere que por un alfiler son capaces de golpearte en la cabeza con una pala y enterrar
tu cadáver debajo de la pila de abono cuando hay luna llena.
Tal vez sería conveniente echarle otro vistazo a Mort, porque en los últimos capítulos ha
cambiado mucho. Por ejemplo, aunque sigue teniendo abundancia de rodillas y codos, éstos
parecen haber emigrado a sus lugares normales, y ya no se mueve como si sus articulaciones
estuvieran mal sujetas con banditas elásticas. Antes tenía aspecto de no saber nada de nada;
pues ahora tiene aspecto de saber demasiado. Hay algo en sus ojos que sugiere que ha visto
cosas que la gente corriente jamás ve, o al menos no ve más que una vez.
Hay algo en el resto de su persona que sugiere a quien lo mire que causar un inconveniente
a este muchacho podría llegar a ser tan acertado como patear un avispero. En pocas palabras,
Mort ya no tiene aspecto de que lo hayan arrastrado por los suelos con cierta asiduidad.
El propietario aflojó la mano en la que empuñaba la recia porra pacificadora de endrino que
guardaba debajo de la barra y recompuso el gesto para que se asemejase a una alegre sonrisa
de bienvenida, aunque no demasiado.
-Buenas noches, señoría -saludó-. ¿Qué le place en una noche de heladas como ésta?
-¿Qué? -inquirió Mort parpadeando bajo la luz.
-Os pregunta qué os apetece beber -le aclaró un hombrecito con cara de hurón, sentado
junto al fuego, al tiempo que le lanzaba una de esas miradas que lanza un carnicero al ver un
campo lleno de corderos.
-Hum. No lo sé -respondió Mort-. ¿Vendéis destilado de estrellas?
-La primera vez que lo oigo nombrar, señoría.
Mort miró a su alrededor, a las caras que lo observaban, iluminadas por la luz del fuego. Era
la clase de gente a la que generalmente se denomina la sal de la tierra. En otras palabras, eran
duros, cuadrados y malos para la salud, pero Mort estaba demasiado preocupado como para
percatarse de ello.
-¿Qué bebe entonces la gente de por aquí? El propietario miró de soslayo a sus parroquianos,
toda una proeza teniendo en cuenta que se encontraban directamente delante de él.
-Pues veréis, señoría, preferentemente, aquí bebemos esfumino.
-¿Esfumino? -repitió Mort sin notar las risotadas apagadas.
-Sí, señoría. Se hace con manzanas. Principalmente con manzanas.
A Mort aquello le pareció bastante saludable y dijo:
-Está bien. Una pinta de esfumino, pues.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó la bolsa de oro que la Muerte le había dado. Seguía
bastante llena. En el silencio repentino que se había hecho en la posada, el tintineo de las monedas
sonó como los legendarios Gongs de Bronce de Leshp, que pueden oírse mar adentro
en noches de tempestad, mientras las corrientes los agitan en sus torres sumergidas a trescientas
brazas bajo el agua.
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-Y por favor, sirve a estos señores lo que deseen -añadió.
Se sintió tan abrumado por el coro de gracias que no se percató de que a sus nuevos amigos
les servían la bebida en copas diminutas como dedales, mientras que la de él apareció en
una gran jarra de madera.
Son muchas las historias que se cuentan sobre el esfumino, y cómo se hace en los húmedos
pantanos, siguiendo antiquísimas recetas transmitidas de padres a hijos de un modo más
bien irregular. No es cierto lo que se dice de las ratas, o las cabezas de serpientes, o el chorro
de plomo. Y la que habla de la oveja muerta es un perfecto invento. Podemos descartar todas
las variantes de la que habla del botón de pantalón. Pero la que recomienda no permitir que
entre en contacto con metales es absolutamente cierta, porque cuando el propietario, con todo
descaro, le devolvió a Mort menos cambio del que le correspondía, y dejó caer un montoncito
de cobre en un charco de la bebida, de inmediato, el metal comenzó a soltar espuma. Mort
husmeó su copa y luego tomó un sorbo. Sabía un poco a manzana, un poco a mañanas de
otoño, y mucho al fondo de una pila de leños. Sin embargo, como no quería parecer irrespetuoso,
bebió un sorbo.
Los parroquianos lo miraban fijamente mientras iban contando por lo bajo.
Mort notó que esperaban algo de él.
-Está bueno -dijo-, muy refrescante. -Bebió otro sorbo y agregó-: Un sabor al que hay que
acostumbrarse, pero estoy seguro de que merece la pena.
Entre los parroquianos que estaban más alejados se oyeron uno o dos murmullos de descontento.
-Seguro que ha bautizado el esfumino.
-Qué va, ya sabes lo que ocurre si permites que una gota de agua toque el esfumino.
El propietario trató de no prestar atención a los comentarios y dirigiéndose a Mort con el
mismo tono de voz que utilizaron para preguntarle a san Jorge «¿Que has matado un qué?»,
inquirió:
-¿Os gusta?
-Es bastante fuerte -repuso Mort-. Y sabe un poco a nueces.
-Disculpadme -dijo el propietario y con suavidad le quitó la jarra a Mort. La husmeó y luego
se enjugó los ojos.
-¡Uuuaagh! -exclamó-. Es esfumino, no cabe duda.
Miró al muchacho con una expresión rayana en la admiración. No era porque se hubiera
bebido la tercera parte de una pinta de esfumino, sino porque seguía en pie y aparentemente
con vida. Le devolvió la jarra: fue como si le entregasen a Mort un trofeo después de una competición
increíble. Cuando el muchacho volvió a beber un buen sorbo, varios de los presentes
hicieron una mueca de dolor. El propietario se preguntó de qué estarían hechos los dientes de
Mort y decidió que tenían que ser del mismo material que su estómago.
-¿Por casualidad no seréis hechicero? -preguntó por si las moscas.
-No, lo siento. ¿Debería serlo?
No me lo parecía, pensó el propietario, porque no camina como un hechicero y además, no
fuma nada. Volvió a mirar la jarra de esfumino.
Había allí algo extraño. Había algo extraño en aquel muchacho. No tenía el aspecto adecuado.
Parecía… más sólido de lo debido.
Aquello era una ridiculez, por supuesto. La barra era sólida, el suelo era sólido, los parroquianos
eran tan sólidos como se podía desear. Sin embargo Mort, ahí de pie, con cara de
incomodidad, mientras bebía un líquido con el que se podían pulir cucharas, daba la impresión
de despedir una solidez particularmente potente, una dimensión de realidad extra. Su pelo era
más pelo, su ropa más ropa, sus botas, el epítome del calzado. De sólo mirarlo le entraba a
uno dolor de cabeza.
Sin embargo, Mort demostró entonces que, al fin y al cabo, era humano. La jarra se le deslizó
de los dedos lastimados y con estrépito cayó sobre las baldosas, donde los restos de esfumino
comenzaron a corroerlas. Señaló hacia la pared más alejada mientras abría y cerraba la
boca sin poder articular palabra.
Los parroquianos volvieron a sus conversaciones y a zamparse la comida, tranquilos después
de haber comprobado que las cosas iban como debían ir; Mort se comportaba ya de un
modo perfectamente normal. El propietario, aliviado por el hecho de que la infusión hubiera sido
vengada, tendió la mano por encima de la barra y lo palmeó en el hombro con gesto sociable.
-Tranquilo -le dijo—. A todo el mundo le produce este efecto, tendréis jaqueca durante unas
cuantas semanas, pero no le deis importancia, un traguito de esfumino y se os pasará todo.
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Es bien sabido que el mejor remedio para curar una resaca de esfumino es una copita de lo
mismo para reanimarse, aunque sería más exacto decir para sacudirse, para convulsionarse y
quedar como si le hubieran pasado a uno por encima con una aplanadera.
Pero Mort se limitó a continuar señalando y con voz temblorosa dijo:
-¿Lo veis? ¡Viene a través de la pared! ¡Está traspasando la pared!
-Son muchas las cosas que atraviesan las paredes después de la primera copa de esfumino.
Generalmente, son verdes y peludas.
-¡Es la bruma! ¿No oís como chisporrotea?
-Una bruma que chisporrotea, ¿eh?
El propietario miró hacia la pared: estaba vacía, a excepción de unas cuantas telarañas, y
carecía de todo misterio. La urgencia que se apreciaba en la voz de Mort lo perturbó. Habría
preferido los acostumbrados monstruos cubiertos de escamas. Con ellos, uno sabía a qué atenerse.
-¡En este momento cruza la habitación! ¿Es que no la sentís?
Los parroquianos se miraron. Mort les causaba inquietud. Más tarde, uno o dos de ellos
admitirían que sintieron algo, parecido a un gélido escozor, porque podía haberse tratado de
indigestión.
Mort retrocedió y se agarró a la barra. Se estremeció.
-Venga ya -dijo el propietario-, sabemos lo que son las bromas pero…
-¡Antes llevabas puesta una camisa verde! El propietario se miró. Y con un ligero tono aterrorizado,
inquirió:
-¿Antes de qué?
Para sorpresa suya, y antes de que su mano hubiese completado el subrepticio viaje hacia
la porra de endrino, Mort se había abalanzado sobre la barra y lo había aferrado por el delantal.
-Tienes una camisa verde, ¿no? ¡La he visto, tenía botoncitos amarillos!
-Pues… sí. Tengo dos camisas. -El propietario intentó erguirse un poco y añadió-: Soy un
hombre de recursos. Pero hoy no me la he puesto.
No quería saber cómo se había enterado Mort del detalle de los botones.
Mort lo soltó y giró en redondo.
-¡Están todos sentados en sitios diferentes! ¿Dónde está el hombre que estaba sentado junto
al fuego? ¡Lo han cambiado todo!
Salió corriendo, atravesó la puerta y de fuera le llegó un grito ahogado. Volvió a entrar con
los ojos desorbitados y se enfrentó al horrorizado grupo.
-¿Quién ha cambiado el cartel? ¡Alguien ha cambiado el cartel! El propietario se pasó nerviosamente
la lengua por los labios.
-¿Después de que muriera el viejo rey, queréis decir? La mirada de Mort lo dejó helado, los
ojos del muchacho eran dos negras lagunas de terror.
-¡Quiero decir el nombre!
-Veréis… es que ha sido siempre el mismo -replicó el hombre y, desesperado, miró a sus
clientes en busca de apoyo-. ¿No es así, muchachos? La Cabeza del Duque.
Se oyó un coro de murmullos de conformidad.
Mort miró a todos y a cada uno, visiblemente estremecido. Luego se dio la vuelta y volvió a
salir corriendo.
Los allí presentes oyeron el golpetear de unos cascos en el patio, que se fue haciendo cada
vez más tenue hasta desaparecer por completo, como si el caballo acabara de abandonar la
faz de la tierra.
En el interior de la posada, reinaba el silencio. Los hombres procuraban no mirarse. Ninguno
de ellos quería ser el primero en reconocer lo que creían que acababan de presenciar.
De modo que le correspondió al propietario cruzar con paso inseguro la habitación, tender la
mano y palpar la familiar superficie de madera de la puerta. Era sólida, íntegra, tenía todo lo
que una puerta ha de tener.
Todos habían visto a Mort atravesarla tres veces. Sin abrirla.
Binky pugnó por ganar altura, elevándose prácticamente en vertical, mientras con los cascos
hendía el aire y el aliento partía de él dejando un rastro de vapor rizado. Mort se sujetó con
manos y rodillas, pero principalmente con fuerza de voluntad, y sepultó la cara en las crines del
caballo. No miró hacia abajo hasta que el aire que lo rodeaba se tornó helado y transparente
como salsa de asilo de pobres.
En lo alto, las Luces del Eje fluctuaban silenciosas, por el cielo invernal. Abajo… un plato
vuelto al revés, de varios kilómetros de diámetro, plateado por la luz de las estrellas. Alcanzó a
ver que estaba salpicado de luces. Y que las nubes lo cruzaban.
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No. Observó con cuidado. Las nubes iban entrando en él, y había nubes en él, pero las nubes
de dentro eran más delicadas y se movían en una dirección ligeramente distinta y, de hecho,
no parecían tener demasiado en común con las nubes de fuera. Había algo más…. ah, sí,
las Luces del Eje. Le daban a la noche que se encontraba fuera del hemisferio fantasmal una
ligera tonalidad verdosa, pero debajo del domo no había señales de ella.
Era como mirar un trozo de otro mundo, casi idéntico, que hubiera sido injertado en el Disco.
El clima era allí ligeramente distinto, y esa noche, las Luces no se veían.
Y al Disco aquello no le sentaba bien, y lo rodeaba para empujarlo de vuelta a la inexistencia.
Desde la altura donde se encontraba, Mort no notaba que iba empequeñeciendo, pero el
oído de la mente logró oír el chisporroteo de langosta que soltaba aquella cosa mientras avanzaba
aplastante, dejándolo todo tal como debía ser. La realidad se estaba curando.
Sin necesidad de pensar en ello, Mort supo quién se encontraba en el centro del domo. Resultaba
evidente, incluso desde semejante altura, que estaba firmemente centrado sobre Sto
Lat.
Trató de no pensar en lo que ocurriría cuando el domo se hubiera reducido al tamaño de un
cuarto, y luego al de una persona, y luego al de un huevo. No lo logró.
La lógica le habría dicho a Mort que allí estaba su salvación. Un par de días más y el problema
se habría resuelto solo; los libros de la biblioteca volverían a estar bien; el mundo habría
vuelto a recuperar su forma como un vendaje elástico. La lógica le habría dicho que interferir en
el proceso por segunda vez no haría más que empeorar las cosas. La lógica le habría dicho
todo eso, si ella no se hubiera tomado también la noche libre.
En el Disco, la luz viaja bastante despacio, debido al efecto de freno que en ella ejerce el
inmenso campo mágico, y en aquellos momentos la parte de la Periferia que contenía la isla de
Krull se encontraba directamente debajo de la órbita solar, y por lo tanto, todavía eran las primeras
horas del atardecer. Hacía bastante calor, además, puesto que la Periferia absorbe más
calor y disfruta de un suave clima marítimo.
De hecho, Krull, que posee una gran parte de lo que, a falta de un término mejor, ha dado
en llamarse costa, dispuesta justo al borde de la Periferia, era una isla afortunada. Los únicos
krullianos nativos que no apreciaban este detalle eran aquellos que no miraban adonde iban o
los sonámbulos y, debido a la selección natural, ya no quedaban muchos. Todas las sociedades
poseen un cierto número de marginados o seres periféricos, pero en Krull jamás tenían
ocasión de volver a incorporarse al montón.
Terpsic Mims no era un marginado ni un periférico. Era un pescador de caña. Hay una diferencia:
pescar con caña es más caro. Pero Terpsic era feliz. Observaba cómo se bamboleaba
despacio un corcho con una pluma prendida en las calmas aguas plagadas de juncos del río
Hakrull, y tenía la mente casi en blanco. Lo único que hubiera podido estropearle el humor era
llegar a coger un pescado, porque coger pescados era la única cosa de pescar con caña que
realmente temía. Eran unos bichos fríos, resbaladizos y miedosos que le ponían los nervios de
punta, y Terpsic no tenía los nervios en muy buen estado.
Siempre y cuando no pescara nada, Terpsic Mims era uno de los pescadores de caña más
felices del Disco, porque el río Hakrull se encontraba a siete kilómetros de su casa, y por lo
tanto, a siete kilómetros de la señora Gwladys Mims, con la que había disfrutado seis meses de
feliz vida matrimonial. De eso hacía unos veinte años.
Terpsic no prestaba una atención indebida cuando otro pescador de caña hacía acto de
presencia y ocupaba un puesto en la orilla. Evidentemente, algunos pescadores se habrían
opuesto a semejante violación de la etiqueta, pero según las reglas de Terpsic, todo aquello
que redujera sus posibilidades de pescar uno de esos malditos bichos estaba bien.
Por el rabillo del ojo, notó que el recién llegado pescaba con moscas, pasatiempo interesante
que Terpsic había rechazado porque al final, uno acababa dedicando demasiado tiempo en
casa para preparar el equipo.
Nunca había visto pescar con moscas de aquella manera. Había moscas húmedas y moscas
secas, pero aquella mosca cayó al agua lanzando un quejido de diente de sierra y arrancó
al pescado de las aguas, pero por la cola.
Terpsic observaba sumido en una fascinación aterrada mientras la figura borrosa que se
encontraba detrás de los sauces lanzaba la caña una y otra vez. El agua hirvió cuando toda la
población fluvial pugnó por apartarse del camino de aquel terror zumbante y, por desgracia,
presa de la confusión, un lucio grande y enloquecido mordió el anzuelo de Terpsic.
En un momento dado, estaba de pie en la orilla, y al momento siguiente se vio en una oscuridad
verdosa y resonante, soltando burbujas al respirar y viendo como su vida pasaba veloz
ante sus ojos; incluso en el momento de ahogarse, sintió horror ante la idea de tener que conTerry
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templar el período que iba desde su boda hasta el presente. Al pensar que Gwladys pronto se
quedaría viuda, se alegró un poco. De hecho, Terpsic siempre había tratado de ver el lado positivo
de las cosas, y mientras se hundía en el fango, agradecido, cayó en la cuenta de que a
partir de aquel momento su vida sólo podía mejorar…
Y una mano lo agarró de los cabellos y lo arrastró a la superficie, que de repente le resultó
dolorosísima. Unas espantosas manchas negras y azules le flotaron delante de los ojos. Le
ardían los pulmones. La garganta era un tubo de dolor.
Unas manos -manos frías, gélidas, manos que parecían un guante lleno de dados- lo remolcaron
por el agua y lo dejaron tendido en la orilla donde, después de unos deportivos intentos
por continuar ahogándose, al final acabaron por intimidarlo hasta devolverlo a lo que pasaba
por ser su vida.
Terpsic se enfadaba raras veces, porque Gwladys no lo aprobaba. Pero se sintió traicionado.
Había nacido sin que lo consultaran, se había casado porque Gwladys y su suegro se habían
encargado de ello, y le habían arrebatado groseramente el único logro humano exclusivamente
suyo. Segundos antes, todo había sido simple. En ese momento, todo volvía a ser complicado.
Claro que no quería morirse. Los dioses eran muy estrictos en el tema del suicidio. Pero él
no había querido que lo rescataran.
Con los ojos enrojecidos y el rostro convertido en una máscara de limo y lentejas de agua,
escudriñó la silueta borrosa que se erguía sobre él y gritó:
-¿Para qué tuviste que salvarme?
La respuesta lo preocupó. Pensó en ella durante todo el trayecto de regreso a su casa, a pie
y chapoteando. Descansó en el fondo de la mente mientras Gwladys se quejaba del estado en
que le había quedado la ropa. Le dio vueltas por la cabeza como una ardilla inquieta mientras
estuvo sentado junto al fuego estornudando con aire culpable, porque la enfermedad era otra
de las cosas que Gwladys no aprobaba. Mientras descansaba temblando en la cama, se instaló
en sus sueños como un iceberg. Presa de la fiebre, murmuró:
-¿Qué habrá querido decir con eso de «PARA MÁS ADELANTE»?
Las antorchas ardían en la ciudad de Sto Lat. Escuadrones enteros de hombres tenían el
encargo de renovarlas constantemente. Las calles brillaban. Las llamas chisporroteantes impedían
el avance de las sombras que, durante siglos, se habían pasado todas las noches irreprochablemente
metidas en sus propios asuntos. Iluminaban antiguos rincones donde los ojos de
las ratas sorprendidas relucían desde las profundidades de sus agujeros. Obligaban a los ladrones
a quedarse en casa. Fulguraban sobre las brumas nocturnas, formando un halo de luz
amarillenta que ocultaba las altas y frías llamas que se elevaban desde el Eje. Pero brillaban
sobre todo en el rostro de la princesa Keli.
Estaba en todas partes. Cubría todas las superficies planas. Binky avanzaba a medio galope
por las calles iluminadas, entre princesas Keli fijadas a puertas, paredes y extremos de gabletes.
Mort se quedó boquiabierto al ver los carteles de su amada en cada una de las superficies
en las que los obreros habían logrado que el engrudo pegara.
Pero lo más extraño de todo era que nadie parecía prestarles demasiada atención. Si bien
la vida nocturna de Sto Lat no era tan pintoresca y llena de vicisitudes como la de Ankh-
Morpork, del mismo modo que una papelera no puede competir con un vertedero municipal, en
las calles, no obstante, había un gran gentío y se oían los gritos de buhoneros, apostadores,
vendedores de dulces, trileros, damas de citas, carteristas y el honesto mercader ocasional que
se había metido allí por error y que no lograba reunir el dinero suficiente para marcharse. Mientras
Mort cabalgaba por estas calles, flotando en el aire, llegaban a sus oídos retales de conversaciones
en media docena de lenguas; petrificado de pavor, advirtió que las entendía todas.
Finalmente, desmontó y condujo al caballo por la calle del Muro, buscando en vano la casa
de Buencorte. La encontró sólo porque un bulto que se apreciaba en el cartel más próximo
hacía unos ruidos amortiguados que sonaban a maldiciones.
Tendió la mano cuidadosamente y arrancó una tira de papel.
-Muchaf graciaf -dijo el llamador con forma de gárgola-. ¡Hay que ver para creer! La vida
difcurre normalmente y fin que tú te def cuenta, van y te llenan la boca de engrudo.
-¿Dónde está Buencorte?
-Fe ha marchado a palacio. -El llamador lo miró, socarrón, y guiñó un ojo de hierro forjado-.
Vinieron unof hombref y fe llevaron todaf fuf cofaf. Defpuéf, otrof hombref empezaron a pegar
cartelef de fu novia por todaf partef. Cabronef.
Mort se puso rojo.
-¿Su novia?
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El llamador, que tenía antecedentes demoníacos, soltó una risita al oír el tono de Mort, que
sonó igual que las uñas al rascar una lima.
-Fí -repuso-. Y fi me lo preguntaf, parecía que llevaban mucha prifa.
Mort ya se había montado a lomos de Binky.
-¡Ey! -gritó el llamador cuando Mort ya se iba alejando-. ¡Ey, muchacho! ¿No podríaf defpegarme?
Mort tiró con tanta fuerza de las riendas de Binky que el caballo reculó sobre los adoquines
y bailoteó como enloquecido, después tendió la mano y agarró el aro del llamador. La gárgola
levantó la mirada y contempló la cara de Mort, y súbitamente, se sintió como un llamador realmente
aterrado. Los ojos de Mort brillaban como crisoles, su expresión era un horno, su voz
contenía calor suficiente como para derretir el hierro. El llamador ignoraba de qué sería capaz
el muchacho, pero prefirió no averiguarlo.
-¿Cómo me has llamado? -siseó Mort. El llamador pensó velozmente y repuso:
-¿Feñor?
-¿Qué me has pedido que hiciera?
-¿Defpegarme?
-No tengo intención de hacerlo.
-Eftupendo -replicó el llamador-. Eftupendo. Por mí, de acuerdo. Puef afí me quedo.
Se quedó mirando como Mort se alejaba al galope por la calle y se estremeció, aliviado, al
tiempo que se golpeaba suavemente de puro nervioso.
-Te has librado por uuun peelo -le dijo una de las bisagras.
-¡Fierra el pico!
Mort pasó delante de serenos cuya misión consistía entonces en tañer unas campanas y
gritar el nombre de la princesa, pero con una cierta incertidumbre, como si les costara recordarlo.
No les hizo caso, porque iba ocupado, escuchando las voces que en el interior de su cabeza
decían:
Sólo te ha visto una vez, tonto. ¿Por qué iba ella a ocuparse de ti?
Sí, pero le he salvado la vida.
Eso significa que le pertenece a ella. No a ti. Además, él es hechicero.
¿Y qué? Se supone que los hechiceros no… no salen con muchachas, son aljibes…
¿Aljibes?
Que nunca hacen ya sabes tú qué…
¿Cómo, nunca hacen ya sabes tú qué?, dijo la voz interna y sonó como si se riera con malicia.
Se supone que no va bien para la magia, pensó Mort amargamente.
Vaya sitio para guardar la magia.
Mort estaba asombrado y exigió saber:
¿Quién eres?
Soy tú, Mort. Tu yo interno.
Ya, ojalá pudiera salirme de mi cabeza, ya está bastante atestada teniéndome a mí dentro.
Se comprende, dijo la voz, yo sólo intentaba ayudarte. Pero recuerda una cosa, si alguna
vez te necesitas, estás siempre a mano.
La voz se apagó.
En fin, pensó Mort con amargura, ése debo de haber sido yo. Soy el único que me dirijo a
mí mismo llamándome Mort.
La sorpresa que le causó descubrir su propia voz interior oscureció el hecho de que, mientras
iba concentrado en ese monólogo, había atravesado a caballo las puertas del palacio. Evidentemente,
todos los días la gente atravesaba a caballo las puertas del palacio, pero casi todo
el mundo necesitaba que antes se las abriesen.
Los guardias que se encontraban del otro lado se quedaron tiesos de pavor, porque creían
haber visto un fantasma. Su pavor habría sido mayúsculo de haberse enterado de que lo que
habían visto no era precisamente un fantasma.
El guardia que se hallaba ante las puertas del gran salón había presenciado lo mismo, pero
le dio tiempo de recobrar el juicio, al menos el poco que le quedaba, para levantar la lanza justo
en el momento en que Binky cruzaba el patio al trote.
-Alto -gruñó-. Alto. ¿Quién vive? Mort lo vio entonces por primera vez.
-¿Cómo? -inquirió sumido aún en sus pensamientos. El guardia se pasó la lengua por los
labios resecos y retrocedió. Mort desmontó de Binky y avanzó.
-He dicho quién vive -insistió el guardia, con una mezcla de obstinación y estupidez suicida
que lo hacían merecedor de una promoción temprana.
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Mort aferró suavemente la lanza y la apartó de la puerta. Al hacerlo, la luz de la antorcha le
iluminó el rostro.
-Mort -repuso en voz baja.
Un soldado normal habría considerado aquello como suficiente, pero este guardia tenía madera
de funcionario.
-¿Amigo o enemigo? -tartamudeó rehuyendo la mirada de Mort.
-¿Qué prefieres tú que sea? -inquirió Mort con una sonrisa. No se parecía mucho a la sonrisa
de su ama, pero resultó bastante efectiva, y no había en ella ni pizca de humor. El guardia
respiró aliviado y se hizo a un lado.
-Pasa, amigo -le dijo.
Mort cruzó el vestíbulo a grandes zancadas y se dirigió a la escalera que conducía a los
aposentos reales. El vestíbulo había cambiado mucho desde la última vez que lo viera. Por
todas partes había retratos de Keli; ocupaban el lugar de los antiguos y deteriorados estandartes
de batalla en las oscuras alturas del techo. A todo aquel que caminara por el palacio le habría
resultado imposible dar más de dos pasos sin ver un retrato. Una parte de la mente de
Mort se preguntó por qué, del mismo modo que otra parte se preocupaba por el domo ondulante
que lentamente iba cerrándose sobre la ciudad, pero la mayoría de su mente era un fulgor
caliente y humeante de ira, asombro y celos. Pensó entonces que Ysabell debía de tener razón,
aquello era amor.
-¡El muchacho que atraviesa paredes!
Levantó la cabeza de golpe. Buencorte se encontraba de pie, en lo alto de la escalera.
El mago también había cambiado mucho, pensó Mort amargamente. Aunque quizá no tanto.
A pesar de que vestía una túnica blanca y negra con lentejuelas bordadas, a pesar de que su
sombrero en punta medía como un metro y estaba decorado con más símbolos místicos que
una lámina de dentista, y a pesar de que sus zapatos de terciopelo rojo llevaban hebillas plateadas
y unas puntas que se enroscaban como caracoles, en el cuello tenía aún unas cuantas
manchas y aparentemente iba mascando algo.
Observó a Mort mientras subía la escalera en dirección a él.
-¿Estás enfadado por algo? -le preguntó-. Había empezado con lo tuyo, pero después me
lié con otras cosas. Resulta muy difícil atravesar… ¿por qué me miras de ese modo?
-¿Qué haces aquí?
-Podría hacerte la misma pregunta. ¿Te apetece una fresa? Mort echó un vistazo a la cestita
de madera que el mago llevaba en sus manos.
-¿En pleno invierno?
-En realidad son coles de Bruselas con un toque de magia.
-¿Y saben a fresas?
Buencorte lanzó un suspiro y contestó:
-No, saben a coles de Bruselas. El encantamiento no es del todo eficaz. Pensé que así la
princesa se animaría, pero me las lanzó a la cara. Es una pena tirarlas. Anda, sírvete.
Mort lo miró boquiabierto.
-¿Te las lanzó a la cara?
-Y me temo que con mucha puntería. Es una jovencita muy decidida.
Hola, dijo una voz desde el fondo de la mente de Mort, soy tú otra vez, que te hace ver que
las posibilidades de que la princesa contemple siquiera el tú sabes qué con este tipo, son de lo
más remotas.
Vete, pensó Mort.
Empezaba a preocuparle su subconsciente. Al parecer, disponía de una línea directa con
partes de su cuerpo que, en ese momento, él quería olvidar.
-¿Por qué estás aquí? -preguntó en voz alta-. ¿Tiene algo que ver con todos estos retratos?
-Una buena idea, ¿no te parece? -comentó Buencorte con una amplia sonrisa-. Es algo que
me enorgullece bastante.
-Perdona -dijo Mort débilmente-. He tenido un día agotador. Creo que me gustaría sentarme
en alguna parte.
-Podemos ir al Salón del Trono -sugirió Buencorte-. A estas
horas de la noche no suele haber nadie allí. Todo el mundo duerme.
Mort asintió, y luego miró con suspicacia el joven hechicero.
-¿Y entonces qué haces tú levantado? -le preguntó.
-Hum -repuso Buencorte-, hum, se me ocurrió ir a ver si había algo en la despensa.
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Se encogió de hombros.6
Y ahora es el momento de informar de que también Buencorte nota que Mort, si bien se trata
de un Mort cansado por la cabalgata y la falta de sueño, despide una especie de brillo interior
que, por extraño que parezca, no tiene nada que ver con el tamaño y, en todo caso, ligeramente
superior al tamaño natural. La diferencia estriba en que, gracias al adiestramiento, a
Buencorte se le da mejor que a otros adivinar cosas y sabe que, en ocultismo, la respuesta
obvia suele ser siempre la equivocada.
Mort puede atravesar distraídamente paredes y beber matamachos puro sin emborracharse,
no porque se esté convirtiendo en fantasma, sino porque se está volviendo peligrosamente
real.
En efecto, cuando el muchacho avanza tambaleante mientras recorren los pasillos silenciosos
y atraviesa una columna de mármol sin percatarse siquiera, es evidente que, desde su
punto de vista, el mundo se está transformando en un lugar bastante insubstancial.
-Acabas de atravesar una columna de mármol -le advirtió Buencorte-. ¿Cómo lo has hecho?
-¿Ah, sí?
Mort miró a su alrededor. La columna parecía bastante sólida. Le encajó un codazo y se hizo
un ligero morado.
-Habría jurado que sí -dijo Buencorte-. Los hechiceros notamos estas cosas.
Se metió la mano en el bolsillo de la túnica.
-¿Entonces has notado el domo de bruma que rodea la comarca? -inquirió Mort.
Buencorte lanzó un chillido. Se le cayó el bote que llevaba en la mano (quedó hecho añicos
en el suelo; les llegó el olor ligeramente rancio a aliño para ensaladas).
-¿Ya?
-No sé si ya -dijo Mort-, pero hay una especie de muro chisporroteante que va avanzando
sobre la comarca y a nadie parece preocuparle y…
-¿A qué velocidad avanza?
-¡… transforma las cosas!
-¿Lo has visto? ¿A qué distancia se encuentra? ¿A qué velocidad avanza?
-Claro que lo he visto. Lo atravesé a caballo en dos ocasiones. Era como…
-Pero no eres hechicero, ¿cómo has…?
-De todos modos, ¿qué diablos haces tú aquí…? Buencorte inspiró hondo y gritó:
-¡Todo el mundo a callar!
Se produjo un silencio. Luego, el hechicero aferró a Mort del brazo y tirando de él le dijo:
-Vamos. -Y volvieron atrás por el pasillo-. No sé bien quién eres, y espero tener tiempo para
averiguarlo algún día, pero algo terrible va a ocurrir pronto y tengo la impresión de que tú estás
de algún modo implicado.
-¿Algo terrible? ¿Cuándo?
-Depende de a qué distancia se encuentre la zona de contacto y a qué velocidad avance -
respondió Buencorte, arrastrando a Mort por un pasillo lateral.
Cuando se encontraron delante de una puertecita de roble, le soltó el brazo y volvió a buscar
en el bolsillo, del que sacó un trocito de queso duro y un tomate aplastado de aspecto poco
agradable.
-Anda, aguántame esto, ¿quieres? Gracias.
Volvió a hurgar en el bolsillo, sacó una llave y abrió la puerta.
-Matará a la princesa, ¿no? -dijo Mort.
6En la despensa había encontrado medio bote de mayonesa añeja, un trozo de queso
muy pasado y un tomate cubierto de moho blanco. Dado que durante el día, la despensa
del palacio de Sto Lat contenía normalmente quince venados enteros, cien pares de perdices,
cincuenta pipas llenas de mantequilla, doscientos tarros de liebres, setenta y cinco
medias reses, algo más de media legua de salchichas surtidas, aves varias, ochenta docenas
de huevos, varios esturiones del Mar Circular, una tina de caviar y un muslo de
elefante relleno de aceitunas, Buencorte había aprendido, una vez más, que una de las
manifestaciones universales de la magia natural, en estado puro, es la siguiente: siempre
que se hace una incursión furtiva en plena noche al sitio donde se almacenan los alimentos
domésticos, no importa cuál sea el inventario de su contenido diurno, uno encontrará,
indefectiblemente, medio bote de mayonesa añeja, un trozo de queso muy pasado y
un tomate cubierto de moho blanco.
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-Sí -replicó Buencorte-, y no, a la vez. -Se detuvo con la mano en el picaporte-. Vaya, muy
perspicaz de tu parte. ¿Cómo lo sabías?
-Pues… -Mort vaciló.
-La princesa me contó una historia muy rara -dijo Buencorte.
-Ya me imagino -dijo Mort-. Si era increíble, era cierta.
-Eres tú, ¿no? ¿El ayudante de la Muerte?
-Sí. Aunque, ahora mismo, no estoy de servicio.
-Me alegra saberlo.
Buencorte cerró la puerta tras ellos y tanteó en busca de una vela. Se oyó un pop, un resplandor
de luz azulada y un gemido.
-Lo siento -se disculpó chupándose los dedos-. El hechizo del fuego. Nunca he llegado a
cogerle el truquillo.
-Esperabas que llegara el domo ése, ¿verdad? -inquirió Mort precipitadamente-. ¿Qué ocurrirá
cuando acabe de rodearnos?
El hechicero se sentó pesadamente sobre los restos de un bocadillo de beicon.
-No estoy muy seguro -repuso-. Será interesante observarlo. Pero me temo que no desde
dentro. Lo que creo que ocurrirá es que esta semana pasada no habrá existido nunca.
-¿Y ella morirá de repente?
-No lo has entendido bien. La princesa habrá llevado muerta una semana. Todo esto… -hizo
un vago ademán en el aire- no habrá ocurrido. El asesino habrá cumplido con su encargo. Tú
con el tuyo. La historia se habrá curado, se habrá cicatrizado. Todo volverá a la normalidad. Es
decir, desde el punto de vista de la historia. En realidad, no hay otro.
Mort se asomó por la estrecha ventana. Ante él, más allá del patio, en las calles iluminadas,
vio un retrato de la princesa que sonreía al cielo.
-Cuéntame lo de los retratos -le pidió a Buencorte-. Parecen obra de la hechicería.
-No estoy seguro de que funcionen. Verás, la gente empezaba a sentirse turbada y no sabía
por qué, y eso empeoraba las cosas. Sus mentes se encontraban en una realidad, y su cuerpo,
en otra. Algo muy desagradable. No lograban acostumbrarse a la idea de que la princesa seguía
viva. Creía que los retratos serían una buena idea, pero, ¿sabes?, la gente no ve las cosas
cuando sus mentes les dicen que no están allí.
-Eso te lo podría haber dicho yo -comentó Mort con amargura.
-Mandé a los pregoneros públicos salir durante el día -continuó Buencorte-. Creía que si la
gente lograba llegar a creer en ella, esta nueva realidad se convertiría en verdadera.
-¿Mmmf? -dijo Mort alejándose de la ventana-. ¿A qué te refieres?
-Verás… imaginé que si un número suficiente de personas llegaban a creer en ella, podrían
cambiar la realidad. En el caso de los dioses funciona. Si la gente deja de creer en un dios,
éste muere. Si son muchos los que creen en él, se hace más fuerte.
-No lo sabía. Tenía la impresión de que los dioses son sólo dioses.
-No les gusta que se hable del tema -dijo Buencorte revolviendo entre la montaña de libros y
pergaminos que había sobre su mesa de trabajo.
-Tal vez funcione en el caso de los dioses porque son especiales -sugirió Mort-. La gente
es… es más sólida. Con la gente no funcionaría.
-No es verdad. Supongamos que salieras de aquí y anduvieras merodeando por el palacio.
Probablemente, algún guardia te vería, pensaría que eras un ladrón y te dispararía con su ballesta.
En la realidad del guardia tú serías un ladrón. No sería cierto, pero estarías tan muerto
como si lo fuera. La fe es algo poderoso. Yo soy hechicero. Y los hechiceros sabemos de estas
cosas. Mira esto.
Sacó un libro de entre el caos que tenía ante sí y lo abrió por la loncha de beicon que utilizaba
como señal. Mort miró por encima de su hombro y frunció el ceño al ver la rizada escritura
mágica. Se movía por la página, retorciéndose y contorsionándose para que no la leyese alguien
que no fuera mago, y el efecto general era desagradable.
-¿Qué es esto?
-Es el Libro de la Magia de Alberto Malich, el Mago -repuso el hechicero-, una especie de
texto teórico sobre magia. Es mejor que no mires con demasiada fijeza a las palabras, no les
gusta. Fíjate, aquí dice…
Sus labios se movieron sin emitir sonido alguno. La frente se le perló de gotitas de sudor
que decidieron unirse y bajar todas juntas para comprobar qué hacía la nariz. Se le humedecieron
los ojos.
A muchos les gusta sentarse cómodamente con un buen libro. Pero a nadie que estuviera
en su sano juicio le gustaría sentarse cómodamente con un libro de magia, porque incluso las
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palabras aisladas tienen una vida propia, privada y vengativa, y leerlas es una especie de lucha
libre mental. Más de un joven hechicero ha intentado leer un grimorio demasiado fuerte para él,
y la gente que ha oído los chillidos ha hallado únicamente sus zapatos puntiagudos con la clásica
voluta de humo saliendo del interior y un libro que, a simple vista, parece un poco más
voluminoso. A quienes fisgonean en las bibliotecas de magia pueden llegar a ocurrirles unas
cosas que harían que, en comparación, la tortura infligida por unos monstruos de las Dimensiones
Mazmorra al arrancarte la cara fuera algo así como un ligero masaje.
Afortunadamente, Buencorte poseía una edición expurgada, en la que algunas de las páginas
más inquietantes se encontraban selladas a cal y canto (aunque en noches tranquilas, se
podía oír como las palabras aprisionadas rascaban, irritadas, en el interior de su cárcel, como
una araña atrapada en una caja de cerillas; cualquiera que se haya sentado junto a alguien que
lleva un walkman podrá imaginarse exactamente el ruido que hacían).
-Aquí está la parte que nos interesa -anunció Buencorte-. Dice aquí que incluso los dioses…
-¡Ya lo he visto antes!
-¿Qué?
Mort señaló el libro con un dedo tembloroso.
-¡A él!
Buencorte le lanzó una mirada rara y examinó la página de la izquierda. Había un retrato de
un anciano hechicero con un libro y una palmatoria en la mano, con una dignidad casi perentoria.
-No forma parte de la magia -dijo, mosqueado-, es sólo el autor.
-¿Qué dice debajo del retrato?
-Pues… dice: «Si ha disfrutado de este Libro, tal vez le interesen otros Títulos del mismo…
».
-¡Eso no, lee justo debajo del retrato!
-Está hecho. Es el viejo Malich. Todos los hechiceros lo conocen. Al fin y al cabo, fundó la
Universidad. -Buencorte lanzó una risita ahogada-. Hay una estatua famosa de él en el vestíbulo
principal, y en cierta ocasión, durante la Semana de las Bromas, me subí a ella y colgué un…
Mort se quedó mirando fijamente el retrato.
-Dime una cosa -pidió con voz queda-, ¿tenía la estatua una gotita en la punta de la nariz?
-Creo que no -respondió Buencorte-. Era de mármol. Pero no sé por qué motivo te alborotas
tanto. Hay infinidad de personas que saben qué aspecto tenía. Es famoso.
-Vivió hace muchos años, ¿verdad?
-Creo que unos dos mil. Oye, no sé por qué…
-Pero apuesto a que no se murió -aventuró Mort-. Apuesto a que un buen día desapareció y
ya está. ¿No es así?
Buencorte esperó un momento antes de contestar despacio:
-Es extraño que lo digas. Me han referido una leyenda según la cual el hombre se había metido
en cosas muy raras. Dicen que se transportó a las Dimensiones Mazmorra mientras practicaba
el Rito de CuesthiEnte de atrás para adelante. Lo único que encontraron fue su sombrero.
Algo realmente trágico. Toda la ciudad de duelo un día entero sólo por un sombrero. Para colmo,
ni siquiera era un sombrero especialmente atractivo; tenía algunas quemaduras.
-Alberto Malich -dijo Mort para sí-. ¡Qué cosas! Tamborileó con los dedos sobre la mesa,
aunque el sonido resultó sorprendentemente amortiguado.
-Lo siento -se disculpó Buencorte-, no logro pillarle el tranquillo a los bocadillos de melaza.
-Calculo que la zona de contacto avanza más o menos a paso de hombre -dijo Mort chupándose
los dedos distraídamente-. ¿Puedes detenerla con magia?
-Yo no -repuso Buencorte sacudiendo la cabeza-. Me aplastaría y me dejaría plano como
una sartén -dijo alegremente.
-¿Qué te pasará entonces cuando llegue?
-Pues volveré a vivir en la calle del Muro. Es decir, no me habré ido jamás de allí. Y todo esto
no habrá ocurrido. Aunque es una pena. Aquí cocinan bastante bien, y me lavan la ropa gratis.
Por cierto, ¿a qué distancia me has dicho que estaba?
-Calculo que a unos treinta kilómetros.
Buencorte se arremangó y movió los labios. Finalmente dijo:
-Eso quiere decir que llegará mañana alrededor de medianoche, justo a tiempo para la coronación.
-¿De quién?
-De ella.
-Pero ya es reina, ¿no?
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-En cierto modo, pero oficialmente no es reina hasta que no la coronen -sonrió Buencorte.
Sobre su rostro se proyectaban las sombras que hacía la luz de la vela. Luego añadió:
-Si quieres que te explique una forma de entenderlo, es como la diferencia que existe entre
dejar de vivir y estar muerto.
Veinte minutos antes, Mort se había sentido tan cansado que hubiera echado raíces. En ese
momento, sentía una especie de hervor en la sangre. Era algo así como la energía febril que te
asalta de madrugada y que sabes que acabarás pagando al día siguiente, alrededor del mediodía,
pero que por el momento, te impulsa a la acción, de lo contrario, los músculos corren el
riesgo de partirse de pura vitalidad.
-Quiero verla -dijo-. Si tú no puedes hacer nada, tal vez yo sí.
-Ante su puerta hay guardias -le advirtió Buencorte-. Lo digo como mera observación. Porque
ni por un minuto puedo llegar a imaginar que su presencia vaya a cambiar nada.
Era medianoche en Ankh-Morpork, pero en la gran ciudad doble la única diferencia entre la
noche y el día era… bueno, la falta de luz natural. Los mercados estaban atestados, los espectadores
continuaban apelotonados alrededor de los fosos de rameras, los subcampeones de la
eterna y bizantina guerra de bandas de la ciudad flotaban silenciosamente, corriente abajo, en
las aguas heladas del río, con pesas de plomo atadas a los pies; los traficantes de diversas
delicias ilegales, e incluso ilógicas, ejercían su comercio lateral; los ladrones robaban; en los
callejones, los cuchillos reflejaban la luz de las estrellas; los astrólogos iniciaban su jornada
laboral; y en Las Tinieblas, un sereno, que se había extraviado, tocó su campana y gritó:
-¡Las doce han daaado y sereeeaagh…!
Sin embargo, la Cámara de Comercio de Ankh-Morpork no se sentiría nada feliz si se le sugiriese
que la única diferencia entre su ciudad y un pantano es el número de patas de sus caimanes,
y en realidad, en las zonas más selectas de Ankh, que suelen encontrarse en los distritos
de colinas donde existe la posibilidad de que sople un poco de brisa, las noches son suaves
y huelen a flores de habiscinia y cecillia.
Aquella noche, en especial, olían también a salitre, porque era el décimo aniversario de la
subida al poder del Patricio,7 y había invitado a unos cuantos amigos a tomar una copa; en
este caso eran unos quinientos, y estaban lanzando fuegos artificiales. En los jardines del palacio
se oían risas y el gorjeo ocasional de la pasión; la velada acababa de llegar a esa fase interesante
en la que todo el mundo había bebido demasiado para su propio bien pero no lo suficiente
como para caer redondos. Es ese estado en el que uno hace cosas que más tarde., en
la vida, recordará con sonrojada vergüenza, como hacer sonar un silbato de papel y reírse hasta
ponerse enfermo.
De hecho, en ese momento, unos doscientos invitados del Patricio avanzaban a trompicones
ejecutando la Danza de la Serpiente, una rara costumbre folclórica de los morporkianos
que consistía en emborracharse bastante, agarrarse a la cintura de la persona que se tenía
delante y, luego, bambolearse y reírse a mandíbula batiente, mientras se formaba un cocodrilo
que iba serpenteando a través de todas las habitaciones posibles, preferentemente aquellas
con objetos frágiles, al tiempo que se lanzaba una patada leve marcando el ritmo de la música,
o al menos a tiempo de esquivar la del vecino. Esta danza había empezado media hora antes,
había pasado por todas las estancias del palacio y a ella se habían unido dos gnomos, el cocinero,
el torturador jefe del Patricio, tres camareros, un ladrón que pasaba por ahí y un dragoncito
de los pantanos.
Más o menos en mitad de la danza se encontraba el gordo lord Rodley de Quirm, heredero
de las fabulosas fincas Quirm, cuya preocupación principal en aquellos momentos se la producían
los finos dedos que le aferraban la cintura. Bajo el baño de alcohol, el cerebro intentaba
llamarle la atención.
-Oye -dijo por encima del hombro, mientras oscilaban por décima e hilarante vez por la
enorme cocina-, no me aprietes tanto, por favor.
CUÁNTO LO SIENTO.
-No pasa nada, chica. ¿Te conozco de algo? -inquirió lord Rodley pateando vigorosamente
al ritmo de la música.
NO LO CREO PROBABLE. DIME, POR FAVOR, ¿QUÉ SIGNIFICADO TIENE ESTA ACTIVIDAD?
7Ankh-Morpork había coqueteado con diversas formas de gobierno hasta que, al final,
se decidió por esa forma de democracia conocida como Un Hombre, Un Voto. El Patricio
era ese Hombre; y el Voto era el suyo.
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-¿Cómo? -gritó lord Rodley por encima del ruido hecho por alguien que pateaba la puerta de
una vitrina en medio de gritos de alegría.
¿CÓMO SE LLAMA LO QUE HACEMOS? -inquirió la voz con paciencia glacial.
-¿Es que nunca has estado en una fiesta? Por cierto, cuidado con la copa.
ME TEMO QUE DE TODO ESTO NO ESTOY SACANDO CUANTO ME GUSTARÍA. POR
FAVOR, EXPLÍCAME UNA COSA. ¿TIENE QUE VER CON EL SEXO?
-No, a menos que nos paremos en seco, chica, no sé si me explico -dijo su señoría y le pegó
un codazo a su invisible compañera.
-¡ÁY! -exclamó.
Un estrépito marcó la defunción del buffet frío.
No.
-¿No qué?
NO TE EXPLICAS.
-Cuidado con la crema, podrías resbalar… es un baile, nada más. Y se hace por pura diversión.
POR DIVERSIÓN.
-Así es. ¡Dada, dada, da… patada! -Se produjo una pausa audible.
¿QUIÉN ES EL TAL DIVERSIÓN?
-No es ninguna persona, diversión es lo que uno saca de todo esto.
¿Y AHORA TENEMOS DIVERSIÓN?
-Yo creía que sí -dijo su señoría con tono incierto. La voz que le hablaba al oído comenzaba
a preocuparle vagamente; era como si le llegara directamente al cerebro.
¿Y DÓNDE ESTA LA DIVERSIÓN?
-¡Pues en el baile!
¿DAR PATADAS ES DIVERTIDO?
-Bueno, es parte de la diversión. ¡Patada!
¿ESCUCHAR MÚSICA EN UNA ESTANCIA CALUROSA ES DIVERTIDO?
-Puede ser.
¿Y CÓMO SE MANIFIESTA LA DIVERSIÓN?
-Bueno, es… oye, o te diviertes o no te diviertes, no hace falta que me preguntes a mí, has
de saberlo y punto. Por cierto, ¿cómo has entrado aquí? ¿Eres amiga del Patricio?
DIGAMOS QUE ÉL ME PASA TRABAJOS. ME PARECIÓ QUE DEBÍA APRENDER ALGO
ACERCA DE LOS PLACERES HUMANOS.
-Pues parece que te falta un largo trecho por recorrer.
YA LO SÉ. TE RUEGO QUE DISCULPES MI LAMENTABLE IGNORANCIA. SÓLO DESEO
APRENDER. OYE, POR FAVOR… ¿Y TODA ESTA GENTE SE ESTÁ DIVIRTIENDO?
-¡Claro!
ENTONCES ESTO ES DIVERSIÓN.
-Me alegra que lo hayamos aclarado. Cuidado con la silla -le espetó lord Rodley, que a esas
alturas se estaba divirtiendo bien poco y se sentía desagradablemente sobrio.
Tras él, una voz dijo bajito:
ESTO ES DIVERSIÓN. BEBER EN EXCESO ES DIVERSIÓN. NOSOTROS NOS DIVERTIMOS.
ÉL SE DIVIERTE. VAYA DIVERSIÓN. QUÉ DIVERTIDO.
Detrás de la Muerte, el dragoncito de los pantanos, mascota del Patricio, se sujetaba, inflexible,
a las caderas huesudas y pensaba: con guardias o sin ellos, la próxima vez que pasemos
delante de una ventana abierta, saldré por piernas.
Keli se incorporó de sopetón en la cama.
-No des un paso más -ordenó-. ¡Guardias!
-No pudimos detenerlo -dijo el primer guardia, avergonzado, asomando la cabeza por la
puerta.
-Es que ha entrado por la fuerza… -dijo el otro guardia desde el otro lado del umbral.
-Y el hechicero dijo que no había problemas y nos dijeron que todo el mundo debía escucharlo
porque…
-Está bien, está bien. Aquí podrían asesinar a cualquiera -concluyó Keli de mal humor.
Volvió a poner la ballesta sobre la mesita de noche, desgraciadamente, sin correr el seguro.
Se oyó un clic, el golpe de la cuerda contra el metal, una exhalación y un gemido. El gemido
provenía de Buencorte. Mort se volvió hacia él.
-¿Te encuentras bien? -le preguntó-. ¿Te ha dado?
-No -respondió débilmente el hechicero-. No me ha dado. ¿Cómo te sientes?
-Un poco cansado. ¿Por qué?
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-No, por nada, por nada. ¿No notas corrientes de aire? ¿Ni una ligera sensación de tener un
escape?
-No, ¿por qué?
-No, por nada, por nada.
Buencorte se volvió y examinó a fondo la pared que había detrás de Mort.
-¿Es que a los muertos no se les permite un poco de paz? -preguntó Keli con amargura-. Yo
tenía entendido que cuando uno estaba muerto tenía asegurada una buena noche de descanso.
La princesa tenía aspecto de haber llorado. Con una intuición que le sorprendió, Mort advirtió
que ella se había dado cuenta y que eso la enfurecía más aún.
-No es justo -dijo Mort-. He venido a ayudar. ¿No es así, Buen-corte?
-¿Mmm? -dijo Buencorte, que había encontrado la flecha de la ballesta sepultada en el yeso
y la miraba con gran suspicacia-. Ah, sí, sí, ha venido a ayudar. Aunque no funcionará. Disculpadme,
¿alguien tiene un poco de cuerda?
-¿A ayudar? -le espetó Keli-. ¿A ayudar? Si no fuera por ti…
-Seguirías muerta -dijo Mort. Ella lo miró con la boca abierta.
-Pero no estaría enterada. Y ésa es la peor parte.
-Creo que será mejor que os marchéis -sugirió Buencorte a los guardias, que intentaban pasar
inadvertidos-. Pero me quedaré con la lanza, por favor. Gracias.
-Verás -dijo Mort-. Afuera tengo un caballo. Te asombrará. Puedo llevarte a donde sea. No
tienes por qué esperar aquí.
-Se ve que no sabes mucho sobre la monarquía -comentó Keli.
-Hum. ¿No?
-Te quiere decir que es mejor ser una reina muerta en tu propio castillo que vivir como plebeya
en alguna parte -le explicó Buencorte, que había clavado la lanza en la pared, junto a la
flecha, e intentaba apuntar con ellas-. De todos modos, no funcionaría. El domo no está centrado
sobre el palacio, está centrado sobre ella.
-¿Sobre quién? -inquirió Keli.
Con su voz se podría haber conservado la leche fresca durante un mes entero.
-Sobre su majestad -se corrigió automáticamente Buencorte mirando de reojo a lo largo de
la lanza.
-Y que no se te olvide.
-No se me olvidará, pero ésa no es la cuestión -dijo el hechicero. Arrancó la flecha del yeso
y comprobó la punta con el dedo.
-¡Pero, si te quedas, morirás! -exclamó Mort.
-Entonces, tendré que enseñarle al Disco cómo muere una reina -dijo Keli, tratando de parecer
todo lo orgullosa que puede permitir un pijama de punto rosa.
Mort se sentó en el extremo de la cama y se agarró la cabeza con las manos.
-Yo sé cómo muere una reina -masculló-. Las reinas mueren igual que las demás personas.
Y algunos preferiríamos no estar presentes cuando ocurriera.
-Disculpadme, quiero echar un vistazo a esta ballesta -dijo Buencorte afablemente, y tendió
la mano delante de ellos-. No os preocupéis por mí.
-Me enfrentaré orgullosamente a mi destino -dijo Keli, pero en su voz se notó un leve asomo
de incertidumbre.
-No lo harás. Quiero decir que sé de qué hablo. Créeme. En la muerte no hay nada de orgullo.
Te mueres y nada más.
-Sí, pero la cuestión está en cómo lo haces. Yo moriré noblemente, como la reina Ezeriel.
Mort frunció la frente. La historia era para él un libro cerrado.
-¿Quién es?
-Vivió en Klatch, tuvo muchos amantes y se sentó encima de una serpiente -le explicó
Buencorte, que estaba montando la ballesta.
-¡Y con razón! ¡Un amor la traicionó!
-Lo único que recuerdo es que se bañaba en leche de burra. Cosa curiosa, la historia -dijo
Buencorte con tono reflexivo-. Te conviertes en reina, reinas durante treinta años, haces leyes,
declaras la guerra a otros pueblos y después, sólo te recuerdan porque olías a yogur y porque
te mordieron en el…
-Es una de mis antepasadas lejanas -le espetó Keli-. No permitiré que digas esas cosas.
-¡Callaos los dos y escuchadme! -gritó Mort. El silencio descendió como una mortaja. Entonces,
con mucho cuidado, Buencorte tomó puntería y le disparó a Mort en la espalda.
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La noche se deshizo de sus víctimas tempranas y continuó su camino. Incluso las fiestas
más alocadas habían concluido y, a bandazos, los invitados regresaban a casa, para meterse
en sus camas, o en todo caso, en la cama de alguien. Privados de estos compañeros de viaje,
meras personas que hacían vida diurna y que se habían extraviado de su terreno temporal, los
verdaderos supervivientes de la noche se entregaban al serio comercio de la oscuridad.
No difería demasiado del intercambio mercantil diurno de Ankh-Morpork, salvo por el hecho
de que los cuchillos eran más visibles y las personas no sonreían tanto.
Las Tinieblas estaba en silencio, excepción hecha del código de silbidos con que los ladrones
se comunicaban y la calma aterciopelada con que decenas de personas se ocupaban de
sus asuntos, sumidas en un cuidadoso mutismo.
Y en el Callejón del Jamón, las famosas partidas itinerantes de dados de Wa el Tullido comenzaban
a animarse. Varias decenas de siluetas encapuchadas aparecían arrodilladas o en
cuclillas alrededor del círculo de tierra batida donde los dados de ocho lados de Wa, rebotando
y girando, impartían su engañosa lección sobre la probabilidad estadística.
-¡Tres!
-¡Los Ojos de Tuphal, por lo!
-¡Te ha pillado, Hummok! ¡Ésta sabe cómo lanzar los dados!
ESTÁ CHUPADO.
Hummok M'guk, un hombre bajito, con cara plana, originario de una de las tribus del Eje,
cuya habilidad con los dados era famosa dondequiera que se reunieran dos hombres para desplumar
a un tercero, recogió los dados y les lanzó una mirada furibunda. Maldijo por lo bajo a
Wa, cuya habilidad para cambiar los dados era igualmente notoria entre los conocedores pero
que, aparentemente, le había fallado, le deseó una muerte dolorosa y prematura a la jugadora
sombría que tenía sentada enfrente y tiró los dados al barro.
-¡Veintiuno por las malas!
Wa recogió los dados y se los entregó a la extraña. Al volverse hacia Hummok, uno de sus
ojos hizo un levísimo guiño. Hummok estaba impresionado: apenas había notado la mancha
negra en los dedos engañosamente agarrotados de Wa, y eso que lo estaba observando.
Resultó desconcertante el modo en que los dados tamborilearon en la mano de la desconocida
para salir volando de ella con un arco lento que acabó en veinticuatro puntitos vueltos
hacia las estrellas.
Algunos de los que poseían una mayor experiencia callejera se alejaron de ella arrastrando
los pies, porque una suerte como aquélla podía llegar a ser algo bastante desafortunado en las
partidas itinerantes de dados de Wa el Tullido.
La mano de Wa aferró los dados y se oyó un ruido parecido al clic de un gatillo.
-Todos los ochos -dijo entre dientes-. Tanta suerte resulta misteriosa.
El resto de la multitud se evaporó como el rocío y sólo quedaron aquellos hombres corpulentos
y de aspecto poco compasivo que, si Wa hubiera pagado alguna vez impuestos, en su
declaración habrían aparecido declarados bajo el rubro Bienes y Equipos Esenciales.
-Tal vez no sea suerte -añadió-. Tal vez sea hechicería.
ESO ME OFENDE EN GRADO SUMO.
-Una vez vino por aquí un hechicero que quería hacerse rico -le explicó Wa-. Pero no recuerdo
bien qué fue de él. ¿Muchachos?
-Hablamos con él a fondo…
-… y lo dejamos en el Pasaje del Cerdo…
-… y en la Avenida de la Miel…
-… y en un par más de sitios que no recuerdo.
La desconocida se puso de pie. Los muchachos la rodearon.
ESTO ES INNECESARIO. SÓLO PRETENDO APRENDER. ¿QUÉ PLACER LE ENCUENTRAN
LOS HUMANOS A UNA SIMPLE REPETICIÓN DE LAS LEYES DEL AZAR?
-El azar no pinta nada en esto. Muchachos, echémosle un vistazo.
Los hechos que siguieron no fueron recordados por alma viviente alguna, salvo la de un gato
feroz, uno de los miles de la ciudad, que en esos momentos cruzaba el callejón para dirigirse
a una cita. Se detuvo y observó con interés.
Los muchachos quedaron clavados con el cuchillo en el aire. A su alrededor, fluctuaba una
dolorosa luz purpúrea. La desconocida se quitó la capucha, recogió los dados y los colocó en la
mano abierta de Wa. El hombre abría y cerraba la boca; sus ojos intentaban sin éxito no ver lo
que tenía delante. Sonriendo.
TIRA.
Wa logró bajar la vista y mirarse la mano.
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-¿Qué apostamos? -susurró.
Si GANAS, TE ABSTENDRÁS DE HACER ESTOS RIDÍCULOS INTENTOS POR SUGERIR
QUE EL AZAR GOBIERNA LOS ASUNTOS DE LOS HOMBRES.
-Sí, sí. ¿Y si… si pierdo?
DESEARÁS HABER GANADO.
Wa trató de tragar saliva, pero la garganta se le había resecado.
-Ya sé que he mandado matar a muchas personas… VEINTITRÉS PARA SER EXACTOS.
-¿Es demasiado tarde para decir que lo lamento?
SON COSAS QUE NO ME CONCIERNEN. Y AHORA, LANZA LOS DADOS.
Wa cerró los ojos y dejó caer los dados en el suelo, demasiado nervioso para intentar siquiera
el lanzamiento especial con efecto. Mantuvo los ojos cerrados.
TODOS LOS OCHOS. MUY BIEN, NO HA SIDO DEMASIADO DIFÍCIL, ¿VERDAD?
Wa se desmayó.
La Muerte se encogió de hombros, se alejó y sólo se detuvo a hacerle cosquillas en las orejas
a un gato callejero que pasaba por ahí. Tarareaba en voz baja. No sabía exactamente qué
le había pasado, pero se estaba divirtiendo.
-¡No podías estar seguro de que funcionaría! Buencorte tendió las manos con gesto conciliador.
-Es verdad -admitió-, pero pensé ¿qué tengo que perder? -Se apartó.
-¿Qué tienes que perder? -gritó Mort.
Avanzó como una tromba y sacó la flecha de uno de los postes de la cama de la princesa.
-¿No irás a decirme que esto me traspasó? -le espetó.
-Pues te observaba expresamente para comprobarlo -dijo Buencorte.
-Yo también lo he visto -dijo Keli-. Fue horrible. Te salió justo por donde está el corazón.
-Y te vi traspasar una columna de piedra -dijo Buencorte.
-Y yo te vi atravesar a caballo una ventana.
-Sí, pero eso fue cuando estaba de servicio -declaró Mort agitando las manos en el aire-. No
era un día cualquiera, es diferente. Y… Se interrumpió un momento y luego añadió:
-La forma en que me miráis… Esta noche, los de la posada me miraron igual. ¿Qué ocurre?
-Ahora mismo, cuando has agitado las manos, atravesaste el poste de la cama con el brazo
-le explicó Keli con un hilo de voz.
Mort se miró la mano y luego dio unos golpecitos en la madera.
-¿Lo veis? Es sólido. Un brazo sólido, madera sólida.
-¿Has dicho que la gente de una posada te miraba? -inquirió Buencorte-. ¿Y qué hiciste entonces?
¿Atravesar la pared?
-¡No! No, yo sólo me tomé una bebida, me parece que se llamaba esfumado…
-¿Esfumino?
-Sí. Sabe a manzanas podridas. Por la forma en que me miraban, cualquiera habría dicho
que se trataba de veneno.
-¿Cuánto bebiste? -preguntó Buencorte.
-Una pinta quizá, la verdad es que no estaba pendiente de ello…
-¿Sabías que el esfumino es la bebida alcohólica más potente de aquí a las Montañas del
Carnero? -preguntó Buencorte.
-No. Nadie me lo dijo -replicó Mort-. Pero ¿eso qué tiene que ver con…?
-No -dijo Buencorte despacio-, no lo sabías. Hum. Es una pista, ¿no?
-¿Tiene algo que ver con lo de salvar a la princesa?
-Probablemente no. Aunque me gustaría echar un vistazo a mis libros.
-En ese caso, no es importante -dijo Mort con firmeza. Se volvió hacia Keli, que lo miraba
con un leve asomo de admiración.
-Creo que puedo ayudarte -le dijo Mort-. Creo que puedo tener acceso a una magia muy
poderosa. La magia impedirá el avance del domo, ¿no es así, Buencorte?
-La mía no. Tendría que ser algo muy, pero muy fuerte, y ni siquiera entonces sé si funcionaría.
La realidad es más dura que…
-He de marchar -dijo Mort-. ¡Hasta mañana, adiós!
-Ya es mañana -le recordó Keli.
Mort se mostró ligeramente desanimado.
-Está bien, hasta esta noche, pues -dijo ligeramente contrariado y añadió-: ¡Marchóme!
-¿Marchóme?
-Así hablaban los héroes -le explicó amablemente Buencorte a la princesa-. El pobre no
puede evitarlo.
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Mort miró ceñudo al hechicero, sonrió valientemente a Keli y salió de la alcoba.
-Podría haber abierto la puerta -dijo Keli cuando Mort se hubo ido.
-Creo que estaba un poco avergonzado -cometo Buencorte-. Todos pasamos por esa fase.
-¿Cuál, la de atravesar paredes?
-Sí, por decirlo así. En cualquier caso, de tragárselas.
-Me voy a dormir -anunció Keli-. Incluso los muertos necesitan descansar. Buencorte, deja
de toquetear esa ballesta, por favor. Estoy segura de que no es propio de un hechicero estar a
solas en la alcoba de una dama.
-¿Mmm? Pero no estoy a solas, ¿verdad? Su majestad está conmigo.
-Ésa es precisamente la cuestión, ¿no?
-Ah, sí. Lo siento. Hum. Nos veremos por la mañana, pues.
-Buenas noches, Buencorte. Cierra la puerta al marcharte.
El sol se asomó por el horizonte, decidió escaparse y comenzó a salir.
Pero todavía pasaría algún tiempo antes de que su luz lenta recorriera el Disco dormido y
echara a la noche, y por lo tanto las sombras nocturnas siguieron dominando la ciudad.
Se agolparon entonces alrededor de El Tambor Emparchado, en la calle de la Filigrana, una
de las principales tabernas de la ciudad. No era famosa por su cerveza, que más bien parecía
orina de doncella y sabía a ácido de batería, sino por su clientela. Se decía que si uno pasaba
el tiempo suficiente en El Tambor, tarde o temprano todos y cada uno de los héroes principales
del Disco te robaban el caballo.
En el interior, todavía se oían conversaciones animadas, y el aire estaba cargado de humo,
a pesar de que el propietario hacía todo aquello que hacen los propietarios cuando creen llegada
la hora de cerrar, como por ejemplo apagar algunas luces, darle cuerda al reloj, cubrir con
un trapo los grifos de la cerveza y, por si acaso, comprobar dónde está la porra con clavos.
Aunque los parroquianos, claro está, no se daban en absoluto por aludidos. Para la mayoría de
los clientes de El Tambor incluso la porra con clavos habría sido una mera indirecta.
No obstante, eran lo bastante observadores como para sentirse levemente preocupados por
la alta y negra silueta que, acodada en la barra, iba avanzando por ella y bebiéndose cuanto
ésta contenía.
Los bebedores solitarios y aplicados siempre generan un campo mental que les asegura
una completa intimidad, pero aquella bebedora en particular, despedía una especie de tristeza
fatalista que fue vaciando la barra lentamente.
El detalle no preocupaba al tabernero, porque la figura solitaria llevaba a cabo un experimento
carísimo.
Todos los bares del multiverso los tienen: esos estantes de botellas pegajosas, de formas
raras, que no sólo contienen líquidos de exótica denominación, que normalmente son azules o
verdes, sino también ingredientes que las botellas de bebidas verdaderas jamás se dignarían
contener, como frutas enteras, trozos de ramitas y, en casos extremados, pequeñas lagartijas
ahogadas. Nadie sabe por qué los propietarios de bares almacenan tantas, puesto que todas
saben a melaza disuelta en aguarrás. Se ha comentado que sueñan con el día en que alguien
entre espontáneamente desde la calle y pida una copa de Corniche de Melocotón Perfumado a
la Menta y que, de la noche a la mañana, su establecimiento se convierta en el Local De Moda.
La desconocida iba repasando la estantería.
¿QUÉ ES ESO VERDE?
El tabernero entrecerró los ojos y leyó la etiqueta.
-Pone que es Coñac de Melón -repuso, dubitativo, y añadió-: Pone que lo embotellaron unos
monjes según una antigua receta.
LO PROBARÉ.
De reojo, el hombre miró las copas vacías que había sobre la barra, algunas de las cuales
conservaban restos de macedonia, cerezas en un palito y sombrillitas de papel.
-¿Seguro que no ha tomado ya suficiente? -preguntó.
Le tenía ligeramente preocupado el hecho de no poder distinguir la cara de la desconocida.
La copa, con la bebida cristalizada en los bordes, desapareció en el interior de la capucha
para salir vacía.
NO. ¿Y ESE AMARILLO CON LAS AVISPAS DENTRO?
-Cordial de Primavera, pone aquí. ¿Sí?
Sí. Y LUEGO PÓNGAME DEL AZUL CON LAS MOTITAS DORADAS.
-Esto… ¿Abrigo Viejo?
SÍ. Y LUEGO PASEMOS A LA SEGUNDA FILA.
-¿Cuál le pongo de aquí?
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TODOS.
La desconocida se mantenía bien erguida mientras las copas con sus cargas de jarabe y
vegetales varios iban desapareciendo en el interior de la capucha a la velocidad de una cadena
de producción.
Ésta es la mía, pensó el tabernero, qué estilo, de ésta me compro una chaqueta roja y quizá
ponga en la barra unos cuantos cacahuetes y pepinillos, colocaré unos cuantos espejos en el
local y cambiaré el serrín del suelo.
Tomó un trapo embebido en cerveza y le dio unas repasadas entusiastas a la barra, que
esparcieron las gotas dejadas por las copas de cordial hasta formar una mancha irisada que se
comió el barniz. El último de los parroquianos habituales se puso el sombrero y salió tambaleándose,
mascullando entre dientes.
No LE VEO LA GRACIA -dijo la extraña.
-¿Cómo dice?
¿QUÉ SE SUPONE QUE DEBE OCURRIR?
-¿Cuántas copas ha tomado? CUARENTA Y SIETE.
-Casi de todo, pues -replicó el tabernero y como conocía su oficio, y sabía qué se esperaba
de él cuando un parroquiano bebía a solas a altas horas de la madrugada, empezó a limpiar
una copa con el trapo empapado de lavazas y dijo-: Un desengaño amoroso, ¿no?
¿CÓMO DICE?
-Ahogando las penas, ¿eh?
YO NO TENGO PENAS.
-No, claro que no. Olvídelo, como si no lo hubiera dicho. -Repasó la copa unas cuantas veces
más y luego añadió-: Pensé que le ayudaría tener a alguien con quien hablar.
La desconocida permaneció callada un momento, pensando. Luego preguntó:
¿QUIERE HABLAR CONMIGO?
-Sí, claro. Se me da bien escuchar.
NUNCA NADIE HABÍA QUERIDO HABLAR CONMIGO.
-Mira por dónde, es una lástima. ¿SABE? NUNCA ME INVITAN A IR A FIESTAS.
-Psá.
TODOS ME ODIAN. TODO EL MUNDO ME ODIA. No TENGO UN SOLO AMIGO.
-Todos deberíamos tener un amigo -sentenció el tabernero sabiamente. CREO QUE…
-¿Sí?
CREO QUE… CREO QUE PODRÍA HACER AMISTAD CON LA BOTELLA VERDE.
El propietario hizo deslizar la botella octagonal por la barra. La Muerte la agarró y la inclinó
sobre la copa. El líquido tintineó en el borde.
ESTOY QUE CREE BORRACHA, ¿NO?
-Yo le sirvo a todo aquel que logre mantenerse erguido -dijo el propietario.
TIIENE UFFTED TODA LA RAFFÓN. PERO YO…
La desconocida se interrumpió con un dedo declamatorio en el aire.
¿QUÉ LE ESTABA DICIENDO?
-Que si creo que está usted borracha.
AH, SÍ, PERO PUEDO ESHTAR SHOBRIA CUANDO YO QUIERA. ESHTO ES UN
ESHPERIMENTO. Y AHORA ME GUSSHTARÍA ESHPERIMENTAR OTRA VESH CON EL
COÑAC ANARANJADO.
El propietario lanzó un suspiro y echó un vistazo al reloj. No cabía duda de que estaba ganando
un montón de dinero, sobre todo porque la desconocida no parecía inclinada a preocuparse
porque le cobraran de más o no tuviera cambio. Pero se estaba haciendo tarde; en realidad,
se estaba haciendo tan tarde que podía decirse que era ya muy temprano. Además, la
cliente solitaria tenía algo que lo incomodaba. Con frecuencia, los parroquianos de El Tambor
Emparchado bebían como si el mañana no existiera, pero ésa era la primera vez que tenía la
sensación de que podría ser cierto.
NO SÉ, ¿QUÉ ES LO QUE DEBO ESPERAR DE LA VIDA? ¿QUÉ SENTIDO TIENE TODO
ESTO? ¿CUÁL ES EL FONDO DE TODO ESTO?
-No sabría decirle, señora. Cuando haya dormido una noche entera, se sentirá mejor.
¿DORMIR? ¿DORMIR? NUNCA DUERMO. SOY… COMO SE DICE… PROVERBIAL POR
ELLO.
-Todo el mundo necesita dormir. Incluso yo -insinuó. ¿SABE? TODOS ME ODIAN.
-Sí, ya me lo ha dicho. Pero son las tres menos cuarto de la madrugada.
La desconocida se volvió con ademán inseguro y paseó la mirada por la habitación silenciosa.
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SÓLO ESTAMOS USTED Y YO -dijo.
El propietario levantó la trampa y salió de detrás de la barra para ayudar a la mujer a bajarse
del taburete.
NO TENGO UN SOLO AMIGO. HASTA LOS GATOS ME ENCUENTRAN GRACIOSA.
Una mano surgió veloz y agarró una botella de Licor de Amanita antes de que el hombre lograra
conducir a su dueña hacia la puerta, preguntándose cómo alguien tan delgado podía
pesar tanto.
HE DICHO QUE NO TENGO POR QUÉ ESTAR BORRACHA. ¿POR QUÉ A LA GENTE LE
GUSTA ESTAR BEBIDA? ¿ES DIVERTIDO?
-Les ayuda a olvidarse de la vida. Y ahora, apóyese ahí mientras abro la puerta…
OLVIDARSE DE LA VIDA, JA, JA, JA.
El propietario se volvió a mirar el montoncito de monedas que había en la barra. Por eso
bien valía la pena aguantar unas cuantas rarezas. Al menos ésta era tranquila y parecía inofensiva.
-Sí, señora -dijo, empujando a la extraña hacia la calle y retirándole la botella con un diestro
movimiento-. Venga usted cuando quiera.
ES LA COSA MÁS AGRADABLE QUE…
El portazo ahogó el resto de la frase.
Ysabell se incorporó en la cama.
Volvían a llamar a su puerta, suave pero insistentemente. Se subió las mantas hasta la barbilla.
-¿Quién es? -susurró.
-Soy yo, Mort. -El siseo de la respuesta le llegó por debajo de la puerta-. ¡Déjame entrar, por
favor!
-¡Espera!
Ysabell tanteó desesperada en la mesilla de noche en busca de las cerillas, volcó una botella
de agua de colonia y tiró al suelo una caja de chocolatinas llena, en su mayor parte, de envolturas
vacías. Cuando por fin logró encender la vela, la colocó en un lugar desde el cual pudiera
iluminar al máximo, se bajó el escote del camisón para dejar algo más al descubierto y
dijo:
-Puedes pasar, no está cerrada con llave. Mort entró tambaleándose en la habitación; olía a
caballos, a escarcha y a esfumino.
-Espero -dijo Ysabell maliciosamente- que no hayas entrado aquí a la fuerza para aprovecharte
del puesto que ocupas en esta casa.
Mort paseó la mirada por el cuarto. Ysabell era una fanática de los volantitos. Hasta la mesita
de noche parecía llevar enaguas. En lugar de estar amueblada, la habitación entera parecía
lucir una combinación.
-No tengo tiempo que perder -dijo Mort-. Trae esa vela a la biblioteca. Y por favor, ponte algo
más sensato, estás desbordante.
Ysabell bajó la cabeza para mirarse y luego la levantó de golpe.
-¡Vaya!
Mort volvió a asomarse por la puerta y agregó:
-Es una cuestión de vida y muerte.
Ysabell contempló como la puerta se cerraba con un chirrido, dejando al descubierto una
bata azul con borlas que la Muerte se había inventado para ella como regalo para la Noche de
la Vigilia de los Cerdos, y que ella no se atrevía a tirar, a pesar de que le quedaba pequeña y
tenía un conejito bordado en el bolsillo.
Finalmente, sacó las piernas de la cama, se puso aquella vergonzosa bata y con paso silencioso
salió al pasillo. Mort la esperaba.
-¿No nos oirá mi madre?
-No ha regresado aún. Vamos.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque cuando ella está, la casa tiene un aire diferente. Es…, es como la diferencia que
existe entre una chaqueta cuando la llevas puesta y cuando la cuelgas de un gancho. ¿No lo
habías notado?
-¿Qué es eso tan importante que estás haciendo?
Mort abrió de un empellón la puerta de la biblioteca. Le llegó una ráfaga de aire cálido y seco,
y las bisagras lanzaron un chirrido de protesta.
-Vamos a salvarle la vida a una persona -repuso-. Una princesa, para ser exactos.
Ysabell quedó inmediatamente fascinada.
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-¿Una princesa de verdad? ¿Y es capaz sentir un guisante a través de doce colchones?
-¿Capaz de…? -Mort supo que desaparecía una preocupación menor-. Ah, sí. Ya me parecía
a mí que Albert lo había entendido mal.
-¿Estás enamorado de ella?
Mort se paró en seco entre los estantes, consciente de los atareados sonidos que provenían
del interior de los libros.
-Es difícil saberlo -respondió-. ¿Lo parezco?
-Pareces un poco agitado. ¿Qué siente ella por ti?
-No lo sé.
-Ah -dijo Ysabell con aire de experta-. El amor no correspondido es el peor. -Y pensativa,
añadió-: Aunque quizá no sea buena idea ir y tomar veneno o quitarse la vida. ¿Qué hacemos
aquí? ¿Buscas su libro para ver si se casa contigo?
-Ya lo he leído, y está muerta -repuso Mort-. Pero sólo técnicamente. Quiero decir, no está
realmente muerta.
-Bien, de lo contrario sería nigromancia. ¿Qué buscamos?
-La biografía de Albert.
-¿Y para qué? No creo que tenga.
-Todo el mundo tiene biografía.
-Bueno, a él no le gusta que le pregunten cosas personales. En cierta ocasión la busqué y
no la encontré. Resulta difícil si sólo se sabe que se llama Albert. ¿Por qué es tan interesante?
Con la vela que llevaba en la mano Ysabell encendió un par más y la biblioteca se llenó de
sombras danzantes.
-Necesito un mago poderoso y creo que podría ser él.
-¿Quién? ¿Albert?
-Sí. Pero hemos de buscar por Alberto Malich. Creo que tiene más de dos mil años.
-¿Quién? ¿Albert?
-Sí. Albert.
-Nunca lleva sombrero de mago -dijo Ysabell, dubitativa.
-Lo perdió. De todos modo, lo del sombrero no es obligatorio. ¿Por dónde empezamos a
buscar?
-Bueno, si estás seguro… por la Pila, supongo. Es donde mi madre pone todas la biografías
que tienen más de quinientos años de antigüedad. Es por aquí.
Lo condujo entre los estantes susurrantes hasta una puerta encajada en un callejón sin salida.
Se abrió con dificultad y el crujido de las bisagras reverberó por toda la biblioteca; Mort se
imaginó por un momento que todos los libros hacían una pausa momentánea en su tarea sólo
para escuchar.
Unos escalones llevaban hacia la penumbra aterciopelada. Había telarañas y polvo, y el aire
olía como si llevara mil años encerrado en una pirámide.
-Por aquí nunca viene casi nadie -comentó Ysabell-. Yo iré delante.
Mort se sentía en deuda.
-Debo reconocer -dijo- que eres toda una tronca.
-¿Marrón, dura y con corteza? Tú sí que sabes cómo hablarle a una muchacha, chico.
-Mort -aclaró Mort automáticamente.
La Pila estaba tan oscura y silenciosa como una cueva subterránea. Los estantes se encontraban
separados por una distancia que apenas permitía el paso de una persona, y se elevaban
más allá del domo proyectado por la luz de la vela. Resultaban particularmente horripilantes
porque estaban en silencio. Ya no había vidas que escribir; los libros dormían. Pero Mort presentía
que dormían como los gatos, con un ojo abierto. Estaban alertas.
-Vine aquí una vez -le confió Ysabell, entre susurros-. Si vas hasta el final de la estantería,
se acaban los libros y hay tablas de arcilla, trozos de piedra, pieles de animales y todo el mundo
se llama Ug y Zog.
El silencio era casi tangible. Mort notaba que los libros los observaban mientras avanzaban
pesadamente por los pasillos cálidos y silenciosos. Todo aquel que había existido se encontraba
allí, en alguna parte, hasta llegar a los primeros seres que los dioses habían creado del
barro o como fuera. En realidad, su presencia no los ofendía, simplemente se preguntaban por
qué estaría allí.
-¿Lograste llegar más allá de Ug y Zog? -siseó-. A mucha gente le interesaría saber qué
hay.
-Me dio miedo. Queda bastante lejos de aquí y no llevaba velas suficientes.
-Lástima.
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Ysabell se detuvo tan de sopetón que Mort quedó clavado a su espalda.
-Creo que es más o menos por aquí. Y ahora ¿qué hacemos? Mort entrecerró los ojos y leyó
los nombres de los lomos.
-¡No siguen ningún orden lógico! -gimió.
Miraron hacia arriba. Recorrieron un par de pasillos laterales. Sacaron al azar unos cuantos
libros de los estantes inferiores y levantaron colchones de polvo.
-Es ridículo -se lamentó Mort finalmente-. Aquí hay millones de vidas. Las posibilidades de
que encontremos la de él son peores que… Ysabell le tapó la boca con la mano.
-¡Escucha!
Mort murmuró unas palabras a través de los dedos de la muchacha y luego captó el mensaje.
Aguzó el oído, pugnando por escuchar algo por encima del pesado siseo del silencio.
Y entonces lo encontró. Un rascar leve, irritado. Allá arriba, muy, pero muy alto, en alguna
parte de la impenetrable oscuridad en la que estaba envuelto el precipicio de estantes, se seguía
escribiendo una vida.
Se miraron con los ojos como platos. Y finalmente, Ysabell dijo:
-Hemos pasado delante de una escalera. Está allá atrás. Tiene ruedas.
Las ruedecillas chirriaron cuando Mort empujó la escalera. El extremo superior también se
movía, como fijado a otro par de ruedas, allá arriba, en la oscuridad.
-Muy bien -dijo Mort-, dame la vela que…
-Si la vela tiene que subir, pues yo subiré con ella -anunció Ysabell con firmeza-. Tú te quedas
aquí abajo y mueves la escalera cuando yo te diga. Y no me discutas.
-Allá arriba podría haber algún peligro -dijo Mort, galante.
-Y aquí abajo también -señaló Ysabell-. Así que me subiré a la escalera y me llevaré la vela,
gracias.
Puso el pie en el primer peldaño y, al cabo de poco, se convirtió en una sombra con volantitos
perfilada por un halo de luz de vela que no tardó en reducirse.
Mort aguantó la escalera y trató de no pensar en todas las vidas que se cernían sobre él. De
vez en cuando, un meteoro de cera caliente caía con un ruido sordo en el suelo, junto a él,
levantando un cráter en el polvo. Ysabell era ya un leve fulgor allá en lo alto y notó las vibraciones
de cada pisada que bajaban por la escalera.
La muchacha se detuvo. Le pareció que durante un largo rato.
Después, su voz bajó flotando, amortiguada por el peso del silencio que los rodeaba.
-Mort, lo he encontrado.
-Bien. Bájalo.
-Mort, tenías razón.
-De acuerdo, gracias. Bájalo de una vez.
-Sí, Mort, pero ¿cuál?
-No pierdas el tiempo, la vela no te durará mucho más.
-¡Mort!
-¿Qué?
-¡Mort, hay un estante entero!
El amanecer ya estaba ahí, esa cúspide del día que no pertenecía a nadie salvo a las gaviotas
del puerto de Morpork, la marea que subía hacia el río, y un cálido viento de dextro que
añadía un perfume a primavera al complejo olor de la ciudad.
La Muerte estaba sentada en un noray, mirando el mar. Había decidido dejar de estar borracha.
Le daba dolor de cabeza.
Había intentado pescar, bailar, apostar y beber, supuestamente cuatro de los grandes placeres
de la vida, y no estaba segura de entender el fondo de la cuestión. Con la comida se
sentía feliz… a la Muerte le gustaba una buena cena como a cualquier hijo de vecino. No se le
ocurría ningún otro placer de la carne, o mejor dicho, sí, pero eran demasiado…, bueno, eran
demasiado carnales y no sabía cómo le sería posible experimentarlos sin pasar por una restructuración
corporal de primera, cosa que no iba a plantearse. Además, los humanos los
abandonaban a medida que se hacían mayores, por lo que, presumiblemente, no debían de ser
tan atractivos.
La Muerte empezó a pensar que no entendería a la gente mientras viviera.
El sol calentó los adoquines que comenzaron a despedir vapor y la Muerte sintió el leve
cosquilleo de esa urgencia primaveral, capaz de bombear mil toneladas de savia por un tronco
de quince metros.
Las gaviotas pasaban en vuelo rasante y se zambullían en el agua. Un gato tuerto, que iba
ya por su octava vida y su última oreja, salió de su guarida, en un montón de cajas abandonaTerry
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das de pescado, se estiró, bostezó y fue a restregarse contra sus piernas. Traspasando el famoso
olor de Ankh, la brisa le trajo un leve perfume de especias y pan fresco.
La Muerte estaba desconcertada. No pudo luchar contra lo que sentía. Porque en aquel
momento, se sentía contenta de estar viva, y muy renuente a ser la Muerte.
DEBO DE ESTAR INCUBANDO ALGO -pensó.
Mort subió por la escalera y se colocó junto a Ysabell. Se sacudió un poco, pero parecía firme.
Al menos no tenía vértigo; allá abajo, todo era negrura.
Algunos de los primeros volúmenes de Albert se estaban cayendo a pedazos. Tendió la
mano, eligió uno al azar y notó que la escalera temblaba bajo sus pies, lo sacó y lo abrió por la
mitad.
-Acércame la vela.
-¿Puedes leerlo?
-Más o menos…
-«… y su mano volviendo, cuál no sería su aflicción al descubrir que los hombres todos llegan
a la nada, a saber, la Muerte, y en su orgullo, juróse entonces buscar la Inmortalidad. "Así -
dijo a los jóvenes hechiceros- vestir podremos sobre nuestros hombros el manto de los dioses."
El día siguiente, que fue lluvioso, Alberto…»
-Está escrito en Antiguo -dijo-. Antes de que se inventara la ortografía. Echemos un vistazo
al último.
Se trataba de Albert, no había duda. Mort leyó de reojo varias referencias al pan frito.
-Veamos qué hace ahora -sugirió Ysabell.
-¿Te parece que deberíamos? Es como si lo espiásemos.
-¿Y qué más da? ¿Tienes miedo?
-Está bien.
Pasó las páginas hasta llegar a las no escritas, y luego retrocedió hasta que encontró a la
historia de la vida de Albert que iba avanzando por la página a una velocidad sorprendente,
considerando que estaban en plena noche; la mayor parte de las biografías decían muy poco
sobre el reposo, a menos que los sueños fuesen especialmente vividos.
-Hazme el favor de sostener bien la vela. No quisiera engrasarle la vida.
-¿Por qué no? A él le gusta la grasa.
-Deja de reírte, o nos caeremos los dos. Fíjate en esta parte…
«Recorrió, sigiloso, la polvorienta oscuridad de la Pila… -leyó Ysabell-, sus ojos fijos en el
pequeño fulgor de la luz de la vela, allá en lo alto. Fisgoneando, pensó, metiéndose en cosas
que no les conciernen, los muy diablos…»
-¡Mort! Está…
-¡Cállate! ¡Déjame leer!
«… ya le pondré yo fin a esto. Albert se acercó, silencioso, hasta el pie de la escalera, se
escupió las manos y se dispuso a empujar. Mi ama jamás se enterará; últimamente se ha comportado
de un modo extraño, y todo por culpa de ese muchacho, le…»
Mort apartó la vista del libro y vio los ojos horrorizados de Ysabell.
Entonces, la muchacha le quitó el libro de la mano, tendió el brazo y, mientras su mirada
permanecía fija en la de él, lo soltó.
Mort contempló cómo se movían los labios de Ysabell y, al cabo, notó que él también contaba
en voz baja.
Tres, cuatro…
Se oyó un ruido sordo, un grito apagado y, después, se hizo el silencio.
-¿Lo habrás matado? -inquirió Mort al cabo de un rato.
-¿Cómo, aquí? De todos modos, no te noté dispuesto a aportar mejores ideas.
-No, pero… al fin y al cabo, es un anciano.
-No lo es -dijo Ysabell, enfática, y empezó a bajar la escalera.
-¿Dos mil años?
-Sesenta y siete y ni un día más.
-El libro decía…
-Ya te he dicho que aquí el tiempo no cuenta. No el tiempo real. ¿Es que no me escuchas,
muchacho?
-Mort -aclaró Mort.
-Y deja de pisotearme los dedos, que me doy toda la prisa que puedo.
-Perdona.
-Y no te comportes como un tonto. ¿Tienes idea de lo aburrido que es vivir aquí?
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-Probablemente no -repuso Mort, y con sentida añoranza, agregó-: He oído hablar del aburrimiento,
pero nunca he tenido ocasión de probarlo.
-Es horrible.
-Si es por eso, la diversión no es tal y como la pintan.
-Cualquier cosa es mejor que esto.
Desde abajo les llegó un quejido, y luego un torrente de maldiciones.
Ysabell miró atentamente en la oscuridad.
-Está claro que no le he dañado los músculos de blasfemar -observó-. No creo que debiera
escuchar palabras como ésas. Podrían ser negativas para mi fibra moral.
Encontraron a Albert encogido, al pie de la estantería, mascullando y sosteniéndose el brazo.
-No hace falta que montes tanto escándalo -dijo Ysabell, enérgica-. No estás herido; mi madre
no permite que ocurran ese tipo de cosas.
-¿Por qué tuviste que hacer una barbaridad así? -gimió-. No pensaba haceros daño.
-Ibas a empujarnos para que nos cayésemos de la escalera -dijo Mort al tiempo que intentaba
ayudarlo a incorporarse-. Lo he leído. Me sorprende que no usaras magia.
Albert le lanzó una mirada colérica.
-De modo que te has enterado, ¿eh? -dijo en voz baja-. Para lo que te va a servir… No tienes
derecho a espiarme.
Se incorporó con esfuerzo, se quitó de encima la mano de Mort y se alejó tambaleante por
entre las estanterías silenciosas.
-¡No, espera! -gritó Mort-. ¡Necesito tu ayuda!
-Por supuesto -dijo Albert por encima del hombro-. Tiene lógica, ¿no? Pensaste, ahora voy
a ponerme a fisgonear en su vida privada y después voy y le pido que me ayude.
-Yo sólo pretendía averiguar si eras realmente tú -se disculpó Mort corriendo tras él.
-Soy yo. Todo el mundo es quien realmente es.
-¡Si no me ayudas ocurrirá algo terrible! Se trata de una princesa y se…
-Todo el tiempo ocurren cosas terribles, muchacho…
-… Mort…
-… y no por eso se espera que yo haga algo por evitarlas.
-¡Pero tú fuiste el más grande!
Albert se detuvo un momento, pero no miró a su alrededor.
-Fui el más grande, fui el más grande. Y no trates de hacerme la pelota. Eso no va conmigo.
-Pero si hasta te han erigido monumentos -dijo Mort tratando de contener un bostezo.
-Peor para ellos.
Albert había alcanzado el pie de la escalera que conducía a la biblioteca propiamente dicha,
la subió ruidosamente y quedó perfilado por la luz de las velas que provenía de la biblioteca.
-¿O sea que no me vas a ayudar? ¿Ni siquiera si pudieras?
-Premio para el chico -gruñó Albert-. Y de nada te valdrá apelar al lado bueno que oculto
debajo de esta dura apariencia exterior. -Hizo una pausa y añadió-: Porque mi interior también
es bastante duro.
Lo oyeron cruzar el suelo de la biblioteca como si le tuviera manía y salir dando un portazo.
-Vaya -dijo Mort vacilante.
-¿Qué esperabas? -le espetó Ysabell-. No le importa nada, salvo mi madre.
-Es que pensé que alguien como él me ayudaría si le explicaba bien el motivo -comentó
Mort. Se hundió. El torrente de energía que lo había mantenido en pie durante toda la noche se
evaporó, y la mente se le llenó de plomo-. ¿Sabías que fue un famoso hechicero?
-Eso no significa nada, los hechiceros no tienen por qué ser agradables. No te metas en los
asuntos de un hechicero, porque una negativa ofende, como leí en alguna parte. -Ysabell se
acercó a Mort, lo miró con una cierta preocupación y le dijo-: Tienes el mismo aspecto que las
sobras dejadas en un plato.
-… stoy bien -repuso subiendo pesadamente los escalones e internándose en las sombras
listadas de la biblioteca.
-No estás bien. Te vendría bien dormir a pierna suelta, muchacho.
-M't -murmuró Mort.
Notó que Ysabell le sujetaba el brazo y lo colocaba encima del hombro de ella. Las paredes
comenzaron a moverse suavemente, hasta el sonido de su propia voz le llegaba desde muy
lejos, y pensó entonces lo maravilloso que sería tenderse sobre una bonita losa de piedra y
dormir para siempre.
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La Muerte no tardaría en regresar, se dijo, al tiempo que notaba que su cuerpo aceptaba sin
protestas que lo ayudasen a recorrer los pasillos. No le quedaba otra salida, debería contárselo
a la Muerte. Al fin y al cabo, no era tan mala persona. Ella lo ayudaría; lo único que debía hacer
era explicárselo todo. Entonces, se acabarían todas sus preocupaciones y podría dor…
-¿Y qué puesto ocupaba antes?
¿CÓMO HA DICHO?
-¿Cómo se ganaba la vida? -inquirió el joven delgado que estaba detrás del escritorio.
La figura que tenía delante se movió, incómoda.
CONDUCÍA ALMAS HASTA EL OTRO MUNDO. ERA LA TUMBA DE TODA ESPERANZA.
ERA LA REALIDAD DEFINITIVA. ERA LA ASESINA A LA QUE NINGUNA CERRADURA SE
LE RESISTÍA.
-Ya, ya, capto la idea, pero ¿tiene alguna habilidad especial? La Muerte reflexionó.
SUPONGO QUE UNA CIERTA EXPERIENCIA CON IMPLEMENTOS AGRÍCOLAS -
aventuró al cabo de un rato.
El joven sacudió la cabeza con firmeza. ¿No?
-Estamos en la ciudad, señora… -Bajó la mirada y volvió a sentir una ligera incomodidad
que no logró precisar-. Señora…, señora, y andamos escasos de campos.
Dejó la pluma y lanzó una sonrisa que sugería que la había aprendido en un libro.
Ankh-Morpork no estaba lo bastante avanzada como para contar con una oficina de empleo.
Las personas iban teniendo trabajo porque sus padres les dejaban sitio, o porque su talento
natural encontraba una salida, o por el sistema de recomendación verbal. Pero había una cierta
demanda de sirvientes y criados, y como las zonas comerciales de la ciudad comenzaban a
prosperar, el joven delgado -un tal señor Liona Keeble- había inventado la profesión de agente
de colocaciones. En ese preciso momento, se le hacía muy cuesta arriba.
-Mi querida señora… -bajó la vista-, señora, a esta ciudad llega mucha gente de fuera porque,
vaya, se piensa que aquí hay más recursos. Perdone que se lo diga, pero me parece usted
una dama venida a menos. Tengo la impresión de que habría preferido usted algo más
refinado que… -volvió a bajar la mirada y frunció el ceño-, algo que tuviera que ver con gatos y
flores.
LO SIENTO, PERO ME PARECIÓ QUE HABÍA LLEGADO LA HORA DE CAMBIAR.
-¿Sabe tocar algún instrumento musical? No.
-¿Qué tal se le da la carpintería?
NO LO SÉ. NUNCA LO HE INTENTADO.
La Muerte se miró los pies. Comenzaba a sentirse terriblemente incómoda.
Keeble movió el papel que tenía sobre la mesa y suspiró.
SÉ ATRAVESAR PAREDES -comentó la Muerte con ánimo de ayudar, consciente de que la
conversación había llegado a un callejón sin salida.
Keeble levantó la cabeza y la miró con los ojos iluminados.
-Me gustaría verlo. Podría tratarse de toda una aptitud. BIEN.
La Muerte echó hacia atrás la silla y avanzó, majestuosa y confiada, hacia la pared más
cercana. AAY. Keeble la observaba, expectante.
-Adelante, pues -le dijo.
HUM. SE TRATA DE UNA PARED CORRIENTE, ¿NO?
-Supongo que sí. No soy un experto.
AL PARECER, ME PLANTEA CIERTAS DIFICULTADES.
-Eso parece.
¿CÓMO SE LLAMA LA SENSACIÓN DE SENTIRSE MUY PEQUEÑA Y ACALORADA?
Keeble jugueteó con su lápiz.
-¿Enanismo? EMPIEZA CON EME.
-¿Molesto?
-SÍ -respondió la Muerte-. QUIERO DECIR, SÍ.
-Al parecer, no posee usted ninguna habilidad o talento que nos sean útiles. ¿Ha pensado
en dedicarse a la enseñanza?
El rostro de la Muerte se convirtió en una máscara de terror. Bueno, en realidad siempre era
una máscara de terror, pero en esta ocasión, la cosa fue intencionada.
-Verá -dijo Keeble amablemente dejando la pluma y juntando las puntas de los dedos-, son
raras las veces en que se me presenta la ocasión de encontrarle un nuevo oficio a una… ¿cómo
me dijo usted que se llamaba?
PERSONIFICACIÓN ANTROPOMÓRFICA.
-Ah, sí. ¿Y qué es eso exactamente?
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La Muerte ya se había hartado.
ESTO -repuso.
Por un momento, sólo por un momento, el señor Keeble la vio claramente. Su cara palideció
casi tanto como la de la Muerte. Sus manos temblaban convulsivamente. Su corazón farfulló.
La Muerte lo contempló con leve interés, después, de las profundidades de su túnica extrajo
un reloj de arena y lo sostuvo en la luz para examinarlo con ojo crítico.
TRANQUILÍCESE -le sugirió-, TODAVÍA LE QUEDAN UNOS CUANTOS AÑOS.
-Pepepe…
PODRÍA DECIRLE CUÁNTOS, SI LO DESEA.
Luchando por respirar, Keeble logró sacudir la cabeza.
¿QUIERE QUE LE TRAIGA UN VASO DE AGUA, ENTONCES?
-Nnnn… nnno.
Y la campanilla de la tienda repiqueteó. Keeble puso los ojos en blanco. La Muerte decidió
que le debía algo al hombre. No era justo que perdiera clientela, que obviamente era algo que
los humanos valoraban mucho.
Apartó la cortina de abalorios y salió de la trastienda con paso majestuoso; en la tienda se
encontró con una mujer pequeña y gordita, con aspecto de pan casero iracundo, que martilleaba
el mostrador con un abadejo.
-Es por ese trabajo de cocinera en la Universidad -anunció-. Usted me dijo que era un buen
puesto, pero aquello es una desgracia, si viera usted las bromas que gastan los estudiantes… y
exijo que… quiero que usted me… no voy a…
Su voz se fue apagando.
-Oiga -dijo al cabo de un rato, pero se la notaba poco convencida de lo que decía-. Usted no
es Keeble, ¿verdad?
La Muerte se la quedó mirando. Nunca antes había tenido que aguantar a un cliente insatisfecho.
Estaba perdida. Finalmente, se dio por vencida.
MÁRCHATE, ARPÍA INFECTA, ENGENDRO DE LA MEDIANOCHE -le ordenó.
Los ojillos de la cocinera se entrecerraron.
-¿Me llama usted espía infecta? -inquirió, acusadora, y volvió a golpear el mostrador con el
pescado-. Mire usted esto. Anoche era mi calentador de cama y esta mañana era un pescado.
Y le pregunto…
QUE TODOS LOS DEMONIOS DEL INFIERNO TE ARRANQUEN EL ALMA SI NO SALES
DE LA TIENDA AHORA MISMO -ensayó la Muerte.
-Yo de eso no sé nada, ¿pero qué me dice de mi calentador de cama? Ése no es lugar para
una mujer respetable, intentaron…
SI ME HICIERAS EL FAVOR DE MARCHARTE -dijo la Muerte, desesperada-, TE DARÉ
DINERO.
-¿Cuánto? -inquirió la cocinera con una velocidad que habría sacado varios cuerpos a una
cascabel enfurecida y dado un buen susto a un relámpago.
La Muerte sacó su bolsa y echó un montoncito de monedas oscurecidas y verdosas sobre el
mostrador. La mujer las examinó con profunda suspicacia.
Y AHORA VETE YA -le ordenó la Muerte y luego añadió-: ANTES DE QUE LOS ARDIENTES
VIENTOS DEL INFINITO CHAMUSQUEN TU CUERPO.
-De esto se va a enterar mi marido -amenazó la cocinera y se marchó de la tienda.
A la Muerte le pareció que ninguna de sus amenazas había sido tan horrenda.
Cruzó otra vez las cortinas con paso majestuoso. Keeble, que seguía encorvado en su silla,
soltó una especie de gorjeo estrangulado.
-¡Era verdad! -exclamó-. ¡Creí que era usted una pesadilla! PODRÍA OFENDERME POR
ESO -declaró la Muerte.
-¿De verdad es usted la Muerte? -inquirió Keeble. Sí.
-¿Por qué no me lo dijo antes?
LA GENTE PREFIERE QUE NO LO HAGA.
Keeble rebuscó entre sus papeles riéndose como un histérico.
-¿Quiere dedicarse a otra cosa? -preguntó-. ¿Ratoncito Pérez? ¿Hombre del saco? ¿Coco?
NO SEA TONTO. YO SÓLO SIENTO NECESIDAD DE UN CAMBIO.
Finalmente, después de rebuscar frenéticamente, Keeble logró dar con el papel que necesitaba.
Lanzó una risotada enajenada y se lo entregó a la Muerte.
La Muerte lo leyó.
¿Y ESTO ES UN TRABAJO? ¿A LA GENTE LE PAGAN POR ESTO?
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-Sí, sí, vaya a verlo, responde usted perfectamente al perfil. Pero no le diga usted que la envío
yo.
Binky surcaba la noche a galope tendido, mientras bajo sus cascos se extendía el Disco.
Mort comprendió entonces que la espada tenía un alcance superior al que había creído, llegaba
a las estrellas mismas; la hizo girar por las profundidades del espacio y la enterró en el corazón
de una enana amarilla que estalló satisfactoriamente como una nova. Se irguió sobre la silla, la
hizo girar por encima de su cabeza y rió al comprobar que la llama azulada se abría en abanico
en el cielo dejando un rastro de oscuridad y ascuas.
Y no se detuvo. Mort luchó cuando la espada cortó el horizonte, demoliendo las montañas,
secando los mares, convirtiendo los verdes bosques en cenizas y yesca. Oyó voces a sus espaldas,
y los gritos breves de amigos y parientes cuando se volvió, desesperado. De la tierra
muerta surgían los remolinos de las tormentas de polvo mientras él luchaba por soltar el arma,
pero la espada le quemaba como hielo en la mano y lo arrastraba a una danza que no acabaría
mientras quedase algo vivo.
Y ese momento llegó, y Mort se quedó solo, con la Muerte, que le decía:
-Buen trabajo, muchacho. Y Mort le contestaba: MORT.
-¡Mort! ¡Mort! ¡Despierta!
Mort salió despacio del sueño, como un cadáver de un estanque. Luchó contra ello aferrándose
a la almohada y a los horrores del sueño, pero alguien le tiraba de la oreja con urgencia.
-¿Mmmf? -dijo.
-¡Mort!
-¿Pssí?
-¡Mort, es mi madre!
Abrió los ojos y se quedó mirando con gesto ausente el rostro de Ysabell. Entonces, los
acontecimientos de la noche anterior lo golpearon como un calcetín lleno de arena húmeda.
Mort sacó las piernas de la cama envuelto aún en los restos de su pesadilla.
-De acuerdo -dijo-, iré a verla ya mismo.
-¡Pero si no está! ¡Albert se está volviendo loco! -Ysabell estaba junto a la cama, retorciendo
un pañuelo entre las manos-. Mort, ¿crees que ha podido pasarle algo malo?
La miró con gesto ausente.
-No seas estúpida, es la Muerte. -Se rascó.
Tenía calor y notaba la piel reseca y plagada de escozores.
-¡Pero nunca ha estado fuera tanto tiempo! ¡Ni siquiera cuando lo de la gran plaga de Pseudópolis!
Tiene que estar aquí por las mañanas para ocuparse de los libros y descifrar los nudos
y…
Mort la agarró de los brazos y le dijo tratando de calmarla:
-De acuerdo, de acuerdo. Seguro que no le ha pasado nada. Tranquilízate, que ya iré a
ver… oye, ¿por qué tienes los ojos cerrados?
-Mort, ponte algo, por favor -le pidió Ysabell con un tono tenso. Mort se miró.
-Lo siento -dijo mansamente-, no me había dado cuenta… ¿Quién me metió en la cama?
-Yo -repuso ella-. Pero miré para otro lado.
Mort se puso los pantalones de montar, la camisa, y salió corriendo hacia el estudio de la
Muerte, mientras Ysabell le pisaba los talones. Allí encontraron a Albert, saltando de un pie al
otro como un pato en una plancha. Al entrar Mort, la expresión del anciano era algo muy semejante
a la gratitud.
Mort descubrió, para su asombro, que tenía los ojos empañados de lágrimas.
-No se ha sentado en su silla -gimió Albert.
-Lo siento, pero ¿tan importante es? -inquirió Mort-. Mi bisabuelo se pasaba días fuera de
casa si en el mercado había vendido bien.
-Pero ella siempre está aquí -adujo Albert-. Desde que la conozco, todas las mañanas viene
aquí a sentarse a su escritorio para trabajar en los nudos. Es su trabajo. Y no ha faltado un solo
día.
-Supongo que por un día o dos los nudos podrán aguantarse -dijo Mort.
El descenso de la temperatura le indicó que no era así. Observó sus rostros.
-¿No pueden? -preguntó. Los dos negaron con la cabeza.
-Si no se descifran correctamente los nudos, se destruye todo el Equilibrio -le informó
Ysabell-. Cualquiera sabe lo que podría ocurrir.
-¿No te lo ha explicado? -inquirió Albert.
-No. En realidad, sólo he hecho el trabajo práctico. Ella me dijo que más tarde me enseñaría
la teoría -repuso Mort.
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Ysabell se echó a llorar.
Albert aferró a Mort por el brazo al tiempo que fruncía dramáticamente las cejas, y le indicó
que debían hablar a solas. Mort lo siguió a regañadientes.
El anciano hurgó en sus bolsillos y al final extrajo una bolsa de papel arrugada.
-¿Un caramelo de menta? -le ofreció. Mort sacudió la cabeza.
-¿Nunca te habló de los nudos? -preguntó Albert. Mort volvió a sacudir la cabeza. Albert
chupó su caramelo de menta e hizo un ruido que sonó como el desagüe de la bañera de Dios.
-¿Cuántos años tienes, muchacho?
-Mort. Dieciséis.
-Un muchacho debe saber ciertas cosas antes de cumplir los dieciséis -comenzó Albert mirando
por encima del hombro a Ysabell, que lloraba sentada en la silla de la Muerte.
-Ah, era eso. Mi padre ya me lo explicó cuando llevábamos a las margas a que las cubrieran.
Cuando un hombre y una mujer…
-Me refería al universo -se apresuró a aclarar Albert-. Quiero decir, ¿alguna vez te has detenido
a pensar en el universo?
-Sé que el Disco viaja por el espacio a lomos de cuatro elefantes que están de pie sobre el
caparazón de Gran A'Tuin -repuso Mort.
-Eso es sólo parte del tema. Me refería al universo entero del tiempo y el espacio, la vida y
la muerte, el día y la noche y todo lo demás.
-La verdad es que no me había parado demasiado a pensar en eso -admitió Mort.
-Ah. Pues deberías. La cuestión es que los nudos forman parte de todo ello. Impiden que la
muerte se descontrole, ¿sabes? Pero no ella, no la Muerte. Sino la muerte en sí. Porque…,
esto… -Albert pugnó por encontrar las palabras adecuadas-, esto…, pues la muerte debería
producirse exactamente al final de la vida, y no antes o después, y los nudos han de ser descifrados
para que la clave tenga sentido…, no me estás siguiendo, ¿verdad?
-Lo siento.
-Han de ser descifrados -dijo Albert, categórico-, y así se cobran las vidas correctas. Los relojes
de arena, como los llamáis vosotros. El Servicio en sí es lo fácil del trabajo.
-¿Puedes descifrarlos tú?
-No. ¿Y tú?
-¡Tampoco!
Albert chupó pensativamente su caramelo de menta.
-O sea, que todo el mundo a hacer puñetas -dijo.
-Mira, no entiendo por qué estás tan preocupado. Supongo que se habrá entretenido en alguna
parte -sugirió Mort.
Pero incluso a él le pareció poco convincente. Porque no era que la gente tuviera por costumbre
enganchar a la Muerte para contarle otro cuento, o la palmearan en la espalda para
decirle cosas como «Venga, que tienes tiempo para una caña rápida, chica, no tienes por qué
irte corriendo a casa», o la invitaran para formar parte de un equipo de bolos, o a salir después
a comprar comida klatchiana hecha, o… Entonces, de repente, Mort comprendió con terrible
patetismo que la Muerte debía de ser la criatura más solitaria del universo. En la gran fiesta de
la Creación, ella estaba siempre en la cocina.
-No tengo ni idea de qué le pasa últimamente a mi ama -masculló Albert-. Sal de esa silla,
niña. Echemos un vistazo a estos nudos. Abrieron el libro mayor. Se lo quedaron mirando un
rato largo. Finalmente, Mort preguntó:
-¿Qué significan todos esos símbolos?
-Que me asen -murmuró Albert por lo bajo.
-¿Qué significa eso?
-Que no tengo ni idea.
-Eso es jerga de hechicero, ¿no? -dijo Mort.
-¡Déjate de hablar de jergas de hechicero! No sé nada sobre jergas de hechicero. Y utiliza tu
cerebro para descifrar esto.
Mort volvió a mirar el trazado de líneas. Era como si una araña hubiera hilado una tela en la
página y se hubiera detenido en cada punto de unión para redactar notas. Mort miró con fijeza
hasta que le dolieron los ojos, esperando que le surgiera alguna chispa de inspiración. Ninguna
hizo acto de presencia.
-¿Qué, hay suerte?
-A mí me suena a klatchiano -dijo Mort-. Ni siquiera sé si hay que leerlo de arriba abajo o de
costado.
-En espiral, desde el centro hacia afuera -dijo Ysabell con voz llorosa desde un rincón.
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Sus cabezas chocaron cuando los dos se dieron vuelta a la vez para examinar al centro de
la página. Se la quedaron mirando. La muchacha se encogió de hombros.
-Mi madre me enseñó a leer el diagrama de los nudos -dijo-, cuando me venía aquí a coser.
Me leía trozos en voz alta.
-¿Podrías ayudarnos? -inquirió Mort.
-No -respondió Ysabell y se sonó la nariz.
-¿Cómo que no? -rugió Albert-. Esto es demasiado importante para que una mocosa…
-Quiero decir que yo lo haré y vosotros podréis ayudarme -dijo con tono cortante.
El Gremio de Mercaderes de Ankh-Morpork ha tomado como costumbre contratar nutridos
grupos de hombres con orejas como puños y puños como sacos de nueces, cuya tarea consiste
en reeducar a las personas descarriadas que no reconocen públicamente los muchos atractivos
de su hermosa ciudad. Por ejemplo, el filósofo Catroastro fue hallado flotando boca abajo
en el río a las horas de haber pronunciado la famosa frase: «Cuando un hombre se cansa de
Ankh-Morpork, se cansa de estar hundido hasta la rodilla en lechada».
Por lo tanto, lo más prudente es recrearse en una de las cosas -de las muchas, por supuesto-
que hacen que Ankh-Morpork sea una de las más afamadas ciudades del multiverso.
Y es su comida.
Las rutas comerciales de medio Disco pasan por la ciudad, o bajan por su río más bien lento.
Más de la mitad de las tribus y razas del Disco poseen representantes que habitan en sus
amplias extensiones. En Ankh-Morpork hacen colisión las cocinas del mundo: en su menú se
incluyen mil tipos de verduras, mil quinientos quesos, dos mil especias, trescientos tipos de
carne, doscientos de aves, quinientas clases diferentes de pescados, cien variaciones sobre el
tema de la pasta, setenta huevos de una u otra especie, cincuenta insectos, treinta moluscos,
veinte víboras surtidas y otros reptiles, y algo parduzco claro y lleno de verrugas conocido como
la trufa migratoria de ciénaga klatchiana.
Sus establecimientos de restauración van de lo opulento, donde las raciones son pequeñas
pero servidas en vajilla de plata, a lo reservado, donde se rumorea que algunos de los habitantes
más exóticos del Disco comen cualquier cosa que pase por sus gaznates.
Probablemente, el Asador de Harga, que se encuentra en la zona portuaria, no se cuente
entre los principales establecimientos de restauración de la ciudad, porque fomenta el tipo de
clientela musculosa más inclinada hacia la cantidad y a romper las mesas si no se la sirven. Lo
exótico y lo curioso no va con ellos, sino que se ciñen a las comidas convencionales como embriones
de pájaros incapaces de volar, órganos picados metidos en piel de intestinos, lonchas
de cerdo y semillas vegetales molidas y requemadas, regadas con grasas animales.
Era de esa clase de restaurantes que no necesitan un menú. Los clientes se limitaban a
echarle un vistazo a la camiseta de Harga.
Con todo, tenía que reconocer que la nueva cocinera conocía a fondo el oficio. Harga, amplio
anuncio de su propia mercancía rica en hidratos de carbono, sonreía al frente del restaurante
lleno de clientes satisfechos. ¡Y además, qué veloz era! En realidad, tan veloz que desconcertaba.
Golpeó en la trampilla.
-Dos de huevo, patatas fritas, judías y una trollburger, sin cebolla -gritó con voz ronca.
BIEN.
La trampilla se abrió segundos más tarde y aparecieron dos platos. Harga sacudió la cabeza,
preso de agradecido asombro.
Y llevaba así toda la noche. Los huevos salían brillantes y relucientes, las judías centelleaban
cual rubíes, y las patatas fritas tenían ese tostadito dorado de los cuerpos bronceados en
playas caras. El anterior cocinero de Harga hacía unas patatas fritas que parecían bolsitas de
papel llenas de pus.
Harga paseó la mirada por el local envuelto en humo. Nadie lo
observaba. Iba a llegar al fondo del asunto. Volvió a golpear en la trampilla.
-Un bocadillo de caimán -dijo-. Que salga enseg…
La trampilla salió disparada hacia arriba. Después de hacer una pausa para reunir valor,
Harga espió debajo de la loncha superior del bocata kilométrico que tenía ante sí. No quería
decir que era caimán, tampoco quería decir que no lo fuera. Volvió a llamar en la trampilla.
-Muy bien -dijo-, no me quejo, pero quiero saber cómo lo has hecho tan deprisa.
EL TIEMPO NO ES IMPORTANTE.
-¿Te parece?
Sí.
Harga decidió no discutir.
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-De acuerdo. Lo estás haciendo estupendamente bien, chica.
¿CÓMO SE LLAMA LA SENSACIÓN QUE SIENTES CUANDO POR DENTRO TIENES UN
CALORCILLO Y UNA ALEGRÍA Y DESEAS QUE LAS COSAS SIGUIERAN ASÍ?
-Supongo que se llama felicidad -respondió Harga.
En el interior de la diminuta y atestada cocina, recubierta con capas de grasa de varias décadas,
la Muerte iba y venía cortando, picando y volando. Su cacerola centelleaba a través del
fétido vapor.
Había abierto la puerta para que entrara el aire de la fría noche, y una docena de gatos del
vecindario se habían colado, atraídos por los cuencos de leche y carne -a su juicio, lo mejor de
Harga-, estratégicamente dispuestos en el suelo. De vez en cuando, la Muerte hacía un alto en
su trabajo y rascaba a uno de ellos detrás de las orejas.
-Felicidad -dijo, y le sorprendió el sonido de su propia voz.
Buencorte, el hechicero y Reconocedor Real por designio de su majestad, subió con esfuerzo
los últimos escalones de la torre, y se apoyó en el muro, a esperar a que el corazón dejara
de latirle con tanta fuerza.
En realidad, la torre no era particularmente alta, sino que era alta para Sto Lat. En cuanto al
diseño y distribución generales, se parecía a las torres corrientes en las que se encarcelaba a
las princesas; se la utilizaba principalmente para guardar muebles viejos.
Sin embargo, ofrecía unas vistas sin par de la ciudad y de la llanura de Sto, es decir, desde
ella se alcanzaban a ver cantidades industriales de coles.
Buencorte subió hasta las almenas desvencijadas que había en lo alto del muro y se asomó
a contemplar la neblina matinal. Quizá era más neblinosa que de costumbre. Si se concentraba
mucho, alcanzaba a imaginar un fulgor en el cielo. Y si de verdad forzaba su imaginación, podía
oír un zumbido sobre los campos de coles, un sonido como si estuvieran friendo langostas.
Se estremeció.
En momentos como aquél, sus manos hurgaban automáticamente en los bolsillos. No encontraron
más que media bolsa de gominolas apelotonadas en una masa pegajosa y el corazón
de una manzana. Ninguna de estas cosas le ofrecieron demasiado consuelo.
Lo que Buencorte quería era lo que cualquier hechicero normal quiere en momentos como
aquél, es decir, fumarse un cigarro. Habría sido capaz de matar por un cigarro, y habría llegado
tan lejos como herir a alguien por una colilla aplastada. Intentó dominarse. La determinación
era buena para la fibra moral; el único problema era que la fibra no apreciaba los sacrificios que
él hacía por ella. Se decía que un hechicero verdaderamente genial debía encontrarse continuamente
en tensión. Buencorte podía haber muy bien servido como cuerda de arco.
Volvió la espalda al panorama de brássicas y bajó por los serpenteantes escalones que llevaban
a la parte principal del palacio.
No obstante, se dijo, la campaña parecía haber funcionado. La población no parecía resistirse
al hecho de que iba a producirse una coronación, aunque no tenía del todo claro a quién
iban a coronar. Iban a engalanar las calles y Buencorte había dado órdenes de que abriese la
fuente principal de la plaza del pueblo, para que de ella saliera un chorro que, aunque no sería
de vino, al menos sería de una cerveza pasable hecha con brécoles. Iba a haber danzas folclóricas,
a punta de espada, si era preciso. Organizarían carreras para los niños. Y harían un buey
asado. Habían vuelto a bañar en oro el carruaje real, y Buencorte confiaba en poder persuadir
a la gente para que se percatara de su paso.
El Sumo Sacerdote del Templo de lo El Ciego iba a ser un problema. Buencorte ya lo tenía
catalogado como un pobre viejecito cuya destreza con el cuchillo era tan poco de fiar que la
mitad de los sacrificios se cansaban de esperar y se marchaban por su propio pie. La última
vez que había intentado sacrificar una cabra, el animal había tenido tiempo de parir gemelos
antes de que el viejecito lograra centrar la vista, y luego la valentía de la maternidad había impulsado
a la bestia a expulsar del templo a todos los sacerdotes.
Buencorte había calculado que, incluso en circunstancias normales, las probabilidades de
que lograse colocarle la corona a la persona adecuada eran más que modestas; no le quedaba
más remedio que permanecer al lado del anciano e intentar, con todo el tacto posible, guiar sus
manos temblorosas.
Con todo, no era ése su mayor problema. Su mayor problema era mucho mayor que ése. El
mayor problema le había sido planteado después del desayuno por el Canciller.
-¿Fuegos artificiales? -había repetido Buencorte.
-Es el tipo de cosas en las que vosotros, los hechiceros, os destacáis, ¿no? -dijo el Canciller,
con tono brusco-. Resplandores, estallidos y qué sé yo. Recuerdo un hechicero de cuando
yo era muchacho…
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-Me temo que no sé nada de fuegos artificiales -arguyó Buencorte con un tono destinado a
dar a entender que atesoraba esta ignorancia.
-Montones de cohetes -recordó alegremente el Canciller-. Luces de Ankh. Petardos. Y
chismes de ésos que se sostienen en la mano. Una coronación no es una coronación sin fuegos
artificiales.
-Sí, pero verá usted…
-Joven, joven -se apresuró a interrumpirlo el Canciller-, sabía que se podía contar contigo.
Muchos cohetes, ¿entendido?, y para el broche final, debería haber algo sobrecogedor como
un retrato de…, de…
Los ojos se le tornaron vidriosos de un modo que a Buencorte le resultaba ya deprimentemente
familiar.
-De la princesa Keli -dijo, agobiado.
-Ah. Sí. De ella -dijo el Canciller. Un retrato de…, de quien has dicho tú…, hecho con fuegos
artificiales. Claro que para vosotros, los hechiceros, esto es cosa de coser y cantar, pero al
pueblo le gusta. Yo siempre digo que no hay como una buena comilona, unos buenas explosiones
de petardos y demás, y unos cuantos saludos desde el balcón para mantener en forma
los músculos de la lealtad. Encárgate de todo. Cohetes. Con runas.
Una hora antes, Buencorte había hojeado el índice del Grimorio de la Diversión Monstruosa,
había reunido cuidadosamente un cierto números de ingredientes caseros y había acercado a
ellos una cerilla encendida.
Mira que son curiosas las cejas, pensó. Nunca reparas en ellas hasta que te faltan.
Con los ojos enrojecidos y oliendo ligeramente a humo, Buen-corte avanzó sin prisa hacia
los aposentos reales y fue dejando atrás grupos de doncellas ocupadas en lo que fuera que las
doncellas se ocuparan, para lo cual, al parecer, siempre hacían falta al menos tres. Cuando se
cruzaban con Buencorte, se quedaban calladas, apuraban el paso, agachaban la cabeza y
después soltaban risitas ahogadas por el pasillo. Aquello fastidiaba a Buencorte. No por motivos
personales, se apresuró a aclarar para sus adentros, sino porque los hechiceros se merecían
más respeto. Además, algunas doncellas lo miraban de un modo que le inspiraban unos
pensamientos claramente antihechiceriles.
No cabe duda, pensó, de que el camino de la ilustración es como medio kilómetro recubierto
de vidrios rotos.
Llamó a la puerta de las estancias de Keli. Le abrió una doncella.
-¿Está tu ama? -le preguntó con toda la arrogancia de que fue capaz.
La doncella se llevó la mano a la boca. Sus hombros se estremecieron y le brillaban los
ojos. De entre sus dedos salió un sonido parecido al que produce el vapor al escapar de un
recipiente.
No puedo evitarlo, pensó Buencorte, fíjate tú el asombroso efecto que tengo sobre las mujeres.
-¿Es un hombre? -inquirió desde dentro la voz de Keli. Los ojos de la doncella se tornaron
vidriosos e inclinó la cabeza, como si no estuviera segura de haber oído bien.
-Soy yo, Buencorte -anunció Buencorte.
-Ah, está bien, entonces. Puedes pasar.
Buencorte empujó a la muchacha e intentó hacer caso omiso de la risita ahogada que soltó
la doncella al salir corriendo de la habitación. Estaba claro que todo el mundo sabía que los
hechiceros no necesitaban una dama de compañía. Pero fue el tono con que la princesa había
pronunciado su «Ah, está bien, entonces» lo que le revolvía las tripas.
Keli estaba sentada delante de su tocador, cepillándose el pelo. Son escasos los hombres
de este mundo que llegan a averiguar lo que una princesa lleva debajo de sus vestidos, y
Buencorte se unió a ellos con suprema renuencia pero notable autocontrol. Sólo lo traicionó el
bambolearse frenético de la nuez de Adán. No cabía duda, transcurrirían días sin que pudiera
practicar magia alguna.
Ella se volvió y hasta él llegó un olorcillo a polvos de talco. Maldición, serían semanas, semanas.
-Pareces un poco acalorado, Buencorte. ¿Te ocurre algo?
-Noogh.
-¿Cómo?
El hechicero se sacudió todo. Concéntrate en el cepillo para el pelo, hombre, el cepillo para
el pelo.
-No fue más que un experimento mágico, majestad. Unas quemaduras superficiales.
-¿Sigue avanzando esa cosa?
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-Me temo que sí.
Keli volvió a mirarse al espejo. Tenía el rostro crispado.
-¿Tenemos tiempo?
Era justo lo que él temía. Había hecho todo lo que había podido. Habían sacado de la borrachera
al Astrólogo Real el tiempo justo como para que insistiese en que el día siguiente era
el único posible para celebrar la ceremonia, de modo que Buencorte había dispuesto que empezase
un segundo después de la medianoche. Había reducido despiadadamente la duración
de la fanfarria real de trompetas. Había cronometrado la invocación del Sumo Sacerdote a los
dioses y la había recortado a fondo; menuda se iba a armar cuando los dioses se enteraran. La
ceremonia del ungimiento con los óleos sagrados había quedado reducida a un ligero toque
detrás de las orejas. Los monopatines eran un invento desconocido en el Disco, de lo contrario,
el recorrido de Keli por el pasillo habría sido inconstitucionalmente veloz. Y aun así, no bastaba.
Procuró darse ánimos.
-Posiblemente no -repuso-. Vamos muy, pero que muy justos. Por el espejo vio que le
echaba una mirada colérica.
-¿Cómo de justos?
-Hum. Mucho.
-¿Intentas decirme que esa cosa podría alcanzarnos en el mismo instante de la ceremonia?
-Hum. Más bien diría que antes -replicó Buencorte con tono lleno de desdicha.
El único ruido perceptible era el tamborilear de los dedos de Keli sobre el borde la mesa.
Buencorte se preguntó si la muchacha se vendría abajo o si rompería el espejo. Pero no hizo
nada de esto, sino que inquirió:
-¿Y cómo lo sabes?
¿Lograría salir del atolladero respondiendo algo así como «Porque soy hechicero, y los hechiceros
sabemos de estas cosas»? Decidió que no. La última vez que había utilizado un argumento
similar, la princesa había amenazado con cortarle la cabeza.
-He preguntado a los guardias por la posada de la que Mort habló -dijo-. Y luego calculé la
distancia aproximada que debía recorrer. Mort dijo que avanzaba a paso lento de hombre;
calculo que su paso cubre unos…
-¿Así de simple? ¿No utilizaste la magia?
-Sólo el sentido común. A la larga, es mucho más fiable. Keli tendió el brazo y le palmeó la
mano.
-Mi viejo Buencorte -dijo.
-Majestad, que sólo tengo veinte años.
La princesa se puso en pie y se dirigió a su vestidor. Una de las cosas que se aprenden
cuando se es princesa es ser siempre mayor que la gente de rango inferior.
-Sí, supongo que ha de haber hechiceros jóvenes -dijo por encima el hombro-. Pero es que
la gente siempre piensa en ellos como viejos. ¿Por qué será?
-Gajes del oficio, majestad -repuso Buencorte poniendo los ojos en blanco.
Le llegaba el crujir de la seda.
-¿Cómo fue que decidiste convertirte en hechicero?
Su voz sonó amortiguada, como si tuviera la cabeza cubierta.
-Es un oficio que se hace bajo techo y no hace falta levantar pesos -respondió Buencorte-.
Además, supongo que quería aprender cómo funciona el mundo.
-¿Y lo has logrado?
-No. -A Buencorte se le daba mal hablar de cosas baladíes, de lo contrario, jamás habría
permitido que su mente divagara tanto como para hacerle preguntar-: ¿Y cómo fue que decidiste
convertirte en princesa?
Tras un reflexivo silencio, ella repuso:
-Lo decidieron por mí.
-Lo siento, yo…
-Esto de la realeza es una tradición familiar. Supongo que con la magia ocurre igual; sin duda,
tu padre era hechicero.
Buencorte rechinó los dientes y replicó:
-Hum, no, la verdad que no. Absolutamente no, para ser más preciso.
Sabía lo que iba a preguntarle después, y ahí llegó, fiable como un ocaso, con una voz fascinada
teñida de diversión.
-¿Ah, no? ¿Es verdad que a los hechiceros no se les permite…?
-Bueno, si no hay nada más, creo que debo marcharme -dijo Buencorte en voz alta-. Si alguien
preguntara por mí, que siga el rastro de explosiones. Yo… ¡gnnh!
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Keli había salido del vestidor.
La ropa de mujer no era un tema que preocupara demasiado a Buencorte… De hecho, en
general, cuando pensaba en mujeres, sus imágenes mentales rara vez incluían ropa, pero la
visión que tenía ante sí lo dejó sin aliento. Quienquiera que hubiese diseñado el vestido no
había sabido cuándo parar. Había puesto encaje encima de la seda, lo había adornado con
pieles negras y recubierto con perlas en todos los sitios que parecían descubiertos; le había
inflado y almidonado las mangas y luego le había añadido filigrana de plata, y después vuelta a
empezar con la seda.
En realidad, resultaba asombroso lo que se podía llegar a hacer con unos cuantos kilos de
metal pesado, unos cuantos moluscos irritados, unos pocos roedores muertos y un montón de
hilo tejido por el trasero de unos insectos. Al vestido no lo llevaban puesto, sino que lo ocupaban;
si los volantes exteriores no iban aguantados sobre ruedas, entonces Keli era más fuerte
de lo que él hubiera imaginado jamás.
-¿Qué te parece? -inquirió ella girándose despacio-. Este vestido se lo han puesto mi madre,
mi abuela y mi bisabuela.
-¿Qué, todas juntas? -preguntó Buencorte dispuesto a creérselo. ¿Cómo diablos puede meterse
en eso?, se preguntó. Tiene que llevar una puerta en la parte de atrás…
-Es una reliquia de la familia. Lleva diamantes genuinos en el corpiño.
-¿Qué parte es el corpiño?
-Esta.
Buencorte se estremeció.
-Es muy impresionante -dijo cuando logró reunir la suficiente confianza en sí mismo como
para hacerlo-. Pero, ¿no te parece quizá un poquitín maduro?
-Es regio.
-Sí, pero, ¿no te impedirá tal vez moverte deprisa?
-No tengo intención de correr. Ha de haber dignidad.
Una vez más, al apretar la mandíbula, quedó esbozada toda la línea de sus ascendentes
hasta su antepasado conquistador, que siempre prefería moverse muy deprisa y que de dignidad
sabía la que le cabía en la punta de su afilada lanza.
Buencorte hizo un amplio ademán.
-Está bien. De acuerdo. Todos hacemos lo que podemos. Espero que a Mort se le haya
ocurrido alguna idea.
-Resulta difícil confiar en un fantasma -dijo Keli-. ¡Atraviesa paredes!
-He estado meditando al respecto. Es un enigma, ¿verdad? Atraviesa cosas sólo cuando no
sabe que lo está haciendo. Creo que debe de ser una enfermedad industrial.
-¿Qué?
-Anoche estaba casi seguro. Se está volviendo real.
-¡Pero si todos somos reales! Al menos tú lo eres, y supongo que yo también.
-Pero él se está volviendo más real. Sumamente real. Casi tan real como la Muerte, y alcanzado
ese nivel, no se puede ser más real. Es imposible.
-¿Estás segura? -preguntó Albert con suspicacia.
-Claro que sí -respondió Ysabell-. Descífralos tú, si quieres. Albert volvió a mirar el enorme
libro; su rostro era el retrato de la incertidumbre.
-Bueno, puede que estén casi bien -admitió con poco estilo y copió los dos nombres en un
trozo de papel-. De todos modos, hay una forma de averiguarlo.
Abrió el cajón superior del escritorio de la Muerte y sacó un enorme llavero de hierro. De él
pendía una sola llave.
¿Y AHORA QUÉ VIENE? -inquirió Mort.
-Tenemos que buscar los biómetros -respondió Albert-. Debes venir conmigo.
-¡Mort! -siseó Ysabell.
-¿Qué?
-Lo que acabas de decir… -Guardó silencio un instante y luego añadió-: No, nada. Es que
me sonó… no sé… extraño.
-Sólo he preguntado que qué viene ahora.
-Sí, pero… olvídalo.
Albert pasó al lado de ellos rozándolos y salió furtivamente al pasillo como una araña con
dos patas, hasta que llegó a la puerta que siempre permanecía cerrada. La llave encajaba a la
perfección. La puerta se abrió. Las bisagras no soltaron un solo chirrido, sólo un silbido de profundo
silencio.
Y el rugido de la arena.
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Mort e Ysabell se quedaron traspuestos en el umbral, mientras Albert recorría con paso sonoro
los pasillos de cristal. El sonido no entraba en el cuerpo a través de las orejas, sino que
subía por las piernas, llegaba al cráneo y llenaba el cerebro hasta que éste no podía pensar en
otra cosa que el ruido siseante y gris, el sonido producido por millones de vidas mientras vivían.
Y se precipitaban hacia su inevitable destino.
Se quedaron mirando las interminables filas de biómetros, todos diferentes, todos con un
nombre. La luz de las antorchas alineadas en las paredes se reflejaba en ellos arrancándoles
destellos, de modo que en cada cristal brillaba una estrella. Las paredes más alejadas de la
habitación parecían perdidas en la galaxia de luz.
Mort notó que Ysabell le clavaba los dedos con fuerza en el brazo. Cuando habló, lo hizo
con la voz forzada.
-Mort, algunos son tan pequeños…
YA LO SÉ.
Aflojó la presión, con suavidad, como quien se dispone a colocar el último as en una casita
de naipes y aparta la mano delicadamente para no provocar el derrumbe de todo el edificio.
-Repite eso, por favor -le pidió en voz baja.
-He dicho que ya lo sé. Y no hay nada que yo pueda hacer. ¿Nunca habías estado aquí?
-No.
La muchacha se había apartado ligeramente y lo miraba fijamente a los ojos.
-No es peor que la biblioteca -dijo Mort, convencido casi-. Pero en la biblioteca sólo se puede
leer lo que pasa; aquí ves cómo ocurre. Hizo una pausa y luego le preguntó:
-¿Por qué me miras así?
-Trataba de acordarme de qué color tienes los ojos -repuso la muchacha-, porque…
-¡Eh, si ya os habéis hartado de vuestra mutua compañía -gritó Albert por encima del rugido
de la arena-, venid por aquí!
-Pardos -le dijo Mort a Ysabell-. Son pardos. ¿Por qué?
-¡Daos prisa!
-Será mejor que vayas a ayudarle -le sugirió Ysabell-. Creo que empieza a sentirse muy molesto.
Mort la dejó; su mente era una repentina ciénaga de incomodidad; avanzó a grandes zancadas
por el suelo de baldosas hasta donde se encontraba Albert dando pataditas impacientes
con un pie.
-¿Qué debo hacer? -preguntó.
-Seguirme.
La habitación se dividía en una serie de pasillos, cada uno tapizado de relojes de arena.
Aquí y allá, los estantes aparecían separados por columnas de piedra sobre las que se veían
unas inscripciones angulares. Albert les echaba una mirada de vez en cuando, pero en general
avanzaba por el laberinto de arena como si se conociera de memoria cada recoveco.
-Albert, ¿cada cual tiene su reloj?
-Sí.
-No parece haber aquí espacio suficiente.
-¿Sabes algo sobre topografía m-dimensional?
-Pues, no.
-Entonces, si yo fuera tú, no aspiraría a tener opinión alguna -dijo Albert.
Se detuvo delante de un estante de relojes, volvió a echar un vistazo al papel, pasó la mano
por la fila y, de pronto, sacó un reloj. La ampolla superior estaba casi vacía.
-Aguanta esto -le pidió-. Si todo es correcto, entonces el otro debería andar por aquí cerca.
Ah. Ya lo tengo.
Mort giró los dos relojes para verlos. Uno de ellos tenía todas las marcas de una vida importante,
mientras que el otro era rechoncho y sin gracia.
Mort leyó los nombres. El primero parecía referirse a un noble de las regiones del Imperio
Ágata. El segundo era una colección de pictogramas que le parecían originarios de Klatch Dextro.
-Andando -le ordenó Albert, burlón-. Cuanto antes te pongas en camino, antes acabarás. Te
llevaré a Binky a la puerta principal.
-Oye, ¿a ti te parecen normales mis ojos? -le preguntó Mort ansiosamente.
-Que yo sepa, no les veo nada raro -respondió Albert-. Un poco enrojecidos, tal vez un poco
más azules que de costumbre, nada especial.
Mort lo siguió y desanduvieron el camino entre los estantes de relojes; los dos parecían
pensativos. Ysabell lo observó mientras sacaba la espada del perchero que había junto a la
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puerta y probaba su filo blandiéndola en el aire, como hacía la Muerte, mientras sonreía sin
alegría al oír el sonido satisfactorio del trueno.
Reconoció su forma de caminar. Andaba majestuosamente.
-¿Mort? -susurró Ysabell. ¿Sí?
-Te está ocurriendo algo.
YA LO SÉ -replicó Mort-. Pero creo que puedo controlarlo. Desde fuera les llegó el sonido
de unos cascos, y Albert abrió la puerta y entró frotándose las manos.
-Muy bien, muchacho, no hay tiempo para…
Mort extendió el brazo con el que empuñaba la espada. Cortó el aire con un ruido como el
que hace la seda al rasgarse y fue a sepultarse en la jamba de la puerta, junto a la oreja de
Albert.
ARRODÍLLATE, ALBERTO MALICH.
Albert se quedó boquiabierto. Miró de reojo a la reluciente hoja de la espada, que se encontraba
a unos centímetros de su cabeza, y luego entrecerró los ojos con fuerza.
-No te atreverías, muchacho -le dijo. MORT.
La sílaba salió disparada de su boca con la misma velocidad de un latigazo, pero con el doble
de violencia.
-Existe un pacto -dijo Albert, pero en su voz se oyó un asomo de duda, ligero como el canto
de un mosquito-. Existe un acuerdo.
-Pero no conmigo.
-¡Existe un acuerdo! ¿Adonde iríamos a parar si no se cumplieran los acuerdos?
-No sé adonde iría a parar yo -dijo Mort en voz baja-. PERO SÉ
ADONDE IRÍAS A PARAR TÚ.
-¡No es justo!
Su voz era un gemido.
LA JUSTICIA NO EXISTE. SÓLO EXISTO YO.
-Basta -pidió Ysabell-. Mort, te comportas como un tonto. Aquí no se puede matar a nadie.
De todos modos, tú no quieres matar a Albert.
-Aquí no. Pero podría mandarlo de vuelta al mundo. Albert palideció.
-¡Serías incapaz!
-¿Tú crees? Puedo llevarte de vuelta y dejarte ahí. Tengo la impresión de que no te queda
mucho tiempo, ¿no es así? ¿No ES ASÍ?
-No hables de ese modo -le pidió Albert, incapaz de mirarlo a los ojos-. Cuando hablas así
te pareces al ama.
-Puedo ser mucho peor que el ama -le advirtió Mort, tajante-. Ysabell, ve a buscar el libro de
Albert, ¿quieres?
-Mort, me parece que estás…
¿TENGO QUE VOLVER A PEDÍRTELO?
Salió corriendo de la habitación, blanca como el papel.
Albert miró a Mort con los ojos entrecerrados, siguiendo la longitud de la espada, y le lanzó
una sonrisa torcida, despojada de humor.
-No podrás controlarlo eternamente -le dijo.
-Ni lo pretendo. Sólo quiero controlarlo el tiempo suficiente.
-Ahora estás receptivo, ¿entiendes? Cuanto más tiempo esté fuera el ama, más te parecerás
a ella. Aunque será mucho peor, porque te acordarás de todo lo que significa ser humano, y
porque…
-¿Qué me dices de ti? -le espetó Mort-. ¿Qué es lo que te acuerdas sobre eso de ser humano?
Si volvieras, ¿cuánta vida te quedaría?
-Noventa y un días, tres horas y cinco minutos -respondió velozmente Albert-. Sabía que me
seguía la pista. Pero aquí estoy seguro y, después de todo, no es tan mala ama. A veces no sé
qué haría sin mí.
-Es cierto, nadie muere en el reino de la Muerte. ¿Y eso te satisface? -le preguntó Mort.
-Tengo más de dos mil años. He vivido más que nadie en el mundo.
Mort sacudió la cabeza.
-Pues no es así. No has hecho más que estirar las cosas. Aquí nadie vive de verdad. En este
lugar, el tiempo no es más que una farsa. No es real. Nada cambia. Preferiría morirme para
ver qué sucede después a pasarme aquí toda la eternidad.
Albert se pellizcó la nariz con aire pensativo, y finalmente admitió:
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-Pues, sí, la verdad es que tú sí. Pero yo fui hechicero, ¿sabes? Y se me daba bastante
bien. Erigieron una estatua en mi nombre. Pero un hechicero logra sobrevivir mucho tiempo a
costa de hacerse unos cuantos enemigos, enemigos que…, que me esperan al Otro Lado.
Husmeó el aire y luego añadió:
-No todos tienen dos piernas. Algunos ni siquiera tienen piernas. Ni caras. La Muerte no me
asusta. Lo que me asusta es lo que viene después.
-Entonces, ayúdame.
-¿Qué sacaré yo de eso?
-Quizá algún día necesites amigos del Otro Lado -respondió Mort. Reflexionó durante unos
segundos y agregó-: Yo, en tu lugar, me entretendría en darle a mi alma una limpieza de última
hora, no te haría ningún daño. Además, a los que te esperan no les gustaría nada el sabor.
Albert se estremeció y cerró los ojos.
-No sabes nada de aquello de lo que estás hablando -dijo con más sentimiento que corrección
gramatical-, de lo contrario, no lo dirías. ¿Qué pretendes de mí?
Mort se lo dijo.
Albert lanzó una risotada aguda.
-¿Sólo eso? ¿Que cambie la Realidad? No se puede. Ya no queda magia lo suficientemente
potente. Los Grandes Hechizos podrían haberlo logrado. Sólo ellos. Y sanseacabó. De modo
que ya puedes hacer lo que te dé la gana, y te deseo la mejor de las suertes.
Ysabell regresó un tanto agitada; aferraba entre sus manos el último volumen de la vida de
Albert. Albert volvió a husmear el aire. La gotita que pendía de la punta de su nariz tenía fascinado
a Mort. Estaba siempre a punto de caer, pero nunca reunía el valor suficiente. Igual que
él, pensó.
-No puedes hacerme nada con ese libro -dijo el anciano hechicero, cauteloso.
-No lo pretendo. Pero tengo entendido que no se llega a ser un poderoso hechicero diciendo
siempre la verdad. Ysabell, lee lo que se está escribiendo.
«Albert lo miró con incertidumbre», leyó Ysabell.
-No se puede creer en todo lo que está escrito ahí… «… dijo, pero en el fondo de su corazón
de piedra sabía que Mort podía», siguió leyendo Ysabell.
-¡Basta!
«… gritó, tratando de quitarse de la cabeza la certeza de que si bien la Realidad era imparable,
al menos se podía aminorar su avance.»
¿CÓMO?
«… inquirió Mort con los plúmbeos tonos de la Muerte», prosiguió Ysabell, obediente.
-De acuerdo, de acuerdo, no hace falta que te molestes en leer mi parte -le espetó Mort, enfadado.
-Perdóname por vivir.
NADIE ES PERDONADO POR VIVIR.
-Y no me hables así, gracias. Que no me asustas -dijo la muchacha.
Echó un vistazo al libro, donde la línea de escritura que iba avanzando la llamaba mentirosa.
-Dime cómo, hechicero -insistió Mort.
-¡Mi magia es todo lo que me queda! -gimió Albert.
-No la necesitas, viejo miserable.
-No me asustas, muchacho…
MÍRAME A LA CARA Y REPÍTEME ESO.
Mort chasqueó los dedos imperiosamente. Ysabell volvió a inclinar la cabeza sobre el libro.
«Albert contempló el azul resplandor de aquellos ojos, y perdió los últimos vestigios de reticencia
-leyó la muchacha-, porque lo que veía no era sólo la Muerte, sino la Muerte con todos
los aderezos humanos de la venganza, la crueldad y la ira. Y, con una terrible certeza, supo
que aquella era la última oportunidad, que Mort lo enviaría de vuelta al Tiempo para perseguirlo
hasta darle caza y llevárselo para entregar su cuerpo a las oscuras Dimensiones Mazmorra,
donde las criaturas del horror le puntos suspensivos», concluyó y luego dijo:
-Sigue media página llena de puntos.
-Es porque el libro no se atreve siquiera a mencionarlos -susurró Albert.
Intentó cerrar los ojos pero las imágenes de la oscuridad que se alzaba tras sus párpados
eran tan vividas que volvió a abrirlos. Incluso Mort era mejor que eso.
-Está bien -dijo-. Existe un hechizo. Hace que el tiempo transcurra más lento en una pequeña
zona. Lo escribiré, pero tendrás que conseguirte un hechicero para que lo pronuncie.
-Está hecho.
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Albert se pasó una lengua parecida a una vieja esponja vegetal por los labios secos.
-Pero hay un precio -añadió-. Primero has de cumplir con el Servicio.
-¿Ysabell? -dijo Mort.
Ella miró la página que tenía delante.
-No miente -le advirtió la muchacha-. Si no lo haces, todo saldrá mal y él acabará volviendo
al Tiempo de todos modos.
Los tres se volvieron para mirar el enorme reloj que dominaba el pasillo. Su péndulo aserraba
despacio el aire, cortando el tiempo en pedacitos.
Mort lanzó un gruñido.
-¡No me queda tiempo! ¡No podré hacer las dos cosas a tiempo!
-Mi ama habría encontrado tiempo -le hizo notar Albert.
Mort arrancó la espada de la jamba de la puerta y la sacudió con furia, pero sin lograr efecto
alguno, hacia Albert, que dio un respingo.
-Escríbeme el hechizo -le gritó-. ¡Y date prisa!
Se volvió en redondo y regresó con paso majestuoso al estudio de la Muerte. En un rincón
había un enorme disco del mundo, completo, con elefantes de plata maciza montados sobre el
caparazón forjado en bronce, de más de un metro de largo, de Gran A'Tuin. Los grandes ríos
estaban representados por venas de jade; los desiertos, por polvo de diamantes, y las principales
ciudades aparecían indicadas en piedras preciosas; Ankh-Morpork, por ejemplo, era un rubí
de vidrio.
Dejó caer los dos relojes aproximadamente en los sitios que les correspondía a sus dos
dueños y se desplomó en la silla de la Muerte, mirándolos ceñudo, y deseando que estuvieran
más cerca el uno del otro. La silla chirrió suavemente cuando él la hizo girar de un lado al otro
al tiempo que lanzaba furibundas miradas al pequeño disco.
Al cabo de un rato, entró Ysabell con paso silencioso.
-Albert ya lo ha escrito -dijo en voz baja-. Lo he comprobado en el libro. No se trata de un
truco. Ahora se ha encerrado en su habitación y…
-¡Fíjate en estos dos! ¡Míralos!
-Mort, creo que deberías tranquilizarte un poco.
-¿Cómo voy a tranquilizarme? Fíjate, éste de aquí está casi en el Gran Nef, y éste otro está
justo en Bes Pelargic, y de ahí tengo que volver a Sto Lat. Ida y vuelta son quince mil kilómetros,
lo mires por donde lo mires. Es imposible.
-Estoy segura de que encontrarás el modo. Y voy a ayudarte. La miró por primera vez y notó
que llevaba el abrigo de salir, el que tenía el enorme cuello de piel.
-¿Tú? ¿Qué podrías hacer tú?
-Binky puede llevarnos a los dos sin ningún esfuerzo -dijo Ysabell humildemente. Agitó un
paquetito envuelto en papel con gesto vago-. He preparado algo para comer. Podría…, podría
abrirte las puertas y cosas así.
Mort lanzó una carcajada nada alegre.
NO HARÁ FALTA.
-Ojalá dejaras de hablar así.
-No puedo llevar pasajeros. Me entretendrías. Ysabell suspiró y le dijo:
-Oye, ¿qué te parece esto? Finjamos que hemos discutido y que yo he ganado. ¿De acuerdo?
Nos ahorraríamos muchos esfuerzos. Y la verdad, Binky podría mostrarse un tanto renuente
a ir si no lo hago yo. Durante todos estos años, le he dado una increíble cantidad de terrones
de azúcar. Y bien… ¿nos vamos ya?
Albert estaba sentado en su estrecha cama, mirando colérico a la pared. Oyó el sonido de
los cascos que se cortó abruptamente cuando Binky se elevó en el aire, y masculló por lo bajo.
Transcurrieron veinte minutos. Por la cara del hechicero iban pasando las expresiones como
las sombras de las nubes por una colina. De vez en cuando, susurraba algo entre dientes, como
«Se lo advertí», o «No lo debí permitir», o «Habría que informar a mi ama».
Finalmente, llegó a un acuerdo consigo mismo, se arrodilló delicadamente y sacó un baúl
desvencijado de debajo de la cama. Lo abrió con dificultad y desplegó una polvorienta túnica
gris, de la que se desprendieron bolas de naftalina y lentejuelas deslustradas que se desperdigaron
por el suelo. Se la puso, se sacudió la capa más gruesa de polvo y volvió a meterse debajo
de la cama. Se oyeron unas cuantas maldiciones ahogadas, el repiqueteo ocasional de la
porcelana y, finalmente, Albert salió; llevaba en la mano un báculo más alto que él.
Era más grueso que un báculo normal, sobre todo por las tallas que lo cubrían de arriba
abajo. En realidad, apenas se distinguían, pero daba la impresión de que si llegaban a verse
mejor, uno lo lamentaría.
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Albert volvió a sacudirse y se examinó con ojo crítico en el espejo del lavabo.
Después dijo:
-El sombrero. Me falta el sombrero. He de tener un sombrero para practicar la magia. Maldición.
Salió de su habitación como una tromba y volvió al cabo de quince frenéticos minutos que
dieron por resultado que la alfombra del dormitorio de Mort tuviera un agujero circular, que el
espejo del cuarto de Ysabell estuviera sin el papel plateado, que del costurero que había debajo
del fregadero de la cocina faltaran hilo y aguja, y de la pechera de la túnica, unas cuantas
lentejuelas. El resultado final no era tan bueno como él habría deseado, y tendía a inclinársele
sobre un ojo dándole un aire disoluto, pero al menos era negro y tenía estrellas y lunas, y proclamaba
sin lugar a dudas que su dueño era hechicero, aunque posiblemente un hechicero
muy desesperado.
Era la primera vez en dos mil años que se sentía bien vestido. Era una sensación desconcertante
que le hizo reflexionar durante un segundo, pero luego apartó de una patada la alfombrita
que había al costado de la cama y, con el báculo, dibujó un círculo en el suelo.
Por donde pasaba la punta del báculo, dejaba una línea de luminoso octarino, el octavo color
del espectro, el color de la magia, el pigmento de la imaginación.
Marcó ocho puntos en su circunferencia y los unió para formar un octograma. Un leve palpitar
comenzó a llenar la habitación.
Alberto Malich se colocó en el centro y sujetó el báculo por encima de la cabeza. Notó cómo
despertaba en sus manos, sintió el cosquilleo del poder dormido desplegarse lenta y deliberadamente,
como un tigre que sale de un sueño. Aquello desató viejos recuerdos de poder y magia
que zumbaban en los desvanes polvorientos de su mente. Por primera vez en siglos, se
sintió vivo.
Se pasó la lengua por los labios. El palpitar se había desvanecido para dejar atrás un silencio
extraño, expectante.
Malich levantó la cabeza y gritó una sola sílaba.
De ambos extremos del báculo salieron llamaradas verdiazuladas. De los ocho extremos del
octograma brotaron torrentes de fuego octarino que envolvieron al hechicero. Todo esto no era
realmente necesario para conseguir el encantamiento, pero para los hechiceros, las apariencias
son muy importantes…
Y también las desapariciones. Se desvaneció.
Los vientos estratohemisféricos azotaban la capa de Mort.
-¿Dónde irás primero? -le gritó Ysabell al oído.
-¡A Bes Pelargic! -contestó Mort a gritos y el vendaval se llevó sus palabras.
-¿Dónde queda eso?
-¡En el Imperio Ágata! ¡En el Continente Contrapeso!
Señaló hacia abajo.
Por el momento, no forzaba a Binky, pues sabía los kilómetros que les faltaban, y el enorme
caballo blanco corría a galope tendido por encima del océano. Ysabell se inclinó para ver las
rugientes olas verdes, coronadas de blanca espuma, y se aferró con más fuerza a Mort.
Mort entornó los ojos y vio a lo lejos el banco de nubes que indicaba el lejano continente, y
resistió el impulso de azuzar a Binky con la espada plana. Nunca le había pegado y no estaba
muy seguro de cuál sería el resultado si lo hiciera. Sólo le quedaba esperar.
Por debajo de su brazo apareció una mano y, en ella, un bocadillo.
-Hay de jamón o de queso con salsa picante -le dijo Ysabell-. Más te vale ponerte a comer,
no hay otra cosa que hacer.
Mort contempló el pastoso triángulo e intentó recordar cuándo había sido la última vez que
había comido. Habría sido en un momento fuera del alcance de un reloj… para calcularlo, habría
necesitado un calendario. Tomó el bocadillo.
-Gracias -dijo con toda la elegancia de que fue capaz.
El pequeño sol fue bajando hacia el horizonte, arrastrando tras de sí su perezosa luz diurna.
Las nubes que tenían delante se hicieron más grandes y aparecieron perfiladas de rosa y anaranjado.
Al cabo de un rato, allá abajo, divisó el manchón más oscuro de tierra, salpicado aquí
y allá por las luces de alguna ciudad.
Media hora más tarde, estuvo seguro de ver edificios individuales. La arquitectura ágata se
inclinaba hacia las pirámides achaparradas.
Binky perdió altura hasta que sus cascos se encontraron a varios palmos del mar. Mort volvió
a examinar el reloj de arena, tiró suavemente de las riendas para dirigir al caballo hacia un
puerto de mar, un poco más hacia la Periferia de la dirección que ya llevaban.
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Había unos cuantos barcos anclados, en su mayoría buques mercantes de cabotaje de una
sola vela. El Imperio no animaba a sus súbditos a alejarse demasiado, no fuera cuestión que
viesen cosas que pudieran trastornarlos. Por ese mismo motivo, había mandado construir un
muro alrededor de todo el país, un muro patrullado por la Guardia Celestial cuya función principal
radicaba en pisotearle los dedos a todo aquel habitante que sintiera la necesidad de salir
cinco minutos a tomar el fresco.
Esto no ocurría a menudo, porque la mayoría de los súbditos del Emperador Sol se sentían
bastante felices de vivir detrás del Muro. Es una realidad de la vida el hecho de que todos nos
encontramos a uno u otro lado de un muro, de modo que la única solución es olvidarse de él o
desarrollar unos dedos resistentes.
-¿Quién gobierna este lugar? -preguntó Ysabell cuando pasaron sobre un puerto.
-Una especie de niño emperador -respondió Mort-. Pero creo que el que lleva verdaderamente
las riendas es el Gran Visir.
-No te fíes nunca de un Gran Visir -dijo Ysabell sabiamente.
En realidad, el Emperador Sol no se fiaba. El Visir, que se llamaba Nueve Espejos Giratorios,
tenía unas ideas muy claras sobre quién debía gobernar el país, es decir, que debía ser él,
y dado que el niño ya estaba lo bastante crecidito como para formular preguntas del tipo «¿No
te parece que el muro estaría mejor con unas cuantas puertas?» y «Sí, pero ¿cómo es por el
otro lado?», había decidido que por el propio bien del Emperador, debía ser envenenado dolorosamente
y enterrado en cal viva.
Binky descendió sobre la grava rastrillada que había ante el palacio bajo, de múltiples habitaciones,
y que reajustaba drásticamente la armonía del universo.8 Mort desmontó y ayudó a
Ysabell a bajar del caballo.
-Sólo te pido que no estorbes, ¿de acuerdo? -le dijo con tono perentorio-. Y tampoco hagas
preguntas.
Subió corriendo unos escalones lacados, recorrió deprisa las habitaciones silenciosas deteniéndose
de vez en cuando para situarse, consultado el reloj de arena. Finalmente, se desvió
por un pasillo y espió a través de una celosía ornamentada que daba a un cuarto bajo donde la
Corte tomaba la cena.
El joven Emperador Sol estaba sentado con las piernas cruzadas en la cabecera de una alfombra;
tras él se extendía su capa de pieles y plumas. Daba toda la impresión de quedarle
pequeña. El resto de la corte se había dispuesto alrededor de la alfombra en un orden de precedencias
estricto y complicado, pero al Visir se lo identificaba sin lugar a dudas: era el que se
estaba zampando un cuenco de squishi y algas hervidas con un estilo sumamente sospechoso.
Nadie parecía a punto de morir.
Mort recorrió el pasillo con paso sigiloso, giró en la esquina y a punto estuvo de tragarse a
varios miembros corpulentos de la Guardia Celestial, que se encontraban arracimados alrededor
de una mirilla que había en la pared de papel y se iban pasando un cigarrillo de ese modo
tan característico de los soldados de servicio: oculto en la mano ahuecada.
Volvió de puntillas hasta la celosía y escuchó la siguiente conversación:
-Soy el más desafortunado de los mortales, oh, Presencia Inmanente, por haber encontrado
esto en mi squishi, que por lo demás está exquisito -dijo el Visir tendiendo los palillos.
La Corte se estiró para ver. Igual que Mort. Mort no podía hacer otra cosa que estar de
acuerdo con aquella declaración: la cosa era una especie de terrón verdiazulado del que pendían
unos tubos de gomosos.
-El preparador de comidas será castigado, Noble Personaje de la Erudición -dijo el Emperador-.
¿A quién le han tocado las costillas extra?
8El jardín de piedra de la Simplicidad y la Paz Universal, diseñado bajo las órdenes
del viejo emperador Un Espejo de Sol,** empleaba la economía de posiciones y sombras
para simbolizar la unidad básica del alma y la materia, y la armonía de todas las
cosas. Se decía que los secretos sepultados en el corazón mismo de la realidad yacían
ocultos en el exacto ordenamiento de sus piedras.
** Que también se hizo famoso por su costumbre de cortar a sus enemigos labios y
piernas para prometerles luego la libertad si lograban correr por la ciudad tocando una
trompeta.
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-No, Oh Perceptivo Padre de Tu Pueblo, me refería más bien al hecho de que creo que tengo
aquí la vejiga y el bazo de la anguila abuñuelada de aguas profundas que es, según se dice,
el manjar más preciado, hasta tal punto que sólo puede ser comido por los dioses mismos, o al
menos así está escrito, y entre cuya compañía, por supuesto, no incluyo a mi miserable persona.
Con un hábil movimiento, lo lanzó al cuenco del Emperador, donde se bamboleó un instante
hasta que se quedó quieto. El niño se lo quedó mirando y luego lo ensartó en un palillo.
-Ah -dijo-, pero ¿acaso no fue escrito, y nada menos que por el gran filósofo Ly Tin Zalameryn,
que puede considerarse a veces que un erudito está por encima de los príncipes? Creo
recordar que tú mismo me diste una vez ese pasaje para que lo leyera, Oh Fiel y Asiduo Buscador
del Conocimiento.
La cosa describió otro breve arco en el aire para hundirse, como excusándose, en el cuenco
del Visir. Éste la recogió con un rápido ademán y la preparó para un segundo servicio. Entrecerró
los ojos.
-En general, suele ocurrir así, Oh Río de Jade de Sabiduría, pero en mi caso específico, no
se puede considerar que estoy por encima del Emperador, a quien he amado y amo como si
fuese mi propio hijo desde la infortunada muerte de su difunto padre, por ello pongo a tus pies
esta pequeña ofrenda.
Los ojos de toda la corte siguieron al desgraciado órgano en su tercer vuelo para cruzar la
alfombra, pero el Emperador levantó el abanico y logró una magnífica volea que lo envió de
vuelta al cuenco del Visir con tanta fuerza que levantó una lluvia de algas.
-Que alguien se lo coma, por el amor del cielo -gritó Mort sin que nadie lo oyera-. ¡Tengo
prisa!
-Eres, sin duda, el más dedicado de los sirvientes, Oh Devoto y Único Compañero de Mi Difunto
Padre y de Mi Difunto Abuelo Cuando Se Murieron, y por lo tanto decreto que tu recompensa
sea este preciado, exquisito y raro bocado.
Indeciso, el Visir hurgó en aquella cosa y observó la sonrisa del Emperador. Era brillante y
terrible. Balbuceó algo en busca de una excusa.
-Caray, me parece que ya he comido demasiado… -comenzó a decir, pero el Emperador lo
mandó callar con un ademán.
-Sin duda, exige un aderezo adecuado -dijo y dio una palmada.
La pared que tenía a su espalda se partió de arriba abajo y aparecieron cuatro Guardias Celestiales;
tres de ellos empuñaban espadas cando y el cuarto intentaba tragarse a toda prisa
una colilla encendida.
Al Visir se le cayó el cuenco de las manos.
-El más fiel de mis siervos cree que ya no le queda sitio para este último bocado -anunció el
Emperador-. No me cabe duda de que podréis investigar en su estómago para comprobar si es
cierto. ¿Por qué le sale humo por las orejas a ese hombre?
-Es el ansia por la acción, Oh Eminencia del Cielo -repuso, veloz, el sargento-. Me temo que
no hay modo de frenarlo.
-Entonces que saque su cuchillo y… ah, parece ser que el Visir ha recobrado el apetito. Así
me gusta.
Hubo un absoluto silencio mientras las mejillas del Visir se abultaban rítmicamente. Luego
tragó.
-Delicioso -dijo-. Soberbio. Sin duda, manjar de dioses, y ahora, si me disculpáis…
Separó las piernas e hizo ademán de ponerse en pie. La frente se le había perlado de sudor.
-¿Deseas retirarte? -preguntó el Emperador enarcando las cejas.
-Me reclaman urgentes asuntos de estado, Oh Perspicaz Personaje de…
-Siéntate. Eso de levantarse tan deprisa después de las comidas es malo para la digestión -
dijo el Emperador, y los guardias asintieron con la cabeza-. Además, no hay urgentes asuntos
de estado, a menos que te refieras a los que están en la botellita roja que dice «Antídoto», y
que está en la vitrina negra lacada, sobre la alfombra de bambú, que hay en tus aposentos, Oh
Candil de Aceite de Medianoche.
El Visir sintió un zumbido en los oídos. El rostro comenzó a tornársele azulado.
-¿Lo veis? -inquirió el Emperador-. Toda actividad inoportuna con el estómago lleno produce
malos humores. Que este mensaje viaje velozmente a todos los confines de mi país, que todos
los hombres conozcan tu infortunado estado y que den las instrucciones oportunas.
-He… he de… felicitarte… Personaje… por semejante… consideración -dijo el Visir, y cayó
encima de una bandeja de cangrejos cocidos de caparazón blando.
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-He tenido un excelente maestro -dijo el Emperador. POR FIN, YA ERA HORA -dijo Mort, y
blandió la espada. Un momento después, el alma del Visir se levantó de la alfombra y miró a
Mort de pies a cabeza.
-¿Quién eres tú, bárbaro? -le espetó. LA MUERTE.
-Pero no la mía -le aclaró el Visir con voz firme-. ¿Dónde está el Negro Dragón de Fuego
Celestial?
NO HA PODIDO VENIR -respondió Mort.
En el aire, detrás del alma del Visir, comenzaron a formarse unas sombras. Algunas de ellas
vestían túnicas de emperador, pero había muchas más que las empujaban, y todas parecían de
lo más ansiosas por darle la bienvenida al recién llegado al territorio de los muertos.
-Creo que aquí hay algunas personas interesadas en verte -dijo Mort.
Y se alejó a toda prisa. Cuando llegó al pasillo, el alma del Visir comenzó a gritar…
Ysabell esperaba pacientemente junto a Binky, que se estaba almorzando un bonsái de quinientos
años.
-Uno menos -dijo Mort montándose al caballo-. Andando. El siguiente me da mala espina y
no disponemos de mucho tiempo.
Albert se materializó en el centro de la Universidad Invisible, de hecho, en el mismo sitio del
que había desaparecido del mundo unos dos mil años antes.
Gruñó, satisfecho, y se quitó unas cuantas motas de polvo de la túnica.
Se dio cuenta entonces de que lo observaban; al levantar la cabeza descubrió que había
vuelto a la existencia bajo la severa mirada marmórea de él mismo.
Se acomodó las gafas y miró con aire de censura la placa de bronce atornillada al pedestal.
Decía:
«Alberto Malich, fundador de esta Universidad. AM 1222-1289. "No se verán otros como
él".»
Fíate tú de las predicciones, pensó. Y si en tanta estima lo tenían, al menos podrían haber
contratado a un escultor decente. Era una vergüenza. La nariz estaba mal hecha. ¿Y a eso
llamaban piernas? Además, habían tallado nombres por todas partes. Y él no se moriría nunca
con un sombrero como aquél puesto. Estaba claro que, si podía evitarlo, no se moriría.
Albert lanzó una descarga octarina a aquella cosa espantosa y sonrió malignamente cuando
se pulverizó.
-Muy bien -le dijo al Disco entero-. He vuelto.
El cosquilleo de la magia le recorrió todo el brazo, y en su mente se inició un brillo cálido.
Cómo lo había echado de menos durante todos aquellos años.
Al oír la explosión, por las enormes puertas dobles comenzaron a salir hechiceros que sacaron
una conclusión equivocada al ver a aquel hombre allí de pie.
Ahí estaba el pedestal vacío. Y una nube de polvo de mármol lo cubría todo. Y surgiendo de
ella, mascullando para sí, salió Albert.
Los hechiceros que estaban al fondo de la multitud se alejaron tan deprisa y en silencio como
pudieron. No había uno solo de ellos, en un momento u otro de su alocada juventud, que no
hubiera colocado en la vieja cabeza de Albert un utensilio corriente del dormitorio, o que no
hubiera tallado su nombre en alguna parte de la fría anatomía de la estatua, o que no hubiera
derramado cerveza sobre el pedestal. Y algo mucho peor también durante la Semana de las
Gamberradas, cuando la bebida fluía deprisa y el retrete parecía encontrarse demasiado lejos
como para llegar a él tambaleándose. Entonces, todas estas ideas les habían parecido hilarantes.
Pero en aquel momento, de repente, dejaron de pensar así.
Sólo dos figuras se quedaron para enfrentarse a las iras de la estatua; una de ellas porque
se le había enganchado la túnica en la puerta, y la otra porque en realidad se trataba de un
simio y, por lo tanto, podía considerar los asuntos humanos desde un punto de vista relajado.
Albert agarró al hechicero, que intentaba desesperadamente atravesar la pared. El hombre
chilló.
-¡Está bien, está bien, lo reconozco! Pero estaba borracho cuando lo hice, créeme, no era
mi intención. Cielos, lo siento. Lo siento mucho…
-Pero ¿de qué estás hablando, hombre? -inquirió Albert realmente intrigado.
-… lo siento muchísimo, si tuviera que decirte cuánto lo siento nos…
-¡Basta ya de tonterías! -exclamó Albert y luego le echó un vistazo al pequeño simio, que le
lanzó una cálida sonrisa amigable-. ¿Cómo te llamas, hombre?
-Sí, señor, me dejaré de tonterías, señor… Rincewind, señor. Soy el ayudante del bibliotecario,
si le parece bien.
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Albert lo miró de pies a cabeza. El hombre tenía un aspecto desesperado y gastado, como
una prenda que se aparta para echar a la colada. Decidió que si la hechicería se había reducido
a aquello, alguien debía poner remedio a la situación.
-¿Qué clase de bibliotecario iba a quererte como ayudante? -inquirió, irritado.
-Oook.
Algo parecido a un guante abrigado de cuero intentó agarrarle la mano.
-¡Un mono! ¡En mi Universidad!
-Orangután, señor. Antes era hechicero, pero quedó enganchado
en un encantamiento y ahora no quiere que lo volvamos a transformar; es el único que sabe
dónde están todos los libros -se apresuró a informarle Rincewind. Y como se sentía en la obligación
de explicarle algo más, añadió-: Yo me ocupo de sus plátanos.
-Cállate -le mandó Albert lanzándole una mirada fulminante.
-Me callo ya mismo, señor.
-Y dime dónde está la Muerte.
-¿La Muerte? -repitió Rincewind retrocediendo hacia la pared.
-Es alta, esquelética, de ojos azules, paso majestuoso, HABLA ASÍ… La Muerte. ¿La has
visto últimamente? Rincewind tragó saliva y repuso:
-Últimamente no, señor.
-Pues la estoy buscando. Esta tontería tiene que acabar. Y voy a ponerle fin ahora, ¿entendido?
Quiero que los ocho magos más veteranos se reúnan aquí dentro de media hora, con el
equipo necesario para realizar el Rito de CuesthiEnte, ¿me has entendido? No es que vuestro
aspecto me inspire excesiva confianza. Sois un atajo de nenitas, ¡y deja ya de querer sujetarme
la mano!
-Oook.
-Y ahora me iré al pub -dijo Albert-. ¿Venden pis de gato medianamente decente en esta
época?
-Tiene usted el Tambor, señor -le informó Rincewind.
-¿El Tambor Roto, de la calle de la Filigrana? ¿Sigue existiendo?
-De vez en cuando le cambian el nombre y lo vuelven a reconstruir, pero ha estado en el
mismo sitio desde…, desde siempre. Supongo que tendrá sed, ¿eh? -dijo Rincewind con un
aire de espantosa camaradería.
-¿Y tú qué sabes de eso? -le espetó Albert.
-Absolutamente nada, señor -respondió Rincewind a toda prisa.
-Me voy al Tambor, pues. Media hora, no lo olvides. ¡Si no me están esperando cuando yo
regrese… pues… más les vale estar esperando!
Salió como una tromba del vestíbulo, envuelto en una nube de polvo de mármol.
Rincewind lo vio marchar. El bibliotecario lo sujetaba de la mano.
-¿Sabes qué es lo peor? -le preguntó Rincewind.
-¿Oook?
-Ni siquiera recuerdo haber andado debajo de un espejo.
Aproximadamente a la hora en que Albert se encontraba en El Tambor Emparchado, discutiendo
con el tabernero sobre una nota amarillenta que había pasado cuidadosamente de padres
a hijos a través de un regicidio, tres guerras civiles, sesenta y un incendios grandes, cuatrocientos
noventa robos y más de quince mil peleas de taberna, que registraba el hecho de
que Alberto Malich seguía debiendo al establecimiento tres piezas de cobre más los intereses,
que en esos momentos superaban el contenido de la mayoría de las principales cámaras acorazadas
del Disco, lo cual probaba, una vez más, que un mercader ankhiano al que le deben
una factura tiene una memoria que haría parpadear a un elefante… más o menos a esa misma
hora, Binky dejaba una estela de vapor en los cielos que había sobre el misterioso continente
de Klatch.
Abajo, en las junglas tenebrosas y perfumadas, tocaban los tambores, y se alzaban columnas
de bruma rizada de los ríos ocultos, bajo cuyas superficies acechaban bestias inefables, a
la espera de que pasara por allí su cena.
-Ya no quedan de queso, tomarás el de jamón -le dijo Ysabell-. ¿Qué es esa luz de allí?
-Los Diques Lumínicos -respondió Mort-. Nos estamos acercando.
Sacó el reloj de arena del bolsillo y controló el nivel de la arena.
-Pero ¡no estamos lo bastante cerca, maldita sea!
Los Diques Lumínicos se extendían como estanques de luz hacia el Eje de su ruta; ciertas
tribus construían paredes de espejo en las montañas del desierto para recoger la luz solar del
Disco, que es lenta y ligeramente pesada. Se la utilizaba como moneda.
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Binky se deslizó sobre los fuegos de los campamentos de los nómadas y sobre los pantanos
silenciosos del río Camis-Het. Al lo lejos, unas formas sombrías y familiares comenzaron a
perfilarse bajo la luz de la luna.
-¡Las Pirámides de Camis-Het bajo la luz de la luna! -exclamó Ysabell con un hilo de voz-.
¡Qué romántico!
ERIGIDAS CON LA SANGRE DE MILES DE ESCLAVOS -le hizo notar Mort.
-Por favor, no digas eso.
-Lo siento, pero el aspecto práctico de la cuestión es que estas…
-De acuerdo, de acuerdo, ya he captado la idea -dijo Ysabell, irritada.
-Demasiado esfuerzo sólo para enterrar a un rey muerto -dijo Mort mientras volaban en
círculos sobre una de las pirámides menores-. Los llenan de conservantes para que aguanten
hasta el otro mundo.
-¿Funciona?
-No de un modo evidente. -Mort se inclinó sobre el cogote de Binky-. Allá abajo hay antorchas.
Espera.
Una procesión se alejaba, sinuosa, de la avenida de pirámides, guiada por una estatua gigantesca
de Offler, el Dios Cocodrilo, conducida por cien esclavos sudorosos. Binky avanzó a
medio galope sobre ella, sin que nadie se percatase, y realizó un aterrizaje perfecto sobre cuatro
patas en la arena compacta que había a la entrada de la pirámide.
-Han encurtido a otro rey -dijo Mort.
Volvió a examinar el reloj a la luz de la luna. Era bastante sencillo, no del tipo que se suele
relacionar con la realeza.
-No puede ser él -dijo Ysabell-. No los encurten cuando todavía están con vida, ¿verdad?
-Espero que no, porque leí en alguna parte que, antes de conservarlos, los… esto… abren
en canal para quitarles…
-No quiero oírlo…
-… todas las partes blandas -concluyó Mort con poca convicción-. Tanto da que lo de la
conservación no funcione, de verdad, pero imagínate tener que ir por ahí sin…
-De modo que no has venido a llevarte al rey -gritó casi Ysabell-. ¿Quién es, pues?
Mort se volvió hacia la oscura entrada. No la sellarían hasta el amanecer, para permitir que
saliera el alma del rey fallecido. Parecía profunda y llena de presagios, sugería unos fines mucho
más horrendos que, por ejemplo, mantener la navaja bien afilada.
-Averigüémoslo -dijo Mort.
-¡Atención, que ahí viene!
Los ocho hechiceros más veteranos de la Universidad se colocaron en fila. Arrastrando los
pies, intentaron alisarse las barbas y, en general, hicieron un esfuerzo inútil por mostrarse presentables.
No era fácil. Los habían sacado de sus laboratorios, de delante de un fuego abrasador
mientras se tomaban un coñac de sobremesa o de la tranquila contemplación debajo de un
pañuelo en una silla cómoda, y todos ellos se sentían sumamente aprensivos y más bien
asombrados. No paraban de echar miradas al pedestal vacío.
Sólo una criatura habría podido describir las expresiones de sus caras; habría sido una paloma
que no sólo se ha enterado de que lord Nelson se ha bajado de su columna, sino que
también le ha visto comprándose un arma de repetición del calibre 12 y una caja de municiones.
-¡Viene por el pasillo! -gritó Rincewind y se ocultó detrás de una columna.
Los magos reunidos contemplaban las enormes puertas dobles como si estuviesen a punto
de explotar, lo cual demuestra cuan prescientes eran, porque, efectivamente, explotaron. Sobre
ellos cayó una lluvia de trozos de roble del tamaño de cerillas y una delgada figura quedó perfilada
contra la luz. En una mano sostenía un báculo humeante. En la otra, un sapo amarillo.
-¡Rincewind! -aulló Albert.
-¡Señor!
-Llévate esta cosa y deshazte de ella.
El sapo saltó a la mano de Rincewind y le lanzó una mirada como pidiéndole disculpas.
-Es la última vez que ese maldito tabernero se insolenta con un hechicero -dijo Albert con
satisfacción presuntuosa-. Es el colmo, vuelvo la espalda unos cuantos siglos, y de repente,
toda la gente de este pueblo tiene el valor de creerse que le pueden contestar a un hechicero,
¿eh?
Uno de los magos veteranos balbuceó algo.
-¿Qué has dicho? ¡Habla más alto!
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-Como tesorero de esta Universidad, debo decir que siempre hemos favorecido la política
de buenas relaciones con los vecinos y respeto a la comunidad -balbuceó el hechicero, tratando
de esquivar la mirada penetrante de Albert.
Había que tener en cuenta que llevaba en la conciencia un orinal volcado y tres casos de
graffiti obscenos.
Albert se quedó boquiabierto.
-¿Por qué? -preguntó.
-Bueno, esto… por un sentido del deber cívico, creemos que es de vital importancia que
mostremos una conducta ejem… ¡aaargh!
El hechicero intentó desesperadamente apagar las llamas de su barba. Albert bajó el báculo
y paseó la vista por la fila de magos. Bajo su mirada, se agitaron como la hierba en un vendaval.
-¿Alguno más quiere mostrar un sentido del deber cívico? -inquirió-. ¿Hay algún otro buen
ciudadano? -Se irguió cuan alto era-.
¡Gusanos sin carácter! ¡No he fundado esta Universidad para que acabaseis prestando a los
vecinos la cortadora de césped! ¿De qué sirve tener poder si no sabéis hacerlo valer? Si un
hombre no os muestra respeto, arrasáis su posada hasta que no quede ni para asar castañas,
¿entendido?
De entre los magos surgió algo parecido a un suave suspiro. Miraron con tristeza al sapo
que Rincewind tenía en la mano. En sus días de juventud, la mayoría de ellos habían dominado
el arte de emborracharse como cubas en el Tambor. Evidentemente, todo eso había quedado
atrás, pero la cena anual de cuchillo y tenedor del Gremio de Mercaderes se habría celebrado
al día siguiente, en el salón que había en el piso superior del Tambor, y todos los hechiceros
del Octavo Nivel habían recibido invitaciones gratuitas; habrían tomado cisne asado y dos clases
de bizcocho borracho, con gelatina, frutas y natillas, y montones de brindis fraternales a la
salud de «Nuestros estimados, no, distinguidos huéspedes» hasta que llegara la hora de que
apareciesen los conserjes de la facultad con los carros.
Albert se paseó delante de la fila, hurgando con el báculo alguna que otra barriga. La mente
le bailaba y le cantaba. ¿Volver? ¡Jamás! Aquello sí era poder, aquello era vida; retaría a la
vieja caradehueso y le escupiría en las vacías cuencas de los ojos.
-¡Por el Espejo Humeante de Grism que por aquí habrá algunos cambios!
Aquellos hechiceros que habían estudiado historia asintieron incómodos. Volverían a los
suelos de piedra, y a levantarse cuando todavía era de noche, y nada de alcohol bajo ninguna
circunstancia, y tendrían que memorizar los verdaderos nombres de las cosas hasta que el
cerebro les chillara.
-¡Qué hace ese hombre!
Un hechicero que distraídamente había sacado la bolsita del tabaco, dejó caer de entre los
dedos el cigarrillo a medio liar. Rebotó al tocar el suelo y todos los hechiceros se quedaron
mirando con ojos ansiosos cómo rodaba hasta que Albert dio un elegante paso al frente y lo
aplastó.
Albert giró en redondo. Rincewind, que lo había seguido como una especie de ayudante extraoficial,
a punto estuvo de tragárselo.
-¡Tú! ¡Rinceloquesea! ¿Fumas?
-¡No, señor! ¡Asquerosa costumbre! -Rincewind esquivó la mirada de sus superiores.
Repentinamente, fue consciente de haberse ganado unos cuantos enemigos eternos, y no
le sirvió de consuelo el saber que, quizá, no le durasen demasiado.
-¡Muy bien! Aguántame el báculo. Y ahora vosotros, atajo de apóstatas, esto se acabó, ¿me
oís? ¡Mañana por la mañana, lo primero que haréis es levantaros al amanecer, daréis tres vueltas
alrededor del cuadrángulo y volveréis aquí para hacer ejercicio! ¡Tomaréis comidas equilibradas!
¡Estudiaréis! ¡Haréis gimnasia saludable! ¡Y ese maldito simio irá a un circo!
-¿Oook?
Algunos de los hechiceros más ancianos cerraron los ojos.
-Pero antes -anunció Albert bajando la voz- me haréis el favor de preparar el Rito de CuesthiEnte.
-Hizo una pausa y luego añadió-: Tengo unos asuntos que atender.
Mort avanzó a grandes zancadas por los corredores oscuros como gatos negros de la pirámide,
seguido de cerca por Ysabell. El leve brillo de su espada dejaba entrever cosas desagradables;
Offler, el Dios Cocodrilo, resultaba un anuncio de cosméticos comparado con algunas
de las cosas adoradas por el pueblo de Camis-Het. En unos nichos que había en las paredes
se encontraban estatuas de criaturas aparentemente construidas con todos los restos que le
habían sobrado a Dios.
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-¿Para qué están aquí? -susurró Ysabell.
-Los sacerdotes camishetanos dicen que cobran vida cuando sellan la pirámide y acechan
por los pasillos para proteger el cuerpo del rey de los ladrones de tumbas -repuso Mort.
-¡Qué superstición más horrible!
-¿Quién ha hablado de superstición? -inquirió Mort distraídamente.
-¿De veras cobran vida?
-Sólo te diré que cuando los camishetanos le echan la maldición a un sitio, no se andan con
chiquitas.
Mort giró en una esquina e Ysabell lo perdió de vista durante un momento de infarto. Se escabulló
en la oscuridad y fue a chocar con él. Examinaba un pájaro con cabeza de can.
-¡Aaj! -exclamó la muchacha-. ¿Es que no te da escalofríos en la espalda?
-No -repuso Mort, categórico.
-¿Por qué no? PORQUE SOY MORT.
Se volvió y entonces Ysabell vio que los ojos del muchacho brillaban azulados como puntas
de alfileres.
-¡Para ya!
No… PUEDO.
Ysabell intentó reírse. Pero no le sirvió de nada.
-No eres la Muerte -le dijo-. Sólo estás haciendo su trabajo.
LA MUERTE ES TODA AQUELLA PERSONA QUE HACE EL TRABAJO DE LA MUERTE.
La pausa asombrada que siguió a aquella declaración fue interrumpida por un gruñido que
provenía de un sitio más alejado del oscuro pasadizo. Mort se volvió sobre sus talones y se
dirigió hacia allí.
Tiene razón, pensó Ysabell. Hasta la forma de moverse…
Pero el miedo a la oscuridad que la luz le provocó fue suficiente para que venciera todas las
dudas, y salió tras él; giró una esquina y, bajo el fulgor caprichoso que provenía de la espada,
se encontró con algo que parecía un cruce entre un tesoro y un desván atestado.
-¿Qué es este lugar? -susurró-. ¡En mi vida había visto tantos trastos!
EL REY SE LO LLEVA CONSIGO AL OTRO MUNDO -respondió Mort.
-Está claro que no cree en eso de viajar ligero de equipaje. Fíjate, un barco entero. ¡Y una
bañera de oro!
NO CABE DUDA DE QUE QUIERE ESTAR LIMPIO PARA CUANDO LLEGUE.
-¡Y todas esas estatuas!
LAMENTO DECIR QUE ESAS ESTATUAS ERAN PERSONAS. SIRVIENTES PARA EL
REY, ¿COMPRENDES? El rostro de Ysabell se crispó.
LOS SACERDOTES LOS ENVENENAN.
Se oyó otro gruñido que provenía del otro lado de la estancia atestada. Mort lo siguió hasta
sus orígenes, pasando torpemente por encima de alfombras enrolladas, manojos de dátiles,
cajas con vajillas y pilas de gemas. Era evidente que el rey había sido incapaz de decir qué iba
a dejar atrás en el viaje, de modo que había decidido ir a lo seguro y llevarse todo.
PERO NO SIEMPRE EL EFECTO ES RÁPIDO -añadió Mort sombríamente.
Ysabell se arrastró valientemente hasta donde él estaba, espió
por encima de una canoa y vio a una joven tendida sobre una pila de felpudos. Vestía unos
pantalones de gasa, un chaleco hecho con escasa tela y tantos brazaletes que habrían alcanzado
para amarrar un barco de tamaño decente. Tenía la boca manchada de verde.
-¿Y duele? -inquirió Ysabell en voz baja.
NO. CREEN QUE LOS CONDUCIRÁ AL PARAÍSO.
-¿Y es verdad?
ES POSIBLE. ¿QUIÉN SABE?
Mort sacó el reloj de arena de un bolsillo interior y lo examinó bajo el brillo que despedía la
espada. Parecía contar en voz baja, y después, con un movimiento repentino, tiró el reloj por
encima del hombro y con la otra mano dejó caer la espada.
La sombra de la muchacha se sentó y se estiró, produciendo un tintineo de joyas fantasmales.
Vio a Mort e inclinó la cabeza.
-¡Mi señor!
NO SOY EL SEÑOR DE NADIE -dijo Mort-. Y AHORA APRESÚRATE A IR DONDEQUIERA
QUE CREES QUE IRÁS.
-Seré una concubina en la corte celestial del rey Zetesphut, que morará eternamente entre
las estrellas -dijo con tono firme.
-No estás obligada -le hizo notar Ysabell.
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La muchacha se volvió y la miró con los ojos como platos.
-Oh, pero es mi deber. Me he estado preparando para ello -le dijo, y su imagen se fue desvaneciendo-.
Lo que ocurre es que hasta ahora sólo he logrado ser criada.
Desapareció. Ysabell contempló con sombría desaprobación el espacio que había ocupado.
-¡Vaya! ¿Has visto cómo iba vestida?
SALGAMOS DE AQUÍ.
-Pero no puede ser verdad eso que dijo de que el rey Nosecuántos vive entre las estrellas -
protestó mientras buscaban el camino de salida de aquel cuarto atestado-. Allá arriba sólo está
el espacio vacío.
ES DÍFICIL DE EXPLICAR -dijo Mort-. MORARÁ ENTRE LAS ESTRELLAS QUE TIENE EN
LA CABEZA.
-¿Con esclavos?
SI CREEN QUE LO SON.
-No es muy justo.
LA JUSTICIA NO EXISTE -dijo Mort-. SÓLO EXISTIMOS NOSOTROS.
Recorrieron a toda prisa las avenidas de espíritus al acecho, y casi corrían cuando salieron
y se encontraron con la noche del desierto. Ysabell se apoyó contra la pared de piedra y jadeó
tratando de recuperar el aliento.
A Mort no le faltaba el aliento.
No respiraba.
TE LLEVARÉ A DONDE TÚ QUIERAS -dijo-, LUEGO HE DE DEJARTE.
-¡Pero creí que querías rescatar a la princesa! Mort sacudió la cabeza.
NO TENGO ALTERNATIVA. NO HAY ALTERNATIVAS.
Corrió hacia él y lo aferró del brazo cuando se disponía a volverse hacia Binky. Él le apartó
la mano suavemente.
HE TERMINADO MI APRENDIZAJE.
-¡Está todo en tu mente! -le gritó Ysabell-. ¡Eres lo que crees ser!
La muchacha se detuvo y miró hacia el suelo. La arena que Mort tenía alrededor de los pies
comenzó a elevarse en pequeños chorros y remolinos.
El aire trajo un crepitar y una sensación untuosa. Mort parecía nervioso.
ALGUIEN ESTÁ PRACTICANDO EL RITO DE CUESTHI…
Una fuerza surgida del cielo golpeó como un martillo la arena y formó un cráter. Se oyó un
zumbido sordo, y todo olía a latón caliente.
Solo, en el centro tranquilo del vendaval de arena, mort miró a su alrededor girando como
en sueños. Un relámpago surcó el remolino nuboso. En el fondo de su mente, luchó por liberarse,
pero algo lo tenía aferrado entre sus garras y no pudo resistirse, del mismo modo que la
aguja de una brújula no puede hacer caso omiso del impulso de apuntar hacia el Eje.
Por fin encontró lo que buscaba. Una puerta envuelta en luz octarina que conducía a un corto
túnel. En el otro extremo, unas figuras lo invitaban a avanzar.
YA VOY -dijo, y luego se volvió al oír un ruido repentino.
Sesenta kilos de joven feminidad lo golpearon de lleno en el pecho levantándolo del suelo.
Mort aterrizó, e Ysabell, arrodillada encima de él, se aferraba sombríamente a sus brazos.
SUÉLTAME -salmodió-. HE SIDO INVOCADO.
-¡Tú no, idiota!
La muchacha miró fijamente los estanques azules y sin pupila de sus ojos. Era como mirar
en el fondo de un túnel.
Mort encorvó la espalda y gritó una maldición tan antigua y violenta que, en el fuerte campo
mágico, tomó forma, agitó sus alas correosas y se escabulló. Una tormenta de truenos se
desató en las dunas.
Los ojos de Mort volvieron a posarse sobre ella. Ysabell apartó la mirada antes de caer como
una piedra por un pozo de luz azulada.
TE LO ORDENO.
La voz de Mort podría haber horadado la piedra.
-Mi madre se pasó años tratando de emplear ese tono conmigo -le dijo tranquilamente-. Sobre
todo cuando quería que limpiara mi dormitorio. A ella tampoco le dio resultado.
Mort gritó otra maldición que cayó del aire e intentó enterrarse en la arena.
QUÉ DOLOR…
-Todo es obra de tu cabeza -le dijo tratando de resistir la fuerza que quería arrastrarlos a
ambos hacia la puerta fluctuante-. No eres la Muerte. Sólo eres Mort. Eres lo que yo crea que
eres.
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En el centro del borroso azul de sus ojos se vieron dos puntitos pardos que se alzaron a la
velocidad de la luz.
La tormenta que los rodeaba aumentó en intensidad. Mort gritó.
En pocas palabras, el Rito de CuesthiEnte sirve para invocar y comprometer a la Muerte.
Los estudiantes de ciencias ocultas sabrán que puede practicarse mediante un sencillo encantamiento,
tres trochos de madera y 4 centímetros cúbicos de sangre de ratón, pero ningún hechicero
digno de su sombrero puntiagudo soñaría jamás con hacer algo tan poco impresionante;
en el fondo de sus corazones, sabían que si un hechizo no requería enormes cirios amarillos,
montones de raro incienso, círculos dibujados en el suelo con tizas de ocho colores diferentes,
y unos cuantos calderos dispersos por el lugar, entonces, la verdad, no merecía la pena
ni siquiera ponerse a pensar en ello.
Los ocho hechiceros, situados en las puntas del gran octograma ceremonial, se balanceaban
y cantaban con los brazos extendidos hacia los lados para que las puntas de sus dedos se
tocasen.
Pero había algo que no acababa de cuajar. Si bien era verdad que se había formado una
bruma en el centro mismo del octograma viviente, ésta se agitaba y giraba sobre sí misma,
resistiéndose a centrarse.
-¡Más poder! -gritó Albert-. ¡Dadle más poder!
Del humo surgió momentáneamente una silueta: vestía una negra túnica y empuñaba una
espada reluciente. Albert lanzó un juramento al atisbar el rostro pálido envuelto en la capucha;
no era lo bastante pálido.
-¡No! -aulló Albert metiéndose en el octograma y sacudiendo a la fluctuante figura con las
manos-. Tú no, tú no..
Entretanto, en la lejana Camis-Het, Ysabell se olvidó de que era una señorita, apretó el puño,
entrecerró los ojos y le encajó un directo a la mandíbula a Mort. El mundo que la rodeaba
estalló…
En la cocina del Asador de Harga la sartén cayó al suelo y los gatos salieron corriendo por
la puerta…
En el gran vestíbulo de la Universidad Invisible todo ocurrió a la vez.9
La tremenda fuerza que los hechiceros habían ejercido sobre el reino de las sombras tuvo,
de repente, un punto en el cual centrarse. Como el corcho renuente de una botella, como el
chorro de ígneo ketchup de la botella de salsa del Infinito vuelta del revés, la Muerte aterrizó en
el octograma y lanzó un juramento.
Albert se dio cuenta demasiado tarde de que se encontraba en el interior del círculo encantado
y se abalanzó hacia el borde. Pero unos dedos esqueléticos lo agarraron por el dobladillo
de la túnica.
Los hechiceros que todavía seguían en pie y conscientes se mostraron un tanto sorprendidos
al comprobar que la Muerte llevaba un mandil y sujetaba un gatito.
-¿Por qué tuviste QUE ESTROPEARLO TODO?
-¿Estropearlo todo? ¿Ha visto lo que ha hecho el muchacho? -le espetó Albert tratando de
alcanzar el borde del círculo.
La Muerte levantó su calavera y husmeó el aire.
El sonido se impuso a todos los demás ruidos del vestíbulo y los obligó a callar.
Era el tipo de ruido que se oye en las fronteras inciertas de los sueños, el tipo de sonido que
te hacen despertar, empapado en los sudores de un miedo atroz. Era el husmear que se oye
debajo de la puerta del terror. Era como el husmear de un erizo, pero en ese caso, era el tipo
de erizo que se abre paso desde el borde del camino y aplasta camiones. Era el tipo de ruido
que uno desea no oír dos veces; ni siquiera una.
La Muerte se irguió despacio.
¿ES ASÍ COMO AGRADECE MI BONDAD? ¿ROBÁNDOME A MI HIJA, INSULTANDO A
MIS SIRVIENTES Y PONIENDO EN PELIGRO LA ESTRUCTURA DE LA REALIDAD SÓLO
POR UN CAPRICHO PERSONAL? ¡AY, QUÉ TONTA HE SIDO, HE SIDO TONTA DURANTE
DEMASIADO TIEMPO!
-Ama, si tuviera la amabilidad de soltarme la túnica… -comenzó a decir Albert.
El hechicero notó en su voz un tono suplicante que antes no había tenido.
9Esto no es exactamente cierto. Los filósofos suelen estar de acuerdo en que el tiempo
más breve en el que puede ocurrir todo es de mil billones de años.
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La Muerte no le hizo caso. Chasqueó los dedos como una castañuela, y el mandil que llevaba
puesto estalló en breves llamas. Pero al gatito lo depositó con cuidado en el suelo y lo empujó
suavemente con el pie.
¿ACASO NO LE DI LA MÁS GRANDE DE LAS OPORTUNIDADES?
-Claro que sí, ama, pero si pudiera soltarme de…
¿HABILIDADES? ¿UNA INFRAESTRUCTURA? ¿PERSPECTIVAS? ¿UN OFICIO PARA
TODA LA VIDA?
-Sin duda, y si ahora pudiera…
El cambio en la voz de Albert fue completo. Las trompetas de mando se habían convertido
en los flautines de la súplica. De hecho, parecía aterrado, pero de reojo logró ver a Rincewind y
siseó:
-¡Mi báculo! ¡Lánzame el báculo! ¡Mientras siga dentro del círculo no es invencible! ¡Dame el
báculo y lograré soltarme!
-¿Cómo dices? -preguntó Rincewind.
¡AH, YO TENGO LA CULPA POR ABANDONARME A ESTAS DEBILIDADES QUE, A FALTA
DE UNA PALABRA MEJOR, LLAMARÉ DE LA CARNE!
-¡Mi báculo, idiota, mi báculo! -farfulló Albert.
-¿Qué?
HAS HECHO BIEN, CRIADO MÍO, POR HABERME DEVUELTO A LA SENSATEZ -dijo la
Muerte-. NO PERDAMOS TIEMPO.
-¡Mi bá….!
Se produjo una implosión y una succión de aire.
Las llamas de las velas se estiraron por un momento como líneas de fuego y luego se apagaron.
Pasó un tiempo.
Entonces, la voz del tesorero, desde algún lugar cerca del suelo, dijo:
-Vaya ingratitud la tuya, Rincewind, mira que perder así su báculo. Recuérdame que un día
de estos he de castigarte severamente por ello. ¿Alguien tiene fuego, por favor?
-¡No sé dónde está! Lo había dejado apoyado, aquí, contra la columna, y ha…
-Oook.
-Ah -dijo Rincewind.
-Una ración extra de plátanos para el simio -ordenó el tesorero, categórico.
Se vio el fulgor de una cerilla y alguien logró encender una vela. Los hechiceros comenzaron
a incorporarse.
-Pues bien, ha sido una lección para todos -prosiguió el tesorero, quitándose el polvo y la
cera de vela de la túnica.
Miró hacia arriba, esperando ver la estatua de Alberto Malich devuelta en su pedestal.
-Está claro que hasta las estatuas tienen sentimientos -dijo-. Recuerdo que cuando era estudiante
de primero escribí mi nombre en su… bueno, dejémoslo así. La cuestión es que propongo,
aquí y ahora, que reemplacemos la estatua.
La propuesta fue recibida con un silencio de muerte.
-Por una reproducción idéntica en oro. Convenientemente embellecida con joyas, que es lo
menos que se merece nuestro gran fundador -añadió con brillantez.
»Y para asegurarnos de que ningún estudiante la mutile, sugiero que la erijamos en el más
profundo de los sótanos.
»Y después, que lo cerremos con llave -añadió.
Varios hechiceros se pusieron a aplaudir.
-¿Y que tiremos la llave? -sugirió Rincewind.
-Y soldemos la puerta -añadió el tesorero. Acababa de acordarse de lo acaecido a El Tambor
Emparchado. Reflexionó un instante y se acordó también del régimen de comidas.
-Y después, que tapiemos el umbral -dijo. Se oyó una salva de aplausos.
-¡Y que tiremos al albañil! -exclamó Rincewind ahogándose de risa; le estaba tomando el
gustito a la cosa. El tesorero lo miró ceñudo y le dijo:
-No es preciso que nos entusiasmemos.
En el silencio, una duna más grande de lo normal se elevó con dificultad y luego se deshizo,
dejando al descubierto a Binky, que resoplaba para quitarse la arena de las narices y sacudía
las crines.
Mort abrió los ojos.
Debería existir una palabra para denominar ese breve período que sigue al despertar, cuando
la mente está llena de la nada cálida y rosada. Uno permanece allí, acostado, libre de todo
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pensamiento, salvo por la creciente sospecha de que hacia uno se dirigen, como un guantazo
recibido en plena noche en un callejón, todos los recuerdos de los que uno preferiría prescindir,
y que se reducen al hecho de que el único factor mitigante de nuestro horrible futuro es la certeza
de que será brevísimo.
Mort se sentó y se llevó las manos a la coronilla para impedir que la cabeza se le siguiera
desatornillando.
A su lado, la arena se elevó e Ysabell se sentó. Tenía el pelo lleno de tierra, la cara sucia
del polvo de la pirámide, y las puntas del cabello chamuscadas. Se lo quedó mirando con indiferencia.
-¿Me has pegado? -preguntó Mort tocándose suavemente la mandíbula.
-Sí.
-Ah.
Miró al cielo como si pudiera hacerle recordar las cosas. Recordó que debía estar en algún
sitio. Después recordó algo más.
-Gracias -dijo.
-De nada, cuando quieras, ya sabes.
Ysabell logró ponerse en pie e intentó sacudirse la tierra y las telarañas del vestido.
-¿Vamos a rescatar a esa princesa tuya? -inquirió tímidamente.
La realidad interna y personal de Mort lo alcanzó. Se puso en pie de un salto lanzando un
grito ahogado; ante sus ojos vio estallar unos fuegos artificiales y volvió a dejarse caer. Ysabell
lo agarró por debajo de las axilas y lo puso otra vez de pie.
-Bajemos al río. Creo que a todos nos vendría bien beber un poco.
-¿Qué me ha pasado?
Ysabell se encogió de hombros como pudo sin dejar de sostenerlo.
-Alguien utilizó el Rito de CuesthiEnte. Mi madre lo detesta. Dice que siempre la invocan en
los momentos menos oportunos. La parte tuya que era la Muerte se fue y tú te quedaste aquí.
Creo. Al menos has recuperado tu voz.
-¿Qué hora es?
-¿A qué hora dijiste que los sacerdotes cerrarían la pirámide?
Mort intentó ver a través de las lágrimas y miró hacia la tumba
del rey. Ya estaba, unos dedos como antorchas se disponían a sellar
la puerta. Según la leyenda, muy pronto los guardianes cobrarían vida y comenzarían su
eterna vigilancia.
Lo sabía. Recordaba ese conocimiento. Recordaba que su mente se había sentido fría como
el hielo e ilimitada como el cielo nocturno. Recordaba que sería invocado a una existencia
renuente en el momento en que viviera la primera criatura, y que tendría la certeza de que viviría
más que la vida misma hasta que el último ser del universo hubiera acudido a recibir su
recompensa, y entonces, a él le correspondería, hablando en sentido figurado, colocar las sillas
sobre las mesas y apagar todas las luces.
Recordaba la soledad.
-No me abandones -dijo con urgencia.
-Estaré aquí hasta cuando me necesites.
-Es medianoche -dijo él monótonamente, dejándose caer junto al Camis-Het y bajando la
cabeza dolorida hasta el agua. A su lado oyó un ruido como el de una bañera al vaciarse cuando
Binky se puso a beber.
-¿Significa que hemos llegado demasiado tarde?
-Sí.
-Lo siento. Ojalá pudiera hacer algo.
-No puedes.
-Al menos mantuviste la promesa que le hiciste a Albert.
-Sí -admitió Mort amargamente-. Al menos hice eso.
Todo un disco de distancia…
Debería existir una palabra que describiese la microscópica chispa de esperanza que uno
no se atreve siquiera a sentir, no sea que el mero hecho de reconocerlo la hiciera desaparecer,
como intentar mirar un fotón. No queda más remedio que acercarse furtivamente a ella, mirarla
sin verla, seguir de largo y esperar que crezca lo suficiente como para enfrentarse al mundo.
Levantó la cabeza empapada y miró hacia el horizonte de poniente, tratando de recordar el
enorme modelo del Disco que había en el estudio de la Muerte sin dejar que el universo se
enterara de lo que estaba pensando.
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En momentos como aquél, puede dar la impresión de que la eventualidad está tan bien
equilibrada que sólo el pensar en voz demasiado alta podría echarlo todo a perder.
Se orientó siguiendo los leves torrentes de luz del Eje que bailaban entre las estrellas y adivinó,
con bastante inspiración, por cierto, que Sto Lat se encontraba… por allá…
-Medianoche -dijo en voz alta.
-Pasada ya -acotó Ysabell.
Mort se puso en pie, procuró que la dicha no manara de él como la luz de un faro, y aferró
las riendas de Binky.
-Vamos, no tenemos mucho tiempo.
-¿De qué hablas?
Mort se agachó para ayudarla a montar. Fue una bonita idea que a punto estuvo de derribarlo
de la silla. Ella volvió a colocarlo en su sitio y montó sola. Binky se movió inquieto. Presintiendo
la febril emoción de Mort, bufó y piafó en la arena.
-Te he preguntado de qué hablas.
Mort hizo girar al caballo en dirección al fulgor lejano del poniente.
-La velocidad de la noche -dijo.
Buencorte asomó la cabeza por entre las almenas del palacio y gimió. La zona de contacto
se encontraba a una calle de distancia, claramente visible en el octarino, y no tenía que esforzar
la imaginación para oír el chisporroteo. Lo oía muy bien: era el zumbido horrendo, como de
sierra dentada que producían las partículas de la posibilidad al chocar contra la zona de contacto
despidiendo su energía en forma de sonido. Mientras avanzaba por la calle, el muro perlado
engullía las banderas, las antorchas y las multitudes reunidas dejando sólo calles oscuras. En
algún lugar, allá afuera, pensó Buencorte, estoy durmiendo a pierna suelta en mi cama y nada
de esto ha ocurrido. Qué afortunado soy.
Se agachó, bajó la escalera hasta los adoquines y volvió a paso ligero al salón principal con
la túnica enredándosele en las pantorrillas. Pasó por el pequeño postigo de la gran puerta y
ordenó a los guardias que la cerraran con llave; luego volvió a subirse la túnica y salió a toda
carrera por un pasillo lateral para que no lo viesen los invitados.
El salón estaba iluminado por miles de velas y lleno de dignatarios de la llanura de Sto, casi
ninguno de los cuales tenía una clara idea de por qué estaba allí. Ah, y por supuesto, estaba
también el elefante.
Fue el elefante el que convenció a Buencorte que había desbordado los límites de la cordura,
pero horas antes le había parecido una buena idea, cuando la exasperación que le provocaba
la miopía del Sumo Sacerdote le había hecho recordar que un aserradero que había en
las afueras del pueblo tenía esa bestia para levantar cargas pesadas. Era viejo, artrítico y de un
humor variable, pero poseía una ventaja importante como víctima para un sacrificio. El Sumo
Sacerdote podría verlo.
Media docena de guardias intentaban delicadamente de contener a la criatura, cuyo cerebro
lerdo acababa de darse cuenta de que debía estar en el establo de siempre, con mucho heno,
agua y tiempo para soñar con los cálidos días en las grandes planicies color caqui de Klatch.
Se estaba impacientando.
No tardará en resultar evidente que otro motivo de su creciente inquietud reside en el hecho
de que, en la confusión previa a la ceremonia, su trompa había topado con el cáliz ceremonial,
que contenía cinco litros de vino fuerte, y lo había vaciado. Ante sus ojos legañosos comienzan
a brotar extrañas ideas acaloradas de baobabs arrancados, luchas con otros machos en celo,
gloriosas estampidas a través de las aldeas nativas y otros placeres medio olvidados. Dentro
de nada, le dará un ataque de delírium tremens y empezará a ver personas rosas.
Afortunadamente, de todo esto, Buencorte no tenía ni idea. En ese momento, el hechicero
vio al ayudante del Sumo Sacerdote -un joven con aspecto impertinente que tuvo la previsión
de equiparse con un mandil largo de goma y botas altas impermeables- y le hizo una seña para
que diera inicio a la ceremonia.
Regresó velozmente al vestuario del sacerdote y, con gran esfuerzo logró ponerse la túnica
especial para la ceremonia que la modista de palacio le había hecho, para lo cual había tenido
que hurgar en el fondo de su costurero hasta dar con restos de encaje, lentejuelas e hilo dorado
que le permitieran conseguir una prenda de una sobrecogedora falta de buen gusto tan
grande que ni el Vicerrector de la Universidad Invisible se habría avergonzado de lucirla. Buencorte
se permitió una pausa de cinco segundos delante del espejo para admirarse antes de
encasquetarse el sombrero puntiagudo en la cabeza y correr hacia la puerta para detenerse
justo a tiempo para salir a paso lento, tal como correspondía a una persona de importancia.
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Llegó junto al Sumo Sacerdote justo cuando Keli comenzaba a avanzar por el pasillo central,
flanqueada por doncellas que se arremolinaban a su alrededor como remolcadores en
torno a un transatlántico.
A pesar de los contratiempos del traje hereditario, Buencorte consideró que estaba hermosa.
Tenía un no sé qué que la hacía…
Apretó los dientes e intentó concentrarse en las medidas de seguridad. Había apostado
guardias en varios sitios estratégicos del salón, por si el duque de Sto Helit intentaba llevar a
cabo reordenamientos de última hora en la línea de sucesión real, y se recordó que debía vigilar
especialmente al duque, que estaba sentado en la primera fila, con una extraña sonrisa
tranquila en el rostro. Los ojos del duque se encontraron con los de Buencorte, y el hechicero
apartó rápidamente la vista.
El Sumo Sacerdote levantó las manos para imponer silencio. Buencorte se acercó sigilosamente
cuando el hombre se volvió hacia el Eje y con voz cascada comenzó a invocar a los
dioses.
Buencorte volvió a echar una rápida mirada en dirección al duque.
-Escuchadme, mmm, oh, dioses…
¿Acaso Sto Helit miraba hacia la oscuridad plagada de murciélagos que había entre las vigas
del techo?
-… escúchame, Oh, Ciego lo de los Cien Ojos; escúchame, Oh, Gran Offler, el de las Fauces
Llenas de Pajaritos; escúchame, Oh, Destino Piadoso; escúchame, Oh, Frío, mmm, Hado;
escúchame, Oh, Sek, la de las Siete Manos; escúchame, Oh, Hoki de los Bosques; escúchame,
Oh…
Horrorizado, Buencorte se dio cuenta de que, haciendo caso omiso de todas las instrucciones,
el viejo reblandecido se disponía a mencionarlos a todos. En el Disco había más de novecientos
dioses conocidos, y cada año los teólogos investigadores iban descubriendo más. Podrían
tardar horas. La congregación comenzaba ya a mover los pies.
Keli se encontraba de pie, ante el altar, con una mirada iracunda en los ojos. Buencorte le
metió al Sumo Sacerdote un codazo en las costillas que, al parecer, no consiguió ningún efecto
digno de mención, y luego meneó las cejas desesperadamente haciéndole señas al joven acólito.
-¡Páralo! -siseó-. ¡Que no tenemos tiempo!
-Los dioses se disgustarían…
-No tanto como yo, y a mí me tienes aquí.
El acólito examinó un instante la expresión de Buencorte y decidió que más tarde se explicaría
con los dioses. Le dio unos golpecitos en el hombro al Sumo Sacerdote y le susurró algo
al oído.
-… Oh, Steikhegel, dios de, mmm, los establos de vacas aislados; escúchame, Oh… ¿sí?
¿Qué? Murmullos.
-Esto es, mmm, del todo irregular. Está bien, pasaremos directamente a, mmm, la Enumeración
del Linaje.
Murmullos.
El Sumo Sacerdote lanzó una mirada iracunda a Buencorte, o al menos hacia el lugar donde
le parecía que se encontraba el hechicero.
-Está bien. Mmm, prepara el incienso y las fragancias para la Confesión del Cuádruple Sendero.
Murmullos. El rostro del Sumo Sacerdote se ensombreció.
-Supongo que, mmm, queda descartada, mmm, una breve plegaria, mmm, ¿verdad? -
inquirió agriamente.
-Si ciertas personas no se dan prisa -dijo Keli recatadamente-, habrá problemas. Murmullos.
-No lo sé, no estoy seguro -dijo el Sumo Sacerdote-. Pero es posible que, mmm, a la gente
no le importe nada, mmm, la ceremonia religiosa. A ver, que traigan ese elefante.
El acólito lanzó a Buencorte una mirada frenética e hizo señas a los guardias. Mientras hacían
avanzar su carga ligeramente bamboleante con gritos y palos puntiagudos, el joven sacerdote
se acercó sigilosamente hacia Buencorte y le metió algo en la mano.
El hechicero miró hacia abajo. Era un sombrero impermeable.
-¿Es necesario?
-El Sumo Sacerdote es muy devoto -le informó el acólito-. Quizá necesitemos un tubo de
respiración.
El elefante llegó al altar y, sin demasiada dificultad, lo obligaron a arrodillarse. La bestia hipó.
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-Y bien, ¿dónde está? -profirió el Sumo Sacerdote-. ¡Acabemos, mmm, de una vez con esta,
mmm, farsa!
El acólito volvió a murmurar. El Sumo Sacerdote escuchó, asintió con gravedad, eligió el cuchillo
inmolador de mango blanco y lo levantó con ambas manos por encima de su cabeza. Los
allí congregados lo observaban conteniendo el aliento. Después, volvió a bajarlo.
-¿Delante de mí dónde? Murmullos.
-¡Muchacho, no necesito tu ayuda! ¡Hace setenta años que sacrifico hombres, muchachos y,
mmm, mujeres y animales, y cuando no pueda utilizar el, mmm, cuchillo, más vale que me entierren!
Y bajó el cuchillo describiendo un brusco arco en el aire que, por pura suerte, logró causar
al elefante un leve rasguño en la trompa.
La bestia despertó de su agradable estupor reflexivo y lanzó un barrito. El acólito se volvió
horrorizado para encontrarse con dos ojitos inyectados de sangre que lo miraban desde lo alto
de una trompa enfurecida, y abandonó el altar de un salto.
El elefante estaba furioso. Vagos y confusos recuerdos inundaron su dolorida cabeza; recuerdos
de incendios, gritos, hombres con redes, y jaulas, y lanzas, y demasiados años tirando
de pesados troncos. Bajó la trompa sobre la piedra del altar y, para su propia sorpresa, la partió
en dos, ensartó los trozos con los colmillos y los levantó en el aire, intentó, sin lograrlo, arrancar
una columna de piedra y luego, sintiendo una repentina necesidad de aire fresco, se abrió paso
por el salón embistiendo artríticamente contra cuanto se le ponía por delante.
Golpeó contra la puerta a toda carrera, enfurecido por la llamada de la selva y envuelto en
los vapores del alcohol, y la arrancó de sus goznes. Con el marco encasquetado en los hombros,
cruzó medio escorado el patio, destrozó las puertas exteriores, soltó un eructo, recorrió
como una tromba la ciudad dormida… y seguía acelerando cuando husmeó el lejano y oscuro
continente de Klatch en la brisa nocturna. Con la cola enhiesta, siguió la antigua llamada de su
tierra natal.
Entretanto, en el salón, todo era polvo, gritos y confusión. Buen-corte se quitó el sombrero
de los ojos y se puso a cuatro patas.
-Gracias -dijo Keli que había quedado debajo de él-. ¿Se puede saber por qué saltaste sobre
mí?
-Mi primer instinto fue protegeros, majestad.
-Puede haber sido instinto, pero…
Iba a decirle que tal vez el elefante habría pesado menos, pero cuando vio su cara grande,
seria y enrojecida, se contuvo.
-Ya hablaremos de esto -dijo, sentándose y quitándose el polvo-. Mientras tanto, habrá que
prescindir del sacrificio. Todavía no soy tu majestad, sólo tu señoría, y ahora si alguien me busca
la corona…
A sus espaldas se oyó el sonido metálico de un dispositivo de seguridad.
-Que el hechicero ponga las manos donde pueda verlas -ordenó el duque.
Buencorte se levantó despacio y se dio media vuelta. El duque estaba apoyado por media
docena de hombres grandotes y serios, el tipo de hombres cuya única función en la vida es la
de destacar amenazadoramente detrás de personas como el duque. Llevaban media docena
de ballestas grandotas y serias, cuya función principal era la de dar la impresión de estar a
punto de dispararse.
La princesa se puso en pie de un salto y se abalanzó sobre su tío, pero Buencorte la agarró.
-No -le dijo en voz baja-. Éste no es el tipo de hombre que te ata en un sótano con el tiempo
suficiente para que los ratones se coman las cuerdas antes de que las aguas suban. Éste es el
tipo de hombre que te mata aquí y ahora.
El duque hizo una reverencia.
-Creo que se puede decir sinceramente que los dioses han dicho su palabra. Está claro que
la princesa murió trágicamente aplastada por el elefante solitario. El pueblo lo sentirá. Yo, personalmente,
decretaré una semana de duelo.
-¡No puedes hacer eso, todos los invitados han visto…! -comenzó a decir la princesa al borde
de las lágrimas.
Buencorte sacudió la cabeza. Alcanzaba a ver a los guardias que se movían entre la multitud
de asombrados invitados.
-No han visto nada -dijo el duque-. Te asombraría saber lo poco que han visto. Sobre todo
cuando se enteren de que morir trágicamente aplastado por elefantes solitarios puede ser contagioso.
Se puede morir de eso incluso en la cama.
El duque rió divertido.
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-Eres bastante inteligente para ser hechicero -dijo-. Y ahora, propondré meramente el destierro…
-No se saldrá con la suya -dijo Buencorte. Pensó un momento y añadió-: Bueno, probablemente
se salga con la suya, pero en su lecho de muerte se arrepentirá y deseará…
Dejó de hablar. Se quedó boquiabierto.
El duque se volvió de lado para seguir su mirada.
-¿Y bien, hechicero? ¿Qué has visto?
-No te saldrás con la tuya -repitió Buencorte, histérico-. Ni siquiera estarás aquí. Y todo esto
no habrá ocurrido nunca, ¿te das cuenta?
-Vigilad sus manos -ordenó el duque-. Si llega a mover un solo dedo, disparadle.
Volvió a mirar a su alrededor, intrigado. El hechicero había hablado con convicción. Claro
que se decía que los hechiceros veían cosas inexistentes…
-Ni siquiera importa si me matas -prosiguió Buencorte-, porque mañana me despertaré en
mi cama y todo esto no habrá ocurrido nunca. ¡Ha atravesado el muro!
La noche avanzaba por el Disco. Estaba siempre allí, claro, acechando en las sombras, los
agujeros y los sótanos, pero a medida que la luz lenta del día iba rezagada tras el sol, los lagos
y estanques de la noche se iban extendiendo, para encontrarse y fundirse. En el Mundodisco,
la luz se mueve lentamente debido al amplio campo mágico.
La luz del Mundodisco no se parece a la luz que todos conocemos. Ha crecido un poco, ha
viajado mucho, no siente la necesidad de ir corriendo a todas partes. Sabe que, por veloz que
vaya, la oscuridad siempre llega antes, de modo que se lo toma con calma.
La medianoche se deslizaba sobre el paisaje como un murciélago aterciopelado. Y más veloz
que la medianoche, una chispita contra el oscuro mundo del Disco, Binky galopaba tras ella.
De sus cascos brotaban llamas. Bajo su piel brillante, los músculos se movían como serpientes
en el aceite.
Avanzaban en silencio. Ysabell sacó un brazo de alrededor de la cintura de Mort y contempló
las chispas que le salían de los dedos, brillantes, con los ocho colores del arco iris. De su
brazo fluían pequeñas serpientes de luz, y las puntas de los cabellos lanzaban chisporroteos
brillantes.
Mort hizo descender al caballo dejando tras él una estela nubosa que se prolongaba durante
kilómetros.
-Ahora sé que estoy enloqueciendo -masculló.
-¿Por qué?
-Allá abajo acabo de ver un elefante. Uauh, chica. Mira, allá adelante, Sto Lat.
Ysabell espió por encima de su hombro hacia el lejano fulgor luminoso.
-¿Cuánto nos queda? -inquirió, nerviosa.
-No lo sé. Unos pocos minutos, tal vez.
-Mort, no te lo había preguntado antes pero…
-¿Sí?
-¿Qué vas a hacer cuando lleguemos allí?
-No lo sé -repuso-. Esperaba que me surgiera alguna inspiración cuando fuera el momento.
-¿Y te ha surgido?
-No. Pero todavía no es la hora. Puede que el hechizo de Albert nos ayude. Y yo…
El domo de la realidad se sentó sobre el palacio como una medusa aplastada. La voz de
Mort se fue apagando hasta caer en un horrorizado silencio.
Entonces, Ysabell dijo:
-Bueno, creo que ya casi es la hora. ¿Qué vamos a hacer?
-¡Agárrate fuerte!
Binky planeó a través de las puertas destrozadas del patio exterior, se deslizó por los adoquines
dejando un rastro de chispas y, de un salto, traspuso la astillada puerta del salón. El
muro perlado de la zona de contacto se elevó y pasó como una descarga de frío rocío.
Mort percibió una confusa visión de Keli y Buencorte y un grupo de hombres corpulentos
que se lanzaban al suelo como si en ello les fuera la vida. Reconoció las facciones del duque,
desenvainó la espada y saltó de la silla de montar en cuanto el caballo frenó de un patinazo.
-¡No le pongas ni un solo dedo encima! -chilló-. ¡O te cortaré la cabeza!
-Vaya, es de lo más impresionante -dijo el duque desenvainando su espada-. Y además,
muy tonto. Yo…
Se detuvo. La mirada se le volvió vidriosa. Y cayó de bruces. Buencorte bajó el enorme
candelabro de plata que había utilizado como arma y lanzó a Mort una sonrisa de disculpa.
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Mort se volvió hacia los guardias con la llama azul de la espada de la Muerte zumbando en
el aire.
-¿Alguien quiere más? -gruñó.
Todos retrocedieron, se dieron la vuelta y echaron a correr. Al pasar a través de la zona de
contacto, desaparecieron. Los invitados también habían desaparecido de esa zona. En la realidad
verdadera, el salón estaba vacío y a oscuras.
Los cuatro quedaron en un hemisferio que se iba encogiendo rápidamente.
Mort se acercó sigilosamente a Buencorte.
-¿Alguna idea? -inquirió-. Tengo aquí un encantamiento que…
-Olvídalo. Si intentara utilizar aquí la magia, nuestras cabezas estallarían. Esta realidad es
demasiado pequeña para contenerla.
Mort se dejó caer contra los restos del altar. Se sentía vacío, agotado. Por un momento,
contempló como se acercaba la pared chisporroteante de la zona de contacto. Esperaba poder
sobrevivir a ella, lo mismo que Ysabell. Buencorte no lo haría, pero un Buen-corte sí. Sólo Keli…
-¿Van a coronarme o no? -preguntó con tono gélido-. ¡He de morir reina! ¡Sería terrible estar
muerta y ser plebeya!
Mort le lanzó una mirada desenfocada; trató de recordar de qué diablos estaba hablando.
Ysabell hurgó entre los restos que había detrás del altar y logró pescar una diadema un tanto
aplastada de diamantes engastados.
-¿Es ésta? -inquirió.
-Es la corona -dijo Keli al borde de las lágrimas-. Pero no tenemos sacerdote.
Mort lanzó un profundo suspiro.
-Buencorte, si ésta es nuestra propia realidad, podemos ordenarla del modo que más nos
plazca, ¿verdad?
-¿Qué se te ha ocurrido?
-Convertirte en sacerdote. Designa tú a tu propio dios. Buencorte hizo una reverencia y tomó
la corona que tenía Ysabell.
-¡Os estáis burlando de mí! -exclamó Keli bruscamente.
-Lo siento -se excusó Mort con tono cansado-. Ha sido un día muy largo.
-Espero hacerlo bien -dijo Buencorte solemnemente-. Porque nunca había coronado a nadie.
-¡Y yo nunca había sido coronada!
-Bien -dijo Buencorte, y para calmarla añadió-: Aprenderemos juntos.
Comenzó a mascullar algunas palabras impresionantes en una lengua extraña. En realidad
se trataba de un hechizo para eliminar las pulgas de la ropa, pero pensó que tanto daría. Y
luego pensó, caray, en esta realidad soy el hechicero más poderoso que jamás haya existido,
es algo digno de contarles a mis nie… Hizo rechinar los dientes. En aquella realidad había que
cambiar algunas reglas, no cabía duda.
Ysabell se sentó al lado de Mort y deslizó su mano en la de él.
-¿Y bien? -le preguntó en voz baja-. Es el momento. ¿Se te ha ocurrido algo?
-No.
La zona de contacto había recorrido ya medio salón; iba algo más lenta a medida que aplastaba
implacablemente la presión de la realidad intrusa.
Algo cálido y húmedo le sopló a Mort en la oreja. Levantó una mano y tocó el morro de
Binky.
-Mi caballito guapo -dijo-. Se me han acabado los terrones de azúcar. Tendrás que volver a
casa solo…
Su mano se detuvo en mitad de una palmadita.
-Podemos volver todos -dijo.
-Creo que a mi madre no le gustaría mucho la idea -comentó Ysabell, pero Mort no le hizo
caso.
-¡Buencorte!
-¿Sí?
-Nos vamos. ¿Vienes con nosotros? Seguirás existiendo cuando la zona de contacto se cierre.
-Lo hará una parte de mí -repuso el hechicero.
-A eso me refería -dijo Mort montándose a lomos de Binky.
-Pero hablando por la parte que no lo hará, me gustaría ir con vosotros -se apresuró a agregar
Buencorte.
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-Pienso quedarme aquí, a morir en mi propio reino -declaró Keli.
-Lo que tú pienses, no tiene importancia -dijo Mort-. He recorrido el Disco entero para rescatarte,
¿sabes?, y vas a ser rescatada.
-¡Pero yo soy la reina! -exclamó Keli.
La incertidumbre se le agolpó en la mirada, se giró en redondo hacia Buencorte, que bajó el
candelabro con aire culpable-. ¡Te he oído pronunciar las palabras! Soy reina, ¿no?
-Claro que sí -respondió Buencorte al instante; y luego, como se supone que la palabra de
un hechicero es más fuerte que el hierro forjado, añadió virtuosamente-: Y además, estás completamente
libre de plagas.
-¡Buencorte! -gritó Mort.
El hechicero asintió, cogió a Keli por la cintura y la colocó sobre el lomo de Binky. Subiéndose
la túnica hasta la cintura, se izó detrás de Mort, se inclinó y ayudó a subir tras él a
Ysabell. El caballo dio unos saltitos por el suelo, quejándose del exceso de peso, pero Mort lo
obligó a girar hacia la puerta y lo espoleó para que avanzara.
La zona de contacto los siguió cuando avanzaron por el salón y salieron al patio para elevarse
despacio. Su niebla perlada se encontraba a unos metros de distancia y avanzaba palmo
a palmo.
-Discúlpame -le dijo Buencorte a Ysabell levantándose el sombrero-, ígneo Buencorte, Hechicero
de Primer Grado por la Universidad Invisible, ex Reconocedor Real y, quizá muy pronto,
futuro decapitado. ¿Por casualidad sabes a dónde vamos?
-Al país de mi madre -gritó Ysabell para hacerse oír por encima de la ráfaga de viento que
levantaban.
-¿La he visto alguna vez?
-Lo dudo. Porque ahora te acordarías.
La parte superior del muro del palacio rozó los cascos de Binky cuando éste, forzando los
músculos, trató de elevarse más. Buencorte volvió a inclinarse hacia atrás sujetándose del
sombrero.
-¿Quién es esta señora de la que estamos hablando? -inquirió a gritos.
-La Muerte -respondió Ysabell.
-Pero no…
-Sí.
-Ah. -Buencorte contempló los tejados lejanos que habían quedado allá abajo y le lanzó una
sonrisa torcida-. ¿Ahorraríamos tiempo si saltara desde aquí?
-Cuando se la conoce, resulta bastante agradable -dijo Ysabell a la defensiva.
-¿De veras? ¿Crees tú que tendremos ocasión?
-¡Agarraos! -ordenó Mort-. Deberíamos cruzar más o menos… Un agujero lleno de negrura
surgió del cielo y los engulló. La zona de contacto se bamboleó, llena de incertidumbre, vacía
como el bolsillo de un mendigo, y continuó encogiéndose.
La puerta principal se abrió. Ysabell asomó la cabeza.
-No hay nadie en casa -anunció-. Será mejor que paséis. Los otros tres entraron en el pasillo
en fila india. Buencorte se limpió los zapatos meticulosamente.
-Es un poco pequeña -sentenció Keli con tono crítico.
-Pero por dentro es mucho más grande -le explicó Mort. Se dirigió a Ysabell-. ¿Has mirado
por todas partes?
-Ni siquiera logro encontrar a Albert -repuso-. No recuerdo una sola vez que no estuviese en
casa.
Tosió al recordar sus deberes de anfitriona.
-¿Os apetece tomar algo? -preguntó. Keli no le hizo ni caso.
-Me esperaba por lo menos un palacio -dijo-. Grande y negro, con enormes torres negras.
No un paragüero.
-Se han dejado una guadaña dentro -señaló Buencorte.
-Pasemos todos a sentarnos al estudio, estoy segura de que allí nos sentiremos mejor -
sugirió rápidamente Ysabell y abrió una puerta negra.
Buencorte y Keli pasaron mientras iban discutiendo. Ysabell aferró a Mort del brazo.
-¿Y ahora qué vamos a hacer? -le preguntó-. Mi madre se enfadará mucho cuando los encuentre
aquí.
-Ya se me ocurrirá algo. Reescribiré las biografías o algo así. -Sonrió débilmente-. No te
preocupes. Ya se me ocurrirá algo.
A sus espaldas, se oyó un portazo. Mort se giró para encontrarse con la sonrisa maliciosa
de Albert.
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El enorme sillón de cuero que había detrás del escritorio giró despacio. La Muerte miró a
Mort por encima de las manos unidas por las puntas de los dedos. Cuando estuvo segura de
haber conseguido llamar su horripilada atención, dijo:
SERÁ MEJOR QUE EMPIECES AHORA MISMO.
Se puso de pie, la habitación se tornó más oscura y fue como si ella hubiera crecido.
NO TE MOLESTES EN DISCULPARTE -añadió.
Keli sepultó la cabeza en el amplio pecho de Buencorte.
HE VUELTO. Y ESTOY ENFADADA.
-Ama, yo… -comenzó a decir Mort.
CÁLLATE -le ordenó la Muerte.
Con un índice calcáreo hizo señas a Keli para que se acercara. La muchacha se volvió para
mirar a Mort, aunque su cuerpo no se atrevió a desobedecer.
La Muerte tendió el brazo y le tocó la barbilla. Mort llevó la mano a la espada.
¿ES ÉSTE EL ROSTRO QUE ECHÓ A LA MAR MIL NAVES E INCENDIÓ LAS TORRES
DESNUDAS DE PSEUDÓPOLIS? -preguntó la Muerte.
Keli miraba como hipnotizada las rojas puntas de alfileres sepultadas en la profundidad de
las oscuras cuencas de los ojos.
-Esto, discúlpeme -dijo Buencorte sosteniendo el sombrero respetuosamente, al estilo mexicano.
¿Sí? -insistió la Muerte, distraída.
-No, señora. Debe de estar pensando usted en otro rostro.
¿CÓMO TE LLAMAS?
-Buencorte, señora. Soy hechicero, señora. SOY HECHICERO, SEÑORA -se mofó la Muerte-.
CÁLLATE, HECHICERO.
-Sí, señora -repuso Buencorte y retrocedió. La Muerte se volvió hacia Ysabell.
HIJA, EXPLÍCATE. ¿POR QUÉ AYUDASTE A ESTE CRETINO?
Ysabell hizo una reverencia nerviosa.
-Porque lo quiero, madre. Eso creo.
-¿De veras? -inquirió Mort asombrado-. ¡Nunca me lo habías dicho!
-No encontraba nunca el momento -dijo Ysabell-. Madre, él no quería… CÁLLATE. Ysabell
bajó la mirada y repuso:
-Sí, madre.
La Muerte rodeó el escritorio con paso majestuoso hasta quedar directamente enfrente de
Mort. Se lo quedó mirando fijamente durante un largo rato.
Luego, con un movimiento velocísimo, abofeteó a Mort y lo tiró al suelo.
TE INVITO A VIVIR EN MI CASA -le dijo-, TE ENSEÑO EL OFICIO, TE DOY DE COMER Y
DE VESTIR, TE OFREZCO OPORTUNIDADES CON LAS QUE JAMÁS HABRÍAS PODIDO
SOÑAR, Y ME PAGAS DE ESTE MODO. SEDUCES A MI HIJA Y LA ALEJAS DE MÍ, DESATIENDES
EL SERVICIO, PROVOCAS UN OLEAJE EN LA REALIDAD QUE TARDARÁ UN
SIGLO EN DESAPARECER. TUS ACTOS INTEMPESTIVOS HAN CONDENADO A TUS
COMPAÑEROS. LOS DIOSES NO SE CONFORMARÁN CON MENOS. EN RESUMEN, MUCHACHO,
NO ES UN BUEN COMIENZO PARA SER TU PRIMER TRABAJO.
Mort se sentó con esfuerzo y se frotó la mejilla. Sentía un frío ardiente, como hielo de cometa.
-Mort -aclaró.
¡PERO SI SABE HABLAR! ¿Y QUÉ DICE?
-Podría dejarlos marchar -sugirió Mort-. Ellos no tienen la culpa, sólo se vieron implicados.
Podría reordenarlo todo para que…
¿Y POR QUÉ IBA A HACER ALGO ASÍ? AHORA ME PERTENECEN.
-Lucharé contra usted por ellos -dijo Mort.
MUY NOBLE. LOS MORTALES SE PASAN LA VIDA LUCHANDO CONTRA MÍ. QUEDAS
DESPEDIDO.
Mort se incorporó. Recordó cómo había sido ser la Muerte. Se aferró a la sensación, dejó
que aflorara… No -dijo.
AH. ¿ME RETAS DE IGUAL A IGUAL, PUES?
Mort tragó saliva. Al menos entonces ya tenía el camino despejado. Cuando se salta por un
precipicio, la vida de uno toma un rumbo definitivo.
-Si es preciso -repuso-. Y si gano…
Si GANAS, ESTARÁS EN CONDICIONES DE HACER LO QUE TE PLAZCA -dijo la Muerte-
. SIGÚEME.
Pasó junto a Mort, majestuosa, y salió al vestíbulo. Los otros cuatro miraron a Mort.
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-¿Estás seguro que sabes lo que haces? -le preguntó Buencorte.
-No.
-No puedes vencer al ama -dijo Albert. Suspiró y luego agregó-: Créeme.
-¿Qué pasará si pierdes? -inquirió Keli.
-No perderé -dijo Mort-. Ése es el problema.
-Mi madre quiere que gane -dijo Ysabell amargamente.
-¿Quieres decir que dejará ganar a Mort? -preguntó Buencorte.
-Oh, no, no lo dejará ganar. Es que quiere que gane.
Mort asintió. Mientras seguía a la oscura silueta de la Muerte, pensó en un futuro infinito,
sirviendo los misteriosos propósitos que el Creador tuviera en mente, viviendo fuera del Tiempo.
No podía culpar a la Muerte por querer dimitir. La Muerte le había dicho que los huesos no
eran obligatorios, pero tal vez eso no importaría. ¿Acaso la eternidad le parecería un tiempo
larguísimo o quizá todas las vidas, desde un punto de vista personal, tenían exactamente la
misma duración?
Hola -lo saludó la voz de su cabeza-. ¿Te acuerdas de mí? Soy tú. Yo te metí en esto.
-Gracias -repuso amargamente.
Los otros lo miraron de reojo.
Podrías salir de ésta -le dijo la voz-. Posees una gran ventaja. Has estado en su lugar, pero
ella nunca ha estado en el tuyo.
La Muerte recorrió veloz el vestíbulo y entró en la Sala Larga; en cuanto entró, las velas se
encendieron, obedientes.
ALBERT.
-¿Ama?
TRAE LOS RELOJES.
-Ama.
Buencorte agarró al anciano por el brazo y con voz siseante le dijo:
-Eres hechicero. ¡No tienes por qué obedecerla!
-¿Cuántos años tienes, muchacho? -le preguntó Albert amablemente.
-Veinte.
-Cuando tengas mi edad, verás con otros ojos las alternativas que se te ofrecen. -Y volviéndose
a Mort, le dijo-: Lo siento.
Mort desenvainó la espada, cuya hoja era prácticamente invisible a la luz de las velas. La
Muerte se giró y quedó frente a él, una delgada silueta contra una estantería altísima, repleta
de relojes de arena.
Tendió los brazos. Con un leve trueno, la guadaña apareció en ellos.
Albert regresó por uno de los pasillos atestados de biómetros, portando dos relojes de arena;
los colocó sin decir palabra en un saliente de una de las columnas.
Uno de ellos, varias veces más grande que los corrientes, era negro, ahusado y estaba decorado
con un complicado motivo de calavera y huesos.
Y ése no era el aspecto más desagradable.
Mort gimió para sus adentros. En el reloj no había arena.
El más pequeño que había a su lado era bastante simple y sin adornos. Mort tendió la mano
para tocarlo.
-¿Puedo?
ADELANTE.
El nombre de Mort aparecía tallado en la ampolla superior. Lo acercó a la luz y, sin sorpresa,
notó que casi no quedaba arena en él. Cuando se lo acercó a la oreja, creyó oír, incluso por
encima del omnipresente rugido de los millones de biómetros que lo rodeaban, el sonido producido
por su propia vida al fluir.
Con mucho cuidado volvió a dejarlo donde estaba.
La Muerte se volvió hacia Buencorte.
SEÑOR HECHICERO, ¿SERÍA TAN AMABLE DE CONTAR HASTA TRES?
Buencorte asintió sombríamente.
-¿Está segura de que no podríamos solucionar todo esto sentándonos a una mesa y…? -
comenzó a preguntar. No.
-No.
Mort y la Muerte comenzaron a dar vueltas en círculos cansadamente, sus reflejos fluctuaron
por los bancos de relojes de arena.
-Uno -dijo Buencorte.
Amenazante, la Muerte hizo girar la guadaña.
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-Dos.
Las hojas se unieron en el aire produciendo un ruido como el de un gato al deslizarse por
una ventana de cristal.
-¡Los dos han hecho trampa! -gritó Keli. Ysabell asintió y dijo:
-Por supuesto.
Mort retrocedió de un salto, dejando caer su espada en un arco demasiado lento que la
Muerte desvió fácilmente; luego convirtió el quite en un movimiento bajo y perverso que Mort
esquivó gracias a un torpe salto en el aire.
Si bien la guadaña no ocupa un lugar preeminente entre las armas de guerra, todo aquel
que haya estado del lado erróneo, digamos de una revuelta de campesinos, sabrá que en manos
diestras, resulta temible. Una vez que quien la esgrime logra blandiría y hacerla girar, nadie
-ni siquiera quien la esgrime- puede estar muy seguro de dónde se encuentra la hoja en un
momento dado, ni de dónde se encontrará al momento siguiente.
La Muerte avanzaba, sonriendo. Mort esquivó un guadañazo a la altura de la cabeza, se
lanzó hacia un costado y oyó un tintineo a sus espaldas cuando la punta de la guadaña fue a
tocar un reloj de arena del estante más cercano… en un oscuro callejón de Morpork, un empresario
nocturno dedicado a las basuras, se agarró el pecho y cayó de bruces sobre su carro…
Mort rodó y se levantó haciendo girar la espada con ambas manos por encima de su cabeza;
sintió una vibración de sombrío entusiasmo al ver que la Muerte retrocedía veloz por el damero
del suelo. El potente mandoble partió en dos un estante; uno tras otro, los relojes comenzaron
a deslizarse hacia el suelo. Mort notó brevemente que Ysabell había salido corriendo para recogerlos
uno por uno… en el Disco, cuatro personas escaparon milagrosamente a la muerte
después de sufrir una caída… y Mort avanzó a la carrera, aprovechando la ventaja. Las manos
de la Muerte se movieron diestramente para parar cada estocada y contraatacar; luego cambió
de mano la guadaña y levantó la hoja haciéndole describir un arco que Mort esquivó saltando
torpemente hacia un costado, al tiempo que con el mango de su espada le daba un golpe a un
reloj de arena que lo remontó por los aires y lo envió al otro lado de la habitación… en las Montañas
del Carnero, un pastor de thargas, que ayudándose con la luz de una lámpara estaba
buscando una vaca extraviada en los prados altos, perdió pie y cayó por un precipicio de tres
mil metros… Buencorte se tiró hacia adelante y cogió el reloj con una mano desesperadamente
estirada, cayó con estrépito al suelo y quedó tendido boca abajo… un sicómoro de retorcidas
ramas surgió misteriosamente debajo del pastor que gritaba a voz en cuello, frenó su caída y le
evitó sus principales problemas -la muerte, el juicio de los dioses, la in-certidumbre del Paraíso
y demás- para reemplazarlos por otro, comparativamente sencillo, como era escalar en plena
oscuridad trescientos metros de helado precipicio cortado a pico.
Hubo una pausa cuando los combatientes tomaron distancia para volver a dar vueltas en
círculos para buscar cómo aventajar al contrincante.
-Tiene que haber algo que podamos hacer -dijo Keli.
-Sea cual sea el resultado, Mort saldrá perdiendo -repuso Ysabell meneando la cabeza.
Buencorte sacó el candelabro de plata de la manga abultada y empezó a pasarlo pensativamente
de una mano a la otra.
La Muerte sopesó la guadaña con gesto amenazante y sin querer destrozó un reloj de arena
que tenía junto al hombro… en Bes Pelargic, el torturador jefe del Emperador cayó hacia atrás
en su propio pozo de ácido… lanzó otro guadañazo que Mort esquivó por pura casualidad.
Pero justo por los pelos. Sintió el dolor cálido en los músculos y los grises venenos adormecedores
de la fatiga en la mente, dos desventajas que la Muerte no tenía que considerar siquiera.
Porque la Muerte las notó.
DATE POR VENCIDO -le dijo-. TAL VEZ SEA CLEMENTE.
Para ofrecer una demostración práctica de lo que decía, hizo un movimiento en redondo con
el brazo que Mort paró torpemente con el filo de su espada. La hoja de la guadaña rebotó y
partió en mil pedazos un reloj… el duque de Sto Helit se llevó las manos al corazón; sintió la
gélida puñalada del dolor, lanzó un grito ahogado y cayó de su cabalgadura…
Mort retrocedió hasta que notó en el cuello la rugosa piedra de una columna. El reloj de la
Muerte, con sus ampollas desalentadoramente vacías, se encontraba a unos cuantos centímetros
de su cabeza.
La Muerte misma estaba un tanto distraída. Miraba, pensativa, los restos dentados de la vida
del duque.
Mort gritó y blandió la espada hacia arriba animado por los débiles vítores del grupo que llevaba
rato esperando a que lo hiciera. Hasta Albert aplaudía con sus manos arrugadas.
Pero en lugar del tintineo de cristal que Mort había esperado no hubo… nada.
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Se volvió y lo intentó otra vez. La hoja de la espada atravesó el cristal sin romperlo.
El cambio en la textura del aire le hizo mover la espada y ponerla en posición de ataque justo
a tiempo para desviar una maligna estocada descendente. La Muerte se apartó de un salto
justo a tiempo para esquivar el contragolpe de Mort, que fue lento y débil.
ASÍ SE ACABA, MUCHACHO.
-Mort -aclaró Mort. Levantó la mirada-. Mort -repitió, y levantó la espada con tanta fuerza
que partió en dos el mango de la guadaña.
La rabia bullía en su interior. Si iba a morir, al menos moriría con su nombre correcto.
-¡Mort, mal nacida! -gritó y enfiló derecho hacia la calavera sonriente mientras la espada
ronroneaba en una complicada danza de luz azulada.
La Muerte retrocedió tambaleante, mientras reía y se agachaba bajo la lluvia de furiosos
mandobles que recortaron en más pedazos el mango de la guadaña.
Mort se movió en círculos a su alrededor, repartiendo mandobles a diestro y siniestro, y
sombríamente consciente, incluso a través de la roja bruma de la ira, de que la Muerte seguía
cada uno de sus movimientos, empuñando como espada la hoja huérfana de la guadaña. No
lograba encontrar un hueco en la defensa de la Muerte y el motor de su rabia no duraría. Nunca
la derrotarás, se dijo. Lo mejor que podemos hacer es mantenerla a raya durante un rato. Y tal
vez, después de todo, perder sea mejor que ganar. Al fin y al cabo, ¿quién necesita la eternidad?
A través del telón de su fatiga vio a la Muerte extenderse cuan largos eran sus huesos para
hacer que su arma describiese un arco lento y tranquilo, como pasando por un montón de melaza.
-¡Madre! -chilló Ysabell.
La Muerte volvió la cabeza.
Posiblemente, la mente de Mort agradeciera la perspectiva de la vida futura, pero su cuerpo,
que quizá sintiera que era quien más iba a perder en ese juego, se rebeló. Fue su cuerpo,
pues, el que levantó el brazo en el que empuñaba la espada y con un mandoble imparable, le
quitó el arma a la Muerte y luego la acorraló contra la columna más cercana.
En el repentino silencio, Mort cayó en la cuenta de que ya no oía un ruidito entrometido que,
durante los últimos diez minutos, había estado justo en el umbral de lo audible. Miró de reojo.
Su arena ya se estaba agotando.
ADELANTE.
Mort levantó la espada y miró en el fondo de los dos fuegos azules.
Bajó la espada.
-No.
El pie de la Muerte salió disparado a la altura de la entrepierna con una velocidad que hizo
dar un respingo incluso a Buencorte.
Mort se ovilló silenciosamente como una pelota y salió rodando por el suelo. A través de las
lágrimas vio que la Muerte avanzaba con la hoja de la guadaña en una mano y el reloj de arena
de Mort en la otra. Vio que Keli e Ysabell eran apartadas con un desdeñoso empellón cuando
intentaron agarrarla por la túnica. Vio como Buencorte recibía un codazo en las costillas y su
candelabro se alejaba rodando ruidosamente por las baldosas.
La Muerte se alzó sobre él. La punta de la hoja flotó durante un momento ante los ojos de
Mort y luego se elevó en el aire.
-Tienes razón. La justicia no existe. Sólo existes tú.
La Muerte vaciló; después, lentamente, bajó la hoja. Se volvió y miró desde su altura el rostro
de Ysabell. La muchacha temblaba de ira.
¿QUÉ HAS QUERIDO DECIR?
Lanzó una mirada enfurecida a la Muerte; después, su mano se extendió hacia atrás y describió
un breve arco para extenderse hacia adelante y hacer contacto con un sonido como una
caja de dados.
No fue tan fuerte como el silencio que lo siguió.
Keli cerró los ojos. Buencorte se alejó y se puso los brazos sobre la cabeza.
Muy despacio, la Muerte se llevó una mano a la calavera.
El pecho de Ysabell subía y bajaba de un modo que habría hecho que Buencorte abandonara
la magia de por vida.
Finalmente, con una voz más hueca que de costumbre, la Muerte le preguntó:
¿POR QUÉ?
-Dijiste que jugar con el destino de una sola persona podía destruir el mundo entero -le recordó
Ysabell. ¿Y?
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-Has jugado con el de él. Y con el mío. -Con un dedo tembloroso señaló los fragmentos de
vidrio que había en el suelo y añadió-: Y con los de esos también.
¿Y ENTONCES?
-¿Qué van a exigirte los dioses por eso? ¿A MÍ?
-¡Sí!
La Muerte se mostró sorprendida.
LOS DIOSES NO ME PUEDEN EXIGIR NADA. A LA LARGA, HASTA LOS DIOSES DEBEN
RENDIRME CUENTAS.
-No parece muy justo, ¿verdad? ¿Acaso los dioses no se ocupan de la justicia y la piedad? -
le espetó Ysabell.
Sin que nadie lo advirtiera, había levantado la espada.
La Muerte sonrió, burlona.
APLAUDO TUS ESFUERZOS -le dijo-, PERO NO TE SERVIRÁN DE NADA. APÁRTATE.
-No.
DEBES SABER QUE NI SIQUIERA EL AMOR TE SERVIRÁ PARA DEFENDERTE DE MÍ.
LO SIENTO.
Ysabell levantó la espada y le preguntó:
-¿Lo sientes, que tú lo sientes? APÁRTATE, TE DIGO.
-No. Esto que haces es por pura venganza. ¡No es justo! La Muerte inclinó la calavera un
momento y luego la miró con ojos encendidos.
HARÁS LO QUE TE ORDENO.
-No lo haré.
ME ESTÁS DIFICULTANDO MUCHO LAS COSAS.
-Me alegro.
La Muerte tamborileó impacientemente con los dedos sobre la hoja de la guadaña, produciendo
un sonido como el de un ratón bailando zapateado sobre una lata. Daba la impresión de
estar reflexionando. Contempló a Ysabell, que se alzaba junto a Mort, y luego se volvió para
mirar a los demás, acurrucados contra un estante.
No -dijo finalmente-. No. A MÍ NO SE ME PUEDEN DAR ÓRDENES. NADIE PUEDE OBLIGARME.
SÓLO HARÉ LO QUE SÉ QUE ES CORRECTO.
Agitó una mano y la espada que empuñaba Ysabell saltó al suelo con un chirrido. Hizo otro
complicado ademán y la muchacha se elevó por el aire, y quedó sujeta suavemente, aunque
con firmeza, contra la columna más cercana.
Mort vio como la parca volvía a avanzar hacia él blandiendo la hoja, dispuesta a asestar el
golpe final. Se detuvo sobre el muchacho.
NO SABES COMO SIENTO TODO ESTO -dijo.
Mort se incorporó apoyándose en los codos.
-Tal vez sí.
La Muerte lo miró sorprendida durante varios segundos y luego se echó a reír. El sonido recorrió
misteriosamente la habitación, reverberando en los estantes, mientras la Muerte, que
seguía riendo como un terremoto en un cementerio, sostenía el reloj de arena de Mort delante
de los ojos de su propietario.
Mort intentó enfocar la vista. Vio el último grano deslizarse por la superficie lisa y brillante,
vacilar en el borde y luego caer en cámara lenta, hacia el fondo. La luz de la vela se reflejó en
sus diminutas facetas de sílice mientras se precipitaba suavemente hacia abajo. Se depositó
sin ruido formando un pequeño cráter.
La luz de los ojos de la Muerte brilló hasta llenar la vista de Mort y el sonido de sus carcajadas
sacudió el universo.
Y entonces, la Muerte le dio la vuelta al reloj de arena.
Una vez más, el gran salón de Sto Lat estaba iluminado por la luz de las velas y en él se oía
el bullicio de la música.
Mientras los invitados bajaban en tropel las escaleras para dirigirse a la mesa de manjares
fríos, el Maestro de Ceremonias anunciaba sin parar a quienes, por motivos de importancia o
por pura distracción, habían aparecido tarde. Como por ejemplo:
-El Reconocedor Real, Maestre de la Alcoba de la Reina, Su Honorabilíssssimo ígneo
Buencorte, Hechicero de Primer Grado por la Universidad Invisible.
Buencorte se acercó sonriente a la real pareja con un enorme cigarro en una mano.
-¿Puedo besar a la novia? -preguntó.
-Si a los hechiceros les está permitido -respondió Ysabell ofreciéndole una mejilla.
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-Los fuegos artificiales nos han parecido maravillosos -dijo Mort-. Supongo que muy pronto
habrán reconstruido el muro exterior. Seguramente ya sabrás cómo llegar hasta la comida.
-Últimamente tiene mucho mejor aspecto -dijo Ysabell tras la sonrisa almidonada, cuando
Buencorte se perdió entre el gentío.
-Claro que también hace mucho el hecho de ser la única persona que no se molesta en
obedecer a la reina -dijo Mort intercambiando unas inclinaciones de cabeza con un noble que
pasaba por allí delante.
-Dicen que él es el verdadero motor que hay detrás del trono -comentó Ysabell-. Que es una
eminencia no sé qué más.
-Una eminencia grasa -acotó Mort distraídamente-. ¿Te has fijado que ya no practica la magia?
-Cállatequeahívieneella.
-Su Majestad Suprema, la reina Kelirehenna I, Señora de Sto Lat, Protectora de los Ocho
Protectorados y Emperatriz del Largamente Debatido Trozo hacia el Eje de Sto Kerrig.
Ysabell hizo una reverencia. Mort se inclinó. Keli les sonrió a los dos. No pudieron por menos
de notar que estaba bajo una influencia que la inclinaba a utilizar ropas que por lo menos
siguiesen someramente su silueta, y a abandonar peinados que pareciesen descendientes de
las pinas y el algodón de azúcar.
Besó a Ysabell en la mejilla y luego retrocedió para mirar a Mort de arriba abajo.
-¿Qué tal marcha Sto Helit? -le preguntó.
-Bien, bien -repuso Mort-. Aunque deberemos hacer algo con los sótanos. Tu difunto tío tenía
unas…, unas aficiones de lo más raras, y…
-Se refiere a ti -susurró Ysabell-. Es tu nombre oficial.
-Prefería Mort -dijo Mort.
-El escudo es de lo más interesante -dijo la reina-. Guadañas cruzadas sobre un reloj de
arena rampante sobre un campo color sable. Le causó al Colegio Real un verdadero dolor de
cabeza.
-No es que me importe ser duque -dijo Mort-. Lo que realmente me impresiona es estar casado
con una duquesa.
-Ya te acostumbrarás.
-Espero que no.
-Bien. Y ahora, Ysabell -dijo Keli apretando la mandíbula-, si vas a moverte en los círculos
de la realeza, hay ciertas personas que debes conocer…
Ysabell lanzó a Mort una mirada desesperada cuando la condujeron a través del gentío y se
perdió de vista.
Mort se pasó un dedo por el interior del cuello, miró hacia ambos lados y luego corrió a refugiarse
en un rincón, a la sombra de los helechos, para estar un momento a solas.
Detrás de él, el Maestro de Ceremonias carraspeó. Sus ojos se perdieron en la distancia
con una mirada vidriosa.
-La Hurtadora de Almas -anunció con el tono lejano de la persona cuyos oídos no oyen lo
que su boca dice-. Vencedora de Imperios, Deglutidora de Océanos, Ladrona de los Años, la
Realidad Final, Cosechadora de la Humanidad, la…
ESTÁ BIEN, ESTÁ BIEN. YA PASARÉ YO SOLA.
Mort se detuvo con un muslo de pavo a medio camino de la boca. No se volvió. No era preciso.
Aquella era una voz inconfundible, se sentía más que se oía, por la forma en que el aire
se helaba y se ensombrecía. Las conversaciones y la música de la fiesta de bodas se fueron
apagando hasta que se hizo el silencio.
-No pensábamos que vendrías -dijo hacia una maceta con helechos.
¿A LA BODA DE MI PROPIA HIJA? DE TODOS MODOS, ES LA PRIMERA VEZ QUE ME
ENVÍAN UNA INVITACIÓN PARA ALGO. Si HASTA TENÍA LOS BORDES DORADOS Y PONÍA
«CONFIRME ASISTENCIA» Y TODO.
-Sí, pero como no asististe a la ceremonia… PENSÉ QUE QUIZÁ NO SERÍA DEL TODO
APROPIADO.
-Ya, sí, me lo figuro…
PARA SER SINCERA, CREÍ QUE IBAS A CASARTE CON LA PRINCESA.
Mort se sonrojó y repuso:
-Lo discutimos. Y luego pensamos que por el simple hecho de haber rescatado a una princesa
no había por qué precipitarse.
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MUY SENSATO. SON DEMASIADAS LAS JÓVENES QUE SE LANZAN A LOS BRAZOS
DEL PRIMER MUCHACHO QUE LAS DESPIERTA DESPUÉS DE UN SUEÑO DE CIEN
AÑOS, POR EJEMPLO.
-En fin, que pensamos que después de todo, cuando llegara a conocer a fondo a Ysabell,
bueno que…
Sí, SÍ, DE ESO ESTOY SEGURA. EXCELENTE DECISIÓN. SIN EMBARGO, HE DECIDIDO
NO INTERESARME MÁS EN LOS ASUNTOS HUMANOS.
-¿De veras?
SALVO POR MOTIVOS OFICIALES, CLARO ESTÁ. ME NUBLABA EL JUICIO.
Una mano esquelética apareció en el campo visual de Mort y ensartó diestramente un huevo
relleno. Mort se giró en redondo.
-¿Qué ocurrió? -le preguntó-. ¡Tengo que saberlo! ¡En un momento dado nos encontrábamos
en la Sala Larga, y al momento siguiente, nos vimos en un campo, en las afueras de la
ciudad, y éramos realmente nosotros! Quiero decir que hubo que alterar la realidad para que
cupiésemos nosotros. ¿Quién lo hizo?
HABLÉ DE ELLO CON LOS DIOSES.
La Muerte parecía incómoda.
-Ah. ¿De veras? -dijo Mort. La Muerte esquivó su mirada. Sí.
-Me da a mí la impresión de que no debían de estar muy contentos.
LOS DIOSES SON JUSTOS. Y TAMBIÉN UNOS SENTIMENTALES. ALGO A LO QUE NI
YO MISMA HE PODIDO SUSTRAERME. PERO TODAVÍA NO ERES LIBRE. DEBES ENCARGARTE
DE QUE LA HISTORIA SE CUMPLA.
-Ya lo sé -dijo Mort-. Unir los reinos y todo eso.
ES POSIBLE QUE AL FINAL DESEES HABERTE QUEDADO CONMIGO.
-Aprendí mucho, para qué negarlo -reconoció Mort. Se llevó la mano a la cara y con aire distraído
se acarició las cuatro finas cicatrices que le cruzaban la mejilla. Luego añadió-: Pero creo
que no estoy hecho para ese tipo de trabajo. Lo siento de veras…
TE HE TRAÍDO UN REGALO.
La Muerte dejó su plato de entrantes y hurgó en los misteriosos pliegues de su túnica.
Cuando su mano esquelética volvió a salir, sostenía entre el índice y el pulgar un pequeño globo.
Tendría unos ocho centímetros de diámetro. Podía haber sido la perla más grande del mundo,
pero su superficie era una maraña móvil de complicadas figuras de plata que se encontraban
eternamente a punto de decidirse por una forma reconocible, pero que siempre lograban
evitarlo.
Cuando la Muerte la dejó caer sobre la palma de la mano que Mort le tendía, éste la notó
pesada y ligeramente caliente.
PARA TI Y TU DAMA. UN REGALO DE BODAS. LA DOTE.
-¡Es preciosa! Creíamos que nos habías regalado la bandeja de plata para las tostadas.
ÉSE ES DE ALBERT. ME TEMO QUE NO TIENE MUCHA IMAGINACIÓN.
Mort hizo girar el globo una y otra vez entre sus manos. Las formas que bullían en su interior
parecían responder a su tacto, y despedían pequeños torrentes de luz que se esparcían
sobre la superficie para dirigirse hacia sus dedos.
-¿Es una perla?
Sí. CUANDO ALGO IRRITA A UNA OSTRA Y NO PUEDE SER EXPULSADO, LA POBRECITA
LO RECUBRE CON MUCOSIDADES Y LO CONVIERTE EN UNA PERLA. PERO ÉSTA
ES UNA PERLA DE UN COLOR DIFERENTE. ES UNA PERLA DE LA REALIDAD. TODA ESA
MATERIA BRILLANTE ES LA ACTUALIDAD CONGELADA. DEBERÍAS RECONOCERLA…
AL FIN Y AL CABO, LA HAS CREADO TÚ.
Mort la lanzaba suavemente de una mano a la otra.
-La pondremos junto con las joyas del castillo. No tenemos muchas.
ALGÚN DÍA SERÁ LA SEMILLA DE UN NUEVO UNIVERSO.
Mort calculó mal, pero, con los reflejos del rayo, estiró la mano y la atrapó antes de que fuera
a golpear en el suelo.
-¿Cómo?
LA PRESIÓN DE ESTA REALIDAD LA MANTIENE COMPRIMIDA. TAL VEZ LLEGUE UN
MOMENTO EN QUE EL UNIVERSO SE ACABE Y LA REALIDAD MUERA, ENTONCES, ÉSTA
ESTALLARÁ Y… ¿QUIÉN SABE? CUÍDA-LA BIEN. ES UN FUTURO Y AL MISMO TIEMPO
UN PRESENTE.
La Muerte inclinó la calavera hacia un lado.
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ES UNA PEQUENEZ -dijo-. PODÍAS HABER TENIDO LA ETERNIDAD.
-Lo sé. He sido muy afortunado.
Con mucho cuidado la depositó sobre la mesa del buffet, entre los huevos de codorniz y los
rollos de salchicha.
HAY OTRA COSA -dijo la Muerte.
Volvió a meter la mano debajo de la túnica y sacó un objeto oblongo envuelto por manos
inexpertas y atado con un cordelito.
ES PARA TI -le dijo-. ALGO PERSONAL. NUNCA TE HABÍAS INTERESADO POR ÉL.
¿CREÍAS QUE NO EXISTÍA?
Mort desenvolvió el paquete y advirtió que tenía en sus manos un librito encuadernado en
piel. En el lomo llevaba grabada con letras doradas una sola palabra: Mort.
Fue pasando las páginas en blanco hasta encontrar el pequeño rastro de tinta que avanzaba
pacientemente por la página con paso sinuoso y leyó:
«Mort cerró el libro produciendo un ruidito seco que en el silencio sonó como el estallido de
la creación, y sonrió, incómodo.
»-Todavía quedan muchas páginas por llenar -dijo-. ¿Cuánta arena me queda? Ysabell me
dijo que cuando le diste la vuelta al reloj, me iba a morir cuando tuviera…
»TE QUEDA SUFICIENTE -repuso la Muerte fríamente-. LAS MATEMÁTICAS NO SON
COMO LAS PINTAN.
»-¿Qué te parece eso de que te inviten a los bautizos?
»PREFIERO QUE NO. NO ESTOY HECHA PARA SER MADRE, Y MUCHO MENOS,
ABUELA. NO TENGO LAS RODILLAS ADECUADAS.
»Dejó la copa de vino e inclinó levemente la cabeza ante Mort. »RECUERDOS A TU ESPOSA
-dijo-. Y AHORA HE DE IRME. »-¿De veras? Por favor, quédate un momento más.
»ES MUY AMABLE DE TU PARTE, PERO EL DEBER ME LLAMA. -Le tendió una mano
huesuda y añadió-: YA SABES COMO ES.
»Mort aferró la mano y la estrechó haciendo caso omiso del frío.
»-Si alguna vez necesitas tomarte unos días libres -le dijo-, ya sabes, si quisieras irte de vacaciones…
»TE AGRADEZCO EL OFRECIMIENTO -repuso la Muerte cortésmente-. ME LO PENSARÉ
CON TODA SERIEDAD. Y AHORA…
»-Adiós -dijo Mort y se sorprendió al notar un nudo en la garganta-. Vaya palabra más desagradable,
¿no?»
MUCHO.
La Muerte lanzó una sonrisa que más bien era una mueca porque, como se ha dicho en
múltiples ocasiones, no tenía demasiadas opciones. Pero probablemente, esa vez, fue una
sonrisa sentida.
PREFIERO AU REVOIR -dijo.
Anotaciones a Mort (Terry Pratchett, alt.fan.pratchett)
Mort no es un buen material para hacer una película en el Reino Unido. No hay papeles para
Hugh ni para Emma, no está ambientada en Sheffield, y nadie se mete drogas en el culo...
Los números de página se corresponden con la presente edición y NO con la de Plaza&
Janés / Martínez Roca, por lo que cualquier cambio afectará la ubicación de las mismas en
el texto
29 Anotaciones
Me ahorro deciros cada vez que la Muerte, en el original inglés, tiene género masculino. Por
tanto, no es la madre adoptiva de Ysabell, sino el padre adoptivo. El error no se soluciona en
las traducciones de Martinez Roca ni en las de Plaza & Janés hasta El Segador, y porque ya no
hay más remedio, que si no...
[p. 15] "'Me llaman Mort'. QUÉ COINCIDENCIA [...]"
Mort significa 'muerte' en Francés, pero además, en La Luz Fantástica averiguamos que
también el nombre (o apodo) de la Muerte es Mort. Las opiniones respecto a qué coincidencia
se refiere la Muerte están divididas.
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[p. 23, nota 1] "Lo único conocido que se mueve más deprisa que la luz corriente es la monarquía".
Así es como comienza la popular (al menos entre los fans ingleses) nota a pie de página de
los reiones y las reionas. Durante una discusión en alt.fan.pratchett, Terry añadió lo siguiente:
"Tengo la fuerte sospecha de que cuanto más pequeño es un país, más poderoso es el monarca
como emisor de reiones. Con toda seguridad, el tamaño del rey en proporción al del país es
el factor importante. Si eres el rey de un país de diez personas, debe haber un flujo de reiones
bastante alto. Y, sobre la cuestión del origen de los reiones: salen de Dios. A Dios se le invoca
en la ceremonia de coronación. Dios quiere chicas pelirrojas con toneladas de ropa que no
saben mantener sus conversaciones por teléfono movil privadas. A Dios le gusta la gente con
muchos dientes frontales. Dios debe tener una mano metida en todo esto, de otro modo habríamos
masacrado a todos los reyes hace años". Y olé.
[p. 30] "'¿Cómo consigue todas esas monedas?', preguntó Mort. DE DOS EN DOS".
Una referencia a la antigua práctica del este de Europa de colocar monedas sobre los ojos
de un amigo muerto. En la versión griega de esta costumbre, se colocaba una sola moneda (u
óbolo) bajo la lengua del muerto. Se hacía para que el fallecido tuviera algo de cambio para
pagar a Charon (el anciano barquero que transportaba las almas de los muertos a través del río
Styx hacia la otra vida... pero sólo si cobraba antes).
[p. 31] "La respuesta fluctuó en su mente con la inevitabilidad de una reclamación de impuestos".
Una referencia al dicho inglés "nada es seguro excepto la muerte y los impuestos", cuyo autor
no es inglés sino el americano Benjamin Franklin. Por cierto, el original dice: "La respuesta
fluyó en su mente", no fluctuó.
[p. 34] "'Te llamaré muchacho', dijo".
La subtrama de Ysabell y Mort y los esfuerzos del padre de ella por emparentarlos refleja la
novela Grandes Esperanzas de Charles Dickens (donde Estelle, por ejemplo, también insiste
en llamar 'muchacho' a Pip a todas horas).
[p. 35] El horno de Albert tiene grabadas las palabras "La Pequeña Moloch (patentada)".
Existe una fábrica de hornos llamada 'La Pequeña Wenlock'. Un Moloch es cualquier influencia
que nos exija el sacrificio de aquello que nos es más preciado. Así, la guerra es un
moloch, la guillotina fue el moloch de la revolución francesa, etc. La alusión es al dios de los
Amonitas (fenicios), cuyos hijos fueron obligados a 'pasar a través del fuego' en sacrificio.
[p. 42] "¿Y POR QUÉ CREES QUE TE MANDÉ A LOS ESTABLOS? PIÉNSALO BIEN".
La sección entera del entrenamiento de Mort, y este párrafo en particular, explora un tema
similar a historias como las de Karate Kid, o El Imperio Contraataca, o por supuesto, la serie
televisiva Kung Fu, donde a un joven estudiante se le dan muchas tareas mundanas que más
adelante se revelan integrales para su educación.
[p. 51] "[...] la ciudad de Sto Lat [...]"
Sto lat es en realidad el título de una canción festiva polaca, más o menos equivalente a
"Porque es un muchacho excelente". 'Sto lat' significa 'cien años'. Sto Helit, otro nombre que
Terry usa a menudo, no es ni siquiera polaco.
[p. 60] "ES A CAUSA DEL CAMPO MORFOGENÉTICO, SE ESTÁ DEBILITANDO, le explicó
la Muerte".
A Terry le encanta jugar con los principios morfogenéticos en el Mundodisco, y ésta es con
toda probabilidad la primera vez que lo menciona explícitamente. La morfogenética es parte de
una controvertida teoría expuesta por el ex-biólogo de Cambridge Rupert Shedrake. 'Controvertida'
es decirlo suavemente: 'basura' sería una descripción mucho mejor. Lo cual tal vez explique
por qué funciona en el Mundodisco.
[p. 73] "EL TIEMPO COMO UN ARROYO QUE FLUYE ETERNAMENTE LLEVA TODAS..."
La Muerte está citando de Nuestro Dios, Nuestra Ayuda en Eras Pasadas, de Isaac Watts.
El verso completo es:
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"El tiempo como un arroyo que fluye eternamente
se lleva a todos sus hijos
Vuelan olvidados como un sueño
Muere al abrirse el día".
No es raro que Albert se preocupe.
[p. 81] "[...] la morada de Ígneo Buencorte, Doctor en Magia (Oculta) [...]"
El original es Igneous Cutwell, DM (Unseen), que es la forma usual en Gran Bretaña de
nombrar a las cualificaciones académicas. Significa, en efecto, que Buencorte tiene un doctorado
en magia. El nombre entre paréntesis es el de la universidad, así que la traductora debería
haber escrito "Invisible". De todos modos, no es un fallo tan garrafal, porque realmente el original
debería haber estado en latín.
[p. 97] "[...] el fuego de la Aurora Coriolis [...]"
Es el brillo del aire alrededor de Cori Celeste, como en nuestra aurora boreal (aurora borealis),
pero también una referencia a la fuerza que actúa sobre los objetos en rotación.
[p. 100] "'Se muere usted a menudo, ¿eh?', logró decir Mort".
Para los lectores no familiarizados con el budismo tibetano: se cree que los líderes religiosos
que estén espiritualmente avanzados (como, por ejemplo, el Dalai Lama) se reencarnan y
continuan guiando a la gente. En 1933, por ejemplo, se descubrió que un niño de ocho años en
el Tibet era la decimoséptima reencarnación del Karmapa, y se le sacó rápidamente de su pueblo
natal para instalarle en el monasterio. En ¡Guardias! ¡Guardias! descubriremos que el abad
Lobsang se ha reencarnado con éxito.
[p. 113] "Las princesas [...] eran tan nobles que... que notaban un sedante a través de doce
colchones".
La parida (inventada por la traductora) no está mal, pero el original inglés, aunque intraducible,
es mejor. Albert suelta de golpe: "Las princesas eran tan nobles que podían orinar a través
de doce colchones". El juego está en que orinar (pee) suena igual que guisante (pea), y, por
supuesto, es una referencia al cuento de La Princesa y el Guisante, de Andersen. La broma se
explica en la p. 151.
[p. 126] Caroc = Tarot, Ching Aling = I Ching.
Son dos formas de acceder a la Sabiduría Destilada de los Antiguos, y todo eso.
[p. 146] "'... y entonces ella creyó que él había muerto, y se quitó la vida, y resulta que él se
despertó y acabó suicidándose [...]'".
Ysabell empieza a enumerar romances trágicos, en su mayoría versiones de historias existentes.
Ésta parece ser la tragedia shakespeariana de Romeo y Julieta, o tal vez la fuente original:
Píramo y Thisbe, de Ovidio.
[p. 154] "'Pues veréis, señoría, preferentemente, aquí bebemos esfumino'".
El esfumino (scumble) es el equivalente del Mundodisco del scrumpy, una bebida probablemente
desconocida para muchos lectores de fuera del Reino Unido. Es una sidra muy fuerte,
originaria del oeste británico, en particular de las granjas de Somerset. Terry tiene lo siguiente
que decir sobre el scrumpy: "Puedo hablar con autoridad, ya que vivía muy cerca (a la
ida, volver costaba algo más) de una sidrería. 1) Es poco probable que puedas comprar scrumpy
en cualquier parte que no sea una granja o un pub en una zona sidrera. 2) No tiene burbujas.
Cae a plomo en el vaso, y es de un color gris-anaranjado. 3) El mejor scrumpy se hace (o
tal vez se hacía) en granjas donde la mayoría del metal presente era plomo. El zumo de manzana
ácido en el plomo daba a la bebida resultante una potencia que duraba el resto de tu vida.
4) Aunque muchas de las historias sobre las cosas que le echaban 'para darle cuerpo' son seguramente
apócrifas, parece que no era raro poner un filete de buey en la cuba para darle
'fuerza'. 5) Recuerdo con toda claridad el caso de una turista que tuvo que ser desalojada en
ambulancia después de dos pintas de scrumpy [1 pinta = 0.6 litros aprox.]. 6) Solíamos beber
casi una pinta, llenada con un centímetro de limonada; a esto se le conocía como 'sidra y gas',
y era popular en la zona donde yo vivía. Dos pintas eran el tope. Recuerdo que, volviendo por
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el campo, una persona que ahora es profesor de historia medieval se cayó en un pozo minero
en desuso y continuó cantando".
[p. 178] “Dicen que se transportó a las Dimensiones Mazmorra mientras practicaba el Rito
de CuesthiEnte de atrás para adelante.”
Se rumoreaba que Alberto Malich desapareció cuando trataba de efectuar el rito de Cuesthiente
al revés. Sabemos que el rito sirve para invocar a la Muerte, así que parece razonable
que hacerlo hacia atrás la aleje de ti. Por desgracia para Albert, también es razonable que, en
lugar de ello, te lleve a ti a donde está la Muerte.
[p. 187] “-Sí, pero la cuestión está en cómo lo haces. Yo moriré noblemente, como la reina
Ezeriel.”
La reina Ezeriel refleja la Cleopatra de nuestro mundo, que también tenía la costumbre de
bañarse en leche de burra y que se suicidó mediante una serpiente venenosa (un áspid, para
ser exactos).
[p. 212] "'No te metas en los asuntos de un hechicero, porque una negativa ofende, como leí
en alguna parte'".
Ysabell probablemente leyó una parte de esto en El Señor de los Anillos de Tolkien, donde
vemos (en La Comunidad del Anillo, Libro Uno, Cap. 3) cuando Gildor dice: "No te entrometas
en asuntos de magos, pues son astutos y de cólera fácil". La otra parte la sacó de un cartel que
se ve a menudo en los pubs británicos: "No pidas crédito, porque una negativa ofende". Ver
también la referencia a la p. 302 de Lores y Damas.
[p. 217] "MÁRCHATE, ARPÍA INFECTA, ENGENDRO DE LA MEDIANOCHE, le ordenó".
La Muerte alude al Macbeth de Shakespeare, acto 4, escena 1.
[p. 223] "'Que me asen', murmuró Albert por lo bajo".
En el original, Albert era simultáneamente algo más culto y algo más chabacano: decía: 'Sodomy
non sapiens', que se traduce del pseudolatín que Terry utiliza constantemente como:
'Que me jodan si lo sé'.
[p. 225] "'Cuando un hombre se cansa de Ankh-Morpork, se cansa de estar hundido hasta la
rodilla en lechada'".
La cita original es de 1777, de Samuel Johnson: "Cuando un hombre se cansa de Londres,
se cansa de la vida; pues en Londres está todo lo que se puede pedir a la vida". Bastante gente
cree que la cita es de Douglas Adams. Adams también estaba parodiando la cita de Johnson
cuando escribió: "[...] cuando una edición reciente de la revista Playser tituló un artículo con las
líneas: 'Cuando te canses de Osa Menor Beta, te cansas de la vida', los suicidios se cuadruplicaron".
(El Restaurante del Final del Universo, capítulo 4).
[p. 229] "'¿Fuegos artificiales?', había repetido Buencorte".
Todo el asunto de que los hechiceros son expertos en fuegos artificiales es una referencia a
El Hobbit, de Tolkien, en el que Gandalf era conocido (en tiempo de paz) por entretener a todo
el mundo con sus fuegos artificiales.
[p. 247] "Ankh-Morpork, por ejemplo, era un rubí de vidrio".
El original dice que Ankh-Morpork era un carbúnculo. Carbúnculo es sinónimo de rubí, pero
también de grano purulento.
[p. 281] "Recordaba que sería invocado a una existencia renuente en el momento en que viviera
la primera criatura, y que tendría la certeza de que viviría más que la vida misma hasta
que el último ser del universo hubiera acudido a recibir su recompensa, y entonces, a él le correspondería,
hablando en sentido figurado, colocar las sillas sobre las mesas y apagar todas
las luces".
Tres años después, en 1990, la Muerte de Neil Gaiman dice, en la historia Fachada: "Cuando
la primera criatura viva cobró existencia, yo estaba allí, esperando. Cuando muera la última
criatura, mi trabajo concluirá. Pondré las sillas sobre las mesas, apagaré las luces y cerraré con
llave el universo cuando me marche".
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[p. 299] "¿ES ÉSTE EL ROSTRO QUE ECHÓ A LA MAR MIL NAVES E INCENDIÓ LAS
TORRES DESNUDAS DE PSEUDÓPOLIS?, preguntó la Muerte".
Una referencia a Helena de Troya (o de Tsort, deberíamos decir), sobre la cual se luchó la
Guerra de Troya. La cita original, de La Historia Trágica del Dr. Fausto, de Christopher Marlowe,
dice:
"¿Era éste el rostro que lanzó mil barcos,
Y quemó las torres desnudas de Ilión?
¡Dulce Helena, hazme inmortal con un beso!"
Ilión es el nombre latino de Troya.
[p. 318] "'Ysabell me dijo que cuando le diste la vuelta al reloj, me iba a morir cuando tuviera...'
TE QUEDA SUFICIENTE, repuso la Muerte friamente. LAS MATEMÁTICAS NO SON
COMO LAS PINTAN".
Pequeño error de traducción. Lo correcto sería: "Ysabell me dijo que, como le diste la vuelta
al reloj, moriría cuando tuviera..." Por otra parte, los hechos narrados en Soul Music dan la
razón a Ysabell. ("Después de esto, era una cuestión de matemáticas. Y del Deber").
NOTA ACERCA DEL AUTOR
Terry Pratchett es el autor cósmico (cómico, cómico) más popular y cotizado de Inglaterra.
Nació en Buckinghamshire en 1948 y publicó su primer libro en 1971, una novela destinada al
público juvenil. Estuvo escribiendo durante algunos años en sus horas libres, hasta que se le
ocurrió la idea del Mundodisco y empezó a ganar dinero a manta. En la actualidad reside en
Somerset con su mujer y su hija (que además de ser una rica heredera es bastante guapa), y
escribe al menos dos novelas del Mundodisco por año. Por lo demás, cultiva plantas carnívoras
como hobby, y asegura que son mucho menos interesantes de lo que se cree.

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