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martes, 26 de febrero de 2013

BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS



BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS
Ray Bradbury


Pocas personas han tomado la medida de abochornar criminalmente al verano como
Ray Bradbury en esta obra. El señor Bradbury creció, como el señor Bloch, en el Midwest,
cuyos inviernos no son para rosas y cuyos veranos no son para osos polares. ¿Y dónde
vive ahora el señor Bradbury? El, como el señor Bloch, vive en Los Ángeles, donde el
verano es caluroso pero no húmedo, donde el invierno no tiene reconocimiento legal y
donde no sopla «el venenoso viento que copuló con el río Este en una noche resbaladiza
como la grasa, infestada de basura». La primera vez que vi a Ray Bradbury, el escritor
vivía en esa Venecia sin dux al sur de Santa Montea, a la que entonces se llegaba, si no
se tenía coche (y ninguno de los dos lo teníamos) con aquellos enormes tranvías rojos
ahora tan extintos como st hubieran vagado por d pleistoceno; y quizá fue así. Todavía
sueño con ellos a veces, se deslizan por elevados terraplenes entre las azuladas aguas
salpicadas de puntos verdes de los estuarios donde los ríos del recuerdo afluyen a los
mares del tiempo. Melissa Toad los conocería muy bien.
Ray Bradbury nació en Waukegan, Illinois, en 1920. «Ray Bradbury publicó su primer
relato el día de su vigésimo primer cumpleaños, en 1941. Desde entonces ha publicado
más de cuatrocientos cuentos, diecisiete novelas y recopilaciones de relatos y poesías.
Entre sus libros están Crónicas Marcianas, Las doradas manzanas del sol y Long After
Midnight. Ha escrito los argumentos de The Picasso Summer, I Sing the Body Electric,
Moby Dick y (muy recientemente) Something Wicked This Way Comes. En 1953 formó un
grupo teatral para producir sus obras The Wonderful Ice Cream Suit, The World of Ray
Bradbury y Any Friend of Nicholas Nickleby is a Friend of Mine. A partir de entonces ha
escrito obras teatrales basadas en sus libros Crónicas Marcianas, Fahrenheit 451 y
Dandelion Wine. Ray Bradbury está acabando en la actualidad una novela de crímenes y
suspense, Death Is a Lonely Business; trabaja en un argumento, Omenemo; y está
escribiendo una ópera, Leviathan 99.» Ray Bradbury y su esposa, Maggie, viven en Los
Ángeles.
Era una de esas noches tan rematadamente calurosas en que estás rumbado y sin
saber qué hacer hasta las dos de la madrugada, luego te levantas dando tumbos, te
remojas con tu fermentado sudor y bajas tambaleante al gran horno del metro donde
aúllan trenes perdidos.
—Infierno —musitó Will Morgan.
Y el infierno era, con un suelto ejército de bestias, gente que pasa la noche errando del
Bronx hasta Coney y viceversa, hora tras hora, en busca de repentinas inhalaciones de
salino viento oceánico que tal vez te hagan jadear de agradecimiento.
En alguna parte, Dios, en alguna parte de Manhattan o más lejos había refrescante
viento. Al amanecer, era preciso encontrarlo...
—¡Maldita sea!
Atontado, Will Morgan vio maniacas oleadas de anuncios, chorros de sonrisas
dentífricas, sus ideas propagandísticas persiguiéndole por toda la calurosa isla nocturna.
El tren gruñó y se detuvo.
Otro tren permanecía parado en la vía opuesta.
Increíble. Allí, en la abierta ventanilla del tren, al otro lado, estaba el viejo Ned
Amminger. ¿Viejo? Los dos tenían la misma edad, cuarenta años, pero...
Will Morgan abrió su ventanilla.
—¡Ned, hijo de puta!
—¡Will, bastardo! ¿Paseas tan tarde a menudo?
—¡Todas las noches calurosas desde 1946!
—¡Yo también! ¡Me alegro de verte!
—¡Mentiroso!
Ambos se esfumaron entre el chirrido del acero.
Dios mío, pensó Will Morgan, dos hombres que se odian, que trabajan a menos de tres
metros de distancia, que aprietan los dientes para el siguiente ascenso, se topan en este
infierno de Dante de una ciudad que se funde a las tres de la madrugada. Escucha el eco
de nuestras voces, apagándose:
—¡Mentiroso...!
Media hora después, en Washington Square, un fresco viento tocó la frente de Will
Morgan. Siguió al viento hacia una callejuela donde...
La temperatura bajó diez grados.
—Un momento —musitó Will.
El viento tenía el olor de aquella fábrica de hielo, cuando él era niño y robaba fríos
cristales para frotarse las mejillas y metérselos debajo de la camisa mientras gritaba para
vencer el calor.
El frío viento le llevó callejón abajo hasta una tiendecilla donde un letrero decía:
MELISSA TOAD, BRUJA
LAVANDERÍA:
DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN
LAVADOS POR LA NOCHE
Había un letrero de menor tamaño:
HECHIZOS, FILTROS CONTRA CLIMAS TERRIBLES, CALUROSOS O FRÍOS.
POCIONES PARA INSPIRAR A EMPLEADOS Y ASEGURAR ASCENSOS. BÁLSAMOS,
UNGÜENTOS Y POLVO DE MOMIA EXTRAÍDO DE ANTIGUOS JEFES DE EMPRESA.
REMEDIOS PARA EL RUIDO. EMOLIENTES PARA AMBIENTES GASEOSOS O
POLUCIONADOS. LOCIONES PARA CAMIONEROS PARANOICOS. MEDICINAS A
TOMAR ANTES DE NADAR EN LOS MUELLES.
Algunas botellas estaban esparcidas en el escaparate, con etiquetas que decían:
MEMORIA PERFECTA.
OLOR A FRESCO VIENTO DE ABRIL.
EL SILENCIO Y EL TREMOR DEL HERMOSO CANTO
DE LOS PÁJAROS.
Will se echó a reír y se detuvo.
Porque el viento era frío e hizo crujir una puerta. Y de nuevo llegó el recuerdo del hielo
de las blancas grutas de la fábrica de su infancia, un mundo separado de los sueños
invernales y preservado en agosto.
—Entre —musitó una voz.
La puerta se abrió.
En el interior, un frío funeral aguardaba a Will.
Un bloque de dos metros de transparente y goteante hielo reposaba cual gigante
reminiscencia de febrero en tres caballetes de aserrar.
—Sí —murmuró él.
En el escaparate de la ferretería de su pueblo, la esposa de un mago, MISS I. SICKLE,
estaba oculta en un inmenso rectángulo de hielo a medio fundir, como un carámbano. Allí
pasaba las noches ella, princesa de la Nieve. A media noche, Will y otros chicos iban a
escondidas para verla sonreír en su frío sueño cristalino. Pasaron la mitad de las noches
del verano mirándola fijamente, cuatro o cinco muchachos de catorce años ardientes
como un horno, esperando que sus llameantes miradas fundieran el hielo...
El hielo jamás se fundió.
—Espere—musitó Will—. Escuche...
Dio un paso más dentro de la oscura tienda nocturna.
Dios, sí. Allí, ¡en ese hielo! ¿No eran esos los contornos donde, sólo hacía unos
segundos, una mujer de nieve dormitaba con fríos sueños nocturnos? Sí. El hielo era
hueco, curvado y encantador. Pero... la mujer había desaparecido. ¿Dónde estaba?
—Aquí —murmuró la voz.
Detrás del brillante y frío funeral, las sombras se movían en un apartado rincón.
—Bienvenido. Cierre la puerta.
Will presintió que ella estaba en las sombras, no muy lejos. Su carne, suponiendo que
pudiera tocarla, sería fría, todavía estaría fresca tras su estancia en la goteante tumba de
nieve. Si él alargaba la mano...
—¿Qué hace aquí? —preguntó suavemente la voz de la mujer.
—Una noche calurosa. Paseaba. Viajaba. En busca de viento frío. Creo que necesitaba
ayuda.
—Ha venido al lugar indicado.
—¡Pero esto es una locura! No creo en psiquiatras. Mis amigos me odian porque afirmo
que el Afilador y Freud murieron hace veinte años, con el circo. No creo en astrólogos, ni
en la numerología, ni en curanderos quirománticos... —Yo no leo las manos. Aunque...
deme su mano.
Will tendió la mano hacia la tenue penumbra.
Los dedos de ello tocaron los de él. Fue el mismo tacto que el de la mano de una niña
que acaba de registrar una nevera.
—Su letrero dice MELISSA TOAD, BRUJA. ¿Qué puede hacer una bruja en Nueva
York en el verano de 1974?
—¿Conoce alguna ciudad que necesitara más una bruja que Nueva York este año?
—Cierto. Nos hemos vuelto locos. Pero, ¿usted?
—Una bruja nace de los mismos deseos de su época —dijo ella—. Yo nací en Nueva
York. Las cosas que peor están aquí me llamaron. Ahora llega usted, sin saberlo, para
buscarme. Deme la otra mano.
Aunque la cara de la mujer era sólo un espectro de fría carne en la penumbra, Will notó
que los ojos de la bruja recorrían su temblorosa mano.
—Oh, ¿por qué ha esperado tanto? —se lamentó ella—. Casi es demasiado tarde.
—Demasiado tarde, ¿para qué?
—Para salvarle. Para recibir el don que yo puedo dar.
El corazón de Will latió con fuerza.
—¿Qué puede darme usted?
—Paz —dijo ella—. Serenidad. Quietud en pleno jaleo. Soy hija del viento venenoso
que copuló con el río Este en una noche resbaladiza como la grasa, infestada de basura.
Me revuelvo contra mi origen. Vacuno contra las mismas iras que me trajeron al mundo.
Soy un suero originado en venenos. Soy el antídoto de cualquier tiempo. Soy la cura. La
ciudad le mata, ¿verdad? Manhattan es el ejecutor de su castigo. Permítame que sea su
escudo.
—¿Cómo?
—Usted será mi pupilo. Mi protección le rodeará, igual que un invisible grupo de
sabuesos. El metro nunca violará sus oídos. La polución jamás llenará de tizón sus
pulmones o su nariz, ni hará febril su vista. Puedo enseñar a su paladar, en el almuerzo, a
saborear los ricos campos del Edén en el perro caliente más sencillo, más barato y
demasiado tierno. El agua, sorbida de la nevera de su oficina, será un raro vino de
exquisita familia. La policía, cuando la requiera, responderá. Los taxis, corriendo a
ninguna parte libres de servicio, se detendrán aunque usted solamente guiñe un ojo.
Aparecerán entradas cuando se acerque a la ventanilla de un teatro. Las señales de
tráfico cambiarán, en hora punta, fíjese bien, aunque conduzca su coche en las calles
más céntricas, y ningún semáforo se pondrá rojo. Verde siempre, si usted va conmigo.
»Si va conmigo, nuestro piso será un claro umbroso en un bosque, lleno de gritos de
pájaros y reclamos amorosos desde el primer caluroso y desabrido día de junio hasta la
última hora después del primer lunes de septiembre, cuando los muertos vivientes,
azotados por el calor, se vuelven locos con los trenes parados que regresan del mar.
Nuestras habitaciones estarán llenas de campanillas de cristal. Nuestra cocina, un iglú en
julio donde podremos compartir una comida de helado casero y Cháteu Lafite Rothschild.
¿Nuestra despensa?... Albaricoques frescos en agosto o febrero. Jugo de naranja recién
exprimida todas las mañanas, leche fría para desayunar, frescos besos a las cuatro de la
tarde, mi boca siempre del sabor de un melocotón frío, mi cuerpo siempre con el gusto de
ciruelas cubiertas de escarcha. El sabor empieza muy cerca, como dijo Edith Wharton.
»Siempre que usted quiera volver a casa estando en la oficina en pleno trabajo en un
espantoso día, yo llamaré a su jefe y sus deseos se cumplirán. Al poco tiempo, usted será
el jefe y volverá al hogar, de todas formas, para encontrar pollo frío, ponche de frutas y a
mí. Verano en las islas Vírgenes. Otoños tan cargados de promesas que usted se volverá
lunático en la forma correcta. Inviernos, por supuesto, a la inversa. Yo seré su hogar.
Dulce perro, échate aquí. Yo caeré sobre usted como copos de nieve.
»En resumen, tendrá todo. Yo pido poco a cambio. Sólo su alma.
Will se puso rígido y estuvo a punto de soltar la mano de la mujer.
—Bien, ¿no es eso lo que esperaba que le pediría? —La mujer se echó a reír—. Pero
las almas no pueden venderse. Lo único posible es perder el alma y no volver a
encontrarla. ¿Quiere que le diga qué quiero realmente de usted?
—Dígalo.
—Cásese conmigo —dijo ella.
«Véndame su alma», pensó Will, y no lo dijo. Pero ella lo leyó en sus ojos.
—Oh, querido —dijo la mujer—. ¿Es eso pedir demasiado? ¿Pese a todo lo que
ofrezco?
—¡Tengo que meditarlo!
Sin darse cuenta, Will había retrocedido un paso.
La voz de la mujer reflejó mucha tristeza.
—Si tiene que meditar mucho una cosa, nunca la hará. Cuando termina un libro sabe si
le gusta, ¿verdad? Al final de una obra de teatro usted está despierto o dormido,
¿verdad? Bien, una mujer hermosa es una mujer hermosa, ¿verdad?, y una buena vida
es una buena vida.
—¿Por qué no sale a la luz? ¿Cómo sé yo que es hermosa?
—No puede saberlo a menos que entre en la oscuridad. ¿No se lo indica mi voz? ¿No?
Pobre hombre. Si no confía en mí ahora, no seré suya, nunca.
—Necesito tiempo para pensar. ¡Volveré mañana por la noche! ¿Qué pueden significar
veinticuatro horas?
—Para una persona de su edad, todo.
—¡Sólo tengo cuarenta años!
—Hablo de su alma, y en cuanto a eso es tarde.
—¡Concédame otra noche!
—La tendrá, de todas formas, por su cuenta y riesgo.
—Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios, Dios —dijo Will, con los ojos cerrados.
—Ojalá Él pudiera ayudarle ahora mismo. Será mejor que se marche. Es usted un niño
anciano. Qué pena. Qué pena. ¿Vive su madre?
—Murió hace diez años.
—No, empezó a vivir —dijo la mujer.
Will retrocedió hacia la puerta y se detuvo, intentando calmar su confuso corazón,
intentando mover su pesada lengua:
—¿Desde cuándo está en este lugar?
Ella se echó a reír, con un levísimo toque de amargura.
—Tres veranos como este. Y en esos tres años, sólo seis hombres han entrado en mi
tienda. Dos echaron a correr inmediatamente. Dos se quedaron un rato pero se fueron.
Uno volvió por segunda vez, y desapareció. El sexto hombre tuvo que admitir finalmente,
después de tres visitas, que él no creía. Ya ve, nadie cree en un amor exhaustivo y
protector cuando lo ven claro. Un chico del campo podría quedarse para siempre, dada su
simplicidad, que es lluvia, viento y semillas. ¿Un neoyorquino? Recela de todo.
»Sea usted quien sea, o lo que sea, oh, buen señor, quédese, ordeñe la vaca y ponga
la leche fresca en el sombrío y refrescante cobertizo, a la sombra del roble que crece en
mi buhardilla. Quédese y coja berros para lavarse los dientes. Quédese en la Despensa
del Norte con el aroma de caquis, kuncuats y uvas. Quédese y frene mi lengua para que
yo deje de hablar así. Quédese y refrene mi boca para que yo pueda respirar. Quédese,
porque estoy aburrida de hablar y debo necesitar amor. Quédese. Quédese.
Tan ardiente era su voz, tan trémula, tan suave, tan dulce, que Will comprendió que
estaba perdido si no echaba a correr.
—¡Mañana por la noche! —gritó.
Su zapato tropezó con algo. En el suelo había un trozo de hielo caído del bloque.
Will se agachó, cogió el carámbano y salió corriendo.
La puerta se cerró bruscamente. Las luces se apagaron. En su prisa, Will no vio el
letrero: MELISSA TOAD, BRUJA.
Fea, pensó Will mientras corría. Una bestia, pensó, ella debe de ser una bestia y fea.
¡Sí, eso es! ¡Mentiras! ¡Todo mentiras! Ella...
Tropezó con alguien.
En medio de la calle, los dos se agarraron, se cogieron, se miraron fijamente.
¡Ned Amminger! ¡Dios mío, era el viejo Ned!
Eran las cuatro de la mañana, el ambiente continuaba siendo ardoroso. Y allí estaba
Ned Amminger, un sonámbulo en busca de fríos vientos, la ropa pegada a su ardiente
carne formando rosetones, la cara chorreando sudor, los ojos muertos, los pies crujiendo
en sus calurosos, calcinados zapatos de cuero.
Ambos se tambalearon en el momento de la colisión.
Un espasmo de malicia hizo estremecer a Will Morgan. Agarró al viejo Ned Amminger,
le obligó a dar media vuelta y le dejó de cara al oscuro callejón. En las profundidades de
la callejuela... ¿no estaba encendida otra vez la luz del escaparate? ¡Sí!
—¡Ned! ¡Por ahí! ¡Ve por ahí!
Cegado por el calor, mortalmente fatigado, el viejo Ned Amminger entró dando tumbos
en el callejón.
—¡Espera! —gritó Will Morgan, arrepentido de su malicia.
Pero Amminger se había esfumado.
En el metro, Will Morgan probó el carámbano.
Era Amor. Era Delicia. Era Mujer.
Cuando llegó estruendosamente el tren, las manos de Will estaban vacías, su cuerpo
corrompido por el sudor. ¿Y el dulce sabor en su boca? Polvo.
Siete de la mañana y sin dormir.
En algún lugar, un inmenso alto horno abrió su puerta y quemó Nueva York hasta dejar
la ciudad en ruinas.
Levántate —pensó Will Morgan—. ¡De prisa! ¡Corre al centro!»
Porque había recordado aquel letrero:
LAVANDERÍA:
DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN
LAVADOS POR LA NOCHE.
Will no fue al centro. Se levantó, se duchó y salió al horno para perder su empleo.
Lo supo cuando subía en el delirantemente caluroso ascensor en compañía del señor
Binns, el moreno y furioso jefe de personal. Las cejas de Binns saltaban, sus labios se
movían sobre sus dientes pronunciando mudas maldiciones. Por debajo de su traje se
notaban los puercoespines de su ardiente vello que pugnaban por salir a la superficie cual
agujas. Cuando llegaron al piso decimocuarto, Binns era antropoide.
Alrededor, los empleados erraban como un ejército italiano que acudía a participar en
una guerra perdida.
—¿Dónde está el viejo Amminger? —preguntó Will Morgan, mirando fijamente un
escritorio vacío.
—Llamó diciendo que estaba enfermo. Postración por el calor. Estará aquí al mediodía
—dijo alguien.
Mucho antes del mediodía el enfriador de agua estaba vacío, y la red de
acondicionamiento (?) de aire se suicidó a las once treinta y dos. Doscientas personas se
transformaron en toscas bestias encadenadas a escritorios junto a ventanas inventadas
para que no se abrieran.
Faltando un minuto para las doce, el señor Binns, por el intercomunicador, les ordenó
formar junto a sus escritores. Así lo hicieron. Aguardaron, tambaleantes. La temperatura
era de treinta y siete grados. Poco a poco, Binns empezó a recorrer la larga hilera. El
ardoroso siseo de invisibles moscas no se separaba de él.
—Muy bien, damas y caballeros —dijo—. Todos saben que hay una recesión, por más
felizmente que el presidente de los Estados Unidos la presente. Yo preferiría darles un
navajazo en el estómago a traspasarles la espalda. Bien, mientras recorro la hilera, bajaré
la cabeza y susurraré: «Usted». Los empleados que oigan esta palabra, darán media
vuelta, recogerán sus cosas y se irán. Una paga de cuatro semanas por cesantía les
aguarda en la salida. ¡Un momento! ¡Falta alguien!
—El viejo Ned Amminger —dijo Will Morgan, y se mordió la lengua.
—¿El viejo Ned? —dijo el señor Binns, mirándole coléricamente—. ¿Viejo? ¿Viejo?
El señor Binns y Ned Amminger tenían exactamente la misma edad.
El señor Binns aguardaba, nervioso.
—Ned —dijo Will Morgan, sofocando las maldiciones que se hacía a sí mismo—,
debería estar aquí...
—Aquí —dijo una voz.
Todos volvieron la cabeza.
En el extremo opuesto de la hilera, en la puerta, estaba el viejo Ned o Ned Amminger.
Observó la reunión de almas perdidas, interpretó destrucción en el semblante de Binns,
se acobardó. Pero luego ocupó tímidamente su lugar junto a Will Morgan.
—Muy bien —dijo Binns—. Voy a empezar.
Inició el avance: susurro, avance, susurro, avance, susurro. Dos personas, cuatro,
finalmente seis dieron media vuelta para poner en orden sus escritorios.
Will Morgan respiró profundamente, contuvo la respiración, aguardó.
Binns se paró en seco delante de él.
«¿No lo dice? —pensó Morgan—. ¡No lo dice!»
—Usted —susurró Binns.
Morgan dio media vuelta y se llevó la mano a su henchido pecho. «Usted», la palabra
restalló en su cabeza. ¡Usted!
Binns se detuvo para mirar a Ned Amminger.
—Bueno, viejo Ned —dijo.
Morgan, con los ojos cerrados, pensó: «Dilo, díselo a él, estás despedido, Ned,
¡despedido!».
—El viejo Ned —dijo Binns, en tono afectuoso.
Morgan se vino abajo con el sonido extraño, afectuoso y dulce de la voz de Binns.
Un ocioso viento de los mares del Sur pasó suavemente por el ambiente. Morgan
parpadeó y se levantó, olisqueando. La sala, azotada por el sol, se había llenado de olor a
olas y fría arena blanca.
—Ned, mi querido viejo Ned —dijo el señor Binns, apaciblemente.
Atónito, Will Morgan siguió aguardando. «Estoy loco», pensó.
—Ned —dijo el señor Binns, amablemente—. Quédese con nosotros. Quédese. —Y
acto seguido, rápidamente, añadió—: Eso es todo. ¡Hora de comer!
Y Binns se fue y los heridos y los agonizantes abandonaron el campo de batalla. Y Will
Morgan volvió la cabeza por fin para mirar directamente al viejo Ned Amminger, mientras
esperaba. ¿Por qué, Dios mío, por qué?
Y obtuvo respuesta...
Ned Amminger estaba allí, no viejo, no joven, más bien un intermedio. Y no era el Ned
Amminger que había asomado alocadamente la cabeza por la ventanilla de un caluroso
tren, ni el que estaba deambulando por Washington Square a las cuatro de la madrugada.
Este Ned Amminger estaba sereno, como si oyera lejanos sonidos de un verde
territorio, viento, hojas y un clima amistoso que vagaba en la fresca brisa de un lago.
El sudor se había secado en su sonrosada cara. Sus ojos no estaban inyectados en
sangre, eran unos ojos firmes, azules y serenos. Ned era una isla paradisíaca en el mar
muerto e inmóvil de escritorios y máquinas de escribir que podían ponerse en marcha y
chillar como insectos eléctricos. Ned estaba observando la partida de los muertos
vivientes. Y eso no le preocupaba. Se hallaba en espléndido y hermoso aislamiento en el
interior del sosiego y la frescura de su bella piel.
—¡No! —exclamó Will Morgan, y salió corriendo.
No supo adonde iba hasta que se encontró en el lavabo de caballeros, excavando
frenéticamente en la papelera.
Encontró lo que sabía que encontraría, una botellita con la etiqueta:
BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS.
Tembloroso, Will destapó la botella. Sólo quedaba una pequeñísima gota azul claro.
Tambaleándose junto a la cerrada y ardiente ventana, Will dejó caer la gota en su lengua.
Al instante, su cuerpo pareció haber saltado a una marejada de frialdad. Su aliento
brotó como una fuente de aplastado y perfumado trébol.
Will agarró la botella con tanta fuerza que la rompió. Jadeó mientras contemplaba la
sangre.
Se abrió la puerta. Ned Amminger estaba allí, observando. Se quedó sólo un instante,
luego dio media vuelta y salió. La puerta se cerró.
Algunos segundos después, Morgan, con los trastos de su escritorio resonando en el
maletín, bajó en el ascensor.
Al salir, volvió la cabeza para dar las gracias al operario.
Su aliento debió de tocar la cara del operario.
El operario sonrió.
¡Una loca, incomprensible, encantadora, hermosa sonrisa!
Las luces estaban apagadas en el callejón a medianoche, en la tiendecilla. No había en
el escaparate ningún letrero que dijera MELISSA TOAD, BRUJA. No había botellas.
Will llamó a la puerta durante cinco largos minutos, sin obtener respuesta. Pateó la
puerta durante otros dos minutos.
Y por fin, con un suspiro, no queriendo hacerlo, la puerta se abrió.
—Entre —dijo una voz muy fatigada.
En el interior Will notó el ambiente sólo un poco fresco. El enorme trozo de hielo, donde
había visto la fantasmal silueta de una mujer encantadora, había menguado, había
perdido una mitad de su peso y goteaba sin cesar camino de la ruina.
En alguna parte de la oscuridad, la mujer le aguardaba. Pero Will presintió que ella
estaba vestida en esta ocasión, ataviada y preparada, lista para salir. Will abrió la boca
para gritar, para hacer algo, pero la voz de la mujer se lo impidió:
—Le advertí. Llega demasiado tarde.
—¡Nunca es demasiado tarde! —dijo Will.
—Ayer por la noche habría sido posible. Pero en las últimas veinticuatro horas se partió
su última hebra. Lo presiento. Lo sé. Lo afirmo. Ha muerto, muerto, muerto.
—¿Qué ha muerto, maldita sea?
—Pues su alma, por supuesto. Muerta. Devorada. Digerida. Esfumada. Está vacío. No
hay nada ahí.
Vio que la mano de ella salía de la oscuridad. La mano tocó el pecho de Will. Quizás
imaginó él que los dedos femeninos atravesaban sus costillas para sondear sus
pulmones, su inquieto y acongojado corazón.
—Oh, sí, no está —gimió la bruja—. Qué triste. La ciudad lo desenvolvió como un
caramelo y se lo comió. Usted no es más que una polvorienta botella de leche
abandonada en la puerta de una casa, una araña que construye un nido en el tejado. El
estrépito del tráfico le golpeó la médula hasta convertirla en polvo. El metro succionó su
respiración como un gato succiona el alma de una criatura. Las aspiradoras actuaron en
su cerebro. El alcohol disolvió el resto. Máquinas de escribir y ordenadores se ocuparon
de los posos en sus tripas, le imprimieron en papel, le perforaron hasta transformarlo en
confetti, le arrojaron por la abertura de una cloaca. La televisión le garabateó con
nerviosos tics en viejas pantallas fantasmas. Sus últimos restos los llevará un gran
autobús urbano, un fiero bulldog que le mantendrá masticado en la enorme boca con
labios de goma que es su puerta.
—¡No! —exclamó él—. ¡He cambiado de opinión! ¡Cásese conmigo! ¡Cásese...!
Su voz agrietó la tumba de hielo, que se hizo añicos en el suelo a espaldas de Will. La
silueta de la mujer hermosa se fundió en el suelo. Revolviéndose, Will Morgan se lanzó a
la oscuridad.
Topó con la pared en el mismo momento que un panel se cerraba bruscamente.
Era inútil chillar. Will estaba solo.
Al anochecer, en julio, un año después, en el metro, Will vio a Ned Amminger por
primera vez en 365 días.
Entre los apretujones, los golpes y el flujo de ardiente lava cuando los trenes pasaban
estruendosamente, llevando al infierno un millón de almas, Amminger estaba tan frío
como hojas de menta bajo verde lluvia. La gente de cera que le rodeaba se fundía. Él iba
vadeando en su arroyo de truchas privado.
—¡Ned! —gritó Will Morgan, corriendo para cogerle la mano y estrechársela
efusivamente—. ¡Ned, Ned! ¡El mejor amigo que he tenido!
—Sí, es cierto, ¿verdad?—dijo el joven Ned, risueño.
¡Y, oh, Dios, cuan cierto era! El querido Ned, el buen Ned, ¡amigo de toda la vida!
¡Échame tu aliento, Ned! ¡Dame el aliento de tu vida!
—¡Eres presidente de la empresa, Ned! ¡Me enteré!
—Sí. ¿Me acompañas a tomar un trago?
Pese al tremendo calor, un vapor de limonada helada brotaba del cremoso y fresco
traje de Ned mientras ambos hombres buscaban un taxi. En medio de maldiciones, gritos
y bocinazos, Ned alzó una mano.
Un taxi se detuvo. El viaje fue sereno.
En el bloque de apartamentos, por la noche, un hombre armado con una pistola salió
de las sombras.
—Dadme todo lo que lleváis —dijo.
—Más tarde —dijo Ned, sonriente, echando sobre el individuo un aroma de manzanas
frescas.
—Más tarde. —El hombre se hizo a un lado para dejarles pasar—. Más tarde.
Ya en el ascensor, Ned dijo:
—¿Sabías que estoy casado? Hace casi un año. Una excelente esposa.
—¿Es... —empezó a decir Will Morgan, y cambió de idea—... guapa?
—Oh, sí. Te encantará. Te encantará el piso.
«Sí —pensó Morgan—. Un verde claro umbroso, campanillas de cristal, fresca hierba
como alfombra. Lo sé, lo sé.»
Entraron en el piso, que ciertamente era una isla tropical. El joven Ned sirvió grandes
vasos de champaña helado.
—¿Por qué brindamos?
—Por ti, Ned. Por tu esposa. Por mí. Por la medianoche, por esta noche.
—¿Por qué por la medianoche?
—Cuando yo baje y encuentre a ese tipo que espera en el portal con su pistola. Ese
tipo al que dijiste «más tarde». Y él estuvo de acuerdo. Estaré allí a solas con él. Curioso,
ridículo, curioso. Y mi aliento es un aliento ordinario, no huele a melones ni a peras. Y él
aguardando tantas horas con su sudorosa pistola, irritado por el calor. Qué magnífica
broma. Bien..., ¿un brindis?
—¡Un brindis!
Bebieron.
Y en ese momento, entró la esposa. Ella los oyó reír de forma distinta, y participó en la
risa.
Pero los ojos de la mujer, cuando miraron a Will Morgan, se llenaron de pronto de
lágrimas.
Y Will Morgan sabía por quién lloraba ella.

EL TRITÓN MALASIO



EL TRITÓN MALASIO
Jane Yolen


Aquellos desconocidos taxidermistas independientes, que se aplicaban a su arte en un
comercio históricamente oscuro entre lo que ahora es Papua-Nueva Guinea y lo que
entonces eran las Indias Orientales holandesas, solían cortar las patas de las aves del
paraíso, esas aves de espléndido plumaje (parientes del cuervo común, tan poco
espléndido en su plumaje). Ello dio origen a la creencia, en otro tiempo muy extendida, de
que el ave del paraíso carecía de patas y que, de hecho, pasaba toda su vida en el aire
(!). Si un solo ornitorrinco con pico de pato, todo él pellejo y trompa, se hubiera acercado
entonces a Europa, ¿no habrían exclamado algunos eruditos, «¡fraude!», como en
cualquier caso exclamaron cuando por fin sucedió eso, a finales del siglo dieciocho? Y
supongamos... supongamos que el Caso del Ornitorrinco Peculiar hubiera continuado
incierto, irresuelto. ¿No habría habido personas (siempre las hay) que al observar una
demanda crearan una oferta? ¿Que injertaran un pico de pato al (por ejemplo) cuerpo de
un castor? En resumen, nuestro punto es: detrás del fraude del «Jenny Hanniver» (como
se denominaba a los tritones falsificados), ¿no puede existir la realidad de... «El tritón
malasio»?
Jane Yolen escribe «...biografíay bibliografía: autora de setenta libros (los más
recientes Neptune Rising/Songs and Tales of The Undersea Folk —que incluye El tritón
malasio y Tales of Wonder—, sobre todo para lectores jóvenes. Medalla Christopher por
The Seeing Stick, Premio Caldecott por The Emperor and the Kite, Premio Cometa de Oro
de la Society of Children's Book Writers... También imparto clases de literatura infantil en
el Smith College. Doctora en Derecho honoraria de la universidad de Our Lady of the
Elms. Estoy casada, tengo tres hijos, un perro, un gato, un cobayo y un dragón rojo que
vuela sobre la silla donde escribo, y doy de comer a los pájaros». Los relatos de la señora
Yolen han aparecido en F&SF, Dragons of Light y otras antologías diversas. Vive en
Massachusetts.
Las tiendas no eran visibles desde la calle principal, y además casi se perdían en el
laberinto de callejones. Pero la señora Stambley era una experta en antigüedades. Una
ciudad nueva y un callejón nuevo excitaban sus instintos de cazadora y coleccionista,
como ella gustaba explicar a su grupo en el hogar. Que esa ciudad se hallara a medio
mundo de distancia de su cómoda casa de Salem, Massachusetts, no la preocupaba. Ella
suponía que sabía cómo buscar, en Inglaterra o en los Estados Unidos.
Había dormitado al sol mientras el barco recorría el Támesis. A su edad las cabezadas
eran importantes. Su cabeza se bamboleó tranquilamente bajo la cubierta de flores
plegadas en una diadema de color vino. Ni siquiera escuchó la perorata del guía turístico.
En Greenwich desembarcó mansamente junto con el resto de turistas, pero se escabulló
con facilidad del yugo del guía, que llevó al resto del rebaño a comprobar el tiempo medio
de Greenwich. La señora Stambley, con su abultado bolso de cuero negro apretado en
una firme mano enguantada, fue a explorar por su cuenta.
A la derecha de la calle del puerto había un grupo de tiendas y, presintió ella, un par de
callejuelas. El olor, aquel olor fuerte, misterioso y tentador, la atrajo.
Se desentendió de la calle principal y de los grandes escaparates de los almacenes. Un
pequeño camino adoquinado separaba dos edificios y la señora Stambley se deslizó en él
con la misma comodidad que un pie en una zapatilla usada muchas veces. Había varios
ramales, y ella los examinó con sus lacrimosos ojos azules. Luego eligió uno. Sabía que
sería el adecuado. Como decía a menudo a su grupo, en casa, «Tengo un don, un poder.
Nunca me equivoco en eso».
Había varías tiendas pequeñas, ruinosas, que parecían introducirse las unas en las
otras. Tenían gastado aspecto, como si estuvieran acurrucadas juntas; el húmedo viento
del río convertía en polvo sus huesos, mientras una reluciente ciudad crecía alrededor de
ellas. Los escaparates estaban sucios, con rayas de dedos. Sólo el comprador más
intrépido podía entrar en esas tiendas. No había numeración en las puertas.
La primera tienda estaba llena de mapas. Y de no haber gastado ya su asignación para
papel (ella separaba dinero para papel, oro y curiosidades) con una rara carta de la
alcurnia de McCodrun, la señora Stambley habría comprado un mapa de los mares
británicos decorado con tritones que tocaban «sus retorcidos cuernos» (eso había dicho el
agachado vendedor). Se había sentido brevemente tentada. Ella coleccionaba «objetos
de mer», como solía denominarlos. Artefactos y antigüedades marinas. La magia marina
era su especialidad en el grupo. Pero el linaje de la familia McCodrun había agotado la
holgada asignación para papel. Y la señora Stambley, siempre precisa en sus cálculos,
jamás gastaba más de lo permitido. Como tesorera del grupo, ella tenía que mantener a
raya al resto de miembros. No podía hacer menos con ella misma.
Por eso lanzó «ohs» y «ahs» en provecho del propietario, y porque el mapa era muy
bello y probablemente del siglo diecisiete. Incluso logró que él rebajara varias libras el
precio, manteniendo su interés por el mapa. Y el propietario se impresionó tanto con los
conocimientos del mar y sus pobladores de la dama norteamericana que le devolvió la
sonrisa pese a no haber comprado nada.
Las siguientes dos tiendas fueron una total pérdida de tiempo. Una estaba llena de
reproducciones y material de segunda mano, tazas de porcelana pobremente pintadas y
tarada cristalería. La señora Stambley salió olisqueando, murmurando en voz baja
«chatarra», sin preocuparse de que la mujer del mostrador pudiera oírla. La tercera tienda
fue peor, un supuesto establecimiento de artesanía repleto de tapas tejidas a mano para
teteras y pobres labores de ganchillo de colorido simplemente consternador.
Al entrar en la cuarta tienda, la señora Stambley contuvo el aliento. El olor estaba allí,
el olor a magia de alta mar. Tan profundo y tan oscuro que bien podía provenir de la Fosa
de las Marianas. En todos sus años de búsqueda, ella nunca había hecho tal hallazgo. Se
llevó la mano derecha al corazón y vaciló un poco mientras arrastraba uno de sus
sensibles zapatos. Luego se irguió y miró el interior.
La tienda era mucho más alargada que ancha, con una escalera que subía en el punto
medio de la pared. El resto de las paredes estaba tapado por aparadores donde se
exhibían con muy buen gusto platos y copas de estilo Victoria y Eduardo. Un objeto en
particular atrajo la atención de la norteamericana, porque tenía un Poseidón en un lado.
Se acercó a mirarlo, pero el olor mágico no procedía de allí.
Libros amontonados en el suelo obstruyeron su camino, y la señora Stambley examinó
algunos. Encontró una Enciclopedia Británica casi completa, la edición de 1913, a la que
únicamente faltaba el volumen decimotercero. Había una primera edición de El libro de los
condenados de Fort, y un misterioso libro mágico tan castigado por el agua que era
imposible leer un solo hechizo. Había tres ejemplares de bolsillo de El folklore del mar, un
agradable libro que ella tenía en casa. E incluso el oscuro Melusina, o la señora del mar
en inglés y francés.
La señora Stambley pasó cuidadosamente junto a los libros y miró un instante tres
recipientes de vidrio que contenían bonitas réplicas de primitivas goletas, incluso con las
tallas de los mascarones de proa: una doncella india, un ángel, una anónima musa con
largo y suelto cabello. Pero ya tenía varias cosas parecidas en su casa, siendo su favorita
una supuesta copia del legendario barco del Holandés Errante. Mirar no cuesta nada, no
obstante, y por eso ella estuvo mirando bastante rato, concediéndose tiempo para
acostumbrarse al olor a profunda magia.
Casi tropezó con un cuarto recipiente, y tras darse la vuelta tuvo la conmoción de su
vida.
En una vitrina de vidrio con adornos de bronce, apoyada en dos pies de madera, había
un tritón malasio.
Ella había leído cosas sobre los tritones, naturalmente, en notas al pie de oscuras
publicaciones especializadas y en un libro de encantamientos marinos especiales, pero
jamás, ni en sus más alocados pensamientos, había imaginado ver uno. Se decía que los
tritones habían desaparecido totalmente.
No eran auténticos tritones, por supuesto. Eran más bien obra de nativos malasios
realizados a partir de monos y peces. Los malasios mataban a los monos, cortaban la
parte superior, del ombligo para arriba, y les cosían una cola de pez. Los restos
momificados los vendían después a inocentes hombres de mar en tiempos Victorianos.
Los nativos llamaban tritones a las momias y los jóvenes marineros lo creían, llevaban su
compra al hogar y la regalaban a seres queridos.
Y ahí, apoyado en pies de madera, se encontraba una muestra particularmente
horrible, probablemente rescatada del desván donde había permanecido tantos años,
cubierta de polvo, pudriéndose.
Era de color verde grisáceo, predominando más el gris, y tan esquelético que su caja
torácica hizo pensar a la señora Stambley en fotos de niños africanos famélicos. Tenía los
brazos al frente, muy rígidos, como un perro que estuviera chapoteando fuera del agua.
La mueca de la cara, que tenía abultados labios y enormes orejas, era una fija mirada de
horror. La señora Stambley no consiguió ver las costuras que unían la mitad de mono al
pez.
—Veo que le gusta nuestro tritón —dijo una voz detrás.
Pero la señora Stambley no volvió la cabeza. Simplemente no podía apartar los ojos de
la grotesca momia de la vitrina con adornos de bronce.
—Un tritón malasio —murmuró la señora Stambley. Una parte de su ser reparó en la
etiqueta del precio a un lado de la vitrina: trescientas libras. Seiscientos dólares. Más de lo
que llevaba encima... pero...
—De modo que sabe lo que es —prosiguió la voz—. Malo, malo. Muy malo.
El tritón cerró y abrió sus párpados desprovistos de pestañas y volvió la cabeza. Sus
ojos eran totalmente negros, sin iris. Al doblar los labios hacia adentro dejó ver unos
afilados dientes de apagado color amarillento. No tenía lengua.
La señora Stambley trató de apartar la mirada y no pudo. Se sintió arrastrada,
arrastrada y arrastrada hacia las negras profundidades de aquellos ojos.
—Eso es francamente muy malo —repitió la voz, pero ahora muy distante y
apagándose con rapidez.
La señora Stambley trató de abrir la boca para chillar, pero sólo brotaron burbujas.
Estaba totalmente rodeada de oscuridad, frío y humedad, y a pesar de todo algo siguió
tirando de elk hacia abajo hasta que aterrizó, con un desagradable ruido sordo, en un
suelo de arena. Se levantó, se arregló la falda y el sombrero. Luego, mientras ponía el
bolso firmemente bajo el brazo, notó que algo le aferraba el tobillo, como si las algas
quisieran que ella echara raíces en aquel lugar. Empezó a debatirse cuando un cambio de
la corriente que le golpeaba la cara la obligó a levantar la cabeza.
El tritón nadaba hacia ella, perezosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo
para llegar hasta la mujer.
La señora Stambley cesó su derroche de fuerzas para deshacerse de la traba de las
algas, y abrió cuidadosamente su bolso sin dejar de mirar al tritón, que ya había recorrido
la mitad de la distancia que lo separaba de ella. Su boca se abría y cerraba con horribles
mordiscos. Sus huesudos dedos, con opacas membranas, parecían estirados hacia la
mujer. Su cara de mono sonreía. Tras él dejaba una oscura y agitada estela.
El agua remolineó alrededor de la señora Stambley, le levantó la falda, hizo agitarse el
dobladillo y dejó ver la braga. Por encima del tritón, muy arriba, la señora Stambley vio las
sombras más oscuras de unos tiburones que daban vueltas, a la espera de lo que el tritón
les dejara. Pero ni siquiera ellos osaban acercarse más mientras el tritón iba de caza.
Y después el fantástico animal estuvo tan cerca que la mujer vio el hueco de su boca,
los tijereteados dientes, la negras uñas, la colérica vibración de las membranas. El ruido
del animal llegó a la turista a través del filtro del agua. Igual que los lamentos y crujidos de
un barco que zozobra.
La mano de la señora Stambley ya estaba dentro del bolso, con los dedos cerrados
sobre la cartera y buscando en el bolsillo de las monedas las plumas de abadejo que
guardaba allí. Cogió las plumas y las sostuvo ante ella. Era magia aérea, una magia más
fuerte que la del mar, y estaban bendecidas en la iglesia. Daban buena suerte para
enfrentarse a los pobladores del mar. La mano de la mujer sólo tembló un poco.
Pronunció una palabra mágica que las agitadas aguas arrebataron de sus labios. El tritón
se detuvo un instante, manteniendo sus grisáceas manos delante de su cara.
Las algas que rodeaban el tobillo de la señora Stambley se apartaron. La mujer dio una
patada y descubrió que estaba libre.
Pero por encima un gran tiburón blanco dio la vuelta bruscamente y lanzó un golpe de
agua hacia el cuerpo de la turista. Las minúsculas plumas se rompieron y la señora
Stambley tuvo que soltarlas. Las plumas pasaron flotando junto al tritón y desaparecieron.
El animal bajó las manos, le sonrió como un mono de nuevo y siguió nadando. Pero
ella sabía, igual que él, que el tritón no estaba a salvo de sus conocimientos. Eso le dio
una ligera esperanza.
La mano de la mujer volvió a introducirse en el bolso y buscó la cremallera de un
bolsillo. La abrió y sacó varios huesecillos, de un cangrejo bayoneta encontrado en las
islas Elizabeth frente a la costa de New Bedford. Era potente magia marina y la señora
Stambley confiaba enormemente en ellos. Cerró los dedos alrededor de los siete
huesecillos, se los llevó primero al pecho, luego a la frente, finalmente los lanzó al tritón.
Los huesos flotaron entre mujer y animal y con la luz que se filtraba parecieron danzar,
crecer, cambiar y unirse por fin formando una maraña.
La señora Stambley dio varias patadas, creó un seno de burbujas y, sosteniendo su
sombrero con una mano y el bolso con la otra, entró como una anguila en el laberinto de
huesos. Sabía que el ardid sólo serviría un par de minutos en el mejor de los casos.
Detrás de ella oyó el grito de caza del tritón, que buscaba la forma de introducirse. La
mujer hizo caso omiso de los gritos y se impulsó con los pies a un ritmo constante, para
situarse en el corazón del laberinto. Entrar era siempre más fácil que salir. La estela de
burbujas llevaría adentro al tritón en cuanto encontrara la entrada. De momento la señora
Stambley seguía oyendo sus golpes contra las paredes.
El bolso contenía un último objeto mágico. Una navaja arrastrada por el mar,
abandonada en una playa de la costa norte, cerca de Rockport. Tenía una empuñadura
negra con una guarda, y ella había montado una moneda de plata en el mango.
El agua del mar formaba variables dibujos en la hoja, que un momento parecían fuego,
luego aire, la escritura del poder. La señora Stambley no era tan tonta como para leer esa
escritura. Se volvió hacia el pasillo por donde el tritón debía aparecer. Con la navaja en la
mano derecha, el sombrero torcido, el bolso agarrado bajo el brazo izquierdo, la turista
supuso que su aspecto no sería el de una curtida luchadora. Pero en la magia, como
cualquier bruja expena sabía, la apariencia era muy importante. Y ella no pensaba
rendirse.
—Gran Lir —dijo, y su humana lengua añadió más urgencia a las burbujas que fluyeron
de su boca—. Poseidón que ruges como un toro, Neptuno que arrojas lanzas, poderoso
Njórd, Dragón de la cola hendida, mantenedme a salvo en las verdes palmas de vuestras
manos. Sacadme ilesa del mar. Y cuando vuelva al hogar, os obsequiaré a vosotros y a
los vuestros.
En algún lugar cercano chilló un animal, un toro, un caballo, una gran serpiente marina.
Era la respuesta. En unos instantes ella sabría el significado. La señora Stambley
escondió detrás de la espalda su mano derecha, con la navaja, y esperó.
El agua del laberinto de huesos se agitó coléricamente y el tritón dobló el último recodo.
Al ver a la señora Stambley apoyada en la frágil pared, se echó a reír. La risa brotó de su
boca como una cascada, formando un torrente de burbujas. El ruido de las burbujas al
reventar subrayó especialmente el regocijo del animal. Después, el tritón mostró de nuevo
sus horribles dientes, agitó la cola para avanzar e inició la caza.
La señora Stambley mantuvo la navaja oculta hasta el último instante. Y entonces,
mientras los esqueléticos brazos del tritón buscaban su cuerpo, mientras los dedos de las
manos apretaban el cuello de la mujer y sus afilados incisivos avanzaban hacia la
garganta, la señora Stambley sacó el brazo y acuchilló al animal en un costado. El tritón
retrocedió horrorizado, y la mujer atacó de nuevo, con la misma pericia, como si cortara
pescado. El animal dobló la espalda, abrió la boca, lanzó un mudo chillido de burbujas y
ascendió lentamente hacia la blanca luz de la superficie.
El laberinto de huesos se esfumó. La señora Stambley metió la navaja en su bolso,
alzó las manos por encima de la cabeza y ascendió igualmente, dejando atrás una estela
de burbujas tan oscuras como la sangre.
—Muy malo —acababa de decir la voz.
La señora Stambley dio media vuelta y sonrió suavemente mientras se arreglaba el
sombrero.
—Sí, lo sé —dijo—. Muy malo que se halle en ese estado. Por trescientas libras me
gustaría algo que estuviera un poco mejor cuidado.
La turista se hizo a un lado.
La propietaria de la tienda, una mujer arrugada y pintarrajeada con una membrana
entre los dedos índice y medio, respiraba con dificultad. En la vitrina, el momificado tritón
había caído de espaldas. En un costado tenía una profunda herida de cuchillo. La cavidad
pectoral estaba hueca. Apestaba. Bajo el cuerpo había siete nudosos palitos que
parecían, sorprendentemente, huesos.
—Sí —prosiguió la señora Stambley, sin molestarse en pedir disculpas por su
apresurada salida—, un estado más bien lamentable. Me asombra que alguna gente trate
de embaucar a los turistas. Por suerte yo no soy tan tonta.
Atravesó la entrada y se alegró al comprobar que el sol iluminaba la callejuela. Se llevó
una mano a su abultado pecho y respiró profundamente.
—Espera, espera a que lo cuente al grupo —dijo.
Luego se abrió paso hasta la calle principal, donde el resto de turistas y el guía se
hallaban tras bajar de la montaña. La señora Stambley caminó briosamente hacia ellos,
arreglándose el sombrero una vez más y sonriente. Ni siquiera el pensamiento de haber
perdido el mapa de los tritones logró deprimir su ánimo. La mirada de sorpresa de aquella
vieja bruja que era la propietaria de la tienda compensaba el susto. Pero, ¿qué regalo
suficientemente bueno podía ofrecer a los dioses? Un problema que ella podía resolver
felizmente durante el viaje de regreso.
NOTA: Jane Yolen comenta esto de su TRITÓN MALASIO: «En realidad, tengo una
foto de esa criatura que tomé en una tienducha de una callejuela de Greenwich. Valía 600
dólares y tenía la feliz etiqueta de «Vendido». Era tan horrible que tuve grandes deseos
de comprarlo, pero mi marido y mis hijos me habrían repudiado si aparezco en casa con
aquello. Al fin y al cabo me habían ofrecido el viaje a Inglaterra como obsequio de
Chanukah/Navidad y se habrían sentido traicionados con una monstruosidad así en la
mesita de café». ¿ Ah, sí? Bah. Qué va. Caramba, ¿en qué otra parte puede ponerse un
tritón malasio?

EL HÉROE ES ÚNICO



EL HÉROE ES ÚNICO
Harlan Ellison


A los tres años de edad, disfrazado de derviche dongalawi, Harían Ellison colaboró en
la toma de la Plaza Británica de Omdurman (¿Qmdurman?, ¿Schenectady?, oh, bueno),
cosa que ha lamentado siempre. «No sé qué me pasó —se le ha oído murmurar—. Debió
de ser aquella bala de mosquete afgano, el balazo que recibí en la fatal batalla de
Maiwand, que ha vibrado en mi pierna desde entonces: palpitación, palpitación,
palpitación.» A partir de entonces Harían Ellison ha hecho saltar la banca de Montecarlo
una, mil veces; ha hecho el amor, loco y apasionado, con once llorosas emperatrices, así
como con 987 mujeres de otra condición; ha nadado repetidamente en el Helesponto
(«¡Porque está allí, por eso!», responde muy crispado); ha publicado 885 litros y ha
bebido leche suficiente para dejar a Australia a un metro de profundidad cuatro veces. Él
es vasto, contiene multitudes...
Harían Ellison nació en Cleveland, Ohio, en 1934. En la mejor vieja tradición
norteamericana, se fue de casa más tarde y entró en un circo: el relato de su experiencia
con «individuos grotescos y desalmados» podría helarles la sangre; Ellison dice que por
eso no toma nunca alcohol. El señor Ellison estudió en la universidad estatal de Ohio y
prestó servicio en el ejército de los Estados Unidos. Escribió guiones para series
televisivas como «Alfred Hitchcock», «Star Trek», «The Outer Limits» y otras. Fue editor
en Rogue Magazine y Regency Books. Suyos son los guiones de películas como Dream
Merchants, I, Robot y A Boy and His Dog (Un muchacho y su perro, de cuyo relato original
también es el autor). Premios Hugo, Nébula, Edgar y muchos otros. Articulista,
conferenciante, un mínimo de treinta y cinco libros, entre ellos Gentlemen Junkie, Memos
from Purgatory, Rockabilly, Ellison Wonderland. Numerosos cuentos y artículos.
Seleccionador de la famosa antología I trilogía Visiones peligrosas. Todo ello
abundantemente traducido. Harían Ellison se describe como «... en el mejor de los casos,
un moscardón», y vive en el sur de California, en una extraña y elevada casa en lo alto de
una montaña.
Cort estaba acostado con los ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía
exactamente una hora después de que ella empezara a roncar. De vez en cuando
permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para seguir el paso del
tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en la mesilla. A las cinco en punto
de la mañana salió de la cama del motel, que parecía una piscina olímpica, recogió la
ropa del enmarañado montón que había en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de
baño. No encendió la luz.
Como no recordaba el nombre de ella, no dejó una nota.
Como no deseaba degradar a la chica, no dejó un billete de veinte dólares en la
mesilla.
Como no podía irse con la celeridad que deseaba, sacó el coche del aparcamiento
empujándolo y dejó que cobrara impulso por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A
través de la abierta ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo
rodara hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.
La Ruta 1 entre Big Sur y Monterrey estaba desierta. La niebla abundaba. En algún
punto, a la izquierda, bajo los acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo
enemigo. La niebla se ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las
condensadas luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos árboles
como plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre. La tortuosa
carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a Cort la selva tropical
brasileña: empapado por la niebla y frígido, impenetrable y agresivamente siniestro. Cort
aceleró, arriesgándose a que el desastre lo alcanzara. Debía de haber algo más que la
amenaza de la selva.
Como tenía que haber en su vida algo más que endodoncias, rentas y frottage cargado
de culpa a últimas horas de la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que
marcos de peltre con diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa
de una familia socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión propagandista,
perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un fabricante. Algo más que
levantarse todas las mañanas en un mundo que no reservaba sorpresas.
Debía de haber desastre en alguna parte. En la selva, en la niebla, en la noche.
Pero no en la Ruta 1 a las cinco y media. No para él, no en aquel momento.
A las seis y media llegó a Monterrey y se dio cuenta de que no había comido desde el
mediodía del día anterior, cuando había terminado la terapia de los canales dentales de la
señora Udall; tras guardar el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió de su
despacho sin decir una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano y partió hacia la
costa, huyendo sin pensar en un destino.
No hubo tiempo de cenar cuando ligó con la camarera, y ningún puesto nocturno de
pizzas abierto para tomar algo antes de que ella se durmiera. El ácido había empezado a
abrirle un agujero en el revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca
paz mental.
Cort se dirigió al centro turístico de Monterrey y no tuvo problemas para localizar una
alargada extensión de espacios de aparcamiento. No había movimiento alguno en las
aceras de las tiendas. El sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa y
húmeda; corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un instante el
escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera flotante destinadas a
salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en el centro de la remolineante
niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese instante Cort vio su cara en el cristal. Esa
noche podía prolongarse el día entero.
Cort recorrió atentamente las calles, en busca de algún madrugador local donde
pudiera conseguir un wafle con fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo
frito por un solo lado. Algo agradable en la interminable oscuridad.
Nada abierto. Cort pensó en aquel detalle. ¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey?
¿Ningún establecimiento se engalanaba para el asalto de las langostas que era la llegada
de quinceañeros con mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con
carmesíes sombreros a la moda y viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había
producido un eclipse? ¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado?
¿Dónde demonios estaba la luz diurna?
La niebla pasó junto a Cort, se dividió en fajas un instante. Al final de una callejuela vio
una luz. Amarillenta, tan apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una luz.
Cort se metió en la callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente.
Parecía haberse esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares con
material de escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no sólo se
enfrentaba a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a un estado de temor.
Gnotobiosis: estado ambiental en que a animales libres de gérmenes se les inoculan
trazas de microorganismos conocidos. Miedo.
La luz salió a flote entre las silenciosas y plateadas sombras del océano: y Cort estaba
delante mismo de ella. ¿Se había acercado él a la luz, o la luz a él?
Era una librería. Sin letrero. Y en el interior, muchos hombres y mujeres. Todos
hojeando libros.
Cort permaneció en la oscuridad, inalcanzado por la somera luz de la anónima librería,
con la mirada fija en la escena. Una tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la
mañana, estaba atestada. Hombres y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos
absortos en el libro que tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo se
deslizaba por sus venas y arterias igual que veneno.
Ninguno de los clientes volvía las hojas.
De no haber sido por el ligero movimiento de los cuerpos, si nadie se hubiera rascado
el labio, parpadeado o movido los pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la
espalda o mirado alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una
extraña pero interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y hojear. Estaban
vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les absorbían. Ni dejaban un libro en su
estante para coger otro. Los hombres, las mujeres, todos: fascinados por palabras en el
punto donde estaban abiertos los libros.
Cort dio media vuelta para alejarse con la máxima rapidez posible.
El coche. Sal a la carretera. Tiene que haber una parada de camiones, un comedor, un
restaurante económico, comida para llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es
Monterrey!»
Los golpes en el escaparate le detuvieron.
Cort se volvió. La desesperada expresión en la cara de tortuga de la menuda anciana
atiesó su espalda. Con notó que tenía la mano derecha levantada, como puesta entre él y
la visión de la vieja. Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin tener la menor
idea respecto a qué estaba rechazando.
Ella le hizo gestos para que se quedara con sus arrugadas y pequeñas manos, y
pronunció palabras al otro lado del vidrio del escaparate. Las pronunció con gran precisión
y las palabras eran éstas:
«Tengo lo que necesita.»
Luego le indicó por gestos que se acercara a la puerta, que entrara: «Tengo lo que
necesita».
La esfera luminosa del reloj de pulsera de Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La
niebla seguía descendiendo del bosque de la península de Monterrey.
Cort intentó alejarse. San Francisco estaba arriba. El sol debía de estar llameando en
Russian Hill, Candlestich Park y Coit Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de
todo. Ahora estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas. Dirígete
hacia el sol.
Vio que su mano se alzaba hacia el pomo de la puerta. Entró en la librería.
Todos alzaron los ojos un momento, no denotaron emoción alguna en sus semblantes,
la puerta se cerró, siguieron mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.
—Estoy segura de que lo tengo en tapas duras, un ejemplar muy bien conservado —
dijo la vieja tortuguilla que era la mujer.
Su sonrisa carecía de dientes. ¿Cómo puede haber niebla aquí dentro?
—Sólo quiero hojear —dijo Cort.
—Sí, claro —repuso ella—. Todos están hojeando.
La anciana le puso una mano en su brazo y Cort se estremeció.
—Hasta que abra algún restaurante.
—Sí, claro.
Cort tenía dificultades para respirar. Acidez.
—¿Siempre..., siempre hay tanta oscuridad a primeras horas de la mañana?
—Está fuera de estación —dijo ella—. Eche un vistazo. Tengo lo que necesita.
Exactamente lo que necesita.
Cort obedeció.
—No busco nada especial.
La vieja caminó junto a él, una mano en su brazo.
—Tampoco lo buscaban ellos. —La anciana señaló con la cabeza el enjambre de
hombres y mujeres—. Pero encontraron respuestas aquí. Tengo un surtido magnífico.
Nadie volvía las páginas.
Cort miró por encima del hombro de una mujer de edad madura que tenía la vista fija
en un libro con grabados de acero en ambas páginas abiertas.
—Su curiosidad —explicó la tortuga— fue excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el
primer vampiro?». Un concepto fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear
un vampiro a partir de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro,
¿cómo nació el primer vampiro? Ella ha encontrado la respuesta aquí, entre mis
prodigiosas existencias.
Cort miró el libro. Uno de los grabados en acero reproducía el Arca de Noé.
Pero ¿no significaba eso que tuvo que haber dos a bordo?
La tortuga le obligó a seguir recorriendo las hileras de libros. Cort se detuvo junto a un
joven que llevaba una camiseta muy apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía
la cabeza inclinada, tan cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado cabello
rubio caía sobre sus ojos.
—Durante años ha sentido dolores simpáticos con una persona desconocida —explicó
la anciana a modo de confidencia—. Sentía peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada
de ello personal, nada de ello relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el
momento concreto. Por fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona.
Como los hermanos corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido solo, que
no existía gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.
La vieja hizo agitados gestos con sus manos llenas de azuladas venas.
Cort miró más allá de la cabeza y el cabello del joven. Era un libro de historia africana.
Había lágrimas en los ojos del joven; había una mancha de humedad en la página par.
Con apartó la mirada rápidamente; no deseaba entremeterse.
El siguiente de la hilera era un hombre muy alto, con aspecto de asceta, que sostenía
un pliego de papel obviamente escrito con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los
remolinees de la escritura, Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y
seguramente muy valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando
suavemente el pecho de Cort, y dijo:
—Siglo dieciséis. El primer infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de
su vida adulta, y décadas de investigaciones académicas, atormentado por el problema
de quién escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el poeta, o su rival, Anthony
Munday. Ahí está la respuesta, ante sus ojos. Tengo unas existencias tan magníficas...
—¿Por qué este hombre..., por qué ninguna de estas personas pasa las hojas?
—¿Por qué iban a molestarse? Han encontrado la respuesta que buscaban.
—¿Y no desean saber nada más? —Al parecer, no. Interesante, ¿no le parece? Cort
pensó que era más estremecedor que interesante. Después, el estremecimiento se aferró
permanentemente a su corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto tiempo
llevan así estos curiosos?
—Aquí hay una mujer que siempre había querido saber si el mal puro existe en todos
los lugares de la faz de la tierra. —La mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los
hombros, y contemplaba hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba
poseer una relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría, los temas
de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la biblioteca fuera
incendiada en el siglo quinto.
Era un hombre macilento y arrugado y en su semblante estaba grabada una expresión
de fatiga tan vieja que Cort pensó en Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas
con caracteres infinitesimales y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas
cagadas de mosca.
—Una mujer que perdió la memoria —dijo la tortuga mientras señalaba con un gesto de
su cabeza de tortuga a una hermosa criatura adornada con bufandas de seda de diez
colores distintos—. Despertó en un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas,
huyó para salvarse, ha pasado años errando por todas partes, intentando descubrir quién
es. —La vieja se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo averiguó aquí. El relato completo
está en ese libro.
Cort se volvió para mirar a la tortuga, apartando la arrugada zarpa de su brazo.
—Y usted «tiene lo que yo necesito», ¿verdad?
—Sí. Tengo lo que necesita. Entre mis magníficas existencias.
—¿Qué es exactamente lo que tiene y que yo necesito? Aquí. Entre sus magníficas
existencias.
No le hacía falta que la mujer hablara. Cort sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella
diría: «Vaya, tengo las respuestas a su búsqueda», y después él se pasearía por la
librería sintiéndose superior a los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía
cuánto tiempo. Y finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las
preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se trataba
de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir alguna tontería como
aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz estupidez. Luego formularía la
pregunta y la vieja señalaría un estante y contestaría: «El libro que desea está allí», y le
sugeriría que mirara tal y tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el
motivo de su viaje por la costa.
Y si, diez mil años más tarde, la kármica esencia de lo único que queda de Suleimán el
Magnífico, bendito sea su nombre, Suleimán del potente sello, sultán y señor de los
genios de todas las especies: jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia se
presenta de nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley, ese espíritu que
aparece como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en su interminable hégira...,
si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor Alexander Cort, dentista cirujano de
una cooperativa de odontólogos) todavía de pie en la librería, codo a codo con los otros
curiosos. Celacantos perfilados en esquisto, mastodontes repentinamente congelados en
hielo, avispas embutidas en ámbar. Gnotobiosis: para siempre.
—¿Por qué tengo la sensación de que todo esto no es casualidad? —preguntó Cort a
la vieja mujer tortuga. Retrocedió poco a poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la
sensación de que todo esto me esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres
y jodidos perdedores? ¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?
Casi estaba en la puerta.
La anciana se hallaba en un espacio libre, en el centro de la librería, mirándole
fijamente.
—Usted no es distinto, doctor Cort. Necesita las respuestas igual que los demás.
—Quizás una poción amorosa..., una piedra mágica..., inmortalidad..., toda esa
jerigonza. He visto lugares como este en películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja
señora. No tengo necesidades que usted pueda satisfacer.
Y su mano estaba en el pomo de la puerta; y lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se
abrió a la siniestra niebla y la interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la
anciana dijo:
—¿No le gustaría saber cuándo tendrá el mejor instante de toda su vida?
Y Cort cerró la puerta y se quedó inmóvil con la espalda apoyada en ella. Su sonrisa
era enfermiza.
—Bien, me ha cogido —musitó.
—Su momento de máxima felicidad —dijo la vieja en voz baja, sin apenas mover sus
finos labios—. De mayor fuerza, de más satisfacción, la cima de su buena forma, de su
control, el momento de mayor gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente
bien considerado por el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su
logro más apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que jamás volverá
a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas existencias, tengo un
tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el segundo de su mejor futuro. Pídalo y es
suyo. Tengo lo que necesita.
—¿Y qué me costará?
La anciana abrió su húmeda boca y sonrió. Sus arrugadas manilas quedaron abiertas
con las palmas hacia arriba ante ella.
—Pues nada —dijo—. Igual que los demás..., usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?
El frío como de lapas que osificaba su columna vertebral indicó a Cort que había cosas
peores que tratar con el diablo. Sólo hojear, como ejercicio...
—¿Y bien? —preguntó la vieja, a la espera.
Cort meditó mientras se humedecía los labios, repentinamente secos cuando el
momento decisivo estaba a su alcance.
¿Y si se produce dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para lograr cualquier
cosa que siempre quise conseguir? ¿Cómo voy a vivir el resto de mi vida después de
esto, sabiendo que nunca estará mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más seguro,
sabiendo que nunca superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor tendrá el resto de
mi vida?
La menuda mujer tortuga apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron
perezosamente, como si se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño y
rechoncho de un estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No,
ella no lo había sacado de los estantes. El libro se había deslizado y había saltado hacia
la mano de la vieja. Parecía un viejo minilibro.
La anciana se acercó y le tendió el libro.
—Sólo hojear—dijo húmedamente.
Cort extendió la mano y se detuvo, dobló los dedos. La mujer arqueó los finos
bosquejos que eran sus cejas y le ofreció una mirada de diversión, irónica.
—Está terriblemente ansiosa de que yo lea este libro —dijo Cort.
—Estamos aquí para servir al público —dijo ella amistosamente.
—Tengo que hacerle una pregunta. No, dos preguntas. Son dos preguntas que quiero
que me responda. Luego consideraré si hojeo sus magníficas existencias.
—Si yo no puedo responderle, cosa que es, al fin y al cabo, nuestro trabajo aquí,
entonces estoy convencida de que un libro de mis magníficas existencias contiene la
respuesta adecuada. Pero..., coja este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su
pregunta. Preguntas. Dos preguntas. Muy importantes, estoy segura.
La anciana le tendió el librito. Cort lo miró. Era un minilibro, de los que había leído
siendo niño, con páginas ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de
héroes de tebeo como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la
pregunta que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi vida?
Cort no tocó el libro.
—Yo preguntaré, usted responderá. Entonces me habrá cogido... entonces me
dedicaré a hojear.
La anciana se alzó de hombros, como diciendo, «haga lo que prefiera».
Cort pensó: «Haga lo que haga, usted hará su agosto».
—¿Cómo se llama esta librería? —dijo.
La cara de la vieja se crispó. Cort notó una repentina oleada de recuerdos de la
infancia, de su primera lectura de un cuento de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó
un aire malvado.
—No tiene nombre. Simplemente existe.
—¿Y cómo vamos a encontrarla en las páginas amarillas? —dijo Cort, mofándose de la
vieja.
Era obvio que él se encontraba de pronto en situación de fuerza. Aunque no tuviera la
menor idea respecto a la fuente de donde fluía esa fuerza.
—¡Ningún nombre! ¡Ningún nombre! No nos hace falta nombre. ¡Tenemos una clientela
muy selecta! ¡La librería jamás ha tenido nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz,
suave como una tortuga, blanda, de chocolate, se había transformado en metal oxidado
que araña metal oxidado—. ¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a mostrarle
apestosas etiquetas!
Hizo una pausa para calmar su ira, y en pleno silencio Cort formuló su segunda
pregunta.
—¿Qué gana usted con esto? ¿Cuánto le pagan? ¿Dónde está la línea de beneficio
mínimo en su gráfica? ¿Qué saca usted de esto, pavorosa señora?
La mujer apretó los labios. Sus llameantes ojos parecían al mismo tiempo viejos y
juvenilmente feroces y plateados.
—Clotho —dijo—. Clotho: Libros Raros.
Cort no reconoció el nombre, pero por la forma en que ella lo pronunció, supo que le
había arrancado un importante secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el
primero que lo preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y
tras haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.
—Pues bien, dígame, señorita Clotho, o señora Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué
gana usted con esto? ¿En qué moneda del reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda
sobrenatural, atrapa a estos necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se
esfuma. De vuelta al País de los Ensueños. ¿Qué tipo de vida hogareña lleva? ¿Hace tres
comidas diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla? ¿Tiene aún la regla? ¿O
ya ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás? Dígame, extraña señora tortuga, si
vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le gusta acostarse con un hombre? ¿Alguna
vez lo hizo? ¿Cómo es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las misteriosas
viejas fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?
—¡No puede hablarme así! —le gritó ella—. ¿Sabe quién soy?
—¡Mierda, no! —le respondió chillando Cort—. ¡No sé quién demonios es usted, y lo
que es más importante, me importa un cochino pepino quién es!
Los lectores zombies había levantado la cabeza. Parecían angustiados. Como si se
hubiera roto un prolongadísimo trance. Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto,
parecían... marmotas que salen a examinar sus sombras.
—¡Deje de gritar! —refunfuñó Clotho—. ¡Está poniendo nerviosos a mis clientes!
—¿Quiere decir que estoy despenándolos? ¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el
sol! ¡Dense un chapuzón! ¿Por qué están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?
—¡Cierre el pico!
—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y tal vez no, vieja tortuga. Si responde a mi pregunta, por
qué me aguardaba aquí especialmente a mí, es posible que deje a estos papanatas
seguir hojeando.
La vieja se acercó a él tanto como pudo sin tocarle, y silbó igual que una serpiente
—¿Usted? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué piensa que le esperábamos a
usted precisamente? Esperamos a todo el mundo. Esta era su oportunidad. Todos tienen
una oportunidad, todos tendrán su oportunidad en la tienda del curioseo.
—¿Por qué dice «esperamos»? ¿Se siente imperial?
—Nosotras. Mis hermanas y yo.
—Oh, hay más de una como usted, ¿eh? Una cadena de librerías. Muy agudo. Pero
supongo que tendrán sucursales en estos tiempos, con tanta competencia de otras
cadenas...
Clotho apretó los dientes. Y por primera vez Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes
detrás de sus rectos y finos labios.
—Coja este libro o salga de mi tienda —dijo la mujer en un mortífero susurro.
Cort cogió el minilibro de las temblorosas manos de la vieja.
—Nunca había tratado una persona tan vil, tan grosera —refunfuñó Clotho.
—El cliente siempre tiene la razón, querida —dijo Cort.
Y abrió el libro en la página exacta.
La página donde leyó cuál sería su mejor momento. El conocimiento que convertiría el
resto de su vida en una idea tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante
caminata montaña abajo.
¿Cuándo se produciría? ¿Dentro de un año? ¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco,
cincuenta, o en el bendito instante final de la vida, después de haber trepado, trepado y
trepado siempre hasta la cumbre? Cort leyó...
Leyó que su mejor momento se produjo cuando tenía diez años. Cuando, en el
transcurso de un partido de béisbol en un solar, un partido en el que sólo se podía batear
si se echaba fuera a otro jugador, el mejor bateador del barrio consiguió un tremendo
golpe dirigido hacia la parte más alejada del centro del campo, donde Con se veía forzado
a jugar siempre (porque se destacaba en este depone). Él corrió de espaldas, extendió su
desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort, saltó todo lo que pudo y el
dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano y quedarse en ella fue más dulce que
cualquier sensación anterior... o posterior. El momento se revivía en las palabras de la
página del terrible libro. Lentamente, poco a poco Con cayó al suelo, sus pies tocaron
tierra y su vista fue hacia su mano, y allí, en la enrojecida y afligida palma, falta de guante
de béisbol, estaba la pelota más dura jamás lanzada por un bateador. Alex era el mejor, el
amo del mundo, lo más increíble en la faz de la tierra, enorme, intrépido y excelente, el
expeno inconmesurable, milagroso; un prodigio, un prodigio andante. Ése fue el mejor
momento de su vida.
Cuando tenía diez años.
Nada más haría en su vida, nada había hecho entre los diez y los treinta y cinco años,
su edad mientras leía el minilibro. Y observó que él, hasta que muriera cuando se
agotaran los años que le restaban de vida, no haría nada... nada podría compararse con
aquel momento.
Cort alzó la cabeza lentamente. Tenía dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le
sonreía desagradablemente.
—Tiene suene de que yo no sea como mis hermanas. Ellas reaccionan mucho peor
cuando las fastidian.
La vieja se alejó de él. El sonido del minilibro bruscamente cerrado en. el mostrador del
escaparate detuvo su caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió
hacia la puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.
—¿Adonde cree que va?
—Vuelvo al mundo real. —Tenía dificultad para hablar. Las lágrimas le obligaban a
expresarse con sollozos y las palabras brotaban ásperamente.
—¡Tiene que quedarse! ¡Todos se quedan!
—Yo no, querida. El héroe es único.
—Todo es inútil. Nunca volverá a conocer la grandeza. Sólo basura, despojos, vacío.
No habrá nada tan bueno aunque viva mil años.
Cort abrió la puerta. La niebla continuaba allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se
detuvo y miró a la vieja.
—Si tengo suerte, no viviré mil años.
Luego cruzó la puerta de «Clotho: Libros Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le
observó al otro lado del escaparate cuando él se alejó entre la niebla.
Se detuvo de nuevo y se agachó para hablar tan cerca del vidrio como fuera posible.
Ella estiró su carilla de tortuga y le oyó decir:
—Lo que queda puede ser solamente el final de una vida de mierda... pero es mi vida
de mierda.
«Y es la única diversión de la ciudad, querida. El héroe es único.»
Luego Cort se adentró en la niebla, llorando; pero intentando silbar

DOCTOR BHUMBO SINGH




DOCTOR BHUMBO SINGH
Avram Davidson


El nombre de Bhumbo Singh lo encontré hace mucho tiempo en, creo, el relato (muy
posiblemente falso) de (?) Zephanian Howell respecto al Agujero Negro de Calcuta. Era
algo así: «Tratamos de obtener botes por mediación de Bhumbo Singh, pero no lo
conseguimos». Eso era todo. ¿Por qué ese nombre siguió fermentando, o debería decir
supurando, en mi mente? No lo sé. Pero un día, estando (supongo) en algún lugar sin
máquina de escribir, cogí un cuaderno rayado y empecé a escribir este relato. Lo dejé
inacabado y lo olvidé, hasta que otro día, de nuevo sin máquina, continué la narración y
no volví a dejarla hasta completarla. El escenario de su culminación fue la barca de Peter
Stein, amarrada en el muelle 6 de Sausalito, en esa extraordinaria comunidad de barcoshabitación,
casas flotantes y simples barcas actualmente, ¡ay!, en lento proceso de
destrucción. Pete, a pesar del hecho de ser ciego, construye buenas barcas. Y a él dedico
este relato.
Avram Davidson nació en Yonkers, Nueva York, en 1923, sirvió en la marina y con los
marines de los Estados Unidos, y vendió su primer relato el mes posterior a su
licenciamiento. Editó The Magazine of Fantasy and Science Fiction a principios de la
década de los sesenta y ha publicado alrededor de quince novelas (entre ellas The
Phoenix and the Mirror, Peregrine: Primus y Peregrine: Secundus, tres antologías
anteriores, varias colecciones de cuentos y un ensayo, Crimes and Chaos. El señor
Davidson vive probablemente en el noroeste del Pacífico.
La calle Trevelyan había tenido cuatro manzanas de longitud, pero en la actualidad sólo
tiene tres, y en su extremo de popa está bloqueada por el linde de un paso superior.
(¿Piensan que las palabras «Sin Salida» tienen un sonido siniestro?) El gran edificio del
bloque 300 solía estar consagrado al culto de la Iglesia Episcopal Metodista de
Mesopotamia (Sur) pero ya no está consagrado a nada y actualmente es un almacén de
cola. El edificio pequeño condene la única tienda de comestibles y comidas preparadas al
estilo de Bután fuera de Asia; su clientela es escasa. Y el pequeño edificio de madera
alberga un minúsculo estudio sumamente oscuro y sucio que vende hechizos, aromas y
cabezas contraídas. Sus clientes son todavía más escasos.
Los hechizos son caros, los aromas son exorbitantes y los precios de las cabezas
contraídas (por muy de primer corte que sean) son simplemente excesivos.
El estudio, no obstante, tiene un alquiler bajo (tiene un techo bajo, además), no paga
permiso de venta (abre, cuando abre, únicamente entre las siete de la noche y las siete
de la mañana, horas en que no funciona la oficina municipal de licencias). Y no carece de
las ventas suficientes para mantener al propietario, nativo de las islas Andamán, con las
pocas, muy pocas cosas sin las que la vida sería insoportable para él: calamar con cari,
que come, come y come, irregulares perlas rosadas, que colecciona y luce (a solas y
durante la fase izquierda de la luna). También viven allí tupayas. Se dice que estos
animales son parientes de los primates, y por tanto, se supone, del hombre. Verdad o
mentira, no me importa. El propietario musita en sus diminutas orejas órdenes sumamente
abominables y luego los suelta, con gran y siniestra confianza. Y con una risa diabólica.
Los hechos que relato a continuación, los relato a ciencia cierta, porque me los narró mi
amigo el señor Solapado. Y jamás se ha sabido que el señor Solapado mintiera.
En cualquier caso, por lo menos, no a mí.
—Le deseo una buena noche sin luna, señorón Solapado —dice el propietario al
acabar una encapotada y ceñuda tarde de mediados de noviembre—, y ciertamente una
mala noche para los que han tenido la fortuna de provocar el sumamente justo
descontento de usted.
El propietario se rasca el inmundo lóbulo de una oreja con un inmundo dedo.
(Esa época del año, a propósito, es el mes que fue eliminado del calendario juliano por
Julián el Apóstata. Jamás ha aparecido en el calendario gregoriano: un buen detalle,
además.)
—Y una buena noche para usted, doctor Bhumbo Singh —dice el señor Solapado—.
En cuanto a ellos... Ja, ja!
Cruza sus menudas manos embutidas en guantes color lila sobre la empuñadura de su
muleta. Incluso varios supuestos expertos han afirmado que la empuñadura (observada
con una luz mucho menos mortecina que la de la tienda de Bhumbo Singh) es de marfil.
Están equivocados: es de hueso, puramente hueso... O quizás habría que decir,
impuramente hueso...
—¡Ja, ja! —repite (el doctor) Bhumbo Singh.
El no tiene derecho alguno, en realidad, a ese distinguido apellido, que ha tomado para
deshonra de cierto tratante de caballos, un benevolente sij que en hora irreflexiva y con
las constelaciones dispuestas malignamente tuvo la idea de adoptarle. Y ahora, el
negocio.
—¿Un hechizo, sahib Solapado? —pregunta a continuación, mientras se frota la
barbilla. Su barbilla lleva un tatuaje de apagado color azul que aterrorizaría los corazones
y aflojaría las cuerdas de las entrañas de los más viles rufianes de Rangún, Labore,
Peshawar, Pernambuco y Wei-hatta-hatta aún no colgados, si no fuera porque, claro está,
casi siempre es totalmente invisible gracias al polvo, la pegajosa sustancia negra de los
calamares con cari y un odio al agua semejante a la hidrofobia—. ¿Un hechizo, un
hechizo? ¿Un bonito hechizo? ¿Una cabeza partida?
—Vergüenza para sus cursis hechizos —dice tranquilamente el señor Evelyn (dos
«es») Solapado—. Sólo son aptos para brujas, magos y niños o niñas exploradores. En
cuanto a sus cabezas partidas, contraídas o lo que sea: Jo, jo.
Pone la punta de su índice derecho en el orificio derecho de su nariz. Guiña un ojo.
El doctor Bhumbo Singh ensaya una mirada de reojo, pero no pone el corazón en ello.
—Son anormalmente caras en estos tiempos, incluso al por mayor —se lamenta.
Y acto seguido desiste de mojigangas comerciales y se limita a esperar.
—He venido a por un aroma, doctor —dice Solapado, alejando con la punta de su
maleta un grillo que ha huido de los víveres para alimentar a las tupayas.
Los rojos ojillos del doctor Bh. Singh brillan como los de un hurón salvaje en época de
celo. Solapado baja y sube la cabeza rápida, vivamente, y produce un chasquido con sus
fruncidos labios.
—Un aroma, sutil, lento, penetrante. Un aroma vil. Un aroma enigmático. Un aroma que
parezca provenir de cualquier parte, pero un aroma que no deje rastro en cuanto a su
procedencia. Un aroma diabólico. Un aroma que en un momento dado, y con infinito
alivio, disminuya..., disminuya..., que casi desaparezca..., y que luego, alzándose como un
fénix de sus fragantes cenizas, resurja en forma de pestilencia, peor, mucho peor que
antes...
»Un aroma más que repugnante.
Un ligero escalofrío recorre el inmundo y magro cuerpo del doctor Bhumbo S. (Él no
tiene derecho a ese título, pero ¿quién osaría negárselo? ¿La Asociación de Médicos? La
última tribuna que ambas partes podían haber ocupado juntas, incluso en combate,
también fue ocupada por Alberto Magno.) Su lengua sobresale. (Es cierto que el doctor
puede, si se le provoca, tocar con ella la punta de su más bien retroussé nariz; también es
cierto que él puede, y lo hace, cazar moscas con su lengua igual que un sapo o un
camaleón. El señor Solapado no ha considerado conveniente comunicármelo, no a mí.)
Su lengua retrocede.
—En pocas palabras, apreciadísimo cliente, es preciso un aroma que enloquezca a los
hombres.
—¿«Hombres», doctor Bhumbo Singh? ¿«Hombres»? No he dicho nada de hombres.
La palabra nunca ha salido de mi boca. El concepto, de hecho, jamás se ha formado en
mi mente.
Bhumbo se estremece, en lo que podría ser un espasmo de malaria, pero que
seguramente es risa silenciosa.
—Tengo el producto preciso —dice—. Exactamente lo que busca. El precio es
meramente pro forma, el precio es mínimo, el precio es mil quinientas piezas de oro, de la
acuñación del Gran Golconda. Por onza.
Las cejas de Solapado se alzan, descienden, caen.
—¿«De la acuñación del Gran Golconda»? Caramba, hasta los escolares saben que el
oro de Golconda era tan excesivamente puro que podía comerse como mermelada, lo que
justifica que queden tan pocas monedas de ese tipo. Vaya, vaya, doctor Bhumbo Singh, si
trata y cobra así a sus apreciadísimos clientes, no me extraña que tenga tan pocos.
Un grumo de suciedad, enmarañado con telarañas, flota lentamente tras soltarse del
invisible techo y cae al incalificable suelo. Se lo ignora. El comerciante se encoge de
hombros.
—Ni siquiera para mi propio hermano, caballero, estoy dispuesto a preparar el aroma
por menos dinero. —Considerando que el «propio» (y único) hermano de Bhumbo,
Bhimbo, ha pasado los últimos siete años y medio cargado de cadenas en el sexto
subsolano de la prisión secretamente dirigida por esa vieja obesa, fea y diabólica, Fátima,
la begun viuda de Oont, sin que Bhumbo haya ofrecido ni siquiera dos rupias para ajos,
esta es probablemente la verdad—. No obstante, dado mi gran respeto y consideración
por usted y mi deseo de mantener la relación, no le exigiré que compre una onza entera.
Le venderé el aroma por gramos, o una cantidad ínfima.
—¡Trato hecho, señorón Bhumbo, trato hecho! —exclama el señor Solapado.
Golpea con la muleta el inmundo, muy inmundo suelo.
Las tupayas emiten agudos gañidos de irritación y Bhumbo les da grillos. Los animales
se calman, aparte de hacer ruidos no orales, crujientes.
Cerca, en el paso superior, un camión o un autocamión pasa estruendosamente; como
resultado de ello el frágil edificio tiembla, y al menos una cabeza contraída va de un lado a
otro y hace rechinar sus dientes. Nadie presta atención al hecho.
—Tenga el placer de volver aquí, pues, effendi Solapado, por (o quizás un poco
después) los Gules de Diciembre —dice Bhumbo Singh. Después duda un poco—.
«Diciembre», así llaman los cristianos al siguiente medio mes. «Diciembre», ¿no es
cierto?
Eevelyn Solapado (dos «es») se levanta para marcharse.
—Muy cierto. Celebran una importante fiesta a ese respecto.
—¿Ah, sí, ah, sí? —exclama Bhumbo Singh—. No lo sabía... ¡Qué importante es ser
sabio!
Acompaña a su cliente a la sucia, muy sucia puerta con numerosas reverencias,
homenajes y genuflexiones. El cliente, tras poner el pie superficialmente una vez en el
desagradable cuello de Bhumbo, se ha ido ya cuando se produce la última reverencia.
Desaparecido, desaparecido ya, y el distante eco del silbato de hojalata (con el que
tiene la costumbre de tocar las notas de adorno del Lamento por sahib Nana cuando
recorre como una araña esos caminos húmedos y oscuros) desaparecido ya igualmente...
En las siguientes semanas, tanto Bhumbo Singh como su mismo simulacro son vistos
en infinidad de sumamente diversos lugares. Los mataderos de reses lo conocen breves
momentos; igual que carderías y curtidurías. Se le ve lanzar puñados de las Semisilentes
Arenas del Hazramawut (o Cortejos de la Muerte) a las ventanas de Abdulahi El-
Ambergrisi (que también vende asafétida). Y el Abdulahi (un yazid de los yazidí) abre,
vacila, se retira, lanza mediante una red de muy largo asidero una ampolla de no-se-sabequé.
Se observa de reojo que el Bhumbo (y si no es él, ¿quién es?) se escabulle bajo el
descargadero del viejo mercado de pescado (condenado, desde entonces, por la Junta de
Salud). Visita también los cobertizos de uno o dos y nunca más de tres extranjeros que en
tiempos viajaron por el mar en climas tropicales y que ahora viven en derrumbadas
barracas en extremos opuestos de abandonados vertederos y que muestran su arruinado
semblante sólo a los semblantes de las arruinadas lunas.
Y por las noches, cuando la luna está oscura, Bhumbo deambula por fábricas de
ungüentos, en busca de moscas.
De vez en cuando murmura, y si uno se atreviera a ponerse muy cerca, le oiría calcular
sensatamente de esta forma:
—¡Con esa y con esa cantidad de doradas piezas de oro! Con algunas me compraré
más perlas rosadas irregulares y con otras me compraré más calamar con cari y otras las
reservaré para contemplarlas y otras, ¡no!, ¡sólo otra!, la entregaré a Iggulden el batidor
de oro para que me haga una hoja de oro blanda, ancha y fina: la mitad la pondré como
una máscara de estrangulamiento en la cara de cierto «explotador» de bienes raíces y
con la otra porción La-Que-Prepara-Confituras preparará dulces calientes y empanadas y
pasteles para mí y cuando esto se haya fundido como amarilla mantequilla lo comeré y no
invitaré ni a uno a disfrutar conmigo y después lameré mis doce dedos hasta que estén un
poco limpios...
Luego se ríe... Un sonido como de burbujeo de espesa grasa caliente en las fétidas
ollas de un festín caníbal.
Mientras tanto, ¿qué se ha hecho del señor Solapado?
El señor Solapado mientras tanto hace visitas igualmente; pero de carácter más
sociable: el señor Solapado llama antes de entrar.
—Oh. Soli. Eres tú —dice una mujer por la abertura de la bien encadenada puerta—.
¿Qué quieres?
—Gertrude, te he traído, siendo principios de mes, la suma de que me despluman las
condiciones de nuestro documento de divorcio —dice él—. Como de costumbre.
Mete el dinero por la grieta o hendidura entre la jamba y la puerta. Ella lo recoge con
rapidez y pregunta:
—¿Esto es todo lo que voy a obtener? Como de costumbre.
—No —suspira él—. Temo que no. Es, sin embargo, todo lo que vas a obtener este o
cualquier otro mes del año. Es el importe de la extorsión que sufro por parte de la
combinación, no digo «confabulación», de nuestros abogados y el juez del tribunal.
Gertrude: buenas noches.
Da media vuelta y se va. Ella emite un sonido que brota entre el paladar y los senos
paranasales, el sonido que la experiencia le ha enseñado a emitir a modo de
menosprecio. Después: clunch-clunch... clac-clac..., los cerrojos nocturnos. Clank. La
puerta.
El señor Solapado, una hora más tarde, bañado, rociado con agua de ron de laurel y
vestido con lo mejor de lo mejor de su vestuario. Escupe en sus relucientes zapatos.
Sombrero, guantes y bastón en una mano. Flores en la otra.
—Eevelyn —dice ella, con una mano en su resplandeciente, rutilante corazón—. Qué
encantadora sorpresa. Qué flores tan bonitas. Oh, qué agradable.
—Puedo entrar. Querida mía.
—Claro que sí. No necesitas decirlo. Ahora no estaré sola. Un rato. Eevelyn.
Se besan.
Solapado lanza una amplia mirada.
—¿Interrumpo tu cena? —pregunta después.
Ella observa el piso. Su expresión es de moderada sorpresa.
—¿Cena? Oh. Un simple plato de ensalada de langosta con
un corazón de lechuga helado como un iceberg. Perifollo. Berro. Unas cucharaditas de
caviar. Mantequilla dulce, sólo un poquito. Un huevo duro, finamente cortado.
Kümmelbrot. Y una pequeñísima botella de Brut. Demasiado. Pero ya sabes cómo me
mima Anna. Cenarás conmigo.
Él mira alrededor, otra vez. Cristal. Tapices. Petit point. Watteau. Muebles estilo
Chippendale. Pregunta:
—¿Estás esperando?
—Oh, no. No. Ahora no. Pondremos música. Oiremos música.
Así lo hacen.
Bailan.
Cenan.
Beben.
Conversan.
Y...
No lo hacen.
—¡Cielos, qué hora es ya? Debes irte, Eevelyn.
—Entonces, ¿esperas...?
Cómo rutilan sus dedos cuando ella los alza para indicar lo que las palabras solas no
pueden indicar.
—Eevelyn. No espero a nadie. Debes saberlo. Nunca. Debes saberlo... Vete, mi más
dulce y querido.
Él coge sombrero, guantes, bastón.
—¿Cómo es posible que yo nunca..?
Ella le pone en los lívidos labios sus dedos revestidos de anillos.
—Chist. Oh. Chist. El hombre más noble, amable y generoso que conozco no gruñirá.
Él entenderá. Paciencia. Un beso antes de separarnos.
El isleño de Andamán atisba un momento por las viscosas hendiduras de los ojos. Que
ahora se abren al reconocer.
—¡Sahib Solapado!
—¿Y quién esperaba que fuera? ¿La gruesa Fátima, quizá?
El isleño se estremece como si tuviera fiebre palúdica.
—¡Ah, Sirviente de la Sabiduría, no la mencione ni indirectamente! ¿Acaso no metió
ella a mi miserable y temo que ya destrozado hermano en una oscurísima mazmorra,
simplemente por el azar de habérsele escapado una ventosidad en su jardín más
externo? ¡Maligna hembra!
Solapado se encoge de hombros.
—Bien, así sea. O así no sea... Bueno, Bhumbo Singh, he traído algunas monedas de
oro metidas, de acuerdo con la costumbre, en... ¡Ejem, ejem! —Solapado tose—. No
necesito decirlo.
Y levanta la cabeza y mira alrededor, ansioso.
Al instante el propietario de la tienda echa a caminar de un lado a otro arrastrando los
pies.
—«Hacer sufrir de impotencia al virrey de Sindh.» No. «Imponer la plaga de las
almorranas al antipapa de...» No. «La cabeza de lord Lovat, con boina escocesa y gaita»,
no. No. Ah. Ah.
Alza un minúsculo recipiente, al mismo tiempo empieza a leer la etiqueta (garabateada
en envilecidísimo prácrito) y va a abrirla...
—¡Alto! ¡Alto! ¡Por misericordia, no lo abra!
El hombre moreno deja en silencio el potecito, no mayor que un pulgar o (digamos) del
tamaño más pequeño posible de trufas españolas. Mira el objeto contiguo en el
desordenado mostrador repleto de telarañas.
—«Causará tumores en la piel de la frente del favorito del Gran Bastardo de Borgoña»,
¡ah!
Solapado está al borde de la exasperación.
—Bhumbo. Cálmese. Cálmese. Deje de parlotear. Deje ese hechizo. Déjelo, digo,
señor. Déjelo... Bien. Coja lo que tenía antes en la mano. Sí... ¡Y por amor de Kali, dé
grillos a esas musarañas!
El isleño de Andamán continúa perdiendo el tiempo a pesar de todo, por lo que el
mismo Solapado, tras un sonido bucal de impaciencia, cumple sus propias órdenes. Y
además dedica al individuo una penetrante mirada de reproche, le aconseja que a partir
de ahora use una clase de opio mejor o peor, y coloca en sus manos lo que contiene el
oro.
—He pesado el preparado, no tengo duda alguna. En consecuencia cuente las
monedas para que...
Pero su proveedor rechaza la exigencia.
—Es suficiente, suficiente, sahib Solapado. Por el peso, creo que es correcto. Perdone
mi cotorreo: el martilleo, como ustedes dicen. —La voz y las maneras son bastante
crispadas ahora—. Le ofrecería unas tazas de té, pero mis toscos brebajes no tienen la
finura precisa para su exquisito paladar, y no consigo encontrar el Lipton's.
Solapado recorre el inmundo cubil con la mirada. (Sería preferible recorrerlo con una
escoba.)
—Y también se le habrá terminado la leche de víbora, me atrevería a decir. Qué pena.
—Contempla una vez, contempla dos veces el oscuro lugar, sucio más de lo soportable,
ciertamente imposible describir su desorden—. Ah, la inmemorial sabiduría de Oriente...
Bhumbo: le deseo buenas Gules.
El otro inclina la cabeza.
—¿No vivo únicamente para proveerle de aromas, sahib? —inquiere.
E inicia la imprescindible serie de postraciones. En ese momento oye el sonido del
silbato de hojalata.
Algún tiempo después de eso.
La nariz de Anna está muy roja, su voz es muy apagada.
—Siemprre mi señorra gustaba cosas bonitas —dice—. Diamantes, ella gustaba.
Perrlas, ella gustaba. «Kaviarr, sólo puedo comerr un bocado, pero debe serr el mejorr»,
me decía ella.
—Sí, sí, sí —conviene Solapado—. Muy cierto, muy cierto. Qué golpe para ti. Para ti y
para mí.
Desea que Anna retuerza menos el pañuelo y lo use más.
—Siemprre mi señorra erra muy particularr —prosigue Anna—. «Anna, ¿cómo te
atrreves? ¿No lo hueles?», prre-gunta ella. «Mirre debajo de donde quierra.» La dejo
mirrar debajo de vitrrina derecha: nada. La dejo mirrar debajo de vitrrina izquierrda: nada.
«Bien, pues, señorra, ¿porr qué de prronto mi cocina no serr bonita y limpia? Venga a
verr.» Ella viene, ella mirra, mirra, mirra. Nada. Huele, huele, huele. «Qué barrbarridad,
mío Dios, qué olorr tan espantoso», ella dice. Y dice y dice...
—Dios, Dios. Sí, sí. No te aflijas, donde está ahora cuidarán bien de ella...
Anna (violentamente):
—¿Qué? ¿Cuidarr de mi señorra mejorr que yo? Yo visito, llevo mi especial
grumpskentorten: ella grrita, sólo eso. «Señorra, señorra, ¿no «reconoce a Anna? ¿Anna?
Señorra Gortru-de, señorra Gortrude: ¡soy Anna!». Pero ella sólo chilla. Y chilla y chilla.
Anna hace una demostración, puños cerrados, las cuerdas vocales, saliéndosele del
cuello, la voz un agudo chillido triturante. Solapado le ruega que desista.
Después, Solapado, con cierto alivio, regresa a su casa. El hombre es, ciertamente, un
ser social. Pero a veces, pese al Autor del Génesis (cree Solapado), es conveniente estar
solo. Solapado tiene sus rosas; las poda. Solapado tiene sus Calendarios Newgate; coteja
la información. Solapado tiene primeras ediciones (Mather, de Sade, von Sacher-
Masoch); las lee. De vez en cuando alza los ojos. Descubre, al cabo de un rato, que alza
los ojos con más frecuencia que los baja. Luego baja los ojos más que lo normal. Primero
levanta el pie derecho y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Luego levanta el pie
izquierdo y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Después, habitación tras habitación y
armario tras armario, recorre la casa, con las ventanas nasales dilatadas.
—No es lo que pienso —dice firmemente—. No, es... lo que pienso.
Algún tiempo después de eso.
Solapado se halla en otro lugar, y un lugar que no le gusta demasiado. Saca
horóscopos de forma interminable, no se permite el uso de lápices y por eso utiliza tizas.
Los efectos son ciertamente de gran colorido pero es muy difícil obtener detalles finos.
Solos y por parejas, la gente pasa por allí y, fingiendo no mirar, miran. Solapado no les
hace caso. Pero ahora, de pronto, observa a alguien que se ha detenido... Observa, eso
hace. Ese hombre está mirándole abiertamente, sin fingir. Sonríe.
Solapado lo mira fijamente. Se sobresalta. Habla.
—Oh, Dios mío. Oh. Oh. Bhumbo Singh. Me dijeron que él..., me dijeron que usted
había muerto. Me lo demostraron. Lo habían apretado entre la pared interior y exterior de
mi casa. Eso fue lo que me volvió loco. Eso fue lo que yo... No lo que yo había pensado.
No lo que yo había comprado. Un error. Debí decírselo: Bhumbo Singh está vivo.
Se dispone a levantarse, es detenido por una mano morena y amable.
—Oh, no, sahib y effendi o effendi Solapado. Bhumbo ha muerto.
Solapado lanza un suave chillido, retrocede lentamente.
—Yo soy Bhimbo, único hermano, gemelo del desleal antedicho. Quien, por desgracia
y a despecho de los lazos uterinos que nos unían, me dejó languidecer en la mazmorra
más profunda de Su Alteza Bibi Fátima, viuda begun de Oont, durante siete años, seis
meses, una semana, y varios días, en vez de pagar rescate por mi delito (completamente
inintencionado, se lo aseguro: jamás como legumbres antes de traficar lo que sea en el
patio más exterior de una descendiente de Timur el Terrible). Estuve en el sexto
subsolano de su ahora ilegal prisión, del que fui liberado por el nuevo gobierno
independiente, que Kali los bendiga con todos sus pares de manos. De ahí vine aquí. Y le
forcé, a mi hermano natal Bhumbo, a ser mordido en el corazón por hambrientas tupayas
encerradas en un pote de calamares que sostuve sobre su desleal corazón. Cómo chilló
él...
Menea la cabeza, las pasiones pugnando.
Solapado medita un instante, ignorando al hacer tal cosa la conducta de un vecino que
está ahora, como tantas otras veces, recitando lo que según él son los completos Cantos
de Ossian en gaélico original. De memoria. En voz alta. Y detalladamente.
—Bien, pues, entiendo por qué llevó a la muerte a su hermano. Naturalmente. Pero
¿por qué, oh, por qué, Bhimbo, lo metió entre las paredes internas y externas de mi casa?
¿Con resultados tan fatales para mi persona? ¡Y, oh, el negro torbellino!
Un encogimiento de hombros. Una mirada de apacible sorpresa.
—¿Por qué? Bien, sahib, tenía que meterlo en alguna parte. Yo pensaba regresar a
mis islas natales, para iniciar allí un movimiento por la independencia que quizás hubiera
conducido, ¿quién sabe y por qué no?, a mi conversión en presidente vitalicio. Pero en la
desaseada tienda de mi hermano Bhumbo me demoré demasiado, buscando sus
irregulares perlas rosadas. Mientras me hallaba en ello llegaron allá los hombres llamados
Inspectores de Edificios y Bienestares. «Este tiene que estar chiflado», dijo uno. «¡Mirad,
vaya lugar!»
Bhimbo ríe serenamente.
Solapado abre la boca. Luego piensa. Luego dice:
—«Huida», sí. Bhimbo, tenemos que unir nuestras sabias cabezas, gastarles una
jugarreta. Yo no puedo hacerlo solo. Asegurar nuestra liberación de...
Los rufos e ictéricos ojos de Bhimbo se agrandan.
—¡Pero, sahib, ya estoy liberado! Para un hombre, señor, que ha pasado siete años y
medio, más, en la mazmorra más profunda de la terrible y gruesa Fátima, la tirana (ya
depuesta), ¿qué es este lugar sino un hotel? Considérelo, sahib. Ropa limpia. Camas
limpias. Tres veces por día, comida limpia..., servida por criados. Más tentempiés.
¡Cuánto me gustan los tentempiés, sahib! Y además, una vez por semana, uno de los
gurús, el llamado Shrink, habla conmigo en su sagrado despacho. ¡Qué honor! A decir
verdad, es imposible conseguir savia de palmera, pero cierto sirviente (a cambio de
sencillos hechizos: mujeres, juego) trae un sabroso vino llamado Ripple, oculto en botellas
de medicamentos. No hay hojas de betel, pero sí tombac, sahib. Y además, cine hablado
en las cajas armario. ¡Qué entretenido! ¡Cuántos crímenes! ¡Y también bañeras con
ducha! ¡Deportes! Tres veces por semana, ¡trabajos manuales terapéuticos! ¡Qué
diversión!
Bhimbo alza la voz, un poco, para hacerse oír superando no sólo el ruido del bardo
ossiánico sino también la del hombre que, gritando las palabras «¡Hola, Joe!» en
entrecortados ataques, estará insoportable al menos durante un cuarto de hora.
—Sé cómo llaman a este lugar los suyos, sahib. Pero, ¿sabe cómo lo llamo yo? Yo lo
llamo paraíso, sahib.
El señor Solapado se entristece de nuevo y ve otra vez cómo se aproxima el negro
torbellino. Huele de nuevo el inefable, diabólico olor... ¿El olor que compró él? ¿El olor
que no compró? No importa. Se agarra a la mesa para un instante más de contacto con la
realidad, y pregunta:
—Pero ¿no le preocupa de ningún modo estar rodeado de locos eternamente?
Bhimbo le mira. Su rojiamarillenta mirada es paciente y amable.
—Ah, sahib. ¿No sabe la Única Gran Verdad? Todos los hombres están locos.
La inmemorial sabiduría del Oriente está en su voz, y en sus ojos.

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