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domingo, 8 de julio de 2012

2001 - UNA ODISEA ESPACIAL Arthur C. Clarke


2001 - UNA ODISEA ESPACIAL
Arthur C. Clarke




I – NOCHE PRIMITIVA
1 - El camino de la extinción

La sequía había durado ya diez millones de años, y el reinado de los terribles saurios tiempo ha que había
terminado. Aquí en el ecuador, en el continente que había de ser conocido un día como Africa, la batalla
por la existencia había alcanzado un nuevo clímax de ferocidad, no avistándose aún al victorioso. En este
terreno baldío y disecado sólo podía medrar, o aun esperar sobrevivir, lo pequeño, lo raudo o lo feroz.
Los hombres mono del "veldt" no eran nada de ello, y no estaban por ende medrando; realmente, se
encontraban ya muy adelantados en el curso de la extinción racial. Una cincuentena de ellos ocupaban un
grupo de cuevas que dominaban un angosto vallecito, dividido por un perezoso riachuelo alimentado por
las nieves de las montañas, situadas a doscientas millas al norte. En épocas malas, el riachuelo
desaparecía por completo, y la tribu vivía bajo el sombrío manto de la sed.
Estaba siempre hambrienta, y ahora la apresaba la torva inanición. Al filtrarse serpenteante en la cueva el
primer débil resplandor del alba, Moon-Watcher vio que su padre había muerto durante la noche. No
sabía que el viejo fuese su padre, pues tal parentesco se hallaba más allá de su entendimiento, pero al
contemplar el enteco cuerpo sintió un vago desasosiego que era el antecesor de la pesadumbre.
Las dos criaturas estaban ya gimiendo en petición de comida, pero callaron al punto ante el refunfuño de
Moon-Watcher. Una de las madres, defendió a la cría a la que no podía alimentar debidamente,
respondiendo a su vez con un enojado gruñido, y a él le falto hasta la energía para asestarle un manotazo
por su protesta.
Había ya suficiente claridad para salir. Moon-Watcher asió el canijo y arrugado cadáver y lo arrastró tras
sí al inclinarse para atravesar la baja entrada de la cueva. Una vez fuera se echó el cadáver al hombro y se
puso en pie... único animal en todo aquel mundo que podía hacerlo.
Entre los de su especie Moon-Watcher era casi un gigante. Pasaba un par de centímetros del metro y
medio de estatura, y aunque pésimamente alimentado, pesaba unos cincuenta kilos. Su peludo y
musculoso cuerpo estaba a mitad de camino entre el del mono y el del hombre, pero su cabeza era mucho
más parecida a la del segundo que a la del primero. La frente era deprimida y presentaba protuberancias
sobre la cuenca de los ojos, aunque ofrecía inconfundiblemente en sus genes la promesa de humanidad.
Al tender su mirada sobre aquel hostil mundo del pleistoceno, había ya algo en ella que sobrepasaba la
capacidad de cualquier mono. En sus oscuros y sumisos ojos se reflejaba una alboreante comprensión...
los primeros indicios de una inteligencia que posiblemente no se realizaría aun durante años, y no podría
tardar en ser extinguida para siempre.
No percibiendo señal alguna de peligro, Moon-Watcher comenzó a descender el declive casi vertical al
exterior de la cueva, sólo ligeramente embarazado por su carga. Como si hubiesen estado esperando su
señal, los componentes del resto de la tribu emergieron de sus hogares, dirigiéndose presurosos declive
abajo en dirección a las fangosas aguas del riachuelo para su bebida mañanera.
Moon-Watcher tendió su mirada a través del valle para ver si los Otros estaban a la vista, mas no había
señal alguna de ellos. Quizá no habían abandonado aún sus cuevas, o estaban ya forrajeando a lo largo de
la ladera del cerro. Y como no se los veía por parte alguna, Moon-Watcher los olvidó, pues era incapaz
de preocuparse más que de una sola cosa cada vez.
Debía primero zafarse del viejo, pero éste era un problema que requería muy poco que pensar. Había
habido muchas muertes aquella temporada, una en su propia cueva; sólo tenía que depositar el cadáver
donde había dejado el de la nueva criatura en el último cuarto de luna, y las hienas se encargarían del
resto.
Ellas estaban ya a la espera, allá donde el pequeño valle se diluía en la sabana, como si supiesen de su
llegada. Moon-Watcher depositó el cuerpo bajo un mezquino matorral todos los huesos anteriores habían
desaparecido ya y se apresuró a volver a reunirse con la tribu. No volvió a pensar más en su padre.
Sus dos compañeras, los adultos de las otras cuevas, y la mayoría de los jóvenes estaban forrajeando
entre los árboles raquitizados por la sequía valle arriba, buscando bayas, suculentas raíces y hojas, y
ocasionales brevas, así como lagartijas o roedores. Sólo los pequeños y los más débiles de los viejos
permanecían en las cuevas; si quedaba algún alimento al final de la búsqueda del día, podrían nutrirse.
En caso contrario, no tardarían en estar de suerte otra vez las hienas.
Pero aquel día era bueno... aunque como Moon-Watcher no conservaba un recuerdo real del pasado, no
podía comparar un tiempo con otro. Había dado con una colmena en el tronco de un árbol muerto, y así
había disfrutado de la mejor golosina que jamás saboreara su gente; todavía se chupaba los dedos de
cuando en cuando mientras conducía el grupo al hogar, a la caída de la tarde. Desde luego, había sido
víctima de un gran número de aguijonazos, pero apenas los había notado. Se sentía ahora casi tan
contento como jamás lo estuviera; pues aunque estaba aún hambriento, en realidad no se notaba débil por
el hambre. Y eso era lo más a lo que podía aspirar cualquier mono-humanoide.
Su contento se desvaneció al alcanzar el riachuelo. Los Otros estaban allí. Cada día solían estar, pero no
por ello dejaba la cosa de ser menos molesta. Había unos treinta y no podían ser distinguidos de los
miembros de la propia tribu de Moon-Watcher. Al verle llegar, comenzaron a danzar, a agitar sus manos
y a gritar, y los suyos replicaron de igual modo.
Y eso fue todo lo que sucedió. Aunque los mono-humanoide luchaban y peleaban a menudo entre ellos
era raro que sus disputas tuvieran graves consecuencias. Al no poseer garras o colmillos y estando bien
protegidos por su pelo, no podían causarse mucho daño mutuo. En cualquier caso, disponían de escaso
excedente de energía para tal improductiva conducta; los gruñidos y las amenazas eran un medio mucho
más eficaz de mantener sus puntos de vista.
La confrontación duro aproximadamente cinco minutos; luego, la manifestación cesó tan rápidamente
como había comenzado, y cada cual bebió hasta hartarse de la lodosa agua... El honor había quedado
satisfecho; cada grupo había afirmado la reivindicación de su propio territorio. Y habiendo sido zanjado
este importante asunto, la tribu desfiló por la ribera del riachuelo. El siguiente apacentadero que merecía
la pena se hallaba ahora a más de una milla de las cuevas, y tenían que compartirlo con una manada de
grandes bestias semejantes al antílope, las cuales toleraban a duras penas su presencia. Y no podían ser
expulsadas de allí, pues estaban armadas con terribles dagas que sobresalían de su testuz... las armas
naturales que el mono-humanoide no poseía.
Así, Moon-Watcher y sus compañeros masticaban bayas y frutas y hojas y se esforzaban por ahuyentar
los tormentos del hambre... mientras en torno a ellos, compitiendo por el mismo pasto, había una fuente
potencial demás alimento del que jamás podían esperar comer. Pero los miles de toneladas de suculenta
carne que erraban por la sabana y a través de la maleza, no sólo estaban más allá de su alcance, sino
también de su imaginación.
Y, en medio de la abundancia, estaban pereciendo lentamente de inanición.
Con la última claridad del día, la tribu volvió, sin incidentes, a su cueva. La hembra herida que había
permanecido en ella arrulló de placer cuando Moon-Watcher le dio la rama cubierta de bayas que le
había traído, y comenzó a atacarla vorazmente. Bien escaso alimento había en ella, pero le ayudaría a
subsistir mientras sanaba la herida que el leopardo le había causado, y pudiera volver a forrajear por sí
misma.
Sobre el valle se estaba alzando la luna llena, y de las distantes montañas soplaba un viento cortante.
Haría mucho frío durante la noche... pero el frío, como el hambre, no era motivo de verdadera
preocupación; formaba simplemente parte del fondo de la vida.
Moon-Watcher apenas se movió cuando llegaron ecos de gritos y chillidos procedentes de una de las
cuevas bajas del declive, y no necesitaba oír el ocasional gruñido del leopardo para saber exactamente lo
que estaba sucediendo. Abajo, en la oscuridad, el viejo Cabello Blanco y su familia estaban luchando y
muriendo, mas ni por un momento atravesó la mente de Moon-Watcher la idea de que pudiera ir a prestar
ayuda de algún modo. La dura lógica de la supervivencia desechaba tales fantasías, y ninguna voz se alzó
en protesta desde la ladera del cerro. Cada cueva permanecía silenciosa, para no traerse también el
desastre.
El tumulto se apagó, y Moon-Watcher pudo oír entonces el roce de un cuerpo al ser arrastrado sobra las
rocas. Ello duró sólo unos cuantos segundos; luego, el leopardo dio buena cuenta de su presa, y no hizo
más ruido al marcharse silenciosamente, llevando a su víctima sin esfuerzo entre sus poderosas
mandíbulas.
Durante uno o dos días, no habría más peligro allí, pero podía haber otros enemigos afuera,
aprovechándose del frío. Estando suficientemente prevenidos, los rapaces menores podían a veces ser
espantados con gritos y chillidos. Moon-Watcher se arrastró fuera de la cueva, trepó a un gran canto
rodado que estaba junto a la entrada, y se agazapó en él para inspeccionar el valle.
De todas las criaturas que hasta entonces anduvieron por la Tierra, los mono-humanoide fueron los
primeros en contemplar fijamente a la Luna. Y aunque no podía recordarlo, siendo muy joven
Moon-Watcher quería a veces alcanzar, e intentar tocar, aquel fantasmagórico rostro sobre los cerros.
Nunca lo había logrado, y ahora era bastante viejo para comprender porqué. En primer lugar, desde
luego, debía hallar un árbol lo suficientemente alto para trepar a él.
A veces contemplaba el valle, y a veces la Luna, pero durante todo el tiempo escuchaba. En una o dos
ocasiones se adormeció, pero lo hizo permaneciendo alerta al punto que el más leve sonido le hubiese
despabilado como movido por un resorte.
A la avanzada edad de veinticinco años, se encontraba aún en posesión de todas sus facultades; de
continuar su suerte, y si evitaba los accidentes, las enfermedades, las bestias de presa y la inanición,
podría sobrevivir otros diez años más.
La noche siguió su curso, fría y clara, sin más alarmas, y la Luna se alzó lentamente en medio de
constelaciones ecuatoriales que ningún ojo humano vería jamás. En las cuevas, entre tandas de incierto
dormitar y temerosa espera, estaban naciendo las pesadillas de generaciones aún por ser.
Y por dos veces atravesó lentamente el firmamento, alzándose al cenit, y descendiendo por el Este, un
deslumbrante punto de luz más brillante que cualquier estrella.

2 – La nueva roca

Moon-Watcher se despertó de súbito, muy adentrada la noche. Molido por los esfuerzos y desastres del
día, había estado durmiendo más a pierna suelta que de costumbre, aunque se puso instantáneamente
alerta, al oír el primer leve gatear en el valle.
Se incorporó, quedando sentado en la fétida oscuridad de la cueva, tensando sus sentidos a la noche, y el
miedo serpeó lentamente en su alma. Jamás en su vida -casi el doble de larga que la mayoría de los
miembros de su especie podían esperar- había oído un sonido como aquel.
Los grandes gatos se aproximaban en silencio, y lo único que los traicionaba era un raro deslizarse de
tierra, o el ocasional crujido de una ramita. Mas éste era un continuo ruido crepitante, que iba
aumentando constantemente en intensidad. Parecía como si alguna enorme bestia se estuviese moviendo
a través de la noche, desechando en absoluto el sigilo, y haciendo caso omiso de todos los obstáculos. En
una ocasión Moon-Watcher oyó el inconfundible sonido de un matorral al ser arrancado de raíz; los
elefantes y los dinoterios lo hacían a menudo, pero por lo demás se movían tan silenciosamente como los
felinos.
Y de pronto llegó un sonido que Moon-Watcher no podía posiblemente haber identificado, pues jamás
había sido oído antes en la historia del mundo. Era el rechinar del metal contra la piedra.
Moon-Watcher llegó junto a la Nueva Roca, al conducir la tribu al río a la primera claridad diurna. Había
casi olvidado los terrores de la noche, porque nada había sucedido tras aquel ruido inicial, por lo que ni
siquiera asoció aquella extraña cosa con peligro o con miedo. No había, después de todo nada alarmante
en ello.
Era una losa rectangular, de una altura triple a la suya pero lo bastante estrecha como para abarcarla con
sus brazos, y estaba hecha de algún material completamente transparente; en verdad que no era fácil
verla excepto cuando el sol que se alzaba destellaba en sus bordes. Como Moon-Watcher no había
topado nunca con hielo, ni agua cristalina, no había objetos naturales con los que pudiese comparar
aquella aparición.
Ciertamente era más bien atractiva, y aunque él tenía por costumbre ser prudentemente cauto ante la
mayoría de las novedades, no vacilo mucho antes de encaramarse a ella. Y como nada sucedió, tendió la
mano y sintió una fría y dura superficie.
Tras varios minutos de intenso pensar, llegó a una brillante explicación. Era una roca, desde luego, y
debió haber brotado durante la noche.
Había muchas plantas que lo hacían así... objetos blancos y pulposos en forma de guijas, que parecían
emerger durante las horas de oscuridad. Verdad era que eran pequeñas y redondas, mientras que esta era
ancha y de agudas aristas; pero filósofos más grandes y modernos que Moon-Watcher estarían dispuestos
a pasar por alto excepciones igualmente sorprendentes a sus teorías.
Aquella muestra realmente soberbia de pensamiento abstracto condujo a Moon-Watcher, tras sólo tres o
cuatro minutos, a una deducción que puso inmediatamente a prueba. Las blancas y redondas plantasguijas
eran muy sabrosas (aunque había unas cuantas que producían una violenta enfermedad). ¿Quizás
ésta grande...?
Unas cuantas lamidas e intentos de roer le desilusionaron rápidamente. No había ninguna alimentación
en ella; por lo que, como mono-humanoide juicioso, prosiguió en dirección al río, olvidándolo todo sobre
el cristalino monolito, durante la cotidiana rutina de chillar a los Otros.
El forrajeo era muy malo, hoy, y la tribu hubo de recorrer varias millas desde las cuevas para encontrar
algún alimento. Durante el despiadado calor del mediodía una de las hembras más frágiles se desplomó
víctima de un colapso, lejos de cualquier posible refugio. Sus compañeros la rodearon arrullándola
alentadoramente, mas no había nada que pudieran hacer. De haber estado menos agotados, podían
haberla transportado con ellos; pero no les quedaba ningún excedente de energía para tal acto de caridad.
Por lo tanto, hubieron de abandonarla para que se recuperase con sus propios recursos, o pereciese. En el
recorrido de vuelta al hogar pasaron al atardecer por el lugar donde se depositaban los cadáveres; no se
veía en él ningún hueso.
Con la última luz del día, y mirando ansiosamente en derredor para precaverse de tempranos cazadores,
bebieron apresuradamente en el riachuelo, comenzando seguidamente a trepar a sus cuevas. Se hallaban
todavía a cien metros de la nueva roca cuando comenzó el sonido.
Era apenas audible, pero sin embargo los detuvo en seco, quedando paralizados en la vereda, con las
mandíbulas colgando flojamente. Una simple y enloquecedora vibración repetida, salía expelida del
cristal, hipnotizando a todo cuando aprehendía en su sortilegio. Por primera vez -y la última, en tres
millones de años- se oyó en Africa el sonido del tambor.
El vibrar se hizo más fuerte y más insistente. Los mono-humanoide comenzaron a moverse hacia
adelante como sonámbulos, en dirección al origen de aquel obsesionante sonido. A veces daban
pequeños pasos de danza, como si su sangre respondiese a los ritmos que sus descendientes aún tardarían
épocas en crear. Y completamente hechizados, se congregaron entorno al monolito, olvidando las fatigas
y penalidades del día, los peligros de la oscuridad que iba tendiéndose, y el hambre de sus estómagos.
El tamborileo se hizo más ruidoso, y más oscura la noche. Y cuando las sombras se alargaron y se agotó
la luz del firmamento, el cristal comenzó a resplandecer.
Primero perdió su transparencia, y quedó bañado en pálida y lechosa luminiscencia. A través de su
superficie y en sus profundidades se movieron atormentadores fantasmas vagamente definidos, los cuales
se fusionaron en franjas de luz y sombra, formando luego rayados diseños entremezclados que
comenzaron a girar lentamente.
Los haces de luz giraron cada vez más rápidamente, acelerándose con ellos el vibrar de los tambores.
Hipnotizados del todo, los mono-humanoide sólo podían ya contemplar con mirada fija y mandíbulas
colgantes aquel pasmoso despliegue pirotécnico. Habían olvidado ya los instintos de sus progenitores y
las lecciones de toda una existencia; ninguno entre ellos, corrientemente, habría estado tan lejos de su
cueva tan tarde. Pues la maleza circundante estaba llena de formas que parecían petrificadas y de ojos
fijos, como si las criaturas nocturnas hubiesen suspendido sus actividades para ver lo que habría de
suceder luego.
Los giratorios discos de luz comenzaron entonces a emerger, y sus radios se fundieron en luminosas
barras que retrocedieron lentamente en la distancia, girando sus ejes al hacerlo. Escindiéronse luego en
pares, y las series de líneas resultantes comenzaron a oscilar a través unas de otras, cambiando
lentamente sus ángulos de intersección. Fantásticos y volanderos diseños geométricos flamearon y de
apagaron al enredarse y desenredarse las resplandecientes mallas; y los mono-humanoide siguieron con
la mirada fija, hipnotizados cautivos del radiante cristal.
Jamás hubieran adivinado que estaban siendo sondeadas sus mentes, estudiadas sus reacciones y
evaluados sus potenciales. Al principio, la tribu entera permaneció semiagazapada, en inmóvil cuadro,
como petrificada. Luego el mono-humanoide más próximo a la losa volvió de súbito a la vida.
No varió su posición, pero su cuerpo perdió su rigidez, semejante a la del trance hipnótico, y se animó
como si fuera un muñeco controlado por invisibles hilos. Giró la cabeza a este y otro lado; la boca se
cerró y abrió silenciosamente; las manos se cerraron y abrieron. Inclinóse luego, arranco una larga brizna
de hierba, e intentó anudarla, con torpes dedos.
Parecía un poseído, pugnando contra un espíritu o demonio que se hubiese apoderado de su cuerpo.
Jadeaba intentando respirar, sus ojos estaban llenos de terror mientras quería obligar a sus dedos a hacer
movimientos más complicados que cualesquiera hubiese antes intentado.
A pesar de todos sus esfuerzos, únicamente logró hacer pedazos el tallo. Y mientras los fragmentos caían
al suelo, le abandonó la influencia dominante, y volvió a quedarse inmóvil, como petrificado.
Otro mono-humanoide surgió a la vida, y procedió a la misma ejecución. Este era un ejemplar más joven,
y por ende más adaptable, logrando lo que el más viejo había fallado. En el planeta Tierra, había sido
enlazado el primer tosco nudo...
Otros hicieron cosas más extrañas y todavía más anodinas. Algunos extendieron sus brazos en toda su
longitud e intentaron tocarse las yemas de los dedos... primero con ambos ojos abiertos y luego con uno
cerrado. Algunos hubieron de mirar fijamente en las formas trazadas en el cristal, que se fueron
dividiendo cada vez más finamente hasta fundirse en un borrón gris. Y todos oyeron aislados y puros
sonidos, de variado tono que rápidamente descendieron por debajo del nivel del oído.
Al llegar la vez a Moon-Watcher sintió muy poco temor. Su principal sensación era la de un sordo
resentimiento, al contraerse sus músculos y moverse sus miembros obedeciendo órdenes que no eran
completamente suyas.
Sin saber por que, se inclinó y recogió una piedrecita. Al incorporarse, vio que había una nueva imagen
en la losa del cristal.
Las formas danzantes habían desaparecido, dejando en su lugar una serie de círculos concéntricos que
rodeaban un intenso disco negro.
Obedeciendo las silenciosas órdenes que oía en su cerebro, arrojó la piedra con torpe impulso de volea,
fallando el blanco por bastantes centímetros.
"Inténtalo de nuevo", dijo la orden. Buscó en derredor hasta hallar oro guijarro. Y ésta vez su
lanzamiento dio en la losa, produciendo un sonido como de campana. Sin embargo todavía era muy
deficiente su puntería, aunque había sin duda mejorado.
Al cuarto intento, el impacto dio sólo a milímetros del blanco. Una sensación de indescriptible placer,
casi sexual en su intensidad, inundó su mente. Aflojóse luego el control, y ya no sintió ningún impulso
para hacer nada, excepto quedarse esperando.
Una a uno cada miembro de la tribu fue brevemente poseído. Algunos tuvieron éxito, pero la mayoría
fallaron el las tareas que se les habían impuesto, y todos fueron recompensados apropiadamente con
espasmos de placer o de dolor.
Ahora había sólo un fulgor uniforme y sin rasgos en la gran losa, por lo que se asemejaba a un bloque de
luz superpuesto en la circundante oscuridad. Como si se despertasen de un sueño, los mono-humanoide
menearon sus cabezas, y comenzaron luego a moverse por la vereda en dirección a sus cobijos. No
miraron hacia atrás ni se maravillaron ante la extraña luz que estaba guiándoles a sus hogares... y a un
futuro desconocido hasta para las estrellas.

3 – Academia

Moon-Watcher y sus compañeros no conservaban recuerdo alguno de lo que habían visto, después de que
el cristal cesara de proyectar su hipnótico ensalmo en sus mentes y de experimentar con sus cuerpos. Al
día siguiente, cuando salieron a forrajear, pasaron ante la losa sin apenas dedicarle un pensamiento; ella
formaba ahora parte del desechado fondo de sus vidas. No podían comerla, ni tampoco ella a ellos; por lo
tanto, no era importante.
Abajo, en el río, los Otros profirieron sus habituales amenazas ineficaces. Su jefe, un mono-humanoide
con sólo una oreja y de la corpulencia y edad de Moon-Watcher, aunque en peor condición, hasta se
permitió dar una breve carrera en dirección al territorio de la tribu, gritando y agitando los brazos en un
intento de amedrentar a la oposición y apuntalar su propio valor. El agua del riachuelo no tenía en
ninguna parte una profundidad mayor que treinta y cinco centímetros, pero cuanto más se adentraba en
ella Una-Oreja, más inseguro y desdichado se mostraba, hasta que no tardó en detenerse, retrocediendo
luego, con exagerada dignidad, para unirse a sus compañeros.
Por lo demás, no hubo cambio alguno en la rutina normal. La tribu recogió suficiente alimento para
sobrevivir otro día, y ninguno murió.
Y aquella noche, la losa de cristal se hallaba aún a la espera, rodeada de su palpitante aura de luz y
sonido. Sin embargo el programa que había fraguado, era sutilmente diferente.
A algunos de los mono-humanoide los ignoró por completo, como si se estuviese concentrando en los
sujetos más prometedores. Uno de estos fue Moon-Watcher; de nuevo sintió él serpear inquisidores
zarcillos por inusitados lugares ocultos de su cerebro. Y entonces comenzó a ver visiones.
Podían haber estado dentro del bloque de cristal; podían haberse hallado del todo en el interior de su
mente. En todo caso para Moon-Watcher eran absolutamente reales. Sin embargo, el habitual impulso
automático de arrojar de su territorio a los invasores, había sido adormecido.
Estaba contemplando un pacífico grupo familiar, que difería sólo en su aspecto de las escenas que él
conocía. El macho, la hembra y las dos crías que habían aparecido misteriosamente ante él, eran orondos,
de piel suave y reluciente... y esta era una condición de vida que Moon-Watcher no había imaginado
nunca. Inconscientemente, se palpó sus sobresalientes costillas; las de aquellas criaturas estaban cubiertas
por una capa adiposa. De cuando en cuando se desperezaban flojamente, tendidos a pierna suelta a la
entrada de una cueva, al parecer en paz con el mundo. Ocasionalmente, en gran macho emitía un enorme
gruñido de satisfacción.
No hubo allí ninguna otra actividad, y al cabo de cinco minutos se desvaneció de súbito la escena. El
cristal no era ya más que una titilante línea en la oscuridad; Moon-Watcher se sacudió como
despertándose de un sueño, percatándose bruscamente de donde se encontraba, y volvió a conducir a la
tribu a las cuevas.
No tenía ningún recuerdo consciente de lo que había visto; pero aquella noche, sentado caviloso a la
entrada de su cubil, con el oído aguzado a los ruidos del mundo que le rodeaba, sintió las primeras
punzadas de una nueva y poderosa emoción. Era una vaga y difusa sensación de envidia... o de
insatisfacción con su vida. No tenía la menor idea de su causa, y menos aún de su remedio; pero el
descontento había penetrado en su alma, y había dado un pequeño paso hacia la humanidad.
Noche tras noche, se repitió el espectáculo de aquellos cuatro rollizos monos humanoide, hasta
convertirse en fuente de fascinada exasperación, que servía para aumentar el hambre eterna y roedora de
Moon-Watcher. La evidencia de sus ojos no podía haber producido ese efecto; necesitaba un refuerzo
psicológico. Había ahora en la vida de Moon-Watcher lagunas que nunca recordaría, cuando los átomos
de su simple cerebro estaban siendo trenzados en nuevos moldes. Si sobrevivía, esos moldes se tornarían
eternos, pues su gen se transmitiría entonces a las futuras generaciones.
Era un lento y tedioso proceso, pero el monolito de cristal era paciente. No cabía esperar que ni él, ni sus
reproducciones desperdigadas a través de la mitad del globo tuvieran éxito con todas las series de grupos
implicados en el experimento. Cien fracasos no importarían, si un simple logro pudiese cambiar el
destino de un mundo.
Para cuando llegó la siguiente luna nueva, la tribu había visto un nacimiento y dos muertes. Una de éstas
había sido debida a la inanición; la otra aconteció durante el ritual nocturno, cuando un macho de
desplomó de súbito mientras intentaba golpear delicadamente dos piedras. Al punto, el cristal se
oscureció, y la tribu había quedado liberada del ensalmo. Pero el caído no se movió; y por la mañana,
desde luego, había desaparecido.
No hubo ejecución la siguiente noche; el cristal se hallaba aún analizando su error. La tribu pasó ante él
en la oscuridad, ignorando su presencia por completo. La noche siguiente estuvo de nuevo dispuesta la
función.
Los cuatro rollizos mono-humanoide estaban aún allí, y esta vez hacían cosas extraordinarias.
Moon-Watcher comenzó a temblar irrefrenablemente; sentía como si le fuese a estallar el cerebro, y
deseaba apartar la vista. Pero aquel implacable control mental no aflojaba su presa y se vio forzado a
seguir la lección hasta el final, aunque todos sus instintos se sublevaran contra ello.
Aquellos instintos habían servido bien a sus antepasados, en los días de cálidas lluvias y abundante
fertilidad, cuando por doquiera se hallaba el alimento presto a la recolección. Mas los tiempos habían
cambiado, y la sabiduría heredada del pasado se había convertido en insensatez. Los mono-humanoide
tenían que adaptarse, o morir... como las grandes bestias que habían desaparecido antes que ellos, y
cuyos huesos se hallaban empotrados en los cerros de caliza.
Así, Moon-Watcher miró con mirada fija y sin que le pestañearan los ojos el monolito de cristal, mientras
su cerebro permanecía abierto a sus aún inciertas manipulaciones. A menudo sentía nauseas, pero
siempre tenía hambre; y de cuando en cuando sus manos se contraían inconscientemente sobre los
moldes que habían de determinar su nuevo sistema de vida.
Moon-Watcher se detuvo de súbito, cuando la hilera de cerdos atravesó la senda, olisqueando y
gruñendo. Cerdos y mono-humanoide se habían ignorado siempre mutuamente, pues no había conflicto
alguno de intereses entre ellos. Como la mayoría de los animales que no competían por el mismo
alimento, se mantenían simplemente apartados de sus caminos particulares.
Sin embargo, a la sazón Moon-Watcher quedóse contemplándolos, con inseguros movimientos hacia
atrás y adelante al sentirse hostigado por impulsos que no podía comprender. De pronto, y como en un
sueño, comenzó a buscar en el suelo... no sabría decir qué, aun cuando hubiese tenido la facultad de la
palabra. Lo reconoció al verlo.
Era una piedra pesada y puntiaguda, de varios centímetros de longitud, y aunque no encajaba
perfectamente en su mano, serviría. Al blandirla, aturrullado por el repentino aumento de peso, sintió una
agradable sensación de poder y autoridad. Y seguidamente comenzó a moverse en dirección al cerdo más
próximo.
Era un animal joven y estólido, hasta para la norma de inteligencia de aquella especie. Aunque lo
observó con el rabillo del ojo, no lo tomó en serio hasta demasiado tarde. ¿Por qué habrían de sospechar
aquellas inofensivas criaturas de cualquier maligno intento? Siguió hozando la hierba hasta que el
martillo de piedra de Moon-Watcher le privó de su vaga conciencia. El resto de la manada siguió
pastando sin alarmarse, pues el asesinato había sido rápido y silencioso.
Todos los demás mono-humanoide del grupo se habían detenido para contemplar la acción, y se
agrupaban ahora con admirativo asombro en torno a Moon-Watcher y su víctima. Uno de ellos recogió el
arma manchada de sangre, y comenzó a aporrear con ella al cerdo muerto. Otros se le unieron en la tarea
con toda clase de palos y piedras que pudieron recoger, hasta que su blanco quedó hecho una pulpa
sanguinolenta.
Luego sintieron hastío; unos se marcharon, mientras otros permanecieron vacilantes en torno al
irreconocible cadáver... pendiente de su decisión el futuro de un mundo. Pasó un tiempo
sorprendentemente largo hasta que una de las hembras con cría comenzase a lamer la sangrienta piedra
que sostenía en sus manos.
Y todavía paso mucho más tiempo antes de que Moon-Watcher, a pesar de todo lo que se le había
enseñado, comprendiese realmente que no necesitaba tener hambre nunca más.

4 – El leopardo

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