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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 12 de mayo de 2011

Un Trozo de carne Jack London




Un Trozo de carne
Jack London





Con el último fragmento de pan, Tom King lim­pió su plato de la última partícula de salsa de harina y mascó el bocado resultante, en forma lenta y me­ditativa. Cuando se levantó de la mesa, lo oprimía la sensación de estar indudablemente hambriento. Y sin embargo, sólo él había comido. Los dos niños de la otra habitación fueron enviados temprano a la ca­ma, para que en el sueño olvidasen que habían que­dado sin cenar. Su esposa no tocó un bocado, y per­maneció sentada en silencio, mirándolo con ojos so­lícitos. Era una mujer delgada, gastada, de la clase obrera, aunque no faltaban en su rostro las señales de una belleza anterior. La harina para la salsa la había pedido prestada a una vecina del otro lado del corredor. Los últimos dos medios peniques fueron destinados a comprar pan.
Él se sentó junto a la ventana, en una silla vaci­lante, que protestó bajo su peso, y en forma maqui­nal se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo lateral de la chaqueta. Sus movimientos eran lentos, casi pesados, como si lo aplastara la enorme carga de sus músculos. Era un hombre de cuerpo sólido, de aspecto estólido, y su apariencia no adolecía de excesivos atractivos. Sus ropas toscas eran viejas y le caían mal. Las capelladas de los za­patos eran demasiado débiles para aguantar la grue­sa suela, que a su vez era de fecha muy reciente. Y su camisa de algodón, una prenda barata, de dos chelines, mostraba el cuello deshilachado e inelimi­nables manchas de pintura.
Pero la cara de Tom King era la que anunciaba en forma inconfundible lo que era el hombre. Era el rostro de un típico pugilista; de quien había dedica­do largos años de servicio al cuadrilátero y, por ese medio, desarrollado y acentuado todas las marcas del animal combatiente. Era, con toda claridad, un sem­blante sombrío, y para que ninguna de sus facciones dejase de ser percibida, afeitado por completo. Los la­bios eran informes, y formaban una boca dura al má­ximo, como una herida en la cara. La mandíbula, agresiva, brutal, pesada. Los ojos, lentos de movi­mientos y de párpados cargados, casi inexpresivos bajo las peludas cejas fruncidas. Como animal que era, los ojos constituían el rasgo más animal de su cara. Parecían soñolientos, aleonados, los ojos de un felino carnicero. La frente se sesgaba con rapidez hacia el cabello, que, cortado al rape, mostraba con claridad cada uno de los bultos de la cabeza desagra­dable. Una nariz, dos veces quebrada y modelada de distintas formas por incontables golpes, y una oreja arrepollada, siempre hinchada y deformada hasta te­ner el doble de su tamaño, completaba su adorno, en tanto que la barba, si bien recién afeitada, brotaba en la piel y manchaba la cara de color azul-negro.
En conjunto, era la cara de un hombre temible en una calleja oscura o un lugar solitario. Y sin em­bargo Tom King no era un criminal, ni jamás había hecho nada criminal. Aparte de las riñas, comunes en su esfera social, nunca hizo daño a nadie. Ni se sabía que buscara pendencias. Era un profesional, y toda su brutalidad combativa estaba reservada para sus presentaciones profesionales. Fuera del cuadrilá­tero era lento, bonachón, y en sus días de juventud, cuando el dinero abundaba, demasiado generoso para su propio bien. No guardaba rencores, y tenía pocos enemigos. Para él, el pugilismo era un negocio. En el cuadrilátero golpeaba para herir, para mutilar, para destruir, pero no había maldad en ello. Era un sim­ple asunto de negocios. El público se reunía y paga­ba por el espectáculo de hombres que se aporrea­ban. Cuando Tom King enfrentó al Rompehuesos Woolloomoolloo, veinte años antes, sabía que la man­díbula del Rompehuesos se había curado hacía ape­nas cuatro meses, después de ser fracturada en un encuentro en Newcastle. Y se dedicó a esa mandíbula y volvió a fracturarla en la novena vuelta, no porque le tuviese mala voluntad al Rompehuesos, sino por­que era la manera más segura de derribarlo y ganar la bolsa. Tampoco el Rompehuesos le guardó rencor por ello. Era el juego, y los dos lo conocían y lo ju­gaban.
Tom King nunca fue muy parlanchín, y perma­neció sentado ante la ventana, en un silencio hosco, mirándose las manos. Las venas se destacaban en el dorso de éstas, grandes e hinchadas; y los nudillos, aplastados y aporreados y deformados, atestiguaban el uso que se les había dado. Jamás supo que la vida de un hombre era la vida de sus arterias, pero cono­cía muy bien el significado de esas venas grandes, sobresalientes. El corazón había bombeado mucha sangre a través de ellas, a toda presión. Ya no tra­bajaban. Les había quitado la elasticidad, y con su aflojamiento llegó el final de su resistencia. Ahora se cansaba con facilidad. Ya no podía hacer veinte vueltas veloces, violentas, pelear, pelear, pelear, de campana a campana, con feroz intercambio sobre fe­roz intercambio de golpes, empujado hacia las cuer­das y empujando a su vez, hacia las cuerdas, a su contrincante, y golpeando con mayor ferocidad y ve­locidad en la última vuelta, la vigésima, con el salón de pie y vociferando, precipitándose, golpeando, es­quivando, recibiendo lluvias de golpes sobre lluvias de golpes, y el corazón siempre fiel, bombeando la poderosa sangre por las venas correspondientes. Las venas, hinchadas por el momento, volvían siempre a su estado normal, aunque no del todo-, cada vez, al principio en forma imperceptible, quedaban un poco más grandes que antes. Las miró, y se miró los nu­dillos magullados, y por un momento percibió la vi­sión de la juvenil excelencia de aquellas manos, an­tes que el primer nudillo se aplastara en la cabeza de Benny Jones, conocido como el Terror Galés.
Retornó a él la impresión de su hambre.
-Maldición, ¡cómo me gustaría un trozo de car­ne! -masculló en voz alta, apretando los enormes puños y escupiendo un juramento ahogado.
-Probé en lo de Burke y en lo de Sawley -di­jo su esposa, casi con tono de disculpa.
-¿Y no quisieron? -preguntó él.
-Ni medio penique. Burke dijo... -Vaciló.
-¡Adelante! ¿Qué dijo?
-Que pensaba que Sandel te vencería esta no­che, y que tu puntaje no es tan grande como era.
Tom King gruñó, pero no respondió. Estaba ocu­pado, pensando en el perro, mezcla de terrier y bull­dog, que tenía en su juventud, y a quien alimentaba con una interminable serie de biftecs. Burke le ha­bría dado crédito por mil biftecs... en esos tiempos. Pero la época había cambiado. Tom King envejecía; y los viejos, que peleaban en clubes de segunda ca­tegoría, no podían abrigar la esperanza de tener cuen­tas abiertas en los comercios.
Por la mañana se había levantado con ansias de un trozo de carne, y el ansia no disminuía. No tenía un adiestramiento adecuado para esa pelea. Era un año de sequía en Australia, los tiempos eran du­ro, y resultaba difícil encontrar siquiera el trabajo más irregular. No tuvo sparring, y su alimentación no era la mejor, ni siempre la suficiente. Trabajó unos cuantos días de peón, cuando le fue posible, y por la mañana temprano corría alrededor del Domain, para mantener las piernas en forma. Pero era difícil adiestrarse sin un compañero, y con esposa y dos hi­jos que alimentar. El crédito en los comercios había experimentado una expansión muy leve cuando le concertaron la pelea con Sandel. El secretario del Club Gaiety le adelantó tres esterlinas -la parte del perdedor, de la bolsa- y se negó a ir más allá. De vez en cuando conseguía prestados unos chelines de viejos amigos, quienes le habrían prestado más, só­lo que era un año de sequía y ellos mismos la pasa­ban mal. No -era inútil disimular el hecho-, su adiestramiento no había sido satisfactorio. Habría de­bido tener mejor alimentación y ninguna preocupa­ción. Además, cuando uno tiene cuarenta años, re­sulta más difícil ponerse en estado, que cuando tie­ne veinte.
-¿Qué hora es, Lizzie? -inquirió.
Su esposa cruzó el vestíbulo para averiguarlo, y regresó.
-Las ocho menos cuarto.
-Dentro de pocos minutos empezarán el pri­mer encuentro -dijo-. Apenas una prueba. Des­pués hay una exhibición de cuatro vueltas entre Dea­ler Wells y Gridley, y una pelea de diez entre Star­light y no sé qué marinero. Yo no entro hasta den­tro de una hora.
Luego de otros diez minutos de silencio, se pu­so de pie.
-La verdad, Lizzie, es que no he tenido el adies­tramiento adecuado.
Tomó el sombrero y se dirigió hacia la puerta. No se ofreció a besarla -nunca lo hacía cuando sa­lía-, pero esa noche ella se atrevió a besarlo a él; le echó los brazos al cuello y lo obligó a inclinarse hasta su rostro. Parecía muy pequeña contra el cuer­po macizo del hombre.
-Buena suerte, Tom -dijo-. Tienes que vol­tearlo.
-Sí, tengo que voltearlo -repitió él-. Nada más que eso. Sólo debo voltearlo.
Rió, en un intento de cordialidad, en tanto que ella se apretaba más contra él. Por sobre los hombros de Lizzie, él miró la habitación desnuda. Era lo úni­co que tenía en el mundo, y el alquiler vencido, y ella y los chicos. Y lo abandonaba para hundirse en la noche, para conseguir carne para su pareja y sus ca­chorros... no como un trabajador moderno que va hacia la tortura de su máquina, sino en la forma pri­mitiva, antigua, regia, animal, a pelear por ello.
-Tengo que voltearlo -repitió, esta vez con un atisbo de desesperación en la voz-. Si gano, son treinta esterlinas... y puedo pagar todo lo que de­bo, y quedará bastante dinero de sobra. Si pierdo, no recibo nada, ni siquiera un penique para el viaje a casa en tranvía. El secretario me dio todo lo que me correspondería como perdedor. Adiós, vieja. Si ga­no, volveré directamente a casa.
-Y yo te esperaré -le gritó ella en el vestí­bulo.
Eran más de tres kilómetros hasta el Gaiety, y mientras caminaba recordaba que en sus días de triunfo -en una ocasión fue el campeón de peso pe­sado de Nueva Gales del Sur- habría tomado un ta­xi para ir a la pelea, y que lo más probable era que un fuerte apostador pagara el taxi y viajase con él. Estaban Tommy Burns y ese yanqui, Jack Johnson: viajaban en coche. ¡Y él caminaba! Y como lo sabia cualquiera, tres kilómetros pesados no son el mejor preliminar para una pelea. Era un viejo, y el mundo no trataba bien a los viejos. Ahora era un inútil, sal­vo para los trabajos de peón, y su nariz quebrada y la oreja arrepollada estaban en contra de él, inclusi­ve en eso. Se sorprendió deseando haber aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo dijo, y en el fondo del corazón sabía que no ha­bría prestado atención, aunque se lo hubiesen dicho. Todo fue tan fácil. Mucho dinero -peleas recias, gloriosas-, periodos de descanso y holganza entre una y otra, un séquito de ávidos adulones, las palma­das en la espalda, los apretones de manos, los peti­metres satisfechos de pagarle un trago por el privi­legio de cinco minutos de conversación... y la glo­ria de todo aquello, los vítores del público, el torbe­llino del final, el "¡Gana King!" del árbitro, y su nombre en la columna de deportes, al día siguiente.
¡Esos eran tiempos! Pero ahora se daba cuenta, a su manera, lenta y rumiante, que se la había pa­sado eliminando a los viejos. Él era la juventud en ascenso, y ellos la Vejez que se hundía. No era ex­traño que hubiese sido tan fácil. . . ellos, con las ve­nas hinchadas y los nudillos machucados, y cansa­dos hasta los huesos de las largas batallas que ya llevaban entabladas. Recordó la época en que tumbó a Stowsher Bill en Rush-Cutters Bay, en la decimoc­tava vuelta, y cómo el viejo Bill lloró después en el camarín, como un niño. Quizás el alquiler del viejo Bill estaba vencido. Tal vez tenía una esposa y un par de chicos en casa. Y era posible que, el mismo día del encuentro, Bill hubiese tenido deseos de co­mer un trozo de carne. Bill combatió con valentía, y absorbió un increíble castigo. Ahora se daba cuenta, después de pasar él mismo por todo aquello, que Stowsher Bill peleó por un premio más importante, aquella noche, veinte años atrás, que el joven Tom King, quien luchaba por la gloria y el dinero fácil.
No era extraño que después Stowsher Bill llorase en el camarín.
Bueno, uno tenía determinada cantidad de pe­leas adentro, por empezar. Era la férrea ley del jue­go. Uno podía tener cien duras peleas adentro, otro só­lo veinte; cada uno según su contextura y la calidad de su fibra, tenía una cantidad definida, y después de concluidas, estaba terminado. Sí, él tuvo más pe­leas adentro que la mayoría, y destinó más de lo que le correspondía a los difíciles, horribles combates, del tipo de los que forzaban el corazón y los pulmones hasta hacerlos estallar, que quitaban la elasticidad a las arterias y hacían de la fácil flexibilidad de la ju­ventud duros nudos de músculos, que desgastaban los nervios y la resistencia y extenuaban el cerebro y los huesos por el exceso de esfuerzo y la resisten­cia desmedida. Sí, se las arregló mejor que todos ellos. No quedaba ninguno de sus antiguos rivales. Él era el último de la vieja guardia. Los había visto a todos terminados, y él participó en la terminación de algunos.
Lo probaron contra los viejos, y los derribó, uno tras otro... y rió cuando, como el viejo Stowsher Bill, lloraban en el camarín. Y ahora también él era un viejo, y probaban a los jóvenes con él. Ahí esta­ba ese tipo, Sandel. Llegaba de Nueva Zelandia, con buenos antecedentes. Pero en Australia nadie sabía nada de él, de manera que lo enfrentaban al viejo Tom King. Si Sandel hacía una buena exhibición, le buscarían mejores peleas, con mayores bolsas que ga­nar; de modo que era casi seguro que presentaría un feroz combate. Con ello tendría todo por ganar: di­nero y gloria y una carrera; y Tom King era el año­so tajadero que se interponía en el camino a la fama y la fortuna. Y no tenía nada que ganar, salvo trein­ta esterlinas para pagar al casero y a los proveedo­res. Y mientras Tom King cavilaba de ese modo, sur­gió en su imperturbable visión la forma de la juven­tud, de la juventud gloriosa, que se elevaba, jubilo­sa e invencible, flexible de músculos y sedosa de piel, con corazón y pulmones que nunca se habían fatiga­do y desgarrado, y que se reía de los esfuerzos limi­tados. Sí, la juventud era la némesis. Destruía a los viejos y no se daba cuenta de que al hacerlo se des­truía a sí misma. Engrosaba sus arterias y aplas­taba los nudillos, y a su vez la destruía la juventud. Pues ésta era siempre juvenil. Sólo la vejez enve­jecía.
En la calle Castlereagh dobló a la izquierda, y tres calles más allá llegó al Gaiety. Un apiñamiento de jóvenes alborotadores, reunidos delante de la puer­ta, le abrió paso con respeto, y oyó que uno decía:
-¡Es él! ¡Es Tom King!
Adentro, camino del camarín, encontró al secre­tario, un joven de rostro astuto, quien le estrechó la mano.
-¿Cómo te sientes, Tom? -le preguntó.
-Perfectamente -respondió Tom, aunque sabía que mentía, y que si tuviese una esterlina la emplea­ría en ese mismo momento en comprar un buen trozo de carne.
Cuando salió del camarín, seguido por sus se­gundos, y tomó por el pasillo hasta el cuadrilátero ubicado en el centro del salón, de la muchedumbre que esperaba surgió un estallido de vítores y aplau­sos. Devolvió saludos a derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de las caras. La mayoría de ellas eran rostros de chicos que aún no habían nacido cuando él ganaba sus primeros laureles en el cuadri­látero. Saltó con ligereza a la plataforma elevada y se escurrió por debajo de las cuerdas, hacia su rin­cón, donde se sentó en un taburete plegadizo. Jack Ball, el árbitro, se acercó y le estrechó la mano. Ball era un pugilista destruido que desde hacía más de diez años no entraba en un cuadrilátero para pelear. King se alegró de tenerlo por árbitro. Los dos eran veteranos. Si en su choque contra Sandel violaba un tanto las reglas, sabia que podía confiar en que Ball haría la vista gorda.
Jóvenes aspirantes de peso pesado trepaban uno tras otro al cuadrilátero, y el árbitro los presentaba al público. Además especificaba sus desafíos.
-El joven Pronto -anunció Bill-, de Sydney del norte, desafía al ganador por una apuesta al margen de cincuenta dólares.
El público aplaudió, y volvió a aplaudir cuando el propio Sandel saltó por entre las cuerdas y se sen­tó en su rincón. Desde el suyo, Tom King lo miró con curiosidad, pues pocos minutos después se ve­rían enredados en un implacable combate, y cada uno trataría, con todas sus fuerzas, de dejar incons­ciente al otro. Pero pudo ver muy poco, pues Sandel, al igual que él, llevaba pantalones y suéteres sobre su vestimenta de pugilista. Su rostro era enérgico y hermoso, coronado por una rizada mata de cabello amarillo, en tanto que su grueso cuello musculoso insinuaba la magnificencia del físico.
El joven Pronto fue hacia una esquina, luego a la otra, estrechó las manos a los pugilistas y se dejó caer fuera del cuadrilátero. Los desafíos continua­ban. Cada uno de los jóvenes trepaba por entre las cuerdas, jóvenes desconocidos pero insaciables, que gritaban a la humanidad que con fuerza y destreza se medirían con el ganador. Unos años antes, en su propio apogeo de invencibilidad, a Tom King le ha­brían divertido y aburrido esos preliminares. Pero ahora se sentía fascinado, incapaz de borrarse de los ojos la visión de la juventud. Y esos jóvenes no de­jaban de trepar en el juego del pugilismo, saltaban a través de las cuerdas y gritaban su desafío; y siem­pre había veteranos que caían delante de ellos. Tre­paban al éxito por sobre los cuerpos de los viejos. Y seguían llegando, jóvenes y más jóvenes -una ju­ventud inextinguible e irresistible-, y siempre eli­minaban a los veteranos, se convertían en veteranos a su vez y hacían el mismo recorrido descendente, en tanto que detrás de ellos, empujándolos siempre, se agolpaba la eterna juventud, los nuevos niños, que crecían vigorosos y derribaban a sus mayores, y de­trás de ellos otros niños, hasta el final de los tiem­pos, una juventud que quería hacer su voluntad, y que jamás moriría.
King miró hacia el grupo de la prensa y saludó con la cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego extendió las manos, mientras Sid Sullivan y Charley Bates, sus segundos, le colocaban los guantes y los ataban con fuerza, vigilados de cer­ca por uno de los segundos de Sandel, quien primero examinó con expresión de crítica las vendas de los nudillos de King. Uno de sus propios segundos es­taba en el rincón de Sandel, cumpliendo con una fun­ción similar. Sandel se había quitado los pantalones y cuando se puso de pie le quitaron el sweater por sobre la cabeza. Y Tom King vio la juventud encar­nada, de pecho ancho, pesados músculos que se des­lizaban y movían como cosas vivas debajo de la blan­ca piel satinada. Todo el cuerpo hervía de vida, y Tom King supo que era una vida que nunca rezumó su frescura a través de los doloridos poros, en las lar­gas peleas en que la juventud pagaba su tributo y se iba, no tan joven como había llegado.
Los dos hombres avanzaron para encontrarse, y cuando sonó la campana y los segundos salieron es­trepitosamente del cuadrilátero, con los taburetes plegadizos, se tocaron las manos y en el acto adop­taron sus actitudes de combate. Y al instante, como un mecanismo de acero y muelles, equilibrado sobre un disparador sensible, Sandel entró y retrocedió y volvió a entrar, lanzó una izquierda a los ojos, una derecha a las costillas, esquivó el contragolpe, se apartó bailando con ligereza y se volvió a acercar bailando, amenazador. Era veloz e inteligente. Ofre­ció una exhibición deslumbrante. El público gritó su aprobación. Pero King no estaba deslumbrado. Tenía tras de sí muchos combates y demasiados jóvenes. Conocía los golpes como lo que eran: demasiado ve­loces y demasiado diestros para ser peligrosos. Re­sultaba evidente que Sandel precipitaría las cosas desde el comienzo. Era de esperarse. Era el modo de la juventud, que gastaba su esplendor y excelencia en una salvaje insurgencia y en un ataque furioso, para abrumar a la oposición con su ilimitada gloria de fuerza y deseo.
Sandel avanzaba y retrocedía, estaba aquí, allá y en todas partes, ligero de pies y ansioso de cora­zón, una maravilla viviente de carne blanca y pun­zantes músculos que se entretejían en una encegue­cedora trama de ataque, se deslizaba y saltaba como una lanzadera volante, de acción en acción, a lo lar­go de un millar de acciones, todas ellas concentradas en la destrucción de Tom King, quien se interponía entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba con pa­ciencia. Conocía su oficio, y conocía a la juventud, ahora que ésta ya no le pertenecía. No se podía ha­cer nada hasta que el otro perdiese un poco de va­por, pensó, y sonrió para sí cuando se escurrió en forma deliberada para recibir un fuerte golpe en la parte superior de la cabeza. Era un acto maligno, pero en todo sentido justo según las reglas del pu­gilismo. Se sobreentendía que un hombre debía cui­dar sus nudillos, y si insistía en golpear a su con­trincante en la coronilla, lo hacía por su cuenta y riesgo. King habría podido agacharse aun más y de­jar que el golpe pasara silbando, inofensivo, pero recordó sus primeras peleas, y cómo se trituró el pri­mer nudillo en la cabeza del Terror Galés. No hacía más que seguir el juego. Esa acción de agacharse había demolido uno de los nudillos de Sandel. Y no es que a éste le importara ahora. Seguiría adelante, soberbiamente indiferente, golpeando con el mismo vigor a todo lo largo del combate. Pero más adelan­te, cuando las prolongadas peleas comenzaran a pro­ducir su efecto, lamentaría el nudillo y recordaría cómo se lo había aplastado en la cabeza de Tom King.
La primera vuelta fue de Sandel, e hizo aullar al público con la rapidez de sus embestidas de tor­bellino. Abrumó a King con aludes de golpes, y éste nada hizo. No golpeó ni una vez, y se conformó con cubrirse, bloquear y agacharse y abrazarse a su ri­val para eludir el castigo. De vez en cuando fintea­ba, sacudía la cabeza cuando le llegaba el peso de una mano, y se movía con estolidez, sin saltar, ni brincar, ni perder un gramo de energía. Sandel de­bía desgastar la espuma de la juventud antes que la madurez discreta pudiera atreverse a una repre­salia. Todos los movimientos de King eran lentos y metódicos, y sus ojos de párpados pesados, perezo­sos, le daban la apariencia de estar semidormido o aturdido. Pero eran ojos que lo veían todo, que ha­bían sido adiestrados para verlo todo a lo largo de sus veinte y tantos años en el cuadrilátero. Eran ojos que no parpadeaban ni vacilaban ante un golpe inminente, sino que veían y medían con frialdad la distancia.
Sentado en su rincón para el minuto de descan­so al final de la vuelta, se echó hacia atrás con las piernas extendidas, los brazos apoyados en los án­gulos rectos de las cuerdas, el pecho y el abdomen hinchándose franca y profundamente cuando traga­ba el aire impulsado por las toallas de sus segundos. Escuchó, con los ojos cerrados, las voces del público:
-¿Por qué no peleas, Tom? -gritaban mu­chos-. No le tendrás miedo, ¿eh?
-Tiene los músculos endurecidos -oyó que co­mentaba un hombre, en uno de los asientos de ade­lante-. Dos a uno a favor de Sandel, en esterlinas.
Sonó la campana, y los dos hombres avanzaron desde sus esquinas. Sandel recorrió tres cuartas par­tes de la distancia, ansioso de volver a empezar; pe­ro King se conformó con recorrer la distancia me­nor. Ello coincidía con su política de economía. No se había adiestrado bien, y no había comido lo su­ficiente, y cada uno de los pasos era importante. Además, ya tenía caminados tres kilómetros dentro del cuadrilátero. Fue una repetición de la primera vuelta: Sandel atacaba como un remolino, y el pú­blico, indignado, preguntaba por qué King no pe­leaba. Aparte de fintear, y de varios golpes lanzados con lentitud, ineficaces, no hizo más que bloquear, ganar tiempo y abrazarse. Sandel quería apresurar el ritmo, en tanto que King, por sabiduría, se ne­gaba a satisfacerlo. Sonrió con cierto ávido patetis­mo en el semblante magullado por los combates, y siguió atesorando sus fuerzas con el celo de que só­lo es capaz la edad. A King le pertenecía el genera­lato del cuadrilátero, la prudencia nacida de largas y dolorosas peleas. Observaba con ojos y cabeza fría, se movía despacio y esperaba a que se agotara la es­puma de Sandel. A la mayoría de los espectadores les pareció que King estaba fuera de categoría, y ex­presaron sus opiniones en apuestas de tres contra uno a favor de Sandel. Pero había algunos inteligen­tes, unos pocos, quienes conocían a King de antes, y que cubrieron apuestas que consideraban dinero fácil.
La tercera vuelta comenzó como las anteriores, unilateral; Sandel era dueño de la iniciativa y admi­nistraba todo el castigo. Había transcurrido medio minuto cuando, confiado en exceso, quedó abierto. Los ojos y el brazo derecho de King relampaguearon en el mismo instante: un gancho, con el arco tor­cido del brazo para darle rigidez, y con todo el peso del cuerpo en semigiro detrás de él. Fue como un león en apariencia adormilado que de pronto lanza un zarpazo como un rayo. Sandel, alcanzado en el án­gulo de la mandíbula, cayó derribado como un buey. El público contuvo el aliento y murmuró un respe­tuoso aplauso. El hombre no tenía los músculos du­ros, en definitiva, y podía golpear como un marti­llo pilón.
Sandel quedó sacudido. Rodó sobre sí mismo y trató de incorporarse, pero lo contuvieron los agu­dos gritos de sus segundos, de que esperase la cuen­ta. Se apoyó en una rodilla, pronto a levantarse, y esperó, mientras el árbitro se erguía junto a él y le contaba los segundos con fuerza, al oído. Al llegar a nueve se puso de pie en actitud de combate, y Tom King, enfrentándolo, lamentó que el golpe no hubiese dado dos centímetros más cerca de la punta de la mandíbula. Habría sido un golpe definitivo, y hubiese podido llevarse las treinta libras a casa, a su esposa e hijos.
La vuelta continuó hasta el final de sus tres mi­nutos; por primera vez, Sandel se mostraba respe­tuoso de su oponente, y King continuó tan adormi­lado y lento de movimientos como antes. Cuando la vuelta tocaba a su fin, King, advertido de ello por la visión de sus segundos agazapados afuera, prontos a saltar por entre las cuerdas, llevó las acciones hacia su rincón. Y cuando sonó la campana se sentó en seguida en el taburete que lo esperaba, en tanto que Sandel tuvo que atravesar toda la diagonal del cuadrilátero para llegar a su rincón. Era una cosa insignificante, pero la suma de todas esas cositas te­nía importancia. Sandel se veía obligado a dar todos esos pasos de más, a entregar esa energía y a perder parte del precioso minuto de descanso. Al comienzo de cada vuelta, King salía holgazaneando, con lenti­tud, de su rincón, y obligaba a su rival a recorrer una distancia mayor. El final de cada vuelta encon­traba a King llevando la pelea, por medio de manio­bras, hacia su rincón, para poder sentarse en seguida.
Pasaron otras dos vueltas, en las cuales King se mostró parsimonioso en sus esfuerzos, y Sandel pró­digo. El intento de éste, de forzar un ritmo más rá­pido, hacía sentirse incómodo a King, pues una buena proporción de la multitud de golpes que llovían sobre él daban en el blanco. Pero insistió en su em­pecinada lentitud, a pesar de los gritos de los jóve­nes exaltados, de que entrase en la pelea. En la sex­ta vuelta Sandel volvió a descuidarse, y otra vez la temible derecha de Tom King se precipitó hacia la mandíbula, y una vez más Sandel esperó la cuenta de nueve.
Para la séptima vuelta había desaparecido el espléndido estado de éste, y se dedicó a lo que sabía que sería la lucha más difícil de toda su experiencia. Tom King era un veterano, pero un veterano mejor que los que había conocido; un veterano que jamás perdía la cabeza, que era notablemente diestro en la defensa, cuyos golpes tenían el impacto de un garro­te, y que contaba con la definición de la pelea en ca­da mano. Pero King no se atrevía a golpear muy a menudo. No olvidaba sus nudillos machucados, y sa­bía que cada golpe debía ser certero, si quería que los nudillos aguantasen el combate. Cuando se sentó en su rincón y miró a su contrincante, se le ocurrió el pensamiento de que la suma de su sabiduría y la juventud de Sandel habría dado un campeón mun­dial de peso pesado. Pero eso era lo malo. Sandel jamás llegaría a campeón mundial. Le faltaba la in­teligencia, y la única forma de adquirirla era com­prarla con su juventud; y cuando poseyera la inte­ligencia, habría gastado su juventud en comprarla.
King aprovechó hasta la última ventaja que co­nocía. Nunca perdía una oportunidad de trabar abra­zándose, y en casi todos esos casos su hombro se in­troducía con rigidez en las costillas del otro. En la filosofía del cuadrilátero, un hombro era tan bueno como un golpe, en lo que se refería al daño causado, y mucho mejor en lo relativo a la inversión de es­fuerzos. Además, en cada una de esas oportunidades King apoyaba el peso sobre su rival, y se resistía a soltarlo. Ello imponía la intervención del árbitro, quien los separaba, siempre ayudado por Sandel, quien aún no había aprendido a descansar. No podía abstenerse de usar los gloriosos brazos y los ondu­lantes músculos, y cuando el otro se precipitaba a un abrazo y le hundía el hombro en las costillas, con la cabeza reposando bajo el brazo izquierdo de San­del, éste invariablemente metía su derecha, por de­trás de su propia espalda, en la cara que se proyec­taba. Era un golpe inteligente, muy admirado por el público, pero no resultaba peligroso, y por lo tanto representaba fuerza desperdiciada. Pero Sandel era incansable, y no conocía las limitaciones, y King sonreía y resistía con terquedad.
Sandel lanzaba feroces derechas al cuerpo, con lo cual parecía que King soportaba un enorme cas­tigo, y sólo los veteranos del cuadrilátero apreciaban el diestro toque del guante izquierdo de King al bí­ceps del otro antes del impacto del golpe. Es cierto que éste acertaba en cada ocasión, pero en cada oca­sión resultaba despojado de su potencia por el toque a los bíceps. En la novena vuelta, tres veces en un minuto, el gancho derecho de King conectó su arco con la mandíbula; y tres veces el cuerpo de Sandel, pesado como era, quedó aplastado sobre la lona. En cada ocasión usó los nueve segundos que se le per­mitían, y se puso de pie, conmovido y sacudido, pero todavía vigoroso. Había perdido gran parte de su ve­locidad, y dilapidaba menos esfuerzos. Peleaba ce­ñudo, pero continuaba basándose en su principal ha­ber, que era su juventud. El principal haber de King era la experiencia. Como su vitalidad había dismi­nuido y su vigor amenguado, los reemplazaba por la astucia, por la sabiduría formada en las largas pe­leas y por una cuidadosa economía de esfuerzos. No sólo había aprendido a no hacer un solo movimiento superfluo, sino que sabía cómo convencer a un oponen­te a derrochar sus fuerzas. Una y otra vez, por me­dio de fintas del pie y las manos y el cuerpo, siguió arrastrando a Sandel a saltar hacia atrás, esquivar o replicar. King descansaba, pero jamás permitía que lo hiciera Sandel. Era la estrategia de la edad.
Al comienzo de la décima vuelta, King comenzó a detener las acometidas del otro con izquierdas di­rectas a la cara, y Sandel, cada vez más cauteloso, respondía atrayendo la izquierda, esquivándola y en­viando su derecha en un amplio gancho hacia el cos­tado de la cabeza. Era demasiado alta para tener una efectividad vital; pero la primera vez que le acer­tó, King conoció el antiguo y familiar descenso del velo negro de la inconsciencia en la mente. Por un instante, o por la ínfima fracción de un instante, se nubló. En un momento vio a su oponente saliendo de su campo de visión, y el fondo de caras blancas, que miraban; al momento siguiente volvió a ver a su ri­val y el fondo de caras. Volvió a ser como si hubiese dormido un rato y acabara de abrir los ojos de nue­vo, pero el intervalo de inconsciencia fue tan micros­cópicamente breve, que no le dio tiempo a caer. El público lo vio tambalear, y que las rodillas le cedían, .y luego lo vio recuperarse y protegerse más a fon­do la barbilla en el amparo del hombro izquierdo.
Sandel repitió el golpe varias veces, con lo cual mantuvo a King aturdido en parte, y al cabo éste elaboró su defensa, que al mismo tiempo era una ré­plica. Finteó con la izquierda, dio medio paso hacia atrás y al mismo tiempo lanzó un uppercut con toda la fuerza de la derecha. Lo sincronizó con tanta exac­titud, que dio de lleno en el rostro de Sandel, en el momento descendente del esquive, y Sandel se elevó en el aire y se curvó hacia atrás, y cayó sobre la lo­na con la cabeza y los hombros. King lo repitió en dos oportunidades y luego se soltó y martilleó a su rival, empujándolo hacia las cuerdas. No dio a San­del una oportunidad de descansar o reponerse, sino que envió golpe tras golpe, hasta que el público se puso de pie y el aire se llenó de un rugido ininte­rrumpido de aplausos. Pero la fuerza y resistencia de Sandel eran soberbias, y siguió en pie. El K. 0. parecía seguro, y un capitán de policía, aterrorizado ante el espantoso castigo, se puso de pie junto al cua­drilátero para detener la pelea. La campana sonó pa­ra señalar la finalización de la vuelta, y Sandel tras­tabilló hacia su rincón, afirmándole al capitán que estaba bien. Para demostrarlo, dio dos saltos hacia atrás, y el capitán se rindió.
Tom King, recostado en su rincón y respirando con fuerza, se sentía desalentado. Si hubiesen dete­nido la pelea, el árbitro necesariamente se la habría adjudicado, y la bolsa hubiese sido suya. A diferen­cia de Sandel, no luchaba por la gloria o la carrera, sino por treinta esterlinas. Y ahora éste se recupe­raría en el minuto de descanso.
La juventud triunfa: este refrán le pasó a King por la mente, y recordó la primera vez que lo escu­chó, la noche en que derribó a Stowsher Bill. El peti­metre que le pagó un trago después de la pelea, y le palmeó el hombro, usó esas mismas palabras. ¡La ju­ventud triunfa! El petimetre tenía razón. Y en esa noche del pasado lejano, la juventud era él. Ahora la juventud se sentaba en el rincón opuesto. En cuan­to a él mismo, hacía ya media hora que peleaba, y era un viejo. Si hubiera combatido como Sandel, no habría durado quince minutos. Pero el caso era que no se recuperaba. Esas arterias sobresalientes y el corazón fatigado no le permitían reponer fuerzas en los intervalos entre las vueltas. Y ni siquiera tenía energía suficiente desde el comienzo. Las piernas le pesaban y empezaban a acalambrarse. No habría de­bido hacer caminando los tres kilómetros. Y además estaba el biftec que ansiaba desde la mañana. Un odio intenso y terrible creció en él hacia los carnice­ros que le habían negado el crédito. A un viejo le resultaba difícil comenzar un combate sin haber co­mido lo bastante. Y un trozo de carne era algo tan pequeño, unos pocos peniques, cuando mucho... Pe­ro para él representaba treinta esterlinas.
Con la campana que inició la undécima vuelta, Sandel se precipitó, en una exhibición de vigor que en realidad no poseía. King se dio cuenta de ello, lo vio como la bravuconada que era, tan vieja como el juego mismo. Se aferró para protegerse, y luego, al soltarse, permitió que Sandel se preparara. Era lo que King deseaba. Finteó con la izquierda, provocó el esquive de respuesta y el gancho hacia arriba, dio el medio paso hacia atrás, lanzó el uppercut directo a la cara y derribó a Sandel sobre la lona. Después de eso no le dio tregua, recibió castigo a su vez, pero lo infligió en mayor proporción, aplastó a Sandel con­tra las cuerdas, hizo caer sobre él ganchos y todo tipo dé golpes, se desprendió de sus abrazos y lo obli­gó, aporreándolo, a desistir de abrazarse, e inclusi­ve cuando Sandel estaba a punto de caer, lo recibía con una mano dirigida hacia arriba y con la otra lo lanzaba en seguida contra las cuerdas, donde no po­día caer.
Para entonces el público había enloquecido y le pertenecía, casi todas las voces gritaban "¡Vamos, Tom! ¡Dásela, dásela! ¡Ya lo tienes! ¡Ya lo tienes, Tom!" Sería un final de torbellino, y eso era lo que el público que rodeaba el cuadrilátero había pagado para ver.
Y Tom King, quien durante media hora había conservado sus fuerzas, las derrochó entonces con prodigalidad, en el único y gran esfuerzo que, bien lo sabía, estaba en condiciones de hacer. Era su úni­ca posibilidad: ahora o nunca. Las fuerzas se le di­sipaban con rapidez, y su esperanza era que antes que desaparecieran, lograse derribar a su contrin­cante por toda la cuenta. Y mientras seguía golpean­do y forzando, calculando con frialdad el peso de los golpes y la calidad del daño provocado, se dio cuenta de lo difícil que era voltear a un hombre como San­del. La vitalidad y la resistencia le pertenecían en alto grado, y eran la vitalidad virgen y la resisten­cia de la juventud. Sandel era, por cierto, un hombre promisorio. Tenía pasta. Sólo con esa fibra tan po­derosa se formaban los pugilistas triunfantes.
Sandel vacilaba y se tambaleaba, pero a Tom King se le acalambraban las piernas, y los nudillos le dolían. Pero se esforzó por enviar los feroces golpes, cada uno de los cuales era una tortura para sus manos laceradas. Aunque ahora casi no recibía castigo alguno, se debilitaba con tanta rapidez como el otro. Sus golpes llegaban, pero ya no había peso detrás de ellos, y cada uno era el resultado de un enorme esfuerzo de voluntad. Las piernas le pesaban como plomo, y las arrastraba visiblemente, en tan­to que los partidarios de Sandel, espoleados por ese síntoma, comenzaron a alentar a su hombre.
King se acicateó en un estallido de esfuerzo. Lanzó dos manos en rápida sucesión: una izquierda, apenas alta, y una derecha cruzada a la mandíbula. No fueron fuertes, pero tan débil y atontado estaba Sandel, que cayó y quedó echado, temblando. El árbi­tro, junto a él, le gritó al oído la cuenta de los fata­les segundos. Si no se levantaba antes de llegar a diez, la pelea estaba perdida. El público, de pie, guar­daba silencio. King se apoyaba sobre piernas tem­blorosas. Era presa de un vértigo mortal, y ante sus ojos el mar de rostros se movía y se borraba, en tan­to que a sus oídos llegaba, como desde una distancia remota, la cuenta del árbitro. Y sin embargo consi­deraba suyo el combate. Era imposible que un hom­bre así castigado pudiese levantarse.
Sólo la juventud podía hacerlo, y Sandel lo hi­zo. Al cuarto segundo rodó sobre sí mismo y buscó a ciegas las cuerdas. En el séptimo segundo se apo­yaba en una rodilla, sobre la cual descansó con la cabeza rodándole, borracha, de uno a otro hombro. Cuando el árbitro gritó "¡Nueve!". Sandel se ir­guió, en posición de ganar tiempo, el brazo izquierdo ante la cara, el derecho en torno del vientre. Así pro­tegía sus puntos vitales, mientras trastabillaba ha­cia adelante, en dirección de King, con la esperanza de aferrarse de él y ganar más tiempo.
En el instante en que Sandel se puso de pie, King se precipitó sobre él, pero los dos golpes que le dirigió fueron amortiguados por los brazos. Al momento siguiente Sandel lo abrazaba y se aferraba con desesperación, mientras el árbitro se esforzaba por separarlos. King colaboró en la separación. Co­nocía la rapidez con que se recuperaba la juventud, y sabía que Sandel era suyo si podía impedir esa re­cuperación. Un golpe duro lo conseguiría. Sandel era suyo, no cabía duda de ello. Lo había vencido en es­trategia, superado por puntos. Sandel se tambaleó al separarse, se equilibró en la delgadísima línea entre la derrota o la supervivencia. Un buen golpe lo de­rribaría y lo dejaría fuera de combate. Y Tom King, en un relámpago de amargura, recordó el trozo de carne y deseó tenerlo en ese momento detrás del gol­pe necesario que debía asestar. Se preparó para él, pero no fue lo bastante pesado ni veloz. Sandel se bamboleó, pero no cayó; trastabilló hacia las cuer­das y se apoyó en ellas. King trastabilló tras él y, con un ramalazo de dolor como el de la disolución, propinó otro golpe. Pero el cuerpo lo había abando­nado. Lo único que quedaba de él era la inteligen­cia combatiente amortiguada y nublada por el ago­tamiento. El golpe dirigido a la mandíbula no llegó más allá del hombro. Su voluntad lo había impulsa­do más arriba, pero los músculos cansados no consi­guieron obedecer. Y con el impacto del golpe él mis­mo retrocedió, tambaleándose, y casi cayó. Se esforzó una vez más. Erró el golpe por completo, y debido a su absoluta debilidad cayó contra Sandel y lo afe­rró, tomándose de él para no deslizarse al suelo.
King no trató de liberarse. Había lanzado su ra­yo. Ya no estaba allí. Y la juventud triunfaba. Aún abrazado a él, pudo sentir que las fuerzas de Sandel crecían. Cuando el árbitro los separó vio que el jo­ven se recuperaba. Sandel se fortalecía de momento en momento. Sus golpes, débiles e inútiles al princi­pio, se volvieron duros y exactos. Los ojos enrojeci­dos de Tom King vieron el puño enguantado que se dirigía a su mandíbula, y se ordenó protegerse me­diante la interposición del brazo. Advirtió el peligro, quiso actuar, pero el brazo estaba demasiado pesado. Parecía sostener una tonelada de plomo. No quiso levantarse, y King se esforzó por levantarlo con el alma. Y la mano enguantada dio en el blanco. Expe­rimentó una brusca sacudida, que fue como una chis­pa eléctrica, y al momento lo envolvió la oscuridad.
Cuando abrió los ojos, se encontraba otra vez en su rincón, y oyó el bramido del público como el ru­gido de la rompiente en la playa Bondi. Le apreta­ban una esponja mojada en la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba agua fría en la cara y el pecho. Ya le habían sacado los guantes, y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No guardaba rencor al hombre que lo había derribado, y devolvió el apre­tón con una cordialidad que hizo protestar a sus nu­dillos machucados. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero, y el público acalló su pandemonio para escucharlo aceptar el desafío del joven Pronto y ofrecerse a aumentar la apuesta colateral a cien esterlinas. King miró, apático, mientras sus segun­dos le enjugaban el agua que le chorreaba, le seca­ban el rostro y se disponían a salir del cuadrilátero. Sintió hambre. No era el hambre corriente, roedor, sino una gran debilidad, una palpitación en la bo­ca del estómago, que se le extendía por todo el cuer­po. Recordó la pelea, hasta el momento en que San­del se bamboleaba y vacilaba sobre la delgada raya de la derrota. ¡Ah, ese trozo de carne habría repre­sentado la diferencia! Sólo le faltó eso para el gol­pe decisivo, y perdió. Todo por el trozo de carne.
Sus segundos lo sostenían a medias mientras lo ayudaban a cruzar por entre las cuerdas. Se liberó de ellos, pasó entre las cuerdas sin ayuda y saltó al suelo con pesadez, siguiéndolos mientras le abrían pa­so por el atestado pasillo central. Al salir del cama­rín hacia la calle, en la entrada del salón, un joven le preguntó
-¿Por qué no lo volteaste cuando lo tenías?
-¡Ah, vete al diablo! -replicó Tom King, y bajó los escalones hasta la acera.
Las puertas de la taberna de la esquina se ha­llaban abiertas de par en par, y vio las luces, y a las camareras sonrientes, y escuchó muchas voces que analizaban el combate, y el próspero tintineo del dinero sobre el mostrador. Alguien lo llamó para que fuese a beber un trago. Vaciló en forma perceptible, pero luego se negó y siguió su camino.
No tenía ni un cobre en el bolsillo, y la camina­ta de tres kilómetros, de regreso a casa, le pareció larguísima. Por cierto que envejecía. Al cruzar el Domain, se sentó de pronto en un banco, aplastado por el pensamiento de su esposa que lo esperaba pa­ra enterarse del resultado del encuentro. Eso era más difícil que cualquier derrota, y parecía casi im­posible de enfrentar.
Se sintió débil y dolorido, y el dolor de los nu­dillos aplastados le previno que, inclusive aunque pu­diese hallar un trabajo de peón, pasaría una semana antes que pudiese tomar el mango de un pico o una pala. Las palpitaciones del hambre en la boca del es­tómago le daban náuseas. Su desdicha lo abrumó, y los ojos se le cubrieron de una involuntaria hume­dad. Se tapó la cara con las manos, y mientras llo­raba recordó a Stowsher Bill, y cómo se la había da­do aquella noche, hacía ya mucho tiempo. ¡Pobre Stowsher Bill! En ese momento entendió por qué Bill había llorado en el camarín.

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