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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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lunes, 7 de julio de 2008

1º volumen 1ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- EL DESPERTAR DEL DEMONIO -- SALVATORE, R.,A.,

1º volumen 1ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- EL DESPERTAR DEL DEMONIO -- SALVATORE, R.,A.,



Primera Parte

El destino
¿Qué canción es esa que flota entre los árboles
para poner en pie a los hombres arrodillados,
para liberar los corazones de las penas que los atenazan,
para ofrecer promesas de futuro?
Escucha: ¿qué canción,
qué música dulce?
Susurros cálidos del alba.
Olor de sangre caliente invade el aire frío de la noche.
¿Qué avidez de tesoros, qué hambre de oro
ha sacado a la bestia horrible de la profundidad de las cavernas
para enfrentarla al Pájaro de la Noche, para conocer el sueño sin fin?
Vienen por codicia.
Vienen para desangrar.
A las amables manos de la raza de los elfos.
La espada resplandeciente, la carrera del caballo,
la ruina de todos y cada uno de los monstruos.
¡En medio de ellos, el Pájaro de la Noche, el guardabosque,
encendiendo la cólera de Tempestad, desdeñando el peligro,
cortando y acuchillando!
¡Desgarrando y rajando!
Ahuyentando las pesadillas.
Huid aprisa, trasgos: el guardabosque prepara su arco
para hacer correr vuestra sangre, para manchar la blanca nieve.
Flecha a flecha, el río rojo
se precipita hacia el Maligno, hacia el que ha caído muerto.
La furia de Ala de Halcón
entierra a los trasgos
en el frío dominio de los gusanos.
¡Dispersaos, trasgos, volad y desapareced!
No correréis más que Sinfonía.
Cascos de música hienden la oscuridad
llevando al Pájaro de la Noche: ¡vuestra hora ha llegado!
Cuando caiga Tempestad,
todos vosotros caeréis
en la negrura para siempre jamás.
Lejos flota la música, la dulzura de Sinfonía.
Lejos va el Pájaro de la Noche, para saludar al bosque
bajo el resplandor del sol de primavera, sin rastro del Maligno,
Por entre flores y amantes, oíd los pasos acompasados;
escuchad todos
la llamada del Pájaro de la Noche
y descansad, amantes, tranquilos y seguros.
La canción del Pájaro de la Noche
_
1
La muerte inesperada

Elbryan Wyndon se levantó antes del amanecer y se vistió rápidamente, tanteando con torpeza su ropa bajo la roja luz de los rescoldos de la chimenea. Se pasó una mano por el despeinado pelo lacio, una melena de color castaño claro que se doraba bajo el sol del verano. Buscó el cinturón y el puñal, que como siempre había colocado cerca de la cama, y se sintió fuerte cuando se sujetó ceremoniosamente el arma a la cintura con una correa.
Cogió la prenda de más abrigo que pudo encontrar y salió precipitadamente a la oscuridad y al aire frío, tan ansioso que apenas se acordó de cerrar la puerta de la cabaña. El pequeño pueblo fronterizo de Dundalis estaba aún silencioso y tranquilo, gozando del bien ganado reposo que sigue al duro trabajo diario. También Elbryan había trabajado duro el día anterior —más que de costumbre— ya que varios hombres y mujeres del pueblo se habían internado en el bosque, y los muchachos y las chicas habían recibido el encargo de mantener todo en orden. Eso significaba recoger madera y cuidar los fuegos, reparar las cabañas —¡que siempre parecían necesitar reparaciones!— y recorrer el perímetro del resguardado valle que albergaba el pueblo, para vigilar si había huellas de osos, de felinos peligrosos o de manadas de lobos cazadores.
Con sus casi trece años, Elbryan era el mayor de aquellos niños, el líder del grupo, por así decirlo; eso lo hacía sentirse importante, como un hombre hecho y derecho. Aquélla sería la última vez que se quedaba, cuando los cazadores emprendían la expedición más importante de la temporada. La siguiente primavera cumpliría trece años, el final de la infancia en aquel duro territorio del salvaje norte. En la siguiente primavera Elbryan saldría a cazar con los adultos; los juegos de la infancia quedaban atrás.
Por supuesto que estaba cansado por los días de trabajo precedentes, pero se sentía tan emocionado que no consiguió conciliar el sueño. El tiempo se había vuelto invernal. En cualquier momento los hombres estarían de vuelta, y Elbryan se proponía salir a su encuentro y encabezar la comitiva hasta el pueblo. Que los muchachos y las chicas más jóvenes lo observaran y le manifestaran el respeto que le profesaban, y que los ancianos vieran que, bajo la mirada vigilante de Elbryan, el pueblo había estado bien atendido durante la ausencia de los hombres.
El muchacho salió de Dundalis a paso ligero a pesar del cansancio, pasando entre las oscuras sombras de las pequeñas cabañas de una sola planta.
—¡Jilly!
La llamada no sonó muy fuerte, pero así lo pareció en el aire calmado de la mañana.
Elbryan se dirigió a la esquina de la casa siguiente, sonrió ante su propio ingenio y miró en torno con curiosidad.
—¡Podría ser hoy! —protestó una chica joven, Jilseponie, la mejor amiga de Elbryan.
—No lo sabes, Jilly —arguyó su madre, que se encontraba de pie en la entrada de la cabaña. Elbryan trató de disimular la risa; la chica odiaba aquel apodo, Jilly, aunque casi todo el mundo en el pueblo la llamaba así. Prefería simplemente «Jill». Pero ella y Elbryan usaban el apodo Pony, su nombre secreto, el favorito de Jilseponie por encima de todos los demás.
La risa se convirtió en una amplia y abierta sonrisa; Elbryan no sabía la causa, pero siempre se sentía feliz cuando veía a Pony, aunque tan sólo un par de años antes se habría burlado de ella y de todas las otras chicas del pueblo y las habría perseguido sin parar. Una vez había cometido el error de atrapar a Jilseponie sin que sus compañeros estuvieran cerca y le tiró de la melena con demasiada fuerza para probar su captura. Ni siquiera vio cómo se acercaba el puño; no vio nada salvo lo ancho que, de repente, le pareció el cielo azul derrumbado de espaldas en el suelo.
Ahora podía ya reírse de aquella embarazosa situación, a solas o incluso con Pony. Tenía la sensación de que a ella le podía contar cualquier cosa y de que no lo juzgaría ni se burlaría de sus sentimientos.
La luz de la vela se derramaba sobre el camino, iluminando débilmente a la chica. A Elbryan le gustaba la imagen: día a día encontraba mayor placer al mirar a Pony. Era cinco meses menor que Elbryan pero lo sobrepasaba en altura; medía un metro cincuenta y siete, mientras que el joven, con profundo horror, todavía no había alcanzado la codiciada marca del metro y medio. El padre de Elbryan le había asegurado que los muchachos Wyndon solían tardar en crecer. Envidia aparte, Elbryan encontraba que Pony tenía un magnífico aspecto. Su porte era erguido pero no rígido, y era capaz de correr más y de pelear mejor que cualquiera de los muchachos de Dundalis, incluido Elbryan. Además, una delicada aura flotaba en torno a ella, una delicadeza que Elbryan, de pequeño, había considerado debilidad, pero que de mayor consideraba singularmente turbadora. El pelo, que Jilseponie parecía cepillar constantemente, era dorado, sedoso, tan espeso como para hundir en él una mano; ondulaba sobre sus hombros y su espalda con atractivo movimiento. Los ojos, enormes, eran del azul más brillante y claro que Elbryan jamás había visto, como grandes esponjas empapadas en las visiones del ancho mundo y capaces de reflejar los diferentes estados de ánimo de la chica. Cuando los ojos de Pony mostraban tristeza, Elbryan lo notaba en su corazón; cuando se iluminaban con chispeante alegría, los pies de Elbryan se ponían a bailar automáticamente.
Los labios eran anchos y gruesos, y los muchachos se burlaban a menudo de ellos; decían que, si alguna vez los pegaba a una ventana, ¡quedarían firmemente adheridos allí durante toda la eternidad! Elbryan ya no tenía ganas de bromear cuando miraba los labios de Pony; sentía su suavidad, tan incitante...
—Estaré de vuelta a la hora de comer —aseguró Pony a su madre.
—Los bosques de noche son peligrosos —replicó exasperada su madre.
—¡Tendré cuidado! —respondió desdeñosamente Pony, incluso antes de que la mujer acabara la frase.
Elbryan contuvo la respiración, pensando que la madre de Pony, a menudo severa, regañaría con dureza a la chica. Sin embargo, la mujer se limitó a suspirar y, con resignación, cerró la puerta de la cabaña.
Pony suspiró también y sacudió la cabeza como para mostrar su última frustración respecto a los adultos. Luego dio media vuelta y se alejó; un momento después, se sobresaltó cuando Elbryan saltó de repente delante de ella.
Instintivamente, la chica alzó el puño, y Elbryan retrocedió con prudencia de un salto.
—Llegas tarde —dijo él.
—Llego temprano —replicó Pony—, demasiado temprano; y estoy cansada.
Elbryan se encogió de hombros y señaló con la cabeza el camino en dirección norte; luego condujo a la chica a paso rápido. A pesar de sus quejas relativas al horario, Pony no sólo caminó a su ritmo sino que incluso lo adelantó, obviamente tan entusiasmada como él. El entusiasmo se convirtió en completa alegría cuando dejaron atrás la ciudad y emprendieron la ascensión a la sierra. Pony se aventuró a mirar hacia atrás en dirección al sur, y se detuvo, asombrada y sonriente, señalando el cielo nocturno.
—El Halo —dijo sin aliento.
Elbryan se volvió para seguir su mirada, y tampoco pudo evitar un gesto de sorpresa.
En una extensión que abarcaba la parte sur del firmamento, a más de medio camino hacia el horizonte, aparecía el Halo de Corona, el cinturón celeste —una sutil tela de colores, rojo y verde, azul y púrpura intenso, una lisura palpitante, como un arco iris viviente. El Halo era visible a veces en los cielos de verano, pero sólo durante los momentos más oscuros de las cortas noches, cuando los niños, e incluso los adultos, estaban profundamente dormidos. Elbryan y Jilseponie lo habían visto en muy pocas ocasiones, pero nunca con tanta nitidez como aquella vez, nunca tan brillante.
Entonces escucharon una lejana flauta, una música suave, una melodía perfecta; flotaba en el aire frío, apenas perceptible.
—El fantasma del bosque —susurró Pony, pero Elbryan pareció no oírla. Pony repitió las mismas palabras en voz baja. El fantasma del bosque era una conocida leyenda en las Tierras Boscosas. Mitad hombre y mitad caballo, era el vigilante de los árboles y el amigo de los animales, en particular de los caballos salvajes que corrían por los vallecitos del norte. Por un instante, el hecho de pensar que tal criatura no se encontraba tan lejos asustó a Pony, pero pronto sus temores se desvanecieron ante la pura belleza del Halo y la encantadora música; ¿cómo podía suponer algún peligro alguien, o algo, capaz de tocar tan maravillosamente?
La pareja permaneció en la ladera de la sierra durante largo rato, sin hablar, sin mirarse, sin darse cuenta siquiera de la presencia del otro. Elbryan se sentía totalmente solo, en comunión con el universo, como una pequeña parte de su majestad, como un pequeño pero perpetuo parpadeo en la eternidad. Su mente derivó desde la sierra, desde la sólida tierra, desde experiencias sensibles de su existencia, hacia una desconocida y estimulante alegría espiritual. El nombre de «Mather» llegó hasta él fugazmente, aunque no supo por qué razón. En aquel momento le parecía no saber nada y, a la vez, saberlo todo: los secretos del mundo, de la paz, de la eternidad; todo se encontraba allí, ante él, con toda la sencillez de su verdad. Sintió una canción sin palabras en su corazón, y calor en todo el cuerpo, aunque en aquel momento él no formaba parte de aquella forma corpórea.
La sensación pasó... demasiado rápidamente. Elbryan exhaló un profundo suspiro y miró a Pony. Estaba a punto de decir algo pero se contuvo, al advertir que también ella estaba inmersa en algo que estaba más allá del lenguaje. De repente, Elbryan se sintió más cercano a la chica, como si ambos hubieran compartido algo muy especial y muy íntimo. ¿Cuántos podrían mirar el Halo y apreciar semejante belleza?, se preguntaba. Ciertamente, decidió, ninguno de los adultos de Dundalis con sus quejas y gruñidos, y ninguno de los otros niños, demasiado enfrascados en sus tonterías, serían capaces de ponderar tales sensaciones.
No, era su experiencia y la de Pony, exclusivamente suya. Observó cómo la chica regresaba despacio, de nuevo, a la realidad circundante: la sierra, la noche y su compañero. Casi podía ver cómo su espíritu fluía para volver a su esbelto cuerpo, un cuerpo que día a día se iba desarrollando más y mejor.
Elbryan reprimió la súbita e inexplicable urgencia de correr hacia Pony y besarla.
—¿Qué? —preguntó ella; a pesar de la oscuridad, veía confusión, incluso horror, en la cara de Elbryan.
El muchacho miró a lo lejos, enojado consigo mismo por permitirse tales sentimientos. Pony era una chica, después de todo, y, aunque Elbryan admitía abiertamente que era una amiga, encontraba verdaderamente horribles esos sentimientos tan intensos.
—Elbryan —preguntó ella—, ¿era la canción del fantasma del bosque?
—No la he oído nunca —repuso Elbryan; pero, pensándolo bien, había sin duda oído la distante melodía de una flauta.
—¿Entonces qué era? —insistió Pony.
—Nada —replicó malhumorado él—. Vamos. No tardará mucho en alborear.
Reemprendió la ascensión a marchas forzadas, gateando incluso de tanto en tanto y abriéndose paso entre la alfombra de hojarasca. Pony se detuvo y lo observó, confundida al principio. Poco a poco se fue dibujando una sonrisa en su rostro y las mejillas se le tiñeron de suave rubor. Creía conocer los sentimientos contra los que estaba luchando Elbryan; eran los mismos que ella había combatido aquel mismo año, no hacía mucho.
Pony había ganado la batalla y había acabado por aceptar —e incluso saborear— tan íntima sensación, el calor que la embargaba cuando miraba a Elbryan. Abrigaba la esperanza de que Elbryan libraría la batalla galante con resultados similares a los suyos.
Alcanzó a su amigo en la cresta de la sierra. Tras ellos yacía Dundalis, silenciosa y oscura. El mundo entero parecía tranquilo; no se oía el canto de los pájaros ni el susurrar del viento. Se sentaron juntos, y aun así separados por una distancia de medio metro y por el muro levantado por la confusión de Elbryan. El chico no se movía, apenas parpadeaba; miraba fijamente el ancho valle que se abría ante él, pese a que la oscuridad reinante no le permitía distinguirlo.
Pony, en cambio, se mostraba más animada. Clavó los ojos en Elbryan hasta ponerlo nervioso, y luego desvió la mirada y la fijó en el pueblo: tan sólo una lucecilla brillaba en una casa; después miró el Halo, que allá en el sur se iba desvaneciendo deprisa en el cielo. Aún se distinguían sus hermosos colores, pero aquel momento supremo de belleza, de íntima reflexión, había pasado. Volvía a ser Jilseponie, tan sólo Jilseponie, sentada en la cumbre con su amigo a la espera de su padre y de los demás cazadores. El alba se iba acercando; Pony se dio cuenta de que ya se podía ver el pueblo y se alcanzaban a distinguir las diferentes casas, incluso las estacas del corral de Bunker Crawyer.
—Hoy —dijo Elbryan de repente con una voz que la obligó a volverse y mirarlo. Parecía haber recobrado la calma; las sensaciones perturbadoras se habían desvanecido con la noche—. Volverán hoy —anunció asintiendo con la cabeza.
Pony sonrió con entusiasmo, esperando que estuviera en lo cierto.
Siguieron sentados en silencio mientras en torno se iba haciendo de día. En el anchuroso valle, el muro de oscuridad dejaba paso a aislados puntos de sombras dibujados por los árboles de hoja perenne, hileras y más hileras de árboles antiquísimos, los antiguos soldados de Corona que se mantenían orgullosamente en pie, aunque en su mayor parte no alcanzaban a doblar la altura de Elbryan. La nitidez del panorama desde aquella perspectiva, bajo aquella luz ascendente, sorprendió a los dos compañeros. La tierra alrededor de los árboles recogía la luz de la mañana y la retenía ávidamente, pues el sotobosque no era oscuro sino blanco y espeso, como una almohadilla formada por musgo caribú. A Elbryan —como a todos los muchachos— le encantaba aquello. Cada vez que miraba la blanca alfombra, deseaba quitarse los zapatos y los pantalones y correr sobre ella, descalzo y con las piernas desnudas, para sentir su suavidad en las espinillas y notar cómo le cosquilleaba en los dedos de los pies. ¡En muchos lugares, el musgo caribú le llegaba incluso a la altura de las rodillas!
Deseaba hacerlo, tal como había deseado muchas veces de pequeño: quitarse los zapatos y toda la ropa...
Se acordó de su compañera, de sus recientes sensaciones, y le volvió la espalda, ruborizándose intensamente.
—Si vuelven antes de que el sol esté demasiado alto, los veremos a un kilómetro y medio de distancia —observó Pony. No obstante, la chica no estaba mirando hacia adelante, sino hacia la sierra situada detrás de ellos, al sur. El otoño había avanzado mucho, y todas las hojas de los árboles, en particular las de los arces plateados, brillaban con tonalidades que iban desde el rojo resplandeciente al naranja y al amarillo, y coloreaban toda la sierra.
Elbryan se alegró de que la chica, distraída, no advirtiera cómo se había ruborizado.
—Bajan por aquel lado del valle —asintió con entusiasmo, captando la atención de Pony y señalando la amplia y suave pendiente de la cara nordeste del valle—. ¡A un kilómetro y medio! —añadió.
Su cálculo resultó muy optimista, pues la nitidez del panorama había confundido su sentido de la distancia. Por supuesto, descubrieron con gran contento a los cazadores que regresaban —una línea de pequeñas figuras muy alejadas de ellos—, pero no hasta que el grupo hubo alcanzado el fondo del valle en forma de cuenco.
Observaron, parloteando alborotadamente, y trataron de contarlos y de adivinar quién era el guía; pero no resultaba fácil ya que la hilera de cazadores zigzagueaba entre las sombras de los árboles.
—¡Una pértiga! —gritó, de repente, Elbryan al descubrir la línea que parecía unir a dos de los hombres.
—¡Otra! —añadió alegremente Pony, y batió palmas con júbilo cuando aparecieron más.
Los cazadores regresaban con las piezas cobradas —alces, renos, ciervos de cola blanca— colgando de las pértigas, y a la pareja oteadora le pareció que aquella cacería había sido realmente espléndida. La paciencia se les agotó de golpe; se pusieron en pie de un salto y atajaron pendiente abajo para salir al encuentro del tropel de cazadores.
Desde la cresta de la sierra, el valle daba sensación de amplitud; pero, a medida que iban descendiendo, Elbryan y Pony recordaron hasta qué punto podía ser un lugar intrincado y amedrentador. Al bajar entre los rechonchos pero anchos pinos y piceas, la visibilidad quedaba reducida a unos metros en todas direcciones; los dos compañeros no tardaron en separarse, y perdieron algún tiempo en volver a reunirse orientándose por la voz y más tiempo aun en discutir sobre qué dirección tomar para reunirse con sus padres.
—El sol está al sureste —hizo notar Elbryan a Pony, enderezando los hombros para tomar las riendas de la situación. Aunque el sol todavía no había ascendido lo suficiente como para asomar por encima del límite del valle, podían con toda certeza calcular su posición.
—Los cazadores vienen del nordeste; por tanto, lo único que hemos de procurar es tener siempre el sol tras el hombro derecho.
A Pony le pareció muy lógico, así que se mostró dispuesta a dejarse guiar por Elbryan, y se abstuvo de comentar que si gritaban sus padres los oirían y les indicarían dónde se encontraban.
Elbryan echó a andar muy decidido, sorteando las espesas coníferas y sin mirar atrás para comprobar si Pony lo seguía. El muchacho apretó el paso al oír a los cazadores, y el corazón le dio un vuelco al reconocer la voz de bajo de su padre, aunque aún no podía oír lo que estaba diciendo.
Pony le dio alcance e incluso lo adelantó; se abrió paso entre dos espesos pinos apartando las ramas, y se encontró de pronto en un claro junto a la partida de cazadores.
Ante la reacción de sorpresa, casi salvaje, de los hombres, Elbryan se detuvo en seco y Pony se agazapó para protegerse. El chico apenas oyó la malhumorada regañina de su padre; con ojos como platos miraba el cuerpo de un reno macho, un ciervo, conejos y...
Elbryan y Jilseponie se quedaron inmóviles, aturdidos. Sus padres, que se habían acercado a sus traviesos hijos para regañarlos por haberse alejado tanto de Dundalis, no les dijeron nada pues se dieron cuenta de que lo que colgaba de la cuarta pértiga les serviría sobradamente de lección.
El sol estaba alto, el día en todo su esplendor, y el pueblo despierto, cuando Elbryan y Pony al frente de la partida de caza regresaron a Dundalis. Los comentarios iban de la emoción al más puro miedo y asombro a medida que los habitantes del pueblo hacían inventario de las presas, especialmente de la que pendía de la última pértiga, una pequeña forma humanoide.
—¿Es un trasgo? —preguntó una mujer inclinándose para observar los repugnantes rasgos de aquella criatura: frente aplastada, nariz larga y afilada, ojos diminutos, redondos y en aquel momento vidriosos, de un amarillento enfermizo. Las orejas eran puntiagudas en la parte superior y en la inferior tenían un lóbulo fláccido y grueso que sobresalía varios centímetros de la cabeza. La mujer se estremeció al observar la boca, una maraña de colmillos de color amarillo verdoso torcidos hacia adentro. La barbilla era estrecha, pero la quijada ancha y musculosa. No era difícil imaginarse la fuerza de un mordisco de aquella criatura o el dolor al intentar liberarse de aquellos dientes repugnantes.
—¿Son realmente de este color? —preguntó otra mujer, y se atrevió a tocar la piel de la criatura—. ¿O se volvió así después de morir?
—Amarillos y verdes —contestó con firmeza un viejo, aunque no había participado en la cacería.
Elbryan observó al encorvado y arrugado anciano, llamado Brody Amable, aunque los niños solían llamarlo «Cuerpo Agarrador»* con fingido horror, y se burlaban de él y salían corriendo. El viejo Brody era un tipo gruñón, enfadado con el mundo y con sus propios achaques, un blanco fácil para los niños, siempre dispuesto a perseguirlos pero nunca lo suficientemente rápido para alcanzarlos. Elbryan cayó en la cuenta por primera vez en el verdadero nombre del viejo y casi estuvo a punto de echarse a reír ante la contradicción del apellido con el aspecto malhumorado de Brody.
—Seguro que es un trasgo —continuó diciendo Brody, que obviamente estaba disfrutando de la atención que todos le dispensaban—, y grande además; son amarillos y verdes —añadió en respuesta a la segunda pregunta de la mujer—, tanto vivos como muertos, aunque éste se está volviendo rápidamente de color gris.
Remató sus palabras con una risita, un sonido preñado de profundo desprecio que pareció dar credibilidad a sus conocimientos sobre la raza de los trasgos. Rara vez se veían trasgos; por eso muchos los consideraban más un mito que una realidad. Incluso en Dundalis, y en otros pueblos fronterizos escondidos en las Tierras Boscosas, en los confines de las Tierras Agrestes, no se habían visto duendes desde tiempos que los lugareños no podían ni recordar... con la aparente excepción de Brody Amable.
—¿Habías visto alguna vez trasgos? —le preguntó Olwan Wyndon, el padre de Elbryan, y el tono de voz y la acción de cruzar sus robustos brazos sobre el pecho demostraba que abrigaba serias dudas al respecto.
Brody Amable lanzó un bufido.
—¡Lo he contado muchísimas veces! —rabió el viejo.
Olwan Wyndon asintió, pues no deseaba animar a Brody a uno de sus legendarios ataques de desafueros. Sentado junto a la chimenea, en la casa común del pueblo, Brody había contado relatos interminables sobre su juventud, sobre luchas contra trasgos, e incluso contra gigantes fomorianos, durante los primeros tiempos de Dundalis, cuando se señalaba con estacas el territorio para los colonos. La mayoría lo escuchaba con cortesía pero, en cuanto Brody miraba hacia otro lado, ponían los ojos en blanco y sacudían la cabeza.
—Dicen que en Prado de Mala Hierba vieron un trasgo —comentó un hombre haciendo referencia a un pueblo situado a unos treinta kilómetros en dirección oeste.
—Fue un niño quien lo contó —se apresuró a recordarles Olwan Wyndon, silenciando los nerviosos murmullos antes de que ganaran fuerza.
—Bueno, hay mucho que hacer y tenéis que contarnos muchas cosas —intervino la madre de Pony—. Será mejor que lo dejemos para la casa común, después de que hayamos cenado un estofado de venado.
Olwan asintió, y la gente fue dispersándose poco a poco; sólo quedó un rezagado observando al trasgo que, efectivamente, se estaba poniendo de color gris. Elbryan y Pony permanecieron un rato junto al cuerpo contemplándolo con curiosidad. A Pony no le pasó por alto un burlesco resoplido de su amigo.
—Tan pequeño como un niño de ocho años —explicó el muchacho señalando con desprecio al trasgo. Era en cierto modo una exageración, pero, desde luego, el trasgo no medía más de metro veinte y seguramente no pesaba mucho más que los cuarenta y un kilos de Elbryan.
—A lo mejor es un niño —apuntó Pony.
—Ya has oído lo que ha dicho Cuerpo Agarrador —replicó Elbryan con una mueca, pues el ridículo apodo le sonó a absurdo—. Dijo que era un trasgo grande —y remató sus palabras con otro bufido.
—Tiene un aspecto salvaje —insistió Pony inclinándose para observar de cerca al trasgo. No le pasó por alto un tercer bufido de Elbryan—. ¿Te acuerdas del tejón? —preguntó con tranquilidad para echar por tierra la fanfarronada del chico—. No abultaba ni la tercera parte del trasgo.
Elbryan palideció y desvió la mirada. Aquel mismo año, a comienzos de verano, algunos de los niños más pequeños de la vecindad habían atrapado un tejón. Cuando llegaron con la noticia al pueblo, Elbryan, el mayor del grupo, tomó el mando y se dirigió con los demás al lugar del suceso. Se acercó audazmente al animal atrapado y vio que éste había mordisqueado los lazos de cuero. Según corría de boca en boca entre los niños, cuando el animal se revolvió contra él enseñando los dientes, Elbryan «huyó tan deprisa que ni siquiera notó que estaba trepando árbol arriba sin siquiera utilizar las manos para asirse a la rama».
Los demás niños también habían echado a correr, pero no se alejaron tanto como para no ser testigos de la definitiva humillación de Elbryan, cuando el tejón, como un enemigo sediento de venganza, había aguardado al pie del árbol, obligando al muchacho a quedarse entre las ramas más de una hora.
«Tejón estúpido —pensó Elbryan—, y estúpida Pony por abrir otra vez esa herida.» Se alejó sin decir palabra.
A Pony se le borró la sonrisa de la cara mientras lo veía alejarse, y se preguntaba si no habría ido demasiado lejos con aquella historia.
Aquella noche todos los aldeanos acudieron a la casa común, aunque la mayoría ya se había enterado de la historia del trasgo. La partida de caza se había topado con una banda de seis criaturas, mejor dicho, ambos grupos se habían encontrado frente a frente, apenas a veinte pasos, al salir simultáneamente de la espesa maleza hacia una ribera abierta y rocosa. Después de un instante de sorpresa, los trasgos habían arrojado sus lanzas y habían herido a un hombre. La lucha subsiguiente había sido breve y brutal, con muchos pinchazos y cortes por ambas partes; incluso un par de humanos recibieron mordiscos, antes de que los trasgos, en inferioridad numérica de dos a uno, huyeran y desaparecieran entre la maleza con la misma rapidez con que habían aparecido. La única herida de consideración en ambos bandos había sido la del trasgo muerto: un lanzazo le había acertado el pulmón. El trasgo había intentado huir con sus compañeros, pero cayó sin resuello sobre los arbustos y murió poco después.
Olwan Wyndon contó de nuevo lo sucedido a la concurrencia poniendo buen cuidado en no adornar el relato.
—Empleamos tres días en la búsqueda pero no encontramos el menor rastro de los demás trasgos —dijo para rematar su historia.
Inmediatamente un par de jarras se alzaron en un extremo de la habitación.
—¡A la salud de Shane McMichael! —gritaron ambos bebedores a la vez—. ¡Por el matador de trasgos!
Todos corearon el brindis, y Shane McMichael, un joven tímido y delgado un poco mayor que Elbryan, avanzó de mala gana hasta situarse junto a Olwan, delante de la chimenea. Después de pincharlo mucho, el joven se vio obligado a contar la lucha: cómo había esquivado astutamente el ataque del trasgo y cómo lo había alcanzado de un certero lanzazo.
Elbryan saboreaba sus palabras y veía con los ojos de la imaginación la escaramuza. ¡Cuánto envidiaba a Shane!
Luego la conversación versó sobre lo que otras personas habían visto recientemente, sobre la noticia del trasgo visto en Prado de Mala Hierba e, incluso, sobre unas cuantas historias terroríficas de aldeanos de Dundalis que proclamaban haber observado algunas huellas enormes pero no habían dicho nada sobre ello. Elbryan, al principio, escuchaba absorto cada palabra; pero gradualmente, siguiendo el ejemplo de su padre, llegó a la conclusión de que la mayor parte de los relatos no respondían más que al deseo de llamar la atención. A Elbryan le sorprendía que los adultos se comportaran de esa forma, especialmente en circunstancias tan graves.
Más tarde surgió una discusión, encabezada por Brody Amable, sobre la estirpe de los trasgos en general: desde los numerosos y pequeños trasgos hasta los peligrosos y desfigurados gigantes fomorianos. Brody hablaba con aires de experto, pero muy pocos en la sala estaban pendientes de sus palabras. Incluso el joven Elbryan se dio cuenta enseguida de que el viejo sabía respecto a los trasgos poco más que los demás, y el chico dudaba de que hubiera visto alguna vez un gigante fomoriano. Elbryan miró a Pony, que, cada vez más intranquila por todas aquellas historias, se encaminaba hacia la puerta.
Antes de que el chico se levantara de su asiento, Pony ya había salido.
—Fanfarronadas —insistió Elbryan al alcanzarla. Era una noche fría y el chico se acercó a Pony para darse calor.
—Pero no podemos negar la existencia del trasgo —replicó Pony señalando el cobertizo donde habían colocado a la criatura—. La historia de tu padre parecía verdad.
—Me refería a Cuerpo...
—Sé a lo que te referías —dijo Pony—, y yo no le creo a él tampoco... no del todo.
En el rostro de Elbryan se pintó la sorpresa ante la coletilla que la niña había añadido a su comentario.
—Hay trasgos —añadió Pony—. Lo sabemos con toda seguridad. Por tanto, los primeros en llegar a los confines de las Tierras Agrestes para establecerse en Dundalis tuvieron por fuerza que luchar.
—¿Los fomorianos? —preguntó Elbryan con aire escéptico.
Pony se encogió de hombros, pues no estaba dispuesta a descartar que hubiera gigantes, sobre todo después de haber visto el cadáver de un trasgo.
Elbryan reconoció tal posibilidad, aunque todavía pensaba que las palabras de Brody Amable encerraban más fanfarronadas que verdad. Pero el muchacho no pudo seguir pensando ni en eso ni en otras impresiones negativas, cuando Jilseponie se volvió a mirarlo y, con la cara a pocos centímetros de la suya, clavó su mirada en los ojos, verde oliva, de él.
A Elbryan le costaba respirar. Pony estaba cerca, muy cerca y... ¡no retrocedía!
Elbryan se dio cuenta de que la muchacha estaba cada vez más cerca; su cabeza se acercaba a la suya, sus labios, tan suaves, casi rozaban los suyos. Lo invadió el pánico y tuvo que luchar con múltiples emociones desconocidas. Una parte de él deseaba salir corriendo, pero la otra, mucho más fuerte y sorprendente, se lo impedía.
La puerta de la casa común se abrió con estrépito, y los dos amigos dieron un respingo y se separaron uno de otro.
Una turba de niños más pequeños que ellos los rodeó.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó uno de ellos.
Elbryan y Pony intercambiaron miradas de curiosidad.
—Debemos prepararnos para cuando regresen los trasgos —comentó otro.
—Los trasgos no vendrán nunca aquí —replicó Pony.
—¡Desde luego que sí! —repuso el niño—. Lo ha dicho Kristeena.
Todos los ojos se clavaron en Kristeena, una niña de diez años que parecía estar siempre adorando a Elbryan.
—Los trasgos volverán en busca de su muerto —se apresuró a explicar.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Elbryan incrédulo en un tono que ofendió a la niña.
La niña bajó los ojos y dio una patada en el suelo levantando polvo.
—Mi abuela lo sabe —respondió con una voz repentinamente tímida, y Elbryan se arrepintió de haberla hecho sentir tan incómoda. Toda la pandilla permanecía inmóvil, pendiente de cada palabra de Elbryan.
Pony le pegó un fuerte codazo; le había dicho muchas veces que Kristeena se había encaprichado con él, y la chica mayor, que no veía competencia en una niña de diez años, estaba encantada con la idea.
—Probablemente lo sabe —dijo Elbryan, y Kristeena levantó la vista, sonriendo de repente—. Y parece razonable —se volvió hacia el cobertizo, y los niños más pequeños se arremolinaron a su alrededor, siguiendo su mirada.
»Y si los trasgos vuelven tenemos que estar preparados —decidió Elbryan.
Miró a Pony y le guiñó un ojo, y se quedó sorprendido cuando ella correspondió a su gesto frunciendo severamente el entrecejo.
Quizás era más que un juego.
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2
El creyente sincero

Veinticinco hombres estaban en fila, cubiertos con gruesos hábitos marrones de voluminosas mangas y amplias capuchas con que se cubrían el rostro. Serenos y humildes, mantenían las cabezas inclinadas, los hombros encorvados y las manos recogidas delante, de forma que no se veía en toda la fila ni un dedo, ni la menor porción de carne entre los pliegues de los hábitos.
—Piedad, dignidad, pobreza —salmodiaba el viejo padre abad Dalebert Markwart con voz nasal.
Se encontraba de pie, solo, en el balcón situado sobre la entrada principal de Saint Mere Abelle, el más importante monasterio de todo el reino de Honce el Oso, en la templada zona del norte de Corona. Construida en medio de los rocosos acantilados de la costa sudeste, Saint Mere Abelle había permanecido solemne y oscura durante casi un milenio, mientras generación tras generación de monjes incorporaban sus trabajos de construcción y artesanía a la ya enorme estructura. Las murallas de piedra gris parecían crecer desde la sólida roca, como una extensión del poder de la tierra. Achaparradas torres aseguraban cada esquina de la muralla; estrechas ventanas mostraban que aquel lugar se había construido tanto para sombrías reflexiones como para defensa. Las partes visibles del monasterio eran impresionantes; la muralla del lado mar se fundía con la pared del acantilado a lo largo de más de un kilómetro y medio. Pero las construcciones interiores no se podían ver desde el exterior, pues estaban enterradas bajo tierra, un conjunto de túneles y cámaras subterráneas, muchas ahumadas a causa de las antorchas permanentemente encendidas y otras sorprendentemente limpias y relucientes. Setecientos monjes vivían allí junto con unos doscientos criados, la mayor parte de los cuales no salían jamás, con excepción de rápidas visitas casi siempre para comerciar en el mercado de la villa, a unos cinco kilómetros tierra adentro.
Los veinticinco novicios estaban en fila, dispuestos por orden de altura. Avelyn Desbris, alto y corpulento, se hallaba casi al final, con veintidós delante y sólo dos detrás. Apenas oía al abad por el constante rugir del viento que serpenteaba sin descanso entre los peñascos. Pero a Avelyn no le importaba lo más mínimo. En efecto, durante la mayor parte de los veinte años que contaba, el joven había soñado con aquel día, había puesto sus miras en la orden de Saint Mere Abelle del mismo modo que un general concentraría sus esfuerzos en su siguiente conquista. Ocho años de estudio, ocho años de penoso aprendizaje, habían conducido a Avelyn hasta aquel momento; era uno de los veinticinco jóvenes que quedaban de los dos mil que habían emprendido a los doce años el noviciado, rivalizando desesperadamente por ser admitidos en aquella promoción del año 816 del Señor.
Avelyn se atrevió a echar una furtiva ojeada por debajo de la capucha al puñado de mirones que se alineaban en la calle ante la puerta principal del monasterio. Su madre, Annalisa, y su padre, Jayson, estaban entre ellos, aunque su madre había caído enferma y probablemente no podría regresar a su casa en el pueblo de Youmaneff, a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros tierra adentro. Avelyn sabía con toda certeza que aquélla era la última vez que la veía, y posiblemente también la última vez que veía a su padre. Avelyn era el más pequeño de diez hermanos y sus padres rondaban los cuarenta cuando él había nacido. El hermano que le precedía le llevaba siete años, de modo que, cuando Avelyn fue lo suficientemente mayor para entender el concepto de familia, la mitad de sus hermanos habían abandonado el hogar paterno. Así pues, no se sentía unido a ninguno de ellos, pero había sido muy feliz y había estado muy unido a sus padres, más que cualquiera de sus hermanos. El lazo de cariño era singularmente estrecho con Annalisa, una mujer humilde y espiritual que siempre había animado al menor de sus hijos para que siguiera el camino del Señor.
Avelyn bajó la mirada, temeroso del castigo si era sorprendido atisbando por debajo de la capucha. Se contaba que algunos estudiantes de Saint Mere Abelle habían sido expulsados por mucho menos. Se imaginó a su madre aquel día lejano cuando le había comunicado que iba a ingresar en el monasterio; recordaba las lágrimas que había vertido y su sonrisa amable, casi divina. Aquella imagen, aquella aceptación, se había quedado grabada en el pensamiento de Avelyn con tanta fuerza como si estuviese pintada y mágicamente iluminada bajo sus párpados. ¡Qué joven y emocionada se había mostrado Annalisa! Los últimos años habían sido para ella muy penosos, pues había sufrido una enfermedad tras otra. Sin embargo, estaba decidida a contemplar aquel día, y Avelyn comprendió que, cuando hubiera pasado, cuando él hubiera ingresado en Saint Mere Abelle, la mujer abandonaría su lucha contra la muerte.
Tanto Avelyn como Annalisa lo aceptaban. Ella había alcanzado su meta, había vivido la vida en el espíritu de la generosidad. Avelyn sabía que lloraría cuando le llegara la noticia de su muerte, pero sabía también que serían lágrimas de egoísmo, lágrimas por sí mismo y por la pérdida sufrida, y no por Annalisa, que estaría en un lugar mucho mejor.
El rechinar de las enormes puertas al abrirse sacó al joven de sus meditaciones.
—¿Deseáis entrar al servicio de Dios? —preguntó el abad Markwart.
—Sí, lo deseamos —respondieron al unísono los veinticinco.
—Entonces, manifestad vuestro deseo —pidió el padre abad—. ¡Pasad por la vía de los que sufren de buen grado!
La fila caminó hacia adelante arrastrando los pies.
—Dios mío, nuestro Dios, único Dios —cantaban, y elevaron sus voces todavía más cuando el primero de la fila alcanzó la vía y, paso a paso, avanzó entre las dos hileras de monjes, los que quedaban de las promociones de los dos años anteriores, todos ellos armados con pesadas paletas de madera.
Avelyn escuchó los palmetazos, los gruñidos involuntarios, incluso algún quejido aislado de los estudiantes más jóvenes que ocupaban los primeros puestos de la fila. Se reconcentró aun más en sí mismo, cantó con todas sus fuerzas, y escuchó sus propias palabras, aferrándose a la fe y alzando con ella un muro de abnegación. Tan profunda era su meditación que ni tan sólo advirtió los primeros golpes, y los palmetazos que luego lo alcanzaron le parecieron algo sin importancia, un dolor pasajero, diluido en la definitiva dulzura que le esperaba. Toda su vida había querido vivir al servicio de Dios; toda su vida había soñado con ese día.
Había llegado su hora, su día. Penetró en la vía sin pronunciar otro sonido que no fuera el de su canto, controlado y afinado.
Este hecho no pasó inadvertido al abad Markwart, ni tampoco a ninguno de los otros monjes que observaban la iniciación del año 816 del Señor. Ninguno de los demás de la fila de Avelyn podía decir lo mismo; nadie, en varios años, había pasado por la vía de los que sufren de buen grado con tan mínima queja.
Las enormes puertas de piedra de Saint Mere Abelle se cerraron de golpe con tal estruendo que causaron un tremendo sobresalto a Annalisa Desbris. Su marido la sostuvo con firmeza, al comprender su dolor, a la vez físico y emocional.
Annalisa sabía que jamás volvería a ver a su hijo en este mundo. Lo había destinado al servicio de Dios para satisfacer sus profundas convicciones, pero el dolor de la separación definitiva desgarraba su débil corazón, robaba la fuerza a sus frágiles brazos y piernas.
Jayson la sostenía en todo momento. También él tenía lágrimas en los ojos; pero, a diferencia de las de Annalisa, que eran de alegría, las lágrimas de Jayson provenían de una mezcla de emociones que iban desde la simple tristeza hasta el enojo. No se había opuesto nunca abiertamente a la decisión de Avelyn, pero, en privado siempre se había preguntado, con su habitual sentido práctico, si su hijo no estaba simplemente desperdiciando su vida.
Sabía que no podía contárselo a la delicada Annalisa. Una simple palabra podía destrozarla. Jayson únicamente esperaba poder llevarla de regreso a casa, a su propia cama, antes de que ella muriera.
Avelyn dejó de pensar en sus padres cuando el grupo de novicios cruzó el patio, azotado por el viento, y penetró en el gran vestíbulo de entrada del monasterio. El joven emitió un sonido involuntario, un grito sofocado de asombro y placer.
El lugar no estaba muy iluminado, y disponía sólo de unas cuantas ventanas minúsculas en la parte superior de los altos muros. Había antorchas ardiendo, dispuestas a intervalos regulares, y las macizas vigas que soportaban el techo parecían bailar con el resplandor. Avelyn jamás había visto una estancia tan enorme, y no le cabía en la cabeza el esfuerzo que debía de haber supuesto construir aquel vestíbulo. El pueblecillo de Youmaneff, donde había nacido, cabía allí dentro si se prescindía del establo para los caballos.
Los tapices que adornaban la habitación eran magníficos y fascinantes; reproducían escenas con millones de detalles en cada palmo: paisajes dentro de paisajes, líneas sutiles e imágenes pequeñísimas, que captaron la atención y la curiosidad de Avelyn hasta el punto de no poder dejar de mirarlos. Los tapices cubrían casi por completo las paredes, dejando sólo espacio para las ventanas y para las vetustas panoplias de armas relucientes: espadas y lanzas, hachas enormes, largas dagas y cientos de astiles rematados con garfios y puntas afiladas que Avelyn desconocía. Había armaduras de diferentes tipos con el aspecto de centinelas silenciosos: desde la de chapas de madera solapadas del viejo Behrenese a la imponente cota de malla para la brigada Corazón Intrépido de Honce el Oso, la guardia personal del rey, quienquiera que fuera en aquel momento. Junto a uno de los muros se alzaba una gigantesca estatua, de unos cuatro metros y medio, vestida con una chaqueta de cuero, guarnecida de pieles y adornada con placas de metal claveteadas y pesadas anillas de hierro. Un fomoriano, se dijo Avelyn con un estremecimiento, vestido con la indumentaria de guerra característica de aquella belicosa estirpe. Junto a él, en claro contraste, se veían dos diminutas figuras: una medía la mitad que Avelyn, y la otra era un poco más alta, pero ambas delgadas y ágiles. La más baja llevaba una túnica de cuero y un escudo de brazo, mangas de metal que se enganchaban en los pulgares y cubrían desde la muñeca hasta el codo. Avelyn lo identificó por la gorra roja: era el maniquí de un powri. Los crueles powris, una especie de enanos, eran conocidos también como «gorras sangrientas» por la espantosa costumbre de empapar sus gorras, hechas de piel humana, en la sangre de sus víctimas hasta que adquirían un brillante tono rojo.
La estatua que estaba junto a la del powri, y que lucía un par de alas casi transparentes, debía de representar un elfo, el misterioso Touel'alfar. Sus miembros eran delgados y largos, y su armadura una reluciente cota de eslabones de plata. Avelyn se moría de ganas por acercarse y observar las austeras facciones y la maravillosa artesanía de la armadura. Pero semejante pensamiento y el potencial castigo que pudiera acarrearle lo devolvieron al lugar donde se encontraba y le recordaron que habían transcurrido algunos segundos, quizá minutos, sin que se diera ni cuenta. Enrojeció y bajó la cabeza echando una furtiva mirada en torno. Pero no tardó en calmarse al comprobar que sus compañeros estaban igualmente embobados y que al padre abad y a los demás monjes no parecía importarles.
Avelyn cayó en la cuenta de que se daba por supuesto que los novicios se sentían sobrecogidos, y esta vez miró en torno sin disimulo. Ahora comprendía la verdadera naturaleza de aquel lugar: la orden de Saint Mere Abelle no era famosa sólo por la piedad y humildad de sus monjes sino por su antigua reputación de valientes guerreros. Los ocho años de noviciado de Avelyn habían incluido solamente una instrucción rudimentaria en las artes marciales, pero él había supuesto que las condiciones físicas de la hermandad y su habilidad en la lucha se incrementarían una vez que hubieran ingresado en el monasterio.
Para Avelyn era una distracción más que otra cosa. Todo lo que deseaba aquel joven amable e idealista era servir a Dios, fomentar la paz, curar y consolar. Para Avelyn Desbris, nada en el mundo, podía pesar más que aquella meta, ni siquiera los tesoros escondidos de un dragón o el poder de un rey.
Ya se encontraba al otro lado de las enormes puertas de piedra de Saint Mere Abelle; había llegado su hora. Por lo menos eso creía.
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3
El beso aplazado
En Dundalis las cosas no tardaron en tranquilizarse. Cuando los días que siguieron al retorno de la partida de caza se diluyeron en una semana sin incidentes y luego en otra, la preocupación por el trasgo muerto quedó relegada a un segundo plano ante la inminencia real del comienzo del invierno. Había mucho por hacer: la última cosecha, preparar la carne, reparar las viviendas y limpiar las chimeneas. A medida que transcurrían los días, el peligro de los trasgos parecía más remoto, y disminuía el número de hombres y mujeres que salían de la ciudad a patrullar.
Elbryan y sus amigos, algunos de seis o siete años, vieron llegada su oportunidad. Para los adultos, el espectro de los trasgos se traducía en una cautela moderada y luego en una preocupación molesta. Para los más jóvenes, cuya imaginación era mucho más viva y cuyo espíritu de aventura no había sido atemperado aún por ninguna desgracia real, pensar en un ataque de los trasgos se traducía en emoción, deseos de lucha y de tiempos heroicos. Elbryan y sus amigos se habían brindado a patrullar desde el mismo día en que regresó la partida de caza. Cada mañana, se acercaban a los jefes del poblado, que los rechazaban con cortesía y les encomendaban alguna tarea más trivial. Incluso Elbryan, que ingresaría en el reino de los adultos la siguiente primavera, había pasado casi toda la semana con la cabeza metida en una chimenea sucia.
Pero el joven no perdía ni la fe ni la esperanza. Sabía que los adultos se estaban cansando de patrullar y que se iban reafirmando en el convencimiento de que el incidente del trasgo había sido una casualidad, un simple encuentro desgraciado, y que aquellas criaturas a las que habían puesto en fuga no regresarían al escenario de la lucha y menos aun seguirían las huellas de los hombres hasta el pueblo, situado a unos cinco kilómetros.
Transcurridas dos semanas sin incidentes y sin haber visto trasgo alguno, salvo algunos rumores sin fundamento que no fueron tenidos en cuenta ni siquiera por los aldeanos más timoratos de Dundalis, Elbryan captó en la voz de su padre que había disminuido la preocupación. Por eso no se sorprendió cuando aquella mañana, en lugar de sacudir la cabeza, Olwan extendió en el suelo un mapa de la comarca y explicó a su hijo dónde debían situarse él y sus amigos.
Sí se sorprendió en cambio, y agradablemente, cuando Olwan le entregó la espada de la familia, una corta y gruesa hoja que medía unos sesenta centímetros. No era un arma impresionante —su hoja mostraba muchas muescas y estaba bastante herrumbrosa—, pero era una de las pocas espadas auténticas del pueblo.
—Asegúrate de que cada miembro del grupo va bien armado —dijo Olwan severamente—. Y comprueba que todos conozcan el valor y el peligro de sus armas.
Olwan sabía lo que aquello significaba para su hijo, y, si hubiera sonreído o dejado ver de alguna manera que las patrullas ya no eran realmente necesarias, habría robado algo a Elbryan, una experiencia importante que el joven ansiaba vivir.
—¿Crees que es prudente dejar salir a los niños con armas? —preguntó Shane McMichael a Olwan, acercándose al hombretón tan pronto como Elbryan se fue—, ¿o incluso dejarlos salir?
Olwan soltó un bufido y encogió los musculosos hombros.
—No podemos dedicar hombres y mujeres a esta tarea —replicó—, y la otra patrulla se encuentra en el valle, camino que probablemente tomarán nuestros enemigos, si es que vienen. —Olwan soltó otro bufido, un resoplido de inquietud que sorprendió a McMichael, que había considerado siempre a Olwan la cabeza más fría y fiable de todo el pueblo.
»Además —prosiguió Olwan—, si los trasgos y los fomorianos se acercan tanto a Dundalis como para que los puedan ver mi hijo y sus amigos, dará igual que los niños estén en los bosques como en el pueblo.
Shane McMichael no discutió ese argumento, aunque no pudo evitar que lo angustiara. Honce el Oso había vivido en paz durante muchos años, y los trasgos y los gigantes malvados se habían alejado de los pensamientos de la mayoría de la gente para convertirse en poco más que cuentos junto al hogar; así pues, Dundalis no tenía construcciones de defensa. El pueblo ni tan sólo estaba amurallado, a diferencia de otros asentamientos más antiguos cercanos a las Tierras Agrestes, y los aldeanos apenas contaban con armas. Los doce cazadores se habían llevado consigo más de la mitad del total de las armas de los cien habitantes de Dundalis. Shane McMichael se dijo que Olwan tenía razón, y se estremeció ante aquella idea; si los trasgos se acercaban lo suficiente para ser atisbados por Elbryan y los demás, todo el pueblo estaría en peligro.
Olwan echó a andar, y McMichael se calmó y se dispuso a seguirlo. Realmente no creía que apareciera trasgo alguno; nadie en el pueblo hablaba de cosas tan tenebrosas, salvo el viejo pesimista Brody Amable.
Las patrullas empezaron aquel día con veinticinco muchachitos que recorrieron el borde del valle en forma de cuenco que albergaba Dundalis. Había otra patrulla, un puñado de jóvenes algo mayores, que se aventuraron mucho más lejos, bajando por entre los pinos y el encrespado musgo caribú, en dirección nordeste. Cada miembro del grupo saludó con respeto a sus compañeros más jóvenes al cruzarse con ellos en el límite del valle; algunos comentaron que la patrulla de Elbryan sería la vía de comunicación con el propio pueblo. Después de un intercambio de cumplidos, ni siquiera el transcurso de interminables horas sin incidentes pudo debilitar la emoción de los jóvenes. Elbryan y sus amigos no habían quedado fuera: esta vez no los habían tratado como a meros niños.
A medida que pasaban los días —y el tiempo se iba enfriando a la vez que el viento tendía más a soplar del norte—, los veinticinco del grupo de Elbryan perfeccionaban las rutas de la patrulla. Elbryan los dividió en cuatro equipos de cinco y uno de tres; este último debía moverse de grupo en grupo para recabar información, mientras que Pony y él se ocupaban de la seguridad de todos y recorrían la sierra más alta situada al norte de Dundalis para vigilar el valle de árboles de hoja perenne y de musgo caribú. Al principio surgieron algunas quejas en relación con esta organización, sobre todo por parte de los muchachos de más edad, cada uno de ellos convencido de que debía ser el segundo de Elbryan. Incluso algunos llegaron a mofarse de Elbryan por su relación cada vez más estrecha con Pony, incitándolo a «montar el Pony» y a otras ordinarieces parecidas.
Elbryan se lo tomó todo bien, salvo los insultos a Pony; comunicó inmediatamente a los bromistas que aquello les traería serias y dolorosas represalias. No obstante, habiendo admitido al fin, ante sí mismo y ante los demás, que Pony era su mejor y más fiable amiga, no se preocupó por las burlas.
—Dejemos que los niños se diviertan —susurró Elbryan a Pony con talante de adulto mientras los grupos se dividían.
Cuando la dejó sola y salió a buscar leña seca para construir una protección contra el viento, Pony lo miró maliciosamente con una cálida sonrisa que le iluminaba la cara.
Algo más miraba al joven desde la atalaya de uno de los más gruesos pinos de la sierra; se movía ágilmente de rama en rama y saltaba a los árboles cercanos como una exhalación. Vigilaba cada movimiento de Elbryan y estudiaba con intensidad al joven líder.
Por muy alerta que estuvieran Pony y Elbryan, la criatura era invisible e imperceptible. Aunque hubieran mirado con atención hacia donde se encontraba, sus movimientos eran tan gráciles —y siempre disimulados por las ramas de pino— que no habrían atribuido el balanceo de las ramas a otra cosa que no fuera el movimiento del viento o, quizás, a alguna ardilla gris.
Transcurrió otra semana sin novedad alguna. El trabajo en el pueblo se desarrollaba con toda tranquilidad para afrontar el invierno. En la sierra y en el valle, el aburrimiento se convirtió en el principal enemigo. Elbryan perdió a una docena de su patrulla al principio de la segunda semana; los más jóvenes explicaron que sus padres los necesitaban en casa y que no los dejarían salir. Elbryan no dejó de advertir que cada uno de esos «soldados» parecía contento por ser relevado de la pesada tarea de patrullar.
Elbryan continuó su diligente trabajo, aunque tuvo que reorganizar las rutas para cubrir más terreno, ya que sólo le quedaban tres de los cinco equipos y un par de mensajeros.
—Mañana perderemos a Shamus. Su madre me dijo esta mañana que hoy sería la última vez que saldría —dijo Pony al tiempo que se sentaba en una hendidura en lo alto de la sierra, protegida del viento frío por un par de esbeltos pinos. El día tocaba a su fin, y nubes grises se arremolinaban y escondían el sol de la tarde.
Elbryan jugueteó en la tierra con la punta de la espada.
—Su grupo queda entonces reducido a cuatro —comentó flemático.
Pony captó la frustración en su voz, aunque el chico procuró disimularla. Elbryan veía que su primer mando se iba debilitando; sus soldados lo abandonaban para dedicarse a reparar los tejados o a apuntalar graneros. Pony lo comprendía, pero lógicamente tenían que conformarse con la situación.
—Los hacen regresar a casa porque no ha aparecido enemigo alguno —le recordó amablemente—. Es preferible eso a que la patrulla hubiera sido realmente necesaria.
Elbryan la miró con un destello en sus verdes ojos, ya por naturaleza brillantes.
—A lo mejor sí fuimos necesarios —se apresuró a añadir Pony, intentando salvar el orgullo herido del joven—. ¿Cómo sabemos que los trasgos no se han aventurado a acercarse a Dundalis?
Elbryan ladeó la cabeza y se acarició los espesos y lacios mechones de cabello castaño.
—Quizá sus exploradores estuvieron cerca de nosotros —siguió diciendo Pony—. Quizá vieron nuestras patrullas y se dieron cuenta de que no era la mejor ocasión para atacar el pueblo.
—Somos tan sólo unos niños —repuso Elbryan malhumorado.
Pony sacudió la cabeza.
—Todos, a excepción del más pequeño de nuestro grupo, abultamos más que un trasgo —replicó sin dudarlo, y la certeza de este hecho pareció dar cierta credibilidad a su razonamiento—. ¿Acaso no es el mejor ejército aquel al que los enemigos no se atreven a atacar?
Elbryan no contestó, pero una chispa familiar le iluminó los ojos. Volvió a clavar la mirada en el suelo para observar el tosco dibujo que estaba trazando con la punta de la espada.
Pony sonrió satisfecha con la sensación de que había hecho lo debido. La enorgullecía ayudar a Elbryan y preocuparse por sus emociones. En realidad no creía que los trasgos se hubieran acercado lo bastante para divisar las patrullas, y tampoco lo creía Elbryan, pero al menos de aquella forma el chico podía tener alguna base para creer que no había sido en vano su primer esfuerzo por algo realmente importante según el criterio de los adultos. El simple hecho de que no pudieran estar absolutamente seguros de la presencia de los trasgos le proporcionaba a Elbryan el coraje que necesitaba.
Pony se atrevió a tender la mano hacia él; el momento de intimidad era demasiado propicio para desaprovecharlo. Tomó el mentón de Elbryan y, con toda delicadeza, lo obligó a mirarla.
—Has hecho un maravilloso trabajo estos días —dijo suavemente.
—No he estado solo —empezó a replicar, pero ella lo interrumpió poniéndole un dedo de su mano libre sobre los labios. Sólo entonces Elbryan advirtió lo cerca que estaban uno de otro, con las caras separadas apenas por unos centímetros. De repente sintió calor, un poco de vértigo, un poco de miedo.
Pony se acercó aun más... ¡y lo besó! ¡En los labios! Elbryan se sintió aterrorizado y conmovido a la vez. Pensó que debía apartarse bruscamente, escupir al suelo y gritar «¡veneno de mujer!», ya que era la respuesta esperada y la que había tenido en todas las otras ocasiones en que Pony o cualquiera de las otras chicas habían intentado besarlo.
No quiso hacerlo; esta vez no tenía la menor intención de apartarse. Se dio cuenta de que había pasado mucho, mucho tiempo desde la última vez que Pony había intentado besarlo, al menos un año. ¿Había temido ella su reacción? ¿Había supuesto que él habría escupido y gritado «veneno de mujer», una respuesta que todos los muchachos del pueblo habrían conocido?
¿O había notado que, hasta aquel momento, él no estaba maduro para recibir un beso? Era eso, decidió el muchacho durante el dulce beso, mientras sus bocas cerradas se tocaban apenas, prolongando más y más el momento. Pony lo conocía muy bien, mejor de lo que él mismo se conocía. Su última semana juntos, a solas durante casi todas las horas del día, los habían acercado todavía más.
Y ahora aquello. Elbryan no quería que se acabara jamás. Se revolvió inquieto en su asiento, en un primer momento sin soltar la espada; pero, advirtiendo que resultaría incómodo e incluso peligroso, la dejó caer al suelo. Se atrevió a pasar los brazos por la espalda de Pony, se atrevió a atraerla hacia él, y sintió las incitantes curvas y formas del cuerpo de la chica contra el suyo. Luchó contra el pánico, pues no sabía qué hacer, dónde poner las manos, si es que las tenía que poner en algún sitio.
Sólo sabía que no deseaba que el beso terminara y que deseaba algo más, aunque no estaba seguro de qué podría ser. Quería estar más cerca de Pony, física y emocionalmente. Aquélla era su Pony, su amiga más querida, la chica —mejor dicho, la joven mujer— que él había llegado a amar. La próxima primavera se convertiría en un adulto; Pony, en una mujer el otoño siguiente, y poco después él pediría su mano...
Como aquella idea le daba miedo, intentó alejarla e interrumpió el abrazo para tomar aliento. Pero de nuevo se disiparon sus temores, perdido en un torbellino de calor al mirar los resplandecientes ojos azules de Pony y su sonrisa, que irradiaba una sinceridad y alegría que jamás había visto antes. Pony lo atrajo hacia ella y se besaron otra vez abrazándose con confianza creciente.
El beso pasó de la curiosidad a la pasión y luego a la ternura. Se les arrugaron los vestidos, que parecían más un obstáculo que una necesidad. Aunque el aire era helado, Elbryan tenía la sensación de que seguiría teniendo calor incluso desnudo. Sus manos se movieron, perdido ya el miedo de tocar a Pony. Le acarició el cuello, deslizó la mano por el costado y por la parte exterior de su robusta pierna. Ella abrió la boca un poco más, y el muchacho, sorprendido, sintió la lengua sobre sus labios, suave e incitante.
Aquél era el instante más precioso de toda la joven vida de Elbryan...
Y de repente desapareció, destruido por un grito aterrorizado y aterrorizador. Los jóvenes se separaron y se pusieron en pie de un salto. Con ojos desorbitados miraron ladera abajo hacia el pueblo, y vieron hormigueantes siluetas y un extenso penacho de humo —¡demasiado extenso para proceder de alguna chimenea!— que se elevaba de una de las casas.
Los trasgos habían llegado.
A cientos de kilómetros de distancia, en un paraje maldito barrido por el viento llamado Barbacan, en una recóndita caverna de una montaña llamada Aida, el Dáctilo sentía la guerra. La criatura demoníaca oía los gritos de quienes morían en Dundalis, aunque no sabía dónde se estaba librando la batalla. El ataque era quizás obra de algún malvado jefe trasgo o de alguna de las muchas bandas de powris que, actuando por propia iniciativa, sembraban la desgracia entre los despreciables seres humanos.
El Dáctilo no podía estar seguro, pero no importaba. Se había despertado, surgiendo de las tinieblas, y su influencia se estaba extendiendo por Corona. Los trasgos, los powris y cualquier otra estirpe que rindiera vasallaje al demonio habían sentido ese despertar que les había dado el coraje necesario para entrar en acción.
La monstruosa criatura dobló las enormes alas y se sentó en el trono de obsidiana que le había servido de tumba. Sí, en la piedra se sentían tenebrosas y potentes vibraciones. Era la sensación de la guerra, de la agonía de los hombres.
Era magnífico estar despierto.
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4
La muerte de Dundalis

Elbryan y Pony se quedaron unos segundos petrificados por el terror. La situación era demasiado irreal y excedía todo lo que podían comprender o concebir. Los asaltaron imágenes mezcladas con escenas imaginarias todavía más terroríficas, y en medio de todo ello surgía la absoluta negación, la esperanza de que aquello simplemente no podía estar ocurriendo.
Jilseponie fue la primera en moverse; dio un simple y pequeño paso y tendió el brazo con desamparo. Aquel movimiento casi involuntario pareció romper su trance, y, llamando a gritos a su madre, salió corriendo hacia su casa.
Elbryan pensó en llamarla, pero la indecisión le paralizó la voz y le impidió cualquier acción inmediata. ¿Qué debía hacer? ¿Cuáles eran sus responsabilidades?
¡Un guerrero sabría estas cosas!
Con enorme esfuerzo, Elbryan apartó la mirada del espantoso espectáculo y la dirigió alrededor. Debía organizar a sus amigos; sí, ése era el camino, decidió. Reuniría a sus exploradores, quizás incluso llamaría a los de más edad que patrullaban por el valle, y marcharían hacia Dundalis en apretada formación, para asegurar la defensa.
Pero el tiempo transcurría en su contra. Echó otra ojeada y, dándose la vuelta hacia el valle de árboles de hoja perenne y de musgo caribú, se dispuso a llamarlos, con la confianza de convocar a la patrulla de los exploradores de más edad.
Pero entonces se dejó caer hacia atrás, entre dos pinos gemelos, con el grito sofocado en su garganta. En lo alto de la sierra, delante de él, había visto la cabeza casi calva, las orejas puntiagudas, la piel de color amarillo cretoso de un enemigo. Con dedos temblorosos, Elbryan buscó su corta espada y se hundió todavía más profundamente en el hueco, paralizado por el terror.
Pony no iba armada, pues había dejado su cachiporra en la sierra. No le importaba, ya que realmente no iba a entrar en batalla.
La chica corría para encontrar a su madre y a su padre, para sentir sus abrazos de consuelo, para oír a su madre diciéndole que todo acabaría bien. Quería ser de nuevo una niña pequeña, estrechamente envuelta en sus sábanas, y más estrechamente aun por el abrazo de su madre, al despertar de una pesadilla.
Sin embargo, aquella vez estaba despierta. Aquella vez los chillidos eran reales.
Pony corrió con desesperación, cegada por las lágrimas. Tropezó con la base de lo que ella creyó un árbol; casi se desmayó al notar de repente que se movía, y un gigante fomoriano con un enorme garrote en la mano se alejó de ella dando una gran zancada.
Si la muchacha hubiera tenido el más mínimo aire en los pulmones, habría chillado, y el gigante habría advertido entonces su presencia y la habría aplastado allí mismo.
Pero su objetivo era el pueblo y no una insignificante chiquilla, y con unas cuantas zancadas dejó a Pony muy atrás. La chica logró ponerse en pie, cogió un par de piedras de tamaño adecuado para poder lanzarlas y echó a correr por un camino paralelo al del gigante pero no demasiado cercano. En el momento en que llegó al campo de batalla, cuando vio la confusión, la fiereza de la lucha, los cuerpos muertos en el camino, dejó de ser una chiquilla. Recordó su adiestramiento y se esforzó en pensar con claridad. Los trasgos pululaban por doquier, y Pony advirtió por lo menos otros dos gigantes de casi cinco metros de altura y quizá cuatrocientos cincuenta kilos de músculos cincelados. ¡Sus amigos y sus familias no podían vencer! Aquella parte racional y adulta de Pony —la parte que sabía que el tiempo de protegerse de las pesadillas con las sábanas se había acabado hacía mucho— le mostró sin lugar a dudas que Dundalis no podía sobrevivir.
—El plan B —susurró en voz alta, utilizando las palabras para serenar los pensamientos.
Las reglas de supervivencia, que se enseñaban a cada muchacho de los asentamientos de las Tierras Agrestes, establecían que la primera prioridad en cualquier catástrofe era salvar el pueblo. Si esto no era factible, la siguiente tarea era salvar tantos individuos como fuera posible: el plan B.
Deslizándose entre las sombras, Pony dio un rodeo por detrás de las casas más cercanas, dobló la esquina, y se quedó completamente paralizada.
En la calle principal de Dundalis, justo al otro lado de la casa junto a la que se encontraba, se desencadenaba una cruel batalla. Pony vio primero a Olwan Wyndon, destacado en medio de la fila de los humanos, dando órdenes y disponiendo en círculo un grupo de veinte hombres y mujeres, ya que los enemigos venían casi de todas direcciones. El primer instinto de Pony fue reunirse con el grupo, pero enseguida comprendió que nunca podría conseguirlo. Apretó el puño, esperanzada, al ver que Olwan Wyndon aplastaba la cabeza de un trasgo y lo derribaba.
Luego contuvo la respiración cuando advirtió que, detrás de Olwan, un hombre se defendía fieramente mientras dos trasgos lo atacaban con lanzas puntiagudas.
Su padre.
Elbryan contuvo la respiración, jadeó una vez, y la contuvo de nuevo. No sabía qué hacer; en silencio, se maldijo a sí mismo por lo que ya había hecho.
En el hueco entre los pinos gemelos, había perdido de vista a su enemigo: ¡el primer error, a menudo fatal!
Tenía que esforzarse por vencer el terror, tenía que superar la emoción y la barrera física y recordar las muchas lecciones que su padre le había dado. Un guerrero conoce a su enemigo, localiza a su enemigo y vigila cada uno de sus movimientos. En silencio, repitió obsesivamente esta letanía y con extrema cautela asomó la cabeza por detrás del pino. Dudó momentáneamente en el postrer instante, convencido de que el trasgo estaba justo al otro lado, con el arma dispuesta para aplastarlo tan pronto como echara una mirada furtiva alrededor.
Un guerrero conoce a su enemigo...
Desplazándose un tanto logró ver el campo más allá de los pinos; casi se desplomó de alivio al ver que el trasgo no se había movido y que seguía lejos, frente a él, al norte del valle. El alivio se transformó con rapidez en abatimiento cuando Elbryan se dio cuenta del significado de la posición de la criatura. Habían avistado a la patrulla en el valle, incluso quizá ya habían entrado en combate con ella, y habían puesto a aquel trasgo como centinela, para advertir cualquier potencial refuerzo humano mientras sus compañeros saqueaban el pueblo.
Este pensamiento provocó tanta ira en el joven que pudo superar el miedo. Apretó con más fuerza la corta espada y lentamente sacó una pierna.
Sin vacilar, pues si lo hacía sabía que el coraje seguramente lo abandonaría, Elbryan abandonó la protección del árbol. Medio caminando, medio arrastrándose, se fue acercando al trasgo, y rápidamente salvó la tercera parte de la distancia.
En ese momento le entraron ganas de regresar, de correr hacia el hueco y taparse la cara. Pero los sonidos que provenían de su hogar lo alentaron, así como el olor a madera quemada que el viento arrastraba hasta la sierra. Con una mueca de determinación, Elbryan redujo a la mitad la distancia que lo separaba de su enemigo, esta vez sin tentaciones de retroceder. Exploró el terreno y, tan pronto como tuvo la certeza de que la criatura estaba sola, se enderezó y corrió a toda velocidad.
En cinco zancadas llegó hasta el trasgo, el cual no lo oyó acercarse hasta el último segundo. Había empezado a girarse, cuando la espada de Elbryan se descargó pesadamente sobre su cabeza.
La espada rebotó con fuerza. Elbryan se sorprendió de la potencia del impacto y de que la espada no hubiera partido el cráneo del trasgo. Durante un terrible instante creyó que no lo había herido con suficiente gravedad y que la criatura se revolvería y lo ensartaría con su tosca lanza. Desesperadamente, el joven se apartó a un lado como pudo, tratando de adoptar una postura defensiva.
El trasgo se tambaleó de un modo raro, soltó el arma y cayó de rodillas. La cabeza se balanceaba de un lado a otro. Elbryan vio la hendidura brillante y roja, la blancura del hueso partido, el cerebro grisáceo. El trasgo dejó de moverse; la barbilla le cayó sobre el pecho y se quedó arrodillado, completamente muerto.
Muerto.
Elbryan sintió que se le revolvían las tripas. El peso de su primera muerte cayó sobre él y le hizo doblar la espalda. De nuevo fue el olor a madera quemada lo que le aclaró la cabeza. No tenía tiempo para reflexionar, y la idea de que habría podido capturar al trasgo en lugar de matarlo le pareció perfectamente ridícula.
Miró hacia el valle y observó consternado que allá abajo se libraba una lucha. Volvió a mirar la batalla, mucho más importante, que tenía lugar en Dundalis.
Miró hacia donde sus padres estaban luchando, hacia donde Pony había corrido.
—Pony —susurró en voz alta el joven, desesperado, y, antes de darse cuenta cabal de lo que estaba haciendo, vio cómo los árboles iban pasando borrosamente mientras bajaba a toda velocidad la pendiente hacia Dundalis.
Pony siguió dando la vuelta a la casa, avanzando palmo a palmo hacia la batalla; se preguntaba cómo podría atravesar el anillo de trasgos para reunirse con su padre. Un grito agónico dentro de la casa la paralizó; se apoyó en el muro. Por un instante consideró dónde se encontraba, de quién era aquella casa y ahogó un sollozo.
—No hay tiempo para esto —se reprendió a sí misma y fijó su atención en la batalla que se libraba en la calle. De nuevo le flaquearon las piernas, pues, aunque muchos trasgos yacían muertos o se desangraban en el suelo alrededor del anillo de defensores, también habían caído varios humanos; y las filas de los trasgos, a pesar de las bajas, seguían prietas y parecían no haber disminuido.
Por encima de todos se alzaba Olwan, orgulloso y fuerte e inquebrantable; aporreaba a otro trasgo, golpeándole el cráneo; luego, levantó el arma y gritó para infundir ánimo a los demás. Pony parpadeó con curiosidad, pues el arma de Olwan no bajaba: parecía subir, subir, subir... Entonces vio la mirada llena de dolor del hombre, y miró más arriba, hacia el brazo extendido de Olwan.
La mano del gigante le cubría por completo el antebrazo. La pared de la casa le impidió ver la ascensión del hombre; quería chillar para que alguien ayudara al desgraciado Olwan, quería gritar por el simple hecho de gritar.
Y entonces divisó de nuevo a Olwan, que volaba y caía convertido en una masa informe justo en medio de los denodados luchadores. Las filas se separaron y cada cual corrió por su lado; la mayoría no consiguió dar más que un par de zancadas antes de verse arrollados por un enjambre de trasgos. Por fortuna, Pony enseguida perdió de vista a su padre. Trató de evitar la bandada, vio a otra persona —la mujer que le había enseñado a leer y escribir— que caía al suelo y la lanza del trasgo que iba a su encuentro. Se dio la vuelta y, tambaleándose, se dirigió a la parte trasera de la casa con las manos sobre el estómago revuelto.
Ya no había ninguna línea de defensa, ni focos de resistencia organizada. Todo era confusión, alaridos y gritos de dolor. Pony no sabía hacia dónde ir, hacia dónde correr. De nuevo vio en su mente la imagen de Olwan muerto, y la última visión de su padre.
Volvió la cabeza hacia el camino, con la esperanza de que su padre volvería a buscarla, de que, de alguna manera, conseguiría atravesar aquella confusión para sacarla del peligro y hacer que todo fuera mejor, como había hecho siempre.
Como una burla grotesca a esta esperanza, un trasgo dobló aquella esquina y se acercó amenazadoramente a la chica. Pony pegó un grito, tiró una de sus piedras a la criatura y echó a correr.
La rabia la retuvo allí, en la parte trasera de la casa; fortaleció su ánimo y calculó los pasos del trasgo. Cuando la espantosa criatura doblaba la esquina, la chica lanzó el codo hacia atrás con toda su fuerza, y lo alcanzó directamente debajo de la barbilla.
Pony se dio la vuelta y saltó sobre él; violentamente le asestó puñetazos con ambos puños y le pegó rodillazos con crueldad. Con más fuerza de la que podría indicar su pequeño cuerpo, el trasgo al fin la empujó hacia un lado y blandió la lanza.
—¡Elbryan!
La llamada provocó que el chico interrumpiera su carrera con un resbalón; se agarró al tronco de un arce, giró en torno al árbol y se volvió en dirección a la voz.
Carley dan Aubrey, uno de los exploradores más jóvenes, se le acercaba tambaleándose, con el rostro ceniciento y ambas manos fuertemente apretadas sobre el costado derecho. Elbryan vio una mancha oscura cerca de aquellas manos.
—¡Elbryan! —gritó de nuevo el chico de nueve años, y dio un traspié; Elbryan corrió a su encuentro y lo cogió mientras caía.
Enseguida se puso a inspeccionar la herida, forzando a Carley a que apartara las manos. Elbryan hizo una mueca, y el herido gimió y casi vomitó, cuando la mano de Elbryan rozó la punta rota de una lanza que le sobresalía del costado. Elbryan retiró la mano temblorosa y miró fijamente con ojos desorbitados la sangre brillante que ahora la cubría. Carley se apretaba de nuevo la herida, pero no cabía esperar que pudiera detener la hemorragia.
Elbryan trató de mantener la calma, de pensar con claridad. Tenía que quitarse su propia camisa y, de algún modo, usarla para taponar la herida. ¡Y con rapidez! Se quitó bruscamente el abrigo y el chaleco de piel y se desabrochó la camisa blanca. Entonces vio a un trasgo que se acercaba corriendo; blandía la mitad de una lanza como si fuera una porra y se abalanzaba amenazadoramente sobre él. Elbryan agarró con fuerza su corta espada y trató de mantenerla levantada delante de él, pero retrocedió mientras el trasgo se le venía encima. El choque fue duro, y Elbryan cayó de espaldas.
Rodaron juntos por el suelo; la espada de Elbryan, levantada contra el costado de la criatura, había conseguido hacerle un pequeño corte pero el ángulo era malo, y el agarro del trasgo, sorprendentemente poderoso, le impedía herirlo de consideración.
Rodaron pendiente abajo, dándose puñetazos; el repugnante rostro del trasgo, con sus dientes torcidos y la larga y puntiaguda nariz, estaba a pocos centímetros de la cara de Elbryan. De pronto la criatura empezó a dar cabezazos al muchacho, y éste sintió que su nariz crujía, y notó que su sangre manaba. Luchó con dureza, pero el trasgo no le permitía asestar un buen golpe.
Elbryan tiró con más fuerza, esta vez con la otra mano, incrementando el radio de giro. Se le trabaron los tobillos en el tronco de un árbol, pero pataleó para liberarse pues prefería seguir rodando y el trasgo había quedado justo encima de él. La criatura seguía agarrándolo con tenacidad, dominándolo, y de nuevo empezaron a rodar de costado cuan largos eran. En la primera vuelta, Elbryan se percató de una nueva posibilidad, y en la segunda desplazó hacia afuera, el codo del brazo con el que sujetaba la espada, de forma que éste se hincó en el suelo y quedó bien asegurado.
Cuando el trasgo dio la vuelta, su propio peso le clavó la espada de Elbryan.
La criatura se revolvió como una fiera, pataleando y sacudiéndose como un pez fuera del agua. Al principio Elbryan trató de defenderse; pero, cuando le pareció fútil, pasó al ataque, girando y retorciendo la hoja con brutalidad.
La pareja fue a parar violentamente hasta el tronco de otro árbol, y el trasgo de pronto dejó de golpear. Elbryan, aturdido y sin aliento, se sentía a punto de desmayarse. Obligó a su mente a concentrarse en la terrible lucha y, liberando su espada, empezó a tajar salvajemente, hiriendo al trasgo una y otra vez. Se escabulló de debajo de la criatura, pero continuó atacándola con fiereza, con brutalidad; sus golpes nacían del más absoluto terror. Al fin se detuvo, al darse cuenta de que el trasgo estaba muerto; se arrodilló sobre él y trató de recuperar un aliento que parecía no iba a recobrar jamás.
Un quejido de Carley dan Aubrey lo devolvió a la realidad. Remontó con rapidez la pendiente y llegó al fin junto al muchacho.
—Tengo frío —musitó Carley quedamente.
Elbryan se arrodilló, observó la herida, tocó la lanza y se preguntó si podría librarlo de ella. Miró al muchacho y retuvo el aliento.
Pero Carley estaba muerto.
Pony se alejó corriendo, tropezó y se cayó, pero siguió a gatas: todo valía para huir. El trasgo estaba detrás de ella; podía imaginarlo blandiendo su lanza, dirigida a su vulnerable espalda. Gritó y se cayó boca abajo en una esquina. Advirtiendo que no había recibido golpe alguno, se levantó y siguió corriendo.
En la parte trasera de la casa, Thomas Ault, el padre de Pony, arrancó su puñal y dejó que el trasgo muerto cayera al suelo. Apesadumbrado, miró hacia la esquina por donde su hija había desaparecido, esperando y rogando que como fuera pudiera escapar.
Thomas había hecho todo lo que había podido. Sentía la punzada de los lanzazos que había recibido, en la espalda, en el costado, uno especialmente profundo en el muslo. Oía los pasos de la bandada de trasgos perseguidores que acortaban la distancia.
Rezó para que Pony pudiera escapar.
Antes de que Elbryan pudiera reiniciar el regreso a Dundalis, vio unas sombras entre los árboles de la zona por donde Carley había aparecido, y supo que no se trataba de sus otros amigos; instintivamente comprendió que los otros habían caído. Se alejó lentamente, en silencio, del cuerpo de Carley y se escondió tras un enorme árbol.
Siete trasgos aparecieron a la vista, trotando con agilidad pendiente abajo. Gritaron y rieron cuando descubrieron el cadáver del muchacho; luego arreciaron los gritos al descubrir a su compañero caído, sin detenerse siquiera al pasar por su lado.
Elbryan ardía en deseos de salirles al encuentro y matarlos a todos. Pero la prudencia refrenó su rabia, y permaneció escondido mientras pasaban de largo. Luego los siguió empuñando la espada sangrienta, con la esperanza de que alguno de ellos se separara de sus compinches.
Allá abajo, en el pueblo, el humo se iba espesando. Los gritos habían disminuido, pero, al atravesar una zona desde la que se dominaba todo Dundalis, Elbryan vio que el lugar seguía infestado de invasores.
El joven sabía que no había esperanza, que el pueblo estaba perdido y que sus amigos, sus padres, su Pony estaban muertos.
Aun sabiéndolo, Elbryan no aminoró el paso y siguió adelante. Estaba más allá del dolor, más allá de la lógica, incapaz de derramar una lágrima. Iría a Dundalis y mataría a todos los trasgos que pudiera.
Pony vio los muertos, vio los moribundos. No sabía por qué no la habían cogido todavía; pero, mientras corría de una sombra a otra, de un edificio incendiado al contiguo, sabía que su suerte no duraría mucho. No había esperanza de salvar a nadie. Lo único que deseaba ahora era huir, huir lejos.
¿Pero cómo? Las calles estaban invadidas por los trasgos. Tropeles de aquellos horripilantes seres se metían en las casas, las saqueaban y las incendiaban. No mostraban la más mínima piedad; Pony vio cómo una mujer suplicaba por su vida, se ofrecía a sí misma a los trasgos que la rodeaban. Ellos la derribaron a hachazos.
Pony comprendió que el nudo se iba apretando. A medida que los aldeanos morían, más y más trasgos corrían por doquier. Miró en torno intentando encontrar algún sitio por donde salir de la ciudad y huir hacia el bosque. Pero no había escapatoria, no había forma de salir de Dundalis sin ser vista. Y además había trasgos en los bosques, iban llegando más y más por momentos.
No había escapatoria.
Pony se deslizó entre dos casas con la cabeza pegada a la pared. Se preguntó si sería mejor aventurarse a la calle y acabar de una vez.
—Es preferible a esperar —musitó con decisión, pero se dio cuenta de que no podría hacerlo, de que se lo impedía el instinto básico de supervivencia.
Exhaló un profundo suspiro. Sintió calor en las manos mientras también aquella casa comenzaba a arder. ¿Adónde ir ahora?
La joven ladeó la cabeza al advertir de repente dónde se encontraba exactamente. Frente a ella estaba la casa de Shame McMichael; y, justo detrás de ella, la de Olwan Wyndon. La casa de Olwan, la casa de Elbryan. ¡La casa nueva de Elbryan!
Pony recordaba su construcción, hacía solamente dos años. Todo el pueblo se había hecho lenguas de la casa porque Olwan Wyndon la estaba levantando sobre cimientos de piedra.
Pony cayó de rodillas y se puso a arañar la tierra al pie de la casa de Olwan. Los dedos le sangraban y sentía detrás de ella que el calor iba en aumento, pero seguía escarbando desesperadamente.
Entonces su mano llegó hasta una zona abierta; cavó unos cincuenta centímetros hasta que tocó tierra fría y húmeda. Olwan había utilizado bloques voluminosos para los cimientos, y, tal como sospechaba Pony, la casa no había quedado del todo asentada.
El humo se espesaba en torno; la casa de Olwan empezó también a arder. Sin embargo, la chica seguía cavando y agrandando el agujero con la desesperada intención de deslizarse bajo el bloque.
La cólera del joven no tuvo que esperar demasiado tiempo. El grupo de trasgos, aparentemente centinelas que no formaban parte de la fuerza de ataque, no continuó bajando hacia Dundalis sino que se dividió en otros dos que tomaron direcciones opuestas.
Elbryan siguió por la izquierda en pos de tres trasgos. Seguía oyendo los gritos de Dundalis, que ya eran más sollozos desesperados que alaridos de resistencia. Veía los incendios y estaba lo bastante cerca para comprobar que su propia casa estaba ardiendo.
Eso no hacía sino aumentar su furor. Se deslizó cautelosamente entre los árboles y, cuando uno de los trasgos se detuvo y se quedó rezagado, se precipitó sobre él.
Lo mató con celeridad, de un simple espadazo en los riñones, pero el trasgo alcanzó a dar un grito de agonía.
Elbryan liberó su espada y echó a correr, pero ya era demasiado tarde. Los otros dos trasgos se le echaron encima entre aullidos y alaridos, y el muchacho golpeó a diestro y siniestro e interceptó un par de lanzazos. Los ojos de las criaturas, llenos de júbilo y sin compasión alguna hacia el camarada muerto, acobardaron a Elbryan, que trató de no mirarlos y de concentrarse en los lanzazos.
Intentaba retroceder, consciente de que tenía que huir antes de que el otro grupo respondiera a aquellos alaridos, pero uno de los trasgos se le acercó peligrosamente por la izquierda. Elbryan describió un giro con la espada y logró desviar la lanza hacia la derecha, al tiempo que se precipitaba hacia la izquierda ladera arriba para ganar una posición más elevada.
Pero de nada le sirvió esta ventaja pues el joven resbaló al ceder la tierra y perdió pie. El otro trasgo, que corría tras su compañero a toda velocidad, se echó sobre él.
Desesperadamente, Elbryan se echó hacia atrás y dio una patada que detuvo el lanzazo del primer trasgo, tras lo cual se apartó para esquivar al segundo. Dio un espadazo mientras trastabillaba hacia un costado, y le infundió cierta esperanza sentir que acertaba en algo sólido.
Entonces, el mundo empezó a dar vueltas mientras él rebotaba y rodaba. Al fin, consiguió inclinarse hasta detener su rotación y adoptar una posición defensiva. Suponía que al menos uno de los trasgos estaría justo detrás de él.
No estaba. El que Elbryan había acuchillado yacía completamente inmóvil en el suelo; al parecer lo había golpeado más fuerte de lo que había creído. El otro estaba también en el suelo, retorciéndose y gimiendo.
La única explicación que Elbryan pudo encontrar fue que el trasgo, al cargar contra él, había chocado con fuerza contra el suelo o contra un tronco de árbol, en el momento en que el joven había pegado un brinco. «La ocasión la pintan calva», se dijo Elbryan al tiempo que se ponía en pie.
Algo le dio un golpecito en el hombro, ligero al principio, pero de pronto el muchacho salió despedido de nuevo, esta vez de lado. Cayó al suelo rodando hasta chocar violentamente contra el tronco de un árbol. Confundido y aturdido, Elbryan se puso en pie tambaleándose.
Y perdió toda esperanza al ver a un gigante fomoriano que blandía un garrote tan grande como todo el cuerpo de Elbryan, y caminaba hacia él con toda tranquilidad. Elbryan oyó gritos a su espalda y supo que los otros cuatro trasgos estaban cerca.
El joven echó una ojeada a su alrededor; ni un sitio por donde huir, ni un sitio donde esconderse. Se preparó para resistir, utilizando como ayuda el sólido árbol. Cuando el enorme gigante estuvo a una zancada de distancia, Elbryan pegó un brinco, tratando de confundirlo. Acuchillaba y tajaba con absoluta ferocidad, acercándose a las rodillas del monstruo, acuchillaba de nuevo y se enroscaba entre las piernas del gigante.
Pero el gigante había visto esta estrategia docenas de veces en sus batallas con los pequeños aldeanos. Elbryan consiguió casi colarse entre las piernas del gigante antes de que juntara las rodillas y retuviera al joven con tanta presión que apenas lo dejaba respirar.
Elbryan intentó acuchillar de nuevo al monstruo, pero el gigante lo estrujó todavía con más fuerza, y lo único que el joven podía hacer era gemir. Consiguió girar un tanto, y entonces vio el garrote del gigante levantado sobre su cabeza.
Una sensación enfermiza se apoderó de Elbryan. Inquebrantable hasta el final, acuchilló tan fuerte como pudo y cerró los ojos.
El aire se llenó súbitamente con un extraño y confuso sonido. El gigante aflojó su agarro, y Elbryan cayó. Se escabulló aturdido y echó a correr varios pasos. Continuaba escuchando los silbidos, y por un momento pensó que un enjambre de abejas pululaba en torno. Instintivamente, gritó al sentir una repentina picadura, sacudió la mano y la retiró hacia atrás para protegérsela.
Se volvió hacia el gigante, que saltaba y daba manotazos al aire. Más allá pudo ver a dos de los cuatro trasgos que se acercaban, ambos con extraños espasmos; un momento después cayeron al suelo.
—¿Qué? —se preguntó Elbryan, completamente confundido.
Unos puntos rojos, como una grotesca varicela, cubrían el rostro y los brazos del gigante. Mirando con más atención, y observando su propia mano herida, Elbryan se dio cuenta de que no habían sido causados por abejas, sino que eran saetas, diminutas flechas que nunca había visto hasta entonces.
¡Miles y miles de pequeñas flechas saturaban el aire!
Pero apenas parecían detener a la gigantesca criatura. El fomoriano se lanzó hacia adelante con un tremendo y horripilante alarido enarbolando su garrote. Elbryan, insignificante e impotente ante el ataque, sostuvo en alto su corta espada, a sabiendas de que no tenía posibilidad alguna de desviar un golpe tan tremebundo.
La descarga siguiente fue concentrada; sesenta flechas se estrellaron contra la cara y la garganta del gigante, sesenta finísimas saetas que parecían en realidad un enjambre de abejas. El gigante se tambaleó una, dos veces, y después una tercera, mientras las flechas se clavaban una tras otra, una docena tras la docena anterior. Por fin, los aguijonazos cesaron y el gigante trató de avanzar hacia su presa. Pero, antes de que pudiera acercarse al joven, se derrumbó, ahogado con su propia sangre.
Elbryan no lo vio; se había desmayado.
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5
Los elegidos de Dios

El hermano Avelyn daba vueltas a la manivela con energía; tanto la madera como el hombre gruñían a cada vuelta. «¿Cuándo acabará por aparecer el cubo?», se preguntaba el joven novicio.
—Más deprisa —insistía Quintall, el compañero de trabajo y de estudio de Avelyn.
La clase había sido dividida por fechas de nacimiento; Avelyn y Quintall habían sido puestos juntos únicamente porque habían nacido la misma semana y no por una cuestión de compatibilidad física o emocional. Desde luego, no armonizaban en absoluto. Quintall era el más bajo de los veinticinco novicios, mientras que Avelyn estaba entre los más altos. Ambos eran corpulentos, pero Avelyn era desgarbado y torpe, en tanto que Quintall era musculoso, un verdadero atleta.
También tenían caracteres opuestos: Avelyn era tranquilo, respetuoso y pacífico; y Quintall un «cohete», como solía llamarlo con acierto maese Siherton, el superintendente de la clase.
—¿Está cerca? —preguntó Avelyn después de algunas vueltas de manivela sin resultado alguno.
—A medio camino —respondió fríamente Quintall—; quizá menos.
Avelyn exhaló un profundo suspiro y siguió moviendo los doloridos brazos.
Quintall soltó un gruñido de disgusto; a esas horas él ya habría subido el cubo y los dos habrían podido estar gozando de la comida del mediodía. Pero le tocaba a Avelyn darle a la manivela, y los capataces eran muy suyos en esas cuestiones. Si Quintall intentaba mover a hurtadillas la manivela, les podría costar a ambos la comida.
—Es un impaciente —comentó maese Jojonah, un hombre gordo de unos cincuenta años, de amables ojos marrones y abundante cabello castaño en los que no se veía ni una cana; tenía la piel tostada y tersa, a excepción de un abanico de patas de gallo, que él llamaba «arrugas de credibilidad».
—Un cohete —repuso maese Siherton, alto, anguloso y delgado, aunque sus anchos hombros le sobresalían considerablemente del flaco cuello. Las facciones de Siherton encajaban a la perfección con su categoría de supervisor de clase, de responsable y educador de los hermanos recién ingresados. De rasgos firmes y marcados, tenía unos ojos pequeños y oscuros que se empequeñecían aun más en aquellas muchas ocasiones en que miraba de soslayo con aire amenazador a los jóvenes estudiantes.
»Quintall desborda pasión —añadió con evidente admiración.
Jojonah lo miró con curiosidad. Se encontraban en la cámara más alta de la abadía, una habitación larga y estrecha cuyas ventanas daban por un lado a las rugientes olas del océano y por otro al patio de la abadía. Los veinticuatro hermanos recién llegados —un novicio había tenido que abandonar por motivos de salud— estaban en el patio, atendiendo a sus tareas, pero los dos superiores discutían sobre Avelyn y Quintall, a quienes consideraban novicios excepcionales.
—Avelyn es el mejor de la clase —comentó Jojonah, sobre todo para calibrar la reacción de Siherton.
El más alto de los dos se encogió de hombros por toda respuesta.
—Muchos opinan que es el mejor que hemos tenido en muchos años —insistió Jojonah. Era cierto; la increíble dedicación que mostraba Avelyn era la comidilla de Saint Mere Abelle.
—Carece de pasión —replicó Siherton con un nuevo encogimiento de hombros.
—¿Y no será porque está más cerca de Dios? —repuso Jojonah, pensando que por fin había atrapado a Siherton.
—Quizá sea porque ya está muerto —dijo secamente el fraile más alto volviéndose para mirar a su oponente.
Maese Jojonah recogió velas pero aguantó firmemente la penetrante mirada. No era un secreto que Quintall era el favorito de Siherton de la más importante de las promociones, pero le sorprendió aquel insulto a Avelyn, el predilecto de los demás padres, incluyendo, como era sabido, al padre abad Markwart.
—Hoy hemos recibido la noticia de que su madre ha muerto —dijo sin alterarse Siherton.
Jojonah miró de nuevo hacia el patio, donde Avelyn se entregaba al trabajo como si nada hubiera pasado.
—¿Se lo has dicho?
—No me he tomado la molestia de hacerlo.
—¿A qué juego macabro estás jugando?
—¿Acaso le importaría? —replicó Siherton—. Diría que ahora ella está con Dios y que por tanto es feliz; y luego continuaría como si tal cosa.
—¿Te estás burlando de su fe? —preguntó Jojonah con acritud.
—Desprecio su falta de humanidad —repuso Siherton—. Su madre ha muerto; ¿acaso le importará? Creo que no. El hermano Avelyn está tan encerrado en la torre de marfil de su fe que nada puede desequilibrarlo.
—Ésa es la gloria de la fe —dijo Jojonah en tono apacible.
—Yo diría que es despreciar la vida —replicó Siherton mientras se asomaba a la ventana—. ¡Eh, hermano Quintall!
Ambos novicios interrumpieron el trabajo y miraron hacia la ventana.
—Ve a comer —ordenó maese Siherton—. Y tú, hermano Avelyn, ven a reunirte conmigo en mi..., en las habitaciones de maese Jojonah.
Siherton se apartó de la ventana y miró a Jojonah.
—Vamos a comprobar si tu héroe tiene algo de corazón —comentó Siherton con toda frialdad, encaminándose hacia la escalera que conducía a las habitaciones de los padres.
Jojonah lo contempló un rato, preguntándose cuál de los dos, Siherton o Avelyn, carecía realmente de corazón.
—Estás utilizando esa muerte de la forma más indigna —dijo Jojonah al alcanzar a Siherton tres pisos más abajo.
—Tiene que saberlo —repuso Siherton—. No perdamos la oportunidad de calibrar al hombre en el que pronto quizá depositemos una responsabilidad muy grande.
Jojonah agarró a Siherton del hombro y lo obligó a detenerse.
—Avelyn ha demostrado que es digno de ella durante ocho años —le recordó—. Sin que lo supiera, ha sido sometido a un escrutinio constante en los últimos cuatro años. ¿Qué más quieres, Siherton?
—Debe demostrar que es en verdad un hombre —gruñó el otro padre—. Debe demostrar que es capaz de sentir. En la espiritualidad hay algo más que piedad, amigo mío. Hay emoción, cólera, pasión.
—Durante ocho años —repitió Jojonah.
—A lo mejor en la promoción siguiente...
—Será demasiado tarde —dijo el padre Jojonah en voz baja—. Los Preparadores deben ser seleccionados de esta promoción, o de una de las tres anteriores, y ningún hombre entre los setenta y cinco admitidos en los últimos tres años ha mostrado las prometedoras condiciones de Avelyn Desbris.
Jojonah hizo una pausa y estudió largo rato a su compañero. Siherton sabía que Jojonah tenía razón, y pareció que esa evidencia lo obligaba a encarar la realidad. Sus argumentos contra Avelyn serían tenidos en cuenta a su debido tiempo, pero caerían en saco roto ante las preferencias de la abadía. E, incluso con argumentos fiables, la posición de Siherton, que rayaba en cólera, en desafuero, parecía fuera de lugar.
—¡Vaya, querido Siherton, estás celoso! —adivinó Jojonah poco después.
Maese Siherton gruñó y echó a andar hacia la puerta del cuarto de Jojonah.
—Nuestra desgracia es haber nacido entre las lluvias —dijo Jojonah comprendiendo sinceramente la frustración de Siherton—. Pero tenemos un deber que cumplir. El hermano Avelyn es el mejor de todos.
Estas palabras se clavaron profundamente en Siherton. Se detuvo junto a la puerta, inclinó la cabeza y cerró los ojos evocando al joven Avelyn. Siempre trabajando o rezando; no lo imaginaba de otra forma. ¿Era fuerza o debilidad?, se preguntaba Siherton; y se preguntaba también sobre la peligrosa posibilidad de implicar a alguien tan devoto en las preciosas piedras. Había cuestiones prácticas relacionadas con la magia que no encajaban con un hombre de una fe tan profunda, con un hombre tan convencido de entender los deseos de Dios.
—Al padre abad Markwart le agrada mucho ese joven —comentó Jojonah.
A Siherton no le quedó más remedio que admitirlo, y comprendió que perdería todos los debates que se entablaran en torno a la selección de Avelyn como uno de los Preparadores. Sin embargo, el puesto de segundo Preparador permanecía vacante, y el alto maese decidió que a partir de ese momento dedicaría todas sus energías a un candidato más de su agrado. Alguien como Quintall, un joven lleno de fuego y vida. Y, precisamente por causa de esa pasión, de esa vehemencia tan mundana, un hombre al que se podía controlar.
No se sorprendió, sus labios no temblaron.
—Le ruego que me diga, maese Siherton: ¿fue una muerte apacible? —se oyó preguntar a sí mismo.
Maese Jojonah se alegró al oír una pregunta tan compasiva. La falta de respuesta inicial de Avelyn ante la noticia de la muerte de su madre parecía reforzar la tesis de Siherton.
—El mensajero dijo que murió mientras dormía —se apresuró a contestar.
Maese Siherton miró a su igual con severidad, considerando la mentira, pues el mensajero, un muchacho joven, sólo había dado la noticia de la muerte sin más detalles. Maese Jojonah ni tan sólo había hablado con el mensajero. En una extraña muestra de compasión, mientras Jojonah lo miraba con dureza por el rabillo del ojo, Siherton lo dejó correr.
Avelyn inclinó la cabeza, aceptando la noticia.
—Querrás irte enseguida —ofreció Siherton— para reunirte con tu padre ante la tumba de tu madre.
Avelyn lo miró fijamente con incredulidad.
—O puedes decidir quedarte —indicó inmediatamente Jojonah, al ver la trampa. Si Avelyn abandonaba el monasterio por cualquier causa, tendría que esperar hasta el año siguiente para entrar. Su vuelta estaría garantizada, pero habría perdido su candidatura a Preparador, aunque él no tenía ni idea de que se le hubiera ofrecido tal candidatura ni tan sólo de que tal cosa existiera.
—Supongo que mi madre ya debe de estar enterrada —respondió Avelyn a Siherton— y mi padre habrá seguramente dejado su tumba para volver a casa. Dado el poco tiempo transcurrido desde su partida de Saint Mere Abelle, le queda todavía un largo camino por recorrer.
Maese Siherton se inclinó hacia Avelyn, observándolo con explícita dureza.
—Tu madre ha muerto, muchacho —dijo lentamente, acentuando cada sílaba—. ¿No te importa?
Las palabras golpearon con fuerza al joven Avelyn. ¿Si le importaba? Deseaba pegar al alto padre sólo por haber insinuado lo contrario. ¡Ardía en deseos de encolerizarse, destrozar la habitación y a quienquiera que intentara detenerlo!
Pero Avelyn sabía que eso sería un perjuicio para Annalisa, un insulto a la memoria de aquella mujer afectuosa. La madre de Avelyn había vivido bajo la luz de Dios. Avelyn tenía que creer en ello porque, de no ser así, toda la vida de ella, y su propia vida, no serían más que una mentira. La recompensa a tal vida, a tan buen corazón, era una existencia mejor en un lugar mejor. Annalisa estaba ya con Dios.
Este pensamiento alentó al joven. Enderezó los hombros y miró sin pestañear al imponente maese Siherton.
—Mi madre sabía que no ocurriría en casa —dijo serenamente, dirigiendo sus palabras a Jojonah—. Todos lo sabíamos; siguió viviendo, enferma, sólo para verme entrar en la orden de Saint Mere Abelle. Su mayor dicha era que yo entrara en la iglesia abellicana, y le robaría esta dicha si ahora me marchara —y aspiró dando más fuerza a sus palabras.
»La orden de Saint Mere Abelle, en el año 816 del Señor —siguió diciendo el hermano Avelyn sin el menor temblor de voz—. Éste es mi sitio; y la visión que permitió a Annalisa Desbris abandonar este mundo en paz.
Maese Jojonah asintió con la cabeza ante un razonamiento tan sereno y lógico, y al mismo tiempo le impresionó, incluso le espantó, la profunda fe del joven. Era evidente que Avelyn había querido muchísimo a su madre y, con todo, su reacción era sincera. En ese aspecto, Jojonah entendía el punto de vista de Siherton. O Avelyn estaba en contacto directo con Dios o el joven no tenía idea de lo que era un ser humano.
—¿Puedo retirarme? —preguntó Avelyn.
La pregunta cogió a Jojonah por sorpresa, y mientras la consideraba se dio cuenta de que, quizás, el estoicismo de Avelyn no era demasiado sólido...
—Estás excusado por hoy de tus obligaciones —contestó el padre.
—No —repuso Avelyn sin la menor vacilación; bajó la cabeza al darse cuenta de que sus palabras habían contravenido la orden de un superior, una falta que podría suponerle la expulsión de la abadía—. Por favor, permítame que cumpla con mis obligaciones.
Jojonah miró a Siherton, que sacudió la cabeza disgustado y abandonó la habitación sin pronunciar palabra.
Jojonah confiaba en que el joven Avelyn tuviera cuidado las semanas siguientes, pues maese Siherton procuraría echarlo al menor motivo. El bondadoso padre tardó en responder para asegurarse de que Siherton estaría lejos de allí cuando Avelyn abandonara la estancia.
—Como quieras, hermano Avelyn —asintió Jojonah al cabo de un rato—. Puedes retirarte. Te quedan pocos minutos para la comida del mediodía.
Avelyn hizo una reverencia y salió de la habitación.
Jojonah apoyó las manos en el escritorio y permaneció largo rato con los ojos clavados en la puerta cerrada. ¿Qué le ocurría a Avelyn que realmente preocupaba a Siherton?, se preguntaba. ¿Se trataba, tal como Siherton pretendía, de la aparente falta de humanidad del joven? ¿O era algo más profundo? ¿Era Avelyn tal vez un modelo superior, un espejo misterioso sostenido ante todos los monjes de Saint Mere Abelle, un testamento de fe verdadera que resultaba una rareza en aquellos tiempos aun en la sagrada abadía?
Tales pensamientos asaltaron a maese Jojonah al tiempo que contemplaba la habitación decorada, el hermoso tapiz que había encargado a la galería de Porvon dan Guardino, uno de los artistas más respetados en todo el mundo. Examinaba la hoja de oro que resaltaba la dura madera labrada de las vigas de la habitación, la rica alfombra procedente de algún país exótico, las sillas acolchadas, las múltiples chucherías y baratijas del amplio estante para libros, cada una de ellas con un valor en oro superior al que pudiera ganar un trabajador corriente durante un año.
«Piedad, dignidad, pobreza»: tal era el voto ofrecido al entrar en la orden de Saint Mere Abelle. Jojonah echó de nuevo un vistazo en torno, y recordó que la mayoría de los otros padres, incluso algunos de los inmaculados del décimo año, disponían de aposentos adornados con mayor riqueza.
«Piedad, dignidad, pobreza.»
Sin embargo, el pragmatismo también debía formar parte del voto; ésas eran las palabras del padre abad Markwart, y así lo habían declarado los anteriores priores de la abadía de más de dos siglos de existencia. En Honce el Oso, riqueza era igual a poder, y sin poder ¿cómo podía esperar la orden tener influencia sobre las vidas de la gente corriente? ¿No estaba Dios mejor servido por la fuerza que por la debilidad?
De esta forma tan insensata se había aceptado el argumento que permitió la relajación de algunos aspectos del sagrado voto.
Por tanto, maese Jojonah podía entender por qué un estudiante como Avelyn Desbris acobardaba tanto a maese Siherton.
Aquella noche, Avelyn se retiró a su habitación completamente exhausto, tanto física como emocionalmente. Había pasado todas las horas de vigilia pidiendo trabajo, ofreciéndose para las partes más difíciles de cada tarea. Había perdido la cuenta de los cubos que había izado del pozo, unos quince, y después de aquel pesado trabajo se había dedicado a sacar piedras sueltas de la parte superior de la muralla de la abadía, cerca del extremo norte, tirando de ellas y apilándolas con esmero para que los albañiles pudieran continuar el trabajo al día siguiente.
Sólo la llamada a vísperas, la ceremonia que proclamaba la llegada del atardecer, había interrumpido la frenética actividad de Avelyn. Se fue con calma al servicio religioso; luego prescindió por completo de su cena y se retiró a su aposento, una minúscula pieza cuadrada con un sencillo taburete, que también servía de mesa para la vela de Avelyn, y un camastro, poco más que una tabla plana y una sábana, que se desplegaba desde una pared.
Ahora se había acabado el trabajo y el dolor había vuelto. A pesar de su abatimiento, Avelyn Desbris apenas pudo dormir. Imágenes de su madre inundaban sus pensamientos; se preguntaba si ahora podría tener una visión de ella, una aparición de su espíritu antes de que ocupara su lugar en el cielo. ¿Vendría Annalisa a despedirse de su hijo menor, o había dado ya el adiós definitivo a Avelyn en el patio exterior de Saint Mere Abelle?
Avelyn rodó fuera del camastro y manipuló el pedernal y el acero hasta que logró encender la vela. Dio un vistazo alrededor bajo aquella luz difusa, como si aguardara que Annalisa apareciera de pie en un rincón, esperándolo.
Ella no apareció, para mayor frustración de Avelyn.
El joven estaba sentado al borde del camastro, cabizbajo, con las manos descansando en los doloridos muslos. Sintió que las primeras lágrimas se le escapaban de los ojos y trató de frenarlas. Llorar sería una debilidad, razonaba Avelyn, una falta de fe. Si lo que creía, lo que verdaderamente llevaba en su corazón, no podía sostenerlo a la hora de la muerte, entonces ¿qué valor tenía? La iglesia abellicana, las antiguas escrituras, prometían el cielo a aquellos que eran dignos de ello, y ¿quién podía ser más digno que la afectuosa y generosa Annalisa Desbris?
Una lágrima rodó por la mejilla de Avelyn, luego otra; dejó caer la cabeza y se cubrió la cara con las manos.
Un sollozo le sacudió los hombros inclinados; trató de sofocarlo, trató de rechazarlo. Recitó sin interrupción la plegaria de la muerte, la plegaria de la fe, la plegaria de la promesa eterna, forzando la voz para mantenerla firme.
Todavía brotaron más lágrimas, cada vez que la voz se le quebraba por un sollozo.
Repitió las plegarias una y otra vez. Rezaba de corazón, solapando las palabras con imágenes de su madre, a menudo entonando su nombre entre líneas de verso. Se encontró en el suelo, pero no sabía cómo había llegado hasta allí. En el suelo y acurrucado como un niño, llamaba a su madre, rezaba por su madre.
Al fin, después de más de una hora, Avelyn se recompuso, se sentó de nuevo en el camastro, y respiró profundamente varias veces para evitar los últimos sollozos. Reflexionó profundamente durante largo tiempo, consideró su dolor y exploró su alma para analizar la debilidad que se había introducido en su fe.
Con suficiente rapidez, obtuvo la respuesta, y se alegró. No estaba llorando por Annalisa, advirtió, pues, obviamente, mantenía la certeza de que había pasado a disfrutar de una existencia mejor. Estaba llorando por él mismo, por sus hermanos y hermanas, por su padre, por todos aquellos que habían conocido a Annalisa Desbris y que jamás volverían a gozar de su presencia en esta vida.
Avelyn podía aceptarlo; su fe estaba intacta y sólida, y no había profanado la memoria de su madre. Se movió para apagar la vela, pensó en otra cosa y se echó en el camastro. Sus ojos seguían buscando el espíritu de su madre en los rincones de la oscura habitación.
Quizá la reencontraría en sus sueños.
Dos hombres se alejaron silenciosamente de la puerta cerrada de la habitación del hermano Avelyn.
—¿Estás satisfecho? —preguntó maese Jojonah a maese Siherton cuando estuvieron lejos.
Por supuesto que Siherton se alegraba de haber oído llorar a Avelyn, de saber que el joven sentía emociones humanas, pero sus sollozos no habían cambiado la severa actitud del padre hacia Avelyn. Saludó a Jojonah con una inclinación de cabeza y se fue.
—He recibido la bendición del padre abad Markwart para mostrar las piedras al joven hermano Avelyn —anunció Jojonah.
Siherton se detuvo en seco, retuvo la irritada protesta que le subía a la garganta, y luego saludó de nuevo inclinando muy ligeramente la cabeza y siguió su camino.
Ya era un hecho. El hermano Avelyn Desbris sería uno de los Preparadores.
Avelyn intentó mantener la cabeza inclinada y los ojos dirigidos al suelo, como correspondía a su humilde situación, pero no podía dejar de advertir algunas de las maravillas que lo rodeaban mientras seguía a maese Jojonah a través de los ventosos pasillos del Laberinto del Abad, el más privado y reverenciado lugar de todo Saint Mere Abelle, y, desde luego un sitio que un novicio no esperaría visitar durante su primer año.
Las explicaciones de Jojonah respecto a la torre fueron parcas; comentó sólo que una zona necesitaba limpieza. A las pocas semanas de su estancia en la abadía, Avelyn se había familiarizado con la rutina monacal lo suficiente para comprender que estudiantes mucho mayores y más experimentados que él eran los seleccionados para cualquier tarea en el Laberinto del Abad, incluso las domésticas. También sabía que no había ocurrido nada especial y que maese Jojonah tenía a su disposición muchos estudiantes mayores.
Sin embargo, se abstenía de preguntar, pues no le correspondía a él preguntar nada a los padres. Sólo debía obedecer, y así lo hacía; caminaba tan serenamente como podía junto al hombre rechoncho, con la cabeza inclinada pero echando alguna que otra ojeada a las maravillas que lo rodeaban: las hojas de oro que bordeaban cada lado de las puertas, las fantásticas e intrincadas tallas de las vigas de madera, los diseños de las baldosas del mosaico, las tapicerías... Era tal la riqueza de detalles, que Avelyn imaginó que podría pasarse horas y horas embelesado ante una sola de ellas. Maese Jojonah hablaba constantemente, aunque no decía nada de interés: superficiales observaciones acerca del tiempo, una tormenta que se había desencadenado hacía veinte años, el fallecimiento de su panadero favorito en la ciudad de Saint Mere Abelle, una sorprendente insinuación acerca de la lujuriosa esposa del hombre. Ninguna de ellas distraía la atención de Avelyn de las maravillas del lugar, aunque algo escuchaba, pues temía perderse alguna pregunta dirigida a él.
Se detuvieron frente a una pesada puerta, ¡y qué puerta! Avelyn no pudo menos que elevar los ojos hacia aquella obra, hacia los paneles y paneles de tallas pintadas, escenas de batallas, Saint Abelle en la hoguera, las curativas manos de la madre Bastibule. Escenas de ángeles venciendo a demonios, del poderoso Dáctilo demoníaco gritando en su agonía, consumido por la lava que se derramaba sobre él. Escenas del Halo, el regalo celestial, abarcando todas las demás. Las pinturas comenzaban —si podía decirse que una obra tan perfecta tenía un comienzo— en la esquina inferior izquierda de la puerta y guiaban el ojo del observador hacia arriba a lo largo del portal, hasta la parte superior derecha. Mientras los ojos de Avelyn exploraban aquellas escenas, le pareció como si la historia del mundo, de la fe, se le revelara en imágenes acopladas de forma que una llevaba a la otra con facilidad, pero cada una con tanta personalidad que producía un impacto individual, aunque breve, como el del flujo del tiempo.
Deseaba arrodillarse y rezar, deseaba preguntar quién era el artista —o los artistas, pues ciertamente un hombre solo no podía haber creado todo aquello—; pero, antes de que las palabras le salieran de la boca, se dio cuenta de que el nombre carecía de importancia, porque a ciencia cierta los escultores y pintores que habían hecho aquella maravilla la habían hecho por inspiración divina. Sólo Dios, que llamaba hijos suyos a todos los hombres y mujeres del mundo, podía haberlo hecho.
—¿Sabes algo de las Piedras del Anillo? —preguntó de pronto maese Jojonah, y sus palabras le sonaron a Avelyn ásperas y fuera de lugar. Casi dio un respingo y lo miró sobresaltado, sorprendido de que un padre fuera tan osado como para hablar en presencia de tanta belleza.
»¿Sabes algo? —repitió Jojonah.
Avelyn tragó saliva intentando hallar la respuesta más adecuada. Claro que tenía noticia de las Piedras del Anillo, el regalo del cielo a Saint Mere Abelle, la fuente de toda la magia del mundo. No obstante, Avelyn no sabía demasiado; sólo rumores sobre cómo las piedras caerían de los cielos en las manos de los monjes y serían bendecidas por el padre abad para que sus peculiares poderes se hicieran realidad.
—Nosotros somos los guardianes de las piedras —dijo Jojonah poco después, pues Avelyn no hizo la menor señal de responder.
El joven monje asintió en silencio.
—Es nuestro deber más sagrado —añadió Jojonah acercándose a la puerta y deslizando un pesado pestillo. Avelyn parpadeó; en medio de las maravillas de la puerta, el enorme pestillo le había pasado desapercibido.
—Las piedras son la prueba de nuestra fe —añadió Jojonah, empujando la puerta.
Avelyn permaneció inmóvil como si se hubiera transformado en piedra.
—La prueba de nuestra fe —murmuró para sí, sin poder creer que un padre de Saint Mere Abelle hubiera pronunciado aquellas palabras que rozaban la blasfemia. La fe no necesitaba pruebas... ¡Sin duda el auténtico valor de la fe residía en la lealtad a las creencias sin necesidad de pruebas!
Naturalmente, Avelyn se guardó mucho de manifestar en voz alta lo que pensaba, e incluso sus silenciosas reflexiones se desvanecieron cuando la puerta se abrió sin un chirrido girando sobre los equilibrados y engrasados goznes para revelar una magnificencia inigualable.
La habitación estaba bien iluminada, aunque Avelyn no vio antorcha alguna ni olfateó el olor de madera quemada. Estaban en el sótano, en una de las cámaras interiores de la abadía; por tanto, no podía haber ventana alguna. Pero sin duda había luz en el interior de la habitación, una luz tan clara que hizo pensar a Avelyn en un día sin nubes en pleno verano. La luz llenaba todos los rincones, todas las grietas de las piedras, y se reflejaba esplendorosa en las tapas de cristal de un sinnúmero de cajas esparcidas por la habitación y también en los cientos y cientos de piedras que contenían.
¡Las Piedras del Anillo!
Jojonah entró en la habitación y tras él Avelyn, prácticamente de un tropezón. El joven monje ya no procuraba mantener la vista baja, sino que miraba a diestro y siniestro mientras pasaban junto a las cajas, y se maravillaba ante las gemas, rojas y azules, ante las piedras de color ámbar y ante los cristales violetas. Una caja con aproximadamente una docena de piedras lisas, de un tono gris oscuro pero que de algún modo parecían más negras que la noche, le llamó la atención e hizo que se estremeciera sin saber por qué. En otra caja vio piedras de color claro, que reconoció como diamantes, y se detuvo otra vez al observar que Jojonah también se demoraba para darle tiempo a examinarlas.
Avelyn observó cómo las caras de los diamantes despedían una luz que en cierto modo parecía hundirse en el interior de la piedra arremolinándose en sus cristalinas entrañas. Entonces comprendió la verdad.
—Los diamantes son la fuente de la luz —dijo, y se mordió el labio al caer en la cuenta de que había hablado sin que le preguntaran.
—Bien pensado —aprobó maese Jojonah, y Avelyn se tranquilizó—. ¿Qué sabes de las Piedras del Anillo?
—Son la fuente de toda la magia del mundo —respondió Avelyn.
Jojonah asintió con la cabeza pero dijo:
—No exactamente.
Avelyn lo miró asombrado.
—Las Piedras del Anillo son la fuente de toda la magia blanca —le explicó maese Jojonah.
—De la magia donada por Dios —se atrevió a añadir Avelyn.
Jojonah pareció vacilar —una vacilación inconsciente que Avelyn captó y que recordaría en los años venideros— y luego asintió.
—Pero existen también las Piedras de la Tierra, la fuente de la magia diabólica, el poder de los Dáctilos —dijo Jojonah—. No son muchas, gracias a Dios, ¡y sólo las pueden usar unos demonios que, por ventura, todavía son menos numerosos!
Acabó con una risita sofocada, pero Avelyn estaba muy ensimismado, incapaz de apreciar ningún matiz de humor en una discusión sobre los Dáctilos demoníacos.
Jojonah, con incomodidad, se aclaró la garganta.
—Y también hay magia en los Touel'alfar —dijo—. En su dulce cantar, según cuentan, y en el metal que «crece» en el suelo de sus jardines.
—¿Crece? —preguntó Avelyn.
Maese Jojonah se encogió de hombros; no era importante.
—Háblame de las Piedras del Anillo —indicó—. ¿Quién las recoge?
—Los hermanos de Saint Mere Abelle —contestó Avelyn inmediatamente.
—¿De dónde?
—Caen del cielo, del Halo, en las manos que las esperan de...
Jojonah lo interrumpió con una risa sofocada.
—Caen a una velocidad mayor que la del vuelo de una flecha —explicó el padre— y están calientes, amigo novicio, ¡tan calientes como para quemar la carne y hasta el hueso!
Jojonah volvió a reír mientras le describía a Avelyn la imagen de un joven monje de pie en un campo, tan agujereado como un queso de Alpinador, con un gesto de incredulidad en la cara y una serie de piedras incandescentes en el suelo detrás de él.
Avelyn se mordió el labio con fuerza. Se dio cuenta de que Jojonah se estaba burlando de él, pero no podía comprender por qué le estaba contando aquellas cosas.
—¿Dónde las conseguimos? —preguntó de repente Jojonah.
—El Halo —empezó a decir Avelyn, pero se detuvo enseguida al advertir que ya habían tocado aquel tema. Se quedó en blanco y se limitó a encogerse de hombros.
—Pimaninicuit —dijo Jojonah.
La expresión de Avelyn no cambió.
—Una isla —explicó el padre—, Pimaninicuit. Éste es el único lugar donde pueden recogerse las piedras sagradas.
Entonces Avelyn nunca había oído nada semejante.
—Si alguna vez pronuncias este nombre ante alguien que no lo conoce, sin el permiso expreso, mejor dicho, la orden expresa de la autoridad del padre abad de Saint Mere Abelle, todos los poderes de la abadía se dedicarán exclusivamente a conseguir tu ejecución.
Entonces Avelyn comprendió por qué nunca había oído antes aquel nombre.
—¿Cuándo las conseguimos? —preguntó Jojonah cambiando de tema tan bruscamente que dejó a Avelyn confundido por completo. De nuevo el joven monje se limitó a encogerse de hombros, esperando saber pero asustado de saber. Había en todo aquello algo muy sagrado, y sin embargo carente de misterio alguno y por eso mismo impío, un estremecimiento de éxtasis combinado con un ligero sabor de necedad que Avelyn Desbris no podía desdeñar.
—Las piedras no caen al suelo a menudo —explicó Jojonah, pareciendo más un erudito que un sacerdote—. No caen con frecuencia pero sí con regularidad.
Se dirigió hacia la pared izquierda del amplio aposento y, mientras se aproximaban, Avelyn pudo ver los murales esculpidos allí; de hecho se trataba de mapas, mapas astronómicos. Avelyn, que en cierta época había pasado horas mirando los maravillosos cielos nocturnos, reconoció algunos de los puntos. Observó el cinturón de cuatro estrellas de Progos-Behemoth el Guerrero, la mayor constelación en la parte norte del firmamento, y las estrellas dispuestas en arco que configuraban el asa de la constelación de El Cubo del Granjero; para verlas tenía que salir por la puerta trasera de la casa de sus padres y alejarse unos pasos pues siempre quedaban justo encima del tejado. En medio, por supuesto, destacaba Corona con su Halo, pues Corona era el centro del universo.
Al acercarse, Avelyn distinguió unas ranuras en el muro. En un primer momento creyó que eran los bordes de las esferas conocidas, pues había oído hablar de teorías que concebían el universo como una serie de esferas celestiales que se solapaban y entrelazaban, burbujas invisibles que sostenían en su sitio los estratos de estrellas. Cuando se dio cuenta de que la mayoría de las ranuras estaban cerca de Corona y de que conectaban el sol, la luna y los cinco planetas, comprendió que tenían una finalidad práctica y no estética, pues servían para que los cuerpos celestiales del mapa-maqueta se movieran. Avelyn observó atentamente la posición de Sheila, la luna, y comprobó que, aunque casi de forma imperceptible, seguía su órbita en torno a Corona.
—Seis generaciones —le explicó Jojonah después de haberle concedido varios minutos de silencio para que estudiara a placer el maravilloso mapa—. O poco menos —añadió cuando Avelyn se volvió hacia él—. Ciento setenta y tres años pasan entre cada una de las donaciones.
—¿Donaciones?
—La lluvia de piedras —le aclaró Jojonah—. Considérate afortunado, amigo novicio, porque durante tu vida se producirá una de esas lluvias.
Avelyn exhaló un hondo suspiro y miró otra vez el mapa, como si esperara que aparecieran entre el Halo y Corona unas finas rayas de lluvia de piedras.
—¿Has visto alguna vez una de esas piedras en acción? —preguntó Jojonah sacando a Avelyn de su embobada contemplación.
El joven clavó en él unos ojos desorbitados por la esperanza y la impaciencia, al tiempo que abría y cerraba los puños.
Jojonah le señaló una caja en medio de la habitación y lo animó a acercarse a ella. Tan pronto como Avelyn hubo dado la espalda al padre, oyó un golpecito seco en la pared y supuso que Jojonah había tirado de alguna palanca, probablemente escondida en el mapa astronómico, para abrir la caja. Poco después, el padre se reunió con él junto a la caja y con sumo cuidado deslizó el cristal que servía de tapadera.
Dentro había varias piedras, todas lisas y pulimentadas. Jojonah tendió la mano y cogió una de las dos resplandecientes piedras grises que había.
—Las piedras del alma —explicó—. Se llaman hematites.
Agarró la piedra fuertemente con la mano derecha, y con la izquierda cogió otra gema, de un color mucho más claro, con una delicada tonalidad verde amarillenta.
—Crisoberilo —dijo—. Una piedra protectora cuando tiene este tono claro. ¡Una elección muy prudente cuando hay que vérselas con la oscura hematites!
Avelyn no entendía demasiado, pero estaba tan sobrecogido por todo aquello que no se le ocurría interrumpir con una pregunta.
Jojonah se metió el crisoberilo en el bolsillo de su grueso hábito y se alejó de Avelyn sin dejar de mirarlo.
—Cuenta hasta diez —le ordenó— para que me dé tiempo a hacer el encantamiento. Luego pon las manos a la espalda y ve levantando los dedos que quieras, en una secuencia lenta y clara de siete números distintos. ¡Procura acordarte de la secuencia!
El padre cerró los ojos y empezó a salmodiar. Avelyn vaciló un instante, intentando asimilar aquella última novedad. Luego se concentró e hizo lo que se le había ordenado, alternando el número de dedos levantados detrás de la espalda. Entretanto, maese Jojonah seguía con su monótona salmodia sin parpadear siquiera, como si su cuerpo hubiera echado raíces.
Al cabo de un rato, abrió los ojos.
—Siete, tres, seis, cinco, cinco, dos y ocho —dijo con aire de satisfacción.
—¡Has oído lo que estaba en mi mente! —exclamó asombrado Avelyn.
—No —lo corrigió Jojonah—. Abandoné mi cuerpo y me situé detrás de ti. Me limité a mirar mientras ibas levantando los dedos.
Avelyn abrió la boca para responder, pero se abstuvo de hacerlo, aunque su respiración entrecortada y su expresión de incredulidad eran bastante elocuentes.
—¡No es difícil! —dijo maese Jojonah, reventando de satisfacción—. La hematites es un instrumento poderoso; se cuenta entre las piedras más poderosas. Usarla para salir del cuerpo apenas roza la auténtica magia. Cualquier experto en piedras podría conseguirlo. Incluso tú... —la voz de Jojonah se fue desvaneciendo, una broma que no pasó por alto al inquieto Avelyn.
»Hermano Avelyn —dijo el padre con toda seriedad poco después—, ¿te gustaría intentarlo?
Sin siquiera detenerse a considerar tal ofrecimiento, Avelyn asintió con tanta energía que no le cupo duda de que debía de parecer increíblemente estúpido. Sus pies se movieron, también sin que el pensamiento consciente pudiera detenerlos, como si se sintieran atraídos hacia la piedra.
Jojonah apenas pudo reprimir una carcajada ante tal espectáculo y agarró con fuerza la hematites. Avelyn tendió la mano para cogerla pero el padre la retiró.
—Es una piedra de mucho poder —advirtió en tono sombrío—, y podría llevarte a un lugar al que no perteneces. Ten cuidado con los viajes, amigo mío, porque puedes perderte.
Avelyn retiró la mano unos centímetros, preguntándose si no estaba comportándose como un insensato. Pero la tentación era demasiado fuerte y tendió de nuevo la mano; esta vez Jojonah le dejó coger la hematites.
Era de una suavidad inimaginable, casi líquida; y más pesada de lo que Avelyn había supuesto. La acarició repetidamente y sintió dentro de ella algo insondable, una especie de misterio, de magia. Miró a Jojonah y vio que el padre apretaba el crisoberilo contra su corazón.
—Impedirá que nuestros espíritus se crucen —le explicó—. No sería prudente.
Avelyn asintió y retrocedió unos pasos. Jojonah se puso la mano libre a la espalda.
—Todo a su debido tiempo —susurró—. Reconoceré el momento en que entres en el dominio de la magia y entonces comenzaré.
Avelyn apenas lo oyó, pues estaba cayendo en las profundidades de la piedra. Bajo la caricia de sus dedos, la hematites parecía realmente líquida e incitante. Avelyn la contempló un buen rato; después cerró los ojos pero la seguía viendo. Se dilataba por momentos, iba tragando sus manos, luego sus brazos. Después se sintió caer..., caer.
Se resistió y la hematites retrocedió sensiblemente, forzándolo casi a seguirla. Pero Avelyn dominó sus miedos a tiempo y se dejó llevar una vez más.
Sus manos, sus brazos, desaparecieron. Después todo fue grisura, luego negrura.
Avelyn salió de su cuerpo. Miró atrás y se vio a sí mismo con la piedra en las manos. Miró a Jojonah y vio claramente el crisoberilo, que brillaba esplendorosamente y envolvía al padre en una tenue burbuja blanca, una protección que Avelyn sabía que su espíritu no podría traspasar.
Avanzó hacia Jojonah pero evitando topar con él. Se sentía increíblemente ligero, como si pudiera alejarse del suelo y volar.
Detrás del padre, Avelyn observó la secuencia de los dedos: uno, tres, dos, uno, cinco.
—Elévate —oyó que lo animaba maese Jojonah.
Avelyn se sorprendió de que en aquel estado pudiera oírlo. Comprendió la orden y se elevó del suelo subiendo sin esfuerzo alguno hacia el techo.
—No hay ninguna barrera física que pueda detenerte —le indicó Jojonah—. Ninguna barrera. ¿Has visto el tejado? Hay algo sobre el tejado que deberías conocer.
Pese a la emoción que lo embargaba, Avelyn sintió miedo al deslizarse a través del techo de la habitación. Contempló maravillado la estructura flotante de las vigas de madera y el grosor del embaldosado de la habitación superior.
Había allí unos monjes un poco mayores que Avelyn. Avelyn se sintió sonreír, sintió que su cuerpo sonreía en la habitación del piso de abajo, mientras que él pasaba sin que los monjes lo vieran.
Luego la sonrisa se desvaneció, y lo asaltó la tenebrosa tentación de penetrar en uno de aquellos hombres, ¡de ahuyentar su espíritu y adueñarse de su cuerpo!
Pero, antes de que pudiera considerar a fondo tan peligrosa idea, los había dejado atrás y ascendía a través del techo hasta una habitación vacía, y después atravesaba el techo y luego otro y otro y otro, este último mucho más grueso. Entonces se encontró al aire libre, aunque no experimentó ninguna sensación física; no sentía ni el calor del sol ni la brisa fresca del mar. Vio que se elevaba por encima de uno de los puntos culminantes de Saint Mere Abelle, justo encima del tejado. Se elevó un poco más, y lo invadió el temor de que nunca dejaría de subir, de que se deslizaría entre las nubes, hacia el Halo, hacia las estrellas. ¡Quizá brillaría en el cielo convertido en el quinto lucero del cinturón de Progos-Behemoth!
Rechazó semejante idea, recuperó el ánimo y miró hacia el tejado de la abadía. Desde allá arriba, el monasterio tenía el aspecto de una serpiente gruesa y larga que se deslizaba al borde del acantilado. Avelyn contempló el ajetreo del patio, donde un grupo de monjes jóvenes se afanaban junto al pozo y con los caballos y mulos de la abadía.
—Vuelve —lo invitó una voz lejana, la de maese Jojonah, que llegó hasta Avelyn a través de su cuerpo. El joven se dio cuenta de que no se había desconectado del todo, y se estremeció al pensar qué podría significar una ruptura total con su cuerpo.
Avelyn volvió a sus cabales y concentró su atención en el tejado que tenía justo debajo. Antes lo había contemplado desde uno de los miradores de la abadía, pero no había podido apreciar el dibujo que su actual posición elevada le permitía distinguir: dos pares de brazos esculpidos en el tejado, con las manos en alto y sosteniendo piedras en las palmas abiertas.
El viaje hasta la habitación que estaba justo encima de la cámara de las Piedras del Anillo fue más rápido. Allí volvió a asaltarlo de forma más violenta la tentación de meterse en un cuerpo ajeno. Se sintió arrastrado, y se imaginó la hematites como un ser vivo que lo dominaba, pues susurraba promesas de poder en su oído espiritual.
Avelyn sintió que algo le tocaba la mano —no su mano espiritual, sino la física, la que agarraba la piedra—. Sintió de nuevo la mágica barrera del crisoberilo, y después su espíritu fue empujado a través del techo y penetró en su cuerpo.
Avelyn casi dio un respingo al abrir los ojos físicos y ver tan cerca a maese Jojonah.
—Uno, tres, dos, uno, cinco —se apresuró a decir el joven monje intentando satisfacer la curiosidad del padre.
Jojonah hizo un ademán con la mano y sacudió la cabeza porque no era aquello lo que le interesaba.
—¿Qué has visto?
Avelyn observó que Jojonah tenía las dos piedras en la mano, aunque no recordaba haberle devuelto la hematites.
—¿Qué has visto? —lo apremió acercándosele más aun.
—Brazos —le contestó el novicio—. Dos pares, con las palmas abiertas...
Antes de que pudiera acabar la frase, Jojonah se desmoronó, jadeando, riendo y llorando a la vez. Avelyn jamás había visto semejante reacción y era incapaz de entenderla.
—¿Cómo? —preguntó con la energía necesaria para hacer volver en sí a Jojonah—. Las piedras —aclaró cuando hubo logrado que el otro le prestara atención—, ¿cómo pudo ser?
Jojonah se lanzó a una impetuosa explicación, que no parecía espontánea sino reproducción maquinal de un discurso aprendido. Habló de los humores del cuerpo que se unían a los humores de las piedras para crear una reacción aparentemente mágica. Incluso comparó lo que le había sucedido a Avelyn con las tabletas que se le suministraban a un monje con dolor de estómago para hacerlo eructar o peer.
Mientras lo escuchaba, Avelyn sintió que el misterio se iba desvaneciendo. Por primera vez desde que habían entrado en la habitación, no había reverencia alguna en la voz de Jojonah, tan sólo un seco tono magistral propio de un profesor, que no convenció en absoluto a Avelyn. El novicio no podía explicarse lo que le acababa de ocurrir, pero intuía que toda aquella cháchara sobre «extraños humores» desvirtuaba su experiencia. Había, sin duda, un misterio que ninguna catarata de estrafalarias palabras podía revelar. Maese Jojonah había llamado a la lluvia de piedras «donaciones», y Avelyn encontraba aquel término totalmente inapropiado. Le parecía más adecuado llamarla «bendiciones», decidió el joven en aquel preciso instante. Paseó la mirada en torno admirando piedra tras piedra con una reverencia hacia aquellos regalos de Dios diez veces mayor a la que había experimentado al entrar en la habitación.
—Deberías estar entre los pocos elegidos para llevar a cabo el viaje —afirmó maese Jojonah con una rotundidad que sorprendió a Avelyn.
»A Pimaninicuit —le aclaró Jojonah sonriendo ante la mirada de asombro de Avelyn—. Eres joven y fuerte y estás lleno de la voz de Dios.
Los ojos de Avelyn se llenaron de lágrimas que empezaron a deslizarse por su rostro ante el solo hecho de pensar que podría estar entre los pocos elegidos para acercarse al mayor don de Dios.
Entonces Jojonah le dio permiso para retirarse, y el joven abandonó la habitación abrumado, como si estuviera en trance.
Cuando hubo salido, maese Jojonah depositó las piedras en la caja y la cerró; luego se acercó a la pared y activó el mecanismo oculto para bloquearla. Entretanto, iba ponderando lo que había presenciado. Un monje en el primer año de noviciado no debería haber sido capaz de activar el poder mágico de la piedra, pese a lo que él le había contado sobre la hematites. Incluso en el caso de que un novicio hubiera logrado penetrar en el poder mágico, no habría podido controlarlo, y todo habría quedado en una rápida y fortuita experiencia de salida del cuerpo, que lo habría dejado jadeante, incrédulo y totalmente postrado.
Resultaba increíble que Avelyn hubiera logrado controlar la magia suficiente para ponerse detrás de Jojonah y ver la secuencia de los dedos. Y era realmente asombroso que el joven hubiera podido utilizar las piedras para atravesar el techo de la habitación, alcanzar el exterior de la abadía y ver el dibujo del tejado. Jojonah jamás lo habría creído posible. El padre lamentó su propia debilidad. Llevaba en Saint Mere Abelle más de tres décadas, y sólo desde hacía tres años era capaz de utilizar la hematites de aquel modo.
Jojonah desterró estos sentimientos de autocompasión y sonrió pensando en Avelyn. Sin duda, aquel joven monje tenía que ser uno de los elegidos para ir a Pimaninicuit, un elegido por la gracia de Dios.
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6
Pájaros Carroñeros

Ella volvió en sí, perdida la esperanza de ver otra vez el vasto cielo. Abrió los ojos azules y agitó frenéticamente las manos para librar el pequeño agujero del espeso hedor a madera quemada.
Un rayo de sol sesgaba el humo, como una débil saeta de luz que llamara a la joven al mundo de los vivos. Ella lo siguió como en un sueño, y tendió la mano con cautela para tocar una madera que al caer había taponado parcialmente el agujero.
La madera estaba caliente; Jilseponie comprendió entonces que había estado mucho tiempo inconsciente. Se dio cuenta de que podía apoyar el brazo contra la viga si ponía la manga entre la carne y la madera caliente.
La joven empujó con fuerza, pero la viga no cedió. Con la tozudez que la caracterizaba hizo acopio de coraje para tensar los músculos; se apoyó sobre las piernas dobladas con toda la firmeza de que fue capaz y empujó otra vez gimiendo por el esfuerzo.
El sonido de su propia voz la paralizó. ¿Qué ocurriría si los trasgos aún seguían allí? Volvió a sentarse inmóvil, aguzando el oído, sin atreverse siquiera a respirar.
Oyó el graznido de los pájaros, carroñeros sin duda. Pero no llegó hasta sus oídos ningún otro ruido: ni el quejido de algún superviviente, ni la sibilante voz de un trasgo, ni los guturales gruñidos de los gigantes fomorianos.
Sólo los pájaros que se alimentaban de los cuerpos de sus amigos asesinados.
Tan horripilante pensamiento la animó a ponerse en movimiento. Se apoyó de nuevo en las piernas y empujó con toda la energía que le quedaba, demasiado encolerizada para considerar las consecuencias si sus gemidos llegaban a oídos de los trasgos.
Logró levantar y desplazar la viga un par de centímetros, pero no pudo sostenerla y la madera cayó otra vez pesadamente con un ruido sordo. Pony estaba segura de que no podía volver a moverla y ni siquiera lo intentó. Comenzó a retorcerse y apretujarse; logró sacar un brazo, luego la cabeza y un hombro; se quedó así un momento para recobrar el aliento, aliviada al sentir otra vez el sol en el rostro.
Pero su alivio desapareció en cuanto echó una ojeada en torno. Sabía lógicamente que aquello era Dundalis, pero no lo reconocía en absoluto. Lo único que quedaba de la casa de Elbryan eran unas cuantas vigas y los cimientos de piedra; Dundalis estaba reducida a un montón de vigas y piedras.
Y cadáveres. Desde donde estaba, Pony sólo veía dos: un trasgo y una anciana; pero el hedor de los cadáveres era tan espeso como el humo de los incendios. Una voz en su interior le decía que volviera a meterse en el agujero y llorara hecha un ovillo hasta morir, porque era preferible la muerte, tanto si conducía al cielo o a la oscuridad total. Permaneció un buen rato medio fuera y medio dentro, oscilando entre la histeria y la desesperanza. Resolvió deslizarse en el agujero, pero algo, una voz interior que no podía entender, se lo impidió.
Empezó otra vez a culebrear, a desgarrarse el vestido y arañarse la piel, a moverse y retorcerse con frenesí, hasta que al fin logró salir del agujero. Permaneció un buen rato tumbada de espaldas en el suelo, mientras le bullían en el cerebro mil posibilidades que no conducían más que a la desesperación.
Con un esfuerzo enorme, Pony se puso en pie y caminó entre los escombros a que habían quedado reducidas las casas de Olwan Wyndon y Shane McMichael. La calle principal seguía igual: pavimentada con losas en cuyos intersticios se había aplastado la tierra para un mejor drenaje; era lo único que confirmaba a Pony que estaba en Dundalis, en las ruinas de lo que había sido su pueblo. No quedaba nada en pie. Ni rastro de vida: ni una persona, ni un caballo. Con cierto alivio, Pony comprobó que tampoco había rastro de trasgos o gigantes vivos. Sólo había buitres, docenas y docenas de buitres. Algunos volaban en círculo; la mayoría, posados en tierra, se estaban dando el gran festín, desgarrando una piel que Pony había tocado, aún caliente, el día anterior, y picoteando unos ojos que habían compartido con ella miradas y pensamientos.
Pony se estremeció al imaginar el combate en la calle, lo último que había visto hacer a su padre. Había muchos cadáveres; vio a Olwan desplomado y destrozado en el mismo lugar donde lo había visto caer. Después ya no pudo mirar más, temerosa de encontrar entre los cadáveres a Thomas Ault, su querido padre. Sin duda había muerto, se dijo Pony, como su madre, como Elbryan, como todos los demás.
Embargada por la desesperanza, la muchacha estuvo a punto de caer, pero de nuevo la mantuvo en pie su contumaz instinto. Vio gran número de trasgos muertos, incluso un par de gigantes. Un grupo en particular, un montón de monstruosos cadáveres en medio de la calle, planteaba un curioso enigma. Habían caído como si hubieran formado un círculo defensivo, y, sin embargo, no había cerca ningún cuerpo humano. Sólo trasgos y un gigante, empapados en la sangre que había manado de unas heridas pequeñas que se veían en todos los cadáveres. Pony pensó acercarse para investigar aquello, pero le faltó estómago.
Permaneció inmóvil, con la mirada fija, embargada por un entumecimiento que le paralizaba las emociones. El enigma quedaría sin resolver, pues Pony estaba demasiado exhausta para ponderarlo, para pensar siquiera en algo; se sentía demasiado derrotada y sucia para hacer otra cosa que no fuera salir tambaleándose del pueblo, dirigirse hacia el sur, luego torcer al oeste en la primera bifurcación y seguir hacia el sol poniente.
Sólo la guiaba un instinto subconsciente. Prado de Mala Hierba era el pueblo más cercano, pero Pony no creía que aquel lugar hubiera corrido una suerte diferente. Seguramente todo el mundo había sucumbido a la destrucción; todos los hombres debían de haber muerto, y los buitres estarían picoteando y despedazando sus cadáveres.
Poco después, a medida que anochecía, su sexto sentido la alertó de que no estaba sola. A su derecha notó un ligero movimiento en un arbusto. La muchacha sabía que podía tratarse de una ardilla, pero en su corazón sabía que no lo era.
A su izquierda captó una especie de risilla, una vocecilla, un tenue susurro.
Pony siguió adelante, maldiciéndose por no haber tenido la precaución de coger un arma antes de marcharse de Dundalis. No importaba, se dijo; quizá de esa forma, sin posibilidad de defenderse, el fin sobrevendría más rápidamente.
Así que prosiguió la marcha mirando al frente, sin hacer caso de los ruidos que le indicaban que no estaba sola, que seguramente los trasgos se escondían tras los árboles, la observaban, se reían de ella, la examinaban con detalle, incluso discutían entre ellos sobre quién iba a gozar del placer de matarla... y de los placeres que precederían a la muerte.
Este pensamiento casi la derribó al suelo al acordarse de Elbryan, de los momentos que habían precedido al desastre, del beso...
Entonces se echó a llorar, pero siguió avanzando con la espalda erguida.
No obstante, no podía evitar las lágrimas, ni el sentimiento de culpabilidad, ni el dolor.
Dormitó al pie de un árbol, en un lugar desprotegido junto a la carretera, temblando por el frío y por las pesadillas que temía la perseguirían para siempre.
Pero cuando despertó, afortunadamente, aquellos sueños se habían desvanecido, y no pudo evocar imágenes del pueblo, ni de su familia ni de sus amigos. Lo único que sabía era que se encontraba junto a la carretera, sin saber ni cómo ni dónde.
Sabía que estaba física y emocionalmente enferma, pero lo más inmediato escapaba de su memoria consciente.
Ni siquiera sabía cómo se llamaba.
El gigante estaba allí, de bruces sobre la sangre y el polvo, en el mismo lugar donde Elbryan lo había visto por última vez, a poca distancia de donde él se había desmayado. Lo último que recordaba era que el monstruo se disponía a aplastarlo con su garrote, y ahora estaba muerto.
Y también lo estaban una docena de trasgos esparcidos aquí y allá.
Elbryan se incorporó y, al frotarse la cara, vio la herida y la sangre seca en una de sus manos. Sus pensamientos retrocedieron hasta Pony y el beso junto a los pinos gemelos en lo más alto de la sierra. Luego volvieron a concentrarse en el presente: aquellos minutos de horror, los trasgos en los bosques, el pobrecito Carley, el humo de Dundalis; Jilseponie corriendo, corriendo hacia la ciudad sin dejar de gritar. Todo había sido tan irreal, había sucedido con tanta rapidez... En el increíble espacio de unos minutos, el mundo de Elbryan se había venido abajo.
Sentado en el suelo, miraba asombrado al gigante muerto de forma misteriosa, consciente de que nada volvería a ser como antes.
Logró ponerse en pie y se acercó temerosamente al gigante, aunque la sangre derramada y la total inmovilidad eran prueba fehaciente de que estaba muerto. Se arrodilló junto a la cabezota del gigante y examinó sus numerosas heridas.
Eran pinchazos, como heridas de flechas pero mucho más pequeñas. Elbryan recordó el zumbido, que le hizo evocar la imagen de un enjambre de abejas. Tuvo el valor de observar más de cerca, incluso de tocar con el pulgar el borde hinchado de una herida y tirar de la piel.
—No hay saetas —comentó en voz alta intentando encontrar algún sentido a todo aquello.
Pensó otra vez en abejas, quizás en abejas gigantes, que clavaban una y otra vez su aguijón y después se alejaban volando. Volvió a sentarse y comenzó a contar los pinchazos; comprobó que el gigante tenía por lo menos veinte heridas en la cara y otras muchas en el corpachón de cuatro metros y medio.
El joven no podía explicárselo. Se había dado por muerto, pero no lo estaba. Había creído a Dundalis condenado....
Elbryan se puso en pie de un salto e inspeccionó los cadáveres de los trasgos. Se sorprendió, e incluso se sintió en cierto modo un poco humillado, al comprobar que también los dos contra los que había luchado, aun el que había creído matar con su espada, mostraban asimismo las misteriosas heridas.
—Abejas, abejas, abejas —cantó Elbryan como si entonara una letanía de esperanza, al tiempo que se precipitaba ladera abajo hacia Dundalis. Pero palabras y esperanzas se desvanecieron en un grito ahogado en cuanto divisó el pueblo, mejor dicho, los escombros carbonizados a que había quedado reducido.
Sabía que todos habían muerto. Incluso desde aquella distancia, a unos cincuenta metros del extremo septentrional del pueblo, Elbryan sabía en lo más profundo de su corazón que nadie podía haber sobrevivido a tal catástrofe. Con el rostro ceniciento y el corazón latiéndole aceleradamente —aunque incapaz de insuflar energía a los brazos que le colgaban inertes a los lados o a las piernas que de pronto parecían pesarle cincuenta quilos—, el joven corrió hacia su casa, con la sensación de ser un pobre niño desamparado.
Reconoció a todos los cadáveres que no habían sido presa de las llamas: los padres de sus amigos, un joven poco mayor que él, y los chicos y chicas cuyos padres no les habían permitido formar parte de la patrulla. En el umbral chamuscado de unas ruinas vio un pequeño cadáver, un bulto informe ennegrecido. Elbryan adivinó que se trataba de Carralee Ault, una prima de Pony, pues era el único bebé del pueblo. La madre de Carralee yacía de bruces en la calle a escasa distancia de su hija. Elbryan supuso que la mujer había intentado volver junto a Carralee y que la habían asesinado mientras veía cómo ardía la casa en torno a su hija.
Elbryan se esforzó por dominar el vivo dolor que lo embargaba, consciente de que lo conduciría inexorablemente a la más completa desesperación. Pero le resultó una tarea casi imposible al acercarse a un grupo de trasgos y gigantes muertos en la calle, y llegar a la zona donde la lucha había sido más encarnizada y donde yacía el cuerpo de Olwan, su padre.
Elbryan vio que su padre había muerto con bravura, cosa que no le sorprendió pues conocía su fuerza y su valor. Olwan había muerto luchando.
Pero esto carecía de importancia para Elbryan.
El muchacho se encaminó tambaleante hacia los escombros de su casa. Emitió un ahogado gemido al ver que los cimientos, que tanto enorgullecían a su padre, estaban intactos, aunque el techo y las paredes se habían derrumbado. Entró en las ruinas que todavía humeaban. Milagrosamente uno de los rincones de la parte de atrás se había salvado de las llamas, y, al venirse abajo el techo, había quedado un espacio intacto.
Apartó una viga —con suma cautela pues oyó crujir lo que aún quedaba del tejado— y se arrodilló para atisbar. Vislumbró dos figuras apoyadas en el rincón.
—Por piedad, por piedad —susurró Elbryan mientras se abría paso con precaución.
La figura más cercana era un trasgo muerto de un golpe en la cabeza. Lo asaltó una esperanza insensata y avanzó a rastras hasta la segunda figura al fondo del rincón.
Era su madre, también muerta; Elbryan dedujo que de asfixia porque no se le veía herida alguna. Aún asía en la mano una pesada cuchara de madera. A menudo, cuando Elbryan y sus amigos acababan con su paciencia, había blandido aquella misma cuchara amenazándolos con pegarles en el culo.
Elbryan recordó que nunca lo había llegado a hacer. Hasta aquel día no la había usado jamás, se dijo mirando el cadáver del trasgo.
Una abrumadora oleada de recuerdos arrolló al joven: vio a su madre blandiendo aquella cuchara, sacudiendo la cabeza ante su indomable hijo y haciendo un guiño a Jilseponie como si ambas compartieran un secreto sobre Elbryan. Se acercó a su madre, se sentó junto a ella y atrajo hacia sí su cuerpo, ya rígido, para abrazarla por última vez.
Entonces rompió a llorar. Lloraba por su madre y por su padre, por sus amigos y por los padres de sus amigos, por todos los habitantes de Dundalis. Lloraba por Pony, sin saber que, si hubiera corrido hacia el pueblo en cuanto se hubo despertado, habría topado con la magullada muchacha caminando tambaleante hacia el sur.
Y también lloraba por él, por la incertidumbre y crueldad de su futuro.
Cuando el sol se puso, aún seguía abrazando a su madre, en aquel rincón de su casa, frágil eslabón con lo que había sido su vida hasta entonces. Y allí permaneció durante toda la fría noche.
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7
La sangre de Mather
—¡La sangre de Mather! —gruñó despectivamente Tuntun, una joven elfa tan pequeña que bien podía esconderse tras un arbolillo de tres años.
La melodiosa voz de Tuntun, que se tornaba chillona cuando se excitaba, hizo que los demás se agacharan y que algunos incluso se llevaran las manos a sus puntiagudas y sensibles orejas. Tuntun fingió no notarlo. Sus azules ojos parpadearon, y sus transparentes alas se agitaron, al tiempo que cruzaba los brazos sobre sus pequeños y puntiagudos pechos.
—¡El sobrino de Mather! —replicó Belli'mar Juraviel, sin apartar los ojos de Elbryan, que se movía entre las ruinas de su casa. A Juraviel no le hacía falta mirar a Tuntun para saber la postura que había adoptado, porque era más que habitual en la obstinada elfa.
—Su padre luchó valientemente —comentó un tercer elfo—. Si no hubiese sido por el fomoriano...
—Mather habría matado al fomoriano —lo interrumpió Tuntun.
—Mather empuñaba Tempestad —dijo Juraviel severamente—. El padre del muchacho sólo tenía una cachiporra.
—Mather habría estrangulado al fomoriano solamente con...
—¡Basta ya, Tuntun! —cortó Juraviel.
Incluso cuando gritaba, la voz del elfo sonaba como el límpido tañido de una campana. Pero ni a Juraviel ni a los demás elfos les preocupaba el volumen de sus voces, porque, aunque Elbryan se encontraba apenas a unos quince metros, habían levantado un escudo protector para el sonido y ningún oído humano podría haber captado nada más que unos pocos gorjeos, chirridos y susurros, sonidos que podían sin duda atribuirse a cualquier animalillo.
—La señora Dasslerond ha declarado que ese joven es una buena elección —añadió Juraviel procurando calmarse—. Tú no eres quién para poner pegas.
Tuntun sabía que era inútil discutir, así que mantuvo su postura desafiante y comenzó a golpetear el suelo con el pie, sin dejar de observar a Elbryan y sin gustarle en absoluto lo que veía. Tuntun no sentía demasiado cariño hacia los enormes y torpones humanos. Incluso Mather, un hombre al que había adiestrado y tratado durante más de cuatro décadas, la había sacado muchas veces de sus casillas con su pretenciosa resolución y estoicismo. Ahora, mirando a Elbryan, aquel jovencito lloriqueante, Tuntun apenas podía soportar la perspectiva de siete años de adiestramiento.
Además, ¿por qué el mundo necesitaba guardabosques?
Belli'mar Juraviel ahogó una risita, pues disfrutaba viendo nerviosa a Tuntun. Sin embargo, sabía que la muchacha le haría la vida imposible si se burlaba de ella, así que dio un salto, batió las alas y se elevó unos cuatro metros por encima del suelo; luego se posó en una rama, una atalaya ideal para observar los movimientos del joven que iba a reemplazar a Mather.
El dolor había agotado las fuerzas de Elbryan, y el joven se había quedado dormido. Seguía en la casa, abrazado a su madre y acariciando sus cabellos, cuando lo habían vencido las primeras oleadas de sueño. Se despertó a las primeras luces del alba... con una resolución.
Salió de la casa con los ojos aún húmedos de lágrimas y el cuerpo de su madre en los brazos. Hizo de tripas corazón ante aquel paisaje de desolación y sacó fuerzas de flaqueza para llevar a cabo un deber, el deber de enterrar a los muertos. Enfundó la espada, se hizo con una pala y comenzó a cavar. Primero enterró a sus padres, uno junto a otro, y la tarea de llenar la tumba, de arrojar la fría tierra sobre los cuerpos de sus seres más queridos, casi acabó con él.
Luego siguió con los cadáveres de Thomas Ault y de otros hombres, y sólo entonces el fatigado joven se dio cuenta del alcance de la tarea emprendida. Dundalis había tenido más de cien habitantes; ¿cuánto tiempo le llevaría enterrarlos a todos? ¿Y los cuerpos de los jóvenes que habían sido asesinados en la colina? ¿Y la otra patrulla que había combatido en la pineda del valle entre el musgo caribú?
—Un día —decidió Elbryan, e incluso su propia voz le sonó extraña en aquella surrealista situación. Tardaría un día en recoger los cuerpos, en reunirlos para enterrarlos todos juntos. Un día sería suficiente.
Pero ¿y después?, se preguntaba Elbryan. ¿Qué haría cuando hubiera acabado con aquella tarea?, ¿adónde iría? Pensó en Prado de Mala Hierba, a un día de marcha, caminando deprisa. Pensó en perseguir a los trasgos, si es que lograba encontrar sus huellas. Elbryan desechó inmediatamente tal idea, pues sabía que la cólera y los deseos de venganza que lo consumían podían obnubilarlo y destruirlo. Tenía muy claro lo que debía hacer después: por mucho que le doliera la posibilidad de lograrlo, sabía que tenía que buscar el cuerpo de Jilseponie Ault, su querida Pony.
Y así se puso manos a la obra, sacando cadáveres de las ruinas de las casas, reuniéndolos y disponiéndolos uno al lado del otro en el campo de lo que había sido la granja de Bunker Crawyer. Transcurrió medio día, pero Elbryan no se acordaba de comer. La búsqueda de Jilseponie lo mantenía en un estado creciente de agitación a medida que transcurrían las horas. Pronto se saltó los cuerpos más cercanos, dejándolos donde yacían y se concentró en su búsqueda, pues advirtió que en su desesperación estaba, quizá, siendo ineficaz y no tenía tiempo que perder. Tal carnicería atraería sin duda a otros carroñeros —felinos grandes y osos, a lo mejor— y Elbryan no estaba seguro de que los trasgos no volverían. Así que se apresuró a acarrear cadáveres, mientras seguía removiendo escombros y dando patadas a montones de trasgos muertos para ver quién podía estar debajo. Intentó ir tomando nota mentalmente de los muertos acarreados, trató de identificarlos con la gente de Dundalis ordenando sus nombres casa por casa.
La tarea lo sobrepasaba; no podía tener la certeza de la identidad de tantos cuerpos carbonizados. Uno de ellos podía ser el de Pony.
A media tarde, Elbryan sabía que estaba derrotado, sabía que no podía abrigar la esperanza de enterrar adecuadamente todos los cadáveres; tenía cuarenta alineados en el campo, así que decidió enterrar a ésos únicamente. El resto...
Elbryan suspiró abatido. Tomó la pala, se fue al campo y empezó a cavar. Transformó el dolor que lo embargaba en rabia y se encarnizó con la tierra como si hubiera sido ella, y no los trasgos, quien hubiera asaltado Dundalis para robarle todo lo que en este mundo le era familiar y agradable. Todo, todos los seres queridos.
Sus músculos se resentían, pero él hacía caso omiso; su estómago gemía por falta de comida, pero él no lo oía.
Incluso Tuntun estaba impresionada por su resistencia.
Aquella noche, Elbryan se dispuso a dormir al pie de la sierra, fuera de Dundalis.
—Pony —dijo en voz alta, necesitando escuchar una voz, cualquier voz, aunque fuera la suya.
Los elfos que lo rodeaban en silencio hicieron una pausa y aguzaron el oído, curiosos. Tuntun creyó que el muchacho estaba llamando a su montura, pero Juraviel, que había observado atentamente al muchacho y a sus amigos, sabía la verdad.
—Por favor, no estés muerta —decía Elbryan al viento suave. Cerró los ojos, humedecidos de nuevo con lágrimas por su madre y por su padre, por todos sus amigos y por toda la comunidad—. Puedo sobrevivir a esto —decía Elbryan con determinación—, pero sólo contigo.
Estaba tumbado en el suelo y cruzó los antebrazos sobre la cara.
—Te necesito Pony, te necesito.
—Un joven muchacho muy necesitado —observó Tuntun.
—Ten un poco de compasión —la reprendió Juraviel.
A poca distancia, Elbryan se incorporó de pronto, confuso.
Juraviel miró con fiereza a Tuntun, pues la agria actitud de ésta los había forzado a pronunciar aquellas palabras antes de levantar el escudo protector de sonido.
Elbryan desenvainó su corta espada, escrutando las sombras con cautela.
—Venid y enfrentaos a mí —ordenó, y no había temor en su voz.
Tuntun asintió con la cabeza.
—Oh, qué valiente —dijo con sarcasmo.
Juraviel asintió pero su admiración era sincera. El joven había dejado repentinamente de ser un chico, había pasado por el dolor y por el miedo. Sin duda era valiente —no estaba representando un papel—, y se enfrentaría de buen grado a cualquier enemigo que encontrara sin miedo a la muerte.
En unos instantes, los nervios de Elbryan empezaron a resentirse un poco. Se desplazó hasta el árbol más cercano, se puso al acecho y luego corrió hacia el siguiente. Los elfos, por supuesto, tenían pocos problemas para mantenerse delante de él, en silencio y fuera de su vista. Después de unos minutos, el joven empezó a relajarse; pero, a pesar de la fatiga, se daba cuenta de que no debía permanecer tan vulnerable en aquel espacio abierto. No pudo encontrar por allí cerca ningún lugar adecuado para defenderse, pero quizá podría reforzar el suyo. Se puso a trabajar con serenidad, metódicamente, utilizando el cordón de su camisa, su cinturón, cualquier cosa que pudo encontrar para convertir los arbolitos en trampas.
Los elfos vigilaban cada movimiento, algunos con respeto, otros con una actitud de total superioridad. Las trampas de Elbryan no podían atrapar una ardilla; ciertamente cualquier elfo podía ir corriendo hasta una de ellas y desatarla antes de que se disparara, restaurarla y huir corriendo por el otro lado.
—¡La sangre de Mather! —observó Tuntun más de una vez.
Juraviel, el principal patrocinador de Elbryan además de la señora Dasslerond, no le hizo ni caso. Se acordó de Mather al principio de su legendaria carrera de guardabosque, un chico más bien torpe, no más apto y probablemente incluso con menos recursos que Elbryan.
En una hora, el joven hizo lo que pudo, y no era mucho. Encontró un pino alto con ramas colgando hasta muy abajo, se deslizó debajo de ellas y se encontró dentro de una tienda natural. Sólo la más aguda de las miradas podía descubrirlo bajo aquel toldo protector, pero naturalmente su campo visual resultaba muy limitado. Apoyó la espalda en el tronco del árbol y dejó la espada sobre su regazo. Importunado por la sensación de que no estaba solo y creyendo que estaría a salvo si resistía hasta el alba, trató enérgicamente de mantenerse despierto. Pero el abatimiento lo venció, sus párpados se cerraron, y se quedó dormido sentado.
Los elfos se iban acercando.
Algo despertó a Elbryan; ¿música?, ¿una suave canción que apenas podía percibir? No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido. ¿Era muy temprano?, ¿o había dormido hasta bien avanzado el día?
Incorporándose sobre las rodillas, avanzó a gatas hasta el extremo del toldo protector y, con sumo cuidado, apartó una de las ramas.
La luna, Sheila, estaba allá arriba, pero no justo encima de él. Elbryan trató de calcular cuánto rato había dormido y supo que no habían sido más de un par de horas. Hizo una pausa y escuchó con atención; seguro que había algo por allí afuera que escapaba de su vista.
Una suave melodía vibró en su oído, en algún lugar, en el límite de su conciencia. Era serena y dulce, pero eso no bastaba para tranquilizar a Elbryan.
La música continuaba y continuaba; a veces parecía aumentar de volumen, como si sus enemigos estuvieran a punto de atacarlo desde las sombras, pero entonces disminuía hasta llegar a ser casi inaudible una vez más. Elbryan apretó la empuñadura de la espada con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. No era Pony quien estaba allí afuera, lo sabía; no era nada humano. Para el joven que acababa de sobrevivir a un ataque de trasgos, tal conclusión sólo podía significar una cosa.
Debía permanecer escondido. Sabía que su mejor defensa frente a los trasgos radicaba en pasar inadvertido; su única esperanza era conseguir mantenerse lo más lejos posible de ellos. Pero lo espoleaba pensar en su familia y amigos asesinados, pensar en Pony. Pese a sus muy reales temores, Elbryan quería vengarse.
—Te dije que era valiente —susurró Juraviel a Tuntun cuando Elbryan se deslizó hacia afuera por debajo de las ramas de pino.
—Más bien estúpido —corrigió Tuntun sin vacilar.
De nuevo Juraviel hizo caso omiso del insulto a Elbryan. Tuntun también había creído al principio que Mather era estúpido. Juraviel hizo una señal a sus compañeros y partieron.
La persistente canción mágica, que permanecía en el límite de su conciencia, sedujo a Elbryan bastantes minutos. Luego cesó de pronto, y el repentino silencio fue para el muchacho como el despertar de un sueño. Vio que se encontraba de pie en medio de un claro casi circular, un pequeño prado rodeado de árboles altos. La luna brillaba sobre las ramas situadas más hacia el este, lanzando rayos oblicuos sobre él; se dio cuenta de lo insensato que había sido y de lo vulnerable que era en aquel momento. Se agachó y se dirigió hacia el extremo del claro, pero se detuvo casi inmediatamente y se irguió, con la mirada atenta y la boca abierta.
Dio una vuelta circular completa y vio cómo docenas de criaturas de un aspecto para él desconocido penetraban en el perímetro del claro. No eran más altos que él y pesaban bastante menos que sus cuarenta kilos. Eran de estructura ligera, delicados y hermosos, con una piel que casi parecía translúcida a la luz de la luna, rasgos angulosos y orejas puntiagudas.
—¿Elfos? —susurró Elbryan. El nombre le llegaba desde algún lugar lejano de su memoria; eran protagonistas de leyendas tan remotas que el joven, aturdido, no tenía ni idea de cómo comportarse ante aquellas criaturas.
Los elfos se dieron las manos y empezaron a andar en círculo alrededor de él, y sólo entonces Elbryan advirtió que estaban cantando. Las sílabas llegaban a él con claridad, aunque formaban palabras que no podía comprender, distantes sonidos melódicos que de alguna manera reconocía como parte de la mismísima tierra. Sonidos tranquilizadores, pero que aumentaban el pánico del desafiante Elbryan. Echó un vistazo en torno, tratando de fijarse en cada una de las criaturas con objeto de averiguar quién era el jefe.
El ritmo aumentó. A veces se daban las manos, y otras veces se soltaban, se alejaban unos de otros, y giraban dando graciosas piruetas. Elbryan no podía concentrarse; cada vez que se fijaba en un individuo, algún movimiento al fondo de su campo visual o alguna nota más alta en el coro lo distraía. Y, cuando volvía a mirar al punto original, el elfo individual se había esfumado, integrándose en el conjunto de criaturas, todas ellas seguramente parecidas unas a otras.
La danza se intensificó, los pasos, los giros. Cuando los elfos se separaban para realizar sus piruetas, los que no giraban se levantaban del suelo como por arte de magia —ya que, a la luz de la luna, Elbryan no podía ver sus delicadas alas— y flotaban y revoloteaban para aterrizar de nuevo en el mismo lugar.
Demasiadas imágenes asaltaban al pobre Elbryan. Trató de rechazarlas, cerró los ojos, y varias veces blandió la espada e inició un ataque, con intención de romper el anillo y escapar hacia el bosque. Pero era inútil, ya que, si bien empezaba a avanzar en línea recta, enseguida se veía inevitablemente arrastrado por el flujo de los bailarines y giraba en círculo hasta que la multitud de imágenes y la dulce melodía lo absorbían por completo.
Se dio cuenta de que se le había caído la espada al suelo y que sería una buena idea recuperarla; pero la canción...
¡La canción! Había algo en ella que le impedía irse. Más que percibirla con el oído, la sentía como una tierna vibración a lo largo de todo el cuerpo. Lo acariciaba y lo atraía. Le hacía evocar imágenes de un mundo más joven, un mundo más claro y más brillante; le decía que aquellas criaturas no pertenecían a la raza de los perversos fomorianos, que eran amigos en quienes se podía confiar.
Elbryan, lleno de dolor y rabia, rechazó aquella idea con fiereza y resistió de pie mucho más tiempo de lo que habría sido de esperar en un simple ser humano. Gradualmente, sin embargo, su resolución y su resistencia se fueron debilitando. Y aceptó la invitación de la tierra suave.
Estaba tumbado; eso fue lo último que pensó.
—La sangre de Mather —refunfuñó Tuntun mientras la caravana de elfos se ponía en marcha con Elbryan; lo transportaban en una cama flotante tejida con hilo de seda, plumas y música.
—Puedes continuar diciendo ese latiguillo —replicó Juraviel. Mientras hablaba, el elfo tocó con los dedos una piedra verde, una serpentina, y sintió sus sutiles vibraciones. Normalmente una magia tan trivial no serviría frente a alguien tan experto como Tuntun, que había visto el nacimiento y la muerte de varios siglos; pero la elfa estaba claramente distraída a causa de su aversión por el trabajo de aquella noche.
—¡Voy a seguir diciéndolo! —insistió Tuntun, pero su jactancia se perdió en el susurro de un arbolito al agitarse. La ágil hembra trató de deslizar su pie fuera de la trampa que Elbryan había tendido con su cinturón, y se cayó al suelo de forma bastante poco ceremoniosa, a pesar de que batía sus alas con energía.
La mirada que dirigió a Juraviel, cuando éste soltó una carcajada, fue casi amenazadora. Sabía, cuando hubo atado los cabos sueltos, que era imposible que ella hubiera caído en una trampa tan rudimentaria a menos que hubiera intervenido algo de magia.
No le costó mucho suponer quién era el responsable de tal magia.
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8
El Preparador

Las tareas previstas eran muy duras, pues estaban pensadas para encontrar los puntos débiles y eliminar a aquellos que no encajarían con los rigores cotidianos de la orden de Saint Mere Abelle. Para los cuatro candidatos a Preparadores seleccionados, Avelyn y Quintall, Thagraine y Pellimar —dos estudiantes de la promoción del año 815 del Señor— la vida era aun más difícil. Además de sus deberes diarios como estudiantes de primero y segundo año en la abadía, tenían la tarea adicional de preparar su viaje a Pimaninicuit.
Después de las vísperas, sus compañeros de clase se arrodillaban para rezar durante una hora, pasaban otra escribiendo, y se retiraban temprano para meditar y dormir a fin de recuperar fuerzas para las tareas del día siguiente.
Pero para los cuatro Preparadores empezaba entonces un régimen de cuatro horas de estudio. Cada uno de ellos estaba asignado a un padre, y estudiaban el Halo y los mapas que determinaban la fecha astronómica, que a su vez indicaría un período de lluvias. Aprendían náutica, cómo navegar con ayuda de las estrellas del cielo nocturno, y cómo aquellas estrellas cambiarían si el barco en el que navegaban los monjes cruzaba determinadas latitudes. Aprendieron a hacer nudos de múltiples maneras, necesarios para diversos usos a bordo de los barcos de vela. Aprendieron las normas en la mar, las reglas de las anchurosas aguas, y aprendieron, por encima de todo, las propiedades de varias piedras y cómo debían prepararlas después de la lluvia.
Para Avelyn, las lecciones nocturnas eran la promesa de sus mayores aspiraciones. Pasaba con maese Jojonah la mayor parte de las noches, y consolidó su reputación hasta llegar a ser considerado el más brillante estudiante de Saint Mere Abelle de las últimas décadas. Al cabo de sólo dos semanas sus predicciones de los desplazamientos astronómicos eran perfectas, y en menos de un mes era capaz de recitar todas las piedras mágicas conocidas, desde la adamita a la turquesa, junto con sus propiedades más importantes y los mayores efectos mágicos conocidos de cada una de ellas.
Maese Jojonah miraba al joven hermano con orgullo creciente, y Avelyn reconocía que el anciano lo consideraba su protegido. Era tranquilizador, advirtió Avelyn, pero a la vez le exigía una mayor responsabilidad. Algunos de los otros padres, Siherton en particular, lo observaban atentamente, muy atentamente, buscando un pretexto para censurarlo. A Avelyn le parecía como si se encontrara en medio de una competición entre los dos ancianos.
Aquello preocupaba al joven monje profundamente. Ver tal fragilidad humana en los padres de Saint Mere Abelle chocaba con lo más profundo de su fe. Aquéllos eran hombres de Dios, los hombres más próximos a Dios, y aquellas actitudes tan frívolas disminuían el prestigio de la iglesia abellicana. Lo único que debería importar era la consecución de las piedras. Por lo que se refería a sus compañeros Preparadores, jóvenes con los que tendría que competir a fin de ser uno de los dos seleccionados para desembarcar en la isla de Pimaninicuit, Avelyn no establecía rivalidad alguna. Se alegraba tanto de los éxitos de los demás como de los suyos. Si demostraban ser los mejores, él lo atribuía, obviamente, a la voluntad de Dios. Los que demostraran ser los dos mejores desembarcarían en la isla; lo que importaba era el éxito del viaje, el logro del mayor don de Dios a la humanidad.
Pronto se hizo evidente a los padres observadores que Avelyn Desbris sería uno de los dos seleccionados. Durante las largas horas de estudio nocturno, ninguno de los otros tres Preparadores consiguió igualarlo; cuando ellos aún estaban enfrascados en los mapas de estrellas, Avelyn ya estaba estudiando los específicos humores que causaban la reacción «mágica», y ya había superado el reconocimiento de las piedras al tacto y a la vista, y el reconocimiento de su intensidad potencial mediante su brillo, forma y color. Después de sólo cinco semanas de un programa de adiestramiento de cuatro años, era prácticamente seguro quién ocuparía el primer lugar entre los Preparadores. Si Avelyn no caía enfermo, los otros tres tendrían que competir tan sólo por la única plaza restante para desembarcar en Pimaninicuit.
El adiestramiento cotidiano no resultaba ni fácil ni atractivo para Avelyn. Encontraba aburridos e incluso triviales los numerosos rituales de oración, en comparación con las revelaciones que descubría todas las noches. Las ceremonias con velas, la cuerda del cubo de agua, el transporte de piedras para las nuevas secciones de la abadía, el honor de pertenecer a la promoción del año 816 del Señor, no se podían comparar con los misterios de las piedras donadas por Dios. Lo peor de todo, y lo más intenso, era el adiestramiento físico. Todos los días, desde la salida del sol hasta el mediodía y sin más que una hora de descanso —media para comer y media para rezar—, los estudiantes se reunían en el patio para asistir a una lección de artes marciales o corrían descalzos por las escabrosas murallas de la abadía o nadaban en las heladas aguas de la Bahía de Todos los Santos. Durante meses aprendieron a caer y a rodar; fortalecieron los cuerpos golpeándose y golpeándose unos a otros hasta que la piel se les insensibilizaba. Se familiarizaron con las llaves de ataque y defensa repetidas lenta e interminablemente hasta grabar en sus doloridos músculos la memoria de los movimientos. Durante el primer año debían estudiar las técnicas de la lucha sin armas, pegando con los puños y agarrando. Luego pasarían al manejo de las armas. Fuera con armas o sin ellas, debían defenderse del contrincante golpeándolo sin piedad. La perfección física era la meta; se decía que un monje de Saint Mere Abelle podía vencer a cualquier hombre, y los padres parecían decididos a mantener intacta esa reputación.
Avelyn no era el peor de su clase, pero en verdad no estaba cerca del mejor: Quintall. El novicio bajo y rechoncho se entregaba a los entrenamientos marciales con tanta impaciencia como la que Avelyn mostraba en los estudios durante la noche. A medida que avanzaba el año, mientras Avelyn se alejaba de los otros tres candidatos Preparadores, llegó a temer los combates diarios con cualquiera de sus compañeros, especialmente con Quintall. Se suponía que no debían albergar ira contra el oponente sino respeto, y que debían aprender uno del otro, pero Quintall gruñía cada vez que los padres lo emparejaban con Avelyn.
Avelyn comprendía los motivos de Quintall, sabía que aguardaba ese momento para pasar cuentas por la rivalidad en el trabajo nocturno. No podía vencer a Avelyn en los estudios de las Piedras del Anillo, pero durante el día lograba cierta compensación. En la mayoría de las maniobras, se suponía que los monjes no debían emplear toda su fuerza, pero Quintall a menudo dejaba a Avelyn sin aliento; y, si bien no se permitían golpes por encima de los hombros, en más de una ocasión Quintall propinó un «golpe de serpiente» en la garganta de Avelyn haciéndolo caer de rodillas sin resuello.
—¿Así es como piensas llegar a la isla? —le preguntó Avelyn después de uno de esos accidentes; los fingidos descuidos se habían repetido con excesiva frecuencia, y Avelyn había llegado a la conclusión de que Quintall quería ganar la competición de esa manera.
La mirada con que le respondió el novicio no aquietó demasiado sus sospechas. Avelyn jamás había visto una expresión tan maligna como la de Quintall, y se le puso la piel de gallina al pensar que no faltaba demasiado para que empezara el entrenamiento con armas, durante el cual las heridas podrían ser mucho más graves.
Lo que le preocupaba más era que, si él podía darse cuenta de lo que estaba pasando, también podían hacerlo los padres, que observaban de cerca cada uno de los movimientos de los estudiantes. La orden de Saint Mere Abelle daba mucha importancia al entrenamiento físico; quizá se esperaba que Avelyn aprendiera a defenderse contra semejantes tácticas. Quizás aquel adiestramiento era un complemento del adiestramiento nocturno que Avelyn consideraba más importante. Al fin y al cabo, si no podía sobrevivir en el patio de la abadía, ¿qué posibilidades iba a tener en el imponente y salvaje océano?
Contempló cómo Quintall se alejaba de él con paso seguro e incluso orgulloso. Avelyn juntó las manos e, inclinando la cabeza, cerró los ojos y empezó a urdir su defensa para la próxima vez que tuviera que emparejarse con Quintall.
Todos los problemas cotidianos desaparecían en cuanto Avelyn se entregaba a su verdadero trabajo, generalmente bajo la tutela de maese Jojonah. Algunas veces aquel trabajo implicaba estudios exhaustivos, lecturas de un texto tras otro y ejercicios de recitación tan rápida que con frecuencia Avelyn continuaba recitando después de haberse retirado a dormir. Otras noches, Avelyn y maese Jojonah iban al tejado y se apretujaban para defenderse de la brisa helada del mar. Sentados, contemplaban las estrellas. A veces se cruzaban alguna pregunta, pero casi siempre guardaban un silencio tan espeso como la noche. Las enseñanzas de maese Jojonah eran vagas en el mejor de los casos, pero Avelyn llegó a comprenderlas en su corazón. A fuerza de contemplar el cielo nocturno y reconocer el menor centelleo de luz, llegó a familiarizarse con las estrellas de modo que no sólo conocía sus nombres sino que podía darles otros que él mismo inventaba.
A Avelyn le encantaban esas noches. Se sentía muy cerca de Dios, de su madre muerta, de toda la humanidad, vivos o muertos. Se sentía una parte de la más vasta y alta verdad, en comunión con el universo.
Pero el callado respeto que le infundía la contemplación de las estrellas ocupaba un distante segundo lugar en la lista de obligaciones preferidas. Su entusiasmo real y su corazón resplandecían las noches en que él y maese Jojonah estudiaban las piedras. Había casi cincuenta tipos distintos en la abadía, cada uno con sus propiedades particulares, y cada piedra poseía su propia y particular intensidad. Algunas piedras tenían múltiples utilidades: la hematites, por ejemplo, podía usarse para simples experiencias extracorporales, para poseer otro cuerpo, para dominar un espíritu ajeno y también para curar heridas físicas de otra persona.
Avelyn aprendió todos los usos de todas las piedras, y poco a poco fue sensibilizando sus dedos a los humores mágicos que poseían las piedras que tocaba. Si cogía dos piedras iguales, podía rápidamente percibir cuál era la más poderosa.
Jojonah asentía como si semejantes aciertos fueran lo natural y lógico en cualquier estudiante, pero en realidad al padre no dejaban jamás de asombrarlo los progresos de su alumno. Sólo había en la abadía otros cuatro monjes —tres padres y, el cuarto, el propio abad Markwart— que fuesen capaces de distinguir la intensidad mágica, y esa facultad había sido decisiva para la promoción de Dalebert Markwart a la jerarquía más alta, pues su rival principal no pudo determinar la intensidad mágica de determinadas piedras.
Y, ante los asombrados ojos de Jojonah, un joven novicio, un hombre con sólo veinte inviernos, llevaba a cabo hazañas que podrían poner en apuros los poderes del abad de Saint Mere Abelle.
—Es una noche nublada —se atrevió a comentar Avelyn una fría noche de noviembre mientras subía tras maese Jojonah la escalera de la torre hacia la atalaya donde solían mirar las estrellas.
Maese Jojonah no se molestó en contestar y siguió escaleras arriba; Avelyn sabía que era preferible no insistir.
El novicio se quedó más que sorprendido cuando, al llegar a lo más alto de la torre, advirtió que los estaban esperando maese Siherton y el padre abad. Siherton tenía en las manos un pequeño diamante del que surgía suficiente luz para que Avelyn pudiera distinguir claramente las facciones del monje. El novicio hizo una reverencia y mantuvo la mirada clavada en el suelo incluso después de enderezarse, concentrando la atención en las junturas negras de las losas que se distinguían perfectamente a la clara luz del diamante. Llevaba varios meses en la abadía y sólo había visto al padre abad un puñado de veces, normalmente a la hora de vísperas, cuando los superiores más ancianos presidían la celebración.
Los tres padres se dirigieron hasta el extremo de la torre hablando entre ellos. Avelyn intentó no escuchar, pero captó retazos de la conversación, sobre todo quejas de Siherton acerca de que aquello no se atenía al estricto procedimiento.
—No es una prueba ni necesaria ni sensata para un estudiante de primer año —argumentaba el fornido padre de rostro aguileño.
—No se trata de una prueba, sino de una demostración —replicó Jojonah alzando la voz sin darse cuenta.
—Una demostración de presunción, más bien —gruñó Siherton—. La plaza ya está asegurada —añadió—. ¿Por qué seguir presionando?
Jojonah golpeó el suelo con un pie y señaló a Siherton con un dedo acusador. Avelyn desvió la vista de tan incómodo espectáculo; le incomodaba ver reñir a los padres, ¡sobre todo al darse cuenta de que discutían sobre él!
Se puso a recitar las plegarias de la noche para no oír nada más. Captó una referencia de maese Jojonah acerca de lo peligrosos que estaban resultando los ejercicios rutinarios de las mañanas.
Por fin, el padre abad Markwart interrumpió la conversación alzando una mano. Condujo a los dos padres hasta donde estaba Avelyn y ordenó al joven que lo mirara.
—Se trata de algo infrecuente —dijo con toda tranquilidad—. Y que quede bien claro, maese Siherton y maese Jojonah, que no es ni una prueba ni una demostración, y que es irrelevante para la decisión que debe tomarse acerca de Pimaninicuit. Baste con decir que servirá sólo para mi propio placer, para satisfacer mi curiosidad.
Luego clavó en Avelyn una mirada serena y reconfortante.
—He oído hablar mucho de ti, hijo mío —le dijo—. Maese Jojonah dice que has hecho muchos progresos.
Avelyn estaba demasiado pasmado para responder.
—¿Has usado las piedras?
A Avelyn le llevó tiempo registrar la pregunta. Luego asintió sin poder articular palabra.
—Has ascendido a bastante altura con la hematites, según cuenta maese Jojonah —siguió diciendo el abad—. Y has encendido las chimeneas de muchas habitaciones con los pequeños cristales de celestita.
Avelyn asintió de nuevo.
—Lo mejor fue la hematites —logró decir.
El abad sonrió con afabilidad.
—Satisface mi curiosidad —le rogó a Avelyn.
Le tendió la mano izquierda y le mostró tres piedras: una malaquita, bordeada de sombras verdes; un ámbar resplandeciente y liso, y un trozo plateado de crisólito, la más grande de las tres, con largas y estrechas rayas paralelas que iban de lado a lado.
—¿Las conoces? —le preguntó Markwart.
Avelyn las clasificó mentalmente. Conocía las propiedades mágicas de las tres, aunque le extrañó que, dada la disparidad de esas propiedades, el padre abad Markwart se las mostrara todas juntas. Asintió con la cabeza.
Markwart le tendió las piedras.
—¿Captas su intensidad? —preguntó mirando a Avelyn a los ojos. El novicio se dio cuenta de que el abad necesitaba saber la verdad, que necesitaba estar absolutamente seguro.
Avelyn cogió las piedras, cerró los ojos y las fue pasando de una mano a la otra para poder calibrar su fuerza mágica. Poco después abrió los ojos, fijó su mirada en el abad y asintió otra vez.
—¿Por qué has elegido esta combinación? —se atrevió a intervenir maese Jojonah.
El abad, cuyos ojos brillaban a la luz del diamante, le impuso silencio con un ademán. Sin embargo, Jojonah hizo amago de volver a protestar; Markwart lo cortó.
—¡Ya te avisé de las condiciones! —gruñó.
Avelyn tragó saliva; nunca había imaginado tanta furia en un hombre tan apacible, en el ser más bondadoso del mundo.
—¡No permitiré que se utilice el rubí cerca de Saint Mere Abelle! —siguió diciendo el padre abad Markwart—. ¡No correré semejante riesgo sólo para alentar el orgullo de uno de tus alumnos!
Miró a Avelyn y sonrió de nuevo, pero había poca amabilidad o consuelo en aquella mueca apremiante.
—¡Si el hermano Avelyn no puede utilizar estas sencillas piedras que le he dado, no tiene ni siquiera derecho a sostener esta otra!
Tendió entonces la otra mano, y la abrió para exhibir la más bella y perfecta gema que Avelyn jamás había visto.
—Corindón —explicó el padre abad—. Un rubí. Antes de dártela, comprende que lo que te pido es por supuesto peligroso.
Avelyn asintió con la cabeza y alargó la mano para coger la gema, demasiado pasmado para apreciar por completo la gravedad de la voz del anciano. Markwart se la entregó.
—El acertijo está ante ti —explicó el padre abad—. No hay barcos. Descífralo.
Dicho esto, caminó hacia el extremo más alejado de la torre e hizo una seña a los dos padres para que se reunieran con él.
Avelyn los observó atentamente. El padre abad Markwart parecía perversamente nervioso; el brillo de sus ojos tenía un aspecto casi maníaco y ciertamente aterrador. Ni maese Siherton miraría de semejante modo, y Avelyn tuvo la sensación de que aquel hombre deseaba que fallara. Maese Jojonah era el que estaba más nervioso pero de una manera amable. Avelyn podía oler el miedo del hombre, miedo por la seguridad de Avelyn, y sólo entonces el joven monje ponderó adecuadamente lo que iba a hacer y el riesgo que entrañaba.
—Descífralo —dijo de nuevo el padre abad con premura.
Avelyn inclinó la cabeza y examinó las piedras. El rubí vibraba en su mano, conteniendo su intensidad y su tensión mágicas. Avelyn comprendió lo que podía hacer con aquella gema y, cuando se detuvo a considerar las implicaciones para los otros monjes si utilizaba el rubí en primer lugar, el acertijo no le pareció tan difícil. El padre abad Markwart había expresamente mencionado que no había barcos; Avelyn comprendió adónde se suponía que tenía que ir. Malaquita, ámbar, crisólito, rubí, en ese orden.
Avelyn reflexionó y estudió la secuencia y sus implicaciones. Tendría que tener no una sino dos piedras ya en uso cuando invocara los poderes del rubí. Había utilizado una vez dos piedras juntas, una hematites y un crisoberilo que le permitieron salir de su cuerpo sin incitarlo a tomar posesión de ninguna forma con la que se cruzó. ¿Pero tres?
Avelyn respiró hondo, y deliberadamente preservó sus ojos de la mirada impaciente de los observadores.
«Primero la malaquita», se dijo a sí mismo; se encaminó hacia la baranda de la torre y contempló el mar, negro y atronador, situado a un centenar de metros más abajo. Avelyn agarró con firmeza la malaquita, sintió su hormigueo y su fluir mágico en la mano, luego en el brazo y en todo el cuerpo. Y entonces se sintió más ligero, extrañamente ligero, casi tanto como cuando se había convertido en un espíritu andante gracias a la hematites. Se encaramó a la baranda de la torre, y su cuerpo inició una suave y controlada caída.
Avelyn trató de no pensar en la realidad de su situación, mientras los muros de la torre se deslizaban delante de él. La pared del acantilado debajo de la torre era menos lisa y vertical, y tuvo que impulsarse hacia afuera, tratando de separarse de la abadía.
Mientras se acercaba al embate de las olas, Avelyn puso el ámbar en la mano que sostenía la malaquita e invocó sus poderes.
Se posó con facilidad sobre las olas, y se enfadó consigo mismo por no haber hecho andar a su cuerpo horizontalmente por el acantilado para aterrizar en el muelle. No tenía sentido preocuparse ahora por aquel detalle, decidió; así que mantuvo la malaquita en funcionamiento hasta que recuperó el equilibrio, y luego, respirando profundamente, la soltó.
Ahora sólo tenía en funcionamiento el ámbar, y gracias a él se mantenía sobre el agua. Respirando profunda y pausadamente, acrecentó su confianza en la piedra y caminó por encima de las aguas; sus pies apenas se hundían en aquella superficie ondulante.
Miró por encima del hombro varias veces mientras se alejaba de la abadía. Tuvo que caminar lo bastante para que el uso del rubí no pusiera en peligro el edificio, e incluso todavía más para que los dos padres y el abad pudieran contemplar la prueba desde la torre.
Avelyn invocó el crisólito, una piedra que nunca antes había puesto a prueba. Conocía sus reputadas propiedades, por supuesto, pero jamás había intentado usarlas. Maese Jojonah la había utilizado una vez en presencia de Avelyn, cuando había sacado una gema de una chimenea encendida, y el joven monje se concentró en aquel hecho para poder tener fe en la protección que podía prestarle.
Por fin llegó el momento. Estaba muy lejos de la orilla, y se mantenía firme sobre las retumbantes olas, con el poderoso escudo del crisólito protegiéndolo. Avelyn cogió el rubí.
—A lo mejor se ha hundido bajo las aguas —dijo secamente Siherton—. En tal caso, nos costará mucho trabajo recuperar las piedras.
El padre abad Markwart rió entre dientes, pero maese Jojonah no le veía la gracia.
—El hermano Avelyn es más importante para nosotros que todas las piedras de Saint Mere Abelle juntas —aseveró, lo cual atrajo miradas incrédulas de sus dos compañeros.
—Me parece que te has encariñado demasiado con ese novicio —comentó el padre abad.
Pero el anciano no pudo proseguir porque se le cortó la respiración cuando una tremenda bola de fuego emergió violentamente del mar, y anillos de llamas abrasadoras se esparcieron por doquier a partir de un punto central en donde los tres sabían que se encontraba Avelyn.
—¡Rezad para que la protección del crisólito sea eficaz! —dijo con voz entrecortada Markwart, completamente asombrado por la intensidad y la magnitud de la erupción. ¡El rubí era potente, pero aquello era absurdo!
—¡Os lo dije! —repetía sin cesar maese Jojonah—. ¡Os lo dije!
Incluso Siherton tenía poco que objetar. Miraba, tan impresionado como sus compañeros, mientras la bola de fuego se ensanchaba y se revolvía como si el océano se alzara para protestar con tal violencia que los tres podían oírlo con claridad, y las aguas de la superficie se convertían en vapor que se arremolinaba en una espesa niebla. ¡El hermano Avelyn era poderoso, sin duda!
Y con toda certeza estaba muerto, advirtió Siherton, aunque se sentía demasiado perturbado para manifestarlo en aquel momento. Si Avelyn había concentrado tanta energía suya en el rubí, probablemente había dejado deslizar el escudo del crisólito. En ese caso, ya sólo era una cosa carbonizada, arrastrada por la corriente hasta el fondo del puerto.
Los tres estuvieron esperando largo tiempo; Jojonah se sentía cada vez más afectado, Markwart repetía con resignación «¡Qué pena!», y Siherton parecía estar a punto de reír sofocadamente.
De pronto se oyó un ruido justo debajo de donde se encontraban, un profundo jadeo como el que se emite tras un violento ejercicio. Se precipitaron a la baranda y miraron hacia abajo. Siherton inclinó el diamante, y su luz iluminó al hermano Avelyn, ojeroso pero vivito y coleando; el novicio aferraba con una mano la malaquita y con la otra se apoyaba en el muro impulsando su cuerpo casi ingrávido hacia arriba. Tenía el hábito marrón destrozado y chorreando, y todo él olía a chamusquina.
Cuando llegó al borde de la torre, Jojonah tiró de él.
—Algunas llamas consiguieron pasar —explicó Avelyn temblando, con la cabeza baja de vergüenza y los brazos abiertos para mostrar el desastroso estado de su ropa—. Tuve que abandonar el poder del ámbar por un momento y sumergirme.
Sólo entonces Jojonah se dio cuenta de que tenía los labios morados. Miró fijamente a Siherton y, como éste no reaccionaba le arrebató el diamante. La luz se apagó unos instantes, para enseguida volver a brillar con más intensidad aún. Y con más calor. Jojonah acercó el diamante a Avelyn, y el joven monje notó que el calor le iba penetrando en sus doloridos y helados miembros.
—Lo siento —dijo Avelyn al abad Markwart sin dejar de tiritar—. He fracasado —añadió devolviéndole las cuatro piedras.
El abad Markwart se echó a reír con las carcajadas más sinceras que Avelyn jamás había oído. Sin dejar de desternillarse de risa, el anciano se metió en el bolsillo las cuatro piedras; luego apretó el puño vacío y con un anillo que llevaba puesto, adornado con un diminuto diamante, se proporcionó luz. Hizo una seña a Siherton para que lo siguiera, y ambos se dirigieron hacia la escalera.
Maese Jojonah esperó a que desaparecieran; luego obligó a Avelyn a alzar la cabeza para que el joven lo mirara directamente a los ojos, de un suave color castaño.
—Estarás entre los dos escogidos para ir a la isla de Pimaninicuit —le dijo con plena seguridad.
Después condujo a Avelyn abajo, hacia el calor de los pisos inferiores. Avelyn se desnudó y se envolvió en una manta; luego se sentó a solas con sus pensamientos ante la chimenea. Aunque la prueba de las cuatro piedras, el alto muro y el mar helado lo habían agotado, aquella noche no pudo conciliar el sueño.
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9
Touel'alfar

Hacía calor; Elbryan notó primero una sensación suave y húmeda en la piel. Poco a poco fue recuperando la conciencia, como si regresara de un apartado lugar. Durante un buen rato siguió acostado disfrutando de aquella reconfortante sensación de calor, al borde de la conciencia. Para el muchacho que había presenciado aquella espantosa carnicería era preferible aquel estado de semiinconsciencia.
Cuando el recuerdo de Dundalis, de sus padres muertos, derribó sus defensas arrebatándole la calma y la tranquilidad, el joven abrió los ojos, de color verde oliva.
Estaba en un terraplén cubierto de musgo, una suave pendiente que le había permitido tener la cabeza a un nivel más alto que los pies. Lo rodeaba una espesa y templada niebla que era una caricia para el cuerpo y un alivio para los sentidos, y no se veía nada a más de un metro de distancia. Apoyándose en los codos, Elbryan cayó en la cuenta de que también los sonidos quedaban atrapados y amortiguados por la niebla. Comprendió que se encontraba en un bosque pues las hojas caídas le cubrían los tobillos. Su instinto —algo que flotaba en el aire, quizás el aroma— le indicó que no era la ladera que conducía desde Dundalis a la cima de la sierra, la ladera en la que había topado con...
¿Con qué?, se preguntaba Elbryan, no encontrando explicación acerca de qué o quiénes podían ser aquellas delicadas criaturas aladas.
Pese a los cardenales, resultado de su lucha con los trasgos, pese a las heridas leves y a la incomodidad de la noche que había pasado en las ruinas de su casa, no sentía en los miembros ni dolor ni entumecimiento. Se incorporó y giró sobre sí mismo hasta colocar las piernas debajo. Lentamente se puso en cuclillas y observó con detenimiento la zona intentando adivinar dónde se encontraba.
Era un bosque viejo, a juzgar por los troncos nudosos y retorcidos de los árboles cercanos que se vislumbraban entre la niebla. En el cielo, el sol parecía una mancha gris. «El oeste», decidió Elbryan tras contemplarlo un rato, pues su instinto y su sexto sentido se empeñaban en clasificar las cosas. El muchacho creía que el sol estaba en el oeste, a medio camino entre el mediodía y el ocaso.
No faltaba mucho tiempo para que la noche lo rodeara. Se puso en pie, pero un poco encorvado pues se sabía vulnerable a pesar de la espesa niebla. Su mente racional le aconsejaba salir de ella para poder observar la zona, pero los sentidos físicos le impedían abandonar el abrigo de la bruma.
Desoyó los sentidos y echó a andar ladera arriba para salir de aquella manta gris. Caminaba deprisa, y a menudo tropezaba y se maldecía a sí mismo en silencio cada vez que hacía un ruido. Durante unos minutos avanzó entre la niebla, y salió de ella tan repentinamente que casi tropezó del susto. En el preciso instante en que se aclaró el aire en torno, lo abofeteó un viento impetuoso, no a ráfagas sino con una fuerza constante. Elbryan miró los pocos metros que lo separaban de la inmóvil niebla, ladera abajo. Le pareció como si aquella niebla de algún modo detuviera los vientos, o por lo menos escapara a ellos; pero ¿cómo era posible?
Los ojos de Elbryan se abrieron desmesuradamente ante otro inexplicable misterio cuando observó la pendiente que ascendía y ascendía más y más desde el punto donde se encontraba, atrayéndolo y haciendo que se sintiera totalmente insignificante y minúsculo. Sabía que no estaba en ningún lugar cercano a Dundalis, pues la montaña no se parecía en nada a las suaves y boscosas colinas de su país. Estaba en la cara oeste de una montaña, en una cordillera enorme e impresionante, mirando hacia un valle oval cubierto de niebla y situado entre imponentes picachos. Más arriba, no muy lejos, Elbryan vio nieve en aquella montaña y en todas las demás, una nieve que muy bien podía ser perpetua.
Sacudió la cabeza con un gesto de desamparo. ¿En qué lugar de Corona se encontraba? ¿Y cómo había llegado hasta allí?
Los ojos del joven se abrieron aun más y miró en torno con desesperación.
—¿Estoy muerto? —preguntó al viento.
No hubo respuesta ni señal alguna; sólo el murmullo, la interminable sucesión de susurros misteriosos.
—¡Padre! —gritó Elbryan y dio tres pasos vacilantes hacia la derecha, como si así pudiera lograr algo—. ¡Pony!
No hubo respuesta.
El corazón se le aceleró y la sangre le circuló furiosamente. De pronto comenzó a jadear presa del pánico. Echó a correr, primero hacia la izquierda, luego hacia arriba y, cuando esa dirección le resultó difícil, hacia la derecha, sin dejar de llamar a gritos a su padre, a su madre, a todos los demás.
—No estás muerto —dijo una dulce y melodiosa voz a sus espaldas.
Elbryan se detuvo un buen rato para recobrar el aliento y reponerse. De algún modo sabía que quien le hablaba no era humano, que ninguna voz humana podía ser tan dulce y perfecta.
Despacio, concentrándose tan sólo en la respiración, se dio la vuelta.
Allí estaba una de las criaturas que había visto en el claro del bosque; era un poco más baja que él y seguramente no pesaba más de la mitad de su peso. Sus miembros eran delgados, pero robustos y huesudos como los de Jilseponie de pequeña; no parecían escuálidos, no más que las flexibles ramas de un sauce combado. Tampoco aquella criatura tan diminuta parecía débil. Nada más lejos de la verdad; su firmeza y elástica solidez hacían pensar a Elbryan que aquel diminuto enemigo sería más difícil que cualquiera de los trasgos con los que había luchado, quizá más difícil aun que el gigante.
—Vuelve aquí abajo donde se está más caliente —le aconsejó la criatura a Elbryan—, entre la bruma, donde el viento no sopla.
Elbryan miró hacia el valle y se dio cuenta por vez primera de que no sobresalían copas a través del toldo gris, como si todos los árboles se hubieran detenido exactamente en aquel nivel. Elbryan tuvo la inequívoca sensación de que la niebla y las copas estaban conectadas de algún modo.
—Ven —dijo la criatura—. No estás muerto y tampoco en peligro. El peligro ha pasado.
Elbryan se estremeció ante la referencia a la tragedia de Dundalis. Sin embargo, la forma en que se pronunciaron aquellas palabras —con franqueza y sin ningún engaño aparente— le permitió cierto relajamiento. En lugar de considerar a la diminuta criatura como un enemigo potencial, la miró bajo una luz distinta. Se fijó por vez primera cuán delicada y hermosa parecía, con formas angulosas perfectamente esculpidas y con un pelo tan dorado que a su lado incluso la espesa y lustrosa melena de Pony resplandecería con menos brillo; era como si luciera por sí misma, con una luz interna que diera al flujo de cabellos reflejos trémulos y relucientes. Los ojos de la criatura no eran menos espectaculares; parecían dos estrellas doradas, con un brillo de infantil inocencia, pero también de profunda sabiduría.
La criatura empezó a bajar por la pendiente pero se detuvo al borde de la niebla, al advertir que el joven no se había movido para seguirla.
—¿Quién eres? —llegó la pregunta obvia.
—Soy Belli'mar Juraviel —contestó la criatura con una sonrisa encantadora y sincera, y lo invitó de nuevo a ir hacia la niebla; incluso dio otro paso, de modo que su brillo desapareció en la grisura.
—¿Quién eres? —dijo Elbryan con más confianza. Sospechaba que la criatura confirmaría que era un elfo, pero se dio cuenta de que tan sincera y esperada respuesta le daría de hecho poca información ya que no sabía en realidad qué era un elfo.
La criatura se detuvo de nuevo y se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Tan poco sabes?
Elbryan miró con fiereza a Juraviel, sin humor para charlas crípticas.
—Me temo que el mundo no tiene remedio —prosiguió Juraviel—. ¡Pensar que nos han olvidado en sólo un siglo!
El ceño fruncido de Elbryan dejó paso a la curiosidad.
—¿Realmente no lo sabes?
—¿Saber qué? —estalló Elbryan, desafiante.
—Algo aparte de vuestra raza —aclaró Juraviel.
—¡Conozco a los trasgos y a los gigantes fomorianos! —replicó Elbryan, cada vez más irritado.
Juraviel tenía respuesta para aquello, una observación que habría cuestionado tal conocimiento haciendo mención de la escasa previsión de Dundalis: si aquel muchacho conocía aquellas razas malignas, ¿por qué el pueblo estaba tan mal preparado para afrontar un simple asalto de un grupo de ellos? El elfo se guardó educadamente la pregunta para sí mismo, ya que comprendió que las heridas del muchacho eran demasiado dolorosas.
—¿Acaso te parezco una de esas criaturas? ¿Soy un trasgo o un fomoriano? —preguntó con calma Juraviel, y aquella voz melódica echaba por tierra cualquier posible comparación con los graznidos y gruñidos de los monstruos.
Elbryan se mordió el labio un momento, tratando de encontrar una respuesta apropiada. Al fin, sacudió la cabeza.
—Ven —lo invitó Juraviel, y el diminuto personaje se volvió otra vez hacia la niebla.
—No has contestado a mi pregunta.
Cuando Juraviel lo miró, tenía una expresión más severa.
—No hay respuesta que pueda expresarse con simples palabras —explicó—. Podría decirte un nombre, y tú podrías haberlo oído antes, pero te daría poca información auténtica y mucha mítica.
Elbryan ladeó la cabeza, obviamente perdido.
—Tus prejuicios asociados al nombre entrarían en conflicto con tu percepción —prosiguió Juraviel—. Me preguntaste mi nombre y yo te lo di de buen grado, ya que no tenías prejuicios acerca de las palabras «Belli'mar Juraviel». Me preguntas quién soy, y esto no te lo puedo decir. Es algo que Elbryan Wyndon de Dundalis debe descubrir por sí mismo.
Antes de que el joven, sobrecogido, pudiera preguntar cómo conocía su nombre, la criatura se giró, se metió en la niebla y desapareció de su vista. Elbryan se balanceó sobre los talones, dando vueltas a aquellos pensamientos. Entonces se dio cuenta de que de nuevo se encontraba solo y perdido por completo. No había muchas alternativas, y ninguna era mejor que la de seguir a la criatura, quienquiera que fuese.
Elbryan corrió pendiente abajo, de nuevo hacia la grisura, y encontró a Juraviel sonriente, esperándolo más allá del límite de la niebla, pero muy cerca de éste. Al principio, el joven se preguntó por qué no había visto la figura desde fuera de la niebla, pero después advirtió que tampoco había visto los árboles, a pesar de que ahora los veía a su lado, altos y gruesos, sólo a cinco pasos dentro de la niebla.
Demasiadas preguntas, decidió el joven, y no quiso conocer las respuestas en aquel momento; su curiosidad estaba saturada.
Juraviel descendió por la pendiente a paso ligero, seguido a corta distancia por Elbryan. Un poco más abajo salieron del toldo de niebla, y Elbryan pudo apreciar el valle arbolado. De nuevo se quedó sorprendido al advertir que se sentía reconfortado y sereno a pesar de todo lo que había sucedido, a pesar de sus muy reales temores. Ya no se sentía perdido, y si estaba muerto —y de nuevo pensaba que así era— ¡la muerte no era tan mala!
En cuanto al bosque, el joven Elbryan se dijo que se trataba del lugar más bello que había visto nunca. El monte bajo era exuberante y espeso; pero, a medida que avanzaban, parecía abrirse para formar un suave sendero que, aunque daba la impresión de acabarse un metro delante de ellos, continuaba aparentemente en la dirección que Belli'mar Juraviel elegía. La criatura no seguía ningún camino, pensó Elbryan, sino que estaba haciendo uno, caminando a través del monte bajo con la misma facilidad con que un hombre podría vadear una charca poco profunda. Tan pronto como se recuperó de aquel espectáculo, Elbryan se sintió pasmado esta vez a causa de las miríadas de brillantes colores y delicados aromas, de los gorjeos de los innumerables pájaros, de la encantadora canción de un arroyo invisible, del balido de alguna criatura distante. El lugar, en conjunto, era una canción; cada sentido de Elbryan estaba al límite, y se sentía vivo como jamás se había sentido antes.
Su mente luchó contra aquella percepción. Se forzó a sí mismo a recordar Dundalis, a revivir el horror que había encontrado en aquella lucha a muerte. Pensó escapar, aunque no sabía adónde podía ir ni tan sólo por qué deseaba hacerlo. Miró las ramas bajas de un árbol vecino y se imaginó el arma que podría construir con una de ellas, aunque un arma, cualquiera que fuese, le parecía ciertamente fuera de lugar. Su testarudez duró algunos minutos, como una última manifestación de su poderosa fuerza de voluntad. Pero ni siquiera los recuerdos de la reciente tragedia podían retener con firmeza a Elbryan mientras caminaba por vez primera a través de los bosques que eran la casa de los elfos, de la gente de Belli'mar Juraviel. Era imposible tener pensamientos tenebrosos en el lugar donde el pueblo de Juraviel bailaba y jugaba.
—¿Puedes decirme por lo menos dónde me encuentro? —preguntó un aturdido Elbryan minutos después, mientras Juraviel avanzaba como en trance, al parecer completamente olvidado del joven.
Después de dar una docena de aquellos pasos saltarines, la criatura se detuvo y se dio la vuelta.
—En vuestros mapas, si es que está en ellos, este lugar se llama simplemente el Valle de la Niebla.
El nombre no significaba nada para Elbryan, pero estaba contento de saber que por lo menos podría encontrarlo en algún mapa. Si aquello era cierto, entonces probablemente no estaba muerto.
—En realidad, esto es Andur'Blough Inninness, el Bosque de la Nube, aunque pocos de los tuyos reconocerían este nombre, e incluso aquellos que lo hicieran no lo admitirían.
—¿Siempre hablas tan enigmáticamente?
—¿Siempre haces preguntas tontas?
—¿Qué hay de tonto en querer saber dónde me encuentro? —preguntó Elbryan enfadado.
—Ya te lo he dicho —replicó un reposado Juraviel—. ¿Te ha servido de algo? ¿Te sientes más a gusto ahora que sabes que estás en un lugar que no conoces?
Elbryan refunfuñó suavemente, y se pasó ambas manos por su brillante pelo castaño.
—Lo que ocurre —prosiguió el elfo con aires de superioridad— es que los humanos deben nombrar todas las cosas, deben situarlas en un mapa y colocarlas en algún orden en grupos y categorías, de forma que creen haber encontrado alguna manera de controlar lo que no se puede controlar. Un falso sentido de religiosidad, supongo.
—¿Religiosidad?
—Arrogancia —clarificó Juraviel—. ¡Mi joven humano —dijo de repente, emocionado, mientras batía sus delicadas manos en jubilosa burla—, estás en Andur'Blough Inninness!
Elbryan arrugó la cara y se encogió de hombros.
—Ni más ni menos —dijo Juraviel secamente, y reemprendió su camino.
Elbryan suspiró y lo siguió.
Transcurrió media hora sin que nada ocurriera; Elbryan iba caminando mirando en torno, impresionado por la belleza y la riqueza de Andur'Blough Inninness. A menudo, no obstante, la mirada del muchacho derivaba hacia la curiosa criatura que lo guiaba.
—¿Te sirve eso para algo? —preguntó impulsivamente revelando sus pensamientos antes de darse siquiera cuenta de que estaba hablando.
Juraviel se detuvo y miró a Elbryan, que con aire avergonzado estaba inmóvil en medio del camino y lo señalaba con el dedo.
La sonrisa de Juraviel lo tranquilizó.
—Una pregunta lógica —comentó la criatura, entendiendo la curiosidad de Elbryan—, por fin —añadió con exagerado alivio.
El rostro de Elbryan se ensombreció.
—Pero ¿por qué quieres saberlo? ¿Quizá para ganar ventaja en una batalla?— fue la respuesta del siempre elusivo Juraviel. No me refiero a que tú y yo tengamos que combatir, desde luego —se apresuró a añadir al notar que los músculos de Elbryan se tensaban.
Aquellas palabras calmaron al muchacho, y entonces Juraviel continuó:
—A no ser durante... —entonces se interrumpió y dejó en el aire la broma.
Muy nervioso y con la sensación de estar fuera de lugar tanto física como emocionalmente, Elbryan exhaló un profundo suspiro para liberarse de la ansiedad que sentía. Se esforzó por echarse a la espalda temores y negros pensamientos y concentrarse sólo en el presente. Quizá se trataba de pura y simple resignación, quizás el joven había llegado a la conclusión de que de todas formas no podía hacer nada de nada; no obstante, para Juraviel era prometedor el cambio que había experimentado el muchacho. Desde luego, cierto distanciamiento emocional le resultaría saludable a un joven que había pasado por tanto y al que aguardaban todavía muchas experiencias.
Con una sonrisa amplia, Juraviel agitó las alas, inclinó las rodillas y se elevó medio saltando medio volando hasta la rama más baja de un arce cercano.
—Sirven —proclamó Juraviel— para dar brincos y atenuar caídas. Pero no podemos volar como los pájaros. —Volvió a posarse en el suelo con el rostro repentinamente serio, como si pensara en sus propias palabras—. Es una pena.
Elbryan asintió mostrando su conformidad. ¡Qué magnífico sería poder volar! Se imaginaba el viento, el verde toldo de las copas de los árboles a sus pies...
—No te resultará desagradable tu estancia aquí, a menos que tú procures que lo sea —se apresuró a decirle Juraviel con tono severo antes de que el rostro de Elbryan se iluminara con una sonrisa.
El joven miró con curiosidad a la criatura, sorprendido por el repentino cambio de actitud.
—Has de saber que entre mi pueblo hay quienes creen que no perteneces a la comunidad —continuó diciendo Juraviel con tono grave—. Hay quienes no ven en ti semejanza alguna con Mather.
—No conozco a nadie con ese nombre —replicó Elbryan con todo el valor de que fue capaz. De nuevo experimentó aquella sensación de distanciamiento, conscientemente buscada, el convencimiento de que nada tenía que perder, de que ya lo había perdido todo.
Juraviel hizo un ligero gesto con los hombros.
—Ya lo conocerás —aseguró—. Ahora escúchame, jovencito. No eres un prisionero, pero tampoco eres libre. Mientras permanezcas en Andur'Blough Inninness, deberás controlar tu conducta en tanto dure tu adiestramiento.
—¿Adiestramiento? —repitió Elbryan, asombrado, pero Juraviel no perdió tiempo en escucharlo.
—Allá tú si te desvías de las normas. No pidas otra oportunidad cuando la implacable justicia de los Touel'alfar caiga sobre ti.
La amenaza era clara y contundente. Elbryan, con aquel típico orgullo de los Wyndon, enderezó los hombros y tensó la mandíbula, gesto que Juraviel pareció no notar en absoluto. Al joven le sonaba el nombre con el que Juraviel se había referido a su pueblo, Touel'alfar, y estaba seguro de haberlo oído en los relatos sobre elfos.
—Ahora debes descansar —ordenó Juraviel—. Cuando salga el sol te indicaré tus obligaciones. Y descansa todo lo que puedas —remató con tono serio y sombrío—, porque tus obligaciones son muchas y desde luego te resultarán duras.
Elbryan tuvo ganas de gritarle que haría lo que le viniera en gana y cuando le viniera en gana. Deseaba proclamar a voces su independencia; pero, antes de que pudiera emitir una palabra, Juraviel dio un salto y emprendió un corto vuelo. La delicada criatura se posó en una rama y de otro salto desapareció en la espesa maleza con tanta rapidez, que Elbryan parpadeó y se restregó los ojos.
Allí estaba, solo en el valle de Andur'Blough Inninness, dudando de lo que había visto, dudando de cuanto le había sucedido. Echaba de menos a su padre y a su madre. Echaba de menos a Pony. Deseaba que la patrulla hubiera tenido la oportunidad de prevenir al pueblo antes de que sobreviniera el desastre de los trasgos. Deseaba...
Deseaba muchas cosas, todas a la vez. Se dejó caer en el suelo y luchó contra las emociones que lo embargaban; no quería llorar.
Desde la perspectiva de Juraviel, el primer encuentro había resultado bastante bien. Sabía que surgirían muchas dudas en torno a Elbryan, sobre todo por parte de Tuntun, y sabía qué difícil podía llegar a ser Tuntun... Pero, después de haber hablado con el joven, Juraviel estaba más convencido, si cabe, de que el muchacho era verdaderamente de la estirpe de Mather, y un apropiado aprendiz de guardabosque. Elbryan poseía el mismo espíritu travieso que Mather, y en su interior latía el mismo amor y la misma pasión por la vida. El joven era capaz de controlar todo aquello, de conseguir el distanciamiento preciso... y, sin embargo, no había podido resistir la tentación de preguntar por las alas; ansiaba saber, y, cuando lo consiguió, no pudo menos que imaginar el portento de poder elevarse por los aires. En la expresión de su rostro, Juraviel había leído los maravillosos ensueños de Elbryan y los había saboreado tanto como el muchacho.
Era estupendo que el joven pudiera pensar en semejantes cosas pese al trance que estaba viviendo; era estupendo que pudiera seguir adelante con raciocinio y estoicismo. Tuntun estaba equivocada; a Juraviel no le cabía la menor duda: aquel joven tenía carácter.
Elbryan deseaba comer o quedarse dormido; incluso buscó en torno un lugar —un lecho de musgo, quizá— donde poder acostarse. Esa idea se entremezclaba con otros pensamientos veloces que estallaban en un muro de imágenes. Andur'Blough Inninness, con todos sus sonidos y colores, con todas sus vívidas imágenes, lo llamaba, lo atraía. Juraviel no le había dicho que debía permanecer donde estaba, así que Elbryan se levantó, se sacudió la hierba y echó a andar entre los árboles.
Pasó lo que quedaba de tarde mirando y oliendo. Encontró un arroyo repleto de unos peces amarillos que no conocía, y se entretuvo observándolos más de una hora. Vislumbró un ciervo que agitaba su larga cola blanca; pero, en cuanto trató de acercarse, el animal lo olfateó en el aire y desapareció de un salto con la rapidez con que Belli'mar Juraviel se había perdido entre las sombras.
Pese a las maravillas que le brindaba el atardecer, pese al alivio de existir en el presente y no en el espantoso pasado o en el incierto futuro, Elbryan se fue sintiendo más y más abrumado a medida que iba cayendo la noche.
En medio de la niebla que cubría el valle de los elfos se abrió un agujero por el que se veía el color azul oscuro del cielo. Poco a poco el agujero se fue agrandando, sus contornos se fueron desvaneciendo, y Elbryan, que contemplaba aquella maravilla, supo que algo sobrenatural, algo mágico se llevaba la niebla. El cielo no tardó en despejarse del todo, y las estrellas comenzaron a titilar.
Elbryan corrió en busca de un prado pues deseaba contemplar aquel espectáculo con más nitidez. Dio con un altozano desprovisto de árboles y emprendió la ascensión.
La niebla se había replegado a los confines del valle y allí permanecía inmóvil, desdibujando las oscuras siluetas de las montañas, haciendo borroso el límite entre la tierra y el cielo. Elbryan se había detenido en la cumbre del altozano, pero experimentaba la sensación de seguir subiendo, ascendiendo hacia aquellos brillantes y titilantes puntitos. De pronto cayó en la cuenta de que sonaba una música, una melodía bellísima que también parecía arrastrarlo hacia las estrellas para participar de su luz y de su misterio.
Cuando por fin salió del trance, fue incapaz de calcular cuántos minutos, quizás horas, habían transcurrido. Era noche cerrada, y le dolía el cuello por haberlo mantenido tanto tiempo en tan forzada posición.
Aunque volvía a estar en la tierra, en su alma seguía sonando la suave y maravillosa música que emanaba de las sombras, de los árboles, del mismísimo suelo. Mientras oyera aquella canción de elfos no podrían asaltarlo horribles recuerdos, no podría ser presa de temores. Despacio, con determinación, Elbryan emprendió el descenso mirando de vez en cuando hacia el cielo. Luego clavó los ojos en el punto más negro que pudo encontrar para que pudieran acostumbrarse a la oscuridad.
Se detuvo y con sumo sigilo dio una vuelta completa aguzando el oído para localizar aquel sonido. Una vez determinada la dirección echó a andar, decidido a encontrar al cantor.
Muchas veces creyó estar cerca. Muchas veces dobló precipitadamente una revuelta del camino o salió de un salto desde detrás de un árbol con la esperanza de sorprender al elfo cantor; incluso en una ocasión creyó vislumbrar a lo lejos la luz de una antorcha.
La canción se oía con claridad pero sin estridencia, y la entonaban varias voces, aunque Elbryan no vislumbró cantor alguno, no vio ni un elfo ni ninguna otra criatura en lo que quedaba de noche.
Juraviel lo encontró al alba, acurrucado en un agujero al pie de un enorme roble.
Era el momento de empezar.

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