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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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miércoles, 6 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - LA PAGA

LA PAGA
Philip K. Dick
 
 
 
El movimiento se inició sin previo aviso. Los motores zumbaron con suavidad. Se
hallaba a bordo de un pequeño crucero privado que surcaba el cielo de la tarde
tranquilamente.
—Uf —suspiró Hendricks.
Se irguió en su asiento y se frotó la cabeza. Earl Rethrick, a su lado, le miró con los
ojos brillantes.
—¿Está bien?
—¿Dónde estamos? —Jennings agitó la cabeza en un intento de aliviar el dolor—. O
quizá debería formular la pregunta de otra manera.
En seguida advirtió que no era otoño, sino primavera, a juzgar por el verde de los
campos. Lo último que recordaba era haber subido en un ascensor con Rethrick. En
otoño. Y en Nueva York.
—Sí —confirmó Rethrick—, hemos adelantado casi dos años. Ya verá que muchas
cosas han cambiado. El gobierno cayó hace pocos meses. El nuevo gobierno es todavía
más fuerte. La PS, la Policía de Seguridad, posee un poder casi ilimitado. Está enseñando
a los niños a delatar, pero ya lo veíamos venir. Echemos un vistazo. Nueva York es más
grande. Tengo entendido que han terminado de rellenar la bahía de San Francisco.
—¡Lo que quiero saber es qué demonios he estado haciendo estos últimos dos años!
—Jennings encendió un cigarrillo, nervioso, y mordisqueó el filtro—. ¿Me lo va a contar?
—No, por supuesto que no.
—¿Adónde vamos?
—Volvemos a la oficina de Nueva York. Donde nos encontramos por primera vez,
¿recuerda? Seguro que se acordará mejor que yo; al fin y al cabo, para usted es como si
sólo hubieran pasado unas veinticuatro horas.
Jennings asintió. ¡Dos años! Dos años de su vida, perdidos para siempre. Parecía
imposible. Aún seguía reflexionando y calibrando su decisión cuando entró en el
ascensor. ¿Cambiaría de opinión? A pesar del dinero que iba a conseguir (una cantidad
enorme, incluso para él), tal vez no valiera el esfuerzo. Siempre se preguntaría en qué
había estado ocupado. ¿Un trabajo legal? ¿Era acaso...? Pero estas especulaciones
carecían de importancia a estas alturas. El telón había caído mientras se debatía en la
duda. Miró con el ceño fruncido el cielo de la tarde. La tierra se veía húmeda, viva. La
primavera, la primavera de dos años después. ¿Qué podría contar de esos dos años?
—¿Me han pagado? —preguntó. Sacó la cartera y examinó su interior—. Veo que no.
—No. Le pagaremos en la oficina. Kelly lo hará.
—¿Todo a la vez?
—Cincuenta mil créditos.
Jennings sonrió, algo más aliviado ahora que la cantidad había sido verbalizada.
Después de todo, no estaba tan mal, como si le pagaran por dormir. Claro que había
envejecido dos años; dos años menos de vida. Era como vender parte de sí mismo, parte
de su vida. Y la vida iba muy cara en esos días. Se encogió de hombros. A fin de cuentas,
era el pasado.
—Casi hemos llegado —anunció el hombre de mayor edad. El piloto robot hizo
descender la nave a tierra. Nueva York se hizo visible— Bueno, Jennings, nunca nos
volveremos a ver —alargó la mano—. Ha sido un placer trabajar con usted, porque
trabajamos juntos. Codo con codo. Es usted uno de los mejores técnicos que he
conocido. No nos equivocamos al contratarle, incluso por ese sueldo. Nos lo ha devuelto
por centuplicado... aunque no lo sepa.
—Me alegro de que invirtieran bien su dinero.
—Parece enfadado.
—No, sólo intento acostumbrarme a la idea de ser dos años más viejo.
—Aún es muy joven —rió Rethrick—. Y se sentirá mejor cuando ella le entregue la
paga.
Bajaron en la pequeña pista de aterrizaje situada en el tejado del edificio en el que
estaba enclavada la oficina de Nueva York. Rethrick le guió hasta el ascensor. Jennings
experimentó un sobresalto cuando las puertas se cerraron tras él. El ascensor era lo
último que recordaba. Y luego, el vacío más absoluto.
—Kelly se alegrará de verle —dijo Rethrick cuando entraron en el vestíbulo iluminado—
. De vez en cuando preguntaba por usted.
—¿Por qué?
—Dice que usted es muy atractivo.
Rethrick tecleó una clave en una puerta, que se abrió silenciosamente. Entraron en la
lujosa oficina de Construcciones Rethrick. Una joven, sentada tras un amplio escritorio de
caoba, estudiaba unos informes.
—Kelly —dijo Rethrick—, mira a quién tenemos aquí.
La joven levantó los ojos y sonrió.
—Hola, señor Jennings. ¿Cómo se siente uno cuando vuelve al mundo?
—Bien. —Jennings se acercó—. Rethrick dice que usted me va a pagar.
Rethrick palmeó la espalda de Jennings.
—Hasta luego, amigo mío. Volveré a la fábrica. Si alguna vez necesita mucho dinero en
poco tiempo, venga y firmaremos un nuevo contrato.
Jennings asintió con la cabeza. Se sentó ante el escritorio y cruzó las piernas. Kelly
abrió un cajón y empujó la silla hacia atrás.
—Muy bien. Ha expirado el plazo y Construcciones Rethrick va a cumplir su
compromiso. ¿Lleva encima la copia del contrato?
Jennings sacó un sobre del bolsillo y lo depositó sobre el escritorio.
—Aquí está.
Kelly extrajo del cajón una bolsita de tela y algunas hojas de papel escritas a mano,
que leyó con expresión concentrada.
—¿Qué ocurre?
—Me parece que va a recibir una sorpresa. —Kelly le devolvió el contrato—. Léalo otra
vez.
—¿Por qué? —Jennings abrió el sobre.
—Hay una cláusula alternativa: «Si la parte contratante de la segunda parte así lo
desea, a lo largo del tiempo de contrato con la antes mencionada Compañía de
Construcciones Rethrick...».
—«Si así lo desea, en lugar de la cantidad de dinero especificada, puede elegir, según
su voluntad, artículos o productos que, en su opinión, equivalgan a la cantidad...»
Jennings se apoderó de la bolsita, la abrió y vertió el contenido en su palma. Kelly le
observaba.
—¿Dónde está Rethrick? —Jennings se levantó—. Si ésta es su idea de...
—Rethrick no tiene nada que ver con esto. Usted lo sugirió. Mire aquí. —Kelly le pasó
las hojas—. De su puño y letra. Léalo. Fue idea suya, no nuestra, se lo aseguro. Sucede a
menudo con la gente que contratamos. Durante su período deciden cambiar el dinero por
otra cosa. El porqué no lo sé, pero luego se olvidan, a pesar de que hayan acordado...
Jennings examinó las hojas. Era su letra, no había duda. Le temblaban las manos.
—No puedo creerlo, aunque sea mi letra —dobló los papeles y apretó la mandíbula—.
Me hicieron algo mientras volvía. Jamás habría estado de acuerdo con esto.
—Debió de tener una razón. Admito que carece de sentido, pero usted ignora los
factores que le hicieron cambiar de opinión, antes de que borraran sus recuerdos. No es
el primero; ha habido otros antes que usted.
Jennings miró lo que sostenía en la palma de la mano. Había sacado algunos objetos
de la bolsa de tela: una llave codificada, un fragmento de billete, el recibo de un paquete,
un trozo de alambre muy delgado, una ficha de póquer partida por la mitad, un fragmento
de tela verde, una ficha de autobús.
—Todo esto en lugar de cincuenta mil créditos —murmuró—. Dos años...
Salió del edificio y se zambulló en la concurrida calle. Seguía aturdido, aturdido y
confuso. ¿Le habrían estafado? Palpó en su bolsillo las baratijas, el alambre, el trozo de
billete, todo lo demás. ¡Eso a cambio de dos años de trabajo! Pero había visto, escrita de
su puño y letra, la declaración de renuncia, la demanda de sustitución. Como en el cuento
de Juan y las habichuelas. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué le habría impulsado a hacerlo?
Caminó por la acera y, al llegar a la esquina, se detuvo para dejar paso a un taxi de
superficie.
—Muy bien, Jennings. Suba.
La cabeza le rodaba. La puerta del taxi estaba abierta. Un hombre le apuntaba con un
rifle de energía directamente a la cara. Un hombre vestido de verde azulado: la Policía de
Seguridad.
Jennings subió. Los cierres magnéticos de la puerta la aseguraron cuando hubo
entrado. Una cripta. El taxi se deslizó por la calle. Jennings se reclinó en el asiento. El
hombre de la PS bajó el arma. Un segundo agente le registró expertamente. Le quitó el
billetero y las baratijas, el sobre y el contrato.
—¿Qué lleva encima? —preguntó el conductor.
—Un billetero, dinero y un contrato con Construcciones Rethrick. No lleva armas —le
devolvió a Jennings sus efectos personales.
—¿Qué significa esto?
—Queremos hacerle algunas preguntas, eso es todo. ¿Ha trabajado para Rethrick?
—Sí.
—¿Dos años?
—Casi dos años.
—¿En la fábrica?
—Creo que sí —asintió Jennings.
—¿Dónde esta la fábrica, señor Jennings? —el oficial se inclinó sobre él—. ¿Dónde se
halla emplazada?
—No lo sé.
Los dos oficiales intercambiaron una mirada. El primero se humedeció los labios con
una expresión dura e inquisitiva en el rostro.
—¿No lo sabe? Una pregunta más, la última. En estos dos años. ¿qué clase de trabajo
ha llevado a cabo? ¿Qué hacía?
—Mecánica. Reparaba máquinas electrónicas.
—¿Qué tipo de máquinas electrónicas?
—No lo sé. —Jennings le miró y no pudo reprimir una sonrisa irónica—. Lo siento, pero
no lo sé. Le digo la verdad.
Se hizo el silencio.
—No entiendo qué quiere decir. ¿Intenta insinuar que ha estado trabajando con
máquinas durante dos años sin saber qué eran? ¿Sin saber dónde estaba?
—¿Qué significa todo esto? —se indignó Jennings—. ¿Por qué me han detenido? No
he hecho nada. He estado...
—Lo sabemos. No le hemos arrestado. Necesitamos cierta información sobre
Construcciones Rethrick. Ha trabajado para ellos, en su fábrica, en un cargo importante.
¿Es usted ingeniero electrónico?
—Sí.
—¿Se dedica a reparar computadoras de alta calidad y equipo adicional? —El oficial
consultó su libreta de notas—. Por lo que veo, está considerado uno de los mejores del
país.
Jennings no dijo nada.
—Díganos las dos cosas que queremos saber y le soltaremos al instante. ¿Dónde está
la fábrica de Rethrick? ¿A qué se dedica? Se ocupó de las máquinas por encargo suyo.
¿no? ¿No es cierto? Durante dos años.
—No lo sé. Supongo que sí. No tengo ni idea de lo que he hecho durante estos dos
años, me crean o no.
Jennings no despegaba la mirada del suelo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el conductor por fin—. No nos dieron más
instrucciones.
—Llevémosle a la Central. Aquí no podemos continuar el interrogatorio.
Hombres y mujeres atestaban las aceras. El tráfico era intenso, bloqueado por los
vehículos de superficie que transportaban a los trabajadores a sus hogares en el campo.
—Jennings, ¿por qué no nos responde? ¿Qué le pasa? No existe razón alguna que le
impida proporcionarnos una información tan simple. ¿No desea cooperar con su
gobierno? ¿Por qué nos oculta datos?
—Lo diría si lo supiera.
El oficial gruñó. Nadie pronunció una palabra. El taxi se detuvo ante un gran edificio de
piedra. El conductor desconectó el motor, quitó la cápsula de control y se la guardó en el
bolsillo. Tocó la puerta con la llave codificada y los cierres magnéticos se soltaron.
—¿Qué hacemos con él, lo metemos dentro? Ahora no...
—Espera.
El conductor salió y los otros dos le acompañaron después de cerrar las puertas. Se
quedaron hablando frente a la entrada de la Dirección General de Seguridad.
Jennings seguía sentado en silencio. La PS quería saber algo acerca de
Construcciones Rethrick. Bien, no podía decirles nada. Habían elegido a la persona
menos adecuada, pero ¿cómo lo probaría? Su relato sería juzgado inverosímil. Dos años
borrados de su memoria. ¿Quién lo creería? Incluso a él le resultaba increíble.
Su mente retrocedió al momento en que había leído el anuncio por primera vez: «Se
precisa técnico», y una descripción general, vaga e indirecta del trabajo, pero
suficientemente explícita como para indicarle que estaba en su línea. ¡Y vaya salario!
Entrevistas en la oficina, tests, formularios... y luego el gradual convencimiento de que
Construcciones Rethrick le sometía a una rigurosa investigación, mientras que él no sabía
nada de ellos. ¿A qué se dedicaban? Construcción, de acuerdo. pero ¿de qué clase?
¿Qué tipo de máquinas utilizaban? Cincuenta mil créditos en dos años...
Y había terminado con los recuerdos borrados. Dos años de los que no recordaba
nada. Eso fue lo que más le costó aceptar del contrato, pero lo había hecho.
Jennings miró por la ventanilla. Los tres oficiales continuaban discutiendo en la acera,
tratando de decidir lo que harían con él. Se hallaba en un aprieto. Pedían una información
que no podía darles, que desconocía. ¿Cómo podía probarlo? ¿Cómo podía probar que
había trabajado dos años y que, al terminar, sabía lo mismo que al principio? La PS le
presionaría. Pasaría mucho tiempo antes de que le creyeran, y para entonces...
Buscó con desesperación alguna vía de escape. Volverían en un instante. Tocó la
puerta. Clausurada con cierres magnéticos de tres anillas. Las conocía de sobra, había
diseñado parte del dispositivo. No había forma de abrir las puertas sin la llave codificada,
a menos que provocara un cortocircuito en el cerrojo. Pero ¿con qué?
Registró sus bolsillos. ¿Qué podía utilizar? Existía una débil esperanza en caso de
volar los cerrojos: Las calles estaban llenas de gente que volvía a sus casas después de
trabajar. Eran más de las cinco; los grandes edificios de oficinas estaban cerrando las
puertas y el tráfico era intenso. No se atreverían a dispararle si escapaba...; si conseguía
escapar.
Los tres oficiales se separaron. Uno subió la escalera de la Dirección General. Los
demás no tardarían en volver al vehículo. Jennings sacó del bolsillo la llave codificada, el
trozo de billete y el alambre. ¡El alambre! Un alambre fino, fino como un cabello. ¿Sería
aislante? Lo desenredó y comprobó que no.
Se arrodilló y palpó con sus dedos expertos la superficie de la puerta. Descubrió que
una estrecha ranura separaba el cerrojo de la puerta. Introdujo con mucha delicadeza el
extremo del alambre por el casi invisible espacio y lo hundió unos pocos centímetros. El
sudor resbalaba por su frente. Movió el alambre un poco más y lo torció. Contuvo el
aliento. El relé debería...
Una chispa.
Se arrojó con todo su peso contra la puerta, deslumbrado. La puerta cedió. Salía humo
del cerrojo. Jennings se desplomó sobre la calle y se puso en pie de un salto. Los coches
hacían sonar el claxon y se arremolinaban en torno a él. Se refugió tras un camión
cargado de mercancías, en medio del tráfico. Observó con el rabillo del ojo que los
hombres de la PS venían en su dirección.
Un bamboleante autobús se aproximó, atestado de pasajeros. Jennings cerró la mano
en torno a la barandilla posterior y se izó a la plataforma. Rostros asombrados como
pálidas lunas volvieron los ojos para mirarle. El conductor robot, zumbando con irritación,
se acercó.
—Señor... —empezó el conductor. El autobús redujo la velocidad—. Señor. no está
permitido...
—Está bien.
Jennings experimentó un extraño júbilo. Un momento antes estaba atrapado. sin
posibilidad alguna de escapar. Dos años de su vida perdidos para nada. La Policía de
Seguridad le había arrestado, exigiéndole una información que no podía dar. ¡Una
situación desesperada! Pero ahora las piezas empezaban a encajar en su mente.
Sacó del bolsillo la ficha de autobús y la introdujo en la ranura del Conductor.
—¿Vale?
El conductor vaciló, y luego el autobús avanzó y aumentó la velocidad. El conductor,
apaciguado, dio media vuelta. Todo iba bien. Jennings se abrió paso entre los pasajeros
que estaban de pie y buscó un asiento. Necesitaba sentarse para poder pensar.
Tenía mucho en qué pensar. Su mente no descansaba.
El autobús se adentró en el espeso tráfico urbano. Jennings apenas tenía conciencia
de la gente que le rodeaba. Era indudable que no le habían estafado; la decisión había
sido suya exclusivamente. Por sorprendente que fuera, después de dos años de trabajo,
había preferido un puñado de baratijas a cincuenta mil créditos. Y, aún más sorprendente.
el puñado de baratijas le estaba siendo de mayor utilidad que el dinero.
Había escapado de la Policía de Seguridad con la ayuda de un trozo de cable y de una
ficha de autobús. El dinero no le habría servido de nada una vez hubiera desaparecido
tras los muros del gran edificio de piedra, ni siquiera cincuenta mil créditos. Y aún le
quedaban otras cinco baratijas. Rebuscó en el bolsillo: cinco cosas más. Había utilizado
dos. ¿Para qué le servirían las otras? ¿Serían igual de importantes?
El gran enigma era: ¿cómo había sabido él —su yo anterior— que un trozo de alambre
y una ficha de autobús le salvarían la vida? Lo cierto es que lo había sabido, lo había
sabido de antemano. Pero ¿cómo? Por pura deducción, las otras cinco también le serían
de suma utilidad.
El Jennings de los últimos dos años había sabido cosas que ahora había olvidado,
cosas que la compañía había borrado de su memoria, como una máquina de sumar
cuando se desconecta. Ya no poseía ninguna información de aquel período, salvo las
siete baratijas, cinco de las cuales guardaba en su bolsillo.
Pero el auténtico problema actual no era puramente especulativo, sino muy concreto.
La Policía de Seguridad le buscaba. Tenían su nombre y descripción. Descartó de
inmediato acudir a su apartamento, suponiendo que aún tuviera un apartamento. Pero
¿adónde iría, entonces? ¿Hoteles? La PS los registraría a diario. ¿Amigos? Supondría
arriesgar sus vidas, al igual que la suya. Sólo era cuestión de tiempo que la PS diera con
él mientras paseaba por la calle, comía en un restaurante, presenciaba un espectáculo o
dormía en alguna pensión. La PS estaba en todas partes.
¿En todas partes? No era del todo cierto. Un individuo se halla indefenso, pero una
empresa no. Las grandes fuerzas económicas se las habían arreglado para tener las
manos libres, a pesar de que casi todo lo demás había sido absorbido por el gobierno.
Leyes de las que se había despojado a los particulares aún protegían a la industria y a la
propiedad. La PS podía detener a cualquier persona, pero no apoderarse de una
compañía o de una empresa: así se había establecido a mediados del siglo veinte.
Negocios, industrias y corporaciones estaban a salvo de la Policía de Seguridad. Se
requería un proceso legal. Construcciones Rethrick estaban en el punto de mira de la PS,
pero no podían hacer nada hasta que se violara algún estatuto. Si conseguía llegar hasta
la Compañía y traspasar sus puertas, se encontraría a salvo. Jennings sonrió con
amargura. El nuevo santuario, la moderna Iglesia. El Gobierno contra la Corporación, en
lugar del Estado contra la Iglesia. La nueva Notre Dame del mundo, que cortaba el paso a
la ley.
¿Le aceptaría de nuevo Rethrick? Sí, o al menos eso había afirmado. Dos años más de
su vida, y luego el regreso. ¿Le sería de alguna ayuda? Palpó el bolsillo que contenía las
restantes baratijas. Estaba claro que las había guardado con el propósito de usarlas. No,
no volvería a Construcciones Rethrick para firmar un contrato similar al anterior.
Necesitaba algo más permanente. Reflexionó unos momentos. Construcciones Rethrick.
¿Qué construían? ¿Qué había él averiguado en el curso de esos dos años? ¿Y por qué
estaba la PS tan interesada?
Sacó los cinco objetos y los examinó. El fragmento de tela verde, la llave codificada, el
trozo de billete, el recibo del paquete, la ficha de póquer partida por la mitad. Resultaba
extraño que aquellos objetos insignificantes pudieran ser tan importantes.
Y Construcciones Rethrick estaba implicada.
No había duda. La respuesta, todas las respuestas, conducían a Rethrick. Pero ¿dónde
se escondía Rethrick? No tenía ni idea del emplazamiento de la fábrica. Conocía la
oficina, la gran y lujosa sala con la joven detrás del escritorio, pero eso no era
Construcciones Rethrick. ¿Lo sabría alguien, además del propio Rethrick? Kelly no lo
sabía. ¿Lo sabía la PS?
Lo único cierto es que estaba fuera de la ciudad; se había desplazado hasta allí en
cohete. Probablemente se ubicaba en Estados Unidos, quizá en los terrenos de cultivo, en
la campiña, alejada de las ciudades. ¡Qué situación tan complicada! En cualquier
momento, la PS caería sobre él. La próxima vez no escaparía. Su única oportunidad de
poder escapar era encontrar a Rethrick, así como su única oportunidad de averiguar lo
que había sabido anteriormente. No recordaba dónde estaba la fábrica. Contempló las
cinco baratijas. ¿Le serían de alguna ayuda?
Una oleada de desesperación le invadió. ¿Y si hubiera sido pura casualidad lo del
cable y la ficha? ¿Y si...?
Examinó el recibo del paquete, le dio vueltas y lo alzó a la luz. Los músculos de su
estómago se contrajeron de repente y su pulso se aceleró. Tenía razón: no había sido una
coincidencia. El recibo del paquete llevaba fecha de dos días atrás. El paquete, fuera lo
que fuese, aún no había sido entregado. Faltaban cuarenta y ocho horas.
Miró las demás cosas. El trozo de billete. ¿Para qué servía un trozo de billete? Estaba
arrugado y doblado varias veces. No iría a ningún sitio con él, sólo le informaría de dónde
había estado.
¡Dónde había estado!
Lo desdobló y alisó las arrugas. Las palabras impresas habían sido cortadas por la
mitad:
 
PORTOLA T
STUARTS VI
IOW
 
Sonrió. Ahí había estado. Era sencillo rellenar los huecos. No había duda: también
había previsto esto. Tres baratijas usadas; quedaban cuatro. Stuartsville, lowa. ¿Existía
tal lugar? Miró por la ventanilla del autobús. La estación de cohetes interciudades estaba
a una manzana de distancia. Llegaría en un segundo. Bastaría con una carrerilla,
suponiendo que la Policía no le detuviera...
Sin embargo, intuyó que no lo harían, mientras guardara las otras cuatro cosas en el
bolsillo. Se encontraría a salvo en cuanto pisara el cohete. Era lo bastante grande como
para mantener a distancia a la PS. Jennings guardó las baratijas sobrantes en el bolsillo,
se puso en pie y pulsó el timbre.
Un momento después descendió en la acera.
 
El cohete le condujo al límite de la ciudad. Aterrizó en una pequeña pista de color
pardo. Algunos mozos de cuerda deambulaban acarreando maletas y buscando
protegerse del calor.
Jennings se dirigió a la sala de espera y examinó a la gente corriente: obreros,
hombres de negocios, amas de casa. Stuartville era una pequeña ciudad del Medio
Oeste. Camioneros, universitarios.
Atravesó la sala de espera y salió a la calle. Existía una posibilidad de que la fábrica de
Rethrick estuviera ubicada en la zona, en el caso de que hubiera utilizado el trozo de
billete correctamente. De todas formas, había algo, de lo contrario no habría incluido el
fragmento entre sus pertenencias.
Stuartsville, lowa. Un plan vago y nebuloso empezó a formarse en su mente. Caminó
con las manos en los bolsillos y echó un vistazo a su alrededor. La sede de un periódico,
restaurantes, hoteles, billares, una barbería, una tienda en la que reparaban televisores,
un almacén de venta de cohetes de tamaño familiar, con enormes salas de exhibición. Y
el teatro Portola al final de la manzana.
En las afueras de la ciudad se veían granjas y campos. Kilómetros y kilómetros de
hierba verde. Algunos transportes aéreos centelleaban en el cielo, cargados de productos
y equipos para las granjas. Una ciudad pequeña, insignificante, ideal para Construcciones
Rethrick, perdida la fábrica en un lugar tan alejado de las ciudades importantes y de la
PS.  
Jennings volvió sobre sus pasos. Entró en el restaurante Bob's Place.
Un joven con gafas se le acercó, mientras se secaba las manos en el delantal, cuando
se sentó en la barra.
—Café —pidió Jennings.
—Café —el empleado le trajo la taza.
Había muy poca gente en el local. Un par de moscas zumbaban junto a la ventana.
Granjeros y amas de casa se dirigían tranquilamente a sus quehaceres.
—Oiga —dijo Jennings, revolviendo su café—, ¿dónde se puede encontrar trabajo por
aquí?
—¿Qué clase de trabajo? —el joven se apoyó sobre el mostrador.
—Instalaciones eléctricas. Soy electricista. Televisiones, computadoras, cohetes, todo
eso.
—¿Por qué no prueba en las grandes zonas industriales? Detroit, Chicago, Nueva
York...
—No me gustan las grandes ciudades —Jennings meneó la cabeza—. Nunca me
quedo demasiado tiempo en ellas.
—A mucha gente de aquí le gustaría trabajar en Detroit —rió el joven—. ¿Es usted
electricista?
—¿Hay alguna fábrica en las cercanías? ¿Tiendas de reparación?
—No, que yo sepa —el joven se alejó para atender a un nuevo cliente.
Jennings tomó su café. ¿Había cometido un error? Quizá debería dejarlo correr y
abandonar Stuartsville, Iowa. Quizá había extraído conclusiones equivocadas del trozo de
billete, pero éste significaba algo, aunque estuviera equivocado en todo. Y, además, era
un poco tarde para arrepentirse.
El camarero regresó.
—¿Puedo conseguir algún tipo de trabajo aquí? —preguntó Jennings—. Lo justo para ir
tirando.
—Siempre hay trabajo en las granjas.
—¿Y reparaciones? Garajes, televisores...
—Hay una tienda de reparación de televisores bajando por esta misma calle; pregunte
allí. Podría intentarlo. El trabajo en las granjas está bien pagado, porque la mayoría de los
hombres disponibles visten uniforme. ¿Le gustaría echar heno?
Jennings rió y pagó el café.
—No mucho, pero se lo agradezco.
—A veces, algunos hombres van a trabajar carretera arriba, en una especie de
instalación gubernamental.
Jennings asintió con la cabeza. Abrió la puerta y salió a la calle. Vagó sin rumbo
durante un rato, sumido en sus pensamientos, perfilando su nebuloso plan. Era un plan
magnífico, que resolvería todos sus problemas a la vez. Pero, antes que nada, era
fundamental hallar el paradero de Construcciones Rethrick. Y sólo tenía una pista, si es
que se trataba de una pista, para orientarse: el fragmento de billete, doblado y arrugado,
que guardaba en el bolsillo. Y la fe de que sabía de antemano lo que estaba haciendo.
Una instalación gubernamental. Jennings se detuvo y miró a su alrededor. Había una
parada de taxis al otro lado de la calle; dos taxistas esperaban fumando y leyendo el
periódico. Valía la pena probar, no había nada que perder. Rethrick se resguardaría tras
una falsa fachada. Nadie haría preguntas si pasaba por ser un proyecto del gobierno.
Estaban demasiado acostumbrados a que los proyectos del gobierno se llevaran adelante
en secreto.
Se acercó al primer taxi.
—Perdone, ¿podría hacerle una pregunta?  
—¿Qué se le ofrece? —preguntó el taxista.  
—Me han dicho que hay trabajo en las instalaciones del gobierno. ¿Es cierto?
El taxista asintió con un gesto después de examinarle.  
—¿De qué trabajo se trata?
—No lo sé.
—¿Dónde puedo apuntarme?  
—No lo sé.
El taxista volvió la atención al periódico.  
—Gracias.
Jennings se alejó.
—Sólo contratan personal de vez en cuando, gente muy seleccionada. Debería probar
en otra parte.
—De acuerdo.
El segundo taxista salió de su vehículo.
—Sólo contratan trabajadores temporales, amigo, y punto. Y los eligen con mucho
cuidado. Muy pocos pasan la prueba. El trabajo tiene algo que ver con la guerra.
Jennings se puso en guardia.  
—¿Alto secreto?  
—Vienen a la ciudad y reclutan unos cuantos obreros de la construcción, hasta llenar
un camión. Eso es todo. Se lo piensan muy bien antes de escoger a alguien.
Jennings avanzó hacia el taxista.
—¿Es eso cierto?
—El lugar es enorme. Paredes de acero electrificadas, guardias armados, se trabaja
continuamente, día y noche... Pero nadie puede entrar. Está sobre lo alto de la colina, al
final de la vieja carretera Henderson, a unos cinco kilómetros. —El taxista se palmeó el
hombro—. No se puede entrar sin identificación. Los trabajadores que contratan deben
identificarse en todo momento, ¿entiende?
Jennings miró fijamente al taxista. Estaba trazando una línea sobre su hombro. De
repente, comprendió. Una oleada de alivio le invadió.
—Claro —respondió—, ya sé a qué se refiere. Bueno, al menos me lo imagino. —
Buscó en su bolsillo y extrajo las cuatro baratijas. Desdobló el fragmento de tela verde y lo
sostuvo en alto—. ¿Es algo así?
Los taxistas estudiaron la muestra.
—Perfecto —dijo uno de ellos, sin apartar la vista de la tela—. ¿Dónde lo consiguió?
—Me lo dio un amigo —rió Jennings.
Devolvió el fragmento a su bolsillo.
Empezó a caminar en dirección a la pista de aterrizaje. Ya había dado el primer paso,
pero le quedaban muchas cosas por hacer. Había localizado a Rethrick, y las baratijas le
iban a ser de mucha utilidad, una para cada crisis. ¡Una bolsa milagrosa procedente de
alguien que conocía el futuro!
Para el siguiente paso necesitaba colaboración, no podía darlo solo.
Pero ¿quién? Reflexionó mientras entraba en la sala de espera de la estación de
cohetes. Sólo podía acudir a una persona, lo que comportaba un riesgo elevado, pero
debía afrontar el reto. Si la fábrica de Rethrick se hallaba aquí, es posible que Kelly
también...
 
La calle estaba a oscuras. Un poste de alumbrado destellaba a intervalos en la
esquina. Pasaban muy pocos vehículos.
Una forma menuda surgió de la entrada del edificio de apartamentos, una joven que
llevaba chaqueta y un bolso en la mano. Jennings la observó al pasar junto al poste. Kelly
McVane iba a alguna parte, probablemente a una fiesta. Vestida con una elegante
chaqueta corta y un sombrero, sus tacones altos repiqueteaban en el pavimento.
Se deslizó fuera de las sombras ante ella.
—Kelly.
Ella se volvió al instante con la boca abierta.
—¡Oh!
—No se preocupe —la cogió por el brazo—. Soy yo. ¿Adónde va, tan bien vestida?
—A ningún sitio —parpadeó ella—. Caramba, me ha dado un susto. ¿Qué pasa? ¿A
qué viene esto?
—Nada. ¿Puede dedicarme unos minutos? Quiero hablar con usted.
—Ya me lo imagino —asintió Kelly—. ¿Adónde iremos?
—A cualquier sitio donde podamos hablar. No quiero que nadie nos escuche.
—¿Paseamos?
—No. La Policía...
—¿La Policía?
—Me buscan.
—¿A usted? ¿Porqué?
—No nos quedemos aquí —dijo Jennings con semblante preocupado—. ¿Adónde
podemos ir?
—Podemos ir a mi apartamento —propuso Kelly tras una corta vacilación—. Estaremos
solos.
Subieron en el ascensor. Kelly desbloqueó la puerta con la llave codificada. Cuando
entraron, la calefacción y las luces se encendieron automáticamente. Ella cerró la puerta y
se quitó la chaqueta.
—No me quedaré mucho rato —dijo Jennings.
—Está bien. Le prepararé una copa.
Fue a la cocina y Jennings se sentó en el sofá. Paseó la mirada por el pequeño y limpio
apartamento. La chica regresó en seguida. Se sentó a su lado, y Jennings tomó su copa.
Whisky escocés con agua fría.
—Gracias.
—De nada —sonrió Kelly. Ambos permanecieron un rato en silencio—. ¿Y bien? ¿Qué
le ocurre? ¿Por qué le busca la Policía?
—Quieren averiguar algo acerca de Construcciones Rethrick. Yo no soy más que un
simple peón en todo esto. Piensan que sé algo porque trabajé dos años en la fábrica de
Rethrick.
—¡Pero usted no sabe nada!
—No puedo probarlo.
Kelly alargó la mano y tocó la cabeza de Jennings, justo sobre la oreja.
—Palpe aquí, en ese preciso lugar.
Jennings obedeció y notó una pequeña zona endurecida sobre la oreja, oculta bajo el
cabello.
—¿Qué es esto?
—le practicaron una incisión en el cráneo y extrajeron un diminuto fragmento de
cerebro: sus recuerdos de dos años. Los localizaron y los destruyeron. Ni siquiera la PS
conseguiría que recordara. Están perdidos para siempre; ya no son suyos.
—No quedará mucho de mí cuando por fin se den cuenta.
Kelly no dijo nada.
—Ya ve el apuro en que me encuentro. Lo mejor sería poder recordar, así podría
hablar con ellos y...
—¡Y destruir a Rethrick!
—¿Por qué no? —Jennings se encogió de hombros—. Rethrick no significa nada para
mí. Ni siquiera sé lo que hacen. ¿Por qué se halla la Policía tan interesada? Desde el
principio, todo ese misterio, el lavado de cerebro...
—Existe una razón. Una buena razón.
—¿Sabe por qué?
—No —Kelly agitó la cabeza—, pero estoy segura de que hay una razón. Si la PS está
interesada, es que hay un motivo —posó el vaso sobre la mesa y te miró a los ojos—.
Odio a la Policía. Todos la odiamos, nos persigue sin cesar. No sé nada sobre Rethrick;
en caso contrario, mi vida peligraría. Muy pocas cosas protegen a Rethrick, apenas un
puñado de leyes. Nada más.
—Tengo la impresión de que Rethrick significa mucho más que cualquier otra
compañía de construcciones que la PS desee controlar.
—supongo que sí, pero no sé nada. Soy una simple recepcionista. Nunca he estado en
la fábrica, ni sé dónde está.
—Pero no desea que le suceda nada.
—¡Claro que no! Luchan contra la Policía. Cualquiera que luche contra la Policía está
de nuestro lado.
—¿De veras? Ya he oído antes comentarios parecidos. Hace unas décadas, cualquiera
que combatiera el comunismo se convertía automáticamente en un buen ciudadano. Bien.
el tiempo tiene la palabra. En lo que a mí respecta, soy un individuo atrapado entre dos
fuerzas despiadadas: gobierno y negocios. El gobierno posee hombres y poder.
Construcciones Rethrick, tecnología. Ignoro lo que hacen con ella, al menos desde hace
unas semanas. Ahora cuento apenas con ideas vagas y unas pocas pistas. Y una teoría.
—¿Una teoría?
—Y un puñado de baratijas. Siete. Ahora, sólo tres o cuatro, puesto que he utilizado
algunas. Son la base de mi teoría. Si Rethrick está haciendo lo que creo que hace.
empiezo a entender el interés de la PS. De hecho, comparto su interés.
—¿Qué hace Rethrick?
—Está desarrollando una máquina para explorar el tiempo.
—¿Qué?
—Un rastreador temporal. Ha sido teóricamente posible durante varios años, pero es
ilegal experimentar con rastreadores y espejos temporales. Es un delito y, si te cogen,
todo el equipo y los datos pasan a pertenecer al gobierno. Por eso el gobierno está tan
interesado —sonrió con amargura Jennings—. Si pueden apoderarse de los bienes de
Rethrick.
—Un rastreador temporal. Es difícil de creer.
—¿Cree que me equivoco?
—No lo sé. Tal vez. No es usted el primero en aceptar como paga del contrato una
bolsita de tela que contiene objetos diversos. ¿Cómo los ha utilizado?
—Primero, el alambre y la ficha de autobús para escapar de la Policía. Aunque parezca
inverosímil, de no ser por ellos aún estaría en la Dirección General. Un trozo de alambre y
una ficha de diez centavos. Lo curioso es que nunca suelo llevar encima cosas parecidas.
—Viajar por el tiempo...
—No, no se trata de viajar por el tiempo. Berkowsky demostró que era imposible. Es un
rastreador temporal, un espejo para ver y una pala para recoger cosas. Al menos una de
estas baratijas viene del futuro..
—¿Cómo lo sabe?
—Lleva una fecha. Quizá las otras no. Fichas de autobús y alambres son objetos muy
normales. Una ficha es tan buena como otra. Él debe de haber usado un espejo.
» Debí usar un espejo cuando trabajaba para Rethrick. Indagué en mi propio futuro. Si
me encargaba de reparar el equipo, casi era lógico que lo hiciera. Miré en el futuro y vi lo
que iba a suceder: la PS me detendría. Al verlo, también debí de ver para qué servirían un
trozo de alambre y una ficha de autobús... si los llevaba encima en el momento adecuado.
Kelly reflexionó unos instantes.
—Bueno, ¿qué quiere de mí?
—Ahora ya no estoy seguro. ¿De veras considera a Rethrick una institución bondadosa
que lucha contra la Policía? Una especie de Rolando en Roncesvalles...
—¿Qué importa lo que piense de la Compañía?
—Importa, y mucho. Importa mucho porque quiero que usted me ayude —Jennings
terminó su bebida y apartó el vaso—. Voy a hacer chantaje a Construcciones Rethrick.
Kelly le miró, asombrada.
—Es mi única oportunidad de seguir con vida. Presionar a Rethrick para que me deje
entrar en la fábrica, imponiendo ciertas condiciones. Es el único lugar en donde me puedo
esconder. Tarde o temprano, la Policía me detendrá. Si no vuelvo a la fábrica, y pronto...
—¿Ayudarle a hacer chantaje a la Compañía? ¿Destruir Rethrick?
—No, destruirla no. No quiero destruirla, ya que mi vida depende de la Compañía. Mi
vida depende de lo fuerte que sea Rethrick para desafiar a la PS. Poco importa lo fuerte
que sea Rethrick si continúo afuera, ¿entiende? Quiero entrar, quiero entrar antes de que
sea demasiado tarde, y quiero hacerlo con condiciones, no como un simple trabajador
temporal al que se da una patada pasados dos años.
—Para que la Policía lo detenga.
—Exacto —asintió Jennings.
—¿Cómo va a hacer chantaje a la Compañía?
—Entraré en la fábrica y me llevaré el material suficiente para probar que Rethrick ha
puesto en funcionamiento un rastreador temporal.
—¿Entrar en la fábrica? —se burló Kelly—. Primero tendrá que encontrar la fábrica. La
PS la ha estado buscando durante años.
—Ya la he encontrado. —Jennings se reclinó en la silla y encendió un pitillo—. La he
localizado con mis baratijas. Y con las cuatro que me quedan conseguiré entrar, y obtener
lo que deseo. Sacaré papeles y fotografías que pondrán a Rethrick contra las cuerdas,
aunque no quiero que cuelguen a Rethrick. Sólo quiero negociar. Y ahí es donde entra
usted.
—¿Yo?
—Usted no acudirá a la Policía. Necesito alguien que oculte el material por mí. En
cuanto lo tenga he de entregarlo a alguien, alguien que lo esconda donde yo no pueda
encontrarlo.
—¿Por qué?
—Porque en cualquier momento puedo ser detenido por la PS —explicó con serenidad
Jennings—. No tengo el menor cariño por Rethrick. pero tampoco deseo que lo liquiden;
por eso debe ayudarme. Usted retendrá el material mientras negocio con Rethrick. En
caso contrario, lo guardaré yo mismo, y si lo encuentran...
Kelly miraba al suelo con la cara tensa y preocupada.
—¿Y bien? ¿Qué me contesta? ¿Me ayudará o tendré que arriesgarme a que la PS me
detenga con las pruebas, datos suficientes para destruir a Rethrick? ¿Se decide? ¿Quiere
ver cómo aniquilan a Rethrick? ¿Qué me responde?
 
Ambos se acuclillaron y contemplaron la colina que se alzaba más allá de los campos.
Era una colina desnuda de toda vegetación, nada crecía en sus laderas. Una valla de
alambre electrificado, tras la que montaba guardia un patrullero armado con casco y fusil,
impedía el acceso a la cima.
Un enorme bloque de hormigón en forma de torre, sin puertas ni ventanas, se
distinguía sobre la cumbre. El sol de la mañana arrancaba reflejos de la fila de cañones
montados sobre el tejado.
—Así que eso es la fábrica —musitó Kelly.
—Exacto. Se necesitaría un ejército para atacar la colina y apoderarse del edificio..., a
menos que se le permitiera el paso.
Jennings se levantó y ofreció la mano a Kelly. Bajaron por un sendero flanqueado de
árboles hacia el lugar en que Kelly había ocultado el vehículo.
—¿De veras piensa que ese pedazo de tela verde le ayudará a entrar? —dijo Kelly,
sentándose tras el volante.
—A juzgar por lo que afirma la gente de la ciudad, un camión lleno de trabajadores se
dirigirá a la fábrica en algún momento de la mañana. Los hombres bajan del camión a la
entrada y son registrados. Si todo está en orden, se les permite el acceso a las
instalaciones. Obreros, albañiles... Cuando la jornada termina les conducen de nuevo a la
ciudad.
—¿Le servirá de algo?
—Al menos cruzaré la verja.
—¿Cómo llegará al rastreador temporal? Debe de estar dentro del edificio, bien
protegido.
Jennings extrajo del bolsillo una pequeña llave codificada.
—Esto será mi pasaporte. Confío en que funcione.
Kelly cogió la llave y la examinó.
—Una de sus baratijas... Deberíamos haber examinado con más detenimiento su bolsa
de tela.
—¿Deberíamos?
—La Compañía. Han pasado varias bolsitas de ésas por mis manos. Rethrick nunca
me dijo nada.
—Es posible que la Compañía diera por hecho que nadie querría volver a ingresar —
Jennings recuperó la llave—. ¿Recuerda lo que ha de hacer?
—He de quedarme en el coche hasta que usted vuelva. Me entregará el material, me lo
llevaré a Nueva York y esperaré a que entré en contacto conmigo.
—Exacto. —Jennings miró la lejana carretera que conducía a la puerta de la fábrica—.
Aquí me bajo. El camión aparecerá de un momento a otro.
—¿Y si se les ocurre contar el número de obreros?
—Tendré que arriesgarme, pero no me preocupa. Estoy seguro de que él lo anticipó
todo.
—Usted y su amigo, su misericordioso amigo —sonrió Kelly—. Espero que él le diera
las cosas suficientes para poder escapar después de robar las fotografías.
—¿De veras?
—¿Por qué no? Siempre me gustaste, desde el primer momento; ya lo sabes.
Jennings salió del coche. Iba vestido con un mono, zapatos gruesos y una camiseta
gris.
—Nos veremos más tarde, si todo va bien. Ojalá sea así —palmeó sus bolsillos—. Aquí
llevo mis amuletos, mis imprescindibles amuletos.
Se abrió paso con rapidez entre los árboles.
El bosquecillo conducía hasta la misma cuneta de la carretera. Se ocultó, a la espera.
Los guardias de la fábrica examinaban cada palmo de terreno. Habían despejado de
vegetación la colina para divisar a cualquiera que se aproximara. Y también había
advertido que tenían focos infrarrojos.
Jennings se agachó y vigiló la carretera. Justo enfrente de la puerta se levantaba una
barrera. Consultó su reloj: las diez y media. Le aguardaba una larga espera. Intentó
relajarse.
Pasaban de las once cuando el camión se aproximó por la carretera, entre estertores y
jadeos.
Jennings se puso en acción. Sacó el trozo de tela verde y lo ató alrededor de su brazo.
El camión estaba cada vez más cerca. Podía ver su cargamento de hombres ataviados
con camisas de franela y tejanos que se balanceaban con los movimientos convulsivos
del camión. Todos portaban una banda de tela verde alrededor del brazo. Hasta ahora,
todo iba bien.
El camión aminoró la velocidad y frenó ante la barrera. Los hombres bajaron a la
carretera, levantando nubes de polvo bajo el ardiente sol de mediodía. Se frotaron el
polvo de los pantalones y algunos encendieron cigarrillos. Dos guardias se acercaron
desde detrás de la barrera. Jennings se puso tenso. La ocasión se presentaría dentro de
un momento.
Los guardias examinaron los distintivos verdes de los hombres, sus rostros. y pidieron
las tarjetas de identificación a unos cuantos.
La barrera fue levantada y la puerta se abrió. Los guardias volvieron a sus puestos.
Jennings, resguardado tras los matorrales, corrió hacia la carretera. Los hombres
aplastaban sus cigarrillos y trepaban de nuevo al camión. El conductor encendió el motor
y sacó el freno. Jennings, aprovechando que los guardias no podían verle, se deslizó
fuera de su escondite y corrió hacia el camión.
Los hombres le contemplaron con curiosidad cuando subió, casi sin aliento. Hombres
del campo, de rostros bronceados y surcados de arrugas. Jennings se sentó entre dos
fornidos campesinos, que no repararon en su presencia. No se había afeitado y olía mal.
No se diferenciaba en nada de los demás, pero si hacían un recuento...
El camión atravesó la puerta, que se cerró tras él, y penetró en el recinto. El camión,
oscilando de un lado a otro, empezó a subir la empinada cuesta de la colina. La enorme
mole de hormigón aumentaba de tamaño a cada momento. ¿Por dónde entrarían?
Jennings la contempló, fascinado. Una estrecha rendija apareció en el muro, que revelaba
un oscuro interior que pronto iluminó una fila de luces artificiales.
El camión se detuvo. Los obreros empezaron a bajar otra vez, y al instante fueron
rodeados por algunos técnicos.
—¿Adónde va destinada esta cuadrilla? —preguntó uno.
—Ahí adentro, a cavar —señaló otro con el dedo pulgar—. Van a cavar de nuevo.
Envíales adentro.
El corazón de Jennings dio un salto. ¡Iba a entrar! Se palpó el cuello, en el lugar donde
colgaba una cámara plana como un babero, por debajo de la camiseta. Sabía que estaba
allí, pero apenas podía sentirla. Tal vez sería más fácil de lo que había imaginado.
Jennings se unió al grupo de trabajadores. Atravesaron una puerta y desembocaron en
un inmenso taller, atestado de largas mesas de trabajo, maquinaria a medio construir y
grúas. El sonido era ensordecedor. La puerta se cerró a sus espaldas y les aisló del
exterior. Ya estaba dentro de la fábrica, pero ¿dónde encontraría el rastreador y el espejo
temporales?
—Por aquí —indicó el capataz. Los obreros se desviaron a la derecha. Un montacargas
salió a su encuentro desde las entrañas del edificio—. Vais a ir abajo. ¿Quiénes de
vosotros tienen experiencia con taladros?
Algunas manos se alzaron.
—Enseñaréis a los otros. Estamos removiendo la tierra con taladros y barrenos.
¿Alguien ha trabajado con barrenos?
Nadie levantó la mano. Jennings contempló las mesas de trabajo. ¿Habría trabajado en
alguna de ellas, poco tiempo antes? Experimentó un escalofrío. ¿Y si alguien le
reconocía? Quizá los técnicos...
—Vamos —les conminó el capataz, impaciente—, daos prisa.
Jennings subió en el montacargas con los demás. Descendieron por el negro pozo,
abajo, abajo, hacia los niveles subterráneos de la fábrica. Construcciones Rethrick era
grande, mucho más grande de lo que parecía por fuera, mucho más grande de lo que
creía. Plantas, niveles subterráneos se sucedían sin cesar.
El ascensor frenó. Las puertas se abrieron. Se encontró frente a un largo pasillo. El
piso estaba cubierto de una espesa capa de polvo y el aire era húmedo. Los trabajadores
salieron. De pronto, Jennings se puso rígido y dio un paso atrás.
Al final del pasillo, frente a una puerta de acero, Earl Rethrick conversaba con algunos
técnicos.
—Todos fuera —gritó el capataz—. Vamos.
Jennings se ocultó detrás de los otros. ¡Rethrick! Su corazón latía violentamente. Si
Rethrick le veía, estaba acabado. Registró sus bolsillos. Portaba una diminuta pistola
Boris, pero no le serviría de nada si le descubrían. En cuanto Rethrick reparara en su
presencia, todo habría terminado.
—Por aquí.
El capataz les guió hasta lo que parecía un ferrocarril subterráneo. Los hombres
ocuparon unas vagonetas. Jennings miró a Rethrick. Le vio gesticular con furia. El pasillo
transportaba el débil sonido de su voz. Rethrick se volvió bruscamente. Alzó la mano y la
gran puerta de acero situada detrás de él empezó a abrirse.
El corazón de Jennings casi cesó de latir.
Allí, protegido por la puerta de acero, se encontraba el rastreador temporal. Lo
reconoció al instante: el espejo, las grandes barras metálicas terminadas en pinzas. Igual
que el modelo teórico de Berkowsky..., sólo que éste era real.
Rethrick entró en la sala, seguido por los técnicos. Un grupo de hombres trabajaban en
el rastreador. Habían quitado parte del revestimiento. Investigaban la delicada maquinaria.
Jennings miraba la escena. absorto.
—Oye, tú... —dijo el capataz, avanzando hacia él.
La puerta de acero se cerró, borrando la visión del rastreador, de Rethrick y de los
técnicos.
—Lo siento —murmuró Jennings.
—Sabes que no está permitido curiosear. —El capataz le examinó con gran atención—.
No me acuerdo de ti. Déjame ver tu tarjeta.
—¿Mi tarjeta?
—Tu tarjeta de identificación. —El capataz se giró en redondo—. Bill, tráeme la lista —
miró a Jennings de arriba abajo—. Voy a consultar la lista, amigo. Nunca te había visto
antes en la cuadrilla. Quédate aquí.
Un hombre salió de una puerta lateral con un papel en la mano.
Ahora o nunca.
Jennings empezó a correr por el pasillo hacia la gran puerta de acero. El capataz y su
ayudante lanzaron un grito. Jennings sacó la llave codificada, rogando mentalmente que
funcionara. Mientras corría, extrajo también la pistola Boris. Al otro lado de la puerta se
encontraba el rastreador temporal. Unas cuantas fotografías, unos bosquejos, y después,
si lograba escapar...
La puerta no se movió. El sudor resbalaba por su rostro. Golpeó la puerta con la llave.
¿Por qué no se abría? Seguro que... Se puso a temblar, presa del pánico. Oyó el ruido de
gente que corría por el pasillo, hacia él. Ábrete...
Pero la puerta no se abrió. No era la llave correcta.
Estaba derrotado. La puerta y la llave no encajaban. O se había equivocado, o la llave
correspondía a otro lugar, pero ¿a cuál? Jennings miró frenéticamente a su alrededor.
¿Adónde podía ir?
Divisó una puerta media abierta a escasa distancia. Cruzó el pasillo y cargó sobre ella.
Se encontraba en una especie de almacén. Cerró la puerta de golpe y echó el pestillo.
Oyó los gritos y carrerillas que se sucedían afuera. Pronto llegarían guardias armados.
Jennings aferró con fuerza la pistola Boris. ¿Estaba atrapado? ¿Hallaría una segunda vía
de escape?
Atravesó la sala, abriéndose paso entre sacos, cajas y altas pilas de envases de
cartón. En la parte trasera descubrió una portezuela de emergencia. La abrió en seguida.
Tuvo la tentación de tirar la llave codificada. ¿De qué le había servido? Sin embargo,
seguro que él había sabido lo que hacía. Él ya había visto esta escena. Había sido testigo
de todo, como si fuera Dios. Predeterminado. No podía equivocarse. ¿O sí?
Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. Quizá el futuro era variable. Quizá, en otra
ocasión, la llave codificada había servido para esa puerta... ¡pero ya no!
Oyó un ruido detrás: estaban fundiendo la puerta del almacén. Jennings se precipitó
por la esclusa de emergencia y salió a un pasillo de hormigón, bajo, húmedo y mal
iluminado. Dobló una esquina tras otra sin dejar de correr. Era como una alcantarilla, con
centenares de pasadizos que partían de él.
Se detuvo. ¿Qué dirección seguir? ¿Dónde podía guarecerse? La boca de una ancha
tubería de ventilación bostezaba sobre su cabeza. Saltó y se izó a pulso. Pasarían de
largo de la tubería. Reptó cautelosamente, azotado por un aire cálido. ¿Para qué un
respiradero tan enorme? Implicaba que, en el otro extremo, había una cámara de
dimensiones extraordinarias. Llegó a una verja de metal y se paró.
Y jadeó.
Contemplaba una amplísima sala, de la que había tenido un atisbo tras la puerta de
acero. Allí estaba el rastreador temporal. Y, un poco más allá del ingenio, Rethrick
conferenciaba ante una videopantalla encendida Una alarma desparramaba su sonido
chillón por todas partes.
Los técnicos corrían en todas direcciones. Guardias uniformados entraban y salían por
las puertas.
El rastreador. Jennings examinó la reja. Estaba bien encajada. Sin embargo, al moverla
lateralmente, se le quedó en las manos. Nadie miraba. Se deslizó sin hacer ruido en la
sala, con la pistola Boris preparada. Se escondió detrás del rastreador mientras técnicos y
guardias se apelotonaban en el otro extremo de la sala, donde los había visto por primera
vez.
Tenía al alcance de la mano los planos, el espejo, documentos, datos, fotocalcos.
Pulsó el botón de su cámara, que vibró contra su pecho a medida que la película
avanzaba. Se apoderó de un puñado de planos. ¡Quizá, sólo unas semanas antes, él
había trabajado con esos mismos diagramas!
Llenó sus bolsillos de papeles. La película se terminó, pero también él había terminado.
Trepó por el borde del respiradero y se introdujo en la tubería. El pasillo que recordaba a
una alcantarilla seguía desierto, pero distinguió el sonido retumbante de voces y pasos
apresurados. Tantos pasadizos... Le buscaban en el laberinto de pasadizos.
Jennings corrió al azar con la intención de alcanzar el pasillo principal, pero percibió
enfrente un nuevo sonido. Disminuyó la marcha. El pasillo continuaba a la derecha.
Caminó poco a poco, con la pistola Boris dispuesta.
Dos guardias estaban de pie a escasos metros de distancia, fumando y charlando.
Custodiaban una pesada puerta que se abría con una llave codificada. El sonido de las
voces que le perseguían aumentó de intensidad. Le pisaban los talones, estaban a punto
de alcanzarle.
Jennings abandonó su escondite y alzó la pistola.
—Manos arriba. Tirad los fusiles.
Los guardias le miraron como atontados. Adolescentes de cabello rubio rizado y
brillantes uniformes. Retrocedieron, pálidos y atemorizados.
—He dicho que tiréis los fusiles.
Las dos armas cayeron al suelo. Jennings sonrió. Muchachos que, quizá por primera
vez, se enfrentaban a un problema serio. Sus botas de cuero centelleaban como un
espejo.
—Abrid la puerta —ordenó Jennings—. Quiero salir.
Le miraron sin reaccionar. El tumulto creció a sus espaldas.
—Abrid —se impacientó Jennings—, rápido. ¡Abrid, maldita sea! ¿Queréis que...?
—No... no podemos.
—¿Qué?
—No podemos. Es una puerta codificada. No tenemos la llave, se lo juro, señor. Nunca
nos dan la llave.
Estaban aterrorizados. Jennings también empezó a sentir pánico, a medida que los
ruidos se aproximaban. Se hallaba atrapado.
¿O no?
Lanzó una súbita carcajada. Avanzó sin vacilar hacia la puerta.
—Ten fe —murmuró mientras levantaba la mano—. Nunca has de perderla.
—¿Qué... qué es eso?
—Fe en uno mismo. Confianza.
La puerta se abrió cuando apoyó la llave sobre la superficie. La luz cegadora del sol le
hizo parpadear. Sujetó la pistola con fuerza. Había salido al exterior, en la puerta. Tres
guardias contemplaban asombrados la pistola. Estaba en la puerta... y más allá
empezaban los bosques.
—Fuera de mi camino.
Jennings disparó sobre las barras de metal de la puerta. El metal ardió, se fundió y
provocó una nube de fuego.
—¡Deténganle!
Un grupo de guardias armados salió del pasillo.
Jennings saltó a través de la puerta humeante. El metal le hirió en diversos puntos.
Corrió, tropezó y cayó. Volvió a levantarse y se internó entre los árboles.
Estaba afuera. Él no le había fallado. La llave funcionaba, en efecto. La primera vez se
había equivocado de puerta.
Prosiguió su huida incansable entre los árboles, sin aliento. No tardó en dejar atrás la
fábrica y las voces. Tenía los papeles. Y estaba libre.
 
En cuanto se reunió con Kelly, le entregó la película y todo lo que había conseguido
guardar en los bolsillos. Después se puso sus ropas habituales. Kelly le acompañó hasta
la periferia de Stuartsville y se marchó. Jennings contempló como el vehículo remontaba
el vuelo en dirección a Nueva York. Entonces entró en la ciudad y tomó el primer cohete
que partía rumbo a la metrópoli.
Durmió todo el trayecto, rodeado por docenas de hombres de negocios. Se despertó
poco antes de aterrizar en el inmenso espaciopuerto de Nueva York.
Jennings descendió por la escalerilla y se mezcló entre los pasajeros.
Volvía a correr el peligro de ser detenido por la PS. Dos oficiales de seguridad con
uniformes verdes le miraron sin pestañear cuando subió a bordo de un taxi. El taxi se
sumergió en el espeso tráfico. Jennings se secó la frente. Por poco. Ahora se reuniría con
Kelly.
Cenó en un pequeño restaurante, en un rincón alejado de las ventanas. Cuando salió a
la calle, el sol empezaba a declinar. Caminó sin prisa, absorto en sus pensamientos.
Hasta ahora todo iba bien. Había salido ileso de su aventura, y se pudo llevar la
película y los papeles. No le había fallado ni una de las baratijas. Sin ellas se habría
sentido indefenso. Metió la mano en el bolsillo. Le quedaban dos. La ficha de póquer
partida por la mitad y el recibo del paquete. Sacó el recibo y lo examinó a la decreciente
luz del atardecer.
De repente se dio cuenta de algo: llevaba la fecha de hoy. Se le había pasado por alto.
Lo guardó y siguió andando. ¿Qué significaba? ¿Para qué servía? Se encogió de
hombros. Lo sabría a su tiempo. Y la media ficha de póquer... ¿de qué demonios le iba a
servir? Ni idea. En cualquier caso, estaba seguro de que saldría adelante. Él le había
ayudado a progresar, hasta ahora. Pronto obtendría respuestas a todas las preguntas.
Llegó al edificio de apartamentos de Kelly, se detuvo y levantó la vista. Tenía la luz
encendida. Había vuelto; su vehículo particular había superado al cohete de largo
recorrido. Entró en el ascensor y subió hasta su planta.
—Hola —saludó cuando ella le abrió la puerta.
—¿Estás bien?
—Por supuesto. ¿Puedo entrar?
Kelly asintió y cerró la puerta cuando estuvo dentro.
—Me alegro de verte. Los hombres de la PS patrullan por la ciudad, casi manzana por
manzana. La policía...
—Lo sé. Vi una pareja en el espaciopuerto —Jennings se sentó en el sofá—. Con todo,
me alegro de haber vuelto.
—Tenía miedo de que controlaran todos los vuelos procedentes de otras ciudades y
registraran a los pasajeros.
—Carecían de motivos para pensar que venía a la ciudad.
—No se me ocurrió —Kelly tomó asiento frente a él—. Y ahora ¿qué? Ahora que has
robado todas esas pruebas, ¿qué piensas hacer?
—Me citaré con Rethrick y le daré la noticia, le diré que la persona que huyó de la
fábrica era yo. Sabe que alguien se escapó, pero no sabe quién. Debe de pensar que se
trata de un hombre de la PS.
—¿Podría utilizar el espejo temporal para averiguarlo?
El rostro de Jennings se ensombreció.
—No había pensado en esa posibilidad —se frotó el mentón y frunció el ceño—. En
cualquier caso, el material está en mi poder, o en el tuyo.
Kelly asintió.
—Muy bien. Seguiremos adelante con nuestros planes. Mañana veremos a Rethrick,
aquí, en Nueva York. ¿Puedes hacer que vaya a la oficina? ¿Irá si le envías un aviso?
—Sí. Tenemos un código. Si le pido que venga, lo hará.
—Estupendo. Me encontraré con él allí. Accederá a mis demandas cuando le
demuestre que las fotos y los planos obran en mi poder. Tendrá que dejarme entrar en la
fábrica, a menos que quiera correr el riesgo de ver las pruebas en manos de la Policía de
Seguridad.
—¿Y qué pasará una vez estés dentro, cuando Rethrick haya aceptado tus exigencias?
—Vi lo bastante de la fábrica para convencerme de que es mucho más grande de lo
que pensaba. Cuánto, no lo sé. ¡Ahora entiendo por qué él estaba tan interesado!
—¿Exigirás compartir el control de la Compañía?
Jennings asintió con la cabeza.
—No te satisface volver a ser un simple técnico, como antes, ¿verdad?
—¿Para que me echen otra vez? —Jennings sonrió—. De todos modos, sé que él
abrigaba mejores intenciones. Trazó planes meticulosos. Las baratijas... Ha de haberlo
planeado con mucha antelación. No, no volveré como técnico. Lo que vi allí implica que
están preparando algo grande. Y quiero participar en ello.
Kelly guardó silencio.
—¿Entiendes? —preguntó Jennings.
—Sí.
Jennings abandonó el apartamento y recorrió a buen paso las calles oscuras. Había
permanecido demasiado tiempo en aquel lugar. Si la PS les encontraba juntos, sería el
final de Construcciones Rethrick. Ahora que el objetivo estaba a su alcance, no podía
arriesgarse.
Consultó su reloj. Eran más de las doce de la noche. Se reuniría con Rethrick por la
mañana y le haría su oferta. La caminata templó su ánimo. Todo saldría bien.
Construcciones Rethrick aspiraba a algo mucho más importante que el poder económico.
Una revolución estaba en marcha. Rethrick preparaba una guerra bajo su fortaleza de
hormigón. Las maquinarias se estaban reconvirtiendo a tal efecto. El rastreador y el
espejo temporales no descansaban: observaban, sondeaban y extraían.
No cabía duda de que él había trazado todo el proceso. Él lo había visto con
anticipación, y había reflexionado. El problema del lavado de cerebro: al terminar el
contrato le borraron los recuerdos, destruyeron todos los planes. ¿Destruyeron? Había
una cláusula alternativa en el contrato. Otros la habían entendido y utilizado. ¡Pero no
como él quería!
Él había ido mucho más lejos que cualquiera de sus predecesores. Él había sido el
primero en comprender, en hacer planes. Las siete baratijas eran un puente para acceder
a algo superior...
Un vehículo de la PS apareció en la curva de la manzana. Se abrieron las puertas.
Jennings se detuvo con el corazón en un puño. La patrulla nocturna que vagaba al azar
por la ciudad. Era más tarde del toque de queda. Miró a su alrededor. Todo estaba
oscuro. Las tiendas y las casas estaban cerradas. Silenciosos edificios y bloques de
apartamentos. Hasta los bares habían apagado las luces.
Volvió la vista atrás y vio que un segundo vehículo de la PS se había detenido. Dos
oficiales estaban de pie en la esquina y le habían visto. Avanzaron hacia él. Se quedó
paralizado, buscando con la vista algún lugar en el que refugiarse.
El letrero de neón de un lujoso hotel centelleaba en la acera de enfrente. Cruzó la calle
y el eco de sus pisadas resonó en el pavimento.
—¡Alto! —gritó uno de los hombres de la PS—. Venga aquí. ¿Qué hace en la calle?
¿Cuál es su...?
Jennings subió los peldaños y entró en el hotel. Atravesó el vestíbulo. El recepcionista
le miró. No se veía a nadie más, el vestíbulo estaba desierto. El corazón se le encogió: no
le quedaba la menor oportunidad. Apresuró el paso sin saber qué hacer y se internó en un
pasillo alfombrado. Tal vez conducía hacia alguna vía de escape. Oyó que los hombres de
la PS irrumpían en el vestíbulo.
Jennings dobló una esquina. Dos hombres le cortaron el paso.
—¿Adónde va?
—Déjenme pasar —se detuvo y buscó en la chaqueta la pistola Boris. Los hombres
reaccionaron al instante.
—Quieto.
Tenían los brazos caídos a lo largo de los costados. Matones profesionales. Más allá
de ellos percibió luz, luz y sonidos. Algún tipo de actividad: gente.
—Muy bien —dijo uno de los matones.
Le arrastraron por el pasillo en dirección al vestíbulo. Jennings se debatió inútilmente.
Se había metido en un callejón sin salida. Un par de matones. La ciudad estaba llena de
matones apostados en las sombras. El hotel era una fachada. Iban a depositarle en
manos de la PS.
Un hombre y una mujer de avanzada edad, bien vestidos, aparecieron en el vestíbulo.
Miraron con curiosidad a Jennings, zarandeado por los dos hombres.
De pronto, Jennings comprendió. Una oleada de alivio le invadió, hasta dejarle casi
exhausto.
—Esperen —dijo secamente—. En mi bolsillo...
—Vamos.
—Esperen, miren en mi bolsillo derecho, miren, por favor.
Relajó la tensión y esperó. El matón de la derecha introdujo la mano en el bolsillo con
cautela. Jennings sonrió. Se había acabado. Él también previó esto. No existía ninguna
posibilidad de error. Esto le solucionaba un problema: dónde permanecer hasta la hora de
encontrarse con Rethrick. Se quedaría en el hotel.
El matón sacó la ficha de póquer partida por la mitad y examinó los bordes aserrados.
—Un momento.
Extrajo de su propia chaqueta otra ficha dividida que encajó perfectamente con la otra.
—¿Todo bien? —preguntó Jennings.
—Claro. —le soltaron. Se cepilló el polvo de la chaqueta con un gesto automático—.
Claro, señor, discúlpenos. Oiga, ¿tendría el...?
—Llévenme a la parte de atrás —dijo Jennings, secándose el rostro—. Me andan
buscando y no tengo el menor deseo de que me encuentren.
—Claro.
Le guiaron hasta la sala de juego. La mitad de la ficha había convertido lo que parecía
un desastre en una ventaja. La combinación de juego y mujeres, una de las escasas
instituciones que la Policía toleraba. Estaba a salvo, sin duda. Ya sólo quedaba una cosa:
¡el encuentro con Rethrick!
 
Las facciones de Rethrick se endurecieron. Fijó la vista en Jennings y tragó saliva.
—No —confesó—, no sabía que era usted. Pensamos que se trataba de la PS.
Hubo un silencio. Kelly se sentó en una silla junto al escritorio con las piernas cruzadas
y un cigarrillo entre los dedos. Jennings se apoyó en la puerta.
—¿Por qué no utilizó el espejo? —preguntó.
El rostro de Rethrick enrojeció de ira.
—¿El espejo? Hizo un buen trabajo, amigo. Intentamos utilizar el espejo.
—¿Intentamos?
—Antes de finalizar su contrato con nosotros, usted modificó algunas conexiones del
espejo. Cuando tratamos de ponerlo en marcha no sucedió nada. Hace media hora que
salí de la fábrica; aún seguían trabajando para arreglarlo.
—¿Lo hice antes de finalizar mi contrato?
—Por lo que parece, lo tenía todo planificado al detalle. Sabía que con el espejo no nos
costaría nada localizarle. Es un buen técnico, Jennings, el mejor que hemos tenido. Nos
gustaría que volviera algún día, que trabajara para nosotros de nuevo. Nadie puede hacer
funcionar el espejo con su destreza. De hecho, ya no podemos hacerlo funcionar.
—No tenía ni idea de que él hubiera hecho algo semejante —sonrió Jennings—. Le
subestimé. Incluso su protección fue...
—¿De quién habla?
—De mí, durante esos dos años. Me gusta más esa fórmula.
—Bien, Jennings. Así que ustedes dos se pusieron de acuerdo para robar nuestros
planos, ¿verdad? ¿Con qué propósito? No los han entregado a la Policía.
—No.
—Por tanto, he de deducir que es un chantaje.
—Exacto.
—¿Para qué? ¿Qué quiere? —Rethrick parecía haber envejecido. Había perdido las
ínfulas, tenía los ojos vidriosos entornados y se frotaba la mandíbula incesantemente—.
Se ha metido en muchos problemas para ponernos en un aprieto. Me pregunto por qué.
Hizo los preparativos mientras trabajaba para nosotros, y ahora lo ha completado, a pesar
de nuestras precauciones.
—¿Precauciones?
—Extraerle los recuerdos. Ocultar el emplazamiento de la fábrica.
—Díselo —terció Kelly—. Dile porqué lo hiciste.
Jennings respiró con fuerza.
—Rethrick, lo hice para volver, para volver a la Compañía. Es la única razón; no
busque más.
—¿Para volver a la Compañía? —se asombró Rethrick—. Si ya le dije que podía volver
—su voz era aguda y seca—. ¿Qué le sucede? Usted podía volver y quedarse tanto
tiempo como quisiera.
—Como técnico.
—Sí, como técnico. Contratamos a muchos...
—No quiero volver como técnico. No me interesa trabajar para usted. Escuche,
Rethrick, la PS me arrestó tan pronto como salí de su oficina. Si no hubiera sido por él
estaría muerto.
—¿Le arrestaron?
—Querían conocer las actividades de Construcciones Rethrick. Querían que se lo
dijera.
—Mal asunto —Rethrick movió la cabeza—. No lo sabíamos.
—No, Rethrick, no vuelvo como un empleado vulgar al que se despide cuando a usted
le place. Vuelvo con usted, no para ponerme a sus órdenes.
—¿Conmigo? —Rethrick le contempló estupefacto. Su rostro se fue ensombreciendo
poco a poco—. No comprendo sus palabras.
—Usted y yo dirigiremos, a partir de ahora, Construcciones Rethrick. Y nadie, por
nuestro propio bien, me va a borrar los recuerdos.
—¿Es eso lo que quiere?
—Sí.
—¿Y si nos negamos?
—Entregaré a la PS las películas y los planos; así de sencillo. Sin embargo, no quiero
hacerlo, no quiero destruir la Compañía. ¡Quiero formar parte de la Compañía! Quiero
sentirme a salvo. Usted no sabe lo que es vagar por ahí afuera, sin saber adónde ir. Un
individuo ya no tiene ningún lugar en el que refugiarse, nadie en quien confiar, nadie que
le ayude. Está atrapado entre dos fuerzas despiadadas, la política y los poderes
económicos. Estoy cansado de ser un simple peón.
Rethrick guardó silencio durante mucho rato, con la vista fija en el suelo y el rostro
carente de expresión. Por fin miró de frente a Jennings.
—Sabía que sucedería así. Hace mucho tiempo que lo sé, mucho más del que usted se
imagina. Soy mucho más viejo que usted. Lo he visto acercarse año tras año. Por eso
existe Construcciones Rethrick. Algún día, todo será diferente. Algún día, cuando
perfeccionemos el rastreador y el espejo. Cuando las armas sean eliminadas.
Jennings no replicó.
—¡Sé muy bien lo que significa! Ya soy viejo, y he trabajado durante muchos años.
Cuando me dijeron que alguien había huido de la fábrica con los planos, pensé que el fin
se aproximaba. Ya sabíamos que usted había inutilizado el espejo. Sabíamos que existía
una conexión, pero no atamos todos los cabos.
»Pensamos, por supuesto, que la Seguridad le había infiltrado entre nosotros para
averiguar lo que hacíamos. Luego, cuando se dio cuenta de que no podía salir con la
información, inutilizó el espejo, así la PS no tendría problemas para...
Se interrumpió y se frotó la mejilla.
—Continúe —le invitó Jennings.
—Así que lo hizo en solitario... Chantaje. Formar parte de la Compañía. ¡Usted no
conoce el objetivo de la Compañía, Jennings! ¿Cómo se atreve a querer entrar? Hemos
trabajado durante mucho tiempo. Por salvarse, nos va a arruinar, nos va a destruir.
—No les estoy hundiendo. Puedo serles de mucha ayuda.
—Sólo yo llevo las riendas de la Compañía. Es mía. Yo la hice, yo la puse en pie. Es
mía.
—¿Y qué sucederá cuando muera? —rió Jennings—. ¿O estallará la revolución antes
de ese día?
Rethrick alzó la cabeza con brusquedad.
—Usted morirá, y nadie será capaz de continuar su obra. Ya sabe que soy un buen
técnico, usted mismo lo afirmó. Está loco, Rethrick, no puede controlarlo todo sin ayuda,
hacerlo todo, decidirlo todo. Y, además, morirá, tarde o temprano. ¿Qué ocurrirá
entonces?
Hubo un silencio.
—Por el bien de la Compañía, tanto como por el mío propio..., déjeme entrar. Le seré
de gran utilidad. Cuando haya muerto, yo dirigiré la Compañía, y es posible que la
revolución llegue a buen fin.
—¡Debería estar satisfecho por seguir con vida! Si no le hubiera permitido llevarse sus
baratijas...
—¿Y qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo iba a permitir que sus técnicos manejaran el
espejo, vieran su futuro y se marcharan sin ninguna protección? No resulta difícil
comprender por qué se vio forzado a incluir la cláusula alternativa en el contrato. No le
quedaba otra elección.
—Ni siquiera sabe lo que está haciendo, ni por qué existimos.
—Tengo una cierta idea. No olvide que trabajé para usted durante dos años.
Pasaron unos minutos. Rethrick no cesaba de humedecerse los labios y de frotarse la
mejilla. El sudor resbalaba por su frente. Por fin, levantó los ojos.
—No. No hay acuerdo. Nadie dirigirá la Compañía, excepto yo. Si muero morirá
conmigo. Me pertenece.
—En ese supuesto, los documentos irán a parar a manos de la Policía —amenazó
Jennings, contraatacando.
Rethrick no dijo nada, pero una extraña expresión cruzó por su rostro, una expresión
que estremeció a Jennings.
—Kelly —preguntó Jennings—, ¿llevas los documentos encima?
Kelly se levantó y apagó el cigarrillo, pálida.
—No.
—¿Dónde están? ¿Dónde los pusiste?
—Lo siento —respondió con suavidad—, pero no te lo voy a decir.
—¿Qué?
—Lo siento —repitió Kelly. Le temblaba la voz—. Están en un lugar seguro. La PS
nunca los encontrará, pero tú tampoco. Se los devolveré a mi padre cuando sea
conveniente.
—¿A tu padre?
—Kelly es mi hija —dijo Rethrick—. Con eso no contaba, Jennings. Ni tampoco él. Sólo
lo sabíamos nosotros dos. Quería que todos los puestos clave fueran ocupados por
miembros de la familia. Se ha demostrado que fue una buena idea, pero era necesario
mantenerlo en secreto. Si la PS lo hubiera adivinado, la habrían detenido al instante. Su
vida pendería de un hilo.
Jennings dejó escapar el aliento.
—Comprendo.
—Me pareció una buena idea ayudarte —dijo Kelly—, porque si no lo habrías hecho
solo, y llevarías las pruebas encima. Como tú mismo reconociste, si la PS te detenía con
los documentos significaba nuestro fin. Así que te presté mi apoyo. Tan pronto como me
diste los documentos, los oculté en un lugar seguro —sonrió levemente—. Nadie sabe
dónde están, excepto yo. Lo siento.
—Jennings, puede unirse a nosotros —intervino Rethrick—. Trabaje para nosotros
durante el resto de su vida, si quiere. Podrá obtener cuanto desee, a excepción de...
—El control de la Compañía.
—Exacto, Jennings, la Compañía es vieja, más vieja que yo. Yo no fui el creador. Me...
me fue impuesta, como diría usted. Acepté la pesada carga de dirigirla, hacerla crecer y
encaminarla hacia su objetivo, hacia la revolución, como usted indicó.
»Mi abuelo fundó la Compañía en el siglo veinte. La Compañía siempre ha pertenecido
a la familia, y así será siempre. Algún día, cuando Kelly se case, dará a luz a un heredero
que me sucederá. Ya nos ocuparemos de ello. La Compañía fue fundada en Maine, en
una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra. Mi abuelo era más bien tradicional, honrado y
apasionadamente independiente. Tenía un pequeño taller de reparaciones y mucho
talento.
»Cuando vio que el gobierno y las grandes empresas se apoderaban de todo, se las
ingenió para que Construcciones Rethrick desapareciera del mapa. Al gobierno le costó
mucho controlar Maine, más que otros lugares. Cuando el resto del mundo ya había sido
dividido en monopolios internacionales y macroestados, Nueva Inglaterra continuaba
resistiendo, viva y libre, así como mi abuelo y Construcciones Rethrick.
»Agrupó a un puñado de hombres, técnicos, médicos, abogados y oscuros periodistas
del Medio Oeste. La Compañía se expandió. Aparecieron armas, armas y conocimientos.
¡El rastreador y el espejo temporales! La fábrica fue construida en secreto, durante un
largo período de tiempo y a costa de grandes esfuerzos y dinero. La fábrica es grande,
grande y vasta, hundida en la tierra a una enorme profundidad. Ya vio los numerosos
niveles; él los vio, su alter ego. Hay mucho poder almacenado. Poder y hombres
desaparecidos, reclutados por todo el mundo. Ellos fueron los primeros, los mejores.
»Algún día, Jennings, saldremos a la luz. No podemos seguir en estas condiciones. La
gente no puede vivir de esta manera, manipulada por los poderes económicos y políticos.
Millones de personas actúan siguiendo los caprichos o las necesidades de gobiernos y
multinacionales. Algún día se alzará la resistencia, una resistencia fuerte y desesperada,
apoyada por los humildes, no por los poderosos: conductores de autobuses, tenderos,
operadores de videopantallas, camareros... Y ahí es donde entra la Compañía.
»Les proporcionaremos lo que necesiten, herramientas, armas, conocimientos. Vamos
a alquilarles nuestros servicios, y no dude que aceptarán. Les seremos imprescindibles
para luchar contra las fuerzas oponentes.
Hubo un silencio.
—¿Comprendes por qué no debías entrometerte? —preguntó Kelly—. Es la Compañía
de papá. Siempre ha sido así, al estilo de Maine. Forma parte de la familia. La Compañía
pertenece a la familia; es nuestra.
—Únase a nosotros —dijo Rethrick—, como técnico. Lo siento, pero es consecuencia
de nuestras limitadas perspectivas, incluso estrechas si me apura, pero inconmovibles a
través de los años.
Jennings no dijo nada. Paseó lentamente por el despacho con las manos en los
bolsillos. Al cabo de un rato alzó la persiana y contempló la calle, con la vista perdida en
la lejanía.
Abajo, como un diminuto escarabajo negro, un vehículo de Seguridad avanzaba
mezclado con el tráfico que atestaba la calle. Fue al encuentro de un segundo vehículo,
ya aparcado. Cuatro hombres de la PS con sus uniformes verdes estaban de pie, y divisó
unos cuantos más que se acercaban desde la acera opuesta. Bajó la persiana.
—Me cuesta tomar una decisión —dijo.
—Si sale le detendrán —indicó Rethrick—. Siempre andan al acecho. No tiene otra
oportunidad.
—Por favor... —suplicó Kelly.
—Así que no me vas a decir dónde pusiste los papeles —sonrió de repente Jennings.
Kelly negó con la cabeza.
—Espera. —Jennings exploró su bolsillo. Extrajo un trozo de papel que desdobló
lentamente y leyó con atención—. ¿Por casualidad los depositaste en el Dunne National
Bank, a eso de las tres de la tarde de ayer, para que los guardaran en su caja fuerte?
Kelly jadeó. Se apoderó de su bolso y lo abrió. Jennings devolvió el trozo de papel —el
recibo del paquete— a su bolsillo.
—Así que incluso vio esto —murmuró—. La última de las baratijas. Me pregunto cuál
será su utilidad.
Kelly rebuscó frenéticamente en su bolso, con el rostro encendido de excitación. Sacó
un trozo de papel y lo agitó en el aire.
—¡Te equivocas! ¡Aquí está! Aún lo tengo yo —se tranquilizó un poco—. No sé lo que
tú tienes, pero esto es...
Algo se movió sobre sus cabezas. Un espacio oscuro, un círculo, se estaba formando.
El espacio tembló. Kelly y Rethrick lo miraban, petrificados.
Una pinza surgió del círculo, una pinza de metal al extremo de una varilla brillante. La
pinza descendió, dibujando una amplia curva en el aire. La pinza arrebató el papel de las
manos de Kelly. Vaciló un instante, y luego retrocedió hasta desaparecer en el interior del
círculo negro con el papel. Después, en silencio, la pinza, la varilla y el círculo se
desvanecieron. No había nada en el lugar que ocupaban, nada en absoluto.
—¿Adónde..., adónde fue? —susurró Kelly—. El papel. ¿Qué era eso?
Jennings palmeó su bolsillo.
—Está a salvo, aquí dentro. Empezaba a preguntarme cuándo iba a intervenir él. Ya
me tenía preocupado.
Rethrick y su hija continuaban sumidos en el silencio.
—Cambiad de expresión —dijo Jennings, cruzándose de brazos—. El papel está a
salvo... y la Compañía también. Cuando llegue la hora actuará con energía y respaldará la
revolución. Todos lo veremos, usted; yo y su hija —miró a Kelly y le guiñó un ojo—. Los
tres. Y hasta es posible que, para entonces, la familia haya aumentado de número.
 
 
FIN
 

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