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miércoles, 8 de mayo de 2013

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS - (El silencio de los inocentes) - II


EL SILENCIO DE LOS CORDEROS
II



El silencio de los
inocentes
Thomas Harris




CAPÍTULO 27
Una ligera sacudida cuando la camilla que transportaba al doctor Lecter cruzó
el umbral de la celda. Y en ella se hallaba el doctor Chilton, sentado en el catre,
examinando la correspondencia privada de Lecter. Chilton iba en mangas de
camisa y sin corbata. El doctor Lecter vio que llevaba al cuello una cadena de
la cual pendía una especie de medalla.
—Póngalo ahí de pie, junto al retrete, Barney —ordenó el doctor Chilton sin
levantar la vista—. Usted y los otros esperen en la sala de guardia.
El doctor Chilton acabó de leer el más reciente intercambio de impresiones de
Lecter con los Archivos de Psiquiatría. Arrojó las cartas al jergón y salió de la
celda. De la máscara de hockey surgió un destello cuando los ojos de Lecter le
siguieron, sin que la cabeza del psiquiatra perdiese ni un instante su
inmovilidad.
Chilton se dirigió hacia la silla que había usado Starling, que aún se hallaba en
el pasillo, e inclinándose con rigidez sacó de debajo del asiento un diminuto
dispositivo de escucha. Lo agitó ante la máscara de hockey que cubría la cara
del doctor Lecter y volvió a sentarse en el jergón.
—He pensado que la señorita Starling trataría de averiguar si la muerte de
Miggs había conllevado alguna violación de los derechos civiles, de modo que
he decidido escuchar —declaró Chilton—. Hacía años que no oía su voz,
Aníbal; la última vez debió ser cuando, deliberadamente, contestó
equivocadamente a las preguntas de mi cuestionario, dejándome en ridículo
ante toda la profesión en los artículos que publicó en la Revista de Psiquiatría,
Cuesta creer que la opinión de un recluso tenga tanto peso entre los miembros
de la comunidad científica, ¿verdad? Pero yo sigo aquí, y usted también.
El doctor Lecter no se dignó contestar.
—Años de silencio y de pronto Jack Crawford le envía a esa muchacha y se
pone usted a temblar como un flan de gelatina, ¿no es así? ¿Qué es lo que le
ha derretido, Aníbal? ¿Esos tobillos fuertes y hermosamente torneados? ¿El
brillo de sus cabellos? Esa mujer es una maravilla, ¿no le parece? Distante y
maravillosa, como una puesta de sol invernal; ésa es la imagen que me viene a
la mente cuando pienso en ella. Ya sé que hace mucho tiempo que no ve usted
una puesta de sol invernal, pero, créame, es lo que esa chica sugiere.
«Tan sólo le queda un día más con ella, Aníbal. Luego, del interrogatorio se va
a encargar Homicidios de Baltimore. Ya están atornillando una silla para usted
en la sala de electrocho— que. La silla está provista de un orinal, para su
mayor comodidad y la de ellos cuando conecten la corriente. Yo quedo al
margen; no me enteraré de nada.
«¿Se da usted cuenta de lo que estoy diciendo? Lo saben, Aníbal. Saben que
usted sabe perfectamente quién es Buffalo Bill. Piensan que probablemente lo
atendió usted en su consulta. Cuando oí a la señorita Starling preguntarle por
Buffalo Bill, me quedé desconcertado. Y llamé a un amigo que tengo en
Homicidios de Baltimore. Han encontrado un insecto en la garganta de Klaus,
Aníbal. Saben que fue Buffalo Bill quien lo mató. Crawford simplemente usa la
táctica de dejar que se crea usted muy listo. No creo que sepa usted lo mucho
que Crawford le odia por haber desfigurado a su protegido. Y le tiene
acorralado, Aníbal. ¿Todavía se sigue creyendo muy listo?
E¡doctor Lecter observó los ojos de Chilton moviéndose sobre las correas que
sujetaban la máscara de hockey. Era evidente que Chilton deseaba quitársela
para verle la cara. Lecter se pre untó, si Chilton se la quitaría empleando el
método seguro, es decir, desde detrás. Si se la quitaba desde delante, tendría
que rodearle la cabeza con los brazos, y la cara interna de los antebrazos, con
sus venas azules, quedaría a poquísima distancia de la boca del psiquiatra.
Vamos, doctor Chilton, acérquese. No, ha decidido no tocar la máscara.
—¿Sigue usted pensando que le van a trasladar a una celda con una ventana?
¿Cree usted que va a pasear por la playa contemplando los pájaros? No sea
ingenuo. He telefoneado a la senadora Ruth Martin, quien ha manifestado no
estar al corriente de haber cerrado ningún trato que le concierna a usted. He
tenido incluso que recordarle quién era usted. Tampoco ha oído hablar jamás
de Clarice Starling. Es una pura patraña. Ya se sabe que en una mujer son de
esperarpequeños engaños, pero, francamente, esta vez lo han hecho objeto de
un fraude. ¿No opina usted lo mismo?
«Cuando acaben de ordeñarle, Aníbal, Crawford le va a denunciar por
encubrimiento de delito. Es evidente que usted recurrirá, basando su defensa
en la demencia como circunstancia atenuante, pero así y todo al juez no le va a
gustar. Ya verá cómo a partir de ahora se toma poquísimo interés por las
condiciones de su reclusión.
«No va a haber ventanas, Aníbal. Se va a pasar el resto de la vida en un
manicomio, contemplando cómo le cambian los pañales. Con los años se le
caerán los dientes, perderá la fuerza, nadie le tendrá ya miedo y acabará sus
días en una sala cualquiera, babeando como Flendauer. Los reclusos jóvenes
le tomarán el pelo, se burlarán de usted y le usarán para el sexo siempre que
les venga en gana. Lo único que podrá leer será lo que escriba usted en las
paredes. ¿Y cree que al juez le importará? Ya ha visto usted cómo acaban aquí
los viejos: llorando porque no les gusta la compota de albaricoque.
«Jack Crawford y su amiguita. En cuanto se le muera la mujer, se irán a vivir
juntos, ya lo verá. Él se vestirá de joven y empezará a hacer un deporte que
puedan practicar juntos. Son íntimos amigos desde que Bella Crawford se puso
enferma; en esto sí que, por más que lo intenten, no consiguen engañar a
nadie. Lograrán ambos un ascenso y no se acordarán de usted para nada. Es
probable que Crawford, cuando todo acabe, venga a verle personalmente para
comunicarle la recompensa que tiene reservada para usted. Ya verá, ya.
Seguro que ya tiene el discurso preparado.
«Aníbal, Crawford no le conoce tan bien como yo. Ha creído que si le pedía
información sobre el caso de Catherine Baker, usted se dedicaría a atormentar
a la madre de esa chica.
Y ha acertado, pensó el doctor Lecter, Jack no tiene un pelo de tonto; con esa
obtusa cara de irlandés —escocés engaña a todo el mundo. Es un rostro que
según como se mire parece lleno de cicatrices. Bueno, seguramente queda
sitio para unas cuantas más.
—Yo sé muy bien lo que a usted le da miedo, Aníbal. No es el dolor, ni el
sufrimiento, ni la soledad. Lo único que no puede soportar es la indignidad; en
eso se parece usted a los gatos. Yo estoy moralmente obligado a cuidar de
usted, Aníbal, y siempre lo he hecho. Por mi parte, en nuestra relación jamás
han intervenido factores ni consideraciones de tipo personal. Y en este
momento estoy cuidando de usted.
«Por parte de la senadora Martin, nunca ha habido una oferta para usted. Pero
ahora sí la hay. o podría haberla. Llevo horas hablando por teléfono en nombre
suyo, Aníbal, y sin más interés que el bien de esa chica. Y voy a decirle la
primera condición: usted va a hablar exclusivamente a través de mí. Yo seré el
que publique exclusivamente un informe profesional de este caso, informe que
formalmente se presentará como una entrevista con usted. Usted no publicará
nada. Yo seré el único que tenga acceso a cualquier información de labios de
Catherine Martin, si conseguimos que salga sana y salva. Estas condiciones no
pueden ser objeto de ningún tipo de negociación. Tiene usted que contestarme
ahora mismo. ¿Las acepta?
El doctor Lecter sonrió para sus adentros.
—Más le vale contestarme, porque de lo contrario sólo podrá contestar al
interrogatorio de Homicidios de Baltimore. La oferta consiste en lo siguiente: si
identifica usted a Buffalo Bill y a través de su información se logra rescatar a la
chica sana y salva, la senadora Martin —y ella se lo confirmará por teléfono—
se compromete a trasladarle a usted a la prisión estatal de Brushy Mountain, en
Tennessee, fuera del alcance de las autoridades judiciales y policíacas de
Maryland. Estará usted bajo la jurisdicción personal de la senadora, lejos de las
garras de Jack Crawford. Será usted instalado en una celda de máxima
seguridad, con vistas sobre los bosques, Dispondrá de todos los libros que
quiera. Hará ejercicio al aire libre; los detalles todavía deben concretarse, pero
la senadora se muestra bien dispuesta. Dénos usted el nombre del
secuestrador y automáticamente será usted trasladado. La policía estatal de
Tennessee se encargará de custodiarle en el aeropuerto; sobre este punto
contamos con el beneplácito del gobernador.
Por fin l¡doctor Chilton ha dicho algo interesante, aunque no tenga ni idea de
qué se trata. Por detrás de la máscara, el doctor Lecter frunció sus rojos labios.
Custodiado por la policía. La policía no es tan precavida como Barng. La policía
está acostumbrada a tratar con delincuentes comunes. Generalmente usa
grilletesy esposas. Los grilletes y las esposas se abren con una llave.
Como la que tengo en mi poder.
—Su nombre de pila es Billy —dijo el doctor Lecter—. El resto se lo comunicaré
personalmente a la senadora. En Tennessee.
CAPÍTULO 28
Jack Crawford declinó el café que le ofrecía el doctor Danielson, pero cogió el
vaso y se preparó un Alka—Seltzer en el lavabo de acero inoxidable que había
en la salita de enfermeras. Todo era de acero inoxidable: la máquina
expendedora de vasos, la superficie de la mesa, la papelera, la montura de las
gafas del doctor Danielson. El brillo del metal sugería el centelleo del
instrumental quirúrgico y a Crawford le produjo una inequívoca punzada en la
zona del anillo inguinal.
El doctor y él estaban a solas en la pequeña habitación.
—No, sin un mandato judicial, imposible —repitió el doctor Danielson, esta vez
con manifiesta brusquedad, como queriendo contrarrestar el hospitalario gesto
que había tenido al ofrecerle el café.
Danielson era el director de la Clínica de Identidad Sexual de Johris Hopkins y
había accedido a recibir a Crawford al amanecer, mucho antes de pasar visita.
—Tendrá que traerme un mandato específico para cada caso y los
discutiremos todos. ¿Qué le han dicho en Columbus y en Minnesota? Lo
mismo, ¿no es cierto?
—El Departamento de justicia está hablando con sus directores en estos
momentos. Doctor, hemos de intentar resolver este caso con la máxima
urgencia. Si la chica no ha muerto ya, la va a matar pronto, esta noche o
mañana. Y a continuación, secuestrará a la próxima —contestó Crawford.
—Mire, mencionar el nombre de Buffalo Bill asociándolo a los problemas que
tratamos aquí revela una profunda ignorancia, señor Crawford, además de
pecar de injusto y peligroso. Hace que se me pongan los pelos de punta. Nos
ha llevado años —y aún no lo hemos conseguido del todo —convencer al
público de que los transexuales no están locos, ni son unos pervertidos, ni unos
despreciables maricones, término ambiguo y que no...
—Estoy enteramente de acuerdo con usted...
—Un momento. El índice de violencia entre el colectivo transexual es
notablemente inferior que el que se aprecia entre la masa de la población en
general. Los transexuales son personas decentes aquejadas de un auténtico
problema, un problema que siempre se ha tratado con notoria intransigencia.
Merecen ayuda y aquí se la damos. No estoy dispuesto a permitir que ahora se
lleve a cabo una caza de brujas. jamás hemos violado la información
confidencial de ningún paciente y le aseguro que jamás lo haremos. Mejor será
que partamos de esta base, señor Crawford.
Hacía ya meses que en su vida privada Crawford cultivaba el trato con los
médicos y enfermeras de su esposa, tratando de arrancarles mediante
cualquier subterfugio la más insignificante ventaja para ella. Estaba harto de
médicos. Pero esto no era su vida privada. Esto era Baltimore y asunto
profesional. Calmémonos.
—Seguramente no me he expresado con la suficiente claridad, doctor
Danielson. La culpa es de la hora; no soy una persona excesivamente
madrugadora, y es muy temprano. Lo que quiero recalcar es que el hombre
que buscamos no es paciente suyo. Se trata de alguien cuya solicitud se
rechazó porque aquí, en Johris Hopkins, se determinó que no era un verdadero
transexual. Permítame que le diga que no venimos a ciegas; le voy a enseñar
una serie de puntos concretos, relacionados con las pruebas de personalidad a
que someten a los solicitantes, que demuestran una desviación de la conducta
típica del transexual. Mire, aquí tengo una lista de lo que tienen que buscar sus
subalternos en relación con las solicitudes rechazadas.
El doctor Danielson se frotó un lado de la nariz mientras leía. Concluida la
lectura, le devolvió el papel.
—Esto es muy original, señor Crawford. La verdad, es extremadamente
insólito, término que empleo, se lo aseguro, en contadísimas ocasiones.
¿Puedo preguntarle quién le ha proporcionado esta... conjetura?
No creo que le a gradase averiguarlo, doztor Danitísotí.
—El personal de Ciencias de¡Comportamiento —repuso Crawford—, tras haber
consultado la opinión del doctor Alan Bloom, de la Universidad de Chicago.
—¿Alan Bloom respalda esto?
—Y no dependemos exclusivamente de las pruebas. Hay otro factor que
probablemente hará destacar a Buffalo Bill entre las fichas de sus archivos;
seguramente trató de ocultar sus antecedentes criminales o falsificó
documentos de información complementaria. Enséñeme las solicitudes
rechazadas, doctor.
Danicison no dejó en todo el rato de sacudir la cabeza.
—Las pruebas y la información recogida en las entrevistas constituyen material
estrictamente confidencial.
—Doctor Daníelson, ¿cómo es posible que el fraude y el engaño deliberado
constituyan material estrictamente confidencial? En la relación que establece
un médico y su paciente, ¿en qué categoría se incluye el verdadero nombre de
un criminal y sus antecedentes, nombre y antecedentes que el paciente, por
supuesto, no revela y son descubiertos aposteriori por el facultativo? Conozco
sobradamente el rigor que caracteriza a Johns Hopkins, pero estoy— seguro
de que se han encontrado alguna vez con algún caso semejante a éste. Los
adictos a la cirugía cursan solicitudes de admisión en todos los centros donde
se realizan intervenciones quirúrgicas de este tipo. Ello no empeña ni la
reputación del centro ni la de los pacientes con legítimos problemas. ¿Cree
usted que el FBI no recibe solicitudes de chalados? Pues las recibe, y
continuamente. Mire, la semana pasada un tipo tocado con una peluca Moc
solicitó ser admitido en St. Louis.
En la bolsa de los palos de golf le encontraron un lanzacohetes antitanque, dos
obuses y un gorro de piel de oso.
—¿Y se le admitió?
—Ayúdeme, doctor Daníelson. El tiempo apremia. Mientras nosotros estamos
hablando aquí, Buffalo Bill puede estar convirtiendo a Catherine Martin en uno
de estos despojos —dijo Crawford colocando una fotografía sobre la reluciente
superficie— de la mesa.
—Retire eso inmediatamente —replicó el doctor Danielson—. Este gesto que
acaba de hacer revela una puerilidad y una actitud de amenaza intolerables.
Sepa que fui cirujano de guerra, señor Crawford. Vuelva a guardarse esa
fotografía en el bolsillo.
—Naturalmente, un cirujano puede contemplar sin alterarse la imagen de un
cadáver mutilado —argumentó Crawford, arrugando el vaso y oprimiendo con
el pie el pedal de la papelera—. Pero no creo que ningún médico pueda
soportar la idea de que se despilfarre una vida.
—Arrojó el vaso a la cubeta y la tapa se cerró con satisfactorio ruido—. No voy
a pedirle que me revele información relativa a sus pacientes sino sólo la
correspondiente —a determinadas solicitudes seleccionadas por usted de
acuerdo con los puntos que aquí se enumeran. Usted y sus asesores
psiquiátricos pueden manejar las solicitudes rechazadas con mayor rapidez y
eficiencia que yo. Si descubrimos a Buffalo Bill gracias a su información, doctor,
omitiré este hecho. Ya hallaré una manera convincente de explicar cómo lo
hemos conseguido, y así constará en el expediente.
—¿Me está usted proponiendo que Johris Hopkins se convierta en un testigo
protegido, señor Crawford? ¿Insinúa usted que adoptemos una nueva
identidad? ¿Que nos convirtamos en la Universidad Bob Jories, por decir algo?
Dudo mucho de que el F B 1 o cualquier otra agencia del gobierno sean
capaces de guardar un secreto.
—Se llevaría usted sorpresas.
—Lo dudo. Intentar justificar una burda mentira burocrática sería mucho más
perjudicial que limitarse a decir la verdad. Por favor, no intente protegernos de
ese modo, señor Crawford.
Muchas gracias.
—Las gracias se las doy yo, doctor Danielson, por sus jocosos comentarios.
Me resultan de gran utilidad; dentro de unos instantes le demostraré el porqué.
Ya que tan partidario se muestra usted de la verdad, escuche ¿sta: el hombre
que buscamos asesina a mujeres Jovenes y les arranca la piel. Se viste con
esas pieles para salir de parranda. No queremos que vuelva a hacer tal cosa.
Si no me ayuda usted lo más aprisa que pueda, lo que haré con usted será lo
siguiente: hoy mismo por la mañana, el Departamento de justicia comunicará
oficial y públicamente haber solicitado un mandato judicial manifestando que
usted se ha negado a cooperar. Difundiremos ese comunicado dos veces al
día, con tiempo suficiente para que se hagan eco de él los telediarios del
mediodía y de la noche. Todo comunicado difundido por el Departamento de
justicia sobre este caso llevará aneja una nota explicativa sobre el desarrollo de
nuestras relaciones con el doctor Danielson, de Johris Hopkins, cuya
colaboración intentamos conseguir. Cada vez que se produzca alguna noticia
relacionada con el caso de Buffalo Bill, es decir, cuando aparezca flotando el
cadáver de Catherine Baker Martin, o el siguiente, o un tercero, difundiremos
acto seguido un comunicado oficial manifestando en qué estado se encuentran
nuestras relaciones con el doctor Danielson, de Johris Hopkins, dando a
conocer públicamente sus jocosos comentarios sobre la universidad de Bob
Jones. Una cosa más, doctor. Ya sabe usted que el Comité de Servicios
Humanos y Sanitarios tiene su sede aquí, en Baltimore. Mis pensamientos han
volado sin querer a la Oficina de Políticas Prioritarias, como los suyos, si no me
equivoco. Qué le parecería si la senadora Martin, poco después del entierro de
su hija, plantease a los miembros de la comisión la siguiente pregunta: «¿No
creen ustedes que las intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo han de
considerarse cirugía estética?». A lo mejor esos respetables caballeros
reflexionan y contestan: «Pues, ¿sabe usted lo que le digo? Que la senadora
Martin tiene toda la razón. Sí, sí, efectivamente se trata de cirugía estética», y
entonces su programa, doctor Danielson, se queda sin la subvención federal
que permite que se lleve a cabo.
—Esto es un insulto.
—No, señor. Es la pura verdad.
—Sus palabras no me asustan, su prepotencia no me intimida...
—Perfecto. No tenía la intención de conseguir ni una cosa ni la otra, doctor.
Sólo quiero que sepa que hablo en serio. Ayúdeme, doctor, se lo pido por favor.
—Ha dicho que estaba usted trabajando con Alan Bloom.
—Así es. La Universidad de Chicago...
—Conozco a Alan Bloom y prefiero discutir este tema a nivel profesional.
Dígale que me pondré en contacto con él esta misma mañana. Le comunicaré
a usted lo que he decidido antes de mediodía. Me preocupan enormemente las
jóvenes asesinadas, señor Crawford, y las otras también, pero hay muchas
cosas en juego a las que seguramente no concede usted toda la importancia
que merecen... Señor Crawford, ¿hace tiempo que no se ha hecho tomar la
presión?
—Me la tomo yo mismo.
—¿Y también se receta usted mismo?
—Eso está penado por la ley, doctor Danielson.
—Pero tendrá usted un médico.
—Sí.
—Comuníquele a cuánto está de máxima y mínima, senor Crawford. Qué
pérdida irreparable para todos nosotros si cayese usted muerto de repente. Me
pondré en contacto con usted dentro de un rato.
—¿Cuánto rato, doctor Danielson? ¿Una hora?
—Una hora. El zumbador de Crawford empezó a sonar en el momento en que
éste salía del ascensor en la planta baja. Jeff, su chófer, le llamaba con gestos
cuando Crawford se acercaba corriendo a la furgoneta. La han encontrado
muerta, pensó Crawford mientras agarraba el teléfono. Era el director del FBI.
La noticia, no tan mala como la que esperaba, no podía ser peor: Chilton se
había entrometido en el caso y ahora la que iba a intervenir era la senadora
Martin. El fiscal general del Estado de Maryland había autorizado el traslado del
doctor Aníbal Lecter a Tennessee. Iba a hacer falta toda la fuerza del tribunal
federal del distrito de Maryland para impedir o retrasar el traslado. El director
quería la opinión de Crawford, y la quería ahora mismo.
—No cuelgue —dijo Crawford. Se apoyó el teléfono en el muslo y miró por la
ventana de la furgoneta. Pobre era el colorido que revelaba aquel amanecer de
febrero.
Todo gris. Desolado.
Jeff empezó a decir algo, pero Crawford lo silenció con un gesto.
La monstruosa egolatría de Lecter. La ambición de Chilton. El terror que la
senadora Martin experimentaba por su hija. La vida de Catherine Martin. Todo
había confluido.
—Déjeles ir —dijo al teléfono.
CAPÍTULO 29
Amanecía. El doctor Chilton, acompañado por tres soldados pulcramente
uniformados de las fuerzas armadas estatales de Tennessee, se hallaba en la
ventosa pista de aterrizaje, hablando a voz en grito a fin de acallar el aluvión de
voces que, producidas por el tráfico aéreo en la radio del Grummann
GulfÍstrearri, salían por la puerta abierta del avión así como por la de la
ambulancia estacionada junto al aparato.
El capitán de los soldados entregó un bolígrafo al doctor Chilton.
Las hojas del cuaderno se arremolinaban a causa del viento y el oficial tuvo
que alisarlas.
—¿No podemos hacer todo esto durante el vuelo? —preguntó el doctor Chilton.
—Los formularios de la documentación han de quedar completados antes de
que se produzca el traslado físico del prisionero. Son las órdenes que he
recibido.
El copiloto terminó de ajustar la rampa sobre la escalerilla del avión.
—¡Listos! —gritó. Los soldados se agruparon en torno al doctor Chilton junto a
las puertas traseras de la ambulancia. Cuando este último las abrió, se
pusieron tensos, como esperando que saliese un animal de un salto.
Al fondo divisaron al doctor Aníbal Lecter, erguido en la camilla, atado y
envuelto en cinchas de lona y con el rostro cubierto por la máscara de hockey.
Estaba orinando en una palangana que Barney sujetaba.
—Lo siento —dijo Barney dirigiéndose al doctor Lecter al tiempo que cerraba
las puertas.
—No tiene importancia, Barney —contestó el doctor Lecter—. He terminado,
gracias.
Barney arregló la ropa del doctor Lecter, devolvió la camilla a su posición
horizontal y empujó al doctor hacia las puertas traseras de la ambulancia.
—¿Barney?
—Diga, doctor Lecter.
—Se ha portado usted siempre muy bien conmigo. Quiero darle las gracias.
—No hay de qué.
—La próxima vez que Sammie recupere el conocimiento ¿querrá usted
despedirme de él?
Claro que sí. Adiós, Barney.
El corpulento enfermero abrió las puertas de un empujón y llamó a los
soldados.
—¿Hacéis el favor de coger la camilla por aquí? Por los dos lados. Para bajarla
hasta el suelo. Así. Con cuidado.
Barney empujó al doctor Lecter por la rampa y lo introdujo en el avión. A la
derecha del pasillo se habían eliminado tres asientos. En el suelo quedaban las
respectivas horquillas, a las cuales el copiloto ató la camilla.
—¿Va a realizar todo el vuelo tumbado? —preguntó uno de los soldados—.
¿Lleva pañales de hule?
—Tendrá que aguantarse las ganas de mear hasta Memphis, pajarraco.
—Doctor Chilton, ¿puedo hablar con usted? —dijo Barney. Salieron ambos del
aeroplano. El viento levantaba pequeños remolinos de polvo y basura a su
alrededor.
—Esos individuos no saben nada —dijo Barney.
—Cuando lleguemos, tendré ayuda; enfermeros especializados en casos
psiquiátricos. Ahora ya es responsabilidad de otros, Barney.
—¿Cree usted que le tratarán bien? Ya sabe usted cómo es; hay que
amenazarle con el aburrimiento. Es lo único que le da miedo. Darle de
bofetadas no sirve de nada.
—Nunca permitiría tal cosa, Barney.
—¿Estará usted presente cuando le interroguen?
—Sí.
—Y tú no, añadió Chilton para su coleto.
—Yo podría viajar con él hasta su destino y regresar después. No perdería más
de dos horas de mi turno —dijo Barney.
—Ya no es competencia suya, Barney. De todos modos, yo estaré allí. Les
enseñaré, paso a paso, todo lo que hay que hacer para manejarle.
—Ojalá presten atención —replicó Barney—. Él la prestará toda.
CAPÍTULO 30
Clarice Starling se quedó sentada en el borde de la cama de la habitación que
ocupaba en el motel, contemplando el teléfono durante casi un minuto después
de colgar Crawford. Llevaba el pelo revuelto y el batín del F B 1 arrugado de las
vueltas que había dado en su breve e inquieto reposo. Se sentía como si le
hubiesen dado un puñetazo en el estómago.
Sólo habían transcurrido tres horas desde que abandonó al doctor Lecter y dos
desde que Crawford y ella terminaron de redactar la lista de características que
había que comparar con las solicitudes rechazadas en los tres centros médicos
que practicaban intervenciones de cambio de sexo. Y en ese breve lapso de
tiempo, mientras ella dormía, el doctor Frederick Chilton había conseguido
joderlo todo.
Crawford venía a buscarla. Tenía que vestirse. Tenía que pensar en vestirse.
Maldita sea. MALDITA SEA. MALDITA SEA. La has matado, doctor Chilton. La
has matado, gilipollas del carajo. Lecter sabía más cosas, y me las hubiera
dicho. Y ahora, nada; todo echado a perder. Cuando aparezca flotando el
cadáver de Catheríne Martín, me ocuparé de que seas tú el que tengas que
examinarla, te lo juro. Me la has robado. Tengo que ponerme a hacer algo útil.
Ahora mismo.
¿Qué puedo hacer, qué puedo hacer en este mismo instante? Lavarme.
En el cuarto de baño había una cestita llena de pequeñas pastillas de jabón
envueltas en un papel impreso con el anagrama del motel, frasquitos de gel y
champú, un pequeño costurero, esos detalles por los que se distingue un
establecimiento de categoría.
Cuando se metía bajo la ducha, como a la luz de un fogonazo, Starling se vio a
sí misma a los ocho años entregándole a su madre las toallas limpias, el
champú, las pastillas de jabón con sus finos envoltorios, su madre que
trabajaba de camarera, limpiando habitaciones en un motel. Cuando tenía ocho
años, había una urraca, una que formaba parte de una bandada que volaba
azuzada por las ráfagas de viento de aquella agria ciudad; era una urraca que
robaba cosas de los carros de limpieza del motel. Robaba cualquier cosa que
brillase. La urraca aguardaba la ocasión y entonces rebuscaba entre los
productos de limpieza almacenados en el carro. A veces, cuando una
emergencia la obligaba a huir, se ensuciaba en la ropa limpia. Había una de las
mujeres de la limpieza que la espantaba rociándola con lejía, sin más resultado
que el de causarle en las plumas unas salpicaduras blancas como la nieve. La
urraca blanca y negra siempre aguardaba a que Clarice abandonase el carro
para llevarle las cosas a su madre, que fregaba cuartos de baño. Su madre
estaba en la puerta de un cuarto de baño de una habitación de motel cuando le
dijo a Starling que tendría que marcharse de casa, para vivir en Montana. Su
madre dejó a un lado las toallas que sostenía, se sentó en el borde de aquella
cama de motel y la estrechó entre sus brazos. Starling todavía soñaba con la
urraca, y la veía en ese momento, sin tener tiempo de pensar en el porqué. La
mano de Clarice subió con un gesto de rechazo y de pronto, como si tuviese
que excusar ese movimiento, siguió subiendo hacia la frente, para echarse
hacia atrás el mojado cabello.
Se vistió aprisa. Pantalones, blusa, un ligero chaleco de punto, el chato
revólver apretado contra las costillas, metido en la funda de cuero, el cargador
colgado del cinturón al otro lado. La chaqueta precisaba un repaso. Una de las
costuras del forro, la que quedaba encima del cargador, se estaba
deshilachando. Había resuelto tener las manos ocupadas en cualquier cosa
hasta calmarse. Cogió el pequeño costurero del motel y recosió el forro. Había
agentes que en el dobladillo de la chaqueta cosían arandelas, para que tuviese
más cuerpo y al sacar el arma la prenda se abriese con mayor facilidad; tendría
que hacer lo mismo...
Crawford llamaba a la puerta.
CAPÍTULO 31
Crawford sabía por experiencia que a las mujeres la cólera las torna
desaseadas. La rabia les ponía mal color y hacía que se les soltase el moño y
olvidasen subirse la cremallera. Todos los rasgos poco atractivos de las
mujeres quedaban amplificados. Cuando abrió la puerta de la habitación del
motel, Starling, pese a estar hecha una furia, tenía el mismo aspecto de
siempre.
Y Crawford intuyó que se le presentaba la ocasión de averiguar cómo era en
realidad aquella muchacha.
Una vaharada de aire húmedo y caliente, perfumado de jabón, le dio en la cara
al abrir ella y quedarse en el umbral. Las sábanas de la cama estiradas,
cubrían la almohada.
—¿Qué me dice, Starling?
—Digo que maldita sea, señor Crawford. ¿Qué dice usted? Él hizo un gesto
con la cabeza y replicó: —El bar de la esquina ya está abierto. Vamos a tomar
un café.
Era una mañana templada para ser febrero. El sol, bajo todavía por el este,
teñía de reflejos rojos la fachada del psiquiátrico cuando pasaron por delante.
Jeff les seguía despacio con la furgoneta, cuyas radios crepitaban sin cesar. En
determinado momento, sacó un teléfono por la ventanilla y se lo pasó a
Crawford, quien mantuvo una breve conversación.
—¿Puede denunciar a Chilton por obstrucción de la justicia? Starling caminaba
delante, a pocos pasos de distancia. Crawford vio cómo tensaba los músculos
de las mandíbulas después de haberle hecho esta pregunta.
—No, no serviría de nada.
—eY si la ha matado? ¿Y si Catherine muere por culpa de él? Le juro que
quiero echárselo en cara... No me releve del caso, señor Crawford. No me
mande a la escuela.
—Dos cosas. Si la mantengo en el caso, no es para que eche en cara nada a
Chilton; eso no es lo prioritario. En segundo lugar, si la conservo a mi lado
mucho tiempo, no le permitirán que se presente a los exámenes y tendrá que
repetir. La academia no tolera ausencias ni retrasos a nadie. Puedo
garantizarle que será readmitida, pero nada más. Un puesto para usted lo
habrá, eso se lo aseguro.
Starling echó la cabeza hacia atrás, la inclinó luego hacia delante y siguió
andando.
—A lo mejor no es correcto preguntarle al jefe lo que quiero preguntarle, pero
tanto da. ¿Está usted en dificultades? ¿Puede perjudicarle a usted la senadora
Martin?
—Starling, me retiro dentro de dos años. Aunque encuentre a Jimmy Hoffa y al
asesino del Tylenol, tendré que dejar mi puesto. Lo que acaba de decir no entra
en mis consideraciones.
Crawford, siempre precavido ante el deseo, sabía lo mucho que deseaba
mostrar una cierta sabiduría. Sabía que un hombre ya maduro es capaz de
anhelar con tanta desesperación la sabiduría que puede llegar a fingirla, y
sabía también lo mortal que ello puede resultar para un joven que crea a ciegas
en él. De modo que habló eligiendo con cuidado sus palabras, y solamente de
las cosas que conocía de verdad.
Lo que Crawford le dijo a Starling en aquella sórdida calle de Baltimore lo había
aprendido a lo largo de una serie de gélidos amaneceres en Corea, en el
transcurso de una guerra que tuvo lugar antes de que ella naciera.
Omitió lo de Corea, ya que no precisaba el refrendo de esta autoridad.
—Éste es el momento más duro, Starling, pero debe emplearlo para templar su
ánimo. Se halla ante la prueba más difícil, que consiste en no dejar que la rabia
y la frustración le impidan pensar. Si sale victoriosa, habrá usted demostrado
que puede mandar, pues en eso consiste en síntesis la capacidad de mando.
Lo restante no es más que despilfarro y estupidez. Chilton es un perfecto
imbécil y es posible que su intervención le cueste la vida a Catherine Martin.
Pero puede no ser así.
Nosotros somos la única oportunidad de esa muchacha. Starling, ¿a qué
temperatura se halla el nitrógeno líquido en el laboratorio?
—¿Cómo? Ah, el nitrógeno líquido.... a doscientos grados centígrados bajo
cero. Hierve a una temperatura algo más elevada que esa cifra.
—¿Lo ha empleado alguna vez para congelar alguna cosa?
—Claro.
—Pues quiero que ahora congele algo. Quiero que congele el asunto de
Chilton. Conserve la información que ha obtenido de Lecter y congele sus
sentimientos. Quiero que no aparte los ojos de su objetivo o recompensa,
Starling. Eso es lo único que importa. Se ha esforzado usted por conseguir
determinada información, ha pagado por ello, la ha obtenido y ahora vamos a
utilizarla. Sirve de tanto —o de tan poco — como antes de que Chilton se
entrometiese en nuestro caso.
Probablemente, ya no obtendremos nada más de Lecter. Separe la información
de Buffalo Bill que ha obtenido de Lecter y consérvela. Congele todo lo demás.
El despilfarro, la pérdida de esfuerzo y tiempo, su cólera y Chilton.
Congélelo. Cuando nos sobre un momento, ya le daremos a Chilton su
merecido. De momento, congélelo y déjelo a un lado. Para no perder de vista la
recompensa, Starlingr la vida de Catherine Martin y el pellejo de Buffalo Bill
colgado de la puerta del granero. Clave la vista en su objetivo. Si es capaz de
hacer tal cosa, la necesito.
—¿Para trabajar con los historiales médicos? Se hallaban ante la puerta del
bar.
—No, salvo que las clínicas obstruyan nuestra labor y tengamos que
apoderarnos de las fichas. La quiero a usted en Memphis. Nuestra única
esperanza es que Lecter le diga a la senadora Martin alguna cosa de utilidad, y
quiero que usted se halle cerca, solamente por si acaso; si se cansa de jugar
con ella, tal vez acceda a hablar con usted. Entretanto, quiero que se concentre
en Catherine, que intente averiguar de qué modo pudo Bill fijarse en ella. Usted
es aproximadamente de la misma edad que Catherine, algo mayor quizá, pero
poco más, y es posible que las amistades de la muchacha le cuenten a usted
cosas que no referirían a alguien con más aspecto de policía.
«Y tenemos en marcha todo lo demás. La Interpol sigue trabajando en la
identificación de Klaus. Cuando lo hayamos identificado, podremos investigar
qué relaciones tenía en Europa y California, donde tuvo lugar su romance con
Benjamín Raspail. Yo me voy ahora a la Universidad de Minnesota —ahí
empezamos con mal pie— y esta noche estaré en Washington.
Voy a buscar el café. Déle un silbido a Jeff para que venga con la furgoneta. Su
avión, Starling, sale dentro de cuarenta minutos.
El sol había ascendido hasta tres cuartas partes de la altura de los postes
telefónicos. Las aceras todavía estaban de color violeta. Starling recibió la
caricia de los rayos del sol cuando agitó la mano llamando a JefF.
Se sentía más ligera, aliviada, mejor. Crawford, en realidad, era una buena
persona. Recordó su pregunta sobre el nitrógeno líquido y supo que era un
guiño alusivo a sus conocimientos de peritaje forense, destinado a complacerla
y a desencadenar hábitos automáticos de pensamiento disciplinado. Se
preguntó si los hombres calificarían de sutil ese tipo de manipulación. Es
curioso advertir con qué eficacia operan las cosas cuando uno las reconoce.
Es curioso observar hasta qué punto es incómodo el regalo del mando.
Al otro lado de la calle, una figura bajaba los escalones del Hospital Estatal de
Baltimore para la Demencia Criminal. Era Barney, embutido en un anorak que
aumentaba su corpulencia. En la mano llevaba su fiambrera.
Starling gesticuló a Jeff, que la aguardaba en la furgoneta, indicándole que la
esperase cinco minutos, y se acercó a Barney, que estaba abriendo la
portezuela de su destartalado Studebaker.
—Barney. Él volvió hacia ella un rostro inexpresivo. Quizá tenía los ojos algo
más abiertos que de costumbre.
Estaba plantado con firmeza sobre ambos pies.
—¿Le ha dicho el doctor Chilton que no le pasaría nada por culpa de esto?
—¿Qué otra cosa podía decirme?
—¿Le cree usted?
Las comisuras de los labios de Barney cayeron. No contestó ni que sí ni que
no.
—Quiero pedirle un favor. Y quiero que me lo haga ahora, sin preguntas. Se lo
pido por favor, empezaremos por esto. ¿Qué queda en la celda de Lecter?
—Un par de libros; El placer de la cocina, revistas de psiquiatría. Se llevaron
todos los documentos al juzgado.
—¿Y lo que había en las paredes? ¿Los dibujos?
—Siguen allí.
—Quiero quedarme con todo eso, y tengo una prisa del demonio.
Barney se la quedó mirando unos instantes.
—Un minuto —contestó y echó a correr escaleras arriba, con ligereza para su
corpulencia.
Crawford ya la estaba esperando en la furgoneta cuando regresó Barney con
los dibujos enrollados y los libros y los papeles metidos en una bolsa de
plástico.
—Piensa que yo estaba enterado de que en la silla que le traje había un
dispositivo de escucha, ¿verdad? —le dijo Barney al tiempo que le entregaba
las cosas.
—No he reflexionado sobre ello, pero lo haré. Mire, coja este bolígrafo y anote
su número de teléfono en la bolsa. Barney, ¿cree usted que son capaces de
manejar al doctor LecterP
—Tengo mis dudas y así se lo he dicho al doctor Chilton. Recuerde que se lo
he dicho a usted, por si a él se le olvida ese detalle. Es usted una gran
persona, agente Starling. Oiga, cuando cojan a Buffalo Bill...
—Sí.
—No me lo traigan a mí sólo porque me he quedado con las manos libre, ¿eh?
—Barney sonrió. Tenía una dentadura de niño pequeño.
Casi sin querer, Starling le devolvió la sonrisa y se despidió de él agitando la
mano cuando ya corría hacia la furgoneta.
Crawford estaba contento.
CAPÍTULO 32
El Gruminan Gulfstream que transportaba al doctor Lecter aterrizó en Memphis
levantando sus neumáticos dos nubecillas de humo azul. De acuerdo con las
instrucciones emitidas por la torre de control, se dirigió hacia los hangares de la
Guardia Aérea Nacional, situados a considerable distancia de la terminal de
pasajeros. Una ambulancia del servicio de emergencia y un coche oficial se
hallaban a la espera en el interior del primer hangar.
La senadora Ruth Martin contemplaba a través de los cristales ahumados del
coche oficial a los soldados que sacaron la camilla del doctor Lecter del avión.
Experimentó el impulso de correr hacia la figura atada y enmascarada y
arrancarle la información, pero era demasiado inteligente para cometer ese
error.
El teléfono de la senadora zumbó. Su secretario, Brian Gossage, levantó el
auricular desde el asiento plegable del vehículo.
—Es el F B 1; Jack Crawford — anunció Gossage. La senadora Martin levantó
la mano para tomar el teléfono sin apartar la mirada del doctor Lecter.
—¿Por qué no me dijo usted nada del doctor Lecter, señor Crawford?
—Porque temí que fuera usted a hacer lo que está haciendo, señora Martin.
—No quiero indisponerme con usted, señor Crawford, pero si decide
indisponerse conmigo, lo lamentará, se lo aseguro.
—¿Dónde está Lecter en estos momentos?
—Ante mis ojos. Lo estoy contemplando.
—¿La oye?
—No.
—Señora Martin, escúcheme. Usted quiere ofrecer una serie de garantías
personales a Lecter, de acuerdo, adelante. Pero hágame un favor. Deje que el
doctor Alan Bloom le dé instrucciones antes de entrevistarse con Lecter. Bloom
puede prestarle a usted una ayuda inestimable, créame.
—Cuento con asesoramiento profesional.
—Espero que sea más válido que el de Chilton. En aquel instante, la cara del
doctor Chilton apareció tras el cristal del coche oficial. La senadora Martin
ordenó a Brian Gossage que saliera a hacerse cargo de él.
—Las discusiones sólo conducen a una pérdida de tiempo, señor Crawford.
Usted envió a entrevistarse con Lecter a una agente inexperta que era
portadora de una oferta inexistente. Yo pienso hacer las cosas mejor. El doctor
Chilton afirma que Lecter es capaz de corresponder a una oferta verídica y
estoy dispuesta a hacérsela, y aquí no entran papeleos, ni trámites, ni altos
cargos, ni méritos. Si conseguimos rescatar a Catherine sana y salva, todo el
mundo olerá a rosas, usted incluido. Si... muere, me importan un comino las
excusas.
—Utilícenos, entonces, senadora Martin. Ella no percibió cólera en la voz de
Crawford, sino solamente un tono sereno, distante y profesional con el cual se
ídentificó y al que respondió de inmediato.
—Explíquese.
—Si obtiene alguna información, comuníquenosla para que podamos actuar de
inmediato. No omita detalles; asegúrese de comunicárnosla por entero.
Comuníquela asimismo a la policía local. No deje que crean que
manteniéndonos a nosotros al margen la complacerán más a usted.
—Ahora mismo va a venir Paul Krendler del Departamento de justicia. Él se
encargará de ello.
—¿Quién es el oficial de mayor rango que está en este momento con usted?
—El mayor Bachman, de la Oficina de Investigación de Tennessee.
—Muy bien. Si no es demasiado tarde, procure mantener al margen a los
medios de comunicación. Respecto a este punto, amenace seriamente a
Chilton; es capaz de cualquier cosa por atraer la atención de la prensa. No
queremos que Buffalo Bill se entere de nada. Cuando lo encontremos, tenemos
la intención de emplear al equipo de rescate. Es fundamental atacarle con
rapidez para evitar que se atrinchere. ¿Tiene intención de interrogar usted a
Lecter personalmente?
—Sí.
—tendrá la bondad de hablar primero con Clarice Starling? Está en camino.
—¿Con qué objeto? El doctor Chilton me ha resumido todo el material que ha
obtenido esa muchacha. Ya hemos hecho bastante el tonto.
La cara de Chilton volvía a hacer visajes tras el cristal, pronunciando palabras
sin sonido. Brian Gossage le puso una mano en la muñeca y sacudió la
cabeza.
—Quiero tener acceso a Lecter después de que usted haya hablado con él —
dijo Crawford.
—Señor Crawford, Lecter ha prometido que dará el nombre de Bufalo Bill a
cambio de ciertos privilegios; dijo privilegios y en realidad no son sino una serie
de comodidades. Si no cumple su promesa, puede usted quedárselo para
siempre.
—Senadora Martin, lo que voy a decirle es delicado, pero no me queda más
remedio que decírselo: ocurra lo que ocurra, sobre todo no le suplique.
—De acuerdo, señor Crawford. Disculpe pero en este momento no puedo
seguir hablando.
—Colgó el teléfono—.
Si me equivoco, mi hija morirá igual que las otras seis víctimas cuyos casos ha
dirigido usted —añadió entre dientes, indicando con un gesto a Gossage y
Chilton que subiesen al coche.
El doctor Chílton había solicitado disponer en Memphis de un despacho en el
cual pudiese celebrarse la entrevista entre la senadora Ruth Martin y Aníbal
Lecter. A fin de ahorrar tiempo, en el primer hangar se había acondicionado
apresura damente una salita de guardia.
La senadora Martin tuvo que esperar a que el doctor Chilton instalase a Lecter
en la salita. No se sentía capaz de aguardar en el coche, de modo que esperó
en la nave del hangar, recorriendo sin descanso una pequeña zona circular; a
ratos levantaba la cabeza hacia el elevado techo, hacia los grandes maderos
de las vigas, a ratos la bajaba hacia las rayas pintadas en el suelo. En
determinado momento se detuvo junto a un anticuado Pliantom F—4 y apoyó la
cabeza en el frío fuselaje, en un sitio donde había un cartel que decía: N 0 P A
S A R. Este avión debe tener más años que Catborine. jesús mío, date prisa.
—Senadora Martin. Era el mayor Bachman llamándola. Chilton le hacía gestos
desde la puerta.
En la salita había una mesa para Chilton y unas sillas para la senadora, su
secretario y el mayor Bachman.
Una cámara de vídeo operada por un subalterno se hallaba preparada para
filmar la entrevista. Chilton afirmó que se trataba de uno de los requisitos
exigidos por Lecter.
La senadora Martin entró en la habitación con gran prestancia. Su traje de
chaqueta azul marino exudaba poder. También había obligado a Gossage a
almidonarse.
El doctor Aníbal Lecter se hallaba sentado en el centro de la estancia en una
recia silla de roble atornillada al suelo. Una manta le cubría la camisa de fuerza
y las correas de las piernas y ocultaba el hecho de que se hallaba encadenado
a la silla. Y seguía llevando la máscara de hockey que le impedía morder.
«¿Por qué?», se preguntó la senadora... Todos habían coincidido en que
debían proporcionar una cierta dignidad al doctor Lecter en aquel entorno. La
senadora Martin lanzó una mirada a Chilton y se volvió hacia Gossage para
pedirle los papeles.
Chilton se situó detrás del doctor Lecter y tras lanzar una mirada a la cámara
soltó las hebillas, quitó la máscara que cubría la cara del psiquiatra y con una
exagerada reverencia dijo:
—Senadora Martin, le presentó al doctor Aníbal Lecter. La teatralidad del gesto
del doctor Chilton asustó a la senadora Martin tanto como todo lo que había ido
sucediendo a partir de la desaparición de su hija. Toda la confianza que
hubiese podido tener en la opinión de Chilton fue sustituida por la pavorosa
certeza de que aquel individuo era un cretino.
Tendría que soslayar aquella incómoda certidumbre. Una mecha de pelo le
caía al doctor Lecter sobre la frente, entre sus Ojos granates. Estaba pálido
como la máscara que acababan de quitarle. La senadora Martin y Aníbal Lecter
se estudiaron; la primera resultaba extremadamente brillante, el segundo
inconmensurable para cualquier medida humana.
El doctor Chilton regresó a su mesa, lanzó una prolongada mirada a todos los
presentes y manifestó:
—El doctor Lecter me ha indicado, senadora, que desea contribuir al progreso
de la investigación con cierta información de carácter especial a cambio de una
serie de mejoras relativas a las condiciones materiales de su confinamiento.
La senadora Martin levantó una mano en la que sostenía un documento.
—Doctor Lecter, esto es una declaración que voy a firmar en su presencia. En
ella afirmo que le prestaré toda mi ayuda. ¿Quiere leerla?
La senadora creyó que su interlocutor no iba a contestar y ya se dirigía hacia la
mesa para firmar, cuando él dijo:
—No quiero hacerle perder el tiempo ni el de Catherine con regateos por unos
pocos y mezquinos privilegios. Los arribistas ya han desperdiciado bastante.
Permítame que le ayude ahora, y confío en que usted me ayudará cuando este
asunto haya terminado.
—Cuente usted con ello, ¿Brian? Gossage mostró su cuaderno.
—El nombre de Buffalo Bill es William Rubin, aunque todo el mundo le conoce
como Billy Rubin. Me habló de él, en abril o mayo de 1975, mi paciente
Benjamín Raspail. Me dijo que vivía en Philadelphia, no recuerdo la dirección,
pero estaba pasando unos días en Baltimore, en casa de Raspail.
—¿Dónde están sus ficheros, doctor? —preguntó el mayor Bachman
interrumpiéndole.
—Mis ficheros fueron destruidos por orden del juez poco después de...
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó el mayor.
—tiene la bondad, mayor? Senadora Martin, la única...
—Déme usted la edad, descripción física y cualquier otra cosa que recuerde —
dijo el mayor Bachman.
El doctor Lecter sencillamente se aisló. Se puso a pensar en otra cosa —los
estudios anatómicos de Géricault para La Balsa de la Medusa— y si oyó las
preguntas que se le hicieron a continuación, no lo demostró.
Cuando la senadora Ruth Martin consiguió recuperar su atención, se hallaban
ellos dos solos en la habitación.
Ella tenía en la mano el cuaderno de notas de Gossage.
Los ojos del doctor Lecter se posaron en ella.
—Esa bandera huele a cigarro habano —dijo—. ¿Crió usted a Catherine?
—Perdone, ¿cómo dice?
—¿Le dio usted el pecho?
—Sí.
—Qué voraces son los recién nacidos, ¿verdad? Al ver que las pupilas de la
senadora se ensombrecían, el doctor Lecter paladeó aquel dolor hallándolo
exquisito. Por hoy bastaba. De modo que continuó diciendo:
—William Rubin mide aproximadamente metro ochenta y siete de estatura y
actualmente debe tener unos treinta y cinco años. Es de complexión
corpulenta; cuando le conocí pesaría unos noventa y cinco kilos, y me figuro
que habrá aumentado de peso. Tenía el pelo castaño y los ojos azul pálido.
Déles estos detalles y luego continuaremos.
—Sí, ahora mismo —contestó la senadora Martin entreabriendo la puerta y
sacando sus notas.
—Solamente le vi en una ocasión. Pidió hora para una segunda visita, pero no
volvió por mi consulta.
—¿Por qué cree usted que se trata de Buffalo Bill?
—Porque entonces había cometido varios asesinatos, y a sus víctimas,
anatómicamente hablando, las sometía a procesos similares. Me dijo que
quería ayuda para acabar con ello y regenerarse, pero en realidad lo único que
quería era fanfarronear. Alardear de ello.
—¿Y usted no...? ¿Estaba seguro de que no le denunciaría?
—No creía que yo le denunciase, pero en cualquier caso le agrada arriesgarse.
Piense que yo no había traicionado las confidencias de su amigo Raspail.
—¿Raspa¡¡sabía que él se dedicaba a eso?
—Los apetitos de Raspail eran aberrantes; estaba cubierto de cicatrices. Billy
Rubin me dijo que tenía antecedentes criminales, pero no entró en detalles. Yo
redacté una sucinta historia médica. No había nada excepcional, excepto en
una cosa:
Rubin me dijo que en una ocasión estuvo aquejado de un ántrax del marfil del
elefante, un ántrax sintomático acompañado de fiebre carbuncular. Eso es todo
lo que recuerdo, senadora Martin, y me imagino que estará deseosa de
marcharse. Si me viene a la memoria algo más, la haré llamar.
—¿Fue Billy Rubin quien mató a la persona cuya cabeza se descubrió dentro
del coche?
—Así lo creo.
—¿Saben quién es esa persona?
—No. Raspail lo llamaba Klaus.
—¿Las otras cosas que dijo usted al FBI eran ciertas?
—Tan ciertas como las que el FBI me dijo a mí, senadora Martin.
—He dado las órdenes pertinentes para su breve estancia aquí, en Memphis.
Hablaremos de su situación y será usted trasladado a Brushy Mountain cuando
esto quede... cuando hayamos resuelto este asunto.
—Gracias. Quisiera disponer de un teléfono, por si recuerdo algo que...
—Cuente usted con él.
—Y algo de música. Las Variaciones Goldber,g, interpretadas por Glenn Gould.
¿Sería mucho pedir?
—De acuerdo.
—Señora Martin, no confíe sus pistas exclusivamente al F B 1. Jack Crawford
nunca juega limpio con las otras agencias del gobierno. Para ellos no es más
que un juego. Está decidido a anotarse para él el mérito del arresto. Quiere ser
él quien se ponga la medalla.
—Gracias, doctor Lecter.
—Su traje sastre es de muy buen gusto —dijo él cuando ella ya se dirigía hacia
la puerta.
CAPÍTULO 33
De habitación en habitación, el sótano de Jame Gumb divaga como esos
laberintos que en sueños nos frustran la salida. Cuando aún era tímido, hace
de eso ya muchas vidas, al señor Gumb le gustaban las habitaciones más
ocultas, las más alejadas de la escalera. Hay habitaciones en los rincones más
alejados, habitaciones de otras vidas, que Gumb hace años que no ha abierto.
Algunas todavía están ocupadas, por así decirlo, aunque los sonidos de detrás
de sus puertas se consumieron arrastrándose hacia el silencio hace mucho
tiempo.
El suelo varía de nivel según las habitaciones, con unas diferencias que llegan
a alcanzar hasta treinta centímetros. Hay umbrales con un escalón que es
preciso franquear, y dinteles bajo los cuales hay que agacharse. Las cargas
son imposibles de hacer rodar y difíciles de arrastrar. Hacer que algo avance
por delante de uno —algo que camina a tropezones, llorando, suplicando y
golpeándose la aturdida cabeza— es difícil e incluso peligroso.
A medida que crecía en sabiduría y confianza, el señor Gumb dejó de pensar
que había de satisfacer sus necesidades en las zonas más remotas del sótano.
Y ahora emplea un conjunto de habitaciones que rodean la escalera, unos
cuartos espaciosos dotados de agua corriente y electricidad.
El sótano se halla ahora en total oscuridad. Bajo la habitación cuyo suelo es de
arena, en la mazmorra, Catherine Martin está callada.
El señor Gumb se encuentra aquí, en el sótano, pero no está en esa cámara.
La habitación situada detrás de la escalera, que está a oscuras, totalmente
impenetrable para la visión humana, rebosa en cambio de leves sonidos.
Goteos de agua y zumbidos de bombas de pequeño tamaño. Con esos ecos
minúsculos, la habitación suena a grande. El ambiente rezuma humedad y es
fresco. Huele a follaje de invernadero. Un temblor de alas en la mejilla, unos
imperceptibles chasquidos en el aire. Un bajo sonido nasal de placer, un sonido
humano.
La habitación carece de la longitud de onda luminosa susceptible de ser
percibida por un ojo humano, pero en ella se encuentra el señor Gumb, que ve
con absoluta claridad, aunque lo vea todo en distintas tonalidades e
intensidades de verde. Lleva un excelente par de gafas infrarrojas (excedentes
militares del ejército israelí, le costaron menos de cuatrocientos dólares) y
dirige el haz de luz de una linterna de rayos infrarrojos a la jaula de alambre
que tiene delante de sí. Está sentado en el borde de una silla de respaldo recto,
extasiado, observando a un insecto que sube por una planta del fondo de la
jaula. La joven ¡mago acaba de salir de un capullo rasgado que reposa en la
tierra del suelo de la jaula. Sube lentamente por el tallo de una hierba mora,
buscando espacio para desplegar las húmedas alas nuevas que todavía lleva
adheridas a la espalda. Elige una fina rama horizontal.
El señor Gumb tiene que ladear la cabeza para verla. Poco a poco las
pequeñas alas reciben riego sanguíneo y se llenan de aire. Todavía siguen
adheridas a la espalda del insecto.
Transcurren dos horas. El señor Gumb apenas se ha movido. De vez en
cuando enciende y apaga la linterna para que le sorprendan los progresos del
insecto. Con objeto de matar el tiempo, pasea el haz de luz por el resto de la
habitación, por los grandes acuarios llenos de solución vegetal especial para
curtir la piel. Sobre hormas, maniquíes y tensores, aparecen sus más recientes
adquisiciones, semejantes a vestigios de estatuaria clásica, verdes bajo las
aguas del mar. La luz recorre la gran mesa de taller de hierro galvanizado, con
el bloque de metal que sirve de apoyacabezas, el rociador y los desagües, y
roza el polipasto que hay encima. Adosados a la pared, los largos lavaderos
industriales. Todo en las verdes imágenes que producen los filtros de rayos
infrarrojos. Unos aleteos, rastros fosforescentes, cruzan su radio de visión,
como pequeñas estelas de cometas producidas por las polillas en libertad que
revolotean por la habitación.
Dirige la vista de nuevo a la jaula justo a tiempo. Las alas del gran insecto se
hallan elevadas sobre la espalda, ocultando y distorsionando sus diseños. En
ese momento, baja las alas para cubrirse con ellas el cuerpo y el famoso dibujo
aparece con absoluta nitidez. Una calavera humana, prodigiosamente
ejecutada en el aterciopelado dorso, le contempla desde la espalda de la
polilla. Bajo el cráneo sombrío de la calavera figuran los agujeros negros de los
ojos y los prominentes pómulos. Debajo de ellos, una sombra oscura como una
mordaza cruza la cara por encima del mentón. La calavera reposa sobre una
peana, acampanada como la corona de una pelvis.
Una calavera coronando una pelvis, dibujada en la espalda de una polilla por
un capricho de la naturaleza.
El señor Gumb se siente lleno de alegría y ligero en su interior. Se inclina hacia
delante y sopla con dulzura por encima de la polilla. El animal yergue su
puntiaguda trompa y emite un chillido de irritación.
Él se aleja sin hacer ruido y se dirige con la linterna a la habitación donde se
encuentra la tapa de la mazmorra. Abre la boca para acallar su respiración. No
quiere estropear su calma y su buen humor provocando ruidos en el pozo. Las
lentes de las gafas, sujetas a sus pequeñas monturas protuberantes, parecen
ojos de cangrejo sobre apéndices. El señor Gumb sabe que las gafas no le
favorecen en absoluto, pero se ha divertido mucho con ellas en la negrura del
sótano, en ocasiones memorables, entreteniéndose con juegos de sótano.
Se inclina sobre el pretil y enfoca su haz de luz invisible hacia el fondo del
pozo.
El material yace tendido de lado, encogida como una gamba. Parece dormir.
junto a ella tiene el cubo sanitario. Ya no ha vuelto a cometer la necedad de
romper el cordel, intentando trepar por las lisas paredes del pozo. Duerme
agarrando una esquina del jergón en la que apoya la cara al tiempo que se
chupa el pulgar.
Contemplando a Catherine, paseando la linterna de infrarrojos una y otra vez
por todo su cuerpo, el señor Gumb se prepara para los verdaderos problemas
que le esperan.
La piel humana es endemoniadamente difícil de manejar, si la exigencia de
perfección es tan elevada como la que ambiciona el señor Gumb. Le es preciso
tomar fundamentales decisiones de estructura, la primera de las cuales es
dónde colocar la cremallera.
Mueve la linterna por la espalda de Catherine. Lo normal sería poner la
abertura en la espalda, pero entonces ¿cómo vestir la prenda por sí solo? No
es el tipo de cosa para la cual se pida ayuda, por excitante que le parezca esa
perspectiva. Conoce ciertos lugares, determinados círculos, donde sus labores
serían muy admiradas —existen ciertos yates en los que podría ataviarse con
sus prendas—, pero eso habrá de esperar. Debe hacer cosas que pueda
emplear por sí solo. Rasgar la parte anterior por el centro sería un sacrilegio;
rechaza tal posibilidad alejándola de inmediato de su mente.
El señor Gumb no puede apreciar el color de Catherine a la luz de la linterna
infrarroja, pero diría que ha adelgazado. Cree que cuando la capturó debía
estar haciendo régimen.
La experiencia le ha enseñado a esperar de cuatro días a una semana antes
de cosechar la piel. Una rápida pérdida de peso afloja la piel y la torna más fácil
de quitar. Además, el hambre consume una gran parte de la energía de sus
suministradoras de material, tornándolas más manejables. Más dóciles. A
algunas les sobreviene una lánguida resignación. No obstante, al mismo tiempo
es preciso alimentarlas lo suficiente para que no se apodere de ellas la
desesperación e impedir así las rabietas destructivas que podrían deteriorar la
piel.
Definitivamente, ha perdido peso. Ésta es tan especial, tan crucial para la labor
que tiene entre manos que no puede soportar la espera, ni tiene por qué
esperar. Mañana por la tarde lo hará, o por la noche. Como máximo al día
siguiente. Pronto.
CAPÍTULO 34
Clarice Starling reconoció el letrero de Stonehinge Villas por haberlo visto en
televisión. La urbanización situada en la zona oriental de Memphis era un
conjunto de casas unifamiliares y bloques de apartamentos que formaba una
amplia U en torno a una plaza central que hacía las veces de aparcamiento.
Starling estacionó el Chevrolet Celebrity que había alquilado en el centro de la
plaza. Aquí vivían empleados bien pagados, de esos de camisa a rayas finas y
traje cruzado, y jóvenes ejecutivos; eso le decían los Trans—Ams y los 1 R 0 C
— Z Camaros ahí aparcados. En un sector reservado del aparcamiento se
veían caravanas para los fines de semana y lanchas de esquí acuático, cuyos
brillantes colores relucían al sol.
Stonehinge Villas. El nombre irritaba a Starling cada vez que miraba el letrero.
Seguro que todos los apartamentos estaban decorados con muebles de
mimbre blanco y moquetas de tono melocotón. Bajo el cristal de todas las
mesas de café, fotos y un ejemplar de Cenas para dos y Secretos de la
Fondue. Starling, cuya única vivienda consistía en un cuarto compartido con
una compañera en la academia del FBI, tenía una actitud severamente crítica
hacia esas cosas.
Tenía que conocer a Catherine Baker Martin, y le extrañó que la hija de una
senadora viviese en ese lugar.
Starling había leído el material biográfico recopilado por el F B 1, el cual
mostraba que Catherine Martin brillaba por su bajo rendimiento en los estudios.
Había suspendido el examen de ingreso de Farmington y pasado dos
desdichados y oscuros años en Middlebury. Actualmente era alumna de
Southwestern, donde al mismo tiempo hacía prácticas de magisterio.
Starling creía no equivocarse al imaginársela como una colegiala preocupada
exclusivamente por sí misma, bastante obtusa, una de esas personas que no
escucha. Se dijo, de todos modos, que había de procurar ser objetiva en su
opinión, pues no se hallaba libre de prejuicios y además este tema suscitaba
sus rencores. Starling había realizado sus estudios en escuelas estatales,
gracias a sucesivas becas, y sus notas siempre habían sido mucho mejores
que su ropa. Conocía a un sinfín de hijos de familias pudientes y desgraciadas,
niños bien que iban al internado a perder el tiempo. Y aunque la mayoría le
importasen un comino, con el tiempo se había dado cuenta de que la falta de
atención es muchas veces una estratagema para esquivar el sufrimiento y a
menudo se interpreta equivocadamente como superficialidad e indiferencia.
Mejor sería pensar en Catherine como la niña que salía a navegar con su
padre, recordándola tal como aparecía en la película que vio en la televisión
acompañando la súplica de la senadora Martin. Se preguntó si de pequeña
Catherine se habría esforzado en agradar a su padre. Se preguntó también qué
estaría haciendo la niña cuando le comunicaron que su padre había muerto, de
un ataque al corazón a los cuarenta y dos años. Starling estaba convencida de
que Catherine lo echaba de menos. Echar de menos al padre, esa herida
común, hizo que Starling se sintiese próxima a la Joven.
Era fundamental que Catherine Martin suscitase sus simpatías porque ello la
ayudaría a realizar bien el trabajo que tenía entre manos.
Starling vio en seguida dónde se hallaba el apartamento de Catherine; dos
coches—patrulla de la policía de Tennessee estaban aparcados ante la puerta.
Cerca, en el asfalto del aparcamiento, había manchas de polvo blanco. La
delegación del FBI en Tennessee debía de haber recogido muestras de
manchas de aceite con polvo de piedra pómez o algún otro material inerte.
Crawford había dicho que contaba con un personal muy eficiente.
Clarice se dirigió hacia el sector donde se hallaban estacionadas las caravanas
y las lanchas. Era cerca del apartamento de Catherine. Ahí es donde Buffalo
Bill se apoderó de ella. A tan poca distancia de la puerta de su casa que al salir
la dejó abierta. Algo la indujo a salir. Debió ser algo de aspecto inofensivo y
habitual.
Starling sabía que la policía de Memphis había interrogado exhaustivamente a
todos los vecinos y que nadie había visto nada, de modo que pensó que a lo
mejor el secuestro había tenido lugar entre las altas paredes de las caravanas.
Él debió estar observándola desde allí. Sentado dentro de algún vehículo,
forzosamente. Pero Buffalo Bill sabía que Catherine estaba aquí, en casa.
Seguramente se fijó en ella en algún otro sitio y anduvo siguiéndola,
aguardando la ocasión propicia. Las chicas del tamaño de Catherine no
abundan. Seguro que no se limitó a merodear al azar en espera de que
apareciese una mujer del tamaño deseado. Podía pasarse días sin que
apareciese ninguna.
Todas las víctimas eran grandes. Todas ellas eran grandes. Algunas, además,
estaban gordas, pero todas eran grandes. «Tiene que hacer prendas que le
quepan.» Al recordar las palabras del doctor Lecter, Starling se estremeció. El
doctor Lecter ahora estaba en Memphis.
Starling realizó una profunda inspiración, hinchó los carrillos y expulsó el aire
con lentitud. Veamos qué averi guamos acerca de Catherine.
Un soldado de las fuerzas del Estado de Tennessee, tocado con el
característico sombrero de uniforme, abrió la puerta del apartamento de
Catherine Martin. Cuando Starling le mostró sus credenciales, le indicó con un
gesto que pasase.
—Agente, tengo que examinar la escena del secuestro —dijo Starling. La
escena del secuestro le pareció expresión adecuada para un hombre que bajo
techo no se quitaba el sombrero.
Él asintió con un gesto de cabeza y añadió: —Si suena el teléfono, no haga
caso. Contestaré yo. Sobre la superficie de la cocina, unida al cuarto de estar,
Starling vio una cinta magnetofónica conectada al teléfono. junto a éste había
dos teléfonos nuevos. Uno de ellos carecía de disco de marcar; línea directa
con el departamento de seguridad de Southerri Bell, encargado de localizar las
llamadas.
—¿Puedo ayudarla en algo? —le preguntó el agente.
—¿Ha terminado la policía con el registro?
—El apartamento ya puede ser usado por la familia. Yo estoy aquí
exclusivamente por el teléfono. Puede tocar todo lo que quiera, si es a eso a lo
que se refiere.
—Muy bien. Voy a echar un vistazo.
—De acuerdo. El agente recuperó el periódico que había escondido bajo el
sofá y se arrellanó nuevamente en los almohadones.
Starling quería concentrarse. Hubiera deseado estar sola en aquel
apartamento, aunque se dijo que tenía suerte de que la vivienda no estuviese
atestada de policías.
Empezó por la cocina. Los utensilios revelaban que no estaba equipada para
una cocinera de verdad. Catherine, según había declarado su novio, había ido
a buscar palomitas de maíz. Clarice abrió el frigorífico. Había dos cajas de
palomitas para tostar en el microondas.
Desde la cocina no se veía el aparcamiento.
—¿De dónde es? La primera vez, Starling no captó la pregunta.
—¿De dónde es? Desde el sofá, el agente la miraba por encima del periódico.
—De Washington —contestó. Bajo la fregadera... sí, rasguños en el codo del
desagüe; habían sacado el sifón y lo habían investigado. Bien por la delegación
del FBI de Tennessee. Los cuchillos no estaban afilados. El lavavajillas había
funcionado, pero no lo habían vaciado. El frigorífico no contenía más que queso
fresco desnatado y algunos envases de macedonia de frutas.
Catherine Martin compraba comida preparada, seguramente siempre era el
mismo establecimiento, algún supermercado cercano. Quién sabe si alguien
espiaba dicho centro comercial.
No estaría de más comprobarlo.
—¿Es usted de la oficina del fiscal general?
—No, del FBI —El fiscal general está a punto de llegar. Lo he oído al salir.
¿Cuánto tiempo hace que está en el F B l? En el cajón de las verduras había
una col de goma. Starling la hizo rodar y examinó el departamento interior
especialmente diseñado para esconder joyas. Vacío.
—¿Cuánto tiempo hace que está en el FBI? Starling se quedó mirando al joven
policía.
—Mire, agente, le voy a decir una cosa. Seguramente tendré que hacerle un
par de preguntas cuando haya terminado de examinar todo esto. Supongo que
me prestará su ayuda.
—Por supuesto. Todo lo que pueda serle...
—Estupendo. Entonces charlaremos luego. Ahora tengo que concentrarme en
lo que estoy haciendo.
—Como quiera. El dormitorio era luminoso, soleado, y poseía un perezoso
ambiente que agradó a Starling.
Estaba decorado con un mobiliario y unas tapicerías de una calidad superior a
la que podrían permitirse la mayoría de muchachas de la edad de Catherine.
Había un biombo de Coromandel, dos piezas de esmalte cíoisonné en las
estanterías y un hermoso secreter de raíz de nogal. Dos camas gemelas.
Starling levantó el borde de las colchas. La cama de la izquierda estaba
provista de ruedas; la de la derecha no. Catherine debe juntarlas siempre que
se lo antoja.
Debe tener un amante cuya existencia el novio desconoce. 0 a lo mejor ellay el
novio pasan a¡ gunas noches aquí. El contestador telefónico carece de
dispositivo para escuchar desde fuera de casa. Ella ha de estar en casa
cuando llama su madre.
El contestador telefónico era igual que el que Starling poseía, un Phone—Mate
corriente. Abrió el compartimiento de la parte superior. Faltaban las dos cintas,
la de entrada y la de salida. En su lugar había una nota que decía: C 1 N T A S
E N PODER DEL FBI DE TENNESSEE # 6.
El cuarto estaba razonablemente ordenado pero mostraba ese peculiar aspecto
que dejan los investigadores de manos grandes, hombres que intentan volver a
colocar las cosas exactamente en su sitio pero no lo consiguen del todo.
Starling hubiese adivinado que la habitación había sido registrada incluso sin
los rastros de polvo para tomar huellas digitales que había en todas las
superficies lisas.
Starling estaba convencida de que el dormitorio no había sido escena de
ningún episodio del secuestro. Seguramente Crawford tenía razón: Catherine
debía haber sido capturada en el aparcamiento. Pero Starling quería conocer a
la muchacha, y aquí era donde vivía. Vive, se dijo Starling corrigiéndose. Vive
aquí.
En el armario de la mesilla de noche había una guía telefónica, un paquete de
Kleenex, una cámara Polaroid SX—70 con disparador de cable y junto a ella un
trípode plegado. Ummmmm. Atenta como una lagartija, Starling miró la cámara.
Parpadeó como parpadea una lagartija y no la tocó.
El armario ropero interesó sobremanera a Starling. Catherine Baker Martin,
marca de lavandería C—B—M, poseía mucha ropa y algunas de las prendas
de excelente calidad. Starling reconoció muchas de las etiquetas, incluidas las
de Garfínkel's y Britches, conocidos establecimientos de Washington. Regalos
de mamá, se dijo Starling. Catherine tenía ropa buena, de corte clásico,
confeccionada en dos tallas; una para un peso de 65 kilos y otra para 75,
calculó Starling, y había también algunos pantalones de plástico para sudar en
situaciones críticas de aumento de peso. En un mueble zapatero se alineaban
veintitrés pares de zapatos. Siete de ellos eran de tipo salón, de la prestigiosa
marca Ferragamo; había también algunos mocasines y varias zapatillas
Reebok de deporte. En el estante superior había una mochila de nailon y una
raqueta de tenis.
Las posesiones de una muchacha privilegiada, estudiante y en prácticas de
magisterio, que vivía mejor que la mayoría de chicas de su edad.
En el secreter, muchísimas cartas. Notas de caligrafía picuda enviadas por
antiguas condiscípulas. Sellos, etiquetas de envío. En el cajón inferior, papel de
envolver, para confeccionar paquetes de regalo; un cuadernillo de hojas de
distintos colores y dibujos. Los dedos de Starling lo recorrieron hoja por hoja.
Estaba pensando en interrogar a los empleados del supermercado, cuando sus
dedos hallaron entre las hojas de papel una bastante más gruesa y rígida. Los
dedos pasaron por encima de ella y regresaron. La habían adiestrado para
notar anomalías y ya la había medio sacado del montón cuando la miró. Era
una hoja azul, de un material similar al de un papel secante no muy grueso y el
dibujo que llevaba impreso era una grosera imitación de Pluto, el Perro de los
dibujos animados.
Todos los perros de las pequeñas hileras eran idénticos a Pluto; eran del
amarillo adecuado, pero algunas de sus proporciones no eran correctas.
—Catherine, Catherine —murmuró Starling, cogiendo unas pinzas del bolso
que empleó para introducir la hoja de papel en un sobre de plástico que, de
momento, quedó depositado encima de la cama.
El joyero que había en el tocador era un estuche de piel, idéntico al que
aparece en el dormitorio de cualquier muchacha. Los dos cajoncitos frontales y
la bandeja contenían bisutería; ninguna joya buena. Starling se preguntó si
guardaría las joyas de valor en la col de goma del frigorífico, y en caso
afirmativo quién las habría cogido.
Introdujo el dedo por debajo de la tapa, por un lado, y soltó el cajoncito secreto
que había en la parte posterior del estuche. Estaba vacío. Pensó para quién
serían secretos esos cajones; para los ladrones, indudablemente no. Estaba
tocando el estuche por la parte de atrás para volver a introducir el cajón cuando
sus dedos rozaron el sobre sujeto con cinta adhesiva a la parte inferior del
cajón secreto.
Starling se puso un par de guantes de algodón y dio la vuelta al estuche. Sacó
el cajón posterior y lo colocó boca abajo. En la parte inferior había un sobre de
papel manila sujeto con cinta adhesiva. La solapa del sobre no estaba cerrada,
simplemente introducida. Se acercó el sobre a la nariz. No había sido
espolvoreado en busca de huellas digitales. Empleó las pinzas para abrirlo y
extraer su contenido. Había cinco instantáneas Polaroid, que sacó una por una.
Eran de un hombre y una mujer copulando. No aparecían cabezas ni rostros.
Dos de las fotografías habían sido tomadas por la mujer, dos por el hombre y la
quinta parecía haber sido tomada desde el trípode que había en la mesilla.
Era dificil calcular el tamaño mediante una fotografía, pero a juzgar por los
espectaculares sesenta y cinco kilos de peso de aquel alto cuerpo humano, la
mujer tenía que ser Catherine Martin. El hombre llevaba en el pene algo que
parecía un anillo de marfil tallado. La resolución de la fotografía no era lo
suficientemente buena como para poder apreciar sus detalles. El hombre
ostentaba una cicatriz de apendicitis. Starling introdujo cada fotografía en una
bolsa de plástico y las introdujo en un sobre manila de los que ella llevaba. A
continuación colocó de nuevo el cajón en el joyero.
—Lo bueno lo tengo en el bolsillo —dijo una voz a sus espaldas—. No creo que
hayan robado nada.
Starling miró al espejo. La senadora Ruth Martin se hallaba en el umbral del
dormitorio. Parecía agotada.
Clarice se dio media vuelta.
—Buenos días, senadora. ¿Quiere sentarse un momento? Ya casi he
terminado.
Incluso exhausta, la senadora Martin conservaba su imponente presencia. Bajo
la capa de deliberados buenos modales, Starling advirtió síntomas de
agresividad.
—¿Le importa decirme quién es usted? Creía que la policía ya había terminado
de registrar por aquí.
—Soy Clarice Starling, del FBI. ¿Ha hablado con el doctor Lecter, senadora?
—Me ha dado un nombre.
—La senadora Martin encendió un cigarrillo y observó a Starling de pies a
cabeza—. Veremos de qué nos sirve. ¿Y qué ha encontrado usted en el joyero,
agente Starling? ¿Algo de valor?
—Cierta documentación que podremos comprobar dentro de pocos minutos —
fue todo lo que Starling acertó a decir.
—¿En el joyero de mi hija? Déjeme verla. Starling oyó voces en la habitación
de al lado y confió con toda su alma que se produjese una interrupción.
—¿Ha venido el señor Copley, el agente especial de Memphis encargado
de...?
—No, no ha venido y eso no contesta a mi pregunta. No se ofenda, agente,
pero exijo ver lo que ha sacado del joyero de mi hija.
—La senadora volvió la cabeza y por encima del hombro llamó—: ¡Paul! ¡Paul!
¿Quieres venir, por favor? Agente Starling, conocerá usted sin duda al señor
Krendler, del Departamento de justicia. Paul, ésta es la chica que Jack
Crawford envió a entrevistar a
Lecter.
La calva de Krendler aparecía bronceada y para sus cuarenta años estaba en
forma.
—Hola, señor Krendler —dijo Starling— He oído hablar mucho de usted.
Enlace de la Comisión Criminal M
Congreso, mediador en desavenencias, como mínimo adjunto de¡fiscal general.
jesús bendito, sálvame, te necesito.
—La agente Starling ha encontrado algo en el joyero de mi hija, algo que ha
introducido en un sobre manila de su propiedad. Creo que hemos de ver de
qué se trata, ¿no te parece?
—Agente —ordenó Krendler.
—¿Puedo hablar un instante con usted, señor Krendler?
—Por supuesto. Después —declaró Krendler tendiendo la mano.
Starling tenía la cara ardiendo. Sabía que la senadora Martin estaba fuera de
sí, pero jamás le perdonaría a Krendler la sombra de duda que atravesó su
cara. jamás.
—Aquí tiene —dijo Starling. Y le entregó el sobre. Kre—ndler contempló la
primera fotografía y había ya cerrado la solapa del sobre cuando la senadora
Martin le cogió el sobre de las manos.
Fue muy doloroso verla examinar las fotografías. Al terminar, se acercó a la
ventana y permaneció de espaldas, con la cara vuelta hacia el cielo
encapotado y los ojos cerrados. A la luz del día se la veía envejecida y al
encender un cigarrillo le tembló la mano.
—Senadora, yo...
—empezó a decir Krendler.
—Esta habitación ha sido previamente registrada por la policía —le interrumpió
la senadora—. Y estoy segura de que han encontrado estas fotografías y han
tenido el sentido común de dejarlas donde estaban y no mencionar su
existencia.
—No, no las han encontrado —replicó Starling. La senadora sufría, pero qué
caray, había cosas que no podían dejarse pasar—. Señora Martin, usted
misma se da cuenta de que hemos de averiguar quién es este hombre. Si se
trata del novio de Catherine, mejor que mejor. Puedo averiguarlo en menos de
cinco minutos. Nadie más verá estas fotografías y Catherine no tiene por qué
saber que han sido descubiertas.
—Yo me ocuparé de ello.
—La senadora Martin metió el sobre en su bolso y Krendler se lo permitió.
—Senadora Martin, ¿fue usted quien cogió las joyas de la col de goma que
estaba en el frigorífico? —le preguntó Starling.
El secretario de la señora Martin, Brian Gossage, asomó la cabeza por la
puerta.
—Disculpe, senadora, acaban de instalar el terminal. Ya podemos contemplar
cómo investigan el nombre de William Rubin en el F B 1.
—Vaya, señora Martin —le insistió Krendler—. Estaré con usted dentro de unos
momentos.
Ruth Martin salió de la habitación sin contestar a la pregunta de Starling.
Clarice tuvo ocasión de examinar a Krendler mientras éste cerraba la puerta del
dormitorio. El traje que vestía acreditaba a su sastre y no iba armado. El medio
centímetro inferior de los tacones de sus zapatos relucía, de tanto andar sobre
mullidas moquetas, y los bordes de los tacones parecían afilados.
Krendler permaneció un instante con la mano en el pomo de la puerta,
inclinada la cabeza.
—La felicito por la eficacia de su registro —dijo al darse la vuelta.
Starling no iba a dejarse comprar por tan poco. Sin contestar, se lo quedó
mirando fijamente.
—Veo que en Quantico enseñan a registrar con gran minuciosidad —añadió
Krendler.
—Efectivamente, pero no enseñan a robar.
—De eso no tengo la menor duda —replicó Krendler.
—Pues nadie lo diría.
—Basta. Cambiemos de tema.
—Habrá que investigar el asunto de las fotografías y el de la col de goma, ¿no
le parece?
—Sí.
—¿Qué es eso del nombre de «William Rubin», señor Krendler?
—Lecter afirma que ése es el nombre de Buffalo Bill. Éste es el texto del
mensaje que hemos transmitido a la sección de identificación y también al C 1
N C. Fíjese.
—Y le entregó una transcripción de la entrevista de Lecter con la senadora
Martin, una copia borrosa efectuada por una impresora matricial de agujas.
—¿Qué opina? —le preguntó Krendler cuando ella terminó de leerla.
—No dice nada que pueda comprometerle —contestó Starling—. Dice que se
trata de un varón, de raza blanca, que en determinado momento estuvo
aquejado de ántrax contagioso de marfil de elefante. Eso, ocurra lo que ocurra,
no da pie a que pueda acusársele de mentir. Como máximo, alegaría haberse
equivocado. Espero que todo esto sea verdad. Pero podría haberse burlado de
la senadora, por divertirse, señor Krendler; es un hombre perfectamente capaz
de ello. ¿Le... conoce usted?
Krendler contestó negativamente con la cabeza y expulsó aire por la nariz.
—Que sepamos, el doctor Lecter ha asesinado a nueve personas. Ahora no
está en libertad, pero no importa; aunque fuese capaz de resucitar a los
muertos, jamás le dejarían salir. De modo que lo único que le queda es
divertirse. Por eso simulábamos...
—Sé lo que estaban simulando. He oído la cinta de Chilton. No diré que haya
sido un error, pero sí que ese juego ha terminado. Ciencias del
Comportamiento va a limitarse a investigar la pista que usted obtuvo, el
aspecto transexual, y nada más. Y mañana estará usted de nuevo en la
academia, en clase.
—Dios mío.
—He descubierto otra cosa. La hoja de papel de colores había permanecido
inadvertida en la cama.
Se la entregó a Krendler.
—¿Qué es esto?
—Parecen dibujos de Pluto.
—Le obligó a que preguntase el resto. Él exigió la información con un gesto de
mano.
—Estoy casi segura de que es un secante de ácido. L S D. Seguramente de
mediados de los setenta, o quizá anterior. Actualmente tiene valor de
curiosidad. Merece la pena investigar dónde lo consiguió. Para estar seguros
tendríamos que someterlo a ciertas pruebas.
—Lléveselo a Washington y entréguelo al laboratorio. Se va usted a marchar
dentro de pocos minutos.
—Si no quiere esperar tantos días, puedo hacer yo misma las pruebas con un
equipo cualquiera. Si la policía dispone de material de identificación de
narcóticos, no hay más que seleccionar la prueba J, y en dos segundos se
sabe si...
—Usted regresa a Washington y se va directa a la academia.
—El señor Crawford me ordenó...
—Sus órdenes son las que yo le estoy dando ahora. Ya no trabaja usted para
Jack Crawford. Está usted a las órdenes de sus profesores, exactamente igual
que cualquier otro estudiante, y su misión está en Quantico, ¿queda claro? A
las dos y diez sale un avión. Tómelo.
—Señor Krendler, el doctor Lecter accedió a hablar conmigo después de
haberse negado a hablar con la policía de Baltimore. Es posible que acceda
nuevamente. El señor Crawford opina que...
Krendler cerró la puerta con más fuerza de la que era necesaria.
—Agente Starling, no tengo por qué explicarle mis razones, pero escúcheme
con atención. El papel de Ciencias del Comportamiento es meramente
consultivo, siempre lo ha sido y a pesar del protagonismo de Jack Crawford no
pasará de serlo. Además, Crawford tendría que estar de permiso.
Me sorprende que en sus circunstancias sea capaz de actuar con la eficacia
con que lo ha hecho hasta ahora.
Respecto de este asunto, al no consultar a la senadora Martin, ha cometido
una tontería que puede costarle muy cara. Su hoja de servicios y el hecho de
que esté muy próximo al retiro hace que ni siquiera ella pueda perjudicarle
demasiado. De modo que, señorita, no se preocupe tanto de dejarle en buen
lugar.
Starling perdió un poco los estribos.
—¿Disponen ustedes de alguien más que haya detenido a tres asesinos
reincidentes? ¿Conoce usted a alguien más que haya apresado siquiera a
uno? Señor Krendler, no debería usted permitir que ella dirija este caso.
—Seguramente debe usted ser una chica inteligente; de lo contrario, Crawford
no la hubiera elegido, pero le diré una cosa que no voy a repetir: vigile sus
palabras, o acabará usted de secretaria. Por orden mía. ¿No comprende usted
que la única razón de que se la enviase a usted a entrevistar a Lecter fue para
que su director obtuviese información con la consiguiente baza que jugar ante
el Congreso? Información inofensiva sobre criminales importantes, un «nuevo
enfoque» del temible doctor Lecter; no sabe usted lo bien que maneja su jefe
esos datos cuando tiene que defender el presupuesto de su sección. Los
congresistas se los tragan y los comentan impresionados durante la cena. Está
usted fuera de onda, agente Starling, queda relevada de este caso. Sé que
dispone usted de credenciales del FBI. Entréguemelas inmediatamente.
—Las necesito para que me permitan volar con la pistola. Pertenece al arsenal
de Quantico.
—La pistola. Santo Dios. Entregue las credenciales en cuanto llegue a la
academia.
La senadora Martin, Gossage, un técnico y varios policías estaban apiñados en
torno a una pantalla de vídeo conectada mediante un modem al teléfono. El
Centro de Información Nacional del Crimen emitía una constante información
sobre el progreso de las investigaciones llevadas a cabo en Washington sobre
los datos proporcionados por el doctor Lecter. Una noticia procedente del
Centro de Control Sanitario de Atlanta: el ántrax contagioso del marfil del
elefante se contrae respirando el polvo que produce el pulido del marfil,
material que se usa en mangos de cubiertos de lujo. En los Estados Unidos, se
trata de una enfermedad típica de los operarios que trabajan en la manufactura
de cuchillos.
Al oír la palabra «cuchillos», la senadora Martin cerró los ojos. Los tenía
calientes y resecos. Y arrugó el Kleenex que llevaba en la mano.
El joven policía que había abierto la puerta del apartamento a Starling le traía a
la senadora una taza de té. Seguía con el sombrero puesto. Starling ya había
decidido que no iba a escabullirse como una cobarde. Se detuvo ante la
senadora y dijo:
—Buena suerte, señora Martin. Espero que Catherine se encuentre bien.
La senadora asintió con la cabeza sin mirarla. Krendler apremió a Starling a
que saliera.
—No sabía que esta chica no tenía derecho a entrar aquí —dijo el joven policía
cuando ella ya salía de la sala.
Krendler salió a la puerta con ella.
—Siento un gran respeto por Jack Crawford —dijo—. Por favor, transmítale lo
mucho que todos lamentamos... los problemas de Bella. Y usted, andando a la
escuela y a estudiar, ¿de acuerdo?
—Adiós, señor Krendler. Y de pronto Clarice se encontró sola en el
aparcamiento, invadida por la desconcertante impresión de que no entendía
nada de lo que ocurría en este mundo.
Se quedó contemplando a un palomo que se paseaba entre las caravanas y las
motoras. Apresó con el pico una cáscara de cacahuete y la soltó. El viento
húmedo le encrespaba las plumas.
Starling anheló poder hablar con Crawford. El despilfarro y ¡a estupidez no
sirven de nada, eso le había dicho.
Emplee bien esta situación y templará su espíritu. Ésta es la prueba más difícil
de todas: no permitir que la rabia y la frustración le impidan pensar con
claridad. En eso consiste en síntesis la capacidad de mando.
Mandar le importaba un pepino. Y a continuación descubrió que también le
importaba un pepino, o por usar otra palabra, una mierda, el hecho de ser la
agente especial Starling. De bien poco servía, si había que jugar con esas
normas.
Y se puso a pensar en la pobre, gorda y triste muchacha muerta que vio
tendida en la mesa funeraria de Potter, Virginia occidental. Se pintaba las uñas
con esmalte rojo, igual que estas condenadas ¡anchas deportivas.
¿Cómo se llamaba? ¿Kimberly?. Y una mierda me van a ver llorar estos
gilipollas. Por Dios, todo el mundo se llamaba Kimberly; en su clase había
cuatro chicas. Tres chicos se llamaban Sean. Con aquel fantasioso nombre de
opereta, Kimberly hacía todo lo posible por acicalarse, aquellos agujeros en las
orejas para ponerse bonita, para adornarse. Y Buffalo Bill le miró aquellos
tristes senos planos, apoyó entre ellos el cañón de una pistola y le hizo una
estrella en el pecho.
Kimberly, su triste hermana gorda que se depilaba las piernas. Lo más
natural... Era de esperar... A juzgar por la cara, los brazos y las piernas, lo
mejor que tenía Kimberly era la piel. Kimberly, dondequiera que estés, ¿estás
enfadada? A ella no la buscaba ningún senador. Para ella no había aviones
que transportasen chalados.
Chalado era una palabra que Starling no debía emplear. Muchas eran las
cosas que Starling no debía hacer.
Clarice echó un vistazo a su reloj de pulsera. Le sobraba una hora y media
antes de que saliese el avión y había una pequeña cosa que sí podía hacer.
Quería verle la cara al doctor Lecter cuando él dijese: «Billy Rubin». Si Starling
conseguía sostener la mirada de aquellos extraños ojos granate durante el
tiempo suficiente, si conseguía atravesar la oscuridad que devoraba el
centelleo de aquellos ojos, quizá vería algo útil.
Estaba convencida de que vería regocijo.
Gracias a Dios aún conservo en mi poder las credenciales. Dejó dos
centímetros de caucho al arrancar y dejar atrás el aparcamiento.
CAPÍTULO 35
Clarice Starling conducía a toda velocidad entre el peligroso tráfico de
Memphis. En sus mejillas todavía se apreciaban lágrimas de ira. No obstante,
se sentía flotando y en libertad. Una desacostumbrada claridad de visión le
avisó de que se hallaba propensa a pelearse, de modo que procuró vigilarse.
Al entrar en la ciudad procedente del aeropuerto había pasado por delante del
antiguo palacio de justicia, y volvió a encontrarlo sin dificultad.
Los responsables de la policía de Tennessee no querían correr ningún riesgo
con Aníbal Lecter. Estaban dispuestos a mantenerle en reclusión sin exponerle
a los peligros de la cárcel municipal.
Por eso lo tenían en el antiguo juzgado y prisión, un macizo edificio de estilo
neogótico construido con granito en una época en que la mano de obra era
barata. En la actualidad, excesivamente restaurado, albergaba algunas
dependencias municipales de esta próspera ciudad amante de su pasado.
En ese momento parecía una fortaleza medieval acordonada por la policía.
Una poco frecuente mezcla de vehículos —de la guardia de tráfico, del
departamento de justicia del condado de Shelby, de la delegación del F B I en
Tennessee y del cuerpo de funcionarios de prisiones— atestaban el
aparcamiento. Starling tuvo que pasar ante un puesto de guardia incluso antes
de poder estacionar su automóvil alquilado.
El doctor Lecter presentaba, para el exterior, un problema adicional relacionado
con su seguridad. Desde que los boletines de noticias de media mañana
habían informado de su paradero, no habían cesado de recibirse llamadas
telefónicas preñadas de amenazas; sus víctimas tenían numerosos parientes y
amistades que ansiaban verle muerto.
Starling confió que el jefe de la delegación del F B I, Copley, no se hallase en el
edificio. No quería ponerle en dificultades.
En un recuadro de césped contiguo a la escalinata de acceso, Starling vio el
cogote de Chilton entre un enjambre de reporteros. Entre los numerosos
informadores había dos cámaras de televisión. Starling lamentó no llevar gorra
o sombrero. Al acercarse a la entrada de la torre, giró la cabeza.
Un policía estacionado en la puerta examinó sus credenciales antes de
autorizarla a entrar en el vestíbulo de la torre, que parecía una sala de guardia.
Ante el único ascensor había un policía, más otro apostado al pie de las
escaleras. Una multitud de agentes, que iban a sustituir a los que acordonaban
el lugar, leían revistas sentados en unos sofás alejados de la vista del público.
Tras la mesa situada a la salida del ascensor había un sargento. Su tarjeta de
identidad decía: T A T E, C. L.
—Prohibido el paso a la prensa —dijo el sargento Tate al ver a Starling.
—No soy periodista —contestó ella.
—¿Está con los de la oficina del fiscal general? —preguntó el sargento al
examinar sus credenciales.
—Con Krendler, adjunto al fiscal general —respondió Star— ling—. Acabo de
dejarle.
El sargento Tate hizo un gesto de aprobación.
—Menuda mañana. Todas las secciones de la policía de Tennessee han
pasado por aquí para ver al doctor Lecter. Por suerte, no ocurre todos los días.
Tendrá que hablar con el doctor Chilton antes de subir.
—Lo he visto ahí fuera —replicó Starling—. Esta misma mañana, de
madrugada, hemos estado juntos en Baltimore trabajando en este caso. ¿Firmo
aquí, sargento Tate?
El sargento comprobó brevemente el estado de uno de sus molares con la
lengua.
—Ahí mismo —contestó—. Normas estrictas, señorita. Todas las visitas deben
entregar el arma, sean o no policías.
Starling asintió. Sacó las balas del revólver; el sargento pareció complacido al
verla mover los dedos en el arma. Se la entregó presentando la culata y él la
guardó en el cajón.
—Vernon, acompáñala arriba.
—Descolgó el teléfono, marcó tres números y pronunció el nombre y apellido
de la visita. El ascensor, un adelanto añadido en los años 1920, crujió mientras
subía al último piso. Se detuvo en un rellano de la escalera del que nacía un
corto pasillo.
—Por ahí, todo recto, señora —dijo el guardia. Un letrero pintado en el cristal
esmerilado de la puerta anunciaba:
SOCIEDAD HISTÓRICA DEL CONDADO DE SHELBY.
Casi todo el último piso de la torre consistía en una sala octogonal pintada de
blanco, cuyo suelo y molduras eran de madera de roble. Olía a cera y a
engrudo de biblioteca. Con su escaso mobiliario, tenía un ambiente austero que
casi podía calificarse de religioso. Era más agradable ahora que cuando hacía
las veces de oficina del alguacil.
De guardia había dos hombres vestidos con el uniforme del cuerpo de prisiones
de Tennessee. El más bajo, instalado ante una mesa, se levantó al ver entrar a
Starling. El alto permaneció sentado en una silla plegable situada al fondo de la
habitación, frente a la puerta de una celda. Era el que vigilaba que el prisionero
no se suicidase.
—¿Está usted autorizada a hablar con el prisionero, señora? —preguntó el
agente de la mesa. En su tarjeta de identificación se leía: P E M B R Y, T. W., y
sobre la mesa tenía un teléfono, dos porras y un aerosol cargado con gas
irritante. En el rincón, a sus espaldas, había un artilugio inmovilizador de gran
tamaño.
—Sí —contestó Starling. Ya lo he interrogado en otras ocasiones.
—¿Conoce las normas? No cruce la barrera.
—Perfectamente. La única nota de color de la habitación era la barrera de la
policía de tráfico, un caballete a rayas naranja y amarillo equipado con unos
focos ámbar intermitentes que estaban apagados. Estaba colocada sobre el
pulido parquet a metro y medio de la puerta de la celda. De un perchero situado
a poca distancia colgaban los atavíos del doctor: la máscara de hockey y una
prenda que Starling no había visto nunca, una chaquetilla de condenado a
muerte de Kansas. Confeccionada con cuero recio y dotada con dobles grilletes
de cierre doble en la cintura y hebillas en la espalda, debía ser la camisa de
fuerza más infalible del mundo. La máscara y la chaqueta negra suspendida
por el forro en el perchero formaban una inquietante composición sobre el
fondo blanco de la pared.
Starling divisó al doctor Lecter al acercarse a la celda. Estaba leyendo sentado
ante una mesa atornillada al suelo. Se hallaba de espaldas a la puerta. Tenía
consigo varios libros y la copia del expediente de Buffalo Bill que ella le había
entregado en Baltimore. Encadenada a la pata de la mesa había una pequeña
cinta magnetofónica. Le resultaba extraño verle fuera del psiquiátrico.
Starling había visto, de pequeña, celdas como ésa. Eran prefabricadas, las
producía una empresa de St. Louis a principios de siglo y hasta la fecha nadie
ha conseguido fabricarlas mejor; consistían en una jaula modular de acero
templado que convierte cualquier habitación en una cárcel. El suelo era una
plancha de acero dispuesta sobre barrotes, y las paredes y el techo, de
barrotes troquelados que rayaban por completo la habitación. Carecía de
ventana. La celda estaba pintada de un blanco inmaculado y estaba bien
iluminada. Ante el retrete había un biombo de papel fino.
Esos barrotes blancos destacaban como costillas encima de las paredes. El
doctor Lecter tenía una oscura cabeza, de pelo liso y brillante.
Es una comadreja de cementerio. Vive purgando sus crímenes en una caja
torácica, entre las bojas secas de un corazón.
Starling parpadeó para alejar ese pensamiento.
—Buenos días, Clarice —dijo él sin volverse. Terminó de leer la página, colocó
un punto en el libro y giró en la silla para ponerse de cara a ella, con los brazos
apoyados en el respaldo y la barbilla reposando sobre ellos—. Dumas afirma
que añadir un grajo al consomé en otoño, cuando el pájaro se ha alimentado de
bayas de enebro, mejora considerablemente el color y el sabor del caldo. ¿Le
gusta a usted el grajo en la sopa, Clarice?
—He pensado que le gustaría tener sus dibujos, las cosas que había en su
celda, hasta que no consiga la ventana.
—Cuánta delicadeza. El doctor Chilton se ha puesto eufórico al enterarse de
que Jack Crawford y usted han sido relevados del caso. ¿es que acaso la
envían para intentar sonsacarme algo por última vez?
El agente encargado de vigilar un eventual suicidio se había dirigido a la mesa
del agente Pembry para charlar con él.
Starling confió que desde allí no la oyesen.
—No me envía nadie. He venido por decisión propia.
—La gente dirá que estamos enamorados. ¿No quiere preguntarme por Billy
Rubin, Clarice?
—Doctor Lecter, sin pretender en absoluto... impugnar lo que le ha dicho a la
senadora Martin, ¿sigue aconsejándome que continúe trabajando en la idea
que usted...?
—Impugnar..., me encanta esta palabra. No tengo nada que aconsejarle.
Intentó engañarme, Clarice. ¿Cree acaso que estoy jugando con esta gente?
_Creo que a mí me decía la verdad.
—Es una lástima que intentase engañarme, ¿no cree?
—La cara del doctor Lecter se hundió entre sus brazos hasta que sólo los ojos
quedaron visibles—. Es una lástima que Catherine Martin no vuelva a ver el sol
jamás.
El sol es un fuego en el que ha muerto el Dios de esa muchacha, Clarice.
—Lo que es una lástima es que usted ahora tenga que complacer para poder
sorber de vez en cuando alguna lágrima —replicó Starling—. Lo que es una
lástima es que no hayamos podido terminar la conversación que mantuvimos.
Su teoría de la ¡mago, la estructura en la que se fundamentaba, tenía una...
¿cómo diré?, una elegancia que es dificil olvidar. Lo de ahora es una pura
ruina, un arco roto que soporta...
—Un arco roto no soporta nada. Hablando de arcos, ¿todavía le permiten
ejercer de policía, Clarice? ¿Le han quitado las insignias? _ No.
—¿Qué lleva debajo de la chaqueta? ¿Un reloj de vigilante como el de su
papá?
—No, eso es una pistolera.
—¿De modo que va por ahí armada?
—Sí.
—Entonces tendría que ensancharse la chaqueta. ¿Sabe coser, Clarice?
—Sí.
—¿Se ha hecho usted ese traje de chaqueta?
—No. Doctor Lecter, usted lo averigua todo. No puede usted haber hablado
íntimamente con ese tal Billy Rubin y haber averiguado tan pocas cosas de él.
—¿Usted cree?
—Sí le hubiese conocido, lo sabría todo de él. Pero tan sólo ha recordado un
detalle. Que contrajo un ántrax del marfil del elefante. Hubiera tenido que verles
saltar a todos cuando Atlanta ha comunicado que se trata de una enfermedad
típica de los que fabrican cuchillos. Se lo han tragado, tal y como usted
esperaba. Sólo por eso hubieran tenido que concederle una suite en el
Peabody. Doctor Lecter, si hubiese conocido a Billy Rubin, sabría muchas
cosas de él. Mi opinión es que no le conoció, que fue Raspail quien le habló de
él.
Pero una información de segunda mano no impresionaría tanto a la senadora
Martin, ¿verdad?
Starling lanzó una ojeada por encima del hombro. Uno de los guardianes le
estaba enseñando al otro algo que aparecía en la revista Aras Municiones.
—En Baltimore tenía usted más cosas que decirme, doctor Lecter. Estoy
convencida de que la información que me dio era válida. Dígame el resto.
—He leído todos los casos del expediente, Clarice. ¿Y usted? Todo cuanto
precisa saber para descubrirle está ahí, si sabe prestársele la debida atención.
Hasta el inspector emérito Crawford tendría que haberlo deducido.
Por cierto, ¿ha leído el asombroso discurso que pronunció Crawford el año
pasado en la Academia Nacional de Policía? Citando pomposamente a Marco
Aurelio a propósito del deber, el honor, la fortaleza... Ya veremos qué
estoicismo muestra Crawford cuando Bella se vaya al otro barrio. Alardea de
imitar esta filosofia, pero a mi juicio no entiende nada. Si entendiese a Marco
Aurelio, quizá podría resolver este caso.
—Dígame cómo.
—Cuando veo en usted esos destellos de inteligencia contextual, Clarice,
olvido que su generación es analfabeta. El emperador aconseja simplicidad.
Primeros principios. De cada cosa concreta pregúntese: ¿Qué es en sí misma,
en su propia esencia?
¿Cuál es su naturaleza causal?
—Eso para mí no significa nada.
—¿Qué hace él, el hombre que usted persigue?
—Mata...
—¡Ah! —exclamó Lecter con aspereza, apartando un instante la cara para no
tener que presenciar la obstinación de Clarice en el error—. Eso es accesorio.
¿Qué es lo primero, lo primordial que hace? ¿Qué necesidad satisface
matando?
—Ira, resentimiento social, frustración sexual...
—No.
—¿Cuál, pues?
—Codicia. De hecho, codicia ser lo que usted es. Su naturaleza es la codicia.
¿Y cómo empezamos a codiciar, Clarice? ¿Buscarnos cosas que codiciar?
Esfuércese por contestar correctamente.
—No. Lo que nos...
—Exactamente. No. Su respuesta es correcta. Empezamos por codiciar lo que
vemos cada día. ¿No nota usted cada día ojos que la recorren por entero,
Clarice, en encuentros casuales?
No diga que no porque no lo voy a creer. ¿Y no acarician sus ojos ciertas
cosas?
—De acuerdo. Entonces, dígame cómo...
—Le toca a usted decirme cosas, Clarice. Ya no tiene el recurso de ofrecerme
vacaciones en esa isla cuyo mayor atractivo es el Centro de Veterinaria. A
partir de ahora, la conversación se desarrolla en términos de un riguroso
intercambio. No puedo hacer tratos con usted a la ligera.
Dígame, Clarice.
—¿Que le diga qué?
—Las dos cosas que me debe del otro día. Qué le ocurrió a usted y al caballo,
y cómo domina su rabia.
—Doctor Lecter, cuando tenga tiempo estaré...
—Usted y yo no contamos el tiempo de la misma manera.
Este momento es todo el tiempo de que puede disponer.
—Se lo diré luego. Escuche, yo...
—Soy yo el que ahora va a escuchar. Dos años después de la muerte de su
padre, Clarice, su madre la envió a vivir con la familia de su prima a un rancho
de Montana. Tenía usted diez años. Allí descubrió que se dedicaban al negocio
de engordar caballos para el matadero. Usted escapó con un caballo que
estaba medio ciego. ¿Y?
—Era verano y podíamos dormir al raso. Llegamos hasta Bozeman por
caminos secundarios.
—tenía nombre el caballo?
—Seguramente, pero ellos no... Eso no tiene importancia cuando uno se
dedica a cebar caballos para el matadero. Era una yegua; yo la llamaba
Hannah, que me parecía un nombre bonito.
—¿La llevaba de la brida o iba montada en ella?
—Las dos cosas, a ratos. En una ocasión tuve que desmontarme y guiarla para
cruzar una cerca. De modo que montando y caminando llegaron hasta
Bozeman.
—Había unos establos, una especie de rancho donde daban clases de
equitación, a las afueras de la ciudad.
Intenté que la acogieran allí. Costaba veinte dólares a la semana alojarla en un
cercado. Instalarla en una cuadra valía más. Inmediatamente se dieron cuenta
de que no veía. Y entonces dije que bueno, que me ofrecía a guiarla para que
los niños dieran un paseo montados en Hannah mientras los padres estaban
en clase de equitación. Dije que me ofrecía a quedarme allí para limpiar los
establos. Uno de ellos, el hombre, accedió a todo lo que yo dije, pero la mujer
llamó al sheriff.
—El sheriff era un policía, como su padre.
—Sí, pero eso no impidió que al principio me diese mucho miedo.
Tenía una cara grande y roja. Al fin, el sheriff adelantó veinte dólares para que
Hannah pudiera quedarse una semana mientras «se arreglaban las cosas».
Dijo que con aquel calor no hacía falta que durmiese en un establo. La prensa
publicó la noticia. Se armó mucho revuelo. La prima de mi madre accedió a que
me marchase. Y acabé en el Hogar Luterano de Bozeman.
—¿Se trata de un orfelinato?
—Sí.
—¿Y Hannah?
—Se vino conmigo. Un importante ranchero luterano se ofreció a pagar el
heno. En el orfelinato había una cuadra. Labrábamos el huerto con Hannah.
Aunque había que vigilar por dónde iba, porque se metía por entre las cañas de
las judías y pisaba cualquier planta que fuera baja y no la notase en las patas.
Y la atábamos a un carro en el que paseábamos a los niños.
—Pero murió.
—Pues... sí.
—Hábleme de eso.
—Ocurrió el año pasado. Me escribieron a la universidad contándomelo.
Calculan que tendría veintidós años. El día antes de morir estuvo paseando a
niños, como siempre, y murió mientras dormía.
El doctor Lecter pareció decepcionado.
—Qué conmovedor —comentó—. ¿Su padrastro de Montana follaba con usted,
Clarice?
—No.
—¿Lo intentó alguna vez?
—No.
—¿Por qué motivo huyó usted con la yegua?
—Porque iban a matarla.
—¿Sabía usted cuándo?
—No exactamente. Pero me angustiaba mucho. Hannah estaba engordando
bastante.
—¿Qué le impulsó a escapar? ¿Por qué huyó aquel día en concreto?
—No lo sé.
—Creo que sí lo sabe.
—Estaba muy angustiada.
—¿Qué fue lo que la impulsó, Clarice? ¿A qué hora se marchó?
—Muy temprano. Aún no había amanecido.
—Luego algo la despertó. ¿Qué fue lo que la despertó? ¿Soñaba usted? ¿Qué
soñaba?
—Me desperté oyendo balar a los corderos. Me desperté a media noche y los
corderos balaban.
—¿Estaban matando a los corderos lechales?
—Sí.
—¿Y qué hizo usted?
—No podía hacer nada por ellos. Yo no era más que una... ¿Qué hizo usted
con layegua?
—Me vestí sin encender la luz y salí al exterior. Ella estaba asustada. Todos los
caballos del cercado estaban asustados y se arremolinaban. Me acerqué a ella,
le soplé en la nariz y ella supo que era yo. Las luces de la cuadra estaban
encendidas y también las del cobertizo que había junto al aprisco de los
corderos. Eran unas bombillas desnudas que proyectaban grandes sombras.
Había llegado el camión frigorífico y tenía el motor en marcha: rugía. Me llevé a
Hannah.
—¿La ensilló?
—No. No cogí la silla. Sólo un cabestro de cuerda. Nada más.
—Cuando se marchaba en la oscuridad, ¿siguió oyendo a los corderos cerca
de donde estaban las luces?
—Durante poco rato. No había más que doce.
—Todavía se despierta, ¿verdad? Todavía se despierta a media noche oyendo
a los corderos.
—A veces.
—¿Cree usted que si apresase a Buffalo Bill y salvase a Catherine conseguiría
que los corderos dejasen de balar? ¿Cree que entonces los corderos estarían a
salvo y usted no volvería a despertarse a media noche oyéndolos balar?
¿Clarice?
—Sí. No lo sé. Quizá.
—Gracias, Clarice.
—Curiosamente el doctor Lecter parecía en paz.
—Dígame el nombre de Buffalo Bill, doctor Lecter —dijo Starling.
—El doctor Chilton —dijo Lecter—. Creo que ya se conocen. Durante unos
instantes, Starling no comprendió que Chilton estaba detrás de ella. Entonces
él la cogió por el codo, Ella se desasió. El agente Pembry y su corpulento
compañero acompañaban a Chilton.
—Al ascensor —dijo Chilton. Tenía la cara moteada de rojo.
—¿Sabía usted que Chilton no tiene el título de médico? —dijo el doctor
Lecter—. Téngalo muy en cuenta para más adelante.
—Vamos —ordenó Chilton.
—Aquí no es usted el que manda, doctor Chilton —replicó Starling.
El agente Pembry se acercó a ella rodeando a Chilton.
—No, señora, pero yo sí. Ha llamado a mi jefe y al suyo y lo siento mucho pero
tengo órdenes de hacerla salir de aquí. Le ruego que me acompañe.
—Adios, Clarice. Si los corderos dejan de balar, ¿me lo comunicará?
—Sí. Pembry ya la cogía del brazo. le acompañaba de buen grado o empezaba
a pelearse con él.
—Sí —repitió Clarice—. Se lo diré.
—¿Me lo promete?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no termina el arco? Llévese su expediente, Clarice. Yo
ya no lo necesito.
—Extendió el brazo por entre los barrotes, con el dedo índice a lo largo del
lomo. Por un brevísimo instante, la punta del índice de Clarice rozó el del
doctor Lecter. El contacto chisporreteó en los ojos del doctor.
—Gracias, Clarice.
—Gracias, doctor Lecter. Y así es como perduró Lecter en la mente de Starling.
Atrapado en el instante en que no se burlaba. De pie en su blanca celda,
arqueado como un bailarín, con los brazos extendidos, las manos unidas y la
cabeza ligeramente ladeada.
Ella se dirigió al aeropuerto a tanta velocidad que en los baches se golpeaba la
cabeza contra el techo del coche, y tuvo que echar a correr para no perder el
avión que Krendler le había ordenado tomar.
CAPÍTULO 36
Los agentes Pembry y Boyle eran expertos guardianes traídos especialmente
de la prisión estatal de Brushy Mountain para vigilar al doctor Lecter. Eran
hombres serenos y minuciosos, y estaban convencidos de que el doctor Chilton
no tenía nada que explicarles a propósito de su trabajo.
Llegados a Memphis antes que Lecter, habían examinado la celda
escrupulosamente. Cuando el doctor Lecter fue trasladado al viejo palacio de
justicia, también le registraron a él. El prisionero fue sometido a un exhaustivo
registro corporal llevado a cabo por un enfermero mientras el recluso se hallaba
todavía maniatado. Se examinaron minuciosamente sus ropas, por cuyas
costuras se pasó un detector de metales.
Boyle y Pembry hicieron un trato con el psiquiatra, a quien hablaron al oído en
voz baja y cortés mientras le registraban.
—Doctor Lecter, vamos a procurar que las cosas funcionen lo mejor posible
para usted y para nosotros. Tenga presente que nosotros le trataremos igual
que nos trate usted. Si se comporta como un caballero, todo irá sobre ruedas.
Pero no vamos a andarnos con miramientos, amigo; ándese con cuidado,
porque como intente morder, le dejaremos la boca hecha papilla. Parece que
las perspectivas que tiene son muy buenas; no vaya a joderlas cometiendo
tonterías.
El doctor Lecter les guiñó un ojo con expresión amistosa. De haberse sentido
inclinado a contestarles, se lo hubiese impedido el taco de madera que
separaba sus molares mientras el enfermero le iluminaba la cavidad bucal con
una linterna y recorría con un dedo enfundado en un guante de goma el interior
de los carrillos y las encías.
Al pasar por encima de las mejillas, el detector de metales sonó.
—¿Qué es eso?
—Empastes —dijo Pembry—. A ver, retira un poco el labio por ahí. Todas las
muelas de detrás las lleva arregladas, ¿eh, doctor?
—A mí me parece que este tipo no es tan peligroso como dicen —le confió
Boyle a Pembry una vez que instalaron al doctor Lecter en la celda—. Tengo la
impresión de que si no hace tonterías, no va a dar ningún problema.
La celda, a pesar de ser inexpugnable, carecía de bandeja deslizante para
servir la comida. Y a la hora de comer, en medio del desagradable ambiente
creado por la visita de Starling, el doctor Chilton molestó a todo el mundo
obligando a Boyle y Pembry a llevar a cabo el largo proceso de inmovilizar a un
dócil doctor Lecter con la camisa de fuerza y las correas y colocarlo de
espaldas a los barrotes, mientras él mismo, Chilton, armado con un aerosol de
gas irritante se apostaba junto al prisionero antes de permitir que abriesen la
puerta y le entrasen el almuerzo.
Chilton no se dignó llamar a Boyle y Pembry por sus nombres, pese a que
ambos llevaban visibles sus apellidos en las solapas, y cometió la descortesía
de dirigirse a ellos conjuntamente, llamándoles «ustedes dos».
Por otra parte, cuando los guardianes se enteraron de que Chilton en realidad
no era médico, Boyle no perdió ni un segundo en comentar a Pembry que
«aunque se dé muchos humos, ese papanatas no es más que un miserable
maestro de escuela».
Pembry trató de explicarle a Chilton que la visita de Starling había sido
aprobada no por ellos sino por el guardia del vestíbulo, pero en la cólera de
Chilton vio de inmediato que ese nimio detalle carecía de importancia.
A la hora de cenar el doctor Chilton se hallaba ausente, de modo que, con la
absorta cooperación del doctor Lecter, Boyle y Pembry emplearon su propio
método para entrarle la bandeja. Funcionó a las mil maravillas.
—Doctor Lecter, esta noche no va a hacer falta que se ponga el smokin —
anunció Pembry—. En cambio, va a sentarse en el suelo y va a retroceder con
los brazos extendidos hacia atrás, hasta sacar la manos por los barrotes. Muy
bien. Así. Un poco más. Enderece los brazos y mantenga los codos rectos.
—Pembry colocó una barra entre los brazos del doctor Lecter, lo esposó y
como última precaución aseguró los antebrazos colocando sobre ellos una
barra de hierro en sentido transversal—. Duele un poco, ¿verdad? Ya lo sé.
Tenga un poco de paciencia. Se lo quito en seguida. Es fastidioso, pero nos va
a ahorrar a todos un sinfín de molestias.
El doctor Lecter no podía levantarse, ni siquiera ponerse en cuclillas, y con las
piernas extendidas en el suelo no podía dar patadas.
Sólo cuando hubo inmovilizado al doctor Lecter, Pembry se dirigió a la mesa a
buscar la llave de la celda.
Colocó una porra en la anilla que pendía de su cinturón, se metió un frasco de
aerosol irritante en el bolsillo y regresó a la celda. Abrió la puerta para que
Boyle entrase con la bandeja. Una vez la puerta quedó nuevamente cerrada,
Pembry devolvió la llave al cajón de la mesa antes de quitar las esposas al
doctor Lecter.
En ningún momento estuvo Pembry cerca de los barrotes con la llave de la
puerta mientras el doctor se hallaba en libertad dentro de la celda.
—Ha sido bastante más fácil, ¿no cree? —dijo Pembry.
—Efectivamente, mucho menos desagradable. Se lo agradezco mucho, agente
—contestó Lecter—. ¿Sabe? Hago todo lo posible por facilitar las cosas.
—Como todos, amigo, como todos —replicó Pembry. El doctor Lecter jugueteó
con la cena mientras escribía, dibujaba y hacía garabatos en su cuaderno con
un rotulador de punta de fieltro. Luego introdujo una cinta en el aparato
encadenado a la pata de la mesa y oprimió el botón de puesta en marcha.
Glenn Gould interpretando al piano las Variaciones Goldberg de Bach. La
música, de una belleza indemne al paso del tiempo y a los cambios de la moda,
llenó con sus hermosos acordes la iluminada jaula y la habitación en la que se
encontraban los guardianes.
Para el doctor Lecter, sentado inmóvil a su mesa, el tiempo aminoró su
inexorable transcurso y quedó en suspenso, como ocurre en la acción. Para él,
las notas de la música discurrían por separado, sin perder su propio ritmo.
Hasta las plateadas acometidas de Bach quedaban convertidas en notas
discretas que salían deslizándose de los barrotes que lo rodeaban. El doctor
Lecter, con expresión absorta, se levantó y se quedó contemplando cómo la
servilleta de papel resbalaba de su muslo y caía al suelo. La servilleta
permaneció en el aire largo rato, rozó la pata de la mesa, se desplegó, se
ladeó, quedó en suspenso un instante y giró sobre sí misma antes de reposar
en el suelo, Él no hizo esfuerzo alguno para recogerla sino que cruzó la celda,
se ocultó tras el biombo de papel y se sentó en la tapa del retrete, su único
lugar privado. Escuchando la música, se apoyó de lado en el lavabo con la
barbilla en la mano y sus extraños ojos granate semicerrados. Las Variaciones
Go¡dberg le interesaban por la estructura de su composición. Aquí estaba, la
progresión de los bajos de la sarabanda, repetida una y otra vez. Y mientras
asentía siguiendo con las inclinaciones de la cabeza el ritmo de la música, su
lengua recorría los bordes de la hilera de sus dientes. Todo el semicírculo
superior. Todo el semicírculo inferior. Fue para su lengua un largo e interesante
paseo, tan tonificador como una caminata por los senderos de los Alpes.
Ahora le tocaba el turno a las encías; la lengua se deslizó por el pliegue que
forma la mejilla con la encia superior y la recorrió por entero, como hacen
algunos al reflexionar. Notó las encías más frías que la lengua.
El pliegue estaba fresco. Cuando la lengua alcanzó el diminuto tubo de metal,
se detuvo.
Superando las notas de la música, oyó el ascensor cerrarse con estrépito y
zumbar mientras subía. Al cabo de un sinfín de notas musicales, la puerta del
ascensor se abrió y una voz desconocida para él dijo:
—Vengo a buscar la bandeja. El doctor Lecter oyó acercarse al bajo, Pembry.
Le vio por la rendija que dejaban las hojas del biombo. Pembry se hallaba en
los barrotes.
—Doctor Lecter, venga por favor a sentarse en el suelo de espaldas a la reja,
como antes.
—Agente Pembry, ¿le importaría que terminase? Me temo que el viaje ha
trastornado un poco mi digestión.
—De acuerdo.
—Pembry levantando la voz para que se le oyese al otro extremo de la
habitación—: Ya os avisaremos cuando estemos listos.
—¿Puedo ver al prisionero?
—Cuando te llamemos. Nuevamente el ascensor y después tan sólo la música.
El doctor Lecter se sacó el tubito de la boca y lo secó con un trozo de papel
higiénico. Tenía las manos firmes y las palmas completamente secas.
Durante sus años de reclusión, con su inagotable curiosidad, el doctor Lecter
había aprendido muchos de los secretos de las artes carcelarias. En los años
transcurridos después de atacar a la enfermera del psiquiátrico de Baltimore,
sólo en dos ocasiones se habían producido fallos de seguridad, ambos cuando
Barney tenía el día libre. El primero consistió en que un psiquiatra llegado a
interrogarle le prestó un bolígrafo y olvidó reclamárselo. Antes de que el
científico hubiese salido del pabellón, el doctor Lecter ya había roto la envoltura
de plástico del bolígrafo y arrojado los restos al retrete. El tubo de metal que
contenía la tinta fue a parar a la costura hueca que ribetea el colchón.
El único borde afilado de la celda del doctor en el psiquiátrico era una arandela
que poseía el extremo de un perno que sujetaba el colchón a la pared. Era más
que suficiente. Tras dos meses de frotar, el doctor Lecter practicó las dos
incisiones necesarias, paralelas y de unos cinco milímetros de longitud,
efectuadas en sentido longitudinal a lo largo del tubo. Luego cortó el tubo de
tinta en dos pedazos a dos centímetros y medio del extremo abierto y arrojó el
trozo largo, el que tenía la punta, al retrete. Barney no advirtió los callos que se
le habían formado en los dedos tras tantas noches de frotar.
Seis meses después, un enfermero se dejó un clip sujetapapeles en ciertos
documentos enviados al doctor Lecter por su abogado. Dos centímetros y
medio de dicho clip fueron introducidos en el interior del tubo y el resto fue a
parar al retrete. El tubito, liso y corto, era fácil de esconder en costuras, en el
pliegue de la encía, en el recto.
Ahora, detrás del biombo de papel, el doctor Lecter golpeó el tubo contra la uña
del pulgar hasta hacer salir el alambre que guardaba en su interior. El alambre
iba a servir de herramienta y ahora llegaba la etapa más difícil del proceso. El
doctor Lecter introdujo el hierro hasta la mitad y con sumo cuidado lo usó como
palanca para hundir la franja de metal situada entre las dos incisiones. A veces
se rompe. Con enorme precaución y con sus fuertes manos dobló el metal. Lo
estaba consiguiendo. Ya estaba. La diminuta franja de metal había quedado en
ángulo recto con el tubo. Ya disponía de una llave apta para abrir esposas.
El doctor Lecter se llevó las manos a la espalda y se pasó la llave de una a otra
mano quince veces. Volvió a meterse la llave en la boca mientras se lavaba las
manos y se las secaba meticulosamente. A continuación, con la lengua, ocultó
la llave entre los dedos de la mano derecha, sabiendo que Pembry se quedaría
mirando su extraña mano izquierda cuando la esposase por detrás. Cuando
quiera, estoy listo, agente Pembry —dijo el doctor Lecter. Se sentó en el suelo
de la celda y estiró los brazos hacia atrás, sacando la manos y las muñecas por
los barrotes—. Gracias por tener la bondad de esperar.
Le pareció un discurso larguísimo, pero quedó entremezclado con la música.
Oyó a Pembry a sus espaldas. Pembry le tocó una muñeca para ver si se la
había enjabonado. Pembry le tocó la otra muñeca para averiguar si se la había
enjabonado. Pembry le colocó las esposas muy apretadas y se dirigió a la
mesa a buscar la llave de la puerta de la celda. Por encima de las notas del
piano, el doctor Lecter oyó el choque de la anilla de la llave cuando Pembry la
sacaba del cajón. Ya regresaba, andando entre las notas, separando el aire
cuajado de un enjambre de notas cristalinas. Esta vez le acompañaba Boyle. El
doctor Lecter oía los huecos que producían sus guardianes en los ecos de la
música.
Pembry comprobó una vez más las esposas. El doctor Lecter olió el aliento de
Pembry a sus espaldas. Ahora Pembry daba vuelta a la llave en la cerradura y
abría la puerta. Entró Boyle. El doctor Lecter volvió la cabeza y en su visión la
celda se movió a un ritmo que le pareció lento aunque todos los detalles
destacaban con prodigiosa nitidez: Boyle junto a la mesa, recogiendo los
desparramados elementos de la cena y depositándolos en la bandeja con un
malhumorado estrépito provocado por el desorden y la suciedad. La cinta
magnetofónica con los carretes girando, la servilleta en el suelo, junto a la pata
atornillada de la mesa. A través de los barrotes y por el rabillo del ojo, el doctor
Lecter veía la rodilla de Pembry y la punta de la porra que le pendía del
cinturón; Pembry estaba apostado fuera de la celda sujetando la puerta.
El doctor Lecter halló la cerradura de la esposa izquierda, introdujo la llave y la
hizo girar. Notó saltar la esposa que quedó abierta en su muñeca. Se pasó la
llave a la mano izquierda, halló la cerradura, introdujo la llave y la giró.
Boyle se inclinó a recoger la servilleta. Veloz como un mordisco de tortuga, la
esposa se cerró en la muñeca de Boyle y cuando éste giraba la vista hacia
Lecter la otra esposa se cerró en torno a la pata atornillada de la mesa. Las
piernas del doctor Lecter bajo su cuerpo dirigiéndose hacia la puerta, Pembry
intentando acercarse y el hombro de Lecter propinando un fuerte empujón que
lanzó la puerta contra su cuerpo, Pembry buscando el aerosol irritante con uno
de los brazos aplastado por efecto del portazo. Lecter agarró la porra por el
extremo y la levantó. Ayudado por el efecto de palanca que hacía la porra
sujeta al cinturón de Pembry, le propinó un codazo en la garganta y hundió los
dientes en la cara de Pembry. Pembry intentando agarrar a Lecter con la nariz
y el labio superior atenazados por la desgarrante dentadura. Lecter sacudió la
cabeza como un perro cazador y logró arrancar la porra del cinturón de
Pembry. En la celda, Boyle aullando, sentado en el suelo, rebuscando
desesperado en el bolsillo la llave de las esposas, encontrándola, dejándola
caer, volviéndola a encontrar. Lecter descargó un porrazo en el estómago y en
la garganta de Pembry y se arrodilló.
Boyle introdujo la llave en una de las cerraduras de las esposas, aullaba, Lecter
se abalanzaba sobre él. Lecter calló a Boyle con una descarga de gas irritante
y mientras este último jadeaba le fracturó el brazo con dos golpes de porra.
Boyle intentó meterse debajo de la mesa, pero cegado por el gas se arrastró en
dirección contraria y resultó muy fácil, con cinco certeros golpes de porra,
dejarlo muerto.
Pembry había conseguido incorporarse y lloraba. El doctor Lecter inclinó la
cabeza y lo miró con su sonrisa roja.
—Cuando quiera, estoy listo, agente Pembry —dijo. La porra, describiendo con
un silbido un arco plano, cayó con un sordo ruido sobre la nuca de Pembry,
quien después de estremecerse quedó tieso como un pescado.
El pulso del doctor Lecter ascendió a más de cien pulsaciones a causa del
ejercicio, pero pronto descendió a su ritmo habitual. Apagó la música y se
quedó escuchando.
Se dirigió a las escaleras y volvió a escuchar. Vació los bolsillos de Pembry,
cogió la llave de la mesa y abrió todos los cajones. En el más bajo se hallaban
las armas de Pembry y Boyle, dos revólveres del 38 Especial.
Todavía mejor, en el bolsillo de Boyle encontró una navaja.
CAPÍTULO 37
El vestíbulo estaba repleto de policías. Eran las 6.30 de la tarde y los agentes
que montaban guardia en el exterior acababan de ser relevados del turno
regular, que duraba dos horas. Los hombres, que entraban ateridos pues era
una cruda tarde de invierno, se calentaban las manos en varias estufas
eléctricas. Algunos habían apostado dinero en el resultado del partido de
baloncesto que disputaba el equipo del Estado de Tennessee y estaban
ansiosos de saber cómo se desarrollaba el encuentro.
El sargento Tate no había autorizado a conectar la radio en el vestíbulo, pero
uno de los agentes la estaba escuchando a través de los auriculares de un
walkman y anunciaba el resultado con frecuencia, aunque no con la que
hubiesen deseado los apostantes.
En total, en el vestíbulo había quince policías armados más dos funcionarios
del cuerpo de prisiones llegados para sustituir a Pembry y Boyle a las siete de
la tarde. El propio sargento Tate no tenía más deseo que quedar libre de
servicio, lo cual sucedería cuando se incorporase el turno de once a siete.
Todos los puestos de guardia informaron que no había novedades. Ninguna de
las llamadas anónimas que amenazaban a Lecter se había concretado en
nada.
A las 6.4 5, Tate oyó subir el ascensor. Vio que la flecha de bronce situada
encima de la puerta comenzaba a recorrer el disco. Se detuvo en el piso quinto.
Tate miró a su alrededor, recorriendo el vestíbulo.
—¿Ha subido Sweeney a buscar la bandeja?
—No, aquí estoy, sargento. ¿Le importa llamar para ver si ya han terminado?
He de marcharme.
El sargento Tate marcó tres cifras y permaneció a la escucha.
—El teléfono comunica —dijo—. Suba a ver qué ocurre.
El sargento regresó a completar el informe que debía entregar al turno de once
a siete.
El agente Sweeney pulsó el botón del ascensor. No acudió.
—Esta noche ha pedido chuletas de cordero, poco hechas —comentó
Sweeney—. ¿Qué coño se le antojará para el desayuno? ¿Alguna exquisitez
que solamente se suministra en el zoológico? ¿Y quién tendrá que ir a
buscársela? Sweeney, claro.
La flecha de bronce permaneció en el quinto. Sweeney aguardó otro minuto
más.
—¿Qué cojones pasa? —exclamó. El revólver del 38 atronó en algún piso de
arriba; los disparos levantaron ecos al bajar por toda la escalera; dos tiros
seguidos y después un tercero.
El sargento Tate, de pie al oírse el tercero, micrófono en mano:
—Puesto de mando, se han oído disparos en la torre. Alerta todos los puestos
de guardia del exterior. Vamos a subir.
Gritos y aglomeraciones en el vestíbulo. Entonces Tate vio que la flecha de
bronce del ascensor se movía. Ya estaba en el cuarto. Por encima del griterío
Tate vociferó:
—¡Doble refuerzo de guardia en los puestos exteriores! ¡Los del primer
escuadrón se quedan conmigo! ¡Berry y Howard, cubrid ese maldito ascensor
cuando se abra....
La flecha se detuvo en el tercero.
—Primer escuadrón, andando. No crucéis ninguna puerta sin comprobar
previamente. Bobby, sal ahí afuera... Coge un fusil y los chalecos y súbelo todo
arriba.
La mente de Tate volaba al subir el primer tramo de escaleras. La cautela
contendía con la urgente necesidad de ayudar a los agentes de arriba. Que no
le dejen salir. Dios mío. Nadie lleva los chalecos, mierda. Maiditos gilipolias de
prisiones.
Se había informado que los despachos de los pisos segundo, tercero y cuarto
estaban vacíos y cerrados con llave. En esos pisos se podía llegar desde la
torre al edificio principal, pasando por los despachos. El quinto quedaba
incomunicado.
Tate había asistido a la excelente escuela de los S W A T de Tennessee y
sabía cómo hacer las cosas. Subió él el primero llevándose consigo a los más
jóvenes. Con rapidez y eficacia tomaron las escaleras, cubriéndose desde un
descansillo a otro.
—Como deis la espalda a una puerta antes de haberla comprobado, os pego
un tiro en el culo.
Las puertas del descansillo del segundo piso estaban a oscuras y cerradas con
llave.
Al tercero; el corto pasillo estaba débilmente iluminado. Un rectángulo de luz en
el suelo, procedente de la puerta abierta del ascensor. Tate se agachó y
avanzó por la pared opuesta al ascensor, en el cual no había espejos que
pudiesen ayudarle. Con el dedo en el gatillo miró hacia el interior del ascensor
vacío.
Tate gritó por el hueco de la escalera: —¡Boy¡e! ¡Pembq! Mierda. Apostó a un
hombre en el tercero y siguió subiendo. El piso cuarto se hallaba invadido por
la música de piano que procedía del quinto. La puerta que franqueaba el paso
a los despachos se abrió de un empujón. Más allá de los despachos, el haz de
luz de la linterna reveló una puerta abierta de par en par que conducía al
edificio principal.
—¡Boyle! ¡Pembq! —Dejó a otros dos hombres en el descansillo—. Cubrid la
puerta. Los chalecos antibala llegarán en seguida. No se os ocurra menear el
culo por aquella puerta.
Tate subió los peldaños de piedra que conducían a la música. Se hallaba ya en
la última planta de la torre, en el descansillo del quinto piso. Luz mortecina en
el corto pasillo. Luz potente tras el cristal esmerilado que anunciaba:
SOCIEDAD HISTóRICA DEL CONDADO DE SHELBY.
Tate avanzó agachado por debajo del cristal de la puerta hasta colocarse junto
al lado opuesto a las bisagras.
Hizo con la cabeza un gesto a Jacobs, que estaba al otro lado, giró el pomo y
empujó con tanta fuerza que la puerta al abrirse rebotó y el cristal se hizo
añicos. Tate entró de un salto, se apartó del umbral y cubrió la habitación con
la amplia mira del revólver.
Tate había visto muchas cosas. Había visto un sinfín de accidentes, peleas,
asesinatos. Había visto a seis policías muertos en su vida. Pero pensó que lo
que yacía a sus pies era lo peor de todo lo que había visto sucederle a un
policía. El amasijo de carne que sobresalía del cuello del uniforme no parecía
una cara. La parte frontal y superior de la cabeza era una masa lisa y
sanguinolenta coronada por pedazos de carne desgarrada; junto a los orificios
nasales aparecía adherido un solo ojo; las cuencas estaban llenas de sangre.
Jacobs pasó junto a Tate y resbaló en el suelo ensangrentado al dirigirse a la
celda. Se inclinó sobre Boyle, esposado todavía a la pata de la mesa. Boyle,
parcialmente eviscerado, con el rostro destrozado a puñaladas, parecía haber
explotado sangre; las paredes y el colchón rayado de la celda estaban
cubiertos de salpicaduras y chorretones.
Jacobs le puso los dedos en el cuello.
—Éste está muerto —gritó para hacerse oír sobre la música—. ¿Sargento?
Tate, recuperado el dominio, avergonzado del instante de retraso, hablaba por
radio.
—Puesto de mando, dos agentes fuera de combate. Repito, dos agentes fuera
de combate. El prisionero ha huido. Lecter ha huido. Puestos de guardia
exteriores, vigilen las ventanas, el fugitivo ha cogido las sábanas, puede estar
fabricando una cuerda. Envíen ambulancias de inmediato.
—¿Está muerto Pembry, sargento? —Jacobs quitó la música. Tate se arrodilló
y al tender la mano para tocar el cuello, aquella cosa horrenda que yacía en el
suelo gimió y en el orificio de su boca se formó una burbuja sanguinolenta.
—Pembry vive. Tate no quería aplicar su boca a aquel amasijo sangriento,
sabía que lo haría si tenía que ayudar a Pembry a respirar, sabía que no
obligaría a ninguno de sus hombres a hacerlo. Ojalá Pembry muriese, aunque
si era preciso le ayudaría a ‘respirar.
Pero el corazón latía, lo encontró, y también había aliento. Aquel ser
despedazado y palpitante respiraba.
Aquel destrozo respiraba por sí solo.
La radio de Tate crepitó. En el aparcamiento, un teniente había asumido el
mando y quería noticias. Tate tenía que hablar con él.
—Ven aquí, Murray.
—Tate llamó a uno de sus hombres, uno de los más jóvenes—. Quédate al
lado de Pembry y cógele por algún sitio para que note tus manos. Háblale.
—¿Cómo se llama, sargento?
—Murray estaba verde.
—¡Pembry! ¡Háblale, maldita sea!
—Tate por radio—: Dos agentes fuera de combate. Boyle ha muerto. Pembry
está gravemente herido. Lecter ha huido y va armado, ha cogido las armas de
los agentes. Las fundas y los cinturones están aquí, en la mesa.
La voz del teniente sonaba rasposa.
—¿Está libre la escalera para que suban las camillas?
—Sí, señor. Llame al cuarto antes de que entren. Tengo hombres en todos los
descansillos.
—Soy el teniente Roger, sargento. El puesto número ocho cree haber advertido
movimiento en las ventanas del cuarto piso del edificio principal. Tenemos
todas las salidas cubiertas, de modo que no va a escapar.
Mantenga las posiciones en los descansillos. De la operación se van a
encargar los S W A T. Espero que le den una lección. Confirme que me ha
entendido.
—Entendido. De la operación se encargan los SWAT.
—¿Qué armas ha cogido?
—Dos pistolas y una navaja, teniente... Jacobs, mire si queda munición en los
cinturones.
—Cargadores —contestó el subalterno—. El de Pembry está lleno, y el de
Boyle también. El muy idiota no se ha llevado las balas.
—¿De qué calibre son?
—Del treinta y ocho Plus Ps. J H P. Tate conectó nuevamente la radio.
—Teniente, por lo visto tiene en su poder dos 38 de seis disparos. Hemos oído
tres tiros y los cargadores están llenos, de modo que sólo le quedan nueve
balas. Avise a los SWAT de que son de envoltura metálica y punta hueca. Este
individuo tiene marcada preferencia por la cara.
Las Plus Ps. son balas velocísimas, pero que no traspasan el chaleco blindado
de los S W A T. Aun así, un disparo en la cara la destroza; un disparo en un
miembro deja tullido.
—Suben las camillas, Tate. A pesar de que las ambulancias llegaron con
pasmosa rapidez, a Tate, que oía los lastimeros quejidos de aquella cosa que
yacía a sus pies, no se lo pareció. El pobre Murray trataba de sujetar aquel
cuerpo gimiente y convulso, intentaba tranquilizarle sin mirarlo, y sin cesar, en
un tono monocorde que no lograba disimular la repulsión, repetía:
—Estás bien, Pembry. Ya verás qué pronto te curas.
En cuanto vio a los enfermeros de la ambulancia en el descansillo, Tate, como
había hecho en la guerra, gritó:
—¡Camilleros! Cogió a Murray por el hombro y lo apartó de en medio. Los
enfermeros actuaron aprisa; primero sujetaron con destreza aquellos puños
apretados y chorreantes de sangre bajo las correas, luego abrieron una vía
respiratoria y, por último, para mantener la presión, aplicaron en la cara
ensangrentada un vendaje quirúrgico. Uno de ellos abrió un paquete de plasma
intravenoso, pero el otro, después de tomar la tensión y el pulso del herido,
sacudió la cabeza y se limitó a decir:
—Abajo. órdenes por radio.
—Tate, quiero que despeje los despachos de la torre y los deje cerrados.
Atranque las puertas del edificio principal y cúbralas desde los descansillos. Le
envío chalecos blindados y armas. Si quiere salir, le cogeremos vivo, pero no
corra ningún riesgo con objeto de salvarle la vida. ¿Entendido?
—A la orden, teniente.
—En el edificio principal, quiero a los S W A T y a nadie más que a los S W A
T. Repita lo que acabo de decir.
Tate repitió la orden. Tate era un buen sargento, hecho que demostró en ese
momento. Vistió el engorroso chaleco blindado, obligó a Jacobs a hacer otro
tanto y siguió escaleras abajo la camilla que los enfermeros transportaban a la
ambulancia.
Una segunda pareja seguía con Boyle. Los hombres apostados en los
descansillos se indignaron al ver pasar los despojos, y Tate les aconsejó con
popular sabiduría:
—No permitáis que la rabia haga que os disparen en el culo.
Cuando ya las sirenas gemían por la calle, Tate, cubierto por el veterano
Jacobs, inspeccionó los despachos y cerró la torre.
Una fría corriente de aire azotó el pasillo de la cuarta planta. Detrás de la
puerta, en las enormes estancias sombrías del edificio principal, sonaban los
teléfonos. En los oscuros despachos de todo el edificio, las luces de los
teléfonos centelleaban como luciérnagas y las señales acústicas sonaban sin
cesar.
Se había propagado la noticia de que el doctor Lecter se hallaba «parapetado»
en el edificio y todos los medios de comunicación, en especial la radio y la
televisión, llamaban empleando todos los medios a su alcance, confiando
obtener una entrevista en directo con el monstruo. En situaciones similares,
para impedir tal caos, los S W A T suelen desconectar todos los teléfonos
excepto uno, el que emplea el negociador, pero en este caso el edificio era
inmenso y los teléfonos demasiados.
Tate echó la llave a la puerta que incomunicaba los despachos en los que
centelleaban los teléfonos. El pecho y la espalda, húmedos de sudor, le
escocían bajo el chaleco blindado.
Tomó la radio que llevaba suspendida del cinturón.
—Puesto de mando, aquí Tate, la torre está despejada.
Cambio.
—Roger al habla, Tate. El capitán quiere verle en el puesto de mando.
—Diez—cuarta. Vestíbulo de la torre. ¿Me oye?
—Le escucho, sargento.
—Soy yo desde el ascensor. Voy a bajar.
—Entendido, sargento. Jacobs y Tate se hallaban en el ascensor bajando al
vestíbulo cuando una gota de sangre cayó en el hombro de Tate. Una segunda
gota le cayó en el zapato.
Levantó la vista hacia el techo del ascensor y tocó a Jacobs, indicándole con
un gesto que guardase silencio.
Por la grieta que rodeaba la escotilla de la polea de funcionamiento caían gotas
de sangre. En bajar hasta el vestíbulo tardaron una eternidad. Al llegar, Tate
yJacobs salieron retrocediendo, con las armas apuntadas al techo del
ascensor. Tate alargó la mano y cerró la puerta.
—Ssss —hizo Tate dirigiéndose al vestíbulo. Y en voz baja—: Berry, Howard,
está en el techo del ascensor.
Mantenedlo vigilado.
El sargento Tate salió al exterior. La furgoneta negra de los SWAT se hallaba
en el aparcamiento. Los SWAT siempre llevan herramientas y llaves de todas
clases.
En un instante acudieron dos miembros del SWAT; vestidos con el uniforme
negro blindado y provistos de cascos, subieron por la escalera hasta el
descansillo de la tercera planta. junto a Tate, en el vestíbulo, había otros dos,
con sus rifles de asalto apuntados al techo del ascensor.
Como esas grandes hormigas que se aprestan a luchar, pensó Tate.
El comandante de los SWAT habló por radio.
—Adelante, Johnny. En la tercera planta, a considerable distancia del
ascensor, el agente Johnny Peterson introdujo la llave en la cerradura de la
puerta del ascensor y ésta se abrió. El hueco estaba a oscuras. Tendiéndose
de espaldas en el suelo del descansillo, sacó del chaleco una granada
inmovilizante y la colocó en el suelo, a su lado.
—Listo. Voy a echar un vistazo. Sacó un espejo provisto de un mango largo y
lo introdujo en el hueco mientras su compañero encendía una potente linterna.
—Lo veo perfectamente. Está en el techo del ascensor. A su lado veo un arma.
No se mueve.
Una pregunta en los auriculares de Peterson.
—¿Le ve las manos?
—Veo una. La otra la tiene debajo del cuerpo. Está medio envuelto en unas
sábanas.
—Háblele.
—LEVANTE LAS MANOS Y QUÉDESE QUIETO —vociferó Peterson hacia lo
hondo del hueco—.
No se ha movido, teniente... SI NO LEVANTA LAS MANOS, LE LANZARÉ
UNA GRANADA INMOVILIZANTE, TIENE TRES SEGUNDOS —gritó
Peterson. Sacó del chaleco uno de los topes de puerta que todo agente de los
S W A T lleva siempre consigo y gritó—: E H, M U C H A C H 0 S, A H 1
ABAJO, CUIDADO QUE VA LA GRANADA.
—Arrojó el tope por el hueco y lo vio rebotar en la figura—. No se ha movido,
teniente.
—De acuerdo, Johnny. Vamos a subir el ascensor con una palanca desde
fuera. ¿Puede cubrir el hueco?
Peterson se tendió boca abajo. El cañón de su 45 automática apuntó directo a
la figura.
—Cubierto —dijo. Mirando el hueco del ascensor, Peterson vio aparecer al
fondo un resquicio de luz; eran los agentes S W A T que hacían subir el
ascensor con la palanca. La inmóvil figura se hallaba parcialmente tendida
sobre la escotilla y al empujar desde abajo los agentes, uno de sus brazos se
movió.
El pulgar de Peterson oprimió un poco más el seguro de su Colt.
—Ha movido un brazo, teniente. Pero creo que es a causa del movimiento de
la palanca.
—Roger. Abrid la escotilla. La escotilla se abrió con estrépito hacia atrás y
quedó apoyada en la pared del hueco del ascensor. La luz que subía por el
pozo cegó a Peterson.
—No se ha movido. No lleva el arma en la mano. La voz del teniente, serena,
en los oídos.
—De acuerdo, Johnny. Manténgase como está. Vamos a entrar en el ascensor;
mire con el espejo a ver si hay movimiento. Si hay que disparar, lo haremos
nosotros. ¿Comprendido?
—Comprendido.
En el vestíbulo, Tate les observó entrar en el ascensor. Un agente pertrechado
con material perforante apuntaba su arma al techo del ascensor. Un segundo
agente se encaramó a una escala de mano. Iba armado con una gran pistola
automática provista de una linterna sujeta al cañón. Un espejo y la
pistolalinterna desaparecieron por la escotilla. Luego aparecieron la cabeza y
los hombros del agente, que entregó un revólver del 38.
—Está muerto —gritó el agente. Tate se preguntó si la muerte del doctor Lecter
significaba que Catherine Martin también iba a morir; toda la información
perdida al apagarse las luces de la mente de aquel monstruo.
Los agentes lo estaban bajando; el cadáver apareció cabeza abajo por la
escotilla del techo del ascensor, quedó depositado en muchos brazos, extraño
sepelio en un ataúd iluminado. El vestíbulo se estaba llenando de gente; todos
los policías querían acercarse a ver.
Un funcionario de prisiones se abrió paso a empujones y se quedó mirando los
brazos tatuados del cadáver que pendían inertes.
—Éste es Pembry —dijo.
CAPÍTULO 38
En el compartimento trasero de la ambulancia, el joven enfermero se apuntaló
para contrarrestar el balanceo y conectó la radio con objeto de informar a su
superior en la sala de urgencias. Tuvo que levantar la voz para apagar el
aullido de la sirena.
—Se encuentra en estado comatoso pero mantiene las constantes vitales,
Tiene la presión correcta. Uno treinta sobre noventa. Sí, noventa. Pulso,
ochenta y cinco.
Presenta cortes profundos en la cara, heridas de labios elevados, un ojo
enucleado.
He añadido presión a la cara y le he colocado un conducto respiratorio. Es
posible que haya recibido un disparo en la cabeza, aunque no puedo afirmarlo.
A sus espaldas, en la camilla, los puños ensangrentados y apretados relajan la
tensión bajo la correa que sujeta al herido por la cintura. La mano derecha sale
deslizándose y busca la hebilla de la cinta que lo mantiene sujeto por el pecho.
—Me da miedo aplicar demasiada presión a la cabeza; ha efectuado
movimientos convulsivos antes de tenderle en la camilla. Sí, claro que lo he
colocado en la posición de FowIer.
A espaldas del joven, la mano agarró el vendaje quirúrgico y se restregó los
ojos.
El enfermero oyó el silbido del conducto respiratorio, se dio la vuelta, vio la cara
ensangrentada a muy poca distancia de la suya y no vio la pistola que al
descender descargó un golpe acertándole de lleno junto a la oreja.
La ambulancia frenando hasta detenerse en medio del tráfico de la autopista de
seis carriles; detrás de ella, los conductores desconcertados, tocando la bocina,
sin atreverse a adelantar a un vehículo de emergencia. Dos leves
detonaciones, como tantas falsas explosiones de cualquier motor, y la
ambulancia de nuevo en marcha, sorteando el tráfico, enderezando la
dirección, desplazándose hacia el carril de la derecha.
Se aproximaba la salida del aeropuerto. La ambulancia avanzando lentamente
por el carril de la derecha, con los intermitentes y luces de emergencia
encendiéndose en marcha y apagándose, los limpiaparabrisas poniéndose en
marcha y deteniéndose, luego la sirena aminorando su sonido, sonando de
nuevo con fuerza y finalmente extinguiéndose, así como las luces de
emergencia que al fin se apagan. La ambulancia avanzando silenciosa hacia el
aeropuerto internacional de Memphis, el hermoso edificio de la terminal
resplandeciente de luz en aquella noche de invierno. Enfiló la curva de asfalto
hasta las vallas automáticas que señalaban la entrada del inmenso
aparcamiento subterráneo. Una mano ensangrentada salió de la ventanilla para
coger el billete de entrada. Y la ambulancia desapareció por el túnel que
descendía a los sótanos del aparcamiento.
CAPÍTULO 39
En circunstancias normales, Clarice Starling hubiera sentido curiosidad por ver
la casa de Crawford en Arlington, pero el boletín de noticias que había oído en
la radio informando de la huida del doctor Lecter aniquiló todo su interés.
Con los labios embotados y notando escalofríos en todo el cuero cabelludo,
siguió conduciendo como una autómata, miró sin ver la cuidada vivienda de los
años cincuenta y sólo se preguntó vagamente si las ventanas de la izquierda,
iluminadas tras las cortinas, corresponderían al cuarto donde yacía Bella. El
timbrazo de la puerta le pareció demasiado estridente.
Crawford abrió la puerta a la segunda llamada. Llevaba una usada chaqueta de
punto y hablaba por un teléfono inalámbrico.
—Copley, desde Memphis —dijo. Indicándole con un gesto que le siguiera, la
condujo por la casa, emitiendo mientras caminaba gruñidos al teléfono. En la
cocina, una enfermera sacó una botellita del frigorífico y la levantó para mirarla
al trasluz. Cuando Crawford elevó las cejas mirando a la enfermera, ésta
sacudió la cabeza; no, no le necesitaba.
Condujo pues a Starling a su estudio, tras bajar tres escalones que separaban
lo que evidentemente era un garaje capaz para dos coches transformado. Se
trataba de una habitación muy espaciosa, amueblada con un sofá y varias
butacas, y una mesa atiborrada de papeles sobre la cual resplandecía, junto a
un antiguo astrolabio, la verde pantalla de un terminal de ordenador. Las
pisadas revelaban que la alfombra estaba colocada sobre un tosco pavimento
de cemento. Crawford le indicó que tomase asiento.
Cubrió el teléfono con la mano.
—Starling, ya sé que es innecesario, pero ¿le ha dado usted algo a Lecter en
Memphis?
—No.
—¿Ningún objeto?
—Nada.
—Le llevó los dibujos y las cosas de su celda.
—Pero no se los he dado. Todavía llevo todos esos objetos en el bolso. Él ha
sido quien me ha dado a mí el expediente. Que es lo único que hemos
intercambiado.
Crawford se colocó el teléfono bajo la mandíbula.
—Copley, eso es una auténtica calumnia. Quiero que desmientas a ese hijo de
puta. Habla ahora mismo con el jefe, directamente con el F B 1. Y procura que
la línea esté conectada con las demás delegaciones. Borroughs se encarga de
ello. Sí.
Desconectó el teléfono y se lo metió en el bolsillo.
—¿Quiere café, Starling? ¿Coca-Cola?
—¿Qué ha querido decir con eso de entregar cosas al doctor Lecter?
—Chilton afirma que ha debido darle usted algo que ha empleado para abrir la
cerradura de las esposas. Dice que, evidentemente, no lo hizo usted a
propósito; simplemente por ignorancia.
—A veces a Crawford se le ponían ojillos rabiosos, de galápago. Se la quedó
mirando, observando cómo se lo tomaba—. ¿Ha intentado Chilton alguna vez
propasarse con usted, Starling? ¿Es eso lo que le pasa?
—Tal vez. Tomaré café solo, con azúcar, gracias. Mientras él estaba en la
cocina, Starling efectuó varias inspiraciones profundas y contempló la
habitación. Cuando se vive en un internado o en un cuartel, es muy acogedor
encontrarse en un hogar. A pesar de notar que se le hundía el mundo, a
Starling percibir la vida del matrimonio Crawford en esa casa la tranquilizó.
Llegaba Crawford, que a causa de los bifocales bajó con cuidado los
escalones, trayendo una bandeja con las tazas de café. Con los mocasines que
llevaba, resultaba un centímetro más bajo. Cuando Starling se levantó para
coger el café, los ojos de ambos quedaban casi al mismo nivel. Olía a jabón y
tenía el pelo esponjoso, ahuecado y gris.
—Copley dice que todavía no han encontrado la ambulancia. Toda la policía
del sur está en estado de alerta poniéndolo todo patas arriba.
Ella sacudiendo la cabeza dijo: —Desconozco los detalles. Lo único que sé es
la noticia que han dado por radio: el doctor Lecter, tras dar muerte a dos
policías, ha escapado.
—Dos funcionarios del cuerpo de prisiones.
—Crawford hizo correr hacia arriba el texto que aparecía en la pantalla de su
ordenador—. Se llamaban Boyle y Pembry. ¿Los vio usted o habló con ellos?
Starling asintió.
—Fueron ellos los que... me obligaron a salir de la celda. Me trataron con
mucha consideración. Pombay rodeando a Chilton, incómodo, decidido, pero
con rústica cortesía. «Le ruego que me acompañe», me dijo. Tenía manchas
hepáticas en las manosy en ¡a frente. Ahora está muerto, pálido bajo las pecas.
De pronto Starling tuvo que dejar en la mesa la taza de café. Realizó una
profunda inspiración y durante unos instantes permaneció mirando al techo..
—¿Cómo ha logrado huir? —preguntó.
—Según ha dicho Copley, se escapó en la ambulancia. Ya lo comentaremos
con más detenimiento. ¿Qué ha averiguado del secante con ácido?
Starling había empleado parte de la tarde y las primeras horas de la noche
paseando la hoja de Plutos por distintos departamentos del laboratorio,
cumpliendo así las órdenes de Krendler.
—Nada. Están comprobando los archivos de la DE A para ver si encuentran
algo, pero es dificil porque los restos de L S D tienen más de diez años. Es
posible que la sección de documentos averigüe más cosas por el tipo de
impresión que la D EA por los restos de droga.
—Pero se trataba efectivamente de un secante con ácido, ¿verdad?
—Sí. ¿Cómo ha conseguido escapar, señor Crawford?
—¿Quiere saberlo? Starling asintió con la cabeza.
—Pues se lo voy a explicar. Han metido a Lecter en una ambulancia por
equivocación, creyendo que era Pembry y que estaba gravemente herido.
—¿Llevaba puesto el uniforme de Pembry? Eran más o menos de la misma
estatura.
—No sólo se puso el uniforme de Pembry sino también parte de su cara. Y por
si fuera poco, como medio kilo más de carne de Boyle. Introdujo el cuerpo de
Pembry en la funda impermeable del colchón para que no gotease, lo envolví¿)
en las sábanas y luego lo depositó en el techo del ascensor. Se puso el
uniforme, se arregló para parecer herido, se tendió en el suelo y efectuó tres
disparos al techo para iniciar la estampida. Ignoro lo que hizo con la pistola;
seguramente se la escondió en los pantalones. Llega la ambulancia, policías
por todas partes armados hasta los dientes. Los enfermeros suben en seguida
y hacen lo que se les enseña a hacer en situación de combate: colocar un
conducto respiratorio, aplicar un vendaje compresivo, contener la hemorragia y
salir con el herido a toda velocidad. Cumplen con su misión. Pero la
ambulancia no ha llegado al hospital. La policía sigue buscándola. Esos
médicos me dan una cierta mala espina. Copley dice que están estudiando las
grabaciones de solicitud, porque por lo visto las ambulancias fueron llamadas
dos veces.
Creen que fue el propio Lecter quien pidió las ambulancias antes de disparar,
para no tener que pasar demasiado rato tendido en medio de aquella
carnicería. Al doctor Lecter le encanta bromear.
Starling jamás había oído aquel deje de amargura en la voz de Crawford. Y
como asociaba la amargura a la debilidad, se asustó.
—La huida no significa que el doctor Lecter mintiese — replicó Starling—. Es
evidente que mentía; o a nosotros o a la senadora Martin, pero es posible que
no nos mintiese a todos a la vez. A la senadora Martin le dijo que se trataba de
Billy Rubin, afirmando que no sabía nada más. A mí me dijo que se trataba de
un hombre que estaba persuadido de ser transexual. Casi lo último que me dijo
fue: «¿Por qué no termina el arco?», refiriéndose a que investigase la pista de
la teoría del cambio de sexo que...
—Lo sé. Lo he leído en su informe. Pero eso no nos lleva a ninguna parte, a
menos que las clínicas nos entreguen una lista de nombres. Alan Bloom ha ido
personalmente a solicitarlo a los jefes de servicio. Dicen que lo están mirando.
No me queda más remedio que creer que es así.
—Señor Crawford, ¿está usted en dificultades?
—Se me ha sugerido que solicite la baja temporal por problemas familiares —
contestó Crawford—. Se ha creado una nueva fuerza de operaciones con
miembros del F B 1 y de la D E A, así como algunos «elementos adicionales»
procedentes de la oficina del fiscal general, léase Krendler.
—¿Y quién es el jefe?
—Oficialmente, el subdirector del FBI, John Co1by. Digamos que Co1by y yo
estamos en contacto permanente, John es una excelente persona. Y usted,
¿está en dificultades?
—Krendler me ordenó que devolviese mis credenciales y el arma y que
regresase a clase.
—Eso fue antes de que usted acudiese a visitar a Lecter, Starling. Esta tarde
ha enviado un obús a la Oficina de Responsabilidad Profesional. Se trata de
una solicitud «sin menoscabo» a la academia para que sea usted cesada
mientras se llevaba a cabo una nueva estimación de su capacidad para el
servicio. Medida disciplinaria; una gilipollez. El instructor de tiro, John Brigham,
ha visto el documento en la reunión de profesores de Quantico que acaba de
celebrarse hace poco rato. Les ha metido una bronca y me ha pasado el momio
a mí y me ha puesto sobre aviso.
—¿Qué suerte me espera?
—Tiene usted derecho a un juicio. Yo garantizaré personalmente su capacidad,
y con eso bastará. Pero si pasa más días sin asistir a clase, la obligarán a
repetir, independientemente del veredicto que emita el tribunal. ¿Sabe lo que
ocurre cuando obligan a alguien a repetir?
—Por supuesto. Le envían a la oficina regional donde se produjo el ingreso, y
le ponen a ordenar archivos y preparar café hasta que queda una plaza libre en
el curso.
—Puedo prometerle que obtendrá plaza en su curso, pero lo que no puede
impedir es que la hagan repetir si sigue faltando a clase.
—De modo que o vuelvo a clase y dejo de trabajar en este caso 0...
—Así es.
—¿Qué me aconseja que haga?
—Su misión era Lecter. Ya la ha cumplido. No voy a aconsejarle que repita.
Podría costarle medio año de retraso, o quizá más.
—¿Y Catherine Martin?
—Ya casi han transcurrido las cuarenta y ocho horas... cumplen hoy a media
noche. Si no le atrapamos, probablemente la liquidará mañana, o pasado, si
sucede como la última vez.
—Lecter no es la única pista que poseemos.
—De momento tienen seis individuos llamados Billy Rubin, todos ellos
igualmente sospechosos por uno u otro motivo. Ninguno, sin embargo, parece
reunir todos los requisitos.
No aparece ningún Billy Rubin en las listas de suscriptores de revistas
entomológicas. El gremio de cuchilleros, por otra parte, tiene registrados unos
cinco casos de ántrax del marfil en los últimos diez años; de ésos nos falta
investigar a un par. ¿Qué más? Klaus no ha sido identificado... todavía. La
Interpol nos ha informado de que en Marsella hay pendiente una orden de
detención de un fugitivo expedida contra un marino mercante noruego, un tal
Klaus Bjefland, o como quiera que se pronuncie. Noruega está intentando
localizar sus radiografías dentales para enviárnoslas. Si las clínicas de cambio
de sexo se dignan confiarnos algún tipo de información y suponiendo que
disponga usted de tiempo, podría colaborar en eso. ¿Starling?
—Sí, señor Crawford.
—Vuelva a clase.
—Si no quería usted que persiguiese a Buffalo Bill, no hubiera debido llevarme
a aquella funeraria, señor Crawford.
—Tiene razón —replicó Crawford—. Toda la razón. Pero si no la hubiese
llevado, no dispondríamos ahora del insecto. No devuelva usted su arma. En
Quantico estará a salvo, pero quiero que vaya armada siempre que tenga que
salir de la academia hasta que Lecter sea capturado o tengamos noticia de que
ha muerto.
—¿Y usted? A usted le odia. Y ha tenido bastante tiempo para concentrarse en
ese odio.
—Como tantas personas en tantas otras cárceles, Starling. No digo que no
pueda liquidarme, si se empeña, pero creo que de momento va a estar muy
ocupado. Hallarse en libertad es un dulcísimo placer y no creo que esté
dispuesto a desperdiciarlo de ese modo. Además, esta casa es más segura de
lo que parece.
El teléfono que Crawford llevaba en el bolsillo sonó indicando una llamada. El
que estaba sobre la mesa emitió una señal luminosa y zumbó. Crawford
escuchó unos instantes, dijo: «De acuerdo» y colgó.
—Se ha encontrado la ambulancia en el aparcamiento subterráneo del
aeropuerto de Memphis —Sacudió la cabeza defraudado—. Ni una pista. Los
enfermeros estaban en el compartimento trasero.
Muertos ambos.
Crawford se quitó las gafas y buscó el pañuelo para limpiarlas.
—Starling, los del Smitlisonian han llamado a Borroughs preguntando por
usted. Ese entomólogo llamado Pilcher. Están a punto de concluir con el
insecto. Quiero que redacte un informe para que conste con su firma en el
expediente. Fue usted quien descubrió el insecto y lo investigó, y quiero que
quede constancia de ello en el archivo. ¿Se ve con ánimo?
Starling estaba agotada, como nunca en su vida.
—Por supuesto —contestó.
—Deje el coche en el garaje; Jeff la acompañará a Quantico cuando haya
usted terminado.
En los escalones de la entrada, ella volvió la cabeza hacia las ventanas
iluminadas donde velaba la enfermera y después miró a Crawford.
—Pienso mucho en ustedes dos, señor Crawford.
—Gracias, Starling —dijo él.
CAPÍTULO 40
—Agente Starling, el doctor Pilcher me ha dicho que la esperaba en la sección
de Insectos Vivos. Ahora mismo la acompaño —dijo el vigilante.
Para llegar a la sección de Insectos Vivos desde la entrada de la Avenida de la
Constitución, es preciso tomar el ascensor hasta la primera planta situada
encima del gran elefante disecado y cruzar una amplia zona dedicada al
estudio del hombre.
Lo primero que se encontraban eran varias hileras de cráneos dispuestas en
forma de pirámide invertida que representaba la explosión demográfica desde
los tiempos de Cristo, Starling y el vigilante avanzaban por un paisaje
débilmente iluminado y poblado por figuras que ilustraban los orígenes y
evolución del género humano. Ahora se hallaban rodeados por elementos
rituales: tatuajes, pies ligados, modificaciones dentales, cirugia peruana,
momificación.
—¿Ha visto alguna vez a Wilhelm von Ellonbogen? —le preguntó el vigilante
enfocando con la linterna el interior de una caja.
—Creo que no —respondió Starling sin aminorar el paso.
—Pues tendría que volver de día para verlo con detalle.
Fue enterrado en Filadelfia en el siglo XVIII y al entrar en contacto con las
corrientes de agua subterráneas quedó convertido en jabón.
La sección de Insectos Vivos está alojada en una sala de grandes
dimensiones, que en ese momento estaba poco iluminada y en la cual
resonaban un sinfín de chirridos y frágiles aleteos. Se halla repleta de jaulas y
cajas que contienen insectos de todas clases. Ejerce especial atractivo para los
niños, que durante el día acuden a ella en tropel. Por la noche, en soledad, los
insectos se afanan en sus tareas. Algunas cajas estaban iluminadas con luz
roja y los letreros que anunciaban las salidas de incendios resplandecían con
un colorado intenso en la oscuridad.
—Doctor Pilcher —llamó el vigilante desde la puerta.
—Estoy aquí —contestó Pilcher, enarbolando un bolígrafo luminoso corno si
fuese una antorcha.
—¿Acompañará usted a la señorita a la salida?
—Sí, no se preocupe. Gracias. Starling sacó del bolso su linterna; se la había
dejado encendida y las baterías estaban descargadas. La oleada de cólera que
la invadió le recordó que estaba cansada y que tenía que dominarse.
—Hola, agente Starling, —Doctor Pilcher.
—¿Y si me llamase profesor?
—¿Es usted catedrático?
—No, ni doctor tampoco. Me alegro mucho de volver a verla. ¿Le apetece
contemplar ciertos insectos?
—Naturalmente. ¿Y el doctor Roden?
—Ha sido el que ha trabajado más estas dos últimas noches y se ha
desmoronado. ¿Vio usted la crisálida antes de que empezásemos las
investigaciones?
—No.
—Era pura pulpa.
—Pero lo ha conseguido. La ha identificado.
—Sí. Hace muy poco rato.
—Se detuvo ante una jaula de tela metálica—. Primero quiero enseñarle una
polilla como la que trajo el lunes. En realidad, no es idéntica a la suya, pero
pertenece a la misma familia. La llamamos la lechuza.
—El haz de luz de su linterna localizó a una gran polilla, de un azul radiante,
posada, con las alas plegadas, en una endeble ramita. Pilcher sopló sobre ella
y al instante, al desplegar el insecto las alas, apareció la feroz cara de un búho
con los ojos brillantes de furia, como la última visión que ve una rata antes de
morir—. Su nombre científico es Caligo beltrao; se trata de una especie
bastante corriente. Pero la muestra que halló en la garganta de Klaus
pertenece a otro tipo, ya más serio, Venga por aquí.
Al fondo de la estancia había una vitrina colocada en una hornacina y protegida
por delante mediante una barandilla. Se hallaba fuera del alcance de los niños
y estaba cubierta con un paño oscuro. junto a ella zumbaba un humidificador
de pequeño tamaño.
—La tenemos dentro de una caja de cristal para proteger los dedos de la gente,
porque pica. Además, para vivir necesita humedad y el cristal contribuye a
conservarla.
Pilcher levantó la caja con cuidado, cogiéndola por las asas, y la acercó al
borde de la hornacina. Quitó luego el paño y encendió una pequeña bombilla
situada encima de la vitrina.
—La polilla de la muerte —dijo—. Está posada en un brote de hierba mora.
Tenemos la esperanza de que se reproduzca.
La polilla era un espectáculo a la vez maravilloso y aterrador, con sus grandes
alas de un pardo negruzco extendidas como una capa y con aquel ancho dorso
aterciopelado sobre el cual aparecía la rúbrica que despierta el miedo de los
hombres siempre que alguno se tropieza con ella en la plácida bonanza en un
jardín: la siniestra calavera, una calavera que es a la vez cráneo y cara que
mira desde las oscuras cuencas vacías, los pómulos, el arco cigomático
exquisitamente trazado sobre los ojos.
—La Acherontia sayx —dijo Pilcher—. Su nombre deriva de dos ríos
mitológicos del infierno. Ese individuo que persigue arroja los cadáveres a un
río distinto cada vez... Lo he leído en algún periódico. ¿Es cierto?
—Sí —contestó Starling—. ¿Es una especie rara?
—En esta parte del mundo sí. Aquí no existe ningún ejemplar en la naturaleza.
Los únicos que poseemos viven en cautividad.
—¿De dónde procede? —Starling inclinó la cara hacia la superficie de tela
metálica que hacía las veces de techo de la vitrina. Su aliento encrespó el
pelaje del dorso del insecto. Retrocedió sobresaltada cuando éste chilló
aleteando con furia. Starling notó la minúscula brisa que provocaron las alas.
—De Malasia. Existe también una variedad europea, llamada atropos, pero
ésta y la que se encontró en la garganta de Klaus son malayas.
—Por lo tanto, alguien la crió aquí.
Pilcher asintió con un gesto de cabeza.
—Sí —añadió cuando ella dejó de mirarle—. Seguramente la enviaron de
Malasia, en forma de huevo o más probablemente en estado de larva. Nadie ha
conseguido que se reproduzcan en cautividad. Copulan, pero no ponen
huevos. Lo más dificil es encontrar la oruga en la jungla.
Una vez logrado eso, no son difíciles de criar.
—Ha dicho usted que pican.
—Tienen una trompa afilada y robusta que no dudan en clavar en cualquier
dedo que juguetee con ellas. Se trata de un arma insólita que en los ejemplares
conservados en alcohol es indemne a ese líquido. Este factor nos ha ayudado
enormemente a reducir el campo y por eso hemos podido identificarla en tan
poco tiempo.
—Pilcher se puso violento, como si sus palabras hubiesen pecado de
fanfarronas—. Además son muy vigorosas —se apresuró a añadir—.
Penetran en las colmenas y se alimentan de miel. En cierta ocasión,
estábamos en Sabah, Borneo, en una expedición entomológica capturando
ejemplares y se agolpaban en la luz de la farola que había detrás del albergue.
Era bastante siniestro oírlas; estábamos...
—¿Este ejemplar de dónde procede?
—De un intercambio científico con el gobierno malayo. Ignoro lo que ofrecimos
nosotros. Fue muy gracioso; estábamos allí, en la oscuridad, esperando con un
cubo de cianuro, cuando...
—¿Qué tipo de formalidades tuvieron que cumplir en Aduanas? ¿Conservan
ustedes copias de las declaraciones? ¿Se necesita licencia para sacarlas de
Malasia? ¿Quién puede tener actualmente la documentación de esta
operación?
—Sé que andan ustedes escasos de tiempo. Mire, en este papel he anotado
toda la información que poseemos así como los lugares adecuados para poner
anuncios, si es que pretenden seguir esta pista. Venga, la acompañaré a la
salida.
Cruzaron el enorme piso en silencio. A la luz del ascensor, Clarice advirtió que
Pilcher estaba tan cansado como ella.
—Se ha quedado hasta altas horas de la noche trabajando en esto —le dijo—.
Se lo agradezco mucho. Disculpe si antes me he mostrado un poco brusca. No
era mi intención; lo único que quería era...
—Mi mayor deseo es que detengan a ese asesino y que acabe usted con este
caso cuanto antes —replicó él—. He anotado un par de sustancias químicas
que es posible que tenga que comprar si se dedica a criar este tipo de polillas...
Agente Starling, me gustaría mucho conocerla mejor.
—Podríamos quedar para vernos algún día, cuando haya tiempo.
—No sabe lo mucho que me agradaría —dijo Pilcher—. Llámeme cuando
pueda, por favor.
La puerta del ascensor se cerró y Starling y Pilcher desaparecieron. La planta
dedicada al estudio del hombre quedó en silencio; ninguna de las figuras
humanas que la poblaban efectuó el menor movimiento, ni las estatuas, ni las
mornias, ni las de los pies ligados.
En la sección de Insectos Vivos, los letreros de las salidas de incendios
brillaban con un rojo resplandor que se reflejaba en los diez mil ojos de aquel
orden animal más antiguo que el del hombre. El humidificador zumbaba y
siseaba.
Bajo el paño, en la oscura vitrina, la polilla de la muerte bajó por la rama de
hierba mora. Atravesó el suelo de la jaula arrastrando las alas como una capa y
halló el pequeño fragmento de panal. Lo agarró con sus robustas patas
delanteras, desenrolló su puntiaguda trompa y la clavó en la cubierta de cera
de una celdilla de miel. Y permaneció alimentándose en silencio mientras a su
alrededor, en la oscuridad, se reanudaban los chirridos y aleteos y con ellos los
diminutos apareamientos y matanzas.
CAPÍTULO 41
Catherine Baker Martin se encontraba sumida en aquella abominable negrura.
La oscuridad hormigueaba dentro de sus párpados y, en los escasos segundos
de agitado sueño, soñaba que la oscuridad la penetraba invadiéndola por
entero. La oscuridad se introducía insidiosa penetrándole por la nariz, por los
oídos; ante cada orificio de su cuerpo se apostaban los dedos húmedos de la
oscuridad. Se tapó con una mano la boca y la nariz, se cubrió con la otra la
vagina, apretó las nalgas, ladeó la cabeza, apoyó un oído en el jergón y
sacrificó el otro oído a la instrucción de la oscuridad. Con la oscuridad llegó un
ruido que la despertó con sobresalto. Un ruido conocido y doméstico, una
máquina de coser. De velocidad variable. Primero despacio, ahora aprisa.
Arriba, en el sótano, las luces. estaban encendidas; divisaba un pálido disco
amarillo arriba, muy por encima de ella, en el lugar correspondiente a la tapa
del pozo, que estaba abierta. El caniche ladró un par de veces; la voz siniestra
hablaba apagada con el perro.
Coser. Qué incongruente era coser ahí abajo. Coser pertenece a la luz. El
soleado cuarto de costura de su infancia apareció en la mente de Catherine
como un benévolo relámpago... La criada, la querida Bea Love, sentada en la
máquina... El gato pestaneando a las ondulaciones del visillo.
La voz lo borró todo, la voz riñendo al caniche.
—Preciosa, suelta eso ahora mismo. Te vas a pinchar con un alfiler y entonces,
¿cómo lo arreglaremos? Ya casi he terminado. Sí, cariño mío, sí. Y cuando
haya terminado, tendrás un caramelito, te lo prometo, mi pichoncito.
Catherine no sabía cuánto tiempo llevaba cautiva. Sabía que se había lavado
dos veces; la última vez lo había hecho de pie, mostrándose a plena luz,
deseosa de que él viera su cuerpo, sin tener la certeza de que él la estuviera
mirando por detrás de aquella luz cegadora. Desnuda, Catherine Baker Martin
era una mujer espléndida, cortaba la respiración, y ella lo sabía. Quería que él
la viese. Quería salir de aquel pozo. Quien se acerca para follar se acerca igual
para luchar, se dijo en silencio una y otra vez mientras se lavaba. Las raciones
de comida que le daba eran muy magras y tenía la certeza de que más le valía
pelearse con él antes de perder las fuerzas. Catherine sabía que lucharía con
él. Sabía que era capaz de luchar. ¿Pero no sería mejor follar con él primero,
follar tantas veces como él fuese capaz, con objeto de agotarle? No albergaba
duda alguna de que si lograba rodearle el cuello con las piernas, podía enviarle
al otro barrio en cuestión de segundos. ¿Sería capa— de hacer semejante
cosa? ¡Y tanto! Hay que echarle huevos, hay que echarle huevos, hay que
echarle huevos al asunto. Pero terminó de lavarse y de ponerse el chándal
limpio sin que de arriba llegase sonido alguno. Sus ofrecimientos no obtuvieron
respuesta; lo único que ocurrió fue que el cubo del baño, izado por el fino
cordel que lo sujetaba, subió balanceándose y fue sustituido por el cubo
sanitario.
Y ahora, horas después, Catherine aguardaba escuchando el ruido de la
máquina de coser. No llamó a su carcelero. Al cabo de un rato, transcurridos
quizá miles de alientos, le oyó subir las escaleras, hablar con la perra, decir
algo así como «... el desayuno cuando vuelva». Él dejó encendida la luz del
sótano.
A veces lo hacía.
Ruido de patas y pisadas, arriba, en el suelo de la cocina. Gimoteos del
caniche. Catherine tuvo la impresión de que su raptor salía. A veces pasaba
fuera de casa varias horas.
Transcurrieron más alientos. El caniche paseaba por la cocina, gimoteando,
empujando algo por el suelo, dando golpes a algo, seguramente su plato.
Arañazos, arañazos, arriba. Y otra vez ladridos, unos ladridos breves y
estridentes, esta vez no tan nítidos como los que hacía la perra cuando estaba
encima de ella, en la cocina. Porque la perra no estaba en la cocina. Había
logrado abrir la puerta con el hocico y estaba en el sótano, persiguiendo
ratones, como había hecho otras veces, cuando él salía.
Sumida en la oscuridad, Catherine Martin palpó el suelo bajo el jergón.
Encontró el hueso de pollo y lo olfateó. Le costó un considerable esfuerzo no
roer las pocas hebras de carne y los cartílagos que aún conservaba adheridos.
Se lo metíó) en la boca para calentarlo. Luego se puso de pie, tambaleándose
un poco en aquella mareante oscuridad. No tenía en el pozo más que el jergón,
el chándal que vestía, el cubo sanitario de plástico y el fino cordel al que estaba
atado y que subía hacia la pálida luz amarilla.
Había pensado en ello en todos los intervalos en que podía pensar. Catherine
estiró el brazo y agarró el cordel lo más arriba que pudo. ¿Qué sería mejor, tirar
bruscamente o con suavidad? Había pensado en ello a lo largo de miles de
alientos. Mejor tirar con suavidad.
El cordón de algodón cedía más de lo que se figuraba. Volvió a agarrarlo lo
más arriba que pudo y volvió a tirar de él, balanceando el brazo de lado a lado,
confiando que el cordón, al rozar arriba con el borde de madera de la abertura,
se deshilachase. Repitió ese gesto hasta que le dolió el hombro. Volvió a tirar,
el cordón cedía, ya no cedía, ya no cedía más. Por favor, por favor, que se
rompa muy arriba. Un leve chasquido, y cayó, bucles de cordón le cayeron en
la cara.
Se puso en cuclillas; el cordón le caía por la cabeza y los hombros; la luz que
venía de arriba era tan poca que apenas veía el cordón amontonado encima de
ella. Ignoraba qué longitud tenía. Sobre todo que no se enredase. Con mucho
cuidado, fue depositando en el suelo gazas de cordón después de medirlas con
su antebrazo. Contó catorce. El cordón se había roto en la abertura del pozo.
En el extremo sujeto al asa del cubo, ató fuertemente el hueso de pollo con sus
hebras de carne.
Ahora venía lo más difícil. Actúa con cuidado. Había adoptado la actitud mental
propia de los días de temporal. Era igual que cuidar de sí misma en una barca
pequeña un día de tempestad.
Se ató el otro extremo del cordón, el deshilachado, a la muñeca y apretó el
nudo con los dientes.
Se alejó todo lo que pudo del cordón. Cogiendo el cubo por el asa, lo balanceó
describiendo un gran círculo y lo lanzó hacia arriba, hacia el pálido disco de luz.
El cubo de plástico no acertó a pasar por la abertura, chocó con la parte inferior
de la tapa y cayó, golpeándola a ella en la cara y en el hombro. La perrita ladró
con más fuerza.
Tardó un poco en ordenar nuevamente el cordón y lanzó de nuevo el cubo, dos
veces más. En el tercer lanzamiento, el cubo, al caer, le golpeó el dedo
fracturado y tuvo que apoyarse en la inclinada pared del pozo y respirar hondo
hasta que cedieron las náuseas. El cuarto lanzamiento cayó nuevamente
encima de ella, pero el quinto no. Había salido. El cubo se hallaba en algún
punto de la tapa de madera del pozo, cerca de la trampilla abierta. ¿A qué
distancia estaba el agujero? Tranquilízate. Tiró del cordón con suavidad y luego
lo agitó hasta que oyó el asa del cubo golpeando contra la madera.
Tenía que procurar que el cubo no cayese por el agujero, pero había que
acercarlo lo más posible al borde.
Tiró para acercarlo lo más posible.
La perrita deambulando entre los maniquies y espejos en un cercano cuarto del
sótano. Olisqueando los hilos y retales desparramados por el suelo bajo la
máquina de coser. Husmeando por los alrededores del gran armario negro.
Mirando hacia el fondo del sótano, de donde procedían los ruidos. Corriendo
hacia la oscura zona del fondo para ladrar y retroceder de nuevo a la carrera.
Y una voz, cuyo eco resonó débilmente por todo el sótano.
—¡Precioooosa... La perrita ladró y saltó, sin moverse del lugar en donde
estaba. Los ladridos hicieron temblar su grueso cuerpecito.
Ahora, el húmedo sonido de un beso. La perrita levantó la cabeza y miró hacia
el suelo de la cocina, pero no era de allí de donde procedían los sonidos.
Un chasquido de labios, como quien come con ruido.
—¡Ven aquí, Preciosa! ¡Ven aquí, cariño!
De puntillas y con las orejas tiesas, el caniche penetró en la oscuridad.
Alguien se relamía.
—¡Ven aquí, amorcete! ¡Ven, Preriosa, ven! El animal olió el hueso de pollo
atado al asa del cubo. Arañó la pared del pozo y gimoteó.
Más chasquidos de labios. El caniche se encaramó de un salto a la tapa de
madera del pozo. El olor venía de ahí cerca, de un punto situado entre el cubo
y el agujero. La perrita ladró al cubo y gimoteó indecisa. El hueso de pollo se
agitó casi imperceptiblemente.
El animal se agazapó; con el hocico entre las patas delanteras y el trasero al
aire, meneaba el rabo con furia.
Ladró dos veces y se abalanzó sobre el hueso del pollo, que agarró con los
dientes. El cubo parecía querer alejar a la perrita del hueso de pollo.
Resistiéndose, el caniche gruñó al cubo y con los dientes firmemente clavados
en el hueso tomó el asa entre las patas. De repente, el cubo derribó al caniche,
le hizo perder el equilibrio, lo empujó, la perra pugnaba por levantarse, el cubo
volvió a derribarla, el caniche peleaba con el cubo, una de las patas traseras
resbaló cayendo al agujero, las patas arañaban frenéticas la madera, el cubo
se deslizaba, se balanceaba peligrosamente al borde del agujero, atrapadas las
patas traseras de la perra, y ésta por fin logró escapar, pero el cubo resbaló por
el borde y cayó, el cubo huyó por el agujero con el hueso de pollo. El caniche
ladró furioso al borde del agujero; el eco de los ladridos bajó resonando por el
pozo. De pronto, la perrita dejó de ladrar y ladeó la cabeza para escuchar un
ruido que sólo ella podía oír. Bajó con dificultad de la tapa del pozo y subió las
escaleras aullando en el momento en que arriba, en algún sitio, se oía un
portazo.
Las lágrimas de Catherine Baker Martin resbalaron ardientes por sus mejillas y
cayeron derramándose por el jersey del chándal, empapándolo, traspasando
tibias hasta los pechos, y ella tuvo la certeza de que iba a morir.
CAPÍTULO 42
Crawford estaba solo, de pie en el centro de su estudio, con las manos
hundidas en los bolsillos. Permaneció en esa actitud desde las 12.30 de la
noche hasta las 12.33, exigiendo una idea.
Luego envió un télex a la jefatura de tráfico de California, solicitando que se
localizase la caravana que, según información del doctor Lecter, Raspail había
comprado en California, la que Raspail había utilizado durante su romance con
Klaus. Crawford pidió que se comprobasen todos los permisos de circulación
expedidos a nombre de cualquier conductor que no fuese Benjamín Raspail.
A continuación, tomó un bloc de notas, se sentó en un sofá y redactó un
provocativo anuncio personal para publicarlo en los diarios de mayor tirada del
país:
Despampanante, apasionada, dulce, 21 años, modelo de profesión, busca
hombre capaz de apreciar calidad y cantidad. Me has visto en muchas revistas
anunciando productos de belleza; ahora quiero verte yo. Adjunta fotos con tu
primera carta.
Crawford reflexionó unos instantes, tachó «despampanante» y lo sustituyó por
«escultural».
Empezó a dar cabezadas y se adormiló. La verde pantalla del terminal del
ordenador formaba cuadraditos verdes en los cristales de sus gafas.
Repentinamente la pantalla se animó; las líneas empezaron a subir,
moviéndose igualmente hacia arriba en las gafas de Crawford. A pesar de
dormir, sacudió la cabeza, como si hubiese sentido el cosquilleo de la imagen.
El mensaje era el siguiente:
LA POLICÍA DE MEMPHIS DESCUBRE DOS OBJETOS AL REGISTRAR LA
CELDA DE LECTER. i. LLAVE DE ESPOSAS IMPROVISADA, FABRICADA
CON TUBO DE BOLÍGRAFO. INCISIONES PRODUCIDAS POR ABRASIÓN.
HE SOLICITADO A BALTIMORE QUE SE REGISTRE LA CELDA DEL
PSIQUIÁTRICO POR SI QUEDAN HUELLAS DE SU MANUFACTURA.
FIRMADO: COPLEY, MEMPHIS.
2. HOJA DE PAPEL FLOTANDO EN EL RETRETE, DEJADA ADREDE POR
EL FUGITIVO. ORIGINAL ENVIADO AL LABORATORIO DE LA SECCIóN DE
DOCUMENTOS DE WASHINGTON. SIGUE GRÁFICO DEL TEXTO.
GRÁFICO ENVIADO ASIMISMO A LANGLEY. FIRMADO: BENSON,
CRIPTOGRAFíA.
Cuando apareció el gráfico, que asomó como a hurtadillas por el borde inferior
de la pantalla, tenía este aspecto.
C33H3e31 L T
El apagado doble zumbido del terminal del ordenador no despertó a Crawford,
pero sí lo hizo, tres minutos después, el teléfono. Era Jerry Burroughs desde el
Centro de Información Nacional del Crimen.
—¿Has visto la pantalla, Jack?
—Un segundo —contestó Crawford—. Sí, ya sí.
—El laboratorio ya lo ha descifrado, Jack. Me refiero al gráfico que ha dejado
Lecter flotando en el retrete. Se trata de una fórmula bioquímica —C
33 H36 N4 0.—, la de un pigmento que contiene la bilis humana llamado
bílirrubina. El laboratorio indica que se trata de uno de los principales agentes
colorantes de la mierda.
—Coño.
—¿Ves la semejanza entre bilirrubina y el nombre del asesino, Billy Rubin?
Tenías razón en lo de Lecter, Jack. Ha estado tomándoles el pelo. Lo siento
por la senadora Martin. Según el laboratorio, la bilirrubina es exactamente del
mismo color que el cabello de Chilton. Humor manicomial, así lo han calificado.
¿Has visto a Chilton en el telediario de las seis?
—No.
—Marilyn Sutter lo ha visto arriba. Chilton cotorreaba a todo cotorrear
refiriéndose a la «intensa búsqueda de Billy Rubin». Y después se ha ido a
cenar con un periodista de la tele. Allí es donde estaba cuando al doctor Lecter
le ha apetecido darse un paseo. Menudo gilipollas.
—Lecter le dijo a Starling que «tuviese en cuenta» que Chilton no posee el
título de médico —replicó Crawford.
—Sí. Lo he visto en el informe. A mí me da la impresión de que Chilton intentó
ligarse a Starling y que ella le dio un corte de cuidado. Ese tío será tonto, pero
no es ciego. ¿Cómo está ella?
—Bien, creo. Agotada.
—¿Crees que Lecter también le mintió a ella?
—Quién sabe. De todos modos, seguimos todas las pistas. No tengo idea de lo
que estarán haciendo las clínicas; no hago más que repetirme que hubiera
debido solicitar un mandato judicial para investigar los archivos. No sabes lo
que detesto tener que depender de esa gente. A media mañana, si no hemos
sabido nada, me voy a ver al juez.
—Oye, Jack... tú conoces a varias personas de fuera que saben cómo es ese
Lecter, ¿verdad?
—Sí, claro.
—Lo que se estará riendo, el tío.
—Quizá no por mucho tiempo —replicó Crawford.
CAPÍTULO 43
El doctor Aníbal Lecter se hallaba en la recepción del lujoso hotel Marcus de St.
Louis. Llevaba un sombrero marrón y una gabardina abrochada hasta el cuello.
Un pulcro esparadrapo le cubría la nariz y las mejillas.
Firmó el registro como «Lloyd Wyman», firma que había ensayado en el coche
de Wyman.
—¿Pagará en metálico o con tarjeta, señor Wyman? —le preguntó el
recepcionista.
—Con American Express.
—El doctor Lecter entregó al empleado la tarjeta de crédito de Lloyd Wyman.
Del salón llegaba una suave música de piano. En el bar, el doctor Lecter divisó
a dos personas que llevaban esparadrapos en la nariz. Una pareja de mediana
edad cruzó el vestíbulo en dirección a los ascensores, tarareando una melodía
de Cole Porter. La señora llevaba un ojo cubierto con una gasa.
El recepcionista terminó de realizar la impresión de la tarjeta.
—Ya sabe, señor Wyman, que puede utilizar el garaje del hospital.
—Sí, gracias —contestó el doctor Lecter. Ya había aparcado el coche de
Wyman en el garaje, con el cadáver de Wyman en el maletero.
El botones que transportó el equipaje de Wyman a la pequeña suite obtuvo de
propína uno de los billetes de cinco dólares de Wyman.
El doctor Lecter pidió un bocadillo y una bebida y se relajó con una larga
ducha.
Tras su prolongado período de reclusión, la suite le parecía enorme al doctor
Lecter, que disfrutó recorriéndola de punta a punta una y otra vez.
Desde las ventanas divisaba, al otro lado de la calle, el pabellón Myron y Sadie
Fleischer del Hospital Municipal de St. Louis, que albergaba uno de los centros
más famosos del mundo de cirugía craneofacial.
El rostro del doctor Lecter era demasiado conocido para que pudiese
aprovecharse de los cirujanos plásticos que operaban en esta ciudad, pero era
uno de los pocos lugares del mundo en que podía pasearse con un
esparadrapo en la cara sin llamar la atención.
Había estado en St. Louis anteriormente, años atrás, cuando para llevar a cabo
ciertas investigaciones psiquiátricas, tuvo que consultar la magnífica biblioteca
del Robert J. Brockman Memorial.
Era embriagador disponer de una ventana, de varias ventanas. Permaneció
ante ellas a oscuras, contemplando el tráfico de automóviles por el puente Mac
Arthur, mientras saboreaba su bebida. Experimentaba un agradable cansancio
tras conducir cinco horas desde Memphis.
El único ajetreo verdadero de la noche había tenido lugar en el aparcamiento
subterráneo del aeropuerto internacional de Memphis. Limpiarse sin más
medios que unos discos de algodón empapados en alcohol y agua destilada en
el compartimento trasero de la ambulancia resultó francamente incómodo. Pero
una vez vestido con la bata blanca de uno de los camilleros, no tuvo más que
dirigirse a uno de los desiertos sectores de estacionamiento prolongado del
inmenso garaje y seleccionar a un hombre que viajase solo. Éste accedió
amablemente a inclinarse hacia el interior del maletero de su coche para
buscar su maleta de muestras y no vio al doctor Lecter abalanzarse sobre él
por detrás.
El doctor Lecter se preguntó si la policía le creía tan estúpido como para salir
de Memphis desde el aeropuerto.
El único problema del trayecto hacia St. Louis había sido localizar las luces
largas, las de cruce, los limpiaparabrisas y los intermitentes de aquel coche
extranjero, ya que el doctor Lecter, dejando aparte el volante, no estaba
familiarizado con los mandos del vehículo. Mañana saldría a comprar
determinadas cosas que necesitaba; decolorante capilar, utensilios de barbero,
una lámpara de rayos ultravioletas, y otros productos, éstos con receta, que
requería para efectuar ciertos cambios inmediatos en su aspecto físico. Cuando
lo considerase oportuno, seguiría el viaje.
No había razón para apresurarse.
CAPÍTULO 44
Ardelia Mapp se encontraba en su posición predilecta, incorporada en la cama
con un libro. Estaba escuchando el boletín de noticias de la radio. La apagó al
ver entrar a Clarice con aire de cansancio. Después de mirar el rostro exhausto
de Starling, tuvo la delicadeza de no preguntarle nada a excepción de:
—¿Quieres un té? Cuando preparaba exámenes, Mapp se hacía un brebaje,
una infusión de unas hierbas que le enviaba su abuela, que ella llamaba «té de
la gente inteligente».
De las dos personas más inteligentes que Starling conocía, una era también la
más serena y la otra la más aterradora. Starling pensaba que ello equilibraba
en cierto modo sus amistades.
—Menuda suerte has tenido al librarte hoy de la clase —dijo Ardelia—. Ese
maldito Kim Won nos ha tenido todo el rato por el suelo. Hablo en serio. Llego a
pensar que en Corea hay más gravedad que aquí. Luego sus habitantes se
vienen a este país y se ganan la vida dando clases de defensa personal,
porque no les supone el menor esfuerzo... Ha venido Joe Brigham.
—¿Cuándo?
—Esta noche, hace un rato. Quería saber si ya habías vuelto. Iba peinado con
brillantina. Andaba dando vueltas por el vestíbulo como un novato. Hemos
charlado un momento. Me ha dicho que si ibas atrasada y tenías que empollar,
mañana y pasado suprimirá las clases de tiro para todos, para que puedas
aprovechar ese rato, y ya las recuperaremos durante el fin de semana. Le he
contestado que le diría algo. Es un buen tío.
—Sí, sí lo es.
—¿Sabes que quiere que formes parte del equipo de tiro en el campeonato
contra la DE Ay Aduanas?
—No.
—Y no en el femenino. En el abierto. Siguiente pregunta: ¿te sabes lo de la
Cuarta Enmienda para el viernes?
—Bastante.
—Muy bien. A ver. Contesta. ¿Qué es Chimel contra California?
—Inspecciones en escuelas secundarias.
—¿Inspecciones conforme a qué criterio?
—No lo sé.
—Conforme al concepto del «alcance inmediato». ¿Quién era Schneckioth?
—Pues... no tengo ni puta idea.
—Schneckioth contra Bustamonte.
—¿Es lo de la esperanza razonable de intimidad?
—Suspenso. La esperanza de intimidad es el principio de Katz. Srhneck1oth es
el consentimiento a la inspección. Veo que habrá que empollar, muchacha.
Tengo todos los apuntes.
—Esta noche no.
—No. Pero mañana te levantarás con la mente fértil e ignorante y
empezaremos a sembrar la cosecha del viernes.
Starling, Brigham ha dicho —confidencialmente, claro, y le he prometido que no
diría nada— que saldrás absuelta de la vista. Opina que ese petulante hijo de
puta de Krendler dentro de dos días ni se acuerda de ti. Tienes unas notas
excelentes y estos temas los vamos a machacar como si nada.
—Mapp observó la exhausta cara de Starling—. Has hecho más de lo que
debías por esa pobre desgraciada, Starling. Te has jugado el cuello por ella,
por su culpa has recibido una patada en el culo, y has movido las cosas. Tú
también tienes derecho a tu oportunidad. ¿Por qué no sigues adelante y te lo
cargas? A mí, de verdad, lo único que me interesa es darles en las narices.
—Ardelia... gracias. Y una vez que apagaron la luz...
—¿Starling?
—Dime.
—¿A quién encuentras más guapo, a Brigham o al cachondo de Bobby
Lowrance?
—Difícil me lo pones.
—Brigham lleva una frase tatuada en el hombro; se la he visto porque se le
transparentaba por debajo de la camisa. ¿Qué dice?
—No tengo la menor idea.
—¿Si lo averiguas me lo dirás?
—Probablemente no.
—Pues yo te dije lo de los calzoncillos estampados de serpiente que llevaba
Bobby.
—Porque se los viste por la ventana cuando estaba haciendo levantamiento de
pesos.
—Eso se lo ha chivado Gracie, ¿verdad? Esa tía es una bocazas y el día
menos pensado la...
Starling dormía.
CAPÍTULO 45
Poco antes de las tres de la madrugada, Crawford, que dormitaba junto a su
mujer, se despertó. El aliento de Bella había quedado en suspenso y ella se
había movido en la cama. Se levantó, se sentó y la tomó de la mano.
—¿Bella? Ella realizó una profunda inspiración y expulsó el aire. Por primera
vez en muchos días había abierto los ojos, aunque él estaba seguro de que no
le veía.
—Bella, amor mío, te quiero —le dijo, por si le oía. El miedo rozó las paredes
de su pecho, como un murciélago aleteando prisionero en el interior de una
casa. Al cabo de un momento se dominó.
Quería hacer algo por ella, ir a buscarle algo, cualquier cosa, pero no quería
que ella notase que se desasía de su mano.
Apoyó el oído en el pecho de Bella. Oyó un suave latido, unas palpitaciones y
luego el corazón se detuvo. No se oía nada; tan sólo un flujo frío y curioso. No
supo si el rumor procedía del pecho de Bella o de sus propios oídos.
—Dios te bendiga y te tenga a su lado... y al lado de los tuyos —murmuró
Crawford, queriendo que sus palabras fuesen veraces.
Se abrazó a ella, se sentó apoyándose en la cabecera de la cama y la estrechó
contra su pecho, sin soltarla mientras moría el cerebro. Luego, apartó con la
barbilla el turbante que cu— bría sus escasos restos de cabello.
No lloró. Eso ya lo había hecho.
Después la cambió, la vistió con su mejor camisón, el que ella prefería, y
estuvo un rato sentado junto a la cama, con la mano de Bella en la mejilla. Era
una mano ancha, cuadrada, hábil, que mostraba las huellas de toda una vida
cuidando el jardín, que ahora mostraba las huellas de innumerables
inyecciones intravenosas.
Cuando Bella entraba en casa desde el jardín, las manos le olían a tomillo.
(»Es como si tuvieses clara de huevo en los dedos», le habían dicho a Bella
sus compañeras de escuela refiriéndose al sexo.
Y cuántas veces ellos dos habían repetido esa broma en la cama, años atrás,
años después, el año pasado. No pienses en eso, piensa en todo lo bueno, en
lo puro. Lo puro era eso precisamente. Ella llevaba un sombrerito redondo y
guantes blancos, y la primera vez, al subir en el ascensor, él se puso a silbar
una teatral versión de Be,gin the Beguine. En la habitación, ella se burló de él,
diciéndole que llevaba los bolsillos abultados, como un chiquillo.)
Crawford se apartó del lado de Bella y se dirigió a la habitación contigua; desde
allí la veía, por la puerta abierta, arreglada bajo la cálida luz de la lámpara de la
mesilla. Estaba esperando que el cuerpo de su esposa se convirtiese en un
objeto ceremonial, aislado de la persona que había abrazado en la cama,
aislado de la compañera de toda una vida a la que ahora abrazaba en su
mente. Para así poder telefonear para que viniesen a buscarla.
Con las manos vacías, caídas a los costados, permaneció ante la ventana
mirando hacia el vacío del este. No buscaba el alba; el este era simplemente la
dirección hacia la cual se hallaba orientada la ventana.
CAPÍTULO 46
—¿Lista, Preciosa?
Jame Gumb estaba cómodamente tumbado en la cama, apoyado en la
cabecera, con la perrita enroscada en el estómago.
El señor Gumb acababa de lavarse el pelo y llevaba una toalla enrollada a la
cabeza. Rebuscó entre las sábanas, encontró el mando a distancia del vídeo y
oprimió el botón de puesta en marcha.
Había compuesto él mismo este programa a partir de dos películas
independientes que había copiado en una cinta. Cuando se hallaba en período
de preparaciones vitales, la contemplaba todos los días, y nunca dejaba de
hacerlo poco antes de cosechar una piel.
La primera parte procedía de una deteriorada película del noticiario Movietone,
un carrete en blanco y negro de 194 8. Se trataba de los cuartos de final del
curso para la elección de Miss Sacramento, episodio preliminar del prolongado
proceso que culminaba con la fiesta de la elección de Miss América en Atlantic
City.
Era la prueba de la competición en bañador, y todas las participantes, con
sendos ramos de flores, subían en fila por la escalera que conducía al
escenario.
La perrita del señor Gumb, que había contemplado el programa muchas veces,
guiñó los ojos al oír los primeros compases de la música, sabiendo que iba a
ser objeto de un sinfín de apretujones.
Las participantes eran, de aspecto, muy Segunda Guerra Mundial. Llevaban
bañadores de la marca Rose Marie Reid y algunas eran guapísimas. También
tenían las piernas bonitas y bien torneadas, unas pocas, pero les faltaba tono
muscular y hasta parecía que se les formase una pequeña bolsa en la rodilla.
Gumb apretujó al caniche.
—Preciosa, ahora viene, ahora viene, ¡ahora viene! Y, efectivamente, ahora
venía, ya llegaba, se acercaba a la escalera con su bañador blanco, con una
radiante sonrisa dedicada al joven que la ayudaba a subir, y luego se alejaba
contorneándose con sus zapatos de alto tacón, mientras la cámara enfocaba la
lisura de la parte trasera de sus muslos: Mamá. Ésa era Mamá.
El señor Gumb no tuvo necesidad de accionar el mando a distancia; lo había
dejado todo listo al efectuar la grabación. Marcha atrás; ahí volvía caminando
de espaldas, de espaldas bajaba la escalera, recuperaba la sonrisa dedicada al
joven, retrocedía por la pasarela, y ahora otra vez hacia delante, atrás y
adelante, adelante y atrás.
Cuando ella sonrió al joven, Gumb también sonrió. Luego aparecía otra vez
más, en medio de un grupo, aunque la imagen, al detener la filmación, siempre
quedaba borrosa. Era mejor pasarla a velocidad normal y contentarse con el
atisbo de su rostro. Mamá se hallaba con las restantes participantes felicitando
a las vencedoras.
El segundo fragmento lo había grabado directamente de un programa de
televisión por cable en un motel de Chicago; había tenido que salir a toda prisa
a comprar un vídeo y una cinta, y pernoctar allí un día más. Correspondía al
filme que en circuito cerrado proyectan los canales eróticos, casi ya de
madrugada, como telón de fondo para los anuncios pornográficos que
aparecen sobreimpresos en la pantalla.
Dichos filmes están compuestos por secuencias de películas verdes de los
años cuarenta y cincuenta, bastante inocuas por cierto; sale, por ejemplo, un
partido de voleibol en un camping nudista, y otras imágenes, las menos
explícitas, de películas eróticas de los treinta, aquellas en que los actores
usaban narices falsas y todavía lo hacían con calcetines. Para la banda sonora
se utilizaba cualquier tipo de música. La de esa secuencia era la melodía de
The Look of Love, que resultaba bastante fuera de ritmo con el dinamismo de la
acción que aparecía en la pantalla.
El señor Gumb no pudo conseguir eliminar la sobreimpresión de los anuncios.
De modo que no le quedaba más remedio que aguantarlos.
Aquí está; una piscina al aire libre en California, a juzgar por la vegetación.
Elegante mobiliario de jardín, todo muy años cincuenta. Varias chicas
atractivas, bañándose desnudas. Algunas de ellas, unas pocas, hubieran
podido actuar en películas de segunda categoría. Vivarachas y alegres, salían
de la piscina y echaban a correr, mucho más aprisa que la música, hacia la
escalerilla de un tobogán, subían por ella y bajaban... izas, pechos al aire,
riéndose a carcajadas al lanzarse hacia abajo, piernas abiertas, y pumba, al
agua!
Ahora venía Mamá. Ahí estaba, saliendo de la piscina detrás de la chica del
pelo rizado. La cara le quedaba parcialmente cubierta por un anuncio de
Sinderella, una famosa boutique de lencería provocativa, pero se la veía
alejándose y luego aparecía subiendo por la escalerilla, toda mojada y brillante,
maravillosamente exuberante y ágil, con la pequeña cicatriz de la cesárea y...
¡tobogán abajo! ¡Al agua! Qué guapa; aunque no se le viese la cara, el señor
Gumb intuía, sabía en su corazón, tenía la absoluta certeza de que se trataba
de Mamá, filmada después de la última vez que la vio en su vida. Salvo
mentalmente, claro está.
La escena cambiaba dando paso a un anuncio de ayuda conyugal y finalizaba
bruscamente.
El caniche guiñó los ojos dos segundos antes de que el señor Gumb le
estrechase fuertemente entre sus brazos.
—Preciosa, Preciosa mía, ven aquí con tu mamá. Ya verás lo guapa que va a
estar mamá muy pronto.
Mucho quehacer, mucho quehacer, mucho quehacer para tenerlo todo listo
para mañana.
Desde la cocina, gracias a Dios, no lo oía aunque aquello gritase a todo
pulmón, pero si lo oyó desde la escalera cuando bajaba al sótano. Había
alimentado la esperanza de que el material estuviese callado, dormido, pero
gritaba. El caniche, que realizaba el mismo viaje bajo el brazo del señor Gumb,
respondió con un gruñido a los sonidos que llegaban del pozo.
—Tú estás mucho mejor educada —dijo el señor Gumb, acercando los labios al
pelaje de la nuca de la perrita.
Al cuarto donde se encuentra la mazmorra se llega a través de una puerta,
situada al pie de la escalera, a la izquierda. No se molestó ni en echarle un
vistazo ni se detuvo a escuchar las palabras que llegaban desde lo hondo del
pozo; para él no guardaban la menor semejanza con ningún lenguaje conocido.
El señor Gumb se dirigió a la derecha, al taller, dejó el caniche en el suelo y
encendió las luces. Varias polillas emprendieron el vuelo y se posaron
inofensivas en la rejilla de tela metálica que protegía las bombillas del techo.
En su taller, el señor Gumb era sumamente meticuloso. Siempre preparaba sus
soluciones en recipientes de acero inoxidable, nunca de aluminio.
Había aprendido a hacerlo todo con sobrada antelación. A medida que iba
trabajando, se decía a sí mismo:
Has de ser ordenado, has de ser preciso, has de ser eficiente, porque los
problemas son formidables.
La piel humana es pesada —equivale a un dieciséis o dieciocho por ciento del
peso corporal y muy resbaladiza. Una piel entera es difícil de manipular y
fácilmente se resbala de los dedos cuando todavía está húmeda. El factor
tiempo reviste asimismo una gran importancia; la piel empieza a arrugarse
inmediatamente después de haber sido cosechada, especialmente en el caso
de adultos jóvenes, que tienen la piel más tersa.
Añádase a ello el hecho de que la piel no es perfectamente elástica, ni siquiera
en los jóvenes. Si se estira, jamás recupera sus proporciones originales. Si una
costura, por perfecta que sea su ejecución, se estira demasiado al trabajarla
encima de una almohadilla de sastre, que afloja y hace bolsas, ya puede uno
llorar de desesperación encima de la máquina, que el llanto no elimina ni una
arruga. Luego viene el problema de las líneas del escote, que han de definirse
con muchísimo cuidado.
La piel no se estira en la misma proporción en todas las direcciones, detalle
que es preciso tener en cuenta antes de que los depósitos de colágeno se
deformen, porque ello hace que las fibras se desgarren; si estiras en la
dirección equivocada, no hay quien quite la marca del estirón.
El material sin tratar es simplemente imposible de trabajar. Muchos y
prolongados experimentos, unidos a mucho sufrimiento, condujeron al señor
Gumb a esta incontrovertible conclusión.
Al final llegó al convencimiento de que los métodos tradicionales eran los más
convenientes. Su procedimiento era el siguiente: primero dejaba sus artículos
en remojo dentro de los acuarios, sumergidos en una solución de extractos
vegetales conocida ya por los indios americanos, cuyos ingredientes eran todos
ellos sustancias naturales que no contenían ningún tipo de sales minerales.
Luego empleaba el método gracias al cual se obtiene el inigualable ante
americano, famoso en el mundo entero por su flexibilidad y suavidad; el clásico
curtido del cuero mediante la utilización de sesos. Los indios creían que cada
animal poseía la cantidad de seso suficiente para curtir su propio pellejo. Pero
el señor Gumb sabía que tal cosa no era cierta y hacía mucho tiempo que
había dejado de confiar en su eficacia, incluso al curtir el del primate que
poseía el cerebro de mayor tamaño. Y ahora disponía de un congelador repleto
de sesos de ternera, para no andar nunca escaso de tan primordial elemento.
Las dificultades que planteaba procesar el material podía solventarlas solo; la
práctica le había hecho casi perfecto.
Quedaban, por supuesto, importantes problemas de tipo estructural, pero
estaba especialmente capacitado para resolver también este tipo de
obstáculos. El taller daba a un pasillo del sótano, que conducía a un cuarto de
baño, en desuso, en el que el señor Gumb guardaba el polipasto y el
cronómetro, así como al estudio y a la enorme y negra madriguera que había
allá.
Abrió la puerta del estudio y encendió la luz, un torrente de luz; focos y tubos
incandescentes, calculados para reproducir con exactitud la luz del día,
aparecían clavados de las vigas.
Sobre una tarima de roble crudo aparecían varios maniquies. Todos estaban
parcialmente vestidos, algunos con prendas de cuero, otros con modelos en
glasilla de prendas que aguardaban su futura confección. Las dos paredes de
espejo —espejo de calidad, de azogue, no de azulejo— reflejaban ocho
maniquíes. Una repisa a modo de tocador contenía cosméticos y varios
soportes con diversas pelucas. Era el estudio más luminoso del mundo, todo
blanco y roble rubio.
Los maniquíes iban vestidos con prendas destinadas a la venta aún por
terminar; casi todas ellas eran copias fusiladas de modelos de Arman¡, de fina
cabritilla negra, llenas de pliegues, tablas, hombros acentuados y bolsillos de
plastrón en el pecho.
La tercera pared estaba ocupada por una espaciosa mesa de trabajo, dos
máquinas de coser industriales, dos maniquíes de mujer, de los que usan las
modistas para las pruebas, y uno de hombre confeccionado según las medidas
exactas del torso de Jame Gumb.
Adosado a la cuarta pared y dominando esa luminosa habitación había un gran
armario negro de laca china que cubría casi los dos metros y medio de altura
que medía la estancia hasta el techo. Era un mueble ya viejo y los dibujos que
adornaban la laca habían perdido color; quedaban todavía unas pocas
escamas doradas en un punto en que había habido un dragón, del que
perduraba un ojo blanco y vigilante, y también la lengua roja de otro dragón
cuyo cuerpo se había desvanecido. La laca, en cambio, permanecía intacta, si
bien bastante agrietada.
El armario, inmenso y profundo, no guardaba ninguna prenda destinada al
trabajo comercial. Contenía, en maniquíes de pruebas y perchas, las Prendas
Especiales, y sus puertas estaban cerradas.
La perrita bebió un poco de agua del cacharro dispuesto para ella en una
esquina y se tendió a los pies de un maniquí, con los ojos fijos en el señor
Gumb.
Él había estado trabajando en la confección de una chaqueta de cuero. Tenía
que terminarla; su intención había sido dejar listo todo lo demás, pero se
hallaba dominado por un acceso de fiebre creativa y la glasilla que había
confeccionado para su propia prenda no le satisfacía por completo.
Pese a que el señor Gumb había progresado en el oficio de sastre infinitamente
más de lo que le habían enseñado en el correccional de California en su
juventud, la obra que tenía entre manos constituía un verdadero desafío. Ni
siquiera el manejo de la más flexible cabritilla preparaba para un trabajo de
verdadera finura.
Examinó dos modelos de prueba confeccionados en glasilla que parecían dos
camisetas blancas; una estaba hecha a su medida y la otra cortada según las
medidas que había tomado a Catherine Baker Martin mientras aún estaba
inconsciente. Al colocar la glasilla más pequeña en el maniquí que reproducía
su torso, los problemas se tornaron evidentes. A pesar de que era una chica de
gran tamaño y maravillosamente proporcionada, ni tenía la estatura del señor
Gumb ni mucho menos su misma anchura de espalda.
El ideal del señor Gumb era una prenda sin costuras. Tal cosa no era posible.
Sin embargo, se había empeñado en que la parte delantera del modelo
careciese de costuras y asimismo que su confección fuese impecable. Ello
significaba que todos los retoques habían de hacerse en la espalda. Difícil
tarea, muy difícil.
Ya había descartado una glasilla y empezó otra nueva. Si resolvía el problema
a base de estirar el material con suma prudencia, quizá podría solventarlo con
un par de pinzas en las sisa, no de las llamadas francesas, sino dos piezas
triangulares verticales, colocadas con la punta hacia abajo. También había de
colocar otras dos pinzas en la espalda, en la cintura, justo a la altura de los
riñones. Estaba acostumbrado a trabajar dejando un pequeñísimo margen en
las costuras.
Sus reflexiones superaban los aspectos meramente visuales para tomar en
cuenta consideraciones de tipo táctil; no era inconcebible que una persona
atractiva pudiera ser abrazada.
El señor Gumb se espolvoreó las manos con un poco de talco y propinó al
maniquí que reproducía su torso un estrecho, espontáneo y cariñoso abrazo.
—Dame un beso —dijo en broma al vacío que hubiera debido ocupar la
cabeza—. Tú no, tontina —añadió para la perrita, al ver que ésta alzaba las
orejas.
Gumb acarició la espalda del maniquí a la altura natural de sus brazos. Luego
lo examinó por detrás para ver las marcas que había dejado el talco. A nadie le
gusta notar una costura.
En un abrazo, sin embargo, las manos al cruzarse pasan más allá del centro de
la espalda. Por otra parte, razonó, estamos acostumbrados a notar el rosario
de la columna vertebral, de modo que notar allí un pespunte no resultaría tan
desagradable como palpar una asimetría en cualquier otro punto del cuerpo.
Las costuras de los hombros quedaban, pues, descartadas. La solución era
una pinza en la parte alta de la espalda, con la punta situada ligeramente más
arriba del centro de los omóplatos. Además, podría emplear la misma costura
para sujetar el canesú del forro, imprescindible para que la prenda tuviera
cuerpo. Dos pedazos de Lycra bajo las aberturas de ambos lados —tenía que
acordarse de comprar ese material elástico— y un cierre de Velcro disimulado
debajo de la abertura de la derecha. Y pensó en aquellos maravillosos vestidos
confeccionados por Charles James en los que las costuras estaban cosidas de
manera que quedaban completamente planas.
La pinza de la espalda quedaría cubierta por su pelo, o mejor dicho, por el pelo
que muy pronto tendría.
El señor Gumb sacó la glasilla del maniquí y se puso a trabajar.
La máquina de coser, antigua y de excelente calidad, repleta de dibujos
ornamentales y accionada mediante un pedal, había sido adaptada hacía quizá
ya cuarenta años para funcionar con electricidad. En el brazo, en letras
doradas, ostentaba una inscripción que decía: «Nunca me canso, sirvo». El
pedal seguía siendo operativo, y Gumb siempre se servía de él al empezar
cualquier pespunte. En las costuras delicadas, prefería trabajar descalzo, y
accionaba el pedal con aquel pie carnoso, agarrando el borde posterior con los
dedos, cuyas uñas llevaba impecablemente pintadas, para evitar que se
acelerase demasiado. Durante un buen rato, los únicos ruidos que se oyeron
en el caldeado sótano fueron el de la máquina, los ronquidos del caniche y el
silbido de las cañerías del vapor.
Cuando hubo terminado de añadir las pinzas a la glasilla, se la probó frente a
los espejos. Con la cabeza ladeada, la perrita le observaba desde el rincón.
Tendría que abrir un poco más las sisas. Quedaban luego unos pequeños
problemas relacionados con las vistas y las entretelas. Por lo demás, quedaba
perfecta. Era flexible, adaptable y tenía una hermosa caída. Ya se veía
subiendo por la escalera de un tobogán, corriendo y brincando de alegría.
El señor Gumb hizo varias pruebas de luz, se puso varias pelucas para
comprobar el efecto y por último se engalanó ciñéndose una maravillosa
gargantilla de conchas al cuello. Quedaría espectacular cuando llevase un
vestido de noche escotado o un pijama de seda sobre el nuevo tórax que se
estaba confeccionando.
Sintió la tentación de continuar, de ponerse de inmediato manos a la obra, pero
tenía los ojos fatigados.
Además, quería tener las manos completamente firmes, y no estaba de humor
para berridos. Con paciente lentitud quitó los hilvanes y colocó las piezas
planas sobre la mesa. El modelo era perfecto.
—Mañana, Preciosa —le dijo al caniche cuando sacaba los sesos de ternera
con objeto de descongelarlos—.
¡Mañana por la mañanaaaaaaa! ¡Ya verás lo guapísima que se va a poner
mamá!
CAPÍTULO 47
Starling durmió Profundamente cinco horas y, en plena noche, sobresaltada por
el terror del sueño, se despertó. Mordió una esquina de la sábana, se cubrió los
oídos con las manos y esperó unos instantes, a fin de averiguar si estaba
completamente despierta y a salvo del miedo. Silencio; no se oían balidos de
corderos. Al darse cuenta de que estaba despierta, el corazón se le tranquilizó,
pero los pies se negaban a permanecer debajo de las sábanas. Al cabo de un
momento la mente le empezaría a galopar, lo sabía.
Notó con alivio que la invadía una oleada de ira y no de miedo.
—Imbéciles —dijo, sacando un pie de la cama.
Después de aquel largo día en que había sido interrumpida por Chilton,
insultada por la senadora Martin, abandonada y reprendida por Krendler,
provocada por el doctor Lecter, descompuesta por su sanguinaria huida y
relevada del caso por Jack Crawford, había una cosa que era lo que más le
dolía: que la hubiesen llamado ladrona.
La senadora Martin era una madre sometida a una extrema tensión y estaba
harta de que la policía anduviese manoseando las pertenencias de su hija. No
había tenido intención de ofender a Starling.
No obstante, a Starling la acusación se le había clavado como una aguja al rojo
vivo.
De pequeña, le habían enseñado que robar es, a excepción de violar y matar
por dinero, el acto más mezquino y despreciable que puede cometerse, hasta
tal punto que ciertos casos de homicidio son preferibles al robo.
De niña, cuando vivía en instituciones en las que había pocas recompensas y
mucha hambre, había aprendido a aborrecer a un ladrón.
Tendida en la cama en la oscuridad, afrontó una segunda razón que explicaba
por qué seguía doliéndole tanto la insinuación de la senadora Martin.
Starling sabía lo que diría el perverso doctor Lecter, y era cierto: temía que la
senadora Martin hubiese visto en ella una cierta falta de clase, un aire de
ordinariez, un punto de rapacidad, estímulos ante los cuales la senadora había
reaccionado con desprecio. La senadora Martin, tan distinguida, la mala puta.
El doctor Lecter disfrutaría poniendo de manifiesto que el rencor de clase, ese
resentimiento soterrado que se transmite con la leche de la madre, era un
factor determinante de la personalidad de Clarice. Starling no tenía nada que
envidiar a ningún Martin en cuestión de formación, inteligencia, iniciativa e
incluso atractivo físico, lo cual no impedía que el sentimiento existiese, como
ella bien sabía.
Starling era un miembro aislado de una tribu altiva que no poseía más árbol
genealógico que el que proporcionan el cuadro de honor de la escuela y la
ausencia de antecedentes penales. Muchos de los Starling, desposeídos en
Escocia y expulsados de Irlanda por el hambre, se habían inclinado hacia
oficios peligrosos. Cuántos se habían desgastado de ese modo, cayendo al
fondo de un agujero o resbalando de un tablón con un balazo en los pies, o
habían sido enviados a la gloria con un «toque de silencio» de madrugada,
cuando sus restantes compañeros no tenían más deseo que irse a casa. Es
posible que algunos de ellos fuesen lacrimosamente recordados por algún que
otro oficial en las noches de cantina, de igual modo que un borracho recuerda
con emoción a un buen perro cazador. Nombres marchitos en una Biblia.
Según le habían contado a Starling, ninguno de ellos había destacado
demasiado, a excepción de una tíaabuela que se dedicó a escribir un
prodigioso diario hasta que enfermó de meningitis.
Pero no robaban. En América, ya se sabe, lo importante es la escuela, y los
Starling, que lo habían comprendido de inmediato, se envanecían de ello. Uno
de los tíos de Clarice había mandado que en su lápida grabasen el título de
bachiller elemental.
Durante los muchos años en que no tuvo otro sitio adonde ir, para Starling lo
esencial habían sido las escuelas y su arma de choque los exámenes.
Sabía que podía superar este bache, ser lo que siempre había sido y hacer lo
que siempre había hecho desde que descubrió cómo funcionan las cosas; es
decir, luchar para contarse entre los primeros de su clase y verse así aceptada,
incluida, elegida y no rechazada.
Era simplemente cuestión de trabajar con ahínco y andarse con cuidado.
Sacaría buenas notas. En defensa personal, el coreano no lograría
suspenderla. Su nombre, el de Clarice Starling, sería grabado en la placa del
vestíbulo, junto al de los mejores, por su extraordinaria actuación en el servicio.
Dentro de cuatro semanas tendría en sus manos el título de agente especial
del FBI.
¿Tendría acaso que vigilar durante el resto de su vida a ese cabrón de
Krendler?
En presencia de la senadora, el muy cobarde se había querido lavar las manos.
Cada vez que Starling pensaba en aquello, sentía un aguijonazo de dolor. El tío
no estaba seguro de que dentro del sobre hubiese alguna prueba concluyente.
Menudo elemento. Ahora, al recordar a Krendler, veía que calzaba zapatos
deportivos azul marino, iguales a los que llevaba el alcalde de su pueblo, el jefe
de su padre, cuando fue a recoger el reloj de vigilante.
Lo peor era que Jack Crawford salía de todo aquello disminuido. Era evidente
que se hallaba sometido a una tensión inhumana. La había enviado a
comprobar el coche de Raspail sin concederle apoyo ni protegerla con ningún
símbolo de autoridad. De acuerdo, ella había solicitado realizar esa misión en
esos términos; eso, bien mirado, era irrelevante. Pero Crawford tenía
forzosamente que saber que surgirían dificultades cuando la senadora Martin la
viese a ella en Memphis; dificultades las hubiese habido, aunque no hubiera
descubierto las malditas fotografías.
Catherine Baker Martin está sumida en esta misma oscuridad. Starling lo había
olvidado unos instantes, mientras reflexionaba sobre sus propios problemas.
Varias imágenes de los últimos días castigaron a Starling por el olvido y
centellearon ante sus ojos con vivos colores, exagerados colores, repugnantes
colores, esos colores que surgen del negro cuando de noche brilla un
relámpago.
Ahora era Kimberly la que la obsesionaba. Kimberly, gorda, muerta, que se
había perforado las orejas para adornarse, para estar más bonita, que ahorraba
para depilarse las piernas. Kimberly, con el cuero cabelludo arrancado.
Kimberly, su hermana. Starling no creía que Catherine Baker Martin hubiese
tenido tiempo para dedicárselo a Kimberly.
Ahora, bajo la piel, ambas eran hermanas. Kimberly, tendida en una funeraria
repleta de policías bocazas e insensibles.
Starling no tuvo fuerzas para seguir contemplando aquella imagen. Intentó
apartar la cara, como hace un nadador para respirar.
Todas las víctimas de Buffalo Bill eran mujeres, su obsesión eran mujeres, vivía
para dar caza a las mujeres.
Ninguna mujer le estaba dando caza a él. Ninguna investigadora se había
molestado en estudiar en serio todos y cada uno de sus crímenes.
Starling se preguntó si Crawford tendría las narices de llevarla a ella, en calidad
de ayudante técnica, cuando tuviese que ir a examinar el cadáver de Catherine
Martin. Bill la «liquidaría mañana», había vaticinado Crawford. Liquidarla.
Liquidarla. Liquidarla.
—Joder —dijo Starling en voz alta, poniendo los pies en el suelo.
—Estás corrompiendo a un retrasado mental, ¿verdad, Starling? —dijo Ardelia
Mapp—. Te lo has metido en la cama a escondidas y ahora le estás dando
instrucciones... No creas que no te oigo.
—Perdona, Ardelia. No creía que...
—Con ese tipo de personas, tienes que ser más concreta mujer. No puedes
limitarte a decir lo que has dicho. Corromper a un retrasado mental es como el
periodismo; has de especificar qué, cuándo, dónde_y cómo. El porqué se torna
evidente a medida que progresa la cosa.
—tienes ropa que lavar?
—¿He entendido correctamente? ¿Has dicho si tenía ropa que lavar?
—Sí. Creo que voy a poner una lavadora. ¿Tienes algo?
—Sólo ese chándal que está colgado de la puerta.
—Muy bien. Cierra los ojos. Voy a encender la luz un instante.
No fueron los apuntes de la Cuarta Enmienda, el tema del próximo examen, lo
que Starling colocó encima de la cesta de la ropa y se llevó a la lavandería.
Lo que cogió fue el expediente de Buffalo Bill, un tomo de diez centímetros de
grosor, repleto de sufrimiento y terror, encuadernado con unas tapas de cuero
cuyas etiquetas estaban escritas con una tinta del color de la sangre. Se llevó
también el borrador de su informe sobre la polilla de la muerte. Tenía que
devolver el expediente al día siguiente y si quería que incluyese una copia del
informe, tenía que acabar de redactarlo. En la caldeada lavandería, acunada
por el acogedor traqueteo de la lavadora, quitó las bandas elásticas que
sujetaban el expediente. Dispuso los papeles en la repisa de doblar la ropa y se
dispuso a pulir la redacción del informe sin mirar las fotografías, sin pensar en
las fotografías que pronto se adjuntarían. Encima de todo estaba el mapa,
menos mal. Pero en el mapa había algo escrito a mano.
La elegante caligrafía del doctor Lecter cruzaba la zona de los Grandes Lagos
y decía:
Clarice: ¿No le parece excesivo el azar que preside la dispersión de estos
puntos? ¿No le da la impresión de que constituye un conjunto
desesperadamente fortuito? ¿Fortuito hasta pecar de inconveniente? ¿No le
sugiere el artificio de un pésimo embustero?
Gracias, Aníbal Lecter P.D. No se moleste en revisar el expediente. No hay
nada más.
Tardó veinte minutos en pasar todas las páginas para asegurarse de que no
había, efectivamente, nada más.
Starling se dirigió al teléfono público del vestíbulo, llamó a la centralita de
guardia y le leyó el mensaje a Burroughs, preguntándose cuándo dormía este
hombre.
—Debo decirle, Starling, que el precio de mercado por cualquier información
procedente de Lecter ha bajado varios puntos —dijo Burroughs—. ¿La ha
llamado Jack para decirle lo de la bilirrubina?
—No. Starling se apoyó en la pared y cerró los ojos mientras él le explicaba la
broma del doctor Lecter.
—No sé, no sé —dijo Burroughs al concluir—. Jack dice que van a seguir
investigando las clínicas de cambio de sexo, pero ¿hasta cuándo? Si se
observa la información almacenada en el ordenador, el modo de introducir los
datos, se advierte que toda la información procedente de Lecter, la que le dio a
usted y la que comunicó en Memphis, posee unos prefijos especiales. Todo el
material de Baltimore o todo el material de Memphis, o ambos a la vez, pueden
eliminarse pulsando una sola tecla. Yo creo que el Departamento de justicia
tiene muchas ganas de pulsar esa tecla. Mire, he recibido un comunicado de
dicho departamento sugiriendo que el insecto descubierto en la garganta de
KJaus es, veamos cómo dice, «una pura nimiedad».
—De todos modos, le pasará esto al señor Crawford, ¿verdad? —insistió
Starling.
—Sí, claro, se lo dejaré en pantalla, pero ahora no voy a llamarle por teléfono.
Y usted tampoco debe llamarle.
Bella acaba de morir.
—Oh —murmuró Starling.
—Pero no todo son malas noticias. Los muchachos de la delegación de
Baltimore han registrado la celda de Lecter en el psiquiátrico, con la ayuda de
Barney, el enfermero. Y han descubierto en la cabeza de un perno del jergón
de Lecter abrasiones de metal, método que empleó para fabricar la llave de las
esposas. Quédese tranquila, Starling. Va usted a salir oliendo a rosas.
—Gracias, señor Burroughs. Buenas noches.
Oliendo a rosas. Tuve que ponerme Vicks VapoRub en la narí z.
Despuntaba el alba del último día de la vida de Catherine Martin.
¿Qué quería decir el doctor Lecter? Era imposible saber qué sabía el doctor
Lecter. Cuando ella le entregó el expediente, se imaginó que Lecter disfrutaría
contemplando las fotografías y que emplearía como guión los datos que en él
aparecían, mientras a ella le comunicaba cosas de Buffalo Bill que ya sabía
previamente.
Quizá Lecter le había mentido siempre, como había mentido a la senadora
Martin. Tal vez no sabía ni comprendía nada de Buffalo Bill.
Lo ve todo con prodigiosa claridad; a mí me ha calado por completo. Es duro
aceptar que una persona pueda comprenderte sin descarte lo mejor. A la edad
que tenía, Starling todavía no se había hallado muchas veces en semejante
situación.
Desesperadamente fortuito había escrito el doctor Lecter. Starling y Crawford y
un montón de gente habían contemplado el mapa con los puntos que
señalaban los lugares en que se habían producido los secuestros y aquellos en
que habían aparecido los cadáveres. A Starling el conjunto le había parecido
una constelación negra, con.una fecha junto a cada una de las estrellas, y
sabía que Ciencias del Comportamiento había intentado comparar el mapa con
los signos del zodíaco sin obtener resultado.
Si el doctor Lecter se había dedicado a leer el expediente por placer, ¿por qué
se había entretenido en el mapa? Starling se lo imaginaba ojeando el
expediente y burlándose de la prosa de varios de los informes.
La disposición de los puntos de secuestro y de los lugares en que habían
aparecido los cadáveres no formaban ningún dibujo concreto; no se advertían
relaciones de conveniencia entre los puntos ni tampoco el menor signo de
coordinación temporal con ninguna norma comercial conocida, con ninguna
serie de hurtos ni robos de ropa interior ni con ningún otro delito de orientación
fetichista.
Una vez de regreso a la lavandería, oyendo el zumbido de la secadora, Starling
recorrió el mapa con los dedos. Aquí un secuestro; ahí el cadáver. Aquí el
segundo secuestro; allí el segundo cadáver. Aquí el tercero y... Pero estas
fechas están equivocadas, o no, el segundo cadáver, fue descubierto primero.
Este hecho se había registrado, sin subrayarlo, en tinta borrosa junto al punto
exacto del hallazgo. El cadáver de la segunda mujer secuestrada fue el primero
en descubrirse; apareció flotando en el río Wabash, en el centro de Lafayette,
Indiana, justo debajo de la Nacional 65.
La primera mujer cuya desaparición se denunció había sido secuestrada en
Belvedere, Ohio, en las proximidades de Columbus, y su cadáver descubierto
mucho tiempo después en el río Balckwater de Missouri, a las afueras de Lone
Jack. El cadáver iba provisto de plomos. Era el único; ninguno de los demás
llevaba pesos.
El cadáver de la primera víctima se había descubierto en el fondo de un río y
en una comarca aislada. La segunda había sido arrojada a un río a muy poca
distancia de una ciudad, donde evidentemente se descubriría pronto.
¿Por qué? A la primera la había escondido; a la segunda no. ¿Por qué? ¿Qué
significaba «desesperadamente fortuito»? Vayamos por orden. Lo primero es lo
primero. ¿Qué había dicho el doctor Lecter refiriéndose a «primero»? ¿Qué
significaba todo lo que decía el doctor Lecter?
Starling repasó las notas que había garabateado en el avión que la alejaba de
Memphis.
El doctor Lecter había dicho que el expediente contenía toda la información
suficiente para identificar al asesino. «Simplicidad», había dicho. ¿Y
«primero»? ¿Dónde estaba lo de «primero»? Aquí: «Primeros principios» eran
fundamentales. «Primeros principios»; le sonó de una petulancia insoportable
cuando se lo oyó decir.
¿Qué hace él, Ciarice? ¿Qué es lo primero, lo primordial, qué hace? ¿Qué
necesidad satisface matando?
Codicia. ¿Y cómo empezamos a codiciar? Empezamos por codiciar lo que
vemos cada día.
Resultaba más fácil pensar en las frases de Lecter sin notar los ojos del doctor
clavados en su piel. Resultaba más fácil aquí, a salvo en el corazón de
Quantico.
Si empezamos a codiciar codiciando lo que vemos cada día, ¿acaso Buffalo Bill
se desconcertó al matar a la primera? ¿Liquidó a una mujer de su entorno? ¿Y
por eso escondió a la primera con cuidado y en cambio a la segunda no?
¿Secuestró a la segunda lejos de su pueblo y la arrojó a un lugar donde fuera
descubierta pronto, para así establecer desde el principio la creencia de que los
puntos de secuestro eran fortuitos?
Cuando Starling pensaba en las víctimas, Kimberly Emberg era la primera que,
le venía a la mente, porque a Kimberly la había visto muerta y, en cierto modo,
sentía por ella una especial preferencia.
Pero ahí estaba la primera. Fredrica Bimmel, veintidós años, de Belvedere,
Ohio. Había dos fotografías. En la del anuario escolar se veía a una muchacha
grandullona y poco agraciada, dueña de una hermosa mata de pelo y de un
cutis precioso. En la segunda, tomada en el depósito de cadáveres de Kansas
City, sus despojos no parecían humanos.
Starling volvió a llamar a Burrouglis. Le respondió con la voz algo más áspera,
pero la escuchó.
—¿Qué hay de nuevo, Starling?
—A lo mejor vive en Belvedere, Ohio, que es donde vivía la primera víctima. A
lo mejor la veía todos los días y la mató de forma, ¿cómo decir?, espontánea. A
lo mejor sólo quería... invitarla a un refresco y charlar un rato. Y por eso se
tomó la molestia de esconder el cadáver y luego secuestró a la segunda lejos
de su pueblo. A ésa no la escondió, para que la descubriesen antes y desviar
así las sospechas y la atención de la policía hacia un lugar lejano. Ya sabe
usted el revuelo que levantan las denuncias por desaparición; la cosa no se
calma hasta que no se descubre el cadáver.
—Starling, los resultados dependen de que el caso sea reciente, la gente lo
recuerda, puede haber testigos...
—Eso es precisamente lo que estoy diciendo. El lo sabe.
—Por ejemplo, hoy no puede usted ni estornudar sin toparse con un policía en
cada esquina de la ciudad de la última víctima, Kimberly Emberg, de Detroit.
Menudo interés ha despertado de repente Kimberly Emberg, desde que ha
desaparecido la pequeña Martin. De pronto todos se han puesto a trabajar
como negros. Esto último no me lo ha oído decir.
—Por favor, ¿le pasará lo de la primera ciudad al señor Crawford?
—Desde luego. Le juro que se lo voy a pasar a todo el mundo. No diré que su
razonamiento sea equivocado, Starling, pero tenga en cuenta que esa
población se investigó en cuanto esa mujer, ¿cómo se llamaba?, Bimmel,
¿verdad?, fue identificada. Belvedere fue investigado por la delegación de
Columbus y por la policía local, naturalmente. Está todo en el expediente. No
creo que esta mañana consiga usted suscitar mucho interés por Belvedere ni
por cualquier otra teoría del doctor Lecter.
—Todo lo que él...
—Starling, estamos organizando una colecta a favor de U N I C E F en nombre
de Bella. Si quiere participar, añadiré su nombre en la tarjeta.
—Por supuesto. Gracias, señor Burroughs. Starling sacó la ropa de la
secadora. Las prendas estaban tíbias, olían bien y tenían un tacto suave. Las
dobló y estrechó el montón contra su pecho.
Su madre con los brazos cargados de sábanas limpias. Hoy es el último día de
la vida de Catherine. La urraca blanca y negra robaba objetos del carro. Su
madre no podía salir para ahuyentarla y hacer al mismo tiempo la limpieza de
la habitación.
Hoy es el último día de la vida de Catherine. Su padre, cuando enfilaba el
sendero de casa con la camioneta, indicaba el giro con el brazo en lugar de
emplear el intermitente. Ella, que estaba jugando en el jardín, pensaba que con
aquel brazo grande le indicaba a la camioneta dónde había de girar, la obligaba
a girar.
Cuando Starling tomó la decisión de lo que iba a hacer, se le llenaron los ojos
de lágrimas. Y ocultó la cara en la ropa limpia y tibia.
CAPÍTULO 48
Crawford salió de la funeraria y miró a ambos lados de la calle en busca de
Jeff, que le aguardaba con el coche. Vio en cambio a Clarice Starling,
aguardando bajo la marquesina, vestida con un traje de chaqueta oscuro, real a
la luz del día.
—Déjeme ir —le dijo ella. Crawfórd acababa de elegir el ataúd de su mujer y en
una bolsa de papel llevaba un par de zapatos de ésta que había traído por
equivocación.
—Perdone —añadió Starling—. No hubiese venido ahora si hubiera habido otro
momento. Déjeme ir.
Crawford hundió las manos en los bolsillos y giró el cuello hasta que el de la
camisa crujió. Tenía los ojos brillantes, tal vez peligrosos.
—¿Que la deje ir adónde?
—Usted me envió a Memphis para que me familiarizase con el entorno de
Catherine Martin; déjeme ir a casa de las demás.
Lo único que nos queda es averiguar cómo las secuestra. Cómo las descubre,
cómo las elige. Tengo tanta capacidad como cualquier otro de*sus
investigadores; para ciertas cosas, sirvo incluso más. Todas las víctimas son
mujeres, y no hay ninguna mujer trabajando en este caso. Yo entro en la
habitación de una mujer y veo el triple de cosas más que un hombre, y usted lo
sabe. Déjeme ir.
—¿Está dispuesta a aceptar que la obliguen a repetir?
—Sí.
—Le va a costar seis meses de retraso, seguramente. Ella no contestó.
Crawford golpeó la hierba con la punta del zapato. Alzó la vista y la miró,
advirtiendo la amplia inmensidad, como la de una pradera, que tenía su mirada.
La muchacha tenía fortaleza como Bella.
—¿Por cuál empezaría? —le preguntó Crawford.
—Por la primera. Fredrica Bimmel, de Belvedere, Ohio.
—¿No por Kimberly Emberg, la que usted vio?
—Él no empezó con ella.
—¿Mencionar a Lecter? No. Ya vería la pantalla.
—Emberg sería la opción emocional, ¿no es cierto, Starling? Los gastos del
viaje le serán reembolsados. ¿Tiene dinero?
Los bancos no abrirían hasta dentro de una hora.
—Me queda algo en la cuenta de la Visa. Crawford metió las manos en los
bolsillos. Le dio trescientos dólares en metálico y un cheque al portador.
—Vaya usted, Starling. Pero sólo a la primera. Envíe un informe a la centralita.
Y llámeme.
Ella levantó la mano a modo de despedida. No le tocó ni la cara ni la mano, no
parecía haber lugar para el contacto físico, y dándose media vuelta echó a
correr hacia el Pinto.
Cuando ella ya arrancaba, Crawford se dio unas pocas palmadas en los
bolsillos. Le había dado hasta el último centavo que tenía en su poder.
—La pequeña necesita un par de zapatos nuevos —dijo en voz alta—. Mi
pequeña ya no necesita zapatos.
Estaba llorando a lágrima viva en medio de la acera, todo un jefe de sección
del FBI, qué absurdo.
JefF, desde el coche, vio que le brillaban las mejillas, y se metió marcha atrás
en un callejón para que Crawford no le viera. Jeff salió del coche. Encendió un
cigarrillo y se puso a fumar con furia. Su regalo para Crawford consistiría en
entretenerse hasta que el jefe hubiese enjugado las lágrimas, se hubiese
puesto de malhumor y tuviese motivos sobrados para meterle una bronca.
CAPÍTULO 49
En la mañana del cuarto día, el señor Gumb lo tenía todo a punto para
cosechar la piel.
Regresó a casa con las últimas compras que precisaba y tuvo que hacer un
esfuerzo para no bajar corriendo la escalera del sótano. Una vez en el estudio,
desempaquetó las compras: bies para las costuras, unos pedazos de Lycra
para debajo de las aberturas y un tarro de sal marina.
No había olvidado nada.
En el taller, dispuso los cuchillos sobre una toalla limpia junto a los apaisados
lavaderos. Los cuchillos eran cuatro: uno de filo hundido para desollar; un
preciso estilete de punta curva, que seguía perfectamente la curva del dedo
índice en los sectores estrechos; un bisturí, para los trabajos más delicados, y
una bayoneta de la Primera Guerra Mundial. El borde romo de la bayoneta
proporciona el instrumento más útil para descarnar un pellejo sin desgarrarlo.
Además, contaba con una sierra de autopsia Strycker que apenas usaba y
lamentaba haber comprado.
A continuación, engrasó la cabeza de un soporte de peluca, amontonó sal
gruesa sobre la grasa y colocó el soporte sobre una bandeja de horno provista
de rejilla para recoger la grasa. En un alarde de buen humor, retorció la nariz
de celuloide de soporte, depositó un beso en la punta de los dedos y se lo
envió soplando.
Cuánto le costaba comportarse con seriedad... Tenía ganas de volar, bailar por
la habitación, como Danny Kaye. Se echó a reír y con un soplido alejó a una
polilla que revoloteaba cerca de su cara.
Era hora de poner en marcha las bombas de los acuarios, llenos hasta los
bordes de solución. ¿Qué era eso? ¿Una hermosa crisálida semienterrada en
el humus de la jaula? Escarbó con el dedo. Sí, efectivamente, una crisálida.
Ahora, la pistola. El problema de matar a ésta había preocupado varios días al
señor Gumb. Ahorcarla quedaba descartado porque no quería que los
pectorales se moteasen y, además, no podía arriesgarse a que el nudo le
desgarrase la piel de detrás de las orejas.
El señor Gumb había aprendido de todos sus anteriores esfuerzos, a veces a
costa de grandes sufrimientos. Y estaba decidido a evitar algunas de las
pesadillas por las que había tenido que pasar. Un único principio fundamental;
por muy débiles de hambre o desmayadas de miedo que estén, cuando ven el
aparato, siempre pelean.
Tiempo atrás, en el pasado, había perseguido a algunas jóvenes por el sótano,
del que había apagado las luces, usando él luz y gafas infrarrojas, y era
maravilloso verlas correr a tientas o tratar de acurrucarse en los rincones. Le
gustaba perseguirlas con la pistola. Le encantaba emplear la pistola. Siempre
se desorientaban, perdían el equilibrio, tropezaban con los muebles. Él, con las
gafas, podía pasar horas en la más absoluta oscuridad o bien esperar a que se
quitaran las manos de la cara para entonces dispararles a la frente. 0 antes a
las piernas, debajo de la rodilla, para que pudieran seguir arrastrándose.
Pero todo aquello era, además de pueril, una pérdida de tiempo. Después
quedaban inservibles y hacía tiempo que había abandonado tales prácticas.
En su actual proyecto, a las tres primeras les había propuesto subir al piso de
arriba a tomar una ducha, antes de lanzarlas escaleras abajo con un dogal en
el cuello, sin mayores problemas. Pero la cuarta había sido un desastre. Había
tenido que emplear la pistola en el cuarto de baño y había tardado más de una
hora en limpiarlo. Y recordó a la muchacha, mojada, toda en piel de gallina, y
en lo que temblaba cuando amartilló la pistola. Le encantaba amartillarla, clic
clic, luego una detonacióny y se acabó el alboroto.
Le agradaba su pistola, y con razón, pues era un arma excelente, un Colt
Python de acero inoxidable, con un tambor de seis pulgadas. Todos los
mecanismos del modelo Python son ajustados por el departamento post—
venta de la casa Colt y ésta daba gusto tocarla. La amartilló y lá sacudió,
alcanzando el percutor con el pulgar. Luego la cargó y la depositó en la repisa
del taller.
El señor Gumb tenía grandes deseos de proponerle a ésta que se lavase la
cabeza, porque quería verla desenredándose el cabello. Viendo cómo se
peinaba, podría aprender mucho para su propio acicalamiento.
Pero ésta era alta, y seguramente tenía fuerza. Ésta era demasiado especial
para correr el riesgo de tener que echarlo todo a perder por culpa de varias
heridas de bala.
No, sacaría el polipasto del cuarto de baño, le ofrecería un baño y cuando ella
se hubiese sentado en la barra del trapecio, la subiría hasta la mitad del pozo y
entonces le dispararía varios tiros en la base de la espina dorsal. Y cuando
quedase inconsciente, podría hacer lo demás con cloroformo.
Eso es. Ahora subiría a su dormitorio para quitarse la ropa. Despertaría a
Preciosa, contemplaría el vídeo con ella y luego se pondría a trabajar, desnudo
en el caldeado sótano, desnudo como el día que nació.
Se sentía casi marcado de emoción al subir la escalera. A toda prisa se
desnudó y se puso el batín. Introdujo la cinta en el vídeo.
—Preciosa, ven aquí, Preciosa. Hoy es día de trajín, mucho trajín. Ven aquí,
cariñito.
Tendría que encerrar a la perrita aquí arriba, en el dormitorio, mientras llevaba
a cabo la etapa ruidosa en el sótano.
Preciosa, que detestaba el alboroto, se trastornaba. Para que no se aburriera,
al salir le había comprado una caja entera de huesos de goma para masticar.
—Preciosa.
—Al ver que no acudía, bajó al recibidor—: ¡Preciosa! —y luego a la cocina:
¡Preciosa! —y al sótano—: ¡Preciosa!
Cuando la llamó desde la puerta del cuarto donde estaba la mazmorra, obtuvo
respuesta:
—¡Está aquí abajo, cabrón! —contestó Catherine Martin. El señor Gumb
experimentó tanto miedo por Preciosa que sintió náuseas. Luego sufrió un
acceso de cólera, y después de aporrearse las sienes con los puños, apoyó la
frente en el marco de la puerta y trató de dominarse. Un sonido, entre arcada y
lamento, le escapó de la garganta, y la perrita respondió con un gemido.
Se dirigió al taller y agarró la pistola. El cordel del cubo sanitario estaba roto.
Todavía no estaba seguro de cómo lo había conseguido. La última vez que vio
la cuerda rota, supuso que la había roto ella misma en un absurdo intento de
trepar por el pozo. Muchas lo habían intentado: habían cometido todas las
tonterías imaginables.
Se inclinó por la abertura, procurando controlar la voz.
—Preciosa, ¿estás bien? Contéstame. Catherine propinó un pellizco al rollizo
trasero de la perra, que gimió y le pagó con un mordisco en el brazo.
—¿Qué es eso? —exclamó Catherine. Al señor Gumb le resultaba de lo más
antinatural hablar de ese modo con Catherine, pero hizo un esfuerzo por
superar su repugnancia.
—Voy a bajar una cesta. La meterá usted dentro.
—Un teléfono es lo que va a bajar, porque si no, le rompo el cuello. No quiero
hacerle daño ni a usted ni a la perra. Lo único que quiero es un teléfono.
El señor Gumb empuñó la pistola. Catherine vio el cañón sobresaliendo de la
luz. Y se agachó, manteniendo el caniche encima de ella y agitándolo frente a
la pistola. Entonces le oyó amartillar el arma.
—¡Como dispares, cabrón, maldito hijo de puta, más vale que me mates de un
balazo, porque te juro que si no, le rompo el cuello! ¡Te lo juro por Dios!
Y se puso la perra bajo el brazo, le agarró el hocico con la mano y le levantó la
cabeza.
—¡Apártate, hijo de puta! La perrita gimió. La pistola desapareció. Con la mano
que le quedaba libre, Catherine se retiró el pelo de la frente. La tenía
empapada.
—No he querido insultarle —dijo—. Sólo quiero un teléfono, un teléfono que
funcione. Usted puede marcharse, no me importa lo que haga, jamás le he
visto la cara. Cuidaré bien de Preciosa.
—No.
—No le faltará de nada. Piense un poco en ella y no sólo en usted. Si dispara
contra mí, ocurra lo que ocurra, ella se quedará sorda. Todo lo que quiero es
un teléfono que funcione. Traiga un hilo largo, para que pueda usarlo desde
aqui; coja cinco o seis teléfonos, empálmelos, ahora los venden con las
conexiones preparadas, y bájemelo aquí. Le enviaré a la perra por avión donde
usted quiera. Mi familia tiene perros. A mi madre le encantan los perros. Usted
puede huir si quiere; no me importa lo que haga.
—No le voy a dar más agua, ni una gota más.
—Pues ella se morirá de sed, porque yo no pienso darle ni una gota de la
botella. Siento decírselo, pero creo que tiene una pata rota.
—Esto último era mentira; la perrita había caído, junto con el cubo y la carnaza,
encima de Catherine y era ésta la que tenía una mejilla arañada por culpa del
frenético agitar de las patas de la perra. No podía dejarla en el suelo porque él,
desde arriba, se daría cuenta de que no cojeaba—. Le duele mucho. Tiene la
pata torcida y está intentando lamérse— la. Me resulta insoportable verla sufrir
—mintió Catherine—. Tengo que llevarla a un veterinario.
El alarido de rabia y angustia'del señor Gumb hizo llorar a la perrita.
—Que le duele mucho, dice —replicó el señor Gumb—.
Usted no sabe lo que es el dolor. Como le haga daño, le arrojaré un cubo de
agua hirviendo.
Cuando le oyó subir con desgana y pesadez la escalera, Catherine Martin se
sentó sin poder dominar las violentas sacudidas de sus brazos y piernas. No
podía sostener a la perra, no pudo contener la orina, no tenía fuerzas para
nada.
Y cuando la perrita se le encaramó a la falda, la abrazó, llena de
agradecimiento por su calor.
CAPÍTULO 50
Por el agua espesa y marrón viajaban plumas, plumas rizadas procedentes de
las jaulas, transportadas por alientos de aire que estremecían la piel del río.
Las casas de la calle Fell, la calle de Fredrica Bimmel, se anunciaban como «a
orillas del río» en los carteles curtidos por la intemperie de las agencias
inmobiliarias, porque sus patios traseros terminaban en un lodazal, una charca
del río Licking a su paso por Belvedere, Ohio, ciudad de 112000 habitantes del
Cinturón de Herrumbre, situada al este de Columbus.
Era un barrio abandonado de casas grandes y viejas. Algunas habían sido
adquiridas a bajo precio por parejas jóvenes y repintadas con varias capas de
esmalte, haciendo que las demás se viesen más cochambrosas. La casa de los
Bimmel no había sido restaurada.
Clarice Starling permaneció un momento en el patio trasero de Fredrica
contemplando las plumas en el agua, con las manos hundidas en los bolsillos
de la gabardina. Quedaban restos de nieve sucia entre los juncos, que brillaban
azules bajo el cielo azul de ese soleado y tibio día de invierno.
A sus espaldas, Starling oía al padre de Fredrica dando martillazos en aquella
población de jaulas de palomos, aquella Orvieto de jaulas que empezaban al
borde del agua y se alzaban casi hasta la misma altura de la casa.
Todavía no había visto al señor Bimmel. Los vecinos le habían dicho que lo
encontraría allí. Se lo dijeron con rostro inexpresivo.
Starling notaba cambios dentro de sí. A partir de aquel momento de la noche
en que había tenido la certeza de que debía salir de la academia para dar caza
a Buffalo Bill, un sinfín de ruidos ajenos habían cesado. Sentía en el centro de
su mente un silencio nuevo y puro, y una gran calma.
En cambio, en otro punto de su ser, en la boca del estómago, notaba unos
fogonazos que le decían que se estaba saltando las clases porque sí y que
además era tonta.
Las insignificantes molestias de la mañana no la habían molestado; ni el hedor
a vestuario del avión que la conducía a Columbus, ni la confusión e ineptitud de
la oficina de alquiler de vehículos. Había tenido que increpar al empleado que
había de alquilarle el coche para que se diese prisa, pero ello no le había
producido la menor alteración.
Starling había pagado un elevado precio por el tiempo libre de que disfrutaba y
estaba dispuesta a emplearlo a fondo para sacarle el máximo rendimiento.
Sabía que su tiempo podía terminar en cualquier momento si
Crawford era relevado de la dirección del caso y a ella la privaban de sus
credenciales.
A pesar de la urgencia de la situación, se dijo que detenerse a pensar en el
porqué, demorarse en la idea de que hoy era el último día de Catherine,
equivaldría a desperdiciar su tiempo miserablemente. Pensar en ella en
términos de tiempo real, en que estaba a punto de ser procesada de igual
modo que Kimberly Emberg y Fredrica Bimmel, paralizaría cualquier otro
pensamiento.
La brisa quedó en suspenso, el agua inmóvil como la muerte. A poca distancia
de los pies de Starling, una pluma rizada giraba sobre sí misma en la tensa
superficie de la charca. Resiste, Catherine.
Starling se mordió el labio inferior. Si él decidía matarla a tiros, su único deseo
es que fuese un competente tirador.
Enséñanos a preocuparnos y a no preocuparnos. Enséñanos a estar
sosegados. Se dirigió hacia las inclinadas paredes de jaulas y por un pasillo de
tablones colocados sobre el barro que las separaban enfiló hacia el lugar de
donde venían los martillazos. Los centenares de palomos que allí había eran
de todos los tamaños y colores; los había grandes y con esas patas que llaman
de panadero, y había también palomas buchonas, de esternón pronunciado.
Con sus ojillos brillantes y sacudiendo la cabeza al caminar, las aves
desplegaban las alas al sol y emitían tiernos arrullos.
El padre de Fredrica, Gustav Bimmel, era un individuo alto, flaco y ancho de
caderas, dueño de ojos de un azul acuoso enrojecidos al borde de los
párpados. Llevaba un gorro de punto hundido hasta las cejas. Estaba ante la
puerta de su taller, construyendo otra jaula más sobre un par de caballetes.
Starling percibió olor a vodka en su aliento, cuando él, achinando los ojos,
examinó sus credenciales.
—No tengo nada nuevo que decirle —le dijo—. Anteanoche volvió por aquí la
policía. Querían repasar mi declaración. Me la leyeron. «¿Todo correcto?
¿Todo correcto?», me preguntaron. «Pues, coño, claro que sí —les dije—; si
no, ya no se lo hubiera dicho.»
—Estoy intentando formarme una idea de dónde..., averiguar dónde pudo
haber visto el secuestrador a Fredrica, señor Bimmel. Hacerme una idea de
dónde la descubrió y decidió secuestrarla.
—Aquel día fue a Columbus en autobús para acudir a una entrevista de trabajo;
había una tienda que ofrecía empleo. La policía dice que estuvo en la
entrevista, pero ya no volvió a casa. No sabemos a qué otros sitios pudo ir. El F
B 1 se llevó los comprobantes de su tarjeta Master Charge, pero no
encontraron ninguno de aquel día. Todo eso ya lo sabe, ¿no es verdad?
—Lo de la tarjeta de crédito, sí. Señor Bimmel, ¿conserva todavía las cosas de
Fredrica? ¿Están aquí?
—Su habitación es la del último piso de la casa.
—¿Me dejaría verla? Bimmel tardó un momento en decidir dónde dejaba el
martillo.
—De acuerdo —contestó—. Venga.
CAPÍTULO 51
La oficina de Jack Crawford en la sede central del F B I en Washington estaba
pintada de un gris opresivo, pero tenía unos grandes ventanales.
Crawford estaba de pie ante ellos, examinando a la luz una borrosa lista
copiada por una maldita impresora que no sé cuántas veces había dicho que
no servía más que para que la echaran a la basura.
Llegaba de la funeraria y se había puesto a trabajar, apremiando a los
noruegos a que enviasen cuanto antes las radiografías dentales del marino
desaparecido que respondía al nombre de Klaus, acosando al personal de la
delegación de San Diego para que inspeccionase a todos los conocidos de
Raspail en el conservatorio, donde había dado un curso, y espabilando a los de
Aduanas, que teóricamente habían de comprobar cualquier violación de las
normas de importación relacionadas con envíos de insectos vivos.
Al cabo de cinco minutos de la llegada de Crawford, John Golgy, subdirector
del F B 1 y jefe de la recién creada fuerza de servicio interdepartamental,
asomó la cabeza por la puerta para decir:
—Jack, quiero que sepas lo mucho que sentimos lo ocurrido y lo mucho que te
agradecemos que hayas venido hoy. ¿Cuándo es el entierro?
—El entierro mañana por la tarde. El funeral, el sábado a las once.
Go1by hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Hemos reunido una colecta para UN I C E F, Jack.
¿Quieres que lSongamos Phyllis o Bella? Haremos lo que tú digas.
—Bella, John. Pongamos Bella.
—¿Puedo hacer algo por ti, Jack? Crawford dijo que no con un gesto.
—Estoy trabajando. Voy a seguir trabajando.
—De acuerdo —contestó Go1by. Aguardó un decente intervalo y añadió—:
Chilton ha solicitado protección federal.
—Magnífico. Oye, john, ¿hay alguien de Baltimore interrogando a Everett Yow,
el abogado de Raspail?
¿Recuerdas que te lo mencioné? Es posible que sepa alguna cosa sobre los
amigos de Raspail.
—sí, he dado orden esta misma mañana. Acabo de enviarle el guión a
Burroughs. El director ha puesto a Lecter en la lista de fugitivos más buscados.
Jack, si necesitas algo...
Go1by alzó las cejas y la mano y desapareció. Si necesitas algo. Crawford
volvió a situarse frente a los ventanales. La oficina gozaba de una vista
espléndida. Ahí estaba el hermoso edificio de la antigua sede de Correos,
donde había realizado parte de su carrera. Y a la izquierda, la antigua sede del
F B 1. Cuando se graduó, había desfilado por el despacho de J. Edgar Hoover
con todos sus compañeros. Hoover estaba en una pequeña tarima y les iba
estrechando la mano uno por uno. Fue la única vez en su vida que Crawford
vio al gran hombre. Al día siguiente se casaba con Bella.
Se habían conocido en Livorno, Italia. Él estaba en el ejército, ella en el
personal de la N A T 0 y entonces se llamaba Phyllis. Una tarde, paseando
juntos por los muelles, un pescador la piropeó: «¡Bella!». La palabra quedó
suspendida sobre las aguas quietas del puerto y a partir de aquel momento
para él siempre fue Bella.
Sólo era Phyllis cuando discutían.
Bella ha muerto. Eso tendría que alterar la vista que se divisa desde estos
ventanales. No es justo que la vista permanezca igual que antes. ¿Por qué
coño tenía que morirse, jesús santo? Amor mío. Sabía que era inevitable, pero
duele.
¿Qué es lo que dicen sobre el retiro forzoso a los cincuenta y cinco años? Tú te
enamoras del F131, pero el FBI no se enamora de ti. Cuántas veces lo había
visto.
Gracias a Dios, Bella le había salvado de esa trampa.
* esperó que ella estuviese en algún sitio, por fin sin sufrir.
* esperó que ella supiese lo que guardaba él dentro de su corazón.
El zumbador del teléfono interno estaba sonando.
—Señor Crawford, un tal doctor Danielson de...
—Póngame —Oprimió un botón—. Jack Crawford, doctor Danielson.
—¿Esta línea telefónica es segura, señor Crawford?
—Sí. Al menos en este extremo, sí.
—No está usted grabando la conversación, ¿verdad?
—No, doctor Danielson. Dígame lo que tenga que decirme.
—Quiero dejar muy claro que lo que voy a decirle no tiene relación alguna con
nadie que haya sido jamás paciente de Johris Hopkins.
—Entendido.
—Si de ello surge algo de utilidad, quiero que deje usted bien claro ante la
opinión pública que no se trata de un transexual y que jamás ha tenido nada
que ver con esta institución.
—De acuerdo. Se lo garantizo. Con toda seguridad.
—Anda, suelta ya, pedante de los cojones. Crawford hubiese prometido
cualquier cosa.
—Derribó al doctor Purvis a empellones.
—¿Quién, doctor Danielson?
—Solicitó ser admitido en el programa hace tres años, bajo el nombre de John
Grant, de Harrisburg, Pennsylvania.
—¿Descripción?
—Varón, de raza blanca, tipo caucasiano, entonces tenía treinta y un años.
Metro ochenta y cinco de estatura, ochenta y ocho kilos de peso. Vino a
hacerse las pruebas y obtuvo un buen resultado en la escala de inteligencia de
Wechsler (normal tirando a superior), pero en cambio las pruebas psicológicas
y las entrevistas fueron otra cosa. Lo cierto es que en el test de Persona—
Casa—Árbol y en el T A T dio unos resultados calcados a la hoja que usted me
dio. Me hizo creer que el autor de esa pequeña teoría era Alan Bloom cuando
en realidad era Aníbal Lecter, ¿verdad?
—Continúe con Grant, doctor.
—La comisión hubiese desestimado su solicitud de todos modos, pero cuando
nos reunimos para discutir el caso, la cuestión quedó zanjada porque nos
llegaron informes negativos.
—Explíquese un poco más.
—Tenemos la costumbre, como medida rutinaria, de comprobar los
antecedentes penales de todos los solicitantes en su ciudad de origen. La
policía de Harrisburg tenía en este caso dos denuncias pendientes por asalto a
dos homosexuales. La víctima del segundo estuvo a punto de morir. Nos había
dado una dirección que resultó ser la de una pensión en la que a veces
pernoctaba. La policía obtuvo allí sus huellas digitales y un recibo del gas
pagado con tarjeta de crédito en el que figuraba el número del permiso de
conducir. Mediante eso descubrimos que no se llamaba John Grant; era un
nombre falso. Al cabo de aproximadamente una semana, aguardó a que
saliesen los médicos del hospital y por despecho interpeló al doctor Purvis y lo
derribó de un empujón.
—¿Cómo se llamaba, doctor Danielson? —Será mejor que se lo deletree. J-AM-
E G-U-M-B.
CAPÍTULO 52
El hogar de Fredrica Bimmel era un caserón de tres pisos, alto y macilento, de
fachada recubierta de planchas alquitranadas manchadas de herrumbre en los
lugares en que goteaban los canalones del tejado. Unos arces voluntariosos
que crecían junto a la casa habían resistido bastante bien los fríos del invierno.
Las ventanas de la cara norte estaban protegidas con plásticos.
En una pequeña salita, muy caldeada por obra de una estufa eléctrica, una
mujer de media edad, sentada en la alfombra, jugaba con un bebé.
—Mi esposa —dijo Bimmel al cruzar por la habitación—. Acabamos de
casarnos, en Navidad.
—Hola —dijo Starling. La mujer contestó al saludo esbozando una difusa
sonrisa. En el recibidor hacía frío y por todas partes se veían cajas de cartón
apiladas hasta la altura de la cintura, cajas que llenaban las habitaciones, que
formaban corredores, cajas con pantallas de lámparas y tapas de tarros de
conservas, cestas de mimbre para llevar la merienda al campo, ejemplares
atrasados del Reader's Digest y del National Geographic, viejas raquetas de
tenis de madera, ropa de cama, una caja llena de dianas de dardos, fundas de
Leacril para los asientos del coche, de un estampado a cuadros muy de los
años cincuenta, que olían a meadas de ratones.
—Nos trasladamos dentro de poco —explicó el señor BimMel.
Lo que había cerca de las ventanas estaba descolorido por efecto del sol, las
cajas amontonadas durante años se abombahan a causa de la edad y las
alfombras, dispuestas todas ellas al azar, mostraban zonas rápidas que
revelaban el camino empleado para entrar y salir de las habitaciones.
El sol moteaba la barandilla mientras Starling subía la escalera detrás del padre
de Fredrica, cuya ropa, en aquel ambiente frío, olía a usada. Vio luz filtrándose
por el combado techo que cubría el último descansillo de la escalera. Las cajas
de cartón allí amontonadas estaban protegidas por un plástico.
La habitación de Fredrica era un cuarto pequeño y abuhardillado del tercer
piso.
—¿Me necesita para algo más?
—Ahora no; cuando termine me gustaría hablar con usted, señor Bimmel. ¿Y la
madre de Fredrica?
El expediente decía «fallecida», pero no especificaba cuándo.
—¿Qué quiere decir con eso? Murió cuando Fredrica tenía doce años.
—Ya.
—No se habrá figurado que ésa de abajo era la madre de Fredrica, ¿verdad?
¿No le he dicho que nos hemos casado en Navidad? No me diga que no me ha
oído. Antes la policía empleaba a gente más espabilada.
Ésa no ha conocido a Fredrica.
—Señor Bimmel, ¿la habitación está tal y como Fredrica la dejó?
El malhumor de la expresión de aquel hombre desapareció.
—Sí —contestó con un murmullo—. No hemos tocado nada. Al fin y al cabo,
nadie podía usar su ropa. Encienda la estufa, si tiene frío, pero no se olvide de
desenchufarla cuando baje.
No quería ver la habitación y dejó a Starling en el rellano. Starling permaneció
unos momentos con la mano apoyada en el frío pomo de loza blanca.
Necesitaba poner orden en su mente antes de dejarse invadir por las
impresiones de Fredrica.
Veamos, eípunto de partida es que Buffalo Bill liquidó en primer lugar a
Fredrica, puso plomos en su cadáver y la escondió con cuidado, arrojándola a
un río muy alejado de la ciudad. La escondió mejor que a las demás —era el
único cadáver que llevaba pesos— porque quería que las otras fuesen
descubiertas antes. Quería dejar bien establecida la teoría de que las víctimas
eran seleccionadas al azar en ciudades dispersas en un amplio radio de
acción, antes de que Fredrira, de Belvedere, fuese descubierta. Era
fundamenta¡desviar la atención de Belvedere. Porque vive aquí, o tal vez en
Columbus.
Empezó por Fredrica porque codiciaba su piel. No empezamos a codiciar cosas
imaginarias. La codicia es un pecado muy literal; empezamos a codiciar
elementos tangibles, empezamos a codiciar lo que vemos todos ¡os días. Él
veía a Fredrira en el transcurso de su vida cotidiana. La veía durante la vida
cotidiana de esta muchacha.
¿Cuál era la vida cotidiana de Fredrica? Manos a la obra... Starling abrió la
puerta. La silenciosa y fría habitación olía a enmohecido. En la pared, un
calendario del año anterior se había quedado inmovilizado en abril. Fredrica
llevaba muerta diez meses.
En un rincón, en el suelo, había un plato con comida para gatos, endurecida,
negra.
Starling, veterana en las tareas de decorar con tejidos de rebajas, permaneció
en el centro del cuarto y miró en derredor. Fredrica había logrado un magnífico
resultado con los pocos recursos de que disponía. Había cortinas de cretona
floreada. A juzgar por los ribetes de los bordes, había aprovechado las fundas
de algún tresillo para confeccionarlas.
Había un tablón de anuncios con una cinta clavada de un alfiler; la cinta
llevaba, en letras doradas, una inscripción que decía: B A N D A B H S. En la
pared había un cartel de la cantante Madonna y otro de Deborah Harry y
Blondie. En un estante situado sobre la mesa, Starling divisó un rollo del
luminoso papel autoadhesivo que Fredrica había empleado para empapelar las
paredes de su habitación. El resultado de esa tarea no era muy perfecto,
aunque mejor, pensó Starling, que el que ella había conseguido la primera vez
que empapeló.
En un hogar normal, el cuarto de Fredrica hubiera sido alegre. En esa casa
desolada era estridente; resonaba con un eco de desesperación.
No había fotografías de Fredrica en su cuarto.
Starling encontró una en el anuario escolar que había en la pequeña librería.
Club del Buen Humor, Club
Ecológico, Las Modistillas, Banda de Música, Club de los Cuatrocientos; a lo
mejor los palomos le servían de proyecto para ingresar en este último.
El anuario contenía algunas dedicatorias: «A una gran amiga», «Para una chica
estupenda», «A mi compañera de química» y «iiEn recuerdo de los bollos que
vendimos en la feria5.
¿Traería Fredrica aquí a sus amigas? ¿Tenía una amiga lo suficientemente
querida como para hacerle subir esa escalera por cuyo techo se filtraban las
goteras? junto a la puerta había un paraguas.
Mira esa foto de Fredrica; está en la primera fila, con los componentes de la
banda de música. Fredrica es ancha de caderas y gorda, pero su uniforme cae
mejor que los de las demás. Es alta y tiene un cutis precioso.
Sus irregulares facciones se combinan formando un rostro agradable, pero no
es lo que se dice una chica guapa.
Kimberly Emberg tampoco era atractiva, al menos según las necias normas
que imperan en los institutos, como tampoco lo eran un par de las otras.
Catherine Martin, en cambio, resultaría atractiva para cualquiera; era una chica
alta y guapa que tendría que luchar contra la grasa cuando cumpliese los
treinta años.
Recuerda que no contempla a las mujeres como cualquier otro hombre. El
atractivo convencional no cuenta.
Simplemente tienen que ser grandes y tener la piel bonita.
Starling se preguntó si al pensar en las mujeres las consideraba «pieles», igual
que algunos cretinos que suelen llamarlas «coños».
De pronto cayó en la cuenta de que su mano reseguía la lista de las
calificaciones que aparecía bajo la fotografía del anuario, y tuvo conciencia de
su propio cuerpo, todo entero, del espacio que ocupaba, de su tipo, de su cara,
del efecto que ambos conseguían, de sus pechos, que estaban encima del
libro, de su vientre duro y liso, sobre el cual se apoyaba el volumen, y de sus
piernas. ¿Qué porción de su experiencia podría aplicar aquí?
Starling se vio en el espejo de cuerpo entero que había en la pared del fondo y
se alegró de ser distinta de Fredrica. Pero sabía que la diferencia respondía a
un prejuicio de su razonamiento.
¿Qué era lo que le impedía ver?
¿Qué aspecto quería tener Fredrica? ¿Qué anhelaba? ¿Dónde lo buscaba?
¿Qué hacía para mejorar su apariencia?
Encontró un par de planes de dietas alimentarías, la dieta del zumo de frutas y
el régimen del arroz, junto con una dieta de choque según la cual no se podía
comer y beber en la misma comida.
Grupos de adelgazamiento organizados... ¿Acaso Buffalo Bill los vigilaba para
encontrar muchachas corpulentas? Qué difícil de verificar. Starling sabía por el
expediente que dos de las víctimas habían pertenecido a grupos de
adelgazamiento y que se habían investigado las listas de inscritos. A un agente
de la delegación de Kansas City, por tradición «la oficina de los gordos» del F B
1, y a algunos policías con problemas de exceso de peso se les había
encomendado la misión de investigar en Slenderella y el Centro Dietético, así
como inscribirse en los Weight Watchers y otras agrupaciones de este tipo en
las ciudades de las víctimas. No sabía si Catherine Martin pertenecía a uno de
esos grupos. Para Fredrica Bimmel, el coste de la inscripción hubiera supuesto
un problema económico.
Fredrica poseía varios números de Grandes_y Hermosas, revista
especialmente dedicada a la mujer de gran tamaño. Uno de los artículos
aconsejaba «desplazarte a Nueva York, ciudad en la que podrás conocer a
extranjeros llegados de varios países del mundo en los que tu talla y estatura
se consideran valiosísimas ventajas». Estupendo. Como alternativa, «podrías
viajar a Italia o Alemania, donde a partir del primer día de estancia los hombres
no te dejarán en paz». Seguro. A continuación ofrecemos algunos consejos
sobre lo que hay que hacer si de las sandalias te sobresalen los dedos de los
pies. ¡Madre mía! Todo lo que Fredrica necesitaba era conocer a Buffalo Bill,
que la consideró de inmediato «una valiosísima ventaja».
¿Cómo se arreglaba Fredrica? Tenía maquillaje y muchos productos para el
cutis. Bravo, muchacha, emplea afondo esa ventaja. Starling se descubrió
alentando a Fredrica, como si aún importase.
En una caja de puros guardaba bisutería. Entre las baratijas había un broche
redondo chapado de oro que seguramente habría pertenecido a su difunta
madre. Había cortado los dedos de unos guantes de encaje para llevarlos, sin
duda, al estilo de Madonna, pero se le habían deshilachado.
También tenía algo de música, un tocadiscos Decca de los años cincuenta
provisto de una palanca sujeta al brazo mediante anillas de goma como
contrapeso. Discos de oferta. Temas románticos interpretados por Zarrifir, el
maestro de la flauta.
Cuando tiró del cordón que encendía la luz del cuartito que hacía las veces de
armario, a Starling le sorprendió el vestuario de Fredrica. Poseía ropa bonita,
no en exceso pero sobrada para ir a clase y suficiente para trabajar en una
oficina seria o incluso en una tienda elegante. Una rápida ojeada al interior de
las prendas le explicó el porqué. Fredrica se las confeccionaba ella misma, y
muy bien, por cierto; las costuras estaban pulidas con trencilla y las vueltas
pulcramente terminadas. En un estante del fondo del armario había un montón
de patrones. La mayoría era de Sencilloy Favorecedor, pero había un par del
Vogue que parecían difíciles.
Seguramente, para la entrevista de trabajo, se puso su mejor ropa. ¿Qué debió
ponerse? Starling ojeó el expediente. Aquí: vista por última vez con un traje
verde. Vamos, agente, ¿qué demonios es un «traje verde»?
El punto flaco del vestuario de Fredrica era la escasez de presupuesto —tenía
pocos zapatos—, y con su peso los que tenía los estropeaba pronto. Sus
mocasines estaban tan dados que parecían ovalados. En los zapatos de salón
llevaba plantillas Devor—Olor. En las zapatillas de correr, los ojetes estaban
deformados.
A lo mejor Fredrica hacía un poco de ejercicio; había algunas prendas de
plástico para sudar.
Eran de la marca Juno. Catherine Martin también tenía unos calcetines de
plástico de la marca Juno.
Starling salió del ropero. Retrocedió hasta la cama, se sentó en los pies, y con
los brazos cruzados se quedó mirando hacia el interior del iluminado armario.
Juno era una conocida marca que se vendía en multitud de tiendas y
establecimientos especializados en tallas grandes, pero tenía interés porque
planteaba el problema de la ropa. Todas las ciudades americanas dignas de
merecer el nombre de tal poseen al menos una tienda especializada en ropa
para personas obesas.
¿Acaso Buffalo Bill espiaba dichas tiendas, elegía a una clienta y la seguía?
¿Entraba tal vez vestido de mujer en un establecimiento especializado en tallas
grandes para vigilar a la clientela? Este tipo de comercios cuentan entre sus
clientes con todos los transvestidos y maricas de la ciudad.
La teoría de que Bufallo Bill podía ser un transexual se había tomado en
cuenta, respecto a la investigación, muy recientemente, sólo desde que el
doctor Lecter expusiera esa idea a Clarice Starling. ¿Cómo resolvía el
problema de la ropa?
Todas las víctimas debían haber adquirido la ropa en tiendas especializadas
para personas obesas. Catherine Martin podía usar una talla doce, pero las
otras no, y la propia Catherine debió adquirir sus chándals de la marca Juno en
un establecimiento dedicado exclusivamente a comercializar tallas grandes.
Catherine Martin podía llevar una doce. Era la más menuda de las víctimas.
Fredrica, la primera, era la de mayor corpulencia. ¿Cómo solucionaba Buffalo
Bill, al elegir a Catherine, el problema de la reducción de tamaño? Catherine
tenía curvas francamente opulentas, pero no era tan grande. ¿Habría perdido
peso el asesino? ¿Acaso se había inscrito en un grupo de adelgazamiento?
Kimberly Emberg estaba a medio camino; era corpulenta, pero tenía cintura.
Starling había evitado deliberadamente pensar en Kimberly Emberg, pero en
ese momento el recuerdo la abrumó. Volvió a verla tendida en la mesa de la
funeraria de Potter. A Buffalo Bill le habían importado un cuerno sus piernas
depiladas, sus uñas pulcramente esmaltadas: miró el pecho plano de Kimberly
y como no le pareció suficiente, agarró la pistola y le abrió un boquete en forma
de estrella de mar en el pecho.
La puerta de la habitación se abrió unos centímetros. Starling notó el
movimiento en su corazón antes de saber qué era.
Entró un gato, un gato grande, de rubio pelaje, con un ojo dorado y el otro azul.
Se subió de un brinco a la cama y se acurrucó junto a Starling. Buscaba a
Fredrica.
Soledad. Chicas corpulentas y solitarias tratando de satisfacer a alguien.
La policía había eliminado de inmediato los clubes de corazones solitarios.
¿Acaso Buffalo Bill tenía otra forma de aprovecharse de la soledad? Nada nos
hace más vulnerables que la soledad, a excepción de la avaricia.
Es posible que la soledad hubiera permitido a Buffalo Bill entrar en contacto
con Fredrica, pero no con Catherine. Catherine no era una persona solitaria.
Kimberly sí era una chica solitaria. No empieces. Kimberly, obediente y
fláccida, pasado ya el rigor mortis, puesta boca abajo en la mesa de la
funeraria para que Starling pudiese tomarle las huellas dactilares. Basta.
No puedo evitarlo. Kimberly, solitaria, deseosa de agradar, ¿se habría puesto
alguna vez dócilmente boca abajo para complacer a un hombre, solamente
para sentir en la espalda los latidos de su corazón? Y se preguntó si Kimberly
habría sentido alguna vez el roce de un bigote entre los omóplatos.
Mientras miraba hacia el interior del iluminado ropero, Starling recordó el
prominente trasero de Kimberly y los trozos triangulares de piel que le faltaban
en los hombros.
Mientras miraba hacia el interior del ropero iluminado, Starling vio los triángulos
que faltaban de los hombros de Kimberly dibujados con tiza sobre un patrón. La
idea se alejó, voló describiendo varios círculos y se le presentó de nuevo,
acercándose tanto que esta vez pudo atraparla, cosa que hizo con un salvaje
impulso de alegría: SoN PiNZAS! LE ARRANCó ESOS TRIÁNGULOS CON
OBJETO DE HACER DOS PINZAS Y ASí PODERLA ENSANCHAR DE
CINTURA! ¡ESE MALDITO HIJO DE PUTA SABE COSER! iBUFFALO BILL
SABE COSER DE VERDAD! ¡HA DE SER SASTRE DE OFICIO! ¡EL MUY
CABRóN NO SE CONTENTA CON ROPA DE CONFECCIóN!
¿Qué había dicho el doctor Lecter? «Se está confeccionando un traje de mujer
con mujeres de verdad.» ¿Qué me dijo a mí? «¿Sabe usted coser, Clarice?»
Claro que sé, maldita sea.
Starling echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos un instante. Solucionar un
problema es cazar; produce un placer feroz que es innato en el hombre.
En la salita había visto un teléfono. Empezó a bajar la escalera para emplearlo,
pero ya la voz chillona de la señora Bimmel la llamaba, la llamaba para que se
pusiera al teléfono.
CAPÍTULO 53
La señora Bimmel pasó el teléfono a Starling y cogió en brazos al bebé, que
estaba lloriqueando. No salió de la salita.
—Clarice Starling.
—Jerry Burroughs al aparato. Starling...
—Qué suerte. Iba a llamarle. Oiga, Jerry, Buffalo Bill sabe coser. Los triángulos
que arrancó... Un segundo. Señora Bimrne¡, ¿tendría la bondad de llevarse al
niño a la cocina? Tengo que hablar... Gracias... Jerry, sabe coser de verdad.
Arrancó...
—Starling.
—Los triángulos que le arrancó a Kimberly Emberg eran para hacer unas
pinzas, pinzas de modistería. ¿Sabe a lo que me refiero? Es un hombre que
conoce el oficio a fondo; sabe lo que es la confección. Mire, es preciso que la
sección de Identificación repase las listas de criminales conocidos en busca de
sastres, confeccionistas de velas marinas, loneros, pañeros, tapiceros... Que
registren el archivo de señas distintivas en busca de alguien que tenga una
muesca de sastre en los dientes...
—De acuerdo, de acuerdo, en seguida transmito el mensaje a Identificación.
Ahora escúcheme, es posible que tenga que colgar. Jack me ha encargado que
la avise. Tenemos un nombre y una dirección que parecen interesantes. El
equipo de rescate acaba de salir en avión desde Andrews. Jack le está dando
instrucciones desde aquí.
—¿Adónde se dirige?
—A Calumet City, a las afueras de Chicago. El nombre de pila del sospechoso
es Jame, como «dame» pero con J; el apellido es Gumb, alias John Grant,
varón, de raza blanca, treinta y cuatro años, uno ochenta y cinco, pelo castaño,
ojos azules. Jack acaba de recibir una llamada de Johns Hopkins con esta
descripción. Su teoría, Starling, de— que había de ser distinto de un
transexual, hizo levantar la liebre en Johris Hopkins. Por lo visto, ese individuo
solicitó ser intervenido en ese centro para cambiar de sexo hace tres años. Y
cuando su solicitud fue rechazada, le dio una paliza a un médico. Johns
Hopkins poseía su nombre, Grant, un alias, y una dirección falsa en Harrisburg,
Pennsylvania. La policía tenía en su poder un recibo del gas con el número del
permiso de conducir, y hemos partido de esos dos datos. Tiene un historial de
antología: delincuente juvenil en California, mató a sus abuelos y estuvo
recluido seis años en el psiquiátrico de Tulare. El Estado lo puso en la calle
hace dieciséis años, al cerrar el manicomio. Entonces desapareció durante
mucho tiempo. Es un homosexual que se dedica a perseguir maricones. Tuvo
un par de líos en Harrisburg, y volvió a desaparecer.
—Ha dicho Chicago. ¿Cómo se ha averiguado que se trata de Chicago?
—Por Aduanas. Conservaba un expediente a nombre de John Grant. Hace un
par de años, Aduanas interceptó en el aeropuerto de Los Ángeles una maleta
procedente de Surinam llena de «ninfas» vivas —¿se dice así?—, bueno,
insectos al fin y al cabo, polillas. El destinatario era John Grant, y la dirección la
de una empresa de Calumet llamada —fíjese bien— «Don Cuero». Confección
de prendas de piel. A lo mejor, eso de que sabe coser encaja con este dato;
voy a transmitir lo de que sabe coser a Chicago y Calumet. Todavía no
sabemos el domicilio de Grant, o Gumb; ese negocio que le he mencionado
cerró. Pero pronto lo averiguaremos.
—¿Hay fotografías?
—Sólo las del correccional de Sacramento. No sirven de gran cosa; tenía doce
años. De pinta recuerda a Beaver Cleaver. De todos modos, la sala de radio las
está enviando por fax a todas partes.
—¿Puedo ir?
—No. Jack ya me ha advertido que lo preguntaría. Llevan dos mujeres policías
de Chicago y una enfermera para hacerse cargo de Catherine, si consiguen
salvarla. Además, no llegaría usted a tiempo, Starling.
—¿Y si opone resistencia? Podrían tardar...
—No va a haber contemplaciones. Crawford ha autorizado una entrada
explosiva. Este individuo es peligroso, Starling; no es la primera vez que
captura rehenes. Cuando cometió el homicidio de sus abuelos, en la
adolescencia, la policía de Sacramento lo acorraló; entonces cogió a su abuela
como rehén —ya había matado al abuelo— y le aseguro que fue espantoso.
Salió con ella ante la policía, que había enviado a un sacerdote a parlamentar
con él; como era un chaval, nadie se atrevió a dispararle, y allí, delante de
todos, le pegó un tiro a la pobre mujer en los riñones. Los esfuerzos de los
médicos por salvarle la vida fueron inútiles.
Y eso lo hizo a los doce añitos. De modo que esta vez, nada de negociaciones,
nada de advertencias. Lo más seguro es que Catherine Martin ya esté muerta,
pero supongamos que la suerte esté de nuestro lado.
Supongamos que por cualquier motivo, por cualquier razón, aún no la ha
matado. Si nos ve venir, la liquidará delante de nuestras narices aunque sólo
sea por rencor, porque con eso no pierde nada. De manera que si le
encuentran, ¡bum!, y la puerta abajo.
La salita estaba insoportablemente caliente y olía a pipí de crío.
Burroughs seguía hablando.
—Estamos buscando ambos nombres en las listas de suscriptores de revistas
entomológicas, en el gremio de cuchilleros, en las de delincuentes conocidos,
en todas partes; hasta que esto no termine, no se va a librar nadie. Usted está
investigando a las amistades de Bimmel, ¿no es así?
—Así es.
—El Departamento de justicia ha dicho que es un caso muy dificil de probar
como no le atrapemos con las manos en la masa. Hemos de cazarle con
Catherine Martin o con algo identificable, algo que tenga dientes y uñas,
francamente. Huelga decir que si ya ha liquidado a Martin, necesitamos
testigos relacionados con las otras víctimas. Por lo tanto, podemos utilizar todo
lo que descubra sobre Bimmel independientemente de... Starling, le juro que
hubiese querido que esto hubiera ocurrido ayer, no sólo a causa de Catherine
Martin, sino por otros motivos. ¿Ya han empezado a actuar contra usted en
Quantico?
—Creo que sí. Han incluido en el curso a alguien que estaba esperando un
hueco producido por algún repetidor; al menos eso es lo que me han dicho.
—Si conseguimos atraparle en Chicago, usted ha contribuido enormemente a
la solución de este caso. Y por muy gilipollas que sean los de Quantico, que lo
son, eso han de tenerlo en cuenta. Espere un minuto.
Starling oyó vociferar a Burroughs a cierta distancia del teléfono. Luego
regresó.
—Nada; estarán listos para atacar en Calumet dentro de cuarenta o cuarenta y
cinco minutos, según lo rápido que les permita aterrizar la intensidad del viento.
Los SWAT de Chicago están preparados para actuar en caso de que se le
encuentre antes. La Compañía Hidroeléctrica de Calumet ha proporcionado
cuatro posibles direcciones. Starling, esté atenta a cualquier detalle que pueda
servir para estrechar el cerco. Si ve algo relacionado con Chicago o Calumet,
llámeme inmediatamente.
—De acuerdo.
—Y ahora escuche. Una cosa más y tengo que colgar. Si lo logramos, si
conseguimos atraparle en Calumet, mañana se presenta usted en Quantico de
punta en blanco a las ocho en punto. Jack Crawford la acompañará al tribunal
para declarar en su favor, y Joe Brigham, el instructor de tiro, también. Por
nosotros que no quede.
—Jerry, sólo una cosa: Fredrica Bimmel poseía una ropa de deporte de la
marca Juno, que es una casa especializada en la confección de prendas para
personas obesas. Catherine Martin también tenía unas de la misma marca. Lo
digo por si sirve de algo. A lo mejor este tío se dedicaba a vigilar las tiendas
especializadas en ropa para personas obesas para seleccionar a víctimas de
gran tamaño. Podríamos investigar en Memphis, en Akron y en los otros sitios.
—Entendido. No se me desanime.
Starling salió al miserable jardín de Belvedere, Ohio, alejado quinientos largos
kilómetros de Chicago, el lugar de la acción. Notó con agrado la caricia del aire
frío en la cara. E hizo un gesto de aliento destinado a animar al equipo de
rescate. Al mismo tiempo notó un leve temblor en el mentón y en las mejillas.
¿Qué demonios era eso? ¿Qué diantres hubiera hecho si hubiese descubierto
algo? Hubiera llamado a la delegación de Cleveland, a los S W A T de
Columbus y a la comisaría de Belvedere, por supuesto, para que vinieran
todos.
Salvar a la muchacha, a la hija de la aborrecible senadora Martin, y a las que
pudieran venir después era lo único que verdaderamente contaba. Si lo
lograban, todo el mundo quedaría bien.
Y si no llegaban a tiempo, si se encontraban con un espectáculo horrendo, Dios
mío, por favor, que cojan a Buffa... A Jame Gumb o a Don Pellejo o Don Cuero
o como le dé la gana de llamarse a ese maldito monstruo.
No obstante, haber llegado tan cerca, tener ya casi una mano en el gañote, dar
con una buena idea con un día de retraso y acabar en un lugar tan lejano del
arresto, expulsada de las clases, olía a fracaso completo. Hacía tiempo que
Clarice sospechaba, llena de sentimientos de culpabilidad, que la suerte de los
Starling llevaba como mínimo un par de siglos mostrándose adversa, que todos
los Starling no habían hecho más que deambular confusos y enfurecidos por
entre las nieblas del tiempo. Que si se pudiesen descubrir los rastros del primer
Starling, el camino que trazaban era un círculo. Ése era el razonamiento clásico
del fracasado y maldita si iba a permitirse refocilarse con él.
Si le atrapaban gracias a la teoría que ella había obtenido de labios del doctor
Lecter, sin duda ello la beneficiaría ante el Departamento de justicia. Starling
tuvo que obligarse a pensar en eso un rato; sus perspectivas profesionales, sus
esperanzas de futuro, sufrían violentas crispaciones, como un miembro
amputado.
De todas formas, ocurriese lo que ocurriese, haber tenido el destello de
visualizar lo del patrón de sastrería le había producido una de las mayores
satisfacciones de su vida. Eso era digno de conservarse. Había hallado fuerzas
en el recuerdo de su madre y en el de su padre. Se había ganado a pulso la
confianza de Jack Crawford y no la había perdido. Esas cosas serían las que
ella guardaría en su joyero.
Su misión, su deber, era pensar en Fredrica Bimmel y cómo podía haberla
secuestrado Gumb. Un proceso contra Buffalo Bill exigiría conocer todos esos
hechos.
Piensa en Fredrica, clavada en este sitio toda su juventud. ¿Dónde buscaría
una salida? ¿Acaso sus anhelos hallaron eco en los de Buffalo Bill? ¿Fue eso
lo que los unió a ambos? Qué espanto pensar que quizá él, con su experiencia,
la comprendió e incluso se compadeció de ella, para después servirse de ella
hasta arrancarle la piel.
Starling se acercó al borde del agua. Casi todos los sitios poseen un momento
del día, un ángulo, una intensidad de luz en que aparecen bajo su más bello
aspecto. Cuando uno está clavado en un sitio determinado, aprende a conocer
ese momento, que se espera con ilusión. Aquella hora del día, a media tarde,
era probablemente el momento más hermoso del río Licking, a espaldas de la
calle Fell. ¿Era ése el momento en que Fredrica Bimmel se permitía soñar? El
sol, pálido ya, arrancaba al agua el vapor suficiente para difuminar los
inservibles frigoríficos y cocinas económicas arrojados entre los matorrales en
la otra orilla de la charca. Y el viento del noreste, que soplaba en dirección
opuesta a la de la luz, combaba las finas espadañas, doblándolas hacia el sol.
Un pedazo de tubería de polictileno blanco salía del cobertizo del señor Bimmel
y desaguaba cerca del río. De pronto gorgoteó y de ella salió un breve chorro
de agua ensangrentada que manchó la sucia nieve. Bimmel salió al exterior.
Llevaba la delantera de los pantalones llena de salpicaduras de sangre y en la
mano transportaba, en una bolsa de plástico transparente, unos bultos grises y
rosados.
—Pichones —dijo, al ver que Starling lo miraba—. ¿Ha comido alguna vez
pichones?
—No —contestó Starling, volviendo la espalda al río—. Pero palomas torcaces,
sí.
—En los pichones no hay miedo de encontrar perdigones.
—Señor Bimmel, ¿conocía Fredrica a alguien de la zona de Chicago o Calumet
City?
Él se alzó de hombros y sacudió la cabeza.
—¿Había estado alguna vez en Chicago, que usted supiera?
—¿Qué quiere decir con eso de «que usted supiera»? ¿Cree usted que una
hija mía puede marcharse a Chicago sin que yo me entere? Ni a Columbus iba
sin que yo lo supiera.
—¿Conocía a algún hombre que se ganase la vida cosiendo, algún sastre o
tapicero?
—Ella cosía para todo el mundo. Cosía tan bien como su madre. No creo que
cosiera para ningún hombre.
Cosía para varias señoras, para tiendas, pero no sé quiénes son.
—¿Quién era su mejor amiga, señor Bimmel? ¿Con quién salía a matar el
tiempo?
—Dios mío, ¿por qué habré dicho «matar «? Menos mal, no lo ha pescado;
sólo se ha puesto furioso.
—Ella no salía a matar el tiempo, como esos gandules que abundan tanto hoy
en día. Siempre estaba ocupada.
Dios no la había hecho guapa, pero sí muy laboriosa.
—¿Quién era su mejor amiga?
—Stacy Hubka, creo, desde que eran pequeñas. La madre de Fredrica siempre
decía que Stacy salía con Fredrica porque quería tener a alguien que le hiciese
de sirvienta; qué sé yo.
—¿Sabe dónde podría ponerme en contacto con ella?
—Stacy trabajaba en la agencia de seguros. Creo que todavía sigue allí.
Seguros Franklin.
Con la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos, Starling cruzó el
trillado patio hacia el coche. El gato de Fredrica la miraba desde la ventana
más alta de la casa.
CAPÍTULO 54
Cuanto más al oeste se desplaza uno, más rápida es la respuesta que obtienen
las credenciales del F B I. La tarjeta de identificación de Starling, que de un
funcionario de Washington no hubiera merecido más que el levantamiento de
una aburrida ceja, obtuvo la íntegra atención del jefe de Stacy Hubka en la
agencia de seguros Franklin de Belvedere, Ohio, el cual sustituyó
personalmente a Stacy en el mostrador y ante la centralita y ofreció a Starling
la intimidad de su oficina para que allí se celebrase la entrevista.
Stacy Hubka tenía una cara redonda y cubierta de vello, y con tacones altos no
mediría más de metro sesenta. Iba peinada con raya en medio y melena lisa
que se apartaba de la cara con un gesto imitado de Cher Bono. Examinaba a
Starling de pies a cabeza cada vez que ésta no la miraba.
—Stacy... ¿puedo tutearte?
—Desde luego.
—Stacy, quisiera que me contases cómo pudo ocurrirle aquello a Fredrica
Bimmel, dónde pudo localizarla ese hombre.
—Qué cosa tan espantosa. Arrancarle la piel.... menudo tío. ¿La vio usted?
Dicen que estaba hecha trizas, como si le hubiesen sacado el aire a un...
—Stacy, ¿te mencionó alguna vez a alguien de Chicago o Calumet City?
Calumet City. El reloj de pared que había encima de Stacy Hubka atrajo la
atención de Starling. Si el equipo de rescate llega en cuarenta minutos, faltan
diez para que aterrice. ¿Tendrán una dirección fiable? No te distraigas. Tú a lo
tuyo. _¿Chicago? —repitió Stacy—. No. A Chicago fuimos una vez a tomar
parte en el desfile del día de Acción de Gracias.
—¿Cuándo?
—Estábamos en octavo... Pues, hará unos nueve años. Fuimos todos los de la
banda de música, en autobús, a pasar el día y volvimos por la noche.
—¿Qué pensaste, en el mes de abril, cuando se produjo la desaparición de
Fredrica?
—Que no lo entendía.
—¿Recuerdas dónde estabas cuando te enteraste, cuando te comunicaron la
noticia? ¿Qué pensaste en aquel momento?
—Pues la noche en que desapareció, Skip y yo fuimos al cine y luego al bar del
señor Toad a tomar una copa y entonces Pam y los otros, quiero decir que
entró Pam Malavesi y nos dijo que Fredrica había desaparecido, y Skip va y
contesta: «A Fredrica no logra hacerla desaparecer ni Houd¡nh». Y entonces
tuvo que explicar a todo el mundo quién era Houdini; siempre hace igual,
alardear de la cantidad de cosas que sabe; pero nosotros le dijimos que ya
estaba bien. Yo pensé que Fredrica se había enfadado con su padre. ¿Ha visto
la casa? ¿No es una pocilga? Yo no sé dónde estará, pero lo que sí sé es que
se avergüenza de que haya estado en su casa.
¿Usted no se escaparía?
—¿Pensaste que a lo mejor se había escapado con alguien? ¿Te vino algún
nombre a la cabeza, aunque fuese absurdo?
—Skip dijo que a lo mejor había encontrado a un tío que le gustaban las
gordas. Pero, no, nunca tenía a nadie.
Una vez tuvo un novio, pero hace tantos años que eso ya es prehistórico. Era
uno que formaba parte de la banda de música, en décimo. Digo novio, pero lo
único que hacían era charlar y reírse, como dos amigas, y hacer los deberes
juntos. Era muy afeminado, llevaba uno de esos gorritos de pescador griego,
¿sabe lo que quiero decir? Skip decía que era, bueno, pues, marica. Todos nos
burlábamos de ella porque salía con un marica. Pero él y su hermana se
mataron en un accidente de tráfico, y Fredrica ya no tuvo a nadie más.
—¿Qué pensaste al ver que ella no regresaba?
—Pam decía que a lo mejor se había metido en los Moc,nies o en alguna
secta; yo, pues no sé, pero cada vez que pensaba en aquello tenía un miedo
espantoso. Le dije a Skip que no quería salir de noche, a no ser que me viniese
a buscar. Le dije: «Mira, chaval, a la que se ponga el sol, si no es contigo, no
salgo».
—¿Le oíste mencionar a alguien llamado Jame Gumb? ¿0 John Grant?
—Mmmmmm... No.
—¿Crees que podía tener algún amigo sin que tú lo supieras? ¿Hubo quizá
temporadas en que os visteis menos?
—No. Si hubiera tenido un amigo, yo lo hubiera sabido, créame. Nunca tuvo
ningún amigo.
—¿Y es posible, digamos, que tuviese algún amigo y no quisiera comentarlo?
—¿Y por qué no?
—Pues, tal vez para que nos os burlaseis de ella.
—¿Nosotros? ¿Burlarnos de ella? ¿Lo dice por lo que le he contado del
marica? —Stacy se sonrojó—. No, no. Nosotros no le hubiéramos hecho
ningún daño.
Eso se lo he comentado pues porque sí. Ella no... todo el mundo fue muy, no
sé cómo decir, muy amable con ella después que murió.
—¿Trabajaste alguna vez con Fredrica, Stacy?
—Cuando estábamos en el último curso del instituto, yo, ella, Pam Malavesi y
Jaronda Askew trabajamos en verano en el Centro de Ropa de Ocasión. Y
luego Pam y yo fuimos a Richard's a ver si nos daban empleo; ahí venden ropa
buena, y me contrataron a mí, y luego a Pam. Y Pam le dijo a Fredrica que por
qué no iba, que necesitaban a otra dependienta, y ella fue, pero la señora
Burdine, que era la jefa de ventas, va y le dice: «Mira, Fredrica, aquí
necesitamos a una chica que sepa relacionarse con la gente, una persona que
las clientas al verla digan que quieren parecerse a oÚa, que sea capaz de
ayudarlas a elegir una prenda, que sepa decirles si les sienta bien o no. Mira, si
haces régimen y adelgazas un poco, vienes a verme en seguida», le dice.
«Pero de momento, lo único que puedo ofrecerte es darte arreglos para que los
hagas en casa; para eso te cojo a prueba; ahora mismo voy a decírselo a la
señora Lippman que es la que se encarga de eso.» La señora Burdine, aunque
hablaba así de fina, luego resultó ser una arpía, pero yo la verdad es que de
momento no me di cuenta.
—¿De modo que Fredrica hacía arreglos para Richard's, la tienda de modas
donde tú trabajabas?
—Aquello le dolió mucho, pero sí, claro, qué remedio. La señora Lippman ya
era muy mayor y hacía arreglos para todo el mundo. Tenía más trabajo del que
podía atender y Fredrica trabajaba para ella. La señora Lippman era modista y
cosía para mucha gente, vestidos y de todo. Cuando la señora Lippman se
retiró, su hija o quien fuese no quiso continuar con el oficio, y se lo pasó a
Fredrica que se puso a coser para todo el barrio. No hacía más que coser. A
veces salíamos juntas Pam, ella y yo; íbamos a casa de Pam a la hora de
comer a ver un programa de televisión que nos gustaba mucho y Fredrica se
traía la costura y se pasaba todo el rato cose que te coserás.
—¿Trabajó alguna vez Fredrica en la tienda, tomando medidas? ¿Conocía a
algún cliente o a algún proveedor?
—A veces, pero muy pocas. No lo sé, porque yo trabajaba todos los días.
—¿La señora Burdine estaba en la tienda todos los días? ¿Podría saberlo ella?
—Sí, supongo que sí.
—¿Mencionó Fredrica alguna vez que trabajaba para una empresa de
confección de Chicago o Calumet City llamada Don Cuero, quizá forrando
prendas de cuero?
—No lo sé. Tal vez la señora Lippman lo supiera.
—¿Viste alguna vez la marca Don Cuero? ¿La comercializaba Richard's o
alguna tienda que conocieses?
—No.
—¿Sabes la dirección de la señora Lippman? Quisiera hablar con ella.
—Ha muerto. Al jubilarse se marchó a Florida y murió allí, según me dijo
Fredrica. Yo no llegué a conocerla.
Skip y yo fuimos algunas veces a su casa a buscar a Fredrica, cuando tenía
mucha ropa para llevarse a casa.
Pero podría hablar con su familia. Le voy a apuntar la dirección.
Esto era sumamente tedioso para Starling, que sólo quería noticias de Calumet
City. Los cuarenta minutos ya habían transcurrido. El equipo de rescate ya
habría aterrizado. Cambió de posición para no ver el reloj y continuó con el
interrogatorio.
—Stacy, ¿dónde se compraba la ropa Fredrica? ¿Dónde se pudo comprar ese
chándal de la marca Juno de talla tan grande?
—Casi todo se lo confeccionaba ella misma. Supongo que lo de Juno se lo
compraría en Richard's porque cuando se pusieron de moda los chándals
enormes para todo el mundo, para que quedasen sueltos encima de los
leotardos, los vendíamos allí. Ella en Richard's tenía descuento por hacerles los
arreglos de taller.
—¿Sabes si compraba ropa en tiendas especializadas en tallas grandes?
—Entrábamos en todos los sitios a ver qué había, a curiosear, ya sabe lo que
quiero decir. A veces íbamos a Personality Plus a buscar ideas para ella, en fin,
modelos favorecedores para mujeres corpulentas.
—¿En estas tiendas, hubo alguien que os siguiera? ¿Notó Fredrica que alguien
se fijase en ella?
Stacy se quedó mirando al techo unos segundos y contestó que no con la
cabeza.
—Stacy, ¿entraban alguna vez travestis en Richard's, o bien hombres que
comprasen vestidos de mujer de talla grande? ¿Te encontraste alguna vez con
eso?
—No. Yo y Skip vimos una vez a un grupito de travestis en un bar de
Columbus. _ ¿Iba Fredrica con vosotros?
—¡Qué va! Nos fuimos a pasar el fin de semana juntos.
—¿Puedes hacerme una lista de las tiendas especializadas en tallas grandes a
las que fuistes con Fredrica? ¿Crees que podrías recordarlas todas?
—¿Sólo las de aquí o también las de Columbus?
—Las de aquí y las de Columbus. Y anota también la dirección de Richard's.
Quiero hablar con la señora Burdine.
—De acuerdo. Es un trabajo interesante ser agente del F B 1, ¿verdad?
—Sí, a mí me lo parece.
—Tendrá que viajar, ¿no?, quiero decir a sitios más apetecibles que éste.
—A veces sí.
—Y hay que ir bien arreglada todos los días, ¿verdad?
—Pues sí. Hay que cuidarse y tener aspecto profesional.
—¿Y qué hay que hacer para ser agente del FBI?
—Primero hay que ir a la universidad, Stacy.
—Eso cuesta mucho dinero.
—Sí, es verdad. Pero existen becas y otras ayudas. ¿Quieres que te envíe
folletos de información?
—Oh sí. Estaba pensando que Fredrica se alegró muchísimo por mí cuando
conseguí este trabajo. Estaba como loca, porque como ella nunca había
trabajado en una oficina, le parecía que conseguir empleo aquí era meterse en
algo de mucho futuro. Esto, rellenar fichas de cartulina y escuchar todo el santo
día a Barry Manilow por los altavoces, le parecía maravilloso. ¿Qué sabría ella,
la tonta?
Los ojos de Stacy Hubka se llenaron de lágrimas. Y los abrió mucho y echó la
cabeza hacia atrás para no tener que retocarse el maquillaje.
—¿Me haces la lista, Stacy?
—Prefiero hacérsela en mi mesa. Allí tengo el tratamiento de textos, la libreta
de direcciones y todo lo demás.
Y salió con la cabeza echada hacia atrás, orientándose por el techo.
Era el teléfono lo que fascinaba a Starling. En el momento en que Stacy Hubka
salió del despacho, Starling llamó a Washington para averiguar noticias.
CAPÍTULO 55
En ese momento, sobre la punta meridional del lago Michigan, un avión privado
capaz para veinticuatro pasajeros y dotado de letreros civiles aminoró la
velocidad de crucero y dio comienzo a la larga curva que iniciaba el descenso
hacia Calumet City, Illinois.
Los doce miembros del equipo de rescate notaron el efecto en la boca del
estómago. A lo largo del pasillo se produjeron varios bostezos cuya deliberada
intensidad no logró más que revelar la tensión que reinaba en el grupo.
El comandante de la brigada, Joe Randall, sentado en la primera fila de
asientos de la sección de pasajeros, se quitó los auriculares y echó un vistazo
a sus notas antes de levantarse para hacer las últimas recomendaciones a sus
subalternos. Estaba convencido de mandar al equipo mejor entrenado del
mundo, y es posible que no le faltara razón. Varios de sus hombres no habían
tomado nunca parte en una operación de rescate, pero a juzgar por los
resultados obtenidos en diversas pruebas y simulacros, eran indiscutiblemente
lo mejor de lo mejor.
Randall, que había pasado muchas horas de su vida en pasillos de aviones, no
tuvo dificultad en mantener el equilibrio a pesar de las sacudidas del descenso.
—Caballeros, el transporte que nos espera al aterrizar es cortesía de los
servicios clandestinos de la DE A: una furgoneta de reparto de una floristería y
una camioneta de fontanero. De manera que, Eddie y Vernon, ustedes dos,
armas largas y de civiles, y no olviden que si hemos de arrojar granadas, no
irán provistos de máscaras protectoras.
—No te olvides de taparte los mofletes con las manos —le dijo Vernon a Eddie
entre dientes.
—¿Qué ha dicho? ¿Que estuviéramos al tanto? Me ha parecido oír algo de
granadas —le contestó Eddie en el mismo tono.
Vernon y Eddie, los encargados de realizar el acercamiento inicial a la puerta,
sólo podían llevar unos delgados chalecos antibalas debajo de sus ropas de
paisano. Los demás podrían utilizar uniformes blindados, a prueba de balas de
rifle.
—Bobby, encárgate de instalar una radio de las nuestras en cada furgoneta,
para el chófer; a ver si esta vez no la jodemos al intentar hablar con los de la
DEA —dijo Randall.
La D EA, la Agencia Antinarcóticos de los Estados Unidos, emplea en sus
batidas radios U H F, mientras que el F B I usa V H F, lo cual en anteriores
ocasiones había creado problemas.
Iban preparados para cualquier eventualidad que pudiese surgir de día o de
noche: para escalar paredes llevaban equipo de alpinismo; para escuchar,
dispositivos electrónicos de alta sensibilidad; y para ver, material de espionaje
nocturno. Las armas, provistas asimismo de visores antioscuridad, parecían, en
sus abultadas fundas, instrumentos de música.
La operación que iban a llevar a cabo sería de una precisión quirúrgica y las
armas así lo reflejaban: no había ninguna que disparase mediante un simple
cerrojo.
Los inteerantes del grupo se pertrecharon con sus equipos de radio cuando los
alerones del avión se inclinaron hacia abajo.
Randall recibió noticias de Calumet por los auriculares. Cubriendo el micro con
la mano, se dirigió nuevamente a sus hombres.
—Muchachos, las posibilidades han quedado reducidas a sólo dos direcciones;
nosotros vamos a la más probable y los S W A T de Chicago a la segunda.
El aeródromo al cual se dirigían era el municipal de Lansing, el más próximo a
Calumet, en el sector sudeste de Chicago. El avión recibió pista de inmediato.
El piloto lo detuvo con un chirriar de frenos entre dos vehículos que
aguardaban en marcha en el extremo de la pista opuesto al de la terminal.
Hubo veloces saludos junto a la furgoneta de la floristería. El comandante de la
D E A entregó a Randall algo que parecía un alto adorno floral. Se trataba de
un martillo magnético para derribar puertas, con la cabeza envuelta en papel de
plata simulando una maceta y hojas verdes sujetas al mango.
—Por si quiere entregar este regalo —dijo—. Bienvenidos a Chicago.
CAPÍTULO 56
El señor Gumb reanudó sus tareas a última hora de la tarde.
Con un par de lagrimones peligrosamente suspendidos al borde de sus
párpados, estuvo contemplando el vídeo una y otra vez. En la pequeña
pantalla, Mamá subía al tobogán y se lanzaba a la piscina. Las lágrimas
borraban la visión de Jame Gumb, como si fuese él quien se hallase dentro del
agua.
Apoyada sobre su tripa, burbujeaba una botella de agua caliente, como
burbujeaba el estómago de su perrita cuando se acurrucaba encima de él.
Ya no podía soportarlo más; no podía soportar que aquello que tenía metido en
el pozo hubiese secuestrado a su Preciosa, la tuviese prisionera y encima la
amenazase. En realidad ‘ el señor Gumb no estaba seguro de poder liquidar al
material antes de que aquel ser hiriese fatalmente a su Preciosa, pero había de
intentarlo. Y ahora mismo.
Se desnudó y se puso el batín; siempre concluía las tareas de la cosecha
desnudo y ensangrentado como un recién nacido.
De su amplio y bien surtido botiquín sacó el ungüento que había empleado
para curar a Preciosa cuando la arañó aquel gato. Sacó también una caja de
tiritas, mercromina y la pantalla de plástico que le había dado el veterinario
para impedir que la perrita se lamiese si tenía una llaga. En el sótano tenía un
par de depresores de lengua que emplearía para entablillarle la patita
fracturada y un tubo de pomada calmante que le aplicaría en el caso de que
aquella cosa estúpida, al defenderse con patadas y manotazos antes de morir,
le causase algún rasguño a su Preciosa.
Un certero disparo en la cabeza; estaba dispuesto a sacrificar la melena.
Preciosa valía más que todas las melenas del mundo. Renunciar a aquella
cabellera era un sacrificio, una ofrenda destinada a comprar la seguridad de su
querido animalito.
Bajó con cuidado la escalera, entró en la cocina. Se sacó las zapatillas y
empezó a bajar la oscura escalera del sótano, permaneciendo junto a la
barandilla, para que los escalones no crujiesen.
No encendió la luz. Al llegar abajo, giró a la derecha, hacia el taller, avanzando
a tientas por aquella conocida oscuridad, notando cómo cambiaba el suelo bajo
sus pies.
La manga del batín rozó la jaula y oyó el leve pero irritado aleteo de una polilla
que incubaba. Ahí estaba el armario. Cogió la linterna de rayos infrarrojos y se
colocó las gafas en la cabeza. El mundo apareció bañado en un resplandor
verde. Permaneció un instante dejándose acunar por el tranquilizador gorgoteo
de los acuarios, por el tibio silbido de las tuberías del vapor. Señor de las
tinieblas, reina de la oscuridad.
Las polillas que volaban con libertad por la estancia dejaban verdes estelas
fluorescentes al pasar ante el radio de visión del señor Gumb, y al agitar sus
aterciopeladas alas causaban unos leves soplos de brisa que le acariciaban la
cara.
Comprobó que la Python estuviese en orden. Así era. Estaba cargada con
balas expansivas del 3 8 que perforarían el cráneo y al estallar provocarían una
muerte inmediata. Si aquello estaba de pie cuando él disparase, si le disparaba
justo en la coronilla, la bala no efectuaría el recorrido de una Magnum, por lo
cual no saldría por la mandíbula inferior ni le desgarraría el pecho.
Con mucho cuidado empezó a avanzar, las rodillas flexionadas, los dedos de
los pies, con sus uñas pintadas, agarrándose con cautela a los tablones. Sin
hacer ruido en el suelo de arena del cuarto de la mazmorra; sin hacer ruido
pero aprisa. No quería que desde el fondo del pozo Preciosa percibiese su olor.
La boca del pozo resplandecía verde; el cemento y las piedras del pretil se
distinguían con toda claridad, los nudos de la madera de la tapa quedaban en
su centro de visión. Enfoca la linterna e inclínate. Ahí estaban las dos. Aquello
estaba tumbado de lado, como una gamba gigante. Tal vez durmiera.
3 51
Preciosa estaba acurrucada contra aquel cuerpo, seguro que durmiendo, por
favor, por favor, que no esté muerta.
La cabeza quedaba al descubierto. Un disparo en el cuello resultaba de lo más
tentador, porque le permitiría salvar la melena. Demasiado arriesgado.
El señor Gumb se inclinó hacia el pozo y miró abajo con los protuberantes ojos
de sus gafas. La Python tiene un tacto maravilloso, suave y pesado, y es
extraordinariamente certera. Lo único que había de hacer era enfocar a su
objetivo el haz de luz infrarroja. Apuntó a un lado de la cabeza, al punto en que
el cabello, humedecido, se adhería a la sien.
Ruido u olor, no sabría decirlo, el caso es que Preciosa se incorporó, empezó a
gemir y se puso a dar saltos hacia arriba en la oscuridad. Catherine Baker
Martin se dobló sobre la perra y se cubrió con el jergón. Debajo del jergón,
movimiento de bultos, sólo bultos; el señor Gumb no sabía cuál de ellos era
Preciosa y cuál aquello. La luz infrarroja dificultaba la profundidad de su visión.
No acertaba a saber cuál de los bultos era Catherine.
Pero había visto saltar a Preciosa. Sabía, pues, que no tenía una pata
fracturada y supo también otra cosa: que Catherine Baker Martin no haría daño
a la perrita, que no sería capaz de hacer tal cosa, igual que él. ¡Oh, qué dulce
alivio! En virtud del sentimiento de bondad para con el animal que ambos
compartían, le dispararía a las malditas piernas y cuando ella las encogiese, le
volaría la tapa de los sesos. Ya no hacía falta andarse con miramientos.
Encendió las luces, todas las condenadas luces del sótano, y sacó el foco del
cuarto en que lo guardaba. Había recobrado el control de sus actos, razonaba
con toda lucidez; de camino hacia el taller, recordó abrir un poco los grifos de
los acuarios para que cuando los usase, los filtros de los desagües no se
atascasen.
En el momento en que, foco en mano, pasaba ante la escalera resuelto a
ponerse manos a la obra, sonó el timbre de la puerta.
El timbre sonando estrepitoso, estridente; tuvo que detenerse y reflexionar
sobre lo que era aquel sonido.
Hacía años que no lo había oído; ni siquiera sabía si funcionaba. Instalado en
la escalera, para que pudiera oírse desde arriba y desde abajo, lo vio
repiquetear, una teta de metal negro, cubierta de polvo. Mientras lo miraba,
volvió a sonar, seguía sonando, entre nubecillas de polvo. Había alguien
llamando a la entrada, oprimiendo el viejo botón sobre el cual había un
pequeño rótulo que decía:
INSPECTOR.
Quienquiera que llamase se iría. Montó el foco. No se iba. Abajo, en el fondo
del pozo, aquello dijo algo a lo que él no prestó atención. El timbre seguía
llamando estridente, insistente. Quienquiera que llamase, se había apoyado en
el botón.
Lo más sensato sería subir y atisbar por las ventanas de arriba. La Python, con
su largo cañón, no le cabía en el bolsillo de la bata. La dejó en la repisa del
taller.
Estaba a medio subir la escalera cuando el timbre dejó de sonar. Permaneció
quieto unos instantes, esperando.
Silencio. Decidió echar un vistazo de todos modos. Al pasar por la cocina, un
fuerte aldabonazo le hizo sobresaltarse. En la despensa, situada junto a la
puerta trasera de la casa, guardaba una escopeta. Sabía que estaba cargada.
Si cerraba la puerta de la escalera del sótano, nadie podría oír a aquello
gritando al fondo del pozo, ni aunque gritase con todas sus fuerzas, de eso
estaba seguro.
Un nuevo aldabonazo. Abrió la puerta un resquicio, sin quitar la cadena de
seguridad.
—He estado llamando a la puerta de delante, pero no venía nadie —dijo
Clarice Starling—. Estoy buscando a la familia de la señora Lippman. ¿Puede
darme alguna indicación?
—No vive aquí —contestó el señor Gumb, y cerró la puerta.
Se dirigía de nuevo a la escalera cuando se reanudaron los aldabonazos, esta
vez con mayor fuerza.
Abrió de nuevo la puerta sin quitar la cadena de seguridad. La joven le
mostraba unas credenciales a través del resquicio. Decían Oficina Federal de
Investigación.
—Disculpe, tengo que hablar con usted. Tengo que encontrar a la familia de la
señora Lippman. Sé que ella vivía aquí. Tiene que ayudarme, por favor.
—La señora Lippman hace varios años que ha muerto. No tenía parientes, y si
los tenía, yo no los conozco.
—¿Y tampoco un abogado, un administrador? ¿Alguien que le llevase las
cuentas del negocio? ¿Conocía usted a la señora Lippman?
—Un poco, muy poco. ¿Cuál es el problema?
—Estoy investigando la muerte de Fredrica Bimmel. ¿Tiene la bondad de
decirme quién es usted?
—Jack Gordon.
—¿Conocía usted a Fredrica Bimmel cuando ella trabajaba para la señora
Lippman?
—No. ¿Era quizá una mujer alta y gorda? Tal vez la vi en alguna ocasión, pero
no estoy seguro. Disculpe que antes no haya salido a abrir; estaba durmiendo...
La señora Lippman tenía un abogado; a lo mejor encuentro la tarjeta. Voy a ver
si la he guardado por algún sitio. ¿Le importa entrar? Me estoy congelando y
por la rendija se me va a escapar la gata. Antes de que me dé cuenta, saldrá
como una exhalación.
Se dirigió hacia un pequeño escritorio de persiana que había en el extremo
opuesto de la cocina, levantó la tapa y rebuscó en un par de compartimentos.
Starling entró en la casa, abrió el bolso y sacó un bloc de notas.
—Qué crimen tan espantoso —comentó él mientras rebuscaba por el
escritorio—. Cada vez que me acuerdo, me pongo a temblar. ¿Sospechan de
alguien? ¿Están próximos a detener al asesino?
—Todavía no, pero estamos trabajando en ello. Señor Gordon, ¿se trasladó
usted a esta casa después de morir la señora Lippman?
—Sí. Gumb se inclinó sobre el escritorio, de espaldas a Starling. Abrió un cajón
y anduvo rebuscando.
—¿Y no quedaron papeles en la casa? ¿Papeles del negocio de la señora
Lippman?
—No, nada de nada. ¿Y el FBI tiene alguna idea del asesino? La policía de
aquí anda perdida del todo. ¿Se conoce alguna descripción, huellas dactilares?
Por entre los pliegues de la espalda de la bata del señor Gordon asomó una
polilla de la muerte, que avanzó un poco, se detuvo en el centro, más o menos,
a la altura del corazón, y desplegó las alas.
A Starling se le cayó el bloc de notas en el bolso. El señor Gumb. Menos mal
que llevo el abri go desabrochado. Invéntate cualquier excusa para salir de
aquí, corre a un teléfono. No, sabe que soy del FBI y si me aparto un instante
de él, la matará. Le pegará un tiro en los riñones. La única forma es que lo
encuentreny se abalancen sobre él. Su teléfono. No lo veo. Aquí no hay
ninguno. Pregúntale por el teléfono. Da aviso y luego arrójate sobre él. Oblígale
a tenderse boca abajoy espera a la policía. Eso es.
Ha.tio. Se está volviendo hacia aquí.
—Aquí está —dijo él; en la mano sostenía una tarjeta. ¿Cogerla? No.
—Estupendo. Gracias, señor Gordon. ¿Me permitiría usar el teléfono?
En el momento en que él depositaba la tarjeta en la mesa, la polilla echó a
volar. Salió de su espalda, voló por encima de la cabeza y se posó entre
ambos, en un armario que había encima del fregadero.
Él miró la polilla. Y al ver que ella no la miraba, cuando sus miradas se
encontraron, él lo supo.
Sus ojos se encontraron y ambos supieron quién era el otro.
El señor Gumb ladeó levemente la cabeza. Y sonrió.
—Tengo un teléfono inalámbrico en la despensa. Voy a buscarlo.
¡No! ¡Hazlo! Ella se llevó la mano a la pistola, un gesto suave que había
efectuado mil veces; el arma estaba donde tenía que estar. Notó el
tranquilizador contacto, podía usarse con ambas manos; no veía nada más que
lo que abarcaba su radio de visión frontal, concentrada en el centro del pecho
de aquel hombre.
—Quieto. Él frunció los labios.
—Obedezca. Levante las manos. Despacio. Hazle salir al exterior, procurando
mantener siempre la mesa entre ambos. Hazle caminar hacia la entrada
principal. Ponle boca abajo en el centro de la calle, y enseña la placa, para que
se vea bien.
—Señor Gub... señor Gumb, queda usted arrestado. Eche a andar despacio
hacia la calle.
Sin embargo, lo que hizo el detenido fue salir de la habitación. Si hubiese
hecho un gesto hacia el bolsillo, si
Starling hubiese visto cualquier tipo de arma, hubiera podido hacer fuego. Pero
él se limitó a salir de la habitación.
Clarice le oyó bajar corriendo la escalera, mientras ella tenía que rodear la
mesa y llegar hasta la puerta que conducía a la escalera del sótano. Él había
desaparecido. La escalera, iluminada, estaba vacía. Es una trampa.
Ella, en la escalera, era un blanco facilísimo.
Y entonces, del fondo del sótano, un grito levísimo, fino como una hoja de
papel.
Clarice Starling, no te gusta la escalera, no te gusta la escalera, pero has de
reaccionar, te guste o no te guste.
Catherine Martin volvió a gritar, la está matando, y Starling bajó por fin la
escalera, una mano en la barandilla, la otra empuñando la pistola, el suelo
saltando bajo la línea de visión, el brazo del arma oscilando a la misma
velocidad que la cabeza cuando trató de cubrir las dos puertas situadas frente
a frente que había al pie de la escalera.
El sótano estaba inundado de luz y no podía cruzar una puerta sin dar la
espalda a la otra; rápido, la de la izquierda, hacia el grito. Notó la arena del
suelo del cuarto de la mazmorra y se apartó de un salto del umbral; nunca
había llevado los ojos tan abiertos como entonces. El único lugar para
esconderse era detrás del pozo, se deslizó de lado por la pared, empuñando la
pistola con ambas manos, con los brazos estirados, haciendo una leve presión
en el gatillo; rodeó todo el perímetro del pozo y no encontró a nadie.
Un leve grito ascendía del pozo como una tenue columna de humo. Y de pronto
un gemido, un perro. Con los ojos fijos en la puerta, Clarice se acercó al pozo,
se arrimó al pretil y se asomó. Vio a la chica, levantó la vista, volvió a mirar
hacia abajo e hizo lo que le habían enseñado a hacer, tranquilizar al rehén:
—Soy del FBI. Estás a salvo. Y U N A»M 1 E R D A, a salvo. Tiene una pistola.
Sáqueme de aquí.
¡SÁQUEME DE AQUí!
—Tranquilízate, Catherine. Por favor, no grites. ¿Sabes dónde está él?
—SÁQUEME DE AQUí, ME IMPORTA UNA MIERDA DONDE ESTÉ.
SÁQUEME DE AQUí.
—Pronto te sacaré de aquí. No grites, por favor, y ayúdame, Quédate callada
para que pueda oírle. Procura que se calle ese perro.
Apuntalada detrás del pozo y cubriendo la puerta, el corazón le latía desbocado
y su aliento levantaba nubecillas de polvo del pretil. No podía abandonar a
Catherine Martin para pedir ayuda sin saber dónde estaba Gumb. Avanzó
hasta la puerta y se quedó apostada junto al marco. Desde allí divisaba el bajo
de la escalera y una parte del taller.
No tenía más que tres alternativas: encontrar a Gumb, asegurarse de que
había huido o bien sacar a Catherine del pozo.
Una rápida ojeada por encima del hombro por el cuarto de la mazmorra.
—Catherine, Catherine, ¿hay por aquí una escalera de mano?
—No lo sé. Sólo he estado aquí abajo. Él me bajaba un cubo con una cuerda.
Sujeto a una viga de la pared, había un pequeño montacargas manual; al
tambor le faltaba la cuerda.
—Catherine, tengo que encontrar algo para sacarte de aquí. ¿Puedes andar?
—Sí. No me deje sola.
—Tengo que salir de esta habitación un minuto.
—¡No te vayas, mala puta, no me dejes aquí abajo! ¡Como te vayas, mi madre
te destrozará, imbécil...!
—Cállate, Catherine. Cállate y déjame oír. Para que pueda salvarte, tienes que
estarte callada, ¿me entiendes?
—Y a continuación, levantando más la voz—: Los otros agentes llegarán dentro
de un minuto, de modo que haz el favor de callarte. No te vamos a dejar ahí.
Este individuo tenía que tener una cuerda. ¿Pero dónde? Ve Starling cruzó
ante la escalera de una corrida y se dirigió a la puerta del taller; la puerta es el
sitio más peligroso, entra rápido,, protegiéndose junto a la pared más próxima
hasta haber visto toda la habitación, formas familiares nadando dentro de los
acuarios de cristal, ella demasiado alerta para sobresaltarse. Cruzó a toda prisa
la habitación, dejó atrás los acuarios, los lavaderos, la jaula, unas cuantas
polillas echaron a volar. Ella las ignoró.
Se acercaba al pasillo del fondo, que estaba inundado de luz. El frigorífico se
puso en marcha y ella giró sobre sí misma agazapándose; el percutor, al
levantar el mecanismo de la Magnum, hizo salir la presión. Hacia el pasillo. Le
habían enseñado que no debía asomar la cabeza. El arma y la cabeza al
mismo tiempo y por lo bajo. El pasillo vacío. Al fondo el estudio, inundado de
luz. Recorrió el pasillo a toda velocidad, se arriesgó a dejar atrás la puerta
cerrada y avanzó hacia la puerta del estudio. La habitación toda de azulejo
blanco y roble rubio. Apártate de la puerta, leñe. Asegúrate de que todos los
maniquíes son maniquíes, que todas las imágenes reflejadas no son más que
maniquíes. Que todos los movimientos de los espejos responden
exclusivamente a tus propios movimientos.
El gran armario estaba abierto y vacío. La puerta de la pared del fondo daba a
la oscuridad, al sótano que se extendía más allá. Ni una cuerda, ni una
escalera de mano en ninguna parte. Pasado el estudio, la oscuridad.
Cerró la puerta que daba a las tinieblas del sótano, colocó una silla debajo del
pomo y contra ella apoyó una máquina de coser. Si podía estar segura de que
él no se hallaba en la misma zona del sótano que ella, se arriesgaría a subir un
momento para buscar el teléfono.
De quevo en el pasillo, ante la puerta cerrada frente a la cual había pasado.
Colócate en el lado opuesto a las bisagras. Se han de abrir siempre con un
solo movimiento. La puerta se abrió de golpe y rebotó. Detrás no había nadie.
Un viejo cuarto de baño. Allí, cuerda, ganchos, una honda. ¿Saco a Catherine
o busco el teléfono? Catherine, al fondo del pozo, no recibiría un disparo
accidental. Pero si a Starling la mataba, Catherine estaba muerta. Saca a
Catherine y llévatela a buscar el teléfono.
Starling no quería permanecer mucho rato en aquel cuarto de baño. Desde la
puerta, él podía inmovilizarla allí dentro. Miró a ambos lados del pasillo y entró
a buscar la cuerda. Había una bañera grande. La bañera estaba llena casi
hasta el borde de un yeso duro, de un color rojo violáceo. Del yeso sobresalía
una mano y una muñeca, la mano ennegrecida y arrugada, reseca, las uñas
esmaltadas de rosa. La muñeca llevaba un fino reloj de mujer. Starling lo veía
todo a la vez, la cuerda, la muñeca, la mano, el reloj.
El minúsculo avance del segundero, que le recordó al de un insecto, fue lo
último que vio antes de que las luces se apagasen.
El corazón le latió con tanta fuerza que los brazos y el pecho le empezaron a
temblar. La oscuridad era absoluta, vertiginosa, tenía que tocar algo, el borde
de la bañera. El cuarto de baño. Sal del cuarto de baño. Si este tío encuentra la
puerta, me inmoviliza, no tengo nada donde esconderme. Dios mío; sal, sal de
una vez. Salir agachada para llegar al pasillo. ¿Todas las luces apagadas?
Todas. Debía haberlo hecho en la caja de los fusibles, accionando la palanca
general. ¿Dónde estaba la caja? ¿Dónde estaría? Cerca de la escalera.
Generalmente las ponen cerca de la escalera. Si es así, él vendrá de allí. Lo
cual quiere decir que se encuentra entre Catherine y yo.
Catherine Martin volvía a chillar. ¿Qué hago? ¿Espero aquí? ¿Espero aquí
eternamente? A lo mejor ese tío se ha ido. No está seguro de que no lleguen
refuerzos. Sí, sabe que vengo sola. Pero me encontrarán a faltar. Por la noche.
La escalera se encuentra en la dirección de los chillidos. Resuelve el problema.
Starling empezó a moverse, sin ruido, su hombro rozando apenas la pared,
rozándola con excesiva suavidad para que hiciese ruido, una mano extendida
hacia delante, la pistola al nivel de la cintura, cerca de su cuerpo en aquel
limitado pasillo. Llegó al taller. Notó cómo se ampliaba el espacio. Habitación
abierta. Allí se agachó y extendió los brazos, empuñando, la pistola con ambas
manos. Sabes exactamente dónde se encuentra la pistola; está justo debajo
del nivel de los ojos. Quieta; escucha. Cuerpo, cabeza y brazos giraron a la
vez, como una torreta blindada. Quieta, escucha.
En aquella absoluta oscuridad, silbido de tuberías de vapor, goteo de ap—ua.
Percibió con claridad un intenso olor a cabra. Catherine chillando. De pie,
apoyado contra la pared, estaba el señor Gumb. Llevaba las gafas infrarrojas
puestas. No habría peligro de que ella tropezase con él; entre ambos había una
mesa con material de trabajo. Recorrió a la chica de arriba a abajo con la
linterna infrarroja.
Demasiado delgada para serle de gran utilidad. Pero recordó su cabellera, de
cuando estuvo en la cocina, y era espectacular, y sólo le llevaría unos minutos.
Se la podía arrancar en un segundo. Y ponérsela él, y asomarse al pozo y
decirle a aquello que había al fondo: «¡Mira qué sorpresa!».
Era divertido observar cómo intentaba avanzar escabulléndose por la
habitación. En ese momento, rozaba con la cadera los lavaderos, avanzando
de puntillas y arma en ristre hacia los chillidos. Le hubiera divertido perseguirla
un buen rato; todavía no había perseguido a ninguna que fuese armada. Sí, la
verdad es que le hubiera divertido enormemente. Pero no tenía tiempo.
Lástima.
Un disparo a la cara sería lo mejor y bien fácil, a dos metros y medio de
distancia. Ahora.
Quitó el seguro de la Python al levantarla, clic clic, y la figura se tornó borrosa,
y floreció, floreció toda verde dentro de su radio de visión, y la pistola le saltó
violentamente de la mano y el suelo le golpeó brutalmente en la espalda y su
luz seguía encendida y él veía el techo. Starling, en el suelo, cegada por el
fogonazo, resonándole los oídos, ensordecida por los disparos de las pistolas.
Se apresuró a actuar en la oscuridad, mientras ninguno de los dos pudiese aún
oír nada; vacía los casquillos, dale un golpecito, asegúrate de que han salido
todos, introduce el cargador, encájalo, dale un golpecito, media vuelta, hazlo
caer, cierra el cilindro. Ella había disparado cuatro veces. Dos y dos. Él sólo
una vez. Encontró las dos balas intactas que no había usado. ¿Dónde las iba a
poner? En la funda del cargador. Permaneció inmóvil. ¿Me muevo antes de
que pueda oírme?
El ruido que hace un revólver al quitársele el seguro es inconfundible. Starling
había disparado contra ese ruido, sin ver nada más que los respectivos
fogonazos de ambas pistolas. Y confiaba que él ahora disparase en la dirección
equivocada y ella pudiese averiguar la posición de su adversario por el
fogonazo de su arma. Estaba recuperando el oído; los oídos todavía le
resonaban, pero ya oía.
¿Qué era ese ruido? ¿Un silbido? Sí, como el de una tetera, pero interrumpido.
¿Qué era? ¿Parecía una respiración? ¿Lo hago yo? No. Starling sopló hacia el
suelo y luego hacia su propia barbilla; su aliento era cálido. Cuidado, no
respires polvo, no estornudes. Es una respiración. Es una herida pulmonar.
Está herido en el pecho. Le habían enseñado cómo efectuar una cura de
urgencia en una herida pulmonar, cubrirla con algo, un impermeable, una bolsa
de plástico, cualquier objeto hermético, y sujetarla con fuerza, para ayudar a
reinflar el pulmón. Luego, le había herido en el pecho. ¿Qué hacer? Espera.
Deja que se ponga rígido y se desangre. Espera.
Starling notó un dolor en la mejilla. No quiso tocársela por temor a tener una
herida que sangrase; no quería que sus manos resbalasen.
Nuevamente se oyeron gemidos en el pozo. Catherine hablando, llorando.
Starling tenía que esperar. No podía responder a Cather»ine. No podía decir
nada ni moverse.
La luz invisible del señor Gumb jugueteaba en el techo. Él trató de moverla y no
lo logró, como tampoco pudo mover la cabeza. Una polilla malasia de gran
tamaño que volaba por el techo fue atrapada por el haz de luz infrarroja,
empezó a describir círculos y cayó encima de la linterna. Las espasmódicas
sombras de sus alas, enormes en el techo, sólo fueron visibles para el señor
Gumb.
Apagando las aspiraciones que resonaban en la oscuridad, Starling oyó la
espectral voz del señor Gumb, asfixiándose: —¿Qué... se siente... siendo... tan
guapa? Y acto seguido, otro ruido. Un burbujeo, una especie de cascabeleo y
el silbido cesó.
Starling también conocía aquel sonido. Lo había oído una vez, en el hospital,
cuando murió su padre. Buscó a tientas el borde de la mesa y se puso de pie.
Avanzando con cuidado, hacia los gritos de Catherine, halló el hueco de la
escalera y subió por ella a oscuras.
Le pareció que subir le llevaba mucho tiempo. En un cajón de la cocina
encontró una vela. Con esa ayuda, encontró la caja de los fusibles, junto a la
escalera, y sufrió un sobresalto cuando las luces se encendieron.
Para llegar a la caja de los fusibles y apagar las luces, el señor Gumb debió
abandonar el sótano por otra salida y bajar por la escalera situándose detrás de
ella.
Starling tenía que asegurarse de que Gumb estaba muerto. Esperó a que sus
ojos se hubiesen habituado a la luz y entró entonces en el taller, no sin tomar
toda clase de precauciones. Divisé los pies descalzos y las piernas de su
enemigo sobresaliendo de debajo de la mesa de trabajo. Starling no apartó los
ojos de la mano que reposaba junto a la pistola hasta que no alejó el arma de
un puntapié. Tenía los ojos abiertos. Estaba muerto, de un disparo que le había
entrado por el lado derecho del pecho, tendido sobre un charco de sangre. Se
había vestido con algunas de las prendas del armario y Starling no pudo mirarle
mucho rato.
Se dirigió a uno de los lavaderos, colocó la Magnum en el escurridor y luego de
abrir el grifo se mojó las muñecas y se lavó la cara con las manos. No vio
rastros de sangre. Alrededor de la rejilla que cubría las bombillas revoloteaban
polillas. Tuvo que rodear el cadáver para apoderarse de la Python.
Luego se asomó al pozo y dijo: —Catherine, está muerto. Ya no puede hacerte
daño. Voy arriba a llamar...
—¡NO! SÁCAME DE AQUí. SÁCAME DE AQUí. SÁCAME DE AQUí.
—Escúchame, Catherine. Está muerto. Ésta es su pistola. ¿La recuerdas? Voy
a llamar a la policía y a los bomberos. Tengo miedo de sacarte yo sola, podrías
caerte. En cuanto les haya avisado bajaré aquí y los esperaré contigo. ¿De
acuerdo? Procura hacer callar a ese perro. ¿De acuerdo? Ahora vuelvo.
Los equipos móviles de la televisión local llegaron justo después que los
bomberos y antes que la policía de Belvedere. El capitán de bomberos, irritado
por la intensidad de los focos, desalojó a las cámaras ordenándoles que
subiesen a la planta, mientras procedía a montar un andamiaje para elevar a
Catherine Martin, ya que no se fiaba del gancho que el señor Gumb había
instalado en el techo. A continuación, bajó al pozo un bombero que acomodó a
la muchacha en la silla de rescate. Catherine salió llevando a la perrita en
brazos y con la perrita en brazos realizó todo el trayecto en la ambulancia.
En el hospital, donde estaba prohibido el acceso a los perros, no dejaron entrar
a la perrita. Un bombero, que había recibido orden de depositarla en la
Sociedad Protectora de Animales, prefirió llevársela a su casa.
CAPÍTULO 57
Había unas cincuenta personas en el aeropuerto nacional de Washington
esperando el fatigoso vuelo procedente de Columbus, Ohio. La mayoría de
ellas iban a buscar parientes y tenían aspecto soñoliento y malhumorado; a
muchos les salían los faldones de la camisa por debajo de la americana.
Una de ellas era Ardelia Mapp que, desde la muchedumbre, tuvo ocasión de
observar a Starling mientras ésta bajaba del avión. Starling estaba pálida y
tenía cercos oscuros bajo los ojos. En la mejilla, restos negros de pólvora.
Starling divisó a Mapp y ambas se fundieron en un abrazo.
—Hola, muchacha —dijo Mapp—. ¿Llevas equipaje? Starling contestó que no
con la cabeza...
—Jeff nos espera fuera con la furgoneta. Vamos a casa.
En el exterior también estaba Jack Crawford; su coche estaba estacionado
detrás de la furgoneta, en el carril reservado a los vehículos oficiales. Había
tenido toda la noche a los familiares de Bella en casa.
—Yo...
—empezó a decir—. No hace falta que le diga lo que pienso. Menudo gol has
marcado, muchacha.
—Y le tocó la mejilla con el dedo—. ¿Qué es eso?
—Nada, un poco de pólvora seca. El médico me ha dicho que no me lo toque,
que dentro de un par de días las costras saltarán solas.
Y entonces Crawford la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos con
fuerza un momento, sólo un momento, y luego la alejó y le dio un beso en la
frente.
—No hace falta que le diga lo que pienso —repitió—.
Ahora váyase a casa. Váyase a descansar. Duerma tranquila. Mañana por la
mañana venga a verme y hablaremos de todo el asunto.
La nueva furgoneta de vigilancia era sumamente confortable; estaba diseñada
para desplazamientos largos.
Starling y Mapp se instalaron en los cómodos asientos del compartimento
trasero.
Sin la presencia de Jack Crawford en la furgoneta, Jeff conducía un poco más
aprisa que de costumbre.
Circulaban a buen promedio hacia Quantico.
Starling iba con los ojos cerrados. Recorridos un par de kilómetros, Mapp le dio
un golpecito en la rodilla.
Ardelia había abierto dos botellines de Coca—Cola. Le entregó uno a Starling y
del bolso sacó una petaca de Jack Daniel's.
Ambas bebieron un sorbo de Coca—Cola y añadieron al resto del refresco una
generosa dosis de whisky. Luego taparon la boca del botellín con el pulgar,
agitaron el contenido y abriendo la boca engulleron la espuma.
—Ahhh, qué delicia —exclamó Starling.
—No vayáis a derramar esa porquería —dijo JefF.
—Tranquilo, Jeff —replicó Mapp que bajando la voz le dijo a Starling—:
Hubieras tenido que ver al pobre Jeff esperándome delante de la licorería
mientras compraba el whisky. Estaba horrorizado de que lo viese alguien y se
chivase.
—Y al ver que el whisky empezaba a hacer su efecto, al ver que Starling se
arrellanaba en el asiento, Mapp le preguntó—: ¿Qué tal estás, Starling?
—Ardelia, si quieres que te diga la verdad, te juro que no lo sé.
—No tienes que volver allá, ¿verdad?
—Quizá tenga que ir un día de la semana próxima, pero espero que no sea
necesario. El fiscal general ha ido a Columbus a hablar con la policía de
Belvedere. Yo ya he prestado declaración.
—Un par de cosas, buenas las dos —anunció Mapp—. La senadora Martin ha
llamado durante toda la noche, desde Bethesda; a Catherine la han llevado a
Bethesda, ¿lo sabías? Bueno, la chica está bastante bien; por lo visto no sufre
ningún daño físico y respecto de las consecuencias emocionales, aún no se
sabe; han de tenerla unos días en observación. Y por las clases no te
preocupes. Crawford y Brigham han ido los dos a ver al director de la
academia. El juicio se ha suspendido. Krendler ha retirado la querella. De todos
modos, no creas que te van a regalar nada; los profesores de la academia
tienen el alma de sargento. Tú no tienes que hacer el examen de Investigación
y Captura, que es mañana a las ocho, pero lo haces el lunes, justo antes del
examen de P.E. De todas formas, no te preocupes, empollaremos juntas
durante todo el fin de semana.
Terminaron la bebida justo cuando ya se divisaba el sector norte de Quantico y
arrojaron las pruebas condenatorias a una papelera de un área de descanso de
la carretera.
—Ese Pilcher, el doctor Pilcher del Smithsonian, ha llamado tres veces. Me ha
hecho prometerle que te diría que había llamado.
—No es doctor todavía.
—¿Opinas que puedes hacer algo con él?
—Quizá. Todavía no lo sé.
—Por su forma de hablar, suena bastante divertido. Y he llegado a la
conclusión de que lo mejor de un hombre es que sea divertido. Dejando aparte,
por supuesto, el que tenga dinero y sea básicamente manejable.
—Sí, y que tenga educación, eso no puede excluirse..
—Totalmente de acuerdo. Que sea todo lo hijo de puta que quiera, pero con
educación.
Starling se fue de la ducha a la cama como una drogada. Mapp dejó encendida
un rato la lámpara de la mesilla, hasta que la respiración de Starling se hizo
regular y acompasada. Starling dormía agitada, un músculo de la mejilla le
temblaba y en una ocasión se incorporó con los ojos abiertos de par en par.
Ardelia se despertó de madrugada y notó la habitación vacía. Encendió la luz.
Starling no estaba en su cama.
Las bolsas de la ropa sucia de las dos habían desaparecido, de modo que
Mapp supo dónde encontrarla.
Halló a Starling en la caldeada lavandería, con la cabeza apoyada en el suave
runrún de una lavadora, durmiendo entre el olor a jabón, lejía y suavizante.
Starling tenía unos conocimientos de psicología más sólidos —Mapp sobresalía
en derecho—, pero a pesar de ello fue Mapp la que adivinó que el ronroneo de
la lavadora evocaba los latidos de un gran corazón y que el flujo de sus aguas
era lo que oye un feto: nuestro último recuerdo de la paz.
CAPÍTULO 58
Jack Crawford se despertó temprano en el sofá de su estudio y oyó los
ronquidos de los parientes de Bella. En aquel momento de paz previo a los
quehaceres del día recordó no la muerte de Bella sino la última cosa que le
había dicho, mirándole con aquellos ojos claros y serenos:
—Dime, ¿cómo está el jardín? Cogió el saquito de maíz de Bella y, en batín,
salió a dar decomer a los pájaros, tal como le había prometido. Después de
dejar una nota a sus dormidos familiares, salió de su casa antes del amanecer.
Crawford siempre se había llevado más o menos bien con la familia de Bella y
le reconfortaba que hubiese ruido en la casa, pero se alegró de poderse
marchar a Quantico.
Estaba revisando los télex recibidos por la noche y contemplando el primer
telediario del día cuando Starling apretó la nariz contra el cristal de la puerta de
su oficina. Quitó un montón de papeles de un sillón, la hizo pasar y juntos
contemplaron el informativo sin intercambiar una palabra. Ahí estaba.
La fachada de la vieja casa de Jame Gumb en Belvedere, con la galería
acristalada vacía y las ventanas cerradas con gruesos postigos. Starling
apenas si la reconoció.
«La mazmorra de los horrores», la llamó el locutor. Crudas y apresuradas
imágenes del sótano y del pozo, cámaras fotográficas disparando ante la
cámara de televisión, irritados bomberos apartando a los fotógrafos de en
medio. Polillas enloquecidas por los focos, revoloteando hacia las luces, una
polilla en el suelo, boca arriba, agitando las alas en el temblor final.
Catherine Martin rechazando la camilla y caminando hacia la ambulancia
cubierta con la guerrera de un policía, el caniche asomando la cabeza entre las
solapas.
Una toma lateral de Starling andando apresurada hacia un coche, la cabeza
baja, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo.
La filmación había sido revisada a fin de eliminar los objetos más siniestros. Del
fondo del sótano, las cámaras tan sólo mostraron los bajos umbrales
salpicados de cal de los cuartos que contenían los cuadros plásticos de Gumb.
En el recuento de cadáveres en esa zona del sótano alcanzaba hasta ese
momento la cifra de seis.
Dos veces oyó Crawford que Starling expulsaba el aire por la nariz. El noticiario
quedó interrumpido por un intervalo publicitario.
—Buenos días, Starling.
—Hola —contestó ella como si fuese más tarde.
—El fiscal de'Columbus me ha enviado esta noche por fax sus declaraciones.
Tendrá que firmar algunas copias... De modo que desde la casa de Fredrica
Bimmel se fue a ver a Stacy Hubka y luego a esa señora Burdine a la tienda
para la cual cosía la señora Lippman, Richard's; y fue la señora Burdine la que
le dio la dirección de la señora Lippman, esa casa que acaba de aparecer.
Starling asintió con un gesto de cabeza y añadió: —Stacy Hubka había ido a
esa casa un par de veces a buscar a Fredrica, pero conducía el novio de Stacy
y ella no recordaba exactamente el lugar. La señora Burdine tenía la dirección.
—¿La señora Burdine no mencionó que en casa de la señora Lippman hubiese
un hombre?
—No. El telediario proyectaba ahora imágenes del Hospital Naval de Bethesda.
La cara de la senadora Martin apareció enmarcada por la ventanilla de un
coche oficial.
—Catherine anoche estaba perfectamente normal, sí. Ahora duerme, está
sedada. Aún no acabo de creer la suerte que hemos tenido. No, como ya he
dicho, sufre un fuerte impacto emocional, pero está perfectamente.
No tiene más que algunos rasguños y un dedo fracturado. Y también está
deshidratada. Gracias, eso es todo.
—Propinó una palmadita al chófer en la espalda—. Gracias. No, me habló del
perro anoche, pero no sé qué vamos a hacer; en casa ya hay dos perros.
La noticia concluía con una insignificante cita de un psicólogo especializado en
estados de tensión que al cabo de unas horas mantendría una entrevista con
Catherine a fin de evaluar la magnitud del perjuicio emocional que podía sufrir
la muchacha.
Crawford apagó el televisor.
—¿Qué le parece este cambio, Starling? ¿Qué me dice?
—Estoy pasmada... ¿usted también? Crawford asintió con la cabeza y
rápidamente cambió de tema.
—La senadora Martin me ha telefoneado esta noche. Quiere venir a verla.
Catherine también, en cuanto la autoricen a viajar.
—Siempre estoy en casa.
—Y Krendler lo mismo, quiere venir a verla aquí. Ha retirado la querella.
—Ahora que lo pienso, no siempre estoy en casa.
—Mire, le voy a dar un consejo. Use a la senadora Martin. Deje que le diga lo
muy agradecida que le está, deje que le repita que está a su disposición. Y
hágalo pronto. La gratitud tiene una vida muy corta, Starling. Y por su forma de
actuar, o mucho me equivoco o va usted a necesitar de los favores de los
grandes.
—Eso es lo que dice Ardelia.
—¿Mapp, su compañera de habitación? El director me ha dicho que Mapp está
dispuesta a repasar con usted todos los temas de los exámenes del lunes. Dice
que le ha sacado un punto y medio a su más inmediato rival, Stringfellow.
—¿Para el discurso de fin de curso?
—Pero Stringfellow es tozudo como el demonio; creo que va diciendo que
Mapp no podrá con él.
—Pues que se vaya preparando. Entre el desorden que se acumulaba en la
mesa de Crawford estaba la gallina de papel confeccionada por el doctor
Lecter.
Crawford la accionó por la cola y la gallina se puso a picotear.
—Lecter se ha convertido en el objetivo primordial de toda la policía; encabeza
la lista de los criminales más buscados —dijo—. De todas formas, mientras
ande suelto por ahí, procure usted adoptar buenas costumbres.
Starling asintió.
—Ahora estará atareado —añadió Crawford—, pero cuando deje de estarlo,
querrá entretenerse.
Hay algo que quiero dejar muy claro: usted sabe que no tendría inconveniente
en liquidarla, como liquidaría a cualquiera.
—No creo que a mí me tienda una celada; es una forma de descortesía y
nunca optaría por esa forma de hacer preguntas. Aunque sé perfectamente que
en cuanto le aburriese, me liquidaría sin contemplaciones.
—Todo lo que le digo es que adopte buenas costumbres. Cuando salga de la
academia, lleve siempre consigo sus credenciales.
No dé información telefónica de su paradero sin asegurarse de la identidad de
la persona que llame.
Quiero instalar un dispositivo de rastreo de llamadas y grabación en su
teléfono, si no le importa. La conversación será privada si usted no acciona el
dispositivo.
—No creo que se dedique a perseguirme., señor Crawford.
—Pero ya ha oído lo que he dicho.
—Efectivamente.
Con toda claridad.
—Llévese esas declaraciones y repáselas. Añada todo lo que considere
necesario. Cuando esté lista, venga a firmarlas aquí. Nosotros haremos de
testigos. Starling, estoy orgulloso de usted. Lo mismo ha dicho Brigham, y lo
mismo ha dicho el director —Sonó un poco envarado, no como el quería que
sonase.
Crawford la acompañó hasta la puerta de la oficina. Ella se alejaba de él, por el
desierto pasillo. Y desde aquel iceberg de dolor consiguió llamarla diciendo:
—Starling, su padre la está viendo.
CAPÍTULO 59
Jame Gumb ocupó los titulares de la prensa durante varias semanas, después
de haber sido descendido a su agujero final.
Los informadores reconstruyeron su historia, comenzando por los archivos del
condado de Sacramento.
Su madre estaba embarazada de un mes de él cuando quedó eliminada del
concurso para elegir a Miss Sacramento en 1948. El «Jame» de su partida de
nacimiento era, por lo visto, un error burocrático que nadie se molestó en
corregir.:,uir abrirse camino como actriz, su madre se Al no consegconvirtió en
una alcohólica; Gumb tenía dos años cuando el condado de Los Ángeles lo
entregó a una familia adoptiva.
Al menos dos revistas especializadas explicaron que esta desdichada infancia
constituía la causa de que posteriormente asesinase a mujeres para
arrancarles la piel. Las palabras loco y maldad no aparecen en ninguno de
esos dos artículos.
La película del concurso de belleza que Jame Gumb contemplaba de mayor
era una filmación real de su madre, pero la mujer que aparecía en la película
de la piscina no era su madre, según revelaron una serie de medidas
comparativas.
Los abuelos de Gumb le sacaron a los diez años de un hogar adoptivo en el
que no era feliz, y él los mató dos años después.
En el centro de rehabilitación de Tulare, y durante los años que pasó en el
psiquiátrico, Gumb aprendió el oficio de sastre, para el cual demostró
sobresalientes aptitudes.
La lista de empleos de Gumb muestra interrupciones y es incompleta. Los
periodistas descubrieron al menos dos restaurantes en los que trabajó
ilegalmente, sin estar dado de alta, mientras trabajaba esporádicamente para la
industria de la confección. No se ha podido probar que durante este período
asesinase, pero Benjamín Raspail afirmaba que así era.
Trabajaba en la tienda de antigüedades donde se confeccionaban objetos
decorativos a base de mariposas, cuando conoció a Benjamín Raspail, a cuyas
expensas vivió durante cierto tiempo. Fue en esa época cuando Gumb se
obsesionó por las polillas y mariposas y las transformaciones que
experimentaban esos insectos.
Cuando Raspail lo abandonó, Gumb mató al siguiente amante de Raspail,
Klaus, al cual degolló y parcialmente desolló.
Al cabo de cierto tiempo, fue a visitar a Raspail cuando éste ya vivía en el este,
y Raspail, que sentía especial fascinación por los muchachos perversos, se lo
presentó al doctor Lecter.
Todo ello quedó confirmado la semana posterior a la muerte de Gumb, cuando
el F B I consiguió obtener de los herederos de Raspail las grabaciones de las
sesiones de psicoanálisis que éste había realizado en la consulta del doctor
Lecter.
Años atrás, cuando a Lecter se le declaró perturbado mental, las grabaciones
de sus sesiones de psicoanálisis fueron entregadas a las familias de las
víctimas para que las destruyeran. Pero los litigantes familiares de Raspail
conservaron las cintas por si les servían para impugnar el testamento del
difunto. Y tras escuchar las primeras grabaciones, que no contienen más que
aburridas reminiscencias de la vida escolar de Raspail, perdieron el interés.
Tras el revuelo periodístico que produjo el caso de Jame Gumb, la familia de
Raspail escuchó el resto de las cintas y cuando sus miembros telefonearon al
abogado Everett Yow amenazando con emplear las grabaciones para renovar
sus ataques contra el testamento, Yow llamó a Clarice Starling.
Las cintas incluyen la última sesión, durante la cual Lecter mató a Raspail, y
además revelan, lo cual es mucho más importante, qué le contó Raspail a
Lecter a propósito de Jame Gumb:
Raspail le dijo a Lecter que Gumb tenía verdadera obsesión por las polillas,
que había desollado a varios cadáveres en el pasado, que había matado a
Klaus, que trabajaba en la empresa de confección de artículos de piel Don
Cuero, en Calumet City, pero que también cobraba de una anciana de
Belvedere, Ohio, a la que había conocido porque confeccionaba los forros de
las prendas comercializadas por Don Cuero. Raspail vaticinaba que llegaría el
día en que Gumb se apoderaría de todas las posesiones de la anciana.
—Cuando Lecter se enteró de que la primera víctima era de Belvedere y había
sido desollada, supo quién era el autor del crimen —le comentó Crawford a
Starling—, se hallaban juntos escuchando la grabación—. A usted le hubiera
servido en bandeja a Gumb y hubiese quedado como un genio si Chilton no se
hubiera entrometido.
—Eso me lo insinuó al escribir en el expediente que los lugares de secuestro y
aparición de los cadáveres eran demasiado fortuitos —replicó Starling—. Y en
Memphis me preguntó si sabía coser. ¿Qué quería conseguir con ello?
—Quería divertirse —sentenció Crawford—. Hace mucho, mucho tiempo que
no hace más que eso, divertirse.
De Jame Gumb no se halló ninguna grabación, de modo que sus actividades
posteriores a la muerte de Raspail tuvieron que reconstruirse
fragmentariamente a través de su correspondencia comercial, recibos del gas o
entrevistas con propietarios de tiendas de modas.
Cuando la señora Lippman murió durante un viaje a Florida efectuado en
compañía de Gumb, éste lo heredó todo: la vieja casa con su vacía galería
acristalada y su inmenso sótano, así como una respetable suma de dinero.
Dejó entonces de trabajar para Don Cuero, si bien mantuvo un apartamento en
Calumet City durante cierto tiempo, pero empleaba ese domicilio comercial
para recibir paquetes, usando el nombre falso de John Grant. Conservó a unos
pocos y selectos clientes y continuó visitando tiendas de modas desplazándose
por todo el país, como había hecho para Don Cuero, para tomar las medidas
de las prendas que luego confeccionaba por encargo en Belvedere. Empleaba
esos viajes para descubrir víctimas y arrojar sus cadáveres cuando ya las
había utilizado; su furgoneta marrón circulaba horas y horas por la autopista,
cargada de prendas de cuero terminadas que se balanceaban en los
colgadores encima de la bolsa de hule que reposaba en el suelo y contenía el
cadáver.
Poseía la prodigiosa libertad que le proporcionaba el sótano. Espacio sobrado
para trabajar y jugar. Al principio sólo se trató de juegos: perseguir a
muchachas aterradas por las sombrías dependencias o inventar originales
cuadros plásticos en cuartos aislados y dejarlas encerradas, sin abrir las
puertas más que para prolongar la diversión.
Fredrica Bimmel empezó a colaborar con la señora Lippman durante el último
año de vida de la anciana.
Fredrica conoció a Jame Gumb en casa de la señora Lippman cierto día en que
fue a recoger ropa para coser. Fredrica Bimmel no fue la primera chica que
Gumb asesinó pero sí la primera que asesinó para arrancarle la piel.
Entre las pertenencias de Gumb se encontraron las cartas que le escribió
Fredrica Bimmel.
Starling apenas si pudo leer aquellas cartas por la ilusión que revelaban, por la
falta de cariño que ponían de manifiesto y por el fingido amor de Gumb, que
quedaba implícito en las respuestas de la muchacha:
«Queridísimo amigo secreto de mi corazón: ¡Te quiero! Nunca me imaginé que
un día.llegaría a pronunciar estas palabras, y debo decirte que lo más
maravilloso de todo es pronunciarlas como respuesta a las tuyas».
¿Cuándo se manifestó él tal como era? ¿Conocía ella el sótano? ¿Qué cara
pondría Fredrica al ver la transformación de Gumb? ¿Cuánto tiempo la tuvo
con vida?
Lo peor de todo era que Fredrica y Gumb siguieron siendo amigos hasta el
final; ella le escribió una nota desde el pozo.
Los titulares de la prensa cambiaron el apodo de Gumb por el de Don Cuero y,
defraudados por no haber sido ellos los inventores del nombre, virtualmente
iniciaron de nuevo la publicación de toda la historia.
A salvo en el corazón de Quantico, Starling no tenía que ocuparse de la prensa
sensacionalista, si bien la prensa sensacionalista quiso ocuparse de ella.
Del doctor Frederick Chilton, La Actualidad Nacional consiguió, previo
estipendio, las cintas de la conversación de Starling con el doctor Aníbal Lecter.
La revista amplió dichas conversaciones para usarlas como guión del serial «La
Novia de Drácula» y dio a entender que Starling, a cambio de información
sobre el caso, había hecho francas revelaciones de tipo sexual al doctor Lecter,
y hasta presionó a Starling para que aceptara una oferta efectuada por Charlas
en la Oscuridad: La Revista del Teléfono del Sexo.
La revista Gente publicó un breve y agradable artículo sobre Starling,
intercalando fotografías de la joven en la Universidad de Virginia y en el Hogar
Luterano de Bozeman. La mejor era una de la yegua Hannah, en los últimos
años de su vida, tirando de un carro lleno de niños.
Starling recortó esa foto de Hannah y la guardó en el billetero. Fue lo único que
conservó.
Empezaba a curarse.
CAPÍTULO 60
Ardelia Mapp era una profesora particular excelente —lograba adivinar una
pregunta de examen en un texto con mayor rapidez de la que tarda un leopardo
en divisar a una presa coja—, pero no era una buena corredora. Siempre le
decía a Starling que era porque le pesaban mucho los hechos. Starling le había
sacado un buen trecho en la pista de correr, retraso que Mapp recuperó junto al
viejo DC-6 que usa el FBI para los simulacros de secuestros aéreos. Era el
domingo por la mañana. Llevaban dos días de codos ante los libros y aquel
pálido sol les parecía una delicia.
—¿Qué te ha dicho Pilcher cuando te ha llamado? —le preguntó Ardelia
apoyándose en el tren de aterrizaje.
—Que él y su hermana tienen una casa en Chesapeake.
—¿Ah sí? ¿Y qué más?
—Que su hermana está allí con los niños y los perros y a lo mejor el marido.
—¿Y?
—Que ellos habitan una parte de la casa; es una vieja casona junto al mar que
heredaron de su abuela.
—Corta el rollo.
—Pilch es propietario de la otra parte de la casa. Dice que el próximo fin de
semana quiere que vayamos a pasarlo allí. Dice que hay muchas habitaciones
«tantas como hagan falta», creo que ha dicho textualmente. Me ha dicho que
su hermana me llamaría para invitarnos.
—¿De veras? Pensaba que ya no había nadie que hiciese esas cosas.
—Lo ha pintado maravilloso: nada de prisas, paseos bien abrigados por la
playa, volver a casa a merendar junto al fuego, perros saltando por todas
partes con las patas llenas de arena...
—Suena idílico... hmmm.. con las patas llenas de arena... Sigue.
—A mí, la verdad, me parece excesivo, teniendo en cuenta que no hemos
salido juntos ni un día. Pero él dice que cuando hace mucho frío, lo mejor del
mundo es dormir con dos o tres perros en la cama. Dice que hay suficientes
para que todos los invitados puedan contar con un par.
—Pilcher se te está ligando con el viejo truco del perro y has mordido el
anzuelo, ¿no?
—Afirma que es un buen cocinero, y su hermana lo confirma.
—Oh. ¿Ya te ha llamado?
—Sí.
—¿Y qué te ha parecido? ¿Cómo sonaba?
—Bien. Sonaba como si estuviese en la otra punta de la casa.
—¿Y qué le has dicho?
—Pues le he dicho: «Sí, muchísimas gracias». Eso es lo que le he dicho.
—Estupendo —declaró Ardelia Mapp—. Me parece estupendo. Comeremos
cangrejos. Agarraremos a Pilch y le embadurnaremos la cara. Lo pasaremos
de miedo.
CAPÍTULO 61
Por la gruesa moqueta del pasillo del hotel Marcus, un camarero empujaba un
carrito de té. Al llegar ante la puerta de la suite gi se detuvo y con unos nudillos
enguantados llamó suavemente a la puerta. Ladeó la cabeza y volvió a llamar
para hacerse oír por encima de la música; eran las Invenciones, segunda y
tercera parte de Bach, interpretadas al piano por Glenn Gould.
—Pase. El caballero que llevaba un apósito de gasa cubriéndole la nariz,
vestido con un batín, estaba sentado a la mesa escribiendo.
—Póngalo al lado de la ventana. ¿Me permite ver el vino? El camarero acercó
la botella. El caballero la colocó bajo la luz de la lámpara de la mesa y después
tocó el cuello de la botella con la mejilla.
—Ábrala, pero no la deje en hielo —ordenó al tiempo que añadía una generosa
propina a la cuenta—. De momento no voy a beberla.
No quería que el camarero le sirviese una copa de vino y se lo diese a probar;
encontraba desagradable el olor que despedía la correa del reloj de aquel
hombre.
El doctor Lecter estaba de un humor excelente. La semana había transcurrido a
su entera satisfacción. Su aspecto estaba cambiando tal y como había
planeado y en cuanto quedasen subsanadas unas pocas e insignificantes
decoloraciones, podría quitarse el apósito para hacerse fotografías de
pasaporte.
El trabajo importante lo realizaba él personalmente: inyecciones de silicona en
la nariz. El gel de silicona se vendía sin receta pero las agujas hipodérmicas y
la novocaína no. Resolvió esta dificultad robando una receta en el mostrador de
una frecuentada farmacia que había en las proximidades del hospital. Borró la
enrevesada caligrafía del médico con tinta blanca de correcciones
mecanográficas y después fotocopió la receta en blanco. La primera receta que
redactó era una copia exacta de la que había robado, copia que devolvió a la
farmacia para que no se echase en falta.
El efecto que la nariz de boxeador causaba a sus correctas facciones estaba
lejos de ser agradable y sabía, además, que si no iba con cuidado, la silicona
podía desplazarse, pero estaba seguro de que la obra duraría hasta que
llegase a Río.
Cuando sus aficiones empezaron a absorberle, mucho antes de producirse su
primer arresto, el doctor Lecter había hecho preparativos por si algún día se
hallaba en situación de fugitivo de la justicia. En la pared de una casita de
vacaciones situada a orillas del río Susquehanna guardaba dinero y todos los
documentos de una nueva identidad, incluido un pasaporte, así como los
elementos cosméticos que había utilizado al hacerse las fotos de ese
documento que estaría sin duda caducado, pero que podría renovar en pocos
días.
Prefiriendo pasar la aduana en medio de un rebaño de turistas y con la insignia
de la agencia en la solapa, se había inscrito en un viaje organizado titulado «El
esplendor de Sudamérica» que, a pesar de lo espantoso de su nombre, lo
conduciría a Río de janciro.
Se acordó que tenía que extender un cheque con la firma del difunto Lloyd
Wyman para pagar la factura del hotel y dar cinco días de tiempo para el cobro,
en lugar de cargar la factura a Amex.
Esa noche estaba poniendo al día su correspondencia, que tendría que mandar
a través de una agencia de envíos urgentes de Londres.
En primer lugar, le envió a Barney una abultada propina así como una nota de
agradecimiento por las atenciones que había tenido con él durante su estancia
en el psiquiátrico.
A continuación, redactó una notita para el doctor Frederick Chilton, dirigida al
centro de custodia federal, insinuándole que era muy posible que en un futuro
próximo recibiese su visita. Y añadió que, después de la mencionada visita,
creía que el hospital preferiría tatuar las instrucciones alimentarias en la frente
de Chilton para ahorrarse papeleo.
Por último, se sirvió una copa de aquel excelente BatardMontrachet y escribió a
Clarice Starling.
Bien, Clarice, ¿han dejado de balar ya los corderos? Me debe una información,
¿se acuerda? y me gustaría que me la comunicase.
Un anuncio en la edición nacional del Times y del International Herald—Tribune
el día primero de cada mes será lo más adecuado. Mejor que ponga también
otro en el China Mail.
No me sorprendería que la respuesta fuese sí y no. Los corderos se habrán
callado de momento, pero usted, Clarice, se juzga a sí misma con la piedad de
la balanza del Averno y tendrá que ganarse una y otra vez ese bendito silencio.
Porque a usted lo que la impulsa es el compromiso, fijarse un objetivo, y el
compromiso no cesa, nunca.
No tengo intención de ir a visitarla, Clarice, porque el mundo es más
interesante si usted está en él. Procure hacerme objeto de la misma cortesía.
El doctor Lecter se llevó la pluma a los labios. Miró por la ventana al
firmamento y sonrió.
Tengo ventanas. Orión se encuentra en este momento justo encima del
horizonte, y a poca distancia brilla Júpiter, con una intensidad que no volverá a
alcanzar antes del año 2ooo. (No tengo la menor intención de decirle la hora ni
a qué altura se encuentra.) Pero espero que usted también lo esté viendo.
Algunas de las estrellas que nos guían son las mismas.
Clarice.
Aníbal Lecter Mucho más al este, en la costa de Chesapeake, Orión brillaba a
gran altura en una noche estrellada, sobre una vieja casona y sobre una
habitación en la que arde un fuego cuyo resplandor late suavemente a impulso
del viento que sopla arriba, en las chimeneas. En una cama de matrimonio hay
varios edredones entre los cuales dormitan varios perros de gran tamaño.
Los restantes bultos que se advierten bajo las sábanas puede que pertenezcan
o no a Noble Pilcher; resulta imposible determinarlo debido a la tenue luz que
reina en el ambiente. Pero la cara que reposa en la almohada, rosada por el
resplandor del fuego, es indudablemente la de Clarice Starling, que duerme
profunda y dulcemente sumida en el silencio de los inocentes.
En su nota de pésame para jack Crawford, el doctor Lecter cita un fragmento
de «La Fiebre» sin tomarse la molestia de mencionar a su autor, john Donne.
La memoria de Clarice Starling altera algunos versos del poema de T.S. Eliot
«Miércoles de Ceniza» para adaptarlos a su conveniencia.
T. H.

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