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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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domingo, 6 de julio de 2008

3º volumen 2ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- EL ESPIRITU DEL DACTILO -- SALVATORE, R.,A.,

3º volumen 2ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- EL ESPIRITU DEL DACTILO -- SALVATORE, R.,A.,
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Segunda Parte
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El orden jerárquico

Una vez más, tío Mather, estoy asombrado ante la resistencia de la gente inmersa en una situación desesperada. Tal como sucedió en Dundalis, he encontrado aquí a un grupo dispuesto a luchar y a morir...; hombres y mujeres, incluso niños, y gente mayor que debería poder pasar el resto de sus días contando las historias de sus aventuras ocurridas tiempo ha. He presenciado terribles sufrimientos y he oído pocas quejas, aparte de los sonidos surgidos de los estómagos por falta de comida.
Y del sufrimiento común nace un altruismo que es verdaderamente reconfortante e inspirador. Tal como ocurrió con Paulson, Cric y Ardilla, que entregaron su vida en una batalla que no era realmente la suya, tal como ocurrió con el bravo Bradwarden, que ciertamente habría podido elegir otro camino, ocurre ahora con Belster y Tomás, Roger Descerrajador y todos los demás.
No obstante, abrigaba ciertos temores, sobre todo a causa de una no intencionada rivalidad que podía producirse entre yo mismo y los líderes de ese grupo. Cuando, después de nuestra gran victoria, conduje a los que lucharon en el bosque de nuevo al campamento de refugiados, me di cuenta de que Tomás Gingerwart estaba muy tenso; hasta mi llegada, Tomás actuaba como uno de los líderes del grupo del bosque, era tal vez su voz más autorizada. Una conversación serena sanó con celeridad aquella posible enfermedad, pues Tomás había madurado con los años y con la experiencia. Tan pronto como se convenció de que tanto él como yo peleábamos por la misma causa —el beneficio de la gente que está a nuestro cuidado—, ya no hubo más rivalidad.
Pero me temo que no será así con otro miembro del grupo al que todavía no he podido ver, un impetuoso joven llamado Roger. En palabras de Belster, Roger es joven y orgulloso, y siempre ha estado en una situación insegura entre los refugiados, incluso hasta el punto que considera a Belster y a la gente del norte como rivales potenciales. ¿Qué va a pensar cuando se encuentre con Pony y conmigo? ¿Cómo reaccionará cuando vea la consideración que nos tienen, en particular los que nos conocieron en el norte, o los que nos siguieron en la batalla del bosque?
Con franqueza, tío Mather, creo que es una ironía que esa gente desplazada piense que soy un héroe; pues cuando veo sus caras, las de todos ellos, las expresiones de los hombres y mujeres puestos a prueba, quizá por primera vez, leo en ellas el genuino heroísmo.
Porque hay algo que no puede ser juzgado por la calidad del adiestramiento ni por la calidad de las armas, tío Mather. ¿Sólo porque fui adiestrado por los Touel'alfar y tengo conmigo armas de gran poder soy más heroico que la mujer que se interpone entre el peligro y sus hijos, o que el granjero que cambia la reja del arado por una espada para defender a la comunidad? ¿Soy más heroico porque mis posibilidades de victoria en la batalla son mayores?
Creo que no, ya que el heroísmo se mide por la fuerza del corazón, no por la fuerza del brazo. Se manifiesta en las decisiones conscientes, desinteresadas, de buena voluntad, de la capacidad de sacrificar lo que sea, con el convencimiento de que los que vendrán después de ti estarán mejor gracias a tus esfuerzos. Creo que el heroísmo es el acto comunitario esencial, el sentido de pertenencia a algo mayor que a nuestras propias dificultades de la vida terrenal. Está enraizado en la fe: en Dios, o incluso en la simple creencia en que el conjunto de todos los hombres de buena voluntad es más poderoso cuando cada individuo se preocupa por los demás.
Esa resistencia, esa fuerza interior, ese espíritu humano, es algo increíble para mí. Y al admirarlo, me doy cuenta de que no podemos perder esta guerra, de que al final, incluso si ese final tarda mil años en llegar, triunfaremos. Porque no pueden acabar con nosotros, tío Mather. No pueden acabar con esta resistencia. No pueden acabar con esta fuerza interior.
—No pueden acabar con el espíritu humano.
Cuando miro las caras de hombres y mujeres, de niños, demasiado tiernos para estas experiencias, y de ancianos, demasiado viejos para tales batallas, sé que lo que digo es cierto.
Elbryan Wyndon
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10
El lugar más sagrado
El terreno se volvió más difícil al mediodía de la jornada que siguió a la batalla en el valle. Maese Jojonah trató de mantener alta la moral de sus camaradas recordándoles su bravura y el sufrimiento que habían evitado con su intervención. Pero los monjes estaban cansados por sus esfuerzos nocturnos, en particular por la utilización adicional de la magia; dado lo abrupto del terreno, la magia, ese día, habría demostrado ser de gran ayuda.
Sin embargo, ni Jojonah ni el hermano Francis quisieron ceder en el uso de las gemas de cuarzo para explorar. Exhaustos como estaban, los monjes no podían permitirse ningún descuido en la vigilancia, sobre todo en una región tan salvaje. Maese Jojonah dio por finalizada la cabalgada antes de la puesta de sol e indicó a los hermanos que trataran de dormir largo y tendido, con objeto de recuperar fuerzas para poder reemprender la dura marcha con más vigor al día siguiente.
—Habríamos tenido energía para viajar hasta mucho más tarde —dijo incisivamente el hermano Francis al padre, como siempre, plantándose al lado de Jojonah como si lo vigilara con recelo—, si no nos hubiésemos implicado en un asunto que no era de nuestra incumbencia.
—Me parece que te divertiste con la derrota del ejército de los monstruos como cualquier otro, hermano —respondió el padre—. ¿Cómo puedes dudar de la justeza de tus actos?
—No negaré el placer que me produce la destrucción de los enemigos de mi Dios —replicó el hermano Francis.
Aquella afirmación rimbombante hizo arquear las cejas a maese Jojonah.
—Pero —continuó el hermano Francis antes de que el gordo monje pudiera responder—, sé bien lo que el padre abad Markwart ordenó.
—¿Y eso es lo único a tener en cuenta?
—Sí.
Maese Jojonah gruñó en silencio ante la fe ciega del hermano, una falta muy frecuente en la orden abellicana en aquellos tiempos, una falta que también él había cometido durante muchos años. Maese Jojonah, al igual que todos los demás padres e inmaculados de Saint Mere Abelle, había sabido que el barco fletado para transportar a los hermanos a la isla de Pimaninicuit nunca saldría del puerto de la bahía de Todos los Santos y que matarían a toda su tripulación. Al igual que todos los demás, excepto Avelyn Desbris, Jojonah había aceptado aquel terrible desenlace como el menor de dos males, ya que los monjes simplemente no podían permitir que nadie que conociera la ubicación de Pimaninicuit pudiera zarpar libremente. También supo Jojonah que habían dejado morir al hermano Pellimar a causa de la infección de una herida que sufrió en el viaje a la isla —aunque un buen trabajo de los monjes más veteranos con la piedra del alma seguramente lo habría salvado—, porque el hombre no pudo mantener cerrada la boca en relación con tan importante viaje. Pero también en aquel momento sacrificar a Pellimar le había parecido a Jojonah el menor de dos males.
Al reflexionar sobre su propia decisión, maese Jojonah no podía culpar del todo al celoso hermano Francis.
—Salvamos a muchas familias anoche —le recordó—. Y por esta razón no puedo lamentarlo. Nuestra misión no se ha visto afectada.
—Perdone, maese Jojonah —pronunció una voz desde un lado del carruaje.
Los dos hombres se volvieron para ver a tres jóvenes monjes, entre los cuales estaba el hermano Dellman, que se aproximaban con cautela.
—He detectado a alguien en la zona —explicó el hermano Dellman—. No es un trasgo, ni un monstruo en absoluto —añadió en seguida el joven monje, percibiendo la súbita y frenética reacción del padre—. Se trata de un hombre que sigue todos nuestros movimientos.
Maese Jojonah se sentó de nuevo, no demasiado preocupado y, en aquel momento, más interesado en examinar al joven que le había dado la noticia. El hermano Dellman se excedía en sus esfuerzos para ser útil en todo momento y trabajaba más duro que nadie de la caravana. A Jojonah le complacía el potencial que leía en los ojos del joven, en su actitud idealista.
—¿Un hombre? —repitió el hermano Francis, al ver que maese Jojonah parecía que no iba a responder—. ¿De la Iglesia? ¿De Palmaris? ¿Del pueblo? —espetó impaciente. También Francis se había dado cuenta del laborioso celo de Dellman, pero no estaba seguro de sus motivos—. ¿Quién es y de dónde viene?
—Obviamente, se trata de un alpinadorano —respondió el hermano Dellman—. Un hombre enorme, con el pelo largo y muy rubio.
—Será de la aldea, sin duda —dijo el hermano Francis con expresión malhumorada dedicada especialmente a Jojonah—. Espero que maese Jojonah se digne decirnos algo al respecto —añadió con brusquedad.
—Es un hombre, sólo un hombre —arguyó el monje—; probablemente, trata de averiguar quiénes somos y por qué hemos salvado su aldea. Lo despediremos y asunto acabado.
—¿Y si es un observador? —preguntó el hermano Francis—. ¿Un espía enviado para desvelar nuestros puntos débiles? Alpinador nunca se ha proclamado aliado de la Iglesia abellicana. ¿Necesito recordarte la tragedia de Fuldebarrow?
—No necesitas recordarme nada —replicó maese Jojonah duramente, pero la observación del hermano Francis era oportuna. Fuldebarrow era un pueblo alpinadorano, mayor que el de la otra noche, donde la Iglesia, la abadía de Saint Precious de Palmaris, había intentado establecer una misión. Todo había ido bien durante casi un año, pero entonces, al parecer, los misioneros abellicanos habían dicho o hecho algo que había ofendido a los nativos alpinadoranos, probablemente algún insulto a la representación de la divinidad de los norteños. No se encontró a ninguno de los monjes... físicamente por lo menos. Saint Precious se dirigió a Saint Mere Abelle para recabar ayuda en la investigación; valiéndose del poder mágico de las piedras del alma para localizar a los espíritus de los muertos, los padres de la abadía mayor descubrieron que los misioneros habían sido brutalmente ejecutados.
Pero aquel incidente ocurrió hacía casi cien años, y el envío de misioneros a territorios paganos era siempre una empresa peligrosa.
—Librémonos de este espía con eficacia —dijo el hermano Francis, levantándose—. Haré...
—No harás nada —le interrumpió maese Jojonah.
El hermano Francis se puso rígido como si le hubieran pegado.
—Es curioso que no pudiera establecer contacto con el padre abad Markwart antes de la batalla en aquel pueblo —comentó, mirando con malicia hacia Jojonah—. La distancia se supone que es un obstáculo insignificante para la hematites.
—Tal vez no eres tan experto con las piedras como crees —dijo secamente maese Jojonah.
Ambos, sin embargo, sabían que no era ésa la causa. Ambos sabían que maese Jojonah, que disponía de una pequeña pero efectiva piedra solar, la piedra de la antimagia, había interferido el intento del hermano Francis de convencer al padre abad contra el proyecto de defender de los monstruos al pueblo alpinadorano.
—En ese caso, ¿qué vamos a hacer con esa molesta sombra? —preguntó Francis.
—¿Qué se puede hacer? —fue todo lo que pudo contestar maese Jojonah.
—Sabe cosas sobre nosotros, y por lo tanto constituye una amenaza —urgió el hermano Francis—. Si, como creo, es un espía, probablemente enviará contra nosotros una poderosa fuerza; si ahora dejamos que escape con vida, luego ese acto no parecerá en exceso misericordioso cuando consideremos las docenas de hombres que pagarán con su vida nuestra generosidad —hizo una pausa, y a Jojonah le pareció que disfrutaba con aquella posibilidad, como si se hubiera convencido a sí mismo de que sería mejor dejar al hombre con vida.
No obstante, se trataba de una idea pasajera.
—Pero aunque no se trate de un espía —prosiguió el fiero monje—, sigue siendo una amenaza. Supongamos que los powris lo capturan. ¿Dudas acaso que les dará información sobre nosotros con la vana esperanza de que los monstruos le perdonen la vida?
Maese Jojonah miró a los tres monjes jóvenes, todos ellos con expresiones asustadas ante la creciente tensión del debate.
—Tal vez sería preferible que os marcharais —les pidió el padre—. Y a ti, hermano Dellman, te felicito. Vuelve a las gemas; usa la piedra del alma para observar más de cerca a nuestro huésped no invitado.
—Ni invitado ni deseado —dijo el hermano Francis en voz baja mientras los tres monjes más jóvenes se iban y se cruzaban con el hermano Braumin Herde, que iba a reunirse con Francis y Jojonah.
—No subestimemos a los alpinadoranos —comentó el hermano Braumin mientras llegaba—. De no ser por la piedra del alma, no nos habríamos dado cuenta de que estaba observando nuestro más mínimo movimiento; ahora mismo, mientras os hablo, está a menos de cincuenta metros de nuestro campamento.
—Los espías son diestros en tales técnicas —observó el hermano Francis, y provocó agrias expresiones tanto en Jojonah como en Braumin.
—¿Qué crees tú? —preguntó maese Jojonah a Braumin.
—Diría que es del pueblo —respondió el inmaculado—, aunque doy a este hecho un significado menos siniestro que mi hermano.
—Nuestra misión es demasiado vital para nosotros como para bajar la guardia —arguyó Francis.
—Por supuesto, lo es —asintió maese Jojonah. Fijó su vista en el hermano Braumin—. Apodérate del hombre —le ordenó—. Convéncele de que debe irse y, si no puedes, utiliza tu poder para enviar su cuerpo físico lejos, muy lejos de aquí. Que recupere de nuevo conciencia de su físico en las profundidades de las Tierras Boscosas, demasiado exhausto para volver en bastante tiempo.
El hermano Braumin se inclinó y se dispuso a irse, contrariado por la perspectiva de la posesión, pero aliviado porque el hermano Francis no se había salido con la suya. No había recorrido tantos kilómetros para participar en el asesinato de un ser humano.
En primer lugar, el hermano Braumin se reunió con Dellman y le ordenó que pasara la voz de que debía cesar cualquier actividad relacionada con el cuarzo, y que Dellman debía renunciar a su búsqueda con la piedra del alma; ¡la posesión ya era bastante compleja sin la perspectiva de otro espíritu salido de un cuerpo pululando por allí! Entonces Braumin se fue a su carruaje y empezó a prepararse.
Andacanavar se agachó entre la maleza; creía que estaba demasiado bien escondido como para que los monjes de las proximidades pudieran localizarlo. Visualmente, por lo menos, pues el guardabosque no tenía experiencia con la magia, aparte de la de los Touel'alfar, y no conocía el poder de las piedras del anillo.
Pero Andacanavar era, en grado extremo, sensible al entorno, y por supuesto percibió una presencia a su alrededor, una presencia intangible, la sensación de que estaba siendo observado.
¡Qué intensa llegó a ser esa sensación cuando el espíritu del hermano Braumin se puso junto al guardabosque, cuando el espíritu del hermano Braumin trató de penetrar en él!
Andacanavar miró por todas partes; sus ojos escudriñaron todas las sombras, todos los posibles escondrijos. Sabía que no estaba solo, pero ninguno de sus sentidos físicos le indicaba nada.
Nada.
La intrusión progresó; el guardabosque estuvo a punto de gritar, a pesar de no tener ningún motivo físico para alarmarse. Aquel íntimo estallido le sorprendió y le llevó a la horripilante e inapelable conclusión de que alguna otra voluntad estaba forzando la suya.
Andacanavar había participado en las reuniones comunitarias de los Touel'alfar, en las que se juntaban todos los elfos en una única armonía. Aquello había sido algo hermoso, una participación mental, compartida, la más íntima de las experiencias. Pero esto...
Otra vez el guardabosque estuvo a punto de gritar, pero se reprimió al comprender que probablemente la voluntad del intruso quería que gritara y se rindiera.
El guardabosque exploró su interior, en busca de algo tangible, algo identificable. Recordó la canción comunitaria de los elfos: un centenar de voces unidas en una sola, un centenar de espíritus fusionados armónicamente. Pero esto...
Esto era una violación.
El guardabosque se tendió en tierra, gruñendo en voz baja, defendiéndose de la única manera que se le ocurrió. Levantó un muro de absoluta rabia, una barrera roja que repelía toda acción. Andacanavar controló perfectamente su voluntad a todos los niveles. Utilizó la disciplina de la bi'nelle dasada, la danza de la espada, que había aprendido en sus años de adiestramiento en Caer'alfar. Y gracias a esa firme determinación, a esa absoluta fuerza de voluntad, identificó a su enemigo espiritual y localizó la voluntad invasora. En su mente Andacanavar dibujó un esquema: el mapa de su propio proceso pensante, y mentalmente puso una señal que identificara al enemigo en cuanto intentara acceder por una senda de ese mapa.
El enemigo, la voluntad del hermano Braumin, no tardó en mostrarse con toda claridad, y entonces de forma súbita él y el monje se encontraron en igualdad de condiciones, en una abierta batalla de voluntades, sin que el efecto sorpresa aportara ya ninguna ventaja. El hermano Braumin, disciplinado y diestro con las piedras, luchó bien, pero el guardabosque era, con mucho, el más fuerte de los dos, y el monje no tardó en ser rechazado y obligado a replegarse.
Andacanavar se asustó realmente a causa de esa extraña experiencia y de esa magia desconocida pero, haciendo honor a su proverbial coraje, no desperdició aquella oportunidad. Encontró un canal, una vía de acceso dejada abierta por el espíritu saliente; envió hacia allí sus pensamientos y se elevó liberado de su cuerpo.
No tardó en llegar al campamento de los monjes; enseguida se encontró en uno de los carruajes. Allí estaba sentado el causante de la intrusión, un hombre, un monje de unos veinte inviernos, sentado con las piernas cruzadas, sumido en profunda meditación.
Sin vacilar, Andacanavar avanzó por aquella vía de acceso mental, siguió al espíritu que regresaba al cuerpo del monje y reanudó la pelea. Ahora el campo de batalla era más difícil, un terreno mucho más familiar para su enemigo, pero el guardabosque se esforzó y concentró su voluntad. Sólo un pensamiento le frenaba y aún de modo temporal: si lograba dominar aquel cuerpo, ¿dejaría el suyo abierto a otras intrusiones?
El guardabosque no tenía manera de averiguarlo, y poco faltó para que aquella vacilación terminara con sus esfuerzos.
Pero entonces utilizó la misma determinación que le había permitido resistir todos aquellos años y todas las dificultades de las implacables tierras de Alpinador; Andacanavar multiplicó sus esfuerzos, se dirigió con decisión al interior de la mente del monje, lo empujó hacia afuera doquiera que lo encontró, lo empujó una y otra vez, robándole todas las vías de acceso, todos los rincones, todas las esperanzas y todos los temores.
No era una sensación agradable, era demasiado extraño e inquietante, y para el honrado guardabosque era sencillamente algo ilícito. A pesar de los razonamientos que se hacía en el sentido de que había estado protegiendo su propia alma y de que estaba cumpliendo con su deber respecto a los compañeros alpinadoranos, Andacanavar no podía liberarse por completo de un sentimiento de culpa. La posesión del cuerpo de otro, cualesquiera que fueran las razones, entraba en profundo conflicto con el sentido del bien y el mal del guardabosque.
Pero perseveró y encontró cierto consuelo en la pequeña y suave piedra gris que sostenía en su desconocida mano. Advirtió que la piedra era el canal de comunicación, la vía de acceso entre los espíritus, y, con ella en su poder tanto física como espiritualmente, estaba seguro de que la puerta de acceso a su propia forma corporal permanecería cerrada a todo el mundo. Se fue adaptando al nuevo soporte corporal; se dirigió a la parte posterior del carruaje y observó el campamento, mientras trataba de escuchar con sumo cuidado cualquier conversación. Permaneció así algún tiempo, fue saludado y devolvió el saludo a muchos otros monjes... y se alegró sinceramente de que los elfos se hubieran tomado la molestia de enseñarle la lengua de Honce el Oso. Luego, al sentirse más seguro, se atrevió a salir del carruaje y a pasearse entre los extranjeros.
No le costó ningún esfuerzo determinar la jerarquía; al parecer, se basaba en la edad, y Andacanavar siempre había tenido facilidad para adivinar la edad de los demás. Con esas impresiones y la manera respetuosa con la que los demás lo saludaban, confirmó su opinión de que estaba en el cuerpo de una persona de alto prestigio entre los monjes.
—Maese Jojonah desea hablar contigo —le indicó un joven y otro se lo confirmó poco después, pero por supuesto Andacanavar no tenía manera de averiguar quién podía ser aquel misterioso maese Jojonah. Así que continuó pululando por el campamento recogiendo cuanta información pudo. No tardó en darse cuenta de que lo seguían, no un ser corpóreo, sino el espíritu desplazado. En efecto, una y otra vez el espíritu desplazado trataba de regresar a su cuerpo y, aunque rechazaba sus asaltos, Andacanavar comprendió que se estaba debilitando y que no sería capaz de aguantar mucho rato.
Divisó a un hombre de mucha más edad y supuso que se trataba del líder del grupo, quizás aquel de quien le habían hablado. Junto a él, con expresión enojada, había otro monje de edad similar a la del hombre cuyo cuerpo estaba ocupando él.
—¿Ya has acabado? —le preguntó maese Jojonah, acercándose.
—Sí, maese Jojonah —respondió Andacanavar respetuosamente, esperando que tanto el tono como la suposición acerca de su identidad fueran correctos.
—¿Y ya nos hemos librado del espía? —inquirió el otro monje con aspereza.
Andacanavar reprimió las ganas de darle un puñetazo en la cara. Sostuvo su mirada, ignorando adrede la pregunta con la esperanza de que ambos le proporcionaran más información.
—¿Hermano Braumin? —dijo maese Jojonah—. ¿Se ha ido el alpinadorano?
—¿Qué querías que hiciera? —preguntó Andacanavar con expresión severa, dirigiendo su ira hacia el más joven de los dos, pues le pareció evidente que aquel hombre y el que él había poseído no estaban en buenas relaciones.
—Lo que yo hubiera querido es irrelevante —contestó el hermano Francis, lanzando de soslayo una reveladora mirada a maese Jojonah.
—Dado que no has tenido tiempo suficiente para alejar lo necesario al alpinadorano, supongo que lo has sugestionado de forma convincente para que se vaya —dijo en tono apacible maese Jojonah.
—Tal vez deberíamos haberlo invitado —osó responder Andacanavar—. Sin duda conoce la estructura del terreno, y quizá podría habernos servido de guía —el guardabosque miró al hermano Francis mientras hablaba y advirtió un cierto recelo, pues puso cara de sorpresa e incluso de horror.
—Consideré esa alternativa —admitió maese Jojonah, ignorando la rabia creciente de su exaltado compañero—; pero debemos actuar de acuerdo con lo decretado por el padre abad.
El hermano Francis soltó un bufido.
—Si lo trajéramos aquí, haría preguntas —prosiguió maese Jojonah, ignorando a Francis de tal forma que Andacanavar dedujo que el monje de más edad estaba muy acostumbrado a las impertinencias del monje más joven.
—Preguntas que nosotros no podríamos responder —continuó Jojonah—. Tenemos que cruzar Alpinador rápidamente y es preferible no involucrar a ningún norteño en nuestra expedición. Es preferible también no reabrir viejas heridas entre nuestra Iglesia y los nativos.
Andacanavar no insistió sobre el asunto, aunque desde luego ya se había dado cuenta de que la presencia de aquel poderoso contingente no respondía a hostilidad alguna contra Alpinador.
—Vuelve y averigua qué hace nuestro amigo explorador —le ordenó maese Jojonah—, y comprueba que ha seguido tu sugerencia.
—Ya lo haré yo —interrumpió el hermano Francis.
El guardabosque reprimió prudentemente su primera reacción, ya que su respuesta habría sido demasiado enérgica e insistente, e incluso desesperada. Aquel día no tenía ganas de pelear otra vez con ningún otro espíritu.
—Padre, soy perfectamente capaz de terminar la tarea que me ha sido asignada —dijo.
La expresión del otro monje le hizo ver su desliz; se dio cuenta de que aquel tratamiento estaba reservado solamente para el hombre de más edad. El hermano Francis pasó de estar enojado a recelar y a mostrarse incrédulo; con el ceño fruncido, clavó su vista en el guardabosque metido dentro del cuerpo del monje. Andacanavar trató de corregir su metedura de pata volviéndose enseguida hacia el monje anciano, el verdadero padre, pero comprobó que Jojonah tenía el mismo aire de sospecha.
—Te ruego que me des la piedra, hermano —le ordenó Jojonah.
Andacanavar vaciló, al considerar las consecuencias. ¿Podría regresar a su propio cuerpo sin aquella piedra? ¿Descubriría el padre con ella su argucia?
Como si percibiera la repentina vacilación del guardabosque, el espíritu sacado de su cuerpo aprovechó la oportunidad para atacar otra vez.
El guardabosque se dio cuenta de que había llegado el momento de huir.
Maese Jojonah y el hermano Francis se abalanzaron para atrapar el cuerpo del vacilante hermano Braumin, cuyos ojos parpadeaban y cuyas piernas se doblaban. El hermano Francis se echó sobre la hematites y se la arrebató.
Pero el espíritu de Andacanavar no tuvo problemas para localizar el cuerpo del guardabosque y entrar de nuevo en él. Se incorporó y echó a andar casi inmediatamente, aunque se preguntó dónde podría esconderse para no ser descubierto por los agudos ojos espirituales.
De regreso en el campamento, el hermano Braumin trató de calmarse y se inclinó con las manos en las rodillas, esforzándose por recuperar el aliento.
—¿Qué sucedió? —preguntó maese Jojonah.
—¿Cómo pudiste fallar ante alguien que no ha sido nunca adiestrado...? —empezó a preguntar el hermano Francis, pero Jojonah lo interrumpió bruscamente con una mirada.
—Fuerte —comentó el hermano Braumin entre jadeos—. Ese tipo, ese alpinadorano, tiene una fuerza de voluntad enorme y una mente muy ágil.
—Qué otra cosa puedes decir —replicó secamente el hermano Francis.
—Ve tú mismo con la piedra del alma —le espetó el hermano Braumin—; no te iría mal para practicar la humildad.
—¡Basta ya! —exigió maese Jojonah, pero bajó la voz al advertir que otros muchos se añadían al grupo—. ¿Qué pudiste averiguar? —preguntó a Braumin.
El joven monje se encogió de hombros.
—Él averiguó cosas sobre mí, me temo, pero no al revés.
—Maravilloso —comentó Francis con sarcasmo.
—¿Qué descubrió? —preguntó maese Jojonah.
De nuevo el hermano Braumin se limitó a encogerse de hombros.
—Preparad los caballos —ordenó maese Jojonah—. Tenemos que alejarnos de este lugar.
—Encontraré al espía —se ofreció Francis.
—Lo buscaremos juntos —corrigió Jojonah—. Si ese hombre derrotó al hermano Braumin, no te hagas ilusiones de estar a su altura.
El hermano Francis estaba furioso y trató de encontrar una réplica adecuada. Se volvió, como si fuera a marcharse.
—¿Colaborarás en la búsqueda? —preguntó bruscamente maese Jojonah.
—No creo que haga falta —pronunció una resonante voz, y todos los monjes se volvieron como un solo hombre y vieron al gigantesco alpinadorano que irrumpía confiadamente en el campamento, pasando a través del anillo de carruajes sin ni tan sólo mirar de soslayo a los monjes que montaban guardia.
—Hoy no estoy de humor para más duelos espirituales; vamos a hablar abierta y llanamente, como hombres.
Maese Jojonah intercambió miradas incrédulas con el hermano Francis, pero cuando se volvieron hacia el hermano Braumin, el único que realmente había establecido contacto con el guardabosque, vieron que no se había sorprendido y que no parecía demasiado contento.
—Es un hombre de honor —dijo maese Jojonah con cierta confianza—. ¿Estás de acuerdo?
El hermano Braumin estaba demasiado preocupado para contestar. Había bloqueado miradas del alpinadorano y ambos compartían un odio poco menos que primario. Habían luchado íntimamente y se habían visto uno a otro el alma desnuda y llena de odio. Para Andacanavar, aquel hombre había tratado de violarlo; para el hermano Braumin aquel hombre le había demostrado que era más poderoso de un modo tan personal que lo llenaba de vergüenza.
Permanecieron un buen rato mirándose el uno al otro, rodeados por todos los demás; incluso el hermano Francis respetó ese momento, intuyendo que era necesario.
Luego, el hermano Braumin se sobrepuso a la confusión y se recordó a sí mismo que aquel hombre, después de todo, se había limitado a defenderse. Gradualmente, la expresión del monje se fue suavizando y acabó por hacer una leve inclinación de cabeza.
—Mi intento de convencerte parecía el modo más seguro —se disculpó—. Sobre todo para vosotros.
—Creo que una horda de gigantes es menos peligrosa que lo que tú tratabas de hacerme —repuso Andacanavar, pero también él hizo una inclinación de cabeza, un gesto de perdón, y dirigió su atención hacia maese Jojonah.
—Mi nombre es Andacanavar —dijo—, y mi tierra está bajo vuestras botas; mis títulos son muchos, pero para lo que hace al caso, podéis pensar que soy el protector de Alpinador.
—Un título pomposo —observó el hermano Francis.
El guardabosque ignoró el comentario. Era curioso que el otro joven monje, a pesar de que había intentado robar su cuerpo, le caía bien, y ciertamente lo respetaba más que a ése.
—No soy ningún espía —empezó a decir—, pues no hay nada siniestro en mis intenciones. Os he seguido desde el valle ya que he constatado vuestra fuerza y no podía permitir que pasarais libremente por mi país. Un poder semejante al que habéis mostrado podría acarrearle desastres a mi gente.
—No somos enemigos de Alpinador —replicó maese Jojonah.
—Eso he descubierto —dijo Andacanavar—. Y por esa razón he venido hasta aquí abiertamente, caminando hasta vuestro campamento como un amigo, quizás como un aliado, con mi arma a la espalda.
—No hemos pedido ayuda —comentó el hermano Francis en tono severo, recibiendo una mirada feroz de maese Jojonah.
—Soy maese Jojonah —se apresuró a interrumpirlo el anciano monje, queriendo frenar al conflictivo Francis—, de Saint Mere Abelle.
—Conozco vuestra casa —dijo el guardabosque—, una gran fortaleza, por lo que cuentan las historias.
—Las historias no mienten —dijo severamente el hermano Francis—, y todos los presentes estamos bien adiestrados en las artes marciales.
—Como tú digas —concedió el guardabosque, dirigiendo de nuevo su atención a maese Jojonah, quien parecía, con mucho, el hombre más razonable—; ya sabéis que he venido aquí, entre vosotros, utilizando su cuerpo —explicó—; y al hacerlo, he aprendido que queréis atravesar mi país. Podría ayudaros en esa empresa. Nadie conoce el camino mejor que Andacanavar.
—¿Andacanavar, el humilde? —comentó Francis—. ¿Lo citas como otro de tus títulos?
—Quizás estás prodigando insultos con demasiada ligereza —replicó el guardabosque—. Tal vez te convendría tener cuidado, o de lo contrario alguien podría arrancarte esos labios.
Demasiado orgulloso para soportar semejante amenaza, el hermano Francis endureció la mirada y dio una temeraria zancada hacia adelante.
El guardabosque se movió como una exhalación, con tal rapidez que ninguno de los monjes tuvo siquiera tiempo de gritar. Sacó un hacha del cinto y se inclinó hacia un lado para poder lanzarla con un movimiento solapado. El hacha giró sobre sí misma volando por entre las piernas del sobrecogido hermano Francis y después se elevó para clavarse profundamente en el costado de un carruaje situado a unos siete metros detrás de Francis.
El asombrado monje, todos los monjes, se dieron la vuelta para ver el blanco, y luego volvieron a darse la vuelta hacia Andacanavar, todos ellos con una expresión del mayor respeto.
—Podría haberla lanzado un poquito más arriba —dijo el guardabosque con un guiño—, y en ese caso tu voz habría sonado un poquito más aguda.
El hermano Francis consiguió reprimir un temblor de rabia y miedo, pero su palidez revelaba sus verdaderas emociones.
—Calma, hermano Francis —le reprendió maese Jojonah de forma inequívoca.
Francis miró al anciano y respondió a la sonrisa maliciosa de Andacanavar con una mirada de cólera. Entonces se dominó, simulando una rabia frustrada, aunque en realidad —y todos lo adivinaron— se alegró de que maese Jojonah hubiese intervenido.
—Ya lo veis; yo también tengo una cierta experiencia en lo que vosotros llamáis artes marciales —explicó el guardabosque—, pero confío poder reservar mis habilidades para powris, gigantes y similares. Vuestra Iglesia y mi gente no han sido amigos (y no veo ninguna razón para que esto vaya a cambiar ahora), pero si vuestros enemigos son powris, podéis contar a Andacanavar entre vuestros aliados. Si queréis mi ayuda, sabed que os llevaré a través de mis tierras por los caminos más rápidos y seguros. Si no queréis mi ayuda, decídmelo ahora y me iré —dirigió una maliciosa mirada al hermano Braumin, y soltó una risita mientras acababa—; y sabed que puedo ir lejos, muy lejos, sin necesidad de la ayuda de ninguno de vosotros.
El joven monje se ruborizó intensamente.
Maese Jojonah miró a sus dos compañeros y, previsiblemente, le llegaron dos silenciosos mensajes de distinta naturaleza. Se volvió hacia el enorme extranjero, sabiendo que en última instancia era él quien tenía que tomar la decisión.
—No estoy autorizado a revelarte nuestro destino —explicó.
—¿Quién lo pregunta? —repuso un sonriente Andacanavar—. Vais en dirección norte y oeste, con la intención de salir de mi tierra; si tenéis previsto seguir esa dirección, puedo mostraros el camino más fácil y más rápido.
—¿Y si no quisiéramos seguir esa dirección? —indicó el hermano Francis. Miró con fiereza a maese Jojonah mientras hablaba, dejando clara su posición respecto al extranjero.
—Oh, pero sí queréis —replicó el guardabosque sin perder la sonrisa—. Os dirigís a Barbacan, a la montaña Aida, según mis suposiciones.
Drásticamente disciplinados, ninguno de los tres monjes que estaban ante el guardabosque dio pista alguna de que había acertado, pero las expresiones boquiabiertas de muchos de los monjes más jóvenes confirmaron las sospechas de Andacanavar.
—¿Es lo único que supones? —preguntó con calma maese Jojonah, imaginando que aquel hombre debía de haberlo oído cuando estuvo en el cuerpo de Braumin. El anciano monje comprendió que Andacanavar se había convertido en una persona más peligrosa, y lo lamentó, pues temía que podría verse obligado a dejar vía libre al hermano Francis para matarlo—. ¿Y es sólo una suposición?
—Es una deducción que he hecho —clarificó Andacanavar—. Si tratáis de atacar a los monstruos que asaltan vuestras tierras por la retaguardia, estáis demasiado al norte y al este. Deberíais haber vuelto hacia el oeste antes incluso de pisar tierras de Alpinador. Pero no es posible que hayáis cometido semejante error, no con las piedras mágicas que os guían. Y por consiguiente, os dirigís hacia Barbacan, es obvio. Buscáis información sobre la explosión que tuvo lugar allí, sobre las grandes nubes de humo gris que cubrieron la tierra durante más de una semana y que incluso llegaron a depositar algunas cenizas en mi propio país.
Los temores de Jojonah dieron lugar enseguida a la curiosidad.
—¿Entonces, realmente se trató de una explosión? —preguntó de repente, a pesar de que temía dar demasiadas pistas.
Poco faltó para que el hermano Francis se atragantara.
—¡Oh, pero si fue la mayor explosión del mundo desde que yo estoy en él! —confirmó el guardabosque—. El suelo tembló bajo mis pies, a pesar de que me encontraba a cientos de kilómetros de distancia. Y se levantó una montaña de nubes formada por los escombros de la montaña entera al volar por los aires.
Maese Jojonah asimiló aquella confirmación, y luego se encontró ante un terrible dilema. Las normas del padre abad Markwart al respecto eran bastante claras, pero Jojonah sabía en el fondo de su corazón que aquel hombre no era un enemigo y que incluso podría serles de gran ayuda. El padre miró a los monjes reunidos a su alrededor —ya que todos ellos se habían agrupado allí en aquel momento— y al fin fijó la mirada en el hermano Francis, el cual, por supuesto, iba a ser el hueso más difícil de roer.
—He visto el interior de su corazón —indicó el hermano Braumin después de un silencio largo e incómodo.
—Demasiado, para mi gusto —observó el guardabosque secamente.
—Y también para el mío —replicó el monje, esbozando una ligera sonrisa. Se volvió hacia Jojonah y, dejando a un lado la turbación que sentía ante aquel hombre, una sensación que sabía que era injustificada, dijo—: dejemos que nos guíe a través de Alpinador.
—¡Sabe demasiado! —protestó el hermano Francis.
—¡Más que nosotros! —disparó el hermano Braumin en respuesta.
—El padre abad... —empezó el hermano Francis en tono amenazador.
—El padre abad no podía haber previsto esta situación —le interrumpió con celeridad el hermano Braumin—. Andacanavar es un hombre bueno, un aliado poderoso, y además conoce el camino. Un camino que podemos perder con facilidad en este territorio abrupto —añadió en voz muy alta para que todos lo oyeran—. Un giro equivocado en un paso montañoso podría acabar con nosotros, o costarnos una semana de demora.
El hermano Francis se disponía a contestar, pero maese Jojonah levantó la mano para indicar que ya era suficiente. El monje, que desde luego se sentía muy viejo, se pasó las manos por la cara; luego miró a sus dos compañeros, y después al guardabosque.
—Cena con nosotros, Andacanavar de Alpinador —le invitó—. No voy a confirmarte nuestro destino, pero sí te diré que debemos salir de tu tierra por el norte y por el oeste, tan pronto como sea posible.
—Una semana a buena marcha —dijo el guardabosque.
Maese Jojonah asintió, aunque sabía que con su magia podían reducir aquel tiempo a menos de la mitad.
Al mediodía del día siguiente, a maese Jojonah ya no le cabía la menor duda sobre el acierto de permitir que Andacanavar guiara la caravana. La carretera seguía siendo abrupta, ya que el oeste de Alpinador era un lugar implacable, una tierra de piedras rotas por el hielo y montañas melladas; pero el guardabosque conocía bien el camino, conocía todos los senderos y todos los obstáculos. Los monjes, después del largo descanso, facilitaron la marcha con la magia; aligeraron los carruajes con la malaquita levitadora, despejaron la carretera con descargas de rayos, y, desde luego, continuaron haciendo uso de los animales salvajes.
A Andacanavar le costó algún tiempo comprender el sutil truco. Al principio se preguntaba qué argucia utilizaban para cazar, pero cuando la caravana dejó tras de sí en el camino a un par de ciervos exhaustos, casi muertos, el guardabosque se quedó realmente perplejo, y no precisamente contento. Regresó junto a los ciervos para examinarlos.
—¿Cómo llamáis a esto? —preguntó al hermano Braumin cuando el monje siguiendo instrucciones de Jojonah, se reunió con el curioso guardabosque en el sendero.
—Utilizamos la energía de los animales salvajes —explicó el monje con sinceridad—; como alimento para nuestros caballos.
—¿Y luego los abandonáis para que se mueran? —preguntó el guardabosque.
—¿Qué otra cosa vamos a hacer? —dijo el hermano Braumin después de encogerse de hombros con desaliento.
El guardabosque suspiró profundamente tratando por todos los medios de dominar su cólera; desenvainó un ancho y grueso cuchillo que llevaba en la parte posterior de su cinto y con método y eficiencia dio muerte a ambos ciervos; luego se arrodilló y ofreció una plegaria por sus espíritus.
—Coge aquél —indicó al hermano Braumin, mientras levantaba al animal más grande por las pezuñas y se lo cargaba al hombro.
Poco después alcanzaron los carruajes; Andacanavar dejó el cuerpo sin vida del animal ante los caballos de Jojonah. El padre ordenó que el carruaje se detuviera y salió al encuentro del guardabosque.
—¿Extraéis su energía y los dejáis morir? —lo acusó Andacanavar.
—Una desagradable necesidad —admitió maese Jojonah.
—No tan necesaria —insistió el guardabosque—. Si tenéis que matarlos, utilizadlos por completo; de lo contrario, estáis insultando a los animales.
—Eres un cazador duro —replicó maese Jojonah. Vio por el rabillo del ojo que el hermano Francis se acercaba.
—Voy a mostrarte cómo sacarles la piel y curtirla —propuso Andacanavar.
—¡No tenemos tiempo para eso! —protestó el hermano Francis.
Maese Jojonah se mordió el labio, sin saber qué hacer. Tenía ganas de reñir a Francis, pues no podían permitirse perder a un guía tan valioso, pero temía que el daño ya estaba hecho.
—¡O encontráis tiempo para hacerlo o no mataréis a ningún otro de mis animales! —replicó el guardabosque.
—¿Son tuyos esos animales? —preguntó incrédulo el hermano Francis.
—Estáis en mis tierras, os lo he dicho muchas veces —replicó el guardabosque—; y proclamo que soy el vigilante de esos animales. —Se volvió hacia Jojonah—. No voy a interrumpir vuestra cacería; también yo he cazado. Pero si atrapáis a un animal, no podéis dejar que se consuma hasta la muerte abandonado en la carretera. Eso es un insulto y una crueldad, se mire por donde se mire.
—Ahora, un bárbaro del norte nos da lecciones de crueldad —observó con un bufido el hermano Francis.
—Si necesitas lecciones, tómalas donde las encuentres —replicó Andacanavar sin perder el ritmo.
—No necesitamos ni alimentos ni pieles —dijo serenamente maese Jojonah—, pero la energía es vital para nuestros caballos; si no pueden llevarnos a nuestro destino y luego conducirnos de regreso, nos quedaremos colgados.
—¿Y es necesario que saquéis tal cantidad de cada animal que no les quede ni un mínimo para sobrevivir? —preguntó el guardabosque.
—¿Cómo podríamos saber cuándo tenemos que parar?
—Supón que puedo enseñárselo a tus hombres.
Maese Jojonah sonrió ampliamente. Nunca le había gustado la muerte de aquellos inocentes animales.
—Andacanavar, amigo mío —dijo—, si puedes adiestrarnos para que realicemos nuestra misión vital sin dejar en el sendero un solo animal muerto, te estaré eternamente agradecido.
—Y también te estarán agradecidos muchos ciervos —repuso el guardabosque—. Y por lo que respecta a los ya muertos, debes saber que comeréis bien esta noche y que encontraréis de gran utilidad las pieles cuando estéis más al norte, pues incluso en pleno verano allí el viento por la noche sopla bastante frío.
Así pues, Andacanavar enseñó a los monjes cómo despellejar y curtir las pieles de los ciervos muertos. Al cabo de un rato, la caravana se puso en marcha de nuevo incorporando algunos ciervos más. El guardabosque controlaba cuidadosamente a cada animal mientras los monjes transferían su energía y, tan pronto como veía que la criatura iba a agotarse, ordenaba que se detuviera el proceso, entonces el animal, debilitado pero vivo, era liberado para que regresara al bosque.
Ni siquiera el hermano Francis manifestó desacuerdo alguno; y a maese Jojonah y al hermano Braumin les pareció que incluso el siempre descontento Francis se sentía un tanto aliviado al verse liberado de una práctica tan desagradable.
—Un buen truco si lo utilizáis con corrección —dijo Andacanavar a maese Jojonah mientras cabalgaban—. Pero sería mejor si atraparais uno o dos alces. ¡Ésos sí harían correr de verdad a vuestros caballos!
—¿Un alce?
—Un ciervo grande —explicó el guardabosque con una sonrisa irónica.
—Hemos atrapado algún gran... —empezó a decir maese Jojonah, pero Andacanavar le cortó en seco.
—Mayor —dijo; saltó del carruaje y se adentró en la maleza.
—Es un viejo muy activo —comentó el hermano Braumin.
El guardabosque regresó donde estaban los carruajes casi una hora después.
—Di a tus amigos de espíritu viajero que vayan a inspeccionar por allí —dijo indicando un vallecito poco profundo al oeste del sendero—. Diles que busquen algo grande y oscuro, con astas como perchas, tan anchas como dos veces la altura de un hombre.
Tanto maese Jojonah como el hermano Braumin pusieron cara de incredulidad.
—Diles eso, ni más ni menos —insistió Andacanavar—. Ya verás luego si miento.
Poco después, cuando un enorme alce vagaba por el sendero controlado por las piedras del alma, ambos monjes le ofrecieron silenciosas disculpas por sus dudas.
¡Y cómo corrían los caballos cuando dejaron al cansado alce en la carretera!
Durante el día cabalgaban largo y tendido, y por la noche los monjes se reunían en torno a las fogatas para escuchar los cuentos del norte que les explicaba el guardabosque. Su manera jovial de narrar y las sugestivas historias cautivaron a todos, incluso al hermano Francis, el cual incluso olvidó su habitual amenaza de establecer contacto con el padre abad para elevar una queja.
Durante el cuarto día del viaje conjunto el guardabosque anunció que se iría una vez hubieran montado el campamento; un jarro de agua fría cayó sobre la caravana.
—Bah, no hay que desesperarse —les dijo Andacanavar—; os enseñaré la carretera que va a Barba... —se detuvo enredado por sus propias palabras y sonrió irónicamente—. Si tal fuera vuestro destino, quiero decir —añadió con astucia.
—No te lo puedo confirmar —dijo maese Jojonah, sonriendo a su vez. Ahora tenía plena confianza en Andacanavar, pues había visto el corazón de aquel hombre y sabía que compartía sus principios. Desde luego, el hombre sabía adónde se dirigían los monjes... ¿A dónde si no, puesto que se habían internado tanto en las Tierras Agrestes?
—Una carretera recta y segura —prosiguió el guardabosque—; y si no encontráis ningún powri ni ningún gigante que bloquee el camino, llegaréis allí, y bastante pronto.
—Según mis mapas, nuestro destino está a muchos, muchos kilómetros de la frontera oeste de Alpinador —comentó el hermano Francis; ahora su tono con el guardabosque era más respetuoso—. Me temo que nos queda un largo trecho por delante.
Andacanavar tendió la mano y el hermano Francis le entregó un pergamino, un mapa de la región. El guardabosque enarcó una ceja mientras lo examinaba, ya que era muy detallado y preciso.
—Vuestros mapas dicen la verdad —asintió Andacanavar— pero dejamos la frontera oeste de Alpinador atrás antes de montar el campamento la penúltima noche. De modo que conservad el ánimo, amigos míos, ya que casi habéis llegado... ¡Yo no lo tendría si tuviera que dirigirme al lugar donde se dice que el demonio tiene su guarida! —Se mordió la punta de un dedo y con la sangre dibujó otra línea en el mapa: la carretera a Barbacan; para finalizar marcó con una X el punto donde se encontraban.
Luego devolvió el mapa a Francis y con una reverencia final se marchó internándose a todo correr entre el sotobosque, sin dejar de reír en ningún momento.
—Si no fuera por su corpulencia, pensaría de él que es un elfo —observó el hermano Braumin—. Si es que los elfos existen.
Las últimas palabras de Andacanavar sobre su actual situación fueron un consuelo que palió la tristeza de los monjes por la pérdida del mejor de los guías. Cenaron de nuevo un excelente venado, recitaron sus plegarias de la noche y durmieron bien; después, volvieron a ponerse en camino, impacientes, antes del amanecer.
El territorio seguía siendo abrupto: menos montañoso, aunque mucho más boscoso. Pero guiándose por la raya de sangre en el mapa, los monjes llegaron pronto a una carretera ancha y despejada, no un simple y estrecho sendero. Allí se detuvieron todos los carruajes para que los líderes de la caravana pudieran salir a investigar.
—Esta ringlera la segó el ejército de los monstruos en su marcha hacia el sur —dedujo Jojonah.
—En ese caso, si seguimos sus pasos hacia atrás llegaríamos al lugar desde donde partieron —dijo el hermano Braumin.
—Un itinerario peligroso —comentó el hermano Francis mirando alrededor—. Estamos a campo abierto.
—Pero es un itinerario rápido, sin duda —replicó el hermano Braumin.
Maese Jojonah consideró la cuestión sólo unos instantes, tomando sobre todo en consideración que Andacanavar los había puesto en ese camino.
—Ampliad el área cubierta por los espíritus exploradores —ordenó—; tanto a nuestros carruajes como a nuestros caballos les vendrá muy bien una carretera tan buena.
El hermano Francis exigió que se utilizaran todos los cuarzos y todas las hematites, y ordenó que los monjes cubrieran un gran espacio hacia adelante y hacia los lados, pues temía que la caravana estuviera dirigiéndose directamente hacia algún campamento enemigo.
Dos días después, aún no habían avistado ni un solo monstruo, aunque habían recorrido ya bastante más de ciento cincuenta kilómetros. Ahora, ante ellos veían las encumbradas montañas que rodeaban Barbacan y todos los monjes temían que les ocurriesen cosas terribles al cruzar aquellas barreras.
Pero la carretera continuaba hasta el pie de las montañas; luego ascendía trepando por un paso ancho. Montar un campamento en semejante lugar podía resultar un poco molesto, pero seguía sin haber monstruos al acecho, y los monjes que disponían de piedras de cuarzo tampoco descubrieron en los alrededores animales salvajes. Aquellas tierras parecían extrañamente muertas y esotéricamente silenciosas. A media mañana del día siguiente divisaron el final de las montañas; una única sierra les impedía ver más allá. Maese Jojonah ordenó que se detuvieran e hizo señas al hermano Braumin y al hermano Francis para que le acompañaran.
—Deberíamos entrar de manera espiritual —observó el hermano Francis.
Era una buena sugerencia, una prudente sugerencia, pero en cualquier caso maese Jojonah sacudió su cabeza. Tenía el presentimiento de que les aguardaba algo increíblemente importante y que merecía la pena verlo físicamente, tanto con el cuerpo como con el alma. Indicó a ambos que le siguieran, pidió a otros inmaculados que se unieran a ellos y emprendió la ascensión.
Los monjes más jóvenes seguían al grupo a corta distancia.
Cuando maese Jojonah cruzó la última barrera y alcanzó un punto desde donde se podía divisar el amplio valle que constituía el corazón de Barbacan, su espíritu flaqueó y se animó al mismo tiempo. Cada uno de los monjes se abstrajo de sus compañeros sin apenas advertir los movimientos de los otros, sobrecogidos delante de aquel panorama, ya que la devastación que apareció frente a ellos era absoluta. Donde antes había habido un bosque, ahora había un campo de ceniza gris sembrado por doquier de troncos carbonizados. Todo el valle era gris y yermo, y el aire se notaba más espeso por los hedores sulfurosos. A todos ellos les pareció un anticipo del fin del mundo o una prematura visión de lo que la Iglesia denomina infierno. Los más impresionados fueron los monjes más jóvenes; al llegar a lo alto de la sierra, muchos se echaron a llorar de desesperación.
Pero cuando la desesperación inicial se hubo convertido en una triste aceptación, pensamientos más positivos se abrieron paso en las mentes de todos. ¿Podía alguien haber sobrevivido a una explosión semejante? Tal vez sus sospechas, mejor dicho sus esperanzas de que el ejército de monstruos hubiera quedado «descabezado», eran fundadas, pues si, como creían, el demonio Dáctilo había proclamado que Barbacan era su morada, si el demonio Dáctilo había estado aquí cuando se produjo la explosión, en tal caso el demonio Dáctilo sin duda había desaparecido.
Incluso el hermano Francis estaba atónito y no pudo pronunciar palabra durante mucho, mucho tiempo. Luego, lentamente, se acercó a maese Jojonah.
—¿Podemos considerar este paisaje devastado como una prueba suficiente de la destrucción del demonio Dáctilo? —preguntó el padre Jojonah.
Francis miró hacia la cuenca repleta de ceniza. No era difícil discernir el origen de la explosión: una montaña achatada que se elevaba solitaria en medio del campo de ceniza, de cuya cima emergía aún una estrecha columna de humo.
—No creo que esto se deba a una causa natural —dijo Francis.
—Hubo otras erupciones volcánicas con anterioridad —comentó maese Jojonah.
—¿Pero en este momento crítico? —preguntó Francis incrédulo—. ¿Cabe esperar que un volcán entre en erupción precisamente cuando más necesitamos su ayuda, y precisamente en el lugar donde se encuentra el jefe de nuestros enemigos?
—¿Acaso pones en duda la intervención divina? —preguntó maese Jojonah; lo dijo con gran firmeza aunque también él albergaba serias dudas al respecto. Había fanáticos en la orden que parecían esperar que el rayo de Dios cayera desde el cielo y aplastara a los oponentes de la Iglesia siempre que hiciera falta; Jojonah había oído cómo un joven monje que estaba en la muralla del lado mar de Saint Mere Abelle durante la invasión de los powris invocaba a Dios repetidamente, reclamando literalmente aquel rayo castigador. Maese Jojonah también creía en el poder divino, pero pensaba que se trataba de algo semejante al poder del bien. Creía que el bien acababa por vencer después de todo gran desastre, porque, por su propia naturaleza, era más fuerte que el mal. Sospechaba que Francis tenía al respecto creencias similares, pues, a pesar de sus defectos, era un hombre reflexivo, un poco intelectual, que siempre prefería consolidar su fe con la lógica.
Ahora Francis lo miró con malicia.
—Dios estaba de nuestro lado —dijo—; en nuestros corazones y en la fuerza que guiaba nuestras armas, y ciertamente en la magia que aplastó a nuestros enemigos. Pero esto... —dijo mientras abría sus brazos de forma teatral, como si quisiera abarcar el devastado valle—. Esto puede haber sido obra de Dios, pero propiciado por la mano de un hombre tocado por la gracia divina, o bien es el resultado de un uso excesivo de la magia negra por parte del demonio Dáctilo.
—Probablemente, se trate de lo último —replicó maese Jojonah, aunque esperaba que no fuera así; confiaba que Avelyn hubiese tenido algo que ver en aquello.
El hermano Braumin, que se acercaba para reunirse con ellos dos, oyó los últimos comentarios, y miró largo y tendido al hermano Francis, sorprendido ante su reacción. Clavó en maese Jojonah una mirada de perplejidad y su superior se limitó a sonreír y a asentir, pues él no se había sorprendido ni mucho menos. En aquel momento, maese Jojonah descubrió en el hermano Francis algunas buenas cualidades y pensó que incluso podría haber aspectos de su personalidad que le gustaran. Reflexionó un momento en silencio sobre la posibilidad de reconducir al hermano Francis en una nueva dirección.
—Sea lo que sea lo que haya ocurrido aquí, tiene su origen en aquella montaña —dedujo el hermano Francis—. La llamada montaña Aida.
Los otros dos lo miraron con curiosidad.
—Así la llamó el alpinadorano —explicó el hermano Francis—. Y por supuesto, el nombre se corresponde con el de muchos mapas antiguos que he estudiado: Aida, la montaña solitaria en medio del anillo, la guarida del demonio.
—No será fácil entrar en ella —observó el hermano Braumin.
—¿Acaso cabía esperar lo contrario? —preguntó el hermano Francis riendo.
De nuevo los otros dos se limitaron a mirarse el uno al otro y a encogerse de hombros. Les parecía como si la explosión hubiera podido liberar al mundo del demonio Dáctilo y también hubiera podido liberar al hermano Francis de sus demonios internos.
No obstante, no hicieron comentario alguno y consideraron el buen humor de Francis como una bendición. Ojalá durase.
El viaje a través del campo de ceniza no era tan difícil como habían temido, pues aunque aquella materia gris era espesa en muchos lugares, en otros el viento se la había llevado. Mientras se encaminaban hacia la montaña, el conductor que encabezaba la marcha hizo un horrible descubrimiento.
Su grito hizo que los monjes acudieran corriendo y encontraron varios cuerpos semienterrados en la ceniza, junto al serpenteante sendero.
—Powris —explicó el hermano Braumin acercándose para examinarlos mejor—. Y un trasgo.
—Y ese otro es... era un gigante —dijo otro monje, señalando, hacia adelante: una enorme pierna que emergía de la cinta de ceniza que bordeaba el sendero.
—De modo que nuestros enemigos estuvieron aquí —observó maese Jojonah.
—Estuvieron —enfatizó el hermano Francis.
Continuaron hasta el mismo pie de la montaña y allí formaron un anillo con los carruajes. Maese Jojonah ordenó que la mitad de los hombres instalaran el campamento y la otra mitad iniciara una exhaustiva exploración de la zona, buscando, en particular, cualquier camino hacia el interior o hacia lo alto de la montaña. Con antorchas y con un solo diamante, un grupo de monjes penetró en una sinuosa cueva aquella misma noche y se adentró en Aida. Al cabo de menos de una hora estaban de vuelta; dijeron que el túnel no tenía ninguna salida: el camino estaba bloqueado por una sólida pared de piedra.
—Sin duda llegaba más allá antes de la explosión —dijo el hermano Dellman a maese Jojonah.
—Esperemos que no todos los túneles estén obturados —replicó Jojonah, tratando de parecer esperanzado. Sin embargo, al contemplar los efectos de la explosión de Aida, el monje no podía menos que moderar su optimismo.
El hermano Dellman condujo a su grupo a un segundo túnel, y al ver que también éste terminaba bruscamente, el joven monje, impertérrito, se dirigió a un tercero.
—Es hombre de palabra —comentó el hermano Braumin a Jojonah mientras Dellman se disponía a efectuar el tercer intento.
—De corazón —asintió maese Jojonah.
—Y de fe —dijo el otro—; una fe firme, de lo contrario no abordaría sus tareas con tanta determinación.
—¿Hay alguien con más determinación que el hermano Francis? —recordó maese Jojonah.
Los dos hombres miraron a Francis, que estaba ocupado marcando algunos pergaminos para detallar algunas particularidades de Barbacan.
—También el hermano Francis tiene fe —decidió el hermano Braumin—. Sólo que la sigue por caminos equivocados; pero tal vez encontrará un sendero más adecuado: parece como si la compañía del honrado alpinadorano le haya beneficiado.
Maese Jojonah no contestó y se limitó a sentarse observando a Francis. En efecto, parecía como si parte del espíritu jovial del alpinadorano hubiera limado las asperezas de aquel hombre, pero Jojonah todavía no lo consideraba como un converso.
—¿Por dónde vamos a inspeccionar después, si no encontramos túneles practicables en el corazón de la montaña? —preguntó el hermano Braumin—. ¿Y si la cima achatada no nos aporta información de valor?
—En ese caso buscaríamos con la hematites —repuso el padre.
—Yo creía que por ahí íbamos a empezar.
Maese Jojonah asintió; ya se lo esperaba, pues también él había pensado que la búsqueda inicial en Aida habría sido más fácil si los monjes hubiesen utilizado las piedras del alma. Pero había cambiado de idea y les había dado las oportunas órdenes, al considerar la experiencia del hermano Braumin con Andacanavar. Jojonah no podía saber seguro si el espíritu del demonio Dáctilo permanecía en aquel lugar y, si el alpinadorano sin poderes mágicos pudo utilizar semejante conexión espiritual para abrirse paso y plantarse en medio de ellos, ¿qué no sería capaz de hacer el demonio Dáctilo?
—Vamos a utilizar nuestra inteligencia y nuestros cuerpos —repuso el anciano monje a Braumin—; si no bastan, entonces utilizaremos las piedras del alma.
El joven, que confiaba plenamente en maese Jojonah, quedó satisfecho con aquello.
—¿Cuándo establecerá contacto el hermano Francis con el padre abad? —preguntó Braumin.
—Le pedí que esperara hasta la mañana —explicó maese Jojonah—. No creo que sea prudente abrir canales al espíritu de alguien en este lugar desamparado.
Eso fue muy revelador para el hermano Braumin, en particular, respecto a la buena actitud de Francis, y no insistió en el asunto. Posó una mano en el ancho hombro de Jojonah y después se marchó, pues había mucho que hacer.
Al cabo de tres horas los monjes del campamento empezaron a ponerse nerviosos al no tener noticias del hermano Dellman y de su grupo. Una hora después, maese Jojonah consideró si no habría llegado el momento de utilizar la hematites. Estaba a punto de decidirse a hacerlo cuando los monjes que vigilaban al oeste del campamento gritaron que habían visto la luz de una antorcha.
Maese Jojonah la vio poco después: un solo monje salía del túnel de las estribaciones de la montaña Aida y regresaba al campamento a todo correr.
—Es el hermano Dellman —explicó Braumin a Jojonah mientras el hombre se acercaba bajando a toda velocidad por la pendiente, casi perdiendo el equilibrio y en más de una ocasión cayendo de cabeza al suelo.
—¡Agrupaos y preparaos para luchar! —gritó maese Jojonah.
Los monjes realizaron lo previsto para tales casos, de modo que cada uno preparó la piedra más adecuada para él. Otros se pusieron las armas al cinto o situaron a los caballos en lugar seguro.
El hermano Dellman entró en el campamento dando traspiés, jadeando y tratando de recuperar el aliento.
—¿Dónde están los demás? —le preguntó enseguida maese Jojonah.
—Todavía... dentro —respondió Dellman.
—¿Vivos?
El joven monje se irguió, inclinó la cabeza hacia atrás y aspiró aire tratando de calmarse. Cuando miró de nuevo a maese Jojonah, los temores del padre habían disminuido sensiblemente.
—Sí, vivos —dijo con calma—. No corren peligro, a menos que las piedras vuelvan a desplazarse.
—¿En ese caso, por qué has salido tú? —preguntó Jojonah—. ¿Y por qué estás tan agitado?
—Encontramos algo... a alguien —respondió el hermano Dellman—; un hombre, o medio hombre y medio caballo.
—¿Un centauro? —preguntó el hermano Braumin.
El hermano Dellman se encogió de hombros: jamás había oído aquella palabra.
—Un centauro tiene el cuerpo de un hombre, torso, hombros, brazos y cabeza —explicó el hermano Francis—, pero de cintura para abajo su forma corporal es la de un caballo, cuatro patas y todo lo demás.
—Un centauro —asintió el hermano Dellman—. Estaba en la cueva cuando la montaña se le vino encima. Toneladas y toneladas de rocas.
—¿Lo sacasteis? —preguntó maese Jojonah.
—No sabemos por dónde empezar —respondió el hermano Dellman.
—Pobre criatura —comentó el hermano Braumin.
—Entonces, dejémosla en su tumba —dijo el hermano Francis con crueldad; parecía haber recuperado su auténtica personalidad. Ni a Braumin ni a Jojonah les pasó por alto tal hecho e intercambiaron un resignado encogimiento de hombros.
—Pero hermano Francis —protestó el hermano Dellman—, ¡no está muerto!
—Pero dijiste... —empezó a razonar maese Jojonah.
—Toneladas —acabó por él el hermano Dellman—. Vaya, debería estar muerto. ¡Debería estarlo! No hay nada que pueda sobrevivir bajo semejante derrumbamiento. Y ciertamente parece como si debiera estar muerto con todo aplastado y roto. Pero la criatura vive. ¡Abrió los ojos y me pidió que lo matara!
Los tres monjes de más edad escuchaban boquiabiertos, mientras los más jóvenes en torno a ellos susurraban visiblemente emocionados.
—¿Y lo hiciste? —preguntó al fin maese Jojonah.
—No pude —respondió el hermano Dellman; parecía horrorizado sólo con pensarlo—. No dudo que su dolor debe de ser muy atroz, pero no pude acabar con su vida.
—Dios no nos da más de lo que podemos soportar —recitó el hermano Francis.
Maese Jojonah le dirigió una mirada prolongada y agria. A veces, esa antigua frase sonaba como una excusa de los dirigentes de la Iglesia ante la gente corriente, ante los campesinos condenados a la miseria, mientras ellos vivían en el lujo.
Pero aquél era un asunto para otro día, pensó Jojonah, de modo que no hizo ningún comentario al respecto.
—Obraste bien, y justamente —dijo a Dellman—. ¿Los demás se quedaron con el centauro?
—Bradwarden —respondió el hermano Dellman.
—¿Qué?
—Bradwarden —repitió el monje—; ése es el nombre de esa perso..., del centauro. He dejado a los demás con él, para que le proporcionen el mayor consuelo posible.
—Vayamos y veamos qué podemos hacer —dijo maese Jojonah—. Recoge todas las piedras, salvo las repetidas, y tráelas —añadió dirigiéndose al hermano Braumin—. Hermano Francis —dijo luego en voz alta para que todo el mundo lo oyera con claridad—, tú te ocuparás de la defensa de los carruajes.
Francis le lanzó una mirada agria, pero maese Jojonah no le prestó la menor atención; el anciano monje ya estaba indicando con una seña al hermano Dellman que los condujera por donde había venido para poder ver a aquella criatura llamada Bradwarden, aquel ser en cierto modo inmortal.
El camino no era largo y Dellman se dio mucha prisa, por lo que Jojonah jadeaba y resoplaba cuando divisaron las otras antorchas. Jojonah se abrió paso entre los monjes y se arrodilló ante el malherido y demacrado cuerpo.
—Deberías estar muerto —dijo maese Jojonah con pragmatismo, consiguiendo disimular su horror y repugnancia. Sólo era visible el torso humano de la criatura y la parte frontal de su mitad equina; el resto estaba enterrado, aplastado por un enorme bloque de piedra que se elevaba desde el corredor hacia el interior de la montaña derrumbada. La criatura estaba extrañamente doblada hacia atrás, y tenía los ojos frente a la roca que había aplastado su mitad trasera. Los brazos de Bradwarden, antes muy musculosos, estaban ahora fláccidos, marchitos, como si el cuerpo del centauro se estuviera consumiendo por falta de alimentos. Maese Jojonah se le acercó mucho y se inclinó hacia él para examinarlo tanto como le permitía su propia gordura.
—Oh, ten por seguro que me siento como si ya estuviera muerto —replicó Bradwarden; la agonía se reflejaba claramente en su voz normalmente atronadora y temblorosa—. O, por lo menos, camino de la muerte. No tienes ni idea del dolor que siento —entonces consiguió girar la cabeza para mirar al monje recién llegado, y, al verlo, la ladeó con curiosidad; lo examinó con detalle y soltó una risita de dolor.
—¿Qué miras? —le preguntó el padre.
—¿Entonces tienes un hijo? —preguntó Bradwarden.
Maese Jojonah miró al hermano Braumin Herde por encima del hombro, el cual tendió las manos con un ademán de impotencia. No podía entender por qué a aquella extraña criatura, en aquel momento y en semejante trance se le ocurriría hacerle semejante pregunta.
—No —se limitó a contestar maese Jojonah—. Ni tampoco una hija. Mi corazón fue consagrado a Dios, no a una mujer.
El centauro soltó una risita.
—¡Ay, lo que te has perdido! —dijo Bradwarden con un guiño malicioso.
—¿Por qué me has preguntado eso? —inquirió maese Jojonah, pues de repente se preguntó si podría tratarse de algo más que de una simple coincidencia.
—Me recuerdas a alguien a quien conocí —respondió Bradwarden; su tono ponía de relieve el entrañable recuerdo que guardaba de su viejo amigo.
—¿Un monje? —insistió Jojonah con urgencia.
—Un fraile loco, según se llamaba él mismo —replicó el centauro—; era en exceso aficionado a la bebida, pero era un hombre bueno... o todavía lo es, si es que pudo encontrar una salida de este maldito lugar.
—¿Y sabes cómo se llama? —preguntó maese Jojonah.
—Era mi propio hermano —prosiguió el centauro, hablando más para sí mismo que para los demás y como si estuviera en un lugar remoto, delirando quizás—. Por los hechos, ya que no por la sangre.
—¿Cómo se llama? —preguntó en voz alta el hermano Braumin, acercándose e inclinándose para pegarse a la cara de Bradwarden.
—Avelyn —replicó con calma el centauro—. Avelyn Desbris. El mejor de los humanos.
—Debemos salvarlo cueste lo que cueste —pronunció una voz detrás de ellos. Todos los monjes se volvieron y vieron al hermano Francis; en su mano resplandecía con mucho brillo un diamante. Estaba al final de la fila.
—Te di instrucciones para que te encargaras de la defensa del campamento —le dijo maese Jojonah.
—Yo no recibo órdenes de maese Jojonah —fue la respuesta, y Jojonah advirtió que el padre abad Markwart había tomado posesión del cuerpo del hermano Francis y estaba entre ellos.
—Debemos sacarlo de aquí —continuó, mientras miraba el bloque enorme.
—No sois lo bastante fuertes como para levantar una montaña —dijo secamente Bradwarden—. Del mismo modo que yo no fui lo bastante fuerte para aguantarla mientras mis amigos huían.
—¿Tu amigo Avelyn? —preguntó Markwart impaciente.
—Mis otros amigos —replicó el centauro—. No soy quién para saber... —Se detuvo e hizo una mueca, pues el movimiento que efectuó al volver la cabeza para encararse con el hombre había provocado un ligero desplazamiento de la roca—. No —gruñó—, no podéis levantar esto.
—Ya lo veremos —respondió el padre abad—. ¿Por qué sigues todavía con vida?
—No puede saberse.
—A menos que seas una criatura inmortal —prosiguió Markwart en tono malicioso y acusador, y apartó a los demás para agacharse junto a maese Jojonah.
—Una idea interesante —replicó Bradwarden—. Siempre se dijo que yo era un poquito testarudo. Quizá sea que no quiero morir.
Markwart no parecía divertido.
—Ahora bien, mi padre murió —contó el centauro—, y mi madre también, hace más de veinte años. La alcanzó un rayo, una extraña forma de morir. Así que no tengo por qué suponer que soy inmortal.
—A menos que un espíritu inmortal haya penetrado en tu cuerpo —insistió el padre abad.
—¿Acaso no son inmortales todos los espíritus? —osó interrumpir maese Jojonah.
La terrible mirada de Markwart acabó aquella discusión antes de que empezara.
—Algunos espíritus —dijo en tono uniforme, contemplando a Bradwarden, pero dirigiendo también sus palabras a maese Jojonah— pueden trascender lo físico: pueden mantener con vida un cuerpo que, de otro modo, estaría muerto e inerte.
—El único espíritu que hay en mí es el mío, y un poco de pasmo —aseguró el centauro con una sonrisa forzada y un guiño—. Y un poco más de pasmo podría aliviarme el dolor, si pudierais conseguir esa bebida.
La dura expresión del padre abad Markwart no se alteró en lo más mínimo.
—No soy quién para saber la razón por la que no estoy muerto —explicó Bradwarden con seriedad—. Pensé que había muerto cuando la roca dobló mis piernas y se deslizó hacia abajo. Y los gruñidos de mi estómago han estado más de una semana diciéndome que iba a morir.
El padre abad Markwart apenas lo escuchaba. Había deslizado en su mano otra piedra, un pequeño pero efectivo granate, una piedra que se usaba para detectar sutiles emanaciones mágicas, y la estaba empleando para examinar a la criatura atrapada. Inmediatamente encontró la respuesta.
—Hay magia en ti —anunció a Bradwarden.
—Eso, o el azar —dijo maese Jojonah.
—Nefasto azar —comentó el centauro.
—Magia —repitió el padre abad, con energía—; en tu brazo derecho.
A Bradwarden le costó un gran esfuerzo volver la cabeza lo suficiente como para verse la parte superior del brazo derecho.
—Oh, por el maldito Dáctilo y por todos los diablos —refunfuñó al ver la abrazadera roja, la pieza de tela que Elbryan le había atado alrededor—. Y el guardabosque pensaba que me hacía un favor. ¡Dos meses sufriendo, dos meses de hambre y esa maldita cosa sin dejarme morir!
—¿Qué es? —preguntó maese Jojonah.
—Tela medicinal de los elfos —replicó Bradwarden—. ¡Parece que esta maldita cosa cerró mis heridas tan pronto como me las infligió la maldita montaña! ¡Y ni siquiera la falta de alimentos o de líquidos se me llevará!
—¿Elfos? —preguntó anhelante el hermano Braumin reflejando el sentir de todos los presentes. Bradwarden advirtió sus expresiones y se sorprendió de su extrañeza.
—¡No me digáis que no creéis en los elfos! —exclamó—. Ni en centauros, supongo. ¿Y qué pasa con los powris? Quizá sí creéis que existen uno o dos gigantes.
—Ya basta —le ordenó el padre abad—. Tú sí tienes razones para creerlo; pero nosotros nunca hemos encontrado un elfo; ni un centauro, hasta ahora.
—Entonces vuestro mundo está mejorando —dijo Bradwarden, dedicándoles otro guiño que acabó convertido en una mueca de dolor.
Markwart se levantó e hizo un signo a los demás para que lo siguieran y se apartaron del centauro.
—No será tarea fácil sacarlo de ahí —dijo una vez estuvieron donde no podía oírlos.
—Imposible, diría yo —comentó el hermano Braumin.
—Podemos lograr que la roca levite mediante la malaquita —razonó maese Jojonah—; aunque me temo que toda nuestra fuerza combinada no será suficiente para liberar semejante obstáculo.
—Me preocupa más que cuando levantemos la piedra y lo liberemos, la sangre del centauro mane demasiado deprisa y desborde la protección de la abrazadera élfica y nuestros esfuerzos por restañarla —señaló el padre abad.
—Pero a pesar de todo, debemos intentarlo —dijo Braumin.
—Por supuesto —asintió Markwart—. Es un prisionero demasiado valioso como para dejarlo morir; es una fuente de información de vital importancia, no sólo para saber qué ocurrió aquí, sino también para conocer el destino del hermano Avelyn.
—Estaba pensando sobre todo en la compasión que debe merecernos su estado —se atrevió a añadir Braumin.
—Sé qué pensabas —replicó Markwart sin vacilar—. Te queda mucho por aprender.
El padre abad se alejó precipitadamente indicando a los otros que le siguieran. El hermano Braumin y maese Jojonah intercambiaron agrias miradas, pero poco podían hacer al respecto.
De acuerdo con lo ordenado por Markwart, que estaba cansado a causa de la posesión y necesitaba un descanso, no efectuaron el intento hasta última hora del día siguiente, cuando todos se encontraron recuperados y preparados mentalmente. Markwart regresó al cuerpo del hermano Francis y encabezó la comitiva llevando la malaquita y la hematites.
Todos los monjes de la caravana se situaron adecuadamente y se unieron en comunión mágica en las profundidades de la piedra del alma, salvo maese Jojonah que también tenía una hematites; encauzaron su energía combinada hacia el interior de la malaquita y, cuando la energía alcanzó su ápice, el padre abad Markwart la liberó, dirigiéndola hacia el bloque situado que aplastaba a Bradwarden.
Sólo entonces advirtió maese Jojonah el gran riesgo que Markwart había asumido... para los monjes de la caravana, aunque no para su cuerpo, que estaba a salvo en Saint Mere Abelle. Mientras el bloque de piedra crujía ante la súbita presión ejercida, muchas piedras más pequeñas y nubes de polvo cayeron en el corredor, y Jojonah temió que el túnel pudiera bloquearse por completo. Cayó en la cuenta de que deberían haber dedicado unos días a apuntalarlo, y aquella falta de previsión no hizo más que confirmarle la absoluta desesperación del padre abad para atrapar a Avelyn.
Los monjes siguieron haciendo fuerza y el bloque volvió a desplazarse. Bradwarden gritó y empezó a convulsionarse, y Jojonah se precipitó hacia él; pasó sus brazos por debajo de los anchos hombros del centauro y tiró con todas sus fuerzas.
Horrorizado, comprobó que no podía mover al enorme centauro; en efecto, a pesar del estado de debilidad en que se hallaba, Bradwarden pesaba casi doscientos kilos. Jojonah se concentró en la hematites, no para sanar las heridas del centauro, como tenía pensado hacer, sino para interceptar los pensamientos de los otros monjes, esperando así aportar parte de la energía de los monjes al cuerpo del centauro de modo que él pudiera tirar de la enorme criatura hasta liberarla.
Las cosas se complicaron aún más y Jojonah temió que el bloque de piedra acabaría por desplomarse del todo, pero Markwart, ahora increíblemente poderoso con las piedras, encauzó el esfuerzo de los monjes y desplazó parte de las fuerzas de levitación hacia el centauro.
Jojonah tiró del centauro y consiguió liberarlo; entonces, se concentró de nuevo en la hematites y se dispuso a curarle las heridas con fervor. Apenas se dio cuenta cuando Markwart y los demás los agarraron, al centauro y a él mismo, y los sacaron con gran dificultad tan rápido como pudieron de aquel túnel tan poco seguro.
Y luego maese Jojonah ya no estuvo solo en sus esfuerzos por salvar a la criatura, ya que el espíritu de Markwart y el del hermano Braumin y el de otros monjes se unieron al suyo para ocuparse de las heridas de Bradwarden.
Al cabo de más de cinco horas, maese Jojonah yacía tumbado fuera de la montaña de Aida, completamente exhausto, con el hermano Braumin a su lado. Durmieron profundamente y no despertaron hasta bien avanzada la mañana siguiente, para encontrar de pie junto a ellos al hermano Francis... y esta vez se trataba realmente de Francis.
—¿Dónde está el centauro? —preguntó maese Jojonah.
—Descansando, y más tranquilo de lo que era de esperar —respondió el hermano Francis—. Le hemos dado de comer; primero para probar, pero luego se ha tragado kilos de carne, la mitad de nuestras provisiones de venado, y se ha bebido litros de agua. Por supuesto, la magia de la abrazadera debe de ser poderosa, pues ya parece más recuperado.
Maese Jojonah asintió, sinceramente aliviado.
—Hemos encontrado un camino que sube a la montaña —añadió el hermano Francis.
—¿Y qué falta hace ya?
—Te interesará lo que hemos encontrado allí entre las cenizas —dijo el hermano Francis con severidad.
Maese Jojonah se calló una segunda pregunta y examinó en silencio al hermano. Cualquier progreso que Francis hubiera podido experimentar parecía haber sido borrado... probablemente por obra de la visita del padre abad Markwart. Su expresión volvía a ser glacial; los ojos ya no le sonreían en absoluto; sólo reflejaban un frío interés.
—Me temo que necesito descansar —dijo al fin maese Jojonah—. Hoy hablaré con Bradwarden; podemos subir a Aida mañana.
—No hay tiempo —replicó el hermano Francis con acritud—; y nadie hablará con el centauro hasta que regresemos a Saint Mere Abelle.
A maese Jojonah no le hizo falta preguntar de dónde venía esa orden. Y comprendió con mayor claridad el cambio de actitud del hermano Francis. La primera vez que contemplaron la devastación de Barbacan, Francis había proclamado que aquella explosión había sido o bien la obra de un hombre piadoso o bien un exceso de la magia del demonio Dáctilo. Ahora, desde luego, parecía evidente que el hermano Avelyn había estado involucrado, y maese Jojonah no dudó ni un segundo que el padre abad había convencido a Francis de que el hermano Avelyn no era un hombre piadoso.
—Subiremos hoy a la montaña —continuó el hermano Francis—. Si tú no puedes, el hermano Braumin irá en tu lugar. Cuando hayamos cumplido esta obligación, volveremos otra vez a la carretera.
—Estará oscuro antes de que bajéis —dijo el hermano Braumin.
—Cabalgaremos noche y día hasta llegar a Saint Mere Abelle —contestó el hermano Francis.
Esa forma de proceder le pareció totalmente estúpida a maese Jojonah. Las respuestas estaban allí, desde luego, o quizá cerca. Regresar a toda prisa a Saint Mere Abelle no tenía sentido... a menos que en el padre abad Markwart se hubiera despertado una profunda desconfianza hacia él. El descubrimiento de un testigo ocular lo había cambiado todo, y Markwart no estaba dispuesto a dejarle controlar aquella situación tan delicada. Jojonah miró a Braumin; ambos se preguntaban si había llegado la hora de adoptar una posición contra el padre abad, contra la misma Iglesia.
Maese Jojonah sacudió ligeramente la cabeza. No podían ganar.
No se sorprendió, pero ciertamente sintió pena, cuando al regresar junto a los carruajes vio a Bradwarden encadenado. Pero, el renovado vigor del centauro le asombró y le infundió esperanzas.
—Por lo menos podría permitir que me dieran mis gaitas —pidió el centauro.
Maese Jojonah siguió la larga mirada de Bradwarden hacia unas polvorientas gaitas arrojadas sobre el asiento de un carruaje cercano. Iba a decir algo, pero el hermano Francis le cortó en seco.
—Tendrá comida y cuidados sanitarios, pero nada más —explicó el monje—; y tan pronto como parezca totalmente recuperado le quitaremos la abrazadera.
—¡Ah, Avelyn era con diferencia un hombre mejor que todos vosotros juntos! —comentó Bradwarden; cerró los ojos y empezó a tararear una suave melodía, deteniéndose en una ocasión para murmurar con maliciosa mirada—: Ladrones.
Maese Jojonah, sin dejar de mirar al hermano Francis, se acercó a las gaitas, las cogió y se las entregó al centauro.
Bradwarden le devolvió una mirada de reconocimiento e inclinó la cabeza; entonces se puso a tocar una música maravillosa e inolvidable que todos los monjes, a excepción del tozudo Francis, se pusieron a escuchar atentamente.
Aquella tarde, Maese Jojonah encontró de alguna manera las fuerzas necesarias para acompañar a Francis y a otros seis monjes hasta la cumbre de Aida. La cima ahora era un amplio cuenco negro, pero la ceniza y las piedras fundidas se habían endurecido lo suficiente como para permitir a los monjes caminar sobre ellas sin excesiva dificultad.
El hermano Francis los condujo directamente al lugar: un brazo petrificado emergía del suelo negro, con los dedos apretados como si agarraran alguna cosa.
Maese Jojonah se agachó para observar el brazo y la mano. ¡Los reconoció! De algún modo, sabía de quién eran; de algún modo, percibió la bondad del lugar, un aura de paz y de fuerza piadosa.
—Hermano Avelyn —dijo con voz entrecortada.
Detrás de él los demás, salvo Francis, estuvieron a punto de caer.
—Es lo que supusimos —replicó el hermano Francis—. Al parecer, Avelyn estaba aliado con el Dáctilo y fue destruido cuando el demonio fue destruido.
Tan evidente falsedad sacó de sus casillas a maese Jojonah. Se levantó y se volvió hacia el hermano Francis con tanta energía que poco faltó para que lo golpeara.
No obstante, Jojonah retuvo su golpe; se dio cuenta de que el padre abad Markwart persistiría en su campaña de mentiras contra Avelyn, ya que si se descubría que Avelyn había entregado su vida para destruir al Dáctilo, tal como Jojonah creía, entonces muchas de las pretensiones de Markwart y su posición en la Iglesia podrían quedar en entredicho. Jojonah se daba cuenta de que por aquella razón Markwart había limitado las conversaciones con el centauro hasta que la criatura estuviera bajo su control en Saint Mere Abelle.
Maese Jojonah se esforzó por calmarse. La lucha tan sólo estaba empezando; aún no había llegado el momento de afrontar la batalla abiertamente.
—¿Qué crees que tenía en la mano? —preguntó el hermano Francis.
Jojonah miró de nuevo aquella mano y se encogió de hombros.
—Hay algo de magia en este hombre —explicó el hermano Francis—. Un par de piedras tal vez; lo sabremos cuando exhumemos el cuerpo, pero no una energía mágica equiparable a la del tesoro que había robado Avelyn.
Exhumar el cuerpo. A Jojonah la idea le parecía sencillamente un disparate. Aquel lugar debería señalarse como un sepulcro sagrado, un lugar para renovar la fe y fortalecer el espíritu. Quería gritárselo a Francis y pegarle un puñetazo en la boca por haber pronunciado un pensamiento tan blasfemo. Pero volvió a repetirse que no era el momento de iniciar la batalla; no de aquella manera.
—La roca en torno al brazo es sólida —razonó—. Destruirla no será tarea fácil.
—Tenemos el grafito —le recordó el hermano Francis.
—Pero si hay una pequeña grieta o un hueco debajo del cuerpo, una intrusión tan violenta probablemente nos haría perder para siempre todas las piedras.
Una expresión de pánico cruzó la cara del hermano Francis.
—¿Entonces, qué sugieres? —le preguntó con aspereza.
—Buscar con la hematites y el granate —repuso Jojonah—. No debería ser demasiado difícil determinar si ese hombre tiene piedras y cuáles pueden ser. Coloca la brillante luz de un diamante en la hendidura que hay alrededor del brazo para que tu espíritu entre por ahí.
El hermano Francis, como no cayó en la cuenta de las razones más poderosas que podría tener el padre abad Markwart para destruir aquel potencial santuario, reflexionó unos instantes al respecto y asintió.
También estuvo de acuerdo en permitir que maese Jojonah lo acompañase espiritualmente por la grieta, dado que el padre abad Markwart estaba demasiado débil para reintegrarse a su cuerpo tan pronto y Jojonah era el único que podía identificar al hermano Avelyn; Francis sólo lo había visto un par de veces, ya que Avelyn había abandonado la abadía poco después de que Francis hubiera entrado en ella.
Al rato, el cuerpo había sido identificado y se había comprobado que junto a él sólo había una gema, una piedra solar, aunque maese Jojonah percibió emanaciones residuales de otra piedra, la gigantesca amatista. El padre no dijo nada a Francis de la amatista y no le resultó difícil convencerlo de que una simple piedra solar, que todavía abundaban en Saint Mere Abelle, no merecía la pena el esfuerzo, ni el riesgo, ni tan siquiera la pérdida de tiempo de exhumar el cuerpo.
Así pues, abandonaron a Avelyn; Francis encabezaba la marcha.
Maese Jojonah fue el último en marcharse pues se entretuvo unos momentos para reflexionar ante aquella visión, para repensar su propia fe y para recordar a aquel monje joven que sin darse cuenta le había enseñado tantas cosas.
Cuando estuvieron de regreso en el campamento, Jojonah puso un diamante en la mano del hermano Braumin, le susurró algunas indicaciones y le pidió que fuera a ver aquel lugar sagrado.
—Ya entretendré al hermano Francis lo suficiente para que tengas tiempo de regresar —prometió.
El hermano Braumin, sin acabar de comprender pero reconociendo por el tono de Jojonah la importancia del viaje, asintió y se dispuso a partir.
—Hermano Braumin —le dijo el padre—, lleva contigo al hermano Dellman. También él debe ver a ese hombre y ese lugar.
Por supuesto, el hermano Francis se puso de mal humor cuando se enteró de que se demoraría la salida a causa de que un carruaje tenía un problema con una rueda.
Pero antes del alba ya estaban en marcha. El centauro parecía recuperado de nuevo, aunque el hermano Francis no se atrevió todavía a quitarle la abrazadera, y tocaba la gaita y trotaba detrás del carruaje del hermano Francis; estaba encadenado al chasis y varios monjes se ocupaban de vigilarlo estrechamente.
Ni el hermano Braumin, ni maese Jojonah, ni el hermano Dellman pronunciaron una palabra aquella noche, ni tampoco en todo el día siguiente; les había dejado mudos una imagen que querían guardar para el resto de sus días y una insondable necesidad de meditar sobre sus objetivos y su fe.
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11
Roger Descerrajador, supongo
Con estremecimientos de dolor, Roger mordió con fuerza el trozo de madera que se había metido entre los dientes. Había arrancado una manga de su camisa, se la había atado muy apretada a la pierna, justo debajo de la rodilla y la había anudado en torno a otro trozo de madera. Después, giró ese trozo, apretando el torniquete.
Más de una vez estuvo a punto de desmayarse, perdiendo y recobrando la conciencia. Si perdía el conocimiento, ciertamente moriría desangrado se dijo a sí mismo, pues el mordisco del perro Craggoth era profundo y la sangre manaba a borbotones.
Al fin, por fortuna, cesó el flujo de sangre y Roger, frío y empapado, sudando profusamente, se dejó caer sin fuerzas contra la pared de tierra de su celda. Conocía bien el lugar: una cava subterránea cerca del centro del pueblo. Sabía que sólo se podía entrar o salir a través de una trampilla situada en lo alto de una tambaleante escalera de madera. Roger la miró: unas rayas débiles de la luz exterior se colaban por allí. El último sol de la tarde, se dijo, y pensó que debería probar fortuna cuando ya no hubiera luz, bajo la protección de la noche.
Inmediatamente comprendió la tontería que acababa de pensar. Aquella noche no podría ir a ninguna parte; apenas podía reunir la energía necesaria para separarse de la pared. Soltó una risita ante la futilidad de todo aquello, se dejó caer al suelo y durmió durante toda la noche; y habría seguido durmiendo durante muchas, muchas horas si la puerta de la celda no se hubiese abierto y la luz del amanecer no hubiese inundado el interior.
Roger gruñó y se desperezó.
Un powri apareció en la escalera, seguido por otro, el mismísimo Kos-kosio Begulne. El enano que iba delante se fue directamente hacia Roger, lo levantó y lo empujó con fuerza contra la pared.
Roger osciló, pero se las apañó para mantener el equilibrio, pues se dio cuenta de que si volvía a caer el enano volvería a levantarlo con una brusquedad posiblemente aún mayor.
—¿Quién utiliza magia? —preguntó Kos-kosio Begulne, acercándose a Roger; lo agarró por la parte delantera de su desgarrada y ensangrentada camisa y tiró de él hacia abajo, de modo que su cara quedó a pocos centímetros del rostro correoso, arrugado e impresionante del enano, tan cerca que Roger sintió en la cara el calor del sucio aliento de Kos-kosio.
—¿Magia? —preguntó Roger.
—¡Traed los sabuesos! —gritó Kos-kosio Begulne.
Roger gruñó de nuevo al oír los ladridos.
—¿Quién utiliza la magia? —exigió saber el jefe powri—. ¿Cuántos y cuántas piedras?
—¿Piedras? —repitió Roger—. No sé nada de piedras, y tampoco de magias.
Desde arriba llegó otro ladrido.
—Lo juro —añadió en tono frenético Roger—. Podría simplemente mentir y darte un nombre, cualquier nombre, y no podrías saber si te digo la verdad, hasta que, o a menos que, encontraras a esa persona. Pero no sé nada de magias. ¡Nada!
Kos-kosio Begulne mantuvo agarrado a Roger un poco más; entretanto el enano gruñía en voz baja y Roger temía que el enfurecido powri le arrancara la nariz de un mordisco. Pero entonces Kos-kosio le empujó con violencia contra la pared y se dio la vuelta hacia la escalera, convencido por la lógica aplastante de las palabras de Roger.
—¡Átalo bien! —ladró el jefe al otro powri—. Con un nudo estrangulador; queremos que nuestro huésped se sienta cómodo.
Roger no estaba muy seguro de lo que pasaba por la cabeza de Kos-kosio Begulne, pero la ancha y maligna sonrisa del otro powri no era muy prometedora. El enano sacó una cuerda estrecha y áspera y se le acercó.
Roger se dejó caer pesadamente al suelo. El enano le dio patadas en la barriga y luego lo obligó con brusquedad a poner los brazos a la espalda.
—No, llévate los perros —ordenó Kos-kosio Begulne a otro powri que había llegado a lo alto de la escalera de la cava subterránea con un Craggoth atado a una cuerda corta—. Sólo es un débil humano, y ya no vivirá mucho tiempo para seguir sufriendo. —Kos-kosio miró otra vez hacia abajo desde su posición en los peldaños inferiores, y su mirada se cruzó con la de Roger—. Quiero divertirme un poco más con él antes de dejarlo morir.
—Qué suerte tengo —murmuró Roger en voz baja, y ello le valió un tirón de la cuerda aún más fuerte.
El «nudo estrangulador», como Kos-kosio Begulne lo había llamado, resultó ser un diabólico retorcimiento de la cuerda. Los brazos de Roger estaban enlazados estrechamente a la espalda y doblados por el codo de forma que las manos casi le llegaban a tocar la parte posterior del cuello. La horrible cuerda daba una vuelta en torno a los hombros y bajaba por la parte anterior del cuerpo, lo oprimía dolorosamente al pasar por debajo de las ingles y volvía de nuevo hacia la espalda para terminar dando una vuelta alrededor de la garganta. Estaba tan bien y tan estrechamente atado, que el menor desplazamiento de sus brazos no sólo le causaba dolorosos reflejos en las ingles sino que también le impedía respirar.
—Bien, abrecandados, veremos si eres capaz de desatarte. —El powri rió, puso una antorcha en un candelabro de pared, la encendió y subió la escalera hasta arriba; luego llamó a sus camaradas.
—¡Kos-kosio no quiere que éste se escape!
—¿Doble cerrojo? —preguntó uno de los enanos desde arriba.
—Doble cerrojo —confirmó el powri que estaba en la escalera—. ¡Y sienta al condenado sabueso encima! Y haz que venga alguien a relevarme antes de que el sol esté demasiado bajo. No quiero perderme mi cena sentado junto a este humano maloliente.
—Deja de quejarte —replicó el otro enano y cerró la pesada trampilla con un golpe resonante. Roger escuchaba con suma atención mientras aseguraban la trampilla con cadenas y candados. Examinó al powri que bajaba la escalera.
Has cometido un fallo, criticó burlonamente en silencio el joven a Kos-kosio Begulne; has dejado que éste vaya armado.
El powri se acercó a Roger.
—Tu quédate tumbado y quieto —le ordenó, y para enfatizar su afirmación la criatura repugnante le pegó una fuerte patada en las costillas.
Roger se retorció, y por poco se ahoga.
Riendo, el enano atravesó la cava y se sentó bajo la antorcha encendida. La perversa criatura se quitó la gorra carmesí, la hizo girar en torno a un dedo para que Roger la viera con claridad, como si le asegurara que su sangre serviría para intensificar el color. Entonces el powri se puso las manos nudosas detrás de la cabeza, se apoyó en la pared y cerró los ojos.
Roger pasó un largo, largo rato tratando de aclarar sus ideas. Dominó la náusea y el dolor, e intentó imaginar cómo liberarse de la cuerda. Sería la parte más fácil del trabajo, decidió, porque, aunque pudiera soltarse, aunque pudiera quitarle el arma al enano y matarlo, ¿a dónde podría ir? La trampilla de la cava estaba cerrada con candados y cadenas, y no hacía falta que le recordasen quién estaba tumbado encima.
Realmente, lo que le aguardaba era muy desalentador, pero se esforzó para conservar la calma y concentrarse, tratando de resolver las dificultades una tras otra.
Poco después, a media tarde, los powris relevaron la guardia. El nuevo centinela dio a Roger un poco de comida y algo de beber, y casi lo ahogó al hacerlo; luego se sentó en el mismo lugar que el otro.
Menos de una hora después, estaba roncando como un cerdo.
Decidido a no pasar otra noche como huésped de Kos-kosio Begulne, Roger pensó que había llegado el momento de actuar. Paso a paso, se repitió a sí mismo mientras aseguraba su hombro contra la dura pared; tuvo que inclinarse hacia la derecha para que su peso y no su fuerza hiciera la mayor parte del trabajo. Miró al carcelero para verificar que seguía durmiendo profundamente, cerró los ojos e hizo acopio de coraje.
Luego, se dejó caer de forma brusca contra el muro, chocando con la parte frontal del hombro y el impacto le impulsó el brazo hacia atrás. Los músculos de Roger y su propio peso trabajaron de manera coordinada y le empujaron hacia adelante.
Oyó el fuerte chasquido producido por el hombro al dislocarse y casi se desmayó por las oleadas de dolor que le recorrieron el cuerpo. No obstante, consiguió dominarlas con el brazo así dislocado la cuerda se aflojó lo suficiente como para deslizarla por encima del hombro.
En cuestión de segundos se encontró en el suelo, libre de la cuerda y jadeando para respirar. Luego, después de un momento de descanso, volvió al trabajo; se colocó el hombro en su sitio y con un movimiento brusco se lo encajó otra vez. Era un pequeño truco que el ladrón había perfeccionado con los años. De nuevo tuvo que esperar a que remitiera el intenso dolor; recogió la cuerda y se dirigió hacia el powri que seguía durmiendo.
—¡Eh! —protestó el powri minutos después, abriendo los soñolientos ojos para ver a Roger de pie delante de él con la espada corta del enano en la mano—. ¿Qué pretendes hacer con eso? —preguntó incorporándose y sacando una daga de su bota. Tanto el enano como Roger comprendieron que incluso armado como estaba, el hombre no era rival para aquel powri curtido en las batallas.
El joven saltó hacia atrás sobre su pierna sana y chocó contra el muro más alejado; el powri chilló y cargó daga en mano.
Pero al levantar el brazo, el enano se dio cuenta de que tenía una cuerda atada a la muñeca; era una cuerda corta atada a una raíz que emergía de la pared de tierra cerca de donde había estado sentado.
—¿Qué? —dijo el enano, mientras el lazo se estrechaba y lo retenía, tirándole del brazo hacia abajo justo por entre las piernas y obligándole a doblar el espinazo y a caer pesadamente de espaldas.
Roger se apartó de la pared al tiempo que el enano iniciaba su salto mortal y se deslizó junto a la criatura que yacía boca abajo.
—¿Qué? —exclamó de nuevo el enano, justo antes de que la empuñadura de su corta espada le golpeara con fuerza la cabeza. Se revolvió y trató de desatarse una mano y de agarrar a Roger con la otra.
El chico le golpeó con la empuñadura repetidas veces hasta que al fin el resistente enano quedó inmóvil en el suelo. Al hombre le faltó poco para desmayarse a causa del dolor y del esfuerzo; perdía y recobraba la conciencia una y otra vez.
—No dispongo de mucho tiempo —se dijo Roger, inasequible al desaliento, y se incorporó.
El powri se movió; Roger Descerrajador le golpeó de nuevo, y luego una vez más.
—No dispongo de mucho tiempo —se repitió de forma más apremiante, mientras sacudía la cabeza ante la absoluta resistencia del enano.
Ahora quedaba lo más difícil; Roger reprodujo como pudo toda la situación: trató de imaginarse todos los obstáculos y todos los objetos que necesitaría para vencerlos. Cogió la daga de la mano del enano y su cinturón, y apretó la cuerda para inmovilizar a la criatura. Se dirigió a la escalera con objeto de comprobar la resistencia de la trampilla. En el centro de la misma, por la parte de dentro, había un travesaño de refuerzo, de madera sólida. Roger la emprendió primero con el travesaño, mejor dicho, con la madera que estaba encima; excavó un hueco lo suficiente amplio para poder atar la cuerda en torno al travesaño. Luego atacó hábilmente las tablas, rebajando los soportes de cada extremo. En un momento dado, oyó el gruñido del receloso sabueso Craggoth y tuvo que parar un buen rato hasta que el perverso perro se calmó.
Un arañazo cada vez, una astilla rota, una estaquilla desprendida. Otra vez tuvo que detenerse, ahora a causa del fuerte temblor de la pierna que le impedía sostenerse en la escalera. Y luego de nuevo tuvo que esperar, pues el powri volvía en sí y tenía que aporrearlo en la cabeza una vez más. El infatigable Roger volvió al trabajo, y al fin las tablas de cada lado del soporte central quedaron sueltas.
Había llegado el momento; confiaba en que no lo vencería el dolor en tan crítica coyuntura.
Volvió junto al enano y recogió otras herramientas; después dedicó un buen rato a reproducir la situación que había imaginado. Verificó sus bártulos por última vez: la espada corta y la daga, el cierre de la hebilla del cinturón del enano, los cordones de piel de las botas del powri y, finalmente, una de las dos botas malolientes. Entonces, respiró pausada y profundamente y volvió a la escalera. Presionó ligeramente las tablas sueltas de la trampilla con objeto de averiguar dónde podría estar el perro. Se daba cuenta de que, naturalmente, si había más de un sabueso, o si allá arriba había powris por las cercanías, el juego se acabaría con tanta rapidez como dolor; pero decidió que tenía que arriesgarse. En su opinión, no tenía nada que perder, pues Kos-kosio Begulne no lo dejaría marchar jamás, y Roger no se hacía ilusiones respecto a su cautiverio: tan pronto el jefe powri decidiera que ya no le era de utilidad, sería torturado hasta morir.
Cuando ya había atado la cuerda en torno al travesaño de izquierda a derecha, advirtió que el perro estaba más hacia la izquierda, e invirtió la dirección. Luego bajó la escalera, y situó al aturdido powri al pie de la misma, a la izquierda.
Roger subió de nuevo a lo alto de la escalera, justo debajo de la trampilla y se frotó las manos con ansia, recordándose a sí mismo una y otra vez que tenía que actuar exactamente de acuerdo con el plan previsto. Mediante astillas que obtuvo de las tablas, colocó el lazo corredizo justo debajo de la tabla de la derecha. Tomó la bota en una mano y puso la otra mano firmemente contra la tabla de la derecha, empujando hacia arriba a través del lazo.
Después de respirar profundamente una última vez, Roger empujó con todas sus fuerzas; desencajó parcialmente la tabla, pero fue suficiente para despertar por completo al sabueso y ofrecerle una abertura por donde atacar.
Y atacó: apretó las mandíbulas sobre la bota que Roger le puso en el morro. Tan pronto como el perro hubo fijado su atención en ella, Roger, que agarraba el otro extremo de la bota con ambas manos, saltó de la escalera, arrastrando al tozudo perro a través de la abertura, por en medio del lazo corredizo.
La trampa funcionó a la perfección y se estrechó en torno al sabueso mientras éste caía; el lazo le pasó alrededor del cuello y, por debajo de una pata, en torno al hombro. Ambos cayeron: Roger dando tumbos muy dolorosos y el perro colgado de un extremo de la cuerda. El repentino tirón izó al powri atado al otro extremo hasta ponerlo de rodillas y dejó al perro suspendido en el aire con una de las patas traseras rozando el suelo.
El sabueso Craggoth mordía con fuerza la bota y sacudía la cabeza con violencia de un lado a otro, de tal forma que parecía no darse cuenta de que estaba colgando. En una fracción de segundo, Roger se acercó a él y enlazó el cordel de piel en torno de las mandíbulas cerradas del animal, dándole muchas y apretadas vueltas y atándolo bien.
—Ahora ladra —se mofó; luego, clavando un dedo en el morro del sabueso. Después de una rápida comprobación del estado del powri y de propinarle otro porrazo adicional en la cabeza para mayor seguridad, Roger trepó de nuevo por la escalera.
Fuera todo estaba tranquilo, pero dado el dolor de la pierna, no creía tener muchas posibilidades de conseguir deslizarse a través de la estrecha abertura que había practicado en la trampilla. No obstante, sacó las manos al exterior: lo suficiente para manipular las cadenas y dos candados. Orgulloso como siempre de su propio ingenio, un sonriente Roger tomó el fino cierre de la hebilla del powri y se puso a trabajar.
El Pájaro de la Noche esperó la señal del silbido previsto, y entonces subió veloz y sigiloso al árbol en el que su pequeño amigo estaba encaramado. Desde aquella privilegiada atalaya, podían ver la mayor parte de Caer Tinella; al guardabosque le pareció que Juraviel se había quedado corto en sus cálculos acerca del número de monstruos que había en el pueblo.
—¿Tienes alguna idea de dónde lo retienen? —preguntó.
—Te dije que les oí hablar de él, no que lo haya visto personalmente —repuso el elfo—. Podría estar en cualquier edificio, o más probablemente muerto, considerando lo ocurrido anoche.
El Pájaro de la Noche quería discutirlo, pero se mordió la lengua, pues encontró que no tenía ningún argumento que oponer a Juraviel. Había transcurrido un día entero; él y el elfo no podían arriesgarse a entrar en Caer Tinella a plena luz del día. Eso permitió a Kos-kosio Begulne disponer de mucho tiempo para averiguar los detalles del desastre en el bosque y cargar la culpa de ello en las espaldas del valioso prisionero.
—Deberíamos haber ido enseguida —prosiguió Juraviel—. Tan pronto como acabó la batalla, cuando aún quedaban dos o tres horas de oscuridad por delante.
—Pony tenía que atender al herido —repuso el guardabosque.
—En cualquier caso, ella tampoco está aquí —recordó el elfo. El Pájaro de la Noche había esperado que los acompañaría, pero Pony estaba exhausta debido al excesivo uso de la magia. Después de la danza de la espada de la mañana, había dormido la mayor parte del día y seguramente dormiría profundamente aquella noche.
—Pero esto sí —respondió el guardabosque, con la hematites en la mano—. Roger Descerrajador podría necesitarla.
—Lo más probable es que Roger Descerrajador necesite que lo entierren —dijo el elfo secamente.
Al guardabosque no le agradó el sarcasmo, pero de nuevo calló y se limitó a señalar hacia adelante e indicar a Juraviel que se pusiera en marcha.
El elfo se fue en un instante y unos segundos después otro silbido indicó al guardabosque que avanzara. Se mantuvieron en aquella posición durante un rato, mientras un grupo de powris y de gigantes salía del pueblo, dirigiéndose más hacia el oeste que hacia el norte.
—Cuantos menos queden en el pueblo, mejor para nosotros —observó Juraviel, limitando su voz a un débil susurro, pues estaban muy cerca.
El guardabosque asintió y le hizo una seña para que avanzara. El siguiente salto los puso en la cerca de una granja; otro los situó justo al lado de un establo en el extremo nordeste del pueblo. Luego avanzaron juntos, ambos con los arcos en la mano. Se quedaron helados al oír voces dentro del establo; unos trasgos se quejaban del trabajo y uno de ellos gruñía a causa de una cadena rota.
—Podría estar por ahí —dijo Juraviel en voz baja.
El guardabosque no creía que un jefe powri de tan reputada sabiduría hubiera sido tan tonto como para encerrar a un prisionero tan valioso en las afueras del pueblo, pero en cualquier caso quería abrir una vía libre para salir de Caer Tinella, así que dio un pequeño tirón de la cuerda de su arco y movió la cabeza en dirección al establo.
Juraviel abrió la marcha y avanzó hasta llegar a la esquina opuesta del establo. Pasaron delante de un portal de doble hoja situado a la altura de la cabeza del guardabosque y que utilizaban para lanzar balas de heno a las vacas, pero no había manillas por la parte de fuera, de modo que no le hicieron ningún caso... Al menos hasta que las dos hojas se abrieron hacia afuera: una golpeó al Pájaro de la Noche en los hombros, obligándolo a retroceder, y la otra giró por encima de la cabeza de Juraviel. El pobre trasgo que había abierto las puertas no advirtió que un humano estaba impidiendo que una de las hojas pudiera abrirse del todo, ni tan sólo que hubiera alguien en el exterior, hasta que Juraviel se agachó, se dio la vuelta por debajo de la hoja que se abría, levantó el arco y clavó una flecha entre los ojos de la criatura. Luego el elfo saltó adentro, impulsado por sus alas. Agarró al trasgo agonizante por la parte delantera de su andrajosa túnica y lo tumbó sobre el alféizar.
El Pájaro de la Noche gruñó y refunfuñó; al fin apartó la inoportuna puerta y vio que Juraviel se llevaba con frenesí un dedo a los labios fruncidos y señalaba hacia el interior.
El guardabosque conservó la calma, se acercó al extremo de la abertura y atisbó dentro. Vio a otro trasgo que trabajaba con un aparejo de poleas y una cadena. Podía haber más, pues el interior del establo estaba demasiado atiborrado con casillas y fardos, un carro y muchos otros objetos, para que el guardabosque pudiera estar seguro. Apoyó Ala de Halcón contra la pared, desenvainó Tempestad y se encaramó junto al trasgo hasta al alféizar interior de la ventana. Sigiloso como un felino cazador, el guardabosque avanzó lo necesario hasta situarse detrás del trasgo que trabajaba con el aparejo de poleas.
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó.
El trasgo se dio la vuelta con los ojos desorbitados.
Tempestad lo derribó de un tajo.
Pero había otro trasgo en el establo que salió corriendo de un pesebre cercano tratando de pasar a toda prisa por delante del guardabosque; de repente, le alcanzó una flecha y se retorció y tropezó; luego volvió a tambalearse hasta casi caer de rodillas y aminoró la marcha lo suficiente para que el Pájaro de la Noche lo atrapara. El forzudo guardabosque lo agarró por la cabeza, le tapó la boca con la mano y lo tiró al suelo.
—¿Dónde está el prisionero? —le murmuró al oído.
El trasgo se revolvió y trató de gritar, pero el Pájaro de la Noche lo agarró muy fuerte y le torció la cabeza hacia atrás y hacia adelante. Entonces Juraviel se reunió con ellos; levantó el arco hasta la altura de la cabeza del trasgo y apoyó la flecha en la sien de la criatura. El trasgo se calmó considerablemente.
—Si gritas, morirás —prometió el guardabosque, y le retiró la mano de la boca.
—¡Me duele! ¡Me duele! —se quejó lastimosamente, y los dos amigos apenas pudieron culparlo, pues una flecha de Juraviel le había alcanzado en el hombro y la otra en el muslo. Pero el guardabosque volvió a apretar su mano contra la boca de la criatura.
—El prisionero —indicó, aflojando su agarro—. ¿Dónde está el prisionero?
—Kos-kosio Begulne tiene muchos prisioneros —contó el trasgo.
—El nuevo prisionero —aclaró el guardabosque—. El más odiado por Kos-kosio Begulne.
—¡Repugnante flecha del repugnante elfo!
—Dímelo —gruñó el guardabosque—, o mi amigo te clavará otra flecha.
—En el suelo —chilló el trasgo—; en un agujero en el suelo.
—¿Enterrado? —preguntó con ansia el guardabosque—. ¿Lo ha matado Kos-kosio Begulne?
—Enterrado, no —respondió el trasgo—. Todavía no ha muerto. En una habitación, en un agujero.
El guardabosque miró a Juraviel.
—Para guardar comida —explicó el guardabosque al elfo, descubriendo el enigma—. Hacíamos lo mismo en Dundalis cuando era un muchacho.
—Una cava subterránea —asintió el elfo, y ambos se volvieron de nuevo hacia el prisionero.
—¿Dónde está ese agujero? —preguntó el Pájaro de la Noche, mientras pegaba una sacudida al trasgo.
El trasgo movió la cabeza; el guardabosque ejerció más presión.
—Me vas a decir... —empezó a exigir el guardabosque, pero Juraviel, echando una mirada por una pequeña ventana situada al lado de la puerta frontal del establo con vistas perfectas sobre el pueblo, lo interrumpió.
—Queda poco tiempo —explicó el elfo—. Los powris se están levantando.
—Por última vez —dijo el Pájaro de la Noche al trasgo—, ¿dónde está el agujero?
Pero el trasgo temía más a Kos-kosio Begulne que a lo que pudieran hacerle ellos dos. Se retorció y empezó a gritar; cuando el guardabosque le sujetó la boca con la mano, consiguió morderlo y se revolvió violentamente para escaparse. No obstante, no pudo librarse de la presión que ejercía Elbryan, así que trató de morderlo de nuevo y empezó a gritar otra vez, pese a lo sofocado que pudiera ser el ruido que emitía.
Un golpe bien propinado por la espada del tamaño de una daga de Juraviel acabó con el monstruo, que se derrumbó en el suelo y murió.
—¿Y ahora cómo encontraremos a Roger Descerrajador? —preguntó el Pájaro de la Noche.
—El trasgo no nos habría dicho nada más, aunque hubiera podido —repuso el elfo—. Sabía que lo iba a matar tan pronto como nos hubiera facilitado la información.
El guardabosque miró a su compañero con curiosidad.
—¿Y si le hubiéramos prometido su vida a cambio? —preguntó.
—En ese caso, habríamos mentido —repuso Juraviel en tono neutro—. No me hables de compasión cuando se trata de trasgos, Pájaro de la Noche. No toleraré que un trasgo siga con vida. Ni tú tampoco deberías, tú que viviste la masacre de Dundalis y todos los horrores que han sucedido desde entonces.
El Pájaro de la Noche miró al trasgo muerto. Juraviel tenía razón sobre aquella perversa raza, desde luego, aunque tan pronto como habían cogido prisionero al trasgo y le habían exigido información, las cosas parecían haber cambiado de alguna manera. Los trasgos eran seres horribles, malvados y despiadados. Vivían para destruir, y atacarían a cualquier humano —incluyendo... de modo especial, a los niños— siempre que creyeran que podían ganar la pelea. El guardabosque jamás se había sentido culpable por haberlos matado, pero si le hubiese dado a aquél su palabra de que si les daba información no lo mataría...
Era una cuestión complicada; pero que habría que aplazar para otra ocasión, pensó el guardabosque cuando se acercó a echar un vistazo por la ventana junto a la puerta. Juraviel no había estado perdiendo el tiempo; un nutrido grupo de powris y de otros monstruos pululaban por el pueblo, casi todos en dirección al norte. El guardabosque tuvo la diáfana impresión de que estaban buscando a alguien.
—¿Qué haces? —le preguntó al elfo cuando se dio la vuelta y lo vio afanarse en el establo para coger antorchas con sus soportes de pared.
Juraviel no se molestó en contestar. Utilizó una cuerda para afianzar los soportes de las antorchas a una tabla, puso la tabla atravesada en una viga y alineada con la ventana frontal situando las antorchas aproximadamente encima de una gruesa capa de heno.
—Una diversión para la salida —dedujo el guardabosque.
—Si es que salimos por aquí —añadió el elfo.
El Pájaro de la Noche se limitó a asentir y no insistió: confiaba en su amigo. Al cabo de un momento salieron por el mismo portal para el heno por el que habían entrado en el establo y luego cerraron los batientes con cuidado. Con mucha cautela se dirigieron al límite frontal del edificio e inspeccionaron en torno. Había muchos enemigos por allí, la mayoría powris, y casi todos llevaban antorchas encendidas.
—No es la más prometedora de las situaciones —comentó el guardabosque, pero descubrió un camino para acercarse al centro del pueblo. Entonces, utilizando el ojo de gato, abrió la marcha, avanzó hasta otro edificio y atajó por una callejuela estrecha entre aquél y el siguiente. Al doblar la esquina tropezaron con un powri.
Tempestad golpeó hacia abajo desde el hombro y produjo un corte profundo en el cuello de la criatura; la espada de Juraviel lo apuñaló por debajo de las costillas y con un movimiento ascendente le cortó la respiración. Pero, a pesar de los ataques coordinados y perfectos, el enano dio un grito sofocado antes de morir.
Los dos compañeros intercambiaron nerviosas miradas.
—Vamos, rápido —ordenó el elfo a su amigo.
A toda prisa, el guardabosque iba mirando más hacia abajo que hacia arriba en busca de alguna trampilla que pudiera delatar la presencia de una cava subterránea, mientras Juraviel iba de un lado a otro con objeto de detectar cualquier rastro de monstruos por las cercanías. Por esa razón el normalmente cauteloso Pájaro de la Noche se sorprendió al oír una voz por encima de su cabeza.
—¿Estás buscando algo? —preguntó aquella voz con despreocupación.
El guardabosque levantó la vista y levantó la espada, pero detuvo el movimiento bruscamente al darse cuenta de que no se trataba de un powri, ni de un trasgo, ni de un gigante, sino de un humano, un hombre escuálido y bajito acostado en un estrecho reborde sobre una puerta trasera. El guardabosque inspeccionó rápidamente su aspecto, observó la herida en la pierna, las costras y magulladuras de la cara y del brazo que era visible. A pesar de su obvio dolor y de la precariedad de su atalaya, el hombre parecía tranquilo y cómodo, con expresión de confianza y calma. Sólo podía haber dos respuestas a aquel enigma, y al guardabosque le pareció poco probable que pudiera haber algún humano aliado con los powris.
—Roger Descerrajador, supongo —dijo el Pájaro de la Noche con calma.
—Veo que mi reputación se ha extendido mucho —respondió el hombre.
—Debemos irnos —comentó un nervioso Juraviel, saliendo de entre las sombras. Al ver al elfo, Roger, cuyos ojos y boca se abrieron desmesuradamente, perdió el equilibrio y se cayó del reborde. Se estrellaba con violencia contra el suelo, pero el guardabosque estaba debajo de él, lo atrapó y le permitió aterrizar de pie suavemente.
—¿Qué es eso? —farfulló Roger.
—La respuesta puede esperar —replicó con severidad el guardabosque.
—Debemos darnos prisa —explicó Juraviel—; los monstruos están estrechando el cerco en torno a nosotros. Nos buscan puerta a puerta.
—No me habrían atrapado —dijo con total confianza Roger.
—Hay muchos powris —dijo el elfo—, con antorchas para iluminar la noche como si fuera de día.
—No me habrían atrapado —repitió Roger.
—Tienen gigantes para vigilar los tejados —añadió Juraviel.
—No me habrían atrapado —repitió por tercera vez el tozudo ladronzuelo, mientras chasqueaba los dedos en el aire.
Un ladrido hendió el aire de la noche.
—Y tienen perros —observó el guardabosque.
—¡Oh, no! —dijo Roger, deshinchándose con rapidez—. ¡Sacadme enseguida de este maldito lugar!
Los tres iniciaron el regreso callejuela abajo, pero resultó evidente que Roger no podía ir deprisa, pues bastante hacía con sostenerse. El Pájaro de la Noche acudió en su ayuda y el joven le pasó el brazo por encima del hombro para apoyarse en él.
—Encuéntrame un bastón para andar —pidió Roger.
El guardabosque sacudió la cabeza, al advertir que un bastón no serviría de mucha ayuda. De repente se agachó, tiró del brazo de Roger y se lo cargó a la espalda.
—Ve delante —le pidió a Juraviel—. Y a toda velocidad.
El elfo se precipitó hacia una esquina, inspeccionó en torno y echó a correr a toda prisa hasta el próximo edificio, y luego en línea recta hasta el siguiente. Oyeron un grito, la atronadora voz de un gigante, y, aunque no podían estar seguros de que el monstruo se refiriera a ellos, Juraviel y el guardabosque corrieron como locos. El elfo sobre la marcha colocó una flecha en el arco y, cuando estaban ya cerca del establo, aflojó el paso, apuntó y disparó; la flecha penetró por la ventana situada junto al portal y golpeó con fuerza en la tabla suelta que Juraviel había dispuesto allí de modo que las antorchas encendidas cayeron en el lecho de heno. Antes de que hubieran rebasado la esquina frontal del establo, la luz en el interior había aumentado sensiblemente. Y antes de que hubieran llegado al otro lado, corriendo a lo largo de la cerca de la granja, las llamas emergían a través de la ventana frontal y a través de las hendiduras del tejado del establo.
Dejaron atrás la granja y se internaron en el bosque; el guardabosque iba ahora en cabeza y corría tanto como podía a pesar del hombre que llevaba a la espalda. Hasta ellos llegaba el violento tumulto de Caer Tinella: powris, trasgos y gigantes corrían de un lado a otro y proferían órdenes pidiendo agua, mientras otros se dedicaban a buscar al humano fugitivo. Poco después oyeron los agudos ladridos de varios sabuesos que se acercaban siguiéndoles la pista.
—Corre directamente hacia donde están los demás —le ordenó Juraviel—. Os liberaré de esos importunos perros.
—No es tan fácil —farfulló Roger mientras se balanceaba de un lado a otro.
—No lo es para quien no tenga alas —replicó el elfo con un guiño, aunque el equilibrio de Roger era demasiado precario para que pudiera advertirlo.
Juraviel volvió sobre sus pasos, y el guardabosque continuó corriendo y desapareció en la noche del bosque. El elfo esperó un momento, calculando la velocidad de su amigo y el sonido de los perros que se acercaban. Escogió un alto y recio roble con poca maleza en torno. Dio algunas vueltas alrededor para conseguir que el olor fuera penetrante y entonces con ayuda de las alas se subió a la rama más baja; mientras se elevaba, impregnó con su olor la corteza del árbol. Luego ascendió hasta una nueva atalaya, y luego hasta otra más alta todavía; estaba a mitad del recorrido cuando el perro que iba en cabeza llegó al pie del árbol. Olfateó y gimió; luego apoyó las patas delanteras contra el tronco y ladró con gran excitación.
Juraviel le gritó, se burló de él y para más seguridad clavó una flecha en el suelo justo al lado del sabueso.
Luego llegaron más perros y se pusieron a husmear y a dar vueltas en torno al árbol, advertidos por los ladridos del primero.
El elfo se encaramó hasta lo más alto del árbol, hasta alcanzar las ramas que apenas soportaban el peso liviano de su cuerpo. Se detuvo un momento para poder observar; las cimas oscuras de los árboles se extendían a lo largo y a lo ancho delante de él. Y entonces, convencido de que los sabuesos se quedarían aullando ante el árbol impregnado con su olor, Juraviel dejó que sus alas lo transportaran hasta un árbol lejano: fue un vuelo largo para un elfo. Pero, tan pronto como alcanzó aquella atalaya, advirtió que no podía detenerse para descansar y emprendió otra vez el vuelo hasta el siguiente árbol en línea recta; y así sucesivamente hasta que los gritos de los perros quedaron muy atrás. Entonces bajó, pues necesitaba dar un descanso a sus alas y echó a correr con pies ligeros en la oscuridad del bosque.
Más tarde, desde el límite del campamento humano, Juraviel comprobó que Elbryan y Roger habían llegado sanos y salvos. Muchos se habían reunido en torno a ambos, a pesar de lo tardío de la hora, para escuchar el relato del rescate, o de la fuga, según decía Roger. Satisfecho con el perfecto desarrollo de aquella misión, Juraviel se internó en las profundidades del bosque hasta las gruesas y suaves ramas de un pino y se instaló allí para pasar la noche.
Se sorprendió cuando se despertó antes del amanecer y vio que tanto Elbryan como Pony ya se habían levantado y se habían marchado del campamento.
El elfo sonrió pensando que necesitaban estar algún tiempo los dos solos: una tregua para los amantes.
No estaba lejos de la verdad, ya que aquella mañana Elbryan y Pony mantenían una relación íntima... pero no la que Juraviel imaginaba. Estaban en un claro secreto, realizando la bi'nelle dasada.
Aquella mañana, y todas las mañanas a partir de entonces, y siempre que ejecutaban la danza, Pony lograba seguir los movimientos del Pájaro de la Noche con mayor precisión. Sabía que tardaría años en alcanzar su nivel de perfección, si es que alguna vez lo conseguía; pero estaba animada, pues cada día traía alguna mejora, cada día su estocada era un poco más rápida y profunda, y su puntería un poco más afinada.
Mientras transcurrían los días, el guardabosque notó un cambio en la danza, sutil pero evidente. Al principio le preocupaba que al tomar a Pony bajo su guía pudiera estar haciendo mal uso de un don muy especial de los Touel'alfar; pero luego se dio cuenta de que enseñar a Pony, lejos de ser no deseable, era algo maravilloso. Pues cada día, él y su compañera ganaban en armonía recíproca, cada uno percibía los movimientos del otro y aprendía a complementar y a saludar todos los ejercicios con el apoyo adecuado.
Por supuesto su danza era hermosa: una participación conjunta de corazón y de alma, y, por encima de todo, de confianza.
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12
Huéspedes inesperados
¡No puede ser! No tiene sentido en absoluto, se decía a sí mismo el abad Dobrinion Calislas, de la abadía de Saint Precious de Palmaris, intentando convencerse con razonamientos lógicos, a pesar de que monjes dignos de toda confianza le habían informado de que el padre abad Dalebert Markwart, el jefe de la Iglesia abellicana, estaba esperándolo en la capilla de su abadía.
—Markwart es demasiado mayor para venir a Palmaris —dijo el abad Dobrinion en voz alta, aunque no había nadie para escucharle, sin cesar de manosear torpemente el hábito mientras bajaba dando traspiés por la escalera circular desde sus aposentos privados—. Y seguramente habrían notificado su visita con mucha antelación. ¡Gente así no se desplaza atropelladamente por el país!
»¡Y gente así no debería venir sin previo anuncio! —añadió. No simpatizaba con el padre abad Markwart; los dos habían discrepado durante varios años en relación con el proceso de canonización de uno de los primeros monjes de Saint Precious. Aunque era la segunda abadía más antigua de toda la orden, después de Saint Mere Abelle, Saint Precious no contaba con santos en sus filas, un grave descuido que el abad Dobrinion trataba de corregir con empeño; pero el padre abad Markwart se había opuesto desde el momento en que fue propuesto el nombre del hermano Allabarnet.
Dobrinion elevaba la voz a medida que acababa sus frenéticos pensamientos; luego abrió la pesada puerta de la capilla. Sus mejillas redondas se ruborizaron, pues temió que el hombre que estaba frente a él, el padre abad Dalebert Markwart, le hubiese oído.
Y, desde luego, sin duda alguna se trataba de Markwart. Dobrinion había coincidido con él en más de una docena de veces y, aunque hacía más de una década que no lo había visto, le reconoció. Observó el séquito de Markwart, tratando de encontrar algún sentido a todo aquello. Sólo había otros tres monjes en la capilla, y uno de ellos era de Saint Precious. Los otros dos, ambos jóvenes, uno delgado y nervioso, y el otro de torso como un barril y de fuerza evidente, estaban junto al padre abad con poses parecidas: los brazos cruzados delante agarrándose con una mano la otra muñeca. Una posición defensiva, observó Dobrinion, y le pareció que el aspecto de ambos era más de guardaespaldas que de acompañantes. En anteriores viajes del padre abad, tanto si se trataba de Markwart como de alguno de sus predecesores, el séquito era enorme, compuesto por menos de cincuenta monjes, y un buen número de ellos eran padres, o incluso abades. Dobrinion sabía que aquellos dos no eran ni lo uno ni lo otro, pues apenas tenían edad de haber llegado a la mitad de los años requeridos para ser inmaculado.
—Padre abad —saludó con solemnidad, inclinándose en una respetuosa reverencia.
—Mis saludos, abad Dobrinion —repuso el padre abad Markwart con su característica voz nasal—. Perdona por mi intromisión en tu magnífica abadía.
—Desde luego —fue todo lo que el abad, balbuciente y confuso, pudo responder.
—Era necesario —prosiguió Markwart—. En estos tiempos... bueno, comprenderás que con frecuencia debemos improvisar cuando un ejército enemigo va y viene por nuestro país.
—Desde luego —repitió Dobrinion, y le entraron ganas de pellizcarse al pensar que debía parecer increíblemente estúpido.
—Tengo que encontrarme aquí con una caravana —explicó el padre abad—, a la que he desviado en su regreso a Saint Mere Abelle, pues el tiempo apremia.
¿Una caravana de Saint Mere Abelle tan lejos?, pensó Dobrinion. ¡Y yo sin saber nada de ella!
—La dirige maese Jojonah —explicó el padre abad Markwart—. Seguro que recuerdas a Jojonah; tú y él os formasteis juntos.
—Era dos o tres años más joven que yo, creo —respondió el abad Dobrinion. Posteriormente había coincidido con Jojonah en reuniones de la Iglesia, y había pasado una noche bebiendo mucho con él y con un padre de aspecto aguileño llamado Siherton.
—¿Hay otros padres en la caravana? —preguntó—. ¿Siherton, tal vez?
—Maese Siherton murió —respondió el padre abad Markwart sin inmutarse—. Fue asesinado.
—¿Powris? —se atrevió a preguntar Dobrinion, aunque por el tono de Markwart le pareció que el hombre no tenía intención de entrar en detalles.
—No —dijo secamente el padre abad—. Pero ya basta de esa desagradable historia; hace mucho tiempo que ocurrió. Jojonah es el único padre que va en la caravana, aunque tiene a su lado una terna de inmaculados. Son veintiséis miembros; y además cuentan con un prisionero, la más extraordinaria de las criaturas. Lo que necesito de ti es intimidad, para mí y para mis compañeros de Saint Mere Abelle, y, sobre todo, para mi prisionero.
—Haré todo lo que pueda... —empezó a responder el abad Dobrinion.
—Estoy seguro de que lo harás —le cortó Markwart—. Dispón que uno de tus subordinados de mayor confianza informe a estos dos... —y señaló a los jóvenes monjes que le flanqueaban— sobre nuestro alojamiento. Probablemente no estaremos aquí mucho tiempo; espero que no más de una semana.
Su rostro adoptó un aire grave, se acercó a Dobrinion y le habló en un tono bajo, casi amenazador.
—Debes asegurarme que no habrá intromisiones —dijo.
El abad Dobrinion se sobresaltó y examinó al anciano, sorprendido por todo aquello. En efecto, el simple hecho de que Saint Mere Abelle operara en aquella región sin el conocimiento de Dobrinion era contrario al protocolo de la Iglesia. ¿Qué misteriosa misión era aquella que exigía tantos desplazamientos, y por qué él no había sido informado? ¡Con la hematites, el padre abad hubiera podido establecer contacto con él mucho antes! ¿Y qué ocurría con el prisionero?
El abad Dobrinion optó por dominar su enfado. Después de todo, se trataba del padre abad, y Honce el Oso estaba implicado en una guerra desesperada.
—Haremos como nos dices —aseguró a su superior con una respetuosa inclinación de cabeza—. Saint Precious está a tus órdenes.
—Me alojaré en tus aposentos durante mi estancia —dijo el padre abad Markwart—. Mis subordinados te ayudarán a trasladar lo que necesites a otras habitaciones.
Dobrinion se sintió como si lo hubieran abofeteado. Era el abad de Saint Precious desde hacía tres décadas y la suya no era una posición de poca importancia. Saint Precious era la tercera abadía de la Iglesia abellicana, por detrás de Saint Mera Abelle y de Saint Honce de Ursal. Y como Palmaris estaba en el límite de las tierras verdaderamente civilizadas, tal vez no existía ninguna otra abadía tan influyente en la congregación. Durante los treinta años de su mandato, al abad Dobrinion lo habían dejado muy solo; Saint Mere Abelle estaba demasiado implicada en las Piedras del Anillo y en la doctrina general de la Iglesia, y Saint Honce demasiado metida en política con el rey. De modo que el único rival del abad Dobrinion que podía disputarle el poder en las amplias extensiones del norte de Honce el Oso era el barón Rochefort Bildeborough de Palmaris, un hombre que, al igual que su predecesor, además de ser un íntimo amigo de Dobrinion, era pacífico y modesto. En efecto, Rochefort Bildeborough era una persona fácil de satisfacer, en la medida en que sus lujos personales estuvieran asegurados. Incluso en lo referente a la guerra que había llegado hasta Palmaris, había confiado la defensa de la urbe al capitán de la guardia de la ciudad y le había ordenado que tuviera informado al abad Dobrinion, en tanto que él se refugiaba en la seguridad de su palacio fortaleza, Chasewind Manor.
De modo que el abad Dobrinion no estaba acostumbrado a que le hablasen en aquel tono de superioridad. Pero de nuevo recordó su lugar en la jerarquía de la Iglesia abellicana, una pirámide que situaba al padre abad Markwart en la cúspide.
—Como digas —respondió con humildad, y se inclinó una vez más antes de disponerse a salir.
—Y tal vez tendremos tiempo de discutir el tema del hermano Allabarnet —dijo el padre abad justo antes de que el abad Dobrinion saliera de la habitación.
Dobrinion se detuvo, al darse cuenta de que acababa de lanzarle un cebo, una burlona zanahoria que dependía de su cooperación. Su idea inicial fue devolverle la zanahoria al padre abad, pero enseguida desechó este pensamiento. El abad Dobrinion era un anciano y, aunque no era tan viejo como Markwart, tenía miedo de que éste le sobreviviera. Según su propio criterio, lo único que le quedaba por lograr en la vida era ver canonizado al hermano Allabarnet, un monje de Saint Precious; y eso no sería fácil, tal vez incluso imposible, sin la ayuda del padre abad Markwart.
—¿Saint Precious? —dijo el hermano Braumin en un tono incrédulo que reflejaba el sentimiento de maese Jojonah cuando el hermano Francis le anunció su nuevo destino.
—El padre abad desea hablar con el centauro lo antes posible —prosiguió el hermano Francis—. Se reunirá con nosotros en Palmaris. De hecho, ya estaba en camino hacia allí cuando se puso en contacto conmigo, y supongo que en estos momentos ya estará instalado en Saint Precious.
—¿Estás seguro? —preguntó con calma maese Jojonah—. ¿Fue realmente el padre abad Markwart el que te comunicó ese cambio?
—¿Quieres decir que otros podrían haber penetrado de alguna manera en mi mente? —replicó con aspereza el joven monje.
—Hay que tener en cuenta que hemos estado en la guarida del demonio —explicó maese Jojonah, haciendo un tremendo esfuerzo para que su voz no denotara un tono acusador. Si el padre abad Markwart había llegado hasta el hermano Francis con nuevas órdenes, entonces a Jojonah y a todos los demás no les quedaba otra opción que obedecer.
—Fue el padre abad —dijo con firmeza el hermano Francis—. ¿Estarías más tranquilo si establezco contacto con él otra vez? Quizá podría prestarle mi cuerpo para que él te lo cuente en persona.
—Es suficiente, hermano —dijo maese Jojonah, ondeando su mano en señal de rendición—; no cuestiono tu criterio, sólo pensé que era prudente estar seguro.
—Estoy seguro.
—Así lo has dicho —respondió maese Jojonah—; así pues, nuestro destino será Saint Precious; ¿has establecido el itinerario?
—Hay gente trabajando en este momento con los mapas —respondió el hermano Francis—. No está tan lejos y, una vez hayamos cruzado las Tierras Boscosas, seguramente encontraremos una carretera bastante fácil.
—Una carretera obstruida por monstruos —indicó el hermano Braumin secamente—. Los informes relativos a la zona hablan de frecuentes luchas.
—Nos moveremos demasiado rápido y con demasiado sigilo como para que puedan detectarnos siquiera —dijo el hermano Francis.
Maese Jojonah se limitó a inclinar la cabeza. Si el padre abad los quería en Palmaris, irían a Palmaris, fueran cuales fueran los obstáculos. No obstante, para Jojonah el mayor de los obstáculos sería probablemente el que encontraría al final del camino en la persona de Dalebert Markwart.
Con su eficacia característica, el hermano Francis completó el trazado del itinerario y la caravana lo siguió puntualmente; las ruedas giraban frenéticamente. En un par de días pasaron por los pueblos de las Tierras Boscosas y, aunque desde luego encontraron monstruos durante el trayecto, las criaturas nunca advirtieron su paso o se dieron cuenta demasiado tarde para poder atrapar la veloz comitiva.
—Una caravana de monjes —explicó Roger Descerrajador. El joven ya estaba totalmente restablecido, pues Pony había utilizado profusamente la hematites para sanarle los mordiscos de perro y las demás heridas. Sin embargo, Roger apenas había dado las gracias a la mujer; se había limitado a emitir un gruñido y se había ido después de una sesión de dos horas. Ni Pony ni Elbryan lo habían visto durante cuatro días desde entonces—. ¡Conozco monjes, y estoy seguro!
Elbryan y Pony intercambiaron severas miradas; ambos sospechaban que el hermano Avelyn podría tener algo que ver con la caravana, y que aquellos monjes podrían andar buscando las piedras que ahora estaban en su poder.
—Se desplazan a gran velocidad, a mucha velocidad —prosiguió Roger, sinceramente asombrado—. Dudo que Kos-kosio Begulne haya advertido su presencia en la zona, o que, si los powris han descubierto su paso, hayan podido hacer nada para atraparlos. En estos momentos deben de estar a mitad de camino de Palmaris.
Elbryan iba a poner una objeción, pues sólo hacía dos horas que Roger había visto la caravana. Sin embargo, mantuvo la boca cerrada, pues sabía que, tanto si la estimación de la velocidad era correcta como si no lo era, Roger creía lo que estaba diciendo.
—Qué lástima no haberlo sabido antes —indicó Belster O'Comely—. ¡Qué ayuda hubieran podido prestarnos esos hombres de Dios! ¡Qué consuelo! Como mínimo, hubieran podido llevar con ellos a nuestra gente más debilitada hacia las tierras más seguras del sur.
—No habríais advertido su presencia en absoluto de no ser por mi estricta vigilancia —replicó con aspereza Roger en actitud defensiva, pues consideraba el comentario de Belster como un insulto a sus proezas exploradoras—. ¿Cómo es posible que el gran Pájaro de la Noche no se haya enterado de nada? ¿O la mujer que pretende ser una gran hechicera?
—Ya basta, Roger —le ordenó Elbryan—. Belster lamentaba lo ocurrido, no echaba culpas a nadie. Por supuesto es una pena que no hayamos podido contar con la ayuda de tan poderosos aliados, ya que si corrían tanto como dices, y no dudo de que lo hicieran —añadió enseguida, al ver que la expresión de Roger se agriaba—, entonces, con toda probabilidad, son expertos en el uso de la magia.
No obstante, el guardabosque hablaba sólo a medias convencido, ya que si bien le hubiera gustado facilitar el traslado de los miembros más débiles a Palmaris, no estaba seguro de que aquellos monjes hubieran demostrado ser aliados suyos; al menos no de él y de Pony.
—Se desplazaban incluso más deprisa de lo que crees —replicó Roger—. No puedo describir su velocidad real. Las patas de sus caballos no eran más que una impresión borrosa, un jinete que cabalgaba detrás de un coche se movía tan aprisa que ante mis ojos hombre y caballo parecían una sola cosa.
Sus palabras aguzaron los oídos de toda la gente de la región de Dundalis, de toda la gente que había oído hablar del Fantasma del Bosque, que habían luchado al lado de Bradwarden y que habían encontrado consuelo en la incomparablemente hermosa melodía de su gaita. No obstante, Elbryan y Pony sacudieron la cabeza y desanimaron sus ilusionadas expresiones. Ellos habían visto el fin de Bradwarden; por lo menos eso creían.
—¿Estás seguro de que la caravana sigue avanzando? —preguntó el guardabosque a Roger.
—Ahora debe de estar a medio camino de Palmaris —replicó el hombre.
—En tal caso, no debemos preocuparnos por ellos —razonó Elbryan, aunque en silencio se prometió mantenerse ojo avizor respecto de los monjes. Si aquella caravana había venido al norte en busca de Avelyn y de las piedras y si habían obtenido algunas respuestas a través de la magia, él y Pony podrían ya considerarse unos proscritos.
La caravana llegó a Saint Precious sin fanfarrias ni recibimientos; ni tan sólo el abad Dobrinion estaba allí para darles la bienvenida. Fue un placer que se reservó el padre abad Markwart, junto con su pareja de guardaespaldas: los tres recibieron a los hermanos de Saint Mere Abelle en la verja trasera de la abadía.
Maese Jojonah no se sorprendió de la elección de los compañeros de viaje de Markwart, los hermanos Youseff y Dandelion, los dos monjes que estaban recibiendo adiestramiento para sustituir al hermano Quintall en calidad de hermano Justicia. De todos los estudiantes inferiores de Saint Mere Abelle, aquellos dos eran los que menos le agradaban a Jojonah. El hermano Youseff, un estudiante del tercer año, era de Youmaneff, el pueblo de Avelyn, pero las semejanzas se acababan aquí. Era un hombre bajo y delgado, un luchador perverso que sabía aprovecharse de cualquier situación ventajosa en la arena donde se entrenaban sin importarle lo tramposa o desagradable que fuera. Su compañero, el hermano Dandelion, que sólo hacía dos años que estaba en el monasterio, era físicamente todo lo contrario a un hombre pequeño; era un enorme oso con unos brazos del tamaño de un carnoso muslo. A menudo tenían que reprenderlo en las peleas de entrenamiento, ya que, una vez conseguía ventaja, continuaba atacando hasta herir a su oponente. En los buenos tiempos del monasterio, una conducta semejante podría haber significado la expulsión, pero en aquellos días oscuros el padre abad no hacía más que sonreírle con entusiasmo. Markwart había rechazado muchas veces las quejas de Jojonah sobre el hermano Dandelion, asegurándole que ya encontraría un lugar adecuado para aquel hombre violento.
Maese Jojonah solía preguntarse cómo a pesar de todo, Dandelion o Youseff habían conseguido pasar el duro proceso de eliminación para entrar en el monasterio. Cada clase se veía reducida de uno o dos mil a veinticinco, y a Jojonah le parecía obvio que entre los otros cientos tenía que haber muchos candidatos con temperamento, inteligencia y piedad más adecuados.
Pero ambos jóvenes habían sido recomendados por el mismísimo padre abad. De Dandelion, Markwart había dicho que era el hijo de un querido amigo suyo. Pero Jojonah sabía más cosas; el hermano Dandelion había sido elegido por sus incomparables hazañas físicas y no por ninguna otra razón. Para Markwart era el sustituto ideal de Quintall, uno de los guardaespaldas que siempre lo acompañaban.
Por lo que respecta a Youseff, Markwart había explicado que Youmaneff, tras la pérdida de Avelyn, no estaba representado en absoluto en Saint Mere Abelle, una omisión que tenía que ser corregida si la abadía quería mantener un estrecho control sobre aquel pequeño pueblo.
Maese Jojonah se limitó a sacudir la cabeza y a suspirar; todo estaba sucediendo sin que él pudiera intervenir.
La caravana se instaló en el patio; acomodaron a los monjes en alojamientos convenientemente separados de los de los hermanos de Saint Precious. Maese Jojonah se encontró instalado en una habitación tranquila en una esquina del enorme edificio, apartado del resto de la expedición, en particular del hermano Braumin, quien estaba en el extremo opuesto de la abadía. El más cercano a Jojonah era Francis; y Jojonah sabía que era para que lo vigilara.
Pero aquella misma noche Jojonah se las apañó para escabullirse sigilosamente y reunirse con el hermano Braumin en el triforio, una suntuosa galería situada a siete metros de altura por encima del suelo de la gran iglesia de la abadía.
—Sospecho que está en las mazmorras inferiores —explicó maese Jojonah, mientras pasaba la mano sobre los detalles de la escultura del hermano Allabarnet, al que los monjes de allí llamaban hermano Simiente de Manzano. Jojonah percibió el amor que había en aquella obra de arte y de modo subconsciente comprendió que era realmente obra de Dios.
—Encadenado, sin duda —asintió el hermano Braumin—. Un grave pecado gravita sobre las espaldas del padre abad, si trata mal al heroico centauro.
Maese Jojonah silenció al hombre con un ademán. No podían arriesgarse a ser sorprendidos hablando mal del padre abad, por grande que fuera su ira.
—¿Has preguntado? —inquirió el hermano Braumin.
—El padre abad apenas me habla ahora —respondió Jojonah—. Sabe dónde está mi corazón aunque mis actos no se opongan a él abiertamente. Está previsto que me encuentre con él mañana por la mañana con las primeras luces del alba.
—¿Para hablar de Bradwarden?
Jojonah sacudió la cabeza.
—Dudo que abordemos ese tema —explicó—. Vamos a hablar de mi marcha, según creo, pues el padre abad ha insinuado que partiré antes de la caravana.
El hermano Braumin captó el tono de pavor en la voz de maese Jojonah, e inmediatamente se acordó de los peligrosos lacayos de Markwart. ¿Podría el padre abad ordenar que mataran a Jojonah por el camino? Tal idea chocaba con la sensibilidad de Braumin y le parecía completamente ridícula. Pero por mucho que lo intentaba no podía apartarla. Tampoco la expresó en voz alta, pues era evidente que a Jojonah también se le había ocurrido.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó el hermano Braumin.
Maese Jojonah rió entre dientes y levantó las manos en señal de rendición.
—Sigue hasta el final, amigo mío —respondió—. Guarda la verdad en tu corazón; no parece que podamos hacer mucho más. No estoy de acuerdo con la dirección de nuestra orden, pero el padre abad no está solo. Sin duda los que siguen la orientación actual son más numerosos que los que pensamos que la Iglesia se ha extraviado.
—Nuestros adeptos aumentarán —dijo con determinación el hermano Braumin y, a la luz de lo que había visto en la cima de la destruida montaña Aida, creía verdaderamente en lo que decía. En efecto, aquella visión, el brazo y la mano de Avelyn emergiendo de la roca, para Braumin había sido el vínculo de unión entre todas las palabras: todas las historias de Avelyn y los indicios de que la Iglesia actual se desviaba del recto camino. Al contemplar la tumba de Avelyn, descubrió el sentido de su vida y supo que eso probablemente le llevaría a entrar en grave conflicto con los jerarcas de la Iglesia, lucha que estaba preparado para afrontar. Enderezó los hombros con decisión y añadió con total confianza—: Ya que nuestra causa es la más justa.
Maese Jojonah no quiso discrepar de la lógica sencilla de aquella frase. Que al final el bien y la verdad prevalecerían era algo que tenía que creer pues constituía la parte más esencial de los principios de su fe. ¿Sin embargo, cuántos siglos harían falta para lograr que la Iglesia abellicana volviera al recto camino, y cuántos sufrimientos causaría su actual rumbo?
—Guarda la verdad en tu corazón —le repitió maese Jojonah a Braumin—. Con discreción difunde tus palabras, no contra el padre abad o cualquier otro sino a favor de Avelyn y de aquellos de similar corazón y espíritu generoso.
—Con el centauro en prisión, las cosas pueden ir más lejos —dedujo el hermano Braumin—. El padre abad puede forzar la mano para que nos pronunciemos abiertamente contra él o para que nos callemos para siempre.
—Hay grados de silencio, hermano —replicó maese Jojonah—. Ahora vete a tu habitación y no temas por mí; estoy en paz.
El hermano Braumin miró largo rato a aquel hombre, su tan estimado mentor; luego inclinó la cabeza, se acercó a la mano de Jojonah y la besó; al fin se dio la vuelta y se fue.
Maese Jojonah pasó más de una hora arriba, en el silencioso triforio, mirando las esculturas antiguas de santos y las de más reciente ejecución que representaban al hermano Allabarnet de Saint Precious, el cual hacía más de un siglo había recorrido aquellas anchurosas tierras plantando manzanos, para que los colonos pudieran tener recursos. El proceso de canonización de Allabarnet lo patrocinaba el abad Dobrinion, quien deseaba con toda su alma verlo culminado antes de morir.
Maese Jojonah conocía bien las historias del buen Allabarnet y creía que el hombre merecía ser santificado. Pero dada la actual situación de la Iglesia, aquellas leyendas de generosidad y sacrificio probablemente influirían en su contra.
Los temores de maese Jojonah sobre la situación de Bradwarden eran totalmente ciertos, pues el centauro había sido trasladado a los subterráneos inferiores de Saint Precious, y allí, en aquella oscuridad húmeda, había sido encadenado a la pared. Todavía aturdido a causa de la brutal experiencia en la montaña derruida y completamente exhausto por la cabalgada hacia el sur, durante la cual los monjes le habían aplicado magia para hacerle correr más rápido, Bradwarden no estaba en condiciones de oponer ninguna resistencia física.
Ni mental; Bradwarden estaba agotado y desprevenido cuando el padre abad Markwart, con la hematites en la mano, se acercó a él la primera noche.
Sin dirigirle la palabra, Markwart se sumergió en el poder de la piedra del alma, liberó su mente del soporte corporal e invadió los pensamientos del centauro.
Los ojos de Bradwarden se desorbitaron cuando sintió aquella intrusión. Luchó para desembarazarse de las cadenas, pero no cedieron. También luchó mentalmente, o por lo menos lo intentó, pues no tenía la menor idea de por dónde empezar.
Markwart, aquel miserable viejo, se había introducido, en su mente; estaba indagando en su memoria.
—Háblame de Avelyn —le indicó el padre abad en voz alta, y aunque el centauro no tenía la menor intención de contestar, la mera mención de Avelyn conjuró imágenes de aquel hombre, del viaje a Aida, de Pony y Elbryan, de Belli'mar Juraviel y Tuntun, de Sinfonía y de todos los demás que habían luchado contra los monstruos en Dundalis.
Sólo de forma lenta y gradual Bradwarden empezó a moderar y controlar sus pensamientos; pero por aquel entonces el padre abad ya se había enterado de muchas cosas. Avelyn había muerto y las piedras habían desaparecido, pero aquellos dos, Elbryan y Pony, habían salido de la devastada Aida, o por lo menos habían salido con vida del túnel donde el centauro había quedado atrapado. Markwart se concentró en ellos dos mientras proseguía su proceso inquisitorio y descubrió que ambos eran originarios de un pequeño pueblo de las Tierras Boscosas llamado Dundalis, pero que ambos habían vivido buena parte de sus vidas lejos de aquel lugar.
Pony, Jilseponie Ault, había vivido en Palmaris.
—¡Eres un canalla! —dijo Bradwarden echando pestes cuando al fin se rompió la conexión mental.
—Podrías haberme facilitado la información de un modo más sencillo —replicó el padre abad.
—¿A ti? —se burló el centauro—. Ah, Avelyn no estaba equivocado en cuanto a ti y en cuanto a tu apestosa Iglesia, ¿verdad?
—¿Dónde vivió esa mujer, Jilseponie, cuando estuvo en Palmaris?
—Os llamáis a vosotros mismos hombres de Dios, pero ningún Dios aprobaría vuestras palabras —prosiguió Bradwarden—. Me robaste, maldito ladrón, pero te juro que lo vas a pagar caro.
—¿Qué hay de aquellas criaturas diminutas? —preguntó el padre abad serenamente— ¿Los Touel'alfar?
Bradwarden le escupió.
Markwart sacó otra piedra, un grafito, y lanzó al mojado centauro contra el muro de piedra con una descarga eléctrica.
—Hay caminos fáciles y otros difíciles —dijo con calma el padre abad—. Tomaré el que me dejes libre.
Se encaminó hacia el arco bajo y abierto que conducía a la zona principal de los subterráneos.
—Volveré a hablar contigo —amenazó.
Tanto Markwart como Bradwarden comprendieron las limitaciones de aquella amenaza. El centauro poseía una gran fuerza de voluntad y no volverían a pillarlo desprevenido, por lo que a Markwart no le sería fácil conseguir otra intrusión en su mente.
Pero Bradwarden temía que tal vez había facilitado ya demasiada información sobre sus amigos.
—¡No te puedes imaginar la importancia de este asunto! —bramó el padre abad al abad Dobrinion a la mañana siguiente. Los dos hombres estaban solos en el despacho de Dobrinion, aunque era el padre abad el que estaba sentado ante la ancha mesa de roble.
—Palmaris es una gran ciudad —dijo con calma el abad Dobrinion, tratando de apaciguarlo. Markwart no le había contado gran cosa, tan sólo que necesitaba información sobre una mujer joven, quizá de unos veinte años, que atendía al nombre de Pony o Jilseponie—. No conozco a nadie que se llame Pony, salvo un mozo de cuadra al que pusieron ese mote.
—¿Jilseponie, entonces?
El abad Dobrinion se encogió de hombros desesperanzado.
—Vino del norte —urgió el padre abad, aunque no tenía intención de revelarle aquel detalle al potencialmente peligroso Dobrinion—. Una huérfana.
Aquel dato disparó una alarma en el interior del abad.
—¿Y puedes decirme qué aspecto tiene? —preguntó, tratando encarecidamente de no dar a entender que podía saber algo.
Markwart describió a la mujer, pues sin querer Bradwarden le había ofrecido un buen retrato de ella: pelo espeso y dorado, ojos azules, labios carnosos.
—¿Qué hay? —exigió Markwart, al advertir destellos de reconocimiento en la mofletuda cara de Dobrinion.
—Tal vez nada —admitió el abad—. Hubo una chica llamada Jill que vino del norte; se había quedado huérfana en un asalto de los trasgos. Pero de esto hace quizás diez años, o tal vez más.
—¿Qué fue de ella?
—La casé con maese Connor Bildeborough, sobrino del barón de Palmaris —explicó el abad Dobrinion—. Pero la muchacha se negó a consumar el matrimonio y por ello fue declarada proscrita. Se alistó en los hombres del rey —indicó Dobrinion, pensando que aquello sería lo último que iba a preguntarle el padre abad y deseando que así fuera, ya que no le gustaban en absoluto su forma de conducirse ni su misteriosa y apremiante actitud.
Markwart giró la cabeza hacia otro lado y se pasó la mano por la puntiaguda barbilla; comprobó que no se había afeitado en muchos, muchos días. La mujer había estado en el ejército; también aquello cuadraba con lo que le había sonsacado al centauro.
Las piezas empezaban a encajar.
Fue Markwart y no Dobrinion quien permaneció en el despacho de este último una vez terminada la conversación. La siguiente visita fue el hermano Francis, y las órdenes que le dio el padre abad fueron simples y precisas: mantener a todo el mundo, incluido al abad Dobrinion, lejos del centauro, y mantener a Bradwarden exhausto. Aquel mismo día, más tarde, él en persona bajaría a la mazmorra para proseguir el interrogatorio.
Cuando Francis salía, maese Jojonah entraba.
—Tenemos que hablar de la forma en que tratas al centauro —dijo sin ni tan sólo saludar formalmente a su superior.
El padre abad Markwart soltó un bufido.
—El centauro no es de tu incumbencia —replicó de modo desabrido.
—Al parecer, Bradwarden es un héroe —se atrevió a decir maese Jojonah—; él, junto con Avelyn Desbris, se encargó de la destrucción del Dáctilo.
—Lo has entendido mal —replicó con dureza el padre abad, esforzándose por evitar que su voz reflejara su cólera—. Avelyn visitó al Dáctilo, eso es totalmente cierto; y Bradwarden y esos otros dos, Elbryan y Pony, le acompañaron. Pero no fueron a combatir con él sino a establecer una alianza.
—Tal como indicaría la montaña destruida —dijo con sarcasmo Jojonah.
De nuevo Markwart soltó un bufido.
—Sobrepasaron los límites de la magia y de la razón —declaró—. Penetraron en la amatista cristalizada que Avelyn robó de Saint Mere Abelle, y con esa gema en combinación con los poderes infernales del demonio Dáctilo se destruyeron a sí mismos.
Maese Jojonah comprendió cuál era el objetivo de la mentira. Conocía muy bien a Avelyn, tal vez mejor que nadie en Saint Mere Abelle, y sabía que el monje jamás se habría puesto de parte del mal. ¿Cómo podría transmitir ese mensaje por encima del lenguaje violento del padre abad? No lo sabía.
—Tengo una misión para ti —dijo Markwart.
—Insinuaste que regresaría a Saint Mera Abelle antes que los demás —replicó maese Jojonah abruptamente.
Markwart empezó a sacudir la cabeza antes de que el hombre acabara.
—Te irás antes que nosotros —explicó—, pero dudo que veas Saint Mere Abelle antes que nosotros. No, tu destino es el sur, Saint Honce en Ursal.
Maese Jojonah se quedó tan sorprendido que no pudo responder nada.
—Te reunirás con el abad Je'howith para hablar de la canonización de Allabarnet de Saint Precious —explicó el padre abad.
La expresión de maese Jojonah era de absoluta incredulidad. El padre abad Markwart había sido el principal oponente al proceso. ¡De no ser por sus protestas, Allabarnet ya habría sido proclamado santo! ¿Por qué aquel cambio?, se preguntó; le pareció que Markwart trataba de estrechar lazos con Dobrinion y que además aprovechaba la ocasión para quitarlo a él de en medio.
—En estos tiempos de prueba, un nuevo santo podría ser justo lo que la Iglesia necesita para fortalecer la fe de las masas —prosiguió el padre abad.
Maese Jojonah quería preguntar cómo semejante proceso podía considerarse casi tan importante como las cuestiones más inmediatas que tenían planteadas, incluyendo la ininterrumpida guerra. Quería preguntar por qué no podía llevar el mensaje a Ursal un monje de menor rango. Quería preguntar por qué Markwart había cambiado de opinión al respecto.
Pero se dio cuenta de que todas esas preguntas se estrellarían contra un sólido muro. El padre abad estaba siguiendo sus propios planes encaminados a recuperar las piedras que Avelyn había robado y a desacreditar al monje renegado a toda costa. Mientras lo observaba, le pareció que Markwart daba vueltas en espiral, cada vez más hacia abajo, y se sumergía en profundidades tenebrosas, y que cada palabra pronunciada por el padre abad lo alejaba más del camino de Dios.
—Me voy a hacer el equipaje —dijo maese Jojonah.
—Ya está hecho —replicó el padre abad Markwart mientras Jojonah se daba la vuelta para marcharse—. Te esperan en la puerta posterior de la abadía.
—Entonces me voy a hablar con...
—Vas a irte directamente a la puerta posterior —dijo el padre abad sin inmutarse—. Todo está preparado, y todas las provisiones están dispuestas.
—¿Y las piedras mágicas?
—Amigo mío —dijo Markwart, poniéndose de pie y rodeando la mesa—, vas a viajar por tierras civilizadas. No necesitarás la ayuda del poder mágico.
Maese Jojonah sintió que se encontraba en un momento crucial de su vida. Realizar todo el recorrido hasta Ursal sin asistencia mágica y en una misión que podía resultar muy complicada, habida cuenta de los prolijos trámites de un proceso de canonización, lo mantendría alejado de Saint Mere Abelle, donde sabía que hacía muchísima falta, durante más de un año. Sin embargo, su único recurso era desafiar a Markwart sin más dilaciones, quizá en público, increparlo en relación a sus creencias y exigirle pruebas de que el hermano Avelyn Desbris había ido a Aida para colaborar con el demonio Dáctilo.
Por supuesto podría contar con muy pocos aliados, advirtió maese Jojonah. El hermano Braumin estaría a su lado, y quizás también el hermano Dellman. ¿Pero qué haría el abad Dobrinion, y por tanto los ciento cincuenta monjes de Saint Precious?
No, Markwart le había ganado la partida, comprendió Jojonah. Lo enviaba lejos para hablar de una situación próxima y querida para el corazón de Saint Precious, la santidad de uno de sus monjes. Dobrinion no se enfrentaría a Markwart; no en aquellas circunstancias.
Maese Jojonah contempló largo rato a aquel arrugado anciano, que en tiempos había sido su mentor y que ahora se había convertido en su castigo. Pero no tenía respuestas ni recursos... o tal vez, como temía, simplemente le faltaba coraje. ¡Qué viejo se sentía, qué lejos de sus días de acción!
Se dirigió a la puerta posterior de la abadía, recorrió a pie las calles de Palmaris, ya que Markwart no le había procurado ni un burro o un carro, y abandonó la ciudad por la puerta sur.
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13
El nuevo enemigo

Por la tarde de su décimo día con el grupo de refugiados, Elbryan consultó el Oráculo por primera vez en más de una semana. El paso de la caravana de monjes lo había preocupado mucho; pero aquella misma mañana se produjo un nuevo hecho: Roger Descerrajador regresó al campamento de refugiados a la cabeza de quince prisioneros de Kos-kosio Begulne. El joven, en el curso de sus exploraciones, se enteró de que los prisioneros habían sido trasladados de Caer Tinella a Tierras Bajas y aprovechó la oportunidad para entrar furtivamente en aquel pueblo menos protegido y rescatarlos.
Sin embargo, a pesar del error del jefe de los powris de trasladar a los cautivos a una comunidad más débil, poco faltó para que a Roger le ocurriera un desastre en el bosque, pues otro sabueso Craggoth que había estado con los prisioneros les seguía la pista muy de cerca, y sólo la llegada de Juraviel permitió a Roger y a los fugitivos ponerse a salvo.
Roger omitió este detalle cuando explicó los acontecimientos de la noche anterior ante un grupo de refugiados emocionados y conmovidos.
El guardabosque vio allí un nuevo problema, más grave y en potencia más peligroso, y por tanto se fue a visitar a su tío Mather para aclarar las cosas.
Tal como temía, tío Mather, empezó a decir cuando la imagen se le apareció en el espejo en medio de la lóbrega oscuridad, la rivalidad con Roger Descerrajador conduce al desastre. Esta misma mañana entró en el campamento a la cabeza de quince refugiados, prisioneros de los powris a los que había liberado la noche anterior. Naturalmente, nos alegramos de verlos, pero al hablar luego con ellos llegué a la conclusión de que Roger había corrido un gran riesgo, había expuesto su vida y la de los demás al rescatarlos. Pues, aunque todos ansiamos liberar hasta el último prisionero de los powris, esta vez no parecía haber ninguna razón para emprender una acción tan desesperada. Los prisioneros no corrían peligro, según todas las informaciones, por lo menos de momento, y habríamos podido establecer un plan de mayor alcance que habría facilitado no sólo su huida sino también la caída de Kos-kosio Begulne y de sus malignos hermanos.
Pero comprendo lo que condujo a Roger al pueblo la última noche, y también lo comprende Pony. Por su errónea manera de pensar, ha perdido su prestigio entre su gente. Antes lo miraban a él; ahora él ve que me miran a mí.
El guardabosque se detuvo y recordó aquel encuentro, cuando Roger había vuelto por primera vez. Rememoró sus bravatas, su manera de sacar pecho cuando hablaba, y su forma de mirar, particularmente a Pony, cuando relataba sus arriesgadas proezas.
—Pony —murmuró Elbryan exhalando un profundo suspiro.
Volvió a mirar al espejo, a la imagen fantasmagórica que se percibía en su interior. Pony, repitió. Roger se ha prendado de ella. O tal vez simplemente considera las respuestas de la chica como el mejor indicador de su propio mérito. Pony es mi pareja, como todos saben muy bien, y si él puede conseguir su aprobación quizá crea que todos los demás lo pondrán por encima de mí.
Al darse cuenta de que Roger había perdido la chaveta por Pony, el guardabosque advirtió lo peligrosa que podría llegar a ser aquella situación. Roger, con su evidente talento, podía desempeñar un papel de indudable valor para el grupo, pero su inmadurez podría llevarlos a todos al desastre.
—Pelearemos —dijo Elbryan con calma y en voz alta—; me temo que ocurrirá.
El guardabosque abandonó la habitación poco después y comprobó que era de noche; los fuegos del campamento ardían resplandecientes no muy lejos. De inmediato se dirigió hacia aquel lugar y al acercarse oyó algunas frases pronunciadas en voz alta.
—Tenemos que atacarlos —argumentaba Tomás Gingerwart, lleno de ira—, y con dureza. Hay que expulsarlos de nuestras tierras y devolverlos a los agujeros de su montaña oscura.
Elbryan entró en el anillo de luz del fuego y vio que la mayoría de las cabezas se inclinaban para asentir a la opinión de Tomás. Observó a Pony, sentada al lado de Tomás; en su rostro había una mirada apenada.
Todas las charlas se interrumpieron en deferencia al guardabosque y todas las miradas se volvieron hacia él, como si esperaran su juicio. Tan pronto se cruzaron las miradas de Elbryan y Tomás, ambos comprendieron que iban a sostener opiniones opuestas en la discusión.
—Se han quedado sin prisioneros —dijo Tomás—. Ha llegado la hora de atacar.
Elbryan reflexionó un buen rato; comprendía sinceramente a aquel hombre al recordar sus propios sentimientos, su desesperada necesidad de venganza cuando habían quemado y destruido su hogar en Dundalis.
—Comprendo... —empezó a decir.
—Entonces haz formar a los combatientes —gruñó Tomás dirigiéndose de nuevo a él; y el grupo coreó sus palabras.
—Me temo que subestimáis la fuerza de nuestros enemigos —prosiguió con calma el guardabosque—. ¿Cuántos de nosotros, de nuestros amigos, morirán en el ataque?
—Merece la pena —gritó un hombre—, si liberamos Caer Tinella.
—¡Y Tierras Bajas! —gritó otro, una mujer de un asentamiento ubicado más al sur.
—¿Y si no lo conseguimos? —preguntó serenamente el guardabosque—. ¿Y si, como me temo, consiguen rechazarnos y acaban con nosotros en los prados?
—¿Qué pasaría entonces con los que no pueden combatir? —añadió Pony, y aquel simple razonamiento, el hecho de recordarles sus responsabilidades, acalló muchas réplicas.
Pero la discusión seguía y seguía, y finalizó por cansancio y no porque se llegara a un acuerdo. No obstante, Elbryan y sus partidarios podían considerar que habían logrado una victoria menor, ya que todavía no se habían establecido planes para el combate. Todos estaban muy excitados, advirtió el guardabosque: por la llegada de tres nuevos aliados poderosos, por la victoria en la lucha del bosque, por el retorno de Roger Descerrajador sano y salvo y por el subsiguiente rescate del resto de prisioneros de Kos-kosio por parte de Roger. En aquellos momentos, con la seguridad que les habían proporcionado aquellos éxitos, la gente se atrevía a pensar en reconquistar sus hogares y en castigar a los asesinos y ladrones que habían invadido Caer Tinella y Tierras Bajas. Cabía esperar que, a medida que los hechos se fueran asimilando, la lógica reemplazaría la emoción.
Pony comprendía y compartía el punto de vista más racional, por lo que quedó totalmente sorprendida más tarde cuando ella y Elbryan encontraron a Juraviel en un bosquecillo de pinos a cierta distancia, hacia el sur del campamento, y el guardabosque anunció:
—Ha llegado la hora de atacar duro a nuestro enemigo.
—Precisamente acabas de argumentar lo contrario —replicó la mujer.
—Nuestros enemigos están heridos y desorganizados —prosiguió Elbryan—, y un ataque furioso en este momento podría obligarlos a huir.
—Podría —repitió Juraviel con severidad—; y también podría costarnos muchos guerreros.
—Nuestra vida entera es un riesgo —repuso el guardabosque.
—Tal vez deberíamos considerar el envío hacia el sur, hacia Palmaris, de los que están demasiado débiles para la lucha, antes de planificar un ataque a Caer Tinella y Tierras Bajas —razonó el elfo—. Podríamos incluso conseguir aliados en las ciudades del sur.
—Tenemos aliados en las ciudades del sur —dijo Elbryan—, pero están ocupados en la defensa de sus propias fronteras, y con razón. No, si podemos pegar duro a Kos-kosio Begulne ahora y expulsarlo de los pueblos...
—¿Y podríamos conservarlos? —indicó con sarcasmo el elfo, pues el solo hecho de pensar en aquella banda de harapientos manteniendo una posición defensiva le parecía absurdo.
Elbryan bajó la cabeza y suspiró profundamente. Sabía que Juraviel estaba haciendo de abogado del diablo, más para ayudarle a aclarar sus propias ideas y a profundizar los puntos más sutiles que para desanimarlo; pero hablar con el Touel'alfar y escuchar su pragmático aunque artificioso modo de considerar el mundo resultaba siempre un poco desalentador para alguien que lo mirara con ojos humanos. Juraviel no comprendía el nivel de frustración de Tomás y de los demás, no comprendía lo peligroso que podía llegar a ser semejante frustración.
—Si expulsamos a Kos-kosio Begulne y a sus powris de los dos pueblos —empezó a decir, con deliberada lentitud, el guardabosque—, es posible, incluso probable, que muchos de sus aliados abandonen a los peligrosos powris, y tal vez incluso deserten al mismo tiempo de la guerra. Ni los trasgos ni los gigantes sienten especial cariño por los powris; odian a los enanos al menos tanto como a los humanos. Creo que sólo la fuerza del jefe de los powris es lo que ahora los reúne en un único ejército. E incluso aunque gigantes y trasgos hayan sido aliados en el pasado, jamás ha habido gran simpatía entre unos y otros, según todos los informes. Se dice que los gigantes en alguna ocasión han comido trasgos, así que desacreditemos a ese jefe powri, a esa fuerza cohesionadora, y veamos qué sucede.
Entonces fue Juraviel quien suspiró.
—Siempre buscas sacar la mayor ventaja posible —dijo con calma; su tono tenía una punta de resignación—. Siempre exiges el máximo de ti mismo y de los que te rodean.
Elbryan, herido, miró al elfo con curiosidad, sorprendido de que lo criticara de aquel modo.
—Naturalmente —prosiguió el elfo, cobrando ánimo y con una maliciosa sonrisa que se dibujaba en su cara angulosa—, eso es exactamente lo que los Touel'alfar te enseñaron a hacer.
—¿Entonces estamos todos de acuerdo? —preguntó con ansiedad Elbryan.
—Yo no he dicho eso —respondió Juraviel.
Elbryan emitió un gruñido de frustración.
—Si no los atacamos, si no aprovechamos nuestra ventaja, y me temo que resultará ser efímera, probablemente nos encontraremos en la misma situación desesperada de la que precisamente conseguimos librarnos. Kos-kosio Begulne se reagrupará y se reforzará y volverá a por nosotros; nos forzará a librar otra batalla en el bosque, y tarde o temprano una de esas batallas nos será desfavorable. El jefe powri está ofendido, sin duda, por la derrota en el bosque y por la pérdida de los prisioneros.
—Incluso podría sospechar que el Pájaro de la Noche ha venido a esta región —añadió Pony, suscitando en el elfo y en el guardabosque miradas de curiosidad.
—Recuerdo el nombre, y vosotros también, si os detenéis a pensarlo lo suficiente —explicó Pony—; Kos-kosio Begulne nos recuerda de Dundalis.
Juraviel asintió, al evocar la emboscada que una vez los monstruos tendieron al Pájaro de la Noche destruyendo un valle de pinos que el guardabosque estimaba especialmente para sacarlo del bosque. Sin embargo, aquella emboscada se había vuelto contra los monstruos, igual que todas las artimañas urdidas contra el guardabosque y sus astutos y poderosos amigos.
—Incluso es posible que la caravana de monjes de la que habló Roger estuviera huyendo de algo —continuó el guardabosque.
—Podríamos utilizar nuestra ventaja provisional para deslizarnos alrededor de los pueblos y huir hacia el sur —razonó Juraviel. No se le escapó la mirada, casi de alarma, que intercambiaron Pony y Elbryan al oír sus palabras.
—¿Qué pasa? —preguntó bruscamente el elfo.
—Cualquier cosa que haya obligado a los monjes, con su poderosa magia, a huir de ese modo debe de ser una fuerza considerable —indicó Pony, sin lograr convencer al perspicaz elfo.
—Razón de más para que nos limitemos a huir hacia el sur, tal como hicieron los monjes —urgió Juraviel. Observó de nuevo la mirada que intercambiaron sus compañeros—. ¿Qué pasa? —preguntó otra vez—. Hay algo más que el paso de los monjes; te conozco demasiado bien, Pájaro de la Noche.
Elbryan rió aceptando la observación.
—Pony y yo no podemos quedarnos en la zona —admitió—. Ni podemos arriesgarnos a ir hacia el sur.
—Las piedras del hermano Avelyn —dijo Juraviel.
—Podría ser que los monjes de los que habló Roger nos estuvieran buscando —dijo Pony—. O por lo menos buscando las piedras que están en mi poder. Cuando el hermano Justicia buscaba a Avelyn, utilizó esta piedra —explicó la mujer sacando un granate rojo de su bolsa y levantándolo para que Juraviel pudiera verlo—. Esta piedra detecta el uso de magia; así fue como los poderes invocadores de Avelyn condujeron hasta él al hermano Justicia.
—¿Y crees que el hecho de haber utilizado magia ha puesto a los monjes tras vuestra pista? —dedujo Juraviel.
—Es posible; y es demasiado importante para nosotros como para que nos expongamos a correr algún riesgo —asintió Pony.
—El último acto de la vida de Avelyn fue confiarnos las piedras sagradas —indicó Elbryan con firmeza—; en eso no vamos a fallarle.
—Entonces quizá nosotros tres deberíamos irnos ahora por nuestra cuenta —dijo Juraviel—. ¿Son esas piedras más importantes que los refugiados que ahora conducimos?
Elbryan miró a Pony, pero la mujer no sabía qué decirle.
—Si aplicamos criterios históricos, es posible que lo sean —dijo el guardabosque.
Un ruido desde la maleza, un gorjeo, un sonido enojoso, los alertó. Juraviel se movió rápidamente y levantó el arco, mientras desaparecía entre la vegetación; regresó un instante después acompañado por un furioso Roger Descerrajador.
—¡Consideráis más importantes unos pedruscos que la gente a la que pretendéis guiar! —les increpó el joven. Mientras hablaba, se iba apartando de Juraviel, evidentemente incómodo por la proximidad de aquella diminuta criatura.
—No tienes por qué tenerle miedo —comentó Pony secamente, pensando que era ridículo que Roger se comportara de forma tan asustadiza con uno de los dos que lo habían rescatado de las crueles garras de Kos-kosio Begulne. Se dio cuenta de que la vacilación del joven para aceptar a Juraviel se basaba en algo más que el miedo—. Belli'mar Juraviel, y por supuesto todos los Touel'alfar, son aliados.
—Ya voy comprendiendo lo que entendéis por esa palabra —le espetó Roger.
Pony se dispuso a contestarle, pero Elbryan se le adelantó.
—Como estaba explicando —dijo sin alterarse, mientras miraba fijamente al joven—, esas piedras son tan vitales...
—Más vitales, dijiste —interrumpió Roger.
—¡No infravalores su importancia! —le espetó Elbryan en la cara. El guardabosque observó la expresión censuradora de Juraviel y se calmó—. Las piedras representan mucho más que el gran poder que encierran —prosiguió Elbryan con voz controlada y uniforme—. Pueden ser más importantes que mi vida, o la de Pony, o la tuya, o la de toda la gente de nuestro grupo.
—Ésas son las estupideces que tú crees... —empezó a gritar Roger, pero Elbryan le cortó en seco alzando la mano con un movimiento tan rápido y tan enérgico que la frase acabó en un gorjeo asustado.
—No obstante —continuó el guardabosque con calma—, una vez puntualizado esto, que creo de corazón, no puedo dejar las cosas tal como las he encontrado: tengo que llevar a esa gente hasta un lugar seguro en las tierras del sur, o por lo menos asegurar que encontrarán el camino despejado.
—Te autoproclamas su jefe —acusó Roger.
—Así que quieres atacar, y atacar duro, contra Kos-kosio Begulne —razonó Juraviel, ignorando la mezquina tortuosidad del argumento de Roger—. Si les propinamos un duro golpe en los dos pueblos y los forzamos a escapar por el bosque, nuestros refugiados podrán huir hacia el sur con relativa seguridad sin necesidad de que los guíe el Pájaro de la Noche.
—Además, no sería prudente que el Pájaro de la Noche fuera hasta allí —dijo Pony—. Y sin embargo —añadió, mirando directamente a su amado—, acabas de argumentar en contra de esa acción.
—Lo he hecho —asintió Elbryan—; y sigo sosteniendo mis argumentos en contra de una lucha que enviará a todos nuestros combatientes, o a la mayoría de ellos, contra los pueblos.
Pony iba a preguntarle de qué estaba hablando, pero entonces lo comprendió. Elbryan había ido a Caer Tinella a rescatar a Roger, y pensaba volver en compañía únicamente de sus amigos más poderosos para desnivelar el equilibrio de poder.
Juraviel lo comprendió también y asintió con la cabeza.
—Iré a Caer Tinella esta noche para obtener información —asintió.
—Puedo ir yo —dijo Roger.
—Juraviel es más adecuado para este trabajo —se apresuró a responder Elbryan.
—¿Has olvidado que estuve en Caer Tinella hace sólo dos noches? —protestó Roger—. ¿Y que fui yo quien regresó con los prisioneros?
Los tres lo miraron fijamente advirtiendo cómo había enfatizado el pronombre personal.
—¡Si los prisioneros aún estuvieran allí, no podríais ni siquiera pensar en atacar el pueblo! —añadió Roger.
Elbryan inclinó la cabeza para mostrar su asentimiento respecto a este punto. La acción de Roger, desde luego, había establecido la base para aquel posible ataque. Pero, sobre todo después de hablar con los prisioneros liberados y de escuchar cómo relataban sus desesperadas carreras por la oscuridad del bosque, Elbryan seguía convencido de que Belli'mar Juraviel era más idóneo para aquella tarea. Juraviel le había dicho que un sabueso, por lo menos, aún estaba vivo, y que si aquella criatura los hubiera alcanzado, probablemente ninguno de ellos, ni Roger ni los prisioneros, habrían regresado jamás.
—El elegido es Juraviel —dijo con calma el guardabosque.
Pony observó la expresión del joven y se dio cuenta de que Elbryan había colocado a Roger en una situación aún más comprometida y había herido su vanidad.
—¿Eres capaz de volar desde la cima de un árbol a otra cuando un sabueso huele tu rastro? —le preguntó bruscamente Elbryan antes de que Roger pudiera empezar a protestar.
Roger se mordió el labio inferior; tanto Elbryan como Pony pensaron que iba a pegar al guardabosque. Sin embargo, se limitó a patear el suelo, y se dio la vuelta para irse.
—¡Alto! —gritó Pony ante la sorpresa de los tres; estaba empezando a comprender a Roger y, aunque a ella no le caía mal, reconocía que era joven y demasiado orgulloso y pagado de sí mismo.
Roger se dio la vuelta, con los ojos muy abiertos y brillantes de ira.
Pony sacó una gema, la guardó con mucho cuidado en su mano para que él no pudiera verla con claridad y se encaró a él.
—Lo que has oído es privado —explicó.
—¿Ahora te dignas darme órdenes? —preguntó Roger con incredulidad—. ¿Acaso eres mi reina? ¿Debo arrodillarme ante ti?
—Debes tener el juicio suficiente, pese a tu edad y a tu falta de experiencia, como para distinguir a un amigo de un enemigo —le riñó Pony. Quería seguir riñéndolo para que se diera cuenta de sus defectos en la forma de relacionarse, pero comprendió que tales lecciones, para asimilarlas completamente, deben aprenderse mediante la práctica y no con la teoría.
»Pero veo que no puedes, pues por alguna razón has decidido que no somos tus amigos. Es así.
La mujer metió la mano en otra bolsa y Roger retrocedió un paso. No obstante, no se alejó lo suficiente, pues Pony extendió la mano y con unas malas hierbas de tono amarillento marcó una X en la frente de Roger. Luego levantó la mano con la gema ante él y recitó una serie de frases que sonaban como un antiguo sortilegio.
—¿Qué me has hecho? —preguntó Roger a punto de caer al suelo, pues no dejaba de retroceder.
—No te he hecho nada, a menos que nos traiciones —repuso Pony con calma.
La cara de Roger expresó confusión.
—No te debo nada —dijo.
—Ni yo tampoco —replicó con severidad Pony—. O sea, que simplemente he vuelto a equilibrar nuestra relación. Mientras nos escuchabas a escondidas, oíste cosas que no son de tu incumbencia, y por tanto tienes la obligación de olvidarlas.
Roger no supo qué contestar y se limitó a sacudir la cabeza.
—O por lo menos, no debes decir nada al respecto —prosiguió Pony—. Sin embargo, si no puedes, tendrás que cargar con la más desagradable de las consecuencias.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Roger y, como Pony sonrió maliciosamente, el joven se dirigió a Elbryan, que se hallaba detrás de ella.
—¿Qué me ha hecho? —preguntó.
Elbryan realmente no lo sabía, de modo que al encogerse de hombros fue sincero.
—¡Dímelo! —le gritó Roger a Pony en la cara.
Elbryan cerró los ojos mientras Roger se disponía a agarrar a Pony, completamente seguro de que su amada atizaría un puñetazo al estúpido hombrecito y lo dejaría seco. No obstante, Roger no completó la acción y se limitó a permanecer delante de Pony con los puños apretados en signo de frustración.
—He puesto una maldición sobre ti —explicó Pony serenamente—, pero es una maldición con una condición.
—¿Qué quieres decir? —preguntó en un tono irritado que expresaba cierto temor.
—Quiero decir que mientras hagas lo que debes y no hables de lo que no deberías saber, no te ocurrirá nada —explicó con toda calma la mujer. Su expresión cambió bruscamente y se volvió tenebrosa y amenazadora; redujo la distancia que la separaba de Roger y se puso de puntillas, encumbrándose, alta y terrible, por encima del hombrecito.
—Traiciónanos —avisó con voz tan grave que erizó los pelos de la nuca de Elbryan y produjo escalofríos a Roger—, y la magia que he puesto en ti te fundirá el cerebro dentro de tu cabeza hasta que te salga por las orejas.
Los ojos de Roger la miraron desorbitados. Sabía poco de magia, pero las manifestaciones que había visto le habían impresionado bastante como para creer que aquella mujer era capaz de llevar a cabo su amenaza. Se tambaleó, casi cayó hacia atrás, se dio la vuelta y salió corriendo.
—¡Pony! —la reprendió Elbryan—. ¿Cómo has podido hacer tal...?
—No he hecho nada salvo marcar su frente con diente de león —replicó la mujer—. He hecho lo mismo que te hacía en la barbilla cuando jugábamos al ranúnculo de niños.
—Entonces... —Elbryan se detuvo y sonrió, en cierto modo sorprendido por su compañera.
—¿Era realmente necesario? —preguntó secamente Belli'mar Juraviel.
La expresión de Pony era mortalmente seria cuando inclinó la cabeza para contestar afirmativamente.
—Nos habría traicionado con los demás —explicó—; y no tengo ganas de que sea de dominio público que a los ojos de la Iglesia abellicana somos dos proscritos.
—¿Tan terrible es nuestro secreto? —cuestionó Elbryan—. Hace tiempo que he aprendido a confiar en esta gente.
—¿Como Tol Yuganick? —replicó con dureza Pony, refiriéndose a un hombre que los traicionó a ella y a Elbryan y a toda la gente de Dundalis antes del viaje a Aida.
Elbryan no supo qué responder, pero Pony, al darse cuenta de que su cinismo había dolido a su amado, continuó:
—También yo confío en Belster y Tomás y en toda esa gente —admitió—, pero Roger habría contado la historia para lucirse, y me temo que eso podría habernos puesto en una situación poco favorable. ¿Quién sabe qué historias podrían circular cuando la gente estuviera a salvo en Palmaris?
Elbryan, que también estaba empezando a comprender a Roger Descerrajador, no podía estar en desacuerdo con aquello.
—Hiciste bien —decidió Juraviel—. El tiempo es de vital importancia para nosotros y no podemos correr riesgos. Quizás el joven Roger ha tenido dificultades para encontrar el camino correcto, pero creo que tú le has dibujado un poste indicador absolutamente claro.
Elbryan soltó un bufido.
—Y yo que toda mi vida he creído que la moralidad estaba de algún modo vinculada a la conciencia.
—Y así es —respondió Pony.
—Idealmente —añadió Juraviel—; pero no infravaloréis el poder del miedo. Vuestra propia Iglesia ha utilizado la amenaza del más allá con terribles azufres para mantener la congregación cohesionada durante más de mil años.
—Mi Iglesia no —replicó Elbryan—. No la Iglesia a la que Avelyn se adhirió.
—No; fue la Iglesia que perseguía al monje renegado tanto para silenciar sus ideales radicales como para recuperar tas gemas, no lo dudéis —replicó Juraviel sin vacilar.
Elbryan miró a Pony y vio que la joven inclinaba la cabeza para expresar su acuerdo con las palabras del elfo. Soltó una risita, incapaz de discutir aquel punto.
—Es la Iglesia que nos persigue a Pony y a mí —comentó.
—Roger dijo que los monjes que pasaron por aquí se dirigían al sur, y muy velozmente —indicó Pony—; he utilizado el granate, pero no puedo detectar ninguna magia en la zona, de modo que asumo que la suposición de Roger en relación con su rapidez era correcta.
—Espero que no se detengan en Palmaris —añadió Elbryan—; pero en cualquier caso, aquí podemos quedarnos poco tiempo. Espero aprovecharlo al máximo.
—Caer Tinella y Tierras Bajas —dijo Belli'mar Juraviel.
El rostro de Elbryan adquirió una seriedad grave, incluso severa, mientras asentía con la cabeza y formulaba su respuesta:
—Nos encontraremos contigo aquí de nuevo, al atardecer, tal vez para atacar antes del alba.
—Como quieras, amigo mío —respondió el elfo—. Ahora me voy a inspeccionar alrededor de los pueblos. Preparad el ataque y reconciliaos, por lo menos un poquito, con Roger Descerrajador. Ha hecho grandes cosas para esta gente, según cuenta Belster O'Comely, y me atrevería a decir que le aguarda un futuro prometedor, si no deja que le pierda el orgullo.
—Nos ocuparemos de Roger —contestó Pony.
—Dibuja el poste indicador con toda claridad —dijo Juraviel con una carcajada y un chasquido de los dedos; luego desapareció entre los arbustos con tal rapidez que Pony parpadeó y se frotó los ojos dudando de lo que acababa de ver. Elbryan, más acostumbrado a los Touel'alfar y mejor conocedor de los usos del bosque, no se sorprendió.
—Es él —insistió Kos-kosio Begulne—. ¡Conozco sus maneras, el muy bastardo!
Maiyer Dek ponderó aquellas palabras un buen rato, como solía hacer cuando se hablaba de algo incluso remotamente importante. El enorme fomoriano era un impresionante ejemplar de su raza, tanto física como mentalmente. Aunque no poseía una inteligencia tan aguda como su colega powri, ni era tan prudente como Gothra, que había dirigido a los trasgos, Maiyer Dek comprendía sus limitaciones y por lo tanto se tomaba el tiempo necesario para analizarlo todo con calma y prudencia.
El silencio del gigante no contribuyó a disminuir la impaciencia de Kos-kosio Begulne, que estaba de pésimo humor. El powri pegó una patada en el suelo del enorme granero, se hurgó la nariz con una mano y con la otra se golpeó repetidamente la cadera.
—Debe de haber otros humanos como el Pájaro de la Noche —sugirió el gigante.
Kos-kosio Begulne pegó un bufido ante semejante idea.
—¡Si así fuera, nos habrían machacado todo el camino de vuelta a Aida!
—Otro más, entonces —replicó el gigante.
—Espero que no —respondió el powri—. Y creo que no. Es él. Puedo oler a ese bastardo. Esto atraerá al Pájaro de la Noche, no lo dudes. ¿Así que me das tus prisioneros o no?
De nuevo Maiyer Dek se sumió en largas e interminables consideraciones. Él y otros tres gigantes que le habían acompañado acababan de regresar del sur, donde habían librado una terrible batalla contra los hombres del rey, justo al oeste de Palmaris. Muchos gigantes habían muerto en la lucha, y muchos más humanos, y Maiyer Dek y su cohorte de supervivientes habían hecho muchos prisioneros. El jefe de los gigantes los llamaba «comestibles viajeros» y, por supuesto, diez de los cuarenta hombres que habían capturado ya habían sido devorados por los crueles fomorianos cuando llegaron a Caer Tinella. Ahora Kos-kosio Begulne quería a los otros treinta como cebo para el Pájaro de la Noche, y en realidad, a Maiyer Dek no le gustaba demasiado la carne humana. Pero, con todo, el gigante recordaba con claridad la desastrosa batalla en el valle de los pinos cuando él y sus compinches habían acosado por última vez a aquel hombre a quien llamaban el Pájaro de la Noche. ¿Y ahora Kos-kosio Begulne quería atraerlo?
—Vas a dármelos —dijo súbitamente Kos-kosio Begulne—. Conseguiremos ajustarle las cuentas al Pájaro de la Noche, antes de que la mitad de nuestras fuerzas nos abandonen. Los trasgos ya están murmurando que quieren irse a casa y mi propia gente sueña con regresar a las Islas Desgastadas.
—Pues marchaos todos —replicó el gigante, que nunca había sido demasiado partidario de avanzar hacia el sur, hacia Honce el Oso en primer lugar. Antes de que hubiera despertado el Dáctilo, Maiyer Dek había disfrutado de una placentera existencia en las montañas al norte de Barbacan, con una tribu de ochenta gigantes, incluyendo veinte hembras para sus expansiones, y multitud de trasgos por los alrededores para buena caza y mejor comida.
—Todavía no —replicó bruscamente el powri en tono cortante—. No, hasta que el maldito Pájaro de la Noche haya pagado por los problemas que nos ha causado.
—Nunca te gustó Ulg Tik'narm —dijo el gigante sin ni siquiera efectuar su pausa habitual.
—¡Eso no importa! —espetó Kos-kosio Begulne—. ¡Era un jefe de los powris, y uno de los mejores! El Pájaro de la Noche lo mató; por tanto, yo voy a matar al Pájaro de la Noche.
—¿Luego nos iremos?
—Luego nos iremos —confirmó el powri—. Y una vez hayamos pasado más allá de las tierras de los humanos, yo y mi gente no protegeremos a los canallescos trasgos de vuestras barrigas.
Aquello era todo lo que Maiyer Dek necesitaba oír.
Cuando Juraviel regresó de los pueblos, Elbryan y Pony ya habían obtenido un consenso general para aplazar el ataque; era una propuesta difícil, dado el éxito de la lucha en el bosque y el regreso de Roger y de los otros prisioneros. Todo el mundo estaba impaciente por llevar a cabo aquella aventura y por sentarse en una sala común confortable y exagerar sus historias en torno al fuego; además, el hecho de atacar a Caer Tinella y Tierras Bajas quería decir que pronto podrían estar a salvo en Palmaris, y por eso estaban más que dispuestos a la batalla.
Pony todavía estaba ultimando con ellos los detalles para cuando el ataque a Caer Tinella o a Tierras Bajas comenzara, cuando Elbryan regresó al bosquecillo de pinos.
Tan pronto como el guardabosque vio a Juraviel bajar del pino, supo que algo iba mal.
—Se han fortificado —dedujo el guardabosque.
—Por supuesto —contestó Juraviel con una inclinación de cabeza—. Hay tres nuevas torres de exploración en las lindes del pueblo, al norte, al suroeste y al sureste; y han levantado una barricada improvisada que rodea el lugar: una barrera hecha con barriles, con cascotes, con todo lo que han podido encontrar. Parece bastante sólida; es tan alta como un hombre, aunque no demasiado gruesa.
—Lo bastante para frenar una carga —dijo el guardabosque.
—Quizás un poco —admitió Juraviel, aunque no estaba demasiado preocupado o impresionado por la fortificación—. Pero, con los nuevos aliados que les han llegado, dudo que les haga falta la fortificación.
—¿Otro grupo de powris? —preguntó Elbryan.
—Gigantes —respondió Juraviel—, incluyendo al mayor y más feo de esos grandes y feos brutos que jamás haya visto. Se llama Maiyer Dek, e incluso los powris, incluso el mismo Kos-kosio Begulne, le tienen un gran respeto. Su armadura es especial, me temo, incluso puede que sea mágica, pues casi parece tener un fuego interior.
Elbryan asintió; había peleado contra gigantes protegidos de forma similar, y recordaba el nombre de Maiyer Dek de las Tierras Boscosas. La armadura disponía de magia negra y era una de las que había forjado el demonio Dáctilo para sus soldados de elite.
—No podemos permitir que esa gente ataque Caer Tinella —prosiguió el elfo—. Podríamos rodear el pueblo en la oscuridad de la noche o podríamos atacar Tierras Bajas, cuya guarnición no parece tan formidable. Pero enviar a esa gente, todos ellos combatientes inexpertos, contra los gigantes, sobre todo contra esos monstruos recién llegados, sería una locura. Incluso vuestros planes de batalla resultan muy arriesgados.
Elbryan no tenía ningún argumento frente a ese simple razonamiento. Había peleado con bastantes gigantes para evaluar la probabilidad de una catástrofe absoluta.
—Si huimos rodeando los pueblos, probablemente podrían seguir nuestra pista —razonó—. Jamás conseguiríamos recorrer todo el camino hasta Palmaris sin que nos alcanzaran.
—¿Y un rodeo mayor? —preguntó el elfo, pero sospechaba que el guardabosque sería difícil de convencer.
—Podemos enviarlos —insinuó Elbryan.
—Pero tú insistes aún en ir al pueblo y librar tu batalla —dedujo Juraviel.
—Si ese gigante, Maiyer Dek, es tan poderoso y tan venerado como indicas, quizás él y yo deberíamos hablar —explicó el guardabosque.
—¿Hablar? —repitió Juraviel dubitativo.
—Con armas —aclaró Elbryan—. ¿Cuál supones que sería el impacto para nuestros enemigos si Maiyer Dek y Kos-kosio Begulne resultaran muertos?
—Grande, por supuesto —admitió el elfo—. Ignoro lo que mantiene unidos a gigantes y a trasgos unos con otros, y aún más con los powris, si no es la fuerza del liderazgo de esos dos. Pero, reflexiona con prudencia, amigo mío. No será tarea fácil llegar hasta los jefes de los powris y de los gigantes; pero incluso si pudieras, incluso si encontraras la forma de enfrentarte a ellos sin que sus secuaces se te echaran encima, podrías resultar derrotado. Dale la vuelta a tu pregunta: ¿qué harán los refugiados sin el Pájaro de la Noche para guiarlos?
—Lo han hecho suficientemente bien sin el Pájaro de la Noche hasta hace muy poco —recordó el guardabosque—. Y además contarán con Juraviel.
—¡Entre cuyos asuntos no figura ése!
—¿Quién escogió venir para ayudar a los humanos? —replicó Elbryan con una mueca irónica.
—El mismo que escogió seguir a su protegido, el Pájaro de la Noche, para estar seguro de que no haría tonterías —corrigió el elfo, sonriendo abiertamente; y Elbryan supo por aquella sonrisa que Juraviel estaba de su parte.
»He invertido demasiados años en tu adiestramiento y llevas una espada élfica y un arco construido por mi propio padre; por eso no voy a permitir que te maten.
—Algunos lo llaman tonterías, otros osadías —dijo el guardabosque.
—A lo mejor son uno y el mismo —precisó Juraviel.
Elbryan dio una palmada en el hombro del elfo y todavía estaban riéndose cuando Pony avanzó a través del bosquecillo de pinos para reunirse con ellos.
—Las noticias sobre los pueblos son buenas, ¿no? —dedujo la mujer.
—No —dijeron Elbryan y Juraviel al unísono.
Pony se sobresaltó, sorprendida ante la alegría que ambos expresaban.
—Estábamos discutiendo acerca de los alocados propósitos de Elbryan —explicó Juraviel—: meterse en pleno campamento enemigo y matar a sus dos líderes, aunque uno es un powri, la criatura más resistente y tenaz que jamás haya existido, y el otro es un enorme y temible gigante.
—¿Y lo encuentras divertido? —preguntó Pony a Elbryan.
—Naturalmente.
La mujer inclinó la cabeza; se preguntaba sinceramente si la tensión de sus vidas estaba al fin haciendo mella en su compañero.
—No voy a irrumpir en el campamento abiertamente —corrigió el guardabosque, mientras miraba fijamente al elfo—. Por supuesto, entraré a hurtadillas, sigiloso como una sombra, sin que me inviten, como la muerte.
—Y muerto como un trozo de madera —acabó por decir Juraviel, y ambos estallaron otra vez en risas.
A Pony, que comprendió que había parte de verdad bajo aquella frivolidad, aquello no le divertía.
—Basta de tonterías —les reprendió—. Tenéis a cien combatientes paseando ansiosamente, preguntándose si van a morir esta noche, esperando tu decisión.
—Y mi decisión, sobre la que volveré a insistir, es que se retiren —dijo Elbryan en tono serio.
—No estoy segura de que te escuchen —admitió Pony pues durante la ausencia del guardabosque, las charlas habían alcanzado un estado febril a favor de expulsar a los monstruos.
—No podemos atacar los pueblos —explicó el guardabosque—, pues los powris cuentan con más gigantes, incluyendo uno que dispone de una armadura con magia negra del Dáctilo.
Pony suspiró profundamente y confió que la gente los escucharía. Recordaba aquella armadura de cuando lucharon en Barbacan y comprendió que cualquiera de los refugiados que se acercara a ese nuevo aliado caería fulminado. Miró a Elbryan y reconoció la expresión de peligro en su rostro.
—Tenemos que limitarnos a explicarles que deben esperar uno o dos días más antes de la batalla, hasta que podamos averiguar el poder de nuestros nuevos enemigos —razonó Elbryan.
—Pero sigues pensando en ir allí y luchar esta misma noche —supuso Pony.
—Quiero encontrar el modo de destruir a ese gigante y a Kos-kosio Begulne —admitió Elbryan—. Sería un gran golpe para nuestros enemigos, y podría causar suficiente confusión para permitirnos escapar de los demás monstruos y llevar a esa gente a Palmaris.
—En ese caso, vamos a dilucidar cómo podríamos llevar a cabo esa empresa —dijo Pony con calma, poniéndose ante Juraviel e inclinándose. Levantó un palo, se lo tendió al elfo y limpió el suelo de pinaza.
—Para empezar, un mapa —pidió.
Juraviel miró a Elbryan; ambos se sorprendieron al ver que Pony, normalmente más conservadora que el guardabosque, se había mostrado enseguida de acuerdo, a pesar de los monstruos recién llegados al pueblo. Y Juraviel también se preguntaba si ese giro de los acontecimientos habría hecho cambiar al Pájaro de la Noche de parecer. ¿Seguiría dispuesto a involucrar a su amada en una misión tan peligrosa?
El guardabosque inclinó la cabeza para asentir, con expresión severa, en respuesta a esa pregunta no verbalizada. Él y Pony habían estado juntos en demasiadas ocasiones como para que ahora él pudiera pensar en excluirla de una lucha tan decisiva. Si bien había planeado mantener apartado a Juraviel de la pelea —pues después de todo las armas diminutas de un elfo no eran muy prácticas contra un gigante—, desde el primer momento había previsto ejecutar el ataque con Pony a su lado.
A esa hora la luz diurna se apagaba deprisa, de forma que Pony sacó el diamante y aportó una pequeña esfera de luz. En un momento Juraviel tuvo dibujado el mapa del pueblo de Caer Tinella.
—No puedo estar seguro de dónde estará Kos-kosio Begulne —explicó el elfo—. Pero sólo hay tres edificios donde puede caber un gigante —los señaló en el mapa—. Establos —explicó—. Y éste es el más apropiado para el jefe de los gigantes —su puntero indicaba el esbozo de un gran edificio casi en el centro del pueblo.
»No tienen una defensa organizada, por lo que yo sé —prosiguió el elfo—. Aparte de las barricadas y de algunos centinelas apostados.
—Los powris suelen estar preparados —dijo Pony—. Es más probable que las tengan camufladas.
—Pero ese grupo ha tenido pocos problemas últimamente —repuso Juraviel.
—Excepto la batalla del bosque —dijo Elbryan.
—Y el robo de los prisioneros —añadió Pony.
—Pero no han sufrido verdaderos ataques contra el pueblo —explicó el elfo—. Y dudo que esperen uno, pues disponen de gigantes fomorianos muy visibles para cualquiera que pensara atacar.
—Pero dado que Roger ha demostrado su habilidad para entrar en el pueblo a voluntad y ha escapado de sus garras, el anillo defensivo en torno a los jefes, en particular en torno a Kos-kosio Begulne, quizá sea muy estrecho —razonó Pony.
—Y allí precisamente es donde quiero ir —añadió Elbryan.
—No es tarea fácil —dijo Juraviel.
—Nunca lo es —respondió el guardabosque.
—Pero vas a intentarlo, en cualquier caso —comentó el elfo.
Elbryan miró a Pony.
—Esta misma noche —explicó—. Primero buscaré a Belster y a Tomás Gingerwart y les contaré nuestros planes, y qué deberían hacer en función de si Pony y yo triunfamos o no.
—¿Y mi papel? —preguntó el elfo.
—Servirás de enlace entre Belster y yo —explicó Elbryan—. Pronto te darás cuenta del cariz que tomará la batalla, sin duda, y cuanto antes esté sobre aviso Belster, mejor podrá reaccionar.
Juraviel se quedó mirando a Elbryan fijamente un buen rato, al hombre que había merecido que los Touel'alfar le atribuyeran el nombre de Pájaro de la Noche. El elfo sintió que en aquel momento la incrédula Tuntun estaba con él, que la elfa admitía de todo corazón que se había equivocado en su juicio inicial sobre Elbryan Wyndon, la «sangre de Mather», tal como ella lo había llamado a menudo con sarcasmo. Tuntun nunca había creído que Elbryan daría la talla como guardabosque y había creído que era estúpido y torpe. No obstante, había descubierto que era muy distinto, hasta el punto que de buen grado sacrificó su vida para salvar a aquel joven... a pesar de que los elfos no suelen ser altruistas con los humanos. Y si ella estuviera ahora allí, Juraviel lo sabía, para testimoniar la serena determinación y el sincero sentido del deber con el que Elbryan afrontaba aquella lucha increíblemente peligrosa, podría llamarle una vez más «sangre de Mather», pero ahora con un sincero afecto.
—Tu papel en esta batalla se limitará a las piedras —explicó Elbryan a Pony mientras se encaminaban pausadamente hacia Caer Tinella. Belster y Tomás habían estado de acuerdo en que la batalla tenía que demorarse hasta que hubieran conseguido más información, pero no sabían que el guardabosque tenía intención de emprenderla por su cuenta.
Pony le echó un escéptico vistazo.
—Me he entrenado duramente —replicó.
—Y bien...
—¿Pero no confías en mí para dejarme luchar con la espada?
Antes de que ella acabara, Elbryan negaba con un gesto de la cabeza.
—Estás a medio camino entre dos estilos de lucha —explicó—. Tu cabeza te dicta el siguiente movimiento, pero tu cuerpo está todavía acostumbrado al otro estilo. ¿Vas a dar una estocada o a acuchillar? Y en el instante en que tienes que decidir, el arma de tu enemigo te alcanza.
Pony se mordió el labio, tratando de encontrar una respuesta lógica. Ya era capaz de realizar muy bien la danza de la espada, pero a una velocidad inferior a la de una lucha real. Al final de cada sesión, cuando Elbryan aceleraba el proceso, no podía seguir el ritmo, atrapada, tal como él había dicho, entre lo que pensaba y lo que recordaban sus músculos.
—Dentro de poco tiempo —le prometió Elbryan—. Hasta entonces, eres más útil con las piedras.
Pony no discutió.
La pareja se unió a Juraviel en un altozano que dominaba Caer Tinella por el nordeste; la elevada atalaya les ofrecía una completa panorámica de la ciudad. Las nuevas barricadas que rodeaban los edificios del centro destacaban tal y como Juraviel las había descrito, pero los tres fijaron su atención en una enorme hoguera que ardía en el rincón sureste, en el lado opuesto de donde estaban.
—Lo investigaré —dijo voluntarioso el elfo.
Elbryan asintió y miró a Pony.
—Localízalos con la piedra del alma —le dijo el hombre, y entonces se dirigió a Juraviel y añadió—: Si Kos-kosio Begulne y Maiyer Dek están en el granero, allí iremos Pony y yo. Controla nuestro avance en el pueblo, luego regresa aquí para recoger a Sinfonía, ya que sospecho que tendré que dejar el caballo. Entonces, no tienes más que esperar y vigilar.
—Espera un momento —le corrigió Belli'mar Juraviel; su tono manifestaba que no pensaba dejarse disuadir—. No es normal esa hoguera; haríais bien en dejarme averiguar su significado antes de ir al pueblo.
—Sólo tendremos una oportunidad con aquellos dos —dijo Pony a Elbryan, mostrando con la cabeza su acuerdo con la opinión de Juraviel—. Pero debemos asegurarnos de que el momento es el adecuado.
—Daos prisa, entonces —les dijo a ambos amigos un impaciente Elbryan.
Antes de que Juraviel pudiera contestar, un grito procedente del pueblo rompió la quietud de la noche.
—¡Otro a la hoguera! —exclamó un atronador rugido, la voz de un gigante—. ¿Lo estás viendo, Pájaro de la Noche? ¿No ves cómo mueren los hombres por tu culpa?
Los tres aguzaron la vista en la distancia, concentrándose en las llamas. Vieron las siluetas de tres cuerpos, dos powris y un hombre, eso parecían, y contemplaron con horror cómo el hombre era arrojado a una pira ardiente.
Sus gritos de dolor atravesaron el aire.
El Pájaro de la Noche soltó un gruñido de cólera, se dio la vuelta, desmontó a Pony del caballo y en el mismo fluido movimiento echó mano del arco.
—¡No, guardabosque! —advirtió Juraviel—. ¡Eso es exactamente lo que quieren!
—Lo que creen que quieren —replicó con aspereza el guardabosque—. ¡Ayúdame con tus flechas, hacia el muro! —Clavó con fuerza sus talones en los costados de Sinfonía y el imponente semental salió corriendo como un rayo colina abajo, cargando hacia el pueblo. Juraviel se apresuró a seguirlo medio corriendo y medio volando, y Pony cambió las gemas y guardó la hematites.
El Pájaro de la Noche salió de entre la protección de los pinos a pleno galope y cruzó el pequeño campo ante la muralla improvisada con Ala de Halcón en alto y preparado. Su primera flecha alcanzó a un desprevenido trasgo en un lado de la cabeza y lo lanzó por encima del muro. La segunda alcanzó a otro trasgo en el pecho en el preciso momento en que levantaba el brazo para arrojarle una lanza.
Pero el factor sorpresa se evaporó y el muro se llenó de enemigos, trasgos y powris. Rugiendo, demasiado enfurecido y demasiado desesperado para considerar otra alternativa, el guardabosque se inclinó sobre el cuello de Sinfonía y lo espoleó para que siguiera adelante.
Entonces caballo y jinete tropezaron; poco faltó para que Sinfonía cayera mientras la explosión de un rayo atronaba justo a su lado y chocaba contra la barricada, partiendo troncos y lanzando trasgos y powris por todas partes.
El guardabosque y su corcel se recuperaron enseguida, sin apenas perder impulso. Lanzado a la carrera, arrancando la hierba, el poderoso semental saltó la barrera de casi dos metros, elevándose por encima de monstruos muertos o aturdidos y batiendo el suelo en una carrera mortal. Cuando el guardabosque hizo dar un viraje cerrado al caballo para cargar entre dos edificios, varias flechas pasaron silbando muy cerca de él. Dobló veloz otra esquina y más enemigos surgieron ante él. Bajó por una callejuela e irrumpió en la plaza del pueblo, pero volvió de nuevo sobre sus pasos, pues el lugar estaba infestado de powris, y bajó a todo correr por otra estrecha callejuela.
Mientras se acercaba a un tejado bajo, el Pájaro de la Noche se colgó Ala de Halcón al hombro, desenvainó Tempestad y se puso en pie sobre el caballo con las piernas muy separadas y dobladas para mantener el equilibrio. Mediante la turquesa incrustada en el pecho del caballo, se comunicaba con Sinfonía y le ordenaba que mantuviera una carrera uniforme y que avanzara pegado al edificio que quedaba a mano derecha.
Un trasgo se levantó en el preciso instante en que el Pájaro de la Noche se le echaba encima. Al tajo de Tempestad poco le faltó para no decapitarlo; el guardabosque se apresuró a liberar la espada de un tirón; en seguida volvió a acuchillar a un segundo trasgo pinchando debajo de la barbilla.
El Pájaro de la Noche se dejó caer para sentarse de nuevo, deslizó Tempestad entre el muslo y la silla de montar y volvió a preparar el arco, disparando mientras cabalgaba. Un powri brincó para cortarle el paso, y otro lo intentó sobre un tejado a la izquierda. El Pájaro de la Noche se concentró en el objetivo más alto y le disparó una flecha al pecho mientras el monstruo le arrojaba una lanza. Sinfonía se ocupó del powri que estaba en la calle y atropelló al enano, que se quedó dando traspiés, pero resistiendo con energía.
El Pájaro de la Noche se las apañó para poner el arco de través y, así, desviar parcialmente aquella bien dirigida lanza; ese movimiento defensivo a buen seguro le salvó la vida, aunque la lanza le alcanzó en cualquier caso y le rozó el hombro: se le enganchó en la camisa y le desgarró la tela. Con un gruñido, el Pájaro de la Noche tiró de ella y la soltó creyendo que caería al suelo.
Pero la lanza fue a parar debajo del brazo, como si la empuñara, mientras se acercaba a un portal abierto y un powri salía y cargaba contra él. El powri levantó el escudo, pero no con suficiente rapidez, y la punta de la lanza pasó por encima del escudo y alcanzó al vociferante enano en plena boca, golpeándole los dientes; luego, se hundió más profundamente, le atravesó la nuca y se clavó en la madera de la jamba de la puerta.
El Pájaro de la Noche dejó ir el arma y ni siquiera tuvo tiempo de mirar atrás y ver su trabajo.
El powri, clavado de pie, se agitó espasmódicamente varias veces antes de morir.
El Pájaro de la Noche dobló veloz una esquina, luego otra, para avanzar hacia el extremo nordeste del pueblo. Tomó otra curva y se encontró con problemas, pues allí, bloqueándole el paso, había un par de gigantes, enormes criaturas a las que una simple flecha no podía derribar y que Sinfonía tampoco podía atropellar.
Cuando Juraviel llegó hasta la maltrecha barricada, no había ni un monstruo, ya que los pocos que habían sobrevivido a la carga del guardabosque y a la explosión de Pony se habían dispersado por las calles de Caer Tinella en pos de la veloz y esquiva carrera de Sinfonía. Con un batir de alas, Juraviel salvó el muro y se fue hacia el tejado de uno de los edificios adosados a él. En el extremo opuesto del tejado había un trasgo, brincando como un loco e indicando a gritos a sus camaradas que estaban en la calle los lugares por donde iba pasando el raudo jinete.
Juraviel avanzó lentamente hasta situarse a unos cinco pasos, con el arco en la mano. Hincó una rodilla en el suelo para que el disparo tuviera mejor ángulo, y su flecha alcanzó al trasgo justo debajo de la base del cráneo en dirección ascendente. La criatura se movió compulsivamente en el extremo del tejado y cayó pesadamente a la calle, de espaldas, completamente muerto.
Un movimiento desde atrás provocó que el elfo se diera la vuelta con otra flecha lista para volar. Afortunadamente no disparó, pues el cuerpo que gateaba sobre el borde del tejado no era ni un trasgo ni un powri, sino un hombre, de complexión delgada, que se movía con gran agilidad.
—¿Qué estás haciendo aquí? —murmuró el elfo cuando Roger se reunió con él y se agachó a su lado.
—Una pregunta que también podría hacerte yo —contestó el joven. Su mirada se centró en la hilera de prisioneros—. Debe de haber unos treinta —dijo, y al punto se encaminó hacia la esquina sureste del tejado.
Juraviel le dejó ir sin seguirlo. Cuántos más fueran los ángulos desde donde atacar a los monstruos, mayor confusión podrían sembrar; y esa confusión podría ser lo único que permitiría al insensato Pájaro de la Noche salir con vida de aquel lugar.
Otro batir de alas llevó al elfo hasta otro tejado, más hacia el interior del pueblo y en dirección norte; desde allí dominaba muy buenos blancos. Disparó una, dos, tres veces; y sus flechas alcanzaron a un powri y a un gigante, y aún a otro powri al otro lado; no mató a ninguno, aunque su última flecha hirió de gravedad al enano, pero provocó gritos de rabia y evitó que la atención, por lo menos de los grupos vecinos, se centrara en su amigo. Los monstruos se acercaron al edificio desde todas direcciones.
Juraviel ascendió en la oscuridad de la noche y luego inclinó su vuelo ligeramente para aterrizar en otro edificio. Corrió hacia el extremo más alejado del tejado, lanzó una flecha contra un trasgo desprevenido como medida de seguridad, y después batió las alas para alcanzar otro edificio: el gran granero central.
A su espalda dejó una estela de gritos y aullidos de monstruos que ya no creían que el guardabosque hubiera entrado solo en la ciudad.
Los cascos de Sinfonía arrojaron tierra a considerable distancia cuando el guardabosque lo obligó a ladearse mucho para tratar de pasar a la derecha de los gigantes. El monstruo más cercano alzó su palo, pero el guardabosque fue más rápido, empuñó de nuevo Tempestad y lo acuchilló, alcanzando a la enorme criatura por debajo del codo del brazo que tenía levantado.
El gigante rugió de dolor y no pudo rematar su golpe, y así el Pájaro de la Noche y su caballo pudieron sobrepasarles; parecía que por delante el camino estaba despejado.
Pero entonces apareció otro gigante que les bloqueó el paso; el sendero se estrechaba más arriba, de modo que el guardabosque no tenía el menor espacio para pasar. Cruzó Tempestad sobre su regazo, y volvió a coger Ala de Halcón; en un abrir y cerrar de ojos puso una flecha y apuntó con el arco.
Sólo podría disparar una vez.
Tenía que ser perfecto.
La flecha, lanzada desde unos cinco metros de distancia, alcanzó al gigante justo en un ojo. ¡Cómo aullaba! Se llevó las manos a la cara y se dio media vuelta gritando y chillando.
—¡Sigue corriendo! —ordenó el Pájaro de la Noche al caballo. Blandió a Tempestad; apretó las piernas en los flancos del poderoso semental, y Sinfonía interpretó las órdenes del Pájaro de la Noche, comprendió lo desesperado de la situación, obedeció de buen grado sin aflojar la carrera y embistió a la enorme criatura a pleno galope.
Al mismo tiempo, el guardabosque consiguió un buen golpe, pues la espada acuchilló con fuerza la parte lateral del cuello del tambaleante gigante. El bruto se desplomó, y Sinfonía, aturdido, mantuvo el equilibrio mientras el Pájaro de la Noche tiraba con energía para que el caballo se diera la vuelta hacia los otros dos que se acercaban.
—Mantén a éste alejado del combate —ordenó el guardabosque a Sinfonía, y entonces tiró al suelo la espada y tomó el arco; dio una voltereta desde el lomo del caballo, preparó una flecha mientras la daba, y disparó al completarla y quedar de pie. El proyectil se hundió profundamente en un hombro del gigante, pero la enorme criatura apenas pareció darse cuenta.
El guardabosque conjuró imágenes de los pobres prisioneros del otro lado del pueblo, hombres a los que estaban quemando vivos en las hogueras de los powris; esas escenas le llenaron de rabia y de esa rabia extrajo fuerza. Alargó el brazo para recoger Tempestad, y la hoja mágica, al escuchar su silenciosa llamada, voló a su mano y resplandeció gracias a su energía interna. El Pájaro de la Noche, demasiado concentrado para advertir siquiera el prodigio ofrecido por su espada, cargó hacia adelante.
Su ataque sorprendió a los gigantes lo suficiente como para permitirle apoyarse sobre una rodilla y agacharse soslayando por debajo el golpe lateral de uno de los brutos. Dirigió rápidamente la espada hacia fuera y golpeó con violencia la rótula de la enorme criatura; mientras el monstruo levantaba instintivamente la pierna para sujetarse la herida, el guardabosque corrió hacia adelante, justo por debajo de la pesada bota que el gigante había levantado y se lanzó de cabeza más allá de la otra pierna, para quedar fuera del alcance de la segunda enorme criatura, que se acercó a la primera dispuesta a golpearlo.
El Pájaro de la Noche pivotó y atacó una vez y luego otra; en las dos ocasiones consiguió apuñalar al gigante en las nalgas. El bruto se dio la vuelta y se balanceó con violencia; en una mano llevaba un palo y con la que le quedaba libre se tocaba alternativamente el hombro alcanzado por la flecha, la rodilla acuchillada y el culo apuñalado.
El palo golpeó en algún lado, pero lejos de donde estaba el ágil guardabosque; éste se agachó y dejó que el palo le pasara por encima de la cabeza; entonces se levantó con energía buscando la mano del gigante, atacó y lo alcanzó de nuevo justo en la muñeca.
La enorme criatura aulló y soltó el palo.
Pero aquella maniobra situó al Pájaro de la Noche en una delicada situación respecto al segundo gigante, de modo que no pudo evitar del todo el golpe lateral del palo del bruto, que lo alcanzó en el hombro y lo hizo volar; el guardabosque dio una voltereta en el aire y cayó de cabeza; volvió a dar otra y, al fin, otra más mientras se estrellaba contra el suelo en un desesperado intento de amortiguar el choque.
Con una pirueta recuperó la posición y examinó a su enemigo. Verdaderamente, era el gigante más feo que jamás había visto, con un labio arrancado y un llamativo tatuaje de un trasgo partido por la mitad que le cubría la frente. Además, le faltaba una oreja y en la otra ostentaba un gran colgante de oro. Riendo perversamente, el bruto miró a su maltrecho compañero y asintió mientras el otro monstruo le indicaba que aún estaba en condiciones de luchar. El horrible bruto empezó a avanzar con paso majestuoso.
Incluso para el guardabosque adiestrado por los elfos, dos gigantes eran demasiado.
Pero por lo menos sólo quedaban dos, observó el Pájaro de la Noche, echando una ojeada a Sinfonía. El gigante que yacía en el suelo trató de levantarse, pero el caballo piafó repetidamente sobre la cabeza del monstruo golpeándosela con los cascos delanteros.
El gigante, ciego de un ojo, estiró los brazos con desesperación, y de nuevo trató de levantarse mientras Sinfonía se daba la vuelta.
No obstante, el poderoso semental sólo estaba tomando posiciones para cocear al bruto; en efecto, cuando el gigante se había medio incorporado, Sinfonía le lanzó varias coces con sus patas traseras y lo alcanzó violentamente en plena cara; el gigante se desplomó en el suelo.
Entonces el caballo se le acercó otra vez a la cabeza pateándosela repetidamente con las patas delanteras.
El Pájaro de la Noche no vio la última acción, pues estaba demasiado ocupado en alejarse a toda prisa de la súbita lluvia de golpes del gigante más cercano: golpes propinados por lo alto que no podían esquivarse. La tierra temblaba a cada uno de aquellos tremendos impactos.
El otro gigante recuperó su palo, pero no parecía tener prisa por reunirse con su compañero.
El Pájaro de la Noche escuchó cómo sus perseguidores se le acercaban por todas partes y supo que no había escapatoria.
Pony no había estado ociosa. Después de la explosión del rayo que derribó la barricada y que despejó el camino a Elbryan y a Juraviel, y luego, aunque ella no lo sabía, a Roger Descerrajador, la mujer bajó corriendo por la pendiente virando hacia el norte. Trató de seguir la pista de los movimientos del guardabosque dentro del pueblo por el ruido de los gritos de los monstruos y el sonido metálico del silverel mientras la espada realizaba su trabajo; estaba completamente segura de que su amado también estaba avanzando por el extremo norte.
La carrera de Pony se convirtió en una sucesión de cortas ráfagas, corriendo desde un lugar protegido a otro, sin dejar de mirar hacia atrás, hacia el pueblo, con objeto de pescar alguna información. Vio las cabezas de dos gigantes, vio a uno de los dos que se movía bruscamente y gritaba de dolor, y supo que el Pájaro de la Noche los había atacado. Cuando la cabeza y los hombros de un tercer gigante se encumbraron por encima de los edificios bajos, Pony se dio cuenta de que su amado estaba en una situación apurada.
La mujer rebuscó en su bolsa de piedras, tratando de encontrar alguna que pudiera ayudarla. El rubí no servía, pues no tenía tiempo de llegar adonde estaba Elbryan. Podría utilizar el grafito para provocar la descarga de un rayo por encima de los tejados, pero temía herir a su amado, en especial si estaba luchando cuerpo a cuerpo.
Decidió utilizar la malaquita y cogió con firmeza la piedra verde. Con ella podría hacer levitar a uno de los brutos y mantenerlo flotando en el aire para que las circunstancias de la lucha fueran un poco más equilibradas.
Mientras sacaba la piedra, sin embargo, vio otra, la piedra imán, y pensó que sería aún más adecuada.
Pony alzó la mano y apuntó: concentró la vista a través de la magia de la gema buscando una diana metálica contra la cual pudiera lanzar el proyectil.
¡Pero parecía que no había ninguna; los gigantes no llevaban armadura y empuñaban palos de madera!
Pony gruñó y buscó con más atención, pero siguió sin encontrar nada. Estaba a punto de coger otra vez la malaquita —su corazón se aceleró al ver que otro gigante se caía—, cuando al fin halló una ligera atracción que provenía del lado de la cabeza del gigante que quedaba, de una zona próxima a la oreja.
El Pájaro de la Noche saltó hacia adelante y hacia un lado para evitar otro golpe de arriba abajo. Tempestad se movió rauda con una repentina estocada, pero el gigante ya había girado su enorme cuerpo, poniendo extremidades y torso fuera de su alcance.
Está bien adiestrado, se dijo el guardabosque. Dio una nerviosa mirada hacia un lado y vio que el otro gigante estaba observándolo.
Entonces se enzarzó con el horrible bruto en una segunda ronda de ataque y defensa, de nuevo sin un vencedor claro, aunque esta vez el Pájaro de la Noche consiguió un impacto de escasa importancia. El gigante se limitó a aullar —de risa, no de dolor— y su compañero pareció recuperarse aún más y disponerse a entrar en combate.
—¡Argh, ya te tengo! —bramó la fea y enorme criatura, pero sus palabras terminaron de golpe mientras su cabeza se desplomaba bruscamente hacia un lado. El monstruo volvió a enderezar la cabeza, pero sus ojos ya no veían al guardabosque, velados súbitamente por la oscuridad. Sin hacer ni siquiera un movimiento para amortiguar la caída, el gigante se desplomó boca abajo sobre el barro.
El colgante había desaparecido, observó el Pájaro de la Noche. ¡No, no había desaparecido, sino que había sido empujado, llevado a través del cráneo hasta el cerebro!
Sin desperdiciar ningún golpe, el guardabosque la emprendió con el último gigante y rugió victorioso; el fomoriano se desplomó sobre sí mismo y aplastó a un powri que doblaba la esquina tratando de huir.
El guardabosque comprendió aquel misterio claramente y se lo agradeció a Pony, pues sabía que ella era la causa; luego, partió el cráneo del gigante por la mitad con Tempestad y extrajo la magnetita de entre la sangre derramada.
—¡Sinfonía! —gritó y se apresuró a coger el arco.
El imponente caballo relinchó y se dio la vuelta deteniéndose tan sólo para pegar otra doble coz a la cara del gigante, que yacía boca abajo. Sinfonía se acercó al Pájaro de la Noche a medio galope y el guardabosque montó de un brinco en la silla, deslizó Tempestad por debajo del muslo y colocó en un ágil movimiento a Ala de Halcón en posición de tiro.
Disparó contra el powri que el gigante había aplastado mientras con tozudez trataba de ponerse en pie; por precaución hizo que Sinfonía atropellara al desgraciado enano, avanzó por la parte despejada que había detrás del powri y giró rápidamente hacia abajo por otra callejuela; la persecución proseguía una vez más.
A diferencia del guardabosque, Roger Descerrajador estaba haciendo todo lo que podía para no llamar la atención. El ágil ladronzuelo avanzaba con mucho cuidado: saltaba de tejado en tejado cuando los edificios estaban lo bastante próximos, o bajaba por un edificio y subía por otro en caso contrario. En dos ocasiones se topó sin querer con un enemigo en el mismo tejado, pero en ambas mantuvo la calma y tan sigiloso como una sombra siguió avanzando sin ser advertido, ya que los enemigos, fueran trasgos o powris, estaban inevitablemente distraídos por el tumulto que iba sembrando el guardabosque.
La hoguera guió sin error a Roger a través de Caer Tinella hasta que se encaramó a un tejado a no más de siete metros de los andrajosos prisioneros, unos treinta, sentados en el suelo, desesperados y encadenados unos a otros por los tobillos. Había muchos monstruos alrededor; dos en particular, un enorme gigante, el mayor que Roger había visto nunca, y un nervioso Kos-kosio Begulne, llamaron su atención; y, al parecer, también llamaron la atención de todos los demás monstruos que estaban en la zona.
—¡Estamos perdidos! —aulló el powri—. ¡Ha llegado el Pájaro de la Noche y todo el mundo se ha convertido en un lugar maldito!
El gigante sacudió la enorme cabeza y ordenó con calma al powri que se callara.
—¿Acaso no eres tú quien quería traerlo aquí?
—¡Y tú qué sabes! —le espetó el powri—. Tú no estabas allí, en medio de la lucha, cuando nos diezmó en el valle.
—Ojalá hubiera estado —dijo el gigante secamente. Aquello dio que pensar a Roger. ¿Un gigante con talento? El simple hecho de pensarlo le produjo un escalofrío a lo largo del espinazo; a menudo, el único punto débil de un gigante estaba entre sus orejas.
El joven se encogió de hombros, se deslizó por la parte trasera del edificio, protegido de la luz de la hoguera, se metió de puntillas entre la hilera de prisioneros humanos y se sentó entre dos hombres, que se quedaron muy sorprendidos e inquietos. Ambos lograron mantener la calma y Roger, con la herramienta desbloqueadora en la mano, se dispuso a manipular los grilletes.
—¡Condenados, te repito! —protestó el powri—. ¡Nosotros dos!
—Tienes razón a medias —respondió sin inmutarse el gigante.
Con un súbito movimiento, Maiyer Dek levantó a Kos-kosio en el aire y lanzó al powri a la pira ardiente como si fuera un trasto. El enano gimió y gateó para librarse de las llamas, pero éstas prendieron en su ropa y en su pelo y le quemaron la carne; ni siquiera las abrazaderas mágicas que el enano había cogido del caído Ulg Tik'narn pudieron salvarle de una muerte horrible.
Se armó una gran confusión entre todos los monstruos allí reunidos: algunos gritaban para que se ejecutase a los prisioneros, otros —todos ellos powris— para amotinarse contra el gigante.
Y en medio de toda aquella algarabía, Roger Descerrajador proseguía con calma su trabajo; se desplazaba por la hilera de prisioneros para abrirles los grilletes ordenándoles sin cesar que conservaran la serenidad hasta que estuvieran todos libres.
—¡Escuchadme! —rugió Maiyer Dek, y fue imposible que nadie a menos de cien metros no oyera su retumbante y atronadora voz—. ¡Sólo se trata de un humano, un encanijado humano! ¡Cien monedas de oro del rey y diez prisioneros para el que me traiga la cabeza del Pájaro de la Noche!
Aquello puso a los monstruos en movimiento, haciéndolos brincar y chillar de excitación, y muchos de ellos se precipitaron corriendo hacia el lugar de la pelea.
Durante sólo una fracción de segundo, Roger Descerrajador acarició la idea de que aquellos monstruos atraparían y matarían a Elbryan. Pero acto seguido, con un gruñido sordo, el joven se culpó a sí mismo por abrigar semejantes pensamientos y en silencio agradeció al guardabosque que de nuevo captara la atención de los monstruos y le permitiera acabar su trabajo; y, mientras abría grillete tras grillete, Roger Descerrajador rezaba para que Elbryan pudiera escapar sano y salvo.
—Aquí estoy, Pájaro de la Noche —pronunció una voz que sonó como una bendición por encima del guardabosque, mientras éste daba una vuelta cerrada en torno a un edificio con los monstruos pegados a sus talones. Oyó el sonido de un arco élfico al ser tendido y bruscamente disparado, luego un batir de alas, y poco después Belli'mar Juraviel estaba montado sobre Sinfonía, detrás de él, con el arco en la mano.
—Dispara contra los que están frente a ti, yo te cubriré los flancos y la retaguardia —propuso el elfo, mientras disparaba otra flecha. Su cuadrillo dio en el blanco y consiguió un buen impacto en la cara del gigante, pero la enorme criatura se limitó a rugir y a librarse de él de un manotazo.
—¡Aunque me temo que me quedaré sin flechas antes de que consiga matar a un solo gigante! —añadió Juraviel.
No importaba demasiado en cualquier caso, pues ninguno de los monstruos conseguía acercarse al veloz Sinfonía. Con la cabeza agachada y resoplando, el semental azotaba el suelo y el guardabosque, telepáticamente vinculado al caballo por la turquesa, no necesitaba sus manos para guiarlo. Los monstruos que aparecían de frente o en un ángulo que les hubiera permitido interceptarles el paso se encontraron con el rayo del imponente arco del Pájaro de la Noche y con el martilleo de los cascos de Sinfonía; y los tres compañeros prosiguieron su veloz carrera y no tardaron en desembocar en el callejón que recorría el oeste de Caer Tinella, justo por la parte interior de la barricada.
Sinfonía, y el guardabosque no pudo menos que celebrarlo de todo corazón, resbaló al detenerse bruscamente.
—No podemos vencerlos —dijo Juraviel, mientras miraba más allá de guardabosque, hacia las hogueras y hacia las docenas de monstruos que pululaban por todas partes por delante de ellos.
El Pájaro de la Noche gruñó y espoleó los flancos del caballo.
—¡No! —le reprendió Juraviel—. Tu carrera ha sido magnífica y valiente, pero continuar es una absoluta insensatez; ¿qué esperanza les quedará a esos hombres si ven caer al Pájaro de la Noche delante de ellos? ¡Te digo que saltemos el muro! ¡Es la única salida!
El Pájaro de la Noche estudió la situación que se le planteaba, oyó a los monstruos que se acercaban por detrás y por el este. No veía otra opción, de manera que agarró las riendas con fuerza y orientó la cabeza del caballo hacia el oeste, hacia la barricada y, más allá, hacia la negrura de la noche.
Afuera, en la oscuridad, a sólo unos pocos metros del muro, Pony, perpleja, trataba desesperada de improvisar algo. No sabía con exactitud dónde se hallaba el guardabosque, aunque estaba casi segura de que había llegado al extremo del pueblo y no tenía tiempo de utilizar el cuarzo o la hematites para intentar encontrarlo. Por lo tanto, no podía arriesgarse a provocar la descarga de un rayo o cualquier otro ataque mágico de importancia.
Pero ¿y si utilizara aquella otra?
En la mano tenía un diamante, la fuente de luz y de calor. Pony comprendió que existía un delicado equilibrio en la magia de aquella gema, pues en sus profundidades la luz y la oscuridad no eran absolutas sino diversas gradaciones de una y otra. Por consiguiente, un diamante podía producir un brillante resplandor o una luz débil. Pony se preguntó qué ocurriría si inclinaba el fiel de la balanza en la otra dirección.
—Es una magnífica ocasión para hacer experimentos —murmuró con sarcasmo; ni siquiera había acabado de decirlo cuando ya estaba sumergiéndose en la magia de la piedra; encontró el punto de equilibrio, se lo imaginó como una lámina circular colocada sobre la punta de una aguja de hacer calceta. Si levantaba el borde más próximo de esa lámina, produciría mucha luz.
En lugar de eso, lo bajó.
El gran fuego languidecía; todas las antorchas parecían brillar con luz mortecina y se fueron debilitando, hasta que no hubo más que diminutos alfileres luminosos. Al principio, el Pájaro de la Noche pensó que una ráfaga de viento debía de haber barrido la zona, pero por encima de su cabeza, supuso, ya que él no había notado brisa alguna. Sin embargo, aquello no tenía sentido, pues ¿qué viento podría con tanta facilidad hacer languidecer un fuego tan grande como aquella pira ardiente?
Entonces reinó la oscuridad, sólo la oscuridad, y Sinfonía, encarado al muro del oeste, vaciló, incapaz de distinguir la barricada para calcular el salto.
—Jilseponie con las piedras —dedujo Juraviel, aunque tenía miedo de que no fuera así; tenía miedo de que aquella oscuridad fuera obra del demonio Dáctilo. Juraviel había encontrado a la bestia en una ocasión, poco después de separarse de la expedición del guardabosque para llevar a algunos refugiados al lugar seguro que era Andur'Blough Inninness; y en aquella ocasión el Dáctilo se había rodeado con una nube de oscuridad. No exactamente como aquélla, sin embargo; la negrura del Dáctilo era más una oleada de desesperación en el corazón que una ausencia de luz en los ojos.
—Están ciegos —repuso el Pájaro de la Noche, observando los frenéticos movimientos de los monstruos a lo largo del callejón. Se dio cuenta de que ya no podían verlo a él, ni podían ver el suelo que pisaban, ni los muros que tenían delante.
—Tanto como yo —se apresuró a contestar Juraviel, y aquello hizo reflexionar al guardabosque. Había creído, o había deseado, que Pony hubiese generado algún encantamiento para dejar ciegos a los enemigos; pero, ¿por qué Juraviel también estaba afectado, y por qué en cambio él podía ver?
—Debe de ser cosa del ojo de gato —razonó, sintiendo el aro con la gema en su cabeza. Aquélla tenía que ser la respuesta, pero en cualquier caso, el Pájaro de la Noche no iba a desaprovechar la oportunidad que le brindaba el destino. Se comunicó con el caballo, y ordenó a Sinfonía que diera la vuelta y bajara por el callejón en dirección a la hoguera junto a la que estaban los prisioneros; luego guió al semental con la turquesa, tal como muy a menudo había hecho antes, y dejó que Sinfonía «viera» a través de sus ojos.
—Agárrate fuerte —le pidió el Pájaro de la Noche al elfo, y Juraviel obedeció de buen grado, ya que en cualquier caso tampoco podía utilizar su arco.
Al final del callejón atacaron: el Pájaro de la Noche puso todo su empeño en que Sinfonía diera los virajes oportunos para poner en fuga a trasgos y powris, y para mantenerse lejos de los dos gigantes que andaban buscando a tientas dentro de uno de los edificios. De repente, salieron de la zona encantada con la oscuridad y se encontraron ante la hoguera. Casi todos los monstruos estaban detrás de ellos, pero no el gigantesco Maiyer Dek; la enorme criatura se hallaba de pie junto al fuego, balanceando una impresionante espada como si fuera una pluma.
El Pájaro de la Noche consiguió mirar más allá del gigante y vio a Roger en la parte más alejada de la hilera de prisioneros, manipulando furiosamente unos grilletes.
—Hace mucho tiempo que aguardo este momento —dijo con calma el gigante.
—Yo también —contestó el guardabosque severamente, consciente de que necesitaba bravuconear para mantener la atención del monstruo y las miradas de todos los que estaban por allí cerca.
—¡Y yo! —gritó alguien desde detrás del guardabosque; y Juraviel se asomó detrás del hombre y disparó una flecha contra la cara de Maiyer Dek.
El gigante se movió con rapidez, pero en realidad ni tan sólo le habría hecho falta, pues aunque la flecha de Juraviel iba bien dirigida, se desvió en el último momento y pasó de largo sin causarle el más mínimo daño.
—Imposible —comentó el elfo.
El Pájaro de la Noche gruñó en voz baja; cayó en la cuenta de que ya había visto antes aquello: cuando había peleado con Ulg Tik'narn en el bosque, por alguna razón que no podía comprender, sus flechas y sus golpes no acertaban a alcanzar al powri.
Aparentemente una armadura similar protegía a Maiyer Dek. El Pájaro de la Noche sabía sin ninguna duda que aunque el gigante estuviera desnudo y sin más armas que sus propias manos, seguiría siendo un hueso muy duro de roer.
—¡Ven aquí, Pájaro de la Noche! —rugió el gigante, echando la cabeza hacia atrás y estallando en burlonas carcajadas.
Sin embargo, su alegría cesó bruscamente cuando los camaradas de Maiyer Dek empezaron a gritar alarmados al ver que todos los prisioneros que quedaban, y también Roger, se ponían en pie de un salto y se dispersaban; unos se detenían para atacar a los enemigos cercanos y quitarles las armas, otros simplemente escapaban a todo correr o trepaban por la barrera más próxima.
—¿Qué trampa es ésta? —rugió el grandioso gigante mirando en torno—. ¡Olvidadlos! —aulló, señalando al guardabosque—. ¡Olvidaos de todos salvo de ése! ¡Es el Pájaro de la Noche! ¡Tendré su cabeza!
El Pájaro de la Noche espoleó a Sinfonía para que corriese, no hacia Maiyer Dek, pues el guardabosque no creyó prudente enzarzarse en una pelea con el gigante en aquel momento, sino dando un rodeo; atropelló monstruos y acuchilló con Tempestad, mientras el arco de Juraviel volvía a disparar de nuevo. La situación en aquel momento exigía confusión y los dos jinetes y el magnífico semental respondieron a la perfección a aquella exigencia.
El Pájaro de la Noche se estremeció al ver a un hombre abatido por el martillo de un powri y luego a otro aplastado por el palo de un gigante. Pero muchos otros corrían libres, muchos otros habían salvado el muro y corrían apresurados hacia la protección del bosque. En lo alto del muro, a través del fuego, el Pájaro de la Noche vio a Roger. El chico sonrió, le hizo un ademán de saludo y se fue.
En el extremo del callejón cesaba la oscuridad del encantamiento. El Pájaro de la Noche hizo girar a Sinfonía y cargó en aquella dirección, dispersando a los confundidos monstruos más cercanos. Luego, hizo girar bruscamente al caballo hacia el este, hacia el centro del pueblo, tratando de atraer la atención hacia él y disminuir así el riesgo de los prisioneros fugados.
Dio vueltas y más vueltas; Sinfonía parecía que estaba siempre una zancada más allá de sus perseguidores, entre los cuales estaba el furibundo Maiyer Dek. Juraviel empezó a cantar una canción burlona y subrayaba cada verso con un certero disparo de arco.
Al cabo de unos minutos, Sinfonía resoplaba mucho y alrededor el cerco de monstruos se iba estrechando cada vez más; el guardabosque decidió prudentemente que se había acabado el juego. Dirigió el caballo hacia la siguiente barricada, hacia el muro este, y tras saltarla se internaron en la oscuridad de la noche. El Pájaro de la Noche pensó continuar hacia el este y el sur, y luego virar hacia atrás para llegar al campamento de refugiados al cabo de un buen rato. Tendría que confiar en Roger y en Pony para guiar a los prisioneros.
No obstante, cambió de planes al ver la enorme figura de Maiyer Dek que saltaba el muro sur y corría hacia el bosque.
Quizá después de todo libraría su combate con el gigante.
—Debemos conseguir que sigan haciendo conjeturas —razonó Juraviel, y voló desde el lomo de Sinfonía hasta a una rama cercana.
—Manténlos desorientados —replicó el Pájaro de la Noche—. Tengo un asunto urgente en el sur.
—¿El gigante? —preguntó Juraviel con incredulidad—. ¿Tiene un encantamiento en torno que lo protege!
—Ya he visto esa magia antes —contestó el Pájaro de la Noche—, y sé cómo vencerla. ¡Quiere pelear conmigo, y lo va a conseguir!
Juraviel no hizo comentario alguno mientras el guardabosque espoleaba a Sinfonía.
La persecución no estaba bien organizada; era tan sólo una turba de monstruos que corrían y daban vueltas en círculos cerrados cada vez que cambiaban de dirección. Muchos no tardaron en abandonar la caza, al no estar seguros de a quién se suponía que estaban persiguiendo, deseosos por otra parte de evitar a toda costa encontrarse a solas frente al Pájaro de la Noche.
Sin embargo, el tenaz Maiyer Dek no se arredró sino que apretó el paso sin dejar de retar al guardabosque para que se dejara ver y le hiciera frente.
Aquellos gritos permitieron al Pájaro de la Noche acortar distancias con el gigante sin dificultad; se alegró al descubrir que los monstruos habían desistido de la persecución y que el jefe de los gigantes, en su rabia, se había quedado solo. El guardabosque se preguntó si no debería buscar antes a Pony.
—La piedra solar —murmuró recordando que Avelyn había anulado la defensa mágica de Kos-kosio Begulne; también recordó que él y Pony no habían encontrado esta magia en el alijo de Avelyn y que aquella piedra solar se había perdido en la destrucción de Aida.
El guardabosque contempló su espada; la gema incrustada en la empuñadura era en realidad una combinación mágica de varios tipos de piedras, entre ellas la piedra solar.
El gigantesco fomoriano apareció a la vista, atravesando la última línea de arbustos y pinos que le separaba de un prado.
—Trabaja por mí, Tempestad —susurró el guardabosque, e hizo dar un rodeo a Sinfonía para abandonar el bosque de pinos por el lado opuesto al prado cuando el gigante ya estaba en medio del mismo.
Maiyer Dek se detuvo en seco, sorprendido por que el hombre se atreviera a hacerle frente tan abiertamente.
—Saliste a buscarme —exclamó el guardabosque con calma—, y por lo tanto me has encontrado. Terminemos de una vez.
—¡Arréglatelas tú solo! —replicó de forma atronadora Maiyer Dek sin dejar de lanzar en torno miradas de desconfianza.
—Estoy solo —le aseguró el guardabosque—; por lo menos, eso creo. Estabas intentando seguirme, pero te he seguido yo —entonces dio alguna orden telepática a Sinfonía para que el caballo estuviera listo para acudir a su lado si fallaba la piedra solar. Luego se deslizó de la silla, blandiendo Tempestad y echó a andar calmosa y pausadamente hacia el fomoriano.
La sonrisa burlona de Maiyer Dek se ampliaba a cada paso. El gigante sospechaba que en el pueblo habría problemas —al fin y al cabo, había arrojado al jefe de los powris a la hoguera—, pero ¿acaso todos ellos, gigantes, trasgos e incluso los tercos powris, no se postrarían ante él cuando entrara con la cabeza del Pájaro de la Noche? Y Maiyer Dek pensaba que era absolutamente imposible que perdiera. Llevaba las abrazaderas claveteadas, el regalo del demonio Dáctilo, y pensaba que con su poder mágico ningún arma podía alcanzarlo.
Por lo tanto, la sorpresa del gigante fue total cuando el Pájaro de la Noche recorrió velozmente los últimos cinco metros, pegó un salto equilibrado y le asestó una estocada rápida que le pinchó con fuerza en el vientre; la deslumbrante Tempestad penetró a través de la ropa y del cinturón de piel y se hundió hasta casi la mitad de la hoja en el abdomen de Maiyer Dek.
El Pájaro de la Noche sacó la espada y propinó cuchilladas transversales que alcanzaron la rótula de Maiyer Dek. Después, mientras el gigante separaba las piernas como había previsto el guardabosque, el Pájaro de la Noche se precipitó de cabeza al suelo entre aquellos miembros que parecían árboles al tiempo que la enorme espada de Maiyer Dek silbaba inofensiva a su espalda.
El hombre se incorporó dando media voltereta con las piernas flexionadas; saltó de nuevo hacia el gigante mientras éste trataba de darse la vuelta y consiguió propinarle otro golpe, un corte profundo en los tendones de la parte posterior de la rodilla. Después volvió a colarse de nuevo entre las piernas de la criatura y giró sobre sus talones para encararse a Maiyer Dek.
El gigante estaba visiblemente confuso y dolorido; con una de sus enormes manazas se apretaba los intestinos, que le salían de la barriga.
—Creías que tu armadura demoníaca desviaría mis ataques —dijo el guardabosque—; pero el don de Bestesbulzibar se ha vuelto contra ti, Maiyer Dek, ya que mi magia, la magia del Dios bondadoso, es con diferencia mucho más potente.
Por toda respuesta, Maiyer Dek rugió y atacó.
El Pájaro de la Noche dio un salto hacia adelante con la espada levantada como si intentara repeler el ataque. Sabía que no podía aspirar a detener la tremenda potencia del golpe de la espada de Maiyer Dek y, por consiguiente, en el último momento brincó hacia un lado para luego cargar tras haber oído el silbido de la espada del gigante, y consiguió apuñalarle otra vez en el abdomen herido.
Maiyer Dek acercó hacia sí la gran empuñadura de su espada lo bastante rápido como para rechazar parcialmente el ataque, y entonces, con un ágil movimiento, impulsó el brazo que empuñaba la espada muy hacia afuera de modo que el pomo golpeó al esquivo Pájaro de la Noche en su ya magullado hombro y lo hizo rodar.
El guardabosque se incorporó en perfecto equilibrio, pero realmente el hombro derecho le torturaba a causa del contundente golpe recibido, y Maiyer Dek, dándose cuenta de la ligera ventaja ganada, volvió a la carga, pero ahora aprestando bien la espada en lugar de limitarse a blandirla sin premeditación alguna.
El gigante comenzó un suave balanceo para probar la defensa del guardabosque. Tempestad voló con fuerza contra la enorme hoja, una vez y otra vez más, desviándola ampliamente.
—Mueves bien tu escuálida hoja —comentó el gigante.
—Salvo cuando está clavada en tu barriga —replicó el guardabosque.
Previsiblemente, Maiyer Dek atacó con fiereza: la espada acuchilló transversalmente a la altura justa para separar la cabeza de los hombros del guardabosque.
Pero el Pájaro de la Noche ya no estaba de pie, sino que se había arrodillado para levantarse una vez la espada le hubo pasado por encima. Tempestad se movía izquierda, derecha, izquierda, y luego, se lanzó en línea recta hacia adelante, por dos veces; a la tercera se desvió hacia arriba, de nuevo en dirección al abdomen.
El guardabosque tuvo que lanzarse desesperadamente de cabeza al suelo, cuando el gigante invirtió su movimiento para propinar un brusco golpe de revés, y en esa ocasión la hoja pasó tan cerca que el Pájaro de la Noche tuvo que pegarse a tierra por completo.
Maiyer Dek se precipitó hacia adelante, levantó su inmensa bota y la bajó con la intención de aplastar al Pájaro de la Noche en el barro.
El guardabosque dio una vuelta hacia un lado; y luego, otra más, pues el gigante continuaba tratando de aplastarlo. A la tercera vuelta quedó boca arriba con una pierna doblada; cuando Maiyer Dek levantaba el pie y se disponía a aplastarlo una vez más, el guardabosque se levantó de un salto agarrando la empuñadura de Tempestad con ambas manos y apoyándola en su pecho para dirigirla con fuerza hacia la suela de la bota de Maiyer Dek antes de que empezara a bajarla hacia el suelo.
La hoja penetró en la bota como si fuera papel y siguió hacia arriba, hasta la carne y el hueso. Maiyer Dek intentó retirar el pie, pero el guardabosque seguía empujando.
La tierra tembló con una tremenda sacudida cuando Maiyer Dek cayó hacia atrás y golpeó el suelo. El gigante notó que el guardabosque saltaba sobre su muslo y subía corriendo por su torso. Trató de atraparlo con la mano libre, pero Tempestad se la acuchilló y le cortó un dedo por el nudillo y le rajó los otros.
El Pájaro de la Noche saltó al inmenso pecho del gigante; luego brincó hacia adelante para aterrizar sobre el hombro de la enorme criatura y dejó caer con todas sus fuerzas a Tempestad en la parte lateral del cuello. Después volvió a brincar dando una voltereta hacia atrás, cayó de pie y corrió por encima del postrado gigante, evitando por poco la pesada espada de Maiyer Dek mientras éste se daba la vuelta.
El Pájaro de la Noche se encontraba a casi siete metros de distancia cuando el gigante, tambaleándose, consiguió ponerse en pie. El guardabosque observó la sangre que brotaba del cuello de Maiyer Dek y supo que el resultado estaba decidido.
—¡Ah, lo pagarás caro, rata enana! —le espetó Maiyer Dek—. ¡Voy a partirte por la mitad! Te voy... —el gigante se detuvo y se llevó al cuello la mano desgarrada, luego la levantó hasta sus ojos y contempló con incredulidad la sangre. Asombrado, Maiyer Dek miró hacia el guardabosque y lo vio montado en Sinfonía con la espada envainada.
—Estás acabado, Maiyer Dek —declaró el Pájaro de la Noche—; lo único que podría salvarte sería la magia del buen Dios, y me temo que Él mostrará poca clemencia ante un monstruo que ha cometido crímenes tan terribles.
El Pájaro de la Noche hizo dar la vuelta al caballo y se alejó.
Maiyer Dek se dispuso a seguirle, pero se detuvo; volvió a levantar la mano y, al caer en la cuenta de que la sangre manaba realmente de su cuello, presionó con fuerza sobre la herida para cortar la hemorragia y se encaminó hacia Caer Tinella.
Antes de haber llegado a abandonar el prado, sintió que el frío invadía su cuerpo, sintió el dedo de la muerte y vio cómo la oscuridad iba creciendo ante sus ojos.
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14
Lo cierto y lo falso

—Oh, perdóneme, señor padre —tartamudeó la mujer—. Es que no entiendo qué quiere de la pobre vieja Pettibwa.
El padre abad Markwart la observó receloso, pues sabía que la mujer no era tan lerda como pretendía. Naturalmente, era lógico, pues resultaba evidentemente que estaba asustada. A ella, a su marido Graevis y a su hijo Grady los habían encontrado en El Camino de la Amistad, su pequeña posada en el barrio más pobre de Palmaris.
El padre abad Markwart tomó nota mental de que tenía que hablar con los hermanos Youseff y Dandelion de sus tácticas agresivas. Utilizar la fuerza bruta y las amenazas en lugar de la sutil coerción había puesto en guardia a aquellos tres, y ahora no cabía duda de que iba a resultar más difícil conseguir cualquier información. De hecho, aunque no había estado presente durante el arresto, Markwart temía que sus dos subordinados, al mostrarse excesivamente duros, pudieran haber herido seriamente a los tres e incluso haber matado al hijo, Grady.
—Quede tranquila, señora Chilichunk —dijo Markwart con una sonrisa falsa—. Estamos buscando a uno de los nuestros, eso es todo, y tenemos razones para suponer que podría estar en compañía de su hija.
—¿Gata? —preguntó de repente la mujer con impaciencia, y Markwart supo que había dado en el clavo aunque no tenía la menor idea de quién podría ser aquella «Gata».
—Su hija —repitió el padre—; la que adoptó, una huérfana de las Tierras Boscosas.
—Gata —dijo Pettibwa con la mayor seriedad—. Gata Extraviada, así era como la llamábamos, ¿sabe usted?
—No sé cómo se llama —admitió el padre abad.
—Jilly —aclaró la mujer—; ése es su nombre real, o al menos en parte. ¡Ay, cuánto me gustaría volver a ver otra vez a mi Jilly!
Jilly. Markwart le dio vueltas al nombre en su cabeza. Jilly... Jilseponi... Pony. Sí, decidió. Encajaba a la perfección.
—Si nos ayuda —dijo en tono agradable—, por supuesto que podrá volver a verla. Tenemos buenas razones para creer que está viva y se encuentra bien.
—Y con los hombres del rey —añadió la mujer.
Markwart escondió hábilmente su frustración. Si Pettibwa y su familia conocían sólo detalles tan antiguos no resultarían de mucha ayuda.
—Pero tal como ya le dije a su sacerdote, no sé adónde han enviado a mi chica —prosiguió Pettibwa.
—¿Mi sacerdote? —repitió el padre abad. ¿Había interrogado ya a aquella mujer el hermano Justicia?, se preguntó; y confió en que así fuese, pues en tal caso Quintall debía de haber descubierto la conexión entre Avelyn y los Chilichunks—. ¿Quiere decir un monje? ¿Tal vez de Saint Precious?
—No, conozco a la mayoría de los de Saint Precious; a mi Jilly la casó el abad Dobrinion en persona, ¿sabe usted? —le informó Pettibwa con orgullo—. No, aquél llevaba un hábito de un color marrón más oscuro, como el suyo, y hablaba con acento de las tierras del este. Dijo usted que eran de Saint Mere Abelle; y me pregunto si él no era también de ese lugar.
El padre abad Markwart estaba evaluando cómo podría identificar adecuadamente a aquel hombre —Quintall, sospechaba— sin echarlo todo a rodar, mientras la bulliciosa Pettibwa proseguía sus divagaciones.
—¡Oh, desde luego, qué gran hombre era aquel gordinflón! —exclamó la mujer—. Deben de alimentarlos bien en su Saint Mere Abelle, pues, sin ánimo de ofender, también usted está un poquito gordo.
Durante unos instantes el padre abad Markwart se quedó confuso, ya que los bien desarrollados músculos del primer hermano Justicia no contenían ni un gramo de grasa. Pero entonces, de repente, comprendió, y apenas pudo dominar la emoción.
—¿Era el hermano Avelyn? —preguntó sin aliento—. ¿El hermano Avelyn Desbris de Saint Mere Abelle vino a hablar con usted?
—Avelyn —repitió Pettibwa, y dejó que aquel nombre vibrara en su lengua—. Sí, señor, ese nombre me suena; el hermano Avelyn vino a preguntarme por Jilly.
—¿Y ella estaba con usted?
—Oh no; por aquel entonces hacía mucho tiempo que ella se había ido al ejército —explicó Pettibwa—. Pero no trataba de encontrarla; me preguntó de dónde venía la chica y cómo vino a vivir conmigo y con Graevis. ¡Vaya, era un tipo alegre y encantador!
—¿Y se lo dijo usted?
—Oh, claro que sí —dijo Pettibwa—; no soy quién para ofender a la Iglesia.
—Conserve ese pensamiento en su corazón —dijo el padre abad secamente. Comprendía que todo empezaba a encajar de manera muy precisa. Avelyn se había encontrado con aquella mujer, Pony o Jilly, fuera de Pireth Tulme después de la invasión de los powris, y había viajado con ella directamente hacia Palmaris y hacia el norte, donde habían encontrado al centauro. La mujer había sobrevivido a la explosión de Aida, creía Markwart, así como el otro tipo misterioso, el Pájaro de la Noche, al cual Bradwarden había descrito involuntariamente; y ahora ellos tenían las gemas en su poder.
Encontrarlos no sería tarea fácil, obviamente; pero quizá Markwart hallaría una manera de atraer a Pony y al Pájaro de la Noche...
—Podría prepararle un excelente y nutritivo estofado —continuó diciendo Pettibwa cuando el padre abad volvió a prestar atención a la conversación. Desde luego, a la mujer le interesaban esos asuntos, reflexionó Markwart, al advertir su forma rechoncha.
—Con mucho gusto, desde luego —respondió—, pero no ahora.
—Oh no, ahora no podría ser —asintió Pettibwa—. Pero venga esta noche a El Camino de la Amistad o cuando tenga ocasión, y ya verá qué bien le trataré.
—Me temo que hoy no volverá usted a El Camino —explicó Markwart, mientras se levantaba del sillón al otro lado de la enorme mesa del despacho del abad Dobrinion y hacía una seña al hermano Dandelion, que estaba de pie en la sombra a un lado de la gran sala—. Ni tampoco durante algún tiempo.
—Pero...
—Dijo que no quería ofender a la Iglesia —la interrumpió Markwart—. Le tomé la palabra, señora Pettibwa Chilichunk. Nuestro asunto es lo más urgente; por tanto, más que el buen funcionamiento de su miserable posada.
—¿Miserable? —repitió Pettibwa con preocupación y enojo crecientes.
—El hermano Dandelion la acompañará...
—¡De ninguna manera! —espetó la mujer—. No soy enemiga de la Iglesia, padre abad, pero tengo mi vida y mi familia.
El padre abad Markwart no se molestó en contestar; realmente empezaba a estar harto de la mujer, y muy frustrado ya que, de hecho, sólo le había confirmado lo que ya sabía. Volvió a hacer una seña al hermano Dandelion y el hombre se acercó a Pettibwa y la agarró con la mano por el codo.
—¡Ah, suélteme de una vez! — gritó ella, resistiéndose.
Dandelion miró a Markwart, el cual asintió con la cabeza. Entonces la agarró de nuevo, con más fuerza. Pettibwa trató de desembarazarse de él, pero la mano del hombre parecía de hierro.
—Comprenda, señora Chilichunk —explicó el padre abad Markwart con una voz mortalmente seria, acercando su vieja cara arrugada a la de ella—: irá con el hermano Dandelion, no importa cómo tenga que llevársela.
—¿Y usted se llama a sí mismo hombre de bien? —replicó Pettibwa, pero su enojo había desaparecido y en su lugar asomaba el miedo. Hizo otro intento de desasirse de la tenaz presión del hermano Dandelion, pero él le dio un golpe en la frente y la dejó atontada. Luego el monje puso su mano sobre la de Pettibwa, le retorció los dedos al agarrarla y se los apretó para doblárselos hacia atrás por los nudillos.
Oleadas de dolor invadieron el cuerpo de la mujer y le robaron la fuerza de las piernas. El hermano Dandelion pasó su brazo libre por debajo del hombro de la mujer y la levantó con facilidad contra su costado, sin dejar de mantener la presión sobre sus dedos.
Markwart se limitó a volver hasta su escritorio, sin preocuparse del sufrimiento de Pettibwa.
El abad Dobrinion entró cuando los dos abandonaban la sala; no parecía nada satisfecho.
—¿Así es como tratáis a mis feligreses? —preguntó a Markwart.
—Así es como la Iglesia trata a los que no quieren colaborar —replicó con frialdad el padre abad.
—¿No quieren? —repitió Dobrinion desconfiado—. ¿O no pueden? La familia Chilichunk es honrada y decente, según todos los informes. Si pudieran ayudarte en tu investigación...
—¿En mi investigación? —rugió el padre abad, al tiempo que se ponía en pie de un salto y asestaba un puñetazo sobre el escritorio—. ¿Crees que se trata de una búsqueda personal? ¿No puedes comprender las implicaciones de todo esto?
El abad Dobrinion movió la mano en el aire, mientras Markwart seguía enfurecido, con objeto de calmar al anciano. Pero aquel gesto condescendiente no hizo más que aumentar la ira del padre abad.
—Hemos encontrado al hereje Avelyn —gruñó Markwart—; sí, lo hemos encontrado muerto pues encontró su merecido en la explosión de la montaña de Aida. Tal vez su aliado, el demonio Dáctilo, se volvió contra él; o a lo mejor simplemente sobrevaloró sus propios poderes y cualidades; el orgullo fue siempre uno de sus muchos pecados.
El abad Dobrinion se quedó tan asombrado ante la noticia y por el tono absolutamente ultrajado de la voz de Markwart mientras se la contaba, que no fue capaz de responder.
—Y quizás esa mujer —prosiguió Markwart, mientras señalaba con su huesudo dedo hacia la puerta por donde acababan de salir Pettibwa y Dandelion— y su miserable familia poseen datos sobre el paradero de nuestras piedras. ¡Nuestras piedras! ¡Don de Dios a Saint Mere Abelle, robado por el ladrón y asesino Avelyn Desbris! ¡Maldito sea su maligno nombre! ¡Vaya alijo, abad Dobrinion! ¡Si esas piedras cayeran en manos de enemigos de la Iglesia, sabríamos lo que es una guerra a escala aún mayor, no lo dudes!
Dobrinion sospechaba que en ese punto el padre abad podría estar exagerando. Ya había hablado antes con maese Jojonah en relación a aquellas piedras, y Jojonah no estaba ni mucho menos tan preocupado al respecto como Markwart. Pero también Dobrinion era un anciano cuyo tiempo en este mundo estaba pasando con rapidez, y comprendía la importancia de la reputación y del legado. Ésa era la razón por la que estaba tan ansioso por ver canonizado al hermano Allabarnet mientras presidía Saint Precious, y por la que era capaz de aceptar la necesidad que Markwart tenía de recuperar las piedras.
Así se lo habría dicho de haber tenido la oportunidad; pero en aquel momento el padre abad se había puesto a hablar sin parar: recitó doctrinas de la Iglesia, explicó la historia de maese Siherton, un hombre bueno, asesinado por Avelyn, y vociferó que los Chilichunk podrían ser la única pista para atrapar a aquella mujer traidora y recuperar el alijo de las gemas.
—No subestimes mi deseo —acabó diciendo Markwart, mientras bajaba la voz y adoptaba un tono amenazador—; si de alguna manera entorpecieras mi trabajo, lo pagarías mil veces más caro.
Dobrinion arrugó el rostro con incredulidad; no estaba acostumbrado a recibir amenazas de alguien de su propia orden.
—Como sabes, maese Jojonah ya está de camino hacia Saint Honce para la posterior canonización del hermano Allabarnet —explicó con calma el padre abad Markwart—; en un instante puedo volver a llamarlo y abortar ese proceso.
Dobrinion afirmó con resolución los pies en el suelo e irguió la espalda. A su juicio, el anciano padre abad acababa de traspasar una línea muy sensible.
—Eres el director de la Iglesia abellicana —admitió—, y por consiguiente ostentas el máximo poder. Pero el proceso de canonización es todavía de mayor rango y constituye un tema que concierne a todos los abades, y no sólo al padre abad de Saint Mere Abelle.
Markwart se echó a reír antes de que el hombre acabara de hablar.
—La de historias que podría contarte del hermano Allabarnet —dijo con una risa perversa—. Hechos olvidados tiempo ha, descubiertos en los subterráneos de Saint Mere Abelle. El diario del paso de aquel hombre por las tierras del este, un viaje plagado de episodios de corrupción y libertinaje, excesos en la bebida y hasta un robo de poca monta.
—¡Imposible! —gritó Dobrinion.
—Es perfectamente posible —replicó Markwart con aspereza y sin vacilar— inventar algo así y conseguir que parezca auténtico.
—La mentira no resistirá la prueba del tiempo —explicó Dobrinion—. ¡Mentiras similares se dijeron de San Gwendolyn del Mar, pero no pudieron impedir su proceso de canonización!
—Lo demoraron durante casi doscientos años —le recordó Markwart no precisamente con amabilidad—. No, tal vez las mentiras no resistan la prueba del tiempo, pero tampoco, amigo mío, la resistirán tus viejos huesos.
Dobrinion se dejó caer pesadamente como si le hubieran golpeado físicamente.
—Trato de recabar mi información —dijo Markwart en tono neutro—, mediante los medios que sean necesarios. Por el momento, Graevis, Pettibwa y Grady Chilichunk están detenidos bajo sospecha de traición a la Iglesia y a Dios. Y quizás hable también con ese Connor Bildeborough, para ver si forma parte de la conspiración.
Dobrinion se dispuso a responder, pero decidió guardar sus pensamientos para sí. Connor Bildeborough era el sobrino favorito, tratado prácticamente como un hijo, y el heredero del barón de Palmaris, un hombre de no pocos medios e influencias. Pero que el padre abad Markwart lo averiguara por sí mismo, decidió Dobrinion. Aquel viejo desgraciado podría toparse con un enemigo muy poderoso en aquel proceso.
—Como desees, padre abad —se limitó a responder el abad de Saint Precious, y tras una ligera reverencia dio media vuelta y salió de la habitación.
Markwart dio un bufido despectivo cuando la puerta se cerró detrás de Dobrinion, creyendo que había puesto al hombre en su sitio.
El gallardo joven sabía que Dainsey Aucomb no era la luz más brillante del firmamento, pero era bastante observadora. Y Connor Bildeborough a menudo era capaz de aprovechar la limitada inteligencia de la mujer en provecho propio. El sobrino del barón había ido a El Camino de la Amistad aquella noche, como hacía con frecuencia —aunque, en realidad, la relación entre Connor y Pettibwa Chilichunk se había deteriorado no poco desde la anulación del matrimonio de Connor y Jill. Pero Grady Chilichunk estaba más que contento de considerar a aquel hombre de la nobleza como un amigo, e incluso Graevis no podía realmente culpar al hombre de su matrimonio fallido; después de todo, Jill le había negado sus derechos conyugales.
Así que Connor continuó frecuentando El Camino de la Amistad, pues aunque un hombre de su posición era bien recibido en las tabernas más selectas de Palmaris, en aquellos locales Connor sólo era un noble más. En cambio, entre la gente corriente de El Camino de la Amistad se sentía importante, superior en todos sentidos.
Se sorprendió, al igual que muchos otros clientes habituales, al ver que la posada estaba cerrada aquella noche. La única luz visible a través de las ventanas procedía de dos habitaciones de huéspedes de la segunda planta, de la cocina y de una pequeña habitación de la parte de atrás del edificio, la habitación que había sido de Jill, pero que ahora pertenecía a Dainsey.
Connor la llamó con suavidad mientras golpeaba ligeramente la puerta.
—Vamos, contesta —le pidió.
Nadie contestó.
—Dainsey Aucomb —dijo Connor en voz más alta—, hay muchos clientes inquietos en la calle. No podemos permitirlo, ¿verdad?
—Dainsey no está aquí —pronunció una voz de mujer un tanto alterada.
Connor se sobresaltó, sorprendido por la sensación de miedo que detectó en aquella voz. ¿Qué ocurría allí?
—Dainsey, soy Connor... Maese Bildeborough, el sobrino del barón —dijo en tono más imperioso—. Sé que estás tras la puerta, escuchando lo que digo; ¡Quiero hablar contigo!
No llegó respuesta alguna, salvo un ligero quejido.
La agitación y el temor de Connor aumentaron. Había ocurrido algo extraño, tal vez terrible.
—¡Dainsey!
—Oh, váyase, se lo ruego, señor Bildeborough —imploró la mujer—. No he hecho nada malo, ni tampoco conozco qué delitos cometieron el señor y la señora para enojar tanto a la Iglesia. Por mi parte, no hay ningún pecado y en mi cama no ha dormido nadie más que yo misma, bueno, salvo usted mismo, y sólo dos... o tres veces.
Connor se esforzó mucho para asimilar todo aquello. ¿Delitos contra la Iglesia? ¿Los Chilichunks?
—Imposible —dijo en voz alta, y levantó la mano para golpear con fuerza la puerta. Sin embargo, se contuvo, y reconsideró la situación. Dainsey estaba asustada y, al parecer, con razón. Si la asustaba aún más, supuso que posiblemente no obtendría de ella ninguna otra información.
—Dainsey —le dijo con suavidad, en tono tranquilizador—, me conoces y sabes que soy amigo de los Chilichunks.
—La señora no habla demasiado bien de usted —replicó bruscamente Dainsey.
—Ya sabes lo que pasó —dijo Connor, mientras luchaba con resolución para mantener la calma—. Y también sabes que no culpo a Pettibwa por el hecho de estar furiosa conmigo. Sigo viniendo a El Camino, sigo considerándolo mi propia casa. No soy un enemigo de los Chilichunk, Dainsey, ni tampoco tuyo.
—Eso dirá usted.
—Considera que si quisiera podría haber entrado —dijo Connor con brusquedad—. Podría disponer de media guarnición y esta puerta no te serviría de gran cosa.
—Dainsey no está aquí —respondió con calma—. Yo soy su hermana y no entiendo nada de lo que me está diciendo.
Connor gruñó y golpeó la puerta con la frente.
—Muy bien, entonces —dijo poco después—. Me voy, y tú también deberías irte, antes de que lleguen esos monjes que se acercan por la carretera.
Connor permaneció de pie junto a la puerta y golpeó el suelo de madera con las botas, levantando los pies alternativamente, cada vez con más suavidad para imitar el ruido que hubiera hecho al alejarse. Como había previsto, la puerta se abrió pocos segundos después y el joven se apresuró a introducir un pie por la abertura, al tiempo que apoyaba el hombro contra la madera y empujaba con fuerza.
Dainsey era una moza vigorosa y fuerte por el hábito de transportar pesadas bandejas; por eso le ofreció una considerable resistencia, pero al fin el hombre consiguió forzar la puerta y entrar en la habitación; en seguida se apresuró a cerrar la puerta tras de él.
—¡Gritaré! —avisó la asustada mujer retrocediendo, al tiempo que cogía una sartén que estaba sobre la mesita de noche, derramando al levantarla en alto los goteantes huevos que contenía—. ¡No se mueva! —le advirtió mientras balanceaba la sartén.
—Dainsey, ¿qué te pasa? —le preguntó Connor mientras avanzaba un paso y luego retrocedía rápidamente y levantaba las manos en son de paz al ver que la sartén se movía peligrosamente.
»¿Dónde están los Chilichunks? Tienes que decírmelo.
—¡De sobras lo sabe! —acusó la mujer—. ¡Seguro que su tío tiene algo que ver con todo esto!
—¿Algo que ver con qué? —preguntó Connor.
—¡Algo que ver con el arresto! —gritó Dainsey, mientras las lágrimas rodaban por sus suaves mejillas.
—¿Arresto? —repitió Connor—. ¿Es que los han arrestado? ¿Los guardias de la ciudad?
—No —explicó Dainsey—; unos monjes.
Connor Bildeborough apenas pudo hablar de tan perplejo como le dejó la noticia.
—¿Arrestados? —preguntó de nuevo—. ¿Estás segura? ¿No habrán sido simplemente escoltados hasta Saint Precious por algún asunto de poca monta?
—Maese Grady trató de discutir —dijo Dainsey—; incluso dijo que era amigo suyo, pero ellos se limitaron a echarse a reír; y, cuando Maese Grady se dispuso a desenvainar la espada, uno de los monjes, un tipo delgaducho pero muy rápido, le propinó un violento puñetazo y lo derribó al suelo. Y entonces el viejo entró corriendo y empezó a gritar...
—¿El abad Dobrinion?
—No, uno mucho más viejo —dijo Dainsey—. Era viejo y flaco y arrugado; llevaba un hábito como el de Dobrinion, pero con más adornos. Oh, el hábito era magnífico, incluso en aquel hombre viejo y arrugado, incluso a pesar de la horrible expresión que tenía en la cara...
—Dainsey —la interrumpió Connor con firmeza, intentando que la mujer retomara el hilo de su relato.
—El más viejo le gritó al tipo delgaducho, pero luego miró a maese Grady y le dijo que si volvía a cometer una estupidez parecida le arrancaría los brazos —prosiguió Dainsey—. ¡Y yo le creí, y también le creyó maese Grady! pues se puso pálido y se echó a temblar.
Connor caminó arrastrando los pies y se sentó en la cama, absolutamente perplejo; trató de poner todo aquello en claro. Había estado en El Camino una noche, hacía un par de años, cuando un fraile enormemente gordo —había oído decir que no era de Saint Precious sino de Saint Mere Abelle— había llegado y hablado con Pettibwa. Al parecer, había sido una visita pacífica, aunque el hombre había hablado de Jill, lo cual trastornó un poco a aquella mujer normalmente alegre. Pero, en aquella ocasión, el monje se había mostrado bastante amable y cordial.
—¿Dijeron a qué habían venido? —le preguntó Connor—. ¿Mencionaron los delitos de que acusaban a los Chilichunk? Tienes que decírmelo, te lo ruego.
—Preguntaron por la hija del señor y de la señora, nada más —respondió Dainsey—. Al principio creyeron que era yo, y entonces dos de los hombres se acercaron para agarrarme. Pero el más viejo sabía que no era yo, y el señor y la señora también lo dijeron.
Connor se llevó la mano a la barbilla, esforzándose sin demasiado éxito por digerir todo aquello. ¿Jill? ¿Estaban buscando a Jill? ¿Por qué?
—Entonces dijeron que el señor y la señora debían de tenerla escondida, y por eso se metieron por todas partes y lo revolvieron todo —continuó Dainsey—. Luego se los llevaron a los tres.
Connor Bildeborough era un hombre de recursos. Su red de amistades y confidentes incluía desde gente de palacio hasta gente de la abadía y de la Casa Battlebrow, el más famoso prostíbulo, y por tanto una de las casas más poderosas de la ciudad. Se dio cuenta de que había llegado la hora de utilizar aquella red, había llegado la hora de conseguir algunas respuestas.
Si la Iglesia se había mostrado tan beligerante con los Chilichunk en un tema relacionado con Jill, en ese caso también Connor podría encontrarse bajo sospecha. Después de todo, vivían tiempos peligrosos, y Connor, que había vivido los treinta años de su vida en el seno de la clase dominante, sabía perfectamente cuán graves podrían llegar a ser las maniobras de cualquier intriga.
—Quédate aquí, Dainsey —decidió—. Y no abras la puerta; ni siquiera respondas a nadie, salvo a mí.
—¿Pero cómo podré estar segura de que se trata de usted?
—Tendremos una contraseña —dijo Connor con aire de misterio captando al punto la atención de Dainsey. El rostro de la muchacha se iluminó ante aquella idea, volvió a dejar la sartén sobre la mesita de noche y se dejó caer en la cama a su lado.
—¡Oh, qué emocionante! —respondió alegremente—. ¿Qué contraseña usaremos?
—«Cielomío» —dijo Connor después de pensarlo un momento con una maliciosa sonrisa, que provocó un intenso rubor en las mejillas de Dainsey—. ¿La recordarás, verdad?
Dainsey soltó una risita tonta y se ruborizó aún más; no era la primera vez que oía aquella frase: en ciertas ocasiones cuando ella y Connor estaban solos en la habitación, éste la había pronunciado repetidamente.
Connor la acarició bajo el mentón, luego se levantó y se fue hacia la puerta.
—No hables con nadie —le indicó mientras salía—. Y si los Chilichunks regresan...
—¡Oh, los dejaré entrar! —le cortó Dainsey.
—Sí, hazlo —dijo secamente Connor—; y dile a Grady que me busque. ¿Te acordarás de todo?
Dainsey inclinó la cabeza para asentir con impaciencia.
—Cielomío —dijo Connor con un guiño al marcharse.
Dainsey se sentó en la cama y durante un buen rato estuvo riendo sofocadamente.
—¿Crees que se trata de un juego? —chilló Markwart, mientras pegaba su cara a la del pobre Grady Chilichunk y clavaba en él sus ojos inyectados en sangre.
Grady estaba encadenado a la pared por las muñecas, sujeto por unos grilletes tan altos que le obligaban a permanecer de puntillas. Hacía calor en las mazmorras de Saint Precious; y en aquella estancia angosta y de techo bajo había un fuego en un hoyo y un fuelle.
—Nunca me gustó —espetó el prisionero como respuesta; sudaba y a cada palabra salpicaba con saliva—. ¡Yo no quería ninguna hermana!
—Entonces, dime dónde se encuentra —rugió Markwart.
—Si lo supiera, se lo diría —protestó Grady, con voz más controlada, pero todavía muy intranquila—. ¡Debe creerme!
El padre abad Markwart se dio la vuelta hacia los dos monjes que le acompañaban en las mazmorras, los hermanos Francis y Dandelion; el enorme y cruel monje joven llevaba una capa con capuchón, una vestimenta apropiada para tan tenebrosa ocasión.
—¿Te lo crees? —preguntó Markwart a Francis.
—Parece sincero —contestó con franqueza el hermano Francis. Sabía que su punto de vista estaba condicionado, porque no quería seguir asistiendo a aquel interrogatorio, que era en verdad la más brutal forma de inquirir que jamás había presenciado. Creía a Grady y esperaba que Markwart también.
El rostro de Grady se iluminó un poco y un asomo de sonrisa se insinuó en las comisuras de sus labios.
—¿Parece? —insistió Markwart en un tono que denotaba incredulidad—. Mi querido hermano Francis, en un tema tan importante como éste, ¿crees que es suficiente la apariencia de verdad?
—Por supuesto que no, padre abad —respondió el hermano Francis con un suspiro de resignación.
El padre abad se dirigió a Grady.
—¿Dónde está? —le preguntó con calma.
El hombre gimoteó mientras buscaba una respuesta que no podía encontrar.
Markwart hizo una seña con la cabeza en dirección al encapuchado Dandelion.
—Debemos estar seguros —dijo, y se alejó con el hermano Francis detrás de él.
En un instante el hermano Dandelion se situó ante Grady y le asestó un violento puñetazo en sus costillas desnudas.
—Por favor —tartamudeó Grady, y entonces recibió otro golpe, y otro, y aún otro más, hasta que sus palabras se convirtieron en gruñidos indescifrables.
—Y cuando hayas acabado —le dijo el padre abad Markwart a Dandelion—, sube a una chimenea de la planta superior y coge un atizador, luego déjalo en el fuego de esta sala un ratito. Después de todo, debemos poner a prueba su sinceridad y darle una lección de obediencia a la Iglesia.
—¡No! —dijo Grady empezando a protestar, pero otro contundente puñetazo le cortó el aliento.
Markwart abandonó la estancia sin mirar atrás. El hermano Francis se detuvo antes de salir y se dio la vuelta para contemplar el espectáculo. Grady Chilichunk no era el único en recibir una lección en aquel calabozo.
Otro puñetazo provocó un lastimero gruñido y Francis se apresuró a marcharse para alcanzar a Markwart.
—¿De verdad vas a utilizar un atizador caliente con ese pobre desgraciado? —preguntó.
La mirada de Markwart le hizo palidecer.
—Haré lo que considere necesario —replicó el padre abad sin inmutarse—. Ven, creo que el viejo está a punto de ceder. Tal vez con ayuda de la piedra del alma pueda invadir sus pensamientos de nuevo. —Markwart hizo una pausa y analizó la expresión del rostro del joven monje advirtiendo sombras de duda.
»Siempre que lo que tengas que hacer resulte desagradable hay que pensar en el bien mayor —le instruyó con tranquilidad.
—Pero si están diciendo la verdad... —osó argüir Francis.
—Entonces es una lástima —admitió Markwart—. Pero las consecuencias serían aún peores si mintieran y no los forzáramos lo suficiente. La verdad mayor, hermano Francis. El bien mayor.
Francis lo estaba pasando muy mal al tratar de reconciliar su corazón con aquel espectáculo. No obstante, no dijo nada más sobre aquello, sacó la piedra del alma y, dubitativo, siguió a su superior hasta la celda contigua.
Más de una hora después, una dolorosa hora para Grady y Graevis Chilichunk, Francis y Markwart salieron por la pesada puerta que conducía a la estrecha escalera de piedra por la que se llegaba a la Iglesia de la abadía. El abad Dobrinion los esperaba en el peldaño superior.
—Quiero saber qué estáis haciendo ahí abajo —los increpó el abad—. Se trata de mis feligreses, y son leales a la Iglesia.
—¿Leales? —le espetó Markwart—. Esconden fugitivos.
—Si supieran...
—¡Saben! —le chilló Markwart en la cara—. ¡Y me lo dirán, no lo dudes!
La absoluta contundencia y violencia del tono hicieron retroceder un par de pasos a Dobrinion, que se quedó mirando a Markwart un buen rato con objeto de conseguir leer su alma, y averiguar lo lejos que había llegado todo aquello.
—Padre abad —dijo con serenidad al fin, cuando hubo controlado su desbordante cólera—, no dudo de la importancia de tu investigación, pero no me voy a quedar sin hacer nada mientras tú...
—Mientras yo empiezo el proceso de canonización de tu querido Allabarnet de Saint Precious —dijo Markwart para finalizar.
De nuevo Dobrinion se quedó callado: sus pensamientos eran un torbellino. No, decidió, no podía dejar que el padre abad utilizara aquello para coaccionarle; no en un asunto tan importante como aquél.
—El hermano Allabarnet es merecedor... —empezó a protestar.
—¡Como si eso importara! —le espetó Markwart—. ¿Cuántos cientos lo merecen también, abad Dobrinion? Pero sólo unos pocos elegidos resultan nominados.
Dobrinion sacudió la cabeza en señal de desaprobación.
—¡Ya basta! —exclamó—. ¡Ya basta! ¡Elige tu posición respecto al hermano Allabarnet basándote en su trabajo y en su vida, no en el hecho de que el actual abad de Saint Precious esté de acuerdo o no con tu campaña de terror! Esos hombres son buenas personas tanto de corazón como de obras.
—¿Cómo puedes saberlo? —explotó Markwart—. Cuando veas cómo los enemigos de la Iglesia degradan Saint Precious, o cuando la corrupción dentro de la Iglesia te venza dentro de estos muros que consideraste sagrados, o cuando los trasgos campen a sus anchas por las calles de Palmaris, ¿no lamentará el abad Dobrinion no haber dejado que el padre abad Markwart dirigiera los asuntos con mano justa aunque de hierro? ¿No te das cuenta de las consecuencias que puede acarrear el alijo de piedras robadas? ¿No te das cuenta del poder que podría aportar a nuestros enemigos?
El padre abad sacudió la cabeza en un ademán de disgusto.
—Estoy harto de intentar convencerte, necio abad Dobrinion —dijo—. Pero voy a hacerte una seria advertencia: este asunto es demasiado importante como para permitirte intromisiones. Me enteraré de todo lo que hagas.
El abad Dobrinion irguió la espalda y clavó su mirada en el anciano. En verdad, algunas de las consideraciones de Markwart relativas a potenciales calamidades habían minado un poco su seguridad, pero aun así, su corazón le decía que aquel interrogatorio de los Chilichunks no tenía justificación; y tampoco el del centauro. No obstante, no tenía argumentos para oponerse a Markwart en aquel momento. La jerarquía de la Iglesia abellicana no le permitía a él, como simple abad, cuestionar seriamente la autoridad del padre abad, ni siquiera dentro de los muros de su propia abadía. Hizo una breve reverencia, y a continuación dio media vuelta y se marchó.
—¿Quién es el segundo de Dobrinion en Saint Precious? —preguntó el padre abad Markwart al hermano Francis tan pronto como el abad se hubo marchado.
—¿En la línea sucesoria? —razonó Francis; y, cuando Markwart le confirmó su suposición, Francis sacudió la cabeza y se encogió de hombros.
—Nadie de especial relevancia, ciertamente —explicó—. En estos momentos ni siquiera hay un padre al servicio de Saint Precious.
Markwart frunció el ceño, curioso.
—Había dos padres —explicó Francis—. Uno de ellos murió en el campo de batalla, en el norte; el otro murió de la fiebre roja tan sólo hace unos pocos meses.
—Una interesante ausencia —comentó el padre abad Markwart.
—En realidad, no hay nadie en Saint Precious preparado para suceder a Dobrinion —prosiguió el hermano Francis.
El padre abad sonrió perversamente ante la perspectiva. Tenía un padre en Saint Mere Abelle que podría estar preparado para ocupar el cargo, un hombre que tenía manos de hierro, a su imagen.
—El proceso de destitución de su cargo nos resultaría de lo más difícil —razonó el hermano Francis, creyendo adivinar por dónde iban los pensamientos de Markwart.
—¿Cómo dices? —preguntó Markwart incrédulo, como si aquella idea jamás le hubiera pasado por la cabeza.
—La asamblea nunca desposeerá al abad Dobrinion de su abadía, dado que no hay un sucesor lógico en Saint Precious— razonó el hermano Francis.
—Hay muchos padres en Saint Mere Abelle preparados para asumir el papel de abad —replicó el padre abad Markwart—. Y también en Saint Honce.
—Pero la historia nos dice con claridad que la asamblea nunca dejará una abadía sin abad, a menos que haya otro dentro de la misma abadía preparado para sustituirlo —arguyó el hermano Francis—. La duodécima asamblea de Saint Argraine hizo frente a un caso semejante, relativo a un abad cuyos delitos eran claramente más graves que los del abad Dobrinion.
—Sí, sí, no dudo de tu competencia en la materia —le interrumpió el padre abad Markwart, algo impaciente, y miró sonriendo en la dirección por la que se había ido el abad Dobrinion.
—Una lástima —murmuró.
Luego echó a andar, pero, al igual que había sucedido en las mazmorras, el hermano permaneció unos momentos sin moverse, sorprendido, cuando lo analizó con más detenimiento, que el padre abad pudiera abrigar semejantes pensamientos. El proceso de destitución de un abad no era un asunto sencillo, indudablemente no. En los mil años de historia de la Iglesia tan sólo se había intentado una media docena de veces, y en dos de ellas se llevó a cabo porque los abades en cuestión habían sido declarados culpables de delitos muy graves: en un caso, de una serie de violaciones, incluido el asalto a la abadía de mujeres de Saint Gwendolyn; y en el otro, de un asesinato. Además, los otros cuatro procesos habían tenido lugar en los primeros y remotos tiempos de la orden abellicana, cuando el cargo de abad solía ponerse en venta o era un nombramiento acordado por intereses políticos.
El hermano Francis exhaló un profundo suspiro para tranquilizar sus nervios y, lleno de dudas, siguió a su superior una vez más, mientras se recordaba a sí mismo que, al fin y al cabo, la Iglesia, y por supuesto todo el reino, estaba en guerra, y que aquéllos eran desde luego tiempos desesperados.
El hermano Braumin Herde no estaba de buen humor. Sabía qué estaba ocurriendo en las mazmorras de la abadía, aunque no estaba autorizado a acercarse a las plantas inferiores. Y lo que era peor: sabía que estaba solo en su postura, si decidía enfrentarse al padre abad. Maese Jojonah hacía tiempo que se había ido, le habían quitado de en medio tal como su anciano mentor le avisó que podría ocurrir. El padre abad Markwart conocía a sus enemigos y tenía la sartén por el mango, un privilegio del que no pensaba prescindir.
Así que el hermano Braumin, que evitaba a los monjes de su propia abadía por temor a que corrieran a comentarle a Markwart cualquier conversación, pasaba la mayor parte del tiempo con los hermanos de Saint Precious. Descubrió que formaban un grupo más alegre que los serios estudiantes de Saint Mere Abelle, a pesar de que hasta ellos llegaba sin cesar el fragor de las batallas que se desarrollaban no mucho más al norte desde hacía ya muchas semanas. Más aún, en líneas generales, Saint Precious era un lugar más luminoso. Tal vez era el tiempo, pensó el hermano Braumin, pues Palmaris era una ciudad mucho más soleada que la bahía de Todos los Santos; o quizá se debía a que Saint Precious estaba construida a un nivel más elevado respecto al suelo que la enorme abadía de Saint Mere Abelle, y tenía más ventanas y balcones refrescados por la brisa. O tal vez se debía a que aquellos monjes estaban menos recluidos, al vivir, como vivían, en pleno centro de una gran ciudad.
O quizá, reflexionó el hermano Braumin —y pensó que ésa era la explicación más probable—, el hecho de que Saint Precious poseyera un espíritu más jovial que Saint Mere Abelle era un simple reflejo del estado de ánimo de los respectivos abades. Dobrinion Calislas, según decían todos, era un hombre al que no le costaba sonreír; sus sonoras e incontenidas carcajadas eran famosas en Palmaris, así como su gusto por el vino —por el pasmo de los elfos, según decían algunos—, su afición a los juegos de azar, aunque sólo entre amigos, y el placer que encontraba en oficiar una gran boda en la que no se reparara en gastos.
Braumin sabía que el padre abad Markwart no sonreía mucho, y en las ocasiones en que lo hacía los que no gozaban de su favor se sentían de lo más molestos.
Aquella tarde a última hora, Braumin se encontraba en el alfombrado vestíbulo ante los aposentos privados del abad Dobrinion. Muchas veces levantó la mano para llamar a la puerta, pero la dejó caer sin hacerlo. Braumin comprendía el riesgo que corría si entraba a hablar con aquel hombre, si le contaba al abad Dobrinion sus temores respecto a Markwart y la secreta alianza que se había ido forjando contra él. Por una parte, Braumin intuía que tenía pocas alternativas al respecto. Al haberse ido maese Jojonah y, al parecer, para un largo viaje que lo mantendría apartado de la vida de Braumin durante años, el joven monje se veía incapaz de emprender alguna acción en contra de las decisiones del padre abad Markwart, en particular aquella que había obligado a Jojonah a marcharse. Si conseguía aliarse con el abad Dobrinion, el cual según todos los indicios no mantenía buenas relaciones con el padre abad, podría fortalecer en gran medida la causa de ambos.
Pero, por otra parte, Braumin Herde tenía que admitir que no conocía muy bien al abad Dobrinion, en particular no conocía su política. Tal vez el abad Dobrinion y el padre abad Markwart reñían a causa del control de los prisioneros pura y simplemente porque cada cual quería atribuirse la gloria de la recuperación de las gemas. O quizá las objeciones del abad Dobrinion se limitaban a que estaba molesto por el hecho de que Markwart se hubiera presentado en Saint Precious y hubiera usurpado buena parte de su poder.
El hermano Braumin pasó casi media hora en el vestíbulo considerando sus opciones. Al fin, las palabras prudentes de maese Jojonah acabaron por decidirle.
—Con serenidad, propaga la consigna —le había pedido su querido mentor—, no contra el padre abad o contra cualquier otro sino en favor de Avelyn y de otros como él.
Paciencia, decidió el hermano Braumin. Sabía que se trataba de la larga lucha de la Humanidad, la batalla interna entre el bien y el mal, y el lado que él había escogido, el lado de la bondad y de la piedad verdaderas, al final saldría victorioso. Tenía que creerlo.
Ahora se sentía desgraciado y muy solo, pero era la carga que la verdad le forzaba a llevar en su corazón, y el ir a visitar al abad Dobrinion en aquellos tiempos tan peligrosos no era la alternativa más adecuada.
A la luz de lo ocurrido en las semanas siguientes, el hermano Braumin Herde llegaría a lamentar el momento en que pasó de largo junto a la puerta del abad Dobrinion.
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15
Orgullo

—Maiyer Dek y el powri Kos-kosio —dijo Pony, muy contenta por el resultado de Caer Tinella. Ella, Elbryan, Tomás Gingerwart y Belster O'Comely estaban sentados en torno a una fogata en el campamento de refugiados, y esperaban impacientes el regreso de Roger Descerrajador y de los otros exploradores que se habían propuesto efectuar una valoración ajustada de las consecuencias del asalto de aquella noche contra los monstruos. Todos suponían que las noticias serían buenas. Habían muerto bastantes monstruos, pero sus muertes, incluso la de los tres gigantes, no eran nada comparadas con la del jefe de los gigantes y la del jefe de los powris; especialmente teniendo en cuenta que Maiyer Dek había sido el que mató a Kos-kosio ante los mismísimos ojos de muchos powris aliados. Antes de la llegada del demonio Dáctilo, gigantes y powris raramente se habían aliado y se odiaban tanto entre sí como odiaban a los humanos. Bestesbulzibar había acabado con aquella enemistad, pero con la caída del demonio, la alianza había perdurado por pura necesidad, pues ambos ejércitos se habían adentrado mucho en tierras humanas.
Pero era una alianza cargada de tensión, una alianza que sólo esperaba un pretexto para transformarse en enemistad.
—Si hubiéramos convencido a Maiyer Dek para que se uniera a nosotros, no habríamos conseguido que nos ayudara más de lo que hizo —comentó Elbryan con una risa burlona—. Mis esperanzas aumentaron cuando vi cómo arrojaba al fuego al jefe de los powris.
—Y con Maiyer Dek y tres de sus gigantes muertos —añadió Pony— podemos esperar que los powris, encolerizados con los gigantes, tengan claramente la sartén por el mango.
—Con la salvedad de que los trasgos son más amigos de los gigantes que de los perversos powris —observó Tomás Gingerwart—. ¡Aunque a menudo los gigantes se los comen!
—Es bien cierto —admitió Elbryan—; tal vez ambos bandos estén bastante igualados, pues Caer Tinella estaba infestado de miserables trasgos. Pero a menos que puedan encontrar pronto a alguien con gran carisma entre sus filas, sospecho que la lucha en el pueblo no ha hecho más que empezar.
—Confiemos en que se maten unos a otros hasta que no quede ninguno —dijo Belster O'Comely, levantando en el aire una jarra de cerveza regalo de Roger Descerrajador, y apurando un enorme trago que vació la jarra.
—Así que son más débiles y nuestra fuerza se ha incrementado con una veintena de hombres listos para luchar —indicó Tomás.
—Una veintena lista para ayudar a los demás a sobrepasar los pueblos en ruta hacia el sur —corrigió Elbryan—. Nosotros, todos nosotros, hemos visto ya bastantes batallas.
—¡A Palmaris! —rugió Belster soltando un sonoro eructo.
Tomás Gingerwart no estaba contento.
—Hace un mes, o incluso una semana o incluso hace dos días, me hubiera considerado satisfecho con eso —explicó—. Pero Caer Tinella es nuestro hogar y, si nuestros enemigos se encuentran realmente debilitados, sería hora de que reconquistáramos el pueblo. ¿Ése era el plan, no? ¿Esperar hasta que hubiéramos evaluado la fuerza de nuestros enemigos y entonces atacar?
Elbryan y Pony intercambiaron miradas nerviosas y luego miraron otra vez a aquel hombre decidido, simpatizando sinceramente con sus deseos.
—Es una discusión que debemos dejar para más adelante —dijo el guardabosque con calma—. No sabemos cuán fuertes son los monstruos atrincherados en Caer Tinella.
Tomás soltó un bufido.
—Habéis entrado allí —dijo—. ¿Creéis que podría haber sido mucho más devastador el asalto si todos nuestros guerreros hubieran luchado a vuestro lado?
—Habría sido devastador para ambos bandos, me temo —replicó Pony—. Pudimos darles duro a los monstruos y liberar a los prisioneros sólo gracias al factor sorpresa. Si Maiyer Dek hubiera visto una fuerza mayor que se acercaba, habría dado orden de matar a todos los prisioneros y la defensa de Caer Tinella habría sido mucho más firme.
Tomás soltó de nuevo otro bufido, sin querer escuchar una opinión tan negativa. Según su criterio, si Elbryan y Pony, su pequeño e invisible amigo Juraviel y Roger Descerrajador podían infligir semejantes pérdidas, él y sus guerreros podían acabar el trabajo.
Elbryan y Pony se miraron y acordaron silenciosamente dejarlo para mejor ocasión. Comprendían los sentimientos de Tomás, reconocían que necesitaba creer que no había perdido su hogar, y ambos confiaban en que sería lo bastante sensato como para escuchar sus argumentos en el caso de que la opción más prudente fuera rodear el pueblo y huir hacia el sur.
Belster O'Comely temía que la tensión aumentara por lo que condujo la conversación por otros derroteros especulando sobre el destino del ejército de los monstruos a través de todas las tierras.
—Si aquí les hemos pegado tan duro, me parece que también otros habrán podido atizarles —dijo—. ¡Apuesto a que estaré de nuevo en El Aullido de Sheila, en Dundalis, en la próxima primavera! —acabó diciendo, y llenó y vació de nuevo su jarra.
—Es posible —dijo el guardabosque con la mayor seriedad; su optimismo sorprendió a Pony—. Si el ejército de los monstruos se desintegrase, el rey desearía reconquistar enseguida las Tierras Boscosas.
—¡Y Sheila aullaría otra vez! —rugió Belster, pues en su estado de euforia, propiciado por la bebida, había olvidado todas sus pretensiones de llevar una vida tranquila en la segura Palmaris. Su excitación atrajo a otros en torno al fuego, la mayoría con comida y bebida.
La conversación tomó entonces derroteros más livianos y se convirtió en una repetición de anécdotas de tiempos más felices, anteriores a la invasión de los monstruos; y lo que había empezado siendo tensa espera de una información importante se convirtió en una especie de celebración victoriosa. Elbryan y Pony apenas intervenían; preferían estar sentados y escuchar las charlas de los demás; a menudo se miraban e inclinaban la cabeza para asentir. Ya habían concertado una reunión con Juraviel a punta de día en la pradera junto a los pinos, y después de escuchar lo que el elfo tenía que decirles, después de ser capaces de evaluar la fuerza real de sus enemigos en los dos pueblos, podrían tomar una decisión.
La noche fue avanzando, los fuegos languidecían, y la mayoría de la gente se había retirado a sus sacos de dormir. Por fin, sólo una hora antes del alba, los exploradores regresaron, guiados por un exuberante Roger Descerrajador.
—Todos los gigantes se han largado —proclamó el joven—. ¡Todos! ¡Expulsados por los powris, y ni siquiera opusieron resistencia!
—No querían seguir aquí en primera línea —razonó Pony—. Prefieren sus escondrijos en las montañas escarpadas de las Tierras Boscosas.
Tomás Gingerwart lanzó un grito de victoria.
—¿Y qué pasa con los trasgos? —preguntó Elbryan con calma, interrumpiendo la celebración antes de que pudiera empezar. No quería que la excitación de Roger se aprovechara de aquel momento y condujera a Tomás y a todos los refugiados por un camino de absoluta destrucción. Incluso sin gigantes, los powris que quedaban podrían ser demasiado poderosos.
—Hubo una pelea y algunos muertos —replicó Roger, sin perder comba—. Otros se dispersaron por el bosque.
—Pero otros se quedaron con los powris —razonó Elbryan.
—Sí, pero...
—¿Y murieron pocos, muy pocos powris? —insistió el guardabosque.
—Los trasgos que se quedaron huirán al primer indicio de batalla —dijo Roger lleno de confianza—. Están allí sólo porque tienen miedo de las gorras ensangrentadas.
—Algunos ejércitos han conseguido grandes victorias gracias precisamente al miedo —dijo Pony secamente.
Roger la miró con dureza.
—Están listos para que los derrotemos —dijo en tono neutro.
—Aún no podemos pretender tal cosa, ni mucho menos —respondió con rapidez el guardabosque, al tiempo que levantaba una mano para cortar de forma directa a Tomás Gingerwart. Elbryan se incorporó y se situó junto a Roger—. Nuestras responsabilidades son demasiado grandes como para emitir un juicio tan precipitado.
—¿Como el que emitiste cuando te fuiste solo a Caer Tinella? —le espetó el joven.
—Hice lo que creí necesario —replicó Elbryan sin perder la calma. Percibía que las miradas de muchos iban de él a Roger, y sabía que cualquier conflicto entre ambos sería la causa de grandes tensiones. Aquella gente había llegado a confiar y a querer a Roger Descerrajador, y éste realmente había hecho mucho por ellos durante las semanas de exilio. Pero si ahora se equivocaba, si dejaba que sus ansias de conducir a aquella gente a la victoria obnubilaran su sentido común, entonces sus logros anteriores no servirían de nada, ya que probablemente todos los refugiados no tardarían en morir.
—¡Igual que yo cuando rescaté a los treinta soldados prisioneros! —exclamó Roger con vigor y en voz muy alta.
—¿Tú solo? —tuvo que puntualizar Pony.
Elbryan levantó la mano para calmarla, para calmar a todo el mundo.
—Es demasiado pronto para decidir si atacamos los pueblos o los rodeamos —anunció—. Sabremos más cosas cuando se haga de día, muchas más —y entonces el guardabosque que creía y esperaba que la discusión había terminado, se dio la vuelta y se dispuso a irse.
—Recuperaremos Caer Tinella —declaró Roger, y se produjeron no pocos gritos de asentimiento—. Y Tierras Bajas —prosiguió—. Y cuando volvamos a tener esos pueblos en nuestro poder, enviaremos un mensaje a Palmaris para que el ejército del rey pueda reforzar nuestras posiciones.
—Los hombres del rey no vendrán tan al norte —argumentó Pony—. O al menos no debemos basar nuestra subsistencia en ellos. Todavía no. No mientras Palmaris esté amenazado de invasión.
—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Roger en tono severo.
—He servido en el ejército del rey —admitió Pony—. En los hombres del rey y en los Guardianes de la Costa. Conozco sus prioridades y puedo aseguraros que Caer Tinella y Tierras Bajas no se cuentan entre ellas, teniendo en cuenta la importancia de Palmaris, segunda ciudad de Honce el Oso y puerta de Masur Delaval. Si Palmaris cae, el camino queda totalmente despejado hasta el trono del rey en Ursal.
Aquello disipó en parte la jactancia de Roger. Durante unos momentos buscó nervioso una réplica, pero antes de que pudiera dar con ella, Tomás Gingerwart se le adelantó.
—Todos estamos cansados —dijo el hombre en voz alta, con lo que atrajo la atención de todos los que estaban por allí cerca—. Se dice que las buenas noticias pueden cansar tanto como las malas, incluso tanto como una semana de trabajo duro.
—Es bien cierto —asintió Belster O'Comely.
—Tenemos la moral alta y nuestros corazones están llenos de esperanza —prosiguió Tomás—, pero el guardabosque y Jilseponie tienen razón. Ahora no es momento de decidir.
—Nuestros enemigos están desorganizados y en retroceso —arguyó Roger.
—Así estarán, por lo menos un día más —contestó Tomás con brusquedad—. En cualquier caso, no atacaremos los pueblos a plena luz del día, de modo que ahora vayamos a descansar, y esperemos que por la mañana podamos ver las cosas con más claridad.
Elbryan cruzó su mirada con la de Tomás y asintió, sinceramente agradecido por la sensatez de su postura. Luego hizo un gesto a Pony y la pareja se dirigió hacia los pinos y la pradera, con objeto de formarse una idea más precisa de lo que quedaba de sus enemigos.
Roger Descerrajador esperó en el campamento durante un rato, y luego, al ver que nadie le hacía mucho caso, se fue tras la pista del guardabosque y de la mujer; y, estaba seguro de ello, de su explorador particular.
Alcanzó a Elbryan y a Pony en la pradera bordeada de pinos y se ruborizó intensamente, reconsiderando su situación, al ver cómo se abrazaban y se besaban con pasión. Roger recobró el aliento cuando los amantes se soltaron.
Si hubiera analizado sus sentimientos con mayor detenimiento y sinceridad, Roger se habría dado cuenta de que aquel beso le había turbado más de lo debido, que no deseaba espiar un momento tan íntimo, y mucho menos uno en el que estuviera implicada aquella maravillosa mujer. Pero Roger aún no era capaz de aquel nivel de introspección en relación a los dos recién llegados, y por tanto, al ver que el abrazo se había terminado, se acercó con sigilo y no le sorprendió lo más mínimo cuando oyó una voz melodiosa que provenía de un pino cercano.
—La fortuna nos sonríe esta noche —explicó Juraviel—. Los gigantes se han ido, todos, y también un buen número de trasgos. Sólo habría faltado una reyerta abierta entre gigantes y powris.
—Pero no ha sucedido —repuso Elbryan—; por consiguiente, tenemos que asumir que la fuerza powri es aún considerable.
—Por supuesto —confirmó Juraviel—. ¡Aunque hayan asado a su líder!
—La gente quiere atacar Caer Tinella para reconquistar sus hogares —indicó Pony.
—¿No es cierto, Roger Descerrajador? —añadió Elbryan advirtiendo que el joven estaba allí.
Roger se agazapó aún más y pegó la cara a la hierba.
—Estoy harto de que ande espiándome —protestó Juraviel, revoloteando desde el árbol hasta el suelo.
—Bueno, sal entonces —dijo Pony—. Puesto que quieres enterarte de lo que vamos a decir, por lo menos únete a la conversación.
Roger se dijo repetidas veces que era imposible que aquellos tres hubieran podido verlo, que Elbryan y Pony hubieran advertido que los había seguido.
—En ese caso, quédate con la cara enterrada en la hierba —dijo Elbryan con una sonrisa burlona—. Estoy en contra de atacar —añadió dirigiéndose a Juraviel.
—Y por razones de peso —respondió el elfo—. Si la guerra estuviera todavía en un punto muerto, entonces cabría considerar la oportunidad de semejante golpe. Pero dudo de que Caer Tinella sea algo más que una residencia temporal para los powris y para los pocos trasgos que se han quedado. Ciertamente, no es una base de aprovisionamiento para un ejército de monstruos coordinado. No veo qué íbamos a ganar con un ataque, y pensar en la reconquista del pueblo a estas alturas es sencillamente temerario; podríamos perderlo todo. No infravaloremos la fuerza del ejército que queda en Caer Tinella.
—Creo que es más prudente evitar el pueblo y huir hacia las tierras del sur —añadió Elbryan.
—Es probable que la carretera hacia el sur se encuentre completamente despejada hasta Palmaris —repuso Juraviel—. Aunque no puedo deciros por cuánto tiempo.
—Convencer a los aldeanos de que abandonen sus hogares no va a ser tarea fácil —explicó Pony.
—Pero lo haremos —le aseguró Elbryan mirando hacia Roger Descerrajador mientras hablaba; pensaba que aquella afirmación conseguiría sacar al muchacho de su escondite.
—¡Quizá a ti no te importe tu propia casa! —dijo el joven poniéndose en pie de un salto y encarándose con el guardabosque—. ¡Pero nosotros somos leales a Caer Tinella!
—Y por esa razón regresaréis a Caer Tinella —dijo con calma Elbryan—. Esta guerra ya no durará mucho más y, tan pronto como la región en torno a Palmaris se considere segura, espero que el rey envíe el ejército al norte.
—¿Y qué van a encontrar? —dijo Roger irguiéndose cuanto pudo para tratar de situarse a la altura de Elbryan—. ¿Los esqueletos carbonizados de nuestros hogares?
—Tendréis que reconstruirlos —respondió con calma Elbryan.
Roger se burló de semejante idea.
—Hace años nuestros hogares de Dundalis fueron saqueados —dijo Pony—. Luego, Belster y sus compañeros los reconstruyeron. Y ahora ha vuelto a ser saqueado.
—Y por lo tanto, será reconstruido otra vez —dijo Elbryan con resolución—. Las casas se pueden reponer; las personas se pierden para siempre.
—Mi propia familia murió en aquella invasión —explicó Pony, mientras cogía al joven amablemente por el codo.
—Y la mía también —añadió Elbryan—. Y todos nuestros amigos.
El rostro de Roger se relajó sólo un momento al mirar a Pony, pero luego se apartó de ellos y la cólera reapareció en sus ojos.
—No me contéis vuestras penas —les espetó—. Sé perfectamente qué significa perder familia y amigos. Y ahora no tengo miedo. ¡Los enanos están en Caer Tinella, mi hogar, y por lo tanto iré allí y me desharé de todos ellos! Vosotros intentáis retrasarlo, pero después del éxito de nuestro ataque, no podréis evitarlo. La gente me seguirá, Pájaro de la Noche —dijo mientras se golpeaba el pecho—. Te crees el jefe, pero fue Roger Descerrajador, no tú, quien rescató a los prisioneros en la última incursión, y también fue Roger Descerrajador el que ha estado proporcionando a esa gente alimentos que había robado delante de las narices del estúpido Kos-kosio Begulne. ¡Yo! —chilló, mientras se golpeaba de nuevo el pecho—. Y no os los llevaréis lejos de Caer Tinella. Me seguirán a mí.
—Hasta su perdición —replicó el guardabosque sin inmutarse—. ¿Se trata de Caer Tinella, Roger, o de dilucidar quién manda?
Roger agitó la mano hacia él en señal de despedida.
—Aún no hemos acabado con este asunto, Pájaro de la Noche —dijo, espetando el apelativo élfico con desprecio; se dio la vuelta y regresó por el prado.
Pony se disponía a seguirlo con expresión tensa a causa del enfado, pero Elbryan levantó el brazo para detenerla.
—Es joven y está hecho un lío —explicó el guardabosque—. Creía que su lugar estaba consolidado entre esa gente, y entonces llegamos nosotros.
—Nunca ha sido formalmente el jefe de ese grupo —dijo Juraviel—. El liderazgo recae en Tomás Gingerwart y en Belster O'Comely. Roger estaba, más bien, trabajando al margen del grupo. Nuestra llegada no debiera haber alterado ese papel.
—Se creía el héroe del grupo —razonó Pony.
—Lo es, por supuesto —corrigió Elbryan.
—De acuerdo —dijo Juraviel—. Pero no ha comprendido que hay espacio para otros.
—¡Roger Descerrajador! —gritó fuerte Elbryan.
Roger, desde el otro extremo de la pradera, detuvo su marcha y se dio la vuelta.
—Debemos aclarar las cosas de una vez por todas, aquí y ahora —gritó el guardabosque—. Por el bien de toda esa gente —afirmó con decisión aunque su expresión revelaba una gran inquietud—. Dale tu espada a Juraviel —le pidió a Pony con un leve suspiro.
La mujer analizó aquella petición y miró a su amado.
—Éste no es el momento —replicó.
—Tiene que serlo —dijo el guardabosque—. Dale tu espada a Juraviel —repitió e hizo una pausa y miró primero a Pony y después a Roger, que se iba acercando con objeto de intentar profundizar aún más en sus motivaciones—. Y vete de aquí —añadió dirigiéndose a Pony—; no debes ser testigo de esto. En atención a él.
Pony desenvainó la espada y se la tendió al elfo sin dejar de mirar fijamente los ojos de Elbryan.
—Si le hieres... —advirtió, y se dio la vuelta y se internó en el bosque de pinos.
Elbryan era bastante sensato como para preocuparse por la advertencia inacabada de Pony.
—Ten cuidado —le aconsejó Juraviel—. Humillarlo demasiado podría acarrear graves consecuencias.
—Espero que no lleguemos a tanto —dijo Elbryan con sinceridad—, pues también yo temo esas consecuencias. Pero esta división entre nosotros no puede persistir. No podemos pedir a la gente que en una situación tan crítica tenga que optar entre Roger o yo.
—¿Crees que Roger te escuchará?
—Haré que Roger me escuche —le aseguró Elbryan.
—Pasas por una sutil maroma, Pájaro de la Noche —dijo el elfo.
—Una maroma que tú y Tuntun me mostrasteis muy bien —respondió el guardabosque.
Juraviel inclinó la cabeza, admitiendo que tenía razón.
—Haz que empiece él —le avisó el elfo—. Si tiene que ocurrir.
Elbryan inclinó la cabeza y se enderezó mientras Roger, temerario como siempre, avanzó desafiante hasta situarse justo delante de él.
—Estoy cansado de nuestras disputas, Roger Descerrajador, sobre quién pretende el liderazgo del grupo —exclamó Elbryan—. En la última incursión en Caer Tinella, demostramos que juntos podemos trabajar bien.
—Demostramos que mis prioridades, y no las tuyas, son las que convienen a la gente —replicó el joven.
Elbryan logró tomarse bien aquel insulto, al reconocer la frustración que escondía.
—Los dos prestamos valiosos servicios en el pueblo —respondió sin prisas y con serenidad—. Tú liberaste a los prisioneros y por eso todos nosotros, incluido yo mismo, te estamos muy agradecidos. Y yo conseguí derrotar a Maiyer Dek, un golpe del que nuestros enemigos tardarán en recuperarse.
—¡Pero podría haber realizado mi trabajo con mucha mayor facilidad si no hubierais estado allí! —exclamó el joven en tono acusador—. Además, ¿acaso me pediste que fuera? Cuando mis habilidades eran más necesarias que nunca, ¿acaso el gran Pájaro de la Noche se dignó preguntarme si podría estar interesado en la misión?
—Ni tan sólo sabía que tuvieran prisioneros —replicó el guardabosque con sinceridad—. De lo contrario, mi plan habría sido muy distinto.
—Tu plan —escupió Roger—. ¡Desde que llegaste, sólo he oído hablar de tus planes!
—¿Y no ha mejorado nuestra situación desde entonces?
De nuevo Roger escupió; esta vez a los pies de Elbryan.
—No te necesito, Pájaro de la Noche —añadió con desprecio—. Me gustaría que tú y tu extraño y diminuto amigo desaparecierais en el bosque.
—Pero no Jilseponie —observó Juraviel.
—¡Ella también! —dijo Roger con poco convencimiento ruborizándose.
Elbryan se dio cuenta de que sería mejor abandonar un tema tan delicado.
—Pero no vamos a irnos —dijo—. No hasta que esa gente esté a salvo en Palmaris, o hasta que el ejército haya emprendido la marcha hacia el norte para recuperar los pueblos. Soy una circunstancia de tu vida, Roger Descerrajador. Y si ocupo una posición de liderazgo, algo que he conseguido con mi trabajo en las tierras del norte y con mi experiencia, tienes que saber que no la voy a abandonar por el capricho de tu insensato orgullo.
Roger se movió como si fuera a propinar un golpe, pero retuvo su cólera, aunque su rostro continuaba enrojecido.
—Soy responsable ante ellos, no ante ti —explicó con calma el guardabosque—. Hay un lugar para ti en este grupo, un lugar muy importante.
—¿Como tu lacayo?
—Entérate de una vez —prosiguió el guardabosque, ignorando el estúpido comentario—: Voy a argumentar en contra de cualquier ataque a Caer Tinella. Huir de esta zona es lo más adecuado para esa gente, y espero y te pido que apoyes esta decisión.
Roger clavó su vista en él, evidentemente sorprendido de que el guardabosque se hubiera atrevido a darle una orden directa.
—No me voy a conformar con menos, Roger Descerrajador.
—¿Me estás amenazando? ¿Tal como hizo Pon... Jilseponie con sus estúpidas palabrotas?
—Te digo la verdad, ni más ni menos —repuso Elbryan—. Es demasiado importante...
Antes de que el guardabosque pudiera acabar, Roger se movió impulsivamente para propinarle un puñetazo en la mandíbula. Sin sorprenderse lo más mínimo, Elbryan levantó la mano como si fuera un cuchillo por delante de la cara y la desplazó ligeramente, lo suficiente para desviar el golpe de Roger que, inofensivo, no dio en el blanco. La mano abierta del guardabosque se disparó hacia adelante, alcanzó la cara de Roger de través e hizo que se tambaleara hacia atrás.
Roger sacó un puñal y avanzó, pero resbaló al frenar bruscamente ante el imponente brillo de Tempestad.
—Una pelea entre nosotros sería una insensatez —dijo el guardabosque—. Has admitido que nunca has matado a nadie, mientras que yo, lamentablemente, he vivido con la espada durante mucho, muchísimo tiempo.
Dicho esto, Elbryan envainó con calma Tempestad.
—¡Puedo pelear! —le chilló Roger.
—No lo dudo —respondió Elbryan—. Pero tus auténticas cualidades son de otro orden: explorar, crear dificultades a nuestros enemigos con tu ingenio...
—¡Ingenio en el que aparentemente no confías para ninguna decisión importante!
Elbryan sacudió la cabeza.
—Esto es una batalla, no un robo.
—¿Y yo no soy más que un vulgar ladrón?
—Ahora te comportas como un niño mimado —dijo el guardabosque—. Si me atacas, y me matas, o si te mato a ti, ¿qué ganaría la gente que espera que la guiemos?
—No quiero matarte —le informó Roger—. ¡Sólo herirte! —y se abalanzó hacía él con el puñal extendido.
La mano izquierda de Elbryan pegó una palmada por debajo de la hoja que alcanzó a Roger en el antebrazo. Antes de que el joven pudiera reaccionar, el guardabosque cruzó rápidamente su mano libre delante de él y llevó su izquierda y el brazo de Roger en sentido contrario. Roger sintió un pinchazo en la mano y después de repente se encontró libre. Recuperó el equilibrio inmediatamente y trató de volver a la carga con otro golpe, pero se dio cuenta de que ya no tenía el puñal y de que éste estaba en la mano derecha de Elbryan.
El guardabosque disparó su mano izquierda, y abofeteó a Roger tres veces, muy seguidas.
—¿Aún quieres intentarlo? —preguntó Elbryan, y le arrojó el puñal para que Roger pudiera agarrarlo con su experta mano.
—Dignidad —murmuró Juraviel detrás del guardabosque.
Advirtiendo que podría estar llevando las cosas demasiado lejos, que estaba insultando al joven, Elbryan retrocedió y tomó la espada de Pony que tenía Juraviel, se dio la vuelta y la lanzó al suelo a los pies de Roger.
—Si tienes ganas de continuar, coge un arma de verdad —dijo.
Roger se dispuso a coger la espada, pero vaciló al levantar la vista hacia el rostro del guardabosque.
—¡Puedo pelear! —dijo—. Pero éstas son tus armas y no las mías. Me ofreces la espada pequeña y vulgar de Pony, mientras te quedas la hoja mágica...
Antes de que pudiera terminar la protesta, Elbryan, en un ágil movimiento, desenvainó Tempestad y la arrojó al suelo junto a la espada de Pony; luego él empuñó la de la mujer.
—Esto se acabará aquí y ahora —dijo el guardabosque con voz uniforme—. Debería ocurrir sin lucha, pero si tiene que ser con...
—Toma el arma, Roger Descerrajador —dijo Elbryan—. O no lo hagas. Pero en cualquier caso, comprende que por lo que respecta a Caer Tinella mi decisión va a prevalecer. Y esa decisión es evitar ese pueblo, y también Tierras Bajas, y llevar a salvo a esa gente hasta Palmaris.
Roger apenas le prestó atención después de la primera frase. No se trataba de Caer Tinella, se trataba de su orgullo. Estaba en juego una posición de liderazgo que Roger creía merecer, y una mujer...
Roger detuvo el flujo de sus pensamientos pues no quería llegar tan lejos. Miró hacia Elbryan sólo un instante, y entonces agarró con la mano la bien elaborada empuñadura de Tempestad, el pomo de silverel forrado de piel azul. Se trataba de su paso a la edad viril, de valor o miedo, de controlar o de ser controlado, y no por Elbryan sino por su propia cobardía.
Alzó la espada y retrocedió hasta una posición equilibrada con la espada lista para la lucha.
—¿Primera sangre? —preguntó.
—Hasta que uno de los dos se rinda —explicó Juraviel, ante la sorpresa de Roger. Según las reglas usuales en el protocolo de la espada, la primera sangre pondría fin al desafío, pero en aquel caso Juraviel quería estar seguro de que Roger Descerrajador aprendería una valiosa lección.
Elbryan se mantuvo en su posición sin inmutarse; por la expresión de Roger podía adivinar que el impaciente muchacho quería atacar primero, y con violencia. Como era de prever, así lo hizo: se deslizó con brusquedad hacia adelante e hizo describir a Tempestad un amplio arco.
Elbryan extendió el cuerpo con la hoja de la espada invertida, inclinada hacia abajo. Cuando Tempestad la tocó, el guardabosque «cazó» con gran habilidad la espada con su propia hoja y contrajo el brazo para de alguna manera absorber el impacto del golpe, ya que de lo contrario se temía que Tempestad pudiera partir su hoja por la mitad. Luego el guardabosque dirigió con prontitud la espada hacia arriba, levantando la mano sobre la marcha, de forma que consiguió desviar hacia arriba el ataque de Roger sin recibir ningún daño.
Elbryan podría haber avanzado entonces para acabar la pelea con un golpe brusco. Se dispuso a hacerlo con el movimiento preciso, pero recordó el aviso de Juraviel y, en lugar de continuar, dio un paso atrás.
Roger volvió a la carga sin darse cuenta de que ya había perdido la partida. Esta vez el joven manejó la espada con más gracia y Tempestad trató de apuñalar a Elbryan por arriba, luego por abajo, de nuevo otra vez por abajo y, después de una finta por arriba, una tercera vez por abajo; todo en vertiginosa sucesión.
Elbryan se limitó a mover la cabeza para evitar el primer ataque, dio un par de golpes planos contra la hoja para desviar los dos siguientes, y entonces con un brinco evitó el último. Luego el guardabosque contraatacó: de repente, avanzó justo después de tocar el suelo tras un pequeño salto y movió la espada con un amplio arco, dando tiempo al joven para que pudiera rechazarlo con Tempestad.
Elbryan atacaba furiosamente con movimientos muy exagerados y previsibles, y el ágil Roger desviaba con facilidad todos los ataques e incluso se las apañó para contraatacar en un par de ocasiones, la primera de las cuales sorprendió a Elbryan de forma que casi vulneró su posición defensiva. No obstante, el guardabosque se recuperó con rapidez y dio una palmada con su mano libre contra la parte plana de la hoja de Tempestad, aunque esta acción le produjo un ligero corte en un lado de la mano.
—En una lucha a primera sangre, ya habría ganado —fanfarroneó Roger.
El guardabosque se tragó el orgullo y pasó por alto el insulto. No tenía tiempo ni ganas para tales juegos burlones, ya que estaba concentrado en el reto de aquella lucha singular... no le preocupaba si iba a ganar o perder, sino asegurarse de que ni él ni Roger resultaran heridos en el combate. Elbryan tenía que hacer una puesta en escena perfecta.
Sobrevino otra fase frenética; los dos hombres entrechocaron las espadas en el aire en repetidas ocasiones, rechazaron los golpes del contrario, aunque de forma gradual Roger iba sacando ventaja y el guardabosque retrocedía uniformemente. Espoleado por la ventaja, Roger Descerrajador arreciaba el ataque con más fuerza y conseguía de Tempestad movimientos temibles, pero que inadvertidamente le hacían vulnerable.
Elbryan no aprovechó ninguna de aquellas situaciones y se limitaba a continuar retrocediendo y a inclinarse un poco para permitir que el otro, pese a ser más bajo, pudiera cernirse sobre él.
Roger dio un grito de satisfacción y cargó con energía, acuchillando con Tempestad en diagonal y hacia abajo.
El guardabosque reaccionó, cambió de mano la espada y desvió el ataque con fuerza; después, en un abrir y cerrar de ojos, pasó la hoja directamente por encima de la de Roger y lanzó la punta por debajo y tiró hacia afuera tan bruscamente que Tempestad cayó de la mano de Roger. También Elbryan dejó caer la suya.
El joven se agachó para recoger la espada; Elbryan se agachó delante de él, dio una vuelta de campana, pivotó al aterrizar y volvió a la carga. Mientras Roger estiraba el brazo para alcanzar la espada, se lo torcieron hacia atrás, doblado por el codo: el brazo derecho de Elbryan se había deslizado por debajo del suyo. Antes de que el joven pudiera reaccionar con el brazo libre, Elbryan le metió el izquierdo debajo del sobaco, lo subió y se lo pasó en torno a la nuca. Al mismo tiempo, el guardabosque avanzó una pierna por delante de Roger y lo torció hacia un lado, sobre la rodilla. Ambos cayeron al suelo pesadamente: Elbryan encima de Roger, que tenía los brazos definitivamente inmovilizados a la espalda.
—Ríndete —le pidió el guardabosque.
—No has jugado limpio —se quejó Roger.
Elbryan se incorporó, haciendo que también Roger se levantara; luego lo soltó y lo empujó hacia adelante. Roger inmediatamente fue a por Tempestad.
Elbryan se dispuso a hacer una silenciosa llamada a la espada, que habría flotado para llegar hasta sus manos, pero decidió no hacerlo para permitir que Roger la recuperara; entonces el joven se dio la vuelta y se encaró a él.
—No has jugado limpio —masculló Roger de nuevo—. Era una pelea con espadas, no una prueba de fuerza.
—La lucha sin armas ha sido una mera continuación de la otra —replicó Elbryan—. ¿Acaso hubieras preferido que te atacara con la espada?
—No podías —arguyó Roger—. ¡Tu lance nos costó las armas a los dos!
Elbryan se volvió hacia Juraviel y constató que el elfo se daba perfecta cuenta de lo que había pasado y que había ganado en buena lid. Pero el elfo dijo:
—El muchacho tiene razón.
Y Elbryan, al ver que Roger todavía no había aprendido la lección, comprendió y asintió.
—En ese caso, la pelea no ha terminado.
—Ve y coge tu espada —le dijo Roger a Elbryan.
—No hace falta —interrumpió Juraviel, y su tono fue un poquito demasiado jovial en opinión de Elbryan—. Las espadas cayeron y tú fuiste el primero en coger la tuya. ¡Aprovecha la ventaja, joven Roger!
Elbryan miró a Juraviel y pensó que estaba llevando las cosas un poco demasiado lejos.
Roger avanzó tres pasos con la espada levantada a la altura del rostro de Elbryan.
—Ríndete —exigió el joven con una ancha sonrisa.
—¿Porque tienes ventaja? —replicó Elbryan—. ¿Tal como la tenías con el puñal?
El patético recuerdo catapultó a Roger hacia adelante, pero el guardabosque también saltó para caer de cabeza fuera del alcance de Roger; completó la voltereta y se apresuró a recoger la espada antes de que el joven pudiera darse la vuelta y atraparlo.
Sin embargo, Roger cargó directamente, furioso por su propio error, blandiendo la espada con violencia. El metal chocó con el metal, muchas, muchas veces: Elbryan desviaba limpiamente todos los golpes.
Roger se cansó pronto y trató de utilizar uno de los trucos del guardabosque; se pasó Tempestad a la mano izquierda y acuchilló.
El rechazo de revés de Elbryan casi le obligó a dar una vuelta completa; y cuando se recuperó y levantó Tempestad para defenderse, se encontró con que el guardabosque ya no estaba allí.
Y entonces sintió la punta de una espada en la nuca.
—Ríndete —le exigió Elbryan.
Roger se puso tenso calculando cómo moverse, pero Elbryan se limitó a hundir la punta un poquito más y acabó con sus especulaciones.
Roger lanzó Tempestad al suelo y se alejó unos pasos; se volvió para echar una mirada de rabia al guardabosque... una mirada que se oscureció aún más cuando Elbryan inesperadamente se echó a reír.
—¡Buena pelea! —le felicitó el guardabosque—. No suponía que fueses tan diestro con la espada. Parece que eres un hombre con muchas cualidades, Roger Descerrajador.
—Me has derrotado con facilidad —le espetó el joven.
La sonrisa de Elbryan era inexorable.
—No tanta como crees —respondió, y miró a Juraviel—. La inmersión en la sombra —explicó.
—Desde luego —apostilló el elfo al recordar el día en que había visto a Elbryan derrotado en el campo de adiestramiento por Tallareyish Issinshine, que había utilizado precisamente aquella estratagema—. Es una treta que da resultado dos de cada tres veces —prosiguió Juraviel, dirigiéndose a Roger—; o por lo menos, en dos de cada tres intentos no ocasiona un completo desastre.
Juraviel se dirigió de nuevo a Elbryan.
—¡No es bueno para mi viejo corazón verte, Pájaro de la Noche, a quien los elfos adiestraron hasta los niveles más elevados, forzado a recurrir a tan desesperada maniobra para escapar de una derrota a manos de un simple chiquillo! —le reprochó.
Elbryan y el elfo miraron a Roger; ambos creían que habían actuado bien y que la cuestión de los pueblos y el orden jerárquico entre los dos eran temas solucionados.
Roger miró ceñudo al guardabosque y al elfo durante unos instantes; luego escupió a los pies de Elbryan, dio la vuelta y se marchó a toda prisa.
Elbryan suspiró profundamente.
—No es alguien fácil de convencer —dijo.
—Tal vez se dio cuenta de tu engaño tan fácilmente como yo —razonó Juraviel.
—¿Qué engaño?
—Pudiste haberle derrotado en cualquier momento, de cualquier manera —estableció el elfo bruscamente.
—Dos de cada tres —corrigió el guardabosque.
—Cuando peleaste con Tallareyish, quizás —se apresuró a responder Juraviel—; en aquel caso, sin embargo, la maniobra de Tallareyish se debió a la pura desesperación, pues te habías hecho claramente con el control de la situación.
—¿Y esta vez?
—Esta vez la inmersión en la sombra se utilizó sólo para salvar en lo posible la dignidad de Roger; una táctica que no estoy seguro que resulte efectiva.
—Pero... —empezó a protestar Elbryan, pues aquello era precisamente lo que Juraviel le había pedido que hiciera justo antes de empezar la pelea.
—Ten mucho cuidado de que tu «lección» no provoque una falsa sensación de destreza en Roger —le advirtió el elfo—. Si entra en combate contra un powri, probablemente no vivirá para contarlo.
Elbryan admitió que tenía razón al tiempo que miraba el lugar por donde Roger había abandonado la pradera. No obstante, aquél parecía el menor de los problemas, ya que, dada la actitud de Roger, no estaba nada claro que pudiera convencer a aquella gente para que rodearan los dos pueblos ocupados.
—Ve y devuélvele la espada a Pony —le pidió Juraviel.
Como estaba demasiado obsesionado en aquel momento, tratando de imaginar una solución al problema de Roger, Elbryan ni siquiera respondió; se limitó a recoger y a envainar Tempestad y se alejó en la noche.
—Mientras, yo me voy a charlar un rato con Roger Descerrajador —acabó por decir Juraviel en voz baja cuando el guardabosque se había ido.
El elfo consiguió encontrar a Roger poco después, en un claro con raíces desparramadas bajo las ramas de un frondoso olmo.
—El protocolo y las buenas maneras exigen que felicites al ganador —explicó Juraviel posándose en una rama justo encima del joven.
—Vete, elfo —replicó Roger.
Juraviel saltó al suelo justo frente al joven.
—¿Que me vaya? —repitió con incredulidad.
—¡Ahora!
—Ahórrate tus amenazas, Roger Descerrajador —contestó con calma el elfo—. Te he visto luchar y no me has impresionado.
—Por poco consigo vencer a tu maravilloso Pájaro de la Noche.
—Él podía haberte vencido en cualquier momento —le interrumpió el elfo—. Lo sabes perfectamente.
Roger se incorporó y, aunque su talla no llegaba a la media de la de los humanos, era más alto que el elfo.
—El Pájaro de la Noche es tan fuerte como el que más —prosiguió el elfo—. Y, adiestrado por los Touel'alfar, es el más hábil con la espada. Es un auténtico guerrero y podría haberte arrojado tu espada a la cara, si se lo hubiera propuesto. O simplemente podría haberte agarrado el brazo y aplastártelo con su mano de hierro.
—¡Eso dice su lacayo elfo! —gritó Roger.
Juraviel se burló ante lo absurdo de semejante frase.
—¿Ya te has olvidado del ataque inicial?
La expresión de Roger se contrajo por la curiosidad.
—¿Qué ocurrió cuando te acercaste al Pájaro de la Noche con el puñal? —preguntó el elfo—. ¿No es suficiente prueba?
Un Roger totalmente frustrado lanzó su puño contra Juraviel. El elfo se adelantó al movimiento, agarró a Roger por la muñeca y se situó justo detrás de él, al tiempo que forzaba el brazo de Roger por detrás de su espalda y lo agarraba por el pelo con la mano libre. Tirando a la vez del brazo y del pelo obligó a Roger a dar la vuelta, y Juraviel se apresuró a golpearle la cara contra el tronco del olmo.
—Yo no soy el Pájaro de la Noche —le avisó Juraviel—. ¡No soy un ser humano, y los bobos no me dan lástima! —y mientras se lo decía, le golpeó de nuevo contra el tronco; luego lo hizo girar y de un revés lo sentó en el suelo.
—Sabes la verdad, Roger Descerrajador —le riñó—. Sabes que el Pájaro de la Noche es más experto en estas cuestiones, y que debería tenerse en cuenta su criterio sobre nuestro futuro. ¡Pero estás tan cegado por tu estúpido orgullo que llevarás a la perdición a tu propia gente ante que admitirlo!
—¿Orgullo? —chilló Roger—. ¿Acaso no fue Roger Descerrajador el que fue a Caer Tinella para rescatar...?
—¿Y por qué fue Roger Descerrajador a Caer Tinella? —le interrumpió Juraviel—. ¿Para salvar a los pobres prisioneros o por temor a ser superado por el nuevo héroe?
Roger tartamudeó mientras buscaba una respuesta, pero en cualquier caso Juraviel ya no escuchaba.
—Podía haberte vencido en cualquier momento, de cualquier manera —repitió el elfo; luego se dio la vuelta y se alejó, mientras el maltrecho Roger se quedaba sentado debajo del olmo.
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16
Para diversión del padre abad
—El abad Dobrinion está cada vez más desasosegado —le comentó el hermano Francis al padre abad Markwart. El monje más joven estaba visiblemente agitado; cada palabra que salía de su boca expresaba tensión, ya que al pronunciarla el hermano Francis se sentía de algún modo atrapado, entre el miedo y el horror. Desde luego, se había dado cuenta de que el abad Dobrinion estaba intranquilo, ya que estaban torturando a sus feligreses en las mismísimas mazmorras de aquel lugar sagrado.
—Tal vez no sea de mi incumbencia —prosiguió Francis haciendo frecuentes pausas para tratar de calibrar la reacción del impasible Markwart—, pero me temo...
—Que Saint Precious no es partidario de nuestra causa —acabó en su lugar el padre abad.
—Perdóname —pidió Francis con humildad.
—¿Perdonar? —repitió con incredulidad—. ¿Perdonar tu perspicacia? ¿Tu cautela? Estamos en guerra, mi querido e inexperto joven. ¿Todavía no te has dado cuenta?
—Desde luego, padre abad —dijo Francis con una reverencia—. Los powris y los trasgos...
—¡Olvídalos! —le interrumpió Markwart—. Y olvida a los gigantes, y también al demonio Dáctilo. Esta guerra se ha convertido en algo mucho más peligroso que cualquier asunto relativo a simples monstruos.
El hermano Francis levantó la cabeza y miró largamente al padre abad Markwart.
—Se trata de una guerra por el corazón de la Iglesia abellicana —continuó Markwart—. Te lo he explicado varias veces, y todavía no lo entiendes. Es una guerra entre tradiciones establecidas durante milenios e ideas usurpadoras, frívolas creencias contemporáneas, relativas a la naturaleza del bien y del mal.
—¿No se trata de conceptos eternos? —se atrevió a preguntar un muy confuso hermano Francis.
—Naturalmente —respondió Markwart con sonrisa conciliadora—. Pero algunos, maese Jojonah entre ellos, parecen creer que pueden redefinir esos principios para adaptarlos a sus propias percepciones.
—¿Y qué pasa con el abad Dobrinion?
—Háblame tú del abad Dobrinion —ordenó Markwart.
El hermano Francis reflexionó para analizar lo que aquello implicaba. No estaba totalmente seguro de cómo el padre abad consideraba a Dobrinion, o a cualquier otro, en relación a aquel asunto. De vuelta a Saint Mere Abelle, Markwart había discutido con frecuencia con maese De'Unnero, y a menudo de forma violenta, y, a pesar de sus diferencias, no era un secreto que De'Unnero era el consejero más cercano al padre abad, después de Francis.
—El hermano Avelyn, el herético, solía analizar todos los temas —comentó el padre abad—. No podía limitarse a hablar simplemente de lo que había en su corazón, y me temo que eso fue su perdición.
—El abad Dobrinion se enfrentará a nosotros —reveló el hermano Francis—; no confío en él y lo creo más afín a las definiciones de maese Jojonah sobre el bien y el mal que a las tuyas... a las nuestras.
—Palabras fuertes —dijo Markwart con malicia.
El hermano Francis palideció.
—Pero no del todo falsas —prosiguió Markwart, y Francis suspiró aliviado—. El abad Dobrinion ha sido siempre un idealista, incluso cuando los ideales se desvanecían frente al pragmatismo. Creo que su deseo vehemente de conseguir la santidad para el hermano Allabarnet me permitirá mantenerlo a raya, pero aparentemente es mucho más débil de lo que creía.
—Se enfrentará a nosotros —dijo Francis con mayor firmeza.
—Mientras nosotros charlamos, el abad Dobrinion está pidiendo la liberación de los Chilichunk —explicó Markwart—. Visitará al barón de Palmaris, probablemente al mismísimo rey, y desde luego a los otros abades.
—¿Tenemos derecho a retenerlos? —osó preguntar el hermano Francis.
—¿Es la orden abellicana más importante que el destino de tres personas? —fue la breve respuesta que obtuvo.
—Sí, padre abad —respondió el hermano Francis, mientras inclinaba la cabeza una vez más. Cuando Markwart lo planteaba de esa forma tan sencilla, a Francis le resultaba fácil apartar sus propias impresiones sobre el trato dado a los prisioneros. Por supuesto se trataba de algo muy trascendente, demasiado trascendente para dejar intervenir una compasión bobalicona.
—En tal caso, ¿qué vamos a hacer? —preguntó el padre abad, aunque para el hermano Francis era evidente que el anciano ya había tomado una decisión.
De nuevo Francis vaciló al considerar globalmente la cuestión.
—Una asamblea de abades —empezó a decir aludiendo al cónclave de toda la jerarquía de la Iglesia, un paso necesario si el padre abad abrigaba la intención de destituir a Dobrinion.
—Naturalmente, ese cónclave tendrá lugar —replicó Markwart—. Pero no se convocará hasta mediados de Calember.
El hermano Francis consideró aquellas palabras. Calember era el undécimo mes; faltaban más de cuatro meses.
—Entonces tenemos que marcharnos en seguida de Saint Precious —razonó al fin, suponiendo, acertadamente, que al padre abad se le estaba acabando la paciencia—. Debemos llevar a nuestros prisioneros a Saint Mere Abelle, donde el abad Dobrinion no tendrá nada que decir sobre el trato que reciban.
—Bien dicho —le felicitó el padre abad Markwart—. Desde luego debemos abandonar Saint Precious mañana, y llevarnos al centauro y a los Chilichunk a Saint Mere Abelle. Ocúpate de los preparativos y traza el itinerario.
—Un trayecto en línea recta —le aseguró Francis.
—Y haz público, a bombo y platillo, que nos vamos —prosiguió el padre abad—. Y para ello cuenta que también nos llevamos a Connor Bildeborough, ya que ésa es una noticia de las que se difunden ampliamente.
El hermano Francis mostró una expresión dubitativa.
—¿No nos creará problemas con la corona?
—Si eso ocurre, lo liberaremos —repuso Markwart—. Entretanto, el rumor puede haber llegado hasta la mujer que buscamos.
—Pero puede que a ella no le importe Bildeborough —razonó el hermano Francis—. Su unión fue breve, y desgraciada, según cuenta la gente.
—Pero vendrá a causa de los Chilichunk —explicó Markwart—. Y a causa de aquella fea criatura medio equina. La detención de maese Bildeborough sólo servirá para dar a conocer a los otros prisioneros.
El hermano Francis consideró aquel razonamiento durante un momento y luego asintió.
—¿Y qué pasará con el abad Dobrinion? —preguntó.
—Es una espina más pequeña de lo que te figuras —replicó Markwart con rapidez; y a Francis le pareció que el padre abad ya había trazado un plan en su cabeza para el venerable abad de Saint Precious.
Connor Bildeborough recorría la pequeña habitación, un apartamento alquilado en la parte baja de Palmaris. Aunque era de sangre noble, prefería las emociones de los muelles y de las tabernas más populares. Las únicas aventuras que encontraba en el palacio de su tío eran las ocasionales cacerías de zorros; pero las consideraba una tontería, un ejercicio de exaltación del ego que, a su criterio, ni siquiera podía calificarse como un deporte. No, Connor, de ingenio rápido y de espada rápida, prefería una buena pelea en una taberna o un altercado con supuestos matones en un callejón oscuro.
Hasta aquel momento había pasado un tiempo considerable en las praderas al norte de Palmaris, tratando de conseguir fama de guerrero en las escaramuzas con los muchos monstruos que podían encontrarse allá en el norte. Al comienzo de la guerra su tío le había ofrecido un magnífico regalo, una fina espada de incomparable artesanía. Su hoja relucía con el brillo de algún metal silvérico que no pudo ser identificado, e incrustadas sobre la cesta dorada de su pomo había varias diminutas magnetitas mágicas, de forma que el arma podía utilizarse muy eficazmente en la defensa, pues prácticamente atraía a la hoja del oponente. Se llamaba Defensora y Connor nunca supo dónde había conseguido su tío un arma semejante. Circulaban muchos rumores al respecto, pero eran imposibles de confirmar. La mayoría estaban de acuerdo en que había sido forjada en las herrerías del primer reino de Honce el Oso; algunos decían que por un ingenioso powri que había desertado de los de su raza en las Islas Desgastadas. Otras leyendas pretendían que los misteriosos Touel'alfar habían colaborado en su forja, y otros incluso pretendían que ambas razas habían intervenido junto a las mejores herrerías de armas de los humanos de la época.
Cualquiera que fuese la verdad sobre el origen de la espada, Connor comprendió que ahora poseía un arma extraordinaria. Con Defensora en la mano, hacía justo una semana había dirigido un contingente de hombres del rey contra una horda de poderosos gigantes; y, aunque los resultados habían sido en cierto modo desastrosos —tal como era de esperar en una pelea con gigantes—, Connor lo había hecho muy bien y podía incluso alardear de haber matado a dos. ¡Cuánta gloria había conseguido en el norte!
Ahora, sin embargo, en aquella habitación con su buen amigo el abad Dobrinion, Connor comprendió que tenía que prestar atención a lo que ocurría un poco más cerca de casa.
—Tiene que ver con Jill —insistió el abad—. El padre abad Markwart cree que tiene en su poder el alijo de gemas que fue robado en Saint Mere Abelle.
Jill. Aquel nombre produjo una fuerte emoción en Connor, removió sus recuerdos y agitó su corazón. La había cortejado durante meses, maravillosos meses; todo para que su matrimonio se desintegrara en cuestión de horas. Cuando Jill se negó a que él consumara sus derechos matrimoniales, Connor habría podido pedir su muerte.
Pero desde luego no pudo hacerlo, ya que había querido a aquella mujer animosa, aunque perturbada. En el juicio, él había recomendado que la chica se incorporase al ejército de los hombres del rey. ¡Cómo se desgarró su corazón cuando su Jill abandonó Palmaris!
—Había oído que fue destinada lejos, muy lejos —dijo el joven noble en tono sombrío—. En Pireth Tulme o en Pireth Danard, al servicio de los Guardianes de la Costa.
—Puede ser —concedió el abad Dobrinion—. ¿Quién sabe? El padre abad la está buscando, y cree que estuvo en el norte, en Dundalis, e incluso más allá, acompañada por Avelyn de Saint Mere Abelle, el que robó las gemas sagradas.
—¿Conociste a ese hombre? —preguntó Connor de repente, mientras una vez más se preguntaba por aquel primer monje que había visitado a Pettibwa Chilichunk.
—No lo he visto jamás —replicó el abad Dobrinion.
—¿Podrías describírmelo? —le urgió Connor.
—Un hombre grande, tanto por su osamenta como, al parecer, por su enorme barriga —repuso el abad—; eso decía maese Jojonah.
Connor asintió, mientras asimilaba aquella información. El monje que había visitado a Pettibwa era desde luego grande, de osamenta y de barriga. ¿Podía haber ocurrido que Jill hubiera vuelto a Palmaris en su compañía? ¿Podía Jilly, su Jilly, haber estado tan cerca sin que él ni siquiera lo hubiese sabido?
—Esa mujer está en peligro, Connor, en un grave peligro —observó con seriedad el abad Dobrinion—. Y si sabes algo relativo a ella o a su paradero, o si realmente tiene las gemas en su poder, el padre abad te perseguirá. Y sus técnicas de interrogación no son agradables.
—¿Cómo podría saber yo algo de Jill? —respondió Connor con incredulidad—. La última vez que la vi fue durante el juicio, cuando fue destinada al ejército de los hombres del rey.
Decía la verdad, ya que había visto por última vez a Jill con ocasión de la anulación de su matrimonio y de su incorporación al ejército. Después, Connor había estado a menudo ausente de Palmaris, peleando en el norte para hacerse un nombre en lo que muchos creían que eran días de una guerra que menguaba. Había oído historias de una banda de pícaros que operaba más al norte, cerca de los pueblos de Caer Tinella y Tierras Bajas, y que utilizaban tácticas y magias para hacer estragos entre los monstruos. ¿Podrían Jill y el monje Avelyn, con sus gemas robadas, ser la causa de tal magia?
Naturalmente, Connor no tenía la intención de divulgar tales suposiciones, ni siquiera al abad Dobrinion.
—El padre abad quiere encontrarla —dijo Dobrinion.
—Si Jill se ha metido en problemas, poco podré hacer yo para remediar la situación —replicó Connor.
—Pero por el simple hecho de que una vez estuviste casado con esa mujer, estás implicado en el asunto —le avisó Dobrinion.
—Es ridículo —dijo Connor, pero mientras hablaba, se abrió de golpe la puerta de la habitación y entraron cuatro monjes: Youseff y Dandelion, el hermano Francis y el mismo padre abad.
Dandelion se acercó a Connor; el hombre se dispuso a desenvainar su fina espada, pero comprobó que espontáneamente había salido por sí sola de la vaina. Entonces agarró la espada, pero al cogerla por la empuñadura, comprobó que alguien tiraba hacia arriba de su brazo; tuvo que ponerse de puntillas, pero ni con toda su fuerza ni todo su peso consiguió bajar de nuevo la espada para defenderse.
Dandelion le propinó un golpe corto y brusco; le obligó a soltar la espada y lo inmovilizó con una presión fuerte de su mano. La espada se alejó ingrávida, y Connor comprendió por qué cuando advirtió que el cuarto monje, el hermano Francis, estaba utilizando un anillo con una gema verde.
—No se resista, maese Connor Bildeborough —le ordenó el padre abad—. Queremos hablar con usted, eso es todo, sobre un asunto de tremenda importancia, un asunto que afecta la seguridad de los bienes de su tío.
Instintivamente, Connor trató de liberarse de la presión, pero comprobó que sus esfuerzos eran vanos, pues Dandelion era demasiado fuerte y estaba demasiado bien adiestrado como para dejarle la más mínima oportunidad. A su lado, el otro monje joven, Youseff, estaba preparado con un palo pesado en la mano.
—Mi tío se va a enterar de esto —avisó Connor a Markwart.
—Su tío estará de acuerdo con mi decisión —replicó el padre abad confiado. Inclinó la cabeza hacia sus dos lacayos y éstos se llevaron a Connor.
—Estás pisando un terreno muy peligroso —le avisó el abad Dobrinion—. No hay que tomarse a la ligera la influencia del barón Rochefort Bildeborough.
—Te aseguro que uno de nosotros también está pisando un terreno peligroso —repuso el padre abad sin inmutarse.
—Sabías que estábamos buscando a Connor Bildeborough —le acusó el hermano Francis, acercándose para coger la espada que flotaba a media altura—. ¿Saliste para prevenirlo?
—Salí en su busca —corrigió el abad—, para decirle que tenía que hablar contigo, que cualquier información que tuviera podría ser interesante para ganar la guerra; pero no tiene ninguna, te lo aseguro.
El padre abad Markwart sonrió con sarcasmo ante la protesta, sincera a medias, de Dobrinion.
—Las palabras son a menudo cosas tan preciosas... —comentó cuando Dobrinion hubo terminado—. Las empleamos para decir la verdad de los hechos, pero también para esconder la verdad de las intenciones.
—¿Dudas de mí? —preguntó Dobrinion.
—Para mí has dejado claramente establecida tu posición respecto a este asunto —replicó Markwart—. Sé por qué viniste a buscar a Connor Bildeborough. Sé qué te proponías y sé, demasiado bien, que mis objetivos y los tuyos no están de acuerdo.
El abad Dobrinion se indignó y pasó por delante de aquel par en actitud desafiante.
—Hay que informar al barón —explicó dirigiéndose hacia la puerta.
El hermano Francis lo agarró bruscamente del brazo; el anciano se dio la vuelta sin dar crédito al constatar la descarada acción del joven.
Francis le devolvió la mirada con expresión asesina y durante un momento Dobrinion pensó que el hermano iba a pegarle. No obstante, un gesto del padre abad Markwart terminó con la tensión de aquel momento y liberó al abad de la presión de Francis, ya que no de su feroz mirada.
—La forma de decir las cosas es muy importante —dijo Markwart a Dobrinion—. Explica al barón que su sobrino no está acusado de delito o pecado alguno, y que simplemente tenía que contestar voluntariamente a nuestras preguntas sobre ese importante asunto.
El abad Dobrinion se marchó precipitadamente.
—Su informe al barón no será halagador —comentó el hermano Francis mientras Youseff y Dandelion se llevaban a Connor a rastras.
—Allá él —concedió el padre abad.
—El barón Bildeborough podría ser un adversario difícil —insistió el hermano Francis.
Markwart no parecía demasiado preocupado.
—Ya veremos qué ocurre —replicó—. Cuando Rochefort Bildeborough esté informado, habremos descubierto qué sabe Connor, y el simple hecho de su detención difundirá nuestra presencia y la identidad de nuestros prisioneros. Después, ese hombre significa poco para mí.
Se dispuso a irse y el hermano Francis, tras una breve reflexión para considerar las consecuencias del altercado, la tensión entre Markwart y Dobrinion y las horrendas implicaciones que esa rivalidad podrían comportar para el abad de Saint Precious, se dio la vuelta para seguirlo.
—¿Vamos a pelearnos en las calles de Palmaris? —preguntó echando pestes un frustrado hermano Francis al abad Dobrinion. Habían empezado apenas el interrogatorio de Connor Bildeborough con métodos corteses y amistosos, cuando una hueste de soldados llegó hasta las verjas de Saint Precious exigiendo la liberación del hombre.
—Ya te dije que esta detención del sobrino del barón Bildeborough no era una cuestión menor —disparó el abad—. ¿No creías que su tío iba a reaccionar con la fuerza?
—Estoy harto, estoy harto, de los dos —los reprendió el padre abad Markwart—. Tráeme al emisario del barón Bildeborough para que podamos resolver este asunto.
Tanto Dobrinion como el hermano Francis se dirigieron a la puerta, luego se detuvieron y se miraron con dureza.
—Y tú, abad Dobrinion —prosiguió el padre abad para captar la atención del hombre, haciendo señas a Francis para que cumpliera el encargo—, te necesitamos al lado del centauro. Tiene ganas de hablar contigo.
—Mi sitio está aquí, padre abad —replicó Dobrinion.
—Tu sitio está donde yo considero que debe estar —dijo el anciano—. Vete con aquella miserable criatura.
El abad Dobrinion clavó la vista en Markwart, absolutamente en desacuerdo. No tenía ningún reparo en hablar con Bradwarden, pero la celda del centauro estaba muy abajo, tal vez en el punto más alejado de la abadía desde donde se encontraba; una vez hubiera bajado y regresado, aunque su conversación con Bradwarden sólo consistiera en unas pocas palabras, la reunión con los hombres de Bildeborough habría terminado mucho antes.
No obstante, hizo lo que se le había ordenado: se inclinó ante su superior y salió precipitadamente de la habitación.
El hermano Francis entró al cabo de un instante.
—El hermano Youseff te traerá al emisario ahora mismo —explicó.
—Y tú te irás adonde se encuentra Connor Bildeborough —le dijo el padre abad Markwart mientras le lanzaba una piedra del alma gris—. O cerca de donde está, aunque no a un sitio donde puedan verte. Ve a él sólo en espíritu, al principio, y no seas amable. Mira qué secretos guarda en su cabeza. Luego me lo traes; voy a entretener a los soldados del barón tanto como me sea posible, pero no se irán de aquí sin Connor.
El hermano Francis hizo una reverencia y salió corriendo, justo en el momento en que otro hombre entraba.
—¿Dónde está el abad Dobrinion? —preguntó bruscamente el soldado, mientras empujaba al hermano Youseff para encararse con el padre abad Markwart. Era un hombre fornido, vestido con una armadura de cuero con el escudo de la casa, el águila de los Bildeborough. El mismo emblema adornaba su escudo de metal y la cresta de su reluciente yelmo, una ajustada protección que le cubría las orejas y con una única tira que bajaba entre sus ojos y le protegía la nariz.
—¿Y tú quién eres? —inquirió Markwart.
—Un emisario del barón Bildeborough —dijo el hombre imperiosamente—; he venido para liberar a su sobrino.
—Hablas como si el joven Connor hubiera sido arrestado —observó Markwart con indiferencia.
El brusco soldado se sorprendió ante el tono conciliador de Markwart.
—El sobrino del barón fue invitado a Saint Precious para que respondiera a algunas cuestiones relativas a su antiguo matrimonio —prosiguió Markwart—. Por supuesto, es libre de irse cuando quiera; ese hombre no ha cometido ningún delito ni contra el Estado ni contra la Iglesia.
—Pero nos informaron...
—Diría que erróneamente —dijo el padre abad Markwart con una sonrisa—. Por favor, siéntate y tómate una copa de vino, un excelente pasmo de la reserva particular del abad Dobrinion. Ya he enviado a uno de mis hombres a por maese Connor. Se reunirán con nosotros en cuestión de minutos.
El soldado miró a su alrededor lleno de curiosidad, sin saber cómo reaccionar ante aquello. Había venido con un contingente de más de cincuenta guerreros armados y protegidos con armaduras, listos para entrar en combate, si era necesario, y sacar a Connor Bildeborough de la prisión.
—Siéntate —replicó el padre abad.
El soldado tomó una silla de una mesa lateral, mientras Markwart buscaba una botella de pasmo en una alcoba junto a la habitación.
—Al fin y al cabo, no somos enemigos —dijo el padre abad en tono inocente—. La Iglesia y el rey están aliados y lo han estado durante generaciones. Me asombra que seáis tan impetuosos como para llegar a las verjas de Saint Precious armados de ese modo —añadió mientras descorchaba la botella y servía en el vaso del soldado una generosa cantidad, y sólo un poquito para sí mismo.
—El barón de Bildeborough no regatea esfuerzos en lo que concierne al joven Connor —repuso el soldado después de beber un sorbo; luego parpadeó repetidamente mientras el potente vino le iba bajando.
—Pero vinisteis aquí buscando pelea —prosiguió el padre abad—. ¿Acaso no sabéis quién soy?
El hombre tomó otro trago, esta vez más largo, y luego fijó la vista en el arrugado anciano.
—Otro abad —contestó—; de alguna otra abadía, Saint Mere Abelle o algo así.
—Saint Mere Abelle —confirmó Markwart—. La abadía madre de toda la Iglesia abellicana.
El soldado apuró el vaso y extendió el brazo para alcanzar la botella, pero Markwart, cuya expresión había cambiado drásticamente para indicar que estaba ofendido, se la apartó.
—¿Eres o no un miembro de la Iglesia abellicana? —preguntó en tono incisivo.
El soldado parpadeó un par de veces y luego inclinó la cabeza para asentir.
—¡En ese caso, deberías tener presente que ahora te estás dirigiendo al padre abad de la orden abellicana! —le gritó Markwart—. ¡Con un simple chasquido de mis dedos podría haberte acusado y desterrado! Una palabra mía a tu rey y podría haberte puesto fuera de la ley.
—¿Por qué delito? —protestó el hombre.
—¡Por cualquier delito que a mí me pareciera! —le gritó el padre abad Markwart.
En aquel momento entró el hermano Francis en la habitación y detrás de él Connor Bildeborough, con un aspecto algo descuidado, aunque sin ninguna lesión física.
—¡Maese Connor! —exclamó el soldado, al tiempo que se levantaba con tanta precipitación que volcó la silla.
El padre abad también se levantó y dio la vuelta al escritorio hasta situarse delante del evidentemente intimidado soldado.
—No olvides lo que te he dicho —le dijo el anciano prelado—. Con una sola palabra.
—¿Ahora se dedica a amenazar a los soldados de la casa de mi tío? —preguntó Connor Bildeborough; su presencia y la firmeza de su tono cambiaron la actitud del soldado, que se irguió y miró al padre abad directamente a los ojos.
—¿Amenazar? —repitió Markwart, y entonces aquella risa apareció de nuevo, pero ahora adornada de un deje siniestro—. No amenazo, insensato joven. Pero creo que le iría bien a usted, le iría bien a su tío y les iría bien a los soldados de la casa de su tío comprender que hay asuntos que quedan mucho más allá de su comprensión. Y de su incumbencia.
»No me sorprende que un joven tan testarudo y tan lleno de orgullo como usted sea tan corto de luces como para no comprender la gravedad de nuestra situación actual —prosiguió Markwart—. Pero sí me sorprende que el barón de Palmaris se comporte de forma tan insensata como para enviar un contingente armado contra los jerarcas de la orden abellicana.
—Consideró que esos jerarcas habían actuado de manera impropia e imprudente —expuso Connor, mientras se esforzaba para no parecer a la defensiva. Al fin y al cabo, él no había hecho nada malo, ni su tío tampoco. Si había habido alguna conducta delictiva en todo aquello, la había perpetrado el viejo que tenía frente a él.
—Él consideró... usted consideró —dijo Markwart en tono de rechazo—. Diríase que todos ustedes elaboran sus propios juicios y actúan en consecuencia como si el mismo Dios los bendijera con una especial clarividencia.
—¿No negará que vino a prenderme? —preguntó con incredulidad Connor.
—Lo necesitábamos —replicó Markwart—. ¿Acaso ha sido mal tratado, maese Bildeborough? ¿Ha sido torturado?
El soldado hinchó el pecho y apretó las mandíbulas.
—No —admitió Connor, y el impetuoso soldado se relajó—. ¿Pero qué pasa con los Chilichunk? —preguntó—. ¿No me negará que son sus prisioneros y que no los han tratado tan amablemente?
—No lo niego —replicó Markwart—. Por sus actos se han convertido en enemigos de la Iglesia.
—¡Tonterías!
—Ya veremos —replicó el padre abad.
—Se propone usted sacarlos de Palmaris —acusó Connor.
No hubo respuesta.
—¡No voy a consentirlo!
—¿Acaso tiene jurisdicción en estas materias? —preguntó con sarcasmo el padre abad.
—Hablaré con mi tío.
—¡Qué pretencioso! —dijo Markwart con una risa disimulada—. Y dígame, maese Connor, ¿vamos a pelear en las calles de Palmaris para que toda la ciudad pueda enterarse de la enemistad entre la Iglesia y su barón?
Connor vaciló antes de responder, al advertir las posibles y desastrosas consecuencias de aquello. Su tío tenía buena reputación, pero la mayoría de la gente corriente de Palmaris y de otras ciudades de Honce el Oso temían verdaderamente la ira de la Iglesia. A pesar de todo, el destino de los Chilichunk estaba en juego y para Connor era un asunto de importancia.
—Si eso es lo que hace falta —repuso con severidad.
Markwart continuó riendo; su agitado temblor disimuló el movimiento que hizo para deslizar las manos en una bolsa suspendida de la faja de los voluminosos hábitos con objeto de sacar de ella una piedra imán. Levantó la mano y un segundo después la magnetita salió disparada y aplastó la protección de la nariz del yelmo del soldado. El hombre gritó y se llevó las manos a la cara; manaba sangre en abundancia de su nariz y el dolor era tan agudo que le obligó a poner una rodilla en tierra.
En ese mismo momento, el hermano Youseff dio un brinco hacia adelante, apretó su mano como si fuera una espada y la dirigió contra el riñón del desprevenido Connor Bildeborough, que también tuvo que hincarse de rodillas.
—Poséelo —ordenó el padre abad Markwart al hermano Francis—. Utiliza su boca para exigir a los soldados que nos dejen pasar —añadió, y entonces se dirigió a Youseff—. ¿Están listos los prisioneros para el traslado?
—El hermano Dandelion ha cargado toda la caravana y la tiene preparada en la parte trasera del patio —respondió Youseff—. Pero el abad Dobrinion, antes de bajar a las mazmorras, dispuso muchos guardias en ese patio.
—No van a pelear contra nosotros —le aseguró Markwart.
El soldado gruñó y trató de ponerse de pie mientras el padre abad recuperaba la piedra imán, pero Youseff, el perro guardián siempre alerta, propinó a aquel hombre una serie de terribles golpes secos en la cara que lo derribaron al suelo.
Markwart miró al hermano Francis, que observaba a Connor aunque sin hacer nada aparentemente.
—Hermano Francis —le dijo con severidad el padre abad.
—He entrado en sus pensamientos —explicó el hermano Francis—. Y he descubierto algunas cosas que podrían resultar valiosas.
—Pero... —se le adelantó Markwart, al reconocer su tono vacilante.
—Pero sólo al pillarlo desprevenido —admitió el hermano Francis—. Y sólo durante un segundo. Tiene mucha fuerza de voluntad y me ha expulsado con presteza, aunque no reconoció la naturaleza del ataque.
El padre abad Markwart asintió con un gesto de la cabeza, luego se acercó al todavía aturdido Connor. El puño del anciano salió disparado y le golpeó con brutalidad en la sien; Connor se desmoronó.
—Ahora, poséelo —ordenó con impaciencia el padre abad—. ¡No debería resultarte tan difícil!
—No voy a descubrir nada mientras se encuentre en ese estado —argumentó el hermano Francis. Era realmente cierto; un hombre inconsciente o aturdido podía ser poseído con facilidad sólo por lo que respecta al cuerpo, pero en lo que atañe a la memoria o a los deseos. Cuando recuperara la conciencia, la lucha por el control empezaría de nuevo.
—Ya no necesitamos nada de la mente de ese hombre —explicó Markwart—; sólo necesitamos su cuerpo y su voz.
—Obras del mal —susurró el hermano Braumin al hermano Dellman en el patio de Saint Precious, rodeados por sus hermanos de Saint Mere Abelle y con los cuatro prisioneros a corta distancia. El hermano Braumin no se sorprendió ante la súbita orden de preparar los coches, pues había estado vigilando de cerca al padre abad y a su lacayo Francis en sus dimes y diretes con el abad Dobrinion, y advirtió que la hospitalidad que les dieron en Saint Precious se había ido degradando.
Lo que sorprendió al monje, sin embargo, fue la presencia de soldados armados en todas las puertas de la abadía, una fuerza enviada para retenerlos, advirtió, y en particular para retener a sus prisioneros. Entre los soldados corría el rumor de que había otro cautivo, un noble, aunque nadie salvo Markwart, el hermano Francis y los dos guardaespaldas personales del padre abad habían sido autorizados a acercarse a él. Más aún, dado el aspecto y la conducta de los soldados, no era difícil comprender que el padre abad podría, en ese punto, haberse pasado de la raya.
—¿Por qué han venido? —murmuró el hermano Dellman.
—Lo ignoro —respondió Braumin, sin querer implicar demasiado a aquel prometedor monje joven en la intriga. El hermano Braumin temía que él y sus hermanos se irían y que, si los soldados trataban de detenerlos, Palmaris sufriría una demostración de devastación mágica jamás conocida en la ciudad hasta entonces.
¿Qué debería hacer?, se preguntaba el bueno de Braumin. Si la orden de luchar contra los soldados provenía del padre abad Markwart, ¿qué camino debía tomar?
—Pareces preocupado, hermano —observó Dellman—. ¿Temes que los soldados puedan atacarnos?
—Exactamente lo contrario —replicó exasperado el hermano Braumin. Gruñó y golpeó su mano contra el carruaje. ¡Cuánto deseaba que maese Jojonah estuviera allí para guiarle!
—Hermano —le dijo Dellman, mientras ponía una mano en el hombro de Braumin para calmarle.
Braumin se volvió para encararse con el joven monje, lo cogió por los hombros y clavó su mirada en él.
—Observa atentamente lo que va a suceder, hermano Dellman —le pidió el hombre.
Dellman se quedó mirándolo con expresión burlona.
Braumin Herde suspiró y se fue. No quería acusar abiertamente al padre abad ante aquel joven. Todavía no. No hasta que las pruebas fueran abrumadoras. Una acusación semejante, una declaración semejante, que significaba que mucho de lo que Dellman creía sagrado era mentira, podría destrozarlo, o impulsarlo a buscar consuelo en brazos del padre abad Markwart.
Entonces el corazón de Braumin Herde quedaría al descubierto y, al igual que maese Jojonah, sería rápidamente neutralizado.
En aquel momento el monje supo qué haría si llegaba la orden: lucharía con sus hermanos, o por lo menos, fingiría hacerlo. No podía desvelar su corazón. Todavía no.
—Perdóname, maese Jojonah —musitó en voz baja, y luego, aprovechando aquel impulso, añadió—: Perdóname, hermano Avelyn.
Poco después, los guardias de rostro severo del barón Bildeborough se hicieron a un lado, obedeciendo las órdenes del hombre al que habían venido a rescatar, mientras la caravana de Saint Mere Abelle traspasaba la verja trasera de la abadía. Los tres Chilichunk iban atados y amordazados en la parte trasera de un carruaje, vigilados estrechamente por el hermano Youseff, mientras el hermano Dandelion iba a lomos de un maltrecho Bradwarden cuyo torso humano estaba cubierto de mantas. Los monjes habían atado estrechamente a Bradwarden al carruaje que iba delante de él, y el brutal Dandelion forzaba al centauro a inclinarse hacia abajo y hacia adelante de forma que casi todo el torso humano quedaba dentro del carruaje.
El padre abad Markwart y el hermano Francis permanecían ocultos a la vista de la gente; el jefe de la Iglesia no quería ser molestado por vulgares soldados y, por su parte, el hermano Francis se hallaba profundamente sumido en sus esfuerzos por mantener la posesión de Connor. Cuando la caravana estuvo lejos de la abadía, dirigiéndose con marcha regular hacia la zona del muelle este de la ciudad, y después de que hubiera girado hacia el norte, Francis hizo regresar el cuerpo de Connor a la abadía y liberó el control; aquel hombre, todavía aturdido por el golpe que Markwart le había dado, se desplomó en el suelo.
La caravana no encontró resistencia mientras salía de la ciudad y se desplazaba en dirección norte y no hacia la puerta este. Markwart viró hacia el este casi inmediatamente y no tardaron en hallarse fuera de los dominios del barón de Bildeborough. De nuevo los monjes utilizaron la fuerza levitadora de la malaquita para cruzar las fuertes corrientes de agua de Masur Delaval, evitando cualquier posible problema con el transbordador, seguramente bien protegido por soldados.
Desde el momento en que bajó a las mazmorras más profundas y comprobó que los hombres de Markwart habían sacado de allí a Bradwarden hacía más de una hora, el abad Dobrinion supo que algo grave se estaba tramando allá arriba. Su primer impulso fue volver a las escaleras de piedra y llamar a la guardia.
No obstante, el pragmático Dobrinion se calmó y reflexionó. ¿Qué podía hacer?, se preguntó con total franqueza. Si conseguía llegar al patio antes de que se marchara la caravana, ¿encabezaría la lucha contra los hombres de Markwart?
—¡Sí, mi abad! — gritó con entusiasmo un joven monje, que apenas era poco más que un muchacho y en quien Dobrinion reconoció a un recién llegado a Saint Precious; el joven gritó de entusiasmo y se detuvo bruscamente ante el cansado anciano—. A sus órdenes.
Dobrinion se imaginó a aquel joven como una cáscara humeante, un cuerpo carbonizado y abandonado después del lanzamiento de una bola de fuego mágica. Sabía que Markwart disponía de tales piedras, y también el hermano Francis. Y aquellos dos hombres más jóvenes, Youseff y Dandelion, estaban bien adiestrados para matar; es decir, tal como la Iglesia llamaba a semejantes asesinos, eran Hermanos Justicia.
¿Cuántas docenas de miembros del rebaño de Dobrinion serían asesinados aquel día si él seguía adelante y se oponía a la partida de Markwart? Pero incluso en el caso de que consiguieran vencer a los monjes de Saint Mere Abelle, ¿qué ocurriría?
Dalebert Markwart era el padre abad de la orden abellicana.
—No hay ninguna razón para vigilar esas celdas vacías —dijo Dobrinion con calma al joven monje—. Vete y descansa un poco.
—No estoy fatigado —respondió el monje, mientras se dibujaba en su cara una amplia e inocente sonrisa.
—Entonces, descansa por mí —dijo Dobrinion con toda seriedad, y se dispuso a subir lentamente la larga escalera de piedra.
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17
Edictos de las alturas

Elbryan exhaló un profundo suspiro y miró con desesperanza a Pony. Sabía que Juraviel también lo estaba mirando, aunque el elfo se encontraba lejos del fuego donde los líderes de la banda se habían reunido.
—Una vez Caer Tinella y Tierras Bajas estén seguras —dijo Tomás Gingerwart con la intención evidente de calmar al inexorable guardabosque—, te seguiremos para que nos guíes hacia el sur; por lo menos, aquellos de nosotros que decidan no quedarse para defender nuestros hogares.
A Elbryan le entraron ganas de agarrarlo por los hombros y sacudirlo con fuerza; le entraron ganas de gritarle a la cara que, incluso si reconquistaban los dos pueblos, probablemente quedarían pocos para defenderlos. Le entraron ganas de recordarle a Tomás y a todos los demás que, si atacaban los pueblos y fracasaban y los powris los perseguían, era probable que se perdiera todo: los combatientes, los ancianos y los niños. Pero el guardabosque permaneció en silencio; había utilizado el mismo razonamiento una y otra vez, lo había expresado de todas las maneras que se le habían ocurrido, y los demás siempre hicieron oídos sordos. Elbryan se sentía amargamente impotente: pensaba que todos sus esfuerzos para evitar que se repitiera el destino que habían sufrido su casa y toda su familia podrían resultar infructuosos a causa de un orgullo insensato. Alegaban que querían salvar sus hogares, pero si en un sitio no hay seguridad, ¿cómo podría ese sitio llamarse hogar?
Su frustración no pasó desapercibida a un hombre que estaba sentado cerca.
—¿Entonces, no vas a discutir con él, Elbryan? —le preguntó Belster O'Comely.
El guardabosque miró a su viejo amigo y se limitó a levantar las manos.
—Entonces ¿vas a pelear a nuestro lado? —razonó Tomás, y aquella posibilidad provocó un grito de entusiasmo de los allí reunidos.
—No —dijo Pony con severidad y de forma inesperada, mientras todas las miradas, incluida la de Elbryan, convergían hacia ella.
—Yo no iré —dijo la mujer con firmeza.
Las miradas de sorpresa se convirtieron en murmullos enojados.
—Jamás he eludido una lucha, lo sabéis muy bien —prosiguió Pony, al tiempo que cruzaba los brazos con resolución—. Pero si aceptara ir a pelear por los dos pueblos, sólo reforzaría vuestra creencia de que estáis en el camino correcto. Y no es así. Lo sé, y el Pájaro de la Noche también lo sabe. No voy a utilizar los mismos argumentos que habéis desoído durante estos últimos días, pero tampoco voy a propiciar esa carnicería. Os deseo suerte en vuestra locura, pero me quedaré con los desvalidos y trataré de protegerlos cuando los powris salgan de Caer Tinella y se adentren en el bosque persiguiéndonos, sin que nadie se enfrente a sus hordas.
A Elbryan le pareció que Pony había exagerado un poquito, pero sus duras palabras provocaron numerosos murmullos; unos estaban encolerizados, otros empezaban a dudar del resultado del ataque. El guardabosque había pensado en participar en la lucha y creía que Pony también lo habría hecho disparando devastadores ataques mágicos desde las afueras de los pueblos. La resolución de la mujer de no participar —y él sabía que no era un farol— lo había cogido por sorpresa. No obstante, al considerarlo unos instantes, comprendió su punto de vista.
—Yo tampoco me uniré a vosotros —anunció suscitando más comentarios, enojados y asombrados—. No puedo aprobar esta iniciativa, maese Gingerwart. Me quedaré con Jilseponie y los desvalidos; y si los powris salen, yo, nosotros, haremos todo lo posible para mantenerlos a raya y llevar a los desvalidos a un lugar seguro.
Tomás Gingerwart temblaba cuando miró con expresión abiertamente acusadora a Belster O'Comely.
—Reconsidéralo, te lo ruego —dijo Belster a Elbryan—. También yo he visto demasiadas cosas en esta guerra, amigo mío, y preferiría evitar a los powris y marcharnos a Palmaris. Pero la decisión está tomada limpiamente y mediante votación. Los combatientes irán a reconquistar sus casas, y nosotros, en calidad de aliados, tenemos la obligación de ayudarlos en su lucha.
—¿Aunque sea una locura? —preguntó Pony.
—¿Quién puede decirlo? —replicó Belster—. Muchos creen que vuestro ataque a los pueblos fue una locura, pero, desde luego, resultó muy positivo.
Elbryan y Pony intercambiaron miradas; el guardabosque sacó fuerzas de la resolución de la mujer. Pony había tomado una decisión y no la cambiaría, y el guardabosque decidió también mantener su postura.
—No puedo participar en ese ataque —dijo con calma—. Cuando fui a Caer Tinella, mis actos no comportaban ningún riesgo para quienes no podían luchar.
Belster miró a Tomás y se encogió de hombros, pues no tenía ninguna respuesta válida contra aquel sencillo razonamiento.
En aquel momento, Roger Descerrajador, con aspecto descuidado, entró en el campamento. Miró a Elbryan durante un buen rato; todos los presentes, incluido el guardabosque, pensaron que aprovecharía la ocasión para tratar a Elbryan de cobarde o de traidor.
—El Pájaro de la Noche tiene razón —dijo de pronto el joven. Pasó por delante de los asombrados Elbryan y Pony y se dirigió a todos los reunidos—. Acabo de regresar de Caer Tinella —dijo en voz alta—. No podemos atacar.
—Roger... —empezó a protestar Tomás.
—Los powris se han reforzado —prosiguió Roger—. Son más numerosos que nosotros, tal vez en una proporción de dos o tres a uno, y se han atrincherado sólidamente para defenderse. Además, disponen de grandes artilugios para arrojar lanzas escondidos a lo largo de los muros. Si los atacamos, incluso si Elbryan y Pony se unen a nosotros, nos masacrarán.
Aquellas graves noticias silenciaron a los reunidos durante un rato; luego, se levantaron múltiples voces en susurros, aunque no expresaban agitación o enojo, sino más bien desánimo. Gradualmente, las miradas de todos los hombres y de todas las mujeres se posaron sobre Tomás Gingerwart.
—Nuestros exploradores no dijeron nada de eso —le comentó a Roger.
—¿Estuvieron vuestros exploradores en el pueblo antes que yo?
Tomás miró a Belster y a los otros líderes del grupo en busca de ayuda, pero todos se limitaron a sacudir la cabeza con desesperanza.
—Si os empeñáis en presentar batalla, yo me quedaré con el Pájaro de la Noche y con Pony —acabó diciendo Roger, mientras retrocedía para situarse junto al guardabosque.
Aquello fue suficiente para Tomás y para toda aquella gente orgullosa y testaruda.
—Llévanos a Palmaris —dijo Tomás a Elbryan de mala gana.
—Recogeremos el campamento con la primera luz del día —respondió el guardabosque, y luego miró a Roger e inclinó la cabeza para mostrar su aprobación, mientras la gente se dispersaba. Roger no le devolvió la mirada con una sonrisa o con una inclinación de cabeza; había hecho lo que tenía que hacer y nada más. Sin devolverle la mirada al guardabosque y sin dirigir ni una palabra ni a Elbryan ni a Pony, se marchó.
Elbryan y Pony se encontraron solos frente al fuego, y Juraviel bajó de los árboles situados detrás de ellos para acompañarles.
—¿Qué le dijiste? —preguntó el guardabosque, pues suponía que el elfo había pasado algún tiempo con el imprevisible Roger Descerrajador.
—Lo mismo que te dije a ti en la ciénaga lechosa cuando te cegaba el orgullo —replicó Juraviel con una mirada maliciosa.
Elbryan se sonrojó intensamente y apartó su mirada de Pony y del elfo al recordar con demasiada claridad aquel embarazoso momento. Había peleado con Tuntun —una lucha real y no un combate de entrenamiento planificado; acusaba a la hembra elfo de haber hecho trampas en una pelea tras la cual tuvo que tomarse la comida fría. Tuntun lo batió en poco tiempo, pero el joven Elbryan, cegado por la cólera y el orgullo, no había aceptado la derrota y había pronunciado palabras estúpidas y amenazas vacías.
Belli'mar Juraviel, su mentor y lo más próximo a un amigo que entonces podía encontrar en todo Andur'Blough Inninness, lo había cogido por su cuenta y le había sumergido varias veces la cabeza en las aguas frías de la ciénaga.
—Una lección dolorosa —dijo al fin Juraviel—. Pero que no has olvidado en todos estos años.
Elbryan no podía negar la evidencia.
—Ese joven Roger ha asegurado —prosiguió el elfo— que no le resultaba fácil venir aquí y ponerse de tu lado, aun sabiendo que tenías razón.
—Está madurando —comentó Pony.
Juraviel asintió con una inclinación de cabeza.
—Esta noche empezaré por explorar nuestra ruta —explicó.
—Para evitar el encuentro con los powris —dijo Pony.
El elfo repitió el gesto anterior.
—Una última cuestión —pidió Elbryan mientras el siempre evasivo Juraviel se disponía a regresar a los árboles. El elfo se volvió para mirarlo—. ¿Realmente se habían reforzado los powris?
—¿Habría modificado en algo vuestra decisión? —preguntó el elfo.
—No.
Juraviel sonrió.
—Por lo que yo sé, y poseo mucha experiencia en estas cuestiones, no lo dudes, esta noche Roger Descerrajador ni se ha acercado a Caer Tinella.
El guardabosque había sospechado lo mismo y aquella confirmación le hizo admirar mucho más la decisión de Roger.
Nada hacía pensar que los perseguían; tal como el padre abad Markwart se había imaginado, el barón de Bildeborough, el abad Dobrinion y por supuesto todo Palmaris estaban simplemente contentos de haberse librado de los monjes de Saint Mere Abelle. Aquella noche establecieron el campamento al otro lado del Masur Delaval; las luces de Palmaris se veían con claridad a lo lejos.
Después de conversar con el hermano Francis y de conocer lo que el hombre había descubierto durante su breve estancia en los pensamientos de Connor Bildeborough, el padre abad pasó un buen rato en soledad; paseaba preocupado, mientras se esforzaba con ahínco por controlar su creciente ansiedad. Tan sólo a unos siete metros de distancia, dentro del anillo que formaban los carruajes, resplandecía la luz del fuego y los monjes charlaban alegremente sobre el retorno a casa. El padre abad no participaba de todo aquello: no tenía tiempo para temas tan livianos. Connor Bildeborough sabía que buscaban a la mujer y, además, creía que la mujer estaba actuando con las piedras mágicas no demasiado lejos, donde se libraba la guerra, al norte de Palmaris. Francis había pescado el nombre de Caer Tinella en el transcurso de la breve intrusión en la mente de Connor, y un rápido vistazo a los mapas les confirmó que era un pueblo en la ruta de las Tierras Boscosas, un pueblo por el que Francis y la caravana habían pasado en su apresurada carrera hacia Palmaris.
El objetivo estaba cerca, muy cerca: el final de los problemas causados por Avelyn Desbris y la recuperación del buen nombre del padre abad Dalebert Markwart en los anales de la Iglesia abellicana. Youseff y Dandelion terminarían el trabajo y recuperarían las piedras, y entonces lo único que tendría que hacer Markwart sería la denuncia formal del herético Avelyn. Destruiría su leyenda del mismo modo que la explosión de Aida destruyó su cuerpo.
Entonces todo estaría en orden, todo volvería a ser como antes.
—¿O no? —se preguntó en voz alta el padre abad. Suspiró profundamente y analizó la posible cadena de problemas que la expedición le había causado. Jojonah no era un aliado suyo y con toda probabilidad se le opondría; tal vez incluso iría tan lejos como para hablar en términos elogiosos y en público del fallecido Avelyn. Y el abad Dobrinion ya no era ni siquiera neutral en aquel asunto. El abad de Saint Precious estaba seguramente ofendido por el secuestro de los Chilichunk, y por la forma en que lo había tratado el contingente de Saint Mere Abelle. En particular, lo último, musitó el padre abad, pensando que Dobrinion estaba más preocupado por su orgullo herido que por sus feligreses torturados.
¿Y qué decir del barón de Bildeborough, que ya se había mostrado dispuesto a presentar batalla contra la Iglesia por causa de su sobrino?
Mientras daba vueltas en la cabeza a estos problemas una y otra vez, todos ellos se le antojaban como un amasijo de criaturas negras, y cada una de ellas daba la impresión de que crecía cada vez que volvía sobre el correspondiente problema. ¡Y se iban haciendo más y más grandes hasta convertirse en muros negros que le rodeaban, que le impedían el paso, que lo enterraban!
El anciano pateó el suelo y soltó un grito sofocado. ¿Se pondría todo el mundo y toda la Iglesia en su contra? ¿Estaría solo en aquella interpretación de la verdad? ¿Qué conspiraciones habían tramado el perverso Jojonah y el estúpido Dobrinion? ¡Por no hablar de la corrupción iniciada por el malvado Avelyn Desbris!
La mente de Markwart revoloteaba buscando resquicios en aquellos muros negros, buscando algún modo de vencer aquella oscuridad. Debía llamar a Jojonah para que interrumpiera su viaje a Ursal y regresara a Saint Mere Abelle, a fin de controlar el menor de sus movimientos. Sí, era necesario.
Tenía que enviar cuanto antes a Dandelion y a Youseff con el objetivo de recuperar el alijo de Avelyn, para que las gemas pudieran volver a su lugar adecuado en Saint Mere Abelle. Sí, eso sería lo más prudente.
Y Connor y Dobrinion resultarían un problema. Tenía que persuadirlos o...
El padre abad Markwart permaneció inmóvil en el pequeño claro fuera del círculo de los carruajes, respirando pausadamente. La energía había vuelto a su corazón, había recuperado la voluntad de continuar la lucha, de hacer cualquier cosa para alcanzar el codiciado fin. Lenta y gradualmente fue abriendo los ojos y relajando los puños apretados.
—¿Padre abad?
La llamada llegó desde atrás; era una voz familiar y no un enemigo. Se dio la vuelta y encontró a un preocupado hermano Francis que le observaba.
—¿Padre abad?— repitió el hombre.
—Ve y diles a los hermanos Dandelion y Youseff que vengan a verme —le ordenó el anciano—. Y luego participa en la conversación que tiene lugar en el anillo de los carruajes; debo conocer el estado de ánimo de los monjes.
—Sí, padre abad —respondió Francis—. Pero no debería estar aquí, con los monstruos...
—¡Vete ya! —gruñó Markwart.
El hermano Francis desapareció detrás de otro carro, hacia el interior del anillo. Poco después, dos figuras, una pesada y la otra ágil, aparecieron sigilosamente y se inclinaron ante el padre.
—Ha llegado la hora de que pongáis en práctica lo que habéis aprendido —les dijo Markwart—. Hermano Justicia es ahora vuestro título, tanto para uno como para el otro, el único nombre que conoceréis, el único nombre con el cual os referiréis el uno al otro. No podéis ni imaginaros la urgencia de este asunto; el destino de toda la Iglesia abellicana depende de lo que hagáis en los próximos días.
»El hermano Francis ha llegado a la conclusión de que las gemas robadas están en poder de una mujer, Jilseponie Ault, también llamada Jill, o Pony por sus amigos —prosiguió el anciano—. Y creemos que ella se encuentra en la región de Caer Tinella, al norte de Palmaris, junto a la carretera de las Tierras Boscosas.
—Saldremos inmediatamente —respondió Youseff.
—Saldréis por la mañana —corrigió el padre abad—. Iréis disfrazados para no parecer monjes. Tomaréis el transbordador para cruzar el río y luego entraréis en Palmaris. El viaje al norte esperará... un día.
—Sí, padre abad —dijeron los dos al unísono, aprovechando la vacilación del anciano.
—O cinco días —prosiguió Markwart—, si es preciso. Mirad, tenemos un problema en Palmaris que es necesario resolver.
De nuevo Markwart vaciló analizando el proyecto. Tal vez debería hacer que cada uno fuese por su lado, de modo que si uno de ellos fracasaba en aquel asunto, el otro podría al menos recuperar las gemas. Quizá debería olvidarse de Palmaris y concentrarse en las piedras, y después, cuando esa cuestión estuviera resuelta, podría enviarlos a la ciudad.
No, se dijo. Por aquel entonces la conspiración contra él estaría completamente preparada, tal vez incluso ya estarían en guardia; peor aún: Connor conocía a la mujer y podría encontrarla antes que los monjes.
—Connor Bildeborough —dijo de repente—. Se ha convertido en un problema para mí y para toda la Iglesia. Quiere apoderarse de las gemas en beneficio propio —mintió.
—Hay que eliminar el problema —razonó el hermano Youseff.
—Sin dejar pistas.
Después de un largo silencio los dos hombres hicieron sendas reverencias, se dieron la vuelta y se alejaron.
Markwart apenas se dio cuenta de su marcha, pues se quedó considerando sus últimas palabras. Sin dejar pistas.
¿Sería posible con el receloso abad Dobrinion en Palmaris? Dobrinion no era tonto, ni tampoco débil dadas las piedras que obraban en su poder, una de las cuales era una piedra del alma. Incluso podría entrar en el espíritu de Connor antes de que se fuera de este mundo y descubrir la verdad.
Pero Dobrinion estaba solo, aislado. No había ningún otro monje en Saint Precious de talla suficiente, ninguno que pudiera utilizar la hematites para un trabajo tan difícil.
—Hermanos Justicia —dijo Markwart.
Los dos hombres giraron sobre sí mismos y se apresuraron a regresar ante su superior.
—El problema está también más arriba de Connor Bildeborough, ya que ese hombre está aliado con otro que podría utilizar las piedras con fines devastadores —explicó Markwart—. Si ese hombre obtiene las piedras, reclamará la dirección de la Iglesia y ocupará su lugar en Saint Mere Abelle.
Naturalmente, todo aquello era absurdo, pero los dos hombres con las mentes deformadas por el experto trabajo de maese De'Unnero se lo creyeron a pies juntillas.
—Lo siento en el alma —mintió el padre abad—. Pero no tengo otra elección. Debéis matarlos a los dos en Palmaris; el segundo es Dobrinion Calislas, el abad de Saint Precious.
Tan sólo una cierta sorpresa apareció en el rostro atento del hermano Youseff, mientras que el hermano Dandelion aceptó la orden con la misma facilidad con la que hubiera obedecido si Markwart le hubiera pedido que tirara los restos de la cena.
—Tiene que parecer un accidente —prosiguió Markwart—. O tal vez una acción de nuestros enemigos monstruos. No puede haber errores. ¿Lo comprendéis?
—Sí, padre abad Markwart —se apresuró a responder el hermano Dandelion.
Markwart examinó a Youseff, que sonreía con expresión perversa. El hombre asintió con la cabeza y a Markwart le pareció que se sentía inmensamente feliz ante aquella perspectiva.
—Vuestra recompensa os esperará en Saint Mere Abelle —acabó diciendo Markwart.
—Nuestra recompensa, padre abad, está en el servicio, en el acto en sí —declaró el hermano Youseff.
El padre abad sonrió perversamente. Se sentía mucho mejor. De repente, como le había sucedido en sus anteriores reflexiones, todo le pareció claro, como si hubiera encontrado un nivel más profundo de concentración, en el cual podían apartarse todas las preocupaciones, ignorarse todas las confusiones y resolverse todos los problemas con lógica y previsión. Reconsideró su propósito de llamar a maese Jojonah. Por él, maese Jojonah podía quedarse en Ursal hasta que se muriera, pues sin el apoyo de Dobrinion no representaba una verdadera amenaza.
Sí, si todo iba bien con los hermanos Justicia, si se eliminaban los dos problemas potenciales y se recuperaban las piedras, la cuestión estaría resuelta, así como su propio lugar en la historia de la orden abellicana. Pero entonces el padre abad volvió a agitarse y a excitarse. Sabía que aquella noche no podría dormir y que tenía que encontrar alguna distracción, algo que le permitiera creer que estaba trabajando en pos del objetivo más codiciado. Se dirigió adonde estaba el hermano Francis, y le ordenó que sacara a Grady Chilichunk del anillo de carruajes y que se lo trajera. Cuando llegó Francis, arrastrando literalmente a un Grady que no cesaba de protestar, Markwart le hizo señas para que lo siguieran y los condujo muy lejos del anillo.
—¿Éste es un lugar seguro? —se atrevió a preguntar el hermano Francis.
—Los hermanos Youseff y Dandelion siguen nuestros movimientos —mintió Markwart, pues a él le preocupaban poco los monstruos, ya que de alguna manera percibía que había pocos por aquella zona. La misma intuición que le había indicado qué camino seguir le decía que allá afuera no corrían peligro.
En cualquier caso, él no. El pobre Grady Chilichunk no podía pretender lo mismo.
—Fuiste su hermano durante años —le dijo Markwart.
—Ni por elección, ni por sangre —replicó Grady, pronunciando cada palabra con desprecio.
—Pero sí por alguna circunstancia, y para el caso es lo mismo —insistió Markwart.
Grady rió entre dientes y se dio la vuelta, pero Francis fue al instante hacia él obligándole a torcer la cabeza para que mirara a Markwart a los ojos.
—No estás arrepentido —observó Markwart.
Grady trató de desviar de nuevo la mirada; esta vez, Francis no se limitó a torcerle la cabeza, sino que además le propinó una fuerte patada en las corvas de las rodillas que le obligó a arrodillarse ante el padre abad. El joven monje permaneció de pie junto a Grady para mantenerlo en aquella posición agarrándolo por el pelo y levantándole la cabeza de forma que se veía obligado a mirar a su superior.
—¡No he cometido ningún delito! —protestó Grady—. ¡Ni tampoco mis padres! ¡Es usted el impío!
Grady Chilichunk nunca había sido un hombre valiente. Siempre siguió su inclinación al lujo y de buen grado hizo de lacayo de hombres de más alta posición, en particular de Connor Bildeborough, para darse mejor vida. Tampoco había sido un hijo responsable y había vuelto la espalda a sus padres y a su negocio durante muchos años, aunque no al dinero que recibía de ellos. Pero ahora, desvalido y desesperado en la carretera con los brutales y poderosos monjes, algo había cambiado en su interior, y había brotado en él cierto sentido del deber. En aquellos momentos le importaba poco su propia seguridad y sobre todo le preocupaba el hecho de que sus padres, su madre sobre todo, fueran tan maltratados. Le parecía que todo el mundo se había vuelto loco y de alguna manera comprendió que todas las quejas y ruegos y cooperación que pudiera expresar no les servirían de nada ni a él ni tampoco a sus padres. La desesperanza dejó paso a la cólera; la cólera desencadenó acción, algo extraño en un cobarde. Escupió hacia Markwart alcanzándole en la cara.
Markwart se limitó a reír despreocupadamente, pero Francis, horrorizado de que aquel vulgar aldeano hubiera ofendido de aquel modo al padre abad, dirigió el codo hacia la parte lateral de la cabeza de Grady. El hombre gruñó y se cayó; Francis se apresuró a propinarle violentas patadas, le golpeó de nuevo en la cabeza, se lanzó sobre él, le obligó a ponerse boca abajo y tiró de sus brazos por detrás de la espalda causándole un gran dolor.
Grady demasiado maltrecho para protestar no dijo nada.
—Ya basta, hermano Francis —dijo con calma Markwart, dando una palmada en el aire—. Los actos de ese hombre sólo demuestran que le ha vuelto la espalda a la Iglesia abellicana y a toda la bondad del mundo.
Grady seguía tumbado sin fuerzas debajo de Francis, gruñendo débilmente.
—Bueno, parece que no vamos a sacar nada en claro de él esta noche —observó el padre abad.
—Lo siento, padre abad —dijo Francis alarmado, pero tampoco esta vez se lamentó Markwart. Dados los acontecimientos que había puesto en marcha, sencillamente estaba demasiado satisfecho como para que cualquier nimiedad pudiera afectarlo.
—Llévatelo y déjalo en su cama —ordenó el padre abad.
El hermano Francis ayudó a Grady a levantarse. Se dispusieron a marcharse, pero se detuvieron al advertir el monje que Markwart no los seguía.
—Voy a disfrutar de la paz nocturna —explicó el padre abad.
—¿Solo? —preguntó Francis—. ¿Aquí afuera?
—Vete —le ordenó Markwart—. No corro ningún peligro.
Francis juzgó que no tenía más opción que obedecer la orden. Se alejó despacio, mirando hacia atrás repetidamente, y vio al padre abad tranquilo, e impávido.
En efecto, el padre abad estaba absolutamente seguro de que no corría ningún peligro, pero aunque él no lo sabía, no estaba solo.
El espíritu de Bestesbulzibar estaba con él, saboreando las opciones que Markwart había elegido aquella noche oscura, y guiando sus decisiones.
Mucho más tarde, el padre abad se durmió tranquilamente, de tal modo que cuando al alba, Francis se acercó para despertarlo, le ordenó que se fuera y que también dejara dormir a los demás. Horas después Markwart se levantó; encontró el campamento en plena actividad y vio que el hermano Francis estaba muy nervioso mientras deambulaba sin cesar ante los tres coches que albergaban a cada uno de los Chilichunk.
—No se despertará —explicó el hermano a Markwart cuando éste se le acercó para ver qué pasaba.
—¿Quién?
—El hijo, Grady —explicó Francis; sacudió la cabeza y luego la inclinó para señalar hacia el coche que albergaba al joven. Markwart entró; salió con una expresión severa.
—Enterradlo junto a la carretera —ordenó el padre abad—. En un hoyo poco profundo, en tierra no consagrada —añadió, y pasó por delante de Francis como si nada especial hubiera pasado, como si ésa hubiera sido una orden rutinaria más. Se detuvo algunos pasos más allá y se volvió hacia Francis—: Y asegúrate de que los otros prisioneros, especialmente el peligroso centauro, no se enteran de esto —explicó—. Y hermano Francis, entiérralo tú mismo, en cuanto la caravana haya emprendido la marcha.
Una expresión de pánico se pintó en la cara de Francis. Markwart le dedicó una risita sofocada antes de irse, dejando al hermano a solas con su culpa.
Los pensamientos de Francis se arremolinaban. ¡Había matado a un hombre! La noche anterior debía de haber pegado o pateado a Grady demasiado fuerte. Rememoró lo ocurrido una y otra vez, mientras se preguntaba cómo había podido hacer algo semejante, o cómo podría haberlo evitado, y se esforzaba en todo momento para no ponerse a gritar.
Temblaba y sus ojos se dirigían a todas partes. Su frente quedó bañada en sudor cuando vio que el padre abad se acercaba a él de nuevo.
—La paz sea contigo, hermano —le dijo Markwart—. Fue un desgraciado accidente.
—Lo maté —farfulló Francis en respuesta.
—Defendiste a tu padre abad —contestó Markwart—. Celebraré una ceremonia de absolución cuando estemos de vuelta en Saint Mere Abelle, pero te aseguro que tus plegarias de penitencia serán leves.
Tratando de disimular una sonrisa burlona, Markwart se alejó.
El hermano Francis no se calmó tan fácilmente. Podía seguir la lógica del razonamiento de Markwart; al fin y al cabo, el hombre había escupido a la cara del padre abad de la Iglesia abellicana. Pero aunque el hermano Francis podía, por supuesto, argumentar que se trataba de un desgraciado accidente y justificar así su acción, la racionalización no conseguía echar raíces en su corazón. Se había caído de su pedestal, había perdido la omnipresente convicción de que estaba por encima de los demás hombres. Francis había cometido errores con anterioridad, naturalmente, y lo sabía, pero no hasta aquel punto. Recordaba todas las ocasiones a lo largo de su vida en que había imaginado que él era la única persona real, que todos los demás y todo lo demás eran una mera parte del sueño de su conciencia.
De repente, ahora, se sentía como si fuera otro hombre, un personaje insignificante en un larguísimo manuscrito.
Más tarde, aquella misma mañana, mientras la caravana se alejaba, el hermano Francis echó tierra sobre el pálido rostro de Grady Chilichunk. En un ennegrecido rincón de su corazón, Francis supo en aquel momento que era una criatura condenada.
Entonces, de modo subconsciente, aquel corazón y aquella alma corrieron hacia el padre abad, pues a sus ojos no había habido delito, ni pecado. Según la visión del mundo de aquel hombre, el hermano Francis podía mantener sus ilusiones.

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