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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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miércoles, 26 de junio de 2013

ESPADAS ENTRE LA NIEBLA

ESPADAS ENTRE
LA NIEBLA
Fafhrd y el Ratonero Gris/3
Fritz Leiber




1 - La nube del odio
Redoblaban los tambores con un sonido apagado y un ritmo irritante, y las luces rojas
parpadeaban hipnóticamente en el subterráneo Templo del Odio, donde cinco mil fieles
andrajosos estaban arrodillados y humillados, y en su trance presionaban la cabeza
contra los guijarros fríos y ásperos, mientras el rencor crecía en su interior. El ritmo del
tamborileo era lento y, salvo por algunos gruñidos y gimoteos, la emoción de la multitud
era inaudible, pero entre todos producían una vibración infernal que amenazaba con
sacudir la ciudad, el reino de Lankhmar y todo el mundo de Nehwon.
Lankhmar llevaba muchos meses en paz y por ello los odios eran más intensos.
Aquella noche, además, en un lugar del centro de la ciudad, la nobleza lankhmariana de
toga negra celebraba con jolgorio, un banquete y febriles danzas los desposorios de la
hija de su Señor Supremo con el príncipe de Ilthmar, y por ello los odios se habían
redoblado.
La única sala del templo subterráneo era tan larga y ancha, y al mismo tiempo tenía
unas gruesas columnas situadas de un modo tan irregular que en ningún punto se podía
ver más de un tercio de su espacio. No obstante, el techo era tan bajo que, en cualquier
lugar, un hombre en pie podría rozarlo con las puntas de los dedos... Pero allí no había
nadie en pie; todos se arrastraban. La hediondez de la atmósfera mareaba. Las oscuras
espaldas dobladas de los fieles hechizados por el odio formaban una especie de terreno
negruzco, del cual las columnas revestidas de salitre se alzaban como troncos de árboles
grises.
El enmascarado Arcipreste del Odio levantó un dedo esquelético. Unos platillos de
hierro, finos como hojas de pergamino. empezaron a sonar al unísono con el redoble de
los tambores y las oscilaciones de las llamas intensamente rojas, llevando hasta un
extremo insoportable las maldades y envidias de los fieles sumidos en su sombrío trance.
Entonces, en la penumbra de la gran sala semejante a una hendidura, unos tenues y
pálidos zarcillos empezaron a surgir de aquel terreno oscuro que formaban las espaldas,
como si hubieran plantado allí una hierba blanca, de crecimiento rápido, espectral. Los
zarcillos, que en otro mundo podrían describirse como ectoplásmicos, se multiplicaron
velozmente, se engrosaron alargaron, y entonces se fundieron en unas formas rastreras,
serpentinas, blancas, y pareció como si lenguas de espesa niebla fluvial se hubieran
deslizado hasta aquel sótano desde el ancho río Hlal.
Las serpientes blancas se enroscaron más allá de las columna«. rozaron el techo bajo,
acariciaron húmedamente las espaldas de sus devotos y productores, y entonces se
fundieron a su vez paras ascender por la abertura curvada y negra de un estrecho pozo
de escalera, cuyos escalones estaban tan desgastados que casi parecía la superficie lisa
de un tobogán: un blanco cilindro oscilante en el cual se escondía una luminosidad rojiza.
Mientras esto sucedía, los tambores y platillos no cesaban (le sonar rítmicamente, ni
los servidores de las luces infernales dejaban de dar vueltas a las ruedas de madera en
las que estaban adheridas y resguardadas unas velas que ardían con llamas rojas, ni los
ojos del arcipreste tras la máscara de madera se desviaban por un instante a un lado, ni
uno solo de los fieles hipnotizados alzaba la vista.
Arriba, en un callejón envuelto en la niebla, una pordiosera corría hacia su casa en el
barrio de los ladrones, una chiquilla muy delgada, de ojos grandes como los de un lémur y
mirada temerosa en un rostro pequeño y bello como el de una ninfa. La niña vio la
columna blanca, ahora aplastada como el cuerpo de una babosa. que surgía de entre los
barrotes de un ventanuco abierto al nivel del pavimento, y aunque ya la seguían espesos
y helados zarcillos de niebla fluvial, supo que aquello era diferente.
La chiquilla trató de esquivar aquella cosa, pero ésta, casi con la rapidez con que ataca
una serpiente, saltó hacia la pared contraria, cerrándole el paso. La muchacha dio media
vuelta y echó a correr, pero el blancuzco fenómeno la adelantó, trazando una U y
acorralándola contra la pared. La muchacha se quedó quieta, estremeciéndose mientras
la serpiente de niebla se estrechaba, se hacía más densa y se enroscaba a su cuerpo. Su
extremo se balanceó, como la cabeza de una serpiente venenosa preparándose para
golpear, y entonces, de improviso, descendió hacia el pecho de la muchacha, la cual dejó
de estremecerse, echó la cabeza atrás, desvió las pupilas de modo que sus ojos de lémur
sólo mostraban los blancos, y cayó al suelo, fláccida como un trapo.
La serpiente de niebla la husmeó durante unos instantes, y luego, como si estuviera
molesta por no encontrar ningún resto de vida, dio al cuerpo un capirotazo que lo puso de
bruces y partió velozmente en la misma dirección que seguía la niebla fluvial: a través de
la ciudad, hacia los hogares de los nobles y el palacio del Señor Supremo, con sus
cimborrios enjoyados.
Salvo por un destello rojizo ocasional en una de ellas, las dos clases de niebla eran
idénticas.
Junto a un seco abrevadero de piedra, en el cruce de cinco callejones, dos hombres se
acurrucaban a cada lado de un braserillo en el que ardían unos carbones. El lugar estaba
tan próximo al barrio de los nobles que, a intervalos, llegaban hasta allí los débiles
sonidos de músicas y risas, junto con un tenue resplandor de luz multicolor. Los dos
hombres podrían ser un mendigo robusto y otro menudo, pero esa impresión se
desvanecería al examinar con detenimiento sus blusas, polainas y mantos, pues, aunque
raídos, eran de buen material, y además, cada uno de ellos tenía a mano su espada
enfundada.
—Esta noche habrá niebla —dijo el más corpulento—. Puedo olerla, procedente del
Hlal.
El que había hablado era Fafhrd, hombre de brazos musculosos, rostro pálido y sereno,
y cabellera dorada con destellos rojizos.
El hombre menudo que le acompañaba se estremeció, echó al brasero dos trozos
pequeños de carbón y dijo sardónicamente:
—¡La próxima vez predice glaciares! Y si es posible, que bajen por la calle de los
Dioses.
Aquel hombrecillo era el Ratonero; tenía la mirada cautelosa, sus labios se curvaban en
una mueca y embozaba la cara en una capucha gris.
Fafhrd sonrió. Llegó a sus oídos el tintineo de una canción distante y preguntó al aire
que lo transportaba:
—¿Por qué no estamos esta noche en algún lugar cálido y acogedor, bien provistos de
vino y acariciados por manos amorosas?
A modo de respuesta, el Ratonero Gris se sacó del cinto una bolsa de piel de rata y,
cogiéndola por los cordones, la golpeó contra su palma. La bolsa se aplastó y no emitió
ningún sonido metálico. Por añadidura, alzó las manos y agitó sus diez dedos, todos ellos
sin anillos.
Fafhrd sonrió de nuevo y dijo al espacio oscuro a su alrededor, que ahora estaba lleno
de una bruma finísima, heraldo de la niebla:
—Eso sí que es extraño. No sé cuántas joyas y objetos de oro y electro hemos
conseguido en nuestras aventuras, e incluso cartas de crédito avaladas por el Gremio de
los Mercaderes de Grano... ¿Adónde ha ido a parar todo eso? Las cartas de crédito han
volado con alas de pergamino, las joyas lo han hecho arrojando fuego como jibias
diminutas rojas, verdes y perlinas. ¿Por qué no somos ricos?
El Ratonero soltó un bufido.
—Porque derrochas nuestros bienes con vulgares rameras, o todavía con mayor
frecuencia los empleas en algún noble capricho, alguna maquinación de ángeles espurios
para asaltar las murallas del infierno. Entretanto, yo hago de niñera para ti y no salgo de la
pobreza.
Fafhrd se echó a reír.
—Pasas por alto tus propias imprudencias caprichosas, como la de rajar la bolsa del
Señor Supremo y rebañarle además el bolsillo, la misma noche que rescataste y le
devolviste la corona que había perdido. No, Ratonero, creo que somos pobres porque...
—De súbito alzó un codo, sus fosas nasales se ensancharon y husmeó el aire helado y
húmedo—. Esta noche hay algo corrompido en la niebla —observó.
El Ratonero replicó en tono seco:
—Ya he olido pescado podrido, grasa quemada, estiércol de caballo, humos
cosquilleantes, salchichas rancias de Lankhmar, incienso barato, aceite rancio, grano con
moho, barracones de esclavos, depósitos de embalsamar llenos hasta el negro borde y el
hedor de una catedral llena de carreteros sin lavar y rameras celebrando ritos
orgiásticos... ¡Y ahora me dices que hueles a podrido!
—Es algo diferente de todo eso —dijo Fafhrd, escudriñando uno tras otro los cinco
callejones—. Quizás el último... —Se interrumpió, dubitativo, y se encogió de hombros.
Hebras de niebla penetraron a través de los ventanucos que se abrían al nivel de la
calle en la taberna llamada «El Nido de Ratas», mezclándose curiosamente con la negra
humareda de una antorcha que no ardía bien, pero nadie reparó en ellas excepto una
vieja ramera, que se cubrió más la garganta con su remendado manto de piel.
Todas las miradas estaban fijas en el juego de pulso que realizaban sobre una vieja
mesa de roble el famoso matón Gnarlag y un mercenario de piel morena, que tenía unos
músculos casi tan abultados como los del matón. Con los codos derechos firmemente
apoyados y las manos respectivas aferradas, cada uno se afanaba por doblegar la
muñeca del otro hasta hacerle tocar la madera llena de muescas, palabras talladas y
puntadas de cuchillo. Gnarlag, que miraba a su contrincante con una mueca burlona, le
aventajaba por la longitud de un dedo pulgar.
Una de las hebras de niebla, como si fuera aficionada al juego de pulso y sintiera
curiosidad por el resultado, pasó sobre el hombro de Gnarlag. A la vieja ramera le pareció
que la inquisitiva hebra neblinosa tenía un matiz rojizo, sin duda reflejo de las antorchas,
pero rogó para que insuflara en Gnarlag sangre fresca.
El dedo de niebla tocó el brazo tenso. La expresión burlona de Gnarlag se transformó
en otra de puro odio, y el grosor de los músculos de su antebrazo pareció duplicarse
mientras le daba más de media vuelta. Se oyó un chasquido apagado y un grito de dolor.
La muñeca del mercenario estaba rota.
Gnarlag se levantó. Arrojó contra la pared una copa de vino que le ofrecía y derribó de
un golpe a una muchacha que pretendía abrazarle. Entonces cogió del banco que estaba
a su lado el grueso cinto del que pendían sus dos espadas, se encaminó a la escalera de
ladrillo y salió del Nido de Ratas. Quizá por algún curioso efecto de las corrientes de aire,
pareció como si una hebra de niebla descansara sobre sus hombros, como un brazo
amistoso.
Una vez hubo desaparecido, alguien comentó:
—Gnarlag siempre ha sido un ganador frío e ingrato.
El sombrío mercenario se miró la mano que le pendía fláccida y se mordió los labios
para contener los gemidos.
—Dime pues, gran filósofo, porqué no somos duques —pidió el ratonero Gris,
señalando a su amigo con un dedo—. O emperadores, o semidioses, ya que estamos en
ello.
—No somos duques porque no estamos sometidos a nadie replicó Fafhrd con
afectación, y apoyó los hombros en la piedra abrevadero—. Incluso un duque tiene que
adular a un rey, y semidioses a los dioses. Pero nosotros no adulamos a nadie. Seguimos
nuestro camino, eligiendo nuestras aventuras..., ¡y nuestras propias locuras! Es mejor la
libertad y un camino helado a un hogar caliente y la servidumbre.
—Así habla el lebrel rechazado por su último amo y que no encuentra nuevas botas a
las que babosear —replicó el Ratonero con impudicia amigable y sardónica—. Mírate,
noble embustero: remos trabajado para una docena de señores, reyes y gordos
mercaderes. Has servido a Movarl, al otro lado del Mar Interior, y yo he servido al bandido
Harsel. Ambos hemos estado bajo las órdenes de Glipkerio, cuya hija se une a Ilthmar
esta misma noche.
—Son excepciones —protestó despectivamente Fafhrd—, y además, incluso cuando
estamos al servicio de alguien, nosotros establecemos las reglas. No nos inclinamos a los
deseos de nadie, no bailamos al son del tambor de algún brujo, no nos unimos a la plebe,
no hacemos caso de ninguna salvaje invocación del odio. Cuando desenvainamos la
espada, es sólo para defendernos a nosotros mismos. ¿Qué es eso?
Había alzado la espada para recalcar sus palabras, cogiéndola por la vaina, debajo de
la guarda, pero ahora la mantenía inmóvil, con la empuñadura cerca de la oreja.
—¡Una vibración de advertencia! —exclamó al cabo de un momento—. ¡El acero suena
suavemente en su funda!
El Ratonero se rió, tolerante ante esta prueba de superstición. Desenvainó su fina
espada, examinó la hoja aceitada a la tenue luz de las brasas, descubrió un par de motas
negras y empezó a frotarlas con un trapo.
No ocurrió nada más, y Fafhrd dejó a un lado la espada sin desenvainar y dijo de mala
gana:
—Quizá pasó un dragón por la cueva donde forjaron la hoja. Pero esta niebla hedionda
sigue sin gustarme.
El asesino Gis y la cortesana Tres habían observado el avance de la niebla sobre los
tejados de Lankhmar, con sus fantásticos remates puntiagudos, hasta que veló la luna
baja y amarillenta y el resplandor multicolor del palacio. Entonces encendieron las
lámparas y corrieron las cortinas azules, y se dedicaron al juego de lanzar cuchillos a fin
de aguzar sus apetitos para un juego más íntimo pero no mucho más amable.
Tres era bastante diestra, pero Gis era capaz de hacer que el arma diera doce o trece
vueltas completas antes de clavarse en la madera, y podía lanzarla con igual precisión
entre las piernas o por encima del hombro, hacia atrás, sin necesidad de espejo. Cada
vez que el cuchillo se clavaba muy cerca del cuerpo de Tres, él sonreía. La mujer tenía
que recordarse que Gis no era mucho peor que la mayoría de los malvados.
La niebla entró serpenteando entre las cortinas azules y tocó a Gis en la sien cuando
se preparaba a lanzar el cuchillo.
—¡Tienes la sangre de la niebla en el blanco de los ojos! —gritó Tres, mirándole
asustada.
El asesino cogió a la mujer por la oreja y, con una gran sonrisa, le cortó el cuello por
debajo de la delicada mandíbula. Se hizo a un lado para evitar el borbotón de sangre,
cogió su cinto provisto de varias dagas y se precipitó por la curva escalera hasta la calle,
donde se sumergió en una niebla acogedora, una bruma que de algún modo estaba tan
llena de furor como el fuerte vino de Tovilysis lo está de azúcar, una auténtica cisterna de
ira. Todo su ser estaba bañado en sensaciones tan arrobadoras como las intensas
aunque huidizas que había desencadenado en su cerebro el roce del zarcillo de niebla.
Visiones de princesas acuchilladas y doncellas ensartadas en acero danzaban en su
cabeza. Caminó eufórico, rebosante de expectativas deliciosas, al lado de Gnarlag de las
Dos Espadas, quien le reconoció en seguida como un hermano de odio, sacrosanto, otro
esclavo de la niebla bendita.
Fafhrd colocó las manos por encima del brasero y se puso a silbar la alegre tonada
procedente del palacio que destellaba a lo lejos. El Ratonero, que ahora aceitaba de
nuevo la hoja de Escalpelo, observó:
—Estás tan contento que nadie diría que te preocupan las corrupciones y las
vibraciones anunciadoras de peligro.
—Esto me gusta —afirmó el nórdico—. ¡Me importan un ardite los patios, los lechos y
los fuegos crepitantes en las chimeneas! ¿Acaso no es más dulce el vino imaginado que
el real?
—¡Ja, ja! —rió sardónicamente el Ratonero.
—¿Y no es un mendrugo de pan mas sabroso para un hambriento que las lenguas de
alondra para un sibarita? La adversidad aguza el apetito y aclara la vista.
—Eso dijo el mono que no podía coger la manzana —replicó el Ratonero—. Si en esa
pared se abriera una puerta de acceso al paraíso, te lanzarías de cabeza a través de ella.
—Sólo porque nunca he estado en el paraíso. ¿No es más agradable escuchar la
música de los desposorios de Innesgay aquí, en vez de mezclarnos con los invitados,
tener que bailar con ellos y sufrir las trabas y las anteojeras de sus rituales sociales?
—Esos sonidos hacen que a muchos en Lankhmar les roa la envidia hasta dejarlos con
los huesos mondos —dijo sombríamente el Ratonero—. A mí no me roe como a esos
estúpidos; mis celos son más inteligentes. Pero, aun así, la respuesta a tu pregunta es:
¡no!
—Esta noche es mucho mejor ser un vigilante de Glipkerio que su huésped atiborrado
de comida —insistió Fafhrd, dejándose llevar por su vena poética y sin escuchar apenas
al Ratonero.
—¿Quieres decir que servimos a Glipkerio gratuitamente? —preguntó el último en tono
de alarma—. ¡Ahí tienes! ¡Ése es e6 aspecto más amargo de la libertad: que no cobras!
Fafhrd se echó a reír, pero en seguida se puso serio y dijo, casi avergonzado:
—Ser un buen vigilante tiene sus recompensas. ¡No lo hacemos por una paga, sino por
el mero gusto de hacerlo! Un hombre bajo techo, cómodo y bien caliente, está ciego. Pero
aquí, a la intemperie, vemos la ciudad y las estrellas, oímos los sonidos de la vida, nos
agazapamos como cazadores en un escondrijo entre las piedras, aguzando nuestros
sentidos para...
—Por favor, Fafhrd, basta de señales de peligro —protestó el Ratonero—. Sólo falta
que me digas ahora que hay un monstruo babeante y al acecho en las calles, deseoso de
Innesgay y su, damas de honor, y tal vez uno o dos principillos armados con espadas
como aperitivo.
Fafhrd le miró seriamente y luego escudriñó la niebla que se iba espesando.
—Cuando esté completamente seguro de eso, te lo haré saber.
Los hermanos gemelos Kreshmar y Skel, asesinos y camorristas de oficio, estaban
amenazando a un usurero en su cuchitril cuando la niebla entreverada de rojo llegó en su
busca. Con la misma rapidez con que los hombres ambiciosos toman un último bocado y
un trago de vino durante la cena familiar, cuando les llaman de improviso a la mesa del
banquete del emperador, los dos hombres concluyeron su faena. Kreshmar utilizó
limpiamente su porra para abrir un cráter en el cráneo del usurero, mientras Skel e metía
en el cinto la bolsita de oro que habían arrebatado al viejo. Mientras éste pasaba a mejor
vida, salieron a toda prisa, las espadas oscilando en sus caderas, y se internaron en la
niebla para avanzar junto a Gnarlag y Gis en medio de la masa compacta que apenas se
distinguía de la niebla fluvial, pero que les intoxicaba como si fueran los vapores de un
vino hechizado que impulsa al asesinato y la destrucción, hacía que se desprendieran de
todas las precauciones y temores naturales, y les prometía innumerables emociones y
víctimas muy provechosas.
Detrás de los cuatro hombres, la falsa niebla se adelgazó hasta reducirse a un solo
filamento brillante, rojo como una arteria, plateado como un nervio, que serpenteaba entre
las calles retorcidas llegaba al Templo del Odio. Una pulsación recorría incesantemente el
filamento: eran los impulsos que transmitían energía y decisión a la masa de niebla
merodeadora y a los cuatro asesinos, ¡hora doblemente esclavizados por el odio, que
avanzaban con ella. La niebla se movía resueltamente, como un tigre de las nieves, hacia
el barrio de los nobles y el palacio iluminado de Glipkerio, sobre el rompeolas del Mar
Interior.
Tres centinelas de Lankhmar, vestidos de negro y armados con garrotes recubiertos de
metal y pesados dardos erizados de búas, vieron acercarse la espesa niebla y a los
hombres que iban envueltos en ella. Tuvieron la impresión de que estaban congelados,
recubiertos por una especie de hielo dúctil. Se estremecieron y se sintieron paralizados.
La niebla les tocó, pero casi al instante pasó de largo, como si fueran un material inferior
para sus fines.
De la masa de niebla surgieron cuchillos y espadas. Sin un solo grito, los tres
centinelas cayeron, y en sus negras túnicas brilló un líquido cuyo color rojo sólo era
patente en los miembros pálidos y fláccidos. La masa de niebla se espesó, como si
acabara de alimentarse con la sustancia de sus víctimas. Los cuatro asesinos eran casi
invisibles desde el exterior, aunque desde dentro ellos veían con suficiente claridad.
En un extremo del callejón más largo y en dirección a tierra adentro, el Ratonero vio la
aproximación de la masa blanca junto al resplandor del palacio, detrás de él, aquella
niebla que lanzaba por delante sus zarcillos exploradores, y exclamó alegremente:
—¡Mira, Fafhrd, tenemos compañía! Llega la niebla serpenteando desde el Hlal para
calentarse las blandas garras en nuestro pequeño fuego.
Fafhrd frunció el ceño y dijo en tono de desconfianza:
—Creo que enmascara a otros huéspedes.
—No seas gallina —le reprendió el Ratonero, y añadió con voz soñadora—: Se me ha
ocurrido algo curioso, Fafhrd: ¿y si no se trata de niebla, sino que es el humo de toda la
adormidera y la resina de cáñamo de Lankhmar ardiendo a la vez? ¡Cómo disfrutaremos
después de aspirarlo! ¡Qué sueño tendremos esta noche!
—Creo que serán pesadillas —dijo Fafhrd en voz baja, empezando a incorporarse—.
¡El olor, Ratonero! ¡Y mi espada vuelve a vibrar!
Los zarcillos de niebla más adelantados rozaron a los dos hombres y se abalanzaron
sobre ellos alegremente, como si hubieran encontrado a los dos capitanes que andaban
buscando, los líderes de los esclavos que les harían invencibles.
Entonces los dos hermanos de sangre sintieron plenamente la intoxicación de la niebla,
la agridulce melodía de odio que transmitía su contacto, sus promesas vehementes de
que siempre satisfaría los anhelos más sanguinarios, en una eternidad de frenesí asesino
incontenido.
Aquella noche Fafhrd estaba sobrio, intoxicado tan sólo por sus propios idealismos y el
propósito de cumplir a la perfección su tarea de vigilancia, y por ello apenas le afectaron
las sensaciones, ni las percibió en absoluto como sensaciones.
El Ratonero tenía una naturaleza más proclive a los odios y las envidias, y su
resistencia se tambaleó, pero al final también él rechazó los poderosos señuelos de la
niebla..., aunque, para darle la peor interpretación, porque quería ser siempre la fuente de
su propio mal y jamás aceptaría que procediera de otra fuente, ni siquiera como un regalo
del mismo archienemigo.
Entonces la niebla retrocedió una docena de pasos, con rapidez felina, como una arpía
orgullosa a la que rechazan, descubriendo a los cuatro hombres embozados en ella y
tendiendo simultáneamente sus zarcillos hacia el Ratonero y Fafhrd.
Fue una suerte que el Ratonero conociera hasta el último asesino semiprofesional de
Lankhmar y que sus intuiciones y reflejos fuesen rápidos como una flecha. Reconoció al
más menudo de los cuatro —Gis, con su cinto repleto de cuchillos— y también el que
presentaba un peligro más inmediato. Sin asomo de duda desenvainó a Garra de Gato, se
preparó para el ataque, apuntó y lanzó el arma. Al mismo tiempo, Gis, que también
conocía a su adversario y tenía la misma celeridad mental y rapidez de reacción, arrojó
uno de sus cuchillos. Pero el Ratonero, siempre cauto y juiciosamente temeroso, echó la
cabeza a un lado en el mismo momento en que lanzó su arma, y el cuchillo de Gis sólo
pasó rozándole la oreja.
Gis había confiado demasiado en su propia velocidad, y no hizo ningún movimiento
evasivo similar... con el resultado de que un instante después la empuñadura de Garra de
Gato sobresalía de la órbita de su ojo derecho. El rufián se quedó largo rato mirando
fijamente con el otro ojo, conmocionado y sorprendido, y luego cayó al suelo, con las
facciones contorsionadas por el estertor agónico.
Kreshmar y Skel desenvainaron al punto sus aceros, y Gnarlag empuñó sus dos
espadas, sin que les intimidara lo más mínimo la muerte alada que se había cebado en el
cerebro de su camarada.
Fafhrd, que tenía muy buen sentido táctico para actuar en un frente amplio, al principio
no sacó su espada, sino que cogió el brasero por una de sus tres cortas y quemantes
patas, lo hizo girar y arrojó su magro contenido al rojo vivo contra las caras de los
atacantes. Esto los detuvo lo suficiente para que el Ratonero desenvainara a Escalpelo y
Fafhrd a su espada más pesada, que había sido forjada en una gruta. Se las hubiera
arreglado mejor sin el brasero, pues estaba demasiado caliente, pero vio que Gnarlag de
las Dos Espadas iba a por él y se contentó con pasarlo a la mano izquierda, como si
hiciera un juego de manos.
El desenlace de la refriega fue rápido. Los tres atacantes, sólo intimidados un instante
por el rocío de carbones ardientes, que no les alcanzaron, se lanzaron adelante con
resolución, los cuatro aceros en busca del Ratonero y de Fafhrd. El nórdico paró con el
brasero el golpe de la espada que empuñaba Gnarlag en la mano derecha, y el de la
izquierda con la guarda de su propia arma, a la vez que atravesaba con ésta el cuello del
matón.
Fue una estocada terrible: las dos espadas de Gnarlag pasaron por los lados de Fafhrd
y se desplomaron con su portador agonizante. El nórdico, que ahora experimentaba un
intenso dolor en la mano izquierda, lanzó el brasero en la dirección útil más próxima...,
que resultó ser la cabeza de Skel, privando de ese golpe al Ratonero, quien por entonces
retrocedía ágilmente, pero no con mayor rapidez que la de Kreshmar y Skel en su ataque.
El Ratonero se agachó bajo la hoja de Kreshmar y clavó a Escalpelo entre las costillas
del asesino, por el camino más fácil hacia el corazón. Extrajo la espada con rapidez y
proporcionó la misma dosis de acero delgado al tambaleante y aturdido Skel. Se apartó
entonces de un salto y escudriñó a su alrededor, sosteniendo la espada alta y
amenazante.
—Todos han mordido el polvo —dijo Fafhrd, quien había dispuesto de más tiempo para
examinar su entorno—. ¡Ay, Ratonero, me he quemado los dedos!
—Y a mí me han diseccionado una oreja —replicó el pequeño espadachín, tocándose
con cautela el lóbulo magullado—. Bueno, sólo ha sido un rasguño en el borde... —
Entonces, tras haber asimilado la observación de Fafhrd, exclamó—: ¡Te lo tienes bien
merecido por pelear con un arma propia de un pinche de cocina!
—¡Bah! ¡Si no fueras tan cicatero con el carbón, los habría dejado a todos ciegos
cuando les eché las brasas ardientes!
—Y te habrías quemado aún más los dedos —dijo el Ratonero en tono risueño, que se
acentuó al añadir—: Creo haber oído el ruido de una bolsa de oro en el cinto de uno de
los que pusiste a raya con el brasero. Skel..., sí, el camorrista Skel. Cuando recupere a
Garra de Gato...
Se interrumpió a causa de un repulsivo sonido de succión que finalizó con un leve plop.
Al tenue resplandor procedente del barrio de los nobles, presenciaron una horrorosa
visión sobrenatural: la daga ensangrentada del Ratonero suspendida sobre el ojo
traspasado de Gis, sostenida sólo por un serpenteante tentáculo de la niebla blanca que
había enmascarado a sus atacantes y que ahora se había hecho todavía más densa,
como si hubiera succionado —como así era, en efecto— un alimento supremo de sus
servidores muertos.
Los dos amigos experimentaron entonces el temor a las más horrendas pesadillas
convertidas en realidad: el rayo que mata certeramente surgiendo de improviso en la
tormenta, la serpiente gigante que emerge del mar, las sombras que se fusionan en el
bosque para asfixiar al hombre que se ha perdido en él, la negra cinta de humo que brota
de la hoguera del brujo y va en busca de víctimas a las que estrangular.
Oían a su alrededor el débil tintineo del acero contra los adoquines: otros tentáculos de
niebla estaban levantando las cuatro espadas caídas y el cuchillo de Gis, mientras que
otros palpaban el cinto del degollado en busca de los cuchillos no desenvainados.
Era como si un gran pulpo fantasmal hubiera surgido de las profundidades del Mar
Interior y se estuviera armando para el combate.
A cuatro metros por encima del suelo, en el punto de la espesa niebla de donde
brotaban los tentáculos, se estaba formando un disco rojo, en el centro del cuerpo de la
niebla, por así decirlo... Un disco rojo que iba adquiriendo el aspecto de un ojo único,
grande como un rostro...
Era inevitable pensar que tan pronto como aquel ojo pudiera ver, unos diez tentáculos
armados atacarían en seguida, certeramente.
Fafhrd permaneció paralizado de terror entre el ojo que se iba formando con rapidez y
el Ratonero. Éste tuvo una inspiración súbita, cogió con firmeza a Escalpelo, se preparó
para correr y gritó al alto nórdico:
—¡Haz un estribo!
Fafhrd adivinó la estratagema del Ratonero, se sobrepuso al horror, entrelazó los
dedos de ambas manos y se agachó. El Ratonero echó a correr, colocó el pie derecho en
el estribo que Fafhrd había formado con las manos y saltó desde allí al mismo tiempo en
que su amigo reforzaba el salto con un fuerte empujón y una exclamación simultánea de
extremo dolor.
El Ratonero, precedido por su espada, apuntada con precisión, pasó a través del disco
ocular ectoplásmico, dispersándolo totalmente. Entonces desapareció de la vista de
Fafhrd tan repentina y completamente como si lo hubiera engullido un banco de nieve.
Un instante después los tentáculos armados empezaron a dar estocadas y tajos, al
azar y erráticamente, como podrían hacerlo unos espadachines ciegos. Pero como eran
diez, nada menos, algunos de los golpes se acercaban peligrosamente a Fafhrd, el cual
tenía que esquivarlos y agacharse para mantenerse fuera de las trayectorias mortales.
Guiados por el ruido de sus zapatos sobre los adoquines, los tentáculos armados con
espadas y cuchillos empezaron a apuntar un poco mejor, de nuevo como podrían hacerlo
unos espadachines ciegos, y tuvo que esquivarlos más ágilmente, cosa que no era la más
fácil y segura para un hombre tan corpulento como él. Un observador imparcial, si un ser
así hubiera sido concebible, podría haber llegado a la conclusión de que el pulpo
espectral trataba de hacer bailar a Fafhrd.
Entretanto, en el otro lado del monstruo blanco, el Ratonero había reparado en el hilo
plateado y rosado, y dando un salto, porque el filamento trató de evadirle, lo cortó con la
punta de Escalpelo. Ofreció más resistencia al acero que todo el cuerpo de la niebla, y al
partirse produjo un sonido de lo más antinatural e inesperado.
Inmediatamente, el cuerpo de niebla se derrumbó, se deshinchó con más celeridad que
cualquier vejiga pinchada, o más bien cayó como un gigantesco bejín blanco al que da un
puntapié una bota gigante, los tentáculos se desprendieron y las espadas y cuchillos se
estrellaron sobre los adoquines, al tiempo que se esparcía un hedor que obligó a Fafhrd y
al Ratonero a taparse bocas y narices.
El hedor duró poco. Tras husmear cautamente y cerciorarse de que el aire volvía a ser
respirable, el Ratonero exclamó alegremente:
—¡Eh, querido camarada! Creo que he cortado la delgada garganta de esa cosa, o el
corazón, o un nervio vital, o la tralla plateada, o el cordón umbilical, o lo que fuera esa
cuerda.
—¿Adónde conducía esa cuerda? —le preguntó Fafhrd.
—No tengo la menor intención de tratar de averiguarlo —respondió el Ratonero,
mirando cautelosamente por encima del hombro en dirección por donde había llegado la
niebla—. Si te apetece, dedícate a recorrer el laberinto de Lankhmar. Pero la cuerda
parece tan muerta como todo lo demás.
—¡Ah! —exclamó Fafhrd, de súbito, y empezó a agitar las manos—. ¡Pequeño bribón!
Obligarme a hacer un estribo con mis manos quemadas...
El Ratonero sonrió mientras su mirada recorría los adoquines desagradablemente
viscosos, los cadáveres y las armas esparcidas.
—Garra de Gato debe de estar por aquí... —musitó—. Y oí el tintineo del oro...
—¡No se te escaparía una moneda bajo la lengua del hombre al que estuvieras
estrangulando! —le dijo Fafhrd con enojo.
En el Templo del Odio, cinco mil fieles empezaron a levantarse lentamente, débiles y
quejumbrosos, cada uno de ellos aligerado de peso desde el inicio de la ceremonia. Los
que tocaban los tambores se derrumbaron sobre sus instrumentos, los que manipulaban
las luces lo hicieron sobre sus velas rojas apagadas, y el enjuto arcipreste bajó la cabeza
con gesto cansado y torvo, y apoyó la máscara de madera en sus manos semejantes a
garras.
En el cruce de los callejones, el Ratonero hizo oscilar ante el rostro de Fafhrd la
pequeña bolsa que acababa de extraer del cinto de Skel.
—Mi noble camarada, ¿se lo damos como regalo de bodas a la dulce Innesgay? —
preguntó con voz cantarina—. Y luego volvemos a encender el braserillo y terminamos
esta noche como la comenzamos, saboreando las alegrías inigualables del deber
cumplido y las múltiples maravillas de...
—¡Trae aquí, idiota! —gruñó Fafhrd, arrebatándole la bolsa pese al dolor de los dedos
quemados—. Sé de un sitio donde tienen tisanas suavizantes, y también agujas para
remendar los rasguños en las orejas de los ladrones. ¡Y donde tanto el vino como las
muchachas son ardientes y limpios!
2 - Tiempos difíciles en Lankhmar
Hace mucho tiempo, en Lankhmar, ciudad de la Toga Negra, en el mundo de Nehwon,
dos años antes de la Muerte Emplumada, Fafhrd y el Ratonero Gris se separaron.
Se desconocen los motivos exactos de la riña entre el alto y pendenciero bárbaro y el
esbelto y esquivo Príncipe de los Ladrones, lo que causó el fin de aquella asociación con
la que vivieron grandes aventuras, y en su día fue objeto de muchas especulaciones.
Algunos dijeron que se habían peleado por una muchacha; otros sostenían la idea, aún
más improbable, de que habían discutido por el reparto de un botín de joyas arrebatado a
Muulsh el prestamista. Srith de los Pergaminos sugiere que su distanciamiento se debió
principalmente al reflejo de una hostilidad sobrenatural que existía por entonces entre
Sheelba del Rostro Sin Ojos, el demoníaco mentor del Ratonero, y Ningauble de los Siete
Ojos, el extraño patrón de Fafhrd con sus múltiples serpientes.
La explicación más probable, que se opone frontalmente a la hipótesis de Muulsh, es
que los tiempos eran difíciles en Lankhmar, las aventuras escasas y poco atractivas, y los
dos héroes habían llegado a ese punto en la vida en que un hombre con dificultades
económicas desea mezclar incluso las aventuras y placeres más insólitos con ciertas
actividades prudentes que conduzcan a la seguridad financiera o espiritual, aunque pocas
veces, o ninguna, a ambas.
Esta teoría, la del hastío y la inseguridad, así como una diferencia de opinión sobre la
mejor manera de combatir los sombríos sentimientos que embargaban su ánimo, explica
los principales elementos que subyacen en la separación de la pareja... Esta teoría puede
responder, y quizá incluso incorporar, la sugerencia, por lo demás ridícula, de que los dos
camaradas riñeron a causa de la ortografía correcta del nombre de Fafhrd, pues el
Ratonero prefería perversamente un simple equivalente lankhmariano de «Faferd»,
mientras que el propietario del nombre insistía en que sólo la original aglomeración de
consonantes que llenaban la boca podría seguir satisfaciendo a su oído y su vista, y a su
sentido semiletrado y bárbaro de la adecuación de las cosas. Los hombres aburridos e
inseguros lanzan flechas a las motas de polvo.
Es cierto que su amistad, aunque no se rompió por completo, se enfrió mucho, y que
sus estilos de vida, aunque ambos permanecieron en Lankhmar, divergieron
notablemente.
El Ratonero Gris entró al servicio de un hombre llamado Pulg, un próspero extorsionista
de pequeñas sectas religiosas, un señor del oscuro mundo del hampa de Lankhmar, que
cobraba tributos a los sacerdotes de todos los diosecillos a los que trataban de convertir
en dioses, so pena de diversas cosas desagradables, molestas y repugnantes que
ocurrirían en los futuros servicios del diosecillo moroso. Si un sacerdote no pagaba a
Pulg, sus milagros no surtirían efecto, la congregación de fieles y las colectas disminuirían
mucho, y era muy posible que acabara con la piel llena de magulladuras y los huesos
rotos.
En compañía de tres o cuatro matones de Pulg, y a menudo de una o dos esbeltas
bailarinas, el Ratonero llegó a ser una figura familiar y amenazante en la calle de los
Dioses, que va desde la Puerta del Pantano hasta los lejanos muelles y la Ciudadela.
Todavía vestía de gris, se cubría con una capucha y se ceñía a un costado a Garra de
Gato y a Escalpelo, aunque la daga y la espada ligeramente curva permanecían en sus
vainas. Sabía por larga experiencia que una amenaza es generalmente más efectiva que
su ejecución, y limitaba sus actividades a conversar y manejar el dinero. Solía empezar
diciendo: «Hablo en nombre de Pulg... ¡Como suena, con una g final!». Luego, si los
religiosos se volvían recalcitrantes o demasiado testarudos en su regateo, y era necesario
destrozar unos santitos o disolver a la congregación, hacía un seña a los matones para
que tomaran medidas disciplinarias mientras él permanecía al margen, ocioso,
generalmente dedicado a una conversación sardónica con una o varias acompañantes, y
a menudo mordisqueando dulces. A medida que transcurrían los meses, el Ratonero
engordaba y las sucesivas bailarinas eran más delgadas, aniñadas y de mirada sumisa.
En cuanto a Fafhrd, rompió su larga espada sobre una rodilla (produciéndose un corte
profundo), arrancó de sus vestidos los pocos adornos que les quedaban (fragmentos de
metal mate, bajo de ley y sin valor) y trozos de piel de roedor, renunció solemnemente a la
bebida copiosa y a todos los placeres que la acompañan (durante cierto tiempo sólo tomó
cerveza ligera y se abstuvo de mujeres), y se convirtió en el único acólito de Bwadres,
sacerdote único de Issek de la jarra. Se dejó crecer la barba hasta que era casi tan larga
como el pelo que le rozaba el hombro, enflaqueció, aparecieron huecos en sus mejillas y
las órbitas de sus ojos adquirieron un aspecto cavernoso, el tono de su voz cambió de
bajo a tenor, aunque no como resultado de la terrible mutilación que algunos rumoreaban
que se había infligido: los que sabían que se había cortado al romper su espada, aunque
mentían como bellacos con respecto a la parte del cuerpo afectada.
Los dioses en Lankhmar (es decir, los dioses y candidatos a la divinidad que moran o
acampan, por así decirlo, en la Ciudad Imperecedera, no los dioses de Lankhmar... lo cual
es un asunto muy distinto, secreto y horrendo)..., los dioses en Lankhmar dan a menudo
la impresión de que son tan innumerables como los granos de arena del Gran Desierto
Oriental. En su gran mayoría comenzaron como hombres, o, más exactamente, los
recuerdos de hombres que llevaron vidas ascéticas, acosadas por visiones, y cuyas
muertes fueron dolorosas y confusas. Uno tiene la sensación de que desde el principio del
tiempo una horda interminable de sus sacerdotes y apóstoles (o incluso los mismos
dioses, poco importa) se han arrastrado por el mismo desierto, la Tierra Hundida, y el
Gran Pantano Salado, para converger en la entrada de Lankhmar, en la Puerta del
Pantano, baja y con un pesado arco, tras haber sufrido por el camino las diversas e
inevitables torturas, castraciones, cegueras y lapidaciones, empalamientos, crucifixiones,
descuartizamientos y demás tormentos a manos de los bandidos orientales y los infieles
mingoles. Uno se siente tentado a pensar que estos últimos fueron creados con el único
propósito de perseguir cruelmente a esos desdichados. Entre la santa multitud de
atormentados hay algunos señores de la guerra y brujas en busca de inmortalidad infernal
para sus oscuras y satánicas figuras aspirantes a deidades, y algunas protodiosas, en
general doncellas de las que se dice que fueron esclavizadas durante décadas por magos
sádicos y violadas por tribus enteras de mingoles.
La misma Lankhmar, y sobre todo la calle antes mencionada, constituyen el teatro o,
con mayor precisión, el terreno de prueba intelectual y artístico de los protodioses, tras su
criba, más material pero no menos cruel a manos de los bandidos y mingoles. Un nuevo
dios (es decir, su sacerdote, o varios de ellos) comienza en la Puerta del Pantano y, con
mayor o menor lentitud, se abre paso por la calle de los Dioses, alquila un templo o se
apropia de unos metros cuadrados de pavimento adoquinado aquí y allá, hasta que
encuentra su nivel apropiado. Muy pocos son los que logran llegar a la región anexa a la
Ciudadela y se unen a la aristocracia de los dioses en Lankhmar... todavía transeúntes,
aunque residen ahí desde hace siglos e incluso milenios (los dioses de Lankhmar son tan
celosos como secretos). Son muchos más los diosecillos que permanecen quizá una sola
noche junto a la Puerta del Pantano y luego desaparecen bruscamente, tal vez en busca
de ciudades cuyos habitantes sean menos críticos. La mayoría llegan a medio camino de
la calle de los Dioses y luego, lentamente, desandan sus pasos, resistiéndose
encarnizadamente a la pérdida de cada palmo y cada metro de terreno, hasta que llegan
de nuevo a la Puerta del Pantano y se desvanecen para siempre de Lankhmar y del
recuerdo de los hombres.
Issek de la jarra, a quien Fafhrd había decidido servir, fue en otro tiempo el más
modesto y desafortunado de los dioses, más bien diosecillos, en Lankhmar. Allí había
morado durante unos trece años, y en ese tiempo sólo había ascendido dos manzanas
por la calle de los Dioses, y ahora retrocedía, dispuesto ya a sumirse en el olvido. No hay
que confundirle con Issek Sin Brazos, Issek de las Piernas Quemadas, Issek Desollado o
cualquier otra de las numerosas y pintorescamente mutiladas divinidades de ese nombre.
Su impopularidad puede deberse en parte a que la forma de su muerte —en el potro de
tortura— no se consideró especialmente espectacular. Algunos eruditos le han confundido
con Issek Anforizado, un santo menor totalmente diferente cuya aspiración a la
inmortalidad radica en su confinamiento durante diecisiete años dentro de un ánfora de
barro no demasiado espaciosa. La jarra (la de Issek de la jarra) contenía al parecer Aguas
de la Paz procedentes de la Cisterna de Cillivat, pero es evidente que pocos sintieron sed
de aquellas aguas. Si uno tuviera que dar un buen ejemplo de un dios que a pesar de sus
atributos divinos nunca llegó a nada, difícilmente podría encontrar uno mejor que Issek de
la Jarra, mientras que Bwadres era la misma encarnación del sacerdote fracasado,
marchito, senil, siempre con excusas en los labios y refunfuños. La razón de que Fafhrd
se uniera a Bwadres y no a cualquier otro de los muchos santones más animados y con
mejores perspectivas, era que una vez había visto a Bwadres acariciar la cabeza de un
niño sordomudo cuando nadie podía verlo (al menos que Bwadres supiera) y el incidente
había permanecido en la mente del bárbaro. Pero, por lo demás, Bwadres era un viejo
decrépito sin nada excepcional.
Sin embargo, después de que Fafhrd se convirtiera en su acólito, las cosas empezaron
a cambiar un poco.
En primer lugar, y aun cuando ésa hubiera sido su única colaboración, Fafhrd se
constituyó en una congregación de un solo hombre muy impresionante desde el primer
día, cuando se presentó con aspecto andrajoso y ensangrentado (a causa de los cortes
producidos al romper su larga espada). Con su altura de casi dos metros y su aspecto
todavía aguerrido, sobresalía como una montaña entre las ancianas, los niños y el
variopinto populacho que constituía la maloliente, ruidosa y voluble muchedumbre de
fieles en el extremo de la calle de los Dioses donde se alzaba la Puerta del Pantano. Era
evidente que si Issek de la Jarra podía atraer a un fiel como aquél, el diosecillo debía
poseer unas virtudes insospechadas. La altura formidable de Fafhrd, la anchura de sus
hombros y su porte tenían otra ventaja, y era que podía delimitar un área muy respetable
de adoquines para Bwadres e Issek, simplemente tendiéndose a dormir en el suelo una
vez concluidos los servicios nocturnos.
Por esa época, palurdos y rufianes dejaron de dar codazos a Bwadres y de escupirle.
Fafhrd era muy pacífico en su nueva personalidad —después de todo, Issek de la jarra
era especialmente un diosecillo de la paz—, pero tenía un buen sentido bárbaro de los
cánones sociales. Si alguien se tomaba libertades con Bwadres o interrumpía los diversos
rituales del culto a Issek, el gigantesco acólito lo levantaba y lo dejaba caer en alguna
parte, con un coscorrón admonitorio si era preciso..., una especie de paliza informal con
un solo golpe.
Bwadres cambió de un modo asombroso como resultado de este respiro
absolutamente inesperado concedido, tanto a él como a su divinidad, al mismo borde de
la desaparición. Hasta entonces sólo había comido dos veces a la semana, pero empezó
a hacerlo con más frecuencia y también a peinarse su larga barba. Pronto se desprendió
de su senilidad como de un manto viejo, y sólo conservó un fulgor alocado y testarudo en
los ojos amarillentos. Empezó a predicar el evangelio de Issek de la Jarra con un fervor y
una confianza como no había conocido hasta entonces.
Entretanto, y en segundo lugar, Fafhrd comenzó muy pronto a colaborar en la
promoción del culto a Issek de la jarra con algo más que su tamaño, presencia y notable
talento como apagabroncas. Al cabo de dos meses de silencio absoluto que él mismo se
había impuesto, y que se negó a romper incluso para responder a las preguntas más
triviales de Bwadres, quien al principio estaba muy perplejo ante aquel gigante converso,
Fafhrd se procuró una pequeña lira rota, la reparó y empezó a cantar con regularidad el
Credo y la Historia de Issek de la jarra en todos los servicios religiosos. No competía en
modo alguno con Bwadres, nunca cantaba las letanías ni se atrevía a bendecir en nombre
de Issek. De hecho, siempre se arrodillaba y guardaba silencio mientras servía a Bwadres
como acólito, pero sentado en el suelo a los pies del oficiante, mientras éste meditaba
entre rituales, Fafhrd tocaba melodiosos acordes con su pequeña lira y cantaba con una
voz aguda, agradable, románticamente vibrante.
Fafhrd había pasado su infancia en el Yermo Frío, muy al norte de Lankhmar a través
del Mar Interior, el boscoso Reino de las Ocho Ciudades y las montañas de Trollstep, y
asistido a la escuela de los burdos cantores (llamados así, aunque lo que hacían era
salmodiar más que cantar, porque alzaban la voz con un tono de tenor) y no a la de los
burdos rugientes (que entonaban con voz de bajo). Esta reanudación de un estilo
declamatorio inculcado, que también utilizaba para responder a las pocas preguntas en
las que su humildad le permitía reparar, era la verdadera y única razón del cambio en la
voz de Fafhrd, que se convirtió en la comidilla de quienes le habían conocido como
compañero de armas del Ratonero Gris, dotado de una voz profunda.
Al repetirla una y otra vez, Fafhrd iba alterando gradualmente la historia de Issek de la
jarra. En pequeñas etapas, que incluso a Bwadres le habrían pasado desapercibidas
aunque hubiera deseado captarlas, fue transformándola en algo mucho más parecido a la
saga de un héroe nórdico, aunque suavizada en ciertos aspectos. Issek no había matado
de niño a dragones y otros monstruos, cosa que habría entrado en contradicción con su
credo, sino que se había limitado a jugar con ellos, nadando con el leviatán, haciendo
cabriolas con behemot y volando por el espacio sin caminos con dragones alados, grifos e
hipogrifos. Tampoco el hombre Issek había dispersado a reyes y emperadores en
combate, sino que se había limitado a pasmarlos, a ellos y a sus temblorosos ministros, al
caminar sobre campos de puntiagudas espadas envenenadas, permanecer en posición
de firmes dentro de hornos ardientes y caminar sobre grandes depósitos de aceite
hirviendo, y todo ello mientras pronunciaba magníficos sermones sobre el amor fraterno
en unas estrofas perfectas, de rima intrincada.
El Issek de Bwadres expiró con mucha rapidez, aunque no sin algunas admoniciones
de despedida, tras haber sido descoyuntado en el potro de tortura. El Issek de Fafhrd
(ahora el único Issek) había roto siete potros antes de que empezara a debilitarse
seriamente. Incluso cuando le dieron por muerto, en cuanto le quitaron las ataduras
agarró al jefe de los torturadores por la garganta, con fuerza suficiente para estrangular al
malvado de haberlo querido, aunque éste era campeón de luchadores. Pero el Issek de
Fafhrd no hizo tal cosa, pues también eso habría ido en contra de su credo; se limitó a
romper la gruesa cadena que el torturador llevaba al cuello, insignia de su cargo,
retorciéndola hasta convertirla en un símbolo de la jarra de exquisita belleza, antes de
permitir que su espíritu le abandonara y volara hacia la eternidad, donde proseguía sus
maravillosas aventuras.
Pues bien, como la gran mayoría de los dioses en Lankhmar procedentes de los
Reinos Orientales, o por lo menos del decadente y afín país meridional alrededor de
Quarmall, habían sido en sus encarnaciones terrenas unos tipos bastante afeminados,
incapaces de aguantar más de unos minutos colgados de la horca o unas pocas horas de
empalamiento, y con una resistencia relativamente escasa al plomo fundido o las lluvias
de dardos con púas, y como tampoco eran demasiado dados a componer poesía
romántica o a gallardas hazañas con bestias extrañas, no es de extrañar que Issek de la
jarra, en la interpretación de Fafhrd, consiguiera rápidamente y retuviera la atención, y
poco después también la devoción, de una parte cada vez más considerable de la
multitud normalmente inestable y deslumbrada por los dioses. Sobre todo la visión de
Issek de la jarra levantándose con su potro de tortura, correteando con él a la espalda,
rompiéndolo y luego esperando calmosamente y con los brazos extendidos por propia
voluntad hasta que preparasen otro potro de tortura y se lo aplicaran... Esa visión, en
particular, llegó a ocupar un lugar de importancia capital en los sueños y ensoñaciones de
muchos porteadores, mendigos, sucios bribones y los rapaces y familiares ancianos de
aquel personal.
Como resultado de esta popularidad, Issek de la jarra no sólo avanzó pronto por
segunda vez calle de los Dioses arriba, hazaña bastante insólita por sí misma, sino que
también lo hizo a mayor velocidad que cualquier otro dios en la era moderna. Casi a cada
nuevo servicio religioso, Bwadres y Fafhrd podían trasladar su sencillo altar algunos
metros más hacia la Ciudadela, a medida que sus fieles cada vez más numerosos iban
cubriendo áreas temporalmente consagradas a dioses con menos poder de atracción, y
con frecuencia los fieles rezagados e incansables les permitían celebrar los servicios
hasta que las primeras luces del alba enrojecían el cielo: diez o nueve repeticiones del
ritual (y los metros conseguidos) en una noche. No pasó mucho tiempo antes de que
cambiara la composición de sus congregaciones y aparecieran individuos adinerados:
mercenarios y mercaderes, ladrones de guante blanco y pequeños funcionarios,
cortesanas enjoyadas y aristócratas que iban a divertirse a los barrios bajos, filósofos
rapados que se burlaban de los enmarañados argumentos de Bwadres y el credo
irracional de Issek, pero que en secreto sentían un temor reverencia) por la aparente
sinceridad del anciano y su acólito gigante y poético... Y con estos recién llegados de
bolsa bien provista llegaron, inevitablemente, los desalmados mercenarios de Pulg y otros
halcones semejantes que volaban en círculo sobre los corrales de la religión.
Como es natural, esto amenazaba con plantear un problema considerable al Ratonero
Gris.
Mientras Issek, Bwadres y Fafhrd no estuvieron muy alejados de la Puerta del Pantano,
no hubo nada de qué preocuparse. Cuando llegaba el momento de la colecta y Fafhrd
pasaba alrededor de la congregación con las manos juntas y ahuecadas, lo que recogía,
en el mejor de los casos, eran unos mendrugos mohosos, verduras corrientes ya
pasadas, trapos, ramitas, pedazos de carbón y, muy raramente, lo que le hacía exclamar
de sorpresa, monedas de latón torcidas, abolladas y verdosas. Ese pago en especie no
llamaba la atención ni siquiera de chantajistas menos importantes que Pulg, y Fafhrd no
tenía problema alguno para tratar con los tipos insignificantes y retardados que querían
jugar al Rey Ladrón a la sombra de la Puerta del Pantano. Más de una vez el Ratonero
advirtió a Fafhrd que este estado de cosas era ideal, y que cualquier avance considerable
de Issek por la calle de los Dioses sólo podría conducir a situaciones desagradables. Si
algo caracterizaba al Ratonero era su cautela, que coronaba con una buena dosis de
presciencia. Le gustaba, o creía firmemente que así era, su recién conseguida seguridad,
casi tanto como se gustaba a sí mismo. Sabía que, como mercenario de Pulg contratado
recientemente, el Gran Hombre todavía le vigilaba estrechamente, y que toda apariencia
de que su amistad con Fafhrd continuaba (para la mayoría de la gente se habían peleado
irrevocablemente) podría perjudicarle en el futuro. Por ello, en las ocasiones en que
deambulaba por la calle de los Dioses en sus horas libres —es decir, de día, pues en
Lankhmar la actividad religiosa es sobre todo nocturna, realizada a la luz de las
antorchas—, nunca parecía hablar directamente con Fafhrd y, mientras daba la impresión
de que se dedicaba a un asunto particular o a un placer distinto (o quizá había ido allí
secretamente para contemplar con satisfacción maligna el estado de su enemigo caído, lo
cual era la segunda línea de defensa del Ratonero contra las posibles acusaciones de
Pulg), se las ingeniaba para sostener largas conversaciones hablando por la comisura de
los labios, y Fafhrd respondía, si llegaba a hacerlo, de la misma manera, aunque en su
caso era más probable que se debiera a su ensimismamiento místico que a una política
deliberada.
—Mira, Fafhrd —dijo el Ratonero en la tercera de tales ocasiones, mientras fingía
examinar a una muchacha mendiga de miembros muy delgados y vientre abultado, como
si tratara de decidir si una dieta de carne magra y algunos ejercicios físicos bastarían para
transformar su aspecto de pordiosera hambrienta en el de una guapa golfilla—. Mira,
Fafhrd, aquí puedes hacer lo que quieras, lo que has elegido... En mi opinión, eso de
juntar unos fragmentos poéticos y hacer gorgoritos para encandilar a los bobos es una
buena oportunidad... Pero en cualquier caso tienes que hacerlo aquí, en las proximidades
de la Puerta del Pantano, pues la única cosa en el mundo que no está cerca de la Puerta
del Pantano es el dinero, y dices que no lo quieres... ¡Allá tú con tus necesidades! Pero
déjame que te diga algo. Si permites que Bwadres se aproxime más a la Ciudadela... Sí,
incluso a la distancia de un tiro de piedra... Conseguirás dinero lo quieras o no, y con ese
dinero, tú y Bwadres compraréis algo, también de buen o mal grado y por mucho que
cerréis la bolsa y los oídos a los gritos de los mercachifles... Eso que tú y Bwadres vais a
comprar, es un fardo de disturbios y problemas.
Fafhrd se limitó a responder con un leve gruñido, que era equivalente a un
encogimiento de hombros. Estaba totalmente concentrado en algo que sus largos dedos
manipulaban con fuerza, aunque a la vez con delicadeza, pero que los grandes dorsos de
sus manos ocultaban a la vista del Ratonero.
—A propósito, ¿cómo está el viejo idiota desde que come con regularidad? —siguió el
Ratonero, inclinándose un poco más para tratar de ver lo que hacía el nórdico—. Sigue
tan testarudo como siempre, ¿eh? ¿Aún está empeñado en llevar a Issek a la Ciudadela?
¿Sigue tan poco razonable con respecto a... las cuestiones de negocios?
—Bwadres es un buen hombre —dijo Fafhrd en voz baja.
—Cada vez más, eso parece ser la causa principal de los conflictos —respondió el
Ratonero en un tono sardónico y algo exasperado—. Pero mira, Fafhrd, no es preciso
intentar que Bwadres cambie de idea... Empiezo a dudar de que si los mismos Sheelba y
Ning unieran sus esfuerzos, fuesen capaces de lograr esa revolución cósmica. Pero tú no
necesitas ayuda para hacer lo necesario; bastará con que des a tu poesía un cierto tinte
sombrío y añadas un poco de pesimismo al credo de Issek... A estas alturas, hasta tú
mismo debes de estar harto de esa ridícula mezcla de estoicismo nórdico y masoquismo
meridional. Sin duda deseas un cambio y, para un verdadero artista, un tema es tan
bueno como otro. O haz algo más sencillo todavía: limítate a impedir que el altar de Issek
vaya subiendo por la calle en esas noches triunfales... ¡O haz incluso que retroceda un
poco! En cualquier caso, Bwadres se excita tanto cuando reúnes a una gran
congregación, que el viejo estúpido ni siquiera sabe qué dirección tomas. Podrías avanzar
al estilo de la rana de pozo, o hacer lo más sensato de todo: divide el dinero recogido
antes de entregar la colecta a Bwadres. Yo podría enseñarte un juego de manos
adecuado en el espacio de un amanecer, aunque la verdad es que no te hace falta... Con
esas manos enormes puedes esconder cualquier cosa.
—No —replicó Fafhrd secamente.
—Como quieras —dijo el Ratonero en tono jovial, aunque evidenciando que la reacción
de su antiguo amigo no le era indiferente—. Métete en líos si quieres, busca la muerte si
tanto te empeñas... Oye, Fafhrd, ¿qué es lo que estás manoseando? ¡No, idiota! ¡No me
lo des! Sólo déjame verlo. ¡Por la Toga Negra! ¿Qué es esto?
Sin alzar la vista ni hacer ningún otro movimiento que pudiera llamar la atención, Fafhrd
había tendido sus manos ahuecadas, como si mostrara, en dirección al Ratonero, una
mariposa o un escarabajo cautivos, y realmente a primera vista parecía como si revelara
con cautela a un gran escarabajo provisto de un caparazón de oro suavemente bruñido.
—Es una ofrenda para Issek —explicó Fafhrd—, una ofrenda que hizo anoche una
dama devota unida espiritualmente al dios.
—Sí, y a la mitad de los jóvenes aristócratas de Lankhmar, y no precisamente en
espíritu —susurró el Ratonero—. Sé distinguir un brazalete con espiral doble de Lessnya
cuando lo veo. Por cierto, dicen que se lo regalaron los duques gemelos de Ilthmar. ¿Qué
tuviste que hacer para conseguirlo? Espera, no contestes, ya lo sé... ¡Recitar poesía!
Fafhrd, las cosas están mucho peor de lo que creía. Si Pulg supiera que ya estás
obteniendo oro... —Exhaló un largo suspiro—. Pero, ¿qué has hecho con eso?
—Le he dado la forma de la Santa jarra —respondió Fafhrd, al tiempo que agachaba un
poco más la cabeza y ensanchaba la abertura de las manos.
—Ya veo —susurró el Ratonero. El oro blando había sido retorcido hasta formar un
extraño nudo notablemente liso—. Y es un trabajo que no está del todo mal. ¿Sabes,
Fafhrd? Me parece asombroso que conserves un sentido tan delicado de las curvas
cuando llevas seis meses sin dormir con ellas a tu lado. Sin duda tales cosas son
nociones opuestas. No, no hables todavía, se me ocurre una idea. ¡Y por la Escápula
Negra que es una buena idea! Fafhrd, tienes que darme esa joya para que se la entregue
a Puig... ¡No, por favor, escúchame hasta el final y luego piénsalo bien! No es por el oro,
ni como un soborno o parte de un primer reparto... No pido eso, ni a ti ni a Bwadres... Se
trata simplemente de una prenda, una pieza de presentación. He llegado a conocer bien a
Pulg, y sé que tiene una extraña vena sentimental... Le gusta que sus... clientes, como los
llama a veces, le hagan pequeños regalos, que son como trofeos. Siempre han de estar
relacionados con el dios en cuestión: cálices, incensarios, huesos con filigrana de plata,
amuletos enjoyados, esa clase de cosas. Le gusta sentarse ante los estantes donde los
guarda para mirarlos y soñar. A veces creo que ese hombre se está volviendo religioso
sin darse cuenta. Si le llevara ese objeto... sé que empezaría a sentir afecto por Issek. Me
diría que no moleste demasiado a Bwadres, y hasta sería posible dejar de lado la cuestión
del tributo..., por lo menos hasta que subáis otras tres manzanas.
—No.
—Como quieras, amigo mío. Ven conmigo, cariño, que te invitaré a un filete. —El
Ratonero pronunció estas últimas palabras en su tono de conversación normal, dirigidas,
naturalmente, a la muchacha mendiga, la cual reaccionó con una expresión de temor que
parecía habitual y bastante lánguida—. No me refiero a un filete de pescado, pequeña.
¿No sabes que los hay de otras clases? Dale esta moneda a tu madre, cariño, y ven
conmigo. El puesto de filetes está a cuatro manzanas más arriba. No, no tomaremos una
litera... Necesitas ejercicio. ¡Adiós, retador de la muerte!
Aunque por el tono de este último susurro el Ratonero quiso dar a entender que se
lavaba las manos, hizo cuanto estuvo en su mano para posponer la aciaga noche del
ajuste de cuentas: buscó tareas más apremiantes para los matones de Pulg, alegó que tal
o cual augurio no era favorable para poner de inmediato en vereda a Bwadres, pues Pulg,
junto con su vena de sentimentalismo, había revelado recientemente otra de
superstición...
Desde luego, no habría surgido ningún problema insuperable si Bwadres hubiera tenido
ese sentido realista en cuestiones de dinero que, cuando se presenta una auténtica crisis,
muestran casi invariablemente tanto el sacerdote más gordo y codicioso como el santón
más escuálido y apartado del mundo. Pero Bwadres era testarudo, y éste era
probablemente, como hemos insinuado, el único síntoma, aunque muy inconveniente, que
le quedaba de la senilidad que parecía haber superado. No pagaría ni un solo tik (la
moneda más pequeña de Lankhmar) de hierro oxidado a los extorsionistas. De ello se
jactaba Bwadres, y para empeorar más las cosas, si eso fuera posible, ni siquiera gastaba
dinero en el alquiler de un mobiliario llamativo o de espacio sacro para Issek, tal como era
prácticamente obligatorio cuando los dioses avanzaban por el tramo central de la calle.
Comprobaba personalmente que todo el dinero de las colectas: tiks, agotes de bronce,
smerduks de plata, rilks de oro, sí, ¡y todo glulditch de diamante engastado en ámbar!,
hasta la última moneda se ahorrara para comprarle a Issek el mejor templo en el extremo
de la Ciudadela, es decir, el templo de Aarth el Invisible que todo lo oye, del que se dice
que es uno de los dioses más antiguos y poderosos de todos los que están en Lankhmar.
Como es natural, este demencial desafío que lanzaba a los cuatro vientos sin ninguna
reserva, tenía el efecto de aumentar todavía más la creciente popularidad de Issek y
hacer que la congregación engrosara con toda clase de gentes que, por lo menos al
principio, llegaban como simples buscadores de curiosidades. Las apuestas sobre lo lejos
que llegaría Issek calle arriba y en cuánto tiempo (pues en Lankhmar es corriente que se
apueste por tales cosas) empezaron a sufrir insospechadas oscilaciones cuando el asunto
rebasó con creces las astutas pero esencialmente limitadas imaginaciones de los
corredores de apuestas. Bwadres empezó a dormir acurrucado en el arroyo, alrededor del
cofre de Issek (primero una vieja bolsa de ajos y más tarde un pequeño y recio tonel con
una abertura en la parte superior para introducir las monedas) y con Fafhrd acurrucado en
torno a él. Sólo uno de ellos dormía, mientras el otro descansaba pero se mantenía
vigilante.
En un momento determinado, el Ratonero casi llegó a la decisión de degollar a
Bwadres como única solución posible a su dilema. Pero sabía que semejante acto sería el
único crimen imperdonable contra su nueva profesión —sería malo para los negocios—, y
ciertamente le enemistaría para siempre con Pulg y los demás extorsionistas si llegaban a
tener la menor sospecha de él. Había que vapulear a Bwadres si era necesario, sí, incluso
torturarle, pero al mismo tiempo era preciso tratarle como a una gallina de los huevos de
oro. Además, el Ratonero tenía el presentimiento de que quitar de en medio a Bwadres no
detendría a Issek..., no mientras Issek pudiera contar con Fafhrd.
Lo que forzó el desenlace del asunto, o más bien su primer desenlace, y obligó a obrar
al Ratonero, fue la evidencia ineludible de que si retrasaba más la recaudación del tributo
de Bwadres para Pulg, entonces los extorsionistas rivales, y un tal Basharat en particular,
lo harían por su cuenta. Como Primer Chantajista de Sectas Religiosas en Lankhmar,
Pulg tenía derecho a beneficiarse el primero, pero si no lo hacía durante un período de
tiempo que no era razonable (al margen de los augurios o el argumento de que así el
botín sería mayor), entonces Bwadres sería víctima de otro..., de Basharat en particular,
porque era el principal rival de Pulg.
Ocurrió entonces lo que suele ocurrir: los esfuerzos del Ratonero para evitar la noche
aciaga sólo la hicieron más oscura y tormentosa cuando finalmente llegó.
Cuando llegó al fin la penúltima noche, señalada por una advertencia final que
Basharat envió a Pulg, el Ratonero, que había estado confiando en alguna maravillosa
inspiración de última hora que no se presentó, tomó una salida que a algunos les podría
parecer propia de un cobarde. Utilizando a la muchacha mendiga, a la que había llamado
Lirionegro, y algunos otros subordinados, hizo correr el rumor de que el Tesorero del
Templo de Aarth se disponía a huir en una chalupa alquilada a través del Mar Interior,
llevándose consigo todos los fondos y objetos valiosos del templo, incluido un juego de
accesorios para el altar con perlas negras incrustadas, regalo de la esposa del Señor
Supremo, y del que todavía no se había separado la parte destinada a Pulg. Calculó el
momento de la extensión del rumor de modo que regresara a él, por canales no
impugnables, en cuanto se hubiera puesto en camino, con cuatro matones bien armados,
hacia el lugar donde estaban los servidores de Issek.
Cabe observar, de pasada, que el Tesorero de Aarth estaba realmente en apuros
económicos y, en efecto, había alquilado una chalupa negra, lo cual demostraba no sólo
que el Ratonero utilizaba un buen tejido para sus invenciones, sino también que Bwadres,
desde el punto de vista de terratenientes y banqueros, había hecho una elección
insuperable al seleccionar el futuro templo de Issek, tanto si lo hizo casualmente como si
fue por una extraña astucia compañera de su testarudez senil.
El Ratonero no pudo desviar toda su fuerza expedicionaria, pues era preciso salvar a
Bwadres de Basharat. No obstante, pudo dividirla con la seguridad casi absoluta de que
Pulg consideraría su acción como la mejor estrategia a seguir en aquellos momentos.
Envió a tres matones con instrucciones concretas de que pidieran cuentas a Bwadres,
mientras él partía con una guardia mínima para interceptar al tesorero que presuntamente
huía cargado con su botín.
Naturalmente, el Ratonero podría haberse puesto al frente del grupo que fue en busca
de Bwadres, pero eso habría supuesto su enfrentamiento personal con Fafhrd, la
disyuntiva de vencerle o de ser vencido por él, y aunque el Ratonero quería hacer todo lo
posible por su amigo, deseaba (así lo creía) hacer algo más que eso por su propia
seguridad.
Como hemos sugerido, alguien podría pensar que al tomar esa decisión el Ratonero
Gris arrojaba a su amigo a los lobos. Sin embargo, hay que recordar siempre que el
Ratonero conocía bien a Fafhrd.
Los tres matones, quienes no conocían al nórdico (el Ratonero los había seleccionado
por esa razón), estaban satisfechos por el giro que tomaban los acontecimientos. Un
encargo independiente siempre suponía la posibilidad de alguna hazaña brillante y, quizá,
de promoción. Aguardaron la primera pausa entre servicios religiosos, cuando sería
inevitable el paso de mucha gente y los empujones. Entonces uno de ellos, que llevaba
una pequeña hacha al cinto, se dirigió directamente a Bwadres y su tonel, que el religioso
usaba también como altar para lo cual lo cubría con la bolsa de ajos sagrada. Otro
desenvainó su espada y amenazó a Fafhrd, aunque manteniéndose a prudente distancia
del gigante. El tercero, adoptando la postura burlona, los modales zafios pero eficientes
de quien dirige el espectáculo en un lupanar, lanzó sonoras advertencias a los
congregados, mientras los sometía a una vigilancia razonable. Los habitantes de
Lankhmar estaban tan apegados a la tradición, que era impensable que obstaculizaran
una actividad tan legítima como la de un chantajista —y nada menos que el Primer
Chantajista— ni siquiera en defensa de un sacerdote favorito. Pero nunca se puede
descartar la presencia de forasteros o locos, aunque en Lankhmar incluso los locos
generalmente respetan las tradiciones...
Ninguno de los congregados vio el acontecimiento capital que tuvo lugar a
continuación, pues todos tenían la mirada fija en el primer matón, el cual estaba
asfixiando a Bwadres con una mano mientras con la otra, que sujetaba el hacha,
apuntaba hacia el tonel. Se oyó un grito de sorpresa y un ruido metálico. El segundo
matón se había abalanzado contra Fafhrd, pero había soltado la espada y agitaba la
mano como si le doliera. Sin apresurarse, Fafhrd le cogió por un pliegue de la ropa entre
los omóplatos, se acercó al primer matón en dos zancadas gigantescas, le hizo soltar el
hacha de un golpe y le cogió del mismo modo que a su compañero.
Era una escena impresionante: el gigantesco acólito, de mejillas hundidas y barba
poblada, con su larga túnica de pelo de camello sin teñir (regalo reciente de un devoto),
de pie, con las rodillas dobladas y los pies bien separados, sosteniendo en lo alto, a cada
lado, a un matón tembloroso.
Pero aunque el cuadro era de lo más impresionante, ofrecía una oportunidad a medida
para el tercer matón, el cual desenvainó al instante su cimitarra y, con una sonrisa de
acróbata y un saludo a la multitud, se lanzó contra el vértice del ángulo obtuso formado
por la unión de las piernas de Fafhrd.
La muchedumbre se estremeció y gritó ante la inminencia del golpe tremendo.
Se oyó un ruido apagado y el tercer matón dejó caer su espada. Sin cambiar de
posición, Fafhrd balanceó a los dos matones que sostenía y puso en violento y sonoro
contacto sus cabezas respectivas. Con un movimiento no menos preciso, los separó de
nuevo y los arrojó uno a cada lado, inconscientes, entre los espectadores. Entonces,
también sin aparente apresuramiento, agarró al tercer matón por el cuello y la entrepierna
y lo lanzó a considerable distancia entre la multitud, cayendo sobre dos sicarios de
Basharat que habían estado contemplando la escena con gran interés.
Se hizo un silencio absoluto durante unos segundos, y entonces la multitud empezó a
aplaudir entusiastamente. Los tradicionalistas lankhmarianos consideraban muy
apropiado que los chantajistas se dedicaran a chantajear, pero también les parecía muy
lógico que un extraño acólito obrara milagros, y jamás dejaban de aplaudir una buena
actuación.
Bwadres, tocándose la garganta dolorida y jadeando un poco todavía, sonrió
complacido cuando por fin Fafhrd se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y
agradeció los aplausos inclinando la cabeza. Entonces el viejo sacerdote dirigió a los
reunidos un sermón que les electrizó todavía más, insinuando que Issek, en su reino
celestial, se preparaba para visitar personalmente Lankhmar. Atribuyó la derrota que su
acólito había infligido a los tres malvados a la inspiración del poder de Issek, y debía
interpretarse como una especie de anticipo de la inminente reencarnación del dios.
La consecuencia más importante de esta victoria de las palomas sobre los halcones fue
una breve conferencia nocturna en la trastienda de la posada «La Anguila de Plata», en la
que Pulg primero alabó calurosamente y luego reprendió con frialdad al Ratonero Gris.
Le alabó por interceptar al Tesorero de Aarth, el cual, según se supo, había embarcado
en la chalupa negra no para huir de Lankhmar, sino sólo para pasar un fin de semana en
el mar, con varios compañeros licenciosos y una tal hala, Suma Sacerdotisa de la diosa
del mismo nombre. Sin embargo, había llevado consigo varios de los accesorios del altar
con perlas negras incrustadas (al parecer para regalarlos a la Suma Sacerdotisa) y, como
es natural, el Ratonero se los confiscó antes de desear al grupo sacro los placeres más
exquisitos durante sus vacaciones. Pulg juzgó que el botín del Ratonero equivalía
aproximadamente al doble de lo habitual, lo cual parecía una cifra razonable para cubrir la
irregularidad del Tesorero.
Reprendió al Ratonero por no advertir a los tres matones del peligro que representaba
Fafhrd y no instruirles con detalle sobre cómo tenían que tratar al gigante.
—Son tus muchachos, hijo mío, y te juzgo por su actuación —le dijo Pulg en un tono
paternal y pausado—. Para mí, si ellos tropiezan, tú te caes. Conoces bien a ese nórdico,
hijo, y deberías haberles adiestrado para hacer frente a sus artimañas. Has resuelto bien
tu principal problema, pero has fallado en un detalle importante. Espero una buena
estrategia de mis lugartenientes, pero exijo una táctica intachable.
El Ratonero inclinó la cabeza.
—Tú y ese nórdico fuisteis camaradas en otro tiempo —siguió diciendo Pulg, e
inclinándose sobre la mesa llena de muescas añadió—: No serás condescendiente con él,
¿verdad, hijo?
El Ratonero arqueó las cejas, y sus fosas nasales se ensancharon al tiempo que movía
lentamente el rostro de un lado a otro. Pulg se rascó la nariz, pensativo.
—Bien, mañana por la noche iremos juntos, pues hemos de dar ejemplo con Bwadres...
Un ejemplo que persista, que se fije como el pegamento de los mingoles. Sugiero que
primero Grilli vaya a inmovilizar al nórdico. No puede matarle, pues es él quien consigue
el dinero, pero con los tendones de los tobillos cortados todavía podrá andar a gatas y, en
cierto modo, será una atracción aún mejor. ¿Qué te parece la idea?
El Ratonero entrecerró los ojos y permaneció unos instantes pensativo.
—Me parece mala —respondió audazmente—. Siento tener que admitirlo, pero ese
nórdico utiliza a veces unas artimañas que ni siquiera yo puedo estar seguro de superar...
Trucos de bárbaro salvaje que surgen súbitamente de un capricho que ningún hombre
civilizado puede prever. Es posible que Grilli pueda lesionarle, pero ¿y si no lo consigue?
Te diré cuál es mi idea... Sin duda te hará creer que sigo siendo condescendiente con ese
hombre, pero te lo digo porque es lo mejor que se me ocurre: déjame que le emborrache
cuando anochezca. Entonces estará fuera de combate con seguridad.
Pulg frunció el ceño.
—¿Seguro que puedes hacer eso, hijo? Dicen que ha renunciado a la bebida, y se
aferra a Bwadres como un calamar gigante.
—Yo puedo separarle, y de esta manera no nos arriesgaremos a estropearle para el
espectáculo de Bwadres. La batalla siempre es incierta. Puedes tener la intención de
desjarretarle y luego, en el calor de la lucha, a lo mejor lo degüellas.
Pulg meneó la cabeza.
—Pero así también le dejamos en condiciones de zurrar a nuestros cobradores la
próxima vez que vayan a recoger el dinero. No podemos emborracharle cada vez que
pasamos cuentas; es demasiado complicado... No, no es la mejor solución.
—No tiene por qué ocurrir eso —dijo el Ratonero, en tono de confianza—. Una vez que
Bwadres empiece a pagar, el nórdico aceptará la situación.
Pulg siguió meneando la cabeza.
—Eso son suposiciones, hijo. Sí, ya sé que eres muy agudo, pero no dejan de ser
suposiciones. Quiero que este asunto se resuelva con energía, dar un ejemplo que
perdure, como te he dicho. Recuerda, hijo, que el hombre para quien montaremos este
espectáculo mañana por la noche es Basharat. Puedes estar seguro de que estará allí,
aunque en la última fila, sin duda... ¿Te has enterado de cómo ese nórdico se deshizo de
dos de sus muchachos? Eso me gustó. —Una ancha sonrisa apareció en su rostro, pero
en seguida volvió a ponerse serio—. Así que lo hacemos a mi manera, ¿eh? Grilli es muy
seguro.
El Ratonero se encogió de hombros, impasible.
—Si tú lo dices... ¿Sabes que algunos nórdicos se suicidan si los dejan lisiados? No
creo que él hiciera tal cosa, pero nunca se sabe. En cualquier caso, yo diría que tu plan
tiene cuatro probabilidades entre cinco de salir a la perfección. Cuatro entre cinco.
Pulg frunció el ceño y fijó sus ojos ribeteados de rojo, bastante porcinos, en el
Ratonero.
—¿Estás seguro de que podrás emborracharle, hijo? ¿Cinco probabilidades entre
cinco?
—Claro que puedo hacerlo —respondió el Ratonero.
Había pensado media docena de argumentos adicionales en favor de su plan, pero se
los calló. Ni siquiera añadió «seis entre seis», aunque sentía la tentación de decirlo.
Estaba aprendiendo.
De súbito, Pulg se reclinó en su silla y soltó una risotada, señal de que la parte de la
conferencia dedicada al trabajo había terminado. Dio un pellizco a la muchacha desnuda
que estaba de pie a su lado.
—¡Vino! —ordenó—. Y no ese aguachirle azucarado que guardo para los clientes...
¿Es que Zizzi no te ha dado instrucciones? Trae el vino de verdad, el que está detrás del
ídolo verde. Vamos, hijo, brindemos y luego cuéntame algo de ese Issek. Estoy
interesado por él. Todos ellos me interesan.
Señaló con un vago gesto de la mano los relucientes estantes en los que se
amontonaban los objetos religiosos, en la vitrina delicadamente tallada que se alzaba a un
extremo de la mesa. Tenía el ceño fruncido, pero era distinto al aspecto de su entrecejo
cuando hablaba de negocios.
—En este mundo hay más cosas de las que comprendemos —dijo sentenciosamente—
. ¿Sabías eso, hijo? —El gran hombre volvió a menear la cabeza, pero de un modo muy
distinto al anterior; estaba pasando con celeridad a su talante más metafísico—. Hay algo
que me intriga a veces. Tú y yo, hijo, sabemos que eso son juguetes. —Volvió a señalar la
vitrina—. Pero los sentimientos que los hombres experimentan hacia ellos son... reales,
¿verdad? Y pueden ser extraños. Tales sentimientos son fáciles de comprender en parte:
el coco que hace temblar a los chiquillos, los necios que se quedan boquiabiertos en un
espectáculo y esperan ver sangre o cuerpos más o menos desnudos... Pero hay otra
parte que es extraña. Los sacerdotes dicen tonterías, los fieles gimen y rezan, y entonces
algo cobra vida. No sé qué es ese algo, ojalá lo supiera, pero es extraño. —Volvió a
menear la cabeza—. Eso le hace pensar a cualquiera. Anda, hijo, bebe el vino... Vigila su
copa, muchacha, no dejes que esté vacía... Y háblame de Issek. Me interesan todos ellos,
pero en estos momentos quiero saberlo todo de él.
No hizo la menor insinuación de que en los dos últimos meses había estado
observando los servicios religiosos de Issek, por lo menos cinco noches a la semana, tras
la celosía de diversas habitaciones en penumbra a lo largo de la calle de los Dioses. Y
eso era algo que ni siquiera el Ratonero sabía acerca de Pulg.
El alba opalescente y rosada surgía sobre el negro y hediondo Pantano cuando el
Ratonero fue en busca de Fafhrd. Bwadres todavía roncaba en la cuneta, abrazado al
tonel de Issek, pero el corpulento bárbaro estaba despierto y sentado en el bordillo, con el
mentón, oculto por la barba, apoyado en la mano. Ya se habían reunido algunos niños,
que aguardaban a una distancia respetuosa, pero ése era todo el público presente.
—¿Es éste el hombre al que no pueden acuchillar o hacer pedazos? —oyó el Ratonero
susurrar a uno de los niños.
—El mismo —respondió otro.
—Me gustaría acercarme a él por la espalda y clavarle esta aguja.
—¡Apuesto a que lo harías!
—Supongo que tiene la piel dura como el hierro —comentó una chiquilla menuda y de
ojos grandes.
El Ratonero ahogó una carcajada, dio unas palmaditas a la niña en la cabeza, fue
directamente hacia Fafhrd y, haciendo una mueca por la suciedad acumulada entre los
adoquines, se agachó con mucho remilgo. Aún podía ponerse fácilmente de cuclillas,
aunque la panza recién criada formaba un almohadón considerable en el regazo.
Sin ningún preámbulo, hablando en voz muy baja para que los niños no pudieran oírle,
dijo al nórdico:
—Unos dicen que la fuerza de Issek radica en el amor, otros que en la sinceridad, otros
en el valor, y hay quienes la achacan a una asquerosa hipocresía. Creo que yo he
adivinado la única respuesta verdadera. Si estoy en lo cierto, beberás vino conmigo. Si
me equivoco, me desnudaré hasta quedar en taparrabos, declararé a Issek mi dios y amo,
y le serviré como acólito de su acólito. ¿Aceptas la apuesta?
Fafhrd le escudriñó antes de responder.
—De acuerdo.
El Ratonero alargó la mano derecha y golpeó ligeramente por dos veces el cuerpo de
Fafhrd a través de la sucia piel de camello: una vez en el pecho y otra entre las piernas.
En cada ocasión se oyó un débil ruido sordo mezclado con un ligero tintineo.
—El peto de Mingsward y la pieza para las ingles de Gortch —dijo el Ratonero—. Cada
una de ellas muy bien acolchada para evitar que resuenen. Ahí radica la fuerza y la
invulnerabilidad de Issek. Hace seis meses no habrías podido usar esas piezas.
Fafhrd permaneció inmóvil, con una expresión de perplejidad, y luego sonrió.
—Tú ganas. ¿Cuándo he de pagar?
—Esta misma tarde —susurró el Ratonero— cuando Bwadres haya comido y esté
durmiendo la siesta.
Soltando un leve gruñido, se levantó y desanduvo sus pasos, procurando
afectadamente no pisar la suciedad entre los adoquines.
Pronto empezaron a deambular transeúntes por la calle de los Dioses, y durante un
rato algunos curiosos rodearon a Fafhrd, pero aquél era un día muy caluroso para
Lankhmar. Hacia media tarde la calle estaba desierta, y hasta los niños habían ido en
busca de sombra bajo la que protegerse. Bwadres y Fafhrd recitaron dos veces la Letanía
del Acólito, y luego el viejo pidió comida llevándose la mano a la boca, pues tenía la
costumbre ascética de comer cuando el calor del día era más molesto, en vez de esperar
el fresco de la noche.
Fafhrd se ausentó un momento y regresó con un gran cuenco de pescado guisado.
Bwadres parpadeó al ver su tamaño, pero lo engulló, soltó un eructo y, tras amonestar a
Fafhrd, se acurrucó alrededor del tonel. Empezó a roncar casi de inmediato.
Alguien le llamó con un siseo desde la arcada baja y ancha a sus espaldas. Fafhrd se
levantó y fue en silencio hacia las sombras del pórtico. El Ratonero le cogió del brazo y le
llevó a una de las varias puertas cubiertas con cortinas.
—Estás empapado en sudor, amigo mío —le dijo en voz baja—. Dime, ¿llevas la
armadura por prudencia o es una especie de cilicio metálico?
Fafhrd no respondió. Parpadeó ante la cortina que el Ratonero corrió a un lado.
—Esto no me gusta —dijo—. Es una casa de citas. ¿Qué diría la gente de sucios
pensamientos si me viera aquí?
—Ahorcado por el cabrito, ahorcado por la cabra —dijo el Ratonero jovialmente—.
Además, todavía no te han visto. ¡Vamos adentro!
Fafhrd obedeció, y las pesadas cortinas se cerraron tras ellos, dejando la estancia en la
que se hallaban iluminada tan sólo por unas altas celosías de ventilación. Fafhrd
entrecerró los ojos, tratando de ver en la penumbra.
—He alquilado esta sala para toda la noche —afirmó el Ratonero—. Es íntima y está
cerca. Nadie lo sabrá. ¿Qué más podrías pedir?
—Supongo que tienes razón —dijo Fafhrd con inquietud—, pero has gastado
demasiado dinero. Comprende, pequeño, que sólo puedo tomar un vaso contigo. Me has
hecho una especie de trampa para obligarme a ello, pero cumpliré lo acordado. Un solo
vaso de vino, Ratonero. Somos amigos, pero cada uno tiene que seguir su camino, así
que un solo vaso, o dos a lo sumo...
—Naturalmente —ronroneó el Ratonero.
La visión de Fafhrd fue adaptándose a la oscuridad y empezó a distinguir los objetos.
Había una puerta interior, también con una cortina, una cama estrecha, una palangana,
una mesa baja y un escabel, y en el suelo, junto al escabel, varias formas robustas, de
cuello corto y grandes orejas. Fafhrd las contó y en seguida volvió a aparecer en su rostro
una gran sonrisa.
—Ahorcado por un cabrito, has dicho —susurró con su voz de bajo, la vista fija en las
jarras de piedra llenas de buen vino—. Veo cuatro cabritos, Ratonero.
—Naturalmente —repitió el pequeño espadachín.
Cuando la vela que el Ratonero había encendido chisporroteaba en un pequeño charco
de cera, Fafhrd daba cuenta del tercer «cabrito». Sostuvo la jarra por encima de su
cabeza y recogió la última gota; luego arrojó el recipiente, como si fuera una gran pelota
rellena de plumas. Cuando la jarra se estrelló contra el suelo, rompiéndose en pedazos, el
nórdico se levantó de la cama sobre la que se había sentado, se agachó hasta que su
barba rozó el suelo, cogió el último «cabrito» con las dos manos y lo levantó con un
cuidado exagerado para depositarlo sobre la mesa. Sacó entonces un cuchillo de hoja
muy corta y, concentrándose de tal forma en su obra que sus ojos se cruzaron
inevitablemente, arrancó hasta el último fragmento de resina que sellaba el cuello de la
jarra.
Fafhrd ya no tenía el aspecto de acólito, ni siquiera de un acólito travieso. Al terminar el
primer «cabrito» se había aligerado de ropa para beber con más comodidad. Su túnica de
pelo de camello estaba tirada en un ángulo de la habitación, y las piezas acolchadas de la
armadura en otro. Llevaba sólo un taparrabos que en otro tiempo fue blanco, y parecía un
guerrero enjuto, enloquecido, predestinado a la destrucción, o un rey bárbaro en una casa
de baños.
Durante algún tiempo no había entrado ninguna luz a través de las celosías, pero ahora
se filtraba por ellas un tenue resplandor rojizo de antorchas. Habían comenzado los
sonidos de la noche e iban en aumento: risitas, gritos de buhoneros, diversos
llamamientos a la oración..., y la voz de Bwadres que gritaba «¡Fafhrd!» una y otra vez,
una voz ronca y sostenida. Pero este último sonido ya había cesado.
Fafhrd tardó tanto tiempo en quitar la resina, que recogía como si fuese pan de oro,
que el Ratonero tuvo que reprimir varios gruñidos de impaciencia, aunque su rostro
sonriente tenía una expresión de victoria. Se levantó una sola vez para encender una
nueva vela con la llama de la que se extinguía, pero Fafhrd no pareció notar el cambio de
iluminación. El Ratonero pensó que sin duda su amigo ya lo veía todo bajo la brillante luz
de los vapores del vino, que ilumina el camino de todos los borrachos valientes.
Sin previa advertencia, el nórdico alzó el corto cuchillo y lo clavó en el centro del
corcho.
—¡Muere, falso mingol! —exclamó al tiempo que retorcía el cuchillo y lo extraía con el
corcho clavado en la punta—. ¡Me beberé tu sangre!
Y se llevó la jarra de piedra a los labios.
Había engullido una tercera parte de su contenido, según calculó el Ratonero, cuando
dejó el recipiente con cierta brusquedad sobre la mesa. Puso los ojos en blanco, todos los
músculos de su cuerpo se estremecieron con un espasmo beatífico, y se derrumbó
majestuosamente, como un árbol talado con esmero. El frágil lecho emitió un crujido
amenazante, pero no se hundió bajo su carga.
Pero éste no fue el final definitivo. Un surco de inquietud apareció entre las hirsutas
cejas de Fafhrd, alzó la cabeza y sus ojos inyectados en sangre escudriñaron
amenazantes desde el nido de águila formado por el pelo que los rodeaba, examinando la
habitación.
Su mirada se posó por fin en la última jarra de piedra. Extendió un largo brazo
musculoso y rígido, agarró la jarra por la parte superior y la colocó al borde de la cama,
sin soltarla. Entonces cerró los ojos, su cabeza cayó hacia atrás de un modo definitivo y,
sonriendo, empezó a roncar.
El Ratonero se puso en pie y se acercó a él. Levantó uno de los párpados del
durmiente, asintió satisfecho con la cabeza y le tomó el pulso, que tenía un ritmo lento y
fuerte como el de las rompientes del Mar Exterior. Entretanto la otra mano del Ratonero,
actuando con una destreza y una minuciosidad habituales en él pero innecesarias dadas
las circunstancias, extrajo de un pliegue en el taparrabos de Fafhrd un objeto de oro
brillante, que anteriormente había atisbado allí, y se lo guardó en un bolsillo secreto en el
faldón de su túnica gris.
Alguien tosió a sus espaldas.
Era una tos tan deliberada que el Ratonero no saltó ni dio ningún respingo, sino que se
limitó a girar sobre sus talones con un movimiento lento y sinuoso, como el de un bailarín
ceremonial en el Templo de la Serpiente.
Pulg estaba de pie en el umbral de la puerta interior, vestido con la túnica a rayas
negras y plateadas, embozado en una capucha y sosteniendo una máscara negra con
joyas engastadas a cierta distancia del rostro. Miraba al Ratonero enigmáticamente.
—No creía que pudieras hacerlo, hijo, pero lo has hecho —le dijo en voz baja—. Has
vuelto a ganar méritos ante mis ojos en un momento apropiado. ¡Eh, Wiggin, Quatch! ¡Eh,
Grilli!
Los tres sicarios se deslizaron en la habitación detrás de Pulg, todos ellos vestidos con
unas prendas tan sombríamente llamativas como las de su amo. Los dos primeros eran
robustos, pero el tercero era delgado como una comadreja y más bajo que el Ratonero, al
que miró con una expresión de malicia y rivalidad. Los dos primeros iban armados con
pequeñas ballestas y espadas cortas, pero el tercero no parecía llevar ningún arma.
—¿Tienes las cuerdas, Quatch? —preguntó Pulg, señalando a Fafhrd—. Ven, ata a
ese hombre a la cama, y procura asegurar bien sus fornidos brazos.
—Es más seguro que esté desatado —empezó a decir el Ratonero, pero Pulg le
interrumpió.
—Tranquilo, hijo. Todavía te encargas de este trabajo, pero voy a mirar por encima de
tu hombro, sí, y a revisar tu plan sobre la marcha, cambiando algún detalle si lo creo
conveniente. Será un buen adiestramiento para ti. Cualquier lugarteniente competente
debe poder actuar a la vista de su general, incluso cuando otros subordinados están
presentes y escuchan las reprimendas. Digamos que es una prueba.
El Ratonero estaba alarmado y desconcertado. Había algo en la conducta de Pulg que
no acababa de comprender, algo discordante, como si el gran chantajista estuviera
librando una lucha en su interior. No estaba claramente borracho, pero sus ojos porcinos
tenían un brillo extraño. Casi parecía un visionario.
—¿De qué modo he perdido tu confianza? —le preguntó abruptamente el Ratonero.
Pulg sonrió sesgadamente.
—Estoy avergonzado de ti, hijo. La Suma Sacerdotisa hala me contó toda la historia de
la chalupa negra, cómo se la subarrendaste al tesorero a cambio de permitirle quedarse
con la tiara de perlas y el peto, cómo hiciste que el mingol Ourph la llevara a otro muelle.
hala se enfureció con el tesorero porque éste se volvió frío con ella o se asustó y no quiso
darle la chuchería negra; por eso vino a verme. Y, para remate, tu Lilyblack le contó la
misma historia a Grilli, aquí presente, a quien concede sus favores. ¿Qué me dices de
todo esto, hijo?
El Ratonero se cruzó de brazos y echó la cabeza atrás.
—Tú mismo dijiste que el botín era suficiente —replicó—. Siempre podemos usar otra
chalupa.
Pulg soltó una risa larga y contenida.
—No me interpretes mal, hijo —dijo al fin—. Me gusta que mis lugartenientes sean de
la clase de hombres que procuran tener un refugio a mano... De lo contrario dudaría de su
integridad mental. Quiero que se preocupen de la salvación de su preciosa piel..., ¡pero
sólo después de haberse preocupado de mi pellejo! No te apures, hijo, que nos
entenderemos bien; eso espero... ¡Quatch! ¿Aún no está atado?
Los dos secuaces más fornidos, que se habían colgado del cinto sus ballestas, estaban
muy adelantados en su trabajo. Fuertes lazadas de soga en el pecho, la cintura y las
rodillas ataban a Fafhrd a la cama; le habían alzado las manos al nivel de la cabeza,
atándolas por las muñecas a cada lado de la cama. Tendido boca arriba, Fafhrd seguía
roncando apaciblemente. Se movió y quejó un poco cuando le obligaron a soltar la jarra
de vino, pero eso fue todo. Wiggin se disponía a atarle los tobillos, pero Pulg indicó con
una seña a su sicario que ya era suficiente.
—¡Grilli! —llamó Pulg—. ¡Tu navaja!
El sicario con aspecto de comadreja hizo un movimiento rápido, como si se limitara a
tocarse el pecho, pero al instante blandió una hoja rectangular y reluciente. Sonrió
mientras avanzaba hacia los tobillos descalzos de Fafhrd. Acarició los gruesos tendones y
dirigió a Pulg una mirada suplicante. El chantajista observaba al Ratonero con los ojos
entrecerrados.
Una tensión insoportable paralizaba al Ratonero. ¡Tenía que hacer algo! Se llevó el
dorso de la mano a la boca y bostezó.
Pulg señaló la cabeza del durmiente.
—Grilli —repitió—, aféitale. Despójale de la barba y la cabellera y déjale la cabeza
monda como un huevo. —Entonces se inclinó hacia el Ratonero y, en un tono calmoso y
confidencial, le dijo—: He oído decir que su fuerza procede de esas barbas. ¿Crees que
es cierto? Pero no importa, pues pronto lo veremos.
Despojar de melena y barba a un hombre velludo y luego rasurarle por completo
requiere mucho tiempo, incluso cuando el barbero es tan rápido como Grilli..., rápido y
peligroso, ya que le temblaba el pulso y no le importaba lo más mínimo la penumbra en la
que trabajaba. El Ratonero tuvo tiempo suficiente para considerar la situación de
diecisiete maneras distintas, sin encontrar su clave definitiva. Una cosa era evidente
desde todos los ángulos: la irracionalidad de la conducta de Pulg. Difundir secretos...,
acusar a un lugarteniente delante de los sicarios..., proponer una «prueba» idiota..., llevar
un ridículo atavío de fiesta..., atar a un hombre completamente borracho..., y ahora esa
tontería supersticiosa de afeitar a Fafhrd. Era como si Pulg fuese realmente un visionario
y estuviera representando algún ritual misterioso bajo el absurdo disfraz de una táctica
astuta.
Además, el Ratonero tenía una certidumbre: que cuando cesara aquel talante visionario
de Pulg, o se disiparan los efectos de la droga que quizá había ingerido, o lo que fuera, no
volvería a confiar en ninguno de los hombres que habían compartido con él aquella
experiencia, incluido —¡y especialmente!— el Ratonero. Era una triste conclusión admitir
que ahora no valía nada la seguridad que tanto le había costado conseguir, pero era una
conclusión realista, y el Ratonero tuvo que admitirla por fuerza. Así pues, mientras seguía
buscando una solución a su problema, el hombrecillo vestido de gris se felicitó del
desastroso regateo que le permitió entrar en posesión de la chalupa negra. Desde luego,
un refugio podría ser pronto muy conveniente, y dudaba de que Pulg hubiera descubierto
dónde Ourph había ocultado la embarcación. Entretanto, debía esperar que Pulg le
traicionara en cualquier momento y que los sicarios del chantajista le dieran muerte bajo
la orden de su caprichoso e impredecible amo. Por todo ello el Ratonero decidió que
cuanto menores fueran las posibilidades de los sicarios, y de Grilli en particular, de hacer
daño, a él o a cualquier otro, tanto mejor.
Pulg se echó a reír de nuevo.
—¡Vaya, parece un bebé recién nacido! —exclamó—. ¡Buen trabajo, Grilli!
En efecto, Fafhrd parecía asombrosamente juvenil sin ningún vello, excepto el del
pecho, y ahora tenía un aspecto muy similar al que la mayoría de la gente consideraría
propio de un acólito. Incluso podría haber parecido románticamente apuesto, de no ser
porque Grilli, quizá movido por un exceso de celo, también le había afeitado las cejas, lo
cual tenía el efecto de hacer que la cabeza de Fafhrd, muy pálida sin toda la pelambrera,
pareciera un busto de mármol colocado sobre un cuerpo vivo.
Pulg siguió riendo.
—¡Y ni un sólo corte, ni una mancha de sangre! ¡Ése es el mejor de los augurios!
¡Tienes todo mi aprecio, Grilli!
Eso también era cierto. A pesar de su velocidad endemoniada, Grilli no había producido
un solo rasguño en el rostro o el cuero cabelludo de Fafhrd. Sin duda, un hombre privado
de la oportunidad de desjarretar a otro desdeñaría cualquier corte menos importante, lo
consideraría incluso una mancha en su reputación. O así lo supuso el Ratonero.
Miró a su amigo rapado y casi sintió deseos de echarse a reír también. No obstante,
este impulso —y junto con él su vivo temor por su propia seguridad y la de Fafhrd—
quedó momentáneamente en un segundo plano ante la sensación de que en todo aquello
había algo muy extraño, y no algo que pudiera medirse con procedimientos ordinarios,
sino extraño en un sentido profundo y oculto. Desnudar a Fafhrd, afeitarle, atarle al
camastro desvencijado... ¡Todo aquello era demasiado raro! Una vez más se le ocurrió, y
esta vez con mayor convicción, que, sin saberlo siquiera, Pulg estaba llevando a cabo un
ritual misterioso.
—¡Chitón! —gritó Pulg, alzando un dedo.
El Ratonero escuchó obedientemente, junto con los tres sicarios y su amo. Los ruidos
ordinarios del exterior habían disminuido, y por un momento casi cesaron. Entonces, a
través de la puerta cubierta por la cortina y las celosías con su resplandor rojizo, llegó la
voz áspera de Bwadres que iniciaba la larga letanía y el murmullo de la multitud al
responderle.
Pulg dio una palmada en el hombro al Ratonero.
—¡Ya se acerca el momento! —exclamó—. ¡Dirígenos! Pronto veremos lo acertado de
tus planes, hijo. Recuerda que te estaré vigilando por encima del hombro, y mi deseo es
que ataques al finalizar el sermón de Bwadres, una vez efectuada la colecta. —Miró a sus
sicarios con el ceño fruncido—. ¡Obedeced a mi lugarteniente! —les advirtió
severamente—. Acatad cualquier orden suya... salvo cuando yo ordene otra cosa. Vamos,
hijo, apresúrate, ¡empieza a dar órdenes!
Al Ratonero le habría gustado golpear a Pulg en medio del antifaz enjoyado que ahora
el chantajista volvía a colocarse ante el rostro, romperle la nariz y huir de aquella casa de
locos y de tener que dar órdenes porque se lo ordenaran. Pero debía pensar en Fafhrd,
que estaba allí..., desnudo, rapado, atado, borracho como una cuba y absolutamente
impotente. El Ratonero se limitó a cruzar la puerta exterior y hacer una seña a los sicarios
y a Puig para que le siguieran. Sin que apenas le sorprendiera, pues habría sido difícil
saber qué conducta sería sorprendente en aquellas circunstancias, le obedecieron.
Indicó a Grilli que mantuviera la cortina mientras pasaban los demás. Mirando atrás,
por encima del hombro del menudo sicario, vio que Quatch, el último en salir, se
agachaba para apagar la vela y, disimulando con aquel movimiento, bebía de la jarra que
estaba al lado de la cama y se la llevaba. Por alguna razón, ese inocente latrocinio le
pareció al Ratonero el acto oculto más extraño de todos los raros y misteriosos
acontecimientos que habían ocurrido recientemente. Deseó que existiera algún dios en el
que pudiera confiar de verdad, a fin de rogarle para que le ilustrara y guiara en el océano
de las intuiciones inexplicablemente extrañas que le embargaban. Pero, por desgracia
para el Ratonero, no existía tal divinidad, y no podía hacer más que sumergirse él solo en
aquel extraño océano y correr sus riesgos, haciendo sin cálculo aquello que le dictara la
inspiración del momento.
Así, mientras Bwadres recitaba con su voz rasposa la larga letanía y los fieles le
respondían con suspiros (y una cantidad anormalmente excesiva de siseos y abucheos),
el Ratonero estaba muy ocupado ayudando a preparar el escenario y situar los
personajes de un drama de cuyo argumento no conocía más que algunos trozos. Las
numerosas sombras le auxiliaban en esta tarea —podía deslizarse casi como si fuera
invisible de una oscuridad protectora a otra— y tenía los cajones de la mitad de los
buhoneros de Lankhmar como elementos para el decorado.
Entre otras cosas, insistió en inspeccionar personalmente las armas de Quatch y
Wiggin, las espadas cortas y sus vainas, las pequeñas ballestas y las aljabas de dardos
diminutos que constituían su munición, unas flechas cortas de aspecto maligno. Cuando
la larga letanía se aproximaba a su final lastimero, el escenario estaba dispuesto, aunque
seguía siendo incierto cuándo, dónde y cómo se alzaría el telón, quién sería el público y
quiénes los actores.
En todo caso, la escena era impresionante: la larga calle de los Dioses, que se
extendía en cada dirección hacia un pintoresco mundo de muñecas iluminado por
antorchas, las nubes bajas que se deslizaban sobre sus cabezas, livianas cintas de niebla
que llegaban desde el gran Pantano Salado, el rumor de una tormenta distante, los
lamentos y el refunfuño de los sacerdotes consagrados a dioses distintos a Issek, las
agudas risas de mujeres y niños, las llamadas de los buhoneros y los esclavos que
difundían noticias, el olor del incienso que surgía de los templos y se mezclaba con el
aroma aceitoso de frituras en las bandejas de los buhoneros, el hedor de las antorchas
humeantes y los olores a almizcle y flores de las damas llamativas.
El público de Issek, incrementado con las numerosas personas atraídas por el relato de
las hazañas del ágil acólito la noche anterior y las fantásticas predicciones de Bwadres,
llenaban la calle en toda su anchura, dejando sólo un difícil paso a través de los pórticos
cubiertos, a cada lado. Estaban representados allí todos los niveles de la sociedad
lankhmariana: harapos y prendas de armiño, pies descalzos y sandalias enjoyadas, el
acero de los mercenarios y las varas de los filósofos, rostros pintados con costosos
cosméticos y rostros sin más adorno que el polvo de la calle, miradas de hambre, miradas
de saciedad, miradas de credulidad absurda y miradas de un escepticismo que
enmascaraba el temor.
Bwadres, que jadeaba un poco después de haber recitado la larga letanía, se erguía en
el bordillo, al otro lado de la calle, frente a la arcada baja de la casa donde el borracho
Fafhrd permanecía dormido y atado. Su mano temblorosa reposaba sobre el tonel que,
cubierto ahora con la bolsa de ajos, era a la vez cofre y altar de Issek. Tan apiñados que
casi no le dejaban espacio para moverse, estaban los círculos internos de la
congregación: los devotos sentados con las piernas cruzadas, arrodillados o en cuclillas.
El Ratonero había apostado a Wiggin y Quatch junto a un carro de pescadero volcado
en el centro de la calle, y se pasaban la jarra de piedra que Quatch había cogido, sin duda
para hacer más soportable la espera junto al carro maloliente, aunque cada vez que el
Ratonero les veía beber volvía a experimentar la sensación de algo extraño y oculto.
Pulg se había apostado a un lado de la arcada baja, frente a la casa de Fafhrd, por así
decirlo. Grilli permanecía tras él, mientras el Ratonero, una vez concluidos sus
preparativos, se agazapaba cerca. La máscara enjoyada de Pulg apenas destacaba en el
ambiente, pues varias mujeres y algunos hombres llevaban antifaces, parches pintorescos
en el mar de rostros.
No era, desde luego, un mar en calma. No eran pocos los presentes que parecían muy
irritados por la ausencia del acólito gigante (y habían sido los responsables de los silbidos
y los abucheos durante la letanía). Incluso los fieles habituales echaban en falta el laúd
del acólito y la dulce voz de tenor en que les recitaba las hazañas de Issek, e
intercambiaban inquietas preguntas y especulaciones. Bastó con que alguien gritara:
«¿Dónde está el acólito?», y al cabo de unos instantes la mitad de los reunidos gritaban:
«¡Queremos al acólito! ¡Queremos al acólito!».
Bwadres les silenció con una pequeña estratagema: escudriñó la calle, haciendo visera
con la mano sobre los ojos y fingiendo que veía venir a alguien, y entonces, de repente,
señaló con gesto dramático en aquella dirección, como si señalara la proximidad del
hombre al que llamaban. Mientras la gente estiraba el cuello y se daba empujones,
tratando de ver lo que Bwadres señalaba —y, entretanto, interrumpiendo sus gritos— el
anciano sacerdote inició su sermón.
—¡Os diré qué le ha ocurrido a mi acólito! —exclamó—. Lankhmar se lo ha tragado,
Lankhmar lo ha engullido, Lankhmar, la ciudad maligna, la ciudad de la embriaguez, la
lujuria y todas las corrupciones. ¡Lankhmar, la ciudad de los hediondos huesos negros!
Esta última referencia blasfema a los dioses de Lankhmar (cuya mención puede
acarrear la muerte, aunque a los dioses en Lankhmar se les puede insultar sin ninguna
limitación) silenció todavía más a la muchedumbre.
Bwadres alzó manos y rostro hacia las nubes bajas que se deslizaban sobre la calle.
—¡Oh, Issek, misericordioso y poderoso Issek, apiádate de tu humilde servidor que
ahora está solo y sin amigos. Tuve un acólito que te defendía con vigor, pero me lo han
arrebatado. Tú le contaste muchas cosas de tu vida y tus secretos, Issek, y él tuvo oídos
para escucharlo y labios para cantarlo, ¡pero ahora los demonios negros se han
apoderado de él! ¡Oh, Issek, ten piedad!
Bwadres extendió las manos hacia la multitud y deslizó su mirada sobre ellos.
—Issek era un joven dios cuando caminaba por la tierra, un joven dios que hablaba
sólo de amor, pero ellos lo ataron al potro de tortura. Traía Agua de la Paz para todos en
su Santa jarra, pero ellos la rompieron.
Bwadres describió entonces largo y tendido, y con mucha mayor vivacidad de lo
habitual (tal vez creía que debía compensar la ausencia de su bardo convertido en
acólito), la vida y, especialmente, los tormentos y la muerte de Issek de la jarra, hasta que
todos los presentes tuvieron una visión intensa de Issek en su potro de tortura (o más bien
sucesión de potros), y no hubo nadie que por lo menos no sintiera cierta simpatía hacia el
dios sufriente.
Las mujeres y muchos hombres lloraban sin avergonzarse, los mendigos y los bribones
aullaban, los filósofos se tapaban los oídos.
Bwadres prosiguió su sermón con voz estremecida y llegó al punto culminante.
—Mientras entregabas tu precioso espíritu en el octavo potro de tortura, oh, Issek,
mientras tus manos quebradas convertían incluso el collar de tu torturador en una Jarra
de inigualable belleza, sólo pensabas en nosotros, oh, joven Santo. Sólo pensabas en
embellecer las vidas de los más atormentados y deformes de nosotros, de tus miserables
esclavos.
Al oír estas palabras, Pulg dio varios pasos vacilante, seguido de Grilli, y se arrodilló
sobre los sucios adoquines. La capucha a rayas negras y plateadas le cayó sobre los
hombros y el negro antifaz enjoyado se deslizó de su rostro, revelando así que estaba
llorando.
—Renuncio a todos los demás dioses —dijo entre sollozos el chantajista—. En
adelante sólo serviré al adorable Issek de la jarra.
El enjuto Grilli, que estaba incómodamente acuclillado, esforzándose para no
mancharse en el sucio pavimento, miró a su amo como si estuviera loco, pero no pudo, o
no se atrevió todavía, a liberarse de la presa de Pulg, que le tenía cogido por la muñeca.
La acción de Pulg no llamó la atención de nadie, pues las conversiones se producían
continuamente, pero el Ratonero la observó, sobre todo porque Pulg, al salir de su
escondite, se había aproximado tanto al lugar donde estaba el Ratonero que éste podría
haber extendido el brazo y dado unas palmaditas en la calva. El hombrecillo de gris sintió
cierta satisfacción, o más bien alivio, pues si Puig había sido durante algún tiempo
adorador en secreto de Issek, entonces su actitud visionaria tendría una explicación. Al
mismo tiempo, experimentó un acceso de emoción afín a la piedad. Su mirada se deslizó
hasta su mano izquierda y descubrió que se había sacado del bolsillo secreto el objeto de
oro que le había quitado a Fafhrd. Sintió la tentación de colocarlo suavemente en la palma
de Pulg. Pensó en lo adecuado, lo enternecedor, lo bonito que sería si, en el momento en
que se abrían en él las compuertas del sentimiento religioso, Pulg recibiera aquel
auténtico y hermoso recuerdo del dios que había elegido. Pero el oro es oro, y una
chalupa negra requiere tantos cuidados como una embarcación de cualquier otro color,
por lo que el Ratonero resistió a la tentación.
Bwadres extendió las manos y continuó:
—Con la garganta seca, oh, Issek, anhelamos tu agua. Con la boca ardiente y
agrietada, tus esclavos suplican un solo sorbo de tu jarra. Entregaríamos nuestras almas
por una sola gota para refrescarnos en esta ciudad maligna, condenada por los huesos
negros. ¡Oh, Issek, desciende a nosotros! ¡Tráenos tu Agua de la Paz! Te necesitamos, te
queremos. ¡Oh, Issek, ven!
Tal era la fuerza y el deseo en esa última llamada, que toda la multitud de fieles
arrodillados la repitieron gradualmente, cada vez con más intensidad, hasta que el grito
interminable se hizo hipnotizante: «¡Queremos a Issek! ¡Queremos a Issek!».
Fue ese potente grito rítmico lo que finalmente penetró en el pequeño núcleo
consciente del cerebro de Fafhrd mientras yacía en la oscuridad, anestesiado por el vino;
aunque es posible que las observaciones de Bwadres sobre las gargantas secas y las
bocas ardientes, las gotas y los sorbos curativos, abrieran el camino. En cualquier caso,
Fafhrd se despertó de pronto, temblando y con un solo pensamiento —otro trago— y un
único recuerdo seguro: que quedaba un poco de vino.
Le inquietó un poco que su mano no estuviera todavía sobre la jarra de piedra al borde
de la cama, sino, por alguna razón dudosa, alzada cerca de su oreja.
Se dispuso a coger la jarra y le sorprendió descubrir que no podía mover el brazo. Algo
o alguien se lo impedía.
Sin perder tiempo en tantear la situación, el voluminoso bárbaro dio un poderoso tirón
con todo su cuerpo, con la idea de liberarse de lo que le sujetaba y, a la vez, bajar de la
cama y coger el vino.
Consiguió volcar el camastro a un lado, con él mismo incluido. Pero eso no le molestó,
no hizo reaccionar en absoluto a su cuerpo entumecido por el alcohol. Lo que sí le
molestó fue la evidente ausencia del vino: no podía olerlo, ni ver el contorno del
recipiente, ni tocarlo con la cabeza... Desde luego, allí no estaba el cuartillo, o más, que
recordaba haber reservado para una emergencia como aquélla.
Más o menos al mismo tiempo tuvo la tenue conciencia de que estaba atado al lecho
en el que había estado durmiendo, sobre todo por las muñecas, los hombros y el pecho.
Las piernas, sin embargo, parecían razonablemente libres, aunque tenía cierta
dificultad para flexionar las rodillas, y como había caído parcialmente sobre la mesa baja y
con la cabeza apoyada en la pared, el brioso movimiento de torsión con que se impulsó
ahora le permitió ponerse de pie con la cama a cuestas.
Entrecerró los ojos para mirar a su alrededor. La puerta exterior cubierta por la cortina
era un espacio menos oscuro, y se dirigió allí de inmediato. La cama hizo fracasar sus
primeros intentos de cruzar la puerta; era algo más ancha que el marco, tan poco que
resultaba exasperante aquel tenaz impedimento para salir. Pero, agachándose y girando
para salir de lado, Fafhrd lo consiguió finalmente, empujando la cortina con el rostro. Se
preguntó turbiamente si estaba paralizado, si el vino que había ingerido era el causante
del entumecimiento de sus brazos, o si algún brujo le había hechizado. Era ciertamente
degradante tener que ir por ahí con las muñecas a la altura de las orejas. Además, sentía
un frío increíble en la cabeza, las mejillas y el mentón, lo cual era posiblemente otra
prueba de que había sido víctima de alguna magia negra.
Por fin la cortina se desprendió de su cabeza y vio delante de él una arcada bastante
baja y —vagamente y sin que la visión le impresionara— una muchedumbre de gente
arrodillada.
Se agachó de nuevo, pasó bajo la arcada y se enderezó. La luz de las antorchas casi le
cegaba. Se detuvo y permaneció allí, pardeando. Al cabo de unos instantes su vista se
aclaró y la primera persona conocida a la que vio fue al Ratonero Gris.
Recordó entonces que la última persona con la que había esta bebiendo era el
Ratonero, y por la misma razón —en este asunto la mente caprichosa de Fafhrd
funcionaba con mucha rapidez.— el Ratonero debía de ser la persona que había dado
cuenta su cuartillo o más de medicina nocturna. Sintió un acceso de cólera y aspiró
hondo.
Todo esto en cuanto a Fafhrd y lo que él vio. Lo que vio la multitud, los fieles
intoxicados por la divinidad, que lanzaban gritos y cientos, fue algo muy diferente.
Vieron a un hombre de estatura divina con las manos atadas a una especie de
armazón, un hombre de músculos poderosos, desnudo con excepción de un taparrabos,
con la cabeza afeitada y el rostro, blanco como el mármol, de aspecto asombrosamente
juvenil. Sin embargo, la expresión de aquel rostro marmóreo era la un hombre sometido a
tortura. Y si hiciera falta algo más (en realidad, apenas era necesario) para convencerles
de que él era el dios, el divino Issek, a quien habían invocado con sus gritos apanados e
insistentes, se lo proporcionó aquella aparición de dos metros de altura cuando gritó con
una voz profunda, atronadora: —¿Dónde está la jarra? ¿DÓNDE ESTÁ LA JARRA?
Las pocas personas entre la multitud que aún estaban de pie se arrodillaron de
inmediato o se postraron. Los que estaban arrodillaos en la dirección contraria, se
echaron atrás como cangrejos —prendidos. Veinte personas, entre ellas Bwadres, se
desmayaron, y los corazones de cinco de ellas dejaron de latir para siempre. Por lo
menos una docena de individuos enloquecieron permanentemente, aunque por el
momento no se diferenciaban de restantes..., incluidos (entre los doce) siete filósofos y
una sobrina del Señor Supremo de Lankhmar. Como un solo hombre, los presentes se
humillaron, embargados por el terror y el éxtasis, arrastrándose, contorsionándose,
golpeándose el pecho o sienes, llevándose las manos a los ojos y mirando atemorizados
a través de los dedos mínimamente separados, como si se protegieran de una luz
insoportable.
Podría objetarse que por lo menos algunos de los fieles deberían haber reconocido a la
figura que estaba ante ellos como la del Mito gigante de Bwadres, pues, al fin y al cabo,
tenía una altura similar. Pero consideremos las diferencias: el acólito tenía una barba
poblaba y una abundante pelambrera, mientras que el aparecido era lampiño y calvo, y,
curiosamente, incluso carecía de cejas. El acólito vestía siempre una túnica; el aparecido
estaba casi desnudo. El acólito siempre había usado una voz dulce y aguda; el aparecido
rugía ásperamente con una voz casi dos octavas más baja. Finalmente, el aparecido
estaba atado —aun potro de tortura, sin duda— y gritaba con la voz de un ser torturado
por su Jarra.
Como un solo hombre, todos los reunidos se postraron..., con la excepción del
Ratonero Gris, Grilli, Wiggin y Quatch, todos los cuales sabían bien con quién se
enfrentaban. (Puig también lo sabía, naturalmente, pero él, con una mayor sutileza mental
en algunos aspectos y ahora firmemente convertido al issekianismo, se limitó a suponer
que Issek había decidido manifestarse en el cuerpo de Fafhrd y que él, Pulg, había sido
guiado divinamente para preparar aquel cuerpo con tal finalidad. Se sintió humildemente
satisfecho al darse cuenta de la importancia que tenía su propia posición en el designio de
la reencarnación de Issek.)
Sin embargo, a sus tres sicarios no les afectó en absoluto la emoción religiosa. Grilli no
podía hacer nada de momento, pues Pulg seguía cogiéndole la muñeca y apretándosela
con la fuerza de su pasión espiritual. Pero Wiggin y Quatch estaban libres. Aunque de
reflejos algo lentos y poco acostumbrados a actuar por propia iniciativa, no tardaron en
darse cuenta de que se había presentado allí el gigante al que tenían que mantener fuera
de combate para que no estropeara el juego de su amo, que se portaba de un modo
extraño, y su lugarteniente vestido de gris. Además, sabían bien a qué jarra se refería
Fafhrd con unos gritos tan airados, y como también sabían que ellos la habían robado y
se la habían bebido, probablemente temieron que el bárbaro no tardara en verles, se
liberara de sus ataduras y se vengara de ellos.
Tensaron sus ballestas con toda rapidez, colocaron en ellas los dardos, apuntaron y los
dispararon contra el pecho desnudo de Fafhrd. Varias personas observaron su maligna
acción y se pusieron a gritar.
Los dos proyectiles golpearon el pecho de Fafhrd, rebotaron y cayeron sobre los
adoquines..., lo cual era muy natural, puesto que eran dos dardos para cazar aves (con
unas bolitas de madera en la punta, utilizadas para derribar pájaros pequeños)
introducidos por el Ratonero en sus aljabas.
La muchedumbre se quedó boquiabierta ante la invulnerabilidad de Issek, y luego
prorrumpieron en gritos de alegría y asombro.
No obstante, aunque los dardos para cazar aves difícilmente atravesarían la piel de un
hombre, ni siquiera disparados de cerca, golpean con fuerza y causan dolor incluso en el
cuerpo embotado de un hombre que ha ingerido recientemente buena cantidad de vino.
Fafhrd rugió de dolor, agitó los brazos convulsamente y rompió el bastidor al que se
hallaba atado.
La multitud aclamó histéricamente ese nuevo y apropiado acto del drama de Issek, que
su acólito había recitado con tanta frecuencia.
Quatch y Wiggin se dieron cuenta de que sus armas arrojadizas se habían vuelto de
alguna manera inocuas, pero eran demasiado cortos de luces o estaban muy embotados
por el vino para ver algo oculto o sospechoso en aquel extraño fenómeno. Empuñaron,
pues, sus espadas y se abalanzaron contra Fafhrd con ánimo de ensartarle antes de que
pudiera terminar de librarse de los fragmentos del camastro roto: había descubierto con
sorpresa el bastidor al que estaba atado y se debatía para soltarse.
Quatch y Wiggin se adelantaron, sí, pero casi al instante se detuvieron, en la misma
postura extraña de unos hombres que tratan de elevarse en el aire tirando de su cinturón.
Las espadas no salían de sus vainas. El pegamento mingol es realmente poderoso, y el
Ratonero había decidido que, aunque no consiguiera mucho más, debía poner a los
sicarios de Pulg en tal situación que no pudieran hacer daño a nadie.
Sin embargo, no había podido hacer nada con respecto a Grilli, pues era muy astuto y,
además, Pulg lo había retenido a su lado. Ahora, casi babeando de rabia y disgusto, Grilli
se separó de su amo idiotizado por la divinidad, sacó su navaja y saltó hacia Fafhrd, quien
por fin había visto claramente qué era lo que le trababa y estaba rompiendo los molestos
fragmentos de la cama contra una rodilla o haciendo palanca con el pie contra el suelo,
acompañado por los gritos de ánimo de la multitud.
Pero el Ratonero saltó con mayor rapidez. Grilli le vio venir, y varió el objetivo de su
ataque, dirigiéndolo contra el hombre vestido de gris. Amagó dos golpes y lanzó un tajo
que falló por poco, luego perdió sangre con demasiada rapidez para que le interesara
repetir el ataque: Garra de Gato es estrecha, pero corta las gargantas tan bien como
cualquier otra daga (aunque no tiene una punta muy curva ni armada de púas, como han
afirmado algunos eruditos de mentalidad demasiado prosaica).
El enfrentamiento con Grilli dejó al Ratonero muy cerca de Fafhrd. El hombrecillo se dio
cuenta de que aún sostenía en la mano izquierda la representación en oro de la Jarra
moldeada por Fafhrd, y aquel objeto desencadenó entonces en la mente del Ratonero una
serie de inspiraciones que se tradujeron en actos, los cuales fueron sucediéndose de
modo parecido a las figuras de una danza.
Golpeó a Fafhrd en la mejilla con el dorso de la mano para atraer la atención del
gigante, y luego se acercó a Pulg de un salto, trazando con la mano un arco espectacular,
como si transmitiera algo del dios desnudo al chantajista, y depositó livianamente el objeto
de oro entre los dedos suplicantes de éste. (Había llegado uno de esos momentos en que
dejan de ser útiles todas las escalas ordinarias de valores —incluso para el Ratonero— y
el oro deja de tener valor, aunque sólo sea brevemente.) Al reconocer el objeto sagrado,
Pulg casi expiró en éxtasis.
Pero el Ratonero ya se había abierto paso entre los congregados y cruzado la calle. Al
llegar junto al altar-cofre de Issek, a cuyo lado estaba tendido Bwadres —inconsciente
pero con una sonrisa en los labios—, retiró la bolsa de ajos, saltó sobre la tapa del tonel y
empezó a bailar sobre ella, gritando para atraer la atención de Fafhrd mientras señalaba
sus propios pies.
Fafhrd vio el tonel, como había pretendido el Ratonero, pero en aquel momento no le
pareció que tuviera nada que ver con las colectas de Issek (los pensamientos de esa
clase habían desaparecido de su mente), sino que lo vio como un probable recipiente del
vino que anhelaba. Lanzando un grito de alegría, se apresuró a cruzar la calle —sus
adoradores se apartaron presurosos de su camino o gimieron con éxtasis beatífico
cuando el dios les pisoteó con sus pies descalzos—, y cogiendo el tonel, lo alzó hasta sus
labios.
A la multitud le pareció que Issek bebía de su propio cofre: una manera inusitada,
aunque indudablemente pintoresca, de que un dios absorbiese las ofrendas de sus fieles.
Con un rugido de irritación, Fafhrd levantó el tonel para romperlo contra los adoquines,
ya fuera por pura frustración o con la idea de obtener el vino. Pero en aquel momento el
Ratonero volvió a distraer su atención. El hombrecillo había cogido dos grandes jarras de
cerveza de una bandeja abandonada y agitaba el líquido embriagador, hasta que la
espuma empezó a deslizarse por los lados.
Poniendo el tonel bajo el brazo izquierdo, pues muchos borrachos tienen el curioso y
prudente hábito de aferrarse distraídamente a las cosas, sobre todo si pueden contener
licor, Fafhrd fue de nuevo tras el Ratonero, el cual se sumió en la oscuridad del pórtico
más cercano para salir danzando por otro, mientras hacía trazar a Fafhrd un gran círculo
alrededor de la turbulenta congregación.
Visto de un modo literal, el espectáculo no era precisamente edificante: un dios
corpulento corriendo tras un pequeño demonio mientras intentaba atrapar una jarra de
cerveza que le eludía continuamente... Pero los lankhmarianos lo veían bajo otro prisma,
como dos docenas de alegorías y simbolismos diferentes, varios de los cuales se
escribirían más tarde sobre pergamino.
La segunda vez que Issek y el pequeño demonio gris entraron por el pórtico, no
volvieron a salir. Un gran corro de voces mezcladas siguió lanzando gritos expectantes y
temerosos durante algún tiempo, pero los dos seres sobrenaturales no reaparecieron.
Lankhmar está llena de callejones laberínticos, y especialmente ese tramo de la calle
de los Dioses los tiene en abundancia: algunos de ellos conducen, por rutas oscuras y
enrevesadas, a lugares tan lejanos como los muelles.
Pero los issekianos, tanto los antiguos como los nuevos conversos, ni siquiera
pensaron en esos callejones al analizar la desaparición de su dios. Los dioses tienen sus
propias puertas para entrar y salir del espacio y el tiempo, y es natural en ellos
desvanecerse súbita e inexplicablemente. Todo lo que puede esperarse de un dios cuyo
principal drama en la tierra ya se ha representado, son breves reapariciones, y la verdad
es que sería incómodo que permaneciera entre sus fieles demasiado tiempo, prorrogando
una Segunda Venida... Entre otras cosas, sería una tensión demasiado grande para los
nervios de sus adeptos.
La gran multitud a la que se había concedido la visión de Issek fue dispersándose
lentamente, como era de esperar... Tenían mucho que contarse, mucho sobre lo que
especular e, inevitablemente, discutir.
El blasfemo ataque de Quatch y Wiggin contra el dios fue recordado y castigado
posteriormente, aunque algunos ya consideraban el incidente como parte de una alegoría
general. Los dos matones tuvieron suerte de escapar con vida después de que los
molieran a palos.
En cuanto al cuerpo de Grilli, lo recogieron sin ninguna ceremonia y lo arrojaron al
Carro de la Muerte a la mañana siguiente. Así finalizó su historia.
Pulg volvió en sí y vio a Bwadres inclinado solícitamente sobre él..., y fueron
principalmente estas dos personas las que configuraron la historia posterior del
issekianismo.
Para abreviar y exponer con sencillez un relato largo o, mejor aún, completo, Pulg llegó
a ser algo así como el gran visir de Issek y trabajó sin descanso por la mayor gloria del
dios, llevando siempre colgado al pecho el dorado emblema de la Jarra como señal de su
rango. Tras su conversión al benévolo dios, no abandonó su antiguo oficio, como podrían
haber esperado algunos moralistas, sino que lo continuó, incluso con mayor celo que
antes, chantajeando implacablemente a los sacerdotes de todos los dioses, excepto
Issek, y oprimiéndolos. En la cumbre de su éxito, el issekianismo llegó a tener cinco
grandes templos en Lankhmar, numerosos santuarios menores en la misma ciudad y un
cuerpo sacerdotal cada vez más numeroso bajo la dirección nominal de Bwadres, pues
iba a caer de nuevo en la senilidad.
El issekianismo floreció exactamente tres años bajo la dirección de Pulg. Pero cuando
llegó a saberse, debido a ciertas revelaciones incautas de Bwadres, que Pulg no sólo
llevaba a cabo bajo el disfraz de la extorsión una guerra santa contra todos los dioses en
Lankhmar, con el objetivo final de arrojarlos de la ciudad y, si fuera posible, del mundo,
sino que incluso acariciaba sombríos propósitos de derribar a los dioses de Lankhmar, o
al menos obligarles a reconocer la superioridad de Issek..., cuando todo esto resultó
evidente, la condenación del issekianismo fue irreversible. Al tercer aniversario de la
Segunda Venida de Issek, por la noche descendió una niebla amenazante y espesa. Fue
una de esas noches en que todos los lankhmarianos juiciosos se quedan en sus casas,
junto al fuego. Hacia medianoche se oyeron gritos terribles y lamentos desgarradores en
toda la ciudad, junto con el estruendo de gruesas puertas y fuertes muros de piedra
derribados..., precedido y seguido, según sostuvieron algunos testigos trémulos, por el
tintineo de huesos en marcha. Un joven que se asomó a la ventana de un desván, vivió lo
suficiente, antes de expirar entre delirios, para informar que había visto desfilar por las
calles una multitud de figuras enfundadas en togas negras, con manos, pies y facciones
tiznados, y de una delgadez esquelética.
A la mañana siguiente, los cinco templos de Issek estaban vacíos y profanados, y todos
sus santuarios menores habían sido derribados, mientras que sus numerosos sacerdotes,
incluidos su antiguo sumo sacerdote y su presuntuoso gran visir, hasta el último miembro,
se habían desvanecido de un modo misterioso que rebasaba la comprensión humana.
Volviendo a un amanecer, exactamente tres años antes, encontramos al Ratonero Gris
y a Fafhrd subiendo desde un desvencijado y agrietado esquife a la bañera de una
chalupa negra atracada más allá del Gran Espigón que sobresale de Lankhmar y la orilla
oriental del río Hlal y se adentra en el Mar Interior. Antes de subir a bordo, Fafhrd entregó
el tonel de Issek al impasible y cetrino Ourph, y entonces, con considerable satisfacción,
empujó el esquife hasta hundirlo por completo.
La carrera a través de la ciudad en pos del Ratonero, seguida por el brioso trabajo de
esclavo de galeras a los remos del esquife (pues tal parecía exactamente el nórdico en su
desnudez casi completa), habían despejado totalmente la cabeza de Fafhrd de los
vapores del vino, aunque ahora le dolía terriblemente. El Ratonero aún parecía un tanto
fatigado por la carrera, pues su forma física era deplorable tras varios meses de pereza y
glotonería.
A pesar de su fatiga, los dos amigos ayudaron a Ourph en la tarea de levar anclas y
largar velas. Pronto un viento salobre y refrescante por estribor les alejó de la costa y de
Lankhmar. Entonces, mientras Ourph alababa efusivamente a Fafhrd y le abrigaba con un
grueso manto, el Ratonero, amparado por la oscuridad del alba, se volvió rápidamente
hacia el tonel de Issek, decidido a hacerse con el botín antes que Fafhrd tuviera
oportunidad de experimentar cualquier estúpido escrúpulo religioso, o un sentimiento
nórdico de honestidad, y arrojara el tonel por la borda.
Pero los dedos del Ratonero no encontraron la abertura para echar las monedas en la
tapa... Todavía estaba muy oscuro para poder ver bien, por lo que invirtió el objeto
agradablemente pesado, tan lleno que ni siquiera tintineaba... Al parecer, tampoco en el
otro extremo había ninguna abertura para las monedas, aunque sí lo que parecía una
inscripción grabada al fuego con los jeroglíficos de Lankhmar. Pero aún estaba
demasiado oscuro para leer fácilmente y Fafhrd se aproximaba a él, por lo que el
Ratonero alzó con rapidez un hacha pesada que había cogido del armero de la chalupa y
la descargó sobre el tonel, arrancando un trozo de madera.
Una rociada de líquido aromático salió pulverizada, con un olor muy familiar. El tonel
estaba lleno de aguardiente hasta el mismo borde; por eso no había producido ningún
gorgoteo...
Poco después fueron capaces de leer la inscripción quemada, la cual era muy sucinta:
«Querido Pulg: Ahoga en esto tus pesares. Basharat».
Era muy fácil comprender que la tarde anterior el Chantajista Número Dos había tenido
una oportunidad perfecta para efectuar la sustitución: La calle de los Dioses estaba
desierta, Bwadres dormía como si hubiera tomado un somnífero gracias a la cena a base
de pescado guisado, mucho más abundante que de ordinario, y Fafhrd había abandonado
su puesto para beber con el Ratonero.
—Esto explica la ausencia de Basharat anoche —dijo el Ratonero, pensativamente.
Fafhrd estaba dispuesto a tirar el tonel por la borda, no por la decepción de haber
perdido el botín, sino por la revulsión que le producía su contenido, pero el Ratonero puso
el recipiente a un lado para que Ourph lo cerrara y guardara debidamente..., pues sabía
que tales revulsiones son transitorias. No obstante, Fafhrd le hizo prometer que sólo
usarían el ardiente líquido por una verdadera emergencia. Por ejemplo, para incendiar
naves enemigas...
La cúpula roja del sol emergía de las aguas, al este, y a su luz, Fafhrd y el Ratonero se
miraron realmente por primera vez en varios meses. Les rodeaba el ancho mar, Ourph se
encargaba de los cabos y el timón, y por fin nada apremiaba. Había una extraña timidez
en las miradas de ambos... Cada uno pensó de súbito que había apartado a su amigo del
estilo de vida que había elegido en Lankhmar, quizá el estilo de vida que más le convenía.
—Supongo que volverán a crecerte las cejas —dijo el Ratonero, frívolamente.
—Crecerán, sin duda —replicó Fafhrd, con voz grave—. Cuando te hayas
desembarazado de esa barriga, tendré una buena melena.
—Gracias, cabeza de huevo —dijo el Ratonero, y entonces se echó a reír—. No siento
en absoluto haberme ido de Lankhmar —añadió, mintiendo considerablemente, aunque
no del todo—. Ahora comprendo que si me hubiera quedado, habría seguido el camino de
Pulg y todos esos grandes hombres: gordo, podrido de poder, importunado por mi
lugarteniente, asfixiado por bailarinas que ofrecen un amor falso, y al final caería en los
brazos de la religión. Por lo menos me he ahorrado esa última dolencia crónica, que es
peor que la hidropesía. —Miró a Fafhrd con ojos entrecerrados—. Pero, ¿qué me dices de
ti, viejo amigo? ¿Echarás de menos a Bwadres, tu cama de adoquines y tus recitaciones
nocturnas de cuentos fantásticos?
Fafhrd frunció el ceño mientras la chalupa navegaba hacia el norte y el rocío salobre le
salpicaba.
—No —dijo al fin—. Siempre hay otros cuentos que inventar.
He servido bien a un dios, le he vestido con ropajes nuevos, y luego he hecho una
tercera cosa... ¿Quién volvería a ser un acólito después de haber llegado a tales alturas?
Porque piensa, amigo mío, que yo he sido realmente Issek. El Ratonero arqueó las cejas.
—¿Lo has sido?
Fafhrd asintió dos veces, con gran seriedad.
3 - Su amante, el mar
Los días que siguieron fueron penosos para el Ratonero y Fafhrd. Para empezar,
ambos llevaban demasiado tiempo sin navegar, y con frecuencia tenían la desagradable
sensación de que iban a echar las entrañas. Entre arcadas gargantuescas, Fafhrd
recriminaba monótonamente al Ratonero por haberle obligado a abandonar su vida
ascética y apartado de su vocación religiosa, mientras que el Ratonero, en los intervalos
en que no vomitaba, maldecía también a Fafhrd, pero sobre todo se recriminaba a sí
mismo por haber sido tan estúpido de renunciar a su vida muelle en Lankhmar por seguir
a un amigo.
Durante este período —breve en realidad, pero eterno para quienes lo padecieron—, el
mingol Ourph se encargó del timón y las velas. Su rostro impasible, surcado de arrugas,
parecía siempre a punto de sonreír, pero nunca lo hacía, aunque de vez en cuando
centelleaban sus ojos negros como el azabache.
Fafhrd fue el primero en recuperarse, relevó a Ourph del mando e inmediatamente
empezó a ordenar una serie interminable de ejercicios marineros: arrizar, aferrar velas,
navegar de bolina, hacer cambios de bordada y de lastre, inspección de los lugares donde
podían anidar ratas y cucarachas, y toda clase de faenas similares.
A veces, durante estos ejercicios, Fafhrd y Ourph perdían el equilibrio, caían sobre la
cubierta y a veces chocaban con el cuerpo tendido del Ratonero, el cual soltaba
juramentos débiles pero mordaces; en esas ocasiones el Tesorero Negro alteraba el
suave movimiento al que se había acostumbrado el Ratonero y emprendía una agitada
danza sobre las olas que provocaba de nuevo las náuseas.
Cada vez que Fafhrd interrumpía su función de jefe despótico, se sentaba con las
piernas cruzadas, haciendo oídos sordos a los juramentos del Ratonero, y meditaba en
silencio, con la mirada dirigida primero hacia Lankhmar, pero luego cada vez más hacia el
norte.
Cuando el Ratonero se recobró por fin, renunció a todo alimento excepto unas gachas
aguadas en pequeñas cantidades, y, desdeñando los ejercicios náuticos de Fafhrd,
emprendió con determinación una variedad de ejercicios gimnásticos, que realizaba hasta
derrumbarse sudoroso y jadeante..., para empezar de nuevo en cuanto su respiración se
había normalizado.
Resultaba curioso ver al Ratonero andando a gatas por la cubierta mientras Ourph
corría a cambiar la posición del foque y Fafhrd apoyaba su peso en el timón y gritaba: «¡A
orza todo!».
Sin embargo, en determinados momentos, sobre todo durante la puesta del sol, cuando
cada uno tomaba un vaso de agua coloreada con un poco de vino dulce, pues el
aguardiente seguía prohibido, rememoraban aventuras pasadas y contaban historias
increíbles, primero sólo un poco, y luego durante períodos cada vez más largos.
Hablaban de piraterías, tanto las que ellos habían llevado a cabo como las que habían
sufrido. Recordaban grandes tormentas y calmas, y aquellos avistamientos de barcos
misteriosos que se desvanecían en la niebla o la distancia y no volvían a ver nunca más.
Revivían la aventura de su travesía del Mar Exterior hacia el Continente Occidental de
fábula, que de todos los habitantes de Lankhmar sólo Fafhrd, el Ratonero y Ourph sabían
que se trataba de algo más que de una leyenda.
Gradualmente desapareció la panza del Ratonero, y el pelo empezó a poblar el cráneo,
las mejillas, el mentón y el bigote de Fafhrd. Su vida empezó a llenarse de
acontecimientos en lugar de aflicciones. Las puestas de sol y los amaneceres establecían
el ritmo de su vida, y los astros eran como fieles amigos. Sobre todo, empezaron a
adaptarse a los caprichos del mar, como si fuera un ser con quien vivían y viajaban, y no
una extensión sobre la cual navegaban.
Pero el agua y los víveres empezaron a menguar, el vino se agotó, y carecían de
prendas de vestir adecuadas, especialmente Fafhrd.
Su primera incursión de piratería acabó casi en un desastre. Un amanecer se
aproximaron sutilmente a un pequeño barco mercante que, por su forma de navegar,
parecía tripulado por gentes zafias y poco marineras, pero, de súbito, se erizó de lanceros
con cascos marrones y honderos. Era un barco-cebo de Lankhmar, especializado en
atrapar piratas.
Pudieron huir sólo porque la trampa se reveló demasiado pronto y el Tesorero Negro
fue capaz de navegar más rápido que el barco-cebo, transformado en una lancha rápida
gracias a un manejo adecuado del velamen. Con todo, Ourph recibió una pedrada que le
dejó sin sentido, mientras que otra piedra magulló dos costillas de Fafhrd.
La siguiente correría marina podría calificarse como un éxito. El balandro que
abordaron resultó que iba tripulado por cinco ancianas mingol, brujas de profesión, según
les dijeron, que se dirigían a los asentamientos meridionales alrededor de Quarmall, para
dedicarse a decir la buenaventura y vender algunas cosas.
El Ratonero y Fafhrd obtuvieron de ellas un modesto suministro de agua, comida y
vino, y Fafhrd se apoderó de varias prendas de vestir de seda y piel, varias joyas de plata,
una espada, un hacha y cuero para hacerse unas botas. Sin embargo, no dejaron a las
ariscas mujeres en la más absoluta indigencia, ni mucho menos, e impidieron que Ourph
violara siquiera a una sola de ellas, y no digamos a las cinco, como había amenazado
jactanciosamente.
Se marcharon entonces, algo avergonzados, mientras las brujas les maldecían,
lanzándoles toda clase de malignas imprecaciones e invocando contra ellos a los peores
demonios del aire, la tierra, el fuego y el agua. El hecho de que no maldijeran también a
Ourph hizo pensar al Ratonero si las brujas no estarían aún más enfadadas por haber
impedido a Ourph la satisfacción de sus lascivos deseos.
Ahora que el Tesorero Negro estaba un poco mejor aprovisionado, Fafhrd empezó a
hablar frívolamente de cruzar de nuevo el Mar Exterior, o dirigirse al norte, hacia el mar
helado de NoOmbrulsk, donde cazarían el tigre polar y el gusano gigante blanco y velludo.
Para Ourph, ésa fue la gota que hizo desbordar el vaso. Era un hombre muy templado
y agradable... para ser un mingol, pero el exceso de trabajo, los golpes recibidos, la
prohibición de una oportunidad amorosa fuera de lo corriente para un hombre de su edad
y, finalmente, la amenaza de absurdos viajes a lugares remotos, fue demasiado para él y
pidió que le dejaran en tierra.
El Ratonero y Fafhrd aceptaron su petición. Entretanto, el Tesorero Negro había
navegado hacia el sur, a lo largo de la costa noroeste de Lankhmar, y estaban cerca del
pequeño pueblo de Finisterre, adonde se dirigieron para desembarcar al viejo mingol,
quien siguió maldiciéndoles entre dientes a pesar de los regalos con que le colmaron.
Tras una deliberación, los dos héroes decidieron poner rumbo al norte.
Desembarcarían en el frondoso reino de las Ocho Ciudades, en la ciudad de Ool Plerns,
cuyo Duque Loco había sido en otro tiempo su patrón.
La travesía transcurrió sin incidentes y no avistaron ninguna nave. Fafhrd cortó el
cuero, lo cosió, lo claveteó y finalmente colocó a sus botas unas suelas con púas, quizá
como resultado de algún sueño en el que se imaginó montañero. El Ratonero siguió
practicando sus ejercicios gimnásticos y leyó El libro de Aarth, El libro de los dioses
menores, El control de los milagros y un pergamino titulado Monstruos marinos, todos
ellos de la pequeña pero selecta biblioteca de la chalupa.
Por la noche se pasaban horas hablando, sintiéndose próximos a las estrellas, más
compenetrados con el mar y con ellos mismos. Discutían si las estrellas existían desde
siempre o las habían lanzado los dioses desde la montaña más alta de Nehwon, o si,
como afamaban los metafísicos actuales, las estrellas eran grandes gemas de fuego
engastadas en unas islas en el extremo opuesto de la gran burbuja (en las aguas de la
eternidad) que era Nehwon. Debatían quién era el peor hechicero del mundo, si el
Ningauble de Fafhrd, o Sheelba del Ratonero o, lo que era apenas concebible, algún otro
brujo.
Pero hablaban sobre todo de su amante, el mar, cuyos ondulantes movimientos
amaban de nuevo, y a cuyos estados de ánimo se sentían ahora adaptados de una
manera misteriosa, sobre todo en la oscuridad. Hablaban de los arrebatos y las caricias
marinas, de sus frescas brisas y sus danzas interminables, a veces un ligero minueto,
otras un furioso pataleo, y la infinitud de sus partes secretas.
El viento del oeste disminuyó gradualmente, y luego le sustituyó un caprichoso viento
de levante. Las provisiones volvieron a agotarse, y al final admitieron que no estaban en
condiciones de llegar a Ool Plerns y se contentaron con navegar hasta alcanzar las
Garras, el extremo estrecho, pero alto y rocoso, de la gran península septentrional del
Continente Oriental, formado por el Reino de las Ocho Ciudades, el Yermo Frío y
numerosas cadenas montañosas, ásperas y desoladas. Una noche cesó por completo el
viento de levante, y el Tesorero Negro flotó en una calma tan completa que parecía como
si la acuática amante de sus tripulantes estuviera hipnotizada. No se movía ni un soplo de
aire, y los dos amigos se preguntaron qué les traería el mañana.
4 - Cuando el rey del mar está ausente
Desnudo hasta el taparrabos y con la bolsa de amuleto colgada bajo la barbilla, el
Ratonero Gris se asomó como una lagartija sobre el bauprés del balandro Tesoro Negro,
y miró fijamente hacia la profundidad del mar. La luz del sol, apenas detenida por ligeros
racimos de nubes, calentaba su espalda profundamente curtida, pero su cuerpo estaba
frío con la magia de la situación.
A su alrededor, el mar Interior permanecía en calma como un lago de mercurio en el
sótano del castillo de un hechicero. Ninguna onda llegaba desde el lejano horizonte hacia
el sur, el este y el norte, ni rebotaba desde la cortina de cremosa roca que se elevaba
verticalmente a un tiro de flecha hacia el oeste y que tenía una altura de unos buenos tres
tiros de flecha. El Ratonero y Fafhrd habían subido a la roca el día anterior, haciendo
desde su cumbre un alarmante descubrimiento.
El Ratonero podía haber pensado en esas cuestiones, o en el sombrío hecho de que se
encontraban con un mar en calma, con pocos alimentos y menos agua (y un prohibido
barril de licor), tras una navegación aburrida hacia el oeste, desde Ool Hrusp, el último
puerto civilizado de aquella costa..., o incivilizado incluso. Podría haberse preguntado por
el canto seductor que pareció llegarles desde el mar la pasada noche, como si unas voces
femeninas improvisaran suavemente sobre los temas de las olas que siseaban contra la
arena, gorgoteando melodiosamente entre las rocas y gritando como el viento contra las
cosías heladas. O quizá podría haber reflexionado sobre la locura de Fafhrd de ayer por la
tarde, cuando el gran norteño empezó de repente a hablar dogmáticamente sobre
encontrar para él y para el Ratonero «mujeres bajo el mar», y llegó incluso a asearse la
barba y a cepillarse su túnica de piel de nutria y a limpiar sus mejores joyas masculinas,
para estar adecuadamente ataviado como para recibir a ¡as mujeres submarinas y
despertar sus deseos. Fafhrd insistió en que había una antigua leyenda simorgiana,
según la cual el séptimo día del séptimo mes del séptimo año del séptimo ciclo, el rey del
mar viajaba al otro extremo de la tierra, dejando libres a sus hermosamente verdes y
opalescentes esposas y a sus delgadas y maravillosamente plateadas concubinas, para
que encontraran amantes si podían..., y Fafhrd aseguró estridentemente que, por la calma
espectral y otras señales ocultas, sabía que aquél era el lugar donde el rey del mar tenía
su hogar, y que aquél era precisamente el día en que se marchaba.
El Ratonero le señaló en vano que no habían visto el más débil trazo de pez de aspecto
femenino desde hacía varios días; que no había a la vista ninguna isla o playa adecuadas
para estar con sirenas, ni para tomar baños de sol, como aseguraba la tradición popular;
que no había cascos negros ni destartaladas naves piratas navegando por allí y que,
presumiblemente, podrían haber tenido hermosas cautivas bajo los puentes, o sea,
técnicamente «bajo el agua»; que la región, aparte la engañosa cortina de roca cremosa,
era la última de la que se podía esperar ver salir a mujeres; y, en fin, que el Tesoro Negro
no había sido observado por ninguna clase de mirada femenina desde hacía varias
semanas, ni a babor, ni a estribor. Fafhrd contestó simplemente, con una aplastante
convicción, que las mujeres del rey del mar estaban allí abajo, que ahora estaban
preparando un canal o paso mágico a través del cual los seres que respiraban aire
podrían visitarlas, y que lo mejor que podía hacer el Ratonero era prepararse como él
mismo para descender rápidamente en cuanto llegara la llamada.
El Ratonero pensó que el calor y el aspecto deslumbrante del sol implacable —junto
con a los repentinos e intensos anhelos normales de todos los marinos que se
encontraban en el mar desde hacía mucho tiempo— tenían que haber descompuesto a
Fafhrd, y terminó por abandonar su intento de convencer al norteño para que llevara un
sombrero de ala ancha y no se le salieran los ojos de las órbitas. Para el Ratonero, fue un
gran alivio ver cómo Fafhrd caía sumido en un profundo sueño con la llegada de la noche,
aunque entonces la ilusión —o la realidad— del dulce canto de las sirenas comenzó a
perturbar su propia tranquilidad.
Sí, el Ratonero podría haber pensado muy bien en cualquiera de estas cuestiones, y
sobre todo en las manifestaciones proféticas de Fafhrd, mientras se encontraba bajo el sol
caliente sobre el sólido bauprés del Tesoro Negro. Sin embargo, el hecho era que
únicamente le preocupaba la maravilla de jade, tan cercana que casi podía extender una
mano hacia abajo para tocar el principio.
Resulta conveniente aproximarse a todos los milagros y maravillas por fases o de un
modo gradual, y nosotros lo podemos hacer así examinando otro de los aspectos del
vítreo paisaje marino en el que el Ratonero también podría estar pensando..., aunque no
lo estaba.
Aunque la superficie del mar Interior que rodeaba el balandro no mostraba ninguna
onda ni estremecimiento por pequeño que fuera, tampoco aparecía perfectamente plano.
Aquí y allá, de un modo disperso, se veía rizada por pequeñas depresiones, del tamaño y
la forma aproximadas de un plato llano, como si unos invisibles y gigantescos escarabajos
de agua, del peso de una pluma, se encontraran sobre ellas..., aunque las depresiones no
estaban configuradas de acuerdo con ningún modelo de seis patas, o de cuatro, o incluso
de tres. Más aún, un pequeño tallo de aire parecía descender desde el centro de cada
depresión, alcanzando una distancia indefinida en el interior del agua, como los diminutos
torbellinos que se forman a veces cuando se estira del tapón turquesa de la bañera, llena
hasta el borde, de la Reina del Este... (o como el desagüe incontenible de una bañera
hecha con cualquier material pobre, perteneciente a cualquier persona humilde), excepto
que en este caso no se producía ningún remolino de agua y los tallos de aire no estaban
cortados ni enredados en ninguna parte, sino que eran rectos, como estoques de hoja
delgada con unas guardas en forma de pequeños platos, pero todo ello tan invisible como
el aire que había penetrado en las aguas inmóviles que rodeaban al Tesoro Negro; o
como un bosque disperso de invisibles tallos de azucenas que hubiera surgido alrededor
del balandro.
Imagínense una depresión, llena de aire, aumentada de tal modo que el plato no
tuviera el tamaño de la palma de la mano, sino la longitud de una buena lanza, y que la
hoja recta de lo que parecía una espada no tuviera el ancho de una uña, sino su buen
metro y medio; imagínense al balandro con toda su proa hacia abajo, introducida en
aquella depresión poco profunda, pero deteniéndose justo poco antes de llegar al centro,
y flotando inmóvil allí; imagínense el bauprés de la nave ligeramente inclinada,
proyectándose sobre el centro exacto del tubo central o pozo de aire; imagínense a un
hombre pequeño, fornido, tostado como una nuez, con un taparrabos gris, echado a lo
largo del bauprés, con los pies abrazados contra la barandilla de la cubierta de proa y
mirando directamente hacia las profundidades del tubo..., y comprenderán con toda
exactitud la situación de Ratonero Gris.
Encontrarse en la situación de Ratonero y mirar tubo abajo, resultaba muy fascinante;
una experiencia calculada para eliminar cualquier otro tipo de pensamientos de la mente
de un hombre..., ¡e incluso de una mujer! Aquí, el agua, a un tiro de flecha de la cremosa
pared rocosa, era verde, notablemente clara, pero demasiado profunda para permitir ver
el fondo... Las sondas tomadas el día anterior demostraban que el fondo se encontraba a
unos cuarenta o cuarenta y cinco metros de distancia. El tubo, del tamaño de un pozo,
bajaba a través del agua formando una circunferencia tan perfecta y suave como si
estuviera recubierta de vidrio; de hecho, el Ratonero podría haber pensado que estaba
recubierta de cristal —que el agua que la rodeaba había quedado de algún modo helada
inmediatamente o endurecida sin alterar por ello su transparencia—, excepto por el hecho
de que ante el sonido más ligero, como el toser del Ratonero, pequeños estremecimientos
corrían arriba y abajo, en forma de series de ondas circulares.
El Ratonero ni siquiera podía empezar a imaginar qué poder era capaz de impedir que
el tremendo peso del mar inundara el tubo en un instante.
Sin embargo, era infinitamente fascinante mirar hacia abajo por el tubo. La luz del sol,
transmitida a través del agua del mar, lo iluminaba hasta una considerable profundidad,
dándole un color verdoso, y el muro circular producía extrañas travesuras con la distancia.
Por ejemplo, en este momento en que el Ratonero miraba oblicuamente por la parte
lateral del tubo, vio un grueso pez, tan largo como su brazo, nadando alrededor del tubo y
acercando su cabeza a él. La figura del pez le resultaba muy familiar y, sin embargo, no
podía decir cuál era su nombre. Entonces, ladeando la cabeza y mirando al mismo pez a
través del agua clara que rodeaba el tubo, vio que el pez tenía tres veces la longitud de su
cuerpo...; en realidad, se trataba de un tiburón. El Ratonero se estremeció y se dijo a sí
mismo que la pared curvada del tubo debía actuar como las lentes de reducción utilizadas
por unos pocos artistas en Lankhmar. En general, el Ratonero podría haber llegado a la
conclusión de que el túnel vertical existente en el agua era una ilusión nacida del brillo del
sol y de la autosugestión, y que se le habrían salido los ojos de las cuencas, y se habría
llenado los oídos de cera para no escuchar más cantos de sirena y después quizá habría
echado un trago del licor prohibido y se habría marchado a dormir, de no haber sido por
otras circunstancias que lograban dar a todo el asunto una mayor firmeza de realidad. Por
ejemplo, había una cuerda fuertemente atada al bauprés y que colgaba hacia el centro del
tubo, y aquella cuerda crujía de vez en cuando con el peso que colgaba de ella y,
además, por el hueco del túnel surgían hilillos de humo negro (que eran los que hacían
toser al Ratonero), y finalmente, allá abajo, en el hueco, se veía arder una antorcha —tan
profunda se encontraba que su llama no se veía mayor que la de un candil—, y justo al
lado de la llama, algo oscurecido por el humo y muy empequeñecido por la distancia, se
observaba el rostro de Fafhrd, que miraba hacia arriba.
El Ratonero estaba inclinado para captar la realidad de cualquier cosa que pudiera
sucederle a Fafhrd, sobre todo cualquier cosa de tipo físico; los casi dos metros diez del
norteño formaban un bulto de materia sólida demasiado enorme como para imaginárselo
deambulando de la mano de ilusiones.
Los acontecimientos que condujeron a aquella situación —la cuerda, el humo y Fafhrd
introducido en el pozo de aire—, habían sido muy sencillos. Al amanecer, el balandro
había comenzado a deslizarse misteriosamente entre las depresiones de agua, sin que
existiera ningún viento o corriente perceptible. Poco después había chocado contra el
borde de la gran depresión en forma de plato, deslizándose hasta alcanzar su posición
actual, con una cierta precipitación, para quedarse allí, helado, como si el bauprés del
balandro y el túnel fueran polos magnéticos que se atrajeran mutuamente hasta quedar
totalmente acoplados. Después, mientras el Ratonero lo observaba todo con los ojos muy
abiertos y con unos dientes castañeteantes, Fafhrd había mirado por el pozo, gruñó con
una estólida satisfacción, deslizó por el pozo la cuerda atada y después procedió a
descender él mismo por la cuerda, con la mente aparentemente llena tanto de amor como
de guerra; se había perfumado el pelo del pecho y de los sobacos, se había puesto
pomada en el pelo y en la barba, una túnica de seda azul bajo la de piel de nutria, y todos
sus collares de plata, así como sus brazaletes, broches y anillos, aunque también se
sujetó bien la espada y el hacha a ambos costados y se puso finalmente las botas
claveteadas. Después, encendió una larga y delgada antorcha de pino resinoso en el
fogón de la galería y cuando estaba encendida con toda su potencia y a pesar de los
gritos solícitos del Ratonero y de todas sus protestas, se subió al bauprés y descendió
hacia el interior del hueco, utilizando los dedos gordo e índice de su mano derecha para
sostener la antorcha y los otros tres dedos de la misma mano, así como la mano
izquierda, para agarrar la cuerda. Sólo entonces habló, diciéndole al Ratonero que se
preparara y le siguiera si es que era un hombre apasionado y no un perezoso insensible.
El Ratonero se preparó, quitándose la mayor parte de sus ropas —se le ocurrió pensar
que tendría que zambullirse para buscar a Fafhrd cuando el hueco se diera cuenta de la
imposibilidad de la situación y se cerrara sobre él—, y había colocado sobre la cubierta su
propia espada Escalpelo y su cuchillo Quijada de Gato, introducidos en sus vainas de piel
de foca engrasada, con la idea de que podría necesitarlos para luchar contra los
tiburones. Después, como ya hemos visto, se situó en el bauprés, observando el lento
descenso de Fafhrd y dejando que le embargara toda la fascinación de la situación.
Finalmente, bajó la cabeza y llamó suavemente, hacia el interior del hueco:
—Fafhrd, ¿has llegado ya al fondo? —preguntó, frunciendo el ceño ante las ondas en
forma circular que hasta aquella suave llamada produjo, y que descendieron a lo largo del
agujero, para subir después por efecto de la reflexión.
—¿QUE HAS DICHO?
El grito de contestación de Fafhrd, concentrado por el tubo, y surgiendo de él como si
fuera un proyectil sólido, casi arrojó al Ratonero del bauprés. Pero lo más terrorífico de
todo fue que las ondas circulares que acompañaron al grito fueron tan enormes que casi
parecieron cerrar el túnel por completo, estrechando la abertura de metro y medio casi
totalmente y arrojando una lluvia de gotas contra el rostro del Ratonero cuando las ondas
alcanzaron la superficie, elevando los bordes del hueco como si el agua fuera elástica, y
volviendo después a descender a lo largo del tubo.
El Ratonero cerró los ojos con una expresión de terror, pero cuando los volvió a abrir el
hueco seguía estando allí y las gigantescas ondas circulares empezaban a desaparecer.
Hablando en voz un poco más alta que la primera vez, pero mucho más patéticamente,
el Ratonero dijo, asomándose hacia abajo:
—Fafhrd, ¡no vuelvas a hacer eso!
—¿QUE?
En esta ocasión, el Ratonero estaba preparado..., pero fue igualmente horrible para él
ver cómo aquellos enormes anillos viajaban hacia arriba y después hacia abajo del tubo,
en un movimiento peristáltico de color verdoso. Decidió firmemente no decir nada más,
pero precisamente entonces comenzó Fafhrd a hablar por el tubo con un tono de voz cuyo
volumen parecía más racional..., pues los anillos que produjo apenas si fueron más
gruesos que la muñeca de un hombre:
—¡Vamos, Ratonero! ¡Es muy fácil! ¡Sólo tienes que dejarte caer los últimos dos
metros!
—¡No te sueltes, Fafhrd! —exclamó instantáneamente el Ratonero—. ¡Sube!
—¡Ya lo he hecho! Quiero decir que ya he bajado. Estoy en el fondo. ¡Oh, Ratonero...!
La última parte de las palabras de Fafhrd estaba tan llena de una mezcla de temor y
excitación, que el Ratonero le preguntó inmediatamente:
—¿Qué? Oh, Ratonero... ¿qué?
—¡Es maravilloso, asombroso, fantástico! —le llegó la respuesta desde abajo.
En esta ocasión, las palabras llegaron hasta él repentinamente debilitadas, como si
Fafhrd hubiera realizado una o dos imposibles vueltas en el interior del tubo.
—¿Qué es, Fafhrd? —preguntó el Ratonero, y en esta ocasión, su voz sólo produjo
unas ondas circulares moderadas—. No te marches, Fafhrd. Pero ¿qué es lo que hay allá
abajo?
—¡De todo! —le llegó la respuesta, no tan debilitada esta vez.
—¿Hay mujeres? —preguntó el Ratonero.
—¡Está lleno!
El Ratonero suspiró. Sabía que había llegado el momento, como llegaba siempre, en el
que las circunstancias externas y las necesidades internas exigían llevar a cabo una
acción; cuando la curiosidad y la fascinación emborronaban la escala de la precaución;
cuando el atractivo de una visión y de una aventura se hacía tan grande y se introducía
tan profundamente en el ser, que tenía que responder al estímulo o ver cómo desaparecía
su más profundo respeto de sí mismo.
Por otra parte, sabía por larga experiencia que la única forma de sacar a Fafhrd de las
situaciones difíciles en las que él mismo se metía era ir a buscar a aquel bravucón
perfumado y armado.
Así pues, el Ratonero se levantó, sujetó a su cinturón las armas envainadas en piel de
foca, colgó a su lado un pequeño látigo anudado con un nudo corredizo en uno de sus
extremos, se aseguró de que las escotillas del balandro estaban bien cerradas, de que el
fuego se encontraba bien conservado en el fogón, murmuró una breve y enojada oración
a los dioses de Lankhmar y, finalmente, inclinándose sobre el bauprés, descendió al
interior del hueco verdoso.
El hueco era frío y olía a pescado, humo y pomada de Fafhrd. En cuanto penetró en él,
la principal preocupación del Ratonero fue, para sorpresa propia, no tocar las paredes
vítreas. Tenía la sensación de que aun cuando sólo las rozara, la milagrosa «piel» del
agua se rompería y él sería tragado como, es tragado un pequeño punto de aceite que
flota en un cuenco de agua, con su diminuta «piel de agua», cuando ésta se rompe.
Descendió rápidamente, nudo a nudo, sujetándose con las manos, sin apenas tocar con
los pies la cuerda que se extendía por debajo de él, rezando para que no se produjera
ningún balanceo y para conseguir controlarlo si se producía. Se le ocurrió que debía
haber dicho a Fafhrd que sujetara la cuerda desde el fondo, si es que podía, y, sobre
todo, haberle dicho que no hablara por el tubo mientras él descendía —la idea de ser
estrujado por aquellas terribles ondas circulares de agua le resultó casi insoportable—.
¡Pero ahora era ya demasiado tarde! Cualquier palabra que pronunciara ahora haría que
el norteño le respondiera casi seguramente con un grito.
Tras haber tomado buena nota de estos primeros temores, aunque no por ello se
desvanecieran, el Ratonero comenzó a inspeccionar todo lo que le rodeaba. El luminoso
mundo verde no parecía una simple esmeralda, como le había parecido al principio. Había
vida en él, aunque no en gran abundancia: delgados filamentos de algas festoneadas de
marrón; medusas casi invisibles, con sus flequillos opalescentes colgando; diminutas
rayas oscuras, flotando como murciélagos; pequeños peces de agallas plateadas,
planeando y moviéndose con rapidez..., algunos de ellos, como uno de anillos azules y
amarillos y otros de diminutos puntos negros, disputándose perezosamente los
desperdicios matutinos del Tesoro Negro, que el Ratonero reconoció por una larga y
pálida costilla de vaca que Fafhrd había roído durante un momento, antes de lanzarla por
la borda.
Al mirar hacia arriba, tuvo que hacer un esfuerzo para no gritar, lleno de horror. El
casco del balandro, con su figura oscura aunque moteada de burbujas, parecía
encontrarse siete veces más arriba que la distancia que él había descendido por los
nudos que había contado. Sin embargo, mirando directamente hacia arriba, vio que el
círculo de cielo de un azul profundo no había disminuido de un modo correspondiente,
mientras que el bauprés seguía siendo grueso. La curva del tubo había hecho disminuir el
tamaño del balandro, de la misma forma que sucediera con el tiburón. La ilusión era más
extraña y Preocupante, nada más.
Y ahora, mientras el Ratonero continuaba suavemente su descenso, el círculo existente
sobre él se hizo cada vez más pequeño y más profundamente azul, convirtiéndose en una
fuente de cobalto, en un plato y finalmente en algo poco más grande que una extraña
moneda ultramarina formada por el punto convergente del tubo y de la cuerda y en la que
el Ratonero creyó ver brillar una estrella. Arrojó hacia ella unos pocos besos rápidos,
pensando en lo mucho que se parecían a las últimas burbujas emitidas por un hombre. La
luz se debilitó. Alrededor de él, los colores se desvanecieron, las algas festoneadas de
marrón se volvieron grises, el pez perdió sus anillos amarillos, y las propias manos del
Ratonero se hicieron azules, como las de un cadáver. Y entonces empezó a distinguir
débilmente el fondo del mar, a la misma distancia extravagante por debajo de él a la que
se encontraba el balandro por encima, aunque inmediatamente debajo de él el fondo
parecía estar extrañamente velado o alfombrado y sólo más lejos podía distinguir rocas y
crestas de arena.
Le dolían los brazos y los hombros. Las palmas de las manos le quemaban. Un mero,
monstruosamente grueso, nadó hasta el tubo y le siguió hacia abajo, trazando círculos. El
Ratonero le miró amenazadoramente y el animal abrió una boca enormemente grande, de
luna llena. El Ratonero observó los afilados dientes y se dio cuenta entonces de que se
trataba del tiburón que había visto antes, o de otro similar, empequeñecido por la lente del
tubo. Los dientes se cerraron, algunos de ellos en el interior del tubo, a sólo unos
centímetros de él. La «piel» del agua no se rompió desastrosamente, aunque el Ratonero
tuvo la extraña impresión de que el «bocado» derramó un poco de agua en el interior del
tubo. El tiburón continuó nadando en círculo a una distancia moderada y el Ratonero se
guardó mucho de dirigirle otra mirada amenazadora.
Mientras tanto, el olor a pescado se había hecho mucho más fuerte, como también
había aumentado la cantidad de humo existente en el tubo, pues ahora el Ratonero tuvo
que toser a pesar de sí mismo, enviando arriba y abajo las ondas circulares de agua.
Luchó consigo mismo para suprimir una sensación de angustia..., y en aquel preciso
momento sus pies ya no tocaron más cuerda. Se desató la cuerda extra que llevaba atada
al cinturón, descendió otros tres nudos, ató la cuerda al segundo nudo y continuó
descendiendo hacia el fondo.
Cinco nudos más abajo, sus pies se posaron sobre una fría suciedad. Desprendió las
agarrotadas manos de la cuerda, moviendo los dedos, al mismo tiempo que llamaba, con
suavidad, pero con enojo:
—¡Fafhrd!
Después, miró a su alrededor.
Se encontraba en el centro de una gran y baja tienda de aire, cuyo piso estaba formado
por la suciedad aterciopelada del fondo, en la que se hundió hasta los tobillos; el techo
estaba formado por la superficie inferior del agua, de un color plomizo brillante; aunque
pareciera extraño, poseía abultamientos y huecos, con importantes protuberancias hacia
abajo aquí y allá. La tienda de aire tenía aproximadamente unos tres metros y medio de
altura al pie del tubo. Su diámetro parecía ser por lo menos veinte veces superior, aunque
era imposible juzgar hasta dónde se extendían sus bordes, por varias razones: la gran
irregularidad del techo de la tienda; la dificultad de suponer siquiera la extensión de
algunas zonas externas, en las que la distancia entre el techo de agua y el fondo de
suciedad sólo se podía medir por centímetros; el hecho de que la luz gris transmitida
desde arriba apenas permitía una visión decente a más de una docena de metros de
distancia; y finalmente la circunstancia de que había por allí bastante humo de antorcha,
que se acumulaba en algunos lugares cerca del techo, formando bolsas, aunque también
se deslizaba poco a poco por el tubo, hacia arriba.
El Ratonero no podía concebir cuáles eran las fabulosas fuerzas que mantenían el
pesado techo del océano, del mismo modo que tampoco podía imaginar cuál era la fuerza
que mantenía abierto el tubo.
Retorciendo desagradablemente las ventanas de la nariz, tanto a causa del humo como
por el fuerte olor a pescado, el Ratonero recorrió con la mirada toda la circunferencia de la
tienda. Vio por fin un débil resplandor rojizo en la mancha negra más espesa, y un poco
después apareció Fafhrd. La humeante llama de la antorcha de pino, que sólo estaba
medio consumida, mostró al norteño enfangado de suciedad hasta los muslos,
apretujando contra un costado, con su brazo izquierdo libre, una goteante mezcolanza de
diversos objetos brillantes. Se había inclinado algo, pues el techo se abombaba hacia
abajo donde él se encontraba.
—¡Cerebro de grasa de ballena! —le saludó el Ratonero—. ¡Apaga esa antorcha antes
de que nos ahoguemos de humo! Podemos ver mucho mejor sin ella. ¿O es que prefieres
cegarte con el humo con tal de tener luz? ¡Zoquete!
Para el Ratonero sólo había una forma evidente de apagar la antorcha, introduciéndola
en el fango humedecido del suelo, pero Fafhrd, aunque sonrió muy agradablemente y de
un modo ausente ante la sugerencia del Ratonero, tenía otra idea. A pesar del angustioso
grito de advertencia de su compañero, elevó la llama, introduciéndola en el techo acuoso.
Se produjo un fuerte silbido y una gran humareda de vapor y, por un instante, el
Ratonero creyó ver realizados sus más terribles presentimientos, pues el chorro de agua
surgió del punto donde se apagó la antorcha, cayendo sobre el cuello de Fafhrd. Pero
cuando empezó a desaparecer el vapor, fue evidente que el resto del mar no iba a
descender del mismo modo que aquel chorro, al menos por el momento. Sin embargo,
ahora había una amenazadora protuberancia, como un tumor redondeado, en el techo,
allí donde Fafhrd apagara la antorcha, y por allí descendía continuamente un chorro del
grueso de una pluma, que abría un pequeño cráter en el fango del suelo.
—¡No hagas eso! —le ordenó el Ratonero, lleno de furia.
—¿Esto? —preguntó Fafhrd, introduciendo un dedo por el techo de agua, cerca de
donde se encontraba el chorro.
Se produjo una nueva fisura, que se convirtió inmediatamente en un nuevo chorro de
agua, de modo que ahora había dos bultos chorreantes, uno al lado del otro, como dos
pechos.
—Sí, eso... No lo vuelvas a hacer —se las arregló para contestar el Ratonero con una
voz distante y elevada a causa del control de sí mismo que tuvo que esforzarse por
mantener para no enojarse con Fafhrd, provocando quizá más pruebas irresponsables.»
—Muy bien, no lo haré —le aseguró el norteño—. Aunque estos dos chorros tardarían
años en llenar de agua esta cavidad —añadió, mirando pensativamente los dos hilillos de
agua.
—¿A quién se le ocurre hablar de años aquí abajo? —espetó el Ratonero—. ¡Imbécil!
¡Cabeza de hierro! ¿Por qué me has mentido? Me has dicho que aquí había «de todo».
Que había «todo un mundo». ¿Y qué es lo que me encuentro? ¡Nada! ¡Una zona
miserablemente pequeña y llena de fango maloliente!
Y el Ratonero dio una patada en el suelo, lleno de rabia, lo que sólo sirvió para llenarle
de fango, mientras que un pez jadeante y fosforescente, que se encontraba enterrado en
el lodo, le miró con aire acusador.
—Esa patada tan basta —dijo Fafhrd con suavidad— puede haber reventado el
afiligranado cráneo plateado de una princesa. ¿Dices que «nada»? ¡Mira, Ratonero! Mira
qué tesoros he encontrado en esta zona maloliente como tú dices.
Al acercarse hacia el Ratonero, deslizándose suavemente con sus grandes pies a
través de la parte superior del fango, a pesar de sus botas claveteadas, sacudió los
objetos brillantes que llevaba en el brazo izquierdo e introdujo los dedos de la mano
derecha entre ellos.
—¡Mira! —dijo—. Joyas como jamás fueron soñadas por los que navegaban allá arriba.
Sólo he tenido que recogerlas del fango mientras estaba buscando otra cosa.
—¿Qué otra cosa andabas buscando? —preguntó el Ratonero con aspereza, aunque
mirando ávidamente los objetos brillantes.
—El camino —contestó Fafhrd en tono algo quejumbroso, como si el Ratonero tuviera
que saber ya de qué se trataba—. El camino que desde alguna esquina o pliegue de esta
tienda de aire debe conducir hacia donde se encuentran las mujeres del rey del mar.
Estas cosas son una promesa segura de que ese camino existe. Mira, Ratonero.
Abrió el brazo izquierdo, que mantenía doblado, y con una gran delicadeza, utilizando
sólo las yemas de dos dedos, levantó una máscara metálica.
Bajo aquella tenebrosa luz gris resultaba imposible decir si el metal era oro o plata, o
estaño o incluso bronce, como tampoco se podía saber si las anchas y onduladas vetas
que mostraba, como los trazos de gotas de sudor o de lágrimas, de un color verdeazulado,
eran cardenillo o lodo. Sin embargo, estaba claro que se trataba de un objeto
femenino, patricio, seductor, atractivo aunque cruel, inolvidablemente hernioso. El
Ratonero lo agarró con avidez, aunque con enojo, y toda la parte inferior del rostro de la
máscara se encogió en su mano, dejando solamente la orgullosa frente y las órbitas de
los ojos, que le miraban mucho más trágicamente que unos ojos verdaderos.
El Ratonero retrocedió, esperando quizá que Fafhrd le pegara, pero, al mismo tiempo,
vio que el norteño se volvía y, elevando su brazo derecho, señalaba algo con el índice,
como si fuera un semáforo de baja altura.
—¡Tenías razón, oh, Ratonero! —gritó Fafhrd con júbilo—. No sólo el humo de la
antorcha, sino la propia luz era lo que me cegaba. ¡Mira! ¡Mira él camino!
La mirada del Ratonero se volvió hacia donde indicaba Fafhrd. Ahora que había
desaparecido algo el humo y que la antorcha ya no arrojaba sus rayos de luz
anaranjados, la desigual fosforescencia del fango y de los pequeños animales marinos
moribundos, desparramados por allí, empezaron a verse con cierta claridad, a pesar de la
apagada luz que se filtraba desde arriba.
La fosforescencia, sin embargo, no era desigual en todas partes. Empezando por el
hueco del que colgaba la cuerda, un camino de un ininterrumpido brillo amarillo-verdoso
se dirigía hacia una poco prometedora esquina de la tienda de aire, donde parecía
desaparecer.
—No lo sigas, Fafhrd —dijo automáticamente el Ratonero.
Pero el norteño ya había empezado a moverse. Pasó junto a él, dando largas
zancadas. Poco a poco, su brazo doblado comenzó a abrirse y los tesoros que había
recogido del fango fueron cayendo uno tras otro sobre el lodo. Llegó al camino y empezó
a seguirlo, colocando sus pies, con botas claveteadas, en el centro mismo.
—No lo sigas, Fafhrd —repitió el Ratonero sin ninguna esperanza, de un modo casi
implorante, como él mismo tuvo que admitir—. Te digo que no lo sigas. Sólo conduce a
una muerte segura. Aún podemos regresar, subiendo por la cuerda. Y nos podemos llevar
lo que has recogido...
—Pero, mientras hablaba, él mismo estaba siguiendo el túnel a Fafhrd, recogiendo los
objetos que su camarada dejaba caer, aunque con mucho mayor cuidado de lo que había
cogido la máscara. Mientras continuaba haciéndolo, el Ratonero se dijo que no valía la
pena hacer aquel esfuerzo; aunque brillaron muy atractivamente, los collares, tiaras, petos
afiligranados y broches no pesaban más ni eran más gruesos que trenzas de helechos
muertos. No podía imitar la —delicadeza con que los cogiera Fafhrd y se deshacían en
cuanto los tocaba.
Fafhrd volvió hacia él un rostro radiante, como quien está soñando en un último éxtasis.
Cuando se deslizó de entre sus manos el último objeto que le quedaba, dijo:
—Eso no es nada..., no es más que la máscara..., simples hilillos de un tesoro. ¡Pero y
la promesa que eso nos ofrece, Ratonero! ¡Oh, esa promesa!
Y, al decir esto, se volvió de nuevo hacia adelante y se detuvo bajo una gran
protuberancia que formaba el techo.
El Ratonero lanzó una mirada hacia el brillante camino y el pequeño trozo circular de
luz del cielo, con la cuerda de nudos que caía en el centro. Los delgados chorros de agua
que caían de las dos «heridas» abiertas en el techo parecían ser cada vez más fuertes...,
allí donde caían, el fango salpicaba en todas direcciones. Después, volviéndose, siguió a
Fafhrd.
Al otro lado de la protuberancia, el techo volvía a elevarse por encima de la altura de la
cabeza, pero las paredes de la tienda de aire se estrechaban mucho más. No tardaron en
encontrarse avanzando a lo largo de un verdadero túnel abierto en el agua, un paso de
color plomizo, de techo arqueado, no mucho más ancho que el camino de fosforescencia
amarillo-verdosa que cubría el suelo. El túnel doblaba ahora a la izquierda, luego a la
derecha, de modo que no podían ver una gran distancia por delante de ellos. De vez en
cuando, el Ratonero creía escuchar débiles silbidos y gemidos que producían un eco a lo
largo del túnel. Pisó un gran cangrejo que se retiraba a toda prisa y vio junto a él la mano
de un hombre muerto, que surgía del fango brillante y, con un dedo de carne putrefacta,
señalaba hacia el camino que ellos estaban siguiendo ahora.
Fafhrd se giró a medias hacia él y murmuró gravemente:
—Sígueme, Ratonero. ¡Hay algo de mágico en todo esto!
El Ratonero pensó que en su vida había escuchado una observación menos necesaria
que aquélla. Se sentía muy deprimido. Ya hacía tiempo que había abandonado sus
ruegos pueriles para que Fafhrd regresara... Sabía que no había forma de detener a
Fafhrd, a no ser que se enzarzara en una pelea con él, lo cual les enviaría
inevitablemente a ambos a través de las paredes acuosas del túnel, y ésa no era, en
modo alguno, su intención. Claro que siempre podría volverse y regresar él solo. Sin
embargo...
Con la monotonía del túnel y la de avanzar un pie detrás del otro, dejándolo caer con
un suave chapoteo sobre el lodo, el Ratonero encontró tiempo para sentirse oprimido,
pensando en el peso del agua que tenían sobre sus cabezas. Era como si estuviera
andando mientras era perseguido por todas las naves del mundo. Su imaginación no
podía pensar en otra cosa, excepto en el derrumbamiento repentino de las paredes del
túnel. Encogía la cabeza, metiéndola entre los hombros, y eso era todo lo que podía hacer
para no doblar los codos y las rodillas y dejarse caer sobre el fango, con la propia
anticipación del acontecimiento que tanto temía.
El mar parecía hacerse un poco más blanco por delante de ellos y el Ratonero se dio
cuenta de que se estaba aproximando a la parte inferior de la cortina de roca cremosa a la
que él y Fafhrd habían subido el día anterior. El recuerdo de aquella escalada permitió,
por fin, que su imaginación escapara a aquella sensación de ahogo, quizá porque se
adaptaba bien a la necesidad de que tanto él como Fafhrd se elevaran de algún modo,
saliendo de su apurada situación actual.
Había sido una ascensión muy difícil, si bien la roca pálida había demostrado ser dura y
estable; aunque encontraron muy pocos salientes y lugares donde apoyar los pies,
utilizaron la cuerda para avanzar por un estrecho paso, introduciendo a veces estacas en
las grietas para crear un punto de apoyo allí donde no existía ninguno. Tenían grandes
esperanzas de encontrar agua fresca y caza, pues se encontraban muy al oeste de Ool
Hrusp y de sus Ratoneros. Cuando finalmente llegaron a la cima, con el cuerpo dolorido y
resoplando a causa del esfuerzo, estuvieron más dispuestos a dejarse caer sobre el suelo
y descansar un rato mientras observaban el paisaje de prados y árboles enanos que
sabían era característico de otras partes de aquella solitaria península que se extendía
hacia el sudoeste, entre los mares Interior y Exterior.
Pero en lugar de lo que esperaban encontrar, no hallaron nada. En cierto sentido, y si
eso era posible, aquello era peor que nada. La cima, a la que tanto habían ansiado llegar,
demostró no ser más que una simple esquina de roca de un metro y medio de anchura en
su parte más amplia, con otros lugares más estrechos, mientras que, por el otro lado, la
roca descendía más precipitadamente aún que por la vertiente que acababan de escalar
—en realidad, la roca quedaba cortada en grandes zonas—, mostrando una distancia
igual o incluso algo mayor. Desde aquella altura mareante, se extendía un horizonte lleno
de olas, espuma y rocas.
Se encontraron a si mismos encaramados a una verdadera cortina rocosa, tan delgada
como el papel en relación con su altura, y que se extendía entre el mar Interior y lo que,
según se dieron cuenta, debía de ser el mar Exterior, que había ido abriéndose paso a
través de la península inexplorada en esta región, aunque sin acabar de romperla por
completo. Miraran hacia donde miraran, la vista sólo podía captar la misma situación,
aunque el Ratonero creyó observar un espesamiento de la pared rocosa en dirección
hacia Ool Hrusp.
Fafhrd se echó a reír ante aquella sorpresa; potentes risotadas de alegría que hicieron
al Ratonero mirarle en silencio por temor a que la simple vibración de su voz pudiera
hacer temblar y desmoronar el poco espacio rocoso, tan afilado como un cuchillo, sobre el
que se hallaban encaramados. El Ratonero se sintió tan enojado con las risas de Fafhrd
que se levantó y se balanceó hábilmente, lleno de rabia, sobre la costilla rocosa,
pensando mientras tanto en la sabia advertencia de Sheelba:
—Lo sepas o no, el hombre camina por entre grandes abismos sobre una cuerda floja
que no tiene ni principio ni fin.
Habiendo expresado así sus sentimientos de horrorizada conmoción, cada uno a su
manera, los dos se quedaron observando más racionalmente la fría extensión marina que
se abría bajo ellos. El oleaje y el gran número de rocas que emergían del agua daban la
impresión de que el mar era menos profundo de lo que era en realidad, y Fafhrd opinó
que se encontraban en un momento de bajamar, pues su conocimiento de la luna le decía
que, en aquella región, las mareas tenían que ser en aquellos momentos muy acusadas.
De las rocas que emergían, había una en especial que sobresalía: se trataba de un
grueso pilar,. a dos tiros de flecha de la pared rocosa y de una altura de cuatro pisos. El
pilar mostraba un reborde que subía en forma de espiral, y que parecía como si hubiera
sido hecho por la mano humana, mientras que en su gruesa base y cuando emergía de
entre la espuma, parecía un extraño rectángulo lleno de algas que daba la impresión de
que se trataba de una gran puerta rígida, aunque hacia dónde pudiera conducir aquella
puerta y quién podría utilizarla eran cuestiones que les dejaron perplejos.
Después, como no hallaron contestación a aquella pregunta ni a otras, y como no cabía
la menor duda de que allí no había caza ni agua fresca, descendieron hacia el mar Interior
y hacia el Tesoro Negro, aunque, en esta ocasión, cada vez que colocaban una estaca lo
hacían con el temor de que toda la pared rocosa pudiera desgajarse y desplomarse sobre
ellos...
—¡Rocas!
El grito de advertencia de Fafhrd hizo que el Ratonero regresara a la realidad,
abandonando la ensoñación de su memoria. Y la realidad cayó sobre él en un instante,
como si hubiera descendido desde las elevadas paredes rocosas hasta un lugar situado a
una distancia casi igual, pero bajo la base marina. Justo por encima de su cabeza, tres
gruesas protuberancias rocosas descendían inexplicablemente, atravesando el acuoso
techo gris del túnel. El Ratonero movió la cabeza con un estremecimiento al pasar bajo
ellas, como tuvo que haber hecho el propio Fafhrd, y después, mirando hacia su
camarada, observó otras protuberancias rocosas que se acercaban al túnel desde todas
partes... A medida que avanzaba, vio que el túnel estaba cambiando, convirtiéndose, de
uno de agua y fango, en otro cuyo techo, paredes y suelo empezaban a ser de roca
sólida. La luz que atravesaba el agua empezó a desvanecerse tras ellos, pero la creciente
fosforescencia, natural para la vida animal de la caverna marina, casi compensaba la falta
de luz, dibujando débilmente su húmedo y rocoso camino y brillando aquí y allá de una
forma especial y con una gran variedad de colores procedentes de las rayas, portillas,
sensores y ojos luminosos de numerosos peces muertos y cangrejos.
El Ratonero se dio cuenta de que debían de estar pasando ahora por debajo de la
cortina rocosa a la que él y Fafhrd subieran el día anterior, y que el túnel, que seguía
abriéndose ante ellos, debía pasar por debajo del mar Exterior que ellos habían visto lleno
de oleaje. Ya no percibía aquella inmediata sensación opresiva producida por el crujiente
peso del océano sobre sus cabezas, o por el rozar de los codos contra aquella cosa
mágica. Sin embargo, y en cierto sentido, aún le resultaba peor el pensamiento de que si
se desmoronaba el tubo, la tienda de aire y el túnel que había tras ellos, una tremenda
cantidad de agua penetraría de golpe en el túnel rocoso, ahogándoles. Cuando se
encontraba con el techo de agua sobre la cabeza aún tenía la sensación de que, si todo
aquello se desmoronaba, podría nadar hacia la superficie, arrastrando posiblemente
consigo a Fafhrd. Pero aquí se encontraban definitivamente atrapados.
Cierto que el túnel parecía ascender, pero no lo bastante como para tranquilizar al
Ratonero. Y, lo que era peor aún, si finalmente llegaba a emerger, lo haría en medio de
aquella estrujante confusión de espuma que vieran el día anterior. En realidad, el
Ratonero sentía cada vez menos esperanzas de salir con vida de allí, si es que le
quedaban algunas. Sus sensaciones de depresión y condenación final, se fueron
hundiendo gradualmente hasta alcanzar su punto más bajo y, en un desesperado
esfuerzo por elevar un poco su estado de ánimo, se imaginó la más entusiasta de las
tabernas que conocía en Lankhmar..., un gran sótano gris, todo iluminado con antorchas,
con el vino corriendo de las jarras a los vasos, con el sonido de las cartas y las monedas y
las voces que rugían y gritaban, con el humo impregnándolo todo, con las mujeres
desnudas retorciéndose en bailes lascivos...
—¡Oh, Ganador...!
El profundo y sentido murmullo de Fafhrd y la gran mano del norteño apoyada en su
pecho, detuvieron el lento caminar del Ratonero, sin que éste pudiera estar seguro de si
su espíritu volvía a regresar bajo el mar Exterior, o produjo simplemente una fantástica
alteración de lo que había estado imaginando hasta entonces.
Se encontraban ante la entrada a una enorme gruta submarina qué se elevaba, en
múltiples escalones y terrazas, hacia un techo indefinido del que descendía, como una
neblina plateada, un brillo tres veces más potente que la luz de la luna. La gruta olía a
mar, como el túnel que acababan de abandonar; también estaba lleno de peces muertos,
anguilas y pequeños pulpos desparramados por todas partes; los moluscos, pequeños y
grandes, estaban adheridos a las paredes y esquinas, entre algas colgantes y fibras de
color verde plateado, mientras que los diversos nichos y oscuras puertas circulares, e
incluso el suelo con escalones y terrazas parecía estar formado en parte por la acción de
las aguas y de la arena.
La neblina plateada no caía casualmente, sino que se concentraba en remolinos y
ondas de luz sobre tres terrazas. La primera de ellas estaba situada en un lugar central y
sólo un trozo nivelado y después unas pocas repisas bajas la separaban de la boca del
túnel. Sobre esta terraza se encontraba una gran mesa de piedra de cuyos lados
colgaban algas, con unas patas llenas de moluscos incrustados, mientras que la parte
superior, de mármol granulado y moteado, estaba pulido, ofreciendo un aspecto de
exquisita suavidad. En uno de los extremos de la mesa había un gran cuenco dorado y
dos copas igualmente doradas situadas a ambos todos del cuenco.
Más allá de la primera terraza se elevaba una segunda hilera de escalones, con zonas
de sombras amenazantes que las apretaban desde ambos lados. Detrás de las zonas de
oscuridad se encontraban una segunda y una tercera terrazas iluminadas por la luz
plateada. La que estaba a la derecha, del lado de Fafhrd, pues él se hallaba a la derecha
de la boca del túnel, aparecía amurallada y arqueada con madreperlas, como si se tratara
de una concha gigantesca, y unos abultamientos de perlas se elevaban del suelo, como
un montón de almohadas de satén. La terraza que estaba del lado del Ratonero, situada
algo más abajo, se encontraba recubierta por una capa de algas, que caían en amplias
tiras festoneadas y onduladas sobre el suelo. Entre estas dos terrazas, los escalones o
repisas irregulares continuaban hacia arriba, hasta llegar a una tercera zona oscura.
Las sombras, las ondas de oscuridad y los débiles resplandores sombríos impedían
que las tres zonas de oscuridad fueran ocupadas; no cabía la menor duda de que se
trataba de tres amplias terrazas. En la superior, la que estaba al lado de Fafhrd, había una
mujer alta y opulosamente hermosa, cuyo pelo dorado se elevaba en masas espirales
como una concha, y cuyo vestido de doradas escamas colgaba sobre su carne de un
verde pálido. Sus dedos mostraban la existencia de membranas entre ellos, y cuando se
volvió pudieron ver que en el cuello poseía pequeñas entalladuras, como las agallas de un
pez.
En la terraza situada al lado del Ratonero había una criatura femenina algo más
delgada, pero exquisita, cuya carne plateada parecía convertirse en escamas sobre los
hombros, la espalda y las caderas, bajo el vestido de una película aterciopelada, y cuyo
pelo oscuro estaba dividido y echado hacia atrás, a partir de la frente, por una cresta de
plata afiligranada de la altura del ancho de una mano. También ella poseía las pequeñas
entalladuras en el cuello y las membranas entre los dedos.
La tercera figura, que se encontraba acurrucada detrás de la mesa, era escuálida y
asexual, dando la impresión de poseer una edad avanzada y un físico viejo, pero fuerte.
Iba vestida de negro. Su cabeza estaba cubierta por un espeso pelo grueso de color rojo
oscuro, como hierro oxidado, mientras que sus agallas y las membranas de sus dedos
eran mucho más evidentes.
Cada una de estas mujeres llevaba puesta una máscara metálica que, por su forma y
expresión, se parecía a la que Fafhrd encontrara en el fango. La de la primera figura era
de oro; la de la segunda de plata, mientras que la máscara de la tercera era de bronce
oscurecido por la acción del mar y moteada de verde.
Las dos primeras mujeres estaban quietas, no como si fueran parte de un espectáculo,
sino más bien como si estuvieran observando uno. La escuálida bruja negra del mar, en
cambio, se mostraba vibrantemente activa, aunque apenas se movía sobre sus
membranosos dedos negros, excepto para cambiar abruptamente de posición, aunque
con ligereza, de vez en cuando. Sostenía un pequeño látigo en cada mano, y las
membranas dobladas hacia afuera le hacían flexionar los nudillos; con estos látigos,
mantenía y dirigía la rápida revolución de media docena de objetos, situados sobre la
parte superior y pulimentada de la mesa. Resultaba imposible decir qué eran aquellos
objetos; únicamente se podía determinar que tenían un aspecto ovalado. A medida que
giraban, y gracias a su semitransparencia, se podría haber dicho que se trataba de
grandes anillos o platos, mientras que otros eran como cápsulas debido a su opacidad. Su
brillo era plateado, verdoso y dorado, y se movían y giraban con tal rapidez,
interseccionando sus órbitas a medida que giraban, que parecían dejar brillantes estelas
en el aire enrarecido detrás de ellos. En cuanto uno de ellos disminuía su velocidad y
empezaba a poder distinguirse su verdadera forma, la bruja negra les volvía a imprimir
velocidad con dos o tres rápidos latigazos; si uno de ellos se acercaba demasiado al
borde de la mesa, ella volvía a dirigir su órbita con diestros latigazos; de vez en cuando, y
con una increíble habilidad, hacía saltar a uno de ellos en el aire volviendo a golpearlo
cuando aterrizaba sobre la mesa, de modo que continuara girando su interrupción,
dejando sobre él una estela evanescente de color plateado.
Estos zumbantes objetos eran los que causaban los gemidos y silbidos que el Ratonero
había escuchado a lo largo del túnel.
Ahora, mientras los observaba y escuchaba, se convenció de que aquellos objetos
giratorios eran una parte crucial de la magia que había creado y mantenido abierto el
camino a través del mar Interior que acababan de dejar atrás, en parte porque los tubos
plateados le hicieron pensar en el pozo de aire por el que había descendido con la cuerda
y en el túnel de aire que atravesaron. También estaba convencido de que, una vez
cesaron de girar, el tubo de aire, la tienda y el túnel se desmoronarían y las aguas del mar
Interior penetrarían en la gruta a través del túnel.
De hecho, al Ratonero le pareció que la escuálida bruja negra del mar había estado
dando latigazos a sus juguetes desde hacía varias horas y —lo que era más importante—,
que sería capaz de continuar haciéndolo durante varias horas más. No mostraba ningún
signo de lo que estaba haciendo, excepto por la rítmica elevación y descenso de su pecho
sin senos, y por el silbido extra de su respiración, a través de la ranura de la máscara,
correspondiente a la boca, y el abrirse y cerrarse de sus agallas.
Ahora, pareció verles a Fafhrd y a él por primera vez, porque, sin dejar de accionar sus
látigos, avanzó su máscara de bronce hacia ellos, mostrando unas arrugas rojizas a lo
largo de su frente manchada de verde, y les miró fijamente..., al parecer, con ansiedad.
Sin embargo, no hizo ningún gesto de amenaza contra ellos sino que, tras haberlos
escudriñado cuidadosamente, movió la cabeza hacia atrás por dos veces, con
movimientos bruscos, como indicándoles que debían pasar a su lado, hacia el fondo de la
gruta. Al mismo tiempo, las reinas verdosa y plateada les llamaron lánguidamente por
señas.
Aquello despertó a Fafhrd y al Ratonero de su asombrada actitud observadora y
expectante y los dos se apresuraron a pasar junto a la mesa, aunque, al hacerlo, el
Ratonero olió a vino y se detuvo para coger las dos copas doradas, tendiéndole una a su
compañero. Las vaciaron, a pesar del color verdoso de la bebida, pues el líquido olía bien
y era bastante dulce, aunque algo agrio.
Mientras bebían, el Ratonero miró al interior del cuenco dorado. No contenía el menor
rastro de vino, pero estaba lleno, casi hasta el borde, de un fluido cristalino que podría o
no haber sido agua. Sobre el fluido flotaba un modelo del casco de un barco negro, de
apenas un dedo de longitud. A partir de su proa, parecía descender un diminuto tubo de
aire, que llegaba hasta el fondo del cuenco.
Pero no había tiempo para mirar aquello más atentamente, pues Fafhrd ya empezaba a
moverse hacia adelante. El Ratonero subió a la zona de sombras que se encontraba en
su lado, a la izquierda, del mismo modo que Fafhrd había subido a la de la derecha..., y, a
medida que subía, surgieron de las sombras y ante él dos hombres de un color pálido
azulado, armado cada uno de ellos con un par de cuchillos de hojas onduladas. Por las
coletas y su forma de andar, arrastrando los pies, juzgó que eran marineros, aunque los
dos estaban completamente desnudos y, sin duda alguna, muertos..., eso lo podía ver por
el aspecto de su poco saludable color, por la capa de fango que les cubría, por el hecho
de que sus abultados ojos únicamente mostraban un color blanquecino, por la media luna
de sus iris, y por el hecho de que el pelo, las orejas y otras partes de su anatomía
aparecían algo comidos por los peces. Detrás de ellos anadeaba un enano, que
empuñaba una cimitarra, y que tenía unas piernas cortas y ahusadas y una monstruosa
cabeza con agallas..., era un verdadero embrión andante. Sus grandes ojos de plato
también estaban vueltos hacia arriba, como los de una cosa muerta, lo que no hizo que el
Ratonero se sintiera más tranquilo, como lo demostró el hecho de que sacó de su vaina el
Escalpelo y la Quijada de Gato, pues los tres seres convergieron sobre él y después
giraron rápidamente para bloquear su camino cuando él trató de rodearles y pasar por
detrás.
En aquellos momentos, el Ratonero no podía dedicar ninguna atención a las
dificultades en que se encontraba su camarada. La zona de sombras de Fafhrd era tan
negra como la tinta en dirección a la pared, y cuando el norteño avanzaba por el camino,
pasó junto a una protuberancia rocosa en forma de hombre que se elevaba desde los
escalones y estaba situada entre él y el Ratonero; fue entonces cuando, surgiendo de la
oscuridad situada más allá, apareció la gruesa, sinuosa figura de un monstruoso pulpo,
con los brazos llenos de cráteres y como si se tratara de ocho gigantescas serpientes que
surgieran de su guarida. El movimiento de la bestia marina debía provocar chispas, pues
emitía simultáneamente una iridiscencia purpúrea, moteada de amarillo, mostrando ante
Fafhrd sus siniestros y enormes ojos de plato, su cruel pico, tan grande como la proa de
un barco, así como el detalle, bastante desagradable, de que cada uno de sus poderosos
tentáculos empuñaba una brillante espada de ancha hoja.
Sacando su propia espada y hacha, Fafhrd retrocedió ante el superarmado calamar,
apretándose contra la protuberancia de la roca. Dos de las esquinas rocosas, que eran en
realidad los bordes verticales de la concha de un molusco de casi dos metros de altura, se
cerraron instantáneamente sobre su ondulante túnica de piel de nutria, manteniéndole
firmemente sujeto donde se encontraba.
Sintiéndose muy intimidado, pero al mismo tiempo firmemente decidido a seguir
viviendo, el norteño movió su espada, formando una gran figura en ocho sobre el aire
cuya base inferior casi tocó en el suelo, mientras que el giro superior se elevaba por
encima de su cabeza, como un elevado escudo protector. Esta hoja de acero, de doble
filo, detuvo las cuatro hojas que el pulpo esgrimió contra él, al principio con bastante
cautela, y cuando el monstruo marino retiró sus tentáculos para lanzar una nueva
andanada de golpes, el brazo izquierdo de Fafhrd se lanzó hacía adelante con el hacha,
cortando y destrozando el tentáculo que tenía más cerca.
Su adversario lanzó un rugido y se abalanzó repetidamente con todas sus espadas, en
un espacio en el que todo parecía indicar que la desesperada defensa de Fafhrd sería
hecha pedazos; pero el hacha volvió a brillar, partiendo del centro del escudo protector
formado por el rápido movimiento en ocho de la espada, una y otra vez, y otros dos
tentáculos cayeron, junto con las espadas que sostenían. Entonces, el pulpo se retiró,
poniéndose fuera del alcance de Fafhrd y, a través de su tubo, lanzó una gran cantidad de
tinta negra, con la probable intención de ocultarse a la vista; pero, cuando ya la tinta se
dirigía hacia él para envolverle, Fafhrd lanzó el hacha con toda su fuerza contra la enorme
cabeza central. Y aunque la nube negra casi ocultó el hacha en cuanto abandonó su
mano, la pesada arma debió de alcanzar al monstruo en un punto vital, porque el octopus
retiró inmediatamente las espadas que le quedaban, introduciéndose en la pequeña gruta
lateral de donde había surgido (sin producir, afortunadamente, ningún daño a pesar de
sus movimientos), mientras sus tentáculos se movían precipitadamente, en moribundas
convulsiones.
Fafhrd sacó un pequeño cuchillo, cortó la túnica de piel de nutria por detrás de los
hombros, haciendo un gesto desdeñoso hacia el molusco, como diciéndole: «¡Quédatela
para cenar si quieres!» Después, se volvió a ver cómo le había ido a su camarada. El
Ratonero, chorreando una sangre verdosa de dos heridas sin importancia que tenía en las
costillas y en un hombro, acababa de cortar los tendones mayores de sus horribles
contrincantes, habiendo comprobado que éste era el único medio de inmovilizarles
después de que varias, heridas mortales no parecieran hacer mella en ellos, pues no
sangraron ni una sola gota de sangre de ningún color.
Sonrió con una expresión de asco hacia Fafhrd y, junto con él, se volvió hacia las
terrazas superiores. Sólo entonces se dieron cuenta de que las figuras verdes y plateadas
debían de ser verdaderas reinas, al menos en un aspecto, pues no habían huido tras las
prodigiosas batallas, como podían haber hecho las mujeres de los perdedores, sino que
las observaron y ahora esperaban con los brazos ligeramente extendidos. Sus máscaras,
dorada la una, plateada la otra, no podían sonreír, pero sus cuerpos sí que parecían
hacerlo, y cuando los dos aventureros subieron hasta donde ellas se encontraban,
abandonando la zona de sombras (las pequeñas heridas del Ratonero cambiaban de un
color verde a otro rojo, mientras que la túnica azul de Fafhrd permanecía toda manchada
de tinta negra), les pareció que las finísimas membranas de sus dedos y las ligeras
entalladuras de sus cuellos eran como los más elevados atributos de la belleza femenina.
Las luces se desvanecieron un poco en las terrazas superiores, aunque no en la inferior,
donde la monótona música de los seis objetos se mantenía, aliviando sus recelos. Los
dos héroes penetraron en el reino oscuro y lustroso en el que se olvidan todos los
pensamientos sobre las heridas y todos los recuerdos, incluso sobre la más atractiva
taberna de Lankhmar, y donde la mar, nuestra madre cruel y nuestra amorosa amante,
paga todas sus deudas.
Una gran e insonora sacudida, como si la roca sólida de la tierra se estuviera
moviendo, le recordó al Ratonero el lugar donde se encontraba. Casi al mismo tiempo, el
giro de uno de los juguetes se convirtió en un gemido elevado, que terminó en un
estruendo campanilleante. La luz plateada empezó a apagarse y encenderse rápidamente
por toda la gruta. Levantándose y mirando escalones abajo, el Ratonero vio una imagen
que se le quedó fuertemente grabada en la memoria: la bruja negra del mal golpeaba
salvajemente sus rebeldes juguetes, que giraban y se retorcían por toda la mesa como
enfurecidas comadrejas plateadas, mientras que en el aire que la rodeaba, pero sobre
todo en el aire procedente del túnel, convergía una bandada en forma de flecha de peces
voladores, rayas y anguilas, todas ellas entintadas de negro y con sus pequeñas
mandíbulas abiertas.
En aquel instante, Fafhrd le cogió por el hombro y le hizo volverse, señalándole hacia
los escalones. Un relámpago de luz plateada mostraba una puerta, dotada de un
travesaño y llena de algas, situada en la cabecera de los escalones de roca. El Ratonero
asintió con un gesto violento —demostrando comprender que aquella puerta se parecía y
debía ser la misma que el día anterior vieran desde los riscos de la montaña—, y Fafhrd,
satisfecho de saber que su camarada le seguiría, se abalanzó hacia ella, subiendo los
escalones.
Pero el Ratonero pensaba de otro modo y miró en dirección opuesta, enfrentándose a
un terrible viento húmedo. Después de que las luces parpadearan una docena de veces,
pudo ver cómo las reinas verde y plateada desaparecían en las bocas de unos túneles
redondos y negros abiertos en la roca y situados a ambos lados de la terraza.
Cuando poco después se unió a Fafhrd tratando de apartar los travesaños de la gran
puerta recubierta de algas, para correr después los grandes cerrojos oxidados, la puerta
se estremeció bajo un portentoso estruendo triple, como si alguien la hubiera golpeado
por tres veces con unas largas cadenas. El agua empezó a introducirse por debajo de la
puerta, así como por la hendidura inferior. Entonces, el Ratonero miró hacia atrás,
pensando que tendrían que buscar otra vía de escape..., y vio una gran y espumeante
columna de agua, que tenía ya la altura de la mitad de la caverna y que surgía de la boca
del túnel que comunicaba con el mar Interior. Precisamente entonces, se apagó la luz
plateada de la caverna, pero casi inmediatamente se encendió otra luz por encima. Fafhrd
ya había conseguido casi abrir la mitad de la pesada puerta. Un agua verdosa producía
espuma hasta la altura de sus rodillas. Consiguieron introducirse por entre la puerta
semiabierta, y cuando ésta se cerró de un golpe tras ellos bajo la presión de una nueva
arremetida del agua, se encontraron en una playa llena de espuma blanca, nadando con
las olas, y subiendo a la superficie junto con unas grandes y planas rocas que parecían
como huesos de gigante que de vez en cuando cubriera el oleaje. El Ratonero se volvió
hacia la playa y miró desesperadamente hacia el cremoso acantilado que se encontraba a
dos tiros de flecha, preguntándose si podrían llegar hasta él a pesar de la alta y
espumeante marea, y escalarlo si lo conseguían.
Pero Fafhrd estaba mirando hacia el mar. El Ratonero volvió a sentirse cogido por los
hombros, viéndose obligado a girar y, en esta ocasión, fue izado sobre un reborde
curvado de la gran torre rocosa, en cuya base se encontraba la puerta por la que
acababan de salir. Dio un traspié, haciéndose daño en las rodillas, pero, a pesar de todo,
fue izado con rudeza. Llegó a la conclusión de que Fafhrd debía poseer una muy buena
razón para elevarle con tanta brusquedad y prisa y, por lo tanto, hizo todo lo que pudo
para subir con rapidez, sin la ayuda de Fafhrd, siguiéndole los talones, por el reborde en
forma de espiral que iba hacia arriba. Al dar la segunda vuelta, pudo ver el mar en toda su
amplitud; se quedó boquiabierto un instante y aumentó todo lo que pudo la velocidad de
su apresurada subida.
La playa rocosa que había debajo estaba vaciándose y sólo de vez en cuando se veía
cubierta por enormes cantidades de espuma; pero rugiendo hacia ellos y procedente del
océano exterior avanzaba rápidamente una ola gigantesca que parecía el doble de alta
del pilar rocoso al que estaban subiendo a toda prisa..., era como una enorme pared
blanca de agua, orlada de verde y de marrón y sembrada de rocas; una ola como la que
los maremotos distantes envían a través de la superficie del mar, como si se tratara de
una masiva y monstruosa caballería. Detrás de la primera se veía una ola aún mayor, y
por detrás de ésta una tercera mayor que las demás.
El Ratonero y Fafhrd estaban subiendo cada vez más alto por el reborde circular,
cuando la rígida torre se estremeció ante el impacto estruendoso de la primera ola
gigante. Al mismo tiempo, la puerta de la base se abrió de golpe desde el interior de la
caverna y el agua procedente del mar Interior fue instantáneamente absorbida a través de
la abertura. La cresta de la ola dio contra los muslos de Fafhrd y del Ratonero, sin aligerar
ni detener por ello su rápido avance. Lo mismo sucedió con la segunda y la tercera, pues
consiguieron recorrer otro círculo del reborde antes de producirse el impacto. Se
produjeron después una cuarta y una quinta olas, pero éstas ya no fueron tan altas como
la tercera. Los dos aventureros llegaron por fin a la cumbre y miraron desde ella hacia
abajo, agarrándose a la roca, que aún se estremecía, y miraron hacia la orilla. Fafhrd se
dio cuenta, con estupor, de que el Ratonero apretaba entre sus dientes un palito negro,
situado en una esquina de su boca.
La cremosa cortina de roca se estremeció después ante el impacto de la primera ola y
unas grandes rocas se desprendieron. La segunda ola dejó pequeña a la primera y
cuando llegó la tercera, se produjo una verdadera explosión de agua rociada,
desplazando tanta agua del mar que la ola de retorno casi inundó Ja torre por completo,
con su sucia cresta tirando de los dedos del Ratonero y de Fafhrd y lamiéndoles por
completo los costados. La torre rocosa volvía a estremecerse bajo ellos, pero no se
derrumbó, y aquélla fue la última de las grandes olas producidas. Después, Fafhrd y el
Ratonero volvieron a descender por el re» borde en espiral, hasta que llegaron a la altura
del mar, cuyo nivel ya había bajado mientras tanto, pero que aún seguía cubriendo la
puerta situada en la base de la torre rocosa. Entonces, volvieron a mirar hacia tierra,
donde se estaba disipando poco a poco la barahúnda creada por la catástrofe.
Unos buenos ochocientos metros de la cortina rocosa se habían desprendido, desde la
base hasta la cresta y los fragmentos se desvanecían totalmente bajo las olas. A través
de aquella abertura rocosa, las aguas altas del mar Interior se estaban convirtiendo en
una marea repentinamente plana que iba eliminando suavemente las agitadas
consecuencias de las olas del maremoto procedente del mar Exterior.
Sobre este amplio río de agua en el mar, el Tesoro Negro era llevado por la corriente,
que se dirigía directamente hacia la roca en la que estaban refugiados.
Fafhrd maldijo supersticiosamente. Siempre podía aceptar que la hechicería actuara
contra él, pero que la magia actuara en su favor era algo que sentía invariablemente como
molesto.
A medida que se fue acercando el balandro hacia ellos, se introdujeron en el agua y
con unas cuantas y enérgicas brazadas llegaron junto a él y subieron a bordo, dirigiéndolo
después hacia el otro lado de la torre rocosa. Después, no perdieron tiempo en secarse y
vestirse, pues estaban desnudos, preparando más tarde unas bebidas calientes. No
tardaron en encontrarse el uno frente al otro, mirándose a través del vapor del grog.
—Ahora que hemos cambiado de océano —dijo Fafhrd—, no subiremos ninguna vela
con este viento que sopla hacia el oeste.
El Ratonero asintió con un gesto de cabeza y después sonrió durante largo rato,
mirando a su camarada. Finalmente dijo:
—Bueno, viejo amigo, ¿estás seguro de que eso es todo lo que tienes que decirme?
Fafhrd frunció el ceño.
—Bueno, hay una cosa —admitió sintiéndose algo incómodo— Dime una cosa,
Ratonero: ¿se quitó alguna vez la máscara la mujer que estuvo contigo?
—Y la tuya, ¿lo hizo? —preguntó el Ratonero sin contestar, y mirándole con una
expresión burlona.
—Bueno, vayamos al asunto —dijo Fafhrd, volviendo a fruncir el ceño—. ¿Ha ocurrido
todo esto en realidad? Hemos perdido nuestras espadas y prendas de vestir, pero no
poseemos nada para demostrar lo ocurrido.
El Ratonero sonrió burlonamente y se quitó el palito negro que aún llevaba en la boca,
tendiéndoselo a Fafhrd.
—Esta es la razón por la que, en un momento, hice marcha atrás —dijo, bebiéndose el
grog—. Pensé que lo necesitaríamos para poder recuperar nuestra nave, y quizá por eso
la hemos conseguido.
Era una réplica diminuta del Tesoro Negro en la que se notaban las señales de los
dientes del Ratonero, que habían estado profundamente clavados cerca de donde se
encontraba el timón.
5 - La bifurcación errónea
Rumorean las ratas sagaces que se esconden en el subsuelo de la tierra, los gatos
bien informados que acechan sus sombras, los listos murciélagos que aletean en la noche
y los sabios zats que se remontan en el espacio sin aire, ladeando sus alas metálicas
para que les impulsen los vientos luminosos, que esos dos espadachines y hermanos de
sangre, Fafhrd y el Ratonero Gris, se han aventurado no sólo en el mundo de Nehwon
con su gran imperio de Lankhmar, sino también en muchos otros mundos, tiempos y
dimensiones, a los que llegaron a través de ciertas Puertas secretas en las profundas
entrañas de las laberínticas cavernas donde mora Ningauble de los Siete Ojos. En este
sentido, la gran cueva de ese ser mágico existe simultáneamente en muchos mundos y
épocas; es una Puerta, mientras que Ningauble habla con fluidez los lenguajes de
muchos mundos y universos, y le encanta el chismorreo de todos los tiempos y lugares.
Según ese rumor, en cada nuevo mundo, el Ratonero y Fafhrd despiertan con unos
conocimientos, un dominio del lenguaje y unos recuerdos personales apropiados, y
entonces Lankhmar les parece sólo un sueño e incluso desconocen sus idiomas, aunque
sigue siendo su patria primigenia.
Incluso se susurra que en cierta ocasión vivieron en el más extraño de los mundos, que
recibe los diversos nombres de Gaia, Midgard, Landa y Tierra, donde practicaron su
habilidad de espadachines a lo largo de la costa oriental de un Mar Interior, en reinos que
eran grandes fragmentos de un vasto imperio levantado un siglo antes por un hombre
llamado Alejandro el Grande.
Eso es lo que nos dice Srith de los Pergaminos. Lo que sabemos por parte de
informantes más próximos a las fuentes es lo que sigue:
Cuando Fafhrd y el Ratonero Gris se libraron de las iras del rey del mar, pusieron
rumbo al gélido No-Ombrulsk, pero a medianoche el viento del oeste que les había sido
favorable cedió el paso a un violento viento del noreste. Fafhrd opinó que ese
impedimento era el principio de la venganza que el rey del mar desataba contra ellos,
opinión de la que el Ratonero se rió burlonamente. Se vieron obligados a volver la cola (o
la popa, como nos dirían los marinos remilgados) y avanzar hacia el sur sólo con el foque
desplegado, manteniendo siempre a babor la sombría costa montañosa para no ir a parar
al desierto acuático del Mar Exterior, que sólo habían cruzado una vez anteriormente, y en
penosas circunstancias, mucho más al sur.
Al día siguiente entraron de nuevo en el Mar Interior por el nuevo estrecho que había
creado la caída de la cortina rocosa. Pudieron realizar este paso, peligroso y sin
cartografiar, sin producir un solo agujero en el casco del Tesorero Negro, ni siquiera un
rasguño en la quilla, y el Ratonero lo consideró como una prueba de que el rey del mar les
había olvidado o perdonado, si es que un ser tan formidable existía realmente. Pero
Fafhrd le llevó la contraria y afirmó sombríamente que el consorte polígino y lleno de algas
de la reina del mar sólo estaba jugando al gato y al ratón con ellos, dejándoles librarse de
un peligro para alimentar sus esperanzas y luego frustrarlas aún más diabólicamente en
un futuro desconocido.
Sus aventuras en el Mar Interior, que conocían casi tan bien como una reina oriental
conoce su baño de oro y turquesas, tendían a corroborar cada vez más las hipótesis
pesimistas de Fafhrd. En veinte ocasiones sufrieron una calma chicha, y las borrascas
que les atacaron de repente triplicaron esa cantidad. En tres ocasiones tuvieron que largar
todo el velamen para zafarse de los piratas, y una vez trabaron un sangriento combate
cuerpo a cuerpo. Cuando quisieron repostar en Ool Hrusp, la patrulla portuaria del Duque
Loco les acusó de piratería, y sólo la noche sin luna, una inteligente orientación de las
velas y una generosa medida de suerte permitieron escapar al Tesorero Negro, con el
casco y las velas erizados de flechas, en suficiente cantidad para darle el aspecto de un
erizo acuático de ébano o un pez aguja negro.
Lograron repostar cerca de Kvarch Narch, aunque sólo con rudos alimentos y un agua
fangosa de río. Poco después, las costuras de los tablones del barco estuvieron
sometidas a fuertes presiones, y dos de ellas se abrieron al colisionar con un arrecife
submarino que no debería estar donde estaba. El único lugar donde podrían carenar y
reparar la nave era la pequeña playa al sudeste de las rocas del Dragón, y necesitaron
dos días de difícil navegación, achicando agua constantemente, para llegar allí. Entonces,
mientras uno de ellos se afanaba en cerrar las brechas de la quilla, el otro tenía que
montar guardia para protegerse de los inquisitivos dragones de dos o tres cabezas, e
incluso algún monocéfalo ocasional. Cuando hicieron hervir un caldero de brea para las
reparaciones finales, todos los dragones se alejaron, ahuyentados por el hedor de la
sustancia negra, circunstancia que irritó más que complació a los dos aventureros, puesto
que no se les había ocurrido poner a hervir un recipiente de brea desde el principio.
(Desde que se les había terminado la buena suerte, estaban de lo más irritables y
quisquillosos.)
Zarparon de nuevo y el Ratonero convino finalmente en que estaban sufriendo, en
efecto, la maldición del rey del mar y debían buscar ayuda mágica para eliminarla, pues si
se limitaban a dejar el mar y proseguir su viaje por tierra, el rey del mar podría muy bien
perseguirles por medio de sus aliados, los ríos y las tormentas, y seguirían bajo la
maldición cuando volvieran a navegar.
Debatieron si debían consultar a Sheelba del Rostro Sin Ojos o Ningauble de los Siete
ojos, pero como Sheelba tenía su guarida en el Pantano Salado, junto a la ciudad de
Lankhmar, donde su reciente conexión con Pulg y el issekianismo podría acarrearles más
contratiempos, decidieron consultar a Ningauble en las cavernas que habitaba en la sierra
que se extendía detrás de Ilthmar.
Ni siquiera la travesía hasta Ilthmar estuvo exenta de peligros. Les atacaron calamares
gigantes y peces voladores de la variedad que tiene espinas venenosas. También
tuvieron que poner en juego toda su habilidad marinera y utilizar las flechas con que les
habían obsequiado en Ool Hrusp, para defenderse de otro ataque pirata. No les quedaba
ni una gota de aguardiente.
Cuando anclaban en el puerto de Ilthmar, el Tesorero Negro se partió literalmente
como una caja sorpresa, la parte de babor cayó a un lado y la de estribor al otro, como
dos pedazos cortados de un melón, mientras que el mástil y la cámara, arrastrados por el
peso de la quilla, se hundieron con la misma rapidez que una roca.
Fafhrd y el Ratonero sólo pudieron salvar las ropas que llevaban puestas, sus espadas,
una daga y un hacha, y fue una suerte que conservaran esta última, pues mientras
nadaban hacia la orilla les atacaron unos tiburones, y cada uno tuvo que defender al otro
y a sí mismo, dificultados por la necesidad de nadar a la vez. Los habitantes de Ilthmar,
que se alineaban en los muelles y los espigones, vitoreaban imparcialmente a los héroes
y a los tiburones, o más bien lo hacían según el carácter de sus apuestas: en general, por
tres a uno contra la supervivencia de los héroes, y había varias apuestas menores sobre
las posibilidades que tenían el marinero grande o el pequeño de salir del apuro.
Las gentes de Ilthmar son un tanto crueles y muy dadas al juego. Además, procuran
atraer a su puerto a los tiburones porque así tienen una manera fácil de librarse de los
criminales comunes, los forasteros desvalijados y borrachos y los esclavos que se han
vuelto seniles o ya no son útiles por cualquier otro motivo, y también aseguran que las
víctimas elegidas por el dios de los tiburones siempre serán espectacularmente recibidas.
Cuando Fafhrd y el Ratonero llegaron por fin a la orilla, tambaleantes y jadeando, los
ilthmarianos que habían apostado por ellos les recibieron jubilosamente. Un número
superior se afanaba en abuchear a los tiburones.
El dinero que obtuvieron por la venta de los restos del Tesorero Negro no les bastó
para comprar o alquilar caballos, aunque fue suficiente para adquirir comida, vino y agua
para emborracharse un día y mantenerse algunos más.
Mientras se emborrachaban, brindaron varias veces por la fiel nave que les había dado
literalmente todo, que había sufrido los ataques de tormentas y piratas, y había sido roída
por los seres marinos y otros fenómenos ocasionados por la ira del rey del mar. El
Ratonero maldijo a éste mientras Fafhrd cruzaba los dedos. También tuvieron que
rechazar con más o menos cortesía las atenciones de numerosas bailarinas, la mayoría
de ellas gordas y retiradas.
En conjunto, no fue una buena borrachera. Ilthmar es una ciudad en la que incluso un
hombre mínimamente prudente no se atreve a dormir en estado de embriaguez, mientras
que las interminables repeticiones de su dios rata, mucho más poderoso que su dios
tiburón, en esculturas, murales y decoraciones más pequeñas (y en grandes ratas
vivientes silenciosas en las sombras o bailando en los callejones) producen un cierto
nerviosismo en los recién llegados al cabo de unas horas.
Luego emprendieron el penoso viaje de dos días por sendas polvorientas hasta las
cavernas de Ningauble, penoso sobre todo para unos hombres desacostumbrados a
caminar, tras muchos meses en el mar, y cuando la parte final del recorrido es un desierto
arenoso.
El frescor del túnel abierto en la roca, con la entrada oculta, que conduce a la profunda
morada de Ningauble, fue un agradable respiro para los viajeros fatigados, sedientos y
recubiertos de fina arena. Fafhrd iba delante, pues conocía mejor a Ningauble y su
laberíntica madriguera, tanteando el camino y palpando por encima de su cabeza para
evitar las estalactitas y los bordes afilados de las rocas que podrían golpearles la cabeza
y producirles otras heridas. Ningauble no aprobaba el uso de antorchas o velas en su
reino.
Tras evitar numerosos pasadizos laterales, llegaron a una bifurcación en forma de Y.
Allí el Ratonero se adelantó y descubrió un pálido resplandor a lo largo del ramal a mano
izquierda, e insistió en que exploraran aquel túnel.
—Al fin y al cabo, si vemos que nos hemos equivocado, siempre podemos retroceder.
—Pero el ramal a mano derecha es el que conduce a la cámara de Ningauble —
protestó Fafhrd—. Bueno, estoy casi seguro de ello. Ese sol del desierto me ha
recalentado los sesos.
—Así te ataque la peste por tener un flan en vez de cerebro y no estar seguro de lo que
deberías saber —replicó el Ratonero, todavía irritable a causa del calor y la sed sufridos
durante el viaje.
Echó a andar con resolución y un poco agachado por el ramal de la izquierda. Fafhrd
permaneció inmóvil durante dos latidos de corazón, pero entonces se encogió de hombros
y le siguió.
La fría luz se hizo más brillante a medida que avanzaban, y cada uno de ellos
experimentó un ligero mareo y le pareció que la roca bajo sus pies perdía
momentáneamente su firmeza, como si hubiera un temblor de tierra muy tenue.
—Regresemos —dijo Fafhrd.
—Veamos por lo menos qué hay ahí —replicó el Ratonero.
Dieron unos pasos más y se encontraron ante otra pendiente desierta. Ante el arco de
la entrada aguardaba, con una calma que parecía sobrenatural, un caballo blanco
ricamente enjaezado, otro más pequeño con arneses de plata y una robusta mula cargada
con pellejos de agua, cazos y paquetes, los cuales parecían contener provisiones para
hombres y animales de cuatro patas. De cada una de las sillas pendía un arco y una
aljaba de flechas, y en la silla del caballo blanco estaba fijada una breve nota en un trozo
de pergamino:
La maldición del rey del mar ha sido abolida. Ning.
Había algo muy extraño en la escritura, aunque ninguno de los dos amigos podría
definir con exactitud en qué consistía la rareza. Quizá era que Ningauble había escrito
Poseidón en vez de rey del mar, pero ésa parecía una alternativa muy aceptable. Y sin
embargo...
Fafhrd habló entonces con una voz que, tanto al Ratonero como a él mismo, les
pareció sutilmente extraña.
—Es muy propio de Ningauble hacer favores sin pedir mucha información, ni siquiera
algún servicio a cambio.
—A caballo regalado no le mires los dientes —aconsejó el Ratonero a su amigo—, ni
tampoco a una mula regalada.
Durante su estancia en los túneles, el viento había cambiado, de modo que ahora no
soplaba tórrido desde el este, sino fresco desde poniente. Los dos hombres se sentían
muy refrescados, y cuando descubrieron que uno de los pellejos que acarreaba la mula
contenía algo más fuerte que agua, terminaron sus vacilaciones. Montaron, Fafhrd en el
caballo blanco y el Ratonero en el negro, y se dirigieron confiadamente hacia el oeste,
seguidos por la mula.
Al cabo de un día supieron que había ocurrido algo extraño, pues no avistaron Ilthmar,
ni siquiera el Mar Interior. Además, seguía inquietándoles algo extraño en las palabras
que usaban, aunque cada uno comprendía al otro con bastante claridad.
Por otro lado, ambos se daban cuenta de que algo les sucedía a sus recuerdos e
incluso a su conocimiento corriente de las cosas, aunque al principio no se revelaron
mutuamente este temor. En aquel desierto abundaba la caza, de carne deliciosa una vez
asada, y eso bastaba para acallar la curiosidad acerca de una diferencia indefinible en la
forma y la coloración de los animales. Encontraron también un arroyo en el desierto cuyas
aguas tenían un raro sabor dulzón.
Al cabo de una semana, y tras un encuentro con una pacífica caravana de mercaderes
de seda y especias, se dieron cuenta de que no hablaban entre ellos en lankhmarés, ni en
mingol chapurreado, ni en la lengua de los bosques, sino en fenicio, arameo y griego. Por
otro lado, los recuerdos infantiles de Fafhrd no eran los del Yermo Frío, sino los de unas
tierras alrededor de un mar llamado Báltico, mientras que los del Ratonero no eran de
Tovilyis sino de Tiro, y que allí la ciudad más grande de todas no se llamaba Lankhmar,
sino Alejandría.
E incluso con estos pensamientos, el recuerdo de Lankhmar y de todo el mundo de
Nehwon empezó a difuminarse en sus mentes y se convirtió en un sueño o una serie de
sueños recordados.
Solamente el recuerdo de Ningauble y sus cavernas continuó firme y claro; pero la
naturaleza exacta de la jugarreta que les había hecho se hizo brumosa.
De todos modos, no les importaba: allí el aire era estimulante y limpio, la comida
buena, el vino bueno y embriagador y los hombres lo bastante apuestos para poder
esperar que las mujeres fueran interesantes. ¿Qué más daba si los nombres y las
palabras nuevas parecían inicialmente extraños? Esa sensación de extrañeza disminuía
incluso mientras uno pensaba en ella.
Estaban en un nuevo mundo que prometía aventuras insólitas, aun cuando en el mismo
momento en que uno lo consideraba «nuevo» se volviera más familiar.
Así cabalgaron por el sendero blanco y arenoso de su destino, nuevo pero
predestinado.
6 - El gambito del adepto
1: Tiro
Sucedió que mientras Fafhrd y el Ratonero Gris se entretenían en una taberna cerca
del puerto sidoniano de Tiro, donde todas las tabernas son de dudosa reputación, una
muchacha gálata, de cabello amarillento y largos miembros que se recostaba en el regazo
de Fafhrd, se convirtió de pronto en una cerda enorme y alborotada. Aquél era un hecho
singular, incluso en Tiro. El Ratonero arqueó las cejas al ver que los senos de la gálata,
revelados por el vestido cretense, que a la sazón volvían a estar de moda, se convertían
en el par superior de tetillas fofas y blancas, y contempló todo el fenómeno sin disimular
su interés.
Al día siguiente cuatro traficantes de camellos, que sólo habían bebido agua
desinfectada con vino agrio, y dos teñidores de brazos purpúreos, que eran primos del
tabernero, juraron que no se había producido ninguna transformación y que ellos no
vieron nada, o muy poco, que se apartara de lo ordinario. Pero tres soldados borrachos
del rey Antíoco y cuatro mujeres que les acompañaban, así como un malabarista armenio
completamente sobrio, atestiguaron el hecho con todos sus detalles. Un contrabandista
de momias egipcio llamó brevemente la atención al afirmar que la cerda con curioso
atuendo era sólo una apariencia o espectro, e hizo oscuras referencias a visiones
concedidas a los hombres por los dioses animales de su tierra natal, pero como apenas
había transcurrido un año desde que los seléucidas vencieran a los ptolomeos en las
afueras de Tiro, le hicieron callar rápidamente. Un conferenciante viajero e indigente de
Jerusalén adoptó una postura aún más atenuada, sosteniendo que la cerda no era una
cerda, ni siquiera una apariencia, sino sólo la apariencia de una apariencia de una cerda.
Sea como fuere, Fafhrd no tenía tiempo para tales sutilezas metafísicas. Entonces, con
un rugido de repugnancia no exento de terror, empujó a la monstruosidad chillona hasta
un extremo de la sala, y la hizo caer con un gran chapoteo en el depósito de agua.
Cuando emergió, era de nuevo una muchacha gálata de largos miembros, y una
muchacha muy airada, pues el agua rancia en la que se hundió la cerda le empapó el
vestido y le pegó el cabello amarillento (el Ratonero murmuró «¡Afrodita!» ), y el volumen
de la cerda, resistente a cualquier corsé, había roto la prieta cintura del vestido cretense.
Las estrellas parpadeaban a través de la claraboya encima del depósito de agua, y las
copas de vino se habían vuelto a llenar muchas veces, antes de que la ira de la mujer se
disipara. Entonces, cuando Fafhrd imprimía en sus labios ansiosos el beso de la
reconciliación, notó que se volvían de nuevo babosos y colmilludos. Esta vez ella misma
se levantó de entre dos toneles de vino y, haciendo caso omiso de los gritos, los
comentarios excitados y las miradas perplejas, como si fueran parte de una burda
mistificación que había sido llevada demasiado lejos, salió de la estancia con dignidad de
amazona. Se detuvo una sola vez, en el oscuro y desgastado umbral, y entonces arrojó a
Fafhrd una pequeña daga, que él desvió distraídamente hacia arriba con su copa de
cobre. La daga se clavó en la boca de un sátiro de madera que decoraba la pared, dando
a aquella deidad el aspecto de que se estaba mondando los dientes introspectivamente.
La expresión de los ojos verde mar de Fafhrd se volvió igualmente inquisitiva mientras
se preguntaba qué mago había alterado su vida amorosa. Escudriñó lentamente a los
parroquianos de la taberna, deteniéndose en cada rostro de mirada socarrona; se demoró
un poco más, dubitativo, al reparar en una muchacha alta y morena, más allá del depósito
de agua, y finalmente regresó al Ratonero. Se quedó mirando a su amigo con una cierta
suspicacia.
El Ratonero se cruzó de brazos, con las aletas de su nariz chata distendidas, y devolvió
la mirada con toda la suavidad despectiva de un embajador parto. Bruscamente se volvió,
abrazó y besó a la joven griega bisoja que se sentaba a su lado, sonrió a Fafhrd sin decir
nada, se quitó de la áspera túnica gris el antimonio que había caído de los párpados de la
mujer y volvió a cruzarse de brazos.
Fafhrd empezó a golpearse suavemente la palma con la base de su copa. Su ancho y
apretado cinturón de cuero, humedecido por el sudor que manchaba su túnica de lino
blanco, crujió ligeramente.
Entretanto, las especulaciones musitadas sobre la persona que había encantado a la
gálata de Fafhrd, se arremolinaron en torno a las mesas y se posaron inciertamente en la
muchacha alta y morena, quizá porque estaba sentada allí sola y, por lo tanto, no podía
participar en los suspicaces cuchicheos.
—Es una mujer extraña —confió al Ratonero Cloe, la griega bisoja—. La llaman la
salinácida silenciosa, pero sé que su nombre verdadero es Ahura.
—¿Es de Persia?
Cloe se encogió de hombros.
—Lleva años aquí, aunque nadie sabe exactamente dónde vive ni qué hace. Antes era
una muchacha alegre y chismosa, aunque nunca iba con hombres. Una vez me dio un
amuleto, para protegerme de alguien, según dijo... Todavía lo llevo. Pero luego estuvo
ausente una temporada... —La locuaz Cloe continuó—: Al regresar era tal como la ves
ahora: tímida y callada como una almeja, con la expresión de alguien que fisgonea a
través de una grieta en un burdel.
El Ratonero miró apreciativamente a la muchacha morena, y siguió mirándola aunque
Cloe le tiraba de la manga. La griega se reprendió mentalmente por haber cometido la
estupidez de llamar la atención de un hombre hacia otra muchacha.
A Fafhrd no le distrajo este juego: siguió mirando al Ratonero con la fijeza pétrea de
toda una avenida de colosos egipcios. El caldero de su cólera llegó al punto de ebullición.
—Escoria de una cultura lastrada por el ingenio —le dijo—. Considero el nadir de la
más vil perfidia que me sometas a tu nauseabunda brujería.
—No te excites, hombre de extraños amores —replicó el Ratonero—. Este desdichado
infortunio les ha ocurrido a otros y no sólo a ti, entre ellos a un ardiente guerrero asirio
cuya amante fue transformada en una araña entre las sábanas, y un etíope impetuoso
que se vio alzado algunas varas en el aire y besando a una jirafa. Cierto que, para quien
sabe de literatura, no existe nada nuevo en los anales de la magia y la taumaturgia.
—Además —siguió diciendo Fafhrd, con su voz de bajo resonante en el silencio—, tu
acción me parece tanto más traicionera cuanto que practicas ese truco porqueril en un
momento insospechado de placer.
—Mira, aunque decidiera incomodar tu lascivia por medios brujeriles, creo que no sería
a la mujer a quien metamorfosearía.
—Y otra cosa —añadió Fafhrd, impertérrito, al tiempo que se inclinaba hacia adelante y
posaba su mano sobre la gran daga enfundada junto a él, en el bando—. Considero una
afrenta intolerable y directa que elijas a una muchacha gálata, miembro de una raza
pariente de la mía propia.
—No sería la primera vez que he de reñir contigo por una mujer —dijo el Ratonero en
tono amenazante.
—¡Pero sí la primera vez que has de reñir conmigo por una cerda! —replicó Fafhrd,
todavía más amenazador.
Mantuvo por un momento su postura beligerante, con la cabeza baja, la mandíbula
adelantada y los ojos entrecerrados. Luego empezó a reír.
La risa de Fafhrd era impresionante. Comenzaba con una risita que acompañaba al
aire expulsado por la nariz con fuerza, la vertía luego entre los dientes apretados y, a
continuación, emitía una serie de risotadas cuyo volumen aumentaba rápidamente hasta
llegar a un rugido contra el que el bárbaro tenía que afianzarse, abriendo mucho las
piernas y echando la cabeza atrás, como si resistiera la embestida de un vendaval. Era la
risa del bosque azotado por la tormenta o del mar, una risa que invocaba visiones, que
parecía proceder de un tiempo más prístino, más vigoroso, más exuberante. Era la risa de
los Dioses Antiguos que observan a su criatura, el hombre, y reparan en sus omisiones,
sus cálculos equivocados, sus errores.
Al Ratonero empezaron a temblarle los labios. Torció el gesto, tratando de evitar el
contagio. Entonces se echó a reír también.
Fafhrd hizo una pausa, jadeó, cogió la jarra de vino y la vació de un trago.
—¡Embrollos porcinos! —gritó, y empezó a reír de nuevo.
La chusma tiria contemplaba a los dos amigos con extrañeza, sorprendidos, asustados,
sus imaginaciones vagamente agitadas.
Sin embargo, había entre ellos una persona cuya reacción era digna de tenerse en
cuenta. La muchacha morena miraba a Fafhrd ávidamente, absorbiendo los ruidos de las
risas, con la más curiosa expresión de apetito, desconcierto, curiosidad —y cálculo en sus
ojos.
El Ratonero se dio cuenta y dejó de reír para concentrar su atención en la mujer.
Mentalmente, Cloe se dio un fuerte golpe en las plantas de sus pies descalzos.
La risa de Fafhrd se interrumpió, empezó a respirar con normalidad e introdujo los
pulgares bajo el cinto.
—Se están asomando las estrellas del alba —le dijo al Ratonero, agachando la cabeza
para mirar a través de la claraboya—. Ya es hora de que nos ocupemos de lo nuestro.
Y sin más, los dos amigos salieron de la taberna, apartando de su camino a un recién
llegado y un comerciante de Pérgamo muy borracho, el cual se los quedó mirando
asombrado, como si intentara decidir si se trataba de un dios muy alto y su diminuto
servidor, o de un hechicero pequeño y el musculoso autómata que obedecía sus órdenes.
Si las cosas hubieran terminado ahí, dos semanas después, Fafhrd habría afirmado
que el incidente de la taberna no había sido más que un sueño de borracho, un sueño que
habían tenido varias personas, lo cual era un tipo de coincidencia a la que no estaba en
absoluto desacostumbrado. Pero el asunto no terminó así. Después de ocuparse de «lo
nuestro» (que resultó ser mucho más complicado de lo que habían previsto, pasando de
un asunto bastante sencillo de contrabandistas sidonianos a una rutilante intriga
amenizada con piratas cilicios, una princesa capadocia raptada, una carta de crédito
falsificada a nombre de un financiero de Siracusa, un negocio con una mujer chipriota que
era tratante de esclavos, una cita que resultó una emboscada, algunas joyas de valor
incalculable robadas de una tumba egipcia y que nadie vio jamás y, finalmente, una banda
de bandoleros idumeos que llegaron galopando desde el desierto para desbaratar los
cálculos de todo el mundo) y después de que Fafhrd y el Ratonero hubieran vuelto a los
suaves abrazos de las políglotas damas portuarias, Fafhrd se enfrentó una vez más al
extraño fenómeno de la transformación porqueril, y esta vez terminó en una pelea a
cuchilladas con unos hombres que creían rescatar a una bonita muchacha bizantina, a
punto de morir ahogada a manos de un gigante pelirrojo, pues Fafhrd había insistido en
sumergir a la muchacha, mientras seguía metamorfoseada, en un gran tonel de salmuera
utilizada para adobar carne de cerdo. Este incidente sugirió al Ratonero una estratagema
que no le contó a Fafhrd, a saber: conquistar a una muchacha agradable, hacer que
Fafhrd la convirtiera en una cerda, venderla de inmediato a un carnicero y luego venderla
a un traficante de mujeres de placer cuando ella, convertida de nuevo en una mujer
enfurecida, se hubiera librado del carnicero, hacer que Fafhrd la siguiera para convertirla
otra vez en una cerda (por entonces debería ser capaz de hacerlo simplemente
dirigiéndole miradas amorosas), venderla entonces a otro carnicero y comenzar de nuevo.
Precios bajos y beneficios rápidos.
Durante algún tiempo Fafhrd siguió obstinado en sospechar del Ratonero, el cual tenía
desde siempre la afición a la magia negra y tenía un gran estuche de cuero gris que
contenía extravagantes instrumentos extraídos de los bolsillos de brujos y libros
recónditos robados en las bibliotecas caldeas, si bien una larga experiencia había
enseñado a Fafhrd que el Ratonero no solía leer sistemáticamente más allá de los
prólogos de la mayor parte de sus libros (aunque a menudo desenrollaba las últimas
partes de los pergaminos y les dirigía penetrantes miradas acompañadas de críticas
incisivas ) y que nunca era capaz de conseguir dos veces el mismo resultado de un
encantamiento. Que lograra transformar a dos de las luminarias amorosas de Fafhrd era
posible aunque muy difícil; que obtuviera una cerda en cada ocasión era impensable.
Además, el fenómeno se produjo más de dos veces; de hecho, sucedía de un modo
continuo. Por otro lado, Fafhrd no creía realmente en la magia, y mucho menos en la del
Ratonero. Y por si le quedaba alguna duda, se disipó cuando una belleza egipcia, morena
y de piel satinada, a la que abrazaba el Ratonero, se transformó en un caracol gigante. La
repugnancia del aventurero vestido de gris ante los regueros de baba en sus prendas de
seda fue inconfundible y no disminuyó cuando dos testigos, doctores que viajaban a
caballo, afirmaron que ellos no habían visto ningún caracol, ni gigante ni ordinario, y
convinieron en que el Ratonero sufría una clase de putrefacción húmeda que inducía
alucinaciones en su víctima, y para la que estaban dispuestos a ofrecer un exótico
remedio de los medos al precio de ganga de diecinueve dracmas el tarro.
La alegría de Fafhrd por el desconcierto de su amigo duró poco, pues tras una noche
de desesperada y extensa experimentación que, según dijeron algunos, dejó desde el
puerto de Sidón hasta el templo de Melkarth un espeso reguero de baba de caracol que a
la mañana siguiente dejó perplejos a todas las señoras y la mitad de los maridos de Tiro,
el Ratonero descubrió algo que había sospechado desde el principio, pero había confiado
en que no fuera toda la verdad, a saber, que sólo Cloe era inmune a la extraña peste que
acarreaban sus besos.
Ni que decir tiene, esto complació inmensamente a Cloe. En sus ojos bizcos brilló un
arrogante amor propio como dos espadas cruzadas, y se aplicó nada menos que costoso
aceite aromático en sus pobres pies mentalmente magullados... y no sólo aceite
imaginario, pues en seguida capitalizó su posición obteniendo del Ratonero oro suficiente
para comprar un esclavo cuya tarea consistía en aceitarle los pies y poco más. Ya no
trataba de evitar que el Ratonero se fijara en otras mujeres, e incluso disfrutaba
alentándole a que lo hiciera, y así, la próxima vez que encontraron a la muchacha morena
que recibía los diversos nombres de Ahura y Salmácida Silenciosa, cuando entraron en
una taberna llamada La Concha Púrpura, le ofreció de buen grado más información.
—Mira, Ahura no es tan inocente, a pesar de ese carácter retraído. Una vez se marchó
con un viejo... eso fue antes de que me diera el amuleto... y una vez oí que una
emperejilada dama persa le gritaba: «¿Qué has hecho con tu hermano?». Ahura no
respondió, sino que se limitó a mirar a la mujer con la frialdad de una serpiente, y al cabo
de un rato la mujer echó a correr. ¡Brrr! ¡Deberías haber visto sus ojos!
Pero el Ratonero fingió que no estaba interesado.
Sin duda, Fafhrd podría haber pedido a Cloe que recabara cortésmente más
información sobre aquella mujer, y la muchacha estaba más que deseosa de extender y
consolidar de esta manera el control que tenía de los dos amigos. Pero el orgullo de
Fafhrd no le permitiría aceptar semejante favor, y además, en los últimos días se había
quejado con frecuencia de Cloe, considerándola una mujer decadente y poco deseable,
que se limitaba a contemplar su propio ombligo.
Así llevaba forzosamente una vida monástica, soportaba las miradas femeninas
despectivas mientras bebía en las tabernas y rechazaba a los muchachos pintarrajeados
que interpretaban mal su misoginia. Le irritaba mucho el rumor creciente de que se había
convertido en secreto en un sacerdote eunuco de Cibeles. El chismorreo y la
especulación ya habían distorsionado de un modo fantástico los relatos más verídicos de
lo que había sucedido, y no le ayudó nada que las muchachas que habían sufrido la
transformación lo negaran por temor a que ello las perjudicara en sus actividades.
Algunos concibieron la idea de que Fafhrd había cometido el repugnante pecado de
bestialidad e instaron a que se le juzgara en tribunales públicos. Otros le consideraron un
hombre afortunado a quien había visitado una diosa amorosa disfrazada de cerda y que
desde entonces despreciaba a todas las mujeres terrenales, mientras que otros
susurraban que era un hermano de Circe y que moraba normalmente en una isla flotante
del mar Tirreno, donde tenía cruelmente transformadas en cerdas a varias doncellas
hermosas que habían naufragado. Dejó de reír y aparecieron unos círculos oscuros en la
piel blanca alrededor de los ojos. Comenzó a efectuar cautelosas indagaciones entre los
magos, con la esperanza de encontrar algún hechizo capaz de contrarrestar al que
padecía.
Una noche, el Ratonero dejó a un lado un deshilachado papiro marrón y le dijo
bruscamente:
—Creo que he encontrado un remedio para la dolencia que te atenaza. Lo he
encontrado en este abstruso tratado, La demonología de Isaías ben Elshaz. Parece ser
que, cualquiera que sea el cambio que se produzca en la forma de la mujer a la que
amas, debes seguir haciéndole el amor, confiando en el poder de tu pasión para que
retorne a su forma original.
Fafhrd dejó de afilar su gran espada y preguntó:
—¿Por qué no tratas entonces de besar a los caracoles?
—Sería desagradable y, a quien está libre de prejuicios bárbaros, le basta con Cloe.
—¡Bah! Si vas con ella es sólo para no perder tu amor propio. Te conozco. Desde hace
siete días no puedes pensar más que en esa guapa Ahura.
—Una chica bonita, pero no de mi agrado —replicó fríamente el Ratonero—. Más bien
debe de ser la niña de tus ojos. En fin, creo que deberías probar mi remedio. Estoy seguro
de que se revelaría tan bueno que todas las cerdas del mundo correrían gritando detrás
de ti.
Después de esto, Fafhrd llegó incluso a sujetar con firmeza, a una distancia prudencial,
la siguiente cerda que creó su pasión reprimida, y la alimentó con hachas inmundas,
confiando en que su amabilidad daría algún resultado. Pero al final tuvo que admitir de
nuevo su derrota y aplacar con didracmas de plata que tenían grabada la lechuza
ateniense a la muchacha escita, histéricamente enojada, a la que había revuelto el
estómago con el repugnante condumio. Fue entonces cuando un joven y curioso filósofo
griego mal aconsejado sugirió al nórdico que sólo el alma o la forma interior del ser amado
tiene importancia, mientras que el exterior es transitorio e insignificante.
—¿Perteneces a la escuela socrática? —le preguntó Fafhrd amablemente.
El griego asintió.
—¿No era Sócrates el filósofo capaz de beber cantidades ilimitadas de vino sin
parpadear?
El filósofo volvió a asentir rápidamente.
—¿Eso se debía a que su alma racional dominaba al alma animal?
—Eres instruido —replicó el griego, con un gesto de asentimiento igualmente rápido
pero más respetuoso.
—No he terminado. ¿Te consideras en todos los aspectos un verdadero seguidor de tu
maestro?
Esta vez, la rapidez del griego fue su perdición. Asintió, y dos días después unos
amigos le sacaron de la taberna: le habían encontrado acunado en un barril roto, como si
hubiera vuelto a nacer de un modo desusado. Estuvo borracho durante varios días, el
tiempo suficiente para que surgiera una pequeña secta que le consideró una
reencarnación de Dionisos, y como tal le adoraron. La secta se disolvió cuando
empezaron a desaparecer los efectos del vino y pronunció su primer discurso oracular,
cuyo tema eran los males de la embriaguez.
La mañana siguiente a la deificación del atolondrado filósofo, Fafhrd se despertó
cuando los primeros rayos de sol tocaron el terrado que, con su amigo el Ratonero, había
elegido para pasar la noche. Sin emitir sonido alguno ni hacer ningún movimiento,
suprimiendo el impulso de suplicar a alguien que le comprara una bolsa de nieve de los
montes del Líbano (sobre los que ahora se asomaba el sol) para refrescar su cabeza
dolorida, abrió un ojo y vio la escena que, en su sabiduría, había esperado ver: el
Ratonero sentado sobre sus talones y contemplando el mar.
—Hijo de mago y de bruja —le dijo—, parece que una vez más tendremos que echar
mano de nuestro último recurso.
El Ratonero no volvió la cabeza, pero asintió una vez, lentamente.
—La primera vez no salimos con vida —siguió diciendo Fafhrd.
—La segunda vez rendimos nuestras almas a las Otras Criaturas —añadió el Ratonero,
como si entonaran un cántico al amanecer en honor de Isis.
—Y la última vez nos arrebataron del brillante sueño de Lankhmar.
—Él puede engañarnos para que tomemos la bebida, y no despertaremos en otros
quinientos años.
—Él puede enviarnos a la muerte y no nos reencarnaremos en otros dos mil —continuó
Fafhrd.
—Él puede mostrarnos a Pan, u ofrecernos a los Dioses Antiguos, o lanzarnos más allá
de las estrellas, o enviarnos al inframundo de Quarmall —concluyó el Ratonero.
Los dos amigos hicieron una larga pausa. Luego, el Ratonero Gris susurró:
—Sin embargo, debemos visitar a Ningauble de los Siete Ojos.
Y decía la verdad, pues como Fafhrd había supuesto, su alma se cernía sobre el mar,
soñando en la morena Ahura.
2: Ningauble
Cruzaron, pues, los nevados montes del Líbano y robaron tres camellos, eligiendo
virtuosamente como víctima de su atraco a un rico terrateniente que obligaba a sus
arrendatarios a ordeñar las rocas y sembrar las orillas del mar Muerto, pues no era
prudente acercarse al Chismoso de los Dioses con una conciencia demasiado sucia. Al
cabo de una semana de penoso avance por el desierto, días tórridos que hicieron a
Fafhrd maldecir a los dioses de fuego de Muspelheim, en los que no creía, llegaron a las
Crestas de Arena y los grandes Torbellinos de Arena, y pasaron con mucha cautela junto
a ellos mientras sólo giraban perezosamente, para ascender a la Isleta Rocosa. El
Ratonero, que amaba la ciudad, despotricaba de la preferencia de Ningauble por «un
miserable agujero en el desierto», aunque sospechaba que el Traficante de noticias y sus
agentes deambulaban por un camino más cómodo que el ofrecido a los visitantes, y
aunque sabía tan bien como Fafhrd que el Atrapador de Rumores (sobre todo falsos, que
son los más valiosos) debe vivir tan cerca de la India y las infinitas tierras ajardinadas de
los Hombres Amarillos como de la bárbara Bretaña y la marcial Roma, y tan cerca de la
vaporosa jungla transetíope como de las mesetas misteriosas y solitarias y las altísimas
montañas que se elevan más allá del mar Caspio.
Llenos de esperanza, ataron sus camellos, encendieron antorchas y entraron sin temor
en las Grutas Insondables, pues el peligro no radicaba tanto en visitar a Ningauble como
en el encanto tentador de su consejo, el cual era tan grande que uno tenía que seguirlo
hasta donde le llevara.
De todos modos, Fafhrd comentó:
—Un terremoto se tragó la casa de Ningauble y se le quedó atascada en la garganta.
Ojalá que no le entre hipo.
Cuando cruzaban el Puente Tembloroso, que salvaba la brecha de la Verdad
Fundamental, que podría haber devorado la luz de diez mil antorchas sin que disminuyera
ni un ápice su negrura, se encontraron con un individuo impasible, provisto de casco, por
cuyo lado pasaron sin decir palabra y a quien reconocieron como un mongol que hacía un
largo viaje. Especularon acerca de si también él era un visitante del Chismoso o un
espía... Fafhrd no tenía fe en los poderes clarividentes de los siete ojos, y afirmaba que
eran un mero engaño para asustar a los necios y que Ningauble recogía su información
de una multitud de buhoneros, alcahuetes, esclavos, golfillos, eunucos y comadronas,
cuyo número superaba a los grandes ejércitos de una docena de reyes.
Llegaron al otro lado con alivio y pasaron por una veintena de bocas de túnel, que el
Ratonero contempló con añoranza.
—Quizá deberíamos elegir uno al azar —musitó— y buscar otro mundo. Apura no es
Afrodita, ni siquiera Astarté... del todo.
—¿Sin la guía de Ning? —replicó Fafhrd —. ¿Y cargados todavía con nuestras
maldiciones? ¡Sigue adelante!
Vieron entonces una débil luz que parpadeaba en el techo cuajado de estalactitas, y
que se reflejaba desde un nivel por encima de ellos. Pronto avanzaron con dificultad hacia
ella, subiendo por la Escalera del Error, una aglomeración de grandes y ásperas rocas.
Fafhrd estiró sus largas piernas; el Ratonero saltó como un gato. Las pequeñas criaturas
que se escabullían a su alrededor, les rozaban los hombros en su lenta huida, o
simplemente mostraban sus ojos amarillos, que reflejaban una curiosidad insaciable,
desde las grietas y los salientes rocosos; eran cada vez más numerosas, pues se estaban
aproximando al Archiescuchador furtivo.
Poco después, sin haber perdido tiempo en reconocer el terreno, se encontraron ante
la Gran Puerta, cuya parte superior tachonada con clavos de hierro, desdeñaba la
iluminación del minúsculo fuego. Pero no era la puerta lo que les interesaba, sino su
guardián, una criatura de vientre monstruoso sentada en el suelo junto a un gran montón
de tablillas de barro, y cuyo único movimiento era el frote de lo que parecían ser sus
manos. Las mantenía bajo el manto raído y voluminoso que también le cubría por
completo la cabeza. De ese manto colgaban dos grandes murciélagos.
Fafhrd se aclaró la garganta.
El movimiento bajo el manto cesó.
Entonces, de la parte superior de la criatura surgió contorsionándose algo que parecía
una serpiente, pero que en lugar de cabeza tenía una joya opalescente con una mancha
central oscura. Sin embargo, se la podría haber considerado finalmente una serpiente a
no ser porque también parecía una flor exótica de tallo grueso. Se movió inquieta a un
lado y otro hasta que al fin señaló a los dos forasteros. Luego se puso rígida y la
extremidad bulbosa pareció brillar con más intensidad. Se oyó entonces un tenue
ronroneo y cinco tallos similares salieron rápidamente retorciéndose de la capucha y se
alinearon con su compañero. Las seis pupilas negras se dilataron.
—¡Panzudo traficante de rumores! —le saludó el Ratonero nerviosamente—. ¿Es que
siempre has de jugar al tutilimundi?
Uno nunca podía superar del todo la leve inquietud inicial que experimentaba al
encontrarse con Ningauble de los Siete Ojos.
—Eso es una descortesía, Ratonero —dijo una voz fina y temblorosa bajo la capucha—
No es correcto que quienes vienen en busca de sabio consejo lancen pullas ante ellos.
Sin embargo, hoy estoy de buen humor y prestaré oídos a vuestro problema. Veamos,
¿de qué mundo vienes con Fafhrd?
—De la Tierra, como sabes muy bien, rey de jirones de mentiras y parches de
hipocresía —replicó en voz baja el Ratonero, aproximándose.
Tres de los ojos siguieron atentamente su avance, mientras un cuarto vigilaba a Fafhrd.
—Más descortesía —murmuró Ningauble entristecido, meneando la cabeza, de modo
que los tallos oculares oscilaron—. ¿Crees que es fácil mantenerse informado sobre los
tiempos, espacios e infinitos mundos? Y hablando de tiempo, ¿no es hora ya de que
dejéis de aprovecharos de mí, porque una vez me conseguisteis un demonio necrófago
nonato cuya ascendencia podría poner en tela de juicio? El servicio que me hicisteis fue
ligero, y lo acepté sólo para complaceros. Y, en nombre del Dios Sin Huellas, os lo he
pagado con creces veinte veces.
—Tonterías, Partera de Secretos —replicó el Ratonero, adelantándose confiadamente,
casi restaurada su alegre desfachatez—. Sabes tan bien como yo que en lo más hondo
de tu gran panza estás temblando de placer por tener la oportunidad de expresar tu
conocimiento a dos oyentes tan apreciativos como nosotros.
—Eso está tan lejos de la verdad como yo lo estoy del secreto de la Esfinge —comentó
Ningauble, cuatro de cuyos ojos seguían la aproximación del Ratonero, otro vigilaba a
Fafhrd y el sexto se había deslizado alrededor de la capucha para reaparecer en el otro
lado y mirar suspicazmente tras ellos.
—Pero, Portador de Relatos Antiguos, estoy seguro de que has estado más cerca de la
Esfinge que cualquiera de sus amantes de piedra. Es muy probable que recibiera su
mezquino enigma de tu gran almacén de acertijos.
Este hallazgo hizo que Ningauble temblara de placer como una masa de jalea.
—En fin, hoy estoy de buen humor y prestaré oídos a vuestra pregunta. Pero recordad
que casi con toda certeza será demasiado difícil para mí.
—Conocemos tu gran habilidad ante los obstáculos insuperables —afirmó el Ratonero
en un tono conciliador apropiado.
—¿Por qué no se acerca tu amigo? —preguntó Ningauble, súbitamente quejumbroso
de nuevo.
Fafhrd había estado esperando esa pregunta. Siempre se le hacía cuesta arriba tener
que comportarse amablemente con quien se daba a sí mismo el título de Mago Más
Poderoso, así como el Chismoso de los Dioses. Pero que Ningauble dejara colgar de sus
hombros dos murciélagos a los que llamaba Hugin y Munin, parodiando abiertamente a
los cuervos de Odin, era demasiado para él. Para Fafhrd era una cuestión más patriota
que religiosa, pues sólo creía en Odin en momentos de debilidad sentimental.
—Mata a los murciélagos o arrójalos lejos y me acercaré, pero no antes —dogmatizó.
—Ahora no te diré nada —dijo Ningauble malhumorado—, pues, como todos saben, mi
salud no me permite discutir.
—Pero, Maestro de la Falsedad —ronroneó el Ratonero, dirigiendo a Fafhrd una
mirada asesina—, esto es muy lamentable, sobre todo porque pensaba obsequiarte con el
complicado escándalo que la concubina de los viernes del sátrapa Filipo no ha contado ni
siquiera a su esclava personal.
—Ah, bueno —concedió el de los muchos ojos—, es hora de que Hugin y Munin se
alimenten.
Los murciélagos desplegaron lentamente sus alas y volaron con movimientos
perezosos hasta perderse en la oscuridad.
Fafhrd salió de su inmovilidad y se adelantó, soportando el escrutinio de la mayor parte
de los ojos; el nórdico consideraba a los seis globos oculares como marionetas
hábilmente manipuladas. El sexto ojo nadie lo había visto, ni se jactaba de ello, salvo el
Ratonero, el cual afirmaba que era el otro ojo de Odin, robado al sagaz Mimo... Decía esto
no porque creyera en ello, sino para irritar a su camarada nórdico.
—Te saludo, Ojos de Serpiente —atronó Fafhrd.
—Ah, ¿eres tú, Grandote? —preguntó Ningauble con indiferencia—. Sentaos los dos y
compartid mi humilde fuego.
—¿No vas a invitarnos a cruzar la Gran Puerta y compartir también tus fabulosas
comodidades?
—No te burles de mí, Hombre Gris. Como todos saben, Ningauble es pobre, indigente.
El Ratonero suspiró y se sentó sobre sus talones, pues sabía bien que el Chismoso
valoraba por encima de todo una reputación de pobreza, castidad, humildad y frugalidad,
y en consecuencia actuaba como portero de su propia morada, excepto en ciertos días en
que la Gran Puerta apagaba el sonido del sistro impío, el lamento lascivo de la flauta y las
risas de quienes posaban en los espectáculos de sombras chinescas.
Pero ahora Ningauble tosió lastimeramente, pareció temblar y se calentó los miembros
enfundados en el manto ante el fuego. Las sombras oscilaron débilmente contra el hierro
y la piedra, y las pequeñas criaturas se removieron, abriendo los ojos para ver y aguzando
los oídos para oír; y sobre sus tallos que oscilaban rítmicamente, pulsaban los seis ojos. A
intervalos, Ningauble cogía, aparentemente al azar, una de las tablillas de barro y
examinaba rápidamente la nota garabateada en ella, sin interrumpir el ritmo de los
apéndices oculares ni, al parecer, el hilo de su atención.
El Ratonero y Fafhrd se sentaron en el suelo. Cuando el segundo empezó a hablar,
Ningauble preguntó rápidamente:
—Y ahora, hijos míos, teníais algo que contarme relativo a la concubina de los
viernes...
—Ah, sí, Artista de la Mentira —se apresuró a decir el Ratonero—, relativo no tanto a la
concubina como a tres sacerdotes eunucos de Cibeles y a una esclava de Sarros... un
sabroso asunto de maravillosa complejidad, el cual deberías dejar que repose en mi
mente a fin de que pueda servírtelo desprovisto de la más ligera grasa de exageración y
con todas las especias de los detalles verdaderos.
—Y mientras esperamos que empiece a hervir la olla mental del Ratonero —terció
Fafhrd con despreocupación, comprendiendo por fin lo que pretendía su amigo—, podrías
pasar el tiempo de una manera más entretenida aconsejándonos para resolver una
pequeña dificultad.
Le informó entonces sucintamente de su atormentador encantamiento que convertía en
cerdas y caracoles a las doncellas.
—¿Y dices que sólo Cloe se ha revelado inmune al hechizo? —preguntó Ningauble
pensativo, arrojando una tablilla de barro al extremo del montón—. Vaya, eso me
recuerda...
—¿La observación tan peculiar al final de la cuarta epístola de Diotima a Sócrates? —
le interrumpió el Ratonero con vehemencia—. ¿No estoy en lo cierto, Padre?
—No lo estás —replicó Ningauble fríamente—. Como estaba a punto de decir cuando
esta garrapata del intelecto trató de perforar la piel de mi mente, debe de haber algo que
ejerce una influencia protectora sobre Cloe. ¿Conocéis algún dios o demonio a los que
ella favorece especialmente, o algún conjuro o runa que musite habitualmente, o algún
notable talismán, amuleto o dije que lleve de costumbre o tenga inscrito en su cuerpo?
—Mencionó algo —admitió el Ratonero tímidamente al cabo de un momento—. Un
amuleto que le dio hace años una muchacha persa o greco-persa. Sin duda se trata de
una bagatela sin importancia.
—Sin duda. Ahora veremos. ¿Se rió Fafhrd cuando tuvo lugar la primera
transformación en cerda? ¿Lo hizo? Eso fue imprudente, como os he advertido
innumerables veces. Anunciad con frecuencia vuestra conexión con los Dioses Antiguos y
podéis estar seguros de que algún codicioso buscador de la brecha profunda...
—Pero ¿qué conexión tenemos nosotros con los Dioses Antiguos? —preguntó el
Ratonero ansiosamente, pero sin esperanza.
Fafhrd soltó un gruñido despectivo.
—Es mejor no hablar de esas cuestiones —dijo Ningauble—. ¿Hubo alguien que
mostrara un interés particular por la risa se Fafhrd?
El Ratonero titubeó y Fafhrd carraspeó. Así aguijoneado, el Ratonero confesó:
—Estaba presente una muchacha que quizá prestaba más atención que los demás a
sus risotadas, una muchacha persa. Creo recordar que era la misma que le dio el amuleto
a Cloe.
—Se llama Ahura —dijo Fafhrd—. El Ratonero está enamorado de ella.
—¡Eso es una fábula! —exclamó el Ratonero riendo, al tiempo que clavaba en el
nórdico las dagas de su mirada supersticiosa—. Puedo asegurarte, Padre, que es una
joven muy tímida y estúpida, y de ninguna manera podría tener alguna relación con
nuestro problema.
—Claro que no, puesto que tú lo dices —observó Ningauble, con un tono de reprensión
en su voz glacial—. Sin embargo, puedo deciros algo: quien os ha sometido a ese hechizo
ignominioso es, en la medida en que posee humanidad, un hombre...
(El Ratonero se sintió aliviado. Era desagradable pensar que la morena y esbelta Ahura
tuviera que pasar por ciertos métodos de interrogatorio que Ningauble tenía fama de
emplear. Le irritaba su propia torpeza tratando de desviar de Ahura la atención de
Ningauble. Cuando la muchacha estaba por medio, su ingenio le fallaba.)
—...y un adepto —concluyó Ningauble—. Sí, hijos míos, un adepto..., un maestro
consumado de la magia más negra sin el menor parpadeo de luz.
El Ratonero se sobresaltó.
—¿Otra vez? —gruñó Fafhrd.
—Sí, otra vez —confirmó Ningauble—. Aunque no puedo imaginar por qué interesáis a
esas recónditas criaturas, salvo por vuestra conexión con los Dioses Antiguos. No son
hombres que permanezcan a sabiendas en el primer término de la historia brillantemente
iluminado. Buscan...
—Pero ¿de quién se trata? —le interrumpió Fafhrd.
—Guarda silencio, mutilador de la retórica. Buscan las sombras, y lo hacen sin duda
por una buena razón. Son los gloriosos aficionados de la magia superior, que desdeñan
los fines prácticos, se preocupan sólo por la satisfacción de sus curiosidades insaciables
y, en consecuencia, son doblemente peligrosos. Son...
—Pero ¿cómo se llama?
—Silencio, pisoteador de hermosas frases. A su manera, carecen de temor, se
consideran irreverentemente los iguales del destino y no sienten más que desprecio hacia
la semidiosa del Azar, el Diablillo de la Suerte y el Demonio de la Improbabilidad. En una
palabra, son los adversarios ante los que uno debe ciertamente temblar y ante los que
deberéis inclinaros sin protestar.
—¡Pero su nombre, Padre, su nombre! —exclamó Fafhrd. Y el Ratonero, su descaro de
nuevo en aumento, observó:
—¿No pertenece a los Sabihoon, Padre?
—No, no es de ésos. Los Sabihoon son un pueblo ignorante de pescadores que
habitan en la orilla de acá del lago lejano y adoran al dios animal Wheen, negando a todos
los demás.
Esta respuesta divirtió al Ratonero, pues acababa de inventarse a los Sabihoon.
—No, su nombre es... —Ningauble hizo una pausa y empezó a reír—. Me olvidaba de
que no debo deciros su nombre bajo ninguna circunstancia.
Fafhrd se puso en pie, airado.
—¿Qué?
—Sí, hijos míos —dijo Ningauble, haciendo de súbito que sus tallos oculares les
mirasen rígidos, severos e inflexibles—. Y además, debo deciros que de ningún modo
puedo ayudaron en este asunto... (Fafhrd apretó los puños)... y eso me alegra mucho...
(Fafhrd lanzó un juramento)... pues me parece que no podría haberse ideado un castigo
mejor por vuestro abominable libertinaje, que con tanta frecuencia he lamentado... (Fafhrd
posó la mano en la empuñadura de su espada)... De hecho, si yo hubiera tenido que
castigaron por vuestros muchos vicios, habría escogido el mismo encantamiento... (Pero
ahora había ido demasiado lejos; Fafhrd gruñó: «¡Ah, de modo que eres tú quien está
detrás de eso!», desenvainó su espada y empezó a andar lentamente hacia la figura
encapuchada)... Sí, hijos míos tenéis que aceptar vuestra suerte sin rebelión ni acritud
(Fafhrd continuó avanzando)... Sería mucho mejor que os retiraseis del mundo, como yo
he hecho, y os entregarais a la meditación y el arrepentimiento... (La espada, a la que la
luz del fuego arrancaba destellos, estaba sólo a una vara de distancia)... Mucho mejor que
vivierais el resto de esta encarnación en soledad, cada uno rodeado por su fiel pandilla de
cerdas o caracoles... (La espada tocó el manto raído)... dedicando los años que os
queden a una mejor comprensión de la humanidad y los animales inferiores. Sin
embargo... (Ningauble exhaló un suspiro y la espada vaciló)..., si seguís teniendo la firme
y descabellada intención de desafiar a ese adepto, supongo que debo ayudaron con el
poco consejo que pueda daros, aunque os advierto que os sumirá en torbellinos de
dificultades y os impondrá tareas que os costará lo indecible realizar y que al final serán la
causa de vuestra muerte.
Fafhrd bajó la espada. El silencio en la negra caverna se hizo pesado y amenazante.
Entonces, con una voz que era lejana pero resonante, como el sonido que procedía de la
estatua de Memnon en Tebas cuando la iluminaban los primeros rayos de sol, Ningauble
empezó a hablar.
—Lo veo confusamente, como una escena en un espejo oxidado. Lo veo, no obstante,
y es esto: primero debéis entrar en posesión de ciertas bagatelas. La mortaja de Ahriman,
que está en el santuario secreto cerca de Persépolis...
—Pero, ¿y los malditos guerreros de Ahriman, Padre? —le interrumpió el Ratonero—.
Son doce espadachines, doce nada menos, y todos ellos muy detestables y difíciles de
convencer.
—¿Crees que estoy planteando problemas insignificantes, como quien arroja huesos a
unos cachorros? —replicó Ningauble enojado—. Prosigamos: en segundo lugar debéis
conseguir polvo de momia del Faraón Demoníaco, el cual reinó durante tres noches
horribles y no recogidas por la historia tras la muerte de Ikhnaton...
—Pero, Padre —protestó Fafhrd, sonrojándose un poco—. Ya sabes quién posee ese
polvo de momia, y lo que exige de los hombres que la visitan.
—¡Silencio! Soy mucho mayor que tú, Fafhrd, te llevo siglos de diferencia. En tercer
lugar, debéis conseguir la copa de la que Sócrates tomó la cicuta; en cuarto lugar, una
rama del Árbol de la Vida original, y finalmente... —Titubeó, como si su memoria le fallara,
cogió una tablilla de barro del montón y leyó—: Y finalmente, debéis conseguir a la mujer
que vendrá cuando esté preparada.
—¿Qué mujer?
—La mujer que vendrá cuando esté preparada.
Ningauble arrojó el fragmento, lo cual produjo un pequeño corrimiento de tablillas por la
vertiente del montón.
—¡Por los huesos corroídos de Loki! —exclamó Fafhrd.
—Pero, Padre —dijo el Ratonero—. Ninguna mujer viene cuando está preparada, sino
que siempre espera.
Ningauble suspiró alegremente.
—No os desaniméis, muchachos. ¿Es que vuestro buen amigo el Chismoso ha tenido
alguna vez la costumbre de dar consejos sencillos?
—No —convino Fafhrd.
—Bien, cuando tengáis todas esas cosas, debéis ir a la Ciudad Perdida de Ahriman,
que se encuentra al este de Armenia... no susurréis su nombre...
—¿Es Khatti? —susurró el Ratonero.
—No, moscón. Y además, ¿por qué me interrumpís cuando deberíais estrujaros el
cerebro para recordar todos los detalles del escándalo de la concubina de los viernes, los
tres sacerdotes eunucos y la esclava de Samos?
—Oh, auténtico Espía de lo Inefable, me estoy esforzando tanto que mi mente está
derrengada y sin aliento, y todo porque te tengo en tal estima.
Al Ratonero le alegró la pregunta de Ningauble, pues se había olvidado de los tres
sacerdotes eunucos, cosa que era muy imprudente, pues nadie en su sano juicio trataría
de engañar al Chismoso, privándole siquiera de una pizca de la información prometida.
—Cuando lleguéis a la Ciudad Prohibida —siguió diciendo Ningauble—, debéis buscar
el santuario negro en ruinas, colocar a la mujer ante la gran tumba y envolverla con la
mortaja de Ahriman, hacer que beba el polvo de momia en la copa de cicuta, diluido en
vino que encontraréis en el mismo lugar donde halléis la momia, y poner en su mano la
ramita del Árbol de la Vida. Así esperaréis a que amanezca.
—¿Y luego? —preguntó Fafhrd con su vozarrón.
—Luego el orín enrojece todo el espejo y no puedo ver más, excepto que alguien
regresará de un lugar del que está prohibido salir, y que debéis tener cuidado con la
mujer.
—Pero, Padre, esta recogida de cachivaches mágicos es una gran molestia —objetó
Fafhrd—. ¿Por qué no podemos ir en seguida a la Ciudad Perdida?
—¿Sin el mapa en la mortaja de Ahriman? —murmuró Ningauble.
—¿Y no puedes decirnos el nombre del adepto que buscamos? —aventuró el
Ratonero—. ¿Ni siquiera el nombre de la mujer? ¡Huesos para cachorros, desde luego!
Te damos la perra y, cuando la devuelves, ha parido una camada.
Ningauble meneó la cabeza muy ligeramente y los seis ojos se retiraron bajo la
capucha para convertirse en un brillo múltiple y amenazante. El Ratonero sintió que un
escalofrío le recorría la espina dorsal.
—¿Por qué motivo nos das siempre la mitad del conocimiento, Vendedor de Enigmas?
—le apremió enojado Fafhrd—. ¿Acaso en el último momento nuestros aceros pueden
golpear con la mitad de la fuerza?
Ningauble rió entre dientes.
—Es porque os conozco demasiado bien, hijos míos. Si digo una palabra más,
Grandote, atacarías con tu gran espada... a quien no debes. Y tu gatuno camarada
prepararía su magia infantil... una magia errónea. No estáis buscando temerariamente a
una simple criatura, sino un misterio, no es una mera identidad sino un espejismo, algo
pétreo que ha robado la sangre y la sustancia de la vida, una pesadilla que ha salido
reptando de un sueño.
Por un momento fue como si, en lo más profundo de aquella oscura caverna se agitara
algo que había estado esperando, pero desapareció al instante. Ningauble añadió
complacido:
—Y ahora tengo un momento de asueto que, para complaceros, dedicaré a escuchar
esa historia que el Ratonero ha esperado pacientemente para contármela.
No había, pues, escapatoria y el Ratonero empezó, primero explicando que el relato
tenía que ver con la concubina, los tres sacerdotes y la esclava, sólo superficialmente,
mientras que la parte más profunda se refería sobre todo, aunque no por completo, a
cuatro viles sirvientas de Ishtar y un enano a quien compensaron espléndidamente por su
deformidad. El fuego disminuyó y una criatura semejante a un lémur se aproximó
sigilosamente para echarle más madera. Las horas se alargaron, pues el Ratonero
siempre se entusiasmaba con sus propias invenciones. En un momento determinado,
Fafhrd tenía los ojos tan abiertos de asombro que parecían a punto de saltarle de las
órbitas, y en otro momento la panza de Ningauble se estremeció como una colina
sacudida por terremoto, pero por fin concluyó el relato, de súbito y, aparentemente, a la
mitad, como una pieza de música extraña. Los dos amigos se despidieron de Ningauble,
el cual se negó a responder a sus últimas preguntas, y emprendieron el camino de
regreso. El encapuchado empezó a ordenar en su mente los detalles del relato que le
había contado el Ratonero, y que le había gustado tanto más cuanto que sabía que era
una improvisación y, como decía su proverbio favorito: «Quien miente artísticamente, se
acerca más a la verdad de lo que imagina».
Fafhrd y el Ratonero casi habían llegado al pie de la escalera de piedra cuando oyeron
unos débiles golpes y, al volverse, vieron a Ningauble asomado en lo alto, apoyado en lo
que parecía un bastón y golpeando la roca con otro.
—Muchachos —les llamó, y su voz era tenue como la nota de la flauta solitaria en el
templo de Baal—, se me ocurre que hay algo en los remotos espacios deseoso de algo
que poseéis. Tenéis que vigilar estrechamente lo que de ordinario no necesita vigilancia.
—Sí, Padrino de la Mistificación.
—¿Tendréis cuidado? —preguntó la voz de elfo—. Vuestras vidas dependen de ello.
—Sí, Padre.
Ningauble les saludó una vez más y se retiró cojeando hasta perderse de vista. Las
pequeñas criaturas de su gran ámbito oscuro le siguieron, pero nadie podría saber con
certeza si era para informar y recibir órdenes o para complacerle con sus amables
carantoñas. Algunos decían que Ningauble era una creación de los Dioses Antiguos, con
la finalidad de que los hombres pensaran en su origen y así agudizaran su imaginación
para enigmas todavía más difíciles. Nadie sabía si tenía el don de la clarividencia o si se
limitaba a preparar el escenario para futuros acontecimientos con una astucia tan
asombrosa que sólo un ser mágico o un adepto podían esquivar el papel que les
otorgaba.
3: La mujer que vino
Después de que Fafhrd y el Ratonero Gris salieran de las Grutas Insondables a la
cegadora luz del sol, perdemos su pista durante algún tiempo. Los analistas han
escatimado, en conjunto, el material referente a ellos, puesto que eran unos héroes
demasiado desgarbados para el mito clásico, demasiado crípticamente independientes
para permitir su incorporación a una tradición folklórica, demasiado tornadizos e
inverosímiles en sus aventuras para complacer al historiador, implicados demasiado a
menudo con una chusma de demonios dudosos, brujos privados de sus funciones y
deidades desacreditadas.,., un verdadero inframundo de lo sobrenatural. Y resulta
doblemente difícil reconstruir sus acciones durante un período en que se dedicaron a
robos que requerían sigilo, secreto y audaz engaño. Pero de vez en cuando tropezamos
con los hitos que dejaron en el tiempo.
Por ejemplo, un siglo después los sacerdotes de Ahriman recitaban, aunque eran
demasiado inteligentes para creerlo ellos mismos, el milagro de la desaparición de la
sagrada mortaja de Ahriman. Una noche, los doce espadachines vieron que la mortaja
con sus negras inscripciones se alzaba del altar como una columna de telarañas, se
alzaba a mayor altura que cualquier hombre mortal, aunque la forma de su interior parecía
antropoide. Entonces Ahriman habló desde la mortaja, los guardianes le adoraron, él les
replicó con abstrusas parábolas y, finalmente, salió del santuario secreto a grandes
zancadas.
Un siglo después, los sacerdotes más astutos observaron: «Yo diría que un hombre
con unos zancos, o bien (¡acertada suposición!) un hombre sobre los hombros de otro...».
Ocurrieron luego cosas que Nikri, la esclava personal de la infame Falsa Laodicea,
contó al cocinero mientras ungía con ungüento los moratones de su última paliza, cosas
relativas a dos desconocidos que visitaron a su ama, la juerga que ésta les propuso y
cómo burlaron a los eunucos negros armados con cimitarras a los que ordenó que les
mataran después de la juerga.
—Los dos eran magos —afirmó Nikri—, pues en el momento culminante de sus
hazañas transformaron a mi ama en una cerda horrible, con unos cuernos que se
contorsionaban, una horrenda quimera, mezcla de cerdo y caracol. Pero eso no fue lo
peor, pues le robaron su baúl de vinos afrodisíacos. Cuando descubrió que había
desaparecido la momia demoníaca con la que confiaba despertar la lujuria de Ptolomeo,
aulló de rabia y empezó a atizarme con el rascador de la espalda. ¡Oh, cómo duele!
El cocinero rió entre dientes.
Pero no podemos estar seguros de quién visitó a jerónimo, el codicioso recaudador de
impuestos a los campesinos y experto en arte de Antioquía, ni de qué guisa lo hicieron.
Una mañana lo encontraron en su cámara del tesoro con los miembros rígidos y helados,
como si hubiera tomado cicuta, y había una expresión de terror en su grueso rostro. La
famosa copa que usaba con frecuencia en sus francachelas había desaparecido, aunque
había manchas circulares sobre la mesa, delante de él. Se recuperó, pero nunca dijo lo
que había ocurrido.
Los sacerdotes que cuidaban del Árbol de la Vida en Babilonia fueron un poco más
comunicativos. Una noche, poco después de la puesta de sol, vieron que las ramas
superiores se agitaban en el crepúsculo y oyeron el sonido de un cuchillo de podar. A su
alrededor, sin ningún otro sonido ni movimiento, se extendía la ciudad desolada, cuyos
habitantes habían sido conducidos a la cercana Seleucia tres cuartos de siglo antes, y a la
que los sacerdotes regresaban sigilosamente con gran temor para cumplir con sus
deberes sagrados. Se prepararon al instante, algunos de ellos para trepar al Árbol
armados con hoces de oro templado y otros para derribar con flechas provistas de puntas
de oro a cualquier blasfemo allí encaramado. Pero, de pronto, una gran forma gris
parecida a un murciélago saltó del árbol y se desvaneció tras un muro. Naturalmente,
sería concebible que se tratara de un hombre con un manto gris colgado de una cuerda
delgada y resistente, pero se susurraban demasiadas cosas acerca de las criaturas que
revoloteaban por la noche entre las ruinas de Babilonia para que los sacerdotes se
atrevieran a perseguirlo.
Finalmente, Fafhrd y el Ratonero Gris reaparecieron en Tiro, y una semana más tarde
estaban preparados para emprender la última etapa de su búsqueda. Se encontraban ya
fuera de las puertas, en el lado de tierra del espigón de Alejandro, espina dorsal de un
istmo cada vez más ancho. Mientras lo contemplaba, Fafhrd recordó que una vez un
desconocido le había contado una historia sobre dos aventureros fabulosos que habían
prestado una gran ayuda en la imposible defensa de Tiro contra Alejandro el Grande, más
de un siglo atrás. El más corpulento había arrojado grandes bloques de piedra contra las
naves atacantes, mientras el más pequeño se había zambullido para limar las cadenas
con las que estaban ancladas. El desconocido dijo que los nombres de aquellos dos
valientes eran Fafhrd y el Ratonero Gris. Fafhrd no hizo ningún comentario.
Era casi de noche, un buen momento para hacer una pausa en las aventuras, recordar
travesuras pasadas y arriesgar nebulosas, descabelladas y rosadas especulaciones
acerca de lo que les aguardaba.
—Creo que cualquier mujer serviría —insistió el Ratonero, porfiado—. Ningauble sólo
quería confundirnos. Utilicemos a Cloe.
—Sólo si ella viene cuando esté preparada —respondió Fafhrd, con una sonrisa.
El sol teñía de rojo y oro el mar ondulante. Los mercaderes que habían levantado sus
puestos en el lado de tierra, para ser los primeros en tratar con los agricultores y los
mercaderes de tierra adentro el día de mercado, empaquetaban sus mercancías y
bajaban sus toldos.
—Al final, toda mujer vendrá cuando esté preparada, incluso Cloe —replicó el
Ratonero—. Lo único que hemos de hacer es conseguirle una tienda de seda y algunos
artículos de belleza. No hay ningún problema.
—Sí —dijo Fafhrd—, probablemente podríamos arreglarlo con un solo elefante.
La mayor parte de Tiro se silueteaba oscuramente contra el arrebol del crepúsculo,
aunque aquí y allá surgían destellos de los tejados, y la cúpula dorada del templo de
Melkarth se reflejaba en el agua como un segundo sol. El puerto fenicio parecía sumido
en un trance, soñando en glorias pasadas, escuchando sólo a medias las noticias del
avance implacable de Roma hacia el este y la derrota de Filipo de Macedonia en el primer
asalto de la batalla de las Cabezas de Perro, y ahora Antíoco se preparaba para el
segundo, con la ayuda de Aníbal, que había acudido desde Cartago, la gran hermana
caída, al otro lado del mar.
—Estoy seguro de que Cloe vendrá si esperamos hasta mañana —siguió diciendo el
Ratonero—. En cualquier caso tendremos que esperar, porque Ningauble dijo que la
mujer no vendría hasta que estuviera preparada.
Una brisa fresca llegó del desierto que era la antigua Tiro. Los mercaderes se dieron
prisa; algunos de ellos ya se dirigían a sus casas a lo largo del espigón, y sus esclavos
parecían jorobados y monstruos con otras malformaciones debido a los bultos que
acarreaban sobre los hombros y la cabeza.
—No —dijo Fafhrd—. Nos pondremos en marcha. Y si la mujer no viene cuando esté
preparada, entonces no es la mujer que vendrá cuando esté preparada. O, si lo es, tendrá
que esforzarse para darnos alcance.
Los tres caballos de los aventureros se movieron inquietos, y el del Ratonero relinchó.
Sólo el gran camello, del que colgaban los pellejos de vino y diversos cofres pequeños,
así como las armas muy bien envueltas y disimuladas, permaneció obstinadamente
inmóvil. Fafhrd y el Ratonero observaron con indiferencia la única figura en el espigón que
avanzaba en dirección contraria a la corriente humana que regresaba a sus casas. No
experimentaban precisamente sospechas, pero tras los sucesos de aquel año no podían
dejar de lado la posibilidad de que les persiguieran con designios asesinos, ya fueran
espadachines al servicio de un dios, eunucos negros armados con cimitarras, sacerdotes
babilonios con armas de oro o agentes de jerónimo de Antioquía.
—Cloe habría llegado a tiempo, si me hubieras dejado persuadirla —arguyó el
Ratonero—. Le gustas, y estoy seguro de que Ningauble se refería a ella, porque tiene
ese amuleto que contrarresta la magia del adepto.
El sol ponía una franja cegadora en el borde del mar, pero pronto se disipó, y todos los
brillos y resplandores sobre los tejados de Tiro se extinguieron. El templo de Melkhart se
alzaba negro contra el cielo cada vez más oscuro. Desmontaron el último toldo, y la
mayoría de los mercaderes estaban a medio camino del espigón. Una sola figura seguía
avanzando hacia la costa.
—¿No han sido suficientes para ti siete noches con Cloe? —le preguntó Fafhrd—.
Además, no es ella la que querrás cuando hayamos matado al adepto y este hechizo
haya dejado de atormentarnos.
—Tal vez sea así —replicó el Ratonero—, pero recuerda que primero hemos de
capturar a nuestro adepto. Y no es sólo a mí a quien podría beneficiar la compañía de
Cloe.
Un débil grito atrajo su atención desde el otro lado del agua oscura, donde un barco
con aparejo latino entraba en el puerto egipcio. Por un momento pensaron que el extremo
del espigón en la parte de tierra había quedado desierto, pero entonces la figura que se
alejaba de la ciudad se recortó nítida y negra contra el mar, una figura ligera, no cargada
como los esclavos.
—Otro necio abandona la dulce Tiro en mal momento —observó el Ratonero—. Piensa
tan sólo en lo que supondrá una mujer en esa frías montañas a las que nos dirigimos,
Fafhrd, una mujer que preparará exquisiteces y te acariciará la frente.
—Estás pensando en tu frente, amigo mío —dijo Fafhrd.
Sopló de nuevo la fresca brisa, y la arena apelmazada gimió a su paso. Tiro parecía
agazaparse como una bestia contra las amenazas de la oscuridad. Un último mercader
examinó apresuradamente el suelo en busca de algún artículo perdido.
Fafhrd colocó la mano sobre el brazuelo de su caballo.
—Vámonos —dijo a su amigo.
Éste no iba a hacerlo sin plantear una última objeción.
—No creo que Cloe insistiera en llevarse a la esclava para que le unja los pies con
aceite. No se empeñará si planteamos las cosas adecuadamente.
Entonces, vieron que el otro necio que abandonaba la dulce Tiro se dirigía hacia ellos,
y que era una mujer, alta y esbelta, vestida con unas prendas que parecían fundirse con
la luz menguante, de modo que Fafhrd se preguntó si venía realmente de Tiro o de algún
reino etéreo cuyos habitantes sólo podían aventurarse en la tierra cuando se ponía el sol.
Entonces, a medida que seguía acercándose con pasos ágiles y contoneantes, vieron que
tenía el rostro blanco y el cabello negro como ala de cuervo. Al Ratonero le dio un gran
vuelco el corazón y sintió que aquélla era la perfecta consumación de su espera, que era
testigo del nacimiento de una Afrodita, no de las espumas del mar sino de la oscuridad;
pues se trataba, en efecto, de la morena Ahura, la de las tabernas, que ya no les miraba
con una curiosidad fría y tímida, sino que sonreía abiertamente.
Fafhrd, que había experimentado unos sentimientos similares, le preguntó lentamente:
—¿Así que tú eres la mujer que ha venido cuando estaba preparada?
—Sí —respondió el Ratonero por ella, y añadió alegremente—: ¿Sabías que dentro de
un minuto habrías llegado demasiado tarde?
4: La ciudad perdida
Durante la semana siguiente, que emplearon íntegramente en viajar hacia el norte, por
el borde del desierto, apenas se enteraron más a fondo de los motivos o la historia de su
misteriosa compañera, aparte de los retazos de información dudosa que Cloe les había
proporcionado. Cuando le preguntaron por qué había acudido, Ahura replicó que
Ningauble la había enviado, que Ningauble no tenía nada que ver con ello y que era todo
un accidente, que ciertos Dioses Antiguos le habían provocado una visión, que buscaba
un hermano perdido, el cual había ido en busca de la Ciudad Perdida de Ahriman; y a
menudo, su única respuesta era el silencio, un silencio que unas veces parecía taimado y
otras místico. Sin embargo, soportaba bien las penalidades del viaje, se revelaba como
una amazona incansable y no se quejaba de dormir en el suelo, cubierta tan sólo con un
gran manto. Como un ave migratoria especialmente sensible, parecía tener un impulso
aún mayor que el de los dos amigos para continuar el viaje.
Siempre que se presentaba la ocasión, el Ratonero la cortejaba asiduamente, limitado
tan sólo por el temor de ocasionar una metamorfosis en caracol. Pero al cabo de unos
días, observó que Fafhrd emulaba aquel placer exasperante. En seguida los dos
camaradas se hicieron rivales, disputándose la primacía para ofrecer ayuda a Ahura en
las raras ocasiones en que la necesitaba, esforzándose cada uno por superar los
jactanciosos relatos de su compañero de aventuras increíbles y vigilando continuamente
para que el otro no estuviera un momento a solas con la muchacha. Seguían siendo
buenos amigos, y eran conscientes de ello, pero unos amigos muy ariscos, de lo cual
también tenían conciencia. Y el silencio tímido, o taimado, de Ahura alentaba a los dos.
Vadearon el río Eufrates al sur de las ruinas de Carchemish, y se encaminaron a las
fuentes del Tigris, cruzando la ruta de Jenofonte y los Diez Mil, pero alejándose de ella
hacia el este. Fue entonces cuando su desabrimiento llegó a un punto máximo. Ahura se
había rezagado un poco, dejando que su caballo paciera la hierba seca, mientras los dos
hombres descansaban sentados en una roca y se susurraban recriminaciones. Fafhrd
proponía que ambos dejaran de cortejar a la muchacha hasta que hubieran concluido su
misión, mientras que el Ratonero se obstinaba en mantener que él tenía derecho de
prioridad. Sus susurros se acaloraron tanto que no repararon en una paloma blanca que
descendía hacia ellos hasta que aterrizó con un aleteo en un brazo de Fafhrd, que éste
había extendido para recalcar su disposición a renunciar temporalmente a la muchacha, si
el Ratonero hacía lo mismo.
Fafhrd parpadeó y luego extrajo un fragmento de pergamino adherido a una pata de la
paloma. Decía: «La muchacha es peligrosa. Ambos tenéis que renunciar a ella».
El sello diminuto era una impresión de siete ojos enmarañados.
—¡Siete ojos, nada menos! —observó el Ratonero—. ¡Qué modesto es!
Y por un momento permaneció en silencio, tratando de imaginar la red gigantesca de
hebras desconocidas con la que el Chismoso reunía su información y dirigía sus asuntos.
Pero este refuerzo insospechado del argumento de Fafhrd le valió por fin el
asentimiento a regañadientes de su compañero, y prometieron solemnemente no tocar a
la muchacha, o no tratar en modo alguno de ganar el favor de ésta, hasta que hubieran
encontrado al adepto y dado cuenta de él.
Estaban ahora en una tierra sin ciudades que evitaban las caravanas, una tierra como
la de Jenofonte, con gélidas y nubladas mañanas, mediodías deslumbrantes y
crepúsculos traicioneros, con atisbos de tribus ocultas, asesinas, habitantes de las
montañas que recordaban las leyendas omnipresentes de «gentes pequeñas» tan
distintas a los hombres como los gatos son distintos de los perros. Apura no pareció darse
cuenta del súbito cese de las atenciones hacia ella, y siguió tan provocativamente tímida e
indefinida como siempre.
Pero la actitud del Ratonero hacia Apura comenzó a sufrir un cambio radical pero
profundo. Ya fuera por la amargura de su pasión inhibida, o porque su mente, libre ya del
embriagador burbujeo de los cumplidos y las ingeniosidades, había recuperado su astucia
y perspicacia, empezó a experimentar la sensación creciente de que la Apura a la que
amaba no era más que una chispa débil, casi perdida en la oscuridad de una desconocida
que cada día se volvía más enigmática, dudosa e incluso, al final, repelente. Recordó el
otro nombre que Cloe había dado a Apura, y empezó a reflexionar extrañamente en la
leyenda de Hermafrodita bañándose en la fuente cariana y uniéndose en un solo cuerpo
con la ninfa Salmacia. Ahora, cuando miraba a Apura, sólo podía ver los ojos ávidos que
escrutaban secretamente el mundo a través de una ranura. Por la noche, empezó a
pensar en sus risas silenciosas, por el mortificante hechizo que sufría tanto él como
Fafhrd. Llegó a obsesionarse con Apura de una manera muy diferente, y se dedicó a
espiarla y a estudiar su expresión cuando no les miraba, como si así confiara en penetrar
su misterio.
Fafhrd lo observó y sospechó al instante que el Ratonero pensaba en la posibilidad de
retractarse de su promesa. Retuvo su indignación con dificultad y se propuso vigilar al
Ratonero tan atentamente como éste vigilaba a Ahura. Cuando era preciso procurarse
provisiones, ya ninguno de los dos estaba dispuesto a ir de caza solo. Su amistad empezó
a deteriorarse. Una tarde, cuando atravesaban un sombrío barranco al este de Armenia,
un halcón descendió de súbito y hundió sus garras en un hombro de Fafhrd. El nórdico
mató al ave, produciendo una lluvia de plumas enrojecidas antes de darse cuenta de que
también llevaba un mensaje.
«Vigila al Ratonero» era todo lo que decía el mensaje, pero eso, unido al dolor causado
por las garras, fue suficiente para Fafhrd. Se detuvo junto al Ratonero mientras el caballo
de Ahura corveteaba, asustado por el disturbio, y le dijo sin ambages que sospechaba de
él y que cualquier violación de su acuerdo pondría fin de inmediato a su amistad y les
llevaría a un enfrentamiento mortífero.
El Ratonero le escuchó como en sueños, mirando todavía taciturno a Ahura. Le habría
gustado decirle a Fafhrd sus verdaderos motivos, pero dudaba de que pudiera hacerlos
inteligibles. Por eso, cuando finalizó el abrumador arranque de Fafhrd, no hizo ningún
comentario, lo cual fue interpretado por Fafhrd como una admisión de culpabilidad y
reanudó la marcha a medio galope, enfurecido.
Se acercaban ahora a la tierra escarpada desde donde medos y persas se habían
abalanzado contra Asiria y Caldea, y donde, si podían dar crédito a la geografía de
Ningauble, encontrarían la madriguera olvidada del Señor de la Maldad Eterna. Al
principio el mapa arcaico estampado en la mortaja de Ahriman resultó más confuso que
útil, pero al cabo de un tiempo, aclarado en parte por una sugerencia curiosamente
erudita de Ahura, comenzó a adquirir un sentido turbador, mostrándoles una garganta
profunda en el lugar en que el terreno anterior había hecho esperar una cima ensillada, y
un valle donde debería haberse alzado una montaña. Si el mapa era fidedigno, en pocos
días llegarían a la Ciudad Perdida.
Entretanto, la obsesión del Ratonero iba en aumento, y al final adoptó una forma
definida y sorprendente. Creía que Ahura era un hombre.
Resultaba muy extraño que la intimidad de la vida de campamento y la misma
aplicación con que el Ratonero espiaba a la muchacha, no hubieran producido una prueba
concreta de esta inequívoca suposición. Sin embargo, al reflexionar en los
acontecimientos, el Ratonero observó intrigado que esa prueba no existía. Desde luego,
la forma y los movimientos de Ahura, todas su mínimas acciones, eran propios de una
mujer, pero recordaba los mancebos pintados y enguantados, dulces y recatados, que
eran capaces de imitar la femineidad casi a la perfección. Era ridículo..., pero era posible.
A partir de ese momento, su curiosidad obsesiva se hizo tan apremiante que su afán por
descubrir la verdad le hacía sudar, y se dedicó a observar con renovado ahínco a la
muchacha, lo cual enfurecía a Fafhrd, que golpeaba la empuñadura de su espada a
intervalos inesperados, aunque nunca sobresaltó al Ratonero hasta tal punto que desviara
la mirada. Así, los dos permanecían tan hoscos y malhumorados como el camello, que
mostraba cada vez una mayor resistencia a proseguir aquella excursión absurda lejos del
saludable desierto.
El Ratonero vivía días de pesadilla, a medida que se aproximaban por sombríos
desfiladeros y sobre escabrosas cimas hacia el templo primigenio de Ahriman. Fafhrd
parecía un gigante pálido y ominoso en sus sueños inquietos, y le recordaba a alguien a
quien había conocido en la vida consciente, mientras que su misión parecía una
búsqueda a ciegas de las rutas más subterráneas del sueño. Todavía quería contar al
gigante sus sospechas, pero no se decidía, debido a su monstruosidad y al hecho de que
el gigante amaba a Ahura. Y mientras tanto ésta le eludía, era como un espectro que se
agitaba más allá de su alcance; aunque, cuando obligaba a su mente a hacer una
comparación, se daba cuenta de que la conducta de la muchacha no se había alterado en
lo más mínimo, excepto por una intensificación del impulso de seguir adelante, como un
barco que se aproxima a su puerto de destino.
Finalmente, llegó una noche en que el hombrecillo de gris no pudo seguir soportando
su torturante curiosidad. Se despertó agitado, tras una serie de sueños opresivos que no
podía recordar, se apoyó en un codo y miró en torno, silencioso como la criatura de la que
había tomado el nombre.
Si el aire no hubiera estado tan inmóvil, habría hecho frío. Del fuego no quedaban más
que las ascuas, y fue la luz de la luna lo que le permitió ver la cabeza de Fafhrd, su
cabellera revuelta, y un codo que sobresalía del raído manto de piel de oso. También fue
la luz de la luna la que iluminaba a Ahura tendida más allá de las ascuas, su rostro sereno
fijo en el cenit, tan inmóvil que apenas parecía respirar.
Esperó largo rato. Luego, sin hacer ruido alguno, retiró su manto gris, empuñó su
espada, rodeó las brasas y se arrodilló junto a la muchacha. Durante otro largo momento
escrutó desapasionadamente su rostro, pero seguía siendo la máscara hermafrodita que
le había atormentado en sus horas de vigilia..., si estuviera todavía seguro de la distinción
entre vigilia y sueño. De súbito, sus manos la cogieron..., y del mismo modo abrupto se
detuvieron. Entonces, con movimientos tan lentos y con apariencia de haber sido
ensayados como los de un sonámbulo, pero más silenciosos, retiró el manto de lana que
cubría a la muchacha, se sacó un pequeño cuchillo del bolsillo, alzó el cuello del vestido,
poniendo cuidado para no tocarle la piel, lo rajó hasta la rodilla e hizo lo mismo con el
quitón que llevaba debajo.
Los senos, blancos como el marfil, que el Ratonero no había creído encontrar allí, sí
que estaban. Y no obstante, en lugar de disipar su pesadilla, aquello la intensificó.
La nueva e inesperada idea que se le había ocurrido era demasiado profunda para
causar sorpresa. Mientras estaba allí arrodillado, observando sombríamente a la
durmiente, tuvo la certeza de que también aquella carne marfileña era una máscara, tan
astutamente moldeada como el rostro y con un propósito tan aterradoramente
incomprensible.
Los párpados de marfil no se movieron, pero los bordes de los dientes aparecieron en
lo que él consideró una sonrisa premeditada y huidiza.
Nunca había estado tan seguro como en aquel momento de que Ahura era un hombre.
Las brasas crujieron a sus espaldas.
El Ratonero se volvió y no vio más que la línea de acero brillante por encima de la
cabeza de Fafhrd, inmóvil por un instante, como si, con una condescendencia
sobrehumana, un dios diera una oportunidad a su criatura antes de descargar el rayo.
El Ratonero desenvainó su propia espada estrecha y delgada a tiempo de parar el
golpe del titán. Los dos aceros chillaron desde la empuñadura hasta la punta.
Y como respuesta a aquel chillido, fundiéndose con él, continuándolo, aumentándolo,
llegó desde la calma absoluta de poniente una gargantuesca ráfaga de viento que derribó
a los dos hombres e hizo rodar a Ahura sobre las pavesas de la fogata.
El viento cesó casi con la misma celeridad, y entonces, algo aleteó como un murciélago
hacia el rostro del Ratonero, y éste lo cogió. Pero no era un murciélago, ni siquiera una
hoja grande, sino algo que parecía un papiro.
Las ascuas, arrojadas sobre un trecho de hierba seca, habían iniciado perversamente
un incendio, y a la luz del fuego el Ratonero abrió el delgado rollo que había llegado
volando del oeste infinito. Hizo gestos frenéticos a Fafhrd, el cual se estaba librando de
los matorrales entre los que había caído.
El papiro contenía unas palabras escritas con tinta de calamar en grandes caracteres,
sobre el sello enmarañado. «Por los dioses a los que veneráis, sean cuales fueren, poned
fin a esta disputa. Seguid adelante de inmediato. Seguid a la mujer.»
Notaron que Ahura estaba mirando por encima de sus hombros juntos. La luna surgió
brillante por detrás del pequeño jirón de nube que la había oscurecido. La mujer les miró,
unió las partes separadas del quitón y el vestido, y los cubrió con el manto. Recogieron
los caballos, sacaron el camello caído del grupo de espinos entre los que se estaba
atormentando satisfecho y se pusieron en marcha.
Encontraron la Ciudad Perdida casi con excesiva rapidez, tanto, que parecía una
trampa o la obra de un ilusionista. En un momento determinado, Ahura les indicaba un
despeñadero lleno de cantos rodados, y un instante después avanzaban por un valle
estrecho erizado de monolitos inclinados en ángulos absurdos, plateados como la luna, y
las sombras respectivas.
Desde el principio era evidente que el nombre de «ciudad» era inapropiado. Sin duda,
aquellas tiendas y cabañas de piedra maciza nunca habían sido habitadas, aunque tal vez
habían sido un centro de adoración. Era un lugar apropiado para colosos egipcios, para
autómatas de piedra. Pero Fafhrd y el Ratonero disponían de poco tiempo para
examinarlo en su totalidad, pues, sin previo aviso, Ahura partió al galope por la pendiente.
Se inició entonces una atolondrada carrera, en la que los caballos eran sombras
corcoveantes y el camello un espectro que se bamboleaba, a través de bosques de
columnas toscamente cortadas, junto a losas tambaleantes lo bastante grandes para
servir como muros de un palacio, bajo dinteles hechos para el paso de elefantes, siempre
siguiendo el ruido de los cascos que les eludían, sin darles nunca alcance, hasta que por
fin salieron a un claro iluminado por la luna y se detuvieron en un espacio abierto entre un
gran bloque o caja similar a un sarcófago, con escalones que conducían hasta la parte
superior, y un enorme monolito que tenía una vaga forma humana.
Pero apenas habían empezado a preguntarse desconcertados qué era todo aquello
que les rodeaba, cuando vieron que Ahura le hacía gestos de impaciencia. Recordaron
las instrucciones de Ningauble y vieron que casi había amanecido. Descargaron, pues,
varios fardos y cajas del tembloroso e irritado camello, y Fafhrd desplegó la oscura
mortaja de Ahriman, parecida a una gran telaraña y cubrió con ella a Ahura, que
permanecía callada ante la tumba, su rostro como un retrato en mármol de la ansiedad,
como si hubiera brotado de la piedra que la rodeaba.
Mientras Fafhrd se ocupaba de otras cosas, el Ratonero abrió el baúl de ébano que
habían robado a la Falsa Laodicea. Un talante visionario se apoderó de él y, con torpes
pasos de danza, imitando a un servidor eunuco, dispuso con mucho gusto sobre una
piedra plana los tarros, jarros y pequeñas ánforas que contenía el baúl, al tiempo que
cantaba con una voz apropiada de falsete:
Puse una mesa para el Gran Seléucida
la engalané hermosa y abstrusa;
y a él debió de complacerle,
pues, cuando estuvo harto, resolló:
«Como castigo, castrad al hombre».
—Fíjate, Fafhrd, al hombre lo habían caztrado de muchacho, y por fin ezo no era
caztigo en abzoluto. A cauza de la caztración anterior...
—Yo voy a castrar tu mollera empachada de ingenio —gritó Fafhrd, levantando el
siguiente artículo de magia, pero lo pensó mejor.
Entonces Fafhrd le entregó la copa de Sócrates y, todavía haciendo cabriolas, el
Ratonero vertió en la copa una medida de polvo de momia, añadió vino, agitó el brebaje y,
con unos fantásticos pasos de danza, se acercó a Ahura y se lo ofreció. La muchacha no
hizo ningún movimiento, por lo que el Ratonero alzó la copa hasta sus labios y ella bebió
ávidamente, sin apartar los ojos de la tumba.
Fafhrd trajo entonces la rama del Árbol de la Vida babilonio, que aún parecía fresca y
firme al tacto, con sus hojas maravillosamente intactas, como si el Ratonero la hubiera
acabado de cortar. Abrió suavemente los dedos apretados de la muchacha, colocó la
ramita en ellos y los volvió a cerrar.
Así preparados, se dispusieron a esperar. El borde del cielo enrojeció y por un
momento, pareció oscurecer más, las estrellas se desvanecieron y se apagó el brillo de la
luna. Los afrodisíacos dispuestos sobre la piedra se enfriaron, negando su aroma a la
brisa nocturna, y la mujer seguía contemplando la tumba. Tras ella, como si también la
mirase, como si fuera su sombra fantástica, se erguía el monolito de forma humana, que
el Ratonero escrutaba inquieto de vez en cuando por encima del hombro incapaz de decir
si era una tosca obra natural o algo cuyos rasgos los hombres habían borrado
laboriosamente a causa de su malignidad.
El cielo palideció hasta que el Ratonero pudo empezar a distinguir unos grabados
monstruosos a un lado del sarcófago —de hombres como columnas de piedra y animales
como montañas— y hasta que Fafhrd pudo ver el color verde de las hojas en la mano de
Apura.
Entonces vio algo asombroso. En un instante, las hojas se agostaron y la rama se
convirtió en un palo retorcido y ennegrecido. En el mismo momento, Apura tembló y
palideció aún más, su rostro se volvió blanco como la nieve, y al Ratonero le pareció que
una tenue nube negra se formaba sobre su cabeza, que el enigmático extraño al que
odiaba surgía del cuerpo de la muchacha como un genio de humo contenido en un
recipiente.
La gruesa tapa de piedra del sarcófago crujió y empezó a levantarse.
Apura avanzó hacia el sarcófago. Al Ratonero le pareció que la nube la empujaba como
una vela negra.
La tapa se movió con más rapidez, como si fuera la mandíbula superior de un cocodrilo
de piedra. Al Ratonero le pareció que la nube negra se extendía triunfante hacia la
abertura cada vez mayor, arrastrando a la pálida muchacha tras ella. La tapa se abrió del
todo. Apura llegó a lo alto y, o bien se asomó al interior o, como vio el Ratonero, casi fue
succionada junto con la nube negra. Se estremeció violentamente y entonces su cuerpo
se desplomó como un vestido vacío.
Fafhrd apretó los dientes y una articulación crujió en la muñeca del Ratonero. Las
empuñaduras de sus espadas, que habían desenvainado sin darse cuenta, les magullaron
las palmas.
Entonces, como un ocioso tras una jornada de descanso entre cuatro paredes, un
príncipe indio que abandona el tedio de la corte, un filósofo después de un excéntrico
discurso, una figura esbelta se levantó de la tumba. Las ropas que cubrían sus miembros
eran negras, el cuerpo estaba enfundado en metal plateado, el cabello y la barba eran
negros y sedosos. Pero lo que primero llamaba la atención, como una enseña en el
escudo de un hombre enmascarado, era el brillo tornasolado de su juvenil piel olivácea,
un resplandor plateado que le hacía pensar a uno en vientres de pescados y en la lepra...
Eso, y una cierta familiaridad, pues el rostro de aquel desconocido vestido de negro y
plata tenía un parecido inequívoco con el de Apura.
5: Anra Devadoris
El recién llegado apoyó sus largas manos en el borde de la tumba, miró plácidamente a
los demás y asintió como si fueran íntimos. Entonces saltó ágilmente por encima del
borde y bajó los escalones, pisando la mortaja de Ahriman y sin dirigir siquiera una mirada
a Ahura. Miró las espadas desenvainadas.
—¿Teméis enfrentaros a algún peligro? —preguntó, acariciándose la barba que, como
le pareció al Ratonero, sólo podía haber crecido tan frondosa y sedosa en una tumba.
—¿Eres un adepto? —replicó Fafhrd, tartamudeando un poco.
El desconocido hizo caso omiso de la pregunta y se detuvo a contemplar divertido la
estrafalaria colección de afrodisíacos.
—Sin duda el querido Ningauble es el padre de todos los lascivos de siete ojos —
murmuró—. Debéis de conocerlo lo bastante bien para adivinar que os ha hecho buscar
estos juguetes porque los quiere para él. Incluso en su duelo conmigo, no puede resistir la
tentación de obtener algún beneficio secundario. Pero quizá esta vez el viejo libertino ha
hecho una reverencia al destino sin saberlo. Por lo menos confiemos en que así sea.
Dicho esto, se quitó el cinto del que pendía su espada y lo dejó con toda tranquilidad a
un lado, junto con la espada estrechísima de empuñadura plateada. El ratonero se
encogió de hombros y envainó su arma, pero Fafhrd soltó un gruñido.
—No me gustas —le dijo—. ¿Eres tú quien nos ha sometido al encantamiento porcino?
El desconocido le miró burlonamente.
—Estáis buscando una causa —respondió—. Deseáis conocer el nombre de un agente
que, a vuestro modo de ver, os ha agraviado, y pretendéis desatar vuestras iras contra él
en cuanto sepáis quién es. Pero detrás de cada causa hay otra causa, y detrás del último
agente hay todavía otro agente. Un inmortal no podría matar a una fracción de ellos.
Creedme, pues he seguido esa senda hasta más lejos que la mayoría y tengo cierta
experiencia de los obstáculos especiales colocados en el camino de quien trata de vivir
más allá de los límites de su cráneo y del magro presente..., las trampas que le tienden,
las titánicas enemistades que despierta. Os suplico que esperéis un poco antes de
entablar batalla, como yo esperaré antes de responder a vuestra segunda pregunta.
Admito sin ambages que soy un adepto.
Al oír esta última afirmación, el Ratonero experimentó otro frívolo impulso de
comportarse fantásticamente, esta vez imitando a un mago. ¡Allí estaba la extraña criatura
sobre la que podía probar la eficacia de la runa contra los adeptos que llevaba en el
bolsillo! Quería pronunciar entre dientes un conjuro de muerte, agitar los brazos en un
gesto de encantamiento, escupir al adepto y hacer girar a contramano su talón izquierdo
tres veces. Pero también él decidió esperar.
—Siempre hay una manera sencilla de decir las cosas —dijo Fafhrd en tono
amenazador.
—En eso es en lo que difiero de vosotros —replicó el adepto casi animadamente—. No
hay ninguna manera de decir ciertas cosas, y otras son tan difíciles que un hombre
languidece y muere antes de encontrar las palabras adecuadas. Uno debe tomar
prestadas frases del cielo, palabras que proceden de más allá de las estrellas. De lo
contrario, todo sería una burla, ignorante, aprisionadora.
El Ratonero miró fijamente al adepto, súbitamente y consciente de que había en él una
incongruencia monstruosa, como si uno pudiera percibir un atisbo de doblez en la
curvatura de los labios de Solón, o de cobardía en los ojos de Alejandro, o de imbecilidad
en el rostro de Aristóteles, pues aunque el adepto era evidentemente erudito, confiado y
poderoso, el Ratonero no podía evitar la idea de que era un niño mórbidamente ávido de
experiencia, un chiquillo tímido y lastimosamente curioso, y tenía además la sensación
desconcertante de que éste era el secreto por el que había espiado durante tanto tiempo
a Ahura.
Los músculos del brazo armado de Fafhrd estaban tensos, y parecía a punto de dar
una réplica todavía más tensa, pero en vez de hacerlo, envainó su espada, se acercó a la
mujer, le cogió un momento las muñecas y luego la cubrió con su manto de piel de oso.
—Su espíritu sólo se ha alejado un poco —dictaminó—. No tardará en regresar. ¿Qué
le has hecho, a ella, a vosotros o a mí? —replicó el adepto, casi irritado—. Estáis aquí y
tengo que hacer un trato con vosotros. —Hizo una pausa—. He aquí, en pocas palabras,
mi propuesta: os haré adeptos como yo mismo, compartiendo con vosotros todo el
conocimiento de que vuestra mente sea capaz, a condición de que sigáis sometiéndoos a
hechizos como el que ya conocéis y otros que pueda practicar en el futuro, para aumentar
nuestro conocimiento. ¿Qué decís a eso?
—¡Espera, Fafhrd! —imploró el Ratonero, cogiendo a su camarada del brazo—. No le
ataques todavía. Miremos la estatua desde todos los ángulos. ¿Por qué, mago
magnánimo, has decidido hacernos esa oferta, y por qué nos has hecho venir hasta aquí
para hacerla, en vez de obtener la respuesta en Tiro?
—Un adepto —rugió Fafhrd, tirando del Ratonero—. ¡Me ofrece hacerme un adepto! ¡Y
por eso he de seguir besando a los cerdos! ¡Vete a escupir en el gaznate de Fenris!
—En cuanto al motivo por el que os he hecho venir aquí —dijo el adepto fríamente—,
es la existencia de ciertas limitaciones a mi capacidad de movimiento, o por lo menos a
mis poderes de comunicación satisfactoria. Además, hay un motivo especial, que os
revelaré en cuanto hayamos cerrado nuestro trato..., aunque puedo deciros que, sin que
lo supierais, ya me habéis ayudado.
—Pero ¿por qué nos has elegido a nosotros? ¿Por qué? —insistió el Ratonero,
oponiendo resistencia al tirón de Fafhrd.
—Algunos porqués, si los seguís lo suficiente, conducen al borde de la realidad. Yo he
buscado el conocimiento más allá de los sueños del hombre ordinario, me he aventurado
hasta muy lejos en la oscuridad que rodea las mentes y los astros, pero ahora, en medio
de los negros recovecos de ese temible laberinto, me encuentro de súbito al final de mi
madeja. Los poderes tiranos que custodian ignorantes el secreto del universo sin saber lo
que es, me han husmeado. Esos viles guardianes de los que Ningauble es un mero
agente e incluso Ormadz un símbolo vago, han tendido sus trampas y levantado sus
barricadas. Y mis mejores antorchas se han apagado o han demostrado tener una llama
demasiado débil. Necesito nuevas avenidas de conocimiento.
Les miró entonces con unos ojos que parecían transformados en agujeros gemelos en
una cortina.
—Hay algo en lo más profundo de vosotros, algo que vosotros, y otros con anterioridad,
habéis guardado celosamente desde tiempo inmemorial, algo que permite reír como sólo
los Dioses Antiguos han reído jamás, algo que hace ver una especie de broma en el
horror, la desilusión y la muerte. Mucha es la sabiduría que obtendremos al desentrañar
ese algo.
—Crees que somos bonitos chales tejidos para que tus hábiles dedos los deshilachen
—rezongó Fafhrd—. ¿Para hacerte esa cuerda en cuyo extremo estás y descender por
ella hasta Niflheim?
—Cada adepto debe deshilacharse a sí mismo, antes de que pueda deshilachar a otros
—dijo el desconocido sin sonreír—. No sabéis qué tesoro mantenéis virgen e inútil en
vuestro interior, o lo derramáis con una risa insensata. Hay en él mucha riqueza, muchas
complejidades, hilos del destino que conducen más allá del cielo hasta reinos no soñados.
—Su voz era rápida y evocadora—. ¿No tenéis deseos de comprender, impulsos de
aventuras más grandes que vuestros vagabundeos de escolares? Os daré dioses por
enemigos y estrellas como dote y tesoro, con sólo que hagáis lo que os ordene. Todos los
hombres serán vuestros animales; los mejores, vuestra jauría. ¿Besar caracoles y
cerdos? Eso no es más que un principio. Más grandes que Pan, asustaréis a las
naciones, violaréis al mundo. El universo temblará bajo vuestra lujuria, pero lo dominaréis
y haréis que se postre a vuestros pies. Esa risa antigua os dará el poder...
—¡Alcahuete que escupes suciedad! ¡Libertino de labios sarnosos! ¡Basta!
El adepto hizo caso omiso de los gritos de Fafhrd, y siguió hablando como en trance,
moviendo los labios de manera que su barba negra se agitaba rítmicamente.
—Sólo someteos a mi voluntad. Retorceremos y torturaremos todas las cosas,
conoceremos su causa. La lujuria de los dioses pavimentará el camino que pisaremos a
través de la ventosa oscuridad hasta que encontremos al que acecha en el cráneo
insensible de Odin, tirando de los hilos que mueven vuestras vidas y la mía. Todo el
conocimiento será nuestro, todo para nosotros tres. ¡Sólo tenéis que darme vuestras
voluntades, someteos a mí!
Por un momento, al Ratonero le hipnotizó el resplandor de atroces maravillas. Entonces
notó los bíceps de Fafhrd, que habían aflojado su presa —como si también el nórdico
estuviera cediendo—, pero de súbito, se tensaron, y escuchó de sus propios labios unas
palabras proyectadas fríamente en el silencio resonante.
—¿Crees que una poesía es suficiente para que nos convenzan tus nauseabundas
añagazas? ¿Crees que nos importa un ardite tu pomposa manera de escudriñar la
inmundicia? Fafhrd, este baboso me ofende, por más motivos que las perrerías que ya
nos ha hecho. Sólo queda por decidir quién se encarga de él. Anhelo desmadejarle,
empezando por las costillas.
—¿No comprendéis lo que os he ofrecido, la magnitud de la dádiva? ¿No tenemos
ningún terreno común?
—Sólo para luchar en él. Invoca a tus demonios, brujo, o de lo contrario coge tu arma.
La avidez sobrenatural desapareció de los ojos del adepto, dejando en su lugar una
expresión mortecina. Fafhrd cogió la copa de Sócrates y la arrojó al suelo para echar
suertes, soltó un juramento cuando la copa rodó hacia el Ratonero, cuya mano rápida
como un felino empuñó suavemente la delgada espada llamada Escalpelo. El adepto se
agachó, tanteó a ciegas detrás de él, recuperó el cinto y la vaina y extrajo de ésta una
hoja que parecía tan delicada y sensible como una aguja. Se quedó en pie, como una
imagen descarnada y glacial de la indolencia recortada en el arrebol del sol naciente, el
negro monolito antropomorfo erguido a sus espaldas.
El Ratonero desenvainó en silencio a Escalpelo, deslizó un dedo acariciante por un
lado de la hoja y, al hacerlo, observó una inscripción en carboncillo que decía: «No
apruebo el paso que estás dando. Ningauble». Con un siseo de disgusto, el Ratonero
borró la inscripción frotando la hoja contra su muslo y concentró la mirada en el adepto,
con tal fijeza que no reparó en que Ahura, tendida en el suelo, había abierto los ojos.
—Y ahora, brujo de los muertos —dijo el pequeño espadachín—, me llamo el Ratonero
Gris.
—Y mi nombre es Anra Devadoris.
Al instante, el Ratonero puso en acción su plan cuidadosamente ideado: dar dos saltos
rápidos hacia adelante y lanzar su cuerpo, prolongado por el acero, contra la espada del
adepto, que debía desviar, y a continuación la garganta del mismo, que debía cortar. Ya
imaginaba el chorro de sangre que brotaría de la herida cuando, en medio del segundo
salto, vio que la hoja del adepto se dirigía hacia sus ojos silbando como una flecha. Con
un esfuerzo de torsión abdominal se hizo a un lado y paró el golpe ciegamente. La hoja
del adepto golpeó ávidamente a Escalpelo, pero su punta sólo rozó levemente el cuello
del Ratonero, el cual recuperó el equilibrio agachándose, con la guardia muy abierta, y
sólo un salto hacia atrás le salvó del segundo golpe de Anra Devadoris, rápido como el
ataque de una serpiente. Al prepararse a parar la siguiente estocada, jadeó lleno de
asombro, pues jamás en su vida se había enfrentado a un contrincante tan rápido. Fafhrd
estaba pálido, pero Ahura, con la cabeza un poco levantada del manto de piel, sonreía
con una alegría débil e incrédula, pero maligna..., una alegría realmente malévola que no
armonizaba en absoluto con sus anteriores indicios furtivos e intangibles de crueldad.
Pero la sonrisa de Anra Devadoris era más ancha, y antes de atacar al Ratonero, hizo
con la cabeza un gesto de condescendiente gratitud. La fina hoja se movió como un rayo,
y Escalpelo silbó frenética, a la defensiva. El Ratonero retrocedió en etapas, saltando y
trazando círculos, con el rostro sudoroso, la garganta seca, pero el corazón exultante,
pues nunca se había batido tan bien..., ni siquiera aquella bochornosa mañana en que,
con la cabeza metida en un saco, despachó a un raptor egipcio caprichosamente cruel.
De un modo inexplicable, tenía la sensación de que ahora se resarcía de los días que
había pasado espiando a Ahura.
La fina espada se acercó de nuevo y de momento el Ratonero no supo en qué lado de
Escalpelo había golpeado, por lo que saltó hacia atrás, pero no lo bastante rápido para
evitar una punzada en el costado. Lanzó un tajo tremendo al brazo en retirada del
adepto... y apenas logró retirar su propio brazo antes de que le alcanzara el arma de su
contrario.
Con una voz extraña, tan baja que Fafhrd apenas la oyó y el Ratonero no la oyó en
absoluto, Ahura dijo:
—Las arañas te cosquilleaban ligeramente mientras corrían, Anra.
Quizá el adepto titubeó de un modo casi imperceptible, o quizá fue sólo que la
expresión de sus ojos se hizo un poco más vacía. En cualquier caso, el Ratonero no tuvo
la oportunidad, que buscaba desesperadamente, de iniciar un contraataque y abandonar
el mortífero tiovivo de su retirada en círculos. Por mucha atención que pusiera, no podía
descubrir ninguna brecha en la red que el adversario le lanzaba constantemente con su
acero, ni podía discernir en el rostro de detrás de la red alguna mueca reveladora, el
menor movimiento ocular que sugiriese el siguiente punto de ataque, un ensanchamiento
de las aletas de la nariz o una distensión de los labios, que revelaran una fatiga similar a
la que él sentía. Era inhumano, antinatural, la máscara de una máquina construida por
algún Dédalo, o de un autómata plateado como la lepra surgido de un mito. Y, como una
máquina, Devadoris parecía adquirir fuerza del mismo ritmo que estaba minando la del
Ratonero.
El pequeño espadachín comprendió que debía interrumpir aquel ritmo por medio de un
contraataque, o sería víctima de una rapidez ciega. Entonces, se dio cuenta de que nunca
le llegaría la oportunidad adecuada para aquel contraataque, que esperaría en vano
cualquier fallo en el ataque de su adversario, que debía hacer una conjetura y arriesgarlo
todo.
Le ardía la garganta, el corazón le golpeaba en la caja torácica, como si se asfixiara, un
veneno que le escocía y atería se iba extendiendo por sus miembros.
Devadoris inició una finta, o una estocada mortífera, dirigida a su rostro. Al mismo
tiempo, el Ratonero oyó gritar alegremente a Ahura:
—Colgaron sus telarañas de tu barba y los gusanos conocían tus partes secretas,
Anra.
Hizo su conjetura... y lanzó una estocada a la rodilla del adepto. Tal vez su conjetura
fue correcta, o alguna otra cosa detuvo el impulso mortífero del adepto, el cual paró
fácilmente el golpe del Ratonero, pero el ritmo se rompió y su velocidad disminuyó.
Volvió a atacar velozmente y, de nuevo, el Ratonero hizo una suposición en el último
momento. Y otra vez Ahura pronunció unas palabras misteriosas:
—Los gusanos te hicieron un collar, y cada escarabajo en movimiento se detenía para
asomarse a tus ojos, Anra.
Aquello se repitió una y otra vez: velocidad, suposición y broma macabra, pero en cada
ocasión el Ratonero sólo conseguía un respiro momentáneo, nunca la oportunidad de un
contraataque extenso. Prosiguió su retirada en círculos, de un modo tan continuo que
tenía la sensación de haber caído en un remolino. A cada vuelta que daba aparecían ante
su vista ciertos hitos fijos: el rostro pálido y angustiado de Fafhrd, la tumba voluminosa, el
rostro burlón de Ahura, demudado por el odio, la cuchillada roja del sol naciente, el
sombrío monolito, con los soldados de piedra a su lado y sus gigantescas tiendas pétreas,
Fafhrd de nuevo...
Y ahora el Ratonero supo que sus fuerzas decaían definitivamente. Cada contraataque
supuesto le procuraba menos respiro, frenaba menos la velocidad del adepto. Los hitos
oscuros giraban vertiginosamente. Era como si le hubiera succionado el centro de un
torbellino, como si la nube negra que había creído ver salir de Ahura le envolviera como
un vampiro, asfixiándole.
Supo que sólo podría efectuar otro contraataque, por lo que debía concentrar toda su
fuerza en una certera estocada al corazón.
Se preparó.
Pero había esperado demasiado. No conseguía reunir la fuerza necesaria, la velocidad
imprescindible.
Vio que el adepto se preparaba para descargar un golpe de muerte, rápido como el
rayo.
Su propio golpe fue como el gesto de un hombre paralizado que intenta levantarse de
la cama.
Entonces Ahura empezó a reír.
Era una risa horrible, histérica, entrecortada, que hizo preguntarse al Ratonero por qué
le alegraba tanto su muerte a aquella mujer. Y sin embargo, pese a todas las diferencias,
era una risa que sonaba como un eco agudo, distorsionado, de la risa de Fafhrd o la suya
propia.
Observó perplejo que la espada de su contrincante aún no le había traspasado, que la
veloz estocada de Devadoris se enlentecía, como si la odiosa risa envolviera
pesadamente al adepto, como si aquel sonido echara una cadena alrededor de sus
miembros.
El Ratonero tendió la espada y se derrumbó, más que se lanzó, hacia adelante.
Oyó el estremecido suspiro de Fafhrd.
Entonces se dio cuenta de que trataba de extraer a Escalpelo del pecho del adepto, y
que era una tarea casi imposible, a pesar de que la hoja había penetrado en el cuerpo de
Anra Devadoris con tanta facilidad como si estuviera hueco. Tiró de nuevo y Escalpelo
salió y cayó de sus dedos sin fuerza. Le temblaron las rodillas, inclinó la cabeza y la
oscuridad lo inundó todo.
Fafhrd, empapado en sudor, observó al adepto. El cuerpo rígido de Anra Devadoris se
balanceaba como una columna de piedra, liviano primo del monolito que se alzaba a su
espalda. En sus labios estaba fija una sonrisa presciente. El balanceo aumentó, pero
durante un rato, como si fuera una encarnación del horrendo péndulo de la muerte, no
cayó. Entonces, se inclinó demasiado y cayó rígido como una columna, sin doblarse. Se
oyó un ruido horrendo, hueco, cuando la cabeza golpeó contra el suelo.
La risa histérica de Ahura estalló de nuevo.
Fafhrd echó a correr, llamando al Ratonero, y agitó ansiosamente el cuerpo caído.
Como un miembro extenuado de una falange tebana, dormitando sobre su pica en el
crepúsculo de la batalla, el Ratonero dormía el sueño de la fatiga absoluta. Fafhrd buscó
el manto gris de su amigo, le cubrió con él y le dejó dormir.
Ahura temblaba convulsamente.
Fafhrd miró al adepto caído, tendido allí de un modo tan formal, como la estatua de una
tumba que se hubiera desprendido. La delgadez de Devadoris era esquelética. Apenas
había sangrado por la herida que le había infligido Escalpelo, pero tenía la frente
aplastada como una cáscara de huevo. Fafhrd le tocó; tenía la piel fría y los músculos
duros como piedras.
Fafhrd había visto hombres que entraban en estado de rigidez inmediatamente
después de morir, macedonios que habían luchado con denuedo durante demasiado
tiempo, pero al final se habían vuelto débiles y tambaleantes. Anra Devadoris había
conservado el aspecto de agilidad y dominio perfecto hasta el último momento, a pesar de
los venenos que debían correr por sus venas en lugar de sangre. Durante todo el duelo,
su pecho apenas se había agitado.
—¡Por Odin crucificado! —exclamó Fafhrd—. Era todo un hombre, aunque fuera un
adepto.
Una mano se posó sobre su brazo, y se volvió bruscamente. Era Apura, que se había
aproximado por detrás. En la oscuridad destacaba el blanco de sus ojos. Le sonrió
sesgadamente, luego arqueó una ceja, se llevó un dedo a los labios y se arrodilló de
súbito junto al cadáver del adepto. Tocó con cautela la suave superficie satinada del
diminuto grumo de sangre en el pecho del caído. Fafhrd notó de nuevo el parecido de los
rostros y retuvo el aliento. Apura se escabulló como una gata sobresaltada.
Se detuvo de súbito como una bailarina y miró de nuevo a Fafhrd, con una expresión
de placer malicioso por la venganza cumplida. Hizo una seña al nórdico para que se
acercara, y entonces corrió rápidamente a la tumba, subió los escalones, señaló el interior
e hizo un nuevo gesto, invitándole a acercarse. El nórdico se aproximó, dubitativo, sin
apartar los ojos del misterioso rostro de la mujer, bello como el de una ninfa. Subió los
escalones lentamente.
Entonces miró el interior de la tumba.
Tuvo la sensación de que el mundo sano era una mera película que recubría las
abominaciones esenciales. Se dio cuenta de que lo que Apura le mostraba había sido de
algún modo su degradación final y la del ser que se había llamado Anca Devadoris.
Recordó las pullas extravagantes que Apura había lanzado al adepto durante el duelo,
recordó la risa de la mujer, y su mente remolineó al borde de las sospechas de
deshonestidades e intimidades obscenas engendradas en la fosa. Apenas reparó en que
Apura se había desplomado sobre la pared de la tumba y que sus blancos brazos
colgaban, como si señalara con sus diez dedos esbeltos, paralizada por el horror. No
supo que le miraban los ojos del Ratonero, súbitamente despierto y perplejo.
Pensó entonces que el aspecto remilgado y exquisitamente acicalado de Devadoris le
había hecho creer que la tumba era una entrada excéntrica a algún lujoso palacio
subterráneo, pero ahora vio que no había ninguna puerta en la pequeña celda a la que se
asomó, ni grieta alguna indicadora de que pudiera haber puertas ocultas. Lo que había
salido de allí, fuera lo que fuese, había vivido allí, donde los rincones secos estaban
cubiertos de espesas telarañas y el suelo bullía de gusanos, escarabajos peloteros y
negras y peludas arañas.
6: La montaña
Quizá algún demonio bromista, o el mismo Ningauble, había planeado las cosas de
aquel modo. En cualquier caso, cuando Fafhrd bajaba de la tumba, sus pies se enredaron
con la mortaja de Ahriman y lanzó un grito violento (el Ratonero dijo que había «balado»)
antes de ver la causa, que por entonces estaba convertida en jirones.
Entonces Apura, incitada por el tumulto, les hizo pasar unos momentos de terror al
gritar que el monolito negro y los soldados que le acompañaban avanzaban hacia ellos
para aplastarles bajo sus pies pétreos.
Casi al mismo momento, la copa de Sócrates les heló momentáneamente la sangre al
girar en un semicírculo, como si su sabio propietario tanteara invisible el terreno,
buscándola, quizá para humedecerse la garganta tras una fatigosa disputa en el
polvoriento inframundo. De la rama agostada del Árbol de la Vida no había señal, aunque
el Ratonero saltó tan veloz y asustadizo como uno de sus tocayos cuando vio un gran
insecto negro en forma de palo que se arrastraba en el lugar donde debería haber caído
la rama.
Pero fue el camello el que causó la mayor conmoción, al comenzar de súbito a hacer
torpes cabriolas, sumido en un éxtasis muy impropio de él, y finalmente, se aproximó
retozando sobre dos patas a la yegua, la cual huyó gritando consternada. Después resultó
evidente que el camello debía de haber ingerido los afrodisíacos, pues uno de los frascos
estaba destrozado, como si lo hubiera aplastado una pezuña, y no había más que un
poco de espuma en el lugar donde se había vertido su contenido, y dos de los pequeños
tarros de arcilla habían desaparecido. Fafhrd fue en busca de los dos animales, en uno de
los caballos restantes, gritándoles como un loco.
Al quedarse a solas con Apura, el Ratonero tuvo que poner a prueba su locuacidad
para salvar la cordura de la muchacha, contándole una serie de nimiedades, sobre todo
chismorreos de Tiro subidos de color, pero incluyendo todo un relato apócrifo sobre cómo
él, Fafhrd y cinco muchachos etíopes, jugaron una vez al poste de mayo con los tallos
oculares de un Ningauble borracho, y le dejaron escudriñando a su alrededor en las más
curiosas direcciones. (El Ratonero se preguntaba por qué no habían tenido noticias de su
mentor de siete ojos. Después de las victorias, Ningauble siempre se apresuraba a exigir
su pago, que debía ser exacto... Sin duda, insistiría en que le dieran los tres recipientes
de afrodisíacos que se habían perdido.)
El Ratonero podría haber esperado aquella ocasión para cortejar a Ahura y, de ser
posible, asegurarse de que se había librado por completo del encantamiento que
convertía en caracoles a sus amantes. Pero, aparte del estado histérico en que se hallaba
la muchacha, se sentía extrañamente tímido con ella, como si, aunque aquélla era la
Ahura a la que amaba, se encontrara con ella por primera vez. Desde luego, era una
Ahura muy diferente a aquélla con la que habían viajado a la Ciudad Perdida, y el
recuerdo de cómo había tratado a esa otra Ahura le refrenaba. Así pues, le halagó y
consoló como podría haberlo hecho con una huérfana solitaria de Tiro, y finalmente, sacó
de su bolsa dos pequeñas y divertidas marionetas y dejó que la divirtieran por él.
Ahura sollozaba y se estremecía, y apenas parecía escuchar las tonterías que le decía
el Ratonero, pero fue sosegándose, la cordura se reflejó en sus ojos y pareció consolada.
Cuando Fafhrd regresó por fin con el camello, todavía embriagado, y la yegua ultrajada,
no les interrumpió, sino que escuchó seriamente a su amigo, mirando de vez en cuando al
adepto muerto, el negro monolito, la ciudad de piedra, o la pendiente del valle hacia el
norte. Una bandada de pájaros que volaban muy alto se dirigían al mismo lugar. De
repente, las aves se dispersaron bruscamente, como si un águila las hubiera atacado, y
Fafhrd frunció el ceño. Un instante después, oyó un silbido en el aire. También el
Ratonero y Ahura alzaron la vista y tuvieron un atisbo de un objeto largo y delgado que
descendía hacia ellos. Se apresuraron a apartarse y al punto oyeron el golpe seco de una
larga flecha blanca al clavarse en el suelo, apenas a un palmo de Fafhrd, donde quedó
vibrando.
Al cabo de unos momentos, Fafhrd la tocó con mano temblorosa. El dardo estaba
cubierto de hielo, las plumas rígidas, como si, de un modo increíble, hubiera viajado
durante largo tiempo a través del gélido aire supramundano. En el palo había algo muy
bien atado. El nórdico lo desprendió y desenrolló una hoja quebradiza de papiro, rígida a
causa del hielo, pero que se ablandó bajo su tacto. Decía: «Debéis proseguir la marcha.
Vuestra búsqueda aún no ha concluido. Confiad en los portentos. Ningauble».
Todavía temblando, Fafhrd empezó a maldecir ruidosamente.
Arrugó el papiro, arrancó la flecha del suelo, la partió en dos y arrojó lejos los
fragmentos.
—¡Engendro espurio de un eunuco, un búho y un pulpo! —exclamó—. Primero trata de
ensartarnos desde el cielo, luego nos dice que nuestra búsqueda no ha terminado...
¡Cuando acabamos de finalizarla!
El Ratonero, que conocía bien aquellos accesos de ira que tendía a sufrir Fafhrd
después de un combate, sobre todo un combate en el que no había podido participar,
empezó a hacer un frío comentario. Pero entonces vio que la cólera desaparecía
bruscamente de la mirada de su amigo, dejando en su lugar un extraño fulgor que no le
gustó.
—¡Ratonero! —exclamó ansioso—. ¿Hacia qué lado he arrojado la flecha?
—Pues... al norte —dijo el Ratonero sin pensar.
—Sí, y los pájaros volaban hacia el norte, ¡y la flecha estaba cubierta de hielo! —El
extraño fulgor en los ojos de Fafhrd se convirtió en una brillantez frenética—. ¿Ha dicho
portentos? ¡De acuerdo, confiaremos en los portentos! ¡Iremos al norte, al norte, y más al
norte todavía!
El Ratonero se sintió anonadado, pues ahora sería especialmente difícil combatir el
permanente deseo de Fafhrd de llevarle a «esa tierra maravillosamente fría donde sólo
pueden vivir hombres fornidos y fogosos, y eso sólo gracias a la caza de animales
salvajes y cubiertos de pelo», perspectiva muy desalentadora para un amante de los
baños calientes, el sol y las noches meridionales.
—Ésta es una oportunidad única —siguió diciendo Fafhrd, recitando las palabras como
un bardo—. Ah, revolcarte desnudo en la nieve, sumergirte como una morsa en el agua
guarnecida de hielo. Alrededor del Caspio y por encima de montañas mayores que éstas,
hay un camino que han seguido los hombres de mi raza. ¡Son las entrañas de Thor, pero
te gustará! Nada de vino, sólo hidromiel caliente y sabrosas reses humeantes, pieles
ajustadas al cuerpo para abrigarte, aire frío por la noche para mantener los sueños
nítidos, y mujeres de fuertes caderas. Y luego, navegar en una canoa y reír bajo el rocío
helado. ¿Por qué nos hemos retrasado tanto? ¡Vamos! ¡Por el miembro glacial que
engendró a Odin, debemos ponernos en camino en seguida!
El Ratonero ahogó un gemido.
—Ah, hermano de sangre —recitó el Ratonero, con no menos descaro—, mi corazón
salta de gozo incluso más que el tuyo al pensar en la nieve estimulante y en todos los
demás encantos de la vida viril que anhelo saborear desde hace mucho tiempo, pero —la
voz se le quebró y añadió entristecido— nos olvidamos de esta buena mujer, a quien en
todo caso, aun cuando pasemos por alto la orden de Ningauble, debemos llevar de nuevo
a Tiro, sana y salva.
Sonrió interiormente.
—Pero no quiero regresar a Tiro —le interrumpió Ahura, alzando la vista de las
marionetas con una picardía tan similar a la de una niña, que el Ratonero se maldijo por
haberla tratado como tal—. Este lugar solitario parece igualmente alejado de todos los
sitios habitados. El norte es una dirección tan buena como cualquier otra.
—¡Carne de Freya! —exclamó Fafhrd, abriendo los brazos—. ¿Oyes lo que dice,
Ratonero? ¡Por Idun que ha hablado como una auténtica mujer del país de las nieves!
Ahora no debemos perder un solo momento. Oleremos el hidromiel antes de que termine
el año. ¡Por Frigg, una mujer! Ratonero, tú que eres espabilado para ser tan pequeño,
¿has visto de qué manera tan elegante lo ha planteado?
Empezaron a preparar la partida, sin que hubiera manera de evitarla (al menos por el
momento, concedió el Ratonero). El baúl de los afrodisíacos, la copa y la mortaja hecha
jirones se cargaron en el camello, el cual seguía comiéndose con los ojos a la yegua y
chasqueando sus grandes y correosos labios. Fafhrd saltaba, gritaba y daba palmadas al
Ratonero en la espalda, como si no les rodeara una antiquísima ciudad en ruinas y un
adepto sin vida que se calentaba al sol.
Poco después se pusieron en marcha por el valle. Fafhrd se puso a cantar sobre
tormentas de nieve, cacerías y monstruos grandes como icebergs, gigantes altos como
montañas heladas, mientras que el Ratonero se entretenía sombríamente imaginando su
propia muerte a manos de una mujer «de fuertes caderas» demasiado afectuosa.
Pronto, el camino se hizo menos yermo. Los arbustos y la pendiente del valle ocultaron
la ciudad tras ellos. El Ratonero experimentó una oleada de alivio cuando el último
centinela pétreo se perdió de vista, sobre todo el monolito negro que se quedó allí
reflexionando ante el cadáver del adepto, y volvió su atención a lo que tenía delante, una
montaña cónica que cerraba la boca del valle, con la cumbre envuelta en la niebla, una
cumbre solitaria y tormentosa en la que su imaginación colocaba increíbles torres y
chapiteles.
Bruscamente, salió de su ensoñación. Fafhrd y Ahura se habían detenido y
contemplaban algo totalmente inesperado: una casa de madera, baja y sin ventanas, que
se alzaba entre unos árboles achaparrados, con un par de campos labrados detrás. Los
espíritus guardianes toscamente tallados en los cuatro ángulos del tejado parecían
persas, pero depurados de toda influencia meridional, persas antiguos.
Y persas antiguos parecían también los rasgos, la nariz recta, la barba blanca con
hebras negras, del viejo que les miraba con circunspección desde el umbral. El rostro de
Ahura era el que parecía mirar con más atención, o trataba de mirar, pues Fafhrd la
ocultaba casi del todo.
—Te saludamos, padre —dijo el Ratonero—. ¿No es éste un día alegre para cabalgar y
las tuyas buenas tierras que cruzar?
—Sí —replicó dubitativo el anciano, utilizando un antiguo dialecto—. Aunque nadie, o
muy pocos, pasan por aquí.
—Es una suerte estar lejos de las ciudades hediondas —terció Fafhrd con
entusiasmo—. ¿Conoces la montaña que está más adelante, padre? ¿Existe algún
camino fácil más allá que conduzca al norte?
Al oír la palabra «montaña» el viejo pareció encogerse y no respondió.
—¿Hay algo censurable en el camino que estamos siguiendo? —preguntó rápidamente
el Ratonero—. ¿O algo malo en esa montaña nebulosa?
El anciano empezó a encogerse de hombros, los mantuvo contraídos y miró de nuevo a
los viajeros. En su rostro pareció entablarse un forcejeo entre la amabilidad y el temor, y
ganó la primera, pues se inclinó hacia adelante y dijo con apresuramiento:
—Os aconsejo que no vayáis más lejos, hijos. ¿De qué sirve el acero de vuestras
espadas, la velocidad de vuestros caballos, contra...? Pero recordad —añadió, alzando la
voz— que yo no acuso a nadie. —Miró con rapidez a uno y otro lado—. No tengo nada de
qué quejarme, y la montaña es para mí muy beneficiosa. Mis padres regresaron aquí
porque tanto los ladrones como los hombres honrados evitan esta tierra. Aquí no hay que
pagar tributos. Yo no pregunto nada.
—No temáis, padre, creo que no iremos más lejos —dijo el Ratonero arteramente—.
Sólo somos personas ociosas que siguen a sus narices a lo ancho del mundo, y a veces
llegan a nuestros oídos relatos fantásticos. Eso me recuerda algo en lo que podrías
ayudar a unos jóvenes generosos como nosotros. —Hizo tintinear las monedas en una
bolsa—. Hemos oído la historia de un demonio que vive aquí..., un joven demonio vestido
de negro y plata, pálido y con barba negra.
Mientras el Ratonero decía estas palabras, el anciano retrocedía hasta que entró en la
casa y cerró la puerta, aunque no antes de que vieran que alguien le tiraba de la manga.
En seguida oyeron la voz de una niña que recriminaba al viejo.
La puerta se abrió de repente, y oyeron que el hombre decía: «... caerá sobre todos
nosotros». Entonces, una niña de unos quince años salió corriendo hacia ellos. Estaba
sonrojada y su mirada traslucía inquietud y miedo.
—¡Tenéis que regresar! —les gritó mientras corría—. Sólo los seres malvados van a la
montaña... o los condenados. La niebla oculta un castillo grande y horrible, donde viven
demonios poderosos y solitarios. Y uno de ellos...
Cogió el estribo de Fafhrd, pero antes de que sus dedos se cerraran sobre él, miró a
Ahura y una expresión de terror abismal apareció en su rostro.
—¡Es él! —gritó—. ¡El de la barba negra!
Y se desplomó sin sentido.
La puerta se cerró de golpe y oyeron el ruido de una barra que la atrancó.
Desmontaron. Ahura se arrodilló junto a la niña y les indicó con una seña que sólo se
había desmayado. Fafhrd se acercó a la puerta atrancada, pero ni golpes, ni súplicas, ni
amenazas, pudieron abrirla. Finalmente resolvió el enigma derribándola. Vio al viejo que
retrocedía hacia un rincón oscuro, una mujer que intentaba ocultar a un bebé en un
montón de paja, una mujer muy anciana sentada en un taburete, ciega, sin duda, pero
que de todos modos escudriñaba a su alrededor, atemorizada, y un joven que sostenía un
hacha en sus manos temblorosas. El parecido de los miembros de la familia era muy
marcado.
Fafhrd esquivó el débil hachazo del joven y le quitó suavemente el arma.
El Ratonero y Ahura llevaron a la niña al interior. Al ver a Ahura, aquella gente lanzó
gritos de horror.
Tendieron a la niña sobre la paja, y Ahura fue en busca de agua y empezó a
humedecerle la cabeza.
Entretanto, el Ratonero, aprovechando el terror de la familia y casi haciéndose pasar
por un demonio de la montaña, logró que respondieran a sus preguntas. Primero les
preguntó por la ciudad pétrea. Era un centro de antigua adoración al diablo, por donde
nadie debía pasar. Sí, habían visto el negro monolito de Ahriman, pero sólo desde lejos.
No, ellos no adoraban a Ahriman... ¿No veía el sagrario que cuidaban en honor de
Ormadz, adversario de aquél? Pero temían a Ahriman, y las piedras de la ciudad
demoníaca tenían una vida propia.
Entonces, les preguntó por la montaña envuelta en la niebla, y le resultó más difícil
obtener respuestas satisfactorias. Insistieron en que las nubes siempre cubrían su
cumbre. Sin embargo, el joven admitió que una vez, al ponerse el sol, había vislumbrado
unas torres verdes y unos minaretes retorcidos, inclinados en ángulos absurdos. Pero allí
arriba había peligro, un peligro horrible, aunque no podía decir cuál era.
El Ratonero se volvió hacia el viejo y le dijo en tono áspero:
—Me has dicho que mis hermanos demonios no os cobran tributos por esta tierra. Si no
se trata de dinero, ¿qué clase de impuestos os hacen pagar?
—Vidas —susurró el anciano, poniendo los ojos en blanco.
—Vidas, ¿eh? ¿Cuántas? ¿Y cuándo vienen a cobrarlas?
—Ellos nunca vienen, sino que nosotros vamos. Quizá cada diez años, quizá cada
cinco, una noche aparece una luz verde amarillenta en lo alto de la montaña y se oye en
el aire una potente llamada. A veces, después de una noche así, uno de nosotros
desaparece..., alguien que estaba demasiado lejos de la casa cuando apareció la luz
verde. Estar en casa con los demás ayuda a resistir la llamada. Sólo he visto esa luz
desde la puerta, con un fuego ardiendo a mis espaldas y alguien sujetándome. Mi
hermano fue cuando yo era un muchacho. Luego, durante muchos años, la luz no
apareció de nuevo, por lo que incluso empecé a preguntarme si no habría sido una
leyenda o una ilusión de mi infancia.
»Pero hace siete años —prosiguió con voz temblorosa, mirando al Ratonero—, un día,
al caer la tarde, llegaron cabalgando, en caballos flacos y extenuados, un hombre joven y
otro viejo..., o más bien dos seres que tales parecían, pues supe sin que me lo dijeran, lo
supe mientras permanecía agazapado y temblando detrás de la puerta, mirando a través
de una grieta, que los amos regresaban al castillo llamado Niebla. El viejo era calvo como
un buitre y no tenía barba, mientras que el joven tenía el inicio de una barba negra y
sedosa. Vestía de negro y plata y su rostro era muy pálido. Sus rasgos eran como... —su
mirada temerosa se posó en Ahura—. Cabalgaba rígidamente y su cuerpo delgado se
balanceaba a uno y otro lado. Parecía muerto.
»Siguieron cabalgando hacia la montaña sin mirar a los lados, pero desde entonces, la
luz verde amarillenta ha brillado casi todas las noches en la cima de la montaña, y
muchos de nuestros animales han respondido a la llamada..., y los salvajes también, a
juzgar por la disminución de su número. Hemos tenido cuidado, manteniéndonos siempre
cerca de la casa. Mi hijo mayor fue allí hace sólo tres años. Fue demasiado lejos mientras
cazaba y anocheció antes de que regresara.
»Y hemos visto al joven de la barba negra muchas veces, normalmente desde cierta
distancia, caminando entre las rocas o de pie, con la cabeza inclinada sobre algún
despeñadero, aunque una vez, mi hija estaba lavando en el arroyo y, al alzar la vista de la
ropa vio los ojos muertos de ese hombre que la miraba entre juncos. Y una vez, mi hijo
mayor, que estaba dando caza a un leopardo de nieve herido en una espesura, le
encontró hablando con la fiera. Un día, en la época de la cosecha, me levanté muy pronto
y le vi sentado junto al pozo, mirando nuestra casa, aunque no pareció verme salir.
También hemos visto al viejo, aunque no tan a menudo, y en los dos últimos años no
habíamos visto a ninguno de los dos, hasta que...
Y una vez más, su mirada se volvió hacia Ahura.
Entretanto, la niña había vuelto en sí, y esta vez, el terror que le inspiraba Ahura no fue
tan extraño. No pudo añadir nada a lo que había contado el anciano.
Prepararon su partida. El Ratonero observó cierta hostilidad velada hacia la muchacha,
especialmente en los ojos de la mujer con el niño, por haber tratado de advertirles. Así
pues, antes de cruzar la puerta se volvió y dijo:
—Si tocáis un solo cabello de la niña, regresaremos, y el de la barba negra vendrá con
nosotros. La luz verde nos guiará y la venganza será terrible.
Arrojó unas monedas de oro al suelo y partieron.
(Y así, aunque su familia la miraba como una alianza de demonios, o quizá debido a
ello, a partir de entonces la muchacha llevó una vida regalada y llegó a considerar su
sangre como superior a la de los demás, aprovechándose con descaro del miedo que
sentían hacia el Ratonero, Fafhrd y el de la barba negra, y finalmente, les obligó a que le
dieran todas las monedas de oro, con las que se compró vestidos seductores tras un viaje
afortunado a una ciudad lejana, donde mediante hábiles estratagemas, se convirtió en la
esposa de un sátrapa y vivió suntuosamente para siempre jamás..., algo que suele ser el
destino de las personas románticas, con sólo que lo sean en grado suficiente.)
Al salir de la casa, el Ratonero encontró a Fafhrd muy impaciente y esforzándose por
recuperar su frenesí anterior.
—¡Date prisa, pequeño aprendiz de demonio! —le gritó—. ¡Tenemos una cita con la
buena tierra de la nieve y no podemos rezagarnos!
Se pusieron en camino y el Ratonero le replicó de buen humor:
—¿Y qué me dices del camello, Fafhrd? No podemos llevarlo a un país helado. Se
moriría de flema.
—No hay ningún motivo por el que la nieve no haya de ser tan buena para un camello
como lo es para los hombres —respondió Fafhrd. Entonces, irguiéndose en su silla y
mirando hacia la casa, agitó un brazo y gritó—: ¡Muchacho! ¡El que blandía el hacha!
Cuando en los años futuros sientas un extraño anhelo en tus huesos, vuelve el rostro
hacia el norte. Allí encontrarás una tierra donde puedes ser un hombre de veras.
Pero en el fondo sabían que toda esta charla era un pretexto, que ahora otros planetas
dominaban en sus horóscopos..., en particular, uno que brillaba con una luz verde
amarillenta. Mientras avanzaban por el valle, su silencio y la ausencia de animales e
incluso de insectos lo hacían siniestro, y tuvieron la sensación de que los misterios se
cernían sobre ellos. Sabían que algunos de esos misterios estaban encerrados en Ahura,
pero ambos evitaban interrogarla, debido a las vagas aprensiones de los trastornos
aterradores que había sufrido la mente de la muchacha.
Finalmente, el Ratonero expresó los pensamientos de ambos.
—Sí, mucho me temo que Anra Devadoris, quien trató de convertirnos en sus
aprendices, no era más que un aprendiz y, como tal, intentó atribuirse el mérito de su
amo. El de la barba negra ya no está, pero el que no tiene barba sigue ahí. ¿Qué es lo
que dijo Ningauble?... No una simple criatura, sino un misterio..., no una sola identidad,
sino un espejismo.
—¡Por todas las pulgas que pican al Gran Antíoco y todos los piojos que hacen
cosquillas a su mujer! —exclamó una voz aguda e insolente a sus espaldas—.
Condenados caballeros, ya sabéis lo que contiene esta carta que os traigo.
Los dos amigos se volvieron. De pie, al lado del camello —era concebible que hubiera
estado oculto tras una roca cercana había un muchacho moreno, gracioso y sonriente, tan
típicamente alejandrino que parecía como si acabara de salir de Rakotis con un perro
mestizo husmeándole los talones. (El Ratonero casi había esperado que apareciera en
seguida uno de tales perros.)
—¿Quién te envía, muchacho? —le preguntó Fafhrd—. ¿Cómo has llegado aquí?
—A ver, ¿quién creéis que me envía y cómo? —replicó el chiquillo—. Toma. —Arrojó al
Ratonero una tablilla encerada—. Seguid mi consejo y alejaos de aquí mientras todavía
es posible. Por lo que respecta a vuestra expedición, creo que Ningauble está levantando
los vientos de su tienda para volver a casa. Siempre es un amigo necesitado, mi querido
patrón.
El Ratonero cortó los cordeles, abrió la tablilla y leyó:
«Saludos, mis valientes aventureros. Lo habéis hecho todo bien, pero queda lo último
por hacer. Escuchad la llamada y seguid la luz verde, pero luego tened mucho cuidado.
Ojalá pudiera prestaron más ayuda. Entregad al muchacho la mortaja, la copa y el baúl
como primer pago.»
—¡Mocoso de Loki! ¡Engendro de Regin! —exclamó Fafhrd.
El Ratonero alzó la vista y vio que el chiquillo se alejaba bamboleándose hacia la
Ciudad Perdida, a lomos del ansioso camello fugitivo. Su risa descarada se oyó aguda y
débil.
—Ahí se va la generosidad del pobre e indigente Ningauble —comentó el Ratonero—.
Ahora sabemos qué hacer con el camello.
—Que se quede con la bestia y los juguetes —dijo Fafhrd—. ¡En buena hora nos
libramos de su chismorreo!
Una hora después, el Ratonero observó:
—No es una montaña de altura extraordinaria, pero sí bastante alta. Me pregunto quién
abrió este caminillo y quién lo mantiene expedito.
Mientras hablaba, iba enrollando sobre el hombro una cuerda larga y delgada, de las
que utilizan los escaladores, con un gancho en un extremo.
El sol se ponía y el crepúsculo les pisaba los talones. El sendero, que parecía haber
surgido de la nada, revelándose sólo gradualmente, les conducía ahora sinuosamente
alrededor de grandes rocas y a lo largo de cuestas cada vez más empinadas y sembradas
de piedras. La conversación, que mantenían al tiempo que extremaban su cautela, se
había centrado en los métodos de Ningauble y sus agentes, y especularon acerca de si se
comunicaban directamente, de una mente a otra, o lo hacían mediante ligeros silbidos que
emitían una nota demasiado alta para que pudieran percibirla los humanos, pero capaz de
producir un temblor en el silbato de otro hermano o en el oído del murciélago.
Todo el universo pareció detenerse en aquel momento. Una luz verdosa espectral
brillaba en la cima envuelta en nubes..., pero quizá no era más que el brillo del sol
reflejado en el cielo. Había en el aire una sutil vibración, un susurro por debajo del umbral
auditivo, como si un ejército de insectos invisibles aforaran sus instrumentos. Estas
sensaciones eran tan intangibles como la fuerza que les hacía avanzar, una fuerza tan
débil que podrían romperla como un solo hilo de araña, y, aunque eran conscientes de
ello, no querían hacerlo.
Como si respondieran a una palabra no pronunciada, Fafhrd y el Ratonero se volvieron
hacia Apura, la cual pareció cambiar momentáneamente bajo su mirada, abriéndose como
una flor nocturna, volviéndose todavía más infantil, como si algún hipnotizador estuviera
desprendiendo los pétalos externos de su mente, dejando sólo un pequeño estanque
límpido pero de cuyas profundidades desconocidas emergían oscuras burbujas.
Los dos sintieron de nuevo la atracción de aquella mujer, pero con una timidez capaz
de contener cualquier impulso. Y sus corazones quedaron tan silenciosos como las
alturas envueltas en nubes cuando les dijo:
—Anra Devadoris era mi hermano gemelo.
7: Apura Devadoris
—No conocí a mi padre, pues murió antes de que yo naciera. En uno de sus raros
momentos comunicativos, mi madre me dijo: «Tu padre era griego, Apura, un hombre muy
amable e instruido, y reía mucho». Recuerdo que cuando decía eso parecía muy severa,
aún más que hermosa, con la luz del sol brillando en su pelo rizado y teñido de negro.
»Pero tuve la impresión de que recalcaba ligeramente el posesivo al decir «tu padre».
Veréis, incluso entonces Anra me intrigaba, y por eso interrogué a Berenice, el ama de
llaves. Ella me dijo que había estado presente cuando mi madre nos trajo al mundo, a
ambos en la misma noche, y me contó también cómo había muerto mi padre. Casi nueve
meses antes de que naciéramos, una mañana lo encontraron en la calle, delante de
nuestra casa, muerto a palos. Una banda de estibadores egipcios que se dedicaban a
violar y robar de noche fueron los principales sospechosos, aunque nunca los llevaron
ante la justicia, pues eso ocurrió cuando los Ptolomeos ocupaban Tiro. Mi padre tuvo una
muerte horrible; casi le redujeron a una pulpa contra los adoquines.
»En otra ocasión, la vieja Berenice me contó algo acerca de mi madre, tras hacerme
jurar por Atenea y por Set Moloch, los cuales me devorarían si desobedecía, que nunca lo
revelaría. Dijo que mi madre procedía de una familia persa que en los tiempos antiguos
tuvo cinco hijas, todas ellas sacerdotisas, destinadas desde su nacimiento a ser las
esposas de un dios persa maligno, negadas a los abrazos de los mortales y condenadas
a pasar sus noches en soledad con la imagen de piedra del dios en un templo solitario,
«en la mitad del mundo». Aquel día mi madre estaba ausente y la vieja Berenice me llevó
a un sótano bajo su dormitorio y me mostró tres ásperas piedras grises colocadas entre
los ladrillos: me dijo que procedían del templo. A la vieja Berenice le gustaba asustarme,
aunque mi madre le inspiraba un temor cerval. Naturalmente, en seguida le conté todo
aquello a Anra, como hacía siempre.
Ahora el camino ascendía por una cuesta empinada, en la vertiente de una cresta. Los
caballos iban al paso, primero el de Fafhrd, luego el de Ahura y, por último, el del
Ratonero. La expresión de Fafhrd se había suavizado, aunque aún seguía muy vigilante, y
el Ratonero casi parecía un chiquillo curioso. Ahura prosiguió:
—Es difícil haceros comprender mi relación con Anra, porque era tan íntima que ni
siquiera la palabra «relación» la define bien. Solíamos dedicarnos a un juego en el jardín.
Él cerraba los ojos y trataba de adivinar lo que yo estaba mirando. En otros juegos
cambiábamos los papeles, pero no en aquél.
»Mi hermano inventaba toda clase de variaciones del juego y no quería jugar a ningún
otro. A veces yo trepaba por el olivo hasta el tejado, cosa que Anra no podía hacer, y me
quedaba allí mirando durante una hora. Entonces bajaba y le contaba lo que había visto:
unos teñidores extendiendo telas verdes húmedas al sol para que se volvieran púrpura,
una procesión de sacerdotes alrededor del templo de Melkarth, una galera de Pérgamo
con la vela desplegada, un funcionario griego que explicaba con impaciencia algo a su
escriba griego, dos damas con alheña en las manos, riéndose de unos marineros vestidos
con faldas, un judío solitario y misterioso... y él me decía qué clase de personas eran, lo
que estaban pensando y lo que se proponían hacer. Tenía una clase de imaginación muy
especial, pues luego, cuando empecé a salir, descubrí que normalmente tenía razón.
Recuerdo que por entonces me parecía como si él mirase las imágenes de mi mente y
viera más de lo yo podía ver. Eso me gustaba, me producía una sensación muy
agradable.
»Naturalmente, nuestra intimidad se debía en parte a mi madre, sobre todo después de
que cambiara su estilo de vida, porque no nos dejaba salir de casa ni mezclarnos con
otros niños. Había para ello un motivo, aparte de su severidad. Anra era muy delicado,
hasta tal punto que una vez se rompió la muñeca y tardó mucho tiempo en curarse. Mi
madre hizo venir a un esclavo hábil en esos menesteres, quien le dijo a mi madre que
temía que los huesos de Anra se volvieran demasiado quebradizos, le habló de niños
cuyos músculos y tendones se convertían gradualmente en piedra, hasta volverse
estatuas vivientes. Mi madre le golpeó y le arrojó de la casa..., acción que le costó la
pérdida de una buena amiga, porque aquél era un esclavo importante.
»Y aunque Anra hubiera tenido permiso para salir, no habría podido hacerlo. Cuando
yo empecé a salir, le persuadí para que me acompañara. Él no quería, pero me reí de él,
y no podía soportar la risa. En cuanto saltamos la valla del jardín, cayó al suelo sin sentido
y no pude hacerle volver en sí por más que lo intentara. Finalmente, salté de nuevo la
valla para abrir la puerta y arrastrarle adentro, la vieja Berenice me vio y tuve que decirle
lo que había ocurrido. Ella me ayudó a entrarle, pero luego me dio una paliza porque
sabía que nunca me atrevería a decirle a mi madre que había sacado a mi hermano al
exterior. Anra volvió en sí mientras ella me pegaba, pero luego estuvo enfermo durante
toda una semana. Creo que desde entonces no volví a reírme de él.
»Encerrado en la casa, Anra se pasaba la mayor parte del tiempo estudiando. Mientras
yo miraba desde el tejado o sonsacaba relatos a la vieja Berenice y los demás esclavos, o
cuando más adelante salía en busca de información para él, mi hermano permanecía en
la biblioteca de nuestro padre, leyendo o aprendiendo algún nuevo lenguaje con las
gramáticas y traducciones de aquél. Mi madre nos enseñó a leer griego, y yo aprendí un
poco de arameo y fragmentos de lenguas eslavas, y le transmitía Anra ese conocimiento.
Pero él era mucho más hábil que yo en la lectura, y amaba las letras con tanta pasión
como yo amaba el exterior. Para él, las letras estaban vivas. Recuerdo que me mostró
unos jeroglíficos egipcios y me dijo que todos ellos eran animales e insectos, y luego me
enseñó frases en caligrafía egipcia hierática y demótica y me dijo que eran los mismos
animales disfrazados. Pero, según él, el hebreo era el mejor idioma de todos, pues cada
letra era un amuleto mágico. Eso fue antes de que aprendiera el persa antiguo. A veces,
transcurrían años antes de descubrir cómo pronunciar las lenguas que aprendía. Ésa fue
una de mis tareas más importantes cuando empecé a salir en busca de información para
él.
»La biblioteca de nuestro padre permanecía tal como él la había dejado al morir.
Pulcramente colocados en unas cajas, estaban todos los rollos que contenían las obras
de filósofos, historiadores, poetas, retóricos y gramáticos de renombre. Pero en un rincón,
junto con tablillas de arcilla y fragmentos de papiro, que parecían desperdicios, había
unos rollos de una especie muy diferente. Al dorso de uno de ellos mi padre había escrito,
estoy segura que burlonamente, con su letra grande e impulsiva: «¡Sabiduría secreta!» Y
esos libros llamaron la atención de Anra desde el principio, picaron su curiosidad. Leería
los libros respetables amontonados en las cajas, pero lo haría principalmente para poder
volver, coger un rollo quebradizo del rincón, soplarle el polvo y dedicarse a desentrañar
algún misterio.
»Eran aquéllos unos libros muy extraños que me asustaban y disgustaban, y que en
seguida me provocaban una risa tonta. Muchos de ellos estaban escritos en un estilo
pobre e ignorante. Algunos contaban el significado de los sueños y daban instrucciones
para practicar magia: toda clase de cosas repugnantes que debían mezclarse y cocerse.
Otros, rollos judíos escritos en arameo, trataban del fin del mundo y de las descabelladas
aventuras de espíritus malignos y monstruos atolondrados y chapuceros, seres con diez
cabezas y que tenían por pies carretas enjoyadas, o cosas por el estilo. Estaban luego los
libros de astrología caldeos, los cuales contaban cómo estaban vivas todas las luminarias
celestes, sus nombres y cómo afectaban a las personas. Y un rollo escrito en un griego
torpe, semianalfabeto, hablaba de algo horrible, que durante largo tiempo no pude
comprender, relacionado con una mazorca y seis semillas de granado. En otro de
aquellos sensacionales libros griegos, Anra se informó por primera vez de Ahriman y su
eterno imperio de maldad, y entonces no pudo esperar hasta haber dominado el persa
antiguo. Pero ninguno de los pocos rollos en persa antiguo que estaban en la biblioteca
de nuestro padre trataba de Ahriman, por lo que Anra tuvo que aguardar hasta que pude
robar tales cosas para él en el exterior.
»Comencé a salir después de que nuestra madre cambiara su estilo de vida, lo cual
sucedió cuando yo tenía siete años. Fue siempre una mujer muy malhumorada, aunque a
veces era afectuosa conmigo por un breve período, y siempre mimaba y consentía a
Anra, aunque a distancia, por medio de los esclavos, casi como si le temiera.
»La adustez y la melancolía de su carácter fueron intensificándose. A veces, la
sorprendía con la mirada perdida y una expresión de horror, o golpeándose la frente con
los ojos cerrados y el bello rostro tenso, como si se estuviera volviendo loca. Tuve la
sensación de que había retrocedido hasta el final de algún túnel subterráneo y debía
encontrar una puerta por la que salir, o de lo contrario perdería el juicio.
»Entonces, una tarde, me asomé a su dormitorio y vi que se estaba mirando en su
espejo de plata. Permaneció largo rato contemplándose el rostro, y me quedé mirándola
sin hacer ruido alguno. Sabía que algo importante estaba ocurriendo. Al final, pareció
hacer alguna especie de difícil esfuerzo interno y las líneas de inquietud y severidad
desaparecieron de su rostro, dejándolo suave y hermoso como una máscara. Entonces
abrió un cajón, cuyo interior yo nunca había visto hasta aquel momento, y sacó una serie
de tarritos, frascos y pinceles, con los que coloreó y blanqueó su rostro, rodeó los ojos
con un polvo negro y brillante y se pintó los labios de un color rojo anaranjado. Mientras
hacía esto, el corazón me latía con fuerza y tenía un nudo en la garganta, sin que supiera
por qué. A continuación, ella dejó los pinceles, se quitó la túnica corta, se palpó la
garganta y los senos con una expresión pensativa, cogió el espejo y se contempló con fría
satisfacción. Estaba muy bella, pero era la suya una belleza que me aterraba. Hasta
entonces, siempre me había parecido dura y severa en el exterior, pero suave y amable
interiormente, si una era capaz de percibir ese interior, pero ahora estaba totalmente
volcada hacia afuera. Ahogando mis sollozos, corrí a decirle a Anra lo que había visto y
descubrir lo que significaba. Pero esta vez, la inteligencia de mi hermano le falló, y quedó
tan turbado y perplejo como yo.
»Poco después, mi madre se mostró todavía más estricta conmigo, y aunque siguió
mimando a Anra a distancia, nos mantuvo apartados del mundo más que nunca. Ni
siquiera me permitía hablar con la nueva esclava que había comprado, una muchacha
fea, afectada y de piernas flacas llamada Friné, que le daba masajes y a veces tocaba la
flauta. Ahora, por las noches, llegaban a casa toda clase de visitantes, pero Anra y yo
siempre estábamos encerrados en nuestro pequeño dormitorio, en lo alto del jardín. Les
oíamos gritar a través de la pared y, a veces, cantar a voz en cuello y dar saltos en el
patio interior, acompañados por el sonido de la flauta de Friné. A veces, me tendía y
escrutaba la oscuridad, presa de un terror inexplicable y enfermizo, durante toda la noche.
Intenté de todas las maneras posibles que Berenice me contara lo que sucedía, pero por
una vez, el temor de la vieja a la cólera de mi madre fue demasiado grande, y se limitó a
mirarme de reojo, con una expresión lasciva.
»Finalmente, Anra ideó un plan para averiguarlo. La primera vez que me lo expuso, me
negué a secundarlo, pues me aterraba. Fue entonces cuando descubrí el poder que mi
hermano tenía sobre mí. Hasta entonces, las cosas que había hecho por él formaban
parte de un juego del que yo disfrutaba tanto como él. Nunca había pensado en mí misma
como una esclava que obedece órdenes. Pero ahora, cuando me rebelé, descubrí no sólo
que mi hermano gemelo tenía un extraño poder sobre mis miembros, de manera que
apenas podía moverlos, o imaginaba que no podía, en caso de que él así lo quisiera, sino
que tampoco podía soportar la idea de que Anra fuera infeliz o se sintiera frustrado.
»Ahora me doy cuenta de que había llegado a la primera de las crisis de su vida en que
el camino que seguía estaba bloqueado, y sacrificó sin piedad a su auxiliar más querida a
los impulsos de su curiosidad insaciable.
»Se hizo de noche. En cuanto estuvimos encerrados en el dormitorio, solté una cuerda
anudada por el ventanuco, a través del que salí contorsionándome, y descendí. Entonces,
trepé al tejado por el olivo, y me arrastré sobre las tejas hasta el cuadrado de luz de la
claraboya que daba al patio interior, logré deslizarme por el borde —y estuve a punto de
caer— y acomodarme en un espacio estrecho, con telarañas, entre el techo y las tejas. El
patio estaba desierto, pero se oía el débil murmullo de la conversación procedente del
comedor. Permanecí tendida como un ratón y esperé.
Fafhrd exhaló una exclamación ahogada y detuvo su caballo. Los demás hicieron lo
mismo. Un guijarro rodó por la pendiente, pero ellos apenas lo oyeron. Algo que no era
exactamente un sonido, que parecía proceder de la cumbre, pero que llenaba todo el cielo
nublado, les había detenido, algo que les llamaba como las voces de las sirenas a Ulises
encadenado. Durante un rato escucharon sin dar crédito a sus oídos; luego Fafhrd se
encogió de hombros y volvió a ponerse en marcha, seguido de los demás.
Ahura prosiguió su relato:
—Durante largo tiempo nada sucedió, excepto que de vez en cuando los esclavos
entraban y salían corriendo, con platos llenos y vacíos, y se oían risas y la flauta de Friné.
Las risas aumentaron de súbito y comenzaron los cantos, chirriaron los canapés corridos
y se oyó un ruido de pisadas, y una multitud dionisíaca salió al patio.
»Friné iba delante, desnuda y tocando la flauta. La seguía mi madre, riendo, los brazos
enlazados con los de dos jóvenes que bailaban, pero apretaba contra su pecho un gran
cuenco de plata lleno de vino, que se derramaba por el borde y manchaba de púrpura su
túnica blanca alrededor de los senos, pero ella no hacía más que reír y se tambaleaba
más alocadamente. Les siguieron muchos otros, hombres y mujeres, jóvenes y viejos,
todos cantando y bailando. Un joven muy ágil dio un salto formidable, tocándose los
talones, y un viejo gordo y sonriente jadeaba y unas muchachas tenían que tirar de él,
pero dieron tres vueltas al patio antes de dejarse caer en los canapés y los cojines.
Entonces, mientras charlaban, reían, se besaban y abrazaban, hacían picardías y miraban
la danza de una muchacha desnuda más bonita que Friné, mi madre ofreció el cuenco
para que los demás sumergieran en él sus copas.
»Yo estaba asombrada y fascinada. Había estado a punto de morir de terror,
esperando no se qué crueldades y horrores. Sin embargo, lo que veía era completamente
encantador y natural. Tuve entonces una revelación: «De modo que esto es esa cosa tan
maravillosa e importante que hace la gente». Mi madre ya no me asustaba. Aunque
seguía presentando su nuevo rostro ya no había en ella ninguna dureza, interior o
exterior, sino sólo alegría y belleza. Los jóvenes eran tan ingeniosos y alegres que tuve
que ponerme el puño en la boca para no echarme a reír. Incluso Friné, acuclillada como
un delgado muchacho mientras tocaba la flauta, parecía por una vez agradable y sin
malicia. No podía esperar para decírselo a Anra.
»Sólo había una nota discordante, y era tan ligera que apenas reparé en ella. Dos de
los hombres que más broma hacían, un individuo pelirrojo y otro mayor con el rostro como
el de un sátiro enjuto, parecían tramar algo. Les vi cuchichear con algunos otros, y en
seguida el más joven sonrió a mi madre y gritó: «¡Sé algo de tu pasado!», y el mayor le
dijo burlonamente: «¡Sé algo de tu bisabuela, vieja persa!». En cada ocasión, mi madre rió
e hizo un gesto burlón con la mano, pero me di cuenta de que en el fondo estaba molesta.
Y en cada ocasión, algunos de los presentes hicieron una pausa momentánea, como si
supieran algo pero no quisieran revelarlo. Finalmente, los dos hombres se marcharon, y a
partir de entonces no hubo nada que estropeara la diversión.
»La danza se hizo más frenética, la risa más ruidosa, se derramó y bebió más vino.
Luego, Friné dejó la flauta, echó a correr y aterrizó en el regazo del viejo gordo, con una
sacudida que casi le cortó la respiración. Otros cuatro o cinco se desplomaron.
»En aquel momento se oyó un estrépito y un fuerte ruido de madera hendida, como si
estuvieran rompiendo la puerta. Al instante, todos se quedaron inmóviles, como muertos.
Alguien hizo un movimiento convulso y una lámpara se apagó, dejando en sombras la
mitad del patio.
»Entonces, en la casa resonaron unas pisadas fuertes y vibrantes, como dos losas que
caminaran, que se aproximaban más y más.
»Todos contemplaban la puerta como hipnotizados. Friné aún tenía el brazo alrededor
del cuello del gordo. Pero era en el rostro de mi madre donde se evidenciaba un
verdadero e insoportable terror. Había retrocedido hasta la otra lámpara, y allí estaba
arrodillada, con los ojos en blanco. Empezó a lanzar unos gritos breves y rápidos, como
un perro atrapado.
»Entonces, un gran hombre de piedra cruzó la puerta, desnudo, con los miembros
cuadrados y una altura de siete pies. Sus facciones eran meros tajos negros e
inexpresivos en una superficie plana, y tenía un miembro de piedra que parecía una mano
de almirez. No podía soportar mirarle, pero tenía que hacerlo. Cruzó el suelo con pisadas
resonantes hacia donde estaba mi madre, todavía gritando, la cogió por el pelo y con la
otra mano le desgarró la túnica manchada de vino. Me desmayé.
»Pero la atrocidad debió de concluir así, pues cuando recobré el sentido, llena de
terror, vi que todos ellos reían tumultuosamente. Algunos se inclinaban sobre mi madre, a
la vez tranquilizándola y burlándose de ella, incluso los dos hombres que habían salido, y
a un lado había un montón de ropas y tablas delgadas, ambas cosas revestidas de
mortero. Por lo que dijeron, comprendí que el pelirrojo había llevado el horrible disfraz,
mientras que el del rostro de sátiro había producido el ruido de pisadas golpeando
rítmicamente el suelo con un ladrillo, simulando la rotura de la puerta por el procedimiento
de saltar sobre una tabla apalancada.
»—¡Ahora dinos que tu bisabuela no estuvo casada con un estúpido demonio de
piedra, allá en Persia! —le dijo burlonamente, agitando un dedo ante ella.
»Entonces ocurrió algo que me torturó como una daga oxidada y me aterró, de un
modo muy sutil, tanto como la imagen. Aunque estaba blanca como la leche y apenas era
capaz de tambalearse, mi madre hizo cuanto pudo para fingir que el horrible truco a que la
habían sometido no era más que una broma bien representada. Yo sabía por qué: tenía
un miedo horrible a perder la amistad de aquella gente, y habría hecho cualquier cosa
antes que quedarse sola.
»Su esfuerzo tuvo éxito. Aunque algunos se marcharon, los demás cedieron a sus
súplicas risueñas, y bebieron hasta quedar espatarrados y roncando. Esperé casi hasta el
alba, y entonces hice acopio de mi valor, obligué a mis músculos rígidos a que me izaran
a las tejas, frías y resbaladizas por el rocío, y con lo que parecían mis últimas fuerzas,
regresé a nuestro dormitorio.
»Pero no para dormir. Anra estaba despierto y ávido de escuchar lo que había ocurrido.
Le rogué que no me obligara a contárselo, pero él insistió y tuve que decírselo todo. Las
imágenes de lo que había visto flotaban con tal vivacidad en mi mente extenuada, que me
parecía como si todo aquello sucediera de nuevo. Anra me hizo toda clase de preguntas,
dispuesto a no perderse el menor detalle, y tuve que revivir aquella primera revelación de
alegría, que tanto me había emocionado, empañada ahora por el conocimiento de que la
mayoría de la gente era artera y cruel.
»Cuando llegué a la parte sobre la imagen de piedra, Anra se excitó terriblemente, pero
cuando le dije que todo había sido una broma repugnante pareció decepcionado, y hasta
se enfadó, como si sospechara que le mentía. Finalmente me dejó dormir.
»A la noche siguiente, regresé a mi escondrijo bajo las tejas.
Fafhrd detuvo de nuevo su caballo. La niebla que enmascaraba la cumbre de la
montaña había empezado a brillar de repente, como si se elevara una luna verde, o como
si fuera un volcán que arrojara llamas verdes, tiñendo sus rostros alzados con aquel color.
Atraía como una enorme joya nebulosa. Fafhrd y el Ratonero intercambiaron una mirada
de asombro fatalista. Entonces, los tres emprendieron la marcha por el reborde cada vez
más estrecho.
—Había jurado por todos los dioses que nunca lo haría, me había dicho a mí misma
que antes preferiría morir, pero... Anra me obligó.
»Durante el día deambulaba como una sonámbula. La vieja Berenice estaba perpleja y
suspicaz, y una o dos veces me pareció que Friné hacía una mueca de complicidad. Al
final, incluso mi madre se dio cuenta e hizo que me viera el médico.
»Creo que habría enfermado e incluso muerto, o que me habría vuelto loca, si no fuera
porque entonces, al principio por desesperación, empecé a salir de casa y todo un nuevo
mundo se abrió ante mí.
A medida que hablaba, elevando la voz con el aumento de su excitación al recordar lo
ocurrido, por la mentes de Fafhrd y el Ratonero pasaban imágenes de la ciudad mágica
que Tiro debió de parecerle a la niña, los muelles, las riquezas, el ajetreo del comercio, el
murmullo de chismorreos y risas, los barcos y los forasteros venidos de otras tierras.
—Aquella gente que yo había visto desde el tejado... ahora podía verla en todas partes.
Cada persona que conocía me parecía un misterio maravilloso, alguien a quien sonreír y
con quien charlar. Yo vestía como una esclava, y toda clase de gente llegó a conocerme y
esperar mi llegada: otras esclavas, muchachas de tabernas, vendedores de dulces,
mercaderes y escribas, recaderos, marineros, costureras y cocineros. Yo era servicial,
hacía recados, escuchaba encantada sus conversaciones interminables, transmitía los
chismorreos que escuchaba, repartía alimentos que robaba en casa, y así me convertí en
una favorita de aquella población abigarrada. Tenía la sensación de que nunca me
saciaría de Tiro. Me escabullía desde la mañana hasta el anochecer, y generalmente, no
volvía a trepar la tapia del jardín antes del crepúsculo.
»No podía engañar a la vieja Berenice, pero al cabo de un tiempo descubrí la manera
de evitar sus palizas. La amenacé con decirle a mi madre que era ella quien le había
contado al pelirrojo y al de cara de sátiro lo de la imagen de piedra. No sé si mi suposición
fue acertada o no, pero la amenaza surtió efecto. Después de aquello, la vieja se limitaba
a murmurar maliciosamente cada vez que me escapaba de casa tras la puesta del sol. En
cuanto a mi madre, cada vez estaba más alejada de nosotros, sólo vivía por la noche,
sumida de día en profundas reflexiones.
»Cada noche vivía nuevas experiencias placenteras. Le contaba a Anra todo lo que
había visto y oído, cada aventura nueva, cada pequeño triunfo. Como una cotorra, le
repetía todos los brillantes colores, los sonidos y los olores. Como una cotorra, le repetía
la jerigonza de las lenguas extrañas que había oído, los retazos de conversación ilustrada
que escuchaba a sacerdotes y eruditos. Olvidé lo que mi hermano me había hecho.
Volvíamos a jugar a nuestro juego, en la versión más maravillosa de todas. Él me
ayudaba con frecuencia, sugiriéndome nuevos lugares a los que ir, nuevas cosas que
contemplar, y en una ocasión, incluso evitó que me raptara una pareja de amables
traficantes de esclavos de Alejandría, de los que nadie excepto yo había sospechado.
»Es curioso cómo sucedió. Los dos hombres me habían tratado muy bien,
prometiéndome dulces si iba a un lugar cercano con ellos, cuando me pareció oír la voz
de Anra que me susurraba: «No vayas». Sentí un escalofrío de terror y eché a correr por
un callejón.
»Tuve la impresión de que ahora Aura podía ver a veces las imágenes en mi mente,
incluso cuando estábamos alejados. Nunca me había sentido tan cerca de él.
»Estaba deseando que hiciera una escapada conmigo, pero ya os he dicho lo que le
sucedió la primera vez que lo intentó. Y, con el transcurso de los años, aquel
confinamiento absoluto en la casa llegó a parecer su forma natural de vida. En cierta
ocasión, nuestra madre habló vagamente de un posible traslado a Antioquía, y él cayó
enfermo y no se restableció hasta obtener la promesa de que nunca nos marcharíamos.
»Entretanto, se estaba convirtiendo en un joven esbelto, moreno y apuesto. Friné
empezó a mirarle con interés y a buscar excusas para ir a su habitación. Pero él estaba
asustado y la rechazaba. Sin embargo, me instó a que trabara amistad con ella, que
estuviera cerca de la muchacha e incluso compartiera su cama en las noches en que mi
madre no la quería. A él parecía gustarle eso.
»Ya conocéis la inquietud que sobreviene a un niño que madura cuando busca el amor,
la aventura, los dioses, o todo ello a la vez. Anra sentía esa inquietud, pero sus únicos
dioses estaban en aquellos rollos polvorientos que mi padre había rotulado como
«¡Sabiduría secreta!». Yo apenas sabía a qué se dedicaba por el día, excepto que hacía
extrañas ceremonias y experimentos mezclados con sus estudios. Algunos los llevaba a
cabo en el pequeño sótano donde estaban las tres piedras grises, y en esas ocasiones,
me hacía vigilar. Ya no me decía qué leía o pensaba, y yo estaba tan ocupada en mi
nuevo mundo que apenas notaba la diferencia.
»Y, no obstante, podía ver que su inquietud iba en aumento. Me encargaba misiones
más largas y difíciles, me hacía preguntar por libros de los que los escribas nunca habían
oído hablar, buscar y seleccionar a toda clase de astrólogos y hechiceras, me pedía que
robara o comprara ingredientes cada vez más extraños a los herboristas. Y cuando le
conseguía tales tesoros, se limitaba a cogerlos desabridamente, sin demostrar la menor
alegría, y a la noche siguiente, estaba dos veces más sombrío. Atrás habían quedado los
días felices, como cuando le conseguí los primeros rollos persas sobre Ahriman, la
primera piedra imán, o cuando le repetía cada sílaba que había captado de las palabras
de un famoso filólogo ateniense. Ahora estaba más allá de todo eso. En ocasiones,
apenas escuchaba mis informes detallados, como si ya les hubiera echado un vistazo y
supiera que no contenían nada que le interesara.
»Cada vez estaba más ojeroso y enfermizo. Su inquietud se expresaba en frenéticos
paseos en su habitación, y me recordaba a mi madre atrapada en aquel corredor
subterráneo bloqueado. Verle en semejante estado me causaba una gran aflicción.
Anhelaba ayudarle, compartir con él mi nueva vida excitante, proporcionarle aquello que
deseaba con tanto desespero.
»Pero no era mi ayuda lo que necesitaba. Se había embarcado en una búsqueda
misteriosa que yo no comprendía, y había llegado a un atolladero amargo y corrosivo en
el que su propia experiencia no podía ir más adelante.
»Necesitaba un maestro.
8: El anciano sin barba
—Tenía quince años cuando conocí al Anciano sin barba. Así le llamé entonces y sigo
llamándole del mismo modo, pues no puedo pensar en ninguna otra característica
distintiva. Siempre que pienso en él, incluso cuando le miro, su rostro se confunde con los
de la multitud anónima. Es como si un gran actor, después de representar toda clase de
personajes, hubiera encontrado el más sencillo y perfecto de los disfraces.
»En cuanto a lo que hay tras ese rostro demasiado ordinario, es algo que a veces
puedes percibir pero que te resulta difícil comprender, todo lo que puedo decir es que se
trata de una saciedad y un vacío que no son de este mundo.
Fafhrd retuvo el aliento. Habían llegado al extremo del reborde por el que cabalgaban.
La pendiente de la izquierda se alzaba de súbito, convertida en el centro de la montaña,
mientras que la cuesta de la derecha descendía y se perdía de vista, dejando un
insondable abismo negro. El camino proseguía entre una y otra, una franja pétrea de
escasos palmos de anchura que conducía a la cumbre. El Ratonero palpó la cuerda
enrollada en su hombro, como para convencerse de que seguía allí. Por un momento los
caballos se mostraron remisos a seguir adelante; luego, como si el ligero resplandor verde
y el incesante murmullo que lo cubría todo fuera una red intangible que los arrastraba,
reanudaron la marcha.
—Yo estaba en una taberna. Acababa de llevar un mensaje a uno de los amigos de
Cloe, la muchacha griega, apenas mayor que yo misma, cuando le vi sentado en un
rincón. Interrogué a Cloe acerca de él, y me dijo que era una corista griega y poeta
comercial desafortunado, o no, que era un adivino egipcio... Cambió nuevamente de idea
y trató de recordar lo que una alcahueta de ramos le había dicho sobre aquel hombre, le
dirigió una rápida mirada y dijo que en realidad no le conocía en absoluto y que no
importaba.
»Pero la expresión vacía de aquel hombre me intrigó. Allí había una nueva clase de
misterio. Cuando llevaba cierto rato, airándole, él se volvió y nuestros ojos se encontraron.
Tuve la impresión de que era consciente de que le observaba desde el principio, pero
había hecho caso omiso como un hombre adormilado ignora a una mosca que zumba a
su alrededor.
»Después de aquella única mirada volvió a su posición anterior, pero cuando salí de la
taberna me siguió y se puso a mi lado.
»—No eres tú sola la que mira a través de tus ojos, ¿verdad? —me dijo en voz baja.
»Esta pregunta me sobresaltó tanto que no supe cómo responder, pero él no me pidió
que lo hiciera. Su rostro se animó, sin que por ello se individualizara más y empezó de
inmediato a hablarme del modo más encantador y gracioso, aunque sus palabras no me
dieron ningún indicio de quién era o qué hacía.
»No obstante, de los pocos indicios que reveló, deduje que poseía cierto conocimiento
de las cosas extrañas que siempre interesaban a Anca, así que le seguí de buen grado,
dándole la mano.
»Pero no por mucho tiempo. Pasamos por un callejón estrecho y serpenteante, y
entonces vi un extraño fulgor en sus ojos y noté que me apretaba la mano de una forma
que no me gustó. Me asusté un poco y esperé que en cualquier momento llegara a mi
mente la advertencia de Anra de que corría peligro.
»Pasamos junto a una casa de vecindad de aspecto sombrío y nos detuvimos ante una
destartalada construcción de tres pisos que se apoyaba en aquella casa. El hombre dijo
que vivía en el piso más alto. Me arrastró hacia la escala que hacía las veces de escalera,
y la señal de peligro seguía sin llegar. Entonces, su mano se deslizó hacia mi muñeca y
ya no esperé más, sino que me zafé de un tirón y eché a correr, sintiendo que mi temor
iba en aumento a cada zancada.
»Cuando llegué a casa, Anra deambulaba por su habitación como un leopardo
enjaulado. Estaba ansiosa de contarle lo ocurrido y cómo había podido escapar por los
pelos, pero él no hacía más que interrumpirme para pedirme detalles del Anciano, y
agitaba airado la cabeza porque era muy poco lo que podía decirle. Entonces, cuando
llegué a la parte de mi huida, una asombrosa expresión, como de tormento por la traición
cometida, contorsionó sus facciones, alzó las manos como para pegarme y entonces se
derrumbó sobre el canapé, sollozando.
»Pero cuando me incliné ansiosa sobre él, dejó de llorar. Me miró por encima del
hombro, pálido pero sereno, y dijo:
»—Ahura, tengo que saberlo todo acerca de él.
»En aquel momento me di cuenta de todo lo que me había pasado desapercibido
durante años: que mi deliciosa libertad era un fraude, que no era Anta, sino yo, la que
estaba encadenada, que el juego no era tal, sino una servidumbre, que mientras yo había
salido al mundo con todos mis sentidos alerta, absorta en la captación de sonidos,
colores, formas y movimientos, en él se había desarrollado aquello para lo que yo no tuve
tiempo, el intelecto, la finalidad, la voluntad, que no era más que una herramienta para él,
una esclava a la que enviar a hacer recados, una extensión insensible de su propio
cuerpo, un tentáculo que él podía perder y producir de nuevo, como un pulpo..., que
incluso mi aflicción ante su profundo desengaño, mi voluntad de hacer cualquier cosa
para complacerle, no era más que otro medio que usaría fríamente contra mí, que nuestra
misma proximidad, hasta tal punto que éramos dos mitades de una sola mente, no era
para él más que otra ventaja táctica.
»Había llegado a la segunda gran crisis de su vida, y nuevamente, volvía a sacrificar a
su ser más querido sin el menor titubeo.
»Había algo aún más desagradable que eso, como pude ver en sus ojos en cuanto
estuvo seguro de que haría lo que deseaba. Éramos como reyes hermanos en Alejandría
o Antioquía, compañeros de juegos desde la infancia, destinados el uno al otro, pero sin
saberlo, y el muchacho impedido e impotente... Y ahora la noche nupcial había llegado
demasiado pronto y de un modo horrendo.
»Al final regresé al estrecho callejón, la casa sombría, la destartalada construcción, la
escala, el tercer piso y el Anciano sin barba.
»No cedí sin esfuerzo: en cuanto salí de la casa, tuve que poner toda mi voluntad para
recorrer de nuevo el camino. Hasta entonces, incluso en mi escondrijo bajo las tejas, sólo
había tenido que espiar y observar para Anra, sin necesidad de actuar.
»Pero al final, fue lo mismo. Llegué penosamente al último escalón y llamé a la puerta
combada, la cual se abrió a mi contacto. En el interior, al otro lado de una habitación en la
que flotaba humo, detrás de una gran mesa vacía, a la luz de una sola lámpara que
quemaba mal, con los ojos tan fijos y sin parpadear como los de un pez, estaba sentado
el Anciano sin barba.
Ahura hizo una pausa y Fafhrd y el Ratonero notaron que una humedad viscosa se
posaba en su piel. Alzaron la vista y vieron que desde las alturas vertiginosas se
desenroscaban, como espectros de serpientes constrictoras o plantas trepadoras, finos
zarcillos de niebla verdosa.
—Sí —dijo Ahura—, siempre hay niebla o humo de alguna clase donde él está.
»Regresé tres días después y le conté todo a Aura... como un cadáver que da
testimonio acerca de su asesino. Pero en este caso, al juez le encantó el testimonio, y
cuando le conté cierto plan que había concebido el Anciano, una alegría sobrenatural
brilló en su rostro.
»Contratarían al Anciano como tutor y médico de Anra. Esto no ofreció dificultad, pues
mi madre siempre accedía a los deseos de mi hermano, y quizá aún abrigaba alguna
esperanza de verle salir por fin de su encierro. Además, el Anciano tenía una mezcla de
discreción y poder que sin duda le franquearía la entrada en cualquier parte. En cuestión
de pocas semanas, estableció con toda naturalidad un dominio sobre los miembros de la
casa sin excepción..., algunos, como mi madre, simplemente para ignorarlos; otros, como
Friné, para utilizarlos en su momento.
»Siempre recordaré la reacción de Anra el día que llegó el Anciano. Aquél iba a ser su
primer contacto con la realidad que existía más allá del muro del jardín, y pude ver que
estaba terriblemente asustado. A medida que transcurrían las horas de espera, se retiró a
su habitación, y creo que fue principalmente el orgullo lo que le impidió cancelar todo el
asunto. No oímos llegar al Anciano..., sólo la vieja Berenice, que contaba las piezas de
plata en el exterior, interrumpió su murmullo. Anra se tendió en el canapé, en el rincón
más alejado de la estancia, aferrada al borde, los ojos fijos en el umbral. Una sombra
acechaba allí, y fue oscureciéndose y definiéndose más. Entonces, el Anciano dejó en el
umbral las dos bolsas que llevaba y miró a Anra, detrás de mí. Un instante después, los
lastimeros jadeos de mi hermano se extinguieron. Se había desvanecido.
»Aquella noche dio comienzo su nueva educación. Todo lo que había ocurrido se
repitió, por así decirlo, en un nivel más profundo y extraño. Había lenguajes que aprender,
pero ninguno de los lenguajes que se encuentran en los libros humanos; rituales que
entonar, pero no dirigidos a ningún dios al que habrían adorado los hombres ordinarios;
pócimas mágicas que preparar, pero con hierbas que yo pudiera comprar o robar. Todos
los días, Anra se instruía en los métodos para llegar a la oscuridad interior, las
enfermedades y los poderes desconocidos de la mente, las emociones reprimidas desde
tiempo inmemorial que deben de tener su origen en las impurezas insidiosas que los
dioses pasaron por alto en la tierra de la que hicieron al hombre. En etapas silenciosas,
nuestro hogar se convirtió en un templo de lo abominable, un monasterio de lo sucio.
»Sin embargo, nada había de sucia orgía, de excesos viciosos, en sus acciones. Lo
que hacían, fuera lo que fuese, lo realizaban con una autodisciplina estricta y una
concentración mística. No había en ellos ninguna señal de relajación. Buscaban un
conocimiento y un poder surgidos de la oscuridad, ciertamente, pero eran capaces de
sacrificarse para obtenerlo. Eran religiosos, con una salvedad: que su ritual era la
degradación, su objetivo un caos mundial ante el que sus mentes dominadoras tocarían
con una lira rota, su dios la quintaesencia del mal, Ahriman el abismo definitivo.
»La rutina cotidiana de nuestro hogar siguió adelante como realizada por sonámbulos.
A veces, tenía la sensación de que todos nosotros, excepto Anra, no éramos más que
sueños tras los ojos vacíos del Anciano, actores en una pesadilla premeditada en la que
los hombres interpretaban bestias; las bestias, gusanos, y éstos el cieno.
»Cada mañana, salía y efectuaba mi recorrido acostumbrado por Tiro, charlando y
riendo como antes, pero de una manera vacía, sabiendo que no era más libre que si unas
cadenas visibles me ataran a la casa, una marioneta oscilando de la pared del jardín. Sólo
en la periferia de las intenciones de mi amo, me atrevía a prestarles resistencia siquiera
pasivamente... Una vez proporcioné disimuladamente a Cloe un amuleto protector, porque
me pareció que la consideraban como un sujeto para experimentos como los que habían
llevado a cabo con Friné. Y a cada día que pasaba, se ampliaba la periferia de sus
intenciones... En realidad, mucho tiempo atrás habrían abandonado la casa, si no fuera
por el vínculo extraordinario de Anra con ella.
»Ahora se dedicaban con ahínco al problema de destruir ese vínculo. No me dijeron
cómo esperaban conseguirlo, pero pronto comprendí que también yo tenía un papel que
jugar.
»Me pasaban luces brillantes ante los ojos, y Anra cantaba hasta que me dormía.
Horas o días después, me despertaba y descubría que había realizado inconscientemente
mis tareas cotidianas y que mi cuerpo había sido un esclavo a las órdenes de Anra. En
otras ocasiones, mi hermano se ponía una fina máscara de cuero que cubría sus
facciones, de modo que, a lo sumo, sólo podía ver a través de mis ojos. El sentido de
unidad con mi hermano gemelo creció a la par que el temor que me inspiraba.
»Llegó entonces un período en que me mantenían confinada, como si estuviera en
algún preludio salvaje de la madurez, la muerte, el nacimiento o las tres cosas. El Anciano
dijo algo sobre «no ver el sol o tocar la tierra». De nuevo permanecí horas agazapada en
el escondrijo bajo las tejas o sobre esteras rojas en el pequeño sótano. Y ahora eran mis
ojos y oídos, en vez de los de Anra, los que estaban tapados. Durante horas, yo, a quien
las imágenes y los sonidos habían nutrido más que el alimento, no podía ver más que
recuerdos fragmentarios del niño Anra enfermo, o del Anciano en la habitación llena de
humo, o de Friné contorsionando el vientre y silbando como una serpiente. Pero lo peor
de todo era mi separación de Anra. Por primera vez desde nuestro nacimiento no podía
ver su rostro, oír su voz, percibir su mente. Me marchitaba como un árbol del que se retira
la savia, un animal al que le han cortado los nervios.
»Al final, llegó un día o una noche, no sabría decir cuál, en que el Anciano aflojó la
máscara que me cubría el rostro. Apenas debía haber más que un vislumbre de luz, pero
mis ojos cegados durante tanto tiempo pudieron discernir todos los detalles del pequeño
sótano con una claridad dolorosa. Las tres piedras grises habían sido extraídas del suelo.
Tendido entre ellas yacía Anra, demacrado, pálido, sin respirar apenas, como si estuviera
a punto de morir.
Los tres viajeros se detuvieron, pues ante ellos se alzaba un espectral muro verde. El
estrecho sendero había desembocado en lo que debía de ser la cumbre plana de la
montaña. Delante había una extensión nivelada, de roca oscura, envuelta en la niebla a
los pocos pasos. Sin decir palabra, desmontaron y condujeron a sus caballos
temblorosos, adentrándose en un ambiente húmedo que, con excepción de que el agua
carecía de peso, tenía un gran parecido con un fondo marino ligeramente fosforescente.
»Mi corazón se sobrecogió de piedad y horror al ver a mi hermano gemelo, y me di
cuenta de que a pesar de toda la tiranía y el tormento aún le amaba más que a nada en el
mundo, le amaba como una esclava ama al amo débil y cruel que depende para todo de
esa esclava, le amaba como el cuerpo maltratado ama al alma despótica. Y me sentí más
estrechamente unida a él, nuestras vidas y muertes interdependientes, más que si
hubiéramos estado unidos por vínculos de carne y sangre, como lo están ciertos gemelos.
»El Anciano me dijo que podía librarle de la muerte si quería. De momento, debía
limitarme a hablarle a mi manera habitual. Así lo hice, con una vehemencia nacida de los
días que pasé sin él. Anra no se movía, aparte de alguna vibración ocasional de sus
párpados macilentos, pero yo tenía la sensación de que nunca había escuchado con más
intensidad, jamás hasta entonces me había comprendido tan bien. Me parecía que, en
comparación, todas mis anteriores conversaciones con él habían sido torpes. Entonces
recordé y le conté muchas cosas que habían huido de mi memoria o que parecían
demasiado sutiles para expresarlas verbalmente. Hablé y hablé, al azar, caóticamente,
pasando con celeridad desde los chismorreos locales a la historia universal, ahondando
en una miríada de experiencias y sentimientos, no todos los cuales me pertenecían.
»Transcurrieron horas, días quizá... El Anciano debió de haber sometido a algún
hechizo que producía sueño o sordera a los demás habitantes de la casa, para evitar toda
interrupción. En ocasiones, se me secaba la garganta y él me daba de beber, pero
apenas me atrevía a hacer una pausa, pues me anonadaba el empeoramiento, ligero pero
inexorable, que observaba en mi hermano gemelo, y estaba convencida de que mis
palabras eran el cordón entre la vida y Anra, que creaban un canal entre nuestros
cuerpos, a través del cual mi fuerza podía fluir para resucitarle.
»Las lágrimas anegaban mis ojos, mi cuerpo se estremecía, mi voz recorría la gama de
la aspereza hasta un susurro casi inaudible. A pesar de mi resolución, me habría
desmayado, pero el Anciano acercaba a mi rostro hierbas aromáticas que me hacían
volver en mí entre escalofríos.
»Finalmente no pude seguir hablando, pero eso no me liberó, pues seguía moviendo
mis labios agrietados y no cesaba de pensar; mi pensamiento era como un arroyo
impetuoso, desbordante, como si arrancara y arrojase desde las profundidades de mi
mente fragmentos de ideas de las que Anra succionaba la tenue vida que seguía en él.
»Una imagen se me representaba con persistencia, la de un hermafrodita moribundo
que se acercaba al estanque de Salmacia, en el que se uniría con la ninfa.
»Me aventuré más y más lejos por el canal que habían creado mis palabras entre
nosotros, fui aproximándome más y más al rostro pálido, delicado, cadavérico de Anca,
hasta que, con un esfuerzo desesperado, volqué en él mis últimas fuerzas, y creció
amenazante, como un acantilado de marfil verdoso que se desmoronaba sobre mí...
Una exclamación de horror interrumpió las palabras de Apura. Los tres permanecían
inmóviles, mirando hacia adelante. Ante ellos, alzándose en la niebla gradualmente más
espesa, tan cerca que tuvieron la impresión de que les habían tendido una emboscada,
había una gran estructura caótica de piedra blancuzca, ligeramente amarillenta, a través
de cuyas ventanas estrechas y la puerta abierta de par en par, surgía una lúgubre luz
verdosa, origen del brillo fosforescente de la niebla. Fafhrd y el Ratonero pensaron en
Karnak y sus obeliscos, en el faro de Faros, en la acrópolis, en la puerta de Ishtar en
Babilonia, en las ruinas de Katti, en la Ciudad Perdida de Ahriman, en esos aciagos
espejismos de torres que los marinos ven donde están Escila y Caribdis. En realidad, la
arquitectura de aquella extraña construcción variaba con tal rapidez y en unos extremos
tan ultraterrenos que se alzaba en un loco dominio estilístico propio. Magnificada por la
niebla, sus rampas y pináculos retorcidos, como un rostro fluido en una pesadilla, se
alzaban hacia donde deberían estar las estrellas.
9: El castillo llamado Niebla
—Lo que sucedió entonces fue tan extraño que tuve la seguridad de que me había
precipitado desde la conciencia febril en el frío retiro de un sueño fantástico —continuó
Apura.
Habían atado los caballos y ascendían por una ancha escalera hacia la puerta abierta
que se burlaba por igual de una acometida repentina como de un cauto reconocimiento.
Apura prosiguió su relato con un fatalismo tan sosegado y narcotizado como su avance
paso a paso.
—Estaba tendida boca arriba, al lado de las tres piedras, observando cómo se movía
mi cuerpo en el pequeño sótano. Me sentía muy débil, no podía mover un sólo músculo, y,
no obstante, deliciosamente refrescada... Toda la sequedad ardiente y el dolor de mi
garganta habían desaparecido. Ociosamente, como lo haría en un sueño, contemplé mi
rostro y me pareció que tenía una sonrisa de triunfo, cosa que juzgué muy estúpida. Pero
mientras seguía mirándolo, el temor empezó a entrometerse en mi sueño placentero. El
rostro era mío, pero había en él extrañas peculiaridades expresivas. Entonces, al
percatarse de mi mirada, hizo una mueca de desdén, se volvió y le dijo algo al Anciano, el
cual asintió flemáticamente. El temor me absorbió por completo. Haciendo un esfuerzo
tremendo, logré bajar la vista y mirar mi cuerpo real, el que estaba tendido en el suelo.
Era el de Anra.
Cruzaron el umbral y se encontraron en una estancia enorme, con multitud de
entrantes y nichos en los muros de piedra, aunque no parecía más cerca del origen de
aquel resplandor verdoso, excepto que allí la atmósfera nebulosa tenía un brillo mayor.
Varias mesas, bancos y sillas estaban esparcidas por el piso, pero su rasgo principal era
una gran arcada, desde la que unas aristas de encuentro se curvaban hacia arriba en
asombrosa profusión. Fafhrd y el Ratonero buscaron por un momento la dovela del arco,
debido a su gran tamaño y también porque había una extraña depresión oscura hacia la
parte superior.
El silencio era inquietante, y los dos amigos palparon sus espadas. No se trataba tan
sólo de que aquella especie de música atrayente hubiera cesado... Allí, en el Castillo
llamado Niebla, no había literalmente ningún sonido, salvo el apagado latir de sus
corazones. En cambio, había una concentración de niebla que paralizaba los sentidos,
como si estuvieran dentro de la mente de un pensador titánico, o como si las mismas
piedras estuvieran en trance.
Entonces, como parecía impensable esperar en aquel silencio, del mismo modo que
unos cazadores extraviados no pueden permanecer inmóviles bajo el frío del invierno,
pasaron bajo la arcada y eligieron al azar una rampa ascendente. Ahura prosiguió:
—Observé impotente cómo hacían ciertos preparativos. Mientras Anra recogía unos
pequeños fardos de manuscritos y ropas, el viejo ató las tres piedras recubiertas de
mortero.
»Es posible que en el momento de la victoria descuidara las precauciones habituales.
En cualquier caso, mientras estaba todavía inclinado sobre las piedras, mi madre entró en
la habitación. Gritando: «¿Qué le habéis hecho?», se arrojó a mi lado y me palpó
ansiosamente, pero eso no fue del agrado del Anciano, el cual la cogió por los hombros y
la apartó con brusquedad. Permaneció acurrucada contra la pared, con los ojos muy
abiertos, castañeteándole los dientes..., sobre todo cuando vio a Anra, en mi cuerpo, que
levantaba grotescamente las piedras atadas. Entretanto, el viejo me cogió, en mi nueva
forma demacrada, me cargó en su hombro, asió los fardos y subió por la corta escalera.
»Cruzamos el patio interior, sembrado de rosas y ocupado por los amigos perfumados
y manchados de vino de mi madre, los cuales nos miraron perplejos, y salimos de la casa.
Era de noche. Cinco esclavos esperaban con una litera acortinada, en la que el Anciano
me depositó. Lo último que vi fue el rostro de mi madre, cubierto de lágrimas que abrían
regueros en la pintura, mirando horrorizada a través de la puerta entornada.
La rampa daba acceso a un nivel superior, y empezaron a deambular sin rumbo a
través de una serie laberíntica de estancias. De poco serviría dejar constancia aquí de las
cosas que creyeron ver a través de sombríos umbrales, o creyeron oír a través de puertas
metálicas con macizos y complejos cerrojos, sin que se atrevieran a imaginar lo que
podría haber detrás. Pasamos por una biblioteca desordenada, de estantes altos, algunos
de cuyos rollos parecían humear como si retuvieran en el papiro y la tinta las semillas de
un holocausto; en los rincones, se amontonaban unas cajas selladas de piedra verduzca y
tablillas de latón a las que el tiempo había recubierto de verdín. Había unos instrumentos
tan extraños que Fafhrd ni se molestó en advertir al Ratonero que no los tocara. Otra sala
exudaba un raro hedor animal, y en su suelo resbaladizo, observaron muchas cerdas
cortas y negras, increíblemente gruesas. Pero la única criatura viva que vieron, fue un
pequeño ser sin pelo que podría haber sido un cachorro de oso. Cuando Fafhrd se
agachó para tocarlo, se escabulló gimoteando. Había una puerta que era tres veces tan
ancha como alta, mientras que su altura apenas llegaba a la rodilla de un hombre. Una
ventana revelaba una negrura que no era de niebla ni de noche, pero que parecía infinita.
Fafhrd se asomó a ella y distinguió débilmente unos oxidados pasamanos de hierro
dirigidos hacia arriba. El Ratonero desenrolló la cuerda y la lanzó por la ventana, sin que
el gancho golpeara nada.
Sin embargo, la impresión más extraña que aquella fortaleza misteriosamente vacía
engendró en ellos, fue también la más sutil, una impresión que realzaba cada nueva
habitación o corredor serpenteante, una sensación de insuficiencia arquitectónica. Parecía
imposible que los soportes fueran adecuados a los pesos enormes de los grandes suelos
y techos de piedra, tan imposible que casi se convencieron de que había contrafuertes y
muros de retención que no podían ver, ya fueran invisibles o existieran en otro mundo,
como si el Castillo llamado Niebla hubiera surgido sólo parcialmente de algún exterior
impensable. Que ciertas puertas con cerrojo parecieran estar situadas donde no podía
existir espacio, reforzaba esta idea.
Deambularon por unos pasillos tan distorsionados que, aunque retenían un recuerdo
preciso de los puntos sobresalientes, perdían todo sentido de la dirección.
Finalmente, habló Fafhrd:
—Por aquí no vamos a ninguna parte. Al margen de lo que busquemos, a quienquiera
que esperemos, Anciano o demonio, es posible que esté en esa primera habitación de la
gran arcada.
El Ratonero asintió mientras daban la vuelta y Ahura dijo:
—Por lo menos ahí no estaremos en mucha desventaja. ¡Por Ishtar! ¡La rima del
Anciano es cierta! «Las cámaras son fauces babeantes, los arcos mandíbulas con
dientes.» Siempre temí mucho este lugar, pero nunca pensé encontrar una madriguera
laberíntica que sin duda tiene una mente pétrea y garras de piedra.
»Nunca me trajeron aquí, ¿sabéis?, y desde la noche en que salí de nuestra casa en el
cuerpo de Anra, fui un cadáver viviente, que podían abandonar o llevarlo adonde ellos
desearan. Creo que me habrían matado, por lo menos hubo un tiempo en que Anra lo
habría hecho, pero era necesario que el cuerpo de mi hermano tuviera un ocupante... o mi
propio cuerpo cuando él no lo habitaba, pues Anra podía entrar de nuevo en su propio
cuerpo y caminar con él por esta región de Ahriman. En tales ocasiones, me mantenían
narcotizada e impotente en la Ciudad Perdida. Creo que algo hicieron a su cuerpo en
aquella época —el Anciano hablaba de transformarlo en invulnerable—, pues cuando
regresé a él me parecía más vacío y rígido que antes.
Mientras descendían por la rampa, el Ratonero creyó oír algo más adelante, algo que
destacaba en el silencio terrible, un tenue gemido o el silbido casi inaudible del viento.
—Llegué a conocer muy bien el cuerpo de mi hermano gemelo, pues lo habité casi
siete años, en la tumba. En algún momento de aquel negro período, todo el miedo y el
horror se desvanecieron... Me había habituado a la muerte. Por primera vez en mi vida mi
voluntad, mi fría inteligencia, habían tenido tiempo de desarrollarse. Encadenada
físicamente, viviendo casi sin sensaciones, logré un poder interno, empecé a ver lo que
hasta entonces jamás había podido vislumbrar: las debilidades de Anra.
»Nunca pude separarme totalmente de él. La cadena que había forjado entre nuestras
mentes era demasiado fuerte para eso. No importaba cuánto nos alejáramos, no
importaba qué barreras alzara, yo siempre podía ver algún sector de su mente,
tenuemente, como una escena al final de un corredor largo, estrecho y sombrío.
»Vi su orgullo, que era como una herida recubierta de plata. Observé que su ambición
acechaba entre las estrellas como si fueran joyas sobre terciopelo negro en la que sería
su casa del tesoro. Percibí, casi como si fuera el mío propio, el odio sofocante hacia los
dioses imperturbables y mezquinos, padres todopoderosos que encierran los secretos del
universo, sonreían a nuestros ruegos, fruncían el ceño, meneaban la cabeza, prohibían,
castigaban; y su furor por las limitaciones del tiempo y el espacio, como si cada codo que
no podía ver y pisar fuera una manilla de plata en su muñeca, como si cada momento
antes o después de su propia vida fuera un clavo de plata en su crucifixión. Caminé por
los pasillos en los que soplaba el viento de su soledad y vislumbré la belleza que él
estimaba: formas imprecisas y destellantes que cortaban el alma como cuchillos... Y en
cierta ocasión llegué a la mazmorra de su amor, donde no apareció ninguna luz para
mostrar que eran cadáveres lo que acariciaba y huesos lo que besaba. Me familiaricé con
sus deseos, que exigían un universo de milagros poblados por dioses sin velos. Y su
lujuria, que temblaba ante el mundo como si fuera una mujer, desesperado por conocer
cada parte oculta.
»Por suerte, pues al fin estaba aprendiendo a odiarle, observé que, a pesar de que
poseía mi cuerpo, no podía usarlo con tanta facilidad y valentía como yo lo había hecho.
No podía reír, ni amar, ni realizar acciones arriesgadas, sino que debía mantenerse
rezagado, escudriñar, fruncir los labios, aislarse.
Habían rebasado la mitad de la rampa, y al Ratonero le pareció que el gemido se
repetía, más intenso y silbante.
—Mi hermano y el Anciano iniciaron un nuevo ciclo de estudios y experiencias que,
según creo, les llevó a todos los rincones del mundo, y estoy segura de que confiaban en
que les abriría todos esos reinos sombríos en los que sus poderes serían infinitos. Desde
mi sofocante punto de observación, contemplé ansiosamente cómo maduraban sus
investigaciones y luego, para mi placer, cómo se pudrían. Sus dedos extendidos no
lograron encontrar el siguiente asidero en la oscuridad. Había algo que les faltaba a los
dos. Anra estaba amargado y culpaba al Anciano de su falta de éxito. Se pelearon.
»Cuando vi que el fracaso de Anra era definitivo, me burlé de él con mi risa, no de los
labios sino de la mente. Desde aquí hasta las estrellas no habría podido rehuirla... Fue
entonces cuando habría podido matarme, pero no se atrevía a hacerlo mientras yo estaba
en su propio cuerpo, y ahora tenía el poder de impedírselo.
»Tal vez fue mi débil risa mental lo que le hizo volverse en su desespero hacia vosotros
y el secreto de la risa de los Dioses Antiguos..., eso y su necesidad de ayuda mágica para
recuperar su cuerpo. Entonces, durante un tiempo casi temí que hubiera encontrado una
nueva forma de huida, o de avance, hasta esta mañana ante la tumba, cuando, con una
alegría cruel, os vi rechazar sus ofertas, desafiarle y, ayudados por mi risa, matarle. Ahora
sólo hemos de temer al Anciano.
Pasaron de nuevo bajo la maciza arcada múltiple con su dovela curiosamente
ahuecada, y aquella especie de lamento silbante se repitió de nuevo; esta vez era
innegable su realidad, su cercanía y su dirección. Corrieron a un rincón de la sala umbrío
y donde la humedad era mayor, y descubrieron una ventana interna abierta al nivel del
suelo. Enmarcada en ella había un rostro que parecía flotar inmaterial en la espesa niebla.
Sus facciones eran indefinibles, como si fueran una destilación de todos los rostros
ancianos y desilusionados del mundo. Las mejillas hundidas carecían de barba.
Al aproximarse más, todo lo que se atrevieron, comprobaron que aquella inmaterialidad
o falta de apoyo no era absoluta. Había una sugerencia de espectrales jirones de ropa o
de carne, un saco pulsátil que podría haber sido un pulmón y unas cadenas de plata con
ganchos o garras.
Entonces el único ojo que quedaba en aquel horrible fragmento se abrió y miró a
Ahura, y los labios hundidos se contorsionaron en la caricatura de una sonrisa.
—Como a ti, Ahura —murmuró el fragmento en la más elevada voz de falsete—, me
envió a un recado que no quería hacer.
Impulsados por un temor que no se atrevían a formular, Fafhrd, el Ratonero y Ahura
dieron media vuelta y miraron por encima de sus hombros hacia la puerta cubierta por la
niebla que daba al exterior. Escudriñaron durante tres o cuatro latidos de corazón. Luego
oyeron el débil relinchar de uno de sus caballos. Entonces, giraron en redondo, pero no
antes de que una daga, arrojada por la mano todavía firme de Fafhrd, se hubiera clavado
en el único ojo del torturado ser enmarcado en la ventana interior.
Permanecieron juntos, Fafhrd con una expresión frenética, el Ratonero tenso y Ahura
con el aspecto de quien, habiendo coronado la ascensión de un precipicio, resbala
cuando está en la cumbre.
Una delgada y sombría figura apareció en el resplandor al otro lado del umbral.
—¡Ríe! —ordenó Fafhrd ásperamente a Ahura—. ¡Ríe! —Y la agitó, repitiendo la orden.
La cabeza de la muchacha osciló de un lado a otro, los tendones del cuello dieron una
sacudida y movió los labios, pero no emitieron más que un gemido áspero. Hizo una
mueca de desesperación.
—Sí —dijo una voz que todos reconocieron—, hay lugares y momentos en los que la
risa es un arma despuntada con facilidad, tan inocua como la espada que me atravesó
esta mañana.
Pálido como siempre, con el pequeño grumo de sangre en el pecho, sobre el corazón,
la frente hundida y su indumentaria negra cubierta de polvo por el viaje, Anra Devadoris
se enfrentó a ellos.
—Y así volvemos al principio —dijo lentamente—, pero no espera delante ningún
círculo más amplio.
Fafhrd intentó hablar, reír, pero las palabras y la risa se ahogaron en su garganta.
—Ahora sabéis algo de mi historia y mi poder, como quería que supierais —continuó el
adepto—. Habéis tenido tiempo para reflexionar y considerar de nuevo las cosas. Sigo
esperando vuestra respuesta.
Esta vez fue el Ratonero quien trató de hablar o reír, pero no lo consiguió.
El adepto siguió mirándoles un momento, sonriendo confiadamente. Entonces, desvió
la mirada y la fijó en un punto más allá de ellos. De repente, frunció el ceño y se adelantó,
pasó por su lado y se arrodilló junto a la ventana interior.
En cuanto les dio la espalda, Ahura tiró de la manga del Ratonero y trató de susurrarle
algo, sin más éxito que si fuera sordomuda.
Entonces oyeron sollozar al adepto.
—Era el que más quería —musitó.
El Ratonero sacó una daga, dispuesto a deslizarse hacia el adepto por detrás, pero
Ahura se lo impidió, señalando en una dirección muy diferente.
El adepto se volvió hacia ellos.
—¡Estúpidos! —gritó—. ¿No tenéis visión interna para las maravillas de la oscuridad, el
menor sentido de la grandeza del horror, ningún sentimiento hacia una investigación al
lado de la cual todas las demás aventuras se desvanecen en la nada, hasta el punto que
destruís mi mayor milagro, matáis a mi oráculo más querido? Os dejé venir aquí, a la
Niebla, confiando en que su música poderosa y sus gloriosos panoramas os harían
compartir mi punto de vista... y así me lo pagáis. Los poderes celosos e ignorantes me
rodean, vosotros sois la gran esperanza frustrada. Hubo portentos desfavorables cuando
salí de la Ciudad Perdida. El brillo blanco, idiota, de Ormadz, levemente ensuciado por el
cielo negro. Escuché en el viento la risa senil de los Dioses Antiguos. Hubo una
manipulación torpe, como si incluso el incompetente Ningauble, el último y más estúpido
de la jauría de caza, me estuviera dando alcance. Tenía un encantamiento en reserva
para impedírselo, pero era preciso que el Anciano lo llevara. Ahora se aproximan para la
matanza, pero aún me quedan algunos momentos de poder y no carezco totalmente de
aliados. Aunque estoy condenado, hay todavía algunos unidos a mí por tales vínculos que
deben responderme si les llamo. No veréis el fin, si es que lo hay. —Entonces, alzó la voz
y emitió un grito espectral—: ¡Padre! ¡Padre!
Los ecos no se habían extinguido antes de que Fafhrd se abalanzara hacia él, con la
espada desenvainada.
El Ratonero le habría seguido, de no haber sido porque, al quitarse de encima a Ahura,
vio lo que ella señalaba con tanta insistencia: la cavidad en la dovela sobre la gran
arcada.
Sin vacilar, desenrolló la cuerda de trepar, echó a correr por la estancia y lanzó con
ímpetu la soga silbante. El gancho se fijó en la cavidad, y el pequeño espadachín trepó
por la cuerda.
Oyó detrás de él el choque desesperado de los aceros, y oyó también otro sonido,
mucho más distante y profundo.
Su mano aferró el borde de la cavidad y, tomando impulso, introdujo la cabeza y los
hombros, afirmándose con la cadera y el codo. Un instante después, extrajo su daga con
la mano libre.
La cavidad tenía forma de cuenco y estaba llena de un líquido verdoso. La superficie
estaba incrustada con minerales brillantes. En el fondo, cubiertos por el líquido, había
varios objetos, tres de ellos rectangulares y los otros de formas redondeadas irregulares y
con una pulsación rítmica.
Levantó su daga, pero de momento no pudo golpear. El peso de las cosas que debía
comprender y recordar era demasiado aplastante..., lo que Ahura le había contado sobre
el matrimonio ritual en la familia de su madre; la sospecha que tenía la muchacha de que,
aunque ella y Aura habían nacido juntos, no eran hijos del mismo padre; cómo había
muerto el padre griego (y ahora el Ratonero sospecha a manos de quién); la extraña
afinidad con la piedra que el médico esclavo había observado en el cuerpo de Anra; lo
que ella había dicho sobre una operación a la que sometieron al muchacho; por qué no le
había matado una estocada en el corazón; por qué el cráneo se había roto con un sonido
tan hueco y con tanta facilidad como una cáscara de huevo; el hecho de que aquel
hombre nunca parecía respirar; antiguas leyendas de otros brujos que se habían hecho
invulnerables ocultando sus corazones; y, por encima de todo, la profunda relación que
todos ellos habían percibido entre Anra y su castillo semivivo, el monolito negro con forma
de hombre en la Ciudad Perdida...
Vio que Anra Devadoris, ensartado en el acero de Fafhrd, avanzaba más a lo largo de
la hoja, mientras el nórdico se defendía desesperadamente de la fina espada del otro con
una daga.
Como si estuviera paralizado por una pesadilla, oía impotente cómo el ruido de las
espadas ascendía hacia un punto culminante, lo oía amortiguado por el otro sonido, unas
pétreas pisadas gargantuescas que parecían seguir su curso montaña arriba, como un
terremoto... El Castillo llamado Niebla empezó a temblar, y el Ratonero seguía sin
descargar su golpe...
Entonces, como si surgiera del otro lado del infinito, desde el borde remoto más allá del
cual los Dioses Antiguos se han retirado, cediendo el mundo a deidades más jóvenes, oyó
una risa poderosa que parecía estremecer las estrellas, una risa que se reía de todo,
incluso de aquella situación. Una risa que contenía poder, y el Ratonero supo que aquel
poder estaba a su alcance para usarlo.
Hundió la daga en el liquido verde y desgarró el corazón, el cerebro, los pulmones y las
entrañas incrustados de piedra de Anra Devadoris.
El líquido espumeó y entró en ebullición, el castillo se tambaleó hasta que casi se
desprendió de sus cimientos, la risa y las pisadas pétreas ascendieron hasta un
pandemónium.
Entonces, pareció que fue en un instante, cesó todo sonido y movimiento. El Ratonero
sintió los músculos debilitados y estuvo a punto de caer al suelo. Miró asombrado a su
alrededor, sin intentar levantarse, y vio que Fafhrd extraía su espada del adepto caído y
retrocedía tambaleándose hasta que su mano se apoyó en el borde de una mesa; vio a
Ahura, todavía jadeando por la risa que la había poseído, que se inclinaba junto a su
hermano y apoyaba la cabeza de éste en sus rodillas.
No dijeron nada y el tiempo transcurrió. La niebla verde parecía diluirse lentamente.
Entonces, una pequeña forma negra penetró en la habitación a través de una ventana
alta y el Ratonero sonrió.
—Hugin —le llamó suavemente.
La criatura descendió obediente, posándose en su manga, y permaneció allí con la
cabeza baja. El Ratonero extrajo un trozo de pergamino de la pata del murciélago.
—Fíjate, Fafhrd, es del comandante de nuestra retaguardia —anunció alegremente—.
Escucha: «A mis agentes Fafhrd y el Ratonero Gris, ¡fúnebres saludos! A mi pesar, he
abandonado toda esperanza por vosotros, y no obstante, en prueba de mi gran afecto,
arriesgo a mi querido Hugin a fin de que os llegue este último mensaje. Entre paréntesis,
Hugin, si se le da oportunidad, regresará desde Niebla, lo cual me temo que vosotros no
podréis hacer. Así pues, si antes de morir veis algo interesante —como estoy seguro de
que lo veréis— tened la amabilidad de enviarme un memorándum. Recordad el proverbio:
«El conocimiento tiene prioridad sobre la muerte». Adiós por dos mil años, mis más
queridos amigos. Ningauble».
—Eso exige un trago —dijo Fafhrd, y se internó en la oscuridad.
El Ratonero bostezó y estiró los brazos, Ahura salió de su inmovilidad y estampó un
beso en el rostro cerúleo de su hermano, alzó la cabeza de éste de su regazo y la
depositó suavemente sobre el suelo de piedra. Desde algún lugar en lo alto del castillo les
llegó el sonido de un ligero crepitar. Fafhrd regresó entonces, con zancadas más briosas,
sosteniendo dos jarras de vino.
—Amigos —anunció—, ha salido la luna y a su luz este castillo parece notablemente
pequeño. Creo que la niebla debía de estar espolvoreada con algún ingrediente verde que
nos hacía ver los tamaños magnificados. Sin duda hemos estado drogados, pues no
vimos algo que está al pie de la escalera, con un pie en el primer escalón, una estatua
que es hermana gemela de aquella que vimos en la Ciudad Perdida.
El Ratonero enarcó las cejas.
—¿Y si regresáramos a la Ciudad Perdida? —preguntó.
—Entonces quizá descubriríamos que esos estúpidos granjeros persas, que admitieron
odiarla, han derribado aquella estatua, la han despedazado y han ocultado los
fragmentos. —Permaneció un momento en silencio y luego añadió—: Bebamos para
aclarar la droga verde de nuestras gargantas.
El Ratonero sonrió. Sabía que en lo sucesivo se referiría a aquella aventura como «la
ocasión en que nos drogaron en una montaña».
Los tres se sentaron en el borde de una mesa y pasaron las jarras una y otra vez. La
niebla verde se desvaneció hasta tal punto que Fafhrd, haciendo caso omiso de su idea
sobre la droga, empezó a argumentar que incluso era una ilusión. El volumen de los
crujidos en la parte superior del castillo iba en aumento, y el Ratonero supuso que los
malignos rollos de la biblioteca, sin la protección que les proporcionaba la humedad, se
habían incendiado. Tuvieron una prueba de ello cuando aquella especie de osezno
abortado, del que se habían olvidado por completo, bajó por la rampa con un movimiento
torpe y asustado. Un rastro de pelusa decorosa brotaba ya de su pellejo desnudo. Fafhrd
le echó unas gotas en el morro, lo cogió y se lo ofreció al Ratonero.
—Quiere que le besen —bromeó.
—Bésale tú, en memoria del encantamiento porcino —replicó el Ratonero.
Esta conversación sobre besos hizo que sus pensamientos retornaran a Ahura.
Olvidada su rivalidad, por lo menos de momento, la persuadieron de que les ayudara a
determinar si los encantamientos de su hermano habían desaparecido por completo. Un
moderado número de abrazos lo demostró con claridad.
—Ahora que caigo en ello —dijo el Ratonero alegremente—. Nuestra misión aquí ya ha
terminado, Fafhrd, ¿no crees que es hora de que nos pongamos en camino hacia tus
vigorosas tierras nórdicas con toda esa nieve vivificante?
Fafhrd apuró una jarra y cogió la otra.
—¿El norte? —dijo pensativo—. ¿Qué es sino un lugar lleno de reinecillos mezquinos y
azotados por las heladas, que no saben nada de las amenidades de la vida? Por eso me
marché de allí. ¿Volver? ¡Por el justillo hediondo de Thor, ahora no!
El Ratonero sonrió sagazmente y bebió el resto del vino. Entonces, viendo al
murciélago todavía aferrado a su manga, extrajo de su bolsa un estilo, tinta y un trozo de
pergamino, y, mientras Ahura reía por encima de su hombro, escribió:
«A mi viejo hermano en mezquinas abominaciones, ¡saludos! Con el más profundo
pesar debo informarte de la escandalosa, afortunada y totalmente imprevista huida de dos
rudos y desagradables individuos del Castillo llamado Niebla. Antes de marcharse, me
expresaron la intención de regresar a alguien llamado Ningauble —tú eres ese Ningauble,
maestro, ¿no es cierto?— y arrancarle seis de sus siete ojos como recuerdo. Por ello,
creo que es de justicia advertirte. Créeme, soy tu amigo. Uno de los individuos era muy
alto y a veces sus gritos tenían un cierto parecido con el habla. ¿Le conoces? El otro
llevaba un atuendo gris y era de ingenio extremo y gran belleza, inclinado a...
Si alguno de ellos hubiera mirado el cadáver de Anra Devadoris en aquel momento,
habría visto un ligero movimiento de la mandíbula inferior. Finalmente, abrió la boca y
salió de ella un diminuto ratón negro. La criatura parecida a un cachorro, a quien Fafhrd
había acariciado y en la que el vino había sembrado las semillas de la seguridad en uno
mismo, se abalanzó ebriamente contra él, y el ratón se escabulló chillando hacia la pared.
Una jarra de vino lanzada por Fafhrd se hizo añicos al chocar con una grieta; Fafhrd había
visto, o así lo creía, el desagradable lugar de donde había salido el ratón.
—Ratones en su boca —dijo entre accesos de hipo—. ¡Qué sucios hábitos para un
apuesto joven! Qué repugnante y degradante es eso de creerse un adepto.
—Recuerdo lo que una bruja me dijo de los adeptos —comentó el Ratonero—. Dijo que
si uno de ellos llega a morir, su alma se reencarna en un ratón. Si, como tal ratón, logra
matar a una rata, su alma pasa a esa rata. Como tal, debe matar a un gato, como gato a
un lobo, como lobo a una pantera y como una pantera a un hombre. Entonces, puede
reanudar su condición de adepto. Naturalmente, es raro que alguien recorra toda la
secuencia y, en cualquier caso, requiere mucho tiempo. Tratar de matar a una rata es
suficiente para que un ratón se sienta satisfecho de sí mismo.
Fafhrd negó solemnemente la posibilidad de semejante estupidez, y Ahura lloró hasta
que llegó a la conclusión de que la condición ratonil interesaría más que decepcionaría a
su peculiar hermano. Tomaron más vino de la jarra restante. Los crujidos en las estancias
superiores se habían vuelto estruendosos, y un brillante resplandor rojizo consumía las
sombras. Los tres aventureros se prepararon para abandonar el lugar.
Entretanto, el ratón y otro muy parecido a él, asomó la cabeza por la grieta y empezó a
lamer los fragmentos de la jarra húmedos de vino, sin apartar su mirada temerosa de los
reunidos en la gran sala, pero sobre todo al pequeño y contoneante candidato a oso.
—Nuestra misión ha terminado —dijo el Ratonero—. Propongo que regresemos a Tiro.
—Yo prefiero ir hacia la Puerta de Ning y Lankhmar —observó Fafhrd—. ¿O es eso un
sueño?
El Ratonero se encogió de hombros.
—Tal vez Tiro sea el sueño. Lankhmar no me parece mal.
—¿Podría ir una muchacha? —preguntó Ahura.
Una gran ráfaga de viento, frío y puro, barrió los restos de niebla. Cruzaron la puerta y
vieron el manto de estrellas suspendidas en el cielo con su coherencia intrínseca.
FIN

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