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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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viernes, 17 de mayo de 2013

El Dragón - Ray bradbury


El Dragón
Ray bradbury



La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro
movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no
volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos
convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos
hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les
latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y
en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban
en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la
respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó
el fuego con la espada.
¡No, idiota, nos delatarás!
¡Qué importa! dijo el otro hombre. El dragón puede olernos a kilómetros de
distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al
pueblo vecino.
¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los
caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de
plata de los estribos, suavemente, suavemente.
Ah... el segundo hombre suspiró. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede
aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios,
escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas
blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos
y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las
mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que
los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida
del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros,
pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como
fracasaremos también nosotros?
¡Suficiente, te digo!
¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año
estamos.
Novecientos años después de Navidad.
No, no murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el
pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían
cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún
en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí
estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos
ampare!
¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece
en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos
ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón
mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que
usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles
negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del
horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera
blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro.
El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en
una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni
hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas,
tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el
inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos
hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
Mira... murmuró el primer hombre. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un
monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se
acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de
pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano,
impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los
caballos.
¡Señor!
Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en
los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos.
Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió
su carrera.
¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El
dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro
jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo,
gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un
sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
¿Viste? gritó una voz. ¿No te lo había dicho?
¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
¿Vas a detenerte?
Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.
Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de
fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos
sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un
humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire
quieto.

sábado, 9 de octubre de 2010

Ruido atronador -- Ray Bradbury





Ruido atronador
Ray Bradbury


El anuncio que había en la pared parecía temblar bajo una desli­zante película de agua caliente. Eckels notó que sus pestañas parpa­deaban, y el anuncio brilló en aquella momentánea obscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S. A.
SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO
USTED ELIGE EL ANIMAL
NOSOTROS LE LLEVAMOS ALLÍ
USTED LO MATA

A Eckels se le formó una flema en la garganta. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca dibujaron una sonrisa mientras que lentamente alzaba su mano, con la que agitaba un cheque por valor de diez mil dólares ante el hombre situado al otro lado del escritorio.
¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
No garantizamos nada –dijo el oficial–, excepto los dinosau­rios –se volvió–. Éste es el señor Travis, su guía para el safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dóla­res, además de una posible sanción por parte del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ora anaranjada, ora plateada, ora azul que había al otro extremo de la vasta oficina. Era como el sonido de una gigan­tesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los ca­lendarios de pergamino, todas las horas amontonadas en llamas.
El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbo­nes, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán; todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán vivas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombre­ros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
¡Maldita sea! –murmuró Eckels con la luz de la máquina iluminando su delgado rostro–. Una verdadera máquina del tiempo –sacudió la cabeza–. Da que pensar. Si ayer la elección hubiera ido mal, yo quizás estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios, ganó Keith. Será un buen presidente.
Sí –dijo el hombre sentado tras el escritorio–. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, an­tiintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando aunque no del todo. Decían que si Deutscher era presidente querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
Matar mi dinosaurio.
Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
¡Trata de asustarme!
Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safa­ris y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más condenada emoción que un cazador pueda pretender. Lo envia­remos a sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque durante un rato. Se le retorcían los dedos.

Buena suerte –dijo el hombre sentado tras el mostrador–. El señor Travis está a su disposición.
Silenciosamente cruzaron el salón, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día... Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019. ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió.
Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.
Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. En la Máquina había otros cuatro hombres. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y otros dos cazadores, Billings y Kramer. Se miraron mutuamente y los años llamearon alrededor.
¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? –pre­guntó Eckels.
Si da usted en el sitio preciso –dijo Travis por la radio del casco–. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna vertebral. Si no les tiramos a éstos, tendremos más probabilidades. Aciértele con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La Máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
¡Dios santo! –dijo Eckels–. Los cazadores de todos los tiem­pos nos envidiarían.
El Sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se en­contraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules sobre las rodillas.
Cristo no ha nacido aún –dijo Travis–. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las Pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
Eso –señaló el señor Travis– es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía entre la vegetación salva­je, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
Y eso –dijo– es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que, de algún modo, usted toque este mundo del pasado. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
¿Por qué? –preguntó Eckels.
Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas, y flores de color de sangre.
No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una má­quina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadverti­damente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
No me parece muy claro –dijo Eckels.
Muy bien –continuó Travis–, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de ese individuo, ¿entiende?
Entiendo.
¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
Bueno, ¿y eso qué? –dijo Eckels.
¿Eso qué? –gruñó suavemente Travis–. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insec­tos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Eventualmente todo se reduce a esto: cin­cuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las ca­vernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona, al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a ese hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desenca­denará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra Tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizá Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizás Europa sea para siempre un bosque obscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplas­tará las Pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise fuera!
Ya veo –dijo Eckels–. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos fac­tores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordina­rias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá no­sotros no podamos cambiar el tiempo. O quizá sólo pueda cambiar de modo muy sutil. Quizás un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos más allá, más tarde, una desproporción en la población, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de aleja­dos países. O aún algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando muy de cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? Nosotros no. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepa­mos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Como usted sabe, esta máquina, este sen­dero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nues­tras bacterias en una antigua atmósfera.
¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
Están marcados con pintura roja –dijo Travis–. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta era particular y siguió a ciertos animales.
¿Para estudiarlos?
Exactamente –dijo Travis–. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol, u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
Pero si ustedes vinieron esta mañana –dijo Eckels ansiosamente–, debían de haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
Eso hubiese sido una paradoja –dijo Lesperance–. El tiempo no permite esas confusiones… un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un aeroplano que cae en el vacío. ¿Sintió usted ese salto de la máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted también señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
Dejemos esto –dijo Travis bruscamente–. ¡Todos en pie!
Se prepararon para dejar la Máquina.
La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
¡No haga eso! –dijo Travis–. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le disparara el arma…
Eckels enrojeció…
¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
Lesperance miró su reloj de pulsera.
Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Sobre todo, busque la pintura roja. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el sendero. ¡Quédese en el sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
Qué raro –murmuró Eckels–. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de las elecciones. Keith es presidente. La gente lo celebra. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
¡Levanten el seguro todos! –ordenó Travis–. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto sí que es caza –dijo Eckels–. Tiemblo como un niño.
¡Ah! –dijo Travis.
Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
Ahí adelante –susurró–. En la niebla. Ahí está. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos, y suspiros.
De pronto, todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
Un ruido atronador.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió Tyrannosaurus rex.
Es… –murmuró Eckels–. Es…
¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre sus patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilogramos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil, y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpientes se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de Sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
¡Dios mío! –Eckels torció la boca–. Puede incorporarse y alcanzar la Luna.
¡Chist! –Travis sacudió bruscamente la cabeza–. Todavía no nos ha visto.
No es posible matarlo –Eckels emitió serenamente este ve­redicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión; el arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido–. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
¡Cállese! –siseó Travis.
Una pesadilla.
Dé media vuelta –ordenó Travis–. Vaya tranquilamente hasta la Máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
No imaginé que sería tan grande –dijo Eckels–. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
¡Nos ha visto!
¡Ahí está, la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aún cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
Sáquenme de aquí –dijo Eckels–. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
No corra –dijo Lesperance–. Vuélvase. Ocúltese en la Má­quina.
Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como tratando de mo­verlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
¡Eckels!
Eckels avanzó algunos pasos, parpadeando y arrastrando los pies.
¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia delante con un terrible grito. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió, mostrando sus brillantes dientes al Sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió entre chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una mon­taña, Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el sendero de metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Un chorro de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, dentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Tras la tormenta, una gran paz. Tras la pesadilla, el despertar.
Billings y Kramer se sentaron en el Sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estreme­ciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.
Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. Uno podía oír los suspiros y murmullos en su interior, a medida que morían las cámaras más lejanas, y los órga­nos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba, para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren todas las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Se oyó otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo concluyente,
Ahí está –dijo Lesperance, y consultó su reloj–. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal –miró a los dos cazadores–. ¿Quieren la fotogra­fía trofeo?
¿Qué?
No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Se debe mantener el equilibrio. Dejamos el cuerpo, pero podemos llevarnos una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.
Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer cansadamente en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante arma­dura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
Lo siento –dijo al fin.
¡Levántese! –gritó Travis.
Eckels se levantó.
¡Vaya por ese Sendero, solo! –dijo Travis, apuntando con el rifle–. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo.
Espera...
¡No te metas en esto! –Travis apartó la mano de Lesperan­ce–. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Estamos arruinados! Dios sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garan­tizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Incluso pueden quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la historia!
Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
¿Cómo podemos saberlo? –gritó Travis–. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Meta los brazos hasta los codos en la boca, y luego vuelva.
¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Lentamente, Eckels se volvió a mirar el primi­tivo basurero, la montaña de pesadillas y terror. Al cabo de unos instantes, como un sonámbulo, arrastrando los pies, se dirigió hacia el monstruo.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una sostenía un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
No había por qué obligarlo a eso –dijo Lesperance.
¿No? Es demasiado pronto para saberlo –Travis, con el pie, tocó el cuerpo inmóvil–. Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien –le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance–. Enciende. Volvamos a casa.

1492. 1776. 1812.
Se limpiaron la cara y las manos. Se cambiaron la camisa y los pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba en silencio. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
No me mire –gritó Eckels–. No hice nada.
¿Quién puede decirlo?
Salí del Sendero, eso es todo, traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999. 2000. 2055.
La Máquina se detuvo.
Afuera –dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no exactamente. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio. Travis miró alrededor rápidamente.
¿Todo bien aquí? –estalló.
Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del Sol por la única ventana alta.
Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
¿No me ha oído? –dijo Travis–. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una substancia química tan sutil, tan leve, que sólo sus subliminales sentidos le advertían del lánguido clamor que estaba allí. Los colores, blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran..., eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de ese cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exacta­mente el mismo hombre detrás del mismo escritorio... se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué clase de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los mu­ros, casi, como piezas de ajedrez que arrastrara un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo, el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO S. A.
SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO
USTÉ NOMBRA EL ANIMAL
NOSOTROS LE LLEBAMOS AYÍ
USTÉ LO MATA

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! –gritó Eckels.
Cayó al suelo, una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigan­tesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿O sí?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la voz:
¿Quién..., quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre sentado tras el mostrador se rió.
¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre con agallas. ¡Sí, señor! ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Con dedos temblorosos recogió la mariposa dorada.
¿No podríamos –se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina–, no podríamos llevarla allí, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó, estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro y apuntaba.

Un ruido atronador.

martes, 7 de octubre de 2008

CRONICAS MARCIANAS -- USHER II -- RAY BRADBURY

CRONICAS MARCIANAS -- USHER II -- RAY BRADBURY

ABRIL DE 2005

 
Usher II



-«Durante todo un día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes colgaban opresivas y bajas en los cielos, yo había estado cruzando, montado a caballo, una región singularmente lóbrega, y de pronto, cuando ya se cerraban las sombras de la noche, me encontré delante de la melancólica Casa Usher .. »

 

E1 señor Willíam Stendahl dejó de recitar. Allí, sobre una colina baja y negra, estaba la Casa, y la piedra angular tenía una inscripción: 2005 A.D.

 

-Ya está terminada -dijo el señor Bigelow, el arquitecto-. Aquí tiene la llave, señor Stendahl.

 

Las dos figuras se alzaban inmóviles en la tranquila tarde otoñal. Los planos azules crujían sobre la hierba de color de cuervo.

 

-La Casa Usher -dijo el señor Stendahl con satisfacción-. Proyectada, construida, comprada, pagada. ¿El señor Poe no estaría encantado?

 

El señor Bigelow entornó los ojos.

 

-¿Era esto lo que quería, señor?

 

-¡Sí!

 

-¿El color está bien? ¿Es desolado y terrible?

 

-¡Muy desolado, muy terrible!

 

-¿Las paredes son... lívidas?

 

-¡Asombrosamente lívidas!

 

-¿La laguna es bastante negra y siniestra? 

 

-Increíblemente negra y siniestra.

 

-Y los juncos, no sé si sabe usted, señor Stendahl, que los hemos teñido, ¿tienen ahora el color gris y ébano apropiado?

 

-¡Son horribles!

 

El señor Bigelow consultó sus planos arquitectónicos.

 

-La Casa, la laguna, el suelo, señor Stendahl, <
 

-Señor Bigelow, vale lo que cuesta, hasta el último centavo. Dios mío, ¡qué hermosa es!

 

-Gracias. He tenido que trabajar a ciegas. Por fortuna, tenía usted sus propios cohetes, o no hubiésemos podido traer la mayor parte del equipo. Ya habrá observado usted el permanente crepúsculo, el invariable mes de octubre, la tierra desnuda, estéril, muerta. Hemos trabajado mucho. Matamos todo. Diez mil toneladas de DDT No ha quedado una rana, una víbora, ni siquiera una mosca marciana. Crepúsculo permanente, señor Stendahl, estoy orgulloso. Unas máquinas ocultas oscurecen el sol. Todo es siempre adecuadamente «siniestro».

 

Stendah1 respiró la tristeza, la opresión, los vapores pestilentes, toda la «atmósfera» tan delicadamente concebida y adaptada. ¡Y la Casa! ¡Ese horror tambaleante, la laguna maléfica, los hongos, la extendida putrefacción! ¿Quién podía adivinar si era o no de material plástico?

 

Stendahl miró el cielo de otoño. En algún sitio, allá arriba, más allá, muy lejos, estaba el sol. En algún sitio era abril en Marte, un mes amarillo de cielo azul. En algún sitio, allá arriba, descendían las naves con una estela de llamas, dispuestas a civilizar un planeta maravillosamente muerto. Pero el fragor de los cohetes no llegaba a este mundo sombrío y silencioso, a este antiguo mundo otoñal y a prueba de ruidos.

 

-Ahora que mi tarea ha terminado -dijo el señor Bigelow, intranquilo-, ¿puedo preguntarle qué va a hacer usted con todo esto?

 

-¿Con Usher? ¿No lo ha adivinado?

 

-No.

 

-¿El nombre de Usher no significa nada para usted?

 

-Nada.

 

-Bueno, ¿y este nombre: Edgar Allan Poe?

 

El señor Bigelow meneó la cabeza.

 

-Por supuesto -gruñó delicadamente el señor Stendahl, con desaliento y desprecio a la vez-. ¿Cómo pude pensar que conoce al bendito señor Poe? Murió hace mucho tiempo, antes que Lincoln. Quemaron todos sus libros en la Gran Hoguera. Hace ya treinta años...

 

---Ali -dijo juiciosamente el señor Bigelow-. ¡Uno de aquéllos!

 

-Sí, Bigelow, uno de aquéllos. Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos.

 

-Ya.

 

-Tenían miedo de la palabra «política», que entre los elementos más reaccionarios acabó por ser sinónimo de comunismo, de modo que pronunciar esa palabra podía costarle a uno la vida. Y apretando un tornillo aquí y una tuerca allá, presionando, sacudiendo, tironeando, el arte y la literatura fueron muy pronto como una gran pasta de caramelo, retorcida y aplastada, sin consistencia y sin sabor. Poco después las cámaras cinematográficas se detuvieron, los teatros quedaron a oscuras, y de las imprentas que antes inundaban el mundo con un Niágara de material de lectura, brotó una materia inofensiva e insípida, como de un cuentagotas. ¡Oh, hasta el «entretenimiento» era extremista, se lo aseguro!

 

-¿De veras?

 

-Así es. El hombre, decían, ha de afrontar la realidad. ¡Ha de afrontar el Aquí y el Ahora! Todo lo demás tiene que desaparecer. ¡Las hermosas mentiras literarias, las ilusiones de la fantasía, han de ser derribadas en pleno vuelo! Y las alinearon contra la pared de una biblioteca un domingo por la mañana, hace treinta años. Alinearon a Santa Claus, y al jinete sin Cabeza, y a Blanca Nieves y Pulgarcito, y a Mi Madre la Oca.... Oh, ¡qué lamentos!, y quemaron los castillos de papel y los sapos encantados y a los viejos reyes, y a todos los que «fueron eternamente felices», pues estaba demostrado que nadie fue eternamente feliz, y el «había una vez» se convirtió en «no hay más». Y las cenizas del fantasma Rickshaw se confundieron con los escombros del país de Oz, e hicieron unos paquetes con los huesos de Ozma y Glinda la Buena, y destrozaron a Polícromo en un espectroscopío y sirvieron a Jack Cabeza de Calabaza con un poco de merengue en el baile de los biólogos. La Bella Durmiente despertó con el beso de un hombre de ciencia y expiró con el fatal pinchazo desu jeringa. Hicieron que Alicia bebiera algo de una botella que la devolvió a un tamaño donde no podía seguir gritando «más curioso y más curioso» y rompieron el Espejo de un martillazo y acabaron con el Rey Rojo y la Ostra.

 

El señor Stendahl apretó los puños, jadeante, el rostro enrojecido. ¡Oh Dios, no había pasado tanto tiempo!

 

En cuanto al señor Bigelow, la larga explosión del señor Stendahl lo había dejado estupefacto. Al fin parpadeó y dijo:

 

-Lo siento. No sé de qué me habla usted. Sólo nombres para mí. He oído decir que la Gran Hoguera fue una cosa buena.

 

-¡Fuera! -gritó Stendahl-. ¡Su trabajo ha terminado, y ahora déjeme solo, idiota!

 

El señor Bigelow llamó a los carpinteros y se alejó.

 

El señor Stendahl se quedó solo ante la Casa.

 

-Oídme todos -les dijo a los invisibles cohetes-. Vine a Marte para alejarme de vosotros, gente de Mente Limpia, pero llegáis en enjambres cada vez más espesos, como moscas a la carroña. Pues bien, ha llegado mi hora. Os daré una buena lección por lo que le hicisteis al señor Poe en la Tierra. ¡Desde hoy, cuidado! ¡La Casa Usher está abierta!

 

Y alzó al cielo un puño amenazante.

 

 

 

El hombre salió del cohete con aire despreocupado. Le echó una mirada a la Casa, y una expresión de irritación y disgusto le ensombreció los ojos grises. Cruzó el foso y se acercó al hombrecito que esperaba allí.

 

-¿Usted es Stendahl?

 

-Yo soy Garrett, inspector de Climas Morales.

 

-¿De modo que al fin llegaron a Marte, ustedes los de¡ Clima Moral? Me estaba preguntando cuándo aparecerían.

 

-Llegamos la semana pasada. Muy pronto todo será aquí limpio y ordenado como en la Tierra -dijo Garrett, y sacudió irritado una tarjeta de identidad, señalando la Casa-. ¿Por qué no me dice que es esto, Stendahl?

 

-Un castillo encantado, si le parece.

 

-No me gusta, Stendahl, no me gusta. El sonido de esa palabra encantado

 

-No es nada complicado. En el año de gracia dos mil cinco, he construido un santuario mecánico: murciélagos de cobre que vuelvan en rayos electrónicos, ratas de bronce que corretean por sótanos de material plástico, esqueletos robots que bailan, vampiros robots, arlequines, lobos, fantasmas blancos, productos todos de la química y el ingenio del hombre.

 

-Lo que me temía -dijo Garrett sonriendo pacíficamente-. Tendremos que echar abajo la casa, señor Stendahl.

 

-Sabía que vendrían ustedes, tan pronto como se enteraran.

 

-Hubiera venido antes, pero en Climas Morales queríamos estar seguros de las intenciones de usted. Los desmanteladores y la brigada de incendios, podemos tenerlos aquí a la hora de la cena. Y a medianoche no quedará de su Casa ni los cimientos. Señor

Stendahl, me parece usted un poco bobo. Gastar en una tontería dinero ganado con trabajo. Por lo menos le ha costado a usted tres millones de dólares...

 

-Cuatro millones. Pero en mi juventud, señor Garrett, heredé veinticinco millones. Me puedo permitir este gasto. Es una lástima, sin embargo, haber terminado la Casa no hace más de una hora y que ya se precipiten sobre ella usted y sus desmanteladores ¿No podría dejarme disfrutar de mi juguete durante digamos, veinticuatro horas?

 

-Ya conoce usted la ley. Es muy estricta. Nada de libros, nada de Casas, nada que pueda sugerir de alguna manera fantasmas, vampiros, hadas y otras criaturas de la imaginación.

 

- ¡Pronto quemarán a los Babbitt! 

 

-Usted nos dio mucho que hacer, señor Stendahl. Consta en nuestros registros. Hace veinte años. En la Tierra. Usted y su biblioteca.

 

-Sí, yo y mi biblioteca. Y unos pocos más como yo. Oh, ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo tenía mi pequeño refugio. Unos pocos ciudadanos conservamos nuestras bibliotecas hasta que llegaron ustedes, con antorchas e incineradores, y destrozaron y quemaron mis cincuenta mil libros. Un día atravesaron también con un palo el corazón del día de Todos los Muertos, y les dijeron a los productores de cine que si querían hacer algo se limitasen a repetir y a repetir, una y otra vez, a Ernest Hemingway. ¡Dios santo, cuántas veces he visto Por quién doblan las campanas! Treinta versiones diferentes. Todas realistas. ¡Oh, el realismo! ¡Oh el aquí, oh el ahora, oh el infierno!

 

-Es inútil amargarse.

 

-Señor Garrett, usted tiene que presentar un informe completo, ¿no es asi

 

-Sí.

 

-Aunque sólo sea por curiosidad, entre y mire un rato. No tardaremos más de un minuto.

 

-Muy bien. Guíeme. Y nada de trampas. Estoy armado.

 

La puerta de la Casa Usher se abrió rechinando, y dejó escapar un viento de humedad, y se oyeron unos gemidos y unos suspiros muy hondos, como si grandes fuelles subterráneos respiraran en lejanas catacumbas.

 

Una rata corrió por el suelo de piedra. Garrett, gritando, le dio un puntapié. La rata rodó, y de su piel de nailon brotó una increíble horda de moscas metálicas.

 

-¡Asombroso! -Garrett se inclinó y miró.

 

Una vieja bruja estaba sentada en un nicho y barajaba con temblorosas manos de cera un mazo anaranjado y azul de naipes de Tarot. Sacudió la cabeza, y le siseó a Garrett a través de la boca desdentada, golpeando los naipes grasientos con las puntas de los dedos.

 

-¡La muerte! -gritó.

 

-A esto, precisamente, me refería -dijo Garrett-. ¡Deplorable!

 

-Permitiré que usted mismo la queme. 

 

-¿De veras? -dijo Garrett satisfecho. En seguida frunció el entrecejo-. He de reconocer que se lo toma usted muy bien.

 

-Me basta haber podido crear este sitio. Poder decir que lo hice. Decir que he creado un ambiente medieval en un mundo moderno e incrédulo.

 

-Yo mismo no puedo dejar de admirar el genio inventivo de usted, señor.

 

Garrett miró una niebla que pasaba, susurrando y susurrando, y que parecía una hermosa y vaporosa mujer. En el fondo de un pasillo húmedo giraron unas ruedas, y como hilos de caramelo lanzados por una máquina centrífuga, las neblinas flotaron murmurando en los aposentos silenciosos.

 

Un gorila brotó de la nada.

 

-¡Cuidado! -gritó Garrett.

 

Stendahl golpeó levemente el pecho negro de¡ gorila.

 

-No tema. Un robot. Cobre y otros materiales, como la bruja. ¿Ve? -Tocó la piel descubriendo unos tubos de metal.

 

_Sí. -Garrett alargó tímidamente una mano-. Pero ¿por qué? ¿Por qué todo esto, señor Stendahl? ¿Qué lo obsesiona?

 

-La burocracia, señor Garrett. Ahora no puedo explicárselo. Pero el gobierno lo sabrá muy pronto. -Y Stendahl hizo una seña al gorila---. Bien. Ahora.

 

El gorila mató al señor Garrett.

 

 

-¿Estamos listos, Pikes?

 

Pikes, inclinado sobre la mesa, alzó los ojos.

 

-Sí, señor.

 

-Ha hecho usted un espléndido trabajo.

 

-Bueno, para eso me pagan, señor -dijo Pikes suavemente mientras levantaba el párpado de plástico del robot y ajustaba con precisión el ojo de vidrio a los músculos de goma-Ya está.

 

-La vera efigie del señor Garrett.

 

Pikes señaló la mesa rodante donde yacía el cadáver del verdadero señor Garrett.

 

-¿Qué hacemos con él, señor?

 

-Quémelo, Pikes. No necesitamos dos Garrett, ¿no es cierto?

 

Pikes arrastró la mesa hasta el incinerador de ladrillo.

 

-Adiós -dijo, metió dentro al señor Garrett y cerró la puerta.

 

-Adiós.

 

Stendah1 miró al robot.

 

-¿Recuerda las instrucciones, Garrett?

 

-Sí, señor. -El robot se sentó en la mesa muy tieso-. Vuelvo a Climas Morales. Redactaré un informe complementario. Demoren intervención cuarenta y ocho horas. Continúo investigando.

 

-Bien, Garrett. Adiós.

 

El robot corrió hacia el cohete de Garrett, entró, y se fue volando.

 

Stendahl se volvió.

 

-Bueno, Pikes, ahora enviaremos las últimas invitaciones para esta noche. Creo que nos divertiremos, ¿no es cierto?

 

-Teniendo en cuenta que hemos esperado veinte años, ¡será toda una fiesta! -Se guiñaron los ojos.

 

 

 

Las siete. Stendahl miró su reloj. Era casi la hora. Hizo girar la copa de jerez en la mano, y luego se sentó, tranquilamente. Sobre él, entre las vigas de roble, los murciélagos, de delicados huesos de cobre ocultos bajo la carne de caucho, chillaban y lo miraban parpadeando. Stendahl levantó la copa hacia ellos.

 

-Por nuestro éxito -dijo.

 

Y reclinándose en el sofá cerró los ojos y consideró otra vez el asunto. Con qué placer recordaría esta noche cuando fuera viejo. El gobierno antiséptico pagaba al fin sus conflagraciones y sus terrores literarios. Oh, cómo habían crecido en él la furia y el odio a lo largo de los años. Oh, cómo el plan había cobrado forma lentamente en su mente aletargada, hasta el día en que había conocido a Pikes, tres años atrás.

 

Ah, sí, Pikes. Pikes, corroído por una amargura profunda, como un oscuro pozo de ácido verde. ¿Quién era Pikes? El más grande de todos. Pikes, el hombre de diez mil caras, una furia, una humareda, una niebla azul, una lluvia blanca, un murciélago, una gárgola, un monstruo, ¡eso era Pikes! ¿Superior a Lon Chaney, padre? Stendahl, que había visto a Lon Chaney noche tras noche, en películas viejas, muy viejas, meditó unos instantes. Sí, superior a Chaney. ¿Superior a aquella otra vieja momia? ¿Cómo se llamaba? ¿Karloff? Muy superior. ¿Lugosi? La comparación era odiosa. No, no había más que un Pikes. Y le habían prohibido todas sus fantasías. No había lugar para él en la Tierra, ni gente que pudiera admirarlo. ¡Ni siquiera podía representar ante un espejo, ante sí mismo!

 

¡Pobre, imposible y derrotado Pikes! ¡Qué habrás sentido, Pikes, aquella noche en que arrancaron tus películas de las cámaras, como si les sacaran las entrañas, tus propias entrañas, para arrojarlas luego en rollos y pilas a las llamas de un horno! ¿Habrás sufrido tanto como yo cuando destruyeron mis cincuenta mil libros sin una disculpa? Sí, sí. Stendahl sintió que una furia insensata le helaba las manos. Cómo no iba a ser natural que en incontables medias noches conversaran consumiendo interminables cafeteras, y que de esas conversaciones y de ese fermento amargo saliera... la Casa Usher.

 

Se oyeron las campanadas de una gran iglesia. Llegaban los invitados.

 

Stendahl, sonriendo, fue a recibirlos.

 

 

 

Adultos sin memoria, los robots esperaban. Vestidos de seda verde como los charcos de los bosques, envueltos en sedas del color de las ranas y los helechos, ellos esperaban. Envueltos en pieles amarillas, como el sol y la arena, los robots esperaban. Aceitados, con huesos de tubos de bronce sumergidos en gelatina. En cajas de madera, en ataúdes fabricados para los que no estaban vivos ni muertos, los metrónomos esperaban que los pusieran en marcha. Un olor de lubricación y bronces torneados. Un silencio de cementerio. Sexuados, pero sin sexo, los robots. Nominados, pero sin nombre, con todas las características humanas menos la humanidad, en una muerte que ni siquiera era muerte, ya que nunca había sido vida, los robots miraban fijamente las tapas ccerradas de sus cajas, esas cajas en las que alguien había grabado las letras EO.B. Y de pronto rechinaron los clavos. De pronto se levantaron las tapas, hubo sombras en las cajas, y una mano apretó una lata de aceite. Se oyó el leve tictac de un reloj, luego otro y otro, hasta que el sótano se convirtió en una inmensa y ronroneante relojería. Los párpados de goma se abrieron y descubrieron los ojos de mármol; las narices palpitaron; los robots se levantaron vestidos con una velluda piel de mono, o una piel blanca de conejo; Tweedledum detrás de Tweediedee, la Tortuga y el Ratón, cadáveres de ahogados en un mar de sal y algas, ahorcados de rostros violáceos y ojos desorbitados y viscosos, seres de hielo y de ardientes oropeles, enanos de arcilla y gnomos de pimienta, Tik-Tok, Ruggedo, Santa Claus precedido por un torbellino de nieve, Barba Azul con patillas de acetileno, y nubes sulfurosas con lenguas de fuego verde, y por último un dragón gigantesco y escamoso que llevaba un horno en el vientre cruzó la puerta con un grito, un rugido, un silencio, un torrente, una ráfaga. Diez mí¡ tapas cayeron. La relojería invadió Usher. La noche estaba encantada.

 

 

 

Una cálida brisa pasó sobre el paisaje. Los invitados llegaron en cohetes que abrasaban el cielo y transformaban el otoño en primavera.

 

Los hombres vestidos de etiqueta salieron de los cohetes, y detrás de ellos salieron las mujeres con peinados muy altos y complicados.

 

-¡Así que esto es Usher!

 

-¿Pero dónde está la puerta?

 

En ese momento apareció Stendahl. Las mujeres reían y parloteaban. El señor Stendahl levantó una mano imponiendo silencio. Se volvió, miró una alta ventana de castillo y llamó:

 

~Rapunzel, Rapunzel, suéltale el pelo.

 

Y allá arriba, una hermosa doncella se inclinó sobre el viento de la noche, y se soltó el cabello dorado. Y el cabello flotó y se retorció y fue una escalera, y los invitados subieron riendo, y entraron en la Casa.

 

¡Muy eminentes sociólogos! ¡Inteligentes psicólogos! ¡Tremendamente importantes políticos, bacteriáóogos y neurólogos! Allí estaban, entre paredes húmedas.

 

-¡Bienvenidos!

 

El señor TVron, el señor Owen, el señor Dunne, el señor Lang, el señor Steffen, el señor Fletcher, y dos docenas más.

 

-Pasen, pasen.

 

La señorita Gibbs, la señorita Pope, la señorita Churchill, la señorita Blunt, la señorita Drummond y una veintena de otras resplandecientes mujeres.

 

Personas eminentes, sí, eminentes todas ellas, miembros de la Sociedad de Represión de la Fantasía, enemigos de la fiesta de Todos los Muertos y de¡ día de Guy Fawkes, cazadores de murciélagos, incendiarios de libros, portadores de antorchas; ciudadanos pacíficos y limpios, ciudadanos que habían, todos ellos, esperado a que los hombres toscos llegaran a Marte, enterraran a los marcianos, limpiaran las ciudades, construyeran pueblos, repararan las carreteras y suprimieran todos los peligros. Después, cuando ya todo estaba tranquilo, vinieron ellos, los aguafiestas, gentes con ojos de color de yodo y sangre de mercuriocromo a imponer sus Climas Morales, a repartir bondad. ¡Y ésos eran los amigos de Stendahl! Sí, con cuidado, con mucho cuidado, los había buscado, uno por uno, y en el último año pasado en la Tierra se había hecho amigo de todos ellos.

 

-¡Bienvenidos a las antesalas de la Muerte! -les gritó.

 

-Hola, Stendahl, ¿qué es esto?

 

-Ya lo verán, Que se desvista todo el mundo. Entren en estos cuartos y cámbiense de ropa. Los hombres aquí, las mujeres allá.

 

Los invitados, un poco intranquilos, no se movieron.

 

-No sé si debemos quedarnos -dijo la señorita Pope-. No me gusta el aspecto de todo esto. Es casi... una blasfemia.

 

-¡Qué tontería! Es un baile de disfraz.

 

-Parece algo ¡legal -gruñó el señor Steffens.

 

Stendahl se echó a reír.

 

-Vamos, vamos, diviértanse. Mañana todo esto será una ruina. Entren en los cuartos.

 

La Casa resplandeció, de vida y color. Los arlequines corrían con gorros de cascabeles; los ratones blancos bailaban unas cuadrillas al compás de una música que unos enanos tocaban con arcos diminutos en violines diminutos; en las vigas chamuscadas ondeaban los banderines, nubes de murciélagos volaban entre unas gárgolas, y de las bocas de las gárgolas salía un vino fresco, puro y espumante. Un arroyo serpenteaba por las siete salas del baile de máscaras. Los invitados lo probaban y descubrían que era jerez. Los invitados salían de los cuartos transformados en personajes de otra época, con los rostros cubiertos por antifaces, perdiendo al ponerse las máscaras todo derecho a quereliarse con la fantasía y el terror. Las mujeres vestidas de rojo se reían desplazándose por los salones. Los hombres las cortejaban bailando. Y en las paredes había sombras, aun donde no había cuerpos, y aquí y allá había espejos que no reflejaban ninguna imagen.

 

-¡Todos nosotros vampiros! -rió el señor Fletcher---. ¡Muertos!

 

Las siete salas eran de distinto color: una azul, una morada, una verde, una anaranjada, una blanca, una violeta, y la última amortajada en terciopelo negro. En esta sala negra un reloj de ébano daba sonoramente la hora. Y los invitados, ya casi borrachos, corrían por las salas entre fantásticos robots, entre ratones y Sombrereros Locos, gnomos y gigantes, Gatos Negros y Reinas Blancas, y bajo los pies de los bailarines el suelo latía pesadamente como un oculto corazón delator,

 

-Señor Stendahl.

 

Un murmullo.

 

-Señor Stendahl.

 

Un monstruo, con el rostro de la Muerte, se detuvo junto a Stendahl. Era Pikes.

 

-Quiero hablar con usted.

 

-¿Qué pasa?

 

Pikes extendió una mano esquelética con unas cuantas ruedas, tuercas, tornillos y pernos calcinados o fundidos a medias.

 

Stendahl los contempló largamente. Luego llevó a Pikes a un pasillo.

 

-¿Garrett? -susurró.

 

Pikes asintió.

 

-Ha mandado a un robot. Cuando limpié el horno, encontré esto.

 

Pikes y Stendahl miraron las fatídicas piezas.

 

-Esto significa que la policía llegará en cualquier momento -dijo Pikes-. Y arruinarán nuestros planes.

 

Stendahl observó a los bailarines; un torbellino de gente amarilla, anaranjada y azul. La música barría los salones neblinosos.

 

-No sé. Tendría que haber adivinado que Garrett no vendría en persona. No es tan tonto. Pero, espere...

 

~¿Qué pasa?

 

-Nada. No pasa nada. Garrett nos envió un robot. Bien, pero nosotros le enviamos otro... Si no lo examina con cuidado, no notará la diferencia.

 

-¡Por supuesto!

 

-La próxima vez vendrá él mismo, pues pensará que no hay peligro. Es posible que se presente en cualquier momento, ¡en persona! ¡Más vino, Pikes!
Se oyó un enorme tañido.
-Apuesto a que es él. Hágalo pasar.

Rapunzel se soltó el cabello dorado.

-¿El seño Stendahl?

-¿El señor Garrett? ¿El verdadero señor Garrett?

Garrett examinó las paredes húmedas y a la gente que daba vueltas.

-El mismo. He creído conveniente una inspección personal. No se puede confiar en los robots, menos aún en los ajenos. Antes de salir para aquí he citado a los desmanteladores. Llegarán dentro de una hora, preparados para echar abajo esta horrible guarida.

Stendah1 se inclinó ceremoniosamente.

-Gracias por advertírmelo. Mientras tanto, podría usted divertirse. ¿Un poco de vino?


-No, gracias. ¿Qué pasa aquí? ¿A qué extremos puede llegar un hombre?
-Véalo usted mismo, señor Garrett.

-El crimen -dijo Garrett.

~El más repugnante.

Una mujer chilló. La señorita Pope llegó corriendo, con la cara blanca como un queso.

-¡Ha ocurrido algo horrible! ¡Un mono ha estrangulado a la señorita Blunt y la ha metido en una chimenea!

Stendahl y Garrett se volvieron y vieron una larga cabellera amarilla desparramada al pie de la chimenea. Garrett dio un grito.

-¡Horroroso! -sollozaba la señorita Pope. De pronto dejó de llorar. Parpadeó y miró-. ¡Señorita Blunt!

-Sí, aquí estoy -dijo la señorita Blunt.

-¡Pero si acabo de ver cómo la metían en la chimenea!

-No -dijo la señorita Blunt riéndose-. Era un robot. Un perfecto facsímil.

-Pero,pero...

-No llore, querida. Estoy perfectamente bien. Voy a verme a mí misma. ¡Pues sí, aquí estoy! En la chimenea, como usted dijo. Tiene gracia, ¿eh?

Y la señorita Blunt se fue, riéndose.

-¿Quiere un vaso de vino, Garrett?

-Creo que sí. Este asunto me ha puesto los nervios de punta. Dios mío, qué lugar. Merece verdaderamente que lo echemos abajo. Durante un momento creí...


Garrett bebió. Otro alarido. El piso se abrió mágicamente y cuatro conejos blancos descendieron por una escalera llevando en hombros al señor Steffens. Y allá fue el señor Steffens, al fondo de un foso, y allá lo dejaron amordazado y atado, bajo la cuchilla de acero de un gran péndulo oscilante que ahora descendía y descendía, acercándose cada vez más al cuerpo ultrajado del señor Steffens.

-¿Soy yo el que está ahí abajo? -preguntó el señor Steffens apareciendo al lado de Garrett. Se inclinó sobre el pozo-. Qué extraño, qué curioso es verse morir.

El péndulo dio un golpe final.

-No, gracias. ¿Qué pasa aquí? ¿A qué extremos puede llegar un hombre?
-Véalo usted mismo, señor Garrett.

-El crimen -dijo Garrett.

~El más repugnante.

Una mujer chilló. La señorita Pope llegó corriendo, con la cara blanca como un queso.

-¡Ha ocurrido algo horrible! ¡Un mono ha estrangulado a la señorita Blunt y la ha metido en una chimenea!

Stendahl y Garrett se volvieron y vieron una larga cabellera amarilla desparramada al pie de la chimenea. Garrett dio un grito.

-¡Horroroso! -sollozaba la señorita Pope. De pronto dejó de llorar. Parpadeó y miró-. ¡Señorita Blunt!

-Sí, aquí estoy -dijo la señorita Blunt.

-¡Pero si acabo de ver cómo la metían en la chimenea!

-No -dijo la señorita Blunt riéndose-. Era un robot. Un perfecto facsímil.
-Pero,pero...


-No llore, querida. Estoy perfectamente bien. Voy a verme a mí misma. ¡Pues sí, aquí estoy! En la chimenea, como usted dijo. Tiene gracia, ¿eh?

Y la señorita Blunt se fue, riéndose.

-¿Quiere un vaso de vino, Garrett?

-Creo que sí. Este asunto me ha puesto los nervios de punta. Dios mío, qué lugar. Merece verdaderamente que lo echemos abajo. Durante un momento creí...


Garrett bebió. Otro alarido. El piso se abrió mágicamente y cuatro conejos blancos descendieron por una escalera llevando en hombros al señor Steffens. Y allá fue el señor Steffens, al fondo de un foso, y allá lo dejaron amordazado y atado, bajo la cuchilla de acero de un gran péndulo oscilante que ahora descendía y descendía, acercándose cada vez más al cuerpo ultrajado del señor Steffens.

-¿Soy yo el que está ahí abajo? -preguntó el señor Steffens apareciendo al lado de Garrett. Se inclinó sobre el pozo-. Qué extraño, qué curioso es verse morir.

El péndulo dio un golpe final.

-Qué realismo -dijo Steffens alejándose.
-Otro vaso de vino, señor Garrett.

-Sí, por favor.

-Esto no durará. Pronto llegarán los desmanteladores.

-Gracias a Dios.

Y por tercera vez, un grito.

-¿Ahora qué? -dijo Garrett, receloso.

-Ahora me toca a mí -dijo la señorita Drummond-. Miren.

Y poco después una segunda señorita Drummond chillaba dentro de un ataúd mientras la metían debajo del suelo, en una tierra húmeda.

-Pero cómo, yo recuerdo esto -jadeó el investigador de Climas Morales-. Estaba en los viejos libros prohibidos. El enterramiento prematuro. Y lo demás. La fosa, el péndulo, y el mono, la chimenea y los asesinatos de la calle Morgue. ¡Sí! ¡En uno de los libros que quemé!

-Otro trago, Garrett. No mueva la copa.

-¡Dios mío, qué imaginación!

Y en seguida vieron morir a otros cinco. Uno en la boca de un dragón, los otros arrojados a las aguas negras de una laguna, donde se hundieron y desaparecieron.

-¿Le gustaría ver lo que hemos proyectado para usted? -preguntó StendahI.

-¿Por qué no? ¿Qué importa? Pronto vamos a destruir este infiemo. Es usted horrible, Stendahl.

-Venga por aquí.

Y Stendahl llevó abajo a Garrett, a través de numerosos pasillos, y otra vez más abajo por escaleras de caracol, hacia el interior de la tierra, hacia las catacumbas.

-¿Qué quiere mostrarme? -preguntó Garrett.

-Su propia muerte.

-¿La muerte de mi doble?

-Sí. Y otra cosa.

-¿Qué?

-El Amontillado -dijo Stendah1 adelantándose y alzando una linterna deslumbrante.

Unos esqueletos se asomaban levantando las tapas de los ataúdes. Garrett, con un gesto de repugnancia, se llevó una mano a la nariz.

-¿El qué?

-¿No ha oído hablar usted del Amontillado?

-No.

~¿No reconoce usted eso? -Stendahl le señaló una celda.

- ¿Tendría que reconocerlo?

Stendahl sonrió y sacó de entre los pliegues de su capa una paleta de albañil.

-¿Y esto?

-¿Qué es?

-Venga.

Entraron en la celda y Stendahl encadenó a Garrett, que estaba casi borracho.

-Por Dios, ¿qué hace usted? -gritó Garrett sacudiendo las cadenas.

-Me siento irónico. No interrumpa a un hombre que se siente irónico. No sea descortés. Ya está.

-¡Me ha encadenado!

-Es cierto.

-Pero ¿qué pretende?

-Dejarlo en esta celda.
-Usted bromea.
-Una broma muy graciosa.
-¿Dónde está mi doble? ¿No vamos a ver cómo lo matan?

-No hay doble.

-Pero ¿y los otros?

-Los otros están muertos. Los que usted vio matar eran los verdaderos. Los dobles, los robots, miraban solamente.

Garrett calló. 

-Ahora usted debe decir: «¡Por amor de Dios, Montresor!» -continuó Stendahl-. Y yo contestaré: «¡Sí, por amor de Dios!». ¿No quiere usted decirlo? Vamos. Dígalo.

-Imbécil.

- ¿Tengo que repetírselo? Dígalo. Diga: «¡Por amor de Dios. Montresor!».
Garrett se sentía más despejado.

-No lo diré, idiota. Sáqueme de aquí.

-Póngase eso -dijo Stendahl. tirándole algo que campanilleaba y tintineaba.

-¿Qué es?

-Un gorro de cascabeles. Póngaselo y quizá lo deje salir.

-¡Stendahl!

-Le he dicho que se lo ponga.

Garrett obedeció. Los cascabeles repicaron.

-¿No siente usted como si esto hubiera sucedido antes? -Preguntó Stendahl, y comenzó a trabajar con la paleta, un mortero y unos ladrillos.

-¿Qué hace?
 
-Estoy amurallándolo. Ya hay una hilera. Ahora va otra.

-¡Usted está loco!

-No lo discuto.

Stendah1 mojó un ladrillo en el mortero, cantando entre dientes. Ahora había golpes y gritos y llantos en la celda cada vez más oscura. La pared crecía lentamente.

-Un poco más de ruido, por favor -dijo Stendahl-. Representemos bien la escena.

-¡Déjerne salir! ¡Déjeme salir!

Sólo faltaba un ladrillo. Los gritos eran ahora continuos.

-¿Garrett? -llamó Stendahl. en voz baja. Garrett calló-. ¿Sabe usted por qué le hago esto? Porque quemó los libros del señor Poe sin haberlo leído. Le bastó la opinión de los demás. Si hubiera leído los libros, habría adivinado lo que yo le iba a hacer, cuando bajamos hace un momento. La ignorancia es fatal, señor Garrett.

Garrett no replicó.

-Quiero que esto sea perfecto -dijo Stendah1 levantando la linterna para que la luz cayera sobre la encogida figura de Garrett-. Agite suavemente los cascabeles. -Los cascabeles tintinearon-. Ahora diga usted: «¡Por amor de Dios, Montresor!»; es posible que lo deje salin

La luz de la linterna alumbró la cara de Garrett. Garrett titubeó y luego dijo grotescamente:

-Por amor de Dios, Montresor.

-Ah -exclamó Stendahl con los ojos cerrados. Colocó el último ladrillo y lo aseguró con una capa de cemento-. Requiescat in pace, querido amigo.

 
Salió de prisa de la catacumba.


El sonido de un reloj de medianoche hizo que todo se detuviera en las siete salas de la Casa.

Apareció la Muerte Roja.


Stendahl se volvió un momento en el umbral y luego echó a correr fuera de la Casa, más allá del foso, donde esperaba un helicóptero.

-¿Listo, Pikes?

 

-Listo.

-¡Vamos allá!

 
Miraron la Casa, sonriendo. Las paredes empezaron a abrirse por el medio, como en un terremoto, y mientras Stendahl observaba la magnífica escena, oyó a Pikes que recitaba detrás de él en un tono bajo y cadencioso:

-«Cuando vi que las enormes paredes se hundían, sentí un vértigo... Se oyó un largo ruido tumultuoso, como la voz de innumerables cataratas, y la laguna profunda y oscura que había a mis pies se cerró triste y silenciosamente sobre las ruinas de la casa Usher.»

El helicóptero se elevó sobre las aguas hirvientes del lago y voló hacia el oeste.

 *************************************************************************

ENERO DE 1999

El verano del cohete

 

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.

Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.

El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra...


**********************************

AGOSTO DE 2005


 
Los viejos

 

 

¿Y no era natural que al fin llegaran los viejos a Marte, siguiendo los pasos de los ruidosos exploradores, de la gente sofisticada y aromática, de los viajeros profesionales y de los conferenciantes románticos en busca de nuevos temas?

 

Pues sí, los viejos secos y crujientes, los que se pasaban el tíempo escuchándose los corazones, tomándose el pulso y llevándose cucharadas de jarabe a la boca torcida, los que en noviembre iban en autobús a California y en abril embarcaban para Italia en tercera, las pasas de uva, las momías, llegaron al fin a Marte...

 

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