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jueves, 12 de mayo de 2011

Jack London Las mejores narraciones






Jack London

Las mejores narraciones





LA HOGUERA


El día amaneció extraordinariamente gris y frío. El hombre abandonó el camino principal del Yukon y empezó a trepar por la empinada cuesta. En ella había un sendero apenas visible y muy poco frecuentado, que se dirigía al Este a través de una es­pesura de abetos. La pendiente era muy viva. Al terminar de subirla, el viajero se detuvo para tomar aliento y trató de ocul­tarse a sí mismo esta debilidad consultando su reloj. Eran las nueve. No había el menor atisbo de sol, a pesar de que ni una sola nube cruzaba el cielo. El día era diáfano, pero las cosas pa­recían cubiertas por un velo intangible, por un algo sutilmente lóbrego que lo entenebrecía todo y cuya causa era la falta de sol. Pero esto no preocupaba al caminante. Estaba ya acostumbrado. Llevaba varios días sin ver el globo radiante y sabía que habrían de transcurrir algunos más para que se asomase un poco por el Sur, sobre la línea del horizonte, volviendo a desaparecer en seguida.
El viajero miró hacia atrás. El Yukon tenía allí una anchura de más de kilómetro y medio, y estaba cubierto por una capa helada de un metro de espesor, sobre la que se extendía otra de nieve, igualmente densa. La superficie helada del río era de una blancura deslumbrante y se extendía en suaves ondulaciones for­madas por las presiones contrarias de los hielos. De Norte a Sur, en toda la extensión que alcanzaba la vista, reinaba una ininte­rrumpida blancura. Sólo una línea oscura, fina como un cabello, serpenteaba y se retorcía hacia el Sur, bordeando una isla cu­bierta de abetos; después cambiaba de rumbo y se dirigía al Norte, siempre ondulando, para desaparecer, al fin, tras otra isla, cubierta de abetos igualmente. Esta línea oscura y fina era un camino, el camino principal que, después de recorrer más de ochocientos kilómetros, conducía por el Sur al Paso de Chilcoot (Dyea) y al agua salada, y por el Norte a Dawson, tras un reco­rrido de ciento doce kilómetros. Desde aquí cubría un trayecto de mil seiscientos kilómetros para llegar a Nulato, y otro de casi dos mil para terminar en St. Michael, a orillas del mar de Behring.
Pero nada de esto -ni el misterioso camino, fino como un cabello, que se perdía en la lejanía, ni la falta del sol en el cielo, ni el frío intensísimo, ni aquel mundo extraño y espectral - causaba la menor impresión a nuestro caminante, no porque es­tuviese acostumbrado a ello, ya que era un chechaquo recién llegado al país, y aquél era el primer invierno que pasaba en él, sino porque era un hombre sin imaginación. Despierto y de com­prensión rápida para las cosas de la vida, sólo le interesaban estas cosas, no su significado. Cincuenta grados bajo cero correspon­dían a más de ochenta grados bajo el punto de congelación. Esto le impresionaba por el frío y la incomodidad que llevaba consigo, pero la cosa no pasaba de ahí. Tan espantosa tempe­ratura no le llevaba a reflexionar sobre su fragilidad como ani­mal de sangre caliente, ni a extenderse en consideraciones acerca de la debilidad humana, diciéndose que el hombre sólo puede vivir dentro de estrechos limites de frío y calor; ni tampoco a filosofar sobre la inmortalidad del hombre y el lugar que ocupa en el universo. Para él, cincuenta grados bajo cero representaba un frío endemoniado contra el que había que luchar mediante el uso de manoplas, pasamontañas, mocasines forrados y gruesos calcetines. Para él, cincuenta grados bajo cero eran simplemen­te... eso: cincuenta grados bajo cero. Que pudiera haber algo más en este hecho era cosa que nunca le había pasado, ni remo­tamente, por la imaginación.
Al disponerse a continuar, escupió para hacer una prueba, y oyó un chasquido que le sobresaltó. Escupió nuevamente y otra vez la saliva crujió en el aire, antes de caer en la nieve. Sabía que a cincuenta grados bajo cero la saliva se helaba y producía un chasquido al entrar en contacto con la nieve, pero esta vez el chasquido se había producido en el aire. Sin duda, y aunque no pudiera precisar cuánto, la temperatura era inferior a cincuenta grados bajo cero. Pero esto no le importaba. Su objetivo era una antigua localidad minera situada junto al ramal izquierdo del to­rrente de Henderson, donde sus compañeros le esperaban. Ellos habían llegado por el otro lado de la línea divisoria que mar­caba el límite de la comarca del riachuelo indio, y él había dado un rodeo con objeto de averiguar si en la estación primaveral sería posible encontrar buenos troncos en las islas del Yukon.
Llegaría al campamento a las seis; un poco después del atar­decer ciertamente, pero sus compañeros ya estarían allí, con una buena hoguera encendida y una cena caliente preparada. Para almorzar ya tenía algo. Apretó con la mano el envoltorio que se marcaba en su chaqueta. Lo llevaba bajo la camisa. La envoltura era un pañuelo en contacto con su piel. Era la única manera de evitar que las galletas se helasen. Sonrió satisfecho al pensar en aquellas galletas, empapadas en grasa de jamón y que, partidas por la mitad, contenían gruesas tajadas de jamón frito.
Penetró entre los gruesos troncos de abeto. El sendero ape­nas se distinguía. Había caído un palmo de nieve desde haber pasado el último trineo, y el hombre se alegró de no utilizar esta clase de vehículos, pues a pie podía viajar más de prisa. A decir verdad, no llevaba nada, excepto su comida envuelta en el pa­ñuelo. De todos modos, aquel frío le molestaba. «Hace frío de verdad», se dijo, mientras frotaba su helada nariz y sus pómulos con su mano enguantada. La poblada barba que cubría su rostro no le protegía los salientes pómulos ni la nariz aquilina, que avanzaba retadora en el aire helado.
Pisándole los talones trotaba un perro, un corpulento perro esquimal, el auténtico perro lobo, de pelambre gris que, aparen­temente, no se diferencia en nada de su salvaje hermano el lobo. El animal estaba abatido por aquel frío espantoso. Sabía que aquel tiempo no era bueno para viajar. Su instinto era más cer­tero que el juicio del hombre. En realidad la temperatura no era únicamente algo inferior a cincuenta grados bajo cero, sino que se acercaba a los sesenta. El perro, naturalmente, ignoraba por completo lo que significaban los termómetros. Es muy posible que su cerebro no registrase la aguda percepción del frío inten­sísimo que captaba el cerebro del hombre. Pero el animal con­taba con su instinto. Experimentaba una vaga y amenazadora im­presión que se había adueñado de él por entero y le mantenía pegado a los talones del hombre. Su mirada ansiosa e interrogan­te seguía todos los movimientos, voluntarios e involuntarios, de su compañero humano. Parecía estar esperando que acampara, que buscara abrigo en alguna parte para encender una hoguera. Sabía por experiencia lo que era el fuego y lo deseaba. A falta de él, de buena gana se habría enterrado en la nieve y se habría acurrucado para evitar que el calor de su cuerpo se dispersara en el aire. Su húmedo aliento se había helado, cubriendo su piel de un fino polvillo de escarcha. Especialmente sus fauces, su ho­cico y sus pestañas estaban revestidos de blancas partículas cris­talizadas. La barba y los bigotes rojos del viajero aparecían igual­mente cubiertos de escarcha, pero de una escarcha más gruesa, pues era ya compacto hielo, y su volumen aumentaba de continuo por efecto de las cálidas y húmedas espiraciones. Además, el hombre mascaba tabaco, y el bozal de hielo mantenía sus labios tan juntos, que, al escupir, no podía expeler la saliva a distancia. A consecuencia de ello, su barba cristalina, amarilla y sólida como el ámbar, se iba alargando paulatinamente en su mentón. De ha­ber caído, se habría roto en mil pedazos como si fuera de cristal. Pero aquel apéndice no tenía importancia. Era el precio que habían de pagar en aquel inhóspito país los aficionados a mascar tabaco. Además, él ya había viajado en otras dos ocasiones con un frío horroroso. No tanto como esta vez, desde luego; pero también extraordinario, pues, por el termómetro de alcohol de Sixty Mile, supo que se habían registrado de cuarenta y seis a cuarenta y ocho grados centígrados bajo cero.
Recorrió varios kilómetros a través de la planicie cubierta de bosque, cruzó un amplio llano cubierto de flores negruzcas y descendió por una viva pendiente hasta el lecho helado de un arroyuelo. Estaba en el Henderson Creek y sabía que le faltaban dieciséis kilómetros para llegar a la confluencia. Consultó nueva­mente su reloj. Eran las diez. Avanzaba a casi seis kilómetros y medio por hora, y calculó que llegaría a la bifurcación a las doce y media. Decidió almorzar cuando llegase, para celebrarlo.
El perro se pegó de nuevo a sus talones, con la cola hacia bajo - tanto era su desaliento -, cuando el viajero siguió la marcha por el lecho del río. Los surcos de la vieja pista de tri­neos se veían claramente, pero más de un palmo de nieve cubría las huellas de los últimos hombres que habían pasado por allí. Durante un mes nadie había subido ni bajado por aquel arro­yuelo silencioso. El hombre siguió avanzando resueltamente. Nunca sentía el deseo de pensar, y en aquel momento sus ideas eran sumamente vagas. Que almorzaría en la confluencia y que a las seis ya estaría en el campamento, con sus compañeros, era lo único que aparecía con claridad en su mente. No tenía a nadie con quien conversar y, aunque lo hubiese tenido, no habría po­dido pronunciar palabra, pues el bozal de hielo le sellaba la boca. Por lo tanto, siguió mascando tabaco monótonamente, mien­tras aumentaba la longitud de su barba ambarina.
De vez en cuando pasaba por su cerebro la idea de que hacía mucho frío y de que él jamás habría sufrido los efectos de una temperatura tan baja. Durante su marcha, se frotaba los pómulos y la nariz con el dorso de su enguantada mano. Lo hacía ma­quinalmente, una vez con la derecha y otra con la izquierda. Pero, por mucho que se frotara, apenas dejaba de hacerlo, los pómulos primero, y poco después la punta de la nariz, se le congelaban. Estaba seguro de que se le helarían también las me­jillas. Sabía que esto era inevitable y se recriminaba por no ha­berse cubierto la nariz con una de aquellas tiras que llevaba Bud cuando hacía mucho frío. Con esta protección habría res­guardado también sus mejillas. Pero, en realidad, esto no im­portaba demasiado. ¿Qué eran unas mejillas heladas? Dolían un poco, desde luego, pero la cosa no tenía nunca complicaciones graves.
Por vacío de pensamientos que estuviese, el hombre se mantenía alerta y vigilante; así pudo advertir todos los cambios que sufría el curso del riachuelo: sus curvas, sus meandros, los montones de leña que lo obstruían... Al mismo tiempo, miraba mucho dónde ponía los pies. Una vez, al doblar un recodo, dio un respingo, como un caballo asustado, se desvió del camino que seguía y retrocedió varios pasos. El arroyo estaba helado hasta el fondo - ningún arroyo podía contener agua en aquel invierno ártico -, pero el caminante sabía que en las laderas del monte brotaban manantiales cuya agua discurría bajo la nieve y sobre el hielo del arroyo. Sabía también que estas fuentes no dejaban de manar ni en las heladas más rigurosas, y, en fin, no ignoraba el riesgo que suponían. Eran verdaderas trampas, pues formaban charcas ocultas bajo la lisa superficie de la nieve, charcas que lo mismo podían tener diez centímetros que un metro de profundi­dad. A veces, una sola película de hielo de un centímetro de espesor se extendía sobre ellas y esta capa de hielo estaba, a su vez, cubierta de nieve. En otros casos, las capas de hielo y agua se alternaban, de modo que, perforada la primera, uno se iba hundiendo cada vez más hasta que el agua, como ocurría a veces, le llegaba ala cintura.
De aquí que retrocediera, presa de un pánico repentino: ha­bía notado que la nieve cedía bajo sus pies y, seguidamente, su oído había captado el crujido de la oculta capa de hielo. Mojarse los pies cuando la temperatura era tan extraordinariamente baja suponía algo tan molesto como peligroso. En el mejor de los casos, le impondría una demora, pues se vería obligado a dete­nerse con objeto de encender una hoguera, ya que sólo así podría quitarse los mocasines y los calcetines para ponerlos a secar, per­maneciendo con los pies desnudos.
Se detuvo para observar el lecho del arroyo y sus orillas y llegó a la conclusión de que el agua venía por el lado derecho. Reflexionó un momento, mientras se frotaba la nariz y las me­jillas, y seguidamente se desvió hacia la izquierda, pisando cuida­dosamente, asegurándose de la firmeza del suelo a cada paso que daba.
Cuando se hubo alejado de la zona peligrosa, se echó a la boca una nueva porción de tabaco y prosiguió su marcha de seis kilómetros y medio por hora.
En las dos horas siguientes de viaje se encontró con varias de aquellas fosas invisibles. Por regla general, la nieve que cubría las charcas ocultas formaba una depresión y tenía un aspecto granuloso que anunciaba el peligro. Sin embargo, por segunda vez se salvó el viajero por milagro de una de ellas. En otra ocasión, presintiendo el peligro, ordenó al perro que pasara de­lante. El animalito se hacía el remolón y clavaba las patas en el suelo cuando el hombre le empujaba. Al fin, viendo que no tenía más remedio que obedecer, se lanzó como una exhalación a tra­vés de la blanca y lisa superficie. De pronto, se hundió parte de su cuerpo, pero el animal consiguió alcanzar terreno más firme. Tenía empapadas las patas delanteras y al punto el agua que las cubría se convirtió en hielo. Inmediatamente empezó a ladrar, haciendo esfuerzos desesperados para fundir la capa helada. Luego se echó en la nieve y procedió a arrancar con los dientes los menudos trozos de hielo que habían quedado entre sus dedos. El instinto le impulsaba a obrar así, pues sus patas se llagarían si no las despojaba de aquel hielo. El animal no podía saber esto y se limitaba a dejarse llevar de aquella fuerza misteriosa que surgía de las profundidades de su ser. Pero el hombre es­taba dotado de razón y lo comprendía todo: por eso se quitó el guante de la mano derecha y ayudó al perro en la tarea de qui­tarse aquellas partículas de agua helada. Ni siquiera un minuto tuvo sus dedos expuestos al aire, pero de tal modo se le entu­mecieron, que el hombre se quedó pasmado al mirarlos. Lan­zando un gruñido, se apresuró a calzarse el guante y al punto empezó a golpear furiosamente su helada mano contra su pecho.
A las doce, el día alcanzaba allí su máxima luminosidad, a pesar de que el sol se hallaba demasiado hacia el Sur en su viaje invernal rumbo al horizonte que debía trasponer. Casi toda la masa de la tierra se interponía entre el astro diurno y Henderson Creek, región donde el hombre puede permanecer al mediodía bajo un cielo despejado sin proyectar sombra alguna.
A las doce y media en punto, llegó el viajero a la confluen­cia. Estaba satisfecho de su marcha. Si mantenía este paso, estaba seguro de que se reuniría con sus compañeros a las seis de la tarde.
Se quitó la manopla y se desabrochó la chaqueta y la camisa para sacar el paquete de galletas. No tardó más de quince se­gundos en realizar esta operación, pero este breve lapso fue su­ficiente para que sus dedos expuestos a la intemperie quedasen insensibles. En vez de ponerse la manopla, golpeó repetidamente la mano contra su pierna. Luego se sentó en un tronco cubierto de nieve, para comer. Las punzadas que había notado en sus dedos al caldearlos a fuerza de golpes cesaron tan rápidamente, que se sorprendió. Ni siquiera había tenido tiempo de morder la galleta. Volvió a darse una serie de golpes con la mano en la pierna y de nuevo la enfundó en la manopla, descubriéndose la otra mano para comer. Intentó introducir una galleta en su boca, pero el bozal de hielo se lo impidió. Se había olvidado de que tenía que encender una hoguera para fundir aquel hielo. Sonrió ante su estupidez y, mientras sonreía, notó que el frío se iba infiltrando en sus dedos descubiertos. También advirtió que la picazón que había sentido en los dedos de los pies al sen­tarse iba desapareciendo, y se preguntó si esto significaría que entraban en calor o que se helaban. Al moverlos dentro de los mocasines, llegó a la conclusión de que era lo último.
Se puso la manopla a toda prisa y se levantó. Estaba un poco asustado. Empezó a ir y venir, pisando enérgicamente hasta que volvió a sentir picazón en los pies. La idea de que hacía un frío horroroso le obsesionaba. En verdad, aquel tipo que conoció en Sulphur Creek no había exagerado cuando le habló de la infer­nal temperatura de aquellas regiones. ¡Pensar que entonces él se había reído en sus barbas! Indudablemente, nunca puede uno sentirse seguro de nada. Evidentemente, el frío era espantoso. Continuó sus paseos, pisando con fuerza y golpeándose los costa­dos con los brazos. Al fin, se tranquilizó al notar que se apode­raba de él un agradable calorcillo. Entonces sacó las cerillas y se dispuso a encender una hoguera. Se procuró leña buscando entre la maleza, allí donde las crecidas de la primavera anterior habían acumulado gran cantidad de ramas semipodridas. Proce­diendo con el mayor cuidado, consiguió que el pequeño fuego inicial se convirtiese en crepitante fogata, cuyo calor desheló su barba y le permitió comerse las galletas. Por el momento había logrado vencer al frío. El perro, con visible satisfacción, se había acurrucado junto al fuego, manteniéndose lo bastante cerca de él para entrar en calor, pero no tanto que su pelo pudiera cha­muscarse.
Cuando hubo terminado de comer, el viajero cargó su pipa y dio varias chupadas con toda parsimonia. Luego volvió a po­nerse los guantes, se ajustó el pasamontañas sobre las orejas y echó a andar por el ramal izquierdo de la confluencia. El perro mostró su disgusto andando como a la fuerza y lanzando nostál­gicas miradas al fuego. Aquel hombre no tenía noción de lo que significaba el frío. Seguramente, todos sus antepasados, genera­ción tras generación, habían ignorado lo que era el frío, el frío de verdad, el frío de sesenta grados bajo cero. Pero el perro sí que sabía lo que era; todos sus antepasados lo habían sabido, y él había heredado aquel conocimiento. También sabía que no era conveniente permanecer a la intemperie haciendo un frío tan espantoso. Lo prudente en aquel momento era abrir un agu­jero en la nieve, ovillarse en su interior y esperar que un telón de nubes cortara el paso a la ola de frío. Por otra parte, no exis­tía verdadera intimidad entre el hombre y el perro. Éste era el sufrido esclavo de aquél y las únicas caricias que de él había re­cibido en su vida eran las que se podían prodigar con el látigo, que restallaba acompañado de palabras duras y gruñidos amena­zadores. Por lo tanto, el perro no hizo el menor intento de co­municar su aprensión al hombre. No le preocupaba el bienestar de su compañero de viaje; si miraba con nostalgia al fuego, lo hacía pensando únicamente en sí mismo. Pero el hombre le silbó y le habló con un sonido que parecía el restallar de un látigo, y él se pegó a sus talones y continuó la marcha.
El hombre empezó de nuevo a masticar tabaco y otra vez se le formó una barba de ámbar. Entre tanto, su aliento húmedo volvía a cubrir rápidamente sus bigotes, sus cejas, sus pestañas, de un blanco polvillo. En la bifurcación izquierda del Henderson no parecía haber tantos manantiales, pues el hombre ya llevaba media hora sin descubrir el menor rastro de ellos. Y entonces sucedió lo inesperado. En un lugar que no mostraba ninguna señal sospechosa, donde la nieve suave y lisa hacía pensar que el hielo era sólido debajo de ella, el hombre se hundió. Pero no muy profundamente. El agua no le había llegado a las rodillas cuando consiguió salir de la trampa trepando a terreno firme.
Montó en cólera y lanzó una maldición. Confiaba en llegar al campamento a las seis, y aquello suponía una hora de retraso, pues tendría que encender fuego para secarse los mocasines. La bajísima temperatura imponía esta operación. Consciente de ello, volvió a la orilla y trepó por ella. Ya en lo alto, se internó en un bosquecillo de abetos enanos y encontró al pie de los troncos abundante leña seca que había depositado allí la crecida: astillas y pequeñas ramas principalmente, pero también ramas podridas y hierba fina del año anterior. Echó sobre la nieve varias brazadas de esta leña y así formó una capa que constituiría el núcleo de la hoguera, a la vez que una base protectora, pues evitaría que el fuego se apagase apenas encendido, al fundirse la nieve. Fro­tando una cerilla contra un trocito de corteza de abedul que sacó del bolsillo, y que se inflamó con más facilidad que el papel, consiguió hacer brotar la primera llama. Acto seguido, colocó la corteza encendida sobre el lecho de hierba y ramaje y alimen­tó la incipiente hoguera con manojos de hierba seca y minúsculas ramitas.
Realizaba esta tarea lenta y minuciosamente, pues se daba cuenta del peligro en que se hallaba. Poco a poco, a medida que la llama fue creciendo, fue alimentándola con ramitas de mayor tamaño. Echado en la nieve, arrancaba a tirones las ramas de la enmarañada maleza y las iba echando en la hoguera. Sabía que no debía fracasar. Cuando se tienen los pies mojados y se está a sesenta grados bajo cero, no debe fallar la primera tentativa de encender una hoguera. Si se tienen los pies secos, aunque la ho­guera se apague, le queda a uno el recurso de echar a correr por el sendero. Así, tras una carrera de un kilómetro, la circulación de la sangre se restablece. Pero la sangre de unos pies mojados y a punto de congelarse no vuelve a circular normalmente por efecto de una carrera cuando el termómetro marca sesenta grados bajo cero: por mucho que se corra, los pies se congelarán.
El hombre sabía perfectamente todo esto. El veterano de Sul­phur Creek se lo había dicho el otoño anterior, y él recordaba ahora, agradecido, tan útiles consejos.
Sus pies habían perdido ya la sensibilidad por completo. Para encender el fuego había tenido que quitarse los gruesos guantes, y los dedos se le habían entumecido con asombrosa rapidez. Gracias a la celeridad de su marcha, su corazón había seguido enviando sangre a la superficie de su cuerpo y a sus extremidades. Pero, apenas se detuvo, la bomba sanguínea ami­noró el ritmo. El frío del espacio caía sin clemencia sobre la cor­teza terrestre, y el viajero recibía de pleno el impacto en aquella región desprotegida. Y entonces su sangre se escondía, atemo­rizada. Su sangre era algo vivo como el perro, y, como él, quería ocultarse, huyendo de aquel frío aterrador. Mientras el hombre caminó a paso vivo, la sangre, mal que bien, llegó a la superficie del cuerpo, pero ahora que se había detenido, el liquido vital se retiraba a lo más recóndito del organismo. Las extremidades fueron las primeras en notar esta retirada. Sus pies mojados se congelaban a toda prisa. Los dedos de sus manos, al permanecer al descubierto, sufrían especialmente los efectos del frío, pero todavía no habían empezado a congelarse. Su nariz y sus mejillas comenzaban a helarse, y lo mismo ocurría a toda su epidermis, al perder el calor de la corriente sanguínea.
Pero estaba salvado. La congelación sólo apuntaría en los de­dos de sus pies, su nariz y sus mejillas, porque el fuego empezaba a arder con fuerza. Lo alimentaba con ramas de un dedo de grueso. Transcurrido un minuto, podría echar ramas como su muñeca. Entonces, podría quitarse los empapados mocasines y, mientras los secaba, tener calientes los pies desnudos, mante­niéndolos junto al fuego... después de haberse frotado con nieve, como es natural. Había conseguido encender fuego. Estaba sal­vado. Se acordó otra vez de los consejos del veterano de Sulphur Creek y sonrió. Este hombre le había advertido que no debía viajar solo por el Klondike cuando el termómetro estuviese a menos de cincuenta grados bajo cero. Era una ley. Sin embargo, allí estaba él, que había sufrido los mayores contratiempos, ha­llándose solo y, a pesar de ello, se había salvado. Pensó que aque­llos veteranos, a veces, exageraban las precauciones. Lo único que había que hacer era no perder la cabeza, y él no la había perdido. Cualquier hombre digno de este nombre podía viajar solo. De todos modos, era sorprendente la rapidez con que se le helaban las mejillas y la nariz. Por otra parte, nunca hubiera creído que los dedos pudiesen perder la sensibilidad en tan poco tiempo. Los tenía como el corcho: apenas podía moverlos para coger las ramitas y le parecía que no eran suyos. Cuando asía una rama, tenía que mirarla para asegurarse de que la tenía en la mano. Desde luego, se había cortado la comunicación entre él y las puntas de sus dedos.
Pero nada de esto tenía gran importancia. Allí estaba el fue­go, chisporroteando, estallando y prometiendo la vida con sus inquietas llamas. Empezó a desatarse los mocasines. Estaban cu­biertos de una capa de hielo. Los gruesos calcetines alemanes que le llegaban hasta cerca de las rodillas parecían fundas de hierro, y los cordones de los mocasines eran como alambres de acero re­torcidos y enmarañados. Estuvo un momento tirando de ellos con sus dedos entumecidos, pero, al fin, comprendiendo lo estúpido de su acción, sacó el cuchillo.
Antes de que pudiese cortar los cordones, sucedió la catás­trofe. La culpa fue suya, pues había cometido un grave error. No debió encender el fuego debajo del abeto, sino al raso, aunque le resultaba más fácil buscar las ramas entre la maleza para echarlas directamente al fuego. El árbol al pie del cual había encendido la hoguera tenía las ramas cubiertas de nieve. Desde hacía semanas no soplaba la más leve ráfaga de aire y las ramas estaban sobrecargadas. Cada vez que arrancaba una rama de la maleza sacudía ligeramente al árbol, comunicándole una vibra­ción que él no notaba, pero que fue suficiente para provocar el desastre. En lo alto del árbol una rama soltó su carga de nieve, que cayó sobre otras ramas, arrastrando la nieve que las cubría. Esta nieve arrastró a la de otras ramas, y el proceso se extendió a todo el árbol. Formando un verdadero alud, toda aquella nieve cayó de improviso sobre el hombre, y también sobre la hoguera, que se apagó en el acto. Donde hacía un momento ardía alegre­mente una fogata, sólo se veía ahora una capa de nieve floja y recién caída.
El viajero quedó anonadado. Tuvo la impresión de que acababa de oír pronunciar su sentencia de muerte. Permaneció un momento atónito, sentado en el suelo, mirando el lugar donde había estado la hoguera. Acto seguido, una profunda calma se apoderó de él. Sin duda, el veterano de Sulphur Creek tenía razón. Si hubiera viajado con otro, no habría corrido el peligro que estaba corriendo, pues su compañero de viaje habría encen­dido otra hoguera. En fin, como estaba solo, no tenía más remedio que procurarse un nuevo fuego él mismo, y esta vez aún era más indispensable que no fallara.
Aunque lo consiguiera, no se libraría, seguramente, de per­der algunos dedos de los pies, pues los tenía ya muy helados y la operación de encender una nueva fogata le llevaría algún tiempo.
Éstos eran sus pensamientos, pero no se había sentado para reflexionar, sino que mientras tales ideas cruzaban su mente, se mantenía activo, trabajando sin interrupción. Dispuso un nuevo lecho para otra hoguera, esta vez en un lugar despejado, lejos de los árboles que la pudieran apagar traidoramente. Después reunió cierta cantidad de ramitas y hierbas secas. No podía co­gerlas una a una, porque tenía los dedos agarrotados, pero sí en manojos, a puñados. De este modo pudo formar un montón de ramas podridas mezcladas con musgo verde. Habría sido prefe­rible prescindir de este musgo, pero no pudo evitarlo. Trabajaba metódicamente. Incluso reunió una brazada de ramas gruesas para utilizarlas cuando el fuego fuese cobrando fuerza. Entre tanto, el perro permanecía sentado, mirándole con expresión anhelante y triste. Sabía que era el hombre el que había de pro­porcionarle el calor del fuego, pero pasaba el tiempo y el fuego no aparecía.
Cuando todo estuvo preparado, el viajero se llevó la mano al bolsillo para sacar otro trocito de corteza de abedul. Sabía que estaba allí, en aquel bolsillo, y aunque sus dedos helados no la pudieron identificar por el tacto, reconoció el ruido que produjo el roce de su guante con ella. En vano intentó cogerla.
La idea de que a cada segundo que pasaba sus pies estaban más congelados absorbía su pensamiento. Este convencimiento le sobrecogía de temor, pero luchó contra él, a fin de conservar la calma. Se quitó los guantes con los dientes y se golpeó fuerte­mente los costados con los brazos. Ejecutó estas operaciones sen­tado en la nieve, y luego se levantó para seguir braceando. El perro, en cambio, continuó sentado, con las patas delanteras en­vueltas y protegidas por su tupida cola de lobo, las puntiagudas orejas vueltas hacia adelante para captar el menor ruido, y la mirada fija en el hombre. Éste, mientras movía los brazos y se golpeaba los costados con ellos, experimentó una repentina en­vidia al mirar a aquel ser al que la misma naturaleza propor­cionaba un abrigo protector.
Al cabo de un rato de dar fuertes y continuos golpes con sus dedos, sintió en ellos las primeras y leves señales de vida. La ligera picazón fue convirtiéndose en una serie de agudas punzadas, insoportablemente dolorosas, pero que él experimentó con verdadera satisfacción. Con la mano derecha desenguantada pudo coger la corteza de abedul. Sus dedos, faltos de protección, vol­vían a helarse a toda prisa. Luego sacó un haz de fósforos. Pero el tremendo frío ya había vuelto a dejar sin vida sus dedos, y, al intentar separar una cerilla de las otras, le cayeron todas en la nieve. Trató de recogerlas, pero no lo consiguió: sus entumecidos dedos no tenían tacto ni podían asir nada. Entonces concentró su atención en las cerillas, procurando no pensar en sus pies, su nariz y sus mejillas, que se le iban helando. Al faltarle el tacto, recurrió a la vista, y cuando comprobó que sus dedos estaban a ambos lados del haz de fósforos, intentó cerrarlos. Pero no lo consiguió: los agarrotados dedos no le obedecían. Se puso el guante de la mano derecha y la golpeó enérgicamente contra la rodilla. Luego unió las dos enguantadas manos de modo que formó con ellas un cuenco, y así pudo recoger las cerillas, a la vez que una buena cantidad de nieve. Lo depositó todo en su regazo, pero con ello no logró que las cosas mejorasen.
Tras una serie de manipulaciones, consiguió que el haz de cerillas quedase entre sus dos muñecas enguantadas, y, sujetán­dolo de este modo, pudo acercarlo a su boca. Haciendo un gran esfuerzo, y entre crujidos y estampidos del hielo que rodeaba sus labios, logró abrir las mandíbulas. Entonces replegó la mandíbula inferior y adelantó la superior, con cuyos dientes logró separar una de las cerillas, que hizo caer en su regazo. Pero el esfuerzo resultó inútil, pues no podía recogerla. En vista de ello, discurrió un nuevo sistema. Atenazó la cerilla con los dientes y la frotó contra su pierna. Tuvo que repetir veinte veces el intento para lograr que el fósforo se encendiera. Entonces, manteniéndolo entre los dientes, lo acercó a la corteza de abedul. Pero el azufre que se desprendió de la cerilla, por efecto de la combustión, pe­netró en sus fosas nasales y llegó hasta sus pulmones, producién­dole un violento ataque de tos. La cerilla cayó en la nieve y se apagó.
«El veterano de Sulphur Creek tenía razón», se dijo, procu­rando dominar su desesperación, que aumentaba por momentos. «Cuando la temperatura es inferior a cincuenta grados bajo cero, no se puede viajar.»
Se golpeó las manos una contra otra, pero no consiguió des­pertar en ellas sensación alguna. De súbito, se quitó los guantes con los dientes y apresó torpemente el haz de cerillas con sus manos insensibles, que pudo apretar una contra otra con fuerza, gracias a que los músculos de sus brazos no se habían helado. Una vez hubo sujetado así el manojo de cerillas, lo frotó contra su pierna. Los sesenta fósforos se encendieron de súbito, todos a la vez. No se podían apagar, porque la inmovilidad del aire era absoluta. El viajero apartó la cabeza para esquivar la sofocante humareda y acercó el ardiente manojo a la corteza de abedul. Entonces sintió algo en su mano. Era que su carne se quemaba. Lo notó por el olor y también por cierta sensación profunda que no llegaba a la superficie. Esta sensación se convirtió en un dolor que se fue agudizando, pero él lo resistió y apretó torpemente el llameante haz de cerillas contra la corteza de abedul, que no se encendía con la rapidez acostumbrada, porque las manos quema­das del hombre absorbían casi todo el calor.
Al fin, no pudo resistir el dolor y separó las manos. Entonces, los fósforos encendidos cayeron sobre la nieve, donde se fueron apagando entre débiles silbidos. Afortunadamente, la llama había prendido ya en la corteza de abedul. El hombre empezó a acu­mular hierba seca y minúsculas ramas sobre el incipiente fuego. Pero no podía hacer una selección escrupulosa de la leña porque, para cogerla, tenía que unir, a modo de tenaza, los bordes de sus dos manos. Con los dientes, y como podía, separaba los menudos trozos de madera podrida y de musgo verde adheridos a las ra­mas. Sopló para mantener encendida la pequeña hoguera. Sus movimientos eran torpes, pero aquel fuego significaba la vida y no debía apagarse. La sangre había abandonado la parte exte­rior de su organismo, y el hombre empezó a temblar y a proceder con mayor torpeza todavía.
En esto, un puñado de musgo verde cayó sobre la diminuta hoguera. Al tratar de apartarlo, lo hizo tan torpemente a causa de su vivo temblor, que dispersó las ramitas y las hierbas en­cendidas. Intentó reunirlas nuevamente, pero, por mucho cui­dado que trató de poner en ello, sólo consiguió dispersarlas más, debido a aquel temblor que iba en aumento. De cada una de aquellas ramitas llameantes brotó una débil columnita de humo, y al fin las llamas desaparecieron. El intento de encender la ho­guera había fracasado.
Miró con gesto apático a su alrededor y su vista se detuvo en el perro. El animal estaba al otro lado de la apagada hoguera. Sentado en la nieve, no cesaba de moverse, dando muestras de inquietud, agachándose y levantándose, adelantando ahora una pata y luego otra, sobre las que descargaba alternativamente todo el peso de su cuerpo, y lanzando gemidos de ansiedad.
Al verle, brotó una siniestra idea en el cerebro del hombre. Recordó la historia de un viajero que, sorprendido por una tem­pestad de nieve, mató a un buey para guarecerse en su cuerpo, cosa que hizo, logrando salvarse. Se dijo que podía matar al perro para introducir sus manos en el cuerpo cálido del animal y así devolverles la vida. Entonces podría encender otra hoguera.
Le llamó, pero en su voz había un matiz tan extraño, tan nuevo para el perro, que el pobre animal se asustó. Allí había algo raro, un peligro que la bestia, con su penetrante instinto, percibió. No sabía qué peligro era, pero algo ocurrió en algún punto de su cerebro que despertó en él una instintiva desconfian­za hacia su dueño. Al oír su voz, bajó las orejas y sus gestos de inquietud se acentuaron, mientras seguía levantando y bajando las patas delanteras.
Al ver que no acudía a su llamada, el viajero avanzó a gatas hacia él, insólita postura que aumentó el recelo del animal y le impulsó a retroceder paso a paso.
El hombre se sentó en la nieve y trató de dominarse. Se puso los guantes con ayuda de los dientes y se levantó. Tuvo que mirarse los pies para convencerse de que se sostenía sobre ellos, pues era tal la insensibilidad de sus plantas, que no podía notar el contacto con la tierra. Al verle de pie, las telarañas de la sos­pecha que se habían tejido en el cerebro del can empezaron a di­siparse; y cuando el hombre le llamó enérgicamente, con voz que restalló como un látigo, él obedeció como de costumbre y se acercó a su amo. Al tenerlo a su alcance, el hombre perdió la cabeza. Tendió súbitamente los brazos hacia el perro y experi­mentó una profunda sorpresa al descubrir que no podía sujetarlo con las manos, que sus dedos insensibles no se cerraban: se había olvidado de que tenía las manos congeladas y se le iban helando cada vez más. Con rápido movimiento, y antes de que el animal pudiese huir, le rodeó el cuerpo con los brazos. Entonces se sentó en la nieve, sin soltar al perro, que gruñía, gemía y luchaba por zafarse.
Pero esto era todo cuanto podía hacer: permanecer sentado con los brazos alrededor del cuerpo del perro. Entonces compren­dió que no podía matarlo. No podía hacerlo de ninguna manera. Con sus manos inermes y desvalidas, no podía sacar ni empuñar el cuchillo, ni estrangular al animal. Lo soltó, y el perro huyó como un rayo, con el rabo entre piernas y sin dejar de gruñir. Cuando se hubo alejado unos doce metros, se detuvo, se volvió y miró a su amo con curiosidad, tendiendo hacia él las orejas.
El hombre buscó con la mirada sus manos y las halló: pen­dían inertes en los extremos de sus brazos. Era curioso que tu­viese que utilizar la vista para saber dónde estaban sus manos. Empezó a mover los brazos de nuevo, enérgicamente, y dándose golpes en los costados con las manos enguantadas. Después de hacer esta violenta gimnasia durante cinco minutos, su corazón envió a la superficie de su cuerpo sangre suficiente para evitar por el momento los escalofríos. Pero sus manos seguían insen­sibles. Le producían el efecto de dos pesos inertes que pendían de los extremos de sus brazos. Sin embargo, no logró determi­nar de qué punto de su cuerpo procedía esta sensación.
Un principio de temor a la muerte, deprimente y sordo, em­pezó a invadirle, y fue cobrando intensidad a medida que el hombre fue percatándose de que ya no se trataba de que se le helasen los pies o las manos, ni de que llegara a perderlos, sino de vivir o morir, con todas las probabilidades a favor de la muerte.
Tal pánico se apoderó de él, que dio media vuelta y echó a correr por el antiguo y casi invisible camino que se deslizaba sobre el lecho helado del arroyo. El perro se lanzó en pos de él, manteniéndose a una prudente distancia. El hombre corría sin rumbo, ciego de espanto, presa de un terror que no había expe­rimentado en su vida. Poco a poco, mientras corría dando tro­pezones aquí y allá, fue recobrando la visión de las cosas: de las riberas del arroyo, de los montones de leña seca, de los chopos desnudos, del cielo...
Aquella carrera le hizo bien. Su temblor había desaparecido. Se dijo que si seguía corriendo, tal vez se deshelaran sus pies. Por otra parte, aquella carrera le podía llevar hasta el campa­mento donde sus compañeros le esperaban. Tal vez perdiera al­gunos dedos de las manos y de los pies, y parte de la cara, pero sus amigos le cuidarían y salvarían el resto de su cuerpo. Sin embargo, a este pensamiento se oponía otro que iba esbozándose en su mente: el de que el campamento estaba demasiado lejos para que él pudiera llegar, pues la congelación de su cuerpo había llegado a un punto tan avanzado, que pronto se adueñaría de él la rigidez de la muerte. Arrinconó este pensamiento en el fondo de su mente, negándose a admitirlo, y aunque a veces la idea se desmandaba y salía de su escondite, exigiendo se le prestara atención, él la rechazaba, esforzándose en pensar en otras cosas.
Se asombró al advertir que podía correr con los pies tan he­lados que no los sentía cuando los depositaba en el suelo des­cargando sobre ellos todo el peso de su persona. Le parecía que se deslizaba sin establecer el menor contacto con la tierra. Re­cordaba haber visto una vez un alado Mercurio y se preguntó si este dios mitológico experimentaría la misma sensación cuando volaba a ras de la tierra.
Había un serio obstáculo para que pudiera llevar a cabo su plan de seguir corriendo hasta llegar al campamento en que sus compañeros le esperaban, y era que no tendría la necesaria re­sistencia. Dio varios traspiés y, al fin, después de tambalearse, cayó. Intentó levantarse, pero no pudo. En vista de ello, decidió permanecer sentado y descansar. Luego continuaría la marcha, pero no ya corriendo, sino andando. Cuando estuvo sentado, notó que no sentía frío ni malestar. Ya no temblaba, e incluso le pa­reció que un agradable calorcillo se expandía por todo su cuerpo. Sin embargo, al tocarse las mejillas y la nariz, no sintió absoluta­mente nada. Se le habían helado y, por mucho que corriese, no las volvería a la vida. Lo mismo podía decir de sus manos y de sus pies. Y entonces le asaltó el pensamiento de que la congela­ción se iba extendiendo paulatinamente a otras partes de su cuer­po. Trató de imponerse a esta idea, de rechazarla, pensando en otras cosas, pues se daba cuenta de que tal pensamiento le pro­ducía verdadero pánico, y el mismo pánico le daba miedo. Pero la aterradora idea triunfó y permaneció. Al fin, ante él se alzó la visión de su cuerpo enteramente helado. Y no pudiendo sufrir semejante visión, se levantó, no sin grandes esfuerzos, y echó a correr por el camino. Poco a poco, fue reduciendo la velocidad de su insensata huida hasta marchar al paso, pero como volviera a pensar que la congelación iba extendiéndose, emprendió de nuevo una loca carrera.
El perro no lo dejaba, le seguía pegado a sus talones. Y cuan­do vio que el hombre caía por segunda vez, se sentó frente a él, se envolvió las patas delanteras con la cola, y se quedó mirándole atentamente, con ávida curiosidad. Al ver al animal, protegido por el abrigo que le proporcionaba la naturaleza, el hombre se enfureció y empezó a maldecirle de tal modo, que el perro bajó las orejas con gesto humilde y conciliador.
Inmediatamente el viajero empezó a sentir escalofríos. Perdía la batalla contra el frío, que penetraba en su cuerpo por todas partes, insidiosamente. Al advertirlo, hizo un esfuerzo sobrehu­mano para levantarse y seguir corriendo. Pero apenas había avan­zado treinta metros, empezó de nuevo a tambalearse y volvió a caer. Éste fue su último momento de pánico. Cuando recobró el aliento y el dominio de sí mismo, se sentó en la nieve y se encaró por primera vez con la idea de recibir la muerte con dignidad. Pero él no se planteó la cuestión en estos términos, sino que se limitó a pensar que había hecho el ridículo al correr de un lado a otro alocadamente como - éste fue el símil que se le ocurrió - una gallina decapitada. Ya que nada podía impedir que muriese congelado, era preferible morir de un modo decente.
Al sentir esta nueva serenidad, experimentó también la pri­mera sensación de somnolencia.
«Lo mejor que puedo hacer - se dijo - es echarme a dormir y esperar así la llegada de la muerte.»
Le parecía que había tomado un anestésico. Morir helado no era, al fin y al cabo, tan malo como algunos creían. Había otras muertes mucho peores.
Se imaginó a sus compañeros en el momento de encontrar su cadáver al día siguiente. De súbito, le pareció que estaba con ellos, que iba con ellos por el camino, buscándole. El grupo dobló un recodo y entonces el hombre se vio a sí mismo tendido en la nieve con la rigidez de la muerte. Estaba con sus compañeros, contemplando su propio cadáver; por lo tanto, su cuerpo ya no le pertenecía.
Aún pasó por su pensamiento la idea del tremendo frío que ha­cía. Cuando volviese a los Estados Unidos podría decir lo que era frío... Después se acordó del veterano de Sulphur Creek y lo vio con toda claridad, bien abrigado y con su pipa entre los dientes.
-Tenías razón, amigo; tenías razón -murmuró como si realmente lo tuviese delante.
Seguidamente se sumió en el sueño más dulce y apacible de su vida.
El perro se sentó frente a él y esperó. El breve día iba ya hacia su ocaso en un lento y largo crepúsculo. El animal observaba que no había indicios de que el hombre fuera a encender una ho­guera, y le extrañaba, porque era la primera vez que veía a un hombre sentado en la nieve de aquel modo sin preparar un buen fuego.
A medida que el crepúsculo iba avanzando hacia su fin, el animal iba sintiendo más ávidamente el deseo de ver brotar las llamas de una hoguera. Impaciente, levantaba y bajaba las patas anteriores. Luego lanzó un suave gemido y bajó las orejas, en espera de que el hombre le riñese. Pero el hombre guardó si­lencio. Entonces, el perro gimió con más fuerza y, arrastrándose, se acercó a su dueño. Retrocedió con los pelos del lomo erizados: había olfateado la muerte. Aún estuvo allí unos momentos, aullan­do bajo las estrellas que parpadeaban y danzaban en el helado firmamento. Luego dio media vuelta y se alejó al trote por la pista, camino del campamento, que ya conocía y donde estaba seguro de encontrar otros hombres que tendrían un buen fuego y le darían de comer.


ODISEA EN EL NORTE
I


Los trineos dejaban oír su eterna queja, a la que se mezclaba el chirriar de los arneses y el tintineo de las campanillas de los perros que iban en cabeza. Pero los hombres y los animales, ren­didos de fatiga, guardaban silencio. Una capa de nieve reciente dificultaba la marcha sobre la pista. Estaban ya muy lejos del punto de partida. Los perros, arrastrando una carga excesiva de ancas de alce congeladas, duras como el pedernal, se apalancaban con todas sus fuerzas en la blanda superficie de la nieve y avan­zaban con una terquedad casi humana.
Caía la noche, pero nadie pensaba en acampar. La nieve des­cendía suavemente por el aire inmóvil, no en copos, sino en di­minutos cristales de dibujos delicados y sutiles. La temperatura era bastante alta - sólo veintitrés grados bajo cero - y los hom­bres no sentían frío. Meyers y Bettles habían levantado las ore­jeras de sus pasamontañas y Malemute Kid incluso se había qui­tado los guantes.
Los perros, aunque fatigados desde las primeras horas de la tarde, empezaron a dar muestras de un nuevo vigor. Entre los más sagaces reinaba cierta desazón. Se impacientaban ante las limitaciones que imponían a su marcha los arreos; sus movimien­tos eran rápidos, pero indecisos; olfateaban nerviosamente y le­vantaban las orejas. Estos canes se enfurecían ante la flema de algunos de sus congéneres y los estimulaban con continuos e in­sidiosos mordiscos en los cuartos traseros, proceder que las víc­timas imitaban en perjuicio de otros. De súbito, el perro que abría la marcha en el primer trineo lanzó un agudo gemido de satisfacción y, casi echándose en la nieve, descargó todo el peso de su cuerpo sobre el collar. Todos los demás perros hicieron lo mismo, de modo que se tensaron los arreos y los trineos dieron un salto hacia adelante. Los hombres se asieron con fuerza a las varas y aceleraron la marcha para no ser atropellados por las otras traíllas. El cansancio de la jornada les abandonó y empezaron a alentar con sus gritos a los perros, que respondieron con gozosos ladridos. El avance a través de las crecientes tinieblas cobró gran vivacidad.
- ¡Arre, arre! - gritaban los hombres cuando su trineo aban­donaba de pronto la pista principal, escorando por efecto de la tracción de una sola fila de perros, como lugres que reciben el viento de costado.
Luego emprendieron con frenesí la carrera final para cubrir el centenar de metros que los separaba de la ventana iluminada, cubierta por un pergamino, que indicaba la presencia de una acogedora cabaña, con su llameante estufa del Yukon y sus teteras humeantes. Pero el anhelado refugio estaba ocupado. Sesenta perros esquimales de cuerpo peludo llenaron el espacio con sus gruñidos de desconfianza y se arrojaron sobre la traílla que tiraba del primer trineo. En esto la puerta de la cabaña se abrió de par en par y apareció un hombre que vestía la guerrera escarlata de la Policía del Noroeste. El policía se internó en aquella masa de enfurecidos perros que le llegaba a las rodillas, y, manejando con la mayor equidad el mango de un látigo especial para este género de animales, restableció la calma.
Después, los hombres se dieron la mano. Así fue recibido Malemute Kid por un extraño en su propia cabaña. Stanley Prince era quien en realidad debió salir a recibirle, pero estaba muy ocupado, pues tenía que atender a la estufa del Yukon, a las teteras y a sus huéspedes, que, en número aproximado de una docena, formaban el grupo más abigarrado que jamás había ser­vido a la Reina y que se cuidaba de repartir el correo y de im­poner el respeto a las leyes. Aquellos hombres eran de los más diversos orígenes, pero la vida que llevaban les había dado un sello común característico: todos eran hombres delgados y fuer­tes, de piernas endurecidas por las caminatas, rostro curtido por el sol y almas apacibles que se mostraban en sus miradas francas, nobles y enérgicas. Conducían los perros de la Reina, inspiraban temor a los enemigos de Su Majestad, comían lo que la soberana les asignaba, que no era mucho, y se sentían felices y contentos. Habían visto la vida cara a cara, y, aunque ellos no lo sabían, habían realizado verdaderas hazañas y corrido aventuras nove­lescas.
Estaban como en casa propia. Dos de ellos, tendidos en la litera de Malemute Kid, entonaban canciones que ya cantaban sus antepasados franceses cuando ocuparon las regiones del No­roeste y se unieron a las mujeres indias.
La litera de Bettles había sufrido una invasión similar: tres o cuatro fornidos voyageurs habían introducido los dedos de los pies entre las mantas y escuchaban el relato de otro que había servido en la brigada flotante de Wolseley, cuando logró llegar a Jartum peleando desde sus barcas. Luego tomó la palabra un vaquero y empezó a hablar de las cortes, los reyes, las damas y los caballeros que había visto cuando acompañó a Búfalo Bill en su viaje por las capitales de Europa. En un rincón, dos mes­tizos, antiguos camaradas de armas en una campaña que había fracasado, remendaban arneses y hablaban de los días en que reinaba Luis Riel y las llamas de la insurrección se alzaban en todo el Noroeste.
Se oían rudas chanzas y bromas más rudas aún y se referían las más extraordinarias y arriesgadas aventuras - ocurridas en la pista y en el río - con la mayor naturalidad, como si sólo mere­cieran recordarse por alguna nota de humor o algún detalle ridícu­lo. Prince se sintió subyugado por aquellos héroes anónimos que habían asistido a la formación de la historia y medían por el mismo rasero lo grande y romántico que los pequeños incidentes de la vida cotidiana. Les dio de fumar con despreocupada esplen­didez, y entonces se aflojaron las cadenas enmohecidas de los re­cuerdos, y, para deleite suyo, se rememoraron odiseas olvidadas.
La conversación decayó al fin. Los viajeros llenaron las úl­timas pipas, desataron las pieles fuertemente arrolladas y se dis­pusieron a dormir. Entonces Prince se volvió hacia su camarada para pedirle más noticias.
- Ya sabes quién es el vaquero - respondió Malemute Kid, empezando a desatarse los mocasines -; y no es difícil adivinar la sangre que corre por las venas de su compañero de cama. En cuanto a los restantes, son todos hijos de los coureurs du bois, mezclados con sabe Dios cuántas otras sangres. Los dos que ahora entran son mestizos corrientes, boisbrûlés. Ese muchacho que lleva una bufanda de tela de pantalones (observa sus cejas y la caída de su quijada) demuestra que un escocés lloró entre el humo que llenaba la tienda de su madre. Y aquel tipo tan apues­to que se está colocando el capote como almohada es un mestizo francés, como habrás notado al oírle hablar. No tiene la menor simpatía a los indios que se disponen a acostarse a su lado. Ya sabes que cuando los mestizos se alzaron acaudillados por Riel, los pura sangre no tomaron parte en la lucha; desde aquel día no se ha prodigado el amor entre ambas comunidades.
-Pero dime: ¿quién es aquel individuo de aspecto fúnebre que está junto a la estufa? No debe de saber inglés: no ha dicho esta boca es mía en toda la noche.
- Te equivocas. Habla el inglés perfectamente. ¿No has visto cómo miraba a uno y a otro durante la conversación? Yo sí que lo he advertido. Pero no tiene parentesco alguno ni amistad con los demás. Cuando ellos hablaban en su argot, él no comprendía ni una palabra. Me he preguntado quién será. Vamos a averi­guarlo.
Y Malemute Kid, levantando la voz y mirando fijamente al desconocido, le ordenó:
- ¡Echa un poco de leña a la estufa!
Éste se apresuró a obedecer.
- En algún sitio le han inculcado la disciplina a palos - co­mentó Prince en voz baja.
Malemute Kid asintió y, después de quitarse los calcetines, se dirigió a la estufa, sorteando los cuerpos tendidos. Cuando estuvo junto al fuego, colgó sus húmedas prendas entre una veintena de calcetines puestos a secar.
- ¿Cuándo crees que llegarás a Dawson? - preguntó al des­conocido.
Éste le observó un momento antes de contestar.
- Dicen que está a unos ciento veinte kilómetros. Yo creo que tardaré unos dos días.
Apenas se le notaba acento extranjero y hablaba sin dificultad alguna.
- ¿Habías estado en esta región?
- No.
-¿Y en el Noroeste?
- Sí.
- ¿Naciste allí?
- No.
- Pues ¿dónde demonios naciste? Tú no eres como ésos. Malemute Kid señaló a los conductores de los perros, inclu­yendo a los dos policías que se habían acostado en la litera de Prince.
- ¿De dónde eres? He visto caras como la tuya más de una vez, aunque no recuerdo dónde ni cuándo.
-Yo te conozco -dijo el misterioso individuo sin que vi­niese a cuento, como si quisiera esquivar las preguntas de Male­mute Kid.
- ¿De dónde? ¿Nos habíamos visto ya?
-Tú y yo, no; a quien vi fue a tu socio el sacerdote, hace ya mucho tiempo, en Pastilik. Me preguntó si te había visto, Malemute Kid. Me dio de comer. No estuve allí mucho tiempo. ¿No te habló de mí?
- ¡Ah! ¿Tú eres aquel que cambiaba pieles de nutria por perros?
El hombre asintió, golpeó su pipa para vaciarla y se envolvió en sus pieles como prueba de que no se sentía inclinado a seguir conversando. Malemute Kid apagó de un soplo la lámpara de sebo y se introdujo bajo las mantas con Prince.
- Dime, ¿quién es ese hombre? - preguntó éste.
-No lo sé. Esquivó mis preguntas y después se cerró como una ostra. Sin duda es uno de esos tipos que despiertan la cu­riosidad. Ya había oído hablar de él. Su nombre corría por toda la costa hace ocho años. Es un individuo misterioso. Bajó del Norte en pleno invierno, de un punto situado a muchos miles de kilómetros de aquí, siguiendo la orilla del mar de Behring y caminando como si el diablo le pisara los talones. Nadie supo jamás de dónde había partido, pero seguramente llegaba de muy lejos, pues estaba deshecho por las penalidades sufridas durante el viaje cuando el misionero sueco de la bahía de Golovin le dio de comer y le indicó el camino del Sur. Yo me enteré más tarde. Después abandonó la costa y se internó en el estuario del Nor­ton. Allí le recibió un tiempo infernal: ventiscas y fuertes venda­vales. Pero consiguió salir con vida de aquel lugar donde cual­quier otro habría dejado la piel. Pasando por Pastilik, no por St. Michael, volvió a la costa. Lo había perdido casi todo y estaba muerto de hambre. Pero aún le quedaban dos perros. Ansiaba seguir adelante. El padre Roubeau le proporcionó víveres, pero no pudo prestarle ningún perro: tenía que salir de viaje y, para partir, sólo esperaba que llegase yo. Nuestro amigo Ulises tenía demasiada experiencia para continuar la marcha sin perros, y durante varios días permaneció allí. Estaba en ascuas. En su trineo llevaba un buen montón de pieles de nutria magistral­mente curtidas..., de nutria marina, por supuesto, que es una piel que vale su peso en oro.
»En Pastilik residía entonces un mercader ruso, un émulo de Shylock, que tenía gran cantidad de perros. En la entrevista que tuvo con él, el forastero no perdió demasiado tiempo re­gateando, y cuando regresó al Sur, de su trineo tiraba una her­mosa traílla de perros. No hay que decir que el Shylock de Pas­tilik se había apropiado las pieles de nutria. Yo vi esas pieles. Eran estupendas. Hice un cálculo y llegué a la conclusión de que los perros le habían resultado a nuestro hombre a quinientos cada uno como mínimo. Sin embargo, todo parecía indicar que el vendedor sabía perfectamente lo que valían las pieles de nu­tria. Desde luego, era indio, y lo poco que decía dejaba entrever que había vivido entre hombres blancos.
»Cuando el mar se desheló, de la isla de Nunivak llegó la noticia de que nuestro forastero se había presentado allí en busca de comida. Luego dejó de saberse de él y ésta es su primera reaparición después de ocho años de ausencia. Y yo me pregunto: ¿De dónde es? ¿Qué hacía en su patria? ¿Por qué ha venido? Es indio, nadie sabe dónde ha estado y le han metido la disci­plina en el cuerpo, lo cual es muy raro en un indio. Otro mis­terio del Norte que puedes aclarar, Prince.
- Muchísimas gracias, pero de momento ya tengo bastantes problemas por resolver - contestó Prince.
Malemute Kid respiraba ya con la profundidad del sueño; pero el joven ingeniero de minas, aunque estaba echado, tenía los ojos abiertos y miraba hacia arriba como si quisiera perforar las espesas tinieblas, en espera de que desapareciese la extraña excitación que le agitaba. Y cuando se durmió, su cerebro siguió funcionando. Esta vez también él vagó por la blanca extensión desconocida, avanzando penosamente con los perros por pistas interminables y viendo como los hombres vivían, luchaban y mo­rían como hombres.


A la mañana siguiente, unas horas antes del amanecer, los conductores de perros y los policías continuaron su marcha hacia Dawson. Pero las autoridades que velaban por los intereses de Su Majestad y regían los destinos de los súbditos más modestos concedían poco descanso a los correos, los cuales aparecieron una semana después en el río Stuart con la excesiva carga de la abundante correspondencia destinada a Salt Water. Verdad es que llevaban perros de refresco; pero los perros eran siempre perros.
Los hombres deseaban encontrar un lugar de descanso. Por otra parte, Klondike, la nueva región del Norte, les seducía: an­siaban ver aquella Ciudad del Oro, donde el polvo amarillo corría como el agua y en la que había salones de baile donde el bullicio y la alegría eran continuos. Antes de acostarse, pusieron a secar sus calcetines y fumaron sus pipas con el mismo placer que en su viaje anterior. Dos de aquellos hombres, llevados de su teme­ridad, convinieron que era posible una deserción para cruzar las inexploradas Montañas Rocosas que se alzaban en el Este, y re­gresar, siguiendo el curso del Mackenzie, a los terrenos de la región de Chippewyan, donde habían triturado mineral. Otros dos o tres estaban decididos a regresar a sus hogares por aquella misma ruta, una vez terminado el servicio, y empezaron a trazar planes, ansiosos dé acometer la arriesgada empresa que para ellos era, poco más o menos, lo que para un hombre de la ciudad una excursión de un día a la montaña.
El de las pieles de nutria daba muestras de gran intranqui­lidad, aunque apenas desplegaba los labios. Al fin, se llevó a Malemute Kid a un rincón y estuvo un buen rato conversando con él en voz baja. Prince les dirigía miradas llenas de curiosidad y todo aquello le pareció mucho más misterioso cuando ambos salieron de la cabaña después de ponerse los guantes y las gorras.
Cuando volvieron a entrar, Malemute Kid puso sus balanzas en la mesa, pesó sesenta onzas de oro y las echó en el saco del forastero. Entonces el jefe de los conductores de perros se in­corporó a la reunión y participó en algunas transacciones. Al día siguiente, el grupo se fue río arriba, pero el hombre de las pieles de nutria se aprovisionó de víveres y emprendió el regreso a Dawson.
- No sabía cómo complacerlo - dijo Malemute Kid en res­puesta a las preguntas de Prince -. El pobre hombre quería que le diese de baja en el servicio con cualquier pretexto. Sin duda, tenía para ello alguna razón importante, pero ni siquiera me in­sinuó cuál era. Verás, es como en el servicio militar. Él se había alistado por dos años, y el único medio para dejarlo era pagar como si fuese un soldado de cuota. Si desertaba, no podía que­darse aquí, cosa que deseaba por encima de todo. Dice que tuvo esta idea cuando llegó a Dawson. Pero no tenía un céntimo y allí no conocía a nadie. Yo era la única persona con la que había cambiado algunas palabras. Habló con el teniente gobernador y éste le dijo que yo le daría dinero..., prestado, como es natural. Me ha dicho que me lo devolverá dentro de un año y que, si quiero, me proporcionará algo que vale la pena. Ignora lo que es, pero sabe que vale la pena.
»Óyeme: cuando me hizo salir, estaba a punto de echarse a llorar. Entre ruegos e imploraciones, se arrojó a mis pies, sobre la nieve, y no se levantó hasta que yo le obligué a hacerlo. Ha­blaba como si se hubiese vuelto loco. Me ha asegurado que para llegar hasta aquí ha tenido que luchar durante varios años y que no podía sufrir tener que volverse a marchar. Yo le pregunté qué quería decir con eso de poder llegar hasta aquí, pero él no quiso explicármelo. Dijo que tal vez le destinaran a la otra mi­tad del recorrido, por lo que estaría dos años sin poder ir a Dawson, y que entonces sería ya demasiado tarde. Nunca había visto a un hombre tan fuera de sí. Y cuando le dije que le pres­taría el dinero, tuve que levantarlo de la nieve por segunda vez. Le advertí que le hacía el préstamo que necesitaba para equipo y provisiones, a cambio de una participación en sus beneficios si descubría alguna mina. ¿Crees que aceptó? Pues no. Me aseguró que me daría todo lo que encontrase, que me enriquecería mucho más de lo que pudiera soñar el hombre más avaro, y me hizo otras promesas parecidas. Pero no cabe duda de que un hombre que prefiere exponer su vida y perder su tiempo a conceder una participación en sus beneficios, no es lógico que entregue ni si­quiera una mitad de lo que encuentre. óyelo bien, Prince: de­trás de todo esto hay algo. Oiremos hablar de ese hombre si se queda en la región.
- ¿Y si no se queda?
- Entonces habré de arrepentirme de mi generosidad y per­deré sesenta onzas de oro.
Con las largas noches volvió el frío. El sol reanudó su anti­guo juego de atisbar por encima del nevado horizonte meridional, donde nadie había oído hablar de la proposición de Malemu­te Kid.
Una tenebrosa mañana de principios de enero, una caravana de trineos excesivamente cargados se detuvo ante la cabaña en­clavada más allá del río Stuart. El hombre de las pieles de nutria llegaba con ellos y a su lado iba uno de esos seres que ya apenas existen: Axel Gunderson. La gente del Norte nunca hablaba de suerte, de valor ni de dinero, sin mencionar este nombre. junto a las hogueras de los campamentos no se podían referir actos de fuerza y audacia ni temerarias aventuras sin citar a Axel Gun­derson. Y si la charla languidecía, bastaba mencionar a la mujer que compartía su suerte, para que los contertulios se animaran.
Axel Gunderson era uno de aquellos hombres que nacían cuando el mundo era joven. Rebasaba los dos metros de esta­tura y vestía de un modo tan pintoresco que se le podía tomar por un rey de Eldorado. Su pecho, su cuello y sus miembros eran los propios de un gigante. Al tener que soportar ciento treinta y cinco kilos de hueso y músculo, sus esquís superaban en un metro la medida de los corrientes. Su rostro de toscas facciones, frente recia, mandíbulas poderosas, ojos azules, claros y pe­netrantes, revelaba que era un hombre que no conocía más ley que la de la fuerza. Su cabello, sedoso y amarillo como el trigo maduro, presentaba mil incrustaciones de escarcha, cruzaba su frente dando la impresión de que el día atravesaba la noche, y caía abundantemente sobre su chaqueta de piel de oso.
Una especie de aureola marinera parecía rodearle cuando ba­jaba por la estrecha pista precediendo a los perros, y al golpear con el mango de su látigo la puerta de la cabaña de Malemute Kid, dio la impresión de ser un vikíngo que llamase con fuertes golpes a la puerta de un castillo para pedir alojamiento durante una de sus correrías por el Sur.
Prince se arremangó, dejando al descubierto sus brazos de formas femeninas, y empezó a amasar pan ázimo. Mientras se dedicaba a esta tarea, dirigía continuas miradas a sus huéspedes, tres viajeros que tal vez no volverían a hallarse bajo aquel techo en toda su vida.
El forastero al que Malemute Kid había puesto el sobrenom­bre de Ulises seguía fascinándole, pero el interés de Prince se concentraba en Axel Gunderson y su compañera. Ésta acusaba el cansancio de la jornada. Cierto que había descansado en có­modas cabañas desde que su esposo se había adueñado de las riquezas que ofrecían aquellos helados caminos, pero la fatiga había acabado por apoderarse de ella.
Apoyó la cabeza en el ancho pecho de Axel, como una flor que descansara en un muro, y respondió perezosamente a las amables bromas de Malemute Kid, mientras hacía hervir de vez en cuando la sangre de Prince con la mirada de sus ojos oscuros y profundos. Y es que Prince era un hombre sano y vigoroso que había visto muy pocas mujeres desde hacía mucho tiempo. Aqué­lla era mayor que él y, además, de raza india; pero era distinta a todas las mujeres indígenas que había conocido. Aquella mujer había viajado por diversos países, sin excluir el suyo, según se deducía de su conversación. Estaba impuesta de todo aquello que conocían las mujeres de su raza y, además, de otras muchas cosas que no era natural que éstas supiesen.
Sabía preparar una comida de pescado secado al sol y hacer una cama en la nieve. No obstante, les explicaba el modo de servir un banquete de numerosos platos, y los ponía en eviden­cia y provocaba discusiones al hablarles de antiguas recetas cu­linarias que ellos casi habían olvidado.
Conocía las costumbres del alce, del oso y del pequeño zorro azulado, así como la vida de los salvajes anfibios que poblaban los mares del Norte. Dominaba la ciencia de navegar por los arro­yos, y las huellas que dejaban los hombres, las aves y los ani­males terrestres sobre la blanca superficie de la nieve, eran para ella como las páginas de un libro abierto.
Prince la vio parpadear con un gesto de comprensión cuando oyó las reglas del campamento, obra de Bettles, que las había dictado en una época en que su sangre hervía y que eran notables como notas de humor espontáneo y sencillo. Prince volvía el car­telito de cara a la pared cuando sabía que tenían que llegar mu­jeres al campamento; pero quién podía imaginarse que aquella visitante indígena... En fin, el mal ya no tenía remedio.
Ésta era la esposa de Axel Gunderson, aquella mujer cuya fama rivalizaba con la de su marido y se extendía, como la de él, por todo el Norte. Cuando se sentaron a la mesa, Malemute Kid la provocó con la confianza que le permitía su antigua amis­tad con ella, y Prince se sobrepuso a la timidez propia del primer encuentro y se unió a las bromas. Pero ella supo salir airosa de la lucha desigual, mientras que su esposo, más tardo de enten­dimiento, sólo se atrevía a aplaudirla. ¡Qué orgulloso estaba de ella! Esto se veía claramente. Todas sus miradas, todos sus actos revelaban el gran espacio que ella ocupaba en su vida. El hom­bre de las pieles de nutria comía en silencio, olvidado por los protagonistas de la alegre contienda, y cuando ya hacía rato que los demás habían terminado de comer, se levantó y se fue a hacer compañía a los perros. Pero, por desgracia, sus compañeros de viaje se pusieron demasiado pronto los guantes y las chaque­tas de piel con caperuza y le siguieron.
No había nevado desde hacía muchos días y los trineos se deslizaban por la endurecida pista del Yukon con tanta facilidad como si corriesen sobre hielo resbaladizo. Ulises conducía el pri­mer trineo; con el segundo iban Prince y la mujer de Axel Gun­derson; Malemute Kid y el gigante rubio conducían el tercero. - No es más que un presentimiento, Kid - dijo Axel -, pero creo que acierta. Él nunca ha estado allí, pero su relato es convincente y además exhibe un mapa del que yo ya había oído hablar hace años, cuando estuve en la región de Kootenay. Me gustaría que tú vinieses; pero es un hombre extraño y dijo ro­tundamente que lo dejaría todo si venía alguien más. Pero cuan­do yo vuelva tendrás opción antes que nadie. Tu puesto estará inmediatamente después del mío. Además, puedes contar con la mitad del terreno de la ciudad... ¡No, no! - exclamó, cuando el otro trató de interrumpirle- Esto lo llevo yo y, antes de haber terminado, necesitaré contar con otro. Si todo sale bien, ese lugar será un segundo Cripple Creek. ¿Comprendes lo que esto significa? ¡Un segundo Cripple Creek! Para que te enteres, se trata de cuarzo, no de un «placer» 1, y si lo explotamos bien nos haremos los amos, pues tendremos millones. Yo ya había oído hablar de ese sitio, y tú también. Construiremos una ciu­dad... Millares de obreros... Buenas comunicaciones fluviales... Líneas de vapores... Grandes empresas de transporte... Vapores de poco calado para llegar a las fuentes del río... Tal vez tendre­mos una línea de ferrocarril... Y tendremos serrerías, central de energía eléctrica, una banca propia, una compañía comercial, un sindicato... ¿Qué te parece? Pero tú, calladito hasta que yo vuelva.
Los trineos se detuvieron al llegar al punto en que la pista cruzaba la desembocadura del río Stuart, mar de hielo que se extendía hasta perderse en el Este misterioso. Desataron las ra­quetas de nieve, que llevaban en los trineos. Axel Gunderson estrechó las manos a los demás y se situó a la vanguardia. Sus grandes raquetas se hundían medio metro en la superficie algo­donosa, que apisonaba para que los perros no se atascasen. Su esposa marchaba detrás del último trineo. Evidenciaba una larga práctica en el uso del engorroso calzado de nieve. El silencio fue rasgado por alegres gritos de despedida; los perros gimieron y el de las pieles de nutria hizo restallar su látigo para estimular a un can recalcitrante.
Una hora después el convoy parecía un lápiz negro trazando una larga línea recta sobre una inmensa hoja de papel.


II
Una noche, muchas semanas después, Malemute Kid y Prince resolvían juntos problemas de ajedrez que figuraban en una hoja arrancada a una vieja revista. Kid acababa de regresar de sus propiedades de Bonanza y había decidido descansar antes de em­prender una larga cacería de alces. Prince había pasado también casi todo el invierno siguiendo arroyos y pistas y anhelaba la paz y el sosiego de una semana en la cabaña.
- Salta el caballo negro y da jaque al rey. No, eso no sirve. Vamos a ver esta otra jugada.
- ¿Por qué avanzas el peón dos casillas? Así te lo como y, con el alfil tan mal colocado...
- ¡Eso es malo, hombre! Te descubres y...
-No, este lado está protegido. ¡Adelante! Verás como da resultado.
Cuando más enfrascados estaban en la solución del problema, llamaron con los nudillos a la puerta. Hubieron de llamar dos veces para que Malemute Kid dijese: «¡Adelante!» La puerta se abrió. Alguien entró tambaleándose. Prince miró hacia el recién llegado y se puso en pie de un salto. El horror que había en su mirada movió a Malemute Kid a volverse vivamente. También Kid se sobresaltó, aunque estaba acostumbrado a ver cosas de­sagradables. Aquel ser se acercó a ellos sin verles y con paso vacilante. Prince se apartó y se dirigió al clavo del que pendía su Smith & Wesson.
-¡Santo Dios! ¿Qué es esto? -preguntó en voz baja a Malemute Kid.
- No lo sé. Parece un caso de congelación y de hambre - repuso Kid apartándose hacia el lado opuesto -. ¡Cuidado! Puede estar loco.
Advertido esto, fue a cerrar la puerta.
El extraño ser avanzó hacia la mesa. Sus ojos abotagados advirtieron la alegre llama de la lámpara de sebo. Aquello pareció divertirle y dejó escapar una especie de cloqueo que quería ex­presar alegría. Luego, de pronto, aquel hombre - pues era un hombre - se echó hacia atrás y, dando un tirón a sus pantalones de piel, empezó a canturrear una tonada parecida a la que cantan los marineros al dar vueltas al cabrestante mientras el mar brama en sus oídos:


El barco del yanqui baja por el río.
¡Hala, muchachos, hala!
¿No queréis saber quién es su capitán?
¡Hala, muchachos, hala!
Es Jonatán Jones de Carolina del Sur.
¡Hala, mucha...!


Se interrumpió de súbito, se acercó, tambaleándose y lanzan­do gruñidos de lobo, a la alacena donde estaba la carne, y, an­tes de que Kid y Prince lo pudieran evitar, se apoderó de un jamón y empezó a devorarlo, desgarrándolo con los dientes. Ma­lemute Kid se abalanzó sobre él y los dos empezaron a luchar como condenados. Pero la fuerza de loco que asistía al recién llegado le abandonó tan súbitamente como le había asaltado, y entregó el jamón sin ofrecer resistencia. Entre Kid y Prince lo sentaron en un escabel, y él se echó de bruces en la mesa. Una pequeña dosis de whisky lo reanimó y entonces pudo introducir una cucharilla en el bote de azúcar que Malemute Kíd puso ante él. Una vez hubo calmado un poco su apetito, Prince le ofreció una taza de caldo muy claro de carne de buey.
Los ojos del hombre brillaban con sombrío frenesí, que lla­meaba y se desvanecía a cada cucharada. Tenía casi todo el rostro desollado. Su cara, chupada y macilenta, apenas recordaba un semblante humano. Una helada tras otra la habían roído pro­fundamente, al formarse una serie de capa de costras sobre otra de llagas, producidas por las heladas y todavía a medio curar. Aquella mascarilla de sangre negruzca, reseca y dura, estaba cru­zada por horribles grietas que dejaban ver la carne viva de co­lor rojo.
Su traje de pieles estaba sucio y hecho jirones. Además, se observaban quemaduras en uno de sus costados, lo que demos­traba que el hombre se había caído en una hoguera. Malemute Kid señaló un lugar donde la piel, curtida al sol, había sido cortada a tiras, dramática prueba del hambre que había pasado su dueño.
- ¿Quién eres? - preguntó Kid con voz lenta y clara.
El desconocido no le hizo caso.
- ¿De dónde vienes?
- El barco del yanqui baja por el río - contestó el extraño ser con voz cascada.
-Ya sé que ese pordiosero bajó por el río -le dijo Kíd, zarandeándolo para ver si lograba que hablase con más cohe­rencia.
El desgraciado lanzó un grito y se llevó la mano al costado con un gesto de dolor. Luego se puso lentamente en pie, y quedó apoyado en la mesa.
- Ella se rió de mí... Me miraba con odio... Y no quiso... venir...
Su voz se apagó, y se dejó caer de nuevo en el escabel. Ma­lemute Kid le aprisionó la muñeca y le preguntó:
- ¿Quién? ¿Quién no quiso venir?
- Ella, Unga. Se reía y me pegó. Y después...
- ¿Qué?
- Y después...
- ¿Qué?
- Después estuvo mucho rato tendida en la nieve, sin mo­verse. Aún sigue allí..., en la... nieve.
Kid y Prince se miraron con un gesto de impotencia.
- ¿Quién está en la nieve?
- Ella, Unga, Unga. Me miró con odio, y después...
- Después ¿qué?
-Después sacó el cuchillo..., y me dio una, dos... Estoy muy débil... He venido muy despacio... Hay mucho oro allí, muchísimo oro...
- ¿Dónde está Unga?
Malemute Kid se dijo que tal vez aquella mujer se estuviese muriendo a un kilómetro de allí. Sacudió furioso al hombre, re­pitiendo una y otra vez:
- ¿Dónde está Unga? ¿Quién es Unga?
- Está... en... la... nieve.
- ¡Habla!
Kíd le retorcía cruelmente la muñeca.
- Yo... también... estaría... en... la nieve..., pero... yo... tenía... que... pagar... una deuda. Ha sido... un fastidio... esto de tener... que... pagar... una deuda...
Interrumpió su penosa cantinela para rebuscar en su bolsillo y sacar una bolsa de piel de gamo.
- Una... deuda... que... saldar... Cinco... libras... de... oro... Participación... Mal...e...mute ... Kid...
Exhausto, dejó caer la cabeza sobre la mesa. Esta vez, Ma­lemute Kid no pudo hacérsela levantar de nuevo.
- Es Ulises - dijo con voz queda, tirando la bolsa de polvo de oro sobre la mesa- Yo creo que Axel Gunderson y su mu­jer están listos. Bueno; metámoslo entre las mantas. Es indio; por lo tanto, vivirá. Y entonces nos lo contará todo.
Cuando cortaron sus ropas para quitárselas, junto a su tetilla derecha vieron los orificios, de bordes duros y amoratados, de dos puñaladas sin cicatrizar.


III
-Os contaré las cosas a mi manera; pero estoy seguro de que vosotros me entenderéis. Empezaré por el principio y os hablaré, primero de mí y de la mujer, y después del hombre.
El de las pieles de nutria se acercó a la estufa, cosa muy ex­plicable, pues, de haberse visto privado del fuego, temía que este regalo de la naturaleza pudiera desvanecerse en cualquier momento. Malemute Kid colocó la lámpara de sebo de modo que iluminase las facciones del narrador. Prince se levantó de su li­tera y fue a reunirse con ellos.
-Yo soy Naass, jefe e hijo de jefe, nacido entre la puesta y la salida del sol, a orillas del mar oscuro, en el umiak 2 de mi padre. Durante toda la noche los hombres manejaron con afán los canaletes y las mujeres achicaron el agua que nos enviaban las olas. Así luchamos con el temporal. La espuma salada se heló sobre el seno de mi madre, que exhaló su postrer aliento cuando amainó la marea. Pero yo..., yo levanté mi voz con el viento y la tempestad y viví... Nuestra morada estaba en Akatan...
-¿Dónde? -preguntó Malemute Kid.
- En Akatan, isla de las Aleutianas; en Akatan, que está más allá de Chignik, y de Kardalak, y de Unimak. Como digo, nuestra morada estaba en Akatan, que se halla en medio del mar, al borde del mundo. Recorríamos los mares salados en busca de peces, focas y nutrias, y nuestros hogares se amontonaban en la lengua rocosa que se extendía entre la linde del bosque y la playa amarillenta donde teníamos nuestros kayaks. No éramos muchos y nuestro mundo era muy pequeño. Hacia el Este había tierras extrañas, islas como Akatan, lo que nos hacía creer que todo el mundo eran islas, y no queríamos saber nada más.
»Yo no era como los míos. En las arenas de la playa se veían los hierros retorcidos y las maderas deformadas por las olas de una embarcación distinta de las que construía mi pueblo. Recuer­do que en la punta de la isla que tenía tres lados en contacto con el océano se alzaba un pino que no podía haber crecido allí na­turalmente, pues era alto y de tronco liso y derecho. Se decía que dos hombres se turnaron para vigilar desde allí durante mu­chos días, a las horas de luz. Estos dos hombres habían llegado en el barco que yacía en la playa hecho pedazos. Eran como vo­sotros, y tan débiles como las crías de las focas cuando están lejos sus madres y pasan cazadores que regresan con las manos vacías. Yo sé estas cosas por los viejos y las viejas, que las supieron por sus padres y sus madres. Aquellos extraños hombres blancos no se adaptaron de momento a nuestras costumbres, pero el pes­cado y el aceite les dio con el tiempo vigor y temeridad. Y cada uno de ellos se construyó una casa. Luego eligieron lo mejor de nuestras mujeres y, andando el tiempo, tuvieron hijos. Así nació el que había de ser padre del padre de mi padre.
»Como he dicho, yo era distinto de los míos, pues por mis venas corría la sangre fuerte y extraña de uno de aquellos hom­bres blancos que llegaron por el mar. Se dice que nosotros teníamos otras leyes antes de la llegada de estos hombres; pero ellos eran feroces y pendencieros y pelearon con nuestra gente hasta que no quedó nadie que se atreviese a enfrentarse con ellos. Entonces se erigieron en jefes, desecharon nuestras viejas leyes y nos dieron otras. A partir de entonces el dueño del hijo fue el padre y no la madre, como había sido siempre entre nosotros. También decretaron que el primogénito heredara todos los bienes de su padre y que los hermanos y hermanas se las compusieran como pudiesen. También nos enseñaron nuevos modos de pescar peces y matar los osos que infestaban nuestros bosques; y nos acostumbraron a acumular grandes reservas de víveres en pre­visión de las épocas de hambre. Y los nativos vieron que todas estas cosas eran buenas.
»Pero cuando se erigieron en jefes y ya no tuvieron a nadie sobre quien descargar su ira, aquellos extraños hombres blancos lucharon entre sí. Y aquel cuya sangre corre por mis venas clavó su arpón de cazar focas en el cuerpo del otro, tan profundamente que la herida tenía el largo de un brazo. Sus hijos continuaron la lucha, y también los hijos de sus hijos. Y siempre hubo gran odio entre ellos, y alevosas acciones que han llegado incluso hasta mis días. A consecuencia de ello sólo sobrevivió un vástago de cada familia para transmitir la sangre de su estirpe. De mi sangre sólo quedaba yo; de la familia del otro hombre sólo una mucha­cha, Unga, que habitaba con su madre. Su padre y el mío no volvieron de la pesca una noche; pero después la marea los arrojó a la playa estrechamente abrazados.
»La gente se preguntaba la causa del odio entre las dos ca­sas, y los viejos sacudían la cabeza y decían que la lucha conti­nuaría cuando Unga tuviera hijos y yo engendrara los míos. Me lo decían cuando era niño y, a fuerza de oírlo, llegué a creerlo y a considerar a Unga como una enemiga, coino la madre de unos hijos que lucharían contra los míos. Pensaba en estas cosas todos los días, y, cuando ya era mozo, pregunté la razón de ello. Los viejos me contestaron: "Nosotros no lo sabemos, pero así obra­ron vuestros padres." Y yo me maravillaba de que aquellos que tenían que nacer hubieran de luchar por aquellos que habían muerto, y no veía la razón de ello. Pero mi pueblo decía que así debía ser, y yo no era más que un mozo.
»Y dijeron que debía darme prisa a tener hijos para que cre­cieran y se hiciesen fuertes antes que los de Unga. Esto era cosa fácil, porque yo era jefe y mi pueblo me respetaba por las ha­zañas y las leyes de mis antepasados y por mis riquezas. Cualquier doncella hubiera venido a mí de buen grado, pero yo no encon­traba ninguna de mi gusto. Y los ancianos y las madres de las doncellas me daban prisa, porque los cazadores ya hacían exce­lentes ofertas a la madre de Unga; y si los hijos de ella crecían y cobraban fuerza antes que los míos, los míos morirían, a buen seguro.
»Al fin, una noche, al regresar de la pesca encontré a la mu­jer soñada. El sol estaba bajo y me daba en los ojos; el viento desatado y los kayaks competían en velocidad con las olas espu­mantes. De pronto, el kayak de Unga pasó junto al mío y ella me miró, mientras sus negros cabellos flameaban al viento como una nube oscura y la espuma mojaba sus mejillas. Como he di­cho, el sol me daba en los ojos y yo era muy joven; pero, de pronto, lo vi todo claro y comprendí que aquello era la llamada de igual a igual. Cuando ella me adelantó, se volvió para mirarme entre dos golpes de canalete. Me miró como sólo podía mirar Unga. Y de nuevo comprendí que era la amada de mi casta. Los demás gritaron cuando pasamos velozmente junto a los perezosos umiaks y los dejamos atrás, muy atrás. Pero ella manejaba el canalete con brío y celeridad, y mi corazón, henchido como una vela, no la alcanzaba. El viento se hizo más fresco, el mar se cubrió de espuma, y nosotros, saltando como focas hacia barlo­vento, avanzábamos sobre la áurea senda del sol.
Naass estaba encogido, casi saliéndose del escabel, en la ac­titud del hombre que maneja un canalete, y le parecía participar de nuevo en la carrera. Al otro lado de la estufa creía ver el cabeceante kayak de Unga y su cabello ondeando el viento. En sus oídos resonaba la voz del viento, y el olor salobre del mar penetra­ba de nuevo en sus pulmones.
-Pero ella consiguió llegar a la orilla antes que yo y echó a correr por la arena, riendo, hacia la casa de su madre. Aquella noche tuve una gran idea, una idea digna del jefe de todo el pueblo de Akatan. Y cuando la luna salió, fui a casa de la madre de Unga y vi los regalos de Yash-Noosh, amontonados junto a la entrada. Yash-Noosh era un gran cazador que quería ser el padre de los hijos de Unga. Otros jóvenes habían depositado sus rega­los allí (al fin se los tendrían que llevar), y cada uno de ellos había hecho un montón mayor que el anterior.
»Yo me eché a reír mirando la luna y las estrellas y volví a mi casa, donde guardaba mis riquezas. Hube de hacer muchos viajes, pero, al fin, mi montón excedió al de Yash-Noosh en un palmo de altura. Puse allí pescado secado al sol y bien curado; cuarenta pieles de foca velluda, y veinte de las ordinarias; y cada piel estaba atada por la boca y llena de aceite. Añadí diez pieles de oso cazados por mí en los bosques, cuando hicieron su apari­ción en primavera. Había allí, además, cuentas de colores, man­tas y telas de color escarlata, que yo obtenía comerciando con pueblos que estaban más al Este, los que, a su vez, conseguían comerciando con otros pueblos más orientales. Y al contemplar el montón de Yash-Noosh, no pude contener la risa. Yo era jefe en Akatan y mis riquezas eran mayores que las de todos los jó­venes de allí, y mis antepasados habían realizado grandes haza­ñas, habían legislado y los labios de mi pueblo repetirían eterna­mente sus nombres.
»Cuando vino la mañana, volví a la playa, mirando de reojo la casa de la madre de Unga. Mi oferta seguía intacta. Y las mu­jeres sonrieron y se dijeron cosas al oído. Yo me extrañé, porque nunca se había ofrecido semejante precio por una mujer. Aquella noche añadí más cosas al montón y puse a su lado un kayak de pieles bien curtidas que aún no había surcado los mares. Pero al día siguiente seguía allí, convertido en objeto de mofa para todos los hombres. La madre de Unga era astuta y yo me enco­lericé: me irritaba que me avergonzasen ante todo mi pueblo. Aquella noche llevé más cosas al montón, que se elevó a gran altura, y arrastré hasta ella mi umiak, que valía por veinte kayaks. Y a la mañana siguiente el montón había desaparecido.
»Entonces inicié los preparativos para la boda y vinieron gen­tes incluso del Este para asistir a la ceremonia y participar en el festín y en el reparto de presentes. Unga era mayor que yo: me llevaba cuatro soles, que así llamábamos nosotros a los años. Yo no era más que un mozo, pero también era jefe e hijo de jefe, y no importaba mi juventud.
»Pero aparecieron las velas de un barco en el horizonte. A im­pulsos del viento, se acercaban y parecían mayores. Por sus imbornales arrojaban agua clara y sus hombres manejaban afa­nosamente las bombas. Sobre la proa se alzaba la figura de un hombre fornido, que miraba hacia abajo y daba órdenes con voz de trueno. Sus ojos tenían el color azul pálido de las aguas pro­fundas y su cabeza ostentaba una melena semejante a la de un león marino. Su cabello era dorado como el trigo que cosechan en el Sur y el hilo de abacá que los marineros trenzan para hacer cabos.
»En los últimos años habíamos visto alguna vez un barco a lo lejos; pero aquél era el primero que arribaba a la playa de Akatan. Se interrumpió el festín y las mujeres y los niños se re­fugiaron en las casas, mientras los hombres esperamos con nues­tros arcos y nuestras lanzas apercibidos. Pero cuando el tajamar del barco tocó la playa, aquellos hombres extraños no nos hicieron caso, sino que siguieron enfrascados en sus afanosas tareas. Du­rante la bajamar, carenaron la goleta, la calafatearon y taponaron un gran agujero que tenía en el casco. Entonces las mujeres sa­lieron sigilosamente y reanudamos el festín.
»Cuando subió la marea, aquellos aventureros de la mar fon­dearon en aguas más profundas y entonces vinieron a visitarnos y a entregarnos regalos para demostrarnos su amistad. Yo les ofrecí sitio entre nosotros y, generosamente, les obsequié con presentes como a todos mis invitados, porque celebraba mis es­ponsales y yo era el jefe de Akatan. El de la melena de león marino también estaba allí. Era tan alto y fuerte, que uno espe­raba que la tierra temblase bajo sus pies. No apartaba los ojos de Unga. La miraba de hito en hito con los brazos cruzados, y se quedó con nosotros hasta que el sol desapareció y salieron las estrellas. Sólo entonces regresó a su barco. Después de esto, tomé a Unga de la mano y la conduje a mi propia casa. Y hubo allí cantos y risas, y las mujeres se dijeron cosas al oído, como suelen hacer siempre en tales ocasiones. Pero nosotros no les hacíamos caso. Después, todos nos dejaron y volvieron a sus casas.
»Apenas se apagaron las últimas voces, el jefe de los aventu­reros del mar se acercó a mi puerta. Llevaba consigo unas bo­tellas negras, y bebimos y nos alegramos. No olvidéis que yo no era más que un mozo y que mis días habían transcurrido hasta entonces en la orilla del mundo. Mi sangre pareció convertirse en fuego y mi corazón se hizo tan ligero como la espuma que el viento arranca al oleaje para lanzarla contra el acantilado. Unga permanecía sentada en silencio en un rincón entre las pieles, con los ojos muy abiertos, como temerosa. Y el de la melena de león marino no hacía más que mirarla. Entonces entraron sus hombres cargados de presentes y amontonaron ante mí riquezas nunca vistas en Akatan. Había allí armas de fuego, grandes y pequeñas, pólvora, perdigones y cartuchos, hachas brillantes, cuchillos de acero, finas herramientas y otras cosas extrañas que yo no había visto jamás. Cuando me dijo por señas que todo aquello era mío, yo, ante tales muestras de generosidad, pensé que era un hombre extraordinario; pero entonces él me indicó que Unga debía acom­pañarle a su barco... ¿Comprendéis...? ¡Unga tenía que irse con él en el barco! La sangre de mis antepasados se encendió de sú­bito en mí e intenté atravesarlo con mi lanza. Pero la bebida de sus botellas había quitado la fuerza a mi brazo y él me asió por el cuello y me golpeó la cabeza contra las paredes. Yo me sentía débil como un recién nacido. Mis piernas se negaron a sostenerme.
»Unga profirió gritos de desesperación y se aferró a todo cuanto la rodeaba, haciendo caer las cosas, cuando él se la llevó a rastras hacia la puerta. Luego la levantó con sus potentes bra­zos, y cuando ella tiró de sus cabellos dorados, él se rió con bra­midos semejantes a los de una gran foca marina en celo.
»Arrastrándome, conseguí llegar hasta la playa y llamé a los míos. Nada conseguí, pues todos estaban atemorizados. Sólo Yash-Noosh demostró ser un hombre. Pero ellos le golpearon en la cabeza con un remo y él cayó de bruces en la arena y allí quedó inmóvil. Entonces desplegaron las velas, entonando sus cancio­nes, y el barco se alejó impelido por el viento.
»Mi pueblo dijo que esto era lo mejor, pues, así, se habría terminado para siempre la guerra de linajes en Akatan. Yo callé y esperé a que llegase el tiempo de la luna llena. Entonces cargué cierta cantidad de pescado y aceite en mi kayak y me alejé hacia el Este. Vi gran número de islas y multitud de gentes, y como yo había vivido siempre en el límite del mundo, comprendí que este mundo era muy grande. Conseguí hacerme entender por señas; pero nadie había visto una goleta ni un hombre con melena de león marino, y señalaban siempre hacia el Este. Dormí en sitios extraños, comí cosas raras, vi rostros distintos de los que cono­cía. Algunos se reían de mí, porque me creían loco; pero a veces los viejos volvían mi cara hacia la luz y me bendecían, y los ojos de las jóvenes se llenaban de ternura al preguntarme por el barco extranjero, por Unga y por los hombres del mar.
»De este modo, a través de mares embravecidos y grandes borrascas, llegué a Unalaska. Había allí dos goletas, pero ninguna de ellas era la que yo buscaba. Hube, pues, de continuar hacia el Este, y vi que el mundo se ensanchaba cada vez más. En la isla de Unamok nadie había oído hablar del barco, y tampoco en Kadiak ni en Atognak. Así llegué un día a una región rocosa donde los hombres abrían grandes agujeros en la montaña. Allí había una goleta, pero no era la que yo buscaba. Los hombres cargaban en ella las rocas que arrancaban de la montaña. Esto me pareció cosa de niños, ya que todo el mundo está hecho de rocas; pero ellos me dieron comida y trabajo. Cuando la goleta se hun­día en el agua por el exceso de carga, el capitán me dio dinero y me dijo que me fuese, pero yo le pregunté hacia dónde se diri­gía, y él me señaló hacia el Sur. Yo le pedí por señas que me permitiese ir en su barco, y él, primero se echó a reír, pero luego, como andaba escaso de hombres, me aceptó para que ayudase en los trabajos de a bordo. Así fue como aprendí el lenguaje de aquellos hombres, y a halar las cuerdas, y a tomar rizos en las velas cuando se levantaba una súbita borrasca, y a hacer guardias en el timón. Sin embargo, aquello no me resultaba extraño, por­que la sangre de mis antepasados era la sangre de los hombres del mar.
»Creí que sería tarea fácil encontrar al hombre que buscaba, una vez me hallase entre los de su propia raza, y cuando un día avistamos tierra y penetramos en un puerto, pensé que tal vez vería tantas goletas como dedos tienen las manos. Resultó que los barcos se apretujaban como pececillos junto a los muelles ocu­pando un espacio de varias millas, y cuando me acerqué a ellos, para preguntar por un hombre que tenía una melena de león marino, los marineros se echaron a reír y me contestaron en len­guas de muchos pueblos. Luego supe que procedían de los más distantes confines de la tierra.
»Entré en la ciudad para mirar las caras de todos los hom­bres que viera. Pero había tantos como peces en los bancos de pesca; no se podían contar. El barullo me ensordeció y la cabeza me daba vueltas al ver tanto movimiento. Pero yo continué por las tierras que cantan bajo los cálidos rayos del sol; donde los campos de trigo se extienden, opulentos, en las llanuras; donde hay grandes ciudades repletas de hombres que viven como muje­res, con falsas palabras en la boca y el corazón ennegrecido por el afán del oro. Entre tanto, mis paisanos de Akatan cazaban y pes­caban, y se sentían dichosos al pensar que el mundo era pequeño.
»Pero la mirada que vi en los ojos de Unga aquel atardecer, al regreso de la pesca, no se apartaba de mi imaginación, y yo estaba seguro de que la encontraría un día u otro. Ella caminaba por los tranquilos senderos, invisible en la penumbra del anoche­cer, o huía ante mí por los ubérrimos campos, húmedos del rocío matinal, con los ojos llenos de aquella promesa que sólo Unga, la mujer única, podía hacerme.
»De este modo recorrí un millar de ciudades. En algunas fue­ron bondadosos conmigo y me dieron de comer, en otras se rieron de mí, y en otras me maldijeron. Pero yo me mordía la lengua y me adaptaba a las extrañas costumbres de aquel mundo y me acostumbraba a sus sorprendentes espectáculos. A veces, yo, que era jefe e hijo de un jefe, trabajé para otros hombres..., unos hombres que hablaban con aspereza y eran duros como el hierro, unos hombres que amasaban el oro con el sudor y el sufrimiento de sus semejantes. Sin embargo, no supe nada de aquel a quien buscaba hasta que volví al mar, como una foca que regresara a su cubil. Esto ocurrió en otro puerto, en otro país situado al Norte. Allí oí confusos relatos acerca del aventurero de áureos cabellos que recorría los mares, y supe que era cazador de focas y que entonces se encontraba en el océano.
»Al saber esto me embarqué con los perezosos siwashes en una goleta que iba a cazar focas, y seguí la invisible pista hacia el Norte, donde la caza mencionada estaba en su apogeo. La ex­pedición duró una serie de meses, que fueron duros y fatigosos, y yo hablé con gran número de hombres de la flota, que me con­taron infinidad de proezas y hazañas salvajes del hombre que buscaba. Pero no nos acercamos a él durante nuestro viaje de caza. Fuimos más al Norte, llegamos hasta las Pribilofs, y matamos focas por manadas en la playa. Llevábamos los cuerpos aún calientes a bordo, y llegó un momento en que nuestros imborna­les vomitaban grasa y sangre y nadie podía permanecer en cu­bierta. Entonces nos persiguió un vapor de marcha lenta, que disparó contra nosotros potentes cañones. Pero nosotros largamos trapo hasta que la mar saltó sobre nuestra cubierta y la lavó, y nos perdimos en la niebla.
»Dicen que en aquellos días, mientras nosotros huíamos asustados, el aventurero de rubios cabellos tocó en las Pribilofs, desembarcó en la factoría y, mientras parte de sus hombres te­nían a raya a los empleados de la compañía, los restantes car­garon diez mil pieles que estaban en salazón. Esto es lo que cuentan, y yo lo creo, porque durante los tres viajes que hice por los mares del Norte sin encontrarlo, no cesé de oír hablar de sus hazañas y de su osadía. Y, al fin, las tres naciones que tienen tierras en aquellas latitudes se lanzaron en su busca con sus naves. También oí hablar de Unga. Los capitanes se hacían lenguas de ella, y supe que le acompañaba siempre. Me dijeron que había aprendido las costumbres del pueblo de él y que era dichosa. Pero yo sabía que esto no era verdad, sino que ella sus­piraba por volver junto a los suyos, a la amarillenta playa de Akatan.
»Así, después de mucho tiempo, volví al puerto que está junto a un paso que da a la mar, y allí me enteré de que él se había ido al otro lado del gran océano, al este de las cálidas tierras que descienden hacia el Sur desde los mares rusos, para cazar focas. Y yo, que me había convertido en navegante, me embarqué con hombres de su raza que iban a cazar focas, y fui en pos de él. A la altura de aquellas tierras nuevas encontramos pocos barcos y nos mantuvimos al costado de la manada de focas y la acosamos en su viaje hacia el Norte durante toda la prima­vera de aquel año. Y cuando las hembras iban a parir y cruzaron la línea de las aguas rusas, nuestros hombres gruñeron y dieron muestras de temor, pues la niebla era muy espesa y todos los días se perdían algunos botes con sus hombres. Se negaron a trabajar, y el capitán tuvo que emprender el regreso. Pero yo sabía que el aventurero de la rubia cabellera no conocía el miedo y no abandonaría la manada aunque tuviese que dirigirse a las islas rusas, visitadas por muy pocos hombres. Y una noche, cuan­do las tinieblas eran más densas y el vigía dormitaba en el castillo de proa, yo lancé al agua un bote y me dirigí solo a las tierras cálidas. Viajé hacia el Sur para reunirme con los hombres de la bahía de Yeddo, que son salvajes y no temen a nada. Las mucha­chas de Yoshiwara son menudas, graciosas y brillantes como el acero; pero yo no podía detenerme, porque sabía que Unga se balanceaba a bordo de un barco que mecía las aguas de los re­ductos septentrionales de las focas.
»Los hombres de la bahía de Yeddo habían llegado de todos los puntos de la tierra; no tenían dioses ni patria y se habían enrolado bajo la bandera de los japoneses. Yo fui con ellos a las ricas playas de la isla del Cobre, donde amontonamos piel sobre piel en nuestros compartimientos de salazón. En aquel mar si­lencioso no vimos ni un alma hasta que estábamos a punto de marcharnos. Al fin, la niebla se levantó, empujada por un ven­daval, y vimos que poco faltó para que nos abordara una goleta sobre cuya estela se alzaban las chimeneas humeantes de un acorazado ruso. Emprendimos la huida con viento de costado. La goleta navegaba en conserva con nosotros, casi tocando nues­tra borda y ganándonos terreno poco a poco. Y en la popa se alzaba el hombre de la melena de león marino, ordenando que izasen todas las velas y riendo con su risa llena de vitalidad. Y Unga también estaba allí-la reconocí inmediatamente-; pero él la mandó abajo cuando los cañones empezaron a hablar a través del mar. La goleta nos ganaba terreno imperceptible­mente, y al fin vimos alzarse ante nosotros su verde timón cada vez que levantaba la popa. Yo hacía girar la rueda del timón y maldecía, con la espalda vuelta a la artillería rusa. Porque com­prendimos que aquel hombre nos había tomado la delantera, sólo para poder huir mientras nos prendían a nosotros. Nos derriba­ron los mástiles y, al fin, nos arrastramos por el mar como una gaviota herida. Él, en cambio, consiguió desaparecer en el hori­zonte... llevándose a Unga.
»¿Qué podíamos hacer? Las pieles frescas eran una prueba harto elocuente. Nos llevaron a un puerto ruso y de allí a un país desierto, donde nos pusieron a trabajar en unas minas de sal. Algunos murieron, pero otros conservaron la vida.
Naass apartó la manta que le cubría los hombros y dejó al descubierto su carne atravesada por las inconfundibles estrías impresas por el knut 3. Prince se apresuró a cubrir sus hombros, desagradablemente impresionado.
-Pasábamos muchas penalidades. Algunos penados se es­capaban hacia el Sur, pero siempre regresaban. Los que proce­díamos de la bahía de Yeddo nos levantamos una noche, nos apoderamos de los fusiles de nuestros guardianes y nos fuimos hacia el Norte. Aquel país era inmenso, y tenía llanuras cenagosas y grandes bosques. Pero vinieron los fríos. Había mucha nieve en el suelo, y nadie conocía el camino. Durante meses y meses avanzamos fatigosamente por el bosque interminable... No re­cuerdo bien, pero sí que teníamos poca comida y que con fre­cuencia nos tendíamos en el suelo a esperar la muerte. Mas, al fin, llegamos al mar frío. Ya sólo quedábamos tres para contem­plarlo. Uno de ellos había zarpado de Yeddo como capitán y re­cordaba la configuración de las grandes tierras y de los lugares por donde los hombres pueden pasar de unas a otras sobre el hielo. Y él nos condujo (no lo recuerdo bien, porque fue muy largo), hasta que sólo quedamos dos. Cuando llegamos a aquel sitio en­contramos a cinco de los extraños hombres que viven en aquellos parajes. Tenían perros y pieles y nosotros éramos muy pobres. Luchamos en la nieve y ellos murieron. El capitán también murió y yo me quedé con los perros y las pieles. Entonces crucé el hie­lo, que estaba resquebrajado. Una vez fui a la deriva hasta que una tempestad de poniente me arrojó sobre la costa. Y después de esto llegué a la bahía de Golovin, a Pastilik, y, en fin, adonde residía el sacerdote. Luego me dirigí al Sur, siempre al Sur, hacia los países cálidos y soleados que había recorrido primero.
»Pero la mar ya no daba casi nada: los que iban a ella a cazar focas obtenían míseras ganancias y corrían grandes riesgos. Las flotas se dispersaron y ni los capitanes ni sus hombres tenían no­ticias de aquellos que yo buscaba. Entonces abandoné el mar, siempre inquieto, y me interné en la tierra, donde los árboles, las casas y las montañas no se mueven nunca de su sitio. Viajé hasta muy lejos y aprendí muchas cosas, incluso el arte de leer y escribir, gracias a los libros. Esto me hacía feliz, porque me decía que Unga debía de haber aprendido también estas cosas, y así, cuando llegase el momento... nosotros... ¿Comprendéis...?
»Fui a la deriva como barquillas que levantan una vela al viento pero que no se pueden dirigir. Sin embargo, mis ojos y mis oídos estaban siempre abiertos y hablaban con hombres que viajaban mucho, pues sabía que éstos podían haber visto a los que yo trataba de encontrar. Por último, conocí a un hombre que acababa de llegar de las montañas. Llevaba pedazos de roca en las que había granos de oro puro del tamaño de los guisantes, y éste sí había oído hablar de ellos. Incluso los había visto y los conocía. Me dijo que eran ricos y que vivían en un lugar donde sacaban el oro de la tierra.
»Este lugar estaba en un país salvaje y remoto; pero, con el tiempo, yo llegué a aquel campamento oculto entre las montañas, donde los hombres trabajaban noche y día sin ver el sol. Sin em­bargo, el momento no había llegado aún. Oyendo lo que decía la gente, supe que él se había ido - y ella con él - a Inglaterra en busca de hombres ricos para formar compañías. Vi la casa en que habían vivido. Parecía un palacio como los que se ven en los países antiguos. Por la noche me introduje por una ventana, para ver cómo había vivido ella con él. Pasé de una estancia a otra y me dije que así debían de vivir los reyes y las reinas, tan sun­tuoso era todo. Me dijeron que él la trataba como a una reina, y la gente se preguntaba, maravillada, de qué raza sería aquella mujer. Y es que no era como las demás mujeres de Akatan, ya que era una reina, y nadie lo sabía. Sí, ella era una reina; pero yo era un jefe e hijo de un jefe, y había pagado por ella un precio incalculable en pieles, embarcaciones y cuentas de colores.
»Pero esto poco importa. El caso es que yo era un hombre de mar y estaba acostumbrado a la vida marinera. Los seguí a Inglaterra y de allí a otros países. Unas veces oía hablar de ellos; otras, leía cosas sobre ellos en los periódicos. Pero no conseguía verlos, porque tenían mucho dinero y viajaban por los medios más rápidos, y yo, en cambio, era pobre. Luego tuvieron ciertos reveses de fortuna y, al fin, su riqueza se disipó como el humo.
Los periódicos hablaron mucho de ellos entonces, pero después el mayor silencio les rodeó, y yo supe que habían vuelto al país donde se podía arrancar el oro de las entrañas de la tierra.
»Parecían haber abandonado el mundo avergonzados de su pobreza, y yo tuve que ir de campamento en campamento. Así llegué, por el Norte, hasta el país de Kootenay, donde descubrí de nuevo su rastro. Habían pasado por allí y se habían ido, unos decían que en esta dirección, y otros que en aquélla. Pero algu­nos aseguraban que se habían dirigido a la región del Yukon, y hacia allí fui yo, y después a otro sitio, y seguí viajando de un lugar a otro hasta que empecé a sentirme fatigado y miré con aversión la inmensidad del mundo. En Kootenay recorrí una pista pésima e interminable con un mestizo del Noroeste, que murió de hambre. Había llegado al Yukon utilizando un camino desco­nocido a través de las montañas, y cuando comprendió que se acercaba su fin, me entregó un mapa y el secreto de un lugar donde me juró por sus dioses que había oro a espuertas.
»Después de esto, todo el mundo empezó a dirigirse al Norte. Yo era pobre y, por un sueldo, empecé a trabajar como conductor de perros. El resto ya lo sabéis. Los encontré en Dawson. Ella no me conoció. Cuando nos separamos yo era un mozo. Había pasado mucho tiempo, y era natural que no se acordase de aquel que había pagado por ella un precio incalculable.
»Después, gracias a ti, no hube de cumplir el tiempo que me faltaba de servicio. Volví para hacer las cosas a mi modo. Había esperado mucho tiempo y ahora que le había echado el guante no tenía prisa. Como digo, pensaba hacer las cosas a mi modo, porque veía toda mi vida abierta ante mis ojos como un libro en el que se contara lo mucho que había visto y sufrido. Me acordé, sobre todo, del frío y el hambre que había pasado en los bosques interminables que se extienden a orillas de los mares de Rusia. Como sabéis, me lo llevé hacia el Este (y a Unga con él), adonde muchos han ido y pocos han vuelto. Les conduje al lugar donde yacen los huesos y resuenan aún las maldiciones de los hombres junto al oro que no pueden tener.
»El camino era largo y la pista estaba cubierta de nieve blan­da. Nuestros perros eran muchos y necesitaban gran cantidad de comida, y nuestros trineos no podían seguir viajando hasta la primavera. Debíamos regresar antes de que el río se deshelase. Por lo tanto, de vez en cuando nos deteníamos para ocultar pro­visiones, con el fin de aligerar la carga y evitar el hambre durante el viaje de regreso. En McQuestion había tres hombres; cerca de ellos escondimos víveres. Y en Mayo hicimos lo mismo. Había allí un campo de caza de una docena de pieles rojas que había cruzado desde el Sur la línea divisoria. Continuamos la marcha hacia el Este, y ya no vimos ni un alma: sólo el río dormido, la selva inmóvil y el silencio blanco del Norte. Como he dicho, el camino fue largo y la pista mala. A veces, después de avanzar penosamente toda la jornada, sólo habíamos conseguido recorrer doce kilómetros. Avanzábamos dieciséis a lo sumo, y por la noche caíamos rendidos de cansancio. Ni por asomo supusieron nunca que yo fuese Naass, jefe de Akatan, el enderezador de entuertos.
»Entonces ya guardábamos menos cosas en los escondrijos, y por la noche yo volvía a la pista que habíamos dejado y cambiaba los depósitos de modo que se pudiese pensar que los habían des­cubierto los carcayús 4. Luego pasamos por un sitio donde las pendientes del río eran abruptas. Allí las aguas revueltas se ha­bían llevado la parte de abajo del hielo que aparecía en la su­perficie. En este lugar el trineo que yo conducía se hundió con los perros y se perdió. Él y Unga lo atribuyeron a la mala suerte. En aquel trineo había mucha comida y sus perros eran los más fuertes. Pero él se echó a reír, porque era valeroso y estaba lleno de vida. Acortó las raciones de los perros que quedaban, y des­pués los fuimos quitando de la traílla uno por uno y entregán­dolos a sus compañeros para que los devorasen. Él decía que regresaríamos rápidamente, deteniéndonos para comer de escon­drijo en escondrijo, sin perros ni trineos, pues las provisiones que llevábamos eran ya tan escasas, que el último perro murió enganchado al trineo la noche en que llegamos al sitio donde estaba el oro junto a los huesos y los ecos de las maldiciones de los hombres.
»Para alcanzar aquel sitio (el mapa lo indicaba con exactitud), situado en el corazón de las grandes montañas, tallamos escalones en el muro de hielo que nos cerraba el paso. Esperábamos en­contrar un valle al otro lado, pero no había tal valle: la nieve se extendía hasta muy lejos, lisa como los grandes campos de trigo, y a nuestro alrededor las altivas montañas alzaban sus blancos cascos hasta las estrellas. En el centro de aquella extraña llanura formada sobre un valle, la tierra y la nieve se hundían como si cayesen hacia el corazón del mundo. Si no hubiésemos sido gente de mar, la cabeza nos habría dado vueltas ante aquel espectácu­lo, pero nosotros nos detuvimos sin asomo de vértigo al borde de la sima tratando de descubrir el camino para bajar. Por un lado la abrupta pared se había desmoronado y aparecía inclinada como la cubierta de un barco cuando la vela más alta del palo mayor recibe el soplo del viento. Yo no sé por qué era así, pero así era.
»-Esto es la boca del infierno -dijo él-. Bajemos.
»Y bajamos.
»En el fondo había una cabaña hecha de troncos que su cons­tructor había arrojado desde lo alto. Era una cabaña muy vieja en la que habían muerto hombres solitarios en épocas diferentes. Sus últimas palabras y sus desesperadas maldiciones estaban es­critas en trozos de corteza de abedul, y pudimos leerlas. Uno murió de escorbuto; el socio de otro le robó los últimos víveres y la pólvora y huyó; un tercero fue gravemente herido por un oso gris de cara lampiña; otro se fue a cazar y pereció de hambre. Así murieron muchos. No querían dejar el oro, y murieron junto a él de una manera o de otra. Y aquel oro inútil que ellos habían recogido amarilleaba en el suelo de la cabaña como en un sueño.
»Pero el alma de aquel hombre era firme y su cabeza se man­tenía despejada, aun después del largo viaje.
»-- No tenemos nada que comer - dijo -. Sólo miraremos un momento este oro. Veremos de dónde procede y cuánto hay. Después nos iremos inmediatamente, antes de que nos entre por los ojos y nos haga perder el juicio. Y así podremos volver más adelante, con más comida, para cogerlo todo.
»Entonces vimos el gran filón. Atravesaba la pared del pozo de modo inconfundible. Lo medimos y lo señalamos por encima y por debajo, y clavamos las estacas que marcaban nuestra de­nuncia y quemamos los árboles para que se conocieran nuestros derechos. Entonces, con las rodillas temblorosas por falta de ali­mento, sintiendo un gran vacío en el estómago, y pareciéndonos que el corazón se nos iba a salir por la boca, escalamos la abrupta pared por última vez y nos dispusimos a emprender el regreso.
»En el último trecho arrastramos a Unga entre los dos y caí­mos varias veces, pero, al fin, llegamos al escondrijo. La comida había desaparecido. Yo había hecho un buen trabajo, porque él creyó que aquello había sido obra de los carcayús y los maldijo a ellos y a sus dioses. Pero Unga era valerosa, y sonrió, y puso su mano en la de él. Entonces yo tuve que volverme para no dela­tarme.
»- Descansaremos junto al fuego - dijo ella - hasta que lle­gue la mañana y nos alimentaremos con los mocasines.
Entonces cortamos la parte superior de nuestros mocasines a tiras y las pusimos a hervir. Las tuvimos hirviendo hasta media noche, para poder masticarlas y tragarlas. Y por la mañana co­mentamos nuestra mala suerte. El siguiente escondrijo estaba a cinco días de viaje. No podíamos llegar a él. Teníamos que en­contrar caza.
»Y él dijo entonces:
»- Iremos a cazar.
»Yo respondí:
»- Sí, iremos a cazar.
»Y él dispuso que Unga se quedara junto al fuego para no fatigarse. Y salimos a cazar. Él fue en busca de alces y yo del escondrijo que había cambiado de lugar. Por la noche él cayó muchas veces mientras regresaba al campamento. Y yo hice ver que estaba también muy débil, dando traspiés, de modo que cada paso que daba pareciese que iba a ser el último. Y para cobrar fuerzas, seguimos comiéndonos nuestros mocasines.
»¡Qué hombre tan extraordinario! Su alma sostuvo su cuerpo hasta el final. Nunca se quejó en voz alta, y sólo se lamentó de la suerte que pudiera correr Unga. Durante el segundo día yo le seguí, para presenciar su final. Él se echaba a descansar con más frecuencia. Aquella noche ya estaba medio muerto, pero por la mañana lanzó un juramento con voz apenas perceptible y volvió a salir. Andaba como un borracho. Me pareció muchas veces que iba a rendirse, pero era fuerte como el hierro y tenía alma de gi­gante. Consiguió mantenerse en pie durante todo aquel día, a pesar de su extrema extenuación. Y cazó dos lagópodos. Se los podía haber comido sin encender fuego, y aquellas aves le habrían devuelto las fuerzas, pero no quiso hacerlo: sólo pensaba en Unga y en regresar al campamento con la caza. Ya no andaba: avanzaba arrastrándose sobre la nieve con las manos y las rodi­llas. Yo me acerqué a él y leí la muerte en sus ojos. Todavía no era demasiado tarde para que se comiera los lagópodos; pero él tiró el rifle, cogió las aves como un perro, y así continuó su avance.
»Yo iba a su lado, y él, cuando se detenía a descansar, me miraba, sorprendido de mi resistencia. Esta sorpresa la tuve que leer en sus ojos, porque él ya no podía hablar: sus labios se mo­vían, pero de su boca no salía sonido alguno. Desde luego, era un hombre extraordinario y mi corazón se inclinaba a la piedad; pero volvía a ver el libro de mi vida abierto ante mis ojos, volvía a acordarme del frío y del hambre que me habían atormentado en los inmensos bosques del litoral ruso... Además, Unga era mía, y había pagado por ella un precio elevadísimo en pieles, embarca­ciones y valiosas cuentas.
»Atravesamos la selva blanca. El silencio nos abrumaba como la húmeda niebla marina, y, entre tanto, los fantasmas del pa­sado flotaban en el aire y me rodeaban. Volví a ver la playa ama­rillenta de Akatan, y los kayaks que regresaban velozmente de la pesca, y las casas que se alzaban en la linde del bosque. También estaban allí los hombres que se habían erigido en jefes, los legis­ladores cuya sangre llevaba yo en mis venas y con la que, además, me había unido por medio de Unga... Y Yash-Nooss me acom­pañaba, con el cabello lleno de húmeda arena y en la mano la lanza, aquella lanza que él mismo había roto, al caer muerto sobre ella. Y recordé la promesa que percibí en la mirada de Unga.
»Atravesamos la selva blanca y, al fin, hirió nuestro olfato el humo del campamento. Entonces yo me incliné hacia mi com­pañero y le arranqué los lagópodos de la boca. Él se echó de cos­tado para descansar, y vi que aumentaba la sorpresa que expre­saban sus ojos, y que su mano se deslizaba lenta y disimulada­mente hacia el cuchillo que llevaba en su cintura. Yo le quité el cuchillo, acerqué mi rostro al suyo y sonreí. Al advertir que ni siquiera entonces comprendía, repetí los movimientos que hice cuando bebí en las botellas negras, y cuando él amontonó regalos sobre la nieve, y reproduje todas las escenas de mi noche de bodas. No pronuncié ni una palabra, pero él, entonces, me entendió. Sin embargo, no demostró temor alguno, sino que hizo acopio de entereza y sonrió desdeñosamente, presa de una fría cólera.
»No estábamos lejos del campamento, pero la nieve era blan­da y él se arrastraba con gran lentitud. Una vez permaneció ten­dido tanto tiempo, de bruces, que le di la vuelta y lo miré a los ojos. Me pareció leer la muerte, pero luego vi que él me miraba también. Esto ocurrió varias veces. Y cuando dejé de mirarle, él continuó su penoso deslizamiento.
»Al fin, llegamos junto a la hoguera. Unga acudió a su lado, y él movió los labios y me señaló, con el deseo de hacerle com­prender lo que había ocurrido. Después quedó inmóvil y así per­maneció largo rato. Aún está allí, tendido en la nieve.
»Yo asaba los lagópodos en silencio. Cuando hube terminado, hablé a Unga en su propia lengua, aquella lengua que ella no había oído desde hacía muchos años.
»Entonces ella se irguió, asombrada, con los ojos muy abier­tos, y me preguntó quién era y dónde había aprendido a hablar de aquel modo.
»-Soy Naass -le contesté.
»- ¿Es posible? - exclamó.
»Y se acercó a mí para poder examinarme mejor.
»- Sí - insistí -, soy Naass, jefe de Akatan, el último de mi estirpe, así como tú eres el último vástago de la tuya.
»Entonces ella se echó a reír. He corrido mucho mundo y he visto muchas cosas, pero nunca he oído una risa como aquélla. Al verme allí, en el silencio blanco, junto a la muerte y oyendo la risa de aquella mujer, un escalofrío recorrió mi alma.
»Creyendo que Unga desvariaba, le dije:
»-- Cómete esto y vámonos. Akatan está muy lejos.
»Pero ella ocultó el rostro en los rubios cabellos de aquel hombre y siguió riéndose de tal modo, que yo creí que el cielo iba a desplomarse sobre nuestras cabezas.
»No comprendía la actitud de Unga: me había imaginado que experimentaría una inmensa alegría al verme y que se conmovería al recordar los tiempos pasados.
»- ¡Vámonos! -exclamé, cogiéndola de la mano y tirando de ella fuertemente -. El camino es largo y oscuro. Tenemos que partir en seguida.
»-- ¿Adónde me quieres llevar? - me preguntó Unga, sen­tándose en la nieve y ya sin reír de aquel modo extraño.
»- A Akatan - respondí escrutando su rostro y esperando que le vería iluminarse al oír este nombre.
»Pero su semblante expresó una fría cólera semejante a la que había visto en el rostro del hombre. Y sus labios se torcieron en una sonrisa despectiva.
»- Sí - dijo mordazmente -, nos iremos cogiditos de la mano a Akatan, y viviremos en aquellas sucias chozas, y nos ali­mentaremos de pescado y aceite, y engendraremos hijos, de los que nos sentiremos orgullosos toda la vida. Nos olvidaremos del mundo y seremos felices. ¡Será magnífico! ¡Vámonos! Partamos ahora mismo. Volvamos a Akatan.
»Y empezó a acariciar los rubios cabellos de aquel hombre y sonrió de un modo que me mortificó. En sus ojos no leí nin­guna promesa.
»Permanecí sentado en la nieve, en silencio, atónito ante el extraño proceder de las mujeres. Recordaba la noche en que él me la arrebató, y ella gritó y le tiró de los cabellos, de aquellos mismos cabellos que ahora acariciaba y de los que no se quería apartar. Después recordé el precio que pagué por ella, y los largos años que pasé esperándola. Y entonces la atenacé con mis manos y me la llevé a rastras como él se la había llevado aquella noche. Y ella se resistió como se había resistido entonces, luchó como una gata por sus hijuelos. Cuando la hoguera quedó entre nosotros y el hombre rubio, la solté y ella se sentó para escuchar­me. Le conté todo lo que había sucedido; le hablé de mis pena­lidades en mares extraños, de todo cuanto había hecho en tierras desconocidas, de mi agotadora busca, de mis años de hambre y de la promesa que ella me había hecho antes que a nadie. Sí, se lo conté todo, incluso lo ocurrido entre aquel hombre y yo.
»Y mientras hablaba, vi surgir en su mirada la promesa, plena y grandiosa como un amanecer. Y leí en sus ojos la piedad, la ternura de mujer, el amor..., el amor de Unga. Me sentí rejuve­necido, pues aquella mirada era la misma que yo había visto en sus ojos cuando corrió por la playa, entre risas, hacia la casa don­de vivía con su madre. Mi horrible inquietud había terminado, y también el hambre, y la angustia de la espera. Había llegado el momento. Sentí la llamada de su pecho y me dije que ya podía apoyar en él la cabeza y olvidar. Unga me abrió los brazos y yo me acerqué a ella. Entonces, súbitamente, el odio llameó en sus ojos, su mano rozó mi cintura y sentí dos puñaladas.
»-- ¡Perro! -me dijo, como escupiéndome las palabras, mientras yo caía en la nieve.
»Luego rasgó el silencio con su risa y volvió al lado de su muerto.
»Sí, me apuñaló dos veces; pero estaba débil, hambrienta, y mi destino no era morir entonces. Me propuse quedarme allí y cerrar los ojos para el último y largo sueño, junto a aquellos seres cuyas vidas se habían cruzado con la mía y que me habían llevado a recorrer caminos que yo ignoraba. Pero me acordé de que tenía que saldar una deuda y entonces me dije que no podía descansar.
»El camino fue largo, el frío atroz, apenas tenía nada que llevarme a la boca. Los pieles rojas no encontraron alces y sa­quearon mi escondrijo. Lo mismo hicieron los tres hombres blan­cos, pero de poco les sirvió, pues, al pasar junto a su cabaña, vi que sus cuerpos resecos tenían la rigidez de la muerte.
»Después de esto no recuerdo nada, hasta que llegué aquí y encontré comida y fuego..., un buen fuego.
Cuando terminó su relato se encogió, pegado a la estufa, como si temiera perder aquel calor. Durante largo rato, las sombras proyectadas por la lámpara de sebo simularon trágicas represen­taciones sobre la pared.
- Pero ¿y Unga? - exclamó Prince, todavía bajo los efectos de la impresión que la presencia de esta mujer le había producido.
- ¿Unga? No quiso comer. Se tendió junto a él, le rodeó el cuello con los brazos y ocultó su rostro en la rubia cabellera. Yo le acerqué el fuego para que el frío no la torturase, pero ella Pasó arrastrándose al otro lado del cadáver. Entonces encendí en este lado una nueva hoguera. Pero de poco sirvió, pues Unga se negó a comer. A estas horas ambos deben de yacer aún en la nieve.
- Y ¿tú que vas a hacer? - le preguntó Malemute Kid.
- No sé, no sé... Akatan es pequeño y tengo muy- pocos deseos de volver a vivir a la orilla del mundo. Sin embargo, no tengo ante mí muchos caminos. Podría ir a Constantina, donde me cargarían de cadenas y un día harían un nudo corredizo para mí. Entonces dormiría tranquilo. Pero no sé, no sé...
- Oye, Kid - dijo Prince -. Se trata de un asesinato.
- ¡Silencio! -le ordenó Malemute Kid -. Hay cosas su­periores a nuestra sabiduría... y que están más allá de nuestra justicia. Nosotros no podemos decir si esto está bien o está mal. No podemos erigirnos en jueces.
Naass se acercó aún más al fuego. Reinó un gran silencio y ante los ojos de aquellos hombres pasaron y se esfumaron mu­chas imágenes...


DESCRÉDITO
Aquello era el fin. Subienkow había recorrido un largo ca­mino de amargura y horror. Regresaba como una de esas palo­mas mensajeras que vuelven a las capitales europeas, de donde las arrancaron, y ahora, ya en las remotas regiones de Alaska, terminaba el viaje. Estaba sentado en la nieve, con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura. Contemplaba con cu­riosidad a un corpulento cosaco que, postrado ante él, gemía de dolor. Los hombres ya habían terminado su trabajo con el gigan­te y lo entregaron a las mujeres. Los gritos del cosaco demostra­ban que ellas aventajaban en crueldad a sus compañeros.
Subienkow, que seguía observando la escena, se estremeció. No tenía miedo a morir. Después de conservar su vida a lo largo del fatigoso camino que iba de Varsovia a Nulato, no podía tem­blar ante la simple idea de la muerte. Pero la tortura le desagra­daba. Hería su alma, no tanto por el dolor físico que tendría que soportar, como por el lamentable espectáculo que daría a conse­cuencia de este dolor. Sabía que se desharía en súplicas y gemi­dos, como Iván el Grande y los demás que le habían precedido. Esto sería lamentable. Habría deseado morir como un valiente, con gallardía, con una sonrisa y una chanza en los labios. Perder el dominio de sí mismo, sentir que enloquecía al no poder so­portar los dolores de la carne, gritar y farfullar como un mono, convertirse en una bestia... Esto era sencillamente horrible.
No había tenido la menor probabilidad de escapar. Desde el primer día en que empezó a acariciar el ardiente sueño de la independencia polaca, fue como un muñeco en manos del des­tino. Desde sus comienzos en Varsovia, y luego en San Peters­burgo, y en las minas de Siberia, y en Kamchatka, y en los des­vencijados barcos de los ladrones de pieles, el destino lo había arrastrado hacia este final. Sin duda, su fin estaba grabado en el mismo corazón del mundo..., el fin que le reservaba la suerte a él, un hombre tan fino y sensible, con los nervios a flor de piel; un soñador, un poeta, un artista... En vez de realizar sus sueños, el vibrante haz de sensibilidad que constituía su cuerpo había de vivir, porque tal era su sino, en un ambiente crudo, salvaje y vociferante, para acabar muriendo en aquella lejana tierra cre­puscular, en aquel lugar sombrío situado más allá de las últimas fronteras del mundo.
Suspiró. Aquella piltrafa que yacía ante él era Iván el Gran­de, el gigantesco Iván, el hombre desprovisto de nervios y duro como el acero, el cosaco filibustero, tan flemático como un buey y dotado de un sistema nervioso tan tosco, que aquello que para un hombre ordinario era dolor para él resultaba un simple cos­quilleo. Pero aquellos endemoniados indios de Nulato se habían propuesto encontrar los nervios de Iván y seguirlos hasta las raíces de su alma temblorosa, y a fe que lo habían conseguido. Era inconcebible que un hombre pudiese sufrir hasta tal punto y seguir viviendo. Iván estaba pagando la rudeza de sus nervios, pues tardaba el doble que los demás en morirse.
Subienkow se dijo que no podría seguir soportando mucho tiempo los sufrimientos del cosaco. ¿Por qué no se moriría de una vez? Se volvería loco si aquellos gemidos no cesaban. Pero cuando Iván callase, le tocaría a él. Allí estaba Yakaga esperán­dole, sonriéndole anticipadamente; Yakaga, a quien él había echa­do a puntapiés del fuerte la semana anterior, después de cruzarle el rostro con uno de aquellos látigos especiales para perros. Yakaga se encargaría de él. Sin duda, Yakaga le reservaba tor­turas más refinadas todavía, que destrozarían aún más sus nervios. ¡Ah! El tormento debía de haber llegado a su paroxismo, a juz­gar por los alaridos que profería Iván. Las squaws 5 que se habían inclinado sobre él dieron un paso atrás, riendo y palmo­teando. Subienkow vio la monstruosidad que habían cometido, y empezó a reír histéricamente. Los indios le miraron, sorprendi­dos de que se riese. Pero la hilaridad de Subienkow era incon­tenible.
Comprendió que no debía reírse y procuró dominarse. Sus espasmódicas contracciones nerviosas se fueron amortiguando. Se esforzó en pensar en otras cosas y empezó a pasar las páginas del libro de su vida. Se acordó de sus padres, del caballito moteado, y del ayo francés que le enseñó a bailar y que un día le dio a hurtadillas un viejo y usado libro de Voltaire. Vio de nuevo París, el melancólico Londres, la alegre Viena, Roma... Y volvió a ver a aquel grupo alocado de jóvenes que compartieron su sueño de una Polonia independiente con un rey polaco en el trono de Varsovia. Entonces fue cuando empezó el largo camino. Él era el que había durado más. Uno a uno, empezando por los dos que fueron ejecutados en San Petersburgo, fue contando los hombres de alma indómita que habían ido desapareciendo. Uno murió a consecuencia de la tremenda paliza que le propinó un carcelero, y otro cayó para no levantarse más al margen del ca­mino ensangrentado del destierro, por el que marcharon durante meses interminables, entre golpes y malos tratos de los cosacos que los custodiaban. Siempre le rodeó el salvajismo, la brutalidad. Después murieron otros de fiebre, en las minas, o bajo los golpes del knut. Los dos últimos cayeron después de huir, luchando con los cosacos, y solamente él consiguió llegar a Kamchatka con la documentación y el dinero robados a un viajero que quedó tras él, tendido en la nieve.
Por doquier le rodeó la crueldad. Durante todos aquellos años, en contraste con sus ilusiones, que se cifraban en los estu­dios, los teatros y las cortes, sólo vio brutalidad en torno a él. Tuvo que comprar su derecho a la vida con sangre. Matar o mo­rir. Hubo de matar a aquel viajero para obtener su pasaporte. Demostró ser un hombre de pies a cabeza al batirse en duelo en un solo día con dos oficiales rusos. Tuvo que demostrar lo que era capaz de hacer, para conseguir un lugar entre los ladrones de pieles. Costase lo que costase, tenía que conseguir sus fines. A sus espaldas se extendía la milenaria ruta que atravesaba la Siberia y Rusia. No podía escapar por allí. Para seguir adelante tenía que cruzar el tenebroso y helado mar de Behring rumbo a Alaska. Este camino le sumió progresivamente en una atmósfera de bru­talidad. En aquel barco de ladrones de pieles, los hombres, con­sumidos por el escorbuto, sin víveres ni agua, zarandeados por las interminables borrascas de aquel mar proceloso, se convirtie­ron en bestias. Tres veces zarpó de Kamchatka hacia el Este y tres veces, después de toda suerte de penalidades y sufrimientos, los supervivientes se vieron obligados a regresar a Kamchatka. No había otra ruta de escape y él no podía volver sobre sus pa­sos, so pena de encontrarse de nuevo con las minas y el knut. Nuevamente, por cuarta y última vez, zarpó hacia el Este. Fue con los descubridores de las fabulosas islas de las Focas, pero no regresó con ellos para participar de la riqueza que supo­nían aquellas pieles y que aquellos aventureros gastaron en locas orgías en Kamchatka. Había jurado no regresar jamás. Sabía que para alcanzar algún día las soñadas capitales de Europa, tenía que ir siempre adelante. Cambió, pues, de barco y se quedó en las nuevas tierras tenebrosas. Sus compañeros eran cazadores es­lavos y aventureros rusos, mongoles, tártaros y aborígenes de Siberia; y abrieron un rastro de sangre entre los salvajes del nuevo mundo. Pasaron a cuchillo aldeas enteras que se negaban a ofrecerles el exigido tributo de pieles; y ellos, a su vez, cayeron a docenas bajo las balas de los navegantes. Él y un finlandés fueron los únicos supervivientes de uno de los grupos. Pasaron un in­vierno de soledad y hambre en un islote perdido de las Aleutia­nas y, por verdadero milagro, fueron rescatados en primavera por otro barco peletero.
Pero siempre les rodeó aquella terrible atmósfera de bes­tialidad. Pasando de barco en barco y negándose siempre a regre­sar, se enroló finalmente en una nave de exploración que iba rum­bo al Sur. Bajaron costeando Alaska, sin encontrar más que hor­das salvajes. Cada vez que fondeaban entre los innumerables is­lotes o bajo los sombríos acantilados de tierra firme, tenían que librar un combate o capear un temporal. Cuando no los amena­zaba la borrasca con la destrucción, aparecían canoas de combate tripuladas por vociferantes indígenas de caras pintarrajeadas con los colores de guerra, y que acababan por inclinarse ante las san­grientas virtudes de la pólvora de los aventureros del mar. Si­guieron navegando hacia el Sur, rumbo a la fabulosa California, donde se rumoreaba que había gran número de aventureros espa­ñoles que se habían abierto paso combatiendo desde Méjico. Al oír hablar de estos aventureros se sintió esperanzado. Si se unía a ellos, lo demás sería fácil. Un año o dos más de vagabundeo, poco importaba. El caso era que conseguiría llegar a Méjico y desde allí embarcar para Europa. Pero no encontraron españoles: solamente aquella muralla inexpugnable de bestialidad. Los ha­bitantes de los últimos confines del mundo, cubiertos con sus pinturas de guerra, los expulsaron de la costa. Por último, en vista de que una lancha fue copada y todos sus tripulantes pere­cieron, el capitán abandonó la busca y volvió a poner rumbo al Norte.
Pasaron los años. Sirvió a las órdenes de Tebenkoff cuando se fundó el reducto de Michaelovski. Permaneció dos años en la región de Kuskokwim, y dos veranos consecutivos, en pleno mes de junio, consiguió llegar hasta la entrada del estuario de Kotze­bue. En esta época del año las tribus celebraban allí su mercado. Los productos de intercambio más corrientes eran las pieles de ciervo moteado de Siberia, el marfil de las islas Diomedes, las pieles de morsa de las costas del Ártico y unas extrañas lámparas de piedra que pasaban de tribu en tribu en sucesivos cambios y cuya procedencia nadie conocía. Una vez, Subienkow encontró allí incluso un cuchillo de caza hecho en Inglaterra. Además, el polaco sabía que aquélla era la escuela ideal para aprender geo­grafía, pues podía hablar con esquimales del estuario del Nor­ton, de la isla del Rey, de la isla de San Lorenzo, del cabo Prín­cipe de Gales y de Punta Barrow. Estos lugares tenían allí otros nombres y las distancias se medían por días.
Aquellos mercaderes salvajes procedían de una región inmen­sa, y sus lámparas de piedra y aquel cuchillo de acero tenían un origen todavía más lejano y habían llegado allí pasando de una mano a otra. Subienkow amenazó, aduló y sobornó. Hizo com­parecer ante él a todos los que venían de lejos y a miembros de tribus desconocidas. Le hablaron de peligros increíbles, de bes­tias salvajes, de tribus hostiles, de selvas impenetrables y de imponentes cordilleras. Pero siempre llegaba de más allá el ru­mor y la leyenda de los hombres blancos, de ojos azules y cabello rubio, que luchaban como demonios y se mostraban insaciables de pieles. Vivían muy lejos, hacia levante. Nadie les había visto. Sólo su fama se había transmitido de boca en boca.
Fue un aprendizaje muy duro. Era difícil estudiar geografía a través de extraños dialectos, de mentes oscuras en las que la realidad se mezclaba con la fábula y que medían las distancias por «sueños», que variaban según las dificultades de la marcha. Pero un día llegó a oídos de Subienkow un rumor que levantó su ánimo. Hacia levante corría un gran río, a cuyas orillas se hallaban aquellos hombres de ojos azules. El río se llamaba Yu­kon. Al sur del reducto de Michaelovski desembocaba otro gran río que los rusos conocían por el nombre de Kwikpak. Se afir­maba que ambos ríos eran el mismo.
Subienkow regresó a Michaelovski. Durante un año no cesó de proponer que se organizase una expedición para remontar el Kwikpak. Entonces surgió Malakoff, el mestizo ruso, para eri­girse en jefe de la pandilla más feroz y patibularia que había en­gendrado el infierno. La integraban los peores aventureros pro­cedentes de Kamchatka. Malakoff eligió como lugarteniente a Subienkow. Subieron por el laberinto del gran delta del Kwilpak, pasaron junto al pie de los montes bajos de la orilla septentrional y avanzaron casi un millar de kilómetros con sus canoas de piel cargadas hasta la borda de artículos de cambio y municiones, lu­chando con la corriente de cinco nudos de un río que tenía de tres a quince kilómetros de ancho, siguiendo un canal de muchas brazas de profundidad. Malakoff decidió construir un fuerte en Nulato. Subienkow opinaba que debían continuar, pero no tardó en aceptar la idea de establecerse en Nulato. El largo invierno se aproximaba. Era preferible esperar. En los comienzos del ve­rano siguiente, después del deshielo, Subienkow remontaría el Kwilpak y se abriría paso hasta los puestos avanzados de la «Compañía de la Bahía de Hudson». Malakoff no conocía el ru­mor de que el Kwilpak y el Yukon eran el mismo río y Subienkow prefirió dejarlo en la ignorancia.
Iniciaron la construcción del fuerte. Para ello utilizaron mano de obra esclava. Los muros de troncos alineados se alzaron entre los suspiros y los gemidos de los indios de Nulato. Las huellas de los latigazos cruzaban sus espaldas y era la mano de hierro de los merodeadores de la mar la que empuñaba el látigo. Algunos indios lograron evadirse, pero los capturaron y los condujeron al fuerte, donde los tendieron de bruces para que ellos y su tribu conocieran la eficacia del knut. Dos murieron a consecuencia de los azotes; otros quedaron lisiados para toda su vida, y, apren­dida la lección por los demás, no se produjeron nuevas evasio­nes. La nieve empezó a caer antes de que el fuerte estuviese ter­minado, y entonces llegó el tiempo de las pieles. Impusieron un gravoso tributo a la tribu. Los golpes y los latigazos continuaron y, para asegurar el pago de los tributos, las mujeres y los niños fueron retenidos como rehenes y tratados con la brutalidad de que sólo son capaces los ladrones de pieles.
Aquello fue una siembra de sangre, y después llegó la cose­cha. El fuerte había sido arrasado. Al lívido resplandor del in­cendio, la mitad de los ladrones de pieles fueron pasados a cuchi­llo, y la otra mitad sometidos a tortura. Sblo quedaban Subienkow e Iván el Grande..., si aquella piltrafa que gimoteaba y temblaba en la nieve podía ser el Iván que él conocía. Subienkow vio que Yakaga le miraba sonriendo perversamente. Nada podía salvarle. La señal del látigo todavía cruzaba el rostro del indio. En verdad, Subienkow no tenía derecho a quejarse, pero no podía soportar la idea de lo que iba a hacerle Yakaga. Pensó en apelar a Maka­muk, el jefe de la tribu; pero su razón le dijo que sería inútil. Luego tuvo la idea de romper sus ligaduras y morir luchando, final que sería más rápido; pero no le era posible romper las correas de caribú 6, fuertes como el hierro, con que estaba atado. Siguió devanándose los sesos y, de pronto, se le ocurrió una idea. Llamó por señas a Makamuk y también por señas le pidió que llamara a un intérprete que supiese el dialecto de la costa.
-Escúchame, Makamuk -le dijo por medio del intérpre­te -. Yo no debo morir. Soy un gran hombre, y sería un error que me matasen. No, no debo morir. Yo no soy como esta ca­rroña.
Miró a la gemebunda piltrafa que quedaba de Iván el Grande y lo empujó desdeñosamente con la punta del pie.
- Soy demasiado sabio para morir. Has de saber que tengo el secreto de una gran medicina. Nadie más que yo la conoce. Si vivo, podrás disponer de ella.
- ¿Qué medicina es ésa? - preguntó Makamuk.
- La fórmula es muy complicada.
Al decir esto, Subienkow dio muestras de luchar consigo mismo, como si no quisiera desprenderse de su secreto.
-Óyeme. Si te frotas con esta medicina, tu piel será tan dura como la roca y como el hierro, de modo que ni el arma más afilada la podrá cortar. El golpe más fuerte asestado con un hacha se estrella contra el poder de esta medicina. Ante ella, un cuchillo de hueso no produce más efecto que si fuera de barro. Y mella el filo de los cuchillos de hierro que nosotros os hemos dado. ¿Qué me concederás a cambio del secreto de esta me­dicina?
- Te concederé la vida - respondió Makamuk por medio del intérprete.
Subienkow rió desdeñosamente.
- Y serás un esclavo en mi casa hasta que mueras - añadió Makamuk.
La risa del polaco se hizo aún más desdeñosa.
-Di que me desaten las manos y los pies y hablaremos - dijo.
El jefe dio la orden con un gesto, y Subienkow, cuando tuvo las manos libres, hizo un pitillo y lo encendió.
- Estás mintiendo - dijo Makamuk -. Tu medicina no existe. No puede existir. El filo de un hacha es más fuerte que todas las medicinas.
A pesar de su incredulidad, el jefe vacilaba. Había visto entre los ladrones de pieles demasiadas cosas diabólicas que habían dado resultado. No desconfiaba del todo; no podía.
- Te concederé la vida y no serás esclavo - declaró.
- Necesito más.
Subienkow continuaba su juego con la misma frialdad que si estuviese regateando para comprar una piel de zorro.
- Es una medicina extraordinaria. Me ha salvado la vida muchas veces. Quiero un trineo, y perros, y seis de tus cazado­res. Éstos deben acompañarme río abajo y protegerme hasta un «sueño» del reducto Michaelovski.
-Te quedarás a vivir aquí para enseñarnos todas tus artes diabólicas.
Subienkow se encogió de hombros y guardó silencio. Lanzó una bocanada de humo al aire helado y contempló con un gesto de curiosidad lo que quedaba del corpulento cosaco.
- ¿Y esa cicatriz? - preguntó Makamuk de pronto, seña­lando al cuello del polaco, donde una lívida señal recordaba una cuchillada recibida durante una pelea en Kamchatka -. Tu me­dicina no es buena. El filo de ese cuchillo fue mejor que tu medicina.
Subienkow reflexionó un momento y dijo:
-El hombre que me asestó la cuchillada era muy fuerte, más fuerte que tú, más fuerte que el más forzudo de tus caza­dores, más fuerte que este gigante.
Con la punta de su mocasín tocó de nuevo el cuerpo del co­saco, que, tendido sin conocimiento en la nieve, tenía un aspecto horrible. Sin embargo, la vida se resistía a abandonar aquel cuer­po martirizado y se aferraba a él, también destrozada y torturada.
- Además, la medicina era débil, pues allí no había bayas de cierta clase. En cambio, aquí hay muchas, y la medicina ten­drá gran fuerza y eficacia.
- Te dejaré ir río abajo - dijo Makumuk - y te daré lo que me pides: el trineo, los perros y los seis cazadores.
- Te ha costado mucho decidirte - respondió el polaco fríamente -. Has cometido una ofensa contra mi medicina al no aceptar inmediatamente mis condiciones. Por eso ahora quiero más. Quiero cien pieles de castor.
Makamuk soltó una risita burlona.
- Quiero cien libras de pescado seco.
Makamuk asintió, porque el pescado era allí abundante y barato.
-Quiero dos trineos: uno para mí y otro para las pieles y el pescado. Además, tenéis que devolverme el rifle. Si no aceptas, subiré aún más el precio.
Yakaga susurró algo al oído del jefe.
- Pero ¿cómo sabré que tu medicina tiene las virtudes que dices? - preguntó Makamuk.
-Nada más fácil. Iré al bosque ahora mismo y...
Yakaga volvió a susurrar algo a Makamuk, el cual hizo un gesto de desconfianza.
- Puedes enviar veinte cazadores conmigo - prosiguió Su­bienkow -. Tengo que recoger las bayas y las raíces para hacer la medicina. Después, cuando estén aquí los dos trineos y hayas cargado en ellos el pescado, las pieles de castor y el rifle; cuando hayas escogido los seis cazadores que han de acompañarme... y, en fin, todo esté a punto, yo me frotaré el cuello con la medicina, así, y lo pondré sobre ese tronco. Entonces tu cazador más for­zudo puede empuñar el hacha y dar tres hachazos en mi cuello. Si quieres, tú mismo puedes manejar el hacha.
Makamuk se quedó boquiabierto al oír aquel último prodigio de los ladrones de pieles.
- Pero te advierto - se apresuró a añadir el polaco - que entre golpe y golpe tendré que aplicarme de nuevo la medicina. El hacha es muy pesada, estará bien afilada, y no quiero cometer ningún error.
- Tendrás todo cuanto has pedido - exclamó Makamuk, de­cidido de pronto a aceptar todas las condiciones -. Prepara tu medicina.
Subienkow trató de ocultar su júbilo. Su juego era desespe­rado y no podía cometer el menor fallo.
- Te has mostrado muy remiso - dijo con arrogancia -. Mi medicina está ofendida. Para apaciguarla, tienes que darme a tu hija.
Señaló a la muchacha, una criatura repugnante, con un ojo cubierto por una catarata y agudos dientes de lobo. Makamuk se encolerizó, pero el polaco, imperturbable, encendió otro ci­garrillo.
- Contesta pronto - le dijo en son de amenaza -. Si no te das prisa, aún te pediré más.
En el silencio que siguió, el lúgubre escenario ártico se des­vaneció ante los ojos del polaco, y éste vio de nuevo su país natal, y Francia, y, al mirar casualmente a la muchacha de colmillos de lobo, evocó la imagen de otra joven, cantante y bailarina, a la que conoció en París.
- ¿Qué quieres hacer con la muchacha? - preguntó Ma­kamuk.
- Que me acompañe río abajo. - Subienkow la examinó con ojo crítico -. Será una buena esposa y emparentarme contigo será para mí un honor que bien merece mi medicina.
Recordó de nuevo a la bailarina francesa y tarareó una can­ción que ella le había enseñado. Veía su antigua vida de una ma­nera impersonal. Evocaba imágenes y recuerdos como si pasara las páginas de una vida ajena. La voz del jefe rompió de súbito el silencio, y le sobresaltó.
- Sea - dijo Makamuk -. Mi hija se irá río abajo contigo. Pero los tres hachazos te los daré yo.
- Y yo tendré que ponerme tres veces la medicina, como ya te he dicho - respondió Subienkow, haciendo ver que sentía una mal disimulada inquietud.
- Te podrás poner la medicina antes de cada golpe. Ahí es­tán los cazadores que te vigilarán para que no huyas. Ve al bos­que a buscar lo que necesitas.
Makamuk quedó convencido del valor de la medicina, por la rapacidad que demostraba el polaco. Solamente la mejor de las medicinas podía hacer que un hombre en el umbral de la muerte regatease como una vieja.
-Además -susurró Yakaga tan pronto como el polaco y su escolta desaparecieron entre los abetos -, cuando sepas cómo se hace esa medicina, podrás aniquilarlo fácilmente.
- No, no podré - arguyó Makamuk -. Su medicina lo pro­tegerá.
- Podrás matarlo por alguna parte de su cuerpo donde no se haya aplicado la medicina - replicó Yakaga -. Por sus ore­jas, por ejemplo. Sí, lo atravesaremos de parte a parte con una lanza por las orejas. O por los ojos. Seguramente, la medicina es tan fuerte, que no se podrá frotar con ella los ojos.
El jefe asintió.
- Eres un hombre sabio, Yakaga. Si no posee otras artes diabólicas, lo aniquilaremos.
Una vez en el bosque, Subienkow no perdió el tiempo. Para reunir los ingredientes de su medicina, eligió lo primero que le vino a mano: agujas de abeto, un trozo de corteza interior de un sauce, una tira de corteza de abedul y una buena cantidad de bayas, que hizo extraer a los cazadores de debajo de la nieve. Completó su fórmula con algunas raíces heladas y emprendió el camino de regreso al campamento.
Makamuk y Yakaga, en cuclillas a su lado, observaban las cantidades y las clases de ingredientes que echaba en un reci­piente lleno de agua hirviendo.
- Hay que tener mucho cuidado en echar primero las bayas - les explicó -. Pero falta una cosa, ahora me acuerdo: el dedo de un hombre. Ven, Yakaga; deja que te corte un dedo.
Yakaga se llevó las dos manos a la espalda y torció el gesto.
- Aunque sólo sea el meñique - le dijo Subienkow.
- Yakaga, dale un dedo - ordenó Makamuk.
- Hay por ahí dedos mejores - gruño el indio, indicando los cadáveres mutilados de los veinte infelices que habían sido torturados hasta la muerte y que yacían en la nieve.
-Tiene que ser el dedo de un hombre vivo -objetó el polaco.
- ¿El dedo de un hombre vivo? Ahora mismo lo tendrás.
Yakaga se acercó al cosaco y le cortó un dedo.
- Todavía no está muerto - dijo, tirando el sangriento des­pojo en la nieve, a los pies del polaco -. Además, este dedo es muy bueno, porque es grande.
Subienkow lo echó al fuego que ardía bajo el recipiente y empezó a cantar. Era una cancioncilla amorosa francesa, y la can­taba con gran solemnidad mientras revolvía el brebaje. Luego explicó:
- Sin esta canción, la medicina no produciría efecto. Su efi­cacia se debe principalmente a las palabras de este canto... Bue­no, ya está lista.
- Dime esas palabras despacio para que yo las aprenda - or­denó Makamuk.
- Primero debemos hacer la prueba. Cuando me hayas dado los tres hachazos en el cuello, te revelaré el secreto de las pala­bras mágicas.
-Pero ¿y si la medicina no es buena? -preguntó Maka­muk con ansiedad.
Subienkow le miró, colérico.
- Mi medicina siempre es buena. Pero si no lo fuese, pue­des hacerme lo mismo que has hecho a los demás: cortarme a menudos trozos... Como a éste - y señaló al cosaco -. La me­dicina ya está fría. Ahora me froto el cuello con ella, diciendo otras palabras mágicas.
Con toda gravedad y lentamente entonó una estrofa de la Marsellesa, mientras frotaba su cuello con el nauseabundo bre­baje.
Un grito interrumpió esta farsa. El gigantesco cosaco, con la última chispa de su tremenda vitalidad, se había puesto de rodi­llas. Entre los nulatos se oyeron risas, gritos de sorpresa y aplau­sos cuando Iván el Grande empezó a arrastrarse por la nieve, sa­cudido por terribles espasmos.
Subienkow sintió náuseas ante aquel espectáculo, pero do­minó su repugnancia y fingió encolerizarse.
- Necesito silencio - dijo -. Acabad con él y entonces ha­remos la prueba. Yakaga, encárgate de poner fin a este escándalo.
Mientras Yakaga cumplía la orden, Subienkow se volvió a Makamuk.
- Recuerda que tienes que dar los hachazos con fuerza. Esto no es un juego de niños. Ven, da un hachazo al tronco: quiero ver si puedes manejar el hacha como un hombre.
Makamuk obedeció, dando dos hachazos extraordinariamente precisos y vigorosos, que arrancaron una gran astilla del tronco.
- Está bien. - Subienkow paseó su mirada por el círculo de rostros salvajes que parecía simbolizar el muro de brutalidad que le había rodeado desde que la policía zarista lo detuvo en Var­sovia -. Empuña el hacha, Makamuk, y ponte ahí. Ahora yo me tenderé. Cuando levante la mano, golpea con toda tu fuerza. Y no permitas que haya nadie detrás de ti. La medicina es superior, y el hacha podría rebotar en mi cuello y escaparse de tus manos.
Miró los dos trineos cargados de pescado y pieles, y ya con los perros enganchados. Sobre las pieles de castor se veía su rifle. Las seis cazadores que tenían que escoltarle estaban de pie junto a los trineos.
- ¿Dónde está la muchacha? - preguntó el polaco -. Traed­la. Debe estar junto a nuestro trineo antes de que empiece la prueba.
Hecho esto, Subienkow se tendió en la nieve y apoyó la cabeza en el tronco como un niño cansado que se echa a dormir. Ciertamente, los años terribles que había vivido le habían fa­tigado.
- Me río de ti y de tu destreza, Makamuk - dijo -. Ma­neja el hacha con toda tu fuerza.
Y levantó la mano. Makamuk hizo girar sobre su cabeza la pesada y potente arma de desbastar troncos. La brillante hoja de acero centelleó en el aire glacial, se detuvo un instante sobre la cabeza de Makamuk y luego se abatió sobre el cuello desnudo de Subienkow. El hacha cortó de un tajo la carne y el hueso y se clavó profundamente en el tronco. Los salvajes, sorprendidos, vieron cómo la cabeza saltaba a un metro del tronco, mientras del cuello brotaba a chorros la sangre.
Reinó un gran desconcierto y un gran silencio. Poco a poco, todos fueron comprendiendo que nunca había existido tal medi­cina. El ladrón de pieles había demostrado ser más listo que ellos. Entre todos los prisioneros, él había sido el único que se había librado de la tortura. Había jugado y había ganado. Reso­naron estrepitosas carcajadas. Makamuk bajó la cabeza, avergon­zado. El ladrón de pieles se había burlado de él, y él había que­dado en ridículo ante todo su pueblo. Todos continuaban lan­zando estentóreas carcajadas.
Makamuk dio media vuelta y se alejó con la cabeza baja. Sa­bía que a partir de entonces ya no le llamarían Makamuk, sino el Burlado. El recuerdo de su vergüenza le acompañaría hasta la tumba. Cada vez que las tribus se reuniesen, en primavera para la pesca del salmón, o en verano para comerciar, la historia pa­saría de boca en boca, junto a las hogueras de los campamentos. Todos repetirían que el ladrón de pieles consiguió morir sin su­frimiento, de un solo golpe del hacha manejada por el Burlado.
- ¿Y quién es el Burlado? - le pareció oír que preguntaba con insolencia un jovenzuelo.
- El Burlado - le respondían - se llamaba Makamuk cuan­do aún no había cortado la cabeza al ladrón de pieles.


UN BUEN BISTEC
Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de ham­bre. É1 era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.
La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y le observaba en silencio, con mirada solí­cita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente la había prestado la harina para las gachas. Los dos medios peniques que le quedaban los había invertido en pan.
Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvenci­jada que crujió al recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados zapatos eran demasia­do endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se quitaban con nada.
Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos ca­racterísticos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimi­daba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas _y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de presa. La frente hun­dida y angosta lindaba con un cabello que, cortado al cero, mos­traba todas las protuberancias de aquella cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban el cua­dro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco.
Si bien aquella fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no deseamos encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado, Tom King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción. Dejando aparte las reyertas en que se había visto mezclado y que eran cosa corriente en los medios que frecuentaba, no había hecho daño a nadie. No se le consideraba un pendenciero. Era un profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad para sus apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón, de movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a espuertas, había sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él el boxeo era un negocio. Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se vapu­leaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años, cuando Tom King se enfrentó con el «Salta Ojos», de Woolloo­moolloo, sabía que la mandíbula de su contrincante sólo estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se la habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió todos sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en el noveno asalto. No le movía ningún resentimiento contra su adversario: procedió así porque era el medio más seguro de de­jar fuera de combate a aquel hombre y, de este modo, ganar la mayor parte de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le guardó rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que atenerse a sus reglas.
Tom King no era nada hablador. En aquel momento en que permanecía sentado junto a la ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e hinchadas. El aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados, deformes, atestiguaba el empleo que había hecho de ellos. Tom no había oído decir nunca que la vida de un hombre dependía de sus arterias, pero sabía muy bien lo que significaban aquellas venas prominentes, dilata­das. Su corazón había hecho correr demasiada sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien. Habían perdido la elasticidad, y su distensión había acabado con su antigua resis­tencia. Ahora se fatigaba fácilmente. Ya no podía resistir un combate a veinte asaltos con el ritmo acelerado de antes, con fuerza y violencia sostenidas, luchando infatigablemente desde que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario, retroce­diendo hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su aco­metividad y la rapidez de sus golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al público de sus asientos y provocando sus aclamaciones, cuando él acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer una lluvia de golpes sobre su adversario y recibía otra igual mientras su corazón no dejaba de enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes y elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían de nuevo, pero no del todo; al principio, esta diferencia era imperceptible, pero cada vez que­daban un poco más distendidas que la anterior. Se contempló las venas y los estropeados nudillos. Por un momento le pareció ver los magníficos puños que tenía en su juventud, antes de rom­perse el primer nudillo contra la cabeza de Benny Jones, apodado el «Terror de Gales».
Experimentó de nuevo la sensación de hambre.
- ¡Lo que daría yo por un buen bistec! -murmuró, cerran­do sus enormes puños y lanzando un juramento en voz baja.
-He ido a la carnicería de Burke y luego a la de Sawley - dijo la mujer en son de disculpa.
- ¿Y no te quisieron fiar?
- Ni medio penique. Burke me dijo que...
Vacilaba, no se atrevía a seguir.
- ¡Vamos! ¿Qué dijo?
-Que como esta noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu cuenta, ya es bastante crecida.
Tom King lanzó un gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que tuvo en su juventud, al que echaba continua­mente bistecs crudos. En aquella época, Burke le habría conce­dido crédito para mil bistecs. Pero los tiempos cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía que enfrentarse con un boxeador joven en un club de segunda categoría, no podía es­perar que ningún comerciante le fiase.
Aquella mañana se había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel deseo no le había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos eran difíciles. Había dificul­tades para encontrar trabajo, fuera de la índole que fuere. No había tenido sparring, no siempre había comido los alimentos debidos y en la cantidad necesaria. Había trabajado varios días como peón en una obra, y algunas mañanas había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin compañero y te­niendo que atender a las necesidades de una esposa y dos hijos. Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos apenas le concedieron un poco más de crédito. El secretario del Gayety Club le adelantó tres libras --1a cantidad que percibiría si per­día el combate -, y se negó a darle un céntimo más. De vez en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos chelines, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos tiempos y ellos también pasaban sus apuros. En resumen, que era inútil tratar de ocultarse que no estaba debidamente prepa­rado para la pelea. Le había faltado comida y le habían sobrado preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para un hombre de cuarenta años como para otro de veinte.
- ¿Qué hora es, Lizzie? - preguntó.
Su mujer fue a preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta.
-Las ocho menos cuarto.
- El primer match empezará dentro de unos minutos - ob­servó Tom -. No es más que un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos entre Dealer Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre Starlight y un marinero. Yo aún tengo para una hora.
Otros diez minutos de silencio, y Tom se puso en pie.
- La verdad es, Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía.
Cogió el sombrero y se dirigió a la puerta. No le pasó por la imaginación besar a su mujer - nunca la besaba al marcharse -, pero aquella noche ella lo hizo por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y le obligó a inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al macizo corpachón de su marido.
- Buena suerte, Tom - le dijo -. Tienes que ganar.
- Sí, tengo que ganar - repitió él -. Ni más ni menos.
Se echó a reír, tratando de mostrarse despreocupado, mien­tras ella se apretaba más contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de alquiler, era, con Lizzie y los ni­ños, cuanto tenía en el mundo. Y aquella noche salía en busca de comida para su hembra y sus cachorros, no como el obrero de hoy que va a la fábrica, sino al estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de presa.
-Tengo que ganar -volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de desesperación -. Si gano, son treinta libras, con lo que podré pagar todas las deudas y, además, verme un buen sobrante en el bolsillo. Si pierdo, no me darán nada, ni un penique para tomar el tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha dado todo lo que me correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano, volveré inmediatamente.
- Te espero - dijo ella cuando Tom estaba ya en el rellano.
Había más de tres kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría, recordó sus días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al combate, y con toda seguridad, al­guno de sus admiradores se habría empeñado en pagar el coche para tener el privilegio de acompañarle. Entre estos admiradores se contaban Tommy Burns y el yanqui Jack Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y ahora tenía que ir a pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros no es la mejor pre­paración para un combate. Él era un viejo para el pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía ya para picar piedra, e incluso para esto era un obstáculo su nariz rota y su oreja hinchada. Ojalá hubiera aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo había enseñado. Por otra parte, una voz interior le decía que él no habría prestado aten­ción si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue de­mas'ado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y mag­níficos, separados por períodos de descanso y holgazanería. Es­tuvo rodeado de aduladores que se desvivían por acompañarle, por darle palmadas en la espalda, por estrecharle la mano; de petimetres que le invitaban a beber para tener el privilegio de charlar con él cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un público delirante de entusiasmo! ¡Y aquel úl­timo asalto en que se lanzaba a fondo como un torbellino y el árbitro le proclamaba vencedor! ¡Y leer su nombre en las sec­ciones deportivas de todos los periódicos al día siguiente...!
¡Ah, qué tiempos aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa comprendió que en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos. Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos tenían las venas hinchadas, los nudillos rotos y los huesos desvencijados por una larga serie de combates. Recordaba el día en que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush-Cutters Bay al decimoctavo asalto y luego le vio llorando en los vestuarios, llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y acaso le esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill combatió valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que él pasaba el mismo calvario, com­prendía que aquella noche de hacía veinte años, Bill luchó por algo más importante que su adversario, el joven Tom King, que sólo trataba de ganar dinero y gloria fácilmente. No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate.
No cabía duda de que cada púgil podía soportar un número limitado de combates. Era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas, podía subir al ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al margen.
Él se había pasado de la raya, había librado más combates encarnizados de los que debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que iban a estallar; contiendas que hacían per­der elasticidad a las arterias y convertían un cuerpo esbelto y ju­venil en un montón de músculos nudosos; combates que desgas­taban los nervios y los músculos, el cerebro y los huesos, por obra del esfuerzo. Sí, él había resistido más que nadie. No que­daba ya ni uno solo de sus antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había visto cómo iban cayendo todos y ha­bía contribuido a poner punto final a la carrera de algunos de ellos.
Le opusieron a los boxeadores ya viejos y él fue liquidando uno tras otro. Y después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él, y a su vez tenía que enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por ejemplo. Había llegado de Nueva Zelanda precedido de un brillante historial. Pero como en Australia aún era un desconocido, se acordó enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un buen combate, se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas. Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate era decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría nombre y habría dado el primer paso de una brillante carrera. Tom King no era para él más que el muro viejo que le cerraba el paso a la fama y la for­tuna. En cambio, a lo único que Tom King podía aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar al dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom King vio alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud triun­fadora, exuberante e invencible, de músculos suaves y piel se­dosa, de corazón y pulmones que no sabían lo que era el can­sancio y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes destruían a los viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos, dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin, aniquilados por una nueva generación de jóvenes. Pues la ju­ventud ha de ser siempre joven.
Al llegar a la calle de Castlereagh, dobló a la izquierda y, después de recorrer tres manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados frente a la puerta se apartaron respetuosa­mente al verle y oyó que decían:
- ¡Es Tom King!
Una vez dentro, cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario, un joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano.
- ¿Cómo te encuentras, Tom? - le preguntó.
- Estupendamente - respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le hacía tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra, la daría a cambio de él sin vacilar.
Cuando salió de los vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al cuadrilátero, que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de aplausos y vítores en el público. Él res pondió saludando a derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En su mayoría, eran muchachos que aún tenían que nacer cuando él cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó con ligereza a la alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se dirigió a su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro, se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un boxeador fracasado que desde hacía diez años no pisaba el ring como púgil. King se alegró de tenerlo por ár­bitro. Ambos eran veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más de lo que permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda.
Subieron al tablado, uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría de pesos pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público. Asimismo, expuso sus carteles de desafío.
- Young Pronto - anunció Ball -, de Sidney del Norte, reta al ganador por cincuenta libras.
El público aplaudió y los aplausos se renovaron cuando San­del trepó ágilmente al ring y fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían enzarzados en implacable combate, y pondrían todo su empeño en noquearse. Pero apenas pudo ver nada, pues Sandel llevaba, como él, un mono de en­trenamiento sobre su calzón corto de pugilista. Su cara era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón rizado de pelo rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de atleta verdaderamente magnífico. -
Young Pronto se dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de estrechar las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los desafíos. Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos muchachos desconocidos pero ambiciosos es. taban convencidos, y así lo pregonaban, de que con su fuerza y destreza eran capaces de medirse con el vencedor. Unos años antes, cuando su carrera se hallaba en su apogeo y él se conside­raba invencible, aquellos preliminares hubieran divertido y abu­rrido a Tom King. Pero a la sazón los contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud. Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al ring, y saltaban por las cuerdas para lanzar su reto a los cuatro vientos; y siempre ten­drían que caer ante ellos los boxeadores gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los cuerpos de los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente, como una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos, para enve­jecer a su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de la juventud eterna, de los nuevos mozos que desarrollaban sus músculos y derribaban a sus mayores, mientras tras ellos se formaba una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de los tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inse­parable de la humanidad.
King dirigió una mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las manos para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le pusieran los guantes y se los atasen fuer­temente, bajo la atenta fiscalización de uno de los segundos de Sandel, que ya había examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los nudillos de King. Uno de los segundos de Tom cum­plía la misma misión en el ángulo ocupado por Sandel. Este le­vantó las piernas para que le despojasen de los pantalones del mono y luego se levantó para que acabaran de quitarle la prenda por la cabeza. Tom King vio entonces ante sí una encarnación de la juventud, un pecho ancho y desbordante de vigor, unos múscu­los elásticos que se movían como seres vivos bajo la piel blan­ca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar nada de ella por los doloridos poros en los largos combates en que la juventud ha de pagar su tributo, dejando algo de ella misma en los ta­blados.
Los dos púgiles avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los segundos saltaron por las cuerdas, llevándose los ta­buretes plegables, ellos simularon estrecharse las manos enguan­tadas e inmediatamente se pusieron en guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto en marcha por un fino re­sorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a Tom un gancho de izquierda al entrecejo y un derechazo a las costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de saltar sobre las puntas de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante para volverse a acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular exhibición. El público vociferaba entusiasmado. Pero King no se dejó impresionar. Había librado demasiados encuentros y había visto a demasiados jóve­nes. Supo apreciar el verdadero valor de aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del combate desde el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de la juventud, inclinada a malgastar sus espléndidas facultades en furiosos ataques y locas acometidas, alentada por un ilimitado deseo de gloria que redo­blaba sus fuerzas.
Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla, eslabonando mil mo­vimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo. El boxeador tenía que velar por sus nudillos y, si se empeñaba en golpear a su adversario en la cabeza, allá él. King podía haberse agachado más para que el golpe no le alcanzara, pero se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun ajustán­dose a las reglas del juego, al agacharse había atentado contra los nudillos de Sandel. De momento, éste no lo notaría. Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría propinando golpes con la misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el tiempo, cuando en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado se resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría el potente golpe asestado a la cabeza de Tom King.
El primer asalto lo ganó Sandel por puntos. El joven boxea­dor mantuvo a la sala en vilo con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a cubrirse, mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al cuerpo a cuerpo para eludir el castigo. De vez en cuando, hacía alguna finta, movía la cabeza cuando encajaba un directo, e iba evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar ni bailar para no malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel desahogara el ardor de su ju­ventud, y sólo entonces replicarle, pues no debía olvidar sus cuarenta años.
Los movimientos de King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles bajo los gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y aturdido. Sin embargo, no se le esca­paba ningún detalle: su experiencia de más de veinte años le permitía verlo todo.
Sus ojos no pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así podían ver y medir mejor las distancias.
Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las toa­llas con que le abanicaban sus segundos.
Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.
- ¿Por qué no luchas, Tom? -le gritaron- ¿Es que tie­nes miedo?
-Le pesan los músculos -oyó que comentaba un espec­tador de primera fila- No puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel!
Sonó el gong y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring. Aquel asalto fue una repeti­ción del primero: Sandel atacaba en tromba y el público, indig­nado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. San­del deseaba acelerar el ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía econo­mizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxea­dor maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su juventud. El generalato del ring corres­pondía a Tom, y suya era también la sabiduría cosechada a costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su adversario con mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espec­tadores, aquello era buena prueba de que King era incapaz de medirse con su joven adversario, opinión que expresaban en voz alta, apostando a razón de tres a uno a favor de Sandel. Pero aún quedaban algunos espectadores prudentes que conocían a King desde hacía años y aceptaban estas ofertas, con grandes esperan­zas de ganar.
El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y castigaba duramente a su adversario. Pero, aún no había transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente con­fiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían mur­mullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos.
Sandel quedó casi inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado e intentó levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le aconsejaban esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse en pie, sino que quedó con una rodilla en el suelo. El árbitro se inclinó hacia él y empezó a contar los se­gundos con voz estentórea junto a su oído. Cuando oyó decir «!nueve!», Sandel se levantó con gesto agresivo, y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más cerca del mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de combate y vuelto a casa con treinta libras para su mujer y sus hijos.
El asalto continuó hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios. Sandel empezó a mirar con respeto a su oponen­te. Por su parte, King seguía moviéndose con lentitud y su mi­rada aparecía tan soñolienta como antes. Cuando el asalto estaba a punto de terminar, King se dio cuenta de ello al ver a los se­gundos agazapados junto al cuadrilátero. Estaban preparados para subir, pasando entre las cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando sonó el gong, pudo sentarse inmediatamen­te en el taburete que ya tenía preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo todo el ring para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero muchas pequeñeces juntas pueden formar algo importante. Al verse obligado a dar aquellos pasos de más, Sandel perdió, no sólo cierta cantidad de energía, sino una parte de los preciosos sesenta segundos de descanso. Al principio de cada asalto, King salía perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a recorrer una distancia ma­yor, y cuando el asalto terminaba, King estaba en su sitio y podía sentarse inmediatamente.
Transcurrieron otros dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con toda parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que el joven púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha resultaron bastante enojosos para King, que hubo de encajar una parte bastante crecida del diluvio de golpes que cayó sobre él. Sin embargo, King mantuvo su deli­berada lentitud, sin importarle el griterío de los jóvenes vehe­mentes que querían verle pelear.
En el sexto asalto, Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha de Tom King lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el árbitro hasta nueve.
Al comenzar el séptimo y último asalto, se vio claramente que el ardor de Sandel se había esfumado. El joven boxeador se per­cataba de que estaba librando el combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado, pero el de más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un boxeador maduro que no perdía la cabeza, que se defendía con extraordinaria habilidad, cuyos golpes eran verdaderos mazazos y que tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom King no se atrevía a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se olvidaba de que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran re­sistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudente­mente.
Mientras permanecía sentado en su rincón, mirando a su ad­versario, pensó que la unión de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón del mundo. Le faltaba experiencia, y ésta sólo podía obtenerse a costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría que había gastado su juventud para adquirirla.
King recurrió a todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de agarrarse a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría pugilística no había diferencia entre un hombro y un puño si con ambos podía hacerse el mismo daño, y el hombro aventajaba al puño en lo concerniente a la pérdida de energías. Asimismo, cuando se agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el peso de su cuerpo sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba al árbitro a intervenir para se­pararlos, en lo cual hallaba las mayores facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a descansar de este modo. El joven no podía dejar de emplear sus magníficos brazos ni su lozana musculatura. Cuando King se aferraba a él, clavándole el hombro en las costillas e introduciendo la cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro pasando su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo espectacular que pro­vocaba murmullos de admiración en el público, pero sin ninguna eficacia. Por el contrario, sólo servía para hacer perder energías a Sandel. Éste, incansable, no se daba cuenta de que todo tiene un límite. King sonreía y no se apartaba de su prudente táctica.
Sandel asestó un sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de espectadores consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había en la sala percibieron el hábil movi­miento del guante izquierdo de Tom, que tocó el bíceps de San­del en el momento en que éste lanzaba el fuerte derechazo. Sandel repitió una y otra vez este golpe, consiguiendo que siem­pre llegara a su destino, pero nunca con eficacia, debido al ligero contragolpe de King.
En el noveno asalto, y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de derecha la mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó la lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó aturdido y ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías. Había perdido velocidad y econo­mizaba sus fuerzas. Tenía el ceño fruncido, pero seguía contando con el arma más importante del boxeador: la juventud. El arma principal de King era la experiencia. Cuando empezó el decl:ve de su vitalidad, cuando su vigor empezó a disminuir, lo reem­plazó con la astucia, la sabiduría cosechada en mil combates y una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era el único que sabía eludir los movimientos superfluos, pero nadie como él poseía el arte de incitar al adversario a despilfarrar sus energías.
Una y otra vez, haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió engañando a Sandel: obligándole a saltar hacia atrás sin motivo, a esquivar golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King descansaba, pero no daba descanso a su ri­val. Era la estrategia de un boxeador maduro.
Al iniciarse el décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con directos de izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela, respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida, mientras lanzaba un gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe fue demasiado alto para resultar decisivo, pero King notó que ese negro velo de inconsciencia tan conoc«do por los boxeadores se extendía sobre su mente. Durante una fracción casi inapreciable de tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron de su vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras blancas y expectantes del público..., pero sólo momentáneamente. Le pareció que abría los ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de inconsciencia fue tan breve, que no tuvo tiempo de caer. El público sólo le vio va­cilar y doblar las rodillas. Inmediatamente, Tom King se recu­peró y ocultó más su barbilla en el refugio que le ofrecía su hom­bro izquierdo.
Sandel repitió varias veces este golpe, aturdiendo parcial­mente a King. Pero el experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una forma de contraatacar. Retroce­diendo ligeramente sin dejar de hacer fintas con el brazo izquier­do, lanzó a Sandel un uppercut con toda la potencia de su puño derecho. Lo calculó con tanta precisión, que consiguió alcanzar de pleno la cara de Sandel cuando éste se agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo, cayó hacia atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King repitió este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su acometividad y acorraló a su adversario contra las cuerdas, lanzando sobre él una lluvia de golpes. Sus puños funcionaron sin cesar hasta que el público, puesto en pie, le tributó una estruendosa salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia inagotables, y se man­tenía en pie. Se mascaba el knock-out. Un capitán de policía, impresionado por el terrible castigo que recibía Sandel, se acercó al cuadrilátero para suspender el combate, pero en este preciso instante sonó el gong, señalando el fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón, donde aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió a sentarse.
Tom King, mientras descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado, que si el combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado a declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A diferencia de Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse paso, sino para ganar treinta libras esterlinas. En aquel minuto de descanso, Sandel se recu­peraría.
La juventud será servida... Esta frase cruzó como un relám­pago por el cerebro de King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche en que dejó fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la había pronunciado tenía razón. Aquella noche, tan lejana ya, él encarnaba a la juventud. «Pero esta noche - se dijo - la juventud se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba media hora de pelea y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no hubiera resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus venas hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las perdidas fuer­zas en los descansos entre asalto y asalto. Las energías le faltarían ya desde el comienzo de los asaltos. Notaba las piernas pesadas y empezaba a sentir calambres. No debió haber hecho a pie aque­llos tres kilómetros que mediaban desde su casa a la sala de deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que no se ha­bía podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó en él un odio terrible contra los carniceros que se ha­bían negado a fiarle. Un hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo suficiente. ¿Qué era, al fin y al cabo, un bistec? Una insignificancia que valía unos cuantos peniques. Sin embargo, para él significaba treinta libras esterlinas.
Cuando el gong señaló el comienzo del undécimo asalto, San­del se levantó impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de poseer. King supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se trataba de un farol tan antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar fuerzas en balde, Tom se abrazó a su adversario. Luego, cuando le soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia. Esto era lo que King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su contrincante se agachara para rehuirla y, al mismo tiempo, para lanzarle un gancho de derecha, y seguidamente, King, retrocediendo un poco, asestó a Sandel un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo derribó. Después no le dio punto de reposo. Encajó mucho, pero pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las cuerdas mediante una serie de gan­chos y con toda clase de golpes. Después de desprenderse de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo sostenía con una mano y le golpeaba inmediatamente con la otra para arrojarlo contra las cuerdas, donde no le era posible desplomarse.
El público parecía haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie, le animaban con sus gritos.
- ¡Duro con él, Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo!
Querían que el combate terminara con una lluvia de golpes irresistible. Esto era lo que deseaban ver; para esto pagaban.
Y Tom King, que durante media hora había economizado sus fuerzas, las derrochó a manos llenas en lo que debía ser el es­fuerzo final, un esfuerzo que no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡O ahora o nunca! Las fuerzas le abandonaban rá­pidamente, y todas sus esperanzas se cifraban en que, antes de que le abandonasen del todo, habría conseguido que su adversa­rio permaneciera tendido en la lona durante diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando, calculando fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban, comprendió lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La resistencia de aquel hombre, realmente extraordinaria, era la resistencia virgen de la juventud. Desde luego, Sandel tenía ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo tuvo. Todos los buenos boxea­dores poseían el temple que demostraba Sandel.
Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres en las piernas y cuyos nudillos co­menzaban a resentirse. Sin embargo, siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversa­rio, King se debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría al de Sandel. No fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de San­del lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador.
Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala reinaba un si­lencio de muerte. King apenas se mantenía en pie sobre sus pier­nas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mien­tras a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotí­sima, la voz del árbitro que contaba los segundos. Pero conside­raba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.
Solamente la juventud se podía levantar... Y Sandel se le­vantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había con­seguido incorporarse hasta quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó «¡nue­ve!», Sandel se levantó del todo, adoptando la adecuada posi­ción de guardia, cubriéndose la cara con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales, mien­tras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo.
Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que le envió tropezaron con los brazos pro­tectores. Acto seguido, Sandel se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor experiencia que su con­tr'ncante le llevaba ventaja de puntos. Sandel se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definit'vamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últ'mas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni bastante rá­pido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vaci­lante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, tam­bién tambaleándose, le siguió y, experimentando un dolor indes­cript'ble, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas le habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto, pero sus cansados músculos no le obedecieron. Y, por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad, que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplo­marse definitivamente a sus pies.
King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo, notaba cómo Sandel iba re­cuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a se­gundo, Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y precisión. Los ofus­cados ojos dé Tom King vieron el guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo. Vio el pe­ligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su alma levan­tarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.
Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi. Alguien le oprimía una esponja em­papada contra la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de com­bate, y le devolvió el apretón de manos tan cordialmente, que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero, y el griterío del público se acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King le contemplaba, indiferente, mien­tras sus segundos secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock-out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec.
Sus segundos trataron de ayudarle a pasar entre las cuerdas, pero él los apartó, se agachó y saltó solo al piso de la sala. Pre­cedido por sus cuidadores, avanzó por el pasillo central abarro­tado de público. Poco después, cuando salió de los vestuarios y se dirigió a la calle, se encontró con un muchacho que le dijo:
- ¿Por qué no le pegaste de firme cuando lo tenías groggy? - ¡Vete al diablo! - le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal.
Las puertas de la taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom King vio las luces cegadoras del local y las son­rientes camareras, y, entre el alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del mostrador, oyó diversas voces que comentaban el combate. Alguien le llamó para invitarle a una copa, pero él rechazó la invitación y siguió su camino.
No llevaba un céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa le parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el Dominio, se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer estaría esperándole, an­siosa de saber cómo había terminado el encuentro, le sumió en una angustiosa desesperación. Esto era peor que un knock-out: no se sentía con fuerzas para mirarla a la cara.
Estaba desfallecido y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le hizo comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil, tardaría lo menos una semana en poder empuñar la pala o el pico. Las palpitaciones que le producía el hambre en la boca del estómago le hacían sentir náuseas. Una profunda desolación se apoderó de él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas incontenibles. Se cubrió la cara con las ma­nos y lloró. Y mientras lloraba, se acordó de la paliza que pro­pinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los vestuarios.


EL PAGANO
Nos conocimos bajo los efectos de un huracán. Aunque los dos íbamos en la misma goleta, no me fijé en él hasta que la embarcación se había hecho pedazos bajo nuestros pies. Sin duda, le había visto anteriormente con los demás marineros canacos 7, pero sin prestarle ninguna atención, cosa muy explicable, pues la Petite Jeanne rebosaba de gente. Había zarpado de Rangiroa con una dotación de once individuos -ocho marineros canacos y tres hombres de raza blanca: el capitán, el segundo y el sobre­cargo -, seis pasajeros distinguidos, cada cual con su camarote, y unos ochenta y cinco que viajaban en cubierta y eran indígenas de las islas Tuomotú y Tahití. Esta muchedumbre de hombres, mujeres y niños llevaba consigo un número proporcionado de colchonetas, mantas y fardos de ropa.
La temporada perlera de Tuamotú había terminado y todos los que habían trabajado en ella regresaban a Tahití. Los seis pasajeros que disponíamos de camarote éramos compradores de perlas. Había entre nosotros dos americanos, un chino (el más blanco que he visto en mi vida) que se llamaba Ah Choon, un alemán y un judío polaco. Yo completaba la media docena.
La temporada fue tan próspera, que ni nosotros ni los ochenta y cinco pasajeros de cubierta teníamos motivos para quejarnos. Las cosas nos habían ido bien y todos estábamos deseando llegar a Papeete para descansar y divertirnos.
No cabía duda de que la Petite Jeanne iba excesivamente cargada. Sólo desplazaba setenta toneladas, y la cantidad de gen­te que llevaba a bordo era diez veces la que debía llevar. Las bodegas reventaban de copra y madreperla, y el cargamento había invadido incluso la cámara donde se efectuaban las transacciones comerciales.
Los marineros tenían que vencer grandes dificultades para realizar las maniobras: como en la cubierta no se podía dar un paso, tenían que subirse a las bordas y pasar por ellas. Por las noches pisaban los cuerpos, materialmente amontonados, de los que dormían, y a esto había que añadir los cerdos y las galli­nas que correteaban por la cubierta, y además los sacos de ñame, las guirnaldas de cocos y los racimos de plátanos que se veían por todas partes. A una banda y a otra, entre los obenques de proa y los de la mayor, se habían tendido chicotes lo bastante bajos para que la botavara de mesana no los tocase al moverse, y de cada una de aquellas cuerdas pendían no menos de cincuenta racimos de plátanos.
La travesía se presentaba desagradable, aunque pudiéramos hacerla en sólo dos o tres días, que no necesitaríamos más si soplasen con fuerza los alisios del Sudeste. Pero estos alisios no soplaban con fuerza. A las cinco horas de viaje, el viento cesó por completo, después de lanzar una docena de soplos agónicos. La calma continuó durante toda aquella noche y al día siguiente. Era una de esas calmas resplandecientes y oleosas que hieren la vista hasta el extremo de producir dolor de cabeza.
Al otro día murió un hombre, un indígena de la isla de Pas­cua que se había distinguido entre los pescadores de perlas que aquella temporada habían buceado en la laguna. La enfermedad que lo mató fue la viruela, mal que no entiendo cómo entró en la goleta cuando en tierra, antes de zarpar de Rangiroa, no tuvi­mos un solo caso. Pero es lo cierto que la viruela ya estaba entre nosotros y había producido una muerte, contaminando, además, a otros tres pasajeros.
No se podía hacer absolutamente nada. No podíamos aislar a los enfermos ni cuidarlos. Íbamos como sardinas en lata. No teníamos más remedio que morirnos. Ésta fue nuestra única perspectiva desde la noche que siguió a la primera muerte. Aque­lla noche el segundo de a bordo, el sobrecargo, el judío polaco y cuatro pescadores de perlas indígenas huyeron en la ballenera grande. Nunca se volvió a saber de ellos. A la mañana siguiente, el capitán se apresuró a desfondar los botes que quedaban, y así estábamos.
Aquel día se produjeron dos defunciones más; al siguiente, tres; luego tuvimos ocho de golpe. Era curiosa la diversidad de nuestras reacciones. Los indígenas se hundieron en un temor apático y estoico. El capitán - se llamaba Oudouse y era fran­cés - perdió el control de sus nervios y charlaba por los codos. Incluso tenía un tic. Era un hombre corpulento y mofletudo, que pesaba lo menos noventa kilos y no tardó en convertirse en una especie de montaña de grasa que temblaba como la jalea.
El alemán, los dos americanos y yo compramos todo el whisky escocés que había a bordo y permanecíamos en un continuo es­tado de embriaguez. En teoría, esta medida era perfecta. Es­tando empapados de alcohol como una esponja, todos los gér­menes de la viruela que establecieran contacto con nosotros que­darían inmediatamente hechos ceniza. Y el sistema dio resultado en la práctica, si bien debo confesar que el capitán Oudouse y Ah Choon tampoco fueron atacados por la epidemia, aunque el fran­cés no probaba el alcohol y Ah Choon se limitaba a ingerir una copita diaria.
¡Bonita situación! El sol, que declinaba hacia el Norte, se proyectaba sobre nuestras cabezas. No se percibía ni un soplo de viento, pero de vez en cuando se alzaban rachas fortísimas que duraban de cinco minutos a media hora y terminaban con un verdadero diluvio. Después de cada chubasco, aquel sol abrasador salía de nuevo y hacía brotar nubes de vapor de la empapada cubierta.
Este vaho no me hacía ni pizca de gracia. Era el vapor de la muerte: transportaba millones y millones de microbios. Cuando lo veíamos desprenderse de los muertos y los moribundos, nos echábamos un trago, seguido, por regla general, de dos o tres copas de whisky casi puro. También nos acostumbramos a tomar una copa cada vez que lanzaban un muerto a los tiburones que rebullían alrededor de la goleta.
Al cabo de una semana de vivir bajo esta continua pesadilla, el whisky se terminó. Afortunadamente, porque, de lo contrario, yo ya no estaría vivo. Sólo teniendo la cabeza despejada se podía afrontar lo que vino después. El lector estará de acuerdo conmigo cuando conozca el pequeño detalle de que sólo dos hombres sa­lieron con vida del trance. Uno fui yo, naturalmente, y el otro el Pagano, como oí que le llamaba el capitán Oudouse en el momento en que por primera vez fijé la atención en aquel hombre. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Al finalizar aquella semana, cuando ya no nos quedaba ni una gota de whisky y todos los compradores de perlas estábamos se­renos, eché una mirada casual al barómetro colgado en la esca­lera que conducía a mi camarote. En las Tuamotú señalaba nor­malmente 29'90, y también se consideraba normal que oscilase entre 29'85 y 30, e incluso 30'05. Pero verlo tan bajo como yo lo vi - marcaba 29'62 - era algo que podía serenar en un ins­tante al más embriagado traficante de perlas que haya podido ahogar microbios de viruela en whisky escocés.
Me apresuré a comunicárselo al capitán Oudouse y éste me respondió que hacía ya varias horas que estaba observando el descenso.
Poca cosa podíamos hacer, pero la hicimos a conciencia, en vista de las circunstancias. Oudouse mandó arriar las velas li­geras, dejando a la goleta con el trapo suficiente para capear el temporal, dispuso se tendieran cuerdas salvavidas y esperó a que el viento se levantase. Pero cuando éste empezó a soplar, Oudouse cometió la equivocación de ponerse a la capa con el aparejo de babor. Esta maniobra es ciertamente la adecuada para un barco que navega al sur del ecuador, pero no cuando la nave se en­cuentra, como ocurría a la nuestra, en plena ruta del ciclón.
Sí, el ciclón venía derecho hacia nosotros. Lo advertí al notar el aumento incesante de la fuerza del viento y el descenso igual­mente continuo del barómetro. Yo habría corrido el temporal con el viento en la cuarta de babor, y sólo cuando el descenso del barómetro hubiera cesado, me habría puesto a la capa. Así se lo dije al capitán. Discutimos. É1 se acaloró y no dio su brazo a tor­cer. Lo peor era que yo no podía conseguir que los demás compra­dores de perlas me respaldasen. ¿Cómo podía yo saber más sobre la mar y sus caprichos que un capitán de carrera? Así pensaban ellos, sin duda.
El mar se encrespó amenazadoramente al azote de aquel ven­tarrón, como era lógico. En mi vida olvidaré las tres primeras olas que saltaron sobre la Petite Jeanne. El barco desobedecía, como suele suceder cuando se va a la capa, y la primera ola pro­dujo efectos devastadores. Los cabos salvavidas sólo tenían uti­lidad para los fuertes y los sanos, e incluso para éstos resultaron inútiles cuando las mujeres y los niños, los plátanos y los cocos, los cerdos y los hatillos, mezclados con enfermos y moribun­dos, fueron barridos como una masa compacta que chillaba y gemía.
La segunda ola llenó la cubierta de la Petite Jeanne hasta las bordas; y al hundirse su popa y alzarse su proa hacia el cielo, todo el mísero abarrote de seres humanos y bagajes se vertió por la popa, como un torrente humano. Aquellos infelices caían de cabeza, de pie, de costado, rodando, retorciéndose, serpenteando, debatiéndose... De vez en cuando, uno de ellos podía aferrarse a un candelero o a un cabo; pero el peso de los cuerpos que ve­nían detrás le obligaba a soltar su asidero.
Vi a un hombre con la cabeza atrapada entre las bitas de es­tribor, y esta cabeza se cascó como un huevo. Al darme cuenta de lo que se avecinaba, salté al techo del camarote, y de allí a la mayor. Ah Choon y uno de los americanos intentaron hacer lo mismo, pero ya no pudieron: el americano fue barrido por la ola y saltó por la amura de popa como una brizna de paja; Ah Choon se aferró a una cabilla del timón y se mantuvo asido a ella. Pero una rolliza vahine 8 de Rarotonga, que debía de pesar más de cien kilos, fue arrastrada junto a él y le pasó un brazo por el cuello. Con la otra mano se cogió al timonel canaco, y, en aquel preciso instante, la goleta dio un bandazo a estribor.
La riada de cuerpos y de agua de mar que bajaba por el pa­sillo de babor, entre el camarote y la amura, se desvió súbita­mente hacia estribor. Y allá fueron todos, arrastrando a la va­hine, a Ah Choon y al timonel. Juraría que el chino me sonrió con filosófica resignación mientras su cuerpo saltaba por la borda y se hundía bajo las aguas espumantes.
La tercera ola, aunque fue la mayor de las tres, no causó tantas daños, pues cuando llegó, casi todos estaban en el guarni­miento, aferrados al aparejo, a las jarcias o al cordaje. En cu­bierta quedaban quizás una docena de infelices medio ahogados y dando boqueadas, o arrastrándose, aturdidos, con el deseo de ponerse a salvo. Todos ellos saltaron por la borda con los restos de los dos botes que nos quedaban. Los traficantes de perlas que quedaban y yo, entre ola y ola, conseguimos meter a unas quince mujeres y niños en los camarotes y fijar los listones de los ence­rados de las escotillas. Pero esto sirvió de poco a aquellas pobres criaturas.
El vendaval era espantoso. Nunca hubiera creído que el viento pudiese soplar con tanta fuerza. No hay palabras para describirlo. No es fácil describir una pesadilla. Y en el mismo caso estaba aquel huracán. Nos arrancaba las ropas del cuerpo. Sí, nos las arrancaba. No pido al lector que me crea: me limito a referir algo que vi y experimenté. A veces incluso a mí me cuesta creer­lo. En fin, el caso es que conseguí salir con vida. Parecía impo­sible que alguien saliera vivo de aquel huracán. Era algo mons­truoso, y más monstruoso aún que fuera en aumento.
Imagínese el lector millones y millones de toneladas de arena. Imagínese después esta arena cruzando el espacio a ciento cin­cuenta, a ciento sesenta, a doscientos kilómetros por hora, e in cluso más. Imagínese luego que esta arena es invisible, impal­pable, pero que conserva todo el peso y toda la densidad de la arena. Imagínese todo esto, y tendrá una idea aproximada de lo que era aquel viento.
Tal vez la comparación resulte más exacta sustituyendo la arena por barro, un barro invisible, impalpable, pero con todo su peso. No, tampoco esto es exacto. Consideremos cada molécula de aire como un banco de lodo. Luego tratemos de imaginarnos los múltiples impactos de estas masas cenagosas. No, no soy ca­paz de describirlo. Las palabras tal vez sirvan para expresar los hechos normales de la vida, pero no es posible aplicarlas a aquel huracán apocalíptico. Debí atenerme a mi intención original de no intentar describirlo.
Diré únicamente esto: la mar, que al principio se había en­crespado, terminó aplacada por el huracán. Es más, parecía que el vendaval había absorbido todo el océano para arrojarlo violen­tamente contra aquella porción del espacio que antes había es­tado ocupada por una porción de la atmósfera.
Por supuesto, hacía ya rato que nos habíamos quedado sin velas, pero el capitán Oudouse tenía a bordo de la Petite Jeanne algo que yo no había visto hasta entonces en ninguna goleta de las que navegaban por los mares del Sur: un ancla flotante. Era de lona, tenía la forma de un colador, y un enorme aro de hierro mantenía abierta su boca. El ancla flotante se lanza poco más o menos como una cometa y ofrece resistencia al agua del mismo modo que una cometa ofrece resistencia al viento. La única dife­rencia es que el ancla flotante permanece a flor de agua, en posi­ción vertical. Un cabo de gran longitud la unía a la goleta. Gra­cias a este artilugio conseguimos mantener la Petite Jeanne proa al viento y al oleaje.
La situación hubiera sido francamente favorable de no ha­bernos hallado en medio del camino de la galerna. Bien es verdad que el viento nos arrancó las velas de los tomadores, zarandeó terriblemente nuestros masteleros y nos hizo trizas el aparejo, pero aún hubiéramos salido airosos del trance si no hubiéramos estado en el centro del ciclón. Ésta fue nuestra sentencia de muer­te. Yo había caído en un estado de aturdimiento, en una especie de colapso de confusión y paralización a causa de los embates del viento, y creo que ya estaba a punto de rendirme a la muerte cuando el centro del huracán cayó sobre nosotros. El golpe que recibimos consistió en un recalmón absoluto. No soplaba ni un hálito de aire. El efecto que esto nos produjo fue aterrador.
Recuerde el lector que llevábamos varias horas de espantosa tensión muscular, soportando la terrible presión de aquel viento. Y, de pronto, esta presión cesó. Me pareció que iba a estallar, que mi cuerpo iba a saltar a trozos en todas direcciones. Era como si todos los átomos que componían mi persona se repeliesen mutuamente y estuvieran a punto de desparramarse por el es­pacio. Pero esto sólo duró un momento. La destrucción se ave­cinaba.
Al faltar el viento y la presión, la mar se elevó, saltó mate­rialmente hacia las nubes. Desde todos los puntos de la rosa de los vientos el huracán soplaba hacia aquel centro en calma, con furia incontenible, y esto dio lugar a que la mar se alzara por todas partes en aquella zona donde no había vientos que la con­tuvieran. Las olas subían como tapones de corcho desprendidos del fondo de una bañera, sin orden ni concierto, en una especie de loca danza. La menor de ellas alcanzaba veinticinco metros de altura. En realidad, no eran olas. No se parecían a nada cono­cido. Eran monstruosos surtidores de veinticinco metros de al­tura. ¿Veinticinco? Tal vez más. Aventajaban a nuestros maste­leros. Eran trombas, explosiones, columnas de agua que parecían borrachas. Caían por todas partes, de cualquier modo. Choca­ban y se zarandeaban mutuamente. Se abalanzaban una contra otra o se separaban como mil cataratas simultáneas. Aquel centro del huracán no se parecía a ningún océano conocido por el hom­bre. Era algo caótico, confuso hasta lo indescriptible..., la anar­quía acuática, un trozo de mar endemoniado, que se había vuel­to loco.
¿Y la Petite Jeanne? No lo sé. El Pagano me dijo después que él tampoco lo sabía. La goleta fue abierta en canal, desga­rrada, triturada, aniquilada. Cuando me di cuenta de lo que su cedía, me encontré en el agua, nadando maquinalmente, medio ahogado. No recuerdo cómo llegué adonde estaba. Recuerdo úni­camente que vi saltar en pedazos a la Petite Jeanne en el instante mismo en que quedé inconsciente a consecuencia de los golpes y el zarandeo. Pero allí estaba, tratando de mantenerme a flote, aunque las perspectivas eran muy poco esperanzadoras. El viento se había levantado de nuevo, la mar estaba mucho menos encres­pada y las olas eran más regulares. Por todo esto comprendí que habíamos salido del centro del ciclón. Por fortuna, no había ti­burones en los alrededores. El huracán había diseminado la horda voraz que seguía al barco de la muerte para devorar los cadáveres que iban cayendo.
La Petite Jeanne debió de hacerse añicos alrededor del me­diodía, y, aproximadamente dos horas después, tropecé, de im­proviso, con el cuartel de una escotilla. Entonces llovía a mares, y fue obra del azar que encontrase el cuartel de aquella escotilla. Del asidero de cuerda pendía un chicote. Comprendí que podría durar todo un día, suponiendo, claro es, que los tiburones no volviesen. Tres horas después, o tal vez un poco más, cuando me hallaba junto al madero con los ojos cerrados, poniendo toda mi alma en el empeño de llevar suficiente aire a mis pulmones, ya que de ello dependía mi vida, y procurando al mismo tiempo no tragar demasiada agua para no ahogarme, me pareció oír voces. Había cesado la lluvia, el viento amainaba y en el mar empezaba a reinar una calma magnífica. A menos de seis metros, asidos a otro cuartel de escotilla, estaban el capitán Oudouse y el Pagano. Luchaban por la posesión del madero. Cuando menos, esto era lo que hacía el francés.
- Pdien noir! - le oí gritar y, al mismo tiempo, vi que ases­taba un furioso puntapié al canaco.
El capitán Oudouse había perdido todas sus ropas. Sólo con­servaba el calzado, unas botas bastas y recias. Por lo tanto, el golpe fue cruel. Alcanzó al Pagano en la boca y el mentón, y lo aturdió momentáneamente. Yo esperaba que replicaría al ataque, pero se limitó a alejarse, con gesto desolado, para permanecer a la prudente distancia de tres metros. Cada vez que un movi­miento de la mar ponía al Pagano a su alcance, el francés, afe­rrándose con las manos al madero, lo golpeaba con los dos pies, y lo llamaba «pagano negro».
- ¡Por menos de cinco céntimos te ahogaría, animal blan­co! - le grité sin poder contenerme.
Si no puse en práctica esta amenaza, fue por el tremendo can­sancio que sentía. La simple idea de ir nadando hasta él me pro­ducía náuseas. Así, pues, llamé al canaco y compartí con él mi madero. Entonces él me dijo que se llamaba Otoo. También me explicó que era natural de Borabora, la isla más occidental del archipiélago de la Sociedad. Más tarde supe que él fue el pri­mero en encontrar el madero flotante. Poco después había visto al capitán Oudouse y le había llamado para repartirse con él el asidero y el francés se lo agradeció apartándole a puntapiés.
Así fue como Otoo y yo nos conocimos. Él no tenía espíritu combativo. Por el contrario, era todo dulzura y amabilidad, un hombre lleno de simpatía, aunque medía casi un metro ochenta y tenía la musculatura de un gladiador. No era pendenciero, pero esto no quiere decir que fuese un cobarde. Tenía el arrojo de un león. En los años siguientes le vi correr riesgos que yo no me habría atrevido a afrontar. En resumidas cuentas, que si bien no era de carácter belicoso y rehuía las peleas, nunca se hacía el desentendido cuando tenía que afrontarlas forzosamente. Sólo se lanzaba a la lucha cuando era verdaderamente necesario. Nunca olvidaré lo que hizo a Bill King. Ocurrió en la Samoa alemana. Bill King era el campeón de los pesos pesados de la armada nor­teamericana. Era un verdadero bruto, un gorila, un tipo duro de los que pegan con intención de hacer daño, y que, además, ma­nejaba con destreza los puños. Un día que buscaba camorra hubo de dar dos puntapiés y un puñetazo a Otoo antes de que éste considerase que no había más remedio que luchar. La contienda duró cuatro minutos escasos. Al final de ella, Bill King era el desdichado propietario de cuatro costillas rotas, un antebrazo fracturado y una paletilla dislocada. Otoo no sabía una palabra de boxeo científico, pero sí cómo debía atacar a su adversario. Bill King tardó cosa de tres meses en reponerse de la lección que re­cibió aquella tarde en la playa de Apia.
Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Decía que ofrecí a Otoo una parte de mi tabla de salvación. Empezamos a hacer guardias por turnos. Mientras uno descansaba tendido so­bre el madero, el otro permanecía asido a él y hundido en el agua hasta el cuello. Durante dos días con sus noches, pasando del agua al madero y del madero al agua, fuimos a la deriva por el océano. Últimamente, yo deliraba casi de continuo, y, a veces, oía que también Otoo profería palabras incoherentes en su ¡dio­ma natal.
Nuestra continua inmersión nos evitó morir de sed, aunque el agua de mar y los ardientes rayos del sol constituyeron una in­fernal combinación de fuego y salmuera.
Finalmente, Otoo me salvó la vida. Cuando recobré el cono­cimiento me vi tendido en una playa, a seis metros del agua, pro­tegido del sol por dos hojas de palmera. Solamente Otoo había podido arrastrarme hasta allí y prepararme aquella sombrilla. Le vi tendido a mi lado. Volví a desmayarme y cuando recuperé nuevamente el conocimiento, noté fresco y vi la noche estrellada sobre mi cabeza, mientras Otoo aplicaba un coco partido a mis labios para que bebiese.
Éramos los únicos supervivientes de la Petite Jeanne. El ca­pitán Oudouse debió de perecer agotado, pues unos días después su madero fue arrojado a la playa por el oleaje. Otoo y yo vivi­mos con los indígenas del atolón durante una semana. Luego fuimos rescatados por un crucero francés, que nos llevó a Tahití. Pero antes habíamos realizado la ceremonia del cambio de nom­bres. En los mares del Sur esta ceremonia establece entre dos hombres vínculos más estrechos que los de sangre. La iniciativa fue mía, y Otoo mostró un entusiasmo indescriptible cuando se lo propuse.
- Es una gran idea - dijo en tahitiano -. Hemos sido com­pañeros durante dos días en la misma boca de la muerte.
-Pero la muerte tartamudeaba -le dije, sonriendo.
- Hiciste algo magnífico, patrón - me contestó -, y la muerte no cometió la vileza de hablar.
- ¿Por qué me llamas «patrón»? - le pregunté, contraria­do -. Hemos cambiado nuestros nombres. Para ti, yo soy ahora Otoo; para mí tú eres Charley. Y entre tú y yo, para siempre jamás, tú serás Charley y yo seré Otoo. Es una ley de los mares del Sur. Y cuando muramos, si seguimos viviendo más allá de las estrellas y del cielo, tú seguirás siendo Charley para mí y yo seguiré siendo Otoo para ti.
- Sí, patrón - respondió él, mientras sus ojos luminosos brillaban de ternura y de alegría.
- ¡Ya lo has vuelto a decir! - exclamé, indignado.
- ¿Qué importa lo que digan mis labios? - repuso él -. No son más que mis labios los que lo dicen. Yo siempre diré Otoo con el pensamiento. Cada vez que piense en mí, pensaré en ti. Cada vez que me llamen por mi nombre, pensaré en ti. Y más allá del cielo y las estrellas, para siempre jamás, tú serás para mí Otoo. ¿Te parece bien, patrón?
Tratando de disimular una sonrisa, le contesté que me pare­cía bien.
En Papeete nos separamos. Yo me quedé en tierra para re­poner mis fuerzas y él se fue en un cúter a su isla natal, Borabora. Seis semanas después estaba de vuelta. Esto me sorprendió, por­que me había hablado de su mujer y comunicado su intención de permanecer a su lado y dejar de navegar.
- ¿Adónde vas, patrón? - me preguntó cuando nos hubi­mos saludado.
Yo me encogí de hombros. La pregunta era peliaguda.
-Por todo el mundo- respondí-, por todo el mundo; por toda la mar y por todas las islas que hay en la mar.
- Te acompañaré - dijo sencillamente -. Mi mujer ha muerto.
Yo no he tenido hermanos; pero, por lo que he visto de los hermanos que tienen los demás hombres, dudo que nadie haya tenido jamás un hermano que fuese para él lo que Otoo fue para mí. Era hermano, padre y madre, todo en una pieza. Y puedo asegurar que me convertí en un hombre mejor y más honrado, gracias a Otoo. Me importaba muy poco la opinión ajena, pero quería portarme bien a los ojos de mi amigo. Por él, no me atre­vería a envilecerme. Otoo había hecho de mí su ideal, compo­n:éndome y adornándome según le dictaba su devoción y su amor fraternal. Más de una vez estuve a punto de hundirme en el cieno y, al pensar en Otoo, me contuve. Él estaba orgulloso de mí, y este orgullo se me había contagiado hasta el extremo de que no defraudarle se convirtió en una de mis principales normas de conducta.
Naturalmente, yo no conocí en seguida los sentimientos que le inspiraba, pero al advertir que nunca me censuraba, ni me contradecía, poco a poco fui comprendiendo el alto concepto en que me tenía y el daño que le haría si no me esforzaba por no defraudarle.
Estuvimos juntos diecisiete años. Sí, durante diecisiete años lo tuve a mi lado, velando mi sueño, cuidando de mí cuando la fiebre me dominaba o me habían herido, e incluso recibiendo he­ridas para defenderme. Se enroló en los mismos barcos que yo, y ambos recorrimos el Pacífico desde Hawai hasta Punta Sidney y desde el estrecho de Torres a las Galápagos. Fuimos en barcos de negreros desde las Nuevas Hébridas y las islas de la Sonda hacia el Oeste, atravesando las Lusíadas, Nueva Bretaña, Nueva Ir­landa y Nuevo Hanover. Naufragamos tres veces: en las Gilbert, en el archipiélago de Santa Cruz y en las Fiji. Y comerciamos y ahorramos allí donde se podía hacer un dólar traficando con per­las, nácar, copra, trepang, carey y pecios embarrancados.
La cosa empezó en Papeete, inmediatamente después de ma­nifestarme Otoo su deseo de acompañarme por los siete mares y sus islas. En aquellos días había en Papeete un casino donde se reunían los traficantes de perlas, los mercaderes, los capitanes de barco y toda la escoria de aventureros de los mares del Sur. En aquel mismo casino se jugaba fuerte y el alcohol corría a raudales; y yo me acostumbré a permanecer en el local hasta una hora avanzada de la noche, hasta mucho más tarde de lo conve­niente. Pero, fuera cual fuere la hora en que salía, siempre en­contraba a Otoo esperándome a la puerta para acompañarme a casa y dejarme en ella sano y salvo.
Al principio, me limitaba a sonreír, pero después lo reprendí, y terminé por decirle lisa y llanamente que no necesitaba niñera. Después de esto, ya no volví a tropezarme con él en la puerta del casino. Por pura casualidad, cosa de una semana después, descubrí que me seguía hasta la casa, deslizándose entre las som­bras de los mangos para que no le viese. ¿Qué podía hacer? He aquí lo que hice.
Sin darme cuenta, empecé a llevar una vida más regular, a volver a casa a una hora más prudente. Las noches en que llovía o había tormenta, por muchos esfuerzos que hiciera para diver­tirme, la idea de que Otoo estaba esperándome, empapado y ren­dido, bajo los mangos chorreantes, no se apartaba de mí. Induda­blemente, hizo de mí un hombre mejor. Me regeneré. Sin embargo, ni tenía nada de mojigato ni - esto menos aún - conocía la moralidad cristiana al uso. En Borabora todos eran cristianos; pero él era pagano, el único ateo de la isla, un grosero materia­lista que consideraba que cuando muriese, quedaría muerto y nada más. Únicamente creía en el juego limpio y en la honradez. El hurto y el engaño, por insignificantes que fuesen, eran para él algo casi tan grave como el homicidio deliberado, e incluso me atrevería a decir que sentía más respeto por un asesino que por un rufián.
No le gustaba que hiciese cosas que pudieran perjudicarme. El juego le parecía bien-él era un jugador empedernido- , pero no acostarse tarde, pues, según me explicó, era malo para la salud. Había visto morir abrasados por la fiebre a hombres que llevaban mala vida. No era un abstemio y se bebía una copa de buen grado cuando había que hacer maniobras a bordo con tiempo borrascoso, pero preconizaba la moderación en la bebida, pues había visto a demasiados hombres que morían o enfermaban por abusar del vino o del whisky.
Todo lo relacionado con mi bienestar le preocupaba. Preveía todas mis acciones, consideraba mis planes y ponía más interés en ellos que yo mismo. Al principio, cuando yo no me había dado cuenta aún del interés que sentía por mis cosas, llegaba incluso a adivinar mis intenciones. Así ocurrió cuando acaricié la idea de formar sociedad con un bribón, paisano mío, al que conocí en Papeete, para cierto negocio de guano. Entonces yo no sabía que aquel hombre era un bribón. Ni yo, ni ningún blanco de Papeete. Tampoco lo sabía Otoo. Pero cuando vio que me iba a asociar con él, lo averiguó, sin que yo se lo pidiese. A Tahití van a parar marineros procedentes de todos los confines del mundo. Otoo, que al principio sólo abrigaba ciertas sospechas, se mezcló con ellos y así pudo reunir una serie de datos que confirmaban sus sospe­chas. ¡Menudo pájaro estaba hecho el tal Randolph Waters! Ape­nas podía creer lo que Otoo me contó, pero cuando se lo referí al propio Waters, él se calló como un muerto y se fue en el pri­mer vapor que zarpó hacia Auckland.
Al principio, lo confieso, me molestaba que Otoo se entro­metiese en mis asuntos. Pero sabía que obraba con absoluto de­sinterés, y no pasó mucho tiempo sin que tuviese que agradecerle su prudencia y su discreción. Siempre estaba alerta, al acecho de lo más conveniente para mí, y era un hombre de visión penetran­te y espíritu previsor. Andando el tiempo, se convirtió en mi consejero, y llegó a estar más enterado que yo de mis asuntos. A decir verdad, velaba por mis intereses con más celo que yo mismo. Yo vivía con la magnífica despreocupación de la juventud, pues prefería la vida novelesca a los dólares, y la aventura a un buen empleo y a pasar las noches en casa. Fue una suerte, pues, tener a alguien que velase por mí. Estoy convencido de que si no hubiese existido Otoo, yo no estaría donde estoy.
He aquí un ejemplo. Antes de dedicarme al comercio de per­las en las Tuamotú, yo había navegado en algunos barcos negre­ros. Otoo y yo estábamos en la playa de Samoa, con los bolsillos vacíos, cuando se me presentó la ocasión de embarcar como re­clutador en un negrero. Otoo se enroló conmigo en el bergantín, y durante los seis años siguientes, en los que cambiamos otras tantas veces de barco, recorrimos las regiones más salvajes de la Melanesia. Otoo consiguió siempre ir como primer remero en el bote que me transportaba a tierra. Nuestro sistema para reclutar mano de obra consistía en desembarcar al reclutador en la playa. El bote de cobertura siempre se quedaba a unos centenares de metros de la orilla, mientras el bote del reclutador, parado tam­bién, se mantenía muy cerca de ella. Cuando yo desembarqué con mis baratijas, fondeando el remo largo y pesado que me servía para gobernar el bote, Otoo abandonó su posición de bogavante y pasó a las escotas de popa, donde teníamos un Winchester ocul­to por una lona. La tripulación del bote iba también armada, con los Snider ocultos bajo una lona que corría por toda la regala. Mientras yo discutía con los caníbales de cabeza lanuda, tratando de convencerlos de que fuesen a trabajar a las plantaciones de Queensland, Otoo se mantenía alerta. Y, de vez en cuando, me anunciaba en voz baja movimientos sospechosos y traiciones in­minentes. Su primera advertencia solía ser el rápido disparo de su rifle. Y cuando yo corría hacia el bote, siempre encontraba su mano amiga para izarme a bordo de un tirón. Recuerdo que una vez, cuando navegábamos en el Santa Ana, apenas llegó el bote a la orilla, empezó el jaleo. El bote de protección acudió presuroso en nuestra ayuda, pero los salvajes, que eran varias docenas, nos hubieran liquidado antes de que llegaran nuestros amigos. Otoo saltó como una flecha a la playa, introdujo sus dos manos en el montón de baratijas y lanzó en todas direcciones el tabaco, las cuentas de vidrio, las hachas, los cuchillos, las telas de percal...
Los indígenas no pudieron menos de arrojarse sobre aquellos tesoros, y nosotros tuvimos tiempo para empujar el bote mar adentro, saltar a él y alejarnos más de diez metros de la playa. Además, en las cuatro horas siguientes, conseguí reclutar treinta negros en aquella misma playa.
El caso que menos puedo olvidar sucedió en Malaita, la isla más salvaje del grupo oriental de las Salomón. Los indígenas nos habían dado grandes muestras de amistad. ¿Cómo podíamos sa ber que todo el poblado llevaba más de dos años haciendo una colecta para comprar la cabeza de un hombre blanco? Aquellos salvajes son cazadores de cabezas, y las de los blancos tienen para ellos gran valor. El que consiguiese capturar una cabeza blanca recibiría el producto íntegro de la colecta. Como digo, se mostra­ban muy cordiales cuando yo estaba traficando en la playa, a más de cien metros del bote.
Otoo ya me había advertido y, como siempre que no le hacía caso, después tuve que arrepentirme.
Cuando menos lo esperaba, una nube de lanzas salió de la ciénaga de mangles en dirección a mí. Lo menos una docena de ellas se clavaron en mi cuerpo. Eché a correr, pero me enredé con una que se me había hincado profundamente en la panto­rrilla y caí. Los salvajes corrieron en tropel hacia mí, armados con hachas de largo mango y hoja en forma de abanico, con las que se proponían cortarme la cabeza. Estaban tan ansiosos de ganar el premio, que se empujaban y se cerraban el paso unos a otros. En la confusión reinante evité varios hachazos hurtando el cuerpo a derecha e izquierda sobre la arena.
Entonces llegó Otoo, el que tan bien sabía entendérselas con los enemigos. Se había procurado no sé cómo una pesada maza de hierro, que para la lucha cuerpo a cuerpo resultaba un arma mucho más eficaz que el rifle. Se introdujo en el grupo de sal­vajes. Así, éstos no podían utilizar contra él sus lanzas y, menos todavía, sus hachas. Otoo luchaba por mí, y un frenesí espan­toso lo poseía. ¡Había que verle manejar la maza de guerra! Con sus molinetes partía los cráneos como si fuesen naranjas maduras. Al fin los obligó a retroceder. Entonces me cogió en brazos y echó a correr hacia el bote. En este momento recibió sus primeras heridas. Llegó al bote con cuatro lanzas clavadas en el cuerpo. Pero echó mano de su Winchester y abatió tantos hombres como disparos hizo. Entonces regresamos a la goleta, donde nos asis­tieron.
Diecisiete años estuvimos juntos. Yo soy obra suya. De no haber existido él, hoy sería yo un sobrecargo, un reclutador de negros o un simple recuerdo.
- Ahora gastas el dinero y después puedes ganar más - me dijo un día -. Es fácil para ti ganar dinero ahora. Pero cuando te hagas viejo, ni tendrás dinero ni podrás ganarlo. Estoy seguro, patrón. He observado las costumbres de los hombres blancos. En las playas hay muchos viejos que antes fueron jóvenes y que ganaban el dinero como lo ganas tú. Pero ahora son viejos, no tienen nada y esperan que los jóvenes como tú bajen a tierra para que les inviten a una copa. El negro trabaja como esclavo en las plantaciones. Le dan veinte dólares al año y trabaja mucho. El capataz no trabaja tanto. Va montado a caballo y vigila a los negros mientras trabajan. Gana mil doscientos dólares al año. Yo soy marinero en la goleta. Gano quince dólares al mes. Los gano porque soy un buen marinero y trabajo mucho. El capitán tiene un buen camarote y bebe cerveza en largas botellas. Yo nunca le he visto tirar de un cabo ni manejar un remo. Gana ciento cincuenta dólares mensuales. Yo soy un marinero. Él es un marino. Patrón, creo que te convendría estudiar el arte de na­vegar.
Otoo no cejó hasta que lo hice. Navegó conmigo como se­gundo de a bordo en la primera goleta que mandé y se enorgu­llecía de mi mando mucho más que yo. Más adelante me dijo:
-El capitán tiene una buena paga, patrón, pero el barco está a su cargo y él nunca está libre de cuidados. El dueño del barco gana más..., el dueño, que se queda en tierra entre sus criados, y se limita a invertir su dinero.
- De acuerdo, pero una goleta vale cinco mil dólares - ob­jeté -. Es más, por ese precio sólo se puede comprar un barco viejo y desvencijado. Cuando consiga tener ahorrados cinco mil dólares, ya seré viejo.
- Los hombres blancos pueden reunir dinero rápidamente - dijo Otoo, señalando la playa bordeada de cocoteros.
En aquel entonces nos hallábamos en las Salomón, embarcando un cargamento de marfil vegetal en la costa este de Gua­dalcanal.
- Entre la desembocadura de este río y la del siguiente hay más de tres kilómetros -prosiguió Otoo -. El terreno es llano hasta muy al interior. Ahora no vale nada. El año que viene, o el otro, ¿quién sabe?, estos terrenos subirán mucho. El fondeadero es bueno. Los grandes vapores pueden acercarse bastante a tierra. Podrías comprar el terreno, una faja de más de seis kilómetros de ancho y que vaya de río a río. El viejo jefe te lo vendería por diez mil pastillas de tabaco, diez botellas de ron y un Snider, que te costará cien dólares a lo sumo. Luego registras la escritura ante el comisario, y el año que viene o el otro, lo vendes y ga­narás dinero suficiente para comprar un barco.
Seguí estas indicaciones y sus predicciones se cumplieron, aunque no en dos años, sino en tres. Después realicé la ventajosa transacción de los pastos de Guadalcanal, extensión de veinte mil acres, que me arrendó el gobierno por novecientos noventa y nueve años mediante el pago de una suma nominal. Tuve en arriendo estas tierras exactamente noventa días. Después las cedí a una compañía por una suma más que respetable. Siempre era Otoo quien preveía las cosas y veía las ocasiones. Gracias a él realicé el desguace del Doncaster, que compré en una subasta por cien libras y me proporcionó una ganancia neta de tres mil. También fue idea de Otoo el negocio de la plantación de Savaí y la transacción de cacao de Upolu.
No navegábamos tanto como en los primeros tiempos. Mi si­tuación económica era ya floreciente. Me casé y viví como un señor. Pero Otoo seguía siendo el de siempre. Iba por la casa y por la oficina con la pipa de madera, el torso cubierto por una camiseta que le había costado un chelín, y un lava-lava 9 de cuatro chelines alrededor de su cintura. Yo le ofrecía dinero, pero él no lo aceptaba. La única compensación que admitía por lo mucho que había hecho por mí era que le devolviera con cre­ces su afecto. Y bien sabe Dios que en esto le complacíamos hol­gadamente. Todos nosotros le queríamos de veras. Los niños le idolatraban y, si se hubiera dejado malcriar, no cabe duda de ' que mi esposa le habría echado a perder.
¡Cómo adoraba a los niños! Él los enseñó a dar los primeros pasos en la vida, después de enseñarles a andar. Los cuidaba cuando estaban enfermos y, aún hacían pinitos, como suele de­cirse, cuando se los llevaba a la laguna para convertirlos en ver­daderos anfibios. Llegaron a saber mucho más que yo acerca de las costumbres de los peces y del modo de pescarlos. Y en lo concerniente a la selva ocurrió lo mismo. A los siete años, Tom sabía sobre la caza y los bosques cosas que yo ni siquiera sos­pechaba que existiesen. A los seis años, Mary pasaba sobre la Roca Resbaladiza sin inmutarse, siendo así que yo había conocido a hombres hechos y derechos que no se atrevían a poner los pies en ella. Y en cuanto a Frank, al cumplir los seis años, ya se su­mergía a tres brazas de profundidad para recoger monedas.
- A mis paisanos de Borabora, todos cristianos, no les gusta la gente pagana. Y a mí no me gustan los cristianos de Borabo­ra -me dijo un día en que yo, con el propósito de obligarle a gastar parte del dinero que le pertenecía por derecho propio, trataba de convencerlo de que hiciera una visita a su isla natal en una de nuestras goletas, un viaje organizado exclusivamente para él y en el que yo estaba decidido a gastar el dinero a manos llenas.
Aunque he dicho una de «nuestras» goletas, a la sazón todos los barcos eran exclusivamente míos, por lo menos legalmente, a pesar de que había hecho denodados esfuerzos para que acep­tase ser mi socio.
Al fin, un día me dijo:
- Hemos sido socios desde el día en que la Petite Jeanne se fue a pique, pero nos asociaremos ante la ley, si así lo desea tu corazón. Yo no tengo nada que hacer, pero gasto mucho. Bebo, como, fumo sin parar..., en fin, que soy un manirroto. Al billar juego de balde porque utilizo tu mesa, pero esto no impide que tenga mis gastos. La pesca en el arrecife es un pasatiempo para ricos. Los anzuelos y el sedal de algodón están por las nubes. Sí, es preciso que nos asociemos ante la ley. Necesito dinero. Se lo pediré al jefe de las oficinas.
Entonces firmamos los documentos del caso en la notaría. Al año siguiente, no pude por menos de quejarme de su proceder.
- Charley - le dije -, eres un viejo trapacero, un miserable avaro, un roñoso cangrejo de tierra. Los beneficios que te corres­ponden este año como socio de nuestra empresa ascienden a mi­les de dólares, y, según una nota que me acaba de entregar el jefe de nuestras oficinas, tú sólo has retirado ochenta y siete dó­lares con veinte centavos.
- ¿De modo que aún me deben dinero? -preguntó ansio­samente.
- Miles y miles de dólares, ya te lo he dicho.
Su semblante se iluminó como si sintiese un inmenso alivio.
-¡Magnífico! -exclamó-. Cuídate de que el jefe de la oficina lleve bien las cuentas. Cuando retire mi dinero, no quiero que falte ni un centavo. Si falta - añadíó con expresión feroz, tras una pausa-, tendrá que ponerlo el jefe de su sueldo.
Yo no sabía entonces - me enteré más tarde - que su tes­tamento, hecho ante Carruthers, y en el que me nombraba su único heredero, estaba depositado ya en la caja de caudales del consulado americano.
Pero como todo se acaba en este mundo, nuestra íntima amis­tad terminó un día. El final ocurrió en las islas Salomón, esce­nario de nuestras más locas aventuras en los turbulentos años de nuestra juventud. Ahora fuimos en viaje de recreo, pero también para visitar nuestras propiedades de la isla Florida y ver las po­sibilidades que había de pescar perlas en el Paso de Mboli. Es­tábamos fondeados en Savu, donde habíamos desembarcado para comprar algunas curiosidades y recuerdos.
Las aguas de Savu están infestadas de tiburones. La costum­bre indígena de lanzar los muertos al mar atrae cantidades in­gentes de estos voraces escualos a aquellas aguas. Tuve la mala suerte de regresar a bordo en una diminuta canoa de las que usan aquellos nativos, inestable embarcación que volcó, debido al exceso de carga. íbamos en ella cuatro indígenas y yo, y nos quedamos en el agua los cinco, aferrándonos desesperadamente a la canoa volcada. La goleta se hallaba a un centenar de metros aproximadamente. Yo pedía a gritos que nos enviasen un bote. De pronto, uno de los indígenas lanzó un alarido. Se asió con todas sus fuerzas a un extremo de la canoa, desapareció va­rias veces bajo la superficie, haciendo cabecear la embarcación, y, al fin, se hundió definitivamente. Un tiburón se lo había llevado.
Los otros tres indígenas trataron de encaramarse a la quilla de la canoa. Yo les apostrofé y golpeé con el puño al que tenía más cerca, mientras lo colmaba de maldiciones, pero fue inútil. Estaban muertos de miedo. La canoa no habría podido sostener ni siquiera a uno. Bajo el peso de los tres, se hundió y dio la vuelta, arrojándolos de nuevo al agua.
Entonces yo dejé la canoa y empecé a nadar hacia la goleta, con la esperanza de que me recogiese el bote por el camino. Uno de los indígenas decidió acompañarme, y ambos nadamos juntos y en silencio. De vez en cuando, introducíamos la cabeza en el agua para ver si había tiburones por los alrededores. Los gritos de los hombres que se habían quedado en la canoa nos hicieron comprender que habían sido atacados. Cuando escudriñaba las profundidades, vi pasar un enorme tiburón exactamente por de­bajo de mí. Tenía casi cinco metros de largo. No perdí detalle de lo que entonces sucedió. El escualo apresó al indígena por la cintura y se lo llevó a flor de agua, mientras el pobre diablo aso­maba la cabeza, los hombros y los brazos, lanzando gritos des­garradores. El tiburón lo llevó a rastras muchos metros por la superficie y, finalmente, desapareció con él debajo del agua.
Yo seguía nadando frenéticamente, con la esperanza de que no hubiese más tiburones por las cercanías. Pero había uno. No sé si era el mismo que había atacado antes a los indígenas, u otro que ya había conseguido una buena pitanza en otro lugar. Lo cierto era que no demostraba la acometividad de sus hermanos. Yo ya no nadaba tan de prisa; me lo impedía la atención que tenía que prestar al merodeador. Lo estaba mirando cuando realizó su primer ataque. Tuve la suerte de poder atenazarle el morro con ambas manos, y, aunque su acometida me hizo bucear momentá­neamente, conseguí esquivarlo. Él dio media vuelta y empezó a describir nuevos círculos a mi alrededor. Logré eludir su ataque por segunda vez mediante la misma maniobra, y el tercero fue un fracaso para los dos. El animal se desvió en el mismo instante en que yo iba a cogerlo por el morro, pero su piel, áspera como el papel de lija, me desolló un brazo desde el codo hasta el hom­bro, ya que de cintura arriba me cubría únicamente con una camiseta sin mangas.
Pero me sentía exhausto y perdí toda esperanza. La goleta se hallaba aún a sesenta metros por lo menos. Con la cabeza su­mergida, observaba al escualo que se disponía a atacar de nuevo, cuando un cuerpo moreno se interpuso entre ambos. Era Otoo.
- ¡Nada hacia la goleta, patrón! - me dijo. Y lo curioso es que hablaba alegremente, como si aquello le divirtiera -. Yo conozco a los tiburones. Son como hermanos míos.
Le obedecí y seguí nadando lentamente; mientras Otoo daba vueltas a mi alrededor, interponiéndose constantemente entre el tiburón y mi cuerpo, desviando sus ataques y dándome ánimos.
- El aparejo del pescante se ha desprendido y están arre­glando las betas - me explicó poco después, antes de zambu­llirse para repeler un nuevo ataque.
Cuando me encontraba a menos de diez metros de la goleta, ya no podía con mi alma. Apenas tenía fuerzas para moverme. Desde la embarcación nos arrojaban cabos, pero no nos alcan­zaban. El tiburón, al ver que no le hacíamos ningún daño, se ha­bía envalentonado. Varias veces estuvo a punto de atraparme, pero siempre llegó Otoo a tiempo para salvarme. Por supuesto, Otoo se habría podido salvar fácilmente, pero no me quería aban­donar.
- ¡Adiós, Charley! -pude decir- ¡Ya no puedo más!
Sabía que había llegado mi último momento y que, transcu­rridos unos segundos, levantaría los brazos y me hundiría como una piedra.
Pero Otoo se echó a reír y me dijo:
-Ahora verás qué jugarreta. Menudo susto le voy a dar a ese tiburón.
Y se zambulló a mis espaldas, cuando el tiburón se disponía a lanzarse sobre mí.
- ¡Un poco más a la izquierda! - gritó al emerger -. ¡Ahí tienes una cuerda! ¡A la izquierda, patrón, a la izquierda!
Cambiando de rumbo, braceé desesperadamente. Apenas sa­bía ya lo que hacía. Cuando mi mano se cerró en torno a la cuer­da, oí gritos a bordo. Me volví para mirar adonde estaba Otoo y ya no vi ni rastro de él. Un momento después salió a flote. Tenía ambas manos cercenadas por la muñeca, y de los muñones brotaba la sangre a raudales.
- ¡Otoo! -me dijo con voz queda. Y en su mirada leí el mismo amor que temblaba en su voz.
Sólo entonces, al final de nuestros años de hermandad, me llamó por su nombre.
-¡Adiós, Otoo! -me dijo.
Luego desapareció bajo la superficie y yo fui izado a bordo, donde me desmayé en brazos del capitán.
Así murió Otoo, mi salvador. Hizo de mí un hombre y, final­mente, me salvó la vida por segunda vez. Nos conocimos en las fauces de un huracán y nos separamos ante las fauces de un ti burón. Vivimos diecisiete años en una camaradería que no creo que haya existido jamás entre un hombre blanco y el otro de piel oscura. Si Yavé, desde su altísimo trono, ve morir hasta al más humilde gorrión, no cabe duda de que habrá acogido en su reino a Otoo, el único pagano de Borabora.


LA LEY DE LA VIDA
El viejo Koskoosh escuchaba ávidamente. Aunque no veía desde hacía mucho tiempo, aún tenía el oído muy fino, y el más ligero rumor penetraba hasta la inteligencia, despierta todavía, que se alojaba tras su arrugada frente, pese a que ya no la apli­cara a las cosas del mundo. ¡Ah! Aquélla era Sit-cum-to-ha, que estaba riñendo con voz aguda a los perros mientras les ponía las correas entre puñetazos y puntapiés. Sit-cum-to-ha era la hija de su hija. En aquel momento estaba demasiado atareada para pen­sar en su achacoso abuelo, aquel viejo sentado en la nieve, solita­rio y desvalido. Había que levantar el campamento. El largo ca­mino los esperaba y el breve día moría rápidamente. Ella escu­chaba la llamada de la vida y la voz del deber, y no oía la de la muerte. Pero él tenía ya a la muerte muy cerca.
Este pensamiento despertó un pánico momentáneo en el an­ciano. Su mano paralizada vagó temblorosa sobre el pequeño montón de leña seca que había a su lado. Tranquilizado al com­probar que seguía allí, ocultó de nuevo la mano en el refugio que le ofrecían sus raídas pieles y otra vez aguzó el oído. El tétrico crujido de las pieles medio heladas le dijo que habían recogido ya la tienda de piel de alce del jefe y que entonces la estaban doblando y apretando para colocarla en los trineos.
El jefe era su hijo, joven membrudo, fuerte y gran cazador. Las mujeres recogían activamente las cosas del campamento, pero el jefe las reprendió a grandes voces por su lentitud. El viejo Koskoosh prestó atento oído. Era la última vez que oiría aquella voz. ¡La que se recogía ahora era la tienda de Geehow! Luego se desmontó la de Tusken. Siete, ocho, nueve... Sólo debía de quedar en pie la del chaman. Al fin, también la recogieron. Oyó gruñir al chaman mientras la colocaba en su trineo. Un niño llo­riqueaba y una mujer lo arrulló con voz tierna y gutural. Era el pequeño Koo-tee, una criatura insoportable y enfermiza. Sin duda, moriría pronto, y entonces encenderían una hoguera para abrir un agujero en la tundra helada y amontonarían piedras sobre la tumba, para evitar que los carcayús desenterrasen el pequeño cadáver. Pero, ¿qué importaban, al fin y al cabo, unos cuantos años de vida más, algunos con el estómago lleno, y otros tantos con el estómago vacío? Y al final esperaba la Muerte, más ham­brienta que todos.
¿Qué ruido era aquél? ¡Ah, sí! Los hombres ataban los tri­neos y aseguraban fuertemente las correas. Escuchó, pues sabía que nunca más volvería a oír aquellos ruidos. Los látigos restallaron y se abatieron sobre los lomos de los perros. ¡Cómo ge­mían! ¡Cómo aborrecían aquellas bestias el trabajo y la pista! ¡Allá iban! Trineo tras trineo, se fueron alejando con rumor casi imperceptible. Se habían ido. Se habían apartado de su vida y él se enfrentó solo con la amargura de su última hora. Pero no; la nieve crujió bajo un mocasín; un hombre se detuvo a su lado; Una mano se apoyó suavemente en su cabeza. Agradeció a su hijo este gesto. Se acordó de otros viejos cuyos hijos no se habían des­pedido de ellos cuando la tribu se fue. Pero su hijo no era así. Sus pensamientos volaron hacia el pasado, pero la voz del joven le hizo volver a la realidad.
- ¿Estás bien? - le preguntó.
Y el viejo repuso:
-Estoy bien.
-Tienes leña a tu lado-dijo el joven-, y el fuego arde alegremente. La mañana es gris y el frío ha cesado. La nieve no tardará en llegar. Ya nieva.
- Sí, ya nieva.
- Los hombres de la tribu tienen prisa. Llevan pesados far­dos y tienen el vientre liso por la falta de comida. El camino es largo y viajan con rapidez. Me voy. ¿Te parece bien?
- Sí. Soy como una hoja del último invierno, apenas sujeta a la rama. Al primer soplo me desprenderé. Mi voz es ya como la de una vieja. Mis ojos ya no ven el camino abierto a mis pies, y mis pies son pesados. Estoy cansado. Me parece bien.
Inclinó sin tristeza la frente y así permaneció hasta que hubo cesado el rumor de los pasos al aplastar la nieve y comprendió que su hijo ya no le oiría si le llamase. Entonces se apresuró a acercar la mano a la leña. Sólo ella se interponía entre él y la eternidad que iba a engullirlo. Lo último que la vida le ofrecía era un manojo de ramitas secas. Una a una, irían alimentando el fuego, e igualmente, paso a paso, con sigilo, la muerte se acercaría a él. Y cuando la última ramita hubiese desprendido su calor, la in­tensidad de la helada aumentaría. Primero sucumbirían sus pies, después sus manos, y el entumecimiento ascendería lentamente por sus extremidades y se extendería por todo su cuerpo. Enton­ces inclinaría la cabeza sobre las rodillas y descansaría. Era muy sencillo. Todos los hombres tenían que morir.
No se quejaba. Así era la vida y aquello le parecía justo. Él había nacido junto a la tierra, y junto a ella había vivido: su ley no le era desconocida. Para todos los hijos de aquella madre la ley era la misma. La naturaleza no era muy bondadosa con los seres vivientes. No le preocupaba el individuo; sólo le interesaba la especie. Ésta era la mayor abstracción de que era capaz la mente bárbara del viejo Koskoosh, y se aferraba a ella firme­mente. Por doquier veía ejemplos de ello. La subida de la savia, el verdor del capullo del sauce a punto de estallar, la caída de las hojas amarillentas: esto resumía todo el ciclo. Pero la naturaleza asignaba una misión al individuo. Si éste no la cumplía, tenía que morir. Si la cumplía, daba lo mismo: moría también. ¿Qué le importaba esto a ella? Eran muchos los que se inclinaban ante sus sabias leyes, y eran las leyes las que perduraban; no quienes las obedecían. La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los an­cianos que él conoció de niño ya habían conocido a otros ancianos en su niñez. Esto demostraba que la tribu tenía vida propia, que subsistía porque todos sus miembros acataban las leyes de la na­turaleza desde el pasado más remoto. Incluso aquellos de cuyas tumbas no quedaba recuerdo las habían obedecido. Ellos no con­taban; eran simples episodios. Habían pasado como pasan las nubes por un cielo estival. Él también era un episodio y pasaría. ¡Qué importaba él a la naturaleza! Ella imponía una misión a la vida y le dictaba una ley: la misión de perpetuarse y la ley de morir. Era agradable contemplar a una doncella, fuerte y de pe­chos opulentos, de paso elástico y mirada luminosa. Pero tam­bién la doncella tenía que cumplir su misión. La luz de su mirada se hacía más brillante, su paso más rápido; se mostraba, ya atre­vida, ya tímida con los varones, y les contagiaba su propia in­quietud. Cada día estaba más hermosa y más atrayente. Al fin, un cazador, a impulsos de un deseo irreprimible, se la llevaba a su tienda para que cocinara y trabajase para él y fuese la madre de sus hijos. Y cuando nacía su descendencia, la belleza la abando­naba. Sus miembros pendían inertes, arrastraba los pies al andar, sus ojos se enturbiaban y destilaban humores. Sólo los hijos se deleitaban ya apoyando su cara en las arrugadas mejillas de la vieja squaw, junto al fuego. La mujer había cumplido su misión. Muy pronto, cuando la tribu empezara a pasar hambre o tuviese que emprender un largo viaje, la dejarían en la nieve, como le habían dejado a él, con un montoncito de leña seca. Ésta era la ley.
Colocó cuidadosamente una ramita en la hoguera y prosiguió sus meditaciones. Lo mismo ocurría en todas partes y con todas las cosas. Los mosquitos desaparecerían con la primera helada. La pequeña ardilla de los árboles se ocultaba para morir. Cuando el conejo envejecía, perdía la agilidad y ya no podía huir de sus enemigos. Incluso el gran oso se convertía en un ser desmañado, ciego, y gruñón, para terminar cayendo ante una chillona jauría de perros de trineo. Se acordó de cómo él también había abandonado un invierno a su propio padre en uno de los afluentes supe, riores del Klondike. Fue el invierno anterior a la llegada del misionero con sus libros de oraciones y su caja de medicinas. Más de una vez Koskoosh había dado un chasquido con la lengua al recordar aquella caja..., pero ahora tenia la boca reseca y no podía hacerlo. Especialmente el «matadolores» era bueno sobre­manera. Pero el misionero resultaba un fastidio, al fin y al cabo, porque no traía carne al campamento y comía con gran apetito. Por eso los cazadores gruñían. Pero se le helaron los pulmones allá en la línea divisoria del Mayo, y después los perros apartaron las piedras con el hocico y se disputaron sus huesos.
Koskoosh echó otra ramita al fuego y evocó otros recuerdos más antiguos: aquella época de hambre persistente en que los viejos se agazapaban junto al fuego con el estómago vacío, y sus labios desgranaban oscuras tradiciones de tiempos remotos en que el Yukon estuvo sin helarse tres inviernos y luego se heló tres veranos seguidos. Él perdió a su madre en aquel período de hambre. En verano fracasó la pesca del salmón, y la tribu espe­raba que llegase el invierno y, con él, los caribúes. Pero llegó el invierno y los caribúes no llegaron. Nunca se había visto nada igual, ni siquiera en los tiempos de los más ancianos. El caribú no llegó, y así pasaron siete meses. Los conejos escaseaban y los perros no eran más que manojos de huesos. Y durante los largos meses de oscuridad los niños lloraron y murieron, y con ellos los viejos y las mujeres. Ni siquiera uno de cada diez de los hombres de la tribu vivió para saludar al sol cuando éste volvió en pri­mavera. ¡Qué hambre tan espantosa fue aquélla!
Pero también recordaba épocas de abundancia en que la carne se les echaba a perder en las manos y los perros engordaban y se movían con pereza de tanto comer, épocas en que ni siquiera se molestaban en cazar. Las mujeres eran mujeres fecundas y las tiendas se llenaban de niños varones y niños mujeres, que dor­mían amontonados. Los hombres, ahítos, resucitaban antiguas rencillas y cruzaban la línea divisoria hacia el Sur para matar a los pellys, y hacia el Oeste para sentarse junto a los fuegos apa­gados de los tananas. Se acordó de un día en que, siendo mucha­cho y hallándose en plena época de abundancia, vio como los lobos acosaban y derribaban a un alce. Zing-ha estaba tendido con él en la nieve para observar la contienda. Zing-ha, que, an­dando el tiempo, se convirtió en el más astuto de los cazadores y terminó sus días al caer por un orificio abierto en el hielo del Yukon. Un mes después le encontraron tal como quedó, con medio cuerpo asomando por el agujero donde le sorprendió la muerte por congelación.
Sus pensamientos volvieron al alce. Zing-ha y él salieron aquel día para jugar a ser cazadores, imitando a sus padres. En el lecho del arroyo descubrieron el rastro reciente de un alce, acompañado de las huellas de una manada de lobos. «Es viejo -dijo Zing-ha examinando las huellas antes que él-. Es un alce viejo que no puede seguir al rebaño. Los lobos lo han se­parado de sus hermanos y ya no le dejarán en paz.» Y así fue. Era la táctica de los lobos. De día y de noche le seguían de cerca, incansablemente, saltando de vez en cuando a su hocico. Así le acompañaron hasta el fin. ¡Cómo se despertó en Zing-ha y en él la pasión de la sangre! ¡Valdría la pena presenciar la muerte del alce!
Con pie ligero siguieron el rastro. Incluso él, Koskoosh, que no había aprendido aún a seguir rastros, hubiera podido seguir aquél fácilmente, tan visible era. Los muchachos continuaron con ardor la persecución. Así leyeron la terrible tragedia recién es­crita en la nieve. Llegaron al punto en que el alce se había dete­nido. En una longitud tres veces mayor que la altura de un hom­bre adulto, la nieve había sido pisoteada y removida en todas direcciones. En el centro se veían las profundas huellas de las anchas pezuñas del alce y a su alrededor, por doquier, las huellas más pequeñas de los lobos. Algunos de ellos, mientras sus her­manos de raza acosaban a su presa, se tendieron a un lado para descansar. Las huellas de sus cuerpos en la nieve eran tan nítidas como si los lobos hubieran estado echados allí hacía un momento. Un lobo fue alcanzado en un desesperado ataque de la víctima enloquecida, que lo pisoteó hasta matarlo. Sólo quedaban de él, para demostrarlo, unos cuantos huesos completamente descar­nados.
De nuevo dejaron de alzar rítmicamente las raquetas para detenerse por segunda vez en el punto donde el gran rumiante había hecho una nueva parada para luchar con la fuerza que da la desesperación. Dos veces fue derribado, como podía leerse en la nieve, y dos veces consiguió sacudirse a sus asaltantes y ponerse nuevamente en pie. Ya había terminado su misión en la vida desde hacía mucho tiempo, pero no por ello dejaba de amarla. Zing-ha dijo que era extraño que un alce se levantase después de haber sido abatido; pero aquél lo había hecho, eviden­temente. El chaman vería signos y presagios en esto cuando se lo refiriesen.
Llegaron a otro punto donde el alce había conseguido escalar la orilla y alcanzar el bosque. Pero sus enemigos le atacaron por detrás y él retrocedió y cayó sobre ellos, aplastando a dos y hun­diéndolos profundamente en la nieve. No había duda de que no tardaría en sucumbir, pues los lobos ni siquiera tocaron a sus hermanos caídos. Los rastreadores pasaron presurosos por otros dos lugares donde el alce también se había detenido brevemente. El sendero aparecía teñido de sangre y las grandes zancadas de la enorme bestia eran ahora cortas y vacilantes. Entonces oyeron los primeros rumores de la batalla: no el estruendoso coro de la cacería, sino los breves y secos ladridos indicadores del cuerpo a cuerpo y de los dientes que se hincaban en la carne. Zing-ha avanzó contra el viento, con el vientre pegado a la nieve, y a su lado se deslizó él, Koskoosh, que en los años venideros sería el jefe de la tribu. Ambos apartaron las ramas bajas de un abeto joven y atisbaron. Sólo vieron el final.
Esta imagen, como todas las impresiones de su juventud, se mantenía viva en el cerebro del anciano, cuyos ojos ya turbios vieron de nuevo la escena como si se estuviera desarrollando en aquel momento y no en una época remota. Koskoosh se asombró de que este recuerdo imperase en su mente, pues más tarde, cuando fue jefe de la tribu y su voz era la primera en el consejo, había llevado a cabo grandes hazañas y su nombre llegó a ser una maldición en boca de los pellys, eso sin hablar de aquel foras­tero blanco al que mató con su cuchillo en una lucha cuerpo a cuerpo.
Siguió evocando los días de su juventud hasta que el fuego empezó a extinguirse y el frío le mordió cruelmente. Tuvo que reanimarlo con dos ramitas y calculó lo que le quedaba de vida por las ramitas restantes. Si Sit-cum-to-ha se hubiera acordado de su abuelo, si le hubiese dejado una brazada de leña mayor, habría vivido más horas. A la muchacha le habría sido fácil de­jarle más leña, pero Sit-cum-to-ha había sido siempre una criatura descuidada que no se preocupaba de sus antepasados, desde que el Castor, hijo del hijo de Zing-ha, puso los ojos en ella.
Pero ¿qué importaban ya estas cosas? ¿No había hecho él lo mismo en su atolondrada juventud? Aguzó el oído en el silencio de la tundra, y así permaneció unos momentos. A lo mejor, su hijo se enternecía y volvía con los perros para llevarse a su an­ciano padre con la tribu a los pastos donde abundaban los rolli­zos caribúes.
Al aguzar el oído, su activo cerebro dejó momentáneamente de pensar. Todo estaba inmóvil. Su respiración era lo único que interrumpía el gran silencio... Pero ¿qué era aquello? Un esca­lofrío recorrió su espina dorsal. Un largo y quejumbroso aullido que le era familiar había rasgado el silencio... Y procedía de muy cerca... Se alzó de nuevo ante su turbia mirada la visión del alce, del viejo alce de flancos desgarrados y cubiertos de san­gre, con la melena revuelta y acometiendo hasta el último ins­tante con sus grandes y ramificados cuernos. Vio pasar rauda­mente las formas grises, de llameantes ojos, lenguas colgantes y colmillos desnudos. Y vio, en fin, cómo se cerraba el círculo im­placable hasta convertirse en un punto oscuro sobre la nieve pi­soteada.
Un frío hocico rozó su mejilla y, a su contacto, el alma del anciano saltó de nuevo al presente. Su mano se introdujo en el fuego y extrajo de él una rama encendida. Dominado instantánea­mente por su temor ancestral al hombre, el animal se retiró, lan­zando a sus hermanos una larga llamada. Éstos respondieron ávidamente, y pronto se vio el viejo encerrado en un círculo de siluetas grises y mandíbulas babeantes. Blandió como loco la tea, y los bufidos se convirtieron en gruñidos... Pero las jadeantes fieras no se marchaban. De pronto, uno de los lobos avanzó arrastrándose, y al punto le siguió otro, y otro después. Y nin­guno retrocedía...
- ¿Por qué me aferro a la vida? - se preguntó.
Y arrojó el tizón a la nieve. La ardiente rama se apagó con crepitante chisporroteo. Los lobos lanzaron gruñidos de inquietud, pero el círculo no se deshizo. Koskoosh volvió a ver el final de la lucha del viejo alce y, desfallecido, inclinó la cabeza sobre las rodillas. ¿Qué importaba la muerte? Había que acatar la ley de la vida.


POR EL HOMBRE QUE ESTÁ EN LA PISTA
-¡Échalo de una vez!
- Óyeme, Kid. Esto va a resultar demasiado fuerte. La mez­cla del whisky y el alcohol ya es bastante explosiva. Y si además le añades coñac, pimienta y...
- ¡Te digo que lo eches! ¿No soy yo el autor de este pon­che? ¡Pues obedece!
Dicho esto, Malemute Kid sonrió bondadosamente en la at­mósfera saturada de vapores y añadió:
- Cuando lleves tanto tiempo como yo en este país, hijito, y hayas tenido que seguir los rastros de los conejos, y que comer tripas de salmón para no morirte de hambre, sabrás que la Na­vidad sólo se celebra una vez al año, y que una Navidad sin pon­che es algo tan triste como abrir un pozo en la roca viva sin encontrar un filón que recompense el duro -trabajo.
-Haz lo que te dicen -intervino Big Jim Belden, que había llegado de Mazy May, su propiedad ya denunciada, para pasar con Malemute Kid las Navidades.
Todos sabían que Big se había alimentado de carne de alce durante los dos últimos meses.
- ¿Te acuerdas - preguntó - del ponche que preparamos en el Tanana?
- ¡Claro que me acuerdo! No os podéis imaginar, muchachos, la pítima que cogieron los tananas. Total, por un simple fermento de azúcar y levadura. Esto fue antes de que tú vinieses - con tinuó Malemute Kid, dirigiéndose a Stanley Prince, un joven que llevaba dos años en el país y era experto en cuestiones mineras -­En aquel entonces aún no había mujeres blancas en la región, y Mason quería casarse. El padre de Ruth, jefe de los tananas, se oponía a la boda, como los restantes miembros de la tribu... ¿Que era fuerte el brebaje? Pues le eché la última libra de azú­car que me quedaba; es de lo mejorcito que he hecho en mi vida... Fue cosa de ver la persecución río abajo y por los trechos en que había que pasar las canoas a hombros.
-¿Pero, y la squaw? - preguntó Louis Savoy, un franco­canadiense de gran estatura, al que aquello interesaba, pues ha­bía oído hablar de la loca aventura cuando se hallaba en Forty Mile el invierno anterior.
Entonces, Malemute Kid, que era un narrador nato, refirió simplemente la historia del Lochinvar de las tierras del Norte. Más de un curtido aventurero de aquellas regiones sintió vibrar las cuerdas de su corazón y experimentó una vaga añoranza de los soleados pastos de las tierras del Sur, donde la vida prometía algo más que una estéril lucha con el frío y la muerte.
- Llegamos al Yukon pisando los talones a los primeros hie­los que bajaban por sus aguas -concluyó-, y con los tatanas a nuestra espalda sólo a un cuarto de hora de camino. Pero nos salvamos, porque la segunda avenida de hielos obturó el río y contuvo a nuestros perseguidores. Cuando, finalmente, consiguie­ron llegar a Nuklukyeto, todas las fuerzas del puesto los espe­raban. En cuanto a la ceremonia, preguntad al padre Roubeau, aquí presente, pues corrió a su cargo.
El jesuita se quitó la pipa de los labios, pero sólo pudo ma­nifestar su complacencia con sonrisas patriarcales, mientras pro­testantes y católicos le aplaudían con el mismo entusiasmo.
- ¡Vaya, vaya! - exclamó Louis Savoy, impresionado al pa­recer por aquel hecho novelesco -. La petite squaw; mon Mason brave. ¡Vaya, vaya!
Entonces empezaron a pasar de mano en mano las tazas de latón llenas de ponche, y Bettles, el «Insaciable», se puso en pie de un salto para entonar su canción báquica favorita:


Henry Ward Beecher allí está
y el maestro con él se va,
todos beben raíz del sasafrás 10;
pero puedes apostar,
si su nombre le has de dar,
que es el fruto prohibido y nada más.


El coro de alegres bebedores rugió:


Pero puedes apostar,
si su nombre le has de dar,
que es el fruto prohibido y nada más.


El espantoso brebaje preparado por Malemute Kid surtió su efecto. Los hombres de los campamentos y de las pistas sintieron que se les ensanchaba el alma a su calor, y en torno a la mesa surgieron chanzas, canciones y relatos de antiguas aventuras. A pesar de que había allí extranjeros procedentes de una docena de naciones distintas, todos levantaban la copa para brindar su­cesivamente por cada uno de ellos y por todos. Fue Prince, el inglés, quien propuso un brindis por el «Tío Sam, el niño precoz del Nuevo Mundo»; a cambio, el yanqui Bettles bebió en honor de «la Reina, que Dios bendiga»; y Savoy chocó su copa con la de Meyers, el comerciante alemán, para brindar por Alsacia y Lorena.
Entonces se levantó Malemute Kid con la copa en la mano y su mirada se posó en la ventana de papel encerado, cubierta de más de siete centímetros de hielo.
- Por aquel que esta noche se halla en la pista... Que no le falte la comida, que no flaqueen las patas de sus perros, que sus cerillas no fallen...
En esto oyeron el familiar restallado del látigo canino, el quejumbroso ulular de los malemutes y los crujidos de un tri­neo que se acercaba a la cabaña. La conversación languideció. Todos estaban a la expectativa.
-Es un veterano: se cuida antes de sus perros que de sí mismo - susurró Malemute Kid al oído de Prince, mientras cap­taban los chasquidos de mandíbulas, los gruñidos de lobo y los aullidos de dolor que indicaban a sus diestros oídos que el foras­tero apartaba a golpes a los otros perros mientras echaba de co­mer a los suyos.
Entonces oyeron que unos nudillos golpeaban la puerta enér­gica y confiadamente, y el forastero entró. Deslumbrado por la luz, vaciló y permaneció un momento en el umbral, lo cual per­mitió que todos lo examinasen a placer. Era un hombre de as­pecto singular y pintoresco, vestido con un traje ártico de lana y pieles. Su estatura, sencillamente impresionante, pues rayaba en los dos metros, estaba en proporción con la anchura de su pecho y de sus hombros. Iba perfectamente rasurado, y su tez aparecía tersa y sonrosada a causa del frío. Sus largas pestañas y sus tupidas cejas estaban blancas de escarcha, y llevaba levan­tadas las orejeras de su gran gorro de piel de lobo, que alcanzaban a cubrirle también el cuello. Parecía algo así como un rey de los hielos que acabase de surgir de las sombras de la noche. Llevaba un chaquetón de Mackinaw ceñido por un cinturón guarnecido de cuentas y del que pendían dos grandes revólveres Colt y un cuchillo de caza. Además de empuñar el látigo especial para pe­rros, iba armado con un rifle, del mayor calibre y del tipo más reciente, de los que disparan sin producir humo. A pesar de su paso firme y elástico, todos advirtieron, al verle de cerca, que estaba rendido de fatiga.
Reinaba un embarazoso silencio que el recién llegado no tardó en romper con un cordial saludo.
-Nos divertimos, ¿eh, muchachos?
Estas palabras rompieron el hielo. Malemute Kid se levantó y fue a estrecharle la mano. Aunque no se conocían más que de oídas, los dos supieron inmediatamente quién era el otro. Kid le presentó a todos sus amigos con un amplio ademán y le obligó a tomar una copa de ponche antes de explicar lo que allí le llevaba.
- ¿Cuánto tiempo hace que ha pasado un gran trineo con tres hombres y ocho perros? - preguntó.
-Te lleva dos días de ventaja. ¿Lo persigues?
- Sí. Es mío. Se lo llevaron ante mis propias narices, los muy canallas. He conseguido ganar dos días de los cuatro que me llevaban de ventaja al principio. Los alcanzaré en la próxima etapa.
- ¿Crees que te harán frente? - preguntó Belden para que no decayera la conversación, pues Malemute Kid ya había puesto la cafetera en la mesa y estaba muy atareado friendo tocino y carne de alce.
El forastero se palpó los revólveres con ademán signifi­cativo.
- ¿A qué hora has salido de Dawson? - volvió a preguntar Belden.
- A las doce.
- ¿De la noche, por supuesto?
- No, del mediodía.
Se oyó un murmullo general de admiración. La sorpresa no era inmotivada, pues acababan de dar las doce de la noche, y cubrir una etapa de ciento veinte kilómetros por el lecho helado de un río en sólo doce horas era algo que imponía respeto.
La conversación no tardó en generalizarse, y se volvió a ha­blar del pasado.
Mientras el joven recién llegado engullía la fuerte bazofia preparada por Malemute Kid, éste le observó con atención. No tardó en llegar a la conclusión de que aquella cara le era simpá­tica, una cara noble, franca, hermosa. Aunque aquella fisonomía era todavía joven, en ella se percibían las huellas del trabajo rudo y de las penalidades. Durante la conversación, su semblante se animaba y mostraba una ingenua alegría, pero durante los si­lencios sus ojos azules anunciaban el duro, el acerado brillo que debía de percibirse en ellos cuando llegaba el momento de entrar en acción y especialmente en circunstancias adversas. La poderosa mandíbula y el cuadrado mentón hablaban de un carácter indó­mito y férreamente tenaz. Poseía las cualidades del león, pero no estaba desprovisto de cierta blandura casi femenina que reve­laba una fina sensibilidad.
- Y así fue como la vieja y yo nos unimos -dijo Belden, concluyendo el emocionante relato de su galanteo -. «Aquí es­tamos, padre», dijo ella. «Vete al cuerno», le contestó su padre, y luego me dijo a mí: «Jim, vamos a ver de lo que eres capaz. Quiero que antes de cenar ares una buena parte de esos cuarenta acres.» Y luego se volvió hacía ella y le dijo: «Y tú, Sal, vete a fregar los platos.» Y entonces dio un respingo y la besó. Y yo no cabía en mí de gozo. Pero él, al darse cuenta, me gritó: «¡Andan­do, Jim!» Y yo salí como un rayo hacia el establo.
- ¿Has dejado a algún niño esperándote en los Estados Uni­dos? - le preguntó el forastero.
- No; Sal murió antes de darme ninguno. Por eso estoy aquí.
Belden, pensativo, trató de encender la pipa, que no se había apagado, y, animándose de pronto, preguntó:
- ¿Y tú, forastero, eres casado?
Por toda respuesta, el joven abrió su reloj, le quitó la correa que hacía las veces de cadena y lo entregó a los reunidos. Belden lo acercó a la lámpara de sebo, examinó el interior de la caja con ojo crítico y, después de expresar su admiración en voz baja, lo entregó a Louis Savoy. Éste murmuró repetidamente: «¡Vaya, vaya!» Y lo pasó a Prince. Todos observaron que sus manos tem­blaban y que un brillo de ternura aparecía en sus ojos. Así fue pasando por todas aquellas manos callosas el reloj del forastero, en cuyo interior había una fotografía de mujer de dulce rostro y que tenía un niño en brazos. Era una mujer como la que anhela la mayoría de los hombres. Los que no la habían visto aún, es­taban impacientes; los que ya la habían visto, quedaban sumidos en un silencio nostálgico. Todos eran capaces de enfrentarse con el hambre, con el escorbuto y con la muerte en el campo o en el agua; pero la imagen de aquella joven desconocida con su hijo en los brazos los convertía a todos en mujeres o niños.
- Yo aún no conozco al niño. Es chico y ya tiene dos años - dijo el forastero cuando le devolvieron el tesoro. Él le dirigió una rápida mirada. Luego cerró de golpe la tapa y se volvió, pero no lo hizo a tiempo para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos.
Malemute Kid lo acompañó a una litera y le dijo que se acostase.
- Llamadme a las cuatro en punto. No os olvidéis de hacer­lo - fueron sus últimas palabras. Y un momento después res­piraba pesadamente, sumido en el sueño profundo del hombre rendido de cansancio.
- ¡Por Jove! Este tipo tiene agallas - comentó Prince -. Un sueño de sólo tres horas después de recorrer ciento veinte kilómetros con los perros, y luego, de nuevo a la pista. ¿Quién es, Kid?
-Es Jack Westondale. Lleva aquí tres años. Según se dice, trabaja como un negro y tiene toda la mala suerte que os podáis imaginar. Yo no lo conocía personalmente, pero Sitka Charley me había hablado de él.
-Es extraño que un hombre que tiene una mujercita tan encantadora esté malgastando el tiempo en este rincón olvidado de Dios, donde cada año de vida pesa como dos vividos en cual­quier otra parte.
- Lo que le pasa es que es un hombre muy entero y obsti­nado. Ha estado dos veces a punto de retirarse con una buena tajada, pero ambas veces lo perdió todo.
En este momento la conversación fue interrumpida por las estruendosas carcajadas de Bettles, pues el efecto producido por la llegada del forastero había comenzado a disiparse. Y pronto los tristes años de comida monótona y trabajo abrumador cayeron en el olvido en medio de la algazara general. Solamente Malemute Kid parecía incapaz de participar en aquel regocijo y, de vez en cuando, consultaba ansiosamente su reloj. Al fin, se puso los guantes y el gorro de piel de castor, salió de la cabaña y empezó a revolver los víveres en el oculto depósito.
También fue incapaz de esperar a la hora indicada para des­pertar a su huésped: lo hizo quince minutos antes. El joven gi­gante tenía los miembros tan entumecidos, que fue necesario administrarle enérgicas fricciones para que pudiese ponerse en pie. Salió de la cabaña tambaleándose penosamente y vio que sus perros estaban enganchados al trineo y todo a punto para partir. La concurrencia le deseó buena suerte y una corta per­secución.
Después de bendecirle a toda prisa, el padre Roubeau fue el primero en volver corriendo a la cabaña. Esto no era extraño, pues a nadie le gusta aguantar una temperatura de casi sesenta grados centígrados bajo cero con las manos y las orejas descubiertas.
Malemute Kid lo acompañó hasta la pista principal, y una vez allí, después de estrecharle la mano efusivamente, le dio varios consejos.
-Encontrarás cuarenta y cinco kilos de huevos de salmón en el trineo - le dijo -. Los perros irán tan lejos con esto como si llevases sesenta kilos de pescado. No encontrarás comida para los perros en Pelly, cosa que sin duda ya tenías prevista. – El forastero dio un respingo y sus ojos centellearon, pero no le in­terrumpió -. No encontrarás ni una onza de comida para anima­les ni hombres hasta que llegues a Cinco Dedos, que está a más de trescientos veinte kilómetros de aquí. Ten cuidado no vayas a caerte en algún agujero cuando vayas por el río de las Treinta Millas, y cerciórate de que tomas el atajo principal al salir de Le Barge.
- ¿Cómo sabes todo esto? Es imposible que mis planes ha­yan llegado aquí antes que yo.
- No quiero hablar de esto. Sólo te diré que ese trineo que persigues nunca fue tuyo. Sitka Charley lo vendió a esos hombres la primavera pasada. Pero una vez me dijo que tú eras un hom­bre cabal, y yo le creo. He visto tu cara y me parece noble. Y he visto... pues todo lo que has hecho, y esa mujer que tienes y...
Kid se quitó los guantes y sacó una pequeña bolsa que llevaba en un bolsillo.
- No; no lo necesito - dijo el forastero.
Y las lágrimas se le helaron en las mejillas mientras estrecha­ba convulsivamente la mano de Malemute Kid.
- No tengas miramientos con los perros; cuando caigan, cor­ta las correas y déjalos; compra los que te hagan falta y piensa que te salen baratos a diez dólares la libra. Encontrarás perros en Cinco Dedos, Pequeño Salmón y Hootalincua. Y procura no mojarte los pies.
Y todavía le dio un último consejo antes de que se sepa­raran.
-Sigue viajando mientras la temperatura no sea inferior a los treinta y dos grados, pero si baja más, enciende fuego y cám­biate los calcetines.


Apenas habían transcurrido quince minutos, un tintineo de campanillas anunció nuevas llegadas. La puerta se abrió y entró en la choza un hombre de la policía montada del Noroeste, se­guido por dos mestizos con aspecto de conductores de perros. Como Westondale, iban armados hasta los dientes y daban mues­tras de fatiga. Los mestizos habían nacido en la pista y soportaban bien el cansancio; pero el joven policía estaba extenuado. Sin embargo, la ceñuda tenacidad de su raza le obligaba a ajustarse a la marcha que él mismo se había impuesto y que seguiría man­teniendo hasta caer rendido de fatiga.
- ¿Cuándo salió de aquí Westondale? - preguntó -. Se detuvo aquí, ¿verdad?
La pregunta era innecesaria, pues se veían claramente las huellas que el trineo había dejado en la nieve.
Malemute Kid cruzó una mirada con Belden y éste, dándose cuenta de la situación, replicó evasivamente:
-Hace ya bastante rato.
- ¡Vamos, habla! - exclamó el policía.
- Parece tener usted grandes deseos de alcanzarlo. ¿Es que ha armado camorra allá abajo, en Dawson?
-Atracó a Harry McFarland y se llevó cuarenta mil dólares; luego los cambió en el almacén del alguacil por un cheque contra un Banco de Seattle. ¿Quién le impedirá que lo haga efectivo si no lo alcanzamos? ¿Hace mucho que se fue?
Todos procuraron disimular su excitación, pues Malemute Kid los había puesto ya sobre aviso, y el policía sólo vio a su alrededor rostros impasibles.
Entonces se acercó a Prince y le hizo la misma pregunta que había hecho a Belden. Prince le respondió con una evasiva y acto seguido se puso a hablar del estado de la pista, aunque le fue violento proceder de este modo con aquél compatriota de sem­blante franco y noble.
En esto, el policía descubrió al padre Roubeau, que no podía mentir, debido a su sagrado ministerio.
- Hace un cuarto de hora - dijo el sacerdote, respondiendo a su pregunta -. Y antes de partir han descansado durante cua­tro horas él y los perros.
- ¡Santo Dios! Nos lleva quince minutos de ventaja y va descansado.
El pobre muchacho se tambaleó; poco faltó para que se des­mayase, tal era su agotamiento y tal fue su desencanto, mientras decía algo entre dientes acerca de la etapa de Dawson allí, cu­bierta en diez horas, haciendo echar el bofe a los perros.
Malemute Kid le obligó a tomar una taza de ponche. Luego, el policía se dirigió a la puerta, ordenando a los dos mestizos que le siguiesen. Pero el calorcito de que se gozaba en la cabaña y la perspectiva de un buen descanso eran demasiado tentado­res, y ellos se negaron a obedecer.
Hablaban en un argot francés que Kid entendía. Así, pudo seguir atentamente - y no sin cierta ansiedad - la conversación de los mestizos.
Ambos juraban y perjuraban que los perros estaban agotados, que tendrían que matar a tiros a Siwash y Babette antes de que hubieran recorrido un kilómetro, que los demás perros estaban también exhaustos, y que lo más prudente sería que todos se quedasen a descansar.
- ¿Me presta cinco perros? - preguntó el policía a Male­mute Kid.
Kid movió la cabeza negativamente.
- Le firmaré un cheque de cinco mil dólares, que pagará el capitán Constantine... Aquí tiene mis documentos. Como puede ver, estoy autorizado para disponer de fondos.
De nuevo obtuvo una negativa silenciosa.
- Entonces, los requisare en nombre de la Reina.
Kid sonrió incrédulamente mientras dirigía una mirada a su bien provisto arsenal, y el inglés, convencido de su impotencia, se encaminó a la puerta. Al ver que los dos mestizos seguían murmurando, se volvió encolerizado hacia ellos y los llamó muje­res y perros callejeros. El atezado rostro del mestizo de más edad enrojeció de ira. El conductor de perros se levantó y afirmó en términos rotundos y enérgicos que viajarían hasta que su jefe se desplomara, y entonces ellos le dejarían abandonado en la nieve sin ningún remordimiento.
El joven policía, haciendo un desesperado esfuerzo, se dirigió a la puerta con paso firme y aparentando un vigor y una ligereza que estaba muy lejos de poseer. Aunque todos los presentes ad­miraron su resolución y su arrogancia, él no podía evitar que, a veces; apareciera en su rostro una mueca de extenuación.
Los perros estaban cubiertos de escarcha y hechos un ovillo en la nieve. Resultó casi imposible obligarlos a ponerse en pie. Los pobres animales gemían a cada latigazo, pues los mestizos, llevados de su irritación, manejaban el látigo sin contemplacio­nes. No fue posible poner el trineo en marcha hasta que cortaron las correas de Babette, la perra que iba en cabeza y que tuvieron que abandonar.
- ¡Ha resultado un miserable y un embustero!
- ¡Y tanto!
-Un ladrón.
-Peor que un indio.
Todos estaban furiosos, primero porque se consideraban en­gañados, y segundo, por el ultraje inferido a la ética del Norte, donde en tanto aprecio se tenía a la honradez.
- ¡Y nosotros ayudando a ese sinvergüenza después de saber lo que hizo!
Todas las miradas se volvieron acusadoramente hacia Male­mute Kid, que dejó el rincón donde había instalado cómodamen­te a Babette y empezó a vaciar en silencio el recipiente del pon­che para ofrecer la última ronda.
-Hace frío esta noche, muchachos, un frío que se clava en la carne - fue el incongruente comienzo de su defensa -. Todos vosotros habéis viajado por la pista y sabéis lo que es este frío... No os arrojéis sobre un perro caído. Sólo habéis oído una ver­sión de los hechos. Jamás ha compartido nuestra mesa ni nuestra manta un hombre más honrado e intachable que Jack Weston­dale... El otoño pasado dio todos sus ahorros, que ascendían a cuarenta mil dólares, a Joe Castrell para que los invirtiese en el Dominio. De haberse cumplido sus deseos, hoy sería millonario. Pero mientras él se hallaba en Circle City cuidando a su socio, que había pescado el escorbuto, Castrell apareció muerto en la nieve, después de pasar la frontera. Antes había estado en casa de McFarland y el dinero había desaparecido... Y el pobre Jack, entre tanto, haciendo planes para regresar este invierno al lado de su esposa y de su hijo, ese niño que no ha visto todavía... Observad que se apropió solamente la cantidad que había per­dido: cuarenta mil dólares... Además, ahora ya está lejos y nada podemos hacer.
Paseó su mirada por el círculo de semblantes atentos y vio cómo se suavizaban las expresiones de aquellos rostros. Entonces alzó el brazo.
- Por eso - dijo - propongo un brindis por el hombre que esta noche va por la pista. Que no le falte comida, que no fla­queen las patas de sus perros, que no le falle ninguna cerilla. En fin, que Dios le ayude y...
- ¡Que fracase la policía montada! -exclamó Bettles, mien­tras todos chocaban las tazas de latón.


EL INGENIO DE PORPORTUK
La joven El-Soo se había educado en las misiones. Su madre murió cuando ella era aún muy niña, y sor Alberta la salvó, lle­vándosela un día de verano a la misión de Santa Cruz para con­sagrarla al Señor. El-Soo era una india de pura sangre, pero pronto destacó entre las niñas mestizas y cuarteronas. Las bonda­dosas hermanas jamás habían visto a una niña tan dócil y de tan viva inteligencia.
El-Soo era avispada, despierta; pero, sobre todo, era como una llama viviente, una fulgurante personalidad compuesta de voluntad, dulzura y audacia. Era hija de un jefe, y sangre de jefe corría por sus venas. Obediencia había significado hasta entonces para El-Soo un trato y un acuerdo mutuos. Sentía verdadera pasión por la equidad, y tal vez por eso sobresalía en matemá­ticas.
También sobresalía en otras cosas. Aprendió a leer y escribir el inglés con una perfección que ninguna de sus compañeras había alcanzado. Dirigía en los cantos a las demás alumnas y po­nía en ellos su profundo sentido de la equidad. Era una artista y su fuego interno la llevaba a crear. Si hubiera nacido en una cuna más propicia, se habría dedicado a la música o a la literatura.
Pero ella era El-Soo, hija del jefe Klakee-Nah, y vivía en la misión de Santa Cruz, donde no había artistas, sino religiosas de alma pura, cuyos afanes se encaminaban al proceder inmacu­lado y justo y a la salvación del alma en el reino de los cielos.
Pasaron los años. La niña, que tenía ocho cuando ingresó en la misión, había cumplido ya los dieciséis, y las monjas estaban gestionando el envío de El-Soo a los Estados Unidos para que completara allí su educación, cuando un hombre de su tribu llegó a la misión para hablar con ella. El-Soo se sintió algo avergon­zada ante el sucio aspecto de aquel hombre, de fealdad primi­tíva y por cuyo pelo jamás había pasado un peine. Lo contempló con un mohín de desaprobación y no quiso sentarse.
- Tu hermano ha muerto - le dijo el indio, lacónicamente.
El-Soo no se impresionó demasiado, pues apenas se acordaba de su hermano.
- Tu padre es viejo y está solo - prosiguió el mensajero -. Su casa es grande y está vacía, y él querría oír tu voz y verte.
De su padre sí que se acordaba. Era Klakee-Nah, jefe del poblado, amigo de los misioneros y los mercaderes, un hombre corpulento, con una musculatura de gigante, ojos bondadosos, imperiosos modales, y cuyo porte reflejaba una tosca realeza, de la que él tenía pleno conocimiento.
-Dile que iré -respondió El-Soo.
Con gran desesperación de las monjitas, la rama salvada de la hoguera volvió al fuego. Todas las súplicas fueron vanas. Las monjas argumentaron, suplicaron y lloraron. Sor Alberta llegó incluso a revelarle el proyecto que acariciaban de enviarla a los Estados Unidos. El-Soo contempló con ojos muy abiertos el áureo panorama que se abría ante ella, y movió la cabeza nega­tivamente. En su retina tenía grabada una visión imborrable: la majestuosa curva del Yukon al pasar por la estación Tanana, con la misión de San Jorge a un lado y la factoría al otro, y, entre ambas, la aldea india y una gran casa de troncos donde vivía un anciano atendido por sus esclavos.
Todos cuantos habitaban a orillas del Yukon, en una exten­sión de más de seis mil kilómetros, conocían aquella gran casa de troncos, al anciano y a los esclavos que lo cuidaban. También las monjas conocían aquella casa, con sus incesantes orgías, sus festines y sus francachelas. Por lo tanto, no es de extrañar que todas llorasen cuando El-Soo se fue de la misión.
A su llegada, la joven realizó una limpieza a fondo en el ca­serón. Klakee-Nah, el hombre autoritario, protestó ante la re­suelta conducta de su hija; pero, al fin, dejándose llevar de sus salvajes sueños de grandeza, fue a pedir prestados unos miles de dólares al viejo Porportuk, el indio más rico de todo el Yukon. Después, Klakee-Nah hizo un importante pedido a la factoría. Así, El-Soo pudo arreglar a su gusto el caserón, dándole un esplendor nuevo, mientras Klakee-Nah mantenía sus antiguas tra­diciones de hospitalidad y jolgorio.
Todo esto era insólito en un indio del Yukon, pero Klakee­Nah no era un indio corriente. No era sólo que le gustase mos­trarse exageradamente hospitalario, sino que por el hecho de ser jefe y disponer de mucho dinero, podía permitirse ese lujo. En los antiguos tiempos de los convenios comerciales, él ya tenía ascendiente sobre su pueblo y llevó a cabo excelentes acuerdos con las compañías de los hombres blancos. Más tarde, en sociedad con Porportuk, descubrió un placer aurífero en el río Koyukuk. Klakee-Nah era un aristócrata por educación y temperamento; Porportuk era un burgués y le compró su parte de la mina de oro. Porportuk era feliz afanándose para acumular dinero. Kla­kee-Nah volvió a su caserón y se dedicó a despilfarrar. Porportuk tenía fama de ser el indio más rico de Alaska; Klakee-Nah la tenía de ser el más blanco. Porportuk era prestamista y usurero; Klakee-Nah era un anacronismo, una ruina medieval, un guerre­ro al que encantaban las orgías, el vino y las canciones.
El-Soo se adaptó tan fácilmente al caserón y a sus costum­bres, como se había adaptado al régimen de la misión de la Santa Cruz. No intentó reformar a su padre ni encaminar sus pasos hacia Dios. Verdad es que lo reprendía cuando bebía demasiado y se embriagaba, pero lo hacía para preservar su salud y para que pudiera mantenerse derecho.
La aldaba de la puerta del caserón no estaba nunca echada. Las entradas y salidas eran continuas y reinaba en él un ince­sante bullicio. Las vigas de la gran sala de festines retemblaban con el estrépito de las francachelas y los cantos. En torno a la mesa se reunían hombres de todo el mundo y jefes de tribus lejanas. Se veían allí ingleses y coloniales, enjutos comerciantes yanquis, rollizos empleados de las grandes compañías, vaqueros de las praderas del Oeste, gente de mar, cazadores, conducto­res de perros... Veinte nacionalidades distintas estaban allí re­presentadas.
El-Soo se sentía como el pez en el agua en aquella atmósfera cosmopolita. Hablaba el inglés con la misma perfección que su lengua materna y cantaba canciones inglesas. Conocía también las fugaces ceremonias indias y las tradiciones que se iban extinguiendo. Cuando la ocasión lo requería, llevaba el vestido propio de la hija de un jefe, pero casi siempre vestía al estilo de las mujeres blancas. No en vano había aprendido a hacer labores en la misión. Además, era artista por naturaleza. Sabía llevar los vestidos como las mujeres blancas, y los que ella misma se con­feccionaba no se podían llevar de otro modo.
A su manera, era algo tan inusitado como su padre, y la po­sición que ocupaba era tan exclusiva como la de éste. Era la única india que gozaba de la igualdad social con las muchachas blancas residentes en Tanana. Era la única mujer india a la que más de un hombre blanco había solicitado formalmente en ma­trimonio. Y, por último, era la única india a la que nunca había insultado ningún blanco.
Pues ha de saber el lector que El-Soo era hermosa, aunque no con la belleza de las mujeres blancas, ni tampoco con la de las indias. Su belleza estaba en su llama interior y no dependía de sus rasgos físicos. En lo que se refiere a su silueta y sus fac­ciones, encajaban en el tipo de india clásico, de negros cabellos y hermosa tez bronceada; de ojos negros, brillantes, altaneros, de mirada audaz, penetrante como una espada de luz; con una nariz aguileña de trazo delicado y aletas finas y temblorosas; pó­mulos salientes no excesivamente separados, y labios delgados, pero no en demasía. Mas, por encima de todo y a través de todo, bastaba su llama interior, aquel algo indiscernible que era fuego y alma, que le infundía una dulce languidez o que llameaba en sus ojos, tiñendo sus mejillas, distendiendo las aletas de su nariz, plegando sus labios o, cuando éstos se hallaban en reposo, do­minándolos y haciéndolos palpitar.
Y El-Soo tenía ingenio... sus réplicas rara vez eran hirientes, pero sabían poner de relieve con rapidez las pequeñas debilida­des y los ligeros defectos. Su risa jugueteaba como una ondulante llama a su alrededor, despertando por doquier otras risas. Sin embargo, ella no era nunca el centro de las cosas. No lo hubiera permitido. El caserón y todo cuanto había en él pertenecían a su padre; y hasta el fin deambuló por la casa su heroica figura de anfitrión, organizador de orgías y guardián de la ley. Bien es ver­dad que cuando las fuerzas fueron abandonándole, ella asumió las responsabilidades que aquellas manos temblorosas no po­dían retener. Pero en apariencia él seguía gobernando, a pesar de que a veces se quedaba dormido a la cabecera de la mesa, como una báquica ruina, pero representando aún el papel de jefe del festín.
Por el caserón deambulaba también la funesta figura de Por­portuk, moviendo la cabeza, dando frías muestras de desaproba­ción y pagándolo todo. En realidad, no pagaba nada, pues co­braba intereses como por arte de hechicería, absorbiendo año tras año los bienes de Klakee-Nah. En una ocasión, Porportuk se atrevió a reprender a El-Soo por la prodigalidad que reinaba en el caserón - lo hizo cuando ya casi se había apoderado de las últimas riquezas de Klakee-Nah-, pero jamás osó volver a ha­cerlo. El-Soo era una aristócrata como su padre, y sentía tanto desprecio por el dinero como él, además de poseer su mismo sen­tido del honor finamente tramado en su alma.
Porportuk continuó adelantando dinero a regañadientes y el dinero siguió disipándose como una espuma dorada. El-Soo es­taba decidida a que su padre muriese como había vivido. No vendría a menos: sus francachelas serían las mismas, y la misma su dispendiosa y generosa hospitalidad. En épocas de hambre, los indios se acercaban quejumbrosos al caserón, como antaño, y nunca se iban con las manos vacías. Y si entonces no había dinero, se lo pedían prestado a Porportuk, para que los indios pudieran llevarse algo. El-Soo podría haber dicho, como aquel soberano: «Después de mí, el diluvio.» En su caso, el diluvio era el viejo Porportuk. A cada nuevo préstamo, él la contemplaba con una mirada más posesiva y sentía que en su interior volvía a encenderse el rescoldo de un antiguo fuego.
Pero El-Soo ni siquiera le miraba. Tampoco había mirado a los blancos que le ofrecieron casarse con ella en la misión, con anillo, sacerdote y libro de oraciones. En la estación Tanana ha­bía un joven llamado Akoon, de su misma sangre, tribu y aldea. Era fuerte y apuesto, gran cazador y muy pobre, a pesar de haber corrido mucho mundo. Había estado en todos los lugares imagi­nables, entre ellos Sitka y los Estados Unidos. Había atravesado el continente hasta la bahía de Hudson y, después, se había em­barcado para Siberia y el Japón como cazador de focas.
Cuando volvió de buscar oro en el Klondike se presentó, como era su deber, al caserón para informar al viejo Klakee-Nah y explicarle todo cuanto había visto. Y entonces conoció a El­Soo, que había regresado de la misión hacía tres años. Después de conocerla, terminaron sus vagabundeos. Rechazó un sueldo de veinte dólares diarios como piloto de grandes vapores. Se dedicó a la caza y a la pesca, pero sin alejarse demasiado de la estación Tanana, y cada vez se le veía más en el caserón. El-Soo lo com­paró con otros hombres y salió de la comparación muy bien li­brado. Akoon solía cantarle coplas, sin ocultar sus fogosos senti­mientos, que pronto fueron conocidos en toda la estación Ta­nana. Y Porportuk se limitó a sonreír y a seguir prestando dinero para el mantenimiento de la gran casa.
Así las cosas, llegó el último festín de Klakee-Nah. El viejo jefe se sentó a la mesa y, por más que bebía, no podía ahogar en vino la muerte que le subía a la garganta. Pero en la estancia resonaban risas, chanzas y canciones, y Akoon refirió una historia que las vigas repitieron con sus ecos. No hubo lágrimas ni la­mentos durante el festín. Era justo que Klakee-Nah muriese como había vivido, y nadie lo comprendía mejor que El-Soo, con su intuición de artista. En la sala se había reunido la sempi­terna muchedumbre bulliciosa y, como en otros tiempos, entre ella figuraban tres marineros de miembros aún ateridos, que aca­baban de regresar de la larga travesía del Ártico. Eran los únicos supervivientes de una tripulación de setenta y cuatro hombres. A espaldas de Klakee-Nah había cuatro viejos, todo cuanto que­daba de los esclavos de su juventud. Con ojos deformados por el reuma atendían al viejo jefe en sus últimas necesidades, y con sus manos agarrotadas le llenaban la copa y le daban palmadas en la espalda cuando la muerte le hacía toser y dar boqueadas.
Fue una noche de locura. A medida que las horas pasaban entre risas y jolgorio, la muerte se agitaba con más violencia en la garganta de Klakee-Nah.
Fue entonces cuando el viejo hizo llamar a Porportuk. Y éste llegó del helado exterior y dirigió una mirada de desaprobación a la carne y al vino, pagados por él, que había en la mesa. Pero cuando su mirada recorrió la hilera de caras congestionadas y al final de ella vio el rostro de El-Soo, sus ojos cobraron nueva luz y, por un momento, su gesto de desaprobación desapareció de su semblante.
Le hicieron sitio al lado de Klakee-Nah y pusieron una copa ante él. Klakee-Nah se la llenó de ardiente alcohol con sus pro­pias manos.
- ¡Bebe! -le ordenó-. ¿No te gusta?
Porportuk asintió, lagrimeando y chascando la lengua.
- ¿Cuándo has bebido una cosa tan buena en tu propia casa? - exclamó Klakee-Nah.
-No te niego que la bebida ha sabido a mieles a mi vieja garganta - respondió Porportuk. Y vaciló, como si quisiera aña­dir algo y no se atreviese.
Klakee-Nah completó la frase.
- Pero cuesta demasiado - dijo, lanzando una risotada. Porportuk dio un respingo al oír las risas de los invitados. Sus ojos mostraron un brillo malévolo cuando dijo:
- Somos de la misma edad. Sin embargo, tú tienes la muerte en la garganta, pero yo me conservo sano y fuerte.
Un murmullo de mal agüero se alzó en la concurrencia. Kla­kee-Nah empezó a toser. Parecía que iba a ahogarse. Los viejos esclavos le dieron varias palmadas en la espalda. Pasado el ac­ceso de tos, aspiró el aire ansiosamente y levantó la mano para calmar los amenazadores murmullos.
- ¡Has escatimado incluso el fuego en tu casa, porque la leña cuesta demasiado! - exclamó -. Has escatimado la vida. Vivir cuesta demasiado y tú no has querido pagar este precio. Tu vida ha sido como una cabaña con el fuego apagado y sin mantas en el suelo. - Dijo por señas a un esclavo que le llenase la copa, que mantenía en alto-. Pero yo he vivido. Y la vida me ha dado su calor, cosa que tú nunca has conocido. Ciertamen­te, vivirás más que yo. ¡Pero qué largas y frías son las noches cuando uno está despierto y temblando en su lecho! Mis noches han sido cortas, porque he tenido un lecho abrigado.
Apuró la copa de un trago. La mano temblorosa de un es­clavo no consiguió sujetarla, y la copa se hizo añicos en el suelo. Klakee-Nah se recostó en su asiento, jadeante. Veía las copas alzadas, vaciándose en las bocas de los bebedores, y, entre tanto, correspondía a los aplausos con una débil sonrisa. Obedeciendo a una seña, dos esclavos se esforzaron por incorporarlo de nuevo. Pero sus fuerzas eran escasas y mucho el peso de aquel corpa­chón, y los cuatro viejos se tambalearon, temblorosos, mientras lo incorporaban.
- Pero no hablemos de cómo hay que vivir - prosiguió -. Esta noche he de hablar contigo de otros asuntos, Porportuk. Tener deudas es una desventura, y yo tengo deudas contigo. ¿Quieres decirme a cuánto ascienden?
Porportuk rebuscó en su bolsillo y sacó un papel. Se hume­deció los labios con la copa y empezó a leer:
- Tenemos la nota de agosto de 1889: trescientos dólares. Los intereses no se han pagado. Y también la nota del año si­guiente, de quinientos dólares, nota incluida en la de dos meses después, que ascendía a mil dólares. Además...
- ¡Déjame de notas! - gritó Klakee-Nah, impaciente -. Me hacen rodar la cabeza y todo cuanto tengo dentro de ella. ¡El total! ¡Dime el total en números redondos! ¿A cuánto asciende?
Porportuk consultó de nuevo el papel.
- A quince mil novecientos sesenta y siete dólares con se­tenta y cinco centavos.
- O sea, dieciséis mil en números redondos - dijo el gene­roso Klakee-Nah -. Los picos siempre me fastidiaron. Ahora vamos a lo que quería decirte. Me extenderás un nuevo docu­mento por diecisiete mil y te lo firmaré. No me importa el interés. Ponlo tan crecido como quieras. Te pagaré en el otro mundo, donde volveremos a encontrarnos junto al fuego del gran padre de todos los indios. Sí, entonces te pagaré: te lo prometo; pala­bra de ' Klakee-Nah.
Porportuk se quedó perplejo, mientras un nuevo coro hacía retemblar la sala. Klakee-Nah alzó las manos..
- No - exclamó -. No es una broma. Hablo en serio. Para esto te he hecho venir, Porportuk. Extiende ahora mismo el documento.
-No quiero tratos para el otro mundo - respondió lenta­mente Porportuk.
- ¿Dudas, acaso, de que ambos nos encontraremos en pre­sencia de nuestro gran padre? -le preguntó Klakee-Nah -. Desde luego, yo estaré allí.
- No quiero tratos para el otro mundo - repitió Porportuk agriamente.
El moribundo le contempló con sincera estupefacción.
-No sé nada del otro mundo -dijo Porportuk -. Todos los negocios los he hecho en éste.
El semblante de Klakee-Nah se aclaró.
- Por eso tus noches son tan frías - dijo riendo. Reflexionó un momento y añadió -: He de pagarte en este mundo. Aún me queda esta casa. Tuya es. Ahora quema la lista de las deudas en la llama de esa vela.
-La casa es vieja y no vale ese dinero -respondió Por­portuk.
- Quédate con mis minas del Salmón Retorcido.
- Nunca han producido nada.
- Te daré mi parte en el vapor Koyukuk. La mitad del barco me pertenece.
- Está en el fondo del Yukon.
Klakee-Nah tuvo un gesto de sorpresa.
- Es verdad. Lo había olvidado. Se fue a pique la primavera pasada, durante el deshielo.
Estuvo pensativo unos instantes. Entre tanto, nadie se llevó la copa a los labios. Todos estaban pendientes de sus palabras.
- Entonces, te debo una suma que no puedo pagarte en este mundo...
Porportuk asintió y su mirada se dirigió al otro extremo de la mesa.
-Lo cual demuestra, Porportuk, que eres un mal negocian­te - dijo Klakee-Nah con acento socarrón.
En un alarde de audacia, Porportuk respondió:
-No; todavía posees bienes que nadie ha tocado.
- ¡Ah!, ¿sí? - exclamó Klakee-Nah -. ¿Todavía tengo bie­nes? Dime cuáles son y te los entregaré: de este modo cancelaré mi deuda.
- Allí están -dijo Porportuk señalando a El-Soo.
De momento, Klakee-Nah no le comprendió. Miró al otro extremo de la mesa, se frotó los ojos y volvió a mirar.
-Me refiero a tu hija El-Soo... Si me la das, tu deuda estará cancelada. Quemaré las notas ahora mismo en la vela.
El amplio pecho de Klakee-Nah empezó a agitarse con espas­mos de hilaridad.
- ¡Ja, ja ...! No seas bromista... ¡Ja, ja, ja! -y sus carca­jadas atronadoras llenaban la estancia-: ¡Con tu lecho frío y con hijas que podrían ser madres de El-Soo! ¡Ja, ja, ja!
Sufrió un acceso de tos y de ahogo y los viejos esclavos le golpearon la espalda.
- ¡Jo, jo! -volvió a reír antes de que le acometiera un nuevo acceso de tos.
Porportuk esperó pacientemente el fin de aquellas carcajadas. Durante la espera sorbía alcohol y examinaba la doble hilera de caras que bordeaban la rústica mesa.
- No es broma - dijo al fin -. Hablo completamente en serio.
Klakee-Nah dejó de reír y le miró. Luego alargó el brazo ha­cia su copa, pero no pudo alcanzarla. Un esclavo se la pasó y él la arrojó, con su contenido, a la cara de Porportuk.
- ¡Echadlo! - vociferó, dirigiéndose a los expectantes invi­tados, que hacían visibles esfuerzos por contenerse -. ¡Y que ruede por la nieve como una pelota!
Cuando el tumultuoso grupo pasó como una tromba junto a Klakee-Nah en dirección a la puerta, el viejo hizo una seña a los esclavos, y los cuatro achacosos siervos lo sostuvieron de pie para que pudiera ir al encuentro de los invitados, que ya volvían. Él los recibió erguido, con la copa en la mano, y les invitó a brindar por las noches que parecen cortas a los hombres que duermen bien abrigados.
No se necesitó mucho tiempo para hacer inventario de los bienes de Klakee-Nah. Tommy, el pequeño inglés que estaba empleado en la factoría, ayudó a El-Soo a repasar las cuentas. No había más que deudas, cuentas vencidas y no pagadas y pro­piedades hipotecadas, algunas de las cuales no vallan un ochavo. Los pagarés y las hipotecas estaban en poder de Porportuk. Tom­my le llamó ladrón varias veces mientras calculaba a cuánto as­cendían los intereses.
-Es una deuda, Tommy -dijo El-Soo.
- Es un robo - respondió Tommy.
- De todos modos, es una deuda - insistió ella.
Pasó el invierno y la mitad de la primavera, y El-Soc, no había pagado aún a Porportuk las deudas de su padre. Porportuk veía con frecuencia a El-Soo y le explicaba con todo detalle, del mismo modo que lo había explicado a su padre, cómo podía cancelarse aquella deuda. Iba acompañado de viejos hechiceros que hacían ver a El-Soo que su padre estaría condenado eternamente si no pagaba aquellas deudas.
Un día, después de una de estas visitas, El-Soo expuso sin ambages a Porportuk lo que pensaba.
- Te diré dos cosas - le dijo-: primera, que no seré nunca tu mujer. ¿No lo olvidarás? Y segunda, que te pagaré hasta el último céntimo de esos dieciséis mil dólares...
- Quince mil novecientos sesenta y siete dólares con setenta y cinco centavos - precisó Porportuk.
- Mi padre dijo dieciséis mil - replicó la joven -. Y los cobrarás.
- ¿Cómo?
-No lo sé, pero ya encontraré el modo de hacerlo. Ahora vete y no me molestes más. Si me molestas - se detuvo un mo­mento, tratando de hallar un castigo adecuado -, si me molestas, te harán rodar de nuevo por la nieve tan pronto como caigan los primeros copos.
Esto sucedió a principios de la primavera. Poco después El­Soo sorprendió a todo el país con cierta resolución. Por todo el Yukon, desde Chilkoot hasta el Delta, y de campamento en cam­pamento hasta los lugares más remotos, corrió la voz de que en junio, cuando corriesen los primeros salmones, El-Soo, la hija de Klakee-Nah, se vendería voluntariamente en pública subasta para cancelar la deuda que tenía con Porportuk. Fueron vanos cuantos intentos se hicieron por disuadirla. El misionero de San Jorge agotó todos los argumentos, y ella se limitó a replicar:
- Solamente las deudas que se tienen con Dios se saldan en el otro mundo. Las deudas de los hombres son de este mundo, y en este mundo hay que saldarlas.
Akoon trató también de disuadirla, pero ella replicó:
-Yo te quiero, Akoon; pero el honor está por encima del amor. ¿Quién soy yo para arrojar esta mancha sobre el nombre de mi padre?
Sor Alberta tomó el primer vapor que partía de Santa Cruz, pero tampoco consiguió nada.
- Mi padre vaga perdido por los bosques espesos e intermi­nables - dijo El-Soo -. Y por ellos seguirá vagando, en com­pañía de otras almas perdidas y gimientes, hasta que cancele su deuda. Solamente entonces, y no antes, podrá presentarse en la morada del gran padre.
-¿Y tú crees esas cosas? -preguntó sor Alberta.
- No lo sé - respondió El-Soo -; pero mi padre las creía.
Sor Alberta se encogió de hombros con un gesto de incredu­lidad.
- ¿Quién sabe? A lo mejor lo que creemos se convierte en realidad -prosiguió El-Soo -. ¿Por qué no ha de serlo? Para usted, hermana, el otro mundo tal vez no sea más que arpas y resplandores celestiales, porque usted cree en el cielo y en los ángeles. Para mi padre, el otro mundo tal vez era un caserón en el que permanecía sentado al lado de Dios ante una mesa, en un festín eterno.
- ¿Y tú qué crees? -le preguntó sor Alberta -. ¿Qué es para ti la otra vida?
El-Soo vaciló, pero sólo un segundo.
- Me gustaría tener un poco de cada cosa - dijo -. Me gustaría ver la cara de usted, pero también la de mi padre.
Llegó el día de la subasta. Acudió un gran gentío a la esta­ción Tanana. Como de costumbre, las tribus se habían reunido para esperar la llegada de los primeros salmones y, durante la espera, pasaban el tiempo bailando y divirtiéndose, comerciando y chismorreando. También había afluido el habitual enjambre de aventureros blancos, mercaderes y buscadores de oro, y, en fin, gran número de viajeros, también de piel blanca, que habían acudido por simple curiosidad o para participar en la subasta.
La primavera llegó con gran retraso y los salmones tardaron mucho en acudir. Esta demora no hizo sino agudizar el interés por la subasta. Luego, el mismo día en que se celebró, la tensión llegó al colmo cuando Akoon se presentó para declarar, pública y solemnemente, que daría muerte, en el acto y con sus propias manos, a quien se atreviese a comprar a El-Soo. Para indicar cómo cumpliría su amenaza, hizo un molinete con el Winchester que blandía en una mano. El-Soc, no ocultó su enojo ante la acti­tud de Akoon, pero él se negó a hablar con ella y se fue a la factoría a comprar municiones.
Los primeros salmones fueron capturados a las diez de la noche, y a las doce comenzó la subasta. Ésta se celebraba en lo más alto de la elevada ribera del Yukon. El-Soo se hallaba al norte, exactamente bajo la línea del horizonte, y el cielo estaba teñido de un cárdeno y espectral resplandor. Una gran muche­dumbre se reunió en torno a la mesa y las dos sillas colocadas en la misma ribera. En primera fila se veían multitud de blancos y varios jefes. Y, destacándose entre ellos, con el rifle en la mano, se erguía Akoon. Tommy, a instancias de El-Soo, hacía de subas­tador, pero fue ella quien pronunció el discurso inicial, descri­biendo los artículos que iban a salir a subasta. Vestía el traje de su tribu, el propio de la hija de un jefe. Su atavío era espléndido y bárbaro. La joven se subió a una silla para que todos pudiesen verla bien.
- ¿Quién quiere comprar una esposa? - dijo -. Miradme. Tengo veinte años y soy virgen. Seré una buena esposa para el hombre que me compre. Si es blanco, vestiré según la moda de las mujeres blancas; si es indio, vestiré como -vaciló un mo­mento - como una squaw. Sé hacerme mis propios vestidos, co­ser, lavar y remendar. Durante ocho años me estuvieron ense­ñando a hacer estas cosas en la misión de la Santa Cruz. Sé leer y escribir en inglés y tocar el órgano. También sé aritmética y un poco de álgebra..., pero sólo un poco. Seré cedida al mejor pos­tor y yo misma extenderé la escritura de venta. Me olvidé de de­cir que canto muy bien y que no he estado enferma en mi vida. Peso sesenta kilos; mi padre ha muerto y no tengo parientes. ¿Quién me quiere?
Paseó una mirada por la muchedumbre con fogosa audacia y bajó de la silla. A petición de Tommy, volvió a subir a ella mientras él, de pie sobre otra silla, abría la subasta.
En torno a El-Soo se hallaban los cuatro ancianos esclavos de su padre. Eran cuatro viejos encorvados por los muchos años que pesaban sobre sus espaldas; pero, fieles hasta el fin, contemplaban inmutables los caprichos de la juventud. Parecían una generación surgida del pasado. En primera fila de la muchedumbre se hallaban varios reyes de Eldorado y Bonanza, procedentes del curso alto del Yukon, y junto a ellos, apoyándose en sus muletas e hinchados por el escorbuto, dos buscadores de oro reducidos a la condición de piltrafas humanas. En medio de la multitud, desta­cándose por su vivacidad, se veía la cara de una squaw de ojos de loca que procedía de las remotas regiones del curso superior del Tanana. Un sitkan extraviado procedente de la costa estaba al lado de un stick del lago Le Barge, y más allá, media docena de voyageurs franco-canadienses formaban grupo aparte. De pa­rajes lejanos llegaban los débiles chillidos de las miríadas de aves silvestres que a la sazón anidaban en el campo. Las golondrinas se remontaban desde la plácida superficie del Yukon para desli­zarse velozmente por las alturas, y los petirrojos cantaban. Los rayos oblicuos del sol oculto ascendían a través del humo que manchaba la atmósfera y que procedía de un bosque incendiado a mil quinientos kilómetros de distancia. El gran incendio teñía los cielos de un rojo sombrío, y la tierra parecía anegada en san­gre al recibir sus reflejos. Aquel cárdeno resplandor iluminaba los rostros de todos los presentes, dando un carácter sobrena­tural y fantástico a la escena.
La puja empezó con parsimonia. El sitkan, forastero que ha­bía llegado hacía sólo media hora, ofreció cien dólares con voz confiada y se quedó sorprendido cuando Akoon lo encañonó amenazadoramente con su rifle. La subasta continuó. Un indio del Tozikakat, que era piloto, ofreció ciento cincuenta, y, poco después, un tahúr que había sido expulsado de la parte alta del país elevó la oferta a doscientos. El-Soo se sintió amargada, he­rida en su orgullo; pero, por toda respuesta, se irguió aún más fogosamente sobre la muchedumbre.
Los mirones se alborotaron cuando Porportuk se abrió paso y llegó hasta primera fila.
- ¡Quinientos dólares! - ofreció con voz estentórea.
Y luego miró en todas direcciones con altivez, para ver el efecto que habían producido sus palabras.
Se proponía utilizar su gran fortuna como un mazo para aturdir a todos los competidores desde el primer momento. Pero uno de los voyageurs, mirando a El-Soo con ojos centelleantes, superó la anterior postura en cien dólares.
- ¡Setecientos! - replicó inmediatamente Porportuk.
Y el voyageur ofreció ochocientos con igual prontitud. Entonces Porportuk volvió a esgrimir su maza.
- ¡Mil doscientos! - gritó.
Con un gesto de profunda decepción, el voyageur se dio por vencido. No hubo más ofertas. Pese a sus grandes esfuerzos, Tommy no consiguió que la puja continuase.
El-Soo se dirigió a Porportuk en estos términos:
- Sería conveniente, Porportuk, que considerases detenida­mente tu oferta. ¿Has olvidado que te dije que nunca me casaría contigo?
- Esto es una subasta pública - replicó el viejo -. Te ad­quiriré con una escritura de venta. He ofrecido mil doscientos dólares. Me saldrás barata.
- ¡Demasiado barata, cuerno! - exclamó Tommy -. Aun­que soy el subastador, nada me impide hacer una oferta. Doy mil trescientos.
-Mil cuatrocientos- dijo Porportuk.
- Te compraré para que seas mi hermana - susurró Tommy al oído de El-Soo, y dijo en voz alta-: ¡Mil quinientos!
Cuando la puja llegó a los dos mil, por obra de uno de los reyes de Eldorado, Tommy, viéndose apoyado, abandonó la liza. Por tercera vez Porportuk blandió la maza de su riqueza, elevando la oferta en quinientos dólares de golpe. Pero aquello tocó el amor propio del rey de Eldorado, que no quería ceder ante nadie, y que contestó ofreciendo quinientos dólares más.
El precio de El-Soo había alcanzado ya los tres mil dólares. Porportuk lo elevó a tres mil quinientos, y se quedó boquiabierto cuando el rey de Eldorado ofreció mil dólares más. Porportuk contestó subiendo otros quinientos y de nuevo se quedó pasmado cuando el rey de Eldorado dijo: «¡Mil más!»
Porportuk empezaba a encolerizarse. A él también le habían tocado el amor propio. Consideraba aquello como un reto a su poder, porque poder equivalía para él a riqueza. No quería tener que avergonzarse de haber mostrado debilidad ante el mundo. El-Soo pasó a segundo término. Había llegado el momento de despilfarrar sus ahorros y olvidar las cicaterías de sus frías no­ches de avaro. El precio de El-Soo estaba ya en los seis mil lares; él lo subió a siete mil. Y a partir de este instante, el precio fue subiendo de mil en mil con tal rapidez, que los litigantes apenas tenían tiempo de respirar. Al llegar a la cifra de catorce mil, los dos rivales se detuvieron para tomar aliento.
Entonces ocurrió algo inesperado: uno de los concurrentes blandió una maza aún más pesada. Aprovechando la pausa que se había producido, el tahúr, olfateando un negocio, formó so­ciedad con varios de sus compañeros y ofreció dieciséis mil dó­lares.
- Diecisiete mil - dijo débilmente Porportuk.
- Dieciocho mil - replicó el rey de Eldorado.
Porportuk hizo acopio de fuerzas:
- ¡Veinte mil!
La sociedad del tahúr se retiró. El rey de Eldorado ofreció mil más y Porportuk otros mil. Y mientras los dos rivales seguían la puja, Akoon miraba a uno y a otro, con un gesto mitad amena­zador, mitad colérico, como si se preguntara cuál era el hombre al que tendría que matar. Cuando el rey de Eldorado se dispuso a hacer una nueva oferta y vio que Akoon se acercaba a él, empezó por cerciorarse de que el revólver que colgaba junto a su cadera salía fácilmente de su funda. Luego dijo:
- Veintitrés mil.
- Veinticuatro mil - replicó Porportuk, sonriendo pérfida­mente, pues estaba convencido de que acababa de derrotar al rey de Eldorado. Éste se acercó a El-Soo y la examinó atenta y de­tenidamente.
-Quinientos más -dijo.
- Veinticinco mil - fue la respuesta de Porportuk.
El rey de Eldorado volvió a examinar a la joven con todo detenimiento y movió la cabeza. La miró de nuevo y dijo a rega­ñadientes:
-Quinientos más.
- Veintiséis mil - rezongó Porportuk.
El otro movió la cabeza negativamente, esquivando la mirada de súplica de Tommy. Entre tanto, Akoon se había ido acercando a Porportuk. El-Soo, prevenida, no le quitaba ojo, y mientras Tommy trataba de convencer al rey de Eldorado de que hiciese una nueva oferta, se inclinó para decir algo al oído de un es­clavo. Seguidamente, se oyó la voz de Tommy que decía: «¿Quién da más, señores, quién da más...? A la una..., a las dos..., a las tres...»; y, entre tanto, el esclavo se acercaba a Akoon y le su­surraba algo al oído.
Akoon no parecía darse por enterado, a pesar de que El-Soo lo miraba con ansiedad.
- ¡Adjudicada! -gritó Tommy-. A Poportuk, por veinti­séis mil dólares.
Porportuk miró con inquietud a Akoon. Todas las miradas se concentraron en el joven indio, pero éste no se inmutó.
- Que traigan las balanzas - dijo El-Soo.
- Haré efectiva esa cantidad en mi casa - dijo Porportuk.
- Que traigan las balanzas - repitió El-Soo -. El pago se efectuará aquí, a la vista de todos.
Hubo que traer de la factoría las balanzas de pesar oro. Entre tanto, Porportuk se ausentó y regresó poco después acompaña­do de otro hombre, de cuyos hombros pendían varias bolsas de piel de alce llenas de oro en polvo. A los dos los seguía otro hombre armado con un rifle, que, desde el primer momento, no apartó su vista de Akoon.
-Aquí están los pagarés y los documentos de las hipotecas - dijo Porportuk -, por un total de quince mil novecientos se­senta y siete dólares con setenta y cinco centavos.
El-Soo cogió los papeles y dijo a Tommy:
- Consideraremos que son dieciséis mil.
-De modo que queda un remanente de diez mil dólares, pagaderos en oro -dijo el joven inglés.
Porportuk asintió y desató las bolsas. El-Soo, acercándose a la orilla del Yukon, rompió en menudos trozos los papeles y los arrojó al agua.
La operación de pesar el oro se interrumpió apenas hubo em­pezado.
- A diecisiete dólares, por supuesto - dijo Porportuk a Tommy, mientras éste ajustaba las balanzas.
- A dieciséis - replicó inmediatamente El-Soo.
- En todo el país se asigna al oro un valor de diecisiete dó­lares la onza - repuso Porportuk -. Y esto es una transacción comercial.
El-Soo lanzó una carcajada.
- Eso es una novedad - dijo - que empezó esta primavera. El año pasado y los anteriores, el oro iba a dieciséis. Cuando mi padre contrajo esta deuda, el oro se cotizaba a este precio. Cuan­do gastó en la factoría el dinero que tú le prestaste, cada onza de oro le valió dieciséis dólares de harina, no diecisiete. Por lo tanto, no lo calcularemos a diecisiete, sino a dieciséis.
Lanzando un gruñido, Porportuk aceptó, y se siguió pesando el oro.
-Haz tres pilas, Tommy - le ordenó la joven- Una de mil dólares, otra de tres mil y la tercera de seis mil.
El trabajo era lento, y mientras Tommy pesaba oro, la aten­ción de la multitud estaba fija en Akoon.
- Está esperando a que se efectúe el pago - dijo uno. Esta opinión circuló por la concurrencia y fue aceptada por todos. Y la multitud estaba pendiente de lo que pudiera hacer Akoon cuando se hubiese hecho la entrega.
Terminada la operación de pesar el oro, éste quedó depositado sobre la mesa, formando tres montones oscuros.
- Mi padre debía tres mil dólares a la compañía - dijo El-­Soo -. Aquí los tienes, Tommy. Además, mi padre tenía cuatro viejos a su servicio. Tú los conoces, Tommy. Toma estos mil dó lares, hazte cargo de ellos y procura que a esos viejos no les falte nunca comida ni tabaco para sus pipas.
Tommy guardó el oro en bolsas distintas. Quedaban seis mil dólares sobre la mesa. El-Soo introdujo la cuchara en el áureo polvo y, con un súbito movimiento, arrojó la cucharada de oro al Yukon, donde cayó como lluvia dorada. Porportuk la cogió de la muñeca cuando se disponía a recoger con la cuchara el oro que quedaba en la mesa.
- Es mío - dijo la joven con calma. Porportuk la soltó, pero sus dientes rechinaban y lanzaba gruñidos amenazadores mientras ella seguía arrojando al río cucharadas de oro. Al fin, la mesa quedó limpia.
La multitud no perdía de vista a Akoon ni un solo momento, y el acompañante de Porportuk mantenía el rifle apoyado en su antebrazo, con el dedo en el gatillo y el arma apuntando a Akoon, que estaba a un metro escaso de él. Pero Akoon no hacía nada.
- Extended la escritura de venta - ordenó Porportuk, ce­ñudo.
Y Tommy redactó la escritura en que constaba que todos los derechos y títulos de propiedad de la mujer llamada El-Soo pa­saban al hombre llamado Porportuk. El-Soo firmó el documento y Porportuk lo dobló y se lo guardó en el bolsillo. De pronto, sus ojos relampaguearon y dirigió este perorata a El-Soo:
-Pero esta cantidad no cubre la deuda de tu padre. El pre­cio que yo he pagado es el de tu persona. Tu subasta es una transacción de hoy y no del año pasado ni de los anteriores. Las onzas de oro que he pagado por ti equivaldrán en la factoría a diecisiete dólares de harina y no a dieciséis. He perdido un dólar por cada onza, o sea un total de seiscientos veinticinco dólares.
El-Soo reflexionó un momento y comprendió el error que ha­bía cometido. Pero sonrió y terminó por reírse.
- Tienes razón - dijo, sin cesar de reír -: he cometido un error. Pero ya es demasiado tarde. Tú ya has pagado y el oro se ha esfumado. Te ha faltado rapidez de entendimiento: tuya es, pues, la culpa. Empiezas a ser tardo de comprensión, Porportuk. Estás envejeciendo.
Él no respondió. Miró con inquietud a Akoon y su semblante se tranquilizó. Apretó los labios y una expresión cruel apareció en su rostro.
-Ven -dijo -. Vámonos a mi casa.
- ¿Recuerdas las dos cosas que te advertí en primavera? - le preguntó El-Soo, sin hacer el menor movimiento para acom­pañarle.
- Si tuviera que acordarme de todas las cosas que dicen las mujeres, no me cabrían en la cabeza - respondió él.
- Te dije que te pagaría - prosiguió El-Soo, midiendo cui­dadosamente sus palabras -, y también que nunca sería tu mujer.
-Pero eso fue antes de que yo tuviese este título de pro­piedad - repuso Porportuk, haciendo crujir el documento que llevaba en el bolsillo -. Te he comprado ante todo el mundo. Me perteneces. No negarás que me perteneces.
- Sí, te pertenezco - dijo la joven con voz firme.
-Soy tu dueño.
-SI, eres mi dueño.
La voz de Porportuk adquirió un tono triunfal.
- Me perteneces como si fueses un perro.
- Te pertenezco como si fuese un perro - admitió El-Soo, impasible -. Pero olvidas lo que te dije, Porportuk. Si me hu­biese comprado cualquier otro hombre, yo hubiera sido la esposa de ese hombre, y una esposa fiel y obediente. Ésta era mi volun­tad. Pero respecto a ti, mi voluntad es no ser jamás tu esposa. Por consiguiente, soy tu perro.
Porportuk se dio cuenta de que estaba jugando con fuego y resolvió jugar con firmeza.
-Entonces, no te hablaré como a El-Soo, sino como a un perro -le dijo- ¡Vamos!
Inició un movimiento para asirla por un brazo, pero ella lo contuvo con un ademán.
-No te precipites, Porportuk. Has comprado un perro. Pero ¿y si el perro se escapa? Lo pierdes. Yo soy tu perro y me puedo escapar.
-En ese caso, como dueño del perro, te pegaría...
- ¿Cuando consiguieras darme alcance?
- Sí, cuando te alcanzara.
-Pues alcánzame.
Él tendió el brazo rápidamente para retenerla, pero ella lo esquivó y empezó a dar vueltas a la mesa, riendo.
- ¡Sujétala! -ordenó Porportuk al indio del rifle, que es­taba cerca de él. Pero cuando el indio tendió el brazo hacia El­Soo, el rey de Eldorado lo derribó de un puñetazo bajo la oreja. El rifle cayó con estrépito al suelo. Parecía haber llegado la ocasión de que Akoon interviniera. Pero no hizo nada, aunque sus ojos brillaron.
Porportuk era viejo, pero sus frías noches le habían conser­vado vigoroso. En vez de dar vueltas a la mesa, saltó de pronto sobre ella, cuando menos lo esperaba El-Soo. La joven retro cedió, lanzando un agudo grito de alarma, y Porportuk se hu­biera apoderado de ella de no haber intervenido Tommy, que le puso una zancadilla. Porportuk cayó cuan largo era. Esto per­mitió a El-Soo tomarle una buena delantera.
- ¡Anda, alcánzame! - gritaba, riendo y volviendo la cabeza mientras huía.
La joven india corría con la ligereza de una corza, pero Por­portuk corría con celeridad y decisión salvajes, acortando poco a poco la distancia que los separaba. En su juventud había sido el más veloz de los hombres de su edad. Pero El-Soo lo esqui­vaba y lo rehuía ágilmente. Gracias al indumento indígena que llevaba, sus piernas no estaban embarazadas por las faldas, y su cuerpo flexible hacía tan ágiles regates, que conseguía burlar las garras tendidas de Porportuk.
Entre grandes risas y con ensordecedor bullicio, la multitud se desparramó para presenciar la persecución, que condujo a los corredores al campamento indio. Sin dejar de hacer quites y re­gates, y de dar vueltas y revueltas, El-Soo, seguida de Porportuk, aparecía y desaparecía entre las tiendas. El-Soo parecía apoyarse en el aire con los brazos extendidos, ora a un lado, ora al otro, y, a veces, también su cuerpo se inclinaba como si volase, al dar las vueltas más raudas. Y Porportuk, siempre pisándole los talones y jadeando, parecía un esbelto sabueso.
Atravesaron la explanada que se extendía a espaldas del cam­pamento y desaparecieron en el bosque. En la estación Tanana todos esperaban la reaparición de la pareja, pero la espera fue larga e inútil.
Akoon comió, durmió y pasó varias horas en el muelle, ha­ciéndose el sordo a las crecientes censuras que circulaban por la estación Tanana, por su pasividad. Veinticuatro horas después regresó Porportuk. Estaba rendido y hecho una furia. No habló con nadie. Sólo dirigió a Akoon unas palabras de desafío. Pero Akoon se encogió de hombros y se alejó tranquilamente. Por­portuk no perdió el tiempo. Equipó a media docena de jóvenes - los mejores rastreadores y viajeros - y desapareció en el bos­que al frente del pequeño grupo. Al día siguiente el vapor Seattle, que iba río arriba, atracó en el muelle para aprovisionarse de leña. Cuando soltó las estachas y se alejó a media máquina de la orilla, Akoon se hallaba a bordo, en la cabina del piloto. Unas horas después, cuando estaba de guardia en el timón, vio que partía de la orilla una pequeña canoa de corteza de abedul. En ella sólo iba una persona. Él la observó atentamente, hizo girar la rueda del timón y aminoró la marcha del buque.
En aquel momento entró el capitán en la cabina del piloto.
- ¿Qué ocurre? - preguntó -. Hay calado más que sufi­ciente.
Akoon lanzó un gruñido, pues acababa de ver partir de la orilla otra canoa mayor con varias personas a bordo. Cuando el Seattle perdió su impulso hacia adelante, el timonel hizo girar más todavía la rueda del timón.
El capitán montó en cólera.
- ¡Pero si no es más que una squaw! - exclamó en tono despectivo.
Akoon ni siquiera gruñó. Su mirada no se apartaba de las canoas. En la de los perseguidores centelleaban con rapidez seis canaletes; en cambio, la squaw remaba con lentitud.
- Embarrancaremos - protestó el capitán, empuñando las cabillas del timón.
Pero Akoon hizo fuerza en sentido opuesto y le miró a los ojos. Poco a poco, el capitán fue soltando las cabillas.
- ¡Qué tipo tan raro! - rezongó para su capote.
Akoon mantuvo al Seattle al borde de las aguas que oculta­ban un banco de arena y esperó hasta ver cómo las manos de la squaw se asían a la amura de proa. Entonces señaló avante toda a las máquinas y dio una vuelta entera a la rueda del timón. La gran canoa estaba muy cerca, pero pronto la distancia que la se­paraba del vapor fue aumentando.
La squaw se inclinó riendo sobre la borda:
- ¡A ver si me alcanzas, Porportuk! - exclamó.
Akoon desembarcó en Fort Yukon. Armó una pequeña batea, y con esta ligera embarcación empezó a remontar el Porcupine arriba. Con él iba El-Soo. Fue un viaje muy fatigoso. Tuvieron que atravesar el espinazo del mundo. Pero Akoon ya había hecho este recorrido. Cuando llegaron a las fuentes del Porcupine, de­jaron el bote y continuaron a pie a través de las Montañas Ro­cosas.
A Akoon le gustaba sobremanera andar detrás de El-Soo, observando sus gráciles movimientos, de los que se desprendía una especie de música deliciosa. Le encantaban especialmente aquellas piernas tan bien torneadas embutidas en sus fundas de suave cuero, aquellos finos tobillos y aquellos menudos pies, cal­zados con mocasines, que caminaban incansablemente día tras día.
- Eres tan ligera como el viento - le decía, contemplándo­la-. Para ti no es ningún trabajo andar. Diríase que flotas, tal es la suavidad con que suben y bajan tus pies. Eres como un corzo, El-Soo; sí, como un corzo. Y ojos de corzo tienes a veces, cuando me miras, o cuando oyes un súbito rumor y te preguntas si acecha algún peligro. Ahora mismo me estás mirando con ojos de corzo.
El-Soo, radiante y llena de amor, se inclinó para besar a Akoon.
- Cuando lleguemos al Mackenzie no nos detendremos - dijo el joven más tarde-. Continuaremos hacia el Sur antes de que el invierno nos alcance. Nos iremos a las regiones solea­das donde no hay nieve. Pero volveremos. Yo he visto mucho mundo y no hay ninguna tierra como Alaska, ningún sol como el nuestro. Además, tras un largo verano, la nieve es grata.
- Y tú aprenderás a leer - dijo El-Soo.
El joven asintió.
-Aprenderé a leer.
Pero sufrieron un retraso al llegar al Mackenzie. Coincidieron con una partida de indios de la región y, durante una cacería, Akoon recibió un disparo casual. El rifle que lo hirió estaba en manos de un hombre joven. La bala fracturó primero el brazo derecho de Akoon, y luego le rompió dos costillas. Akoon tenía nociones de cirugía y El-Soo había aprendido a hacer una primera cura en la misión de Santa Cruz. Al fin, los huesos rotos quedaron unidos, y Akoon se tendió junto al fuego para esperar a que se trabasen... y también para que el humo ahuyentase a los mos­quitos que le rondaban.
Entonces fue cuando llegó Porportuk en compañía de sus seis jóvenes. Akoon, impotente, tuvo que limitarse a gruñir y pedir ayuda a los indios del Mackenzie. Pero Porportuk pre­sentó sus exigencias, y los indios quedaron perplejos. Porportuk pretendía llevarse inmediatamente a El-Soo, cosa que los indí­genas no podían permitir. Había que celebrar un juicio. Como era una cuestión de hombres y mujeres, se convocó el consejo de los ancianos. Los jóvenes se apasionan fácilmente y no pueden juzgar con imparcialidad.
Los ancianos se sentaron en círculo ante el fuego humeante. Tenían los rostros enjutos y arrugados, y jadeaban y abrían desmesuradamente la boca para respirar, como si les faltase aire. El humo no les protegía. A veces tenían que ahuyentar con sus manos arrugadas a los mosquitos que desafiaban al fuego. Des­pués de este ejercicio tosían profunda y penosamente. Algunos escupían sangre, y había uno que estaba sentado algo aparte, con la cabeza inclinada y sangrando lenta y continuamente por la boca. Aquellos viejos habían contraído la enfermedad que hace toser. Eran como hombres muertos; poco les quedaba de vida. Sería el juicio de los muertos.
- Y pagué por ella un buen precio - dijo Porportuk, dando fin a su declaración -. Un precio sin precedentes. Vended todo cuanto poseéis..., vended vuestras lanzas, flechas y rifles; vuestros cueros y pieles; vuestras tiendas, botes y perros; vendedlo todo, y, seguramente, no reuniréis ni siquiera un millar de dólares. Pues bien, yo pagué por esta mujer veintiséis veces lo que valen vuestras lanzas, flechas y rifles; vuestros cueros y pieles; vuestras tiendas, botes y perros. Fue un precio fabuloso.
Los ancianos asintieron gravemente, aunque sus marchitos y entornados párpados se abrieron con asombro ante el hecho de que una mujer pudiera valer tanto. El que sangraba por la boca se enjugó los labios.
- ¿Son ciertas sus palabras? - preguntó por turno a cada uno de los seis indios de Porportuk. Y ellos, por turno le res­pondieron afirmativamente.
- ¿Son ciertas sus palabras? - preguntó entonces a El-Soo. Y también ella contestó afirmativamente.
- Pero Porportuk no ha dicho que es un viejo - manifestó Akoon - y que tiene hijas mayores que El-Soo.
- Cierto, Porportuk es un viejo - repitió El-Soo.
- Es Porportuk quien tiene que medir la fortaleza de sus años - dijo el que sangraba por la boca -. Nosotros sí que somos viejos. ¡Miradnos! Los años nunca envejecen a la persona tanto como los jóvenes se figuran.
Los viejos sentados en círculo movieron sus desdentadas en­cías, asintieron y tosieron.
- Yo le advertí que nunca sería su mujer - dijo El-Soo.
- ¿Y, a pesar de tu advertencia, aceptaste de él una suma veintiséis veces mayor que todo cuanto poseemos? -preguntó un viejo al que le faltaba un ojo.
El-Soo guardó silencio.
- ¿Es cierto eso? - insistió el anciano.
Y su único ojo llameaba, clavándose en ella como una barrena ardiente.
-Es cierto -respondió la joven.
Pero al punto añadió con vehemencia:
- ¡Me volveré a escapar! ¡Siempre huiré de su lado!
- Eso es cosa de Porportuk - dijo otro anciano -. A no­sotros sólo nos importa el juicio.
-¿Y tú, qué precio pagaste por ella? -preguntaron a Akoon.
- Yo no la compré - repuso el joven -. Ella no tiene pre­cio. Yo no mido su valor con polvo de oro, ni con perros, ni con tiendas y pieles.
Los ancianos deliberaron entre ellos en voz baja.
- Estos viejos son de hielo - dijo Akoon en inglés -. No aceptaré su fallo, Porportuk. Si tú te llevas a El-Soo, ten por seguro que te mataré.
Los ancianos interrumpieron su conciliábulo y le miraron con suspicacia.
-¿Qué estás diciendo? -preguntó uno de ellos.
- Ha dicho que me matará - explicó Porportuk -. Creo que no estaría de más que le quitaseis el rifle y que algunos de vuestros jóvenes se sentasen a su lado. Así no podría agredirme. Él es joven; y ¿qué son unos cuantos huesos rotos para la ju­ventud?
Akoon, postrado y desvalido, vio como le quitaban el rifle y el cuchillo, mientras a su derecha y a su izquierda se sentaban indios jóvenes del Mackenzie.
El anciano tuerto se levantó.
- Nos maravilla el precio que se ha pagado por una simple mujer -empezó a decir-, pero la cuantía del precio es cosa que no nos incumbe. Estamos aquí para juzgar, y juzgaremos. No tenemos dudas. Todos saben que Porportuk pagó un precio muy alto por la mujer llamada El-Soo. Por consiguiente, esta mujer llamada El-Soo pertenece a Porportuk y a nadie más.
Se sentó pesadamente mientras le acometía un acceso de tos. Los demás ancianos asintieron y tosieron.
-Te mataré - gritó Akoon en inglés.
Porportuk se levantó, sonriendo.
- Habéis juzgado sabiamente - dijo al consejo - y mis jó­venes os darán mucho tabaco. Ahora, que me traigan aquí a la mujer.
Los dientes de Akoon rechinaban. Los jóvenes indios asieron a El-Soo por los brazos. Ella no se resistió, pero su rostro era como una oscura llamarada. La condujeron ante Porportuk.
- Siéntate aquí, a mis pies, hasta que yo haya terminado de hablar - le ordenó. Luego hizo una pausa momentánea -. Ver­dad es - continuó - que soy un viejo. Pero comprendo las co­sas de la juventud, porque el fuego no me ha abandonado del todo. No obstante, como ya no soy joven, pronto mis viejas píer­nas no podrán correr. En cambio, El-Soo es una corredora ágil y veloz. Es un corzo. Lo sé porque la he visto correr y la he perseguido. No es conveniente que una esposa pueda correr tan de prisa. Yo pagué por ella un alto precio, pero ella se me es­capa. Akoon no pagó nada por ella, y ella corre hacia él. Cuando acudí a vosotros, indios del Mackenzie, yo tenía un solo propó­sito. Cuando oía vuestras deliberaciones, pensé en las rápidas piernas de El-Soo y me asaltaron diversos propósitos. Ahora vuelvo a tener un solo propósito, pero es diferente del que abri­gaba al empezar el consejo. Voy a deciros lo que pienso. Cuando un perro se escapa una vez de su amo, vuelve a escaparse. Por muchas veces que el amo lo capture, siempre volverá a escaparse. Cuando uno tiene un perro así, lo vende. El-Soo es como un perro que se escapa. Por lo tanto, la vendo. ¿Alguno de los hombres del consejo quiere comprarla?
Los ancianos tosieron y guardaron silencio.
-Akoon la compraría- continuó Porportuk -, pero no tiene dinero. Sin embargo, y ya que él dice que El-Soo no tiene precio, se la daré, y ahora mismo.
Tomó a El-Soo de la mano y cruzó con ella el espacio que les separaba del lugar donde Akoon permanecía echado de espaldas.
- Esta mujer tiene una mala costumbre, Akoon - le dijo, haciéndola sentar a los pies del joven-. Lo mismo que huyó de mí, puede huir de ti el día de mañana. Pero no habrás de temer que vuelva a escaparse, Akoon. Yo me encargo de eso. Nunca huirá de tu lado: palabra de Porportuk. Tiene un ínge­nio muy vivo: lo sé, porque más de una vez he sido su víctima. Pero ahora también yo voy a demostrar mi ingenio. Y con mi in­genio conseguiré que no te abandone jamás, Akoon.
Porportuk se inclinó y cruzó los pies de El-Soo. Y entonces, antes de que nadie pudiese adivinar su propósito, disparó su rifle, atravesándole los dos tobillos. Mientras Akoon pugnaba por le vantarse, tratando de desprenderse de los jóvenes que le sujeta­ban, se oyó el crujido de los huesos rotos al quebrarse de nuevo.
- Es justo - dijeron los viejos entre sí.
El-Soo no desplegó los labios. Permaneció sentada contem­plando sus maltrechos tobillos, que ya jamás le permitirían correr.
- Tengo fuertes las piernas, El-Soo - observó Akoon -. Nunca me llevarán lejos de ti.
El-Soo fijó en él la mirada, y Akoon, por primera vez desde que la conocía, vio brillar las lágrimas en sus ojos.
-Tienes ojos de corza, El-Soo - dijo él.
- ¿Es justo? - preguntó Porportuk sonriendo entre el humo de su pipa, mientras se disponía a marcharse.
- Es justo - afirmaron los viejos. Y siguieron sentados en silencio.


AMOR A LA VIDA


Tan sólo esto quedará.
Han apostado y han vivido.
El jugador su parte ganará,
aunque el dado de oro se ha perdido.


Los dos hombres bajaron por la ribera penosamente, cojean­do, y el que iba delante se tambaleó al cruzar el roquedal. Los dos estaban débiles y extenuados, y sus rostros tenían esa tensa expresión de paciencia que es fruto de las largas penalidades. Ambos iban pesadamente cargados con el envoltorio de las man­tas sujeto con correas a sus hombros. Otras correas que pasaban por sus frentes les ayudaban a transportar esta mochila. Cada uno de ellos llevaba un rifle. Iban muy inclinados hacia delante y con la mirada fija en el suelo.
- Ojalá tuviésemos aunque sólo fuera dos de esos cartuchos que están guardados en nuestro escondrijo - dijo el que iba en segundo lugar.
Su voz era ronca y totalmente inexpresiva. Hablaba sin calor. El otro, el que se había tambaleado al pisar las rocas entre las que formaban remolinos las aguas espumosas del arroyo, no le contestó. No se descalzaron. El agua estaba tan fría, que les do­lían los tobillos y tenían los pies como muertos. En algunos lu­gares la rápida corriente les llegaba a las rodillas y los dos viaje­ros se tambaleaban, tratando de conservar el equilibrio.
El que iba en segundo lugar resbaló sobre un guijarro pulido por el agua, y estuvo a punto de caer; pero recobró la posición normal mediante un violento esfuerzo, a la vez que lanzaba una aguda exclamación de dolor. Se diría que estaba desfallecido y sentía vértigos. Cuando vacilaba, tendía su mano libre, como si quisiera apoyarse en el aire. Después de recobrar el equilibrio, siguió avanzando, pero de nuevo se tambaleó y pareció que iba a caerse. Luego se detuvo mirando a su compañero, que no había vuelto la cabeza ni una sola vez.
El hombre permaneció inmóvil durante un minuto, como si sostuviese una lucha interior. Al fin, gritó:
- ¡Oye, Bill! Me he torcido un tobillo.
Bill no se volvió: siguió avanzando con paso vacilante a través de las aguas espumosas. Su compañero le vio alejarse, y aunque su rostro seguía tan inexpresivo como hacía unos momentos, sus ojos parecían los de un ciervo herido.
El otro hombre subió renqueando por la orilla opuesta y pro­siguió su marcha en línea recta, sin volverse para mirar. El que había quedado en el arroyo lo seguía con la mirada. Le tembla ban un poco los labios, y ello comunicaba una visible agitación al áspero bigote castaño que los cubría. Sacó la lengua para humedecérselos.
- ¡Bill!
Era el grito suplicante de un hombre fuerte que se ve en un apuro; pero Bill no volvió la cabeza. Su compañero lo vio ale­jarse, cojeando grotescamente, inclinado hacia adelante, con paso inseguro, subiendo por la larga pendiente hacia la cima de un pequeño otero. Le vio avanzar hasta que traspuso la cumbre y desapareció por el otro lado. Entonces paseó lentamente su mi­rada en derredor, contemplando la extensión circular de mundo que le quedaba después de haberse marchado Bill.
El sol, ya muy cerca del horizonte, parecía una brasa oscura. Estaba velado por cendales de niebla, que daban una impresión de masa intangible y sin contornos. El viajero consultó su reloj, sin dejar de sostenerse con una sola pierna. Eran las cuatro de un día de fines de julio o primeros de agosto. Ignoraba la fecha exacta - podía equivocarse en una o dos semanas -, pero sabía que el sol indicaba aproximadamente dónde estaba el Noroeste. Miró hacia el Sur y se dijo que más allá de los sombríos cerros que se ofrecían a su vista se extendía el lago del Gran Oso. Tam­bién sabía que en aquella dirección estaba el Círculo Polar Ártico, cuyos límites corrían por las yermas tierras canadienses. El arroyo en que se hallaba era un afluente del río Coppermine, que se dirigía al Norte para desembocar en el golfo de la Coronación y el océano Glacial Ártico. Él nunca había estado allí, pero vio el lugar señalado en un mapa de la Compañía de la Bahía de Hudson.
Su mirada recorrió el círculo de mundo que le rodeaba. No era un espectáculo muy alentador. Estaba encerrado por la suave curva del horizonte. Las elevaciones del terreno eran insig­nificantes. No había árboles, matorrales ni hierba. Nada. Sólo una tremenda y espantosa desolación, que envió reflejos de te­mor a sus ojos.
- ¡Bill! - susurró, y repitió -: ¡Bill!
Se agachó, intimidado, en medio del agua espumosa, como si la inmensidad le oprimiese con fuerza abrumadora y le aplastara brutalmente con su terrible grandeza. Empezó a temblar. Se diría que le había acometido un acceso de fiebre. Al fin, el rifle se le escapó de la mano y fue a parar al agua, con sonoro chapoteo. Esto lo despabiló. Luchó contra el miedo que lo dominaba y consiguió sobreponerse. Empezó a hurgar en el agua y al fin recuperó el arma. Pasó al hombro izquierdo el fardo de las mantas para que el tobillo lesionado no tuviese que soportar tanto peso. Luego siguió avanzando, lentamente, con todo cuidado, haciendo gestos de dolor, hasta que llegó a la orilla.
No se detuvo en ella. Con una desesperación que parecía lo­cura, sin hacer caso del dolor que sentía en el tobillo dislocado, subió por la ribera hasta la cumbre de la eminencia tras la que había desaparecido su compañero, cuya figura era mucho más grotesca que la de él, a pesar de su cojera y de su andar vaci­lante. Al llegar a la cumbre, vio a sus pies un valle poco profundo y desprovisto de vida. De nuevo luchó con el miedo y lo venció al fin. Entonces se colocó el fardo aún más a la izquierda y bajó por la ladera dando traspiés.
El fondo del vallecito estaba empapado. El espeso musgo, como si fuese una esponja, mantenía el agua muy cerca de la superficie. A cada paso que daba, el terreno rezumaba agua, y cada vez que levantaba el pie, cuando el musgo húmedo soltaba su presa como a regañadientes, se producía un sonido de ventosa. Avanzó siguiendo las pisadas de su compañero, bordeando las crestas rocosas que surgían como islitas en aquel mar de musgo, o pasando por encima de ellas.
Aunque estaba solo, no se había extraviado. Sabía que más lejos daría con un lugar poblado de abetos muertos, diminutos y resecos, y que este lugar se hallaba a orillas de un pequeño lago: el Titchnnichilie, voz indígena que significaba «la tierra de los bastoncitos». Y en aquel lago desembocaban las aguas de un arroyuelo que no eran lechosas como las del que acababa de cru­zar. En aquel arroyo había junquillos - esto lo recordaba bien -, pero no encontraría leña y tendría que seguirlo hasta que su curso desapareciera en una divisoria de aguas. Entonces cruzaría esta divisoria, hallaría el principio de otro arroyo que discurría hacia el Oeste y lo seguiría hasta el punto donde sus aguas se unían con las del río Dease. Allí encontraría un escondrijo: una canoa volcada y cubierta de piedras. Y en este escondrijo hallaría municiones para su fusil descargado, anzuelos, sedales, una pe­queña red..., en fin, todo lo necesario para cobrar piezas y pro­curarse comida. También encontraría harina, aunque no mucha, una lonja de tocino y una pequeña cantidad de habichuelas.
Bill estaría esperándole allí, y los dos descenderían con la ca­noa hacia el Sur, por el río Dease. Así llegarían al lago del Gran Oso y continuarían hacia el Sur, siempre hacia el Sur, a través del lago, para alcanzar el Mackenzie. Seguirían su viaje hacia el Sur, siempre hacia el Sur, y el invierno intentaría en vano darles alcance, y los remansos se helarían y el viento sería frío y cortan­te. Avanzarían siempre hacia el Sur, hasta alcanzar un cálido y acogedor puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson, donde los árboles eran altos y numerosos y la comida jamás escaseaba.
Estos pensamientos cruzaban la mente del viajero mientras avanzaba penosamente. Y a sus esfuerzos corporales se unían los de su espíritu al tratar de persuadirse de que Bill no le había abandonado, de que con toda seguridad le esperaba en el escon­drijo. Se veía obligado a pensar así, ya que sin esta esperanza no habría valido la pena seguir luchando y se hubiera tendido en el suelo para esperar la muerte. Mientras la tenue esfera del sol se hundía lentamente por el Noroeste, él recorrió mentalmente, una vez y otra y palmo a palmo, el trayecto que seguirían Bill y él hacia el Sur antes de que llegase el invierno. Y repasó repetidas veces la comida que contenía el escondrijo y la que encontrarían ;in el puesto avanzado de la Compañía de la Bahía de Hudson. Llevaba dos días sin comer y mucho tiempo sin comer lo sufi­ciente. Se inclinaba con frecuencia para recoger pálidas bayas que se llevaba a la boca, las masticaba y las engullía. Aquellas bayas eran tan sólo minúsculas semillas encerradas en una envoltura casi liquida. El agua se fundía en la boca y la semilla era dura y amarga. El hombre sabía que no tenía ningún alimento, pero las masticaba pacientemente, con una esperanza superior a su convencimiento y que se imponía a la experiencia.
A las nueve introdujo la punta del pie en una hendidura ro­cosa, y su cuerpo débil y exhausto se tambaleó y cayó. Perma­neció algún tiempo tendido de costado y sin moverse. Luego se quitó las correas del fardo y, torpemente, se incorporó hasta que­dar sentado. Aún no había empezado a anochecer. A la luz cre­puscular, buscó a tientas entre las rocas unos puñados de musgo seco. Cuando tuvo un montón, encendió fuego - una fogata que hacía más humo que otra cosa - y puso en él un bote de latón lleno de agua para hervirla.
Desató el fardo y lo primero que hizo fue contar las cerillas que le quedaban. Sesenta y siete. Las contó tres veces para ase­gurarse. Luego las dividió en tres porciones, envolvió cada una de ellas en un trozo de papel aceitado, y colocó un paquetito en su vacía bolsa de tabaco, otro en la badana de su mugriento som­brero y el tercero en su pecho, bajo la camisa. Hecho esto, ex­perimentó un repentino pánico y abrió de nuevo los pequeños envoltorios para volver a contar las cerillas. Seguían siendo se­senta y siete.
Secó su calzado junto al fuego. Los mocasines estaban des­trozados. Los calcetines, hechos con tiras de manta, presentaban una serie de agujeros, y tenía los pies heridos y sangrantes. El tobillo dislocado le latía dolorosamente. Lo examinó. Se había hinchado hasta alcanzar el ancho de la rodilla. Cortó una larga tira de una de sus dos mantas y se ató el tobillo fuertemente. Con otras tiras iguales se envolvió los pies. Estas tiras harían las veces de mocasines y calcetines. Luego se bebió el agua casi hir­viendo del recipiente, dio cuerda a su reloj y se echó bajo las mantas.
Durmió como un tronco. Las fugaces tinieblas de la media­noche llegaron y se fueron. El sol se alzó en el Nordeste, pero él sólo vio el resplandor del amanecer, pues el astro estaba oculto por unas nubes grises.
A las seis se despertó. Quedó inmóvil y tendido de espaldas. Dirigió su mirada a lo alto, al cielo gris, y notó que tenía ham­bre. Cuando se puso de costado para incorporarse sobre el codo, le sorprendió oír un sonoro bufido y vio que un caribú le contem­plaba, curioso y apercibido. El rumiante no se hallaba a más de quince metros de él. En el cerebro del hombre surgió en el acto la visión y el aroma de un bistec de caribú friéndose sobre el fuego. Maquinalmente, tendió la mano hacia el rifle descargado, apuntó y apretó el gatillo. El caribú lanzó un bufido y se alejó saltando. Sus pezuñas repiquetearon al pisar los márgenes ro­cosos.
El hombre lanzó una maldición y arrojó el fusil descargado lejos de sí. Cuando empezó a incorporarse penosamente para ponerse en pie, dejó escapar lastimeros gemidos. ¡Qué difícil le era levantarse! Sus articulaciones parecían goznes mohosos. Fun­cionaban con gran dificultad. Para flexionar o extender sus miem­bros tenía que apelar a toda su fuerza de voluntad. Cuando al fin consiguió ponerse en pie, invirtió otro minuto en despere­zarse, con objeto de poder mantenerse erguido, como debe per­manecer todo hombre.
Penosamente llegó hasta la cumbre de una pequeña loma y desde allí contempló el panorama. No se veían árboles ni arbus­tos: únicamente una gris extensión de musgo, apenas interrum­pida por algunas rocas, lagunas y arroyuelos; asimismo grisáceos. El cielo también era gris. No había ni el menor atisbo de sol. No tenía la menor idea de dónde estaba el Norte y no se acor­daba del camino que había seguido para llegar allí la noche an­terior. Pero no estaba perdido: lo sabía. No tardaría en llegar a la región de los bastoncitos. Tenía el presentimiento de que debía de hallarse a la izquierda, no muy lejos de allí..., tal vez detrás del próximo otero.
Preparó de nuevo su hato para continuar el viaje. Se aseguró de que llevaba los tres paquetitos de cerillas, aunque no se de­tuvo a contarlas. Pero le asaltó la duda antes de cargar con la bolsa cuadrada de piel de alce. No era grande: podía cubrirla con las dos manos. Sabía que pesaba casi siete kilos: tanto como el resto del equipaje. Estaba indeciso y preocupado. Finalmente, la dejó a un lado y procedió a enrollar las mantas. Hizo una pausa y contempló el repleto saquito. Se apoderó de él apresu­radamente, con gesto retador, como si la desolación que le ro­deaba quisiera robársela, y cuando se puso en pie para conti­nuar su vacilante marcha, el saquito formaba parte del fardo que llevaba a modo de mochila.
Avanzó hacia la izquierda. De vez en cuando se detenía para comer bayas. Tenía el tobillo entumecido y cojeaba más que an­tes; pero el dolor del tobillo no era nada comparado con las agudas punzadas del hambre. El vacío que sentía en el estómago parecía roerle las entrañas. Al fin, ni siquiera pudo fijarse en el camino que tenía que seguir para llegar a la región de los bas­toncitos. Las bayas no aplacaban su hambre: sólo servían para llagarle la lengua y arañarle el paladar con su aspereza y su sabor amargo.
Llegó a un valle donde vio unos lagópodos de las rocas que levantaron el vuelo desde los peñascos rodeados de musgo, con sonoros aletazos y lanzando graznidos. Les tiró varias piedras, pero no consiguió hacer blanco. Luego dejó su carga en el suelo y trató de cazarlos como el gato que se lanza a la captura del gorrión. Las cortantes rocas atravesaron la tela de sus pantalo­nes, y al fin sus rodillas dejaron un rastro de sangre. Pero el dolor que esto le producía no era nada comparado con la tortura del hambre. Serpenteó a través del húmedo musgo. Sus ropas se empaparon y notó que el frío penetraba en su cuerpo. Pero nada de esto le importaba: le absorbía totalmente el ansia de comer. Los lagópodos levantaban siempre el vuelo cuando casi los tenía a su alcance. Llegó un momento en que sus graznidos le pare­cieron gritos de burla, y maldijo a aquellos pájaros y se mofó de ellos remedando sus chillidos.
Una vez llegó arrastrándose hasta uno que debía de estar dormido y al que no vio hasta que salió disparado de su nido, oculto entre las rocas. Pasó rozándole la cara e intentó asirlo, mientras mostraba la misma sorpresa que debía de sentir el lagó­podo. En su mano quedaron tres plumas de la cola. Miró con odio al ave que se alejaba volando, como si hubiese recibido de ella una afrenta terrible. Luego volvió en busca de su fardo y se lo echó a la espalda.
Siguió avanzando. Su camino le llevó a varios valles panta­nosos en los que la caza era más abundante. Pasó cerca de él un rebaño de caribúes formado por más de veinte cabezas. Los tuvo a una distancia tan corta, que no habría podido errar el tiro. Sintió un loco deseo de echar a correr tras ellos, seguro de que, si lo hiciera, los alcanzaría. Un zorro negro venía hacia él con un lagópodo en la boca. El viajero le gritó. Fue un grito espan­toso. Pero el zorro, aunque asustado, se alejó saltando, sin soltar la presa.
Al atardecer, siguió un riachuelo de aguas cenagosas que dis­curría entre juncales. Asió un manojo de juncos con mano firme y a ras de tierra, tiró de él y lo arrancó con su raíz. Era ésta un pequeño y tierno bulbo en el que se clavaron sus dientes con un sonoro crujido que pareció una deliciosa promesa de comida. Pero el bulbo era duro. Estaba formado por haces de filamentos correosos saturados de agua como las bayas, y no tenía ningún valor alimenticio. Volvió a despojarse del fardo y penetró en el juncal á. gatas, mientras masticaba con la boca cerrada, como un rumiante. Se sentía exhausto y a cada momento le asaltaba el deseo de descansar, de echarse a dormir. Pero constantemente lo espoleaba su anhelo de llegar a la región de los bastoncitos, y aún le estimulaba más el hambre. Buscaba ranas en las charcas y revolvía la tierra con las uñas, tratando de hallar lombrices y toda clase de gusanos, aun sabiendo que tan al Norte no había gusanos ni ranas.
Examinó en vano todas las charcas. Al fin, cuando empezaba el largo crepúsculo, vio en una de ellas un pececillo solitario. Hundió en el agua el brazo hasta el hombro, pero el pececillo no se dejó atrapar. Trató de capturarlo con ambas manos y re­volvió el fondo fangoso, enturbiando el agua. En su excitación, cayó en la charca, hundiéndose hasta la cintura. Le era imposible ver al pez en aquel barrizal, y se vio obligado a esperar a que el limo se depositase en el fondo.
Cuando el agua estuvo más clara, intentó nuevamente cap­turar al pez. Pero el agua volvió a enturbiarse. Esta vez el via­jero se sintió incapaz de esperar, y, sacando de su equipaje un cazo de latón, empezó a vaciar la charca. Al principio achicaba el agua furiosamente y la arrojaba tan cerca, que volvía a la charca. Después tuvo más cuidado, esforzándose por conservar la calma, aunque el corazón parecía querer saltársele del pecho y las ma­nos le temblaban. Al cabo de media hora, la charca estaba casi vacía. Sólo quedaba en ella un poco de agua. Pero no se veía al pez. Debía de haber encontrado alguna grieta oculta entre las piedras, y así pudo pasar a la charca contigua, que era mucho mayor y que él no la podría vaciar ni en un día entero. De haber sabido que estaba allí aquella hendidura, la habría obturado con una piedra desde el primer momento y el pez hubiera sido suyo.
Esto es lo que pensó, dejándose caer agotado sobre la tierra húmeda. Al principio, lloró quedamente, como para sí mismo; luego su llanto fue más ruidoso y el viajero maldijo la despiadada desolación que lo rodeaba. Durante un buen rato lo sacudieron los violentos sollozos.
Encendió fuego y entró en calor bebiéndose varias tazas de agua caliente. Acampó en un margen rocoso, lo mismo que la noche anterior. Lo último que hizo fue comprobar que sus ce­rillas se conservaban secas y dar cuerda al reloj. Las mantas es. taban húmedas y pegajosas. Sentía en el tobillo dolorosas palpi­taciones. Pero él sólo se daba cuenta de que tenía hambre. Se sumió en un agitado sopor y soñó con regios festines en los que se servían todos los platos imaginables.
Cuando se despertó, estaba helado y sentía un profundo ma­lestar. No había sol. El gris de la tierra y del cielo era de un tono más oscuro. Se había levantado un viento desapacible y las primeras ráfagas de la ventisca habían cubierto de nieve las cum­bres de los contornos. La borrasca fue en aumento y el aire se cargó de copos de nieve, mientras el caminante encendía el fuego y ponía más agua a hervir. Los copos eran grandes, pero la nieve, mitad agua, se fundía apenas llegaba a la tierra. Así ocurrió al principio. No obstante, la nevada continuó y la nieve fue cuajando y cubriéndolo todo. Además, apagó el fuego y mojó la provisión de musgo seco que había de servir para alimentar la hoguera.
Entonces el viajero se echó nuevamente el fardo a cuestas y reanudó la marcha. Ahora iba sin rumbo determinado. Ya no le importaba la región de los bastoncitos, ni Bill, ni el depósito oculto bajo la canoa a orillas del río Dease. La palabra «comer» llenaba totalmente su pensamiento. El hambre trastornaba su cerebro. No se fijaba en el rumbo que seguía; lo único que le importaba era que su camino pasara por valles pantanosos. Hur­gaba en la nieve hasta encontrar aquellas bayas repletas de lí­quido, y, utilizando el tacto más que la vista, arrancaba los jun­cos para obtener su raíz bulbosa. Pero esta comida sin alimento no le satisfacía. Halló un hierbajo de sabor amargo y se lo comió. Buscó más y engulló todo el que encontró, que no fue mucho, porque esta planta, parecida a una enredadera, quedaba oculta incluso bajo la más delgada capa de nieve.
Aquella noche no tuvo fuego ni agua caliente. Se deslizó bajo la manta y se durmió con el sueño intranquilo del hambriento. La ventisca se convirtió en fría lluvia. Se despertó muchas veces al recibir la lluvia en su rostro, pues estaba cara al cielo. Llegó el día, un día gris, sin sol. Ya no llovía. El hambre no le mor­tificaba tan vivamente. En relación con el ansia de comida, su sensibilidad se había agotado. Sentía en el estómago un angus­tioso dolorcillo, pero no vivo y desesperante como el del día an­terior. Estaba más sosegado y su interés se concentró nuevamente en la región de los bastoncitos y en el depósito oculto a orillas del río Dease.
Cortó en tiras los restos de una de sus mantas para vendarse los llagados pies. Luego se ató el tobillo dislocado: así podría andar durante toda la jornada.
Cuando llegó el momento de liar el equipaje, estuvo pensando un buen rato en lo que debía hacer con el saquito de piel de alce y, finalmente, volvió a cargar con él.
La nieve se había fundido bajo la lluvia. Sólo las cumbres conservaban su blanco casquete. Salió el sol, y el viajero consiguió localizar los puntos cardinales. Como suponía, se había extra viado. En su marcha sin rumbo del día anterior, se había desviado hacia la izquierda. Así, pues, con objeto de compensar esta des­viación, se dirigió a la derecha.
Aunque las punzadas del hambre ya no eran tan crueles, notó una extrema debilidad. Se veía obligado a detenerse con frecuen­cia para descansar. Entonces buscaba bayas y juncos. Sentía la lengua seca e hinchada; le parecía que la tenía cubierta de un fino vello, y notaba un sabor amargo en la boca. Su corazón le preocupaba profundamente. Apenas andaba unos minutos, lo sen­tía latir tumultuosamente. Le daba saltos como si quisiera esca­pársele del pecho. A veces, estos latidos eran dolorosos y le ahogaban, lo debilitaban, lo aturdían...
Cerca del mediodía encontró dos pececillos en una gran char­ca. No era posible vaciarla, pero esta vez procedió con calma y logró capturarlos con su cuenco de latón. No eran mayores que su dedo meñique, pero le parecieron suficientes para el hambre que sentía. El dolor que le producía el vacío de su estómago se había atenuado y era ahora como una sorda molestia. Parecía estar dormitando.
Se comió los peces crudos. Los masticó con todo cuidado, pues comía por una exigencia de su razón. No era que sintiese deseos de comer, sino que comprendía que tenía que hacerlo para no morir.
Al anochecer capturó otros tres peces de la misma especie. Se comió dos y se guardó uno para el desayuno.
El sol había secado algunas zonas de musgo, y esto le per­mitió hervir agua para dar calor a su cuerpo.
Aquel día apenas había recorrido quince kilómetros. Al si­guiente sólo recorrió ocho, pues el corazón no le permitió an­dar más.
En cambio, su estómago ya no le causaba molestia alguna: había acabado de dormirse.
El viajero se encontraba en una región para él desconocida, donde abundaban los caribúes..., y también los lobos. Los aulli­dos de estas fieras se oían con frecuencia en aquellos desolados parajes. Una vez, en el curso de su marcha, se encontró con un grupo de tres, que huyó al verle.
Pasó otra noche. Al amanecer, después de reflexionar con calma, desató la correa que cerraba la boca del saquito de piel de alce, y por ella brotó una amarilla cascada de polvo y pepitas de oro. El viajero dividió el tesoro en dos mitades, calculadas a ojo, y ocultó una de ellas junto a una roca prominente, después de envolverla en un trozo de manta, y la otra mitad la introdu­jo de nuevo en el saquito.
Luego cortó varias tiras de la única manta que le quedaba, para envolverse los pies. Pero el rifle no lo soltó: pensaba en que había cartuchos en el escondrijo de la ribera del Dease.
Aquel día el cielo estaba cubierto de nubes. El viajero volvió a sentir hambre. Estaba tan débil, que le daban mareos y los ojos se le nublaban. Tropezaba y caía a cada momento. En una de estas caídas, se encontró sobre un nido de lagópodos. En él había cuatro polluelos recién nacidos: apenas tendrían un día. Eran minúsculos retazos de vida palpitante: no más de un bocado cada uno. El viajero los devoró: se los llevó vivos a la boca y los trituró con los dientes. La madre aleteaba ruidosamente alrede­dor del hombre, y él levantó su fusil y trató de derribarla de un culatazo. Ella esquivó el golpe, y entonces él le arrojó varias pie­dras, una de las cuales alcanzó al pájaro y le rompió un ala.
El animal huyó, utilizando sus patas y arrastrando por el suelo su ala rota, y el viajero se lanzó en su persecución.
Las crías no le habían aplacado el hambre, sino que se la habían avivado. El perseguidor avanzaba a saltos, arrastrando su pie dislocado, arrojando piedras... A veces lanzaba gritos ron­cos y a veces avanzaba en silencio, renqueando, cayendo y le­vantándose, ceñudo y tenaz, frotándose los ojos cuando empezaba a sentirse mareado.
Así llegó al fondo de un valle, donde descubrió unas huellas en el musgo esponjoso. En seguida advirtió que aquellas huellas no eran suyas y se dijo que debían de ser de Bill. Pero no se detuvo, al ver que el ave herida se alejaba. Primero la captu­raría y después volvería para investigar.
El pájaro estaba agotado, pero también lo estaba él. El lagó­podo permanecía postrado y jadeante; también él estaba tendido de costado y jadeaba. Se hallaba a poco más de tres metros del animal herido, pero era incapaz de llegar hasta él. Y cuando se repuso, el ave también se había recobrado y se escapó aleteando en el instante en que el hombre tendió su ávida mano hacia ella. Continuó la persecución hasta que cayó la noche: entonces el ave consiguió escapar. El hombre avanzaba dando traspiés, tan débil se hallaba. Al fin, cayó de bruces con el fardo a cuestas y se hirió en la cara; estuvo largo rato sin moverse; luego hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado, dio cuerda al reloj y siguió echado hasta el amanecer.
Otro día de niebla. La mitad de su última manta se había convertido ya en vendas para sus pies. No consiguió encontrar las huellas de Bill. No le importó. El hambre le dominaba por entero. Únicamente se preguntaba si Bill estaría también perdido como él. A mediodía se le hizo insoportable el peso de su fardo. Volvió a dividir el oro, aunque esta vez se limitó a verter la mitad en el suelo. Por la tarde tiró el resto del precioso metal. Sólo le quedaba media manta, el cazo de latón y el rifle.
Empezó a asediarlo una alucinación. Estaba seguro de que le quedaba un cartucho en la recámara del rifle y lo había olvi­dado. Al mismo tiempo, sabía perfectamente que la recámara estaba vacía. No obstante, la alucinación persistía. Luchó con ella durante horas. Al fin abrió el rifle y comprobó que estaba vacío. La decepción que sintió fue tan profunda como si real­mente hubiese esperado encontrar allí el cartucho.
Avanzó penosamente durante media hora. La alucinación vol­vió a asaltarle y de nuevo luchó con ella, pero el espejismo per­sistía. Finalmente, para salir de dudas, abrió otra vez el rifle. A veces su espíritu parecía adelantarse a su cuerpo, y entonces él avanzaba como un simple autómata, mientras llenaban su ce­rebro extrañas fantasías y caprichosas imágenes. Pero estas in­cursiones a lo irreal eran de breve duración, porque los punzantes dolores del hambre le volvían siempre a la realidad. Una vez lo volvió a ella un espectáculo que le dejó petrificado. Se tambaleó como si estuviese ebrio. Ante él se alzaba un caballo. ¡Un ca­ballo! No podía dar crédito a sus ojos. Una espesa niebla, en la que brillaban centelleantes puntos de luz, se los cubría. Se frotó los ojos furiosamente para aclararlos y ante él vio, no un caballo, sino un gran oso pardo. El animal lo examinaba con belicosa curiosidad.
Ya casi se había echado el rifle a la cara, cuando comprendió lo inútil de su ademán. Bajó el arma y sacó el cuchillo de caza de la vaina cubierta de abalorios que pendía de su cintura. Ante él tenía carne y vida. Pasó el pulgar por el filo del cuchillo de monte. Estaba bien afilado y su punta era aguda. Se arrojaría sobre el oso y lo mataría. Pero el corazón empezó a latirle vio­lentamente a modo de advertencia. Luego le dio un gran salto e inició su desordenada danza, a la vez que el hombre sentía como si un fleje de hierro le oprimiera la frente, y mientras el vértigo penetraba solapadamente en su cerebro.
Su valor desesperado cedió el paso a una súbita oleada de temor. ¿Qué sucedería si el plantígrado le atacaba, hallándose él tan débil? Se irguió con gesto retador, empuñando el cuchillo y mirando de hito en hito al oso. Éste dio un par de pasos torpes, retrocedió y profirió un gruñido de advertencia. Si el hombre echaba a correr, él lo perseguiría. Pero el hombre no huyó, pues se hallaba animado por el valor que nace del miedo. Él también gruñó, de manera salvaje y terrible, expresando el temor que es hermano de la vida y que está mezclado con las más profundas raíces de la existencia.
El oso se apartó a un lado, gruñendo amenazadoramente, tam­bién atemorizado por aquella misteriosa figura que se erguía ante él, sin temor. Pero el hombre no se movió. Permaneció como una estatua hasta que el peligro hubo pasado. Entonces empezó a temblar y se dejó caer sentado sobre el húmedo musgo. Haciendo de tripas corazón, continuó la marcha, dominado por un nuevo temor. No temía ya morir pasivamente de inani­ción, sino ser destruido violentamente, antes de que el cansancio hubiese agotado en él la última partícula de la voluntad que le impelía a seguir sobreviviendo. Allí estaban los lobos. Por aquel lugar desolado erraban sus aullidos, tejiendo en el aire la trama de una amenaza tan tangible, que empezó a bracear para apar­tarla de su lado, como si le hubiera caído encima una tienda abatida por el viento.
De vez en cuando, los lobos, en grupos de dos y tres, pasaban ante él. Pero se mantenían a prudente distancia. Eran pocos y, además, iban a la caza de los caribúes. Éstos no luchaban. En cambio, aquel extraño ser que caminaba erguido, tal vez arañase y mordiese.
A la caída de la tarde encontró unos cuantos huesos espar­cidos, que eran todo cuanto quedaba de una presa de los lobos. Los restos pertenecían a una cría de caribú que media hora antes aún mugía y corría, llena de vida. Contempló los huesos, com­pletamente descarnados y sonrosados por la vida celular que to­davía conservaban. ¿Sería posible que él se hallase también re­ducido a aquel estado antes de que terminase el día? Así era la vida. Algo vano y huidizo. Lo único doloroso era la vida. La muerte no hacía daño. Morir era como dormir. Era el final de todo, el descanso. Entonces, ¿por qué no se alegraba de morir?
Pero no siguió filosofando mucho tiempo. Permanecía en cu­clillas entre el musgo, royendo un hueso, chupando los vestigios de vida que todavía le daban un débil tinte rosado. El dulce sabor de la carne, leve y fugaz, casi como un recuerdo, lo enlo­queció. Apretando las mandíbulas, trituró los huesos, rompién­dolos y rompiéndose a la vez algún diente. Luego trituró los hue­sos entre dos piedras, machacándolos hasta convertirlos en una masa que engulló. Con las prisas, se aplastó los dedos y, por un momento, se sorprendió de que la mano herida no le doliese demasiado.
Siguieron unos días terribles, de lluvia y cellisca. Él no sabía cuándo acampaba ni cuándo proseguía la marcha. Viajaba de día y de noche. Descansaba allí donde caía, para seguir arrastrándose cuando la llama moribunda de la vida que había en él se despa­bilaba y ardía menos tenuemente. Ya no luchaba. Ya no sufría. Tenía los nervios embotados, ateridos, y por su cerebro cruzaban fantásticas visiones y sueños deliciosos.
Pero seguía chupando y royendo los huesos triturados del caribú, cuyos últimos restos llevaba consigo. No cruzó más lo­mas ni divisorias de aguas. Se limitaba a seguir maquinalmente el curso de un gran arroyo que discurría por un valle amplio y poco profundo. No veía ni el arroyo ni el valle. Sólo se daba cuenta de sus visiones. Cuerpo y alma andaban o se arrastraban juntos, pero, al propio tiempo, separados, tan tenue era el hilo que los unía.
Se despertó con la cabeza despejada, tendido en posición su­pina sobre la roca. El sol esparcía su luz cálida y brillante. Muy a lo lejos oyó los mugidos de los caribúes. Le pareció recordar vagamente una tormenta de lluvia, viento y nieve, pero no sabía si la tempestad había durado dos días o dos semanas.
Durante algún tiempo permaneció echado, mientras los rayos bienhechores del sol lo bañaban y daban calor a su cuerpo es­cuálido. «Un día hermoso», pensó. Tal vez podría conseguir si­tuarse. Haciendo un doloroso esfuerzo, se puso de costado. Más abajo discurrían las aguas perezosas de un anchuroso río. Aquella visión poco familiar le sorprendió. Fue siguiendo el río lenta­mente con la mirada. Observó sus meandros entre las tétricas y peladas colinas, más sombrías y desnudas, más achaparradas que todas las que había encontrado en su camino hasta entonces. Lenta y deliberadamente, sin la menor excitación, sólo con un ligero interés, siguió con la vista el curso del río desconocido en dirección a la línea del horizonte y advirtió que sus aguas se vaciaban en un mar resplandeciente. Pero tampoco le impresionó este cuadro. Se dijo que aquel insólito espectáculo debía de ser una visión o un espejismo; sí, una visión, una treta que le jugaba su desordenada mente.. Le confirmó en esta idea la vista de un barco fondeado en las aguas rutilantes del mar. Cerró los ojos un momento y volvió a abrirlos. ¡Era extraño que aquella visión persistiese! Aunque no tan extraño. Sabía que no había mares ni barcos en el corazón de las tierras yermas y desoladas, del mismo modo que había sabido que no había ningún cartucho en su rifle.
Oyó unos pies que se arrastraban a su espalda y a esto siguió un estertor ahogado, una tos. Muy despacio a causa de su ex­traordinaria debilidad y del entumecimiento de sus miembros, se volvió del otro lado. No vio nada en las proximidades, pero esperó pacientemente. Oyó de nuevo el estertor y la tos, y entre dos rocas que estaban a menos de seis metros distinguió la gris silueta de la cabeza de un lobo. Las puntiagudas orejas no esta­ban tan erguidas como las de los lobos que había visto anterior­mente. El animal tenía los ojos legañosos y encarnizados. La ca­beza parecía colgarle sin fuerzas, con expresión desolada. Aque­llos ojos, heridos por los rayos del sol, pestañeaban continuamente. Sin duda, el lobo estaba enfermo. Mientras le miraba, resopló y tosió de nuevo.
No podía dudar de la realidad de lo que estaba viendo, y se volvió hacia el otro lado para ver la realidad del mundo, antes velada por un espejismo. Pero la mar seguía brillando a lo lejos y el barco se veía perfectamente. ¿Y si aquello fuese real? Cerró los ojos para meditar, estuvo así largo rato y entonces lo com­prendió todo. Se había confundido, y en lugar de dirigirse al Este se había dirigido al Norte, alejándose de la divisoria de aguas del Dease y penetrando en el valle del Coppermine. Aquel río amplio y perezoso era el Coppermine. Aquel mar brillante era el océano Glacial Ártico. El barco era un ballenero que se había alejado al Este, muy hacia el Este, de la desembocadura del Mackenzie y estaba fondeado en el golfo de la Coronación. Se acordó del mapa de la Compañía de la Bahía de Hudson, visto una vez, hacía mucho tiempo, y entonces todo le pareció claro y lógico.
Se incorporó hasta sentarse y concentró su atención en las cuestiones inmediatas. Había destrozado completamente las tiras hechas con las mantas y sus pies eran informes muñones de carne desollada. Ya no le quedaba ninguna manta. También había per­dido el rifle y el cuchillo. Asimismo, le faltaba el sombrero. Se lo había dejado no sabía dónde, con los fósforos guardados en la badana. Pero las cerillas que llevaba en el pecho estaban seguras y secas dentro de la bolsa del tabaco. Además, las protegía una envoltura de papel aceitado.
Consultó su reloj. Señalaba las once y aún funcionaba. Evi­dentemente, le había ido dando cuerda.
Se sentía tranquilo. Recapacitó. Aunque estaba extremada­mente débil, no experimentaba dolores ni hambre. Pensaba en la comida con indiferencia y todos sus actos estaban regidos úni­camente por la razón. Se desgarró las perneras de los pantalones hasta las rodillas y con ellas se envolvió los pies. Aún conser­vaba el cazo de latón. Bebería un poco de agua caliente antes de iniciar lo que preveía iba a ser una horrible marcha hasta el barco.
Sus movimientos eran lentos. Temblaba como un azogado. Cuando empezó a recoger musgo seco, advirtió que no podía ponerse en pie. Lo intentó una y otra vez y, por último, se con­formó con andar a gatas, valiéndose de manos y rodillas. Una vez, se acercó al lobo enfermo. El animal se apartó de su camino a regañadientes y con gran dificultad, lamiéndose las fauces con una lengua que casi no podía doblar. El viajero observó que aquella lengua no tenía el color rojo de las lenguas sanas: era de un tono pardo amarillento y parecía cubierta de una áspera mu­cosidad medio seca.
Después de beberse un cuartillo de agua caliente, el viajero ya fue capaz de mantenerse en pie, e incluso de andar todo lo bien que puede hacerlo un moribundo. A cada momento tenía que detenerse para descansar. Sus pasos eran débiles e inseguros, como los del lobo que le seguía; y aquella noche, cuando las ti­nieblas cayeron sobre el mar brillante, comprendió que sólo se había acercado unos seis kilómetros y medio hacia la orilla.
Durante la noche oyó la tos del lobo enfermo y, de vez en cuando, los mugidos de los becerros de los caribúes. La vida, una vida fuerte y sana, le rodeaba, y tenía el convencimiento de que el lobo enfermo seguía su rastro porque sabía que estaba no me­nos enfermo que él y esperaba verle morir antes. Por la mañana, al abrir los ojos, vio los del lobo, ávidos y hambrientos, fijos en él. El animal estaba agazapado, con la cola entre piernas, como un can miserable y exhausto. Temblaba al azote del gélido viento matinal e hizo una mueca lastimosa cuando el hombre le habló con una voz que no pasaba de ser un ronco murmullo.
Un sol radiante se alzó sobre el horizonte, y el viajero, aunque tambaleándose y cayendo a veces, no cesó de avanzar durante toda la mañana hacia el barco anclado en el mar resplandeciente. El tiempo era inmejorable: el del fugaz veranillo indio de las altas latitudes. Lo mismo podía durar una semana más que ter­minar al día siguiente o al otro.
Por la tarde encontró un rastro. Era el de un hombre que no andaba, sino que gateaba. Tal vez fuera de Bill. Así lo pensó, pero de un modo vago, sin el menor interés. Nada despertaba su curiosidad. Estaba incapacitado para captar sensaciones y expe­rimentar emoción alguna. No era sensible al dolor. Sus nervios y su estómago se habían dormido. Sin embargo, la poca vida que aún quedaba en él le impelía a seguir avanzando. Su extenuación era extrema, pero se resistía a morir: por eso seguía comiendo bayas y pececillos, bebiendo agua caliente y vigilando con des­confianza al lobo enfermo.
Siguió el rastro del otro hombre y no tardó en llegar a su término. Allí vio unos cuantos huesos relucientes, esparcidos so­bre el húmedo musgo y rodeados de las huellas de una manada de lobos. También vio una repleta bolsa de piel de alce, idéntica a la suya, que agudos colmillos habían surcado de desgarrones. La levantó, aunque su peso era excesivo para sus débiles manos.
Se echó a reír al pensar que Bill había transportado el saquito hasta el final, y que él no moriría y podría llevarlo hasta llegar al barco anclado en el mar brillante. Su júbilo se tradujo en una risa ronca y destemplada, semejante al graznido de un cuervo, a la que se unió el lobo enfermo con sus lúgubres aullidos...
De pronto, dejó de reír. ¿Cómo podía alegrarse si lo que estaba viendo, aquellos huesos limpios y de un blanco sonrosado, eran los restos de Bill...? Dio media vuelta y se alejó. Bill le había abandonado, pero él no se llevaría el oro de Bill ni chu­paría sus huesos.
- Sin embargo - murmuró mientras se alejaba con paso va­cilante -, Bill lo habría hecho si la víctima hubiera sido yo.
En esto vio un charco, y al inclinarse sobre él con la espe­ranza de descubrir algún pececillo, retiró al punto la cabeza como si hubiese recibido una picadura. Había visto su rostro reflejado en el agua y era tan horrible, que su sensibilidad se despertó lo suficiente para que experimentase una sensación de repugnancia.
Había tres diminutos peces en el charco. Viendo que éste era demasiado grande para intentar vaciarlo, trató de capturar los pececillos con el cazo de latón, pero desistió después de tres frustradas tentativas. Temía caerse al agua y ahogarse, a causa de su extrema debilidad. Por esta misma razón no se había atrevido a dejarse llevar por las aguas del río cabalgando en uno de los troncos que arrastraba la corriente y estaban varados en los are­nales.
Aquel día acortó en casi cinco kilómetros la distancia que le separaba del barco. Al siguiente recorrió sólo poco más de tres kilómetros, pues volvía a andar a gatas, como había andado Bill. Y al terminar el quinto día tenía aún el barco a once kilóme­tros, cuando él apenas se sentía capaz de cubrir un kilómetro diario.
Afortunadamente, el veranillo indio continuaba y él podía seguir arrastrándose, entre frecuentes desmayos y llevando al lobo enfermo, que tosía y resollaba, muy cerca de sus talones. Tenía las rodillas desolladas, y aunque había vendado sus pies en carne viva con tiras cortadas de la espalda de su camisa, iba dejando un rastro de sangre en el musgo y las piedras. Una vez que volvió la cabeza, vio que el lobo lamía ávidamente el rastro sangriento, y entonces se dio clara cuenta de cuál sería su fin, a menos que... a menos que él pudiese apresar al lobo... Entonces comenzó la más espantosa lucha por la vida que puede concebir la mente humana: un hombre enfermo y agotado que apenas podía andar, contra un lobo moribundo que apenas se sostenía sobre sus patas..., dos seres que arrastraban sus cuerpos esquelé­ticos por un mundo desierto y desolado y que se acechaban mu­tuamente con el propósito de arrebatarse la vida.
Si el lobo hubiera sido un animal sano, al viajero no le habría parecido la cosa tan intolerable; pero la idea de ir a parar al estómago de aquel ser repugnante y casi sin vida, le producía náuseas. Aunque aún era capaz de sentir estas aprensiones, su mente se veía asaltada de nuevo por frecuentes desvaríos, y sus intervalos de lucidez eran cada vez más raros y breves.
Una vez lo despertó de uno de sus desmayos un resoplido próximo a su oreja. Entonces el lobo retrocedió renqueando, perdió el equilibrio a causa de su debilidad y terminó por caer. El espectáculo era grotesco, pero a él no le causó risa. Tampoco le asustó: estaba demasiado exánime para sentir miedo. Pero su cerebro se despejó momentáneamente y pudo reflexionar. El bar­co estaba a no más de seis kilómetros. Lo vio con toda claridad después de frotarse los ojos para librarlos del velo que los cu­bría, y también vio la vela de una barca que surcaba la brillante superficie del mar.
No le sería posible recorrer arrastrándose aquellos seis kiló­metros. Lo sabía y aceptó con calma este convencimiento. Estaba seguro de que ni siquiera un kilómetro más podría recorrer. Sin embargo, quería vivir; le parecía absurdo morir después de so­portar lo que había soportado. El moribundo se negaba a perecer. Tal vez era una locura, pero cuando se hallaba en las mismas fauces de la muerte, adoptó una actitud retadora y la rechazó.
Cerró los ojos y procuró calmarse. Hizo un esfuerzo sobre­humano para no dejarse dominar por la extrema languidez que iba extendiéndose por todo su ser como una marea creciente. Sí, una marea parecía aquel mortal desfallecimiento que iba progre­sando paulatinamente y adueñándose poco a poco de su concien­cia. A veces, estaba a punto de sumergirse en el mar del olvido y nadaba por él con débiles brazadas, pero en seguida, por obra de alguna extraña alquimia de su alma, hallaba un retazo de voluntad y podía bracear más enérgicamente.
Estaba echado de espaldas, sin hacer el menor movimiento, y cada vez oía más cerca la silbante respiración del lobo mori­bundo. Cada vez más cerca, pero él no se movía. Tenía la im­presión de que aquello duraba una eternidad. Ya lo sentía junto a su oído. Ya notaba en su mejilla la reseca lengua, áspera como el papel de lija. Alargó las dos manos a la vez, o creyó alargarlas. Sus dedos, encorvados como garras, sólo aprisionaron el aire. Los movimientos rápidos y certeros requieren fuerza, y el des­dichado ya no la tenía.
El lobo daba muestras de una paciencia inagotable. Pero no era inferior la del hombre, que permaneció medio día tendido, inmóvil, luchando con la inconsciencia y esperando al ser que quería devorarlo y al que él también quería devorar. A veces, aquella especie de marea le invadía y quedaba sumido en un largo sueño, pero incluso entonces se hallaba en una especie de duermevela que le permitía estar atento a la silbante respiración y esperar el roce de la áspera lengua.
Fue saliendo lentamente de su estado de inconsciencia: había dejado de oír la jadeante respiración mientras notaba en el dorso de su mano el contacto de aquella rígida lengua. Esperó. Los colmillos empezaron a apresar la carne débilmente. Luego la presión fue más vigorosa: el lobo apelaba a sus últimas fuerzas para hundir sus dientes en la carne del hombre, objetivo de su larga y paciente espera... Pero también el hombre esperaba esta ocasión y su mano lacerada se cerró en torno a la mandíbula del animal. Luego, muy despacio, mientras el lobo se debatía débil­mente y la mano humana mantenía la presión con la misma de­bilidad, la otra mano del hombre se deslizó hacia la fiera. Así quedó el animal inmovilizado. Cinco minutos después, el cuerpo del hombre estaba sobre el del lobo, oprimiéndole con todo su peso. Aquellas manos no tenían fuerzas para estrangular a la fiera, pero el viajero había pegado el rostro a la peluda garganta y su boca se abrió, llenándose de pelo. Media hora después, el hombre notó que algo cálido se deslizaba por su garganta. No fue una sensación agradable; le pareció que vertían plomo derre­tido en su estómago... Pero hizo un esfuerzo y siguió tragando. Después dio media vuelta, quedó en posición supina y se durmió.


En el ballenero Bedford viajaban varios miembros de una expedición científica. Desde la cubierta vieron que algo extraño se deslizaba por la playa en dirección al mar. Como hombres de ciencia, se creyeron en el deber de identificar aquello, y al no poder hacerlo desde donde estaban, bajaron a la barca amarrada al costado del ballenero y se trasladaron a tierra. Entonces pu­dieron ver que aquello era un hombre, aunque apenas podía lla­marse así, y que aún vivía. Ciego e inconsciente reptaba por el suelo como un gusano monstruoso. Sus esfuerzos eran poco menos que inútiles; apenas podía avanzar seis metros en una hora; pero él seguía serpenteando, retorciéndose...


Tres semanas después, el viajero está echado en una litera del ballenero Bedford. Mientras las lágrimas corrían por su de­macrado rostro, decía quién era y explicaba lo que había sufrido. También habló, con palabra incoherente, de su madre, de la so leada California, de una casa rodeada de naranjos y flores.
Días después ya podía sentarse a la mesa con los oficiales del buque y los sabios de la expedición. Contemplaba embelesado el espectáculo de la abundancia de comida y observaba ansiosamen­te cómo los alimentos desaparecían en las bocas de los comen­sales. Cada bocado de sus salvadores despertaba en él una an­gustia que se reflejaba en sus ojos. Estaba completamente cuerdo, pero a la hora de comer odiaba a todo el mundo, obsesionado por el temor de que las provisiones se acabasen. Siempre estaba molestando al cocinero, al camarero y al capitán con preguntas acerca de las reservas de víveres. Éstos le tranquilizaban, pero él no los creía y se iba a rondar por el pañol de las provisiones para comprobarlo por sus propios ojos.
Todos advirtieron que aquel hombre engordaba. De día en día aumentaba la redondez de su cuerpo. Los sabios le observa­ban, movían la cabeza y exponían una teoría tras otra.
Se racionó su alimentación, pero el perímetro de su cintura siguió aumentando bajo su camisa.
Los marineros sonreían, pues estaban en el secreto. Y los sabios montaron un servicio de vigilancia que dio el resultado apetecido. Vieron que el viajero, después del desayuno, se desli­zaba furtivamente por la embarcación, llegaba a la proa y allí tendía la mano como un pordiosero al primer marinero que veía. Éste sonreía y le daba un trozo de galleta. Él se apoderaba de ella con un gesto de codicia, la miraba como un pobre miraría una moneda de oro y se la guardaba debajo de la camisa. Luego se dirigía a otros marineros, que le sonreían también y le daban trozos de galleta.
Los hombres de ciencia mostraron la mayor discreción y nada le dijeron. Pero un día examinaron sigilosamente su litera y vie­ron que era un depósito de trozos de galleta. No había rincón ni intersticio que no contuviera uno de estos fragmentos. Sin em­bargo, aquel hombre estaba en su sano juicio. Si procedía así, era porque le dominaba el temor de pasar hambre de nuevo.
Los sabios aseguraron que se curaría de esta obsesión, y así fue: se curó incluso antes de que el ballenero echase el ancla en la bahía de San Francisco.


LAS PERLAS DE PARLAY
I
El timonel canaca metió el timón a una banda, y el Malahini se deslizó hacia un lado y viró en redondo hasta enderezarse. Sus velas delanteras se aflojaron; los tomadores de rizos repi­quetearon y se produjo un rápido cambio en el aparejo de la bo­tavara. Entonces la embarcación viró por avante y se tumbó so­bre la otra amura.
Aunque era muy temprano y soplaba un viento fresco, los cinco hombres blancos que se recostaban en sus hamacas en el castillo de popa iban vestidos del modo más sumario. David Grief y su invitado, el inglés Gregory Mulhall, aún no se habían qui­tado el pijama y calzaban zapatillas chinas. El capitán y el se­gundo vestían finas camisetas y pantalones de dril sin almidonar, y el sobrecargo ni siquiera camiseta llevaba: la tenía en la mano sin atreverse a ponérsela. Por su frente corría el sudor, y exponía ávidamente su pecho desnudo a aquel viento que no refrescaba.
-Hay brisa, pero el tiempo es húmedo y bochornoso -se lamentó.
Grief contribuyó a esta queja con el siguiente comentario:
-Yo quisiera saber qué pinta un tiempo así en el Oeste.
- Esto no durará mucho - dijo Hermann, el segundo de a bordo, que era holandés -. El viento ha estado dando saltos toda la noche: cinco minutos aquí, diez allá, una hora en otra parte.
- Algo va a ocurrir - refunfuñó el capitán Warfield, me­sándose la poblada barba con las dos manos y exponiendo el mentón al viento en un vano intento de refrescárselo -. El tiem po está loco desde hace quince días. Hace tres semanas que no soplan los alisios como es propio de ellos. Todo anda revuelto. El barómetro empezó a bajar ayer cuando anochecía y sigue ba­jando. Los meteorólogos dicen que esto no tiene importancia, pero a mí no me gusta ver bajar el termómetro así. Me pone nervioso. Lo mismo hizo cuando se perdió el Lancaster. Enton­ces yo no era más que un grumete, pero lo recuerdo muy bien. Era un hermoso barco de acero de cuatro mástiles. Y en su pri­mer viaje se hundió. Esta pérdida partió el corazón al viejo ca­pitán, que llevaba cuarenta años en la compañía. Ya no le vol­vimos a ver. Un año después supimos que había muerto.
A pesar de la brisa y de lo temprano de la hora, el calor era sofocante. El susurro del viento prometía un fresco que no exis­tía. Si no hubiera estado cargado de humedad, se habría dicho que procedía del Sahara. No había el menor asomo de niebla ni de bruma. Sin embargo, el incierto horizonte parecía velado por la neblina.
No había nubes claramente definidas. No obstante, el cielo estaba cubierto de un confuso velo nuboso que el sol era incapaz de atravesar.
- ¡Listos para virar! - ordenó el capitán Warfield con ás. pera lentitud.
Los morenos marineros carracas, de cuya cintura pendía un mandil, acudieron prestamente, aunque sin abandonar su lángui­da expresión, a las escotas de proa y al aparejo de la botavara.
- ¡Orza todo!
El timonel metió el timón a la banda, manejando rudamente las cabillas, y el Malahini viró como una flecha a sotavento.
- ¡Por Jove! ¡Es una bruja! -comentó Mulhall-. No sa­bía que vosotros, los traficantes de los mares del Sur, navegaseis en yate.
-Antes había sido un barco de pesca de Gloucester - ex­plicó Grief -, y las embarcaciones de Gloucester pueden consi­derarse yates en lo que concierne a su construcción, aparejo y cualidades marineras.
- Pero vamos derechos allá... ¿Por qué no entramos? - cri­ticó el inglés.
- Inténtelo, capitán Warfield -insinuó Grief -. Demués­trele cómo se entra en una laguna con fuerte reflujo.
- ¡Todo ceñido! - ordenó el capitán.
- ¡Todo ceñido! - repitió el canaca dejando un poco de juego al timón.
El Malahini embocó por el centro el estrecho pasaje que daba entrada a la laguna interior de un gran atolón, largo, estrecho y de forma ovalada. Esta forma parecía ser el resultado de la co­lisión y fusión de tres atolones, que en el curso de su formación no consiguieron levantar los tabiques intermedios. Había grupos de cocoteros en el círculo de arena, pero el bosque de cocoteros presentaba muchas soluciones de continuidad en los puntos don­de la arena estaba demasiado baja para que allí pudiera haber vegetación.
Por aquellos claros podía verse la laguna, cuyas aguas esta­ban lisas como un espejo. Aquella laguna de forma irregular con­tenía muchas millas cúbicas de agua, toda la cual se escapaba con el reflujo por aquel único y estrecho canal. Tan estrecho era el canal, y tan impetuosa su corriente, que aquel paso parecía más el rápido de un río que la entrada de un atolón. Las aguas her­vían, burbujeaban y formaban remolinos al salir en una serie de olas escasamente separadas y coronadas de espuma. Cada embate del oleaje en la proa desviaba al Malahini de su rumbo por el centro del canal, empujándolo como por medio de cuñas de acero hacia los lados del pasadizo. Cuando se hallaba a la mitad del paso, la proximidad de la orilla de coral le obligó a virar. Ca­yendo a la otra banda, recibió la impetuosa corriente de costado, y el barco fue arrastrado hacia la mar libre.
- Yo creo que ha llegado el momento de hacer funcionar ese nuevo motor que tiene y que le ha costado tan caro - bromeó Grief, de buen talante.
Era evidente que el asunto del motor hería la susceptibilidad del capitán Warfield. Había suplicado e importunado a Grief hasta que éste dio su consentimiento.
- Ya verá como lo amortizamos - repuso el capitán -. Es­pere a ver. Es mejor que un seguro; y usted sabe muy bien que nadie querría asegurarnos el barco en las Tuamotú.
Grief señaló un pequeño cúter que avanzaba penosamente por la popa, siguiendo el mismo rumbo que ellos.
- Le apuesto cinco francos a que el pequeño Nuhiva nos da alcance y llega antes que nosotros.
- ¡Claro! - exclamó el capitán Warfield -. Tiene potencia más que suficiente. junto a esa navecilla, somos como un trasat­lántico, pero sólo tenemos cuarenta caballos de fuerza. Esa em­barcación tiene diez, y brinca sobre las olas como un plato. Sería capaz de saltar sobre la espuma del infierno. Sin embargo, no puede vencer esta corriente. Ahora va a diez nudos.
Y a diez nudos de promedio, cabeceando y sometido a un violento zarandeo, el Malahini salió a la mar libre con la ma­rea baja.
-Aflojará dentro de media hora, y entonces podremos en­trar en derechura - dijo el capitán Warfield, con una irritación que aclararon las palabras que pronunció luego -. Él no tiene derecho a llamarla Parlay. Figura en las cartas del Almirantazgo, y también en las francesas, con el nombre de Hikihoho. Bougain­ville la descubrió y le puso el nombre que le daban los indígenas.
- ¿Qué importa el nombre? - exclamó el sobrecargo, apro­vechando la conversación para detenerse cuando ya había intro­ducido los brazos en las mangas de la camiseta -. Ahí está, fren­te a nuestras propias narices; y también está ahí el viejo Parlay con sus perlas.
-¿Quién ha visto esas perlas? - preguntó Hermann, mi­rando a uno y a otro.
- Todo el mundo lo sabe - replicó el sobrecargo, y volvién­dose hacia el timonel, le dijo : Cuénteselo, Tai-Hotauri.
El canaca, satisfecho al advertir la importancia que de pronto cobraba, asió una cabilla y luego la soltó.
- Mi hermano bucea para Parlay durante tres o cuatro me­ses al año y me ha hablado mucho de las perlas. Hikihoho es un sitio muy bueno para la pesca de ostras perlíferas.
- Y los traficantes de perlas nunca han conseguido hacerle soltar una - interrumpió el capitán.
- Y dicen que el viejo tenía un buen puñado de ellas para Armande cuando embarcó hacia Tahití - dijo el sobrecargo.
- Eso fue hace quince años, y desde entonces ha ido aumen­tando el montón sin parar... Y también ha ido almacenando ma­dreperla. Todo el mundo la ha visto. Tiene cientos de toneladas. Dicen que ya ha limpiado de ostras la laguna. Tal vez esto ex­plica que haya anunciado la subasta.
- Si vende todo lo que tiene, podrá decirse que ningún año han producido tantas perlas las Tuamotú -comentó Grief.
- ¡Bueno! - estalló Mulhall, al que molestaba aquel calor húmedo tanto como a los demás-, ¿de qué demonios estás ha­blando? ¿Queréis decirme de una vez quién es ese viejo pesca­dor de ostras perlíferas y cómo ha reunido tantas perlas? ¿A qué viene tanto secreto?
- Hikihoho es propiedad del viejo Parlay - dijo el sobre­cargo -. Ese hombre, acumulando perlas año tras año, ha con­seguido amasar una verdadera fortuna. Hace unas semanas anun ció que mañana las subastará. ¿Veis esos mástiles de goleta que asoman sobre la laguna?
- Yo veo ocho - dijo Hermann.
- ¿Queréis saber por qué están esas goletas en un atolón de mala muerte como éste, que no produce en todo un año copra para cargar una sola embarcación? - preguntó el sobrecargo -. Pues están aquí para asistir a la subasta. También por la subasta hemos venido nosotros, y ésta es igualmente la causa de que el pequeño Nuhiva venga brincando a nuestra popa. Sin embargo, no alcanzo a comprender qué papel hará en la subasta ese bar­quichuelo. Su propietario y capitán es Narii Herring, un mestizo de judío inglés, que lo único que tiene es mucho nervio, muchas deudas y muchas notas de whisky. Para estas cosas es un genio. Sus deudas son tan astronómicas, que no hay en Papeete un solo comerciante que no esté interesado en que conserve la salud. Se desviven, por darle ocupación. No tienen más remedio. ¡Qué suerte la de ese tipo! En cambio, aquí me tenéis a mí. Yo no debo nada a nadie, y ¿qué he ganado con esto? Que si un día me diera un ataque en la playa y me quedara tendido en la arena, allí me dejarían, ya que mi muerte les importaría muy poco. Pero imaginaos que el accidentado fuera Narii Herring. ¿Qué no harían por salvarlo? Todo les parecería poco. Han depositado demasiado dinero en ese hombre para permitir que se muera así como así. Se lo llevarían a su casa y lo cuidarían como a un hijo. En resu­midas cuentas, que ya no hay hombres honrados y escrupulosos como aquellos de antes, que consideraban un deber sagrado pa­gar sus deudas.
- ¿Pero qué tiene que ver con la subasta ese Narii? - in­tervino el inglés, perdiendo los estribos. Y, encarándose con Grief, preguntó-: ¿Queréis explicarme de una vez qué pasa con esas perlas? Empezad por el principio.
- Tendréis que ayudarme de vez en cuando - advirtió Grief a sus compañeros cuando empezó -. El viejo Parlay es un tipo extraordinario. Por lo que sé de él, creo que está medio loco, aunque su locura no es peligrosa. En fin, ahí va la historia. Par­lay es un francés de pura sangre. En una ocasión me dijo que había nacido en París. Desde luego, su acento es el de un ver­dadero parisiense. Vino aquí en los viejos tiempos. Se dedicó al comercio y a todas las actividades relacionadas con él. Un día desembarcó en Hikihoho. Entonces se comerciaba como es de­bido, y llegó a la isla para traficar. En Hikihoho habitaban no más de cien míseros indígenas y Parlay se casó con la reina. La boda se celebró al estilo indígena. Cuando la reina murió, todo pasó a poder de Parlay. Entonces hubo una epidemia de saram­pión y apenas se salvaron una docena de indígenas. Parlay les dio alimentos, los hizo trabajar y ellos lo aceptaron como rey.
»La reina, antes de morir, había tenido una niña. Cuando Armande, que así se llamaba la hija de la reina, tenía tres años, Parlay la envió al convento de Papeete. Más tarde, cuando Ar­mande cumplió los siete u ocho, la mandó a Francia. ¿Os vais dando cuenta del modo de ser de Parlay? El mejor, el más aris­tocrático convento francés, no parecía lo bastante bueno a aquel reyezuelo acaudalado de las Tuamotú... Como bien sabéis, los franceses de la metrópoli no establecen diferencias de color. La niña fue educada como una princesa, y ella creyó que, efectiva­mente, era hija de un verdadero rey. También se imaginó que era blanca y jamás le pasó por la imaginación que existieran las ne­fastas diferencias raciales.
»Entonces sobrevino la tragedia. El viejo siempre había dado muestras de ser un hombre chiflado y caprichoso, y gobernó co­mo un déspota en Hikihoho, con la creencia de que al rey y a la princesa, es decir, a él y a su hija, no podía sucederles nada malo.
»Cuando Armande cumplió dieciocho años, Parlay envió a buscarla. Estaba podrido de dinero, como diría Bill, el yanqui. Se había hecho construir un caserón en Hikihoho y un grandioso y magnífico bungalow en Papeete. La princesa tenía que llegar en el buque correo de Nueva Zelanda, y él zarpó en su goleta hacia Papeete para recibirla en esta población. Tal vez habría conseguido hacer frente a la situación, pese a las habladurías de las comadres y la enemistad de otras gentes estúpidas de Papeete, si no hubiera tenido que enfrentarse con el huracán. ¿Os acor­dáis de aquel año en que Manu-Huni fue barrido por el oleaje y se ahogaron más de mil personas?
Todos asintieron y el capitán Warfield manifestó:
-Yo me hallaba a bordo del Magpie. El huracán arrojó a tierra al barco con toda su tripulación, incluido el cocinero, y la nave fue a parar a un cuarto de milla de la costa, quedando en el interior de un bosque de cocoteros que hay a la entrada de la bahía de Taiohae, cuyo puerto, según dicen, está construido a prueba de huracanes.
- Pues veréis - continuó Grief -. El viejo Parlay, que llevaba consigo un buen puñado de perlas, se encontró con el huracán y llegó a Papeete con tres semanas de retraso. Tuvo que reparar la goleta y tender media milla de anguilas de grada para que pudiera hacerse a la mar de nuevo.
»A todo esto, Armande estaba ya en Papeete. Nadie iba a verla. Ella, fiel a la etiqueta aprendida en Francia, había visitado al gobernador y al médico del puerto, y éstos la recibieron, pero no sus esposas, que ni estaban en casa para ella ni le devolvieron la visita. Aquella gente, con toda finura, le demostró que no tenía casa y que era una descastada, cosa que a ella ni siquiera le había pasado por el pensamiento.
»En el crucero francés iba un tenientillo algo ligero de cascos que le entregó su corazón, pero sólo pasajeramente. Ya os podéis imaginar lo que esto representó para aquella joven hermosa, de gustos refinados, educada como una aristócrata y, gracias a su dinero, en el más distinguido ambiente de la vieja Francia. Y también podéis suponer cuál fue el foral.
»En el bungalow había un criado japonés que presenció el desenlace y luego dijo que ella se había portado con el heroísmo de un samurai. Empuñó un estilete con toda calma, sin la menor muestra de desesperación, apoyó la punta en su pecho, sobre su corazón, y lo fue hundiendo poco a poco, con pulso firme.
»Después del drama llegó el viejo Parlay con sus perlas. En­tre ellas había una que valía, por sí sola, sesenta mil francos. Me lo dijo Peter Gee, que la vio y que fue el que ofreció por ella esta cantidad. El viejo tuvo un ataque de locura furiosa. Le pu­sieron una camisa de fuerza, lo encerraron en el club Colonial y allí estuvo dos días.
- Y un viejo indígena de las Tuamotú -dijo el sobrecar­go -, que era tío de su mujer, lo libró de la camisa de fuerza y del encierro.
- Y entonces el viejo Parlay - continuó Grief - empezó a cometer verdaderas atrocidades. Metió tres balas en el cuerpo del tenientillo.
- Que estuvo tres meses en el hospital - comentó el capi­tán Warfield.
- Y arrojó un vaso de vino a la cara del gobernador. Luego se batió con el médico del puerto y dio una tremenda paliza a sus criados indígenas. Después irrumpió impetuosamente en el hospital, causó grandes destrozos, rompió la clavícula y las cos­tillas a un enfermero y salió como un rayo. Con una pistola en cada mano, desafiando al jefe de policía y a todos sus agentes á que lo arrestasen, volvió a su goleta y zarpó hacia Hikihoho... Y dicen que desde entonces no ha salido de la isla.
El sobrecargo asintió.
- Eso ocurrió hace quince años y, en efecto, desde entonces no se ha movido de Hikihoho.
-Desde aquel día no ha hecho más que acumular perlas - dijo el capitán -. Es un viejo loco y no dice más que tonterías; pero a mí me pone el corazón en un puño. Es un finlandés de pies a cabeza.
- ¿Un finlandés? - preguntó Mulhall.
- Quiero decir que gobierna al tiempo a su antojo. Por lo menos, así lo creen los indígenas. Si lo dudáis, preguntádselo a Tai-Hotauri... Oye, Tai-Hotauri, ¿qué hace el viejo Parlay con el tiempo?
-Para eso es un verdadero demonio- respondió el cana­ca -. Lo digo porque lo sé. Si quiere viento fuerte, se levanta un verdadero ventarrón. Si no quiere viento, hay calma chicha.
- O sea - comentó Mulhall - que es un hechicero a carta cabal.
- No tendrán buena suerte los de las perlas - prosiguió Tai-Hotauri en su inglés chapurrado y moviendo la cabeza con un gesto que presagiaba lo peor -. Él dice vender para que ve­nir muchas goletas. Entonces él hace gran huracán, y todos hun­didos. Eso decirlo todos los indígenas.
El capitán Warfield sonrió sombríamente.
- Estamos en la estación de los huracanes - dijo -. Esa gente no anda desencaminada del todo. Ahora mismo se está preparando algo. Yo estaría mucho más tranquilo si el Malahini estuviera a mil millas de aquí.
- Ese viejo está un poco perturbado - concluyó Grief -. Yo he pensado mucho en esto y estoy seguro de que no está por completo en sus cabales. Hacía dieciocho años que sólo vivía para Armande. A veces, cree que su hija no ha muerto, que todavía ha de regresar de Francia. Ésta es una de las razones de que acumule perlas tan afanosamente. Odia a todos los hombres blancos sin excepción. Aunque, como os digo, a veces no cree que su hija haya muerto, no olvida en ningún momento que un hombre blanco fue la causa de su muerte.
-Pero, ¿dónde demonios está el viento? - gruñó el capi­tán al ver que las velas danzaban locamente sobre sus cabezas. El sudor corría a raudales por las caras, y todos hacían de vez en cuando profundas inspiraciones, tratando de procurarse más aire.
- ¡Aquí vuelve otra vez una ráfaga por la cuarta de ocho! ¡Aparejo de la botavara a la otra banda! ¡Hala!
Los canacas se movilizaron con rapidez, obedeciendo las ór­denes del capitán y durante cinco minutos la goleta embocó de frente el paso, e incluso navegó un trecho contra la corriente.
De nuevo cayó la brisa para volver a soplar del cuarto ante­rior, de modo que obligó a repetir la maniobra de las escotas y el aparejo.
-¡Ahí viene el Nuhiva! -gritó Grief -. ¡Ha puesto en marcha el motor! ¡Mirad cómo peina las olas!
- ¿Estamos a punto? - preguntó el capitán al maquinista, un mestizo portugués cuya cabeza y cuyos hombros asomaban por la pequeña escotilla de proa, y que se enjugaba el sudor de la cara con un trapo grasiento.
- ¡Pues claro! -respondió el maquinista.
- ¡Entonces, adelante!
El maquinista desapareció en su cubil, y un momento des­pués, el silencioso del tubo de escape empezó a toser y tabletear por la banda. Pero la goleta no pudo conservarse en cabeza: el pequeño cúter recorría un metro mientras ella avanzaba medio. Pronto lo tuvieron a su altura y en seguida vieron que los ade­lantaba.
En la cubierta del cúter había sólo unos cuantos indígenas, y el que estaba en la caña levantó el brazo y agitó la mano con un ademán burlón de saludo y despedida.
- Mira - dijo Grief a Mulhall : ese tipo corpulento que está en la caña es Narii Herring, el bribón de más nervio y me­nos conciencia que habita en estas islas.
Cinco minutos después un grito de alegría lanzado por los canacas del Malahini hizo que las miradas de Grief y sus compa­ñeros se fijaran en el Nuhiva. Al barquichuelo se le había parado el motor y lo estaban alcanzando. Los marineros del Malahini soltaron el aparejo y lanzaron alegres vítores al pasar al cúter, que, obligado por el viento a virar, era arrastrado por el reflujo.
- ¡Vaya motor que tenemos! - exclamó Grief entusiasmado, cuando vio que la laguna se extendía ante ellos y que la goleta ponía proa al fondeadero.
El capitán Warfield no podía ocultar su satisfacción, aunque se limitó a gruñir:
- Ya le he dicho que lo amortizaremos.
El Malahini tuvo que atravesar todo el centro de la flotilla antes de encontrar un lugar adecuado para echar el ancla.
- Allí está Isaacs, en el Dolly - observó Grief, agitando la mano en señal de saludo-. Y Peter Gee, en el Roberta. No es de los que se pierden una subasta de perlas como ésta. Y allí veo a Francini, con el Cactus. Todos los traficantes están aquí... No hay duda de que el viejo Parlay se hará pagar bien las perlas.
- Todavía no han conseguido reparar el motor por completo - dijo alegremente el capitán Warfield con su voz cavernosa, mirando al otro lado de la laguna, donde asomaba el velamen del Nuhiva entre los escasos cocoteros.


II
La casa de Parlay era una enorme construcción de madera, de dos pisos, edificada con troncos de California y provista de un techo de hierro galvanizado. Resultaba tan desproporcionada con el estrecho anillo del atolón, que dominaba la faja arenosa como una monstruosa excrecencia. Los del Malahini efectuaron la visita de cortesía inmediatamente después de fondear. En la gran sala había otros capitanes y compradores, examinando las perlas que saldrían a subasta al día siguiente. Sirvientes de las Tuamotú, indígenas de Hikihoho y parientes del dueño iban de un lado a otro, sirviendo whisky y ajenjo. Y entre aquella abi­garrada asamblea circulaba el propio Parlay con un acento de mofa y desprecio en su voz cascada, como lastimosa ruina del que antaño fuera un hombre alto y fuerte. Sus ojos, profundamente hundidos en las cuencas, estaban animados de un brillo febril; sus carrillos eran enjutos y fofos. El cabello parecía habérsele caído a trozos y su bigote y su perilla se desviaban hacia el mis­mo lado.
- ¡Por Jove! -murmuró Mulhall por lo bajo- Un Na­poleón III zanquilargo y consumido, tostado y resquebrajado por el fuego. ¡Y sarnoso por más señas! No me extraña que le caiga la cabeza a un lado. Tiene que mantener el equilibrio.
-Tendremos vendaval -dijo el viejo a Grief por toda sa­lutación- Deben de interesarte mucho las perlas para venir con un tiempo como éste.
-Por ellas valdría la pena ir al infierno -dijo Grief, si­guiéndole la corriente, mientras su vista se posaba en la mesa revestida por una capa de perlas.
-Otros han hecho el viaje con el mismo objeto - graznó el viejo Parlay -. ¡Mira ésta! - y señalaba una perla hermosa, perfecta, del tamaño de una pequeña nuez, que estaba aparte sobre un pedazo de gamuza -. En Tahití me ofrecieron sesenta mil francos por ella. Mañana me ofrecerán más, si no se los lleva el huracán. Esa otra la encontró mi primo, es decir, el primo de mi mujer. Era indígena, naturalmente, y también ladrón. A pesar de que era mía, la ocultó. Su primo, que también lo es mío (aquí todos somos parientes), lo mató para quitársela y huyó en un cúter a Noo-Nau. Yo salí en su persecución, pero el jefe de Noo­Nau ya lo había matado para apoderarse de la perla antes de que yo arribase a la isla. ¡Cuántos muertos están representados en esta mesa! ¿Una copa, capitán? Su cara no me es familiar. ¿Es usted nuevo en las islas?
- Es el capitán Robinson, del Roberta - dijo Grief, pre­sentándolos.
Entre tanto, Mulhall había estrechado la mano a Peter Gee.
- Nunca imaginé que hubiese tantas perlas en el mundo -dijo Mulhall.
- Yo no había visto nunca tantas perlas juntas - reconoció Peter Gee.
- ¿Cuánto deben valer?
-Cincuenta o sesenta mil libras..., y eso para nosotros, los compradores. En París...
Se encogió de hombros.
Malhalll enjugó el sudor que resbalaba por sus ojos. Todos sudaban copiosamente y jadeaban. No había hielo en la casa y tenían que tomar el whisky y el ajenjo tibios.
- ¡Sí! -dijo Parlay con su voz cascada-. En esa mesa hay muchos muertos. Yo conozco la historia de todas esas perlas. ¿Veis esas tres que son perfectamente iguales? Me las pescó un buceador de la isla de Pascua en menos de una semana. A la se­mana siguiente lo atrapó el tiburón, le arrancó un brazo y el buceador murió de gangrena... Y esa otra perla grande y deforme (vale muy poco: si mañana me dan por ella veinte francos podré darme por satisfecho) fue pescada a veintidós brazas de profun­didad. El pescador era de Rarotonga. Batió todas las marcas de buceo. Yo lo vi. Pero los pulmones le estallaron y murió a las dos horas entre espantosos gritos. Podía oírsele a varias millas a la redonda. Era el indígena más fuerte que he conocido. Seis de mis buzos han muerto de embolia gaseosa. Y aún morirán más hombres... ¡Sí, aún morirán más hombres!
-¡Basta ya de graznidos, Parlay! - gruñó uno de los ca­pitanes -. Verás como se levanta un fuerte viento.
- Si yo fuese joven y fuerte, zarparía inmediatamente - re­plicó el viejo con aquella voz que parecía de falsete a causa de la edad-. Sólo me quedaría en el caso de que tuviese el sabor del vino en la boca. Pero vosotros no os marcharéis; ninguno de vosotros se irá. Si hubiese creído que podíais zarpar, no os hu­biera advertido. No se puede ahuyentar a los buitres de la ca­rroña. ¡Tomad otra copa, mis bravos marineros! ¡Hay que ver lo que son capaces de hacer los hombres por unas cuantas depo­siciones de ostra! ¡Aquí las tenéis! Son hermosas, ¿eh? La su­basta empezará mañana a las diez en punto. El viejo Parlay liquida el negocio, y los buitres se reúnen... ¡El viejo Parlay, que en sus tiempos fue más fuerte que todos los buitres juntos y que aún espera verlos muertos a casi todos!
- ¡Qué viejo más repugnante! - susurró el sobrecargo del Malahini al oído de Peter Gee.
- Y si se alza el viento de verdad, ¿qué? - exclamó el capi­tan del Dolly -. Hikihoho nunca ha sido barrida por un huracán.
-Razón de más para que lo sea -replicó el capitán War­field -. Por eso yo no estoy tranquilo.
- ¿Ahora se queja? - dijo Grief en son de censura.
- Sentiría perder ese motor nuevo antes de haberlo amor­tizado - replicó el capitán Warfield, ceñudo.
Parlay atravesó la abarrotada estancia, brincando con asom­brosa agilidad, y se acercó a una pared de la que pendía un baró­metro náutico.
- ¡Venid a echar una mirada, mis bravos marineros! -gritó con voz jubilosa.
El que estaba más cerca miró el barómetro. El efecto que esta mirada le produjo se vio bien claro en su rostro.
-Ha bajado diez -se limitó a decir. Y todos le miraron con expresión ansiosa. Les dominaba una profunda inquietud, como si esperasen ser los primeros en recibir la muerte.
- ¡Escuchad! - dijo Parlay enérgicamente.
En el silencio que siguió pareció crecer el rumor de las rom­pientes de modo inusitado. Imponía aquel sordo y fragoroso bra­mido.
- Vamos a tener mar gruesa - dijo uno. Y este comentario provocó una desbandada hacia las ventanas, donde se apiñaron todos.
A través de los escasos cocoteros, contemplaron la mar. Una ordenada sucesión de olas redondas y enormes avanzaban hasta romper contra los arrecifes de coral. Durante unos minutos todos contemplaron aquel insólito espectáculo, cambiando breves su­surros. En aquellos minutos todos pudieron ver que las olas aumentaban de tamaño. Era algo espeluznante el espectáculo de la mar alzándose en medio de aquella calma chicha. Inconsciente­mente, todos hablaron más bajo aún. De pronto, el viejo Parlay los asustó al empezar a decir con su voz cascada:
- Todavía tenéis tiempo de haceros a la mar, mis valientes amigos. Podéis remolcar los barcos por la laguna con vuestras balleneras.
- No hay que inquietarse, amigos - dijo Darling, el segundo del Cactus, un membrudo joven de veinticinco años. - El chu­basco pasará por el Sur y no nos alcanzará. No nos llegará ni un soplo de aire.
Una expresión de alivio apareció en todos los rostros. Las conversaciones se reanudaron y las voces cobraron energía. Al­gunos traficantes incluso volvieron junto a la mesa para seguir examinando las perlas. La voz cascada de Parlay se hizo más aguda.
- ¡Aunque llegase el fin del mundo, vosotros seguiríais tra­ficando!
- Mañana compraremos estas perlas - le aseguró Isaacs.
- ¡Mañana sólo podríais comprarlas en el infierno!
El coro de risas incrédulas enfureció al viejo, que se volvió hacia Darling hecho un basilisco.
- ¿Cómo es posible que un crío como tú se las dé de cono­cer las tempestades? ¿Quién ha trazado en los mapas los cursos de los huracanes en las Tuamotú? ¿En qué libros se encuentran? Yo navegaba por las Tuamotú antes de que el más viejo de voso­tros respirase. ¡Por eso sé lo que no sabéis vosotros! Hacia el Este, el curso de los huracanes describe una curva tan amplia, que es casi una línea recta. Por el Oeste, o sea aquí, trazan una curva cerrada. Acordaos de las cartas marinas. ¿Por qué el hu­racán del 91 barrió Auri y Hiolau? ¡La curva, muchachos, la curva! Dentro de una hora, de dos, o de tres a lo sumo, se alzará el viento... ¿Oís?
Un amplio y fragoroso embate sacudió los cimientos coralinos del atolón. La casa entera tembló. Los criados indígenas, con las botellas de whisky y ajenjo en las manos, se apiñaron temerosos, como en busca de mutua protección, y, con el miedo pintado en sus semblantes, miraron por las ventanas las enormes olas que subían por la playa y llegaban hasta el extremo de un cobertizo de copra.
Parlay consultó el barómetro, soltó una risita burlona y miró de reojo a sus invitados. El capitán Warfield se acercó en dos zancadas y echó una mirada al barómetro.
- ¡Veintinueve con setenta y cinco! - leyó en voz alta. - Ha bajado cinco más. Este viejo diablo tiene razón. El huracán se nos viene encima... Hagan ustedes lo que quieran. Yo me voy - a bordo.
-Está oscureciendo -gimoteó Isaacs.
- ¡Por Jove! Esto parece un teatro - dijo Mulhall a Grief, consultando su reloj -. No son más que las diez de la mañana y cualquiera diría que está anocheciendo. ¡Apagad las luces para el momento cumbre de la tragedia! ¡Maestro: música solemne!
Como en respuesta a estas palabras, otro embate fragoroso sacudió la casa y el atolón. Reprimiendo a duras penas su pánico, el grupo se dirigió a la puerta. Bajo aquella tétrica luz, los rostros sudorosos tenían un aspecto horrible, cadavérico. Isaacs jadeaba como un asmático en aquel calor asfixiante.
- ¿A qué tanta prisa? - dijo Parlay entre risas, mofándose de sus invitados -. ¡Una última copa, mis valientes amigos!
Nadie le hizo caso, y cuando todos se dirigían a la playa por el sendero bordeado de conchas, el viejo asomó la cabeza por la puerta y les gritó:
- ¡No lo olviden, caballeros: mañana a las diez el viejo Parlay vende sus perlas!


III
En la playa reinaba gran agitación. Bote tras bote, se llena­ban de hombres a toda prisa y se separaban del costado de los barcos. La oscuridad se había hecho aún más profunda. Aquella calma de mal agüero continuaba y la arena retemblaba bajo los pies de los marinos cada vez que el mar rompía en la costa ex­terior del islote. Narii Herring andaba tranquilamente por la arena, sonriendo al ver la prisa que se daban los capitanes y los traficantes. Le acompañaban tres de sus canacas y también Tai­Hotauri.
- Sube al bote y toma un remo - ordenó el capitán War­field a este último.
Tai-Hotauri se acercó con paso airoso mientras Narii Herring y sus canacas se detenían para contemplar la escena a una docena de metros de distancia.
- Yo no trabajar más para ti, patrón - dijo Tai-Hotauri con voz fuerte e insolente; pero haciendo un guiño que desmen­tían sus palabras -. Despídame, patrón - añadió roncamente, haciendo un segundo guiño significativo.
El capitán Warfield le comprendió y siguió la farsa. Blandió el puño y dijo con voz de trueno:
- ¡Sube al bote, sinvergüenza, o te abro en canal!
El canaca dio un paso atrás, haciendo grandes aspavientos. Grief se interpuso entre ambos y trató de aplacar las iras de su capitán.
-Yo ir a trabajar en el Nuhiva-dijo Tai-Hotauri, yendo a incorporarse al otro grupo.
- ¡Ven aquí ahora mismo! - le amenazó el capitán.
- Es un hombre libre, capitán - intervino Narii Herring -. Este hombre ya ha navegado conmigo y ahora volverá a navegar. Ni más ni menos.
- ¡Hala! Vamos a bordo - le apremió Grief -. ¡Mira: la oscuridad es cada vez mayor!
El capitán Warfield cedió, pero cuando el bote se apartó de la orilla, se irguió con toda su estatura y amenazó con el puño a los que quedaban en tierra.
- ¡Ya te ajustaré las cuentas, Narii! - vociferó -. Tú eres el único patrón del grupo que roba los hombres a los demás. Se sentó y se preguntó en voz baja:
- ¿Qué se traerá entre manos Tai-Hotauri? No hay duda de que se propone algo, pero ¿qué será?


IV
Cuando el bote se arrimó al Malahini, la cara ansiosa de Her­mann asomó por la borda.
- El barómetro ya no puede bajar más - anunció -. El huracán no puede tardar. He hecho reforzar el ancla de estribor.
- Refuerza la mayor también - dijo el capitán Warfield -. ¡Y vosotros, izad este bote! Bajadlo a cubierta y aseguradlo bien, con la quilla hacia arriba.
En las cubiertas de todas las goletas los marineros maniobra­ban afanosamente. Se oía un gran estrépito de cadenas, y ahora una embarcación, después otra, viraban para ponerse a la capa, fondeando una segunda ancla.
Lo mismo que el Malahini, todos los barcos que disponían de una tercera ancla se preparaban para echarla cuando se viera de qué cuarta soplaría el viento.
El bramido del oleaje iba en aumento, aunque la laguna es­taba inmóvil como un espejo. No se percibía la menor señal de vida en el caserón de Parlay, que parecía hallarse suspendido sobre la arena. Los cobertizos donde se guardaban los botes y la copra, y los que se utilizaban para almacenar la madreperla, es­taban desiertos.
- De buena gana levaría anclas y zarparía - dijo Grief. - Si tuviéramos mar abierta ante nosotros lo haría, pero esas cadenas de atolones por el Norte y el Este nos tienen acorralados. Aquí tenemos más probabilidades de éxito. ¿Qué opina usted, capitán Warfield?
- Estoy de acuerdo, aunque una laguna no es lugar adecuado para capear un temporal. ¿Por dónde comenzará el baile? ¡Mi­ten! ¡Ya danza uno de los cobertizos de Parlay!
Todos vieron cómo el cobertizo de la copra, de techumbre de bálago, se alzaba y se hundía inmediatamente, mientras las aguas espumantes saltaban por encima de la cresta de arena y corrían hasta la laguna.
- ¡Ha pasado una ola! -exclamó Mulhall -. No está mal para empezar. ¡Ahí va otra!
Los restos del cobertizo fueron levantados y arrojados a la izquierda, sobre la cresta arenosa. Una tercera ola los hizo mil pedazos, y éstos bajaron por la playa hacia la laguna.
- ¡Ojalá soplase de una vez! - gruñó Hermann -. ¡Me estoy ahogando de calor! Estoy más seco que una estufa. Abrió de un tajo un coco, utilizando su pesado machete, y apuró su contenido. Los demás le miraron. Hermann se detuvo sólo una vez para ver cómo uno de los cobertizos de madreperla de Parlay se desmoronaba. El barómetro marcaba en aquel mo­mento 29,50.
- Debemos de estar muy cerca del centro de la zona de bajas presiones - observó Grief alegremente -. Es la primera vez que atravieso el centro de un ciclón. Tú también tendrás una experiencia de las que no se olvidan, Mulhall. Por la velocidad con que baja el barómetro, el ciclón será tremendo.
El capitán Warfield lanzó un gruñido y todos los ojos se vol­vieron hacia él. Estaba recorriendo con los gemelos la laguna hacia el Sudeste.
- ¡Ahí viene! - dijo con voz tranquila.
No hacían falta gemelos para verlo. Una película volante de extraño contorno parecía arrastrarse por la superficie de la lagu­na. Precediéndola y avanzando con la misma rapidez a lo largo del atolón se observaba un movimiento de inclinación de los co­coteros y una nube de hojas arrastradas por el vendaval. En el agua, el frente del ciclón era una franja claramente perceptible de aguas sombrías y azotadas por el viento. Precediendo a esta franja, como merodeadores, se veían ráfagas brillantes. Detrás de esta zona comenzaba una extensión, de unos cuatrocientos me­tros de ancho, de aguas tranquilas como un espejo. Después venía otra faja oscura de viento, y, tras ella, la laguna no era más que una mancha blanca, revuelta y espumosa.
- ¿Qué significa esa zona de calma? - preguntó Mulhall.
- Pues eso: calma - respondió Warfield.
- Pero avanza tan de prisa como el viento - dijo Mulhall.
- Así ha de ser: si el viento la alcanzara, la calma desapare­cería. Es un ciclón de doble cabeza. Una vez vi uno parecido a la altura de Savaii. Era un turbión doble de gran potencia. Cayó como un ariete sobre nosotros; luego se calmó, y después nos azotó de nuevo. Sujetaos bien y aguantad. Ya lo tenemos encima. ¡Mirad al Roberta!
El Roberta, que estaba fondeado con cadenas flojas más cerca del viento, fue barrido de costado como una paja, hasta que sus cadenas lo detuvieron poniéndolo proa al viento, con un tre­mendo tirón.
Una goleta tras otra - y el Malahini entre ellas - iban sufriendo los embates de las primeras rachas y se afianzaban en sus cadenas tirantes.
Mulhall y algunos canacas perdieron el equilibrio y cayeron cuando el Malahini se afianzó con un fuerte tirón de su ancla.
De pronto, el viento cesó. La zona de calma les había alcan­zado. Grief encendió una cerilla y la llama ardió sin fluctuar ex­puesta al aire inmóvil. La luz era escasa, tenue como un res­plandor crepuscular. El cielo nuboso, que había permanecido bajo durante horas, parecía haber descendido sobre el mar.
El Roberta tiró de las cadenas del ancla cuando recibió el embate del segundo frente del ciclón, y lo mismo hicieron una goleta tras otra en sucesión rapidísima. La mar, espumante y furiosa, parecía hervir en multitud de pequeñas olas danzarinas. La cubierta del Malahini vibraba bajo los pies de sus tripulantes. Las tirantes drizas tamborileaban contra la arboladura, y todo el aparejo, como si fuese pulsado por una mano de gigante, empezó a zumbar locamente. Era imposible respirar de cara al viento. Mulhall, acurrucado con sus compañeros tras el refugio que les ofrecía el camarote, tuvo experiencia de ello. Sus pulmones se llenaron en un instante de una cantidad tan enorme de aire, que, al no poder expulsarlo, casi se ahogó antes de volver la cabeza.
- ¡Es inaudito! - exclamó. Pero nadie oyó sus palabras.
Hermann y varios canacas se deslizaban hacia la proa con manos y rodillas, para echar la tercera ancla. Grief tocó el codo del capitán Warfield y le indicó el Roberta, que se les venía en­cima. Warfield pegó la boca al oído de Grief y gritó:
- ¡Nosotros también vamos a la deriva!
Grief saltó hacia la rueda del timón y lo metió todo a una banda, haciendo virar al Malahini a babor. La tercera ancla hincó la uña en el fondo y aguantó, y el Roberta pasó a su altura, de popa, a una docena de metros de distancia. Sus tripulantes agitaron las manos para saludar a Peter Gee y al capitán Ro­binson, que, con varios marineros, trabajaban afanosamente en la proa.
- ¡Están quitando los grilletes! - vociferó Grief -. ¡Van a intentar salir! ¡No tienen más remedio! ¡El ancla les patina!
- ¡Ahora aguantamos! -le contestaron a gritos-. Allá va el Cactus contra el Missi. ¡Están perdidos!
El ancla del Misi aguantaba, pero el empuje adicional del Cactus fue demasiado: las dos goletas se enzarzaron, y fueron arrastradas por las aguas blancas e hirvientes. Sus hombres, ar­mados de hachas, luchaban desesperadamente por separarlas. El Roberta, libre de sus anclas, con un trozo de lona izado en proa, se dirigía hacia el paso que se abría en el extremo noroeste de la laguna. Vieron cómo lo atravesaba y salía al mar. Pero el Misi y el Cactus, incapaces de separarse, embarrancaron en el atolón a cosa de media milla del paso.
El viento no cesaba de aumentar. Había que apelar a todas las fuerzas propias para hacerle frente. Tras varios minutos de luchar con él, reptando por la cubierta, todos estaban agotados. Hermann y sus canacas desplegaban una afanosa actividad, atando y asegurando esto y aquello, y poniendo nuevos tomadores en las vergas. El viento rasgaba y arrancaba las leves camisetas del torso de los hombres. Éstos se movían lentamente, como si sus cuerpos pesaran toneladas, sin soltar un asidero hasta haberse asegurado a otro. Los chicotes permanecían en posición horizontal, y des­pués de dar una serie de latigazos, sus extremos, raídos y deshi­lachados, eran arrebatados por el viento.
Mulhall tocó el hombro de dos de sus compañeros y luego señaló la playa. Los cobertizos donde se almacenaba la hierba habían desaparecido y la casa de Parlay se bamboleaba como si estuviera ebria. Al soplar el viento a lo largo del atolón, la casa había quedado protegida por las largas hileras de cocoteros; pero las impotentes olas que saltaban la barrera exterior empezaban a azotarla y hacerla pedazos. Ya muy inclinada sobre la pendiente arenosa, su fin era inminente. En algunos cocoteros se veían per­sonas que se habían atado a sus troncos. Los árboles no se balan­ceaban. Inclinados por el viento, permanecían en esta posi­ción, vibrando con monstruosa violencia. Por debajo de ellos, al otro lado de la arena, se alzaba la blanca espuma de las rom­pientes.
Olas enormes recorrían toda la laguna, pues tenían espacio más que suficiente para crecer en su recorrido de diez millas desde la orilla de barlovento del atolón, y todas las goletas se encabritaban y se hundían de cabeza en el oleaje. El Mala­hini había empezado ya a hundir la proa y el castillo bajo las olas mayores, y a veces tenía el combés lleno de agua hasta las bordas.
-¡Ha llegado el momento de hacer funcionar su motor! -gritó Grief con voz estentórea, y el capitán Warfield, arrastrán­dose hasta donde estaba echado el maquinista, le transmitió enér­gicamente las órdenes.
Con el motor en marcha y puesto en avante toda, el Malahini capeaba mejor el temporal. Aunque continuaba embarcando mu­cha agua por la proa, no era zarandeado tan rudamente por los tirones de las anclas. Por otra parte, no podía aflojar la tensión de las cadenas. Lo más que podían hacer sus cuarenta caballos era aliviar un poco el esfuerzo de las anclas.
El viento seguía aumentando. El pequeño Nuhiva, fondeado a proa del Malahini y más cerca de la playa, con el motor aún averiado y su capitán en tierra, lo estaba pasando muy mal. Se hundía de proa con tanta frecuencia y tan profundamente, que todos se preguntaban en cada inmersión si volvería a emerger.
A las tres de la tarde, cubierto por una segunda ola antes de que pudiese librarse de la precedente, ya no reapareció.
Mulhall miró a Grief.
- ¡El agua ha entrado por las escotillas! - vociferó el se­gundo.
El capitán Warfield señaló al Winifred, una pequeña goleta que cabeceaba y se hundía en las olas por una banda, y gritó algo al oído de Grief, algo que éste captó a retazos, confusamente, con intervalos de silencio, porque el viento desencadenado se llevaba algunas palabras.
- ¡Un cascarón desvencijado...! ¡Las anclas aguantan...! ¡No comprendo cómo no se deshace...! ¡Más viejo que el arca de Noé!
Una hora después, Hermann se lo señaló con un gesto. Había perdido las bitas de proa, el trinquete y casi toda la obra muerta de proa, pues las sacudidas del ancla se la habían arrancado. Giró hasta quedar de costado, bamboleándose entre dos olas y hun­diéndose de proa, y de este modo fue arrastrado por la mar a sotavento.
Sólo quedaban ya cinco barcos, y el Malahini era el único de ellos que tenía motor. Temiendo correr la misma suerte que el Nuhiva o el Winifred, dos de ellos siguieron el ejemplo de Ro­berta: quitaron los grilletes de las cadenas y partieron en busca del paso. El Dolly fue el primero, pero el vendaval le arrebató la lona y se estrelló contra la costa de sotavento del atolón, cerca del Misi y del Cactus. Sin que eso lo amedrentase, el Moana rompió sus amarras y zarpó, con el mismo resultado.
-Es un motor magnífico, ¿verdad? - vociferó el capitán Warfield al oído de su propietario.
Grief le estrechó la mano entre las suyas.
-Lo estamos amortizando -gritó- ¡El viento está ca­yendo hacia el Sur y esto facilitará las cosas!
Lenta y regularmente, pero aumentando cada vez más su ve­locidad, el viento cayó al Sur-Sudoeste, y las tres goletas que que­daban allí apuntaron directamente hacia la playa. El huracán se llevó los restos de la casa de Parlay y los arrojó a la laguna, hacia ellos. Los destrozos materiales pasaron sobre el Malahini sin to­carlo, para estrellarse contra el Papara, fondeado a un cuarto de milla por la popa. Los tripulantes de este barco empezaron a trabajar como poseídos en la proa, y en un cuarto de hora consi­guieron librarse de los restos de la casa. Pero, a causa de la coli­sión, el Papara había perdido el trinquete y el bauprés.
En el lado de tierra, a babor del Malahini, estaba fondeado el Tahaa, embarcación esbelta, de líneas de yate, pero excesiva­mente arbolada. Sus anclas resistían aún, pero su capitán, al ver que el viento no amainaba, procedió a reducir la resistencia que la arboladura ofrecía al viento, abatiendo a hachazos sus mástiles.
- ¡Un motor magnífico, sí! - gritó Grief, felicitando a su capitán -. De momento, nos salva los palos.
El capitán Warfield movió la cabeza en señal de duda.
Las aguas de la laguna se calmaron rápidamente al cambiar el viento, pero empezó a dejarse sentir el oleaje de la mar em­bravecida, que saltaba por encima del atolón. Quedaban muy pocos árboles en pie. Algunos se habían partido, otros estaban arrancados de raíz. Vieron como un árbol se quebraba por la mitad, con tres personas aferradas a su copa, que el viento arrojó a la laguna. Dos se separaron de la copa y nadaron hacia el Tahaa. No mucho después, poco antes de que cayese la noche, vieron como un hombre saltaba por la borda desde la proa de aquella goleta y nadaba enérgicamente hacia el Malahini, a través de las blancas y arremolinadas olas.
- Es Tai-Hotauri - exclamó Grief -. Ahora sabremos lo que ha pasado.
El canaca se aferró al barbiquejo, trepó a la proa y luego, arrastrándose, se dirigió a popa. Le dieron tiempo para recobrar el aliento, y entonces, tras el precario refugio que ofrecía el ca marote, con frases entrecortadas, ademanes y gestos, les refirió lo siguiente:
- Narii... ¡Maldito ladrón... ! Él querer robar... perlas... Matar Parlay... Un hombre matar Parlay... No saber cuál... Tres canacas, Narii, yo... cinco judías... sombrero... Narii decir una judía ser negra... Nadie saber... Matar Parlay... Narii maldito embustero... Todas las judías negras... Cinco negras... Cober­tizo de copra oscuro... Todos sacaron judías negras... Venir gran viento... Mala suerte... No poderse hacer... Todos subir al ar­bol... Traer mala suerte, las perlas, yo decir antes..., mala suerte. - ¿Dónde está Parlay? - vociferó Grief.
- Subido al árbol... Tres de sus canacas en el mismo árbol; Narii y un canaca en otro árbol... Mi árbol irse volando al in­fierno. Entonces yo subir a bordo.
- ¿Dónde están las perlas?
- En árbol con Parlay. Tal vez Narii ya tener perlas.
Grief, acercando la boca al oído de cada uno de sus compa­ñeros, fue contándoles a gritos las revelaciones de Tai-Hotauri. El capitán Warfield fue el que más se enfureció: todos vieron cómo rechinaban sus dientes.
Hermann bajó a la bodega y volvió con un farol de coche, pero apenas lo levantó por encima del camarote, el vendaval lo apagó. Tuvo más suerte con la lámpara de la bitácora, que sólo pudieron encender tras reiterados intentos.
-Bonita noche de viento-vociferó Grief al oído de Mul­hall-. ¡Y cada vez sopla con más fuerza!
- ¿Qué velocidad le calculas?
- Ciento cincuenta kilómetros por hora... Tal vez mucho más... ¡Qué sé yo ...! Pero, desde luego, es el ventarrón más fuerte que he visto.
La laguna estaba cada vez más agitada a causa de las olas que barrían el atolón. Centenares de millas cuadradas del océano arrastradas por el huracán contrarrestaban los efectos apacigua­dores de la bajamar. Inmediatamente, la marea empezó a subir y las olas crecieron a ojos vistas. La luna y el viento concertados amontonaban las aguas del sur del Pacífico sobre el atolón de Hikihoho.
El capitán Warfield regresó de una de sus periódicas visitas de inspección a la sala de máquinas y dio la noticia de que el maquinista se había desvanecido.
- ¡No puedo permitir que el motor se pare! - concluyó con un gesto de impotencia.
- ¡Bien! - gritó Grief -. Subid al maquinista a cubierta. Yo lo relevaré.
Al fijarse los listones de los encerados de la escotilla de la sala de máquinas, sólo podía llegarse a ella a través de un estrecho pasadizo que partía del camarote. El calor y las emanaciones de la gasolina hacían la atmósfera sofocante. Grief examinó apresu­radamente el motor y los avíos de la reducida pieza y luego apagó de un soplo la lámpara de petróleo. Después siguió trabajando a oscuras, contando únicamente con el resplandor de los incon­tables cigarros que iba a encender al camarote. A pesar de que era un hombre de temperamento sosegado, pronto empezó a acu­sar el esfuerzo que representaba verse encerrado con un mons­truo mecánico que jadeaba, sollozaba y lo ensuciaba todo en aque­lla ruidosa oscuridad. Desnudo de cintura arriba, cubierto de grasa y aceite, lleno de cardenales y desolladuras causados por golpes que recibía con el bamboleo y los saltos del barco, dándole vueltas la cabeza al respirar aquella mezcla de gases, trabajó allí hora tras hora. Acariciaba, deducía, cuidaba y maldecía al motor y a todas sus piezas sucesivamente. El fuego empezó a fallar. La alimentación fue peor aún y, para colmo de desdichas, los pis­tones empezaron a recalentarse. En una consulta que celebraron en el camarote, el maquinista mestizo suplicó insistentemente que parasen el motor durante media hora, para que se enfriase y pu­dieran reparar la circulación del agua.
El capitán Warfield se opuso rotundamente. El mestizo ju­raba y perjuraba que el motor se estropearía y se pararía de todos modos, y que, cuando esto ocurriese, el mal ya no tendría reme­dio. Grief, con ojos llameantes, molido y cubierto de grasa, em­pezó a maldecirlos a grandes voces, haciéndoles callar y empe­zando a dar órdenes por su cuenta. Mulhall, el sobrecargo y Hermann se pusieron a trabajar en el camarote, colando y fil­trando dos y tres veces la gasolina.
Se abrió a hachazos un agujero en el piso de la sala de má­quinas, y un canaca refrescó los cilindros con agua de la sentina, mientras Grief continuaba lubricando las piezas que sufrían fricción.
-No sabía que fuese usted un experto en el uso de la gaso­lina - observó el capitán Warfield con admiración cuando Grief subió al camarote para respirar un poco de aire menos impuro.
- Me baño en gasolina - respondió él, rechinando con fu­ror los dientes -. Me la bebo y...
Nunca se supo a qué otros usos la destinaba, porque en aquel momento todos los hombres que ocupaban el camarote, así como la gasolina que estaban filtrando, fueron arrojados hacia delante y chocaron violentamente con el mamparo: el Malahini había picado bruscamente de proa. Durante varios minutos, incapaces de ponerse en pie, todos rodaron de un lado a otro, dando con su cuerpo contra los tabiques. La goleta, asaltada por tres enor­mes olas, crujía, gemía, se estremecía. El paso del agua que había embarcado la cubierta le hacía comportarse como un leño inerte.
Grief se acercó al motor, arrastrándose, mientras el capitán Warfield esperaba el momento de poder deslizarse por el pasillo hasta cubierta.
Tardó media hora en volver.
- ¡La ballenera ha desaparecido! - exclamó -. ¡Lo mismo que la cocina! ¡El mar lo ha barrido todo, excepto la cubierta y las escotillas! ¡Si no hubiese estado el motor en marcha, no hu­biésemos tenido salvación! ¡Por Dios y todos los santos, que no se pare!
A medianoche el maquinista ya tenía los pulmones y la cabeza lo bastante despejados y libres de gases para poder ir a relevar a Grief, el cual subió a cubierta para despejarse a su vez. Una vez allí, se unió a los demás, que estaban agachados detrás del cama­rote, al que se aferraban con las manos, además de haberse ase­gurado con cuerdas atadas a la cintura. Estaban materialmente amontonados, porque era el único sitio de refugio para los ca­nacas. Algunos de ellos habían aceptado la invitación del patrón y entrado en el camarote, pero en seguida salieron, huyendo de los gases tóxicos. El Malahini se hundía por la parte de proa con frecuencia, y era barrido por el oleaje, de modo que sus tripulan­tes respiraban una mezcla de aire, espuma y agua de mar.
- ¡Vaya tiempo, Muthall! -vociferó Grief a su invitado entre dos inmersiones.
Mulhall, ahogándose, dando boqueadas, apenas pudo asentir con la cabeza. Los imbornales no podían dar salida a la cantidad de agua que inundaba la cubierta. El barco se inclinaba sobre una y otra banda y, al escorar, arrojaba el agua sobre la borda, a veces con la proa apuntando al cielo, mientras su quilla se hun­día y el agua se precipitaba como un alud hacía la popa. Entonces se introducía por los corredores de la toldilla, saltaba por encima del camarote, anegando y contusionando a los que se aferra­fan a él, y finalmente caía en forma de cascada por la borda de popa.
Mulhall fue el primero en verlo y señalárselo a Grief. Era Narii Herring, agazapado y asido en un lugar donde la macilenta luz de la bitácora lo iluminaba. Iba completamente desnudo. Lo único que llevaba sobre su cuerpo era un cinturón y un cuchillo cuya hoja sin funda quedaba entre el cinto y su piel.
El capitán Warfield se destacó y pasó por encima de los cuer­pos de los demás. Cuando su cara se hizo visible a la luz de la bitácora, la cólera se pintaba en ella. Todos vieron que gritaba, pero el viento se llevó sus imprecaciones. No quiso acercar sus labios al oído de Narii, como éste le pedía: se limitó a señalarle la borda. Narii Herring le comprendió. Mostró su blanca denta­dura en una sonrisa burlona y se irguió en toda su magnífica apostura.
- ¡Es un asesino! -gritó Mulhall a Grief.
-¡Ha asesinado al viejo Parlay! -respondió Grief, tam­bién a gritos.
Por unos instantes, la popa estuvo libre de agua, y el Mala­hini se mantuvo equilibrado. Narii, con paso jactancioso, intentó dirigirse a la borda, pero el viento lo derribó. Entonces prosiguió su marcha arrastrándose hasta desaparecer entre las tinieblas. Todos estaban seguros de que había saltado por la borda. El Malahini se hundió profundamente de proa, y cuando salió de la ola que barrió longitudinalmente la cubierta, Grief gritó al oído de Mulhall:
- ¡No nos libraremos de él! ¡Es el hombre-pez de Tahití! ¡Cruzará la laguna y saldrá por el otro lado del atolón...! ¡Claro que si el atolón no desaparece!
Cinco minutos después una nueva ola los sumergió, y enton­ces cayeron sobre ellos, después de pasar sobre el camarote, tres cuerpos humanos. Los tripulantes del Malahini los retuvieron, y cuando el agua se escurrió, los llevaron abajo para ver quiénes eran. Allí estaba el viejo Parlay, echado de espaldas sobre el piso, con los ojos cerrados y sin hacer el menor movimiento. Los otros dos eran sus primos indígenas. Los tres estaban desnudos y cubiertos de sangre. El brazo de uno de los canacas pendía a su lado, roto e inerte. El otro canaca sangraba copiosamente: tenía una gran herida en el cráneo.
- ¿Es obra de Narii? - preguntó Mulhall. Grief movió ne­gativamente la cabeza.
-No; estas heridas las han recibido al ser arrastrados por la cubierta y sobre el techo del camarote.
Algo cesó de pronto. Todos quedaron sumidos en una mezcla de confusión e incertidumbre. De momento, les costó comprender que el viento había cesado: su interrupción había sido tan súbita como si lo hubieran partido. La goleta se mecía y cabeceaba, dando tirones a sus anclas, con unos crujidos que por primera vez pudieron oír los tripulantes. Asimismo, oyeron por primera vez el agua que se deslizaba sobre la cubierta. El maquinista puso el motor en punto muerto para que descansara.
- Estamos en el centro del ciclón - dijo Grief -. Ahora, a esperar el cambio. El viento volverá con tanta fuerza como antes.
Miró el barómetro y leyó en voz alta:
- Veintinueve coma treinta y dos.
Le fue imposible bajar de súbito la voz después de estar va­rias horas gritando para que le oyeran pese a los bramidos del viento, y se expresó tan sonoramente en aquel silencio, que sus palabras hirieron los tímpanos de sus compañeros.
- Tiene todas las costillas rotas - dijo el sobrecargo, pal­pando el costado de Parlay ---. Todavía respira, pero no se salvará.
El viejo Parlay gimió, movió un brazo con un gesto de im­potencia y abrió los ojos. La luz que en ellos brilló demostraba que había reconocido a los que le rodeaban.
- Mis valientes caballeros - tartajeó con voz susurrante -, no olviden la... subasta... A las diez... ¡en el infierno!
Sus párpados se cerraron y su mandíbula quedó colgando, inerte. Pero el viejo aún consiguió sobreponerse y lanzó una úl­tima y burlona carcajada, una risita cascada.
Otra vez comenzó la danza infernal. De nuevo se oyó el bra­mido familiar del viento. El Malahini lo recibió de costado y viró casi por completo antes de que las anclas le pudieran sujetar. Éstas lo pusieron proa al viento y, al fin, lo detuvieron en seco, mediante un fuerte tirón. Entonces el barco se mantuvo en equi­librio, y como se embragó la hélice, el motor tuvo que volver a funcionar.
- ¡Viene del Noroeste! - gritó el capitán Warfield a Grief cuando éste subió a cubierta -. ¡Ha saltado ocho puntos de golpe!
- Narii ya no podrá atravesar la laguna - observó Grief. - O sea que el viento nos lo devolverá... ¡Mala suerte!


V
Cuando hubieron cruzado el centro del ciclón, el barómetro empezó a subir. No fue menos rápida la caída del viento. Y cuan­do éste no era ya sino un ventarrón normal, el motor saltó por el aire, abandonando la bancada, con un último y convulsivo esfuer­zo de sus cuarenta caballos. Quedó de costado, mientras de la sentina salía un surtidor de agua que fue a caer sobre él silbando y levantando nubes de vapor.
El maquinista empezó a lloriquear, consternado, y Grief, tras dirigir una tierna mirada al cadáver del motor, entró en el ca­marote y empezó a quitarse la grasa que cubría su pecho y sus brazos, frotándolos con un puñado de cabos de algodón.
El sol estaba en lo alto del cielo y soplaba una suave brisa estival cuando Grief volvió a la cubierta, no sin antes haber dado varios puntos en la cabeza a uno de los canacas y haber entabli­llado el brazo del otro.
El Malahini estaba muy cerca de la playa. Hermann y la tri­pulación trabajaban en la proa, tratando de deshacer el enredo de las anclas.
Del Papara y el Tahaa no se veía ni rastro. El capitán War­field escudriñaba con sus gemelos la orilla opuesta del atolón.
- No ha quedado nada de ellos - dijo -. He aquí las con­secuencias de no llevar motor. Sin duda, fueron arrastrados a la orilla de enfrente antes de que el viento cambiase.
En el lugar donde se había alzado la casa de Parlay no que­daba el menor vestigio de ella. En los trescientos metros de es­pacio por donde el mar había penetrado en la tierra no había quedado en pie un solo árbol. Ni siquiera se veía un simple tocón. Más lejos, se alzaban aquí y allá algunas palmeras, pero la mayoría de ellas habían sido arrancadas por su base, al nivel del suelo.
Tai-Hotauri aseguró que veía moverse algo en lo alto de una de aquellas escasas palmeras que el ciclón había respetado. Como no quedaba ningún bote a bordo del Malahini, Tai-Hotauri se echó al agua y, seguido por las miradas de todos, se dirigió a la playa a nado.
Trepó a la copa de la palmera y regresó acompañado de una joven indígena perteneciente al servicio de la casa Parlay. Cuando se inclinaron para ayudarla a trasponer la borda, ella les entregó un desvencijado cesto donde había una camada de gatitos recién nacidos. Todos estaban muertos, excepto uno que maullaba dé­bilmente y apenas podía sostenerse sobre sus torpes patitas.
En esto, exclamó Mulhall:
- ¿Quién es aquel tipo?
Todos miraron y vieron a un hombre que iba por la playa. Andaba despreocupadamente, como si hubiese salido a dar su paseo matinal. Los dientes del capitán Warfield rechinaron. Era Narii Herring.
- ¡Hola, patrón! - gritó Narii cuando estuvo a la altura del barco -. ¿Puedo subir a bordo para comer alguna cosilla?
El rostro y el cuello del capitán Warfield empezaron a con-estionarse. Quiso hablar, pero no pudo.
- ¡De buena gane le ... ! ¡De buena gana le ... ! -fue todo cuanto pudo decir.


FIN







1 Lavadero de arenas auríferas.
2 Gran barca de pieles de los esquimales.
3 Látigo ruso de tiras de cuero rematadas por bolas de metal.
4 O glotones. Carnívoros árticos.
5 Mujeres indias.
6 Reno salvaje del Canadá.
7 Hawaianos.
8 Mujer.
9 Tela de percal estampado que los indígenas de las islas Tonga y de Samoa llevan arrollada a la cintura.
10 Laurácea americana de la costa atlántica de Estados Unidos, que se emplea en farmacia.

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