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martes, 19 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - EL FACTOR LETAL

EL FACTOR LETAL
Philip K. Dick
 
 
 
Penetraron en la gran cámara. Al fondo, los técnicos se agolpaban alrededor de un
inmenso tablero iluminado y estudiaban complejas configuraciones de luces que
cambiaban rápidamente, formando combinaciones en apariencia interminables. Los
computadores, manejados por seres humanos y robots, zumbaban sobre largas mesas.
Diagramas murales cubrían cada centímetro de espacio vertical. Hasten miró a su
alrededor, asombrado.
—Acércate y te enseñaré algo bueno —rió Wood—. ¿Reconoces esto? —indicó con el
dedo una voluminosa máquina atendida por silenciosos hombres y mujeres vestidos con
batas blancas.
—Desde luego. Es algo parecido a nuestro propio Sumergible, pero veinte veces más
grande. ¿Qué recuperáis? ¿Y a qué época lo enviáis? —señaló el Sumergible, se agachó
y aplicó el ojo a la mirilla, pero estaba cerrada; el Sumergible había entrado en
funcionamiento—. Si hubiéramos tenido la menor idea de su existencia, Investigaciones
Históricas habría...
—Ahora ya lo sabes —Wood se inclinó junto a él—. Escucha, Hasten, eres el primer
hombre ajeno al ministerio que entra en esta sala. ¿Viste los guardias? Nadie puede
entrar sin autorización; los guardias tienen orden de matar a cualquiera que trate de
acceder ilegalmente.
—¿Para ocultar esto? ¿Una máquina? ¿Mataríais a...?
Se irguieron. Wood apretó las mandíbulas.
—Vuestro Sumergible bucea en la antigüedad: Roma, Grecia, polvo, legajos... —Wood
palmeó el enorme Sumergible—. Éste es diferente. Lo protegemos con nuestras vidas, y
es más importante que la vida de cualquiera. ¿Sabes por qué?
Hasten desvió la vista hacia el aparato.
—Este Sumergible no es para viajar hacia la antigüedad, sino... hacia el futuro. —Wood
miró de frente a Hasten—. ¿Entiendes? El futuro.
—¿Estáis rastreando el futuro? ¡No podéis! Lo prohíbe la ley, lo sabéis de sobra. Si el
Consejo Ejecutivo se enterara, reduciría este edificio a escombros. Conocéis los peligros.
Berkowsky lo demostró en su tesis.
»No puedo entender que utilicéis un Sumergible orientado hacia el futuro. Cuando se
extrae material del futuro se introducen automáticamente nuevos factores en el presente;
el futuro queda alterado. Se inician una serie de trastornos interminables. Cuanto más te
sumerges, más factores nuevos se crean, y acumulas condiciones inestables para los
siglos venideros. Por eso se votó la ley.
—Lo sé —asintió Wood.
—¡Y continuáis insistiendo! —Hasten movió la mano en dirección a la máquina y a los
técnicos—. ¡Basta, por el amor de Dios! ¡Basta de introducir elementos letales que no se
pueden eliminar! ¿Por qué os empeñáis...?
—Vale. Harten, no nos leas la cartilla —le cortó Wood—. Es demasiado tarde: ya ha
sucedido. Un factor letal se introdujo en nuestros primeros experimentos. Pensamos que
sabíamos lo que hacíamos..., por eso te trajimos aquí. Siéntate. Te lo contaré todo.
 
Se sentaron uno enfrente del otro, separados por el escritorio. Wood entrelazó las
manos.
—Iré al grano. Se te considera un experto, experto en Investigaciones Históricas. Eres
el ser viviente que sabe más sobre los Sumergibles Temporales: por eso te hemos
enseñado nuestra obra, nuestra obra ilegal.
—¿Y ya tenéis problemas?
—Muchos problemas, y cada nuevo intento de resolverlos los empeora. Hagamos lo
que hagamos, la historia nos contemplará como la organización más nefasta.
—Empieza desde el principio, por favor —pidió Harten.
—El Sumergible fue autorizado por el Consejo de Ciencias Políticas; querían saber los
resultados de algunas de sus decisiones. Al principio nos opusimos, siguiendo la teoría de
Berkowsky, pero la idea era fascinante, como ya te debes imaginar. Aceptamos y
construimos el Sumergible... en secreto, por supuesto.
»Hicimos el primer rastreo hace un año. Utilizamos un subterfugio para protegernos del
factor Berkowsky: no cogimos nada. Este Sumergible no se halla equipado para extraer
objetos; se limita a hacer fotografías desde gran altura. Recuperamos la película,
ampliamos las instantáneas y tratamos de conjeturar las condiciones.
»Al principio, los resultados fueron alentadores. Ausencia de guerras, ciudades en
expansión y de aspecto agradable. Las ampliaciones de escenas callejeras mostraban
mucha gente, en apariencia felices. Caminaban con parsimonia.
»Después avanzamos cincuenta años. Mucho mejor: las ciudades habían disminuido
de tamaño, la gente no dependía tanto de las máquinas. Hierba, parques. Las mismas
condiciones generales: paz, felicidad, mucho tiempo libre. Menos frenesí, menos prisa.
»Continuamos adelante en el tiempo. Por supuesto que un método de investigación tan
indirecto no podía proporcionarnos la menor certeza de nada, pero todo parecía ir bien.
Transmitimos nuestros informes al Consejo, y decidieron seguir con sus planes. Y
entonces sucedió.
—¿Qué, exactamente? —preguntó Harten, inclinándose sobre la mesa.
—Decidimos volver a visitar un período que ya habíamos fotografiado antes, unos cien
años atrás. Enviamos el Sumergible y regresó con un rollo entero. Lo revelamos y
contemplamos las imágenes.
Wood hizo una pausa.
—Y ya no era lo mismo. Era diferente. Todo había cambiado. Guerra... Guerra y
destrucción por todas partes —Wood se encogió de hombros—. Nos quedamos atónitos;
enviamos de regreso el Sumergible cuanto antes para confirmarlo.
—¿Y qué encontrasteis esta vez?
Wood cerró los puños.
—¡Un cambio todavía peor! Ruinas, ruinas sin fin, gente que se dedicaba al pillaje.
Ruina y muerte por todas partes. Escoria. El final de la guerra, la fase terminal.
—Increíble... —musitó Harten.
—¡Pero eso no fue lo peor! Comunicamos las noticias al Consejo. Mandó cesar toda
actividad y se embarcó en una conferencia de dos semanas; canceló todas las órdenes y
anuló los planes basados en nuestros informes. Eso sucedió un mes antes de que el
Consejo volviera a entrar en contacto con nosotros. Los miembros querían que
probáramos una vez más, que enviáramos el Sumergible al mismo período. Nos
negamos, pero insistieron. No podía ser peor, fue su argumento.
»Así que obedecimos. El Sumergible regresó y revelamos la película. Harten, hay
cosas peores que la guerra. No creerías lo que vimos. No había rastro de vida humana.
—¿Todo había sido destruido?
—¡No! Ninguna destrucción. Grandes y orgullosas ciudades, carreteras, edificios,
lagos, campos..., pero ni rastro de vida. Las ciudades vacías, funcionando
mecánicamente, cada máquina, cada cable en su sitio. Pero ni un ser viviente.
—¿Qué pasó?
—Enviamos el Sumergible hacia el futuro, de medio siglo en medio siglo. Nada, nada
en ninguna de las ocasiones. Ciudades, carreteras, edificios, pero ausencia de vida. Todo
el mundo muerto. Plaga, radiación o lo que sea, algo les mató. ¿De dónde provino? No lo
sabemos. Nuestras primeras investigaciones no lo detectaron.
»Pero, de alguna manera, nosotros introducimos el factor letal. Nosotros lo provocamos
con nuestro aparato; no estaba cuando empezamos; nosotros fuimos los causantes.
Harten —Wood le miró desde la máscara imperturbable de su rostro—. Nosotros lo
originamos, y ahora hemos de averiguar qué es y desembarazarnos de él.
—¿Cómo lo vais a hacer?
—Hemos construido un Coche Temporal capaz de transportar un observador humano
al futuro. Enviaremos a un hombre para ver qué ocurre. Las fotografías son insuficientes;
¡hemos de saber más! ¿Cuándo apareció por primera vez? ¿Cuáles fueron los primeros
síntomas? Una vez poseamos estos datos, quizá podamos eliminar el factor, seguir su
pista y erradicarlo. Alguien tendrá que ir al futuro y descubrir nuestro error. Es la única
manera.
Wood se levantó y Hasten le imitó.
—Tú eres esa persona —dijo Wood—. Tú, la persona más competente en este campo,
irás al futuro. El Coche Temporal aguarda ahí afuera, convenientemente custodiado.
Wood hizo una señal. Dos soldados avanzaron hacia el escritorio.
—¿Señor?
—Vengan con nosotros; asegúrense de que nadie nos siga —se giró hacia Hasten—.
¿Preparado?
—Espera un momento —vaciló Hasten—. Me gustaría obtener más información sobre
vuestras actividades, examinar el Coche Temporal. No puedo...
Los dos soldados se acercaron más y miraron a Wood. Éste posó su mano sobre el
hombro de Hasten.
—Lo siento, pero no tenemos tiempo que perder; ven conmigo.
 
La oscuridad se movía, caracoleaba y se contraía a su alrededor. Tomó asiento ante el
tablero de control y se secó el sudor que cubría su rostro. Para bien o para mal, ya no
podía echarse atrás. Wood lo había previsto todo: unas pocas instrucciones, los controles
preparados y la puerta de acero que se cerraba a sus espaldas.
Hasten paseó la mirada en torno suyo. Hacía frío dentro de la esfera; el aire era fresco,
cortante. Trató de concentrarse en los indicadores luminosos, pero el frío le incomodaba.
Se acercó al armario y empujó la puerta. Una chaqueta forrada y un fusil desintegrador.
Cogió el fusil y lo examinó durante unos instantes. También había herramientas, todo tipo
de herramientas y accesorios. Acababa de devolver el fusil a su sitio cuando cesó el
traqueteo. Estuvo flotando un horroroso segundo, flotando al azar, y luego la sensación se
desvaneció.
La luz del sol penetró a través del ventanal e inundó el suelo. Cerró las luces artificiales
y miró por la ventana. Wood había dispuesto los controles para que le trasladaran cien
años en el futuro. Se asomó con un estremecimiento.
Un prado salpicado de flores y de hierba que se extendía hasta perderse de vista.
Algunos animales pacían bajo la sombra de un árbol. Abrió la puerta y salió afuera. El
calor del sol le confortó al instante. Comprobó que los animales eran vacas.
Permaneció mucho tiempo parado en el umbral, con los brazos en jarras. En el caso de
que se tratara de una plaga, ¿habría sido causada por bacterias transportadas por el aire?
Dio un paso adelante y afianzó el casco que rodeaba la cabeza. Sería mejor no quitárselo.
Volvió para recoger el fusil. Salió de la esfera y se aseguró de que la puerta
permanecería cerrada durante su ausencia. Tomadas las precauciones necesarias,
Hasten saltó sobre la hierba del prado. Se alejó de la esfera en dirección a una amplia
colina que ocupaba una extensión aproximada de setecientos metros. Mientras caminaba
examinó la muñequera sensora que le orientaría hacia el Coche Temporal si se
extraviaba.
Llegó junto a las vacas, que se removieron inquietas y se apartaron. Percibió algo que
le produjo un escalofrío: tenían las ubres pequeñas y arrugadas. Nadie las pastoreaba.
Cuando alcanzó la cumbre de la colina alzó los prismáticos y contempló una inacabable
extensión de tierra, kilómetros y kilómetros de campos verdes que rodaban como olas
hasta perderse de vista. ¿Nada más? Fue girando poco a poco para escudriñar el
horizonte.
Se puso rígido y ajustó la mira. Muy lejos, a su izquierda, en el límite de su campo
visual, se alzaban las vagas líneas perpendiculares de una ciudad. Guardó los prismáticos
y aseguró los nudos de sus pesadas botas. Luego bajó por la otra ladera de la colina a
grandes zancadas: el camino era muy largo.
 
Al cabo de media hora divisó unas mariposas. Danzaban y revoloteaban a la luz del
sol, a pocos metros de distancia. Se paró a descansar y las observó. Eran de todos los
colores, rojas y azules, moteadas de verde y amarillo. Las mariposas más grandes que
había visto en su vida. Quizá pertenecían a un zoológico; quizá habían huido cuando el
hombre desapareció de escena, aclimatándose a una vida más libre, más salvaje. Las
mariposas remontaron el vuelo y se lanzaron hacia las distantes torres de la ciudad, sin
reparar en Hasten. Desaparecieron al cabo de breves momentos.
Hasten reanudó su camino. Era difícil imaginarse el fin de la humanidad en tales
circunstancias: mariposas, hierba, vacas paciendo a la sombra de un árbol. ¡Qué tranquilo
y agradable se veía el mundo sin la raza humana!
Una última mariposa pasó rozándole la cara. Subió el brazo automáticamente para
protegerse. La mariposa se estrelló contra el dorso de su mano. Hasten estalló en
carcajadas...
El miedo le atenazó; cayó de rodillas, jadeando y sintiendo náuseas. Se acuclilló y
hundió el rostro en la tierra. Le dolían los brazos, el terror le tenía paralizado; cerró los
ojos para no marearse.
Cuando levantó la cabeza, la mariposa ya había partido en pos de las demás.
Yació un rato sobre la hierba. Luego se irguió poco a poco hasta ponerse en pie. Se
desabrochó la manga de la camisa y examinó su muñeca. La carne estaba ennegrecida,
tirante e hinchada. Levantó la vista hacia la ciudad. Ésa era la dirección que habían
tomado las mariposas...
Volvió al Coche Temporal.
Llegó a la esfera poco después del ocaso. La puerta se abrió al contacto de su mano y
Hasten entró. Se aplicó un emplasto en la mano y el brazo, y luego fue a sentarse en el
banco, sumido en sus pensamientos. Miró su brazo herido. Una picadura accidental, por
supuesto. La mariposa ni siquiera se había dado cuenta. Si toda la bandada...
Esperó a que anocheciera por completo y las tinieblas rodearan la esfera. Las abejas y
las mariposas se ocultaban de noche, al menos en teoría. Bien, valía la pena arriesgarse.
El brazo le dolía todavía y notaba un constante latido. El emplasto no había servido de
mucho; se sentía aturdido. Su aliento olía a fiebre.
Antes de salir sacó todo el contenido del armario. Examinó el fusil desintegrador, pero
acabó desechándolo. En seguida encontró lo que buscaba: una linterna y un soplete.
Guardó el resto y se levantó. Ya estaba preparado..., aunque no estaba muy seguro de
que ésa fuera la palabra correcta. Tan preparado como le era posible.
Salió a la oscuridad y encendió la linterna. Caminó con rapidez. La noche era oscura y
desolada, sin más luz que la de unas pocas estrellas y la que llevaba consigo. Remontó la
colina y bajó por la ladera opuesta. Atravesó un bosquecillo y desembocó en una llanura,
siempre guiado por el resplandor de su linterna.
 
Al llegar a la ciudad estaba agotado. Había recorrido una larga distancia y respiraba
con dificultad. Enormes y fantasmales siluetas se alzaban sobre su cabeza hasta hundirse
en las tinieblas. No era una ciudad muy grande, al menos a primera vista, pero el diseño
le resultaba extraño a Hasten, acostumbrado a perspectivas menos verticales y escuetas.
Atravesó la puerta de entrada. La hierba brotaba del pavimento de las calles. Hizo un
alto para echar un vistazo. Hierba y maleza por todas partes y, en las esquinas, junto a los
edificios, montoncitos de huesos y polvo. Siguió caminando con la linterna dirigida hacia
los costados de los esbeltos edificios. El eco de sus pasos resonaba con un sonido hueco.
No había otra luz que la suya.
Los edificios se espaciaban. Se encontró de repente en una gran plaza cuadrada
rebosante de arbustos y enredaderas. Al otro lado distinguió un edificio de mayor
envergadura que los demás. Cruzó la vacía y solitaria plaza, paseando la linterna de un
extremo a otro. Aminoró el paso al reparar en un edificio situado a su derecha. Su corazón
se aceleró. La luz de la linterna reveló una palabra expertamente grabada sobre el marco
de la puerta: BIBLIOTECA.
Ni más ni menos lo que deseaba. Subió los peldaños que conducían al oscuro umbral.
Los tablones de madera se doblaron bajo sus pies. Al llegar a la entrada se encontró
frente a una pesada puerta de madera con tiradores metálicos. Al asirlos, la puerta cayó
hacia él, se rompió en pedazos y se desparramó sobre la escalera. Un hedor a polvo y
corrupción irritó su olfato.
Penetró en el interior y su casco hendió inmensas telarañas a medida que avanzaba
por los silenciosos pasillos. Eligió una sala al azar y no descubrió más que montoncitos de
polvo y fragmentos grisáceos de huesos. Estantes y mesas bajas estaban apoyados
contra las paredes. Se acercó a los estantes y cogió unos cuantos libros. Se convirtieron
en polvo entre sus dedos. ¿Sólo había pasado un siglo desde su propia época?
 
Hasten se sentó ante una de las mesas y abrió uno de los libros que se conservaban
mejor. No reconoció el idioma, una lengua romance que le pareció artificial. Volvió una
página tras otra. Decepcionado, reunió un puñado de libros y volvió a la puerta. De
repente, su corazón se aceleró. Con las manos temblorosas se aproximó a la pared.
Periódicos.
Pasó las frágiles y quebradizas hojas con todo cuidado y las sostuvo a la luz de la
linterna. El mismo idioma, por supuesto. Titulares destacados en tinta negra: Se las
compuso para enrollar los periódicos y sumarlos a su colección de libros, salió al pasillo y
volvió sobre sus pasos.
Al bajar por la escalera le azotó el aire fresco. Contempló las casi imperceptibles
siluetas que se alzaban a los lados de la plaza. Después la cruzó con toda clase de
precauciones. Llegó hasta la puerta de la ciudad, salió a campo abierto y se encaminó
hacia el Coche Temporal.
Anduvo durante mucho tiempo, sin descanso, con la cabeza gacha. El cansancio le
obligó finalmente a detenerse para recuperar el aliento. Dejó su carga en tierra y examinó
los alrededores. En el límite del horizonte apareció una franja gris. La aurora. La salida del
sol.
Un viento frío se arremolinó en torno a él. Los árboles y las colinas empezaban a
distinguirse a la incipiente luz grisácea, una silueta inflexible y rigurosa. Volvió la vista
hacia la ciudad. Los abandonados edificios se erguían, sombríos y pálidos. Le fascinó la
primera luz del día que hería las agujas y las torres. Los colores se difuminaron y la niebla
se interpuso entre él y la ciudad. Se agachó y recogió su carga. Caminó con tanta rapidez
como pudo, aterido de frío.
Una mancha blancuzca había surgido de la ciudad y flotaba en el cielo.
 
Después de mucho tiempo, Hasten miró hacia atrás. La mancha continuaba en su
sitio..., pero había crecido. Y ya no era blanca; a la luz del día brillaba con muchos
colores.
Aceleró el paso; descendió una colina y trepó a otra. Conectó su muñequera. Le
comunicó en voz alta que no se hallaba lejos de la esfera. Movió el brazo y el sonido
enmudeció. A la derecha. Se secó el sudor de las manos y prosiguió.
Unos minutos más tarde, divisó desde lo alto de un risco la esfera de metal
resplandeciente posada sobre la hierba, recubierta por el rocío de la mañana: el Coche
Temporal. Bajó la colina, resbalando y corriendo.
Acababa de abrir la puerta de un codazo cuando la primera nube de mariposas
apareció sobre la cumbre de la colina, moviéndose en silencio hacia él.
Cerró la puerta, depositó su cargamento en el suelo y flexionó los músculos. Le dolía la
cabeza y se sentía presa del pánico No tenía tiempo que perder: se abalanzó sobre la
ventana y miró afuera. Las mariposas rodeaban la esfera, danzaban y revoloteaban,
despedían chispas de color. Se posaron por todas partes, incluso sobre la ventana. Su
visión fue interrumpida bruscamente por una masa de cuerpos centelleantes, suaves y
pulposos, que batían las alas al unísono. Escuchó. Captó un sonido repetido y
ensordecedor que surgía de todos lados. El interior de la esfera quedó sumido en la
oscuridad cuando las mariposas cubrieron por completo la ventana. Encendió las luces
artificiales.
Pasó el tiempo. Examinó los periódicos, sin decidirse a actuar. ¿Retroceder o continuar
adelante? Quizá valdría la pena dar un salto de cincuenta años. Las mariposas eran
peligrosas, pero tal vez no constituían el factor letal que buscaba. Se miró la mano. La
zona muerta, negra y tirante, se expandía. Experimentó una punzada de preocupación;
empeoraba, no mejoraba.
El ruido que producían las mariposas al rozar el metal le molestaba e inquietaba. Dejó
los libros a un lado y paseó arriba y abajo. ¿Cómo podían unos vulgares insectos, aunque
fueran tan grandes como ésos, destruir a la raza humana? Los seres humanos podrían
acabar con ellos sin demasiadas dificultades: polvos, venenos, pulverizadores.
Una diminuta partícula de metal le cayó sobre el hombro. Se la quitó de un manotazo.
Cayó una segunda partícula, seguida de menudos fragmentos. Dio un brinco, alzó la
cabeza.
Se estaba formando un círculo sobre su cabeza. Otro círculo apareció a la derecha, y a
continuación un tercero. Más círculos se formaban en las paredes y en el techo de la
esfera. Se plantó de un salto ante el tablero de control y conectó los mandos. Trabajó
febril, velozmente. Una lluvia de fragmentos metálicos inundó el suelo. Un corrosivo,
alguna sustancia que exudaban los insectos. ¿Ácido? Alguna secreción natural. Se volvió
cuando se desplomó un gran trozo de metal.
Las mariposas se introdujeron en la esfera como una exhalación. La pieza que había
caído era un círculo cortado limpiamente. Ni siquiera tuvo tiempo de verlo; agarró el
soplete y lo encendió. La llama succionó y gorgoteó. Apuntó en dirección a las mariposas
y el aire se llenó de partículas ardientes que se derramaron a su alrededor; un hedor
insoportable se adueñó de la esfera.
Cerró los últimos conmutadores. Las luces de posición parpadearon y el suelo tembló
bajo sus pies. Tiró de la palanca principal. Un enjambre de mariposas pugnaba por
introducirse en el aparato. Un segundo circulo de metal se estrelló en el suelo y dio paso a
una nueva invasión. Hasten se encogió, retrocedió, levantó el soplete y roció de fuego a
los incansables asaltantes.
Luego se hizo un silencio tan repentino y absoluto que hasta él parpadeó de sorpresa.
Aquel roce insistente y continuado había cesado. Estaba solo, a no ser por una nube de
cenizas y partículas que cubría el suelo y las paredes, los restos de las mariposas que
habían irrumpido en la esfera. Hasten, tembloroso, se sentó en el banco; se hallaba a
salvo y regresaba a su tiempo. Había descubierto el factor letal, sin duda alguna. Así lo
demostraba el montón de cenizas y los círculos practicados en el casco de la esfera.
¿Una secreción corrosiva? Sonrió con amargura.
La última visión de la horda le había revelado lo que quería saber. Las primeras
mariposas que se introdujeron en la esfera a través de los círculos portaban herramientas,
diminutas herramientas cortantes. Se habían abierto paso con ellas; transportaban su
propio equipo de trabajo.
Se sentó a esperar que el Coche Temporal completara su viaje.
 
Los guardias del ministerio le ayudaron a bajar del Coche. Pisó él suelo, vacilante, y se
apoyó en ellos.
—Gracias —murmuró.
—¿Estás bien, Hasten? —se interesó Wood.
—Sí —asintió—, de no ser por la mano.
—Vayamos adentro.
Entraron en la cámara por una gran puerta.
—Siéntate —Wood agitó la mano con impaciencia y un soldado se apresuró a traer una
silla—. Tráigale un poco de café.
Hasten bebió el café, y luego apartó la taza. Se reclinó en la silla.
—¿Nos lo vas a explicar? —preguntó Wood.
—Sí.
—Estupendo. —Wood tomó asiento delante de él. Conectó una grabadora, y una
cámara empezó a filmar el rostro de Hasten mientras hablaba—. Adelante. ¿Qué
averiguaste?
Cuando hubo terminado se hizo el silencio en la sala. Ni los guardias ni los técnicos
hablaron.
Wood se levantó, temblando.
—Dios mío... Así que una forma de vida tóxica acabó con ellos. Ya me lo imaginaba,
pero... ¿mariposas? Mariposas inteligentes que planean ataques, que crecen con rapidez
y se adaptan sin dificultades.
—Es posible que los libros y los periódicos nos sirvan de algo.
—Pero ¿de dónde vinieron? ¿Una mutación que afectó a una forma de vida ya
existente? Tal vez llegaron de otro planeta, tal vez fueron resultado del viaje por el
espacio. Hemos de averiguarlo.
—Sólo atacaron a los seres humanos —indicó Hasten—. Se desinteresaron de las
vacas. Sólo a la gente.
—Quizá podamos detenerlas. —Wood conectó el videófono—. Convocaré una reunión
extraordinaria del Consejo. Les proporcionaré tus explicaciones y recomendaciones.
Pondremos en marcha un programa, organizaremos equipos por todo el planeta. Aún
tenemos una oportunidad. Gracias, Hasten, es posible que aún podamos detenerlas.
El operador apareció y Wood le entregó el número de clave del Consejo. Hasten,
absorto, se levantó y paseó sin rumbo por la sala. El brazo le dolía mucho. Salió de la
cámara y volvió hacia el Coche Temporal, que algunos soldados examinaban con
curiosidad. Hasten les observó como atontado, con la mente en blanco
—¿Qué es esto, señor? —preguntó uno.
—¿Eso? —Hasten dio unos pasos adelante—. Un Coche Temporal.
—No, me refiero a eso —el soldado señaló algo en el casco—. Esto, señor. No estaba
ahí cuando el Coche partió.
El corazón de Hasten dejó de latir. Pasó entre ellos y alzó la vista. Al principio no
distinguió nada especial. sólo la superficie de metal corroída. Luego, un escalofrío le
recorrió de pies a cabeza.
Había algo en la superficie, algo pequeño, de color pardo, peludo. Se adelantó y lo
tocó. Una bolsa, una bolsa parda, pequeña y dura. Estaba seca, seca y vacía. Dentro no
había nada; estaba abierta por un extremo. Advirtió en seguida que todo el casco del
Coche estaba lleno de estos saquitos, algunos todavía llenos, pero la mayoría vacíos.
Capullos.
 
 
FIN
 


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