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martes, 26 de febrero de 2013

DOCTOR BHUMBO SINGH




DOCTOR BHUMBO SINGH
Avram Davidson


El nombre de Bhumbo Singh lo encontré hace mucho tiempo en, creo, el relato (muy
posiblemente falso) de (?) Zephanian Howell respecto al Agujero Negro de Calcuta. Era
algo así: «Tratamos de obtener botes por mediación de Bhumbo Singh, pero no lo
conseguimos». Eso era todo. ¿Por qué ese nombre siguió fermentando, o debería decir
supurando, en mi mente? No lo sé. Pero un día, estando (supongo) en algún lugar sin
máquina de escribir, cogí un cuaderno rayado y empecé a escribir este relato. Lo dejé
inacabado y lo olvidé, hasta que otro día, de nuevo sin máquina, continué la narración y
no volví a dejarla hasta completarla. El escenario de su culminación fue la barca de Peter
Stein, amarrada en el muelle 6 de Sausalito, en esa extraordinaria comunidad de barcoshabitación,
casas flotantes y simples barcas actualmente, ¡ay!, en lento proceso de
destrucción. Pete, a pesar del hecho de ser ciego, construye buenas barcas. Y a él dedico
este relato.
Avram Davidson nació en Yonkers, Nueva York, en 1923, sirvió en la marina y con los
marines de los Estados Unidos, y vendió su primer relato el mes posterior a su
licenciamiento. Editó The Magazine of Fantasy and Science Fiction a principios de la
década de los sesenta y ha publicado alrededor de quince novelas (entre ellas The
Phoenix and the Mirror, Peregrine: Primus y Peregrine: Secundus, tres antologías
anteriores, varias colecciones de cuentos y un ensayo, Crimes and Chaos. El señor
Davidson vive probablemente en el noroeste del Pacífico.
La calle Trevelyan había tenido cuatro manzanas de longitud, pero en la actualidad sólo
tiene tres, y en su extremo de popa está bloqueada por el linde de un paso superior.
(¿Piensan que las palabras «Sin Salida» tienen un sonido siniestro?) El gran edificio del
bloque 300 solía estar consagrado al culto de la Iglesia Episcopal Metodista de
Mesopotamia (Sur) pero ya no está consagrado a nada y actualmente es un almacén de
cola. El edificio pequeño condene la única tienda de comestibles y comidas preparadas al
estilo de Bután fuera de Asia; su clientela es escasa. Y el pequeño edificio de madera
alberga un minúsculo estudio sumamente oscuro y sucio que vende hechizos, aromas y
cabezas contraídas. Sus clientes son todavía más escasos.
Los hechizos son caros, los aromas son exorbitantes y los precios de las cabezas
contraídas (por muy de primer corte que sean) son simplemente excesivos.
El estudio, no obstante, tiene un alquiler bajo (tiene un techo bajo, además), no paga
permiso de venta (abre, cuando abre, únicamente entre las siete de la noche y las siete
de la mañana, horas en que no funciona la oficina municipal de licencias). Y no carece de
las ventas suficientes para mantener al propietario, nativo de las islas Andamán, con las
pocas, muy pocas cosas sin las que la vida sería insoportable para él: calamar con cari,
que come, come y come, irregulares perlas rosadas, que colecciona y luce (a solas y
durante la fase izquierda de la luna). También viven allí tupayas. Se dice que estos
animales son parientes de los primates, y por tanto, se supone, del hombre. Verdad o
mentira, no me importa. El propietario musita en sus diminutas orejas órdenes sumamente
abominables y luego los suelta, con gran y siniestra confianza. Y con una risa diabólica.
Los hechos que relato a continuación, los relato a ciencia cierta, porque me los narró mi
amigo el señor Solapado. Y jamás se ha sabido que el señor Solapado mintiera.
En cualquier caso, por lo menos, no a mí.
—Le deseo una buena noche sin luna, señorón Solapado —dice el propietario al
acabar una encapotada y ceñuda tarde de mediados de noviembre—, y ciertamente una
mala noche para los que han tenido la fortuna de provocar el sumamente justo
descontento de usted.
El propietario se rasca el inmundo lóbulo de una oreja con un inmundo dedo.
(Esa época del año, a propósito, es el mes que fue eliminado del calendario juliano por
Julián el Apóstata. Jamás ha aparecido en el calendario gregoriano: un buen detalle,
además.)
—Y una buena noche para usted, doctor Bhumbo Singh —dice el señor Solapado—.
En cuanto a ellos... Ja, ja!
Cruza sus menudas manos embutidas en guantes color lila sobre la empuñadura de su
muleta. Incluso varios supuestos expertos han afirmado que la empuñadura (observada
con una luz mucho menos mortecina que la de la tienda de Bhumbo Singh) es de marfil.
Están equivocados: es de hueso, puramente hueso... O quizás habría que decir,
impuramente hueso...
—¡Ja, ja! —repite (el doctor) Bhumbo Singh.
El no tiene derecho alguno, en realidad, a ese distinguido apellido, que ha tomado para
deshonra de cierto tratante de caballos, un benevolente sij que en hora irreflexiva y con
las constelaciones dispuestas malignamente tuvo la idea de adoptarle. Y ahora, el
negocio.
—¿Un hechizo, sahib Solapado? —pregunta a continuación, mientras se frota la
barbilla. Su barbilla lleva un tatuaje de apagado color azul que aterrorizaría los corazones
y aflojaría las cuerdas de las entrañas de los más viles rufianes de Rangún, Labore,
Peshawar, Pernambuco y Wei-hatta-hatta aún no colgados, si no fuera porque, claro está,
casi siempre es totalmente invisible gracias al polvo, la pegajosa sustancia negra de los
calamares con cari y un odio al agua semejante a la hidrofobia—. ¿Un hechizo, un
hechizo? ¿Un bonito hechizo? ¿Una cabeza partida?
—Vergüenza para sus cursis hechizos —dice tranquilamente el señor Evelyn (dos
«es») Solapado—. Sólo son aptos para brujas, magos y niños o niñas exploradores. En
cuanto a sus cabezas partidas, contraídas o lo que sea: Jo, jo.
Pone la punta de su índice derecho en el orificio derecho de su nariz. Guiña un ojo.
El doctor Bhumbo Singh ensaya una mirada de reojo, pero no pone el corazón en ello.
—Son anormalmente caras en estos tiempos, incluso al por mayor —se lamenta.
Y acto seguido desiste de mojigangas comerciales y se limita a esperar.
—He venido a por un aroma, doctor —dice Solapado, alejando con la punta de su
maleta un grillo que ha huido de los víveres para alimentar a las tupayas.
Los rojos ojillos del doctor Bh. Singh brillan como los de un hurón salvaje en época de
celo. Solapado baja y sube la cabeza rápida, vivamente, y produce un chasquido con sus
fruncidos labios.
—Un aroma, sutil, lento, penetrante. Un aroma vil. Un aroma enigmático. Un aroma que
parezca provenir de cualquier parte, pero un aroma que no deje rastro en cuanto a su
procedencia. Un aroma diabólico. Un aroma que en un momento dado, y con infinito
alivio, disminuya..., disminuya..., que casi desaparezca..., y que luego, alzándose como un
fénix de sus fragantes cenizas, resurja en forma de pestilencia, peor, mucho peor que
antes...
»Un aroma más que repugnante.
Un ligero escalofrío recorre el inmundo y magro cuerpo del doctor Bhumbo S. (Él no
tiene derecho a ese título, pero ¿quién osaría negárselo? ¿La Asociación de Médicos? La
última tribuna que ambas partes podían haber ocupado juntas, incluso en combate,
también fue ocupada por Alberto Magno.) Su lengua sobresale. (Es cierto que el doctor
puede, si se le provoca, tocar con ella la punta de su más bien retroussé nariz; también es
cierto que él puede, y lo hace, cazar moscas con su lengua igual que un sapo o un
camaleón. El señor Solapado no ha considerado conveniente comunicármelo, no a mí.)
Su lengua retrocede.
—En pocas palabras, apreciadísimo cliente, es preciso un aroma que enloquezca a los
hombres.
—¿«Hombres», doctor Bhumbo Singh? ¿«Hombres»? No he dicho nada de hombres.
La palabra nunca ha salido de mi boca. El concepto, de hecho, jamás se ha formado en
mi mente.
Bhumbo se estremece, en lo que podría ser un espasmo de malaria, pero que
seguramente es risa silenciosa.
—Tengo el producto preciso —dice—. Exactamente lo que busca. El precio es
meramente pro forma, el precio es mínimo, el precio es mil quinientas piezas de oro, de la
acuñación del Gran Golconda. Por onza.
Las cejas de Solapado se alzan, descienden, caen.
—¿«De la acuñación del Gran Golconda»? Caramba, hasta los escolares saben que el
oro de Golconda era tan excesivamente puro que podía comerse como mermelada, lo que
justifica que queden tan pocas monedas de ese tipo. Vaya, vaya, doctor Bhumbo Singh, si
trata y cobra así a sus apreciadísimos clientes, no me extraña que tenga tan pocos.
Un grumo de suciedad, enmarañado con telarañas, flota lentamente tras soltarse del
invisible techo y cae al incalificable suelo. Se lo ignora. El comerciante se encoge de
hombros.
—Ni siquiera para mi propio hermano, caballero, estoy dispuesto a preparar el aroma
por menos dinero. —Considerando que el «propio» (y único) hermano de Bhumbo,
Bhimbo, ha pasado los últimos siete años y medio cargado de cadenas en el sexto
subsolano de la prisión secretamente dirigida por esa vieja obesa, fea y diabólica, Fátima,
la begun viuda de Oont, sin que Bhumbo haya ofrecido ni siquiera dos rupias para ajos,
esta es probablemente la verdad—. No obstante, dado mi gran respeto y consideración
por usted y mi deseo de mantener la relación, no le exigiré que compre una onza entera.
Le venderé el aroma por gramos, o una cantidad ínfima.
—¡Trato hecho, señorón Bhumbo, trato hecho! —exclama el señor Solapado.
Golpea con la muleta el inmundo, muy inmundo suelo.
Las tupayas emiten agudos gañidos de irritación y Bhumbo les da grillos. Los animales
se calman, aparte de hacer ruidos no orales, crujientes.
Cerca, en el paso superior, un camión o un autocamión pasa estruendosamente; como
resultado de ello el frágil edificio tiembla, y al menos una cabeza contraída va de un lado a
otro y hace rechinar sus dientes. Nadie presta atención al hecho.
—Tenga el placer de volver aquí, pues, effendi Solapado, por (o quizás un poco
después) los Gules de Diciembre —dice Bhumbo Singh. Después duda un poco—.
«Diciembre», así llaman los cristianos al siguiente medio mes. «Diciembre», ¿no es
cierto?
Eevelyn Solapado (dos «es») se levanta para marcharse.
—Muy cierto. Celebran una importante fiesta a ese respecto.
—¿Ah, sí, ah, sí? —exclama Bhumbo Singh—. No lo sabía... ¡Qué importante es ser
sabio!
Acompaña a su cliente a la sucia, muy sucia puerta con numerosas reverencias,
homenajes y genuflexiones. El cliente, tras poner el pie superficialmente una vez en el
desagradable cuello de Bhumbo, se ha ido ya cuando se produce la última reverencia.
Desaparecido, desaparecido ya, y el distante eco del silbato de hojalata (con el que
tiene la costumbre de tocar las notas de adorno del Lamento por sahib Nana cuando
recorre como una araña esos caminos húmedos y oscuros) desaparecido ya igualmente...
En las siguientes semanas, tanto Bhumbo Singh como su mismo simulacro son vistos
en infinidad de sumamente diversos lugares. Los mataderos de reses lo conocen breves
momentos; igual que carderías y curtidurías. Se le ve lanzar puñados de las Semisilentes
Arenas del Hazramawut (o Cortejos de la Muerte) a las ventanas de Abdulahi El-
Ambergrisi (que también vende asafétida). Y el Abdulahi (un yazid de los yazidí) abre,
vacila, se retira, lanza mediante una red de muy largo asidero una ampolla de no-se-sabequé.
Se observa de reojo que el Bhumbo (y si no es él, ¿quién es?) se escabulle bajo el
descargadero del viejo mercado de pescado (condenado, desde entonces, por la Junta de
Salud). Visita también los cobertizos de uno o dos y nunca más de tres extranjeros que en
tiempos viajaron por el mar en climas tropicales y que ahora viven en derrumbadas
barracas en extremos opuestos de abandonados vertederos y que muestran su arruinado
semblante sólo a los semblantes de las arruinadas lunas.
Y por las noches, cuando la luna está oscura, Bhumbo deambula por fábricas de
ungüentos, en busca de moscas.
De vez en cuando murmura, y si uno se atreviera a ponerse muy cerca, le oiría calcular
sensatamente de esta forma:
—¡Con esa y con esa cantidad de doradas piezas de oro! Con algunas me compraré
más perlas rosadas irregulares y con otras me compraré más calamar con cari y otras las
reservaré para contemplarlas y otras, ¡no!, ¡sólo otra!, la entregaré a Iggulden el batidor
de oro para que me haga una hoja de oro blanda, ancha y fina: la mitad la pondré como
una máscara de estrangulamiento en la cara de cierto «explotador» de bienes raíces y
con la otra porción La-Que-Prepara-Confituras preparará dulces calientes y empanadas y
pasteles para mí y cuando esto se haya fundido como amarilla mantequilla lo comeré y no
invitaré ni a uno a disfrutar conmigo y después lameré mis doce dedos hasta que estén un
poco limpios...
Luego se ríe... Un sonido como de burbujeo de espesa grasa caliente en las fétidas
ollas de un festín caníbal.
Mientras tanto, ¿qué se ha hecho del señor Solapado?
El señor Solapado mientras tanto hace visitas igualmente; pero de carácter más
sociable: el señor Solapado llama antes de entrar.
—Oh. Soli. Eres tú —dice una mujer por la abertura de la bien encadenada puerta—.
¿Qué quieres?
—Gertrude, te he traído, siendo principios de mes, la suma de que me despluman las
condiciones de nuestro documento de divorcio —dice él—. Como de costumbre.
Mete el dinero por la grieta o hendidura entre la jamba y la puerta. Ella lo recoge con
rapidez y pregunta:
—¿Esto es todo lo que voy a obtener? Como de costumbre.
—No —suspira él—. Temo que no. Es, sin embargo, todo lo que vas a obtener este o
cualquier otro mes del año. Es el importe de la extorsión que sufro por parte de la
combinación, no digo «confabulación», de nuestros abogados y el juez del tribunal.
Gertrude: buenas noches.
Da media vuelta y se va. Ella emite un sonido que brota entre el paladar y los senos
paranasales, el sonido que la experiencia le ha enseñado a emitir a modo de
menosprecio. Después: clunch-clunch... clac-clac..., los cerrojos nocturnos. Clank. La
puerta.
El señor Solapado, una hora más tarde, bañado, rociado con agua de ron de laurel y
vestido con lo mejor de lo mejor de su vestuario. Escupe en sus relucientes zapatos.
Sombrero, guantes y bastón en una mano. Flores en la otra.
—Eevelyn —dice ella, con una mano en su resplandeciente, rutilante corazón—. Qué
encantadora sorpresa. Qué flores tan bonitas. Oh, qué agradable.
—Puedo entrar. Querida mía.
—Claro que sí. No necesitas decirlo. Ahora no estaré sola. Un rato. Eevelyn.
Se besan.
Solapado lanza una amplia mirada.
—¿Interrumpo tu cena? —pregunta después.
Ella observa el piso. Su expresión es de moderada sorpresa.
—¿Cena? Oh. Un simple plato de ensalada de langosta con
un corazón de lechuga helado como un iceberg. Perifollo. Berro. Unas cucharaditas de
caviar. Mantequilla dulce, sólo un poquito. Un huevo duro, finamente cortado.
Kümmelbrot. Y una pequeñísima botella de Brut. Demasiado. Pero ya sabes cómo me
mima Anna. Cenarás conmigo.
Él mira alrededor, otra vez. Cristal. Tapices. Petit point. Watteau. Muebles estilo
Chippendale. Pregunta:
—¿Estás esperando?
—Oh, no. No. Ahora no. Pondremos música. Oiremos música.
Así lo hacen.
Bailan.
Cenan.
Beben.
Conversan.
Y...
No lo hacen.
—¡Cielos, qué hora es ya? Debes irte, Eevelyn.
—Entonces, ¿esperas...?
Cómo rutilan sus dedos cuando ella los alza para indicar lo que las palabras solas no
pueden indicar.
—Eevelyn. No espero a nadie. Debes saberlo. Nunca. Debes saberlo... Vete, mi más
dulce y querido.
Él coge sombrero, guantes, bastón.
—¿Cómo es posible que yo nunca..?
Ella le pone en los lívidos labios sus dedos revestidos de anillos.
—Chist. Oh. Chist. El hombre más noble, amable y generoso que conozco no gruñirá.
Él entenderá. Paciencia. Un beso antes de separarnos.
El isleño de Andamán atisba un momento por las viscosas hendiduras de los ojos. Que
ahora se abren al reconocer.
—¡Sahib Solapado!
—¿Y quién esperaba que fuera? ¿La gruesa Fátima, quizá?
El isleño se estremece como si tuviera fiebre palúdica.
—¡Ah, Sirviente de la Sabiduría, no la mencione ni indirectamente! ¿Acaso no metió
ella a mi miserable y temo que ya destrozado hermano en una oscurísima mazmorra,
simplemente por el azar de habérsele escapado una ventosidad en su jardín más
externo? ¡Maligna hembra!
Solapado se encoge de hombros.
—Bien, así sea. O así no sea... Bueno, Bhumbo Singh, he traído algunas monedas de
oro metidas, de acuerdo con la costumbre, en... ¡Ejem, ejem! —Solapado tose—. No
necesito decirlo.
Y levanta la cabeza y mira alrededor, ansioso.
Al instante el propietario de la tienda echa a caminar de un lado a otro arrastrando los
pies.
—«Hacer sufrir de impotencia al virrey de Sindh.» No. «Imponer la plaga de las
almorranas al antipapa de...» No. «La cabeza de lord Lovat, con boina escocesa y gaita»,
no. No. Ah. Ah.
Alza un minúsculo recipiente, al mismo tiempo empieza a leer la etiqueta (garabateada
en envilecidísimo prácrito) y va a abrirla...
—¡Alto! ¡Alto! ¡Por misericordia, no lo abra!
El hombre moreno deja en silencio el potecito, no mayor que un pulgar o (digamos) del
tamaño más pequeño posible de trufas españolas. Mira el objeto contiguo en el
desordenado mostrador repleto de telarañas.
—«Causará tumores en la piel de la frente del favorito del Gran Bastardo de Borgoña»,
¡ah!
Solapado está al borde de la exasperación.
—Bhumbo. Cálmese. Cálmese. Deje de parlotear. Deje ese hechizo. Déjelo, digo,
señor. Déjelo... Bien. Coja lo que tenía antes en la mano. Sí... ¡Y por amor de Kali, dé
grillos a esas musarañas!
El isleño de Andamán continúa perdiendo el tiempo a pesar de todo, por lo que el
mismo Solapado, tras un sonido bucal de impaciencia, cumple sus propias órdenes. Y
además dedica al individuo una penetrante mirada de reproche, le aconseja que a partir
de ahora use una clase de opio mejor o peor, y coloca en sus manos lo que contiene el
oro.
—He pesado el preparado, no tengo duda alguna. En consecuencia cuente las
monedas para que...
Pero su proveedor rechaza la exigencia.
—Es suficiente, suficiente, sahib Solapado. Por el peso, creo que es correcto. Perdone
mi cotorreo: el martilleo, como ustedes dicen. —La voz y las maneras son bastante
crispadas ahora—. Le ofrecería unas tazas de té, pero mis toscos brebajes no tienen la
finura precisa para su exquisito paladar, y no consigo encontrar el Lipton's.
Solapado recorre el inmundo cubil con la mirada. (Sería preferible recorrerlo con una
escoba.)
—Y también se le habrá terminado la leche de víbora, me atrevería a decir. Qué pena.
—Contempla una vez, contempla dos veces el oscuro lugar, sucio más de lo soportable,
ciertamente imposible describir su desorden—. Ah, la inmemorial sabiduría de Oriente...
Bhumbo: le deseo buenas Gules.
El otro inclina la cabeza.
—¿No vivo únicamente para proveerle de aromas, sahib? —inquiere.
E inicia la imprescindible serie de postraciones. En ese momento oye el sonido del
silbato de hojalata.
Algún tiempo después de eso.
La nariz de Anna está muy roja, su voz es muy apagada.
—Siemprre mi señorra gustaba cosas bonitas —dice—. Diamantes, ella gustaba.
Perrlas, ella gustaba. «Kaviarr, sólo puedo comerr un bocado, pero debe serr el mejorr»,
me decía ella.
—Sí, sí, sí —conviene Solapado—. Muy cierto, muy cierto. Qué golpe para ti. Para ti y
para mí.
Desea que Anna retuerza menos el pañuelo y lo use más.
—Siemprre mi señorra erra muy particularr —prosigue Anna—. «Anna, ¿cómo te
atrreves? ¿No lo hueles?», prre-gunta ella. «Mirre debajo de donde quierra.» La dejo
mirrar debajo de vitrrina derecha: nada. La dejo mirrar debajo de vitrrina izquierrda: nada.
«Bien, pues, señorra, ¿porr qué de prronto mi cocina no serr bonita y limpia? Venga a
verr.» Ella viene, ella mirra, mirra, mirra. Nada. Huele, huele, huele. «Qué barrbarridad,
mío Dios, qué olorr tan espantoso», ella dice. Y dice y dice...
—Dios, Dios. Sí, sí. No te aflijas, donde está ahora cuidarán bien de ella...
Anna (violentamente):
—¿Qué? ¿Cuidarr de mi señorra mejorr que yo? Yo visito, llevo mi especial
grumpskentorten: ella grrita, sólo eso. «Señorra, señorra, ¿no «reconoce a Anna? ¿Anna?
Señorra Gortru-de, señorra Gortrude: ¡soy Anna!». Pero ella sólo chilla. Y chilla y chilla.
Anna hace una demostración, puños cerrados, las cuerdas vocales, saliéndosele del
cuello, la voz un agudo chillido triturante. Solapado le ruega que desista.
Después, Solapado, con cierto alivio, regresa a su casa. El hombre es, ciertamente, un
ser social. Pero a veces, pese al Autor del Génesis (cree Solapado), es conveniente estar
solo. Solapado tiene sus rosas; las poda. Solapado tiene sus Calendarios Newgate; coteja
la información. Solapado tiene primeras ediciones (Mather, de Sade, von Sacher-
Masoch); las lee. De vez en cuando alza los ojos. Descubre, al cabo de un rato, que alza
los ojos con más frecuencia que los baja. Luego baja los ojos más que lo normal. Primero
levanta el pie derecho y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Luego levanta el pie
izquierdo y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Después, habitación tras habitación y
armario tras armario, recorre la casa, con las ventanas nasales dilatadas.
—No es lo que pienso —dice firmemente—. No, es... lo que pienso.
Algún tiempo después de eso.
Solapado se halla en otro lugar, y un lugar que no le gusta demasiado. Saca
horóscopos de forma interminable, no se permite el uso de lápices y por eso utiliza tizas.
Los efectos son ciertamente de gran colorido pero es muy difícil obtener detalles finos.
Solos y por parejas, la gente pasa por allí y, fingiendo no mirar, miran. Solapado no les
hace caso. Pero ahora, de pronto, observa a alguien que se ha detenido... Observa, eso
hace. Ese hombre está mirándole abiertamente, sin fingir. Sonríe.
Solapado lo mira fijamente. Se sobresalta. Habla.
—Oh, Dios mío. Oh. Oh. Bhumbo Singh. Me dijeron que él..., me dijeron que usted
había muerto. Me lo demostraron. Lo habían apretado entre la pared interior y exterior de
mi casa. Eso fue lo que me volvió loco. Eso fue lo que yo... No lo que yo había pensado.
No lo que yo había comprado. Un error. Debí decírselo: Bhumbo Singh está vivo.
Se dispone a levantarse, es detenido por una mano morena y amable.
—Oh, no, sahib y effendi o effendi Solapado. Bhumbo ha muerto.
Solapado lanza un suave chillido, retrocede lentamente.
—Yo soy Bhimbo, único hermano, gemelo del desleal antedicho. Quien, por desgracia
y a despecho de los lazos uterinos que nos unían, me dejó languidecer en la mazmorra
más profunda de Su Alteza Bibi Fátima, viuda begun de Oont, durante siete años, seis
meses, una semana, y varios días, en vez de pagar rescate por mi delito (completamente
inintencionado, se lo aseguro: jamás como legumbres antes de traficar lo que sea en el
patio más exterior de una descendiente de Timur el Terrible). Estuve en el sexto
subsolano de su ahora ilegal prisión, del que fui liberado por el nuevo gobierno
independiente, que Kali los bendiga con todos sus pares de manos. De ahí vine aquí. Y le
forcé, a mi hermano natal Bhumbo, a ser mordido en el corazón por hambrientas tupayas
encerradas en un pote de calamares que sostuve sobre su desleal corazón. Cómo chilló
él...
Menea la cabeza, las pasiones pugnando.
Solapado medita un instante, ignorando al hacer tal cosa la conducta de un vecino que
está ahora, como tantas otras veces, recitando lo que según él son los completos Cantos
de Ossian en gaélico original. De memoria. En voz alta. Y detalladamente.
—Bien, pues, entiendo por qué llevó a la muerte a su hermano. Naturalmente. Pero
¿por qué, oh, por qué, Bhimbo, lo metió entre las paredes internas y externas de mi casa?
¿Con resultados tan fatales para mi persona? ¡Y, oh, el negro torbellino!
Un encogimiento de hombros. Una mirada de apacible sorpresa.
—¿Por qué? Bien, sahib, tenía que meterlo en alguna parte. Yo pensaba regresar a
mis islas natales, para iniciar allí un movimiento por la independencia que quizás hubiera
conducido, ¿quién sabe y por qué no?, a mi conversión en presidente vitalicio. Pero en la
desaseada tienda de mi hermano Bhumbo me demoré demasiado, buscando sus
irregulares perlas rosadas. Mientras me hallaba en ello llegaron allá los hombres llamados
Inspectores de Edificios y Bienestares. «Este tiene que estar chiflado», dijo uno. «¡Mirad,
vaya lugar!»
Bhimbo ríe serenamente.
Solapado abre la boca. Luego piensa. Luego dice:
—«Huida», sí. Bhimbo, tenemos que unir nuestras sabias cabezas, gastarles una
jugarreta. Yo no puedo hacerlo solo. Asegurar nuestra liberación de...
Los rufos e ictéricos ojos de Bhimbo se agrandan.
—¡Pero, sahib, ya estoy liberado! Para un hombre, señor, que ha pasado siete años y
medio, más, en la mazmorra más profunda de la terrible y gruesa Fátima, la tirana (ya
depuesta), ¿qué es este lugar sino un hotel? Considérelo, sahib. Ropa limpia. Camas
limpias. Tres veces por día, comida limpia..., servida por criados. Más tentempiés.
¡Cuánto me gustan los tentempiés, sahib! Y además, una vez por semana, uno de los
gurús, el llamado Shrink, habla conmigo en su sagrado despacho. ¡Qué honor! A decir
verdad, es imposible conseguir savia de palmera, pero cierto sirviente (a cambio de
sencillos hechizos: mujeres, juego) trae un sabroso vino llamado Ripple, oculto en botellas
de medicamentos. No hay hojas de betel, pero sí tombac, sahib. Y además, cine hablado
en las cajas armario. ¡Qué entretenido! ¡Cuántos crímenes! ¡Y también bañeras con
ducha! ¡Deportes! Tres veces por semana, ¡trabajos manuales terapéuticos! ¡Qué
diversión!
Bhimbo alza la voz, un poco, para hacerse oír superando no sólo el ruido del bardo
ossiánico sino también la del hombre que, gritando las palabras «¡Hola, Joe!» en
entrecortados ataques, estará insoportable al menos durante un cuarto de hora.
—Sé cómo llaman a este lugar los suyos, sahib. Pero, ¿sabe cómo lo llamo yo? Yo lo
llamo paraíso, sahib.
El señor Solapado se entristece de nuevo y ve otra vez cómo se aproxima el negro
torbellino. Huele de nuevo el inefable, diabólico olor... ¿El olor que compró él? ¿El olor
que no compró? No importa. Se agarra a la mesa para un instante más de contacto con la
realidad, y pregunta:
—Pero ¿no le preocupa de ningún modo estar rodeado de locos eternamente?
Bhimbo le mira. Su rojiamarillenta mirada es paciente y amable.
—Ah, sahib. ¿No sabe la Única Gran Verdad? Todos los hombres están locos.
La inmemorial sabiduría del Oriente está en su voz, y en sus ojos.

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