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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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domingo, 6 de julio de 2008

5º volumen 1ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- EL APOSTOL DEL DEMONIO -- SALVATORE, R.,A.,

5º volumen 1ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- EL APOSTOL DEL DEMONIO -- SALVATORE, R.,A.,
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Primera Parte
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El camino a casa

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El invierno se está instalando en esta tierra, tío Mather, pero, en cierto modo, de forma adecuada; parece tranquilo y suave, como si este año la estación quisiera ser benévola, como si la misma naturaleza, al igual que la gente de este lugar, necesitara una tregua. Ignoro cómo lo sé, pero no puedo negar lo que me indica mi instinto de guardabosque. Quizá soy yo quien necesita un respiro, tío Mather, y sé que también Pony lo necesita. Quizá mi convicción de que la estación será benévola no sea más que una idea optimista.
Además, Pony, Juraviel y yo mismo apenas oímos hablar de peleas, y ni siquiera avistamos trasgos, powris o gigantes durante nuestro camino de regreso desde Saint Mere Abelle. Nuestro viaje hacia el norte desde Palmaris en dirección a los pueblos hermanos de Caer Tinella y Tierras Bajas transcurrió sin incidentes; la única guarnición de cierta importancia que encontramos en la región fue un contingente de Hombres del Rey enviados hacia el norte desde Ursal para reforzar Palmaris. Luego, se dirigieron hacia el norte de la ciudad para contribuir a la seguridad de los asentamientos de un puñado de comunidades en la región que queda al norte de las granjas de Palmaris.
Hemos oído hablar de unas pocas escaramuzas en las semanas siguientes a nuestra llegada; no obstante, en general, todo ha transcurrido sin incidentes, apaciblemente. Tomás Gingerwart, que lidera a los trescientos osados colonos, y Shamus Kilronney, capitán de la brigada de los Hombres del Rey, piensan, llenos de ilusión, en un retorno a la normalidad cuando el invierno haya soltado su garra de esta tierra.
¿Retorno a la normalidad?
No lo entienden. Han muerto muchos, pero otros muchos nacerán para ocupar sus lugares; muchas casas se han derrumbado tras haber sido incendiadas, pero se reconstruirán. Y de ese modo, en los meses venideros, la vida en la región, en apariencia, se asemejará a lo que antaño considerábamos normal.
Pero yo ya he recorrido antes este camino, tío Mather, después del primer saqueo de Dundalis —antes de conocer a los Touel'alfar, antes de encontrarte—, y sé que las cicatrices de la guerra serán duraderas. La huella del demonio Dáctilo permanecerá en los corazones de los supervivientes, en el dolor de aquellos que perdieron amigos y familiares, en el trauma de los desplazados, en la pena de aquellos que regresaron a sus pueblos de origen y se encontraron con campos ennegrecidos. Aunque todavía no lo saben, su concepción de lo que es normal ha cambiado. Las consecuencias de la guerra pueden ser más dolorosas que la batalla en sí misma.
¿Acaso yo vería el mundo del mismo modo si los trasgos no hubieran aparecido en Dundalis aquel lejano año? No sólo cambió el curso de mi vida por el hecho de haber sido rescatado por los Touel'alfar y por todo lo que me enseñaron, sino que también cambió mi percepción de la realidad: mi concepto del deber, de lo comunitario, incluso de la muerte, de los misterios humanos más profundos.
Así pues, la gente ha cambiado de un modo que todavía no comprende.
Mi mayor preocupación es Pony. La primera destrucción de Dundalis —de la que ella y yo fuimos los únicos supervivientes y durante la cual toda su familia fue asesinada— casi acabó con ella; la empujó a emprender un camino que la condujo a Palmaris y a una nueva vida, en la que no podía recordar siquiera su trágico pasado. Sólo el amor de sus padres adoptivos la acompañó en aquellos tiempos oscuros, y ahora también ellos han sido víctimas del mal. De nuevo la tragedia ha visitado a Pony.
Cuando salimos corriendo de Saint Mere Abelle, una vez cumplida nuestra misión allí y liberado nuestro amigo Bradwarden, Pony estuvo a punto de darse la vuelta y regresar a la abadía; si lo hubiera conseguido con ayuda de las gemas, habría provocado la destrucción del edificio antes de su postrer instante.
No le importaba, tío Mather, ni morir ella ni matar a otros. Tan ciega había sido su rabia al descubrir los cadáveres mutilados de sus padres adoptivos que estaba dispuesta a destruir Saint Mere Abelle y todo cuanto contenía, y, me temo, a destruir el mundo entero en una tremebunda explosión de cólera.
Está más tranquila desde que abandonamos la abadía, cruzamos el Masur Delaval y llegamos a tierras más familiares. Creo que el hecho de poner a Belster O'Comely al frente de El Camino de la Amistad la ha ayudado a calmarse y a recobrar un poco la serenidad.
Pero tengo miedo y debo velar por ella.
Por otra parte, ignoro qué huellas emocionales habrá dejado en mí esta última contienda. Como ocurre con todos los supervivientes, mi carácter saldrá fortalecido de la desgracia y seré capaz de encarar la proximidad de la muerte de otra forma. Ahora albergo pocos temores. En cierto modo, en medio de la carnicería, he hallado una paz interior. No sé lo que me espera después de la muerte, tío Mather, y sé que no puedo saberlo.
Es una simple y absurda condena que, sin embargo, produce aún un impacto en mi corazón y en mi alma, como una profunda revelación. Lo que comprendo ahora es la inexorabilidad de la muerte, tanto en una batalla como por enfermedad, o simplemente por la edad. Y porque la comprendo y la acepto, ya no le temo a la vida. ¡Cuán raro resulta! Ahora me parece que no hay ni problemas demasiado amedrantadores ni obstáculos demasiado imponentes, ya que lo único que debo hacer es recordarme a mí mismo que un día dejaré de existir, que mi cuerpo es, en última instancia, comida para los gusanos, y entonces ya no tengo miedo de afrontar las dificultades. Recientemente, en muchas ocasiones, me han pedido que comparezca ante centenares de hombres y mujeres para explicarles el curso que, en mi opinión, deberían seguir las vidas de todos nosotros. Y mientras para mucha gente —incluido tal vez el joven Elbryan— eso hubiera sido algo embarazoso —por miedo a cómo el auditorio iba a apreciar el discurso, por miedo a hacer alguna tontería, como tropezar y caer ante todo el mundo—, a mí, ahora, ese nerviosismo me parece algo estúpido y nimio. Lo único que necesito recordar cuando tengo que hablar en público es que un día eso ya no tendrá importancia alguna; que un día me iré de este mundo; que un día, dentro de algunos siglos, alguien podría encontrar mis huesos, y el embarazoso traspié que puede haber dado, por supuesto, será algo de poca monta.
Así pues, el país está tranquilo, y Elbryan está tranquilo. Y esa tranquilidad aumentará, sin duda, si soy capaz de encontrar el medio de calmar la confusión emocional de Pony.
Elbryan Wyndon
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1
Pasión por la vida

La habitación estaba a oscuras, con las cortinas corridas, pero el guardabosque pudo entrever el gris del cielo antes del amanecer entre los ribetes de encaje. De modo instintivo, alargó el brazo en busca de la reconfortante y cálida sensación del cuerpo de su amada, pero no lo encontró.
Se dio la vuelta, sorprendido. Mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad, se dio cuenta de que Pony no estaba en la cama ni en la habitación. Soltó un gruñido, pues no estaba habituado a dormir en ninguna cama, y mucho menos en una tan blanda, y aquélla era especialmente mullida, ya que la gente de los pueblos había reservado la mejor cama de Caer Tinella para el guardabosque. Elbryan saltó de la cama, se puso en pie, se irguió y se desperezó. Se acercó a la ventana y observó que la magnífica espada de Pony no estaba junto a la suya. No obstante, no se inquietó; cuando se hubo despejado lo suficiente, no le fue difícil suponer dónde se encontraba la chica.
Al descorrer las cortinas, advirtió que era más tarde de lo que había creído. El cielo estaba cubierto por espesas nubes grises, pero dedujo que la mitad del sol ya asomaba por el horizonte. Y los días en aquella época del año eran los más cortos, ya que se encontraban en el mes de Decambria, el duodécimo y último, a menos de tres semanas del solsticio de invierno.
Una rápida ojeada al bosque situado al norte del pueblo le permitió descubrir, como suponía, la luz de una fogata. Entonces, emprendió una serie de movimientos lentos y exagerados: se tendió en el suelo y, luego, se levantó con los brazos extendidos para hacer que entrara en calor su musculoso cuerpo que sobrepasaba el metro noventa de estatura y los noventa y cinco kilos de peso. Después se vistió, se puso la capa con prontitud, deseoso de reunirse con su amada, y tomó la magnífica Tempestad, la espada forjada por los elfos, la espada del tío Mather, el distintivo de su cargo de guardabosque.
Su habitación se hallaba en el extremo norte del pueblo, tal como había solicitado, y por consiguiente, se cruzó con pocos aldeanos mientras se alejaba para internarse en el bosque, dejando atrás un corral y los restos esqueléticos de un granero, que él mismo y Juraviel habían quemado en tanto huían de los monstruos que se habían apoderado previamente de Caer Tinella.
Un espeso manto de nieve había cubierto la región sólo una semana antes, pero desde entonces el tiempo se había templado un tanto. Una niebla baja que se pegaba al suelo desdibujaba los senderos y ocultaba las ramas sin hojas. Sin embargo, el guardabosque conocía el pequeño y resguardado prado que él y Pony habían elegido para su ritual matutino: la danza de la espada de los elfos, la bi'nelle dasada.
Se acercó a la joven con sigilo, tanto para no perturbarla como para tener ocasión de observarla mientras bailaba de la forma más genuina.
Al verla, el corazón del hombre se enterneció y una cálida sensación le invadió el cuerpo.
Estaba desnuda. Sus femeninas formas se hallaban veladas tan sólo por la niebla matinal, y sus potentes músculos relucían mientras ejecutaba las perfectamente equilibradas interacciones de la bi'nelle dasada, tejiendo una maravillosa danza de armoniosa evolución. Elbryan apenas podía creer que la quisiera tanto, que el simple hecho de verla lo estremeciera y lo conmoviera de aquel modo. A la joven le había crecido considerablemente la rubia y espesa cabellera, que le llegaba casi a media espalda; parecía que la larga melena la seguía cada vez que la mujer se daba la vuelta, de la misma forma que parecía que el relucir de sus ojos azules la precedía. Empuñaba Defensora, una magnífica y esbelta espada, cuya hoja de silverel brillaba a la débil luz de la mañana o centelleaba de repente, con un fulgor anaranjado, cuando atrapaba el reflejo de la fogata que la chica había encendido cerca.
El guardabosque se agazapó para contemplarla a sus anchas; encontraba irónica la situación, pues antes había sido Pony quien lo había espiado a él cuando ejecutaba la bi'nelle dasada, durante los días en que la chica había deseado aprender las complejidades de la danza. ¡Cuánto había progresado! La admiraba por partida doble: por una parte, estaba impresionado por la belleza de sus movimientos, por el grado de armonía que había alcanzado en tan poco tiempo, y por otra parte, la admiración se basaba simplemente en la sexualidad. Él y Pony no habían tenido relaciones íntimas durante varias semanas, concretamente desde antes del fin del verano, camino de Saint Mere Abelle para rescatar a Bradwarden, cuando ella inesperadamente había roto su voto de abstinencia y lo había seducido. Elbryan había intentado repetir aquella escena apasionada en varias ocasiones desde entonces, pero Pony se había opuesto con tenacidad. En ese momento, al contemplarla, el hombre estaba poco menos que al límite de su resistencia. El atractivo de la mujer era innegable: la suavidad de la piel, la elegancia de las curvas del bien modelado cuerpo, los movimientos de las caderas, de las piernas, tan fuertes y bien formadas. Elbryan no podía imaginar a ninguna otra mujer más bella y tentadora. Se dio cuenta de que estaba respirando con más intensidad, que de repente sentía mucho calor, y aunque el día no resultaba frío para aquella estación del año, el aire, sin duda, no era precisamente caliente.
Avergonzado al darse cuenta de que estaba invadiendo la intimidad de Pony, el guardabosque barrió los lujuriosos pensamientos de su cabeza y se sumergió profundamente en la meditativa calma que le habían proporcionado los años de disciplina con los Touel'alfar. No tardó en dejar atrás a Elbryan Wyndon y en tomar la actitud serena del Pájaro de la Noche, el título guerrero que le habían otorgado los elfos.
Se desabrochó la capa y la dejó caer al suelo; luego, con calma, se despojó del resto de las ropas. Empuñó Tempestad y salió del cobijo que le habían proporcionado los arbustos. Pony estaba tan concentrada que no se dio cuenta de que se le acercaba hasta que el joven estuvo a una zancada de ella. La chica se dio la vuelta, asustada, y no correspondió con la suya a la sonrisa del hombre.
La expresión de la mujer, con las mandíbulas apretadas y la mirada fija y ardiente, cogió por sorpresa al Pájaro de la Noche. Aún se asombró más cuando Pony se movió de repente y lanzó la espada al suelo, junto al pie del hombre, con tanta energía que su punta se hundió varios centímetros en la tierra endurecida.
—Yo..., yo no quería molestarte —tartamudeó, perplejo, el guardabosque.
Él y Pony habían compartido la bi'nelle dasada durante semanas y habían ejecutado juntos la danza de la espada desde que él se la enseñó; ambos se habían ejercitado como una sola persona a fin de conseguir que sus estilos de lucha y sus movimientos se acoplaran en perfecta armonía. Además, ambos habían llegado a encontrar en la danza de la espada un sustituto de otra forma de intimidad que habían acordado conjuntamente que, por el momento, no podían compartir.
Pony no contestó, y se limitó a reducir a la mitad la distancia que los separaba y a mirarlo fijamente, mientras jadeaba y el sudor le resbalaba por el cuello y los hombros.
—Si quieres, me voy —empezó a decir el guardabosque.
Pero Pony lo cortó en seco; alargó la mano y, de repente, le agarró el cabello de la nuca, pegó su cuerpo al del hombre y le forzó a inclinar el rostro hacia abajo mientras ella se ponía de puntillas y lo inmovilizaba con un ávido beso.
El guardabosque, que todavía empuñaba Tempestad, pasó los brazos en torno a la mujer, pero sin estrecharla, pues no estaba seguro de cómo podría acabar aquello.
Pony no daba señales de desistir: a cada segundo, su beso se volvía más apasionado y ansioso. El estado meditativo había abandonado a Elbryan hacía rato; ya no era el guerrero élfico. Pero con todo, consiguió mantener su sensatez lo suficiente como para hacer que Pony retrocediera un poquito, interrumpir el beso y mirarla fijamente con aire interrogativo. Pues aunque habían proclamado abiertamente el amor que sentían el uno por el otro, aunque eran marido y mujer a los ojos de cuantos los conocían, en sus propios corazones y a los ojos de Dios —así lo creían realmente—, habían hecho votos de abstenerse de relaciones maritales por temor a que Pony, cuyas obligaciones no eran menos exigentes y peligrosas que las de Elbryan, quedara embarazada.
Elbryan iba a preguntar a Pony acerca del pacto de abstinencia, pero ella lo interrumpió con un gruñido; alargó la mano para quitarle Tempestad y lanzó la espada al suelo. Luego, se volvió hacia Elbryan y lo aprisionó con un beso profundo mientras sus manos recorrían la espalda del hombre y, después, se desplazaban más abajo.
Elbryan no tuvo fuerzas para protestar: quería mucho a Pony, la amaba intensamente. La chica, todavía aferrada a aquel beso lleno de pasión, se deslizó hacia el suelo haciendo que su amante quedara encima de ella. El guardabosque quería que aquel momento se prolongara, quería saborear la maravilla de hacer el amor con Pony, por lo que trató de hacer las cosas despacio.
Pony, bruscamente, lo hizo rodar para ponerlo boca arriba, sin soltarlo, con premura, con avidez, gruñendo de continuo. Luego se unieron, y para ellos todo se convirtió en sonido y movimiento. El asombrado Elbryan luchaba denodadamente para mantener su mente alejada de aquel tumulto, tratando de encontrar algún sentido a todo aquello. En todas las ocasiones anteriores, habían hecho el amor con ternura y calidez, mientras hablaban e intercambiaban caricias divertidas. Pero en ese momento se trataba de algo físico, incluso colérico, y los sonidos —gruñidos y rezongos— que se escapaban de los labios de Pony estaban tan llenos de rabia como de deseo. Elbryan sabía y comprendía que la joven no estaba enojada con él, sino que pretendía liberar su cólera ante todo el mundo a través de él. Eso constituyó su liberación, o su negación, de todo el horror y de toda la pena. Así pues, Elbryan permitió que ella lo condujera en la más íntima de las danzas y trató de darle lo que más necesitaba de él, tanto física como emocionalmente.
Incluso cuando hubieron acabado, envueltos en la capa de Pony y uno en los brazos del otro, permanecieron junto al fuego en silencio, sin preguntarse nada. Demasiado abrumado y demasiado fatigado por el esfuerzo físico como para hablar de la cuestión, Elbryan se quedó medio dormido y apenas se dio cuenta de que Pony se libraba de su abrazo.
Despertó sólo unos minutos después y vio a Pony sentada en el centro del pequeño prado, junto a sus armas, estrechamente envuelta en la capa de Elbryan. El guardabosque observó la mirada perdida de los ojos de la mujer y vio que una lágrima se deslizaba por su suave mejilla.
Elbryan levantó la vista hacia la grisácea vacuidad del firmamento, tan confuso como lo había estado cuando Pony lo había aprisionado con su primer beso, y advirtió que la chica todavía estaba más confusa que él. Decidió que esperaría las respuestas con paciencia, que dejaría que fuera ella la que viniera hacia él.
Cuando estuviera preparada.
Una hora más tarde, cuando Elbryan regresó a Caer Tinella, el pueblo era un hervidero de actividad. El guardabosque volvió solo, pues Pony lo había dejado en el prado sin decirle ni una palabra. Sin embargo, lo había besado con ternura, tal vez a modo de disculpa, tal vez simplemente para confirmarle que se encontraba bien. Elbryan había aceptado el beso como una explicación suficiente por el momento, ya que para él no hacía ninguna falta que la mujer se disculpara; pero al margen de lo que Pony hiciera o dijera, los temores que el hombre albergaba por ella no menguarían. Que esa mañana hubieran hecho el amor había sido necesario para Pony, la había reconfortado y la había liberado, pero el guardabosque sabía que los demonios que se hallaban en el interior de su amada no habían sido exorcizados.
Estaba preocupado por ella y se preguntaba qué más podría hacer para ayudarla mientras acudía a su cita con Tomás Gingerwart.
Aunque Elbryan llegó pronto, Tomás ya estaba esperándolo en el granero situado en el centro del pueblo que servía de lugar de reunión. Tomás era un hombre fuerte, no muy alto pero robusto y endurecido por sus muchos años de granjero. Se levantó y tendió la mano a Elbryan; el guardabosque se la estrechó y notó que era una mano ruda y vigorosa. Cayó en la cuenta de que durante todas las semanas transcurridas desde que había conocido a Tomás era la primera vez que se daban la mano. Además, en la cara de Tomás se dibujaba una sonrisa, otra rareza en un rostro habitualmente sombrío.
El guardabosque dedujo que los planes de Tomás estaban en marcha.
—¿Qué tal está el Pájaro de la Noche en este bonito día? —preguntó Tomás.
Elbryan se encogió de hombros.
—Bueno, debería adivinarlo —dijo Tomás, alegremente—. Tu hermosa compañera ha llegado al pueblo unos minutos antes que tú, y desde la misma dirección, desde el bosque del norte.
Para rematar sus palabras le dedicó un guiño, un gesto sin mala intención y en modo alguno impúdico, pero Elbryan le contestó frunciendo el entrecejo.
—La caravana ha encontrado patrocinador —declaró Tomás, después de aclararse la garganta, con objeto de cambiar de tema—. Si el año no estuviera tan avanzado, podríamos partir en unas pocas semanas.
—Debemos estar seguros de que la zarpa del invierno ya no se cierne sobre la región —contestó Elbryan.
—¿Debemos? —preguntó Tomás con una sonrisa.
Desde que Elbryan y Pony se habían reunido con él en Caer Tinella, Tomás había tratado de persuadir al Pájaro de la Noche de que se uniera a la caravana hacia las Tierras Boscosas, pero el guardabosque se había mostrado esquivo y no se había comprometido a hacer tal viaje. Tomás, educadamente, le había urgido con energía, puesto que algunos de los mercaderes patrocinadores no estaban dispuestos a entregar dinero ni suministros a menos que el guardabosque accediera a dirigir la expedición.
Elbryan contempló la esperanzada y maliciosa sonrisa en el rostro curtido por el tiempo de Tomás Gingerwart y comprendió que aquel hombre era su amigo.
—Te acompañaré —le confirmó—. Dundalis fue mi hogar, y también el de Pony, y creo que su reconstrucción nos incumbe como al que más.
—Pero ¿qué ocurrirá con tus compromisos con los Hombres del Rey? —preguntó Tomás.
No era ningún secreto que el Pájaro de la Noche colaboraba con Shamus Kilronney, capitán de la brigada de los Hombres del Rey, para garantizar la seguridad del país. Shamus y el guardabosque se habían hecho amigos, así se rumoreaba, y se decía que Pony se sentía aún más próxima a aquel hombre.
—El capitán Kilronney está convencido de que la región ya es segura —explicó Elbryan—. Ayer Pony habló con él, y a lo mejor esta mañana se reúnen de nuevo para comentar los planes del capitán acerca del regreso de la brigada al sur.
Tomás inclinó la cabeza para asentir, pero obviamente no le entusiasmó enterarse de la inminente marcha de los soldados.
—Pony está tratando de convencer al capitán para que se quede un poco más —continuó Elbryan—, tal vez todo el invierno, e incluso para que nos acompañe, en primavera, en nuestro viaje al norte. Sin duda, el rey desea reanudar el comercio con las Tierras Boscosas lo antes posible.
—Por supuesto que sí —respondió Tomás—. El mercader Comli, mi principal patrocinador, es un amigo personal del rey Danube Brock Ursal. Comli no estaría tan impaciente por ir hacia el norte si no estuviera seguro de que el rey quiere reanudar el comercio con las Tierras Boscosas.
Todo les parecía perfectamente lógico a ambos. Durante la guerra, muchos barcos de vela se habían perdido o habían sufrido daños a causa de los botes barril de los powris, y la única madera con el grosor suficiente como para sustituir los mástiles provenía de las llamadas, con razón, Tierras Boscosas, el país de Dundalis, Prado de Mala Hierba y Fin del Mundo.
—Quizás un emisario de Comli debería hablar también con el capitán Kilronney —sugirió el guardabosque.
Tomás asintió con un gesto de cabeza.
—Me ocuparé de ello —prometió—. Estoy contento de contar con el Pájaro de la Noche y con Pony para ese peligroso viaje, y toda espada adicional que podamos alistar será bien recibida. No hace falta que te explique mis temores, pues ambos sabemos que hasta ahora nadie ha precisado el alcance de la retirada del ejército del demonio Dáctilo. Podemos salir hacia el norte y encontrarnos diez mil trasgos, gigantes y powris acampados junto al camino, cantando sus canciones preñadas de crueldad y salvajismo.
Elbryan se las apañó para sonreír ante esa conjetura, pues de momento no creía en tal posibilidad. Por allí podía haber monstruos, desde luego, pero no en las proporciones aludidas por Tomás, y mucho menos con la cohesión que evidenciaba la manifestación física del demonio Dáctilo, ahora destruido.
—Sólo quisiera que Roger Descerrajador estuviera aquí y pudiera viajar con nosotros —añadió Tomás.
—Belster lo encontrará si es que ha regresado a Palmaris —le aseguró Elbryan.
Cuando el guardabosque y Pony habían pasado por Palmaris de vuelta de Saint Mere Abelle, no tan sólo habían puesto a Belster como nuevo propietario de El Camino de la Amistad, sino que también le habían encargado que encontrara a Roger y le informara de los últimos movimientos de la pareja, una vez que el joven hubiera regresado de su viaje con el barón Rochefort Bildeborough para hablar con el rey. Elbryan no dudaba de que Roger se apresuraría a reunirse con él y con Pony en Caer Tinella tan pronto como sus obligaciones con el barón hubieran terminado.
—Espero que haya regresado antes de que empiece Bafway —dijo Tomás—, pues el inicio del tercer mes indica el comienzo de nuestro viaje, a menos que el tiempo se vuelva contra nosotros. Puede ocurrir que el camino esté lo suficientemente despejado como para que él pueda reunirse con nosotros si el tiempo se mantiene.
Elbryan asintió con la cabeza advirtiendo la tensión en la cara del hombre. Tomás estaba impaciente por ir hacia el norte, lo mismo que tantos otros, pero todos daban excesiva importancia a aquel tiempo impropio de la estación. El final de Calember había dejado una nevada, pero la nieve se había fundido casi por completo durante los numerosos días mucho más templados que siguieron. Era importante —para el rey de Honce el Oso, para el barón de Palmaris, para los mercaderes y para hombres como Tomás— que si las Tierras Boscosas estaban libres de monstruos, hombres de Honce el Oso fueran los únicos en repoblarlas y en reanudar el negocio maderero. Las Tierras Boscosas constituían la única zona capaz de suministrar los troncos requeridos para los mástiles de las embarcaciones. Aunque no estaban vinculadas por un tratado a ninguno de los tres reinos —Honce el Oso, Behren y el agreste Alpinador—, las Tierras Boscosas siempre habían servido al rey y a los mercaderes de Honce el Oso, pues de allí procedían la mayoría de sus pobladores. Recientemente habían llegado rumores a Caer Tinella sobre la pretensión de los alpinadoranos de establecerse en las abandonadas Tierras Boscosas, y aunque nadie temía que ese hecho fuera a paralizar el comercio de los grandes árboles, todos se daban cuenta de que provocaría un aumento de los precios que deberían pagar los mercaderes de Honce el Oso.
Elbryan no había podido confirmar esos rumores y, de hecho, creía que se trataba simplemente de una estratagema de Comli o de algún otro temeroso mercader para conseguir que la caravana partiera antes hacia el norte. Pero el guardabosque no podía cuestionar las razones para volver al norte, y al margen de consideraciones prácticas, las había de carácter personal. Su padre, Olwan Wyndon, había ido a Dundalis para vivir en la frontera, para poner el pie en lugares donde el hombre no había estado jamás, para contemplar paisajes nunca vistos por nadie. Olwan Wyndon se había sentido muy orgulloso de su decisión de emigrar al norte y se había convertido en el jefe informal de Dundalis.
Eso había sido antes del despertar de las tinieblas.
Asimismo, en un resguardado bosquecillo cerca de Dundalis, Elbryan había encontrado la tumba de Mather, su tío fallecido tiempo ha —el guardabosque adiestrado por los elfos que le había precedido a él—, y allí había conseguido Tempestad, la espada que había pertenecido a Mather. Y en el bosque cerca de Dundalis, Elbryan había encontrado al centauro Bradwarden, un querido amigo que entonces había vuelto a él, diríase que desde la misma tumba. Y en aquel mismo bosque, Bradwarden había presentado a Elbryan al magnífico semental negro, Sinfonía, la montura del guardabosque, el amigo del guardabosque.
Sus vínculos con aquella región estaban profundamente enraizados. Sentía que volver y ayudar a reconstruir Dundalis y los otros dos pueblos era algo que le debía a su padre y a sus familiares muertos; después, los serviría como protector, como el silencioso y poco visto guardabosque que atentamente patrullaría por la espesura.
—Se ha dicho que los nuevos pobladores de las tierras del norte estarán bien recompensados —comentó Tomás.
Elbryan lo miró detenidamente y observó que se frotaba las manos. Si Tomás quería ir a las Tierras Boscosas para hacer fortuna, Elbryan sabía que se iba a llevar una gran decepción. La vida era dura. Cazar, pescar, forrajear y cuidar la granja eran actividades tan necesarias como comerciar con la madera. No, un hombre no podía instalarse en las Tierras Boscosas para hacerse rico; se instalaba allí para vivir como no podía hacerlo en ninguna otra parte, en libertad. Tomás podía hablar de «bien recompensados», pero aprendería, si es que no lo sabía ya, que el dinero del rey no sería el único origen de tales recompensas.
—Sigamos con lo práctico —comentó Elbryan—. Establecerse en Dundalis y en los otros dos pueblos dependerá de que los monstruos hayan abandonado la región. Si todavía están acampados allí, harán falta más hombres que los ochenta que piensas llevar para expulsarlos.
—Por eso mismo hemos pedido al Pájaro de la Noche que nos guíe —dijo Tomás con un guiño—, y a Pony.
—Y por eso mismo, Pony está tratando de convencer al capitán Kilronney para que se quede en Caer Tinella durante el invierno y que luego venga con nosotros —contestó Elbryan—; confiemos en que esté de acuerdo.
—Y confiemos en que él y sus soldados no sean requeridos en algún otro lugar —añadió Tomás con sinceridad.
—¡Ah, Jilseponie, qué triste estoy al ver que la luz está ausente de tus ojos!
La melódica voz que venía de arriba no asustó a Pony, puesto que ya había sospechado que Belli'mar Juraviel rondaba por allí. La mujer había decidido ir a aquella zona boscosa del sur de Caer Tinella porque le permitía ver el lejano campamento de los Hombres del Rey y también albergar alguna esperanza de encontrar al elfo, ya que Juraviel se había ausentado durante varios días con objeto de explorar los caminos del sur. Aquella mañana, después de que Pony hubiera cruzado Caer Tinella, un grupo de soldados de la guarnición de Palmaris había bajado a caballo por el camino y había pasado ante ella mientras se desplazaba silenciosamente entre las sombras de los árboles. La joven se había dado cuenta de que los jinetes iban al pueblo y se dirigían directamente al campamento de los Hombres del Rey.
—¿Cuánto tiempo van las nubes a llenar tus ojos? —preguntó Juraviel, agitando sus alas casi translúcidas para posarse en una rama situada a la altura de los ojos de la chica—. ¿Cuándo dejarás que el sol brille de nuevo en ellos para que los que estén a tu alrededor puedan gozar de sus reflejos?
—Pensaba en mi familia —respondió Pony—. Cuando perdí a mi madre y a mi padre en Dundalis, olvidé durante varios años todo lo que recordaba de ellos. No quiero que eso me ocurra con los recuerdos que tengo de Graevis y Pettibwa.
—Pero entonces eras muy joven —dijo Juraviel, para proporcionar una cierta esperanza a la angustiada mujer—, demasiado joven para comprender una tragedia semejante; por eso, dejaste que la tragedia escapara de tus pensamientos. Eras demasiado joven.
—Quizá todavía lo soy.
—Pero... —empezó a protestar el elfo.
Advirtió, sin embargo, que Pony no parpadeaba y que seguía con la mirada ausente puesta en el campamento de los Hombres del Rey. ¡Qué tristeza la de aquella joven que a sus veinticinco años había visto desaparecer a sus dos familias! Al contemplarla, Juraviel temió que la hermosa cara de la chica no volviera a recuperar su luz.
—Háblame de los soldados que salieron a caballo esta mañana —pidió, de repente, Pony al elfo.
—Son de la guarnición de Palmaris —respondió Juraviel—; cabalgaban duro. Los seguí y los vigilé con la esperanza de escuchar alguna conversación, pero no se detuvieron ni aflojaron la marcha, y no pude oír ni un simple intercambio de palabras.
Pony se mordía el labio mientras miraba con fijeza el lejano campamento, y Juraviel comprendió la preocupación de la mujer. ¿Habrían ido esos soldados a contar a los Hombres del Rey que ella y Elbryan eran unos proscritos?
—El barón Bildeborough es amigo nuestro —le recordó Juraviel—. Tu caballo y tu espada son buenas pruebas de ello, aunque no te bastara la opinión que de él tiene Roger.
—Me basta y sobra —respondió enseguida Pony.
La observación de Juraviel resultaba certera; el barón Bildeborough no era precisamente amigo de la Iglesia abellicana. Y Bildeborough había dado pruebas de una gran confianza en Roger al darle Piedra Gris y Defensora, el caballo y la espada que Roger, a su vez, había entregado a Pony.
—Esos soldados son del barón, no de la Iglesia —continuó Juraviel—. Y ahora que el barón Bildeborough ya sabe que fue un hombre de la Iglesia el que asesinó a su querido sobrino, al parecer con la bendición e, incluso, por orden de la jerarquía eclesiástica, no tomará partido por ellos contra ti ni contra Elbryan, sean cuales sean las promesas de los jerarcas de la Iglesia abellicana o las presiones del rey de Honce el Oso.
—De acuerdo —dijo Pony, y se volvió para mirar al elfo—. Pero ¿pudiste ver bien a los jinetes? ¿Es posible que Roger estuviera entre ellos?
—Eran sólo soldados —le aseguró Juraviel, y no dejó de advertir la nube que había ensombrecido el bello rostro de la chica—. Es posible que Roger no haya regresado aún de Ursal a Palmaris.
—Simplemente, abrigaba esa esperanza —respondió Pony.
—¿Tienes miedo por él? Está acompañado por un hombre poderoso —puntualizó Juraviel, pues le habían informado de que Roger había ido a Ursal con el barón Bildeborough para hablar con el rey Danube Brock Ursal en persona—. Pocos hay al oeste del Masur Delaval y al norte de Ursal que ostenten tanto poder e influencia como el barón Rochefort Bildeborough.
—Salvo, tal vez, el nuevo abad de Saint Precious.
—Pero su poder es precisamente eso: nuevo —repuso Juraviel—. En cambio, el barón Bildeborough ostenta una posición superior, ya que está arraigado en Palmaris desde hace muchos años: es el heredero de un antiguo linaje de nobles. Así pues, Roger está lo suficientemente seguro.
El argumento le pareció razonable a Pony, y su expresión se animó un tanto.
—Con todo, sigues anhelando que Roger vuelva con nosotros —prosiguió el elfo.
Pony asintió con un gesto de cabeza.
—Te gustaría que el chico acompañara a la caravana a Dundalis —dijo Juraviel.
Tenía ciertas sospechas acerca de las intenciones de Pony. Como todos los Touel'alfar, Belli'mar Juraviel gozaba del don de saber sentarse y estudiar una situación, de observar y escuchar, y después razonar sobre lo recopilado.
—Roger es un valioso aliado; tengo miedo por su seguridad y prefiero que permanezca con Elbryan hasta que haya adquirido más experiencia sobre los peligros del ancho mundo —dijo Pony con firmeza.
Pronunció aquellas palabras con calma, pero al perspicaz Juraviel no le pasó por alto que el profundo resentimiento de Pony hacia la Iglesia se había convertido en el más absoluto de los odios.
—¿Con Elbryan? —insistió el elfo—. Contigo y con él, querrás decir.
Pony se encogió de hombros sin comprometerse, y aquella respuesta indiferente no hizo más que consolidar la convicción de Juraviel de que la chica no tenía intención de ir al norte con la caravana. El elfo permitió que el silencio se prolongara un buen rato y dejó a Pony a solas con sus pensamientos y con la mirada fija en el lejano campamento.
—Debería visitar al capitán Kilronney —dijo ella, al fin.
—Quizá lo han reclamado para que vuelva a Palmaris —indicó Juraviel—. Hay pocos monstruos por aquí —añadió cuando vio la mirada perpleja de la joven—; un ejército tan poderoso como el suyo podría prestar un mejor servicio al rey en otras regiones.
—Hay un fastidioso grupo de powris al oeste que él desearía destruir antes de volver al sur —dijo Pony—. Y por encargo de Elbryan, voy a pedir al capitán Kilronney que pase el invierno en Caer Tinella y que, luego, acompañe la caravana hacia Dundalis.
—Desde luego —exclamó el elfo—. ¿Y también Jilseponie acompañará la caravana?
La brusca pregunta causó a la chica un fuerte impacto y pasaron varios segundos antes de que contestara.
—Por supuesto, Elbryan cree que irás —precisó Juraviel—. Y también lo cree Tomás Gingerwart; se lo he oído decir.
—Entonces, ¿por qué me preguntas...?
—Porque no creo que tengas intención de hacer ese viaje —explicó Juraviel—. Tus ojos miran hacia el sur. ¿No quieres regresar a tu hogar?
Pony estaba atrapada y lo sabía; incluso de forma inconsciente, volvió a mirar hacia el sur.
—Claro que tengo intención de volver a Dundalis —dijo—; donde vaya Elbryan será mi lugar.
—¿Acaso no habéis hablado del lugar que vais a compartir?
—No manipules mis palabras —lo avisó—; si decido vivir en algún otro sitio, no dudes que Elbryan me seguirá.
—¿Y qué decides?
Otra vez se encogió de hombros.
—Volveré a Dundalis, pero no con la caravana —admitió Pony.
Aunque lo había sospechado desde siempre, aquella confesión sorprendió a Juraviel.
—Volveré a Palmaris por un cierto tiempo —prosiguió Pony—. Quiero visitar a Belster O'Comely y ver cómo se maneja con El Camino de la Amistad.
—Pero tienes tiempo de ir a Palmaris y ver a Belster, y después regresar antes de la salida de la caravana —razonó Juraviel.
—Ya estoy un poco harta de tierras del norte y de peleas, por ahora —contestó de forma concluyente Pony.
—Eso tal vez sea verdad a medias —repuso el elfo.
Pony lo miró, y vio que en su cara se dibujaba una sonrisa maliciosa.
—Crees que tu lucha acaba de empezar. El padre abad de la Iglesia abellicana ha librado una guerra contra la familia de Jilseponie, y ella se propone ahora emprender una guerra contra él.
—No podría empezar... —comenzó a contestar.
—No, no puedes —la interrumpió el elfo—. ¿Te propones regresar a Saint Mere Abelle para emprender una guerra contra casi un millar de monjes adiestrados para pelear y capaces de manejar gemas mágicas? ¿O acaso vas a atacar Saint Precious y a su nuevo abad, el cual, según maese Jojonah, es el mejor guerrero jamás salido de Saint Mere Abelle? ¿Y qué ocurriría con Elbryan? —insistió el elfo mientras la seguía, ya que Pony había echado a andar—. ¿Cómo se sentirá cuando sepa que lo has abandonado, que no confías en él para emprender esa empresa que has elegido para ti misma?
—¡Basta! —le espetó Pony, encarándose con él—; no voy a abandonar a Elbryan.
—Si emprendes una guerra por tu cuenta, lo harás.
—No sabes nada de este asunto.
—En ese caso, cuéntamelo.
La simple manera de hablar de Juraviel calmó a Pony de forma considerable y le recordó que el elfo era un amigo, un verdadero amigo, alguien en quien podía confiar.
—No voy al sur a librar una guerra —explicó ella—, aunque no dudes que me he propuesto lograr que la Iglesia abellicana pague el daño que me ha hecho.
Un escalofrío recorrió el espinazo de Juraviel. Jamás había oído hablar a Pony con tanta frialdad, y no le gustaba ni pizca.
—Pero eso tendrá que esperar —continuó Pony—. Dundalis es el primer objetivo de Elbryan y Roger, si es que alguna vez vuelve. Y sé que todos nosotros debemos esperar hasta saber lo que se coció en la reunión del barón Bildeborough y el rey. Tal vez mi guerra con la Iglesia, después de todo, no será sólo cosa mía.
—Entonces, ¿por qué te vas al sur? —preguntó con calma Juraviel.
—Camino de Saint Mere Abelle, cuando pensé que íbamos a encontrar un oscuro fin o que aquella cuestión iba a resolverse por completo, seduje a Elbryan.
—Después de todo, sois marido y mujer —repuso el elfo con una sonrisa bonachona.
—Habíamos hecho un pacto de abstinencia —explicó Pony—, pues temíamos...
—Esperas un hijo —afirmó Juraviel mientras sus ojos dorados se abrían desmesuradamente.
Pony no lo negó ni con la expresión ni con una sola palabra.
—Pero a lo mejor estás equivocada —sugirió Juraviel—; de eso, sólo hace unas pocas semanas.
—Lo supe a la mañana siguiente de haber hecho el amor —le aseguró Pony—. No sé si es por mi trabajo con las gemas, con la piedra del alma en particular, o tal vez es simplemente el mismísimo milagro de la vida; el caso es que lo supe. Y todo lo que ha ocurrido, o más exactamente lo que no ha ocurrido, en las semanas posteriores ha demostrado que espero un hijo, Belli'mar Juraviel.
La sonrisa de Juraviel se amplió notablemente cuando consideró las potenciales cualidades de un hijo de semejantes padres. Su sonrisa se desvaneció, no obstante, cuando observó el ceño fruncido de Pony.
—¡Deberías estar contenta! —le dijo—. Es algo para celebrar y no para fruncir el entrecejo.
—La guerra todavía no ha terminado —dijo Pony—. Aún tenemos que recuperar Dundalis.
—Eso es un tema menor —repuso el elfo—. Y olvida tus guerras, Jilseponie Wyndon. Considera lo que llevas dentro como lo más importante para ti y para Elbryan.
Pony consiguió esbozar una sonrisa ante el nombre de Jilseponie Wyndon, pues era la primera vez que Juraviel la había llamado de aquella manera.
—No se lo digas a Elbryan —dijo—; me refiero a mis planes de ir hacia el sur, y a mi..., a nuestro hijo.
—Tiene derecho a saberlo —empezó a protestar Juraviel.
—Y lo sabrá, pero cuando yo se lo diga; no, tú.
Juraviel se inclinó en una respetuosa reverencia.
—Voy a visitar al capitán Kilronney —explicó Pony—. Veremos a qué han venido esos nuevos soldados.
Se alejó de él, y el elfo la siguió de lejos para vigilar sus movimientos desde el bosque. Si se equivocaban respecto a los nuevos soldados, si aquellos jinetes habían llegado al norte en busca de los dos proscritos, entonces Juraviel estaría junto a su amiga.
El elfo dedicó largo tiempo a considerar ese concepto: su amiga. ¿Qué pensarían la señora Dasslerond —líder de los Touel'alfar— y los demás pobladores de Caer'alfar si conocieran la profundidad de aquella verdad en el corazón de Belli'mar Juraviel? Los demás elfos habían apreciado al Pájaro de la Noche durante su estancia en el valle de los elfos, y Tuntun había llegado a sentirse muy próxima a él y a Jilseponie. Pero en todas las ocasiones anteriores: cuando Juraviel decidió ir a la montaña de Aida con sus compañeros para combatir contra el demonio Dáctilo y cuando, luego, el elfo decidió conducir a unos refugiados humanos hasta el valle de los elfos; cuando Dasslerond acogió a aquellos desgraciados humanos en el élfico lugar secreto; incluso cuando Tuntun optó por seguir la expedición a Aida y, en última instancia, sacrificar su vida; en todas aquellas ocasiones las decisiones de los elfos habían sido motivadas por razones prácticas, considerando las ventajas que de ellas iban a obtener. No obstante, en ese momento, si Elbryan y Pony se iban a ver envueltos en una batalla, se trataría de una lucha entre humanos, una lucha que no tendría nada que ver con los intereses del pueblo élfico, y la participación de Juraviel en el asunto no iba a cambiar las cosas.
Pero, con todo, iba a pelear junto a sus amigos, y moriría con sus amigos si era preciso. De hecho, la decisión del elfo de ir a Saint Mere Abelle para contribuir al rescate de Bradwarden y de los padres adoptivos de Jilseponie se había basado por completo en la amistad.
Juraviel sabía que la señora Dasslerond no aprobaría su elección, ya que el conflicto entre los amigos del elfo y la Iglesia era algo que tenían que resolver los humanos. Los actos de Juraviel tanto en aquel entonces como en ese momento no estaban de acuerdo con los principios generales de la sociedad élfica, que colocaban los intereses de los elfos por encima de todo, pues consideraban la vida de un solo elfo más valiosa que la de mil seres de otra raza, incluida la humana, a pesar de que a los elfos no les caían mal los humanos.
Pero Juraviel seguiría a Pony y, si había que pelear, estaría a su lado y moriría junto a ella.
Tan pronto como Elbryan se separó de Tomás —la charla se terminó a causa del tumulto provocado por los soldados de Palmaris al atravesar con gran estruendo Caer Tinella, a fin de reunirse con los Hombres del Rey—, se apresuró a buscar a Sinfonía y cabalgó hacia el campamento. Al igual que Pony, temía que la llegada de los soldados tuviera algo que ver con las gemas y la fuga del centauro encerrado en Saint Mere Abelle. Además, suponía que Pony ya estaría reunida con el capitán Kilronney. El guardabosque suspiró aliviado cuando se aproximó al límite del campamento y no vio señales de explosiones mágicas: si Pony hubiera estado allí y los soldados hubieran tratado de detenerla, la descarga mágica de la chica habría derribado probablemente la mitad del campamento.
—¡Hola, Pájaro de la Noche! —saludó un centinela.
Otro soldado se adelantó para tomar las riendas de Sinfonía, pero el guardabosque lo detuvo con un gesto.
—¿Quién ha llegado? —preguntó.
—Una guarnición de Palmaris —explicó el soldado—. Están hablando con el capitán Kilronney.
—¿Y con Jilseponie?
—Estoy seguro de que todavía no ha llegado —respondió el soldado.
Elbryan se adentró en el campamento con Sinfonía.
Todos cuantos se cruzaban con él lo saludaban efusivamente, hombres y mujeres cuyo respeto se había ganado durante las dos últimas semanas en el transcurso de las escaramuzas que el grupo había librado contra canallescas bandas de monstruos. Los soldados del capitán Kilronney se habían alegrado de contar con el Pájaro de la Noche —y con Jilseponie— cuando empezó la lucha. El guardabosque, a su vez, había llegado a conocer y a respetar a los soldados; si los recién llegados habían venido con la mala intención de buscarlos, a él y a Pony, la noticia todavía no se había propagado.
El alivio del guardabosque se desvaneció cuando desmontó y entró en la tienda del capitán Kilronney; tan graves eran las expresiones de Kilronney y los demás que la mano de Elbryan se le fue a la empuñadura de la espada.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó el guardabosque después de un tenso momento.
Kilronney lo miró fijamente. El capitán era cinco centímetros más alto que Elbryan y tenía una constitución robusta, aunque carecía de la fuerte musculatura del fornido guardabosque. La barba y el bigote, recortados con esmero, eran de un vivo color rojo, así como el espeso pelo, y ofrecían un visible contraste con la intensidad de los ojos azules, unos ojos que en ese momento mostraban profunda tristeza y enfado, según advirtió el perspicaz Elbryan.
Shamus Kilronney miró a la jefa del contingente de Palmaris, y el guardabosque se puso tenso, poco menos que esperando un ataque.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Elbryan de nuevo.
—¿Quién es este hombre? —preguntó a su vez la jefa de la guarnición de Palmaris.
Era una mujer de complexión sólida, de más de metro setenta de estatura y con el cabello peinado en gruesas trenzas, del mismo rojo vivo que el de Kilronney. Sus ojos tenían el mismo azul brillante que los del capitán. Elbryan podría haberlos tomado por hermanos de no haber sido porque el acento de la mujer era muy semejante al dialecto rural, típico de las clases bajas, mientras que la dicción y la entonación de Shamus Kilronney eran perfectas.
—Es un aliado —explicó Kilronney—. Está al servicio de la guarnición en calidad de explorador.
—¿Un simple explorador? —comentó la mujer, y alzó las cejas mientras examinaba al fornido guardabosque.
Elbryan vio en aquella mirada sospecha y también un tanto de curiosidad.
—Sus servicios son demasiados para que ahora ni siquiera pueda empezar a enumerarlos —dijo Kilronney con impaciencia.
La mujer asintió con un gesto de cabeza.
—El barón Rochefort Bildeborough ha muerto —explicó bruscamente Kilronney.
Los ojos grises de Elbryan se abrieron desmesuradamente. Su primer pensamiento fue para Roger, pues sabía que viajaba con Bildeborough.
—Fue asesinado en el camino al sur de Palmaris —explicó la mujer con voz firme y decidida, y ocultando una gran pena, según advirtió Elbryan—. Dicen que su carruaje fue atacado por alguna bestia, probablemente un gran felino.
—¿Cuándo regresaba de Ursal? —preguntó el guardabosque.
—Iba a Ursal —corrigió la mujer.
—Pero eso ocurrió hace meses —protestó el guardabosque.
Elbryan pensó que, si la mujer decía la verdad, él y Pony habían pasado por Palmaris después del asesinato y, sin embargo, no habían oído ni una palabra sobre él.
—No creímos prioritario el viaje al norte —dijo con sequedad la mujer—; teníamos que comunicárselo antes a personas más importantes que el capitán Kilronney y su desaliñado amigo.
—¿Qué les ocurrió a sus compañeros? —inquirió el guardabosque, sin hacer caso del insulto y aceptando la explicación de la mujer por no haberles informado antes.
—Los mataron a todos —respondió la mujer.
Mil pensamientos se agolparon en la cabeza de Elbryan.
—Habían montado el campamento —indicó otro soldado—; al parecer, fueron pillados por sorpresa. El barón trató de regresar al carruaje, pero el felino lo siguió y lo destrozó.
A partir de las escuetas palabras del soldado, Elbryan empezó a sospechar de la naturaleza real de aquella bestia. Durante sus años con los Touel'alfar, éstos le habían enseñado la forma de comportarse de los animales, cazadores y cazados; por allí había grandes felinos, pero quedaban muy pocos en las tierras civilizadas entre Palmaris y Ursal, y normalmente no atacaban ni mataban a un grupo de hombres. Un felino cazador podía acechar a una sola persona para proveerse de comida, e incluso podía permanecer junto a su víctima para ahuyentar a otros que trataran de quitarle la presa; pero la clave de la cuestión era la persecución del barón hasta el interior del carruaje.
—Lo vi con mis propios ojos —indicó otro soldado—. Todos ellos estaban destrozados y yacían en un charco de sangre.
—¿Y a quién mataron primero? —preguntó el guardabosque.
—Tuvo que ser a uno de los guardianes, junto a la fogata —respondió el hombre—; ni tan sólo pudo empuñar su arma antes de que el felino lo desgarrara hasta matarlo. Los demás no tuvieron ocasión de defenderse.
—¿Así que el barón fue el último en morir, en su carruaje?
El hombre asintió con la cabeza; tenía los labios apretados, como si estuviera ahogando una pena.
Todo aquello no tenía mucho sentido para Elbryan, a menos que los hubiera atacado algún animal enfermo o un grupo de felinos, lo que era muy poco probable.
—¿A cuántos se comieron? —preguntó al testigo.
—Todos estaban destrozados —dijo el hombre—; sus intestinos se hallaban desparramados por doquier. A uno de ellos se le veía el corazón por la herida abierta en el pecho. Soy incapaz de decir cuántos mordiscos propinó el felino a cada uno.
—¿Y tú crees que es necesario saberlo? —se quejó la mujer ante el capitán Kilronney.
Kilronney se volvió hacia Elbryan con una mirada de protesta, pero el guardabosque levantó la mano en un gesto que indicaba que no pensaba insistir más sobre aquel punto. Ya no lo necesitaba. Ningún felino hambriento dejaría de comer un bocado tan tentador como un corazón, ni ningún felino gastaría energías en matar fugitivos disponiendo de carne fresca para devorar. Si la descripción que el hombre había hecho de lo ocurrido era correcta, al barón no lo había matado ningún animal salvaje.
Y naturalmente aquello llevó a Elbryan a pensamientos aún más perturbadores. Había visto muchas veces las gemas en acción, había hablado largo y tendido con Avelyn de aquel tema y conocía una piedra capaz de transformar el brazo de un hombre en la garra de un animal.
—¿Conocíais a todos los hombres que estaban con el barón? —preguntó con calma el guardabosque.
—Uno de ellos era amigo suyo —contestó el testigo—. A los demás ya los había visto otras veces; sin duda, era la guardia personal del barón.
El guardabosque asintió con un gesto de cabeza.
—He oído que alguien que no era soldado viajaba con el barón Bildeborough.
—El joven —comentó la mujer—. Sí, hemos oído hablar de él.
—¿Y su cuerpo estaba en el campamento?
—No lo vi —respondió el testigo.
Aquello alivió un tanto a Elbryan, aunque no le confirmaba nada. El felino, si es que se trataba de un felino, podía haber arrastrado a Roger a otro sitio. O incluso algo más plausible: el monje, si es que se trataba de un monje, podía haber hecho prisionero a Roger, a fin de sacarle información de Pony y Elbryan.
—¿Cuál es vuestra misión? —preguntó a la jefa de Palmaris.
—Hemos venido a traer la noticia de la muerte del barón al capitán Kilronney, del mismo modo que otros han cabalgado para llevarla a los demás lugares —contestó ella.
—El fallecimiento del barón comporta importantes consecuencias para Palmaris —observó Shamus Kilronney—, en especial, por haber sucedido tan poco tiempo después del asesinato del abad Dobrinion.
—Desde comienzos de la estación, la ciudad está agitada —añadió la mujer—. El nuevo abad acaba de regresar de otro viaje a Saint Mere Abelle, una especie de asamblea de abades, sea lo que sea lo que signifique, y ahora está ocupando su cargo, y algo más, pero con cierta oposición.
El guardabosque asintió con un movimiento de cabeza al oír aquellas palabras, que confirmaban sus peores temores. Se había topado una vez con el nuevo abad de Saint Precious; pese a lo breve del encuentro, había tenido el tiempo suficiente como para darse cuenta de que De'Unnero era un hombre desagradable, lleno de furia y orgullo. La muerte de Bildeborough y la de su único heredero, Connor, sumadas a la del abad Dobrinion, habían provocado un vacío en la estructura de poder de Palmaris, un agujero que el abad De'Unnero se apresuraría a llenar. Y el hecho de que De'Unnero hubiera ido otra vez a Saint Mere Abelle para aquella asamblea hacía temer al guardabosque que el abad podría haber llevado consigo un prisionero: Roger Descerrajador.
A Elbryan le parecía que la Iglesia abellicana era un enorme monstruo negro que se alzaba para tapar la luz del sol. Analizó la expedición a Aida para luchar contra el demonio Dáctilo y su viaje a Saint Mere Abelle para rescatar a sus amigos de las garras del padre abad, y comprendió que esas dos misiones no habían sido tan distintas; en absoluto.
—¿Y tú qué misión tienes? —preguntó Elbryan a Kilronney.
El hombre exhaló un suspiro desalentado.
—Debo volver a Palmaris —dijo— para ayudar a mantener la ciudad en orden.
—Te necesitamos aquí —le recordó el guardabosque—; el invierno puede golpear con dureza a esa gente y atraer monstruos que no podrán vencer sin tu ayuda. Y también está la cuestión de la caravana que tiene que ir al norte antes del inicio de la primavera.
—¿Quién eres tú para comparar la reapertura de las Tierras Boscosas con la seguridad de Palmaris? —protestó la mujer con incredulidad.
Entre tanto, se había acercado al capitán y lo había paralizado mirándolo fija e intensamente; era una mirada que, a juicio de Elbryan, denotaba familiaridad, y eso le hizo pensar de nuevo que entre ellos podía haber alguna relación de parentesco.
El guardabosque miró a Kilronney, pero éste se encogió de hombros, derrotado por la sencilla lógica de la frase de la mujer.
—¿Qué pasará con la banda de powris del oeste? —preguntó el guardabosque.
Él y el capitán habían hablado antes de sus planes relativos a una molesta banda de enanos de gorras sangrientas que no habían abandonado la región y que representaban una amenaza para cualquiera que se aventurara fuera de la zona de seguridad de Caer Tinella y Tierras Bajas.
—Nos ocuparemos enseguida de ellos —propuso Shamus Kilronney.
La mujer soldado empezó a protestar.
—Y luego, si el tiempo se mantiene y deja despejado el camino, mis hombres y yo volveremos al sur —dijo Shamus en un tono que no dejaba lugar a discusión alguna.
La mujer gruñó y se dio la vuelta para mirar con fijeza al guardabosque.
—Te presento al Pájaro de la Noche —dijo el capitán Kilronney, al fin.
El guardabosque elevó ligeramente la barbilla, pero no hizo ninguna reverencia.
—¿Pájaro de la Noche? —preguntó la mujer con expresión agria—. Un nombre extraño.
—Y ella es la sargento Colleen Kilronney, de la guardia de Palmaris —explicó Shamus.
—¿Tu hermana? —preguntó el guardabosque.
—Mi prima —contestó Shamus, molesto, en cierto modo.
—De la mejor parte de la familia —se apresuró a puntualizar Colleen, y por el tono, Elbryan no pudo discernir si hablaba en serio o no—. ¡Oh!, mi primo aprendió a hablar con la distinción y corrección de las damas de la corte de Ursal; incluso ha comido en la misma mesa que el rey.
Shamus la miró ceñudo, pero ella se limitó a dedicarle una burlona carcajada y se volvió hacia el guardabosque.
—Bueno, maese Pájaro de la Noche... —empezó a decir.
—Sólo Pájaro de la Noche —explicó el guardabosque.
—Bueno, maese Pájaro de la Noche —prosiguió Colleen sin ceder lo más mínimo—, parece que te has salido con la tuya en eso de luchar contra los gorras sangrientas. Mis soldados y yo procuraremos divertirnos; estamos un tanto inquietos por los sucesos de Palmaris y nos vendrá bien olvidar nuestras preocupaciones con los powris.
Los otros dos soldados de Palmaris asintieron con un gesto de cabeza; su expresión era severa.
—No nos queda mucho tiempo —dijo Shamus Kilronney—. El campo de batalla debe escogerse y prepararse.
—Ya decidirás el campo de batalla cuando desenvaines la espada —indicó la testaruda Colleen.
Elbryan echó un vistazo al capitán y a su prima. Entre ellos, había una intensa rivalidad, sin duda, y el guardabosque comprendió que tales sentimientos podían tener nefastas consecuencias en la batalla.
—Me enteraré de dónde han ido los powris y elegiré el terreno adecuado para el ataque —dijo, y salió de la tienda.
—Eres demasiado confiado —la oyó quejarse Elbryan.
—Nadie puede preparar mejor una estrategia de batalla que el Pájaro de la Noche —dijo Shamus.
El guardabosque sacudió la cabeza sonriendo, montó a Sinfonía y se dispuso a partir. No obstante, su diversión a costa de Colleen Kilronney duró poco, sólo hasta que volvió a considerar las amargas noticias que la mujer había traído.
Elbryan vio cómo Pony se acercaba cuando él salía del campamento y dirigió a Sinfonía al trote hacia ella.
La joven lo miró con suspicacia y descubrió que algo iba mal antes de que el hombre empezara a hablar.
—El barón Bildeborough fue asesinado por el camino, mucho antes de llegar a Ursal —le dijo Elbryan mientras desmontaba a su lado—, junto con su guardia, aunque no se ha encontrado ningún rastro de Roger entre los muertos.
—¿Otra vez los powris? —inquirió la voz de Juraviel desde los árboles con un deje sarcástico—. Sin duda es el mismo clan que asesinó al abad Dobrinion.
—Es una idea que puede encerrar más verdad de la que crees —respondió el guardabosque—. Los que encontraron al barón dicen que fue asesinado por un gran felino, y aunque así parecen indicarlo las heridas, los motivos del ataque desmienten tal suposición.
—Zarpa de tigre —espetó Pony, refiriéndose a la gema que los monjes podían usar para transformar sus extremidades en las de un gran felino.
Cerró los ojos y bajó la cabeza mientras suspiraba profundamente. Elbryan rodeó los hombros de la chica con su brazo, pues se dio cuenta de que necesitaba que la reconfortara. En efecto, cada nuevo encuentro o noticia relacionada con la Iglesia abellicana constituía una pesada losa para Pony; las impías acciones que los monjes emprendían, tan contrarias a los principios que habían guiado al querido Avelyn, no hacían más que reforzar el dolor de la joven por la pérdida de sus padres.
—Palmaris está muy agitada —dijo Elbryan, dirigiéndose a Juraviel—. El capitán Kilronney y sus soldados permanecerán poco tiempo con nosotros. Tenemos que ocuparnos de la banda powri antes de que se vayan.
—¿Y qué hacemos con Roger? —preguntó Pony—. ¿Vamos a continuar con las obligaciones que nos retienen aquí, o incluso a alejarnos más, mientras quizás él se encuentra en un terrible peligro?
Elbryan extendió las manos con expresión desesperanzada.
—No había ninguna huella de Roger entre los muertos, ni tampoco en el camino —explicó.
—Tal vez lo hayan hecho prisionero —aventuró Juraviel.
—Si lo han enviado a Saint Mere Abelle, volveré allí —declaró Pony.
El tono helado que había empleado la joven hizo que Elbryan sintiera escalofríos. Sospechaba que esa vez se proponía entrar por las puertas frontales y no dejar piedra sobre piedra a su paso.
—Si ha sido hecho prisionero, por supuesto iremos en su busca —indicó Elbryan para calmarla—. Pero no lo sabemos, y a falta de pruebas, debemos confiar en Roger y continuar con los planes previstos.
—Pero si nos vamos hacia el norte o a combatir contra los powris, ¿cómo nos enteraremos del destino de Roger? —protestó Pony.
Era un dilema, pero el guardabosque no acababa de convencerse de que debían abandonarlo todo para ir tras Roger Descerrajador. Ese hombre era un superviviente nato. Cuando Caer Tinella estuvo ocupada por los powris, Elbryan y Juraviel habían ido a rescatarlo y se habían encontrado con que ya se había escapado.
—No sé qué decirte —admitió el guardabosque—; sé que debo confiar en Roger. Si hubiese muerto en el camino, entonces no se podría hacer nada.
—¿No vengarías la muerte de un amigo? —dijo Pony, cuyas palabras tenían un tono que cortaba como el acero.
Elbryan la miró fijamente como si fuera una extraña, una persona distinta a la que había llegado a querer con tanta ternura.
Pony no pudo resistir la mirada; bajó la cabeza y suspiró de nuevo.
—Claro está que lo harías —admitió—. Tengo miedo por Roger, eso es todo.
—Podríamos enviar una nota a Belster O'Comely, a Palmaris —propuso Juraviel—. La ciudad es demasiado grande como para que nosotros deambulemos por ella tratando de localizar a Roger. Pero Belster, tan bien situado en la ciudad, podría conseguir alguna información.
—El Camino de la Amistad es una encrucijada de rumores —añadió Pony con esperanza.
—Iré a visitar a Tomás Gingerwart —propuso Elbryan— para asegurarme un buen mensajero.
—Ninguno resultaría tan fiable como yo —dijo Pony mientras el guardabosque se alejaba.
Elbryan se detuvo de golpe y cerró los ojos. Le costó un buen rato controlar su enfado. Luego, se volvió hacia ella lentamente, asombrado de que estuviera dispuesta a dar semejante paso.
—Debo ir a reunirme con Bradwarden —comentó Juraviel—. Espiaremos a los powris y os informaremos al atardecer.
El elfo se fue y dejó a la pareja, que, enfrascada en su conversación, apenas lo había oído.
_
2
El legado de Jojonah

—Hay varios hermanos prometedores, listos para alcanzar el rango de inmaculados —dijo el padre abad Dalebert Markwart al hermano Braumin Herde.
Se había reunido con el joven monje en la muralla del lado mar del imponente monasterio de Saint Mere Abelle, que dominaba desde lo alto las frías aguas de la bahía de Todos los Santos.
Braumin se dio la vuelta para encararse con el anciano y pegó un salto, asustado. El cabello de Markwart se había ido aclarando; entonces, ya había desaparecido del todo, y su cráneo estaba rasurado al cero. La cabeza calva había cambiado considerablemente el aspecto de Markwart. Las orejas parecían más largas y estrechas, casi puntiagudas, y la cara era una capa gredosa sobre una calavera. Braumin observó la posición ladeada del marchito rostro de Markwart y vio un cierto centelleo —¿la mortecina luz del mal?— en sus ojos sin vida. ¡Cuánto había envejecido!
Con todo, aún había un aura innegable de energía en torno al padre abad. Parecía más alto que Braumin Herde, y se mantenía más erguido de lo que el joven monje recordaba. Además, sus movimientos eran enérgicos, y el hermano Braumin comprendió que toda esperanza que pudiera albergar respecto a la pronta muerte del anciano era infundada. El impacto que le había causado el aspecto del padre abad no tardó en desaparecer, pero siguió examinando al anciano detenidamente, sorprendido de que Markwart se hubiera aventurado a exponerse al viento frío, pues el hermano Braumin Herde, cuya amistad con el ejecutado hereje Jojonah era conocida, no se contaba obviamente entre los favoritos del padre abad.
—Prometedores —repitió Markwart, cuando vio que sus primeras palabras no habían obtenido respuesta alguna del joven monje—. Quizás hay ahora inmaculados en Saint Mere Abelle que deberían temer que esos recién llegados a su mismo rango les adelanten en la lista para cubrir las vacantes producidas por la marcha de Marcalo De'Unnero y la muerte del hereje Jojonah.
«¡El asesinato, quieres decir!», replicó en silencio el hermano Braumin. Sólo hacía tres semanas que había ocurrido, a mitad de Calember, el undécimo mes, cuando el invierno iniciaba su asalto helado sobre la tierra. Se había convocado una asamblea de abades en Saint Mere Abelle, y el padre abad Markwart, tal como se esperaba, había aprovechado la ocasión para pedir una declaración formal con objeto de que Avelyn Desbris fuera tachado de hereje y proscrito. Maese Jojonah, mentor y amigo de Braumin, se había enfrentado a Markwart, argumentando que Avelyn, aunque había desafiado a la Iglesia y se había fugado con algunas gemas sagradas, era un hombre piadoso y no un hereje, y que, en realidad, era el padre abad Dalebert Markwart el verdadero hereje, el que había tergiversado la doctrina de la Iglesia en provecho del mal.
Jojonah había sido quemado en la pira aquella misma mañana.
Y el hermano Braumin, debido a la promesa que le hizo a su querido mentor, se había limitado a contemplar con impotencia cómo torturaban y mataban a su estimado amigo.
—¿Te has ocupado de los preparativos para la ceremonia de bienvenida a la nueva promoción? —preguntó Markwart—. Puede parecer que falta mucho, pero si este año el invierno se muestra inclemente, no podréis salir al patio para preparar la Vía de los que Sufren de Buen Grado y otras cosas necesarias.
—Sí, padre abad —contestó mecánicamente el hermano Braumin.
—Bien, hijo mío; bien —comentó Markwart en tono condescendiente.
El anciano extendió el brazo y le dio una palmada en el hombro; Braumin tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no retroceder ante aquel contacto tan frío y sin corazón.
—Tienes grandes posibilidades, hijo mío —prosiguió el padre abad—. Con la adecuada guía, puedes sustituir a maese De'Unnero, del mismo modo que el hermano Francis sustituirá, a su vez, al condenado Jojonah.
Braumin Herde apretó los dientes y se tragó una dura respuesta. El solo hecho de pensar que el hermano Francis Dellacourt, un lacayo falto de voluntad y conspirador, sustituiría a su adorado Jojonah le molestaba profundamente.
Markwart, tratando en vano de ocultar su sonrisa, se alejó y lo dejó solo. Braumin tenía un sabor de bilis en la garganta y ahogaba los gritos que de ella salían. El monje no dudaba de la sinceridad del padre abad al indicarle que podía ser elevado al rango de padre. Esa codiciada categoría no representaría gran cosa bajo la autoridad de Markwart y sería puramente honorífica para Braumin si llegaba a alcanzarla; así, Markwart podría disipar cualquier rumor de descontento en el seno de la Iglesia abellicana. Numerosos abades y padres habían prestado mucha atención a maese Jojonah, y la forma repentina y brutal con que Markwart y el abad Je'howith de Saint Honce lo habían acusado, condenado y ejecutado había cogido a todo el mundo por sorpresa, y no pocos se mostraban preocupados. Por supuesto, cualquiera que hubiera tenido ganas de protestar habría sido silenciado por el terror: Markwart y Je'howith utilizaban soldados de la brigada Todo Corazón, la guardia de elite del mismísimo rey, como instrumentos de muerte, y pocos se atrevían a discutir en contra del padre abad de la orden abellicana en su monasterio central de Saint Mere Abelle, tal vez la mayor fortaleza del mundo.
En ese momento, Markwart estaba tratando de controlar los argumentos embrionarios, fruto de las reflexiones provocadas por aquel evento. Contaba con la sentencia contra Avelyn —eso parecía bastante seguro—; pero la que después había condenado a Jojonah parecía abierta a interpretaciones y discusiones. Promocionando al rango de padre al hermano Braumin Herde, conocido por todos como protegido de Jojonah, Markwart pretendía acallar tales argumentos.
Pero, aún a sabiendas de que su aceptación podía fortalecer a Markwart, Braumin tendría que acceder en virtud de la misma promesa que le obligó a mantenerse callado mientras su querido amigo era quemado vivo.
El monje miró con fijeza por encima de la muralla del lado mar hacia las aguas que se agitaban casi cien metros por debajo. Se sentía físicamente pequeño frente al espectáculo de la majestuosa naturaleza que se abría ante él, y también se sentía pequeño en todos los sentidos frente a las intrigas y el poder de Dalebert Markwart.
El padre abad se frotó las manos con vigor al entrar en la abadía, pero allí dentro, en el corredor de la muralla del lado mar, había muchas ventanas abiertas y el lugar ofrecía sólo una débil protección frente al viento frío. Al anciano no le importaba; aquel día estaba de muy buen humor. Lo que le había dicho al hermano Braumin Herde no dejaba de ser merecido y no era fruto solamente de la conspiración de Markwart. En efecto, a Markwart el mundo le parecía más brillante desde que la asamblea de abades le había quitado de encima al problemático Jojonah y había declarado hereje a Avelyn. Aquella sentencia, expresada en términos que dejaban claro que Avelyn y Jojonah habían conspirado desde antes del viaje de aquél a Pimaninicuit para obtener las gemas, casi había permitido al padre abad recuperar su reputación en relación con las gemas robadas. Si Markwart conseguía recuperarlas, obtendría un lugar respetable en los anales de la Iglesia abellicana, e incluso, si no lo lograba, la mayor parte de la culpa quedaría diluida.
No, su reputación estaba garantizada. Gracias al desbaratamiento de la conspiración en el seno de la Iglesia y a la derrota del demonio Dáctilo, el nombre del padre abad Dalebert Markwart, sin duda, sería pronunciado con reverencia por las futuras generaciones de monjes abellicanos.
Con paso enérgico, el anciano se apresuró a cruzar una puerta, y poco faltó para que chocara con el hermano Francis Dellacourt, que venía a toda prisa en sentido contrario. El joven monje estaba sin aliento y pareció aliviado al encontrar al padre abad.
—Traes noticias —dedujo Markwart al observar el pergamino enrollado que apretaba el monje en la mano.
Francis tuvo que recuperar el aliento; también él se asustó ante el cambio de aspecto de Markwart. Trató de disimular su desconcierto, pero parpadeaba con frecuencia y mantenía la boca parcialmente abierta.
—Supongo que serán buenas —dijo Markwart con calma mientras se pasaba la mano por la cabeza calva.
Francis tartamudeó una respuesta incomprensible. Después, simplemente asintió con la cabeza y empezó a manosear la cinta que ataba el pergamino.
—¿Se trata de la lista que te encargué que confeccionaras? —inquirió con impaciencia Markwart.
—No, padre abad; es del abad De'Unnero —respondió Francis en tanto recuperaba cierta serenidad y le entregaba el pergamino—. El mensajero dijo que se trataba de algo de la máxima importancia. Sospecho que puede tener que ver con las gemas desaparecidas.
Markwart le arrebató el pergamino, soltó la cinta, lo desenrolló y devoró las palabras que contenía. Al principio, tenía una expresión confusa, pero enseguida se le animó, y las comisuras de los labios dibujaron una perversa sonrisa.
—¿Las gemas? —preguntó Francis.
—No, hijo mío —susurró Markwart—. Ni palabra de las piedras. Parece ser que la gran ciudad de Palmaris se halla sumida en un estado de completa confusión, pues el barón Rochefort Bildeborough ha escogido el momento más inoportuno para dejar esta vida.
—¿Cómo? —preguntó el hermano Francis, ya que las palabras de Markwart no cuadraban con la presuntuosa expresión del anciano.
Desde luego, ambos sabían que Rochefort había muerto, ya que la noticia había llegado a Saint Mere Abelle mucho antes de que se reuniera la asamblea de abades.
—Parece ser que el barón de Palmaris murió en un momento muy poco oportuno para su familia —dijo, sin inmutarse, el padre abad—; han terminado de inspeccionar los archivos de Palmaris y las suposiciones del abad De'Unnero han resultado ciertas. El barón no ha dejado herederos. Es una lástima, pues, a pesar de sus frecuentes e improcedentes bravuconadas, era, según dicen todos, un hombre bueno y un gobernador sensato, tal como ha sido tradicional en la familia Bildeborough durante generaciones.
Francis trató de encontrar una respuesta, pero no la halló. Tan sólo unos días antes de saber que el barón Bildeborough había muerto, se había enterado de que Connor Bildeborough, sobrino de Rochefort y, al parecer, único heredero de la baronía, había sido asesinado al norte de la ciudad.
—Despide al mensajero del abad De'Unnero y dile que transmita que su nota ha sido recibida y comprendida —ordenó Markwart mientras se adelantaba a Francis y le hacía una señal para que lo siguiera—. ¿Y qué hay de aquella lista?
—Casi está completa, padre abad —dijo Francis tímidamente —; pero el personal de servicio que trabaja en la abadía cambia con mucha frecuencia, pues cada semana unos se van y otros son reclutados.
—¿Me vienes con excusas?
—N..., no, padre abad —tartamudeó Francis—, pero es una difícil...
—Ocúpate de los que podrían haber llegado después de mi viaje a Palmaris —precisó Markwart—, sin olvidar a los que fueron reclutados durante ese tiempo ni a los que ya habían dejado su puesto.
Luego, el padre abad echó a andar, y Francis lo siguió a un paso de distancia.
—Los dos tenemos mucho que hacer —dijo Markwart con un aire más bien severo mientras se volvía hacia Francis.
—Creí que teníamos que hablar —se disculpó Francis.
—Y eso hemos hecho —puntualizó Markwart, que se dio la vuelta y se fue.
El hermano Francis permaneció en el vestíbulo vacío durante un buen rato, herido por el brusco trato que había recibido y sorprendido por el cambio de aspecto del padre abad y por su cara de pocos amigos, casi siniestra. Aunque el padre abad había estado de buen humor en los últimos tiempos, parecía que eso no le impedía mostrarse cortante e incisivo. Francis analizó sus propios errores y trató de relativizar la cólera de Markwart, teniendo en cuenta que él no había terminado la tarea. Pero en verdad había trabajado con diligencia y sin respiro —salvo para atender al mensajero del abad De'Unnero— desde que Markwart le había encargado que confeccionara la lista.
El hermano Francis podía aceptar las duras palabras del abad. Lo que más le preocupaba era las noticias de Palmaris y la reacción del padre abad ante ellas. El barón Bildeborough, el siguiente en la creciente lista de adversarios del padre abad Markwart, ya estaba muerto, al igual que todos los rivales precedentes. ¿Pura coincidencia? ¡Y qué conveniente resultaba que no hubiera otros Bildeborough vivos para heredar la baronía!
El hermano Francis alejó tales pensamientos y se obligó a sí mismo a concentrarse en la tarea inmediata. Acto seguido, tenía que ir a las despensas para hablar con el hermano Machuso, que se ocupaba de los sirvientes de la cocina y de la limpieza. Sería un largo día.
Los hermanos Braumin Herde, Marlboro Viscenti, Holan Dellman, Anders Castinagis y Romeo Mullahy, cada uno por su lado, se dirigían al secreto oratorio preparado mucho más abajo del nivel de las salas comunes de Saint Mere Abelle, en una pequeña pieza al lado de la vieja biblioteca donde maese Jojonah había encontrado la explicación al conflicto filosófico entre el padre abad Markwart y el hermano Avelyn Desbris. Desde la semana posterior a la ejecución de maese Jojonah, los cinco monjes se habían reunido todas las noches, poco después de vísperas, para rezar en privado las plegarias.
Los cinco se sentaron en el suelo, formando un círculo en torno a un largo cirio, con las manos juntas. El hermano Braumin, como era el monje de mayor rango y les llevaba varios años a los demás, empezó las plegarias e invocó como siempre los nombres de Jojonah y Avelyn Desbris para pedir a los desaparecidos mentores guía y fuerza para el grupo. Braumin notó que tanto Castinagis como Mullahy se sentían incómodos ante la mención del nombre de Avelyn: el simple hecho de pronunciar ese nombre de un modo positivo era considerado un crimen repugnante por la Iglesia abellicana y por el Estado, ya que Avelyn había sido formalmente declarado hereje. Lo mismo podía decirse de Jojonah, pero los cinco lo habían tratado durante mucho tiempo y ninguno de ellos aceptaba el veredicto que había condenado al bondadoso padre.
Una vez acabada la plegaria, Braumin se puso en pie, miró a sus compañeros y, al fin, su vista se posó en los dos más jóvenes del grupo. En las primeras reuniones sólo habían sido tres: Herde, Viscenti y Dellman; pero fueron descubiertos durante el cuarto encuentro por los otros dos, curiosos compañeros de clase del joven Dellman. Ni Castinagis ni Mullahy, que habían presenciado la horrible ejecución de su amigo Jojonah, habían sido difíciles de convencer —no sólo para que no hablaran de las reuniones, sino también para que participaran en ellas en el futuro—; pero aunque ambos monjes parecían sinceros, ninguno de los dos había llegado a sentir verdadero entusiasmo.
—¿Comprendéis por qué nos hemos reunido aquí? —le preguntó Braumin a Mullahy.
—Para rezar —respondió el hombre.
—Dedicamos horas cada día al rezo durante nuestras obligaciones cotidianas —objetó Braumin.
—Nunca nadie reza demasiado —terció el hermano Castinagis, un monje joven, franco y enérgico.
—No quieres admitir la diferencia entre nuestras plegarias nocturnas y las diurnas —comentó Braumin, con lo que atrajo las curiosas miradas de todos los demás. Marlboro Viscenti, un hombre flaco, nervioso y con varios tics, empezó a sentirse incómodo—. El hecho de admitir diferencias filosóficas, el explícito reconocimiento de que sólo nuestras plegarias a maese Jojonah y al hermano Avelyn representan el verdadero espíritu de la Iglesia abellicana es la base de nuestras reuniones —añadió Braumin.
—¿El solo hecho de reunirnos en privado no significa que así lo admitimos? —preguntó Castinagis.
—Para los otros miembros del grupo, quizá —repuso Braumin—; pero semejante muestra de lealtad no sirve para admitir la verdad en tu propio corazón.
De nuevo, los dos interpelados miraron al hermano Braumin con expresiones de asombro. Viscenti continuaba crispado, pero el rostro del hermano Dellman mostraba una cálida sonrisa de comprensión.
—Y lo que de verdad importa es lo que está en vuestros corazones —acabó diciendo Braumin.
—Si los principios en los que se basan estas reuniones no estuvieran en nuestros corazones, ¿qué sentido tendría asistir a ellas? —preguntó Castinagis—. ¿Acaso crees que somos espías del padre abad? Porque si pretendes acusarnos...
—No, hermano Castinagis —respondió Braumin con calma—; estoy seguro de que sois leales a maese Jojonah. Su alma puede descansar en paz para siempre.
—Era un hombre bueno como no he conocido otro —dijo el hermano Mullahy.
Mullahy y Castinagis habían estado muy unidos desde que habían hecho sus votos y habían entrado en Saint Mere Abelle; pero eran muy distintos el uno del otro, tal como lo ponía de manifiesto la manera de hablar tan tímida de Mullahy, con la mirada baja y unos susurros tan débiles que los demás apenas podían oírlos.
—Porque nunca conociste al hermano Avelyn —dijo Braumin.
En ese momento, las curiosas miradas adquirieron un matiz de antagonismo, como si los dos monjes más jóvenes hubieran considerado las palabras de Braumin un guante arrojado sobre la memoria de su querido maese Jojonah.
—Lo cierto es que no han visto el lugar donde está enterrado —terció Dellman, aliviando ligeramente la tensión—; no estuvieron con nosotros en la montaña de Aida, cuando vimos el brazo momificado y extendido del hermano Avelyn Desbris, cuando sentimos aquella aura tan poderosa y beatífica.
—Ni tampoco ninguno de vosotros tuvo ocasión de hablar con maese Jojonah sobre el hermano Avelyn Desbris —añadió Braumin—. Si la hubierais tenido, comprenderíais que mis palabras no representan ningún ataque a la memoria de Jojonah, sino que, por el contrario, son la expresión de los principios que deben guiar nuestros esfuerzos, los principios que Avelyn Desbris enseñó a maese Jojonah, a todos nosotros.
Aquellas palabras disiparon el enfado, y también Castinagis inclinó la cabeza con respeto.
El hermano Braumin Herde cruzó la pequeña sala y se dirigió a un arca que había en una esquina, la misma en la que los sigilosos hermanos guardaban los cojines y el cirio, y sacó un viejo y desgastado libro.
—El delito que separó al hermano Avelyn de la orden abellicana estaba condenado por las normas de nuestra Iglesia —explicó.
—¿El asesinato de maese Siherton? —preguntó con incredulidad el hermano Castinagis, pues en el primer encuentro, el hermano Braumin se había esforzado para exonerar a Avelyn de aquella muerte.
—No —repuso, cortante, Braumin—. Nadie asesinó a maese Siherton. Ese hombre murió cuando trataba de impedir la legítima huida del hermano Avelyn.
—El hermano Avelyn actuó sólo en defensa de su propia vida —precisó el hermano Dellman.
—Me refiero a los actos de la Iglesia —explicó Braumin—; en particular, a los de maese Siherton contra el Corredor del Viento, el barco contratado por el padre abad Markwart para que embarcaran en él los cuatro hermanos elegidos, rumbo a la isla de Pimaninicuit, en el año 821 del Señor.
Los tres hermanos más jóvenes sintieron una gran curiosidad, pues la recogida de gemas no era un tema público en Saint Mere Abelle. De hecho, a nadie por debajo de la categoría de inmaculado se le decía una palabra de aquella isla ecuatorial, donde los preparadores seleccionados recogían las gemas sagradas; incluso la mayoría de los hermanos inmaculados no sabía gran cosa de aquel lugar. Todos los monjes de la Iglesia abellicana sabían que las piedras caían del cielo, que eran un don de Dios, pero los detalles no se comentaban de forma abierta en la abadía. Maese Jojonah se lo había contado a Braumin Herde, y éste, a su vez, le había relatado la historia al hermano Viscenti. Entonces decidió que había llegado el momento de contársela a los demás, de confiarles lo que era, quizás, el mayor de todos los secretos.
—Pimaninicuit es el nombre dado a una lejana isla en el gran Miriánico, adonde el cielo envía las gemas sagradas —empezó a contar el hermano Braumin con aire sombrío—; tan bendito evento se produce sólo una vez cada siete generaciones, o sea, cada ciento setenta y tres años. Hemos sido bendecidos por el hecho de que eso sucediera durante nuestra vida, pero más bendito fue el hermano Avelyn, ya que resultó uno de los cuatro monjes seleccionados para viajar hasta la isla y uno de los dos preparadores elegidos para desembarcar en Pimaninicuit y ser testigos de la lluvia de piedras. Le acompañó el hermano Thagraine, al que, en la isla, le abandonó la fe y no buscó el adecuado refugio para protegerse de aquella muestra de la gloria de Dios; así que Thagraine murió aquel día por el impacto de la misma gema que el hermano Avelyn utilizó para destruir a nuestro mayor enemigo, el demonio Dáctilo.
El hermano Braumin hizo una pausa y contempló a sus compañeros. Se dio cuenta de que los estaba abrumando, pero tenían que oírlo, tenían que comprender su significado y el peligro que comportaba. Para un monje joven el solo hecho de pronunciar el nombre de Pimaninicuit constituía una violación de las reglas abellicanas y era causa de severos castigos, posiblemente excomunión o, incluso, ejecución.
—Tenéis que saber la verdad de lo que ocurrió en el viaje de vuelta a Saint Mere Abelle. Fue un regreso glorioso, a pesar de la muerte del hermano Thagraine, pues el hermano Avelyn, tan próximo a Dios, entregó a la humanidad la mayor cosecha de gemas jamás recogida en la isla, la mayor donación de gemas jamás otorgada por Dios.
Pero entonces —prosiguió, bajando la voz con solemnidad—, la gloria se convirtió en horror, el regalo de Dios devino pecado del demonio. La tripulación del Corredor del Viento zarpó de Saint Mere Abelle, de la bahía de Todos los Santos, una vez completado su trabajo y convencidos de tener en su poder la paga pactada. Pero esa paga era un truco, una ilusión causada por las piedras sagradas.
—¡Ladrones! —gritó el hermano Dellman—. ¡Ladrones entre nosotros!
—Asesinos —corrigió el hermano Braumin—, ya que el Corredor del Viento jamás salió de la bahía de Todos los Santos. El barco fue asaltado desde las murallas de la propia abadía por distintas clases de catapultas y por la magia, y fue hecho pedazos por la furia de Saint Mere Abelle. Todos los hombres a bordo fueron asesinados.
Tres rostros pálidos y con los ojos desorbitados clavaron desvalidas miradas en el hermano Braumin, mientras el hermano Viscenti, que ya había oído antes todo aquello, asentía apasionadamente con la cabeza. No obstante, el hermano Castinagis sacudía la suya como si no se creyera la historia, y parecía que el hermano Mullahy se había quedado sin aliento.
—No siempre había sucedido así —insistió el hermano Braumin, alzando en la mano el antiguo libro. Miró el cirio, que era mucho más corto que cuando había empezado la reunión—. Pero ya se nos ha acabado el tiempo —indicó—. Vamos a terminar con una postrera oración por las almas de los desaparecidos en el Corredor del Viento.
—Pero hermano Braumin... —protestó el hermano Castinagis.
—Ya es suficiente —repuso Braumin—. Y sabed que, si pillan a alguno de nosotros hablando de tales cuestiones, será torturado hasta la muerte. Para vuestra seguridad, acordaos tan sólo del cuerpo carbonizado de maese Jojonah, cuyos delitos a los ojos del padre abad Markwart eran menos graves que hablar de tales cosas.
Dicho esto, Braumin se arrodilló y empezó a rezar. Sabía que la imagen de Jojonah, una visión que había ardido en los corazones de los hermanos reunidos en la sala, los mantendría en silencio. Y también estaba convencido de que ninguno de ellos llegaría ni un segundo tarde a la siguiente reunión, que tendría lugar dos noches después.
Una reunión espiritual de otras características tenía lugar aquella misma noche, al menos en parte, en Saint Mere Abelle. «Ve dónde él y mira lo que tiene en la mente y en el corazón —le había ordenado la voz, cada vez más insistente, en el interior de la cabeza de Markwart—. Yo te mostraré el camino.»
La voz había hablado, y Markwart la había escuchado. En la habitación más recóndita de sus aposentos, sentado en medio del símbolo místico consistente en una estrella que había marcado en el suelo, con un cirio en cada una de sus puntas, el padre abad Markwart apretaba con vigor una hematites, una piedra del alma, y se maravillaba al ver cómo su energía mágica se conectaba con la de la piedra, consiguiendo nuevos y mayores grados de poder.
El espíritu de Markwart no tardó en liberarse de su cuerpo y en quedar suspendido en el aire, mientras analizaba las perspectivas. Había encontrado la estrella de cinco puntas en un texto antiguo, Encantamientos de brujería. La Iglesia había prohibido aquel libro, tachado de impío durante siglos, y había quemado todos los ejemplares, salvo uno, que se conservó en la biblioteca subterránea de la abadía. Markwart creía comprender los motivos de la Iglesia: el libro guardaba la clave para acceder a un poder superior, y eso, y no la conexión con el demonio Dáctilo, había sido lo que había asustado a los jerarcas de la Iglesia. Mediante el uso combinado de la estrella de cinco puntas, de las palabras de un encantamiento contenidas en el libro y de la hematites, Markwart, con una orden, había convocado incluso la presencia de un par de demonios menores.
«Con este libro, los seres malvados del infierno serán esclavos de los poderes del bien», pensaba entonces, mientras su espíritu miraba hacia abajo, donde yacía su cuerpo con las piernas cruzadas. Echó un rápido vistazo a sus aposentos y al vacío vestíbulo exterior para cerciorarse de que la zona estaba tranquila, y después se marchó; cruzó raudo las puertas principales de la abadía y se dirigió hacia el oeste, volando kilómetros y kilómetros. En cuestión de minutos, su espíritu se encontraba sobre la ribera sur del gran Masur Delaval, a unos ciento treinta kilómetros de Saint Mere Abelle.
Sobrevoló por encima del agua con igual rapidez y facilidad, y las oscuras construcciones de Palmaris no tardaron en aparecer a su vista. El espíritu de Markwart se cernió sobre la ciudad y contempló sus edificios, fijándose especialmente en las características formas de Saint Precious; efectuó un súbito descenso hasta la abadía y atravesó la muralla de piedra. Hacía sólo un año que había estado en Saint Precious y conocía la distribución del lugar lo suficientemente bien como para localizar con facilidad los aposentos privados del nuevo abad.
No se sorprendió al encontrar a De'Unnero yendo de un lado para otro de la sala, con los puños apretados por la tensión. Estaba a punto de meterse en la cama, pues sólo llevaba una camisa de dormir, pero como siempre, parecía demasiado lleno de energía.
«Coge tu piedra del alma», le ordenó telepáticamente el espíritu de Markwart. Los monjes de la orden abellicana utilizaban la hematites para las comunicaciones rudimentarias desde hacía siglos; incluso un monje podía utilizar el cuerpo de otro, alejado de él, poseyéndolo para hablar con los que estuvieran cerca del poseído, tal como Markwart había hecho con el hermano Francis cuando éste había ido a la montaña de Aida. Sin embargo, también sin la posesión, que era algo realmente brutal, podía conseguirse una cierta comunicación, aunque por lo general resultaba algo tosca, tal vez una transmisión de sensaciones. Si, por ejemplo, a la abadesa de Saint Gwendolyn le ocurría una desgracia, podía utilizar una piedra del alma para pedir ayuda a Saint Honce o a Saint Mere Abelle. Los monjes de esas abadías podían comprender que algo estaba sucediendo e incluso distinguir el origen de la comunicación y percibir espiritualmente las palabras de la abadesa. Pero Markwart, con su introspección y potencia recién descubiertas, se proponía realizar esa función al más alto nivel, y sabía que lo conseguiría.
«Coge tu piedra del alma», ordenó a De'Unnero.
Éste dejó de pasear y, confuso, miró a su alrededor.
—¿Quién anda por ahí? —preguntó.
El espíritu de Markwart voló hacia el abad y entró en él, pero no con demasiada profundidad, sin intención de poseerlo, sino sólo para permitir que De'Unnero percibiera su presencia con claridad.
El recién nombrado abad de Saint Precious se precipitó hacia su escritorio y, utilizando una llavecita que colgaba de la cadena que le pendía del cuello, abrió un compartimiento secreto en el interior de un cajón. Manoseó durante unos instantes, sacó una hematites y la apretó con fuerza. No tardó él también en salir de su cuerpo, y su espíritu se quedó perplejo al contemplar la nitidez de la imagen de Markwart.
«¿Qué clase de reunión es ésta?», preguntó el espíritu de De'Unnero, obviamente confuso ante la sorprendente visión.
«Corriste un enorme riesgo», repuso fríamente Markwart.
«No tengo miedo de los espíritus, y, además, sabía que eras tú.»
«No al venir a mi encuentro —explicó Markwart—, sino al salir al encuentro del carruaje del barón Bildeborough.»
«¿Por qué hablamos de eso ahora? —inquirió De'Unnero—. El barón lleva muerto varios meses y tú sabías desde el principio, ¡tenías que saberlo!, que yo estaba implicado. Pero no me comentaste nada sobre su fallecimiento durante la asamblea de abades.»
«Quizá tenía que atender otras obligaciones más urgentes —respondió Markwart—. Y la muerte de Rochefort Bildeborough ahora ha adquirido mayor relevancia.»
«Eso quiere decir que has hablado con mi mensajero.»
«He leído entre líneas el texto enviado por Marcalo De'Unnero —corrigió Markwart—. El barón de Palmaris fue asesinado en la carretera, sin dejar herederos. ¡Qué feliz coincidencia para el nuevo abad de Saint Precious!»
«Y para el padre abad, para quien Rochefort Bildeborough era un enemigo», repuso De'Unnero.
«¿Cómo murió?», preguntó Markwart.
Contempló cómo el espíritu de De'Unnero se relajaba. Incluso el lenguaje corporal era claramente perceptible, aunque ninguno de los dos estuviera en su cuerpo. Una sonrisa se dibujó en la cara espiritual de De'Unnero, pero no dio la menor muestra de contestar.
«Lo hiciste con la zarpa de tigre», dedujo Markwart.
«Si tú lo dices.»
«Dejemos de jugar; ese asunto es demasiado importante.»
«¿Igual que el de Connor Bildeborough? ¿O que el del abad Dobrinion?», repuso De'Unnero maliciosamente.
La réplica hizo retroceder un poco a Markwart, sorprendido ante la falta de respeto que mostraba De'Unnero. El padre abad había promocionado a aquel joven como abad de Saint Precious —una tarea nada fácil— porque consideraba que De'Unnero era una molesta espina clavada en el costado de Bildeborough y —algo aún más importante— un leal subordinado. Sin embargo, parecía que De'Unnero consideraba que su nueva posición de abad le convertía más en un igual a Markwart que en un subordinado, y esa actitud no le gustaba en absoluto a Markwart.
«Los mataste a ambos —atacó De'Unnero—; o los hiciste morir a manos de aquellos a quienes adiestré para que se convirtieran en hermanos Justicia.»
«Supones muchas cosas.»
Markwart oyó, o por lo menos advirtió, un suspiro emitido por el otro espíritu con tanta claridad como si hubiera salido del cuerpo de De'Unnero.
«No soy un imbécil, padre abad, y sobrevivo gracias a mi sentido de la observación. Al abad Dobrinion no lo mató ningún powri. El hombre que trajo los cuerpos de Connor Bildeborough y del hermano Youseff a Palmaris repitió sin cesar las descabelladas acusaciones de Connor en el sentido de que la Iglesia había asesinado a Dobrinion. ¿Acusaciones descabelladas? —repitió en tono de burla, riéndose perversamente—. Tal vez descabelladas, pero sólo para los que no hayan visto de cerca al padre abad Markwart durante los últimos meses.»
«Estás pisando un terreno muy peligroso —le avisó el espíritu de Markwart—; te puedo destruir con la misma facilidad con la que te promocioné.»
«Una afirmación de la que no dudo —contestó De'Unnero con sinceridad—. No deseo tu enemistad, padre abad. Eso jamás. Hablo de tan oscuros asuntos con respeto y aprobación.»
Markwart hizo una pausa para meditar aquellas palabras.
«Durante los meses en que Youseff y Dandelion fueron adiestrados, te pedí que me dejaras ir en busca de las gemas robadas. Te vuelvo a decir que si De'Unnero hubiera ido en pos de ellas, ahora las piedras estarían de nuevo en Saint Mere Abelle y los proscritos que las poseen, los amigos del hereje Avelyn, yacerían muertos en tierra no consagrada.»
Markwart no podía disentir. Marcalo De'Unnero era tal vez el hombre más peligroso y competente que jamás había conocido. De'Unnero tenía unos treinta y cinco años, pero contaba con la agilidad y la energía de un hombre de veinte, y eso representaba una combinación de experiencia y potencia muy difícil de hallar.
«Pero no te lo digo para criticarte —se apresuró a añadir el espíritu de De'Unnero—, sino sólo para recordártelo y para pedirte que cuentes más conmigo.»
«¿Cómo en el caso de la eliminación del barón Bildeborough?»
Su interlocutor se quedó clavado, atrapado por la brusquedad de aquellas palabras.
«Me enteraré de la verdad o, por supuesto, te destruiré», proclamó Markwart.
El simple tono de sus pensamientos convertía sus palabras en una promesa, no en una amenaza. Quería comprobar si De'Unnero lo amenazaría con revelar el asesinato del abad Dobrinion y de Connor Bildeborough; si lo hacía, entonces Markwart rompería la conexión e iniciaría el proceso de liquidación de ese problema. Pero De'Unnero no estaba jugando a eso en absoluto.
«No soy tu enemigo, padre abad, sino tu súbdito —explicó el espíritu—. Un súbdito leal. Me lancé a la carretera del sur de Palmaris bajo la apariencia de un gran felino.»
«¿Eres consciente del riesgo que corriste?»
«No mayor del que corriste tú —repuso De'Unnero—. Diría que fue menor, ya que el abad Dobrinion era uno de los nuestros y su asesinato podía poner a toda la Iglesia en contra de ti. El fallecimiento de Bildeborough no es de la incumbencia de la Iglesia abellicana.»
«Sólo del rey», replicó Markwart con sarcasmo, pero pareció que el espíritu de De'Unnero consideraba intrascendente el comentario.
En realidad, Markwart estaba de acuerdo con el criterio de su interlocutor, pues le daba mucho más miedo el poder de la Iglesia que el del Estado.
«No hubo complicaciones —insistió De'Unnero—. No hay nada que me pueda relacionar con la muerte del barón Bildeborough, ni mucho menos que pueda vincularte a ti.»
«Algo más que una pura coincidencia, murmurarán algunos —repuso Markwart—, especialmente ahora que no queda ningún Bildeborough para heredar la baronía.»
«Y algunos ya están murmurando —relató De'Unnero—, y ya lo hacían antes del fallecimiento del barón. Pero sin pruebas claras y concluyentes, ¿quién se atrevería a acusar al padre abad de la Iglesia abellicana? No, deberíamos fijarnos en las ventajas que nuestros actos nos reportan en lugar de demorarnos con los riesgos.»
«Las ventajas todavía están por determinar —respondió Markwart—. No sabemos a quién concederá el rey la baronía. Probablemente, a juzgar por los rumores, Danube Brock Ursal elegirá a alguien que no parezca favorable a la Iglesia para asegurar la continuidad de su poder en Palmaris.»
«No estoy de acuerdo —osó argüir De'Unnero—. ¿No fue ese mismo rey quien ofreció de buen grado sus soldados de elite al abad Je'howith para la asamblea de abades?»
«A pesar de las protestas de sus consejeros seculares, sin duda —precisó Markwart—. Je'howith ha luchado mucho en Ursal para hacerse oír por el rey.»
«Ésa es la lucha que debe prevalecer ahora —prosiguió De'Unnero de forma terminante—, pues, con el vacío de poder del Estado en Palmaris, podría ser el momento oportuno para que la Iglesia lograra una posición más elevada en el gobierno de la ciudad.»
De nuevo, el espíritu de Markwart retrocedió ligeramente.
«No sería algo sin precedentes —siguió insistiendo De'Unnero—. Palmaris no tiene barón, y pocos habrá con las credenciales suficientes para aspirar a semejante título dispuestos a abandonar Ursal para llevar una existencia menos lujosa en Palmaris; especialmente, si consideramos los rumores sobre conspiraciones y otros peligros potenciales.»
¡Markwart no podía creer que aquel hombre tuviera tanta sangre fría! ¡De'Unnero trataba de sacar ventaja de cualquier escollo, y convertía en algo positivo las sospechas sobre la implicación de la Iglesia en las muertes!
«Ve a ver a Je'howith del mismo modo que me has visitado a mí —le pidió De'Unnero—. Obliguemos al rey a una alianza que expanda el poder de la Iglesia.»
«Que expanda tu poder», corrigió Markwart.
«Y yo soy tu siervo, padre abad —pronunció De'Unnero antes de que Markwart hubiera acabado de pensar lo que había dicho—. Ahora, el rey no decidirá oponerse a la Iglesia; no, cuando lo más sencillo es dejar que lo ayudemos a superar las caóticas consecuencias de la guerra.»
Markwart tuvo que admitir que aquello tenía sentido.
«Visitaré a Je'howith esta misma noche —asintió, pero luego cambió de tono—. No emprenderás ninguna acción decisiva en asunto alguno sin mi consentimiento —le advirtió—. Los tiempos son demasiado peligrosos y nuestras posiciones excesivamente provisionales como para que confíe en el criterio de alguien con tan poca experiencia como Marcalo De'Unnero.»
«Pero en lo referente al barón Bildeborough —preguntó De'Unnero—, ¿puedo contar con tu aprobación?»
Markwart rompió la conexión de forma inmediata. Su espíritu se alejó volando de aquel lugar. Entró en su cuerpo al cabo de unos pocos minutos, mientras en su rostro se dibujaba una amplia sonrisa. Debería haberse acostado, pues un uso tan prolongado de la piedra del alma era terriblemente agotador, pero curiosamente el padre abad se sentía rejuvenecido y ávido de más información.
Por eso, en lugar de irse a la cama, envió su espíritu en dirección suroeste, hacia la única ciudad de todo Honce el Oso mayor que Palmaris. Por sus dimensiones, Saint Honce de Ursal era la segunda abadía abellicana, superada tan sólo por Saint Mere Abelle. Estaba unida al palacio real por un largo y estrecho corredor, conocido como el puente. El abad de Saint Honce ejercía tradicionalmente de consejero espiritual del rey y de la corte. Markwart conocía bien el lugar. Allí, había sido ungido como padre abad de la orden por el abad Sherman, al que sucedió el abad Dellahunt, al que a su vez sucedió el abad Je'howith. La ceremonia había sido formalizada por el rey Danube Cole Ursal, el padre del rey actual. Para Markwart no era ningún problema localizar los aposentos particulares del abad.
La respuesta de Je'howith a la intrusión espiritual, una vez que hubo dispuesto de su piedra del alma y salido de su cuerpo, fue absolutamente entusiasta.
«¡Qué maravillas podían traer al mundo semejantes comunicaciones rápidas! —exclamó su espíritu—. ¡Piensa en lo que ganaría el arte de la guerra si los capitanes pudieran comunicarse con los oficiales de campo! Piensa en...»
«Ya basta —le interrumpió el espíritu de Markwart, que sabía que las esperanzas de aquel hombre no eran más que ilusiones. ¡Sólo él era capaz de tan poderosos vuelos espirituales; ningún abad, ningún padre, ni mucho menos ningún soldado seglar!—. Tengo trabajo para ti. ¿Te has enterado de la muerte del barón Bildeborough y de que no tiene herederos?»
«Precisamente, hoy nos ha llegado la noticia —respondió Je'howith, sombríamente—. En verdad, padre abad, apenas he encontrado un momento de calma. Acabo de regresar a Ursal esta semana y ahora...»
«Entonces, sabes que ha quedado vacante ese cargo en Palmaris», lo interrumpió Markwart, poco dispuesto a perder el tiempo con el parloteo de Je'howith.
«Es un problema que agobia al rey Danube —contestó Je'howith—. El pobre hombre está al borde del colapso, me temo, aunque al fin haya ganado la guerra. Después de bastantes años de paz, estos últimos meses ha tenido que enfrentarse a muchos problemas.»
«En ese caso vamos a aliviar sus preocupaciones —propuso Markwart—. Convéncele de que conceda la baronía al abad De'Unnero y de que deje que la Iglesia se ocupe de los problemas de Palmaris.»
El asombro del abad se evidenció en la expresión de su forma espiritual.
«El rey Danube ni siquiera conoce a ese Marcalo De'Unnero. A decir verdad, ni siquiera yo lo conozco, salvo por la vez que me encontré con él en la asamblea de abades.»
«Puedes decir que yo te lo he recomendado por su carácter y por su capacidad para gobernar Palmaris —le indicó Markwart—. Y comprende que también en ese cargo combinado de barón y abad, que en días pasados recibía el nombre de obispo, Marcalo De'Unnero responderá ante mí y ante ti; no me falles en esto.»
Esa última idea fue demasiado tentadora como para pasarla por alto.
«Sin duda recuerdas que antaño la Iglesia gobernaba al lado del rey —prosiguió Markwart. El espíritu de Je'howith asentía con la cabeza y sonreía—. Convence al rey.»
«Tal vez podría ir a visitar al abad De'Unnero con ayuda de la piedra del alma, tal como tú has hecho...», empezó a sugerir Je'howith, pero Markwart le cortó en seco.
«No puedes alcanzar ese nivel de claridad —le explicó con sinceridad y también con enfado, pues no creía que Je'howith pudiera conseguir aquel grado de magia—. Esa magia es mía y sólo mía. No es algo que puedas discutir ni desencadenar, aunque yo puedo acudir a ti a menudo en el futuro.»
La humildad y sumisión que de nuevo asumió Je'howith satisficieron al padre abad, y en consecuencia recorrió volando los kilómetros que le separaban de Saint Mere Abelle. Una vez allí, a pesar del tremendo gasto de energía mágica, todavía seguía desvelado. Anduvo de un lado para otro de la sala durante más de una hora, mientras trataba de analizar con la debida perspectiva las nuevas sendas de poder que, de repente, parecían abrirse ante él. Precisamente aquella mañana, Markwart había pensado que su reputación en la historia de la Iglesia ya estaba fijada y que la única posibilidad de mejorarla pasaba por la recuperación de las gemas robadas. Pero entonces el asunto de las gemas casi le parecía trivial. La afirmación de De'Unnero en el sentido de que antaño la Iglesia había representado un papel de gobierno más activo era, desde luego, exacta: un rey de Honce el Oso, mucho tiempo ha, había sido ungido padre abad de la orden abellicana. Pero durante cientos de años, el equilibrio de poder en el reino se había mantenido relativamente estable entre el Estado y la Iglesia: ambas eran instituciones separadas, pero poderosas. El rey se ocupaba de las actividades materiales de su súbditos, dirigía el ejército e intervenía en las disputas con los reinos vecinos de Behren y Alpinador, pero apenas reclamaba soberanía alguna sobre los poderes de la Iglesia. En muchas estribaciones del reino, en particular en las pequeñas aldeas, la Iglesia tenía decididamente más influencia que el lejano rey, cuyo nombre completo la mayoría de los aldeanos ni siquiera conocían.
Pero en ese momento, a causa de las prudentes y acertadas acciones de Markwart en Palmaris, la eliminación de Connor Bildeborough y del abad Dobrinion, y como consecuencia de la subsiguiente muerte del barón, el equilibrio de poder en el reino podía inclinarse a favor de la Iglesia. Según las propias palabras de Je'howith, Danube Brock Ursal era débil. Si Je'howith se las apañara para arrebatarle Palmaris de las manos...
Evidentemente, ni a Markwart ni a Je'howith les quedaban muchos años de vida, pues ambos pasaban de los setenta. De forma súbita, el padre abad se sintió insatisfecho con el lugar que se había procurado en la historia de la Iglesia. De forma súbita, su ambición había aumentado considerablemente y, en su opinión, también lo había hecho la de Je'howith. Juntos podrían utilizar hombres como De'Unnero para cambiar el mundo.
El padre abad Markwart se sentía inmensamente feliz ante tales perspectivas.
No lejos de los aposentos del padre abad, el hermano Francis Dellacourt se hallaba en su habitación a la luz de una vela, mirando con fijeza su imagen reflejada en el espejo. Las oscuras sombras en torno a su cuerpo parecían el marco adecuado para aquel hombre angustiado.
Durante la mayor parte de su vida, Francis se había colocado a sí mismo en un pedestal secreto por encima del común de los mortales, por encima de cualquier otro hombre. Jamás de forma consciente se había dicho a sí mismo que era el elegido de Dios, pero se lo había creído, como si el mundo fuera, meramente, un sueño que tenía lugar para su provecho personal. Francis se había creído incapaz de pecar: era el perfecto reflejo del perfecto Dios.
Pero había asesinado a Grady Chilichunk en la carretera de Palmaris.
Había sido un accidente, pues se suponía que el golpe que debía darle en la cabeza sólo tenía que aturdirlo para impedir que siguiera faltando al respeto al padre abad. Pero al día siguiente, Grady no se despertó, y la imagen de la tierra cayendo sobre la cara abotagada y sin vida de Grady mientras Francis lo enterraba había perseguido al monje desde entonces y había hecho desaparecer bruscamente el secreto pedestal en el que se había subido.
Desde aquel infausto día todos los acontecimientos del mundo giraban de forma confusa en torno a Francis. Había visto cómo el padre abad Markwart ordenaba la tortura y ejecución de maese Jojonah, y aunque realmente nunca se había preocupado por Jojonah, Francis apenas podía creer que el castigo fuera justo.
Pero no movió ni un dedo y sirvió al padre abad como un esclavo, ya que el máximo rector de la orden abellicana no le había considerado culpable y había insistido en que Francis había actuado de forma correcta y en que el destino de Grady —y el de sus padres— había sido determinado por su propio sacrilegio. Por consiguiente, Francis se había convertido en un devoto más fervoroso de Markwart y había llegado a creer que la única forma de recuperar su pedestal era permanecer a la sombra del gran jerarca.
Y luego Markwart había mandado que sacaran a Jojonah del vestíbulo en donde se celebraba la asamblea de abades. Los soldados que arrastraban al padre lo hicieron pasar justo ante Francis, y éste había mirado los ojos del condenado.
Y el padre condenado, que sabía la verdad de la muerte de Grady y que había comprendido que Francis era el responsable de la misma, lo había perdonado.
En ese momento, el joven monje no podía hacer otra cosa más que mirar fijamente las oscuras sombras que rodeaban su cuerpo mortal como si fueran manchas de su alma eterna y luchar en vano contra el amasijo confuso de remordimientos y culpas que se arremolinaban en sus pensamientos.
Su pedestal había desaparecido; había perdido la inocencia.
Había otro hombre despierto en Saint Mere Abelle a aquellas altas horas. Lavaba los platos, una tarea que normalmente hubiera tenido que estar terminada mucho antes; pero otras obligaciones —la planificación de la próxima y audaz misión de exploración— habían demorado mucho a Roger Descerrajador aquella noche. Roger había ido a la abadía después de haber sido testigo del asesinato del barón Bildeborough en la carretera al sur de Palmaris. Había corrido hacia Saint Mere Abelle con la esperanza de encontrar a Elbryan y a Pony, y en el pueblo de Saint Mere Abelle, a unos cinco kilómetros tierra adentro de la gran abadía, había sido testigo de otro asesinato: la ejecución de un hombre llamado Jojonah.
Roger era un hombre delgado, de aproximadamente un metro cincuenta y cinco centímetros de altura y con un peso no mayor que el típico de un chico de quince años. Su crecimiento se había visto alterado por una enfermedad, la misma que habían sufrido sus padres. Estaba muy familiarizado con las maneras de los pordioseros callejeros y sabía representar a la perfección el papel del pobrecito abandonado. No le fue difícil procurarse un trabajo con el generoso maese Machuso de Saint Mere Abelle, y llevaba trabajando en la abadía las tres últimas semanas. En ese tiempo, Roger había oído muchos rumores y había reunido suficiente información como para creer que maese Jojonah había ayudado a algunos intrusos que habían sacado a Bradwarden de las mazmorras del padre abad. Pero en aquel punto la historia se volvía confusa, llena de rumores contradictorios, y Roger no estaba seguro de si esos intrusos —que él sabía que eran Elbryan, Pony y Belli'mar Juraviel— habían conseguido huir, aunque sí sabía que Bradwarden ya no estaba en la abadía. Suponía que sus amigos también habían escapado, pero antes de dejar el trabajo en la abadía quería estar completamente seguro.
Creía saber dónde podía encontrar la respuesta, aunque el sólo hecho de pensar en ir a los aposentos privados de un hombre tan poderoso como Dalebert Markwart amilanaba incluso a un hombre que se había burlado de los powris en su campamento de Caer Tinella, que había derrotado a un hermano Justicia de la Iglesia abellicana, que había conseguido el apodo de Descerrajador y, lo más significativo de todo, que se había ganado el respeto del Pájaro de la Noche.
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3
Diversión privada

—No se lo comunicaste —le dijo Belli'mar Juraviel a Pony.
—Hay momentos y lugares adecuados, pero no creo que la víspera de una batalla lo sea —repuso Pony con dureza, aunque Juraviel se había limitado a constatar un hecho y, en su tono de voz, no había habido el menor indicio acusatorio.
Pony tenía la intención de seguir hablando, sobre todo para decirle al elfo que aquel asunto no era de su incumbencia, pero un rayo partió el cielo encapotado y la alarmó. Una tardía tormenta de otoño se agitaba allá arriba, entre las nubes oscuras.
—El hijo es tanto de Elbryan como tuyo —dijo con serenidad el elfo mientras retumbaba el trueno—. Él tiene derecho a saberlo antes de que se libre la batalla.
—Se lo contaré dónde y cuándo quiera —replicó con aspereza Pony.
—¿Le has hecho saber que te propones ir a Palmaris y no a Dundalis? —inquirió Juraviel.
Pony asintió y cerró los ojos. Cuando aquella mañana Juraviel la había dejado a solas con Elbryan, le había explicado al guardabosque que necesitaba volver a Palmaris para tratar de averiguar qué había sido de Roger y para ver cómo se las apañaba Belster en El Camino de la Amistad. Le había contado que necesitaba mitigar su aflicción y que creía que la única manera de conseguirlo era desplazándose hasta allí.
Elbryan no se lo había tomado bien. Al recordar ahora su imagen —sus ojos llenos de confusión, herido y asustado por ella—, sentía una gran pena.
—¿Y le hablarás del hijo antes de irte? —insistió Juraviel.
—Entonces, abandonará la caravana de Dundalis —repuso con sarcasmo Pony—. Se olvidará de su trabajo inmediato y se dedicará a pasar el tiempo a mi lado para atender necesidades que no tengo.
Juraviel retrocedió un poquito y se envolvió la esbelta barbilla con sus finos dedos mientras la examinaba.
—Elbryan y yo pronto volveremos a estar juntos —explicó Pony con voz entonces serena y tranquilizadora.
La joven comprendía la preocupación del elfo por ella y por su relación con Elbryan. Juraviel era un buen amigo de los dos, y el hecho de verlo tan turbado le recordó a Pony que tenía que considerar con sumo cuidado aquellas decisiones tan importantes.
—El hijo no nacerá hasta que la primavera no deje paso al verano —continuó Pony—. Eso dará mucho tiempo a Elbryan...
—Más tiempo le daría si se lo contaras ahora —interrumpió Juraviel.
—No sé si mi hijo va a sobrevivir —dijo Pony.
—Considerando tu poder con las gemas, es poco probable que a esa criatura le acontezca nada malo —respondió Juraviel.
—Poder —se mofó Pony—; sí, poder para quedarme en lo alto de la sierra mientras contemplo cómo los demás pelean en las batallas.
—No infravalores la buena fama que merecen los que curan —empezó a argumentar Juraviel.
Pero Pony le había dado la espalda y apenas lo escuchaba. Ella y Elbryan tenían que mantener en secreto la utilización de las piedras mágicas, en especial entonces que había llegado la guarnición de soldados de Palmaris. Aunque la única fuerza del Estado presente en la región eran los laicos al servicio de los Hombres del Rey, Pony prudentemente había limitado el uso público de las piedras. Tarde o temprano, llegaría la noticia al lejano norte de que ella y Elbryan eran fugitivos de la Iglesia. Pony sólo utilizaba las piedras para curar a los heridos en las batallas; incluso en esos casos, disimulaba la utilización de las gemas con la aplicación de bálsamos curativos y vendajes, y acababa su trabajo empleando en secreto la hematites. Irónicamente su eficacia curativa había forzado a Pony a quedarse al margen del tumulto durante las batallas, pues el capitán Kilronney estaba convencido de que era demasiado valiosa como para exponerla a riesgos. Dado el humor de perros y su poco menos que desesperada sed de venganza, la joven no estaba precisamente contenta de su papel.
—¿Acaso mi papel es más grandioso? —preguntó el elfo—. No puedo mostrarme ante los Hombres del Rey y, por tanto, me veo relegado a la misión de explorador privado del Pájaro de la Noche antes de la batalla.
—Has estado diciendo desde que abandonamos las montañas en torno a Andur'Blough Inninness que la guerra no era asunto de los Touel'alfar —le echó en cara con dureza.
—¡Ah!, la gente pequeñita siempre anda diciendo cosas así —pronunció una voz familiar desde las sombras.
Bradwarden, el enorme centauro, entró al trote en el pequeño claro para reunirse con ellos.
—¡De hecho, nunca piensan así, pues en verdad los elfos creen que todo lo que hay en el mundo es asunto suyo!
Pony no pudo menos que corresponder a la sonrisa del centauro. Aunque Bradwarden podía ser un temible enemigo, su rostro siempre dibujaba una alegre sonrisa entre el anillo espeso de barba y cabello, negro y rizado.
—¡Ah, mi pequeña Pony! —continuó el centauro—, me parece estar oyendo tus palabras de frustración. ¡He contemplado batalla tras batalla contra hediondos enanos y trasgos, y ni siquiera he podido alzar mi palo para ayudar!
—Llevas una capa característica —dijo Juraviel secamente.
—Ya te gustaría a ti poder llevarla —repuso el centauro.
Juraviel respondió con una carcajada, les explicó que tenía que informar a Elbryan de los últimos movimientos de una banda de powris y se despidió de ellos.
—Los enanos lo están poniendo fácil esta vez —contó el centauro a Pony cuando estuvieron solos.
—¿Los has visto?
—En una cueva, en un vallecito rocoso, a unos tres kilómetros hacia el oeste de Caer Tinella —explicó Bradwarden—. Conozco bien el lugar y sé que el sitio que han elegido dispone de una sola entrada. Creo que los enanos no se han acabado de decidir sobre qué van a hacer; algunos, sin duda, piensan luchar, ya que los powris casi siempre piensan en eso, pero la mayoría cree que ya ha llegado de sobra la hora de irse a casa.
—¿Es fácil de defender la cueva? —preguntó Pony mientras dirigía sin darse cuenta la mirada hacia el oeste.
—No, si el Pájaro de la Noche los atrapa dentro —respondió el centauro—. Los enanos resistirían un asedio durante un cierto tiempo, dependiendo de las provisiones de que dispongan, pero no podrán salir de allí si el Pájaro de la Noche y los soldados se colocan enfrente del maldito agujero. No creo que los enanos piensen quedarse mucho tiempo allí y no tienen ni idea de que han sido descubiertos. Juraviel le dirá al Pájaro de la Noche que ataque antes del amanecer.
—Faltan todavía muchas horas para que amanezca —comentó Pony maliciosamente, sonriendo a Bradwarden.
El centauro correspondió a la sonrisa de Pony.
—Me parece que lo menos que podemos hacer es bloquear a esos repugnantes enanos en su agujero —asintió.
La tormenta estalló poco después del anochecer; una lluvia dominada por el viento levantaba remolinos de brumas en torno a los esqueléticos árboles y componía una escena preternatural, que las descargas de los rayos iluminaban intensamente. En plena tormenta, el espíritu de Pony era un simple remolino en la niebla que se movía con facilidad, invisible a los ojos de toda criatura mortal. Dio varias vueltas por el vallecito que Bradwarden le había indicado, e incluso entró en la cueva para averiguar cuántos powris había; comprobó que eran cuarenta y tres —un grupo más numeroso que el estimado por los exploradores— y que la afirmación de Bradwarden de que aquel lugar sólo disponía de una salida era correcta. Aquella única entrada la intrigaba y permaneció indecisa debajo del arco durante un buen rato, mientras examinaba la parte superior de la que afloraban pesadas y mal sujetas rocas. Después regresó al bosque. En el exterior sólo encontró a cinco powris, pero no le extrañó una guardia tan débil. Los enanos no esperaban que ningún ejército dispuesto a atacarlos llegara hasta allí en medio de aquella violenta tormenta.
Su espíritu se sumergió de nuevo en su cuerpo, sentado en otra cueva, a un kilómetro y medio de distancia. Bradwarden montaba guardia en la entrada, mientras Piedra Gris, el magnífico y musculoso caballo de Pony, permanecía muy tranquilo en el interior de la cueva con las orejas enderezadas.
—Podremos llegar a la entrada de la cueva sin encontrar apenas resistencia —anunció la joven.
Bradwarden se volvió al oír su voz. La descarga de un rayo estalló a lo lejos, detrás de él, y recortó por un instante su enorme y fornida silueta. Piedra Gris relinchó y se movió con nerviosismo.
—Tal vez querrás dejar aquí el caballo —observó el centauro—. Encuentra la noche un tanto caprichosa para los de su raza.
Pony se levantó y se acercó al semental, le palmeó el musculoso cuello y trató de calmarlo.
—No es un paseo muy largo —dijo.
—¡Ah!, yo te llevaré a lomos —propuso el centauro—. Ahora, cuéntame lo que has visto.
—Dos grupos de dos guardias cada uno —explicó Pony—, más dispuestos a buscar refugio que a sorprender enemigos. Ambos están a poco menos de cien metros de la cueva, uno a la izquierda y el otro a la derecha. Un quinto powri está apostado en las rocas que hay encima de la entrada de la cueva.
—El ruido de la tormenta camuflará nuestros primeros ataques —dedujo Bradwarden.
—Que dirigiremos directamente hacia la entrada de la cueva sin que ni siquiera se den cuenta —dijo Pony con una sonrisa muy mordaz.
La descarga de otro rayo estalló en la noche del bosque y fue un marco adecuado para el peligroso estado de ánimo de la mujer.
El repiqueteo de cascos sonó en los oídos de los tensos centinelas powris. Hasta aquel momento los dos powris habían estado más preocupados por protegerse de la intensa lluvia que por sus deberes de vigilancia, pero entonces apretaron estrechamente sus armas —una pequeña ballesta y un martillo de guerra— y dieron la vuelta al grupo de árboles, mientras se esforzaban por ver algo en medio de la lluvia. Divisaron la parte posterior de un gran caballo, y respiraron con un poco más de tranquilidad al observar que el animal no llevaba jinete ni silla.
—Es sólo un caballo salvaje —susurró uno.
El otro alzó la ballesta.
—¡No, no le dispares! —gruñó su compañero—; sólo conseguirías herirlo, y el animal nos perseguiría largo rato. ¡Le daré un buen porrazo en la cabeza y esta misma noche comeremos carne de caballo!
Los dos powris avanzaron con cautela, hombro con hombro; sus sonrisas se iban ensanchando a medida que se acercaban a la aparentemente desprevenida criatura. No distinguían ni el cuello ni la cabeza del caballo, pues los tenía inclinados hacia adelante y metidos entre la maleza. La descarga de otro rayo partió el cielo con un resplandeciente destello, seguido inmediatamente por un tronido que sacudió el suelo.
Los dos enanos saltaron cuando, súbitamente, el centauro salió de la maleza y se desprendió de la capa que había utilizado para cubrirse la parte superior del torso.
Con una mano, Bradwarden agarró la cabeza del powri más cercano, el que tenía la ballesta, y lo levantó del suelo; luego, lo dejó caer, y mientras el enano caía, lo golpeó con su enorme palo y lo envió volando a cuatro metros de distancia.
El segundo powri reaccionó con rapidez y atacó con un martillazo dirigido a las costillas del centauro, un golpe que venció las defensas de Bradwarden y le alcanzó de pleno.
Pero el poderoso Bradwarden, muy enfurecido por haber oído que aquellos dos habían hablado de comer carne de caballo, no se alteró por el golpe. Pivotó y se colocó el palo sobre el hombro.
—¡Vas a enterarte de lo que es comer caballo, cara de trasgo! —rugió.
Entonces, el palo se precipitó hacia abajo contra la gorra rojo sangre del powri. El golpe fue tan contundente que la criatura dobló hacia adelante rodillas y tobillos con un crujido sordo. El martillo de guerra se cayó al suelo y los brazos del powri se agitaron de forma extraña repetidas veces. Después, simplemente, se le dobló el cuerpo.
Un gruñido que procedía de un lado alertó a Bradwarden de que el primer enano no estaba totalmente muerto. El centauro se disponía a acercársele, pero tuvo que detenerse y distenderse, pues los músculos del costado donde el powri le había alcanzado se le estaban poniendo tensos al hinchársele la contusión. Bradwarden temió que el golpe le hubiera fracturado una o dos costillas. Sólo entonces, al mirar hacia abajo, Bradwarden advirtió que también tenía algunas hendiduras bastante graves, de las que manaba sangre por el costado.
Aquello lo irritó al máximo. El respeto que le inspiraban los duros powris iba en aumento mientras se acercaba a su primera víctima, pues el pequeño pícaro había logrado levantarse y trataba de encontrar una posición defensiva.
Sobre la marcha, Bradwarden aplastó al enano contra el suelo y luego le dio un par de fuertes patadas en la cabeza.
Pero el enano se esforzó de nuevo por ponerse en pie.
Bradwarden estaba más divertido que preocupado. Atacó con decisión, el palo voló con rapidez y el golpe derribó al enano. El centauro remató el ataque y lo aplastó contra el suelo definitivamente.
Pony se aproximó a los dos enanos del bosque que estaban a la derecha de la entrada de la cueva de forma mucho más cautelosa. Volvió a utilizar la piedra del alma para salir de su cuerpo y averiguar dónde se encontraban. Ambos estaban apostados en ramas bajas, en sendos árboles, a unos nueve metros de distancia, tal como los había visto en su primera exploración. Dejó flotar su espíritu para asegurarse de que los powris, de momento, no tenían intención de moverse y también para inspeccionar las armas y otras pertenencias de los enanos. Se alegró al ver que ninguno disponía de ballesta: uno tenía una corta espada envainada al cinto, mientras que el otro blandía un palo.
El espíritu de Pony se apresuró a inspeccionar la zona, y luego regresó a su forma corporal. Sabía que con ayuda de las gemas podía eliminar a los dos enemigos silenciosa y eficazmente, pero no optó por tal posibilidad, pues prefirió poner en forma a Defensora. A pesar de la sugerencia de Bradwarden, había montado Piedra Gris, pero lo había dejado atado en un recóndito bosquecillo de pinos, no lejos de allí. La noche era demasiado tormentosa como para que pudiera confiar en el comportamiento del caballo, por lo que la mujer avanzaba a pie y aprovechaba el viento y los casi constantes truenos para disimular cualquier ruido.
Una vez hubo reconocido los árboles donde se hallaban los powris, se detuvo y se agachó junto a un grueso olmo. En unos instantes, distinguió las oscuras formas de los acurrucados enanos. Desenvainó Defensora, la espada mágica que había pertenecido a Connor Bildeborough. Su cruz disponía de magnetitas, piedras imán, y además, Pony tenía otra en su mano libre. Paso a paso, se acercó con gran sigilo al enano de la derecha, el que tenía la espada.
—¡Yach, vuelve a tu puesto! —gruñó el powri cuando ella estaba a menos de un metro de distancia. Obviamente, la había confundido con su compañero.
Pony acuchilló hacia delante, y Defensora se hundió profundamente en la pierna del powri.
El enano saltó al suelo, golpeando con la espada, pero Pony ya se había dado la vuelta y, blandiendo Defensora, se dirigía contra el otro powri, que acababa de saltar de su rama.
El powri atacaba con fuerza con la espada y describía con el arma violentos arcos. Pony se retiró hacia la izquierda, y Defensora sólo chocaba de vez en cuando con las furiosas oscilaciones de la corta espada del powri. A través de la piedra imán, concentró la mente en el collar alto de metal que llevaba el segundo powri. Se veía una calavera de plata en medio del cuello.
Rodeando el árbol llegaba el segundo powri; rugía de alegría y llevaba el palo alzado sobre la cabeza. También se levantó la mano de Pony, que abrió ampliamente los dedos y envió sus poderes mágicos al interior de la magnetita.
De repente, se produjo un ruido seco, y luego, otro. El enano que llevaba el palo se tambaleó hacia atrás y sus rugidos devinieron gorjeos mientras una neblina carmesí emergía de su garganta.
—¡Yach, mala bruja! —gritó el primer powri, cargando hacia adelante.
Pony se dio la vuelta. Mantenía su defensa mediante giros y quiebros; dejaba que el enano desfogara su cólera, pero detenía las evoluciones de su corta hoja con facilidad, o simplemente las esquivaba. Entonces, el powri se lanzó hacia ella con la espada cortando hacia abajo en diagonal.
Pony se pasó bruscamente Defensora a la mano izquierda y la alzó con rapidez para detener de golpe la espada del enano. Con un brusco giro de muñeca pasó su hoja por encima de la del enano y, luego, por debajo. Un segundo giro de muñeca le permitió poner la espada en línea, y entonces embistió y acuchilló al enano en el hombro. Pony volvió a pasarse la espada a la mano derecha mientras se volvía hacia la izquierda y Defensora golpeaba con dureza la hoja perseguidora del tozudo powri.
La joven se detuvo a medio giro y, de repente, avanzó hacia adelante con el pie derecho para hundir la espada en la barriga del enano. Retrocedió mientras el enano aullaba y se retorcía, y después volvió a avanzar para acuchillar con fuerza el pecho del powri. Pony controlaba la situación por completo y podría haber terminado la lucha con un apuñalamiento en la garganta o en el corazón, pero estaba disfrutando de aquel momento, estaba sacando fuera, gota a gota, todo su rencor.
Una y otra vez, la mujer clavó la espada en el powri, aunque las heridas no eran mortales. Lo había alcanzado casi una docena de veces cuando llegó Bradwarden, que conducía a Piedra Gris por las riendas.
—Acaba de una vez con él —comentó el centauro al darse cuenta del macabro juego—. Creo que voy a necesitar un poco de tu magia.
Pony echó un vistazo a su amigo. Su cólera desapareció al oír la jadeante voz del centauro y ver la roja mancha a lo largo del costado del torso humano de Bradwarden. Hundió profundamente Defensora en el pecho del powri, entre dos costillas, para que se le clavara en el corazón.
Inmediatamente, se puso a trabajar con la piedra del alma para curar a Bradwarden y comprobó, con alivio, que el centauro no estaba malherido.
—Continuemos —dijo con determinación Bradwarden, que había tomado su enorme arco y un cuadrillo que más parecía una lanza que una flecha.
Pony alzó una mano y se acercó al powri del palo que yacía al pie de un árbol cercano. Se agachó para inspeccionar el agujero pulcramente perforado en el medallón de la calavera plateada y el agujero de salida de la piedra imán en la nuca de aquel ser. Se irguió, examinó el árbol y vio que su gema voladora se había incrustado profundamente en el tronco. Con un suspiro, Pony levantó la espada y empezó a hurgar alrededor del agujero para extraer la magnetita.
—Cualquier día voy a perderla —le comentó al centauro.
Bradwarden asintió con la cabeza.
—Pero, dime —preguntó—, ¿puedes utilizar esa piedra para repeler el metal del mismo modo que la utilizas para atraerlo?
Pony miró a su amigo con curiosidad y asintió con la cabeza. Las gemas de magnetita de la empuñadura de Defensora estaban hechizadas, y Pony había utilizado su magia en ambos sentidos: tanto para atraer la hoja de un oponente y así tener la posibilidad de detenerla con rotundidad como para repeler cualquier maniobra defensiva de un enemigo.
—En ese caso, puedo ayudarte a encontrar una mejor utilización de la piedra —dijo el centauro con malicia—; pero de eso ya hablaremos otro día.
A Pony le costó varios minutos, pero al fin extrajo la piedra. Volvió a poner la capa sobre los anchos hombros de Bradwarden y el centauro camufló su torso humano y abrió la marcha. Pony montó sobre Piedra Gris y lo siguió: iba de árbol en árbol y exploraba con atención por si algún powri había oído el tumulto. Pensó en deslizarse otra vez en el interior de la hematites para explorar desde fuera de su cuerpo, pero decidió ahorrar las energías mágicas que le quedaban para utilizarlas en la entrada de la cueva con la pieza de grafito que llevaba en la mano.
Cuando el destello de un rayo iluminó la zona cercana a la entrada de la cueva, Pony y Bradwarden distinguieron al último centinela, y éste también los vio a ellos. El enano salió ágilmente del afloramiento rocoso, cayó de pie y se dio la vuelta para llamar a sus compañeros.
La enorme flecha de Bradwarden alcanzó al powri en la espalda, lo alzó del suelo y lo envió volando a más de tres metros de distancia. El enano acabó chocando contra las rocas que había junto a la entrada de la cueva. El centauro ya había preparado de nuevo el arco y lo había apuntado hacia aquel oscuro agujero de la colina por si algún enemigo asomaba su asqueroso rostro.
Pony caminaba junto a él con serenidad y los brazos extendidos.
—Yach, ¿qué demonios pasa ahí afuera? —pronunció una voz en el interior.
Pony pensó en sus padres, asesinados en Dundalis; en su segunda familia, los Chilichunk, torturados hasta la muerte por los malvados jerarcas de la Iglesia. Y por encima de todo, recordó las imágenes de los cadáveres de Graevis y Pettibwa, poseídos por el demonio; revivió aquel horrible momento y se sintió otra vez enferma y asqueada. Su rabia creció y se transformó en energía mágica, que fluía de su mano hacia el grafito, lo que aumentaba el poder contenido en el seno de la piedra hasta niveles explosivos. Pony la sostuvo hasta que el aire en torno a ella empezó a vibrar a causa de la energía mágica; hasta que sus cabellos enmarañados por la lluvia empezaron a volar con violencia debido a la creciente electricidad.
Entonces, provocó una impresionante explosión de luz blanca, que estalló, a través de la entrada, en el interior de la cueva. Las ráfagas de cegadora energía instantáneamente rebotaron de un muro de piedra a otro. Los powris aullaron y gritaron de dolor. Espoleada por aquellos maravillosos sonidos, Pony provocó la descarga de otro rayo, igualmente letal.
El trueno se repitió durante varios segundos dentro de la cueva. Un powri se arrastró hasta la entrada, pero fue arrojado dentro de nuevo por una flecha del centauro.
Otros enanos se afanaron por alcanzar la salida, pero una nueva descarga de Pony los derribó.
Una y otra vez, se repitió el mágico asalto; los rayos caían en la cueva sin parar. Se oía el eco de los retumbos, mientras trozos de rocas y polvo se desprendían del saliente situado sobre la entrada.
Pony lanzó otra descarga hacia la cueva, aunque esa vez se oyeron pocos gritos en el interior. La mujer sabía que los powris supervivientes se escondían, probablemente, tumbados boca abajo detrás de las rocas. Levantó más el brazo, apuntó hacia el afloramiento rocoso y disparó con fuerza otro tremendo rayo, que chocó con las piedras sueltas; le siguió otro y, luego, un tercero, que provocaron el desplome de toda la parte frontal de la colina ante la cueva.
Unos pasos detrás de Pony, Bradwarden bajó el arco y examinó con detenimiento a su amiga. Observó que estaba a punto de perder el control; arrojaba su pena y su dolor con cada uno de los temibles rayos que lanzaba, como si la magia destructiva pudiera, en cierto modo, liberarla de los demonios que perseguían sus recuerdos.
Pero el centauro había estado muchas horas junto a Pony aquellas últimas semanas, conocía la profundidad de esos demonios y sabía que hacía falta mucho más que esa liberación de energía y de impulsos de venganza para tranquilizar a la perturbada mujer. El centauro se acercó un poco más. Si a Pony le fallaban las fuerzas y las piernas no la sostenían, Bradwarden estaría a su lado para cogerla en brazos.
—Es una hora de la mañana demasiado temprana para tan importante conversación —comentó el rey Danube Brock Ursal ante una enorme bandeja de pan tostado, mojado en una salsa de alubias y coronado con huevos escalfados.
Danube era un hombre guapo, aunque había añadido unos catorce kilos de más a su ya robusto cuerpo en los últimos tres años. Tenía el pelo y la barba de color castaño claro, cortos y bien cuidados, y sólo había una pizca de gris en las patillas; los ojos eran de color gris claro.
—Pero mi rey —protestó el abad Je'howith—, esta mañana muchos niños en Palmaris no podrán permitirse el lujo de desayunar.
El rey Danube dejó caer bruscamente las piezas de plata sobre la bandeja metálica, y los presentes, sus consejeros laicos, se agitaron nerviosamente, y algunos verbalizaron consternación e, incluso, enfado.
—La situación en Palmaris es grave, sin duda, pero me temo que exageras —repuso Constance Pemblebury, una mujer de treinta y cinco años, la más joven de los consejeros y, a menudo, la más razonable.
—Y yo me temo que tú subestimas... —empezó a contestar Je'howith, pero fue interrumpido por la cortante voz del duque Targon Bree Kalas.
—¡Buen abad, te comportas como si el barón Rochefort Bildeborough hubiese dado de comer personalmente a los niños! —protestó aquel fiero hombre—. ¿Cuántos han muerto de hambre en los tres meses que han pasado desde la muerte del barón?
A Je'howith no le sorprendió lo más mínimo que Kalas la hubiera tomado con él tan duramente; él y aquel hombre, que había sido el jefe de la famosa brigada Todo Corazón, a menudo estaban de punta, y sus relaciones, siempre tensas, habían incluso empeorado desde que el rey Danube, a pesar de las vehementes protestas de Kalas, había permitido a Je'howith disponer de un contingente de soldados Todo Corazón para la asamblea de abades de Saint Mere Abelle. No había la menor duda de que Je'howith había involucrado a aquellos soldados en las luchas por el poder en el seno de la Iglesia, algo que a Kalas, un hombre del rey, no le gustaba en absoluto.
—La ciudad ha perdido al barón, a su sobrino y al abad; los tres en cuestión de pocas semanas —argumentó Je'howith, que hablaba mirando directamente al rey, ya que la opinión que al final iba a contar era la del soberano—. Y ahora se han dado cuenta, o pronto lo harán, de que no hay heredero a la baronía, nadie que pueda continuar la dinastía y el nombre de los Bildeborough; debéis comprender que Bildeborough es un nombre querido en Palmaris. Y todo ha ocurrido inmediatamente después de una guerra que ha castigado con dureza la región. A decir de todos, en Palmaris reina una gran confusión, que no hará más que empeorar con el invierno, y eso puede comprometer la lealtad de sus gentes.
—¿A decir de quién? —replicó Kalas con aspereza—. La noticia de la muerte del barón no fue seguida más que por un absoluto silencio. Y la noticia de que no había ningún heredero definido llegó hace unos pocos días. No he oído que llegaran más mensajeros de Palmaris.
Je'howith miró al guerrero. Sus ancianos ojos brillaban peligrosamente.
—La orden abellicana tiene sus propios medios de comunicación —dijo casi en tono amenazador.
Kalas resopló con desprecio y frunció el ceño.
—La ciudad tiene problemas —prosiguió Je'howith, dirigiéndose al rey Danube—, y cada día que perdemos sin poner orden en ella crece el peligro de que caiga en la anarquía; ya se habla de saqueos en el barrio de los mercaderes, y los yatoles, los sacerdotes de Behren, que construyen sus templos paganos en los muelles, aprovecharán estos tiempos para ganar posiciones, no lo dudes.
—Así que ahí está el meollo de tus preocupaciones, abad Je'howith —le interrumpió Kalas—; temes que los yatoles de la religión del sur te roben parte de tu rebaño.
—Sí, me da miedo que eso ocurra —admitió Je'howith—, y también debe preocupar al rey de Honce el Oso.
—Pero ¿el Estado y la Iglesia no son instituciones separadas? —inquirió Kalas, antes de que el rey Danube tuviera ocasión de responder.
El rey le echó una rápida mirada, pero no protestó. Apartó la bandeja, resignado a no desayunar con tranquilidad, y cruzó las manos dejando que los dos rivales prosiguieran el debate.
—En Honce el Oso, Estado e Iglesia son hermanos en estrecha asociación —asintió Je'howith—, pero en Behren es distinto. Los sacerdotes gobiernan el reino y controlan todos los aspectos de la vida de la gente corriente; deja que esos clérigos metan mano en Palmaris, duque Kalas, y verás si tu rey sale beneficiado —acabó diciendo en un tono lleno de sarcasmo.
El duque Kalas gruñó algo en voz baja y se dio la vuelta.
—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó el rey Danube a Je'howith.
—Nombrar a un jefe provisional inmediatamente —repuso el abad—. Ya ha pasado demasiado tiempo, pero ahora que la cuestión de la herencia por consanguinidad está zanjada, debes actuar con urgencia.
El rey Danube echó una ojeada a los demás.
—¿Alguna sugerencia? —preguntó.
—Hay muchos nobles adecuados para el cargo —repuso Kalas.
—Pero pocos, si es que hay alguno, dispuestos a ir de buen grado a Palmaris en cualquier época del año, y menos aún, ahora que se acerca el solsticio —se apresuró a añadir Constance Pemblebury.
Cuantos estaban en la habitación sabían que tenía razón. Palmaris era una ciudad dura, con un clima inhóspito y muchos más problemas que Ursal, la ciudad donde residía la corte del rey Danube y en la que los nobles que acompañaban al rey vivían entre grandes lujos. Incluso los duques, como Kalas, dejaban que sus barones gobernasen las ciudades más alejadas de la capital, mientras ellos cazaban y pescaban, comían maravillosamente y perseguían damas.
—Hay una posible alternativa —indicó Je'howith—. Se trata de un hombre de gran carisma, que, en cierta medida, ya ejerce su autoridad sobre la ciudad.
—¡Ni siquiera nos digas el nombre! —protestó Kalas, pero Je'howith no iba a dejar que lo disuadieran.
—El único orden que subsiste en Palmaris es obra de la incansable labor de Marcalo De'Unnero, el nuevo abad de Saint Precious —dijo.
—¿Acaso quieres que conceda el título de barón a un abad? —preguntó, con escepticismo, el rey Danube.
—La Iglesia dará a De'Unnero un título equivalente —explicó Je'howith—: obispo de Palmaris.
—¿Obispo? —ladró Kalas.
—Un título poco usado en estos tiempos —explicó Je'howith—, pero sin duda con precedentes; en efecto, en los primeros días del reino, el cargo de obispo era tan normal como el de barón y duque.
—¿Y cuál es la diferencia entre obispo y abad? —preguntó el rey Danube.
—El título de obispo confiere un poder equivalente al de un gobernante seglar —explicó Je'howith con suavidad.
—Pero el obispo debe rendir cuentas al padre abad, no al rey —puntualizó un evidentemente enojado Kalas. La expresión de Danube se ensombreció al considerar ese aspecto de la cuestión. A los demás, incluso a la fría Constance Pemblebury, se les pusieron los pelos de punta, y la habitación se llenó de murmullos de desaprobación.
—No —se apresuró a contestar Je'howith—; los obispos rinden cuentas al padre abad en las cuestiones de la Iglesia, pero sólo al rey en materias de Estado. Y te recomiendo encarecidamente a Marcalo De'Unnero, rey Danube. Es joven y está lleno de energía, y tal vez sea el mejor guerrero que jamás haya salido de Saint Mere Abelle, lo cual no es poco.
—Creo que el abad se ha extralimitado —observó Constance—. Con todo respeto, buen Je'howith, le pides al rey que ceda mucho poder al padre abad, pero la única razón que has argüido es la de evitar los hipotéticos inconvenientes del noble que sea destinado a la ciudad del norte.
—Lo que ofrezco al rey es la mano de un amigo en tiempos de desesperada necesidad —repuso Je'howith.
—¡Eso es ridículo! —rugió Kalas, y dirigiéndose al rey, añadió—: Yo te conseguiré un sustituto adecuado para el barón Bildeborough; tal vez, un hombre de la brigada Todo Corazón, o un miembro de la pequeña pero meritoria nobleza. A decir verdad, ya tenemos un contingente de soldados en la región comandados por un fornido guerrero.
El rey Danube miró a Je'howith y, luego, a Kalas; parecía dudar.
—Me pregunto qué es más peligroso —intervino maliciosamente Je'howith—: ¿permitir a un aliado que te ayude en tiempos de gran necesidad, o reforzar la posición de un subordinado ambicioso, alguien que, quizá, tenga la pretensión de alcanzar un puesto más elevado?
Kalas, sorprendido, gruñó y rugió sin saber qué decir. El rostro se le enrojeció vivamente y apretó con fuerza las mandíbulas: parecía al borde del colapso. Algunos de los presentes estaban igualmente angustiados, pero a Constance todo aquello la divertía cada vez más.
—Te pido que consideres las ventajas derivadas de un solo gobernante en estos tiempos de zozobra —prosiguió Je'howith con voz serena—. Si sustituyes al barón Bildeborough por otro líder desconocido, la gente de Palmaris no sabrá a qué atenerse respecto a la Iglesia ni respecto al Estado. Primero, dejemos que se encariñen con De'Unnero. Apenas lo conocen, pues lleva al frente de Saint Precious sólo una estación, e incluso durante este tiempo lo han mantenido apartado de Palmaris casi un mes los deberes de la Iglesia, sobre todo la asamblea de abades, en la cual tu brigada Todo Corazón representó un papel importante —se apresuró a destacar—. Pero la ciudad ha permanecido en relativa calma, habida cuenta de las tragedias que ha sufrido.
—Entonces, ¿propones al abad de Saint Precious sólo como líder provisional? —preguntó el rey Danube después de reflexionar durante una larga pausa.
—Tras esa fase provisional, tal vez con la vuelta del verano, podrías considerar que Palmaris, y tú mismo, estaríais mejor servidos nombrando a otra persona —explicó Je'howith—. Pero creo que te asombrará la eficiencia de Marcalo De'Unnero. Restablecerá el orden entre la gente de Palmaris y ejercerá un firme control, lo cual fortalecerá tu posición.
—¡Tonterías! —gritó el duque Kalas, adelantándose para ponerse junto a Je'howith, que estaba al lado del rey—. Mi rey, estoy seguro de que no te crees una palabra de lo que ha dicho.
—No pretendas decirme lo que creo —repuso con severidad y frialdad el rey Danube, y Kalas retrocedió uno o dos pasos.
—Debes considerar la situación en un sentido más amplio —continuó Je'howith, haciendo caso omiso de Kalas—. Las Tierras Boscosas tienen que volver a ser accesibles, tal vez reclamadas como dominio de Honce el Oso.
—Buen Je'howith —intervino Constance Pemblebury—, tenemos un tratado con Behren y Alpinador en virtud del cual las Tierras Boscosas son accesibles a los tres reinos.
—La región ha sido poblada desde hace mucho sólo por gente de Honce el Oso —respondió Je'howith—, y creo que la guerra ha cambiado la situación. Las Tierras Boscosas, podríamos decir, ahora pertenecen a trasgos y powris. Dado que seremos los que vamos a expulsarlos de esa región, deberá considerarse tierra de conquista bajo el domino del rey Danube Brock Ursal.
—Un punto de vista muy inteligente —admitió el rey—, pero peligroso.
—Con mayor razón ahora necesitas la fuerza de la Iglesia a tu lado —razonó Je'howith—, la misma Iglesia que ejerce su influencia sobre muchos bárbaros al sur de Alpinador. Nombra obispo a De'Unnero, y así la cuestión de Palmaris dejará de ser una preocupación para ti. Permite que la Iglesia abellicana admita la responsabilidad si De'Unnero fracasa y Palmaris se ve sumida en el caos; pero si el obispo triunfa en su empeño por restablecer el orden y la prosperidad, cuán sabio parecerá el rey Danube a un pueblo que lo adorará.
La cara del duque Kalas volvió a encenderse de rabia. ¿Cómo se atrevía el abad de Saint Honce a lanzarle al rey semejante anzuelo?
Pero Danube, que no era excesivamente ambicioso, aunque siempre se mostraba deseoso de aprovechar una oportunidad de expansión, ya había mordido el anzuelo. La propuesta de Je'howith, en apariencia sin riesgos para Danube, podía perfectamente ayudar a expandir el reino por el norte, e incluso en el peor de los casos, parecía eximir a Danube de toda culpa. Aquello, por encima de todo, convertía la proposición en demasiado atractiva como para rechazarla. Y Danube Brock Ursal era impetuoso, característica que Je'howith había aprendido a aprovechar desde hacía tiempo.
—Un líder provisional —declaró el rey—. Así pues, que lo sea; que la noticia de que el abad Marcalo De'Unnero ha sido nombrado obispo de Palmaris salga hoy mismo de Ursal.
Je'howith sonrió. Kalas gruñó.
—Y duque Kalas —prosiguió el rey Danube—, comunica a tu meritorio subordinado al mando de los soldados destacados en la región de Palmaris que tiene que rendir cuentas al obispo De'Unnero y que debe permanecer con él hasta que la situación en Palmaris sea segura. ¡Ahora dejadme solo! —dijo el rey de repente, agitando las manos ante sus consejeros como si fueran molestas palomas—. Me temo que mi comida ya está fría.
El abad Je'howith, que todavía sonreía, se dio la vuelta para encararse con Constance Pemblebury, que se puso a su lado y salió con él de la habitación.
—Buen trabajo —lo felicitó cuando estuvieron solos.
—Hablas como si hubiera ganado algo —protestó Je'howith—; sólo deseo servir a mi rey.
—Sólo deseas servir al padre abad —repuso Constance con una sonrisa burlona.
—Flaco servicio si el rey Danube decide que Marcalo De'Unnero no es el hombre que debe gobernar Palmaris —razonó Je'howith.
—Una decisión ardua, ya que un obispo, por ley y por tradición, sólo puede ser depuesto por acuerdo del rey y del padre abad —dijo Constance maliciosamente.
Sus palabras sobresaltaron a Je'howith, hasta que cayó en la cuenta de que la mujer no había mencionado aquella pequeña cuestión legal antes de la decisión del rey Danube.
—No temas, abad Je'howith —dijo la mujer—; sé que el equilibrio de poder se desplaza de forma inevitable después de una guerra, perdida o ganada, y soy lo bastante pragmática como para reconocer el poder de la Iglesia abellicana sobre la gente maltratada por la guerra. ¿Hay alguna familia en todas las estribaciones del norte de Honce el Oso que no haya perdido a alguno de los suyos? Y esa gente dolorida, ¡ay!, es más sensible a las vacías promesas de vida eterna que a los prácticos beneficios materiales.
—¿Promesas vacías? —comentó el abad, cuyo tono de asombro evidenció su opinión de que la mujer estaba al borde de la herejía.
Constance pasó por alto el comentario.
—Saint Mere Abelle controlará Palmaris y todas las tierras del norte, y eso no será malo para el rey Danube, habida cuenta del difícil proceso de reapertura de las Tierras Boscosas y de la elaboración de un nuevo acuerdo con los reinos vecinos, si es que llega a haberlo.
—¿Y una vez apaciguadas las Tierras Boscosas?
Constance se encogió de hombros.
—Yo no elijo ir en contra de la Iglesia —se limitó a responder.
—¿Y qué quieres por tu colaboración?
La mujer soltó una sonora carcajada.
—Las espaldas del pueblo producen suficientes beneficios como para asegurarnos una existencia lujosa a todos nosotros —dijo—. Hay un viejo dicho acerca de untar el pan con mantequilla; soy lo suficientemente sensata como para pensar que el padre abad podría ahora tener el cuchillo en la mano
El rostro del abad Je'howith se iluminó con una amplia sonrisa. Comprendió que la mujer no era una aliada, pero tampoco una enemiga. Suponía que lo mismo sucedería con muchos nobles, pues eran hombres y mujeres que jamás se habían visto envueltos en ningún asunto grave antes del despertar del demonio Dáctilo. Entonces se alejó de Constance, pues necesitaba estar solo a fin de prepararse para la próxima visita espiritual del padre abad. Markwart estaría contento, pero Je'howith sabía que la situación era provisional, que algunos, como el duque Kalas, nunca aceptarían la menor ventaja para la Iglesia a expensas del rey Danube.
Sería un año interesante.
Al amanecer, la lluvia había arreciado de nuevo, pero el viento se había calmado por completo. Hacía un calor impropio de la estación, y era una ventaja, pues de otro modo el terreno habría estado cubierto por varios palmos de nieve y habría sido necesario posponer varias semanas cualquier plan de viajar en dirección sur, hacia Palmaris.
Pony y Bradwarden estaban aún junto a la cueva de los powris. No tenían la menor idea de cuántos enanos seguían con vida, pero de vez en cuando se desplazaba una roca cuando alguno de ellos trataba de salir.
Al principio, Bradwarden prestaba atención a esas tentativas, el centauro golpeaba con fuerza la roca y se reía estrepitosamente ante el chorro de maldiciones, pronunciadas con aquel peculiar acento, que llegaba hasta él.
Después, les tocó vigilar a Pony y a Juraviel, que se había reunido con sus compañeros hacía una hora. Bradwarden recorría el bosque con objeto de recoger ramitas de árboles rotas para disponer de leña menuda, y leños de mayor tamaño para conseguir un fuego prolongado.
—Mirad qué buen ejemplar he conseguido —anunció el centauro una de las veces.
Pony y Juraviel soltaron una risita, pues el poderoso centauro llegaba arrastrando un árbol que debía de medir casi siete metros.
—Muy bueno, si te propones derribar la puerta de un castillo —respondió Juraviel.
—Podría darse el caso, pero probablemente tendré que hacerlo desde dentro si los soldados me pillan aquí hablando con un tozudo elfo —comentó Bradwarden para recordarle a Juraviel que habían acordado que el elfo tenía que salir a espiar a los soldados que se acercarían al romper el día.
—Ahora voy, buen medio caballo —dijo Juraviel, que se inclinó y, luego, se internó en el bosque.
—¡Medio caballo! —gruñó Bradwarden, apilando la leña menuda a la entrada de la cueva—. ¡Pero si mi otra mitad hubiera sido de elfo, yo habría sido un medio poni!
La joven sonrió ampliamente, celebrando las amistosas bromas que siempre intercambiaban Juraviel y Bradwarden.
El centauro apartó una pesada roca y dio un salto hacia atrás cuando un cuadrillo de ballesta salió disparado por una abertura y se clavó profundamente en la leña; poco faltó para que le alcanzara en la pata delantera.
—¿Puedes ocuparte de esto? —preguntó.
Pony ya se había puesto en danza con el grafito en la mano: disparó otro rayo contra la abertura y, del interior de la cueva, surgieron gritos y maldiciones, que se fueron apagando a medida que Bradwarden taponaba el agujero con leña. Luego, el centauro se apartó y recogió algunas piedras para amontonarlas en la barricada que estaba construyendo a la entrada de la cueva.
—¿Estás segura de que podrás prenderle fuego? —preguntó a Pony por enésima vez.
La mirada de la mujer le produjo escalofríos, así que volvió al trabajo.
—El Pájaro de la Noche se acerca —dijo la voz de Juraviel minutos más tarde—. Ha encontrado a un par de los powris abatidos. Los soldados vienen detrás, pero a cierta distancia.
Bradwarden miró a Pony e hizo un gesto con la cabeza. Ella se acercó a la barricada con la serpentina y el rubí preparados. Agitó la mano para que el centauro se alejara, se sumergió en el poder de la serpentina y erigió un escudo protector, de un reluciente blanco azulado, que la envolvió por completo. Una sutil orden mágica hizo salir el rubí del escudo y lo situó encima de la luz, sobre la palma abierta de su mano. Luego, la mujer vinculó sus pensamientos, su centro mágico, a los remolinos del poder del rubí. Se tomó el tiempo necesario, envió al interior de la piedra toda la energía que le quedaba y dejó que la potencia creciera, hasta que incipientes llamas vacilaron en torno a ella.
Bradwarden y Juraviel, prudentemente, retrocedieron aún más.
Pony miró a su alrededor, eligió el extremo agujereado de un tronco de la parte baja de la barricada, dirigió su mano hacia allí y liberó la magia. Una súbita ráfaga de llamas envolvió mujer y barricada, y una violenta fuerza sacudió las rocas; la tremenda ráfaga consumió las astillas de la leña menuda que Bradwarden había preparado y lanzó haces de fuego a cada estallido de la leña amontonada.
La madera húmeda silbaba como si protestara, pero con la intensidad de la explosión el fuego prendió en ella y ardió casi toda. La lluvia, que se unió a aquel ruido silbante, caía sobre las rocas calientes y se elevaba en el denso aire, convertida en vapor.
Pony disparó otra bola de fuego y, cuando retrocedió unos pasos, penachos de humo gris ondularon en el aire; estaba segura de que también ondeaban en el interior de la cueva. Eliminó el escudo de serpentina y se guardó las dos gemas; luego, volvió a sacar el grafito, pues suponía que algunos powris en cualquier momento podrían empujar la barricada.
—Se acerca el guardabosque —les gritó desde lo alto Juraviel.
—Supongo que los powris supervivientes están atrapados en ese agujero —aventuró una voz familiar desde la hilera de árboles situada tras sus amigos.
—¿Acaso creías que nos íbamos a quedar aquí sentados toda la noche esperando que llegarais tú y esos perezosos soldados amigos tuyos? —repuso Bradwarden con un guiño mientras el guardabosque aparecía ante su vista.
El Pájaro de la Noche miró el humeante montón de escombros, las rocas destrozadas por el rayo. Luego, se volvió para fijar la vista en Pony, cuyo rubio pelo chorreaba; estaba hecha una sopa. La primera reacción del hombre fue de enfado. ¿Cómo habían podido sus amigos ir allí sin haberle dicho nada antes? ¿Cómo había podido Pony ponerse en peligro sin habérselo hecho saber? Pero Elbryan se esforzó por contemplar la situación con los ojos de Pony. La mujer estaba llena de rabia, más que él, y en las escasas ocasiones de luchar que habían tenido en las últimas semanas no había podido descargar toda su furia. Dado que Elbryan y Pony estaban fuera de la ley, ella no se atrevía a utilizar las gemas en campo abierto. Además, su pericia con las piedras curativas, en especial con la hematites, exigía que se quedara lejos del escenario de las batallas, lista para sanar discretamente al que lo necesitara.
Y al considerar la situación desde el punto de vista de Bradwarden, el guardabosque no fue menos comprensivo. El centauro había sido tratado con brutalidad —aprisionado y torturado— tras ser rescatado de las entrañas de la destruida montaña de Aida por los monjes abellicanos. Y había podido participar aún menos que Pony en las batallas, pues era fácilmente identificable; al fin y al cabo, Shamus Kilronney, aunque en cierto modo se había convertido en un amigo, era un soldado del rey.
Elbryan concentró de nuevo la atención en Pony y comprobó que, a pesar de la lluvia torrencial y de la larga noche sin dormir que sin duda había pasado, parecía más calmada que en ningún otro momento desde que habían salido de Saint Mere Abelle. Y la cólera que Elbryan sentía por la batalla particular que Pony y Bradwarden habían librado se desvaneció ante aquella realidad.
—Bueno, parece que esta vez os habéis reservado toda la diversión para vosotros —dijo con afecto.
—Bueno, creo que podrás aporrear a algunos antes de que acabe el día —soltó Bradwarden—. Y sin duda, encontraremos más cuando vayamos hacia las tierras del norte.
—Los soldados se acercan —anunció Juraviel, que estaba en lo alto de otro árbol cercano.
Hizo una seña a Bradwarden, y mientras el centauro trotaba para situarse debajo del árbol, el elfo se dejó caer sobre su ancho lomo.
—Desde luego, nos hemos divertido bastante, ¿verdad? —dijo Bradwarden con un guiño a Pony antes de internarse en el bosque.
Pony montó a Piedra Gris al mismo tiempo que Elbryan descabalgaba de Sinfonía, preparaba el arco élfico, Ala de Halcón, y le ponía una flecha. El guardabosque se situó en un lugar que le permitiera controlar cualquier posible fuga a través del montón de rocas; el humo se había espesado y buena parte de sus grises ondas penetraba en la cueva.
—¿Qué le pasó a ése? —preguntó con incredulidad Colleen Kilronney.
La sargento examinó al powri tumbado al pie del árbol y comprobó que un agujero le atravesaba el cuello. Luego, se incorporó para observar el agujero producido en el árbol y agitó la cabeza sin dar crédito a sus ojos: no podía creer que algo se hubiera incrustado tan profundamente en la dura madera de un viejo roble.
—Una ballesta, supongo —comentó uno de los soldados—. Los powris las llevan a menudo, y alguien pudo habérsela quitado a un cadáver.
Colleen se encogió de hombros. El soldado debía de tener razón, pero jamás había visto una ballesta que pudiera causar semejante impacto.
—Hay humo en el bosque —informó un explorador que se había reunido con el grupo.
Colleen se apresuró a montar en su caballo y lo espoleó para alcanzar a Shamus, que iba a la cabeza de la columna. No tardaron en llegar al claro situado frente a la cueva y encontraron al Pájaro de la Noche flexionado para disparar otra vez a través de la humeante barricada de piedras y madera. Pony estaba tranquilamente sentada en su montura a menos de siete metros.
Colleen miró a Pony de arriba abajo. Después de que hubiera encontrado al Pájaro de la Noche en la tienda de su primo, se había enterado de que el guardabosque estaba desposado, o por lo menos comprometido, con una mujer llamada Pony. «Tiene que ser esa mujer», se dijo Colleen, recordando la descripción que le había facilitado un soldado, una descripción larga y detallada, ya que el hombre se había explayado más y más explicando cómo la maravillosa Pony había sido de gran ayuda después de las batallas.
Al mirar a Pony, Colleen no se sorprendió de la actitud de aquel soldado. Pony era indiscutiblemente hermosa; tenía el pelo tupido y unos ojos brillantes y muy grandes. Y se limitaba a permanecer a un lado, observando, como si fuera un juguete, al heroico guardabosque.
—Es un adorno —susurró la guerrera en voz baja, y soltó un bufido.
—¿Cómo habéis podido encender un fuego con esta lluvia? —preguntó Shamus al Pájaro de la Noche. El capitán bajó de la silla y se le acercó.
El Pájaro de la Noche sonrió con aire bonachón.
—No he sido yo —explicó—. Se diría que un bendito rayo arrastró rocas y leños desde lo alto de la entrada de la cueva y atrapó en el interior a la mayoría de los powris. Hoy Dios está con nosotros y nos ha ofrecido su espada atronadora.
—No he visto ningún rayo —interrumpió Colleen, incrédula—. ¿Y tu Dios ha apilado con ese esmero la maleza en todas las hendiduras? ¿O es que has hecho tú todo ese trabajo en los diez minutos de ventaja que nos llevabas?
—No, y no... —empezó a contestar el guardabosque.
Pero Pony lo cortó en seco.
—Han sido unos tramperos amigos nuestros —explicó la mujer—. Vieron el rayo, creo que hace más de una hora, y aprovecharon la oportunidad para amontonar la maleza y alimentar el fuego.
—¿Y mataron en el bosque a los centinelas de los gorras sangrientas? —prosiguió Colleen.
Pony se encogió de hombros sin comprometerse.
—Encontramos aquí a los tramperos y nos contaron rápidamente su historia. Cuando les dijimos que os acercabais, nos propusieron encerrar a los powris en el agujero.
—¿Nos? —inquirió Colleen con incredulidad, mientras miraba primero al Pájaro de la Noche y después, de nuevo, a Pony.
La joven no hizo caso de la insidia.
—Unos cuarenta monstruos, dijeron, aunque no sabemos cuántos viven todavía.
—Y no se quedarán en el agujero mucho tiempo —indicó el Pájaro de la Noche—, al margen del riesgo que supone salir. Dispón a los arqueros en fila ante las rocas —propuso al capitán—, y los alcanzaremos a medida que salgan.
Shamus Kilronney hizo una señal a los arqueros para que tomaran posiciones.
—Es demasiado fácil —comentó al guardabosque.
—¿Y no es acaso el mejor modo? —repuso el Pájaro de la Noche.
Mientras pronunciaba estas palabras, tanto Shamus como él miraron a Colleen, y el guardabosque se sorprendió al ver la amenazadora expresión de la enojada mujer.
Por supuesto, Colleen Kilronney no estaba contenta con el inesperado giro que habían tomado los acontecimientos. Cuando al fin los líderes de Palmaris habían decidido enviar a alguien al norte con la noticia de la muerte del barón, Colleen se había ofrecido voluntaria de manera insistente para formar parte de la expedición. Había salido en busca de pelea, impaciente por vengar la muerte del abad Dobrinion, un amigo personal, al que ella creía que habían asesinado los enanos de las gorras sangrientas. Saltó del caballo y pasó precipitadamente ante los dos hombres para examinar la barricada.
—Podría ser que hubiera otra salida —observó, y de hecho esperaba que así fuera—. Tal vez ya hayan escapado, hayan dado un rodeo y nos estén observando desde atrás, según se puede deducir.
—No hay otra salida —dijo con firmeza el Pájaro de la Noche—. Están atrapados en la cueva, y dentro, el aire se hace cada vez más irrespirable.
—A menos que el lugar tenga ventilación —afirmó Colleen.
La mujer dio un paso atrás para mirar la colina que se cernía sobre las rocas caídas.
—Sería bastante fácil hallarla y obturarla, si así fuera —repuso el Pájaro de la Noche sin ceder ni un ápice—. Pero incluso en el supuesto de que hubiera entradas de aire, no bastarían para renovar a tiempo el ambiente cargado de humo. Los enanos se encuentran atrapados y se están asfixiando. Algunos tratarán de salir y los abatiremos; el resto morirá en la cueva.
Colleen miró con furia al Pájaro de la Noche: la cruda realidad no le gustaba ni pizca.
—Quizá no —dijo Shamus con pensativa expresión—. Una curiosa característica de esta guerra es la sorprendente ausencia de prisioneros por ambas partes.
—¿Quién podría querer hacer prisionero a un trasgo o un maloliente gorra sangrienta? —preguntó Colleen con incredulidad—. El lugar donde los encerraran apestaría.
—Los powris no han tenido ninguna misericordia con los humanos —añadió el Pájaro de la Noche.
Mientras hablaba echó un vistazo a Colleen y vio que ella también lo miraba; ambos tenían la misma mirada perpleja, pues los dos estaban sorprendidos de encontrarse en el mismo bando de un debate.
—No me refiero a misericordia —se apresuró a añadir Shamus—, sino a consideraciones prácticas. Los powris en la cueva están, sin duda, maltrechos y sin esperanzas. Según informan desde todos los rincones del reino, sólo pretenden volver a casa, y la contrapartida por permitírselo sería que nos facilitaran información interesante en relación a sus anteriores aliados.
—¡La contrapartida por permitírselo sería que darían la vuelta y, por pura diversión, se cargarían a unas cuantas personas más! —protestó con vehemencia Colleen.
Y el guardabosque, de nuevo, estuvo de acuerdo.
—¿Acaso podemos confiar en que los powris se irán? —preguntó—. Y aunque no vuelvan a atacar nuestras tierras, ¿acaso no acecharán las aguas de nuestras costas para abordar barcos indefensos?
—Pero si esos powris nos facilitan información que impida que grupos mayores causen para vengarse nuevos padecimientos en nuestro reino, merecería la pena correr el riesgo —repuso Shamus.
El Pájaro de la Noche miró a Pony. La mirada del guardabosque atrajo otras sobre ella, entre las que estaban las de Shamus y Colleen; de ese modo, Pony no tardó en tener clavados en el rostro muchos pares de ojos.
—No me importan en absoluto los powris de la cueva —dijo Pony con calma, pero también con firmeza—. Matadlos o hacedlos prisioneros; para mí, no significan nada.
—Sin duda, es una respuesta concluyente —comentó sarcásticamente Colleen.
—He visto demasiadas peleas como para preocuparme por una pequeña banda de enanos de gorras sangrientas —repuso Pony con aspereza.
Colleen Kilronney resopló despectivamente y se dio la vuelta.
Pony miró a Elbryan y le dedicó una débil pero consoladora sonrisa, y el hombre comprendió que ella ya había saciado su cólera con aquella banda.
—Bueno, Pájaro de la Noche —preguntó el capitán Kilronney—, ¿estamos de acuerdo?
—Estabas de acuerdo en ayudarme a liberar esta región de esa banda antes de regresar al sur —respondió el guardabosque—. Sea cual sea tu decisión, es cosa tuya. La pelea se ha acabado antes de que llegáramos tú y yo.
Shamus interpretó aquellas palabras como el visto bueno del guardabosque. Se dirigió hacia el montón de rocas, encontró lo que parecía ser la vía de acceso más despejada hacia la oscuridad que tenía delante, y gritó hacia el interior de la cueva ofreciendo salvar la vida de los enanos que salieran desarmados.
Durante un rato no se oyó ninguna respuesta, y Shamus mandó a algunos de sus hombres que añadieran leña menuda al humeante fuego, mientras otros permanecían detrás de las llamas haciendo ondear mantas de las sillas de montar con objeto de dirigir el humo directamente hacia la cueva.
De repente, los powris, chillando maldiciones, cargaron hacia la barricada, avanzando furiosamente entre las rocas. Algunos consiguieron abrir pasos demasiado estrechos para sus anchos cuerpos, pero perfectamente adecuados para las flechas de los arqueros; otros, por error, desplazaron rocas con tan poca fortuna que provocaron desprendimientos, y un par consiguió salir. Una tras otra, las flechas alcanzaban a los powris que lograban hacerse camino, los obligaban a reducir la marcha con una violenta sacudida e interrumpían su empecinada carga.
En un minuto, la barricada de rocas quedó de nuevo tranquila, excepto por los persistentes silbidos y las crepitaciones del fuego. Había varios powris muertos; otros, heridos, se arrastraban hacia el interior de la cueva, y un desgraciado tipejo estaba aprisionado bajo unas rocas, peligrosamente cerca de las llamas.
El capitán Shamus Kilronney repitió su propuesta y se identificó como embajador del rey de Honce el Oso, con plenos poderes para negociar en el campo de batalla.
Esa vez, la respuesta fue una petición de aclaraciones, seguida por otra petición de más garantías, antes de que los veintisiete powris restantes, con las caras ennegrecidas por el humo y abundantes heridas causadas por las rocas, las flechas y las descargas de los rayos, salieran a gatas de la cueva. Entonces, los hicieron prisioneros y los ataron firmemente.
El Pájaro de la Noche y Pony observaban todo aquello: el guardabosque tenía una expresión maliciosa, y Pony, ambigua. Sentada a horcajadas sobre su caballo, no lejos de la pareja, los sentimientos de Colleen Kilronney eran más evidentes: tenía una expresión agria y, de la garganta, le salían débiles gruñidos cada vez que una gorra sangrienta aparecía por la estrecha abertura del montón de rocas.
Enseguida, el grupo partió hacia Caer Tinella. Los powris iban totalmente rodeados por los cautelosos hombres de Kilronney. El capitán cabalgaba a la cabeza de la formación, el Pájaro de la Noche marchaba a su lado, y Colleen Kilronney no tardó en reunirse con Pony, que seguía a Elbryan.
—Parece que tus artes curativas no van a hacer falta en absoluto —dijo la mujer pelirroja a Pony en tono condescendiente.
—Me alegro siempre que eso sucede —respondió Pony con aire ausente.
Colleen espoleó al caballo y se alejó.
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4
Precauciones
Braumin Herde se movía con rapidez y determinación, pasando de una a otra sala de la planta superior del ala norte de la abadía. Estaba recogiendo candelabros. En la abadía de oscura piedra había muchísimos, pero a él sólo le interesaban unos determinados: los de una lista que maese Jojonah había empezado. Había dedicado las semanas transcurridas desde la muerte de Jojonah a terminarla. Todos los candelabros de aquella ala tenían una piedra solar incrustada, y una de cada treinta gemas estaba hechizada. Aquélla era el área de prueba para los jóvenes estudiantes, y los padres habían ideado el sistema de las piedras solares para impedir cualquier trampa con el cuarzo transparente, la piedra de la visión a distancia o incluso con la hematites.
Maese Engress, un amable y sereno anciano, había mostrado al hermano Braumin cómo determinar qué candelabros estaban encantados, lo cual no era nada fácil con las piedras solares. El hermano Braumin le había contado a Engress una historia sobre algunos estudiantes que intercambiaban candelabros. El padre no había hecho preguntas y, con mucho gusto, le había encargado la tarea de ordenarlos cada noche después de las clases.
Maese Engress no tenía ni idea de la magnitud de lo que tramaba el hermano Braumin. Con diez candelabros, el joven monje bajó al lugar donde iban a reunirse los discípulos de Avelyn y, estratégicamente, situó los candelabros en habitaciones contiguas para protegerse de las eventuales miradas de espíritus fisgones. Braumin sabía que la única esperanza para su grupo era la discreción más absoluta, pues si el siempre receloso Markwart se daba cuenta de lo subversivas que habían llegado a ser sus prédicas, sin duda, él y sus compañeros compartirían el terrible destino de maese Jojonah.
Aquella noche, Braumin recogió los candelabros a toda prisa, reordenó los demás para que no pareciera tan evidente que alguien se había llevado algunos y, luego, se fue corriendo.
No obstante, el hermano Francis advirtió con facilidad que faltaban candelabros. Con cautela, recorrió las salas de estudio mientras el hermano Braumin bajaba por la poco frecuentada escalera posterior y pasaba por los vacíos y polvorientos pasadizos situados cuatro plantas más abajo.
Francis no lo siguió, sino que se fue hacia el sur por la planta superior hasta los aposentos del padre abad Markwart. Llamó a la puerta con suavidad, temeroso de molestarlo. Al oír la voz de Markwart, entró y lo encontró sentado detrás del escritorio, ante un amasijo de papeles y restos de la cena a un lado.
—Deberías tomarte más tiempo libre para cenar, padre abad —le propuso Francis—. Me preocupa que...
Pero el joven monje se interrumpió de golpe ante la dura mirada que le dirigió el anciano.
—La lista es más larga de lo que había pensado —repuso Markwart, enseñándole los papeles.
—Saint Mere Abelle necesita mucho personal —respondió Francis—, y la mayoría de los contratados son gente que abandona por temperamento, vagabundos que se van tan pronto como han reunido el dinero suficiente para comprar comida para algunos días.
—Para comprar bebida, seguramente —dijo con acritud Markwart—. En tal caso, ¿por qué no consignaste los distintos grupos que aparecen en la lista de una forma más ordenada? Por ejemplo, los que se marcharon antes de la intrusión y la fuga en una página; los que se fueron poco después, en otra, y los que se quedaron, en una tercera.
—Insististe en que me diera prisa, padre abad —protestó de forma sumisa Francis—, y muchos de los que se marcharon antes de la intrusión volvieron poco después. Juzgué que era imposible clasificar a los trabajadores, a menos que lo hiciera en muchas categorías.
—¡Pues manos a la obra! —rugió Markwart mientras empujaba los papeles; muchos resbalaron sobre el escritorio y planearon hasta posarse en el suelo—. Debemos estar seguros de que Jojonah y los otros que entraron en la abadía no dejaron un espía dentro. Identifica a los posibles sospechosos y vigílalos estrechamente. Si crees que cualquiera de ellos es un posible espía, detenlo en secreto y tráemelo.
«Entonces, podrás torturarlo, tal como hiciste con los Chilichunk», pensó Francis, pero, prudentemente, guardó silencio. No obstante, se dio cuenta de que su agria expresión lo había traicionado cuando sintió clavada en él la cada vez más feroz mirada de Markwart.
—¿Has vigilado de cerca al hermano Braumin? —inquirió el padre abad.
Francis asintió con la cabeza.
—No me fío de él —dijo Markwart mientras se levantaba y empezaba a pasear con aire preocupado en torno al escritorio—, aunque tampoco lo temo. Sus simpatías se siguen inclinando por Jojonah, pero con el tiempo eso cambiará, en particular cuando reciba el adiestramiento requerido para acceder al rango de padre.
—¿Lo vas a promocionar? —preguntó, sin pensar, Francis.
El hermano tenía los ojos muy abiertos a causa del impacto que le había producido la noticia y se sentía bastante enojado, ya que creía que él sería el promocionado, dada su lealtad al padre abad. ¡En virtud del mismo criterio, parecía imposible que el hermano Braumin Herde, amigo del hereje Jojonah, pudiera también conseguir la promoción!
—Es la mejor opción —respondió Markwart sin vacilar—. De'Unnero y Je'howith son buenos aliados, pero muchos de los demás abades, y no pocos padres e inmaculados, están mirando con lupa mi actuación contra Jojonah para asegurarse de que no había en ella nada personal.
—¿Y lo había? —preguntó Francis.
Advirtió que había cometido un error en el momento preciso de pronunciar aquellas palabras.
El padre abad interrumpió su paseo justo a un paso de Francis, y volvió lentamente su arrugada cara de anciano hacia él. Los ojos le ardían con tal intensidad que asustó a Francis y le hizo creer que Markwart le iba a asestar un golpe mortal allí mismo; la cabeza rapada del anciano y las orejas puntiagudas acentuaban el aspecto agresivo de su rostro. ¡Durante el efímero instante en que mantuvo sobre él aquella fiera mirada, Francis creyó que Markwart era capaz de hacerlo, era capaz de golpearlo hasta la muerte, y sin apenas esfuerzo!
—Hay quienes discretamente se lo preguntan; discretamente porque son cobardes, ¿sabes? —continuó Markwart reemprendiendo el paseo—. Se plantean si la súbita acción contra el herético Jojonah se hizo para defender mejor los intereses de la Iglesia; si las pruebas de la existencia de una conspiración fueron lo bastante sólidas como para decidir tan rápidamente una condena y una ejecución. He oído a más de uno murmurar si no habría sido mejor que hubiéramos conseguido una confesión completa del acusado antes de quemarlo.
Francis asintió con un movimiento de cabeza, pero tanto él como Markwart sabían que Jojonah jamás se habría confesado culpable de nada malo. El animoso anciano había admitido su complicidad para liberar a los prisioneros y había excusado su conducta tratando de volver la acusación en contra de Markwart. Pero Jojonah no hubiera confesado nunca lo que Markwart quería: que había conspirado con el hermano Avelyn para robar las gemas y asesinar a maese Siherton unos años antes. Y ambos sabían que la tan deseada conspiración, en realidad, no había sucedido jamás.
—Pero ya basta de este tema —prosiguió Markwart, agitando su brazo escuálido con vigor.
Francis comprendió que estaba ocurriendo algo importante.
—Ha habido un cambio en el equilibrio de poder —explicó Markwart.
—¿Entre los líderes de la Iglesia?
—Entre la Iglesia y el Estado. El rey Danube necesita ayuda para restablecer el orden en Palmaris. Tras la muerte del barón y de su único heredero, en la ciudad reina una gran confusión.
—Y se quedaron sin su querido abad Dobrinion —añadió Francis.
—Esta noche me estás poniendo a prueba, ¿no? —siseó Markwart, y de nuevo clavó en él aquella horrible mirada—. La gente de Palmaris tiene en el abad De'Unnero a un líder de una fortaleza que jamás habría encontrado en Dobrinion.
—Llegarán a quererlo —comentó Francis, esforzándose por eliminar el menor vestigio de sarcasmo en su voz.
—¡Llegarán a respetarlo! —corrigió Markwart—. ¡A temerlo! Comprenderán que la Iglesia, y no el rey, es la verdadera autoridad en sus vidas, en las esperanzas que tengan más allá de sus cuerpos mortales; la única oportunidad de redención y de auténtica felicidad. Marcalo De'Unnero es el hombre perfecto para enseñarles, o por lo menos para intimidarlos hasta que comprendan la verdad.
—¿Abad?
—Obispo —corrigió Markwart.
Podría haber derribado al hermano Francis con una pluma. Francis era uno de los mejores historiadores de Saint Mere Abelle y sus estudios se habían centrado desde hacía tiempo en la geografía y en la política de varias regiones del mundo conocido. Sabía lo que comportaba el título de obispo, y también sabía que semejante título no se había otorgado desde hacía más de trescientos años.
—Pareces sorprendido, hermano Francis —observó Markwart—. ¿Acaso no juzgas a Marcalo De'Unnero adecuado para ese cargo?
—No..., no es eso, padre abad —tartamudeó el monje—. Sencillamente estoy asombrado de que el rey haya cedido la segunda ciudad de Honce el Oso a la Iglesia.
La carcajada de Markwart se burló de tal reflexión.
—Por tanto, te necesito para que seas mis ojos y mis oídos en Saint Mere Abelle —dijo el padre abad.
—¿Te vas a marchar?
—Todavía no —respondió el padre abad—, pero estaré más tiempo ocupándome de otros lugares que de aquí; o sea que vigila bien al conflictivo hermano Braumin e investiga las altas y bajas de personal.
Agitó la escuálida mano hacia Francis y se volvió para reanudar el paseo. El joven monje, después de una reverencia, se apresuró a marcharse.
Las novedades lo habían dejado atónito y, mientras volvía a las salas de estudio por el mismo camino que el hermano Braumin, se esforzaba por tratar de ordenar sus ideas. Francis no había simpatizado nunca con Marcalo De'Unnero, sobre todo porque, como casi todo el mundo, sentía un miedo mortal de aquel hombre variable e impredecible. Un obispo ostentaba un gran poder; ¿llegaría De'Unnero a ser tan poderoso como para que el padre abad Markwart no pudiera controlarlo? Sacudió la cabeza y trató de alejar tan perturbadora consideración. Markwart parecía satisfecho con el curso de los acontecimientos y, de hecho, había representado un decisivo papel para propiciarlos.
Pero Francis evocó la imagen de De'Unnero después del ataque powri a Saint Mere Abelle: tenía los ojos encendidos y estaba cubierto de sangre enemiga y, en buena parte, de la que manaba de una herida recibida en el transcurso de la batalla, una batalla que él mismo había provocado al abrir las puertas del muelle por la simple razón de satisfacer su deseo de matar powris.
El monje se echó a temblar. ¿Aquella nueva situación había colocado a De'Unnero en línea directa para alcanzar el cargo de padre abad? Y si tal era el caso, ¿sobrevivirían Francis o cualquier otro igualmente leal a Markwart?
Francis advirtió, mientras se deslizaba entre las sombras de las plantas inferiores, que aquéllas eran cuestiones para otro momento. Entonces, oyó los susurros de los que rezaban.
Empezaron, como siempre, con una plegaria por Jojonah y otra por Avelyn. Después, el grupo se quedó inusualmente callado. Los cuatro monjes, muy atentos y nerviosos, estaban sentados a la espera de que el hermano Braumin recomenzara el relato de la historia del Corredor del Viento y del viaje a Pimaninicuit.
Braumin comprendía su excitación y sus temores. Hablar abiertamente de Pimaninicuit, incluso en términos favorables al actual padre abad, era un grave delito; a menudo, un fatal error. Después del viaje a la isla para recoger las gemas, Pellimar, uno de los tres hermanos que quedaban, se había ido de la lengua contando sus aventuras.
No había sobrevivido al invierno.
Y entonces Braumin estaba hablándoles del viaje a aquellos cuatro; estaba, de hecho, firmando su sentencia de muerte.
Braumin se acordó de Jojonah y consideró que la posición de éste ante Markwart era muy parecida a la que había mantenido Avelyn frente al demonio Dáctilo. Conjuró el recuerdo de la montaña de Aida, del brazo de Avelyn alzándose hacia el cielo en medio de aquella devastación, como si desafiara a la mismísima muerte.
Entonces, empezó el relato. Contó la historia describiendo emotivamente todos los detalles, tal como Jojonah se la había narrado a él. Comenzó con el inicio del viaje y amplió la divertida anécdota que les había explicado en la primera reunión. Braumin se había preparado bien para aquella charla tan importante y habló con orgullo de la batalla que la tripulación, y en particular los cuatro hombres de Saint Mere Abelle, había librado contra un bote barril de los powris e insistió, sobre todo, en las heroicidades de Avelyn durante la pelea.
—Cogió un rubí —dijo Braumin teatralmente mientras apretaba con fuerza el puño cerrado—, lo llenó de energía y lo lanzó, he dicho lo lanzó, por la escotilla abierta de la embarcación powri, y no liberó su poder hasta que la gema estuvo en las entrañas del bajel.
Jadeó. Se contaba que había habido un experto en gemas capaz de liberar su magia a distancia, pero se consideraba algo poco menos que imposible, en particular con una gema tan poderosa y compleja como el rubí.
—Es cierto —insistió Braumin—. Y el hermano Avelyn ni siquiera se dio cuenta del alcance de la acción. Cuando se lo contó a maese Jojonah, de regreso a Saint Mere Abelle, el padre le mandó que lo mantuviera en silencio, ya que sabía, al igual que nosotros, que esa utilización ilustraba claramente los poderes de Avelyn Desbris.
—¿Y por qué quería maese Jojonah mantenerlo en secreto? —preguntó el hermano Dellman.
—Porque semejante cambio en la utilización de una gema podía ser considerado como herético, como una ráfaga de poder inspirada por el demonio —respondió Braumin—. Maese Jojonah era lo bastante prudente como para comprender que la inercia guiaba a la Iglesia abellicana, que cualquier cosa que se saliera de lo habitual podía ser considerada una amenaza por los que se sentían inseguros de su poder.
Dejó que aquellas palabras calaran en el pensamiento del auditorio, y luego continuó contando el resto del viaje. Hablaba más bajo, pues en el tono de su voz el orgullo había sido sustituido por la melancolía. Les explicó el asesinato de un joven —cuyo nombre se había olvidado con los años— a manos del hermano Thagraine, por orden del hermano Quintall, porque el joven, de forma inexplicable, saltó del Corredor del Viento y nadó hasta la isla sagrada. Habló de nuevo de la falta de fe de Thagraine en la isla, un pecado fatal que hizo que se olvidara de refugiarse cuando empezó la lluvia de piedras, de tal modo que fue golpeado por las gemas y murió de un impacto en la cabeza, un impacto producido por la misma piedra que acabaría por destruir al demonio Dáctilo.
Después, en un tono aún más sombrío, el hermano Braumin les contó el viaje de vuelta, durante el cual poco faltó para que se produjera un motín, que fue abortado cuando el hermano Quintall destrozó al líder de los amotinados. Luego, colérico, alzó la voz para explicarles el falso pago a los del Corredor del Viento, que recibieron un oro ilusorio, obtenido mediante las gemas. Relató a continuación, con gráficas descripciones, la postrera ofensa a todo lo sagrado que representó la definitiva destrucción del Corredor del Viento y de su tripulación.
Una vez que hubo acabado, los cinco hombres permanecieron sentados en un atónito y exhausto silencio durante largo rato.
En la antesala situada al otro lado de la puerta de la habitación, el hermano Francis apenas podía permanecer quieto. Quería llamar a la puerta, precipitarse hacia Braumin y chillarle a la cara. Hacerlo estremecer y decirle que sería torturado y ejecutado por sus insensatas palabras, y que además arrastraría a los otros cuatro a una muerte igualmente horrible.
Y Francis quería cuestionar la verdad de aquella historia, descubrirles que era una completa distorsión de la realidad, una realidad que, de hecho, conocía muy poco.
No obstante, no entró, sino que se quedó tras la puerta. Le sudaban las manos mientras trataba de mantener la respiración acompasada y silenciosa con objeto de seguir oyendo el resto de la conversación. Así podría ser un testigo del padre abad cuando aquellos hombres fueran llevados a juicio.
—Este libro... —dijo el hermano Braumin, reanudando su discurso mientras sacaba el antiguo texto de un pliegue de sus abultados hábitos—, este libro lo encontró maese Jojonah en la antigua librería, no lejos de donde ahora estamos reunidos. Creo que maese Jojonah sabía que le quedaba poco tiempo en este mundo, por lo que buscó desesperadamente, entre las historias registradas, la ansiada respuesta. ¡Y la encontró! —dijo Braumin, teatralmente—, pues en este libro, tal como detalla un tal hermano Francis...
—¿Francis? —preguntó con voz casi histérica el hermano Viscenti.
—Se trata de otro Francis —lo tranquilizó el hermano Braumin—, alguien que vivió hace varios siglos.
—Sabía que no podía ser el mismo —dijo el hermano Viscenti con una risita.
—Era poco probable que nuestro querido hermano Francis hubiera escrito algo que maese Jojonah encontrara interesante —añadió, con una carcajada, el hermano Anders Castinagis.
—A menos que se tratara de una nota de suicidio —apostilló Dellman, y todos estallaron en sonoras carcajadas.
Sin embargo, el hermano Braumin los hizo callar enseguida, y volvió a retomar el tema y el libro; les explicó que en épocas pasadas los monjes de Saint Mere Abelle tripulaban su propio barco a Pimaninicuit y hablaban abierta y reverentemente de la isla. No había motines ni asesinatos. El viaje era una celebración abierta y el mayor de los gozos, y no una misión secreta de avaricia y muerte.
Los cuatro escuchaban en la habitación entre suspiros y cálidas sonrisas, satisfechos al saber que los principios en los cuales se basaba la Iglesia abellicana eran auténticos y sagrados, aunque las prácticas actuales no lo fueran.
El hermano Francis no compartía ese punto de vista ni ese entusiasmo, y no pudo conservar la calma por más tiempo. Empujó la puerta y se plantó ante ellos. Los cuatro se pusieron en pie de un salto y rodearon al intruso cuando éste se precipitó hacia el hermano Braumin, de forma que las caras de ambos quedaron a pocos centímetros de distancia.
—Repugnantes palabras —gruñó Francis—. Proclamas herejías con acento reverente.
—¿Herejías? —repitió Braumin con los puños apretados a los costados como si fuera a golpear al intruso.
Hizo una seña al hermano Viscenti, y el nervioso monje, después de examinar el pasadizo, cerró la puerta suavemente.
—Herejías —repitió Francis con determinación—. Por el solo hecho de contar semejantes mentiras se puede quemar a un hombre. Por el solo hecho de escucharlas...
—¿Mentiras? —gritó Dellman, abriéndose paso entre los dos monjes más importantes—. ¡Los relatos del hermano Braumin son más auténticos que ningún otro que yo haya oído contar al padre abad o a cualquier otro padre!
—Palabras mancilladas —le espetó en la cara Francis—. Medias verdades, disimuladas bajo un manto de acontecimientos benditos.
—Entonces, ¿niegas el fatal destino del Corredor del Viento? —preguntó el hermano Braumin.
—Niego todo lo que has dicho —repuso agriamente Francis—. Eres un imbécil, hermano Braumin, al igual que tus lacayos, y jugáis a algo más peligroso de lo que jamás podáis haber imaginado.
—Te sorprendería saber lo que podemos imaginar cuantos presenciamos la ejecución de maese Jojonah —dijo el hermano Castinagis.
Pareció que esa frase, que evocaba la imagen del hombre asesinado, causaba un fuerte impacto en Francis.
—¿Por qué has venido? —inquirió el hermano Braumin.
—Para llamar imbécil a un imbécil —repuso Francis— y para avisar al imbécil que sus palabras no son tan secretas como suponía. Para avisaros a todos vosotros —exclamó teatralmente Francis, apartándose un paso de Braumin—. Vuestros actos son clamorosas herejías, y muchos oídos se tienden hacia vosotros. Recuerda bien la imagen de mae... de Jojonah, hermano Anders Castinagis, y sustituye su rostro derrotado por el tuyo.
Francis se dirigió hacia la puerta, pero vaciló, pues los demás permanecieron completamente inmóviles, preguntándose si el hermano Braumin lo dejaría marchar.
Braumin asintió con la cabeza, los demás se apartaron, dejando libre la puerta, y Francis se fue sin problemas.
—Supongo que nuestra reunión ha terminado —dijo secamente el hermano Castinagis.
El hermano Braumin lo miró; después, hizo lo propio con los otros. Quería consolarlos, confirmarles que su fe en él y en la causa que maese Jojonah le había encomendado tenía sentido.
No obstante, no pudo. No encontraba nada que pudiera borrar de sus mentes la imagen de los últimos momentos de Jojonah, nada que pudiera asegurarles que ellos no tardarían en correr el mismo infortunio. Por un instante, Braumin se preguntó sinceramente si tenía que haber dejado que Francis se marchara. Pero ¿qué podrían haber hecho? ¿Matarlo? ¿O retenerlo prisionero en las plantas inferiores de Saint Mere Abelle?
El hermano Braumin cerró los ojos y sacudió la cabeza. El hermano Francis había descubierto su secreto y la única manera de preservarlo hubiera sido matarlo. Y el buen monje sabía en el fondo de su corazón que no podían hacerlo.
—El hermano Braumin no estaba en su habitación la pasada noche después de vísperas —afirmó, con contundencia, el padre abad.
El hermano Francis asintió con la cabeza, tratando de aparentar sorpresa.
—¿Lo sabías?
—Me ordenaste que lo vigilara estrechamente —respondió Francis.
El padre abad esperó un buen rato a que Francis entrara en detalles y luego exhaló un largo suspiro de frustración.
—¿Y adónde fue? —preguntó.
—A las plantas inferiores —explicó Francis—. El hermano Braumin —prosiguió al ver la renovada acritud de la cara del padre abad— ha estado bajando allí con regularidad, generalmente a la biblioteca, donde el hereje Jojonah realizó su último trabajo.
—Y por consiguiente, también él está en vías de condenarse —comentó Markwart.
El hermano Francis le contó prácticamente todo lo que había descubierto sobre el pequeño grupo de Braumin. ¡Que se condenaran ellos mismos por sus palabras! Pero Francis tenía que admitir ante sí mismo que tenía ganas de interpelar abiertamente a Markwart sobre el Corredor del Viento para estar seguro de la verdad.
Francis se tragó la pregunta. Consideró todo lo que había ocurrido durante los últimos meses —la detención de los Chilichunk, la fría manera con que Markwart había exculpado a Francis de matar a Grady, la ejecución de Jojonah— y se dio cuenta de que no estaba preparado para conocer la verdadera historia del Corredor del Viento, ni ninguna otra por el estilo. Y también advirtió que tampoco estaba preparado para enfrentarse a su propia conciencia si revelaba todo lo que sabía de Braumin y los demás, si tenía que permanecer en la plaza del pueblo de Saint Mere Abelle y contemplar cómo Braumin y sus amigos eran devorados por las llamas.
—¿Quiénes estaban con el hermano Braumin? —preguntó, de repente, Markwart.
Francis iba a decirle que estaba solo, pero le cogió con la guardia demasiado baja y tenía un miedo excesivo de que Markwart supiera la verdad de antemano.
—El hermano Viscenti —dijo a bulto.
—No me extraña —comentó, distraído, Markwart—. Un pobre desgraciado nervioso y pequeñajo, ni siquiera entiendo cómo lo pude admitir en Saint Mere Abelle. Y el hermano Dellman, por supuesto. Lo siento por él. Me di cuenta de que Dellman prometía mucho y, por esa razón, incorporé su nombre a la lista de los monjes que viajaron a Aida.
—Tal vez ése fue nuestro error —se atrevió a insinuar Francis—; quizá Jojonah corrompió a Dellman durante el viaje.
—¿No ibas también tú en ese viaje? —preguntó sarcásticamente Markwart.
Francis alzó las manos con aire desvalido.
—¿Y quién más? —continuó preguntando Markwart—. ¿Castinagis?
—Es posible —respondió Francis—; no pude acercarme demasiado, debido a que los pasos más sigilosos resuenan en los pasadizos inferiores.
—¡Conversaciones heréticas en las entrañas de mi abadía! —observó Markwart, y fue a sentarse detrás del escritorio mientras sacudía la cabeza con disgusto—. ¿Cuán profundas son las raíces de la conspiración de Jojonah? Pero no importa —dijo en un tono de voz que pasó de la tristeza a la firme resolución. Sacó un pergamino en blanco de un cajón y extendió la mano para tomar una pluma—. El hermano Braumin y su cohorte no son más que unos insignificantes pelmazos. Puedo eliminarlos con una simple carta...
—Perdón, padre abad —le interrumpió Francis en tanto ponía una mano sobre el pergamino.
El anciano monje lo miró con expresión incrédula.
—No estoy seguro de sus palabras ni de sus intenciones —se apresuró a explicar Francis.
—Después de todo eso, ¿no te resulta obvio? —repuso Markwart.
—Creo que simplemente tratan de asimilar... —Francis vaciló, esforzándose por encontrar las palabras adecuadas—... la muerte de Jojonah —dijo—. El hermano Braumin y los otros sólo conocen el lado bueno de ese hombre, que fue su mentor.
—Se diría que lo fue en muchos sentidos —repuso secamente Markwart.
—Tal vez —asintió Francis—. Pero es más probable que simplemente traten de resolver los problemas de sus almas.
El padre abad deslizó el sillón hacia atrás y se recostó en él mientras clavaba la vista en Francis.
—Opino que manifiestas una comprensión poco propia de ti —le avisó—, y que además está fuera de lugar.
—No se trata de comprensión —repuso Francis—, sino de pragmatismo: el hermano Braumin es muy conocido entre los abades y los inmaculados, y también muy querido. Todo el mundo sabe que estaba muy próximo a Jojonah. ¿Acaso no admitiste eso mismo en nuestra última conversación, cuando mencionaste que te proponías promocionarlo a padre?
—No puedo promocionar a un hereje, pero, sin duda, puedo enviarlo junto a su dios diabólico.
—Pero tal vez el hermano Braumin tan sólo necesite un poco de tiempo para reconocer la verdad —improvisó Francis, sin apenas creer en sus propias palabras.
Markwart soltó una carcajada.
—El hermano Braumin necesita reconocer la verdad pronto —dijo el padre abad, en un tono mortalmente helado—. Muy pronto.
El hermano Francis se irguió y se separó un paso del escritorio.
—Por supuesto, padre abad. Y voy a seguir controlando todos sus movimientos.
—A distancia —le ordenó el padre abad—, de forma que no lo advierta. Vamos a dejar que los herejes nos traigan algo más a nuestra red. Deseo eliminar esa mancha de Saint Mere Abelle con una sola acción, con una única demostración del auténtico poder del Dios verdadero.
Francis asintió con la cabeza e hizo una reverencia, y luego se dio la vuelta y salió de la habitación profundamente alterado. No tenía ni idea de por qué no había traicionado a Braumin y a los demás conspiradores. Ciertamente, no había creído una sola palabra de lo que le habían contado; iban por el camino de la herejía, una senda tan directa y condenatoria como la que había llevado a Jojonah a su terrible muerte.
Francis se agarró a aquella idea con fuerza y la repitió una y otra vez en su mente como una letanía que lo protegiera de otro persistente recuerdo.
Maese Jojonah lo había perdonado.
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5
Un adiós adecuado

Elbryan y Pony ayudaron al capitán Kilronney a poner a buen recaudo a los prisioneros en un granero de Caer Tinella. Aunque parecía que ninguno de los powris se proponía escapar, el capitán dispuso en aquel lugar veinte guardias y separó a los peligrosos enanos en grupos de tres.
Satisfecho de que no hubiera problemas, el guardabosque se llevó a Piedra Gris y a Sinfonía, mientras su compañera regresaba, exhausta, a su alojamiento. Elbryan esperaba encontrar a Pony dormida cuando regresó al cabo de media hora, pero la mujer estaba junto a la ventana y miraba fijamente hacia el bosque con las ropas todavía mojadas.
—Vas a pudrir la madera bajo tus pies —dijo Elbryan con una sonrisa.
Pony lo miró el tiempo suficiente como para corresponder a su sonrisa, y luego se volvió otra vez hacia el bosque.
—Deberíamos hablar de la noche pasada —comentó Elbryan.
Se sentía molesto porque Pony había actuado sin su conocimiento y ayuda.
—Bradwarden y yo solucionamos un problema, nada más —respondió Pony.
—Un problema que se habría solucionado en cualquier caso —dijo el guardabosque—, y con menos riesgo.
Pony, con expresión severa, se encaró con él.
—¿Para quién? —preguntó—. No habrías tenido una pelea más fácil si toda la guarnición de Palmaris hubiera venido al norte para juntarse con nosotros. Ni un solo hombre ni una sola mujer se lastimó, y la amenaza ya no existe.
Elbryan levantó las manos en actitud defensiva en medio de la dura réplica de la mujer.
—Sólo temía... —empezó a responder.
—¿Que me podían haber herido? —lo interrumpió Pony—. ¿O matado? No pretendas protegerme.
—Eso nunca —dijo Elbryan—; no más de lo que tú pretendes protegerme a mí. Pero tenía miedo de que tu conducta no fuera prudente —añadió.
Vaciló a la espera de que Pony volviera a la carga, pero ella se lo quedó mirando fijamente, e incluso ladeó un poco la cabeza con aire pensativo.
—Obviamente, ningún rayo cayó por azar frente a la cueva —dijo Elbryan.
—Lo crees así porque conoces mi poder con las gemas.
—Pero la energía mágica fue considerable —prosiguió Elbryan—. Me temo que pueda haber de nuevo monjes en esta región y que nos busquen a nosotros dos y a Bradwarden. Podrían haber detectado que hemos utilizado las piedras.
Pony admitió con un simple movimiento de cabeza que aquel razonamiento era sensato.
—¿Qué pasará con los prisioneros powris? —preguntó el guardabosque—. ¿Qué extrañas historias sobre tus poderes podrían contar?
—La mayoría de los que vieron algo interesante que contar están muertos —repuso Pony, secamente.
—Pero comprendo —se apresuró a añadir Elbryan— que ha sido difícil para ti y para Bradwarden: ambos estáis llenos de justificada cólera y, no obstante, los dos os habéis visto relegados, más que ningún otro, a representar un papel pasivo.
En aquel momento poco faltó para que Pony le confesara que estaba esperando un hijo; quería decirle que el estallido contra los powris era la única venganza que se permitiría durante el embarazo, ya que se proponía mantenerse alejada de riesgos para proteger al bebé que esperaba. Vaciló y lo miró con fijeza largo y tendido; mientras, Elbryan continuó hablando: del viaje a las Tierras Boscosas y de cómo ambos, Pony —si decidía ir al norte— y Bradwarden, tendrían más oportunidades de participar en las batallas cuando los soldados se hubieran marchado.
Pony apenas oía una palabra del discurso. Su atención se concentraba en Elbryan, el hombre al que amaba. Se le acercó lentamente, se llevó un dedo a los labios fruncidos y, cuando estuvo lo bastante cerca, lo hizo callar poniendo el dedo sobre los labios del hombre.
Luego, separó su mano de los labios de él para acariciarle la mejilla, se puso de puntillas y lo besó cariñosamente.
Sintió que Elbryan se ponía tenso. La chica se dio cuenta de que estaba recordando la frenética relación que habían tenido en el bosque. Prolongó bastante el beso, tierno y suave, y luego retrocedió un paso, pero su mano siguió acariciando la mejilla del hombre.
El silencio del momento lo rompió una gota de agua que cayó del cabello de Elbryan al suelo; produjo un sonoro ¡paf! en el charco que se había formado a sus pies. Ambos miraron hacia abajo y, en sus caras, apareció una risilla tonta, debida tanto a los nervios como a lo divertido de la situación. Luego, se miraron a los ojos mientras recordaban las experiencias que habían compartido y los comienzos de su amor. Pony lo besó de nuevo, una vez, dos veces, con ternura y pasión crecientes.
Después, retrocedió un paso, se desabrochó la capa y la dejó caer al suelo. Sin pronunciar palabra, se soltó la túnica y se la pasó por encima de la cabeza, y de nuevo, fijó la mirada en su amado, desnuda hasta la cintura.
Advirtió que él no estaba tranquilo. Ella lo había perturbado con el agresivo, incluso rabioso, contacto en el bosque, y entonces su forma de comportarse lo había desconcertado.
Pony se le acercó otra vez, sonriendo melancólicamente, y lo besó. Él la rodeó con los brazos y recorrió con suavidad el cuerpo húmedo de la chica.
Hicieron el amor, pero no fue como la frenética experiencia en el bosque. Resultó una relación más cálida y afectuosa, construida con tiernas palabras y tiernas caricias.
Luego, yacieron amorosamente abrazados. Pony no había vuelto a mencionar sus intenciones, pero ambos sabían que, con las primeras luces del siguiente día, se separarían: él cabalgaría hacia el norte, y ella, hacia el sur.
De nuevo, Pony pensó en confesar a Elbryan su estado, pero advirtió otra vez que, para la tranquilidad del espíritu de su compañero, no era el momento adecuado. El camino de Elbryan se dirigía al norte, hasta Dundalis, el pueblo que un día había sido el hogar de ambos. Si tenía que realizar el viaje con seguridad y colaborar en el restablecimiento del orden en la región, tenía que estar totalmente concentrado en lo que hacía.
Pasaron el resto del día y toda la noche solos en la casita; hablaron poco: les bastaba la presencia del otro para sentirse bien.
Fue un amanecer claro y brillante; los dos salieron juntos y compartieron una última danza de la espada. Muy poco después, Pony tenía ensillado a Piedra Gris y lo cargó con las provisiones.
—Nos volveremos a encontrar aquí, en el equinoccio de primavera —le dijo Elbryan.
—Dentro de tres meses justos —observó Pony—. ¿Será bastante tiempo?
—No podré retener a Shamus muchos días más —explicó el guardabosque—; está impaciente por ir a las Tierras Boscosas y, si el tiempo es templado, probablemente querrá ponerse en camino antes.
—Entonces, márchate —repuso Pony, pensando que su amado se había propuesto ir hacia el norte desde el principio—. Parte tan pronto como el tiempo lo permita, y vuelve tan pronto como puedas. Yo ya estaré aquí, esperándote.
El guardabosque suspiró.
—Bueno, pues nos encontraremos el día que marca la mitad de la primavera —dijo Pony—; así tendrás cerca de ocho semanas para viajar y poner paz en las Tierras Boscosas.
—Demasiado tiempo lejos de ti —dijo el guardabosque.
En el rostro se le dibujó una juvenil sonrisa, y los ojos verdes resplandecieron con la luz matinal.
—Quedamos, pues, en Caer Tinella ese día —asintió Pony—. Prometo venir habiéndome sobrepuesto al dolor y dispuesta a mirar camino adelante.
—Un camino tranquilo —dijo Elbryan.
Pony soltó una risita. Sabía, igual que Elbryan, que no habría camino tranquilo para un guardabosque adiestrado por los elfos. Vivirían en el límite de las Tierras Agrestes para proteger tres pueblos de los ataques de trasgos, powris, gigantes y animales salvajes, y colaborarían con Bradwarden para defender a los animales y los bosques del descuido y la insensibilidad de los hombres.
No, la mujer sabía que el camino que los esperaba no sería tranquilo. Como mínimo estaría lleno de sonidos: llantos de un bebé, y risas y manifestaciones de alegría de unos padres orgullosos. De nuevo, poco faltó para que se lo confesara. Le dio un beso muy tierno; otra vez le prometió, entre susurros, que se reencontrarían mediada la primavera, y luego saltó sobre el recio lomo de Piedra Gris y lo espoleó para que emprendiera un vivo trote, carretera abajo, hacia el sur.
Pony no volvió la vista atrás.
—Se ha ido —dijo Elbryan en voz baja cuando la imagen del tío Mather apareció en el espejo del Oráculo—. ¡Ya la echo muchísimo de menos aunque sólo estamos a media mañana!
El guardabosque se sentó apoyado en el frío muro de la pequeña cueva y soltó una risita de autolamento. Desde luego que echaba de menos a Pony y se sentía apenado al pensar que la muchacha no estaría con él durante largos meses. Sentado allí, en silencio y a oscuras, Elbryan apenas podía creer lo mucho que había llegado a depender de ella. Además de las evidentes ventajas que proporcionaban las habilidades de Pony en las batallas, la joven era el soporte emocional de Elbryan, su mejor amiga, la única de sus compañeros más próximos que podía ver el mundo con los ojos de un ser humano y la única con quien él había decidido compartir pensamientos y sensaciones.
Elbryan suspiró profundamente y soltó otra risita al pensar lo vacío que iba a resultar el camino del norte hacia su hogar sin Pony y sin Piedra Gris trotando a su lado y al de Sinfonía.
—Comprendo por qué tuvo que irse, tío Mather —prosiguió—. Y aunque sigo sin estar de acuerdo con su decisión, admito que era cosa suya. Ya no estoy tan preocupado como lo estaba hace unos días. Pony ha adoptado una actitud mejor y más segura; pude verlo con claridad cuando Shamus Kilronney decidió capturar a los powris atrapados en lugar de matarlos. Una semana antes, Pony no lo hubiera aceptado jamás, o más probablemente hubiera matado a todos los powris antes de que llegáramos. Quizás ahora se ha liberado de buena parte de su pena. Tal vez apacigüe su espíritu volver de nuevo a Palmaris e ir a El Camino de la Amistad, al cual confío que Belster O'Comely haya devuelto su antigua reputación.
—La echo de menos y tendré que vivir largos meses de espera antes de volver a verla —admitió—. Pero puede ser beneficioso. Pony debe alejarse de las batallas, debe estar en un lugar tranquilo en el que pueda recordar a los Chilichunk de forma adecuada y pueda también, de forma adecuada, sentir pena por ellos. No creo que la carretera del norte reúna esas condiciones. Antes de que Dundalis y los otros dos pueblos se hayan reconstruido, no dudo que vamos a topar con muchos powris y trasgos, e incluso con gigantes.
Elbryan cerró los ojos y se pasó la mano por la espesa mata de pelo castaño.
—Los soldados también se han ido —le contó a la silenciosa aparición—; poco después de Pony, aunque no sabían que ella se había ido antes. Echaré de menos a Shamus Kilronney, que es un buen hombre, pero me alegro de que él y los demás soldados no viajen al norte. La gente guarda el secreto de Bradwarden y Juraviel, y los que las conocen no dicen nada de las habilidades de Pony con las gemas mágicas; estoy seguro de ello, pues Tomás Gingerwart mantuvo un ojo muy abierto sobre sus hombres y comprendió la gravedad de la situación. Estoy seguro de que Pony y yo podemos pasar desapercibidos ante las miradas de todos, salvo ante las de alguien muy enterado y fisgón; pero el peculiar aspecto de Bradwarden lo señalaría claramente a los ojos de cualquiera que conociera los hechos recientes de Saint Precious y Saint Mere Abelle. Es mejor que Shamus haya vuelto al sur. Bradwarden, Juraviel y yo despejaremos el camino del norte.
El guardabosque asintió con la cabeza mientras terminaba, convencido de la lógica de sus palabras. Se alegraba de que Pony se hubiera ido a Palmaris, si eso era lo que necesitaba, y creía que Dundalis sería reconquistada con facilidad. Pensó otra vez en su última relación íntima con Pony, tierna, compartida, y la contrastó con la que habían tenido en el bosque, poco menos que colérica. La última relación había sido sincera, lo sabía; había expresado la verdad del amor que compartían. Y el solo hecho de que la joven hubiera sido capaz de olvidarse tan completamente de su rabia le había dado esperanzas.
Así, con plena confianza en su mujer, Elbryan abandonó la pequeña cueva y vio la resplandeciente mañana: las nubes, finalmente, iban retrocediendo. Se encontró además con otra maravilla: el arco iris se extendía de una a otra parte del horizonte. Una sonrisa se dibujó en el bello rostro de Elbryan, le brillaron los ojos verde oliva y tuvo la rara sensación de que aquel arco iris era para él y Pony, y que sus franjas de colores los unirían a pesar de la distancia.
Aquella idea tomó cuerpo, y Elbryan la puso, junto con todos los demás sentimientos hacia Pony, en un cálido lugar de su corazón. En ese momento, no podía permitirse ninguna distracción. Ésa era la vida que le habían dado los elfos: el guardabosque, el protector; el Pájaro de la Noche.
La tarea de reconquistar las Tierras Boscosas caía sobre sus sólidos hombros, y pobre del powri, trasgo o gigante que se le pusiera delante.
Montada a horcajadas sobre Piedra Gris, en un bosquecillo al lado de la carretera, justo al sur de Tierras Bajas, también Pony contemplaba el arco iris. No obstante, apenas se detuvo para apreciar su belleza, ni tuvo ninguna romántica visión de un arco iris que hiciera de puente de unión entre ella y Elbryan.
Su atención se concentraba en algo más práctico, y su vista se había dirigido hacia una nube de polvo que avanzaba por el norte, la reveladora prueba de que el capitán Kilronney se acercaba con sus soldados.
Pony hizo que Piedra Gris se internara un poco más entre la arboleda boscosa cuando el grupo apareció ante su vista.
Un punto más avanzado indicaba la presencia de un jinete que trotaba veloz a unos cincuenta metros del grupo principal; pasó por delante de donde estaba Pony y volvió la cabeza en busca de posibles enemigos, pero la mujer estaba bien escondida.
Shamus Kilronney y su obstinada prima encabezaban la marcha y discutían mientras cabalgaban. Pony advirtió que siempre parecían estar discutiendo y se dio cuenta de que echaría de menos a Shamus Kilronney; la mirada de la mujer lo siguió mientras el jinete pasaba delante de ella. Sentía respeto por él, le gustaba, y pensaba que si se hubieran conocido en distintas y menos comprometidas circunstancias, podrían haber sido grandes amigos. Sus sentimientos hacia Colleen eran más ambiguos; realmente, no le agradaba en absoluto la actitud condescendiente de Colleen. Pero Pony no se permitiría ser demasiado crítica. Por lo demás, Colleen Kilronney tenía un aura de competencia. Pony dedujo que aquella mujer había participado en muchas experiencias comprometidas durante la guerra y era comprensible que fuera una persona desconfiada.
Cuatro hileras de soldados de cinco hombres cada una, incluida la mayoría de los guerreros de Colleen Kilronney, venían a continuación, todos alerta y vigilando cualquier signo de peligro. Pony se sorprendió de que ninguno de ellos, ni siquiera los dos líderes, parecieran brillar con la luz de la mañana. No recordaban en absoluto a los caballeros de la famosa brigada Todo Corazón. Pony había visto cómo atronaban a su paso, luciendo sus resplandecientes armaduras, durante el tiempo que pasó en el ejército del rey; por el contrario, aquéllos eran guerreros capaces, endurecidos en mil batallas, algo cansados pero listos para pelear contra cualquier enemigo.
Detrás de ellos, atados por los tobillos los unos a los otros y cada uno cargado con un enorme paquete de provisiones o con un haz de leña, venían los veintisiete prisioneros powris. A pesar de la carga, los powris, acuciados por los soldados, avanzaban a un paso increíble. La resistencia de los powris era algo legendario; los peligrosos botes barril powris no disponían de velas y eran propulsados a pedal por los enanos. Y sin embargo, esas embarcaciones surcaban las revueltas aguas del gran Miriánico y eran proverbiales sus abordajes a barcos de vela, incluso con fuertes vientos. Y entonces, hacían honor a esa fama y se apresuraban para seguir el trote de los caballos sin un gruñido ni una queja.
El grupo bajó por la carretera, dobló una curva y desapareció de la vista, salvo la reveladora nube de polvo que emergía por encima de los árboles. Conocedora de las tácticas del capitán Kilronney, Pony sabía que tenía que esperarse un poco más, y, desde luego, los dos exploradores de cola no tardaron en aparecer.
La mujer zangoloteó las riendas de Piedra Gris, y el caballo salió del bosquecillo.
—Aún no se lo has dicho —dijo una voz familiar.
Pony volvió el caballo hacia el lado, escudriñó entre los árboles y, al fin, distinguió a Juraviel tranquilamente sentado en una rama situada a más de tres metros de altura.
—¿Vamos a pelearnos de nuevo por lo mismo? —exclamó, indignada.
—Sólo temo...
—Sé lo que temes —le interrumpió Pony—. También yo lo temo. Si Elbryan encuentra la muerte en el norte morirá sin ni siquiera saber que iba a ser padre.
Juraviel, obviamente agitado, saltó a una rama más baja.
—¡Cuánta frialdad encierran tus palabras! —observó.
—¡Cuánta verdad encierran mis palabras! —corrigió ella—. Elbryan y yo hemos vivido con la sombra de la muerte cerniéndose sobre nuestras cabezas desde antes del viaje a Aida.
—Por esa razón, creía que habrías querido decírselo.
Pony se encogió de hombros.
—Claro que quiero decírselo —dijo—, pero sé que es un error. Si él lo supiera, no iría al norte, o no sin mí, por lo menos. Y yo no estoy dispuesta a ir a Dundalis.
—¿No irás nunca?
—Naturalmente, regresaré a mi hogar, y mi hogar es Dundalis —se apresuró a contestar—. Pero todavía no. Y Elbryan no iría sin mí si supiera que estoy esperando un hijo. —La mujer reflexionó—. Y eso repercutiría en detrimento de todos nosotros —prosiguió Pony—. Las Tierras Boscosas deben recuperarse, y nadie puede hacerlo mejor que el Pájaro de la Noche.
Juraviel inclinó la cabeza para asentir.
—Así que no, Belli'mar Juraviel, no se lo he contado a Elbryan —dijo de modo terminante—; pero te voy a prometer algo: tengo previsto criar a mi hijo en Dundalis y reunirme con Elbryan antes de que nazca el niño.
—Si nos viéramos en una situación de la que no pudiéramos escapar —dijo Juraviel con calma—, o si Elbryan estuviera gravemente herido y cerca de la muerte, le diría la verdad.
Pony sonrió y asintió con un movimiento de cabeza.
—No esperaba menos de ti, amigo mío —dijo.
—Otra promesa y estaré satisfecho —dijo Juraviel después de una pausa—. Quiero que me des tu palabra de que nunca olvidarás la vida que llevas en tu seno —dijo Juraviel con firmeza—. Prométeme que serás prudente, que no buscarás peleas y que rehuirás las que puedas encontrar.
Pony lo miró con severidad, indignada.
—El hijo que llevas dentro de ti, es hijo del Pájaro de la Noche —dijo el elfo sin amilanarse—. Por consiguiente, la seguridad del bebé es del mayor interés para los Touel'alfar.
—Por supuesto, mi mayor preocupación es mi hijo —repuso Pony con aspereza—. ¿Necesitas pedirme...?
—¿Necesito recordarte a los powris de la cueva? —la interrumpió con parecida dureza. No obstante, rectificó y le dedicó una sonrisa sincera y conciliadora—. El hijo que esperas es algo más que el hijo del Pájaro de la Noche —explicó—. Es el hijo de Elbryan y Jilseponie, y por tanto, la seguridad del bebé es del mayor interés para Belli'mar Juraviel.
Pony no pudo seguir discutiendo; el elfo la había atrapado con la sincera preocupación de un verdadero amigo.
—Me rindo —dijo con una carcajada—. Y te lo prometo.
—Hasta la vista, entonces —repuso Juraviel con aire sombrío—, y cumple esa promesa. No puedes empezar a comprender la importancia de la vida que crece dentro de ti.
—¿Qué es lo que sabes? —preguntó Pony, preocupada, pues las palabras y el tono de Juraviel apuntaban a algo de más calado.
—Conozco la belleza de un niño —respondió el elfo.
A Pony le pareció una respuesta evasiva, pero conocía el estilo de los Touel'alfar lo suficiente como para comprender que no servía de nada tratar de forzarlos.
—Me reuniré con Elbryan a mediados de la primavera en Caer Tinella —explicó la mujer—; espero que también Belli'mar Juraviel lo vea allí sano y salvo.
Juraviel contó los meses en silencio. Sabía por lo que Pony le había explicado que la criatura había sido concebida camino de Saint Mere Abelle el pasado verano. Juraviel juzgó que Pony se reuniría con Elbryan sólo si todavía estaba en condiciones de viajar, pero permaneció callado. Al pensar que la mujer conocía los plazos mejor que él, se tranquilizó.
Pony reflexionó, metió la mano en su bolsa y sacó una suave piedra gris, una piedra del alma.
—Quizá deberías llevártela —le propuso—; es la piedra que sirve para curar y podrías hacer un buen uso de ella.
Juraviel sacudió la cabeza.
—Tenemos el brazal mágico de Bradwarden —dijo—. Guarda la gema —añadió.
La mirada de Juraviel se dirigió hacia el vientre de la mujer, y la joven comprendió que tenía miedo de que ella la fuera a necesitar aún más.
Pony metió la piedra en la bolsa.
—Hasta el día que marca la mitad de la primavera —dijo.
—Que tengas buen viaje, Jilseponie Wyndon —contestó Juraviel.
El elfo asintió con la cabeza. Pony le dedicó una última sonrisa, espoleó a Piedra Gris para que saliera rápidamente del bosquecillo y, luego, lo puso al trote por el camino del sur.
Juraviel la contempló hasta que desapareció de su vista y se preguntó sinceramente si volvería a verla. Confiaba en que Pony cumpliera la última y tan importante promesa de mantenerse alejada de cualquier peligro, pero se daba cuenta del dolor y la rabia que la mujer sentía, y comprendía su necesidad de acción. Juraviel sabía que la pelea con los powris había calmado esa necesidad y le había aportado cierta serenidad; sin embargo, era algo pasajero.
Por ejemplo, las sonrisas que Pony le había dedicado durante su encuentro no suponían algo definitivo, no eran señales de verdadero contento. El ánimo de Pony había cambiado bruscamente en pocos segundos por efecto de unas pocas palabras. Mientras contemplaba cómo se alejaba, el único deseo de Juraviel era que la muchacha no se viera envuelta en ningún problema por las peligrosas calles de Palmaris.
Y aunque Pony estuviera hacia mediados de la primavera en Caer Tinella, Juraviel dudaba que él se encontrara allí para saludarla. Poco faltaba para que regresara a su hogar, en Andur'Blough Inninness. La señora Dasslerond necesitaba enterarse de que había un bebé en camino, el hijo del Pájaro de la Noche, que, en efecto, era el hijo de Caer'alfar.
Pony no tardó en divisar a los jinetes de retaguardia. Puso buen cuidado en mantenerse alejada, pero el grupo estaba concentrado en lo que les esperaba camino adelante, por lo que la joven tuvo pocos problemas para seguirlos todo el día.
Acamparon en unas granjas abandonadas, uno de los muchos enclaves que todavía no habían sido recuperados.
Pony montó su pequeño campamento en un lugar desde el que podía ver a los soldados; la consolaban las cálidas luces que brillaban a través de las ventanas y las siluetas de los hombres que paseaban en torno al resplandeciente fuego, que ardía en terreno común entre las casas. Era evidente que creían que por allí no había grupos grandes de monstruos, o por lo menos ninguno dispuesto a enfrentarse con ellos. Pony sabía que estaban en lo cierto; con todo, pensó que era una tontería que el capitán Kilronney descubriera su posición, en especial con más de veinte peligrosos powris.
Por tanto, esa noche, Pony hizo algo más que descansar: con la piedra del alma montó una sigilosa y atenta vigilancia en torno a la tropa.
Al igual que su marido, sin duda su actitud era la de un excelente guardabosque.
Mientras tanto, Elbryan, Juraviel y Bradwarden descansaban cómodamente en una colina pelada, a cierta distancia al norte de Caer Tinella. El guardabosque yacía tumbado de espaldas, con las manos cruzadas detrás de la cabeza y la mirada fija en el cielo estrellado. Bradwarden estaba igualmente relajado, echado en el suelo con las patas delanteras de caballo cruzadas delante de él; incluso recostado de esa manera, su torso humano permanecía erguido.
—Me resulta difícil respirar si me tumbo de lado —explicó a sus amigos.
Juraviel era el más inquieto de los tres y miraba tanto a Elbryan como hacia el firmamento, aunque cualquier elfo disfrutaría del silencioso esplendor del cielo de aquella clara y vigorizante noche. Juraviel estaba preocupado por Elbryan, pues el guardabosque parecía triste y su actitud expresaba más resignación que serenidad.
Bradwarden también lo advirtió.
—La chica volverá —pronosticó el centauro—. Sabes que no puede estar mucho tiempo lejos de ti y también sabes que no hay otro hombre en su corazón.
—Desde luego —contestó Elbryan con una risa sofocada que se convirtió en un suspiro.
—¡Ah, las mujeres! —se lamentó teatralmente Bradwarden—. Muchas veces me alegro de no haber visto ningún ejemplar del bello sexo de mi propia especie.
—Eso suena un poco a soledad —dijo Elbryan, que se las apañó para esbozar una sonrisa irónica y miró a Juraviel—, y a frustración.
—¡Ah, pero ahí está lo bueno de ser un centauro! —objetó Bradwarden con un malicioso guiño—. Puedo camelarme a una estúpida yegua, sin preguntas y sin tener que dar explicaciones.
Elbryan se quitó las manos de debajo de la cabeza y se cubrió la cara, mientras gruñía y era incapaz de pronunciar palabra ante la crudeza del centauro. No quería imaginar una escena semejante.
—Alégrate de que Sinfonía sea un semental —indicó Juraviel, y el guardabosque volvió a soltar otro gruñido.
La carcajada de Bradwarden aún sonó más fuerte.
Luego, en el altozano se hizo un profundo silencio. Los tres amigos estaban solos con sus propios pensamientos, pero a la vez compartían el esplendor del cielo nocturno. Cierto tiempo después, Bradwarden cogió la gaita y empezó a tocar una cautivadora melodía, que se deslizaba entre los árboles como una niebla nocturna, discreta pero capaz de aumentar el misticismo de la noche.

6
Sin tomar partido
Roger Descerrajador creía que se había vuelto imbécil. Se reprendió a sí mismo porque su juicio estaba distorsionado por la desesperación y la soledad. No obstante, siguió avanzando con tenacidad por el corredor que bordeaba los aposentos del padre abad Markwart, escoba en mano, simulando ostensiblemente —demasiado ostensiblemente— que estaba cumpliendo sus obligaciones.
Se detuvo frente a la puerta del padre abad mientras miraba a uno y otro lado del pasadizo e, incluso, barría un poco.
—Una hora —se susurró a sí mismo para darse coraje.
Los monjes iban a reunirse para vísperas, y probablemente nadie se acercaría por allí en una hora, al menos. Roger había observado con sumo cuidado sus costumbres, noche tras noche, pues sabía que un error significaría para él la tortura y la muerte. Pensó en Elbryan y en Pony, y en el heroico centauro con el que nunca había coincidido, y eso fortaleció su resolución. Echó un último vistazo en cada dirección, se acercó a la puerta y puso una rodilla en tierra.
Hizo honor a su nombre, pues en cuestión de segundos consiguió abrir el sencillo cerrojo. Sorprendido de lo fácil que había resultado penetrar en los aposentos del más alto jerarca de la Iglesia abellicana, reflexionó un momento y sintió un repentino temor de que pudiera haber una trampa mágica o mecánica emplazada en la puerta. Inspeccionó exhaustivamente las junturas de la jamba, pero no encontró nada; luego, volvió a dudar, miró a ambos lados, y suspiró profundamente, pensando que, con toda probabilidad, una trampa mágica no sería físicamente detectable, salvo las cenizas —sus cenizas—, que quedarían allí después de que hubiera estallado.
El obstinado joven emitió un gruñido y empujó la puerta.
Pero no ocurrió nada especial y, una vez dentro, hincó de nuevo una rodilla en tierra para volver a cerrar la puerta. Apoyado en ella para recuperar el aliento y la determinación, dio un vistazo a las salas. Los aposentos de Markwart constaban de cuatro habitaciones. El despacho donde se encontraba era la estancia más grande y el centro del conjunto; había una puerta cerrada a la izquierda, y otra, parcialmente abierta en el lado opuesto de la sala, detrás del gran escritorio, dejaba ver una esquina de la cama del padre abad; una tercera a la derecha, completamente abierta, permitía observar cuatro cómodos sillones sobre una alfombra y frente a una chimenea que ardía lentamente.
Roger cruzó en primer lugar la puerta abierta y entró en el estudio, pero al poco rato volvió al despacho, pues no encontró nada de especial interés, ni siquiera una simple pista de sus amigos desaparecidos. A continuación, se dirigió al dormitorio y halló el diario de Markwart en una mesita de noche. Roger no era un lector experto, aunque una amable mujer en Caer Tinella, la señora Kelso, se había ocupado de enseñarle. La escritura de Markwart era estilizada y fácilmente legible, y Roger pudo hacerse una cierta idea de lo escrito, lo que, de hecho, suponía una verdadera hazaña para quien había llevado la vida de un vulgar campesino de Honce el Oso. Los monjes sabían leer y escribir, al igual que la mayoría de los nobles, el Pájaro de la Noche —adiestrado por los elfos—, Pony y algunos otros individuos excepcionales. Pero muy pocos, menos de dos de cada treinta de los que se llamaban a sí mismos súbditos del rey Danube Brock Ursal, eran capaces de comprender sencillas cartas.
En semejante contexto, Roger Descerrajador era un prodigioso lector. Con todo, encontró muchas palabras que no conocía, y a veces no podía entender la conexión lógica entre las frases. Una lectura rápida del diario no le enseñó nada valioso. Casi todo eran meditaciones filosóficas de carácter personal: el padre abad escribía sus ideas acerca de la preeminencia de la Iglesia abellicana sobre la gente común y sobre los líderes laicos, incluso sobre el rey. Roger se estremeció ante aquellas palabras al recordar con demasiada claridad el asesinato de uno de esos líderes laicos, el barón Bildeborough, el hombre que lo había acogido para que se uniera a su causa contra la Iglesia.
Roger continuó la lectura del libro y, aunque tuvo poca suerte con las partes más sutiles, llegó a la conclusión de que había sido redactado por dos personas distintas; tal vez lo había escrito físicamente una sola mano, pero Roger creía que buena parte del texto había sido dictada. Su convencimiento no se debía tanto a los términos empleados como a diferencias en el tono.
¡O bien lo habían escrito dos personas distintas, o el padre abad se encontraba en un estado de grave confusión emocional!
Roger se preguntó si habría alguna manera de utilizar el diario en contra de Markwart. Quizá podría visitar al rey y enseñarle el libro, y acompañarlo con la denuncia de que ningún powri, sino un monje, había asesinado al abad Dobrinion de Saint Precious, y de que un agente de la Iglesia, y no un animal salvaje, había matado al barón Bildeborough.
Pero Roger era consciente de que sería tratado como un imbécil, incluso con el diario como prueba. Volvió a leer los distintos apartados que pudo localizar con relación al rey y tuvo que reconocer que el autor, el padre abad Markwart, había sido muy cuidadoso en no cruzar la frontera de la traición. Se había limitado a enumerar diferencias filosóficas, pero sin especificar acción alguna contra la corona: eran especulaciones, no pruebas.
Algo más atrajo la atención de Roger: las repetidas referencias de Markwart a una nueva introspección, a una voz en el interior de su cabeza que guiaba su mano. El padre abad creía, sin duda, que estaba hablando directamente con Dios y que era un simple agente del ser supremo.
Roger se estremeció ante tal idea. Contempló bajo una nueva luz la personalidad escindida que reflejaban los escritos y comprendió que no hay ningún hombre más peligroso que el que se cree agente de Dios.
Depositó de nuevo el libro sobre la mesa y abandonó la sala.
Con objeto de dejar el despacho para una última y más completa inspección, acto seguido, Roger se fue hacia la puerta cerrada. Sus sospechas aumentaron al advertir que no estaba asegurada con uno, sino con tres candados. Aún más inquietante le resultó al joven ladrón una protección todavía mayor en dos de los candados: trampas de aguja y resorte.
Roger dedicó un buen rato a examinar las trampas, y luego se puso manos a la obra con dedos expertos y delicadas piquetas. Empezó a desarmarlas, pero de tal modo que cuando se fuera le resultara fácil rearmarlas de nuevo. Roger gruñía mientras transcurrían los minutos y se daba cuenta de la cantidad de tiempo perdido en aquella puerta, pero, con todo, todavía empleó unos instantes a inspeccionarla una vez más, por si había más trampas, antes de dedicarse a los candados. Consiguió que saltaran todos y, a punto de abrir aquella pesada puerta, volvió a pensar en la posibilidad de que encerrara una mágica trampa mortal.
La habitación estaba vacía, salvo por unos candelabros, un gran libro abierto y un curioso dibujo grabado en el suelo; pero el corazón de Roger empezó a latir aceleradamente, la sangre le circuló a toda velocidad y comenzó a jadear. Se sintió rodeado por un aura tangible, mientras una frialdad le penetraba en la espina dorsal y lo invadían una oscuridad de espíritu y una profunda desesperanza. Se limitó a quedarse el tiempo suficiente para leer el título del voluminoso libraco, Encantamientos de brujería. Después, salió corriendo de la sala y se apoyó de nuevo en la puerta cerrada durante largos minutos, hasta conseguir que las manos le dejaran de temblar y así ser capaz de cerrar los candados y montar las trampas otra vez.
Sólo le quedaba el despacho. El gran escritorio tenía muchos cajones y, probablemente, estarían cerrados en su mayoría.
—Debería estar aquí, hermano —dijo en tono de disculpa maese Machuso.
Era un hombrecito rechoncho, cuyas mejillas coloradas parecían envolverle la diminuta nariz. Dejó entrar al hermano Francis en las despensas, y ambos comprobaron que el joven en cuestión no se encontraba allí. El padre iba a rezar las vísperas cuando Francis le había salido al paso, aduciendo una necesidad más perentoria.
—Roger Billingsbury ha estado toda la semana asignado a las despensas.
—Lo siento, maese Machuso —dijo Francis con una sonrisa y una respetuosa reverencia—, pero parece que no está aquí.
—¡Obviamente! —asintió Machuso, estallando en una embarazosa carcajada—. ¡Oh!, intento que sean disciplinados, ya sabes —explicó—; pero la mayoría de los que vienen a trabajar aquí no se quedan mucho tiempo. Lamento decirte que sólo están lo justo para ganar algo con que comprar bebida o tabaco de pipa. Todos los aldeanos conocen nuestro talante generoso y saben que no les va a pasar nada si nos abandonan, incluso volveré a contratarlos si regresan al cabo de unas semanas en busca de trabajo. —El bondadoso padre se echó a reír otra vez—. Si los hombres de Dios no pudieran perdonar las debilidades humanas, ¿quién podría hacerlo?
Francis consiguió dibujar en su rostro una sonrisa forzada.
—¿Aldeanos, dices? —comentó—. Entonces, ¿ese Roger Billingsbury es un aldeano de Saint Mere Abelle? ¿Conoces a su familia?
—No a la segunda pregunta —respondió Machuso—, y también no a la primera. Conozco a la mayoría de la gente del pueblo, y desde luego a las familias más importantes, pero no conozco ningún Billingsbury. Bueno, ninguno salvo al joven Roger, naturalmente. Un buen muchacho. Buen trabajador y, según dicen, tan habilidoso con las manos como con el cerebro.
—¿Ha dicho que es del pueblo? —insistió Francis.
Machuso, sin comprometerse, se encogió de hombros.
—Podría ser —respondió—; sinceramente, no presto demasiada atención a esos detalles. Hay muchos desplazados a causa de la guerra. Han dejado de existir pueblos enteros. Así pues, si el joven Roger pretende ser de Saint Mere Abelle, ¿por qué se lo voy a discutir?
—Por supuesto, no tienes por qué —contestó Francis con otra reverencia—. Y no pongo en cuestión tus métodos, maese Machuso. Si todos nosotros en Saint Mere Abelle fuéramos capaces de atender nuestras obligaciones tan bien como maese Golvae Machuso, es seguro que la vida del padre abad sería más tranquila.
El jovial Machuso soltó otra sonora carcajada.
—¿Hay algún otro sitio adonde pueda haber ido el joven Billingsbury? —preguntó Francis.
Machuso arrugó el rostro mientras reflexionaba, pero no tardó en sacudir la cabeza y en levantar las manos con aire desvalido.
—Si no ha abandonado la abadía, estoy seguro de que volverá a las despensas —indicó—. Ese joven es un buen trabajador.
Francis se esforzó por ocultar su frustración. Esperaba que Roger no se hubiera marchado de Saint Mere Abelle, pues si sus sospechas sobre el joven contratado eran ciertas, Roger podía ayudarle a desembarazarse de algunos problemas muy enojosos. Se despidió muy rápidamente de Machuso y salió corriendo hacia sus habitaciones particulares con objeto de dedicarse a la piedra del alma, que el padre abad había permitido que cogiera de entre las de su colección privada. Tenía que realizar sus propias averiguaciones; enseguida.
Las pistas eran escasas: una hoja de papel desmenuzada, que parecía ser un primer borrador del edicto que había condenado a maese Jojonah y que hablaba de una misteriosa «intrusión y evasión» en Saint Mere Abelle, y otro papel relativo a la persistente conspiración en la abadía. Para mayor frustración, Roger no había encontrado ni un solo compartimiento secreto en el gran escritorio, aunque estaba seguro de que tenía que haber muchos. Pero había llevado la cuenta de los minutos transcurridos con sumo cuidado y sabía que el tiempo se le estaba tirando encima. Volvió a la puerta, echó un último vistazo a la sala para asegurarse de que todo estaba tal como lo había encontrado y, después, silenciosamente, regresó al vestíbulo.
—Tienes que cerrar el candado —dijo una voz desde las sombras en el preciso momento en que Roger se daba la vuelta para hacerlo.
El joven se quedó helado, inmóvil, como si se hubiera petrificado. Sólo movía los ojos, ojeando de uno a otro lado en busca de una salida. Presa del pánico, trató de inventar alguna historia creíble. Captó un movimiento por el rabillo del ojo, se dio la vuelta y se enderezó de repente, escoba en mano, para encararse con el hombre.
—Curiosa herramienta para las despensas, Roger Billingsbury —dijo el hermano Francis con calma.
Roger advirtió por el cíngulo blanco que le ceñía el hábito oscuro que se trataba de un monje de cierta categoría, tal vez un hermano inmaculado.
—Me dijeron que subiera aquí a limpiar...
—Te dijeron que trabajaras en las despensas —le interrumpió el hermano Francis, dispuesto a no perder ni tiempo ni paciencia con tales tonterías.
Con la piedra del alma, el espíritu de Francis había surcado los corredores de la abadía y, por pura casualidad, había llegado hasta el despacho de su superior, donde, con gran sorpresa, había encontrado al joven ayudante de cocina inclinado sobre el gran escritorio.
—¡Ah, sí..., sí! —tartamudeó Roger—, pero el hermano Jhimelde...
—¡Basta ya! —gruñó Francis, haciéndolo callar—. ¿Eres Roger Billingsbury?
Roger bajó un poco la cabeza para asentir, mientras analizaba qué podía hacer. Pensó que podría golpear al monje con la escoba y echar a correr, pues aunque era más voluminoso que él, no parecía fuerte.
—¿Y de dónde eres? —preguntó Francis.
—De Saint Mere Abelle —respondió, sin vacilar, Roger.
—Tú no eres de Saint Mere Abelle —afirmó Francis con frialdad.
—Del pu... pueblo, no de la abadía —tartamudeó Roger.
—¡No!
Roger se puso rígido y agarró la escoba con todas sus fuerzas. Ya en una ocasión había matado a un monje, a un hermano Justicia, y había esperado que tal experiencia no tendría que repetirse.
—No hay ningún Billingsbury en el pueblo de Saint Mere Abelle —insistió el hermano Francis.
—Somos nuevos en la región —repuso Roger—. Nuestras casas ardieron...
—¿Y dónde estaban esas casas? —preguntó Francis.
—En un pequeño pueblo...
—¿Dónde? —exigió Francis. Y enseguida añadió con voz perversamente cortante e intimidatoria—: ¿Cómo se llama? ¿Cuántos habitantes tiene? ¿Cómo se llaman las otras familias?
—Hacia el sur —empezó a decir Roger, pero su mente era un torbellino.
—Eres de algún pueblo del norte de Palmaris —puntualizó el hermano Francis—, a menos que mis suposiciones sean falsas, lo cual no suele ocurrir, te lo aseguro. Reconozco tu acento.
Roger se enderezó y lo miró con dureza, pero poco faltó para que las siguientes palabras de Francis lo derribaran al suelo.
—Eres amigo de los que conocieron a Avelyn Desbris —afirmó el monje—; tal vez eras incluso amigo del hereje.
La mandíbula de Roger se aflojó.
—Pero eso no importa —prosiguió el hermano Francis—. Eres amigo de una mujer llamada Pony y de su compañero, al que llaman el Pájaro de la Noche.
Los nudillos de Roger se volvieron blancos de la fuerza con que asía la escoba. Desesperado, se dispuso a propinar el golpe, pero Francis lo atacó con violencia, agarró el mango de la escoba con una mano y lo golpeó con la otra.
—Imbécil —dijo el monje, arrebatándole la escoba con un hábil giro—. No soy tu enemigo; si lo fuera ya estarías encadenado y de rodillas ante el padre abad.
—Entonces, ¿qué quieres? —osó preguntar Roger, mientras se frotaba la dolorida mejilla, sorprendido de que aquel hombre, que parecía tan normal, pudiera haberlo desarmado y pegado con tanta facilidad.
—Ven, deprisa —le ordenó Francis, mientras se daba la vuelta y se alejaba—. Las vísperas están acabando y no serías nada prudente si dejaras que el padre abad te encontrara fisgando por aquí.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el hermano Viscenti por vigésima vez quizás.
Al igual que en las demás ocasiones, el hermano Braumin no le respondió directamente.
—¿Cuándo se reunirá Dellman con nosotros? —preguntó el monje de más edad.
Viscenti echó una ojeada a la puerta de la habitación de Braumin, como si esperara que Dellman fuera a empujarla de un momento a otro. Luego, sacudió y giró la cabeza con rapidez mientras sus ojos miraban con fijeza.
—Volverá; dijo que volvería —insistió Viscenti, con voz cada vez más alta a causa de la ansiedad.
Braumin dio una palmada en el aire para tratar de calmarlo. Sin embargo, realmente, Braumin comprendía la gravedad de la situación. ¡El hermano Francis, el asesor tal vez más próximo al padre abad Markwart, se había presentado en su reunión!
—¡Deberíamos ir a pedir perdón al padre abad! —exclamó, de repente, Viscenti con frenesí.
Braumin miró con fijeza y frialdad al nervioso monje, enojado ante semejante alternativa. Incluso atado a la estaca y con el fuego ardiendo bajo sus pies, el hermano Braumin Herde no pediría perdón a Markwart. ¿Cómo era posible que Viscenti formulara semejante propuesta si creía de veras en la santidad de Avelyn y de Jojonah?
Pero Braumin se calmó enseguida, pues comprendió el miedo que sentía el monje. Viscenti estaba atemorizado, y no le faltaban motivos para ello.
—Es preferible que nos confesemos culpables de pecar contra la Iglesia abellicana —dijo Braumin con tanta calma como pudo—. Nos reunimos a rezar; nada más. Es preferible que urdamos nuestra historia...
Se detuvo al oír que alguien llamaba a la puerta; los dos se quedaron helados.
—¿Será el hermano Dellman? —susurró Braumin a Viscenti.
—O el hermano Castinagis —respondió el escuálido monje con una voz nasal que era casi un susurro.
Braumin se acercó lenta y silenciosamente a la puerta y pegó el oído con objeto de captar algún indicio sobre quién podía ser.
Sonó otro golpe.
Braumin miró a Viscenti, que se estaba mordiendo el labio inferior hasta casi arrancárselo. Con un desesperanzado encogimiento de hombros, Braumin agarró cautelosamente el pomo de la puerta y exhaló un profundo suspiro, mientras en su imaginación conjuraba imágenes del padre abad Markwart y de huestes de airados verdugos armados que llegaban para llevárselo. Al fin, reunió el coraje necesario y abrió. La puerta crujió y, aunque no se trataba de Markwart y de su gente, el corazón le dio un vuelco.
—Déjame entrar —dijo, tranquilamente, el hermano Francis.
—Estoy ocupado —repuso Braumin.
Francis soltó un bufido.
—Sea lo que sea lo que estés haciendo, te aseguro que esto tiene prioridad —afirmó, empujando la puerta con la mano.
Braumin apoyó el hombro contra la madera e inmovilizó la puerta.
—Te aseguro que no tenemos nada de que hablar, querido hermano —dijo, y se dispuso a cerrar la puerta.
Francis, sin embargo, coló el pie por la abertura.
—¡Querido hermano, estoy muy ocupado! —exclamó con mayor insistencia Braumin.
—¿Preparas la próxima reunión? —preguntó Francis.
—Sí, una reunión para rezar —respondió Braumin.
—Para blasfemar, querrás decir —corrigió Francis con severidad—. Si prefieres discutir conmigo en el pasillo —prosiguió en voz más alta—, no tengo el menor inconveniente. Eres tú el que necesita mantener las cosas en secreto, no yo.
Braumin abrió completamente la puerta, se apartó hacia un lado, y el hermano Francis se apresuró a entrar en la habitación. Después de que el visitante entrara, Braumin asomó la cabeza por el pasillo y, luego, cerró la puerta. Dirigió su atención al interior de la sala y vio que Francis y Viscenti se estaban mirando fija y duramente. Los ojos de Viscenti reflejaban algo salvaje, la mirada de un animal tímido acorralado en un rincón. Por un instante, Braumin creyó que el escuálido monje iba a abalanzarse sobre Francis. No obstante, Viscenti no pudo sostener su mirada y desvió la vista, mientras movía nerviosamente las manos que le pendían a cada lado.
—Se diría que te gusta interrumpir todas mis conversaciones —dijo secamente el hermano Braumin para impedir, a propósito, que Francis continuara clavando los ojos en Viscenti—. Alguien menos confiado que yo podría suponer que me estás vigilando.
—Alguien más sensato que tú comprendería que necesitas que te vigilen —repuso el hermano Francis.
—¿Y eres tú ese hombre más sensato?
—Soy más sensato que los que mantienen conversaciones heréticas en los subterráneos de Saint Mere Abelle.
—Sólo conversamos sobre verdades —dijo Braumin, y sus labios se torcieron para emitir un gruñido mientras daba un paso hacia adelante.
—Sobre mentiras —replicó, con aspereza, Francis sin ceder terreno.
De pronto, el hermano Viscenti se apostó junto a Francis, muy pegado a él, de forma que éste quedó entre aquél y Braumin. Los dos conspiradores tenían un aspecto amenazador.
Pero Francis no pareció inmutarse lo más mínimo.
—No he venido hasta aquí para discutir de teología —explicó.
—Pues, ¿a qué has venido? —le preguntó Braumin.
—A prevenirte —dijo Francis de modo terminante—. Estoy enterado de lo de vuestro grupo y sé que os dedicáis a honrar la memoria de los herejes Jojonah y Avelyn Desbris.
—¡No son herejes! —chilló Viscenti.
Francis no le hizo el menor caso.
—Y el padre abad también está al corriente de lo vuestro y no tardará demasiado en ocuparse de vosotros y destruiros tal como hizo con Jojonah.
—No lo dudo, si utiliza la información que el hermano Francis, con toda diligencia, le proporcionará —repuso Braumin.
Francis exhaló un suspiro de exasperación.
—No puedes imaginar el poder que tiene —dijo—. ¿Crees realmente que el padre abad Markwart me necesita para algo?
—¿Por qué nos estás diciendo todo esto? —preguntó Braumin—. ¿Por qué no te limitas a acompañar a los guardias del padre abad cuando vengan a prenderme? Quizá Markwart te permitirá que eches a la pira la primera rama encendida bajo mis pies.
La rara expresión que apareció en el rostro de Francis hizo reflexionar a Braumin. El monje parecía poco menos que herido, o perplejo; en sus ojos había una mirada extraviada.
Al cabo de cierto tiempo, Francis volvió a fijar su atención en el hermano Braumin y lo fulminó con una mirada mortalmente grave.
—El padre abad te vigila de cerca —dijo con toda seriedad—. No lo dudes. Preparará los procesos de herejía y, dado que ninguno de vosotros ha alcanzado la categoría de padre, se celebrarán aquí, en Saint Mere Abelle, con o sin la bendición de otros abades. No esperéis ganar.
—No somos herejes —replicó Braumin con los dientes apretados.
—Eso no importa en absoluto —respondió Francis—. El padre abad tiene todas las pruebas que necesita contra vosotros. Si lo estima oportuno puede imputaros cualquier otro delito con toda facilidad.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? —gritó Braumin—. ¿No hay verdadera justicia en nuestra orden?
Francis miraba fijamente hacia adelante sin darle respuesta alguna.
—Entonces, estamos condenados —gimió el hermano Viscenti poco después. Miró a Braumin en busca de consuelo, de algún gesto denegatorio, pero el monje no tenía nada que manifestarle.
—Tal vez haya otra posibilidad —comentó Francis.
El rostro del hermano Braumin se tensó. Esperaba que Francis le advirtiera que tenía que reprobar abiertamente a los herejes Jojonah y Avelyn, que tenía que arrodillarse ante el todopoderoso Markwart e implorar perdón. Braumin se dio cuenta de que Viscenti hubiera elegido esa alternativa, al igual que uno o dos de los demás.
El hermano Braumin cerró los ojos y se esforzó por superar el momento de enfado con sus compañeros de conspiración. Si elegían pedir clemencia, fuera lo que fuera lo que tuvieran que decir o hacer, incluso si las consecuencias de sus actos recaían pesadamente sobre él, no los iba a juzgar.
No obstante, tampoco se uniría a ellos. El hermano Braumin decidió en aquel lugar y en aquel momento, en cierto modo como una predestinación, aceptar el castigo, las llamas; jamás abjuraría de los principios de Avelyn Desbris ni hablaría mal de su mentor Jojonah.
Pero entonces Francis lo cogió desprevenido.
—Puedo dejar que salgáis de Saint Mere Abelle —propuso el monje—, y podréis huir y esconderos.
—¿Nos ofreces tu ayuda? —preguntó, escéptico, Viscenti—. ¿Al fin has encontrado la verdad, hermano Francis?
—No —respondió Braumin antes de que Francis pudiera contestar. Braumin lo observó con mucha curiosidad—. No, no comparte nuestras creencias.
—Os he tachado de herejes —confirmó Francis—. Os doy mi palabra, no la del padre abad.
—Entonces, ¿por qué vas a ayudarnos? —inquirió Braumin—. ¿Por qué nos quieres ver fuera de Saint Mere Abelle si sabes que no representamos ninguna amenaza para ti ni para tu adorado padre abad?
Mientras hablaba, el hermano Braumin se preguntaba si el padre abad no estaría al corriente de la visita de Francis, si no lo habría enviado allí para tratar de librarse discretamente de aquellos problemáticos monjes.
—¿O acaso representamos una amenaza? —preguntó Braumin, maliciosamente—. Tal vez tenéis miedo de la reacción que pueda producirse tanto dentro como fuera de la Iglesia cuando nosotros cinco, al igual que ocurrió antes con Jojonah, seamos atados a las estacas y quemados públicamente. Quizás os preguntéis cuán firme es, en realidad, el control del padre abad sobre la Iglesia.
Francis sacudió la cabeza lenta y sombríamente, pero Braumin insistió.
—Así que nos convences para que nos vayamos, y con esta pública renuncia perdemos nuestra posición en el seno de la Iglesia.
—Tu razonamiento no está bien fundado, hermano —respondió Francis—. Supervaloras la reacción negativa del populacho ante una ejecución horrible. Muchos de los aldeanos todavía hablan en un tono emotivo, incluso excitado, de la quema del hereje Jojonah.
—¡No lo llames así! —pidió el hermano Viscenti.
—No se quedaron terriblemente acongojados ante el espectáculo, como bien sabes —prosiguió Francis—. Y de hecho, otra pizca de emoción en sus vulgares vidas sería bien recibida. Por lo que respecta a los jerarcas de la Iglesia, ahora ya han regresado a sus respectivas abadías y están recuperándose de la guerra. Te aseguro que apenas levantarían una ceja. El padre abad os tachará de herejes y todo acabará para vosotros antes de que nadie pueda protestar. Después, consumados los hechos, dejarán que el asunto se vaya olvidando; un problema menos para cada uno de ellos.
La respuesta sobresaltó a Braumin y cortó de raíz sus sospechas acerca de los verdaderos motivos de Francis. Markwart, que se atrevió a usurpar el poder del abad Dobrinion cuando estuvo en Palmaris, que hizo prisioneros a ciudadanos de esa población y permitió que murieran mientras estaban bajo su responsabilidad, que quemó públicamente en la hoguera a Jojonah ante los jerarcas de la Iglesia, no tendría miedo de ninguna represalia si decidía eliminar a un puñado de insignificantes conspiradores.
Entonces, ¿por qué estaba allí Francis?
—¡No tienes agallas para eso! —exclamó, de repente, Marlboro Viscenti, que dio un salto hacia atrás, señalando con el dedo a Francis—. Incluso el hermano Francis, el declarado lacayo del padre abad, se sintió enfermo ante el trato recibido por el buen Jojonah.
Francis no contestó inmediatamente, y la mirada de Braumin pasó de él a Viscenti, que mostraba una expresión confiada. Marlboro Viscenti no era considerado un gran pensador ni por sus compañeros ni por sus instructores, pero Braumin sabía que tenía ciertas intuiciones. Quizá se debía a su perpetuo nerviosismo, que lo mantenía celosamente pendiente de lo que tenía a su alrededor. En cualquier caso, Viscenti había resuelto muchas veces cuestiones enmarañadas, que habían parecido fuera del alcance del hermano Braumin.
—¿Crees que Jojonah era un hereje? —le preguntó Braumin a Francis.
—Sus acciones lo condenaron —dijo Francis con firmeza—. Oíste cómo confesó que había ayudado a los intrusos a apoderarse de nuestro prisionero.
Braumin agitó la mano como si aquello no importara en absoluto.
—No voy a discutir contigo la bondad de sus actos —explicó—. Admitamos que lo consideres un traidor a la Iglesia, pero aun así mi querido hermano Viscenti seguiría teniendo razón. ¿Por qué, hermano Francis, tienes miedo de vernos en la hoguera? ¿Por qué te trastornó tanto el espectáculo de la ejecución de Jojonah?
Francis se esforzó duramente por mantener su fría y premeditada actitud, pero Braumin se dio cuenta de que estaba perdiendo la batalla. Temblaba y tenía la frente empapada de sudor.
—Maese Jojonah me perdonó —dijo, al fin, Francis con franqueza—. Perdonó mis pecados, contra él y contra los demás.
Braumin lo miró, incrédulo. Luego, miró a Viscenti para tratar de encontrar algún sentido a lo que Francis acababa de decir, pero comprobó que su amigo tenía la vista fija en Francis y se hallaba igualmente perdido.
—No confundáis mi visita con la compasión ni penséis que comparto vuestras creencias —añadió Francis—. Os doy la oportunidad de salvar vuestras miserables vidas, de salir de Saint Mere Abelle, de salir de mi vida y de la del padre abad, para que vayáis a esconderos en algún agujero y enterréis allí, con vosotros, vuestras insensatas creencias.
—¿Cómo piensas hacerlo? —preguntó Viscenti.
—¿Y adónde vamos a ir? —añadió Braumin.
—Sabéis que Jojonah ayudó a escapar al centauro Bradwarden —explicó Francis—. Y con él, creo, iban dos viejos amigos de Avelyn Desbris.
De nuevo, en el rostro de Braumin, se pintó una mirada de sospecha. ¿Iban a convertirse él y sus compañeros en el fanal que indicaría una conspiración de mayor alcance?
—Pero todavía sigue en Saint Mere Abelle otro de los conspiradores, un hombre que llegó después y que hace muy poco se enteró de que el centauro y sus otros amigos habían escapado. Creo que tratará de encontrarlos y también creo que podríais convencerlo de que os lleve con él.
—Qué interesante para ti y para el padre abad —comentó Braumin.
—No voy a garantizar vuestra seguridad. Una vez fuera de la abadía, tendréis que apañároslas por vuestra cuenta. No dudéis que os atacarán poderosos enemigos; no dudéis que el padre abad volverá a capturar al centauro y también atrapará a los otros conspiradores. No, vuestro destino fuera de Saint Mere Abelle queda en vuestras manos. Me limito a realizar exclusivamente esto para compensar a Jojonah. No voy a pasarme el resto de mi vida en deuda con un hereje.
—Si fuera un hereje... —empezó a protestar Viscenti.
Sin embargo, el hermano Braumin alzó la mano para indicarle que callara. Braumin lo había comprendido, aunque Viscenti no... y Francis tampoco.
—Lo único que pido a cambio es que no pronunciéis mi nombre si os hacen prisioneros —prosiguió el hermano Francis—. Y... el libro.
—¿Qué libro? —preguntó Braumin.
Francis lo miró fija y severamente.
—El libro que leíais en vuestra ridícula reunión —explicó—, el libro que miente sobre nuestro pasado y a partir del cual vosotros construís los rumores sobre nuestro presente.
Braumin se burló de aquella afirmación.
—No saldréis de Saint Mere Abelle a menos que consiga ese libro —dijo serenamente Francis.
—¿Por qué? —replicó Braumin con aspereza—. ¿Para ponerlo en un estante de libros prohibidos? ¿Para que puedas enterrarlo junto con las otras verdades que podrían derrumbar los muros de vuestra sagrada institución?
—No aceptaré ninguna solución de compromiso, hermano —afirmó Francis—. Conseguiré el libro ahora o lo cogeré de vuestra habitación mientras os queman.
—Me lo dio Jojonah —dijo Braumin—. Me pidió que lo mantuviera a buen recaudo.
—Lo estará —respondió Francis—, y en el lugar que en rigor le corresponde.
El hermano Braumin cerró los ojos; comprendió que Francis no cedería. Rogó a maese Jojonah que lo aconsejara, que lo ayudara a solucionar el dilema. ¿Había llegado la hora de defender la verdad? ¿Iba su lucha a acabar tan pronto? Jojonah había querido que ascendiera en la jerarquía de la orden abellicana, pero si la abandonaba, eso sería imposible. Aunque se las apañara para eludir a los verdugos de Markwart, él y sus amigos estarían fuera de la Iglesia, inhabilitados para promover ningún cambio positivo.
Pero si se quedaba, Braumin estaba convencido de que no tardaría en morir.
La respuesta le llegó en forma de una imagen, un recuerdo de un lugar lejano, que una vez fue la guarida de la encarnación del mal y entonces era la tumba de un verdadero santo. Braumin vio de nuevo el brazo de Avelyn emergiendo del suelo, señalando hacia el cielo como símbolo del último acto de desafío contra el demonio Dáctilo, del último acto para llegar a Dios.
El hermano Braumin supo qué responder. Al margen de lo que Dios le hubiera reservado, quería ver de nuevo aquel lugar antes de morir. Se acercó a la cama, se inclinó hacia el suelo, rebuscó debajo y volvió junto a Francis. Bloqueó con la suya la mirada del monje, luego, bajó un poco la cabeza en señal de asentimiento y le entregó el libro.
—Léelo —le pidió—. Lee las palabras de otro hermano Francis de Saint Mere Abelle. Aprende lo que sucedía en otro tiempo y descubre la verdadera naturaleza del hombre al que sirves.
El hermano Francis no pronunció palabra alguna y se limitó a alejarse de Braumin para dirigirse a la puerta y salir de la habitación.
—Se lo has dado —dijo Marlboro Viscenti con temor e incredulidad—. Es seguro que ahora nos va a traicionar.
—Si pretendiera traicionarnos, Markwart ya nos habría echado el guante —insistió Braumin.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
—Esperar —contestó Braumin mientras posaba en su hombro la mano para reconfortarlo—. Que Francis haga lo que ha prometido. Volverá a reunirse con nosotros.
El hermano Viscenti se pasó la mano por los labios y se encogió de hombros. No obstante, no volvió a cuestionar el punto de vista de Braumin y se limitó a permanecer junto a él, mirando fijamente la puerta con expresión perpleja.
En realidad, si la puerta no les hubiera impedido ver lo que ocurría al otro lado, los dos monjes habrían constatado que el hermano Francis todavía estaba en el solitario y mal iluminado pasadizo, mirando el tomo que el hermano Braumin le había dado. En un rincón ignoto de su cerebro, el hermano Francis comprendía que podía haber parte de verdad en las afirmaciones de Braumin. Sin duda, Francis había presenciado suficientes brutalidades perpetradas por su querida Iglesia como para dar cierta credibilidad a los pesimistas argumentos del monje.
Y entonces tenía en su poder aquel libro antiguo, que podía acabar con la base de sus creencias, que podía convertir su vida en una mentira, y a su superior, en el diablo. Si abría sus páginas y las leía, ¿no caería también él en el abismo de la herejía, como antes había caído Jojonah y después sus discípulos?
El hermano Francis escondió el libro bajo el brazo y, a paso rápido, se dirigió al hueco de la escalera que lo conduciría a la biblioteca inferior, donde podría librarse del peligroso tomo. Tenía que volver a visitar a Roger Billingsbury y preparar muchas otras cosas, pero decidió que todo aquello podía esperar. Enterrar aquel libro en un rincón oscuro de un oscuro lugar era, con mucho, lo más importante.


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