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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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martes, 26 de febrero de 2013

TAL COMO ESTÁ



TAL COMO ESTÁ
Robert Silverberg


No con todo el mundo puede hablarse de las diversas ediciones de The Periplus of the
Erythraen Sea, o de las de Letter From Préster John, o del grito de la cuaga, como ocurre
con Roben Silverberg. No obstante, si bien contribuye tener cierta erudición para gozar
con Tal como está, la cosa no exige tanto. Ahorraré a los lectores más que un simple
codazo en las costillas respecto a «los largos amoríos norteamericanos con el automóvil»,
y acto seguido les aconsejaré, como hacían los alquimistas, Lege, lege/ Leed, leed...
Si bien es cierto que Robert Silverberg ha escrito varios cientos de libros e
innumerables relatos cortos, el autor se limita a decir: «Neoyorquino de nacimiento, me
trasladé a California hace bastante tiempo. Llevo escribiendo c-f (interrumpimos aquí a
Silverberg para decir que, como ven, casi todos los autores escriben esto de forma
distinta; ¿tiene ello alguna importancia?). Llevo escribiendo c-f treinta años y he publicado
bastante de ese material. (Ha publicado bastante de otras cosas, además.) Entre mis
libros más famosos están Dying Inside, El castillo de lord Valentine, The Books of Skulls y
Alas nocturnas. Varios premios Hugo y Nébula, etc.». Un premio especial, diría yo, es un
párrafo que leí en un periódico que empezaba así: «El historiador norteamericano Robert
Silverberg...».
—Tal como está —dijo el vendedor de coches mientras metía los pulgares bajo el
cinturón—, doscientos cincuenta dólares y puede llevárselo. No le digo que sea perfecto,
pero se lo aseguro, conseguirá todo un coche por ese precio.
—Tal como está—dijo Sam Norton.
—Tal como está. Estrictamente tal como está.
Norton parecía un poco dudoso.
—Es posible que corra bien, pero con un maletero que no se abre...
—¿Y eso qué? —se mofó el vendedor—. Acaba de explicarme que va a alquilar un UHaul
para llevar sus cosas a California. ¿Para qué necesita un maletero? Escuche,
cuando llegue a la costa y tenga un rato libre, lleve el coche a un garaje, explique la
historia y es posible que con cinco minutos de soplete...
—¿Por qué no ha hecho eso usted mientras tenía el coche en venta?
El vendedor adoptó un aire evasivo.
—No tenemos tiempo para detalles de esa clase.
Norton olvidó el problema. Paseó otra vez alrededor del automóvil, lo examinó
atentamente desde todos los ángulos. Era un pequeño sedán de cuatro puertas, color
verde oscuro, con un acabado interior y exterior en buen estado, un decente juego de
llantas y un fulgor general que sólo se presenta cuando un coche está bien cuidado. El
tapizado era respetable, la radio funcionaba bien, el motor (hasta donde Sam podía
juzgar) estaba perfectamente, y en la prueba el vehículo se había mostrado suave y fácil.
El coche parecía ser un modelo razonablemente moderno, además; poseía cinturones de
seguridad y faros de emergencia.
Sólo había un pequeño detalle anormal. El maletero no se abría. No era tampoco
problema de una cerradura atascada; alguien había construido aquel coche de forma que
el maletero no se pudiera abrir. El propietario anterior, al parecer, lo había soldado con
gran cuidado; nada era visible allí, aparte de una tenue línea que señalaba el lugar donde
la tapa podía haberse abierto en otros tiempos.
Pero qué diablos. El automóvil estaba por lo demás en perfecto estado, y Sam no se
encontraba en situación de mostrarse demasiado exigente. De la noche a la mañana,
prácticamente, le habían trasladado a la oficina de Los Ángeles, cosa que estaba muy
bien desde el punto de vista de salir de Nueva York en medio de un horrible invierno, pero
no tan bien tal como iban sus finanzas inmediatas. La compañía no pagaba gastos de
traslado, sólo el transporte. Había entregado a Sam cuatro billetes de ida clase turista, y
punto. De forma que había metido a Ellen y a los chicos en el primero avión hacia Los
Ángeles, devolviendo el cuarto billete para usar el dinero en el traslado. Sam pensaba
hacerlo de un modo lento pero barato: alquilando un remolque U-Haul para meter las
pertenencias familiares y partir hacia California por la autopista con la esperanza de que
Ellen hubiera encontrado un piso cuando él llegara allí. Pero no podía esperar que el
cacharro que era su coche actual le llevara muy lejos al oeste de Parsip-pany (New
Jersey) y mucho menos que le permitiera cruzar el desierto del Mojave. Y por eso estaba
allí, tratando de elegir un modelo usado decente por unos quinientos dólares, que era todo
lo que podía permitirse pagar al contado.
Y allí estaba el encargado del puesto de automóviles usados, ofreciéndole un vehículo
muy atrayente (con un solo y peculiar defecto) únicamente por doscientos cincuenta
dólares, con lo que le quedaría la misma cantidad disponible para los gastos del trayecto
de costa a costa. Y en realidad él no necesitaba un maletero, porque iba a conducir solo.
Podía dejar el maletín en el asiento trasero y meter lo demás en el remolque. Y tampoco
sería tan difícil pedir a algún mecánico de Los Ángeles que abriera el maletero y lo dejara
en condiciones aprovechables. Por otra parte, Ellen le reprendería seguramente por haber
comprado un coche sin maletero; ella ya le había abroncado antes por otros «negocios»
de esa clase. En tercer lugar, el misterio del maletero cerrado le preocupaba. ¿Quién
sabía qué encontraría allí cuando lo abriera? Quizás el vehículo había pertenecido a un
contrabandista que tuvo que ocultar un cargamento precipitadamente, y el maletero podía
estar repleto de maravillosos lingotes de oro, o diamantes, o coñac de noventa años, que
el contrabandista pensaba recobrar semanas más tarde antes de que le ocurriera algo
inesperado. En cuarto lugar...
—¿Qué le parecería volver a probar el coche? —preguntó el vendedor.
Norton meneó la cabeza.
—No creo que sea preciso. Tengo una buena idea de cómo se porta.
—Bueno, entonces, entremos en el despacho y cerremos el trato.
—¿De qué año me ha dicho que era? —preguntó Norton para eludir la maniobra.
—Oh, del sesenta y cuatro o sesenta y cinco.
—¿No está seguro?
—A veces es imposible estarlo con estos productos extranjeros. Mire, no cambian el
modelo durante cinco, seis o diez años seguidos, excepto pequeños detalles que sólo un
experto notaría. Piense en Volkswagen, por ejemplo...
—Y acabo de darme cuenta de que tampoco me ha dicho la marca—le interrumpió
Norton.
—Peugeot, tal vez, o algún modelo Fiat —dijo vagamente el vendedor—. Una de esas
marcas.
—¿No lo sabe?
Un encogimiento de hombros.
—Bueno, repasamos los catálogos de marcas de hace algunos años, pero hay tantos
coches extranjeros..., y de algunos sólo importan unos cuantos miles y... Bueno, no
conseguimos averiguarlo.
Norton se preguntó cómo iba a conseguir piezas de recambio para un coche de marca
desconocida y fecha incierta. Entonces se dio cuenta de que estaba pensando en el
vehículo como si ya fuera suyo, a pesar de que cuanto más pensaba en la compra, menos
le gustaba. Y luego pensó en los lingotes del maletero. El coñac excepcional. La maleta
llena de rubíes y zafiros.
—¿No debería decir el registro algo sobre el año y la marca? —preguntó.
El vendedor cargó su peso sucesivamente sobre ambos pies.
—La verdad es que no tenemos el registro. Pero el vehículo está perfectamente
legalizado. Eh, mire, me gustaría sacar este coche del garaje, así que podemos dejarlo
por doscientos veinticinco dólares, ¿de acuerdo?
—Todo esto parece muy misterioso. De todas formas, ¿cómo consiguió el coche?
—Lo trajo un tipejo, hace un año. Hizo un año en noviembre, creo. Repase las válvulas,
me dijo. Volveré dentro de un mes, tengo que hacer un viaje de negocios. Pagó por
adelantado la revisión y un mes de garaje. ¿Creerá que fue lo último que supimos de él?
Bueno, le guardamos el coche aquí diez, once meses, pero se acabó. Ahora tenemos que
sacarlo de aquí. El abogado dice que podemos quedarnos con él a cambio de los gastos
de garaje.
—Si lo compro, ¿me dará un papel diciendo que tienen ustedes derecho a venderlo?
—Claro, claro.
—¿Y qué me dice del registro? Habrá que cambiar el seguro de mi antiguo cacharro.
¿Y el papeleo?
—Yo me ocuparé de todo —dijo el vendedor—. Usted llévese el coche de aquí.
—Doscientos —dijo Norton—. Tal como está.
El vendedor suspiró.
—Trato hecho. Tal como está.
Una suave nevada caía cuando Norton inició su hégira a través del país tres días más
tarde. Era un augurio, pero él no sabía de qué tipo. Decidió que la nieve sería su última
visión de un horrible fenómeno invernal que no volvería a ver, durante algún tiempo.
Según el Times, las temperaturas en Los Ángeles oscilaban entre los veintidós y los
veinticinco grados. No estaba mal para ser enero.
Norton se arrellanó ante el volante, apoyó el pie con suavidad en el acelerador y partió
hacia el oeste a una excelente y razonable velocidad de setenta kilómetros por hora. No
se atrevió a ir más de prisa con el voluminoso remolque detrás. No tenía mucha
experiencia en conducir de esa forma (era agente de ventas de ordenadores, y nunca
llevaba aparatos de muestra), pero se adaptó rápidamente. Sólo había que recordar que
el vehículo era un organismo segmentado y que debut serpentear en la debida forma.
Benditas fueran las autopistas, de todas formas. Simplemente conducir, en línea recta,
recto, recto, hacia la tierra del sol naciente con tan sólo algunas curvas suaves y media
docena de semáforos en el camino.
La nevada se intensificó un poco. Pero el coche respondió magníficamente, se adhirió
a la carretera, y el limpiaparabrisas mantuvo despejada la visión. Sam ni siquiera había
imaginado comprar un automóvil extranjero para el viaje, simplemente le había parecido
bien adquirir un sólido Plymouth, o un Chevvie, algo pesado y robusto que le permitiera
atravesar amplios espacios abiertos. Pero no se arrepentía de haber comprado un coche
más pequeño. Tenía la potencia y la arrancada necesaria, y de todas formas de poco le
habrían servido unos cuantos caballos más, con el remolque saltando detrás.
Sam estaba de un talante alegre, relajado. El coche parecía cómodo y protector, un
cálido ambiente cerrado que le acogería y cobijaría durante los miles de kilómetros que le
aguardaban. Aún se hallaba lo bastante cerca de Nueva York para oír a Mozart por radio,
cosa muy agradable. La calefacción del vehículo funcionaba bien. No había excesivo
tráfico. La nieve, recién caída, blanca y esponjosa, era tanto más hermosa sabiendo que
iba a quedar detrás. Sam incluso disfrutó con su soledad. Sería un descanso, en cieno
sentido, recorrer Ohio, Kansas, Colorado, Arizona y el resto de estados que le separaban
de Los Ángeles. Cinco o seis días de paz y tranquilidad, sin conversaciones triviales, sin
niños a los que divertir...
El estado de ánimo de Sam empezó a oscurecerse poco después de entrar en la
autopista de Pennsylvania. Cuando se tiene tiempo suficiente para pensar, al final se
acaba pensando en cosas ya pensadas anteriormente. Y Sam, mientras rodaba esa gris y
silenciosa tarde por la capa de nieve cada vez más espesa, pensó en ciertos rasgos de un
coche sin maletero que había pasado por alto dada su prisa por ponerse en camino.
¿Tenía caja de herramientas, por ejemplo? En caso de que pinchara una rueda,
¿dispondría de gato, tendría alguna llave? Y esto le condujo a un pensamiento mucho
más gélido: ¿tendría alguna rueda de repuesto? Un maletero era más que una cavidad en
la parte de atrás; en la mayoría de automóviles contenía objetos utilísimos.
Y él no tenía ninguno.
Ni había pensado en eso, hasta ese momento.
Sam consideró la perspectiva de conducir de costa a costa sin una rueda de repuesto,
sin herramientas, y su estado de cálida seguridad se evaporó bruscamente. En la
siguiente salida, decidió, buscaría una estación de servicio y se haría con un neumático,
en seguida. Había espacio para ponerlo en el asiento trasero, junto a su equipaje. Y al
mismo tiempo podía comprar también...
El U-Haul, notó de pronto Sam, iba de un lado a otro torpemente, como si las ruedas
hubieran perdido tracción. Un instante después el coche hizo lo mismo, y Sam notó que
se movía lateralmente, realizando un hermoso patinaje sobre un oleoso tramo de
autopista no pavimentado. Mover el volante en la misma dirección que el patinazo, eso se
supone que hay que hacer, pensó Sam, extrañamente tranquilo. Sin saber cómo
consiguió mantener el pie fuera del freno pese a cualquier inclinación natural, y contempló
con calmado horror cómo coche y remolque se deslizaban plácidamente por el vacío carril
hasta el lateral derecho y se detenían, sobre las ruedas y mirando al frente, en la nieve
amontonada a lo largo de la cuneta.
Sam respiró con lentitud, se rascó la barbilla y apretó suavemente el acelerador. Las
ruedas emitieron un agudo lamento en su girar sobre la nieve. Sam Norton no iba a ir a
ninguna parte. Se había atascado.
El «tipejo» tenía una cara de sonrosadas mejillas, un cabello cano tan largo que se
rizaba en las puntas y gafas de montura metálica. Miró la nieve que cubría los
automóviles del puesto de coches usados, frunció el entrecejo y caminó pesadamente
hacia la sala de exhibición.
—He venido a recoger mi coche —anunció—. Había que repasar las válvulas. Me
retrasaron los negocios en otra parte del mundo.
El vendedor estaba nervioso.
—El coche no está aquí.
—Eso veo. Búsquelo, pues.
—Lo vendimos hace más o menos una semana.
—¿Lo vendieron? ¿Han vendido mi coche? ¿Mi coche?
—El coche que usted abandonó. El coche que guardamos aquí un año entero. Esto no
es un aparcamiento. Mire, primero hablé con mi abogado y él dijo...
—Muy bien. Muy bien. ¿Quién fue el comprador?
—Un tipo, se ha trasladado a California y necesitaba un coche para ir rápidamente. Él..
—¿Su nombre?
—Mire, no puedo decirle eso. Él compró el coche de buena fe. No tiene derecho a
molestarlo.
—Si quisiera —dijo el hombrecillo—, podría sacarle la información de varias formas.
Pero no importa. Localizaré el coche fácilmente. Y usted lamentará ciertamente este
escandaloso quebranto de sus obligaciones de custodia. Lo lamentará.
Salió furioso de la sala, murmurando, indignado.
Varios minutos después el centelleo de un rayo brilló en el cielo.
—¿Un rayo? —se extrañó el vendedor de automóviles—. ¿En enero? ¿Durante una
ventisca?
Cuando retumbó el trueno, todas las hojas de vidrio de las ventanas de la sala de
exhibición se hicieron añicos en el mismo instante.
Sam Norton permaneció sentado, haciendo girar las ruedas un rato con creciente furia.
Sabía que eso no iba a servir de nada, pero no sabía qué otra cosa podía hacer, en
aquella situación, aparte de apretar el acelerador y confiar en que el coche saliera de la
nieve. Su otra esperanza, y la última, era que se presentara la patrulla de carreteras, viera
su apuro y llamara a un camión grúa. Pero la autopista estaba prácticamente desierta y
los pocos vehículos que circulaban pasaban sin detenerse.
Cuando ya habían transcurrido diez minutos, Sam decidió examinar la situación de
forma más minuciosa. Se preguntó vagamente si podría amontonar nieve con los pies
para que las ruedas tuvieran un poco de apoyo. No parecía plausible, pero no podía hacer
mucho más. Sam salió del coche y se acercó a la parte trasera del vehículo.
Y observó por primera vez que el maletero estaba abierto.
La tapa había saltado treinta centímetros, abriéndose por aquella línea de demarcación
limpiamente soldada. Sorprendido, Sam la levantó un poco más y atisbo el interior.
El interior tenía olor a humedad, a moho. Sam apenas pudo verlo porque la luz era
tenue y la tapa no se levantaba más. Le pareció ver dispersos deformes objetos, sin
tamaño o forma particular, pero no notó nada al intentar tocarlos a tientas. Le pareció
como si las cosas que había en el maletero se apartaran de su mano, se esfumaran en
los rincones más oscuros cuando él quería cogerlas. Pero entonces sus dedos
encontraron algo frío y liso, y escuchó un feliz sonido de metal al chocar contra metal.
Sacó la mano.
Apareció un juego de cadenas para ruedas.
Sam sonrió ante su buena suerte. ¡Precisamente lo que necesitaba! Desenredó
rápidamente las cadenas y se agachó junto a las ruedas traseras para asegurarlas. La
tapa del maletero se cerró de golpe mientras Sam trabajaba (la bisagra debía de estar
suelta, pensó él), pero ese detalle no tenía importancia. Al cabo de cinco minutos había
puesto las cadenas. Tras ponerse al volante, volvió a poner en marcha el coche, tocó el
acelerador, apretó delicadamente el embrague y se mordió con fuerza el labio inferior a
modo de ayuda para que el vehículo saliera del montón de nieve. El automóvil avanzó
suavemente hasta situarse en un tramo despejado. Sam dejó puestas las cadenas hasta
que llegó a una zona de servicio, tras doce kilómetros de autopista. Allí las quitó. Y al
levantarse vio que el maletero estaba abierto otra vez. Echó las cadenas adentro y se
arrodilló, intentando de nuevo ver qué otra cosa podía haber en el maletero. Pero ni
forzando la vista descubrió nada. Al tocar la tapa, ésta se cerró de golpe y una vez más la
pane trasera del coche adoptó su asombroso aspecto de estar totalmente soldada.
No voy a razonar el porqué, pensó Sam. Se acercó a la estación y pidió al empleado
que le vendiera un neumático de repuesto y un juego de herramientas. El empleado, con
la frente fruncida, examinó el vehículo por la ventana y comentó:
—No sé si habrá alguno que vaya bien. Tenemos el tipo estándar y el pequeño, pero
usted necesita uno intermedio. Nunca había visto un neumático como ese, francamente.
—Quizá debería verlo más de cerca —sugirió Norton—. Precisamente es un tipo
estándar de coche extranjero y...
—No. Puedo verlo desde aquí. ¿Qué coche lleva, de todas formas? ¿Uno de esos
cacharros japoneses?
—Algo así.
—Escuche, tal vez encuentre un neumático en Harrisburg. Allí hay un proveedor
especializado en coches extranjeros que le podrá conseguir un silenciador, un
amortiguador, lo que quiera.
—Gracias —dijo Norton, y salió.
No le apetecía detenerse cuando llegó al desvío de Harrisburg. Le intranquilizaba un
poco conducir sin neumático de recambio, pero el detalle no le preocupaba tanto como
antes. El maletero le había ofrecido unas cadenas cuando las necesitó. Era imposible
saber qué otras cosas podían aparecer allí en el momento preciso. Sam siguió
conduciendo.
Puesto que su vehículo no estaba disponible, el hombrecillo tenía que alquilar otro.
Pero eso no era problema. En cualquier ciudad había agencias especializadas en esas
cosas. Al poco rato el hombrecillo se puso en contacto con una, no precisamente por
teléfono, y explicó su dilema.
—La dificultad —dijo el hombrecillo— es que él me lleva una delantera de varios días.
Le he seguido la pista hasta un punto al oeste de Chicago, y avanza a buen promedio,
setecientos kilómetros por día.
—Será mejor que vaya volando, en ese caso.
—Eso había pensado —dijo el hombrecillo—. ¿Qué puedo conseguir en seguida?
—Podía haberle ofrecido un bonito modelo persa, pero no funciona porque están
cosiéndole nuevas borlas. Pero a usted no le interesan demasiado las alfombras,
¿verdad? Lo había olvidado.
—No confío en ellas cuando hay corrientes térmicas —dijo el hombrecillo—. Me metí
en una corriente ascendente una vez, en Sikkim, y casi estaba en la cumbre del Himalaya
cuando recobré el control. Durante un rato me pareció que acabaría puesto en órbita.
¿Qué hay en el establo?
—Bueno, algunos ejemplares bastante decentes. Hay un macho superior que ha
estado descansando todo el invierno, aunque ahora está un poco irritable..., usted quizá
preferiría aquel caballo castrado, el bayo. ¿Por qué no pasa por aquí y lo decide usted
mismo?
—Así lo haré —repuso el hombrecillo—. Continúan aceptando la tarjeta Diner's Club,
¿no es cierto?
—Todas las tarjetas de crédito importantes, como siempre. Sin duda.
Norton se encontraba al sur de Illinois, a una hora de San Luis en una mañana húmeda
y con niebla, cuando se pinchó el neumático delantero derecho. Sam esperaba que
durara un día y medio desde que se detuvo en Altoona para llenar el depósito. El chico de
la gasolinera había tocado las llantas y le había mostrado el punto débil, y Norton había
asentido y preguntado qué posibilidades tenía de comprar un recambio, y el muchacho se
había encogido de hombros mientras le decía: «Es un tamaño curioso. Pruebe en
Pittsburgh». Sam probó en Pittsburgh, perdiendo hora y media allí y oyendo de boca de
varios hombres probablemente expertos que no se fabricaban neumáticos de aquel
tamaño, de ningún modo. Norton empezaba a preguntarse cómo se las habría arreglado
el anterior propietario del vehículo para encontrar repuestos. Quizá los neumáticos fueran
los originales, se imaginó. Pero estaba mórbidamente seguro de una cosa: aquel punto
débil cedería, sin duda, antes de que él viera Los Ángeles.
Cuando se produjo el pinchazo, Sam iba a cincuenta y cinco por hora, y descubrió al
instante qué había ocurrido.
Frenó sin perder el control. La cuneta era amplia en aquel lugar, pero aun así Norton se
alegró de que el pinchazo estuviera en el lado derecho del coche: era difícil imaginar el
cambio del neumático con el trasero expuesto al tráfico. Todavía estaba felicitándose por
aquella pizca de buena suerte cuando recordó que no tenía neumático de recambio.
Curiosamente, Sam no se sintió muy preocupado por ello. Pasar doce horas diarias
ante el volante estaba produciéndole un efecto tranquilizador; en aquel momento nada le
preocupaba en exceso, ni siquiera la perspectiva de quedar encallado a una hora al este
de San Luis. Iría andando hasta el teléfono más próximo, estuviera donde estuviese,
llamaría al Automóvil Club local y explicaría su apuro, y ellos vendrían a buscarle y le
remolcarían hasta la civilización. Luego se hospedaría en un motel un par de días y
telefonearía a Ellen, que estaba en casa de su hermana, en Los Ángeles, y le diría que él
estaba bien pero que llegaría con cierto retraso. Haría poner un parche en el neumático o
bien el Automóvil Club localizaría alguna tienda de San Luis que vendiera neumáticos
raros, y todo acabaría bien. ¿Por qué dejarse llevar por el nerviosismo?
Sam bajó del coche y examinó el pinchazo, que realmente era de consideración.
Luego, al observar que el maletero se había abierto otra vez, se acercó a la parte trasera.
Metió la mano a modo de prueba, esperando encontrar las cadenas en la parte más
externa, en el lugar donde las había dejado. No estaban allí. Por el contrario, sus dedos
se cerraron sobre una enorme barra metálica. Norton la sacó en parte del maletero y vio
que había encontrado un gato. Precisamente eso, pensó. Y el neumático de recambio
debería estar detrás mismo..., por aquí, ¿no? Sam intentó ver algo, pero la tapa apenas
se había alzado medio metro y era imposible ver mucho. Sus dedos encontraron
excelente caucho, no obstante. Sí, ahí estaba. Magnífico y rollizo, nuevo, con profundas
estrías..., muy bonito. «Y junto al neumático, si continúa mi buena suerte, tengo que
encontrar un cofre de doblones de oro.»
Los doblones no estaban allí. Quizá la próxima vez, pensó Sam. Sacó el neumático y
pasó una sudorosa media hora poniéndolo. Cuando terminó, metió el gato, la llave y el
neumático pinchado en el maletero, que de inmediato se cerró con el usual y hermético
grado de cierre. Una hora más tarde, sin más incidentes, Sam cruzó el Mississippi y entró
en San Luis, encontró una habitación en un reluciente motel nuevo junto al Gateway Arch,
se dio una ducha caliente y tomó un par de cervezas frescas y finalmente pidió una
conferencia con la hermana de Ellen. Su esposa acababa de volver tras una fracasada
búsqueda de piso y parecía cansada y desilusionada. Los niños aullaban en segundo
término cuando ella dijo:
—No estás conduciendo con cuidado, ¿verdad?
—Naturalmente que sí.
—Y el nuevo coche..., ¿se porta bien?
—Su conducta no admite reproche —contestó Norton.
—Mi hermana quiere saber de qué casa es. Dice que un Volvo es un buen tipo de
coche, cuando se quiere un modelo extranjero. Es un coche noruego.
—Sueco —le corrigió Norton.
—Ha comprado un coche sueco —oyó que Ellen decía a su hermana. La respuesta fue
ininteligible, pero un momento después Ellen dijo—: Dice que has sido muy listo. Esos
suecos también hacen buenos coches.
El techo de vuelo era bajo, la visibilidad inferior a un kilómetro dada la espesa niebla.
Los aeropuertos estaban cerrados en todo Pennsylvania y el este de Ohio. Pero el
hombrecillo volaba hacia el oeste, manteniéndose un poco por encima de la esponjosa
blancura que se extendía hasta el horizonte. Iba a buena velocidad, y era un alivio no
tener que preocuparse de los malditos aviones privados.
Además, el caballo castrado bayo tenía mucho vigor. Era un borrachín, devoraba
combustible, ese era su único problema. Imposible hacer muchas millas por bala de heno
con los caballos disponibles en la actualidad, pensó tristemente el hombrecillo. Todo se
hallaba en estado de decadencia, y había que aceptar la situación.
El plan de vuelo original preveía que el hombrecillo diera alcance a su automóvil al
norte de Texas. Pero se había detenido en Chicago por el súbito capricho de visitar a
unos amigos, y calculaba que ya no alcanzaría al vehículo hasta llegar a Arizona. Ansiaba
ponerse ante el volante otra vez, después de tantos meses...
Cuanto más pensaba en el maletero y en sus jugarretas, tanto más preocupado por ello
se sentía Sam Norton. Las cadenas, el neumático de recambio, el gato... ¿Cuál sería el
próximo milagro? En Amarillo, Sam ofreció veinte dólares a un mecánico si conseguía
abrir el maletero. El mecánico pasó los dedos por la pulcra juntura, incrédulo.
—¿Quién es usted, uno de esos tíos de la tele? —preguntó él hombre—. ¿Se está
divirtiendo conmigo?
—En absoluto —dijo Norton—. Sólo deseo que se abra el maletero.
—Bueno, supongo que con un soplete oxiacetilénico, tal vez...
Pero Norton sintió un vago terror ante la idea de abrir el coche de esa forma.
Desconocía por qué ese pensamiento le asustaba tanto, pero le asustaba, y salió de
Amarillo con el coche intacto mientras el mecánico murmuraba y rociaba sus botas con
jugo de tabaco. Cien kilómetros después, cerca de la frontera de Nuevo México y
recorriendo un territorio desolado y desierto, calcinado por el clima, Norton decidió poner
a prueba al maletero.
ÚLTIMA GASOLINERA ANTES DE ROSWELL, advertía un desgastado letrero.
¡LLENE EL DEPÓSITO AHORA!
El indicador de gasolina indicaba que el depósito estaba casi vacío. Roswell se hallaba
bastante lejos. No había otro ser humano a la vista, ningún pueblo, ni siquiera una
cabaña. Aquel, decidió Norton, era el lugar adecuado para quedarse sin gasolina.
Pasó junto a la gasolinera a ochenta kilómetros por hora.
Al cabo de unos minutos se hallaba a dos montañas y media de la gasolinera y Sam
empezó a dudar, no meramente de la sensatez de su acción, sino también de su cordura.
Quedarse deliberadamente sin gasolina iba contra toda razón; era más difícil hacer eso
que dejar sonar el teléfono sin cogerlo. Diez veces se ordenó a sí mismo dar la vuelta
para llenar el depósito, y diez veces rehusó obedecer.
La aguja fue bajando lentamente, hasta que indicó la E de Empty (vacío), y Sam siguió
adelante pese a ello. La aguja se deslizó por la zona roja de advertencia, por debajo de la
E. Norton había consumido incluso los litros de gasolina que el depósito no registraba: el
margen de seguridad para conductores descuidados. Y en cualquier momento a partir de
entonces el coche...
... se detendría.
Por primera vez en su vida Sam Norton se había quedado sin gasolina. Muy bien,
maletero, veamos de qué eres capaz, pensó él. Abrió la portezuela y percibió el frígido
silbido de la brisa de la montaña. Había silencio allí, un silencio ominoso. Aparte de la
grisácea franja de la carretera, aquel paraje tenía un aspecto oscuramente prehistórico,
todo él artemisa, pinos piñoneros y ni rastro del impacto del hombre. Norton se dirigió
hacia la parte trasera del vehículo.
El maletero estaba abierto de nuevo.
Parecía como si el maletero adivinara. «Ahora meto la mano y encuentro una lata de
cincuenta litros de gasolina que se ha materializado misteriosamente y...»
Sam no palpó ninguna lata de gasolina en el maletero. Buscó a tientas mucho rato y
acabó con nada más útil que un rollo de gruesa cuerda.
¿Cuerda?
¿De qué sirve una cuerda para un hombre sin gasolina en el desierto?
Norton levantó la cuerda, en busca de respuestas y sin hallar una sola. Pensó que
quizás esta vez el maletero no deseaba ayudarle. El patinazo, el pinchazo..., eso no había
sido por culpa de él. Pero él había premeditado con malicia que el automóvil se quedara
sin gasolina, para ver qué sucedía, y quizás eso no estaba dentro del alcance de los
servicios del maletero.
¿Para qué la cuerda, de todas maneras?
¿Una broma espeluznante? ¿Estaba indicándole el maletero que se ahorcara? En
aquel lugar ni siquiera podía hacerlo correctamente; no había un árbol lo bastante alto
para que un hombre se colgara, ni tan solo un poste telefónico. Norton sintió deseos de
darse una patada. Allí estaba él, y allí permanecería durante horas, incluso días, quizás,
hasta que pasara otro coche. ¡Qué estúpido despliegue de habilidad!
Lanzó coléricamente la cuerda al aire, desenrollándola, y un extremo se mantuvo tieso.
La cuerda quedó inmóvil a un metro del suelo, rígida, apuntando al cielo. Se formó una
tenue nube azul turquesa en la punta superior, y de lo alto bajó un delgado muchacho,
musculoso, de tez olivácea, con un turbante y un taparrabos, que miró al boquiabierto
Norton.
—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó bruscamente el muchacho.
—Me he... quedado... sin... gasolina.
—Hay una gasolinera treinta kilómetros más atrás. ¿Por qué no llenó el depósito allí?
—Yo... es que...
—Maldito necio —dijo disgustado el muchacho—. ¿Por qué me liaré con trabajos como
este? Muy bien, no se mueva de aquí y veré qué puedo hacer.
Volvió a subir a lo alto de la cuerda y desapareció.
Al regresar, tres minutos más tarde, el muchacho llevaba una lata de gasolina. Tras
mirar enfurecido a Norton, abrió la tapa del depósito y echó la gasolina
—Con esto llegará a Roswell —dijo—. A partir de ahora mire el tablero de vez en
cuando. ¡Idiota!
Subió por la cuerda. Tras desaparecer, la cuerda quedó fláccida y cayó. Norton la
recogió temblorosamente y la metió en el maletero, cuya tapa se cerró con un golpe
agresivo.
Media hora pasó antes de que Norton creyera seguro volver a ponerse al volante.
Paseó alrededor del vehículo más de mil veces, sin tranquilizar mucho sus nervios, y por
fin, ante la cercanía de la noche, subió al coche y lo puso en marcha. El motor tosió y
arrancó. Sam Norton inició la marcha hacia Roswell a la sobria y constante velocidad de
veinticinco kilómetros por hora.
Estaba dispuesto a creer en cualquier cosa.
Y por eso no le sorprendió que un llamativo caballo bayo con una envergadura de alas
similar a la de un DC-3 planeara en el aire, diera varias vueltas sobre el automóvil y
realizara un limpio aterrizaje en la autopista, junto al vehículo. El caballo trotó al lado del
coche, al mismo paso que éste, mientras el canoso hombrecillo que iba en la silla gritaba:
—¡Abra de par en par la ventanilla, joven! ¡Tengo que hablar con usted!
Norton abrió la ventanilla.
—¿Se llama Sam Norton? —preguntó el hombrecillo.
—Exacto.
—Bien, escuche, Sam Norton. ¡Ese coche que conduce es mío!
Norton vio un sucio desvío y se metió en él. Al salir, el Pegaso le siguió al trote y se
detuvo para que el jinete desmontara Luego el animal mordisqueó malhumoradamente la
artemisa agitando sus enormes alas un par de veces antes de plegarlas pulcramente
sobre el lomo.
—Mi coche, sí —dijo el hombrecillo—. Pedí que lo construyeran especialmente hace
unos años, cuando yo viajaba mucho. Lo dejé en el garaje el invierno pasado porque tenía
que hacer un viaje de negocios al extranjero, pero nunca imaginé que lo vendieran sin
saberlo yo antes de mi vuelta. Estamos en una época decadente, esa es la verdad.
—Su... coche... —dijo Norton.
—Mi coche, claro. Temo que tendré que quitárselo, hijo. De todos modos no querrá ser
el dueño de un coche como éste. Demasiado complicado. Búsquese un coche pequeño
decente, de buena marca, ¿eh? Bien, pues desenganchemos ese remolque suyo y
luego...
—Espere un momento —dijo Norton—. Compré este coche legalmente. Tengo el
documento de compra para probarlo, y una carta del abogado del vendedor explicando
que...
—No tiene la menor importancia —dijo el hombrecillo—. Un estafador paga a otro
estafador para que testifique en su favor. Eso no es demasiado impresionante. Sé que
usted es parte inocente, pero el hecho continúa siendo que el coche me pertenece, y
espero no tener que recurrir a especial persuasión para obligarle a dejarlo.
—Quiere usted que yo salga y me vaya andando, ¿no? ¿En medio del desierto de
Nuevo México, en plena puesta de sol? ¿Arrastrando el maldito remolque con mis
manos?
—En realidad no había considerado mucho ese problema —dijo el hombrecillo—. No
sería nada justo para usted, ¿verdad?
—Naturalmente que no. —Sam pensó un momento—. ¿Y qué me dice de los
doscientos dólares que pagué por el coche?
El hombrecillo se echó a reír.
—¡Una insignificancia, a mí me costó más alquilar el Pegaso para perseguirle! ¡Y los
gastos generales! ¿Sabe cuánto heno come ese bicho?
—Ese es su problema —dijo Norton—. El mío es que usted quiere dejarme
abandonado en el desierto y que quiere llevarse un coche que yo compré de buena fe por
doscientos dólares y que aunque sea un coche condenadamente mágico...
—Silencio —dijo el hombrecillo—. ¡Se está poniendo muy nervioso, Sam! Podemos
resolver el problema. Usted se dirige a Los Ángeles, ¿no es cierto?
—S-sí.
—Igual que yo. Bien, viajaremos juntos. Yo les llevaré, a usted y a su remolque, y luego
el coche volverá a ser mío, y usted olvidará todo cuanto haya visto en los últimos días.
—¿Y mis doscientos do...?
—Oh, está bien.
El hombrecillo se dirigió a la parte trasera del coche. El maletero se abrió. El
hombrecillo metió una mano y sacó un fajo de crujientes billetes nuevos, una docena de
billetes de veinte dólares, que entregó a Norton.
—Tenga. Con un pequeño extra, de propina. Y no los mire con tanto recelo, ¿me oye?
Es dinero de los Estados Unidos, bueno, legal, tierno. Hasta tienen distintos números de
serie, todos. —Hizo un guiño y se acercó al caballo, que seguía comiendo, y le dio
vigorosas palmadas en las ancas—. Vete ya. A casa. ¡Ya me has costado bastante!
El caballo echó a andar por la autopista. Inició un galope y abrió sus soberbias alas,
que batieron furiosamente un instante, y luego emprendió el vuelo. Se alzó, describiendo
un magnífico arco hasta no ser más que un halcón recortado en el oscureciente cielo, y
luego desapareció.
El hombrecillo se deslizó en el asiento del conductor y acarició el volante con claro
afecto. Tras un gesto de cabeza del conductor, Norton ocupó el otro asiento, y el coche
arrancó.
—Tengo entendido que vende ordenadores —dijo el hombrecillo cuando ya habían
recorrido un par de kilómetros—. Cosas interesantísimas, los ordenadores. He estado
pensando en computerizar nuestra empresa, ¿sabe? Es un negocio de proporciones
bastante grandes. Mucha búsqueda con varitas, actualmente, en todo el mundo. Un poco
de taumaturgia, alguna transmutación de vez en cuando, cosas por el estilo. Y aunque
usamos métodos tradicionales, no ponemos reparos al punto de vista científico. Bien,
permítame explicarle algo sobre nuestras ideas, y quizá pueda usted hacer sugerencias
inteligentes, joven amigo, con lo que podría obtener un bonito contrato...
Norton tuvo elaborado el proyecto del sistema antes de que llegaran a Arizona. En
Phoenix telefoneó a Ellen y supo que ella había alquilado un apartamento junto a Beverly
Hills, en un vecindario que parecía terriblemente caro pero que en realidad no lo era, por
lo menos no lo era comparado con otros lugares que ella había estado viendo, y...
—Perfectamente —dijo Sam—. Estoy a punto de concretar una magnífica venta.
Conocí a... este... un autoestopista, y resulta que este hombre piensa comprar
ordenadores, muy pronto. Se trata de una compañía bastante importante...
—Sam, no habrás estado bebiendo, ¿eh?
—Ni una gota.
—Un hombre que hacía autoestop y tú le vendes un ordenador. Y ahora me hablarás
del platillo volante que viste.
—No seas tonta —dijo Norton—. Los platillos volantes no existen.
Llegaron a Los Ángeles por la mañana, dos días más tarde. Por entonces Sam había
redactado el pedido, y todo estaba arreglado. La comisión, imaginaba él, bastaría para
pagar un coche nuevo, quizá uno de esos modelos suecos conocidos por la hermana de
Ellen. El hombrecillo pareció no tener problemas para encontrar la dirección del
apartamento alquilado por Ellen; hizo frente al laberinto de carreteras con total
tranquilidad y seguridad, y frenó junto a la casa.
—Ha sido un viaje muy agradable, joven amigo —dijo el hombrecillo—. Hablaré con
mis banqueros hoy mismo, más tarde, respecto a esas maravillosas máquinas suyas.
Mientras tanto, vamos a separarnos. Tendrá que desenganchar el remolque.
—¿Qué se supone que voy a explicarle a mi esposa sobre el coche que me trajo hasta
aquí?
—Oh, dígale simplemente que lo ha vendido al autoestopista con un buen beneficio.
Creo que ella apreciará el detalle.
Salieron del coche. Mientras Norton desenganchaba los empalmes del remolque, el
hombrecillo sacó algo del maletero, que se había abierto un instante antes. Era una
amplia funda de lona. El hombrecillo la extendió sobre el coche.
—Écheme una mano con esto, por favor —dijo—. Póngala bien, que tape los
guardabarros y todo.
Entró en el automóvil mientras Norton, asombrado, colocaba la funda con sumo
cuidado.
—¿Quiere que tape también el parabrisas? —preguntó.
—Todo —contestó el hombrecillo, y Norton tapó el parabrisas.
El coche había quedado totalmente oculto. Se produjo un silbido, como de aire que se
escapa de un neumático. La funda empezó a bajar. Mientras caía hacia el suelo, se oyó
una alegre voz en el interior, una voz que gritaba:
—¡Buena suerte, joven amigo!
Al cabo de unos instantes la funda estaba a menos de un metro de altura. Un minuto
después yacía plana, sobre el pavimento. No quedó rastro del coche. Quizá se había
evaporado, quizá lo había tragado la tierra. Poco a poco, sin entender nada, Norton
recogió la funda y la plegó hasta que pudo metérsela bajo el brazo. Después se dirigió a
la casa para comunicar a su esposa que había llegado a Los Ángeles.
Sam Norton jamás volvió a ver al hombrecillo, pero hizo la venta, y la comisión le
permitió comprar un coche nuevo y aún le sobró dinero. Todavía conserva la funda. La
tiene doblada y cuidadosamente guardada en el sótano. Teme deshacerse de ella, pero
no le gusta pensar qué sucedería si alguien apareciera bajo la lona y la desplegara.

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