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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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miércoles, 8 de mayo de 2013

DRAGON ROJO - I


Thomas Harris






«Se puede ver sólo lo que se observa y se observa sólo lo que ya está en la mente. »
ALPHONSE BERTILLON


...Porque la Misericordia tiene un corazón humano,
la Piedad un rostro humano,
Y el Amor la divina forma humana,
Y la Paz el ropaje humano.
WlLLIAM BLAKE, Cantos de la Inocencia
(Una imagen Divina)


La Crueldad tiene un Corazón Humano,
y los Celos un Rostro Humano,
el Terror la Divina Forma Humana,
y el Secreto el Ropaje Humano.

El Ropaje Humano está forjado en Hierro,
La Forma Humana una Forja Ardiente,
El Rostro Humano un Horno sellado,
El Corazón Humano su Fauce Hambrienta.
WlLLIAM BLAKE, Cantos de la Experiencia
(Una Imagen Divina)*
* Este poema fue encontrado después de la muerte de Blake junto con impresiones de los grabados para los Cantos de la Experiencia. Aparece solamente en las ediciones póstumas.


I


Will Graham hizo sentar a Crawford junto a una mesa de picnic, entre la casa y el océano, y le ofreció un vaso de té helado.
Jack Crawford miró la casa vieja y simpática cuyas maderas cubiertas de litre plateado resplandecían en la diáfana luz.
—Debí haberte agarrado en Marathón cuando salías de tra­bajar — dijo Crawford—. No querrás hablar de este asunto aquí.
—No quiero hablar de eso en ninguna parte, Jack. Tú tienes que hacerlo, de modo que adelante. Pero no se te ocurra mostrarme ni una sola fotografía. Si trajiste algunas, déjalas en tu portafolio, Molly y Willy volverán pronto.
—¿Qué es lo que sabes?
—    Lo que publicaron el Herald de Miami y el Times —respondió Graham -. Dos familias asesinadas en sus casas con un mes de diferencia.  Una en Birmingham y otra en Atlanta.  Las circunstancias eran similares.
—Similares no. Las mismas.
—¿Cuántas confesiones hasta ahora?
—Ochenta y seis cuando llamé esta tarde —manifestó Craw­ford—. Todos locos. Ninguno conocía los detalles. Destroza los espejos y utiliza los pedazos rotos. Ni uno solo lo sabía.
—    ¿Qué otra cosa les ocultaste a los periodistas?
—Que es rubio, diestro y realmente fuerte, calza zapatos número cuarenta y cinco. Un verdadero Hércules. Las impresio­nes son todas de guantes de goma.
—Eso lo dijiste en público.
—No es muy hábil con las cerraduras —comentó Crawford—.
Utilizó un cortavidrio y una ventosa de goma para entrar en la última casa. Ah, su sangre es AB positiva.
—¿Lo hirió alguien?
—Hasta ahora no lo sabemos. Analizamos su semen y saliva. Abundan sus secreciones. —Crawford contempló el mar calmo. —Will, quiero hacerte una pregunta. Leíste todo en los diarios. El segundo caso fue ampliamente comentado en la televisión. ¿Se te ocurrió alguna vez llamarme?
-No.
—¿Y por qué no?
—Al principio no había muchos detalles del primer caso, el de Birmingham. Podía haber sido cualquier cosa, una venganza, un pariente.
—Pero supiste de qué se trataba después del segundo.
—Sí. Un psicópata. No te llamé porque no quise. Ya sé con quién trabajarás en este caso. Cuentas con el mejor laboratorio. Con Heimlich en Harvard, Bloom en la Universidad de Chi­cago...
—Y te tengo aquí a ti, arreglando unos malditos motores de lanchas.
—No creo que fuera de mucha utilidad, Jack. Ya no pienso más en eso.
—¿De veras? Atrapaste a dos. Los dos últimos que tuvimos los atrapaste tú.
—¿Y cómo? Haciendo las mismas cosas que haces tú y los demás.
—Eso no es del todo cierto, Will. Es la forma en que piensas.
—Creo que se han dicho muchas estupideces sobre mi modo de pensar.
—Llegaste a conclusiones sin que nunca nos explicaras cómo lo hiciste.
—Las pruebas estaban a la vista —respondió Graham.
—Seguro. Seguro que estaban a la vista. Y después aparecieron muchas más. Antes del arresto teníamos tan pocas que difícil­mente hubiéramos podido continuar.
—Tienes la gente necesaria, Jack. No creo que yo pueda mejorar en nada el equipo. Me mudé aquí para alejarme de todo ese ambiente.
—Lo sé. La última vez te hirieron. Ahora pareces estar bien.
—Lo estoy. Pero no es el hecho de quedar herido. A ti también te lastimaron.
—Me hirieron pero no en esa forma.
-No se trata de haber sido herido. Decidí simplemente que ya era suficiente. No creo poder explicarlo.
—Por Dios, te aseguro que comprendería perfectamente bien que ya no pudieras volver a enfrentarlo.
—No. Mira... siempre es feo tener que verlos, pero en cierta forma te las arreglas para poder funcionar, siempre y cuando estén muertos. El hospital, las entrevistas, eso es lo peor. Tienes que apartarlo de tu mente para poder seguir pensando. No me creo capaz de hacerlo ahora. Podría obligarme a mirar, pero me resultaría imposible pensar.
—Will, éstos están todos muertos —dijo Crawford lo más suavemente que pudo.
Jack Crawford escuchó el ritmo y la sintaxis de sus propias frases en la voz de Graham. Había oído a Graham hacerlo en otras oportunidades, con otras personas. A menudo, en medio de una animada conversación, Graham adoptaba la forma de hablar de su interlocutor. Al principio Crawford pensó que lo hacía deliberadamente, que era una treta para mantener el ritmo.
Pero más adelante Crawford se dio cuenta de que Graham lo hacía involuntariamente, que a veces trataba de evitarlo y no podía.
Crawford metió dos dedos en el bolsillo de su chaqueta. Arrojó luego sobre la mesa dos fotografías boca arriba.
—Todos muertos —repitió.
Graham lo miró durante un instante antes de tomar las fotos. Eran simples instantáneas: una mujer seguida por tres niños y un pato, llevando una canasta de picnic junto a la orilla de una laguna. Una familia de pie detrás de una torta de cumpleaños.
Depositó nuevamente las fotografías sobre la mesa al cabo de medio minuto. Las puso una sobre la otra y dirigió su mirada a la playa, a lo lejos, donde el chico en cuclillas examinaba algo en la arena. La mujer lo observaba, apoyada su mano sobre la cadera mientras la espuma de las olas se arremolinaba en torno a sus tobillos. Se inclinó hacia atrás para sacudirse el pelo mojado pegoteado sobre la espalda.
Graham, haciendo caso omiso de su visita, observó a la mujer y al muchacho durante un lapso igual al que había dedicado a mirar las fotos.
Crawford estaba contento. Con el mismo esmero que había puesto para elegir el lugar de la conversación, cuidó que la satisfacción no se reflejara en su rostro. Le pareció que había conseguido a Graham. Tenía que dejarlo recapacitar.
Aparecieron tres perros increíblemente feos que se echaron junto a la mesa.
—Dios mío... —murmuró Crawford.
Probablemente son perros. La gente los abandona continua­mente por aquí cuando  son pequeños  —explicó Graham —.Puedo deshacerme de los más o menos lindos y el resto se quedadando vueltas por el lugar hasta que son más grandes.
Están bastante gordos.
—Molly tiene un corazón muy blando y le dan lástima. —Qué buena vida debes pasar aquí, Will. Con Molly y el chico. ¿Cuántos años tiene?
Once.
Es un lindo muchacho. Va a ser más alto que tú.
—Su padre lo era —afirmó Graham—. Tengo suerte de poder estar aquí. Lo sé.
Quería traer a Phyllis a Florida. Me gustaría conseguir un lugar para instalarme cuando me jubile y dejar de vivir como un topo. Ella dice que todas sus amigas están en Arlington.
Siempre quise agradecerle los libros que me llevó al hospital pero nunca lo hice. Hazlo por mí.
Lo haré.
Dos pequeños y coloridos pajaritos se posaron sobre la mesa esperando encontrar algo dulce. Crawford los observó mientras daban pequeños saltitos de uno a otro lado hasta que finalmente volaron.
—Will, este degenerado parece actuar siguiendo las fases de la luna. Asesinó a los Jacobi en Birmingham la noche del sábado 28 de junio, noche de luna llena. Mató a la familia Leeds en Atlanta anteanoche, 26 de julio. Un día antes de cumplido el mes lunar. De modo que si tenemos suerte, todavía nos quedan un poco más de tres semanas hasta que vuelva a actuar.
»No creo que tú quieras esperar aquí en los cayos y enterarte del próximo caso por medio del Herald. Caray, no soy el Papa, no estoy diciéndote lo que debes hacer, pero quiero preguntarte una cosa: ¿mi opinión significa algo para ti, Will?
-Sí.
—    Creo que las posibilidades de atraparlo rápido son mayores si tú nos ayudas. Vamos, Will, anímate y danos una mano. Ve a Atlanta y a Birmingham a echar un vistazo y luego pasa por Washington.
Graham no contestó.
Crawford esperó hasta que cinco olas rompieron en la playa.
Se puso entonces de pie y se echó la chaqueta de su traje sobre un hombro.
—Conversaremos después de la comida.
—Quédate a comer con nosotros.
Crawford meneó la cabeza.
—Volveré más tarde. Debe de haber mensajes en el Holiday Inn y tengo que hacer unas cuantas llamadas. De todos modos agradécele a Molly de mi parte.
El auto alquilado por Crawford levantó una fina capa de polvo que se depositó sobre los arbustos próximos al camino de grava.
Graham volvió junto a la mesa. Tenía miedo de que ése fuera su último recuerdo del cayo Sugarloaf: hielo derritiéndose en dos vasos con té, servilletas de papel cayendo de la mesa impulsadas por la suave brisa y Molly y Willy allá lejos en la playa.
Atardecer en Sugarloaf: las garzas inmóviles y el disco rojo del sol haciéndose más grande cada segundo.
Will Graham y Molly Foster Graham estaban sentados sobre un tronco desteñido arrastrado por la marea, sus caras tenían un tinte anaranjado por el reflejo del sol poniente y sus espaldas estaban envueltas en sombras violáceas. Ella le tomó la mano.
—Crawford pasó por la tienda para verme antes de venir aquí —dijo -. Me pidió la dirección. Traté de llamarte. Creo que de vez en cuando deberías contestar el teléfono. Vimos el auto cuando llegamos a casa y dimos vuelta hacia la playa.
—¿Qué más te preguntó?
—Cómo estabas.
—¿Qué le contestaste?
—Que estabas bien y que debería dejarte tranquilo. ¿Qué quiere que hagas?
—Ver unas pruebas. Soy especialista forense, Molly. Has visto mi diploma.
—Lo que vi fue cómo remendaste una rajadura en el papel del techo con tu diploma. —Se sentó a horcajadas sobre el tronco para mirarlo de frente. —Si extrañaras tu otra vida, lo que hacías antes, supongo que hablarías de ello. Jamás lo haces. Ahora estás tranquilo, cómodo y comunicativo... y eso me encanta.
— ¿Lo pasamos bien, verdad?
Ese único y lento parpadeo le indicó que debería haber dicho algo mejor, pero ella insistió antes de que pudiera corregirlo.
—Lo que hiciste por Crawford fue malo para ti. El tiene muchas otras personas, supongo que todo el bendito departa­mento. ¿Es posible que no pueda dejarnos en paz?
¿Crawford no te lo contó? Fue mi jefe las dos veces que dejé la Academia del FBI para volver al campo de batalla. Esos dos casos fueron los únicos de ese tipo que jamás había tenido y hace mucho tiempo que Jack está en el FBI. Ahora se le ha presentado otro. Esta clase de psicópata es muy poco común. El sabe que yohe tenido... experiencia.

—Sí, así es —respondió Molly. Por la camisa desabrochada de Will podía ver la curva de la cicatriz sobre el estómago. Era sobresaliente y de un dedo de ancho y jamás se bronceaba. Corría desde la cadera izquierda y se torcía hasta alcanzar las costillas del lado opuesto.
Se la había hecho el doctor Hannibal Lecter con un cuchillo el año anterior a que Molly conociera a Graham. Casi lo llevó a la tumba. El doctor Lecter, apodado por los diarios «Hannibal el Caníbal», era el segundo psicópata que había atrapado Will Graham.
Cuando salió finalmente del hospital, presentó su renuncia a la Oficina Federal de Investigaciones, abandonó Washington y se puso a trabajar como mecánico de motores diesel para lanchas en un astillero de Marathón, en los cayos de Florida. Se había criado haciendo ese tipo de trabajo. Dormía en una casa rodante en el astillero hasta que apareció Molly y su destartalada mansión del cayo Sugarloaf.
El se sentó también a horcajadas sobre el tronco y aferró las manos de Molly. Los pies de ella se deslizaron bajo los de Graham.
Muy bien, Molly. Crawford cree que yo tengo un olfato especial para los monstruos. Es casi como una superstición.
¿Y tú piensas como él?
Graham contempló tres pelícanos que volaban en fila sobre los bajíos del mar.
—Molly, un psicópata inteligente, especialmente un sádico, es muy difícil de atrapar por varias razones. En primer lugar porque no existe un motivo que se pueda rastrear. De modo que esa posibilidad queda descartada. Y generalmente no podrás contar con ninguna ayuda por parte de soplones. Verás, en la mayoría de los arrestos es más importante el papel de los soplones que el de los detectives, pero en casos como éste no hay soplones. Quizás él ni siquiera sabe lo que está haciendo. De modo que debes aprovechar todas las pruebas que tengas y deducir lo demás.
Tienes que tratar de reconstruir su forma de pensar. Tratar de encontrar pautas.
—Y seguirlo y enfrentarlo —acotó Molly —. Tengo miedo de que si te lanzas tras ese maniático, o lo que sea, te haga lo mismo que te hizo el último. Exactamente. Y eso es lo que me aterra.
—Nunca me verá ni conocerá mi nombre, Molly. La policía será la encargada de detenerlo si es que lo encuentran. Yo no. Todo lo que Crawford quiere es otro punto de vista.
Ella observó el sol color púrpura que parecía desparramarse sobre el mar. Unos cirros altos resplandecían sobre él.
A Graham le encantaba la forma en que Molly giraba la cabeza, ofreciéndole con gran naturalidad su peor perfil. Podía ver latir el pulso en su cuello y recordó súbita e intensamente el sabor a sal en su piel. Tragó y dijo:
—¿Qué demonios puedo hacer?
— Lo que ya has decidido. Si te quedas aquí y ocurren nuevas muertes tal vez eso te haga odiar este lugar. A la hora señalada y todas esas tonterías. Si fuera así, no me harías realmente ninguna pregunta.
—¿Y qué responderías si te hiciera una pregunta?
—Quédate aquí conmigo. Conmigo. Conmigo. Conmigo. Y Willy, lo incluiría también a él si sirviera de algo. Se supone que debo secarme los ojos y agitar mi pañuelo. Si las cosas no funcionan bien, tendré la satisfacción de que hiciste lo correcto. Durará tanto como el toque de silencio. Entonces podré volver a casa y conectar un solo lado de la frazada eléctrica.
—Estaré detrás de todos.
—No lo creo ni por un minuto. ¿Qué egoísta soy, verdad?
—No me importa.
—A mí tampoco. Esto es tan agradable y pacífico. Todo lo que te pasó antes contribuye para que lo sepas. Para que lo valores, quiero decir.
El asintió.
—No quiero perderlo por nada del mundo —dijo Molly.
—No. No lo perderemos.
Oscureció rápidamente y Júpiter apareció, bajo, en el sud­oeste.
Crawford volvió después de la comida. Se había quitado la chaqueta y la corbata y arremangado la camisa para parecer más informal. A Molly le parecieron repulsivos los gruesos y pálidos antebrazos de Crawford. Le daba la impresión de ser un maldito mono sabio. Le sirvió una taza de café bajo el ventilador del porche y se sentó junto a él mientras Graham y Willy salían a darles de comer a los perros. No dijo una sola palabra. Las mariposas golpeaban suavemente contra las per­sianas.
—Tiene muy buen aspecto, Molly —dijo Crawford—. Ambos lo tienen, delgados y bronceados.
—¿Diga lo que diga se lo llevará, verdad?
—Sí. Tengo que hacerlo. Es preciso. Pero le juro por Dios, Molly, que trataré de que sea lo más llevadero posible para él. Ha cambiado. Qué gran cosa que se casaran.
—Cada vez se siente mejor. Ya no sueña tan seguido. Estuvo realmente obsesionado por los perros durante un tiempo. Pero ahora sólo se ocupa de ellos; no habla de ellos constantemente. Usted es su amigo, Jack. ¿Por qué no puede dejarlo en paz?
—Porque tiene la mala suerte de ser el mejor. Porque no piensa como los demás. Porque no sé cómo nunca se ha encasillado.
—El cree que usted quiere que vea unas pruebas.
—Quiero que vea unas pruebas. No hay nadie mejor para eso. Pero tiene esa otra cosa además. Imaginación, percepción, lo que sea. Pero esa parte no le gusta.
—Si usted la tuviera tampoco le gustaría. Prométame algo, Jack. Prométame que se encargará de que no se acerque demasia­do. Creo que lo destruiría tener que luchar.
—No tendrá que luchar. Puedo prometérselo.
Molly ayudó a Graham a preparar su equipaje una vez que terminó con los perros.






II

Will Graham condujo lentamente el auto mientras pasaba frente a la casa en la que había vivido y muerto la familia de Charles Leeds. Las ventanas estaban a oscuras. Una luz brillaba en el patio. Estacionó el auto a dos cuadras y caminó en medio de la cálida noche, llevando en una caja de cartón el informe de los detectives de la policía de Atlanta.
Graham había insistido en ir solo. La razón que le dio a Crawford había sido que cualquier otra persona que estuviera en la casa lo distraería. Tenía otra, una privada: no sabía cómo iba a comportarse. No quería que un par de ojos lo estuvieran mirando todo el tiempo.
Había reaccionado bien en la morgue.
La casa de ladrillos de dos pisos se alzaba en un lote arbolado, alejada de la calle. Graham permaneció un buen rato bajo los árboles contemplándola. Trató de conservar la calma en su interior. En su mente, un péndulo de plata se mecía en la oscuridad. Esperó hasta que el péndulo se quedó quieto.
Unos pocos vecinos pasaron en sus autos; miraban la casa pero rápidamente volvían la cabeza. El lugar donde se ha cometido un crimen resulta desagradable para el vecindario, como si fuera el rostro de alguien que los traicionó. Solamente los forasteros y los niños se detenían a mirarla.
Las persianas estaban levantadas. Graham se alegró de ello. Significaba que no había entrado ningún pariente. Los parientes siempre bajan las persianas.
Caminó hacia un costado de la casa, moviéndose cuidado­samente, sin utilizar la linterna. Se detuvo dos veces para escuchar. La policía de Atlanta sabía que estaba allí, pero los vecinos  no.  Debían de estar nerviosos. Podrían dispararle.
Al mirar por una ventana de atrás pudo ver la luz del patio del frente que se filtraba sobre las siluetas de los muebles. El aire estaba saturado por el perfume del jazmín del Cabo. Un porche enrejado se extendía casi a todo lo largo de la parte de atrás de la casa. En la puerta del porche podía verse el sello de la policía de Atlanta. Graham rompió el sello y entró.
El vidrio que la policía había quitado de la puerta que comunicaba el porche con la cocina, había sido reemplazado por una madera terciada. Abrió la puerta a la luz de la linterna utilizando la llave que le había dado la policía. Tenía ganas de encender las luces. Tenía ganas de colocarse su reluciente insignia y hacer algunos ruidos que justificaran su presencia en la silenciosa casa en la que habían muerto cinco personas. Pero no hizo nada. Entró a la oscura cocina y se sentó a la mesa de desayuno.
La llama azul del piloto de la cocina brillaba en la oscuridad. Percibió olor a lustramuebles y a manzanas.
El termostato hizo clic y comenzó a funcionar el aire acondi­cionado. Graham se sobresaltó al oír el ruido y sintió miedo. Tenía larga experiencia con el miedo. Podría controlarlo en esa oportunidad. Estaba simplemente asustado pero podría seguir adelante.
Veía y oía mejor cuando estaba asustado; no podía hablar tan concisamente y a veces el miedo lo volvía algo grosero. No había nadie allí con quien hablar; nadie ya a quien pudiese ofender.
La locura irrumpió en esa casa a través de esa puerta y entró a esa cocina avanzando sobre unos pies con zapatos número cuarenta y cinco. Sentado en medio de la oscuridad, Graham olfateaba la locura como un sabueso huele una camisa.
Durante todo el día y parte de la tarde había estudiado el informe de la sección homicidios de Atlanta. Recordaba que la policía, al entrar a la cocina, encontró encendida la luz de la campana de ventilación. La encendió.
Dos rectángulos de tela bordada y enmarcada colgaban de la pared a ambos lados de la cocina. En uno podía leerse: «Los besos se olvidan, la buena cocina no». Y en el otro: «Es a la cocina adonde prefieren venir nuestros amigos para sentir el pulso de la casa y solazarse en su trajín».
Graham miró su reloj. Once y media. Según el patólogo, las muertes habían ocurrido entre las once de la noche y la una de la madrugada.
En primer lugar estaba la entrada. Se puso a pensar en eso...
El demente deslizó el gancho de la puerta exterior de alambre tejido. Permaneció en la oscuridad del porche y sacó algo de -su bolsillo. Una ventosa. Tal vez la base de un sacapuntas diseñado para adherirse a la tapa del escritorio.
Acurrucado junto a la parte inferior, de madera, de la puerta de la cocina, el maniático alzó la cabeza para espiar por el vidrio. Sacó la lengua y lamió la ventosa, la apretó contra el vidrio y torció el mango para que se adhiriera. Un pequeño cortavidrios estaba sujeto a la ventosa con un cordel, como para poder cortar un círculo.
El débil chirrido del cortavidrios y un golpe seco para quebrar el cristal. Una mano para golpear y otra para sujetar la ventosa. El vidrio no debía caer. El pedazo era ligeramente ovalado porque el cordel se enroscó alrededor del mango de la ventosa al cortar el cristal. Un ligero ruido mientras tira el pedazo de vidrio hacia afuera. No le importa dejar rastros de saliva del tipo AB en el vidrio.
La mano cubierta por un ajustado guante se desliza en el agujero, hasta encontrar la cerradura. La puerta se abre silencio­samente. Ya está adentro. La luz de la campana le permite ver su cuerpo en esa cocina extraña. Reina una fresca y agradable temperatura en el interior de la casa.
Will Graham ingirió dos Di-Gels. Le molestó el crujido del celofán al guardar el paquete en su bolsillo. Atravesó el living sujetando la linterna lo más apartada de él que podía, por pura costumbre. A pesar de haber estudiado bien la planta, hizo un giro equivocado antes de encontrar la escalera. No crujía.
En ese momento estaba parado en la entrada del dormitorio principal. Podía ver vagamente sin utilizar la linterna. El reloj digital que estaba sobre la mesa de noche, proyectaba la hora en el cielo raso y una luz anaranjada titilaba en la pared junto al baño. Era intenso el olor dulzón a sangre.
Los ojos acostumbrados a la oscuridad podían ver bastante bien. El maniático pudo distinguir al señor Leeds de su esposa. Había luz suficiente como para permitirle cruzar el cuarto, agarrar a Leeds por el pelo y degollarlo. ¿Y después qué? ¿Vuelta al interruptor de luz en la pared, un saludo a la señora Leeds y luego el disparo que la inmovilizó?
Graham encendió la luz y las manchas de sangre parecieron insultarlo desde las paredes, el colchón y el piso. El mismo aire parecía salpicado de alaridos. Se sintió acobardado por el ruido de ese silencioso cuarto repleto de manchas oscuras.
Graham se sentó en el piso hasta que su mente se serenó. «Tranquilo, tranquilo, quédate tranquilo.»
La cantidad y variedad de manchas de sangre desconcertaba a los detectives de Atlanta que trataban de reconstruir el crimen. Todas las víctimas habían sido encontradas muertas en sus camas. Eso no concordaba con la ubicación de las manchas.
Al principio creyeron que Charles Leeds había sido atacado en el dormitorio de su hija y su cuerpo, arrastrado hasta el dormitorio principal. Pero un detenido examen de las salpicadu­ras les hizo reconsiderar esa teoría.
Todavía no habían quedado determinados exactamente los movimientos del asesino en los diferentes cuartos.
Con la ventaja de la autopsia y los datos suministrados por el laboratorio, Will Graham comenzó a ver cómo había ocurrido.
El intruso degolló a Charles Leeds mientras dormía junto a su esposa, regresó al interruptor de la luz en la pared y encendió las luces (pelos y fijador de la cabeza del señor Leeds fueron dejados en la placa del interruptor por un guante suave). Le disparó a la señora Leeds cuando se incorporó y luego se dirigió a los cuartos de los chicos.
Leeds se levantó con la garganta seccionada y trató de proteger a sus hijos, dejando a su paso grandes gotas de sangre y el inconfundible rastro de una arteria cortada mientras trataba de luchar. Fue empujado hacia un lado, cayó y murió con su hija en el dormitorio de ella.
Uno de los dos niños fue muerto en la cama de un disparo. El otro fue encontrado también en la cama, pero tenía en el pelo pequeñas bolitas de tierra. La policía creía que había sido sacado primero de debajo de la cama y luego muerto de un balazo.
Cuando estaban todos muertos, a excepción posiblemente de la señora Leeds, comenzó el destrozo de espejos, la selección de trozos y la ulterior dedicación a la señora Leeds.
En la caja de cartón Graham tenía copias de los informes completos de las autopsias. Allí estaba el de la señora Leeds. La bala había entrado a la derecha de su ombligo y se había alojado en la espina dorsal pero la mujer había muerto por estrangulamiento.
El aumento del nivel de serotonina y de histaminas en la herida de bala indicaba que había vivido por lo menos cinco minutos después del disparo. El nivel de la histamina era mucho más alto que el de serotonina, por lo tanto no había sobrevivido más de quince minutos. La mayoría de sus otras heridas habían sido hechas, probablemente, después de muerta.
Si las demás heridas eran postmortem, ¿qué hacía el asesino en ese intervalo mientras la señora Leeds esperaba la muerte? En eso pensaba Graham. Luchar con Leeds y matar a los otros, por supuesto, pero eso no le habría llevado más de un minuto. Romper los espejos. ¿Y qué más?
Los detectives de Atlanta eran muy meticulosos. Habían medido y fotografiado todo exhaustivamente, limpiaron y rastri­llaron y retiraron las válvulas de los desagües. No obstante Graham lo revisó todo por su cuenta.
Sabía dónde habían sido encontrados los cadáveres gracias a las marcas hechas por la policía en los colchones y a las fotografías que tomaron. Las pruebas —rastros de nitrato en las sábanas en los casos de heridas de bala— indicaban que habían sido en­contrados en posiciones aproximadas a aquéllas en que ha­bían muerto.
Pero la profusión de manchas de sangre y de marcas y huellas borrosas en la alfombra del hall seguían sin poder explicarse. Uno de los detectives sugirió que algunas de las víctimas habían tratado de escapar del asesino arrastrándose. Graham no estaba de acuerdo; evidentemente el criminal las había movido des­pués de muertas y luego las había colocado nuevamente en el lugar donde estaban cuando las asesinó.
Era obvio lo que había hecho con la señora Leeds. ¿Pero y los demás? No los había desfigurado, como hizo con la señora Leeds. Cada uno de los niños tenía una única herida de bala en la cabeza. Charles Leeds se desangró hasta morir, contribuyendo la sangre aspirada. La única marca adicional que presentaba era superficial, la de una atadura alrededor del pecho, aparentemente postmortem. ¿Qué hizo con ellos el asesino después de matarlos?
Graham sacó de la caja las fotografías policiales, los informes del laboratorio sobre los diferentes tipos de sangre y las manchas orgánicas del cuarto y muestras comunes para comparación de trayectorias de regueros de sangre.
Repasó minuciosamente todos los dormitorios del primer piso, tratando de hacer coincidir las heridas con las manchas, tratando de trabajar marcha atrás. Dibujó cada mancha en un plano en escala del dormitorio principal, valiéndose del muestra­rio para comparar y poder así estimar la dirección y velocidad del goteo. En esta forma esperaba poder descubrir la posición de los cuerpos en diferentes momentos.
Había una hilera de tres manchas que subían y daban la vuelta a un rincón de la pared del dormitorio y tres pequeñas manchas en la alfombra debajo de ellas. La pared de la cabecera de la cama estaba manchada del lado donde había estado Charles Leeds y se veían las marcas de unos golpes sobre los zócalos. El diagrama de Graham empezó a parecerse a esos juegos de entretenimiento en que deben unirse los números con una raya para obtener un dibujo, pero en este caso no había números. Se quedó contem­plándolo, miró nuevamente la habitación, y luego retomó el dibujo hasta sentir que su cabeza estaba por estallar.
Entró al baño y tomó sus dos últimas pastillas de Bufferin, utilizando las manos para beber el agua de la canilla del lavatorio. Se mojó la cara y la secó luego con el faldón de su camisa. El agua se derramó sobre el piso. Había olvidado que habían quitado las válvulas y sifones de los desagües. De no ser por eso, el baño estaba perfecto, a excepción del espejo roto y de los rastros del polvo rojo utilizado para las impresiones digitales llamado Sangre de Dragón. Los cepillos de dientes, las cremas faciales, la afeitadora, todo estaba en su lugar.
Daba la impresión de que el baño todavía era utilizado por la familia. Las medias de la señora Leeds colgaban todavía del toallero donde las había dejado para que se secaran. Advirtió que había cortado la pierna de un par que tenía unos puntos corridos, para poder utilizar dos pares de una sola pierna, y en esa forma ahorrar dinero. La pequeña y modesta economía de la señora Leeds le llegó muy hondo; Molly hacía exactamente lo mismo.
Graham se deslizó por una ventana hacia el techo del porche y se quedó sentado sobre las ásperas tejas. Abrazó las rodillas al sentir el frío de la camisa húmeda en su espalda y resopló para ahuyentar el olor a masacre que impregnaba su nariz.
Las luces de Atlanta iluminaban el cielo y resultaba difícil poder contemplar las estrellas. Debía de ser una noche clara en los Cayos. Podría estar junto a Molly y Willy, esperando ver las estrellas fugaces y escuchar el ruido que ellos tres juraban que hacían al caer. La lluvia de meteoros del Delta Aquarid estaba en su punto máximo y Willy estaría observándola.
Se estremeció y resopló nuevamente. No quería pensar en Molly en ese momento. Era de mal gusto y lo perturbaba.
Graham tenía serios problemas con el gusto. A menudo sus pensamientos no eran placenteros. No existían divisiones cate­góricas en su mente. Lo que veía y aprendía influía en todo lo que ya sabía. Resultaba difícil convivir con algunas combinaciones.
Pero no podía preverlas, no podía bloquearlas y suprimirlas. Sus principios de decencia y corrección subsistían, escandalizados por sus asociaciones, absortos por sus sueños; le daba lástima que en ese campo de batalla que era su cráneo, no existieran defensas para lo que amaba. Sus asociaciones se presentaban a la velocidad de la luz. Sus juicios sobre valores, a ritmo mesurado. Nunca lograban mantenerse a la par y dirigir su pensamiento.
Consideraba su mentalidad algo grotesca pero útil, como una silla hecha con cornamenta. Mas no podía hacer nada al respecto.
Graham apagó las luces de la casa y salió por la cocina. En el extremo más alejado del porche de atrás, la luz de su linterna iluminó una bicicleta y una canasta de paja para perros. Había una casilla de perro en el patio posterior y un plato junto a los escalones.
Las pruebas indicaban que los Leeds habían sido sorprendidos mientras dormían.
Sujetó la linterna entre el pecho y el mentón y escribió una nota: Jack, ¿dónde estaba el perro?
Graham regresó a su hotel. Tenía que concentrarse en el manejo del auto, por más que a esa hora, las cuatro de la mañana, no había mucho tráfico. Seguía doliéndole la cabeza y buscó una farmacia de turno.
Encontró una en Peachtree. Un desaliñado sereno dormía junto a la puerta. Un farmacéutico con una chaqueta sucia sobre la que resaltaba más su caspa, le vendió Bufferin. El reflejo de la luz del local le resultaba molesto. A Graham no le gustaban los farmacéuticos jóvenes. Tenían un aspecto de cachorros raquíti­cos. A menudo eran relamidos y sospechaba que eran desagrada­bles en sus casas.
—¿Qué más? —preguntó el farmacéutico con los dedos apo­yados sobre las teclas de la máquina registradora—. ¿Qué más?
La oficina del FBI de Atlanta le había reservado una habitación en un absurdo hotel próximo al nuevo Peachtree Center. Tenía unos ascensores de vidrio en forma de capullos como para que no le cupieran dudas de que estaba realmente en la ciudad.
Graham subió a su cuarto acompañado por dos miembros de una convención en cuyos distintivos estaba impreso, además de su nombre, el saludo «¡Hola!». Ambos se agarraron del pasama­nos y echaron una mirada al vestíbulo mientras subían.
—Mira allí, un poco más lejos del mostrador, es Wilma y los otros que acaban de regresar —dijo el más grande. —Maldita sea, cómo me gustaría arrancarle un pedacito.


—Hacerle el amor hasta que le sangre la nariz —acotó el otro.
Miedo y deseo y rabia por el miedo.
—¿Sabes por qué las mujeres tienen piernas?
—¿Por qué?
—Para no dejar un rastro como el caracol.
Las puertas del ascensor se abrieron.
—¿Llegamos? Sí, ya llegamos —afirmó el grandote, tambaleán­dose contra las puertas al salir.
—Este es el ciego que guía al otro ciego —comentó el otro.
Graham depositó la caja de cartón sobre la cómoda de su cuarto. Pero luego la guardó en un cajón para quitarla de su vista. Ya había tenido suficiente por ese día con esos muertos de ojos abiertos. Tenía ganas de llamar a Molly pero era demasiado temprano.
A las ocho de la mañana debía presentarse en el departamento central de la policía de Atlanta. No tenía mucho que contarles.
Trataría de dormir. Su mente parecía un ruidoso vecindario repleto de disputas y en uno de sus pasillos había una pelea. Se sentía entumecido y vacío; se sirvió dos dedos de whisky en el vaso del baño y los bebió antes de acostarse. La oscuridad parecía aplastarlo. Encendió la luz del baño y se metió nuevamente en cama. Imaginó que Molly estaba en el baño cepillándose el pelo.
Párrafos del informe de la autopsia resonaban con su propia voz, aunque nunca los había leído en voz alta: «...las heces estaban formadas... un rastro de talco en la parte inferior de la pierna derecha. Fractura de la pared de la órbita debido a la inserción de un trozo de espejo...»
Graham trató de pensar en la playa del Cayo Sugarloaf y escuchar el ruido del oleaje. La imagen de su banco de trabajo acudió a su mente y pensó en el escape para el reloj de agua que él y Willy estaban fabricando. Cantó Whiskey River en voz baja y trató de repasar mentalmente Black Mountain Rag del principio al fin. La canción de Molly. La parte de la guitarra de Doc Watson salía perfecta, pero siempre se perdía cuando entraban los violines. Molly había tratado de enseñarle a zapatear en el patio de atrás de la casa y comenzó a saltar... hasta que por fin se durmió.
Se despertó al cabo de una hora rígido y empapado en sudor y la silueta de la otra almohada contra la luz del baño se transformó en la señora Leeds acostada junto a él, mordida y destrozada, con espejos en sus ojos y sangre sobre las sienes y orejas como si fueran patillas de anteojos. No podía girar la cabeza para mirarla. Lanzó mentalmente un alarido y estiró la mano hasta tocar la tela seca.
Esa acción le proporcionó un alivio inmediato. Se levantó; el corazón le latía fuertemente, y se cambió la camiseta por otra seca. Tiró la camiseta mojada en la bañera. No podía correrse al lado seco de la cama. En cambio puso una toalla sobre la parte empapada por su transpiración y se instaló sobre ella, recostán­dose contra la cabecera con un buen whisky en la mano. De un trago vació la tercera parte del contenido del vaso.
Buscó algo en qué pensar, cualquier cosa. La farmacia en la que había comprado el Bufferin; tal vez porque era la única experien­cia de ese día que no estaba relacionada con la muerte.
Recordaba los viejos drugstores y sus helados. De chico pensaba que los drugstores tenían cierto aire furtivo. Cuando uno entraba siempre pensaba en comprar preservativos, así los necesitara o no. Había cosas en los estantes a las que no se debía mirar mucho.
En la farmacia en la que compró el Bufferin, los anticoncepti­vos con sus envolturas cubiertas de ilustraciones se exhibían en estuches de plástico en la pared de atrás de la caja, enmarcados como objetos de arte.
Prefería el drugstore y los helados de su niñez. Graham estaba próximo a los cuarenta años y empezaba a sentirse tironeado por el mundo de antaño; como un ancla de mar con mal tiempo.
Pensó en Smoot. El viejo Smoot que servía los helados y atendía el drugstore local, propiedad del farmacéutico, cuando Graham era chico. Smoot, que bebía durante las horas de trabajo, se olvidaba siempre de bajar el toldo y las suelas de las zapatillas se derretían en la vidriera. Smoot, que olvidó desenchufar la cafetera hasta que hubo que llamar a los bomberos. Smoot, que les fiaba helados a los chicos.
Su crimen mayor fue encargar cincuenta muñecas Kewpie a un mayorista cuando el dueño del negocio estaba de vacaciones. A su regreso el propietario despidió a Smoot por una semana. Y entonces realizaron una liquidación de muñecas Kewpie. Cincuenta muñecas fueron dispuestas en semicírculo en la vidriera de forma que todas miraban a cualquiera que se parara a contemplarlas.
Tenían grandes ojos de color azul. Era una exhibición sorpren­dente y Graham se quedó mirándola durante un buen rato. Sabía que eran solamente muñecas Kewpie pero se sentía el centro de su atención. Eran tantas las que lo miraban. Muchas personas separaron para contemplarlas. Muñecas de yeso, todas con el mismo rulito ridículo, sin embargo sus miradas fijas le habían provocado un cosquilleo en la cara.
Graham comenzó a relajarse un poco. Muñecas Kewpie mirándolo fijo. Se dispuso a beber un trago, se atoró y lo escupió sobre su pecho. Manoteó para encender la luz de la lamparita de la mesa de noche y sacó la caja del cajón de la cómoda. Buscó los informes de la autopsia de los tres niños Leeds y sus diagramas del dormitorio principal y los desparramó sobre la cama.
Allí estaban las tres manchas de sangre en línea oblicua en el rincón y las otras en la alfombra. Encontró las medidas de los tres chicos. Hermano, hermana, hermano mayor. Coincide. Coinci­de. Coincide.
Habían estado sentados en fila contra la pared mirando hacia la cama. Un público. Un público muerto. Y Leeds. Atado por el pecho contra la cabecera. Dispuesto como para que pareciera que estaba sentado en la cama. Por eso tenía la marca de una atadura y estaba manchada la pared encima de la cabecera.
¿Qué estaban observando? Nada; todos estaban muertos. Pero tenían los ojos abiertos. Estaban mirando una actuación en la que las estrellas eran el maniático y el cadáver de la señora Leeds, además del señor Leeds sentado en la cama. Espectadores. A los que el loco les podía mirar las caras.
Graham se preguntó si habría encendido una vela. La luz vacilante habría simulado una expresión en sus rostros. Pero no se encontró ninguna vela. Tal vez se le ocurriera hacerlo la próxima vez...
Ese primer y pequeño nexo con el asesino dolía y pinchaba como una sanguijuela. Graham mordió la sábana, abstraído en sus pensamientos.
«¿Por qué los movió nuevamente? ¿Por qué no los dejó como estaban?», se preguntó Graham. «Hay algo que usted no quiere que yo sepa sobre su persona. Vaya, hay algo que lo avergüen­za. ¿O se trata de algo que usted no puede permitirse que yo sepa?»
«¿Les abrió los ojos?»
«¿La señora Leeds era encantadora, verdad ? Usted encendió la luz después de degollarlo para que la señora Leeds pudiera verlo desplomarse, ¿no es así? ¿Era desesperante tener que usar guantes cuando la tocó, verdad?»
Tenía talco en la pierna.
No había talco en el baño.
Parecía que alguna otra persona hubiera expresado esas dos verdades en voz baja.
«¿Se quitó los guantes, no es así? El polvo cayó de un guante de goma cuando se lo quitó para tocarla, ¿NO ES ASI, HIJO DE PUTA? La tocó con sus manos desnudas y luego se puso nuevamente los guantes y borró sus impresiones. Pero ¿LES ABRIÓ LOS OJOS, cuando no tenía puestos los guantes?»
Jack Crawford contestó el teléfono la quinta vez que sonó. Había atendido varias veces el teléfono durante esa noche y no estaba aturdido.
-Jack, soy Will.
-Sí, Will.
—¿Sigue estando Price en Huellas Ocultas?
—Sí. No sale mucho ya. Está trabajando en el índice de impresión única.
—Creo que debería venir a Atlanta.
— ¿Por qué? Tú mismo dijiste que el tipo que trabajaba aquí era bueno.
—Es bueno, pero no tanto como Price.
—¿Qué quieres que haga? ¿Adónde tendría que buscar?
—En las uñas de las manos y los pies de la señora Leeds. Están pintados, es una superficie lisa. Y las córneas de los ojos de todos. Creo que se quitó los guantes, Jack.
— Cielos,  Price  va a tener que salir a toda carrera  —dijo Crawford — . El funeral se realizará esta tarde.













































III

— Creo que la tocó —afirmó Graham al saludarlo.
Crawford le alcanzó una gaseosa de la máquina en la sede central de la policía de Atlanta. Eran las 7.50.
—Por supuesto, la movió de un lado a otro —respondió Crawford—. Tenía marcas en las muñecas y detrás de las rodillas. Pero todas las impresiones que se encontraron en el lugar son de guantes no porosos. No te preocupes, Price ya llegó, viejo rezongón. En estos momentos está camino de la funeraria. La morgue entregó anoche los cuerpos, pero la empresa de pompas fúnebres no ha hecho nada todavía. Pareces agotado. ¿Dormiste algo?
—Una hora, quizá. Creo que la tocó sin los guantes.
—Espero que tengas razón, pero el laboratorio de Atlanta jura que usó todo el tiempo guantes de cirujano —insistió Craw­ford—. Los pedazos de espejo tenían esas impresiones lisas. El índice en la parte posterior del trozo incrustado en la vagina, un pulgar borroneado en la parte anterior.
—    Lo repasó después de haberlo colocado, posiblemente para poder ver su asquerosa cara —dijo Graham.
—El que tenía en la boca estaba teñido de sangre. Como los de los ojos. En ningún momento se quitó los guantes.
La señora Leeds era una mujer bonita —acotó Graham — .¿Viste las fotos de la familia, verdad? En circunstancias íntimas a mí me habría gustado tocar su piel, ¿a ti no?
¿Intimas? —Crawford no pudo evitar a tiempo un matiz de repugnancia en su voz.. Súbitamente empezó a hurgar en sus bolsillos en busca de cambio.
Intimas; era algo privado. Todos los demás estaban muertos.
Podía permitirse que tuvieran los ojos abiertos o cerrados, a voluntad.
—    Como le diera lagaña —asintió Crawford —. Inspeccionaron por supuesto su piel para ver si encontraban impresiones digita­les. Nada. Consiguieron una borrosa de una mano en el cuello.
—    El informe no mencionaba que se hubieran revisado las uñas.—Supongo que estarían tiznadas cuando sacaron muestras de la piel. Las raspaduras se hicieron solamente en las partes de las palmas lastimadas por las uñas. No lo arañó.
—Tenía bonitos pies —agregó Graham.
—Así es. Vayamos arriba —sugirió Crawford — . El ejército ya debe de estar en pie de guerra.
Jimmy Price tenía un equipo considerable: dos cajas pesadas además de la bolsa con su cámara fotográfica y el trípode. Su entrada por la puerta del frente de la empresa funeraria Lombard de Atlanta fue sumamente ruidosa. Era un hombre viejo de aspecto débil y su humor no había mejorado luego de un largo viaje en taxi desde el aeropuerto en medio del veloz tráfico matinal.
Un solícito joven con un elaborado peinado lo hizo pasar a una oficina pintada de color damasco y crema. El escritorio estaba vacío excepción de una escultura llamada «Las Manos Orando».
Price examinaba las puntas de los dedos de las manos en posición de oración cuando el propio señor Lombard entró. Lombard verificó las credenciales de Price cuidadosamente.
—Recibí por supuesto una llamada de su oficina de Atlanta, o agencia o como se llame, señor Price. Pero anoche tuvimos que recurrir a la policía para sacar a un molesto sujeto que trataba de sacar fotografías para el National Tattler, por eso debo obrar con mucho cuidado. Espero que usted me comprenda. Señor Price, a la una de la mañana nos entregaron los cuerpos y el funeral se llevará a cabo esta tarde a las cinco. No podemos retrasarlo de ninguna forma.
—Esto no tomará mucho tiempo —afirmó Price — . Necesito solamente un ayudante razonablemente inteligente, si es que dispone de uno. ¿Ha tocado usted los cuerpos, señor Lombard?
-No.
—Averigüe quién lo ha hecho. Tendré que tomarles las impresiones a todos.
Las instrucciones de esa mañana a los detectives de la policía asignados al caso de la familia Leeds se relacionaron casi exclusivamente con los dientes.
R. J. (Buddy) Springfield, jefe de los detectives de Atlanta, un hombre corpulento en mangas de camisa, estaba parado junto a la puerta con el doctor Dominic Princi cuando entraron uno detrás de otro los veintitrés detectives.
—Muy bien, muchachos, quiero ver una sonrisa amplia cuan­do se acerquen —dijo Springfield — . Muéstrenle sus dientes al doctor Princi. Muy bien, veamos todos los dientes. Dios mío, Sparks, ¿es eso su lengua o está tragando una ardilla? Sigan pasando.
Una gran reproducción frontal de una dentadura completa, superior e inferior estaba pinchada en el tablero de informaciones en el frente del cuarto de los oficiales. Le hizo recordar a Graham esos dientes postizos de celuloide que se venden en las tiendas de pegas. Se sentó junto con Crawford en el fondo de la habitación mientras los detectives se instalaban en unos pupitres similares a los de los colegios.
Gilbert Lewis, comisionado de Seguridad Pública de Atlanta y su oficial de relaciones públicas se ubicaron más apartados, en unas sillas plegables. Lewis debía mantener una conferencia de prensa dentro de una hora.
El jefe de detectives Springfield tomó la palabra.
—Muy bien. No perdamos el tiempo con tonterías. Si ustedes leyeron los informes del día se habrán percatado de que hasta ahora no se ha progresado en absoluto.
«Entrevistas de casa en casa se seguirán realizando en un radio de cuatro manzanas más alrededor del escenario del crimen. R&I nos ha prestado dos empleados para ayudarnos a verificar las reservas de aviones y alquiler de autos en Birmingham y Atlanta.
«Nuevamente se repasarán hoy los datos de los hoteles y aeropuertos. Sí, hoy otra vez más. Atajen a todas las mucamas y ayudantes, así como también a todos los empleados que atienden el mostrador. Debió haberse limpiado en algún lugar y puede haber dejado un montón de roña. Si encuentran a alguien que limpió un montón de porquerías, desentierren a quienquie­ra que haya ocupado ese cuarto, séllenlo y comuníquense sin pérdida de tiempo con la lavandería. En esta oportunidad tenemos algo para que puedan mostrar en su ronda. ¿Doctor Princi?
    El doctor Dominic Princi, jefe de investigaciones forenses del condado de Fulton, se adelantó y se detuvo bajo el dibujo de la dentadura. Levantó, para que todos pudieran verlo, un molde en yeso de una dentadura.
—Señores, así eran los dientes del sujeto en cuestión. El instituto Smithsoniano de Washington hizo la reconstrucción basándose en las marcas encontradas en la señora Leeds y en una mordedura descubierta en un trozo de queso en la nevera de los Leeds —dijo Princi.
—Como pueden apreciar, sus incisivos laterales son puntiagu­dos, éstos y estos dientes —aclaró Princi señalando en el molde primero y en el dibujo después—. Los dientes no están alineados y el incisivo central tiene un ángulo roto. El otro incisivo se ve muy gastado aquí. Algo semejante ala «mella de los sastres», el desgaste ocasionado por cortar el hilo con los dientes.
—Dientudo hijo de puta —musitó alguien.
—¿Cómo puede estar seguro que fue el asesino el que mordió el queso, doc? —preguntó un detective alto sentado en la primera fila.
A Princi no le gustaba nada que lo llamaran doc, pero se lo aguantó. Las muestras de saliva encontradas en el queso y en las heridas ocasionadas por mordeduras correspondían con el tipo de sangre —dijo—. Los dientes de las víctimas y su tipo de sangre no coincidían.
—Perfecto, doctor —interpuso Springfield—. Les entregare­mos reproducciones de los dientes para que las muestren.
—¿Y por qué no distribuirlas entre los diarios? —preguntó Simpkins, el oficial de relaciones públicas — . Algo como... «¿Ha visto usted esta clase de dientes?»
—No veo ningún inconveniente —manifestó Springfield—. ¿Qué opina jefe?
Lewis asintió.
Pero Simpkins no había terminado.
—Doctor Princi, los periodistas van a preguntarnos por qué demoramos cuatro días en conseguir esta reproducción de la dentadura que tenemos aquí. Y por qué todo tuvo que hacerse en Washington.
El agente especial Crawford estudió minuciosamente el resor­te de su bolígrafo.
Princi se sonrojó pero su voz se mantuvo serena.
—Las marcas de una mordedura en la carne se distorsionan cuando se mueve el cuerpo, señor Simpson...
—Simpkins.
—Simpkins, pues. No podríamos hacerlo utilizando solamen­te la huella de la mordedura en las víctimas. De ahí la importancia del queso. El queso es relativamente sólido pero muy difícil de sacarle un molde. Hay que engrasarlo primero para aislar la humedad del agente utilizado para el molde. Generalmente se le toma una foto. El Smithsoniano lo ha hecho anteriormente para el laboratorio del FBI. Están mejor equipados para realizar un examen de los rasgos faciales y tienen un articulador anatómico. Además, cuentan con un consultor odontólogo forense. Noso­tros no. ¿Alguna otra cosa?
—¿Sería justo decir que la demora se debió al laboratorio del FBI y no a la policía local?
Princi respondió sin ambages:
— Lo que sería justo decir, señor Simpkins, es que un investiga­dor federal, el agente especial Crawford, encontró el queso en la nevera hace dos días, después que sus compañeros revisaran la casa. Activó la tarea del laboratorio a solicitud mía. Sería justo decir que siento un gran alivio al saber que no fue ninguno de ustedes el que mordió el maldito queso.
El comisario Lewis intervino y su voz profunda resonó en la habitación.
—Nadie pone en tela de juicio su opinión, doctor Princi. Simpkins, lo único que faltaba era una estúpida competencia por celos con el FBI. Prosigamos.
—Todos estamos en pos de lo mismo —dijo Springfield—. Jack, ¿quiere agregar algo más, o tal vez alguno de ustedes?
Crawford se adelantó. Los rostros a los que se enfrentó no parecían precisamente amistosos. Tenía que hacer algo al res­pecto.
—Quiero suavizar un poco el ambiente, jefe. Hace años había una gran rivalidad sobre quién conseguía realizar el arresto. Cada equipo, federal y local, le ocultaba algunos datos al otro. Eso originaba una brecha por la que se escapaban los maleantes. Esa no es la política actual del FBI y tampoco es la mía. Ni la del investigador Graham, ése que está sentado al fondo, por si no lo sabían. Si el responsable de estos crímenes es atropellado por un camión yo me regocijaría mucho, ya que lo que me interesa es sacarlo de circulación. Creo que ustedes deben pensar así también.
Crawford echó un vistazo a los detectives y confió en que se habrían amansado algo. Esperaba que no le ocultaran probables pistas. El comisario Lewis se dirigió entonces a él.
—¿El investigador Graham ha trabajado anteriormente en este tipo de casos?
—Sí, señor.
—¿Puede usted agregar o sugerir algo más, señor Graham?
Crawford arqueó las cejas y miró a Graham.
—¿Podría acercarse aquí?
Graham deseó haber tenido una oportunidad de hablar con Springfield en privado. No quería pasar al frente. Pero no obstante lo hizo.
El traje arrugado y el bronceado de su piel no le otorgaban el aspecto de un investigador federal. Springfield pensó que parecía más bien un pintor de paredes vestido con un traje para presentarse ante un tribunal.
Los detectives cambiaron de posición en sus sillas.
Cuando Graham se dio vuelta para enfrentar a su audiencia los ojos azules resaltaban con fuerza en su cara tostada por el sol.
—Solamente un par de cosas —dijo—. No podemos dar por sentado que ha sido un enfermo mental o alguien con anteceden­tes de crímenes sexuales. Existen grandes posibilidades de que no posea ninguna clase de antecedente. De tenerlos, posiblemente sea más bien por violación de domicilio que por un delito sexual de poca importancia.
»Tal vez en su historial figure que ha mordido a alguien en peleas no muy importantes... disputas en un bar o abuso de menores. La mejor ayuda que podamos obtener en ese aspecto provendrá del personal de salas de emergencia y de asistentes sociales.
»Vale la pena investigar cualquier mordedura seria que recuer­den, haciendo caso omiso de quién fue la víctima o de cómo dicen que ocurrió. Eso es todo.
El detective alto sentado en la primera fila alzó la mano y preguntó al mismo tiempo.
—¿Pero hasta ahora solamente ha mordido a mujeres, verdad ?
—Es todo lo que sabemos. Pero muerde mucho. Seis morde­duras feas en la señora Leeds y ocho en la señora Jacobi. Es más de lo usual.
—¿Qué se considera usual?
—En un crimen sexual, tres. Le gusta morder.
—A mujeres.
—La mayoría de las veces en los atracos sexuales la marca de la mordedura tiene un punto morado en el centro, una marca de succión. Estas no. El doctor Princi lo mencionó en el informe de la autopsia y yo lo constaté en la morgue. No existen marcas de succión. Tal vez el hecho de morder represente para él tanto una pauta de lucha como un comportamiento sexual.
—Bastante inverosímil.
—Vale la pena verificarlo —insistió Graham —. Vale la pena verificar cualquier mordedura. La gente miente sobre la forma en que ocurrió. Los padres de chicos mordidos afirman que fue atacado por un animal y permiten que se le haga al niño el tratamiento para prevenir la rabia para ocultar el hecho de que en la familia hay alguien que muerde; todos ustedes lo han visto. Vale la pena preguntar en los hospitales quiénes han sido llevados para recibir tratamiento antirrábico.
»Eso es todo lo que puedo decirles. —Los músculos de los muslos de Graham se estremecieron por la fatiga cuando se sentó.
—Vale la pena averiguar y lo haremos —manifestó el jefe de detectives Springfield—. La patrulla de Seguridad rastrillará el vecindario junto con la de Hurtos. Ocúpense del perro. Los últimos datos y las fotografías están en el legajo. Averigüen si alguien vio al perro con un forastero. Moralidad y Narcóticos, ocúpense de los homosexuales y los bares que frecuentan después que terminen con la rutina del día. Marcus y Whitman, los ojos bien abiertos durante el funeral. ¿Han repasado ya la lista de familiares y amigos de la familia? Bien. ¿Qué me dicen del fotógrafo? De acuerdo. Entreguen la lista de los asistentes a la ceremonia a R&I. Ellos tienen ya la de Birmingham. El resto de las comisiones figuran en la plantilla. Vamonos.
—Una última cosa —interpuso el comisario Lewis. Los detec­tives se dejaron caer nuevamente en sus sillas. —He oído a algunos oficiales de esta seccional referirse al criminal como «El Duende Dientudo». No me importa cómo lo llamen entre ustedes, comprendo que tienen que bautizarlo en alguna forma. Pero será mejor que no oiga a nadie llamarlo «El Duende Dientudo» en público. Suena impertinente. Y tampoco utiliza­rán esa denominación en ningún memorando interno. Eso es todo.
Crawford y Graham acompañaron a Springfield nuevamente hasta su oficina. El jefe de detectives les sirvió café mientras Crawford se comunicaba con el conmutador central y anotaba los mensajes.
—No tuve oportunidad de conversar ayer con usted cuando llegó —le dijo Springfield a Graham—. Este lugar se ha convertido en un manicomio. ¿Se llama Will, verdad? ¿Le proporciona­ron los muchachos todo lo que le hacía falta?
—Sí, se portaron muy bien.
—No tenemos basura y lo sabemos —acotó Springfield—. Ah, fabricamos una fotografía seriada de su caminata utilizando las huellas en los canteros. Caminó alrededor de los arbustos y demás, por lo tanto no se puede averiguar mucho más que el número de su calzado y tal vez su altura. La huella izquierda es ligeramente más honda, quizá haya llevado algún peso. Es un trabajo delicado. Sin embargo hace unos años atrapamos un ladrón gracias a estas fotografías. Se detectó que padecía la enfermedad de Parkinson. Princi lo descubrió. Esta vez no hemos tenido tanta suerte.
—Tiene un buen equipo —dijo Graham.
—Son excelentes. Pero este tipo de cosa no es nuestro trabajo habitual, gracias a Dios. Me gustaría saber si ustedes trabajan juntos todo el tiempo, usted y Jack y el doctor Bloom, o si sólo lo hacen en casos como éste.
—Sólo en casos como éste —respondió Graham.
—    ¡Qué programa! El comisario me dijo que usted fue el quehace tres años atrapó a Lecter.
—Trabajamos todos juntos con la policía de Maryland —manifestó Graham — . Los agentes de Maryland lo arrestaron.                                                                         '
Springfield era botarate pero no estúpido. Se dio cuenta que Graham estaba incómodo. Hizo girar su silla y juntó unos papeles.
—Usted preguntó por el perro. Aquí está el informe. Un veterinario local llamó anoche al hermano de Leeds. El tenía el perro. Leeds y su hijo mayor lo llevaron al veterinario la tarde anterior al crimen. Tenía una herida cortante en el abdomen. El veterinario lo operó y ya está bien. En un primer momento pensó que era un disparo, pero no encontró ninguna bala. Cree que fue atacado con algo punzante como un pico para hielo o una lezna. Estamos preguntando a los vecinos si vieron a alguien jugando con el perro y hoy se ha llamado por teléfono a los veterinarios locales para investigar si no han visto algún otro caso de animales mutilados.
—    ¿Tenía el perro algún collar con el nombre de los Leedsgrabado?
-No.
—¿Los Jacobi de Birmingham tenían un perro? —preguntó Graham.
—Se supone que estamos averiguándolo —contestó Springfield—. Espere un momento, lo investigaré. —Marcó un número interno. —El teniente Flatt es nuestro enlace con Birmingham... hola, Flatt. ¿Qué sabe del perro de los Jacobi? —Cubrió la bocina del teléfono con su mano. —No hay perro. Encontraron un cajón con paja en el baño de la planta baja con excrementos de gato. No encontraron ningún gato. Los vecinos están vigilando por si aparece.
—Podría pedirle a Birmingham que revise bien el jardín y detrás de cualquier edificación —sugirió Graham—. Si el gato estaba herido es posible que los niños no lo hayan encontrado a tiempo y lo hayan tenido que enterrar. Usted sabe lo que hacen los gatos. Se esconden para morir. Los perros vuelven a la casa. ¿Podría preguntarles también si tiene un collar?
—Dígales que si necesitan una sonda de metano les enviaremos una —interpuso Crawford —. Se ahorra mucho tiempo.
Springfield retransmitió la oferta. El teléfono sonó nuevamen­te no bien colgó. La llamada era para Jack Crawford. Era Jimmy Price desde la funeraria Lombard. Crawford contestó por el otro aparato.
—Jack, tengo una parcial que probablemente es de un pulgar y un fragmento de una palma.
—Jimmy, eres la luz de mis ojos.
Lo  sé.   La huella parcial es un arco abierto, pero está borroneada. Tendré que ver qué puedo hacer con ella cuando regrese. La saqué del ojo izquierdo del mayor de los chicos.Nunca lo había hecho antes. Jamás lo habría visto, estaba en una posición muy enrevesada, pegada al derrame ocasionado por la herida de bala.
¿Podrás obtener alguna identificación con ella?
—Es un trámite muy largo, Jack. Si figura en el índice de huellas únicas tal vez, pero es como sacarse la lotería, y tú lo sabes. La palma la obtuve de la uña del dedo mayor del pie de la señora Leeds. Sirve solamente para comparar. Tendremos suerte si conseguimos seis puntos de ahí. Él asistente de SAC lo presenció y Lombard también. Es un escribano. Obtuve fotogra­fías in sitú. ¿Serán útiles?
¿ Y qué pasó con las impresiones eliminatorias de los emplea­dos de la funeraria?
Les  pinté  los dedos a Lombard y a todos sus alegres compinches, impresiones completas, así dijeran que la habían tocado o no. En los actuales momentos están cepillándose las manos e insultándome. Déjame volver a casa, Jack. Quiero estudiar todo esto en mi cuarto oscuro particular. Quién sabe qué es lo que puede tener el agua de aquí, ¿tal vez tortugas? Sólo Dios lo sabe.
»En una hora puedo tomar un avión rumbo a Washington y para esta tarde tendrás listas las impresiones.
Crawford reflexionó un instante. —Muy bien, Jimmy, pero aprieta el acelerador a fondo. Envía copias a las comisarías y oficinas del FBI de Atlanta y Birmingham.
—Dalo por hecho. Y ahora un último detalle que quiero aclarar contigo.
Crawford alzó la vista al cielo.
—No me digas que vas a fastidiarme con el bendito viático, ¿es eso verdad?
—Exacto.
—Mi querido Jimmy, en este día nada es demasiado para ti.
Graham miraba hacia afuera por la ventana mientras Crawford les explicaba lo de las impresiones digitales.
—Eso sí que es extraordinario —fue el único comentario de Springfield.
El rostro de Graham permanecía impasible; impenetrable como el de un condenado a cadena perpetua, pensó Springfield.
Se quedó observándolo hasta que traspuso la puerta.
La conferencia de prensa del comisionado de Seguridad Pública estaba tocando a su fin cuando Crawford y Graham salieron de la oficina de Springfield. Los reporteros se dirigían a los teléfonos; los de la televisión estaban realizando «injertos», parados solos frente a las cámaras formulando las mejores preguntas que habían oído durante la conferencia de prensa y extendiendo sus micrófonos hacia un interlocutor inexistente para obtener una respuesta que luego sería agregada extra­yéndola de las declaraciones del comisionado.
Crawford y Graham comenzaban a bajar la escalinata del frente cuando un hombre pequeño salió corriendo delante de ellos, giró sobre sus talones y les sacó una fotografía. Su cara apareció detrás de la cámara.
— ¡Will Graham! —exclamó—. ¿Se acuerda de mí... Freddy Lounds? Yo estaba a cargo del caso Lecter para el Tattler. Yo escribí las gacetillas.
—Lo recuerdo —dijo Graham sin interrumpir su paso por la escalinata mientras Lounds bajaba de costado un poco adelante de ellos dos.
—¿Cuándo lo llamaron, Will? ¿Qué ha averiguado?
—No pienso hablar con usted, Lounds.
—¿Existe algún punto de comparación entre este sujeto y Lecter? ¿Les hace...?
—    Lounds   —dijo  Graham en voz alta al mismo tiempo Crawford rápidamente se paró delante de él — . Lounds, usted escribe sólo mentiras asquerosas y el National Tattler es una mierda. No se me acerque.
Crawford tomó a Graham del brazo.
—Váyase, Lounds. Hágase humo. Vamos a desayunar, Will. Vamos, Will. —Dieron la vuelta a la esquina caminando rápida­mente.
Lo siento, Jack, pero no aguanto a ese miserable. Cuando yo estaba en el hospital se presentó y...
Lo sé -respondió Crawford — . Yo traté de engañarlo, pero no sirvió de mucho. —Crawford recordaba la fotografía publica­ da en el National Tattler al final del caso Lecter. Lounds entró en el cuarto del hospital mientras Graham dormía, levantó la sábana y tomó una fotografía de la colostomía provisoria que le habían realizado. El diario la reprodujo retocada con un recuadro negrocubriendo la ingle de Graham. El título decía: «Policía destri­pado».
La cafetería era limpia y luminosa. A Graham le temblaban las manos y derramó café en el plato.
Advirtió que el humo del cigarrillo de Crawford molestaba a una pareja instalada en el reservado junto al de ellos. La pareja comía en un péptico silencio y su enojo parecía flotar como el humo del cigarrillo.
Dos mujeres, aparentemente madre e hija, discutían en una mesa cerca de la puerta. Hablaban en voz baja y su enojo se reflejaba en sus caras. Graham podía sentir esa ira en sus caras y en sus cuellos.
Crawford protestaba porque a la mañana siguiente debería presentarse en Washington para testificar en un juicio. Tenía miedo de que eso lo retuviera varios días allí. Al encender otro cigarrillo inspeccionó a través de la llama las manos y el color de Graham.
—Atlanta y Birmingham pueden ocuparse de la verificación de las impresiones digitales de los maniáticos sexuales conocidos por ellos —anunció Crawford — . Y nosotros también. Price ha desenterrado ya anteriormente muestras únicas del archivo. Programará el FINDER con ellas, hemos adelantado mucho en ese terreno desde que te fuiste.
El FINDER lector y procesador automático de impresiones digitales del FBI podía reconocer la huella de un pulgar en una tarjeta de huellas dactiloscópicas de un caso no relacionado con ése.
—Esa huella y sus dientes lo individualizarán cuando lo encontremos —dijo Crawford —. Lo que debemos hacer es imaginar cómo puede ser. Tenemos que barrer una superficie muy amplia. Y ahora permíteme lo siguiente. Digamos que hemos detenido a un sospechoso con bastantes posibilidades. Tú entras y lo miras. ¿Qué es lo que tiene que no te llama la atención?
—No lo sé, Jack. Maldición, no tiene cara para mí. Podríamos pasar mucho tiempo buscando personas que hemos inventado. ¿Has hablado con Bloom?
—Anoche lo llamé por teléfono. Bloom duda de que se trate de un suicida y Heimlich piensa lo mismo. Bloom estuvo aquí sólo durante un par de horas el primer día, pero él y Heimlich tienen el legajo completo. Bloom está ocupado esta semana con mesas de examen de filosofía. Me dijo que te saludara. ¿Tienes su número de Chicago?
-Sí.
A Graham le gustaba el doctor Alan Bloom, un hombre pequeño y rechoncho con ojos tristes; era un buen psiquiatra forense, tal vez el mejor. Graham apreciaba el hecho de que el doctor Bloom nunca había demostrado interés profesional por él. No solía ser el caso de la mayoría de los psiquiatras.
—Bloom dice que no le sorprendería que tuviéramos noticias del Duende Dientudo. Podría escribirnos una nota —manifestó Crawford.
—En la pared de un dormitorio.
—Bloom piensa que puede estar desfigurado o creer que lo está. Me dijo que no le diera demasiada importancia a eso. «No pienso construir un hombre de paja para que lo persigan, Jack», fueron sus palabras. «Eso equivaldría a distraer la atención y desconcentrar el trabajo.» Me dijo que le habían enseñado a hablar así en la universidad.
—Tiene razón —acotó Graham.
—Debes poder decirme algo sobre ello, de lo contrario no habrías encontrado las huellas en la pared —insistió Crawford.
—Lo que había en esa maldita pared era una prueba, Jack. No es mérito mío. Oye, no esperes demasiado de mí, ¿entiendes?
—Oh, ya lo agarraremos. Lo sabes.
—Lo sé. Lo agarraremos de una u otra manera.
—¿Cuál es una?
—Encontraremos pruebas que hemos pasado por alto.
—¿Cuál es la otra?
—Lo repetirá, una y otra vez hasta que una noche haga demasiado ruido al entrar y el marido tenga tiempo de buscar un revólver.
—¿Ninguna otra posibilidad?
—¿Crees que voy a poder identificarlo en un cuarto abarrota­do de gente? No, estás pensando en Ezio Pinza, ésa es su especialidad. El Duende Dientudo no se detendrá hasta que tengamos un golpe de suerte o se nos encienda la lamparita. No se detendrá.
—¿Por qué?
—Porque le proporciona un verdadero placer.
—Ves, ya sabes algo sobre él —dijo Crawford.
Graham no volvió a hablar hasta que estuvieron en la vereda. —Espera hasta la próxima luna llena —le dijo a Crawford—. Y entonces dime cuánto sé sobre él.
Graham regresó al hotel y durmió durante dos horas y media. Se despertó al mediodía, se duchó y pidió un termo con café y un sandwich. Era tiempo ya de estudiar detenidamente el legajo de los Jacobi de Birmingham. Limpió los anteojos de leer con jabón del hotel y se instaló junto a la ventana con el legajo. Durante los primeros minutos levantó la vista con cada ruido, cada pisada que resonaba en el pasillo, el distante sonido de la puerta del ascensor. Pero luego lo único que existió para él fue el legajo.
El camarero que traía la bandeja golpeó a la puerta y esperó, golpeó y esperó. Finalmente dejó la bandeja con el almuerzo en el piso junto a la puerta y firmó él mismo la cuenta.






IV

Hoyt Lewis, encargado de leer los medidores de la compañía Eléctrica de Georgia, estacionó su camión bajo un gran árbol en el callejón, se recostó contra el respaldo y agarró la caja de su almuerzo. No era ya tan divertido abrir la caja porque él mismo era ahora el que la preparaba. No encontraba más notitas ni sorpresas.
Estaba por la mitad del sandwich cuando una voz fuerte resonó junto a su oído y le hizo dar un respingo.
—¿Supongo que este mes mi cuenta de electricidad debe llegar a los mil dólares, verdad?
Lewis se dio vuelta y vio junto a la ventana del camión la cara colorada de H. G. Parsons. Parsons estaba vestido con pantalo­nes cortos y llevaba en la mano una escoba de jardín.
—No entendí lo que dijo.
—Supongo que usted dirá que este mes gasté el equivalente a mil dólares en electricidad. ¿Me oyó ahora?
—No sé cuánto ha gastado porque todavía no he revisado su medidor, señor Parsons. Cuando lo revise lo anotaré aquí, en este papel.
Parsons estaba resentido por el monto de su cuenta. Se había quejado a la compañía diciendo que le cobraban de más.
—Mi consumo es siempre el mismo —dijo Parsons—. Pienso presentarme también a la Comisión de Servicios Públicos.
—¿Quiere acompañarme a leer el medidor? Vayamos ahora mismo y...
—Sé muy bien cómo se lee un medidor. Creo que usted también podría hacerlo si no le costara tanto.
   —Cállese un momento, Parsons —dijo Lewis bajando del camión—.
   Escúcheme un momento, maldición. El año pasado puso un imán en el medidor. Su esposa dijo que usted estaba en el hospital, por eso me limité a sacarlo y no dije una sola palabra. Este invierno cuando tiró adentro melaza hice un informe. Advertí que pagó cuando se le cobró por el daño.
»Su cuenta subió después que usted hizo todas esas instalacio­nes de cables. Se lo he repetido hasta el cansancio, debe existir una pérdida en la casa. ¿Pero acaso contrató algún electricista para averiguarlo? Por supuesto que no. En cambio llama a la oficina para quejarse de mí. Ya me tiene harto. — Lewis estaba pálido de ira.
—Llegaré hasta el fondo del asunto —dijo Parsons retrocedien­do por el camino hacia su jardín—. Lo están controlando, señor Lewis. Vi a alguien que revisaba su itinerario antes que usted lo hiciera —dijo del otro lado del cerco —. Dentro de poco va a tener que trabajar como cualquier hijo de vecino.
Lewis puso en marcha el camión y se alejó por el callejón. Tendría que buscar otro lugar donde terminar de almorzar. Lo sentía mucho. Ese árbol grande de amplia copa había sido durante años un buen sitio para hacerlo.
Quedaba justo detrás de la casa de Charles Leeds.
A las cinco y media de la tarde Hoyt Lewis se dirigió en su auto particular al Cloud Nine Lounge, donde bebió varios tragos para despejar su mente.
Cuando llamó por teléfono a su ex esposa todo lo que se le ocurrió decir fue:
—Ojalá siguieras preparando mi almuerzo.
—Deberías haberlo pensado antes, señor Avivado —respondió ella y enseguida colgó.
Jugó un aburrido partido de tejo con algunos empleados de la compañía de electricidad y examinó la concurrencia. Unos insoportables empleados de una línea aérea habían empezado a frecuentar el Cloud Nine. Todos usaban el mismo bigotito y un anillo en el dedo meñique. Dentro de poco tratarían de transfor­mar el Cloud Nine en un bar inglés con juego de dardos. No se podía contar ya con nada.
—Hola, Hoyt. Te juego un partido por una cerveza. —Era Billy Meeks, su supervisor.
—Oye, Billy, tengo que hablar contigo.
— ¿Qué ocurre?
¿ Conoces a ese desgraciado que se llama Parsons y que llama todo el tiempo a la compañía?
Llamó justamente la semana pasada —dijo Meeks —. ¿Qué pasa con él?
—Dijo que alguien estaba revisando los medidores de mi zona antes que yo lo hiciera. Como si alguien pensara que yo no cumplía con el recorrido. ¿Tú no piensas que yo hago la lectura desde mi casa, verdad?
-No.
¿Tú no piensas eso, no es así? Quiero decir que si figuro con letras coloradas en la lista de una persona, querría que me lo dijera directamente.
¿ Crees que si figuraras en colorado en mi lista tendría miedo de decírtelo a la cara?
-No.
—Pues bien. Si alguien estuviera controlando tu ruta yo estaría enterado. Tus superiores siempre están al tanto de una situación así. Nadie te vigila, Hoyt. No le lleves el apunte a Parsons, es viejo y peleador. La semana pasada me llamó para decirme: — ¡Felicitaciones por haber abierto el ojo con Hoyt Lewis! —No le presté atención.
—Ojalá le hubiéramos hecho sentir la ley con lo que hizo con su medidor. Acababa de detenerme en el callejón para almorzar bajo un árbol cuando se presentó a insultarme. Lo que le hace falta es una buena patada en el trasero.
—Yo solía detenerme allí también cuando tenía ese recorrido —dijo Meeks — . —Caray, recuerdo una vez que vi a la señora Leeds... bueno, no parece muy correcto hablar de eso ahora que ha muerto pero una o dos veces la vi tomando sol en traje de baño en su jardín. Uhhh. Tenía una pancita adorable. Fue una vergüenza lo que les ocurrió. Era una buena señora.
—    ¿Detuvieron ya a alguien?-No.
—    Qué lástima que eligiera a los Leeds teniendo a Parsons justoenfrente —comentó Lewis.
—Te diré una cosa, no le permito a mi mujer que se pasee por el jardín en traje de baño. «¿Grandísimo tonto, quién me va a ver?» me dice siempre. Pero yo le contesto que no se puede saber qué clase de degenerado puede saltar el cerco con la bragueta abierta. ¿Te interrogaron los policías? ¿Te preguntaron si habías visto a alguien?
   —Sí, creo que lo hicieron con todos los que tienen un recorrido habitual por aquí. Carteros, todos sin excepción. No obstante toda la semana pasada, hasta hoy, estuve trabajando en Laurel-wood, del otro lado de la avenida Betty Jane — Lewis rasgó la etiqueta de la cerveza. —Dices que Parsons te llamó la semana pasada?
—Así es.
—Pues entonces debe haber visto a alguien leyendo su medi­dor. No habría llamado entonces si recién hoy decidió molestar­me. Tú dices que no enviaste a nadie y por cierto que no fue a mí a quien vio.
—Puede haber sido alguien de la Southeaster Bell verificando cualquier cosa.
—Puede ser.
—Pero no obstante no compartimos los mismos postes allí.
—¿Te parece que debo avisar a la policía?
—No le haría mal a nadie —respondió Meeks.
—No, y tal vez le viniera bien a Parsons mantener una charla con los representantes de la ley. Se va a pegar el susto de su vida cuando los vea llegar.












V

Graham regresó a la casa de los Leeds a última hora de la tarde. Entró por la puerta principal y trató de no mirar los destrozos provocados por el asesino. Había visto legajos, el piso donde ocurrió el crimen y cadáveres, todas consecuencias poste­riores. Tenía bastante información sobre la forma en que habían muerto. Lo que ese día le preocupaba era saber cómo habían vivido.
Una inspección, entonces. En el garaje había una buena lancha para esquí, bastante usada y bien cuidada y una camioneta. Unos palos de golf y una motocicleta. Unas cuantas herramientas sofisticadas estaban casi sin usar. Juguetes de adulto.
Sacó un palo de la bolsa de golf y tuvo que sujetarlo con mucha fuerza para poder realizar un tembloroso swing. De la bolsa salió un fuerte olor a cuero cuando la apoyó nuevamente contra la pared. Las pertenencias de Charles Leeds.
Graham persiguió a Charles Leeds por toda la casa. Grabados de cacería colgaban en su escritorio. Su colección de Grandes Novelas estaba toda en un estante. Anuarios de Sewanee. H. Alien Smith, Perelman y Max Shulman en la biblioteca. Vonne-gut y Evelyn Waugh. Beat to Quarters, de C. S. Forrester, estaba abierto sobre una mesa.
En el armario había una escopeta de tiro al blanco, una máquina fotográfica Nikon, una fumadora y un proyector Bolex Super Eight.
Graham, que no poseía nada a excepción de su elemental equipo de pesca, un Volkswagen de tercera mano y dos cajas de Montrachet, experimentó una leve animosidad contra esos ju­guetes de adulto y se preguntó por qué.
¿Quién era Leeds? Un exitoso abogado especializado en impuestos, jugador de fútbol de Sewanee, un hombre alto y delgado a quien le gustaba reír, un hombre capaz de levantarse y luchar con el cuello seccionado.
Graham lo siguió por la casa impulsado por una extraña sensación de deber. Enterarse en primer lugar de cómo había sido él, era una forma de pedirle permiso para inspeccionar a su esposa.
Graham sentía, con absoluta seguridad, que era ella la que había atraído al monstruo.
La señora Leeds, entonces.
Tenía un pequeño cuarto de vestir en el primer piso. Graham se las arregló para llegar allí sin mirar hacia el dormitorio. Estaba pintado de amarillo y parecía intacto a excepción del espejo del tocador que estaba destrozado. Frente al armario había un par de mocasines que daban la impresión de que su dueña acababa de sacárselos. Un salto de cama había sido colgado apresuradamente de una percha y el armario mostraba el lige­ro desorden típico de una mujer que tiene muchos roperos que ordenar.
El diario de la señora Leeds estaba guardado en una caja de terciopelo de color violeta colocada sobre el tocador. La llave estaba sujeta a la tapa por una tela adhesiva junto con una tarjeta de control de la sección Pertenencias Particulares de la policía.
Graham se sentó en una silla alta y angosta y abrió el diario al azar:
Martes 23 de diciembre, en casa de mamá. Los chicos duermen todavía. No me gustó la idea de mamá de cerrar con vidrios el porche porque cambió totalmente el aspecto de la casa, pero la verdad es que ha resultado muy agradable y me permite estar sentada aquí y contemplar la nieve sin sentir frío. ¿Cuántas Navidades más podrá seguir teniendo su casa llena de nietos? Espero que muchas.
El viaje de ayer desde Atlanta resultó bastante cansador ya que nevó a partir de Raleigh. Hubo que andar a paso de tortuga. Yo estaba cansada de trabajar para que todos estuvieran listos. Cuando pasamos Chapel Hill, Charlie detuvo el auto y bajó. Buscó unos pedazos de hielo de una rama para prepararme un martini. Al verlo volver levantando las piernas bien en alto para no hundirse y con el pelo y las cejas cubiertas de nieve, sentí una oleada de amor. Fue como algo que se quiebra producien­do un ligero dolor, pero que al mismo tiempo nos brinda una cálida sensación. Espero que la chaqueta le quede bien. Me muero si me compró ese enorme y pesado anillo. Tengo ganas de darle una patada a Madelyn en su trasero lleno de celulitis por mostrar el suyo y hacerse la chiquilina. Cuatro brillantes ridículamente grandes que parecían hielo sucio. El sol entró por la ventana del auto y al chocar contra la arista de un trozo de hielo formó un pequeño prisma en el vidrio. Una mancha colorada y otra verde aparecieron en la mano con que sostenía el vaso. Podía sentir los colores en la palma.
Me preguntó qué quería que me regalara para Navidad y jun­tando las manos contra su oreja susurré: «Tu gran pene, tonto, hasta donde pueda llegar».
La parte calva de atrás de la cabeza se le enrojeció. Siempre tiene miedo de que los chicos puedan oír. Los hombres no confían en los susurros.

La página estaba salpicada por la ceniza del cigarro del detective. Graham leyó mientras que la luz se lo permitió, enterándose de la operación de amígdalas de la niña y del susto que se dio la señora Leeds durante el mes de junio al descubrir un pequeño bulto en su pecho. «Dios mío, los chicos son tan pequeños.»
Tres páginas después el bulto resultó ser un pequeño quiste benigno que fue fácilmente extirpado.

El doctor Janovich me dio de alta esta tarde. Salimos del hospital y fuimos hasta el lago. Hacía mucho que no íbamos allí. Nunca parece haber tiempo suficiente. Charlie tenía dos botellas de champagne en la conservadora de hielo, y las tomamos y les dimos de comer a los patos mientras se ponía el sol. Se quedó parado a la orilla del agua de espaldas a mí durante un buen rato, y me parece que lloró un poquito.
Susan dijo que tenía miedo de que volviéramos del hospital con otro hermanito. ¡Estamos en casa!

Graham oyó sonar el teléfono en el dormitorio. Un clic y el sonido de un contestador automático. «Hola, habla Valerie Leeds. Siento no poder atenderlo ahora, pero si deja su nom­bre y su número después de oír la señal, lo llamaré luego. Gracias.»
Graham creyó durante un instante que después de la señal oiría la voz de Crawford, pero lo único que escuchó fue el tono de marcar. La persona que había llamado decidió cortar.
Había oído su voz; ahora quería verla. Bajó al estudio.

Tenía en el bolsillo un rollo de una película Super Eight perteneciente a Charles Leeds. Tres semanas antes de su muerte, Leeds había dejado la película en una farmacia que luego las enviaba a revelar a otra parte. Jamás la retiró. La policía encon­tró el recibo en la billetera de Leeds y buscó la película en la far­macia. Los detectives la habían visto junto con otras fotos de la familia reveladas al mismo tiempo y no encontraron nada interesante.
Graham quería ver a los Leeds con vida. Los detectives le ofrecieron el proyector de la comisaría. Pero él quería verla en la casa. De mala gana le permitieron retirarla del depósito de Pertenencias Particulares.
Graham encontró la pantalla y el proyector dentro del armario del estudio, los instaló y se sentó en el gran sillón de cuero de Charles Leeds para mirar. Sintió algo pegajoso en el brazo del sillón debajo de la palma de su mano, la impronta pegajosa de los dedos de un niño mezclada con pelusas. La mano de Graham olía a caramelo.
Era una breve, simpática y silenciosa película familiar, más imaginativa que la generalidad. Se iniciaba con un perro, un Scotty gris, dormido sobre la alfombra del estudio. El perro se inquietó momentáneamente por la filmación y alzó la cabeza para mirar a la cámara. Luego siguió durmiendo. Un corte notorio con el perro todavía durmiendo. Enseguida, el perro paró las orejas. Se levantó y ladró y la cámara lo siguió hasta la cocina, donde corrió hacia la puerta y permaneció expectante, agitándose y moviendo su cola rabona.
Graham se mordió el labio inferior y esperó también. En la pantalla la puerta se abrió y entró la señora Leeds llevando una bolsa con comestibles. Pestañeó y rió sorprendida y se tocó el pelo alborotado con su mano libre. Sus labios se movieron mientras desaparecía de la pantalla y detrás de ella irrumpieron los niños llevando bolsas más chicas. La niña tenía seis años y los varones ocho y diez.
El menor de ellos, aparentemente un veterano de películas familiares, señaló sus orejas y comenzó a moverlas. La cámara estaba situada bastante alta. De acuerdo al informe del médico forense, Leeds medía un metro noventa.
Graham pensó que esta parte de la película debía haber sido filmada a principios de la primavera. Los chicos usaban imper­meables y la señora Leeds estaba pálida. En la morgue tenía un bronceado pronunciado y marcas de traje de baño.
Seguían escenas breves de los chicos jugando ping pong en el sótano y de Susan, la niña, envolviendo muy concentrada un regalo en su cuarto, tocándose con la lengua el labio superior y con un mechón de pelo caído sobre la frente. Se echó el pelo hacia atrás con su manita regordeta, tal como lo había hecho su madre en la cocina.
La escena siguiente mostraba a Susan en un baño de espuma, acurrucada como una ranita. Tenía puesto un gran gorro para ducha. El ángulo de la cámara era bajo y el foco borroso, evidentemente había sido obra de uno de sus hermanos. La escena terminaba cuando gritaba silenciosamente dirigiéndose a la cámara mientras el gorro se deslizaba sobre sus ojos y la niña se cubría su pecho infantil con la mano.
Para no ser menos, Leeds había sorprendido a su esposa en la ducha. La cortina de la ducha se agitaba y combaba, como lo hacen los telones antes de una representación infantil escolar. El brazo de la señora Leeds aparecía por la cortina. Sujetaba en la mano una gran esponja de baño. La escena se cerraba con la lente empañada por espuma de jabón.
La película terminaba con una toma de Norman Vincent Peale hablando por televisión y un enfoque de Charles Leeds roncando en el sillón en que estaba sentado en ese momento Graham.
Graham se quedó mirando el rectángulo vacío iluminado en la pantalla. Le gustaban los Leeds. Sentía haber ido a la morgue. Pensó que al maniático que los había visitado también debían haberle gustado. Pero con toda seguridad le gustarían mucho más como estaban ahora.
Graham sentía su cabeza embotada y atontada. Nadó en la piscina del hotel hasta que se le acalambraron las piernas y salió del agua pensando simultáneamente en dos cosas: en un martini Tanqueray y en el sabor de la boca de Molly.
Se preparó él mismo el martini en un vaso de plástico y llamó por teléfono a Molly.


—Hola estrellita.
-¡Hola, mi amor! ¿Dónde estás?
—En este maldito hotel de Atlanta.
—¿Has logrado algo bueno?
—Nada que valga la pena. Me siento solo.
-Yo también.
—Con ganas de hacer el amor.
-Yo también.
—    Cuéntame de ti.
—Bueno, hoy tuve una agarrada con la señora Holper. Quería devolver un vestido con una gran mancha de whisky en el trasero. Quiero decir que evidentemente lo había usado para lo de Jaycee.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que no se lo había vendido en ese estado.
-¿Y qué dijo ella?
—Dijo que antes no había tenido nunca problemas con devolución de vestidos, que por eso mismo los compraba en mi tienda en lugar de hacerlo en otras que conocía.
—¿Y entonces tu qué le dijiste?
—Oh, le dije que estaba molesta porque Will habla como un tonto por teléfono.
—Comprendo.
—Willy está bien. Está tapando unos huevos de tortuga que desenterraron los perros. Cuéntame qué haces tú.
—Leo informes. Como comida infame.
—Y supongo que estás pensando bastante.
—Así es.
—¿Puedo ayudarte?
—No tengo ninguna pista, Molly. No hay información sufi­ciente. Bueno, hay bastante información, pero no he terminado con ella.
—¿Te quedarás un tiempo en Atlanta? No es para presionarte para que vuelvas sino solamente por saber.
—No lo sé. Me quedaré unos cuantos días más. Te extraño.
-¿Quieres que conversemos sobre hacer el amor?
—Creo que no podría soportarlo. Pienso que será mejor no hacerlo.
-¿Hacer qué?
—    Conversar sobre hacer el amor.
—Muy bien. ¿No te importa si yo pienso en ello, verdad? —En absoluto.


—Tenemos otro perro.
—    ¡Dios mío!
—Parece un cruce entre un Basset y un pekinés.
—Precioso.
—Tiene unos testículos enormes.
—Olvídate de los testículos.
—Casi tocan el suelo. Tiene que encogerlos cuando corre.
—No puede hacer eso.
—Sí que puede. Tú no sabes.
—Es claro que sé.
—¿Puedes encoger los tuyos?
—    Pensé que a eso estábamos por llegar.-¿Y bien?
—Si quieres saberlo, una vez lo hice. —¿Cuándo?
—En mi juventud. Tenía que pasar con gran apuro un alambre de púas.
¿Por qué?
Llevaba un melón que no había sido cultivado por mí.—¿Estabas escapando? ¿De quién?
—Un criador de cerdos que conocía. Alertado por los perros salió corriendo de la casa en calzoncillos esgrimiendo una escopeta de caza. Afortunadamente tropezó con una planta de frijoles y pude sacarle ventaja.
—¿Te disparó?
—Así lo creí en ese momento. Pero la salva que escuché bien pudo haber provenido de mi traste. Nunca estuve seguro.
—    ¿Pudiste saltar el cerco?—Sin problemas.
—Una mente criminal, y a esa edad.
—Yo no tengo mente criminal.
—Por supuesto que no. Estoy considerando si pintar o no la cocina. ¿Qué color te gustaría? ¿Will? ¿Qué color te gustaría? ¿Estás allí?
—Sí, eh... amarillo. Pintémosla de color amarillo.
—El amarillo es un mal color para mí. Voy a quedar verde a la hora del desayuno.
—Entonces azul.
—Es un color frío.
—Bueno caramba, por lo que me importa puedes pintarla color caca de bebé... No, espera, probablemente regrese dentro de poco tiempo y entonces iremos juntos al almacén de pinturas y haremos unas muestras y demás, ¿ te parece bien ? Y tal vez unas manijas nuevas.
—Sí, compremos manijas. No sé por qué estoy hablando de estas cosas. Oye, te quiero y te extraño y tú estás haciendo lo correcto. Así te cuesta, también, y bien que lo sé. Estoy aquí y lo estaré cuando sea que vuelvas o me encontraré contigo en cualquier parte cuando quieras. Eso es.
— Querida Molly. Querida Molly. Ve a acostarte ahora.
—Muy bien.
—Buenas noches.
Graham se acostó con las manos detrás de la cabeza y repasó mentalmente sus comidas con Molly. Cangrejo y Sancerre y la brisa salada mezclada con el vino.
Pero tenía la desgracia de desmenuzar las conversaciones y fue lo que comenzó a hacer. Se había enojado con ella por ese tonto comentario sobre su «mente criminal». Qué estupidez.
Graham encontraba que el interés de Molly por él era en gran parte inexplicable.
Llamó al departamento de policía y le dejó dicho a Springfield que quería empezar a trabajar con los detalles por la mañana. No había nada más que hacer.
La ginebra lo ayudó a dormir.






VI

Finas hojas de papel con copias de todas las llamadas relacionadas con el caso Leeds eran depositadas sobre el escrito­rio de Buddy Springfield. Había sesenta y tres cuando Springfield llegó el martes a las siete de la mañana. La de arriba tenía una marca de lápiz rojo.
Decía que la policía de Birmingham había encontrado un gato enterrado en una caja de zapatos detrás del garaje de los Jacobi. El gato tenía una flor entre sus patas y estaba envuelto en un paño de cocina. El nombre del animal estaba escrito sobre la tapa por una mano infantil. No tenía collar. Un cordel atado con un nudo flojo sujetaba la tapa. El informe del médico de Birmingham especificaba que el gato había sido estrangulado. Lo habían afeitado y no habían encontrado ninguna herida cortante.
Springfield golpeó la patilla de los anteojos contra sus dientes.
Habían encontrado tierra suelta y cavado con una pala. No fue necesaria ninguna sonda de metano. No obstante, Graham había acertado. El jefe de detectives se lamió el pulgar y procedió a repasar el resto de la pila de notas. La mayoría eran denuncias de vehículos sospechosos en la zona durante la última semana, descripciones vagas indicando solamente el tipo y color del vehículo. Cuatro llamadas telefónicas anónimas dirigidas a resi­dentes de Atlanta anunciándoles: «Les voy a hacer lo mismo que les pasó a los Leeds».
La denuncia de Hoyt Lewis estaba en la mitad de la pila.
Springfield llamó al jefe de los encargados de la guardia nocturna.
—¿Qué me dice del informe del que lee el medidor de ese Parsons? Número cuarenta y ocho.
—Anoche tratamos de hablar con el jefe de la compañía, señor, para averiguar si tienen asignado a alguien a esa calle —dijo el jefe de guardia—. Esta mañana deben contestarnos.
—Ocúpese de que alguien llame allí inmediatamente —ordenó Springfield—. Averigüe en Saneamiento, hable con las autorida­des municipales, investigue permisos de construcción en ese callejón y alcánceme en mi auto.
Marcó el número de Will Graham.
— ¿Will? Lo espero en la puerta de su hotel dentro de diez minutos para dar una pequeña vuelta.
Springfield estacionó su auto en el fondo del callejón a las 7.45. Caminó junto con Graham por las huellas dejadas por el auto en el camino de grava. El sol se hacía sentir a pesar de la temprana hora.
—Necesita un sombrero —dijo Springfield, que tenía un elegante sombrero de paja echado sobre los ojos.
El cerco en forma de eslabones de la parte de atrás de la propiedad de los Leeds estaba cubierto de enredaderas. Se detuvieron junto al medidor de luz instalado en un poste.
—Si vino por aquí, pudo ver perfectamente toda la parte posterior de la casa —acotó Springfield.
En sólo cinco días la propiedad de los Leeds había adquirido un aspecto descuidado. El pasto estaba desparejo, unos cuantos yerbajos habían empezado a crecer. Pequeñas ramitas habían caído sobre el césped. Graham sintió deseos de recogerlas. La casa parecía dormida, las largas sombras matutinas de los árboles producían rayas y manchas sobre las persianas del porche. Parado junto a Springfield en la pequeña calle, Graham podía verse mirando por la ventana de atrás y abriendo la puerta del porche. Por extraño que parezca, su reconstrucción de la entrada del asesino parecía borrársele de la mente en ese momento, bajo la intensa luz del sol. Observó cómo se movía débilmente por la brisa un columpio infantil.
—Ese parece ser Parsons —manifestó Springfield.
H. G. Parsons se había levantado temprano y estaba trabajan­do en un cantero de flores de la parte de atrás de su jardín, a dos casas de distancia. Springfield y Graham se dirigieron hacia la entrada de atrás de la casa de Parsons y se detuvieron junto a sus cubos de basura. Las tapas estaban sujetas al cerco por una cadena.
Springfield midió la altura del medidor de luz con una cinta métrica.
Tenía datos sobre todos los vecinos de los Leeds. Los de Parsons decían que se había jubilado prematuramente de la oficina de Correos a pedido de su jefe. Este había notificado que Parsons «se comportaba cada vez más distraídamente».
Las notas de Springfield incluían también cierto chismorreo. Los vecinos decían que la esposa de Parsons pasaba el mayor tiempo posible en casa de su hermana en Macón y que su hijo ya no lo llamaba más.
—    Señor Parsons, señor Parsons —llamó Springfield.Parsons apoyó el rastrillo contra la casa y se aproximó al cerco.
Calzaba sandalias y calcetines blancos. La tierra y el pasto habían manchado la punta de sus medias. Su cara estaba sonrosada y resplandeciente.
«Arteriosclerosis», pensó Graham. «Ha tomado la píldora».
-¿Sí?
—¿Podríamos hablar un minuto con usted, señor Parsons? Confiamos en que pueda ayudarnos —dijo Springfield.
—    ¿Son ustedes de la compañía de electricidad?
—No, soy Buddy Springfield, del departamento de policía. —Entonces es sobre el crimen. Mi esposa y yo estábamos en Macón, como se lo expliqué al oficial...
—    Lo sé, señor Parsons. Queríamos preguntarle respecto a sumedidor de luz. Usted...
—Si ese... inspector de medidores dijo que yo había hecho algo incorrecto, el solo...
—No, no. Señor Parsons, ¿vio usted a algún forastero revisan­do su medidor la semana pasada?
-No.
—¿Está seguro? Me parece que le dijo a Hoyt Lewis que alguien había revisado su medidor antes que él.
—Lo dije. Y ya era tiempo. No pienso abandonar este asunto y la comisión de Servicios Públicos recibirá un informe com­pleto.
—Sí, señor. Y estoy seguro que lo tendrán en cuenta. ¿A quién vio revisando su medidor de luz?
—No era un forastero, era alguien de la compañía Georgia.
—¿Cómo lo sabe?
—Bueno, porque parecía un empleado de los que revisan medidores.
—    ¿Cómo estaba vestido?
—Como visten todos, supongo. Déjeme pensar. Un uniforme marrón y una gorra.
—¿Pudo verle la cara?
—No lo recuerdo. Estaba mirando por la ventana de la cocina cuando lo vi. Quise hablar con él, pero tenía que ponerme mi bata, y cuando salí ya se había ido.
—¿Tenía algún camión?
—No recuerdo haber visto ninguno. ¿Qué ocurre? ¿Por qué lo quiere saber?
—Estamos verificando todas las personas que estuvieron en este barrio durante la semana pasada. Es realmente muy impor­tante, señor Parsons. Trate de recordar, por favor.
—De modo que es por el crimen. ¿Todavía no han detenido a nadie, verdad?
-No.
—Anoche estuve observando la calle y transcurrieron quince minutos sin que pasara ni un patrullero. ¡Qué horrible lo que les pasó a los Leeds! Mi esposa quedó tan impresionada... Me pregunto quién comprará la casa. El otro día vi a unos negros que estaban mirándola. Usted sabe que varias veces tuve que hablar con Leeds por sus chicos, pero eran buena gente. Por supuesto que nunca quiso hacer nada de lo que le sugerí con su césped. El Departamento de Agricultura tiene unos panfletos excelentes sobre el control de pastos malos. Finalmente me limité a ponerlos en su buzón. Sinceramente, cuando Leeds cortaba el pasto el olor a ceborrincha era sofocante.
—Señor Parsons, ¿cuándo vio exactamente a este sujeto en la callejuela? —preguntó Springfield.
—No estoy seguro, estoy tratando de pensar.
—¿Recuerda la hora del día? ¿Mañana? ¿Mediodía? ¿Tarde?
—Conozco las horas del día, no necesita recordármelas. A la tarde, quizá. No lo recuerdo.
Springfield se refregó la nuca.
—Discúlpeme, señor Parsons, pero tengo que aclarar bien todo esto. ¿Podríamos pasar a su cocina y así usted nos muestra dónde estaba cuando lo vio?
—Permítanme ver sus credenciales. Ambos.
En la casa todo era silencio, superficies lustrosas y olor a encierro. Limpia. Limpia. El orden desesperante de una pareja que envejece y ve que sus vidas comienzan a borronearse.
Graham deseó haberse quedado afuera. Estaba seguro que en los cajones había cubiertos de plata con manchas de huevo entre los dientes de los tenedores.
«Basta ya y exprimamos al viejo idiota.»
La ventana que estaba sobre el fregadero de la cocina tenía una buena vista sobre la parte de atrás del jardín.
—Ahí tienen. ¿Están satisfechos? —preguntó Parsons—. Se puede ver allí afuera desde aquí. Nunca hablé con él, no me acuerdo qué aspecto tenía. Si eso es todo, tengo mucho que hacer.
Graham habló por primera vez.
—Usted dijo que entró para buscar su bata y que cuando volvió a salir ya se había marchado. ¿No estaba usted vestido entonces?
-No.
— ¿En la mitad de la tarde? ¿No se sentía bien, señor Parsons?
—Lo que hago en mi casa me incumbe solamente a mí. Puedo vestirme de canguro aquí si se me da la gana. ¿Por qué no están buscando al asesino? Probablemente porque aquí está bien fresco.
—Tengo entendido que usted está jubilado, señor Parsons, por lo tanto no tiene importancia si se viste o no todos los días. ¿Hay muchos días en los que no se viste, verdad?
Las venas de las sienes de Parsons se hincharon.
—Porque sea un jubilado no quiere decir que no me vista ni trabaje todos los días. Simplemente tenía mucho calor y entré para darme una ducha. Estaba trabajando. Estaba abonando y esa tarde había terminado mi tarea diaria, que es más de lo que harán ustedes hoy.
—¿Qué estaba haciendo?
—Abonando.
—¿Qué día abonó?
—Viernes. El viernes pasado. Lo entregaron durante la ma­ñana, una buena cantidad y... a la tarde, ya lo había desparra­mado todo. Puede preguntarle al Carden Center cuánta canti­dad era.
—Y sintió mucho calor y entró a darse una ducha. ¿Qué hacía en la cocina?
—Prepararme un vaso de té helado.
—¿ Y sacó hielo ? Pero la nevera está allí, apartada de la ventana.
Parsons miró a la ventana y luego a la nevera, perdido y confundido. Sus ojos estaban inexpresivos, como los de un pescado en el mercado al final del día. De repente se iluminaron con una expresión triunfal. Se acercó al armario que estaba junto al fregadero.
—Estaba justo aquí, sacando una bebida cuando lo vi. Eso es. Eso es todo. Bien y si han terminado ya de espiar...
—Creo que vio a Hoyt Lewis —dijo Graham. —Yo también —acotó Springfield.
—No era Hoyt Lewis. No era. —Parsons tenía los ojos húmedos.
¿Cómo lo sabe? —preguntó Springfield — . Puede haber sido Hoyt Lewis y usted creyó simplemente...
Lewis está tostado por el sol. Tiene pelo grasiento y unas patillas de pobre gato. —La voz de Parsons había subido de tono y hablaba tan rápido que resultaba difícil entender lo que decía.—Por eso lo supe. Por supuesto que no era Lewis. El tipo era más pálido y tenía pelo rubio. Se dio vuelta para escribir en su pizarra y pude ver bajo la parte de atrás de su sombrero. Rubio. Con un corte recto en la nuca.
Springfield permaneció totalmente inmóvil y cuando habló su voz reflejó todavía cierto escepticismo. —¿Qué me dice de la cara? —No lo sé. Podría haber tenido bigote.
—    ¿Como Lewis?—Lewis no tiene bigote.
—Oh —dijo Springfield. ¿El medidor quedaba a la altura de sus ojos? ¿O tuvo que levantar la cabeza?
—Creo que al nivel de sus ojos.
—¿Lo reconocería si volviera a verlo?
-No.
—¿Qué edad tendría?
—No era viejo. No lo sé.
—¿Vio al perro de los Leeds cerca de él?
-No.
—Oiga, Parsons, reconozco que estuve equivocado -dijo Springfield—. Usted ha sido una gran ayuda para nosotros. Si no le importa, enviaré a nuestro artista y si usted le permite sentarse aquí mismo en la mesa de su cocina, tal vez podría darle una idea del aspecto de ese sujeto. Con toda seguridad no era Lewis.
—No quiero que mi nombre aparezca en ningún diario.
—No aparecerá.
Parsons los acompañó afuera.
—Ha hecho un trabajo maravilloso en este jardín, señor Parsons —dijo Springfield—. Debería ganar algún premio.
Parsons no respondió. Tenía la cara congestionada y preocu­pada y los ojos húmedos. Se quedó parado mirándolos indigna­do, vestido con sus pantalones conos arrugados y sus sandalias. Cuando salieron del jardín buscó el rastrillo y comenzó a desbrozar furiosamente la tierra, golpeando ciegamente entre las flores, desparramando abono sobre el pasto.
Springfield verificó con la radio de su auto. Ninguna de las compañías eléctricas de la ciudad podía dar razón del hombre en el callejón el día anterior a los crímenes. Springfield suminis­tró la descripción brindada por Parsons y transmitió instruccio­nes para el dibujante.
—Díganle que dibuje en primer lugar el poste y el medidor. Sólo después y con mucho tacto utilizará la descripción del testigo.
—A nuestro dibujante no le gusta mucho hacer visitas adomi­cilio —le dijo a Graham el jefe de los detectives mientras conducía su Ford en medio del tráfico — . Le gusta que lo vean trabajar las secretarias, con el testigo parado primero sobre un pie y luego sobre el otro, mirando por encima de su hombro. Una comisaría es un lugar bastante inhóspito para interrogar a una persona a la que no se quiere asustar. No bien tengamos el retrato lo exhibiremos en todo el barrio, puerta por puerta.
»Tengo la sensación de que acabamos de obtener un ligero indicio, Will. Mínimo, pero algo, ¿no le parece? Le preparamos el terreno a ese pobre diablo y pisó el palito. Ahora hagamos algo con lo que hemos logrado.
— Si el hombre del callejón es el que buscamos, es la mejor noticia que he tenido hasta ahora —replicó Graham. Estaba harto de sí mismo.
—Exacto. Significa que no es una persona que actúa según lo que siente en el momento. Tiene un plan. Sabe con uno o dos días de anticipación adonde va a ir. Tiene una especie de estructura. Ubicar el lugar, matar al animal favorito de la familia y luego a la familia. ¿Qué maldita clase de idea es ésa? —Springfield hizo una pausa. —¿Eso es más bien su especialidad, verdad?
—En erecto. De corresponderle a alguien, creo que me con­cierne a mí.
—Sé que ha visto antes esta clase de cosas. No le gustó nada el otro día que le preguntara sobre Lecter, pero necesito hablar con usted de él.
—Muy bien.
—¿En total mató a nueve personas, verdad?
—Sabemos que a nueve. Otros dos no murieron.
—¿Qué pasó con ellos?
—Uno está en una cámara de oxígeno en un hospital de Baltimore. El otro en una clínica psiquiátrica particular en Denver.
—¿Por qué razón lo hizo, en qué consistía su locura?
Graham miró por la ventanilla del auto a las personas que circulaban por la acera. Su voz adquirió un tono anodino, como si estuviera dictando una carta.
—    Lo hizo porque le gustaba. Y sigue gustándole. El doctor Lecter no está loco, no como se piensa generalmente que debe ser un loco. Hizo algunas cosas espantosas porque disfrutaba con ello. Pero puede funcionar perfectamente bien si le da la gana.
—    ¿Cómo lo catalogaron los psicólogos, cuál es su tara?—Dicen que es un sociópata porque no saben cómo llamarlo.
Posee algunas de las características de los que ellos llaman sociópatas. No tiene ninguna clase de remordimiento ni sensa­ción de culpa. Y tiene el primer y peor síntoma, notable sadismo con los animales durante su infancia.
Springfield refunfuñó.
—Pero no posee las otras características —agregó Graham—. No era un vago, ni tenía ninguna clase de antecedentes por violar la ley. No era superficial ni aprovechador en cosas pequeñas, como lo son la mayoría de los sociópatas. No es insensible. No saben cómo llamarlo. Sus electroencefalogramas denotan ciertas anormalidades, pero no han podido sacar mucho en limpio de ellas.
—¿Cómo lo llamaría usted? —inquirió Springfield.
Graham titubeó.
—Nada más que para usted, ¿cómo lo llamaría?
—Es un monstruo. Lo considero como uno de esos seres horribles que nacen de tanto en tanto en los hospitales. Los alimentan y los mantienen abrigados, pero no los ponen en las máquinas y entonces mueren. Mentalmente, Lecter es como ellos, sólo que parece normal y nadie lo advierte.
—Un par de amigos míos que trabajan con el jefe son de Baltimore. Les pregunté cómo descubrió usted a Lecter. Me dijeron que no lo sabían. ¿Cómo lo hizo? ¿Cuál fue el primer indicio, la primera sensación que tuvo?
—Fue una coincidencia —respondió Graham—. La sexta vícti­ma fue muerta en su propio taller. Tenía herramientas para trabajar madera y guardaba allí sus implementos de caza. Lo habían atado a una percha de la pared de la que colgaban las herramientas y estaba realmente destrozado, cortado y acuchillado y tenía flechas clavadas. Las heridas me recordaban algo. Pero no podía saber qué.
—Y tuvo que esperar hasta los próximos.
—Sí. Lecter estaba muy excitado; los tres siguientes fueron asesinados en el transcurso de una semana. Pero el sexto en cuestión tenía dos viejas heridas en el muslo. El patólogo investigó en el hospital local y descubrió que había caído de su escondite en un árbol mientras cazaba con su arco y se había clavado una flecha en la pierna.
»E1 médico de guardia era un cirujano residente, pero Lecter lo había tratado antes ya que estaba en la sala de emergencias. Su nombre figuraba en el cuaderno de admisiones. Había transcu­rrido mucho tiempo desde el accidente, pero pensé que tal vez Lecter recordaría si la herida de flecha había tenido algo sospe­choso, por eso fui a verlo a su oficina. En ese momento teníamos que agarrarnos de cualquier cosa.
»Estaba practicando psiquiatría en aquel entonces. Tenía una linda oficina. Con antigüedades. Dijo que no recordaba mucho de la herida, que lo había llevado al hospital uno de los cazadores compañeros de él y eso era todo.
»Pero no obstante había algo que no me satisfacía. Creo que fue algo que me dijo Lecter o algo que vi en su despacho. Crawford y yo lo repasamos todo minuciosamente. Verificamos los archivos. Lecter no tenía prontuario. Quería poder revisar a solas su oficina, pero no conseguimos una autorización del juez. No teníamos nada que mostrar. Y entonces decidí volver a verlo.
»Era un domingo, atendía a sus pacientes también en domin­go. El edificio estaba vacío a excepción de unas pocas personas en su sala de espera. Me hizo entrar enseguida. Conversábamos y él se esforzaba amablemente en ayudarme cuando levanté la vista y vi unos antiquísimos libros de medicina sobre el estante que estaba sobre su cabeza. Y supe que era él.
»Quizá la expresión de mi rostro había cambiado cuando lo miré nuevamente, no lo sé. Yo sabía y él sabía que yo lo sabía. No obstante todavía no conseguía descubrir el motivo. No confiaba. Tenía que averiguarlo. Por lo tanto musité algo y salí al hall de entrada. Allí había un teléfono público. No quería alertarlo hasta tener alguna ayuda. Estaba hablando con el conmutador de la policía cuando salió de una puerta de servicio a espaldas de mí y sin zapatos. Nunca lo oí acercarse. Sentí sólo su aliento y entonces... bueno, entonces ocurrió todo el resto.
—¿Pero cómo logró saberlo?
—    Creo que sólo al cabo de una semana mientras estaba en el hospital. Era el Hombre Herido, una ilustración que figuraba en la mayoría de esos viejos libros de medicina como los que tenía Lecter. Se muestran diferentes clases de heridas de batalla en una sola figura. Lo había visto durante un curso de estudio que dictaba  un patólogo en la Universidad de Washington.  Laposición de la sexta víctima y sus lesiones eran una réplica idéntica del Hombre Herido.
—     ¿Hombre Herido, dice usted? ¿Eso era todo lo que tenía?—Pues, sí. Fue una coincidencia que lo hubiera visto. Un golpe de suerte.
—Vaya suerte.
—    ¿Si no me cree, para qué mierda me lo preguntó?
—No oí lo que acaba de decir.
—Me alegro. No quise decirlo. Pero así fue como ocurrió. —Bien —acotó Springfield —. Bien. Gracias por contármelo. Necesito saber esa clase de cosas.
La descripción de Parsons del hombre del callejón y la información del gato y el perro eran posibles indicaciones de los métodos empleados por el criminal: parecía factible que hubiera explorado la zona como lector de medidores de luz y se sintiera compelido a herir a los animales mimados de las familias antes de matar a sus miembros.
El problema inmediato al que debía enfrentarse la policía era si debía o no hacer pública esa teoría.
Si el público estaba al tanto de las señales de peligro y se mantenía alerta, la policía podría prever con antelación el próximo ataque del criminal, pero posiblemente el asesino también escuchaba las noticias.
Podría cambiar sus hábitos.
En el departamento de policía primaba la impresión de que los principales indicios deberían mantenerse en secreto a excepción de un boletín especial dedicado a veterinarios y refugios para animales en todo el sudeste, solicitando información inmediata en casos de mutilaciones, de animales de una familia.
Eso significaba no brindar al público la mejor advertencia. Era un problema moral y la policía no lo veía con buenos ojos.
Consultaron con el doctor Alan Bloom de Chicago. El doctor Bloom dijo que si el asesino leía una advertencia en los diarios, probablemente cambiaría su táctica de exploración previa al ataque. Sin embargo, dudaba que el sujeto dejara de herir a los animalitos, indiferente al nesgo que eso suponía. El psiquiatra le recomendó a la policía que no dieran por hecho, bajo ningún concepto, que contaban con veinticinco días para trabajar, el lapso hasta la próxima luna llena del 25 de agosto.
El 31 de julio por la mañana, tres horas después que Parsons diera su descripción, se tomó una decisión durante una conversa­ción telefónica entre la policía de Birmingham y Atlanta y Crawford desde Washington: enviarían un boletín privado a los veterinarios, recorrerían durante tres días el vecindario con el dibujo y luego pasarían la información a los medios de comuni­cación.
Durante esos tres días, Graham y los detectives de Atlanta recorrieron las calles mostrando los dibujos a los ocupantes de las casas situadas en el vecindario del hogar de los Leeds. El dibujo era un leve esbozo de una cara, pero esperaban encontrar alguien que contribuyera a completarlo.
Los bordes del ejemplar de Graham se ajaron por el sudor de sus manos. A menudo le resultaba difícil conseguir que los dueños de casa accedieran a abrirles la puerta. Por la noche permanecía en su cuarto, acostado, suavizando con talco el sarpullido provocado por el calor, mientras su mente daba vueltas en torno al problema. Estimulaba la sensación que precede a una idea. Pero ésta no se presentaba.
Mientras tanto, en Atlanta hubo cuatro heridos accidentales y uno fatal debido a dueños de casa que dispararon a parientes que regresaban a altas horas de la noche. Aumentaron las denuncias acerca de merodeadores e inútiles datos se amontona­ban sobre los escritorios del departamento de policía. La deses­peranza cundió como una epidemia de gripe.
Crawford regresó desde Washington al finalizar el tercer día y se presentó en el cuarto de Graham mientras éste estaba sentado quitándose las medias húmedas.
—¿Mucho trabajo?
—Dedícate a mostrar uno de los dibujos de puerta en puerta y lo verás —respondió Graham.
—No, esta noche saldrá todo en los noticieros. ¿Caminaste todo el día?
—No puedo entrar en los jardines con mi auto.
—Nunca pensé que se pudiera sacar algo en limpio con esta investigación —acotó Crawford.
—Bien, ¿qué pretendías entonces que hiciera?
—Todo lo que te fuera posible, eso es todo —dijo Crawford poniéndose de pie para marcharse—. El trabajo rutinario ha sido para mí similar a un narcótico, especialmente después que dejé de beber. Creo que lo mismo te ocurre a ti.
Graham estaba enfadado. Crawford tenía razón, por su­puesto.
Graham era flemático por naturaleza y lo sabía. Hacía mucho tiempo, cuando estaba en el colegio lo había compensado con velocidad. Pero ya habían pasado sus años de escuela.
Había algo más que podía hacer y hacía varios días que lo sabía. Podía esperar hasta verse impelido a hacerlo con desespe­ración los días anteriores a la próxima luna llena. O podría hacerlo ahora, cuando sería todavía de alguna utilidad.
Quería tener una opinión. Un punto de vista muy extraño que necesitaba compartir; un enfoque que debía recobrar al cabo de esos apacibles años en los cayos.
Las razones parecían restallar como los engranajes de una montaña rusa. Sin darse cuenta de que se agarraba el vientre, Graham dijo en voz alta:
—Tengo que ver a Lecter.






VII

El doctor Frederick Chilton, jefe de personal del hospital estatal de Chesapeake para criminales insanos, dio la vuelta a su escritorio para estrechar la mano de Will Graham.
—    El doctor Bloom me llamó ayer, señor Graham... ¿o debo llamarlo doctor Graham?
—No soy médico.
—Fue un placer hablar con el doctor Bloom, hace años que nos conocemos. Siéntese ahí, por favor.
Agradecemos su ayuda, doctor Chilton.
Para serle franco, hay veces en que me siento más bien el secretario que el custodio de Lecter —dijo Chilton—. La nutrida correspondencia que recibe es de por sí una molestia. Creo que entre ciertos investigadores se considera de buen tono cartearse con él —he visto sus cartas enmarcadas en algunos departamentos de psicología— y durante un tiempo parecía que cada futurocandidato al doctorado en filosofía quería entrevistarlo. Por supuesto que estoy encantado de cooperar con usted y con el doctor Bloom.
—Necesito ver al doctor Lecter lo más privadamente posible —dijo Graham — . Tal vez precise verlo nuevamente o hablar por teléfono después de la entrevista de hoy.
Chilton asintió.
—En primer lugar, el doctor Lecter permanecerá en su cuarto. Es absolutamente el único lugar en que puede estar suelto. Una de las paredes del cuarto es una reja doble que da al pasillo. Haré instalar una silla allí y mamparas, si así lo desea.
»Debo pedirle que no le pase ninguna clase de objetos, a excepción de papeles, y siempre y cuando no tengan ganchos o broches. Nada de argollas, lápices o bolígrafos. El tiene sus marcadores propios.
—Tendré que mostrarle cierto material que tal vez lo excite —manifestó Graham.
—Muéstrele lo que le dé la gana, siempre y cuando sea en un papel suave. Pásele los documentos a través de la bandeja corrediza para la comida. No le alcance nada entre las rejas y no acepte nada que le alcance él a través de éstas. Que le devuelva los papeles por la bandeja de la comida. Insisto en ello. El doctor Bloom y el señor Crawford me aseguraron que usted cooperaría en la forma de tratar con él.
—Lo haré —respondió Graham poniéndose de pie.
—Sé que está ansioso por seguir adelante, señor Graham, pero antes quiero decirle algo. Esto le interesará.
»Tal vez parezca redundante prevenirle a usted, de todas las personas, sobre Lecter. Pero es que a veces parece por encima de cualquier sospecha. El primer año que pasó aquí se comportó perfectamente bien y dio la impresión de cooperar con los intentos de terapia. Como consecuencia —y esto ocurrió con el administrador anterior— se aflojó ligeramente la estricta segun­dad que lo rodeaba.
»La tarde del 8 de julio de 1976 se quejó de un dolor en el pecho. Se le quitaron las ataduras para que fuera más fácil hacerle un electrocardiograma. Uno de sus asistentes salió del cuarto para fumar y el otro se dio vuelta durante un segundo. La enfermera fue muy rápida y fuerte. Consiguió salvar uno de sus ojos.
«Quizás esto le parezca curioso. — Chilton sacó de un cajón una muestra de un electrocardiograma y lo desenrolló sobre la mesa. Siguió la línea zigzagueante con su índice—. Mire, aquí está descansando sobre la camilla. Setenta y dos pulsaciones. Aquí agarra a la enfermera de la cabeza y la agacha hacia él. Aquí es donde lo sujeta el asistente. A propósito, no ofreció ninguna resistencia a pesar de que el enfermero le dislocó el hombro. ¿Advierte qué es lo extraño? Su pulso no subió nunca a más de ochenta y cinco. Aun mientras le tironeaba de la lengua a la enfermera.
Chilton no pudo advertir nada en el rostro de Graham. Se recostó contra el respaldo de su silla y juntó los dedos bajo el mentón. Sus manos estaban secas y relucientes.
—Usted sabe que cuando Lecter fue capturado pensamos que podía brindarnos una especial oportunidad para estudiar un sociópata puro —dijo Chilton—. Es muy difícil conseguir uno vivo. Lecter es tan lúcido, tan perceptivo... tiene conocimientos de psiquiatría... y es un asesino múltiple. Parecía que iba a cooperar y pensamos que podía ser una ventana abierta a esta clase de aberración. Creímos que podría ser como Beaumont estudiando la digestión por la abertura del estómago de San Martín.
«Finalmente, no creo que estemos en mejores condiciones de estudiarlo ahora que el día en que entró aquí. ¿Ha hablado alguna vez con Lecter durante un rato?
—No. Lo vi solamente cuando... cuando más lo vi fue durante el juicio. El doctor Bloom me mostró artículos escritos por él y publicados en revistas —dijo Graham.
—Parece conocerlo mucho a usted. Sé que ha pensado mucho en usted.
—    ¿Tuvo alguna sesión con él?
—Sí. Doce. Es impenetrable. Demasiado sofisticado para que los tests reflejen algo. Edwards, Fabré, inclusive el propio doctor Bloom hizo un intento. Conservo sus notas. Fue también un enigma para ellos. Es imposible por supuesto saber qué es lo que no manifiesta o si comprende más de lo que dice. Desde su confinación escribió unos magníficos artículos para el American Journal of Psychiatry y The General Archives. Pero siempre se refieren a problemas que no son los que él tiene. Creo que terne que si «lo resolvemos» nadie se va a interesar más por él y va a permanecer en una celda ignota por el resto de sus días.
Chilton hizo una pausa. Había utilizado su visión periférica para observar a su interlocutor durante entrevistas. Pensaba que podría observar así a Graham sin que se percatara.
—El consenso aquí es que la única persona que ha demostrado algún entendimiento práctico de Hannibal Lecter es usted, señor Graham. ¿Puede decirme algo sobre él?
-No.
—Ciertos miembros del personal sienten curiosidad por lo siguiente: cuando usted vio los crímenes del doctor Lecter, su «estilo», por llamarlo de algún modo, ¿pudo usted tal vez reconstruir sus fantasías? ¿Y le ayudó eso a identificarlo?
Graham no respondió.
—    Lamentablemente estamos muy escasos de material en ese aspecto.               Hay  un  solo  artículo  en  el Journal of Abnormal Psychology. ¿Le importaría conversar con algunos miembros del personal ? — no, no, esta vez no — el doctor Bloom fue muy severo conmigo al respecto. Tenemos que dejarlo tranquilo. La próxima vez, quizás.
El doctor Chilton estaba familiarizado con la hostilidad. Y en ese momento tenía una muestra bien evidente.
Graham se puso de pie.
-Gracias, doctor. Quiero ver a Lecter ahora.
La puerta de acero de la sección de seguridad máxima se cerró detrás de Graham. Oyó el ruido de la cerradura que se corría.
Graham sabía que Lecter dormía la mayor parte de la mañana. Miró al fondo del corredor. Desde ese ángulo no podía ver el interior de la celda de Lecter, pero pudo advertir que no había mucha luz.
Graham quería ver dormido al doctor Lecter. Necesitaba tiempo para juntar fuerzas. Si llegaba a sentir en su cabeza la locura de Lecter tendría que reprimirla rápidamente antes de que lo desbordara.
Para disimular el ruido de sus pisadas caminó detrás de un guardia que empujaba un carrito con ropa de cama. Es muy difícil engañar al doctor Lecter.
Graham se detuvo a mitad de camino. Barras de acero cubrían totalmente el frente de la celda. Detrás de las rejas, a más de un brazo de distancia, había una gruesa red de nylon que iba del techo hasta el piso y de pared a pared. Graham pudo ver a través de la reja una mesa y una silla clavadas en el piso. La mesa estaba cubierta por una pila de libros en rústica y numerosa correspon­dencia. Se acercó a los barrotes, apoyó sus manos sobre ellos y enseguida las retiró.
El doctor Hannibal Lecter dormía en un catre, su cabeza sobre una almohada apoyada contra la pared. Le Grand Dictionnaire de Cuisine de Alejandro Dumas estaba abierto sobre su pecho.
Graham había estado mirando por las rejas no más de cinco segundos cuando Lecter abrió los ojos y dijo:
—Es la misma espantosa loción para después de afeitarse que usó durante el juicio.
—Me la mandan de regalo para Navidad.
La luz se reflejaba en pequeñas manchas rojizas en los ojos marrones del doctor Lecter. Graham sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. Se pasó la mano por ella.
—Navidad, por supuesto —acotó Lecter—. ¿Recibió mi tarjeta?
— La recibí. Gracias.
El laboratorio criminológico del FBI en Washington le había enviado a Graham la tarjeta de Navidad del doctor Lecter. Graham la llevó al patio de atrás de su casa, la quemó y se lavó las manos antes de tocar a Molly.
Lecter se levantó y se acercó a la mesa. Era un hombre pequeño y delgado. Muy prolijo.
—¿ Por qué no se sienta, Will ? Creo que por allí hay un armario donde guardan unas sillas plegables. Por lo menos de ahí parece provenir el ruido.
—El guardia me traerá una.
Lecter permaneció de pie hasta que Graham se sentó en el pasillo.
—¿Cómo está el oficial Stewart?
—Muy bien. —El oficial Stewart había abandonado su trabajo con las fuerzas de la ley después de haber inspeccionado el sótano de Lecter. Actualmente administraba un motel. Graham se abstuvo de mencionarlo. No creía que a Stewart le gustara recibir ninguna clase de correspondencia de Lecter.
—Qué pena que sus problemas emotivos fueran más fuertes que él. Yo pensaba que podía convertirse en un agente muy competente. ¿Will, tiene usted a veces problemas?
-No.
—Por supuesto.
Graham tenía la impresión de que Lecter estaba atravesándole el cráneo con su mirada. Su atención le producía la sensación de tener una mosca caminando adentro.
—Me alegra que haya venido. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Tres años? Mis visitantes son todos profesionales. Clínicos psiquiatras comunes y afanosos y mediocres doctores en psi­cología de oscuras universidades de nadie sabe dónde. Chupa­tintas tratando de proteger sus puestos con artículos en los diarios.
—El doctor Bloom me mostró su artículo sobre manía quirúr­gica en The Journal of Clinical Psychiatry.
-¿Y?
—Muy interesante, aún para un lego.
—Un lego... lego, lego. Interesante palabra —dijo Lecter—. Tantos sabihondos dando vueltas por ahí. Tantos expertos, subvencionados por el gobierno. Y usted dice que es un lego.
Pero usted fue el que me atrapó, ¿verdad, Will? ¿Sabe usted cómo lo hizo?
—Estoy seguro que leyó la transcripción. Todo figura allí.
—No, no es así. ¿Sabe usted cómo lo hizo, Will?
—Figura en la transcripción. ¿Qué importancia tiene ahora?
—A  no me importa, Will.
—Quiero que me ayude, doctor Lecter.
Lo suponía.
Referente a Atlanta y a Birmingham.-Sí.
—Estoy seguro que debe haberlo leído.
—Leí los diarios. No puedo recortarlos. Por supuesto que no me permiten tener tijeras. Sabe usted, a veces me amenazan con quitarme los libros. No querría que ellos pensaran que estoy lucubrando algo morboso. —Lanzó una carcajada. El doctor Lecter tiene dientes blancos y pequeños. —¿Usted quiere saber cómo los elige, no es así?
—Se me ocurrió que podría tener algunas ideas. Le pido que me las transmita.
—¿Y por qué debería hacerlo?
Graham había anticipado la pregunta. Una razón para detener a asesinos múltiples no se le ocurriría así como así al doctor Lecter.
—Hay cosas que usted no tiene —manifestó Graham—. Mate­rial de investigación, inclusive secuencias de películas. Hablaría con el jefe de personal.
—Chilton. Debe de haberlo visto cuando entró. Horrible, ¿no le parece? Dígame la verdad, ¿no encuentra que escudriña en nuestra mente con la misma habilidad de un adolescente tratando de quitarle la faja a una muchacha? Lo observó por el rabillo del ojo. Se dio cuenta ¿verdad? Tal vez no pueda creerlo, pero trató de hacerme a mí un test de apercepción temática. Estaba sentado allí, igual que el gato de Cheshire, esperando ver aparecer un Mf 13. Ja. Disculpe, olvidé que usted no pertenece a esta feligresía. Es una tarjeta con una mujer en cama y un hombre parado en primer plano. Se suponía que yo debía evitar una interpretación sexual. Me reí. Se enojó y les dijo a todos que yo había evitado ir a la cárcel por un síndrome de Ganser —no importa, es muy aburrido.
—Tendría acceso a la cinemateca de la Asociación Americana de Medicina.
—No creo que pudiera conseguirme las cosas que quiero.
—Haga la prueba.
—Ya tengo bastante para leer con todo esto.
—Podría ver el archivo de este caso. Y hay otra razón.
—Diga, por favor.
—Creo que debe tener curiosidad por saber si es usted más vivo que la persona a la que busco.
—Y entonces, por implicancia, piensa que es usted más vivo que yo, ya que me atrapó.
—No. Sé que no soy más vivo que usted.
—    ¿Y entonces cómo hizo para capturarme, Will?—Usted tenía desventajas.
—¿Qué desventajas? —Pasión. Y es insano.
—    Está muy bronceado, Will.Graham no contestó.
—    Sus manos están ásperas. No parecen ya las manos de un policía. Esa loción para después de afeitarse parece elegida por un niño. ¿Tiene un barquito en la etiqueta, verdad? —El doctor Lecter rara vez mantiene la cabeza derecha. La inclina hacia un lado cuando formula una pregunta, como si quisiera atornillar su curiosidad en nuestra mejilla. Otra pausa y luego Lecter dijo:—No piense que puede persuadirme recurriendo a mi vanidadintelectual.
—No creo poder persuadirlo. Lo hará o no lo hará. De todas formas, el doctor Bloom está trabajando en eso y es el mejor...
—    ¿Tiene ahí el legajo?-Sí.
—¿Y fotografías?
-Sí.
—Déjeme verlas y lo reconsideraré.
-No.
—    ¿Sueña usted mucho, Will?—Adiós, doctor Lecter.
—Todavía no me amenazó con quitarme los libros.
Graham comenzó a caminar.
—Déjeme ver el legajo, entonces. Le diré lo que pienso.
Graham tuvo que apretar bien el abultado legajo para que cupiera en la bandeja de la comida. Lecter lo hizo deslizarse hacia él.
—Hay un resumen arriba de todo. Puede leerlo ahora —dijo Graham.
—    ¿Le importa si lo leo en privado? Déme una hora.
Graham esperó en un sofá tapizado en plástico en un macabro salón. Varios guardias entraron para tomar café. No les dirigió la palabra. Miraba fijamente los pequeños objetos que había en el cuarto alegrándose de que se mantuvieran inmóviles en su visión. Tuvo que ir dos veces al baño. Estaba como insensible.
La llave giró permitiéndole ingresar nuevamente a la sección de segundad máxima.
Lecter estaba sentado a su mesa; los ojos velados por sus pensamientos. Graham sabía que había pasado la mayor parte del tiempo con las fotografías.
—Es un muchacho muy tímido, Will. Me encantaría conocer­lo... ¿Ha considerado usted la posibilidad de que esté desfigu­rado?
—    Los espejos.
—Sí. Advierta que rompió todos los espejos de las casas, pero no fue únicamente para obtener los pedazos que necesitaba. No clava los trozos sólo para herir. Están colocados de forma que él pueda verse. En los ojos —la señora Jacobi y... ¿Cómo se llamaba la otra?
La señora Leeds.
Eso es.
—Muy interesante —dijo Graham.
—No es «interesante». Usted había pensado ya en eso.
—    Lo había considerado.
—Vino acá solamente para mirarme. Para aspirar otra vez el viejo aroma, ¿no es verdad? ¿Por qué no se huele a usted mismo?
—    Quiero su opinión.
—No tengo ninguna en este momento.
Cuando la tenga me gustaría oírla.
¿Puedo guardarme el legajo?
No lo he decidido todavía —respondió Graham.
¿Por  qué  no  hay  descripciones  de  los  terrenos?  Aquí tenemos  vistas  de  los  frentes  de  las  casas,  de  las plantas, diagramas de los cuartos donde tuvieron lugar las muertes y poca mención del terreno. ¿Cómo eran los jardines?
—Jardines amplios en la parte posterior, con cercos, algunos con arbustos. ¿Por qué?
—    Porque,  mi  querido  Will,  si  este candidato siente una atracción especial por la luna, tal vez le guste salir al exterior para mirarla. Antes de asearse, comprende. ¿Alguna vez ha visto sangre a la luz de la luna, Will? Parece casi negra. Por supuesto que conserva su brillo característico. Si llegado el caso, uno estuviera desnudo, sería mejor gozar de cierta privacidad para esos menesteres. Debe demostrarse cierta consideración con los vecinos, ¿hmmmmm?
¿Usted piensa que el lugar es un factor que tiene en cuenta al elegir sus víctimas?
Oh,  sí.   Habrá  más  víctimas, por supuesto.  Permítame guardar el legajo Will. Lo estudiaré. Y si tiene más agregados me gustaría echarles un vistazo,  también. En las raras ocasiones en que mi abogado me llama me alcanzan un teléfono. Antes me comunicaban por el conmutador, pero como puede suponer,
todo el mundo escuchaba la conversación. ¿Podría darme el 
número de teléfono de su casa?
-No.
—    ¿Sabe por qué me atrapó, Will?
—Adiós, doctor Lecter. Puede dejarme cualquier mensaje en el número que figura en el legajo. — Graham se alejó.
—    ¿Sabe por qué me atrapó?
Graham estaba ya fuera del alcance de la vista de Lecter y aceleró su marcha en dirección a la distante puerta de acero.
—    La razón por la que pudo atraparme es porque ambos somosiguales —fue lo último que oyó Graham al cerrarse la puertametálica a su paso.
Estaba insensible a excepción del temor de perder esa insensi­bilidad. Caminaba con la cabeza gacha, sin hablar con nadie y sentía las pulsaciones de su sangre como un hueco batir de alas. Le pareció muy corta la distancia hasta el exterior. Ese era simplemente un edificio; había solamente cinco puertas entre Lecter y la calle. Tenía la absurda sensación de que Lecter había salido junto con él. Se detuvo al trasponer la puerta de entrada y echó un vistazo alrededor para asegurarse de que estaba solo.
Desde un auto estacionado del otro lado de la calle, con el gran angular apoyado sobre una ventanilla, Freddy Lounds obtuvo una buena instantánea de Graham parado en el umbral, sobre el cual y escritas en la piedra podían leerse las palabras: «Hospital Estatal de Chesapeake para Criminales Insanos».
El resultado, publicado en el National Tattler, mostraba la foto recortada de la cabeza de Graham y las dos últimas palabras talladas en la piedra.






VIII

El doctor Hannibal Lecter permaneció recostado en su catre con las luces de la celda apagadas después que se fue Graham. Transcurrieron varias horas.
Durante un rato se limitó a las sensaciones táctiles; la trama de la funda de la almohada contra sus manos enlazadas detrás de la cabeza, la suave membrana que cubría su mejilla.
Luego fue el turno de los olores y permitió a su mente jugar con ellos. Algunos eran reales pero otros no. Habían puesto Clorox en el baño; semen. Estaban comiendo ají picante en el hall; uniformes empapados en transpiración. Graham no había querido darle el número de su teléfono particular; el olor amargo y verde de yerbajos recién cortados. Lecter se incorporó. El hombre podría haberse mostrado educado. Sus pensamientos tenían el olor a metal caliente de un reloj eléctrico.
Lecter pestañeó vanas veces y sus cejas se arquearon. Encen­dió las luces y le escribió una nota a Chilton pidiéndole un teléfono para llamar a su abogado.
De acuerdo con la ley, Lecter tenía derecho a hablar en privado con su abogado y no había abusado de ese privilegio. Como Chilton no le permitía trasladarse hacia donde estaba el teléfono, tenían que alcanzárselo hasta donde estaba él.
Se lo llevaron dos guardias, que desenrollaron un largo cable desde la toma que había junto al escritorio de ellos. Uno de los guardias tenía las llaves. El otro esgrimía una lata de Mace, un aerosol que provocaba intenso ardor en los ojos.
—Vaya al fondo de su celda, doctor Lecter. Mirando a la pared. Si se da vuelta o se acerca a las rejas antes de oír el ruido de la cerradura le arrojaré Mace a la cara. ¿Entendido?
—    Por supuesto —dijo Lecter—. Muchas gracias por traer elteléfono.
Tenía que pasar la mano por la red de nylon para marcar. Informaciones de Chicago le suministró el número del Departa­mento de Psiquiatría de la Universidad de Chicago el de la oficina del doctor Alan Bloom. Marcó el número del conmuta­dor del departamento de psiquiatría.
—    Estoy tratando de comunicarme con el doctor Alan Bloom.—No  tengo  seguridad  de  que  haya  venido  hoy pero le
comunicaré.
—Un momento, se supone que conozco el nombre de su secretaria y lamento tener que confesar que lo he olvidado.
—    Linda King. Un momento por favor.—Gracias.
El teléfono sonó ocho veces antes de que contestaran.
—Oficina de Linda King.
—¿Linda?
—Linda no viene los sábados.
El doctor Lecter había especulado con eso.
—Tal vez usted pueda ayudarme, si no le es molesto. Soy Bob Greer de la compañía editora Blaine y Edwards. El doctor Bloom me pidió que le enviara un ejemplar del libro de Overholser, El Psiquiatra y la Ley a Will Graham, y Linda debía darme su dirección y teléfono, pero no lo hizo.
—Yo soy solamente una ayudante, ella vuelve el lu...
—Tengo que alcanzar el Expreso Federal en cinco minutos y no me gusta molestar al doctor Bloom en su casa ya que él le ordenó a Linda que me lo enviara y no quiero meterla en un lío. Debe estar ahí en su Rolodex o como se llame. Le estaré eternamente agradecido si me lo dice.
—No tiene un Rolodex.
—¿No será una agenda común?
-Sí.
—Sea buena, búsqueme el número de ese tipo y no le haré perder más tiempo.
—¿Cómo dijo que se llamaba?
—    Graham. Will Graham.
—Muy bien, el teléfono de su casa es 305 JL-7002. —Se supone que tengo que enviárselo a su casa. —No figura la dirección de su casa.
—    ¿Qué dirección da?
—Oficina Federal de Investigaciones, Diez y Pennsylvania,
Washington, D.C. Oh, y casilla de Correo 3680, Marathón, Florida.
-Perfecto, es un ángel.
—No faltaba más.
Lecter se sentía mucho mejor. Se le ocurrió que en alguna oportunidad podría sorprender a Graham con una llamada, o, si ese tipo no era capaz de mostrar un poco más de amabilidad, le pediría a una de esas firmas que abastecen a los hospitales que le enviaran por correo a Graham una bolsa para colostomía en recuerdo de viejos tiempos.






IX

A más de mil setecientos kilómetros hacia el sudoeste, en la cafetería del Laboratorio de Películas Gateway en St. Louis, Francis Dolarhyde esperaba que le sirvieran una hamburguesa. Las entradas que se ofrecían en el mostrador no presentaban buen aspecto. Se paró junto a la caja y bebió un sorbo de café de la taza de papel.
Una muchacha pelirroja vestida con un delantal de laboratorio entró a la cafetería y estudió la máquina de caramelos. Miró varias veces a Francis Dolarhyde que estaba de espaldas a ella y frunció los labios. Finalmente se acercó a él y le preguntó:
—¿Señor D.?
Dolarhyde se dio la vuelta. Usaba siempre gafas protectoras rojas fuera del cuarto oscuro. Ella fijó la vista en el puente de las gafas.
—¿Le importaría sentarse un momento conmigo? Tengo algo que decirle.
—¿Qué tiene que decirme, Eileen?
—Que realmente lo siento muchísimo. Que sencillamente Bob estaba borracho y como usted bien lo sabe, haciéndose el payaso. No fue esa su intención. Siéntese conmigo, por favor. Aunque sólo sea un minuto.
—Bien. —Dolarhyde jamás decía «sí» porque tenía algunas dificultades con la «s».
Se sentaron. Ella retorcía nerviosamente una servilleta con sus manos.
—Todos estábamos divirtiéndonos mucho en la fiesta y nos alegramos de que viniera —dijo ella-. Nos alegramos de veras y nos sorprendimos también. Usted sabe cómo es Bob, imita permanentemente las voces de la gente, debería actuar en la radio. Imitó dos o tres tonadas, con chistes y demás, puede hablar exactamente igual a un negro. Cuando imitó esa otra voz no lo hizo para molestarlo a usted. Estaba demasiado borracho como para darse cuenta de quiénes estaban presentes.
—Todo el mundo reía y de repente nadie... rió. —Dolarhyde no decía nunca «más», por la «s».
—Entonces fue cuando Bob se dio cuenta de lo que había hecho.
—Pero continuó.
— Lo sé —dijo ella tratando de mirar de la servilleta a las antiparras sin demorarse demasiado—. Y se lo hice notar. Dijo que no tenía mala intención, que comprendió que ya no había forma de dar marcha atrás y entonces prefirió seguir con la broma. Usted vio cómo se sonrojó.
—Me propuso realizar un dúo con él.
—Lo abrazó y trató de tomarlo del brazo. Quería que usted también lo tomara como una broma, señor D.
—Lo tomé como una broma, Eileen.
—Bob está desesperado.
—Bueno, no quiero que esté desesperado. No lo quiero. Dígaselo de mi parte. Y que aquí no hará ninguna diferencia. Dios mío, con la habilidad de Bob yo haría bro... haría una broma a continuación de otra —Dolarhyde evitaba en lo posible los plurales — . Bueno, no pasará mucho antes de volver a reunir-nos y entonces verá cómo me siento.
—Bien, señor D. Usted sabe que debajo de todas esas bromas Bob es realmente un tipo muy sensible.
—Estoy seguro. Cariñoso, imagino —la voz de Dolarhyde estaba ahogada por su mano. Cuando estaba sentado apoyaba siempre el nudillo de su índice bajo la nariz.
—¿Cómo dijo?
—Creo que usted es buena para él, Eileen.
—Yo también lo creo, de veras. Bebe solamente los fines de semana. No bien empieza a relajarse su esposa lo llama por teléfono. Me hace caras mientras hablo con ella, pero me doy cuenta que luego se queda molesto. Una mujer puede darse cuenta de esas cosas — Palmeó a Dolarhyde en la muñeca y a pesar de las antiparras advirtió que el toque se había registrado en sus ojos — . No se preocupe, señor D. Me alegro de haber tenido esta charla.
—Yo también, Eileen.
Dolarhyde la contempló mientras se alejaba. Tenía una marca de succión en la parte posterior de la rodilla. Pensó, acertada­mente, que Eileen no sentía aprecio por él. En honor a la verdad, nadie lo apreciaba.
El espacioso cuarto oscuro estaba fresco y olía a productos químicos. Francis Dolarhyde inspeccionó el revelador del tan­que A. Cientos de metros de películas familiares de todo el país habían pasado por el secador. Muchas veces durante el día levantaba muestras de películas y las examinaba, secuencia tras secuencia. El silencio reinaba en la habitación. Dolarhyde no fomentaba la conversación entre sus ayudantes y se comunicaba generalmente por gestos.
Cuando terminó el turno de la tarde quedó solo en el cuarto oscuro, para revelar, secar y ensamblar algunas películas de su propiedad.
Dolarhyde llegó a su casa alrededor de las diez de la noche. Vivía solo en una gran casa que le habían dejado sus abuelos. Se alzaba al final de un camino de grava que atravesaba un huerto de manzanos al norte de Saint Charles, Missouri, del otro lado del río Missouri, frente a St. Louis. El propietario del huerto se había ausentado y nadie lo cuidaba. Árboles secos y retorcidos se erguían entre otros florecientes. Ahora, a fines de julio, el aire del huerto estaba saturado con el olor a manzanas podridas. Durante el día se llenaba de abejas. El vecino más cercano estaba a diez cuadras.
Dolarhyde realizaba siempre una inspección de la casa cuando regresaba del trabajo; unos años antes hubo un frustrado intento de robo. Encendió las luces de cada cuarto y echó un vistazo. Una visita no pensaría que vivía solo. La ropa de sus abuelos colgaba todavía en los roperos, los cepillos de su abuela con cabellos entre las cerdas estaban aún sobre la cómoda. Sus dientes descansaban en un vaso sobre la mesa de noche. Hacía tiempo ya que se había evaporado el agua. Diez años habían transcurrido desde la muerte de su abuela.
(El director de la funeraria le había preguntado: «¿No le importaría señor Dolarhyde traerme los dientes de su abuela?» El contestó: «Cierre no más el cajón».)
Contento de estar solo en la casa, Dolarhyde subió al primer piso, se dio una prolongada ducha y se lavó el pelo.
   Se vistió con un kimono de un material sintético con una textura como la de la seda y se acostó en la angosta cama en el cuarto que había ocupado desde su niñez. El secador de pelo de su abuela tenía una gorra de plástico y una manguera. Se puso la gorra y mientras se secaba el pelo hojeó una revista de modas. El odio y la bestialidad en algunas fotografías era notable.
Comenzó a sentirse excitado. Giró la pantalla metálica de su lámpara de lectura hasta hacerla iluminar una lámina que colgaba de la pared frente a los pies de la cama. Era El Gran Dragón Rojo y la Mujer Revestida del Sol, de William Blake.
El cuadro le impresionó mucho la primera vez que lo vio. Nunca había visto antes nada que representara gráficamente sus pensamientos. Tenía la impresión de que Blake hubiera espiado en su oreja y descubierto así el Dragón Rojo. Durante varias semanas Dolarhyde tuvo la preocupación de que sus pensamien­tos refulgieran en sus orejas y fueran visibles en la oscuridad del cuarto de trabajo y velaran las películas. Se colocó tapones de algodón en las orejas. Pero temiendo que el algodón fuera demasiado inflamable probó con lana de acero. Como eso los hizo sangrar, finalmente cortó pequeños trozos de tela de amianto de una tabla de planchar y formó con ellos unas bolitas que podía calzar en las orejas.
El Dragón Rojo era todo lo que había tenido durante mucho tiempo. Pero ya no era todo. Sintió los comienzos de una erección. Hubiera querido disfrutarla lentamente, pero no podía esperar más. Dolarhyde corrió los pesados cortinados de la sala de la planta baja. Instaló el proyector y la pantalla. A pesar de las protestas de su abuela, su abuelo había llevado al living un sillón de respaldo reclinable (ella colocó una carpetita de encaje donde apoyaba la cabeza). A Dolarhyde le gustaba el sillón, era muy cómodo. Enroscó una toalla en el apoyabrazos.
Apagó las luces. Así, recostado en ese cuarto oscuro, podía sentirse en cualquier parte. La luz del lecho estaba provista de una pantalla giratoria que producía manchas multicolores que trepaban por las paredes y el piso y parecían rozarle la piel. Podría haber estado acostado sobre el asiento de una nave espacial, en una burbuja de vidrio entre las estrellas. Cuando cerró los ojos pensó que sentía las manchas de luz que se movían sobre él y al abrirlos, se convertían, en las luces de una ciudad situada arriba o abajo de él. Ya no había más arriba o abajo. La pantalla giraba más rápido a medida que se calentaba y las manchas se arremolinaban alrededor de él, pasando sobre los muebles en haces angulosos y cayendo como una lluvia de meteoros sobre las paredes. Podría ser un corneta atravesando la Nebulosa del Cangrejo.
Pero un lugar estaba protegido de la luz. Había colocado junto a la máquina un pedazo de cartón que proyectaba una sombra sobre la pantalla.
Alguna vez, en el futuro, fumaría primero para intensificar el efecto, pero en esta oportunidad no era necesario.
Oprimió el botón que ponía en funcionamiento el proyector. Un rectángulo blanco apareció en la pantalla, un rayado grisáceo al comenzar a pasar la película sobre la lente y enseguida el perrito gris paró las orejas y corrió hacia la puerta de la cocina, temblando y agitando su pequeña cola. Un corte y el perro corría junto al cordón de la vereda, dándose vuelta para tirar mordiscos hacia un costado.
Ahora entraba a la cocina la señora Leeds trayendo los paquetes con las compras. Reía y se tocaba el pelo. Los chicos salían detrás de ella.
Un corte nuevamente y una toma mal iluminada del dormito­rio de Dolarhyde en el piso de arriba. Está parado desnudo frente al grabado de El Gran Dragón Rojo y la Mujer Revestida del Sol. Tiene puestos «anteojos de combate», esos anteojos de plástico que se sujetan alrededor de la cabeza y que usan los jugadores de hockey. Tiene una erección que ayuda con su mano.
La imagen sale ligeramente de foco al acercarse Dolarhyde a la cámara con movimientos estilizados, estirando la mano para corregir el foco e invadiendo totalmente el marco de la película con la cara. La película tiembla y súbitamente enfoca un primer plano de su boca, su desfigurado labio superior fruncido, la lengua asomando entre los dientes, un ojo en blanco todavía en la imagen. La boca cubre la pantalla, los labios retorcidos dejan ver sus dientes mellados y la oscuridad al introducir la lente en su boca.
Los inconvenientes de la parte que seguía eran evidentes.
Una secuencia movida y borrosa con una luz fuerte se convirtió en una cama y en el acuchillamiento de Charles Leeds; la incorporación de su esposa, cubriéndose los ojos con una mano, dándose vuelta hacia su marido y poniendo las manos sobre él, rodando hacia el costado de la cama con las piernas enredadas en las sábanas, tratando de levantarse. La cámara enfocó de repente el techo, sacudiéndose y provocando unas rayas similares a las de un pentagrama, para luego estabilizarse y presentar una toma de la señora Leeds acostada nuevamente, con una mancha oscura que se agrandaba en su camisón y Leeds llevándose las manos al cuello y con los ojos desorbitados. La pantalla quedó a oscuras durante cinco segundos y luego se oyó el leve sonido de un empalme.
La cámara estaba ahora inmóvil, sobre un trípode. Todos habían muerto ya y estaban ubicados en distintos lugares. Dos chicos sentados contra la pared que miraba hacia la cama, otro en el rincón enfrentando a la cámara. El señor y la señora Leeds en la cama, cubiertos con las sábanas. El señor Leeds apoyado contra la cabecera, la soga que lo sujetaba por el pecho semioculta por las sábanas y la cabeza inclinada hacia un costado.
Dolarhyde hizo su aparición en la película desde la izquierda, con movimientos estilizados como los de un bailarín balines. Salpicado de sangre y desnudo a excepción de las gafas y los guantes, haciendo morisquetas y saltando sobre los muertos. Se acercó al costado más alejado de la cama, donde estaba la señora Leeds, agarró la punta de la sábana, la sacó de un tirón y permaneció en una pose como si acabara de realizar una verónica.
Una fina capa de sudor cubría en ese momento a Dolarhyde mientras miraba la película, sentado en el living de sus abuelos. Sacaba constantemente la lengua gruesa, humedeciendo la relu­ciente cicatriz de su labio superior, mientras gemía y se estimu­laba.
A pesar de haber alcanzado en ese momento la cúspide de su placer, no pudo evitar cierto disgusto al advertir que en la escena siguiente perdía toda gracia y elegancia en sus movimientos, al agitar la cabeza como un cerdo, apuntando distraídamente el trasero a la cámara. No había pausas sobrecogedoras, ningún sentido del ritmo, solamente un frenesí brutal.
De todas formas, era maravilloso. Observar la película le resultaba maravilloso. Pero no tanto como los actos en sí.
Dolarhyde sintió que la película tenía dos defectos principales: el primero que no registraba las muertes del matrimonio Leeds y el segundo, que su actuación al final no era muy buena. Era como si perdiera todos sus atributos. Por cierto que el Dragón Rojo no lo haría así.
Bueno, debía filmar muchas películas más y esperaba que con la experiencia podría mantener cierto nivel estético, aun en los momentos más íntimos.
Tenía que vencer. Se trataba de la obra de su vida, de algo magnífico. Viviría para siempre.
Tendría que hacerlo pronto. Seleccionar a sus compañeros de reparto. Ya había copiado varios filmes de salidas familiares durante el 4 de julio. El final del verano siempre traía aparejado un gran movimiento en la planta de revelado, al recibirse todas las películas filmadas durante las vacaciones. El día de Acción de Gracias suministraría otra buena tanda.
A diario recibía envíos familiares por correo.




X

El avión de Washington a Birmingham estaba medio vacío. Graham eligió un asiento junto a la ventanilla que tenía desocupado el de al lado.
Rechazó un sandwich algo seco que le ofreció la azafata y apoyó el legajo de los Jacobi sobre el soporte para la bandeja. Había anotado al principio las similitudes entre los Jacobi y los Leeds.
Ambas parejas estaban al final de la treintena, ambas tenían hijos, dos varones y una mujer. Edward Jacobi tenía otro hijo de un matrimonio anterior, que estaba en el colegio cuando fue asesinada su familia.
En ambos casos, los dos padres poseían títulos universitarios, y ambas familias vivían en casas de dos plantas en agradables suburbios. Tanto la señora Jacobi como la señora Leeds eran mujeres bonitas. Las familias utilizaban idénticas tarjetas de crédito y estaban suscriptas a idénticas revistas populares.
Ahí terminaban las similitudes. Charles Leeds era un abogado especializado en impuestos, mientras que Edward Jacobi era ingeniero y metalúrgico. La familia de Atlanta era presbiteriana; los Jacobi, católicos. Los Leeds residían desde hacía muchos años en Atlanta, en cambio los Jacobi habían vivido solamente tres meses en Birmingham, por haber sido trasladados allí desde Detroit.
La palabra «casualidad» resonaba molestamente en los oídos de Graham como una canilla que pierde. «Casual elección de víctimas», «sin motivo aparente», terminología empleada por los periodistas y pronunciada con ira y frustración por los detectives en los departamentos de homicidios.
Empero «casualidad» no era el término exacto. Graham sabía que los que realizaban asesinatos múltiples y en serie, no eligen sus víctimas al azar.
El hombre que asesinó a los Jacobi y a los Leeds vio algo en ellos que lo atrajo hacia esas personas y lo impulsó a matarlos. Podía haberlos conocido muy bien —así lo esperaba Graham — o quizá no los conocía en absoluto. Pero Graham estaba seguro de que el asesino los había visto en alguna oportunidad antes de matarlos. Los eligió porque tenían algo que lo atraía y las mujeres constituían el meollo del asunto. ¿Qué sería?
Existían ciertas diferencias entre los dos crímenes.
Edward Jacobi fue muerto de un disparo mientras bajaba la escalera empuñando una linterna, posiblemente lo había desper­tado un ruido.
La señora Jacobi y sus hijos fueron muertos de un tiro en la cabeza, la señora Leeds en el abdomen. En todos los casos el arma utilizada fue una pistola automática de nueve milímetros. Restos de lana de acero de un silenciador de fabricación casera se encontraron en las heridas. Ninguna huella dactiloscópica en las cápsulas servidas.
El cuchillo había sido usado únicamente en Charles Leeds. El doctor Princi creía posible que se tratara de un instrumento con una hoja delgada, aguda y extremadamente filosa.
Los métodos para entrar a las casas diferían también; la puerta del jardín forzada en el caso Jacobi y el cortador de vidrio en el de los Leeds.
Las fotografías del crimen de Birmingham no mostraban tanta sangre como la que se encontró en el de Leeds, pero había manchas en las paredes del dormitorio a poco más de sesenta centímetros del suelo. Por lo tanto el asesino también había tenido público en Birmingham. La policía de Birmingham revisó los cadáveres en busca de impresiones digitales, incluyendo las uñas, pero no encontró nada. A un mes de su inhumación en Birmingham, ya no quedarían ni rastros de una huella como la que se encontró en el pequeño Leeds.
En ambos lugares había el mismo pelo rubio, la misma saliva, el mismo semen.
Graham apoyó las dos fotografías de las sonrientes familias contra el respaldo del asiento delantero y se quedó mirándo­las durante un buen rato, en medio de la calma del avión en vuelo.
¿Qué podría haber atraído particularmente al asesino hacia ellos! Graham quería creer a todo trance que existía un factor común y que pronto lo descubriría.
De lo contrario, tendría que entrar a otras casas y ver qué le había dejado el Duende Dientudo.
Graham obtuvo unas direcciones en la oficina de Birmingham y se puso en contacto con la policía telefónicamente desde el aeropuerto. El aire acondicionado del auto que alquiló le salpicaba las manos y brazos de agua.
Su primera parada fue en la oficina de la Inmobiliaria Geehan, en la avenida Dennison.
Geehan, alto y calvo, apresuró el paso sobre la alfombra peluda color turquesa para saludarlo. Su sonrisa se desvaneció no bien Graham exhibió su credencial y le pidió la llave de la casa de los Jacobi.
—¿Irán hoy también policías uniformados? —preguntó con la mano sobre su cabeza.
—No lo sé.
—Espero en Dios que no. Tengo oportunidad de mostrarla dos veces esta tarde. Es una linda casa. Cuando la gente la ve se olvida de lo que ocurrió. El jueves pasado vino una pareja desde Duluth, unos jubilados con buen respaldo, fanáticos del Cinturón del Sol. Estábamos ultimando detalles cuando apareció el patrullero y en­traron todos a la casa. La pareja les hizo algunas preguntas y por cierto que no se quedaron cortos en sus respuestas. Esos simpáticos oficiales les hicieron hacer todo el recorrido, expli­cándoles quién estaba dónde. Luego se despidieron amablemen­te, adiós, señor Geehan, disculpe la molestia. Traté de mostrarles todas las medidas de seguridad que habíamos dispuesto, pero ni las escucharon. Se marcharon como habían venido por el camino de grava y no se detuvieron hasta instalarse en su automóvil.
—¿Algún soltero ha solicitado visitarla?
—A mí no. Hay una lista muy larga. Pero me parece que no. La policía no quería permitirnos pintar hasta, bueno, no sé, el hecho es que hasta el martes no pudimos acabar la pintura del interior. Dos manos de látex para interiores y en algunas partes inclusive tres. Todavía estamos trabajando en el exterior. Va a quedar realmente linda.
—¿Cómo se las arreglarán para venderla antes de tener autori­zación del juez?
   —No  puedo  cerrar el trato hasta entonces, pero eso no significa que no pueda tener todo listo. La gente podría mudarse con un acuerdo formalizado por escrito. Tengo que hacer algo. Un socio mío tiene el papel preparado y ese interés nos mantiene despiertos de noche y de día.
   —¿Quién es el albacea del señor Jacobi?
— Metcalf, Byron Metcalf de la firma Metcalf y Barnes. ¿Cuánto tiempo calcula que se quedará allí?
—No lo sé. Hasta que termine.
—Deje la llave en el buzón. No necesita venir hasta aquí.
Graham experimentaba la vaga sensación de seguir un rastro frío mientras conducía rumbo a la casa de los Jacobi. Estaba justo en el límite de la ciudad, en una zona recientemente anexada a ésta. Detuvo una vez el auto en la carretera para estudiar el mapa antes de encontrar la salida a un camino secundario pavimentado.
Había transcurrido más de un mes desde que fueron asesina­dos. ¿Qué había estado haciendo él entonces? Instalando un par de motores diesel en un casco Rybovich de veinte metros, haciéndole señas a Ariaga en la grúa para que bajara un centíme­tro más. Molly aparecía al final de la tarde y los tres se sentaban bajo un toldo en la cabina de la embarcación a medio terminar y comían los enormes camarones que traía Molly y bebían cerveza helada marca Dos Equis. Ariaga explicaba cuál era la mejor forma de limpiar langostinos y dibujaba la aleta de la cola sobre el aserrín de la cubierta mientras los rayos del sol se quebraban sobre las olas y jugueteaban sobre las plumas de las inquietas gaviotas.
El agua del aire acondicionado salpicaba la pechera de la camisa de Graham, que se encontraba en ese momento en Birmingham, donde no había camarones ni gaviotas. Mientras conducía veía a su derecha praderas y lotes arbolados, cabras y caballos y, a su izquierda estaba Stonebridge, una zona residencial que databa de tiempo atrás, con unas pocas y elegan­tes mansiones y unas cuantas casas de personas adineradas.
Vio el cartel de la inmobiliaria casi cien metros antes de llegar. La casa de los Jacobi era la única a la derecha de la ruta. La savia de los nogales había pegoteado las piedritas del camino que resonaban contra los guardabarros del auto. Un carpintero trepado a una escalera estaba instalando rejas en las ventanas. El hombre saludó a Graham con la mano cuando entró a la casa.
Un gran roble daba sombra al patio de lajas del costado de la casa. Por la noche impediría también que pasara la luz del farol del jardín lateral. Por esa puerta corrediza de vidrio era por donde había entrado el Duende Dientudo. Las puertas habían sido reemplazadas por otras nuevas, cuyos marcos de aluminio conservaban todavía un brillo impecable y la etiqueta con la marca de la fábrica. Una reja nueva de hierro fundido protegía las corredizas. La puerta del sótano también era nueva, de acero y con cerrojos. Sobre las lajas había cajones con las partes de un termotanque.
Graham entró a la casa. Pisos desnudos y olor a encierro. Sus pasos resonaron en los cuartos vacíos.
Los espejos nuevos de los baños no habían reflejado jamás las caras de los Jacobi ni la de su asesino. Todos conservaban aún la marca de una etiqueta que había sido despegada. Una lona utilizada por los pintores estaba doblada en un rincón del dormitorio principal. Graham se sentó sobre ella el tiempo necesario para que la luz del sol pasara de uno a otro tablón sobre el piso de madera.
No había nada. Ya no quedaba nada allí.
¿Vivirían todavía los Leeds si hubiera llegado allí inmediata­mente después de la masacre de los Jacobi? Eso era lo que Graham se preguntaba. Consideró el peso de esa responsabi­lidad.
Pero no disminuyó al salir de la casa y contemplar el cielo azul.
Graham se paró a la sombra de un nogal, los hombros encogidos, las manos en los bolsillos y dirigió su mirada a lo largo del camino que desembocaba en la ruta frente a la casa de los Jacobi.
¿ Cómo había llegado allí el Duende Dientudo ? Debía de haber conducido un auto. ¿Dónde lo estacionó? El camino de entrada de grava era demasiado ruidoso para una visita a medianoche, pensó Graham. La policía de Birmingham no estaba de acuerdo.
Caminó por el sendero hasta la ruta. El camino asfaltado tenía zanjas a ambos lados, hasta donde su vista le permitía ver. Era posible detenerse cruzando la zanja y ocultar el vehículo entre las plantas del lado de la propiedad de los Jacobi, siempre y cuando el terreno estuviera firme y seco.
Frente a la casa de los Jacobi y del otro lado del camino estaba la única entrada a Stonebridge. El cartel decía que Stonebridge tenía un servicio particular de vigilancia. Un vehículo extraño no pasaría desapercibido allí. Y tampoco un hombre caminando entrada ya la noche. Eliminado el estacionamiento en Stonebridge.
Graham volvió a la casa y se sorprendió al comprobar que el teléfono funcionaba. Llamó a la Oficina Meteorológica y se enteró de que el día anterior al asesinato de los Jacobi llovieron siete milímetros. Por lo tanto las zanjas estaban llenas. El Duende Dientudo no había ocultado su auto en la ruta asfaltada.
Un caballo que se encontraba del otro lado del jardín avanzó a la par de Graham mientras caminaba junto al cerco pintado de blanco en dirección a los fondos de la propiedad. Le dio al caballo una pastilla de naranja y se separó de él en una esquina, al dar vuelta junto al cerco del fondo, detrás de las construcciones anexas.
Se detuvo al ver el suelo hundido ligeramente en el sitio en que los niños habían enterrado su gato. Al pensar en eso, junto con Springfield en la comisaría de Atlanta, había imaginado que las construcciones serían blancas. En realidad eran de color verde oscuro.
Los chicos habían envuelto al gato en un paño de cocina y lo habían enterrado dentro de una caja, con una flor entre las patas.
Graham apoyó el antebrazo sobre la parte superior del cerco y descansó sobre él su cabeza.
El entierro de un animal favorito, rito solemne de la niñez. Los padres que regresan a casa y sienten vergüenza de rezar. Los niños mirándose el uno al otro descubriendo nuevas fuer­zas en los sitios en que el dolor más se hace sentir. Uno inclina la cabeza y enseguida los otros lo imitan, la pala más alta que cualquiera de ellos. Luego una discusión sobre si el gato está o no en el cielo con Dios y Jesús y un largo silencio sin que se oiga gritar a ninguno.
Mientras permanecía parado sintiendo el calor del sol en su espalda, Graham tuvo la certeza de que el Duende Dientudo no se había contentado con matar al gato, sino que además había esperado hasta que los chicos lo enterraran. No podía perderse ese episodio.
No hizo dos viajes hasta allí, uno para matar al gato y otro para asesinar a los Jacobi. Mató al gato y esperó hasta que los niños lo descubrieran.
No había forma alguna de determinar exactamente dónde encontraron los chicos al animalito. La policía no había localiza­do a nadie que hubiera hablado con los Jacobi después del


mediodía, aproximadamente diez horas antes de que murieran.
¿Cómo había llegado el Duende Dientudo y dónde había esperado?
Más allá del cerco de atrás, un terreno cubierto por arbustos casi tan altos como una persona, se extendía unos treinta metros hasta llegar a lo árboles. Graham sacó del bolsillo trasero el mapa arrugado y lo desplegó sobre el cerco. En él se veía una ininterrumpida fracción arbolada que se extendía durante cua­trocientos metros desde los fondos de la propiedad de los Jacobi y que continuaba en ambas direcciones. Más allá de la arboleda, limitándola hacia el sur, pasaba un camino vecinal, paralelo a la ruta sobre la cual daba la propiedad de los Jacobi. Graham salió en su auto nuevamente a la carretera, calculando la distancia con su odómetro. Tomó rumbo al sur y se dirigió hacia el camino vecinal que figuraba en el mapa. Condujo lentamente por él, controlando otra vez la distancia hasta que el odómetro le indicó que estaba justo detrás de la casa de los Jacobi, del otro lado de la fracción arbolada.
El pavimento se interrumpía al llegar allí a un futuro barrio de viviendas modestas, proyecto de tan reciente data que no figuraba en el mapa. Detuvo su auto en el área destinada a estacionamiento. La mayoría de los autos eran viejos, con los resortes saliendo de sus tapizados. Dos estaban apoyados sobre cajones.
Unos niños negros jugaban al basket sobre la tierra desnuda junto a un único arco sin red. Graham se sentó sobre el parachoques durante un rato para mirar el partido.
Tenía ganas de quitarse la chaqueta, pero sabía que el 44 Special y la cámara chata en su cinturón llamarían la atención. Siempre sentía una extraña molestia cuando la gente miraba su revólver.
Un equipo estaba integrado por ocho jugadores con camisa. Los de torso desnudo eran once, y todos jugaban simultánea­mente. El arbitraje era por aclamación.
Un pequeño de torso desnudo, al fallar en la devolución, se dirigió airadamente a su casa. Regresó fortificado con una galletita y se integró nuevamente al grupo.
Los gritos y el ruido de la pelota mejoraron el ánimo de Graham.
Un gol, una pelota al cesto. Pensó en cuántas cosas tenían los Leeds. Y los Jacobi también, según la policía de Birmingham, después de haber descartado el robo como móvil. Botes y elementos deportivos, equipos de campamento, máquinas fotográ­ficas y escopetas y cañas de pescar. Era otra cosa que ambas familias tenían en común.
Y al pensar en los Leeds y los Jacobi con vida, no pudo evitar recordar cómo habían estado después y entonces le fue imposible seguir mirando el partido de basket. Inspiró hondo y se dirigió al monte oscuro que se alzaba del otro lado del camino.
La maleza, muy tupida al empezar el bosque de coniferas, se hizo más rala al internarse Graham bajo el sombrío follaje y su marcha resultó más fácil y agradable sobre el mullido colchón formado por las agujas de los pinos. El aire era cálido y calmo. Los pájaros de los árboles anunciaban su llegada.
El terreno bajaba suavemente hasta el cauce seco de un arroyo sobre el que se alzaban unos pocos cipreses, y en la tierra rojiza podían verse pisadas de mapaches y ratones de campo. Unas huellas de pies humanos, probablemente algunas dejadas por niños, se desparramaban por el lecho del arroyo. Todas eran hondas y redondeadas y muchas lluvias habían caído sobre ellas.
El terreno subía del otro lado del arroyo, transformándose en una arcilla arenosa sobre la que crecían helechos bajo los pinos. Graham subió la colina en medio de esa atmósfera calurosa, hasta ver luz debajo de los árboles en el límite del bosque.
Entre los troncos pudo divisar el piso superior de la casa de los Jacobi.
Otra vez apareció la tupida maleza que llegaba casi hasta su cabeza, y que se extendía desde el linde del bosque hasta el cerco de atrás de los Jacobi. Graham se abrió camino entre las plantas y se detuvo junto a la valla que daba al jardín.
El Duende Dientudo podría haber estacionado su auto en el barrio en construcción y atravesado el bosque hasta llegar al matorral detrás de la casa. Podría haber atraído al gato y estran­gularlo, sujetando el cuerpo inerme en una mano mientras se arrastraba de rodillas y agarraba el cerco con la otra. A Graham le pareció ver el gato por el aire, sin darse vuelta para caer sobre sus patas y oír el ruido sordo al chocar su lomo contra la tierra.
El Duende Dientudo debía de haber hecho todo eso durante el día, ya que los niños no habrían encontrado ni enterrado al gato de noche.
Y debía de haber esperado para verlos cuando lo encontraran. ¿Esperó todo el día en medio del calor del matorral? Parado junto al cerco hubiera sido visible entre los tablones. Para poder tener una perspectiva del jardín desde el fondo del matorral, tendría que estar parado mirando a las ventanas de la casa con el sol de frente. Evidentemente retrocedería hacia los árboles. Y eso mismo hizo Graham.
La policía de Birmingham no era tonta. Vio por donde habían rastreado la maleza, revisando el terreno como algo común y corriente. Pero eso fue antes de que se encontrara el gato. Buscaban pistas, objetos caídos, huellas, no una situación o posi­ción ventajosa.
Se internó unos cuantos metros entre la arboleda que se alzaba detrás de la casa de los Jacobi y caminó hacia adelante y hacia atrás entre las manchas de sombra. En primer término se dedicó al terreno alto que brindaba una visión parcial del jardín y luego recorrió la parte baja junto a la primera hilera de árboles.
Al cabo de una hora de búsqueda un reflejo de luz que procedía del suelo le llamó la atención. Lo perdió y lo encontró nuevamente. Era la argolla de latón de una lata de gaseosa semienterrada entre las hojas bajo un olmo, uno de los pocos olmos que crecían entre los pinos.
Lo advirtió a dos metros y medio de distancia y durante cinco minutos no se acercó, dedicándose a escudriñar el terreno que rodeaba al árbol. Se puso en cuclillas y apartó las hojas tiradas adelante de él mientras se acercaba al árbol, adelantándose como si fuera un pato por la senda que abría, para evitar arruinar cualquier huella. Trabajó lentamente y consiguió despejar de hojas todo alrededor del tronco. Ninguna pisada había hollado la capa de hojas del año anterior.
Cerca del pedazo de aluminio encontró el corazón seco de una manzana, devorado por las hormigas. Los pájaros habían dado cuenta de las semillas. Estudió el lugar durante otros diez minutos. Finalmente se sentó en el suelo, estiró sus piernas doloridas y se recostó contra el olmo.
Una nube de jejenes revoloteaba iluminada por un rayo de sol. Una oruga se paseaba por la parte posterior de una hoja.
Un resto de arcilla rojiza proveniente de la suela de un zapato podía verse en una rama sobre su cabeza.
Graham colgó su saco de una horqueta y comenzó a trepar cuidadosamente por el lado opuesto del árbol, examinando las ramas que estaban más arriba de la que tenía el resto de barro, desde atrás del tronco. Cuando llegó a los nueve metros de altura miró hacia el otro lado del tronco y divisó la casa de los Jacobi a ciento cincuenta metros de distancia. Parecía muy distinta desde ese ángulo, predominando el color del techo. Podía ver perfectamente bien el jardín posterior y el terreno de atrás de las construcciones anexas. Unos discretos largavistas captarían fácil­mente la expresión de un rostro a esta distancia.
Graham podía oír el tráfico a lo lejos, y un poco más distante el ladrido de un perro. Una chicharra inició su adormecedor zumbido ahogando todos los otros sonidos.
Una gruesa rama justo encima de él se unía al tronco formando un ángulo recto con la casa de los Jacobi. Subió un poco más para poder ver y se apoyó contra el tronco para observar mejor.
Junto a su mejilla y calzada entre el tronco y la rama había una lata de una bebida gaseosa.
—Qué placer —susurró Graham contra la corteza del olmo — . Dios mío, qué placer. Ven aquí, latita.
No obstante, podría haberla dejado allí un chico.
Trepó un poco más alto por el mismo lado del árbol, lo que resultó bastante arriesgado al llegar a las ramas más pequeñas, y dio la vuelta para poder mirar la rama más gruesa de abajo.
Un pedazo de corteza exterior de la parte de arriba de la rama había sido arrancada, dejando a la vista una parte verdosa de la médula interna, del tamaño de una baraja. Centrado en el rectángulo verde, grabado en la madera blanca, Graham vio esto:
Había sido hecho cuidadosa y prolijamente con un cuchillo muy puntiagudo. No era la obra de un niño.
Graham fotografió la marca, alternando cuidadosamente el foco.
La vista desde la rama gruesa era buena y había sido mejorada: el resto de una ramita colgaba desde otra situada más arriba. Había sido cortada para despejar la visual. Las fibras estaban comprimidas y el extremo un poco achatado por el corte.
Graham buscó el pedazo que había sido cortado. Si hubiera estado en el suelo lo habría visto antes. Allí, enredadas entre el verde follaje de las ramas bajas, había unas hojas marrones.
El laboratorio iba a precisar ambos lados del corte para poder medir el ángulo del filo de la hoja utilizada. Eso significaba volver allí con una sierra. Tomó varias fotografías del muñón, mientras murmuraba todo el tiempo para sus adentros.
«Creo, mi amigo, que después de haber estrangulado al gato y haberlo arrojado al jardín, trepaste hasta aquí a esperar. Pienso que observaste a los niños y pasaste el rato soñando y tallando la rama. Cuando se hizo de noche los viste pasar delante de las ventanas iluminadas y observaste cómo bajaban las persianas y se apagaban una tras otra las luces. Y al cabo de un rato descendiste del árbol y te dirigiste hacia ellos. ¿Fue así, verdad? No debió resultarte difícil bajar directamente desde la rama grande provis­to de una linterna y ayudado por la brillante luz de la luna que acababa de aparecer».
Pero a Graham le resultó bastante complicado el descenso. Introdujo una varita en la abertura de la lata, la retiró cuidadosa­mente de la horqueta de la rama, y bajó, sujetando la ramita entre los dientes cuando tenía que utilizar las dos manos.
Cuando llegó otra vez al barrio en construcción, Graham descubrió que alguien había escrito en el costado de su auto cubierto de polvo: «Levon es un pajarón». La altura de la escritura indicaba que aun los residentes más jóvenes poseían un buen nivel de instrucción.
Se preguntó si habrían escrito también en el auto del Duende Dientudo.
Graham se quedó sentado durante unos minutos contemplan­do las hileras de ventanas. Aparentemente había unas cien que podían verse desde allí. Era posible que tal vez alguien recordara haber visto tarde en la noche en el estacionamiento un forastero blanco. Valía la pena intentarlo por más que ya hubiera transcu­rrido un mes. Para interrogar a cada residente, sin perder tiempo, tendría que contar con la ayuda de la policía de Birmingham.
Luchó contra la tentación de enviar directamente a Washing­ton a Jimmy Price la lata de gaseosa. Tenía que pedir a la policía de Birmingham que le cediera algunos agentes. Sería mejor entregarles lo que tenía. Entalcar la lata era un trabajo simple. Buscar impresiones digitales producidas por una transpiración ácida era algo diferente. Price podría hacerlo aun después de la prueba con el polvo de la policía de Birmingham, siempre y cuando no se tocara la lata con dedos desnudos. Mejor era entregársela a la policía. Sabía que la sección documentación del FBI se arrojaría con dientes y uñas sobre la marca grabada. Fotografías para todo el mundo; nada se perdía con eso.
Llamó a la sección Homicidios de Birmingham desde la casa de los Jacobi. Los agentes llegaron justo cuando Geehan, el corre­dor de la inmobiliaria, hacía entrar a los futuros compradores.





XI

Eileen estaba leyendo un artículo del National Tattler titulado «¡Mugre en el pan!» cuando Dolarhyde entró en la cafetería. Había comido solamente el relleno de su sandwich de atún.
Escondidos tras las gafas rojas, los ojos de Dolarhyde barrie­ron la primera página del Tattler. Además de «¡ Mugre en el pan!» había otros titulares que rezaban: «Elvis en un secreto nido de amor —Fotografías Exclusivas — ». «Sorprendente descubri­miento para enfermos de cáncer», y el titular en gran­des letras: «Hannibal el Caníbal ayuda a la Ley —La poli­cía consulta al maníaco por los asesinatos del Duende Dien­tudo».
Se paró junto a la ventana, revolviendo distraídamente su café hasta que oyó levantarse a Eileen. Ella vació el contenido de su bandeja en el tacho de basura y estaba por arrojar también el Tattler cuando Dolarhyde le palmeó el hombro.
—¿Puedo tomar ese diario, Eileen?
— Por supuesto, señor D. Lo compro solamente por el horós­copo.
Dolarhyde lo leyó en su oficina con la puerta cerrada.
Freddy Lounds firmaba dos artículos en la misma página central doble.
La historia principal era una sobrecogedora reconstrucción de los asesinatos de los Jacobi y los Leeds. Como la policía no había divulgado la mayoría de los detalles, Lounds los desenterró de su frondosa imaginación.
A Dolarhyde le parecieron banales.
La otra columna era más interesante:

LOCO DEPRAVADO CONSULTADO ACERCA DE LOS
CRÍMENES MÚLTIPLES POR EL AGENTE
QUE INTENTO MATAR
Por Freddy Lounds
Chesapeake, MD. Agentes federales paralizados en la búsqueda del «Duende Dientudo», asesino psicópata de familias enteras en Birmingham y Atlanta, recurrieron en busca de ayuda al más salvaje criminal en cautiverio.
El doctor Hannibal Lecter, cuyos innombrables crímenes fueron publicados hace tres años en estas páginas, fue consultado durante esta semana en la celda que ocupa en el hospicio de máxima seguridad, por el sobresaliente investigador William (Will) Graham.
Graham fue acuchillado por el doctor Lecter quedando casi mortalmente herido, cuando descubrió a ese múltiple asesino.
Fue sacado de su temprano retiro para capitanear la cacería del «Duende Dientudo».
¿Qué ocurrió durante el encuentro de estos dos enemigos mortales? ¿Qué fue a buscar Graham?
«Para atrapar a un criminal como éste hace falta alguien que se le parezca» fue el comentario que le hizo un importante agente federal a este reportero. Se refería a Lecter, conocido como «Hannibal el Caníbal», que es al mismo tiempo psiquiatra y un asesino múltiple.
¿O estaría refiriéndose a Graham?
El Tattler se enteró de que Graham, antiguo instructor forense en la Academia del FBI, estuvo en una oportunidad recluido en una clínica mental durante cuatro semanas...
Los oficiales federales se negaron a decir por qué habían destinado a un hombre con un historial de inestabilidad mental al frente de una desesperada cacería humana.
No fue revelada la índole del problema mental de Graham, pero un antiguo ayudante psiquiátrico lo definió como una «profunda depresión».
Garmon Evans, un ex asistente médico del Hospital Naval de Bethesda, dijo que Graham fue alojado en el pabellón de psiquiatría poco después de haber matado a Garrett Jacob Hobbs, el «Gavilán de Minnesota». Graham dio muerte de un disparo a Hobbs en 1975, cerrando el octavo mes de reinado de terror de Hobbs en Minneápolis.
Evans dijo que Graham estaba retraído y se negó a comer o hablar durante las primeras semanas de su internación.
Graham no fue nunca agente del FBI. Observadores veteranos atribuyen esto a estrictos procedimientos de la Oficina Federal, destinados a detectar inestabilidad.
Fuentes Federales revelaron solamente que Graham trabajó originalmente en el laboratorio criminal del FBI y fue asignado a la enseñanza en la Academia del FBI de resultas de sobresalien­tes tareas tanto en el laboratorio como en el campo de acción, donde prestó servicios como «agente especial».
El Tattler se enteró de que antes de trabajar para los federales, Graham integraba la división de homicidios del Departamento de Policía de Nueva Orleáns, cargo que abandonó para asistir a la escuela de práctica forense de la Universidad George Was­hington.
Un oficial de Nueva Orleáns que trabajó junto con Graham manifestó: «Bueno, pueden decir que se ha jubilado, si quieren, pero a los federales les gusta saber que anda por ahí. Es como tener una víbora real debajo de la casa. No se verá mucho, pero es bueno saber que está allí para comerse a las víboras venenosas.»
El doctor Lecter está internado para el resto de su vida. Si alguna vez llega a ser declarado cuerdo, tendrá que presentarse ante un tribunal por nueve cargos de crímenes de primer grado.
Su abogado cuenta que el asesino múltiple pasa el tiempo escribiendo interesantes artículos para revistas científicas y man­tiene un fructífero diálogo por correspondencia con algunos de los más renombrados especialistas en psiquiatría.

Dolarhyde interrumpió la lectura y miró las fotografías. Había dos arriba del artículo. En una podía verse a Lecter apoyado contra el costado de un patrullero. La otra era una foto de Will Graham tomada por Freddy Lounds en la entrada del Hospital Estatal de Chesapeake. Una pequeña foto de Lounds flanqueaba ambas columnas.
Dolarhyde miró durante un buen rato las fotografías. Pasó lentamente sobre ellas la punta del dedo, hacia adelante y hacia atrás; su tacto era sumamente sensible a las asperezas de la impresión. La tinta le manchó la yema del dedo. Mojó el manchón con la lengua y lo limpió con un pañuelo de papel. Luego recortó el artículo del diario y lo guardó en su bolsillo.
De regreso a su casa, Dolarhyde compró papel higiénico —de esa clase utilizada en barcos y campamentos por su rápida desintegración— y un inhalador nasal.
Se sentía bien a pesar de la fiebre del heno; como muchas personas que han sufrido una gran operación rinoplástica, Dolarhyde no tenía pelos en la nariz y la fiebre del heno lo torturaba. Así como también infecciones de las altas vías respira­torias.
Cuando un camión roto lo hizo detenerse durante diez minutos en el puente del río Missouri hacia St. Charles, esperó pacientemente. Su furgón negro estaba alfombrado, fresco y tranquilo. La Música Acuática de Haendel resonaba en el estéreo.
Seguía con los dedos el compás de la música sobre la dirección del auto y se frotaba la nariz.
Un convertible con dos mujeres estaba detenido junto a él. Ambas vestían shorts y blusas anudadas arriba de la cintura. Parecían cansadas y aburridas y fruncían los ojos por el sol de frente. La que ocupaba el asiento contiguo al del conductor tenía apoyada la cabeza contra el respaldo del asiento y los pies contra el tablero. Esta postura hacía que se formaran dos arrugas sobre su estómago desnudo. Dolarhyde pudo ver una marca de succión en el costado interno del muslo. La mujer lo sorprendió mirando, se enderezó y cruzó las piernas. El advirtió una expresión de disgusto en su cara.
Le dijo algo a la que conducía. Ambas mantuvieron la vista fija hacia adelante. Comprendió que hablaban de él. Se puso muy contento al comprobar que no se había enojado. Pocas cosas lo hacían enojarse ya. Sabía que estaba desarrollando una decorosa dignidad.
La música era muy agradable.
El tráfico adelante de Dolarhyde comenzó a moverse. El carril contiguo al suyo seguía atascado. Ansiaba llegar a su casa. Golpeaba el volante al compás de la música y bajó el vidrio de la ventana con la otra mano.
Gargajeó y escupió una flema verdosa sobre las faldas de la mujer, que fue a caer justo al lado del ombligo. Sus insultos resonaron por encima de la música de Haendel al alejarse.
El enorme libro mayor de Dolarhyde tenía por lo menos cien años.        

Encuadernado en cuero negro con punteras de bronce, era tan pesado, que estaba apoyado sobre una sólida mesa para escribir a máquina, guardada bajo llave en el armario de arriba de la escalera. Dolarhyde comprendió que iba a ser suyo desde el instante en que lo vio en St. Louis, en el remate de una vieja imprenta en bancarrota.
Ahora, recién salido de la ducha y luciendo su kimono, abrió el armario y arrastró la mesa con el libro. Cuando todo es­tuvo centrado bajo la lámina del Gran Dragón Rojo, se instaló en una silla y lo abrió. El olor a papel ajado ascendió hasta su rostro.
En la primera página, en letras miniadas por él mismo, estaban las palabras del libro de la Revelación: «...y he aquí un gran dragón rojo...».
El primer ítem del libro era el único que no estaba prolijamente armado. Suelta entre las páginas había una fotografía amarillenta de Dolarhyde en su tierna infancia, sentado en compañía de su abuela en la escalinata de la gran casona. Estaba agarrado de la falda de su abuela. Esta tenía los brazos cruzados y su espalda muy tiesa.
Dolarhyde pasó la hoja. Hizo caso omiso de ella como si hubiera quedado allí por un error.
Había gran cantidad de recortes en el libro, los más antiguos sobre desapariciones de mujeres mayores en St. Louis y Toledo, Las páginas entre los recortes estaban llenas por la escritura de Dolarhyde, tinta negra con una fina caligrafía muy similar a la de William Blake.
Asegurados a los márgenes, desgarrados trozos de cuero cabelludo arrastraban sus colas de pelo como cometas sujetos al libro de recortes de Dios.
Allí había también recortes de los Jacobi de Birmingham, junto con estuches de películas y diapositivas guardadas en sobres pegados a las páginas.
Lo mismo ocurría con las crónicas de los Leeds, y las películas correspondientes.
La denominación de «Duende Dientudo» no había aparecido en la prensa hasta Atlanta. El nombre estaba tachado en todas las referencias al caso Leeds.
En ese momento Dolarhyde hizo lo mismo con el recorte del Tattler, suprimiendo el término «Duende Dientudo» con gran­des tachaduras realizadas con un marcador colorado.
Dio vuelta la página y probó el recorte en otra nueva y limpia. ¿Debería agregar la fotografía de Graham? Las palabras «Criminales Dementes» grabadas en la pared encima de Graham ofendieron a Dolarhyde. Detestaba la simple vista de un lugar de confinamiento. El rostro de Graham permanecía impenetrable para él. Lo puso a un lado momentáneamente.
Pero Lecter... Lecter. Esa no era una buena fotografía del doctor. Dolarhyde tenía una mejor, que buscó en una caja que guardaba en el armario. Fue publicada cuando Lecter fue encerrado y en ella podían apreciarse sus magníficos ojos. No obstante, no era satisfactoria. Dolarhyde veía mentalmente la semblanza de Lecter como un oscuro retrato de un príncipe del Renacimiento. Porque Lecter, único entre todos los hombres, podía tener la sensibilidad y la experiencia como para compren­der la gloria y majestad de la Transformación de Dolarhyde.
Dolarhyde sintió que Lecter sabía lo irreales que eran las personas que morían para ayudarlo a uno en estas cosas, que comprendía que no eran carne sino aire y color y rápidos sonidos que velozmente se silenciaban cuando uno los transformaba, como globos de color que estallaban, más importantes por la transformación, más importantes que las vidas por las que se arrastraban, suplicando.
Dolarhyde soportaba los gritos como un escultor el polvo de la piedra que golpea.
Lecter era capaz de comprender que la sangre y el aliento eran únicamente elementos que experimentaban una transformación para alimentar su resplandor. Así como la combustión es la fuente de la luz-
Le gustaría conocer a Lecter, conversar con él, disfrutar juntos la visión compartida, ser reconocido por él tal como Juan el Bautista reconoció al que vino después de él, sentarse sobre él así como el Dragón se sentaba sobre 666 en la serie de las Revelacio­nes de Blake y filmar su muerte, mientras, al morir, se fundía con la fuerza del Dragón.
Dolarhyde se puso un par de guantes de goma nuevos y se dirigió hacia su escritorio. Desenrolló y desechó la primera parte del rollo de papel higiénico que había comprado. Luego contó siete hojas y cortó la tira.
Escribiendo cuidadosamente con la mano izquierda sobre el papel redactó una carta dirigida a Lecter.
El habla no es un dato fidedigno para apreciar cómo escribe una persona; nunca se puede saber. El modo de hablar de Dolarhyde estaba truncado y distorsionado por incapacidades reales e imaginarias y la diferencia entre su conversación y su escritura era sorprendente. No obstante, descubrió que no podía transmitir lo más importante que sentía.
Quería comunicarse con Lecter. Necesitaba una respuesta personal antes de poder contarle las cosas importantes.
¿Cómo hacerlo? Revolvió en su caja buscando los recortes sobre Lecter y los leyó todos otra vez.
Finalmente se le ocurrió una forma bastante simple y se sentó nuevamente a escribir.
La carta le pareció muy modesta cuando la releyó. La había firmado «Admirador Ansioso».
Consideró dubitativamente la firma durante unos minutos.
«Admirador Ansioso». Realmente lo era. Alzó el mentón orgullosamente durante una fracción de segundo.
Introdujo el pulgar enguantado en la boca, se quitó la prótesis y la depositó sobre el secante.
El paladar era poco común. Los dientes eran normales, rectos y blancos, pero el acrílico rosado tenía un moldeado retorcido para encajar en los pliegues y fisuras de sus encías. En la parte superior, una prótesis de plástico blando, con un obturador encima, le ayudaba a cerrar su endeble paladar al hablar.
Sacó una pequeña caja del escritorio. Contenía otra dentadura. El paladar era igual, pero no tenía la prótesis con el obturador. Entre los dientes torcidos se veían manchas oscuras que despe­dían un olor desagradable.
Eran idénticos a los dientes de su abuela, que estaban en un vaso en el piso de abajo.
Las ventanas de la nariz de Dolarhyde se dilataron al percibir el olor. Abrió la boca y los colocó en su lugar y luego los humedeció con la lengua.
Dobló la carta por donde estaba la firma y mordió con fuerza. Cuando la abrió nuevamente, la firma estaba encerrada en la marca ovalada de una mordedura; su sello de escribano, su imprimátur salpicado de sangre vieja.





XII

El abogado Byron Metcalf se quitó ¡a corbata a las cinco de la tarde, se preparó un trago y apoyó los pies sobre el escritorio.
—¿Seguro que no quiere uno?
—En otra oportunidad —contestó Graham sacándose las espinas de yerbajos adheridas a sus puños y disfrutando del aire acondicionado.
—    No conocía mucho a los Jacobi  —dijo Metcalf—. Hace solamente tres meses que llegaron aquí. Dos o tres veces fuimos con mi esposa a tomar una copa a casa de ellos. Ed Jacobi vino a verme para hacer un testamento nuevo poco tiempo después de que lo transfirieran aquí y así fue como lo conocí.
—Pero usted es su albacea.
—Si. Su mujer figuraba primero en la lista y yo la seguía en caso de que ella hubiera muerto o quedara incapacitada. Tiene un hermano en Filadelfia, pero me parece que no eran muy unidos.
—Usted fue adjunto al Fiscal de Distrito.
—Así es, desde 1968 hasta el 72. En 1972 me postulé como fiscal. Estuve cerca, pero perdí. Ahora no estoy en absoluto arrepentido.
—¿Qué impresión tiene de lo que ocurrió aquí, señor Metcalf?
- Lo primero que pasó por mi cabeza fue pensar en Joseph Yablonski, el dirigente laboral.
Graham asintió.
—    Un crimen con un motivo, en este caso poder, disfrazado como la obra de un maniático. Junto con Jerry Estridge, de la oficina del fiscal, revisamos los papeles de Ed Jacobi con gran minuciosidad.
»Nada. No había nadie a quien la muerte de Ed Jacobi pudiera reportarle un beneficio monetario. Ganaba un buen sueldo y tenía algunas patentes que le daban una renta, pero gastaba casi todo no bien lo cobraba. Todos sus bienes pasarían a su esposa, y a los hijos y sus descendientes les dejaba una pequeña fracción de tierra en California. Había dispuesto también la cesión de una pequeña renta para el hijo sobreviviente. Lo suficiente como para pagarle los próximos tres años de universidad, aunque pienso que para entonces no va a haber pasado de segundo año.
—Niles Jacobi.
—Así es. El muchacho era un verdadero dolor de cabeza para Ed. Vivía en California con su madre. Estuvo preso por robo. Tengo la impresión de que su madre es un desastre. Ed fue allí el año pasado para ver en qué andaba. Lo trajo de vuelta con él a Birmingham y lo hizo entrar al Bardwell Community College. Trató de que viviera con ellos, pero chocaba con los otros chicos y les hacía la vida imposible a todos. La señora Jacobi lo aguantó durante un tiempo, pero finalmente lo mudaron a uno de los dormitorios del colegio.
¿Dónde estaba?
¿La noche del 28 de junio? —Metcalf tenía los párpados bajos cuando miró a Graham. —La policía se hizo la misma pregunta y yo también. Fue al cine y regresó al colegio. Se ha verificado. Además, su sangre es del tipo 0. Señor Graham, tengo que buscar a mi esposa dentro de media hora. Podemos seguir conversando   mañana   si   le   parece.   Dígame  en  qué  puedoayudarlo.
—Me gustaría ver los efectos personales de los Jacobi. Diarios, fotografías, lo que sea.
—No queda mucho, perdieron casi todo en un incendio en Detroit antes de mudarse aquí. Nada sospechoso; Ed estaba soldando algo en el sótano y las chispas saltaron hasta unas latas de pintura que tenía almacenadas y en dos minutos se incendió toda la casa.
»Hay alguna correspondencia personal. La tengo guardada en las cajas de seguridad con los otros objetos de valor. No recuerdo haber visto diarios. Todo lo demás está depositado. Quizá Niles tiene algunas fotografías, pero lo dudo. Le propongo lo siguien­te, tengo que estar en el tribunal a las nueve y media de la mañana, pero puedo dejarlo en el banco para que revise lo que le interesa y pasar a buscarlo después.
—Perfecto —respondió Graham — . Otra cosa más. Me harán falta copias de todo lo relacionado a la testamentaría, reclamos del patrimonio, cualquier impugnación del testamento, corres­pondencia. Quiero tener todos esos papeles.
—La oficina del Fiscal de Distrito de Atlanta ya me lo solicitó. Están comparándolos con la propiedad de los Leeds allí —dijo Metcalf.
—No importa, quiero copias para mí.
—De acuerdo, copias para usted. ¿Usted no piensa realmente que hay dinero de por medio, ¿verdad?
—No. Sólo confío en que el mismo nombre surja aquí y en Atlanta.
—Yo también.
La residencia para estudiantes del Bardwell Community College consistía en cuatro edificios destinados a dormitorios que se alzaban rodeando un sucio patio de tierra apisonada. Una guerra de estéreos se llevaba a cabo cuando llegó allí Graham.
Equipos de parlantes ubicados frente a frente en los pequeños balcones al estilo de los de los moteles y sintonizados al volumen máximo, resonaban en el patio. Era Kiss contra la Obertura 1812. Un globo de agua voló por el aire y reventó en el suelo a tres metros de Graham.
Tuvo que agacharse y pasar bajo una ropa tendida en una soga y saltar sobre una bicicleta tirada para atravesar el living de la suite que Niles Jacobi compartía con alguien más. La puerta del dormitorio de Jacobi estaba entreabierta y la música atronaba por la rendija. Graham golpeó.
Nadie contestó.
Empujó la puerta hasta abrirla del todo. Un muchacho de cara pecosa estaba sentado en una de las camas gemelas, aspirando una pipa de más de un metro de largo. Una chica vestida con pantalones de algodón azul estaba tirada en la otra cama.
El muchacho giró rápidamente la cabeza para mirar a Graham. Estaba haciendo un esfuerzo para pensar.
—Busco a Niles Jacobi.
El muchacho parecía estupidizado. Graham apagó la música.
—Estoy buscando a Niles Jacobi.
—Es sólo un remedio para el asma, hombre. ¿No acostumbra a golpear antes de entrar?
—¿Dónde está Niles Jacobi?
—No tengo la menor idea. ¿Para qué lo busca?
Graham le mostró su chapa.
—Haz un esfuerzo para recordar.
—Oh, mierda —murmuró la chica.
—Narcóticos, maldición. Yo no soy tan importante, oiga, discutámoslo un momento, hombre.
-Discutamos dónde está Jacobi.
— Creo que puedo averiguarlo —dijo la chica.
Graham esperó mientras ella preguntaba en otros cuartos. En cuanto entraba a uno se oía inmediatamente funcionar el inodoro.
Había pocos rastros de Niles Jacobi en el cuarto —una fotografía de la familia Jacobi sobre la cómoda. Graham levantó un vaso con hielo derritiéndose y secó con la manga la aureola húmeda.
La chica volvió.
—Pruebe en La Serpiente Odiosa —dijo.
El bar La Serpiente Odiosa tenía ventanas con los vidrios pintados de verde oscuro. Los vehículos estacionados afuera eran de una curiosa variedad: grandes camiones que parecían de transporte sin carrocería, autos compactos, un convertible lila, viejos Dodges y Chevrolets arreglados para correr «picadas», y cuatro Harley-Davidson a las que no les faltaba ni un solo detalle.
Un aparato de aire acondicionado instalado sobre el dintel de la puerta chorreaba constantemente sobre la vereda.
Graham esquivó la salpicadura y entró al bar, que estaba lleno y olía a desinfectante y a agua de colonia barata. Lo atendía una corpulenta mujer vestida con overall quien le alcanzó a Graham una Coca-Cola por encima de la cabeza de los parroquianos. Era la única mujer presente.
Niles Jacobi, morocho y delgado, estaba parado junto al tocadiscos tragamonedas. Metió una moneda en la máquina pero el que estaba al lado apretó los botones.
Jacobi parecía un estudiante disoluto, pero el que seleccionaba la música no.
El acompañante de Jacobi era una extraña mezcla; tenía cara infantil y un cuerpo fornido y musculoso. Llevaba puesta una camiseta y vaqueros desteñidos y desgastados por el roce de los objetos guardados en los bolsillos. Fuertes músculos sobresalían en sus brazos y sus manos eran grandes y feas. Un tatuaje profesional en el antebrazo izquierdo decía «Hagamos el Amor». Un burdo tatuaje de calabozo en el otro brazo decía: «Randy». El pelo había crecido desparejo luego del corte de la cárcel. Cuando estiró el brazo para oprimir un botón de la máquina Graham advirtió en el antebrazo un pequeño rectángulo afeita­do. Sintió un nudo en el estómago.
Siguió a Niles Jacobi y a Randy en medio del gentío hasta el fondo del salón. Ambos se instalaron en un reservado.
Graham se detuvo a medio metro de la mesa.
—    Niles, me llamo Will Graham. Necesito hablar contigo unospocos minutos.
Randy levantó la vista y una sonrisa falsa iluminó su cara. Uno de sus incisivos estaba muerto.
—    ¿Nos conocemos?
—No. Niles, quiero hablar contigo.
Niles arqueó interrogativamente una ceja. Graham pensó qué le habría ocurrido en la prisión.
—    Estamos  conversando  en privado.  Hágase humo   —dijoRandy.
Graham miró pensativamente los brazos musculosos, el trozo de tela adhesiva en el pliegue del codo, el rectángulo afeitado en el que Randy había probado el filo de su cuchillo. La impronta del que pelea con un cuchillo.
«Tengo miedo de Randy. Ataca o retrocede.»
—¿Me oyó? —repitió Randy—. Hágase humo.
Graham se desabrochó la chaqueta y depositó sobre la mesa su placa de identificación.
—Quédate sentado quietito, Randy. Si te mueves vas a tener dos ombligos.
—Disculpe, señor. —Instantánea reacción del preso.
—Randy, quiero que hagas algo por mí. Que busques en el bolsillo izquierdo trasero. Utiliza solamente dos dedos. Encon­trarás allí un cuchillo de doce centímetros de largo. Ponlo sobre la mesa... Gracias.
Graham dejó caer el cuchillo en su bolsillo. Estaba grasiento.
—Bien, en el otro bolsillo tienes la billetera. Sácala. ¿Vendiste sangre hoy, verdad?
—¿Y qué hay con eso?
—Pues entonces entrégame el recibo que te dieron, el que mostrarás la próxima vez en el banco de sangre. Ábrelo sobre la mesa.

La sangre de Randy era del grupo 0. Randy quedaba descar­tado.
¿Cuánto tiempo hace que saliste de la cárcel?—Tres semanas.
¿Quién es el oficial de libertad condicional?—No estoy en libertad bajo palabra.
—    Eso es posiblemente una mentira — Graham quería provocar a Randy.       Podía detenerlo por portar un cuchillo más largo que lo legalmente permitido.   Estar en un lugar donde se vendían bebidas alcohólicas era violación de su palabra. Graham sabía que estaba irritado con Randy porque le había hecho sentir miedo.
—Randy.
¿Qué hay?
Sal de aquí.
— No sé qué puedo contarle, no conocí mucho a mi padre —dijo Niles Jacobi mientras Graham lo llevaba de regreso al colegio en su auto — . Abandonó a mi madre cuando yo tenía tres años y no lo volví a ver —mamá no lo permitía.
—Fue a visitarte la última primavera.
-Sí.
-A la cárcel.
Lo averiguó.
Estoy simplemente tratando de conocer bien todos losdetalles. ¿Qué ocurrió?
—Bueno, apareció en la sala de visitas, muy tieso y tratando de no mirar alrededor de él, tanta gente parece sentirse allí como en el zoológico... Mi madre me había hablado mucho de él, pero no me pareció tan mal. Era sencillamente un hombre parado allí con un ajado saco de sport.
¿Qué te dijo?
Bueno, yo esperaba que me refregara todas mis culpas o bien que pareciera realmente culpable, eso es lo que generalmente ocurre en la sala de visitas. Pero me preguntó simplemente si creía que podía ir al colegio. Me dijo que él sería mi custodio si aceptaba volver al colegio. Y probar.  «Tienes que tratar de ayudarte un poco. Haz el esfuerzo y yo me encargaré de hacerte entrar a un colegio», algo por el estilo.
—    ¿Cuánto tiempo pasó hasta que saliste?—Dos semanas.
—Niles, ¿hablaste alguna vez de tu familia mientras estuviste preso? ¿Con tus compañeros de celda o cualquier otra persona? Niles Jacobi dirigió una rápida mirada a Graham.
Oh. Oh, comprendo. No. No hablé sobre mi padre. No había pensado en él durante años, ¿por qué iba a mencionarlo?
¿Y aquí? ¿Llevaste alguna vez a un amigo a la casa de tus padres?
Padre, no padres. Ella no era mi madre.
¿Llevaste alguna vez a alguien allí? Amigos del colegio o...
¿O compinches, oficial Graham?
—    Correcto.-No.-¿Nunca?—Ni una vez.
—    ¿Mencionó  alguna vez  cierta  clase  de  amenaza, estaba preocupado por algo el mes o los meses anteriores a lo que pasó?
—Estaba perturbado la última vez que hablé con él pero era por mis notas. Tenía muchos aplazos. Me compró dos desperta­dores. Pero nada más que yo supiera.
—    ¿Tienes papeles personales de él, cartas, fotografías, cualquier cosa?
-No.
—Tienes una foto de la familia. Está sobre la cómoda de tu cuarto. Cerca de la gran pipa.
Esa pipa no es mía. Por nada del mundo metería esa cosa roñosa en mi boca.
Necesito la fotografía. La haré copiar y te la devolveré. ¿ Qué otra cosa tienes?
Jacobi sacó un cigarrillo del paquete y palmeó sus bolsillos en busca de un fósforo. —Eso es todo. No imagino por qué me dieron eso a mí. Mi padre sonriéndole a la señora Jacobi y a todos los otros monigotes. Se la regalo. Nunca me miró así a mí.
Graham precisaba conocer a los Jacobi. Sus nuevas relaciones de Birmingham no le sirvieron de mucho.
Byron Metcalf lo llevó a la caja de seguridad del banco. Leyó el pequeño fajo de cartas, casi todas comerciales, y hurgó entre las joyas y la platería.
Durante tres calurosos días trabajó en el depósito donde estaban guardados los muebles y demás pertenencias. Metcalf lo ayudaba por la noche. Todas las cajas guardadas en los cajones

fueron abiertas y su contenido examinado. Las fotografía; de la policía le sirvieron a Graham para ver en qué lugar de la casa habían estado dispuestas las cosas.
Los muebles eran nuevos en su mayoría, comprados con el dinero cobrado al seguro luego del incendio de Detroit. Los Jacobi no habían tenido prácticamente tiempo para dejar sus marcas en sus posesiones.
Un ítem, una mesa de noche que conservaba todavía rastros del polvo utilizado para las impresiones digitales le llamó la atención a Graham. En el centro de la tapa había un gotón de cera verde.
Se preguntó por segunda vez si al asesino le gustaría la luz de las velas.
El equipo forense de Birmingham fue efectivo en la división de trabajo.
La borrosa marca de la punta de una nariz fue lo mejor que Birmingham y Jimmy Price en Washington pudieron lograr de la lata de gaseosa encontrada en el árbol.
La sección Armas de Fuego y Herramientas del laboratorio del FBI presentaron su informe sobre la rama seccionada. Las hojas que la cortaron eran gruesas, con un ángulo agudo: había sido hecho con un cortafierro.
La sección Documentación había enviado la marca hecha con un cuchillo en !a corteza, al departamento de Estudios Asiáticos de Langley.
Graham estaba sentado sobre un cajón en el depósito leyendo el extenso informe. Los Estudios Asiáticos informaban que la marca era un signo chino que significaba «Usted acertó» o «Us­ted acertó a la cabeza» —una expresión utilizada a veces entre jugadores. Era considerado un signo «Positivo» o «afortunado». Ese signo aparecía también en una pieza del juego de Mah-Jongg, informaban los especialistas. Caracterizaba al Dragón Rojo.





XIII

La secretaria de Crawford se asomó a la puerta de su oficina en la sede del FBI en Washington, cuando hablaba por teléfono con Graham que se encontraba en el aeropuerto de Birmingham.
—    El doctor Chilton del Hospital de Chesapeake en el 2706.
Dice que es urgente.
-No cortes, Will  —dijo Crawford a) tiempo que asentía y conectaba el otro teléfono,
Señor Crawford, soy Frederick Chilton- desde,.
Sí, doctor.
—Tengo aquí una nota, mejor dicho dos pedazos de una nota, que parece ser del hombre que mató a ese agente en Atlanta y...
—    ¿De dónde la sacó?
—De la celda de Hannibal Lecter. Aunque no lo crea, está escrita en papel higiénico y tiene marcas de dientes.
—    ¿Puede leérmela sin tocarla más?
Luchando por mantenerse tranquilo, Chilton leyó:
Mi querido doctor Lecter.
Quería decirle que estoy encantado de que se haya interesado por mi persona. Y al enterarme de su nutrida correspondencia pensé: ¿Me animaré? Es claro que sí. No creo que usted les cuente quién soy, aun cuando lo sepa. Además no tiene importancia el cuerpo que ocupo actual­mente.
Lo importante es en lo que me estoy Transformando. Sé que sólo usted es capaz de entenderlo. Tengo unas cosas que me gustaría mucho mostrarle. Tal vez algún día, si las

circunstancias lo permiten.  Espero que podamos escri­birnos...
—Señor Crawford, hay un pedazo arrancado y roto y luego sigue diciendo:
Lo he admirado durante años y tengo una colección completa de recortes de diarios en los que aparece usted. En realidad los considero como críticas injustas, tanto como las mías. ¿No le parece que les gusta ponernos apodos degra­dantes? El "Duende Dientudo». ¿Imagina algo menos apropiado ? Me daría vergüenza que usted lo viera si no supiera que ha pasado por lo mismo con la prensa.
Me interesa el investigador Graham. ¿No parece un policía, verdad? No es muy buen mozo, pero tiene un aire muy decidido.
Lo que usted le hizo debió haberle enseñado a no entrometerse.
Disculpe el papel. Lo elegí porque se deshace muy rápidamente si se ve obligado a tragarlo.
—Aquí falta un pedazo, señor Crawford. Le leeré la parte de abajo:
Si tengo noticias de usted tal vez la próxima vez pueda enviarle algo especial. Un afectuoso saludo hasta entonces de su Admirador Ansioso.
Un silencio después que Chilton terminó de leer.
—¿Hola, está usted allí?
—Sí. ¿Sabe el doctor Lecter que usted tiene la nota?
—Todavía no. Esta mañana fue trasladado a una celda auxiliar mientras limpiaban la suya. En lugar de usar un trapo apropiado, el hombre que hacía la limpieza arrancaba tiras de papel higié­nico para limpiar el inodoro. Encontró la nota escondida en el rollo y me la trajo. Me traen todo lo que encuentran escon­dido.
¿Dónde está Lecter ahora?—Todavía en la celda auxiliar.
¿Puede ver la suya desde allí?
—Déjeme pensar... No, no puede.
—Espere un momento, doctor —Crawford interrumpió la conversación con Chilton. Se quedó mirando fijamente durante unos segundos los dos botones que parpadeaban en su teléfono sin verlos. Crawford, cazador de hombres, observaba el corcho de su caña que se movía contra la corriente. Pasó la comunicación nuevamente con la línea de Graham.
—Will... una nota, quizá del Duende Dientudo, escondida en la celda de Lecter en Chesapeake. Suena como la carta de un admirador. Solicita la aprobación de Lecter, se muestra curioso respecto de ti. Hace preguntas.
—¿Cómo se supone que la va a contestar Lecter?
—Todavía no lo sé. Una parte está rota, la otra arrancada. Parece ser que existe una posibilidad de que mantengan una correspondencia siempre y cuando Lecter no se dé cuenta de que estamos al tanto. Quiero la nota para el laboratorio y quiero revisar su celda rápidamente, pero es arriesgado. Si Lecter se da cuenta, Dios sabe cómo le avisará al degenerado. Necesitamos el vínculo, pero necesitamos también la nota.
Crawford le explicó a Graham dónde estaba Lecter y dónde había sido encontrada la carta.
—Hay casi doscientos kilómetros hasta Chesapeake. No puedo esperarte, compañero. ¿Qué opinas?
—Diez personas muertas en un mes —no podemos mantener un prolongado juego epistolar. Adelante.
—Allí voy —respondió Crawford.
—Te veré dentro de un par de horas.
Crawford llamó a su secretaría.
—Sarah, consígame un helicóptero. Sin perder un segundo y no me importa la procedencia, nuestro, de la Policía del Distrito de Columbia o de la Infantería de Marina. Dentro de cinco minutos estaré en la azotea. Llame a Documentación y dígales que manden allí una caja para documentos. Que Herbert consiga un equipo de investigadores. En la azotea dentro de cinco minutos.
—Doctor Chilton —dijo reanudando la conversación—, ten­dremos que revisar la celda de Lecter sin que se entere y nece­sitamos su ayuda. ¿Ha mencionado esto a alguna otra per­sona?
-No.
—¿Dónde está el hombre de la limpieza que encontró la nota?
—Aquí, en mi oficina.
—Manténgalo allí por favor y dígale que no abra la boca. ¿Cuánto tiempo ha pasado Lecter fuera de su celda?
—Alrededor de media hora.
—¿Es más de lo acostumbrado?
—No, todavía no. Pero la limpieza lleva solamente una media hora. Pronto va a preguntarse qué ocurre.
—Muy bien, entonces haga lo siguiente. Llame al intendente del edificio o al ingeniero o al que sea que esté a cargo. Dígale que corte el agua del establecimiento y que haga funcionar los interruptores del pasillo de Lecter. Haga que el intendente pase frente a la celda auxiliar llevando herramientas. Debe aparentar estar muy apurado, terriblemente apurado, muy atareado como para contestar preguntas. ¿Entendió? Dígale que yo se lo explicaré luego. Suspenda la entrega de basura, si es que todavía no la han recogido. No toque la nota. ¿Comprendió? Perfecto. Salimos ya para allí.
Crawford llamó al jefe de la sección Análisis Científicos.
—Brian, tengo una nota urgente que probablemente sea del Duende Dientudo. Prioridad uno. Tiene que volver al lugar de donde la trajimos dentro de una hora y sin marcas. Deberá pasar por Pelos y Fibras, Impresiones Ocultas y Documentos y enton­ces a sus manos, por lo tanto coordine el movimiento con los demás, por favor. Sí, yo la llevaré y después se la entregaré personalmente a usted.
Hacía calor en el ascensor cuando Crawford bajó de la azotea trayendo la nota, totalmente despeinado por la ventolina del helicóptero. Se estaba secando la cara con un pañuelo cuando llegó a la sección Pelos y Fibras del laboratorio.
Pelos y Fibras es una sección pequeña y atareada. El cuarto de recepción está repleto de cajas con pruebas enviadas por los departamentos de policía de todo el país; bultos contenien­do tela adhesiva que ha sido usada para sellar bocas y atar mu­ñecas, ropa desgarrada y manchada, sábanas de lechos mor­tuorios.
Crawford divisó a Beverly Katz a través del vidrio del cuarto de exámenes mientras avanzaba entre las cajas. Tenía colgado de una percha sobre una mesa cubierta con papel blanco, un pantalón con peto de niño. Trabajando a la luz de fuertes lámparas en esa habitación desprovista de corrientes de aire, cepillaba los pantaloncitos con una espátula metálica, trabajando cuidadosamente siguiendo la trama y en sentido inverso, a favor del pelo y a contra pelo. Una partícula de tierra y arena cayó sobre el papel. Junto con ella y descendiendo en medio de la inmovilidad del aire, más lentamente que la arena pero más rápidamente que una hilacha, cayó un pelo bien enroscado. Inclinó la cabeza hacia un lado y lo contempló con su penetrante mirada.
Crawford advirtió que sus labios se movían. Y adivinó lo que ella decía.
—Te pesqué.
Era lo que siempre decía.
Crawford golpeó en el vidrio y ella salió rápidamente, quitán­dose los guantes blancos.
—    ¿Todavía  no   han   buscado  las   huellas   dactiloscópicas,verdad ?
-No.
—Yo tengo que trabajar en el cuarto de investigaciones contiguo. —Se puso un nuevo par de guantes mientras Crawford abría la caja de documentos.
La nota, dos pedazos, estaba guardada cuidadosamente entre dos láminas de plástico. Beverly Katz vio las marcas de los dientes y alzó la vista hacia Crawford, sin perder tiempo con preguntas.
El asintió: las marcas coincidían con el molde de la mordedura del asesino que había llevado a Chesapeake.
Crawford observó a través de la ventana mientras ella levanta­ba la nota con la ayuda de una varita delgada y la mantenía colgando sobre el papel blanco. La examinó con una potente lupa y luego la abanicó suavemente. Golpeó la varita con el borde de una espátula y examinó el papel de abajo con el vidrio de aumento.
Crawford miró su reloj.
Katz pasó la nota hacia otra varita para observar la otra faz. Quitó de su superficie un objeto diminuto valiéndose de unas pinzas casi tan delgadas como un cabello.
Fotografió los extremos rotos de la nota con lentes de gran aumento y la colocó nuevamente en su caja, a la que agregó un par nuevo de guantes blancos. Los guantes blancos —señal de que no debía tocarse— estarían siempre junto a la prueba hasta que fuera revisada en busca de impresiones digitales.
—    Listo —dijo ella entregándole la caja a Crawford—. Un cabello, quizás de ocho décimas de milímetro. Un par de granos azules. Lo analizaré. ¿Qué otra cosa tiene?
Crawford le entregó tres sobres marcados.
—Pelos del peine de Lecter. Bigotes de la máquina de afeitar eléctrica que le permiten utilizar. Este pelo es del hombre de la limpieza. Tengo que irme.
— Lo veré luego -dijo Katz—. Me encanta su peinado.
Jimmy Price, que estaba en la sección Huellas Dactiloscó­picas Ocultas, frunció el ceño al ver el papel higiénico poroso. Miró de soslayo por encima del hombro del ayudante que manipulaba el láser de helio-cadmio mientras trataban de encon­trar una impresión digital para pasarla por el fluoroscopio. Manchas brillantes aparecían en el papel, marcas de transpira­ción, nada más.
Crawford estuvo por preguntarle algo, recapacitó y esperó, mientras la luz azulada se reflejaba en sus anteojos.
—Sabemos que tres tipos agarraron esto sin guantes, ¿verdad? —preguntó Price.
—En efecto, el que hizo la limpieza, Lecter y Chilton.
—El que limpió el inodoro probablemente ya no tenía grasas en los dedos. Pero los otros... Este material es imposible. -Price alzó el papel contra la luz sujetando firmemente las pinzas en sus viejas manos salpicadas de manchas.
—Podría ahumarlo, Jack, pero no puedo garantizar que las manchas de yodo se desvanezcan dentro del lapso con que contamos.
—¿Ninhydrina? ¿Realzarlo con calor? —por lo general Craw­ford no se habría animado a hacerle ninguna clase de sugerencia técnica a Price, pero en ese momento no le importaba intentar cualquier cosa. Esperó recibir una respuesta seca, pero el viejo permanecía apesadumbrado y triste.
—No, no podríamos lavarlo después. No puedo conseguir ninguna impresión digital con esto, Jack, lo siento. No hay ninguna.
—    Carajo —dijo Crawford.
El viejo se dio vuelta. Crawford puso su mano sobre el hombro huesudo de Price.
—    Caray, Jimmy. Estoy seguro que si hubiera alguna tú lahabrías descubierto.
Price no contestó. Estaba desembalando un par de manos que habían llegado por otro caso. El hielo seco humeaba en el cesto de papeles. Crawford dejó caer los guantes blancos sobre el humo.
Crawford se dirigió rápidamente hacia la sección Docu­mentos, donde lo esperaba Lloyd Bowman, sintiendo un nudo de desilusión en el estómago. Bowman había sido sacado del tribunal y la brusca interrupción en su concentración lo dejó parpadeando como si acabara de despertarse.
—    Lo felicito por su peinado. Un golpe de audacia —dijoBowman mientras trasladaba con manos rápidas y expertas la nota hacia la mesa de trabajo — . ¿De cuánto tiempo dispongo?
—Veinte minutos a lo sumo.
Las dos partes de la nota parecían refulgir bajo las luces de Bowman. Una mancha verde oscura del secante se veía a través del agujero ovalado de la parte superior.
Lo más importante, lo primordial, es cómo pensaba contes­tar Lecter —dijo Crawford cuando Bowman terminó la lectura.
Posiblemente las instrucciones para contestarle estaban en la parte rota —Bowman trabajaba concienzudamente con las luces, filtros y máquina copiadora mientras hablaba. —En la parte de arriba dice «Espero que podamos mantener una corresponden­cia...», y luego empieza el agujero. Lecter raspó esa parte con un marcador y después la dobló y arrancó casi todo el pedazo.
—No tiene nada con que cortar.
Bowman fotografió las marcas de los dientes y la parte de atrás de la nota bajo una luz extremadamente oblicua, cuya sombra saltaba de una a otra pared al mover la luz en un ángulo de trescientos sesenta grados sobre el papel, mientras sus manos reproducían fantasmagóricos movimientos al doblar algo en el aire.
—Ahora podremos exprimirla un poco —Bowman colocó la nota entre dos placas de vidrio para achatar los bordes dentados del agujero. Las rasgaduras estaban teñidas con tinta roja. Bowman canturreaba en voz baja. La tercera vez Crawford entendió lo que decía. —Eres muy astuto pero yo también lo soy.
Bowman cambió los filtros de su pequeña cámara de televisión y la enfocó sobre la nota. Oscureció el cuarto hasta que no quedó más que el débil resplandor rojo de la lámpara y el azul-verdoso de la pantalla de su monitor.
Las palabras «espero que podamos mantener una correspon­dencia» y el agujero dentado aparecieron agrandadas en la pantalla. La mancha de tinta había desaparecido y en los bordes desparejos se veían fragmentos de escritura.
—    Las tinturas de anilinas en tintas de colores son transparentes para los infrarrojos —manifestó Bowman—. Estas de aquí y allí podrían ser las barras de una T. Al final está la cola de lo que tal vez sea una M o una N, o, posiblemente, una R. —Bowman tomó una fotografía y encendió las luces. — Jack, existen solamente dos formas de mantener una comunicación que tiene una vía muerta: el teléfono y los diarios. ¿Puede Lecter responder rápidamente a una llamada telefónica?
Puede recibir llamadas, pero el procedimiento es lento, puesto que además tienen que pasar por el conmutador del hospital.
Por lo tanto la única forma segura es una publicación en un diario.
Sabemos que su amiguito lee el  Tattler. La historia de Graham y Lecter apareció en ese diario. No estoy enterado de que haya sido publicada en otro periódico.
—Tres T y una R figuran en Tattler. ¿Te parece que en la columna personal? Podría ser el lugar para buscar.
Crawford se comunicó con la biblioteca del FBI y luego impartió instrucciones por teléfono a la oficina de Chicago.
Bowman le devolvió la caja cuando terminó su trabajo.
—El Tattler aparece esta tarde —anunció Crawford — . Se imprime en Chicago los lunes y jueves. Conseguiremos pruebas de las páginas de clasificados.
—Tendré más material, pero menos importante —dijo Bowman.
—    Cualquier cosa útil que encuentres envíala directamente a Chicago. Ponme al tanto cuando vuelva del hospicio —dijo Crawford mientras caminaba hacia la puerta.




XIV

El molinete del subterráneo de Washington le devolvió a Graham el boleto de su viaje y él salió a la luz y el calor de la tarde llevando su valija de avión.
El edificio J. Edgar Hoover parecía una enorme jaula de cemento suspendida sobre el ardiente resplandor de la calle Diez. La mudanza del FBI hacia su nuevo cuartel general estaba en vías de realizarse cuando Graham abandonó Washington. Nunca había trabajado allí.
Crawford lo esperaba en el escritorio de recepción, a corta distancia del acceso a la playa subterránea, para agregar a las credenciales de Graham, expedidas presurosamente, las suyas. Graham parecía cansado y algo impaciente al registrarse. Craw­ford se preguntó cómo se sentiría, sabiendo que el asesino se había mostrado interesado en él.
Le entregaron a Graham una tarjeta codificada magnéticamen­te, como la que lucía Crawford en su saco. La introdujo en la ranura del portón y se internó en los largos y blancos pasillos. Crawford le llevaba la valija.
Olvidé decirle a Sarah que enviara un auto para buscarte.
Probablemente  haya sido más rápido así.  ¿Conseguiste devolverle a tiempo la nota a Lecter?
En efecto. Acabo de llegar —dijo Crawford —. Tiramos agua en el piso del hall, simulando un caño roto y una falla eléctrica.Contábamos con Simmons —actualmente es asistente de SAC en Baltimore— y lo hicimos secar el piso cuando llevaron de regreso a Lecter a su celda. Simmons cree que se lo tragó.
—En el avión me lo pasé pensando si no sería el propio Lecter el que escribió la nota.
—Yo tuve la misma preocupación hasta que la vi. Las marcas de dientes en el papel coinciden con las de las mujeres. Además está escrita con bolígrafo, y Lecter no tiene ninguno. La persona que la escribió había leído el Tattler y Lecter no lo recibe. Rankin y Willingham revisaron la celda de arriba abajo. Un buen trabajo pero no encontraron nada. Tomaron primero unas fotografías con Polaroid para volver a colocar todo tal cual estaba. Y después entró el hombre de la limpieza y limpió como lo hace siempre.
—    ¿Entonces qué piensas?
—Respecto a pruebas físicas para una identificación, la nota no sirve para un comino — dijo Crawford—. Tenemos que conseguir en alguna forma que la comunicación entre ellos resulte útil para nosotros, pero no sé todavía cómo demonios lograrlo. En pocos minutos más tendremos el resto de las pruebas del laboratorio.
¿Tienes vigilada la correspondencia y el teléfono del hos­pital?
Listos para grabar y rastrear no bien Lecter reciba una llamada. El sábado por la tarde hizo una. Le dijo a Chilton que quería comunicarse con su abogado. Es una línea WATS y no puedo estar seguro.
¿Qué dijo su abogado?
—Nada. Hemos anexado una línea suplementaria al conmuta­dor central del hospital para que en el futuro sea la que utilice Lecter, así no podrá eludirnos más. Controlaremos su corres­pondencia, tanto la que reciba como la que envíe, a partir de la próxima entrega. Gracias a Dios ningún problema con autorizaciones.
Crawford se detuvo frente a una puerta e introdujo la tarjeta que colgaba de su saco en la ranura de la cerradura.
—Mi nueva oficina. Pasa. Al decorador le sobraba un poco de pintura de un barco de guerra. Aquí tienes la nota. Esta copia tiene el mismo tamaño.
Graham la leyó dos veces. Un timbre de alarma sonó en su cabeza al contemplar los rasgos puntiagudos que componían su nombre.
—    La biblioteca confirma que el Tattler es el único periódico que publicó un artículo sobre ti y Lecter —dijo Crawford mientras se preparaba un Alka-Seltzer—. ¿ Quieres uno de estos ?
Te vendría bien. Se publicó el lunes de la semana anterior. El martes estaba en los puestos de venta en todo el país, a excepción de Alaska y Maine en que apareció el miércoles. El Duende Dientudo poseía un ejemplar y no pudo haberlo comprado antes del martes. Lo leyó y le escribió a Lecter. Rankin y Willingham siguen revisando todavía la basura del hospital en busca del sobre. Feo trabajo. En Chesapeake no separan los papeles de los pañales.
»Muy bien, Lecter no puede recibir la nota del Duende Dientudo antes del miércoles. Rompe la parte en que le dice cómo contestarle y borronea y manosea un dato previo; no comprendo por qué no rompió también ese pedazo.
—Porque estaba en medio de un párrafo lleno de ponderacio­nes —dijo Graham —. No podía tolerar arruinarlas. Por eso es que no tiró todo. —Se refregó las sienes con los nudillos de sus dedos.
—Bowman piensa que Lecter utilizará el Tattler para contes­tarle al Duende Dientudo. Dice que probablemente ése sea el arreglo. ¿Crees que contestará?
—Por supuesto. Mantiene una nutrida correspondencia. Tiene muchísimas relaciones epistolares por todas partes.
—Si piensan valerse del Tattler, Lecter no tiene prácticamente tiempo de que su respuesta llegue a tiempo para la edición que se imprime esta noche, por más que la haya enviado por expreso el mismo día en que recibió la nota del Duende. Chester, de la oficina de Chicago, está en el Tattler revisando los avisos. Los impresores compaginarán el diario esta noche.
—Por el amor de Dios no alboroten al Tattler —dijo Graham.
—El jefe del taller cree que Chester es un corredor de bienes raíces que trata de adelantarse a los avisos. Le vende las hojas de pruebas bajo cuerda, una a una, no bien salen. Recibimos todo, los clasificados y demás sólo para hacer una cortina de humo. Pues bien, supón que descubrimos cómo piensa contestarle Lecter y duplicamos su método. Podemos entonces enviarle un mensaje falso al Duende Dientudo, ¿pero qué le decimos? ¿Cómo lo utilizamos?
—Lo mejor sería tratar de que se acercara a un apartado postal —sugirió Graham—. Atraerlo con algo que quiera ver. «Datos importantes» que Lecter conoce de resultas de su conversación conmigo. Un error que cometió y que esperamos que repita.
—Sería un idiota si le hiciera caso.
—Lo sé. ¿Quieres saber cuál sería el mejor cebo?
—No sé si quiero saberlo.
— Lecter sería el mejor cebo —dijo Graham.
—¿Pero y cómo?
—Será una tarea infernal, no lo dudo. Tendríamos que solicitar que  Lecter fuera puesto bajo custodia federal (Chilton no permitiría esto en Chesapeake), lo encerraríamos en la sección de seguridad máxima de un hospital psiquiátrico para veteranos de guerra. Simularíamos una huida. —Dios mío.
—    Enviamos un mensaje al Duende Dientudo después de lahuida, en el Tattler de la próxima semana. Lecter solicitándoleuna cita.
—¿Por el amor de Dios, a quién puede interesarle encontrarse con Lecter? Lo que quiero decir es ¿por qué puede tener interés en ello el Duende Dientudo?
—Para matarlo, Jack — Graham se puso de pie. No había ninguna ventana para mirar hacia afuera mientras hablaba. Se paró frente a «Los Diez Más Buscados» única decoración de las paredes de la oficina. —Sabes, el Duende Dientudo podrá absorberlo en esa forma, asimilarlo, convertirse en algo más grande de lo que es.
-Pareces muy seguro.
—No estoy seguro. ¿Quién puede estarlo? En la nota decía «Tengo algunas cosas que me gustaría mostrarle. Tal vez algún día si las circunstancias lo permiten». Quizás era una invitación en serio. No creo que fuera sólo una amabilidad.
—¿Qué puede querer mostrarle? Las víctimas estaban intactas. No faltaba nada, excepto un pedacito de piel y pelo y eso fue probablemente... ¿Cómo fue que lo expresó Bloom?
—    Ingerido  —respondió Graham—. Sólo Dios sabe lo que tiene. Tremont, ¿recuerdas los trajes de Tremont en Spokane?Señalaba con el mentón desde la camilla a la que estaba atado, tratando todavía de mostrárselos al jefe de policía de Spokane. No estoy seguro, Jack, de que Lecter sirva de anzuelo para el Duende Dientudo. Pero me parece que es lo que ofrece más posibilidades de éxito.
—Tendremos una increíble estampida si la gente cree que Lecter está libre. Todos los diarios se nos vendrán encima. La mejor posibilidad, tal vez, pero la reservaremos para el final.
—Probablemente no se acercará a ningún apartado postal, pero puede ser lo suficientemente curioso como para echar una mirada para ver si Lecter lo traicionó... si pudiera hacerlo a cierta distancia. Podríamos elegir uno que pueda observarse solamente desde unos pocos lugares a distancia considerable y apostar a alguien en los sitios indicados. Inclusive a Graham le sonaba poco convincente a medida que lo decía.
—El Servicio Secreto tiene uno que no ha utilizado nunca. Nos permitirían usarlo. Pero si no ponemos hoy un aviso, tendremos que esperar hasta el lunes, para que aparezca en el próximo número. La rotativa se pone en marcha a las cinco, hora local. Eso significa una hora y cuarto más para Chicago para publicar el aviso de Lecter, si es que hay uno.
—¿Qué ocurre con la orden de Lecter para la publicación? La carta que debe de haber enviado al Tattler solicitando que inserten el aviso, ¿no tenemos acceso más rápido a eso?
—    Chicago le puso ciertos controles al jefe del taller —dijo Crawford —. La correspondencia permanece en la oficina del gerente de avisos clasificados. Les venden los datos, nombres y direcciones, a compañías que ofrecen por correo productos para personas solitarias: amuletos de amor, píldoras de gallo, «conozca a bella muchacha asiática», cursos para desarrollar lapersonalidad, ese tipo de cosas.
—Podríamos apelar al espíritu ciudadano del gerente de la sección avisos para echar un vistazo, pedirle que no abra la boca, pero no quiero correr el riesgo de que el Tattler se nos venga encima. Se precisa una autorización judicial para entrar allí y revisar la correspondencia. Estoy considerándolo.
—Si no conseguimos nada con Chicago, podríamos poner un aviso por si acaso. Si estamos equivocados respecto al Tattler no perderemos nada —acotó Graham.
—Y si estamos en lo cierto respecto de que el Tattler es el medio de comunicación y publicamos una contestación basán­donos en lo que dice esta nota y nos equivocamos —si a él no le parece convincente— estamos a fojas uno. No te pregunté cómo te fue en Birmingham. ¿Obtuviste algún dato?
—Birmingham es un caso listo y cerrado. La casa de los Jacobi ha sido pintada y redecorada y está en venta. Lo que había en ella está guardado en un depósito esperando la aprobación del testamento. Revisé todas las cajas. Las personas con las que hablé no conocían muy bien a los Jacobi. Lo único que todos mencionaron era lo afectuosos que eran los Jacobi entre ellos. Siempre estaban acariciándose. Todo lo que queda ahora de ellos son unos pocos cajones amontonados en un depósito. Desearía haber...
—Deja de desear; ya estás metido en esto.
¿Qué pasó con la marca que encontré en el árbol?
¿«Usted acertó a la cabeza»? Para mí no significa nada —dijo Crawford — . Y tampoco el Dragón Rojo. Beverly conoce el Mah-Jongg. Es astuta y sin embargo no encuentra relación alguna. Por su pelo sabemos que no es Chino.
—    Cortó la rama con un cortafierro. Yo no veo...
Sonó el teléfono y Crawford mantuvo un breve diálogo.
—    El laboratorio tiene listo el informe sobre la nota, Will.Vayamos a la oficina de Zeller. Es más grande y menos gris.
Lloyd Bowman, seco como un papel a pesar del calor, los alcanzó en el corredor. Sacudía unas fotografías húmedas con cada mano y sujetaba bajo e! brazo un grueso expediente.
—Jack, tengo que estar en el tribunal a las cuatro y cuarto —anunció mientras se adelantaba — . Es por Nilton Eskew, el falsificador de cheques y su noviecita, Nan. Ella es capaz de copiar de corrido una nota del Tesoro, Hace dos años que me están volviendo loco, fabricando sus propios cheques de viajero con una Xerox de color. No descansaré hasta terminar con ellos. ¿Llegaré a tiempo o debo avisarle al fiscal?
—    Llegarás —afirmó Crawford — . Ya estarnos.
Beverly Katz. le dirigió una sonriente mirada a Graham desde el sofá de la oficina de Zeller, contrabalanceando la expresión enfurruñada de Price que estaba instalado junto a ella.
Brian Zeller, jefe de la sección Análisis Científicos, era joven para su trabajo, pero ya tenía pelo algo ralo y usaba bifocales. En un estante de la biblioteca, detrás del escritorio de Zeller, Graham vio un ejemplar de la Ciencia Forense, de H. J. Walls, los tres grandes volúmenes de la Mediana Forense, de Tedeschi y una edición antigua de El Derrumbe de Alemania, de Hopkins.
- Creo que nos conocimos en una oportunidad en la Universi­dad de Washington, Will -dijo Zeller—. ¿Conoce a todos los demás?... Perfecto.
Crawford se apoyó contra una esquina del escritorio de Zeller, cruzando los brazos -¿Alguien tiene alguna noticia bomba? Muy bien, ¿ha encontrado alguno de ustedes algo que permita suponer que la nota no procede del Duende Dientudo?
—No —respondió Bowman—. Hace unos minutos llamé a Chicago para darles unos números que obtuve de una impre­sión en la parte de atrás de la nota. Seis-seis-seis. Se los mostraré cuando lleguemos a ese punto. Hasta el momento en Chicago se han recibido más de doscientos avisos personales. —Le entregó a Graham una pila de hojas. —Los he leído y son lo común y corriente: —propuestas de matrimonio, mensajes para perso­nas fugadas de su hogar. No estoy muy seguro de que reconozca­mos el aviso si es que figura allí.
Crawford meneó la cabeza.
—Yo tampoco. Acabemos con los datos que tenemos. Bien, Jimmy Price hizo todo lo que podía hacerse y no aparecieron huellas. ¿Qué puedes decirnos tú, Bev?
—Tengo un pelo de bigote. El grosor y textura coinciden con las muestras de Hannibal Lecter. Asi como también el co­lor. Este es totalmente distinto de las muestras obtenidas en Atlanta y Birmingham. Tres granitos azules y unos puntos oscuros pasaron a manos de Brian. —Alzó las cejas al mirar a Brian Zeller.
Los granitos son de un polvo comercial para limpieza que tiene color continuo.  Deben de provenir de las manos del hombre que hizo la limpieza. Había varias diminutas partículas de sangre seca. Es indiscutiblemente sangre, pero no hay canti­dad suficiente como para saber de qué grupo.
Los desgarrones en los extremos de las partes dieron cuenta de las perforaciones  —prosiguió diciendo Beverly Katz —. Si encontramos a alguien que posea el rollo y no lo haya roto nuevamente se podría hacer una confrontación precisa. Aconsejaría propalar un aviso ahora, para que los oficiales encargados de la detención no dejen de buscar el rollo.
Crawford asintió. ¿Bowman?
—Sharon, mi asistente, se ocupó de investigar qué clase de papel es. Es papel higiénico que se utiliza en los barcos y casas rodantes. La textura es idéntica a la de una marca llamada Wedeker fabricada en Minneapolis. Se distribuye por todo el país.
Bowman instaló sus fotografías sobre un caballete cerca de las ventanas. Su voz era sorprendentemente profunda en relación con su escasa estatura y su corbata de moño se movía ligeramente cuando hablaba.
—Respecto a la escritura, se trata de una persona diestra que utiliza la mano izquierda deliberadamente y escribe con letras mayúsculas. Pueden apreciar la falta de firmeza en los trazos y la variación en el tamaño de las letras.
»Las proporciones me inducen a pensar que este sujeto tiene un débil astigmatismo que no ha sido corregido.
»La tinta de los dos pedazos de la nota parece ser del mismo y corriente tipo de bolígrafo de color azul marino a la luz natural, pero bajo los filtros de colores surge una pequeña diferencia. Utilizó dos bolígrafos, y el cambio se realizó en alguna parte del pedazo fáltame de la nota. Pueden ver dónde empezó a fallar el primero. El primer bolígrafo no se usa frecuentemente, ¿ven que hay un borrón donde empieza a escribir? Puede haber estado guardado sin tapar y con la punta para abajo en un portalápices o una lata, lo que sugiere un escritorio. Además, la superficie sobre la que se apoyó el papel era lo suficientemente blanda como para poder tratarse de un secante. Un secante puede conservar impresiones si se encuentra. Quisiera agregar el secante a la recomendación de Beverly.
Bowman cambió la fotografía por otra del reverso de la nota. La enorme ampliación hacía que el papel pareciera tener pelusas. Estaba cubierto de huellas borrosas. —Dobló la nota para escribir la parte de abajo, inclusive la que fue luego arrancada. En esta ampliación del reverso la luz. oblicua descubre unas pocas impresiones. Se puede leer «666 an». Quizás allí fue donde tuvo problemas con el bolígrafo y tuvo que escribir nuevamente por encima. No lo advertí hasta que obtuve esta muestra tan contrastante. Pero por el momento en ningún aviso figura el 666.
»La estructura de las frases es ordenada y no hay divagaciones. El doblez indica que fue entregada en un sobre de tamaño común. Estas dos manchas oscuras son borrones de tinta de imprenta. Probablemente la nota estaba metida dentro de un papel impreso inocuo y el conjunto dentro del sobre.
»Eso es todo —dijo Bowman — . A menos que tengas alguna pregunta que hacer, Jack, creo que será mejor que me apure para llegar al juzgado. Me pondré nuevamente en contacto con ustedes después de testificar.
—Húndelos bien —acotó Crawford.
Graham estudiaba la columna de avisos personales del Tattler. (Atractiva dama de buena estatura, frescos 52, busca cristiano de Leo que no fume, entre 40 y 70. Sin niños, por favor. Acepta miembros artificiales. Sin trampas. Enviar foto con primera carta).
Inmerso en la tristeza y desesperación de los avisos, no se dio cuenta de que los demás se estaban yendo hasta que Beverly Katz le habló.
-Disculpa, Beverly ¿qué fue lo que dijiste? —preguntó con­templando sus ojos vivos y su bondadosa cara con signos de cansancio.
—Sólo dije que me alegraba de verle otra vez, campeón. Tienes buen aspecto.
—Gracias, Beverly.
—Saúl va a una academia de cocina. Todavía no las pega todas, pero cuando todo esto se tranquilice ven a casa y deja que practique contigo.
— Lo haré.
Zeller se marchó rumbo a su laboratorio. Quedaron solamente Crawford y Graham, contemplando el reloj.
—Cuarenta minutos para que se imprima el Tattler —dijo Crawford — . Averiguaré qué pasa con las cartas. ¿Qué opinas?
—Que debes hacerlo.
Crawford impartió las instrucciones a Chicago desde el teléfono de Zeller.
—Will, tenemos que tener preparado algo si el aviso de Chicago fracasa.
—Me ocuparé de eso.
—Yo prepararé el lugar para que recoja la carta —Crawford llamó al Servicio Secreto y habló durante un buen rato. Graham seguía escribiendo atareado cuando cortó.
—Listo, el apartado postal es una pinturita —dijo Crawford finalmente—. En una casilla exterior instalada en una compañía de matafuegos en Annapolis. Territorio de Lecter. El Duende Dientudo se dará cuenta de que se trata de algo que Lecter puede conocer. Casillas alfabéticas. Los empleados del servicio van allí en sus autos para buscar comisiones y recoger correspondencia. Nuestro hombre puede vigilarlo desde una plaza del otro lado de la calle. El Servicio Secreto afirma que parece convincente. La instalaron para atrapar a un falsificador, pero no necesitaron utilizarla. Esta es la dirección. ¿Qué tal el mensaje?
—Tendremos que usar los mensajes en la misma edición. En el primero Lecter le advertirá al Duende Dientudo que sus enemi­gos están más cerca de lo que supone. Le indica que cometió un grave error en Atlanta y que si lo repite está condenado. Le dice que le envía por correo «información secreta» de lo que yo le expliqué que estábamos haciendo, de lo cerca que estamos, de las pistas que tenemos. Finalmente, remite al Duende Dientudo hacia un segundo mensaje que empieza con «su firma».
»E1 segundo mensaje comienza "Admirador Ansioso"... y tie­ne la dirección del Apartado Postal. Tenemos que hacerlo de esa forma. Aun en un lenguaje indirecto, la advertencia del primer mensaje va a incitar a unos cuantos chiflados. Pero si no pueden descubrir la dirección no podrán llegar a la casilla para embrollar todo el asunto.
—Bueno. Muy bueno. ¿Quieres esperar los resultados en mi oficina?
—Prefiero estar ocupado en algo. Necesito ver a Brian Zeller. —Ve adelante, puedo localizarte en caso de urgencia. Graham encontró al jefe de la sección en Serología.
—    ¿Podría mostrarme un par de cosas, Brian?—Por supuesto, ¿qué quieres?
—    Las muestras que utilizó para averiguar el grupo del DuendeDientudo.
Zeller miró a Graham por la luneta pequeña de sus bifocales.
¿Había algo en el informe que no entendió?-No.
¿Algo que no estaba claro?
-No.
—    ¿Algo  incompleto?  —Zeller pronunció la última palabra como si tuviera un gusto desagradable.
—Su informe es muy bueno, no podría pedirse nada mejor. Pero todo lo que quiero es tener las pruebas en mi mano.
—    Ah, por supuesto. Ningún problema —Zeller creía que todos los agentes que participaban en una investigación en una forma activa, conservaban las supersticiones de la cacería. Se alegraba de poder contentar a Graham. —Está todo junto en ese ex­tremo.
Graham lo siguió entre los largos mostradores con instru­mentos.
Está leyendo a Tedeschi.
Sí — respondió Zeller por encima del hombro—. Como usted sabe, aquí no se practica medicina forense, pero Tedeschi tiene una cantidad de información muy útil. Graham. Will Graham.
¿Usted escribió la monografía tipo sobre la determinación del momento de la muerte por la actividad de insectos, verdad? ¿O no es usted ese Graham?
—Yo la escribí. —Una pausa—. Tiene razón, Mant y Nuorteva en el Tedeschi son mejores en cuanto a los insectos.
Zeller se sorprendió al oír en boca de él sus pensamientos.
—Bueno, tiene más ilustraciones y una tabla de ondas invasi­vas. No quiero ofenderlo.
—Por supuesto que no. Son mejores. Yo se lo dije.
Zeller sacó unos frascos y portaobjetos de un armario y una nevera y los puso sobre el mostrador del laboratorio.
—    Cualquier cosa que quiera preguntarme, estaré donde me
encontró. La luz del microscopio se enciende en este lado.
A Graham no le interesaba el microscopio. No ponía en tela de juicio ninguno de los descubrimientos de Zeller. No sabía lo que quería. Levantó los frascos y las placas de vidrio contra la luz, un sobre transparente conteniendo cabellos rubios encontra­dos en Birmingham. Un segundo sobre encerraba tres cabellos encontrados en la señora Leeds.
Había saliva, pelos y semen en la mesa frente a Graham y un vacío en el aire donde trataba de descubrir una imagen, una cara, algo que reemplazara el terror informe que lo agobiaba.
Una voz femenina resonó en un altavoz ubicado en el cielo raso.
— Graham, Will Graham, dirigirse a la oficina del Agente Especial Crawford. Urgente.
Encontró a Sarah con los auriculares puestos y sentada frente a la máquina de escribir y Crawford mirando por encima del hombro.
—Chicago tiene un pedido de publicación de un aviso en el que figura el 666 -dijo Crawford torciendo la boca hacia un lado—. Se lo están dictando ahora a Sarah. Dicen que hay una parte que parece un código.
Las líneas se iban formando en la máquina de Sarah. Querido Peregrino. Usted me honra...
—Eso es. Eso es —dijo Graham — . Lecter lo llamó peregrino cuando conversó conmigo.
Usted es muy bello... —Dios —dijo Crawford.
Ofrezco cien oraciones para su seguridad. Busque ayuda en Juan 6:22, 8:16, 9:1; Lucas 1:7, 3:1; Gálatas 6:11, 15:2; Hechos 3:3; Apocalipsis 18:7; Jonás 6:8...
La escritura se hizo más lenta a medida que Sarah repetía cada par de números al agente de Chicago. Cuando terminó, la lista de referencias bíblicas llenaba un cuarto de página. Estaba firmada «Bendito sea, 666».
—Eso es todo —informó Sarah.
Crawford tomó el teléfono.
—Muy bien. Chester, ¿qué tal le fue con el gerente de la sección avisos?... No, hizo usted bien... Una falla total, correcto. No se aleje del teléfono, me comunicaré nuevamente con usted.
—    Código —dijo Graham.
—Tiene que ser. Disponemos de veinte minutos para enviarle un mensaje si es que conseguimos descifrarlo. El jefe de la linotipo necesita diez minutos de preaviso y trescientos dólares para insertar uno en esta edición. Bowman está en su oficina, consiguió un receso. Mientras tú lo llamas sin perder un segundo, yo me comunicaré con Criptografía en Langley. Sarah, envíe un télex del aviso a la sección Criptografía de la CIA. Les avisaré que ya sale.
Bowman depositó el mensaje sobre su escritorio y lo alineó prolijamente con los ángulos de su secante. Limpió los vidrios de sus anteojos durante unos segundos que a Graham se le hicieron eternos.
Bowman tenía fama de ser rápido. Aun la sección Explosivos le perdonaba no ser un ex infante de marina y se lo reconocían.
—Tenemos veinte minutos —anunció Graham.
Comprendo. ¿Llamaron a Langley?
Crawford se encargó de hacerlo.
Bowman leyó muchas veces el mensaje, mirándolo de arriba a abajo y de costado, pasando el dedo sobre sus márgenes. Sacó una Biblia de la biblioteca. Los únicos sonidos que se oyeron durante cinco minutos fueron el de la respiración de los dos hombres y el crujido de las finísimas páginas.
—No —dijo — . No lo tendremos listo a tiempo. Será mejor utilizar lo que le queda para cualquier otra cosa que pueda hacer.
Graham le mostró una mano vacía.
Bowman dio media vuelta para enfrentar a Graham y se quitó los anteojos. Tenía una marca rosada a ambos lados de la nariz.
¿Está usted lo bastante seguro como para pensar que la nota que recibió Lecter es la única comunicación que ha tenido con el Duende Dientudo?
Correcto.
Pues entonces el código es algo simple. Sólo necesitaban protegerse de lectores fortuitos. Teniendo como medida las perforaciones de la nota que recibió Lecter faltarían solamente unos siete centímetros. No es un espacio tan grande como para escribir muchas instrucciones. Supongo que debe tratarse de un libro utilizado como código.
Crawford se les unió.
—    ¿Un libro como código?
Eso parece. Los primeros números, las «cien oraciones», podría ser el número de la página. Los pares de números como referencias bíblicas podrían ser una línea y una letra. ¿Pero qué libro?
¿No será la Biblia? —preguntó Crawford.
—No, la Biblia no. Lo pensé en un primer momento. Me desconcertó la cita Gálatas 6:11. «Ves qué carta larga te he escrito con mis propias manos». Es apropiado, pero pura coincidencia porque luego pone Gálatas 15:2. La epístola a los Gálatas tiene sólo seis capítulos. Lo mismo lo de Jonás 6:8. —Jonás tiene cuatro capítulos. No utilizó una Biblia.
—Quizás el título del libro esté disimulado en la parte clara de la nota de Lecter —sugirió Crawford.
Bowman meneó la cabeza.
—No lo creo.
—Pues entonces el Duende Dientudo nombró el libro que debía utilizar. Lo especificó en la nota —dijo Graham.
—Así parecería —acotó Bowman — . ¿Y si tratan de sacárselo a Lecter? Pienso que en un hospital mental algunas drogas...
—    Hace tres años probaron con amital sódico, tratando de averiguar dónde había enterrado a un estudiante de Princeton
— replicó Graham — . Les dio una receta de una salsa. Además, si tratamos de averiguarlo por la fuerza, lo perderíamos como conexión. Si el Duende Dientudo eligió el libro, es porque sabía que Lecter lo tenía en su celda.
—Tengo la certeza de que no le pidió a Chilton que le comprara o prestara uno —afirmó Crawford.
—    ¿Qué información dieron los diarios, Jack? Sobre los librosde Lecter.
—Que tiene los libros de medicina, psicología, de cocina.
—    Entonces podría ser alguno de los típicos de esos temas, algo tan clásico que el Duende Dientudo sabría a ciencia cierta que Lecter lo tiene —acotó Bowman—. Necesitamos una lista de los libros de Lecter. ¿Tiene una?
—No —respondió Graham mirando sus zapatos — . Podría pedirle a Chilton... Esperen. Rankin y Willingham, cuando revisaron su celda, tomaron fotos con una Polaroid para poder colocar todo en su lugar.
—    ¿Les puede pedir que busquen las fotografías y se reúnanconmigo?
-¿Dónde?
—    En la Biblioteca del Congreso.

Crawford verificó una última vez con la sección Criptografía de la CIA. La computadora de Langley estaba probando una firme y progresiva sustitución de letras por números y una apabullante variedad de claves alfabéticas. Sin ningún éxito. El criptógrafo estuvo de acuerdo con Bowman en que probable­mente se trataba de una clave en un libro.
Crawford miró su reloj.
—Will, nos quedan tres opciones y tenemos que decidirnos ya. Podemos retirar el mensaje de Lecter del diario y no pu­blicar nada. Podemos sustituir nuestros mensajes en idioma común invitando al Duende Dientudo a buscar en la casilla de correos. O podemos dejar que salga tal cual lo mandó, el aviso de Lecter.
¿Está seguro que hay tiempo todavía para poder sacar elmensaje de Lecter del Tattler?
Chester piensa que el jefe lo haría por otros quinientos dólares.
No me gusta la idea de publicar un mensaje en idioma corriente, Jack. Probablemente Lecter no volvería a tener más noticias de él.
Lo sé, pero  siento cierto resquemor al permitir que se publique el mensaje de Lecter sin conocer su significado —res­pondió Crawford — . ¿Qué puede decirle Lecter que él no sepa todavía? Si descubrió que tenemos una impresión parcial de su pulgar y que sus huellas dactiloscópicas no están en ningún archivo de ninguna parte, podría cortarse el pulgar y quitarse los dientes y con una estentórea carcajada exhibir sus encías desnu­das en el tribunal.
La impresión del pulgar no figuraba en el resumen que leyó Lecter. Será mejor que dejemos que se publique su mensaje. Por lo menos alentará al Duende Dientudo para comunicarse otra vez con él.
¿Qué pasa si lo alienta a hacer alguna otra cosa además de escribir?
—Nos sentiremos mal durante mucho tiempo —contestó Graham —. Tenemos que hacerlo.
Quince minutos más tarde, en Chicago, las enormes linotipos del Tattler comenzaron a girar, aumentando paulatinamente de velocidad, hasta que su estrépito levantó una nube de polvo en el cuarto de máquinas. El agente del FBI que esperaba en ese ambiente impregnado de olor a tinta y papel recién impreso, agarró uno de los primeros ejemplares.
Los títulos incluían: «¡Trasplante de una Cabeza!» y «¡Astró­nomos avistan a Dios!».
Luego de verificar que el aviso personal de Lecter estaba debidamente insertado, el agente introdujo el diario en un sobre expreso rumbo a Washington. Años más tarde volvería a ver ese diario y recordaría el borrón de su pulgar en la primera página, cuando llevara a sus niños al FBI a ver la exhibición de documentos especiales.



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