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jueves, 12 de mayo de 2011

Jack London Para encender un fuego



Jack London

Para encender un fuego





El día había amanecido frío y gris, muy gris y frío, cuando el hombre se apartó de la senda prin­cipal del Yukón y subió a la elevada costa de tierra, donde una senda vaga y poco transitada se orientaba hacia el este, a través de las ricas tierras de abetos. Era una ladera empinada, y se detuvo en la cima para recuperar el aliento, y mediante una mirada al reloj se disculpó ante sí mismo por el acto. Eran las nueve. No había sol, ni rastros de él, aunque no se veía una nube en el cielo. Era un día claro, y sin embargo parecía haber un velo intangible sobre la faz de todas las cosas, una sutil lobreguez que hacía que el día fuese oscuro, y que se debía a la ausencia de sol. Ese hecho no preocupó al hombre. Estaba acostumbrado a la falta de sol. Hacía días que no lo veía, y sabía que pasarían varios más antes que el alegre orbe, que viajaba hacia el sur, se asomara apenas sobre la línea del horizonte y desapareciera de la vista en el acto.
El hombre lanzó una mirada hacia atrás, al camino por el cual había llegado. El Yukón se exten­día en un kilómetro y medio de ancho, oculto bajo más de un metro de hielo. Sobre éste había otro tanto de nieve. Y todo era de un blanco puro, dibujado en suaves ondulaciones donde se habían formado los atascamientos del congelamiento. Al norte y al sur, hasta donde alcanzaba la vista, la blancura era inin­terrumpida, aparte de una delgadísima línea negra que se curvaba y retorcía en torno de la isla cubier­ta de abetos, al sur, y que se curvaba y retorcía hacia el norte, donde desaparecía detrás de otra isla poblada de abetos. Esa finísima línea negra era la senda, que llevaba al sur, a lo largo de ochocientos kilómetros, hasta el paso Chilcoot, Dyea y las aguas saladas; y por el norte, a lo largo de ciento quince kilómetros, a Dawson, y más al norte aun, mil seis­cientos kilómetros, hasta Nulato, y por último hasta St. Michael, sobre el mar de Bering, dos mil quinien­tos kilómetros más.
Pero todo eso -la misteriosa, prolongada y del­gadísima senda, la falta de sol en el cielo, el tremen­do frío y lo extraño y fantástico de todo aquello­ no impresionaba para nada al hombre. No porque estuviese acostumbrado desde hacía tiempo. Era un recién llegado a la región, un chechaquo, y ese era su primer invierno. Lo malo es que carecía de ima­ginación. Era veloz y despierto en las cosas de la vida, pero sólo en las cosas, y no en los significados. Veinticinco grados bajo cero equivalían a algo más de cuarenta de helada. El hecho le impresionaba co­mo algo frío e incómodo, y eso era todo. No lo lle­vaba a meditar acerca de su fragilidad como criatura de temperatura, y respecto de la fragilidad del hom­bre en general, capaz de vivir sólo dentro de estre­chos límites de calor y frío; y a partir de ahí no lo conducía al campo conjetural de la inmortalidad y al lugar del hombre en el universo. Veinticinco gra­dos bajo cero representaban la mordedura de la he­lada que le hacía doler, y contra la cual era preciso protegerse por medio de mitones, orejeras, mocasi­nes abrigados y calcetines gruesos. Veinticinco gra­dos bajo cero eran para él nada más que veinticinco grados bajo cero. Que hubiese algo más en ello era un pensamiento que jamás le cruzó por la cabeza.
Cuando se volvió para seguir, escupió especula­tivamente. Hubo un estallido seco, explosivo, que lo sobresaltó. Volvió a escupir. Y otra vez, en el aire, antes de caer a la nieve, la saliva restalló. Sabía que a veinticinco bajo cero la saliva restallaba en la nie­ve, pero esa saliva lo había hecho en el aire. No ca­bía duda de que la temperatura era inferior a vein­ticinco bajo cero... cuánto más, no lo sabía. Pero no importaba. Se dirigía a la vieja pertenencia de la bifurcación de la izquierda del arroyo Henderson, donde los muchachos ya lo esperaban. Habían llega­do atravesando la divisoria de la región del arroyo Indian, en tanto que él se aproximaba dando un ro­deo para estudiar las posibilidades de talar troncos, en la primavera, en las islas del Yukón. Se encon­traría en el campamento a las seis; un poco después del oscurecer, es verdad, pero los muchachos esta­rían allí, habría un fuego encendido, y lo esperaría una cena caliente. En cuanto al almuerzo, apretó la mano contra el bulto saliente que llevaba debajo del abrigo. Estaba también debajo de la camisa, envuel­to en un pañuelo, contra la piel desnuda. Era la úni­ca manera de impedir que los bizcochos se congela­ran. Sonrió con satisfacción para sus adentros al pensar en los bizcochos, cada uno partido por la mi­tad y empapado en grasa de tocino, y cada uno con una generosa tajada de tocino frito.
Se hundió entre los altos abetos. La senda casi no se distinguía. Desde que pasó el último trineo ha­bían caído treinta centímetros de nieve, y se alegró de ir sin trineo, de viajar sin cargas. En rigor, no llevaba nada más que el almuerzo envuelto en el pa­ñuelo. Pero el frío le sorprendió. Por cierto que ha­cia frío, decidió, y se frotó, con la mano cubierta por un mitón, la nariz y los pómulos entumecidos. Era un hombre de barba abrigada, pero el pelo de la cara no le protegía los pómulos salientes, ni la ávida nariz que empujaba con agresividad el aire helado.
Detrás del hombre trotaba un perro, un enorme perro esquimal, el verdadero perro lobo, de piel gris, y sin diferencias visibles o temperamentales respecto de su hermano, el lobo salvaje. El tremendo frío de­primía al animal. Sabía que no era momento para `' viajar. El instinto le hablaba de una realidad más certera de lo que lo hacía con el hombre el juicio ' de éste.
En verdad, no se trataba sólo de una tempe­ratura un tanto inferior a los veinticinco bajo ce­ro; era inferior a los treinta y cinco, a los cuarenta `bajo cero. El perro nada sabía de termómetros. Tal vez en su cerebro no existiese una aguda concien­cia de una situación de intenso frío, como en el del hombre. Pero el animal poseía su instinto. Experi­mentaba una vaga pero amenazadora aprensión, que lo dominaba y lo hacia escurrirse tras las huellas del hombre, y lo hacía dudar con ansiedad respecto de cada uno de los movimientos injustificados de éste, como si esperase que acampase o buscara re­fugio en alguna parte, y encendiese un fuego. El pe­rro había aprendido a conocer el fuego, y lo quería, o bien hundirse bajo la nieve y acurrucar la tibieza de su cuerpo, hurtándola al aire.
La humedad helada de su aliento se le había ­posado en la piel, en un fino polvo de escarcha, y tenía blanqueados en especial las mandíbulas, el ho­cico y las pestañas con su aliento cristalizado. La barba y el bigote rojos del hombre también estaban escarchados, pero con más solidez, y el depósito adoptaba la forma de hielo, y aumentaba con cada aliento tibio y húmedo que exhalaba. Además, el hombre mascaba tabaco, y el bozal de hielo le apre­taba los labios con tanta fuerza, que le resultaba im­posible limpiarse la barbilla cuando expulsaba el ju­go. El resultado era una barba de cristal, del color y la solidez del ámbar, que aumentaba de longitud en su barbilla. Si caía, se quebraría, como un vidrio, en fragmentos. Pero el apéndice no le molestaba. Era el castigo de todos los que mascaban tabaco en la región, y ya había estado a la intemperie en otras dos rachas de frío. No fueron tan intensas como esa, pero por el termómetro de alcohol de Sesenta Millas sabía que habían registrado veintiocho y treinta y dos bajo cero.
Siguió durante varios kilómetros por el trecho llano de los bosques, cruzó una amplia llanura de montículos, y se dejó caer por una orilla hasta el le­cho helado de un arroyuelo. Era el Henderson, y sa­bía que se hallaba a quince kilómetros de la bifur­cación. Miró el reloj. Eran las diez. Hacía unos seis kilómetros y medio por hora, y calculaba que llega­ría a la bifurcación a las doce y media. Decidió ce­lebrar ese acontecimiento almorzando allí.
El perro volvió a seguir sus pasos, con un de­saliento de cola caída, mientras el hombre avanza­ba por el lecho del arroyo. El surco de la vieja sen­da de trineos se distinguía con claridad, pero trein­ta centímetros de nieve cubrían las marcas de los últimos patines. Hacía un mes que ningún hombre había recorrido el arroyo silencioso. El hombre con­tinuó sin detenerse. No era muy dado a las reflexio­nes, y en ese momento no tenía nada en que pensar, aparte de que almorzaría en la bifurcación y que a las seis se reuniría en el campamento con los mu­chachos. No había nadie con quien hablar; si lo hu­biera habido, la conversación habría sido imposible debido al bozal de hielo que le tapaba la boca. De manera que prosiguió mascando tabaco, monótona­mente, y aumentando la longitud de su barba am­barina.
De vez en cuando se le repetía el pensamiento de que hacía mucho frío, y que nunca lo había ex­perimentado tan fuerte. Mientras caminaba se fro­taba los pómulos y la nariz con el dorso de los mi­tones. Lo hacía de modo maquinal, y en ocasiones cambiaba de mano. Pero por más que frotaba, en cuanto dejaba de hacerlo se le entumecía el extre­mo de la nariz. Estaba seguro de las mejillas hela­das; lo sabía, y experimentó un poco de pena por no haber confeccionado un protector como el que usaba Bud durante las rachas de frío. El protector pasaba también por las mejillas, y las salvaba. Pe­ro en fin de cuentas, no importaba mucho. ¿Qué era un par de mejillas heladas? Un poco doloroso, y na­da más; nunca resultaba grave.
Aunque la mente del hombre estaba vacía de pensamientos, era un observador agudo, y advertía los cambios del arroyo, las curvas y revueltas, y los atascamientos de troncos, y siempre veía con clari­dad dónde ponía los pies. Una vez, al dar la vuelta a un recodo, respingó con brusquedad como un caba­llo asustado, describió una curva en torno del lugar por el cual venía caminando, y retrocedió varios pa­sos por la senda. El arroyo que conocía se había con­gelado hasta el fondo -arroyo alguno podía conte­ner agua en ese invierno ártico-, pero también sabía que había manantiales que burbujeaban por las laderas y corrían por debajo de la nieve, y sobre la capa de hielo del arroyo. Sabía que los fríos más in­tensos no congelaban esos manantiales, y asimismo conocía su peligrosidad. Eran trampas. Ocultaban estanques de agua bajo la nieve, que podían tener desde ocho centímetros hasta dos metros y medio de profundidad. A veces los cubría una película de hie­lo de un centímetro, de modo que cuando uno la atravesaba, seguía atravesándola durante un rato, mojándose a veces hasta la cintura.
Por eso había retrocedido con tanto pánico. Sin­tió que el suelo cedía bajo sus pies, y oyó el crujido de una piel de hielo oculta bajo la nieve. Y mojarse los pies en esa temperatura representaba problemas y peligro. Por lo menos significaba una demora, pues se vería obligado a detenerse y encender fuego, y ba­jo su protección descalzarse, mientras secaba los cal­cetines y los mocasines. Se detuvo y estudió el lecho del arroyo y sus orillas, y decidió que la corriente de agua venía de la derecha. Reflexionó un rato, se fro­tó la nariz y las mejillas, y luego contorneó hacia la izquierda, pisando con cautela y probando el suelo antes de dar un paso. Una vez fuera de peligro, mor­dió un nuevo trozo de tabaco y continuó con su rit­mo de seis kilómetros y medio por hora.
En las dos horas siguientes se topó con varias trampas similares. Por lo común, la nieve que cubría los estanques ocultos tenía un aspecto hundido, con­fitado, que anunciaba el peligro. Pero una vez más se salvó por un pelo: y en otra ocasión, suspicaz, obligó al perro a ir adelante. El perro no quería ir. Se demoró hasta que el hombre lo empujó, y luego cruzó con rapidez la extensión blanca, ininterrumpi­da. De pronto se hundió, forcejeó hacia un costado y se apartó hacia donde podía pisar con más firme­za. Se había mojado las patas delanteras, y casi en seguida el agua que se le pegaba a la piel se convir­tió en hielo. Hizo rápidos movimientos para lamér­selo, y luego se dejó caer en la nieve y se arrancó a mordiscos el hielo que se le había formado entre los dedos. Era un asunto de instinto. Permitir que el hielo siguiese allí significaría llagas en las patas. No lo sabía. No hacía otra cosa que obedecer a los misteriosos impulsos que nacían de las profundas criptas de su ser. Pero el hombre lo sabía, pues había llegado a un juicio al respecto, y se quitó el mitón de la mano derecha y ayudó a arrancar las partículas de hielo. No dejó al descubierto los dedos más de un minuto, y le asombró el veloz envaramiento que los atacó. Por cierto que hacía frío. Se puso el mitón a toda prisa, y se golpeó la mano contra el pecho, con salvaje energía.
A las doce el día estaba en su plena luminosi­dad. Pero el sol se encontraba demasiado lejos, al sur, en su viaje invernal, como para trasponer el ho­rizonte. La masa de la tierra se interponía entre él y el arroyo Henderson, donde un hombre caminaba bajo un cielo claro, al mediodía, y no proyectaba sombra.
A las doce y media en punto llegó a las bifur­caciones del arroyo. Le encantó la velocidad que había logrado. Si la mantenía, no cabía duda de que estaría con los muchachos a las seis. Se desabotonó el abrigo y la camisa, y sacó su almuerzo. La acción no consumió más de un cuarto de minuto, pero en ese breve momento el envaramiento se apoderó de los dedos descubiertos. No se puso el mitón, sino que dio a los dedos una docena de golpes fuertes contra los muslos. Luego se sentó, en un tronco cubierto de nieve, a comer. El hormigueo que siguió a los gol­pes de los dedos contra las piernas cesó tan de gol­pe, que se sobresaltó. No tuvo oportunidad de morder un bizcocho. Se golpeó los dedos varias veces y vol­vió a introducirlos en el mitón, a la vez que desnu­daba la otra mano para comer. Trató de tomar un bocado, pero el bozal de hielo se lo impidió. Había olvidado de encender fuego para derretirlo. Rió de su tontería, y mientras reía notó que el entumecimien­to le invadía los dedos expuestos al frío. Además advirtió que ya había pasado el hormigueo que le invadía los dedos de los pies cuando se sentó. Se pre­guntó si tenía los pies tibios o entumecidos. Los mo­vió dentro de los mocasines, y decidió que estaban entumecidos.
Se puso el mitón a toda prisa y se levantó. Es­taba un poco asustado. Bailoteó hasta que el hormi­gueo volvió a los pies. En verdad hacia frío, pensó.
El hombre de arroyo Sulphur había dicho la verdad cuando habló del frío que a veces llegaba a hacer en la región. ¡Y él se había reído en esa ocasión! Eso mostraba que no había que estar tan seguro de las cosas. No cabía duda, hacía frío. Se paseó de un lado a otro, pisando con fuerza y agitando los brazos, hasta que el retorno de la tibieza lo tranquilizó. Des­pués sacó fósforos y se dispuso a encender el fuego. Entre la maleza, donde la marea alta de la primave­ra anterior había depositado ramas estacionadas, consiguió su leña. Trabajó con cuidado, empezando de a poco, y pronto tuvo una hoguera rugiente, sobre la cual derritió el hielo de la cara y bajo cuya pro­tección comió los bizcochos. Por el momento, había vencido al frío del espacio. El perro se mostró satis­fecho con el fuego, y se tendió lo bastante cerca para estar tibio, y lo bastante lejos para no chamuscarse.
Cuando el hombre terminó, encendió la pipa y se concedió unos momentos de comodidad para fu­mar. Luego se calzó los mitones, se acomodó con fir­meza las orejeras y siguió la senda del arroyo hasta la confluencia de la izquierda. El perro se mostró desilusionado y ansioso de volver al fuego. Ese hom­bre no conocía el frío. Quizá todas las generaciones de sus antepasados habían ignorado el frío, el ver­dadero, el de cuarenta grados por debajo del punto de congelamiento. Pero el perro sabía; lo sabían todos sus antepasados, y él había heredado el cono­cimiento. Y sabía que no era bueno caminar con un frío tan temible. Era hora de acurrucarse en un ho­yo, en la nieve, y esperar a que una cortina de nubes cubriese la faz del espacio exterior, de donde llega­ba ese frío. Por otro lado, no existía intimidad entre el perro y el hombre. El uno era el esclavo del otro, y las únicas caricias que había recibido eran las del látigo y de los ásperos y furiosos sonidos de la gar­ganta, que amenazaban con el látigo. De forma que el perro no hizo esfuerzo alguno para comunicar su aprensión al hombre. No le preocupaba el bienestar de éste. Ansiaba volver al fuego por su propio bien. Pero el hombre silbó, y el perro se lanzó tras sus pisadas, y lo siguió.
El hombre mordió el tabaco y se dedicó a crear una nueva barba ambarina. Además, el aliento hú­medo le empolvó muy pronto de blanco los bigotes, las cejas y las pestañas. Parecía no haber tantos ma­nantiales en el afluente izquierdo del Henderson, y durante media hora el hombre no vio señales de nin­guno. Y entonces sucedió. En un lugar en que no existían indicios, donde la nieve blanda, ininterrum­pida, parecía anunciar la solidez de abajo, el hombre ­se hundió. No era profundo. Se mojó hasta la mitad de las pantorrillas, antes de subir, a los tropezones, a la costra firme.
Estaba encolerizado, y maldijo su suerte en voz alta. Había abrigado la esperanza de estar en el cam­pamento, con los muchachos, para las seis, y eso lo demoraría una hora, porque tendría que encender un fuego y secar su calzado. Ello resultaba imperativo a esa baja temperatura; eso lo sabía; y se volvió hacia la orilla, a la cual trepó. Arriba, enredado en la maleza que rodeaba los troncos de varios abetos pequeños, se veía un depósito de leña seca, formado por la marea alta: varitas y ramas, ante todo, pero también grandes porciones de ramas grandes, esta­cionadas, y finas hierbas secas del año pasado. Arro­jó varios trozos grandes sobre la nieve. Eso servía como base y evitaba que la llama recién nacida se apagase en la nieve que de lo contrario fundiría. La llama la consiguió acercando un fósforo a un redu­cido trozo de corteza de abedul que sacó del bolsillo. Ardía con más facilidad que el papel. Lo depositó sobre la base y alimentó la llamita con mechones de hierbas secas y con las ramitas más delgadas.
Trabajó con lentitud y cuidado, con aguda con­ciencia de su peligro. Poco a poco, a medida que la llama se fortalecía, aumentó el tamaño de las ramas con que la alimentaba. Acuclillado en la nieve, arran­caba las ramas de la maraña de la maleza, y las in­troducía directamente en la llama. Sabía que no debía fracasar. Cuando hace más de cuarenta bajo cero, un hombre no debe fallar en su primer intento de encender un fuego... es decir, si tiene los pies mojados. Si los tiene secos y fracasa, puede correr por la senda un poco menos de un kilómetro, y restablecer la circulación. Pero la circulación de pies fríos y mojados no puede restablecerse corriendo, cuando la temperatura es de más de cuarenta gra­dos bajo cero. Por mucho que corra, los pies se con­gelarán aun más.
Todo eso, el hombre lo sabía. El veterano de arroyo Sulphur le había hablado acerca de ello el otoño anterior, y ahora apreciaba el consejo. Ya había desaparecido toda sensibilidad de sus pies. Para encender el fuego tuvo que quitarse los mito­nes, y los dedos se le entumecieron en seguida. Su ritmo de seis kilómetros y medio por hora mantuvo el corazón bombeando sangre a la superficie del cuer­po y a todas las extremidades. Pero en cuanto se detuvo, la acción de la bomba disminuyó. El frío del espacio caía sobre la punta desprotegida del planeta, y él, que se encontraba en esa punta, recibía toda la fuerza del golpe. La sangre del cuerpo retrocedió ante el impacto. La sangre estaba viva, como el pe­rro, y como el perro quería ocultarse y protegerse del temible frío. Mientras caminaba más de seis ki­lómetros por hora, bombeaba la sangre, lo quisiera o no, a la superficie; pero ahora se retiró y se hun­dió en las cavidades de su cuerpo. Las extremidades fueron las primeras en sentir su ausencia. Los pies mojados se le helaron con mayor rapidez, y los de­dos desnudos se le entumecieron con mayor rapidez, aunque aún no habían comenzado a congelarse. La nariz y las mejillas ya se congelaban, en tanto que la piel de todo el cuerpo se le enfriaba a medida que perdía su sangre.
Pero se encontraba a salvo. Los dedos de los pies y la nariz y las mejillas sólo serían rozados por el congelamiento, porque el fuego comenzaba a arder con fuerza. Lo alimentaba con ramas del tamaño de su dedo. Un minuto más, y podría alimentarlo con ramas del diámetro de la muñeca, y entonces se sa­caría zapatos y calcetines, y mientras se secaban mantendría los pies calientes junto al fuego, es cla­ro que frotándolos primero con nieve. El fuego era un éxito. Estaba salvado. Recordó el consejo del ve­terano de arroyo Sulphur, y sonrió. El veterano habló con suma seriedad cuando explicó la ley de que hom­bre alguno debía viajar por el Klondike con una tem­peratura inferior a veinticinco bajo cero. Bien, ahí estaba él; estaba solo; y se había salvado. Esos veteranos eran un poco afeminados, por lo menos algunos, pensó. Lo único que había que hacer era conservar la calma, y no pasaba nada. Cualquier hombre que fuese hombre podía viajar solo. Pero re­sultaba sorprendente la velocidad con que se conge­laban las mejillas y la nariz. Y no había pensado que los dedos pudieran volvérsele inertes en tan poco tiempo. Los tenía inertes, pues apenas lograba ha­cerlos moverse juntos para tomar una rama, y pa­recían muy alejados de su cuerpo, y de él. Cuando tocaba una rama, tenía que mirarla para ver si la aferraba o no. Los cables se encontraban cortados, entre él y los dedos.
Todo lo cual tenía poca importancia. Estaba el fuego, que crepitaba y chisporroteaba y prometía vi­da con cada una de las llamas danzarinas. Empezó a desatarse los mocasines. Se hallaban cubiertos de hielo; los gruesos calcetines alemanes eran como fun­das de hierro hasta la mitad de las pantorrillas; y los cordones de los mocasines parecían varillas de acero, retorcidas y anudadas como por alguna confla­gración. Durante un momento tironeó con los dedos entumecidos; luego, al darse cuenta de la locura, extrajo su cuchillo de caza.
Pero todo ocurrió antes que pudiera sacarlo. La culpa era suya, o más bien el error. No habría debido encender el fuego debajo del abeto. Más bien al raso. Pero le resultaba más fácil tirar de las ramas enre­dadas en la maleza y dejarlas caer en el fuego. Ahora bien, el árbol debajo del cual lo encendió soportaba una carga de nieve en las ramas. Hacía semanas que no soplaba viento, y cada rama estaba muy cargada. Cada vez que extraía una ramita, comunicaba una leve agitación al árbol... una agitación impercep­tible en lo que a él se refería, pero suficiente para provocar el desastre. Muy arriba, en el árbol, una rama volcó su cargamento de nieve. Cayó sobre las ramas de abajo, volcándolas a su vez. El proceso continuó, extendiéndose y abarcando a todo el árbol. Creció como un alud y descendió sin previo aviso so­bre el hombre y el fuego, ¡y el fuego se extinguió! Donde antes ardía, ahora se veía un manto de nieve fresca, desordenada.
El hombre se sacudió. Era como si acabara de escuchar su sentencia de muerte. Durante un momen­to permaneció sentado, y contempló el lugar en que antes ardía el fuego. Después se puso muy calmo. Tal vez el veterano de arroyo Sulphur tuviese razón. Si sólo tuviese un compañero de senda, no correría peligro ahora. El compañero podría encender el fue­go. Bien, corría por su cuenta volver a encenderlo, y esta segunda vez no podía ser un fracaso. Y aunque lograse éxito, lo más probable era que perdiese algu­nos dedos de los pies. Sus pies debían de estar muy congelados ya, y pasaría algún tiempo antes que el segundo fuego quedase encendido.
Tales eran sus pensamientos, pero no se sentó a pensarlos. Estaba atareado mientras le cruzaban por el cerebro. Estableció una nueva base para el fuego, esta vez al aire libre, donde ningún árbol traicionero pudiese apagarlo. Luego recogió hierbas secas y mi­núsculas ramitas de la resaca de la marea alta. No podía unir los dedos para arrancarlas, pero consiguió recogerlas de a puñados. De esa manera reunió muchas ramas podridas y trozos de musgo verde, indeseable, pero era lo mejor que podía hacer. Trabajaba en for­ma metódica, e inclusive tomaba brazados de ramas más grandes para usarlas después, cuando el fuego cobrase fuerza. Y entretanto el perro, sentado, lo mi­raba, con cierta ansiosa avidez en la mirada, pues lo consideraba el proveedor del fuego, y éste tardaba en llegar.
Cuando todo estuvo listo, el hombre metió la ma­no en el bolsillo para tomar un segundo trozo de cor­teza de abedul. Sabía que estaba allí, y aunque no la sentía con los dedos, oía su crujido mientras la ma­noseaba. Por más que se esforzó, no pudo agarrarla. Y mientras tanto tenía en la conciencia la certeza de que a cada instante se le congelaban los pies. Ese pen­samiento tendió a llevarlo al pánico, pero luchó con­tra él y se mantuvo sereno. Se calzó los mitones con los dientes, y agitó los brazos de atrás hacia ade­lante, a la vez que se golpeaba las manos con toda su fuerza contra los costados. Lo hizo sentado, y se puso de pie para seguir haciéndolo; y el perro con­tinuaba sentado en la nieve, sus agudas orejas de lobo apuntadas hacia adelante, en tanto que obser­vaba al hombre. Y éste, mientras se golpeaba y agi­taba las manos y los brazos, sintió una gran oleada de envidia cuando miró a la criatura, tibia y segura en su protección natural.
Al cabo de un rato experimentó las primeras se­ñales lejanas de sensibilidad en los dedos aporrea­dos. El leve hormigueo creció, hasta que se convirtió en un dolor taladrante e insoportable, pero el hom­bre lo recibió con satisfacción. Se arrancó el mitón de la mano derecha y buscó la corteza de abedul. Los dedos desnudos se entumecían de nuevo, con rapidez. Luego extrajo su puñado de fósforos de azufre. Pero el tremendo frío ya había ahuyentado la vida de sus dedos. En su esfuerzo por separar un fósforo de los otros, todo el puñado cayó a la nieve. Trató de reco­gerlo, pero fracasó. Los dedos muertos no podían to­car ni agarrar. Tuvo sumo cuidado. Expulsó de la mente el pensamiento de los pies, la nariz y las me­jillas congelados, y concentró toda el alma en los fós­foros. Miró, usó el sentido de la visión en lugar del tacto, y cuando vio los dedos a cada lado del pu­ñado los cerró... es decir, les ordenó que se cerra­sen, porque los cables estaban cortados, y los dedos no obedecieron. Se quitó el mitón de la mano dere­cha y la golpeó con ferocidad contra la rodilla. Lue­go, con las dos manos cubiertas por los mitones, re­cogió el puñado de fósforos, junto con mucha nieve, y lo depositó en su regazo. Pero su situación no era mejor que antes.
Después de algunas manipulaciones, consiguió apretar el puñado entre los talones de las manos en­guantadas. De ese modo se lo llevó a la boca. El hielo se resquebrajó y chasqueó cuando la abrió con un violento esfuerzo. Retrajo la mandíbula inferior, en­corvó hacia la nariz el labio superior, para sacarlo del paso, y frotó el puñado con los dientes de arriba para separar un fósforo. Consiguió apartar uno, que dejó caer en su regazo. No estaba en mejor situación. No podía recogerlo. Entonces ideó una manera. Lo to­mó con los dientes y se lo frotó en la pierna. Lo fro­tó veinte veces antes de conseguir encenderlo. Cuando llameó, lo acercó con los dientes a la corteza de abe­dul. Pero el azufre ardiente se le metió en las fosas nasales y en los pulmones, y lo hizo toser en forma espasmódica. El fósforo cayó a la nieve y se apagó.
El veterano de arroyo Sulphur tenía razón, pen­só en el momento de desesperación dominada que si­guió: por debajo de veinticinco bajo cero, un hombre debía viajar con un compañero. Se golpeó las manos, pero no logró arrancarles sensación alguna. De pron­to se desnudó las dos manos, sacándose los mitones con los dientes. Tomó todo el puñado entre los talo­nes de las manos. Como los músculos de los brazos no se encontraban helados, le permitieron apretar las manos con fuerza contra los fósforos. Entonces se frotó el puñado en la pierna. ¡Estalló en llamas, se­tenta fósforos de azufre a la vez! No había viento que los apagara. Mantuvo la cabeza vuelta a un cos­tado, para escapar a los humos asfixiantes, y acercó el manojo llameante a la corteza de abedul. Mientras lo hacía, tuvo conciencia de la sensación de su mano. Se le quemaba la carne. Podía olerla. Y la sentía muy por debajo de la superficie. La sensación se convirtió en un dolor que se agudizó. Y continuó so­portándola, pegando, con torpeza, la llama de los fós­foros a la corteza que no quería encenderse, porque sus propias manos quemadas se interponían y absor­bían la mayor parte de la llama.
Al cabo, cuando no pudo soportar más, apartó las manos con brusquedad. Los fósforos encendidos cayeron siseando a la nieve, pero la corteza estaba encendida. Se dedicó a poner hierbas secas y las ra­mitas más delgadas sobre la llama. No podía elegir mucho, pues debía levantar el combustible entre los talones de las manos. Trocitos de madera podrida y de musgo verde se aferraban a las ramitas, y los se­paró como pudo, con los dientes. Atesoró la llama con cuidado y torpeza. Representaba la vida, y no de­bía extinguirse. La retirada de la sangre de la su­perficie del cuerpo lo hizo comenzar a temblar, y se volvió más torpe. Un trozo grande de musgo verde cayó de lleno sobre el reducido fuego. Trató de qui­tarlo con los dedos, pero los estremecimientos lo hicieron hurgar demasiado lejos, y desmoronó el nú­cleo del fuego, y las hierbas y diminutas ramitas ar­dientes se dispersaron por separado. Trató de empu­jarlas y reunirlas de nuevo, pero a pesar de la tensión del esfuerzo, los temblores lo dominaron y la disper­sión se mantuvo sin remedio. Cada ramita emitió una bocanada de humo y se apagó. El proveedor del fue­go había fracasado. Mientras miraba, apático, en de­rredor, su mirada cayó por casualidad en el perro, sentado al otro lado de las ruinas del fuego, enfrente de él, en la nieve; hacía movimientos inquietos, le­vantaba apenas una pata delantera, y luego la otra, trasladaba el peso de su cuerpo de una a otra de ellas, con ansiosa avidez.
La visión del perro le metió una alocada idea en la cabeza. Recordó el relato de un hombre atrapado en una tormenta, quien mató a un ciervo y se metió dentro del cadáver, y así se salvó. Podía matar al perro y hundir las manos en el cuerpo tibio, hasta que se les fuera el envaramiento. Y entonces encen­dería otro fuego.
Habló al perro; lo llamó. Pero en su voz había una extraña nota de temor, que asustó al animal, el cual nunca había oído al hombre hablar de esa manera. Algo sucedía, y su naturaleza suspicaz pre­sintió el peligro... no sabía cuál, pero de alguna manera, quién sabe cómo, en su cerebro surgió una aprensión contra el hombre. Acható las orejas al sonido de la voz de éste, y sus movimientos inquie­tos, y la elevación y desplazamiento de las patas delanteras, se volvieron más pronunciados; pero no fue hacia el hombre. Éste se puso de manos y rodi­llas, y se arrastró hacia el perro. Esa postura poco común volvió a despertar sospechas, y el animal se escurrió de costado, con pasitos menudos.
El hombre se sentó en la nieve durante un mo­mento y luchó por recuperar la calma. Luego se sacó los mitones por medio de los dientes, y se puso de pie. Primero miró hacia abajo, para cerciorarse de que en verdad se encontraba sobre sus pies, pues la falta de sensación en éstos cortaba sus relaciones con la tierra. Su posición erguida, por sí misma, empezó a disipar las telas de araña de la sospecha de la men­te del perro; y cuando le habló en tono perentorio, con el sonido de los latigazos en la voz, el perro exhi­bió su habitual fidelidad y fue hacia él. Cuando es­tuvo cerca, el hombre perdió el dominio. Sus brazos se dispararon hacia el animal, y experimentó una auténtica sorpresa al descubrir que sus manos no podían apretar, que no había fuerza ni sensación en sus dedos. Por un momento había olvidado que los tenía helados, y que se helaban cada vez más. Todo ello ocurrió con rapidez, y antes que el animal pudie­se huir, el hombre le rodeó el cuerpo con los brazos.
Se sentó en la nieve, y de ese modo sostuvo al perro, que aullaba y gemía y forcejeaba.
Pero eso era lo único que podía hacer, rodearle el cuerpo con los brazos y seguir sentado. Se dio cuenta de que no podía matarlo. No había forma de hacerlo. Con sus manos inútiles no podría sacar ni sostener el cuchillo, ni estrangular al animal. Lo sol­tó, y éste huyó enloquecido, la cola entre las piernas, y aún aullando. Se detuvo a unos diez metros y lo contempló con curiosidad, con las orejas apuntadas hacia adelante.
El hombre se miró las manos para ubicarlas, y las encontró colgando al extremo de los brazos. Le resultó curioso que hubiera que usar los ojos para ver dónde tenía las manos. Se puso a agitar los bra­zos, a golpearse las manos enguantadas contra los costados. Lo hizo durante cinco minutos, con violen­cia, y el corazón bombeó suficiente sangre hacia la superficie como para detener sus temblores. Pero en las manos no surgió sensación alguna. Tuvo la im­presión de que le colgaban como pesos de los brazos, pero cuando trató de localizar la impresión, había desaparecido.
Lo acometió cierto temor a la muerte, borroso y opresivo. El temor se hizo muy pronto punzante, cuando se dio cuenta de que ya no se trataba del simple asunto de helarse los dedos de las manos y los pies, o de perder unas y otros, sino que era un asunto de vida o muerte, y que las posibilidades estaban con­tra él. Ello lo llenó de pánico, y se volvió y corrió por el lecho del arroyo, a lo largo de la vieja senda. El perro lo siguió y se mantuvo a sus espaldas. Corría como un ciego, sin intención, con un temor tal, como jamás lo había experimentado en la vida. Poco a po­co, mientras se arrastraba y trastabillaba sobre la nieve, empezó a ver otra vez las cosas: las orillas del arroyo, los antiguos atascamientos de troncos, los álamos temblones sin hojas, y el cielo. La carrera lo hizo sentirse mejor. No temblaba. Tal vez, si seguía corriendo, los pies se le descongelarían; y de todos modos, si conseguía correr lo suficiente, llegaría al campamento y a los muchachos. Sin duda perdería algunos dedos de las manos y los pies, y parte de la cara; pero los muchachos se ocuparían de él y sal­varían el resto, cuando llegara. Y al mismo tiempo había otro pensamiento en su mente, que le decía que nunca llegaría al campamento, con los muchachos; que quedaba a demasiados kilómetros, que el congela­miento le llevaba demasiada delantera, y que muy pronto estaría rígido y muerto. Mantuvo ese pensa­miento en segundo plano, y se negó a considerarlo.
A veces empujaba hacia adelante y exigía que se lo escuchara, pero él lo rechazaba de nuevo hacia atrás y luchaba por pensar en otras cosas.
Le pareció curioso que pudiera correr con pies tan congelados, que no los sentía cuando golpeaban la tierra y sostenían el peso de su cuerpo. Tuvo la impresión de rozar la superficie y de no tener con­tacto con la tierra. En alguna parte, una vez, vio un Mercurio alado, y se preguntó si Mercurio sentía co­mo él, cuando rozaba la tierra.
Su teoría de correr hasta llegar al campamento y a los muchachos adolecía de un defecto: le faltaba la resistencia necesaria. Varias veces tropezó, y al final trastabilló, se desmoronó y cayó. Debía sentar­se a descansar, decidió, y después caminaría y segui­ría caminando. Cuando se sentó y recobró el aliento, notó que se sentía bastante tibio y cómodo. No tem­blaba, e inclusive le parecía que un cálido resplandor le inundaba el pecho y el tronco. Y sin embargo, cuan­do se tocaba la nariz o las mejillas, no había sensa­ción. La carrera no las descongelaría. Y tampoco a las manos y los pies. Y entonces se le ocurrió el pen­samiento de que las partes heladas del cuerpo debían de estar extendiéndose. Trató de alejar el pensamien­to, de olvidarlo, de pensar en otra cosa; tuvo concien­cia de la sensación de pánico que ello había provoca­do, y el pánico lo asustó. Pero el pensamiento se afir­mó, persistió, hasta producir una visión de su cuer­po helado por completo. Eso era demasiado, e hizo otra carrera alocada por la senda. Una vez aminoró la marcha y caminó, pero la idea del congelamiento que se extendía lo hizo correr de nuevo.
Y siempre el perro lo seguía, pegado a sus talo­nes. Cuando cayó por segunda vez, enroscó la cola sobre las patas delanteras y se sentó delante de él, mirándolo, curiosamente ansioso y atento. La tibie­za y seguridad del animal lo enfurecieron, y lo mal­dijo hasta que acható las orejas, apaciguador. Esa vez los temblores invadieron más pronto al hombre. Perdía su batalla con la helada. Se le insinuaba en el cuerpo por todos lados. El pensamiento lo impulsó hacia adelante, pero no corrió más de treinta metros, y trastabilló y cayó de cabeza. Fue su último pánico. Cuando recobró la respiración y el dominio, se sentó y se formó en la mente la idea de recibir la muerte con dignidad. Pero la concepción no le llegó en tales términos. Su idea al respecto era que se había com­portado como un tonto, corrido como una gallina con la cabeza cortada... tal fue el símil que se le ocu­rrió. Bien, de cualquier manera se congelaría, y tan­to daba aceptarlo con decencia. Con esa nueva paz del espíritu llegaron los primeros atisbos de soño­lencia. Una buena idea, pensó, morir durmiendo. Era como tomar un anestésico. Congelarse no era tan malo como creía la gente. Había maneras mucho peo­res de morir.
Se imaginó a los muchachos que hallaban su cadáver al día siguiente. De pronto se encontró con ellos, llegando por la senda y buscándose a sí mismo. Y todavía con ellos, dio la vuelta a un recodo de la senda y se vio echado en la nieve. Ya no se pertene­cía, pues en ese momento estaba fuera de sí, de pie con los muchachos, mirándose, echado en la nieve. Por cierto que hacía frío, pensó. Cuando volviera a Estados Unidos podría decirle a la gente qué era un frío de verdad. De eso pasó a una visión del veterano de arroyo Sulphur. Lo veía con toda claridad, cómo­do, abrigado y fumando una pipa.
-Tenía razón, caballo viejo; tenía razón -le masculló el hombre al veterano de arroyo Sulphur.
Entonces el hombre cayó en lo que le pareció el sueño más agradable y satisfactorio que nunca co­noció. El perro continuaba sentado frente a él, y es­peraba. El breve día terminaba en un largo y lento ocaso. No había señales de un fuego por hacer, y además, en la experiencia del perro, nunca supo que un hombre se sentara en la nieve de ese modo, y no encendiese un fuego. A medida que el ocaso avan­zaba, su ansiedad por el fuego lo dominó, y con gran elevación y desplazamiento de las patas delanteras, gimió con suavidad y en seguida acható las orejas, antes que el hombre lo regañara. Pero el hombre guardaba silencio. Más tarde el perro gimió con más fuerza. Y más tarde aun se arrastró hacia el hombre y percibió el aroma de la muerte. Eso hizo que el animal se erizara y retrocediese. Se demoró un poco más, aullando bajo las estrellas que saltaban y bai­laban y resplandecían, brillantes, en el cielo frío. Luego se volvió y trotó senda arriba, en dirección del campamento que conocía, donde había otros provee­dores de alimentos y de fuego.


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