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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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viernes, 22 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - AUTOR, AUTOR

AUTOR, AUTOR
Philip K. Dick
 
 
 
—Aunque mi marido es un hombre muy puntual —dijo Mary Ellis—, y no ha llegado
ni un día tarde al trabajo en veinticinco años, hoy aún no ha salido de casa. —Sorbió su
bebida, compuesta de hormonas y carbohidratos, levemente perfumada—. De hecho,
todavía tardará unos diez minutos en marcharse.
—Increíble —dijo Dorothy Lawrence, que había terminado su bebida.
Un chorro de vapor para suavizar el cutis, que manaba de un surtidor automático
habilitado sobre el sofá, descendía por su cuerpo prácticamente desnudo.
—¡Los tiempos adelantan que es una barbaridad!  
La señora Ellis resplandeció de orgullo, como si fuera ella la que trabajara en
Desarrollo Terrestre.
—Sí, es increíble. Según un tipo de la oficina, toda la historia de la civilización puede
explicarse en términos de técnicas de transporte. Yo no sé nada de historia, por
supuesto. Eso compete a los investigadores del gobierno, pero de acuerdo con lo que
ese hombre le dijo a Harry...
—¿Dónde está mi maletín? —preguntó una voz irritada desde el dormitorio—. Por el
amor de Dios, Mary, lo dejé anoche sobre el limpiavestidos.
—Lo dejaste arriba —replicó Mary, alzando un poco la voz—. Mira en el ropero.
—¿Y qué hace en el ropero? —Se oyeron pasos precipitados—. Yo pensaba que el
maletín de un hombre se halla a salvo en su casa. —Henry Allis se asomó a la sala de
estar unos momentos—. Ya lo he encontrado. Hola, señora Lawrence.
—Buenos días —saludó Dorothy Lawrence—. Mary me estaba explicando que usted
todavía no se ha marchado.
—Sí, aún no me he marchado. —Ellis se ajustó la corbata, mientras el espejo giraba
poco a poco a su alrededor—. ¿Quieres que te traiga algo del centro, cariño?
—No —dijo Mary—. No se me ocurre nada. Te videaré a la oficina si me acuerdo de
algo.
—¿Es verdad que nada más entrar ya llega al centro en un instante? —preguntó la
señora Lawrence.
—Bueno, casi al instante.
—¡Doscientos cuarenta kilómetros! Es increíble. Caramba, mi marido tarda dos
horas y media en trasladarse en el monojet por los carriles comerciales, estacionar y
subir a pie a su oficina.
—Lo sé —murmuró Ellis, tomando el abrigo y el sombrero—. Es lo que yo solía
tardar, pero eso ha terminado. —Se despidió de su mujer con un beso—. Hasta la
noche. Ha sido un placer verla de nuevo, señora Lawrence.
—¿Puedo... mirar? —preguntó la señora Lawrence, con un brillo de esperanza en
los ojos.
—¿Mirar? Claro, claro. —Ellis salió por la puerta trasera y bajó a toda prisa los
peldaños que llevaban al patio—. ¡Vengan! —gritó, impaciente—. No quiero llegar
tarde. Son las nueve cincuenta y nueve y quiero estar sentado ante mi escritorio a las
diez en punto.
La señora Lawrence siguió a Ellis, nerviosa. Un gran aro brillaba bajo la luz del sol
en el patio trasero. Ellis giró algunos mandos dispuestos en la base. El color plateado
del aro viró a un rojo reluciente.
—¡Me voy! —gritó Ellis. Se introdujo en el aro. Éste osciló a su alrededor. Se oyó un
débil «pop». El brillo se desvaneció.
—¡Santo Dios! —susurró la señora Lawrence—. ¡Ha desaparecido!
—Está en el centro de Nueva York —corrigió Mary Ellis.
—Ojalá mi marido tuviera un instanmóvil. Cuando salgan al mercado, quizá pueda
permitirme comprarle uno.
—Oh, son muy prácticos —dijo Mary Ellis—. Es muy probable que en este mismo
momento les esté diciendo hola a los chicos.
 
Henry Ellis se hallaba en una especie de túnel. A su alrededor, un tubo gris e informe
se extendía en ambas direcciones, como una especie de cloaca brumosa.
Vio, enmarcado en la abertura que había detrás de él, el vago contorno de su casa.
El porche y el patio traseros, Mary de pie en un escalón, ataviada con pantalones y
sujetador rojo. La señora Lawrence a su lado, con shorts verdes a cuadros. El cedro y
las hileras de petunias. Una colina. Las pulcras casas de Cedar Groves, Pennsylvania.
Y frente a él...
Nueva York. Una visión fugaz de la bulliciosa esquina opuesta a su oficina. Una
parte del edificio de hormigón, cristal y acero. Gente que se movía. Rascacielos.
Enjambres de monojets que aterrizaban. Señales aéreas. Innumerables funcionarios
que corrían hacia sus oficinas.
Ellis avanzó sin prisa hacia la terminal de Nueva York. Había utilizado el instanmóvil
las veces suficientes para saber cuántos pasos le bastaban: cinco pasos. Cinco pasos
por el fluctuante túnel gris y habría recorrido doscientos cuarenta kilómetros. Se detuvo
y miró atrás. Tres pasos hasta el momento. Ciento cuarenta y cuatro kilómetros. Más
de la mitad de la distancia.
La cuarta dimensión era algo maravilloso.
Ellis se llevó la pipa a los labios, apoyó el maletín contra la pierna y buscó el tabaco
en el bolsillo del abrigo. Todavía le quedaban treinta segundos para llegar al trabajo.
Mucho tiempo. El encendedor de la pipa relumbró. Aspiró varias veces. Cerró el
encendedor y lo devolvió a su bolsillo.
Algo maravilloso, en efecto. El instanmóvil ya había revolucionado la sociedad. Era
posible trasladarse a cualquier lugar del mundo al instante, sin lapso de tiempo, sin
necesidad de zambullirse en interminables carriles atestados de monojets. El problema
del transporte se había convertido en una pesadilla desde mediados del siglo XX. Cada
año aumentaba el número de familias que abandonaban la ciudad para irse a vivir al
campo, lo cual agravaba los colapsos de tráfico que se producían en carreteras y
autopistas.
Pero el problema ya estaba solucionado. Podían funcionar un número infinito de
instanmóviles, sin que interfiriesen entre sí. El instanmóvil salvaba distancias no
espaciales, a través de otra dimensión (le habían explicado esa parte con mucha
claridad). Por mil créditos, cualquier familia terrícola podía adquirir un juego de aros
instanmóviles; uno en el patio trasero, y el otro en Berlín, las Bermudas, San Francisco,
Port Said, o en cualquier otra parte del mundo. Existía un inconveniente, desde luego.
El aro tenía que fijarse en un lugar concreto. Se elegía el destino, y punto.
Sin embargo, resultaba perfecto para un oficinista. Entraba por un extremo y salía
por el otro. Cinco pasos, doscientos cuarenta kilómetros. Doscientos cuarenta
kilómetros que constituían una pesadilla de dos horas: marchas que rascaban,
sacudidas repentinas, monojets que entraban y salían, conductores que corrían como
locos, conductores imprudentes, policías apostados como buitres al acecho, úlceras y
mal humor. Ahora, todo eso se había acabado. Al menos para él, como empleado de
Desarrollo Terrestre, fabricante del instanmóvil. Y pronto para todo el mundo, cuando
salieran al mercado.
Ellis suspiró. La hora de trabajar. Vería a Ed Hall subiendo de dos en dos los
escalones del edificio, a Tony Franklin pisándole los talones. Tenía que empezar a
moverse. Se agachó y alargó la mano hacia el maletín...
Fue entonces cuando les vio.
La fluctuante neblina gris era menos densa en aquel punto, y más débil el
resplandor. El punto se hallaba a unos centímetros de la esquina del maletín.
Había tres figuras diminutas justo al otro lado de la neblina gris. Hombres
increíblemente pequeños, no mayores que insectos. Le miraban con incrédulo estupor.
Ellis se olvidó del maletín y clavó la vista en ellos. Los tres hombres diminutos
demostraron una estupefacción similar. Ninguno de ellos se movió, paralizados por la
sorpresa. Henry Ellis se agachó, boquiabierto.
Una cuarta figurita se unió a las otras. Todas se quedaron petrificadas, con los ojos a
punto de salirse de las órbitas. Vestían una especie de túnicas. Túnicas de color pardo
y sandalias. Prendas extrañas, que no eran propias de la Tierra. Todo en su aspecto
denotaba que no eran terrícolas: su tamaño, sus rostros oscuros de peculiares tonos,
su atavío..., y sus voces.
De repente, las figuritas empezaron a chillar entre sí, dando lugar a una extraña
algarabía. Recuperados de su parálisis, empezaron a correr en grotescos y frenéticos
círculos. Corrían a una velocidad increíble; se dispersaban como hormigas que
hubieran caído en una sartén al rojo vivo. Corrían y brincaban, agitando brazos y
piernas como posesos. No cesaban de chillar con sus agudas y estridentes voces.
Ellis encontró su maletín. Lo recogió con mucha lentitud. Las figuras contemplaron,
con una mezcla de asombro y terror, como se alzaba la enorme valija, a escasísima
distancia de ellas. Una idea atravesó la mente de Ellis. Santo Dios, ¿podrían
introducirse en el instanmóvil, a través de la niebla gris?
No tenía tiempo de averiguarlo. Iba a llegar con retraso. Se liberó del hechizo y
corrió hacia el final del túnel. Un segundo después salió al sol cegador y descubrió que
se encontraba en la bulliciosa esquina frente a la que se alzaba su oficina.
—¡Hola, Hank! —gritó Donald Potter, mientras entraba corriendo en el edificio—.
¡Date prisa!
—Sí, sí.
Ellis le siguió como un autómata. El instanmóvil formaba un vago círculo sobre el
pavimento, como el fantasma de una burbuja de jabón.
Subió corriendo la escalera y penetró en las oficinas de Desarrollo Terrestre. Su
mente ya se había concentrado en el duro día que le esperaba.
 
Mientras cerraban con llave la puerta de la oficina y se preparaban para volver a
casa, Ellis detuvo al coordinador Patrick Miller en la puerta de su despacho.
—Señor Miller, usted también es responsable de la parte de investigación, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué?
—Me gustaría preguntarle algo. ¿Adónde va el instanmóvil? Debe ir a algún sitio.
—Sale del continuo por completo. —Miller estaba impaciente por irse a casa—.
Penetra en otra dimensión.
—Lo sé, pero..., ¿dónde?
Miller desdobló el pañuelo que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta y lo
extendió sobre su escritorio.
—Quizá se lo pueda explicar mejor así. Imagine que usted es un ser de dos
dimensiones y que este pañuelo representa su...
—Lo he visto un millón de veces —dijo Ellis, decepcionado—. Es una simple
analogía, y no me interesa una analogía. Quiero una respuesta concreta. ¿Adónde va
mi instanmóvil entre aquí y Cedar Groves?
—¿Y a usted qué demonios le importa? —rió Miller.
Ellis se puso en guardia de repente. Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.
—Pura curiosidad. Estoy seguro que debe de ir a algún sitio.
Miller apoyó la mano sobre el hombro de Ellis, con el gesto de un hermano mayor
cariñoso.
—Henry, viejo amigo, deje eso en nuestras manos. ¿De acuerdo? Nosotros somos
los inventores, y usted el consumidor. Su trabajo consiste en utilizar el instanmóvil,
probarlo e informar de cualquier fallo o defecto para que funcione perfectamente
cuando lo saquemos al mercado el año que viene.
—En realidad... —empezó Ellis.
—¿Sí?
Ellis no terminó la frase.
—Nada. —Tomó su maletín—. Nada en absoluto. Hasta mañana. Gracias, señor
Miller. Buenas noches.
Salió a toda prisa del edificio. La tenue silueta de su instanmóvil era visible a la
pálida luz del atardecer. El cielo ya estaba lleno de monojets que se marchaban.
Trabajadores agotados iniciaban su largo viaje de vuelta a sus casas, en el campo. El
trayecto interminable. Ellis caminó hacia el aro y entró en él. De súbito, el sol se
desvaneció.
Se encontró de nuevo en el fluctuante túnel gris. Un círculo verde y blanco
destellaba en el extremo más alejado. Verdes colinas ondulantes y su casa. Su patio
trasero. El cedro y los lechos de flores. La ciudad de Cedar Groves.
Dos pasos por el túnel. Ellis se detuvo y se inclinó. Examinó el suelo del túnel.
Examinó la pared gris nebulosa en el punto donde se alzaba y oscilaba..., y aquel lugar
en el que había reparado.
Todavía continuaban allí. ¿Todavía? Se trataba de un grupo diferente. Esta vez
había diez u once figuritas. Hombres, mujeres y niños. Se mantenían muy juntos, y le
contemplaban con asombro y temor. No medirían más de un centímetro y medio.
Figuras diminutas y distorsionadas, que cambiaban de forma, color y apariencia.
Ellis apresuró el paso. Las figuritas le vieron alejarse. Un breve vislumbre de su
estupor microscópico..., y desembocó en su patio trasero.
Desconectó el instanmóvil y subió la escalera. Entró en su casa, abismado en sus
pensamientos.
—Hola —gritó Mary desde la cocina.
Corrió hacia él con los brazos extendidos, vestida con una camisa de malla larga
hasta los pies.
—¿Cómo ha ido el trabajo?
—Bien.
—¿Ha pasado algo? Estás... raro.
—No, no ha pasado nada. —Ellis depositó un beso en la frente de su mujer,
absorto—. ¿Qué hay para cenar?
—Algo muy especial: filete de topo de Sirio. Uno de tus platos favoritos. ¿Va todo
bien?
—Claro.
Ellis tiró el abrigo y el sombrero sobre la silla. La silla los dobló y apartó. El
semblante de Ellis continuaba siendo pensativo y preocupado.
—Todo va bien, cariño.
—¿Estás seguro que no ha pasado nada? No habrás vuelto a discutir con Pete
Taylor, ¿verdad?
—No, claro que no. —Ellis negó con la cabeza, molesto—. Todo va bien, cariño.
Deja de martirizarme.
—Bien, eso espero —suspiró Mary.
 
A la mañana siguiente le estaban esperando.
Les vio nada más entrar en el instanmóvil. Un pequeño grupo que esperaba entre la
neblina, como insectos atrapados en una masa de gelatina. Movían los brazos y las
piernas con suma rapidez, intentando atraer su atención. Chillaban con sus débiles y
patéticas voces.
Ellis se agachó. Estaban introduciendo algo por la pared del túnel, aprovechando la
ínfima grieta abierta en la niebla gris. Era pequeño, tan increíblemente pequeño que
apenas podía verlo. Un cuadrado blanco al final de un palo microscópico. Las figuritas
le miraban con ansiedad. Sus rostros revelaban temor y esperanza, una esperanza
suplicante y desgarradora.
Ellis tomó el diminuto cuadrado. Se desprendió del palo como un frágil pétalo de
rosa. Se le escapó de los dedos y tuvo que tantear a su alrededor. Las figuritas
siguieron con el corazón en un puño los movimientos de sus gigantescas manos, que
exploraban el suelo del túnel. Por fin lo encontró y lo acercó a sus ojos.
Era demasiado pequeño para descifrarlo. ¿Escritura? Líneas diminutas..., pero no
podía leerlas. Demasiado pequeñas para leerlas. Sacó su cartera y encajó el cuadrado
entre dos tarjetas con sumo cuidado. Introdujo la cartera en su bolsillo.
—Lo miraré más tarde —dijo.
Su voz resonó en el túnel. El ruido provocó que los seres se dispersaran. Huyeron
del resplandor grisáceo y se perdieron en la oscuridad, lanzando chillidos
estremecedores. Desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, como ratones asustados.
Estaba solo.
Ellis se arrodilló y aplicó el ojo a la parte más tenue del resplandor gris, donde le
habían esperado. Distinguió algo borroso y distorsionado, oculto por una bruma vaga.
Una especie de paisaje, confuso, difícil de distinguir.
Colinas. Árboles y cultivos. Pero tan borrosos y diminutos...
Consultó su reloj. ¡Santo Dios, las diez! Se puso en pie precipitadamente y corrió por
el túnel, hasta salir al deslumbrante pavimento de Nueva York.
Llegaba tarde. Subió corriendo la escalera del edificio, recorrió el largo pasillo y llegó
a su oficina.
A la hora de comer se dirigió a los laboratorios de investigación.
—Hola —saludó, cuando Jim Andrews pasó cargado con informes y aparatos—.
¿Tienes un momento?
—¿Qué quieres, Henry?
—Me gustaría pedirte prestado algo. Una lupa. —Reflexionó—. Aunque tal vez me
vendría mejor un microscopio fotónico, de cien o doscientos aumentos.
—Cosas de niños. —Jim le tendió un pequeño microscopio—. ¿Diapositivas?
—Sí, un par de diapositivas borrosas.
Llevó el microscopio a su despacho. Lo colocó sobre el escritorio y apartó los
papeles. Como medida de precaución, indicó a su secretaria, la señorita Nelson, que
podía irse a comer. Después, con infinitas precauciones, sacó el pequeño trozo de
papel de la cartera y lo deslizó entre las dos platinas.
Estaba escrito, en efecto, pero no entendió lo que ponía. Caracteres pequeños,
complejos y entrelazados, desconocidos por completo.
Pasó un rato pensando. Después, marcó un número en el videófono
interdepartamental.
—Póngame con el departamento de Lingüística.
Al cabo de unos momentos apareció el rostro afable de Earl Peterson.
—Hola, Ellis. ¿En qué puedo ayudarte?
Ellis vaciló. Tenía que proceder sin cometer ningún error.
—Hola, Earl. Quiero pedirte un pequeño favor.
—¿Como cuál? Cualquier cosa por un viejo amigo.
—Tienes..., hum, esa máquina ahí abajo, ¿no? Ese trasto de traducir que utilizas
para trabajar en documentos sobre civilizaciones extraterrestres.
—Claro. ¿Por qué?
—¿Crees que yo podría utilizarla? —Hablaba con rapidez—. Es un asunto algo
absurdo, Earl. Tengo un amigo que vive en, hum, Centauro VI, y me escribe en, hum,
ya sabes, en el sistema semántico de los nativos centaurianos, y yo...
—¿Quieres que la máquina te traduzca una carta? Claro, me parece que podríamos
hacerlo. Al menos, por esta vez. Baja.
Bajó. Consiguió que Earl le enseñara cómo funcionaba la máquina, y en cuanto Earl
se volvió introdujo el diminuto cuadrado. La Máquina Lingüística zumbó. Ellis rezó en
silencio para que el papel no fuera demasiado pequeño, para que no se colara entre las
piezas de la maquinaria.
Al cabo de unos segundos surgió una cinta por la ranura. La cinta se cortó a sí
misma y cayó en una bandeja. La Máquina Lingüística se enfrascó en seguida en otros
asuntos, materiales más vitales procedentes de las diversas divisiones de exportación
de DT.
Ellis desplegó la cinta con dedos temblorosos. Las palabras bailaron ante sus ojos.
Preguntas. Le hacían preguntas. Dios, la cosa se estaba complicando. Leyó las
preguntas en voz baja. En menudo lío se había metido. Aquella gente esperaba
respuestas. Él había aceptado su papel, se lo había llevado. Le estarían esperando
cuando regresara a casa, muy probablemente.
Volvió a su despacho y marcó un número en el videófono.
—Póngame con el exterior —ordenó.  
El monitor habitual apareció.
—¿Sí, señor?
—Póngame con la Biblioteca de Información Federal —dijo Ellis—. División de
Investigación Cultural.
Aquella noche le esperaban, en efecto, pero no eran los mismos. Era extraño; cada
vez había un grupo diferente. Sus ropas también eran algo diferentes. Una nueva
apariencia. Y el paisaje del fondo había sufrido ligeras variaciones. Los árboles que
había visto antes ya no estaban. Las colinas seguían en su sitio, pero el color era
distinto. Un blancogrisáceo apagado. ¿Nieve?
Se agachó. Lo había hecho con esmero. Había introducido las respuestas de la
Biblioteca de Información Federal en la Máquina Lingüística para que las tradujera en
sentido inverso. Las respuestas estaban escritas en el mismo idioma de las
preguntas..., pero en una hoja de papel más grande.
Ellis, como si jugara a canicas, lanzó la bolita de papel por el resplandor gris. Pasó
por encima de seis o siete de las figuras expectantes y bajó rodando por la ladera de la
colina sobre la que esperaban. Tras un momento de aterrorizada inmovilidad, las
figuras se lanzaron frenéticamente tras ella. Desaparecieron en las vagas e invisibles
profundidades de su mundo y Ellis se reincorporó.
—Bueno —murmuró para sí—, ya está.
No fue así. A la mañana siguiente había un nuevo grupo..., y una nueva lista de
preguntas. Las figuritas empujaron su microscópico cuadrado de papel por la estrecha
abertura de la pared del túnel y esperaron, temblorosos, a que Ellis se agachara y lo
tomara.
Lo encontró..., por fin. Lo guardó en la cartera y prosiguió su camino. Desembocó en
Nueva York con el ceño fruncido. La cosa se estaba poniendo seria. ¿Iba a convertirse
en un trabajo continuado?
Después, sonrió. Era lo más extraño que jamás le había sucedido. Aquellos
tunantes, a su manera, eran muy listos. Diminutos rostros graves, que la preocupación
deformaba. Y también el terror. Le tenían miedo, mucho miedo. ¿Y por qué no?
Comparado con ellos, era un gigante. Ellis hizo conjeturas acerca de su mundo. ¿Cómo
sería su planeta? Su extrema pequeñez era peculiar, pero el tamaño era una cuestión
relativa. Pequeño, no obstante, comparado con él. Pequeño y reverente. Mientras
empujaban hacia él los papeles, percibía su temor, la ansiosa y torturante esperanza.
Dependían de él. Rezaban para que les proporcionara respuestas.
—Un trabajo de lo más original —dijo para sí, sonriente.
—¿Qué pasa? —preguntó Peterson, cuando apareció en el laboratorio de
Lingüística a mediodía.
—Bueno, es que he recibido otra carta de mi amigo de Centauro VI.
—¿Sí? —El rostro de Peterson transparentó cierta suspicacia—. No me estarás
tomando el pelo, ¿verdad, Henry? Esta máquina tiene un montón de trabajo que hacer.
No se detiene ni un momento. No debemos desperdiciar su tiempo en...
—Esto es muy serio, Earl. —Ellis palmeó su cartera—. Un asunto muy importante.
No es un pasatiempo.
—De acuerdo. Si tú lo dices... —Peterson dio su aprobación al equipo que se
encargaba de la máquina—. Deja que este tipo utilice el traductor, Tommie.
—Gracias —murmuró Ellis.
Repitió la rutina, obtuvo la traducción, se llevó las preguntas a su despacho y las
pasó al personal investigador de la Biblioteca. Al caer la noche ya tenía las respuestas
en el idioma de las preguntas y las guardó en la cartera. Ellis salió del edificio de
Desarrollo Terrestre y entró en el instanmóvil.
Como de costumbre, un nuevo grupo le esperaba.
—Hola, chicos —saludó Ellis, introduciendo la bolita de papel por la abertura.
La bolita rodó por la campiña microscópica y rebotó de colina en colina. Los enanitos
la persiguieron. Se movían de una forma curiosa, como si tuvieran las piernas
agarrotadas. Ellis contempló sus evoluciones, sonriendo con interés..., y orgullo.
Se movían muy de prisa, no quedaba duda. Apenas podía distinguirlos. Se habían
alejado como un rayo del resplandor. Por lo visto, sólo una ínfima parte de su mundo
era tangente al instanmóvil. Sólo aquel punto, donde la niebla resplandeciente era
menos densa. Forzó la vista.
Estaban abriendo la bolita. Tres o cuatro figuritas alisaron el papel y examinaron las
respuestas.
Ellis, henchido de orgullo, continuó por el túnel y salió a su patio trasero. No sabía
leer sus preguntas y, una vez traducidas, no sabía responderlas. El departamento de
Lingüística se encargaba de la primera parte, y el personal de investigación de la
Biblioteca completaba el resto. Con todo, Ellis se sentía orgulloso. Experimentaba en su
interior una profunda y ardiente sensación. La expresión de sus rostros. La forma en
que le miraban cuando veían el papel con las respuestas en su mano. Cuando se
dieron cuenta que iba a contestar a sus preguntas. Y la manera en que se dispersaban
a continuación. Era muy... satisfactorio. Le hacía sentirse en la gloria.
—No está mal —murmuró. Abrió la puerta trasera y entró en la casa—. No está nada
mal.
—¿Qué no está mal, cariño? —preguntó Mary, alzando la vista de la mesa. Olvidó la
revista y se levantó—. Caramba, pareces muy feliz. ¿Qué ha pasado?
—Nada. ¡Nada en absoluto! —La besó ardientemente en la boca—. Esta noche
estás guapísima, pequeña.
—¡Oh, Henry! —Mary enrojeció de pies a cabeza—. Eres un encanto.
Examinó a su esposa con una mirada apreciativa. Llevaba un conjunto de dos piezas
de plástico transparente.
—Vistes unos fragmentos de lo más atractivo.
—¡Caray, Henry! ¿Qué te ha pasado? ¡Pareces tan..., tan fogoso!
—Oh, creo que disfruto con mi trabajo —sonrió Ellis—. Ya sabes, no hay nada como
estar orgulloso de tu trabajo. Un trabajo bien hecho, como suele decirse. Un trabajo del
que puedes estar orgulloso.
—Siempre has dicho que sólo eras una pieza en una gigantesca máquina
impersonal, una especie de número.
—Las cosas han cambiado —afirmó Ellis—. Estoy haciendo un, hum, un nuevo
proyecto. Un nuevo encargo.
—¿Un nuevo encargo?
—Reúno información. Algo así como... un trabajo creativo, por así decirlo.
Al finalizar la semana les había entregado un buen conjunto de información.
Tomó la costumbre de marcharse a trabajar a las nueve y media. Así se regalaba
treinta minutos para ponerse a cuatro patas y escudriñar por la abertura. Adquirió una
buena práctica en observarles y ver lo que hacían en su mundo microscópico.
Su civilización era bastante primitiva, sin duda alguna. Juzgando por los criterios de
la Tierra, ni siquiera era una civilización. De sus observaciones dedujo que carecían de
técnicas científicas; se trataba de una cultura agraria, una especie de comunismo rural,
una organización monolítica de base tribal, sin demasiados miembros.
No a la vez, al menos. Ésa era la parte que no comprendía. Cada vez que pasaba
había un grupo diferente. Los rostros no le resultaban familiares. Y su mundo también
cambiaba. Los árboles, los cultivos, la fauna. El clima, en apariencia.
¿Transcurría su tiempo de manera distinta? Se movían con mucha rapidez, como
una cinta de vídeo acelerada. Y sus voces estridentes. Tal vez era eso. Un universo
totalmente diferente, en el que la estructura del tiempo poseía diferencias radicales.
En cuanto a su actitud ante él, no podía llamarse a engaño. Después de los dos
primeros encuentros empezaron a presentarle ofrendas, porciones increíblemente
diminutas de comida humeante, preparada en hornos y hogares de ladrillo. Si
introducía la nariz en el resplandor gris captaba un tenue aroma a comida. Y olía bien.
Fuerte y condimentada, picante. Carne, con toda probabilidad.
El viernes se proveyó de una lupa y los contempló a sus anchas. Era carne, en
efecto. Arrastraban animales del tamaño de una hormiga hacia los hornos, para
sacrificarlos y cocinarlos. Divisó mejor sus rostros con la lupa. Eran extraños. Fuertes y
oscuros, con una peculiar mirada firme.
Sólo manifestaban una actitud ante él, por supuesto. Una combinación de miedo,
reverencia y esperanza. Esa actitud le encantaba. Se la dedicaban sólo a él. Gritaban y
discutían entre sí, y a veces peleaban y se acuchillaban con furia, formando una
violenta confusión de túnicas pardas. Constituían una especie apasionada y enérgica.
Llegó a admirarles.
Y eso estaba bien..., porque le hacía sentirse mejor. Era fantástico recibir la
admiración reverente de una raza tan orgullosa y tenaz. No demostraban la menor
cobardía.
La quinta vez descubrió que habían construido un edificio bastante atractivo. Parecía
un templo, un lugar de adoración.
¡Para él! Estaban desarrollando una auténtica religión, centrada en él. No existía
duda. Salía de casa a las nueve de la mañana para pasar una hora en su compañía. A
mediados de la segunda semana ya habían desarrollado todo un ritual. Procesiones,
velas encendidas, canciones o cánticos. Sacerdotes de largos hábitos. Y las ofrendas
condimentadas.
No vio imágenes, sin embargo. Por lo visto, era tan grande que no podían hacerse
una idea de su apariencia. Intentó imaginar cuál sería su aspecto desde el otro lado del
resplandor. Una forma inmensa que se cernía sobre ellos, tras una cortina de niebla
gris.
Un ser borroso, parecido a ellos, pero no igual. Una especie diferente, por supuesto.
Más grande..., pero diferente en otros aspectos. Y cuando hablaba, su voz atronaba a
lo largo y ancho del instanmóvil. Lo cual les impulsaba a huir.
Una religión desarrollada. Él les estaba cambiando. Gracias a su presencia y a sus
respuestas, las respuestas precisas y correctas que obtenía de la Biblioteca de
Información Federal y traducía a su idioma mediante la Máquina Lingüística. Debido a
la forma en que transcurría su tiempo, tenían que esperar generaciones para obtener
las respuestas. Pero a estas alturas ya se habían acostumbrado. Esperaban.
Aguardaban. Le transmitían sus preguntas y al cabo de un par de siglos él les
entregaba las respuestas, respuestas que, sin duda, utilizaban para algo práctico.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Mary una noche, cuando llegó una hora más tarde a
casa—. ¿Dónde has estado?
—Trabajando —contestó Ellis con indiferencia, mientras se quitaba el sombrero y el
abrigo. Se desplomó en el sofá—. Estoy cansado, muy cansado. —Suspiró de alivio e
indicó con un gesto al brazo del sofá que le trajera un whisky sour.
Mary se acercó al sofá.
—Henry, estoy un poco preocupada.
—¿Preocupada?
—No deberías trabajar tanto. Tendrías que tomártelo con más calma. ¿Cuánto hace
que no disfrutas de unas auténticas vacaciones? Un viaje fuera de la Tierra, fuera del
sistema. La verdad es que me gustaría llamar a ese tal Miller y preguntarle si es
necesario que un hombre de tu edad ponga tanto...
—¡Un hombre de mi edad! —Ellis se revolvió, indignado—. No soy tan viejo.
—Claro que no. —Mary se sentó a su lado y le rodeó con sus brazos—. No deberías
trabajar tanto. Te mereces un descanso, ¿no crees?
—Esto es diferente. No lo entiendes. No es lo mismo de siempre. Informes,
estadísticas y los malditos archivos. Esto es...
—¿El qué?
—Esto es diferente. No soy una pieza. Esto me gratifica. Creo que no puedo
explicártelo, pero se trata de algo que debo hacer.
—Si pudieras contarme algo más...
—No puedo contarte nada más —dijo Ellis—, pero no existe nada igual en el mundo.
He trabajado veinticinco años para Desarrollo Terrestre. Veinticinco años en los
mismos informes, día tras día. Veinticinco años..., y nunca me había sentido así.
 
—Ah, ¿sí? —rugió Miller—. ¡No me venga con monsergas! ¡Desembuche, Ellis!
Ellis boqueó como un pez.
—¿De qué está hablando? —El terror se apoderó de él—. ¿Qué ha pasado?
—No intente jugar conmigo al gato y al ratón. —En la pantalla, el rostro de Miller se
tiñó de púrpura—. Venga a mi despacho.
La pantalla se apagó.
Ellis siguió sentado ante su escritorio, estupefacto. Se recobró poco a poco y se
puso en pie, temblando como una hoja.
—Dios mío.
Se secó el sudor frío de la frente, sin fuerzas. De repente, todo arruinado. Estaba
aturdido por la conmoción.
—¿Algo va mal? —preguntó la señorita Nelson.
—No.
Ellis avanzó como atontado hacia la puerta. Estaba destrozado. ¿Qué había
descubierto Miller? ¡Santo Dios! ¿Era posible que...?
—El señor Miller parecía enfadado.
—Sí.
Ellis caminó por el pasillo, sin ver nada. Su mente funcionaba a toda máquina. Miller
parecía muy enfadado. De alguna manera, lo había descubierto. Pero, ¿por qué se
había enfurecido? ¿Qué le importaba a él? Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza.
La cosa tenía mal aspecto. Miller era su superior..., con poderes para contratar y
despedir. Tal vez había cometido alguna equivocación. Tal vez, sin saberlo, había
quebrantado la ley, cometido un delito. Pero, ¿cuál?
¿Qué le importaban ellos a Miller? ¿Cuál era el interés de Desarrollo Terrestre?
Abrió la puerta del despacho de Miller.
—Aquí estoy, señor Miller —murmuró—. ¿Cuál es el problema?  
Miller echaba chispas por los ojos.
—Ese ridículo asunto de su primo de Próxima.
—Es... Hum... Se refiere a un amigo de negocios de Centauro VI.
—¡Es usted un..., un estafador! ¡Después de todo lo que la empresa ha hecho por
usted!
—No entiendo —musitó Ellis—. ¿Qué he...?
—¿Por qué cree que le hicimos entrega del instanmóvil antes que a nadie?
—¿Por qué?
—¡Para probarlo! ¡Para ver cómo funcionaba, repugnante chinche venusino de ojos
saltones! La empresa le consintió magnánimamente manejar un instanmóvil antes de
su presentación en el mercado, ¿y qué hace usted? Demonios, usted...
Ellis empezó a indignarse. Después de todo, llevaba veinticinco años en DT.
—No es necesario que sea tan ofensivo. Desembolsé mis mil créditos de oro a
cambio...
—Bien, puede largarse con viento fresco al despacho del contable y recuperar su
dinero. Ya he cursado la orden al equipo de construcción para que embale su
instanmóvil y lo devuelva aquí.
Ellis estaba patidifuso.
—Pero, ¿por qué?
—¿Cómo que por qué? Porque es defectuoso. Porque no funciona. Por eso. —La
ofensa tecnológica arrancó chispas de los ojos de Miller—. El equipo de inspección
encontró una grieta de un kilómetro de ancho. —Torció los labios—. Como si usted no
lo supiera.
El corazón de Ellis dio un salto.
—¿Una grieta? —graznó, temiendo lo peor.
—Una grieta. Por suerte autoricé una inspección periódica. Si dependiéramos de
gente como usted para...
—¿Está seguro? A mí me parecía que funcionaba muy bien. O sea, me traía aquí sin
el menor problema. —Ellis luchaba por encontrar las palabras—. En lo que a mí
respecta, ninguna queja.
—No, claro, ninguna queja. Esa es la razón exacta por la que no tendrá ninguno
más. Por eso tomará esta noche el monojet para volver a su casa. ¡Porque no informó
sobre la grieta! Y si vuelve a intentar ocultarle algo a esta oficina...
—¿Cómo sabe que me había dado cuenta del... defecto?
Miller se hundió en su butaca, sobrecogido de furia.
—A causa de sus peregrinajes diarios a la Máquina Lingüística —dijo poco a poco—.
Con la falsa carta de su abuela de Betelgeuse II. Lo cual no era cierto. Lo cual era un
fraude. ¡Lo cual obtenía usted a través de la grieta del instanmóvil!
—¿Cómo lo sabe? —chilló Ellis, atrapado entre la espada y la pared—. Es posible
que tuviera un defecto, pero usted no puede demostrar que existe una relación entre su
instanmóvil defectuoso y mi...
—Su misiva —afirmó Miller—, la que introdujo en nuestra Máquina Lingüística, no
estaba escrita en un lenguaje extraterrestre. No era de Centauro VI. No procedía de
algún sistema alienígena. Era hebreo antiguo. Y sólo pudo conseguirlo en un sitio, Ellis,
de forma que no intente engañarme.
—¡Hebreo! —exclamó Ellis, aturdido. Palideció como la cera—. Santo Dios. El otro
continuo... La cuarta dimensión. El tiempo, por supuesto. —Se puso a temblar—. Y el
universo en expansión. Eso explicaría su tamaño. Y explica por qué un grupo nuevo,
una nueva generación...
—Ya corremos bastantes riesgos con estos instanmóviles, tal como son ahora.
Practicar un túnel en el continuo espaciotemporal... —Miller sacudió la cabeza,
agotado—. Maldito entrometido. Usted sabía que debía informarnos de cualquier
defecto.
—Me parece que no he hecho ningún daño, ¿verdad? —Ellis estaba terriblemente
nervioso—. Parecían complacidos, incluso agradecidos. Demonios, estoy seguro que
no causé ningún perjuicio.
Miller lanzó un alarido de rabia demente. Paseó un rato por el despacho. Por fin, tiró
algo sobre el escritorio, frente a Ellis.
—Ningún perjuicio. No, ninguno. Fíjese en esto. Lo he sacado de los Archivos de
Artefactos Antiguos.
—¿Qué es?
—¡Mírelo! Lo comparé con una de sus hojas de preguntas. Lo mismo. Exactamente
lo mismo. Todas sus hojas, preguntas y respuestas, se hallan aquí, ¡sarnoso ciempiés
ganimediano!
Ellis tomó el libro y lo abrió. Mientras leía las páginas, una extraña mirada iluminó su
rostro.
—Santo cielo. Registraron todo cuanto les proporcioné. Lo reunieron en un libro,
hasta la última palabra. Y también algunos comentarios. Todo está aquí, palabra por
palabra. Ejerció un efecto, por tanto. Lo publicaron, lo reprodujeron.
—Vuelva a su despacho. Ya me he cansado de verle por hoy. Me he cansado para
siempre. Recibirá el talón del finiquito por los conductos habituales.
Una extraña emoción provocó que el rostro de Ellis enrojeciera, como si estuviera en
trance. Aferró el libro y se dirigió hacia la puerta.
—Señor Miller, ¿puedo quedármelo? ¿Puedo llevármelo?
—Claro —respondió Miller, exhausto—. Claro, lléveselo. Léalo esta noche, camino
de su casa, en el monojet público.
 
—Henry quiere enseñarte algo —susurró excitada Mary Ellis, tomando a la señora
Lawrence por el brazo—. No metas la pata.
—¿Que no meta la pata? —La señora Lawrence vaciló, nerviosa y algo inquieta—.
¿Qué es? No será algo vivo, ¿verdad?
—No, no. —Mary la empujó hacia la puerta del estudio—. Limítate a sonreír. —Alzó
la voz—. Henry, Dorothy Lawrence está aquí.
Henry Ellis apareció en la puerta del estudio, una figura digna en su bata de seda,
con la pipa en la boca y una pluma estilográfica en una mano. Hizo una ligera
inclinación de cabeza.
—Buenas noches, Dorothy —dijo en voz baja, bien modulada—. ¿Te importa entrar
en mi estudio un momento?
—¿Estudio? —La señora Lawrence cruzó el umbral, indecisa—. ¿Qué estudias?
Bueno, Mary me ha dicho que has estado haciendo algo muy interesante últimamente,
ahora que ya no estás en... O sea, ahora que te quedas más en casa. De todas formas,
no me ha dado la menor pista.
Los ojos de la señora Lawrence vagaron con curiosidad por la habitación. El estudio
estaba lleno de libros de consulta, mapas, un enorme escritorio de caoba, un atlas, un
globo terráqueo, butacas de piel y una máquina de escribir eléctrica inconcebiblemente
antigua.
—¡Santo Dios! —exclamó la mujer—. Qué extraño. Tantas antigüedades...
Ellis sacó algo del librero con infinito cuidado y se lo tendió, como sin darle
importancia.
—A propósito... Échale una ojeada a esto.
—¿Qué es? ¿Un libro? —La señora Lawrence tomó el libro y lo examinó—. Dios
mío, cómo pesa. —Leyó la cubierta, moviendo los labios—. ¿Qué significa esto?
Parece muy antiguo. ¡Y qué letras tan extrañas! Nunca había visto nada igual. Sagrada
Biblia. —Alzó sus ojos brillantes—. ¿Qué es esto?
—Bueno... —Ellis esbozó una sonrisa.
La señora Lawrence tuvo una intuición y se quedó sin aliento.
—¡Santo Cielo! No habrás escrito esto, ¿verdad?
La sonrisa de Ellis se hizo más amplia. Enrojeció de modestia, digno y sereno.
—Una cosa sin importancia —murmuró, indiferente—. Mi primera obra, para ser
exacto. —Acarició la pluma con aire pensativo—. Y ahora, con vuestro permiso, debo
volver a mi trabajo...
 
 
FIN
 
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