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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 31 de octubre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - VETERANO DE GUERRA

VETERANO DE GUERRA
Philip K. Dick
El viejo estaba sentado en un banco del parque, bajo el ardiente sol, y miraba a la gente que paseaba arriba y abajo.
El parque estaba limpio y bien cuidado. El césped relucía gracias al agua que proyectaban cien tubos de cobre brillantes. Un robot jardinero escardaba, arrancaba malas hierbas y recogía restos de basura, que introducía en su ranura de eliminación. Los niños corrían y gritaban. Parejas jóvenes se sentaban bajo el sol con las manos entrelazadas. Grupos de apuestos soldados deambulaban sin rumbo, las manos hundidas en los bolsillos, y admiraban a las muchachas desnudas que tomaban el sol alrededor de la piscina. Fuera de los límites del parque, los coches y las altas agujas de Nueva York brillaban y centelleaban.
El viejo carraspeó y escupió sobre los arbustos. El ardiente sol le irritaba; era demasiado amarillo y le provocaba oleadas de sudor. Por su culpa, era consciente de su barbilla sin afeitar y del ojo izquierdo que había perdido. Y de la fea cicatriz que había desgarrado la carne de una mejilla. Manoseó el micrófono que rodeaba su esquelético cuello. Se desabrochó la chaqueta y se enderezó, apoyándose contra las tablas metálicas del banco. Aburrido, solo y amargado, torció la cabeza y trató de interesarse en la bucólica escena de árboles, hierba y niños que jugaban.
Tres jóvenes soldados rubios se sentaron en el banco opuesto y empezaron a desenvolver las cajas de cartón en que llevaban la comida.
El viejo contuvo la respiración. Su corazón latió con rapidez y, por primera vez desde hacía horas, recobró la vida. Se sacudió su letargo y concentró su débil vista en los soldados. El viejo sacó su pañuelo, se secó la cara cubierta de sudor y les dirigió la palabra.
—Bonita tarde.
Los soldados levantaron la vista un momento.
—Sí —dijo uno.
—Han hecho un buen trabajo. —El anciano indicó el sol amarillo y las agujas de la ciudad—. Es perfecto.
Los soldados no contestaron. Se concentraron en sus tazas de café humeante y en el pastel de manzana.
—Casi me engañan —continuó el viejo, en tono quejumbroso—. ¿Pertenecen al equipo de siembra, muchachos?
—No —respondió uno—. Somos especialistas en cohetes.
El anciano aferró su bastón de aluminio.
—Yo estaba en demoliciones, en el antiguo escuadrón Ba-3.
Ningún soldado contestó. Susurraron entre sí. Las chicas de un banco cercano se habían fijado en ellos.
El viejo hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo algo envuelto en papel de seda roto. Lo desenvolvió con dedos temblorosos y se puso en pie. Cruzó el sendero de grava con paso vacilante y se acercó a los soldados.
—¿Ven esto? —Extendió el objeto, un pequeño cuadrado de metal centelleante—. Lo gané en el 87. Creo que fue antes de vuestra época.
Los jóvenes soldados demostraron un incipiente interés.
¡Caray! —exclamó uno—. Es un Disco de Cristal... Primera clase. —Alzó la mirada en
tono inquisitivo—. ¿Usted la ganó?
El viejo, orgulloso, emitió una risita entrecortada, mientras envolvía la medalla y la
devolvía al bolsillo de la chaqueta.
—Serví a las órdenes de Nathan West, en el Gigante del Viento. No la conseguí hasta
el asalto final. Recordarán el día que despegó nuestra flota...
—Lo siento —le interrumpió un soldado—. Somos muy jóvenes. Eso debió ocurrir antes
de nuestra época.
—Claro —reconoció el anciano—. Han pasado más de sesenta años. Habrán oído
hablar del mayor Perati, ¿verdad? ¿Recuerdan que desvió su flota de protección hacia
una nube de meteoros cuando se preparaba para el ataque final, que el Ba-3 les contuvo
durante meses, antes que nos aplastaran? —Lanzó una blasfemia—. Les mantuvimos a
raya, hasta que sólo quedamos dos. Se precipitaron sobre nosotros como buitres. Y
encontraron...
—Lo siento, abuelo. —Los soldados se levantaron, tomaron su comida y se dirigieron
hacia el banco de las chicas. Éstas les observaron con timidez y expectación—. Ya nos
veremos en otra ocasión.
El viejo regresó a su banco, enfurecido. Hizo lo posible por ponerse cómodo, frustrado.
Blasfemó y escupió sobre los arbustos. El sol le irritó. Los ruidos de la gente y los coches
le pusieron histérico.
Volvió a sentarse en el banco, con el ojo sano entornado y sus resecos labios
deformados por una mueca de amargura. Nadie experimentaba el menor interés por un
anciano decrépito y tuerto. Nadie quería escuchar los relatos de sus batallas. Nadie
parecía recordar la guerra que todavía ardía como una hoguera en el cerebro decadente
del viejo. Una guerra de la que deseaba hablar con todas sus fuerzas, si alguien le
escuchaba.
 
Vachel Patterson detuvo el coche y puso el freno de emergencia.
—Hasta aquí hemos llegado —dijo sin volverse—. Pónganse cómodos. Tendremos que
esperar un rato.
La escena le resultaba familiar. Un millar de terrícolas, ataviados con gorras grises y
brazaletes a rayas, recorría la calle, entonando lemas y agitando inmensas banderas,
visibles a manzanas de distancia.
 
¡BASTA DE NEGOCIACIONES! ¡NEGOCIAR ES DE TRAIDORES!
¡LA ACCIÓN ES COSA DE HOMBRES!
¡DENLES SU MERECIDO!
¡UNA TIERRA FUERTE ES LA MEJOR GARANTÍA DE PAZ!
 
En el asiento trasero, Edwin LeMarr apartó sus cintas informativas y emitió un gruñido
de sorpresa.
—¿Por qué nos hemos parado? ¿Qué sucede?
—Otra manifestación —dijo Evelyn Cutter. Se reclinó en el asiento y encendió un
cigarrillo con expresión de hastío—. Igual que todas las demás.
La manifestación estaba en pleno apogeo. Hombres, mujeres y jóvenes que habían
recibido permiso del colegio desfilaban con el rostro jubiloso, emocionado y encendido,
algunos con emblemas, otros con toscas armas y uniformes improvisados. Más y más
espectadores se iban congregando en las aceras a cada momento. Policías ataviados de
azul habían detenido el tráfico de superficie. Contemplaban la escena con indiferencia,
esperando a que alguien se entrometiera. Nadie lo hizo, por supuesto. Nadie era tan
idiota.
—¿Por qué no pone fin a esto el Directorio? —preguntó LeMarr—. Un par de columnas
armadas y se acabaría de una vez por todas.
John V-Stephens, que iba sentado a su lado, soltó una fría carcajada.
—El Directorio lo financia, organiza, retransmite por televisión, y hasta reprime a los
disidentes. Fíjense en esos policías. Esperan que alguien se entrometa.
LeMarr parpadeó.
—¿Es verdad, Patterson?
Rostros deformados por la ira se cernieron sobre el capó del Buick modelo 1964. Los
guardabarros vibraron al compás del eco de los pasos. El doctor LeMarr guardó las cintas
en su caja de metal y miró a su alrededor, como una tortuga asustada.
—¿Qué te preocupa tanto? —preguntó V-Stephens con voz áspera—. No te tocarán,
eres un terrícola. Yo soy quien debería estar sudando.
—Están locos —murmuró LeMarr—. Todos esos mongólicos, cantando y desfilando...
—No son mongólicos —respondió con suavidad Patterson—. Creen a pies juntillas en lo
que les dicen, como nosotros. El único problema es que les dicen mentiras.
Indicó una de las gigantescas banderas, una inmensa fotografía en tres dimensiones
que oscilaba y ondulaba.
—La culpa es de él. Él es quien inventa las mentiras. Él es quien presiona al Directorio,
quien azuza el odio y la violencia..., y quien lo sufraga con dinero.
La bandera plasmaba a un individuo de cabello cano, impecablemente afeitado, de
expresión digna y severa. Un hombre culto, fornido, adentrado en la cincuentena.
Bondadosos ojos azules, barbilla firme, un dignatario majestuoso y respetado. Su lema se
destacaba bajo su hermosa reproducción, acuñado en un momento de inspiración.
 
¡SÓLO LOS TRAIDORES TRANSIGEN!
 
—Ése es Francis Gannet —explicó V-Stephens a LeMarr—. Un hombre estupendo,
¿verdad? —Se corrigió—. Mejor dicho, un terrícola.
—Parece un buen hombre —protestó Evelyn Cutter—. ¿Crees posible que una persona
de apariencia tan inteligente tenga alguna relación con todo esto?
V-Stephens emitió una tensa carcajada.
—Sus blancas e inmaculadas manos están más sucias que las de cualquier fontanero o
carpintero presente en la manifestación.
—¿Por qué...?
—Gannet y su grupo son propietarios de Industrias Transplan, la empresa que controla
la mayor parte de los negocios de exportación e importación de los planetas interiores. Si
mi pueblo y los marcianos logran la independencia, les harán la competencia. De
momento, no hay nadie que les haga sombra.
Los manifestantes habían llegado a un cruce. Un grupo guardó las banderas y sacó
garrotes y piedras. Gritó órdenes, indicó a los demás que les siguieran y se dirigieron
hacia un moderno edificio, cuyos letreros de neón parpadeaban la palabra COLOR-AD.
—Oh, Dios mío —exclamó Patterson—. Van hacia la delegación de COLOR-AD.
Extendió la mano hacia la puerta, pero V-Stephens le detuvo.
—No puedes hacer nada. Además, ahí dentro no hay nadie. Siempre les avisan por
anticipado.
Los manifestantes destrozaron los escaparates e invadieron la tienda. La policía
contempló el espectáculo, con los brazos cruzados. Muebles astillados fueron arrojados a
la acera desde el interior del comercio. A continuación, siguieron archivadores, escritorios,
sillas, monitores, ceniceros, incluso alegres carteles de la vida dichosa en los planetas
interiores. Hilos de humo negro se elevaron cuando un rayo energético prendió fuego al
almacén. Luego, los manifestantes salieron en oleadas, satisfechos y contentos.
La gente congregada en la acera contemplaba la escena con diversas emociones.
Algunos parecían complacidos, otros expresaban una vaga curiosidad, pero la mayoría
demostraba miedo y aflicción. Retrocedieron a toda prisa cuando los revoltosos de rostro
feroz se abrieron paso brutalmente entre ellos, cargados con artículos robados.
—¿Lo ves? —dijo Patterson—. Los culpables son unos pocos miles, miembros de un
comité que Gannet financia. Los que ven ahí delante son empleados de las fábricas de
Gannet, que hacen horas extras. Intentan representar a la Humanidad, pero no es así. Son
una minoría ruidosa, un grupo de fanáticos enloquecidos.
La manifestación empezó a dispersarse. De la sede de COLOR-AD sólo quedaban unas
ruinas consumidas por el fuego. El tráfico se había detenido. Casi todo el centro de Nueva
York había visto los llamativos lemas y escuchado sus gritos de odio. La gente empezó a
desfilar hacia sus oficinas y tiendas, de vuelta a la rutina cotidiana.
Y entonces, los manifestantes vieron a la muchacha venusiana, acuclillada en un portal.
Patterson lanzó el coche hacia adelante. Cruzó la calle y subió a la acera, lanzado
contra la masa. El morro del coche hendió la primera fila y los derribó como hojas. Los
demás se estrellaron contra el chasis metálico y cayeron al suelo, una masa informe de
brazos y piernas que se agitaban.
La muchacha venusiana vio el coche que se dirigía hacia ella..., y a los terrícolas
sentados delante. El terror la dejó paralizada un momento. Después, huyó impulsada por
el pánico y se mezcló con la turba que llenaba la calle. Los manifestantes se reagruparon
y se lanzaron tras ella.
—¡Atrapen a la pies palmeados!
—¡Que los pies palmeados vuelvan a su planeta!
—¡La Tierra para los terrícolas!
Y agazapada bajo los lemas entonados, una siniestra corriente subterránea de lujuria y
odio no verbalizados.
Patterson dio marcha atrás. Su puño golpeó salvajemente la bocina, lanzó el coche tras
la muchacha, atravesó la masa de enloquecidos manifestantes y la dejó atrás. Una piedra
destrozó la ventanilla posterior y una lluvia de cristales se derramó en el interior. La
multitud se apartó, dejando paso libre al coche y a los alborotadores. Ninguna mano
detuvo a la desesperada muchacha, que corrió entre los coches estacionados y los grupos
de gente, jadeando y sollozando. Del mismo modo, nadie intentó ayudarla. Todo el mundo
contemplaba la escena con ojos apagados, indiferentes, espectadores lejanos que
presenciaban un acontecimiento al que eran ajenos.
—Yo la atraparé —dijo V-Stephens—. Frena delante de ella y le cortaré el paso.
Patterson adelantó a la muchacha y pisó el freno. La muchacha dobló la esquina como
una liebre acosada. V-Stephens bajó del coche. Corrió tras ella cuando se lanzó de
cabeza hacia los manifestantes. La tomó en volandas y la transportó al coche. LeMarr y
Evelyn Cutter les arrastraron hacia el interior. Patterson aceleró.
Un momento después, dobló una esquina, atravesó un cordón policial y se alejó de la
zona de peligro. Atrás quedaron los rugidos de la gente y el repiqueteo de sus pies sobre
el pavimento.
—Todo ha terminado —repetía sin cesar V-Stephens a la muchacha—. Somos amigos.
Mira, yo también soy un pies palmeados.
La muchacha estaba acurrucada contra la puerta del coche, las rodillas clavadas en el
estómago, los ojos abiertos de par en par y el rostro crispado. Tendría unos diecisiete
años de edad. Sus dedos palmeados acariciaban incesantemente el cuello de su blusa.
Había perdido un zapato. Tenía la cara arañada, y el cabello oscuro desordenado. De su
boca temblorosa sólo surgían sonidos vagos.
LeMarr le tomó el pulso.
—Su corazón está a punto de estallar —murmuró. Extrajo una cápsula de emergencia e
inyectó un sedante en el tembloroso brazo de la muchacha—. Esto la tranquilizará. No ha
sufrido daños. No lograron atraparla.
—Muy bien —murmuró V-Stephens—. Somos médicos del hospital de la ciudad,
excepto la señorita Cutter, que se encarga de los archivos y las historias clínicas. El doctor
LeMarr es neurólogo, el doctor Patterson es oncólogo y yo soy cirujano... ¿Ve mi mano?
—Recorrió la frente de la joven con su mano de cirujano—. Soy venusiano, como usted.
La llevaremos al hospital y permanecerá ingresada unas horas.
 
—¿Se han fijado? —estalló LeMarr—. Nadie levantó un dedo para ayudarla. Se
quedaron mirando.
—Tenían miedo —dijo Patterson—. No quieren problemas.
—No pueden —declaró Evelyn Cutter—. Nadie puede evitar este tipo de problemas. No
pueden quedarse mirando, cruzados de brazos. Esto no es un partido de fútbol.
—¿Qué va a suceder? —preguntó la muchacha.
—Será mejor que te vayas de la Tierra —dijo con calma V-Stephens—. Ningún
venusiano está a salvo aquí. Vuelve a tu planeta y quédate hasta que la situación se
tranquilice.
—¿Lo crees posible? —preguntó la chica con voz ahogada.
—Algún día. —V-Stephens le pasó los cigarrillos de Evelyn—. No puede continuar así.
Debemos ser libres.
—Cuidado —advirtió Evelyn. Su voz adquirió un tono hostil—. Creía que estabas por
encima de todo esto.
El rostro verde oscuro de V-Stephens se ruborizó.
—¿Piensas que puedo permanecer indiferente mientras mi pueblo es asesinado e
insultado, y nuestros intereses ignorados para que rostros pastosos como Gannet se
hagan ricos a costa de la sangre exprimida a...?
—Rostros pastosos —repitió LeMarr—. ¿Qué significa eso, Vachel?
—Es la expresión con que se designa a los terrícolas —contestó Patterson—. Escucha,
V-Stephens, en lo que a nosotros concierne no se trata de tu pueblo y nuestro pueblo.
Todos somos de la misma raza. Tus antepasados fueron terrícolas que colonizaron Venus,
a finales del siglo veinte.
—Los cambios son alteraciones de adaptación menores —aseguró LeMarr a V-
Stephens—. Aún podemos cruzar nuestras especies, lo cual demuestra que somos de la
misma raza.
—Podemos, pero, ¿quién quiere casarse con un pies palmeados o un cuervo? —dijo
Evelyn Cutter.
Nadie habló durante un rato. Mientras Patterson conducía el coche hacia el hospital, en
el interior del automóvil reinaba una atmósfera tensa y hostil. La joven venusiana,
acurrucada en un rincón, fumaba en silencio, con la vista clavada en el suelo que vibraba.
Patterson frenó en el punto de control y exhibió sus credenciales. El guardia indicó que
podía continuar adelante. Patterson guardó la tarjeta en el bolsillo y sus dedos rozaron
algo. Entonces, recordó de repente.
—Esto te distraerá —dijo a V-Stephens. Tiró el tubo cerrado al pies palmeados—. Los
militares lo devolvieron esta mañana. Error administrativo. Cuando acabes se lo pasas a
Evelyn. Iba destinado a ella, pero me picó la curiosidad.
V-Stephens abrió el tubo y sacó su contenido. Era una solicitud de ingreso en un
hospital del gobierno, sellada con el número de un veterano de guerra. Viejas cintas
manchadas de sudor, papeles rotos y mutilados por el paso de los años. Fragmentos
grasientos de papel de plata que habían sido doblados miles de veces, guardados en un
bolsillo de la camisa, colgados sobre un pecho sucio y cubierto de vello.
—¿Es importante? —preguntó V-Stephens con impaciencia—. ¿Nos deben preocupar
las pifias administrativas?
Patterson detuvo el coche en el estacionamiento del hospital y paró el motor.
—Fíjate en el número de la petición —dijo, mientras abría la puerta del coche—.
Cuando tengas tiempo de examinarlo, observarás algo extraño. El solicitante tiene una
tarjeta de identidad de veterano..., con un número que aún no ha sido expedido.
LeMarr, estupefacto, miró a Evelyn Cutter y después a V-Stephens, pero no obtuvo
ninguna explicación.
 
El micrófono del anciano le despertó de su amodorramiento.
—David Unger —repitió la metálica voz femenina—. Se le reclama en el hospital.
Regrese al hospital de inmediato.
El viejo gruñó y se levantó con un esfuerzo. Aferró su bastón de aluminio y cojeó hacia
la rampa de salida del parque. Justo cuando había conseguido dormirse, escapando del
torturante sol y de las agudas carcajadas de niños, chicas y soldados...
En el extremo del parque, dos formas se hallaban escondidas entre los arbustos. David
Unger se inmovilizó, sin dar crédito a sus ojos, cuando las sombras cruzaron el sendero.
Su propia voz le sorprendió. Gritó a pleno pulmón, unos chillidos de rabia y asco que
despertaron ecos en el parque, entre los árboles y los jardines.
—¡Pies palmeados! —aulló. Corrió con movimientos torpes hacia ellos—. ¡Pies
palmeados y cuervos! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
Cojeó tras el marciano y el venusiano, agitando el bastón, casi sin respiración. Apareció
gente, asombrada y confusa. Una multitud se formó mientras el viejo corría tras la
aterrorizada pareja. Agotado, tropezó con una fuente y estuvo a punto de caer: el bastón
resbaló de sus manos. Su rostro encogido estaba lívido; la cicatriz se destacaba contra la
piel moteada. Su ojo bueno estaba rojo de odio y furia. Un reguero de saliva brotó de entre
sus labios agrietados. Agitó sus flacas manos, similares a garras, en vano, mientras los
dos alterados se internaban en el bosquecillo de cedros situado al final del parque.
—¡Deténganles! —farfulló David Unger—. ¡No les dejen escapar! ¿Qué les pasa?
Pandilla de maricones cobardes. ¿Qué clase de hombres son ustedes?
—Tómelo con calma, abuelo —dijo un soldado en tono bondadoso—. No hacen daño a
nadie.
Unger tomó el bastón y lo tiró a la cabeza del soldado.
—¡Pacifista! —rugió—. ¿Qué clase de soldado eres? —Un ataque de tos le interrumpió.
Se dobló por la mitad, falto de aliento—. En mis tiempos —consiguió jadear— los
rociábamos con combustible de cohete y los ahorcábamos. Les mutilábamos. Abríamos en
canal a esos sucios pies palmeados y cuervos. Les enseñábamos lo que es bueno.
Un policía había detenido a los dos alterados.
—Largo —ordenó en tono ominoso—. No tienen derecho a estar aquí.
Los dos alterados se alejaron. El policía levantó la porra y golpeó al marciano entre los
ojos. La débil y frágil corteza de la cabeza se partió y el marciano se tambaleó, ciego y
abrumado por el dolor.
—Eso ya me gusta más —resolló David Unger, satisfecho.
—Viejo asqueroso —le espetó una mujer, pálida de horror—. Es la gente como usted la
que crea problemas.
—¿Qué pasa, es que le gustan los cuervos? —se revolvió el anciano.
La multitud se dispersó. Unger aferró el bastón y cojeó hacia la rampa de salida.
Masculló blasfemias e insultos, escupió con violencia hacia los matorrales y meneó la
cabeza.
Llegó al hospital, todavía tembloroso de rabia y furia.
—¿Que quieren? —preguntó, cuando llegó ante el gran mostrador de recepción que
ocupaba el centro del vestíbulo principal—. No sé que pasa aquí. Primero, me despiertan
de la primera siesta auténtica que he disfrutado desde que llegué aquí, y después veo a
dos pies palmeados paseando tranquilamente a plena luz del sol, descarados como...
—El doctor Patterson quiere verlo —respondió con paciencia la enfermera—.
Habitación 301. —Cabeceó en dirección a un robot—. Acompaña al señor Unger a la 301.
El viejo siguió con semblante hosco al robot, que se desplazaba con agilidad.
—Pensaba que todos ustedes habían sido destruidos en la batalla de Europa del 88 —
se lamentó—. Es absurdo, todos esos maricones uniformados. Todo el mundo se lo pasa
la mar de bien, riendo y perdiendo el tiempo con chicas que se pasan el día desnudas
sobre la hierba. Algo está pasando. Algo...
—Por aquí, señor —indicó el robot, y la puerta de la 301 se deslizó a un lado.
Vachel Patterson se levantó cuando el viejo entró como una furia y se detuvo ante el
escritorio con el bastón bien sujeto. Era la primera vez que veía a David Unger en
persona. Ambos se examinaron mutuamente: el flaco y viejo soldado de rostro aguileño, y
el joven y elegante doctor, de escaso cabello negro, gafas de concha y rostro bondadoso.
Junto al escritorio, Evelyn Cutter observaba y escuchaba con expresión impenetrable, un
cigarrillo entre sus rojos labios y el rubio cabello echado hacia atrás.
—Soy el doctor Patterson, y ésta es la señorita Cutter. —Patterson jugueteó con la
estropeada cinta que tenía sobre el escritorio—. Siéntese, señor Unger. Quiero hacerle un
par de preguntas. Hemos detectado alguna incongruencia en uno de sus papeles. Un error
administrativo, probablemente, pero nos los han devuelto.
Unger se sentó, cansado.
—Preguntas y papeleos. Llevo aquí una semana y cada día pasa algo. Habría sido
mejor quedarme tirado en la calle hasta morir.
—Según leo aquí, llegó hace ocho días.
—Supongo. Si está puesto ahí, debe ser verdad. —El sarcasmo del viejo afloró—. Si
fuera mentira, no lo pondría.
—Fue admitido como veterano de guerra. El Directorio cubre todos los gastos de
cuidado y manutención.
Unger se encrespó.
—¿Qué tiene de malo? Me he ganado algunas atenciones. —Se inclinó hacia Patterson
y le apuntó con un dedo sarmentoso—. Ingresé en el servicio a los dieciséis años. He
luchado y trabajado por la Tierra toda mi vida. Aún seguiría en activo, si no me hubieran
dejado medio muerto en uno de sus traicioneros ataques. Tuve suerte de sobrevivir. —Se
pasó la mano por su rostro estragado—. Tengo la impresión que usted no participó.
Ignoraba que habían quedado vacantes.
Patterson y Evelyn Cutter intercambiaron una mirada.
—¿Cuántos años tiene usted? —preguntó Evelyn de improviso.
—¿No está puesto ahí? —murmuró Unger, furioso—. Ochenta y nueve.
—¿El año de su nacimiento?
—En el 2154. ¿No es capaz de calcularlo?
Patterson hizo una rápida anotación en los informes.
—¿Su unidad?
Unger perdió los estribos.
—La Ba-3, por si no le suena. Me pregunto si se han enterado ustedes que hubo una
guerra.
—La Ba-3 —repitió Patterson—. ¿Cuánto tiempo sirvió en ella?
—Cincuenta años. Después me retiré. La primera vez, quiero decir. Tenía sesenta y
seis años. La edad habitual. Me dieron la pensión y un pedazo de tierra.
—¿Volvieron a movilizarle?
—¡Pues claro que volvieron a movilizarme! ¿Ya no se acuerda que la Ba-3, formada
sólo por viejos, fue al frente y estuvo a punto de frenarlos, la última vez? Usted debía ser
un crío, pero todo el mundo sabe lo que hicimos. —Unger sacó su Disco de Cristal de
primera clase y lo tiró sobre el escritorio—. Me dieron eso. A todos los supervivientes. A
los diez que quedamos de treinta mil. —Recuperó la medalla con dedos temblorosos—.
Quedé malherido. Ya ve mi cara. Sufrí quemaduras cuando la nave de Nathan West
estalló. Estuve un par de años en un hospital militar. Fue entonces cuando bombardearon
la Tierra. —El anciano cerró los puños—. Tuvimos que presenciar lo que siguió sin poder
hacer nada. Convirtieron la Tierra en ruinas humeantes. Sólo quedaron cenizas y escoria.
Ni ciudades ni pueblos. Nos quedamos sentados sin poder hacer nada, mientras sus
misiles zumbaban. Por fin, terminaron..., y vinieron por nosotros, los que estábamos en la
Luna.
Evelyn Cutter intentó hablar, pero las palabras no surgieron de su boca. Patterson había
palidecido como un muerto.
—Continúe —logró murmurar—. Siga hablando.
—Resistimos bajo el cráter de Copérnico, mientras lanzaban sus misiles contra
nosotros. Aguantamos unos cinco años. Después, empezaron a aterrizar. Yo y los demás
que quedaban huimos en torpedos de ataque de alta velocidad y montamos bases piratas
entre los planetas exteriores. —Unger se removió en su asiento—. Detesto hablar de esa
parte. La derrota, el fin de todo. ¿Por qué me hace estas preguntas? Colaboré en la
construcción de 3-4-9-5, la mejor artibase de todas, entre Urano y Neptuno. Después, volví
a retirarme, hasta que esas sucias ratas atacaron a traición y la destruyeron. Cincuenta mil
hombres, mujeres y niños. Toda la colonia.
—¿Usted escapó? —susurró Evelyn Cutter.
—¡Por supuesto que escapé! Estaba de patrulla. Alcancé a una de sus naves. Les vi
morir. Eso me consoló un poco. Me trasladé unos años a la 3-6-7-7, hasta que la atacaron.
Fue a principios de este mes. Estaba atrapado. —Los sucios dientes amarillentos
centellearon—. No había escapatoria. Al menos, a mí no se me ocurrió ninguna. —Los
ojos inyectados en sangre examinaron el lujoso despacho—. No sabía que existía esto.
Han montado muy bien su artibase. Se parece a la Tierra, tal como yo la recuerdo.
Demasiadas prisas, de todos modos; no es tan tranquilo como la Tierra, pero hasta el aire
huele igual.
Se hizo el silencio.
—¿Vino aquí después que... la colonia fuera destruida? —preguntó Patterson con voz
ronca.
—Supongo. —Unger se encogió de hombros—. Lo último que recuerdo es que la
burbuja reventó y el aire, el calor y la gravedad escaparon. Naves de cuervos y pies
palmeados aterrizaban por todas partes. Los hombres morían a mi alrededor. La onda
expansiva me derrumbó. Cuando recobré el conocimiento, estaba tendido en una calle y
unas personas me ayudaban a levantarme. Un hombre de hojalata y uno de sus médicos
me llevaron al hospital.
Patterson exhaló un profundo y estremecido suspiro.
—Entiendo. —Sus dedos juguetearon con los manchados y rotos documentos de
identidad—. Bien, eso explica esta irregularidad.
—¿Es que no está todo? ¿Falta algo?
—Todos sus papeles están aquí. Su tubo colgaba alrededor de su muñeca cuando le
ingresaron.
—Naturalmente. —El pecho de Unger, similar al de un pájaro, se hinchó de orgullo—.
Lo aprendí cuando tenía diecisiete años. Aunque estés muerto, debes llevar el tubo
encima. Es importante para mantener los registros al día.
—Los documentos están en orden —admitió Patterson—. Puede volver a su casa o al
parque. Lo que quiera.
Hizo una señal y el robot acompañó al anciano.
Cuando la puerta se cerró, Evelyn Cutter empezó a blasfemar lenta y monótonamente.
Aplastó el cigarrillo con el tacón y se puso a pasear arriba y abajo.
—Santo Dios, ¿en qué nos hemos metido?
Patterson conectó el intervídeo, marcó un número del exterior y dijo al encargado de
comunicaciones:
—Póngame con el cuartel general militar, y de prisa.
—¿De Luna, señor?
—Exacto. Con la base principal de Luna.
El calendario colgado de la pared indicaba que era el 4 de agosto de 2169. Si David
Unger había nacido en 2154, era un muchacho de quince años. Y había nacido en 2154.
Eso decían sus documentos de identidad, amarillentos y manchados de sudor. Los
documentos de identidad que había llevado encima durante una guerra que aún no había
estallado.
 
—Es un veterano, no hay duda —dijo Patterson a V-Stephens—. De una guerra que
empezará dentro de un mes. No me extraña que las computadoras rechacen su solicitud.
V-Stephens se humedeció sus labios verdeoscuros.
—Esta guerra se librará entre la Tierra y los dos planetas colonizados. ¿Perderá la
Tierra?
—Unger combatió durante toda la guerra. Presenció el principio y el fin..., hasta la
destrucción total de la Tierra. —Patterson se acercó a la ventana y miró al exterior—. La
Tierra perdió la guerra y la raza humana fue exterminada.
Desde la ventana del despacho de V-Stephens, Patterson veía toda la ciudad.
Kilómetros de edificios blancos que brillaban bajo la luz del sol. Once millones de
personas. Un gigantesco centro del comercio y la industria, el corazón económico del
sistema. Y más allá se extendía un planeta de ciudades, granjas y autopistas, tres mil
millones de hombres y mujeres. Un planeta próspero y rico, el mundo madre del que
habían partido los alterados, los ambiciosos colonos de Marte y Venus. Innumerables
cargueros viajaban entre la Tierra y las colonias, abarrotados de minerales y otros
productos. En esos momentos, expediciones de exploración se desplazaban entre los
planetas exteriores y tomaban posesión, en nombre del Directorio, de nuevas fuentes de
materias primas.
—Vio que todo esto quedaba cubierto de polvo radiactivo —dijo Patterson—. Presenció
el ataque final contra la Tierra, el que destruyó nuestras defensas. Y arrasaron la base
lunar.
—¿Es cierto que algunos oficiales de alto rango van a venir desde Luna?
—Les conté lo suficiente para que empezaran a mover el trasero. Cuesta semanas
poner en acción a esos sujetos.
—Me gustaría ver a ese tal Unger —dijo V-Stephens con aire pensativo—. ¿Puedo
hacer algo para...?
—Ya le has visto. Tú le devolviste a la vida, ¿te acuerdas? El primer día que lo
ingresaron.
—Ah —susurró V-Stephens—. ¿Aquel viejo repugnante? —Sus ojos oscuros
centellearon—. De modo que era Unger... El veterano de guerra contra el que vamos a
luchar.
—La guerra que ustedes van a ganar. La guerra que la Tierra va a perder. —Patterson
se alejó de la ventana—. Unger piensa que esto es un satélite artificial situado entre Urano
y Neptuno, una reconstrucción de una pequeña parte de Nueva York. Unos cuantos miles
de personas y máquinas protegidas bajo una cúpula de plástico. No tiene ni idea de lo que
le ocurrió en realidad. Debió salir despedido de su senda temporal.
—Supongo que fue gracias a la liberación de energía..., y tal vez a su frenético deseo
de escapar. Aun así, todo el asunto es increíble. Posee una especie de... —V-Stephens
buscó las palabras adecuadas—. De halo místico. ¿Qué demonios tenemos entre manos?
¿Una visita divina? ¿Un profeta venido del cielo?
La puerta se abrió y V-Rafia entró.
—Oh —exclamó, cuando vio a Patterson—. No sabía...
—No pasa nada. —V-Stephens indicó con un movimiento de cabeza que entrara en su
despacho—. ¿Te acuerdas de Patterson? Estaba con nosotros en el coche cuando te
recogimos.
V-Rafia tenía mucho mejor aspecto que unas horas antes. Los arañazos de su cara
habían desaparecido, se había peinado y vestido con un jersey gris ceñido y una falda. Su
piel verde refulgió cuando se acercó a V-Stephens, aún nerviosa y apocada.
—Voy a quedarme aquí —explicó a Patterson—. Aún no puedo salir.
Dirigió una veloz mirada de súplica a V-Stephens.
—No tiene familia en la Tierra —dijo V-Stephens—. Vino como bioquímica de clase 2.
Ha estado trabajando en el laboratorio que la Westinghouse tiene en las afueras de
Chicago. Vino a Nueva York de compras, lo cual fue una equivocación.
—¿No puede ir a la colonia venusiana de Denver? —preguntó Patterson.
V-Stephens enrojeció.
—¿No quieres que haya otra pies palmeados por aquí?
—¿Qué va a hacer? Esto no es una fortaleza. Será muy fácil enviarla a Denver en un
carguero ligero. Nadie se opondrá.
—Lo discutiremos más tarde —dijo V-Stephens, irritado—. Debemos hablar de cosas
más importantes. ¿Has verificado los papeles de Unger? ¿Te has asegurado que no son
falsificaciones? Imagino que es casi imposible, pero debemos estar seguros.
—Hay que mantenerlo en secreto —respondió Patterson, lanzando una fugaz mirada a
V-Rafia—. Nadie en todo el edificio debe enterarse.
—¿Se refiere a mí? —preguntó V-Rafia, vacilante—. Será mejor que me vaya.
—No —dijo V-Stephens, y la tomó del brazo con brusquedad—. Es imposible guardar el
secreto, Patterson. Unger ya se lo habrá contado a cincuenta personas. Se pasa todo el
día sentado en aquel banco del parque, y da la paliza a todo el que pasa por delante.
—¿Qué sucede? —preguntó V-Rafia, picada por la curiosidad.
—Nada importante —replicó Patterson.
—Nada importante —repitió V-Stephens—. Una guerrita de nada. Programas de venta
por anticipado. —Su rostro reflejó una miríada de emociones—. Hagan sus apuestas ya.
No se arriesguen. Apuesta sobre seguro, cariño. Al fin y al cabo, es historia. ¿No es
cierto? —Se volvió hacia Patterson, como exigiendo su confirmación—. ¿Qué dices? Yo
no puedo detenerlo, y tú tampoco, ¿verdad?
Patterson asintió lentamente.
—Creo que tienes razón —dijo, afligido. Y se lanzó hacia adelante con todas sus
fuerzas.
Alcanzó a V-Stephens en el costado, a pesar que el venusiano había saltado. V-
Stephens sacó la pistola energética y le apuntó con dedos temblorosos. Patterson la
desvió de una patada.
—Fue un error, John —dijo con voz estrangulada—. Fue un error enseñarte los papeles
de identidad de Unger. Debí ocultártelos.
—Tienes razón —consiguió susurrar V-Stephens. Sus ojos estaban henchidos de
pesar—. Ahora lo sé. Ahora lo sabemos los dos. Van a perder la guerra. Aunque encierren
a Unger en una caja y le sepulten en el centro de la Tierra, es demasiado tarde. COLOR-AD
se enterará en cuanto yo salga de aquí.
—Han quemado la sede de COLOR-AD en Nueva York.
—En ese caso, acudiré a la de Chicago, o a la de Baltimore. Volveré a Venus, si es
preciso. Voy a propagar la buena nueva. Será largo y costoso, pero venceremos. Y no
puedes hacer nada por evitarlo.
—Puedo matarte —dijo Patterson.
Su mente trabajaba frenéticamente. No era demasiado tarde. Si retenían a V-Stephens
y entregaban a David Unger a los militares...
—Sé lo que estás pensando —jadeó V-Stephens—. Si la Tierra no lucha, si evitan la
guerra, aún les queda una posibilidad. —Torció sus labios verdes—. ¿Crees que les
dejaremos evitar la guerra? ¡Ahora no! Según ustedes, sólo los traidores transigen. ¡Ya es
demasiado tarde!
—Será demasiado tarde si sales de aquí.
La mano de Patterson tanteó el escritorio y encontró un pisapapeles metálico. Lo lanzó
contra el venusiano..., y sintió la presión de la pistola energética en sus costillas.
—No sé muy bien cómo funcionan estas cosas —dijo V-Rafia—, pero supongo que
basta con apretar el botón.
—Exacto —dijo V-Stephens, aliviado—, pero no lo aprietes aún. Quiero hablar con él
unos minutos más. Tal vez consiga que razone. —Retrocedió unos pasos y se palpó el
labio partido y los dientes rotos—. Tú te lo has buscado, Vachel.
—Esto es una locura —barbotó Patterson, sin apartar los ojos de la boca de la pistola,
que temblaba entre los dedos de V-Rafia—. ¿Esperas que nos lancemos a una guerra,
sabiendo que la vamos a perder?
—No tendrán otra posibilidad. —Los ojos de V-Stephens brillaban—. Les obligaremos a
luchar. Cuando ataquemos vuestras ciudades, responderán. Es típico de la naturaleza
humana.
El primer disparo no alcanzó a Patterson. Se lanzó a un lado y aferró la delgada
muñeca de la muchacha. Sus dedos se cerraron en el aire, cayó al suelo, y la pistola
volvió a disparar. V-Rafia retrocedió, con ojos desorbitados de miedo y frustración, y
apuntó al cuerpo de Patterson. Éste se precipitó sobre la joven con las manos extendidas.
Vio que sus dedos se curvaban, vio oscurecerse el extremo del tubo. Y ahí terminó todo.
Los soldados uniformados de azul abrieron la puerta de una patada y ametrallaron a V-
Rafia. Un aliento mortífero bañó el rostro de Patterson. Se derrumbó, agitando los brazos
como un poseso, cuando el gélido susurro le rozó. El cuerpo tembloroso de V-Rafia aleteó
un momento, cuando la nube de frialdad absoluta brilló a su alrededor. De pronto, se
quedó rígida, como si la cinta de su vida se hubiera atorado en el proyector. Su cuerpo
perdió todo color. La grotesca imitación de una silueta humana permaneció inmóvil y en
silencio, con un brazo levantado, capturado en el acto de defenderse inútilmente.
Entonces, la columna petrificada explotó. Las células dilatadas estallaron en una lluvia
de partículas cristalinas que salieron lanzadas en todas las direcciones.
Francis Gannet salió de detrás de las tropas, congestionado y sudoroso.
—¿Es usted Patterson? —preguntó. Extendió su enorme mano, pero Patterson no la
estrechó—. Las autoridades militares me avisaron en seguida. ¿Dónde está ese viejo?
—Por ahí —murmuró Patterson—. Bajo vigilancia. —Se volvió hacia V-Stephens y sus
ojos se encontraron un momento—. ¿Lo ves? —preguntó con voz brusca—. Así son las
cosas. ¿De veras deseabas que ocurriera esto?
—Vamos, señor Patterson —tronó Francis Gannet, impaciente—. No tengo tiempo que
perder. A juzgar por su descripción, esto parece importante.
—Lo es —respondió V-Stephens con serenidad. Se secó el hilo de sangre que brotaba
de su boca con un pañuelo—. Ha valido la pena que se desplazara desde Luna. Acepte mi
palabra; lo sé.
 
El hombre sentado a la derecha de Gannet era un teniente. Contemplaba con muda
admiración la pantalla. Su joven y hermoso rostro, coronado por una mata de cabello
rubio, se iluminó de asombro cuando entre la neblina gris apareció una enorme nave de
batalla, con un reactor destrozado, las torretas delanteras hundidas y el casco perforado.
—Santo Dios —susurró el teniente Nathan West—. Es el Gigante del Viento, la mayor
nave que tenemos. Fíjense bien: está fuera de control, totalmente fuera de combate.
—Esa será su nave —dijo Patterson—. Usted será su comandante en el 87, cuando sea
destruida por la flota combinada marciano-venusiana. David Unger servirá a sus órdenes.
Usted morirá, pero Unger sobrevivirá. Los escasos supervivientes de la nave verán desde
Luna como la Tierra es destruida sistemáticamente por misiles procedentes de Venus y
Marte.
Las siluetas de la pantalla saltaban y remolineaban como peces en el fondo de un
acuario lleno de tierra. Un violento maelstrom surgió en el centro, un vórtice de energía
que sacudió a las naves. Las naves plateadas de la Tierra vacilaron, y después se
separaron. Las negras naves marcianas se colaron por la brecha abierta, y el flanco
terrestre fue atacado en el mismo instante por los venusianos. Atraparon a las naves
terrícolas supervivientes entre gigantescas pinzas de acero y las aplastaron. Breves
destellos de luz, cuando las naves desaparecían. A lo lejos, el solemne globo azul y verde
que era la Tierra giraba lenta y majestuosamente.
Ya se veían ominosas pústulas. Cráteres abiertos por los misiles que habían penetrado
en la red defensiva.
LeMarr desconectó el proyector y la pantalla se oscureció.
—Así termina la secuencia cerebral. Sólo hemos podido obtener fragmentos visuales
como éste, breves instantes que produjeron una fuerte impresión en el sujeto. No hemos
logrado una continuidad. La siguiente escena se desarrolla años más tarde, en uno de los
satélites artificiales.
Las luces se encendieron y el grupo de espectadores se puso en pie con movimientos
rígidos. La cara de Gannet se había teñido de un gris enfermizo.
—Doctor LeMarr, quiero volver a ver esa instantánea. La de la Tierra. —Hizo un
ademán de impotencia—. Ya sabe a cuál me refiero.
Las luces se apagaron y la pantalla cobró vida de nuevo. Esta vez mostró tan sólo la
Tierra, un globo que disminuía de tamaño a medida que el torpedo de alta velocidad en el
que viajaba David Unger se alejaba. Unger había adoptado una posición que le permitiera
ver por última vez su planeta muerto.
La Tierra estaba arrasada. Una exclamación ahogada escapó del grupo de oficiales.
Nada vivía. Nada se movía. Sólo nubes muertas de ceniza radiactiva que flotaban sobre la
superficie perforada de cráteres. Lo que había sido un planeta habitado por tres mil
millones de seres se había transformado en un montón de ceniza. Sólo quedaban
montañas de escombros que los incesantes vientos arrastraban sobre mares vacíos.
—Supongo que aparecerá alguna especie de vida vegetal —dijo con aspereza Evelyn
Cutter, cuando la pantalla se oscureció y las luces se encendieron. Se estremeció y apartó
la vista.
—Malas hierbas, tal vez —dijo LeMarr—. Hierba seca y oscura que se abrirá paso entre
la escoria. Más tarde, algunos insectos. Bacterias, por supuesto. Supongo que, con el
tiempo, la acción de las bacterias transformará la ceniza en suelo utilizable. Y lloverá
durante mil millones de años.
—Enfrentémonos a los hechos —intervino Gannet—. Los cuervos y los pies palmeados
la repoblarán. Vivirán en la Tierra después que nosotros hayamos muerto.
—¿Dormirán en nuestras camas? —preguntó LeMarr—. ¿Utilizarán nuestros cuartos de
baño, salas de estar y medios de transporte?
—No le comprendo —replicó Gannet, impaciente. Indicó a Patterson que se acercara—.
¿Está seguro que sólo los presentes en esta habitación conocemos la verdad?
—V-Stephens lo sabe, pero está encerrado en el pabellón de psicóticos. V-Rafia lo
sabía. Ha muerto.
El teniente West se acercó a Patterson.
—¿Podemos interrogarle?
—Sí, ¿dónde está Unger? —preguntó Gannet—. Mi personal arde en deseos de
conocerle en persona.
—Usted cuenta ya con todos los hechos esenciales —respondió Patterson—. Ya sabe
cuál será el desenlace de la guerra y el destino de la Tierra.
—¿Qué sugiere?
—Evitar la guerra.
Gannet removió su cuerpo rechoncho.
—Al fin y al cabo, la historia no se puede modificar. Y esto es la historia del futuro.
Nuestra única alternativa es seguir adelante y luchar.
—Al menos, nos llevaremos a unos cuantos por delante —dijo con frialdad Evelyn
Cutter.
—¿De qué estás hablando? —tartamudeó LeMarr, nervioso—. ¿Trabajas en un hospital
y hablas así?
Los ojos de la mujer echaron chispas.
—Ya has visto lo que hicieron con la Tierra. Has visto como la arrasaron.
—Debemos estar por encima de esas cosas —protestó LeMarr—. Si nos dejamos
arrastrar hacia el odio y la violencia... —Apeló a Patterson—. ¿Por qué han encerrado a V-
Stephens? No está más loco que ella.
—Es cierto —admitió Patterson—, pero ella está de nuestra parte. No encerramos a esa
clase de lunáticos.
LeMarr se apartó de él.
—¿Tú también vas a combatir, con Gannet y sus soldados?
—Quiero evitar la guerra —dijo Patterson.
—¿Es eso posible? —preguntó Gannet. Un brillo de avidez destelló brevemente tras
sus pálidos ojos azules y luego desapareció.
—Quizá. ¿Por qué no? La aparición de Unger añade un nuevo elemento.
—Si es posible alterar el futuro —dijo poco a poco Gannet—, quizá podamos elegir
entre diversas posibilidades. Si existen dos futuros posibles, puede que haya un número
infinito, y que cada uno conduzca a un punto diferente. —Una máscara de granito cubrió
su rostro—. Podemos utilizar lo que Unger sabe sobre las batallas.
—Déjenme hablar con él —interrumpió el teniente West, muy excitado—. Quizá
obtengamos una idea clara de la estrategia empleada por los pies palmeados. Habrá
repasado mentalmente las batallas un millón de veces.
—Le reconocerá —dijo Gannet—. Al fin y al cabo, sirvió bajo sus órdenes.  
Patterson estaba abismado en sus pensamientos.
—No lo creo —dijo a West—. Usted es mucho más viejo que David Unger.
West parpadeó.
—¿Qué quiere decir? Él es un anciano y yo aún no he cumplido los treinta.
—David Unger tiene quince años —recordó Patterson—. En este momento, usted casi
le dobla la edad. Ocupa un lugar relevante en la jerarquía política de Luna. Unger ni
siquiera ha hecho el servicio militar. Se presentará voluntario cuando la guerra estalle,
como soldado raso sin experiencia ni entrenamiento. Cuando usted sea viejo y esté al
mando del Gigante del Viento, David Unger será un don nadie de edad madura destinado
en una cúpula blindada. Usted ni siquiera le conocerá por el nombre.
—Entonces, ¿es cierto que Unger está vivo? —preguntó Gannet, perplejo.
—Unger anda por ahí, a la espera de entrar en escena. —Patterson archivó la idea para
estudiarla más adelante. Podía encerrar valiosas posibilidades—. No creo que le
reconozca, West. Es posible que nunca le haya visto. El Gigante del Viento es una nave
enorme.
West se mostró de acuerdo al instante.
—Gannet, dispongan un sistema oculto de grabación audiovisual para que el alto
mando sepa en todo momento lo que Unger dice.
 
David Unger estaba sentado en su banco habitual, bajo el brillante sol de media
mañana, con los dedos engarfiados en torno a su bastón de aluminio, y contemplaba con
mirada torva a los transeúntes.
A su derecha, un robot jardinero trabajaba una y otra vez en el mismo rectángulo de
césped. Sus ojos metálicos no se apartaban del anciano. Un grupo de holgazanes
deambulaba por el sendero de grava y dirigía comentarios sin importancia a los diversos
monitores diseminados por el parque, con el fin de mantener abierto el sistema de
transmisiones. Una joven que tomaba el sol con los pechos al aire junto a la piscina
cabeceó en dirección a un par de soldados que paseaban por el parque, sin perder de
vista ni un instante a David Unger.
Aquella mañana había unas cien personas en el parque. Todas formaban parte de la
barrera que rodeaba al anciano medio dormido.
—Muy bien —dijo Patterson. Su coche estaba estacionado junto a la extensión de
árboles y césped verde—, recuerde que no debe ponerle nervioso. V-Stephens le revivió.
Si su corazón falla, V-Stephens no estará aquí para restablecerle.
El joven teniente rubio asintió, alisó su inmaculada túnica azul y bajó a la acera. Echó el
casco hacia atrás y avanzó con paso firme hacia el centro del parque. Mientras se
aproximaba, los vigías se movieron casi imperceptiblemente. Uno a uno, tomaron
posiciones en los jardines, en los bancos, agrupados alrededor de la piscina.
El teniente West se detuvo ante una fuente pública y aguardó a que la computadora
oculta introdujera en su boca un chorro de agua helada. Vagó unos momentos sin rumbo y
se detuvo, los brazos caídos a los costados, contemplando a una joven que se quitaba la
ropa y se tendía lánguidamente sobre una toalla de muchos colores. La mujer cerró los
ojos, entreabrió los labios y emitió un suspiro de satisfacción.
—Que hable él primero —dijo en voz baja al teniente, inmóvil a unos pasos de ella, con
un pie apoyado en el borde de un banco—. No inicie la conversación.
El teniente West la contempló unos segundos más y continuó caminando por el
sendero.
—No ande tan rápido —susurró un hombre fornido cuando pasó a su lado—. Vaya
despacio y no se apresure.
—Debe dar la impresión que tiene todo el día por delante —murmuró una enfermera de
cara enjuta que empujaba un cochecito de niño.
El teniente West aminoró el paso. De una patada envió un pedazo de grava hacia unos
arbustos recién regados. Se encaminó a la piscina central con las manos hundidas en los
bolsillos y contempló el agua con aire ausente. Encendió un cigarrillo, y después compró
un helado a un robot vendedor.
—Derrame un poco sobre su túnica, señor —indicó el altavoz del robot—. Lance un
juramento y póngase a limpiar la mancha.
El teniente West dejó que el sol derritiera el helado. Cuando resbaló un poco por su
muñeca y manchó la túnica azul, frunció el ceño, sacó su pañuelo, lo mojó en la piscina y
empezó a limpiarse la mancha.
El viejo de la cicatriz le contempló con su ojo bueno desde el banco, aferró el bastón de
aluminio y emitió una risa entrecortada.
—Cuidado —siseó.
El teniente West levantó la vista, irritado.
—Está cayendo más —cloqueó el viejo, y se apoyó en el respaldo del banco, con una
mueca de placer en su boca desdentada.
El teniente West sonrió.
—No me había dado cuenta —admitió. Tiró el helado en un eliminador de basuras y
terminó de limpiar su túnica—. Hace mucho calor —observó, acercándose.
—Hacen un buen trabajo —graznó Unger. Torció el cuello para ver los galones del
joven teniente—. ¿Cohetes?
—Demolición —respondió West. A primera hora de la mañana se había cambiado los
galones—. Ba-3.
El viejo se estremeció. Escupió ferozmente sobre los arbustos cercanos.
—¿De veras? —Casi se levantó, lleno de temor y entusiasmo, cuando el teniente hizo
ademán de alejarse—. Yo estuve en la Ba-3 hace años. —Intentó dotar a su voz de un
tono sereno e indiferente—. Mucho antes de su época.
Las hermosas facciones del teniente expresaron asombro e incredulidad.
—No me tome el pelo. Sólo dos miembros del grupo siguen con vida. Me está
engañando.
—De ninguna manera —bufó Unger, e introdujo la mano con temblorosa rapidez en el
bolsillo de la chaqueta—. Mire esto. Quédese un momento y le enseñaré algo. —Extendió
su Disco de Cristal con reverencia—. ¿Lo ve? ¿Sabe qué es esto?
El teniente West examinó la medalla durante largo rato. Una auténtica emoción palpitó
en su interior. No tuvo que fingirla.
—¿Puedo examinarla?
Unger titubeó.
—Claro —respondió—. Tómela.
El teniente West tomó la medalla y la sostuvo en alto, sopesándola y sintiendo el
contacto de su fría superficie contra su piel.
Por fin, se la devolvió.
—¿La consiguió en el 87?
—Exacto —dijo Unger—. ¿Se acuerda? —La guardó en el bolsillo—. No, usted aún no
había nacido, pero habrá oído hablar de ella, ¿verdad?
—Sí. Me lo han contado muchas veces.
—¿Y no lo ha olvidado? Mucha gente se ha olvidado que estuvimos allí.
—Creo que aquel día nos dieron una buena paliza —dijo West. Se sentó al lado del
anciano—. Fue un mal día para la Tierra.
—Perdimos. Sólo unos cuantos salimos con vida. Yo escapé a Luna. Vi la Tierra volar
en pedazos, hasta que no quedó nada. Me partió el corazón. Lloré hasta desplomarme
como un muerto. Todos llorábamos, soldados, obreros, contemplando la escena sin poder
hacer nada. Y después dirigieron sus misiles contra nosotros.
El teniente se humedeció los labios resecos.
—Su comandante no se salvó, ¿verdad?
—Nathan West murió en su nave. Fue el mejor comandante del frente. No le dieron el
Gigante del Viento por nada. —Sus arrugadas facciones se abismaron en los recuerdos—.
Nunca habrá otro hombre como West. Yo le vi una vez. Un hombre grande, de rostro
severo, ancho de espaldas. Un gigante. Fue un gran hombre. Nadie pudo hacerlo mejor.
West vaciló.
—¿Cree que si otro oficial hubiera estado al mando...?
—¡No! —gritó Unger—. ¡Nadie habría podido hacerlo mejor! Ya oí lo que dijeron
algunos de esos estrategas de salón de gordo trasero, pero estaban equivocados. Nadie
habría podido ganar esa batalla. No teníamos la menor posibilidad. Había cinco de ellos
por cada uno de nosotros. Dos flotas inmensas, una lanzada contra nuestro punto medio y
la otra a la espera de machacarnos.
—Entiendo —dijo West con voz tensa. Continuó a regañadientes, dominado por una
compleja mezcla de emociones—. ¿Qué demonios dijeron esos estrategas de salón?
Nunca escucho esas tonterías. —Intentó sonreír, pero su cara se negó a responder—.
Siempre están diciendo que pudimos ganar la batalla, incluso salvar el Gigante del Viento,
pero yo...
—Fíjese bien —dijo Unger con fervor. Su único ojo brillaba de entusiasmo. Empezó a
dibujar líneas en la grava con la punta del bastón—. Esta raya es nuestra flota. ¿Recuerda
cómo la dispuso West, aquel día? Fue genial. Les contuvimos durante doce horas antes
que nos destrozaran. Nadie pensaba que lo íbamos a lograr. —Unger trazó otra raya con
violencia—. Ésta es la flota de los cuervos.
—Entiendo —murmuró West.
Se inclinó hacia adelante para que las cámaras ocultas en su pecho grabaran las toscas
rayas dibujadas en la grava y transmitieran a la unidad móvil que daba perezosas vueltas
sobre sus cabezas.
Y de allí al cuartel general de Luna.
—¿Y la flota de los pies palmeados?
Unger le miró con repentina timidez.
—No le estaré aburriendo, ¿verdad? A los viejos nos gusta hablar. A veces, cuando
intento acaparar el tiempo de los demás, aburro a la gente.
—Continúe —le animó West, y lo dijo en serio—. Siga dibujando. Es muy interesante.
 
Evelyn Cutter paseaba sin descanso por su apartamento, suavemente iluminado, los
brazos cruzados y sus rojos labios apretados de rabia.
—¡No te entiendo! —Se detuvo para bajar las gruesas cortinas—. Hace un rato querías
matar a V-Stephens. Ahora, ni siquiera quieres parar a LeMarr. Sabes muy bien que
LeMarr no entiende las implicaciones de lo que está pasando. Gannet le cae mal y no para
de hablar de la comunidad interplanetaria de científicos, de nuestro deber hacia toda la
Humanidad y ese tipo de tonterías. ¿No ves que si V-Stephens se pone en contacto con
él...?
—Tal vez LeMarr tenga razón —contestó Patterson—. A mí tampoco me gusta Gannet.
Evelyn explotó.
—¡Nos destruirán! No podemos declararles la guerra... No tenemos la menor
posibilidad. —Se plantó frente a él, echando chispas por los ojos—. Pero ellos aún no lo
saben. Debemos neutralizar a LeMarr, al menos por un tiempo. El mundo estará en peligro
mientras siga en libertad. Tres mil millones de personas dependen del secreto de esta
información.
Patterson reflexionó.
—Supongo que Gannet te ha informado sobre la exploración inicial llevada hoy a cabo
por West.
—Sin resultados hasta el momento. El viejo se sabe cada batalla de memoria, y las
perdimos todas. —Se frotó la frente—. Mejor dicho, las perderemos todas. —Recogió las
tazas vacías con dedos entumecidos—. ¿Quieres más café?
Patterson no la escuchaba, pues estaba sumido en sus pensamientos. Se acercó a la
ventana y miró afuera hasta que ella regresó con café recién hecho, caliente y humeante.
—Tú no viste a Gannet matar a esa chica —dijo Patterson.
—¿Qué chica? ¿Aquella pies palmeados? —Evelyn añadió azúcar y crema a su café—.
Iba a matarte. V-Stephens habría huido a COLOR-AD y la guerra habría empezado. —
Empujó la otra taza hacia él, impaciente—. En cualquier caso, nosotros salvamos a esa
chica.
—Lo sé. Por eso estoy disgustado. —Tomó la taza como un autómata y bebió sin
saborearlo—. ¿De qué sirvió salvarla de las masas? Todo obra de Gannet. Somos lacayos
de Gannet.
—¿Y qué?
—¡Ya sabes la clase de juego que se lleva entre manos!
Evelyn se encogió de hombros.
—Soy práctica. No quiero que la Tierra sea destruida, ni tampoco Gannet. Quiere evitar
esa guerra.
—Hace unos días clamaba por la guerra, cuando esperaba ganarla.
Evelyn lanzó una áspera carcajada.
—¡Por supuesto! ¿Quién declararía una guerra, sabiendo que la iba a perder? Sería
absurdo.
—Ahora, Gannet evitará la guerra —admitió Patterson—. Permitirá que los planetas
colonizados consigan su independencia. Reconocerá a COLOR-AD. Destruirá a David
Unger y a todos los que sepan la verdad. Adoptará el papel de benévolo pacifista.
—Por supuesto. Ya está preparando un dramático viaje a Venus. Conferencia en el
último minuto con los dirigentes de COLOR-AD para evitar la guerra. Presionará al
Directorio para que cedan y dejen segregarse a Marte y Venus. Se convertirá en el ídolo
del sistema. ¿No es mejor eso a que la Tierra sea destruida y nuestra raza exterminada?
—Ahora, la gran maquinaria da media vuelta y ruge contra la guerra. —Una sonrisa
irónica se dibujó en los labios de Patterson—. Paz y negociación en lugar de odio y
violencia destructiva.
Evelyn se inclinó sobre el brazo de la silla y efectuó unos rápidos cálculos.
—¿Cuántos años tenía David Unger cuando se alistó en el ejército?
—Quince o dieciséis.
—Cuando un hombre se alista recibe un número de identificación, ¿verdad?
—Exacto. ¿Por qué?
—Quizá esté equivocada, pero según estas cifras... —Levantó la vista—. Unger no
tardará en aparecer y reclamar su número. Ese número puede salir en cualquier momento,
según la velocidad a que se produzcan los alistamientos.
Una extraña expresión cruzó el rostro de Patterson.
—Unger ya está vivo... Es un chico de quince años. Unger el joven y Unger el veterano
de guerra. Vivos al mismo tiempo.
Evelyn se estremeció.
—Siniestro. ¿Y si llegan a encontrarse? ¿Habría muchas diferencias entre ambos?
La imagen de un risueño muchacho de quince años se formó en la mente de Patterson.
Ansioso por entrar en combate. Dispuesto a matar cuervos y pies palmeados con fanático
entusiasmo. En aquel momento, Unger se dirigía inexorablemente hacia la oficina de
reclutamiento..., y la vieja reliquia de ochenta y nueve años, casi ciega y tullida, salía de la
habitación del hospital para ir a sentarse en su banco del parque, aferrando su bastón de
aluminio, susurrando con su voz rasposa y patética a todo aquel que quisiera escucharle.
—Tendremos que mantener los ojos abiertos —dijo Patterson—. Alguien debería
avisarle cuando el número salga. Cuando Unger aparezca para reclamarlo.
Evelyn cabeceó.
—Buena idea. Tal vez podríamos solicitar al departamento del censo que lo verifique.
Quizá podamos localizar...
Calló. La puerta del apartamento se había abierto en silencio. Edwin LeMarr se recortó
en el umbral y parpadeó cuando la suave luz le dio en los ojos. Entró en la sala, casi sin
aliento.
—Vachel, debo hablar contigo.
—¿Qué pasa? —preguntó Patterson—. ¿Qué ha ocurrido?
LeMarr dirigió a Evelyn una mirada de puro odio.
—Lo ha descubierto. Sabía que lo haría. En cuanto Gannet reciba la cinta con los
resultados definitivos...
—¿Gannet? —Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Patterson—. ¿Qué ha
descubierto Gannet?
—El momento crucial. El viejo ha farfullado algo sobre un convoy de cinco naves.
Combustible para la flota de los cuervos. Sin escolta y con destino al frente de combate.
Unger dice que nuestras patrullas no lo detectarán. —La respiración de LeMarr era
entrecortada—. Dice que de haberlo sabido por anticipado... —Se controló con un violento
esfuerzo—. Habríamos podido destruirlo.
—Entiendo —dijo Patterson—. E inclinar la balanza a favor de la Tierra.
—Si West consigue descubrir la ruta del convoy —terminó LeMarr—, la Tierra ganará la
guerra. Eso significa que Gannet la declarará..., en cuanto obtenga la información exacta.
 
V-Stephens estaba en el pabellón de psicóticos, sentado en el banco que hacía las
veces de silla, mesa y cama. Un cigarrillo colgaba entre sus labios. La habitación, en
forma de cubo, era ascética, desnuda. Las paredes proyectaban una luz opaca. De vez en
cuando, V-Stephens consultaba su reloj y devolvía la atención al objeto que subía y bajaba
por los bordes de la cerradura.
El objeto se movía con cautela y lentitud. Llevaba veintinueve horas seguidas
explorando la cerradura. Había seguido los conductores eléctricos que sujetaban la gruesa
placa. Había localizado las terminales de la puerta. Durante la hora precedente había
penetrado en la superficie de rexeroide y se encontraba a dos centímetros de las
terminales. El objeto era la mano de cirujano de V-Stephens, un robot autónomo de alta
precisión sujeto por lo general a su muñeca derecha.
Ya no estaba ahí. Lo había soltado y enviado hacia la cara del cubo para que le
ayudara a escapar. Los dedos metálicos se aferraban precariamente a la pulida superficie,
mientras el pulgar cortante penetraba poco a poco. Era un trabajo difícil para la mano;
después de eso, no serviría de mucho en la mesa de operaciones, pero a V-Stephens no
le costaría mucho conseguir otra, puesto que se vendían en todos los comercios de
instrumental médico de Venus.
El índice de la mano llegó a la terminal del ánodo y se detuvo. Los cuatro dedos se
irguieron y agitaron como antenas de insecto. Se introdujeron de uno en uno en la brecha
y palparon el conductor del ánodo.
De repente, se produjo un destello cegador. Una acre nube blanca se formó, y se oyó
un agudo «pop». La cerradura siguió inmóvil mientras la mano caía al suelo después de
concluir su trabajo. V-Stephens tiró el cigarrillo, se levantó con parsimonia y atravesó el
cubo para recogerla.
Colocó la mano en su sitio, para que actuara integrada en su sistema neuromuscular. V-
Stephens asió la cerradura por los bordes y tiró de ella. La cerradura cedió sin resistencia
y el venusiano se encontró frente a un pasillo desierto y silencioso. No había guardias. A
los psicóticos no se les vigilaba. V-Stephens dobló una esquina y se internó por una serie
de pasillos interconectados.
Al cabo de un momento llegó ante un amplio ventanal que dominaba la calle, los
edificios circundantes y el jardín del hospital.
Reunió el reloj, el encendedor, la pluma, las llaves y unas monedas. Los ágiles dedos
de carne y metal no tardaron en conformar una complicada estructura de cables y placas.
Desprendió el pulgar cortante y enroscó en su lugar un elemento térmico. Aplicó el
mecanismo a la parte inferior del reborde de la ventana, invisible desde el vestíbulo,
demasiado lejos del suelo para ser visto.
Iba a volver sobre sus pasos cuando un ruido le detuvo. Voces, un guardia del hospital
y otra persona. Una persona bien conocida.
Corrió hacia el pabellón de psicóticos y entró en el cubo. La cerradura magnética encajó
con dificultades en su sitio; el calor generado por el cortocircuito había deformado los
tornillos. Consiguió encajarla cuando los pasos se detuvieron frente a la puerta. El campo
magnético de la cerradura estaba muerto, pero los visitantes lo ignoraban. V-Stephens
escuchó, divertido, cómo el visitante neutralizaba el supuesto campo magnético y abría la
cerradura.
—Adelante —dijo V-Stephens.
El doctor LeMarr entró con el maletín en una mano y la pistola de energía fría en la otra.
—Ven conmigo. Lo he arreglado todo. Dinero, tarjeta de identidad falsa, pasaporte,
billetes y permiso. Te irás como agente comercial pies palmeados. Cuando Gannet se
entere, ya estarás fuera de la jurisdicción terrestre.
V-Stephens estaba estupefacto.
—Pero...
—¡De prisa! —LeMarr indicó con la pistola que saliera al pasillo—. Como miembro del
equipo médico del hospital, tengo autoridad sobre los prisioneros psicóticos.
Técnicamente, estás inscrito como enfermo mental. En lo que a mí concierne, no estás
más loco que los demás. Menos, en todo caso. Por eso he venido.
V-Stephens le miró, vacilante.
—¿Estás seguro que sabes lo que estás haciendo? —Siguió a LeMarr por el pasillo,
pasó frente al guardia de rostro inexpresivo y entró en el ascensor—. Si te atrapan, te
matarán por traidor. Ese guardia te ha visto... ¿Cómo vas a mantener en secreto lo que
has hecho?
—No pienso mantenerlo en secreto. Gannet está aquí. Su equipo y él se han pasado
todo el día con el viejo.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
Bajaron por la rampa descendente hacia el garaje subterráneo. Un empleado sacó el
coche de LeMarr y ambos subieron. LeMarr se sentó al volante.
—Sabes muy bien por qué me encerraron con los psicóticos —insistió V-Stephens.
—Toma esto. —LeMarr tiró a V-Stephens la pistola y siguió el túnel hasta la superficie,
mezclándose con el tráfico del mediodía neoyorquino—. Ibas a ponerte en contacto con
COLOR-AD para informar que la Tierra perderá la guerra. —Salió de la zona central y tomó
un carril lateral, en dirección al espaciopuerto—. Para aconsejar que se dejen de
negociaciones y ataquen de inmediato. Guerra a gran escala. ¿Cierto?
—Cierto. Al fin y al cabo, si estamos seguros de la victoria...
—No están seguros.
V-Stephens enarcó sus verdes cejas.
—¿No? Pensaba que Unger era un veterano de una derrota total...
—Gannet va a cambiar el curso de la guerra. Ha descubierto un momento crítico. En
cuanto consiga la información exacta, presionará al Directorio para que lance un ataque
masivo contra Venus y Marte. Ahora, es imposible evitar la guerra. —LeMarr frenó el
coche al borde del espaciopuerto—. Si tiene que haber una guerra, al menos nadie será
atacado por sorpresa. Di a tu Organización y Administración Colonial que nuestra flota ya
está en camino. Diles que se preparen. Diles...
La voz de LeMarr enmudeció. Se desplomó como un juguete falto de cuerda, en
silencio, y apoyó la cabeza sobre el volante. Sus gafas resbalaron sobre la nariz y cayeron
al suelo. V-Stephens se las volvió a colocar al cabo de un momento.
—Lo siento —dijo en voz baja—. Tus intenciones eran buenas pero lo habrías
estropeado todo.
Examinó un momento el cráneo de LeMarr. El impulso del rayo frío no había
comprometido el tejido cerebral. LeMarr recobraría el conocimiento al cabo de unas pocas
horas, sin más secuelas que un fuerte dolor de cabeza. V-Stephens guardó el arma en su
bolsillo, tomó el maletín y apartó el cuerpo de LeMarr del volante. Poco después, encendió
el motor y dio media vuelta al coche.
Mientras volvía al hospital consultó su reloj. No era demasiado tarde. Se inclinó hacia
delante e introdujo una moneda de veinticinco centavos en el videófono de pago montado
en el tablero de instrumentos. Después del proceso de marcado mecánico, la
recepcionista de COLOR-AD apareció en pantalla.
—Soy V-Stephens. Algo ha salido mal. Me han sacado del hospital. Ahora vuelvo a él.
Creo que tendré tiempo.
—¿El paquete vibrador ha sido montado?
—Montado sí, pero sin mí. Ya lo había dispuesto en polarización con el flujo magnético.
Está preparado para funcionar, si llego a tiempo.
—Hay interferencias en ese extremo de la línea —dijo la muchacha de piel verde—.
¿Es un circuito cerrado?
—Abierto, pero público y aleatorio, probablemente. No creo que hayan podido
intervenirlo. —Verificó el medidor de energía que había sobre el precinto de garantía
sujeto a la unidad—. No muestra consumo. Continúe.
—La nave no podrá recogerle en la ciudad.
—Maldición.
—Tendrá que abandonar Nueva York por sus propios medios; no podemos ayudarle. La
muchedumbre destrozó nuestra sede de Nueva York. Tendrá que trasladarse a Denver
mediante un coche de superficie. Es el lugar más próximo donde la nave puede aterrizar.
Es nuestro último lugar protegido en la Tierra.
V-Stephens gruñó.
—Menuda suerte. ¿Sabe lo que ocurrirá si me atrapan?
La joven sonrió.
—Todos los pies palmeados son iguales a los ojos de los terrícolas. Nos correrán a
palos indiscriminadamente. Estamos juntos en esto. Buena suerte; le estaremos
esperando.
V-Stephens cortó la comunicación, irritado, y aminoró la velocidad. Dejó el coche en un
estacionamiento público de una sucia calle lateral y salió a toda prisa. Se encontraba al
borde de la verde extensión del parque. Al otro lado se alzaban los edificios del hospital.
Agarró el maletín y corrió hacia la entrada principal.
 
David Unger se secó la boca con la manga y se reclinó en la silla.
—No lo sé —repitió, con voz débil y seca—. Ya les he dicho que no recuerdo nada más.
Ocurrió hace mucho tiempo.
Gannet hizo un ademán y los oficiales se apartaron del anciano.
—Falta poco —dijo. Se secó la frente sudorosa—. Tendremos lo que deseamos dentro
de media hora.
Un lado del pabellón de terapia había sido convertido en una mesa de operaciones
militares. Se habían dispuesto fichas sobre la superficie, que representaban unidades de
las flotas de pies palmeados y cuervos. Fichas blancas luminosas representaban a las
naves terrestres, que formaban un sólido anillo alrededor del tercer planeta.
—Está en un lugar cerca de aquí —dijo el teniente West a Patterson. Indicó una sección
del mapa. Tenía los ojos enrojecidos, la barba crecida y sus manos temblaban de
cansancio y tensión—. Unger recuerda haber oído hablar a unos oficiales sobre este
convoy, que despegó de una base de aprovisionamiento situada en Ganímedes.
Desapareció en el curso de una ruta expresamente irregular. —Sus manos abarcaron la
zona—. En aquel momento, nadie de la Tierra le prestó atención. Más tarde, se dieron
cuenta de lo que habían perdido. Algún experto militar trazó la supuesta ruta. Los oficiales
se reunieron y analizaron el incidente. Unger cree que el convoy pasó cerca de Europa,
pero quizá fuese Calixto.
—No es suficiente —ladró Gannet—. Hasta el momento no tenemos más datos sobre la
ruta que fijaron los expertos de la Tierra en aquel tiempo. Necesitamos una información
más precisa.
David Unger jugueteó con un vaso de agua.
—Gracias —dijo, cuando uno de los jóvenes oficiales se lo acercó—. Ojalá pudiera
proporcionarles mayor ayuda —se lamentó—. Estoy intentando recordar, pero mi mente
no está tan lúcida como antes. —Su rostro marchito se sumió en una inútil
concentración—. Creo que ese convoy fue detenido cerca de Marte por una lluvia de
meteoros.
Gannet avanzó hacia él.
—Continúe.
Unger se removió patéticamente.
—Quiero ayudarle en todo cuanto pueda, señor. Casi todo el mundo escribe libros
sobre la guerra, a partir de material recogido en otros libros. —Una penosa gratitud se
transparentó en su rostro—. Supongo que mencionará mi nombre en su libro.
—Claro —le aseguró Gannet—. Su nombre saldrá en la primera página. Hasta es
posible que incluyamos su foto.
—Sé todo sobre la guerra —murmuró Unger—. Deme tiempo y lo recordaré. Deme un
poco más de tiempo. Hago lo que puedo.
El viejo se deterioraba haciendo jornadas más largas que lo habitual. Su rostro arrugado
se había teñido de un gris enfermizo. Su piel, como polvo seco, se aferraba a sus frágiles
huesos amarillentos. Su respiración era fatigosa. Todos los presentes estaban conscientes
que David Unger iba a morir..., y pronto.
—Si nos deja antes de recordar —susurró Gannet al teniente West—, le...
—¿Cómo dice? —preguntó Unger con aspereza. Su único ojo se puso alerta—. No oigo
bien.
—Proporciónenos los elementos que faltan —dijo Gannet, cansado. Agitó la cabeza—.
Acérquenle al mapa para que pueda ver la disposición. Quizá eso le ayude.
Levantaron al viejo y lo acercaron en volandas a la mesa. Técnicos y militares le
rodearon y la encogida figura desapareció entre ellos.
—No durará mucho —dijo Patterson—. Si no le dejan descansar, su corazón fallará.
—Debemos obtener la información —replicó Gannet, inconmovible—. ¿Dónde está el
otro médico? Se llama LeMarr, ¿no?
Patterson echó un breve vistazo a su alrededor.
—No le veo. No habrá podido soportarlo.
—LeMarr no estaba aquí —explicó Gannet con voz desprovista de emoción—. Me
pregunto si deberíamos enviar a alguien en su busca. —Indicó a Evelyn Cutter, que
acababa de llegar, pálida, sus ojos negros desorbitados, la respiración agitada—. Ella
insinúa...
—Ya no importa —replicó con frialdad Evelyn. Dirigió una rápida mirada a Patterson—.
No quiero saber nada de ustedes y de su guerra.
Gannet se encogió de hombros.
—Enviaré una patrulla de rutina, en cualquier caso. Sólo para asegurarme.
Se alejó, dejando solos a Evelyn y Patterson.
—Escúchame —susurró en su oído Evelyn—. El número de Unger ya ha salido.
—¿Cuándo te lo han dicho?
—Cuando venía hacia aquí, hice lo que me recomendaste y hablé con un funcionario.
—¿Cuánto hace?
—Ahora mismo. —El rostro de Evelyn tembló—. Vachel, está aquí.
Patterson tardó un momento en comprender.
—¿Quieres decir que le han enviado aquí? ¿Al hospital?
—Yo les dije que lo hicieran. Les dije que cuando viniera el voluntario, cuando su
número saliera...
Patterson la tomó del brazo y salieron corriendo del pabellón. La empujó por una rampa
de ascenso.
—¿Dónde le han retenido?
—En la sala de recepciones públicas. Le han dicho que era para un examen físico de
rutina. Una prueba sin importancia. —Evelyn estaba aterrorizada—. ¿Qué vamos a hacer?
¿Se puede hacer algo?
—Gannet cree que sí.
—¿Y si le... detenemos? —Meneó la cabeza, confusa—. ¿Qué ocurriría? ¿Cómo sería
el futuro si le retenemos aquí? Podrías darle por inútil; eres médico. Un punto rojo en su
cartilla médica. —Lanzó una salvaje carcajada—. No paro de verlos. Un punto rojo, y adiós
David Unger. Gannet nunca le verá, Gannet nunca sabrá que la Tierra no puede ganar, y
entonces la Tierra ganará, y V-Stephens no será encerrado por psicótico y aquella
muchacha...
Patterson abofeteó a la mujer.
—¡Cierra el pico y basta de rollos! ¡No tenemos tiempo para eso!
Evelyn se estremeció. Él la abrazó hasta que la mujer alzó la cabeza. Una mancha roja
había aparecido en su mejilla.
—Lo siento —logró murmurar—. Gracias. Me recuperaré.
El ascensor había llegado a la planta baja. La puerta se abrió y Patterson la condujo al
vestíbulo.
—¿Le has visto?
—No. Cuando me dijeron que su número había salido y él venía hacia aquí... —Evelyn
corrió sin aliento detrás de Patterson—, vine lo antes posible. Quizá sea demasiado tarde.
Quizá se cansó de esperar y se ha ido. Es un muchacho de quince años. Quiere entrar en
combate. ¡A lo mejor se ha marchado!
Patterson detuvo a un empleado robot.
—¿Estás ocupado?
—No, señor.
Patterson dio al robot el número de identidad de David Unger.
—Saca a este hombre de la sala de recepción principal. Tráele aquí y clausura este
vestíbulo. Cierra ambos extremos para que nadie pueda entrar o salir.
El robot cliqueteó, vacilante.
—¿Hay más órdenes? Esta fórmula no completa...
—Te daré instrucciones más tarde. Asegúrate que nadie salga con él. Quiero verle a
solas.
El robot examinó el número y desapareció en la sala de recepción.
Patterson aferró el brazo de Evelyn.
—¿Asustada?
—Aterrorizada.
—Yo me encargaré. Tú no digas nada. —Le pasó su paquete de cigarrillos—. Enciende
dos.
—Tres, quizá. Uno para Unger.
Patterson sonrió.
—Es demasiado joven, ¿recuerdas? No tiene edad para fumar.
El robot regresó, acompañado de un muchacho rubio, regordete y de ojos azules, con la
perplejidad dibujada en su rostro.
—¿Quería verme, doctor? —Se acercó a Patterson, inseguro—. ¿Me sucede algo raro?
Me han dicho que venga, pero no sé para qué. —Su angustia aumentó con rapidez—.
¿Hay algo que me impida alistarme?
Patterson tomó la tarjeta de identidad del muchacho, echó un vistazo y se la pasó a
Evelyn. Ella la aceptó con dedos paralizados, sin apartar la vista del joven rubio.
No era David Unger.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Patterson.
—Bert Robinson —tartamudeó el chico—. ¿No está puesto en mi tarjeta?
Patterson se volvió hacia Evelyn.
—Es el número correcto, pero este chico no es David Unger. Algo ha ocurrido.
—Oiga, doctor —preguntó Robinson con voz quejumbrosa—, ¿hay algo que me impida
alistarme o no? Dígamelo de una vez.
Patterson hizo una señal al robot.
—Abre el vestíbulo. Todo ha terminado. Vuelve a tus ocupaciones.
—No entiendo —murmuró Evelyn—. Es absurdo.
—Estás en perfecto estado —dijo Patterson al joven—. Podrás incorporarte.
La cara del muchacho se inundó de alivio.
—Muchas gracias, doctor. —Se dirigió hacia la rampa de descenso—. Se lo agradezco
mucho. Ardo en deseos de darle su merecido a esos pies palmeados.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Evelyn cuando la ancha espalda del chico desapareció—.
¿Qué hacemos ahora?
Patterson volvió a la vida.
—Iremos al departamento del censo para que hagan averiguaciones. Debemos localizar
a Unger.
La sala de transmisiones era un hervidero de informaciones visuales y auditivas.
Patterson se abrió paso a codazos hasta un circuito abierto y llamó.
—Esta información tardará unos minutos, señor —dijo la chica del censo—. ¿Quiere
esperar, o prefiere que le llamemos?
Patterson tomó un micrófono de lazo y se lo colgó alrededor del cuello.
—En cuanto tenga la información sobre Unger, llámeme de inmediato.
—Sí, señor —dijo la muchacha, y cortó la comunicación.
Patterson salió de la sala y se alejó por el pasillo. Evelyn corrió tras él.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—Al pabellón de terapia. Quiero hablar con el viejo. Quiero hacerle algunas preguntas.
—Gannet ya lo está haciendo —resolló Evelyn, mientras bajaban a la planta—. ¿Por
qué quieres...?
—No quiero interrogarle sobre el futuro, sino sobre el presente. —Salieron al cegador
sol de la tarde—. Quiero interrogarle sobre acontecimientos de ahora mismo.
Evelyn le detuvo.
—¿Puedes explicármelo?
—Tengo una teoría. —Patterson aumentó la velocidad de su paso—. Vamos, antes que
sea demasiado tarde.
Entraron en el pabellón de terapia. Técnicos y oficiales se encontraban de pie alrededor
de la enorme mesa, examinando las fichas y las líneas indicadoras.
—¿Dónde está Unger? —preguntó Patterson.
—Se ha ido —contestó el oficial—. Gannet se ha rendido por hoy.
—¿Adónde ha ido? —Patterson empezó a blasfemar furiosamente—. ¿Qué ha pasado?
—Gannet y West le condujeron de vuelta al edificio principal. Estaba demasiado
cansado para continuar. Casi lo conseguimos. Gannet estaba dispuesto a todo, pero
tendremos que esperar.
Patterson tomó por el brazo a Evelyn Cutter.
—Quiero declarar el estado de emergencia general. Que rodeen el edificio. ¡De prisa!
Evelyn le miró, asombrada.
—Pero...
Patterson no le hizo caso y salió a toda prisa del pabellón, en dirección al edificio
principal del hospital. Tres lentas siluetas le precedían. El teniente West y Gannet
flanqueaban al anciano y le sujetaban.
—¡Aléjense! —chilló Patterson.
Gannet se volvió.
—¿Qué pasa?
—¡Aléjense de él!
Patterson se precipitó hacia el anciano, pero ya era demasiado tarde.
La onda expansiva le alcanzó. Un círculo de llamas blancas cegadoras surgió por
doquier. La figura encorvada del anciano osciló, y después se carbonizó. El bastón de
aluminio se fundió y se transformó en una masa amorfa. Los restos del anciano
empezaron a desprender humo. El cuerpo se partió en dos. Después, muy poco a poco,
los fragmentos resecos y deshidratados cayeron al suelo, formando un montón de cenizas.
Lentamente, el círculo de energía se apagó.
 
Gannet le propinó una patada; su rotundo rostro estaba lívido de sorpresa e
incredulidad.
—Está muerto. Y no logramos obtener la información.
El teniente West contempló las cenizas, todavía humeantes. Sus labios mascullaron las
palabras.
—Nunca lo averiguaremos. No podemos cambiar la historia. No podemos ganar. —De
pronto, sus dedos se cerraron sobre su chaqueta. Se arrancó con violencia los galones—.
Que me aspen si voy a sacrificar mi vida para que usted se cargue el sistema. No pienso
caer en esta trampa mortal. ¡Puede borrarme de su lista!
El aullido de la alarma general surgió del hospital. Vagas siluetas se precipitaron hacia
Gannet. Soldados y guardias del hospital corrían en todas direcciones, confusos.
Patterson no les prestó atención; sus ojos estaban clavados en la ventana que daba
directamente sobre su cabeza.
Había alguien allí. Un hombre, cuyas manos estaban extrayendo un objeto que
centelleaba a la luz del sol. El hombre era V-Stephens. Soltó el objeto de metal y plástico y
desapareció con él de la ventana.
Evelyn corrió a reunirse con Patterson.
—¿Qué...? —Vio los restos y chilló—. Oh, Dios mío. ¿Quién lo ha hecho? ¿Quién?
—V-Stephens.
—LeMarr debió soltarle. Sabía que ocurriría. —Las lágrimas anegaron sus ojos y su voz
adquirió un tono de histeria—. ¡Te dije que lo haría! ¡Te lo advertí!
Gannet habló a Patterson como un niño asustado.
—¿Qué va a hacer? Le han asesinado. —La rabia se sobrepuso a su miedo—. Mataré
a todos los pies palmeados del planeta. Quemaré sus hogares y les colgaré. Les... —su
voz se quebró—. Ya es demasiado tarde, ¿verdad? No podemos hacer nada. Hemos
perdido. Nos han derrotado, antes incluso que la guerra empezara.
—Exacto —dijo Patterson—. Es demasiado tarde. Ha perdido su oportunidad.
—Si le hubiéramos obligado a hablar... —se lamentó Gannet.
—Era imposible.
Gannet parpadeó.
—¿Por qué? —Su innata astucia animal se transparentó—. ¿Por qué dice eso?
El micrófono que colgaba del cuello de Patterson zumbó.
—Doctor Patterson, una llamada para usted desde el censo —dijo la voz del transmisor.
—Pásemela.
La voz del funcionario del censo llegó a sus oídos.
—Doctor Patterson, tengo la información que ha solicitado.
—¿Cuál es? —preguntó Patterson, aunque ya sabía la respuesta.
—Hemos verificado dos veces nuestros resultados para asegurarnos. No existe una
persona como la que usted ha descrito. No existe un individuo en esta época ni en
nuestros registros antiguos llamado David L. Unger, con las características que usted
describió. Las huellas cerebrales, dentales y dactilares no constan en nuestros archivos.
¿Desea que...?
—No —contestó Patterson—. Ya han respondido a mi pregunta. Olvídelo.
Cortó la comunicación.
Gannet escuchaba con semblante hosco.
—Esto me sobrepasa por completo, Patterson. Explíquemelo.
Patterson no le hizo caso. Se arrodilló y removió la ceniza que había sido David Unger.
Al cabo de un momento, volvió a conectar el transmisor.
—Quiero que suban estos restos al laboratorio para que los analicen —ordenó en voz
baja—. Envíen a un equipo cuanto antes. —Se levantó lentamente y añadió para sí—:
Ahora, encontraré a V-Stephens, si puedo.
—Ya estará camino de Venus, sin duda —dijo con amargura Evelyn Cutter—. Bien,
todo ha terminado. No podemos hacer nada.
—Habrá guerra —admitió Gannet.
Volvió poco a poco a la realidad. Se concentró en la gente que le rodeaba con un
violento esfuerzo. Alisó su mata de cabello cano y se ajustó la chaqueta. Su, hasta aquel
momento, impresionante silueta, recuperó cierta apariencia de dignidad.
—Deberíamos enfrentarnos a la situación como hombres. Es inútil evadirla.
Patterson se apartó cuando un grupo de robots se acercó a los restos carbonizados y
los recogió en un sólo montón.
—Lleven a cabo un análisis completo —dijo al técnico que se hallaba al mando—.
Examinen minuciosamente las unidades celulares básicas, en especial el aparato
neurológico. Infórmenme lo antes posible.
 
Tardaron una hora.
—Compruébelo usted mismo —dijo el técnico del laboratorio—. Tome un poco de
material. Ni siquiera al tacto es normal.
Patterson aceptó una muestra de materia orgánica seca y quebradiza. Podría haber
sido la piel ahumada de un pez. Se rompió con facilidad en sus manos; cuando la depositó
entre los aparatos, se convirtió en polvo.
—Entiendo —dijo.
—No está mal, dentro de todo, pero es débil. No habría aguantado dos días más. Se
estaba deteriorando con gran rapidez, el sol, el aire, todo le perjudicaba. No había sistema
autónomo de renovación. Nuestras células experimentan un proceso constante de
purificación y mantenimiento. Esta cosa fue ensamblada y puesta en funcionamiento por
alguien que nos lleva un gran adelanto en materia de biosintéticos. Es una obra maestra.
—Sí, es un buen trabajo —admitió Patterson. Tomó otra muestra de lo que había sido
el cuerpo de David Unger y lo desmenuzó con expresión pensativa—. Nos engañó por
completo.
—Usted lo sabía, ¿verdad?
—Al principio, no.
—Como ve, estamos reconstruyendo todo el sistema a partir de las cenizas. Faltan
partes, desde luego, pero obtendremos el perfil general. Me gustaría conocer a los
fabricantes de esta cosa. Funcionó de maravilla. No era una máquina.
Patterson miró la ceniza carbonizada que habían empleado para reconstruir la cara del
androide. Carne arrugada, ennegrecida, fina como el papel. El ojo muerto le miraba sin
ver. Los del censo tenían razón. David Unger nunca había existido. Esa persona no había
vivido jamás en la Tierra, o donde fuera. Lo que habían llamado «David Unger» era un
hombre sintético.
—Nos engañaron —confesó Patterson—. ¿Cuánta gente lo sabe, aparte de nosotros
dos?
—Nadie más. —El técnico señaló a su cuadrilla de robots—. Soy el único ser humano
de este equipo.
—¿Será capaz de guardar el secreto?
—Claro. Usted es mi jefe.
—Gracias, pero si lo deseara, esta información podría ponerle al servicio de otro jefe.
—¿Gannet? —El técnico lanzó una carcajada—. No me gustaría trabajar para él.
—Le pagaría muy bien.
—Es cierto, pero cualquier día me encontraría en el frente. Prefiero quedarme en el
hospital.
Patterson se encaminó hacia la puerta.
—Si alguien pregunta, diga que no quedó lo suficiente para proceder a los análisis. ¿Se
encargará de eliminar esos restos?
—Me disgusta la idea, pero lo haré. —El técnico le miró con curiosidad—. ¿Tiene
alguna idea de quién fabricó el androide? Me gustaría estrecharle la mano.
—En este momento sólo me interesa una cosa —dijo Patterson, sin contestar a la
pregunta—. Hay que encontrar a V-Stephens.
 
LeMarr parpadeó cuando el sol de la tarde se filtró en su cerebro. Se enderezó, para
darse un buen golpe en la cabeza con el tablero de instrumentos. El dolor le abrumó
durante unos instantes y volvió a sumirse en una consoladora oscuridad. Después, poco a
poco, recobró el conocimiento. Y miró a su alrededor.
El coche estaba estacionado en la parte posterior de un pequeño y deteriorado
estacionamiento público. Eran las cinco y media. El tráfico avanzaba ruidosamente por la
estrecha calle a la que daba el estacionamiento. LeMarr exploró su cráneo. Localizó una
zona, del diámetro de un dólar de plata, en la que no experimentaba la menor sensación.
La zona irradiaba un frío glacial, la ausencia total de calor, como si se hubiera golpeado
contra un nexo del espacio exterior.
Aún trataba de recobrarse y recordar los acontecimientos que habían precedido a este
período de inconsciencia, cuando la veloz forma de V-Stephens apareció.
V-Stephens corría con agilidad entre los coches de superficie estacionados, con una
mano en el bolsillo de la chaqueta y la mirada alerta. Notó algo extraño en él, una
diferencia que LeMarr, en su estado de aturdimiento, no pudo precisar. V-Stephens casi
había llegado al coche cuando cayó en la cuenta, y al mismo tiempo recuperó la memoria.
Se acurrucó contra la puerta, lo más inmóvil posible. Se sobresaltó, bien a su pesar,
cuando V-Stephens abrió la puerta y se sentó tras el volante.
V-Stephens ya no era verde.
El venusiano cerró la puerta, introdujo la llave y puso en marcha el vehículo. Encendió
un cigarrillo, examinó su par de gruesos guantes, echó un vistazo a LeMarr y salió del
estacionamiento. Durante unos momentos condujo con una mano enguantada sujetando
el volante y la otra oculta en el bolsillo de la chaqueta. Después, mientras aceleraba, sacó
la pistola y la tiró en el asiento de al lado.
LeMarr se lanzó sobre ella. V-Stephens vio por el rabillo del ojo que el cuerpo
inanimado cobraba vida. Pisó el freno de emergencia y se olvidó del volante. Los dos
lucharon en silencio, con ferocidad. El coche se detuvo, transformándose de inmediato en
el centro de un coro de airados bocinazos. Los dos hombres luchaban con desesperación,
sin respirar, casi inmóviles. Después, LeMarr saltó hacia atrás y la pistola apuntó al rostro
incoloro de V-Stephens.
—¿Qué ha ocurrido? —graznó—. He pasado cinco horas inconsciente. ¿Qué has
hecho?
V-Stephens no dijo nada. Liberó el freno y condujo con lentitud. El humo gris del
cigarrillo se escapó de sus labios. Tenía los ojos entornados, cubiertos por una película
opaca.
—Eres un terrícola —dijo LeMarr, asombrado—. No eres un pies palmeados.
—Soy venusiano —contestó con indiferencia V-Stephens.
Mostró sus dedos palmeados y volvió a colocarse los guantes.
—Pero, ¿cómo?
—¿Crees que no podemos superar la barrera del color cuando nos da la gana? —V-
Stephens se encogió de hombros—. Tintes, hormonas químicas, operaciones quirúrgicas
de escasa importancia... Media hora en el lavabo de caballeros con una aguja hipodérmica
y un emplasto... Este planeta no es para hombres de piel verde.
Una barricada se había levantado en el extremo de la calle. Un grupo de hombres
taciturnos aguardaba con pistolas y toscos garrotes. Algunos llevaban las gorras grises de
la Defensa Civil. Paraban a todos los coches y los registraban. Un hombre de rostro bestial
indicó a V-Stephens que se detuviera. Se adelantó y ordenó por señas que bajara la
ventanilla.
—¿Qué ocurre? —preguntó LeMarr, nervioso.
—Buscamos pies palmeados —gruñó el hombre, cuya gruesa camisa de lona
desprendía un penetrante hedor a ajo y sudor. Examinó el coche con veloces miradas de
suspicacia—. ¿Han visto alguno?
—No —contestó V-Stephens.
El hombre abrió el maletero y escudriñó en su interior.
—Hemos atrapado uno hace un par de minutos. —Levantó su grueso pulgar—. ¿Lo ven
allí arriba?
Habían colgado al venusiano de una farola. El viento del anochecer balanceaba su
cuerpo verde. Su rostro era una horrible masa deformada por el dolor. Una multitud se
había congregado alrededor de la horca improvisada. Sonreían. Esperaban.
—Habrá más —dijo el hombre, mientras cerraba el maletero—. Muchos más.
—¿Qué ha pasado? —consiguió articular LeMarr. Estaba asqueado y aterrorizado.
Apenas le salía la voz—. ¿Por qué hacen esto?
—Un pies palmeados mató a un hombre. A un terrícola. —El hombre retrocedió y dio
una palmada sobre el capó—. Muy bien. Pueden irse.
El coche avanzó. Algunos revoltosos exhibían uniformes completos, combinando el gris
de la Defensa Civil con el azul de la Tierra. Botas, hebillas pesadas, gorras, pistolas,
brazaletes. En los brazaletes se leía «C. D.» en letras negras sobre fondo rojo.
—¿Qué es eso? —preguntó LeMarr con voz débil.
—Comité de Defensa —contestó V-Stephens—. La vanguardia de Gannet. Para
defender a la Tierra de los cuervos y los pies palmeados.
—Pero... —LeMarr hizo un gesto de impotencia—. ¿La Tierra ha sido atacada?
—No, que yo sepa.
—Da la vuelta. Regresemos al hospital.
V-Stephens vaciló, pero al cabo de un momento obedeció. El coche se dirigió hacia el
centro de Nueva York.
—¿Por qué quieres volver? —preguntó V-Stephens.
LeMarr no le oyó. Contemplaba con horror las calles, patrulladas por hombres y mujeres
que parecían animales al acecho, deseosos de matar.
—Se han vuelto locos —murmuró LeMarr—. Son como bestias.
—No —dijo V-Stephens—. Pronto terminará todo, cuando se le retire al Comité el apoyo
económico. Aún se encuentra en pleno apogeo, pero pronto cambiará la situación y la
gran maquinaria girará al revés.
—¿Por qué?
—Porque Gannet ya no desea la guerra. Aún tardará un poco en diseñar la nueva
estrategia. Gannet financiará probablemente a un movimiento llamado «C. P.»: Comité por
la Paz.
El hospital estaba rodeado por una muralla de tanques, camiones y ametralladoras
móviles. V-Stephens frenó el coche y tiró el cigarrillo. No se permitía el paso a los coches.
Los soldados se movían entre los tanques con relucientes fusiles entre las manos, todavía
brillantes de grasa.
—¿Y bien? —preguntó V-Stephens—. ¿Qué hacemos ahora? A ti te toca decidir.
LeMarr introdujo una moneda en el videófono montado sobre el tablero de instrumentos.
Dio el número del hospital y, cuando apareció el operador, preguntó por Vachel Patterson.
—¿Dónde estás? —preguntó Patterson. Vio la pistola en la mano de LeMarr, y después
sus ojos se clavaron en V-Stephens—. Veo que le has atrapado.
—Sí —admitió LeMarr—, pero no entiendo lo que ha pasado. —Movió una mano
suplicante en dirección a la imagen diminuta de Patterson—. ¿Qué debo hacer? ¿Qué
está ocurriendo?
—Dime dónde estás —pidió Patterson con voz tensa.
LeMarr obedeció.
—¿Quieres que le lleve al hospital? Quizá debería...
—Sigue apuntándole con la pistola. Estaré ahí dentro de un momento.
Patterson cortó la comunicación y la pantalla se apagó.
LeMarr sacudió la cabeza, perplejo.
—Intenté sacarte de aquí —dijo a V-Stephens—. Entonces, me disparaste. ¿Por qué?
—De súbito, LeMarr se estremeció violentamente cuando comprendió—. ¡Has matado a
David Unger!
—Exacto —respondió V-Stephens.
El arma tembló en la mano de LeMarr.
—Quizá debería matarte ahora mismo. Quizá debería bajar la ventana y gritar a esos
dementes que vengan por ti. No lo sé.
—Haz lo que consideres mejor.
LeMarr aún estaba dudando cuando Patterson apareció junto al coche. Tabaleó sobre
la ventanilla y LeMarr abrió la puerta. Patterson entró y cerró la puerta.
—Pon en marcha el coche —dijo a V-Stephens—. Alejémonos del centro.
V-Stephens le dirigió una breve mirada y encendió el motor.
—Da igual que lo hagas aquí —dijo a Patterson—. Nadie se interpondrá.
—Quiero salir de la ciudad —contestó Patterson—. Mi laboratorio ha analizado los
restos de David Unger. Pudieron reconstruirlo casi en su totalidad.
El rostro de V-Stephens reflejó una gran emoción.
—¿Sí?
Patterson extendió la mano.
—Estréchala —dijo con semblante sombrío.
—¿Cómo? —preguntó V-Stephens, confuso.
—Alguien me pidió que lo hiciera. Alguien convencido que ustedes, los venusianos,
hicieron un buen trabajo cuando fabricaron ese androide.
El coche corría por la autopista, adentrándose en la oscuridad de la noche.
—Denver es el último lugar que queda —explicó V-Stephens a los dos terrestres—. Hay
muchos de nosotros allí. COLOR-AD dice que algunos hombres del Comité empezaron a
destrozar nuestras oficinas, pero el directorio ha puesto fin a eso. Presionado por Gannet,
probablemente.  
—Quiero saber más —dijo Patterson—. Pero no sobre Gannet. Conozco sus métodos.
Quiero saber qué están tramando ustedes.
—COLOR-AD fabricó el hombre sintético —admitió V-Stephens—. Del futuro no
sabemos más que ustedes, o sea, nada de nada. David Unger nunca existió. Falsificamos
los documentos de identidad, inventamos una falsa personalidad, la historia de una guerra
que nunca se produjo... Todo.
—¿Por qué? —preguntó LeMarr.
—Para asustar a Gannet y conseguir que diera marcha atrás. Para aterrorizarle tanto
que concediera la independencia a Venus y Marte. Para evitar que provocara una guerra
que mantendría su poderío económico. La falsa historia que introdujimos en la mente de
Unger ha roto y destruido el imperio de nueve planetas de Gannet. Gannet es realista. Se
arriesga cuando las posibilidades están a su favor, pero nuestra historia no le daba ni una.
—Gannet pierde —dijo lentamente Patterson—. ¿Y ustedes?
—Nunca estuvimos en el juego. Nunca entramos en el juego de la guerra. Sólo
queremos libertad y la independencia. Ignoro cómo sería la guerra, pero me hago una
idea. Muy desagradable. A ninguno de ambos bandos le interesa. Tal como iban las
cosas, la guerra era inevitable.
—Me gustaría aclarar algunas cosas —dijo Patterson—. ¿Eres un agente de COLOR-
AD?
—Exacto.
—¿Y V-Rafia?
—También. De hecho, todos los marcianos y venusianos se convierten en agentes de
COLOR-AD cuando pisan la Tierra. Queríamos introducir a V-Rafia en el hospital para que
me ayudara a salir. Existía la posibilidad que me impidieran destruir el androide en el
momento adecuado. En ese caso, V-Rafia se habría encargado, pero Gannet la mató.
—¿Por qué no te limitaste a disparar un rayo de energía fría sobre Unger?
—Queríamos que el cuerpo sintético quedara destruido por completo, lo cual no era
posible, por supuesto. Sólo podía ser reducido a cenizas, tan ínfimas que un examen
superficial no revelara nada. —Miró a Patterson—. ¿Por qué ordenaste un análisis tan
minucioso?
—El número de Unger había salido. Y Unger no apareció para reclamarlo.
—Ah, qué pena. No sabíamos cuando aparecería. Intentamos elegir un número que
saliera dentro de unos meses, pero durante las dos últimas semanas los alistamientos se
sucedieron a velocidad vertiginosa.
—¿Y si no hubieras logrado destruir a Unger?
—Habíamos dispuesto el dispositivo de destrucción de forma que el androide no tuviese
la menor posibilidad. Estaba sintonizado con su cuerpo; me bastaba con activarlo cerca de
Unger. Si me hubieran matado, o no hubiera podido activar el mecanismo, el androide
habría muerto antes que Gannet hubiera conseguido la información que deseaba. Era
preferible destruirlo ante las propias narices de Gannet y sus esbirros. Queríamos
inducirlos a pensar que sabíamos todos los detalles de la guerra. El valor psicológico de
presenciar el asesinato de Unger pesa más que el riesgo de mi captura.
—¿Que pasará ahora? —preguntó Patterson.
—Se supone que debo regresar a COLOR-AD. En principio, iba a tomar una nave en la
oficina de Nueva York, pero los manifestantes de Gannet dieron al traste con eso.
Asumiendo que no me detendrás, por supuesto.
LeMarr había empezado a sudar.
—¿Y si Gannet descubre el engaño? Si descubre que David Unger no existió jamás...
—Ya lo hemos arreglado —respondió V-Stephens—. Cuando Gannet haga
averiguaciones, habrá un David Unger. Entretanto... —Se encogió de hombros—. Deben
decidir ustedes dos. Tienen el arma.
—Dejémosle marchar —exclamó LeMarr.
—Eso no sería muy patriótico —señaló Patterson—. Estamos ayudando a los pies
palmeados. Quizá deberíamos llamar a esos hombres del Comité.
—Que se vayan a la mierda —bufó LeMarr—. No entregaría a nadie a esos linchadores
lunáticos. Ni siquiera a...
—¿Ni siquiera a un pies palmeados? —preguntó V-Stephens.
Patterson contemplaba el negro cielo tachonado de estrellas.
—¿Qué sucederá al final? —preguntó a V-Stephens—. ¿Crees que algún día terminará
este enfrentamiento?
—Claro —respondió al instante V-Stephens—. Algún día viajaremos a las estrellas, a
otros sistemas. Encontraremos otras razas..., auténticas, esta vez. No humanas, en la
plena acepción de la palabra. Entonces, la gente comprenderá que procedemos del mismo
tronco. Cuando tengamos algo con que compararnos, resultará evidente.
—Perfecto —dijo Patterson. Tendió la pistola a V-Stephens—. Eso era lo único que me
preocupaba. Detesto pensar que esta situación pueda prolongarse indefinidamente.
—No será así —respondió V-Stephens con calma—. Algunas de esas razas no
humanas quizá sean muy desagradables. Después de echarles un vistazo, los terrestres
se alegrarán cuando sus hijas se casen con hombres de piel verde. —Sonrió—. Es posible
que algunas de esas razas no humanas ni siquiera tengan piel...
 
 
FIN

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