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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 12 de mayo de 2011

Jack London La Pillastrona







Jack London

La Pillastrona







Hay cuentos que deben ser necesariamente historia, tales, que no podría imaginarlos la fantasía del más narrador, y asi­mismo hay hombres de historia de cuyas narraciones es imposi­ble dudar. Julián Jones era uno de estos hombres. No sé si la mayoría de mis lectores podrá creer la historia que Julián Jones me relató. Sin embargo, yo creo en la veracidad de cuanto me dijo. Tan convencido estoy de ello, que de buena gana invertiría mi capital, si lo tuviera, en la empresa, y hasta siento vehemen­tes deseos de embarcarme en plan de aventura hacia el lejano país de esta verdadera historia.
Fue en el pabellón australiano de la Exposición del Pacífico, en Panamá, donde por primera vez nos encontramos. Estaba yo embobado ante una vitrina donde se exhibían a la vista de los curiosos unos facsímiles de las palacras o pepitas de oro más hermosas que se habían encontrado en los yacimientos auríferos de los antípodas-. Nudosas, deformes y macizas, era tan difícil dudar de que fuesen en realidad de oro, como creer en lo que manifestaban las adjuntas tablas de pesos y valores.
-He ahí lo que los cazadores de canguros llaman palacras ­tronó una voz de bombo por encima de mis hombros, refiriéndo­se al más hermoso de los ejemplares expuestos.
Me volví y miré hacia arriba, donde tropecé con las pupilas turbias y azules de Julián Jones. Y digo que miré hacia arriba porque mi hombre tendría por lo menos un metro noventa de estatura. Eran casi tan turbios y pálidos como las niñas de sus ojos los mechones amarillos de los cabellos color de arena. Sin duda el sol los había descolorido. Así lo atestiguaba también el rostro curtido y tostado por el sol. Enfocó en los míos la mirada de sus ojos, y en ellos descubrí un fulgor extraño e inquisitivo, como si revelaran un vano esfuerzo por recordar algo extrema­damente importante.
-¿Y qué tiene de particular esa palacra?- pregunté. Desapareció de su mirada aquella expresión de vago recuer­do y atronó mis oídos con el portentoso estallido de su voz, diciendo:
-¿Que qué tiene de particular? ¿Le parece que no es admira­ble su tamaño?
-Sí; me parece bastante grande -asentí-. Pero no cabe duda que es auténtica. Creo que el gobierno australiano no osaría...
-¡A cualquier cosa llama usted grande! -interrumpió con un resoplido de menosprecio.
-En efecto, alguna vez se han encontrado mayores; pero... -rectifiqué.
-¡Alguna vez! -y sus ojos se caldeaban con una llama ar­diente mientras hablaba-. ¿Cree usted que todas las palacras descubiertas hasta hoy han figurado en las tablas de las enciclo­pedias o en las columnas de los periódicos?
-¡Hombre! -repliqué prudentemente-. Si usted sabe de algu­na que no haya sido mencionada ni en las unas ni en los otros, comprenderá que no pudo llegar a conocimiento mío por arte de magia. Cuando haya una palacra, o más bien un buscador de oro tan ruboroso que desee permanecer anónimo...
-Es que no lo desea -interrumpió bruscamente-. Es que yo la he visto con mis propios ojos; además de que tengo la piel demasiado curtida para ruborizarme. Soy ferroviario y he vivi­do muchos años en los trópicos. A fuerza de aire y de sol he lle­gado a tener color de caoba vieja, Muchos me tomaban por es­pañol a pesar de mis ojos azules.
Me creí en el deber de interrumpirle.
Y dice usted que aquella palabra es mayor que ésta, señor...
-Jones; me llamo Julián Jones.
Hundió las manazas en un bolsillo interior y sacó un sobre cuya dirección ostentaba este nombre, para entregar en la lista de Correos de San Francisco. Yo, a mi vez, le entregué mi tarje­ta, para darme a conocer.
-Tengo verdadera satisfacción en conocerle -me dijo, ten­diéndome la mano y suavizando la voz, siempre ensordecedora, como si estuviese acostumbrado a hablar desde lejos-. Por su­puesto, le conozco a usted de referencias y hasta me parece haber visto su retrato en los periódicos. Aunque no es costum­bre hablar con la franqueza que yo lo hago, he de confesarle que sus artículos acerca de Méjico no valen dos centavos. Está usted completamente desorientado. Entre otros, comete el error, tan común entre los gringos de tomar a los mejicanos por gente de raza blanca. Y no lo son, no señor. Ninguno, ni los que llaman greasers, ni los spiggoties, ni los hispanoamericanos, ni el resto de la ganadería. Le aseguro a usted que ni son, ni piensan, ni obrar, como nosotros. Hasta tienen otra tabla de multiplicar. ¿Cree usted que siete por siete son cuarenta y nueve? Bueno; pues los mejicanos. no. Cuentan de distinta manera. Tampoco ven blanco lo blanco. No sé cómo decirle... Mire; por ejemplo. Si usted compra café al por menor en una tienda, y pide un pa­quete de a libra...
-¿Qué tamaño dice usted que tenía aquella palacra? -le interrogué con firmeza-. ¿Era tan grande como la mayor de esa vi­trina?
-¡Mayor! ¡muchísimo mayor! -dijo con gran flema-. Más grande que todos esos esperpentos juntos. ¡Si son ejemplares de dos al cuarto!...
Me miró de pies a cabeza y luego prosiguió:
-No veo inconveniente en tratar con usted de este asunto. Goza usted fama de ser hombre digno de confianza, y hasta tengo entendido que ha corrido alguna que otra aventura de las que se dan por sendas poco trilladas de la vida. Precisamente andaba yo a la busca de alguien con quien pudiera hablar de este asunto.
-Puede depositar en mí su confianza -le dije.
Y aquí tenéis ahora, dispuesto a sacar a la luz de la imprenta, sin quitar ni poner tilde de mi cosecha, la historia que Julián Jones me relató una vez que ambos estuvimos sentados al bor­de del lago, frente al palacio de Bellas Artes, arrullados por los graznidos de las gaviotas.
Se me había olvidado decir que, saliendo de los pabellones a la caza de un asiento, se apresuró a precipitarse en brazos de mi hombre, con la precisión y exactitud de una pieza de maquina­ria, cierta mujercita de unos treinta años de edad, rostro sano y colorado, propio de pueblerina acomodada, y andar flexible y ligero, como el vuelo de las gaviotas que surcaban el espacio azul, chillonas e inquietas.
-¿Dónde vas? -gritaba-. ¡Te marchas sin acordarte de mí! ¡Ingrato!
Me presentaron a ella con las formalidades de rigor. Se veía que no habla oído hablar nunca de mi, a juzgar por las miradas recelosas e inquisitivas que me lanzaban sus ojos negros, in­quietos como un pájaro, por entre los párpados entornados, en una cortina de espesas pestañas.
-Supongo que no irás a hablar con este señor de aquella pi­llastrona... -dijo con mimoso enfado.
-¡Qué cosas tienes, Sara! Voy a tratar del asunto -contestó él lamentándose-. He andado a la busca de un hombre de su condición desde hace mucho tiempo, y ahora que he topado con quien parece ser digno de escucharme, voy a endilgarle toda la relación de lo acaecido.
La mujercita no contestó, pero frunció los labios en un mohín de disgusto, tan apretados y rígidos, que parecían una aguja de coral, y se puso a mirar hacia la Torre de las Joyas, con tan aus­tera expresión en el semblante, que ni las múltiples refracciones de los rayos del sol, al quebrarse en infinitos reflejos y sombras, suavizaban las líneas del rostro contraído. Nos acercamos a paso lento hacia el borde del lago, y con un suspiro de desaho­go, dejamos caer sobre el asiento la mole fastidiosa de nuestras respectivas humanidades, no sin alguna satisfacción de los pies atormentados.
-¡Y que una tenga que soportar este fastidio!... -afirmó la mujer en tono casi retador.
Dos cisnes alzaron elegantemente fa cabeza blanca sobre el espejo del agua inmóvil para contemplarnos. Cuando se con­vencieron de nuestra proeza o tacañería en asuntos de cacahue­tes y guisantes, se alejaron suavemente en busca de otros deso­cupados más generosos. Julián Jones volvió la espalda a su cara mitad y comenzó a relatarme la historia.
-¿Ha estado usted alguna vez en el Ecuador? ¿No? Bueno; pues entonces siga mi consejo y no vaya nunca por allá. Aunque, si termina usted por creerme, y se anima, puede que tenga­mos que ir de excursión por aquellas tierras. Después de todo, no hace tantos años que me encaminaba yo hacia allá a bordo de un barco carbonero, tosco y renqueante, que tardó cuarenta y tres días en cruzar las aguas del Pacífico. Hacía poco menos de siete nudos, cuanto todo marchaba viento en popa, que si no... Navegando al Norte de Nueva Zelanda nos sorprendieron unas rachas de huracán, y las máquinas se rompieron cuando estába­mos a dos días de la isla de Pitcairn. Preciso es aclarar que yo no formaba parte de la tripulación del barco. Mi oficio es ma­quinista de tren. Pero habíamos hecho buenas migas el capitán y yo cuando nos conocimos en Newcastle, y me llevó como huésped suyo hasta Guayaquil. Vea usted. Llegó a nuestros oídos la noticia de que el ferrocarril americano pagaba muy buenos salarios a quienes hicieran la travesía de los Andes has­ta Quito. Ahora bien; Guayaquil...
-Es un antro de fiebres-interpuse. Julián Jones asintió con la cabeza.
-Thomas Nast murió de ellas al mes de haber desembarcado en aquella tierra.
-Por cierto que era nuestro más hábil caricaturista-añadí.
-No lo sabe usted bien -dijo a secas Julián Jones-. No fue el único que perdió la pelleja. Verá usted mi primer encuentro con la maldita fiebre. Sesenta millas antes de llegar al atracadero, río abajo, subió el práctico a tomar el marido de la embarcación. Era al amanecer.
«-¿Cómo van esas fiebres? -le pregunté.
«-Mire aquel buque hamburgués -me dijo, señalando a una embarcación que estaba anclada-. Ya han muerto el capitán y catorce hombres de la tripulación. El cocinero y otros dos están a las últimas. Son los únicos que quedan...
Y vive Dios que el hombre decía la verdad. En Guayaquil perecían más de cuarenta personas cada día víctimas de la fiebre amarilla. Pero aquello eran tortas y pan pintado con lo que aún me quedaba por ver. La peste bubónica y la viruela cundían por todas partes. La disentería y la neumonía diezmaban la población; pero el ferrocarril era más temible aún que todas las enfermedades juntas.
Viajar en aquellos trenes constituía un peligro mayor que: el de la peste.
Apenas habíamos anclado en Guayaquil, cuando media do­cena de capitanes subieron en comisión a conferenciar con el nuestro, advirtiéndole de que no permitiera pisar tierra a ningún oficial ni tripulante, si no quería quedarse sin ellos. Vino desde Durán, que es la opuesta orilla del río donde el ferrocarril de­semboca, un lanchón que traía el encargado de recogerme. Cuando atracaba al costado del buque, brotó de él, de súbito, como un surtidor, un hombre, que en dos brincos se encaramó a bordo, trepando por el pasamano. Y una vez en la cubierta, en lugar de dirigir a ninguno de los presentes la palabra, se abalan­zó sobre la barandilla y sacudiendo el puño amenazador, gritó señalando a la orilla del Durán:
-¡Así te hundas! ¡Así te hundas!
-¿Qué es lo que se ha de hundir, amigo mío? -inquirí.
-El ferrocarril -contestó, mientras que, introduciendo la mano entre los harapos que le cubrían, sacaba a luz un enorme revólver Colt de calibre 44, que llevaba al cinto-. He perma­necido ahí todo el tiempo que fijamos en el compromiso. Tres meses. No me conviene continuar. Trabajaba de conductor de tren.
Y aquel era el ferrocarril en donde había de prestar mis servi­cios. Todo lo cual parece tortas y miel en comparación de lo que me dijo al cabo de unos minutos. El ferrocarril ascendía desde el nivel del mar, a orillas del Durán, hasta el Chimborazo que está a cuatro mil metros de altura, para descender luego a la ciudad de Quito, al otro lado de la Cordillera, encaramada como un nido de águilas entre los montes. Y era tan peligroso el cami­no, que los trenes no viajaban nunca de noche. Los viajeros ha­bían de apearse y dormir en las ciudades que se encontraban al paso, mientras que el tren aguardaba a que se hiciera de día. Cada tren solía llevar un piquete de soldados ecuatorianos, que constituían el mayor de los peligros. Se les suponía protectores del tren cuando llegara el caso, pero al menor asomo de revuelta, se echaban los fusiles a la cara y se unían a las hordas de los sublevados. Ya sabe usted; en cuanto estalla la revuelta en uno de aquellos trenes, el primer grito de los spiggoties es el de «mueran los gringos». Y cuenta que como lo dicen lo hacen. En los descarrilamientos, el que no muere por accidente, perece a mano armada. No dejan escapar a ningún gringo o cosa que le parezca; que ésta es la aritmética de que antes le hablaba, bien diferente de la nuestra.
¡Diantre! Antes de terminar el día hube de comprobar, a mi costa que el ex conductor no habla dicho mentira. Tuvo lugar el percance en Durán. Yo había de partir con la primera división hacia Quito a la mañana siguiente. Sólo salía un tren cada vein­ticuatro horas. Serían las cuatro de la tarde cuando explotaron las calderas del Governor Hancock, lancha acorazada que transportaba los pasajeros del ferrocarril, atravesando el río desde Durán a Guayaquil. Se hundió rápidamente. El accidente había sido fortuito, aunque lamentable. Pero no pararon aquí nuestras desgracias. Al cabo de media hora comenzaron a llegar trenes abarrotados de pasajeros. Era día de fiesta y las gentes de Guayaquil hablan salido de excursión por los campos vecinos. La multitud regresaba de la fiesta.
Serian unas cinco mil almas. Hacináronse a orillas del río desordenadamente, aguardando al vaporcito para cruzarlo. El vaporcito yacía bajo las aguas, de lo cual no teníamos nosotros la culpa. Pero según los cálculos aritméticos de los spiggoties, resultaba que sí. ¡Mueran los gringos! osó chillar uno de ellos, y como una ola se derramó instantáneamente el saco de los gar­banzos. La mayoría de los que nos salvamos debimos la vida a la celeridad de nuestras piernas. Yo corrí entonces en pos del jefe de máquinas, con uno de sus hijos en brazos, hacia una lo­comotora que comenzaba a arrancar. Media docena de mujeres y muchos niños yacían tumbados en el interior de los coches cuando conseguimos arrancar. Los soldados del piquete, que debieran haber protegido la vida y los bienes de los viajeros, volvieron contra nosotros sus armas, y nos costó no poco traba­jo alejarnos del alcance de sus disparos.
Acampamos en pleno monte y no volvimos hasta el siguiente día. La chusma, alborotada, había hecho una limpieza general. Los vagones descubiertos y los techados, los coches de viajeros, las locomotoras asmáticas, hasta las carretillas de mano, todo había sido arrojado desde el muelle al río, formando un enorme catafalco que se alzaba a flor de agua. Querían quemar la casa circular de las locomotoras, incendiar los depósitos de carbón y demoler los talleres de reparaciones. ¡Oh, si! Y lo peor es que habían apresado a tres de nuestros camaradas, que hubimos de enterrar muy pronto. ¡Hace demasiado calor en aquellas tierras del Sur!
Julián Sones hizo una larga pausa, y por encima del hombro observó de soslayó la mirada prohibitiva y rígida de su mujer.
-¡Ah! No crea usted que me he olvidado de la palacra.
-Ni de la pillastrona aquella -silbó la mujercita con disimu­lo, como si hablara a uno de los patitos que chapoteaban por la superficie del lago.
-Precisamente iba derecho hacia la palacra...
-No tenías motivos para permanecer en una tierra tan peli­grosa -le hurgó su esposa.
-Si, Sara -arguyó el hombrón-. Entonces trabajaba yo para ti.
Y continuando su relación me dijo:
-Grandes eran los riesgos, pero los jornales no eran meno­res. Algunos meses ganaba más de quinientos dólares oro. Y además, Sara me aguardaba, como premio de mis fatigas, en Nebraska.
-Dos años hacía ya que me tenía apalabrada -añadió ella con un mohín de protesta, mirando a la Torre de las Joyas.
-La huelga general por una parte, la desgracia por otra, unas tifoideas que cogí en Australia, y otras que tú sabes, me justifi­can. Además, había entrado en el ferrocarril con pie derecho. Mire usted: más de un camarada recién llegado de los Estados Unidos cayó en el primero de sus viajes. Cuando las enfermeda­des o los descarrilamientos les perdonaban, los spiggoties daban buena cuenta de ellos. Estaba de Dios que fuera otro mi destino. En cierta ocasión se derrumbó por un despeñadero mi máquina; me quedé sin fogonero; el inspector del material rodante, que casualmente se dirigía a Durán para contraer matrimonio, cayó en manos de los spiggoties, que le cortaron con una navaja la cabeza, la hincaron en una pica y la llevaron en procesión por la comarca. Pero yo tuve la fortuna de quedar enterrado bajo un montón de carbón menudo, donde permanecí mientras duró la revuelta. Al cabo de un día y una noche, más apaciguados los ánimos, pude salir de mi escondrijo. Sí; había entrado con suer­te en el ferrocarril. Los dos únicos percances que me ocurrieron fueron un constipado que cogí y un carbunclo, que no tuvo ma­las consecuencias. Algunos camaradas, en cambio, morían como moscas, unos de fiebre amarilla, otros de pulmonía, quien­es de los spiggoties y cuáles del ferrocarril. Lo más triste es que nunca podía tener un amigo con quien charlar a mi gusto. Ape­nas comenzaba a tener trato estrecho con uno, cuando se moría o lo mataban. Solamente uno, el fogonero Andrews, sobrevivió, pero se volvió loco de remate.
Desde un principio alquilé en Quito una casa de adobes, de estilo español, con su techumbre de gruesos troncos, donde vi­vía. Nunca discutía ni altercaba con los spiggoties; hasta les permitía viajar de balde en el ténder o en los topes. ¿Meterme con ellos? ¡Cá! ¡Ni por esas! Cuando Jack Harris echó del tén­der a puñetazos a un grupo de spiggoties, adiviné que no tarda­ría en asistir a su entierro...
Bueno; como iba diciendo, las cosas salían a pedir de boca, el cerdo engordando, como quien dice, y la matanza rica en pro­mesas. Quiero decir, que iba yo apilando mis buenos dólares con ánimo de volver a mi tierra del Norte y casarme con Sara, cuando un día me encontré con Vahna.
-¡La pillastrona! -silbó Sara.
-¡Mujer! -suplicó el gigantesco varón-. ¿Cómo quieres que hable del hallazgo de la palacra sin mencionar a Vahna? Una noche, cuando conducía hacia Amato, que está a cuarenta mi­llas de Quito, una locomotora suelta, tuvo lugar el encuentro. Mi fogonero era un tal Seth Manners. Le había encomendado la dirección de la máquina para que se ejercitase por una parte y para poder pensar en mi Sara por otra. Acababa precisamente de recibir una carta suya, donde me rogaba el pronto regreso al hogar, encareciendo los peligros que corre por esos mundos un hombre solo, y más en un país de señoritas y fandangos. ¡Dios mío, si ella las pudiera ver por un agujero! ¡Son verdaderos es perpentos! Las caras pintarrajeadas, pálidas como cadáveres y los labios rojos como la sangre.
Era una noche encantadora de abril; ni una brisa alentaba en el aire. Una luna enorme de plata brillaba sobre la cima del Chimborazo. Es una montaña más que regular. El ferrocarril serpea por sus cumbres a cuatro mil metros sobre el nivel del mar y el picacho más alto se remonta todavía más de dos kiló­metros por encima.
Acaso un vago adormecimiento se apoderaba de mi. De re­pente cerró Seth los frenos, tan de improviso, que a poco más salgo disparado por la ventanilla de la cabina.
-¿Qué es eso? -comencé a decir.
-¡Maldita sea! -rugió Seth, cuando ambos nos asomábamos a la ventanilla para ver el bulto que estaba atravesado sobre la vía.
Coincidimos Seth y yo en nuestras apreciaciones. Era una muchacha india. Le ruego que repare en que los indios no son spiggoties. ¿eh? Seth consiguió detener la locomotora a pocos metros de la muchacha. Ella...
Observé la forma rígida de Sara. aun cuando disimuladamente aparentase distraerse en observar los juegos de los patos que se zambullían hasta el fondo somero del lago. «¡La pillastrona!». murmuró de pronto en tono conminatorio. Jones se detuvo al escucharla. Luego prosiguió.
-Ella era una muchacha alta. esbelta y gentil. Los cabellos negros, larguísimos, le cubrían las espaldas y los hombros. En pie, sin miedo alguno, extendía los brazos como si quisiera dete­ner la máquina. Llevaba una especie de clámide, que no era precisamente un vestido, sino más bien unas pieles de ocelote, suaves, que adheridas al cuerpo revelaban sus formas.
-¡Ea! no te detengas en detalles. Sigue tu historia -suspiró enojada la señora de Jorres.
Julián prosiguió. como si no hubiese advertido la interrup­ción.
-¡Mira que ponerse en la vía para detener a una locomotora! -dije a Seth disgustado. mientras me apeaba por la parte ante­rior de la máquina.
Me dirigí recto hacia la muchacha. Había cerrado los ojos con los párpados apretujados, y temblaba con tal violencia que se la veía tiritar a la luz de la luna. Llevaba los pies desnudos.
-¿Qué diablos haces aquí? -la dije en tono nada gentil.
Ella se sobresaltó. parecía como si saliera de su ensimisma­miento, y abrió los ojos. ¡Digo! Eran unos ojos grandes, negros, hermosos. Créame usted. Daba gusto mirarla.
-¡La pillastrona! -gritó Sara-.
Los patos se alejaron asustados a prudente distancia; pero Julián Jones, que hablaba con entusiasmo, no se detuvo.
-¿Por qué quieres parar la locomotora? -le dije en español. No respondió ni media palabra. Me miró. volvió luego a mi­rar a la máquina estrepitosa, y por último se deshizo en un mar de lágrimas. Lo cual confesará usted que es una conducta poco común entre indias.
-Si te pones en medio de la vía al paso del tren -la amenacé en español imitando el dejo de los spiggoties-, te vas a estrellar contra los topes. La máquina te hará trizas.
No hablaba yo entonces muy bien el español, pero compren­dí que me entendía, si bien sacudía la cabeza sin hablar. Pero, caballero, ¡era una hermosura aquella chiquilla!...
Volví el rostro para mirar, temeroso, a la señora de Jones, que debió sorprenderme por el rabillo del ojo porque dijo:
-Si no hubiera sido tan guapa, ¿cree usted que este majadero se la hubiera llevado a su casa?
-No hables así. Sara -protestó él-. Eso no está bien en una mujer como tú. Además... Bueno.
-¿Vamos a estar aquí toda la noche? -me preguntó Seth.
-Ven, sígueme -dije a la muchacha-. Sube a la máquina. Otra vez no intentes detener al tren entre dos estaciones.
Ella me siguió; pero cuando ponía yo el pie en el estribillo me volví para ayudarla a subir, y me encontré con que había desaparecido. Bajé otra vez a la vía. No quedaba ni rastro de la muchacha. Arriba y abajo se erguían unos acantilados inaccesi­bles y la vía se extendía en línea recta a uno y otro lado, clara y descubierta. Por fin la encontré agazapada debajo de los topes, tan pegada a ellos, que por poco la piso. Si hubiese arrancado la máquina la hubiéramos triturado. Aquello me desorientaba. No sabia ya cómo interpretar las acciones de la muchacha. Acaso quería suicidarse. La agarré rudamente por las muñecas, y de un latigazo la hice incorporarse. Entonces me siguió como un corderillo. Las mujeres, aunque sean indias, saben cuando un hombre está decidido a todo.
Miré primero al Goliat, luego a su mujercita de ojillos de pájaro. y me pregunté si alguna vez había estado él decidido a todo con respecto a ella.
-Seth la dio un puntapié al recibirla. Yo la empujé al interior de la cabina y la hice sentarse a mi lado...
-Por lo visto. Seth estaba demasiado ocupado con la dirección de la máquina -observó irónicamente Sara.
-Tenia que aprender a manejarla. ¿Qué tiene de particular? -protestó una vez más el gigante-. Y así llegamos a Amato. La muchacha no abrió el pico en todo el camino. Apenas detenida la locomotora, ella se puso en pie, saltó a tierra y desapareció. Tan rápidamente como se lo cuento. Ni siquiera dar las gracias. Nada.
Pero a la mañana siguiente, cuando íbamos a salir con direc­ción a Quito con una docena de vagones descubiertos cargados de rieles, la encontramos escondida en la cabina. Y a la luz del día pude cerciorarme de que era mucho más bonita de lo que me había parecido por la noche.
-¡Ja, ja, ja! -prorrumpió Seth, con un guiño malicioso-. Pa­rece que te haya adoptado como protector.
Así lo parcela al menos. Nos miraba como un perrillo cariño­so y mimado a quien han sorprendido devorando salchichas de la alacena y que. sin embargo. sabe que no le harán nada.
-¡Largo de aquí en seguida! -la dije. Seth se rió de mí.
-No te la quitarás de encima tan fácilmente -me dijo-. Tú la salvaste la vida. Tienes huésped para rato.
-¡Cá, hombre! Si fuiste tú quien detuvo la máquina.
-Ella cree que fuiste tú, que es lo que importa -me respon­dió-. y ahora te pertenece. Tal es la costumbre del país, que no debieras ignorar.
-¡Salvajadas! -dijo despectivamente Sara. y si bien es cierto que parecía extraviarse en la contemplación de la Torre de las Joyas, yo sabía que no reparaba precisamente en las bellezas de la arquitectura.
-La muchacha está dispuesta a metérsete en casa -comentó Seth, no sin fruncir los labios en una mueca picaresca.
Yo le dejé fantasear a su gusto. pero le ordené luego que se dedicase a alimentar el hogar de la caldera. a fin de que no me molestara demasiado con su charla. Bueno; cuando llegamos al lugar en donde la noche anterior habíamos recogido a la mucha­cha paré el tren y la invité a que descendiera. Ella se hincó de rodillas a mis pies, se abrazó a mis piernas como si fueran sus brazos una tenaza y me bañó de lágrimas los zapatos. ¿Qué quiere usted que yo hiciera?
Un ligero movimiento de inquietud por parte de Sara me ad­virtió de lo que ella hubiera hecho en semejante ocasión.
-En cuanto llegamos a Quito, la muchacha obró como en la estación anterior obrara, esto es, desapareció. Sara no quiso creer nunca en la sensación de libertad y desahogo que yo expe­rimentaba al verme libre de la india. Me encaminé hacia mi ca­sona de adobes, donde devoré la exquisita cena que mi cocinera me había preparado. Era ésta una mestiza de spiggoty e india; su nombre. Paloma. Sara sabe muy bien, porque ya la he infor­mado repetidas veces de ello, que la cocinera tenía más de le­chuza vieja que de paloma. No podía comer si la tenia delante, porque de sólo verla se me iba el apetito. Pero era aseada, pre­paraba bien las cosas, me cuidaba con esmero y escatimaba el gasto en el mercado.
Al atardecer, luego de haber dormido la siesta, me encontré en la cocina con la maldita muchacha, que andaba con tal desparpajo como si se encontrara en su propia casa. Paloma en cuclillas a los pies de la mocita, la friccionaba las rodillas, como suele hacerse con los reumáticos, canturriando cierta graciosa canción al compás de la friega. Yo me despaché a mi gusto. Como sabe muy bien Sara, nunca pude tolerar a ninguna mujer en mi casa, joven. guapa y soltera, se entiende. Pero Paloma tomó asiento al lado de la muchacha y me llamó necio, tunante, tonto, majadero y otras astil lindezas a que provee la abundancia del léxico castellano. Era Paloma de un hablar tan gracioso y flexible, que conquistaba el corazón de cualquiera. Era, además, honrada a carta cabal, aun cuando no le quedase ni un solo diente y aunque su fealdad quitara las ganas de comer a un hambriento.
Tuve que ceder. ¿Qué otro remedio me quedaba? Nunca me quiso decir Paloma la razón por la cual se había puesto de parte de la muchacha. Si la estrechaba mucho a preguntas, contestaba que le hacia falta una mujer para que atendiese a las faenas de la casa, aunque yo sabia que ella, vieja y todo, se bastaba y so­braba para estos menesteres. Vahna, por otra parte, no daba guerra, ni molestaba, ni gastos. Permanecía siempre en casa, conversando con Paloma o ayudándola a sus quehaceres. No tardé, sin embargo, en averiguar que vivía inquieta y asustada. Alzaba el rostro iluminado con un destello de ansiedad cada vez que alguien llamaba a la puerta. Más de una vez quise sonsacar a Paloma para que me revelase el motivo de aquella tortura: pero la vieja se limitaba, por toda respuesta, a ponerse en acti­tud solemne y a manifestar con un movimiento de cabeza que el infierno entero estaba a punto de caer sobre nuestra casa.
Y un día recibió Vahna a un visitante. Acababa de llegar yo de una de mis travesías y me había quedado acompañándola, deber que la galantería me imponía, aunque se me hubiera meti­do de rondón en casa, cuando de pronto vi que su rostro se transfiguraba en un gesto de ansiedad. A la puerta, en el umbral, percibí a un muchacho indio. Se parecía mucho a Vahna, si bien semejaba más, joven y más sucio. Ella lo introdujo en la cocina y allí debieron tener una conversación interminable, porque el muchacho no se marchó hasta bien entrada la noche. A la sema­na siguiente repitió la visita. No estaba yo en casa. Cuando regresé. Paloma me entregó una palacra que el indio me había traído a petición de Vahna. Era una masa de unas dos libras de peso, que bien valdría sus quinientos dólares. Palo­ma me dijo que Vahna quería pagarme su hospedaje, y yo tuve que guardarme la palacra a fin de que no se alterase la paz de mi casa.
Mas adelante, al cabo de muchos días, se presentó otro visi­tante. Estábamos sentados al amor de la lumbre...
-Los dos, él y la pillastrona -aclaró la señora Jones.-Y Palo­ma además -se apresuró a rectificar él.
-Bueno. los tres: el caballero, la cocinera y la huéspeda -a­sintió ella.
-Oh. confieso que Vahna me miraba con muy buenos ojos! -dijo Iones despreocupadamente; y luego añadió. precavido: -Con demasiados buenos ojos. para su mal. porque yo maldito el interés que le demostraba.
Bueno; pues como iba diciendo, recibió a otro visitante. Era un indio anciano, alto, delgado, de cabeza blanca y cara de agui­lucho. Penetró en casa sin haber llamado, resueltamente. Vahna dio un grito de espanto y se lanzo de hinojos a mis pies, con mirada suplicante de gacela que no quiere morir.
Luego. durante un minuto que pareció largo como una vida, el viejo y la muchacha estuvieron mirándose de hito en hito. Paloma fue la primera en hablar, en la lengua del viejo, según deduje, porque éste le contestó. ¡Voto a Sanes! ¡Y aquel hombre no era ni el más alto ni el más fuerte de la casa! Paloma temblaba como una azogada y hasta se humillaba al advenedizo, como si fuese una perra servil. Y todo esto en mi casa. De buena gana le habría echado a puntapiés si el respeto a las canas no me de­tuviera.
¿Serian tan terribles. como sus efectos lo publicaban, aque­llas palabras que el indio dirigía a Vahna! ¡Digo! ¡Si escupía más que hablaba!... Paloma segura gimiendo y disputando. De pronto dijo algo que produjo gran emoción en el anciano. Con la cara desencajada dirigió a Vahna una pregunta. La muchacha se quedó corno atontada, inclinó la cabeza sobre el pecho y se ruborizó, dando por toda respuesta una palabra y un movimien­to de cabeza. Entonces el indio giró sobre sus talones y se fue tan campante, con la mayor naturalidad y campechanía. Supongo que ella le dijo que no.
En lo sucesivo Vahna se quedaba aturdida y confusa cuantas veces me veía. Estuvo durante una temporada recluida como una embobada, sin salir de la cocina. Pero al cabo de muchos días volvió a presentarse en el salón, tímida y turbada todavía, con sus ojazos enormes pendientes de cuanto yo hacia...
-¡La muy bribona! ... oí que decía una voz en son de queja. Pera Julián Jones y yo ya nos habíamos acostumbrado a tan inocentes interrupciones.
-No niego que había comenzado a interesarme por la mu­chacha... ¡Oh! Ni que decir tiene que en muy distinto sentido del que Sara piensa. Lo que a mí me traía preocupado era aquel par de palacras. Si Vahna me dijera de donde las había recogido podría yo dar un puntapié a mi ferrocarril y cambiar por Sara y Nebraska las tierras montaraces e inhospitalarias.
Un día recibí una carta de Wisconsin, portadora de noticias sensacionales. Había fallecido mi tía Elisa, dejándome en heren­cia la más hermosa de sus haciendas. Di una voltereta de puro contento. Más hubiese valido que reprimiese mi alegría porque entre la herencia y yo se interponían aún los abogados y la justi­cia, que me dejaron sin un centavo y empeñado. Ellos fueron los únicos herederos. Aún estoy pagando los vidrios rotos.
Pero esto vino después. Yo no lo sabía entonces. Me preparé para partir para la tierra bendita. Paloma se puso triste; Vahna lloró. ¡No te vayas! ¡No te vayas!, me decía a todas horas. No hice caso de llantos ni penas, y confiado en mi buena suerte es­cribí a Sara.... Ella lo puede decir.
Aquella noche, al amor de la lumbre, nuestra compañía pare­cía un funeral. Por fin. Vahna, por primera vez, se decidió a hablar sin miedo.
-No te vayas. Yo te enseñaré el lugar en donde mi hermano recoge las palacras.
-Es demasiado tarde -contesté. Y le dije el por qué.
-Sí; le dijo que yo aguardaba en Nebraska -explicó la señora de Jones fríamente.
-¿Qué ganaba yo, Sara, con herir los sentimientos delicados de una pobre niña? No le dije eso, por supuesto.
Cambiaron ella y Paloma algunas palabras en lengua india. Luego Vahna dijo:
-Si no te marchas te enseñaré la palacra más grande del mundo. La madre de todas las demás.
-¿Cómo es de grande? -pregunté-. ¿Tanto como yo? Vahna se rió.
-Mucho más grande que tú -repuso.
-No suelen crecer tanto -la objeté.
Pero ella me aseguró quo la había visto, y Paloma vino en su ayuda. ¡Caracoles! Si era verdad lo que decían, aquella palacra valdría muchos millones. Paloma no la había visto, pero lo sabía de referencias. El sitio donde estaba era secreto de tribu, que a ella, por ser mestiza, no le había sido confiado.
Julián Jones hizo una pausa y suspiró.
-Tanto me ofrecieron el cebo, que al fin piqué en el anzuelo de...
-¿De la pillastrona?
-No, hija mía, de la palacra. Con la herencia de mi tía Elisa podía considerarme lo bastante acaudalado para abandonar el ferrocarril, pero no lo suficiente para que osara volver la espalda a la fortuna. No podía por menos de creer en el testimonio de aquellas dos mujeres. ¡Diantre! Iba a convertirme en un nuevo Vanderbilt o en un J.P. Morgan. Con tales pensamientos en la imaginación. traté de sonsacar a Vahna para que me transmitiera el secreto. Ella se acercó a la banda.
-Imposible -dijo.
-Has de venir tú conmigo. Dentro de dos semanas estaremos de regreso con todo el oro que entre los dos podamos cargar. Sería conveniente llevar un burro o una reata, si no estorba -su­gerí.
No era posible, según la opinión de Vahna, que Paloma compartía. Se corría un riesgo terrible. Los indios nos cogerían. Partirnos los dos. Viajábamos de noche y dormíamos de día. La luna clara y llena iluminaba los montes. Vahna no me permi­tía encender hogueras de suerte que hube de sufrir la tortura de no probar mi café. Ascendimos por las montañas regias del macizo fundamental de los Andes, donde la nieve obstaculizaba el camino, y gracias a que la muchacha conocía muy bien los rastros. pudimos llegar a la meta de nuestras jornadas al cabo de una semana de fatigosa ascensión. Conozco perfectamente la ruta, porque llevaba una brújula de bolsillo que me indicaba el rumbo, que es lo único necesario. El pico de la montaña no tiene pérdida. No existe en el mundo ninguna cima semejante. Por el momento, es innecesario que yo le describa la forma particular: pero cuando salgamos de Quito usted y yo, verá cómo le llevo allá con los ojos cerrados.
La ascensión era muy dificultosa. Nadie podría atreverse a escalar por la noche aquella montaña. Emprendimos la subida al amanecer, y cuando alcanzamos la cumbre, hacia ya tiempo que se había puesto e sol. Podría relatarle mil detalles de aque­lla jornada, que ahorro en honor a la brevedad, por no cansarle demasiado. Remataba el pico una meseta llana y lisa como mesa de billar, de un acre de superficie poco más o menos y limpia por completo de nieve. Vahna me dijo que las rachas de viento, muy frecuentes allí, barrían la meseta.
Me sentía mareado. El mal de las alturas se apoderó de mí con tal intensidad, que hube de acostarme largo rato para repo­nerme. Luego salió la luna. Su luz blanca lo iluminaba todo.
Tendí la vista en torno. Ni se veía ni se olía nada que se aseme­jase al oro. Cuando pregunté a Vhana, se rió y se puso a batir palmas de contento. Entretanto, volví a sentir el mal de las altu­ras y me senté en una roca para descansar.
-Prosigamos -dije cuando me sentí mejor-. Deja de tontear y díme dónde está la palacra.
-Tan cerca de tu mano derecha, que casi te quemas -repuso, abriendo desmesuradamente sus ojazos negros en ademán pen­sativo-. Todos los gringos sois iguales. El oro reina en vuestro corazón. Las mujeres no somos nada para vosotros.
No contesté. Tampoco era aquella ocasión para que yo le hablase de Sara. Vahna sacudió la cabeza como si se despren­diera de sus tristes pensamientos y comenzó de nuevo sus risas importunas.
-¿Qué tal te parece? -preguntó.
-¿Qué?
-La palacra. Estás encima de ella.
Di un salto como si me hubiese sentado en un hierro canden­te. No había allí nada más que una roca. Sentí que desfallecía mi esperanza. O ella se había vuelto loca, o se estaba burlando de mi. Ambas hipótesis me parecían inaceptables. Me dio enton­ces un hacha, y dijo:
-Dale un tajo a esa peña.
La obedecí. Comencé a repartir mandoblazos, y a cada golpe se abría una raja en la piedra, por donde surgía un brillo amari­llento y metálico. ¡Vive Dios! ¡Era un peñasco de oro!...
Julián Jones se irguió como una torre, extendidos los brazos y con la faz vuelta hacia el cielo del Sur. Un cisne que se acer­caba en apacible actitud se espantó al verlo, y huyó rompiendo en una estela las aguas del lago, o, Jones dió un paso atrás, brusca­mente, y atropelló a una señora obesa. Lanzó ésta un grito mientras que por tierra se desparramaba un saquito de cacahue­tes, cariñosa ofrenda que traía para los patos. El se sentó y dijo:
-¡Oro! ¡Era oro, como se lo digo, tan puro y blando que pude cortar algunas esquirlas! Estaba cubierta la roca con una capa de asfalto o laca, impermeable a la lluvia. No hay que extrañar­se de que confundiera la palacra con alguna roca, porque ten­dría unos diez pies de largo por cinco de ancho, en forma de un huevo apuntado por los extremos. Mire. Aquí tiene usted una muestra de su composición.
Sacó del bolsillo una caja de cuero, de la cual extrajo un ob­jeto cuidadosamente envuelto en papel tela. Y depositó en mis manos un pedazo de oro purísimo, del tamaño aproximado que tienen las monedas de diez dólares. Aún quedaban en algún si­tio trozos de la sustancia con que había sido pintado.
-Arranqué este trozo de uno de los extremos a fuerza de hachazos -prosiguió Jones, envolviendo el objeto y guardándo­lo en la caja-. Gozosamente me lo guardé en el bolsillo. De pronto, sentí una voz profunda a mis espaldas, semejante al graznido de un cuervo. Me volví sobresaltado. Era el viejo indio de rostro de aguilucho que una noche habla penetrado en mi casa.
Con él venían unos treinta indios, jóvenes, desarrapados, su­cios.
Vahna se desplomó y comenzó a llorar.
-Levántate -le dije, y tratemos amistosamente con ellos.
-¡No, no! -dijo llorando-. Es la muerte. ¡Adiós, amigo mío!...
-Entonces levántate y luchemos. Ven conmigo -la dije.
Así lo hizo. Se defendía mordiendo y arañando como un leo­pardo. Yo no estaba ocioso, si bien fueran mis únicas armas el hacha y los brazos. Pero eran muchos los enemigos y no tenía tampoco a mis espaldas una pared donde arrimarme para evitar los golpes traidores. A los pocos instantes me habían abierto la cabeza por aquí. Toque esta herida.
Y quitándose el sombrero, me hizo hurgar con el dedo las matas de cabellos color de arena hasta hundirlo en una cicatriz profunda, de unos ocho centímetros de longitud, que calaba el hueso del cráneo.
-Cuando volví en mi, Vahna yacía tendida encima de la roca de oro y a su lado el viejo indio de rostro de águila rezongaba solemnemente una especie de melopea religiosa. En la mano diestra empuñaba un cuchillo de piedra. Ya los habrá visto us­ted. Son agudos, finos y de una piedra semejante a la obsidiana, con la que suelen confeccionar sus flechas. No me quedaban fuerzas ni arrestos para alzar la mano. Estaba demasiado débil. El cuchillo había sido reservado para Vahna. A mi no podían concederme el honor de ser inmolado en el pico sagrado. Me arrojaron por las pendientes escarpadas como quien tira una basura.
Aún veo la luna desleída en un mar de plata sobre los picos de nieve, cuya imagen me empapaba los ojos según rodaba pe­ñas abajo. El despeñadero tendría unos doscientos metros de profundidad; sólo que yo no lo rodé todo. Tuve la fortuna de quedarme enganchado en una grieta que se había abierto en la nieve. Cuando volví en mi, al cabo de muchas horas, porque ya brillaba el sol en lo alto, me encontré en una cueva o túnel que las aguas derretidas del monte, al descender, habían socavado en la nieve. A uno y otro lado se abría una sima salvaje. De haber caído unos palmos más allá mi perdición no tenía reme­dio. Fue un verdadero milagro mi salvación.
Pero la pague a buen precio. Hubieron de transcurrir dos años antes de que me percatara de cuanto había acaecido. Sólo sabía que me llamaba Julián Jones, que fui de los «negros» en la huelga general y que me había casado con Sara. Ignoraba cuan­to hubiese ocurrido entre una y otra fecha, y cuando mi mujerci­ta trataba de hablarme de ello, me entraba una jaqueca terrible. No debía andar bien de la cabeza.
Luego, una noche, a la luz de la luna, sentados en el portal de la casa de campo que mi suegro posee en Nebraska. Sara vino con esta esquirla de oro y me la puso en la mano. Al parecer, la había encontrado recientemente entre la ropa al revolver el baúl que había traído del Ecuador; aunque ni me acordaba de haber estado en tal país, ni en Australia ni en parte alguna. Bueno; pues entonces, estando allí sentado, con la piedrecita de oro en la mano, dándole vueltas y más vueltas y cavilando qué fuera y de dónde la habrían traído, siento dentro de la cabeza un dolor intenso, como si me hubieran mordido los sesos, y como si se rasgara un velo, veo a Vahna tendida sobre la enorme peña de oro y al viejo de cara de aguilucho con el puñal de piedra en la mano, y... todo lo demás. Esto es, todo lo que había pasado desde que abandoné Nebraska hasta el momento en que me despeñaron por los abruptos riscos de la montaña de nieve. Ignoro, porque no he vuelto a recordarlo, lo que sucediera después. Cuando Sara me dijo que yo era su esposo, no quería creerla. Hubo de llamar a toda su familia, a los colonos y al cura, para que el testimonio unánime de todos me redujera a partido.
Más tarde escribí a Seth Manners. Aún no le había matado el ferrocarril. El me lo contó todo. Puedo enseñarle sus cartas. Las tengo en el hotel. Dice que un día, cuando su travesía de cos­tumbre, me vio venir a rastras por la vía. Me tomó al principio por una ternera o un mastín. No parecía, ni en realidad lo era, un ser humano. Luego, por la cuenta que he podido escuchar, deducido que habían transcurrido ya diez días desde que me arrojaron por el despeñaperros. No sé lo que habría comido, si es que había comido algo en todo aquel tiempo. Luego vinieron los doctores, los cuidados de Paloma, la convalecencia larga y dura. Al fin se convencieron todos de que había perdido el jui­cio, y la Compañía me devolvió a Nebraska. Así al menos me lo escribió Seth. Yo no sé nada. Sara está mejor enterada porque mantuvo correspondencia con la Compañía hasta que me em­barcaron, enviándome de regreso a mi país natal.
La señora de Jones asintió con un movimiento de cabeza, suspiró y dio a entender que estaba deseosa de marcharse.
-Desde entonces estoy imposibilitado para trabajar -prosi­guió su esposo-. Y lo que es peor, no sé de dónde sacar dinero para partir en busca de la palabra. Sara tiene dinero de su pro­piedad, pero no consiente en soltar ni medio centavo...
-No quiero que vuelva nunca más a semejante país -excla­mó.
-Pero mujer, ¡si la pobre Vahna murió! Tú lo sabes -protestó Julián Jones.
-Yo no se nada de nada -repuso ella decididamente-. Yo sólo sé que aquél no es un país bueno para un hombre casado. Apretó los labios y se puso a contemplar una estrella invisi­ble que comenzaba a encenderse entre las luces opacas del atar­decer.
-¿Y cómo explica usted que estuviese en semejante lugar aquella masa de oro? -pregunté a Julián Jones-. ¿Se trata de un meteoro aurífero que habrá venido del Cielo? De no ser así...
-Nada de eso. Los indios lo han transportado hasta el pico del monte.
-¿Siendo el monte tan empinado? ¿Y una piedra de tanto peso y tamaño? -inquirí.
-Lo cual es sencillísimo. Muchas veces me he planeado yo ese mismo problema desde que recobré la memoria. Solía pasar­me horas y más horas haciendo números y cábalas para resol­verlo. ¿Cómo pudieron haberlo transportado los indios? Hasta que al fin di con la solución. No lo llevaron.
-Hace un momento ha dicho usted que sí. ¿En qué quedamos?- . Lo llevaron y no lo llevaron, ¿me entiende? -fue su enig­mática respuesta-. Claro está que ellos no cargaron con una piedra tan monstruosa como aquella. Lo que hicieron es trans­portar poco a poco su contenido.
Se detuvo, hasta que leyó en la expresión de mi semblante que le iba comprendiendo.
-Y luego derritieron todo el oro o lo soldaron a martillo, hasta formar una sola pieza. Ya sabe usted que las gentes de Piza­rro recorrían el país en busca de oro. Los indios ocultaron todo el que pudieron en aquella montaña inaccesible. Y allí está aguardando a que yo, o usted, o los dos juntos lo recojamos, si a usted le parece bien.
Y aquí terminó mi amistad con Julián Jones, al borde de la laguna, frente al palacio de Bellas Artes. Como yo manifestara estar de acuerdo con el proyecto de la aventura, me prometió venir a mi hospedaje al día siguiente por la mañana, con las car­tas de Seth Manners y de la Compañía del Ferrocarril, a fin de concluir el trato. Pero Julián Jones no cumplió su palabra. Por la tarde telefoneé al hotel, donde me informaron que el señor Jones y su esposa se habían partido aquella mañana, a primera hora, en compañía de su equipaje.
¿Se lo llevaría su esposa, por las buenas o por las malas, a la granja de Nebraska? Yo sólo sé que al despedirnos creí descu­brir en el rostro de Sara una sonrisa vulpina que me recordó la imagen enigmática de Mona Lisa...


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