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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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domingo, 6 de julio de 2008

4º volumen 1ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- MARKWART, EL ABAB MALEFICO -- SALVATORE, R.,A.,

4º volumen 1ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- MARKWART, EL ABAB MALEFICO -- SALVATORE, R.,A.,
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Primera Parte
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La esencia demoníaca
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Lloré la muerte del hermano Justicia.
No era su verdadero nombre, naturalmente. Su nombre verdadero era Quintall; ignoro si se trataba de su apellido o de su nombre de pila o incluso si tenía otro nombre. Sólo Quintall.
No creo que lo matara, tío Mather —por lo menos, no cuando era humano. Creo que su cuerpo humano murió como consecuencia del extraño broche que llevaba, un enlace mágico con el perverso y maligno demonio, según descubrió Avelyn.
Pero lloré por el hombre, por su muerte, en la que desempeñé un importante papel. Actué en defensa de Avelyn, de Pony y de mí mismo, y, si se repitiera la misma situación, no dudaría en obrar como lo hice y pelearía con el hermano Justicia sin escuchar los gritos de protesta de mi conciencia.
Pero lloré por el hombre, por su muerte, por todo el potencial perdido, malgastado, pervertido en un camino maligno. Al reflexionar sobre ello, me doy cuenta de que se trata de genuina tristeza, de auténtica pérdida, pues en todos nosotros arde una vela de esperanza, una luz de sacrificio y de solidaridad que nos permite hacer grandes cosas para mejorar el mundo. En todos nosotros, en todos los hombres y mujeres, se encuentra de forma subyacente esa posibilidad de obrar con grandeza.
¡Qué cosa tan terrible le hicieron al pobre Quintall los jerarcas de la abadía de Avelyn al pervertirlo y transformarlo en ese monstruo llamado hermano Justicia!
Después de la muerte de Quintall, por primera vez me sentí como si tuviera las manos manchadas de sangre. Hasta entonces mi única pelea con humanos había sido con los tres tramperos, y con ellos me mostré clemente —una clemencia recompensada con creces. Pero para Quintall no hubo clemencia; no podía haberla ni siquiera en el caso de que hubiera sobrevivido al impacto de mi flecha y a su posterior caída, incluso en el caso de que el demonio Dáctilo y el broche mágico no hubiesen robado su espíritu de su cuerpo. De ningún otro modo, excepto con la muerte, habríamos podido disuadir al hermano Justicia de su misión de matar a Avelyn. Aquel propósito eliminaba todo lo demás, ardía en todos sus pensamientos mediante un largo y arduo proceso que había ido doblegando su libre voluntad hasta romperla, que le había eliminado la conciencia y le había llenado el corazón de odio.
Tal vez por esa razón el demonio Dáctilo lo encontró y se apoderó de él.
Que lástima, tío Mather, cuánto potencial malgastado.
En mis años de guardabosque, e incluso antes, en la batalla de Dundalis, he matado muchas criaturas —trasgos, powris, gigantes— pero no he derramado lágrima alguna por ellas; le he dado muchas vueltas a la vista de mis sentimientos con respecto a la muerte de Quintall. ¿Se debían mis lágrimas sólo a una elevación de mi propia raza por encima de todas las demás y, si era así, no es ésa la peor clase de orgullo?
No; y lo digo con cierta confianza, ya que con seguridad lloraría si el cruel destino llevara alguna vez mi espada contra un Touel'alfar; con seguridad consideraría la muerte de un elfo tan trágica y tan digna de compasión como la de un ser humano.
¿Dónde está entonces, la diferencia?
Creo que se trata de una cuestión de principios, pues al igual que los humanos, tal vez incluso más, los Touel'alfar poseen la capacidad y la inclinación para elegir el buen camino. No así los trasgos, ni mucho menos los viles powris. No estoy tan seguro en el caso de los gigantes, ya que es posible que simplemente fueran demasiado estúpidos para comprender siquiera el sufrimiento que sus acciones belicosas infligen. En cualquier caso, no derramaré lágrima alguna ni tendré el mínimo remordimiento por los monstruos caídos por un corte de Tempestad o un pinchazo de Ala de Halcón. Su propia maldad les ocasionó la muerte. Son criaturas del Dáctilo, la encarnación del mal, que siembran la muerte entre los humanos —y a menudo entre ellas— sólo por el simple placer de hacerlo.
He hablado sobre ello con Pony, quien me planteó una interesante cuestión. Se preguntaba si una cría de trasgo, educada entre los humanos, o entre los Touel'alfar en el maravilloso Andur'Blough Inninness, sería tan vil como los de su salvaje especie. ¿La maldad de tales seres es innata, endógena y permanente o es una cuestión de educación?
Mi amigo, nuestro amigo, Belli'mar Juraviel conocía la respuesta a la pregunta de la mujer, ya que su gente hace muchos años acogió una cría de trasgo en su encantadora tierra y la educó como a uno de los suyos. Al crecer, el trasgo no fue menos perverso ni menos peligroso que uno de su especie criado en las hondonadas oscuras de las montañas lejanas. Los elfos, siempre curiosos, intentaron lo mismo con una cría powri, y los resultados fueron aún peores.
Así pues, no lloraré por trasgos, powris ni gigantes, tío Mather; no derramaré ni una sola lágrima por una criatura del Dáctilo. Pero lloro por Quintall, que cayó en las garras del demonio. Lloro por el potencial perdido, por la terrible elección que lo empujó hacia las tinieblas.
Y creo, tío Mather, que en ese llanto por Quintall, o por cualquier otro humano o elfo que el cruel destino me obligue a matar, preservo mi propia humanidad.
Me temo que ésa es la cicatriz de las batallas, una marca que perdurará para siempre.
Elbryan, el Pájaro de la Noche
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1
Enemigos de la iglesia
El único poder mágico que llevaban era un granate para detectar el uso de gemas hechizadas, y una piedra solar, la piedra de la antimagia. En realidad, ninguno de los dos era muy experto en la utilización de las gemas, pues habían dedicado la mayor parte de los pocos años pasados en Saint Mere Abelle a un riguroso entrenamiento físico y a la manipulación mental necesaria para quien pretenda recibir el nombre de hermano Justicia.
Aquella mañana la caravana había vuelto hacia el este, mientras los dos monjes, después de cambiarse de ropa para parecer vulgares aldeanos, se habían ido hacia el sur, hacia el transbordador de Palmaris; se habían embarcado en el primero de los tres viajes diarios, que cruzaba el Masur Delaval al romper el alba. Llegaron a la ciudad por la tarde e inmediatamente siguieron camino hacia el norte salvando la muralla, sin perder tiempo en desplazarse hasta la puerta. Cuando el sol se acercaba al ocaso, Youseff y Dandelion avistaron sus primeras presas: una banda de cuatro monstruos —tres powris y un trasgo— que estaban montando un campamento en medio de un conjunto de rocas desprendidas a unos quince quilómetros de Palmaris. Enseguida advirtieron que el trasgo era el esclavo de los otros tres monstruos, ya que realizaba casi todo el trabajo y, cuando lo hacía con menos ritmo, uno de los powris le daba un golpe seco en la nuca espoleándolo para que se moviera más deprisa. Y algo aún más significativo: los monjes advirtieron que el trasgo llevaba una cuerda, una traílla, atada a un tobillo.
Youseff se volvió hacia Dandelion y asintió con la cabeza: podrían aprovechar la ventaja que esa situación les brindaba.
Cuando el sol se ocultaba tras el horizonte, el trasgo salió del campo, seguido de cerca por un powri que agarraba el extremo de la cuerda. En el bosque, el trasgo empezó a buscar leña, mientras el powri rondaba tranquilamente por allí. Sigilosos como sombras alargadas, Youseff y Dandelion, tomaron posiciones: el monje más delgado se subió a un árbol, y el pesado Dandelion fue deslizándose de un tronco a otro, para acercarse al powri.
—¡Vamos, date prisa, estúpida criatura! —reñía el powri al trasgo, mientras pateaba las hojas y el barro—. ¡Mis amigos se van a comer todo el conejo, y a mí no me quedarán más que los huesos para roer!
El trasgo, una criatura realmente maltratada, echaba furtivas miradas hacia atrás y luego se apresuraba a recoger más leña menuda.
—Por favor, amo —se quejó—. Ya no me cabe más leña en los brazos y me duele mucho la espalda.
—¡Cierra el pico! —gruñó el powri—. Te crees que ya llevas todo lo que puedes cargar, pero no es suficiente para el fuego de esta noche. ¿Quieres que tenga que recorrer otra vez todo el camino hasta aquí? ¡Te azotaré hasta dejarte la piel roja, apestoso canalla!
Youseff saltó justo al lado del asustado powri, al tiempo que dejaba caer una pesada bolsa sobre su cabeza en un abrir y cerrar de sus sorprendidos ojos. Un instante después y tras una rápida carrera, Dandelion golpeó al enano por detrás, lo alzó con un abrazo de oso y se precipitó a toda velocidad con la cabeza del monstruo por delante contra el tronco del árbol más cercano.
Pero el terco powri se revolvió y lanzó un codazo a la garganta de Dandelion. El corpulento monje apenas lo notó, y apretó con todas sus fuerzas al powri; cuando vio que su compañero se acercaba, pasó el brazo por debajo del de la criatura y se lo levantó muy arriba hasta dejar bien visibles las costillas.
La daga de Youseff, perfectamente dirigida, se deslizó entre dos costillas y atravesó el corazón del tenaz powri. Dandelion aguantó con firmeza al despreciable enano y se las arregló para tener una mano libre con objeto de taponar la herida pues no quería que se derramara mucha sangre.
No allí.
Youseff, entretanto, se volvió hacia el trasgo.
—Eres libre —murmuró excitado mientras le hacía señales con la mano para que se marchara.
El trasgo, a punto de estallar, miró primero al humano con curiosidad y luego su brazada de leña. Temblando por la excitación, arrojó la leña al suelo, se desprendió de la cuerda del tobillo y se internó a toda prisa en la oscuridad del bosque.
—¿Muerto? —preguntó Youseff, mientras Dandelion dejaba que el powri inerte se desplomara al suelo.
El corpulento hombre inclinó la cabeza para asentir y luego vendó la herida. Era imprescindible que no se derramara sangre cuando ambos regresaran a Palmaris y, en particular, cuando entraran en Saint Precious. Youseff le quitó el arma al powri, una espada curvada y dentada de aspecto siniestro, tan larga y recia como su antebrazo, y Dandelion metió al enano en un pesado saco forrado. Después de echar un vistazo alrededor para asegurarse que los otros powris no se habían dado cuenta de la emboscada, prosiguieron el camino hacia el sur; la carga era sólo una pequeña molestia para el forzudo Dandelion.
—¿No deberíamos haber cogido al trasgo para Connor Bildeborough? —preguntó Dandelion al tiempo que aflojaban la marcha al aproximarse al muro norte de la ciudad.
Youseff consideró la pregunta durante unos instantes, intentando no reírse de que el imbécil de su amigo no lo hubiera mencionado hasta entonces, cuando hacía más de una hora que habían dejado escapar al trasgo.
—Sólo necesitamos uno —le aseguró.
El padre abad había dejado muy claro al hermano Youseff lo que quería. Cualquier acción contra Dobrinion tenía que parecer un simple accidente o despertar sospechas en direcciones muy alejadas de Markwart, pues las implicaciones para la iglesia, si Saint Mere Abelle parecía estar relacionada de algún modo, serían muy graves. Connor Bildeborough, no obstante, era un problema muy distinto. Si su tío, el barón de Palmaris, alguna vez sospechaba la responsabilidad de la iglesia en la muerte de Connor, en su ignorancia de las rivalidades entre las abadías, probablemente culparía tanto a Saint Precious como a Saint Mere Abelle, y en el caso de que dirigiera su atención hacia la abadía de la bahía de Todos los Santos, poco, muy poco podría hacer.
No representó esfuerzo alguno para los adiestrados asesinos salvar la muralla de la ciudad y pasar ante los ojos de la débil guardia. El frente de batalla había retrocedido y, aunque bandas de truhanes como la que los monjes habían encontrado todavía andaban por allí, no se creían en peligro al encontrarse protegidos por una guarnición atrincherada en la ciudad —una guarnición reforzada hacía pocos días por una brigada completa de los hombres del rey llegada desde Ursal.
Ahora Dandelion y Youseff volvieron a vestirse con sus hábitos marrones y, con las cabezas humildemente inclinadas, iniciaron su solemne marcha por las calles. Sólo fueron importunados en una ocasión, por un pordiosero que no dejaba de molestarlos e incluso llegó a amenazarlos si no le daban una moneda de plata; el hermano Dandelion, sin perder la calma, lo sacudió contra la pared de un callejón.
Era mucho después de vísperas y Saint Precious estaba tranquila y oscura, pero a los monjes eso no les tranquilizó mucho, pues sabían que los hombres de su orden resultarían ser mejores vigilantes que los perezosos guardias de la ciudad. No obstante, el padre abad una vez más les había dado las instrucciones adecuadas. En la muralla sur de la abadía, donde la muralla de hecho formaba parte del edificio principal, no había ventanas ni puertas visibles.
Sólo había una puerta, hábilmente disimulada, desde la cual los trabajadores de la cocina tiraban los restos de las comidas del día. El hermano Youseff sacó el granate y lo utilizó para encontrar la puerta invisible, ya que el portal, además de estar mágicamente sellado para que no pudiera abrirse desde afuera, también estaba mágicamente oculto.
Además, la puerta estaba teóricamente cerrada —o debía haberlo estado—, pero antes de que los monjes de Saint Mere Abelle se hubieran marchado de Saint Precious, el hermano Youseff había ido a la cocina con la excusa de buscar provisiones, aunque en realidad lo había hecho para destruir el mecanismo que bloqueaba la puerta. Ahora, al considerar que, por lo visto, el padre abad había tenido en cuenta la posibilidad de que necesitaran una forma discreta de entrar en Saint Precious, estaba impresionado por la previsión de su director.
Mediante el uso de la piedra solar, Youseff venció la exigua magia que bloqueaba la puerta y la empujó con cuidado para abrirla. Sólo había una persona en el interior, una joven que canturreaba mientras fregaba un pote en una pila con agua hirviendo.
Youseff se colocó detrás de ella y escuchó la despreocupada canción disfrutando con la ironía maliciosa de la alegre melodía.
Al advertir su presencia, la mujer dejó de cantar.
Youseff se deleitó con su miedo sólo un momento; la agarró por el pelo y le metió la cabeza debajo del agua; la joven se resistió y se debatió, pero de nada le valieron sus esfuerzos ante el eficiente asesino. Youseff sonrió cuando la pobre desgraciada se desplomó en el suelo. Se suponía que tenía que ser un frío asesino, un mero instrumento de la voluntad del padre abad, pero en realidad el monje se daba cuenta de que disfrutaba al matar, disfrutaba al ver el miedo de sus víctimas, disfrutaba con aquel poder absoluto. Al mirar a la joven muerta en el suelo, deseó haber podido disponer de más tiempo para saborear los prolegómenos y el terror creciente que precede a la muerte.
La muerte, en comparación, era suave y fácil.
Saint Precious estaba tranquila aquella noche, como si el lugar, la misma abadía, se hubiera tomado un respiro después de las tensiones de la visita del padre abad. Youseff y Dandelion, los hermanos Justicia, cruzaron con paso decidido los vestíbulos; delante iba el forzudo Dandelion, cargando en la espalda el saco con el powri. En todo el trayecto hasta los aposentos del abad Dobrinion, sólo vieron a otro monje, que no los vio.
Youseff puso una rodilla en el suelo ante la puerta; tenía un pequeño cuchillo en la mano. Aunque podía abrir con facilidad el sencillo cerrojo, raspó y arañó la madera, rebajándola gradualmente, para que pareciera que la puerta había sido forzada.
Después atravesaron otra puerta, más liviana y sin cerrojo, y entraron en el dormitorio de Dobrinion.
El abad se despertó sobresaltado y empezó a gritar, pero enseguida se hundió en un extraño silencio al ver a los dos monjes y la pesada espada dentada que ondeaba de forma amenazadora a pocos centímetros de su cara, brillando bajo la tenue luz de la luna que penetraba a través de la única ventana de la habitación.
—Sabías que vendríamos por ti —dijo Youseff para atormentarlo.
Dobrinion sacudió la cabeza.
—Hablaré con el padre abad —imploró—; se trata de un malentendido, eso es todo.
Youseff se puso un dedo sobre los labios fruncidos, mientras sonreía perversamente, pero Dobrinion insistía.
—Los Chilichunks son criminales, eso es evidente —dijo, y odió aquellas palabras mientras las pronunciaba, se odió a sí mismo por su cobardía. Entonces su espíritu emprendió una gran batalla: su conciencia luchaba con el instinto primario de conservación.
Youseff y Dandelion observaban aquel tormento sin comprender la causa, pero Youseff, sin duda, estaba disfrutando.
Entonces Dobrinion se calmó y miró fijamente a Youseff; de pronto parecía que había superado por completo el miedo.
—Tu Markwart es un hombre malvado —afirmó—. Nunca fue realmente padre abad de la iglesia abellicana. Ahora apelo a ti, en el nombre de los solemnes votos de nuestra orden, piedad, dignidad y pobreza, para que te rebeles contra esa empresa maligna, para que encuentres de nuevo la luz...
Su frase acabó en un gorjeo, ya que Youseff, demasiado perdido para escuchar tales apelaciones a la conciencia, desgarró con la punta dentada de la espada la garganta del abad y se la abrió de un solo tajo.
Los dos cogieron el saco y echaron el powri al suelo. Dandelion le quitó la venda, le abrió la herida e hizo desaparecer todas las costras; entretanto Youseff revolvía los aposentos del abad. Encontró al fin un pequeño cuchillo, usado para abrir las cartas lacradas. Su hoja no era tan ancha como la de la daga, pero resultaba perfectamente adecuada para la herida mortal del powri.
—Sácalo de la cama —ordenó Youseff a Dandelion. Mientras el corpulento hombre arrastraba a Dobrinion hacia el escritorio, Youseff iba a su lado practicando una serie de heridas de menor importancia en el cadáver de Dobrinion, para que pareciera que el abad había entablado una feroz pelea.
Luego los dos asesinos se fueron; en un silencio mortal dos sombras surgieron de Saint Precious y se perdieron en la oscuridad de la noche.
La noticia del asesinato del abad se extendió por toda la ciudad a la mañana siguiente; gritos frenéticos resonaron por las murallas fortificadas, y soldados con los ojos bañados en lágrimas se culpaban por haber dejado que un powri se hubiera colado en la abadía. Las murmuraciones sobre la muerte circularon de una taberna a otra, de una calle a otra, y cada vez la historia se modificaba y se embellecía. Entretanto, Connor Bildeborough se despertaba en una cama de un prostíbulo infame, la Casa Battlebrow, y oía una historia sobre un ejército de powris que se encontraba en las afueras de Palmaris, listo para entrar en la población y matar a todos los habitantes en aquella hora aciaga.
Medio desnudo, vistiéndose sobre la marcha, Connor salió de la casa, detuvo un carruaje y le pidió al cochero que lo llevara enseguida a Chasewind Manor, la casa de su tío.
Las verjas estaban cerradas; una docena de soldados armados, con las armas preparadas para atacar, rodearon el carruaje mientras el caballo patinaba al detenerse bruscamente; tanto Connor como el pobre cochero asustado sintieron cómo les clavaban las miradas los arqueros.
Al reconocer a Connor, los guardias se tranquilizaron y lo ayudaron a bajar; luego ordenaron al cochero que se marchara en términos inequívocos.
—¿Está bien mi tío? —preguntó desesperadamente Connor, mientras los guardias lo escoltaban al otro lado de la verja.
—Acobardado, maese Connor —contestó un hombre—. ¡Pensar que un powri haya podido abrirse paso con tanta facilidad a través de nuestras defensas y matar al abad Dobrinion! ¡Y todo esto justo después de los problemas en la abadía! ¡Oh, qué tiempos tan oscuros nos caen encima!
Connor no hizo la menor intención de responder, pero escuchó con suma atención las palabras del hombre, y sus implicaciones no verbalizadas y, probablemente, inconscientes. Después entró deprisa en la casa y atravesó los vestíbulos, rigurosamente protegidos, hasta llegar a la sala de audiencias de su tío.
El soldado que montaba guardia junto al escritorio del barón Rochefort Bildeborough era el rudo hombretón, con la cara totalmente vendada, cuya nariz había aplastado en un ataque mágico el mismísimo padre abad Dalebert Markwart.
—¿Sabe mi tío que estoy aquí? —le preguntó Connor.
—Se reunirá enseguida con nosotros —respondió el guardia; su pronunciación era deficiente pues también su boca había sufrido las consecuencias del proyectil de magnetita.
No había acabado de responder, cuando entró en la sala el tío de Connor por una puerta lateral; se le iluminó el rostro al ver a su sobrino.
—Gracias a Dios que estás sano y salvo —lo saludó afablemente. Connor había sido siempre el favorito de Rochefort Bildeborough y, dado que el barón no tenía hijos, en Palmaris todos creían que Connor heredaría el título.
—¿Acaso no debería estarlo? —preguntó Connor con su proverbial indiferencia.
—Han conseguido entrar y matar al abad Dobrinion —replicó Rochefort, mientras se sentaba en el escritorio, frente a Connor.
A Connor no le pasó inadvertido el esfuerzo de su tío para realizar la simple acción de sentarse. Rochefort estaba demasiado gordo y sufría agudos dolores en las articulaciones. Hasta el verano anterior, el hombre había recorrido a caballo sus campos todos los días con sol o con lluvia, pero este año sólo había salido un par de días y no consecutivos. También sus ojos mostraban un envejecimiento súbito. Siempre habían sido de color gris, pero ahora se habían apagado, como velados por una fina película.
Connor había deseado el título de barón de Palmaris desde que tuvo edad suficiente para comprender el prestigio y los derechos que comportaba; pero, cuando parecía que se acercaba el momento de heredarlo, había descubierto que podía esperar, incluso muchos años. Prefería mantener su posición actual y que su querido tío, el hombre que le había hecho de padre, siguiera viviendo con buena salud.
—¿Cómo iban a saber los monstruos dónde buscarme? —respondió con calma Connor—. El abad es un claro objetivo para nuestros enemigos, ¿pero yo?
—El abad y el barón —recordó Rochefort.
—Y, por supuesto, me complace ver que has tomado las precauciones adecuadas —repuso con rapidez Connor—. Tú puedes ser un objetivo, pero yo no. Para nuestros enemigos, no soy más que un vulgar cazador de taberna.
El barón Rochefort asintió con la cabeza y pareció aliviado por la lógica de los razonamientos de su sobrino. Al igual que un padre protector, no sentía por sí mismo ni la mitad del temor que sentía por Connor.
No obstante, Connor no estaba realmente convencido de sus propias palabras. Que un powri se hubiera colado en Saint Precious en aquellos días llenos de tensiones, al cabo de tan poco tiempo de la marcha del nefasto padre abad, olía a chamusquina, y cada vez que miraba la cara rota del jefe de la guardia de su tío se sentía más intranquilo.
—Quiero que te quedes en Chasewind Manor —dijo Rochefort.
Connor sacudió la cabeza.
—Tengo varios asuntos en la ciudad, tío —respondió—. Y llevo meses peleando con powris. No temas por mí. —Mientras pronunciaba las últimas palabras dio una palmada a Defensora, cómodamente envainada a su costado.
Rochefort miró largo y tendido al confiado joven. Aquello era lo que le gustaba de Connor: su confianza, su jactancia. De joven, él había sido muy parecido a Connor; había saltado de una taberna a otra, de un prostíbulo a otro, viviendo la vida con mucha intensidad y aprovechando todos los momentos hasta el borde mismo del peligro. Resultaba irónico que ahora, ya viejo, con menos placeres, menos emociones y menos vida por delante, tuviera que proteger más su propia vida. En cambio, Connor, sin duda parecido a Rochefort de joven, con mucho más que perder, pensaba poco en los peligros potenciales y se sentía inmortal e invulnerable.
El barón se rió y olvidó la idea de obligar a Connor a permanecer en Chasewind Manor, ya que se dio cuenta de que de ese modo coartaría todo lo que le gustaba del brioso joven.
—Llévate contigo a uno de mis soldados —le propuso como solución de compromiso.
De nuevo Connor sacudió la cabeza con resolución.
—Eso sólo contribuiría a destacarme como objetivo potencial —razonó—. Conozco la ciudad, tío. Sé dónde obtener información y dónde esconderme.
—¡Vete! ¡Vete! —gritó el barón aceptando la derrota, sin dejar de reír—, pero recuerda que tienes una responsabilidad mayor que la de tu propia vida —añadió mientras se levantaba con mucha menos dificultad que la que había experimentado al sentarse; se apresuró a rodear el escritorio, dio un par de bruscas palmadas en el hombro de Connor y luego dejó descansar su manaza afectuosamente sobre el cuello de su sobrino—. Te llevas mi corazón contigo, muchacho —le dijo con solemnidad—. Si te encuentran tal como encontraron a Dobrinion, ten por seguro que moriré, pues se me partirá el corazón.
Connor lo creyó a pies juntillas. Le dio un abrazo y una palmada y luego, con pasos largos y seguros, abandonó la sala.
—Pronto será tu barón —dijo Rochefort al soldado.
El hombre se cuadró e inclinó la cabeza en señal de clara aprobación ante aquella decisión.
—Ábrelo.
—Pero maese Bildeborough, no veo razón alguna para perturbar el sueño del difunto —replicó el monje—. El ataúd ha sido bendecido por el hermano Talumus, el de mayor rango...
—Ábrelo —repitió Connor paralizando al joven con su implacable mirada.
El joven monje todavía dudaba.
—¿Acaso tendré que traer a mi tío?
El monje se mordió el labio, pero se rindió ante la amenaza y se inclinó para agarrar la tapa de madera. Volvió a mirar al decidido Connor y deslizó la tapa hacia un lado. En el ataúd yacía la mujer; su cutis tenía la lividez de la muerte.
Ante la mirada horrorizada del monje, Connor alargó el brazo, cogió el cadáver por el hombro y lo incorporó, volviéndolo hacia él. Insensible al hedor, acercó su rostro, para examinarlo con detenimiento.
—¿Heridas? —preguntó.
—Murió ahogada —repuso el monje—. En el fregadero. En agua caliente. Su rostro al principio estaba completamente rojo, pero ahora ya han desaparecido la sangre y cualquier otro vestigio de vida.
Connor volvió a poner el cuerpo con delicadeza en la posición inicial, se irguió e hizo una señal al monje para que cerrara el ataúd. Se llevó la mano a la boca y se pasó la uña del pulgar entre los dientes tratando de encontrar sentido a todo aquello. Los monjes de Saint Precious habían sido muy atentos con él cuando se presentó ante su verja. Sabía que estaban asustados y confusos, y la presencia de tan importante representante del barón Bildeborough los había ayudado a sosegarse.
Previamente, en la habitación del abad Dobrinion, Connor había encontrado pocas pistas y poco interesantes. Ambos cuerpos todavía permanecían allí; los monjes habían limpiado y colocado el cuerpo del abad con sumo cuidado en la cama, y habían dejado el del powri donde lo habían encontrado. Había sangre de ambos cuerpos por toda la habitación, a pesar de los esfuerzos por limpiar el lugar. Cuando Connor protestó por los cambios efectuados en el dormitorio, los monjes pusieron especial cuidado en describir la lucha, tal como la habían interpretado, con gran detalle: el abad había sido herido en primer lugar, varias veces, probablemente cogido por sorpresa mientras dormía en la cama. Una de las heridas era mortal, una cuchillada en la garganta, pero el bravo Dobrinion aún había podido reaccionar y con un gran esfuerzo había cruzado la habitación para coger el pequeño cuchillo.
¡Qué orgullosos estaban los monjes de Saint Precious de que su abad hubiera sido capaz de vengarse de su asesino!
A Connor, que había peleado con los resistentes powris, en el mejor de los casos, le parecía poco probable que el lanzamiento de un solo cuchillo pudiera haber acabado con uno de ellos, y que Dobrinion, dada la gravedad de la herida de la garganta, hubiera conseguido llegar al escritorio. Sin embargo, lo que le contaron, no era imposible, de modo que se guardó sus dudas y aceptó aquella versión con una inclinación de cabeza evasiva y con unas sencillas palabras de elogio para el valeroso Dobrinion.
Cuando Connor preguntó cómo había conseguido el powri entrar en la abadía, el monje le explicó que seguía siendo un misterio, ya que la puerta estaba protegida mágicamente para impedir su apertura por la parte de afuera; además pocos conocían su existencia, pues estaba muy bien camuflada en la muralla de ladrillo de la abadía. La única explicación que encontraron fue que la estúpida chica se había aliado con el powri o, más probablemente, había sido engañada por él y lo había dejado entrar.
También aquello, aunque un poco forzado, le pareció creíble a Connor, si bien la ausencia de heridas en la piel de la chica despertó sus temores y sospechas. Sin embargo no dijo nada a los monjes, al comprender que poco podía hacer sin la guía del único hombre que tenía autoridad en la abadía.
—Pobre chica —murmuró; mientras el monje lo escoltaba desde la cava de la abadía, Connor no dejaba de pensar que se encontraba sólo un par de tramos de escalera más arriba de donde habían estado presos los Chilichunks.
—¿Nos ayudará su tío a proteger la abadía de otras incursiones? —le preguntó uno de los monjes que esperaban en la iglesia.
Connor pidió un pergamino y una pluma y escribió con prisas una petición en tal sentido.
—Llevadlo a Chasewind Manor —pidió—. Naturalmente, la familia Bildeborough hará todo lo que esté en sus manos por la seguridad de Saint Precious.
Luego se despidió de los monjes y desapareció por las calles de Palmaris, escenario de murmuraciones y rumores, donde podría realmente encontrar respuestas.
Durante toda la tarde le rondaron preguntas e imágenes. ¿Por qué los powris habían escogido al abad Dobrinion, que no se había distinguido especialmente en la lucha contra ellos? Sólo un puñado de monjes habían salido de Saint Precious para luchar en el norte y, por otra parte, no habían participado en las batallas decisivas. A eso se añadía el hecho de que Saint Precious había realizado más bien funciones de hospital en aquella guerra, lo cual hacía poco probable que alguno de los actos de Dobrinion hubiera incitado a los powris a una acción tan drástica.
La única explicación posible que Connor halló fue que los monjes de Saint Mere Abelle, quienes, según todos los informes, habían llegado del norte, habían tenido escaramuzas con los monstruos y probablemente habrían causado muchas víctimas, involuntariamente habrían convertido al abad en un candidato a ser asesinado.
Pero después de sus experiencias con Markwart, no creía que esa hipótesis fuera razonable. Las palabras «olía a chamusquina» le resonaban en la cabeza siempre que examinaba todas las pruebas o las conclusiones aparentemente lógicas.
Aquella noche, Connor se dirigió al Camino de la Amistad; la noche anterior había convencido a Dainsey Aucomb para que volviera a abrir la taberna, con el argumento de que los Chilichunks se encontrarían en una situación desesperada al regresar a Palmaris si no se les había conservado el local abierto, aunque el propio Connor creía que no volverían jamás. El lugar estaba animado; la gente estaba impaciente por conocer los rumores acerca de lo que le había ocurrido al abad Dobrinion y a Keleigh Leigh, la pobre chica ahogada en la cocina. Connor guardó silencio la mayor parte de la discusión, más interesado en escuchar que en hablar, esperando encontrar alguien que le aportara alguna información válida e importante y no chismes irrelevantes en aquel mar de rumores. Aunque se esforzó por mantener una actitud discreta, se le acercaban con frecuencia, pues la gente sospechaba que el noble sabría más que ellos.
Ante cada pregunta, Connor se limitaba a sonreír y a mover la cabeza.
—Sólo sé lo que he oído desde que he entrado en el Camino —explicaba.
La noche avanzó sin progreso alguno; frustrado, Connor apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos. Sólo el grito de «gente nueva», que era la forma coloquial de llamar a los visitantes que nunca antes habían estado en el Camino, lo sacó de su descanso.
Tardó unos instantes en concentrar la vista y desplazar su mirada a través de la multitud y fijarla en los dos hombres que aparecieron en la puerta: uno era corpulento, y el otro, bajo y delgado, pero capaz de andar con el equilibrio perfecto y la actitud vigilante que caracterizan a los guerreros bien adiestrados. Connor abrió los ojos desmesuradamente. Conocía a aquellos hombres y se dio cuenta de que su vestimenta, de aldeanos corrientes no era adecuada para ellos.
¿Dónde estaban sus hábitos?
La simple presencia de Youseff hizo que Connor sintiera una punzada de dolor en el estómago. Teniendo en cuenta lo ocurrido la última vez que había estado con aquellos dos hombres, el noble creyó prudente camuflarse aún más entre la muchedumbre. Hizo una seña a Dainsey para que se situara frente a él, al otro lado de la barra.
—Averigua qué quieren —pidió, señalando a los dos «nuevos»—. Y diles que no he estado en el Camino en toda la semana.
Dainsey asintió con la cabeza y se alejó en sentido contrario, mientras Connor se camuflaba por el fondo de la sala. Intentó permanecer suficientemente cerca para pescar retazos de la conversación entre Dainsey y los dos hombres, pero el bullicio de la taberna atiborrada de gente no permitía captar casi nada.
Pero Dainsey, la maravillosa Dainsey, levantó la voz y exclamó:
—¡Vaya, no ha estado aquí en toda la semana!
Las sospechas de Connor se confirmaron: los monjes lo estaban buscando, y no era difícil suponer por qué. Ahora sabía por qué Keleigh Leigh no había sufrido ninguna herida y por qué el powri no había empapado su gorra en la sangre derramada, una tradición que, según lo que Connor siempre había oído, ningún powri dejaba de cumplir. Se atrevió a darse la vuelta y a mirar de soslayo a Dainsey; la mujer le devolvió la mirada con el rabillo del ojo y entonces, «involuntariamente», se pasó una mano por la parte delantera de la blusa, dejando a la vista un amplio escote que atrajo las miradas de los hombres que estaban por allí cerca, incluidas las de los dos monjes.
«Buena chica», pensó Connor, y aprovechó aquella distracción para alejarse y deslizarse serpenteando hacia la puerta. Le costó más de un minuto recorrer los siete metros hasta ella, debido a lo abarrotado que estaba el Camino, pero al fin se encontró fuera, en la salada atmósfera de las noches de Palmaris; el ancho cielo estaba despejado y el aire era estimulante.
Echó una ojeada a la taberna y vio que la muchedumbre rebullía como si alguien estuviera intentando alcanzar la puerta.
Connor no esperó para comprobar de quién se trataba; si los monjes se daban cuenta de que la exhibición «involuntaria» de Dainsey había tenido como finalidad distraerlos, comprenderían dónde tendrían que ir inmediatamente. El noble corrió hacia la esquina del Camino y la dobló sin perder de vista la puerta.
En efecto, Youseff y Dandelion se lanzaron a la calle.
Connor corrió callejón abajo mientras los pensamientos le daban vueltas en la cabeza. Sin perder tiempo, trepó por un canalón hasta el tejado, se tumbó boca abajo y sacudió la cabeza mientras los dos monjes doblaban la esquina siguiéndole la pista. Connor se movió a rastras sigilosamente.
En el tejado, con el cielo que parecía tan cerca y las luces de la noche de la ciudad por debajo, Connor no pudo evitar sentirse transportado hacia atrás en el tiempo. Aquel lugar había sido un sitio especial para Jill, su escondrijo para aislarse del mundo. Había subido allí a menudo, para estar a solas con sus pensamientos y rememorar acontecimientos pasados demasiado dolorosos para que su delicada sensibilidad pudiera afrontarlos.
Un ruido metálico borró aquellos recuerdos de Jill; uno de los monjes, Youseff, había empezado a trepar.
Connor se apresuró a marcharse, salvando de un salto la callejuela hacia el tejado del edificio vecino; se encaramó hasta el caballete del tejado, se deslizó por el otro lado dándose la vuelta, se agarró al alero sobre la marcha y al fin cayó a la calle. Continuó huyendo desordenadamente, presa del pánico, pensando en Jill, pensando en todas las locuras que habían ocurrido en su pequeño mundo.
El abad Dobrinion había muerto. ¡Muerto! Y ningún powri lo había hecho.
No; habían sido aquellos dos, los lacayos del padre abad Dalebert Markwart, el supremo jerarca de la iglesia abellicana. Markwart había matado a Dobrinion por haberse opuesto a él, y ahora había enviado a aquellos asesinos contra él.
La monstruosidad de aquella serie de razonamientos produjo tal impacto en Connor que poco faltó para que cayera al suelo. Después, al considerar su futuro inmediato, se preguntó si debía buscar refugio en Chasewind Manor.
Pero desechó la idea, pues no quería implicar a su tío. Si Markwart se había cargado a Dobrinion, ¿acaso podía alguien, incluso el barón de Palmaris, estar seguro? Connor comprendió que se trataba de enemigos poderosos; si todas las legiones del rey de Honce el Oso se volvieran contra él, no serían un enemigo tan peligroso como los monjes de la iglesia abellicana; desde luego, por muchas razones —entre ellas, los misteriosos y poco comprendidos poderes mágicos—, el padre abad era un hombre más poderoso que el rey.
La idea de que el padre abad pudiera haber ordenado, mejor dicho, hubiera ordenado el asesinato de Dobrinion, repugnaba la sensibilidad del noble y hacía que su cabeza le diera vueltas mientras se perdía en la noche de Palmaris.
Pero Connor sabía que se le acabarían los escondrijos. Aquellos dos hombres, y otros, en el caso de que hubiera más en la ciudad, eran asesinos profesionales. Lo encontrarían y lo matarían.
Necesitaba respuestas y creía saber dónde encontrarlas. Además, alguien más estaba en peligro: el verdadero objetivo de la cólera de Markwart. Se dirigió a Chasewind Manor, cruzó la verja y entró en el patio, pero, en lugar de dirigirse al edificio principal, se encaminó hacia las caballerizas. Allí ensilló a toda prisa a Piedra Gris, su caballo de caza favorito, un magnífico ejemplar rubio de músculos recios y larga crin dorada. Montado a lomos del impaciente Piedra Gris, Connor salió por la puerta norte de Palmaris antes de que hubiera transcurrido la mitad de la noche.
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2
Cambio de dirección
El viaje era fácil, o debería haberlo sido, pues la carretera que se extendía a lo largo de la orilla oeste del Masur Delaval, al sur de Palmaris, era la calzada mejor cuidada de todo el mundo. Jojonah no tardó en conseguir que una caravana lo llevara, durante dos jornadas, día y noche. No obstante, maese Jojonah no lo estaba pasando bien; sus huesos envejecidos le dolían mucho, y cuando se hallaba a unos trescientos quilómetros al sur de Palmaris cayó enfermo, aquejado por calambres y náuseas terribles y por una ligera fiebre que lo hacía sudar continuamente.
Supuso que se debía a la mala alimentación y, por un momento, temió que aquel viaje y aquella enfermedad acabaran con él. Había muchas cosas que quería hacer antes de morir y, en cualquier caso, morir solo en la carretera a medio camino entre Ursal y Palmaris, dos ciudades que nunca le habían gustado demasiado, no era precisamente muy atractivo. De modo que, con su estoicismo característico, el anciano padre continuó su camino a pie, con pasos lentos e inseguros, de un pueblo a otro, apoyándose pesadamente en un resistente bastón y regañándose a sí mismo por haber dejado que la barriga le engordara tanto.
—Piedad, dignidad, pobreza —dijo con sarcasmo, pues realmente se sentía muy poco digno y parecía que estaba llevando su voto de pobreza demasiado lejos. En cuanto a la piedad, Jojonah no estaba totalmente seguro de que aquella palabra continuara significando algo. ¿Quería decir que había que seguir ciegamente el liderazgo del padre abad Markwart? ¿O tenía que seguir los dictados de su corazón y aprovechar las intuiciones que Avelyn, por ejemplo, le había inspirado?
Se decidió por la segunda opción, pero, en realidad, con ella no solucionaba gran cosa, pues Jojonah no tenía nada claro qué podía hacer para conseguir algún cambio significativo en el mundo. Probablemente sólo lograría que lo degradasen dentro de la jerarquía de la iglesia; tal vez lo desterraran o quizá llegarían a quemarlo por hereje; la iglesia tenía una larga tradición de conductas propias de un animal famélico, consistentes en torturar hasta la muerte a quienes consideraba herejes. Un escalofrío recorrió el espinazo de Jojonah al considerar aquella posibilidad, como una especie de grave premonición. Sí, últimamente el padre abad Markwart estaba de muy mal humor, y ese estado de ánimo se agudizaba muchísimo ante la sola mención del nombre de Avelyn Desbris. Así, el padre encontró un nuevo enemigo, la desesperanza, en aquel largo trayecto hacia Ursal. Pero no se desanimó y decidió seguir adelante paso a paso.
El sexto día se despertó bajo un cielo espeso y con negros nubarrones; a media mañana empezó a caer una lluvia fina. Al principio, Jojonah se alegró al ver el cielo encapotado, ya que la víspera había sido muy calurosa. Pero cuando empezaron a caer las primeras gotas, cuando el agua fría se deslizó sobre su piel caliente, se sintió muy desgraciado, e incluso consideró la posibilidad de regresar al pueblo donde había dormido la noche precedente.
Sin embargo, no cambió de dirección, sino que se limitó a avanzar penosamente por la encharcada carretera, centrando sus pensamientos en Avelyn y en Markwart, en el rumbo de la iglesia y en lo que podría hacer él para alterar aquella tenebrosa ruta. Pasaron los minutos, pasó una hora, y cuando ya habían transcurrido dos horas el padre estaba tan enfrascado en sus pensamientos que en ningún momento advirtió que un carruaje se acercaba por detrás.
—¡Deje paso! —gritó el cochero, sujetando con energía las riendas, y luego tirando de ellas hacia un lado. El coche se desvió bruscamente y esquivó a Jojonah en el último momento, salpicándolo copiosamente mientras el monje caía al enlodado suelo, presa de miedo y sorpresa.
El carruaje se salió del camino y se hundió profundamente en el barro; agarrado a las ruedas como si fuera un ser vivo, el barro impidió que el carruaje volcara mientras el conductor, frenético, intentaba controlarlo. Al fin los caballos redujeron la marcha y las ruedas patinaron hasta detenerse. El conductor se apresuró a saltar, echó un rápido vistazo al carruaje atascado y luego cruzó la carretera para reunirse con Jojonah, que estaba sentado al otro lado.
—Perdona —tartamudeó el monje mientras el hombre, un tipo bien parecido de unos veinte años, le salpicó al acercarse—. Con la lluvia, no te he oído.
—No es preciso que se disculpe —repuso amablemente el hombre, mientras ayudaba a Jojonah a levantarse y le quitaba parte del barro que empapaba su hábito—. Desde luego temía que me ocurriera esto desde que tomé la carretera que sale de Palmaris.
—Palmaris —repitió Jojonah—. Yo también vengo de esa maravillosa ciudad.
El monje advirtió que la expresión del hombre se ensombreció al oír la palabra «maravillosa», de modo que el fraile se calló pensando que era más prudente escuchar que hablar.
—Bueno, yo vengo a toda velocidad de allí mismo —repuso el hombre, mientras echaba un vistazo desesperanzado al carruaje—; mejor dicho, venía —añadió, abatido.
—Me temo que no nos será fácil sacarlo del barro —asintió maese Jojonah.
El hombre asintió con la cabeza.
—Pero encontraré aldeanos que me ayudarán —dijo—. Hay una aldea cinco quilómetros atrás.
—Es gente dispuesta a ayudar —señaló Jojonah con esperanza—. Tal vez debería acompañarte; con seguridad, se apresurarán a ayudar a un sacerdote de la iglesia; fueron muy amables conmigo la pasada noche, ya que es allí donde dormí. Cuando hayamos sacado el coche, quizá me permitirás ir contigo. Voy a Ursal, y me temo que me espera un largo camino; a mi cuerpo ya no le convienen esos trajines.
—También Ursal es mi destino —declaró el joven—. Y podría usted ayudarme a comunicar el mensaje que me han encargado que transmita, dado que concierne a su propia iglesia.
Jojonah aguzó el oído ante aquel comentario y enarcó una ceja.
—Oh —exclamó.
—Verdaderamente es un día triste —prosiguió el hombre—. Un día muy triste, puesto que ha muerto el abad Dobrinion.
Los ojos de Jojonah parecieron salirse de las órbitas; se tambaleó y tuvo que agarrarse de las mangas del joven para sostenerse.
—¿Dobrinion? ¿Cómo?
—Un powri —respondió el hombre—. Esas pequeñas ratas malignas. Uno de ellos se coló en la abadía y lo dejó bien muerto.
Jojonah no daba crédito a sus oídos. Su mente se puso en movimiento, pero se sentía demasiado enfermo y demasiado confuso. Se dejó caer de nuevo en la carretera embarrada, hundió la cabeza en las manos y sollozó sin saber muy bien si lloraba por el abad Dobrinion o por él mismo y su querida orden.
El conductor apoyó una mano en su hombro para consolarlo. Luego los dos se encaminaron hacia aldea; el hombre le aseguró que pasarían la noche allí aunque los lugareños se las arreglaran para sacar el coche del barro.
—Lo llevaré conmigo el resto del camino hasta Ursal —anunció con una sonrisa llena de esperanza—. Le conseguiremos mantas para que esté calentito, padre, y buena comida, mucha y buena comida, para el viaje.
Una de las familias de la pequeña aldea los alojó por aquella noche y les proporcionó una cama confortable. El monje se retiró temprano, pero no pudo dormirse enseguida, pues una muchedumbre se agolpó en la casa; todo el mundo de la región había acudido para oír el triste relato del cochero sobre la muerte del abad Dobrinion. Jojonah, que yacía en silencio, los escuchó durante un buen rato; al fin, temblando y empapado de sudor, consiguió dormirse.
Youseff y Dandelion no hicieron el viaje de vuelta.
Maese Jojonah se despertó sobresaltado. La casa estaba tranquila y oscura, dado que fuera había nubes bajas. Jojonah miró alrededor y frunció el entrecejo.
—¿Quién anda por ahí? —preguntó.
—¡Youseff y Dandelion no hicieron el viaje de vuelta! —oyó de nuevo, con mayor énfasis.
No, no había oído nada, advirtió Jojonah, ya que no se había producido el menor sonido, salvo el pesado gotear de la lluvia en el tejado. Había sentido aquellas palabras en su mente y había reconocido al hombre que las había metido allí.
—¿Hermano Braumin? —preguntó.
—Me temo que el padre abad los ponga tras de ti —dictaron los pensamientos—. Corre, amigo mío, mentor mío; vuelve a Palmaris, si no estás muy lejos, vuelve a la sede del abad Dobrinion y no permitas que los hermanos Youseff y Dandelion entren en Saint Precious.
La comunicación era débil, cosa que no extrañó a Jojonah, pues Braumin no tenía mucha práctica con la hematites y probablemente no la estaría utilizando en las mejores circunstancias.
—¿Dónde estás? —le preguntó telepáticamente— ¿En Saint Mere Abelle?
—¡Por favor, maese Jojonah! Debes oír mi aviso. ¡Youseff y Dandelion no hicieron el viaje de vuelta!
El contacto se estaba desvaneciendo; Jojonah se dio cuenta de que Braumin estaba fatigado. Entonces, de pronto, el contacto se interrumpió, y Jojonah temió que Markwart o Francis se hubieran acercado a Braumin. Si realmente se trataba de Braumin, pensó. Si era algo más que un delirio provocado por la fiebre.
—No lo saben —susurró el padre, pues hasta ese momento no se había dado cuenta de que el mensaje de Braumin no había dicho nada sobre Dobrinion.
Jojonah saltó de la cama, refunfuñando a causa del esfuerzo, y atravesó la casa en silencio. Asustó en primer lugar a la mujer, pues poco le faltó para tropezar con el colchón de mantas apiladas en el suelo de la sala común donde estaba durmiendo. Jojonah se dio cuenta de que la mujer le había cedido su propia cama, y realmente le disgustaba en gran manera molestarla. Pero algunas cosas simplemente no podían esperar.
—¿El cochero está aquí o se ha alojado con alguna otra familia? —preguntó.
—Oh, no —respondió la mujer tan afablemente como pudo—, seguro que está durmiendo en la habitación con mis chicos. Están como piojos en costura, según se dice.
—Avísele, por favor —pidió maese Jojonah—, enseguida.
—Sí, padre, lo que usted mande —respondió la mujer, desembarazándose de su saco de dormir. Medio a rastras medio andando atravesó la habitación. Regresó al cabo de unos momentos, acompañada por el cochero, con los ojos legañosos.
—Debería estar durmiendo —dijo el hombre—. No es bueno para su fiebre permanecer levantado hasta tan tarde.
—Una pregunta —le indicó Jojonah, sacudiendo las manos para calmarlo y para asegurarse de que le prestaba atención—. Cuando el abad Dobrinion fue asesinado, ¿dónde estaba la caravana de Saint Mere Abelle?
El hombre ladeó la cabeza como si no comprendiera.
—Ya sabe que monjes de mi abadía visitaron Saint Precious — insistió Jojonah.
—Hicieron algo más que visitar, a juzgar por los problemas que causaron —replicó el hombre con un bufido.
—Desde luego —concedió Jojonah—, pero, ¿dónde estaban cuando el powri mató al abad Dobrinion?
—Se habían ido.
—¿De la ciudad?
—Algunos dijeron que habían salido hacia el norte, aunque he oído que cruzaron el río, y no con el transbordador —respondió el cochero—. Hacía más de un día que se habían marchado cuando el abad fue asesinado por el powri.
Sorprendido, maese Jojonah se frotó el amplio mentón con la mano. El conductor se disponía a hablar, pero el monje ya había oído bastante y lo silenció con un ademán.
—Volved a la cama —les pidió al hombre y a la dueña de la casa—. Yo también lo haré.
De nuevo en la soledad de su oscura habitación, maese Jojonah no se durmió. Convencido ahora de que el contacto con Braumin no era fruto de su imaginación ni de un sueño, tenía muchas cosas en que pensar. A diferencia de Braumin, no temía que Youseff y Dandelion estuvieran siguiéndole la pista. Markwart estaba demasiado cerca de su objetivo, o al menos el obsesivo hombre así lo creía, como para demorar a los asesinos. No, irían hacia el norte de Palmaris, no hacia el sur, hacia los campos de batalla en busca de las piedras.
Pero, aparentemente, habían efectuado una breve parada en el camino, lo bastante prolongada como para solucionar algún problema de Markwart en Palmaris.
Maese Jojonah se precipitó hacia la ventana de la habitación, la empujó para abrir las contraventanas y vomitó sobre la hierba, mareado ante la simple idea de que su padre abad hubiese ordenado la ejecución de otro abad.
¡Parecía tan absurdo! Pero todos los detalles que se filtraban en la mente de Jojonah lo llevaban irremediablemente en esa dirección. ¿Tal vez estaba distorsionando los detalles con sus propios juicios?, se preguntó. ¡Youseff y Dandelion no hicieron el viaje de vuelta!
Y el hermano Braumin no tenía ni idea de que el abad Dobrinion había encontrado tan prematuro final.
Realmente, maese Jojonah esperaba estar equivocado, esperaba que sus temores y su delirio febril se hubieran desbocado, esperaba que el supremo jerarca de su orden jamás hubiera hecho algo semejante. En cualquier caso, ahora parecía tener ante él una sola carretera: la que regresaba al norte, no la del sur, la que regresaba a Saint Mere Abelle.
Finalmente, los doscientos se pusieron en marcha y se dirigieron primero hacia el oeste y luego hacia el sur de los dos pueblos en poder de los powris. Elbryan conducía la expedición; envió exploradores por delante de la caravana y mantuvo a sus cuarenta mejores combatientes en un grupo compacto. De toda aquella harapienta caravana, sólo la mitad estaba en condiciones de luchar si era preciso; la otra mitad estaba formada por individuos demasiado viejos o demasiados jóvenes o demasiado enfermos. No obstante, en general la salud del grupo era buena, gracias sobre todo a los esfuerzos incansables de Pony con su valiosa piedra del alma.
Atravesaron los dos pueblos sin encontrar resistencia y, cuando la tarde del quinto día empezó a declinar, se hallaban casi a medio camino de Palmaris.
—Hay una casa y un granero —explicó Roger Descerrajador, cuando regresó para reunirse con Elbryan—, más adelante, a sólo un quilómetro y medio. El pozo está intacto y he oído las gallinas.
Varios de los que estaban por allí gruñeron, chasquearon la lengua y se relamieron al pensar en huevos frescos.
—Pero, ¿no había nadie? —preguntó el guardabosque, escéptico.
—Nadie, afuera —replicó Roger, al parecer un tanto desconcertado por no haber podido averiguar más cosas—. Yo no me adelanté demasiado —explicó con impaciencia—, pues temía que, si tardaba demasiado, llegarais a ver esas construcciones y cualquier monstruo desde el interior, si había alguno, también os habría visto.
Elbryan hizo un gesto de asentimiento y sonrió.
—Hiciste bien —convino—. Mantén el grupo alerta aquí, mientras Pony y yo vamos allá y vemos qué podemos averiguar.
Roger inclinó la cabeza y ayudó a Pony a montar a lomos de Sinfonía, detrás del guardabosque.
—Refuerza la vigilancia, en particular por el norte —indicó Elbryan al joven—; encuentra a Juraviel y dile dónde puede encontrarnos.
Roger manifestó su acuerdo con una inclinación de cabeza. Dio una palmada a Sinfonía en la grupa y el caballo salió corriendo. Roger apenas lo miró mientras se alejaba, pues se apresuró a acercarse a la caravana para disponer a sus miembros en posición defensiva.
El guardabosque encontró con bastante facilidad las construcciones y Pony se puso inmediatamente manos a la obra; empleó la piedra del alma para desplazar a su espíritu y hacerlo entrar primero en el granero y luego en la casa.
—Hay powris en la casa —explicó cuando el espíritu hubo regresado a su cuerpo—. Tres, aunque uno de ellos está durmiendo en el dormitorio de la parte de atrás. Unos trasgos ocupan el granero, pero no están en estado de alerta.
Elbryan cerró los ojos en pos de una calma profunda y meditativa y se transformó de forma poco menos que visible en su alter ego adiestrado por los elfos. Tras señalar un pequeño bosquecillo a la izquierda del granero, desmontó y ayudó a Pony a hacer lo propio. Dejaron el caballo y ambos se dirigieron sigilosamente hacia las sombras del bosquecillo; luego el guardabosque prosiguió en solitario y continuó su avance aprovechando tocones, un abrevadero, cualquier cosa que pudiera protegerlo. No tardó en llegar a la casa; pegó la espalda a la pared exterior, al lado de una ventana. En su mano estaba listo Ala de Halcón. Escrutó alrededor y volvió a mirar en dirección a Pony; asintió con la cabeza mientras preparaba una flecha.
Se dio la vuelta bruscamente y disparó; alcanzó en la nuca a un enano desprevenido que estaba preparando la comida en la cocina. El impulso empujó la cabeza del powri hacia adelante de modo que su cara fue a dar contra la chisporroteante grasa de la sartén.
—¿Qué haces? —aulló su compañero powri, precipitándose hacia la cocina.
El enano patinó al detenerse y vio cómo se estremecía el astil de la flecha; luego se dio la vuelta para encontrarse al Pájaro de la Noche y a Tempestad que lo aguardaban.
La temible espada cayó pesadamente mientras el enano buscaba su arma. Al tiempo que el brazo se le desprendía del cuerpo, el enano, aullando, trató de cargar hacia adelante, abalanzándose sobre el guardabosque.
Una certera estocada de Tempestad atravesó a la criatura hasta el corazón; el diestro guardabosque hundió la hoja hasta la empuñadura. Después de un par de espasmos violentos, el powri se desplomó muerto en el suelo.
—¡Yach, me habéis despertado! —rugió una voz desde el dormitorio.
El Pájaro de la Noche sonrió, esperó unos instantes y se deslizó sigilosamente hacia la puerta. Esperó todavía unos instantes para estar seguro de que el enano había vuelto a dormirse; luego empujó la puerta y la abrió muy despacio.
El powri estaba tumbado de espaldas a él.
El guardabosque salió de la casa poco después y agitó brevemente la mano saludando a Pony. Recogió a Ala de Halcón e inició una sigilosa ronda en torno al granero. El henil le llamó la atención pues tenía una puerta abierta que crujía y una cuerda que colgaba hasta el suelo.
El guardabosque echó un vistazo y observó que Pony había cambiado de posición para poder vigilar a la vez la puerta principal y el henil. Sabía que era realmente muy afortunado por tener a una compañera tan competente, pues podía contar siempre con ella si tenía problemas.
Ahora, los dos habían comprendido el plan. Pony habría podido, desde luego, empezar por atacar el granero mediante la serpentina y el explosivo rubí, con lo cual habría hecho volar la construcción, pero el humo de semejante fuego no habría sido nada prudente. En lugar de eso, permaneció en su puesto, con la magnetita y el grafito a punto, para apoyar al Pájaro de la Noche.
El guardabosque no infravaloraba la disciplina necesaria para que la mujer asumiera aquel papel. Cada mañana, la chica realizaba la danza de la espada con él, y su trabajo con la hoja estaba llegando a ser realmente espléndido. Tenía ganas de pelear, de estar junto a Elbryan, de bailar de verdad. Pero Pony era verdaderamente disciplinada y paciente. El guardabosque le había asegurado que tendría ocasión de emplear las nuevas técnicas, y ambos sabían que ya estaba casi preparada para hacerlo.
Pero aún no.
El Pájaro de la Noche comprobó la cuerda del henil y empezó a trepar con cautela y sigilo. Se detuvo justo debajo de la puerta, escuchó, atisbó el interior y levantó y agitó un dedo para que Pony lo viera.
Subió hasta el nivel de la puerta, y con mucho tiento, puso un pie en la pequeña hendidura, aunque tuvo que continuar sujetándose a la cuerda. Se dio cuenta de que debía moverse aprisa y de que probablemente no dispondría de tiempo para preparar arma alguna.
El guardabosque volvió a respirar regular y profundamente, para encontrar la calma y el equilibrio necesarios. Entonces pasó el pie por debajo de la puerta, tiró de ella hacia fuera y se lanzó al interior del henil sorprendiendo al trasgo que estaba de guardia de forma harto negligente.
El trasgo pegó un grito, casi inmediatamente acallado por la poderosa mano del guardabosque que le agarró la boca, mientras con el otro brazo le sujetaba con fuerza la mano armada. El Pájaro de la Noche agarró la cara de la criatura, la apretó con fuerza, giró su muñeca y forzó al monstruo a ponerse de rodillas.
Un grito proveniente de abajo le advirtió que no podía perder tiempo.
Con un súbito tirón, el Pájaro de la Noche obligó al trasgo a levantarse de nuevo, lo hizo girar y lo lanzó a través de la puerta abierta hasta que dio con sus huesos en tierra después de caer de cabeza más de tres metros. El impacto fue duro; el trasgo gruñó, luego intentó incorporarse y, por último, trató de pedir ayuda. Entonces vio a Pony, que estaba tranquila, con la mano abierta.
Una piedra imán, a mayor velocidad que el proyectil de una honda, chocó de lleno contra el amuleto que la criatura llevaba colgado del cuello, una joya robada a una mujer que en vano había implorado por su vida.
En el interior del granero, el Pájaro de la Noche puso a trabajar de forma letal a Ala de Halcón: derribaba a un trasgo tras otro a medida que intentaban alcanzar el henil desde la despensa. Al cabo de un rato, el sorprendido guardabosque se dio cuenta de que no estaba solo: se había unido a él un segundo arquero.
—Roger me contó tus planes —explicó Belli'mar Juraviel—. ¡Un buen comienzo! —añadió, mientras clavaba una flecha a un trasgo que insensatamente se le había puesto a tiro.
Al darse cuenta de que no había manera de subir de la despensa al henil, los trasgos que quedaban se dirigieron a la puerta principal, la empujaron para abrirla del todo y salieron a toda prisa a la luz del día.
La descarga de un rayo vertiginoso los derribó a casi todos.
Enseguida, el elfo se aprestó a atacarlos: desde la puerta del henil, disparó a los que todavía trataban de escapar.
El guardabosque no se reunió con su amigo, sino que tomó un camino distinto para bajar hasta la despensa. Aterrizó con una voltereta para evitar una lanza que le había arrojado una de aquellas criaturas; mientras se incorporaba, disparó Ala de Halcón y alcanzó al trasgo en plena cara; luego dejó a otro fuera de combate mientras el monstruo corría hacia la puerta.
Entonces todo quedó en calma, por lo menos en el interior, pero el Pájaro de la Noche intuyó que no estaba solo. Puso el arco en el suelo, desenvainó la espada y se movió despacio y en silencio.
Fuera, los gritos disminuían. El Pájaro de la Noche se acercó a una paca de heno, apoyó la espalda en ella y escuchó con suma atención.
Una respiración.
De un salto salió de detrás de la paca y moderó su impulso para cerciorarse de que no se trataba de un infortunado prisionero sino de otro trasgo; entonces separó la repugnante cabeza de la criatura de sus hombros con un solo corte. Después, salió a la luz del día y encontró a Pony y a Juraviel conduciendo a Sinfonía hacia el granero: habían acabado el trabajo.
El elfo se quedó con Elbryan para explorar los alrededores, mientras Pony galopaba a lomos de Sinfonía para reunirse de nuevo con el grupo.
—Ahora no puedo volver atrás —replicó el conductor cuando Jojonah le contó los planes para la mañana siguiente—. Aunque me gustaría mucho poder ayudarlo; pero mis obligaciones...
—Son importantes, desde luego —acabó por él Jojonah, excusándolo.
—Lo mejor que puede hacer para regresar es tomar un barco —prosiguió el cochero—. La mayoría se dirige al norte y hacia mar abierto para la temporada de verano. Yo mismo hubiera tomado uno para bajar, pero son pocos los que ahora van hacia el sur.
Maese Jojonah se pasó la mano por el mentón con barba de tres días. No tenía dinero, pero tal vez podría encontrar una solución.
—Entonces, ¿cuál es el puerto más cercano? —preguntó al cochero.
—Al sur y al este —respondió el hombre— Se llama Bristole. Un pueblo construido para atracar y aprovisionar los buques y poca cosa más. No está demasiado lejos de mi camino.
—Le estaría muy agradecido —contestó el monje.
Así, se pusieron de nuevo en marcha, después de un abundante desayuno, ofrecido gratuitamente por la amable gente del pueblo. Hasta que el carruaje no hubo empezado a avanzar por la carretera, maese Jojonah no advirtió que se sentía mucho mejor físicamente. A pesar de los múltiples baches de la carretera, el desayuno le había sentado muy bien. Era como si las noticias de la noche anterior, el hecho de que las cosas fueran muchísimo peor de lo imaginable, hubieran inyectado nuevas fuerzas a su delicado cuerpo. Simplemente, en aquellos momentos no podía sentirse débil.
Bristole era el pueblo más pequeño que Jojonah había visto nunca y le pareció extrañamente desequilibrado. La zona portuaria era extensa, con largos muelles capaces de albergar diez barcos grandes, pero el resto estaba constituido sólo por unos pocos edificios, incluyendo un par de pequeños almacenes. Hasta que el carruaje llegó al centro de aquel grupo de casas, Jojonah no empezó a comprender.
Los barcos que iban río arriba o río abajo no necesitaban provisiones en aquel punto, pues el trayecto de Ursal a Palmaris no era largo. No obstante, los marineros podían desear un poco de distracción y, por consiguiente, los barcos atracaban allí para abastecerse de muy distinta manera.
De los siete edificios agrupados, dos eran tabernas, y otros dos, prostíbulos.
Maese Jojonah rezó una breve plegaria, pero no estaba afectado en absoluto. Era un hombre tolerante, siempre predispuesto a perdonar los pecados de la carne. Después de todo, era la fortaleza del alma lo que contaba.
Deseó un buen viaje al generoso cochero, mientras lamentaba no poder ofrecerle algo más que buenas palabras por su amabilidad, y luego se dedicó de nuevo a sus asuntos inmediatos. Había tres barcos atracados; otro se aproximaba por el sur. El monje bajó hasta la orilla del río; al caminar por el largo entablado, sus sandalias producían un ruido seco.
—¡Salud, buena gente! —saludó Jojonah al acercarse a un par de hombres que se encontraban en el barco más próximo; estaban inclinados sobre el pasamano de la borda, utilizando martillos para resolver algún problema que no pudo ver. Jojonah advirtió que el barco estaba situado de popa, hecho atípico, y confió en que fuera un presagio de que pronto iba a zarpar.
«¡Salud, buena gente! —gritó Jojonah más fuerte, agitando las manos para llamar la atención.
El martilleo cesó y uno de los viejos lobos de mar, de piel morena y arrugada por el sol y sin dientes miró hacia arriba para observar al monje.
—Y para usted, padre —dijo.
—¿Van hacia el norte? —preguntó maese Jojonah— ¿Tal vez a Palmaris?.
—A Palmaris y al golfo —contestó el hombre—, pero por el momento no podemos ir a ninguna parte. La cadena del áncora no aguantaría; está muy estropeada.
Jojonah comprendió por qué el barco estaba atracado al revés; miró alrededor, luego hacia el pueblo, en busca de una solución que permitiera al barco navegar. Cualquier puerto que se preciara de serlo, estaría adecuadamente equipado; incluso los pequeños muelles de Saint Mere Abelle estaban provistos de suministros como cadenas y áncoras. Pero Bristole no era un pueblo para reparar barcos, sino más bien un lugar para «reparar tripulaciones».
—Espere un nuevo barco que venga de Ursal —prosiguió el viejo marinero—. Debería llegar en dos días; está buscando quién lo lleve, ¿no?
—Sí, pero no puedo esperar.
—Bueno, lo llevaremos; por cinco monedas de oro del rey —dijo el viejo—; un buen precio, padre.
—Lo es, sin duda, pero me temo que no tengo dinero para pagarles —repuso Jojonah— ni tiempo para esperarme.
—¿Dos días? —dijo burlón el lobo de mar.
—Dos días que no puedo perder —contestó Jojonah.
—Perdone, padre —pronunció una voz desde el siguiente barco, una ancha y pesada carabela—. Nosotros zarparemos hacia el norte hoy mismo.
Maese Jojonah agitó las manos hacia los dos hombres del bajel averiado y avanzó para ver mejor al que acababa de hablar. El hombre era alto y flaco, de piel oscura, no por efecto del sol sino de nacimiento. Era behrenés y, por su aspecto, probablemente de una zona del sur de Behren, muy al sur de Cinturón y Hebilla.
—Lo siento pero no tengo dinero para pagarle —respondió Jojonah.
Una sonrisa perlina iluminó la cara del hombre de piel oscura.
—Pero padre —dijo—, ¿para qué quiere el dinero?
—Trabajaré para pagarme el pasaje —propuso Jojonah.
—Todo el mundo en mi barco puede necesitar un buen cura, padre —replicó el hombre de la región de Behren—. Me temo que mucho más, después de haber estado atracados aquí. Suba a bordo, se lo ruego. No teníamos previsto zarpar hasta última hora de hoy, pero sólo tengo un hombre en tierra y será fácil encontrarlo. ¡Si usted tiene prisa, nosotros también!
—Es muy amable, buen señor...
—Al'u'met —contestó el hombre—. Capitán Al'u'met del buen barco Saudi Jacintha.
Jojonah ladeó la cabeza ante el curioso nombre.
—Significa Joya del Desierto —explicó Al'u'met—. Es una pequeña broma dedicada a mi padre, que quería que me dedicara a cabalgar las dunas del desierto y no las olas del mar.
—También mi padre quería que ofreciera cervezas en lugar de oraciones —repuso Jojonah riendo.
Estaba sorprendido por haber encontrado un hombre de piel oscura de la región de Behren al mando de un barco de Ursal, y aún más sorprendido al ver el respeto que aquel hombre sentía por un miembro de la orden abellicana. La iglesia de Jojonah no era hegemónica en el sur del reino; desde luego, sus misioneros habían sido objeto de muchas carnicerías al tratar de imponer su visión de la divinidad a los a menudo intolerantes sacerdotes —yatols en la lengua de Behren— de aquellos desiertos.
El capitán Al'u'met ayudó a Jojonah a subir el último peldaño de la plancha, y luego envió a dos miembros de la tripulación para que localizaran al marinero que faltaba.
—¿Tiene equipaje? —le preguntó a Jojonah.
—Sólo lo que llevo puesto —respondió el monje.
—¿Hasta dónde va?
—Hasta Palmaris —respondió Jojonah—. En realidad, hasta el otro lado del río; puedo tomar el transbordador. Necesito estar en Saint Mere Abelle con la máxima urgencia.
—Nosotros pasaremos frente a la bahía de Todos los Santos —explicó el capitán Al'u'met—. Aunque usted perdería una semana al menos si hiciera el viaje en barco.
—Entonces pueden llevarme a Palmaris —dijo el monje.
—Es exactamente a donde nos dirigíamos —respondió el capitán Al'u'met y, sonriendo aún, le indicó la puerta de los camarotes situados bajo la cubierta de popa—. Dispongo de dos habitaciones —explicó—. Ciertamente, puedo compartir una con usted durante uno o dos días.
—¿Es abellicano?
La sonrisa de Al'u'met se ensanchó.
—Desde hace tres años —explicó—. Encontré a su Dios en Saint Gwendolyn de Mar, y Al'u'met quedó cautivado como jamás lo había estado.
—Pero fue otro disgusto para su padre —dedujo Jojonah.
Al'u'met se llevó un dedo a sus fruncidos labios.
—No hace falta que él sepa tales cosas, padre —dijo maliciosamente—. En el Miriánico, cuando las tormentas soplan fuerte y las olas rompen con una altura dos veces la de un hombre por encima de la borda de proa, escojo a mi propio Dios. Además —añadió con un guiño—, no son tan diferentes, sabe, el Dios de su tierra y el de la mía. Si se cambiara de hábito se convertiría en un sacerdote de los nuestros, un yatol.
—De modo que su conversión fue por conveniencia —bromeó Jojonah.
—Escojo a mi propio Dios —repitió Al'u'met mientras se encogía de hombros.
Jojonah inclinó la cabeza y le devolvió la ancha sonrisa; luego se dirigió a paso lento hacia los camarotes del capitán.
—Mi chico le enseñará el alojamiento —gritó detrás de él.
El chico del servicio de camarotes estaba precisamente en la habitación, jugando con dados de hueso, cuando maese Jojonah abrió la puerta. El muchacho, de unos diez años de edad, gateó con frenesí, recogió sus dados y miró al monje con aire culpable; Jojonah se dio cuenta de que el muchacho había sido atrapado desatendiendo sus tareas domésticas.
—Acomoda a nuestro amigo, Matthew —exclamó el capitán Al'u'met—. Atiende a sus necesidades.
Jojonah y Matthew se quedaron mirándose el uno al otro, midiéndose con la vista durante un buen rato. Las ropas de Matthew estaban raídas, como las de cualquiera que trabaja a bordo de un barco. Pero estaban bien confeccionadas, mejor que los atavíos de la mayoría de la tripulación que el monje había visto. Y el muchacho iba más limpio que la mayoría de los chicos del servicio de camarotes; tenía el pelo aclarado por el sol y pulcramente cortado, y la piel de un moreno dorado; no obstante, tenía una mancha negra visible en el antebrazo.
Jojonah advirtió la cicatriz e imaginó el dolor que habría sentido el chico. La mancha había sido producida por el segundo de los tres líquidos «medicinales» —ron, brea y orina— que llevaban los barcos de vela. El ron se utilizaba para matar los gusanos que inevitablemente albergaban los alimentos, para eliminar las consecuencias de la ingestión de comida en mal estado y, simplemente, para olvidar las larguísimas y vacías horas. La orina se usaba para lavar las ropas y el pelo, y por desagradable que pudiera parecer, no era nada comparada con la brea líquida, que se empleaba para cubrir las heridas abiertas. Evidentemente, Matthew se había desgarrado el brazo, y los marineros le habían puesto brea para sellar la herida.
—¿Puedo? —preguntó con calma Jojonah, extendiendo la mano hacia el brazo del muchacho.
Matthew vaciló, pero no se atrevió a desobedecer y, cautelosamente, levantó el brazo para que lo examinara.
«Buen trabajo», pensó el monje. La brea se había aplicado formando una fina capa sobre la piel, una perfecta mancha negra.
—¿Te duele? —preguntó Jojonah.
Matthew sacudió la cabeza con énfasis.
—No habla —dijo la voz del capitán Al'u'met, que se había acercado al distraído monje por detrás.
—¿Es obra suya? —preguntó Jojonah señalando el brazo.
—No, de Cody Bellaway —contestó Al'u'met—; se encarga de curarnos cuando estamos lejos de puerto.
Maese Jojonah asintió con la cabeza y se olvidó del tema, por lo menos en apariencia, pero en su cabeza la imagen del brazo ennegrecido de Matthew no se desvanecería tan fácilmente. ¿Cuántas hematites se guardaban bajo llave en Saint Mere Abelle? ¿Quinientas? ¿Un millar? Jojonah sabía que había muchísimas, pues cuando era joven precisamente había hecho un inventario de esas piedras, probablemente la más común de las recogidas en Pimaninicuit a lo largo de los años. La mayoría de esas piedras del alma eran mucho menos poderosas que la que se había llevado la caravana a Barbacan, pero Jojonah no pudo menos que preguntarse cuánto bien podrían hacer si se entregaban a los barcos de vela y en cada uno de ellos se adiestraba a uno o dos hombres para que supieran extraer sus poderes curativos. Sin duda, la herida de Matthew había sido de consideración, pero Jojonah habría podido sellarla fácilmente con su magia, sin necesidad de brea. Sin apenas esfuerzo, podrían haberse evitado muchísimos sufrimientos.
Sus pensamientos lo condujeron a cuestiones de mayor importancia. ¿Por qué no disponían todas las comunidades, o por lo menos una comunidad en cada región del reino, de una hematites y de los correspondientes expertos en su manejo?
Nunca había comentado nada al respecto con Avelyn, por supuesto, pero maese Jojonah sabía que si la decisión hubiera estado en manos de Avelyn Desbris, sin la menor vacilación habría distribuido hematites pequeñas entre la gente, habría puesto los enormes recursos mágicos de Saint Mere Abelle al servicio del bien común o, por lo menos, habría distribuido las hematites más pequeñas, pues eran piedras poco potentes para utilizarlas con propósitos diabólicos como la posesión o para cualquier otro fin realmente maligno.
Sí, Jojonah lo sabía, Avelyn habría procedido de ese modo si hubiera tenido la oportunidad, pero, por supuesto, el padre abad Markwart jamás se la habría proporcionado.
Jojonah acarició la rubia melena de Matthew y le hizo una seña para que le enseñara su habitación. Al'u'met los dejó a solas y llamó a sus hombres para que prepararan el barco para zarpar.
Al cabo de un rato, el Saudi Jacintha se alejaba de Bristole, con las velas al viento venciendo la considerable corriente. Harían una travesía rápida, prometió Al'u'met cuando se acercó al monje, pues los vientos del sur eran fuertes, no había indicios de tormenta y, cuando el Masur Delaval se ensanchaba, la corriente no era tan potente.
El monje pasó la mayor parte del día en su camarote, durmiendo, haciendo acopio de las energías que sin duda iba a necesitar. Luego se levantó y, con una amistosa inclinación de cabeza, convenció a Matthew para que jugara con él a los dados, después de prometerle que al capitán no le importaría que hiciera una pequeña pausa en sus tareas domésticas.
Jojonah deseó que aquel muchacho pudiera hablar o incluso reír durante la hora que pasaron tirando los dados; quería saber de dónde había salido y cómo había ido a parar a un barco a tan temprana edad.
El monje sabía que probablemente sus padres, acosados por la pobreza, lo habrían vendido, y se estremeció al pensarlo. Ésa era la forma habitual que tenían los barcos de conseguir chicos para el servicio de camarotes, aunque maese Jojonah esperaba que Al'u'met no fuera quien lo había comprado. El capitán proclamaba ser un hombre religioso, y los hombres que creían en Dios no hacían tales cosas.
Por la noche cayó una lluvia fina, pero no impidió el avance del Saudi Jacintha. La tripulación estaba bien adiestrada y conocía todos los recodos del gran río, y el barco continuó surcando las aguas, salpicando con la proa espuma blanca a la luz de la luna. Fue en la borda de proa, esa misma noche después de la lluvia, cuando maese Jojonah aceptó las verdades que estaban gestándose en su corazón. En aquella oscuridad, acompañado sólo por el ruido de la proa al hendir el agua, por los gruñidos de los animales en la ribera y por el aleteo del viento en las velas, maese Jojonah comprendió con claridad lo que tenía que hacer.
Sintió como si Avelyn estuviera con él, suspendido en el aire que lo rodeaba, recordándole los tres votos —no sólo las vacías palabras que se recitaban, sino el profundo significado que encerraban—, que supuestamente guiaban la orden abellicana.
Permaneció allí toda la noche y, justo antes del amanecer, se fue a la cama, después de halagar a un Matthew de ojos somnolientos para que le llevara un buen plato de comida.
Se levantó a la hora de la cena y se sentó al lado del capitán Al'u'met, el cual le informó de que llegarían a su destino a primera hora de la mañana siguiente.
—Tal vez no desee quedarse levantado toda la noche otra vez —dijo el capitán con una sonrisa—. Por la mañana estará en tierra, y no irá muy lejos, supongo, si está dormido.
Sin embargo, era noche cerrada cuando el capitán Al'u'met encontró de nuevo a Jojonah en la borda de proa, con la mirada clavada en la oscuridad, en su propio corazón.
—Es usted un hombre reflexivo —dijo el capitán, acercándose al monje—. Eso me gusta.
—¿Lo dice simplemente porque me quedo solo aquí fuera? —replicó Jojonah— A lo mejor estoy aquí sin pensar nada en absoluto.
—No en la cubierta de proa —repuso el capitán Al'u'met, situándose junto al monje apoyado en la borda—. También yo conozco la inspiración de este lugar.
—¿Cómo encontró a Matthew? —preguntó de repente Jojonah, soltando aquellas palabras sin siquiera darse cuenta de lo que estaba diciendo.
Al'u'met lo miró de soslayo, sorprendido por la pregunta. Miró de nuevo la espuma de la proa y sonrió.
—No le hace gracia pensar que yo, un hombre de su iglesia, lo haya comprado a sus padres —dedujo aquel hombre perspicaz—. Pero lo hice —añadió Al'u'met, irguiéndose y mirando al monje de frente.
Maese Jojonah no le devolvió la mirada.
—Eran muy pobres; vivían cerca de Saint Gwendolyn y sobrevivían gracias a las sobras que sus hermanos de la iglesia abellicana se molestaban en tirarles —prosiguió el capitán con un tono cada vez más profundo y sombrío.
Jojonah se dio la vuelta y lo miró con aire grave.
—Aun así es la iglesia que usted escogió —puntualizó.
—Eso no quiere decir que esté de acuerdo con todos los que ahora administran la doctrina de la iglesia —replicó con calma Al'u'met—. Por lo que respecta a Matthew, lo compré, y a un bonito precio, porque llegué a considerarlo como a mi propio hijo. Siempre andaba por los muelles ¿sabe?, o por lo menos estaba por allí siempre que podía escaparse de su colérico padre. Aquel hombre le pegaba sin razón alguna, aunque el pequeño Matthew en aquel tiempo todavía no había cumplido siete años. Así que lo compré y lo subí a bordo para enseñarle un oficio honesto.
—Una vida difícil —comentó Jojonah, pero en su voz no quedaba vestigio alguno de animosidad o de reproche.
—Desde luego —asintió el larguirucho hombre de la región de Behren—. Una vida que algunos adoran y que otros detestan. Matthew se formará su propia opinión cuando sea lo bastante mayor para darse cuenta. Si llega a gustarle el mar, como a mí, su única opción será estar a bordo de un barco, y confío que elegirá quedarse conmigo. Me temo que el Saudi Jacintha me sobrevivirá, y estaría muy bien que Matthew me sucediera a bordo.
Al'u'met volvió su rostro hacia el monje y se quedó callado, esperando que Jojonah lo mirara de frente.
—Y si no le gustan ni el olor ni el movimiento de las olas, será libre de irse —continuó el hombre con toda sinceridad—. Y me aseguraré de que tenga un buen comienzo allá donde decida vivir. Le doy mi palabra, maese Jojonah de Saint Mere Abelle.
Maese Jojonah le creyó y le brindó una sonrisa sincera. Entre los rudos marineros de aquellos días, el capitán Al'u'met brillaba con luz propia.
Ambos volvieron a mirar el agua y permanecieron en silencio durante un buen rato; sólo se oía la proa cortando el agua y el viento.
—Conocí al abad Dobrinion —dijo al fin el capitán Al'u'met—, era un buen hombre.
Jojonah lo miró con curiosidad.
—Su compañero, el conductor del carruaje, me contó la tragedia en Bristole, mientras usted estaba buscando pasaje —explicó el capitán.
—Dobrinion era desde luego un buen hombre —respondió Jojonah—. Su muerte ha sido una gran pérdida para la iglesia.
—Una gran pérdida para todo el mundo —asintió Al'u'met.
—¿Cómo lo conoció?
—Conozco a muchas personalidades de la iglesia, pues, debido a mi itinerante profesión, paso muchas horas en muchas iglesias, entre ellas Saint Precious.
—¿Ha estado alguna vez en Saint Mere Abelle? —preguntó Jojonah, aunque no creía que hubiera estado puesto que, en ese caso, lo recordaría.
—Entramos en el puerto una vez —respondió el capitán—, pero el tiempo empezó a cambiar y teníamos que ir lejos, por lo que no bajé a los muelles. Saint Gwendolyn no estaba a tanta distancia, de todos modos.
Jojonah sonrió.
—No obstante, me encontré con su padre abad —prosiguió el capitán—. Sólo una vez. Fue en el 819, o quizás en el 820; con el tiempo los años parecen confundirse. El padre abad Markwart había anunciado un concurso para barcos de vela capaces de navegar en alta mar. Yo no soy realmente un navegante fluvial, pero el año pasado sufrimos ciertos daños a causa de los powris, pues los horribles enanos parecían estar por doquier, y esta primavera salimos de puerto muy tarde.
—Se presentó usted al concurso del padre abad —insinuó Jojonah.
—Sí, pero mi barco no resultó elegido —respondió con indiferencia Al'u'met—. A decir verdad, creo que el color de mi piel tuvo algo que ver. No creo que su padre abad confiara en un marino behrenés, sobre todo porque entonces no había sido aún ungido como miembro de su iglesia.
Jojonah inclinó la cabeza para asentir; era imposible que Markwart hubiese aceptado un hombre de la religión del sur para el viaje a Pimaninicuit. El monje encontró irónica aquella idea, absurda incluso, dados los cuidadosamente planificados asesinatos con los que culminó aquel viaje.
—El capitán Adjonas y su Corredor del Viento eran los mejores —admitió Al'u'met—. Ya navegaba en alta mar, por el Miriánico, antes de que yo hubiera aprendido a remar.
—Entonces, ¿conoce a Adjonas? —preguntó Jojonah— ¿Y sabe cómo acabó el Corredor del Viento?
—Todos los marineros de la Costa Rota están enterados de su pérdida —replicó el capitán Al'u'met—. Dicen que ocurrió justo a la salida de la bahía de Todos los Santos. Había muy poca agua, claro; aunque me sorprende que un hombre tan curtido en el mar como Adjonas quedara atrapado en un banco de arena.
Jojonah se limitó a asentir con la cabeza; no podía afrontar la revelación de la espantosa verdad, no podía contarle que Adjonas y su tripulación habían sido asesinados en las protegidas aguas de la bahía de Todos los Santos por los santos varones de la religión que después Al'u'met había escogido libremente. Ahora, al rememorar el pasado, maese Jojonah apenas podía creer que había participado en el plan, en aquella terrible tradición. ¿Siempre había sido así, tal como la iglesia pretendía?
—Una tripulación y un barco magníficos —acabó diciendo Al'u'met respetuosamente.
Jojonah inclinó la cabeza para mostrar su acuerdo, aunque en realidad apenas conocía a ninguno de aquellos marineros; sólo había conocido al capitán Adjonas y a su segundo, Bunkus Smealy, un hombre que no le gustó en absoluto.
—Váyase a dormir, padre —sugirió el capitán Al'u'met—. Le espera un duro día de marcha.
También Jojonah pensaba que era un buen momento para interrumpir la conversación. Sin saberlo, Al'u'met le había dado mucho en que pensar, había reavivado recuerdos y los había situado bajo una nueva perspectiva. Eso no quiere decir que esté de acuerdo con todos los que ahora administran la doctrina de la iglesia, había dicho Al'u'met, y aquellas palabras le sonaban realmente proféticas al desilusionado padre.
Aquella noche Jojonah durmió bien, mejor de lo que lo había hecho desde su llegada a Palmaris por primera vez, desde que el mundo parecía haberse vuelto del revés. Un grito relativo a las luces del muelle lo despertó al alba; Jojonah recogió sus escasas pertenencias y se apresuró a subir a cubierta, esperando ver los largos muelles de Palmaris.
Lo único que vio fue niebla, un denso manto gris. Toda la tripulación estaba en la cubierta. La mayoría de los marineros se hallaban asomados a la borda, con faroles, escrutando atentamente en la penumbra. Jojonah se dio cuenta de que vigilaban la presencia de rocas o incluso de otros barcos y un escalofrío le recorrió el espinazo. No obstante, se calmó al ver al capitán Al'u'met; aquel hombre alto permanecía sereno, como si la situación no tuviera nada de particular. Jojonah se reunió con él.
—He oído un grito que pedía las luces del muelle —explicó el monje—, aunque en realidad dudo que pueda divisarse luz alguna con esta niebla.
—Nosotros sí las vemos —le aseguró Al'u'met con una sonrisa—; estamos cerca, y a cada instante lo estamos más.
Jojonah siguió la mirada del capitán por encima de la borda de proa, hacia la espesa niebla. Algo que no fue capaz de identificar le pareció fuera de lugar, como si su sentido interno de la orientación estuviera alterado. Permaneció inmóvil durante mucho rato, intentando entender qué le ocurría, observando la posición del sol, una mancha gris frente al barco algo más luminosa que el resto del cielo.
—Estamos navegando hacia el este —dijo de repente, dirigiéndose a Al'u'met—, pero Palmaris está en la orilla oeste.
—Creí que le ahorraría las horas de viaje en un transbordador atiborrado de gente —explicó Al'u'met—. Podría ser incluso que el transbordador no navegara en esta oscuridad.
—Capitán, no tenía que...
—No hay problema, amigo mío —repuso Al'u'met—. En cualquier caso, no nos habrían autorizado a entrar en el puerto de Palmaris hasta que hubiera levantado esta niebla; así que, en lugar de echar el ancla, nos hemos desviado hacia Amvoy, un pequeño puerto y con menos reglamentos.
—¡Tierra a la vista! —gritó una voz desde lo alto.
—¡El largo muelle de Amvoy! —asintió otro marinero.
Jojonah miró a Al'u'met, quien se limitó a guiñarle un ojo y a sonreír.
Poco después, el Saudi Jacintha se deslizaba suavemente para atracar en el largo muelle de Amvoy; los expertos marinos realizaron la maniobra con gran destreza.
—Le deseo suerte, maese Jojonah de Saint Mere Abelle —dijo con sinceridad Al'u'met, mientras acompañaba al monje hasta la plancha—. Que la pérdida del buen abad Dobrinion nos fortalezca a todos —añadió al estrechar con firmeza la mano de Jojonah.
El monje se dio la vuelta para irse. En el extremo de la plancha se detuvo: en su interior, la prudencia luchaba desesperadamente contra su conciencia.
—Capitán Al'u'met —dijo de pronto dándose la vuelta. Advirtió que varios marineros lo escuchaban con atención, pero no dejó que aquello lo frenara—, en los próximos meses oirá historias acerca de un hombre llamado Avelyn Desbris. El hermano Avelyn, que perteneció a Saint Mere Abelle.
—No me suena ese nombre —respondió el capitán Al'u'met.
—Ya le sonará —le aseguró maese Jojonah—; oirá historias terribles sobre él, que lo tacharán de ladrón, asesino y hereje. Verá su nombre arrastrado hasta el fuego del infierno.
El capitán Al'u'met permaneció absolutamente callado mientras Jojonah hacía una pausa y tragaba saliva después de pronunciar aquellas palabras.
—Le digo esto con total sinceridad —prosiguió el monje, advirtiendo que estaba rebasando una frontera muy delicada. De nuevo reflexionó y tragó saliva con energía—. Esas historias no son verdaderas, o por lo menos, no lo será la manera en que las contarán, pues lo harán de forma totalmente tendenciosa contra los actos del hermano Avelyn, que fue, se lo aseguro, un hombre que siguió siempre su conciencia inspirada por Dios.
Varios miembros de la tripulación se limitaron a encogerse de hombros juzgando que aquellas palabras no significaban gran cosa para ellos, pero el capitán Al'u'met reconoció su gravedad en la voz del monje y comprendió que aquél era un momento crucial para Jojonah; por el tono de voz, Al'u'met fue lo bastante perspicaz para comprender que las historias sobre aquel monje al que no conocía podían afectarle y también a todos los miembros de la iglesia abellicana. Inclinó la cabeza sin sonreír.
—Nunca la iglesia abellicana ha contado con un hombre mejor que Avelyn Desbris —dijo con firmeza Jojonah; se dio la vuelta y abandonó el Saudi Jacintha.
El monje comprendió el riesgo que acababa de asumir al darse cuenta de que probablemente el Saudi Jacintha volvería algún día a Saint Mere Abelle y que el capitán Al'u'met, o más probablemente alguno de los miembros de la tripulación que lo había escuchado, hablaría con la gente de la abadía o, tal vez, con el padre abad Markwart en persona. Pero por alguna razón, Jojonah no trató de matizar su relato, ni de retractarse. Había hablado sin tapujos. Como debe ser.
Aquellas palabras seguían rondándole por la cabeza y llenándolo de dudas cuando entró en Amvoy. Se aseguró un viaje en coche hacia el este y, aunque el conductor era miembro de la iglesia y tan amistoso y generoso como el capitán Al'u'met, los tres días que duró el viaje, que culminó a unos pocos quilómetros de las puertas de Saint Mere Abelle, maese Jojonah no volvió a contar la historia de Avelyn.
Cuando la abadía apareció ante su vista, las dudas de maese Jojonah se desvanecieron. Desde cualquier perspectiva, Saint Mere Abelle, con sus murallas antiguas y sólidas, era un lugar impresionante que formaba parte de la montañosa costa. Siempre que contemplaba la abadía desde el exterior, Jojonah se acordaba de la antiquísima historia de la iglesia, de las tradiciones anteriores a Markwart e, incluso, de los doce abades que lo habían precedido. De nuevo, Jojonah sintió el espíritu de Avelyn de forma tangible, como si estuviera alrededor y en su interior, y se sintió superado por un deseo de sumergirse más profundamente en el pasado de la orden para averiguar cómo habían sido las cosas muchos siglos antes. En efecto, maese Jojonah no creía posible que la iglesia, tal como era en la actualidad, hubiera llegado a ser una religión tan hegemónica. Ahora, las gentes eran miembros de la iglesia por herencia; se convertían en «creyentes» porque sus padres lo eran, porque sus abuelos lo habían sido y los padres de sus abuelos también. Advirtió que había muy pocos como Al'u'met: conversos recientes, que llegaban a ser miembros por convicción y no por herencia.
Jojonah dedujo que las cosas no habrían sido así al principio; Saint Mere Abelle, tan grande e impresionante, no habría podido edificarse con los pocos fieles que hoy se adherían de corazón a las doctrinas de la iglesia.
Alentado por su meditación, maese Jojonah se acercó a las pesadas puertas de Saint Mere Abelle, un lugar que había considerado su casa durante más de dos tercios de su vida, un lugar que ahora le parecía sólo una fachada. Todavía no comprendía la verdad de la abadía, pero con la ayuda y la guía del espíritu de Avelyn tenía el firme propósito de averiguarla.
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3
Siguiendo el cebo
Connor Bildeborough no estaba nervioso en absoluto cuando dejó atrás los confines de Palmaris, hasta entonces familiares y seguros. Había estado en las amplias tierras septentrionales muchas veces durante los últimos meses y confiaba en que podría evitar cualquier problema con los numerosos monstruos que todavía permanecían por allí. Los gigantes, con su peligrosa habilidad para lanzar rocas, eran muy escasos, y los trasgos y powris no montaban a caballo y jamás alcanzarían a Piedra Gris.
El noble ni siquiera se sintió preocupado cuando montó el campamento aquella primera noche a poco menos de cincuenta quilómetros al norte de la ciudad. Sabía cómo ocultarse y, dado que era verano, ni siquiera necesitó encender fuego. Se acostó debajo de unas ramas de una pícea con aspecto de arbusto, mientras el caballo daba débiles relinchos cerca de él.
El día y la noche siguientes fueron parecidos. Connor evitó la única carretera que subía en esa dirección, pero sabía por dónde estaba pasando y encontró un terreno bastante despejado y practicable para poder mantener una marcha rápida.
Al tercer día, a poco más de ciento cincuenta quilómetros al norte de Palmaris, llegó hasta las ruinas de una casa y un granero; las huellas que encontró indicaron con exactitud al experto cazador lo que había ocurrido: una banda de trasgos, unos veinte por lo menos, habían llegado allí hacía un par de días como mucho. Temía que fuera a llover y que las huellas se borraran, pues el cielo estaba muy oscuro, por lo que Connor se apresuró a cabalgar de nuevo y seguir aquel fácil sendero. Alcanzó a la banda invasora a media tarde, cuando empezaba a caer una lluvia suave. Aunque Connor se alegró de que sólo hubiera trasgos, su número era el doble del que había calculado, estaban bien equipados para la guerra y organizados con cierta disciplina. El noble examinó su ruta, nornoroeste, y creyó prudente seguirlos. Si sus sospechas y los rumores que había oído eran ciertos, esos trasgos estúpidos podrían conducirlo hasta el grupo de combatientes y hasta la persona que utilizaba las gemas en aquella región.
Permaneció a menos de mil metros del ruidoso campamento de los trasgos. En plena noche, en un momento dado, se atrevió a acercarse furtivamente hasta el límite del campamento, y se asombró de nuevo ante la profesionalidad que mostraban aquellas criaturas, habitualmente descuidadas. Connor se las apañó para acercarse lo suficiente para oír retazos de varias conversaciones, quejas por lo general, y confirmó que la mayoría de los gigantes se habían ido a sus casas y que los powris estaban demasiado ocupados con sus propios asuntos como para preocuparse de los trasgos.
Luego escuchó con gran interés a un par de trasgos que discutían sobre su destino: uno quería ir hacia el norte; Connor advirtió que se refería al campamento cercano a los pueblos de Caer Tinella y Tierras Bajas.
—¡Argh! —lo reprendió el otro— ¡Sabes de sobra que Kos-Kosio está muerto y que también lo está Maiyer Dek! ¡Allá arriba no hay nada, salvo ese Pájaro de la Noche y sus asesinos! ¡Los pueblos están perdidos, imbécil, y todos los días los atacan con bolas de fuego!
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Connor. Regresó al improvisado campamento junto a su caballo; consiguió dormir unas horas, pero un poco antes del alba ya estaba levantado y listo para partir. Continuó tras la banda de trasgos, pensando seguirlos, por precaución, cuando dieran un amplio rodeo hacia el oeste y luego volver atrás para explorar la zona próxima a Caer Tinella y Tierras Bajas.
Llovía de nuevo, ahora con más fuerza, pero a Connor no le importaba.
Descansaron bajo la protección de los edificios; utilizaron el pozo e incluso pudieron deleitarse con huevos frescos y leche fresca. También encontraron un carro en el granero, un buey para tirar de él, algunas piedras de amolar para afilar las hojas, y una horca, que quedaría muy bien clavada en la barriga de un gigante, pensó Tomás. Roger fisgoneó por todos los rincones del granero y encontró una cuerda delgada pero resistente y un aparejo de poleas pequeño; era tan pequeño que pudo llevárselo sin problema, aunque no tenía ni idea de para qué lo utilizaría, tal vez para sacar el carro del barro; en cualquier caso se lo llevó.
Así, cuando más tarde, aquella misma noche, los refugiados abandonaron la casa, se encontraron descansados y preparados para emprender la última etapa de su huida hacia un lugar seguro.
Como de costumbre, Roger y Juraviel ocuparon posiciones clave: el elfo trepaba con agilidad por las ramas bajas de los árboles, y el infatigable y joven Roger recorría un amplio arco, siempre alerta, siempre en busca de señales de peligro.
—Hoy te has portado bien —dijo inesperadamente Juraviel cogiendo desprevenido a Roger.
El joven miró con curiosidad hacia arriba; no había hablado muchas veces con el elfo desde que éste lo había derrotado, salvo para manifestar su acuerdo con lo planificado para las rutas de exploración comunes.
—Después de que descubriste la casa y el granero, aceptaste sin rechistar la responsabilidad que el Pájaro de la Noche te asignó —explicó el elfo.
—¿Qué podía hacer?
—Podías haber discutido —replicó el elfo—. Desde luego, el Roger Descerrajador que conocí al principio habría considerado la obligación de quedarse con la caravana como un insulto a sus cualidades, habría refunfuñado, se habría quejado y, probablemente, habría acabado por ir corriendo hacia la casa de labranza. De hecho, el Roger Descerrajador que conocí al principio ni siquiera habría informado al Pájaro de la Noche y a los demás; no hasta que primero se hubiera salido con la suya con los trasgos y los powris.
Roger analizó aquellas palabras un momento y consideró que no podía estar en desacuerdo con ellas. Su primer impulso al descubrir la casa de labranza fue entrar para echar una ojeada más de cerca y, tal vez, para divertirse un poco con algún hurto. Pero le había parecido peligroso, no tanto para él mismo como para los demás, que se iban acercando y ya no estaban a mucha distancia.
Aunque no lo atraparan —de lo que estaba casi seguro, independientemente del número de monstruos que hubiera dentro— habría tenido que agazaparse y quedarse escondido, de forma que no habría podido avisar a tiempo a la caravana, lo cual habría ocasionado una batalla en condiciones desfavorables.
—Sin duda lo comprendes —prosiguió el elfo.
—Sé lo que hice —replicó Roger secamente.
—Y sabes que obraste bien —dijo Juraviel, y entonces, con una maliciosa sonrisa, añadió—. Aprendes rápido.
Roger frunció el entrecejo mientras clavaba una mirada enojada en el elfo; ciertamente no necesitaba que le recordaran la «lección».
No obstante, la inalterable sonrisa de Juraviel lo desarmó y relegó su orgullo al lugar adecuado. Roger supo entonces que el elfo y él habían llegado a comprenderse. La lección había sido útil, tenía que admitirlo. El coste de un error en aquella situación era mayor que el de su propia vida y, por lo tanto, tenía que aceptar directrices de gente con más experiencia que él. Borró el enojo de su mirada e incluso consiguió inclinar la cabeza y sonreír.
De pronto Juraviel aguzó los oídos, mientras sus ojos escrutaban hacia un lado.
—Alguien se acerca —dijo, y desapareció internándose en la espesura con tanta celeridad que Roger se quedó parpadeando.
El joven se movió aprisa para ponerse a cubierto. Poco después divisó «al que se acercaba», y se tranquilizó al reconocer que se trataba de una mujer de su grupo que también se dedicaba a explorar. La asustó tanto cuando salió de detrás de un árbol, que poco faltó para que ella le clavara la daga en el pecho.
—Algo te ha alarmado —insinuó Roger.
—Un grupo de enemigos —respondió la mujer—. Van hacia el oeste, al sur de donde estamos.
—¿Cuántos son?
—No muchos, tal vez unos cuarenta —contestó.
—¿Y qué clase de enemigos? —exclamó una voz desde las copas de los árboles.
La mujer levantó la vista, aunque sabía que no conseguiría ver al siempre esquivo amigo del Pájaro de la Noche. Sólo unos pocos exploradores expertos habían visto a Juraviel, aunque todos habían oído su voz melódica de vez en cuando.
—Trasgos —respondió—, sólo trasgos.
—En ese caso, regresa a tu sitio —le pidió el elfo—. Encuentra al siguiente explorador, y éste al siguiente, y así sucesivamente para que todos estén advertidos de la forma más rápida posible.
La mujer asintió y se alejó corriendo.
—Podríamos dejarlos pasar —propuso Roger a Juraviel cuando éste se dejó ver en una rama más baja.
El elfo no lo miró; estaba oteando a lo lejos.
—Vuelve y dile al Pájaro de la Noche que prepare una sorpresa —le ordenó.
—Según lo dicho por el propio Pájaro de la Noche, no tenemos que entrar en combate —arguyó Roger.
—Sólo son trasgos —repuso Juraviel—. Y si forman parte de una banda mayor, podrían rodearnos y vencernos rápidamente. Dile al Pájaro de la Noche que insisto en que ataquemos.
Roger se quedó mirándolo, y por un momento el elfo pensó que no iba a cumplir la orden. Eso era precisamente lo que Roger estaba pensando. Sin embargo, el joven se tragó la respuesta, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se fue corriendo.
—¡Roger! —lo llamó Juraviel, deteniéndolo antes de que hubiera dado cinco zancadas. El muchacho se volvió y lo miró—. Dile al Pájaro de la Noche que éste era tu plan, y que yo lo apruebo por completo. Dile que crees que debemos atacar rápido y duro a esos trasgos; te toca a ti defender el plan.
—Pero sería una mentira —protestó Roger.
—¿De veras? —le preguntó el elfo—. Cuando oíste hablar de trasgos, ¿acaso lo primero que pensaste no fue que deberíamos atacarlos? ¿Acaso no ha sido sólo tu respeto a las palabras del guardabosque lo que te ha impedido decirlo?
El joven se mordió los labios mientras analizaba aquellas palabras y la sencilla verdad que encerraban.
—No hay nada malo en el hecho de no estar de acuerdo —prosiguió Juraviel—. Has demostrado repetidas veces que tu opinión en estos temas es realmente valiosa, y el Pájaro de la Noche lo comprenderá, tanto como Pony, o como yo mismo.
De nuevo Roger se dio la vuelta y echó a correr; esta vez con notable vivacidad.
—¡Mi niña! —chilló la mujer—. ¡Oh, no le hagan daño, se lo ruego!
—¿Duh? —preguntó un trasgo a su líder, mientras se rascaba la cabeza al oír aquella voz inesperada. La banda había llegado de los Páramos y no era muy versada en el conocimiento de la lengua del país. No obstante, de su relación con los powris habían aprendido lo suficiente para comprender vagamente el significado general.
El jefe de los trasgos vio que la banda se rebullía con ansiedad. Estaban sedientos de sangre, pero sin coraje para entablar batalla alguna, y al parecer lo que les había caído ahora entre las manos era una presa fácil. La luna llena rompió, al fin, el manto de nubes que cubría el cielo y su brillante luz iluminó la noche.
—Por favor —prosiguió la mujer, invisible todavía para los trasgos—. Son sólo unos niños.
Era lo que les faltaba por oír; antes de que el jefe de la banda diera la orden, salieron en estampida y corrieron por el bosque; todos querían presumir de ser el primero en cobrarse una víctima.
Otro grito se oyó entre las sombras, pero no parecía cercano. Los trasgos continuaron su ciega carrera: aplastaban arbustos y tropezaban con raíces, pero se incorporaban de nuevo para seguir corriendo. Al fin llegaron a un pequeño claro bordeado en su parte posterior por unas cuantas rocas, a la izquierda por un grupo de pinos y a la derecha por una equilibrada mezcla de robles y arces.
Desde algún lugar situado detrás de aquellos pinos llegó la voz de la mujer, pero ahora cantaba y no parecía tan angustiada:
Trasgos, trasgos, a todo correr,
canciones a los bardos lleváis.
Vuestra locura os ha hecho cantar
pero todos vosotros ese día moriréis.
—¿Duh? —preguntó de nuevo el trasgo al jefe.
Otra voz, melodiosa y clara, la voz de un elfo, retomó la improvisada melodía desde algún lugar bajo la sombra de un roble.
Muertos por flechas, muertos por espadas,
atrapados por magias, el peaje está pagado.
De todas las personas que fueron asesinadas,
por vuestras sucias manos
al recorrer estas tierras,
nos vengamos, limpiamos la noche,
y el amanecer una gran luz traerá.
Inmediatamente llegaron más versos a los oídos de los confundidos monstruos, ya que otras voces retomaron la canción; algunas estrofas eran coreadas por sonoras carcajadas, en particular las que insultaban a los trasgos. Por último, una voz resonante y potente intervino en un tono pausado y mortalmente grave. Se produjo un profundo silencio en todo el bosque, que pareció hecho adrede para escuchar aquellas palabras:
Por vuestra propia maldad os ha llegado la hora.
Y ante mis manos y mi poder,
no imploréis gracia, la sentencia está dictada.
Hasta el último de vosotros caerá.
Cuando terminó, el hombre hizo salir a su negro y reluciente semental de entre las sombras de las rocas y apareció ante la vista de los asombrados trasgos.
—El Pájaro de la Noche —murmuró más de una criatura. Entonces todos comprendieron que estaban irremisiblemente condenados.
Desde un monte no lejos de allí, Connor Bildeborough observaba el espectáculo con interés. Aquella primera voz, la de mujer, lo obsesionaba: era una voz que había oído durante muchos y maravillosos meses.
—Os daría la oportunidad de rendiros —dijo el guardabosque a los trasgos—. Pero lamento no tener sitio para colocaros ni la menor confianza en vuestros instintos nauseabundos.
El jefe de los trasgos avanzó audazmente una zancada, sujetando el arma con firmeza.
—¿Eres el jefe de esta harapienta banda? —le preguntó el guardabosque.
No hubo respuesta.
—¡Qué impertinencia! —gritó el Pájaro de la Noche apuntando con el dedo a la cabeza del trasgo protegida con un casco—. ¡Muere! —ordenó.
La brutal respuesta sobrecogió a todos los trasgos, que inmediatamente se quedaron de piedra al ver cómo la cabeza de su líder se separaba violentamente de su cuerpo, y el poderoso trasgo, que los había intimidado hasta conseguir una posición preeminente en la banda, caía muerto.
—¿Y ahora quién es el jefe? —preguntó amenazador el guardabosque.
Los trasgos emprendieron una frenética y desordenada huida; la mayoría se dio la vuelta en un intento de alejarse por donde habían venido. Pero el grupo del Pájaro de la Noche no había permanecido inactivo durante los minutos de la burlona canción, y un potente contingente de arqueros había tomado posiciones en el bosque situado detrás de los monstruos. Cuando éstos se dieron la vuelta hacia los árboles, se encontraron con una lluvia de puntiagudas flechas y, al tratar de escapar por otro lado, la fulminante descarga de un rayo atronó desde los pinos, los cegó a todos y mató a varios.
El Pájaro de la Noche y sus guerreros se lanzaron a la carga contra la confusa y desorganizada banda.
También Connor Bildeborough se lanzó a la carga, empuñando Defensora, pues ya había oído y visto lo suficiente. Galopó a toda velocidad hacia el campo de batalla; el nombre de Jilly palpitaba en sus labios.
El Pájaro de la Noche parecía estar siempre donde hacía más falta, animando a sus soldados cuando la situación indicaba que los trasgos podían obtener alguna ventaja.
Desde el roble, Belli'mar Juraviel, cuyo pulso era tan acertado como su vista, acribillaba a los monstruos con sus pequeñas flechas, siempre dirigidas a los que estaban luchando cuerpo a cuerpo.
Al otro lado del camino, Pony reservaba su magia y sus fuerzas con la convicción o, mejor dicho, con el temor de que no tardaría en necesitar los poderes curativos de la piedra del alma.
Cuando llegó cerca del claro, Connor quedó vivamente impresionado. ¡Aquellos combatientes no eran chusma! Los rayos, las flechas, la perfecta sincronización de la emboscada, le hicieron pensar que si los soldados del rey estuvieran tan bien adiestrados, aquella guerra habría terminado tiempo ha.
Esperaba encontrar a Jilly al llegar al claro, pero la mujer no estaba allí, y Connor no podía dedicarse a buscarla. Había llegado el momento de servirse de la espada: espoleó a Piedra Gris para que diera una corta carrera, acuchilló a un trasgo sobre la marcha y luego pisoteó pesadamente a otro que había derribado a un hombre.
El caballo tropezó y Connor salió despedido de la silla y se estrelló violentamente contra el suelo. Pero la caída no tuvo mayor importancia, puesto que no sufrió ningún golpe peligroso, y en un instante ya estaba en pie y con la espada lista.
Sin embargo, no tenía la suerte de cara, pues varios trasgos habían elegido aquel sitio para escapar y Connor se encontró solo entre ellos y el bosque. Levantó la espada y, con bravura, adoptó una posición defensiva mientras dirigía sus pensamientos hacia las magnetitas para activar su poder de atracción.
Un trasgo intentó acuchillarle con su espada, pero Defensora le salió al paso con facilidad: las hojas chocaron bruscamente. Cuando el trasgo trató de retirar su arma, comprobó que su hoja parecía estar pegada a la espada del noble.
Un hábil giro y un rápido movimiento de Defensora, combinados con la liberación de la magia de la magnetita, enviaron por los aires la espada del trasgo.
Pero Connor distaba mucho de hallarse a salvo, ya que otros trasgos se le estaban acercando; muchos llevaban gruesos palos de madera en lugar de armas metálicas.
Una pequeña flecha silbó desde detrás de Connor y se clavó en el ojo de un trasgo. Antes de que el noble pudiera echar un vistazo hacia atrás para descubrir el origen del disparo, apareció ante él el guerrero a horcajadas del semental, con la magnífica espada reluciendo con una mágica luz propia.
Los trasgos se dieron la vuelta entre gritos de «¡El Pájaro de la Noche!» y «¡Maldición!». Con tal de huir de aquellos dos hombres, al parecer, preferían dirigirse hacia las espadas que blandían otros cuarenta.
En cuestión de minutos la lucha había terminado, y los heridos —no muchos, y sólo uno o dos de gravedad— fueron acomodados enseguida en la parte norte del bosque, bajo los pinos.
Connor se acercó a su caballo y le examinó con cuidado las patas; dio un profundo suspiro de alivio al comprobar que el maravilloso Piedra Gris no sufría ningún daño de consideración.
—¿Quién eres? —le preguntó el hombre montado en el semental, mientras se acercaba. Su tono no era amenazador, ni siquiera receloso.
Al levantar la vista, Connor se vio rodeado por muchos guerreros que lo observaban llenos de curiosidad.
—Perdónanos, pero no abundan los aliados tan lejos de las ciudades —añadió el guardabosque con calma.
—Podría decirse que soy un amigo de Palmaris —contestó Connor—; he salido a cazar trasgos.
—¿Solo?
—Cabalgar solo tiene sus ventajas —respondió Connor.
—Bienvenido —dijo Elbryan. Desmontó de Sinfonía, avanzó hasta situarse ante Connor y le estrechó con firmeza la mano—. Tenemos comida y bebida, pero no nos detendremos mucho rato; nos dirigimos a Palmaris y tenemos previsto emplear las horas nocturnas para aprovechar nuestra ventaja.
—Eso parece —dijo Connor secamente, mirando a los numerosos trasgos muertos.
—Nos agradaría que vinieras con nosotros —declaró Elbryan—; sería un honor y una gran deferencia.
—No he demostrado ser un gran luchador en esta batalla —admitió Connor—. Sobre todo comparado con el llamado Pájaro de la Noche —añadió dedicando una sonrisa al guardabosque.
Elbryan se limitó a sonreír y echó a andar; Connor se le puso al lado. El guardabosque se dirigió hacia donde estaba el primer muerto, el trasgo que lideraba la banda, se inclinó y le quitó el doblado y desgarrado casco.
—¿A qué distancia está la ciudad? —preguntó un hombre joven y delgado.
—A tres días —repuso Connor—. Cuatro, si encontráis a alguien que os retrase.
—Cuatro, entonces —concluyó Roger.
Connor dirigió su mirada primero a Roger y después al guardabosque en el preciso momento en que el corpulento hombre extraía una gema del aplastado casco del trasgo.
—O sea que tú eres el que tienes poderes mágicos —dedujo el noble.
—Yo no —replicó Elbryan—; puedo utilizar las piedras hasta cierto punto, pero eso no es nada comparado con lo que puede hacer quien tiene verdaderos poderes.
—¿Una mujer? —preguntó Connor sin aliento.
Elbryan se dio la vuelta, se incorporó y miró a Connor cara a cara; éste se dio cuenta de que había tocado alguna fibra sensible del guardabosque y lo había inquietado tan profundamente como una amenaza. A pesar de su impaciencia, Connor fue lo bastante prudente para olvidarse del asunto por el momento; aquella gente, por lo menos los conocedores de magias, eran unos proscritos a los ojos de la iglesia, y tal vez lo sabían y recelaban ante cualquiera que hiciera demasiadas preguntas.
—He oído la canción de la mujer —prosiguió Connor, desviando sus reales intenciones—. Soy noble y ya había visto magias antes, pero jamás había sido testigo de tan magnífica exhibición.
Elbryan no contestó, pero su rostro se suavizó en cierto modo. Miró alrededor para comprobar que los refugiados estuvieran acabando de forma eficiente con los sufrimientos de los trasgos que no habían sucumbido a las heridas, y luego se dedicó a buscar todas las provisiones que pudo encontrar entre los muertos.
—Ven —le indicó al forastero—; tengo que conseguir que la gente se prepare para reanudar la marcha.
Condujo a Connor —Roger los seguía de cerca— al interior del bosque, hacia una zona de sotobosque poco espeso, donde varias fogatas iluminaban las tareas de la gente. Al resplandor de una de ellas Connor la vio.
Jilly estaba trabajando con los heridos. Su Jilly, tan bella —más bella— como cuando vivía en Palmaris, antes de la guerra, antes de todo aquel dolor. El pelo rubio le llegaba ahora hasta los hombros, y era tan espeso que Connor sentía que podría perderse en su interior. Incluso bajo la débil luz de las fogatas, sus ojos tenían un precioso color azul brillante y una gran viveza.
El color se esfumó del hermoso rostro de Connor, que se adelantó a Elbryan y caminó hacia ella como deslumbrado.
El guardabosque lo alcanzó en un instante y lo cogió por el brazo.
—¿Estás herido? —le preguntó Elbryan.
—La conozco —replicó Connor sin aliento—. La conozco.
—¿Pony?
—Jilly.
El guardabosque seguía sujetándolo con fuerza, con mayor fuerza; lo obligó a encararse con él y lo miró a los ojos. Elbryan sabía que Pony se había casado con un noble en Palmaris y que su matrimonio había acabado de forma desastrosa.
—Tu nombre, señor —inquirió el guardabosque.
El noble se enderezó.
—Connor Bildeborough de Chasewind Manor —contestó con tono enérgico.
Elbryan no supo cómo reaccionar. Por una parte quería pegarle un puñetazo, derribarlo, ¿acaso porque había hecho daño a Pony? No, ésa no era la razón, tuvo que admitir el guardabosque ante sí mismo ya que no abiertamente. Quería pegar a Connor por sus tremendos celos, porque, al menos durante un tiempo, aquel hombre había encontrado un lugar en el corazón de Pony. Tal vez ella no hubiera estado enamorada de Connor del mismo modo que ahora lo estaba de él; era posible que su relación ni siquiera hubiera llegado a consumarse, pero era indudable que Connor Bildeborough le había importado mucho, pues ¡había llegado a casarse con él!
El guardabosque cerró los ojos unos instantes, intentando centrarse y calmarse. Tenía que considerar cómo se sentiría Pony si ahora la emprendía a golpes contra aquel hombre. Tenía que considerar cómo se sentiría ella por el solo hecho de ver a Connor Bildeborough.
—Es mejor que esperemos a que termine con los heridos —repuso con calma.
—Debo verla y hablar con ella —tartamudeó Connor.
—En detrimento de los que acaban de luchar contra los trasgos junto a ella —afirmó el guardabosque con firmeza—; sería distraerla, maese Bildeborough, y el trabajo con las piedras requiere una concentración absoluta.
Connor miró de nuevo a la mujer, incluso dio un paso hacia ella, pero el guardabosque tiró insistentemente de él hacia atrás con una fuerza que lo asustó. Se dio la vuelta para encararse con Elbryan, pero comprendió que tendría que esperar para ver a Jilly, pues aquel hombre, si fuera preciso, lo alejaría de ella a rastras.
—En menos de una hora ya habrá acabado —dijo Elbryan—. Entonces podrás verla.
Connor examinó la cara del guardabosque mientras éste le hablaba; hasta aquel momento no se había dado cuenta de que había algo más que amistad entre aquel hombre y la mujer que había sido su esposa. Analizó a Elbryan a la luz de esta nueva observación y se imaginó cómo sería si llegaban a las manos.
La perspectiva no le gustó en absoluto.
Así pues, siguió al guardabosque mientras éste se ocupaba de los preparativos de la marcha. Connor miraba a menudo hacia Jill, y lo mismo hacía el Pájaro de la Noche; ninguno de los dos dudaba de que ambos estaban pensando lo mismo. Finalmente, Connor se separó del guardabosque y se dirigió al extremo más alejado del campamento, a fin de que hubiera la mayor distancia y el mayor número de personas posibles entre él y Jill. Verla, darse cuenta de que otra vez estaba tan cerca había acabado por serenarlo; había sobrepasado los recuerdos agradables hasta llegar a aquella noche horrible, la noche de bodas, cuando poco faltó para que violara a su poco dispuesta esposa. Después había pagado para que se anulara el matrimonio y había presentado cargos contra Jill por haberlo rechazado, una acusación que había separado a la chica de su familia y la había obligado a ingresar en el ejército del rey. ¿Cómo se sentiría al volver a verlo?, se preguntaba con preocupación, pues Connor no podía creer que la muchacha correspondiera a su melancólica sonrisa.
Llevaban en la carretera poco menos de media hora cuando, por fin, Connor hizo acopio de fuerzas y cabalgó hasta situarse al lado de la mujer, que iba montada en Sinfonía; el guardabosque iba a su lado.
Elbryan fue el primero que lo vio acercarse. Miró a Pony y sostuvo la mirada de la mujer.
—Puedes contar conmigo para darte soporte —dijo—, para cualquier cosa que necesites de mí, incluso si eso significa que deba dejarte sola.
Pony lo miró con curiosidad, sin comprender; luego oyó el ruido de los cascos del caballo. Sabía que en la batalla se les había unido un forastero, un noble de Palmaris, pero Palmaris era una ciudad grande y jamás había imaginado que aquello pudiera ocurrir...
Connor.
Poco faltó para que Pony se cayera de Sinfonía al verlo; le flaquearon los brazos y las piernas y se le revolvió el estómago. Las negras alas del dolor del pasado se desplegaron sobre su cabeza y amenazaron con enterrarla. Era una parte de su vida que no quería rememorar, unas vivencias que deseaba olvidar. Había sobrevivido a aquella aflicción, incluso había madurado al hacerlo, pero no deseaba revivirla, y mucho menos en aquel momento ante un futuro tan incierto y tan lleno de retos.
Pero no pudo evitar aquellas imágenes. Había sido tumbada como un animal, le habían arrancado la ropa y le habían sujetado brazos y piernas. Y entonces, cuando él, el hombre que le había declarado su amor, no pudo consumar el acto, la había echado sin contemplaciones del dormitorio. Pero no se contentó con eso, pues ese hombre, esa figura galante y apuesta en su acicalado caballo, provisto de un enjoyado cinto para la espada y de vestidos confeccionados con las más finas telas, había ordenado a las dos criadas que fueran a su cama para divertirlo, disparando cruelmente la flecha en lo más profundo de su corazón.
Y allí estaba a su lado, a horcajadas sobre el caballo, con una sonrisa que le iluminaba su innegablemente agraciado rostro.
—Jilly —exclamó, dominado por la emoción.
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4
En las entrañas de Saint Mere Abelle
—¿Vas a permitir que tu amado esposo sea torturado a causa de una proscrita como tu hija adoptiva? —preguntó el padre abad Markwart a la pobre mujer.
Pettibwa Chilichunk ofrecía un aspecto lamentable. Bolsas moradas le rodeaban los ojos y parecía que la piel le sobraba por todas partes, pues no había dormido más que unas pocas horas en muchos días desde de que Grady había muerto en la carretera. Pettibwa había sido durante muchos años una mujer gruesa, pero siempre había llevado sus redondeadas formas con gracia y con unos andares ligeramente presumidos. Ya no. Durante aquellos días en que caía al suelo de puro cansancio, acababa por despertarse a causa de horribles pesadillas o de sus raptores, los cuales parecían ser tan perversos como el peor de los sueños imaginables.
—Primero le cortaremos la nariz —prosiguió el padre abad—, justo por aquí —añadió, al tiempo que se pasaba el dedo por el abocinado pliegue de una ventana de la nariz—. Por supuesto, la horripilante cicatriz convertirá al pobre Graevis en un proscrito por siempre jamás.
—¿Por qué motivo haría usted semejante cosa, si pretende ser un hombre de Dios? —gritó Pettibwa. Sabía que el anciano no estaba mintiendo, que cumpliría estrictamente sus amenazas. Lo había oído sólo hacía unos minutos en la sala contigua, en las bodegas situadas en el ala más al sur de Saint Mere Abelle, una zona usada antiguamente como almacén y ahora destinada a albergar a los dos Chilichunks y a Bradwarden. Markwart se había encargado primero de Graevis, y Pettibwa oyó los gritos de dolor con toda claridad a través del muro de tierra. Ahora la mujer gimoteaba y hacía la señal sagrada de los árboles de hoja perenne, el símbolo de la iglesia abellicana.
Markwart se mantenía impenitente e impertérrito. De repente, avanzó con energía y acercó tanto su rostro impúdico a la cara de Pettibwa que entre ambos apenas cabía un cabello.
—¡Por qué, preguntas! —rugió— ¡Por tu hija, estúpida mujer! ¡Por que la maligna alianza de tu querida Jilly con el herético Avelyn podría significar el fin del mundo!
—¡Jilly es una buena chica! —le chilló Pettibwa— Ella nunca haría...
—¡Pues lo ha hecho! —la interrumpió Markwart, refunfuñando a cada palabra— Ha robado las gemas, y haré todo lo necesario, pobre Graevis, para recuperarlas. Entonces podrás contemplar a tu desfigurado y proscrito marido y saber que tu propia estupidez ha condenado a tu hombre del mismo modo que condenó a tu hijo.
—¡Usted lo mató! —gritó Pettibwa llorando a lágrima viva—. ¡Usted mató a mi hijo!
Markwart dejó ver en su rostro una absoluta y pétrea frialdad, que pareció paralizar a la mujer, prisionera de su mirada.
—Te aseguro —dijo el padre abad en tono neutro— que tu marido, y luego tú, no tardaréis en envidiar a Grady.
La mujer gimió y cayó hacia atrás, y habría ido a parar al suelo si el hermano Francis, que estaba detrás, no la hubiera sostenido.
—Oh, ¿qué quiere de la pobre Pettibwa, padre? —gritó la mujer—. ¡Se lo diré, se lo diré!
Una sonrisa perversa se dibujó en la cara del padre abad, aunque se había ilusionado con la idea de cortarle la nariz al estúpido Graevis.
Saint Mere Abelle estaba cerrada a cal y canto; guardias, monjes jóvenes armados con ballestas y algún estudiante más veterano provisto de gemas poderosas, grafito o rubí, patrullaban por todas las secciones de la muralla. No obstante, maese Jojonah, al que todos conocían y casi todos querían, no tuvo el menor problema para entrar en la abadía.
La noticia de su llegada le había precedido y poco después de entrar en el vestíbulo principal se encontró con el hermano Francis, que mostraba una actitud muy poco afable; también se hallaban allí muchos otros monjes, muertos de curiosidad por conocer la causa del regreso de Jojonah.
—El padre abad quiere hablar contigo —dijo el joven monje con brusquedad. Mientras hablaba no dejó de mirar alrededor, como si se dirigiera al auditorio para dejarles muy claro cuál de ellos, él o Jojonah, contaba con el favor de Markwart.
—Pareces haber olvidado el debido respeto a tus superiores —replicó maese Jojonah sin retroceder ni un milímetro.
Francis resopló y se dispuso a contestarle, pero Jojonah le cortó en seco.
—Te prevengo, hermano Francis —dijo con gravedad—; estoy enfermo. He pasado demasiado tiempo en la carretera y demasiado tiempo en esta vida. Sé que te crees el hijo adoptivo del padre abad Markwart, pero si continúas con esta actitud hacia quienes han alcanzado un rango superior al tuyo, hacia quienes por sus años de estudio y por la sabiduría propia de la edad se merecen tu respeto, te llevaré ante la asamblea de abades. El padre abad Markwart allí podrá protegerte, en última instancia, pero su turbación será considerable, tanto como su venganza contra ti.
El vestíbulo quedó sumido en un silencio mortal; maese Jojonah se abrió paso ante un atónito hermano Francis y se marchó. No necesitaba escolta para llegar a los aposentos de Markwart.
El hermano Francis reflexionó un buen rato, mientras notaba cómo los demás monjes de la sala de repente empezaban a mirarlo con cierto aire de superioridad. Les respondió con una dura mirada amenazadora, pero, al menos por el momento, maese Jojonah había dejado a aquel perro ladrador sin posibilidad de morder. Francis salió precipitadamente del vestíbulo principal sintiendo las miradas de sus subordinados clavadas en él.
Maese Jojonah entró en la habitación del padre abad sin apenas llamar. Empujó la puerta entornada y se dirigió directamente al escritorio del anciano.
Markwart apartó algunos papeles que había estado estudiando y se recostó en la silla, midiéndolo con la mirada.
—Te encargué un asunto muy importante —especificó el padre abad—; es imposible que hayas tenido tiempo de acabar tu misión en Ursal y regresar.
—Ni me he acercado a Ursal —admitió Jojonah—; caí enfermo por el camino.
—No pareces tan enfermo —observó Markwart en un tono no precisamente amable.
—Durante el viaje encontré a un hombre que me informó de la tragedia de Palmaris —explicó maese Jojonah con la mirada clavada en Markwart. Mientras hablaba, intentaba averiguar si el padre abad le daba inadvertidamente alguna pista de que la muerte del abad Dobrinion no había sido inesperada.
El anciano era demasiado avispado para caer en tal descuido.
—No hubo tal tragedia —replicó—; la cuestión quedó zanjada con el barón de forma amistosa y se le devolvió a su sobrino.
Una astuta mueca apareció en el rostro de Jojonah.
—Me refería al asesinato del abad Dobrinion —dijo.
Markwart abrió los ojos como platos y se inclinó hacia adelante.
—¿Dobrinion? —repitió.
—Entonces la noticia no ha llegado a Saint Mere Abelle —dedujo Jojonah, continuando la evidente farsa—; menos mal que he vuelto.
El hermano Francis entró atropelladamente en la habitación.
—Sí, padre abad —prosiguió Jojonah, sin hacer caso del recién llegado—. Powris o, como mínimo, un powri entró en Saint Precious y asesinó al abad Dobrinion.
Detrás de él, el hermano Francis profirió un grito sofocado y a maese Jojonah le pareció que la noticia era una auténtica sorpresa para el joven monje.
—Tan pronto como me enteré, naturalmente, emprendí el regreso a Saint Mere Abelle —prosiguió Jojonah—. Debemos procurar que no nos cojan desprevenidos; parece lógico pensar que nuestros enemigos han seleccionado a su presa y, si el abad Dobrinion era un objetivo, la deducción obvia es que el padre abad de la orden abellicana...
—Ya basta —lo interrumpió Markwart, apoyando la cabeza en los brazos. Se daba cuenta de lo que acababa de suceder: comprendió que Jojonah, siempre tan inteligente, había vuelto su fingida sorpresa contra él, había justificado su retorno incuestionable a Saint Mere Abelle—. Has hecho bien en regresar —dijo Markwart instantes después, volviendo a mirarlo—. Y, desde luego, ha sido una tragedia que el abad Dobrinion tuviera tan prematuro fin. Pero tu trabajo aquí ha terminado, por lo tanto prepárate de nuevo para emprender viaje.
—No estoy en condiciones físicas de ir a Ursal —repuso Jojonah. Markwart fijó su mirada en él con incredulidad—. Y, además, creo que ahora ya no tiene sentido, dada la pérdida del principal patrocinador de la canonización del hermano Allabarnet. Sin el apoyo de Dobrinion, el proceso se demorará durante varios años, por lo menos.
—Si te ordeno que vayas a Saint Honce, irás a Saint Honce —replicó Markwart, cuya ira empezaba a aflorar bruscamente en su expresión.
Pero maese Jojonah no dio su brazo a torcer.
—Por supuesto, padre abad —repuso—. Y de acuerdo con el código de la orden abellicana, cuando encuentres alguna justificación para enviar a un padre enfermo a recorrer medio reino, aceptaré ir de buen grado. Pero ahora no hay ninguna razón para ello, ninguna justificación. Alégrate simplemente de que haya podido regresar a tiempo de prevenirte del posible peligro de los powris.
Jojonah giró de forma súbita sobre sus talones y, sonriendo afectadamente, se encaró con el hermano Francis.
—Un paso atrás, hermano —le dijo majestuosamente.
Francis miró más allá de él, hacia el padre abad Markwart.
—Este monje joven está peligrosamente cerca de ser convocado a un proceso ante la asamblea de abades —dijo Jojonah sin inmutarse.
Detrás de él, el padre abad Markwart hizo señas al hermano Francis para que se apartara y dejara pasar al padre. Cuando Jojonah ya se había ido, Markwart hizo un signo al confuso monje para que cerrara la puerta.
—Deberías haberlo enviado de nuevo a la carretera —argumentó enseguida el hermano Francis.
—¿Porque a ti te conviene? —replicó con sarcasmo Markwart—. Yo no soy el supremo dictador de la orden abellicana, sino sólo el sumo jerarca que han nombrado y estoy obligado a actuar de acuerdo con las reglas previstas. No puedo sin más obligar a un padre, sobre todo si está enfermo, a emprender un viaje.
—Bien lo hiciste antes —osó responder el joven monje.
—Había una razón —explicó Markwart levantándose de la silla y dando la vuelta a la mesa—. El proceso de canonización era bien real, pero maese Jojonah está en lo cierto cuando afirma que el abad Dobrinion era su principal patrocinador.
—¿Y es verdad que el abad Dobrinion ha muerto?
Markwart dirigió una mirada agria al joven.
—Eso parece —replicó—. Y, por consiguiente, maese Jojonah hizo bien en volver a Saint Mere Abelle, y está en su derecho de rechazar ahora un nuevo viaje.
—No parecía tan enfermo —comentó el hermano Francis.
Markwart apenas lo escuchaba. Las cosas no se habían desarrollado como las había previsto; quería que Jojonah se encontrara en Saint Honce de Ursal mucho antes de que se enterara de la muerte del abad. Luego, habría comunicado al abad Je'howith que podía disponer libremente del padre, nombrándolo para algún cargo temporal en Saint Honce; un cargo temporal que Markwart tenía la intención de que durase hasta que el rechoncho monje hubiera muerto. Pero la situación no le parecía tan terrible. Jojonah era una espina clavada, que probablemente día a día se haría más punzante, pero al estar cerca de él, por lo menos, podía controlarlo.
Por otra parte, Markwart no se inquietaba fácilmente. Al menos, Youseff y Dandelion habían realizado parte de su misión en Palmaris; sin duda, la más peligrosa. Según las propias palabras de Jojonah, las culpas habían recaído en un powri. Un formidable enemigo había sido eliminado y el otro no tenía pruebas de que Markwart hubiera estado implicado. Lo único que el padre abad necesitaba ahora era recuperar las gemas robadas y su posición quedaría consolidada. Con Jojonah podría negociar y, si era preciso, podría destruirlo.
—Intentaré establecer contacto con los hermanos Justicia —propuso el hermano Francis—. Debemos mantenernos al corriente de sus progresos.
—¡No! —exclamó Markwart repentina y ásperamente—. Si el ladrón de las piedras está alerta, podría detectar ese contacto —mintió, sintiendo la mirada suspicaz del hermano Francis. De hecho, Markwart quería utilizar una piedra del alma para hablar personalmente con Youseff y Dandelion; no quería que nadie más, ni siquiera el hermano Francis, estableciera contacto con ellos tal vez para averiguar sus andanzas en Palmaris.
—No pierdas de vista ni por un momento a maese Jojonah, ni nada de lo que diga —ordenó a Francis—. Y ten cuidado también con su colega, el hermano Braumin Herde. Quiero saber con quiénes hablan en su tiempo libre; hazme una lista completa.
El hermano Francis vaciló unos instantes antes de manifestar con un gesto que lo había comprendido. Se dio cuenta de que le rondaban demasiadas cosas por la cabeza, cosas de las que apenas sabía nada. Pero de nuevo, como era característico de su personalidad, vio la oportunidad de impresionar al padre abad, vio que su carrera personal podía progresar y se propuso no fallar.
La noticia no desconcertó tanto al padre abad Markwart como el hermano Youseff había temido. Connor Bildeborough había escapado y no había forma de encontrarlo. Había desaparecido en las entrañas de la ciudad, o tal vez se había ido hacia el norte.
Id en busca de las gemas, ordenó telepáticamente Markwart al joven monje, al tiempo que le proporcionaba un detallado retrato de la mujer que respondía a los variados apelativos de Jill, Jilly, Pony y Gata Extraviada. Pettibwa había resultado de mucha utilidad aquella mañana. Olvidad al sobrino del barón.
Tan pronto como recibió la respuesta de Youseff indicando que lo había entendido todo, el padre abad, fatigado, cortó la conexión y dejó que su espíritu regresara a su propio cuerpo.
Pero había algo más...
Otra presencia, temía Markwart, pensando que la mentira que le había contado al hermano Francis sobre la detección de la magia de la piedra del alma por parte de la protegida de Avelyn podría serlo mucho menos de lo que en un principio había pensado.
No obstante, se relajó enseguida, pues logró identificar esa presencia como una parte de su propio subconsciente. Los monjes habían utilizado tradicionalmente las piedras del alma como método de meditación y de introspección más profundas, aunque rara vez se hacía en la actualidad; y a Markwart le pareció que sin querer había avanzado de forma titubeante por aquel camino.
De modo que siguió aquel rumbo hacia su destino, pensando que se estaba aproximando a sus sentimientos más íntimos, pensando tal vez que en aquel estado podría encontrar los tan necesarios momentos de prístina claridad.
En su mente vio a maese Jojonah y al otro monje más joven, el hermano Braumin Herde, conspirando contra él. Desde luego, Markwart no se sorprendió; ¿no acababa de decirle al hermano Francis que no les quitara la vista de encima?
Pero entonces algo más apareció en escena: maese Jojonah con un puñado de piedras caminando hacia la puerta, una puerta que Markwart conocía, la propia puerta de Markwart. Y en la mano del padre... grafito.
Jojonah abría la puerta de una patada y lanzaba una tremenda descarga de energía contra el padre abad, que permanecía sentado, inmóvil, en su silla. Markwart sintió aquel repentino destello, la quemadura, la sacudida, su corazón palpitando, su vida que se le escapaba...
A Markwart le costó varios dolorosos segundos separar lo imaginado de lo real, darse cuenta de que se trataba sólo de una visión interior y no de algo que realmente hubiera ocurrido. ¡Hasta ese momento de clarividencia interior jamás había imaginado lo peligrosos que Jojonah y sus perversas cohortes podían ser!
Sí, los vigilaría de cerca y actuaría contra ellos de forma brutal y definitiva en caso necesario.
Pero se harían cada vez más poderosos, le susurraba una voz interior. Al acabar la guerra con una gran victoria, el todavía poco conocido combate en la montaña de Aida se difundiría y se comentaría abiertamente, y, con el impulso de Jojonah, Avelyn Desbris llegaría a ser considerado un héroe. Markwart no podía admitir esa posibilidad y comprendió que tenía que actuar rápidamente contra el recuerdo de aquel ladrón y asesino; era preciso que pintara un retrato nefasto de Avelyn —un retrato que pusiera de manifiesto su alianza con el demonio Dáctilo— para que los rumores se refirieran a las beneficiosas consecuencias de la pelea entre los enemigos en Aida, en lugar de a las heroicas acciones de Avelyn.
Sí, tenía que desacreditar abiertamente al monje y colocarlo en el lugar que como hereje le correspondía en las creencias de la gente y en los anales de la historia de la iglesia.
Markwart salió de repente del trance y entonces advirtió la fuerza con la que apretaba la piedra del alma: los arrugados y viejos nudillos se le habían vuelto blancos por la tensión.
Sonrió ante su inteligencia, que le permitía alcanzar semejantes niveles de concentración; luego metió de nuevo la piedra en el cajón secreto del escritorio. Se sentía mucho mejor; no le preocupaba en absoluto que, al parecer, el molesto Connor hubiera escapado, pues aquel hombre ya no podía hacerle daño en ningún caso. Dobrinion, la verdadera amenaza en Palmaris, había sido eliminado, y ahora Markwart comprendía la auténtica naturaleza de Jojonah y de sus acólitos. Tan pronto como los hermanos Justicia le entregaran las piedras, su propia posición estaría asegurada, y desde tal posición de poder, Markwart sabía que resolvería con facilidad cualquier problema que Jojonah le ocasionara. Sí, decidió; pronto empezaría el ataque preventivo contra Jojonah; hablaría con Je'howith, amigo suyo desde hacía muchos años y hombre tan dedicado a la preservación de la orden como él, y, según creía, mediante la influencia del abad de Saint Honce podría conseguir la ayuda del rey.
Al otro lado de la interrumpida conexión, el espíritu de Bestesbulzibar, el demonio Dáctilo, estaba satisfecho. El supuesto director espiritual del género humano estaba en sus manos y aceptaba los preceptos que Bestesbulzibar le infundía como si fueran sus propios pensamientos y creencias.
El demonio estaba resentido por el desastre de Aida, por la pérdida de su forma corpórea —que todavía no sabía de qué manera podría sustituir o recuperar—, pero al manejar como un títere al padre abad de la iglesia abellicana, la institución que siempre había sido el mayor enemigo del demonio, encontraba una agradable distracción que le permitía olvidar la derrota.
Casi.
—¿Por qué estamos aquí abajo? —preguntó el hermano Braumin mientras observaba nerviosamente las vacilantes sombras proyectadas por su antorcha. Hileras de estantes repletos de antiguos textos polvorientos se apiñaban en torno a los dos hombres; también el techo parecía oprimirlos, pues era bajo y grueso.
—Porque éste es el lugar donde encontraré las respuestas que busco —repuso maese Jojonah sin inmutarse y sin que parecieran afectarlo las toneladas y toneladas de gruesas rocas que se erguían sobre su cabeza.
Maese Jojonah y el hermano Braumin se encontraban en la biblioteca subterránea de Saint Mere Abelle; constituía la parte más antigua de la abadía y se hallaba enterrada a gran profundidad, por debajo de las plantas más recientes, casi al nivel del agua de la bahía de Todos los Santos. De hecho, en los primeros tiempos de la abadía, había habido una salida directa desde las salas de aquella parte a la playa rocosa, un túnel que comunicaba con el corredor y con el rastrillo que maese De'Unnero había defendido del asalto de los powris; pero ese antiguo pasadizo se había cerrado cuando las construcciones nuevas de la abadía fueron creciendo por el lado de la montaña.
—Dado que el abad Dobrinion ha muerto y que el proceso de canonización, como mínimo, se demorará, el padre abad ya no tiene ningún pretexto para hacerme salir de Saint Mere Abelle —explicó Jojonah—. Pero me mantendrá ocupado a todas horas, si encuentra la manera, y sin duda el hermano Francis o algún otro controlarán todos mis movimientos.
—Tal vez el hermano Francis no será tan listo como para bajar hasta aquí —razonó el hermano Braumin.
—Lo será —repuso Jojonah—. De hecho, ya lo ha sido, y no hace mucho. En esas antiguas salas, el hermano Francis encontró los mapas y los textos que nos guiaron en nuestro viaje a Aida. Algunos de esos mapas, amigo mío, fueron dibujados por el mismísimo hermano Allabarnet de Saint Precious.
El hermano Braumin ladeó la cabeza sin comprender del todo.
—Asumiré la dirección de los patrocinadores de la canonización del hermano Allabarnet —explicó maese Jojonah—. Eso me permitirá un margen de maniobra frente a las intromisiones del padre abad, pues sin duda intentará mantenerme ocupado a fin de que apenas me quede tiempo para tramar nada. Cuando proclame públicamente que voy a patrocinar a Allabarnet, el padre abad deberá concederme tiempo o arriesgarse a la enemistad de Saint Precious, por lo que incluso me veré libre de mis obligaciones habituales.
—¿Podrías pasarte la vida aquí abajo? —preguntó con incredulidad el hermano Braumin, pues no veía ventaja alguna en el hecho de recluirse allí.
El monje sintió el impulso repentino de echar a correr hacia la luz del sol o, por lo menos, hacia las salas de la parte superior de la abadía, mejor iluminadas y más acogedoras. Para su gusto, aquel lugar era muy parecido a una cripta; de hecho, había una cripta por allí cerca, en algunas de las salas contiguas. Aún peor, en la esquina más alejada de la biblioteca había un estante de libros muy antiguos, viejos tomos de brujería y magia demoníaca, que la iglesia había prohibido. Todos los ejemplares descubiertos, salvo aquéllos —conservados para que la iglesia pudiera estudiar mejor las obras de sus enemigos—, habían sido quemados. Braumin deseó que no se hubiera conservado ninguno, pues la simple presencia de aquellos tomos antiguos le producía escalofríos, una sensación palpable de la fría maldad.
—Aquí es donde debo estar —explicó maese Jojonah.
El hermano Braumin separó los brazos con una expresión de total incredulidad.
—¿Qué esperas encontrar aquí abajo? —preguntó, dirigiendo inconscientemente la mirada hacia el estante donde estaban aquellos horribles tomos.
—Sinceramente, no lo sé —admitió Jojonah. No le pasó por alto la mirada de Braumin, pero no tenía la menor intención de acercarse a los volúmenes demoníacos. Braumin advirtió que el anciano se dirigía al estante más cercano y con gran reverencia cogía un enorme volumen cuya cubierta estaba casi totalmente desencuadernada—. Sólo sé que aquí, en la historia de la iglesia, encontraré las respuestas.
—¿Respuestas?
—Veré qué vio Avelyn —razonó Jojonah—. Las actitudes actuales de los hombres supuestamente sagrados no pueden ser las mismas que las de los que fundaron nuestra orden. ¿Quién seguiría ahora a Markwart, si no fuera por tradiciones que tienen raíces de mil años o más? ¿Quién adheriría a las doctrinas de los jerarcas de la iglesia abellicana si pudieran ver más allá de su ceguera y reconocieran que esos hombres son simplemente hombres, llenos de faltas en la observancia del más alto mandato de Dios que se supone ellos deberían hacer cumplir?
—Duras palabras, padre —dijo con calma el hermano Braumin.
—Tal vez ha llegado la hora de que alguien las pronuncie —repuso Jojonah—. Son palabras tan duras como las hazañas de Avelyn.
—Las hazañas del hermano Avelyn lo han señalado como ladrón y asesino —le recordó el joven monje.
—Pero ahora sabemos más cosas —se apresuró a contestar Jojonah. Observó de nuevo el antiguo libro y sacó el polvo de la maltrecha cubierta—. Y creo que ellos también sabían más; los fundadores de la orden, los hombres y las mujeres que vieron por primera vez la luz de Dios. Ellos también sabían más.
Jojonah guardó silencio y el hermano Braumin pasó un buen rato intentando asimilar aquellas palabras. No obstante, sabía cuál era su lugar y era consciente de que su papel consistía en poner obstáculos.
—¿Y si tus estudios demuestran que ellos no sabían más que nosotros y que la iglesia es como siempre ha sido? —preguntó.
Sus palabras causaron un fuerte efecto en Jojonah, y el hermano Braumin se asustó al ver cómo se hundían repentina y visiblemente los hombros redondeados del anciano.
—En tal caso habría desperdiciado mi vida —admitió Jojonah—. En tal caso habría seguido un camino desviado que no sería sagrado sino sólo humano.
—También los herejes se han expresado en esos términos —advirtió el hermano Braumin.
Maese Jojonah se dio la vuelta y lo miró fijamente a los ojos, con la mirada más intensa e hipnótica que el inmaculado jamás había visto en el rostro habitualmente alegre del anciano.
—En tal caso esperemos que sean los herejes quienes se expresen incorrectamente —dijo Jojonah con gravedad.
El padre se volvió hacia los textos, y Braumin se entregó de nuevo a sus pensamientos dejando que las palabras penetraran en su interior. Decidió que ya había insistido bastante en aquel punto; maese Jojonah se había embarcado en un viaje sin retorno en pos de una iluminación espiritual que lo conduciría a la justificación o al desespero.
—El hermano Dellman ha estado planteando muchas cuestiones desde que salimos de Saint Precious —comentó el hermano Braumin intentando aligerar la conversación.
Sus palabras suscitaron una sonrisa de complacencia en el rostro de Jojonah.
—Desde luego, la conducta del padre abad en relación con los prisioneros parece fuera de lugar —continuó Braumin.
—¿Prisioneros? —lo interrumpió Jojonah— ¿Los ha traído?
—Los Chilichunk y el centauro —explicó el hermano Braumin—. No sabemos dónde los tiene encerrados.
Maese Jojonah reflexionó. Se dio cuenta de que debía haberlo sospechado, pero la conmoción por la muerte del abad Dobrinion casi le había hecho olvidar a los infortunados prisioneros.
—¿Saint Precious no protestó por el hecho de que se llevaran ciudadanos de Palmaris? —preguntó.
—Según se rumoreaba, el abad Dobrinion no estaba de acuerdo en absoluto —repuso el hermano Braumin—. Hubo una confrontación con los hombres del barón Bildeborough a causa de su sobrino; éste, según todos los informes, estuvo casado con la mujer que acompañó al hermano Avelyn. Y muchos dicen que el abad Dobrinion se había aliado con el barón en contra del padre abad.
Jojonah soltó una risita de impotencia. Desde luego, todo aquello tenía sentido y ahora estaba todavía más seguro de que ningún powri había asesinado al abad Dobrinion. Poco faltó para que se lo dijera al hermano Braumin, pero prudentemente se mordió la lengua al comprender que tan terrible información podría destrozarlo o lanzarlo a una empresa temeraria que le causara la muerte.
—¿El hermano Dellman se ha dado cuenta de lo sucedido? —preguntó— ¿No ha cerrado los ojos ni ha hecho oídos sordos ante la realidad que tenía ante sus propias narices?
—Ha planteado muchas cuestiones —reiteró el hermano Braumin—. Algunas rozaban la crítica abierta al padre abad. Y, naturalmente, todos estamos preocupados por los dos hermanos que no emprendieron el viaje de regreso a Saint Mere Abelle. No es un secreto que gozaban de la más alta consideración del padre abad, y su conducta ha sido incluso tema de conversación entre los hermanos más jóvenes.
—Es conveniente que todos vigilemos estrechamente a los perros de presa del padre abad Markwart —manifestó maese Jojonah con gravedad—. No nos fiemos del hermano Youseff ni del hermano Dandelion. Ahora vete a cumplir con tus obligaciones y no me visites a menos que tus noticias sean de la máxima urgencia. Me pondré en contacto contigo en cuanto tenga oportunidad; me gustará oír los progresos del hermano Dellman. Te ruego que pidas al hermano Viscenti que le ofrezca su amistad. Viscenti está lo bastante lejos de mí como para que sus conversaciones con el hermano Dellman no sean advertidas por el padre abad. Y hermano Braumin, averigua lo que puedas sobre los prisioneros, dónde se encuentran y qué trato reciben.
El hermano Braumin inclinó la cabeza y se dio la vuelta para irse, pero se detuvo al oír que maese Jojonah lo llamaba de nuevo.
—Y ten presente, amigo mío —alertó Jojonah—, que el hermano Francis y algunos otros, que no son tan declaradamente perros de caza del padre abad Markwart, siempre estarán cerca.
Luego maese Jojonah se quedó a solas con los textos antiguos de la orden abellicana; había pergaminos y libros, muchos de los cuales no se leían desde hacía siglos. Jojonah sintió los fantasmas de la iglesia en las criptas contiguas. Estaba a solas con aquella historia, a solas con aquello a lo que había dedicado su vida aceptándolo como guía divina.
Rezó para no resultar defraudado.
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5
Jilly
—Jilly —repitió Connor, con tanta suavidad y ternura como pudo. El rostro de la mujer se quedó a medio camino entre la incredulidad y el horror más absolutos; era la expresión de un chiquillo enfrentado a circunstancias imposibles y terribles.
Elbryan, que observaba a su amada, sólo había visto aquella expresión en una ocasión, en lo alto de la ladera que domina Dundalis por el norte, cuando su primer beso había sido interrumpido por los estertores de agonía de su pueblo. Posó con firmeza una mano en el muslo de Pony para darle ánimo y para sostenerla, pues ciertamente se tambaleaba sobre el amplio lomo de Sinfonía.
Aquel momento pasó; Pony apartó las turbadoras emociones y recuperó la misma resolución interior que la había acompañado en las dificultades a lo largo de tantos años.
—Jilseponie —lo corrigió—. Mi nombre es Jilseponie, Jilseponie Ault —añadió, y lanzó una mirada hacia Elbryan, sacando fuerzas de su infinito amor—; en realidad, Jilseponie Wyndon —rectificó.
—Y en otro tiempo, Jilly Bildeborough —dijo Connor con calma.
—Nunca —espetó la mujer con más brusquedad de la que habría querido—. Borraste ese nombre al proclamar ante la ley y ante Dios que nunca había existido. ¿Le conviene ahora al noble Connor reclamar lo que desechó?
El guardabosque volvió a posar su mano con firmeza sobre Pony para calmarla.
Las palabras de la mujer causaron una profunda impresión a Connor, pero las aceptó al considerar que se las merecía.
—Era joven y alocado —replicó—. Nuestra noche de bodas... tu conducta me hirió, Jilly... Jilseponie —corrigió rápidamente al ver la mueca de Pony—. Yo...
Pony levantó la mano para imponerle silencio y miró a Elbryan. Advirtió lo doloroso que aquello debía resultarle. ¡Realmente no hacía falta que tuviera que soportar el relato de su noche de bodas con otro hombre!
Pero el guardabosque no se inmutó; sus ojos brillantes sólo mostraban comprensión hacia la mujer a la que tanto quería. Ni siquiera dejó que sus ojos verdes reflejaran su enfado con Connor, su enfado por celos, pues sabía que si lo hacía sería injusto con Pony.
—Los dos tenéis mucho de que hablar —dijo—. Y yo tengo que vigilar una caravana.
Dio una palmada en el muslo de Pony, esta vez con ternura, casi alegremente, para demostrarle que estaba seguro de su amor, y se alejó tras dedicarle un guiño juguetón, el gesto más adecuado para rebajar la tensión.
Pony lo observó mientras se alejaba, sintiendo cómo crecía su amor por él. Luego miró alrededor y, al ver que había gente demasiado cerca que podría oírlos, espoleó a Sinfonía para ponerlo al paso. Connor y su montura la siguieron de cerca.
—Aquello no iba contra ti —intentó explicar Connor cuando estuvieron solos—. No quería herirte.
—Me niego a hablar de aquella noche —dijo Pony de modo terminante. Sabía muy bien qué había sucedido; sabía que, desde luego, Connor había tratado de ofenderla, pero únicamente porque ella había herido su orgullo al negarse a hacer el amor con él.
—¿Tan fácilmente puedes olvidarlo? —preguntó él.
—Si la alternativa es explayarse en lo que no necesita explicación alguna y sólo puede traer dolor, entonces, sí —contestó ella—. Lo pasado no es tan importante como lo que tiene que venir.
—Entonces, con el olvido otorga tu perdón —pidió Connor.
Pony lo miró a la cara: observó profundamente sus ojos grises y recordó los tiempos en que habían sido amigos y confidentes, antes de la desastrosa noche de bodas.
—¿Te acuerdas cuando nos vimos por primera vez? —preguntó Connor adivinando su expresión—. ¿Cuando salí al callejón para protegerte y me encontré con una lluvia de canallas que se me venían encima?
Pony consiguió sonreír; había buenos recuerdos, muchos buenos recuerdos mezclados con el definitivo y doloroso final.
—Nunca fue amor, Connor —dijo con sinceridad.
El hombre la miró como si le hubiera pegado un duro golpe.
—No supe lo que era el amor hasta que regresé y encontré a Elbryan —prosiguió Pony.
—Estuvimos muy unidos —protestó el hombre.
—Fuimos amigos —corrigió Pony—. Y tendré en gran estima el recuerdo de aquella amistad siempre que no intentemos convertirla en algo más. Te lo prometo.
—Entonces todavía podemos ser amigos —razonó Connor.
—No —fue la respuesta que a Pony le surgió desde el fondo del corazón y sin haberla meditado un solo instante—. Eras amigo de otra persona, de una chiquilla perdida que no sabía de dónde había venido ni tampoco a dónde iba. Ya no soy aquella persona. Ni Jilly, ni en realidad tampoco Jilseponie, sino Pony, la compañera, la amante, la esposa de Elbryan Wyndon. Mi corazón es suyo y sólo suyo.
—¿Y no hay espacio en ese corazón para Connor, tu amigo? —preguntó el hombre con afecto.
Pony sonrió otra vez sintiéndose más cómoda.
—Ni siquiera me conoces —replicó.
—Claro que sí —arguyó el noble—. Incluso cuando eras aquella chiquilla perdida, como proclamas, había fuego en tu interior. Incluso cuando eras más vulnerable, cuando estabas más perdida, detrás de tus ojos maravillosos había una energía que la mayoría de la gente nunca llegará a conocer.
Verdaderamente Pony apreció tan emotivas consideraciones. Su relación con Connor nunca se había resuelto de forma adecuada, se había roto de una forma demasiado amarga que no hacía justicia a los agradables meses que habían pasado juntos. Ahora, al oír aquellas simples palabras, experimentó una sensación de conclusión, una auténtica sensación de sosiego.
—¿Por qué viniste hasta aquí? —preguntó.
—Llevo varios meses en este territorio al norte de la ciudad —repuso Connor, recuperando en parte su jactancia—, dedicado a cazar trasgos y powris e, incluso me atrevería a decir, algún gigante.
—¿Por qué viniste hasta aquí precisamente ahora? —le urgió la sensible mujer. Lo había notado en la cara del hombre: Connor se había sorprendido al verla muchísimo menos que ella al verlo a él y, dado el tiempo que hacía que no sabían nada uno del otro, la sorpresa del hombre habría tenido que ser mucho mayor.
—Sabías que estaba aquí, ¿verdad?
—Lo sospechaba —admitió Connor—. Había oído hablar del empleo de magia contra los monstruos por estas tierras, y a ti se te había relacionado con las gemas encantadas.
Aquello hizo reflexionar a Pony.
—Llama a tu... marido —dijo Connor—, si estás, como dices, dispuesta a olvidar el pasado y a ocuparte del futuro. Por supuesto, vine hasta aquí por una razón, Jill... Pony. Por otra razón además de por verte de nuevo, aunque habría recorrido Honce el Oso a lo largo y a lo ancho sólo para eso.
Pony se tragó su réplica, preguntándose por qué, entonces, Connor no la había buscado en todos aquellos años en que había estado alistada en el ejército. Ahora aquel encuentro no tenía mucho sentido, no había necesidad alguna de reabrir viejas heridas.
Poco después se reunieron los dos con Elbryan; en las protectoras ramas de un árbol cercano Juraviel había encontrado un cómodo refugio.
—¿Te acuerdas del abad Dobrinion Calislas? —empezó diciendo Connor, después de pasear nerviosamente durante un rato que le pareció una hora, pensando por dónde comenzar su relato.
—El abad de Saint Precious —dijo Pony, asintiendo con la cabeza.
—Ya no lo es —explicó Connor—. Fue asesinado hace algunas noches, en su propia habitación de la abadía.
Hizo una pausa para examinar la reacción de Pony y de Elbryan y, en un principio, se sorprendió al ver que ninguno de los dos parecía demasiado preocupado. Connor advirtió que, desde luego, no conocían bien a Dobrinion ni la bondad de su corazón; sus relaciones con la iglesia no eran precisamente buenas.
—Dijeron que lo había hecho un powri —continuó Connor.
—Desde luego, qué tiempos más siniestros si un powri puede entrar con tanta facilidad en lo que debería ser el edificio más seguro de una ciudad en pie de guerra —intervino Elbryan.
—Creo que lo mataron los de su misma iglesia —dijo Connor con franqueza, mientras observaba atentamente al guardabosque; entonces Elbryan, intrigado, se inclinó hacia adelante—. Los monjes de Saint Mere Abelle estuvieron en Palmaris —explicó Connor—. Una nutrida representación, incluyendo al mismísimo padre abad; se dice que un buen número de ellos acababan de llegar del lejano norte, de Barbacan.
Ahora sí había captado su atención.
—Roger Descerrajador vio esa caravana a la altura de Caer Tinella y Tierras Bajas viajando a toda velocidad hacia el sur —recordó Pony.
—Ahora te buscan a ti —dijo Connor sin tapujos, señalando a Pony—. A causa de las gemas que, según ellos, fueron robadas de Saint Mere Abelle.
Los ojos de Pony se abrieron desmesuradamente; pronunció tartamudeando unas pocas palabras ininteligibles mientras se daba la vuelta hacia su amado en busca de apoyo.
—Nos lo temíamos —admitió Elbryan—. Ésa es la razón por la cual insistimos en llevar a la gente a un sitio seguro como Palmaris —explicó a Connor—. Pony y yo no podemos seguir con ellos, pues el riesgo al que los expondríamos sería excesivo. Los dejaremos en un lugar seguro y luego emprenderemos nuestro propio camino.
—El riesgo es mayor del que creéis —puntualizó Connor—. El padre abad y la mayoría de sus colegas se marcharon de regreso a su propia abadía, pero han dejado, como mínimo, a un par de hombres adiestrados para matar, no lo dudéis. Creo que fueron ellos quienes mataron al abad Dobrinion. También me persiguieron a mí, pues conocían mi relación con Pony, pero me las apañé para eludirlos y ahora os buscarán a vosotros.
—Hermano Justicia —dedujo el guardabosque, y se estremeció al pensar que tendría que habérselas con otro ser parecido a Quintall... y esta vez, al parecer, con dos a falta de uno.
—Pero ¿por qué querían asesinar al abad Dobrinion? —preguntó Pony—. ¿Y por qué te perseguían de ese modo?
—Porque nos oponíamos a los métodos del padre abad —repuso Connor—. Porque... —empezó a decir pero se interrumpió y lanzó una mirada de sincero afecto hacia Pony; aquellas noticias no le gustarían en absoluto, pero tenía que comunicárselas—. Porque no aprobamos el trato dado a los Chilichunk, un trato que también me habrían dado a mí de no ser por la intervención de mi tío, el barón.
—¿Trato? —replicó Pony poniéndose en pie de un salto—. ¿Qué trato? ¿Qué quieres decir?
—Se los llevaron encadenados, Pony —explicó Connor—, cuando regresaron a Saint Mere Abelle, junto con un tal Bradwarden, el centauro.
Ahora fue el asombrado Elbryan, demasiado abrumado para verbalizar la pregunta, quien se puso en pie de un salto y se situó frente a Connor.
—Bradwarden está muerto —afirmó la voz de Juraviel entre los árboles.
Connor miró alrededor pero no vio nada.
—Murió en Aida —prosiguió el elfo—. Cuando fue derrotado el demonio Dáctilo.
—No murió —insistió Connor— o, si lo hizo, los monjes encontraron la manera de resucitarlo. Lo he visto con mis propios ojos: se encontraba en un estado lastimoso y deplorable, pero sin ninguna duda vivía.
—Yo también lo vi —indicó Roger Descerrajador, que acababa de salir de entre los árboles para reunirse con el grupo. Se detuvo junto a Elbryan y le puso una mano en el poderoso hombro—. En la caravana, en la parte de atrás de la caravana; ya os lo dije.
Elbryan asintió, pues recordaba perfectamente la descripción de Roger, al igual que sus propias emociones cuando Roger le había contado el paso de los monjes por los dos pueblos. Se volvió hacia Pony, que lo estaba mirando fijamente: en sus iris azules ardía un familiar y expresivo fuego.
—Debemos ir a por ellos —dijo Pony, y el guardabosque asintió: su rumbo de repente parecía muy claro.
—¿Por los monjes? —preguntó Roger sin comprender.
—Sí —intervino Connor—; y yo iré con vosotros.
—No es tu problema —dijo el guardabosque súbitamente, y mientras lo decía se arrepintió de sus palabras, pues sólo estaban motivados por el deseo de alejar a aquel hombre de Pony lo antes posible.
—El abad Dobrinion era mi amigo —arguyó el noble—, y también los Chilichunk, los tres. Tú lo sabes —se dirigió a Pony en busca de apoyo; la mujer asintió con la cabeza—. Pero en primer lugar, nosotros o, mejor dicho, vosotros debéis ocuparos de los asesinos. No podéis tomarlos a la ligera. Atraparon a Dobrinion e hicieron creer que el criminal era un powri para desviar la atención. Son astutos y mortalmente peligrosos.
—Y no tardarán en estar muertos —sentenció el guardabosque con tal determinación que ninguno de los presentes se atrevió a dudarlo.
—Volveremos a encontrarnos — aseguró Elbryan a Belster O'Comely a primera hora de la mañana siguiente, mientras le estrechaba la mano con firmeza. Sabía que Belster se esforzaba por retener las lágrimas, pues sospechaba, y Elbryan no podía disentir, que aquélla era la última vez que se veían—. Cuando acabe la guerra y abras de nuevo tu taberna en las Tierras Boscosas, ten por seguro que el Pájaro de la Noche irá para beber tu agua y ahuyentar a tus clientes.
En el rostro de Belster se dibujó una cálida sonrisa, pero no esperaba poder regresar a Dundalis aunque los monstruos se marcharan pronto. Ya no era joven y el dolor que le producirían los recuerdos sería demasiado intenso. Belster había huido de Palmaris a causa de una deuda que había contraído, y sólo a causa de esa deuda, pero, teniendo en cuenta todo lo que había ocurrido, parecía que hacía siglos de todo aquello y estaba seguro de que podría abrir un establecimiento en la ciudad sin temer que lo persiguiera su pasado. No obstante, no había razón para contarle todo eso al guardabosque, por lo menos en aquel momento, y por esa razón se limitó a brindarle una tranquilizadora sonrisa.
—Guíalos bien, Tomás —dijo el guardabosque al hombre que estaba junto a Belster—. La carretera debería estar despejada, pero si encontráis algún problema antes de llegar a Palmaris, confío en que conseguirás superarlo.
Tomás Gingerwart inclinó la cabeza con gravedad y golpeó el suelo con su nueva arma, una horca.
—Te debemos mucho, Pájaro de la Noche —declaró—. Y también debemos mucho a Pony y a tu pequeño e invisible amigo.
—No olvides a Roger —se aprestó a responder el guardabosque—. Tal vez es a él a quien debe más la gente de Caer Tinella y Tierras Bajas.
—¡Roger jamás nos dejaría olvidar a Roger! —dijo de repente Belster alegremente, con una voz que a Elbryan le recordó mucho a la de Avelyn.
Todos estallaron en carcajadas: un buen punto final para la conversación. Se estrecharon las manos y se separaron como buenos amigos; Tomás corrió hacia la cabeza de la caravana y les dio la señal de que se pusieran en marcha.
Pony, Connor y Juraviel no tardaron en reunirse con Elbryan, y todos juntos observaron la marcha de los carruajes; pero, después de recorrer una corta distancia, Tomás detuvo al grupo un momento, y una figura solitaria se separó de ellos y corrió hacia el guardabosque y sus amigos.
—Roger Descerrajador —dijo Pony, sin sorprenderse, mientras la caravana reemprendía la marcha hacia el sur.
—Tenías que servir de guía principal a Tomás —dijo Elbryan cuando Roger llegó junto a ellos.
—Tiene otros que pueden desempeñar esa misión —replicó el joven.
La mirada del guardabosque era severa e intransigente.
—¿Por qué se queda él? —protestó Roger señalando a Connor—. ¿Por qué os quedáis vosotros, estando Palmaris sólo a tres días de viaje? ¿Acaso no serían Pony y Elbryan de gran valor para la guarnición de la ciudad, en estos tiempos oscuros?
—Hay otros asuntos que no comprendes —repuso Elbryan con calma.
—¿Asuntos que le conciernen a él? —preguntó Roger señalando de nuevo a Connor, que reprimió el impulso de ir hacia el joven y pegarle un buen puñetazo.
Elbryan movió la cabeza con gravedad en un gesto de asentimiento.
—Deberías ir con ellos, Roger —le dijo en un tono de voz amistoso—. Nosotros no podemos, pues debemos resolver un asunto antes de que ninguno de nosotros se deje ver por la ciudad. Pero confía en mí cuando te digo que aquí el peligro es mucho mayor para ti que cualquiera que puedas encontrar en Palmaris. Ahora, date prisa y alcanza a Tomás y a Belster.
Roger sacudió la cabeza con resolución.
—No —contestó—. Si vosotros os quedáis aquí para continuar la lucha en el norte, yo también me quedo.
—No tienes nada que demostrar —puntualizó Pony—. Tu nombre y tu reputación son sólidos y bien ganados.
—¿Mi nombre? —discrepó Roger—. Bien pronto en Palmaris volveré a ser Roger Billingsbury. Sólo Roger Billingsbury, un huérfano, un niño abandonado, un marginado.
—Una de tus cualidades en especial interesaría a mi tío el barón —declaró Connor.
—Entonces, cuando puedas regresar junto a tu tío para hablarle de mí, me reuniré contigo —repuso el joven rápidamente con una sonrisa afectada. Sin embargo, esa actitud frívola desapareció de golpe y miró a Elbryan con una expresión muy seria.
—No me hagas volver —imploró—. No puedo regresar y ser de nuevo Roger Billingsbury. Todavía no. Aquí, peleando contra los monstruos, fui capaz de encontrar una parte de mí mismo que jamás creí que existiera. Esa parte de mí me gusta y tengo miedo de perderla en la vida mundana de una ciudad segura.
—No tan segura —bromeó en voz baja Connor.
—No perderás el prestigio ganado —dijo muy serio el guardabosque—. Jamás volverás a ser aquella persona que fuiste antes del asalto a tu hogar. Lo sé por experiencia, mejor de lo que puedas imaginar. Te aseguro con toda sinceridad que, aquí o en Palmaris, eres y seguirás siendo Roger Descerrajador, héroe del norte. —Elbryan observó a Pony, consideró el peso de tal responsabilidad, pensó en el celibato a que se habían visto obligados él y su amante, forzados por las circunstancias, y añadió—: Puede resultar menos grandioso de lo que crees, Roger.
El joven se puso un poco rígido y se las arregló para asentir con la cabeza, pero su expresión, que imploraba ser aceptado, no cambió y dejó la decisión directamente sobre las espaldas del guardabosque.
Elbryan miró a Pony, quien hizo un gesto de asentimiento.
—Hay dos hombres que nos persiguen a Pony y a mí —explicó el guardabosque—, y también a Connor, al que intentaron matar en Palmaris; por esa razón salió en nuestra búsqueda.
—¿Os conoce? —preguntó Roger— ¿Sabía que estabais aquí en el norte?
—Me conoce a mí —precisó Pony.
—Vino siguiendo la pista de alguien con poderes mágicos, aunque no sabía de quién se trataba —continuó el guardabosque—. Nosotros estamos fuera de la ley, Roger, tanto Pony como yo. Nos lo oíste decir aquella vez que hablamos con Juraviel poco después de que la caravana pasara por los pueblos del norte. La iglesia quiere recuperar las gemas mágicas; sin embargo, por la tumba de nuestro amigo Avelyn no las devolveremos. De modo que han ordenado a los asesinos que nos persigan; me temo que no deben de andar lejos. —A pesar de la gravedad de sus palabras, el guardabosque brindó a Roger una reconfortante sonrisa—. Pero nuestra tarea será más fácil si Roger Descerrajador desea unirse a nuestra causa.
Roger sonrió de oreja a oreja.
—Tienes que comprender que también tú serás considerado fuera de la ley a los ojos de la iglesia —comentó Pony.
—Aunque mi tío remediará esa situación cuando esto acabe —se apresuró a añadir Connor.
—¿Tienes previsto huir o plantarles cara en tu propio terreno? —preguntó Roger con determinación.
—No voy a perder el tiempo mirando alrededor por si me acechan unos asesinos —replicó el guardabosque en un tono tan severo que provocó un escalofrío a lo largo del espinazo de Connor—. Que sean ellos quienes miren atrás por si yo los acecho.
Su espíritu recorrió el sombrío bosque. Pony vio a Belli'mar Juraviel avanzando a media altura, de rama en rama, en un bosquecillo y lo adelantó. El sensible elfo enderezó las orejas, pues, aunque el espíritu de Pony era invisible y silencioso, los agudos sentidos de Juraviel percibieron algo.
Luego la mujer bajó a ras del suelo, volando como llevada por el viento. Encontró a Connor, vigilando los límites del pequeño campamento montado en su dorado caballo. Incluso vio su propio cuerpo, sentado con las piernas cruzadas, a considerable distancia detrás del hombre. Y aún más lejos, detrás de su forma corporal, vio un grueso olmo con una oscura abertura en la base del tronco. Elbryan había penetrado por aquella abertura y estaba consultando al Oráculo; Pony no se atrevió a entrar y perturbar sus profundas meditaciones.
En lugar de eso, sus pensamientos siguieron dedicados a Connor, intentando conseguir cierta perspectiva con respecto a lo ocurrido entre los dos. En cierto modo, encontraba reconfortante su forma de protegerla vigilando a caballo el pequeño campamento, y por supuesto el noble la había impresionado con su decisión de salir en su búsqueda para avisarle del peligro. Durante todo aquel tiempo Connor había sabido que ella tenía las gemas, o por lo menos lo había sospechado, y sabiendo además que aquellas gemas eran el objetivo principal de la iglesia, habría podido ir hacia el sur, hacia regiones más pobladas para huir de los asesinos. También habría podido traicionarla, con lo cual habría podido quedarse confortablemente en Palmaris, pues la iglesia ya no lo habría considerado enemigo. Pero no lo había hecho; se había dirigido hacia el norte para avisarle, y se había puesto del lado de sus amigos, los Chilichunk.
Pony nunca había odiado a Connor, ni siquiera la mañana siguiente a la trágica noche de bodas. Creía con todo su corazón que el hombre se había equivocado, pero que sus acciones habían sido propiciadas por una auténtica frustración desencadenada por ella. Y en un último análisis de lo sucedido aquella noche había llegado a la conclusión de que Connor no había sido capaz de seguir controlando su deseo por ella, pero la quería demasiado para hacerla suya de aquel modo.
Pony lo había perdonado hacía mucho, desde sus primeros días al servicio del ejército del rey.
Pero ¿qué sentía ahora cuando miraba al hombre que había sido su marido?
Se daba cuenta de que no era amor, de que nunca lo había sido, pues sabía cómo se sentía cuando miraba a Elbryan, y era algo muy diferente, sin duda algo muy particular. Pero quería a Connor. Había sido su amigo cuando más lo necesitaba; gracias a su afabilidad durante los meses en que la cortejó, ella había empezado a recorrer el camino de la recuperación de sus recuerdos y de su salud emocional. Si las cosas hubieran salido mejor en la noche de bodas, ella habría podido seguir casada con él, le habría dado hijos, habría...
El hilo del pensamiento de Pony se interrumpió bruscamente, cuando se dio cuenta de que ya no lamentaba lo sucedido en la noche de bodas. Por vez primera llegó a comprender las ventajas de lo que había considerado una horrible experiencia. Aquella noche la había situado en una trayectoria que la llevaría a ser lo que ahora era, la había alistado en el ejército, donde recibió un adiestramiento y una disciplina soberbiamente adecuados a sus naturales cualidades para la lucha. Aquella experiencia la llevó luego junto a Avelyn, con el que aprendió las verdades más profundas y con el que ganó espiritualidad. Y el giro de los acontecimientos en Palmaris la había, por fin, llevado de nuevo hasta Elbryan. Sólo ahora, al analizar sus sentimientos por el guardabosque y compararlos con lo que había sentido por otro hombre en otro tiempo, Pony se daba cuenta de hasta qué punto su amor era algo realmente especial.
Habían peleado durante meses contra los monstruos invasores, habían perdido a amigos muy queridos, y ahora su familia adoptiva y otro amigo estaban al parecer en peligro. Pero Pony no se cambiaría por nadie, ni cambiaría aquel preciso momento, ni aquel preciso lugar, por ninguna otra alternativa posible. Las lecciones de la vida a menudo eran amargas, pero constituían piezas indispensables para la formación.
Así, Pony se sintió reconfortada al ver a Connor Bildeborough montando una estoica guardia en torno a ella y a Elbryan. Y en aquel momento se reconcilió con su pasado.
Pero, consciente de que no podía demorarse y saborear el momento, su espíritu se fue de nuevo hacia el bosque. Encontró a Roger y, cerca de él, a Juraviel saltando de árbol en árbol, pero siguió adelante escrutando las sombras en busca de alguna señal.
Tengo miedo de la influencia de la iglesia, tío Mather, admitió Elbryan. Estaba sentado sobre una roca en la estrecha cueva, mirando hacia las profundidades del apenas visible espejo. ¿Cuántos de esos asesinos nos perseguirán?
El guardabosque se recostó y suspiró; era evidente que la iglesia no cesaría en su empeño y, al final, algún día en algún lugar remoto, él y Pony perderían. O perderían en Saint Mere Abelle, adonde Elbryan sabía que tenían que ir a causa de Bradwarden y de los Chilichunk, la familia adoptiva de Pony.
Pero tengo que continuar la lucha, dijo al fantasma de su tío. Tenemos que continuar la lucha en honor de la memoria de Avelyn, en honor de la verdad que encontró entre los intrincados caminos de su orden. Y, para continuar esa lucha, no tardaremos en meternos en la boca del lobo.
Pero primero... ah, tío Mather, poco faltó para que antes un hermano Justicia me venciera, y también a Pony y a Avelyn. ¿Cómo nos apañaremos con asesinos tan expertos?
Elbryan se frotó los ojos y clavó la mirada en el espejo. Aparecieron ante él las imágenes de su primera lucha contra la iglesia, cuando Quintall, el antiguo compañero de clase de Avelyn, con el sobrenombre de hermano Justicia, había peleado con él en una cueva. El asesino había preservado la cueva de cualquier magia mediante una piedra solar, la misma gema que había en la empuñadura de la espada de Elbryan.
Y había utilizado un granate para localizar a Avelyn, pues esa piedra detectaba la magia.
Un granate...
En la cara de Elbryan se dibujó una sonrisa: la respuesta se le apareció con claridad. Saltó de la silla y se escabulló por el estrecho agujero de salida de la cueva, corrió hacia Pony y la sacudió vigorosamente para hacerla salir de su trance.
El espíritu de la chica percibió las sacudidas de su forma corpórea y regresó al cuerpo; en unos instantes sus ojos físicos empezaron a parpadear.
Elbryan la observó con atención; detrás de él, Connor desmontó del caballo y se acercó para ver qué ocurría.
—No hay que volver a utilizar la piedra del alma —explicó el guardabosque.
—Con mi espíritu liberado, puedo explorar a mucha más distancia que los demás —argumentó la mujer.
—Pero si nuestros enemigos utilizan el granate, percibirán las vibraciones de tu magia —razonó Elbryan. Pony asintió con la cabeza; ya habían hablado de aquel posible problema—. Tenemos un granate —prosiguió Elbryan—, el que le quitamos a Quintall. ¿En qué medida será tu exploración más eficaz con el vasto poder de detección de esta piedra?
—Si es que están utilizando magia —señaló Pony.
—¿Cómo podrían esperar encontrarnos en este extenso territorio sin tal ayuda? —expuso el guardabosque.
Pony reflexionó y lo examinó un buen rato; Elbryan advirtió la mirada llena de curiosidad que le dirigía la mujer.
—De repente pareces muy seguro de ti mismo —comentó.
La sonrisa de Elbryan se ensanchó.
—Quintall fue un enemigo mortalmente peligroso —recordó Pony—. Él solo casi acaba conmigo, contigo y con Avelyn.
—Únicamente porque planteó la batalla de la forma que más le convenía —replicó el guardabosque—. Contó con el factor sorpresa y con la ventaja de elegir y preparar el lugar. Esos dos asesinos podrán ser formidables luchadores, pero si contamos con el factor sorpresa y con la ventaja de escoger el lugar, entonces la batalla se decidirá pronto, no me cabe la menor duda.
Pony no parecía convencida.
—Un fallo del plan de Quintall fue la arrogancia —continuó el guardabosque—. Jugó su baza muy pronto, en el Aullido de Sheila, porque se sintió invencible y creyó que su adiestramiento para la lucha lo había elevado por encima de todos los demás.
—En parte no le faltaba razón —dijo Pony.
—Pero su adiestramiento y el de nuestros actuales enemigos no iguala al que recibí de manos de los Touel'alfar, ni el que has recibido tú de mí y de Avelyn, ni el que hemos obtenido a lo largo de meses de luchas. Y contamos con tres poderosos aliados. No, mi temor ante tal situación ha disminuido considerablemente. Si puedes utilizar el granate para seguir la pista de nuestros adversarios, los llevaremos a un lugar que previamente habremos preparado y los haremos pelear de un modo para el que no estén preparados.
A Pony aquello le pareció muy lógico y, desde luego, estaba segura de que podría seguir la pista de los asesinos de la manera que Elbryan había descrito. Los monjes estarían sirviéndose de magia para detectar magia y, por consiguiente, ella podría utilizar magia para detectar la que ellos estarían empleando.
—Una vez que los hayamos localizado, sabremos que también ellos nos habrán descubierto —prosiguió el guardabosque—; conoceremos su destino, pero apenas sabrán nada de nosotros.
—Podremos escoger el momento y el lugar —declaró Pony. Inmediatamente se puso manos a la obra y no tardó en percibir que alguien estaba utilizando magia; probablemente se trataba del granate de los monjes. No obstante, fue una percepción efímera y Pony se imaginó que los dos monjes también habían detectado que ella estaba utilizando magia y, por lo tanto, habían cambiado de táctica.
—Me parece que han levantado un escudo protector con la piedra solar —explicó la mujer a Belli'mar Juraviel, al ver que el elfo se había reunido con ella.
—Pero ¿acaso no se trata también de utilización de magia? —inquirió el elfo—. ¿No puedes detectarlo?
La cara de Pony se arrugó ante aquella sencilla pero en cierto modo engañosa lógica.
—No es lo mismo, la piedra solar es antimagia —explicó—. Yo podría activar un escudo semejante utilizando la piedra que hay en la empuñadura de Tempestad y, aunque nuestros enemigos utilizaran el granate, no les serviría de nada.
Juraviel sacudió su delicada cabeza sin creer una palabra de todo aquello.
—Para los elfos, el mundo entero es mágico —explicó—; todas las plantas, todos los animales, poseen energía mágica.
Pony se encogió de hombros, pues consideró absurdo discutir aquel punto.
—Si la piedra solar anula toda magia, habrá un agujero en la continuidad mágica —prosiguió Juraviel—, una zona vacía, un hueco en la capa de magia que se extiende por doquier.
—No puedo... —empezó a decir Pony.
—Porque no has aprendido a ver el mundo a través de los ojos de los Touel'alfar —la interrumpió el elfo—. Únete a mí espiritualmente, como solías hacer con Avelyn, de forma que podamos explorar juntos para encontrar el agujero y, por consiguiente, a nuestros enemigos.
Pony lo pensó sólo un minuto. Su unión con Avelyn mediante la hematites había sido personal, íntima, y la había dejado increíblemente vulnerable; pero al considerar su amistad con el elfo, no vio ningún peligro en absoluto. No creía que Juraviel tuviera razón en aquel punto, pensaba que la perspectiva del elfo no era más que eso: una diferente manera de mirar las mismas cosas. Pero sacó la piedra del alma y los dos se dispusieron a explorar con el granate.
Pony quedó inmediatamente asombrada al percibir que el mundo parecía mucho más vibrante, al sentir un fulgor mágico en torno a todas las plantas y a todos los animales. Pronto, muy pronto, encontraron el agujero al que Juraviel se había referido y pudieron seguir la pista a los monjes con la misma facilidad que si hubieran utilizado granate en lugar de piedra solar.
Guíame, le comunicó Juraviel, y ella sintió que el elfo había salido físicamente de aquel punto y seguía la pista para encontrar a sus enemigos.
Cuando regresó al campamento, apenas tres horas después, lo que contó sobre los monjes superaba todo lo que Elbryan podía haber esperado. El elfo los había encontrado y observado, oculto entre las ramas de los árboles. Era particularmente importante el hecho de que no disponían de armas de largo alcance, salvo una o dos pequeñas dagas y algunas piedras mágicas. Juraviel incluso había podido oír a escondidas una conversación sobre la captura de Pony, a la que llevarían viva ante el padre abad Markwart.
El guardabosque sonrió; con sus arcos y las gemas de Pony podrían más que contrarrestar cualquier ataque de largo alcance, y la conversación de los dos monjes acerca de capturar a Pony demostraba que no se habían enterado de lo que les esperaba.
—Conduzcámoslos hacia nosotros —le pidió a Pony—. Preparemos el campo de batalla.
El pequeño altiplano parecía un lugar adecuado para un campamento, pues estaba situado en la plataforma de un monte rocoso y tenía sólo un posible acceso, que además era escarpado y peligrosamente desprotegido.
Había una zona despejada, con una pequeña hoguera encendida, rodeada de rocas por los cuatro costados salvo por uno, donde había un bosquecillo.
El hermano Youseff sonrió perversamente; el granate indicaba que alguien estaba utilizando magia en aquellos andurriales. Guardó la piedra en una bolsa que pendía del cinturón de cuerda del hábito marrón, que él y Dandelion habían vuelto a ponerse en cuanto hubieron salido de la ciudad. Tomó la piedra solar y pidió a Dandelion que le diera la mano para aunar sus poderes y así conseguir un escudo antimagia más potente.
—Se proponen utilizar magia contra nosotros —explicó Youseff—. Es su principal arma, sin duda; pero si somos lo bastante fuertes para inhibir sus efectos, de poco les servirán sus armas convencionales frente a nuestro superior adiestramiento.
Dandelion, muy fuerte físicamente y muy bien entrenado, esbozó una sonrisa burlona ante la perspectiva de un combate cuerpo a cuerpo.
—Primero mataremos a los compañeros de la mujer —explicó Youseff—. Luego iremos por ella. Si tenemos que matarla, lo haremos. En caso contrario, nos la llevaremos junto con las gemas y emprenderemos el regreso.
—¿A Palmaris, primero? —preguntó Dandelion, pues ansiaba otra oportunidad con Connor Bildeborough.
Youseff, comprendiendo la suprema importancia de aquella parte de su misión, sacudió la cabeza.
—Nos limitaremos a cruzar la ciudad para regresar a Saint Mere Abelle —anunció. Cerró su mano sobre la de Dandelion y le ordenó—: Concéntrate.
Pocos minutos más tarde, con el eficaz escudo antimagia bien situado, los dos monjes empezaron a trepar por el risco rocoso, avanzando en silencio y llenos de confianza.
Cuando estaban casi arriba atisbaron por encima del saliente y sonrieron satisfechos, pues en aquel lugar, sentado junto a la mujer, estaba Connor Bildeborough: parecía que podrían matar dos pájaros de un tiro.
Tras intercambiar una mirada para coordinar el avance, se lanzaron por encima del saliente y aterrizaron suavemente adoptando una postura defensiva.
—¡Bienvenidos! —exclamó Connor con un tono de voz despreocupado, que desconcertó a los monjes—. ¿Os acordáis de mí?
Youseff lanzó una rápida mirada a Dandelion y dio una súbita zancada hacia adelante, con la cual salvó una tercera parte de la distancia que lo separaba del noble, que todavía permanecía sentado. Inmediatamente después se tambaleó: una pequeña flecha se le había clavado en la parte posterior de la pantorrilla y le había cortado un tendón.
—Oh, me parece que mis amigos no dejarán que os acerquéis —dijo Connor alegremente.
—No os podéis imaginar lo perdidos que estáis —añadió Roger Descerrajador avanzando desde detrás de unas rocas para situarse justo detrás de Pony y Connor—. ¿Por casualidad no os habéis tropezado con alguien a quien llaman el Pájaro de la Noche?
Aprovechando aquella oportunidad, el guardabosque, con un soberbio aspecto, a lomos de Sinfonía y con Ala de Halcón en la mano, salió del bosquecillo.
—¿Qué vamos a hacer? —murmuró Dandelion.
Youseff clavó su furiosa mirada en Connor.
—Has desacreditado y deshonrado a tu tío y a toda tu familia —gruñó—. Ahora eres un proscrito, al igual que esos estúpidos harapientos a los que llamas amigos.
—Valientes palabras para alguien que se encuentra en tu situación —replicó Connor con indiferencia.
—¿Eso crees? —inquirió Youseff, con súbita calma. Con la mano que apretaba su pierna herida, hizo una seña subrepticia a Dandelion.
Repentina y brutalmente Dandelion cargó por delante de su compañero y saltó hacia Connor, al tiempo que éste se levantaba y desenvainaba la espada con tal rapidez que impidió cualquier reacción. Dandelion apartó a un lado la espada de Connor y, con un terrible golpe de antebrazo en la garganta, lo derribó al suelo. Luego saltó por encima de él obligando a Roger a retroceder hasta las rocas.
Youseff saltó con su pierna sana detrás de Dandelion, con la intención de alcanzar a la mujer y hacerle una presa mortal que le permitiría pactar la retirada. Pero, al igual que en el ataque inicial, el confiado monje infravaloró a su oponente, pues no contaba con el enorme poder de Pony con las piedras. El escudo antimagia resistía todavía, aunque no tanto como al principio, pues los dos que lo habían construido estaban ocupados en otras cosas; no obstante, aunque Youseff y Dandelion se hubieran concentrado sólo en la piedra solar, no habrían podido neutralizar el poder de Pony.
Youseff sintió que sus pies se deslizaban, no para hacerlo caer, sino más bien para elevarlo, de forma inofensiva, en el aire. La inercia continuó impulsándolo hacia adelante, hacia Pony, pero cuando llegó hasta ella en aquel extraño estado de ingravidez, cayó de cabeza con un medio salto mortal. Entonces sintió un súbito pinchazo en la espalda, pues Pony dio una voltereta, le propinó un golpe contundente con ambos pies y lo impulsó de nuevo por encima del risco por donde había aparecido, dejándolo colgado e inofensivo en el saliente.
Abrumado por el ataque, Roger no estaba en situación de contrarrestarlo cuando Dandelion se dio la vuelta para golpear de nuevo a Connor, mientras éste hacía esfuerzos por levantarse. El monje se le echó encima y lo forzó a caer al suelo. A continuación, alzó su poderoso brazo con los dedos de la mano rígidos y rectos, dispuestos para asestar un golpe mortal contra el desprotegido cuello de Connor.
El noble gruñó, intentó gritar y retorcerse para librarse de su agresor. Cerró los ojos sólo un instante.
Pero el golpe no se produjo. Connor abrió los ojos y vio a Dandelion todavía en actitud de descargar el golpe, esforzándose por hacerlo y con una expresión en el rostro de absoluta incredulidad ante lo que retenía de aquel modo su poderoso brazo.
El Pájaro de la Noche lo sujetaba con fuerza por la muñeca.
Dandelion se dio la vuelta con una agilidad increíble para alguien tan robusto, al tiempo que inclinaba el hombro hacia abajo para tumbar al guardabosque. Pero Elbryan también se movió: se dio la vuelta por debajo del brazo de Dandelion y lo retorció con tal fuerza que desencajó el codo del monje.
Aullando de dolor, Dandelion realizó un giro y lanzó un contundente puñetazo, pero éste distó mucho de alcanzar al Pájaro de la Noche, pues el guardabosque se había echado a un lado. Inmediatamente arremetió de nuevo contra Dandelion con una potente combinación de golpes en la cara y en el pecho.
El robusto monje avanzó gruñendo por el dolor del brazo y encajando los golpes para poder acercarse lo suficiente a Elbryan y dominarlo con una apretada llave.
El guardabosque agarró a Dandelion por la barbilla con una mano, y con la otra le tiró el pelo de la nuca con objeto de mantenerlo a raya. De repente, se detuvo al advertir una curiosa protuberancia en el pecho del monje. Al principio creyó que Dandelion lo había engañado en cierto modo y que llevaba una daga para atacarlo, pero cuando miró más allá, hacia Connor Bildeborough que estaba detrás del monje, el guardabosque lo comprendió.
Dandelion, con la espada de Connor atravesada en la espalda y el pecho, se desplomó en brazos del guardabosque.
—Bastardo —murmuró Connor con severidad, dando un paso atrás para recobrar la espada mientras Dandelion rodaba muerto por el suelo.
El Pájaro de la Noche lo dejó caer, se fue hacia Sinfonía y cogió Ala de Halcón; puso una flecha y se dirigió hacia Youseff. Apuntó y tensó el arco.
Pero la amenaza había desaparecido y los monjes habían sido derrotados; Elbryan simplemente no podía matarlo.
—No lo hagas —dijo Pony en completa sintonía con el guardabosque mientras éste aflojaba la cuerda del arco.
—Lo mataré yo —dijo Connor con aire grave.
—¿Mientras está ahí colgando desvalido? —preguntó con escepticismo Pony.
Connor pateó el suelo.
—Entonces, hagámoslo caer sobre las rocas —dijo. No hablaba en serio; al igual que Elbryan, él tampoco podía matar a aquel hombre inerme.
Pony se alegró al constatarlo.
—Vamos a rescatar a nuestros amigos —dijo el guardabosque a Youseff—, a quienes el padre abad ha encarcelado injustamente.
Youseff se burló de la absoluta locura de tal pretensión.
—Y tú nos guiarás, paso a paso —acabó diciendo el guardabosque.
—¿A Saint Mere Abelle? —preguntó, incrédulo, el monje— ¡Qué insensatez! No podéis ni siquiera imaginaros el poder de semejante fortaleza.
—Tampoco tú pudiste ni siquiera imaginar lo que habíamos preparado contra vosotros —replicó Elbryan sin inmutarse.
Sus palabras alteraron profundamente a Youseff, que frunció el entrecejo con gesto amenazador y clavó la mirada en Elbryan.
—¿Cuánto tiempo vais a dejarme aquí colgado? —preguntó con voz uniforme y mortalmente fría—. Acabad conmigo, imbéciles, de lo contrario os prometo vengarme...
Pero su bravata se interrumpió bruscamente al pasar por delante de él una figura diminuta que lo hizo girar en el aire. El monje se resistió e intentó responder; entonces advirtió que ya no tenía en la mano la piedra solar. Cuando al fin dejó de girar, Youseff vio al alado elfo que aterrizaba suavemente en la plataforma junto a los demás.
—Una piedra solar, como suponías, Pájaro de la Noche —dijo Juraviel, mientras mostraba la piedra que acababa de hurtar—. Sospecho que el granate está en la bolsa del cinturón, a menos que la tenga el hombre muerto.
Mientras Juraviel hablaba, Elbryan observaba atentamente a Youseff; comprobó que las palabras del elfo habían acobardado al monje.
—Quizá tiene también una piedra del alma —puntualizó Pony—. Un medio para estar en contacto con sus jefes.
—Naturalmente, no dejaremos que la utilice —dijo Connor con una risita; a continuación, se dirigió al guardabosque y añadió—: Pero permíteme que discrepe de tu decisión. No nos conducirá a Saint Mere Abelle sino que lo devolveremos a Saint Precious, donde deberá responder por el asesinato del abad Dobrinion. Yo lo llevaré personalmente, en compañía de Roger Descerrajador, y haré que la iglesia conozca la verdad sobre el padre abad.
Elbryan se quedó pensativo mirando a Connor, mientras consideraba por unos instantes las consecuencias de su acción, con la que le había salvado la vida. Si hubiera vacilado un solo momento, Connor Bildeborough, el hombre que tan injustamente había tratado a Pony, también habría muerto.
El guardabosque no podía permitirse semejantes debilidades de espíritu, por lo que se apresuró a desechar esos oscuros pensamientos; en lo más profundo de su corazón sabía que se hubiera interpuesto en la trayectoria del golpe mortal del monje, si ésa era la única forma de salvarlo a él o a cualquiera de sus compañeros.
Miró de nuevo a Youseff y analizó si eran acertadas las palabras de Connor. Recordó el fanatismo del primer hermano Justicia y comprendió que Youseff no sería un guía bien predispuesto, por mucho que lo amenazaran. En cambio, si hacían lo que Connor sugería, tal vez no estarían solos en la empresa de liberar a sus amigos. ¿Acaso la iglesia no tendría que admitir su complicidad para desacreditar así al padre abad?
Parecía verosímil.
—Llévatelo —le ordenó el guardabosque.
Belli'mar Juraviel voló por encima de la plataforma hasta situarse detrás del suspendido Youseff. Empleando su arco como si fuera un palo, el elfo lo empujó hacia la plataforma. Al principio el hombre no ofreció resistencia, pero al acercarse al saliente y quedar a menos altura, dio un giro brusco, adelantó la mano hacia el elfo y cogió el arco mientras Juraviel, prudentemente, lo soltaba. Sin embargo, el monje no encontró modo de contener su impulso, por lo que siguió girando.
Y se encontró con Elbryan en el saliente, con el puño cerrado.
El golpe lo hizo rodar de cabeza hacia fuera de la plataforma y lo dejó inconsciente.
Entre risas por el lamentable espectáculo, Juraviel recuperó el arco y empujó al desmayado monje hasta la plataforma.

6
El otro hermano Francis
De todas las obligaciones de los monjes jóvenes de Saint Mere Abelle, el hermano Dellman juzgaba que aquélla era la más dura. Él y otros dos monjes se afanaban con los radios de una rueda gigante: inclinaban la espalda para hacer girar el artefacto, gruñían y gemían, y apretaban los talones en el suelo, aunque a menudo resbalaban a causa del enorme peso.
Abajo, mucho más abajo, sostenido por pesadas cadenas que, por sí solas, ya pesaban casi media tonelada, había un enorme bloque de piedra. Buena piedra, sólida, proveniente de una cantera subterránea situada bajo el extremo sur del patio de Saint Mere Abelle. Se llegaba a la enorme extensión de aquella cantera a través de los túneles inferiores de la abadía primitiva —maese Jojonah, acurrucado en las bibliotecas de las plantas inferiores, en ocasiones podía oír cómo picaban las piedras—, pero el mejor sistema para transportar las que se necesitaban en las murallas de la parte alta de la abadía era aquel artefacto.
Los maeses y el padre abad juzgaban que el dolor y el esfuerzo eran convenientes para los monjes jóvenes.
En otra ocasión, el hermano Dellman posiblemente habría estado de acuerdo con ese criterio. El cansancio físico era bueno para el alma. Pero no precisamente aquel día, recién llegados de un largo y difícil viaje. Su único deseo era retirarse a su habitación, un cuadrado de dos metros y medio de lado, y hacerse un ovillo en su camastro.
—Empuja, hermano Dellman —le reprendió maese De'Unnero con su voz aguda—. ¿Acaso quieres que los hermanos Callan y Seumo hagan el trabajo solos?
—No, maese De'Unnero —gruñó el hermano Dellman inclinando el hombro para empujar con más fuerza el radio y hacerlo girar. Tenía fatigados y doloridos los músculos de las piernas y de la espalda; cerró los ojos y emitió un prolongado y flojo gemido.
Pero entonces el peso pareció incrementarse súbitamente; la rueda parecía empeñada en retroceder. Dellman abrió los ojos desmesuradamente.
—¡Agárrate bien, hermano!
Dellman oyó el grito de Callan y lo vio tumbado en el suelo; luego advirtió que Seumo perdía el equilibrio y se resbalaba hacia un lado.
—¡Trabadlo! —gritó maese De'Unnero, para que alguien, quien fuera, colocara la clavija bloqueadora del artefacto.
El pobre Dellman se esforzó todo lo que pudo y empujó la rueda con todas sus fuerzas, pero inevitablemente sus pies empezaron a resbalar. ¿Por qué no había vuelto Callan a la rueda?, se preguntaba. ¿Por qué Seumo no se levantaba? ¿Por qué se movían con tanta parsimonia?
Pensó en soltar la rueda y salir corriendo para librarse de aquella tortura, pero sabía que era imposible. Si nadie la sujetaba, el giro de la rueda sería demasiado rápido, demasiado repentino, y él recibiría un tremendo golpe.
—¡Trabadlo! —gritó de nuevo maese De'Unnero; Dellman lo oyó, pero todos parecían moverse con una lentitud exasperante.
Y la rueda lo venció: los músculos de Dellman habían sobrepasado el límite de la máxima fatiga.
Entonces retrocedió doblándose hacia atrás; todas las articulaciones parecían ir por donde no debían. Oyó un golpe repentino, como un latigazo, mientras una pierna le estallaba de dolor, y se vio forzado a dar una voltereta hacia atrás. Sin embargo, un brazo le quedó enganchado y la rueda, al girar, lo obligó a efectuar un violento movimiento que al fin lo arrojó muy lejos, hasta chocar bruscamente contra una pila de agua, que se quebró por un lado y le rompió el hombro.
Quedó tumbado en el suelo, apenas consciente, empapado y cubierto de barro y sangre.
—Llevadlo a mis aposentos particulares —dijo una voz; Dellman pensó que podía ser la De'Unnero.
El padre se acercó a toda prisa y se inclinó sobre él; parecía realmente preocupado.
—No temas, joven hermano Dellman —dijo De'Unnero. Aunque parecía que intentaba consolarlo, su voz tenía un deje perverso—. Dios está conmigo, y con su poder te ayudaré a curar tu cuerpo maltrecho.
Cuando Callan y Seumo cogieron al magullado joven monje por los brazos y lo levantaron, el sufrimiento se hizo aún más intenso. Oleadas de dolor se propagaron por el cuerpo del pobre hermano Dellman: sentía que todos los músculos le ardían. Entonces empezó a hundirse más y más en una profunda negrura.
Todos los días parecían haber confluido en uno solo, pues no se dio cuenta de cómo pasaban. El tiempo carecía de sentido para maese Jojonah. Abandonaba la biblioteca inferior sólo cuando las necesidades fisiológicas le obligaban a ello y regresaba tan pronto como podía. No había encontrado nada útil entre las pilas y pilas de tomos y pergaminos, pero sabía que estaba cerca. Lo sentía en su corazón y en su alma.
De vez en cuando echaba una ojeada a la estantería de libros prohibidos preguntándose si habrían sido colocados allí no a causa de algún escrito maligno, sino porque guardaban alguna verdad que resultaría perjudicial a los actuales jerarcas de la orden abellicana. Después de repetidas reflexiones de esta índole, en una ocasión incluso se levantó y avanzó unos pasos hacia la estantería, pero maese Jojonah se rió ante su propia paranoia. Conocía aquellos libros, pues había ayudado a hacer su inventario; ése había sido uno de los trabajos requeridos para alcanzar la categoría de inmaculado. En ellos no había verdades ocultas; eran libros sobre el mal, sobre la magia negra del Dáctilo y sobre la perversión de los poderes de las piedras sagradas para propósitos malignos, para convocar demonios o resucitar cadáveres, para producir plagas o destruir cosechas —prácticas inaceptables incluso en tiempos de guerra. En una asamblea privada de padres, Jojonah descubrió que uno de esos libros, en concreto, describía una destrucción masiva de cosechas que la iglesia había realizado en el sureño reino de Behren en el año 67 del Señor, cuando Behren y Honce el Oso se hallaban enzarzados en una cruenta guerra por el control de los pasos a través de la cordillera de Cinturón y Hebilla. La hambruna había cambiado el sentido de la batalla, pero, al considerarlo retrospectivamente, el coste en vidas inocentes y enemistades duraderas no había compensado la victoria.
No, aquellos libros ubicados en el oscuro rincón de la biblioteca inferior no ofrecían ninguna muestra de justicia o de verdad, a menos que se aprovecharan las lecciones que podían aprenderse de los terribles errores del pasado.
Pero Jojonah tenía que recordárselo muy a menudo, mientras los días se sucedían sin ninguna novedad destacable. Otra cosa empezó a perturbar la sensibilidad del afable padre, de modo que su preocupación fue creciendo hasta abrumarlo: la inquietante situación de los prisioneros de Markwart. Lo estaban pagando caro, quizás incluso ya habían pagado el precio supremo, por culpa de su demora en la biblioteca. Una parte considerable de su conciencia le decía que fuera a comprobar cómo estaban aquella pobre gente y el centauro, el cual, si había estado con Avelyn cuando éste había derrotado al demonio Dáctilo, era por supuesto un héroe.
Pero Jojonah no podía salir de allí, todavía no, y por lo tanto tuvo que superar su preocupación por los prisioneros. Tal vez su trabajo allí los salvaría, se dijo a sí mismo, o quizás impediría que la iglesia cometiera más adelante alguna de aquellas atrocidades.
Por lo menos, había realizado algunos progresos. La biblioteca no estaba tan dispuesta al azar como había creído al principio. Estaba dividida en secciones, y éstas se hallaban ordenadas cronológicamente, desde los primeros días de la iglesia hasta unos dos siglos antes, cuando construyeron las nuevas bibliotecas y aquel lugar se convirtió en un almacén y dejó de ser una zona destinada al trabajo. Afortunadamente para Jojonah, la mayoría de los escritos del período en que vivía el hermano Allabarnet, por lo menos los que se habían obtenido extramuros de Saint Mere Abelle, estaban guardados allá abajo.
Tan pronto como descubrió la estructura general de la biblioteca, maese Jojonah empezó a inspeccionar los tomos más antiguos, los datados antes del año 1 del Señor, la Gran Epifanía, la Renovación, que dividió la iglesia en Viejo Canon y Nuevo Canon. Jojonah imaginó que sus respuestas podrían encontrarse en la época anterior a la Renovación, en los comienzos de la organización de la iglesia, en los tiempos de San Abelle.
Pero no encontró nada; los pocos documentos que quedaban —y aún eran menos los legibles— eran decorosos trabajos, sobre todo canciones, que loaban la gloria de Dios. Muchos se habían escrito en pergaminos tan frágiles que Jojonah no se atrevió ni siquiera a tocarlos, y otros se hallaban grabados en tablas de piedra. Los escritos de San Abelle no se encontraban allá abajo, naturalmente, sino que podían verse en la biblioteca superior. Jojonah se los sabía de memoria y no recordaba nada que pudiera ayudarlo en su investigación. Las enseñanzas eran, en su mayor parte, de carácter general, sabias palabras acerca de normas generales de conducta, abiertas a múltiples interpretaciones. Pero el padre hizo votos para volver a revisarlos otra vez cuando se presentara la ocasión, para comprobar si podía leerlos bajo una nueva luz gracias a sus nuevas reflexiones, para verificar si le aportaban alguna señal de los verdaderos preceptos de la iglesia.
El mayor deseo de Jojonah era encontrar la Doctrina de los Abades en el trascendental año de la Gran Epifanía, pero sabía que no era posible. Una de las cosas más grotescas de la orden abellicana era que el original de la Doctrina de los Abades se había perdido hacía siglos.
Así pues, el padre prosiguió con lo que tenía a mano y se dedicó a las obras escritas inmediatamente después de la creación del Nuevo Canon. Pero no encontró nada. Absolutamente nada.
Un hombre con menos coraje se habría rendido ante aquella tarea desalentadora, pero la idea de abandonar no cabía en la cabeza de Jojonah. Continuó su exploración cronológica y encontró algunos indicios prometedores entre los escritos de los primeros padres abades, el sentido de algunas frases, por ejemplo, que jamás podría imaginar en boca de Markwart.
Entonces encontró el tomo más interesante: un pequeño libro encuadernado en tela roja, escrito por un joven monje, el hermano Francis Gouliard en el año 130 del Señor, el año siguiente al primer viaje a Pimaninicuit tras la Gran Epifanía.
Las manos de Jojonah temblaban mientras pasaba las páginas cautelosamente. El hermano Francis —qué irónico que parecía aquel nombre— había sido uno de los preparadores de aquel viaje y, al regresar, había escrito la historia de la expedición.
Este solo hecho impresionó profundamente a Jojonah; en la actualidad a los monjes que regresaban de Pimaninicuit se les aconsejaba o, mejor dicho, se les prohibía incluso mencionar aquel lugar. El hermano Pellimar había regresado con la lengua demasiado suelta y, no por casualidad, no había vivido mucho para contarlo. Sin embargo, en la época de Francis Gouliard, se animaba a los preparadores, según el texto, a detallar las incidencias del viaje.
Aunque en la oscura habitación hacía frío, Jojonah sintió que el sudor le bajaba por la frente, y tuvo que evitar que las gotas le cayeran sobre aquellas páginas tan delicadas. Le temblaban los dedos cuando con gran precaución volvió la página y leyó:
... para encontrar tus más pequeñas piedras grises y rojas y prepararlas a conciencia con objeto de conseguir piadosas curaciones para todo el mundo.
Maese Jojonah se recostó en la silla y exhaló un profundo y tranquilizador suspiro. ¡Ahora comprendía por qué había en la abadía una cantidad tan enorme de pequeñas hematites, pequeñas piedras grises y rojas! El pasaje siguiente, en el cual el hermano Francis Gouliard escribía acerca de sus compañeros de viaje, todavía le impresionó más profundamente:
Treinta y tres hermanos tripularon el Mar Abelle, hombres jóvenes, fuertes y muy bien adiestrados, encargados de llevar a los dos preparadores a la isla de Pimaninicuit y regresar.
Y luego los treinta y uno (pues dos murieron) se reunieron para la catalogación y preparación final.
—Hermanos —murmuró Jojonah en voz baja—. En el Mar Abelle. Empleaban monjes.
El padre se había quedado sin aliento y era incapaz de articular palabra alguna. Un torrente de lágrimas inundó su rostro al recordar el destino del Corredor del Viento y de su desgraciada tripulación, hombres contratados —y además una mujer—, en lugar de hermanos. Le llevó largo rato recuperarse y continuar la lectura. El hermano Francis Gouliard tenía un estilo muy difícil; muchas palabras eran arcanos que Jojonah no sabía descifrar, y el hombre tenía tendencia a escribir según le venían las cosas a la mente, en lugar de seguir un orden cronológico. Unas pocas páginas más adelante, el hermano Francis se dedicaba a describir la partida de Saint Mere Abelle, el inicio del viaje.
Y allí estaba un edicto del padre abad Benuto Concarron, en su parlamento de despedida al barco y a la tripulación, en el que pedía que la orden abellicana difundiera los dones de Dios, las gemas, junto con la palabra de Dios.
Piedad, dignidad, pobreza.
Jojonah lloró sin contenerse; aquélla era la iglesia en la que él podía creer, la iglesia que había arraigado en un hombre tan puro de corazón como Avelyn Desbris. Pero ¿qué había sucedido para que alterara tanto su rumbo? ¿Por qué estaban las piedras grises y rojas todavía en Saint Mere Abelle? ¿Dónde estaba la caridad?
—¿Y dónde está ahora? —se preguntó Jojonah en voz alta, pensando de nuevo en los pobres prisioneros. ¿Adónde había ido a parar la iglesia del hermano Francis Gouliard y del padre abad Benuto Concarron?
»Maldito seas, Markwart —murmuró maese Jojonah, concentrándose en el significado de cada palabra. Escondió el libro debajo de sus voluminosos hábitos, salió de los sótanos y se encaminó directamente a su habitación en busca de intimidad. Pensó que tenía que ver al hermano Braumin, pero decidió que eso podía esperar, pues había otro asunto que lo obsesionaba desde hacía varios días.
Así pues, bajó sin tardanza otra vez a las plantas inferiores de Saint Mere Abelle, al otro extremo de la inmensa abadía, a las salas que el padre abad había convertido en mazmorras. No se sorprendió demasiado al ver que había un monje montando guardia; el joven se le interpuso para impedirle el paso.
—No voy a perder el tiempo discutiendo contigo, joven hermano —fanfarroneó Jojonah, tratando de impresionarlo—. ¿Cuántos años han transcurrido desde que pasaste por la vía de los que sufren de buen grado?
¡Por supuesto el formidable padre había impresionado al pobre y joven hermano!
—Un año, padre —respondió casi en un susurro—, y cuatro meses.
—¿Un año? —tronó Jojonah— ¿Y te atreves a impedirme el paso? Alcancé la categoría de padre antes de que nacieras, y aún te atreves a ponerte frente a mí y a decirme que no puedo pasar.
—El padre abad...
Jojonah ya había oído bastante. Extendió el brazo y apartó al joven abriéndose paso con violencia, mientras clavaba la mirada en el monje, desafiándolo a que intentara detenerlo.
El joven tartamudeó una débil protesta, pero no pudo hacer otra cosa más que patear el suelo con frustración e impotencia, mientras Jojonah continuaba bajando las escaleras. Al fondo había otros dos monjes jóvenes de guardia, pero Jojonah ni siquiera se dignó dirigirles la palabra; siguió adelante, empujándolos, y tampoco ellos se atrevieron a impedirle el paso por la fuerza. No obstante, uno de ellos se fue detrás de él, quejándose a cada paso, mientras el otro se marchaba corriendo en sentido contrario; Jojonah estaba seguro de que iba a avisar al padre abad.
También estaba seguro de que estaba pisando un terreno peligroso, tal vez obligando al padre abad a ir demasiado lejos. Pero el libro que había encontrado no había hecho más que fortalecer su resolución de oponerse con firmeza a las injusticias del padre abad. Hizo votos en silencio para no dar su brazo a torcer, fuese cual fuese el castigo, y para comprobar el estado de los pobres prisioneros, a fin de verificar si seguían vivos y su trato era pasable. Jojonah se estaba arriesgando en grado sumo y racionalmente podía argüir que a largo plazo era más ventajoso quedarse en la sombra sin hacer nada. Pero esa actitud no serviría de mucho a los pobres Chilichunk y al heroico centauro; además, Jojonah sabía que aquel argumento era uno de los que hombres como Markwart utilizaban a menudo para justificar acciones impías o cobardes.
De modo que no se preocupó en absoluto por analizar si su comportamiento podía llevar la rabia de Markwart a una situación límite. Empujó una puerta y luego a otro alarmado joven monje, y bajó por otra escalera. Entonces se detuvo: el hermano Francis estaba frente a él.
—No deberías estar aquí abajo —declaró Francis.
—¿Quién lo dice?
—El padre abad Markwart —contestó Francis sin vacilar—. Sólo él, yo mismo y maese De'Unnero estamos autorizados a bajar por las escaleras inferiores.
—Un meritorio equipo —dijo con sarcasmo maese Jojonah—. Y ¿por qué es así, hermano Francis? ¿Para que podáis torturar a los pobres e inocentes prisioneros en privado? —dijo en voz alta, y experimentó cierta alegría al oír que un joven vigilante detrás de él arrastraba los pies con manifiesta incomodidad.
—¿Inocentes? —repitió Francis con escepticismo.
—¿Estáis tan avergonzados de vuestros actos que debéis realizarlos aquí abajo, lejos de la vista de los que rezan? —insistió maese Jojonah, avanzando un paso más mientras hablaba—. Sí, he oído la historia de Grady Chilichunk.
—Un accidente en la carretera —protestó Francis.
—¡Oculta tus pecados, hermano Francis! —replicó Jojonah—. ¡Pero por mucho que los ocultes, siempre seguirán siendo pecados!
Francis sonrió despectivamente.
—No puedes entender el significado de la guerra que estamos librando —protestó—. ¡Te apiadas de criminales, mientras gente inocente paga caro por culpa de sus crímenes contra la iglesia, contra toda la humanidad!
La respuesta de Jojonah llegó en forma de un pesado gancho de izquierda. Éste no pilló totalmente desprevenido al hermano Francis, que se las apañó para dar un giro, por lo que el golpe sólo le rozó la cara. Al fallar, maese Jojonah perdió el equilibrio, y el hermano Francis saltó encima de él, lo inmovilizó con una apretada llave en la garganta y lo torció con fuerza.
Maese Jojonah se revolvió y se retorció, pero sólo por un instante, ya que la interrupción brusca del flujo de sangre al cerebro, le hizo perder la conciencia.
—¡Hermano Francis! —chilló el joven monje, presa de pánico, corriendo a toda prisa para separarlos. Francis lo dejó hacer de buen grado y Jojonah se desplomó pesadamente sobre el suelo.
Oyó un fuerte ruido de pasos sobre la madera. Paso a paso, fue sumergiéndose en el ritmo de aquellas zancadas, las siguió y se dejó llevar por ellas de nuevo al mundo de los vivos. La luz pareció deslumbrarlo, pues sus ojos se habían habituado durante los últimos días a la oscuridad; en cuanto consiguió que su vista se adaptara, supo exactamente dónde se hallaba: recostado en una silla en la habitación privada del padre abad Markwart.
Markwart y el hermano Francis estaban de pie frente a él; ninguno de los dos parecía demasiado contento.
—Atacaste a un monje —empezó diciendo con brusquedad el padre abad Markwart.
—Era un subordinado impertinente que necesitaba una reprimenda —replicó maese Jojonah mientras se frotaba las legañas de los ojos—. Un hermano que necesitaba imperiosamente una buena zurra.
Markwart miró al presuntuoso hermano Francis.
—Tal vez —asintió, simplemente para rebajar los humos del engreído joven monje—. Pero —continuó volviendo a dirigirse a Jojonah—, no hacía más que cumplir mis órdenes.
Maese Jojonah hizo enormes esfuerzos para controlarse, pues tenía ganas, unas ganas imperiosas, de mandar a paseo su prudente pragmatismo y de decirle a Markwart, al perverso Markwart, exactamente qué pensaba de él y de su desviada iglesia. Se limitó a morderse el labio y dejó que el anciano continuara.
—Abandonaste tus obligaciones para impulsar la causa del hermano Allabarnet —le reprochó el padre abad—. Una meritoria causa, creo yo, dado el destino del pobre abad Dobrinion, pues los monjes de Saint Precious necesitan algo que les levante la moral en estos tiempos tan oscuros. Y, sin embargo, abusas del tiempo libre que te concedí y atraviesas toda la abadía para mezclarte en asuntos que no son de tu incumbencia.
—¿Acaso no tengo que preocuparme de que haya prisioneros inocentes en las mazmorras? —replicó maese Jojonah con voz firme y potente— ¿Acaso no tengo que preocuparme por seres humanos que no han cometido delito ni pecado alguno y por un centauro, que quizás es un héroe, cuando todos ellos están encadenados en las mazmorras de este supuesto santuario sagrado y sometidos a torturas?
—¿Torturas? —se burló el padre abad—. No sabes nada al respecto.
—Por eso mismo intenté enterarme —explicó Jojonah—. Pero tú me lo impediste, se lo impedirías a cualquiera.
Markwart se burló de nuevo.
—No sometería a los asustados Chilichunk y al potencialmente peligroso Bradwarden a interrogatorios de otros. Son responsabilidad mía.
—Son tus prisioneros —corrigió Jojonah.
El padre abad Markwart reflexionó y suspiró profundamente.
—Prisioneros —repitió—. Sí, lo son. Dices que no han pecado, pero son aliados de los ladrones que tienen las gemas robadas. Dices que no han cometido ningún delito, pero tenemos muy buenas razones para creer que el centauro estaba aliado con el demonio Dáctilo, y sólo la destrucción accidental de Aida le impidió reunirse con él para desbocarse contra la gente de bien de todo el mundo.
—Destrucción accidental —repitió Jojonah con incredulidad y sarcasmo.
—¡Ése ha sido el resultado de mi investigación! —chilló súbitamente Markwart, mientras se acercaba tanto a la silla de Jojonah que éste, por un momento, creyó que iba a pegarle—. Y ahora tú te dedicas a emprender otras pesquisas.
Si por lo menos comprendieras la verdad, replicó sin verbalizarlo Jojonah, y se alegró de haber escondido el libro antiguo en su habitación antes de intentar llegar hasta los prisioneros.
—¡Ni siquiera fuiste capaz de cumplir con tu deber! —prosiguió Markwart—. Y mientras trabajabas, enterrado en obras antiguas que carecen de importancia en la peligrosa situación actual, poco faltó para que uno de nuestros hermanos más jóvenes se matara.
Jojonah aguzó los oídos.
—En el patio —prosiguió Markwart—. Mientras realizaba un trabajo que habitualmente controlas tú, pero que maese De'Unnero tuvo que supervisar, además de ocuparse de los jornaleros que está dirigiendo. Tal vez ésa fue la causa que le impidió reaccionar a tiempo cuando dos de los tres hermanos que empujaban la rueda resbalaron. Faltó poco para que la repentina tracción partiera por la mitad al tercero, al pobre Dellman.
—¡Dellman! —gritó Jojonah, casi saltando de la silla y obligando a Markwart a retroceder. El pánico hizo presa de la mente de Jojonah; súbitamente se preocupó por el hermano Braumin, al que hacía días que no veía. ¿Cuántos «accidentes» habrían ocurrido?
No obstante, se dio cuenta de que su excitación no hacía más que implicar a Dellman en la conspiración y, por consiguiente, se esforzó al máximo por controlarse y se recostó de nuevo en la silla.
—¿El mismo hermano Dellman que nos acompañó a Aida? —preguntó.
—El único hermano Dellman —replicó severamente Markwart, advirtiendo la argucia.
—Qué lástima —comentó Jojonah—. ¿Está vivo, pese a todo?
—Apenas, y quizá no por mucho tiempo —contestó el padre abad, reanudando sus paseos.
—Iré a verlo.
—¡No irás! —espetó el padre abad—. Está bajo la custodia de maese De'Unnero; te prohíbo que intentes ni siquiera hablarle. No necesita oír tus disculpas, maese Jojonah. Que la culpa de tu ausencia pese sobre tu cabeza. Quizás eso te encauce de nuevo en tus verdaderos deberes y objetivos.
La idea de que él tuviera alguna responsabilidad era absurda, por supuesto, pero Jojonah comprendió la sutil intención subyacente en las palabras del padre abad. Markwart estaba utilizando ese pretexto para mantenerlo apartado del hermano Dellman, para evitar que influyera sobre el joven, mientras De'Unnero, tan eficaz para deformar la mente de los hermanos que salieron en busca de Avelyn, realizaba su perverso trabajo.
—Me servirás de testigo, hermano Francis —dijo Markwart—. Te aviso, maese Jojonah, si oigo que te acercas al hermano Dellman, las consecuencias tanto para ti como para él serán terribles.
A Jojonah le sorprendió que Markwart hubiera mostrado sus cartas, que lo hubiera amenazado casi abiertamente. Todo se estaba desarrollando de acuerdo con los intereses del padre abad, le parecía a Jojonah; así que ¿por qué había dado aquel paso tan temerario?
No se esforzó por descubrir la respuesta; simplemente inclinó la cabeza y se fue, sin la menor intención de desobedecer, por el momento, aquella orden de Markwart. Razonó que sería mejor para el hermano Dellman que rompiera toda conexión con él durante los días siguientes. Además, sólo estaba empezando su trabajo. Tomó una frugal comida, se fue a su habitación y suspiró profundamente aliviado al comprobar que el tomo seguía allí. Luego volvió a las escaleras inferiores y se dirigió otra vez hacia las antiguas bibliotecas, en busca de otras piezas del rompecabezas, que cada vez resultaba más apasionante.
Las puertas estaban selladas, bloqueadas por pesadas tablas. Un joven monje, al que Jojonah no conocía, estaba montando guardia.
—¿Qué significa esto? —preguntó el padre.
—Ya no se permite la entrada a las bibliotecas inferiores —replicó de forma mecánica el hombre—. Por orden de...
Incluso antes de que terminara, maese Jojonah se alejó precipitadamente y subió los peldaños de dos en dos. No se sorprendió al encontrar al padre abad Markwart esperándolo en sus aposentos particulares; en aquella ocasión estaba solo.
—No me dijiste nada acerca de la suspensión de mi trabajo —empezó diciendo maese Jojonah, mientras con mucha cautela buscaba la estrategia más adecuada para aquella lucha, pues estaba convencido de que podría resultar decisiva.
—Ahora no es el momento de preocuparse por la santidad del hermano Allabarnet —replicó el padre abad serenamente—. No puedo permitirme tener a uno de mis padres malgastando un tiempo precioso en esos subterráneos.
—Una palabra curiosamente bien elegida —respondió Jojonah—, si consideramos que tienes a muchos de tus hermanos de mayor confianza malgastando el tiempo en subterráneos de otra índole.
Percibió el brillo de la cólera en los ojos del anciano, pero Markwart recuperó la calma enseguida.
—El proceso de canonización tendrá que esperar hasta que acabe la guerra —dijo.
—Según dicen todos, es posible que ya haya acabado —se aprestó a responder Jojonah.
—Y hasta que se acaben las amenazas contra nuestra orden —añadió el padre abad Markwart—. Es razonable suponer que si un powri pudo entrar en los aposentos del abad Dobrinion, nadie puede sentirse seguro. Nuestros enemigos están desesperados en estos momentos, pues la guerra les va mal, y es lógico pensar que puedan empezar una larga campaña de asesinatos de nuestros jerarcas más importantes.
Jojonah tuvo que hacer denodados esfuerzos para que la lengua no se le soltara, para reprimirse y no acusar a Markwart, allí mismo y en aquel mismo momento, de complicidad en el asesinato de Dobrinion. Ya no le importaba ni un ápice su bienestar personal, y habría presentado cargos contra el padre abad de forma directa y pública iniciando una lucha interna que probablemente le costaría la vida. Pero no podía hacerlo, se recordó a sí mismo muchas veces durante unos pocos segundos. Tenía que pensar en los demás: Dellman, Braumin Herde, Marlboro Viscenti y los pobres prisioneros. Por ellos, y no por él mismo, no podía entablar una batalla abierta contra Markwart.
—El proceso también tendrá que aguardar a que recuperemos las gemas robadas —prosiguió Markwart.
—O sea que tendré que quedarme sin hacer nada en las plantas superiores —se atrevió a observar Jojonah.
—No; tengo otros planes para ti —replicó Markwart—. Asuntos más importantes. Es evidente que ya estás restablecido y en forma como para atacar a otro monje, por lo que debes prepararte para emprender otro viaje.
—Pero si acabas de decir que la canonización se demoraría —respondió Jojonah.
—Eso dije —repuso Markwart—. Pero tu destino ya no es Saint Honce; irás a Palmaris, a Saint Precious, para ser testigo del nombramiento de un nuevo abad.
Maese Jojonah no pudo disimular su sorpresa. No había ningún monje en la abadía preparado para ocupar aquel cargo; por lo que él sabía, ni siquiera se había hablado de la sucesión, tema que, lógicamente, se trataría en la asamblea de abades que se celebraría más tarde, aquel mismo año.
—Maese De'Unnero —contestó el padre abad Markwart a su pregunta no formulada.
—¿De'Unnero? —repitió Jojonah con incredulidad— ¿El padre más joven de todo Saint Mere Abelle, un hombre prematuramente promocionado debido a la muerte de maese Siherton?
—Debido al asesinato de maese Siherton a manos de Avelyn Desbris —se apresuró a recordarle Markwart.
—¿Asumirá la dirección de Saint Precious? —continuó Jojonah, demasiado absorto para ni siquiera notar el último puyazo verbal—. Ciertamente es un cargo de gran importancia, dado que Palmaris está muy cerca del frente de batalla.
—Exactamente por esa razón escogí a De'Unnero —replicó con calma Markwart.
—¿Escogiste? —repitió Jojonah. Había muy pocos precedentes de algo semejante; el nombramiento de un abad, incluso el de un monje de la misma abadía afectada, no era un tema menor y se dejaba al criterio colectivo de la asamblea de abades.
—No hay tiempo para convocar la asamblea con la premura necesaria —explicó Markwart—. Tampoco podemos esperar hasta la convocatoria prevista para Calember. Hasta entonces, actuando en lo que considero condiciones de emergencia, he nombrado a maese De'Unnero como sustituto de Dobrinion.
—Temporalmente —dijo Jojonah.
—Permanentemente —replicó con severidad—, y tú, maese Jojonah, lo acompañarás.
—Acabo de regresar después de muchas semanas en la carretera —protestó Jojonah, pero sabía que estaba vencido.
Comprendió que se había equivocado al intentar visitar a los prisioneros, al presionar demasiado a Markwart. Ahora lo pagaría. El padre abad se había mantenido dentro de la legalidad al detener el proceso de canonización durante un tiempo; si el nombramiento para abad de De'Unnero a cargo del padre abad sería permanente o no, era algo que se decidiría en la próxima asamblea de abades y no antes. Jojonah se encontraba sin pretextos y sin capacidad de maniobra.
—Permanecerás en Saint Precious para ayudar al padre... al abad De'Unnero, en calidad de su segundo —prosiguió Markwart—. Si él lo desea, podrás regresar a Saint Mere Abelle con él para la asamblea.
—Tengo más categoría que él.
—Ya no —replicó Markwart.
—Yo... la asamblea no estará de acuerdo —protestó Jojonah.
—Eso se verá a mediados de Calember —replicó Markwart—. Si los demás abades y los votos de sus segundos creen conveniente rechazar mi propuesta, entonces tal vez serás nombrado abad de Saint Precious.
Pero Jojonah sabía que, para entonces, Markwart probablemente ya habría recuperado las gemas y que todos los monjes aliados con la causa de Jojonah o, incluso, sus fervientes defensores se habrían visto obligados a irse de Saint Mere Abelle o habrían sido víctimas de «accidentes» como el del hermano Dellman, o se habrían convertido a la forma de pensar de Markwart mediante toda clase de mentiras y amenazas. Para aquellos hermanos de profundas convicciones, como él mismo, Markwart encontraría misiones en remotas y peligrosas tierras. Hasta aquel momento maese Jojonah no se había dado verdadera cuenta del terrible enemigo que el viejo padre abad podía ser.
—Quizá volvamos a vernos —dijo Markwart, sacudiendo la mano en señal de despedida—. En atención a la paz de nuestros espíritus, espero que no.
«Se acabó», pensó maese Jojonah.
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7
Resolución
Avistaron agrupaciones de casas, granjas en su mayor parte, al norte de Palmaris, y se sintieron reconfortados al ver que mucha gente había abandonado la protección de las murallas de la ciudad y había regresado a sus hogares.
—La región está volviendo a la normalidad —observó Connor. Iba montado a horcajadas sobre su caballo, cerca de Pony, que montaba a Sinfonía junto con Belli'mar Juraviel. Elbryan y Roger caminaban delante flanqueando al hermano Youseff, que tenía las manos estrechamente atadas a la espalda—. Pronto recuperaremos la paz —prometió Connor. Su vaticinio les pareció muy factible a los demás, pues no habían visto ningún monstruo durante todo el camino hasta allí.
—Es posible que Caer Tinella y Tierras Bajas hayan sido los últimos baluartes de monstruos en la región —dedujo el guardabosque—. La presencia de algunos de ellos no resultaría un gran problema para la guarnición de Palmaris. —El guardabosque hizo un alto, tomó la brida de Sinfonía y lo detuvo. Miró hacia sus dos amigos, y ambos, Pony y Juraviel, comprendieron.
»No cometeremos la temeridad de entrar en la ciudad —declaró Elbryan a Connor—. Ni siquiera la de acercarnos para que la gente de las granjas pueda vernos —añadió mirando al hermano Youseff—. El solo hecho de saber algo de nosotros podría ocasionarles problemas.
—Porque admites que estáis señalados como proscritos —comentó aguda y ásperamente el hermano Youseff—. ¿Creéis que la iglesia dejará de perseguiros? —preguntó con una sonrisa perversa, totalmente impropia de un prisionero.
—Es posible que la iglesia tenga otros problemas más urgentes cuando se sepa la verdad de lo que hicisteis en Saint Precious —indicó Connor, haciendo avanzar a Piedra Gris hasta situarlo entre el monje y el guardabosque.
—¿Y qué pruebas tenéis de esas absurdas acusaciones? —se apresuró a replicar el hermano Youseff.
—Ya veremos —contestó Connor. Se volvió hacia Elbryan y hacia los dos que montaban a Sinfonía—. Roger y yo lo entregaremos a mi tío —explicó—. Utilizaremos los cauces del poder secular antes de intentar determinar cuántos miembros de la iglesia tomarán partido por este perro y sus amos.
—Podrías estar empezando una pequeña guerra —razonó Pony, pues era bien sabido que la iglesia era casi tan poderosa como el estado, y algunos de los que habían sido testigos de los poderes mágicos de la abadía Saint Mere Abelle incluso creían que la iglesia era más poderosa.
—Si la guerra ha de empezar, hay que dejar claro que la iniciaron los que asesinaron al abad Dobrinion, no yo ni mi tío —repuso Connor con convicción—. Yo me limito a cumplir con mi deber en respuesta a ese acto atroz y en defensa de mi propia vida.
—Esperaremos noticias vuestras —indicó Elbryan, que no tenía ganas de incidir más en aquella cuestión.
—Roger y yo nos reuniremos con vosotros tan pronto como podamos —asintió Connor—. Sé que estás impaciente por seguir tu camino.
Se detuvo en aquel punto por precaución, pues no quería que el peligroso monje que llevaban prisionero supiera que Elbryan se proponía ir lo más pronto posible a Saint Mere Abelle. Había visto tantos prodigios producidos por la magia de las piedras, que Connor pensó que sería una insensatez que el guardabosque declarara abiertamente a Youseff que irían en socorro de sus amigos prisioneros. Cuanto menos información concreta conociera aquel peligroso monje, mejor para todos ellos.
Connor hizo una seña a Elbryan y desvió su caballo; el guardabosque echó a andar a su lado y se alejaron de los demás.
—Quiero desearte buena suerte, Pájaro de la Noche, por si no pudiera volver —dijo el noble con toda sinceridad. Elbryan siguió la mirada del noble hacia Pony—. Sería un mentiroso si no admitiera que te envidio —prosiguió Connor—. Yo también la amé; ¿quién no lo haría, después de haber admirado su belleza?
Elbryan no sabía qué decir, y no dijo nada.
—Pero es evidente quién es el dueño del corazón de Jill... de Pony —añadió Connor después de una prolongada e incómoda pausa—. Su corazón te pertenece —dijo mirándolo a los ojos.
—No tienes intención de regresar —dijo Elbryan comprendiéndolo de repente—. Entregarás al monje y después te quedarás en Palmaris.
El hombre se encogió de hombros sin comprometerse.
—Es doloroso verla —admitió—, doloroso y, a la vez, maravilloso. Todavía no he averiguado cuál de las dos emociones prevalece.
—Que tengas suerte —respondió Elbryan.
—Lo mismo digo —dijo Connor. Miró otra vez a Pony—. ¿Puedo despedirme de ella en privado? —preguntó.
Elbryan contestó con una sonrisa de aprobación, aunque consideraba que aquello no era decisión suya en absoluto. Si Pony quería hablar en privado con Connor, lo haría, al margen de lo que él, Elbryan, pensara al respecto. Para ponerle las cosas más fáciles a Connor, pues sentía una sincera simpatía hacia él, volvió junto a Pony para transmitirle la petición. Tras esperar a que Juraviel bajara de Sinfonía, la mujer espoleó al caballo para reunirse con el noble.
—Tal vez no vuelva —explicó Connor.
Pony asintió, insegura aún de por qué Connor había aparecido en su búsqueda.
—Tenía que volver a verte —prosiguió comprendiendo la pregunta no verbalizada de Pony—. Tenía que saber que estabas bien; tenía que...
Hizo una pausa y exhaló un profundo suspiro.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Pony con brusquedad—. ¿Qué podemos decirnos que no nos hayamos dicho antes?
—Tienes que perdonarme —declaró Connor, y entonces intentó desesperadamente explicárselo—. Me sentí herido... mi orgullo. No quería enviarte lejos, pero no podía soportar verte, saber que no me amabas...
La sonrisa de Pony lo hizo callar.
—Jamás te he culpado, o sea que no tengo nada que perdonarte —respondió serenamente—. Creo que lo ocurrido entre nosotros fue trágico para los dos. La nuestra es una amistad muy especial y siempre la guardaré como un tesoro.
—Pero lo que hice en nuestra noche de bodas... —protestó Connor.
—Es lo que no hiciste lo que me permite no culparte —repuso Pony—. Habrías podido poseerme y, si lo hubieras hecho, jamás te lo habría perdonado, desde luego; habría utilizado mi magia para derribarte en el prado la primera vez que volví a verte —añadió. En cuanto las palabras salieron de su boca se dio cuenta de que estaba mintiendo. Cualesquiera que fuesen sus sentimientos hacia Connor, no podía utilizar las gemas, los dones sagrados de Dios, con objeto de vengarse.
—Lo siento —dijo Connor con sinceridad.
—Yo también —respondió Pony; se inclinó hacia él y lo besó en la mejilla—. Buena suerte, Connor Bildeborough. Ahora ya sabes quién es el enemigo. Suerte en la pelea —añadió antes de girar al caballo y regresar junto a Elbryan.
Poco después, Pony, Elbryan y Juraviel se dirigían de nuevo hacia el norte, llenos de esperanza, pero haciendo planes para un viaje que sabían podría resultar tan siniestro como la expedición a Aida para enfrentarse al demonio Dáctilo. Confiaban en que la misión de Connor sería fructífera y rápida, y que el rey y los miembros sensatos y piadosos de la orden abellicana, si es que quedaba alguno, se volverían contra aquel perverso padre abad que tan injustificadamente había hecho prisioneros a Bradwarden y a los Chilichunk. También abrigaban la esperanza de encontrar a sus amigos sanos y libres antes incluso de que ellos llegaran a Saint Mere Abelle.
Pero la experiencia indicaba algo muy distinto, ya que las acciones políticas de esa índole tardaban meses, incluso años. Bradwarden y los Chilichunk no podían esperar, no se los podía hacer esperar, y por consiguiente los tres decidieron que saldrían hacia la abadía de la bahía de Todos los Santos tan pronto como Roger, tal vez en compañía de Connor, estuviera de regreso.
Con la misma determinación, Roger y Connor partieron hacia Palmaris. Connor tenía mucha fe en su tío Rochefort. Desde que era un chiquillo, siempre había considerado que era alguien que podía realizar grandes cosas, un hombre importante que influía en la vida de la ciudad. En las numerosas ocasiones en las que Connor se había metido en líos, su tío Rochefort se había ocupado del asunto con discreción y eficacia.
El hermano Youseff percibió la confianza de Connor, tanto porque presumía de lo que su tío llevaría a cabo como por la manera jactanciosa de ir montado en la silla.
—Deberías comprender, maese Bildeborough, las consecuencias de estar aliado con esos dos —echó en cara el monje.
—Si no cierras el pico, te pondré una mordaza —prometió Connor.
—¡Qué situación embarazosa para tu tío! —insistió Youseff—. Será divertido cuando el rey descubra que el sobrino del barón Bildeborough viaja con proscritos.
—Desde luego —respondió Connor, mirándolo—. Ahora mismo lo estoy haciendo.
Al hermano Youseff no le hizo gracia.
—Por supuesto, tu acusación es ridícula —dijo—. Y tu tío lo reconocerá y pedirá disculpas a la iglesia... y tal vez logre persuadirla para que acepte sus disculpas y no lo excomulgue.
Connor se burló abiertamente sin dejarse impresionar y, desde luego, sin dar el menor crédito a las palabras del peligroso monje. No obstante, el miedo impregnaba sus pensamientos, por él mismo y por su tío. Se esforzó por mantener firme su confianza en aquel hombre importante, el barón de Palmaris, pero no pudo menos que repetirse muchas veces a sí mismo que no debía subestimar el poder de la iglesia.
—Tal vez incluso os podrían perdonar también a vosotros dos —prosiguió Youseff astutamente.
—¿Perdonarnos por defendernos? —bromeó Roger.
—Ninguno de los dos estuvisteis implicados —repuso Youseff—. Sólo la chica y el otro, y tal vez el elfo; no sabíamos de su existencia y, por lo tanto, su destino está por determinar.
De nuevo Connor se burló. Que aquel hombre que lo había acechado en el Camino, que había intentado darle caza y matarlo, insistiera en que él no estaba implicado era realmente grotesco.
—Ah sí, la chica —prosiguió el hermano Youseff, cambiando de tono y mirando hacia arriba, a Connor, con el rabillo del ojo para evaluar su reacción—. Qué dulce resultará capturarla —dijo obscenamente—. Quizá tendré tiempo de divertirme con ella antes de entregarla a mis superiores.
El monje vio venir el golpe, que sin duda había provocado, y en esa ocasión no lo rehuyó, sino que dejó que Connor lo alcanzara en la nuca. No fue un golpe fuerte, pero permitió a Youseff aprovecharlo para caerse de cabeza de forma convincente, de modo que su hombro izquierdo chocó contra el suelo y se dislocó a causa del impacto. El chasquido del hueso le produjo un intenso dolor, y gritó, aparentemente a causa del sufrimiento, pero en realidad para disimular los movimientos que hizo con objeto de acercar al máximo los brazos por detrás de la espalda, cambiando así el ángulo de las ataduras.
—¡Estamos casi en la ciudad! —le riñó Roger—. ¿Por qué le has pegado?
—¿No tenías tú ganas de hacer exactamente lo mismo? —replicó Connor, y Roger no supo qué contestar. El joven se acercó al derribado monje, y otro tanto hizo Connor después de desmontar de Piedra Gris.
La seguridad de las ataduras de Youseff se basaba en que no le permitían separar los brazos de la espalda, pero ahora, con el hombro desplazado de su lugar, ya no era así. El monje no tardó en conseguir tener libre la mano izquierda, pero mantuvo la posición conservando las manos bien juntas, sin hacer caso del agudo dolor que sentía en el hombro del mismo lado.
Roger se inclinó para sujetarlo.
Youseff planeó la táctica: el muchacho no era el más peligroso de los dos.
A continuación, Connor ayudó a Roger a levantarlo para ponerlo en pie.
Con una rapidez que ninguno de los dos alcanzó a comprender, el hermano Youseff afirmó los pies en el suelo y se incorporó; las cuerdas que lo sujetaban salieron volando en el preciso instante en que el brazo derecho dibujó un violento giro con los dedos rígidos en forma de C. El gancho mortal alcanzó de lleno la garganta del desprevenido Connor y permitió a Youseff cogerlo por la tráquea con la mano.
El monje miró fijamente a los ojos del noble, sin parpadear, indiferente, y le partió la garganta.
Connor Bildeborough cayó apretándose la mortal herida, esforzándose por aspirar un aire que no llegaría, intentando en vano detener la explosión de sangre que ascendía en forma de una niebla carmesí y que le hundía la tráquea abierta en los espasmódicos pulmones.
Youseff se dio la vuelta y, con un golpe, derribó al atónito Roger al suelo.
El joven advirtió que nada podía hacer por el pobre Connor y poca cosa contra el imponente monje. En el mismo instante en que se estrellaba contra el suelo, mientras Youseff se daba la vuelta para mofarse del agonizante Connor, se las apañó para llegar hasta el caballo.
—Creo que lo que voy a hacer a continuación será matar a tu tío —dijo Youseff con una malvada mueca.
Connor le oyó, pero sólo desde lejos, muy lejos. Sentía que estaba cayendo, deslizándose más y más profundamente en una negrura, más y más profundamente dentro de sí mismo. Sintió frío y se sintió solo; los sonidos fueron disminuyendo hasta extinguirse; la visión se le estrechó hasta convertirse en un punto de luz.
Brillante y cálido.
Halló un lugar de consuelo, un lugar de esperanza: había hecho las paces con Jill.
Ahora todo había desaparecido, salvo la luz, la calidez. El espíritu de Connor se dirigía hacia allí.
Roger se agarró a un estribo, pero el asustado caballo de Connor se desbocó y lo arrastró. Tras él oía al monje corriendo deprisa. Youseff había emprendido la caza.
Gruñendo de dolor, Roger hizo esfuerzos por acercarse al caballo mientras corría a su lado; con una mano se cogió de la silla, y con el otro brazo tendido hacia atrás, dio una fuerte palmada a Piedra Gris animándolo a correr aún más; mientras lo hacía, echó un vistazo hacia atrás para mirar a Youseff, que avanzaba veloz acortando distancias.
Con toda su agilidad y todas sus fuerzas, Roger intentaba desesperadamente encaramarse al caballo. A duras penas consiguió trepar un poco para despegar los pies del suelo. El caballo, al no tener ya peso que arrastrar, puso tierra por medio entre él y el perseguidor.
Roger ni siquiera intentó sentarse en la silla, sino que se limitó a tumbarse sobre ella transversalmente, con la cabeza colgando; en su rostro se dibujaban muecas de dolor a cada salto del animal.
El valiente caballo dejó atrás al monje.
El hermano Youseff, frustrado, pateó el suelo con violencia. Miró camino arriba y camino abajo, en ambos sentidos, mientras se preguntaba qué dirección tomar. Podía volver a Palmaris, pues, muerto Connor, probablemente nadie lo relacionaría con el asesinato del abad. Sin duda, la palabra de aquellos truhanes del norte no sería suficiente para que acusaciones tan graves recayeran sobre la iglesia abellicana.
Aunque no tenía miedo al barón de Palmaris ni a los monjes de Saint Precious, la sola idea de informar al padre abad Markwart acerca de lo ocurrido le ponía los pelos de punta. Dandelion había muerto, pero también el fastidioso maese Bildeborough.
Youseff miró hacia el norte, por donde había desaparecido Roger. Tenía que darle alcance antes de que el joven pudiera reunirse con los otros; tenía que asegurarse de contar con el factor sorpresa cuando atacara de nuevo a la chica. Y Youseff sabía que desde luego tenía que perseguir a la chica y a sus dos compañeros. La primera vez lo habían vencido sólo porque estaban prevenidos, pero ahora...
Luego ya podría informar al padre abad.
El hermano Youseff empezó a correr: las piernas le impulsaban incansablemente devorando quilómetro tras quilómetro.
Roger cabalgaba deprisa. Sospechaba que el monje no había abandonado la persecución, pues ambos sabían que el propósito de Roger era regresar junto a Elbryan y Pony, cosa que Youseff no podía permitir. No obstante, el muchacho no estaba demasiado preocupado, puesto que, gracias al caballo, podía mantenerse en cabeza con facilidad.
Sin embargo, no ocurría así exactamente: cuando trepó por la ladera de un monte, al mirar hacia atrás, divisó al monje en la carretera, lejos, ¡pero todavía corriendo!
—Imposible —murmuró Roger, calculando que ya habría recorrido más de ocho quilómetros. ¡Y la velocidad del monje parecía la misma que si hubiera empezado la persecución en aquel instante!
Roger siguió trepando y obligó al caballo a acelerar la marcha. Era evidente que el animal estaba cansado, pues por el pelo dorado se deslizaba el sudor, pero el chico no podía permitirse que Piedra Gris aflojara el ritmo. Varias veces echó ojeadas hacia atrás, esperando, rogando que el monje no pudiera aguantar más que el corcel. Siguió adelante sin salirse de la carretera, más preocupado por la velocidad que por esconderse, pues sabía que el monje, por extraordinaria que fuera su resistencia, no podría seguir el ritmo del caballo.
No tardó en volver a cabalgar sosegadamente, confiando en que habría dejado muy atrás a su perseguidor, mientras intentaba seguir la ruta más adecuada para encontrar a sus amigos; habían quedado de acuerdo para reunirse en una granja abandonada, a unos quince quilómetros de allí.
El caballo tropezó y los ojos de Roger se desorbitaron cuando vio el destello del metal a un lado de la carretera. Piedra Gris cojeaba debido a que había perdido una herradura.
Roger desmontó en un instante; de un salto recuperó la herradura y se dispuso a volver junto al caballo para ver de qué pata se le había desprendido. La respuesta le resultó evidente mientras se acercaba, pues el caballo cojeaba ostensiblemente de la pata trasera izquierda. Con suma cautela, Roger pasó su brazo por aquella extremidad y se la dobló hacia arriba por la rodilla.
La pezuña estaba en mal estado. Roger no entendía mucho de caballos, pero se dio cuenta de que no podría continuar a menos que se le colocara nuevamente la herradura, algo que no tenía manera de conseguir.
—Condenada suerte de powri —maldijo el joven mirando nerviosamente carretera abajo. Tenía que utilizar toda su fuerza de voluntad para no ser presa del pánico y obligarse a sí mismo a pensar con claridad para encontrar una salida. Primero pensó en correr, pero desechó la idea al considerar que el monje lo alcanzaría mucho antes de que pudiera reunirse con Elbryan y los demás. Entonces se preguntó si alguna casa en aquel lejano norte habría vuelto a estar habitada, confiando en que podría encontrar a alguien que reemplazara la herradura; pero de nuevo comprendió que no tenía tiempo.
—Tengo que apañármelas yo solo —declaró Roger en voz alta, ya que necesitaba oír aquellas palabras mientras continuaba mirando hacia atrás por la carretera. Entonces, recurrió a las alforjas en busca de algo —cualquier cosa— que pudiera ayudarlo, pues él y Connor habían guardado muchos utensilios en el viaje hacia el sur.
La mayoría de ellos eran suministros sencillos para el camino: cuerdas y una pequeña áncora de múltiples puntas, una pala pequeña, ollas y peroles, prendas de vestir y otras cosas por el estilo. Algo, sin embargo, le llamó la atención. En la última parada, en la granja donde Elbryan y los demás lo estarían esperando, Roger había cogido un artilugio, una especie de aparejo de poleas que los granjeros utilizaban para alzar fardos o incluso para manejar a los tozudos toros.
Roger cogió aquel artilugio para examinarlo e intentar encontrar alguna manera de aprovecharlo. Se le ocurrieron varias posibilidades, pero finalmente se concentró en una concreta, una para la que harían falta sus cualidades. Sabía que no podía superar al monje en una pelea, pero tal vez podía vencerlo con la inteligencia.
Cuando el hermano Youseff llegó a aquel lugar, Roger y el caballo se habían ido, pero la herradura seguía en medio de la carretera. El monje se detuvo y examinó la herradura; se puso en pie y con gran curiosidad miró alrededor. No podía imaginar que el joven hubiera sido tan estúpido como para dejar tras él algo tan revelador.
Youseff exploró la carretera hacia adelante y no vio huellas recientes más allá de unos cuatro metros. A un lado del camino identificó claramente señales del paso de un caballo que cojeaba y, al otro lado, una mancha de sangre y unas pocas huellas, las pisadas de un hombre delgado. Entonces el monje lo vio claro: el caballo había hecho saltar la herradura y luego había hecho saltar al joven. Sonriendo de oreja a oreja, el monje empezó a bajar por la pendiente, en dirección a un bosquecillo, donde pensaba encontrar a su segunda víctima.
Desde lo alto de uno de aquellos árboles, Roger Descerrajador, con la cuerda, el áncora y el aparejo de poleas preparados, observaba al monje que se acercaba confiado. Youseff aflojó el paso al aproximarse a los árboles y luego avanzó con más cautela, moviéndose rápido desde un lugar protegido al siguiente.
Roger lo perdió de vista cuando el monje se internó en el bosquecillo. Se sorprendió de nuevo cuando volvió a verlo en otro sitio, ya muy adentrado en el bosque, pues había conseguido avanzar muchos metros sin ni siquiera remover la espesa maleza. Roger miró sus objetos, su dedo pinchado adrede para dejar un rastro de sangre, y se preguntó si sus argucias serían suficientes.
No obstante, ya era demasiado tarde para cambiar de planes, puesto que Youseff estaba justo al pie del árbol y había advertido la última gota de sangre.
La cabeza del monje se movió lentamente hacia arriba, escudriñando las sombras de las frondosas ramas, y su mirada se detuvo al fin sobre una oscura figura situada en la parte alta, pegada al tronco.
—Si bajas, te perdonaré la vida —gritó el monje.
Roger lo dudaba pero, sin embargo, poco faltó para que empezara a negociar.
—Si me obligas a trepar para bajarte de ahí arriba, ten por seguro que encontrarás una muerte muy desagradable —prosiguió Youseff.
—¡Jamás he hecho nada contra tu iglesia! —repuso Roger, representando el papel de un chiquillo asustado, lo cual en aquel momento no le pareció demasiado difícil.
—Bueno, por eso mismo te perdonaré la vida —repitió Youseff—. Ahora, baja.
—Vete —gritó Roger.
—Baja —aulló Youseff—. Es tu última oportunidad.
Roger no contestó y se limitó a lloriquear de forma que el monje pudiera oírlo.
Mientras Youseff empezaba a trepar, siguiendo un previsible itinerario por las ramas, Roger lo observaba atentamente. Tiró de una cuerda por centésima vez con objeto de probarla. Un extremo de ella estaba atado al árbol, y el otro fijado a un extremo del aparejo de poleas; una segunda cuerda, que sujetaba el áncora, estaba atada al otro extremo del aparejo.
Los nudos eran seguros y las cuerdas tenían la longitud adecuada, se repetía Roger una y otra vez; a pesar de todo, al considerar la complejidad de su plan, el grado de sincronización necesario y la cuota de suerte que necesitaba, poco faltó para que se desmayara.
Youseff ya había recorrido más de medio camino y se hallaba a unos siete metros del suelo.
—Una rama más —murmuró Roger.
El monje siguió subiendo: puso los pies en la última rama firme de la parte baja del tronco. Roger sabía que allí tenía que detenerse y observar por dónde seguir trepando, pues estaba en una zona abierta, sin ramas fácilmente alcanzables.
Tan pronto como Youseff hubo llegado a aquella altura, Roger Descerrajador agarró la cuerda con firmeza y pegó un brinco. Cayó a plomo por entre dos ramas y, al hacerlo, sufrió algunos feos arañazos. Luego, a unos pocos palmos de distancia del tronco, chocó con otra rama, tal como tenía previsto, se dio impulso con el pie y empezó a girar alrededor del tronco. Chocó y se balanceó en repetidas ocasiones, pero mantuvo su trayectoria circular y descendente, y pasó por delante del sobrecogido Youseff a apenas un brazo de distancia.
Mientras seguía girando, Roger dio suspiro de alivio, pues el hermano Youseff se había quedado tan sorprendido que no había podido saltarle encima.
—¡Maldito seas! —gritó el monje. Al principio, Youseff creyó que Roger utilizaba la cuerda para alcanzar el suelo mucho antes de que él pudiera hacerlo, pero, de repente, cuando el lazo empezó a ceñirlo con fuerza pegándolo al tronco, mientras Roger seguía girando y bajando, lo comprendió todo.
En la última vuelta, Roger, que sujetaba la cuerda con una sola mano, tomó la otra cuerda y lanzó el áncora hacia un grupo de blancos abedules. Confiando en que ésta se habría agarrado, aseguró los pies al tiempo que llegaba a la base del tronco: la primera cuerda había dado de sí toda su longitud. Entonces se situó para poder tirar con todas sus fuerzas, con el fin de mantener la cuerda apretada en torno a Youseff.
Sabía que no disponía de mucho tiempo, pues debido a las abundantes ramas que interferían en el tensado de la cuerda, el monje, ágil y fuerte, no tardaría en liberarse de ella.
Pero aún no.
Roger tiró de la cuerda colgada en los abedules con una mano, y con la otra dio una vuelta a la manivela del aparejo y consiguió tensar la cuerda un poco. Soltó un violento gruñido al sentir que el áncora se deslizaba entre el follaje. Al fin, sin embargo, quedó bien agarrada.
Arriba, Youseff se reía y trataba de liberarse; ya tenía la cuerda por encima de los codos y no tardaría en deslizarse por debajo de ella.
Roger dio un último tirón y, al constatar que la tensión era insuficiente, se concentró en el aparejo y dio vueltas a la manivela con las dos manos y con todas sus fuerzas.
Youseff había empezado a levantar la cuerda por encima de la cabeza cuando, al tensarse aquélla, lo golpeó y lo hizo chocar contra el tronco del árbol.
—¿Qué pasa? —preguntó, pues sabía que el escuálido hombrecito no podía tirar con tanta fuerza. Miró hacia abajo y pudo ver con suficiente claridad entre las ramas que allí no había ningún caballo. Con gran tenacidad, siguió empujando la cuerda.
Oyó el crujido de una rama situada debajo de él, que se quebró al no resistir la tensión, y durante un instante el monje quedó suelto, pero, inmediatamente después, la cuerda se tensó de nuevo y lo lanzó violentamente contra el tronco. En esta ocasión, el brazo izquierdo de Youseff quedó libre y por debajo de la cuerda, pero el lazo le bajaba en diagonal desde el hombro hasta el otro brazo y lo estrechaba con fuerza. El monje prosiguió su tozuda lucha, pero la cuerda lo iba apretando cada vez más.
Roger no miraba hacia arriba, sino que se limitaba a dar vueltas a la manivela con todas sus fuerzas. La cuerda ya ni siquiera vibraba, y estaba tensa y recta; por fin, Roger se detuvo pues temía derribar alguno de los abedules.
Se apartó del árbol, para observar al retorcido, desvalido y atrapado monje. Entonces, sonrió aliviado.
—Volveré —prometió—. Con mis amigos. ¡Parece que ahora tienes que responder de dos muertes! —exclamó. Se dio la vuelta y se marchó.
Youseff no prestó atención a sus palabras, pues seguía haciendo denodados esfuerzos por desembarazarse de aquel lazo imposible. Se retorció y se desplazó con objeto de deslizarse por debajo de la cuerda.
Casi inmediatamente se dio cuenta de que era un movimiento inútil, pero ya era demasiado tarde: la cuerda se había deslizado hacia arriba unos pocos centímetros, lo suficiente para romperle el cuello.
Belli'mar Juraviel fue el primero en llegar al bosquecillo, antes que Elbryan, Pony y Roger. El sol ya estaba muy bajo, y su parte inferior se hundía en el horizonte. El grupo se había apresurado en acudir al lugar tan pronto como Roger se había reunido con ellos, deseosos de capturar y retener de forma segura al peligroso monje antes de que cayera la noche.
Elbryan y los demás esperaron fuera del bosquecillo; el guardabosque no le quitaba la vista de encima a Pony: la mujer había guardado silencio durante todo el camino, pues la noticia de la muerte de Connor le había causado una fuerte impresión.
La aflicción de Pony, curiosamente, no hacía que Elbryan sintiera celos, sino que se sentía muy identificado con ella. Comprendía, comprendía de verdad, la relación entre la mujer y el noble, y sabía que con la muerte de Connor ella había perdido una parte de sí misma, había perdido aquella parte de su vida durante la cual cicatrizaron muchas heridas. Elbryan se prometió en silencio que guardaría para sí sus sentimientos negativos y se concentraría en las necesidades de Pony.
La joven, montada muy erguida sobre Sinfonía, componía una estoica y firme figura bajo la luz crepuscular. Quería superarlo, como había superado la primera masacre de Dundalis, la amarga guerra y todas las desgracias, en particular la muerte de Avelyn. Una vez más, el guardabosque no pudo menos que asombrarse ante la fortaleza y el coraje de Pony. La quería todavía más por ello.
—Está muerto —anunció Juraviel entre las altas hierbas. Regresó junto a los demás y, tras lanzar una mirada a Roger, que no pasó inadvertida a la sensibilidad de Elbryan, explicó—: Cuando llegué junto a él, estaba a punto de soltarse; se encontraba sujeto al árbol tal como nos dijiste. Tuve que disparar varias flechas para conseguir derribarlo.
—¿Estás seguro de que está muerto? —preguntó Roger nerviosamente, sin las menores ganas de volvérselas a ver con el maldito monje.
—Está muerto —aseguró Juraviel—. Y creo que tu caballo, mejor dicho, el caballo de Connor, está precisamente por allí. —El elfo señaló al otro lado de la carretera.
—Perdió una herradura —recordó Roger.
—Pero puede reponerse con facilidad —repuso Juraviel—. Ve a buscarlo.
Roger asintió y se dispuso a irse; Pony, a una señal de Elbryan, espoleó a Sinfonía para que trotara tras el muchacho.
—Tu carcaj está lleno —observó el guardabosque una vez se quedó a solas con el elfo.
—He recuperado las flechas —repuso Juraviel.
—Los elfos no recuperan las flechas que han alcanzado el objetivo —replicó el guardabosque—. Salvo en el caso de que la situación sea desesperada; pero la nuestra, ahora que nos hemos librado de los dos monjes, no lo es.
—¿Qué insinúas? —preguntó Juraviel secamente.
—El hombre ya estaba muerto cuando llegaste al bosquecillo —dedujo Elbryan.
Juraviel asintió con la cabeza.
—Al intentar liberarse de las ataduras, al parecer, él mismo se estranguló —explicó—. Nuestro joven Roger hizo bien en apretar con fuerza los lazos y demostró ser muy listo al capturarlo. Demasiado listo, quizás.
—Yo ya había peleado antes con otro de los llamados hermanos Justicia —indicó Elbryan—, y tú comprobaste su fanatismo en nuestra emboscada. ¿Acaso dudas de que esto pudiera acabar de otra forma que no fuera con la muerte del monje?
—No me gusta que haya muerto a manos del joven Roger —repuso Juraviel—. No creo que esté preparado para eso.
Elbryan miró hacia la carretera y observó a Pony y Roger, que conducían a Sinfonía y al caballo de Connor, que cojeaba visiblemente.
—Hay que decirle la verdad —decidió el guardabosque, y dirigió la vista hacia Juraviel en espera de una respuesta.
—No se lo tomará bien —advirtió el elfo, aunque no estaba en desacuerdo con el guardabosque; sin duda, lo que los esperaba era siniestro, y tal vez era preferible que el muchacho se enfrentara a aquella terrible experiencia sin más dilaciones.
Cuando la pareja llegó con los caballos, Juraviel tomó a Piedra Gris y, después de examinar el casco dañado, se llevó al animal e hizo una señal a Pony para que lo siguiera con Sinfonía.
—Juraviel no mató al monje —dijo Elbryan a Roger, tan pronto como los otros se fueron.
Roger abrió los ojos, desorbitados, y, presa del pánico, miró en derredor, como si temiera que el hermano Justicia fuera a abalanzarse sobre él en cualquier momento. Aquel hombre había conseguido aterrorizar a Roger más que ningún otro enemigo, incluso más que Kos-kosio.
—Lo hiciste tú —explicó Elbryan.
—Quieres decir que fui yo quien lo venció —corrigió Roger— y que a Juraviel le fue fácil acabar con él.
—Quiero decir que tú lo mataste —repuso con firmeza el guardabosque—. Quiero decir que tensaste la cuerda y que, al intentar zafarse, la cuerda le rodeó el cuello y lo estranguló hasta dejarlo sin vida.
Los ojos de Roger volvieron a abrirse desmesuradamente.
—Pero Juraviel dijo... —empezó a protestar.
—Juraviel temía herir tu sensibilidad —replicó bruscamente Elbryan—. No sabía si podrías aceptar la cruda realidad y, por consiguiente, no quería que supieras la verdad.
La boca de Roger se movió pero no pronunció palabra alguna. Elbryan advirtió que el peso de la verdad había causado un fuerte impacto en Roger y que éste se tambaleaba.
—Tenía que decírtelo —explicó Elbryan, esta vez en voz baja—. Merecías conocer la realidad y debes conseguir superarla si quieres asumir las responsabilidades que ahora recaerán sobre tus jóvenes hombros.
Roger apenas lo escuchaba; se tambaleaba de forma más ostensible y parecía que iba a caerse.
—Luego hablaremos —concluyó Elbryan, mientras se le acercaba y le ponía una mano en el hombro para animarlo.
El guardabosque avanzó hasta reunirse con Pony y Juraviel, dejando a Roger a solas con sus pensamientos.
Y con su dolor, pues realmente Roger Billingsbury —y de repente reclamó otra vez aquel apellido y no el pretencioso apelativo de Roger Descerrajador— jamás había sufrido una impresión semejante. Durante su corta vida, en muchas ocasiones —demasiadas— había sentido pena, pero era algo diferente; era un dolor que le permitía mantenerse en lo alto de un pedestal, que le permitía continuar viéndose como el centro del universo, como si de alguna manera fuera mejor que los demás. En todas las situaciones dolorosas y en todas las dificultades en las que el joven Roger se había encontrado, había podido mantener, en cierto modo, su visión infantilmente egocéntrica del mundo.
Ahora, súbitamente, aquel pedestal había sido derribado. Había matado a un hombre.
¡Había matado a un hombre!
Sin darse cuenta, Roger se sentó en la hierba. Desesperadamente, su parte racional batallaba contra su conciencia. Era cierto, había matado a un hombre, pero ¿qué otra opción le había dejado ese hombre? El monje era un asesino, pura y simplemente. ¡El monje había matado a Connor hacía muy poco, ante sus propios ojos, con brutalidad y perversidad! ¡El monje había asesinado al abad Dobrinion!
Pero incluso aquellas reflexiones poco podían hacer para disminuir el repentino sentimiento de culpa del muchacho. Cualesquiera que fuesen las justificaciones, y a pesar de que no había dado muerte intencionadamente al hermano Justicia, aquel hombre estaba muerto y él tenía las manos manchadas con su sangre.
Bajó la cabeza; le costaba respirar. Suplicó por todas aquellas cosas que le habían sido arrebatadas a muy temprana edad: el calor del hogar y las palabras razonables y reconfortantes de adultos a quienes respetar. Con aquel pensamiento, miró por encima del hombro hacia sus tres amigos, hacia el guardabosque que tan bruscamente le había contado su crimen y luego lo había dejado solo.
Durante unos instantes, Roger odió a Elbryan por ello. Pero sólo durante unos instantes; no tardó en comprender que el guardabosque lo había hecho por respeto a él, porque confiaba en él, y luego lo había dejado solo porque un adulto —y ahora él ya lo era— tenía que asimilar el dolor, por lo menos en parte, en solitario.
Poco después Pony fue a buscarlo; no le mencionó la muerte del monje, pero le explicó que recogerían el cadáver y luego se dirigirían hacia el sur para recuperar el cuerpo de Connor.
En silencio, Roger ocupó su lugar en la hilera; deliberadamente, apartaba la vista del espectáculo que ofrecía el hermano Justicia, colgado del lomo de Piedra Gris. Aunque el caballo se encontraba mejor, pues Juraviel le había limado el casco para nivelárselo, todavía marchaba a paso lento. La noche había caído, y ellos seguían avanzando, decididos a recuperar el cuerpo de Connor antes de que fuera desgarrado por algún animal carroñero.
Con cierta dificultad, pues la noche era muy oscura, al fin consiguieron encontrarlo.
Pony fue la primera en acercarse a Connor. Con suavidad, le cerró los ojos y luego se alejó.
—Ve con ella —indicó Juraviel a Elbryan.
—Sabes lo que tienes que hacer con él —repuso el guardabosque. El elfo asintió con la cabeza. Seguidamente, Elbryan se dirigió a Roger—: Tienes que ser fuerte y firme; tu papel es ahora tal vez el más importante.
El guardabosque se alejó, mientras Roger se quedaba mirando a Juraviel en busca de una explicación.
—Tienes que llevarte a Connor, al monje y al caballo y dirigirte a Palmaris —explicó el elfo.
Involuntariamente, Roger echó un vistazo al monje muerto, a la imagen que tanto había alterado la percepción que tenía de sí mismo.
—Tienes que hablar con el barón, no con los monjes de la abadía —continuó el elfo—. Cuéntale lo ocurrido. Dile que Connor estaba convencido de que esos monjes, y no un powri, asesinaron al abad Dobrinion, y que los monjes persiguieron a Connor fuera de Palmaris, pues también él, sin darse cuenta, se había convertido en un enemigo de los perversos jerarcas de la iglesia.
—Y luego ¿qué hago? —inquirió el joven, preguntándose si aquélla sería la última vez que vería a sus tres amigos.
Juraviel miró alrededor.
—Podríamos utilizar otro caballo —razonó el elfo— o bien otros dos, si tienes previsto venir con nosotros.
—¿A él le parece bien? —preguntó Roger, señalando con la cabeza a Elbryan.
—¿Crees que si no le pareciera bien te habría contado la verdad? —manifestó Juraviel.
—¿Y por qué no lo hiciste tú, entonces? —quiso saber Roger—. ¿Por qué me mentiste? ¿Crees que soy un chiquillo estúpido, incapaz de aceptar responsabilidades?
—Creo que eres un hombre que ha madurado mucho en las últimas semanas —replicó con sinceridad el elfo—. No te lo dije porque no sabía con certeza qué había previsto el Pájaro de la Noche para ti, y no dudes de que él es el líder del grupo. Si nuestro propósito hubiera sido dejarte en Palmaris a salvo con Tomás y Belster, si hubiéramos decidido que tu papel en esta lucha había llegado a su fin, ¿qué necesidad había de contarte que tenías las manos manchadas con la sangre de un hombre?
—¿Acaso la verdad no es absoluta? —preguntó Roger—. ¿Representas a Dios, elfo?
—Si la verdad no es constructiva en modo alguno, puede esperar tiempos mejores —replicó Juraviel—, pero necesitas conocerla desde el preciso momento en que tu destino depende de ti. Nuestro viaje será sombrío, amigo mío, y no dudo de que encontraremos otros hermanos Justicia en nuestro camino, tal vez durante años.
—¿Y matar al siguiente es siempre más fácil? —preguntó con sarcasmo Roger.
—Ruega para que ése no sea el caso —replicó Juraviel en tono severo, clavando sin parpadear su mirada en Roger.
Aquella respuesta volvió a poner al joven en su sitio.
—El Pájaro de la Noche creyó que emocionalmente eras lo bastante fuerte para conocer la verdad. Considéralo un elogio.
Juraviel se dispuso a irse.
—No sé si estaba en lo cierto —admitió Roger de repente.
El elfo se dio la vuelta y vio a un Roger cabizbajo y sollozante. Se le acercó y puso su mano en la espalda de Roger.
—El otro monje era el segundo hombre que mataba el Pájaro de la Noche —dijo—. En aquella ocasión no lloró, porque ya había derramado todas las lágrimas después de matar al primero, al primer hermano Justicia.
Pensar que el estoico y poderoso guardabosque había sufrido una impresión semejante le produjo a Roger un gran impacto. Se enjugó las lágrimas, se incorporó, miró a Juraviel e inclinó la cabeza con aire grave.
Después se puso en marcha hacia el sur, demasiado agitado para sentarse y esperar el resto de la noche. Tenía que avanzar muy despacio, pues el herido Piedra Gris transportaba los dos cuerpos, pero el joven se había propuesto hablar con el barón Bildeborough antes de la hora de la comida.

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