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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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domingo, 6 de julio de 2008

06 - GUERRAS DEMONIACAS 1ª par. - SALVATORE, R. A. -- EL HIJO DE ELBRIAN

06 - GUERRAS DEMONIACAS 1ª par. - SALVATORE, R. A. -- EL HIJO DE ELBRIAN



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Primera Parte
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El corazón y el alma de Corona

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Nunca lo había pensado antes, tío Mather, porque nunca lo consideré un problema y, en verdad, ni siquiera me pareció importante, y quizá más concretamente, porque nadie me lo había preguntado hasta entonces. ¿Es Danube Brock Ursal el rey del Pájaro de la Noche? Es la pregunta que me formuló Shamus, una pregunta sencilla a oídos de cualquiera, pero que me sorprendió tanto que no supe qué contestar. Aunque dije algo a modo de respuesta, todavía no he averiguado lo que se encierra en mi corazón.
¿Soy un vagabundo sin hogar? Pasé mi infancia en Dundalis, pero aquel lugar ya no existe, aunque se han construido nuevos edificios sobre sus ruinas. Llegué a la edad viril en Andur'Blough Inninness, entre los elfos, que son mis más queridos amigos.
Pero ¿tengo familia?
No. En buena ley, no puedo considerar que Belli'mar Juraviel sea mi hermano, ni que la señora Dasslerond sea mi reina. Quiero a Juraviel como si fuera un hermano, claro está, y obedecería las órdenes de la señora Dasslerond; pero por una simple característica de nuestra naturaleza los hombres no podemos ver el mundo del mismo modo que los elfos. Ellos perciben de forma diferente los matices de la verdad y del sentido de las cosas.
Por consiguiente, Andur'Blough Inninness no es, no puede ser, mi hogar, por mucho que deseara que lo fuera. Cuando regresé al valle de los elfos, ni siquiera me dejaron entrar. En una ocasión, Juraviel me calificó de n'Touel'alfar, y aunque discutí con él, e incluso le convencí de mi manera de pensar, ambos comprendimos la verdad de esas palabras: Elbryan, el Pájaro de la Noche, a pesar de su adiestramiento y de su amor, no forma parte del pueblo de Caer'alfar.
La señora Dasslerond no es mi reina. ¿Acaso este hecho hace que Danube sea mi rey, a falta de otro?
No, tío Mather, y ahora comprendo que, en otro tiempo, el padre de Danube tampoco fue tu rey. ¿Vagabundos sin hogar, tú y yo? No lo creo. Pues mi hogar está aquí, en los bosques de las Tierras Boscosas, en las Tierras Agrestes, en los prados al norte de Honce el Oso o en las escarpadas y rocosas laderas del sur de Alpinador, si así lo decido. Éste es otro aspecto de la vida de un guardabosque que no he conseguido entender hasta hace muy poco. El hogar es una sensación, no un lugar físico, y esa sensación, para un guardabosque, es algo que se puede transportar. Tal vez tenga que ver con una tierra, pero nunca con paredes. Estoy en casa aquí, en los bosques de las Tierras Boscosas, porque así lo siento en mi corazón siempre que regreso a este lugar.
Por tanto, que no me hablen de reyes ni de reinas, ni de imperios ni de reinos. Que sea uno u otro el gobernante que extienda sus fronteras por esta región es irrelevante y carece de importancia, pues las fronteras son invisibles, son marcas en el mapa, pero no en la tierra. Son la extensión de un ego, una manifestación de la ambición de poder, un medio para conseguir riquezas. Pero ese ego es una mentira, ese poder es más una trampa que una liberación y esa riqueza no es más que pura apariencia.
Sí, pura apariencia, tío Mather, y nada más que una manera de que un hombre se sienta superior a los demás. Avelyn me contó una vez la historia de una torre de los alrededores de Ursal; el lugar servía de prisión para los que hablaban mal del rey y, habitualmente, la puerta se abría para aquellos desgraciados sólo en una dirección. Décadas después de que fuera construida, se edificó otra prisión y la torre dejó de tener uso oficial. El rey, con un generoso gesto, la concedió a un emprendedor duque; durante muchos años el hombre no supo qué hacer de aquel edificio, pues aunque era bastante cómodo, una vez eliminados todos los instrumentos de tortura y todos los grilletes, estaba demasiado lejos de los jardines del castillo de Ursal, donde al duque le gustaba cortejar a las damas.
Pero era un hombre emprendedor, tío Mather, y, por tanto, cuando se hallaba entre los nobles de Ursal, hablaba a menudo de los «magníficos panoramas» de que gozaba en su hacienda del campo. Semejante belleza, pretendía el duque, debía quedar bajo control de los ricos, y dado que no podía dedicar el tiempo necesario a su torre para velar por su conservación, se proponía alquilarla por la enorme, incluso ofensiva, cantidad de quinientas monedas de oro por temporada. Un alquiler tan alto atrajo a muchos nobles curiosos a visitar la torre; siempre que se reunían, el duque, con mucha habilidad, procuraba hablarles de los panoramas.
¡Los panoramas! Jugó con la vanidad de los nobles y el alto precio se convirtió en un aliciente. Según contaba Avelyn, la discusión sobre quién alquilaría la torre desencadenó sangrientos duelos y poco faltó para que estallara una pequeña guerra entre tres provincias. Las señoras de los nobles imploraban a sus maridos la torre como residencia; cortesanos solteros la ambicionaban para atraer a deseables damas con la excusa de disfrutar del paisaje.
Al fin, la reina de Honce el Oso pidió a su marido que recuperara la torre; pero el rey, que era un hombre de honor, no rompió la promesa hecha al duque, sino que le alquiló la torre por la módica cantidad de mil monedas de oro la temporada.
Así, la reina consiguió gozar de las vistas que deseaba, las mismas que, durante décadas, se habían ofrecido gratis a los enemigos de la corona.
¿Qué es la riqueza sino una cuestión de percepción? Y el ardiente deseo de sentirse superior a los demás es tan sólo una prueba de la propia debilidad. Y el rey está atrapado, digo yo, por las formalidades propias de su cargo, por los peligros derivados de la envidia de sus subordinados y por la muy real posibilidad de un intento de venganza de sus enemigos.
Quiero conservar mi libertad, tío Mather, y a mi amada, Jilseponie. Juntos, llevaremos nuestro hogar a cuestas adondequiera que vayamos y seremos, con diferencia, los más ricos de corazón y de espíritu.
Y esos dos tesoros son, en muy buena medida, lo único que realmente importa.
Elbryan Wyndon
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1
Semillas

Lo llamaban el «deshielo de Progros», y aunque al parecer ocurría a principios de todos los años, la gente siempre andaba de un lado para otro sacudiendo la cabeza y murmurando sobre lo extraño del tiempo. Y aquel año, por primera vez en muchos, la gente tenía realmente motivos para murmurar. De repente, en Palmaris hizo un tiempo primaveral; varias tormentas descargaron una tras otra y parecía que iban a ocasionar grandes nevadas, pero, de hecho, sólo causaron lluvias frías antes de que hubiera empezado el segundo mes.
El invierno, uno de los más templados que recordaban los más viejos del lugar, estaba llegando a su fin muy deprisa, y el vientre de Pony ya se notaba bastante. Así pues, había decidido llevar siempre el delantal de camarera aunque no estuviera en El Camino de la Amistad, incluso cuando salía de noche, como aquel atardecer, para encontrarse con algún compañero de conspiración.
«La base de la resistencia se está consolidando», se recordó a sí misma, llena de esperanza, mientras rozaba a Belster al pasar y salía de la posada. Gracias a los muchos amigos de Belster, a la información que Colleen obtenía del campo enemigo y a los behreneses y marineros de Al'u'met, los que se oponían al obispo De'Unnero participaban en las charlas de las calles y los muelles de la ciudad. Eso no quería decir que manifestaran abiertamente sus quejas o su oposición; a eso no habían llegado.
No, todavía no. Sembraban las semillas de la rebelión, alentaban puntos de vista diferentes sobre la forma en que la Iglesia gobernaba la ciudad. Si llegaba a producirse una batalla —y en buena medida Pony deseaba que así fuera—, el obispo y sus secuaces se llevarían una buena sorpresa ante el alcance de la resistencia.
Pensar en una guerra abierta contra la Iglesia animaba a Pony a caminar más deprisa mientras se dirigía a su cita con Colleen Kilronney. El fuego de la venganza no se había enfriado en el alma de Pony y, llegado el momento de luchar, estaba resuelta a emplear su magia, la magia de Avelyn, para destruir a los jerarcas de aquella maldita Iglesia que había asesinado a sus padres y a sus amigos.
Se sorprendió no poco cuando dobló la esquina para entrar en el callejón y vio que Colleen no estaba sola. Y su sorpresa se convirtió en asombro al ver al compañero de Colleen. ¡Un monje! ¡Un monje que llevaba el hábito de Saint Precious!
Avanzó con cautela.
El monje saltó hacia ella y le echó las manos a la garganta. Como todos los abellicanos, había sido adiestrado en artes marciales, por lo que su ataque fue rápido y seguro.
Pony retrocedió ante la embestida del monje. Con las manos agarró las muñecas del agresor para tratar de apartarle los dedos de su garganta. Rápidamente, adoptó la actitud de un guerrero experto y, mientras una sorprendida Colleen se precipitaba desde atrás, pasó sus pulgares por debajo de los del monje, dobló las piernas hasta quedar arrodillada y tiró del hombre hacia abajo. Entonces, la acción de la palanca se convirtió en un aliado de Pony, que con una simple torsión se liberó del agarre del monje. Podría haber forzado aún más la torsión, con lo que le habría destrozado los huesos de los pulgares; pero no lo hizo en atención a Colleen, que había comparecido con el monje.
Se puso en pie rápidamente, pasó las manos por debajo de los antebrazos del monje y, de un tirón, le obligó a abrir los brazos. Aprovechando el impulso, colocó la palma de la mano hacia afuera, curvó los apretados dedos hacia adentro y la dirigió hacia la barbilla del monje. El golpe lo elevó del suelo y lo hizo retroceder más de medio palmo.
El hombre levantó los brazos para intentar una desesperada defensa, pero Pony ya se lanzaba contra él, moviéndose como una impresionante serpiente. Lo alcanzó de nuevo; en esa ocasión con un sorprendente golpe al tabique nasal, y luego con otro, mientras la sangre le empezaba a salir por los dos agujeros de la nariz.
Colleen cogió al monje mientras caía y lo sostuvo, pero además con gran habilidad lo inmovilizó: le deslizó un brazo por debajo del hombro y se lo pasó en torno a la nuca; con la otra mano le agarró el codo del brazo contrario y se lo echó hacia atrás.
—Veo que has traído a tus amigos —comentó Pony con sarcasmo, mientras se alisaba la ropa y observaba al monje de forma intimidadora.
Había conseguido controlar bien su creciente y explosiva cólera, pues siempre que un hombre con el hábito de la Iglesia le daba el menor pretexto, le entraban ganas de infligirle un severo castigo. Pero decidió que, si se le acercaba de nuevo, no saldría vivo del callejón.
—Es ella —trató de explicar el monje a Colleen escupiendo sangre a cada palabra.
—¿La que te romperá tu estúpido cuello? —replicó con aspereza Colleen.
—La..., la compañera del Pájaro de la No..., Noche —tartamudeó el monje.
—Eso ya te lo dije yo —puntualizó Colleen.
—La amiga del hereje Avelyn, el ladrón de las piedras sagradas, el aliado del demonio Dáctilo —dijo el monje.
—Me parece que cada vez que oigo esos chismes tu fama de alborotadora aumenta —le dijo Colleen a Pony—. ¡Cada día me gustas más, chica!
—¡No lo entiendes! —gritó el monje.
—Lo que entiendo es que ahora te podría soltar y dejar que te hicieras matar —le espetó Colleen. Mientras pronunciaba esas palabras, lo liberó—. Vete, pues; me encantará ver cómo mi amiga te arranca la vida de ese cuerpo cubierto con los hábitos.
El hombre vaciló, y su mirada pasó nerviosamente de Colleen a Pony. Con la manga consiguió enjugar la sangre de la nariz.
—Una amiga de Avelyn, sí —admitió Pony. Rebuscó en el delantal, sacó un trapo y se lo tendió al hombre—. Era amiga de Avelyn, el mismo Avelyn que destruyó al demonio Dáctilo, a pesar de lo que tus superiores te hayan contado.
El hombre se mantenía en sus trece y seguía mirando a su alrededor.
—¿Por qué lo has traído? —preguntó Pony.
—Discrepa del obispo De'Unnero —dijo Colleen—. Se me ocurrió que un enemigo común podría ser un buen punto de partida para establecer una alianza. ¿Acaso dudas de lo útil que sería tener un hombre en Saint Precious?
»Además, no sabía que iba a reaccionar así —añadió Colleen, que simultáneamente le propinó una patada al monje—, pues le hablé de ti y se mostró bastante amistoso.
—Un ardid para atraparme —comentó Pony.
—Podríamos limitarnos a matarlo —repuso Colleen.
Mientras hablaba, sacó una daga que llevaba en la parte de atrás del cinto y la colocó con firmeza en la espalda del monje, lo que lo obligó a arquear los hombros.
—No estoy de acuerdo en absoluto con el obispo De'Unnero —dijo el hombre.
—Eso creía yo —dijo Colleen, pero no retiró la daga.
—Entonces, tampoco estás de acuerdo con el padre abad Markwart ni con la Iglesia abellicana —dedujo Pony—, y debes de ser más afín a Avelyn Desbris de lo que crees.
—La asamblea de abades lo tachó de hereje y asesino.
—¡Que se vaya al infierno del Dáctilo tu asamblea! —repuso con aspereza Pony—. No tengo tiempo para enseñarte la verdad, hermano...
—Hermano Talumus —explicó Colleen—; alguien que tomé por amigo.
El monje se volvió a medias hacia ella y la miró ceñudo.
—Eso era antes de saber que conspirabas con proscritos.
—Qué forma tan extraña de utilizar ese término en alguien que viene aquí para confabularse contra De'Unnero —comentó Pony.
—¿Vamos a convencerlo o a matarlo? —preguntó la brutal Colleen. Tanto Pony como Talumus comprendieron que no bromeaba.
—No lo vamos a matar —se apresuró a responder Pony.
—Entonces, ¿estás dispuesto a que te convenzamos? —le preguntó al oído Colleen.
Talumus no contestó, pero no desvió la vista ni dio señal alguna que permitiera pensar que discrepaba.
—¿Veneras a tu anterior abad? —le preguntó Pony.
—¡No hables mal del abad Dobrinion! —exclamó Talumus en un tono aún más impetuoso que el que había utilizado al atacar a Pony.
—Eso jamás —dijo Pony—. Dobrinion fue un buen hombre, un gran hombre, y más afín a Avelyn Desbris de lo que te imaginas. Por esa razón, el padre abad Markwart hizo que lo asesinaran.
El monje tartamudeó una sílaba y luego se mordió el labio.
—Colleen te trajo aquí y, por consiguiente, supongo que ha analizado tu personalidad de forma adecuada —dijo Pony—, aunque se haya equivocado en algún aspecto —añadió dedicando una encantadora sonrisa a la mujer soldado—. Te voy a contar la verdad llanamente, y luego podrás juzgar la veracidad de mis palabras. Cuando la juzgues, verás si te convence o no.
—Pero si no te convences... —dijo Colleen mientras apretaba la daga contra él.
—Si no te convences, te encerraremos en un lugar hasta que se termine este desagradable asunto —puntualizó Pony—, y no serás maltratado en ningún caso.
—El abad Dobrinion fue asesinado por un powri —afirmó Talumus—. Encontramos el cadáver de la perversa criatura en el dormitorio del abad. Y en Saint Precious no hay powris, que yo sepa.
—¿Asesinado por el mismo powri que no se molestó en acuchillar a Keleigh Leigh para empapar la gorra en su sangre? —inquirió Pony.
La mujer advirtió la expresión de Talumus y se dio cuenta de que la pregunta lo había cogido por sorpresa.
El monje iba a responder que tal vez la criatura no había tenido tiempo, pero cambió de idea.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó sin rodeos.
—Porque Connor Bildeborough me lo dijo.
—¿Connor? ¿El que hizo que anularan vuestro matrimonio? —dijo sin dejarse convencer el monje.
—Y el que se fue al norte para avisarme de que los mismos hombres que asesinaron al abad Dobrinion nos perseguían tanto a mí como a él —le corrigió Pony—. Connor también fue asesinado por uno de esos hombres, por un hermano justicia, adiestrado y dirigido por el padre abad de Saint Mere Abelle.
—El mismo Connor cuyo tío fue asesinado por un hombre al que tú ahora llamas obispo —añadió Colleen.
Los hombros de Talumus se hundieron bajo el peso de las acusaciones, unos cargos que, evidentemente, ya había oído con anterioridad.
Pony se dio cuenta de la situación. El monje no se creía aquellas palabras, por supuesto, pero tampoco podía desmentirlas. Y el menor indicio de verdad que pudiera ver en ellas haría que todo su mundo se viniera abajo.
—Los behreneses están siendo perseguidos —afirmó de forma terminante Pony.
Talumus, que parecía completamente derrotado, asintió con la cabeza.
—Y no estás de acuerdo con esa medida.
De nuevo, el monje inclinó la cabeza para asentir.
—En ese caso, si quieres ponte de nuestra parte, o por lo menos no te pongas en contra de nosotras —dijo Pony.
Le hizo una señal a Colleen, que, al fin, apartó la daga.
—No voy a ponerme en contra de mi orden —dijo con firmeza el hermano Talumus.
—En ese caso, manténte al margen y obsérvalo todo con imparcialidad —le explicó Pony—, e invita a tus compañeros de Saint Precious a hacer otro tanto. El obispo De'Unnero no es una buena persona y, en el fondo, tampoco es un auténtico abellicano. Te lo demostraremos.
—He sido amiga tuya durante años —le recordó Colleen—; no me traiciones ahora.
—Estaré al quite —asintió el hermano Talumus después de un buen rato—. Y lo observaré todo, y lo volveré a observar a la luz de lo que me habéis revelado. Pero una vez lo haya hecho, si estoy convencido de que estáis equivocadas y además de que vuestras acusaciones contra la Iglesia son infundadas, me pondré en contra de vosotras.
La mano de Colleen se deslizó hacia la daga, pero Pony la cortó en seco.
—No te podemos pedir más —repuso—. Tu posición es generosa y sensata, se mire como se mire.
Talumus se apartó de ellas. Con cautela, retrocedió por el callejón, mirando a Pony nerviosamente. Cuando juzgó que ya se había alejado lo bastante, se dio la vuelta y echó a correr.
—No tenías que haberlo traído aquí —riñó Pony a Colleen—; todavía no.
—¿Cuándo, entonces? —preguntó la otra mujer—. ¿Acaso crees que podemos oponernos mucho tiempo al obispo De'Unnero sin que ningún monje nos ayude? ¡Bah! —añadió con un bufido—. Te encontrarán y te machacarán viva, no lo dudes. He traído a Talumus únicamente porque me confió que un hermano detectó magia en la zona de El Camino de la Amistad durante la pasada noche, y sabe que yo suelo ir por allí.
Los hombros de Pony se hundieron ante aquellas noticias. La pasada noche había vuelto a utilizar la hematites para visitar al hijo que estaba gestando en sus entrañas; el hijo que, últimamente, se había convertido en lo más importante de su vida. Apenas podía comprender que el enlace espiritual con el hijo que esperaba pudiera haberlo echado todo a perder. ¿Tan eficientes eran De'Unnero y sus secuaces?
—Me avisó para que me mantuviera alejada del lugar —prosiguió Colleen.
—Entonces, De'Unnero se nos va a echar encima —dedujo Pony.
—No —respondió Colleen—. El monje que detectó tu magia sólo se lo contó a Talumus, que a su vez sólo me lo ha dicho a mí. Entonces, mandé a Talumus que le dijera al monje que había sido él, y no un enemigo de la Iglesia, quien había utilizado piedras mágicas. Él así se lo dijo, y se lo seguirá diciendo, pues creo que te lo has trabajado muy bien.
Pony reflexionó para analizar aquellas palabras, para analizar si ella, Belster y Dainsey debían de abandonar o no El Camino de la Amistad, aunque la primera opción, sin duda, daría al traste con buena parte de los progresos conseguidos desde que habían iniciado una red clandestina unas semanas antes.
—El hermano Talumus es sincero —decidió—; no nos traicionará. Ahora, no.
—No tardaremos en comprobarlo —comentó Colleen.
Fiel a su palabra, el hermano Talumus meditaba, mientras regresaba a Saint Precious, sobre lo que acababa de recordar a la luz de las palabras de Pony. Le intrigaba poderosamente su encuentro con el barón Bildeborough y otro hombre, que habían ido a verlo poco antes de que el obispo De'Unnero llegara a Palmaris. Después de ese encuentro, Bildeborough se había ido hacia el sur y había sido asesinado en la carretera de Ursal. Tanto Bildeborough como el desconocido que lo acompañaba aquel día le habían hablado a Talumus del asesinato del abad Dobrinion y, discretamente, habían mencionado aquel mismo hecho: el powri no había acuchillado a Keleigh Leigh para empapar su gorra en la sangre de la mujer. Entonces, aquel detalle le parecía muy significativo al joven pero experimentado monje.
Como no conocía demasiadas cosas sobre powris, Talumus no podía otorgar a aquel detalle el mismo valor que le habían dado el barón Bildeborough y su compañero, y que en ese momento le daba la mujer, Pony. Pero ¿ese detalle era prueba de una traición tan horrenda como la cometida por la Iglesia abellicana contra uno de sus más respetados abades? El hermano Talumus todavía no estaba maduro para dar semejante paso.
En el vestíbulo de Saint Precious, Talumus se encontró con un amigo, el hermano Giulious, el que había detectado magia en los aledaños de El Camino de la Amistad.
—¡Hermano! —exclamó Giulious mientras señalaba la nariz de Talumus, manchada de sangre—. ¡Por Dios!, ¿qué te ha pasado?
—Esa historia de las piedras mágicas cerca de El Camino de la Amistad ya está zanjada —le dijo Talumus.
Giulious retrocedió y lo miró fijamente y con incredulidad.
—¿No me habías dicho que habías sido tú el que había utilizado las piedras?
—Es una verdad a medias —admitió Talumus.
Los ojos de Giulious se abrieron desmesuradamente a causa de la sorpresa.
—Fui allá a buscar los servicios de una mujer —mintió Talumus—. Sí, hermano, mi carne es débil, como la de todos nosotros.
El piadoso Giulious asintió con la cabeza y alzó la mano para realizar un tradicional, aunque poco usado, rito de la Iglesia: levantar la mano perpendicular al pecho, elevarla hasta la frente, bajarla y desplazarla a un lado, hacerla retroceder de nuevo, bajarla y finalmente moverla hacia el otro lado. Aquella era la señal del árbol viviente.
—La mujer estaba enferma —prosiguió Talumus—; un dolor en la zona lumbar, al parecer. Le presté la piedra del alma para que pudiera curar...
—¿Una puta de la calle que sabe utilizar gemas sagradas? —preguntó Giulious sin dar crédito a lo que oía.
Talumus se limitó a sonreír.
—Las putas callejeras saben hacer muchas cosas —repuso con sonrisa maliciosa, y la turbación de su interlocutor borró toda sombra de sospecha—. Esta noche he vuelto para recuperar la piedra, pero la mujer había decidido que era algo demasiado útil como para desprenderse de ello.
—¡Hermano Talumus!
—Me golpeó —explicó el monje.
—Pero ¿recuperaste la piedra?
—Desde luego —mintió Talumus, y esperó que Giulious no le pidiera que se la mostrara.
En efecto, Giulious, a quien en Saint Precious solían llamar Giulious el Inocente, no era nada desconfiado y se limitó a repetir el signo del árbol viviente.
—Espero que lo mantendrás en secreto —le pidió Talumus— y que no comentarás nada sobre el uso de magia en los aledaños de El Camino de la Amistad. El obispo De'Unnero no me tiene ningún cariño precisamente, y no deseo que vuelva a causarme problemas.
Giulious le sonrió afectuosamente.
—Deberías arrepentirte —le reprendió con sinceridad—, y ser más cuidadoso con las compañías que eliges.
Talumus devolvió la sonrisa a quien consideraba un buen amigo.
Satisfecho, el hermano Giulious ayudó a Talumus a limpiarse la cara, mientras parloteaba de las diversas cualidades que parecía poseer la puta, en especial la de pegarle a un hombre.
Talumus gruñía de vez en cuando para dar a entender a Giulious que lo estaba escuchando atentamente, pero en realidad sus pensamientos se encontraban muy lejos de allí y habían vuelto al callejón cercano a El Camino de la Amistad. Tenía mucho en que pensar y todo estaba todavía muy en el aire.
—¡Eh, tú, muchacho, acércame la copa! —gritó el borracho.
El hombre se inclinó tanto y de forma tan oscilante hacia la maltrecha copa que había caído en el callejón que perdió el equilibrio, a pesar de estar sentado, y se cayó al suelo después de chocar contra la pared.
Belli'mar Juraviel, que parecía un niño abandonado en la calle, con la cara oscurecida con hollín para disimular los rasgos angulosos característicos de los elfos y con las alas plegadas bajo una capa —¡vaya incomodidad!—, echó un vistazo al codiciado objeto, pero no se movió para cogerlo.
—¿No me oyes, mu..., muchacho? —tartamudeó el borracho.
Como pudo, volvió a sentarse. Luego, con enorme dificultad y apoyándose en la pared a cada pequeño progreso, consiguió ponerse en pie.
—¡Si no me das la copa, te daré una paliza!
Juraviel sacudió la cabeza, molesto. Aquel hombre era el peor ejemplar de ser humano que el elfo había visto en toda su vida, incluso peor que los tres tramperos que había encontrado en el transcurso de sus viajes con el Pájaro de la Noche. Y sabía que sus compañeros elfos, diseminados por todas partes en puntos estratégicos, sentían la misma repugnancia y, probablemente, se estaban impacientando aún más que él ante los desvaríos del fastidioso y conflictivo borracho.
—¿No me oyes, muchacho? —gritó más fuerte, demasiado fuerte, el borracho, que dio un paso hacia adelante.
Juraviel, raudo, entró en acción. Propinó una patada en la zona lumbar del hombre, dio un brinco hacia arriba —e instintiva e inadvertidamente trató de batir las alas para ayudarse, lo cual le dolió no poco— y le pegó un par de potentes puñetazos en la cara. El borracho retrocedió hasta chocar bruscamente contra la pared.
—¡Oh, pero si pareces entrenado para practicar algún deporte! —le espetó el hombre tratando de separarse de la pared.
En aquel momento, extraña y bruscamente, el hombre dio una sacudida —y también Juraviel—, pues un ladrillo le rebotó en un lado de la cabeza y fue a parar a la cuneta. El borracho se cayó, fuera de combate.
El elfo miró hacia arriba y vio a uno de sus camaradas de pie en el alero de un tejado.
—Lo podías haber matado —murmuró Juraviel ásperamente.
—¡Y si no lo he hecho, lo voy a hacer, sin duda, si se despierta y empieza de nuevo a alborotar de forma improcedente! —contestó el otro elfo.
Juraviel reconoció la voz. Era la de la mismísima señora Dasslerond, y adivinó por el tono que muy probablemente no lo decía por decir.
Con una agilidad superior a la del humano más diestro, la elfa pasó por encima del alero y se deslizó por la parte lateral del edificio hasta posarse suavemente en el suelo junto a Juraviel, que estaba inclinado sobre el borracho para comprobar que todavía respiraba.
—¿Ha vuelto? —preguntó la señora Dasslerond.
—Está ahí dentro, sirviendo mesas —respondió Juraviel—. Se hace pasar por esposa de Belster.
—La embarazada esposa de Belster —comentó la señora Dasslerond— para cualquiera que se moleste en fijarse lo bastante.
Belli'mar Juraviel no disintió. Día a día, el estado de Pony resultaba más ostensible.
—Se desembarazó de aquel monje con gracia y facilidad —dijo afectuosamente la señora Dasslerond.
Juraviel sabía que la señora se lo decía para complacerlo, para que comprendiera que no estaba verdaderamente enfadada con Jilseponie.
—Con todo, tienes miedo de lo que pueda acarrear el hecho de que haya topado con un hombre de la Iglesia abellicana en estos tiempos tan inciertos —indicó Juraviel.
—Traerlo fue una peligrosa estrategia de la mujer soldado —explicó la señora Dasslerond.
—¿Temes a la Iglesia abellicana hasta ese punto? —le preguntó Juraviel.
—Yo no; pero tu amiga, sí, sin duda.
—Y me parece que la señora Dasslerond también —se atrevió a decir el perspicaz Juraviel.
Para su tranquilidad, la señora de Andur'Blough Inninness no discutió.
—Me dan miedo los humanos que creen que su dios sanciona sus actos —admitió—. Y la Iglesia ha demostrado cierta propensión a considerar enemigos a los que son diferentes. Mira la situación de los behreneses en los muelles. ¿Podrían los Touel'alfar esperar un trato mejor?
—¿Acaso eso es de la incumbencia de los Touel'alfar? —preguntó Juraviel.
—Estamos más vinculados a los humanos de lo que nos gusta admitir —respondió severamente la señora Dasslerond.
Juraviel no lo entendía. Los únicos lazos que conocía al respecto, al margen de los establecidos con los guardabosques, eran los tratos con algunos escogidos mercaderes, que adquirían pasmo a cambio de bienes que los elfos no podían obtener en su valle. Y todo aquello se realizaba en secreto: las entregas eran anónimas, de modo que la mayoría de los mercaderes desconocía el verdadero origen del vino.
—La guerra ha terminado —explicó la señora Dasslerond—, y después de toda guerra, los humanos, inevitablemente, expanden sus fronteras. No irán hacia el sur, pues la gente de Honce el Oso no tiene agallas para librar una guerra contra el reino de Behren, a pesar de lo que aquí está haciendo el obispo contra esos humanos de piel oscura. Tampoco irán al norte, donde tendrían, de manera irremediable, que enfrentarse a la desagradable perspectiva de encolerizar a los fieros alpinadoranos. Y al este, se encuentra el ancho mar.
—Y al oeste está Andur'Blough Inninness —dedujo Juraviel.
—Ya se hallan demasiado cerca, en mi opinión; sobre todo, en el caso de que su liderazgo llegue a atrincherarse en el fanatismo y la ortodoxia santurrona de la Iglesia abellicana —explicó la señora Dasslerond.
—Pero ¿cómo podemos detenerlos sin una guerra? —preguntó Juraviel—. Y sería inútil esperar una victoria sobre las masas humanas.
—Tal vez ha llegado el momento de hablar abiertamente con el rey de Honce el Oso —dijo con naturalidad la señora Dasslerond, y aquella sorprendente afirmación hizo que Juraviel sintiera que le flaqueaban las rodillas—, tal como ocurrió hace siglos.
—¿Se acordará de los Touel'alfar el actual rey de los humanos? —preguntó Juraviel—. ¿Acaso somos algo más para ellos que personajes de canciones infantiles o de leyendas que se cuentan en torno al fuego?
—Si no se acuerda, ya verá la realidad —repuso la señora Dasslerond—, o tal vez no llegue el caso. Palmaris puede ser la piedra angular de las aspiraciones de la Iglesia.
—Según dicen todos, el rey viene hacia aquí, o no tardará en hacerlo —precisó Juraviel.
—Y otro tanto ocurre con el padre abad —le recordó la señora Dasslerond.
Desde luego, Juraviel ya lo sabía, pero aun así se estremeció al oír aquellas palabras.
—Hemos venido aquí para recabar información —dijo con firmeza la señora—. Cuando se reúnan los poderes del reino, tendremos la mejor de las oportunidades para realizar nuestro trabajo; así que no temas, Belli'mar Juraviel. Esos acontecimientos serán provechosos para los Touel'alfar.
»Y eso es lo único que debe importarte —añadió mientras lo señalaba ostensiblemente y lo miraba con dureza.
Belli'mar Juraviel emitió un tenue silbido con la mirada fija en el muro de El Camino de la Amistad. Sabía que el futuro que le esperaba a su amiga humana Jilseponie iba a ser tenebroso y le parecía que poco podía hacer él para remediarlo.
Tan pronto como se hubo puesto el disfraz, entró en la sala común de El Camino de la Amistad y comprobó que habían surgido problemas. Uno de los principales informadores de Belster miró hacia ella, inclinó ligeramente la cabeza y se dirigió hacia la puerta, mientras Belster, con expresión amarga, se quedaba apoyado en la barra. En aquella hora tardía no había mucha gente, por lo que Pony atendió sus obligaciones con gran diligencia y con la esperanza de que pronto podría hablar en privado con su compañero de conspiración.
Pero las cosas no ocurrieron así, pues más y más gente iba entrando en El Camino de la Amistad. Pony advirtió que muchos eran miembros de la red subterránea que se dedicaba a informar. Aquello la reafirmó en su convicción de que había ocurrido algún percance.
Al fin, entre medianoche y el amanecer, el último parroquiano salió haciendo eses de la taberna y dejó solos a Pony, Belster y Dainsey.
—Una pelea en los muelles —informó Belster antes de que la obviamente curiosa Pony tuviera tiempo de preguntar nada—. Un grupo de soldados, borrachos según dicen todos, erraba por los muelles para divertirse a costa de los behreneses.
—¡Pegar a un niño! —exclamó indignada Dainsey—. ¿Llamas a eso diversión?
—Sólo he hablado de disturbios —la corrigió, enfadado, Belster—, y no pegaron a ningún chiquillo, pues se trataba más bien de un joven; además, sólo le dieron empujones.
—Y lo interrogaron para sacarle lo que querían, según creo —dijo obstinadamente Dainsey.
—¿Acudieron otros behreneses a ayudar al muchacho? —preguntó Pony.
—Una docena —confirmó Belster—. Se enfrentaron con palos a los puños de los soldados.
—Les pegaron bien —murmuró Dainsey—, y los dejaron en los muelles. Uno quedó medio muerto, aunque al parecer los monjes lo han salvado. ¡Qué lástima!
—¡Qué suerte, querrás decir! —le recriminó Belster— Entretanto, un millar de soldados se dirige a los muelles, o va a ir hacia allí con las primeras luces de la mañana.
—Probablemente no encontrarán a ningún behrenés esperándolos —razonó Pony.
—Sería una prudente decisión —repuso Belster con severidad.
—Bueno, todo pasará como una tormenta de verano, sin causar daño alguno —dijo, esperanzada, Dainsey mientras con un trapo frotaba una mesa con energía—. La memoria es frágil, y aún lo es más cuando los hombres le dan a la botella.
—Lo más probable es que el obispo encuentre una o dos cabezas de turco y las cuelgue en la plaza pública —razonó Belster—. ¿Qué pensará de esto el capitán Al'u'met? Si es que todavía anda por aquí, quiero decir.
Aquel comentario intrigó no poco a Pony.
—¿Si es que todavía anda por aquí? —repitió.
—Se dice que el barco de Al'u'met desatracó y desplegó velas hacia el sur, río abajo —explicó Belster.
Pony meditó la noticia durante unos instantes. Le parecía muy raro que Al'u'met se hubiera marchado sin decirle nada. ¿Qué lo habría incitado a irse? ¿Tal vez, pedir audiencia en la corte de Ursal o encontrar aliados en los pueblos del sur de Palmaris? Circulaban rumores por la ciudad de que el rey tenía previsto visitarla. ¿Había planeado Al'u'met salir a su encuentro?
—Al'u'met regresará pronto —decidió la mujer, pues sabía que el capitán no abandonaría jamás a los suyos—. Y por lo que respecta a aquellos hipotéticos ahorcamientos, no se quedaría con los brazos cruzados. Los behreneses preferirían presentar batalla abiertamente antes que permitir que uno de ellos fuera injustamente colgado.
—Entonces, los behreneses son estúpidos —repuso Belster, y su tono terminante y, en cierto modo, cruel cogió a Pony por sorpresa—. Si proporcionan al obispo la excusa que necesita, los matarán a todos: hombres, mujeres y niños.
—¿Y vamos a tolerarlo? —preguntó Pony, recelosa—. ¿Qué postura adoptaremos nosotros, entonces?
—La de verlas venir —repuso Belster con firmeza—. Nos limitaremos a mirar.
—¿Sin hacer nada?
—Sólo mirar —repitió el posadero—. No estamos preparados para emprender una guerra —añadió resoplando—, y probablemente nunca lo estaremos para una guerra semejante. Si crees que encontrarás a mucha gente dispuesta a unírsete para tratar de ayudar a los de piel negra, métete en la cabeza que estás en un error.
Pony se obligó a respirar pausadamente durante unos instantes a fin de calmarse y se concedió otro momento más antes de responder.
—¿Y qué postura adoptará Belster? —le preguntó, aunque la respuesta le parecía dolorosamente obvia.
—Hace tiempo te dije que no simpatizo con los pieles negras de Behren —admitió Belster—; jamás he pretendido lo contrario. No me gusta cómo huelen ni el dios al que rezan.
Pony miró a Dainsey en busca de ayuda, pero la mujer seguía limpiando enérgicamente la misma mesa una y otra vez.
—El dios que veneran es una elección exclusivamente suya —le dijo Pony a Belster—, y por lo que concierne a su olor, bueno, yo diría que a pocos les gustaría el olor de Belster O'Comely cuando está manchado de cerveza por todas partes.
—Ellos eligen, y yo, también.
—¿Qué pasará en caso de que yo me ponga a su lado? —le preguntó Pony—. ¿Seguirá Belster empeñado en verlas venir como los cobardes mirones?
—No voy a pelearme contigo por eso, muchacha —repuso Belster con tanta calma que Pony comprendió que sus intentos serían infructuosos—. Sabes lo que pienso de los pieles negras desde siempre. Nunca lo he ocultado. No soy el único que piensa así. Si los behreneses se proponen apoyarnos contra el obispo, que así sea; pero...
—Pero nosotros no nos pondremos de su parte —dijo Pony, con las manos apretadas en los costados y la voz temblorosa por la creciente rabia que sentía para terminar la frase del posadero—. Así pues, ¿qué grupo demuestra un carácter más fuerte, Belster O'Comely? ¿Cuál es más digno de alianzas y amistades, y cuál es más cobarde?
—No voy a pelearme contigo por eso, muchacha —dijo de nuevo Belster—. Yo siento lo que siento, y tú no vas a cambiarlo; no lo creas ni por un momento.
Pony hizo repetidas muecas de dolor, se mordió el labio inferior y optó por dirigirse a su habitación para estar sola. Ardía de cólera, claro, pero sobre todo se sentía profundamente decepcionada. Más abatida por la resignación que embravecida por la rabia, se dejó caer en el borde de la cama y se quedó allí, sentada, con los hombros hundidos.
Aquél era un aspecto de Belster que ella había intuido desde la primera vez que mencionó a los behreneses y al capitán Al'u'met; pero había decidido no comprobarlo más a fondo. Apreciaba sinceramente a aquel hombre, y él la había tratado como a una hija; además, le recordaba a sus padres adoptivos, si bien el temperamento de Belster era más parecido al de Pettibwa que al de Graevis. Sí, lo apreciaba, incluso lo quería; pero ¿cómo podía pasar por alto tan evidente defecto?
Pony levantó la vista y vio que Dainsey estaba en el umbral. ¡Parecía que Dainsey siempre estaba en aquel umbral!
—No lo juzgues con demasiada severidad —dijo la mujer serenamente—. Belster es un buen hombre, pero está un poco ciego con los pieles negras. No conoce a muchos, y además no los conoce bien.
—¿Y eso excusa su actitud? —replicó con dureza Pony, levantando un muro de cólera a modo de defensa propia.
—No quiero decir eso —repuso Dainsey—, pero sólo son palabras y, además, palabras de un hombre asustado. No cree que podamos ganar, ni con los pieles negras ni sin ellos. No lo juzgues hasta que empiece la batalla, si es que empieza alguna vez. Belster O'Comely no se limitará a mirar mientras tratan de colgar a un hombre inocente, sea cual sea el color de su piel.
El muro de cólera de Pony se derrumbó. Creyó a Dainsey; tenía que creer lo que le había dicho de un hombre al que tanto quería. Aunque aún temía que la advertencia de Belster en relación con aquella gente fuese cierta, las palabras de Dainsey, por lo menos, le habían servido de consuelo temporal.
—¿Lucharías realmente con los pieles negras? —le preguntó Dainsey—. ¿Quiero decir si supieras que ibas a ser la única en tomar partido por ellos?
Pony asintió con un movimiento de cabeza y empezó a explicarle que, al menos, conseguiría pelear contra De'Unnero, y entonces, incluso si todo el ejército y todos los clérigos de Palmaris se le echaban encima, tendría la satisfacción de saber que había arrastrado al perverso obispo en su caída. Quería contarle todo eso, quería proclamar que los principios guiarían sus pasos más que cualquier consideración sobre posibles ventajas o esperanzas en la victoria final, pero, de golpe, interrumpió su discurso, mientras en su cara se dibujaba una expresión de asombro y se llevaba la mano al vientre.
Dainsey acudió a su lado inmediatamente.
—¿Qué ocurre, Pony? —preguntó, alarmada.
La preocupación de Dainsey se desvaneció cuando Pony se volvió hacia ella, le sonrió y le mostró un rostro lleno de satisfecho bienestar.
—Se ha movido —le explicó Pony.
Dainsey aplaudió y luego posó una mano en el vientre de Pony. Sin ninguna duda, un piececito propinó otra patada o se produjo el roce de una diminuta mano.
Pony ni siquiera trató de retener las lágrimas, aunque sabía que no respondían sólo a la simple alegría por el primer movimiento perceptible del hijo que esperaba.
¿Cómo podía, en conciencia, ir a la guerra mientras una nueva vida se gestaba en su vientre?
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2
A la caza
—De parte del capitán Kilronney —explicó el soldado al mismo tiempo que entregaba un pergamino al obispo.
Cuando De'Unnero lo cogió, en su rostro se dibujó una expresión de sorpresa.
—¿Sabe escribir? —preguntó con incredulidad—. ¿Un simple militar?
Al soldado se le pusieron los pelos de punta, pero eso no hizo más que provocar un sonoro bufido del obispo. De'Unnero nunca había ocultado su convencimiento de que los militares, tanto los del rey como los de la ciudad, eran inferiores a los hermanos abellicanos. Siempre que sus patrullas iban por las calles, consistiera su misión en localizar gemas o simplemente en hacer cumplir las leyes del obispo, los monjes que los acompañaban, independientemente de su jerarquía y experiencia, mandaban más que los militares de mayor rango. Obviamente, eso a los militares no les hacía ninguna gracia; pero De'Unnero, tan atrincherado en el poder y respaldado por el rey y por el padre abad, no les hacía el menor caso. En realidad, se divertía con aquella situación. Y eso era lo que se proponía hacer entonces con el mensajero.
—¿Lo has leído? —le preguntó.
—Claro que no, señor.
—¿Lo hubieras sabido leer? —preguntó con malicia De'Unnero.
—Me ordenaron que te lo entregara personalmente cuanto antes —respondió el soldado, que arrastró los pies, incómodo. Su turbación divirtió a De'Unnero—. Cabalgué tan aprisa hasta Caer Tinella que tuve que dejar allí mi pobre caballo; me dieron otro y, al mismo ritmo, he cabalgado hasta aquí. Más de cuatrocientos cincuenta kilómetros, señor, aunque dejé al capitán Kilronney hace apenas una semana.
—Eres digno de alabanza —le aseguró el obispo. Y mientras ponía el rollo en las narices del soldado le preguntó con más premura—: ¿Lo has leído o no?
—No, mi señor.
—¿Lo hubieras sabido leer?
El soldado tardó en contestar, y el obispo, en tanto sonreía perversamente, deshizo la cinta del rollo y lo desplegó de forma que el mensajero pudiera ver el lado escrito del pergamino.
El pobre hombre se asustó, pero, disciplinado, no retrocedió.
—¿Qué dice? —le preguntó el obispo.
El soldado hizo rechinar los dientes y no respondió.
—¡Responde!
—¡No sé leer, mi señor!
De'Unnero, de repente, dejó de insistir. Se dirigió al escritorio, se sentó cómodamente en el borde y, con mucho cuidado, dio la vuelta al pergamino.
—Tu capitán tiene buena letra —empezó a decir, al ver la suave y uniforme escritura de Kilronney.
Sin embargo, se detuvo en seco y abrió los ojos desmesuradamente cuando empezó a comprender el sentido de aquellas palabras, cuando empezó a darse cuenta de que el proscrito Pájaro de la Noche, al parecer, se le iba a escapar otra vez de entre los dedos.
Con un gruñido, el obispo arrojó el pergamino sobre el escritorio y advirtió que el mensajero, bajo el peso de su colérica mirada, había retrocedido un par de pasos hacia la puerta.
—¡Vete! —ladró el obispo.
El soldado estaba deseando hacerlo, así que se dio la vuelta a toda prisa y, sin ser plenamente consciente de ello, se precipitó hacia la puerta, con la que chocó violentamente antes de conseguir abrirla. Al fin, se las apañó para salir tambaleándose y se alejó del despacho.
De'Unnero agarró la zarpa de tigre de su bolsillo, y a punto estuvo de sumergirse en la magia de la piedra con la intención de dirigirse rápidamente hacia las tierras del norte. No obstante, volvió a guardar la piedra al recordar sus obligaciones, unas obligaciones que el padre abad consideraría más perentorias, aunque De'Unnero no lo creyera así. Y entonces sacó su piedra del alma.
«Markwart tiene que saberlo», decidió. Haría que el padre abad viera la realidad tal como él la veía.
Markwart trataba de concentrarse en sus plegarias, pero a cada línea percibía aquella potente voz interior que le decía: «Déjalo ir».
—Te ruego, Señor, que las piedras sagradas tengan siempre tu poder.
«Déjalo ir.»
—Te ruego, Señor, que guíes mi mano según tus planes eternos.
«Déjalo ir.»
—Muéstrame la perversidad, para que pueda rechazarla.
«Déjalo ir.»
—Muéstrame la bondad, para que pueda gozar de ella en tu gloria.
«Déjalo ir.»
Y esto le ocurría durante las plegarias nocturnas que siguieron a su última conversación con el obispo De'Unnero, en la cual éste le había pedido a Markwart que le encargara a él la persecución del hombre llamado Pájaro de la Noche. En aquella conversación el espíritu del obispo había gritado a los oídos de Markwart que no sólo el Pájaro de la Noche sino también los otros cinco herejes conspiradores podían huir, podían escaparse de sus manos para siempre.
«Déjalo ir.»
El padre abad se levantó del reclinatorio y abandonó la intención de rezar.
—¿Por qué Barbacan? —preguntó en voz alta.
¿Qué podían querer de aquel lugar desamparado y devastado el Pájaro de la Noche y los cinco monjes canallas? Markwart había visto Barbacan, había ido allí espiritualmente y había entrado en el cuerpo del hermano Francis cuando la expedición hubo llegado a su destino. No había encontrado nada de interés que justificara un viaje hasta un lugar que había quedado completamente destruido durante el enfrentamiento entre Avelyn y el demonio Dáctilo.
—¿Se proponen edificar un santuario? —se preguntó el padre abad.
Soltó una risita ante tal idea, ya que ¿cuánto aguantaría semejante construcción, mejor dicho, cualquier construcción levantada por los hombres en las salvajes tierras del norte, infestadas de monstruos? «Pero tal vez ése sea el plan», reflexionó. Edificar un santuario y organizar peregrinaciones, tal como se había hecho en el pasado con otros héroes santos. Al pensarlo, otra risita se dibujó en los desgastados y viejos labios del padre abad. Se imaginó a centenares de imbéciles, impacientes y equivocados, encaminándose hacia allí para rendir homenaje a un hereje asesino. Lo único que conseguirían sería morir a manos de los monstruos invasores.
Algo perfectamente justo.
Pero su voz interior disentía y le mostraba un panorama muy distinto, en el que las efusiones a favor de Avelyn, o por lo menos en contra de los actuales representantes de la Iglesia abellicana, eran tan grandes que el camino era fácil, y las peregrinaciones, frecuentes y exitosas.
Y entonces le llegó otra insidia: «Tal vez no tienen todas las piedras».
Markwart asintió con la cabeza antes de que el estribillo volviera a sonar: «Déjalo ir».
En efecto, el padre abad se dio cuenta de que había llegado el momento de soltar a De'Unnero, de dar al obispo la mayor recompensa y enviarlo a la caza del Pájaro de la Noche.
Y también había llegado el momento de cambiar el desarrollo de los acontecimientos en Palmaris. Era necesario mostrar un aspecto más amable de la Iglesia abellicana antes de la visita del rey, antes de su propia visita.
Al cabo de unos instantes, el padre abad llamó a la puerta de la habitación del hermano Francis Dellacourt.
El hermano, que obviamente estaba durmiendo, abrió la puerta un poquito, y cuando reconoció al padre abad, la abrió de par en par. Markwart entró en la habitación e hizo una seña a Francis para que cerrara la puerta.
Francis obedeció, e inmediatamente se apresuró a situarse frente al visitante.
—El obispo De'Unnero ha encontrado un camino que recorrer —le explicó el padre abad—. Se trata de una vía real, no espiritual —añadió al observar la confusión reflejada en el rostro somnoliento de Francis.
—Pero la ciudad... —empezó a decir Francis.
Markwart lo cortó en seco.
—Vete enseguida a Palmaris —le ordenó—. Utiliza cualquier magia que pueda ayudarte y coge una buena provisión de gemas, todas las que creas necesarias.
—¿Necesarias? —repitió Francis.
En realidad, la pregunta era más bien un reflejo de su estado de confusión general y, en particular, de la confusión provocada por el hecho de que Markwart le permitiera coger algunas gemas.
—Te vas a encargar de la dirección de Saint Precious y, de forma interina, serás el obispo de Palmaris mientras el obispo De'Unnero esté ausente —le explicó Markwart.
Francis se tambaleó y pareció al borde del desmayo.
—Pronto me reuniré contigo, pues debo encontrarme con el rey Danube, que, en breve, también irá a esa conflictiva ciudad —siguió contando Markwart—. No vas a cambiar ninguna de las normas del obispo De'Unnero, pero las aplicarás de forma más suave. La gente de esa ciudad debería hablar favorablemente del hermano Francis Dellacourt al compararlo con Marcalo De'Unnero —añadió Markwart, e hizo una pausa para escuchar la voz interior. Y entonces repitió—: La gente debería hablar favorablemente de maese Francis Dellacourt.
De nuevo Francis se tambaleó y, en esa ocasión, tuvo que sentarse en el borde de la cama para no caer al suelo.
—Pero los procedimientos para ascender a padre son largos —razonó.
—Ya lo hemos discutido en otras ocasiones —dijo con severidad Markwart—. ¿Por qué estás tan sorprendido?
—¿Me ascenderás a padre y luego a obispo interino? —preguntó Francis con incredulidad—. ¡Tan rápidamente y en estos tiempos tan críticos!
—En tiempos críticos es cuando se pueden hacer semejantes cosas —le explicó Markwart—. Los demás abades no me pondrán ninguna objeción cuando comprendan que tú serás un simple peón para aflojar la presión que ejercemos sobre la ciudad.
Francis parpadeó repetidas veces mientras trataba de asimilar aquellas palabras.
—Por supuesto, voy a presentarte de esa manera, como un peón —dijo Markwart. Se rió y puso una mano sobre el hombro de Francis para darle ánimo—. Como un simple peón, aunque nosotros dos sabemos perfectamente cuál es la verdad.
Francis, atemorizado, asintió con la cabeza.
—Tengo miedo de no satisfacer tus expectativas —admitió mientras bajaba la cabeza.
Markwart se rió de él.
—No tengo expectativas —dijo con una voz distinta, repentinamente más grave, casi solemne—. Poco te voy a exigir al respecto. Vas a ir a Palmaris a dejar que todo siga tal como el obispo De'Unnero lo empezó. Cuanto menos te hagas notar entre la gente, incluso entre tus compañeros de Saint Precious, tanto mejor. Limítate a aflojar la presión. Reduce las patrullas y la exigencia de impuestos y ordena a los predicadores que moderen su retórica.
—¿Tendré que dirigir alguna ceremonia? —preguntó Francis.
—¡No! —replicó con aspereza Markwart—. Eso sólo levantaría críticas, y no puedes permitírtelo si, más adelante, debo consolidar tu posición de padre o de obispo.
Francis bajó la vista.
—No temas: tu día llegará antes de lo que crees —le prometió Markwart—. Ser director de Saint Precious te llevará rápidamente a convertirte en su abad, no lo dudes, y es posible que no tarde en llegar el momento de sustituir al obispo De'Unnero de forma permanente. Por lo menos, el rey podría pedírmelo. ¡Qué conveniente será para mí tener al director Francis ocupando ya ese cargo para que después lo pueda ostentar de forma definitiva!
Un abrumado Francis asintió con la cabeza sin atreverse a preguntar nada más, de modo que Markwart lo dejó a solas con sus pensamientos. La última frase, junto con el énfasis que Markwart había puesto al decirle que tenía que salir favorecido cuando lo compararan con De'Unnero, le llevó a pensar que el obispo había caído en desgracia a los ojos de Markwart, o que estaría ausente de Palmaris durante mucho tiempo. En cualquier caso, otra cosa que comprendía el hermano Francis —a punto de convertirse en padre— era que su papel de peón, según Markwart iba a explicar a los demás abades, resultaría mucho más real que lo que el padre abad le había dado a entender.
Pero Francis pronto rechazó tales pensamientos inquietantes. Lo importante era que, a pesar de haber ayudado a los cinco monjes renegados, seguía representando un papel crucial en la dirección de la orden, aunque su función fuera sólo la de un peón de Markwart. Jojonah y Braumin le habían perdonado el crimen que cometió contra Grady Chilichunk, era cierto; pero el padre abad Markwart jamás lo había culpado. Francis, entonces, habría preferido que nunca hubiera habido culpa alguna que absolver.
—He analizado tu información con sumo cuidado —dijo el espíritu del padre abad a De'Unnero en los aposentos particulares del obispo de Chasewind Manor aquella misma noche—. ¿Estás seguro de que el Pájaro de la Noche se propone ir hacia el norte?
—Es lo que me dijo Shamus Kilronney —respondió De'Unnero—. No veo por qué el militar iba a mentirme.
—Hay mar de fondo en Palmaris —le advirtió Markwart.
—Shamus Kilronney es un hombre del rey, no del barón —se apresuró a contestar De'Unnero—. Lo elegí para que fuera mi espía porque confío en su lealtad al rey y a la corona y, por tanto, a mí, en calidad de obispo y portavoz del rey en Palmaris.
—Está bien —dijo Markwart—. ¿Y qué hay de esos otros hombres, los seis de los que hablabas? ¿Podemos asegurar que se trata de nuestros hermanos extraviados?
—Es probable que el hermano Braumin y los otro cuatro herejes estén entre ellos —afirmó De'Unnero—. Por lo que concierne a la identidad del sexto hombre, no puedo confirmar nada.
—Ya lo averiguarás —le ordenó Markwart.
—Tengo espías...
—¡Sin espías! —rugió Markwart—. Lo averiguará De'Unnero solo.
En el asombrado rostro del obispo apareció una mirada de cólera y confusión; pero cuando comprendió lo que en realidad quería decir el padre abad, abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Puedo ir? —se atrevió a preguntar.
—Durante años me has pedido que te diera la oportunidad de pelear con ese tal Pájaro de la Noche —explicó Markwart—. Al fin, tus argumentos me han convencido de que Marcalo De'Unnero, en solitario, puede poner a ese hombre en manos de la justicia. ¡No me falles! La recuperación de las gemas robadas y la muerte de los protegidos de Avelyn robustecerán nuestra posición en el seno de la Iglesia y, por consiguiente, robustecerán la posición de la Iglesia en el seno del Estado.
—¿Y qué debo hacer con Braumin y los herejes, si es que realmente se trata de ellos? —preguntó De'Unnero sin aliento, casi jadeando, al pensar en el posible futuro que se cernía sobre él.
—Lo mejor sería capturar a uno de ellos, como mínimo —razonó Markwart—. Eso nos permitiría obtener una confesión antes de llevarlos a todos a la hoguera. Cuando hayas matado al Pájaro de la Noche, a su compañera y al inmundo y bestial centauro, harás que Kilronney te ayude a capturar a esos canallas. Si oponen resistencia, mátalos también a ellos. Lo único imprescindible es que me consigas las gemas y las cabezas de los dos más próximos a Avelyn. Ya habrá tiempo de volver para capturar a Braumin y sus secuaces.
»¡Qué gloriosa victoria nos espera, amigo mío! —continuó Markwart—. Podremos ganarle la mano al rey; en efecto, no se atreverá a hablar en contra de nosotros después de que nos hayamos paseado por las calles de Palmaris con nuestros macabros trofeos y hayamos proclamado ante los aplausos de millares de almas que el mal ha sido eliminado.
—Siempre te he dicho que ese tal Pájaro de la Noche es cosa mía —repuso De'Unnero con confianza—. Ahora comprendo mi papel, la llamada de Dios que me llevó hasta Saint Mere Abelle y que hizo que mi cuerpo se sometiera a horas de adiestramiento. ¡Esa cacería es la misión para la cual ha nacido Marcalo De'Unnero, y en esa empresa no voy a fallar!
Markwart no lo puso en duda ni un segundo, y así lo expresó la perversa risa de su espíritu. De'Unnero, inquieto, entrelazó los dedos con impaciencia y no se unió a aquella risa.
—¿Cuándo podré irme?
—Tan pronto como estés preparado para el viaje —le respondió Markwart.
—¿Preparado? —se burló De'Unnero—. ¿Qué clase de preparativos debo hacer?
—Algunas cositas relativas a provisiones y medio de transporte —repuso con sarcasmo el espíritu del padre abad—. ¿Vas a montar a caballo o viajarás en carruaje?
—¿Montar? —repitió el obispo—. Correré, y encontraré provisiones sobre la marcha.
—Te ruego que me lo expliques —le indicó Markwart.
El obispo pareció animarse. Rodeó la cama y tendió la mano hacia el padre abad para mostrarle la gema zarpa de tigre.
—Es increíble —admitió—. Al igual que tú con la piedra del alma, yo he encontrado un nuevo nivel con la zarpa de tigre. Cuando me sumergí en su magia para atrapar al barón Bildeborough no sólo se me transformó una extremidad: todo yo era un tigre, padre abad, en cuerpo y alma. Sin duda, semejante criatura no tendrá ningún problema para recorrer paisajes invernales.
Markwart, cogido por sorpresa, reflexionó para asimilar la impresionante noticia. Se preguntaba si también De'Unnero había encontrado aquella voz interior, la voz de Dios. Su orgullo le hizo desear que no fuera así.
Pero cuando su voz interior le contó la verdad del asunto, lo comprendió perfectamente: De'Unnero había alcanzado un nivel más profundo al sumergirse en la gema gracias a su alto grado de emotividad cuando había emprendido la búsqueda del barón. «Un nivel tan profundo ahora será de gran utilidad», pensó Markwart. De nuevo, la voz interior le indicaba el camino.
—Con todo, tienes que hacer algunos preparativos —le dijo a De'Unnero—. ¿Quién es tu segundo?
—Un pobre desgraciado llamado hermano Talumus.
—¿Confías en él?
—No.
—Dile que te vas, pero que no debe emprender ninguna acción ni decírselo a nadie —le ordenó Markwart—. Dile que esquive cualquier pregunta concerniente a tu paradero.
De'Unnero sacudió la cabeza.
—Surgirán preguntas y cuestiones cada día —le explicó—. Me aguarda un largo camino.
—El hermano Francis saldrá esta misma mañana hacia Saint Precious para servir a la orden en tu lugar —le explicó Markwart—. Es un hombre merecedor de toda confianza, y demasiado insignificante como para que pueda causarnos problemas.
De'Unnero sonrió.
—Una última cosa —prosiguió Markwart, pues acababa de escuchar una vez más la voz en su interior—. ¿Qué le ha pasado al mercader Crump?
—Sigue en las mazmorras de Saint Precious.
—¿Está arrepentido?
—Es difícil que lo esté —repuso el obispo—. Es demasiado orgulloso y terco para admitir que obró mal.
—En ese caso, exhíbelo en público mañana por la mañana —le ordenó el padre abad—. Acúsalo abiertamente de traición, y luego déjalo hablar.
—Lo negará todo.
—Entonces, ejecútalo en nombre del rey —dijo Markwart con crueldad.
Incluso el brutal De'Unnero quedó desconcertado por aquella orden; pero sólo durante un momento. Luego, una siniestra sonrisa le cruzó el rostro.
—Ahora ábreme las puertas de tu mente —le indicó Markwart—. Te voy a enseñar el mejor modo de utilizar tu gema favorita, de forma que podrás de nuevo alcanzar con facilidad aquel alto grado de magia.
Juntaron sus espíritus, y Markwart le dio al obispo la información necesaria. Cuando hubieron acabado el proceso, De'Unnero pudo invocar sin dificultad alguna aquel tremendo nivel de poder, el nivel que había conseguido cuando estaba persiguiendo al barón Bildeborough.
—Que la velocidad de las mismísimas piernas de Dios te transporte de forma rauda —le dijo Markwart, empleando una despedida tradicional para casos de suma urgencia.
A modo de respuesta, De'Unnero levantó la zarpa de tigre hacia el espíritu de Markwart.
—Desde luego, lo hará —dijo—; desde luego, lo hará.
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3
Un punto de vista
Aloysius Crump, orgulloso y terco, representó su papel a la perfección en la plaza pública a la mañana siguiente. De pie, con las manos a la espalda atadas a una pesada estaca, respondió a las acusaciones de traición y de intento de asesinato formuladas por De'Unnero escupiendo a la cara del obispo.
Eso no hizo más que aumentar el deleite de De'Unnero. El obispo, proclamando la gloria de Dios, sacó una gema, una serpentina, y extendió su escudo protector, de un blanco azulado, no en torno a él, sino alrededor del sorprendido Crump.
Varios centenares de ciudadanos, la mayoría vendedores ambulantes y pescaderos madrugadores, se quedaron sin aliento al verlo, aunque no sabían de qué se trataba.
Una mujer, que estaba entre los últimos, más en la boca de un callejón que en la plaza, reconoció el característico resplandor, pero no comprendió por qué el obispo lo había dispuesto en torno al mercader acusado. Pony miraba discretamente y, a su lado, otro tanto hacía Dainsey, pero ésta le preguntaba una cuestión tras otra sin darle tiempo a responder.
El obispo De'Unnero levantó otro escudo protector, en esa ocasión en torno a él mismo, y sacó una piedra de brillo rojo.
—Es un rubí para producir fuego —le explicó Pony—, aunque ningún fuego surtirá efecto alguno en ellos, ya que están protegidos por el escudo de serpentina.
—¿Para qué lo quiere, entonces? —le preguntó Dainsey.
Pony sacudió la cabeza, pero en aquel preciso instante se le desorbitaron los ojos y se quedó boquiabierta al ver cómo De'Unnero atravesaba el escudo de serpentina de Crump con la mano en la que tenía el rubí y ponía la gema roja sobre el hombro del mercader.
—¡Por Dios! —farfulló la mujer.
—¿Qué pasa? —preguntó Dainsey.
—Te doy una última oportunidad para que confieses tus actos, Aloysius Crump —gritó con fuerza el obispo De'Unnero—; una última oportunidad para que admitas que traicionaste al rey de Honce el Oso y para que salgas vivo de ésta.
Crump le volvió a escupir y se dispuso a escupirle aún una tercera vez; pero se le desorbitaron los ojos, jadeó repetidamente y se le formaron burbujas en la saliva que le salía de la boca cuando De'Unnero empezó a invocar el fuego del rubí, un fuego en el interior del escudo de serpentina y en el propio cuerpo de Aloysius Crump. Le empezó a salir humo del hombro; los ojos se le agitaron y comenzaron a darle vueltas.
—¡En nombre del rey, que el fuego de Dios te purifique! —proclamó De'Unnero—. ¡Y que tenga piedad de tu mancillada alma! —agregó.
Después, el obispo liberó el poder del rubí.
La energía se expandió e hizo temblar el escudo de serpentina, pero ninguna llama pudo cruzar aquella barrera, ni tampoco pudo hacerlo Crump.
—¡Lo está quemando vivo! —gritó Dainsey.
Todo el mundo en la plaza se puso a gritar, ya que aquel hombre encerrado en el escudo de serpentina parecía una encendida bola anaranjada, una viva criatura de fuego.
Crump se consumió de repente y de forma brutal: la energía de las salvajes llamas le incineró la ropa y la piel, y evaporó sus fluidos corporales.
De'Unnero retiró la mano, destruyó los escudos de serpentina, y los restos ennegrecidos y reducidos a jirones de Aloysius Crump se desparramaron por la plataforma.
—¡Que Dios sea loado! —dijo el obispo.
Y se alejó después de haber realizado su última misión, impaciente por emprender el viaje que le llevaría hasta el Pájaro de la Noche.
Mientras el hermano Francis salía de Saint Mere Abelle, aquel mismo día, antes de media mañana, la ciudad de Palmaris se quedaba sin su gobernante, pues el impaciente De'Unnero ya había emprendido su rápida carrera hacia las tierras del norte.
Francis se desplazaba con menos impaciencia y mucha menos velocidad. Él y cinco guardaespaldas viajaban en un carruaje tirado por dos fuertes caballos y avanzaban a ritmo constante por la carretera del oeste. Llevaban un valioso cargamento: varios cofres de monedas de oro que Francis utilizaría para granjearse las simpatías de la gente de Palmaris.
Normalmente, el viaje de algo más de cien kilómetros hasta el Masur Delaval duraba tres días enteros, pero Markwart le había exigido que no empleara más de dos. Con tal fin, uno de los hermanos disponía de una hematites y una turquesa con objeto de atraer animales y robarles energía vital para dársela a los caballos.
Así pues, al final del primer día, Francis y sus compañeros ya habían recorrido más de sesenta kilómetros. Cuando cayó la noche, los caballos, provistos de nueva energía vital extraída de algunos ciervos de cola blanca, siguieron corriendo.
A Francis le agradaba aquella marcha frenética. Dado que no se detuvieron por la noche, nadie dispuso de tiempo para relajarse, y él no tuvo que hacer frente a la inevitable reflexión, a las miles de cuestiones y de dudas que lo asaltaban. Condujo el carruaje hasta quedar exhausto y entonces se durmió; pero sólo durante un rato. Su segundo descanso lo tomó poco después del alba del segundo día y no tardó en caer en un profundo sueño que podría haberse prolongado hasta después del mediodía. No obstante, fue despertado dos horas antes de las doce y le informaron de que ya habían llegado al gran río.
Una espesa niebla cubría el Masur Delaval, así que Francis no podía ver aún el perfil de la ciudad que sería su nuevo hogar. Sin embargo, cuando el lento transbordador hubo cruzado la mitad del río y la niebla se hubo desvanecido, ante Francis aparecieron todas sus dudas.
El viaje del rey Danube a Palmaris no fue tan raudo ni mucho menos, aunque sí mucho más cómodo. Danube, el duque Targon Bree Kalas y Constance Pemblebury, junto con varios otros nobles, se embarcaron en el barco real Palacio del Río, una imponente carabela tripulada por los más expertos marinos y remeros de la Armada del rey, servida por hermosas mujeres y provista de las mejores comidas y de las más exquisitas bebidas.
En torno al barco, navegaba la mitad de la flota de Ursal: diez barcos de guerra repletos de armas y militares. Esa representación de la flota se desplazaba según una formación defensiva llamada lanza-izquierda: dos barcos detrás del Palacio del Río, dos a babor, uno delante de la carabela y los cinco restantes en hilera hacia el oeste, a estribor del Palacio del Río. La embarcación que iba en cabeza navegaba a una distancia entre doscientos y trescientos metros por delante de la carabela del rey. Algunos vigías se ocupaban de detectar posibles peligros, tanto en las orillas del río como mar adentro.
Pero el rey y su escolta no esperaban tener problema alguno; habían enviado jinetes por las dos orillas del río con objeto de avisar a los aldeanos que se mantuvieran lejos de la ribera y que no navegara ninguna embarcación cuando la vela roja con el blasón del oso rampante del rey Danube —la vela mayor de todos los barcos de guerra de Ursal— fuera avistada.
Dado que no tenían prisa, pensaban atracar en casi todos los puertos; el rey había previsto para el viaje tres semanas enteras de ociosa tranquilidad. Y en efecto, los días transcurrían perezosamente, sin nada que perturbara la calma; las fiestas a bordo eran casi constantes y, día a día, se volvían más impúdicas.
Una tarde que celebraban uno de esos jolgorios, el barco dio un bandazo inesperado y no pocos cayeron sobre la cubierta.
—¡Capitán, hay que avisar antes! —gritó el rey al hombre que estaba en el puente.
—¡Mástil de batalla! —interrumpió Targon Bree Kalas mientras pasaba corriendo por delante del rey hacia proa.
Danube se dio la vuelta y vio que el duque daba un salto para subirse a la borda, agarraba una cuerda y luego se inclinaba hacia afuera para contemplar sin obstáculos las aguas del río a proa.
—El barco de cabeza ha plegado la mayor —explicó Kalas—. ¡Y el segundo ha hecho otro tanto!
—¿Qué ocurre? —preguntó el rey Danube al capitán.
—Hay un barco más adelante, en medio del río —respondió Kalas anticipándose al capitán—; es un vulgar mercante, por el aspecto de las velas.
—Creía que habíamos dado instrucciones precisas para que no hubiera barcos en el río —repuso el rey Danube.
—Se hizo tal como ordenaste, mi rey —respondió el capitán.
—Pero ése o no las oyó o decidió no hacerles caso —añadió Kalas.
—Exígele que se aparte —dijo el rey—, o húndelo.
—Estamos tomando posiciones para actuar en consecuencia —le aseguró el capitán.
El duque Kalas miró al rey y sonrió ante el falso envalentonamiento del capitán. Danube, un hombre de acción, probablemente estaba tan contento como Kalas ante aquella súbita excitación, la primera, aparte de la carnal, desde el inicio del viaje. Pero Danube tenía que guardar las apariencias y, por consiguiente, había ordenado con voz aparentemente consternada el eventual hundimiento del mercante. El barco se apartaría, ambos lo sabían, pues no tenía la menor oportunidad de ganar contra los barcos de guerra de la flota de Danube.
El Palacio del Río y los navíos que le daban escolta plegaron velas, y los remeros se encargaron de propulsarlos. El mercante había izado una bandera blanca y había echado el ancla, una clara muestra de que quería parlamentar. Los barcos de guerra habían formado un triángulo alrededor, y los arqueros y varios tipos de catapultas estaban listos para el combate.
—No hay nada sospechoso en el agua a proa —observó Kalas.
Todos contemplaron, intrigados, cómo desde el mercante bajaron al agua un pequeño bote, que se acercó a remo hasta el barco de Ursal más cercano.
—¡El Saudi Jacintha! —gritó alguien a través de un cuerno desde el barco.
El grito se fue repitiendo por la formación hasta llegar a oídos del rey Danube y de los demás.
—¿El Saudi Jacintha? —repitió Constance Pemblebury, con una mirada de perplejidad en su rostro; aquellas palabras no significaban nada para ella.
—Es el nombre del navío —explicó Kalas.
Entonces, el duque repicó los dedos sobre la barbilla, tratando de recordar, pues creía haber oído antes aquel nombre.
A lo largo de la formación, circuló otro mensaje. Se mencionaba el nombre del capitán Al'u'met, el cual habría navegado desde Palmaris con la esperanza de hablar con el rey Danube.
—¡No conozco a ese hombre! —exclamó, exasperado, Danube—. Capitán, ordene al barco que se aparte si no quiere verse hundido. No tengo tiempo de...
—¡Al'u'met! —dijo Kalas al reconocer de repente el nombre—. Claro.
—¿Lo conoces? —inquirió Danube.
—Es un behrenés —respondió Kalas—; un excelente navegante, según dicen todos.
—¿Behrenés? —repitió, incrédulo, Danube—. ¿Ese barco, ese Saudi Jacintha, viene de Behren?
—Viene de Ursal, de Palmaris —clarificó Kalas—. Al'u'met es behrenés, pero la tripulación no lo es, ni tampoco el barco. Se considera súbdito del rey de Honce el Oso, según creo.
Había otro pequeño detalle en relación con Al'u'met: sus creencias religiosas, que Kalas también conocía, pero que prefirió no mencionarlas hasta más adelante.
—¿Lo conoces?
—He oído hablar de él, eso es todo —confesó Kalas—. Sin duda, es poco frecuente que un behrenés ejerza de capitán de barco en el Masur Delaval y, por tanto, Al'u'met goza de cierta fama.
—Y ha venido desde Palmaris con la esperanza de hablar conmigo —dijo entre dientes el rey Danube—. Diría que se trata de un fresco.
—Quizá —dijo Kalas en tono persuasivo.
Luego, él y Danube se miraron fijamente, y ambos comprendieron el posible significado del viaje desde Palmaris de un marino behrenés. ¿Qué noticias traería Al'u'met al rey Danube? ¿Qué terroríficas historias relativas al obispo De'Unnero?
A un lado, el abad Je'howith restregaba nerviosamente los pies en el suelo, y ese solo hecho hizo que Kalas insistiera con mayor firmeza.
—Escúchale —le pidió el duque al rey—. No conocemos la verdadera situación en Palmaris, salvo por lo que nos han contado los mercaderes agraviados y los eclesiásticos, y es obvio que ambos tienen prejuicios al respecto.
—Del mismo modo que los tiene ese marino behrenés —se aprestó a recordarles Je'howith.
—Pero por lo menos puede aportar una tercera perspectiva —lo cortó en seco Kalas, y ambos intercambiaron duras miradas.
El rey Danube echó un vistazo en derredor con objeto de estimar el grado de intriga que sentía su séquito. No quería interrumpir la fiesta y ciertamente no quería estropear el resto del viaje por culpa de un simple marino, en especial por uno de origen behrenés; pero el hecho de reunirse con él, en realidad, podía servir para hacer el viaje más tolerable.
—No puedes conceder audiencia a cualquiera que te lo solicite —observó Je'howith.
La posición del abad, sin embargo, no hizo más que fortalecer la decisión de Danube.
—Envíale un mensajero para ver qué quiere —dijo el rey al duque Kalas—. Si el tema merece mi atención, ocúpate de que el mercante nos conduzca a Palmaris, donde encontraré un momento para hablar con él.
—¡Preparad un bote con dos remeros! —ordenó el duque Kalas, tomando el mando de la situación.
La tripulación no se atrevió a cuestionar su autoridad y le obedeció al instante. Para sorpresa de todos, y para deleite de muchas damas, el duque saltó por encima de la borda y con gran agilidad cayó de pie en la proa de la pequeña embarcación, y los dos marineros se pusieron a remar.
—Vaya hombre de acción —murmuró Constance Pemblebury, pero su sarcasmo pasó desapercibido a las impresionadas señoras que había en torno a ella.
A Targon Bree Kalas le gustaba mucho el agua; le gustaban los bandazos de los botes y la sensación del viento húmedo en la cara. Habría abandonado gustosamente sus tierras por el título de duque del Miriánico, pero este título pertenecía al duque Bretherford de Entel, que no daba señal alguna de que fuera a morirse pronto y que, además, tenía varios herederos. Así pues, Kalas aprovechaba los placeres acuáticos siempre que podía, y en aquel momento había encontrado una buena ocasión. Los remeros impulsaron la pequeña embarcación y sobrepasaron los cuatro barcos de guerra que iban delante.
El aspecto de los tres barcos de guerra de Ursal lo llenó de orgullo cuando los buques aparecieron a su vista. Un barco tenía sus dos pesadas catapultas ligeramente inclinadas hacia arriba. Kalas sabía que esas armas disparaban flejes circulares envueltos por cadenas. El movimiento giratorio de los flejes, al ser arrojados, provocaba que las cadenas se desenrollaran y hacían trizas las velas enemigas.
Un segundo barco disponía de dos pequeñas catapultas que lanzaban brea ardiendo, y el tercero estaba provisto de una catapulta que disparaba lanzas con puntas metálicas capaces de provocar fatales agujeros en los cascos de cualquier barco, salvo los protegidos con los blindajes más resistentes. A esas pesadas armas había que añadir filas de diestros arqueros con imponentes arcos de tejo doblados hacia atrás y un gran número de flechas envueltas en trapos, listas para encenderse. Kalas comprendió que, sin la menor duda, el Saudi Jacintha no tenía ninguna posibilidad: cualquier intento de resistencia ocasionaría la rápida destrucción del bajel y de todo lo que llevara a bordo.
Kalas mandó a los remeros que lo condujeran junto al Saudi Jacintha, hasta una escala de viento que habían echado por la borda, y reconoció al hombre que lo aguardaba a bordo: era el capitán Al'u'met.
—¿Has solicitado una audiencia con el rey? —le preguntó el duque mientras estrechaba la mano que le tendía Al'u'met para ayudarle a subir a cubierta del Saudi Jacintha.
—En efecto, ése ha sido el único propósito que me ha impulsado a navegar hacia el sur —respondió Al'u'met—. Los rumores en Palmaris hablaban de que el rey Danube estaba en camino y sé que no es habitual que el rey viaje en esta difícil estación. Supuse que preferiría la comodidad de viajar por el río a la dureza de las carreteras.
Kalas lanzó un vistazo a los barcos de guerra.
—¿Crees que es ésta la situación más propicia para hablar con el rey? —preguntó con evidente sarcasmo.
—Era lo menos que podía esperar —repuso Al'u'met—, y a decir verdad, si no hubiera encontrado a mi rey tan bien protegido, me habría preocupado.
Kalas sonrió ante la inteligente respuesta y, en especial, ante la forma de Al'u'met de referirse a Danube como a «mi rey».
—Suplico que el rey Danube me escuche —prosiguió Al'u'met—. Sé que eso es lo máximo que puedo pedir y más de lo que yo, un humilde marino, merezco; pero en Palmaris hay problemas que debe conocer y yo quizá pueda explicárselos mejor que nadie.
—Desde tu punto de vista —razonó Kalas.
—Un punto de vista honrado —respondió el hombretón de piel negra mientras enderezaba los hombros.
—¿Y esos problemas afectan a los behreneses de Palmaris?
Al'u'met asintió con la cabeza.
—Son perseguidos de forma arbitraria por un obispo sin control... —añadió, pero se calló ante la sonrisa y la mano alzada de Kalas.
—El rey ya lo sabe —le explicó el duque.
Mil ideas se le atropellaban en la mente al darse cuenta de que Al'u'met sería evidentemente otro testimonio contra el obispo y, por tanto, contra el control de la Iglesia. El rey Danube había previsto que la eventual reunión con el marino debería tener lugar en Palmaris, pero Kalas temía que Je'howith, una vez en la ciudad, pudiera encontrar el modo de entorpecer la situación; además, podía ocurrir que el padre abad ya estuviera en Palmaris cuando llegara el rey.
—Bueno, tal vez sería conveniente que lo escuchara de nuevo de boca de un testimonio directo —decidió el duque, haciéndose a un lado.
Al'u'met, después de echar un cauteloso vistazo a su alrededor, fue el primero en bajar al bote de remos.
El duque Kalas se situó otra vez a proa, por lo que fue el primero en advertir la mirada de incredulidad en el rostro del rey Danube cuando se acercaron al Palacio del Río y el rey descubrió al nuevo pasajero.
—Te ruego que escuches a este hombre aquí y ahora, mi rey —dijo el duque mientras saltaba por encima de la borda y se posaba en la cubierta del barco frente a Danube, Constance Pemblebury y los demás nobles, incluido un evidentemente inquieto abad Je'howith.
—Ha venido desde Palmaris y dispone de información sobre las acciones más recientes de nuestro obispo —añadió.
Entonces, se dio la vuelta, cogió la mano de Al'u'met e hizo que se situara a su lado.
El rey Danube dedicó un largo e incómodo momento a mirar al impertinente duque; pero tampoco estaba dispuesto a escuchar la menor protesta de labios de Je'howith y, por consiguiente, alzaba la mano siempre que el abad se disponía a hablar.
—Has venido para defender la causa de tu pueblo —le dijo el rey a Al'u'met.
—He venido para hablar de los ciudadanos de Palmaris que están siendo maltratados en nombre de su rey —corrigió Al'u'met.
—Ciudadanos behreneses —murmuró con aversión una de las damas del séquito, que apartó la vista enseguida, cuando todas las miradas se posaron en ella.
—De origen behrenés —concedió Al'u'met—; muchos cuentan con antepasados que llegaron a Palmaris hace casi un siglo. Y, sí, también hay algunos que han llegado recientemente desde el reino del sur. Tenemos un aspecto diferente, y por esa razón os sentís incómodos —dijo con toda franqueza—, y nuestras costumbres os parecen raras, del mismo modo que las vuestras nos lo parecen a nosotros. Pero no somos delincuentes, y nos hemos instalado en la ciudad con toda honradez. No nos merecemos semejante trato.
—¿Es eso lo que os enseña vuestro dios? —dijo con sarcasmo el abad Je'howith.
El duque Kalas se mordió el labio para contener una risita, pues sabía que el abad estaba pisando un terreno resbaladizo frente al abellicano Al'u'met.
—Tu dios es mi dios —le explicó con calma el capitán—, y, sí, nos manda que tratemos a los demás con decencia y respeto, sea cual sea el color de su piel. El abad Dobrinion de Palmaris lo sabía perfectamente.
—El abad Dobrinion está muerto —dijo Je'howith de forma cortante y en un tono que desmentía su frustración por aquel evento.
—La ciudad llora su muerte —repuso Al'u'met.
—No es cierto —dijo Je'howith—. ¿Acaso no era Dobrinion el abad de Saint Precious cuando despertó el demonio Dáctilo, cuando la guerra llegó a nuestra tierra?
—Supones que el abad Dobrinion tuvo algo que ver... —empezó a protestar Al'u'met de forma vehemente.
Danube, sin embargo, ya había oído bastante.
—No quiero que se organice una guerra aquí, en la cubierta de mi barco —dijo el rey—. Si insistes en discutir con este hombre, abad Je'howith, te ruego que esperes a que lleguemos a Palmaris, o que reemprendas la discusión con él en su barco cuando, aquí, hayamos acabado. Ahora —dijo volviéndose hacia Al'u'met—, dado que has venido a contarme una historia, estoy listo para escucharla.
En el rostro del duque Kalas se pintó una sonrisa satisfecha. Sabía que la actitud amarga del abad Je'howith jugaba a su favor, así como la historia que Al'u'met se disponía a relatar. Tenía grandes esperanzas de que la hegemonía de la Iglesia en Palmaris durara poco.
Desde luego, el duque Kalas no tenía manera de conocer la reunión privada entre el rey y el imponente espectro del padre abad.
El relato largo y detallado de los acontecimientos de Palmaris narrado por el capitán Al'u'met no sólo respaldaba las quejas que muchos representantes de los mercaderes habían elevado al rey Danube y las protestas del embajador Rahib Daibe, sino que otorgaban a esos problemas una mayor gravedad y una urgencia más apremiante. La parte de la narración del capitán relativa a que mujeres, niños y ancianos se veían obligados a sumergirse en las frías aguas para evitar lo que sólo podía ser descrito como torturas infligidas por los soldados de la ciudad dejó a las damas sin aliento; los nobles refunfuñaron y sacudieron las cabezas, e incluso el rey lanzó miradas de soslayo a un cada vez más frustrado abad Je'howith. No era que alguno de los distinguidos personajes del Palacio del Río se preocupara realmente por la gente del pueblo —excepto, quizá, Constance Pemblebury—, y menos aún por los behreneses de piel negra, pero la narración directa les tocó una fibra sensible y, en cierto modo, el rey Danube se avergonzó del hecho de que algunos de sus súbditos recibieran tan indigno trato.
Sin duda, cuando Al'u'met hubo acabado, el abad Je'howith se sentía francamente incómodo.
—Ya había oído esos rumores —respondió el rey Danube al capitán—; de hecho, han precipitado mi viaje a vuestra ciudad.
—¿Y piensas corregir esa injusticia? —le preguntó Al'u'met.
El rey, en absoluto acostumbrado a dialogar de ese modo con la gente del pueblo —Al'u'met tenía permiso para exponer su historia, pero ese permiso no incluía hacer preguntas al rey—, dirigió una intolerante mirada al capitán.
—Tengo intención de observar la situación —le contestó en un tono más bien frío.
—Sólo espero que observes Palmaris bajo el punto de vista de los que han sufrido la cólera gratuita del obispo De'Unnero —repuso Al'u'met—; aunque mi relato sólo haya conseguido ese resultado, consideraré que mi viaje río abajo ha valido la pena.
Entonces, el duque Kalas lo cogió del brazo, pues ambos comprendieron que la insistencia de Al'u'met sería contraproducente.
—Te agradezco que me hayas escuchado, mi rey —dijo el capitán con una profunda reverencia—. Ciertamente, tu fama de hombre brillante y honrado no es inmerecida —añadió mientras volvía a inclinarse respetuosamente.
Luego, siguió al duque Kalas hasta el bote que los aguardaba.
—Defendiste bien los intereses de tu gente —le susurró el duque cuando se separaron en la borda.
En la cubierta principal, un incómodo silencio envolvía la reunión, y muchas e insistentes miradas seguían posadas en el abad Je'howith. Sin embargo, nadie pronunció queja o protesta alguna, y todos esperaban que el rey tomara la iniciativa.
Pero Danube Brock Ursal, que recordaba su encuentro nocturno con el espectro del padre abad Markwart, tenía poco que decir y mucho que pensar.
—Como quieras, maese Francis —dijo el hermano de nuevo.
Aunque le gustaba oír su nombre precedido de aquel título, Francis estaba cada vez más alterado por tan excesiva deferencia.
—Los viejos aposentos del abad Dobrinion serán más que suficientes para mis necesidades —explicó Francis.
—Pero Chasewind Manor... —trató de argüir otra vez el hermano Talumus.
—Chasewind Manor debe servir para recibir a hombres de más categoría que maese Francis —repuso Francis.
—Padre director Francis —corrigió el nervioso hermano Talumus.
—Padre director de Saint Precious, y por esa razón debo quedarme en Saint Precious —declaró Francis en tono terminante—, del mismo modo que el obispo De'Unnero se quedará en Saint Precious en el caso de que regrese antes de que se vayan de la ciudad el rey y el padre abad.
Los ojos horrorizados del hermano Talumus se abrieron ampliamente.
—Qué duda cabe de que el obispo De'Unnero llegará después de la marcha del rey y del padre abad —afirmó Francis al comprender el origen de aquel terror.
¡Francis tampoco deseaba en absoluto ser el encargado de decirle a De'Unnero que no podía instalarse en su residencia palaciega!
—Asunto concluido, hermano —dijo—. Tenemos cuestiones más importantes que tratar.
Al fin, pareció que Talumus se tranquilizaba. Aquella mañana había estado muy nervioso desde la llegada del carruaje de Saint Mere Abelle a la abadía con el nuevo padre director y, según decían todos los rumores, con un tesoro del rey.
—Empezaré reuniéndome con los mercaderes hoy mismo —anunció Francis—. Dispones de una lista, sin duda.
—En la que se detallan todas las gemas entregadas, y por quién —le aseguró Talumus.
—Quiero verla enseguida —dijo Francis—, antes de empezar con el desfile de mercaderes.
—Hay uno que no podrá venir —observó el hermano Talumus, bajando la voz—. Sus discrepancias con el obispo De'Unnero le resultaron fatales. Fue ejecutado en la plaza pública la mañana de la partida del obispo.
Francis contuvo el aliento, pero al pensarlo mejor, al considerar el perverso temperamento de De'Unnero, no se sorprendió.
—En ese caso, invita a los supervivientes de su casa —le ordenó.
—Me temo que no hay ninguno —respondió Talumus—. Aloysius Crump no tenía familia. Muchos sirvientes se han quedado en la casa, según he oído.
Francis adoptó una actitud reflexiva. Su primer impulso fue esperar a que llegara el padre abad y dejar que el anciano, con más experiencia que él, decidiera la suerte de la casa de Crump. Pero Francis no hizo caso de este impulso. «Ahora soy un padre», se recordó a sí mismo; era el padre director de Saint Precious, y posiblemente no tardaría en ser el obispo de Palmaris. Tenía que actuar con decisión y energía, tenía que actuar según los deseos del padre abad Markwart y para el bien de la Iglesia en Palmaris.
—Apodérate de esa casa en nombre de la Iglesia —dijo Francis.
El hermano Talumus abrió los ojos desmesuradamente.
—La..., la gente ya está enojada por el destino de maese Crump —tartamudeó—. ¿Y ahora vamos a insultarlos?
—Apodérate de esa casa en nombre de la Iglesia —dijo de nuevo Francis con más determinación—. Conserva el personal, a todos, y págales bien.
—¿Y para qué fin utilizaremos la casa? —preguntó Talumus—. ¿Vivirás allí?
—¿Acaso no te he dicho antes que voy a instalarme aquí? —le espetó Francis con fingida cólera—. No, tenemos que encontrarle alguna utilidad, algo que beneficie a la gente de Palmaris: un centro de distribución de comida, o bien un lugar para dispensar curaciones con gemas.
El ceño del hermano Talumus empezó a distenderse en una amplia sonrisa. Francis supo, entonces, que había tomado la decisión adecuada, pues su actuación, por una parte, beneficiaba a la Iglesia al incorporarle una valiosa propiedad y, por otra, ayudaría a la gente sencilla.
—La lista, hermano —le ordenó Francis mientras señalaba hacia la puerta—, y haz que nuestros mensajeros visiten a los mercaderes afectados para decirles que hoy mismo se les compensará.
El monje medio tropezó al darse la vuelta para irse apresuradamente hacia la puerta.
—Y hermano Talumus —le llamó Francis, lo que lo detuvo en seco justo antes de que saliera de la habitación—, indícales a nuestros mensajeros que esta información no debe precisamente mantenerse en secreto.
Talumus sonrió y se fue, y Francis se quedó solo y plenamente satisfecho. El nuevo padre pensó que no le iba a costar acostumbrarse a su posición de autoridad. El constante juego de tácticas políticas le intrigaba.
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4
Hacia el norte
Encontró Caer Tinella tranquilo. Los campos empezaban a estar arados y las casas reconstruidas y reparadas, y había nuevas edificaciones. De'Unnero sabía que, aunque sólo hacía unos meses que el pueblo había sido ocupado por los malolientes trasgos y powris, el hedor de aquellas criaturas ya había desaparecido y, al parecer, todo el mundo se había organizado de nuevo de forma normal y pacífica.
El obispo pretendía que las cosas siguieran así. Cerca ya del pueblo, mientras lo contemplaba desde lo alto de un promontorio, prescindió muy a su pesar de la magia de la zarpa de tigre. Durante prácticamente cinco días, mediante el uso de su propia avidez interior y mediante las enseñanzas del espíritu de Markwart, De'Unnero había permanecido inmerso en la gema; había sido tanto un gran felino como un ser humano, y esa sensación, ese poder y esa libertad le gustaban mucho.
«Tal vez demasiado», musitó el obispo. Sabía que si se hubiera desplazado con ayuda de las poderosas patas de un tigre, podría haber cubierto los más de doscientos cuarenta kilómetros entre Palmaris y Caer Tinella en tres días, quizás en dos, pues había descubierto que podía utilizar la piedra del alma del anillo de Aloysius Crump con otros animales para, literalmente, regalarse con su energía vital, una versión refinada del robo de vitalidad a ciervos y otros seres similares que los monjes empleaban para vigorizar los caballos. Ahora bien, en calidad de tigre, De'Unnero podía ir directamente al origen y, mediante la piedra del alma, conectar su energía vital con la de la presa elegida y, entonces, comerse las energías de aquella criatura. Pensaba que era un sistema perfecto: la mejor transferencia de energía. Después de semejante comida, el tigre De'Unnero estaba listo para correr de nuevo.
Y con todo, esa belleza y esa fuerza lo habían realmente retardado, a pesar de su urgencia para encontrarse con el llamado Pájaro de la Noche. En efecto, durante el viaje, se había desviado del camino a menudo, por el mero hecho de gozar de uno de esos festines.
Pensó que no importaba, ya que podía correr a la velocidad que quisiera y el mundo entero no bastaría para que el Pájaro de la Noche pudiera escapar de sus zarpas.
Bajó a Caer Tinella con el sencillo hábito de un monje y una serena y encantadora expresión en el rostro.
—¡Buenos días, buen padre! —exclamaban uno tras otro los granjeros.
Hombres y mujeres trabajaban duro para reparar las casas y —sorprendentemente, ya que la primavera sólo hacía un par de semanas que había empezado— para preparar los campos inusualmente limpios de nieve. La última tormenta, una lluvia pertinaz, había fundido toda la nieve de los campos, y entonces los granjeros se dedicaban a apilar piedras para señalar los límites de las nuevas propiedades establecidas.
—Lo mismo digo, hijo mío —contestaba siempre con cortesía—. Por favor, dime dónde podría encontrar al gobernador de este pueblo.
Los aldeanos, bien predispuestos, le indicaban el nombre y le señalaban hacia el otro lado del camino, hacia unos campos bordeados por gruesos árboles situados al norte, a cuyo alrededor todavía podían verse blancos restos del invierno bajo la sombra de las ramas.
No le fue difícil dar con la jefa. Era una mujer baja pero fuerte, de unos cuarenta años, que estaba trabajando duro en su propio campo. Cuando De'Unnero se le acercó, ella puso el azadón en posición vertical, se apoyó en la parte superior con las dos manos y reclinó la barbilla en ellas.
—¿Eres Janine del Lago? —preguntó De'Unnero jovialmente, repitiendo el nombre que le habían facilitado los granjeros.
—Sí —contestó—. ¿Y quién eres tú? ¿Quizás un predicador que ha venido para levantar un templo aquí, en Caer Tinella?
—Soy el hermano Simple —mintió De'Unnero—. Estoy de paso por tu humilde comunidad, y nada más, aunque no dudo que la Iglesia enviará un ministro tan pronto como el mundo vuelva a estar en orden.
—Bueno, tenemos a nuestro fraile Pembleton —respondió Janine del Lago— a no más de un día a caballo hacia el este. Son los únicos sermones que la gente tiene estómago para aguantar, por lo que yo sé.
De'Unnero reprimió el impulso de pegarle un puñetazo en la cara.
—Por cierto, tú tienes todo el aspecto de que a tu estómago no le vendría mal algo para comer —prosiguió la mujer.
—Por supuesto —respondió el monje, bajando la cabeza con humildad—. Un poco de comida e información sobre el camino del norte me vendrían muy bien, pues me he comprometido a ir a las Tierras Boscosas, donde la gente hace tiempo que no dispone de predicador.
—Nunca lo han tenido, por lo que he oído acerca de ese lugar salvaje —dijo riendo Janine—. Bueno, búscate una sombra y descansa, que no tardaré en terminar el trabajo y, entonces, te alimentaré bien para el viaje.
—¡Oh, por favor, buena señora! —respondió el encantador monje, extendiendo la mano para alcanzar el azadón—, dejad que me gane mi sustento.
Janine pareció sinceramente sorprendida, pero soltó el azadón.
—No me esperaba que un monje de Saint Precious me pidiera trabajo —le explicó—, sin embargo aceptaré tu ayuda y sabré agradecértela.
Y De'Unnero trabajó en el campo de forma incansable: un esfuerzo, según suponía, que jamás se habría esperado del obispo de Palmaris, algo que hubiera levantado una enorme expectación, incluso si lo hubiera realizado el más humilde de los monjes abellicanos. Luego, Janine del Lago lo invitó, junto a unos pocos aldeanos escogidos, a una maravillosa cena caliente, aunque De'Unnero encontró la comida rara y poco apetecible después de días de alimentación salvaje.
La conversación fue bastante cortés y notablemente sustanciosa. El obispo quedó convencido de que el camino al norte, a decir de todos, era seguro y de que el viaje hasta las Tierras Boscosas no sería más duro de lo que le había resultado el que le había traído desde Palmaris hasta aquel pueblo, a menos que se pusiera a hacer un tiempo invernal. Le comentaron que el espesor que alcanzaba la nieve en aquellas latitudes era considerable.
Después de la comida, el hermano Simple se excusó. Había aceptado la invitación de Janine a dormir en su granero y explicó que probablemente no se verían a la mañana siguiente, ya que se proponía partir tan pronto como le fuera posible.
En realidad, el monje salió del granero y de Caer Tinella antes de que hubiera transcurrido una hora y se encaminó hacia el norte a través de campos iluminados por la luz de la luna, mientras a cada paso se sumergía más y más en la magia de la zarpa de tigre. Tan completo fue el proceso que el hábito se le fundió con la piel, y el anillo que llevaba en un dedo se convirtió en una abrazadera en torno a un dedo de la zarpa. Cuando hubo cruzado el campo situado más al norte, De'Unnero caminaba no con la zancada desmañada de un hombre, sino con la suave agilidad de un tigre, y no miraba con los ojos humanos, acostumbrados a la luz diurna, sino con la vista aguda y adaptada a la oscuridad nocturna de un gran felino.
Luego, echó a correr a paso largo. Las patas delanteras golpeaban el suelo de vez en cuando para mantener mejor el equilibrio o para rápidos cambios de dirección. De'Unnero no tardó en oler la presencia de otro animal y aligeró el paso en pos del olor, deleitándose al percibirlo, pues no se trataba del simple rastro de un animal, ni siquiera del perfume de una piel mojada. Era miedo, miedo de él, y lo percibía como algo delicioso, como algo puro y natural.
Lo sentía alrededor, por todas partes. El tigre aminoró la marcha y adoptó un paso cuidadoso y silencioso, camuflándose perfectamente entre las sombras nocturnas del bosque. Su presa sabía que él se le estaba acercando, aunque no podía ni verlo ni oírlo.
Eso aumentaba aún más el placer.
Sus agudos oídos percibieron un frufrú hacia un lado y, entonces, los vio: un par de ciervos de cola blanca, un gamo y una gama; las astas del macho eran muy puntiagudas.
El tigre se acercó con cautela. Notaba que la zarpa rozaba el suelo, que se apoyaba suavemente en él.
El gamo pateó el terreno; la gama saltó como si fuera a huir.
Pero De'Unnero advirtió que el animal no sabía hacia dónde correr. Él estaba cerca, muy cerca, al alcance de un solo y tremendo salto. Atacaría al gamo, el más difícil de matar.
Pegó un brinco, a la vez que emitía un pavoroso y horrible rugido, con las garras abiertas y las patas extendidas, pero el gamo no huyó ni se quedó paralizado. Se revolvió para enfrentarse al depredador, con la cabeza baja y con las formidables astas dispuestas al contraataque. De'Unnero sintió que una punta se le hundía en el pecho cuando chocó con el macho, pero apenas lo advirtió, atrapado en un repentino y desesperado frenesí. Soltó un segundo rugido; una pata se movió violentamente hacia abajo, se enganchó en un asta y giró la cabeza del gamo hacia un lado. La torsión fue tan brusca que se oyó un crujir de huesos, y después el gamo se desplomó.
De'Unnero se ocupó enseguida del cuello del animal; le desgarró las venas más importantes y bebió la sangre que chorreaban. Sus pensamientos se dirigieron de forma intuitiva a la piedra del alma para captar la energía vital del gamo, para nutrirse con toda la fuerza de aquel ser.
Y cuando hubo terminado, no buscó un lugar tranquilo y oscuro para descansar, ya que toda la energía del gamo se había unido a la suya. No se sentía en absoluto cansado. Sabía que tenía que ir hacia el norte, hacia Dundalis, a toda velocidad, pero persistía el olor, el olor del miedo.
Fue en busca de la gama. Cuando la encontró, la atrapó desde atrás y recomenzó el festín.
—El camino está despejado —anunció Roger, mientras regresaba junto a Elbryan y Bradwarden, que habían inspeccionado por el este y por el oeste.
Detrás de ellos, en un claro al lado de la carretera —en realidad, no era más que un paso abierto por la marcha del ejército del demonio Dáctilo—, los cinco monjes estaban sentados en círculo, acurrucados junto a un fuego resplandeciente y comiendo un cocido de distintas clases de raíces que les había preparado Viscenti.
—¿Hasta dónde han huido? —preguntó el guardabosque, mientras sacudía la cabeza con incredulidad.
El grupo había recorrido más de la mitad del camino de Dundalis a Barbacan y no había encontrado ni un solo monstruo, ni siquiera la menor señal de gigantes, trasgos o powris.
—Las Tierras Agrestes son un lugar más extenso que cualquier otro que hayáis visto nunca —les explicó Bradwarden—; son más extensas que todos los reinos de los hombres puestos uno al lado de otro. Llegan hasta donde alcanzó el grito del demonio Dáctilo; más allá de las guaridas de los trasgos y los refugios de los gigantes en terrazas de montañas innominadas por los hombres; más allá de donde se hallan los powris, aunque esas perversas criaturas suelen vivir en islotes rocosos mar adentro.
—Por tanto, parece que deben de haber vuelto a sus rocas y guaridas —dijo el guardabosque—, y con todo, no tengo la sensación de que el mundo sea un lugar más seguro.
—Es grotesco ver cómo los hombres se empeñan en evitarlo —dijo Bradwarden secamente.
De nuevo, el guardabosque sacudió la cabeza y miró atentamente a su alrededor en busca de alguna señal.
—No deberíamos quejarnos, diría yo —intervino, cortante, Roger, que no comprendía lo curiosa que resultaba la extraña decepción del guardabosque—. Es mejor no encontrar ningún enemigo que demasiados.
—Uno solo serían demasiados —repuso Elbryan.
—A menos que queramos para comer algo mejor que el cocido —exclamó entre carcajadas el centauro—. Vaya, vaya, ¿qué pasa?
La característica expresión de Avelyn dibujó una mueca en el rostro de Elbryan.
—¿Tenía que hacerse? —preguntó.
El centauro asintió con un gesto.
—¿Vamos a salir de exploración otra vez? —preguntó Roger.
Los otros dos no dejaron de advertir que mientras hablaba miraba con ansia la cálida fogata.
—No exploraremos más —decidió Elbryan, aunque sabía que él saldría a explorar más tarde, en plena noche, y que Bradwarden tomaría el relevo cuando él se retirara—. Vete junto a los hermanos y duerme al calor del fuego.
Roger asintió con un movimiento de cabeza y se alejó, mientras le gritaba a Castinagis que le dejara un poco de cocido.
Cuando Elbryan miró al centauro, constató que la expresión de Bradwarden se había ensombrecido.
—Estaba echando de menos el fuego —afirmó el centauro.
—Sopla una brisa helada —asintió el guardabosque.
—Me temo que sea algo más —explicó Bradwarden—. Hemos tenido suerte, guardabosque. En este remoto norte, el viento todavía te puede helar los huesos y mañana podemos despertarnos y encontrar una capa de nieve más espesa que las astas de un ciervo.
—Estamos muy al norte.
Bradwarden asintió con un gesto de cabeza.
—Y antes de lo que debíamos, según creo. Pronto estaremos en primavera, sin duda, pero la primavera en Barbacan no es la misma estación que en Dundalis. Creo, y espero, que la explosión de la montaña lo confundió todo y dulcificó el tiempo invernal. Quizá buena parte de los restos de la explosión fueron hacia el cielo y lo cubrieron como una manta. Has visto los colores de las puestas y de las salidas de sol. Se deben al polvo, y quizás ese polvo mantendrá el tiempo en un punto medio, entre el verano y el invierno, no sé si me explico.
De hecho, mientras Bradwarden hablaba, el cielo por la parte de poniente fue tomando un pálido resplandor rojo, casi como si las nubes se hubieran incendiado. Al guardabosque aquel razonamiento le pareció lógico, pero aunque no hubiera sido así, también habría tenido en cuenta las palabras de Bradwarden. El centauro era viejo, tenía tres veces la edad del más viejo de los hombres, y ninguna criatura, ni siquiera la señora Dasslerond, de los Touel'alfar, estaba tan compenetrada como él con los fenómenos naturales. Lo que el centauro no especificó, y Elbryan pudo imaginarse por su cuenta, fue que, si el aire entonces era frío, no haría más que empeorar a medida que fueran avanzando hacia el norte, y aún más cuando empezaran a subir los montes que rodeaban la devastada montaña de Aida. ¿Se habían confiado en exceso por la poco habitual bonanza del invierno en las Tierras Boscosas? ¿Encontrarían los puertos de montaña situados más al norte bloqueados por la nieve?
—Ven —le indicó al centauro—, vamos a comer con nuestros amigos.
Bradwarden sacudió la cabeza.
—No tengo estómago para hacerlo —dijo—. ¡No he visto ningún monstruo durante mi turno de exploración, pero creo que hay más de una comida con patas corriendo por ahí! —añadió.
Con otra carcajada, el centauro dio un brinco para irse y, sobre la marcha, descolgó del hombro su imponente arco.
—¡No te alejes demasiado! —le gritó Elbryan.
—¿Tienes miedo a los monstruos ocultos? —le gritó Bradwarden a su vez.
—En absoluto —repuso el guardabosque—. ¡Es que tengo ganas de oír la gaita de Bradwarden esta fría noche!
—¡Oh, la vas a oír! —rugió el centauro desde unos arbustos. Después se internó en la espesura y desapareció de la vista de Elbryan, de forma que éste sólo pudo oír su atronadora voz—: ¡A menos que se me peguen los labios helados a la maldita gaita!
Encaramado a una rama que dominaba la pequeña comunidad, De'Unnero se dio cuenta inmediatamente de que aquel lugar, Dundalis, era muy distinto de Caer Tinella. No era tanto el tamaño, aunque Dundalis en ese momento era menos de la mitad de Caer Tinella, como el aspecto de los alrededores de los dos pueblos. Allí no había grandes campos delimitados, ni granjeros trabajando en sus habituales tareas o preparando la siembra de primavera. Dundalis no había sido nunca una comunidad de granjeros; pero tampoco se veían las actividades típicas del lugar, como la tala de árboles o similares.
La vida todavía no había vuelto a la normalidad en el remoto norte. De hecho, Dundalis parecía más un fuerte que un poblado, y esa impresión se veía aún más reforzada por la presencia de Shamus Kilronney y sus hombres. De'Unnero advirtió que habían empezado a construir una docena de edificios y que algunos ya estaban terminados; pero más prominente e imponente que esas construcciones, se alzaba la muralla que enlazaba unas con otras. Era más alta que un hombre alto y, por ella, patrullaban muchos soldados. En la parte superior de la pendiente hacia el norte, habían erigido una torre, y el obispo distinguía las siluetas de dos hombres recortadas contra el cielo crepuscular.
También había centinelas en el bosque, aunque De'Unnero no vio a ninguno de los soldados adiestrados fuera del poblado; poco le había costado cruzar sus apenas organizadas filas y encontrar una privilegiada atalaya.
Pensó pasar de largo, y lo habría hecho, pero quería hablar con Shamus; tal vez, incluso, mandaría al capitán y a sus soldados que lo acompañaran al norte. Bajó del árbol y volvió al bosque, alejándose del pueblo. Trataba de hallar el modo de encontrarse con Shamus sin alertar a ninguno de los posibles aliados del Pájaro de la Noche de que el obispo de Palmaris, en solitario, había llegado hasta un lugar tan remoto.
No tardó en dar con la solución. Escuchó a escondidas a un par de exploradores: un hombre de complexión media y de aspecto normal, y otro de considerable corpulencia y fortaleza. Resultaba evidente, por la forma en que el hombre menos robusto se dirigía al otro, que el más corpulento —llamado Tomás— ostentaba una posición preeminente en la jerarquía del pueblo. Y para contento de De'Unnero, se refirieron a Shamus Kilronney por su nombre.
Aprovechó la ocasión y les salió al encuentro.
Ambos pegaron un brinco, y el más corpulento sacó una espada en un abrir y cerrar de ojos, y le cerró el paso.
—Calma, por favor, hermano —dijo De'Unnero, mientras alzaba las palmas abiertas ante él en señal de sumisión—. Soy un humilde hombre de Dios y no vuestro enemigo.
Tomás bajó la espada.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —le preguntó—. ¿Y con quién estás?
—He venido a pie y sin otra compañía que yo mismo —respondió De'Unnero con una sonrisa.
Los dos hombres intercambiaron miradas incrédulas.
—El obispo de Palmaris está preocupado porque las Tierras Boscosas se reconquistarán sin ninguna participación de la Iglesia —dijo De'Unnero.
—La Iglesia jamás se ha preocupado por las Tierras Boscosas —repuso el hombre menos robusto.
De'Unnero advirtió algún movimiento en el bosque, por detrás de él: las pisadas de dos hombres que, sin duda, se acercaban para conocer la causa de aquellas voces inquietas.
—La vieja Iglesia —corrigió el obispo—. Ahora, estamos mucho más preocupados por lo que ocurre en el reino, mucho más vinculados a los asuntos del Estado —añadió sin adoptar ninguna posición defensiva cuando los dos hombres recién llegados avanzaron hasta situarse detrás de él, uno a cada lado.
—Las Tierras Boscosas no forman parte del Estado del rey Danube —dijo el hombre menos robusto con orgulloso desprecio.
Tomás arrastró los pies, incomodado por la rotundidad de aquellas palabras.
—De nuevo, hablas del pasado, amigo mío —le explicó De'Unnero—. La guerra ha cambiado muchas cosas.
—¿Me estás diciendo que Dundalis pertenece al rey de Honce el Oso? —repuso con aspereza el irascible hombre en un tono de voz que indicaba su creciente irritación.
—Te estoy diciendo que no sabemos lo que se ha dispuesto para Dundalis y para las Tierras Boscosas —respondió De'Unnero, mientras se decía que ni esos hombres ni sus opiniones le importaban en absoluto—. Y te estoy diciendo que sería prudente que todos vosotros lo entendierais, especialmente con un contingente de soldados del rey en el pueblo.
Esas palabras lo hicieron retroceder un paso, y de nuevo el hombre más corpulento arrastró los pies.
—Soy Tomás Gingerwart —dijo en voz alta, pero en tono amistoso, y le ofreció la mano.
De'Unnero se alegró de tener la zarpa de tigre en el brazo izquierdo cuando extendió el derecho para estrecharle la mano.
—¿Y no hay monjes de la Iglesia abellicana dentro de las murallas de Dundalis? —preguntó el obispo, pillándolos desprevenidos.
El hombretón arrastró de nuevo los pies con incomodidad, y De'Unnero se recreó ante la reacción de Tomás, quien comprendió que el obispo estaba enterado de la construcción de la muralla de Dundalis y que conocía la existencia de Braumin y los demás, que habían llegado disfrazados hasta allí.
—No hay ningún monje —repuso Tomás con demasiada rapidez y contundencia.
—¡Qué lástima que ya se hayan ido! —dijo el obispo.
—Ningún monje —insistió Tomás—; nunca ha habido ninguno.
De'Unnero adoptó una postura pensativa.
—¿Nunca estuvieron aquí? —preguntó mostrándose preocupado, lo cual desequilibró aún más a Tomás.
De'Unnero advirtió que no sabían con seguridad si estaba hablando de Braumin y los demás, y eso era exactamente lo que había pretendido. La simple reacción de Tomás a su pregunta le había aportado toda la información que necesitaba sobre la lealtad de aquel hombre: era amigo del Pájaro de la Noche, sin duda alguna.
Todos lo eran.
—Estoy preocupado por mis compañeros —dijo el obispo—, pero la carretera de Palmaris a Caer Tinella estaba despejada. ¿Qué puede haberlos demorado?
—Todavía puede toparse uno con muchos monstruos —dijo Tomás sin convencer a nadie.
Poco le faltó a De'Unnero para sonreír ante la ironía de aquella frase, pues mientras Tomás la pronunciaba, el obispo se sumergía en el poder de su gema. Escondió la mano izquierda, transformada al punto en una enorme zarpa, en los amplios pliegues de su larga manga.
—Ven al pueblo —le ordenó Tomás—; allí podremos continuar la charla.
El hombretón se dio la vuelta para irse, pero se detuvo al ver que el obispo no le hacía el menor caso y sacudía la cabeza.
—Tomás Gingerwart es el que manda en Dundalis —le explicó el hombre menos robusto.
—Tomás Gingerwart manda a quienes aceptan ser mandados por Tomás Gingerwart —repuso De'Unnero—. ¿Qué derecho podría esgrimir ante un capitán del ejército del rey? ¿O ante un enviado de la Iglesia abellicana?
—En mi pueblo —dijo Tomás, mientras señalaba en dirección a Dundalis.
—Te ruego que vayas al pueblo, hermano Tomás —dijo De'Unnero, dominando la situación—. Ve enseguida y aprisa, y envíame al capitán Shamus Kilronney.
La despectiva manera de hablar del monje hizo que Tomás se diera la vuelta para encararse con él y que a los otros tres hombres se les erizara el pelo mientras refunfuñaban.
—Considérate afortunado, pues no tengo tiempo para discutir contigo —dijo De'Unnero.
Se daba cuenta de que no iba a obtener provecho alguno perturbando a aquel grupo, pero sencillamente estaba disfrutando demasiado como para detenerse allí.
—Hablaré con el capitán Kilronney, pero aquí afuera. No tengo ningunas ganas de entrar en ese recinto de sucias casitas que vosotros llamáis pueblo.
De nuevo, a los hombres que estaban detrás de él se les erizó el pelo.
—En ese caso, date la vuelta y vete al sur —dijo, desafiante, Tomás—; de allí vienes y a ese lugar perteneces.
—Así que es cierto —dijo De'Unnero—; eres amigo del llamado Pájaro de la Noche.
Los ojos de Tomás se desorbitaron por la impresión, pero antes de que él o sus amigos pudieran reaccionar, en un abrir y cerrar de ojos, De'Unnero dio un salto hacia la derecha y lanzó un zarpazo con la mano izquierda, la zarpa de tigre, hacia el pecho del atónito explorador. Lo podía haber matado —de hecho, era precisamente lo que quería—, pero, con prudencia, retuvo el ataque y la garra se clavó en la túnica de piel del pobre hombre y la convirtió en jirones con un simple y brutal zarpazo.
El hombre se cayó de espaldas, gritó horrorizado, y su compañero se lanzó hacia De'Unnero. Pero el obispo se le adelantó: se separó de Tomás y salió al encuentro del explorador. De nuevo, antes de que nadie hubiera hecho un movimiento decisivo para detenerlo, De'Unnero había dejado indefenso a aquel hombre: la mano humana del obispo lo agarró del cabello y le echó la cabeza hacia atrás, mientras la zarpa de tigre le oprimía la cara con las uñas extendidas, arañándole la tierna piel, pero no con bastante fuerza como para hacer que sangrara.
Tomás y su compañero, y también el colega del vigilante, retrocedieron un paso, con las manos alzadas en un intento de calmar la situación.
De'Unnero los sorprendió soltando a su prisionero y empujándolo hacia el compañero de Tomás.
—En vuestra situación hay que tener cuidado con los enemigos que os creáis —les explicó el obispo—. No infravaloréis los propósitos de la Iglesia para este lugar, ni las distancias que recorreremos para conseguir lo que deseamos. Ahora idos y enviadme a Shamus Kilronney. No tengo tiempo ni paciencia para vuestros estúpidos juegos.
Los cuatro permanecieron quietos unos instantes, pero entonces el compañero de Tomás miró a su líder, y el hombretón le indicó con la cabeza que era mejor irse.
—¿Cuándo se marcharon hacia Barbacan? —preguntó sin más el obispo.
Ni Tomás ni sus compañeros contestaron.
—Como queráis —concedió el obispo con una reverencia—. Se confirma así vuestra alianza con ellos, pero quiero haceros una advertencia: un hombre puede ser juzgado por los aliados que reconoce tener.
—Supones demasiadas cosas —dijo Tomás—; hablas del Pájaro de la Noche como si creyeras que nosotros conocemos a ese hombre, o mujer, o cualquier otra cosa que pueda ser. Pero...
De'Unnero levantó su mano humana y desvió la vista.
—Como quieras —concedió, y señaló hacia un grupo de gruesos pinos—. Dile al capitán Kilronney que lo espero allí, pues tenemos que hablar en privado.
Sin ni siquiera tomarse la molestia de echar un prudente vistazo a unos hombres a los que acababa de llamar poco menos que enemigos, el obispo se alejó, convencido de que no lo atacarían. De'Unnero estaba dotado de una rara habilidad para evaluar con precisión a sus posibles enemigos —tal vez era ésa su mayor virtud como guerrero—, y comprendió que su confianza contribuiría aún más a aumentar su poder intimidatorio y frenaría cualquier iniciativa por parte de Tomás Gingerwart y de los aldeanos amigos suyos.
Poco después, Shamus Kilronney se reunió con De'Unnero, mientras una profunda oscuridad se apoderaba del bosque. Al capitán sólo le habían dicho que un monje de la Iglesia abellicana deseaba hablar con él y se llevó una gran sorpresa al encontrarse con el mismísimo obispo.
—¿Por qué dejaste que el Pájaro de la Noche se marchara? —le preguntó antes de que el capitán tuviera tiempo de saludarlo adecuadamente.
—¿Qué..., qué otra cosa podía hacer? —tartamudeó Shamus al responder—. O bien dejaba que se marchara, o bien tenía que pelear con él, cosa que me prohibiste de forma explícita.
Había elevado la voz considerablemente, y De'Unnero le hizo una señal para que se calmara, mientras con un gesto le daba a entender que había muchos oídos curiosos escondidos alrededor.
—Deberías haberlo vigilado —dijo con serenidad De'Unnero—, y sin embargo, te encuentro aquí, en este pueblo miserable, mientras el Pájaro de la Noche campa a sus anchas por el lejano norte —añadió el obispo, cuya frustración hizo que fuera alzando la voz progresivamente.
—Le pedí ir con él —arguyó Shamus Kilronney en voz alta—, pero no quiso.
—¿Le pediste? —repitió De'Unnero con incredulidad—. Eres un capitán del ejército de rey. ¿Acaso la jerarquía no cuenta para nada?
Shamus se limitó a reír y a sacudir la cabeza.
—No entiendes a ese hombre al que llaman Pájaro de la Noche —trató de explicarle—, ni su relación con esta gente. Dudo que el mismísimo rey tenga más categoría que el Pájaro de la Noche en las salvajes tierras del norte.
—Una peligrosa suposición —repuso el obispo en tono grave y severo—. Deberías haber ido con él o, por lo menos, haber espiado sus movimientos. Reúne a tus hombres esta misma noche, poneos en marcha y salid a perseguirlo a paso rápido.
—¿Nos acompañarás?
De'Unnero le dirigió una mirada de disgusto.
—Os precederé —le explicó—. Cuando me alcancéis mis asuntos con el Pájaro de la Noche deberían haber llegado a su fin. Tú y tus soldados me ayudaréis a escoltar a los supervivientes, si los hay, hasta Palmaris.
Shamus se dispuso a contestar, pero el obispo lo cortó en seco.
—Es hora de irse —le indicó De'Unnero, saliendo del bosquecillo.
Allí estaban Tomás y otros hombres, todos ellos simulando ocuparse de distintas actividades.
—Saben que persigues al Pájaro de la Noche —susurró Shamus al oído de De'Unnero.
El obispo resopló como si aquello apenas le importara.
—Querrás decir que lo perseguimos —le susurró a su vez—. No les digas quién soy.
Shamus se limitó a asentir con la cabeza, pues no quería discutir con el obispo, que era el portavoz de su rey; al menos, de momento.
Tomás y los otros hombres se pusieron tensos cuando el monje y el militar se les acercaron, y más de uno apretó con fuerza su arma.
Sin embargo De'Unnero sabía que no iban a atacar. No tenían valor suficiente, y por consiguiente, el obispo aprovechó la tensión que flotaba en el ambiente para crispar aún más la situación y disfrutar con ello.
—Si alguien se atreve a seguirme, o tal vez a precederme, en mi viaje en pos del llamado Pájaro de la Noche, que sepa que actuará en contra de la Iglesia abellicana y que será castigado de forma rápida y segura —dijo con calma.
Shamus vaciló y tragó saliva mientras pensaba que De'Unnero había llevado las cosas demasiado lejos.
Pero el obispo controlaba la situación, y Tomás y los demás se apartaron para dejar que pasara.
Más enojado que impresionado, Shamus Kilronney dudaba y observaba a su compañero mientras ambos se internaban en el bosque. Hasta aquel momento no se había dado cuenta de la extremidad felina del obispo, de la temible garra que emergía bajo los pliegues de su holgada manga. Al verla, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, pero no pronunció palabra alguna durante todo el camino hasta Dundalis. Allí, De'Unnero le reiteró la orden de que se pusiera en marcha aquella misma noche, y después él mismo partió en dirección a las tierras del norte.
En el bosque, Tomás Gingerwart y sus compañeros inspeccionaron la túnica desgarrada, los múltiples jirones de piel, como si de una delicada tela se tratara.
—¡El Pájaro de la Noche le dará su merecido a ese sujeto! —exclamó uno de los hombres, mientras los demás expresaban su asentimiento con gruñidos o con inclinaciones de cabeza.
También Tomás se unió al coro, aunque el hombretón no estaba tan seguro de compartir tal idea. Sin embargo, no pudo menos que seguirles la corriente, pues tenía que ayudarlos a reforzar su confianza, entonces mermada, en las posibilidades de su amigo el Pájaro de la Noche. Aquel extraño y fatal monje los había acobardado a todos, en particular a Tomás, que lo había mirado fijamente a los ojos y había comprendido su fuerza de voluntad, su energía interior y su serenidad, basadas en una suprema confianza, algo superior a cualquier cosa imaginable.
Rezó para que aquel monje no encontrara a su amigo.
No era realmente una cueva, sino más bien un profundo voladizo de piedra, una cavidad natural formada en la pared rocosa de un risco; pero Elbryan, que no había utilizado nada mejor que la madriguera abandonada de un oso o la tienda natural formada por las ramas inferiores de un grueso pino, se consideró afortunado por haber encontrado un lugar tan bien preparado para el oráculo. Lo fueron envolviendo sombras cada vez más oscuras a medida que la parte inferior del sol se iba hundiendo en el horizonte de poniente, mientras el cielo era todavía una brillante explosión de rojos, rosa y violeta. Colocó el espejo sobre una piedra y colgó la manta en la abertura para oscurecer aún más el recinto. Echó un último vistazo al exterior, una última mirada a aquel maravilloso cielo.
El Pájaro de la Noche se sentó con la espalda apoyada en la fría roca, mirando fijamente al casi invisible espejo, y dejó que el foco de su visión se perdiera por completo en las profundidades de la reflectante superficie. Apenas un momento después, el fondo del espejo se fue velando y surgió el espectro.
—Tío Mather —lo saludó el guardabosque, aunque, por supuesto, el espectro no le contestó.
El guardabosque apoyó el mentón en las manos y trató de desentrañar sus pensamientos. Aquella noche se había sentido impulsado a consultar el oráculo, a hablar con su tío Mather, pues se encontraba intranquilo e incómodo. No obstante, Elbryan todavía no había descubierto la causa de su estado de ánimo y sólo sabía que, en aquel momento, no tenía ganas de proseguir el camino.
—¿Ya no me interesa? —se preguntó con sinceridad—. ¿Acaso pervive más el adiestramiento que recibí con los Touel'alfar que la llamada al deber de ese adiestramiento? En las luchas, cuando los trasgos nos tendían emboscadas y los soldados eran asesinados... no quería estar allí. No tenía miedo, y ciertamente no tenía ningún reparo en matar trasgos, pero aquella chispa, aquel espíritu ilusionado, ya no estaba conmigo, tío Mather, ni me ha acompañado en mi viaje al norte. Comprendo que esta expedición a Barbacan es importante para el hermano Braumin y sus compañeros, y que rinden un gran tributo a mi amigo por ir hasta su tumba, pero con todo...
El guardabosque hizo una pausa y bajó la cabeza al mismo tiempo que exhalaba un profundo suspiro. Durante mucho tiempo, en todo momento desde que se había separado de los elfos, Elbryan había tenido un objetivo bien definido, un claro sentido del deber. Se había pasado los meses de la guerra buscando batallas, no rehuyéndolas. Después, cuando los monstruos se habían retirado, el guardabosque había encontrado un nuevo objetivo y una nueva dirección, y un nuevo enemigo que vencer: los carceleros de Bradwarden. Podía decirse a sí mismo que ese viaje era precisamente una prolongación de aquella batalla, la continuación de la guerra de Avelyn contra sus hermanos perversos.
Pero, de alguna manera, el guardabosque no percibía aquel sentido del deber ni tampoco aquella premura. En cierto modo, algo se había perdido.
—Pony —susurró sin apenas darse cuenta de que había pronunciado su nombre.
Levantó la vista y volvió a mirar con fijeza el espejo: el origen de su angustia se le hizo dolorosamente perceptible.
—Es Pony, tío Mather —pronunció con más firmeza.
Pero ¿qué pasaba con Pony? Sin duda alguna, la echaba de menos, la echaba de menos desde que se había ido de Caer Tinella, desde el preciso instante en que había desaparecido de su vista por la carretera del sur. Sin embargo, siempre la echaba de menos cuando ella no estaba con él, incluso aunque fuera por un día de exploración en el bosque. Elbryan no lo entendía, pero tampoco reprimía esos sentimientos. La quería de todo corazón y no podía imaginar su vida sin ella. Ella hacía que él fuera mejor; ciertamente, la mujer lo había ayudado a alcanzar un grado superior de maestría con la bi'nelle dasada, aunque no era algo sólo físico. Pony, día a día, elevaba a Elbryan emocionalmente, le daba una perspectiva más auténtica del mundo circundante y de su lugar en él, y le aportaba alegría. Lo complementaba, y sin duda, el guardabosque, en aquellos momentos, no se sorprendía en absoluto al constatar que la echaba de menos.
Pero Elbryan sabía que había algo más.
—Tengo miedo, tío Mather —dijo con calma—. Pony está en un lugar peligroso, más peligroso que éste, a pesar de que estoy en las Tierras Agrestes y me dirijo a la guarida de la criatura que oscureció el mundo entero. No puedo ayudarla si me necesita; no puedo oírla aunque grite mi nombre.
Terminó con otro suspiro y se sentó con la vista clavada en el espectro, inmóvil como una estatua, como si esperara que el tío Mather confirmara sus penas, o tal vez le indicara con una señal que estaba equivocado, o le dijera que se diera la vuelta y regresara corriendo hacia al sur, al lado de Pony.
La imagen en el espejo no se movió.
Elbryan rebuscó en el interior de su mente y, cuando vio que no conseguía nada, se concentró en su corazón.
—Tengo miedo por ella a causa de la forma en que nos separamos —se oyó decir a sí mismo, y analizó aquellas palabras con sinceridad.
Admitió que, en aquella ocasión, se enojó con Pony por el hecho de que ella se iba y porque, en realidad, él no comprendía las razones por las cuales la mujer tenía que irse, es decir, qué conseguiría con volver precipitadamente a Palmaris. En rigor, no estaba asustado por Pony, ya que ella podía cuidar de sí misma y de los que la acompañaran casi mejor que nadie en el mundo entero. No, lo que realmente temía era que, si ocurría algo que los mantenía separados, en el momento de su terrible despedida su corazón se había llenado de enojo, cuando sólo debería haber albergado amor y confianza.
El guardabosque se recostó en el muro y soltó una risita ante su propia estupidez.
—Debería haberla escuchado con mayor atención —le explicó al espectro, pero, sobre todo, a sí mismo—. Quizá también debería haberme marchado hacia el sur; tal vez, debería haberme ido con ella —añadió con otra risita autocrítica—. O, por lo menos, debería haberme enterado mejor de sus razones para irse a fin de comprender el motivo de su marcha.
»Y ahora nos separan aún más kilómetros, tío Mather —se lamentó—. Pony está en Palmaris, donde dijo que tenía que estar, y yo me alejo de ese lugar cada vez más.
Mientras terminaba de hablar, el espectro se desvaneció y una especie de niebla cubrió el espejo. Al principio, Elbryan pensó que el oráculo se había acabado, que el encantamiento meditativo se había disipado. Tal vez recuperaría su capacidad de decisión. Pero antes de que empezara a levantarse, la niebla dejó libre el centro del espejo y la sustituyó un resplandor que no podía ser ningún reflejo.
La niebla se disipó y dejó ver una imagen al impresionado Elbryan, una imagen de claridad cristalina, aunque la cavidad rocosa se había oscurecido hasta devenir casi negra. Era una imagen que conocía muy bien.
Era la aplanada cima de la montaña de Aida; allí estaba el brazo extendido de Avelyn, emergiendo de la roca.
Una cálida sensación invadió a Elbryan, una sensación de amor y magia muy intensa, la más fuerte que había experimentado en toda su vida.
Después, desapareció, pero al guardabosque le costó un buen rato salir de la cavidad. Poco faltó para que resbalara en una parte cubierta por una delgada capa de hielo cuando al fin salió de allí.
El hielo no era más que un charco de agua cuando Elbryan había entrado en la cueva. «Hielo, y todavía no hemos llegado a las montañas.»
El guardabosque se sacudió de encima aquellas ideas. El oráculo le había mostrado el camino y entonces sabía que tenía que visitar a Avelyn con la misma certeza que impulsaba a Braumin y a sus compañeros a realizar aquel peregrinaje; sabía que también él encontraría algunas respuestas en aquel lugar tan especial.
La capa de nieve más espesa no podría detenerlo.
Se envolvió estrechamente en la manta y, entonces, percibió la canción de Bradwarden, la música de gaita del Fantasma del Bosque, que llegaba hasta él transportada por la brisa del atardecer. No obstante, no se dirigió hacia el lugar de donde venía aquella melodía, sino hacia la fogata, para comprobar cómo estaban los monjes y Roger. Se suponía que éste estaba de guardia, pero había sucumbido a la inolvidable melodía de la lejana gaita de Bradwarden.
«No importa», decidió el guardabosque, pues sabía que no había trasgos ni otros monstruos en la zona. Cambió la manta por su capa de viaje, echó un vistazo a Sinfonía para asegurarse de que el caballo pasaría una noche tranquila y salió del campamento para seguir la pista de la melodía como sólo podía hacer alguien adiestrado por los Touel'alfar.
Encontró a Bradwarden en un altozano pelado —su escenario favorito— y se acercó lentamente, pues no quería perturbar el trance musical y mágico del centauro. De hecho, Bradwarden siguió tocando durante un buen rato.
Cuando, al fin, el centauro dejó de tocar y abrió los ojos, no se sorprendió al ver al Pájaro de la Noche sentado junto a él.
—¿Hablando con fantasmas? —le preguntó el centauro.
—Más bien conmigo mismo —le corrigió el guardabosque.
—¿Y qué te has contado a ti mismo? —preguntó Bradwarden.
—Que no quería estar aquí, en este camino, alejándome más y más de Pony —repuso Elbryan—. Accedí a acompañar a los monjes porque estaba enojado. ¿No te lo había dicho? Estaba furioso contra Pony.
—Una razón tan buena como cualquier otra —dijo, con sarcasmo, Bradwarden.
—Vino a verme, en sueños, a Dundalis —le explicó Elbryan—. Me dijo que no podíamos encontrarnos, tal como habíamos acordado, poco después del inicio de la primavera. Por consiguiente, decidí acompañar al hermano Braumin, aunque no tenía el menor deseo de volver a Aida.
—Dundalis no está más lejos de donde nos encontramos ahora que Aida, muchacho —comentó el centauro—. ¡Y créeme si te digo que siento menos cariño por la guarida maloliente del Dáctilo que tú mismo!
Elbryan sacudió la cabeza.
—He dicho que antes no tenía ganas —explicó—, pero ahora lo he pensado mejor y sé que debo ir a la montaña de Aida, con o sin el hermano Braumin. Malos propósitos me pusieron en este camino, pero la buena fortuna ha conseguido convertirlo en el camino adecuado para Elbryan.
—Parece que sacas todas tus ideas de sueños y fantasmas —le dijo el centauro con un resoplido—. ¡Estoy preocupado por ti, muchacho, y también por mí mismo, por seguirte!
Sus palabras dibujaron una sonrisa en el rostro de Elbryan, y lo propio hicieron las siguientes notas, que no provenían de su voz retumbante, sino de los melódicos tubos de la gaita. La música empezó de forma brusca, pero no tardó en transformarse en una dulce y airosa melodía. Era la música de la noche, la música del Fantasma del Bosque.
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5
El asesino

—El hermano Pantelemone —anunció un asistente del padre director Francis, uno de los cinco que lo habían acompañado desde Saint Mere Abelle.
Francis asintió con un leve movimiento de cabeza; esperaba aquella visita. El hermano Pantelemone acababa de llegar de Saint Mere Abelle para anunciar que el padre abad Markwart no tardaría en visitarlo.
El monje entró y se apresuró a acercarse al padre director para entregarle un pergamino enrollado, atado con una cinta azul y con el sello del padre abad. Francis lo desenrolló aprisa, lo leyó por encima y no se sorprendió de las instrucciones que allí figuraban. El padre abad quería un recibimiento grandioso: toda la ciudad en la calle para festejar su llegada.
—La celebración tiene que ser monumental —les explicó Francis a los dos—. El padre abad llegará dentro de tres días; para entonces, toda la ciudad debe estar preparada para su visita.
Entonces, se les unió un cuarto monje, el hermano Talumus, que se había apresurado a acudir a los aposentos de Francis al enterarse de que había llegado un monje de Saint Mere Abelle.
—Id a ver a los mercaderes a los que hemos... —empezó a decir Francis, pero se detuvo y soltó una risita.
¿Qué les habían hecho exactamente a los mercaderes? ¿Los habían compensado por las gemas que les habían quitado? No, Francis sabía que en realidad no era así, que los mercaderes habían sido sobornados, pura y simplemente; pero la mayoría de ellos habían aceptado el oro con una sonrisa, una esperanzada sonrisa, pues sabían que no podían permitirse tener a la Iglesia como enemigo; no, de momento.
Por supuesto, Francis tenía que ser más diplomático al hablar en público.
—Id a ver a los mercaderes a los que hemos ofrecido compensación —les explicó—. Decidles que la causa de su nueva prosperidad, el mismísimo padre abad, viene a Palmaris y que pedimos que contribuyan con su presencia a darle la adecuada bienvenida.
—¿No está también el rey Danube a punto de llegar a la ciudad? —preguntó Talumus.
—Según dicen todos, todavía tardará al menos una semana —respondió Francis—. El padre abad llegará antes.
—Y por tanto organizaremos otra fiesta parecida dentro de una semana —dedujo Talumus—, ya que hay que hacer un desfile tan grande para el rey como para el padre abad, ¿no es cierto?
A Francis no le gustó su tono, casi acusador. Durante las dos últimas semanas, a Francis le fue resultando cada vez más claro que podía surgir algún problema con Talumus. El monje salía muy a menudo y, según los rumores que Francis había captado a escondidas, incluso había prestado una piedra del alma a una puta callejera.
—Sin duda, el rey dispone de espías en la ciudad que le informarán de inmediato si su desfile de bienvenida no es tan majestuoso como el del padre abad —dijo Talumus.
—Eso lo decidirá y lo organizará el padre abad —repuso Francis—. Nuestra obligación consiste únicamente en preparar la fiesta para Markwart.
Talumus se disponía a protestar, a pesar de las muecas de los dos monjes que lo flanqueaban, pero Francis no estaba dispuesto a escucharlo.
—El padre abad Markwart está mejor preparado para semejante tarea —explicó el padre director—; os aseguro que no hay nadie en el mundo más versado en protocolo, ni con más experiencia. El padre abad Markwart ha hospedado a la realeza en múltiples ocasiones, y hace precisamente unos pocos meses, organizó una exitosa asamblea de abades.
—Sin embargo... —empezó a decir Talumus. Pero al mirar en torno y observar que no contaba con el menor apoyo, alzó las manos—. ¿Qué más tenemos que hacer, padre director? —le preguntó.
—Empezad con los mercaderes; luego, haced que los soldados salgan a la calle y vayan a los mercados al aire libre y a las tabernas —les explicó Francis—. Prepararemos una recepción en el transbordador y después congregaremos a todo el pueblo de Palmaris a lo largo de la carretera que traerá al padre abad hasta Saint Precious.
Luego, Francis, con un gesto, les indicó que se fueran; estaba convencido de que ya tenían suficiente trabajo. Dos de los monjes salieron a toda prisa, pero el hermano Talumus se marchó más despacio, mirando varias veces hacia atrás, hacia el nuevo padre director.
Francis se sentía aliviado, pues su tiempo de prueba, una prueba muy urgente, estaba llegando a su fin. Y creía que la había superado bien. La mayoría de los mercaderes estaban satisfechos e, incluso, los que habían salido de su despacho refunfuñando no iban a hablar mal de él al padre abad, pues se sentían más inclinados por el padre director Francis que por el obispo De'Unnero. Y Francis sabía que la gente del pueblo pensaba lo mismo. Los últimos sermones habían sido más amables y los impuestos menos elevados.
Markwart había dado a Francis detalladas instrucciones para gobernar Palmaris y, sin duda, el padre director las había cumplido a la perfección. Lo único que faltaba era la celebración, el desfile de bienvenida, y eso, según creía Francis, resultaría el trabajo más sencillo de todos.
Aquella noche, El Camino de la Amistad rebullía con las noticias relativas a la próxima visita y con el papel que la gente tenía que representar, según les habían dicho, en la bienvenida del padre abad. Más y más gente entraba en la posada y se quedaba un buen rato, atrapada por las emocionantes y, en cierto modo, confusas charlas sobre lo sucedido las últimas semanas. Cuando De'Unnero tomó el mando de la ciudad, la opinión general había sido que el estricto obispo —y, por extensión, la Iglesia abellicana— no estaría bien capacitado a largo plazo para gobernar Palmaris, pero entonces...
Entonces la gente no sabía qué pensar.
La confusión resultaba inquietante para Pony, que se ocupaba del servicio de mesas y escuchaba casi todo lo que se decía. Cada vez que alguien hablaba favorablemente de Francis, la mujer hacía una mueca de dolor, como si la hubieran golpeado, pues recordaba —¡claro que sí!— que había visto a aquel monje en su viaje a Saint Mere Abelle. Bradwarden lo había tachado de lacayo de Markwart. De hecho, cuando Elbryan había encontrado a aquel hombre, estaba golpeando al centauro encadenado.
Y entonces, allí estaba, repartiendo sin cesar sonrisas y oro, y convertido en obispo provisional y elevado rápidamente a categoría de héroe por la maltratada gente de Palmaris. De'Unnero había mostrado con claridad el poder de la Iglesia, había representado el papel del tirano. Después, Francis, por contraste, mostraba el lado clemente y benefactor de la Iglesia. A medida que las conversaciones se prolongaban, muchas empezaban a indicar una tendencia favorable a Francis y una perspectiva esperanzadora respecto a la inminente vista del padre abad.
—Quizá la Iglesia nos enseñará el buen camino, ahora que la guerra ha terminado —comentó un hombre.
Eso provocó una serie de brindis por la Iglesia abellicana, por el nuevo obispo —¡tal vez seguiría en el cargo aunque volviera De'Unnero!— y por el padre abad, que tal vez escucharía las voces de los campesinos.
Cuando, por fin, llegaron al último brindis, Pony ya había salido de la posada y caminaba en la oscuridad de la noche bajo la helada brisa que soplaba del norte. Al comprobar que, después de respirar profundamente varias veces, no conseguía calmarse, se dispuso a dar la vuelta al edificio para dirigirse al canalón que le permitía subir hasta el tejado, a su lugar privado.
—No deberías trepar de esa manera en tu estado, ¿no crees? —exclamó la voz de Belster detrás de ella.
—¿Has dejado a Dainsey sola con tanta gente? —comentó Pony, aunque no podía echar en saco roto las palabras de Belster con el prominente vientre que tenía, en el interior de la cual el bebé no paraba de moverse.
—Mallory la ayudará —repuso Belster con un gesto de rechazo—. Y acaba de llegar Prim O'Bryen. Además, la mayoría ya han tomado demasiadas jarras y no van a beber mucho más.
—¡Si por lo menos pudiera echar la culpa de sus estúpidas palabras a la bebida! —exclamó Pony.
Belster suspiró profundamente.
—Todavía te dura el enfado, muchacha —dijo.
Pony lo miró con fijeza e incredulidad. ¿Acaso creía que su cólera no era justificada?
—Incluso tú, que tanto odio sientes hacia la Iglesia, reconoces que este obispo es mejor que el anterior —dijo Belster—. Para algunos eso es más que suficiente.
Pony sacudió la cabeza y la apoyó pesadamente sobre el canalón.
—Tienes motivos personales para sentir cólera —dijo Belster con serenidad, mientras se le acercaba y le ponía una mano consoladora sobre los hombros—; nadie te los negará e, incluso, juzgarán más que justificada tu posición. Pero la mayoría de la gente se esfuerza en mirar hacia adelante, no hacia atrás. Sólo quieren que los dejen en paz para ir a su trabajo y a divertirse, y de un gobernante sólo piden que los mantenga seguros por si volvieran los trasgos.
—¿Y es la Iglesia ese gobernante? —preguntó Pony con incredulidad—. ¿Es el obispo Francis ese gobernante?
Belster se encogió de hombros, y faltó poco, muy poco, para que Pony no le pegara.
—¿Y saldrá Belster a festejar la llegada del padre abad? —le preguntó Pony con palabras cargadas de veneno.
—Eso es lo que nos han dicho que hagamos, y por consiguiente, es lo que haremos —afirmó el posadero—. Si eso va hacer feliz al padre abad y si al sentirse feliz nos hace la vida más agradable, parece un precio razonable...
—¡Carita de ángel! —gritó Pony.
Era una forma habitual entre los chicos de designar a alguien que dice una cosa y hace otra totalmente distinta. Se soltó de Belster y vio que su insulto lo había ofendido; pero ni aun así se calló.
—¡Sabes lo que son! ¡Sabes lo que han hecho!
—¡Claro, amiga mía —dijo Belster, sombría y calmadamente—. Lo sé. No albergo ninguna insensata idea o esperanza de que esos hombres, el nuevo obispo y el padre abad sean buenas personas. Pero podrían ser beneficiosos para la gente de Palmaris si conviniera a sus intereses. ¿Qué más puede pedir la gente sencilla?
La cólera de Pony se tornó confusión.
—¿Me estás hablando de una lucha entre Iglesia y Estado? —preguntó Pony—. ¿Crees que el padre abad trata de utilizar la ciudad contra el rey?
—Tal vez no sea exactamente una pelea —explicó Belster—, pero parece, a juzgar por lo que he oído contar a unos amigos míos que conocen bien a los mercaderes, que ambas partes tienen previsto reivindicar Palmaris, aunque creo que la ciudad es más importante aún para la Iglesia.
—Es lo bastante importante como para que hayan asesinado al abad Dobrinion y al barón Bildeborough —observó Pony con énfasis.
Belster, entonces, dio una palmada en el aire, tratando de mantener la calma.
—¿Y tú te propones detener a la Iglesia? —preguntó serenamente, aunque su tono de voz evidenciaba su incredulidad—. Hace semanas que damos vueltas sobre eso y, sin duda, habrás llegado a la conclusión de que no puedes pelear contra ella. Quizá, si tenemos suerte, no tendrás que hacerlo, y eso será algo bueno, muchacha. Bueno para Palmaris y bueno para ti, y por encima de todo, bueno para el hijo que llevas en tu vientre.
La mano de Pony se dirigió hacia su prominente vientre. Siempre ocurría lo mismo con Belster: cada vez que Pony empezaba a decir que era preciso entrar en acción, él, amablemente, le recordaba su embarazo.
En cierto modo, la mujer se calmó; siempre lo conseguía cuando posaba la mano para percibir aquella vida en su interior. Consideró el punto de vista de Belster y concluyó que, en realidad, no era cobardía, sino pragmatismo. El posadero ya se había forjado una cómoda existencia en la ciudad, tal como habían hecho la mayor parte de la gente, y él, al igual que los demás, prefería no preocuparse de la conducta anterior de sus gobernantes mientras su conducta actual les fuera provechosa o, por lo menos, benigna.
Pony aceptaba que Belster y los demás pensaran de ese modo; racionalmente, se esforzaba para no juzgarlos. Pero, al mismo tiempo, no podía compartir tal actitud; en absoluto. Había sido Francis quien había golpeado a Bradwarden, y el padre abad era el responsable del asesinato de sus padres y hermano adoptivos. No, Pony no podía perdonar ni podía olvidar. La charla, en El Camino de la Amistad, entre hombres y mujeres que había llegado a considerar amigos suyos, la había herido. Sin embargo, no tenía mucho sentido discutirlo con Belster, allí en el callejón, bajo el frío de una tardía noche de invierno.
—Vete a ayudar a Dainsey —le dijo Pony—; quiero quedarme sola aquí afuera —añadió. Belster se disponía a contestar cuando Pony siguió hablando—. Reflexionaré sobre lo que me has dicho —le prometió—; después de todo, tal vez podamos evitar una guerra.
Durante un largo momento, Belster se mantuvo impasible, pero se dio cuenta de que había conseguido una gran concesión, considerando lo obstinada que era Pony. Avanzó un paso y le dio un abrazo, que ella le devolvió; luego, se encaminó hacia la salida del callejón.
—¡Piensa en tu barriga antes de trepar por ese tubo! —fue todo lo que dijo.
La mujer se limitó a sonreír, y eso bastó para que Belster regresara a sus obligaciones en El Camino de la Amistad.
Tan pronto como él se hubo ido, Pony subió al tejado sin ningún problema, silenciosa y rápidamente, ayudada por la malaquita. Se dirigió a su lugar habitual y se apoyó en una buhardilla. De hecho, se había propuesto valorar las palabras de Belster, pero no pudo otorgar a aquel razonamiento la menor credibilidad. Cada vez que trataba de pensar en el posible beneficio que reportaría a Palmaris olvidar el pasado y juzgar a los gobernantes de entonces por su nueva conducta, pensaba en Graevis y Pettibwa, sus queridos e inocentes Graevis y Pettibwa. «No, el nuevo obispo no es mejor que el anterior —advirtió la mujer—, y el padre abad es el peor y el más peligroso de los tres.»
No habían hecho nada para mejorar la vida en Palmaris, si se consideraba lo que había sido la ciudad antes de que murieran Bildeborough y el abad Dobrinion. ¡Con todo, nadie parecía acordarse! Lo único que eran capaces de decir en El Camino de la Amistad era que ese obispo los trataba mejor que el anterior, que los impuestos exigidos por la Iglesia habían bajado y que el tono de los sermones se había suavizado. Y eso, para disgusto de Pony, parecía bastarles.
Todo aquello a Pony le olía a chamusquina, e incluso iba más allá y se preguntaba hasta qué punto la situación de ese momento había sido orquestada cuidadosamente.
Una gran caravana avanzaba hacia las orillas del Masur Delaval. Compuesta por veinte carros y monjes armados cabalgando alrededor, la comitiva del padre abad Markwart llegó a la ribera con la intención de utilizar los poderes mágicos del ámbar para cruzar el río por encima del agua; pero cuando vio el esplendor de los transbordadores y de la flota que los acompañaba, todos esperando su llegada, dio órdenes a los monjes de que guardaran el ámbar.
Más de veinte barcos se balanceaban en el agua, más allá de los diques de Amvoy, y varias barcazas estaban atracadas en los muelles, a la espera de los carros. En una de ellas se hallaba el nuevo carruaje para el padre abad, una obra de majestuosos dorados, con cuatro caballos perfectamente cuidados, de reluciente capa blanca, que pateaban la cubierta, impacientes por tirar del coche. El conductor, un guardián de la ciudad, llevaba un magnífico uniforme con las insignias de la guardia personal del barón Bildeborough.
Mientras la flotilla empezaba a cruzar el ancho río, trompeteros situados en los barcos escolta interpretaron los toques de bienvenida, unos sones que repitieron todos los barcos de la formación. Las trompetas eran contestadas por otras trompetas: era el clangor que anunciaba la inminente llegada. Los preparativos de Francis eran tan imponentes que los toques recorrieron kilómetros por encima del agua y llegaron hasta los muelles de Palmaris, en donde, a modo de respuesta, unas trompas repitieron las mismas notas.
Lo que Francis no pudo evitar fue el lento avance por el agua de las voluminosas y cuadradas embarcaciones; los minutos se convirtieron en una hora, y luego en dos. Al fin, el puerto de Palmaris apareció a la vista y el estrépito de las trompetas se mezcló, en los oídos del padre abad, con los gritos de entusiasmo.
¡Gritos de entusiasmo!
—¡Qué distinto de mi última visita! —dijo el anciano a los dos padres que lo acompañaban, Theorelle Engress y otro monje mucho más joven—. Tal vez, al fin, han aprendido a apreciar la gloria de la Iglesia.
—Un legado del trabajo del obispo De'Unnero —comentó el padre más joven.
Markwart asintió con la cabeza, pues no deseaba dar explicaciones, pero sabía la verdad, sabía que cualquier aplauso sincero que recibiera en Palmaris era consecuencia del trabajo del padre director Francis. Y por supuesto, era consecuencia del trabajo y del plan magistral que él mismo había trazado.
La muchedumbre llegaba hasta los muelles, a lo largo de la carretera. Markwart advirtió que había muchos behreneses agrupados en el puerto y, aunque no manifestaban tanto entusiasmo como la gente de piel blanca de Palmaris, no pocos aplaudían y gritaban el nombre del padre abad Markwart.
—¡Oh, Francis! —murmuró el anciano en voz baja—, en verdad has hecho que mi trabajo aquí sea más fácil.
Complacido, Markwart se sentó en el dorado carruaje y ordenó a los monjes que había elegido como guardaespaldas personales que se situaran en los pasillos laterales. Los padres dispusieron a muchos otros monjes a los flancos del magnífico coche e hicieron sentar a uno, experto en caballos, al lado del soldado que lo conducía.
Y entonces, empezó el desfile: los sones de las trompetas emergían desde todos los barrios de la ciudad, y los gritos y aplausos llegaban incluso a sofocarlos. Artistas de todas clases, malabaristas, prestidigitadores y numerosos bardos se mezclaban con la multitud entre cantos y risas. Y también había soldados, que trataban de mantenerse apartados de la vista del padre abad mientras inducían a la muchedumbre a mostrarse más entusiasta.
Markwart se recreaba con todo aquello, se deleitaba con la gloria que creía merecer. ¿Acaso no se había ocupado de Honce el Oso durante la guerra y no había sido el artífice de la victoria sobre la principal flotilla powri en la mismísima Saint Mere Abelle? ¿Acaso no había restablecido el orden en la asediada ciudad de Palmaris mientras el inepto rey permanecía en Ursal, ocupado, sin duda, en montar a los múltiples caballos y mujeres de su colección privada?
Desde luego, el padre abad pasaba por alto las acciones más secretas y menos gloriosas que lo habían conducido hasta allí, ni tampoco deseaba recordar que Dobrinion y Bildeborough habían resultado unos inútiles y fueron incapaces de ver las amplias y trascendentes posibilidades derivadas de la guerra. Sí, aquéllos eran asuntos oscuros y había que considerarlos en otra ocasión. De momento, Markwart se limitaba a recostarse en su asiento, a saludar con la mano de vez en cuando y a sonreír cuando arreciaban los gritos de entusiasmo.
Allí y en aquel momento, decidió que Francis se convertiría en obispo. Si De'Unnero volvía como un héroe, con la cabeza del Pájaro de la Noche y las piedras robadas —y tal vez con los cinco herejes— encontraría otro destino para aquel monje, un cargo más idóneo para alguien que era más un hombre de acción que un político. Sí, todo encajaba a la perfección; se iba completando el rompecabezas que llevaría a la Iglesia abellicana a quitar más y más poder al rey Danube, hasta llegar a una situación que devolvería Honce el Oso a la teocracia que había conocido en su época más gloriosa.
Todo empezaba, allí, en Palmaris, y aquel sueño resonaba en los oídos de Markwart a cada aplauso y a cada trompetazo.
Casi todo el mundo estaba aplaudiendo, y los aplausos eran sinceros: eran una plegaria de la gente sencilla para que sus vidas volvieran a la normalidad y para que los catastróficos días de la guerra y sus inmediatas consecuencias fueran dejados atrás. El padre abad lo veía con absoluta claridad y se recreaba en la gloria del momento, su momento más grandioso.
A menos de doscientos metros, apoyada en el tejado inclinado de un edificio alto, Pony estaba mirando el desfile y también consideraba los aplausos como lo que eran: una desesperada plegaria en busca de indulgencia. Olvidarían el pasado: no todo el mundo, pero sí un número significativo de personas, un número demasiado grande, ciertamente, como para que ella pudiera encontrar apoyo continuado con objeto de ofrecer una mayor oposición al gobierno de la Iglesia. Harían la vista gorda ante los asesinatos y las injusticias, se apenarían al oír el nombre de los Chilichunk al entrar en El Camino de la Amistad, pero calificarían aquello con expresiones como «fue una lástima» o «fue una desafortunada consecuencia», en vez de decir «fue una atrocidad», «fue un crimen que necesita ser vengado». Aquella gente asediada había visto demasiada guerra, había visto su mundo patas arriba varias veces a lo largo de los últimos meses, después de años de gobierno constante y estable. ¿Cuántos años se había ocupado el abad Dobrinion de Saint Precious y de las necesidades espirituales de Palmaris? ¿Cuántas décadas —incluso siglos— la familia Bildeborough había gobernado, más bien de forma benigna, desde su residencia de Chasewind Manor? Todo se había desvanecido en cuestión de semanas, y entonces la gente sencilla sólo ambicionaba recuperar su vida tranquila.
Y en su opinión, el padre abad Dalebert Markwart era el único que se la podía ofrecer.
Aquella idea llenó de bilis la garganta de Pony, y las manos le temblaron de rabia. Se mordió el labio y trató de pensar en algo que pudiera gritar, para no tener que oír aquellos vítores.
¡Vítores! ¡Vítores! ¡Sonaban sin cesar en honor de Markwart, el hombre que había perseguido a Avelyn, el hombre que había torturado a Graevis, Pettibwa y Grady hasta la muerte! ¡Sonaban en honor del hombre que había ordenado que arrastraran al heroico Bradwarden, atado con cadenas, desde las entrañas de la montaña de Aida hasta las mazmorras de Saint Mere Abelle! ¡Sonaban en honor del hombre que había mandado asesinar al abad Dobrinion y al barón Bildeborough!
Lo vitoreaban, y los vítores duraban y duraban, y desgarraban el corazón y el alma de Pony, y en ella crecía más y más el deseo de devolverle el golpe a aquel hombre y a la corrupta institución que representaba. «Todo morirá aquí», advirtió la mujer; las esperanzas que había albergado de encender la llama de una posible revolución contra la Iglesia morirían allí, en las calles de Palmaris, enterradas bajo un coro de aclamadoras «caritas de ángel».
Pony se apretó la mano con energía y sólo entonces advirtió que había cogido una de las gemas de la bolsa. La miró, pero ya sabía cuál era antes de verla. Se trataba de la magnetita, la piedra imán, y no era ninguna casualidad que la hubiera cogido.
La mirada de la chica se desplazó de la gema al hombre del carruaje dorado. Entonces ya estaba más cerca y seguía un itinerario que lo llevaría a apenas cien pasos de ella.
Pony podía concentrarse y disparar una piedra imán a cien pasos de distancia.
—¡Vamos, bobalicón, niño pordiosero! —exclamó el soldado mientras daba un empujón a quien creía que era un chico joven.
Belli'mar Juraviel aceptó con estoicismo aquel trato, pues sabía, al igual que los demás elfos de la zona, que eran puros observadores y que no debían hacer nada que causara la menor perturbación. Echó un vistazo a la señora Dasslerond, que probablemente sería la siguiente en recibir el abusivo empujón del soldado, y la señora le hizo un guiño para indicarle que tenía que fingir.
La elfa empezó a aplaudir al padre abad antes de que el soldado llegara hasta ella, y sus compañeros hicieron otro tanto.
No obstante, para la señora Dasslerond era un espectáculo francamente descorazonador. Quería negociar con el rey, en el caso de que necesariamente tuviera que hacerlo con algún humano, para mantener la seguridad de su pueblo; pero aquel recibimiento al padre abad, tan completa y profesionalmente orquestado, le hizo comprender que el peligroso monje desempeñaría un papel mucho más decisivo en la determinación del destino de Palmaris, y en cualquier posible expansión del reino de los humanos, de lo que había pensado.
Volvió a aplaudir, y lo mismo hicieron los de su raza, y entonces el soldado se dirigió hacia los espectadores menos entusiastas, que se encontraban a continuación, en una hilera que parecía no tener fin.
—¿Soy una asesina? —se preguntó Pony en voz alta.
Su cara se crispó de disgusto ante semejante idea. Era una guerrera, adiestrada en la práctica de la bi'nelle dasada y en el uso de las gemas; una guerrera capaz de enfrentarse a su enemigo en campo abierto, espada contra espada o magia contra magia. En los últimos tiempos, había esperado encontrarse de ese modo con Markwart.
«Pero eso no va a ocurrir —advirtió con dolor—. No habrá rebelión alguna, ni una lucha abierta.»
Mantuvo el brazo extendido sobre el alero del tejado mientras miraba en aquella dirección, como si fuera una flecha dirigida hacia el carruaje. Más por curiosidad que por un propósito concreto, la mujer se sumergió en la magia de la piedra y, a través de ella, se dirigió al objetivo deseado. Percibió claramente todos los objetos metálicos a lo largo de la trayectoria: las espadas de los soldados detrás de la muchedumbre, los cascos de los caballos e, incluso, las joyas y las monedas de los espectadores.
Pony concentró el foco para eliminar todo lo que no fueran objetos metálicos del carruaje y, luego, lo concentró aún más para ver con claridad únicamente los objetos metálicos que llevaba el padre abad Markwart. Percibió los tres anillos de sus manos y el broche que le ceñía la parte superior del hábito marrón. Sí, el broche. No estaba centrado y se hallaba demasiado por encima del corazón, pero un impacto en aquel lugar ocasionaría, sin duda, una grave herida, probablemente fatal a un hombre tan viejo como Markwart.
El brazo de Pony fue bajando progresivamente. ¿Podía asesinar a un hombre, a cualquier hombre, de aquel modo? ¿Era una asesina? El hombre estaba indefenso...
Pony, entonces, sintió algo, una extraña sensación en la piedra imán, casi repulsiva. Alzó de nuevo el brazo y miró otra vez a través de la magia, y mientras se concentraba más intensamente en el anillo que Markwart llevaba en el dedo índice de la mano izquierda, obtuvo la respuesta: el anillo llevaba una incrustación de magnetita. «Naturalmente —advirtió Pony—, el padre abad está protegido frente a proyectiles atraídos por metales, pues el anillo mágico emite un escudo protector que los desviaría.» Probablemente, llevaba también otros objetos con función de escudo; tal vez, una esmeralda que lo protegía de la madera del mismo modo que la magnetita lo hacía de los metales.
Pony apretó la piedra con más fuerza. Markwart no estaba indefenso y, en cierto modo, aquel reto hizo que superara la barrera emocional.
—¿Crees que tienes poder para detener eso? —murmuró con expresión severa mientras se concentraba en el broche con la intención de perforar un agujero en el pecho y en el hombro del monje.
Envió su energía a la piedra imán e hizo que la atracción por aquel objeto aumentara más y más. En cuestión de segundos, la piedra empezó a tirar de su mano, pero Pony la siguió agarrando y continuó enviándole aún más energía para cargarla hasta límites tremebundos.
Entonces, percibió algo más, un repentino impulso, en el momento en que el padre abad mostró una amplia sonrisa a la enfervorizada multitud.
El monje tenía un diente metálico, probablemente de oro.
Desplazó el ángulo de tiro muy ligeramente y aisló el broche tal como había aislado los demás objetos metálicos de la zona. Su foco pasó a ser, entonces, aquel diente a media mandíbula inferior, en la parte derecha de la cara del padre abad.
En aquel momento, la piedra imán se puso a zumbar, a vibrar de energía, implorando a Pony que la liberara. Pero la muchacha siguió reteniéndola para lanzar al interior de la piedra toda la energía que aún le quedaba.
—¿Crees que tienes poder para detener eso? —preguntó de nuevo, y abrió la mano.
La piedra voló a una velocidad varias veces superior a la del vuelo en picado del halcón y alcanzó el objetivo incluso antes de que Pony hubiera acabado de abrir la mano, y con todo, la mujer la vio como si se moviera despacio, como si el mundo entero se moviera muy despacio. Surcó el aire por encima de los tejados, dibujando una línea recta, y casi golpeó contra un alero. Vio cómo una mujer volvía la cabeza a su paso, pero demasiado despacio; la piedra silbó al pasar y la mujer se llevó un buen susto.
Y entonces, el camino quedó libre hasta el padre abad, hasta su diente de oro. Le produjo serios destrozos: el impacto contra un lado de la cara del anciano monje hizo que estallara el hueso y desgarrara la carne, y al penetrar a través de la lengua, aplastó el hueso y los dientes del otro lado de la mandíbula, para dirigirse luego hacia arriba y hacia afuera a través del cráneo y acabar horadando la parte lateral del carruaje.
Pony vio cómo la cabeza de Markwart era violentamente impulsada hacia un lado, vio al monje saltar del asiento así como caer después hacia atrás, sin fuerzas. La sangre se esparció por el hábito y también por todo el carruaje, y salpicó a los monjes del cortejo que se precipitaron a su lado y la espalda del soldado que conducía el carruaje y que no se dio cuenta del desastre que había ocurrido detrás de él.
Se produjo una situación absolutamente caótica en torno a la señora Dasslerond y sus compañeros, pues el carruaje casi estaba frente a ellos cuando el proyectil alcanzó al padre abad. Los elfos trataron de averiguar qué había pasado, pero Dasslerond y Juraviel ya se lo habían imaginado.
—Una gema —dijo Juraviel con aire severo.
—Se diría que tu amiga es ambiciosa —respondió la señora Dasslerond en un tono no precisamente lisonjero.
Agitó la cabeza para expresar disgusto y volvió a fijarse en el caos que reinaba en el carruaje. Soldados y monjes cerraban filas en torno al abad y gritaban al cochero que corriera hacia Saint Precious.
Dasslerond se limitó a observar mientras sus exploradores se dispersaban con objeto de proporcionarle la información más completa y exacta posible. Sabía que la situación no había hecho más que complicarse. Juraviel también lo sabía, y esperaba que sus sospechas sobre el método y el origen del ataque resultaran equivocadas.
Pony se echó de espaldas y se deslizó por el tejado inclinado hasta situarse más abajo. O sea que era una asesina..., por lo menos si el despreciable anciano moría antes de que los monjes pudieran tratarlo con alguna piedra del alma.
—¡No! —exclamó en voz alta mientras rechazaba aquella idea; había visto el impacto y conocía el poder de la gema: Markwart había muerto en el preciso momento del golpe.
Una rara sensación de vacío la inundó; sólo sentía un hueco donde esperaba percibir el dulce sabor de la venganza. Aquel hombre, aquel ser peligroso y despreciable, había matado a sus padres y a su hermano; era un hombre malvado, cuyo poder le permitía continuar hiriendo a la gente, a mucha gente, y el mundo era un lugar mejor sin él. Pony sabía perfectamente todo eso, pero en aquel horrible momento tenía poca importancia.
Percibió la conmoción que se había producido detrás de ella, los llantos.
Pony la borró de su mente porque no podía afrontarla en aquel momento. Se sentía sucia, manchada. Descendió un poco más por el tejado y vomitó hasta que le dolieron los riñones.
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6
Mirando la muerte en el ojo del tigre
Lo vieron trepar por el cercano risco rocoso con expresión divertida, pero también con un cierto orgullo, pues Elbryan se movía con una gracia y una agilidad superior a la de los humanos, y eso era aún más destacable si se tenía en cuenta su corpulencia. Para los Touel'alfar, aquellos movimientos, tan naturales y tan parecidos a los de los animales, eran la prueba de su adiestramiento y de su vida salvaje. En su opinión, los logros del Pájaro de la Noche eran sus propios logros; pero según ellos, el guardabosque todavía no igualaba la agilidad de los elfos más torpes.
Lejos de allí, al otro lado de los restos rocosos del viejo lecho de un río y bajo la cubierta de un nutrido grupo de pinos, Bradwarden, Roger y los monjes se ocupaban en montar el campamento. Los dos elfos, sin ser vistos ni oídos, los habían estado observando desde que comenzaron, del mismo modo que también los habían estado vigilando todo el viaje; luego, habían seguido al Pájaro de la Noche de forma tan sigilosa que ni siquiera el guardabosque adiestrado por ellos se había dado cuenta.
El guardabosque alzó lentamente la mano por encima de él y deslizó los dedos sobre la roca en busca de una grieta. Cerró los ojos y se concentró en el sentido del tacto para conseguir que sus dedos pudieran «ver». Tan arriba que incluso tuvo que ponerse de puntillas, encontró una grieta de una profundidad que apenas le permitía meter las puntas de los dedos y de una anchura que sólo bastaba para una mano. El guardabosque alcanzó un estado de absoluta calma, lo que le permitió tensar los músculos de una mano. Se movió despacio hacia arriba, más y más, de forma casi imperceptible, concentrado al máximo y con toda su fuerza de voluntad dirigida hacia la mano.
Al fin, colocó el hombro por encima del codo. Alzó poco a poco la otra mano y la deslizó por la roca en pos de la siguiente hendidura. En esa ocasión encontró una grieta más profunda y se las apañó para introducir los dedos en ella; luego, desplazó un pie hacia afuera y colocó la punta en la grieta. El siguiente movimiento fue sencillo: la acción de los músculos del brazo y de la pierna le permitieron acercarse más y, después, subir en diagonal. El siguiente hueco se hallaba en una grieta más ancha, y desde allí, el guardabosque encontró, por encima de él, un asidero para ambas manos, un estrecho saliente, un lugar para descansar.
Elbryan se dio impulso y... poco le faltó para caerse a causa de la sorpresa, pues, esperándolo allí, con la pipa en la boca, se hallaba Ni'estiel, que hacía volar anillos de humo en el aire.
—Demasiado lento —le criticó el elfo.
El guardabosque se impulsó por encima del borde hasta conseguir sentarse y, a modo de bienvenida, respiró profundamente.
—Habría subido más aprisa si tuviera alas como tú —repuso secamente.
—Y aún más aprisa si no estuvieras lastrado por un cuerpo tan grande y poco manejable —dijo Ni'estiel—. ¿Y por qué has decidido realizar tan ardua escalada con el sol tan bajo por el cielo de poniente? El frío de la estación será implacable aquí arriba cuando el sol se haya puesto. ¿Qué tal se agarrarán tus rechonchos dedos humanos a un saliente de roca helado?
—Quería otear hacia adelante —le explicó el guardabosque—. Roger encontró alguna señal de trasgos, un pequeño colgadizo.
—Simplemente, lo podías haber preguntado —respondió Tiel'marawee, mientras aleteaba hacia arriba y se posaba junto a su compañero.
—¿Preguntado? No sabía si los Touel'alfar habían venido con nosotros en este viaje —admitió el guardabosque—; tampoco parecíais muy impacientes por ayudarme, fuera lo que fuera lo que me esperara.
Los elfos intercambiaron rápidas miradas. Ni'estiel sacudió la cabeza y, luego, ambos se volvieron para encararse con el guardabosque con expresiones no especialmente satisfechas.
—¿Qué os he hecho? —preguntó Elbryan con franqueza—. Sin duda, vuestra actitud hacia mí no ha sido la propia de un amigo y, con todo, no acierto a comprender qué es lo que ha cambiado tanto nuestra amistad.
—¿Amistad? —repitió con escepticismo Tiel'marawee—. Durante tus años en Andur'Blough Inninness, jamás hablé contigo, Pájaro de la Noche. ¿Por qué supones que somos, o éramos, amigos?
Aquellas palabras causaron un fuerte impacto en el guardabosque, que tuvo que admitir que no estaban faltas de razón.
—Pero soy amigo de los elfos —razonó—. ¿Acaso un amigo de la señora Dasslerond no es amigo de todos los Touel'alfar?
—Es una amistad de la que has abusado —dijo Ni'estiel de modo terminante.
—¿Qué he hecho? —replicó el guardabosque alzando la voz—. Cuando Belli'mar Juraviel se fue...
—Se lo contaste a ella —dijo Ni'estiel.
—¿Se lo conté? —repitió Elbryan, cogido por sorpresa, aunque tan pronto como reflexionó, comprendió lo que el elfo quería decir.
—La bi'nelle dasada era un don nuestro para ti —le explicó Tiel'marawee—; no debías habérselo ofrecido a nadie más.
—Juraviel y yo ya habíamos hablado de esto —trató de explicar el guardabosque.
—La palabra de Belli'mar Juraviel sobre esta cuestión dista mucho de ser definitiva —replicó con aspereza Ni'estiel—. La señora Dasslerond decidirá si debes ser castigado por tu insensata conducta. Pero comprende esto, Pájaro de la Noche: incluso en el caso de que la señora decidiera pasar por alto tu error, nosotros, miembros de los Touel'alfar, sabemos lo que hiciste y no nos parece bien.
—En absoluto —añadió Tiel'marawee.
—Pony tiene el mismo corazón y la misma alma que yo —contestó Elbryan—; incluso Belli'mar Juraviel quedó sorprendido al ver la armonía de nuestra danza. ¿Y yo, soy un n'Touel'alfar o formo parte de vuestro pueblo? Lo pregunto porque, indudablemente, todas las palabras como amistad y afinidad...
—¿Y cuántos años pasó Jilseponie en Andur'Blough Inninness? —le interrumpió con sarcasmo Ni'estiel— ¿Cuántas horas dedicó a provechosas conversaciones con un Touel'alfar, con objeto de adquirir la fuerza emocional necesaria para practicar con esa formidable arma que es la bi'nelle dasada?
—Nuestra danza... —empezó a decir el guardabosque.
—Es algo físico —le cortó en seco Ni'estiel—; pero la auténtica bi'nelle dasada trasciende el nivel físico para elevarse hasta el espiritual. Cualquier persona puede aprender los movimientos físicos, pero la bi'nelle dasada se convertiría en algo muy peligroso y terrible si sólo consistiera en eso.
—El guerrero es una fusión de corazón y cuerpo —agregó Tiel'marawee—. Lo que indica cuándo la hoja debe utilizarse, además de cómo se debe manejar, es el alma, que penetra en los movimientos del cuerpo y les aporta corazón y compasión.
—Y eso es lo que has violado, Pájaro de la Noche —prosiguió Ni'estiel—. Tú se la enseñaste a la mujer, y ella, ¿a quién se la va a enseñar? Y ese otro, a su vez, se la mostrará a otros. ¿En qué se convierte, entonces, nuestro don?
Elbryan sacudió la cabeza, pues sabía que Pony no era así, sabía que aquel secreto quedaría entre ellos dos. Conocía su corazón y, por encima de la capacidad de comprensión de sus detractores elfos, sabía que ni ella ni él jamás compartirían con nadie tan íntima experiencia. Pero el guardabosque no verbalizó esos pensamientos y comprendió los temores de sus amigos. A pesar de las diferencias en talla y fuerza —de hecho, en parte a causa de esas diferencias—, un elfo medio podía derrotar sin problemas a un soldado humano bien adiestrado en una pelea. Su punto fuerte era la bi'nelle dasada, un estilo de lucha que los bruscos movimientos de los pesados humanos no podían superar.
A pesar de su empatía, el guardabosque sentía que no había violado la confianza de los elfos, que Pony era una extensión de su mismísima alma y que era absolutamente tan digna de conocer la danza como él.
—La señora Dasslerond la visitará —razonó.
—La señora Dasslerond, Belli'mar Juraviel y muchos otros están ya en Palmaris —admitió Ni'estiel.
Por un instante, el guardabosque temió que Dasslerond y los demás pudieran causar algún daño a Pony para preservar su secreto, pero no tardó en desechar tan negro pensamiento. Los elfos podían ser peligrosos; su forma de contemplar el mundo y su idea del bien y del mal eran muy diferentes a las de los humanos. Pero no harían ningún daño a Pony.
—Os pido disculpas por mi trasgresión —dijo Elbryan—; mejor dicho, os pido disculpas por la molestia que mi decisión os ha causado. Pero os aseguro que una vez que la señora Dasslerond haya tenido la ocasión de conocer a Pony y una vez que haya sido testigo de la belleza con la que ejecuta la danza de la espada, una belleza tanto espiritual como corporal, lo comprenderá todo y se tranquilizará.
Por la expresión de los elfos, el guardabosque vio que sus palabras los habían dejado satisfechos; por lo menos, tan satisfechos como podían estarlo, de momento.
—La señora Dasslerond no ha ido a Palmaris para evaluar la habilidad de tu amada con la danza de la espada —dijo Ni'estiel, que miró a su compañera elfa como si buscara su aprobación.
El detalle no pasó desapercibido al guardabosque, que se quedó con la vista clavada en Ni'estiel para animarlo a proseguir.
—Ha ido a visitar a Jilseponie, la amante del Pájaro de la Noche, que no tardará en ser madre de un hijo del Pájaro de la Noche —comentó Ni'estiel.
—Pony y yo decidimos que no tendríamos hijos... —empezó a responder el guardabosque.
La brisa más leve podría haber levantado a Elbryan del saliente en aquel horroroso y maravilloso momento en el que le invadió la más confusa y asombrosa mezcolanza de sentimientos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, sin aliento, Elbryan.
—Belli'mar Juraviel lo sabía; nos lo dijo de camino hacia las tierras del sur, cuando se unió a nuestra banda, mientras seguíamos a Roger Descerrajador y a los cinco monjes —admitió Tiel'marawee—. Por consiguiente, la señora Dasslerond decidió ir al sur, con la mayoría de los de nuestra raza, en tanto que nosotros dos solos continuábamos hacia el norte.
Elbryan apenas pudo recobrar el aliento. Por un lado, todo tenía sentido y parecía explicar muchas cosas, como que los elfos no los avisaran ni los ayudaran durante el ataque trasgo; pero, por otro, no tenía el menor sentido. ¿Cómo podía saber Juraviel que Pony estaba embarazada? El elfo había estado con Elbryan desde que Pony se había ido a Palmaris.
Y entonces, la horrible verdad se abatió sobre Elbryan: Pony ya lo sabía antes de marcharse. Y se había marchado; se había ido a Palmaris por miedo a que, si seguía en el norte, el hijo que esperaba pudiera sufrir algún daño. ¡Y no se lo había dicho!
—La estás juzgando, guardabosque —observó Ni'estiel.
Elbryan le dirigió una vaga mirada.
—Y todavía no conoces la verdad —prosiguió Ni'estiel.
—¿Cómo se enteró Juraviel? —preguntó el guardabosque—. ¿Se lo dijo Pony? Y si fue así, ¿por qué no me lo dijo a mí?
—Sólo escuchas lo que tus temores te cuentan —añadió Tiel'marawee—; estás pensando lo peor y, con todo, ¿no deberías estar pletórico de alegría?
Elbryan levantó las manos con aire desvalido, pues no sabía qué pensar o sentir.
—Tengo que verla —dijo.
—Palabras típicas de un humano —comentó secamente Ni'estiel.
—Quizá, si tus suposiciones son correctas, has contestado la pregunta —añadió Tiel'marawee—. Abandónalo todo y corre a su lado, pero allí no servirás para nada práctico.
—¿Pones en duda que en este momento deba estar con Pony?
—Si la situación lo permitiera, por supuesto que deberías estar con ella —repuso severamente Ni'estiel—. Sin embargo, es una cuestión que tiene que ver con la alegría que te mereces, pero no con un objetivo práctico. El pragmatismo exige que termines tu tarea aquí y que después vayas a ver a tu amada.
—Ahora baja y ponte a dormir —le dijo Tiel'marawee—; inspeccionaremos el camino hacia adelante y hablaremos contigo por la mañana.
El guardabosque asintió con un movimiento de cabeza y, gradualmente, a medida que se desembarazaba de sus negros pensamientos y empezaba a considerar la realidad de la situación, se dibujó una amplia sonrisa en su bello rostro. Sin duda, quería que Pony tuviera aquel hijo, incluso cien hijos; sin duda, era un ser bendito, el resultado de una unión verdaderamente amorosa.
—La parte inferior del sol toca el horizonte —le avisó Ni'estiel.
La sonrisa de Elbryan se desvaneció cuando miró hacia abajo, hacia aquella impresionante pared.
—Una larga escalada —dijo con un gruñido y mientras extendía los fatigados músculos.
—¿No decías que eras un n'Touel'alfar? —le recriminó Tiel'marawee en tono festivo para bromear—. Pues mueve las alas, entonces, elfo.
El guardabosque, refunfuñando, inició el descenso.
Ni'estiel y Tiel'marawee, fieles a su palabra, partieron hacia el norte inmediatamente. Encontraron el colgadizo que Roger había descubierto y más allá otras señales de la presencia de trasgos, incluido un campamento abandonado no hacía mucho. Ni se sorprendieron ni se alarmaron particularmente, ya que se habían adentrado bastante en las Tierras Agrestes y, en definitiva, en un territorio infestado de trasgos. No hallar ni rastro de monstruos hubiera sido más sorprendente, y descubrir algún indicio de la presencia de powris, un enemigo mucho más astuto, hubiera sido más alarmante todavía. Los dos elfos estaban convencidos de que ése no era el caso, pues los powris construían habitáculos distintos y más sólidos que los trasgos, incluso para campamentos provisionales.
—Sólo trasgos —dijo Ni'estiel a Tiel'marawee.
Mientras, Sheila empezaba a subir por el horizonte oriental e iluminaba el campamento lo suficiente como para que Ni'estiel pudiera advertir una construcción considerablemente desvencijada. Lo único que tenían que hacer era encontrar aquellas criaturas, en cierto modo, lerdas, y explicar al Pájaro de la Noche y a sus amigos el modo de evitarlas.
Otro par de ojos también estaban contemplando aquella construcción. Los ojos de un felino que exploraba la oscuridad del bosque con tanta precisión como lo haría un hombre a plena luz del día. Su vista aguda percibió a los elfos, su fino oído escuchó sus palabras y su nariz sensible olfateó la sangre del interior de sus diminutos y tiernos cuerpos.
El tigre De'Unnero se acercó cautelosamente. No era un gran conocedor de los Touel'alfar, pero estaba seguro de que aquellas dos criaturas lo eran y, por lo que había escuchado a escondidas, también supo que eran amigos del Pájaro de la Noche. Y De'Unnero conocía las leyendas de los elfos, que los presentaban, sobre todo, como enemigos poderosos y astutos.
Decidió que era mejor tratar con ellos de forma eficaz, que era mejor eliminar el anillo protector de su presa principal.
El tigre dio una zancada con paso silencioso, aterciopelado.
Tanto Ni'estiel como Tiel'marawee se quedaron helados. Los elfos, aclimatados al entorno, percibieron su presencia: el repentino silencio que precede al ataque de un depredador.
Desenvainaron las esbeltas espadas, De'Unnero atacó: de un gran salto, se echó encima de Ni'estiel.
La espada élfica acuchilló repetidas veces en músculos y carne, pero también entraron en acción las imponentes zarpas, que produjeron profundos desgarrones y cortaron los tendones que gobernaban el arma.
Tiel'marawee acudió al instante, blandiendo la espada, y De'Unnero tuvo que dar un salto hacia atrás. Pero ya eran uno contra uno, pues Ni'estiel no podía hacer más que revolcarse de dolor y gritar a Tiel'marawee que huyera.
—Sí, intentadlo —dijo el tigre, y ambos elfos se detuvieron en seco, con los ojos desmesuradamente abiertos por la conmoción.
El tigre empezó a transformarse: primero, la cabeza, y luego, el torso; pero las extremidades, excepto una, siguieron siendo las de un felino.
—¡Qué clase de demonio es éste! —exclamó Tiel'marawee, y pasó al ataque con la idea de pillar a la criatura a media transformación y propinarle un golpe mortal.
Demasiado rápido para tan obvio movimiento, De'Unnero movió transversalmente el brazo que aún era felino para interceptar el arma y encajó el dolor del fuerte golpe. Entonces, disparó su brazo humano, pero erró el poderoso y devastador ataque contra la cara de Tiel'marawee, pues la elfa lo esquivó con un giro.
—Realmente, magnífico —dijo la entonces humana cara del monje—. Es lo menos que cabía esperar de las leyendas de los Touel'alfar.
—¿Quién eres? —le preguntó Tiel'marawee, en un tono de voz que indicaba que ya había recuperado el control—. ¿Qué demonio Dáctilo ha surgido esta vez para llenar el mundo de dolor?
—¿Demonio? —repitió el obispo con una risita—. ¡Vaya, mi querida y tierna pequeña elfa, qué lejos estás de la verdad! ¿No reconoces a Marcalo De'Unnero, el obispo de Palmaris?
Tiel'marawee se quedó perpleja. Parecía imposible, incluso ridículo y, con todo, se dio cuenta de que se lo había creído.
—¿De modo que vuestra Iglesia considera enemigos a los Touel'alfar? —preguntó de forma terminante.
Tiel'marawee trataba de conservar la calma, aunque su serenidad se debilitó al ver a Ni'estiel tumbado e inmóvil, evidentemente a punto de expirar.
—Considero enemigo de la Iglesia a cualquiera que mantenga relaciones amistosas con el proscrito Pájaro de la Noche —gruñó De'Unnero.
Esas palabras sobrecogieron una vez más a Tiel'marawee.
—De modo que condenas y ejecutas sin realizar ningún proceso judicial —replicó.
—Es una prerrogativa mía —le contestó el obispo, y sus poderosas zarpas de tigre surcaron el aire hacia adelante.
La elfa estaba preparada y saltó hacia arriba al mismo tiempo que batía las alas para situarse sobre el obispo. Luego, se dirigió hacia abajo, como un ave de presa, con la espada dispuesta para apuñalar como una garra.
De'Unnero se apoyó con fuerza en el suelo y se echó a rodar, mientras movía el brazo con frenesí para interceptar la hoja. ¡Aquellos elfos hacían honor a su leyenda! Golpeó la espada y trató de agarrarla, pero Tiel'marawee ya se había desplazado a un lado para posarse a unos cuatro metros de distancia y volvía a la carga perfectamente equilibrada y dispuesta a hacer frente a cualquier ataque.
—Bien hecho —la felicitó el obispo mientras se enderezaba como un hombre y sus extremidades volvían a adquirir aspecto humano; abandonó toda la magia de la gema y apareció ante Tiel'marawee con apariencia totalmente humana.
—Te equivocas, obispo de Palmaris —le dijo Tiel'marawee—. ¿Te propones iniciar una guerra con los Touel'alfar? Somos un enemigo que escapa a tu comprensión; no lo dudes.
—Mira cómo tiemblo, buena elfa —repuso De'Unnero—. Y en verdad te digo que podría hacer caso de tus palabras y tratar de llegar a un pacto, salvo...
El monje hizo una pausa y soltó una sonora carcajada.
—Salvo que estoy intrigado por vuestra maestría con la espada, y por vuestros movimientos tan ágiles y equilibrados —acabó diciendo—. Y debo aprender ese estilo.
Dicho esto, se agachó en posición de lucha, con las piernas separadas y en equilibrio, y los brazos cruzados y en movimiento para protegerse. El monje ya tenía muchas heridas —la sangre le brillaba a la luz de la luna sobre la piel—, pero, aunque se trataba tan sólo de un enemigo humano, Tiel'marawee comprendió que tenía que ser cautelosa. Aquel hombre resultaba rápido, sabía conservar el equilibrio y era demasiado fuerte. Lo esperaría, lo cansaría, dejaría que la sangre le continuara manando de las heridas que Ni'estiel y ella le habían infligido.
No obstante, un jadeo de Ni'estiel le recordó que no tenía tiempo para eso y, por tanto, se lanzó a la carga con súbita furia apuñalando con la espada por delante.
Tiel'marawee calculó mal.
El estilo de lucha élfico se caracterizaba por ataques hacia adelante, repentinas cargas que desplazaban la punta de la esbelta espada de los elfos varios palmos en un abrir y cerrar de ojos. Pero el estilo de De'Unnero, deudor de los armónicos movimientos de los hermanos de la orden abellicana, se basaba también en avances directos, por lo que el monje cruzó los antebrazos ante él y los alzó de forma suave y perfectamente sincronizada para levantar muy arriba la espada de Tiel'marawee, recibiendo a cambio insignificantes heridas.
Aquello la dejó desprotegida frente a su enemigo. Era consciente de ello y, a la velocidad del rayo, trató de hurtar el cuerpo.
La palma abierta de De'Unnero se estrelló contra la mejilla de la elfa y, durante un instante, la dejó aturdida y le quitó la energía, de forma tal que se le cayó la espada de las manos.
—¡Huye! —gritó Ni'estiel con la boca llena de sangre.
Aquella palabra entró en la cabeza de Tiel'marawee y se grabó en ella: piernas y alas se pusieron en marcha rápidamente para huir. Le repugnaba la idea de abandonar a su compañero, pero comprendió, como siempre hacían los elfos, cuál era su deber con la causa más importante de los Touel'alfar, un deber que entonces exigía su supervivencia para testificar, para hablar del obispo y de su Iglesia a la señora Dasslerond.
De'Unnero quedó asombrado ante la velocidad de la elfa, que se elevó en el aire y habría conseguido escapar limpiamente de no ser porque el obispo invocó de nuevo los poderes de la gema, saltó hacia ella con la fuerza de las patas de un tigre y la agarró con un brazo que disponía de nuevo de la garra y de las uñas de un gran felino.
La alcanzó en el costado, justo debajo de un ala, y sólo la buena fortuna hizo que aquellas uñas no le desgarraran el ala por la mitad y provocaran que Tiel'marawee rodara por el suelo. Tiel'marawee gritó de dolor, pero siguió volando hacia arriba, consciente de que si era arrastrada hacia abajo moriría. Se le desprendió por completo una tira de piel de considerable longitud, desde la cadera hasta la rodilla; pero de esa forma se encontró libre para volar, más y más arriba, hasta alcanzar la rama de un árbol. No obstante, siguió aleteando sin vacilar, obligándose a sí misma a concentrarse en una sola misión: conseguir llegar viva hasta el Pájaro de la Noche.
De'Unnero se sumergió más profundamente en la piedra. Tenía la convicción de que, convertido en tigre, sería capaz de seguirla, atraparla y devorarla.
La elfa aleteaba a través de los árboles. El felino corría a ras de suelo y saltaba siempre que ella descendía para esquivar una rama baja o con objeto de encontrar un sitio para apoyar el pie. Tiel'marawee intentó otra táctica: se posó en una rama alta, preparó el arco y descargó una lluvia de pequeñas flechas sobre el tigre. Consiguió dar en el blanco en todas las ocasiones, incluso cuando el tigre se alejó, pero, aunque había disparado más de medio carcaj, se daba cuenta de que, en realidad, apenas le había hecho daño a aquella criatura, que sus heridas parecían curarse casi tan aprisa como ella se las infligía.
Eso no era ningún misterio para Tiel'marawee, pues conocía el poder de las gemas y comprendió que aquel hombre había usado alguna para transformarse en tigre y que utilizaba otra para curarse.
El único efecto que sus disparos habían conseguido había sido mantener al felino alejado a una cierta distancia. Disparó una flecha contra unos arbustos por entre los que el tigre se había esfumado y, entonces, se alejó a toda prisa, esperando que el felino seguiría escondido el tiempo suficiente para que ella pudiera apartarse más y más de aquel lugar.
Tiel'marawee advirtió que necesitaba hacerlo, pues su pierna desgarrada se le había entumecido y la sangre le manaba a borbotones. Sentía frío en los extremos de su pequeño cuerpo y su visión periférica sólo le permitía vislumbrar sombras mientras la muerte se le iba acercando.
La elfa tropezó y se vino abajo, pero trató de remontar moviendo las alas furiosamente; sin embargo, acabó en el suelo, maltrecha. Trató de recuperarse lo suficiente como para dirigirse hacia un árbol y trepar por él, pero comprendió que todo había terminado cuando vio que el tigre se le acercaba con paso firme. Aunque se las apañara para levantarse y saltar hacia arriba, el felino con un brinco la atraparía a medio vuelo. Estaba acabada; la invadió una gran tristeza por los siglos que no vería y sobre todo por no haber sido capaz de avisar a su señora, ya que la tragedia que se avecinaba podía aplastar el frágil mundo de los Touel'alfar.
El felino atacó, y Tiel'marawee cerró sus dorados ojos.
Oyó un último gruñido y, luego, desde un lado, le llegó un estruendo, poderoso y atronador. Abrió los ojos y vio cómo el tigre retrocedía. Patas potentes, patas equinas, hollaban el suelo junto a ella; Sinfonía relinchó con fuerza, como si la invitara a montar. Cuando vio que ella no tenía la energía necesaria para hacerlo, el caballo se agachó.
El tigre saltó hacia adelante, y otro tanto hizo Sinfonía, que se llevó un terrible golpe en el flanco. La persecución empezó. Tiel'marawee se agarraba con todas sus fuerzas, mientras Sinfonía atronaba por entre los árboles, recortando al máximo los virajes.
De'Unnero emprendió una implacable persecución, pero sólo durante una corta distancia, pues el felino no podía igualar el ritmo del enorme semental; así que el obispo probó una táctica diferente. Abandonó su forma de tigre, envió sus pensamientos al semental a través de la hematites y encontró una buena conexión mediante la turquesa incrustada en el pecho de Sinfonía.
Creyó que ya los tenía a los dos —¡y vaya comilona pensaba pegarse!—, pero Sinfonía no era un caballo normal, sino que poseía una inteligencia muy superior a la de los demás equinos. Lo único que De'Unnero obtuvo como respuesta a su llamada fue un muro de cólera.
Frustrado, el obispo cambió de dirección y se apresuró hacia Ni'estiel; confiaba en que la elfa sería tan tonta como para hacer que el semental diera la vuelta con objeto de tratar de rescatar a su compañero.
Tiel'marawee conocía sus obligaciones y, además, ni siquiera controlaba el caballo. Sinfonía actuaba según su propia voluntad.
Al ver a Ni'estiel, todavía vivo pero delirando de dolor y debilidad, el obispo sonrió con perversidad. Volvió a tomar su apariencia de tigre, olió la sangre y se lanzó sobre el semiinconsciente elfo, al que le propinó frenéticos desgarrones y mordiscos.
Cierto tiempo después, Bradwarden encontró al semental, sudado y exhausto, pero avanzando con decisión hacia el campamento. Tiel'marawee, inconsciente, yacía transversalmente sobre el lomo de Sinfonía. El caballo se esforzaba para que la elfa no se cayera.
—¡Por el dios Dinoniel! —murmuró el centauro al ver el terrible desgarrón.
Inmediatamente, cogió el mágico brazal rojo de su brazo —el brazal curativo de los elfos, que le había mantenido con vida durante semanas cuando se encontró atrapado debajo de los escombros de la montaña de Aida— y lo ató estrechamente alrededor del brazo de Tiel'marawee, aunque no tenía ni idea de si la magia funcionaría con heridas producidas antes de que el brazal se hubiera colocado en la víctima.
Se sintió aliviado al comprobar cómo la hemorragia menguaba un tanto, pero abrigaba serias dudas de que hubiera algún modo de llegar a tiempo de salvar a la pobre criatura. La levantó del lomo de Sinfonía, se la cargó en sus poderosos brazos y se dirigió hacia el campamento con el semental a su lado.
Elbryan, al verla, sintió una mezcla de dolor y asombro. ¿Qué ser podía haber hecho aquello a un Touel'alfar? Y algo aún más preocupante: ¿dónde estaba Ni'estiel?
—No ha dicho nada desde que la encontré a ella y a tu caballo —le explicó Bradwarden—. Tengo la impresión de que Sinfonía la ayudó a escapar de algún enemigo.
El guardabosque miró el caballo, consiguió conectarse a través de la turquesa mágica incrustada en su pecho y asintió con la cabeza. Y entonces, sus temores aumentaron al percibir que Sinfonía le transmitía la imagen de un gran y poderoso felino, un animal que encajaba a la perfección con la descripción que Roger había hecho del felino que había asesinado al barón Bildeborough.
—¡Oh, si por lo menos hubiera robado una piedra del alma de la abadía! —se lamentó el hermano Viscenti cuando él y sus compañeros se les acercaron.
También Elbryan —y no era la primera vez— se arrepintió de no haber aceptado la piedra del alma que Pony le había ofrecido cuando emprendió viaje hacia el sur.
—¿Vivirá? —preguntó Roger.
El hermano Braumin, buen conocedor de técnicas curativas incluso sin ayuda de gemas, atendía a la elfa para aliviar su dolor. Como desconocía la naturaleza del brazal, se dispuso a quitárselo, pero Bradwarden y Elbryan se apresuraron a explicarle que no debía hacerlo.
—Está un poco mejor —opinó Bradwarden, esperanzado.
—Pero las heridas han sido causadas por la zarpa de un felino —explicó Elbryan—; son heridas difíciles.
—¿Un felino? —preguntó Roger, con los ojos desorbitados.
Elbryan lo miró con expresión grave y asintió con un movimiento de cabeza.
—Un gran felino anaranjado con rayas negras —le explicó el guardabosque.
Las rodillas de Roger cedieron y se hubiera desplomado de no haber sido por la ayuda del hermano Castinagis, que estaba a su lado.
—Como el que mató al barón Bildeborough —confirmó el guardabosque.
—Obispo —musitó una voz débil. Era Tiel'marawee, que trataba de explicarse—. Obispo... Tigre.
Elbryan se inclinó hacia la elfa.
—¿Obispo? —le preguntó, pero los ojos de Tiel'marawee se habían vuelto a cerrar y se había quedado inmóvil.
—De'Unnero —explicó el hermano Braumin—, el obispo de Palmaris. Es famosa su afición al uso de la zarpa de tigre, una potente gema que puede transformar un brazo en la poderosa zarpa de un gran felino.
—Más que un brazo —insistió Roger.
—¿Está aquí? —preguntó el guardabosque con incredulidad, mientras echaba una mirada escrutadora al bosque, como si esperara que el tigre estuviera a punto de saltarles encima.
—Y están muy claros los motivos que lo han impulsado a venir —observó Bradwarden.
—Nos persigue —dedujo Braumin—. Os hemos puesto en peligro al pediros ayuda.
El guardabosque sacudió la cabeza.
—Creo que yo soy su objetivo, antes que tú y tus amigos —afirmó.
—Y Pony aún más que tú —añadió Bradwarden.
Esa posibilidad intranquilizó particularmente a Elbryan. Si De'Unnero había ido hasta allí a buscarlo, ¿quería eso decir que el obispo había encontrado a Pony en Palmaris y, tal vez, la había torturado para que revelara su paradero?
—Tengo que encontrarlo —dijo Elbryan súbitamente mientras seguía con la vista fija en el bosque y su temor por Pony y por el hijo que esperaba iba en aumento.
—Creo que será él quien no tardará en encontrarte —dijo secamente Bradwarden.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el hermano Braumin.
—Seguir nuestro camino —contestó Bradwarden antes de que el guardabosque pudiera adelantarse.
El centauro era lo suficientemente sensato como para comprender que Elbryan estaba pensando en su amada y, muy probablemente, en regresar a Palmaris, y eso, a criterio de Bradwarden, sería un tremendo error.
—Precisamente esta noche me has contado que los elfos están con ella en Palmaris —le dijo al guardabosque para tranquilizarlo—. Sin duda, están allí para protegerla tan bien como podrías hacerlo tú mismo.
El guardabosque no estaba seguro de eso, no estaba seguro de que los elfos, dada su evidente animadversión hacia Pony a causa de su aprendizaje de la bi'nelle dasada, estuvieran dispuestos a protegerla. No obstante, desechó tal idea y se recordó a sí mismo que los Touel'alfar, por muy distinto que fuera su punto de vista, no eran enemigos, sino aliados.
—¿O estás tan obcecado en ti mismo que te crees mejor que la señora Dasslerond, y que Belli'mar Juraviel, y que todos los demás elfos juntos? —insistió Bradwarden, y aquella ridícula idea hizo recordar a Elbryan el verdadero poder de los Touel'alfar.
—Vamos a continuar —asintió el guardabosque—, pero haremos exploraciones más exhaustivas.
—¿Y qué vamos a hacer con la pequeña? —preguntó Bradwarden mientras miraba a la pobre Tiel'marawee—. No creo que ahora mismo esté en condiciones de viajar.
—Ni siquiera estoy seguro de que viva hasta mañana —admitió Braumin.
—La esperaremos —dijo el leal guardabosque sin vacilar.
—Pase lo que pase —comentó con calma el hermano Castinagis.
—Voy a montar a Sinfonía para tratar de encontrar a Ni'estiel —añadió el guardabosque, que hizo caso omiso del duro comentario, aunque sabía que había sido pronunciado sin malicia alguna.
—No irás solo —repuso el centauro.
—Puedo ir más rápidamente, a caballo, si voy solo.
—Y yo puedo seguir tu ritmo —insistió el centauro.
Elbryan miró en torno, a sus amigos. No le gustaba la idea de irse con Bradwarden y dejar desprotegidos a los demás, aunque fueran seis.
—Llévate al centauro contigo —le insistió el hermano Castinagis—. Ir solo contra De'Unnero sería una temeridad.
—El obispo es un enemigo muy poderoso —agregó el hermano Mullahy.
El guardabosque no necesitaba confirmación alguna. Cualquier enemigo capaz de derrotar a dos Touel'alfar, obviamente, tenía que ser muy poderoso.
—Me preocupan más los que se quedan —dijo con rotundidad.
—Somos seis —le contestó Roger.
—Y cinco de nosotros hemos sido adiestrados en artes marciales en Saint Mere Abelle —insistió el hermano Castinagis en tono confiado.
El guardabosque hizo una seña a Bradwarden, y luego se fue a ensillar a Sinfonía. Sin embargo, una mirada al caballo, cubierto de espuma por el sudor y con severos cortes en el costado, le hizo ver que sería mejor llevarlo al paso un rato, por lo que echó la manta y la silla sobre el centauro, cogió a Sinfonía por las riendas y lo condujo al bosque. Bradwarden iba a su lado.
Al cabo de dos horas, encontraron los restos destrozados de Ni'estiel. El tigre había desaparecido.
—¡Pagarás por lo que has hecho! —exclamó el centauro.
Elbryan observó con fijeza el cuerpo descuartizado, miró hacia el bosque y asintió con la cabeza.
A la mañana siguiente, Tiel'marawee no estaba en condiciones de viajar, aunque, en cierto modo, parecía sentirse más fuerte, e incluso se las apañó para abrir los ojos y contar algo más sobre lo ocurrido. Confirmó que la criatura que había atacado a los elfos se había mostrado unas veces con aspecto humano, otras con aspecto de tigre y aun otras con aspecto intermedio. También consiguió confirmarles que el obispo perseguía al Pájaro de la Noche y que estaba más que contento de haber matado a alguien que se proclamaba amigo del guardabosque. Luego, Tiel'marawee cerró sus delicados ojos dorados una vez más y se quedó inmóvil, con aspecto muy frágil, como si estuviera a las puertas de la muerte.
Obstinado, el guardabosque decidió practicar la bi'nelle dasada y, para ello, se despojó de sus ropas y encontró un claro al borde de un pequeño lago. Se entregó a la danza de la espada con furor. La utilizó para confirmar su devoción a los elfos y su decisión de vengar el ultraje y, también, como un desafío a De'Unnero. Esperaba que el obispo lo encontrase y lo atacase, bajo el aspecto que fuera, para acabar con él allí y en aquel momento.
Y de hecho, no muy lejos de allí, De'Unnero espiaba los poderosos y, a pesar de ello, ágiles movimientos del guardabosque, y mientras se le acercaba trataba de decidir si era mejor atacar como hombre o como tigre. Eligió el aspecto humano, pues quería demostrar que era el mejor luchador sin necesidad de recurrir a magias; quería consolidar su propio lugar en el mundo.
Pero, entonces, De'Unnero descubrió que el poderoso centauro también estaba contemplando al guardabosque y, a pesar de su confianza en sí mismo, no quiso enfrentarse a los dos a la vez. Decidió esperar una ocasión más propicia y se internó de nuevo en la espesura del bosque, aunque se quedó lo bastante cerca como para ver con todo detalle el espectáculo de la danza. Shamus Kilronney estaba en camino, y sus soldados se encargarían de los amigos del guardabosque.
Entonces, De'Unnero podría medir sus fuerzas con el Pájaro de la Noche.
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7
Consecuencias

—¡Fuera de la calle! —le gritó el soldado a un sorprendido Belster O'Comely, que había salido de El Camino de la Amistad a vaciar un cubo de basura.
El soldado se le acercó empuñando un arma, pero el posadero se fue hacia la puerta y cruzó el umbral con las manos alzadas en actitud defensiva, sin molestarse en recoger el cubo.
—¡Y no vuelvas a salir! —oyó Belster que le gritaba aquel hombre mientras se acercaba a la puerta.
Con un gran suspiro, el posadero regresó a la sala común, donde Dainsey y Mallory estaban sentados tranquilamente tomándose una copa. Aquella misma mañana, previendo más trabajo debido a los clientes que iban a acudir para chismorrear sobre el recibimiento al padre abad y sobre la inminente llegada del rey, Belster había solicitado formalmente los servicios de Mallory y de Prim O'Bryen.
¡Qué irónico parecía entonces todo aquello! El Camino de la Amistad estaba vacío, salvo tres tipos que habían alquilado habitación el día antes, ninguno de los clientes habituales, siempre ávidos de chismes, había sido capaz de acudir por ganas que tuviera.
—¿Adónde ha ido la chica? —preguntó Belster, y Dainsey señaló hacia la puerta de los aposentos privados.
Encontró a Pony en su habitación, sentada en silencio y a oscuras, mirando con fijeza por la única ventana. De vez en cuando, llegaba el ladrido de un soldado o de un monje que instaba a la gente a abandonar la calle. Después del atentado contra el padre abad, Saint Precious había poco menos que paralizado la ciudad.
—Pero ¿qué has hecho, muchacha? —exclamó Belster, y se abalanzó sobre Pony— ¡Has sido tú, no me mientas! El último hombre que vino al Camino me contó que una gema había alcanzado al padre abad y que todos los monjes estaban asombrados de que el impacto, disparado desde tan lejos, hubiera sido tan fuerte. Se dice que habían dispuesto guardias para impedir esa clase de atentados; así que tanto ellos como yo sabemos que el asesino es una persona con un gran dominio mágico de las piedras. Sólo conozco una persona que pueda haberlo hecho.
—Avelyn Desbris le podía haber arrancado la cabeza de los hombros —afirmó Pony, flemática, sin dejar de contemplar lo que sucedía tras la ventana.
El cruel comentario provocó en Belster una súbita cólera. La agarró por los hombros y le dio la vuelta para obligarla a encararse con él.
—Y Avelyn está muerto —replicó—. Ambos lo sabemos, y también sabemos quién tiene sus gemas; una de ellas era una piedra imán, ¿no es así? Y fue una piedra imán la que hirió al padre abad. O sea que ¿dónde está tu piedra imán, muchacha?
Los grandes ojos azules de Pony se empequeñecieron y se clavaron en él con una mirada tan dura y decidida que Belster retrocedió medio paso.
—Fue Pony la que atacó al padre abad —dijo Belster con calma.
—No me disculparía más por matar al padre abad que por haber contribuido a la derrota de Bestesbulzibar —dijo con firmeza, sin comprender la ironía de semejante frase.
—¡Oh!, ¿qué has hecho? —se lamentó Belster mientras levantaba las manos, se daba la vuelta y empezaba a caminar de un lado para otro nerviosamente—. ¿Crees que les has hecho un favor a tus amigos, o a ti misma? ¡Mira ahí afuera, chica! ¿Ves a alguien paseando por las calles, a alguien que venga a El Camino de la Amistad esta noche?
—No tardarán demasiado en disminuir la presión —insistió Pony—. Están asustados y, por consiguiente, soldados y monjes barren las calles para impedir cualquier sublevación; pero eso también pasará.
—¿Y que les ocurrirá a tus amigos behreneses? —preguntó Belster— ¿También se acabarán pronto las medidas que la Iglesia tomará, a causa de tu conducta, contra los de piel negra? ¿Los que sobrevivan a la inminente carnicería olvidarán pronto a los que hayan sido ejecutados?
—¿Los behreneses?
—¿Es que dudas que muchos les echarán las culpas del ataque? —preguntó Belster con incredulidad.
Pony se burló de aquella idea absurda.
—Jamás he oído decir que los behreneses manejen piedras mágicas —razonó la mujer—. Su religión ni siquiera las considera un don de Dios, sino que sostiene que las gemas son una tentación de Ouwillar, que para ellos es la encarnación del demonio Dáctilo. Los sacerdotes yatoles ven las piedras como un medio para ahorrarse trabajo duro y honrado, y como un peligro porque otorgan poder a gente que ellos consideran indigna del mismo. Pensar que un behrenés realizó el ataque con gemas contra el padre abad es puro...
—Oportunismo —la interrumpió Belster—. Bueno, así que te divertiste. ¿Te encuentras mejor?
Pony, frustrada, sacudió la cabeza. ¿Cómo era posible que no la entendiera? ¿Encontrarse mejor? ¡Difícilmente! Se había limitado a hacer lo que había que hacer, a hacer lo que le exigían la esperanza de un futuro mejor para el reino y su lealtad a los Chilichunk y a Connor.
—Nos has colocado a todos en un bonito aprieto, ¿no es cierto? —prosiguió, sarcástico, Belster—. Es posible que nombren nuevo padre abad al perro de De'Unnero y, entonces, todo el reino sufrirá el dolor que ya ha causado en Palmaris.
Pony continuó negando con un gesto de cabeza.
—Markwart era la fuerza que impulsaba la Iglesia abellicana —dijo—. Fue él quien consiguió el control de Palmaris para su orden y sin él...
—Fue quien mató a tus padres —dijo con franqueza Belster—, y eso es lo único que entiendes y lo único que tienes en cuenta. Tal vez Markwart merecía lo que le hiciste, pero no has pensado ni por un momento en el daño que nos hacías a todos los demás. ¡Ni un solo momento, te digo! Ahora viviremos en el infierno al que Pony nos ha mandado.
Pony desvió la vista de la ventana y poco faltó para que se cayera de la silla ante el repentino estruendo producido por el portazo de Belster. «Belster se equivoca», se dijo repetidamente la chica. Quizá vivirían días difíciles durante un tiempo, pero aquello se acabaría; según sus cálculos, probablemente la ciudad pasaría entonces a control del Estado, y la gente podría llevar una existencia más tranquila y pacífica.
Tenía que creerlo, ya que su conducta no le había proporcionado ningún otro consuelo. Quizás había saturado su sed de venganza, pero de poco —de nada en absoluto— había servido para llenar el vacío que habían dejado en su corazón las muertes de Graevis, Pettibwa y Grady. Y Connor. A lo sumo, esperaba que una vez realizada su venganza, podría soportar y dominar el dolor por esas pérdidas.
—Fue una mujer —informó Tallareyish Issinshine a Belli'mar Juraviel y a la señora Dasslerond la noche del atentado contra el padre abad.
—Disparó desde un tejado situado a considerable distancia.
—Parece que no has exagerado en cuanto a su poder con las gemas —le dijo la señora Dasslerond a Juraviel, aunque su tono de voz evidenciaba dolorosamente que en aquel momento no estaba ni impresionada ni satisfecha con Jilseponie Wyndon.
—Jilseponie ha sufrido muchísimo por culpa del padre abad Markwart —trató de explicar Juraviel, pero él también oyó el tono sepulcral de sus propias palabras.
Por su situación, por estar embarazada del hijo del Pájaro de la Noche y por el hecho de conocer la bi'nelle dasada, Pony debería haberse comportado de una forma más sensata; tenía la obligación de contemplar la situación con mayor perspectiva, para considerar lo que más convenía al mundo, y no actuar para satisfacer una venganza personal.
—Ha actuado precipitadamente —dijo Dasslerond con su típica franqueza— y sin tener en cuenta que han ocurrido importantes acontecimientos.
—Acontecimientos que no podía conocer, ya que no hemos establecido contacto con ella —puntualizó Juraviel.
—Acontecimientos entre los que hay que considerar el hecho de su embarazo —se apresuró a contestar con aspereza Dasslerond—. Eso habría tenido que bastar para detener su mano.
Juraviel quiso responder que Pony obviamente había creído que podía cometer el atentado y escapar sin más pérdida que la piedra. Pero se mordió la lengua, pues sus excusas eran una defensa, y eso demostraba precisamente que la conducta de Pony necesitaba ser defendida. En realidad, también Belli'mar Juraviel estaba lejos de sentirse satisfecho de la chica y consideraba que su última acción era uno más de una serie de errores que había empezado a cometer desde el momento en que abandonó al Pájaro de la Noche y, lo que era peor, sin hablarle del hijo que esperaba. Al fin y al cabo, Juraviel también era un Touel'alfar y, a pesar de su frecuente contacto con los hombres, no podía contemplar el mundo con ojos humanos.
—Ahora la Iglesia abellicana ejercerá un control casi absoluto sobre la ciudad —prosiguió la señora Dasslerond—; controlarán hasta el menor movimiento del rey Danube con el pretexto de la seguridad. Tu amiga nos ha perjudicado mucho. ¿Cómo voy a concertar una entrevista con el rey Danube Brock Ursal? Y sin duda, no podemos mostrarnos a los ojos de la Iglesia. La decisión de esa mujer fue una insensatez, Belli'mar Juraviel, fue la decisión de una humana, de una n'Touel'alfar, pues ésa es la naturaleza de Jilseponie.
En el frustrado suspiro de la señora Juraviel percibió con claridad el adicional disgusto por el hecho de que esa misma mujer conociera el secreto de la bi'nelle dasada. Pony necesitaría una larga serie de decisiones acertadas para recuperar el terreno perdido a los ojos de Dasslerond, y lo que la señora sentía por Pony acabaría por determinar cuánta paciencia estaba dispuesta a tener con el Pájaro de la Noche.
Pero Juraviel no podía hacer nada al respecto; no, de momento. Pony era un peón en el complejo juego que se desarrollaba en Corona, y los peones, a menudo, se sacrificaban.
Los tres clientes que se hospedaban en El Camino de la Amistad se unieron a Belster y a sus cuatro ayudantes —pues Pony había aparecido desde la habitación de atrás, y Prim O'Bryen se las había apañado para llegar a la posada—; pero aparte de ellos, sólo dos valientes clientes no se amilanaron con las patrullas y fueron al local. Los diez levantaron la vista, asustados y preocupados, cuando se abrió de golpe la puerta de la sala común y una hueste de soldados penetró en el interior.
Una mano de Pony se fue hacia la bolsa de gemas, mientras que la otra se movió para acercarse a Defensora, que se hallaba en un estante detrás de la barra. No obstante, se tranquilizó, al igual que Belster y Dainsey, cuando se dio cuenta de la mujer que estaba al frente de los soldados: Colleen Kilronney.
—Maese O'Comely —dijo la recién llegada, mientras dirigía a sus doce compañeros, algunos guardias de la ciudad y otros soldados del rey, hacia un par de mesas vecinas—, jarras de cerveza para todos mis amigos.
—A tus órdenes, buen soldado —respondió el posadero, mientras corría hacia la barra. Belster se apresuró a llenar una jarra tras otra y, luego, pasó las bandejas a Dainsey y Mallory.
Mientras Belster preparaba las bebidas, Colleen iba de un lado a otro diciendo a sus compañeros que ella se encargaría de que el posadero cobrara lo debido, aunque más de un soldado de los Hombres del Rey gritaba que no tenían por qué pagar, ya que al posadero debería bastarle la emoción de servir a los soldados de la corona.
Colleen, con un ademán, rechazó aquellas palabras, se acercó al mostrador y sacó una bolsa llena de monedas. Belster se dispuso a decirle que no se molestase, pero la mirada de la mujer dejó claro al posadero y a Pony, que estaba junto a él, que su iniciativa era un pretexto para hablar con ellos lejos de los demás.
—Dicen que fue magia lo que derribó al padre abad —susurró—, una magia más potente que cualquier otra que se hubiese visto antes.
Belster echó un vistazo a Pony que no pasó desapercibido a Colleen.
—De modo que fuiste tú —dijo con una sonrisa—. Bueno, fue un excelente disparo, en mi opinión.
—Y fue un disparo que hará que el mundo sea un lugar mejor —respondió Pony con determinación—. Todas las gentes de Honce el Oso, de todo Corona, están mejor sin el padre abad Markwart.
—¿Sin? —preguntó Colleen escépticamente.
Aquella pregunta borró la sonrisa de la cara de Pony.
—¿Está vivo? —preguntó Belster.
—Vivito y coleando —respondió Colleen—. Los monjes que estaban con él cuando fue alcanzado por el proyectil pensaron que moriría, mejor dicho, que había muerto; pero el terco y viejo perro resistió no se sabe cómo. Luego, los monjes de Saint Precious se ocuparon de él con las gemas curativas e hicieron un magnífico trabajo. Con todo, lo consideran algo milagroso, sabéis, y algunos incluso dicen que Dios no podía permitir que el padre abad muriese en tiempos tan críticos.
Belster, abatido, refunfuñó. Aunque estaba enfadado con Pony, él había esperado que la imprudente acción de la chica, al menos, hubiera liberado al mundo de Markwart.
Pony estaba desolada.
—Le alcancé con muchísima fuerza —dijo con una voz que era apenas un murmullo, como si no pudiera respirar—. Vi cómo le estallaba la cabeza, y aquello no lo podía recomponer ninguna piedra del alma. Lo maté. La potencia de aquella gema habría matado a un rey de los gigantes.
—No lo mataste, aunque habría preferido que lo hubieses conseguido —repuso Colleen. Entonces, dedicó a Pony una luminosa sonrisa y, con un gesto de la cabeza, ratificó su afirmación—. Tuviste agallas para hacerlo, chica —añadió con evidente respeto.
—Agallas de piedra —lamentó Belster—, y una cabeza en consonancia.
Colleen dejó de sonreír cuando otro soldado, un Hombre del Rey, se le acercó.
—¿Qué, regateando? —preguntó.
—El bueno de Belster nos ha ofrecido bebida gratis —repuso Colleen—. Y me ha preguntado cuándo la gente podrá circular libremente por las calles de nuevo, cuándo podrán visitar de nuevo su taberna.
—Eso incumbe al padre abad determinarlo —respondió el Hombre del Rey—, o al rey Danube, en el caso de que el bando no haya sido suprimido antes de que llegue.
El soldado dirigió una severa mirada a Belster y a Pony. Pony retuvo el aliento, pues lo conocía de la campaña de Caer Tinella y su única esperanza era que no la reconociera bajo su disfraz. Se preguntó si llevaba el parche en el ojo adecuado y si su pelo estaba bien empolvado.
El soldado se alejó, pero sin dejar de lanzar hacia atrás miradas llenas de sospecha.
—Siempre está así —les explicó Colleen.
—¿Estás segura de que el padre abad está vivo? —preguntó Pony en voz baja.
Colleen asintió con la cabeza.
—Lo he visto con mis propios ojos mientras daba instrucciones a unos monjes en Saint Precious —dijo—. Habla con la boca un poco torcida, creo que me entiendes, pero va de un lado para otro, desbordante de furia, no lo dudes.
—Maldito sea —murmuró Pony, mientras miraba hacia el suelo, llena de rabia, llena de frustración. ¿Cómo podía ser?
¿Cómo podía un hombre, o incluso un gigante, haber sobrevivido al impacto de la piedra imán con la cantidad de energía que le había transmitido? Pony se dio cuenta de que aquel hombre era un enemigo aún mayor de lo que había supuesto. Pero, con todo, seguía dispuesta a matarlo.
Desde luego.
—En un lado del carruaje, profundamente incrustada en el metal, encontraron la gema —explicó Tallareyish cuando se reunió de nuevo con Dasslerond.
La señora estaba sola, ya que Juraviel había salido y desde las sombras de las calles vigilaba las rondas de soldados y monjes, y evaluaba las medidas de seguridad que habían tendido sobre Palmaris. También se había propuesto hablar con Pony, si tenía ocasión de hacerlo; contaba para ello con el beneplácito de Dasslerond, pero la señora había limitado lo que Juraviel podía contarle a su amiga humana.
—¿En el carruaje, después de que destrozara su dura cabeza —dijo la señora— y, a pesar de eso, está vivo?
—Lo está —le confirmó Tallareyish—. Y los monjes que lo atendieron se pasean por los pasillos de Saint Precious mientras rezan a su Dios en voz alta y hablan de milagros y de la gloria revelada a través de su padre abad.
—Entonces, ¿sus heridas eran graves?
—Nuestro explorador insiste en que ningún monje creía que tuviese posibilidades de sobrevivir, ni siquiera cuando empezaron a utilizar las piedras del alma —les comentó Tallareyish—. Algunos incluso hablaron de preparar los funerales. Tenía arrancada y aplastada la mitad inferior de la cara. Pero ahora, tan sólo unas horas después, ese hombre va de un lado para otro y parece haber recobrado las fuerzas; su expresión es colérica y las únicas secuelas del ataque son un balbuceo al hablar y la mandíbula inferior hinchada.
La señora Dasslerond tomó buena nota de aquellas palabras, de la descripción del restablecido Markwart, y antes de despedir a Tallareyish le indicó que abandonara su misión de explorador y que se ocupara de vigilar a Juraviel. Entonces, Dasslerond se retiró al rincón del tejado que les servía de base provisional para quedarse a solas.
Aunque su pueblo no utilizaba mucho las gemas, la señora, por encima de los demás Touel'alfar, comprendía el poder de las piedras y le costaba creer que Markwart —de hecho, que algún hombre, y menos aún un anciano— pudiera haber sobrevivido a aquel ataque. ¡Y, con todo, el padre abad lo había conseguido, y se había recuperado!
Dasslerond, conocedora de cómo funcionaba el mundo, de las leyendas de todas las razas y de todos los demonios Dáctilos, tenía miedo de lo que aquello implicaba.
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8
El intruso en la bi'nelle dasada

—¿Entonces, ¿vas a salir de nuevo, testarudo muchacho? —le preguntó Bradwarden antes del amanecer del segundo día de su obligada parada.
Elbryan se había despertado hacía poco y, después de echar un vistazo a Tiel'marawee, que descansaba con más tranquilidad, pero que aún no parecía en condiciones de viajar, empezó a quitarse la ropa.
—Todos los días —respondió el guardabosque—. La danza de la espada me permite encontrar mi punto de equilibrio, y aclarar mis pensamientos para ser capaz de afrontar las pruebas que nos reserva el día.
—Es más probable que, en lugar de eso, la maldita danza te obligue a afrontar una nueva prueba, si el obispo anda por aquí —dijo el centauro.
Elbryan sonrió por toda respuesta y, con pasos impacientes, se dispuso a salir del campamento.
—No pierdas de vista a nuestros amigos —le gritó desde el borde del bosque.
Tras desaparecer, Bradwarden se quedó solo con siete cuerpos dormidos en el suelo.
Se dirigió al mismo claro junto al pequeño lago, se quitó las ropas que todavía llevaba, y se encaminó al centro, mientras respiraba lenta y profundamente. Se aclaró la mente, rechazó el miedo que tenía por Tiel'marawee, por sus otros compañeros, por sí mismo y por Pony, que cada vez más ocupaba sus pensamientos. Una vez consiguió desembarazarse de todo aquello, se convirtió en el Pájaro de la Noche, el guardabosque adiestrado por los elfos, en sintonía con el entorno. Percibió la crujiente hierba helada bajo los pies y contempló el trémulo resplandor del sol de la mañana sobre la delgada superficie vidriosa de la laguna. A pesar de su concentración, el Pájaro de la Noche no pudo dejar de considerar la rareza de aquella escena. En un año normal en aquella época, allí hubiera encontrado varios palmos de nieve y la laguna hubiera estado cubierta de nieve arrastrada por el viento y con una gruesa capa de hielo gris en vez de aquella delgada lámina. En aquella ocasión sólo una parte del lago estaba cubierta de hielo; el resto, cerca de donde la corriente circulaba por la lejana orilla, no estaba helado.
Era, ciertamente, un invierno extraño, pero, según se recordó de modo oportuno a sí mismo el Pájaro de la Noche, era algo a analizar en otro momento, en otro lugar. Entonces, tenía que moverse, tenía que conseguir que la sangre le fluyera, pues la hierba helada le estaba empezando a entumecer los pies.
Así pues, se concentró en la bi'nelle dasada con movimientos perfectamente armónicos y en completo equilibrio. Evolucionaba con agilidad y precisión, y los músculos le permitían controlar los giros y firmes estocadas de la temible Tempestad. No pensaba cuál era el siguiente movimiento, no lo necesitaba, pues la bi'nelle dasada le resultaba tan familiar a su cuerpo, estaba tan embebida en sus músculos y nervios que todos los movimientos le salían de forma natural y fácil: torsiones y estocadas después de rodar para esquivar un ataque, saltos terminados en repentinas cargas con piernas y pies en la posición exacta para proyectarlo hacia adelante sin apenas tocar el suelo. La danza no era la misma todos los días, ni mucho menos, pues el nivel de maestría del Pájaro de la Noche le permitía improvisar de manera constante.
Realmente era un magnífico espectáculo, y para el obispo De'Unnero, que lo contemplaba desde unos arbustos y sabía que, en aquella ocasión, el Pájaro de la Noche no contaba con aliados en las proximidades, la danza del guardabosque no hizo más que aumentar su intriga. El monje sabía que aquel hombre sería un reto para él, quizás el mayor reto que podía encontrar.
—Sin armadura, ya veo —observó De'Unnero mientras daba un paso en dirección al campo abierto.
El obispo sólo vestía el simple hábito marrón de su orden, un cíngulo blanco entretejido con hilos dorados, y botas blandas y sencillas. Un anillo le adornaba la mano, pero no llevaba ninguna otra joya ni tampoco gemas.
—Como tú —dijo el guardabosque con calma, sin sorprenderse en absoluto, pues el bosque le había desvelado la presencia del intruso; en realidad, Elbryan había ido allí con la concreta esperanza de que De'Unnero aparecería.
—De todos modos, nunca peleo con armadura —comentó De'Unnero, mientras describía un círculo hacia la derecha. Y el guardabosque también, lentamente, comenzó a realizar un movimiento semejante—. El Pájaro de la Noche no lleva ni siquiera un justillo de cuero, ni botas pesadas. Parece muy poco caballeroso.
—Cuando voy completamente vestido, no llevo nada que pueda detener la estocada de, incluso, una tosca lanza de trasgo —replicó el Pájaro de la Noche.
—¿Así que no consideras que es una desventaja? —le preguntó De'Unnero.
Después, el obispo no quería oír excusas; para que el desafío fuera como es debido y pudiera saborear la victoria, la lucha tenía que desarrollarse en igualdad de condiciones.
—Es suficientemente caballeroso —repuso el guardabosque con una sonrisa irónica—, aunque me parece que te has olvidado el arma.
De'Unnero soltó una carcajada, y mientras lo hacía, levantó el brazo: la mano que salió de su voluminosa manga se había transformado en la zarpa de un tigre.
—Llevo el arma muy pegada a la piel, eso es todo —le explicó el obispo.
Su risita no se debía a la expresión del guardabosque, sino a la facilidad con la que había conseguido la transformación: ¡la gema seguía en la bolsa, ni siquiera había necesitado cogerla con la mano!
El padre abad Markwart le había enseñado algo maravilloso, un nivel de poder nuevo y enorme.
—Sigue —le propuso el Pájaro de la Noche—, todo el rato, con el aspecto que tenías cuando asesinaste al elfo, cuando asesinaste al barón Bildeborough y a sus acompañantes.
Entonces De'Unnero rió más fuerte. Consideró la oferta un momento, pero sacudió la cabeza. Quería batir al Pájaro de la Noche en igualdad de condiciones; según sus estimaciones, su brazo de tigre era equivalente a la hermosa espada que llevaba aquel hombre.
—¿Sabes por qué he venido? —le preguntó.
—Sé que tu Iglesia puede inventar cualquier excusa que crea conveniente —replicó el guardabosque.
De'Unnero sacudió la cabeza.
—No se trata de la Iglesia, Pájaro de la Noche —le explicó—. He venido en calidad de Marcalo De'Unnero, no de obispo De'Unnero. Si ahora te rindieras, Marcalo De'Unnero lo rechazaría, aunque el obispo De'Unnero no tendría otro remedio que aceptarlo.
El guardabosque ladeó la cabeza, sin acabar de comprenderlo.
—He venido a por ti: De'Unnero contra el Pájaro de la Noche —prosiguió el monje— como tiene que ser.
Entonces, el guardabosque se rió al captar lo absurdo de todo aquello.
—O sea que se trata de una cuestión de orgullo y no de tu retorcido sentido de la justicia —dedujo—. Se trata de averiguar quién es mejor guerrero.
—El mejor de todos los guerreros —le corrigió De'Unnero—; he venido a zanjar esa cuestión.
—¿Y luego?
—Y luego, cuando te haya arrancado el corazón y me lo haya comido, me ocuparé de tus amigos —le prometió el obispo, pues suponía acertadamente que el guardabosque jamás le daría aquel placer tan sólo por aceptar un desafío—; primero, mataré al centauro y, después, al sigiloso hombrecito. Luego, me encargaré de los monjes; tal vez, les daré la oportunidad de rendirse, y de regresar y enfrentarse a la acusación de herejía, cosa que aceptarían en su estúpida esperanza de alcanzar el perdón del padre abad Markwart. O quizá los mataré, uno a uno, y les arrancaré las cabezas; esos trofeos bastarían para satisfacer a mi superior.
El Pájaro de la Noche detuvo su paseo circular, De'Unnero hizo lo propio.
—¿Crees en algún Dios al que quieras rezar? —le preguntó De'Unnero.
—Mi danza fue mi plegaria —le respondió el guardabosque—, una plegaria para que Dios se apiade de las almas de los que me veo obligado a matar.
Con un aullido, el obispo cargó furiosamente. Sabía que su ventaja estribaba en situarse en el interior del largo y mortal alcance de la espada del guardabosque.
El Pájaro de la Noche también lo sabía y, aunque le sorprendió la agilidad y la rapidez de su adversario, alargó el brazo manteniendo Tempestad en línea, con lo cual el obispo se vio obligado a torcerse hacia un lado para evitar que la espada lo atravesara.
Pero tan pronto como hubo esquivado la punta del arma, De'Unnero se agachó para saltar muy por encima de la punzante Tempestad; pateó con un pie y, oblicuamente, consiguió alcanzar el hombro del guardabosque.
De nuevo, quedaron uno frente al otro, pero esta vez no pronunciaron palabra alguna; sólo unas miradas, fijas y duras, expresaban el puro y máximo odio entre los rivales.
El guardabosque, en silencio, pensaba si era mejor dejar que su engañoso y rápido enemigo tomara la iniciativa, o si era preferible tratar de hacer que retrocediera con súbitos y potentes ataques en línea recta. La cuestión dejó de tener sentido en un abrir y cerrar de ojos, pues De'Unnero saltó hacia adelante, en línea recta, y aterrizó con las piernas en perfecto equilibrio para impulsarse de repente hacia la derecha. Efectuó un giro, y salió del mismo con la fatal garra de tigre dirigida hacia la cabeza del guardabosque.
Tempestad no pudo detener el ataque, pero el guardabosque hizo oscilar la hoja a tiempo de desviar el barrido de aquel brazo y produjo un feo desgarrón en un costado de la muñeca del tigre; sin embargo, recibió un profundo corte en el hombro izquierdo. El obispo hizo caso omiso del dolor y continuó adelante, lo que forzó una desesperada y desequilibrada retirada del guardabosque.
El Pájaro de la Noche se fue hacia adelante, dejó caer Tempestad al suelo y le descargó un duro puñetazo a la barbilla. El golpe cogió por sorpresa a De'Unnero y le obligó a doblar las rodillas. Más para sostenerse que para atacar, el obispo pasó su zarpa de tigre en torno al guardabosque y le hundió las uñas, mientras con su otro brazo trataba de bloquear la repentina lluvia de golpes de derecha e izquierda que le caía encima.
El Pájaro de la Noche sintió el ardiente dolor justo al lado de la espina dorsal; sabía que si concedía a De'Unnero el menor espacio, le arrancaría la mitad de la espalda. Por consiguiente, se le acercó más, le propinó un corto y pesado derechazo a las costillas y, luego, un brusco gancho de izquierda al mentón que inclinó la cabeza de De'Unnero hacia un lado. Sintió el tirón en la espalda cuando el tozudo obispo empezó a retirarse, por lo que enganchó el brazo derecho por encima de la extremidad del tigre y enseguida lo puso en aprietos, más que si hubiera querido pegarle puñetazos.
O eso creía. Marcalo De'Unnero era el mejor luchador que jamás había cruzado las puertas de Saint Mere Abelle, el hombre que había adiestrado hermanos justicia, y ninguno había sido más que un pálido reflejo de la brillantez de sus artes marciales. El Pájaro de la Noche le había sorprendido, le había colocado algunos golpes de asombrosa potencia, pero entonces De'Unnero se puso manos a la obra y propinó una serie de cortos golpes rápidos, sin extender el brazo, al mentón del guardabosque. Pero justamente sólo le alcanzó el mentón porque el Pájaro de la Noche fue lo bastante listo como para comprender que su rival trataba de darle en la garganta, y que, si De'Unnero conseguía conectar un buen golpe allí, la pelea habría terminado.
A pesar de la exitosa forma de esquivarlo, el guardabosque probó el sabor de la sangre. Lanzó otra serie de golpes, luego cambió de táctica: agarró con su enorme mano la cara de De'Unnero y la estrujó con todas sus fuerzas. Inmediatamente, el obispo gruñó y dejó de pegar puñetazos para tratar desesperadamente de liberarse de aquel brazo tan potente.
El Pájaro de la Noche creyó que la lucha había llegado a su fin, vio la anhelada victoria a su alcance. Continuó el abrazo del oso, y mantuvo la mortal zarpa de tigre en el lugar adecuado, mientras doblaba los músculos del brazo derecho, hasta que le quedaron apretados como tensos cables de acero, y hundía los dedos en la carne de su enemigo con tanta fuerza que ambos creyeron que la cabeza del obispo iba a explotar bajo aquella presión.
De'Unnero agarró y tiró, pero su fuerza no podía igualar a la del potente guardabosque.
El Pájaro de la Noche gruñó, victorioso.
Pero, entonces, sintió un repentino y agudo dolor en el centro de la muñeca, justo debajo de la palma: De'Unnero hundía a la perfección la punta del pulgar en el punto preciso. Asombrado, el guardabosque sintió cómo se le debilitaban los dedos índice y meñique, y, horrorizado, vio que De'Unnero conseguía liberar la cabeza del agarre del guardabosque y le apartaba el brazo de un tirón.
Por instinto, el Pájaro de la Noche lanzó la cabeza hacia adelante cuando vio que De'Unnero dirigía violentamente la suya contra él. El azar quiso que la frente del guardabosque quedara por debajo de la del obispo. Las dos cabezas chocaron con una fuerza devastadora. Ambos se tambalearon, pero De'Unnero se había llevado la peor parte. Claramente aturdido, el obispo levantó la rodilla rápidamente para tratar de alcanzar la ingle del guardabosque, pero el Pájaro de la Noche había girado la pierna dispuesto a encajar el golpe en el muslo. Aquel movimiento le hizo perder parcialmente el equilibrio, y no pudo hacer otra cosa más que dejarse llevar por De'Unnero cuando éste, de repente, se lanzó hacia atrás para caer al suelo. Ambos rodaron por la corta pendiente hasta ir a parar al frío lago. Durante unos breves instantes, permanecieron sobre el hielo; pero éste no tardó en romperse, y cayeron a las heladas aguas.
El agua se revolvió y se enrojeció en torno a ellos, y ambos quedaron demasiado paralizados por la brusca impresión del hielo y por la falta de aire como para continuar la lucha.
El Pájaro de la Noche se levantó, jadeando y salpicando; esperaba que De'Unnero saldría a su lado. Pero en lugar de eso vio a Bradwarden y a Roger que avanzaban por el claro; cuando divisaron a su amigo, se apresuraron a ir hacia él.
—¿Desde cuándo danzas en el agua? —le preguntó Bradwarden, mientras se le acercaba al galope para ayudar a su amigo herido y aturdido por las peligrosamente frías aguas.
Elbryan sangraba y se estremecía. Un vistazo a las rayas que le cruzaban la espalda, una herida de aspecto parecido al de la de Tiel'marawee, bastaron a los otros dos para comprender lo ocurrido. Bradwarden descolgó el enorme arco, lo encordó y le puso una flecha, todo ello en un único y hábil movimiento.
—Es..., está en el a..., agua —dijo Elbryan mientras los dientes le castañeteaban.
Roger se quitó la capa de la espalda y envolvió con ella a su amigo, con expresión incrédula.
—¿El obispo De'Unnero te ha hecho esto? —le preguntó.
—¿Dónde está ese imbécil? —preguntó el centauro—. ¿Lo has matado? ¿O lo has herido lo bastante como para que esa rata muera ahogada?
Elbryan, que no sabía con seguridad lo que había sucedido, se encogió de hombros y se dio la vuelta para inspeccionar el lago.
Entonces, obtuvieron la respuesta que anhelaban: la cabeza de De'Unnero se agitó por encima de la superficie del agua, en la parte central del lago, y se alejó de ellos durante un instante. Luego, desapareció bajo las aguas. En cualquier caso, Bradwarden disparó, y la flecha pasó rozando la superficie sin causar daño alguno.
—Bueno, tiene que salir —dijo el centauro, preparando otro proyectil—. ¡Y entonces tendré mi oportunidad!
Mientras acababa de pronunciar aquellas palabras, el obispo emergió de las aguas transformado en un gran felino. Salió del lago y se internó en el bosque a tal velocidad que Bradwarden ni siquiera tuvo tiempo de disparar.
—Por lo menos, tiene que huir —dijo Roger.
Elbryan sacudió la cabeza, sin creérselo durante un momento. Aquel hombre no huiría; aquel hombre, suficientemente peligroso para vencerlos a todos ellos, distaba mucho de haber terminado.
—Entonces, lo atraparemos —propuso Roger.
—Pero la elfa no está en condiciones de correr —les recordó Bradwarden—; en mi opinión, apenas puede andar.
—Sea lo que sea lo que hagamos, es mucho mejor que estemos juntos —les recordó el guardabosque mientras se dirigía hacia donde había dejado la ropa, dispuesto a vestirse rápidamente.
Los tres partieron hacia el campamento y encontraron a Sinfonía por el camino. El guardabosque había ordenado telepáticamente al semental que se mantuviera cerca.
Aquel día Tiel'marawee tenía mejor aspecto, pero todavía estaba lejos de ser capaz de viajar por su cuenta. Comprobaron que podían hacer que avanzara, aunque a paso muy lento. Con De'Unnero cerca, Elbryan no quería permanecer en un lugar fijo. Aquel hombre encontraría, con toda seguridad, el modo de atacarlos duramente. Por consiguiente, se pusieron en marcha, y cubrieron, lentamente, unos cinco kilómetros en todo el día. Sinfonía y su jinete barrieron una amplia zona todo el camino, pues el guardabosque exploraba y deseaba encontrar de nuevo a De'Unnero. Siempre que se alejaba lo bastante del vigilante Bradwarden, lanzaba gritos desafiantes hacia la espesura del bosque con objeto de atraer al hombre o al tigre.
Pero aquel día no vio ni rastro del obispo, ni al día siguiente, ni al otro. Y entonces, tuvieron que descansar de nuevo, pues Tiel'marawee no podía continuar. La elfa les suplicó que la dejaran y que le dieran tan sólo las provisiones necesarias para una semana, y les aseguró que sería capaz de sobrevivir sin ayuda de nadie durante ese tiempo.
Por supuesto, ninguno de ellos, ni el guardabosque ni el centauro, ni Roger Descerrajador, ni ninguno de los cinco monjes, tomó en consideración lo que había balbuceado la elfa. Montaron el campamento y esperaron. Transcurrió un día y luego otro, y, entonces, durante la mañana del tercer día, Bradwarden llegó al campo, al galope.
—Por el sur, vienen soldados a paso ligero —explicó—, y apostaría a que nuestro amigo el obispo viene con ellos.
En cuestión de segundos, Elbryan montó a Sinfonía y le hizo dar la vuelta para que siguiera a Bradwarden.
—¡Proteged el campamento! —gritó a Roger y a Braumin—. Formad un grupo muy apretado, para que todo el mundo esté a cubierto. Es posible que los soldados vengan a por nosotros, pero, aunque éste no sea el caso, el obispo podría aprovechar la ocasión para atacarnos.
Mandó un aviso telepático al caballo, y Sinfonía salió disparado y enseguida alcanzó al centauro. Cuando llegaron al alto risco, el mirador desde el que Bradwarden había detectado la tropa que se acercaba, los soldados se habían aproximado lo suficiente como para que pudieran identificarlos.
—Shamus Kilronney —murmuró el guardabosque.
—Y De'Unnero cabalga detrás de él —observó el centauro—. No estamos para correr, a menos que pienses dejar que Tiel'marawee se las apañe por su cuenta.
—No vamos a correr —dijo Elbryan con firmeza.
—Son más de veinte —puntualizó el centauro—. Huir me parecería una buena idea.
—No vamos a hacerlo —afirmó el guardabosque.
—Me refiero a ellos —dijo Bradwarden secamente.
El guardabosque le dedicó una agradecida mirada de soslayo.
—¿Deberíamos decírselo a los demás? —preguntó Bradwarden.
Elbryan reflexionó un buen rato.
—Los monjes no disponen de magia ofensiva —le explicó—; de hecho, no tienen magia de ningún tipo. No sé qué podrían hacer frente a un jinete provisto de armadura.
—¡Bah!, lo que quieres es reservarte toda la diversión para ti —replicó el centauro.
—Haremos que nuestros compañeros se escondan —razonó el guardabosque—, y entonces iremos al encuentro de Shamus y sus hombres. Si llegamos a las manos...
—¿Acaso lo dudas? —le preguntó Bradwarden con incredulidad—. ¡De'Unnero está con ellos, y ni por un instante me trago que haya venido hasta aquí sólo para charlar!
—En ese caso, les atacaremos desde lejos y nos dispersaremos por el bosque —explicó el guardabosque.
—Dos no pueden dispersarse —comentó Bradwarden—; sólo pueden correr.
—Da igual —repuso Elbryan—. Haremos que les resulte una persecución peligrosa, pues vamos a dispararles a todos sin cesar, hasta que juzguemos haber reducido sus efectivos lo suficiente como para cargar y derrotar a los que queden.
—Podríamos empezar ahora mismo —insistió el centauro.
—Pues adelante —le contestó el guardabosque, y lo cogió en un abrenuncio.
Desde luego, lo hicieron tal como Elbryan había previsto. Regresaron junto a los demás y encargaron a Roger y al hermano Castinagis que se ocuparan de esconder y de velar por la seguridad del grupo.
Elbryan y el centauro no tardaron en volver al camino principal y no tuvieron problema alguno para localizar a Shamus y a los soldados que subían en línea recta por el único sendero despejado. Los jinetes se detuvieron en seco a unos treinta metros del guardabosque y del centauro. Shamus estaba en medio de la fila delantera de tres hombres y De'Unnero, montado a horcajadas —algo poco habitual en un monje—, iba a su derecha.
—Me alegro de ver de nuevo a Shamus Kilronney —gritó el guardabosque—; o mejor dicho, me alegraría si hubiera venido en mejor compañía.
De'Unnero murmuró algo al oído del capitán:
—Hemos venido a apresarte, Pájaro de la Noche —gritó Shamus—, y a apresar al centauro y tus amigos monjes. Estás en compañía de proscritos por la Iglesia abellicana. Reúnelos a todos; te trataremos bien, te lo garantizo.
—Dale un beso a... —empezó a decir Bradwarden, pero Elbryan lo cortó en seco.
—¿Yo voy a ser bien tratado? —preguntó el guardabosque, enfatizando el pronombre personal—. ¿Ese trato incluirá tal vez el placer de contemplar cómo cuelgan a mis amigos? Bueno, quizá los quemen en la hoguera, pues me han dicho que es uno de los juegos predilectos de los monjes abellicanos.
—No queremos pelear contigo —le explicó Shamus.
—Sois más listos de lo que parecéis —replicó Bradwarden.
El capitán echó de nuevo un vistazo a De'Unnero. Shamus sentía un conveniente respeto por el Pájaro de la Noche, pero no tenía la menor duda de que él y sus soldados podían derrotar a Elbryan y a sus escasos compañeros. Sin embargo, aquél no era el problema.
Transcurrió un largo y tenso momento.
—Aprésalos —le dijo De'Unnero a Shamus.
Entonces, cuando vio que el capitán no se movía, repitió la orden a los soldados. Varios hombres se dispusieron a avanzar, pero Shamus levantó el brazo, y obedientes, se detuvieron.
Era, tal vez, el momento más terrible de la vida de Shamus Kilronney. Entre el Pájaro de la Noche y él se había forjado una buena amistad en pocas semanas, porque habían encontrado la confianza necesaria para luchar como estrechos aliados. Conocía a aquel hombre, conocía sus sentimientos y, ni por un instante, podía creer que el Pájaro de la Noche hubiera cometido algún verdadero delito contra la Iglesia y, mucho menos, contra el Estado. Y, con todo, Shamus no podía olvidar la presencia del centauro, liberado de las mazmorras de Saint Mere Abelle según admitía el mismo Pájaro de la Noche, ni tampoco la de los canallescos monjes, que serían procesados y, probablemente, condenados por herejía y traición.
Miró camino abajo, hacia el Pájaro de la Noche, y cruzó su severa mirada con la de aquel hombre de ojos verdes.
—¡Aprisionadlos! —ordenó De'Unnero—. ¡Yo iré delante!
Dicho esto, el obispo levantó el brazo, su gran y mortífera zarpa de tigre, y la lanzó hacia adelante con un movimiento potente que hizo saltar al caballo.
—¡Alto! —gritó Shamus antes de que los soldados empezaran a seguirlo.
De'Unnero comprendió perfectamente que no podía enfrentarse al poder combinado de Elbryan y del temible centauro.
El obispo dio un estirón al caballo para que diera la vuelta y se quedó con expresión incrédula y la mirada clavada en el capitán.
Y Shamus le devolvía una misma mirada fija, mejor dicho, dirigía la suya hacia la zarpa de tigre y recordaba el destino del barón Bildeborough.
—Ahora, capitán —le gruñó De'Unnero—, soy el obispo de Palmaris y te ordeno que arrestes a ese hombre y a la inmunda criatura que está con él.
Elbryan y Bradwarden intercambiaron miradas y sonrisas de complicidad. La expresión de Shamus Kilronney hablaba por sí sola.
Como era de esperar, el capitán sacudió la cabeza.
—No iré contra el Pájaro de la Noche —explicó—; ni tampoco mis hombres.
—¡Sois unos proscritos! —chilló De'Unnero—. ¡Todos vosotros! —Ondeó la zarpa para abarcarlos a todos—. ¡Todo aquel que no me sigue se convierte a sí mismo en un proscrito por la Iglesia abellicana, y eso, os lo aseguro, no es una situación nada envidiable!
Se dio la vuelta como si se dispusiera a cargar contra el guardabosque y el centauro, y se oyeron algunos movimientos incómodos de los soldados situados detrás de él; pero nadie le siguió, nadie avanzó el caballo por delante de Shamus Kilronney, el jefe en el que confiaban.
—Ven tú solo —le propuso Bradwarden al obispo—. Nunca he comido carne humana, pero contigo podría hacer una excepción.
—Eso no quedará así —le dijo De'Unnero al Pájaro de la Noche—; esta vez no te me escaparás.
—Ni siquiera he tratado de correr —dijo el guardabosque severamente.
De'Unnero le clavó una dura mirada, y también a su temible compañero. Después, se volvió para observar a Shamus Kilronney y a sus estúpidos soldados.
Elbryan comprendió lo que sucedería a continuación, y, por consiguiente, impulsó el caballo hacia adelante, a la carga.
De'Unnero reaccionó con rapidez: hizo dar la vuelta a su caballo, y hundió los talones en los flancos del equino, con lo que pasó raudo por delante de Shamus y sus soldados, y bajó por el camino del sur.
Bradwarden, sin perder tiempo, alzó el gran arco y disparó una enorme flecha, pero el obispo, que había previsto semejante ataque, viró el caballo primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha, y la flecha pasó silbando inofensivamente.
Se levantó Ala de Halcón, mientras Sinfonía iba recortando distancias a cada zancada con el otro caballo menos veloz, pero antes de que pudiera disparar, el obispo lo sorprendió al saltar de su montura y transformarse inmediatamente, incluso el hábito, en la elegante figura de un tigre enorme, que abandonó el sendero para internarse en la maleza.
Sinfonía cargó mientras el Pájaro de la Noche se colgaba Ala de Halcón en el hombro, pues sabía que no tendría oportunidad de efectuar un buen disparo. Después, se inclinó y desenvainó Tempestad. Espoleó a Sinfonía, y el gran caballo se lanzó hacia adelante como un rayo, a la mayor velocidad posible.
Pero el caballo no podía competir, en la espesa maleza, con el lustroso y veloz tigre. Y cuando el Pájaro de la Noche salió de aquella maraña y llegó a un claro, vio a De'Unnero que ya saltaba por la maleza en el otro lado, huyendo a todo correr hacia el sur.
El guardabosque puso Sinfonía al trote, al darse cuenta de que no lo atraparía. Dio la vuelta al caballo, y regresó junto a los demás. Constató que los soldados todavía sacudían la cabeza y charlaban, llenos de perplejidad, pues jamás habían visto nada semejante: ¡un hombre que se transformaba en un gran felino!
—Así que ahora somos unos proscritos —le dijo el guardabosque a Shamus cuando dirigían sus monturas hacia donde estaban los demás—, según ha declarado el asesino del barón Rochefort Bildeborough.
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9
Luz y oscuridad

—Es realmente un milagro —musitó el hermano Francis sin apenas dar crédito a sus ojos.
El padre abad salía de su habitación con un aspecto tan saludable y fuerte como el que tenía antes del atentado, y caminando con la impaciente prisa que en los últimos tiempos había recuperado su forma de andar. Al menos, Francis había esperado alguna muestra de amargura por parte del anciano: sensación de ultraje e incertidumbre, y de miedo. Pero Markwart, a partir del momento en que recobró la conciencia después de ser tan brutalmente atacado, no había dado señal alguna de esas negativas actitudes. Había dado gracias a Dios, públicamente, por haberle salvado la vida —con la mandíbula en perfecto estado, pese a que, horas antes, había parecido que la tenía prácticamente arrancada—, y entonces, había explicado su repentina inspiración de que aquello podía representar un beneficio aún mayor. La recuperación de gemas emprendida por el obispo De'Unnero sería mejor acogida entonces por el dubitativo y vacilante rey Danube. Para decirlo con palabras de Markwart: el potencial crecimiento del poder de la Iglesia abellicana parecía absolutamente asombroso.
Y al hermano Francis, confuso y tratando todavía de desembarazarse de aquella insoportable culpa, aquellas palabras le sonaron como una ratificación de que había elegido bien al confiar en el padre abad.
Tuvo que correr para alcanzar a su mentor y, luego, avivó el paso para seguir su ritmo. Danube Brock Ursal había llegado a Saint Precious, rodeado por una hueste de guardias, para ofrecer consuelo al herido padre abad. Cuál no fue su sorpresa al ver a Markwart entrar con paso firme en la sala de audiencias, con una amplia, aunque en cierto modo tortuosa sonrisa dibujada en su vieja y correosa cara. Se sentó frente al rey Danube, mientras su escolta ocupaba respetuosamente las sillas situadas detrás.
—Mis saludos, padre abad —consiguió decir Danube después de reponerse de la impresión ante el aspecto obviamente sano de Markwart—. Había oído que te habían herido de gravedad, e incluso algunos monjes habían expresado sus temores de que no sobrevivieras a pesar de las magias curativas.
—Y así habría sucedido —respondió Markwart con un ligero ceceo— de no ser porque Dios decidió mantenerme aquí en la tierra.
El duque Kalas, sentado detrás del rey, resopló, y luego, tosiendo, trató, sin demasiado empeño, de disimularlo.
La dura mirada de Markwart cortó aquellos impertinentes sonidos. Los oscuros ojos del padre abad se estrecharon peligrosamente y, de forma súbita, la tensión se hizo muy patente. Kalas, habitualmente presuntuoso y decidido, empalideció, y lo mismo hizo el rey Danube, que ya había visto antes al anciano durante aquella terrible visita nocturna.
—Sabe que todavía me queda mucho por hacer —prosiguió Markwart, dando por zanjada la cuestión.
—¿Quién? —preguntó Danube, perdiendo el hilo de la conversación y notoriamente alterado por aquella mirada dura e imponente.
—Dios —explicó Markwart.
—¡Cuán a menudo los hombres justifican sus actos invocando el nombre de Dios! —se atrevió a pronunciar Kalas.
—Aún más a menudo los dubitativos llegan a conocer la verdad demasiado tarde en sus despreciables vidas —replicó Markwart—. Muchos han pedido perdón en el lecho de muerte, al darse cuenta, al fin, de que, a pesar de sus dudas, el auténtico sentido se encuentra sólo en Dios; pues el único futuro que importa realmente es el futuro que hallamos cuando abandonamos esta frágil e imperfecta vida terrenal.
Entonces, se cruzaron las miradas del hermano Francis y de Constance Pemblebury. Ambos compartían la misma sensación ante el carácter no precisamente amable que latía bajo aquel diálogo. En aquellos momentos, no les resultó difícil a ninguno de ellos saber quién resultaría vencedor si Kalas persistía en aquella lucha con el padre abad.
Markwart lo destruiría por completo.
El rey Danube también lo advirtió.
—Supongo que ahora comprendes el motivo que nos llevó a la recuperación de las gemas —le dijo Markwart—. No son instrumentos que puedan estar en manos de cualquiera.
—Yo no me referiría a los nobles de Honce el Oso tratándolos de «cualquiera» —arguyó el duque Kalas.
—Ni tampoco de «sagrados» —replicó Markwart con calma—, y ésa es la frontera que trazo. Las piedras son dones de Dios, destinadas a los elegidos por Dios.
—Tú y los tuyos —dijo Kalas secamente.
—Si quieres ingresar en la orden, demuestra que eres digno de ello y me ocuparé personalmente de tu admisión —le contestó Markwart.
Kalas lo miró con dureza.
—¿Por qué me interesaría hacer tal cosa? —le preguntó.
—Tal vez esa cuestión ilustre perfectamente mi punto de vista en relación con las gemas —dijo Markwart—. Nosotros, los de la orden abellicana, inculcamos control emocional antes de autorizar el uso de un poder tan enorme como el proporcionado por las piedras. Sin esa precaución, el potencial destructivo es sencillamente demasiado grande. Por tanto, las piedras deben ser recuperadas; todas y cada una de ellas.
Sonó como una declaración alarmante, hasta tal punto que el abad Je'howith, situado disciplinadamente de pie detrás de Markwart, se tambaleó. En efecto, Je'howith había asegurado al rey Danube que el programa de recuperación de piedras se limitaba a Palmaris y no lo afectaría ni a él ni a su corte. Je'howith contuvo el aliento, mientras esperaba que el rey estallara ante aquel ultraje.
Pero Markwart clavó la vista en el rey y lo inmovilizó, recordándole en silencio la visita nocturna y el poder al que no debía oponerse.
—Necesitaré garantías de que el poder de las gemas, cuando ya estén todas bajo control de la Iglesia, continuará utilizándose de acuerdo con los deseos del trono —repuso el rey Danube ante el completo asombro de sus asesores seglares e incluso de Je'howith.
—Negociaremos los detalles —dijo Markwart mientras desviaba su amenazadora y penetrante mirada hacia Kalas, pues el duque estaba a punto de protestar a gritos.
Luego, el padre abad se levantó para indicar que la reunión había terminado sin dejar siquiera que el rey pudiera contestarle.
—Espero que disfrutes de tu estancia en nuestros aposentos de la casa del mercader Crump, rey Danube —dijo.
Tanto Constance como Kalas contuvieron el aliento, pues advirtieron claramente, por el tono de voz de Markwart, que sus palabras no eran una humilde delicadeza hacia un superior, sino más bien un gesto condescendiente hacia alguien que hay que tolerar.
Y aún más preocupante fue la aceptación, con una inclinación de cabeza, del rey Danube.
El hermano Francis fue el último monje en salir de la sala. Miró una vez más al alterado rey y a su corte, que permanecían aún sentados en sus sitios, y la impotencia reflejada en sus rostros le confirmó, de nuevo, que había depositado su lealtad en el bando adecuado.
El buen humor de Markwart después de la reunión con el rey Danube duró todo el día. Aquella misma mañana había convocado una segunda reunión, esa vez con los jefes militares y con los hermanos de mayor rango de Saint Precious, para conocer cómo marchaba la operación de búsqueda de su agresor. Nadie sabía muy bien en qué dirección investigar ni tenía la menor pista de quién podía estar detrás del ataque. La mayoría sospechaba de los behreneses, pero Markwart no lo creyó ni por un instante: sabía que la religión yatol menosprecia el uso de las gemas y jamás había oído decir que una mujer o un hombre behrenés fuera experto en magia. Y quienquiera que lo hubiera atacado, eso lo sabía seguro, tenía que ser un gran experto, alguien realmente poderoso con las gemas. Los soldados habían localizado tres posibles lugares desde donde podía haberse cometido el atentado, todos en tejados alejados del itinerario del desfile. Alguien capaz de disparar una piedra imán desde tanta distancia y con tanta fuerza demostraba tener un nivel de maestría y potencia que superaría a muchos, quizás a todos, los padres de Saint Mere Abelle. ¡Un rival digno del mismísimo Markwart!
Eso, junto con el hecho de que una piedra imán se contaba entre las piedras que había robado Avelyn Desbris, dijo mucho al padre abad sobre su agresor. El nombre «Jill» le rondó por la cabeza a menudo durante la reunión.
Otra pista le impresionó. Uno de los militares, una mujer pelirroja, de cabello erizado, llamada Colleen Kilronney, había insistido mucho en que el atacante debía de ser un canallesco mercader o un asesino a sueldo de un mercader. Cuando Francis y los demás le pidieron que aportara más detalles, no supo dar ninguno que fuera relevante para sostener la acusación, pero, con todo, Colleen Kilronney mantuvo obstinadamente su posición.
¿Tal vez con demasiada obstinación?
Ésa era una de las muchas cuestiones que le rondaban por la cabeza a Markwart mientras se dirigía desde la reunión hacia sus aposentos particulares. Allí, no había, naturalmente, ninguna estrella de cinco puntas dibujada en el suelo; pero despejó una esquina de la habitación y se sentó frente a ella, y vació la mente para conseguir un estado de meditación profundo. Aquella voz, ya familiar, entró detrás de él en la vacuidad.
Trató de analizar las muy divergentes opiniones que había oído y sopesó la posibilidad de un complot behrenés con la de un ataque fruto de la cólera de un canallesco mercader, tal vez uno que se las había apañado para ocultar una piedra imán a los ojos de los inspectores del obispo De'Unnero. Pero, aunque el atacante podía haber sido un mercader o un asesino contratado por mercaderes, tal posibilidad no se sostenía frente a las sospechas de Markwart de que el autor del atentado era realmente Jill o algún otro discípulo de Avelyn Desbris.
Entretanto, la voz estuvo susurrándole cosas sobre la mujer soldado pelirroja. Markwart discutió con ella, pensando que la voz trataba de convencerlo de la plausibilidad de la teoría de la mujer sobre los mercaderes; pero no tardó en darse cuenta de que la voz le estaba diciendo algo muy distinto, algo relativo a la fuente de la información y no a su contenido.
—Una táctica de distracción —susurró el padre abad.
Y mientras analizaba las posibles razones que pudieran haber llevado a la mujer soldado a exponer semejante teoría, descubrió por dónde tenía que realizar sus propias pesquisas.
Salió a toda prisa de sus aposentos y ordenó al hermano Francis que le trajera a Colleen Kilronney inmediatamente.
Y entonces, se dispuso a esperar, como una araña en el centro de la telaraña.
Colleen entró en la habitación con aire receloso, y Markwart consideró que esa actitud precavida era otro signo de que la voz lo había guiado correctamente.
—Te mostraste inexorable al mantener que el atentado lo cometió un mercader o alguien pagado por mercaderes —dijo, yendo directamente al grano, mientras indicaba a Colleen que tomara asiento al otro lado del escritorio y a Francis que se fuera.
—Parecen los sospechosos más claros —dijo.
—¿Lo son? —inquirió Markwart.
Aquella pregunta tan simple hizo que la recelosa Colleen ladeara la cabeza para observar más detenidamente al anciano. El movimiento tampoco pasó desapercibido al perspicaz Markwart.
—Tu obispo se ha creado algunos enemigos entre ellos —explicó Colleen—, la mayoría amigos de Aloysius Crump. Lo mató, sabes, de un modo horrible y en un lugar público.
Markwart levantó la mano, pues no le interesaba en absoluto continuar una conversación sobre las normas de Palmaris o acerca de los errores de De'Unnero con aquella insignificante mujer.
—¿Y no podría haber sido un amigo de Avelyn Desbris? —preguntó inocentemente.
—No me suena ese nombre —dijo enseguida Colleen, pero, al mismo tiempo, su expresión corporal contaba una historia muy distinta.
—¡Ah! —repuso Markwart mientras asentía con la cabeza—. Eso explicaría tu insistencia en la hipótesis de los mercaderes.
Se calló, se dio unos golpecitos en los labios con un dedo y, con la otra mano, le hizo una seña a Colleen para que se marchara. Cuando estaba abriendo la puerta, la llamó para pedirle que dijera al hermano Francis que acudiera inmediatamente, y la mujer, aturdida, se limitó a asentir con la cabeza y a emitir un gruñido.
—Encuéntrame a los que conocen sus movimientos —le ordenó Markwart a Francis poco después.
Markwart sabía, y su voz interior estaba totalmente de acuerdo con ello, que Colleen Kilronney no sólo había reconocido el nombre de Avelyn Desbris, sino que también había estado recientemente en contacto —¡lo sabía!— con uno de los discípulos heréticos.
Antes de que terminara el día, el padre abad Markwart había descubierto otro punto en su investigación personal: El Camino de la Amistad. Su espíritu salió de Saint Precious aquella tormentosa noche.
Debido a la lluvia, al viento y a los deslumbrantes rayos, aquella noche había pocos soldados por las calles y, por consiguiente, la gente de Palmaris, ávida de compañía, se atrevió a salir de sus casas. El Camino de la Amistad estaba repleto de clientes, y todos hablaban con gran excitación de los decisivos acontecimientos ocurridos desde la última vez en que se vieron, antes del atentado contra el padre abad Markwart. Algunos decían que había que observar al rey; otros confiaban en que el rey Danube pondría orden en la ciudad y disminuiría la influencia de la Iglesia.
No pocos clientes discutían ese punto y explicaban que el brutal intento de asesinato de Markwart había consolidado su posición en la ciudad y que el rey jamás se enfrentaría al padre abad tan poco tiempo después del atentado.
Por supuesto, esa posibilidad causó un doloroso impacto en Pony, que iba de una mesa a otra. Aún se le hacía difícil creer que aquel viejo pudiera haber sobrevivido, pero entonces, cuando era evidente que Markwart estaba vivo e incluso se encontraba bien, la chica se sentía increíblemente estúpida. ¡Seguía pensando que era una lástima no haber encontrado el modo de acabar con aquel viejo desgraciado, pero, al haber fallado en su intento, creía que, de hecho, había reforzado la posición de Markwart!
Durante aquella noche, la mujer suspiró, desesperanzada, en numerosas ocasiones.
Mientras los humanos de Palmaris, que se atrevieron a salir desafiando la tempestuosa noche, se apresuraban para llegar a sus respectivos destinos deseosos de encontrar refugio, a los Touel'alfar la lluvia no los afectaba en lo más mínimo. Al estar tan compenetrados con la naturaleza, los elfos aceptaban todo lo que ésta les ofrecía. Las ventiscas los retenían junto a una reconfortante fogata durante un tiempo, pero tan pronto como desaparecían el peligroso viento y la cegadora nieve, se ponían en marcha con renovado ímpetu: jugaban en la nieve amontonada, se enzarzaban en batallas de bolas de nieve o excavaban túneles. De ese modo, aquella última tormenta de lluvia del invierno sólo les produjo una pequeña molestia y no hizo más que facilitarles sus desplazamientos por las calles de Palmaris.
La señora Dasslerond y Belli'mar Juraviel estaban sentados en el tejado de El Camino de la Amistad bajo un alero y charlaban tranquilamente de los recientes acontecimientos y de sus expectativas. Otros elfos andaban en torno a la casa de Crump para tratar de hallar alguna manera de conseguir una audiencia del rey de Honce el Oso para su señora: una relación con un militar de renombre o con un noble o, incluso, un pasadizo secreto hasta los aposentos privados del rey.
—¡Cómo me alegraré cuando terminemos el trabajo que nos retiene aquí y podamos regresar a los tranquilos prados de Andur'Blough Inninness! —exclamó la señora Dasslerond.
Juraviel no se mostró en desacuerdo.
—Dejé al Pájaro de la Noche para volver de nuevo a pasearme por aquellas praderas —explicó—. Espero pasar toda la primavera en nuestro valle.
—¿Sólo la primavera?
—Y todas las estaciones que la seguirán —aclaró Juraviel—. Ya me he ocupado de bastantes problemas humanos; de demasiados, me temo.
Aquellas palabras de Juraviel fueron bien recibidas por Dasslerond; estaba preocupada por él y por su profundad amistad con el Pájaro de la Noche y con Pony. Al Pájaro de la Noche, al igual que a los demás guardabosques, lo consideraba poco menos que como hijo suyo; por lo que había oído, creía que también podía llegar a querer a la mujer. Pero era una Touel'alfar, y ellos no lo eran, lo cual no resultaba una cuestión menor para los exclusivos elfos. Y ella era la jefa de Andur'Blough Inninness y no tenía ninguna responsabilidad con los humanos, sino sólo con el pueblo élfico.
—Tengo ganas de volver a ver al Pájaro de la Noche y a Pony —admitió Juraviel—, y de conocer a su hijo, que puede heredar una grandeza nunca vista y muy necesitada por los humanos.
—Quizá te acompañaré en esa futura cita —le dijo Dasslerond, y a Juraviel no le pasó por alto el honor que acababa de otorgarle a él y a sus amigos con tan amables palabras—. Cuando pasen los años y el mundo de los humanos se tranquilice, podríamos aventurarnos a salir de nuevo, aunque sólo fuera por el gusto de divertirnos. O tal vez podríamos levantar el velo que bloquea Andur'Blough Inninness e invitar a nuestro valle al Pájaro de la Noche, a su mujer y a su hijo.
Juraviel la miró largo y tendido, emocionado por las palabras y el afectuoso tono con que las pronunció. Sabía que Dasslerond seguía disgustada con el Pájaro de la Noche porque éste había enseñado la bi'nelle dasada a Pony y que estaba molesta con la chica por su temerario atentado contra el padre abad Markwart; pero la señora trataba de pasar por alto esos hechos y esperaba que, en el futuro, mejoraran las relaciones con el guardabosque y sus seres queridos. Así pues, aunque la noche parecía oscura y tormentosa, Belli'mar Juraviel tenía motivos para pensar que la luz del alba volvería a brillar.
Pero entonces sintió una presencia, una oscuridad y una frialdad absolutas, la misma que había percibido una noche en el bosque junto a un grupo de humanos refugiados.
Dasslerond también la sintió y se levantó al instante. Se llevó una mano a la empuñadura de la espada, y la otra, a una bolsa que llevaba al costado, una bolsa que contenía su única gema, una temible esmeralda verde, un regalo que Terranen Dioniel había ofrecido a los elfos hacía varios siglos, durante la anterior guerra con el Dáctilo Bestesbulzibar; se trataba, sin duda, de la piedra más poderosa que poseían los Touel'alfar.
—Jilseponie —suspiró la señora Dasslerond.
Ella y Juraviel se precipitaron hacia el extremo del edificio e hicieron señas a otro elfo que andaba por allí para unir fuerzas.
Pony regresó a la barra para recoger una bandeja llena de jarras que le pasaba Belster; sin embargo, se detuvo súbitamente al notar que ocurría algo raro. Echó un vistazo a su alrededor mientras se preguntaba quién podría estar llamándola.
—Tienes que darte más prisa si quieres tenerlos a todos contentos —le dijo Belster con una carcajada.
Pony dio un paso hacia él, pero de nuevo se detuvo y miró en torno nerviosamente. Se le erizaron los pelos de la nuca, y su instinto guerrero la hizo ponerse en guardia.
—¿Caralee? —le preguntó Belster, con cuidado de no utilizar en público su verdadero nombre.
Pony se volvió hacia él y se encogió ligeramente de hombros, completamente confusa. Luego, avanzó con rapidez, se quitó el delantal y lo puso encima del mostrador.
—Vuelvo enseguida —le prometió mientras se escabullía por delante de Belster y se dirigía a las habitaciones particulares.
Antes de llegar a su habitación, se detuvo otra vez. No estaba sola; lo sabía sin ninguna duda. Y entonces, la verdad, o por lo menos una pequeña parte de aquella verdad, le produjo un fuerte impacto: ¡el espíritu andante de un monje la estaba controlando!
Pony se precipitó hacia su habitación sin saber qué iba a hacer a continuación. ¿Tenía que encontrar una piedra y oponerse a aquella intrusión espiritual? ¿Tenía que seguir trabajando con calma, como si nada, e interpretar el papel de la esposa de Belster?
En el interior de su cabeza una voz gritó: «Jill». La mujer se detuvo y se concentró para tratar de identificar su origen.
«Eres Jill», dijo la voz, y la mujer se dio cuenta por esta frase de que no se trataba de un amigo. Se volvió con la intención de regresar corriendo a la sala común y mezclarse con la gente, pero se quedó helada en donde estaba.
El visible espectro del padre abad Markwart, inmóvil en la puerta, la miraba con fijeza.
—¡Jill, amiga del Pájaro de la Noche, amiga de Avelyn Desbris! —exclamó en voz alta el padre abad.
Pony no supo qué decir. No había visto nunca aquel tipo de comunicación mágica ni tenía ni idea de que un espíritu andante pudiera alcanzar semejantes niveles.
—Jill, la asesina —dijo el padre abad—; me golpeaste duro, querida —añadió y soltó una carcajada al terminar, una horrible y perversa carcajada que hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Pony de pies a cabeza.
—Creo que tienes algo que me pertenece, Jill, amiga de Avelyn —prosiguió—, algo que Avelyn me quitó.
—Vete de aquí —replicó la mujer con el tono más enérgico que pudo—; no quiero saber nada de ti.
El espíritu se rió de ella aún más fuerte.
—Recuperaré mis gemas —dijo Markwart— esta misma noche. Te conozco, Jilseponie Chilichunk.
Le causó tanto dolor que la llamara de aquella manera que un muro de cólera se alzó frente a los muy reales temores de Pony. Aquél era el hombre que había matado a sus padres, el hombre al que quiso destruir, y con todo, no podía eludir el poder de su presencia, una energía que jamás había sentido...
«No, nunca», advirtió la chica con horror.
—¿Has visto lo que me has hecho? —le preguntó el espíritu, y, entonces, cambió de aspecto: la mandíbula inferior prácticamente desapareció y de la destrozada boca colgaban trozos de lengua—. ¡Te digo que fuiste tú! Y tan sólo con el poder de las gemas puedo adoptar una imagen de mi cara tal como quedó, y tan sólo con el poder telepático de la piedra del alma puedo comunicarme de tal forma que los que están en torno a mí creen que estoy hablando realmente con ellos.
Pony se quedó boquiabierta al analizar lo que implicaban las palabras de aquel hombre, pues no podía menos que darles crédito. La cara del anciano estaba destrozada —ella se la había destrozado— y, con todo, mediante las gemas, conseguía recuperar su aspecto normal: mediante las gemas, creaba una imagen ilusoria capaz de hablar de forma audible. ¡Pony apenas podía concebir el poder implícito en semejante capacidad ilusoria y en el hecho de mantener tanto rato la magia de la gema!
—Te conozco, y voy a por ti —le prometió el espíritu.
La mujer desencadenó su furia, se quitó el disfraz y cogió Defensora y las gemas.
—¡Reniego de ti! —gruñó ante el impasible espectro, y atravesó la imagen corriendo, una experiencia absolutamente inquietante.
Pensó en ir al encuentro de Belster, pero se dio cuenta de que lo mejor que podía hacer por sus amigos era simplemente alejarse de ellos.
Antes de que alcanzara la puerta trasera, la encontró Dainsey Aucomb.
—Ah, Pony, ¿te encuentras bien? —le preguntó la mujer—. Belster dijo que te habías ido sin...
—Escúchame bien, Dainsey —dijo Pony, después de que un nervioso vistazo en torno le indicara que el espectro no la había seguido—. Me voy; probablemente, para siempre.
—Pero tu hijo...
Pony reprimió de golpe aquel pensamiento, aterrorizada por el hecho de que Markwart pudiera oírlo.
—No sabéis la verdad sobre mí —dijo Pony con voz bastante alta, esperando quitar parte de culpa de sus vulnerables amigos—. Avisa a Belster, y huid y escondeos. Es mejor que no os veáis implicados.
—Po..., Pony —tartamudeó Dainsey.
—No tengo tiempo para más explicaciones —insistió Pony, y agarró a la mujer por los hombros y le dio una fuerte sacudida para que se concentrara—. Adiós, Dainsey. Quiero que sepas que has sido una buena amiga —agregó y la besó en la mejilla—. Dale a Belster un beso de mi parte, y huid y poneos a salvo.
Dainsey se quedó inmóvil, asombrada.
—¡Prométemelo! —insistió Pony—. ¡Ahora, vete! ¡Ahora mismo! ¡Prométemelo!
La pasmada mujer asintió con un gesto, y entonces Pony se precipitó hacia la oscuridad de la noche. La cabeza le hervía. La habían descubierto y sus seres queridos podían pagar muy caro sus errores; se daba cuenta de que lo mejor que podía hacer por Belster, Dainsey y los demás era alejarse de ellos tanto como le fuera posible. Al comprender lo lejos que tenía que ir, al darse cuenta del único destino realmente posible que le quedaba, no tomó la avenida de la ciudad, sino la de la puerta norte para dirigirse al establo, cercano a la misma, en donde había alojado a Piedra Gris.
Belli'mar Juraviel y la señora Dasslerond la miraban mientras corría bajo la tormenta.
—Fue él —suspiró Juraviel—. Lo sabe.
Otro elfo se apresuró a unirse a ellos.
—Reúnelos a todos —indicó enseguida la señora Dasslerond—; hacia la puerta norte y más allá.
—Debemos ayudarla —afirmó Juraviel, y miró a su señora.
La reina de los elfos, hacía sólo unos instantes, había hablado de futuros encuentros con Pony, el Pájaro de la Noche y el hijo de ambos, y advirtió en su hermoso rostro una expresión de incertidumbre.
Por lo menos, iban en la buena dirección y vigilaban de cerca a Pony en su viaje hacia el norte.
Se sintió aliviada al encontrar tranquilo y sin soldados por los alrededores el establo donde había dejado a Piedra Gris. Mientras se dirigía allí, a Pony la había torturado el miedo de que Markwart hubiera descubierto sus secretos y que todos los caminos para escapar estuvieran cortados. Pero el mozo de cuadras la ayudó a preparar el caballo, e incluso le ofreció unas viejas alforjas y algunas provisiones.
Luego, salió de nuevo a la calle; se estremecía cada vez que sonaban ruidosamente los cascos recién herrados. Trató de establecer un plan para cruzar discretamente la puerta norte —tal vez disfrazada de mujer de granjero—, pero rechazó la idea. Los soldados, en estado de alerta, podían reconocerla y, con el tiempo que hacía, pocos se atreverían a salir, salvo para una emergencia.
Por eso, tomó un camino diferente: se dirigió a un lado de la vigilada puerta, a un lugar tranquilo y oscuro, junto a la muralla de la ciudad. Hizo dar una corta carrera a Piedra Gris, y entonces, a suficiente distancia del pie del muro, se sumergió en la malaquita y difundió su magia no sólo por ella misma, sino también por el caballo. Ambos se elevaron, ingrávidos, desde el suelo hacia la muralla, ayudados por el impulso que llevaban.
Piedra Gris pateó y relinchó, aterrorizado, pero Pony lo mantuvo firme y envió más energía a la gema; consiguió que ambos se elevaran aún más, que pasaran por encima de la muralla y que, finalmente, se posaran sobre los campos herbosos del otro lado. Oyó el tumulto que se organizó intramuros, pues los guardianes corrían precipitadamente de un lado a otro, mientras trataban de averiguar qué acababa de pasar, en el caso de que realmente hubiera pasado algo. Pony apenas les prestó atención y lanzó a Piedra Gris a un veloz medio galope a través de los campos cubiertos por la oscuridad.
Confiaba en que cuando, físicamente, Markwart y sus hombres llegaran a El Camino de la Amistad, ella estaría lejos en dirección norte, y sólo rogaba que Dainsey no le hubiera fallado, y que ella y Belster también hubieran huido; tal vez, con el capitán Al'u'met, o quizás a las cuevas secretas de los behreneses.
No podía soportar la idea de que otro de sus seres queridos encontrara la muerte por su culpa y pensó por un momento que debía regresar y entregarse a Markwart, para que todos sus amigos en Palmaris no fueran perseguidos y torturados a fin de obtener información sobre ella.
Pero entonces pensó en el hijo que esperaba, el hijo de Elbryan, y supo que tenía que confiar en Belster y Dainsey, y en todos los demás. ¡Oh, qué estúpida se juzgaba por haber atentado contra Markwart! ¡Por haberlos puesto a todos en peligro!
Las lágrimas se mezclaron con la lluvia en sus mejillas.
Pero decidió que continuaría corriendo hasta Caer Tinella, hasta Dundalis y hasta los amorosos brazos de Elbryan. Juntos se enfrentarían a Markwart.
Juntos.
Piedra Gris, de repente, se estremeció y resbaló, relinchó salvajemente y se encabritó. Pony fue a parar al campo fangoso.
La mujer rodó por el suelo, refunfuñó y, de forma instintiva, se llevó las manos al vientre, temiendo por el hijo. No obstante, un agudo dolor en el hombro la detuvo, y entonces algo más también la paralizó: una sensación de pavor mucho peor a todo lo que antes había sentido. Gruñendo para ahuyentar el punzante dolor, se dio la vuelta y buscó con la mirada el caballo. Piedra Gris estaba inmóvil y cabizbajo.
Pony se esforzó en ponerse en pie y dirigió el brazo sano hacia la bolsa de gemas.
Y allí estaba, no con presencia física sino espectral, con tanta nitidez que Pony podía distinguir todos los detalles de sus rasgos.
—¿Huyendo, eh? —le dijo Markwart—. Cobarde. Con todo lo que he oído sobre la temible Jilseponie, llegué a pensar que te alegrarías de tener la posibilidad de medir tus fuerzas conmigo.
—No soy cobarde, Markwart, asesino —le contestó Pony con todo el coraje que pudo reunir.
De hecho, en otro momento y lugar, se habría alegrado de la oportunidad de luchar con él. Pero en aquel momento no podía olvidar la promesa que había hecho a Juraviel antes de abandonar las tierras del norte; la promesa que, en realidad, había hecho al hijo que esperaba.
—¡Cómo me hieren tus palabras! —dijo en tono de burla el padre abad.
¡Para gran sorpresa de Pony, la imagen, entonces, se fortaleció y pareció adquirir consistencia, como si Markwart hubiera avanzado por la conexión entre cuerpo y espíritu!
—Si te rindes, te prometo una muerte rápida —le comentó el padre abad—, un fin misericordioso, a condición de que en público reniegues del herético Avelyn.
Pony soltó una carcajada.
—En caso contrario, te prometo que te torturaré hasta que reniegues de Avelyn —añadió el padre abad—, y después te mataré lentamente, y saborearé todos y cada uno de los momentos de tu agonía. Pero incluso preferirás esa muerte lenta, no lo dudes, pues cualquier forma de morir te parecerá mucho mejor que la vida que te ofreceré.
—La vida que ofreces a todos tus súbditos —replicó con aspereza Pony—. ¡Qué lejos de Dios has caído! No puedes ni siquiera empezar a comprender la verdad de Avelyn, la luz que brilla en torno a él. No puedes...
Se le atragantaron las palabras, pues Markwart la agarró; no fue físicamente, sino con alguna conexión mental que le produjo un impacto semejante al que le hubieran producido las manos del padre abad. Pony apretó la hematites, no para abandonar su cuerpo, sino para concentrar sus pensamientos en el reino de los espíritus. Allí vio la sombra del espíritu de Markwart, algo tangible, que estaba justo ante ella con las manos extendidas en torno a su garganta. Las negras sombras de unos brazos se alzaron a cada lado de Pony y agarraron la imagen del espíritu de Markwart. La mujer empujó con todas sus fuerzas, y Markwart retrocedió hasta que las imágenes de los espíritus que estaban peleando estuvieron a medio camino entre los dos cuerpos.
—¡Eres fuerte! —oyó la chica que Markwart decía con un tono de sorprendente alegría en la voz—. ¡Cuánto tiempo he esperado este desafío!
Pony refunfuñó de nuevo y agarró a la sombra de su rival con más fuerza, con lo que la obligó a retroceder un poquito más y pudo encumbrarse sobre ella y empujarla hacia abajo. El espíritu de la mujer parecía recio, más oscuro y más fuerte, mientras que el de Markwart menguaba y se volvía grisáceo.
Entonces, el padre abad volvió a atacarla con fuerzas diez veces mayores. Empujó e hizo retroceder a su espíritu hacia el soporte corporal de la mujer. Y de alguna manera, la chica supo que, si su enemigo conseguía meter el espíritu de la mujer dentro de su cuerpo femenino, mientras el espíritu del monje continuaba apretando y empujando, sería destruida sin remedio.
Pony luchó con todas sus fuerzas, y su espíritu no cedió terreno. Pero no pudo progresar; no consiguió que Markwart retrocediera otro paso.
Y el padre abad se reía de ella.
Cuando los elfos llegaron al lugar por donde Pony había cruzado la muralla, encontraron a varios guardias inspeccionando la zona.
Pero Dasslerond no quería aflojar la marcha, no en aquel momento. Hizo una seña a los elfos y pasaron por encima, rápidamente, batiendo sus alas. Los soldados chillaron y se revolvieron, tratando de atrapar a aquellas raudas criaturas, pero los elfos ya habían rebasado la muralla y se habían perdido en la noche antes de que los guardias se les hubieran podido acercar, de forma que éstos se quedaron murmurando, llenos de confusión.
Dasslerond y su grupo se reunieron en el campo situado al otro lado y, de inmediato, se dispusieron a partir hacia el norte; pero, súbitamente, la señora se detuvo y se dio la vuelta para mirar con curiosidad y fijeza a sus compañeros.
—¿Qué ocurre? —preguntó Belli'mar Juraviel.
La señora de Andur'Blough Inninness no estaba segura. Algo mágico había pasado ante ellos, una perturbación en la mismísima esencia del espacio. Los elfos disponían de tres formas distintas de magia. En primer lugar, contaban con la canción que podía sumergir un hombre en un profundo sueño y podía levantar la perpetua niebla que cubría Andur'Blough Inninness cada noche y cobijarlos de nuevo bajo ella a la salida del sol. La segunda magia, la de las plantas, era algo más crucial para los Touel'alfar. Con ellas, podían preparar bálsamos curativos, o incluso pociones que permitían que alguien viviese sin aire para respirar durante mucho, mucho tiempo. Podían hablar con las plantas para descubrir el paso de un amigo o de un enemigo, o para conocer lo acaecido recientemente en algún lugar.
Y la tercera magia se la había proporcionado un humano, un gran héroe, un hombre que tenía sangre élfica y humana, un raro mestizaje, desde luego. Se llamaba Terranen Dioniel, y en la primera gran batalla de los elfos y los humanos contra los secuaces de Bestesbulzibar, Dioniel había entregado a los Touel'alfar la esmeralda, una de las gemas mágicas más poderosas de todo el mundo. Era la piedra de la tierra, la gema que aumentaba la percepción y la conexión de la señora Dasslerond con los seres vivos que la rodeaban. Era la piedra que había ayudado a conservar Andur'Blough en su estado de belleza sobrenatural y que había aportado seguridad al valle élfico, ya que, mediante ella, Dasslerond podía modificar los senderos que rodeaban el valle, desplazando las direcciones de las sendas de tal forma que cualquier intruso acababa por encontrarse describiendo círculos.
Entonces esa piedra le indicaba que alguna criatura había pasado de forma mágica junto a su grupo.
Sabía de quién se trataba y, por consiguiente, cuando salió del trance meditativo, invitó a sus compañeros a proseguir la marcha aún más aprisa.
Se mantenían en una situación de equilibrio; la pelea era dura. Pony trataba de conjurar toda su rabia, sus recuerdos de Dundalis destruido y, en particular, los de sus padres asesinados, los cadáveres poseídos por los demonios que se habían levantado contra ella en las entrañas del hogar de aquel perverso hombre. Durante unos instantes, la rabia pareció surtir efecto, pues su sombra se volvió más fuerte y oscura, y obligó a Markwart a dar otro paso hacia atrás.
Pero entonces llegaron oleadas de desespero, el miedo por el hijo que llevaba en el vientre, y la desesperación por haber ocultado a Elbryan lo más precioso de todo: su hijo.
Pony trató de concentrarse y se esforzó con toda su voluntad para construir silenciosamente un muro de cólera, pero era demasiado tarde. ¡El espíritu de Markwart atacó con energía y a Pony le pareció como si la sombra se hubiera vuelto enorme y le hubieran salido alas de murciélago!
Entonces la mujer estaba de nuevo en su cuerpo y sentía la presencia de aquellas manos en su garganta: un frío glacial, un estrangulamiento que le segaba la vida.
La oscuridad redujo los límites de su campo visual.
¡Markwart la tenía! «La derrotaré —decidió el monje—, pero no la destruiré; todavía no.» ¡Qué dulce sería!
El espíritu forzó a Pony a ponerse de rodillas, y Markwart observó con enorme gozo cómo las manos físicas de la mujer se alzaban hasta su garganta y arañaban y desgarraban..., pero no producían el menor efecto en los brazos de sombra del monje. «No, no puedo resistirlo», advirtió el padre abad. ¡Aquel momento era demasiado intenso; le producía un éxtasis pletórico ser capaz de destruir al mayor de todos sus enemigos!
Vio la sangre que salía de la garganta de Pony; escuchó su agónico jadeo.
Pero entonces sintió algo más, otra presencia. Primero echó un vistazo a su alrededor, pues pensó que se trataba de un tercero que se lanzaba contra él.
Lo embargó una gran confusión y, después, una desbordante alegría al advertir el origen de aquel pequeño espíritu, de aquel espíritu infantil, cuando miró con más atención el vientre hinchado de la mujer.
Las sombras se cerraban sobre ella y veía el mundo exterior a través de un túnel largo y oscuro. No podía respirar, no sentía los dedos que arañaban su garganta, aunque en algún lugar recóndito de su mente sabía que le estaban clavando las uñas profundamente. Pero, a pesar de ser consciente de que sus manos físicas no tenían ningún efecto sobre los brazos de sombra, no podía parar, no podía vencer el instinto de conservación.
El agarre de la sombra, de repente, se aflojó, y Pony sintió un pinchazo en el vientre.
Horripilada, al darse cuenta del súbito peligro para su hijo, liberó toda su energía mágica en una descarga repentina y brutal, un grito espiritual que obligó al padre abad a separarse de ella.
Y entonces, el suelo se levantó como si quisiera tragársela, y ella yacía de espaldas, completamente exhausta, jadeando, agonizando. Y allí, de pie, estaba él, encima de ella, mirándola, victorioso.
El monje se agachó como si quisiera coger su maltrecho cuerpo en brazos.
Ella no podía ofrecer resistencia alguna.
Pero entonces el suelo sufrió una tremenda sacudida, y el espíritu de Markwart miró en torno, sorprendido.
—¡Maldito elfo! —le oyó gritar Pony, y al acabar de pronunciar la frase su voz y su forma se desvanecieron.
Pero Pony estaba cayendo en una negrura más profunda que cualquier otra que hubiera sufrido antes.
A la señora Dasslerond le quedaba poca energía para dar a la mujer mortalmente herida, pues había destinado todo su poder para forzar al espíritu de Markwart a regresar al interior de su cuerpo físico. ¡Hasta el último gramo de su considerable poder y todo el poderío, sin olvidar ni la más pequeña parte, que la impresionante esmeralda proporcionaba apenas habían bastado, a pesar de que había pillado al monje por sorpresa! Las implicaciones de la sorprendente fortaleza del padre abad la horrorizaron.
Los elfos se arremolinaron en torno a Pony, y Belli'mar Juraviel dirigió las tareas destinadas a sanar las heridas de la chica; para ello utilizó el segundo nivel de magia: bálsamos curativos obtenidos de algunas plantas. Algunas heridas, como los desgarrones en el cuello, pudieron curarse con facilidad, pero otras eran muy profundas, eran heridas del alma. A pesar de todos sus esfuerzos, cuando informó a la señora Dasslerond del estado de Pony, no pudo menos que sacudir la cabeza.
—¿Cómo está el hijo? —le preguntó Dasslerond.
Juraviel se encogió de hombros, pues no lo sabía.
—Puede ser que el hijo sea quien la está matando —razonó—; tal vez Jilseponie no tenga bastante energía para los dos.
Otro elfo se les acercó a toda prisa para informar a la señora de que la puerta norte de Palmaris estaba abierta y de que por ella salían soldados y monjes.
La señora Dasslerond, entonces, supo lo que tenía que hacer.
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10
La casa sagrada

—¡Ah!, serías tonto si regresaras —le dijo Bradwarden a Shamus unas horas después, una vez que el grupo había vuelto al campamento y se habían encontrado con que Tiel'marawee descansaba tranquilamente.
El capitán había insistido en que él y su gente se proponían regresar a Palmaris y oponerse abiertamente al obispo De'Unnero en un tribunal convocado por el rey.
—Ni siquiera te dejará la oportunidad de hablar con el rey pues antes te matará en la plaza pública.
—La Iglesia no gobierna en Honce el Oso —aseguró Shamus Kilronney con tanta determinación como pudo.
Pero aquel lamentable atentado demostró que el capitán estaba perdiendo su batalla, estaba perdiendo los soportes sobre los cuales había construido todo su mundo.
—Bradwarden tiene razón —añadió Elbryan—. No atraparemos a De'Unnero antes de que regrese a Palmaris. Una vez que esté allí, se rodeará de un ejército demasiado poderoso. No podemos enfrentarnos a él; allí, no.
—Entonces, ¿qué? —preguntó Shamus— ¡El rey debería estar al corriente de estos acontecimientos!
—¿El mismo rey que hizo obispo a ese hombre? —inquirió Bradwarden secamente.
—Danube no sabía... —empezó a argüir Shamus, pero se detuvo.
El capitán sacudió la cabeza y emitió un gruñido de frustración; no tenía más remedio que enfrentarse a la evidencia de los hechos. El obispo de Palmaris, nombrado tanto por el rey como por el padre abad, ostentaba todo el poder en Palmaris y, por consiguiente, en todas las estribaciones del norte de Honce el Oso.
—El rey Danube tal vez no comprendió la verdadera naturaleza de ese hombre —repuso con calma Elbryan, con objeto de aliviar el dolor de su amigo—. Y cuando sepa la verdad, quizá podamos regresar a Palmaris y presentarnos por propia voluntad ante un tribunal público y justo. ¡Pero ese día aún no ha llegado, ni mucho menos!
—En ese caso, tenemos que informar al rey —dedujo Shamus.
—Para hacerlo tienes que superar el obstáculo de De'Unnero —le recordó Bradwarden.
Mientras el centauro acababa de hablar, Elbryan ya estaba sacudiendo la cabeza.
—Contamos con un aliado que se propone precisamente eso —explicó—. Aunque no estoy seguro de que el rey Danube escuche sus palabras; lo más fácil para el rey sería continuar en el bando del padre abad y su lacayo, el obispo.
—Y entonces, ¿qué? —le preguntó Shamus.
—Pues seremos unos proscritos para siempre —respondió Elbryan—. Y nos pasaremos la vida en las tierras del norte, tal vez en las espesas selvas de las Tierras Boscosas, y nos enfrentaremos a cualquiera que venga en nombre de la Iglesia o del Estado.
—No es una situación muy prometedora —comentó el hermano Braumin, pero sonreía, pues tanto él como sus compañeros monjes ya habían llegado a las mismas conclusiones que el guardabosque.
—¿Qué aliado? —preguntó Shamus.
—Pony —respondió el guardabosque enseguida—. Está en Palmaris y trabaja clandestinamente con los que se oponen a De'Unnero. ¡No la subestiméis! —añadió al ver que Shamus y otros fruncían el entrecejo.
—Entonces, ¿tenemos que escondernos y esperar? —comentó uno de los soldados.
—Vamos hacia el norte, camino de Barbacan —explicó Elbryan, que provocó exclamaciones de asombro.
—Fui yo quien se lo pidió —explicó el hermano Braumin—, ya que allí, en la tumba del hermano Avelyn, encontraremos la paz y descubriremos nuestra misión. Una visión me lo ha mostrado, capitán Kilronney. ¡Mi lugar está allí, y bienaventurados sean los que me acompañen!
La ampulosa proclamación provocó amplias sonrisas, e incluso aplausos, en los otros cuatro monjes. Pero si bien Elbryan, Roger y Bradwarden esbozaron una sonrisa, les pareció obvio que los soldados no compartían tan elevadas expectativas.
Un instante después, Shamus hizo una seña a sus hombres para que montaran.
—Nos vamos a hablar en privado de estos acontecimientos —anunció a todo el mundo—. Se trata de una decisión demasiado importante para tomarla sin el consenso de todos los implicados.
Saltó sobre su caballo y se puso al frente de sus soldados para encabezar la marcha.
—Sin duda, más de uno le ha dicho a tu amigo el capitán que venga y nos arreste —dedujo Bradwarden al cabo de varios minutos de acalorado debate entre los militares, aunque se hallaban demasiado lejos para que el guardabosque y el centauro pudieran pescar más que algunas palabras sueltas—. Ahora que ya saben cuál es su verdadera situación, es probable que la alternativa de De'Unnero les parezca la más conveniente.
—Confío en Shamus —repuso el guardabosque—. Algunos pueden decidir marcharse, pero el capitán no se volverá contra nosotros, ni permitirá que ninguno de sus hombres lo haga.
—Yo confío en ti —añadió el centauro—; pero quiero que sepas, amigo mío, que si tu amigo el capitán se vuelve contra nosotros, lo voy a derribar antes de que grite al advertir mi ataque.
Elbryan observó que Bradwarden había preparado otra flecha en su gran arco y, dado el tamaño y el enorme peso del arma, el guardabosque no tenía la menor duda de que un solo tiro sería más que suficiente.
Pero no ocurrió nada de eso, pues Shamus Kilronney se les acercó al trote poco después y desmontó frente al guardabosque y el centauro.
—Admito que unos pocos no quieren realizar el viaje —dijo—, pero el resto están dispuestos a ello; incluso los que se mostraban reacios han decidido seguirnos ante la falta de alternativas.
Elbryan le dedicó un severo gesto de asentimiento, demasiado preocupado por el camino que tenían por delante como para emocionarse con la decisión del capitán.
—Tiel'marawee tal vez podrá reemprender la marcha mañana por la mañana —respondió—; hasta entonces, vamos a permanecer muy alerta: no sabemos si De'Unnero ha decidido dar la vuelta con intención de atacarnos otra vez.
El resto de la jornada, y toda la noche, transcurrió sin incidentes. Al día siguiente, Tiel'marawee se encontraba mejor, y el hermano Braumin decidió que podía proseguir el viaje, a condición de que la marcha no fuera demasiado rápida.
Reemprendieron el viaje con la esperanza de no topar con ninguna tardía tormenta de invierno.
—¿Sabes?... —dijo la melódica voz serenamente mientras la esbelta figura aparecía a la vista por completo.
El rey Danube jadeó y, mientras agarraba con fuerza el candelabro que había tomado como arma improvisada, retrocedió un paso.
—... eres del noble linaje —le reprendió la señora Dasslerond—, de tu padre, de su padre y del padre de éste. Te contaron la verdad sobre los Touel'alfar en los años de tu infancia, a menos que tu familia haya sido más insensata de lo que creo.
—Hermosas leyendas —dijo con voz débil el rey Danube.
—Y conoces bien el Questel'ni'touel, al que llamas pasmo —continuó Dasslerond, avanzando con calma—. ¿Sabes?..., rey Danube, tienes que recobrar el ánimo y la serenidad; no puedo quedarme mucho tiempo aquí y tengo cosas importantes que contarte.
Era el rey de Honce el Oso, el mayor reino del mundo explorado, y descendía de un largo linaje de realeza; pero en aquel momento estaba acobardado por la diminuta criatura alada que parecía salida de un cuento infantil. Sin embargo, Dasslerond había hablado con propiedad, pues, en efecto, durante su infancia le habían contado historias de los Touel'alfar en repetidas ocasiones, de modo que Danube se las apañó para recobrar la calma.
Al cabo de un rato la señora se fue por un paso secreto que sus exploradores habían abierto deshollinando una chimenea de la mansión que no se utilizaba.
Danube se había enterado de la opinión de los elfos sobre los abrumadores acontecimientos que habían sucedido en Palmaris y había visto que su juicio no era precisamente favorable al padre abad y a la Iglesia abellicana. Pero Danube seguía viendo con nitidez el espectro de Markwart, su visita nocturna, una visión que ni todos sus años de adiestramiento ni todos sus años de gobierno podían borrar.
La señora Dasslerond hizo una seña a Belli'mar Juraviel y éste entregó la bolsa de las gemas, que contenía todas las piedras de Pony, a Belster O'Comely.
El posadero la cogió con manos temblorosas.
—¿Qué pasará si la chica no se recupera? —preguntó mientras miraba a Pony, que estaba tumbada, con aspecto enfermizo, en un camastro acolchado, pegado a la pared lateral del sótano.
—Eso lo tienes que decidir tú —le respondió la señora Dasslerond—. Hemos dejado a Jilseponie bajo tu custodia, y la responsabilidad por las gemas es inherente a ella; no es asunto de los Touel'alfar, ni la chica tampoco.
Belli'mar Juraviel se estremeció al oír aquellas palabras. No estaba de acuerdo con la brutal decisión que la señora Dasslerond había tomado extramuros, en el campo, mientras Pony yacía al borde de la muerte; pero sabía que tenía que aceptarla.
—Te..., tenemos amigos —tartamudeó Belster—. Los marineros behreneses...
—No me importa —dijo con frialdad la señora Dasslerond, cortándolo en seco—. Vosotros los humanos habéis elegido pelearos entre vosotros, por tanto, os deseo que peleéis bien, y sabed que mi buena voluntad es más de lo que merece cualquiera de vosotros. Con la mujer, haz lo que quieras. Esta vez, al enfrentarse con el padre abad Markwart, tomó una decisión, una decisión errónea en mi opinión, aunque a ella no le deseo mal alguno.
Belster se disponía a contestar, pero Dasslerond se dio la vuelta, se reunió con los otros elfos y, juntos, abandonaron el sótano de El Camino de la Amistad. Belster los siguió escaleras arriba mientras asentía con la cabeza ante la asustada Dainsey y le entregaba las gemas al llegar al rellano superior. La mujer miró nerviosamente a los inesperados huéspedes no humanos y, luego, bajó a toda prisa para ir junto a Pony.
—¿No hay nada que pueda hacerte cambiar de parecer? —intentó Belster por última vez ante Dasslerond.
Algunos elfos se detuvieron, pero sólo el tiempo suficiente para que uno de ellos abriera la ventana y echara una ojeada al compañero que vigilaba el callejón con objeto de cerciorarse de que no había soldados en la zona.
—Debes llevártela de este lugar —le respondió Dasslerond—. El padre abad la encontró aquí y tratará de hacerlo de nuevo. Llévatela de aquí, y vete tú también. Éste es mi consejo.
Luego, se marcharon, y Belster se quedó junto a la ventana abierta, asustado, sin saber qué hacer. Ya había encargado a Mallory y a Prim O'Bryen que buscaran una forma de escapar. Su única esperanza era que el capitán Al'u'met y los otros behreneses los acogiesen a Pony y a todos ellos.
Permaneció junto a la ventana mucho rato, con la vista fija, reflexionando.
—Se despertó —dijo la voz de Dainsey detrás de él.
Se dispuso a ir de inmediato hacia la escalera, pero Dainsey lo agarró por el brazo y lo detuvo.
—Sólo un momento —repuso la mujer—; sólo el tiempo suficiente para saber que ya no tenía el hijo en el vientre.
Belster se estremeció. Tenía el corazón destrozado por Pony, una mujer que había padecido tantas tragedias en su corta vida.
—Dijo que Markwart lo mató —prosiguió Dainsey—. Dice que en el campo sintió una punzada y que en aquel mismo momento supo que aquel ser horrible había vencido. Ha jurado matar a ese ser monstruoso.
Belster sacudió la cabeza, suspiró y se enjugó las lágrimas de los ojos. ¡Pobre Pony, tan llena de cólera y odio, tan destrozada!
—Después empezó a llorar y a estremecerse, pero no pudo permanecer despierta con tanto dolor —le explicó Dainsey—. Trató de usar la piedra gris y de utilizarme a mí para tomar mi energía, pero creo que su dolor es demasiado profundo, y no sólo es el cuerpo lo que le duele.
—Es buena señal que se haya despertado —dijo Belster, tratando de expresar confianza.
Dainsey le puso una consoladora mano sobre el brazo.
—Tal vez, muera —dijo la mujer con franqueza—. Está herida, Belster, y deberías tener presente lo grave que está.
Belster volvió a suspirar profundamente.
Entonces, Heathcomb Mallory, muy angustiado, entró en El Camino de la Amistad.
—Demasiados —dijo Bradwarden. El centauro estaba visiblemente inquieto; era una de las pocas veces en que Elbryan lo había visto tan preocupado.
—Había imaginado que esas condenadas criaturas habrían abandonado este lugar después de la explosión que acabó con las que estaban aquí.
—Han regresado con la desesperada esperanza de que su líder todavía podría estar con ellos —dedujo el guardabosque.
—Han regresado para quedarse —dijo el centauro.
La mirada de Elbryan, de forma instintiva, se dirigió hacia el sur.
—Hemos llegado demasiado lejos para rendirnos ahora —dijo el hermano Braumin con decisión, disponiéndose a volver al risco que dominaba el cuenco de Barbacan—. ¡El obispo De'Unnero no pudo detenernos; sus soldados se unieron a nosotros!
El guardabosque sabía que estaba en lo cierto. Durante los últimos días habían soportado fríos vientos y ventiscas de nieve, y habían seguido su camino a través de las montañas. Entonces, se habían detenido cerca de la salida del escarpado desfiladero que recorría el mismo sendero que Elbryan y sus compañeros habían tomado en su primer viaje a la montaña de Aida. A menos de doscientos metros de donde se encontraban empezaba la inclinada ladera que conducía al devastado valle en forma de cuenco que en una ocasión había sido la guarida del gran ejército del demonio Dáctilo. El grupo ya había echado un vistazo al lugar y había quedado abrumado, e incluso entristecido, ante aquella absoluta aridez. Ni siquiera la blancura de la nieve podía ocultar la desolación gris y vacía, ni enterrar los restos de la erupción de Aida esparcidos por doquier. No obstante, cuando se detuvieron para observar el panorama, Braumin Herde lo calificó de bendición, pues semejante yermo, probablemente, mantendría a los monstruos alejados para siempre del lugar. Sólo entonces podrían realizar sus anhelados planes para la tumba de Avelyn, unos planes que convertirían el lugar en un santuario, un nuevo símbolo para una nueva orden.
Pero aquella primera noche en la cresta de la montaña habían divisado fogatas en la lejanía y, después, la exploración de Bradwarden les había mostrado la terrible realidad.
El guardabosque miraba al centauro para que lo ayudara a tomar una decisión. En buena medida, Elbryan quería dar la vuelta y correr hacia Palmaris, pues temía que De'Unnero estuviera allí, y no sabía si el obispo se habría enterado de la presencia de Pony en la ciudad.
De Pony y del hijo que esperaba.
Y con todo, el guardabosque había llegado a aquel lugar con un objetivo preciso, un objetivo que le habían mostrado los desesperados deseos de los cinco monjes y el oráculo. La imagen del brazo extendido de Avelyn se había encendido en su conciencia en el transcurso de aquella sesión con el tío Mather y se había consolidado en las siguientes sesiones. Tanto como reunirse con Pony, Elbryan quería ver de nuevo el lugar de la tumba para tratar de averiguar lo que el oráculo le quería decir.
—Tal vez consigamos llegar allí sin pelear —indicó el centauro—; no hay muchos monstruos a este lado de la montaña.
—¿Sólo trasgos? —preguntó el guardabosque.
Bradwarden asintió con la cabeza.
—Lo único que he visto ha sido centenares de esos malditos seres, todos ellos metidos en cuevas y refugios en las paredes norte y oeste de Barbacan.
El guardabosque recorrió con la mirada el anillo de montañas: desde el este, en torno a las crestas del norte y luego hacia el oeste. Después inspeccionó de nuevo la achatada cima de Aida, la solitaria montaña en la parte central del sur de aquel anillo natural, a varios kilómetros de distancia. Gracias a los perfiles de las crestas montañosas, calculó el lugar aproximado donde Avelyn fue enterrado, y era tan nítida la imagen en su mente que tuvo la sensación de que, a pesar de la distancia, podía divisar aquel brazo extendido.
—He visto huellas de pisadas de gigante —admitió el centauro—, pero es seguro que hay pocos por aquí, y no queda ni condenado rastro de powris.
—Menos mal —añadió el guardabosque.
Al igual que todos los que habían luchado contra los astutos y resistentes enanos durante la guerra, no tenía ningunas ganas de volver a encontrarse con ellos.
—¡Conseguiremos llegar! —exclamó el hermano Braumin con expresión resplandeciente.
—Pero ¿qué vamos a hacer cuando lleguemos? —preguntó el guardabosque—. Si queremos pasar la noche allí, en la desprotegida cima de Aida, necesitaremos una fogata, y eso no pasará desapercibido a nuestros poco amistosos vecinos, por mucho que tratemos de camuflarla.
—Hay cuevas —dedujo Braumin, que evidentemente no quería abandonar estando tan cerca del objetivo.
—Gracias por recordármelo —dijo secamente el centauro.
—Con todo... —insistió el hermano Braumin.
—Si hay cuevas, es posible que estén llenas de trasgos —le interrumpió Elbryan—, o de seres aún peores.
El hermano Braumin suspiró profundamente y volvió la cabeza.
—Venimos de demasiado lejos para regresar ahora —indicó el hermano Castinagis.
—Voy a ir a Aida a ver la tumba del hermano Avelyn, aunque tenga que ir solo —agregó el habitualmente tímido hermano Mullahy—. He consagrado mi vida a los principios de maese Jojonah y de Avelyn Desbris, y voy a visitar ese lugar tan especial, aunque me vaya la vida en el empeño.
Aquella declaración los cogió a todos desprevenidos y agradó a los otros monjes, salvo, quizás, al pobre hermano Viscenti, que estaba tan nervioso que no había dejado de temblar desde el regreso de Bradwarden.
—Y vamos a ir —puntualizó Shamus Kilronney—; por lo menos, algunos, mientras el resto se quedará aquí con los caballos.
Elbryan miró a Bradwarden en busca de consejo. Sabía que su decisión era vital, pero el centauro se limitó a encogerse de hombros; parecía estar de acuerdo con cualquier decisión que se tomase.
—Soy incapaz de decir, yo por lo menos, si podremos permanecer allí mucho tiempo —dijo el guardabosque—; pero si Bradwarden cree que podemos llegar hasta allí sin pelear, estoy dispuesto a correr el riesgo. Hemos llegado demasiado lejos. El hermano Castinagis, y también yo, deseamos visitar la tumba de mi querido amigo.
En aquel momento, apareció Roger Descerrajador en un sendero justo debajo de ellos, de regreso de su misión exploratoria.
—No hay trasgos en las laderas inferiores —gritó—. El camino está despejado hasta el valle.
Enseguida, se pusieron en marcha: Bradwarden y Elbryan, Roger y los cinco monjes, Shamus Kilronney y una docena de soldados, la mitad del contingente que había continuado hacia el norte con el grupo de Elbryan, después del desagradable encuentro con el obispo De'Unnero. Dejaron a la todavía débil Tiel'marawee al cuidado de los restantes soldados, junto con Sinfonía y los demás caballos.
El descenso fue fácil. Los senderos barridos por el viento estaban relativamente limpios de nieve, salvo en una o dos pendientes, heladas y traicioneras. Pero a primera hora de la tarde, llegaron al valle y avanzaron por el mismo largo brazo —entonces incluso más largo, ya que la erupción había añadido una tremenda anchura a la base de la montaña— por el que Elbryan y sus compañeros habían ido en su primer viaje a la guarida del Dáctilo. Allá abajo, la temperatura era mucho más elevada, incluso se estaba bien, quizás a causa del calor residual del magma enfriado, aunque la erupción había ocurrido hacía muchos meses. «O bien —musitó Elbryan con cierta preocupación—, tal vez la montaña haya continuado activa y siga borboteando lava fundida.»
—Deberíamos acampar en la ladera sur de la montaña —decidió el guardabosque mientras se acercaban al enorme montículo—; no debe de ser difícil encontrar un hueco que nos sirva de refugio tanto del viento como de los ojos de los trasgos.
Poco después encontraron un lugar adecuado. Encendieron una fogata y pasaron una noche tranquila, sin incidencias. Se despertaron temprano, llenos de impaciencia por lo que les traería el nuevo día. Apenas habían salido del agujero y empezaban a caminar por la quebrada y escarpada ladera de la montaña cuando la esperanza devino pavor. Trasgos, una horda de trasgos, salieron de una cueva situada a cierta distancia, señalándolos y aullando. En pocos momentos, la base de la pared montañosa del sur se llenó de repugnantes criaturas, que cortaban todas las salidas.
—Demasiados para hacerles frente —dijo el guardabosque a Kilronney, mientras Shamus se disponía a situar a sus hombres a la defensiva—. ¡No os detengáis! ¡Bradwarden y yo controlaremos el sendero!
—Gracias por presentarme como voluntario —le comentó Bradwarden una vez que Shamus y los demás hubieron trepado hasta desaparecer de su vista y que el enjambre de trasgos hubo subido hasta acercarse considerablemente a los dos amigos.
—Si decido cargar hacia abajo contra las criaturas, necesitaré algo para montar —repuso Elbryan alegremente.
Habían elegido ir a aquella montaña, conocedores de los riesgos que ello implicaba, y entonces, parecía que lo habían perdido todo, o que no tardarían en perderlo. Pero Elbryan había vivido al borde del abismo desde el día en que había salido de Andur'Blough Inninness. Así era la vida de un guardabosque, una existencia que había aceptado con todas las consecuencias. Entonces, se lamentó de la posibilidad de no volver a ver nunca más a Pony y a su hijo, pero enseguida apartó de su cabeza esos pensamientos; era un diestro guerrero, en cuerpo y alma. ¡Elbryan, mejor dicho, el Pájaro de la Noche, decidió que cargarían hacia abajo con tanto ímpetu que los trasgos de todo el mundo tardarían en olvidarlo!
En aquel momento, las criaturas más cercanas se hallaban a menos de cincuenta metros y avanzaban con decisión. El Pájaro de la Noche levantó Ala de Halcón, y uno de aquellos desgraciados desapareció de la ladera de la montaña. Eso retrasó el avance de los demás monstruos, pero sólo hasta cierto punto. El Pájaro de la Noche sabía, y Bradwarden sabía —y los trasgos, sin duda, sabían—, que aquella vez el guardabosque y sus amigos, por muy valientes que fueran, no podían albergar esperanzas de victoria.
Los arcos del Pájaro de la Noche y de Bradwarden dispararon más flechas, y muchos trasgos murieron; pero otros muchos continuaron avanzando, y pronto el guardabosque y el centauro se vieron obligados a buscar un estrechamiento del sendero desde el que no pudieran ser atacados por los lados. Tuvieron que cambiar los arcos por la espada y el palo.
Numerosos cuerpos de trasgos no tardaron en amontonarse a sus pies.
Durante un breve tiempo, los dos amigos casi se creyeron capaces de mantener el paso abierto y salir del apuro; creyeron que matarían tantos monstruos que el resto abandonaría la batalla y huiría. Pero entonces, una roca se les vino encima, y poco faltó para que diera en la cabeza del Pájaro de la Noche.
Algunos trasgos habían encontrado un túnel que desembocaba un poco más arriba en la ladera de la montaña. El apuro se quedó sin salida; el paso, cerrado.
—¡Corre! —gritó Bradwarden, y se lanzó a una repentina y devastadora carga que hizo retroceder a las criaturas más cercanas.
El Pájaro de la Noche se dio la vuelta y se precipitó sendero arriba, saltando por encima de las piedras y trepando por los salientes rocosos, siempre con Ala de Halcón preparado. Cuando avistaba trasgos que hacían caer piedras desde arriba, les disparaba flechas; un monstruo se desplomó desde un saliente y se estrelló en el lugar en que se habían detenido Elbryan y Bradwarden, rebotó hacia afuera con un terrible crujido de huesos y se precipitó al fondo del valle.
Luego, el guardabosque dobló una cerrada curva del sendero y se topó con un par de trasgos que lo esperaban.
Tal como correspondía, Braumin Herde fue el primero en contemplar el lugar de la tumba de Avelyn Desbris. Y aunque sabía que los monstruos se acercaban y que probablemente no sobreviviría a aquel día, estaba emocionado, incluso abrumado, ante el espectáculo del brazo alzado.
Los diecinueve hombres se reunieron en silencio en torno al momificado brazo alzado, e incluso Roger y los soldados no profirieron la menor queja. Todos parecían tranquilos, aunque oían el ruido de la lucha que tenía lugar más abajo y sabían que pronto, muy pronto, los monstruos los encontrarían.
Bradwarden advirtió que, aunque su súbita y brutal carga había causado, sin duda, estragos en la banda de los trasgos —un par murieron, varios resultaron heridos y muchos huyeron—, el efecto sorpresa se había terminado y que los trasgos volvían al ataque con firmeza y que, en modo alguno, los podría mantener a raya.
Desesperado, saltó y pateó con las patas traseras sin golpear a nadie, pero recibió un feo corte de la espada herrumbrosa de un trasgo en una de esas patas. Con todo, se lanzó a la carrera, aunque fue alcanzado por una lanza en la grupa y otra le rozó el lomo. Fue aún peor cuando una roca situada encima le cayó sobre la cabeza y el hombro. El centauro, que tenía un ojo cerrado y cubierto de sangre, perseguido por los chillones trasgos, siguió corriendo, convencido de que una ironía del destino iba a hacer que muriese en el mismo desamparado lugar en el que antes había creído morir.
Creyeron que lo habían cogido por sorpresa y, por tanto, los dos trasgos más próximos al Pájaro de la Noche se lanzaron hacia él con ávido y salvaje desenfreno.
Pero el Pájaro de la Noche era un guardabosque, y los guardabosques raramente, si es que alguna vez llegaba a ocurrir, eran cogidos por sorpresa. Con un rápido movimiento de la muñeca, desencordó Ala de Halcón, y enseguida llevó la punta del arma, convertida en un robusto palo, hacia adelante.
Los trasgos lo atacaron: uno por la derecha y el otro por la izquierda. Ambos creyeron, pues parecía la reacción más evidente, que el guardabosque trataría de obligar al de su derecha, el que se hallaba más cerca del impresionante abismo, a caer por encima del saliente. Por consiguiente, el trasgo se agachó.
El Pájaro de la Noche no se contentaría con uno solo. Más rápido que la mirada de los trasgos, el guardabosque hizo oscilar Ala de Halcón en torno y encajó un golpe del palo de la criatura de la izquierda a cambio de propinarle un buen estacazo en el costado. El trasgo lo agarró, pero el guardabosque, con la fuerza de un gigante, rugió y lo echó hacia atrás, y se libró de las manos del monstruo; la criatura chocó contra su agachado compañero, pasó por encima del saliente y se precipitó al vacío pared abajo.
Entonces, el guardabosque, con un movimiento giratorio de Ala de Halcón, descargó un terrible porrazo contra el otro trasgo, que se derrumbó, completamente aturdido.
El Pájaro de la Noche avanzó. Sólo se detuvo el tiempo suficiente para cambiar Ala de Halcón por Tempestad y para dar una patada que precipitó al abismo al atónito trasgo.
Los cuatro trasgos restantes cargaron de forma estúpida, pues uno de ellos iba muy destacado en cabeza.
Tempestad centelleó. Entonces, llegaron los otros tres.
Arreciaron el ataque: un palo, una lanza y una espada propinaban estocadas, daban cortos y rápidos pinchazos, y se agitaban desde todos los ángulos imaginables. Pero el Pájaro de la Noche se hallaba completamente inmerso en la bi'nelle dasada. Esquivó una estocada de la lanza del trasgo que se encontraba frente a él, se agachó ante el barrido de la espada del que estaba a su izquierda y encajó otro picotazo, un feo golpe, del portador del palo.
Tempestad se precipitó hacia adelante, y el trasgo de la lanza chilló y retrocedió. El guardabosque los engañó: levantó la hoja y torció la muñeca de forma que la punta de Tempestad saliera disparada bruscamente hacia adelante y hacia la derecha en el preciso momento en que el trasgo espadachín se disponía a atacarlo por una parte que él creía desprotegida. Tempestad le perforó el pecho justo debajo del hombro.
Entonces, el Pájaro de la Noche saltó hacia la derecha y estrelló su hombro contra el pecho del trasgo del palo. La criatura voló hacia atrás, osciló en el saliente y, al fin, recuperó un desesperado y precario equilibrio. Cuando se las hubo apañado para mirar hacia atrás, vio frente a él al Pájaro de la Noche. El trasgo movió frenéticamente el palo de un lado para otro, con objeto de bloquear la mortal espada del guardabosque. En su honor, hay que reconocer que lo habría conseguido, pero el guardabosque, en lugar de utilizar la espada, lo golpeó con su mano libre, y un terrible puñetazo en la cara hizo volar al maltrecho trasgo.
Luego, el Pájaro de la Noche, que daba la espalda a los demás trasgos, de forma instintiva efectuó un paso hacia un lado con el pie derecho. Dobló la rodilla derecha y se inclinó hacia un costado, pero bloqueando el paso con la pierna izquierda.
El trasgo al que había apuñalado tropezó con la pierna y voló de cabeza por los aires.
El guardabosque se dio la vuelta, y Tempestad desvió la lanza que le había arrojado el último trasgo. La criatura se dio la vuelta, corrió hasta la cercana y tremenda pared, y gateó a fin de alcanzar un asidero.
El Pájaro de la Noche se precipitó hacia él, pegó un brinco, atrapó al huidizo trasgo por un pie y tiró de él hacia abajo. Le agarró el otro pie y con un solo tirón estrelló a la criatura contra la roca. Pero no lo dejó allí, sino que, sujetándolo todavía por los tobillos, lo levantó y lo despeñó por encima del saliente.
—Buena técnica —le felicitó Bradwarden mientras doblaba la curva en el preciso momento en que el Pájaro de la Noche lanzaba la criatura al vacío.
Sus sonrisas fueron efímeras debido a las múltiples heridas del centauro y también al estruendo de la horda de trasgos que se les venía encima.
Hombre y centauro se pusieron a correr y, al fin, alcanzaron la última cuesta. Trepar por allí, más de tres metros de pared, era muy difícil y, al no haber bastante distancia para tomar impulso inicial con una carrera, el centauro no veía la manera de subir.
—Precisamente lo que faltaba para tener que quedarme aquí mismo —dijo.
El guardabosque, sin embargo, no quiso ni oír hablar de aquel asunto.
—Agárrate con las manos a aquel saliente y tira con todas tus fuerzas —le indicó—, que yo te empujaré desde abajo.
Bradwarden, poco convencido, hizo lo que le indicó: levantó todo lo que pudo las patas delanteras, consiguió agarrarse provisionalmente con sus manos humanas y trató de trepar.
Oyó un gruñido debajo de él y sintió que el Pájaro de la Noche lo cogía con fuerza por los flancos.
Y entonces, sus casi quinientos kilogramos se alzaron en el aire, arriba y arriba, pero contra la pared y sin que pudiera elevarse lo suficiente como para rebasarla.
Pero en aquel preciso instante se asomaron por arriba Roger y Shamus Kilronney, y lo agarraron por los brazos; los demás se unieron a ellos y, juntos, todos a la vez, de alguna manera, se las apañaron para conseguir que el corpulento cuerpo equino superara el saliente y alcanzara la plataforma donde descansaban los restos de Avelyn.
Después, subió el Pájaro de la Noche y, también él, contempló la belleza de lo que sería el santuario de Avelyn y, también él, se sintió en paz.
Pero los trasgos aparecieron por el saliente y, de nuevo, recomenzó la lucha. Los veintiún defensores se dispersaron y pelearon con todas sus fuerzas. Murieron muchos trasgos, y bastantes otros fueron rechazados; pero cada vez más los defensores tenían que desviar su atención de la siguiente criatura que trepaba para dirigirla a alguna otra que ya lo había conseguido por otro lugar, y eso, desde luego, no hacía mas que permitir el acceso de más trasgos a la plataforma. Un soldado se desplomó gritando de dolor con una lanza en el vientre. El hermano Dellman no tardó en seguirlo, noqueado por un golpe en la cabeza.
A causa de esas pérdidas, los defensores tuvieron que retroceder inexorablemente, hasta que se encontraron agrupados alrededor del emergente brazo de Avelyn Desbris.
La batalla se interrumpió cuando los trasgos se reagruparon a lo largo del contorno del cuenco circular, mientras otros muchos trepaban para unirse a ellos: primero, hasta cien monstruos; luego, hasta doscientos.
La señora Dasslerond y sus elfos salieron de Palmaris mucho antes de que hubiera transcurrido la mitad de la noche. Se dirigieron al norte, de nuevo hacia Caer Tinella, donde intentarían enterarse de cómo le iba al Pájaro de la Noche antes de desviarse hacia el oeste en dirección al valle de los elfos.
A criterio de la señora Dasslerond, el papel de su gente en aquella guerra entre humanos había terminado. La señora se proponía hablar con el Pájaro de la Noche una última vez para comunicarle la situación de Jilseponie y para reprenderlo por haber enseñado la bi'nelle dasada a su mujer. La señora de Caer'alfar no cedería, no reprimiría su enfado. El Pájaro de la Noche se había equivocado, pues el atentado de Jilseponie contra Markwart había sido una temeridad, y alguien que había elegido semejante estrategia no merecía conocer la danza de los elfos.
Belli'mar Juraviel, deprimido, iba detrás del grupo y, a menudo, sus ojos se volvían hacia Palmaris.
—Adiós, amigos míos, que os vaya bien —dijo al viento del atardecer.
Pero en el fondo de su corazón, sabía que no les iría bien.
—Eres mi hermano, Pájaro de la Noche, y no te juzgo con severidad —afirmó—, y Jilseponie, ahora, es mi hermana y, a ella, sólo le puedo hacer una silenciosa promesa. Y por lo que a ti respecta, Pájaro de la Noche, sólo ruego que nuestros caminos se vuelvan a encontrar, que de nuevo vivamos tiempos de alegría y de amistad en un altozano con Jilseponie y Bradwarden, en un lugar suficientemente apartado de la insensatez de las luchas políticas de los humanos.
¡Cómo deseaba Juraviel que aquello llegara a cumplirse! Le cayeron lágrimas de los ojos dorados: era la primera vez que el elfo lloraba por algún humano. La tristeza estuvo a punto de abrumarlo, cuando se acordó de la pobre Pony y de que, si conseguía sobrevivir, despertaría para encontrarse con otra brutal pérdida.
Por tanto, sólo le quedaba la esperanza de que, algún lejano día, podría reunirse de nuevo con sus amigos. Pero Juraviel, que como todos los de su raza había aprendido mucho de la verdadera naturaleza de sus enemigos, comprendió que sus esperanzas eran una remota posibilidad. Sabía a qué tenían que enfrentarse el Pájaro de la Noche y Pony, y no creía que pudieran ganar, entonces que la señora Dasslerond había decidido abandonar a los humanos.
Se quedó detrás de su gente durante un buen rato mientras lanzaba melancólicas miradas hacia Palmaris, hacia el lugar que se había convertido en muy peligroso para Pony y que, según sospechaba, no tardaría también en serlo para el Pájaro de la Noche.
Delante, la señora Dasslerond dirigía a los demás la interpretación del tiest-tiel, la canción favorita y el más alto placer que podía experimentar un elfo.
Pero aquella noche Belli'mar Juraviel no tenía ganas de unirse a ellos, pues no había lugar para cantos en su apesadumbrado corazón.
—Quizás es un buen sitio para morir —comentó el guardabosque con expresión grave.
—Pero preferiría que fuera dentro de cien años —respondió Bradwarden.
Marlboro Viscenti empezó a llorar. Roger Descerrajador trató de consolarlo, pero sus hombros también se sacudían a causa de los sollozos.
—Por el legado de Avelyn Desbris —empezó a decir el hermano Braumin; sostuvo melódicamente la última sílaba pues utilizaba el tono, medio cantado medio salmodiado, de los sermones de un monje a su rebaño—. Y por consiguiente, hemos fracasado y, al mismo tiempo, hemos triunfado —prosiguió—; somos los primeros, pero no los últimos, que hemos llegado hasta aquí impulsados por nuestros corazones. Y por tanto, le hemos encontrado; hemos encontrado nuestra inspiración, nuestro camino hacia Dios, y, en consecuencia, moriremos bendecidos.
Se inclinó mientras continuaba la plegaria para que el hombre herido, obviamente a punto de morir, pudiera oírlo con claridad y sentirse reconfortado. El soldado herido dejó de quejarse y de llorar, y también Viscenti y Roger dejaron de llorar. Todos escuchaban la plegaria, el último deseo del hermano Braumin Herde en este mundo.
El rezo se prolongó unos instantes, hasta que Shamus Kilronney lo interrumpió.
—¡Aquí vienen! —exclamó.
—Recemos —gritó el hermano Braumin.
—Luchemos —le corrigió el Pájaro de la Noche con expresión severa, pero cuando observó al monje arrodillado, depuso su actitud—. Luchemos y recemos —concedió con una sonrisa.
Así pues, rezaron y cantaron, mientras los trasgos, cientos de trasgos, se les acercaban lentamente. Y entonces sus cantos se desvanecieron, pues uno tras otro empezaron a oír un sonido zumbante, un sonido profundo y resonante.
—Ha escogido un buen momento para explotar de nuevo —observó Bradwarden mientras contemplaba la peligrosa montaña.
De repente, dejaron de pensar en absoluto, salvo en los trasgos, pues los monstruos aullaron y cargaron de forma que llegaron a tan sólo dos zancadas largas de distancia.
Entonces, un gemido grave, una sonora y giratoria vibración, emanó del brazo de Avelyn, y todos —hombres, centauro y trasgos— se quedaron helados al ver un anillo púrpura de energía que giraba por entre los defensores.
El anillo giraba entre los defensores y contra los trasgos, e iba impregnando los cuerpos de los monstruos. Emergió otra vibración, después una tercera, y todas ellas chocaron contra el entonces detenido cerco de monstruos como si fueran las olas que se forman cuando sube la marea.
Los trasgos abrieron las bocas como para gritar, pero no se oyó ningún sonido por encima del grave zumbido del brazo. Los trasgos trataron de dar la vuelta y correr, pero tan sólo pudieron torcer la parte superior del torso, ya que tenían los pies enraizados en la roca.
Los hombres y el centauro hicieron una mueca de pavor al ver los huesos de los trasgos con tanta claridad como si su carne se hubiera vuelto traslúcida.
Y poco después, literalmente, sólo quedaron huesos, puros esqueletos, en el lugar donde había estado la horda de trasgos.
El zumbido desapareció. El resplandor púrpura se desvaneció.
Centenares de esqueletos de trasgos se desmoronaron en medio de enormes crujidos.
El hermano Braumin se postró ante el brazo alzado.
—¡Milagro! —gritó entre llantos.
Ni el escéptico Elbryan ni Bradwarden, que no practicaban las religiones de los humanos, pudieron pronunciar ni una sola palabra para disuadirlo; de hecho, en aquellos momentos no pudieron pronunciar ni una sola palabra en absoluto.

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