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martes, 26 de febrero de 2013

PIEDRA DE TOQUE



PIEDRA DE TOQUE
Terry Carr


En una vieja nota averiguo que escribí, Terry Carr nació en Grants Pass, Oregón, y
creció leyendo The Gumps a la luz de lamparillas de aceite de ballena, pero no creo que
eso sea cierto. ¿Y ustedes? Respecto a cómo y por qué llegué a tener una vieja nota
como ésa, no, Terry no me la pasó en clase. He adquirido este relato (y lo he publicado,
naturalmente) en dos ocasiones anteriores; y ésta es la tercera. El libro de los Proverbios
dice que Una cuerda triple no se rompe fácilmente. ¿Estoy destinado a comprar y publicar
indefinidamente este relato? Espero que así sea. Quizás haya quien opine que el tema de
este relato no concuerda realmente con las dos definiciones de piedra de toque que
ofrece un diccionario no abreviado. Después de leerlo, no obstante, confirmarán
seguramente que el señor Carr ofrece una tercera definición.
Terry Carr nació en Oregón en 1937 y creció en San Francisco. Tras diez años de
escritor y editor en Nueva York, regresó a California y vive actualmente en la zona de la
bahía de San Francisco en compañía de su esposa, la escritora Carol Carr. El señor Carr
es autor de la novela de ciencia ficción Cirque y de varias decenas de relatos cortos,
muchos de los cuales aparecen en The Light at the End of the Universa. Ha editado cerca
de sesenta antologías de ciencia ficción y fantasía, entre ellas las series Universo, The
Best Science Fiction of the Year Fantasy Annual.
Tras treinta y dos años de observar con creciente perplejidad los hábitos del mundo y la
vacilante búsqueda de amor y seguridad por parte de la gente, Randolph Helgar pensaba
que había una sencilla respuesta para todo ello, que de alguna forma era posible
agarrarse a la vida, aferraría y apreciarla sin temor. Y un sábado por la mañana, a
principios de marzo, cuando las nubes habían desaparecido y el sol se alzaba pálido en el
cielo, Randolph encontró lo que buscaba.
La nieve había abandonado las calles de Greenwich Village desde hacía más de una
semana, dejando tras de sí únicamente un quebradizo residuo en las aceras. Todo el
mundo seguía andando con paso incierto, como marineros de permiso en la costa.
Randolph Helgar salió de su piso a las diez y se dirigió hacia el oeste. El viento del este
encrespó su arreglado cabello color arena, confiriéndole el superficial aspecto de la prisa,
pero sus inquietos ojos grises y la vaga sonrisa que tan a menudo aparecía en su boca
anulaban esa apariencia. Randolph estaba más atareado buscando que andando.
El mejor detalle de la ciudad, por lo que a él respectaba, era que nunca se la podía
cartografiar por completo. En cuanto se pensaba conocer todas las calles, todas las
zapaterías, todos los puestos de bocadillos o pizzas, un día se encontraba algo nuevo, en
un lugar no investigado hasta entonces. Una peculiar ceguera afecta a la gente que
recorre las calles de Greenwich Village; la gente sólo se percata de su lugar de destino.
El día anterior, en el autobús, camino del hogar tras salir del trabajo en la agencia de
viajes, Randolph miró por la ventanilla y vio una librería cuyo sucio escaparate era serena
evidencia del tiempo que el establecimiento llevaba en aquel lugar. Y por eso iba en
busca de la librería esa mañana. Había anotado la dirección, pero ya no era preciso sacar
la hoja de papel de la cartera: el acto de anotarla la había fijado en su memoria.
La tienda acababa de abrir cuando Randolph llegó. Un hombretón de recia espalda,
cabello negro y prominentes venas en el dorso de las manos estaba disponiendo la mesa
de ocasiones delante de la librería. Randolph observó la mesa, llena de lomos borrados
por el sol de anónimos libros de bolsillo, y saludó al hombretón con una inclinación de
cabeza. Entró.
Los libros estaban amontonados a lo largo de las paredes. En diversos lugares había
letreros hechos a mano que anunciaban MÚSICA, HISTORIA, PSICOLOGÍA, pero debían
de llevar años allí, porque los libros de esas secciones no estaban relacionados con los
letreros. Cerca de la entrada había un viejo aparador moteado por la luz que entraba por
el sucio escaparate; un letrero de uno de sus estantes decía $10. Junto a este mueble
había una mesita redonda que giraba sobre su base, pero no tenía puesto precio.
El propietario había vuelto a la librería y se hallaba junto a la puerta mirando a
Randolph.
—¿Desea algo especial? —preguntó al cabo de unos instantes.
Randolph meneó la cabeza, echando atrás los mechones que caían sobre sus ojos.
Pasó los dedos por su pelo, peinándolo hacia atrás, y observó uno de los montones de
libros.
—Creo que quizá le interese esta sección —dijo el propietario, que caminó
pesadamente sobre las inseguras tablas del piso y se situó al lado de Randolph.
Alzó su manaza y la pasó por un estante. Un letrero decía: MAGIA, BRUJERÍA.
Randolph lo miró.
—No —dijo.
—Ninguno de estos libros está en venta—dijo el hombre—. Esta sección es
estrictamente una biblioteca de préstamo.
Randolph alzó los ojos para mirar los del hombre de más edad. El hombretón le
devolvió la mirada tranquilamente, a la espera.
—¿No están en venta? —dijo Randolph.
—No, forman parte de mi colección —repuso el librero—. Pero los alquilo a diez
centavos por día, si es que alguien desea leerlos, o bien...
—¿Quién se los lleva?
El pesado propietario se alzó de hombros, con la tenue pincelada de una sonrisa en
sus carnosos labios.
—Gente. Gente que entra, ve los libros y piensa que quizá le guste leerlos. Siempre los
devuelven.
Randolph examinó los libros de los estantes. Los lomos eran duros y quebradizos, las
letras parecían nuevas.
—¿Cree que los leen? —preguntó.
—Por supuesto. Muchos lectores vuelven y compran otras cosas.
—¿Otros libros?
El hombre sé encogió de hombros por segunda vez y dio media vuelta. Se acercó
lentamente a la trastienda.
—Vendo otras cosas. Es imposible ganarse la vida vendiendo libros en estos tiempos y
esta época.
Randolph siguió al hombretón a la oscuridad de la trastienda.
—¿Qué otras cosas vende?
—Quizá deba leer antes los libros —dijo el hombre, observándole con los ojos
entrecerrados.
—¿Vende... pociones amorosas? ¿Sangre de murciélago seca? ¿Entrañas de
serpiente?
—No —dijo el vendedor—. Me temo que tendrá que visitar a los tabaqueros si quiere
cosas como esas. Yo vendo únicamente cosas imperecederas.
—¿Amuletos mágicos? —preguntó Randolph. —Sí —repuso lentamente el
hombretón—. Algunos son auténticos, otros no.
—Y supongo que los auténticos son más caros. —Aproximadamente valen lo mismo.
Está en sus manos decidir cuáles son auténticos.
El hombretón se había agachado para buscar algo en un cajón de su escritorio, y sacó
una caja cuya tapa levantó. Puso la caja en el escritorio y alzó la mano para encender una
desnuda bombilla que pendía del oscuro techo.
La caja contenía diversos amuletos, piedras, insectos resecos encerrados en vidrio,
tallas de madera y otros objetos. Todo estaba revuelto en la caja. Randolph removió el
contenido con dos dedos.
—No creo en la magia —dijo. El hombretón sonrió lánguidamente. —Creo que yo
tampoco. Pero algunas de estas cosas son bastante interesantes. Algunas son de
auténtica hechura sudamericana, otras proceden de Europa y Oriente. Valen dinero, sí
señor. —¿Qué es esto? —preguntó Randolph mientras cogía una piedra negra que
encajaba perfectamente en la palma de su mano. Las configuraciones de la piedra se
retorcían sobre sí mismas, igual que un puñado de masa de panadero. —Es una piedra
de toque. Pase los dedos por ella. —Es perfectamente lisa—dijo Randolph. —Se supone
que tiene poderes mágicos, hace que la gente se sienta contenta. Sosténgala en la mano.
Randolph apretó los dedos sobre la piedra. Tal vez fuera la fuerza de la sugestión, pero
el tacto de la piedra era muy agradable. Tan lisa, igual que la piel...
—El hombre que me la dio dijo que era un antiguo objeto hindú. Engloba Yang y Yin,
los opuestos que se complementan y dan armonía al mundo. Puede ver parte del símbolo
en el aspecto de la piedra. —Sonrió lentamente—. Se supone además que contiene un
alma humana, igual que un huevo.
—Más bien como un fósil —dijo Randolph.
No sabía qué clase de piedra era.
—Le costará cinco dólares —dijo el hombretón.
Randolph sopesó la piedra. Descansaba en su mano cómodamente, igual que un gato
que se dispone a dormir.
—De acuerdo —contestó.
Sacó un billete de la cartera y observó el papel donde había apuntado la dirección de la
librería el día anterior.
—Si vuelvo aquí dentro de una semana —dijo—, ¿seguirá estando la tienda? ¿O habrá
desaparecido, como supuestamente desaparecen las tiendas de magia?
El hombretón no sonrió.
—Esta tienda no es de esa clase. Me arruinaría si estuviera trasladándome siempre.
—De acuerdo —dijo Randolph, observando la negra piedra—. Cuando era niño solía
coger piedras en la playa y las llevaba encima semanas seguidas, porque me
encantaban. En fin, supongo que esta piedra tiene esa clase de magia.
—Si decide que no desea tenerla, devuélvala —dijo el hombretón.
Cuando Randolph volvió al piso, Margo estaba levantándose. Bobby, de siete años, ya
se había levantado y estaba fuera, al parecer. Randolph puso la cafetera con el café de la
noche anterior en la cocina y se sentó a la mesa de la cocina para aguardar a que se
calentara. Sacó la piedra de toque del bolsillo y pasó los dedos por ella.
Extraño... Era simplemente una roca negra, probablemente desgastada y alisada por el
agua y más tarde, tal vez, por dedos que la habían frotado durante siglos. Pese a lo que
había dicho el vendedor respecto a un símbolo hindú, la piedra no tenía forma particular.
Sin embargo, la piedra le produjo un peculiar efecto calmante. Quizá, pensó Randolph,
es simplemente que la gente debe tener algo en las manos mientras piensa. Son las
manos, el pulgar oponible, las que han hecho a los humanos tal como son, o así opinan
los antropólogos. Las manos dan al hombre la capacidad de trabajar con cosas, de
construir, de hacer. Y todos tenemos la sensación de tener que estar siempre usando las
manos, o de lo contrario no vivimos de acuerdo con nuestra condición de seres humanos.
Por eso fuman tantas personas. Por eso tocan y se frotan la barbilla y por eso
tamborilean con los dedos en las mesas. Pero la piedra de toque regía las manos.
Una simple forma de magia.
Margo entró en la cocina, peinando su largo cabello de modo que le cayera sobre los
hombros. Todavía no se había maquillado, y su carnosa boca parecía tan pálida como las
nubes. Sacó tacitas y sirvió el café, y luego se sentó al otro lado de la mesa.
—¿Has comprado la pintura?
—¿Pintura?
—Ibas a pintar hoy la cocina. La pintura que hay está agrietándose y se cae.
Randolph observó las paredes mientras acariciaba la piedra con los dedos. Las
paredes no tenían mal aspecto, decidió. Podían durar otros seis meses sin pintarlas. Al fin
y al cabo, no era una calamidad que el yeso apareciera encima de la cocina.
—No creo que lo haga hoy —dijo.
Margo no contestó. Cogió un libro de la silla contigua y buscó la hoja que estaba
leyendo.
Randolph manoseó la piedra de toque y pensó en la playa de su niñez.
Había una fiesta esa noche en casa de Gene Blake, en el piso de abajo, pero en esta
ocasión Randolph no tenía deseos de bajar. Blake era cuatro años más joven que él, y de
pronto la diferencia parecía insuperable. Blake explicaba descentrados chistes sobre la
integración en el Sur, hablaba de escritores que Randolph sólo conocía gracias a las
críticas del Times del domingo y era aficionado a beber whisky y leche. No, no esa noche,
dijo a Margo.
Después de la cena, Randolph se acomodó ante el televisor y, mientras sonaba en la
cocina el lavado de platos y Bobby leía un tebeo en el rincón, vio una reposición de la
mejor comedia de hacía tres temporadas. Cuando llegó el segundo anuncio, sacó la
piedra de toque de su bolsillo y la frotó ociosamente
con el pulgar. Lo único preciso, pensó, es ignorar los anuncios.
—¿Alguna vez has visto una rana? —le preguntó Bobby.
Randolph levantó la cabeza y vio al niño junto a su silla, respirando rápidamente como
hacen los niños cuando tienen algo que decir.
—Claro —dijo Randolph.
—¿Alguna vez has visto una negra? ¿Muerta?
Randolph pensó un momento. No creía haber visto una rana negra muerta.
—No —contestó.
—¡Espera un momento! —dijo Bobby, y salió corriendo de la habitación.
Randolph siguió mirando la pantalla del televisor y vio que la mujer tenía un caballo en
el cuarto de estar y se esforzaba en convencerlo de que subiera al piso superior antes de
que llegara el marido. El caballo parecía irritado.
—¡Mira! —dijo Bobby, y dejó caer la rana muerta en los pantalones de su padre.
Randolph la miró dos segundos antes de comprender de qué se trataba. Una pata y
parte del cuerpo de la rana estaban aplastados, probablemente por la rueda de un coche,
y la amplia boca estaba abierta. Era gris, no negra.
Randolph la tiró al suelo.
—Será mejor que la eches a la basura —dijo—. Olerá mal.
—¡Pero he pagado sesenta canicas por ella! —dijo Bobby—. Y sólo tenía veinticinco y
tendrás que comprarme más.
Randolph suspiró y cambió la piedra de mano.
—De acuerdo —dijo—. El lunes. Guárdala en tu habitación.
Volvió la cabeza hacia la pantalla, donde todo el mundo estaba detrás del caballo y
trataba de empujarlo escalera arriba.
—¿No te gusta? —preguntó Bobby.
Randolph miró inexpresivamente al niño.
—Mi rana—dijo Bobby.
Randolph pensó en ello un instante.
—Creo que será mejor que la tires —dijo—. Pronto apestará.
Bobby bajó la cabeza.
—¿Puedo preguntárselo a mamá?
Randolph no respondió, y supuso que el niño se alejaba. Había más propaganda, y
acarició ociosamente la idea de un anuncio de piedras de toque: «Desde hace dos
milenios la humanidad ha buscado la respuesta al olor de las axilas, la halitosis, la
regularidad de la menstruación... Ahora, por fin...»
—¡Bobby! —gritó la esposa de Randolph en la cocina. Randolph levantó la cabeza,
sorprendido—. ¡Saca eso del pasillo y ponlo en la basura ahora mismo! ¡Ni una palabra
más!
Al cabo de un instante Bobby entró lentamente en la habitación, con la barbilla en el
pecho. Pero miró a Randolph con un vestigio de esperanza.
—Ella quiere que la tire a la basura.
Randolph se encogió de hombros.
—Llenará de olor la casa—dijo.
—Bueno, pensaba que te gustaría de todas maneras —dijo Bobby—. Siempre me
dices que tú fuiste niño, y ella no.
Bobby esperó un instante, aguardó la respuesta de su padre, y al no llegar ésta se fue
corriendo bruscamente con la aplastada rana gris en su mano.
Margo entró en el cuarto de estar, secándose las manos con una toalla.
—Ran, ¿por qué no has intervenido antes?
--¿Qué?
—Sabes que esas cosas me ponen enferma. Estaré dos días sin poder comer.
—Estaba viendo el programa—dijo él.
—Ese ya lo has visto dos veces. ¿Qué te pasa?
—Tómate una aspirina si estás nerviosa —dijo Randolph.
Apretó la piedra en la palma de su mano hasta que Margo sacudió la cabeza y se fue.
Pocos minutos después empezó un nuevo programa, un reportaje sobre gente que se
había manifestado en una base militar, protestando contra las bombas atómicas y la
radiación. La cara de un profesor universitario apareció en la pantalla y el orador señaló
gravemente un mapa.
—La Comisión de Energía Atómica admite que...
Randolph suspiró y apagó el televisor.
Se acostó temprano esa noche. Al despertar a la mañana siguiente salió, compró un
libro y volvió a la cama con él. Cogió la piedra de toque de la silla próxima a la cama y le
dio vueltas en sus manos un par de veces. Realmente era una piedra muy vulgar. Negra,
lisa, de suave curvatura... ¿Qué tenía la roca para que todo pareciera tan carente de
importancia, tan trivial?
Bien, naturalmente una piedra es una de las cosas más comunes del mundo, pensó
Randolph. Las encuentras por todas partes; incluso en las calles de la ciudad, donde todo
está hecho por el hombre, hay piedras. Forman parte del suelo, bajo el pavimento, son
parte del mundo en que vivimos. Forman parte del hogar.
Randolph sostuvo la piedra de toque en una mano mientras leía.
Margo llevaba varias horas fuera cuando Randolph acabó la lectura. Mientras cerraba
el libro entró ella y se quedó en la puerta, observándole en silencio.
—¿Me quieres? —preguntó ella al cabo de unos instantes.
Randolph levantó la cabeza, levemente sorprendido.
—Sí, claro.
—No estaba segura.
—¿Por qué no? ¿Algo va mal?
Margo se acercó y se sentó en la cama, junto a él, con su vestido de tela de esponja.
—Es que apenas me has hablado desde ayer. Pensaba que estabas enfadado por
algo.
Randolph sonrió.
—No. ¿Por qué tenía que estar enfadado?
—No lo sé. Parecía que... —Margo se encogió de hombros.
Randolph le tocó la cara con la mano libre.
—No te preocupes.
Margo se echó junto a él, con la cabeza apoyada en su brazo.
—¿Y me amas? ¿Todo va bien?
Randolph hizo girar la piedra en su mano derecha.
—Naturalmente que todo va bien —dijo en voz baja.
Ella se apretó al cuerpo de su esposo.
—Quiero besarte.
—De acuerdo.
Randolph rozó con sus labios la frente y la nariz de Margo. Después ella le abrazó con
fuerza mientras le besaba en los labios.
Cuando Margo terminó, Randolph se recostó en el almohadón y contempló el techo.
—¿Hace sol hoy? —preguntó—. Aquí ha estado oscuro todo el día.
—Quiero besarte más —dijo ella—. Si te parece bien.
Randolph estaba percibiendo el calor de la piedra en su mano. Las piedras no tienen
calor, pensó. Solamente mi mano le da calor. Extraño.
—Naturalmente que me parece bien —dijo, y volvió la cabeza para que ella volviera a
besarle.
Bobby estuvo en su habitación buena parte del día; Randolph supuso que estaría
tramando algo. Margo, después de esa vez, no trató de hablar con él. Randolph siguió en
la cama tocando la piedra y pensando, aunque cuando intentaba recordar en qué había
pensado encontraba su mente en blanco.
Hacia las cinco y media se presentó en la puerta su amigo Blake. Randolph le oyó decir
algo a Margo, y después el hombre entró en el dormitorio.
—Eh, ¿te encuentras bien? No estuviste en la fiesta ayer por la noche.
Randolph hizo un gesto de indiferencia.
—Claro. Tenía ganas de holgazanear este fin de semana.
La curtida cara de Randolph se iluminó.
—Bien, eso es bueno. Escucha, tengo un problema.
—Un problema—dijo Randolph.
Se incorporó en la cama mientras miraba ociosamente la piedra que tenía en la mano.
Blake hizo una pausa.
—¿Seguro que todo va bien? —preguntó después—. ¿Ningún problema con Margo?
Ella no tenía muy buen aspecto cuando llegué.
—Los dos estamos bien.
—Perfecto. Escucha, Ran, sabes que eres el único amigo íntimo que tengo, ¿verdad?
Quiero decir que hay muchas personas en el mundo, pero que tú eres la única con la que
puedo contar cuando las cosas se tuercen. Con cierta gente bromeo, pero contigo puedo
hablar. Sabes escuchar. ¿No es cieno?
Randolph asintió. Suponía que Blake tenía razón.
—Bien... Supongo que estarás enterado del escándalo de ayer por la noche. Un par de
tipos bebieron demasiado y hubo una pelea.
—Me fui temprano a la cama.
—Me sorprende que pudieras dormir. La discusión fue todo un alboroto al cabo de un
rato. Vino la policía. Rompieron tres ventanas y alguien derribó la nevera. Lo hicieron todo
añicos. Una puerta tiene las bisagras arrancadas.
—No, no escuché nada.
—¿Será posible? Bueno, escucha, Ran... El casero me tiene cogido por el cuello.
Quiere llevarme a juicio, quiere echarme a patadas. Ya conoces a ese tipo. Necesito
dinero de prisa, para solucionar las cosas.
Randolph no contestó. Había descubierto un punto de la piedra donde su pulgar
derecho encajaba perfectamente, como si la piedra hubiera sido moldeada con él. Se
pasó la piedra a la mano izquierda, pero el otro pulgar no encajaba con tanta exactitud.
Blake reflejaba nerviosismo.
—Mira, sé que te lo digo con poco tiempo. No querría pedírtelo, pero estoy en un
apuro. ¿Podrías prestarme cien billetes?
—¿Cien dólares?
—Podría arreglarme con ochenta, pero supongo que un soborno al casero...
—De acuerdo. No tiene importancia.
Blake hizo otra pausa, mirando fijamente a Randolph.
—¿Puedes?
—Claro.
—¿Qué? ¿Ochenta o cien?
—Cien si te hacen falta.
—¿Estás seguro de que... no será un problema, quedarte corto de dinero? Quiero decir
que podría buscar en otra parte...
—Te firmaré un talón —dijo Randolph. Se levantó lentamente y sacó el talonario del
tocador—. ¿Cómo se escribe tu nombre?
—G-E-N-E. —Blake estaba nervioso, indeciso—. ¿Seguro que no será un problema?
No quiero presionarte.
—No.
Randolph firmó el talón, lo arrancó y lo entregó a su amigo.
—Eres un verdadero amigo —dijo Blake—. Un amigo de verdad.
—Tonterías —Randolph se encogió de hombros.
Blake se quedó unos instantes más, al parecer porque deseaba decir algo. Pero luego
volvió a dar las gracias y se apresuró a irse. Margo entró, se quedó en la puerta y miró a
su marido en silencio unos momentos. Después, también ella se fue.
—¿Comprarás las canicas mañana? —preguntó Bobby esa noche mientras cenaban.
—¿Canicas?
—Te lo expliqué. Tengo que pagar a aquel chico por la rana que me hicisteis tirar a la
basura.
—Ah. ¿Cuántas?
—Treinta y cinco. Eran sesenta, y sólo tenía veinticinco.
Bobby guardó silencio mientras tomaba su leche con cereales. Pinchó cuidadosamente
tres granos con el tenedor y los sacó de éste con los dientes.
—Estoy seguro de que te olvidarás.
Margo levantó la vista del plato que estaba comiendo en silencio.
—¡Bobby!
—He terminado de cenar —dijo rápidamente Bobby, y se levantó. Lanzó una rápida
mirada a Randolph—. Estoy seguro de que se olvidará—añadió, y se fue corriendo.
Tras cinco minutos de silencio, Margo se levantó y empezó a recoger los platos.
Randolph estaba frotando la piedra de toque con el puente de su nariz.
—Me gustaría dormir contigo esta noche —dijo ella.
—Naturalmente —dijo él, un poco sorprendido.
Margo se detuvo junto a él y le tocó el brazo.
—No me refiero sólo a dormir. Quiero hacer el amor.
Randolph asintió.
—De acuerdo.
Pero cuando llegó el momento Margo se volvió y quedó silenciosa en la oscuridad.
Randolph se durmió con un brazo apoyado descuidadamente en las caderas de su
esposa.
Al sonar el teléfono Randolph se despertó poco a poco. Ya había sonado cinco veces
cuando lo descolgó.
Era Howard, de la agencia.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
—Sí, estoy bien —dijo Randolph.
—Son más de las diez. Pensábamos que estaba enfermo y no había podido llamar.
—¿Más de las diez?
Durante unos segundos Randolph no comprendió el significado de la hora. Luego
Margo apareció en la puerta de la cocina, sosteniendo el despertador en la mano, y él
recordó que era lunes.
—Estaré allí dentro de una hora —se apresuró a decir—. No hay problema. Margo no
se encontraba bien, pero ya se le ha pasado.
Margo, inexpresiva, dejó el despertador en la silla, junto a la cama, y miró un momento
a su marido antes de salir del dormitorio.
—Nada serio, espero —dijo Howard.
—No, no hay problema. Le veré dentro de un rato.
Randolph colgó. Se sentó en el borde de la cama y trató de recordar qué había
sucedido. Los últimos dos días eran una confusión. Había perdido algo, ¿no era cierto?
Algo que llevaba en las manos.
—Intenté despertarte tres veces —dijo tranquilamente Margo. Había vuelto al
dormitorio y estaba de pie, con las manos cruzadas bajo los pechos. Su voz era firme,
controlada—. Pero no me prestaste la más mínima atención.
Randolph iba recordando lentamente. Había tenido la piedra de toque en su mano al
acostarse, pero debía de haber resbalado mientras dormía. Se puso a buscarla entre las
mantas.
—¿Has visto la piedra? —preguntó a su mujer.
--¿Qué?
—La piedra. La he perdido.
Se produjo un breve silencio.
—No la he visto. ¿Tan importante es precisamente ahora?
—Pagué cinco dólares por ella —dijo él, todavía rebuscando en la cama.
—¿Por una piedra?
Randolph se detuvo de pronto. Sí, cinco dólares por una piedra, pensó. No parecía
correcto.
—Ran, ¿qué te pasa últimamente? Gene Blake estuvo aquí esta mañana. Devolvió tu
talón y dijo que te pidiera perdón. Estaba francamente trastornado. Dijo que no creía que
tú quisieras realmente prestarle el dinero.
«Pero no era una simple piedra —pensó Randolph—. Era una piedra de toque, negra y
lisa»
—¿Te preocupa algo? —preguntó Margo.
La nuca de Randolph estaba repentinamente fría. «¿Preocuparme? —pensó—. No,
nada me preocupa. Ese es el problema.» Levantó la cabeza.
—Es posible que haga frío afuera. ¿Puedes buscar mis guantes?
Margo le miró un momento y se dirigió hacia el armario del pasillo. Randolph se levantó
y empezó a vestirse. Al cabo de unos instantes su esposa volvió con los guantes.
Randolph se los puso.
—Hace un poco de frío aquí dentro —dijo.
En cuanto Margo volvió a la cocina, Randolph siguió buscando en la cama, esta vez
fría y atentamente. Encontró la piedra bajo la almohada, y sin mirarla la metió en una
bolsa de papel. Puso la bolsa en el bolsillo de su abrigo.
Al llegar a la agencia presentó sus excusas con la máxima desenvoltura posible,
aunque estaba seguro de que todos sabían que él se había dormido. Bien, eso no tenía
importancia... una vez.
Aquella tarde se detuvo en la librería camino de su casa. La tienda estaba tal como él
la recordaba, y dentro se hallaba el mismo hombre, que alzó sus espesas cejas al ver a
Randolph.
—Ha vuelto muy rápido.
—Quiero devolver la piedra de toque —dijo Randolph.
—No me sorprende. Mucha gente devuelve mis objetos mágicos. A veces pienso que
sólo estoy alquilándolos, igual que los libros.
—¿Querrá quedársela otra vez?
—No por el mismo precio. Tengo que mantener el negocio.
—¿Qué precio? —preguntó Randolph.
—Sólo un dólar —dijo el hombretón—. O puede quedársela usted, si eso no es
suficiente.
Randolph pensó un instante. Ciertamente no pensaba conservar la piedra, pero un
dólar no era mucho. Podía deshacerse de la piedra...
Pero en ese caso alguien la cogería, era probable.
—¿Tiene un martillo? —preguntó—. Creo que será mejor romperla.
—Claro que tengo un martillo—dijo el hombretón.
El librero metió la mano en un cajón de su escritorio y sacó un martillo, viejo y rojizo a
causa del óxido. Lo mostró a Randolph.
—El alquiler del martillo cuesta un dólar —dijo.
Randolph miró vivamente al hombretón, y luego decidió que el detalle no era
sorprendente. El hombre tenía que mantener el negocio, cierto.
—De acuerdo. —Cogió el martillo—. Me pregunto si las venas de la piedra serán tan
lisas como el exterior.
—Quizá veamos el alma fosilizada —dijo el hombretón—. Nunca conozco las cosas
que vendo.
Randolph se arrodilló, y dejó que la piedra cayera de la bolsa al suelo. Rodó
describiendo un inestable círculo y finalmente se inmovilizó.
—Yo sabía mucho de rocas cuando era niño —dijo Randolph—. Solía cogerlas en la
playa.
Dio un martillazo a la piedra y ésta se deshizo en fragmentos que se deslizaron por el
suelo y rebotaron hasta detenerse. El trozo más grande quedó junto al pie de Randolph.
Randolph cogió ese fragmento y el propietario de la tienda encendió la bombilla. Ambos
examinaron el trozo de piedra.
Había un fósil, aunque Randolph no logró averiguar de qué. Era pequeño y no muy
definido, pero al mirarlo sintió un escalofrío. Era tan desagradable y deforme como un feto
humano, aunque más antiguo, un tipo de vida que murió en el barro del mundo antes de
que naciera algo parecido a un hombre.

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