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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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miércoles, 31 de agosto de 2011

LOS TRES MOSQUETEROS - ALEJANDRO DUMAS




ALEJANDRO DUMAS
LOS TRES MOSQUETEROS

...Y  FINAL




Capítulo L
Charla de un hermano con su hermana
Durante el tiempo que lord de Winter tardó en cerrar la puerta, en echar un cerrojo y acercar
un asiento al sillón de su cuñada Milady, pensativa, hundió su mirada en las profundidades de la
posibilidad, y descubrió toda la trama que ni siquiera había podido entrever mientras ignoró en
qué manos había caído. Tenía a su cuñado por un buen gentilhombre, cabal cazador, jugador
intrépido, emprendedor con las mujeres, pero de fuerza inferior a la suya tratándose de intriga.
¿Cómo había podido descubrir su llegada? ¿Cómo hacerla prender? ¿Por qué la retenía?
Athos le había dicho algunas palabras que probaban que la conversación que había mantenido
con el cardenal había caído en oídos extraños; pero no podía admitir que él hubiera podido cavar
una contramina tan pronta y tan audaz.
Temió más bien que sus precedentes operaciones en Inglaterra hubieran sido descubiertas.
Buckingham podia haber adivinado que era ella quien había cortado los dos herretes, y vengarse
de aquella pequeña traición; pero Buckingham era incapaz de entregarse a ningún exceso contra
una mujer, sobre todo si suponía que aquella mujer había actuado movida por un sentimiento de
celos.
Esta suposición le pareció la más probable; creyó que querían vengarse del pasado y no ir al
encuentro del futuro. Sin embargo, y en cualquier caso, se congratuló de haber caído en manos
de su cuñado, de quien contaba sacar provecho, antes que entre las de un enemigo directo a
inteligente.
-Sí, hablemos, hermano mío -dijo ella con una especie de jovialidad, decidida como estaba a
sacar de la conversación, pese al disimulo que pudiera aportar a ella lord de Winter, las
aclaraciones que necesitaba para regular su conducta futura.
-¿Os habéis, pues, decidido a volver a Inglaterra -dijo lord de Winter-, a pesar de la resolución
que tan a menudo me manifestasteis en Paris de no volver a poner los pies sobre territorio de
Gran Bretaña?
Milady respondió a una pregunta con otra pregunta.
-Ante todo -dijo ella-, decidme cómo me habéis hecho espiar tan severamente para estar
prevenidos de antemano no sólo de mi llegada, sino aun del día, de la hora y del puerto al que
llegaba.
Lord de Winter adoptó la misma táctica que Milady, pensando que, puesto que su cuñada la
empleaba, ésa debía ser la buena.
-Mas, decidme vos, mi querida hermana -prosiguió-, qué ve nís a hacer en Inglaterra.
-Pero si vengo a veros -prosiguió Milady, sin saber cuánto agravaba, con esta respuesta, las
sospechas que había hecho nacer en el espíritu de su cuñado la carta de D'Artagnan, y queriendo
sólo captar la benevolencia de su oyente con una mentira.
-¡Ah! ¿Verme? -dijo tímidamente lord de Winter.
-Claro, veros. ¿Qué hay de sorprendente en ello?
-Y al venir a Inglaterra, ¿no habéis tenido otro objetivo que verme?
-No.
-¿O sea, que sólo por mí os habéis tomado la molestia de atrave sar la Mancha?
-Sólo por vos.
-¡Vaya! ¡Cuánta ternura, hermana mía!
-¿No soy acaso vuestro pariente más próximo? -preguntó Milady con el tono de ingenuidad
más conmovedora.
-E incluso mi única heredera, ¿no es eso? -dijo a su vez lord de Winter, fijando sus ojos sobre
los de Milady.
Por mucho que fuera el poder que tuviera sobre sí misma, Milady no pudo impedir
estremecerse, y como al pronunciar las últimas palabras que había dicho, lord de Winter había
puesto la mano en el brazo de su hermana, ese estremecimiento no se le escapó.
En efecto, el golpe era directo y profundo. La primera idea que vino al espíritu de Milady fue
que había sido traicionada por Ketty, y que ésta le había contado al barón esa aversión
interesada cuya señal había dejado escapar imprudentemente ante su criada; recordó también la
salida furiosa a imprudente que había hecho contra D'Artagnan cuando había salvado la vida de
su cuñado.
-No comprendo, milord -dijo ella para ganar tiempo y hacer hablar a su adversario-. ¿Qué
queréis decir? ¿Y hay algún sentido desconocido oculto en vuestras palabras?
-¡Oh, Dios mío! No -dijo lord de Winter con aparente bondad-. Vos tenéis el deseo de verme, y
venís a Inglaterra. Yo me entero de ese deseo, o mejor, sospecho que lo sentís, y a fin de
ahorraros todas las molestias de una llegada nocturna a un puerto, todas las fatigas de un
desembarco, envío a uno de mis oficiales a vuestro encuentro; pongo un coche a sus órdenes y
él os trae aquí, a este castillo, del que soy gobernador, al que vengo todos los días, y en el que,
para que nuestro doble deseo de veros quede satisfecho, os hago preparar una habita ción. ¿Hay
algo en cuanto digo más sorprenderte de lo que hay en cuanto vos me habéis dicho?
-No, lo que encuentro sorprendente es que vos hayáis sido prevenido de mi llegada.
-Sin embargo es la cosa más simple, querida hermana: ¿no habéis visto que el capitán de
vuestro pequeño navío había enviado por delante, al entrar en la rada, para obtener su entrada
al puerto, un pequeño bote portador de su libro de corredera y de su registro de tripulación? Yo
soy comandante del puerto, me han traído ese libro, he reconocido en él vuestro nombre. Mi
corazón me ha dicho lo que acababa de confiarme vuestra boca, es decir, el motivo por el que os
exponíais a los peligros de un mar tan peligroso o al menos tan fatigante en este momento, y he
enviado mi cúter a vuestro encuentro. El resto ya lo sabéis.
Milady comprendió que lord de Winter mentía y quedó más asustada aún.
-Hermano mío -continuó ella-. ¿No es milord Buckingham a quien vi sobre la escollera, por la
noche, al llegar?
-El mismo. ¡Ah! Comprendo que su vista os haya sorprendido -prosiguió lord de Winter-. Vos
venís de un país donde deben ocuparse mucho de él, y sé que su armamento contra Francia
preocupa mucho a vuestro amigo el cardenal.
-¡Mi amigo el cardenal! -exclamó Milady, viendo que tanto sobre este punto como sobre el otro
lord de Winter parecía enterado de todo.
-¿No es, pues, amigo vuestro? -prosiguió negligentemente el barón-. ¡Ah!, perdón, eso creía;
pero ya volveremos a milord duque más tarde, no nos apartemos del giro sentimental que la
conversación había tomado. ¿Venís, a lo que decís, para verme?
-Sí.
-Pues bien, yo os he respondido que seríais servida a placer, y que nos veríamos todos los días.
-¿Debo, por tanto, permanecer eternamente aquí? -preguntó Milady con cierto terror.
-¿Os encontráis mal alojada, hermana mía? Pedid lo que os falte, yo me apresuraré a hacer
que os lo den.
-Pero no tengo ni mis mujeres ni mis criados...
-Tendréis todo eso, señora; decidme en qué tren había montado vuestro primer marido vuestra
casa; aunque yo no sea más que vuestro cuñado, la montaré en un tren parecido.
-¿Mi primer marido? -exclamó Milady mirando a lord de Winter con los ojos pasmados.
-Sí, vuestro marido francés; no hablo de mi hermano. Por lo demás, si lo habéis olvidado, como
aún vive podría escribirle y él me haría llegar informes a este respecto.
Un sudor frío perló la frente de Milady.
-Vos bromeáis -dijo ella con una voz sorda.
-¿Tengo aire de hacerlo? -preguntó el barón levantándose y dando un paso hacia atrás.
-O mejor, me insultáis -continuó ella apretando con sus manos crispadas los dos brazos del
sillón y alzándose sobre sus muñecas.
-¿Yo insultaros? -dijo lord de Winter con desprecio-. En verdad, señora, ¿creéis que es posible?
-En verdad, señor -dijo Milady-, o estáis ebrio o sois un insensato; salid y enviadme una mujer.
-Las mujeres son muy indiscretas, hermana; ¿no podría yo serviros de doncella? De esta forma
todos nuestros secretos quedarían en familia.
-¡Insolente! -exclamó Milady, y, como movida por un resorte, saltó sobre el barón, que la
esperó impasible, pero, sin embargo, con una mano sobre la guarda de su espada.
-¡Eh, eh! -dijo él-. Sé que tenéis costumbre de asesinar a las personas, pero yo me defenderé,
os lo prevengo, aunque sea contra vos.
-¡Oh, tenéis razón! -dijo Milady-. ¡Y me dais la impresión de ser lo bastante cobarde como para
poner la mano sobre una mujer!
-Quizá sí; además tendría mi excusa: mi mano no sería la primers mano de hombre que sería
puesta sobre vos, según imagino.
Y el barón indicó con un gesto lento y acusador el hombro izquierdo de Milady, que casi tocó
con el dedo.
Milady lanzó un rugido sordo y retrocedió hasta el ángulo de la habitación como una pantera
que quiere acularse para abalanzarse.
-¡Oh, rugid cuanto queráis! -exclamó lord de Winter-. Pero no tratéis de morderme porque, os
lo advierto, se volvería en perjuicio vuestro; aquí no hay procuradores que arreglen de antemano
las sucesiones, no hay caballero errante que venga a buscarme pelea por la hermosa dama que
retengo prisionera, sino que tengo completamente dispuestos jueces que dispondrán de una
mujer lo bastante desvergonzada para venir a deslizarse, bígama, en el lecho de lord de Winter,
mi hermano mayor, y estos jueces, os lo advierto, os enviarán a un verdugo que os pondrán los
dos hombros parejos.
Los ojos de Milady lanzaban tales destellos que, aunque él fuera hombre y armado ante una
mujer desarmada, sintió el frío del miedo deslizarse hasta el fondo de su alma; no por ello dejó
de continuar, con un furor creciente:
-Sí, comprendo, después de haber heredado de mi hermano, os habría sido dulce heredar de
mí; pero, sabedlo de antemano, podéis matarme o hacerme matar, mis precauciones están
tomadas, ni un penique de cuanto poseo pasará a vuestras manos. ¿No sois lo bastante rica, vos,
que poseéis cerca de un millón, y no podéis deteneros en vuestro camino fatal si no hacéis el mal
más que por el goce infinito y supremo de hacerlo? Mirad: os aseguro que si la memoria de mi
hermano no fuera sagrada iríais a pudriros en un calabozo del Estado o a saciar en Tyburn la
curiosidad de los marineros; me callaré, pero vos soportaréis tranquilamente vuestra cautividad;
dentro de quince o veinte días parto para La Rochelle con el ejército; pero la víspera de mi
partida vendrá a recogeros un bajel, que yo veré partir y que os conducirá a nuestras colonias
del Sur; y estad tranquila, os uniré un compañero que os levantará la tapa de los sesos a la
primera tentativa que arriesguéis por volver a Inglaterra, o al continente.
Milady escuchaba con una atención que dilataba sus ojos llenos de llamas.
-Sí, pero hasta entonces -continuó lord de Winter- permaneceréis en este castillo: los muros
son espesos, las puertas son fuertes, los barrotes son sólidos; además, vuestra ventana da a pico
sobre el mar; los hombres de mi séquito, que me son fieles en la vida y en la muerte, montan
guardia en torno a esta habitación, y vigilan todos los pasajes que conducen al patio; y llegada al
patio, os quedarían aún tres verjas que atravesar. La consigna es precisa: un paso, un gesto, una
palabra que simule una evasión, y dispararán sobre vos; si os matan, la justicia inglesa tendrá,
como espero, alguna obligación conmigo por haberle ahorrado la tarea. ¡Ah! Vuestros trazos
recuperan la calma, vuestro rostro reencuentra su seguridad. Quince días, veinte días, decís,
¡bah!; de aquí a entonces, tengo el genio inventivo, me vendrá alguna idea; tengo el espíritu
infernal y encontraré alguna víctima. De aquí a quince días, os decís, estaré fuera de aquí. ¡Ah,
ah! Intentadio.
Viéndose adivinada, Milady se hundió las uñas en la carne para domar todo movimiento que
pudiera dar a su fisonomía una significación cualquiera distinta a la de la angustia.
Lord de Winter continuó:
-El oficial que manda aquí en mi ausencia -ya lo habéis visto y lo conocéis- sabe, como veis,
observar una consigna, porque, os conozco, vos no habéis venido desde Portsmouth aquí sin
haber tratado de hablarle. ¿Qué decís a eso? ¿Habría sido más impasible y muda una estatua de
mármol? Habéis ensayado ya el poder de vuestras seducciones sobre muchos hombres, y
desgraciadamente habéis triunfado siempre; pero ensayadlo con éste, diantre; si lo conseguís, os
declaro el mismo demonio.
Fue hacia la puerta y la abrió bruscamente.
-¡Qué llamen al señor Felton! -dijo-. Esperad un instante, voy a recomendaros a él.
Entre los dos personajes se hizo un silencio extraño, durante el cual se oyó el ruido de un paso
lento y regular que se acercaba; al punto, en la sombra del corredor se vio dibujarse una forma
humana, y el joven teniente con el que ya hemos trabado conocimiento se detuvo en el umbral,
esperando las órdenes del barón.
-Entrad, mi querido John -dijo lord de Winter-, entrad y cerrad la puerta.
El joven oficial entró.
-Ahora -dijo el barón-, mirad a esta mujer: es joven, es bella, tiene todas las seducciones de la
tierra; pues bien, es un monstruo que a sus veinticinco años se ha hecho culpable de tantos
crímenes como podáis leer en un año en los archivos de nuestros tribunales; su voz habla en su
favor, su belleza sirve de cebo a las víctimas, su cuerpo mismo paga lo que ha prometido, es
justicia que hay que hacerle; tratará de seduciros, quizá intente incluso mataros. Yo os he sacado
de la miseria, Felton, os he hecho nombrar teniente, os he salvado la vida una vez, ya sabéis en
qué ocasión; soy para vos no sólo un protector, sino un amigo; no sólo un bienhechor, sino un
padre; esta mujer ha vuelto a Inglaterra a fin de conspirar contra mi vida; tengo a esta serpiente
entre mis manos; pues bien, os hago llamar y os digo: amigo Felton, John, hijo mío, guárdame y
sobre todo guárdate de esta mujer; jura por tu salvación que la conservarás para el castigo que
ha merecido. John Felton, me fío de tu palabra; John Felton, creo en tu lealtad.
-Milord -dijo el joven oficial, cargando su mirada pura de todo el odio que pudo encontrar en su
corazón-, milord, os juro que se hará como deseáis.
Milady recibió aquella mirada como víctima resignada: era imposible ver una expresión más
sumisa y más dulce de la que reinaba entonces sobre su hermoso rostro. Apenas si el propio lord
de Winter reconoció a la tigresa que un momento antes él se aprestaba a combatir.
-No saldrá jamás de esta habitación, ¿entendéis, John? -continuó el barón-. No se carteará con
nadie, no hablará más que con vos, si es que tenéis a bien hacerle el honor de dirigirle la
palabra.
-Basta, milord, he jurado.
-Y ahora, señora, tratad de hacer la paz con Dios, porque estáis juzgada por los hombres.
Milady dejó caer su cabeza como si se hubiera sentido aplastada por este juicio. Lord de Winter
salió haciendo un gesto a Felton, que salió tras él y cerró la puerta.
Un instante después se oía en el corredor el paso pesado de un soldado de marina que hacía
de centinela, el hacha a la cintura y el mosquete en la mano.
Milady permaneció durante algunos minutos en la misma posición, porque pensó que se la
vigilaba por la cerradura; luego, lentamente, alzó su cabeza, que había recuperado una expresión
formidable de amenaza y desafío, corrió a escuchar a la puerta, miró por la ventana y volviendo
a enterrarse en un amplio sillón, pensó.
Capítulo LI
Oficial
Entre tanto, el cardenal esperaba nuevas de Inglaterra, pero ninguna nueva llegaba, ni siquiera
enfadosa y amenazadora.
Aunque La Rochelle estuviera bloqueada, por cierto que pudiera parecer el éxito gracias a las
precauciones tomadas y sobre todo al dique que no dejaba ya penetrar ningún barco en la
ciudad asediada, sin embargo el bloqueo podia durar mucho tiempo todavía; y era una gran
afrenta para las armas del rey y una gran molestia para el señor cardenal, que ya no tenía, por
cierto, que malquistar a Luis XIII con Ana de Austria, ya estaba hecho, sino conciliar al señor de
Bassompierre, que estaba malquistado con el duque de Angulema.
En cuanto a Monsieur, que había comenzado el asedio, dejaba al cardenal el cuidado de
acabarlo.
La ciudad, pese a la increíble perseverancia de su alcalde, había intentado una especie de
motín para rendirse; el alcalde había hecho colgar a los amotinados. Esta ejecución calmó a las
peores cabezas, que entonces se decidieron a dejarse morir de hambre. Esta muerte les parecía
siempre más lenta y menos segura que morir por estrangulamiento.
Por su parte, de vez en cuando, los sitiadores cogían mensajeros que los rochelleses enviaban
a Buckingham, o espías que Buckingham enviaba a los rochelleses. En uno y otro caso el proceso
se hacía deprisa. El señor cardenal decía esta sola palabra: ¡Colgadlo! Se invitaba al rey a ver el
ahorcamiento. El rey venía lánguidamente, se ponía en primera fila para ver la operación en
todos sus detalles: esto le distraía siempre algo y le hacía tomar el asedio con paciencia, pero no
le impedía aburrirse mucho ni hablar en todo momento de volver a Paris, de suerte que, si
hubieran faltado mensajeros y espías, Su Eminencia, a pesar de toda su imaginación, se habría
encontrado en muchos apuros.
No obstante el paso del tiempo, los rochelleses no se rendían: el último espía que se había
cogido era portador de una carta. Esta carta decía a Buckingham que la ciudad estaba en las
últimas; pero en lugar de añadir: «Si vuestro socorro no llega antes de quince días, nos rendiremos
», añadía siempre: «Si vuestro socorro no llega antes de quince días, habremos muerto
todos de hambre cuando llegue».
Los rochelleses no tenían, pues, esperanza más que en Buckingham. Buckingham era su
Mesías. Era evidente que si un día se enteraban con certeza de que no había que contar ya con
Buckingham, con la esperanza caería su valor.
El cardenal esperaba, por tanto, con gran impaciencia las nuevas de Inglaterra que debían
anunciar que Buckingham no vendría.
El tema de apoderarse de la ciudad a viva fuerza, debatido con frecuencia en el consejo real,
había sido descartado siempre; en primer lugar, La Rochelle parecía inconquistable, pues el
cardenal, dijera lo que dijera, sabía de sobra que el horror de la sangre derramada en este
encuentro, en que franceses debían combatir contra franceses, era un movimiento retrógrado de
sesenta años impreso en la política, y el cardenal era en aquella época lo que hoy se denomina
un hombre de progreso. En efecto, el saco de La Rochelle, el asesinato de tres mil o cuatro mil
hugonotes que se habrían hecho matar se parecía demasiado, en 1628, a la matanza de San
Bartolomé en 1572; y, además, por encima de todo esto, este medio extremo, que nada
repugnaba al rey, buen católico, venía a estrellarse siempre contra este argumento de los
generales sitiadores: La Rochelle era inconquistable de otro modo que por el hambre.
El cardenal no podia apartar de su espíritu el temor en que le arrojaba su terrible emisaria,
porque también él había comprendido las proposiciones extrañas de esta mujer, tan pronto
serpiente como león. ¿Lo había traicionado? ¿Estaba muerta? En cualquier caso la conocía lo bastante
como para saber que actuando a su favor o contra él, amiga o enemiga, ella no permanecía
inmóvil sin grandes impedimentos. Esto era lo que no podía saber.
Por lo demás, contaba, y con razón, con Milady: había adivinado en el pasado de esta mujer
esas cosas terribles que sólo su capa roja podía cubrir; y sentía que por una causa o por otra,
esta mujer le era adicta, al no poder encontrar sino en él un apoyo superior al peligro que la
amenazaba.
Resolvió, por tanto, hacer la guerra completamente solo y no esperar cualquier éxito extraño
más que como se espera una suerte afortunada. Continuó haciendo elevar el famoso dique que
debía hacer padecer hambre a La Rochelle; mientras tanto, puso los ojos sobre aquella
desgraciada ciudad que encerraba tanta miseria profunda y tantas virtudes heroicas y,
acordándose de la frase de Luis XI, su predecesor politico como él era predecesor de
Robespierre, murmuró esta máxima del compadre de Tristán: «Dividir para reinar.»
Enrique IV, al asediar Paris, hacía arrojar por encima de las murallas pan y víveres; el cardenal
hizo arrojar pequeños billetes en los que manifestaba a los rochelleses cuán injusta, egoísta y
bárbara era la conducta de sus jefes; estos jefes tenían trigo en abundancia, y no lo compartían;
adoptaban la máxima, porque también ellos tenían máximas, de que poco importaba que las
mujeres, los niños y los viejos muriesen, con tal que los hombres que debían defender sus
murallas siguiesen fuertes y con buena salud. Hasta entonces, bien por adhesión, bien por
impotencia para reaccionar contra ella, esta máxima, sin ser generalmene adoptada, pasaba, sin
embargo, de la teoría a la práctica; pero los billetes vinieron a atentar contra ella. Los billetes recordaban
a los hombres que aquellos hijos, aquellas mujeres, aquellos viejos a los que se dejaba
morir eran sus hijos, sus esposas y sus padres; que sería más justo que todos fueran reducidos a
la miseria común, a fin de que una misma posición hiciera adoptar resoluciones unánimes.
Estos billetes causaron todo el efecto que podia esperar quien los había escrito, dado que
decidieron a un gran número de habitantes a iniciar negociaciones particulares con el ejército
real.
Pero en el momento en que el cardenal veía fructificar ya su medio y se aplaudía por haberlo
puesto en práctica, un habitante de La Rochelle, que había podido pasar a través de las líneas
reales, Dios sabe cómo, pues tanta era la vigilancia de Bossompierre, de Schomberg y del duque
de Angulema, vigilados ellos mismos por el cardenal, un habita nte de La Rochelle, decíamos,
entró en la ciudad procedente de Porstmouth y diciendo que había visto una flota magnífica
dispuesta a hacerse a la vela antes de ocho días. Además, Buckingham anunciaba al alcalde que
por fin iba a declararse la gran lucha contra Francia, y que el reino iba a ser invadido a la vez por
los ejércitos ingleses, imperiales y españoles. Esta carta fue leída públicamente en todas las plazas,
se pegaron copias en las esquinas de las calles y los mismos que habían comenzado a iniciar
las negociaciones las interrumpieron, resueltos a esperar este socorro tan pomposamente
anunciado.
Esta circunstancia inesperada devolvió a Richelieu sus inquietudes primeras, y lo forzó a pesar
suyo a volver nuevamente los ojos hacia el otro lado del mar.
Durante este tiempo, libre de las inquietudes de su único y verdadero jefe, el ejército real
llevaba una existencia alegre; los víveres no faltaban en el campamento, ni tampoco el dinero;
todos los cuerpos rivalizaban en audacia y alegría. Coger espías y colgarlos, hacer expediciones
audaces sobre el dique o por el mar, imaginar locuras, ponerlas en práctica, tal era el pasatiempo
que hacía encontrar cortos al ejército aquellos días tan largos no sólo para los rochelleses roídos
por el hambre y la ansiedad, sino incluso por el cardenal que los bloqueaba con tanto ardor.
A veces, cuando el cardenal, siempre cabalgando como el último gendarme del ejército,
paseaba su mirada pensativa sobre las obras, tan lentas a gusto de su deseo, que alzaban por
orden suya los ingenieros que había hecho venir de todos los rincones de Francia, encontraba
algún mosquetero de la compañía de Tréville, se acercaba a él, lo miraba de forma singular y al
no reconocerlo por uno de nuestros compañeros, dejaba it hacia otra parte su mirada profunda y
su vasto pensamiento.
Cierto día en que, roído por un hastío mortal, sin esperanza en las negociaciones con la ciudad,
sin nuevas de Inglaterra, el cardenal había salido sin más objeto que salir, acompañado
solamente de Cahusac y de La Houdinière, costeando las playas arenosas y mezclando la
inmensidad de sus sueños a la inmensidad del océano, llegó al paso de su caballo a una colina
desde cuya altura percibió detrás de un seto, tumbados sobre la arena y tomando de paso uno
de esos rayos de sol tan raros en esa época del año, a siete hombres rodeados de botellas
vacías. Cuatro de esos hombres eran nuestros mosqueteros disponiéndose a escuchar la lectura
de una carta que uno de ellos acababa de recibir. Esta carta era tan importante que había hecho
abandonar sobre un tambor cartas y dados.
Los otros tres se ocupaban en destapar una damajuana de vino de Collioure; eran los lacayos
de aquellos señores.
Como hemos dicho, el cardenal estaba de sombrío humor, y nada, cuando se encontraba en
esa situación de espíritu, redoblaba tanto su desabrimiento como la alegría de los demás. Por
otro lado, tenía una preocupación extraña: era creer que las causas mismas de su tristeza
excitaban la alegría de los extraños. Haciendo seña a La Houdinière y a Cahusac de detenerse,
descendió de su caballo y se aproximó a aquellos reidores sospechosos, esperando que con la
ayuda de la arena que apagaba sus pasos, y del seto que ocultaba su marcha, podría oír algunas
palabras de aquella conversación que tan interesante parecía; a diez pasos del seto solamente
reconoció el parloteo gascón de D'Artagnan, y como ya sabía que aquellos hombres eran
mosquete ros, no dudó que los otros tres fueran aquellos que llamaban los inseparables, es decir,
Athos, Porthos y Aramis.
Júzguese si su deseo de oír la conversación aumentó con este descubrimiento; sus ojos
adoptaron una expresión extraña, y con paso de ocelote avanzó hacia el seto; pero aún no había
podido coger más que sílabas vagas y sin ningún sentido positivo cuando un grito sonoro y breve
lo hizo estremecerse y atrajo la atención de los mosqueteros.
-¡Oficial! -gritó Grimaud.
-Habláis en mi opinión de forma rara -dijo Athos alzándose sobre un codo y fascinando a
Grimaud con su mirada resplandeciente.
Por eso Grimaud no añadió ni una palabra, contentándose con te ner el dedo índice en la
dirección del seto y denunciando con este gesto al cardenal y a su escolta.
De un solo salto los cuatro mosqueteros estuvieron en pie y saludaron con respeto.
El cardenal parecía furioso.
-Parece que los señores mosqueteros se hacen cuidar -dijo-. ¿Acaso vienen los ingleses por
tierra? ¿O no será que los mosqueteros se consideran oficiales superiores?
-Monseñor -respondió Athos, porque en medio del terror general sólo él había conservado
aquella calma y aquella sangre fría de gran señor que no lo abandonaban nunca-, Monseñor, los
mosqueteros, cuando no están de servicio o cuando su servicio ha terminado, beben y juegan a
los dados, y son oficiales muy superiores para sus lacayos.
-¡Lacayos! -masculló el cardenal-. Lacayos que tienen la orden de advertir a sus amos cuando
pasa alguien no son lacayos, son centinelas.
-Su Eminencia ve, sin embargo, que si no hubiéramos tomado esta precaución, nos habríamos
expuesto a dejarle pasar sin presentarle nuestros respetos y ofrecerle nuestra gratitud por la
gracia que nos ha hecho de reunirnos. D'Artagnan -continuó Athos-, vos que hace un momento
pedíais esta ocasión de expresar vuestra gratitud a Monseñor, hela aquí, aprovechadla.
Estas palabras fueron pronunciadas con aquella flema imperturbable que distinguía a Athos en
las horas de peligro, y con aquella excesiva cortesía que hacía de él en ciertos momentos un rey
más majestuoso que los reyes de nacimiento.
D'Artagnan se acercó y balbuceó algunas palabras de gratitud, que pronto expiraron bajo la
mirada ensombrecida del cardenal.
-No importa, señores -continuó el cardenal, al parecer por nada del mundo apartado de su
intención primera por el incidente que Athos había suscitado-; no importa, señores, no me gusta
que simples soldados, porque tienen la ventaja de servir en un cuerpo privilegiado, hagan de
esta forma los grandes señores, y la disciplina es la misma para ellos que para todo el mundo.
Athos dejó al cardenal acabar completamente su frase e, inclinándose en señal de
asentimiento, replicó a su vez:
-La disciplina, Monseñor, no ha sido olvidada por nosotros de ninguna manera, eso espero al
menos. No estamos de servicio y hemos creído que al no estar de servicio podíamos disponer de
nuestro tiempo como bien nos pareciera. Si somos lo bastante afortunados para que Su
Eminencia tenga alguna orden particular que darnos, estamos dispuestos a obedecerle. Monseñor
ve -continuó Athos frunciendo el ceño porque aquella especie de interrogatorio comenzaba a
impacientarlo- que, para estar dispuestos a la menor alerta, hemos salido con nuestras armas.
Y señaló con el dedo al cardenal los cuatro mosquetes en haz junto al tambor sobre el que
estaban las camas y los dados.
-Tenga a bien Vuestra Eminencia creer -añadió D'Amagnan- que nos habríamos dirigido a su
encuentro si hubiéramos podido suponer que era ella la que venía hacia nosotros con tan
pequeña compañía.
El cardenal se mordió los mostachos y un poco los labios.
-¿Sabéis de qué tenéis aire, siempre juntos, como aquí ahora, armados como estáis, y
guardados por vuestros lacayos? -dijo el cardenal-. Tenéis aire de cuatro conspiradores.
-¡Oh! En cuanto a eso, Monseñor, es cierto -dijo Athos-, y nosotros conspiramos, como Vuestra
Eminencia pudo ver la otra mañana, sólo que contra los rochelleses.
-¡Vaya con los señores politicos! -prosiguió el cardenal frunciendo a su vez el ceño-. Quizá se
encontraría en vuestros cerebros el secreto de muchas cosas que son ignoradas si se pudiera leer
en ellos como leéis en esa cama que habéis ocultado cuando me habéis visto venir.
El rubor subió al rostro de Athos, que dio un paso hacia Su Eminencia.
-Se diría que sospecháis de nosotros verdaderamente, Monseñor, y que estamos sufriendo un
auténtico interrogatorio; si es así, dígnese Vuestra Eminencia explicarse, y por lo menos
sabremos a qué atenernos.
-Y aunque esto fuera un interrogatorio -repücó el cardenal-, otros distintos a vosotros los han
sufrido, señor Athos, y han respondido.
-Por eso, Monseñor, he dicho a Vuestra Eminencia que no te nía más que preguntar, y que
nosotros estábamos prestos para responder.
-¿De quién era esa carta que íbais a leer, señor Aramis, y que vos habéis ocultado?
-Una carta de mujer, Monseñor.
-¡Oh! Lo supongo -dijo el cardenal-; hay que ser discreto para esa clase de cartas; sin
embargo, se pueden mostrar a un confesor; como sabéis, he recibido las órdenes.
-Monseñor -dijo Athos con una calma tanto más terrible cuanto que se jugaba la cabeza al dar
esta respuesta-, la carta es de una mujer, pero no está firmada ni Marion de Lorme, ni señorita
D'Aiguillon.
El cardenal se volvió pálido como la muerte, un destello leonado salió de sus ojos; se volvió
como para dar una orden a Cahusac y a La Houdiniére. Athos vio el movimiento: dio un páso
hacia los mosqueteros, sobre los que los tres amigos tenían fijos los ojos como hombres poco
dispuestos a dejarse detener. Con el cardenal eran tres; los mosqueteros, comprendidos los
lacayos, eran siete; juzgó que la pamida sería muy desigual, que Athos y sus compañeros
conspiraban realmente; y mediante uno de esos giros rápidos que siempre tenía a su disposición,
toda su cólera se fundió en una sonrisa.
-¡Vamos, vamos! -dijo-. Sois jóvenes valientes, orgullosos a plena luz, fieles en la oscuridad; no
hay mal alguno en vigilar sobre uno mismo cuando se vigila tan bien sobre los demás; señores,
no he olvidado la noche en que me servisteis de escolta para it al Colombier-Rouge; si hubiera
algún peligro que temer en la ruta que voy a seguir os rogaría que me acompañaseis; pero como
no lo hay, permaneced donde estáis, acabad vuestras botellas, vuestra partida y vuestra carta.
Adiós, señores.
Y volviendo a montar en su caballo, que Cahusac le había traído, los saludó con la mano y se
alejó.
Los cuatro jóvenes, de pie a inmóviles, lo siguieron con los ojos sin decir una sola palabra
hasta que hubo desaparecido.
Luego se miraron.
Todos tenían el rostro consternado, porque pese al adiós amistoso de Su Eminencia
comprendían que el cardenal se iba con la rabia en el corazón.
Sólo Athos sonreía con sonrisa potente y desdeñosa. Cuando el cardenal estuvo fuera del
alcance de la voz y de la vista:
-¡Ese Grimaud ha gritado muy tarde! -dijo Porthos, que tenia muchas ganas de hacer caer su
mal humor sobre alguien.
Grimaud iba a responder para excusarse. Athos alzó el dedo y Grimaud se calló.
-¿Habrías entregado la carta, Aramis? -dijo D'Artagnan.
-Estaba totalmente resuelto -dijo Aramis con su voz más aflautada-: si hubiera exigido que le
fuera entregada la carta, le habría presentado la carta con una mano, y con la otra le habría
pasado mi espada a través del cuerpo.
-Eso me esperaba -dijo Athos-; por eso me he lanzado entre vos y él. En verdad, ese hombre
es muy imprudente al hablar así a otros hombres; se diría que no se las ha visto más que con
mujeres y niños.
-Mi querido Athos -dijo D'Artagnan-, os admiro, pero después de todo estábamos en culpa.
-¿Cómo en culpa? -prosiguió Athos-. ¿De quién es este aire que respiramos? ¿De quién este
océano sobre el que se extiende nuestras miradas? ¿De quién esta arena sobre la que estamos
tumbados? ¿De quién esta carta de vuestra amante? ¿Son del cardenal? A fe mía que ese
hombre se figura que el mundo le pertenece; estáis ahí, balbuceante, estupefacto, aniquilado; se
hubiera dicho que la Bastilla se alzaba ante vos y que la gigantesca Medusa os convertía en
piedra. Veamos, ¿es que acaso es conspirar estar enamorado? Vois estáis enamorado de una
mujer a la que el cardenal ha hecho encerrar, queréis apartarla de las manos del cardenal; es
una partida que jugáis con Su Eminencia: esa carta es vuestro juego; ¿por qué ibais a mostrar
vuestro juego a vuestro adversario? Eso no se hace. ¿Que él lo adivina? En buena hora. Nosotros
adivinamos el suyo de sobra.
-De hecho -dijo D'Artagnan-, lo que vos decís, Athos, está lleno de sentido.
-En tal caso, que no vuelva a tratarse de lo que acaba de ocurrir, y que Aramis prosiga la carta
de su prima donde el señor cardenal le ha interrumpido.
Aramis sacó la carta de su bolso, los tres amigos se acercaron a él y los tres lacayos se
reunieron de nuevo junto a la damajuana.
-No habíais leido más que una o dos líneas -dijo D'Artagnan-; empezad, pues, la carta desde el
principio.
-Encantado -dijo Aramis.
«Querido primo, creo que me decidiré a partir para Stenay, donde mi hermana ha hecho
entrar a nuestra pequeña criada en el convento de las Carmelitas; esa pobre muchacha
está resignada, sabe que no se puede vivir en ninguna otra parte sin que esté en peligro la
salvación de su alma. Sin embargo, si los asuntos de nuestra familia se arreglan como
nosotros deseamos, creo que ella correrá el riesgo de condenarse, y que volverá junto a
aquellos a los que echa de menos, tanto más cuanto que sabe que se piensa siempre en
ella. Mientras tanto, no es damasiado desdichada: todo cuanto desea es una carta de su
pretendiente. Sé de sobra que esa clase de géneros pasa difícilmente por entre las verjas;
mas, después de todo, como ya os he dado pruebas de ello, querido primo, no soy
demasiado torpe y me haré cargo de esa comisión. Mi hermana os agradece vuestro recuerdo
fiel y eterno. Ha sentido por un instante una gran inquietud; mas, finalmente, se ha
tranquilizado algo ahora, tras haber enviado a su agente allá a fin de que nada imprevisto
ocurra.
Adiós, mi querido primo, dadnos nuevas de vos con la mayor frecuencia que podáis, es
decir, cuantas veces creáis poder hacerlo con seguridad. Recibid un abrazo.
Marie Michon.»
-¡Cuánto os debo, Aramis! -exclamó D'Artagnan-. ¡Querida Costance! ¡Por fin tengo nuevas
suyas! ¡Vive, está a buen seguro en un convento, está en Stenay! ¿Dónde pensáis que está
Stenay, Athos?
-A algunas leguas de las fronteras; una vez levantado el asedio, podremos it a dar una vuelta
por ese lado.
-Y esperemos que no sea muy tarde -dijo Porthos-; esta mañana han colgado a un espía que
ha declarado que los rochelleses estaban con los cueros de sus zapatos. Suponiendo que tras
haber comido el cuero se coman la suela, no sé qué les quedará para después, a menos que se
coman unos a otros.
-¡Pobres imbéciles! -dijo Athos vaciando un vaso de excelente vino de Burdeos, que sin tener
en aquella época la reputación que tiene hoy, no por eso la merecía menos-. ¡Pobres imbéciles!
¡Como si la religión católica no fuera la más ventajosa y agradable de las religiones! Da igual
-prosiguió tras haber hecho chascar su lengua contra el paladar-, son gentes valientes. Mas ¿qué
diablos hacéis, Aramis? -continuó Athos-. ¿Guardáis esa carta en vuestro bolsillo?
-Sí -dijo D'Artagnan-, Athos tiene razón, hay que quemarla.
Quién sabe si el señor cardenal no tiene un secreto para interrogar a las cenizas...
-Debe tener uno -dijo Athos.
-Pero ¿qué queréis hacer con esa carta? -preguntó Porthos.
-Venid aquí, Grimaud -dijo Athos.
Grimaud se levantó y obedeció.
-Para castigaros por haber hablado sin permiso, amigo mío, vais a comer este trozo de papel;
luego, para recompensar el servicio que nos habéis hecho, beberéis este vaso de vino; aquí
tenéis la carta primero, masticad con energía.
Grimaud sonrió y con los ojos fijos sobre el vaso que Athos acababa de llenar hasta el borde,
trituró el papel y lo tragó.
-¡Bravo, maese Grimaud! -dijo Athos-. Y ahora tomad esto; bien, os dispenso de dar las
gracias.
Grimaud tragó silenciosamente el vaso de vino de Burdeos, pero sus ojos alzados al cielo
hablaban durante todo el tiempo que duró esta dulce ocupación un lenguaje que no por ser
mudo era menos expresivo.
-Y ahora -dijo Athos-, a menos que el señor cardenal tenga la ingeniosa idea de hacer abrir el
vientre de Grimaud, creo que podemos estar casi tranquilos.
Durante este tiempo Su Eminencia continuaba su paseo melancólico murmurando entre sus
mostachos.
-¡Decididamente es preciso que estos cuatro hombres sean míos!
Capítulo LII
Primera jornada de cautividad
Volvamos a Milady, a la que una mirada lanzada sobre las costas de Francia nos ha hecho
perder la vista un instante.
La volvemos a encontrar en la posición desesperada en que lo hemos dejado, ahondando un
abismo de sombrías reflexiones, sombrío infierno a cuya puerta ha dejado casi la esperanza;
porque por primera vez duda, porque por vez primera siente miedo.
En dos ocasiones le ha fallado su fortuna, en dos ocasiones se ha visto descubierta y
traicionada, y en estas dos ocasiones ha sido contra el genio fatal enviado sin duda por el Señor
para combatirla contra lo que ha fracasado: D'Artagnan la ha vencido a ella, esa invencible potencia
del mal.
El la ha engañado en su amor, humillado en su orgullo, hecho fracasar en su ambición, y ahora
la pierde en su fortuna, la golpea en su libertad, la amenaza incluso en su vida. Es más, ha
alzado una punta de su mascara, esa égida con que ella se cubre y que la vuelve tan fuerte.
D'Artagnan ha alejado de Buckingham, a quien ella odia como odia a todo cuanto ha amado, la
tempestad con que lo amenazaba Richelieu en la persona de la reina. D'Artagnan se ha hecho
pasar por de Wardes, hacia quien ella sentía una de esas fantasias de tigresa, indomables como
las tienen las mujeres de ese carácter. D'Artagnan conocía ese terrible secreto que ella juró que
nadie conocería sin morir. Finalmente, en el momento en que acaba de obtener una firma en
blanco con cuya ayuda iba a vengarse de su enemigo, esa firma en blanco le es arrancada de las
manos, y es D'Artagnan quien la tiene prisionera y quien va a enviarla a algún inmundo
Botany-Bay, a algún Tyburn infame del océano Indico.
Porque indudablemente todo esto le viene de D'Artagnan; ¿de quién procederían tantas
vergüenzas amontonadas sobre su cabeza si no es de él? Sólo él ha podido transmitir a lord de
Winter todos esos horrendos secretos, que él ha descubierto uno tras otro por una especie de
fatalidad. Conoce a su cuñado, le habrá escrito.
¡Cuánto odio destila! Allí inmóvil, con los ojos ardientes y fijos en su cuarto desierto, ¡cómo los
destellos de sus rugidos sordos, que a ve ces escapan con su respiración del fondo de su pecho,
acompañan perfectamente el ruido del oleaje que asciende, gruñe, muge y viene a romperse,
como una desesperación eterna a impotente, contra las rocas sobre las cuales está construido
ese castillo sombrío y orgulloso! ¡Cómo concibe, a la luz de los rayos que su cólera tormentosa
hace brillar en su espíritu, contra la señorita Bonacieux, contra Buckingham y, sobre todo, contra
D'Artagnan, magníficos proyectos de venganza, perdidos en las lejanías del futuro!
Sí, pero para vengarse hay que ser libre, y para ser libre, cuando se está prisionero, hay que
horadar un muro, desempotrar los barrotes, agujerear el suelo; empresas todas estas que puede
llevar a cabo un hombre paciente y fuerte, pero ante las cuales deben fracasar las irritaciones
febriles de una mujer. Por otra parte, para hacer todo esto hay que tener tiempo, meses, años, y
ella..., ella tiene diez o doce días, según lo dicho por lord de Winter, su fraterno y terrible
carcelero.
Y, sin embargo, si fuera hombre intentaría todo esto, y quizá triunfaría. ¿Por qué, pues, el cielo
se ha equivocado de esta forma, poniendo esta alma viril en ese cuerpo endeble y delicado?
Por eso han sido terribles los primeros momentos de cautividad: algunas convulsiones de rabia
que no ha podido vencer han pagado su deuda de debilidad femenina a la naturaleza. Pero poco
a poco ha superado los relámpagos de su loca cólera, los estremecimientos nerviosos que han
agitado su cuerpo han desaparecido, y ahora está replegada sobre sí misma como una serpiente
fatigada que reposa.
-Vamos, vamos; estaba loca al dejarme llevar así -dice hundiendo en el espejo, que refleja en
sus ojos su mirada brillante, por la que parece interrogarse a sí misma-. Nada de violencia, la
violencia es una prueba de debilidad. En primer lugar, nunca he triunfado por ese medio; quizá si
usara mi fuerza contra las mujeres, tendría oportunidad de encontralas más débiles aún que yo,
y por consiguiente vencerlas, pero es contra hombres contra los que yo lucho, y no soy para ellos
más que una mujer. Luchemos como mujer, mi fuerza está en mi debilidad
Entonces, como para rendirse a sí misma cuenta de los cambios que podía imponer a su
fisonomía tan expresiva y tan móvil, la hizo adoptar a la vez todas las expresiones, desde la de la
cólera que crispaba sus rasgos hasta la de la más dulce, afectuosa y seductora sonrisa. Luego
sus cabellos adoptaron sucesiva mente bajo sus manos sabias las ondulaciones que creyó que
podían ayudar a los encantos de su rostro. Finalmente, satisfecha de sí misma, murmuró:
-Vamos, nada está perdido. Sigo siendo hermosa.
Eran, aproximadamente, las ocho de la noche; Milady vio una cama; pensó que un descanso de
algunas horas refrescaria no sólo su cabeza y sus ideas, sino también su tez. Sin embargo, antes
de acostarse, le vino una idea mejor. Había oído hablar de cena. Estaba ya desde hacía una hora
en aquella habitación, no podían tardar en traerle su comida. La prisionera no quiso perder
tiempo, y resolvió hacer, desde aquella misma noche, alguna tentativa para sondear el terreno
estudiando el carácter de las personas a las que su custodia estaba confiada.
Una luz apareció por debajo de la puerta; aquella luz anunciaba el regreso de sus carceleros.
Milady, que se había levantado, se lanzó vivamente sobre su sillón, la cabeza echada hacia atrás,
sus hermosos cabellos sueltos y esparcidos, su pecho medio desnudo bajo sus encajes chafados,
una mano sobre el corazón y la otra colgando.
Descorrieron los cerrojos, la puerta chirrió sobre sus goznes, y en la habitación resonaron unos
pasos que se aproximaron.
-Poned ahí esa mesa -dijo una voz que la prisionera reconoció como la de Felton.
La orden fue ejecutada.
-Traeréis antorchas y haréis el relevo del centinela -continuó Felton.
Esta doble orden que dio a los mismos individuos el joven teniente probó a Milady que sus
servidores eran los mismos hombres que sus guardianes, es decir soldados.
Las órdenes de Felton eran ejecutadas por los demás con una silenciosa rapidez que daba
buena idea del floreciente estado en que mantenía la disciplina.
Finalmente, Felton, que aún no había mirado a Milady, se volvió hacia ella.
-¡Ah, ah! -dijo-. Duerme, está bien; cuando se despierte cenará.
Y dio algunos pasos para salir.
-Pero, mi teniente -dijo un soldado menos estoico que su jefe, y que se había acercado a
Milady-, esta mujer no duerme.
-¿Cómo que no duerme? -dijo Felton-. ¿Entonces, qué hace?
-Está desvanecida; su rostro está muy pálido, y por más que escucho no oigo su respiración.
-Tenéis razón -dijo Felton tras haber mirado a Milady desde el lugar en que se encontraba, sin
dar un paso hacia ella-; id a avisar a lord de Winter que su prisionera está desvanecida porque
no sé qué hacer: el caso no estaba previsto.
El soldado salió para cumplir las órdenes de su oficial: Felton se sentó en un sillón que por azar
se encontraba junto a la puerta y esperó sin decir una palabra, sin hacer un gesto. Milady poseía
ese gran arte, tan estudiado por las mujeres, de ver a través de sus largas pesta ñas sin dar la
impresión de abrir los párpados: vislumbró a Felton que le daba la espalda, continuó mirándolo
durante diez minutos aproximadamente, y durante esos diez minutos el impasible guardián no se
volvió ni una sola vez.
Pensó entonces que lord de Winter iba a venir a dar, con su presencia, nueva fuerza a su
carcelero: su primera prueba estaba perdida, adoptó su partido como mujer que cuenta con sus
recursos; en consecuencia, alzó la cabeza, abrió los ojos y suspiró débilmente.
A este suspiro Felton se volvió por fin.
-¡Ah! Ya habéis despertado señora -dijo-; nada tengo que hacer ya aquí. Si necesitáis algo,
llamad.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Cuánto he sufrido! -murmuró con aquella voz armoniosa que,
semejante a la de las encantadoras antiguas, encantaba a todos a quienes quería perder.
Y al enderezarse en su sillón adoptó una posición más graciosa y más abandonada aún que la
que tenía cuando estaba tumbada.
Felton se levantó.
-Seréis servida de este modo tres veces al día, señora -dijo-: por la mañana, a las nueve;
durante el día, a la una, y por la noche, a las ocho. Si no os va bien, podéis indicar vuestras
horas en lugar de las que os propongo, y en este punto obraremos conforme a vuestros deseos.
-Pero ¿voy a quedarme siempre sola en esta habitación grande y triste? -preguntó Milady.
-Se ha avisado a una mujer de los alrededores, mañana estará en el castillo, y vendrá siempre
que deseéis su presencia.
-Os lo agradezco, señor -respondió humildemente la prisionera.
Felton hizo un leve saludo y se dirigió hacia la puerta. En el momento en que iba a franquear el
umbral lord de Winter apareció en el corredor, seguido del soldado que había ido a llavarle la
nueva del desvanecimiento de Milady. Traía en la mano un frasco de sales.
-¿Y bien? ¿Qué es? ¿Qué es lo que pasa aquî? -dijo con una voz burlona viendo a su prisionera
de pie y a Felton dispuesto a salir-. ¿Esta muerta ha resucitado ya? Demonios, Felton, hijo mío,
¿no has visto que te tomaba por un novicio y que representaba para ti el primer acto de una
comedia cuyos desarrollos tendremos sin duda el placer de seguir?
-Lo he pensado, milord -dijo Felton-; pero como la prisionera es mujer después de todo, he
querido tener los miramientos que todo hombre bien nacido debe a una mujer, si no por ella, al
menos por uno mismo.
Milady sintió un estremecimiento por todo su cuerpo. Estas palabras de Felton pasaban como
hielo por todas sus venas.
-O sea -prosiguió de Winter riendo-, esos hermosos cabellos sabiamente esparcidos, esa piel
blanca y esa lánguida mirada, ¿no te han seducido aún, corazón de piedra?
-No, milord -respondió el impasible joven-, y creedme, se necesita algo más que tejemanejes y
coqueterías de mujer para corromperme.
-En tal caso, mi bravo teniente, dejemos a Milady buscar otra cosa y vayamos a cenar. ¡Ah!,
tranquilízate, tiene la imaginación fecunda, y el segundo acto de la comedia no tardará en seguir
al primero.
Y a estas palabras lord de Winter pasó su brazo bajo el de Felton y se lo llevó riendo.
-¡Oh! Ya encontraré lo que necesitas -murmuró Milady entre dientes-; estáte tranquilo pobre
monje frustrado, pobre soldado convertido, que te has cortado el uniforme de un hábito.
-A propósito -prosiguió de Winter deteniéndose en el umbral de la puerta-, no es preciso,
Milady, que este fracaso os quite el apetito. Catad ese pollo y ese pescado que no he hecho
envenenar, palabra de honor. Me llevo bastante bien con mi cocinero, y como no tiene que
heredar de mí, tengo en él plena y total confianza. Haced como yo. ¡Adiós, querida hermana!
Hasta vuestro próximo desvanecimiento.
Era cuanto Milady podía soportar: sus manos se crisparon sobre su sillón, sus dientes
rechinaron sordamente, sus ojos siguieron el movimiento de la puerta que se cerró tras lord de
Winter y Felton; y cuando se vio sola, una nueva crisis de desesperación se apoderó de ella; lanzó
los ojos sobre la mesa, vio brillar un cuchillo, se abalanzó y lo cogió; pero su desengaño fue
cruel: la hoja era redonda y de plata flexible.
Una carcajada resonó tras la puerta mal cerrada, y la puerta volvió a abrirse.
-¡Ja, ja! -exclamó lord de Winter-. ¡Ja, ja, ja! ¿Ves, mi valiente Felton, ves lo que te había
dicho? Ese cuchillo era para ti; hijo mío, te habría matado. ¿Ves? Es uno de sus defectos,
desembarazarse así, de una forma o de otra, de las personas que la molestan. Si te hubiera
escuchado, el cuchillo habría sido puntiagudo y de acero: entonces se acabó Felton, te habría
degollado y después de ti a todo el mundo. Mira, además, John, qué bien sabe empuñar su
cuchillo.
En efecto, Milady empuñaba aún el arma ofensiva en su mano crispada, pero estas últimas
palabras, este supremo insulto, destensaron sus manos, sus fuerzas y hasta su voluntad.
El cuchillo cayó a tierra.
-Tenéis razón, milord -dijo Felton con un acento de profundo disgusto que resonó hasta en el
fondo del corazón de Milady-, tenéis razón y soy yo el que estaba equivocado.
Y los os salieron de nuevo.
Pero esta vez Milady prestó oído más atento que la primera vez, y oyó alejarse sus pasos y
apagarse en el fondo del corredor.
-Estoy perdida -murmuró-, heme aquí en poder de gentes sobre las que no tendré más
ascendiente que sobre estatuas de bronce o granito; me conocen de memoria y están
acorazados contra todas mis armas. Es, sin embargo, imposible que esto termine como ellos han
decidido.
En efecto, como indicaba esta última reflexión, ese retorno instintivo a la esperanza, en aquella
alma profunda el temor y los sentimientos débiles no flotaban demasiado tiempo. Milady se sentó
a la mesa, comió de varios platos, bebió un poco de vino español, y sintió que le volvía toda su
resolución.
Antes de acostarse ya había comentado, analizado, mirado por todas su facetas, examinado
desde todos los puntos de vista las palabras, los pasos, los gestos, los signos y hasta el silencio
de sus carceleros, y de este estudio profundo, hábil y sabio, había resultado que Felton era, en
conjunto, el más vulnerable de sus dos perseguidores.
Una frase sobre todo volvía a la mente prisionera:
-Si te hubiera escuchado -había dicho lord de Winter a Felton.
Por tanto, Felton había hablado en su favor, puesto que lord de Winter no había querido
escuchar a Felton.
-Débil o fuerte -repetía Milady-, ese hombre tiene un destello de piedad en su alma; de ese
destelló haré yo un incendio que lo devovará. En cuanto al otro, me conoce, me teme y sabe lo
que tiene que esperar de mí si alguna vez me escapo de sus manos; es, pues, inútil intentar
nada sobre él. Pero Felton es otra cosa: es un joven ingenuo, puro y que parece virtuoso; a éste
hay un medio de perderlo.
Y Milady se acostó y se durmió con la sonrisa en los labios; quien la hubiera visto durmiendo la
habría supuesto una muchacha soñando con la corona de flores que debía poner sobre su frente
en la próxima fiesta.
Capitulo LIII
Segunda jornada de cautividad
Milady soñaba que por fin tenía a D'Artagnan, que asistía a su suplicio, y era la vista de su
sangre odiosa corriendo bajo el hacha del verdugo lo que dibujaba aquella encantadora sonrisa
sobre sus labios.
Dormía como duerme un prisionero acunado por su primera esperanza.
Al día siguiente, cuando entraron en su cuarto, estaba todavía en su cama. Felton estaba en el
corredor: traía la mujer de que había hablado la víspera y que acababa de llegar; esta mujer
entró y se aproximó a la cama de Milady ofreciéndole sus servicios.
Milady era habitualmente pálida; su tez podia, pues, equivocar a una persona que la viera por
primera vez.
-Tengo fiebre -dijo ella-; no he dormido un solo instante durante toda esta larga noche, sufro
horriblemente; ¿seréis vos más humana de lo que fueron ayer conmigo?
-¿Queréis que llame a un médico? -dijo la mujer.
Felton escuchaba este diálogo sin decir una palabra.
Milady reflexionaba que cuanta más gente la rodease más gente tendría que apiadar y más se
redoblaría la vigilancia de lord de Winter; además, el médico podría declarar que la enfermedad
era fingida, y Milady, tras haber perdido la primera parte, no quería perder la segunda.
-Ir a buscar a un médico -dijo-, ¿para qué? Esos señores declararon ayer que mi mal era una
comedia; sin duda ocurriría lo mismo hoy; porque desde ayer noche han tenido tiempo de avisar
al doctor.
-Entonces -dijo Felton impacientado-, decid vos misma, señora, qué tratamiento queréis seguir.
-¿Lo sé yo acaso? ¡Dios mío! Siento que sufro, eso es todo; me den lo que me den, poco me
importa.
-Id a buscar a lord de Winter -dijo Felton cansado de aquellas quejas eternas.
-¡Oh, no, no! -exclamó Milady-. No señor, no lo llaméis, os lo ruego; estoy bien, no necesito
nada, no lo llaméis.
Puso una vehemencia tan prodigiosa, una elocuencia tan arrebata dora en esta exclamación,
que Felton, arrobado, dio algunos pasos dentro de la habitación.
«Está emocionado», pensó Milady.
-Sin embargo, señora -dijo Felton-, si sufrís realmente se enviará a buscar un médico, y si nos
engañáis, pues bien, entonces tanto peor para vos, pero al menos por nuestra parte no
tendremos nada que reprocharnos.
Milady no respondió; pero echando hacia atrás su hermosa cabeza sobre la almohada, se
fundió en lágrimas y estalló en sollozos.
Felton la miró un instante con su impasibilidad ordinaria; luego, como la crisis amenazaba con
prolongarse, salió; la mujer lo siguió. Lord de Winter no apereció.
-Creo que empiezo a verlo claro -murmuró Milady con una alegría salvaje, sepultándose bajo
las sábanas para ocultar a cuantos pudieran espiarle este arrebato de satisfacción interior.
Transcurrieron dos horas.
-Ahora es tiempo de que la enfermedad cese -dijo-; levanté monos y obtengamos algunos
éxitos desde hoy; no tengo más que diez días, y esta noche se habrán pasado dos.
Al entrar por la mañana en la habitación de Milady, le habían traído su desayuno; y ella había
pensado que no tardarían en venir a levantar la mesa, y que en ese momento volvería a ver a
Felton.
Milady no se equivocaba. Felton reapareció y, sin prestar atención a si Milady había tocado o
no la comida, hizo una señal para que se llevasen fuera de la habitación la mesa, que
ordinariamente traían completamente servida.
Felton se quedó el último, tenía un libro en la mano.
Milady, tumbada en un sillón junto a la chimenea, hermosa, pálida y resignada, parecía una
virgen santa esperando el martirio.
Felton se aproximó a ella y dijo:
-Lord de Winter, que es católico como vos, señora, ha pensado que la privación de los ritos y
de las ceremonias de vuestra religión puede seros penosa: consiente, pues, en que leáis cada día
el ordinario de vuestra misa, y este es un libro que contiene el ritual.
Ante la forma en que Felton depositó aquel libro sobre la mesita junto a la que estaba Milady,
ante el tono con que pronunció estas dos palabras: vuestra misa, ante la sonrisa desdeñosa con
que las acompañó, Milady alzó la cabeza y miró más atentamente al oficial.
Entonces, en aquel peinado severo, en aquel traje de una sencillez exagerada, en aquella
frente pulida como el mármol, pero dura a impenetrable como él, reconoció a uno de esos
sombríos puritanos que con tanta frecuencia había encontrado tanto en la corte del rey Jacobo
como en la del rey de Francia, donde, pese al recuerdo de San Bartolomé, venían a veces a
buscar refugio.
Tuvo, pues, una de esas inspiraciones súbitas como sólo las gentes de genio las reciben en las
grandes crisis, en los momentos supremos que deben decidir su fortuna o su vida.
Estas dos palabras: vuestra misa, y una simple ojeada sobre Felton le habían revelado, en
efecto, toda la importancia de la respuesta que iba a dar.
Pero con esa rapidez de inteligencia que le era peculiar, aquella respuesta se presentó
completamente formulada a sus labios:
-¡Yo! -dijo con un acento de desdén, puesto al unísono con aquel que había observado en la
voz del joven oficial-, yo, señor, ¿mi misa? Lord de Winter, el católico corrompido, sabe bien que
yo no soy de su religión, y que es una trampa que quiere tenderme.
-¿Y de qué religión sois entonces, señora? -preguntó Felton con una sorpresa que, pese al
dominio que sobre sí mismo tenía, no pudo ocultar por completo.
-Lo diré -exclamó Milady con exaltación fingida- el día en que haya sufrido lo suficiente por mi
fe.
La mirada de Felton descubrió a Milady toda la extensión del espacio que acababa de abrirse
con esta sola frase.
Sin embargo, el joven oficial permaneció mudo a inmóvil: sólo su mirada había hablado.
-Estoy en manos de mis enemigos -prosiguió ella con ese tono de entusiasmo que sabía
familiar a los puritanos-. Pues bien, ¡que mi Dios me salve o perezca yo por mi Dios! He ahí la
respuesta que os suplico deis por mí a lord de Winter. Y en cuanto a ese libro -añadió ella
señalando el ritual con la punta del dedo, pero sin tocarlo como si temiera mancillarse a tal
contacto-, podéis llevároslo y serviros de él vos mismo, porque sin duda sois doblemente
cómplice de lord de Winter, cómplice en su persecución, cómplice en su herejía.
Felton no respondió, tomó el libro con el mismo sentimiento de repugnancia que ya había
manifestado y se retiró pensativo. Lord de Winter vino hacia las cinco de la tarde; Milady había
tenido tiempo durante todo el día de trazarse su plan de conducta; lo recibió como mujer que ya
ha recuperado todas sus ventajas.
-Parece - dijo el barón sentándose en un sillón frente al que ocupaba Milady y extendiendo
indolentemente sus pies sobre el hogar-, parece que hemos cometido una pequeña apostasía.
-¿Qué queréis decir, señor?
-Quiero decir que desde la última vez que nos vimos hemos cambiado de religión; ¿os habréis
casado por casualidad con un tercer marido protestante?
-Explicaos, milord -prosiguió la prisionera con majestad-, porque os declaro que oigo vuestras
palabras pero que no las comprendo.
-Entonces es que no tenéis religión de ningún tipo; prefiero esto -prosiguió riéndose
burlonamente lord de Winter.
-Es cierto que eso va mejor con vuestros principios -replicó fríamente Milady.
-¡Oh! Os confieso que me da completamente igual.
-Aunque no confesarais esa indiferencia religiosa, milord, vuestros excesos y vuestros crímenes
darían fe de ella.
-¡Vaya! Habláis de excesos, señora Mesalina; habláis de crímenes, lady Macbeth. O yo he oído
mal o, diantre, sois bien impúdica.
-Habláis así porque sabéis que nos escuchan, señor -respondió fríamente Milady-, y porque
queréis interesar a vuestros carceleros y a vuestros verdugos contra mí.
-¡Mis carceleros! ¡Mis verdugos! Bueno, señora, lo tomáis en un tono poético y la comedia de
ayer se vuelve esta noche tragedia. Por lo demás, dentro de ocho días estaréis donde debéis
estar, y mi tarea habrá acabado.
-¡Tarea infame! ¡Tarea impía! -replicó Milady con la exaltación de la víctima que provoca a su
juez.
-Palabra de honor que creo -dijo de Winter levantándose- que la bribona se vuelve loca.
Vamos, vamos, calmaos, señora puritana, u os hago meter en el calabozo. Diantre, es mi vino
español el que se os sube a la cabeza, ¿no es así? Estad tranquila, esa embriaguez no es
peligrosa y no tendrá consecuencias.
Y lord de Winter se retiró jurando, cosa que en aquella época era un hábito completamente
caballeresco.
Felton estaba en efecto detrás de la puerta y no había perdido ni palabra de toda esta escena.
Milady había adivinado bien.
-¡Sí! ¡Vete, vete! -le dijo a su hermano-. Por el contrario, las consecuencias se acercan, pero tú
no las verás, imbécil, sino cuando sea tarde para evitarlas.
Se restableció el silencio, transcurrieron dos horas; trajeron la cena y encontraron a Milady
ocupada en hacer sus oraciones, oraciones que había aprendido de un viejo servidor de su
segundo marido, un purita no de los más austeros. Parecía en éxtasis y no pareció prestar atención
siquiera a lo que pasaba en torno suyo. Felton hizo señal de que no se la molestara, y
cuando todo quedó preparado él salió sin ruido con los soldados.
Milady sabía que podia ser espiada; continuó, pues, sus oraciones hasta el final, y le pareció
que el soldado que estaba de centinela a su puerta no caminaba con el mismo paso y que
parecía escuchar.
Por el momento no pretendía más, se levantó, se sentó a la mesa, comió poco y no bebió más
que agua.
Una hora después vihieron a levantar la mesa, pero Milady observó que esta vez Felton no
acompañaba a los soldados.
Temía, por tanto, verla con demasiada frecuencia.
Se volvió hacia la pared para sonreír, porque en esa sonrisa había tal expresión de triunfo que
esa sola sonrisa la habría denunciado.
Aún dejó transcurrir media hora, y como en aquel momento todo estaba en silencio en el viejo
castillo, como no se oía más que el eterno murmullo del oleaje, esa respiración inmensa del
océano, con su voz pura, armoniosa y vibrante comenzó la primera estrofa de este salmo que
gozaba entonces de gran favor entre los puritanos:
Señor, si nos abandonas
es para uer si somos fuertes,
mas luego eres tú quien das
con tu celeste mano la palma a nuestros esfuerzos.
Estos versos no eran excelentes, les faltaba incluso mucho para serlo; mas como todos saben,
los protestantes no se las daban de poetas.
Al cantar, Milady escuchaba: el soldado de guardia a su puerta se había detenido como si se
hubiera convertido en piedra. Milady pudo por tanto juzgar el efecto que había producido.
Entonces ella continuó su canto con un fervor y un sentimiento inexpresables; le pareció que
los sonidos se desparramaban a lo lejos bajo las bóvedas a iban como un encanto mágico a
dulcificar el corazón de sus carceleros. Sin embargo, parece que el soldado de centinela, celoso
católico sin duda, agitó el encanto, porque a través de la puerta dijo:
-¡Callaos, señora! Vuestra canción es triste como un De profundis, y si además de estar de
guardia aquí hay que oír cosas semejantes, no habrá quien aguante.
-¡Silencio! -dijo una voz grave que Milady reconoció como la de Felton-. ¿A qué os mezcláis,
gracioso? ¿Os ha ordenado alguien impedir cantar a esta mujer? No. Se os ha ordenado
custodiarla, disparar sobre ella si intenta huir. Custodiadla; si huye, matadla; pero no alte réis en
nada las órdenes.
Una expresión de alegría indecible iluminó el rostro de Milady, mas esta expresión fue fugitiva
como el reflejo de un rayo, y sin dar la impresión de haber oído el diálogo del que no se había
perdido ni una palabra, siguió dando a su voz todo el encanto, toda la amplitud y toda la
seducción que el demonio había puesto en ella:
Para tantos lloros y miseria,
para mi exilio y para mis cadenas,
tengo mi juuentud, mi plegaria,
y Dios, que tendrá en cuenta los males que he sufrido
Aquella voz, de una amplitud nunca oída y de una pasión sublime, daba a la poesía ruda a
inculta de estos salmos una magia y una expresión que los puritanos más exaltados raramente
encontraban en los cantos de sus hermanos, que ellos se veían obligados a adornar con todos los
recursos de su imaginación: Felton creyó oír cantar al ángel que consolaba a los tres hebreos en
el horno:
Milady continuó:
Mas para nosotros llegará el día
de la liberación, Dios justo y fuerte;
y si nuestra esperanza es engañado
siempre nos queda el martirio y la muerte.
Esta estrofa, en la que la terrible encantadora se esforzó por poner toda su alma acabó de
sembrar el desorden en el corazón del joven oficial; abrió bruscamente la puerta y Milady lo vio
aparecer pálido como siempre, pero con los ojos ardientes y casi extraviados.
-¿Por qué cantáis así -dijo- y con semejante voz?
-Perdón, señor -dijo Milady con dulzura-, olvidaba que mis cantos no son de recibo en esta
casa. Sin duda os he ofendido en vuestras creencias; pero ha sido sin querer, os lo juro,
perdonadme, pues, una falta que quizá es grande, pero que desde luego es involuntaria.
Milady estaba tan bella en aquel momento, el éxtasis religioso en que parecía sumida daba tal
expresión a su semblante que Felton, deslumbrado, creyó ver al ángel que hacía un instante sólo
creía oír.
-Sí, sí -respondió-, sí: perturbáis, agitáis a las personas que viven en este castillo.
Y el pobre insensato no se daba cuenta de la incoherencia de sus frases, mientras Milady
hundía su ojo de lince en lo más profundo de su corazón.
-Me callaré -dijo Milady bajando los ojos con toda la dulzara que pudo dar a su voz, con toda la
resignación que pudo impnmir a su porte.
-No, no, señora -dijo Felton-; sólo que cantad menos alto, sobre todo por la noche.
Y a estas palabras, Felton, sintiendo que no podría conservar mucho tiempo su severidad para
con la prisionera, se precipitó fuera de su habitación.
-Habéis hecho bien, teniente -dijo el soldado-; esos cantos perturban el alma; sin embargo,
uno termina por acostumbrarse. ¡Es tan hermosa su voz!
Capítulo LIV
Tercera jornada de cautividad
Felton había venido, pero todavía tenía que dar un paso. Había que retenerlo, o mejor, era
preciso que se quedase solo, y Milady sólo oscuramente veía aún el medio que debía conducirla a
este resultado.
Se necesitaba más aún: había que hacerlo hablar, a fin de hablarle también. Porque Milady lo
sabía de sobra, su mayor seducción estaba en su voz, que recorría con tanta habilidad toda la
gama de tonos, desde la palabra humana hasta el lenguaje celeste.
Y, sin embargo, pese a toda su seducción, Milady podría fracasar porque Felton estaba
prevenido, y esto contra el menor azar. Desde ese momento, vigiló todas sus acciones, todas sus
palabras, hasta la más simple mirada de sus ojos, hasta su gesto, hasta su respiración, que se
podía interpretar como un suspiro. En fin ella estudió todo, como hace un hábil cómico a quien se
acaba de dar un papel nuevo en un puesto que no tiene la costumbre de ocupar.
Respecto a lord de Winter su conducta era más fácil: también esta ba decidida desde la víspera.
Permanecer muda y digna en su presencia, irritarlo de vez en cuando por medio de un desdén
afectado, por medio de una palabra despectiva, empujarlo a amenazas y a violencias que
hicieran contraste con su resignación, tal era su proyecto. Felton vería: quizá no dijera nada;
pero vería.
Por la mañana Felton vino como de costumbre; pero Milady le dejó presidir todos los
preparativos del desayuno sin dirigirle la palabra. Por eso, en el momento en que iba él a
retirarse, ella tuvo un rayo de esperanza; porque creyó que era él quien iba a hablar; pero sus labios
se movieron sin que ningún sonido saliera de su boca, y haciendo un esfuerzo sobre sí
mismo, encerró en su corazón las palabras que iban a escapar de sus labios, y salió.
Hacia mediodía, entró lord de Winter.
Hacía un hermoso día de invierno, y un rayo de ese pálido sol de Inglaterra que ilumina pero
no calienta, pasaba a través de los barrotes de la prisión.
Milady miraba por la ventana, y fingió no oír la puerta que se abría.
-¡Vaya vaya! -dijo lord de Winter-. Tras haber hecho comedia, tras haber hecho tragedia, ahora
hacemos melancolía.
La prisionera no respondió.
-Sí, sí -continuó lord de Winter-, comprendo; de buena gana quisierais estar en libertad en esa
orilla; de buena gana querríais, sobre un buen navío, hender las olas de ese mar verde como la
esmeralda; querríais de buena gana, bien en tierra, bien sobre el océano, tenderme una de esas
buenas emboscadas que tan bien sabéis combinar. ¡Paciencia, paciencia! Dentro de cuatro días
os será permitida la orilla, os será abierto el mar, más abierto de lo que quisierais, porque dentro
de cuatro días Inglaterra será desembarazada de vos.
Milady unió las manos, y alzando sus hermosos ojos al cielo:
-¡Señor, Señor! -dijo con una angélica suavidad de gesto y de entonación-. Perdonad a este
hombre como yo lo perdono.
-Sí, reza, maldita -exclamó el barón-. Tu oración es tanto más generosa cuanto que, te lo juro,
estás en poder de un hombre que no perdonará.
Y salió.
En el momento en que salía, una mirada penetrante se coló por la puerta entreabierta, y ella
vislumbró a Felton que volvía a su sitio rápidamente para no ser visto por ella.
Entonces se arrojó de rodillas y se puso a rezar.
-¡Dios mío, Dios mío! -dijo-. Vos sabéis por qué santa causa sufro; dadme, pues, la fuerza de
sufrir.
La puerta se abrió suavemente; la hermosa suplicante fingió no haber oído, y con una voz llena
de lágrimas continuó:
-¡Dios vengador, Dios de bondad! ¿Dejaréis que se cumplan los horribles proyectos de este
hombre?
Sólo entonces fingió ella oír el ruido de los pasos de Felton y, alzándose rápida como el
pensamiento, se ruborizó como si tuviera vergüenza de haber sido sorprendida de rodillas.
-No me gusta molestar a los que rezan, señora -dijo gravemente Felton-; no os molestéis,
pues, por mí, os lo suplico.
-¿Cómo sabéis que rezaba? Señor -dijo Milady, con una voz ahogada por los sollozos-, os
equivocáis; señor, yo no rezaba.
-¿Pensáis acaso, señora -respondió Felton con su misma voz grave, aunque con un acento más
dulce- que me creo con derecho de impedir a una criatura prosternarse ante su Creador? ¡No lo
permita Dios! Por otra parte, el arrepentimiento sienta bien a los culpables; sea el que fuere el
crimen que haya cometido, un culpable a los pies de Dios me parece sagrado.
-¡Culpable yo! -dijo Milady con una sonrisa que habría desarmado al angel del juicio final-.
¡Culpable! ¡Dios mío, tú sabes bien si lo soy! Si decís que estoy condenada, señor, sea en buena
hora; pero ya lo sabéis Dios, que ama a los mártires, permite que, a veces, se condene a los
inocentes.
-Si estuvierais condenada, si fuerais mártir -respondió Felton-, razón de más para rezar, y yo
mismo os ayudaría con mis plegarias.
-¡Oh! Vos sois justo -exclamó Milady, precipitándose a sus pies-; mirad, no puedo resistir por
más tiempo, porque temo que me falten las fuerzas en el momento en que tenga que sostener la
lucha y confesar mi fe; escuchad, pues, la súplica de una mujer desesperada. Os engañan, señor,
pero no se trata de esto, no os pido más que una gracia, y si me la concedéis, os bendeciré en
este mundo y en el otro.
-Hablad con el señor, señora -dijo Felton-; afortunadamente no estoy encargado ni de
perdonar ni de castigar; y es alguien más alto que yo a quien Dios ha confiado esa
responsabilidad.
-A vos, no, sólo a vos. Escuchadme, antes de contribuir a mi perdición, antes de contribuir a mi
ignominia.
-Si habéis merecido esa vergüenza, señora, si habéis incurrido en esa ignominia, hay que
sufrirla ofreciéndola a Dios.
-¡Qué decís! ¡Oh, no me comprendéis! Cuando yo hablo de ignominia, creéis que hablo de un
castigo cualquiera, de la prisión o de la muerte. ¡Ojalá plazca al cielo! ¿Qué me importan a mí la
muerte o la prisión?
-Soy yo quien ahora no os comprende, señora.
-O quien finge no comprenderme, señor -respondió la prisionera con una sonrisa de duda.
-¡No, señora, por el honor de un soldado, por la fe de un cristiano!
-¡Cómo! ¿Ignoráis los designios de lord de Winter sobre mí?
-Los ignoro.
-Imposible, sois su confidente.
-Yo no miento nunca, señora.
-¡Oh! Se esconde demasiado poco para que no se le adivine.
-Yo no trato de adivinar nada, señora; yo espero que se confíe a mí; y aparte de lo que ante
vos me ha dicho, lord de Winter nada me ha confiado.
-Mas -exclamó Milady con un increíble acento de verdad-, ¿no sois, pues, su cómplice, no
sabéis, pues, que él me destina a una vergüenza que todos los castigos de la tierra no podrían
igualar en horror?
-Os equivocáis, señora -dijo Felton enrojecido-; lord de Winter no es capaz de semejante
crimen.
«Bueno -dijo Milady para sus adentros-, ¡sin saber lo que es, lo llama crimen!»
Y luego, en voz alta:
-El amigo del infame es capaz de todo.
-¿A quién llamáis infame? -preguntó Felton.
-¿Hay en Inglaterra dos hombres a quien un nombre semejante pueda convenir?
-¿Os referís a Georges Villiers? -dijo Felton, cuyas miradas se inflamaron.
-A quien los paganos, los gentiles y los infieles llaman duque de Buckingham -prosiguió
Milady-. ¡No habría creído que hubiera un inglés en toda Inglaterra que necesitara una
explicación tan larga para reconocer a aquel al que me refería!
-La mano del Señor está extendida sobre él -dijo Felton-, no escapará al castigo que merece.
Felton no hacía sino expresar respecto al duque el sentimiento de execración que todos los
ingleses habían consagrado a aquel a quien los mismos católicos llamaban el exactor, el
concusionario, el disoluto, y a quien los puritanos llamaban simplemente Satán.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -exclamó Milady-. Cuando os suplico enviar a ese hombre el castigo
que le es debido, sabéis que no es por venganza propia por lo que lo persigo, sino que es la
liberación de todo un pueblo lo que imploro.
-¿Lo conocéis entonces? -preguntó Felton.
«Por fin me pregunta», se dijo a sí misma Milady en el colmo de la alegría por haber llegado
tan pronto a tan gran resultado.
-¡Oh! ¿Si lo conozco? ¡Claro que sí! ¡Para mi desgracia, para mi desgracia eterna!
Y Milady se torció los brazos como llegada al paroxismo del dolor. Felton sintió sin duda en sí
mismo que su fuerza lo abandonaba, y dio algunos pasos hacia la puerta; la prisionera, que no lo
perdía de vista, saltó en su persecución y lo detuvo.
-¡Señor! -exclamó-. Sed bueno, sed clemente, escuchad mi ruego: ese cuchillo que la fatal
prudencia del barón me ha quitado, porque sabe el uso que quiero hacer de él. ¡Oh, escuchadme
hasta el final! ¡Ese cuchillo dejádmelo un mimuto solamente, por gracia, por piedad! Abrazo
vuestras rodillas; mirad, cerraréis la puerta, no es en vos en quien quiero usarlo. ¡Dios!, en vos,
el único ser justo, bueno y compasivo que he encontrado; en vos, mi salvador quizá; un minuto,
ese cuchillo, un minuto, uno sólo, y os lo devuelvo por el postigo de la puerta; nada más que un
minuto, señor Felton, ¡y habréis salvado mi honor!
-¡Mataros! -exclamó Felton con terror, olvidando retirar sus manos de las manos de la
prisionera-. ¡Mataros!
-¡He dicho señor -murmuró Milady bajando la voz y dejándose caer abatida sobre el suelo-, he
dicho mi secreto! Lo sabe todo, Dios mío, estoy perdida.
Felton permanecía de pie, inmóvil e indeciso.
«Aún duda -pensó Milady-, no he sido suficientemente verdadera.»
Se oyó caminar en el corredor; Milady reconoció el paso de lord de Winter. Felton lo reconoció
también y se adelantó hacia la puerta.
Milady se abalanzó.
-¡Oh!, ni una palabra -dijo con voz concentrada-, ni una palabra de cuanto os he dicho a ese
hombre, o estoy perdida, y seréis vos, vos...
Luego, como los pasos se acercaban, ella se calló por miedo a que su voz fuera oída, apoyando
con un gesto de terror infinito su hermosa mano sobre la boca de Felton. Felton rechazó
suavemente a Milady, que fue a caer sobre una tumbona.
Lord de Winter pasó ante la puerta sin detenerse, y se oyó el ruido de los pasos que se
alejaban.
Felton, pálido como la muerte, permaneció algunos instantes con el oído tenso y escuchando;
luego, cuando el ruido se hubo apagado por completo, respiró como un hombre que sale de un
sueño, y se precipitó fuera de la habitación.
-¡Ah! -dijo Milady escuchando a su vez el ruido de los pasos de Felton, que se alejaban en
dirección opuesta a los de lord de Winter-. ¡Por fin eres mío!
Luego su frente se ensombreció.
-Si le habla al barón -dijo-, estoy perdida, porque el barón, que sabe de sobra que no me
mataré, me pondrá delante de él un cuchillo en las manos, y él verá que toda esta gran
desesperación no era más que un juego.
Fue a situarse ante el espejo y se miró: jamás había estado tan bella.
-¡Oh, sí -dijo sonriendo-, pero él no hablará!
Por la noche, lord de Winter vino con la cena.
-Señor -le dijo Milady-, ¿vuestra presencia es un accesorio obligado de mi cautividad, o podríais
ahorrarme ese aumento de torturas que causan vuestras visitas?
-¡Cómo, querida hermana! -dijo de Winter-. ¿No me anunciasteis sentimentalmente, con esa
linda boca tan cruel hoy para mí, que veníais a Inglaterra con el único fin de verme a vuestro
gusto, goce cuya privación, según decíais, sentíais tanto que lo arriesgasteis todo por eso:
mareo, tempestad, cautividad? Pues bien, aquí me tenéis, quedad satisfecha; además, esta vez
mi visita tiene un motivo.
Milady se estremeció, creyó que Felton había hablado; nunca en toda su vida quizá aquella
mujer, que había experimentado tantas emociones potentes y opuestas, había sentido latir su
corazón tan violenta mente.
Estaba sentada; lord de Winter cogió un sillón, lo acercó a su lado y se sentó junto a ella;
luego, sacando de su bolso un papel que desplegó lentamente:
-Mirad -le dijo-, quería mostraros esta especie de pasaporte que yo mismo he redactado y que
en adelante os servirá de número de orden en la vida que consiento en dejaros.
Luego, volviendo sus ojos de Milady al papel, leyó:
«Orden de conducir a...»
-El nombre está en blanco -interrumpió lord de Winter-. Si tenéis alguna preferencia,
indicádmela; y con tal que sea a un millar de leguas de Londres, se hará a vuestro gusto.
Prosigo:
«Orden de conducir a... la citada Charlotte Backson, marcada por la justicia del
reino de Francia, mas liberada por el castigo; permanecerá en esa residencia, sin
apartarse nunca de ella más de tres leguas. En caso de tentativa de evasión, le
será aplicada la pena de muerte. Recibirá cinco chelines diarios para su alojamiento
y alimentación.»
-Esa orden no me concierne a mí -respondió fríamente Milady-, porque lleva un nombre distinto
al mío.
-¡Un nombre! Pero ¿es que tenéis uno?
-Tengo el de vuestro hermano.
-Os equivocáis, mi hermano sólo es vuestro segundo marido, y el primero todavía vive.
Decidme su nombre y lo pondré en vez del nombre de Charlotte Backson. ¿No? ¿No queréis?...
¿Guardáis silencio? ¡Está bien! Seréis inscrita bajo el nombre de Charlotte Backson.
Milady permaneció silenciosa; sólo que en esta ocasión no era ya por su afectación, sino por
terror; creyó que la orden estaba dispuesta a ser ejecutada: pensó que lord de Winter había
adelantado su partida; creyó que estaba condenada a partir aquella misma noche. En su mente
todo lo vio, pues, perdido durante un instante cuando de pronto se dio cuenta de que la orden
no estaba adornada con ninguna firma.
La alegría que sintió ante este descubrimiento fue tan grande que no la pudo ocultar.
-Sí, sí -dijo lord de Winter, que se dio cuenta de lo que ella pensaba-. Sí, buscáis la firma y os
decís: no todo está perdido, porque ese acta no está firmada; me lo enseñan para asustarme,
eso es todò. Os equivocáis: mañana esta orden será enviada a lord de Buckingham; pasado
mañana volverá firmada por su puño y adornada con su sello, y veinticuatro horas después, y de
eso yo soy quien os responde, recibirá su principio de ejecución. Adiós, señora, eso es todo lo
que tenía que deciros.
-Y yo os responderé, señor, que ese abuso de poder y ese exilio bajo nombre supuesto son
una infamia.
-¿Preferís ser colgada bajo vuestro verdadero nombre, Milady? Ya lo sabéis, las leyes inglesas
son inexorables cuando se abusa del matrimonio; explicaos con franqueza: aunque mi nombre, o
mejor el nombre de mi hermano, se halle mezclado en todo esto, correré el riesgo del escándalo
en un proceso público con tal de estar seguro de que al mismo tiempo me veré libre de vos.
Milady no respondió, pero se tornó pálida como un cadáver.
-¡Ah, ya veo que preferís la peregrinación! Divinamente, señora, y hay un viejo proverbio que
dice que los viajes forman a la juventud. ¡A fe que no estáis equivocada después de todo: la vida
es buena! Por eso no me preocupa que vos me la quitéis. Todavía queda por arreglar el asunto
de los cinco chelines; me muestro algo parsimonioso, ¿no es as? Se debe a que no me preocupa
que corrompáis a vuestros guardianes. Además, siempre os quedarán vuestros encantos para
seducirlos. Usadlos si vuestro fracaso con Felton no os ha asqueado de las tentativas de ese
género.
«Felton no ha hablado -se dijo Milady-, nada está perdido aún.»
-Y ahora, señora, hasta luego. Mañana vendré para anunciaros la partida de mi mensajero.
Lord de Winter se levantó, saludó irónicamente a Milady y salió. Milady respiró: todavía tenía
cuatro días por delante; cuatro días le bastaban para terminar de seducir a Felton.
Una idea terrible se le ocurrió entonces: que lord de Winter enviaría quizá al propio Felton a
hacer firmar la orden a Buckingham; de esa suerte Felton se le escapaba, y para que la
prisionera triunfase se necesitaba la magia de una seducción continua.
Sin embargo, como hemos dicho, una cosa la tranquilizaba: Felton no había hablado.
No quiso parecer conmocionada por las amenazas de lord de Winter, se sentó a la mesa y
comió.
Luego, como había hecho la víspera, se puso de rodillas y repitió en voz alta sus oraciones.
Como la víspera, el soldado dejó de caminar y se detuvo para escucharla.
Al punto oyó pasos más ligeros que los del centinela que venían del fondo del corredor y que
se detenían ante su puerta.
-Es él -dijo.
Y comenzó el mismo canto religioso que la víspera había exaltado tan violentamente a Felton.
Mas, aunque su voz dulce, plena y sonora vibró más armoniosa y más desgarradora que nunca,
la puerta permaneció cerrada. En una de las miradas furtivas que lanzaba sobre un pequeño
postigo, le pareció a Milady vislumbrar a través de la reja cerrada los ojos ardientes del joven;
pero fuera realidad o visión, esta vez él tuvo sobre sí mismo el poder de no entrar.
Sólo que instantes después de que ella terminara su canto religioso, Milady creyó oír un
profundo suspiro; luego los mismos pasos que había oído acercarse se alejaron lentamente y
como con pesar.
Capítulo LV
Cuarta jornada de cautividad
Al día siguiente, cuando Felton entró en la habitación de Milady, la encontró de pie, subida
sobre un sillón, teniendo entre sus manos una cuerda tejida con la ayuda de algunos pañuelos de
batista desgarrados en tiras trenzadas unas con otras atadas cabo con cabo; al ruido que Felton
hizo al abrir la puerta, lady saltó con presteza al pie de su sillón, y trató de ocultar tras ella
aquella cuerda improvisada que sostenía en la mano.
El joven estaba aún más pálido que de costumbre, y sus ojos enrojecidos por el insomnio
indicaban que había pasado una noche febril.
Sin embargo, su frente estaba armada de una serenidad más austera que nunca.
Avanzó lantamente hacia Milady, que se había sentado, y cogiendo un cabo de la trenza
asesina que por descuido, o adrede quizá, ella había dejado ver:
-¿Qué es esto, señora? -preguntó fríamente.
-¿Esto? Nada -dijo Milady sonriendo con esa expresión dolorosa que tan bien sabía dar ella a su
sonrisa-. El hastío es el enemigo mortal de los prisioneros, me aburría y me he divertido
trenzando esta cuerda.
Felton dirigió los ojos hacia el punto del muro de la habitación ante el que había encontrado a
Milady de pie sobre el sillón en que ahora estaba sentada, y por encima de su cabeza divisó un
gancho dorado, empotrado en el muro, y que servía para colgar bien los uniformes, bien las
armas.
Temblaba, y la prisionera vio aquel temblor; porque aunque tuviera los ojos bajos, nada se le
escapaba.
-¿Y qué hacéis de pie sobre ese sillón? -preguntó.
-¿Qué os importa? -respondió Milady.
-Deseo saberlo -contestó Felton.
-No me preguntéis -dijo la prisionera-; vos sabéis de sobra que a nosotros, los verdaderos
cristianos, nos está prohibido mentir.
-Pues bien -dijo Felton-; voy a deciros lo que hacíais, o mejor, lo que ibais a hacer: ibais a
acabar la obra fatal que alimentáis en vuestro espíritu; pensad, señora, que si nuestro Dios
prohíbe la mentira, prohíbe mucho más severamente aún el suicidio.
-Cuando Dios ve a una de esas criaturas injustamente perseguida, colocada entre el suicidio y
el deshonor, creedme, señor, -respondió Milady con un tono de profunda convicción-, Dios le
perdona el suicidio; porque entonces el suicidio es el martirio.
-Decís demasiado o demasiado poco; hablad, señora, en nombre del cielo, explicaos.
-¿Que os cuente mis desgracias para que las tratéis de fábulas? ¿Que os diga mis proyectos
para que vayáis a denunciarlos a mi perseguidor? No, señor. Además, ¿qué os importa la vida o
la muerte de una infeliz condenada? Vos no responderéis más que de mi cuerpo, ¿no es as? Y
con tal que presentéis un cadáver que sea reconocido por el mío, no se os exigirá más y quizá
incluso tengáis recompensa doble.
-¡Yo, señora, yo! -exclamó Felton-. ¿Suponer que aceptaré el premio de vuestra vida? ¡Oh, no
pensáis en lo que decís!
-Dejadme hacer, Felton, dejadme hacer -dijo Milady exaltándose-; todo soldado debe ser
ambicioso, ¿no es as? Vos sois teniente; pues bien, seguiréis mi cortejo con el grado de capitán.
-Pero ¿qué os he hecho yo -dijo Felton trastornado- para que me carguéis con semejante
responsabilidad ante los hombres y ante Dios? Dentro de algunos días os marcharéis muy lejos
de aquí, señora, vuestra vida no estará ya bajo mi custodia, y entonces -añadió él con un
suspiro- haréis lo que queráis.
-O sea -exclamó Milady como si no pudiera resistir a una santa indignación-, vos, un hombre
piadoso, vos a quien se llama un justo, no pedís otra cosa: no ser inculpado, no ser inquietado
por mi muerte.
-Yo debo velar por vuestra vida, señora, y velaré por ella.
-Mas ¿comprendéis la misión que cumplís? Cruel ya, si yo fuera culpable, ¿qué nombre le
daríais, qué nombre le dará el Señor si soy inocente?
-Yo soy soldado, señora, y cumplo las órdenes que he recibido.
-¿Creéis que el día del jucio final Dios separará los verdugos ciegos de los jueces inicuos? Vos
no queréis que yo mate mi cuerpo, y os hacéis el agente de quien quiere matar mi alma.
-Pero, os lo repito -prosiguió Felton transtornado-, ningún peligro os amenaza, y yo respondo
por lord de Winter como de mí mismo.
-¡Insensato! -exclamó Milady- Pobre insensato que se atreve a responder de otro hombre
cuando los más sabios, cuando los más grandes, según Dios, dudan en responder de ellos
mismos, y que se coloca en el partido más fuerte y más feliz para abrumar a la más débil y más
desdichada.
-Imposible, señora, imposible -murmuró Felton, que en el fondo de su corazón sentía la justicia
de este argumento-; prisionera, no recuperaréis por mí la libertad; viva, no perderéis por mí la
vida.
-Sí -exclamó Milady-, pero perderé lo que es mucho más caro que la vida, perderé el honor,
Felton, y seréis vos, vos, a quien yo haré responsable ante Dios y ante los hombres de mi
vergüenza y de mi infamia.
Esta vez Felton, por más impasible que fuera o que fingiera ser, no pudo resistir a la influencia
secreta que ya se había apoderado de él: ver a aquella mujer tan hermosa, blanca como la más
cándida visión, verla alternativamente desconsolada y amenazadora, sufrir a la vez el ascendiente
del dolor y de la belleza, era demasiado para un visionario, era demasiado para un cerebro
minado por los sueños ardientes de la fe extática, era demasiado para un corazón corroído a la
vez por el amor del cielo que abrasa, por el odio de los hombres que devora.
Milady vio la turbación, sentía por intuición la llama de las pasiones opuestas que ardían con la
sangre en las venas del joven fanático; y como un general hábil que, viendo al enemigo
dispuesto a retroceder, marcha sobre él lanzando el grito de victoria, ella se levantó, bella como
una sacerdotisa antigua, inspirada como una virgen cristiana, y con el brazo extendido, el cuello
al descubierto, los cabellos esparcidos, reteniendo con una mano su vestido púdicamente
recogido sobre su pecho, la mirada iluminada por ese fuego que ya había llevado el desorden a
los sentidos del joven puritano, caminó hacia él, exclamando con un aire vehemente de su voz
tan dulce, a la que, en aquella ocasión, prestaba un acento terrible:
Entrega a Baal su víctima,
arroja a los leones el mártir:
¡Dios hará que te arrepientas!...
A él clamo desde el abismo.
Felton se detuvo ante este extraño apóstrofe, como petrificado.
-¿Quién sois vos, quién sois vos? -exclamó él juntando las manos-. ¿Sois una enviada de Dios,
sois un ministro de los infiernos, sois ángel o demonio, os llamáis Eloah o Astarté?
-¿No me has reconocido, Felton? Yo no soy ni un ángel ni un demonio, soy una hija de la
tierra, soy una hermana de tu creencia, eso es todo.
-¡Sí, sil -dijo Felton-. Aún dudaba, pero ahora creo.
-¡Crees y, sin embargo, eres el cómplice de ese hijo de Belial que se llama lord de Winter!
¡Crees y, sin embargo, me dejas en manos de mis enemigos, del enemigo de Inglaterra, del
enemigo de Dios! ¡Crees y, sin embargo, me entregas a quien llena y mancilla el mundo con sus
herejías y sus desenfrenos, a ese infame Sardanápalo a quien los ciegos llaman duque de
Buckingham y a quien los creyentes llaman el anticristo!
-¿Yo entregaros a Buckingham? ¿Yo? ¿Qué decís?
-Tienen ojos -exclamó Milady- y no verán; tienen oídos y no oirán.
-Sí, sí -dijo Felton pasándose las manos por la frente cubierta de sudor como para arrancar de
ella su última duda-; sí, reconozco la voz que me habla en mis sueños: sí, reconozco los rasgos
del ángel que se me aparece cada noche, gritando a mi alma que no puede dormir: «¡Golpea,
salva a Inglaterra, sálvate a ti mismo, porque morirás sin haber calmado a Dios!» ¡Hablad,
hablad! -exclamó Felton-. Ahora puedo comprenderos.
Un destello de alegría terrible, pero rápido como el pensamiento, brotó de los ojos de Milady.
Por fugitiva que hubiera sido aquella luz homicida, Felton la vio y se estremeció como si aquella
luz hubiera iluminado los abismos del corazón de aquella mujer.
Felton se acordó de pronto de las advertencias de lord de Winter, de las seducciones de Milady,
de sus primeras tentativas desde su llegada; retrocedió un paso y bajó la cabeza, pero sin cesar
de mirarla; como si, fascinado por aquella extraña criatura, sus ojos no pudieran desprenderse
de sus ojos.
Milady no era mujer capaz de equivocarse en cuanto al sentido de aquella duda. Bajo sus
aparentes emociones su sangre fría no la abandonaba. Antes de que Felton le hubiera respondido
y de que ella se viera obligada a proseguir aquella conversación tan difícil de sostener en el
mismo acento de exaltación, dejó caer sus manos y, como si la debilidad de la mujer se
superpusiese al entusiamo del instante:
-Mas no -dijo-, no me toca a mí ser la Judith que libró a Betulia de este Holofernes. La espada
del Eterno es demasiado pesada para mi brazo. Dejadme, pues, rehuir el deshonor de la muerte,
dejadme refugiarme en el martirio. No os pido ni la libertad, como haría un culpable, ni la
venganza, como haría una pagana. Dejadme rríorir, eso es todo. Os suplico, os imploro de
rodillas: dejadme morir, y mi último suspiro será una bendición para mi salvador.
Ante esta voz dulce y suplicante, ante esta mirada tímida y abatida, Felton se acercó. Poco a
poco la encantadora se había revestido de aquellos adornos mágicos que se ponía y quitaba a
voluntad, es decir, la belleza, la dulzura, las lágrimas y, sobre todo, el irresistible atractivo de la
voluptuosidad mística, la más devoradora de las voluptosidades.
-¡Ay! -dijo Felton-. No puedo más que una cosa, compadeceros si me probáis que sois una
víctima. Mas lord de Winter tiene crueles quejas contra vos. Vos sois cristiana, sois mi hermana
en religión; me siento arrastrado hacia vos, yo que no he amado más que a mi bienhechor, yo,
que no he encontrado en la vida más que traidores e impíos. Pero vos, señora, tan bella en
realidad, tan pura en apariencia, para que lord de Winter os persiga, habréis cometido
iniquidades.
-Tienen ojos -repitió Milady con un acento indecible de dolor- y no verán; tienen oídos y no
oirán.
-Entonces -exclamó el joven oficial- hablad, hablad, pues.
-¡Confiaros mi vergüenza! -exclamó Milady con el rubor del pudor en el rostro-. Porque a
menudo el crimen de uno es la vergüenza del otro. ¡Confiaros mi vergüenza a vos, un hombre;
yo, una mujer! ¡Oh! -continuo ella llevando púdicamente su mano sobre sus hermosos ojos-. ¡Oh,
jamás, jamás podré!
-¡A mí, a un hermano! -exclamó Felton.
Milady lo miró largo tiempo con una expresión que el joven oficial tomó por duda, y que, sin
embargo, no era más que una observación y, sobre todo, voluntad de fascinar.
Felton, suplicante a su vez, juntó las manos.
-Pues bien -dijo Milady-, me fío de mi hermano, me atrevo.
En ese momento se oyó el paso de lord de Winter; pero esta vez el terrible cuñado de Milady
no se contentó, como había hecho la víspera, con pasar delante de la puerta y alejarse: se
detuvo, cambió dos palabras con el centinela, luego la puerta se abrió y apareció él.
Mientras se habían cambiado esas dos palabras, Felton había retrocedido vivamente, y cuando
lord de Winter entró, él estaba a algunos pasos de la prisionera.
El barón entró lentamente y dirigió su mirada escrutadora de la prisionera al joven oficial.
-Hace mucho tiempo, John -dijo-, que estáis aquí. ¿Os ha contado esa mujer sus crímenes?
Entonces comprendo la duración de la entrevista.
Felton temblaba, y Milady sintió que estaba perdida si no acudía en ayuda del puritano
desconcertado.
-¡Ah! ¡Teméis que vuestra prisionera se os escape! -dijo ella-. Pues bien, preguntad a vuestro
digno carcelero qué gracia solicitaba de él hace un instante.
-¿Pedíais una gracia? -dijo el baron suspicaz.
-Sí, milord -replicó el joven confuso.
-Y veamos, ¿qué gracia? -preguntó lord de Winter.
-Un cuchillo que ella me devolverá por el postigo un mimuto después de haberlo recibido
-respondió Felton.
-¿Hay aquí alguien escondido a quien esta graciosa persona quiera degollar? -prosiguió lord de
Winter con su voz burlona y despreciativa.
-Estoy yo -respondió Milady.
-Os he dado a elegir entre América y Tyburn -replicó lord de Winter-; escoged Tyburn, Milady:
la cuerda es todavía más segura que el cuchillo creedme.
Felton palideció y dio un paso adelante pensando que, en el momento en que él había entrado,
Milady tenía una cuerda.
-Tenéis razón -dijo ésta-, y ya había pensado en ello -luego añadió con una voz sorda-: lo
volveré a pensar.
Felton sintió correr un estremecimiento hasta en la médula de sus huesos; probablemente lord
de Winter percibió este movimiento.
-Desconfía, John -dijo-. John, amigo mío, me he apoyado en ti, ten cuidado. ¡Te he prevenido!
Además, ten valor, hijo mío, dentro de tres días nos veremos libres de esta criatura, y donde la
envíen no perjudicará a nadie.
-¡Ya lo oís! -exclamó Milady con escándalo de tal forma que el barón creyó que ella se dirigía al
cielo y que Felton comprendió que era para él.
Felton bajó la cabeza y meditó.
El barón tomó al oficial por el brazo volviendo la cabeza sobre su hombro, a fin de no perder
de vista a Milady hasta haber salido.
-Vamos, vamos -dijo la prisionera cuando la puerta se hubo cerrado-, no estoy tan adelantada
como creía. Winter ha cambiado su estupidez ordinaria por una prudencia desconocida. ¡Lo que
es el deseo de venganza, y cuánto forma al hombre ese deseo! En cuanto a Felton, duda. ¡Ay, no
es un hombre como ese maldito D'Artagnan! Un puritano no adora más que a las vírgenes, y las
adora juntando las manos. Un mosquetero ama a las mujeres, y las ama juntado los brazos.
Sin embargo, Milady esperó con impaciencia, porque sospechaba que la jornada no pasaría sin
volver a ver a Felton. Por fin una hora después de la escena que acabamos de contar, oyó que se
hablaba en voz baja junto a la puerta, luego al punto la puerta se abrió y reconoció a Felton.
El joven avanzó rápidamente por el cuarto, dejando la puerta abierta tras él y haciendo señal a
Milady de callarse; tenía el rostro alterado.
-¿Qué me queréis? -dijo ella.
-Escuchad -respondió Felton en voz baja-, acabo de alejar al centinela para poder permanecer
aquí sin que se sepa que he venido, para hablaros sin que se pueda oír lo que os digo. El barón
acaba de contarme una historia espantosa.
Milady adoptó una sonrisa de víctima resignada y sacudió la cabeza.
-O vos sois un demonio -continuó Felton-, o el barón, mi bienhechor, mi padre, es un
monstruo. Os conozco desde hace cuatro días, le amo a él desde hace diez años; puedo, pues,
dudar entre los dos; no os asustéis de lo que os digo, necesito estar convencido. Esta noche,
después de las doce, vendré a veros, vos me convenceréis.
-No, Felton, no, hermano mío -dijo ella-, el sacrificio es demasiado grande, y siento cuánto os
cuesta. No, estoy perdida, no os perdáis conmigo. Mi muerte será mucho más elocuente que mi
vida, y el silencio del cadáver os convencerá mucho mejor que las palabras de la prisionera.
-Callaos, señora -exclamó Felton-, y no me habléis así; he ve nido para que me prometáis bajo
palabra de honor, para que me juréis por lo más sagrado para vos que no atentaréis contra
vuestra vida.
-No quiero prometer -dijo Milady- porque nadie más que yo respeta el juramento y, si
prometiera, tendría que cumplirlo.
-¡Pues bien! -dijo Felton-. Comprometeos sólo hasta el momento en que me volváis a ver. Si
cuando me hayáis vuelto a ver persistís aún, ¡pues bien!, entonces seréis libre, y yo mismo os
daré el arma que me habéis pedido.
-¡De acuerdo! -dijo Milady-. Esperaré por vos.
-Juradlo.
-Lo juro por nuestro Dios. ¿Estáis contento?
-Bien -dijo Felton-; hasta esta noche.
Y se precipitó fuera del cuarto, volvió a cerrar la puerta y esperó fuera, con el espontón del
soldado en la mano, como si hubiera montado la guardia en su lugar.
Una vez vuelto el soldado, Felton le devolvió el arma.
Entonces, a través del postigo al que se había acercado, Milady vio al joven persignarse con un
fervor delirante a irse por el corredor con un transporte de alegría.
En cuanto a ella, volvió a su puesto con una sonrisa de salvaje desprecio en sus labios, y
repitió blasfemando ese nombre terrible de Dios por el que había jurado sin haber aprendido
nunca a conocerlo.
-¡Mi Dios! -dijo ella-. ¡Fanático insensato! ¡Mi Dios soy yo, yo, y él quien me ayudará a
vengarme!
Capítulo LVI
Quinta jornada de cautividad
Milady había llegado a la mitad del triunfo y el éxito obtenido redoblaba sus fuerzas.
No era difícil vencer, como lo había hecho hasta entonces, a hombres prontos a dejarse seducir
y a quienes la educación galante de la corte arrastraba pronto a la trampa; Milady era bastante
hermosa para no encontrar resistencia de parte de la carne, y era bastante hábil para pasar por
encima de todos los obstáculos del espíritu.
Mas esta vez tenía que luchar contra una naturaleza salvaje, concentrada, insensible a fuerza
de austeridad; la religión y la penitencia habían hecho de Felton un hombre inaccesible a las
seducciones corrientes. Daba vueltas en aquella cabeza exaltada a planes tan vastos, a proyectos
tan tumultuosos, que no quedaba en ella sitio para ningún amor, de capricho o de materia, ese
sentimiento que se nutre de ocio y crece con la corrupción. Milady había abierto por tanto
brecha, con su falsa virtud, en la opinión de un hombre horriblemente prevenido contra ella, y
con su belleza en el corazón y los sentidos de un hombre casto y puro. Finalmente, se había
mostrado a sí misma la medida de sus medios, desconocidos para ella misma hasta entonces,
mediante esta experiencia hecha sobre el sujeto más rebelde que la naturaleza y la religión
podían someter a su estudio.
Sin embargo, durante la velada muchas veces había desesperado ella del destino y de sí
misma; no invocaba a Dios, ya lo sabemos, pero tenía fe en el genio del mal, esa inmensa
soberanía que reina en todos los detalles de la vida humana, y a la que, como en la fábula árabe,
un grano de granada le basta para reconstruir un mundo perdido.
Milady, bien preparada para recibir a Felton, pudo montar sus baterías para el día siguiente.
Sabía que no le quedaban más que dos días, que una vez firmada la orden por Buckingham (y
Buckingham la firmaría tanto más fácilmente cuanto que la orden llevaba un nombre falso, y que
no podría él reconocer a la mujer de que se trataba), una vez firmada aquella orden, decíamos,
el barón la haría embarcar inmediatamente, y sabía también que las mujeres condenadas a la
deporta ción usan armas mucho menos poderosas en sus seducciones que las pretendidas
mujeres virtuosas cuya belleza ilumina el sol del mundo, cuyo espíritu alaba la voz de la moda y
un reflejo de aristocracia adora con sus luces encantadas. Ser una mujer condenada a una pena
miserable a infamante no es impedimento para ser bella, pero es un obstá culo para volverse
alguna vez poderosa. Como todas las gentes de mérito real, Milady conocía el medio que
convenía a su naturaleza, a sus recursos. La pobreza le repugnaba, la abyección disminuía dos
tercios de su grandeza. Milady no era reina sino entre las reinas; su dominación necesitaba el
placer del orgullo satisfecho. Mandar a seres inferiores era para ella más una humillación que un
placer.
Desde luego, habría vuelto de su exilio, eso no lo dudaba ni un instante; pero ¿cuánto tiempo
podría durar ese exilio? Para una naturaleza activa y ambiciosa como la de Milady, los días que
uno no se ocupa en subir son días nefastos. ¡Piénsese, pues, cuál es la palabra con que deben
denominarse los días que uno emplea en descender! Perder un año, dos años, tres años; es
decir, una eternidad, volver cuando D'Artagnan, feliz y triunfante, hubiera recibido de la reina,
junto con sus amigos, la recompensa que se habían granjeado de sobra con los servicios que
habían prestado: era ésta una de esas ideas devoradoras que una mujer como Milady no podía
soportar. Por lo demás, la tormenta que bramaba en ella duplicaba su fuerza, y habría hecho
estallar los muros de su prisión si su cuerpo hubiera podido tomar por un solo instante las
proporciones de su espíritu.
Luego, lo que en medio de todo esto la aguijoneaba era el recuerdo del cardenal. ¿Qué debía
pensar, qué debía decir de su silencio el cardenal, desconfiado, inquieto, suspicaz; el cardenal, no
sólo su único apoyo, su único sostén, su único protector en el presente, sino además el principal
instrumento de su fortuna y de su venganza futura? Ella lo conocía, ella sabía que a su retraso
tras un viaje inútil, por más que arguyese la prisión, por más que exaltase los sufrimientos
soporta dos, el cardenal respondería con aquella calma burlona del escéptico potente a la vez por
la fuerza y por el genio: «¡No teníais que haberos dejado coger!»
Entonces Milady reunía toda su energía, murmurando en el fondo de su pensamiento el
nombre de Felton, el único destello de luz que penetraba hasta ella en el fondo del infierno en
que había caído; y como una serpiente que enrolla y desenrolla sus anillos para darse ella misma
cuenta de su fuerza, envolvía de antemano a Felton en los mil repliegues de su imaginación
inventiva.
Sin embargo el tiempo transcurría, las horas, unas tras otras, parecían despertar la campana al
pasar, y cada golpe del badajo de bronce repercutía en el corazón de la prisionera. A las nueve,
lord de Winter hizo su visita acostumbrada, miró la ventana y los barrotes, sondeó el suelo y los
muros, inspeccionó la chimenea y las puertas sin que durante esta larga y minuciosa inspección
ni él ni Milady pronunciasen una sola palabra.
Indudablemente los dos comprendían que la situación se había vuelto demasiado grave para
perder el tiempo en palabras inútiles y en cóleras sin efecto.
-Vamos, vamos -dijo el barón al dejarla-, ¡esta noche todavía no escaparéis!
A las diez vino Felton a colocar un centinela; Milady reconoció su paso. Ahora lo adivinaba ella
como una amante adivina el del amado de su corazón, y, sin embargo, Milady detestaba y
despreciaba a la vez a aquel débil fanático.
No era la hora convenida, Felton no entró.
Dos horas después, y cuando daban las doce, el centinela fue relevado.
Esta vez sí era la hora; por eso, a partir de ese momento Milady esperó con impaciencia.
El nuevo centinela comenzó a pasearse por el corredor.
Al cabo de diez minutos llegó Felton.
Milady prestó oído.
-Escucha -dijo el joven al centinela- no te alejes de este puesto bajo ningún pretexto, porque
sabes que la noche pasada un soldado fue castigado por milord por haber dejado su puesto un
instante, aunque fui yo quien, durante su corta ausencia, vigiló en su puesto.
-Sí, lo sé -dijo el soldado.
-Te recomiendo, por tanto, la más exacta vigilancia. Yo -añadió- voy a entrar para inspeccionar
por segunda vez la habitación de esta mujer, que según temo tiene siniestros proyectos contra sí
misma y a la cual he recibido orden de cuidar.
-Bueno -murmuró Milady-, ¡ya tenemos al austero puritano mintiendo!
En cuanto al soldado, se contentó con sonreír.
-¡Diantre! Mi teniente -dijo-, no sois tan desgraciado por estar encargado de semejantes
comisiones, sobre todo si milord os autoriza a mirar hasta en su cama.
Felton se ruborizó; en cualquier otra circunstancia hubiera reprendido al soldado que se
permitía semejante broma; pero su conciencia murmuraba demasiado alto para que su boca
osase hablar.
-Si llamo -dijo-, ven; igual que si alguien viene, llámame.
-Sí, mi teniente -dijo el soldado.
Felton entró en la habitación de Milady. Milady se levantó.
-¿Ya estáis aquî? -dijo ella.
-Os había prometido venir -dijo Felton- y he venido.
-Me habíais prometido otra cosa además.
-¿Qué? ¡Dios mío! -dijo el joven que, pese a su dominio sobre sí mismo, sentía sus rodillas
temblar y comenzar a brotar el sudor en su frente.
-Habíais prometido traerme un cuchillo y dejármelo tras nuestra conversación.
-No habléis de eso, señora -dijo Felton- no hay situación por terrible que sea que autorice a
una criatura de Dios a darse la muerte. He reflexionado que no debo hacerme nunca culpable de
semejante pecado.
-¡Ah, habéis reflexionado! -dijo la prisionera sentándose en su sillón con una sonrisa de
desdén-. También yo he reflexionado.
-¿En qué?
-En que yo no tenía nada que decir a un hombre que no mante nía su palabra.
-¡Dios mío! -murmuró Felton.
-Podéis retiraros -dijo Milady-, no hablaré.
-¡Aquí está el cuchillo! -dijo Felton sacando de su bolsillo el arma que según su promesa había
traído, pero que dudaba en entregar a su prisionera.
-Veámoslo -dijo Milady.
-¿Qué vais a hacer?
-Palabra de honor, os lo devuelvo al momento; lo pondré sobre la mesa y vos quedaréis entre
él y yo.
Felton tendió el arma a Milady, que examinó atentamente su temple y probó la punta en el
extremo de su dedo.
-Bien -dijo ella devolviendo el cuchillo al joven oficial-, es un buen acero; sois un fiel amigo,
Felton.
Felton cogió el arma y la puso sobre la mesa como acababa de ser acordado con su prisionera.
Milady lo siguió con los ojos e hizo un gesto de satisfacción.
-Ahora -dijo ella-, escuchadme.
La recomendación era inútil: el joven oficial estaba de pie ante ella esperando sus palabras
para devorarlas.
-Felton -dijo Milady con una severidad llena de melancolía-, Felton, si vuestra hermana, la hija
de vuestro padre, os dijera: «Joven aún, bastante hermosa por desgracia, me hicieron caer en
una trampa, resistí; se multiplicaron en torno mío las emboscadas, resistí; se blasfemó la religión
a la que sirvo, al Dios que adoro, porque llamaba en mi ayuda a ese Dios y a esa religión, resistí;
entonces se me prodigaron los ultrajes, y como no podían perder mi alma, quisieron mancillar mi
cuerpo para siempre; finalmente...»
Milady se detuvo, y una sonrisa amarga pasó por sus labios.
-Finalmente -dijo Felton-, finalmente, ¿qué han hecho?
-Finalmente, una noche decidieron paralizar esa resistencia que no se podía vencer: una noche
mezclaron en mi agua un poderoso narcótico; apenas hube acabado mi cena, me sentí caer poco
a poco en un entumecimiento desconocido. Aunque no sintiese desconfianza, un temor vago se
apoderó de mí y traté de luchar contra el sueño; me levanté, quise correr a la ventana, pedir
socorro, pero mis piernas se negaron a llevarme; me parecía que el techo bajaba contra mi
cabeza y me aplastaba con su peso; tendí los brazos, traté de hablar, no pude más que lanzar
sonidos inarticulados; un embotamiento irresistible se apoderaba de mí, me agarré a un sillón,
sintiendo que iba a caer, mas pronto aquel apoyo fue insuficiente para mi brazos débiles, caí
sobre una rodilla, luego sobre las dos; quise gritar, mi lengua estaba helada; Dios no me vio ni
me oyó sin duda, y me deslizé por el suelo, presa de un sueño que se parecía a la muerte. De
todo cuanto pasó en este sueño y del tiempo que transcurrió durante su duración, ningún recuerdo
tengo; la única cosa que recuerdo es que me desperté acostada en una habitación redonda
cuyo moblaje era suntuoso, y en la que la luz sólo penetraba por una abertura del techo. Por lo
demás, ninguna puerta parecía dar entrada a ella: se hubiera dicho una prisión magnífica. Pasé
mucho tiempo hasta que pude darme cuenta del lugar en que me encontraba y de todos los
detalles que cuento, mi espíritu parecía luchar inútilmente para sacudir las pesadas tinieblas de
aquel sueño al que no podía arrancarme; tenía percepciones vagas de un espacio recorrido, de la
rodadura de un coche, de un sueño horrible en el que mis fuerzas se agotarían; pero todo
aquello era tan sombrío y tan indistinto en mi pensamiento, que estos sucesos parecían
pertenecer a otra vida distinta a la mía y, sin embargo, mezclada a la mía por una fantástica
dualidad. A veces, el estado en que me encontraba me pareció tan extraño, que creí que era un
sueño. Me levanté vacilante, mis vestidos estaban junto a mí, sobre una silla: no recordaba ni
haberme desnudado ni haberme acostado. Entonces poco a poco la realidad se presentó a mí
llena de púdicos terrores: yo no estaba ya en la casa en que vivía; por lo que podía juzgar por la
luz del sol, habían transcurrido ya dos tercios del día; había dormido desde la vigilia hasta la
noche; mi sueño había durado, pues, casi veinticuatro horas. ¿Qué había pasado durante aquel
largo sueño? Me vestí tan rápidamente como me fue posible. Todos mis movimientos lentos y
embotados atestiguaban que la influencia del narcótico no se había disipado aún por completo.
Por lo demás, aquel cuarto estaba amueblado para recibir a una mujer; y la coqueta más
acabada no habría tenido un solo deseo que formular que, paseando su mirada por el cuarto, no
hubiera visto completamente cumplido. Desde luego no era yo la primera cautiva que se había
visto encerrada en aquella espléndida prisión; pero como comprenderéis, Felton, cuanto más
bella era la prisión, más miedo me daba. Sí, era una prisión porque traté en vano de salir de ella.
Tanteé todos los muros con objeto de descubrir una puerta: en todas las partes los muros
devolvieron un sonido plano y sordo. Quizá quince veces di la vuelta a aquella habitación,
buscando una salida cualquiera: no la había; caí agotada de fatiga y de terror en un sillón.
Durante este tiempo, la noche se acercaba rápidamente y con la noche aumentaban mis terrores:
no sabía si debía quedarme donde estaba sentada; me parecía que estaba rodeada de peligros
deconocidos en los que iba a caer a cada Paso. Aunque no hubiese comido nada desde la
víspera, mis temores me impedían sentir hambre. Ningún ruido de fuera, que me permitiese medir
el tiempo, llegaba hasta mí; presumía sólo que podían ser de las siete a las ocho de la noche;
porque estábamos en el mes de octubre, y la oscuridad era total. De pronto, el chirrido de una
puerta que gira sobre sus goznes me hizo temblar; un globo de fuego apareció encima de la
abertura guarnecida de vidrios del techo arrojando una viva luz en mi habitación y vislumbré con
terror que un hombre estaba de pie a algunos pasos de mí. Una mesa con dos cubiertos, con una
cena totalmente preparada, se había alzado como por magia en medio del cuarto. Aquel hombre
era el que me perseguía desde hacía un año, el que había jurado mi deshonor y el que, a las
primeras palabras que salieron de su boca, me hizo comprender que lo había cumplido la noche
anterior.
-¡Infame! -murmuró Felton.
-¡Oh, sí, infame! -exclamó Milady viendo el interés que el joven oficial, cuya alma parecía
suspendida de sus labios, se tomaba en este extraño relato-. ¡Oh, sí, infame! Había creído que le
bastaba con haber triunfado de mí en mi sueño para que todo estuviese dicho; venía esperando
que yo aceptaría mi vergüenza, puesto que mi vergüenza estaba consumada; venía a ofrecerme
su fortuna a cambio de mi amor. Todo cuanto el corazón de una mujer puede contener de
soberbio desprecio y de palabras desdeñosas lo arrojé sobre aquel hombre; sin duda estaba
habituado a reproches semejantes porque me escuchó tranquilo, sonriente y con los brazos
cruzados sobre el pecho; luego, cuando creyó que yo había dicho todo, se adelantó hacia mí: yo
salté hacia la mesa, cogí un cuchillo y lo apoyé sobre mi pecho. «Dad un paso más -le dije- y
además de mi deshonor tendréis también mi muerte que reprocharos.» Sin duda, en mi mirada,
en mi voz, en toda mi persona había esa verdad de gesto, de ademán y de acento que lleva la
convicción a las almas más perversas, porque se detuvo. «¡Vuestro amor! -me dijo-. ¡Oh, no!
Sois una amante encantadora para que consienta en perderos así, después de haber tenido la
dicha de poseeros, una sola vez solamente. ¡Adiós, hermosa! Esperaré para volver a visitaros a
que estéis en mejores disposiciones.» Tras estas palabras, silbó; el globo de llama que iluminaba
mi habitación subió y desapareció; volví a encontrarme en la oscuridad. El mismo ruido de una
puerta que se abre y se cierra se reprodujo un instante después, el globo resplandeciente
descendió de nuevo y volví a encontrarme sola. Aquel momento fue horrible; si aún tenía algunas
dudas sobre mi desdicha, esas dudas se habían desvanecido en una desesperante realidad:
estaba en poder de un hombre al que no sólo detestaba sino al que despreciaba; un hombre
capaz de todo y que ya me había dado una prueba fatal de a lo que podía atreverse.
-Mas ¿quién era ese hombre? -preguntó Felton.
-Pasé la noche en una silla, estremeciéndome al menor ruido; porque a media noche más o
menos, la lámpara se había apagado, y yo ya me había vuelto a encontrar en la oscuridad. Mas
la noche pasó sin nuevas tentativas de mi perseguidor. Llegó el día, la mesa había desaparecido;
sólo que yo tenía aún el cuchillo en la mano. Aquel cuchillo era toda mi esperanza. Yo estaba
rota de fatiga; el insomnio quemaba mis ojos; no me había atrevido a dormir ni un solo instante:
el día me tranquilizó, fui a echarme sobre mi cama sin abandonar el cuchillo liberador que oculté
bajo mi almohada. Cuando me desperté, una nueva mesa estaba servida. Esta vez, pese a mis
terrores, a pesar de mis angustias, se hizo sentir un hambre devoradora; hacía cuarenta y ocho
horas que no había tomado ningún alimento: comí pan y algunas frutas; luego, acordándome del
narcótico mezclado al agua que había bebido, no toqué la que estaba en la mesa y fui a llenar mi
vaso en una fuente de mármol adosada al muro, encima de mi lavabo. Sin embargo, pese a esta
precaución, no permanecí menos tiempo en una angustia horrorosa; pero mis temores no
estaban fundados esta vez: pasé la jornada sin experimentar nada que se pareciese a lo que
temía. Ha bía tenido la precaución de vaciar a medias la jarra para que no se dieran cuenta de mi
desconfianza. Llegó la noche, y'con ella la oscuridad; sin embargo, por profunda que fuese, mis
ojos comenzaban a habituarse a ella; vi en medio de las tinieblas hundirse la mesa en el suelo;
un cuarto de hora después reapareció con mi cena; un instante después, gracias a la misma
lámpara, mi habitación se iluminó de nuevo. Estaba resuelta a no comer más que objetos a los
que fuera imposible mezclar ningún somnífero: dos huevos y algunas frutas compusieron mi
comida; luego fui a tomar un vaso de agua de mi fuente protectora y lo bebí. A los primeros
sorbos, me pareció que no tenía el mismo gusto que por la mañana: una sospecha rápida se
apoderó de mí, me detuve, pero ya había tragado medio vaso. Tiré el resto con horror, y esperé,
con el sudor del espanto en la frente. Sin duda, algún invisible testigo me había visto tomar el
agua de aquella fuente, y había aprovechado mi confianza para asegurar mejor mi pérdida tan
fríamente resuelta, tan cruelmente perseguida. No había transcurrido media hora cuando se
produjeron los mismos síntomas; sólo que como aquella vez no había bebido más que medio
vaso de agua, luché más tiempo, y en lugar de dormirme completamente, caí en un estado de
somnolencia que me dejaba sentir lo que pasaba en torno mío, a la vez que me quitaba la fuerza
de defenderme o de huir. Me arrastré hacia mi cama, para buscar allí la única defensa que me
quedaba, mi cuchillo salvador; pero no pude llegar hasta la cabecera: caí de rodillas, con las
manos aferradas a una de las columnas del pie; entonces comprendí que estaba perdida.
Felton palideció horrorosamente, y un estremecimiento convulsivo corrió por todo su cuerpo.
-Y lo que era más horroroso -continuó Milady con la voz alterada como si hubiera
experimentado aún la misma angustia que en aquel momento terrible- es que aquella vez yo
tenía conciencia del peligro que me amenazaba; es que mi alma, puedo decirlo, velaba en mi
cuerpo adormecido; es que yo veía, es que oía; es cierto que todo aquello era como un sueño,
pero no por ello menos espantoso. Vi la lámpara que ascendía y que poco a poco me dejaba en
la oscuridad; luego oí el chirrido tan bien conocido de aquella puerta, aunque aquella puerta sólo
se hubiera abierto dos veces. Sentí instintivamente que alguien se acercaba a mí; dicen que el
desgraciado perdido en los desiertos de América siente de este modo la cercanía de la serpiente.
Quería hacer un esfuerzo, trataba de gritar; gracias a una increíble energía de voluntad me
levanté, para volver a caer al punto... y volver a caer en los brazos de mi perseguidor.
-Decidme, pues, ¿quién era ese hombre? -exclamó el joven oficial.
Milady vio de una sola mirada todo el sufrimiento que inspiraba a Felton, sopesándolo en cada
detalle de su relato; pero no quería hacerle gracia de ninguna tortura. Con mayor profundidad le
rompería el corazón, con mayor seguridad la vengaría. Ella continuó, pues, como si no hubiera
oído su exclamación, o como si hubiera pensado que no había llegado aún el momento de
responder a ella.
-Sólo que aquella vez el infame tenía que habérselas no ya con una especie de cadáver inerte,
sin ningún sentimiento. Ya os lo he dicho: aunque no conseguía recuperar el ejercicio completo
de mis facultades, me quedaba el sentimiento de mi peligro: luchaba, pues, con todas mis
fuerzas, y, sin duda, pese a lo debilitada que estaba, oponía una larga resistencia, porque lo oí
exclamar: «¡Estas miserables purita nas! Saba que cansan a sus verdugos, pero las creía menos
fuertes contra sus seductores.» ¡Ay! Aquella resistencia desesperada no podía durar mucho
tiempo, sentí que mis fuerzas se agotaban; y esta vez no fue de mi sueño de lo que el cobarde
se aprovechó, fue de mi desva necimiento.
Felton escuchaba sin hacer oír otra cosa que una especie de rugido sordo; sólo el sudor corría
sobre su frente de mármol, y su mano oculta bajo su uniforme desgarraba su pecho.
-Mi primer movimiento al volver en mí fue buscar bajo mi almohada aquel cuchillo que no había
podido alcanzar; si no había servido para la defensa podía servir al menos para la expiación. Pero
al coger aquel cuchillo, Felton, me vino una idea terrible. He jurado decíroslo todo y os lo diré
todo; os he prometido la verdad, la diré aunque me pierda.
-Os vino la idea de vengaros de aquel hombre, ¿no es eso? -exclamó Felton.
-¡Pues, sí! -dijo Milady-. Aquella idea no era de cristiana, lo sé; sin duda ese eterno enemigo de
nuestra alma, ese león que ruge sin cesar en torno de nosotros la soplaba a mi espíritu. En fin,
¿qué puedo deciros Felton? -continuó Milady con el tono de una mujer que se acusa de un
crimen-. Me vino esa idea y sin duda ya no me dejó. Hoy llevo el castigo de ese pensamiento
homicida.
-Continuad, continuad -dijo Felton-, tengo prisa por veros llegar a la venganza.
-¡Oh! Resolví que tenía que llegar lo antes posible, no dudaba de que él volvería a la noche
siguiente Por el día no tenía nada que te mer. Por eso, cuando vino la hora del almuerzo, no dudé
en comer y beber: estaba resuelta a fingir que cenaba, pero no tomaría nada; debía por tanto,
combatir mediante la nutrición de la mañana el ayuno de Ìa noche. Sólo que oculté un vaso de
agua sustraída a mi desayuno, dado que había sido la sed la que más me había hecho sufrir
cuando había permanecido cuarenta y ocho horas sin beber ni comer. El día transcurrió sin tener
otra influencia sobre mí que afirmarme en la resolución tomada: sólo que tuve cuidado de que mi
rostro no traicionase en nada el pensamiento de mi corazón, porque no dudaba de que era
observada; varias veces incluso sentí una sonrisa en mis labios. Felton, no me atrevo a deciros
ante qué idea sonreía, sentiríais horror de mí...
-Continuad, continuad -dijo Felton-, ya veis que escucho y que tengo prisa por llegar.
-Llegó la noche, los acontecimientos habituales se produjeron; en la oscuridad, como de
costumbre, fue servida mi cena, luego la lámpara se iluminó, y me senté a la mesa. Comí sólo
algunas frutas: fingí que me servía agua de la jarra, pero sólo bebí de la que había conservado
en mi vaso; la sustitución, por lo demás, fue hecha con la maña suficiente para que mis espías, si
los tenía, no concibiesen sospecha alguna. Tras la cena, ofrecí las mismas señales de
embotamiento que la víspera; pero esta vez, como si sucumbiese a la fatiga o como si me
familiarizase con el peligro, me arrastré hacia la cama a hice semblante de adormecerme. En esta
ocasión había encontrado mi cuchillo bajo la almohada y, al tiempo que fingía dormir, mi mano
apretaba convulsivamente la empuñadura. Transcurrieron dos horas sin que ocurriese nada
nuevo. ¡Aquella vez, Dios mío! ¡Quién me hubiera dicho esto la víspera: comenzaba a temer que
no viniese! Por fin, vi la lámpara elevarse suavemente y desaparecer en las profundidades del
techo; mi habitación se llenó de tinieblas, pero hice un esfuerzo por horadar con la mirada la
oscuridad. Aproximadamente pasaron diez minutos. No oía yo otro ruido que el del latido de mi
corazón. Yo imploraba al cielo para que viniese. Por fin oí el ruido tan conocido de la puerta que
se abría y volvía a cerrarse; oí, pese al espesor de la alfombra, un paso que hacía chirriar el
suelo; vi, pese a la oscuridad, una sombra que se acercaba a mi cama.
-¡Daos prisa daos prisa! -dijo Felton-. ¿No veis que cada una de vuestras palabras me quema
como plomo derretido?
-Entonces -continuó Milady- entonces reuní todas mis fuerzas, me acordé de que el momento
de la venganza, o, mejor dicho, de la justicia había sonado; me consideraba otra Judith; me
recogí sobre mí misma, con mi cuchillo en la mano, y cuando lo vi junto a mí tendiendo los
brazos para buscar a su víctima, entonces, con el último grito del dolor y de la desesperación, le
golpeé en medio del pecho. ¡Miserable! ¡Lo había previsto todo: su pecho estaba cubierto de una
cota de malla! El cuchillo se embotó. «¡Ay, ay! -exclamó cogiéndome el brazo y arrancándome el
arma que tan mal me había servido-. ¡Queréis mi vida, hermosa puritana! Mas esto es más que
odio, esto es ingratitud. ¡Vamos, vamos, calmaos, calmaos, niña mía! Había creído que os habíais
dulcificado. No soy de esos tiranos que conservan las mujeres por la fuerza: no me amáis,
dudaba de ello con mi fatuidad ordinaria; ahora estoy convencido. Mañana seréis libre.» Yo no
tenía más que un deseo: era que me matase. «¡Tened cuidado! -le dije-. Mi libertad es vuestro
deshonor. Sí, porque apenas salga de aquí diré todo, diré la violencia que habéis usado contra
mí, diré mi cautividad. De nunciaré este palacio de infamia; estáis colocado muy alto, milord, mas
temblad. Por encima de vos está el rey, por encima del rey está Dios.» Por dueño que pareciese
de sí mismo, mi perseguidor dejó traslucir un movimiento de cólera. Yo no podía ver la expresión
de su rostro, pero había sentido estremecerse su brazo sobre el que estaba puesta mi mano.
«Entonces, no saldréis de aquí», dijo. «¡Bien, bien! -exclamé yo. Entonces el lugar de mi suplicio
será también el de mi tumba. Yo moriré aquí y ya veréis si un fantasma que acusa no es más
terrible aún que un vivo que amenaza.» «No se os dejará ningún arma.» «Hay una que la
desesperación ha puesto al alcance de toda criatura que tenga el valor de servirse de ella. Me
dejaré morir de hambre.» «Veamos -dijo el miserable-, ¿no vale más la paz que una guerra como
ésta? Os devuelvo la libertad ahora mismo, os proclamo una virtud, os denomino la Lucrecia de
Inglaterra. » «Y yo, yo digo que vos sois Sextus, yo os denuncio a los hombres como os he
denunciado ya a Dios; y si hace falta que, como Lucrecia, firme mi acusación con mi sangre, la
firmaré.» «¡Ah, ah! -dijo mi enemigo en un tono burlón-. Entonces es distinto. A fe que a fin de
cuentas estáis bien aquí: nada os faltará, y si os dejáis morir de hambre, será culpa vuestra.»
Tras estas palabras se retiró, oí abrirse y volverse a cerrar la puerta y permanecí abismada,
menos aún, lo confieso, en mi dolor que en la vergüenza de no haberme vengado. Mantuvo su
palabra. Todo el día, toda la noche transcurrieron sin que volviese a verlo. Pero yo también
mantuve mi palabra, y no comí ni bebí; como le había dicho, estaba resuelta a dejarme morir de
hambre. Pasé el día y la noche rezando, porque esperaba que Dios me perdonase mi suicidio. La
segunda noche la puerta se abrió; estaba tumbada en el suelo, las fuerzas comenzaban a
abandonarme. Ante el ruido, me levanté sobre una mano. «Y bien -me dijo una voz que vibraba
de una forma demasiado terrible a mi oído para que no la reconociese-; y bien, nos hemos
dulcificado un poco, y pagaremos nuestra libertad con la sofa promesa del silencio. Mirad, soy
buen príncipe -añadió-, y aunque no me gustan los puritanos, les hago justicia, así como a las
puritanas, cuando son hermosas. Vamos, hacedme un pequeño juramento sobre la cruz, no os
pido más.» «¡Sobre la cruz! -exclamé yo levantándome, porque al oír aquella voz aborrecida había
vuelto a encontrar todas mis fuerzas-. ¡Sobre la cruz! Juro que ninguna promesa, ninguna
amenaza, ninguna tortura me cerrará la boca. ¡Sobre la cruz! Juro denunciaros por todas panes
como asesino, como ladrón del honor, como cobarde. ¡Sobre la cruz! Juro, si alguna vez consigo
salir de aquí, pedir venganza contra vos al género humano entero.» «¡Tened cuidado! -dijo la voz
con un acento de amenaza que yo no había oído todavía-. Tengo un recurso supremo, que no
emplearé más que en último extremo, de cerraros la boca o al menos de impedir que alguien
crea una sola palabra de lo que digáis.» Reuní todas mis fuerzas para responder con una
carcajada. El vio que entre nosotros había adelante una guerra eterna, una guerra a muerte.
«Escuchad -dijo-, os doy aún el resto de esta noche y el día de mañana; reflexionad: si prometéis
callaros, la riqueza, la consideración, los honores incluso os rodearán; si amenazáis con hablar,
os condeno a la infamia.» «¡Vos! -exclamé yo-. ¡Vos!» «¡A la infamia eterna, indeleble!» «¡Vos!»,
repetí yo. ¡Oh, os lo digo, Felton, le creía insensato! «Sí, yo», contestó él. «¡Ah, dejadme! -le
dije-. Salid si no queréis que ante vuestros ojos me rompa la cabeza contra la pared.» «Está bien
-replicó él-, vos lo habéis querido, hasta mañana por la noche.» «Hasta mañana por la noche»,
respondí yo dejándome caer y mordiendo la alfombra de rabia...
Felton se apoyaba sobre un mueble y Milady vela con alegría de demonio que quizá le faltara la
fuerza antes del fin del relato.
Capítulo LVII
Un recurso de tragedia clásica
Tras un momento de silencio, empleado por Milady en observar al joven que la escuchaba,
continuó su relato:
-Hacía casi tres días que no había comido ni bebido, sufría torturas atroces: a veces pasaban
por mí como nubes que me apretaban la frente, que me tapaban los ojos: era el delirio. Llegó la
noche; esta ba tan débil que a cada instante me desvanecía y cada vez que me desvanecía daba
gracias a Dios, porque creía que iba a morir. En medio de unos de estos desvanecimientos, oí
abrirse la puerta; el terror me volvió en mí. Mi perseguidor entró seguido de un hombre
enmascarado: él también estaba enmascarado; pero yo reconí su paso, yo reconocí aquel aire
imponente que el infierno ha dado a su persona para desgracia de la humanidad. «Y bien -me
dijo-, ¿estáis decidida a hacerme el juramento que os he pedido?» «Vos lo habéis dicho, los
puritanos no tienen más que una palabra: la mía ya la habéis oído, ¡y es llevaros en la tierra ante
el tribunal de los hombres; en el cielo, ante el tribunal de Dios!» «¿Así que persistís?» «Juro ante
Dios que me oye: tomaré el mundo entero por testigo de vuestro crimen, y esto hasta que
encuentre un vengador.» «Sois una prostituta -dijo con voz tonante-, y sufriréis el suplicio de las
prostitutas. Marcada a los ojos del mundo que invocaréis, ¡tratad de probar a ese mundo que no
so¡s culpable ni loca!» Luego, dirigiéndose al hombre que le acompañaba: «Verdugo -dijo-,
cumple tu deber.»
-¡Oh, su nombre, su nombre! -exclamó Felton-. ¡Su nombre, decídmelo!
-Entonces, pese a mis gritos, pese a mi resistencia, porque yo comenzaba a comprender que
para mí se trataba de algo peor que la muerte, el verdugo me cogió, me volcó sobre el suelo, me
magulló con sus agarrones y, ahogada por los sollozos, casi sin conocimiento, invocando a Dios
que no me escuchaba, lancé de pronto un espantoso grito de dolor y de vergüenza: un hierro
ardiendo, un hierro candente, el hiero del verdugo, se había impreso en mi hombro.
Felton lanzó un rugido.
-Mirad -dijo Milady, levantándose entonces con una majestad de reina-, mirad, Felton, ved
cómo han inventado un nuevo martirio para la doncella pura y, sin embargo, víctima de la
brutalidad de un malvado. Aprended a conocer el corazón de los hombres, y en adelante haceos
con menos facilidad instrumento de sus injustas venganzas.
Con rápido gesto, Milady abrió su vestido, desgarró la batista que cubría su seno y, ruborizada
por una fingida cólera y una vergüenza teatral, mostró al joven la huella indeleble que
deshonraba aquel hombro tan bello.
-Pero -exclamó Felton- es una flor de lis lo que ahí veo.
-Precisamente ahí es donde está la infamia -respondió Milady-. La marca de Inglaterra... había
que probar qué tribunal me la había impuesto, yo habría hecho una apelación pública a todos los
tribunales del reino; mas la marca de Francia..., ¡oh!, con ella estaba bien marcada.
Aquello era demasiado para Felton.
Pálido, inmóvil, aplastado por esta revelación espantosa, deslumbrado por la belleza
sobrehumana de aquella mujer que se desnudaba ante él con un impudor que le pareció sublime,
terminó cayendo de rodillas ante ella como hacían los primeros cristianos ante aquellas puras y
santas mártires que la persecución de los emperadores libraba en el circo a la sanguinaria
lubricidad del populacho. La marca desapareció, sólo quedó la belleza.
-¡Perdón, perdón! -exclamó Felton-. ¡Oh, perdón!
Milady leyó en sus ojos: amor, amor.
-¿Perdón de qué? -preguntó ella.
-Perdón por haberme unido a vuestros perseguidores.
Milady le tendió la mano.
-¡Tan bella, tan joven! -exclamó Felton cubriendo aquella mano de besos.
Milady dejó caer sobre él una de esas miradas que de un esclavo hacen un rey.
Felton era puritano: dejó la mano de esta mujer para besar sus pies.
El ya no la amaba más, la adoraba.
Cuando aquella crisis hubo pasado, cuando Milady pareció haber recobrado su sangre fría, que
no había perdido nunca; cuando Felton hubo visto volverse a cerrar bajo el velo de la castidad
aquellos tesoros de amor que no se le ocultaban sino para hacérselos desear más ardientemente:
-¡Ah! Ahora -dijo- no tengo más que una cosa que pediros, es el nombre de vuestro verdadero
verdugo; porque para mí no hay más que uno; el otro era el instrumento nada más.
-¿Cómo, hermano? -exclamó Milady-. ¿Es preciso que todavía te lo nombre, no lo has
adivinado?
-¿Qué? -contestó Felton-. ¡El..., también él..., siempre él! ¿Qué? El verdadero culpable...
-El verdadero culpable -dijo Milady- es el estragador de Inglaterra, el perseguidor de los
verdaderos creyentes, el cobarde rapaz del honor de tantas mujeres, el que por un capricho de
su corazón corrompido va a hacer derramar tanta sangre a dos reinos, el que protege a los
prostestantes hoy y que mañana los traicionará...
-¡Buckingham! ¡Entonces es Buckingham! -exclamó Felton exasperado.
Milady ocultó su rostro en sus manos, como si no hubiera podido soportar la vergüenza que
este hombre le recordaba.
-¡Buckingham el verdugo de esta angélica criatura! -exclamó Felton-. Y tú, Dios mío, no lo has
fulminado, y tú lo has dejado noble, honrado, poderoso para la perdición de todos nosotros.
-Dios abandona a quien se abandona a sí mismo -dijo Milady.
-Pero, entonces, ¡quiere atraer sobre su cabeza el castigo reserva do a los malditos! -continuó
Felton con exaltación creciente-. ¡Quiere que la venganza humana anticipe la justicia celeste!
-Los hombres lo temen y lo protegen.
-¡Oh, yo -dijo Felton-, yo no lo temo y no lo protegeré!...
Milady sintió su alma bañada por una alegría infernal.
-Pero ¿cómo lord de Winter, mi protector, mi padre -preguntó Felton-, está mezclado en todo
esto?
-Escuchad, Felton -prosiguió Milady-, porque al lado de hombres cobardes y despreciables
todavía hay naturalezas grandes y generosas. Yo tenía un prometido, un hombre al que yo
amaba y que me amaba; un corazón como el vuestro, Felton, un hombre como vos. Fui a él y le
conté todo; me conocía y no dudó ni un solo instante. Era un gran señor, era un hombre en todo
el igual de Buckingham. No me dijo nada, se ciñó solamente su espada, se envolvió en su capa y
se dirigió a Buckingham Palace.
-Sí, sí -dijo Felton-, comprendo; aunque con semejantes hombres no sea la espada lo que hay
que emplear, sino el puñal.
-Buckingham se había ido la víspera, enviado como embajador a España, donde iba a pedir la
mano de la infanta para el rey Carlos I, que no era entonces más que príncipe de Gales. Mi
prometido volvió. «Escuchad -me dijo-, ese hombre ha partido y, por consiguiente, por ahora,
escapa a mi venganza; pero, mientras tanto, unánomos, como debíamos estarlo; luego, confiad
en lord de Winter para sostener su honor y el de su mujer.»
-¡Lord de Winter! -exclamó Felton.
-Sí -dijo Milady- lord de Winter, y ahora debéis comprenderlo todo, ¿no es así?: Buckingham
permaneció ausente más de un año. Ocho días antes de su llegada lord de Winter murió
súbitamente, dejándome única heredera. ¿De dónde venía el golpe? Dios, que todo lo sabe, lo
sabe sin duda, yo a nadie acuso...
-¡Oh, qué abismo, qué abismo! -exclamó Felton.
-Lord de Winter había muerto sin decir nada a su hermano. El secreto terrible debía quedar
oculto a todos hasta que estallase como el rayo sobre la cabeza del culpable. Vuestro protector
había visto con pesar este matrimonio de su hermano mayor con una joven sin fortuna. Sentí que
no podía esperar de un hombre engañado en sus esperanzas de herencia apoyo alguno. Pasé a
Francia resuelta a permanecer allí durante todo el resto de mi vida. Pero toda mi fortuna está en
Inglaterra; cerradas las comunicaciones por la guerra, todo me faltó: me vi obligada entonces a
volver; hace seis días arribé a Portsmouth.
-¿Y bien? -dijo Felton.
-Y bien. Buckingham se enteró sin duda de mi regreso, habló de él a lord de Winter, ya
prevenido contra mí, y le dijo que su cuñada era una prostituida, una mujer marcada. La voz
pura y noble de mi marido no estaba allí para defenderme. Lord de Winter creyó todo cuanto se
le dijo, con tanta mayor facilidad cuanto que tenía interés en creerlo. Me hizo detener, me
condujo aquí, me puso bajo vuestra custodia. El resto vos lo sabéis: pasado mañana me
destierra, me deporta; pasado mañana me relega entre los infames. ¡Oh!, la trampa está bien
urdida, la conspiración es hábil y mi honor no sobrevivirá a ella. De sobra veis que es preciso que
yo muera, Felton; ¡Felton, dadme ese cuchillo!
Y tras estas palabras, como si todas sus fuerzasa estuvieran agota das, Milady se dejó ir débil y
lánguida entre los brazos del joven oficial que, ebrio de amor, de cólera y de voluptuosidades
desconocidas, la recibió con transporte, la apretó contra su corazón, todo tembloroso ante el
aliento de aquella boca tan bella, todo extraviado al contacto de aquel seno tan palpitante.
-No, no -dijo-; no, tú vivirás honrada y pura, vivirás para triunfar de tus enemigos.
Milady lo rechazó lentamente con la mano atrayéndolo con la mirada; mas Felton, a su vez, se
apoderó de ella, implorándola como a una divinidad.
-¡Oh! ¡La muerte, la muerte! -dijo ella, velando su voz y sus párpados-. ¡Oh, la muerte antes
que la vergüenza! Felton, hermano mío, amigo mío, te lo ruego.
-No -exclamó Felton-, no, ¡tú vivirás y serás vengada!
-Felton, llevo la desgracia a todo lo que me rodea. ¡Felton, abandóname! ¡Felton, déjame
morir!
-Pues bien, muramos entonces juntos -exclamó él apoyando sus labios sobre los de la
prisionera.
Varios golpes sonaron en la puerta; esta vez, Milady lo rechazó realmente.
-Escucha -dijo-, nos han oído; alguien viene. ¡Se acabó, esta mos perdidos!
-No -dijo Felton-, es el centinela que me previene sólo de que llega una ronda.
-Entonces, corred a la puerta y abrid vos mismo.
Felton obedeció: aquella mujer era ya todo su pensamiento, toda su alma.
Se encontró frente a un sargento que mandaba una patrulla de vigilancia.
-¡Y bien! ¿Qué ocurre? -preguntó el joven teniente.
-Me habíais dicho que abriese la puerta si oía pedir ayuda -dijo el soldado-, pero habéis
olvidado dejarme la llave; os he oído gritar sin comprender lo que decíais, he querido abrir la
puerta, estaba cerrada por dentro y entonces he llamado al sargento.
-Y aquí estoy -dijo el sargento.
Felton, extraviado, casi loco, permanecía sin voz.
Milady comprendió que le correspondía coger las riendas de la situación; corrió a la mesa y
cogió el cuchillo que había depositado Felton:
-¿Y con qué derecho queréis impedirme morir? -dijo ella.
-¡Gran Dios! -exclamó Felton viendo brillar el cuchillo en su mano.
En aquel momento, una carcajada irónica resonó en el corredor.
El barón, atraído por el ruido, en bata, con la espada bajo el brazo, estaba de pie en el umbral
de la puerta.
-¡Ah, ah! -dijo-. Ya estamos ante el último acto de la tragedia; ya lo veis, Felton el drama ha
seguido todas las fases que yo había indicado; pero estad tranquilo, la sangre no correrá.
Milady comprendió que estaba perdida si no daba a Felton una prueba inmediata y terrible de
su valor.
-Os equivocáis, milord, la sangre correrá. ¡Ojalá esa sangre caiga sobre los que la hacen correr!
Felton lanzó un grito y se precipitó hacia ella; era demasiado tarde: Milady se había golpeado.
Pero el cuchillo había encontrado, afortunadamente, deberíamos decir que hábilmente, la
ballena de hierro que en esa época defendía como una coraza el pecho de las mujeres; se había
deslizado desgarrando el vestido y había penetrado al bies entre la carne y las costillas.
El vestido de Milady no por ello quedó menos manchado de sangre en un segundo.
Milady había caído de espaldas y parecía desvanecida.
Felton arrancó el cuchillo.
-Ved, milord -dijo con aire sombrío-. ¡Ahí tenéis una mujer que estaba bajo mi custodia y que
se ha matado!
-Estad tranquilo, Felton -dijo lord de Winter-, no está muerta, los demonios no mueren tan
fácilmente, tranquilizaos a id a esperarme en mi cuarto.
-Pero, milord.
-Id, os lo ordeno.
A esta conminación de su superior, Felton obedeció; pero, al salir, puso el cuchillo en su pecho.
En cuanto a lord de Winter, se contentó con llamar a la mujer que servía a Milady, y cuando
hubo venido le recomendó a la prisionera que seguía desvanecida, y la dejó sola con ella.
Sin embargo, como en conjunto, pese a sus sospechas, la herida podía ser grave, envió al
instante un hombre a caballo a buscar un médico.
Capítulo LVIII
Evasión
Como había pensado lord de Winter, la herida de Milady no era peligrosa; por eso, cuando se
encontró sola con la mujer que el barón se había hecho llamar y que se afanaba en desnudarla,
volvió a abrir los ojos.
Sin embargo, había que jugar a la debilidad y al dolor; no eran cosas difíciles para una
comedianta como Milady; por eso la pobre mujer fue víctima completa de su prisionera a la que,
pese a sus protestas, se obstinó en velar toda la noche.
Pero la presencia de aquella mujer no le impedía a Milady pensar.
No había ninguna duda, Felton estaba convencido, Felton era suyo: si un ángel se apareciese al
joven para acusar a Milady, desde luego lo tomaría, en la disposición de espíritu en que se
encontraba, por un enviado del demonio.
Milady sonreía a este pensamiento porque Felton era en lo sucesivo su única esperanza, su
único medio de salvación.
Pero lord de Winter podía sospechar, y Felton podía ser ahora vigilado.
Hacia las cuatro de la mañana llegó el médico; pero desde que Milady se había apuñalado la
herida estaba ya cerrada: el médico no pudo, por tanto medir ni la dirección ni la profundidad;
reconoció sólo por el pulso de la enferma que el caso no era grave.
Por la mañana, Milady, so pretexto de que no había dormido por la noche y que necesitaba
descanso, despidió a la mujer que velaba a su lado.
Tenía una esperanza, y es que Felton llegara a la hora del desayuno; pero Felton no vino.
¿Sus temores se habían vuelto realidad? Felton, sospechoso del barón, ¿iba a fallarle en el
momento decisivo? No tenía más que un día: lord de Winter le había anunciado su embarque
para el 23 y estaba en la mañana del 22.
No obstante, esperó aún con bastante paciencia hasta la hora de la cena.
Aunque no comió por la mañana la cena le fue traída a la hora habitual; Milady se dio entonces
cuenta con terror que el uniforme de los soldados que la custodiaban había cambiado.
Entonces se aventuró a preguntar qué había sido de Felton. Le respondieron que Felton había
montado a caballo hacía una hora y había partido.
Se informó de si el barón seguía en el castillo; el soldado respondió que sí, y que tenía la orden
de avisarlo en caso de que la prisionera deseara hablarle.
Milady respondió que estaba demasiado débil por el momento, y que su único deseo era
permanecer sola.
El soldado salió dejando la cena servida.
Felton había sido alejado, los soldados de marina habían sido cambiados; desconfiaba, por
tanto, de Felton.
Era el ultimo golpe dado a la prisionera.
Al quedar sola, se levantó; aquella cama, en la que estaba por prudencia y para que se la
creyese gravemente enferma, le quemaba como un brasero ardiente. Lanzó una mirada a la
puerta: el barón había hechó clavar una plancha sobre el postigo; temía sin duda que por aquella
abertura consiguiese, mediante algún recurso diabólico, seducir a los guardias.
Milady sonrió de alegría; podría, pues, entregarse a sus transportes sin ser observada: recorria
la habitación con la exaltación de una loca furiosa o de una tigresa encerrada en una jaula de
hierro. Desde luego,si le hubiese quedado el cuchillo, habría pensado no en matarse a sí misma,
sino esta vez en matar al barón.
A las seis, lord de Winter entró; estaba armado hasta los dientes. Aquel hombre, en el que
hasta entonces Milady no había visto sino un gentleman bastante necio, se había vuelto un
magnífico carcelero: parecía preverlo todo, adivinarlo todo, prevenirlo todo.
Una sola mirada lanzada sobre Milady le informó de lo que pasaba en su alma.
-Sea -dijo él-, mas no me mataréis hoy todavía; no tenéis ya armas, y además estoy sobre
aviso. Habíais comenzado a pervertir a mi pobre Felton: sufría ya vuestra infernal influencia, mas
quiero salvarlo, no os verá más, todo ha terminado. Recoged vuestro vestuario; mañana
partiréis. Había fijado el embarque el 24, pero he pensado que cuanto más adelante la cosa, más
segura será. Mañana a mediodía tendré la orden de vuestro exilio firmada por Buckingham. Si
decís una sola palabra a quien quiera que sea antes de estar en el navío, mi sargento os
levantará la tapa de los sesos, tiene esa orden; si ya en el navío decís una palabra a quien quiera
que sea antes de que el capitán os to permita, el capitán os hará arrojar al mar, está así
acordado. Hasta luego: eso es todo lo que por hoy tenía que deciros. Mañana os volveré a ver
para deciros adiós.
Y con estas palabras el barón salió.
Milady había escuchado toda esta amenanzante parrafada con la sonrisa de desdén sobre los
labios, pero con la rabia en el corazón.
Sirvieron la cena; Milady sintió que necesitaba fuerzas, no sabía qué podia pasar durante
aquella noche que se aproximaba amenazante, porque gruesas nubes voltejeaban en el cielo y
los relámpagos lejanos anunciaban una tormenta.
La tormenta estalló hacia las diez de la noche: Milady sentía un consuelo al ver a la naturaleza
compartir el desorden de su corazón: el trueno bramaba en el aire como la cólera en su
pensamiento; le parecía que al pasar la ráfaga desmelenaba su frente como los árboles cuyas
ramas curvaba y cuyas hojas se llevaba; ella aullaba como el huracán, y su voz se perdía en el
clamor de la naturaleza que parecía, también ella, gemir y desesperarse.
De pronto oyó golpear un cristal y a la claridad de un relámpago, vio el rostro de un hombre
aparecer tras los barrotes.
Corrió a la ventana y la abrió.
-¡Felton! -exclamó-. ¡Estoy salvada!
-Sí -dijo Felton-; pero, ¡silencio, silencio! Necesito tiempo para serrar vuestros barrotes. Tened
cuidado solamente de que no os vean por el postigo.
-¡Oh, es una prueba de que el Señor está con nosotros, Felton! -prosiguió Milady-. Han cerrado
el postigo con una plancha.
-Está bien, ¡Dios los ha vuelto insensatos! -dijo Felton.
-Pero ¿qué tengo que hacer? -preguntó Milady.
-Nada, nada; volved a cerrar la ventana solamente. Acostaos, o al menos meteos en vuestra
cama completamente vestida; cuando haya terminado, golpearé en los cristales. Mas ¿podréis
seguirme?
-¡Oh, sí7
-¿Y vuestra herida?
-Me hace sufrir, pero no me impide caminar.
-Estad, pues, preparada a la primera señal.
Milady volvió a cerrar la ventana, apagó la lámpara y fue, como le había recomendado Felton,
a hacerse un ovillo en su cama. En medio de las quejas de la tormenta, ella oía el chirrido de la
lima contra los barrotes, y a la claridad de cada relámpago vislumbraba la sombra de Felton tras
los cristales.
Pasó una hora sin respirar, jadeante, con el sudor sobre la frénté y el corazón oprimido por una
angustia espantosa a cada movimiento que oía en el corredor.
Hay horas que duran un año.
Al cabo de una hora, Felton golpeó de nuevo.
Milady saltó fuera de su cama y fue a abrir. Dos barrotes de menos formaban una abertura
para que un hombre pasase.
-¿Estáis preparada? -preguntó Felton:
-Sí. ¿Tengo que llevar alguna cosa?
-Oro si tenéis.
-Sí, por suerte me han dejado el que tenía.
-Tanto mejor, porque he gastado todo lo mío en fletar un barco.
-Tomad -dijo Milady poniendo en las manos de Felton una bolsa llena de oro.
Felton cogió la bolsa y la arrojó al pie del muro.
-Ahora -dijo-, ¿queréis venir?
-Aquí estoy.
Milady se subió a un sillón y pasó la parte superior de su cuerpo por la ventana: vio al joven
oficial suspendido sobre el abismo por una escala de cuerda.
Por primera vez, un movimiento de terror le recordó que era mujer.
El vacío la espantaba.
-Me lo temía -dijo Felton.
-No es nada, no es nada -dijo Milady-, bajaré con los ojos cerrados.
-¿Tenéis confianza en mí? -dijo Felton.
-¿Y lo preguntáis?
-Juntad vuestras dos manos; cruzadlas, está bien.
Felton le ató las dos muñecas con un pañuelo; luego, por encima del pañuelo, con una cuerda.
-¿Qué hacéis? -preguntó Milady con sorpresa.
-Pasad vuestros brazos alrededor de mi cuello y no temáis nada.
-Pero os haré perder el equilibrio y nos estrellaremos los dos.
-Tranquilizaos, soy marino.
No había un segundo que perder; Milady pasó sus dos brazos en torno al cuello de Felton y se
dejó deslizar fuera de la ventana.
Felton comenzó a descender los escalones lentamente y uno a uno.
Pese al peso de los dos cuerpos, el soplo del huracán los balanceaba en el aire.
De pronto Felton se detuvo.
-¿Qué ocurre? -preguntó Milady.
-Silencio -dijo Felton-, oigo pasos.
-¡Estamos descubiertos!
Se hizo un silencio de algunos instantes.
-No -dijo Felton-, no es nada.
-Pero ¿qué es ese ruido?
-El de la patrulla que va a pasar por el camino de ronda.
-¿Dónde está ese camino de ronda?
-Justo debajo de nosotros.
-Nos van a descubrir.
-No, si no hay relámpagos.
-Tropezarán con el final de la escala.
-Por suerte le faltan seis pies para llegar al suelo.
-¡Ahí están, Dios mío!
-¡Silencio!
Los dos permanecieron colgados, inmóviles y sin aliento a veinte pies del suelo; durante este
tiempo los soldados pasaban por debajo riendo y hablando.
Fue para los fugitivos un momento terrible.
La patrulla pasó; se oyó el ruido de los pasos que se alejaban y el murmullo de las voces que
iba debilitándose.
-Ahora -dijo Felton-, estamos salvados.
Milady lanzó un suspiro y se desvaneció.
Felton continuó descendiendo. Llegado al final de la escala, y cuando sintió que faltaba apoyo
para sus pies, se pegó como una lapa con las manos; llegado por fin al último escalón se dejó
colgar en la fuerza de las muñecas y tocó el suelo. Se agachó, recogió la bolsa de oro y lo cogió
entre sus dientes.
Luego levantó a Milady en sus brazos y se alejó con presteza por el lado opuesto al que había
tomado la patrulla. Pronto dejó el camino de ronda, descendió por entre las rocas y llegado a la
orilla del mar, dejó oír un toque de silbato.
Una señal parecida le respondió y cinco minutos después vio aparecer una barca ocupada por
cuatro hombres.
La barca se aproximó tan cerca como pudo a la orilla, pero no había suficiente fondo para que
pudiera tocar tierra; Felton se metió en el agua hasta la cintura, porque no quería confiar a nadie
su precioso peso.
Afortunadamente la tempestad comenzaba a calmarse, y, sin embargo, el mar estaba todavía
violento; la barquilla saltaba sobre las olas como una cáscara de nuez.
-¡A la balandra! -dijo Felton-. Remad con rapidez.
Los cuatro hombres se pusieron a los remos; pero la mar estaba demasiado gruesa para que
los remos hicieran mucha labor.
Sin embargo, se iban alejando del castillo; era lo principal. La noche era profundamente
tenebrosa y resultaba ya casi imposible distinguir la orilla desde la barca; con mayor razón no se
habría podido distinguir la barca desde la orilla.
Un punto negro se balanceaba en el mar.
Era la balandra.
Mientras la barca avanzaba por su parte con toda la fuerza de sus cuatro remadores, Felton
desataba la cuerda, luego el pañuelo que ataba las manos de Milady.
Luego, cuando sus manos estuvieron desatadas, cogió agua del mar y se la orrojó al rostro.
Milady lanzó un suspiro y abrió los ojos.
-¿Dónde estoy? -dijo.
-A salvo -respondió el joven oficial.
-¡Oh, a salvo, a salvo! -exclamó ella-. Sí ahí está el cielo, aquí el mar. Este aire que respiro es
el de la libertad. ¡Ah..., gracias, Felton, gracias!
El joven la apretó contra su corazón.
-Pero ¿qué tengo en las manos? -preguntó Milady-. Parece como si me hubieran quebrado las
muñecas en un torno.
En efecto, Milady alzó los brazos; tenía las muñecas magulladas.
-¡Ay! -dijo Felton mirando aquellas hermosas manos y moviendo suavemente la cabeza.
-¡Oh, no es nada, no es nada! -exclamó Milady-. ¡Ahora me acuerdo!
Milady buscó con los ojos a su alrededor.
-Está ahí -dijo Felton, empujando con el pie la bolsa de oro.
Se acercaban a la balandra. El marinero de guardia dio una voz a la barca, la barca respondió.
- Qué barco es ése? -preguntó Milady.
-El que he fletado para vos.
-¿Dónde va a conducirme?
-Donde vos queráis, con tal que a mí me dejéis en Portsmouth.
-¿Qué vais a hacer en Portsmouth? -preguntó Milady.
-Cumplir las órdenes de lord de Winter -dijo Felton con una sombría sonrisa.
-¿Qué órdenes? -preguntó Milady.
-Entonces, ¿no comprendéis? -dijo Felton.
-No; explicaos, os lo suplico.
-Como si desconfiase de mí, ha querido custodiaros él mismo y me ha mandado en su lugar a
hacer firmar a Buckingham la orden de vuestra deportación.
-Pero si desconfiaba de vos, ¿cómo os ha confiado esa orden?
-¿Creía acaso que yo sabía lo que llevaba?
-¡Ah, claro! ¿Y vais a Portsmouth?
-No tengo tiempo que perder: mañana es 23, y Buckingham parte mañana con la flota.
- Parte mañana para dónde?
-Para La Rocelle.
-¡Es preciso que no parta! -exclamó Milady, olvidando su presencia de ánimo acostumbrada.
-Tranquilizaos -respondió Felton-, no partirá.
Milady temblaba de alegría. Acababa de leer en lo más profundo del corazón del joven: la
muerte de Buckingham estaba escrita en él con todas las letras.
-¡Felton... -dijo-, sois grande como Judas Macabeo! Si morís, moriré con vos: he ahí todo lo
que puedo deciros.
-¡Silencio! -dijo Felton-. Hemos llegado.
En efecto, tocaban la balandra.
Felton subió el primero a la escala y dio la mano a Milady, mientras los marineros la sostenían
porque el mar estaba todavía muy agitado.
Un instante después estaban sobre el puente.
-Capitán -dijo Felton-, esta es la persona de quien os he hablado y a quien hay que conducir
sana y salva a Francia.
-Mediante mil pistolas -dijo el capitán.
-Os he dado ya quinientas. -
-Es cierto -dijo el capitán.
-Y aquí están las otras quinientas -añadió Milady, llevando la mano a la bolsa de oro.
-No -dijo el capitán-, yo no tengo más que una palabra y se la he dado a este joven; las otras
quinientas pistolas no se me deben hasta llegar a Boulogne.
-¿Y llegaremos?
-Sanos y salvos -dijo el capitán-, tan cierto como que me llamo Jack Buttler.
-Pues bien -dijo Milady-, si mantenéis vuestra palabra, no serán quinientas pistolas, sino mil lo
que os daré.
-¡Hurra por vos, hermosa dama! -exclamó el capitán-. ¡Y ojalá Dios me envié con frecuencia
clientes como Vuestra Señoría!
-Mientras tanto -dijo Felton-, conducidnos a la pequeña bahía de Chichester, antes de
Portsmouth; ya sabéis qué hemos convenido que nos llevaréis allí.
El capitán respondió ordenando la maniobra necesaria, y hacia las siete de la mañana el
pequeño navío arrojaba el ancla en la bahía designada.
Durante esta travesía, Felton había contado todo a Milady: cómo, en lugar de ir a Londres,
había fletado el pequeño navío, cómo había vuelto, cómo había escalado la muralla colocando en
los intersticios de las piedras, a medida que subía, crampones, para asegurar sus pies, y cómo,
finalmente, llegado a los barrotes, había atado la escala. Milady sabía lo demás.
Por su parte, Milady trató de alentar a Felton en su proyecto; pero a las primeras palabras que
salieron de su boca, vio de sobra que el joven fanático tenía más necesidad de ser moderado que
reafirmado.
Convinieron que Milady esperaría a Felton hasta las diez; si a las diez no estaba de vuelta, ella
partiría.
En tal caso, suponiendo que estuviera libre, se reuniría con ella en Francia, en el convento de
las Carmelitas de Béthume.
Capítulo LIX
Lo que pasó en Portsmouth el 23 de agosto de 1628
Felton se despidió de Milady como un hermano que va a dar un simple paseo se despide de su
hermana besándole la mano.
Toda su persona aparecía en un estado de calma ordinaria: sólo un resplandor
desacostumbrado brillaba en sus ojos, semejante a un reflejo de fiebre; su frente estaba más
pálida aún que de costumbre; sus dientes estaban apretados, y su palabra tenía un acento
cortado y convulso que indicaba que algo sombrío se agitaba en él.
Mientras estuvo sobre la barca que lo conducía a tierra, permaneció con el rostro vuelto hacia
Milady que, de pie sobre el puente, lo seguía con los ojos. Los dos estaban bastante tranquilos
sobre el temor a ser perseguidos: nunca se entraba en la habitación de Milady antes de las
nueve; y se necesitaban tres horas para llegar desde el castillo a Londrés:
Felton use el pie en tierra, escaló la pequeña cresta que conducía a lo alto del acantilado,
saludó a Milady por última vez y tomó su camino hacia la ciudad.
Al cabo de cien pasos, como él terreno iba descendiendo, no podía ya ver más que el mástil de
la balandra.
En seguida corrió en dirección de Portsmouth, cuyas torres y casas veía dibujarse frente a él, a
media milla aproximadamente, en la bruma de la mañana.
Más allá de Portsmouth, el mar estaba cubierto de bajeles, cuyos mástiles se veían, semejantes
a un bosque de álamos despojados por el invierno, balancearse bajo el soplo del viento.
En su marcha rápida, Felton repasaba lo que diez años de medita ciones ascéticas y una larga
estancia en medio de los puritanos le habían proporcionado de acusaciones verdaderas o falsas
contra el favorito de Jacobo VI y de Carlos I.
Cuando comparaba los crímenes públicos de este ministro, crímenes brillantes, crímenes
europeos, si así se podía decir, con los crímenes privados y desconocidos con que lo había
cargado Milady, Felton encontraba que el más culpable de los dos hombres que en sí contenía
Buckingham era aquel cuya vida no conocía el público. Es que su amor tan extraño, tan nuevo,
tan ardiente, le hacía ver las acusaciones infames a imaginarias de lady de Winter como se ve a
través de un cristal de aumento, en el estado de monstruos espantosos, los imperceptibles
átomos en realidad comparados con un hormiga.
La rapidez de su carrera encendía aún su sangre: la idea de que detrás de sí dejaba, expuesta
a una venganza espantosa, a la mujer que amaba o mejor, la que adoraba como a una santa, la
emoción pasada, su fatiga presente, todo exaltaba su alma por encima de los sentimientos
humanos.
Entró en Portsmouth hacia las ocho de la mañana; toda la población estaba en pie; el tambor
batía en las calles y en el puerto; las tropas de embarque descendían hacia el mar.
Felton llegó al palacio del Almirantazgo cubierto de polvo y chorreando de sudor; su rostro,
ordinariamente tan pálido, estaba púrpura de calor y de cólera. El centinela quiso rechazarlo;
pero Felton llamó al jefe del puesto y sacó del bolso la carta de que era portador.
-Mensaje urgente de parte de lord de Winter -dijo.
Al nombre de lord de Winter, a quien se sabía uno de los íntimos de Su Gracia, el jefe del
puesto dio la orden de dejar pasar a Felton, que por lo demás, llevaba el uniforme del oficial de
marina.
Felton se precipitó en el palacio.
En el momento en que entraba en el vestíbulo entraba también un hombre lleno de polvo, sin
aliento, dejando a la puerta un caballo de posta que al llegar cayó sobre sus rodillas.
Felton y él se dirigieron al mismo tiempo a Patrick, el ayuda de cámara de confianza del duque.
Felton nombró al barón de Winter, el desconocido no quiso nombrar a nadie, y pretendió que
sólo podía darse a conocer al duque. Los dos insistían para pasar uno antes que el otro.
Patrick, que sabía que lord de Winter estaba en tratos de servicio y en relaciones de amistad
con el duque, dio preferencia a quien venía en su nombre. El otro fue obligado a esperar, y fue
fácil ver cuánto maldecía aquel retraso.
El ayuda de cámara hizo atravesar a Felton una gran sala en la que esperaban los diputados de
La Rochelle, encabezados por el príncipe de Soubise, y lo introdujo en un gabinete donde
Buckingham, que salía del baño, acababa su aseo, al que en esta ocasión como en cualquier otra
concedía una atención extraordinaria.
-El teniente Felton -dijo Patrick-, de parte de lord de Winter.
Felton entró. En aquel momento Buckingham arrojaba sobre un canapé una rica bata recamada
de oro, para ponerse un jubón de terciopelo azul completamente bordado de perlas.
-¿Por qué no ha venido el propio barón? -preguntó Buckingham-. Lo esperaba esta mañana.
-Me ha encargado decir a Vuestra Gracia -respondió Felton que lamentaba mucho no tener ese
honor, pero que se hallaba impedido por la custodia que está obligado a hacer del castillo.
-Sí, sí -dijo Buckingham-, ya sé eso, hay una prisionera.
-Precisamente de esa prisionera quería yo hablar a Vuestra Gracia-prosiguió Felton.
-¡Bien, hablad!
-Lo que tengo que deciros sólo puede ser oído de vos, milord.
-Dejadnos, Patrick -dijo Buckingham-, pero estad cerca de la campanilla; os llamaré en
seguida.
Patrick salió.
-Estamos solos, señor -dijo Buckingham-; hablad.
-Milord -dijo Felton-, el barón de Winter os ha escrito el otro día para rogaros que firmaseis
una orden de embarco relativa a una joven llamada Charlotte Backson.
-Sí, señor, y le he contestado que me trajera o me enviara esa orden y que yo la firmaría.
-Hela aquí, Milord.
-Dadme -dijo el duque.
Y tomándola de las manos de Felton, lanzó sobre el papel una ojeada rápida. Entonces,
dándose cuenta de que era lo que se le había anunciado, la puso sobre la mesa, cogió una pluma
y se dispuso a firmar.
-Perdón, milord -dijo Felton deteniendo al duque-, ¿Vuestra Gracia sabe que el nombre de
Charlotte Backson no es el nombre verdadero de esa mujer?
-Sí, señor, lo sé -respondió el duque mojando la pluma en el tintero.
-¿Entonces Vuestra Gracia conoce su verdadero nombre? -preguntó Felton con voz cortada.
-Lo conozco.
El duque acercó la pluma al papel.
-Y conociendo ese nombre verdadero -prosiguió Felton-, ¿monseñor lo firmará?
-Claro que sí -dijo Buckingham-, y mejor dos veces que una.
-No puedo creer -continuó Felton con una voz que se hacía cada vez más cortante y bruscaque
Su Gracia sepa que se trata de lady de Winter...
-¡Lo sé perfectamente, aunque estoy asombrado de que lo sepáis vos!
-¿Y Vuestra Gracia firmará esa orden sin remordimientos?
Buckingham miró al joven con altivez.
-Vaya, señor, ¿sabéis -le dijo- que me estáis haciendo preguntas extrañas y que soy muy tonto
por responder a ellas?
-Respondedme, monseñor -dijo Felton-, la situación es más grave de lo que quizá penséis.
Buckingham pensó que el joven, viniendo de parte de lord de Winter, hablaba sin duda en su
nombre y se sosegó.
-Sin ningún remordimiento -dijo-, y el barón sabe como yo que milady de Winter es una gran
culpable y que es casi otorgarle gracia militar su pena al destierro.
El duque posó su pluma sobre el papel.
-¡No firmaréis esa orden, milord! -dijo Felton dando un paso hacia el duque.
-¿Que no firmaré esta orden? -dijo Buckingham-. ¿Y por qué?
-Porque haréis examen de conciencia y haréis justicia a Milady.
-Se le hará justicia enviándola a Tyburn -dijo Buckingham-; Milady es una infame.
-Monseñor, Milady es un ángel, vos lo sabéis de sobra, y yo os exijo su libertad.
-¡Vaya! -dijo Buckingham-. Estáis loco al hablarme así.
-Milord, perdonadme; hablo como puedo; me contengo. Sin embargo, milord, pensad en lo que
vais a hacer, ¡y tened cuidado con pasaros de la raya!
-¿Cómo?... ¡Dios me perdone! -exclamó Buckingham-. ¡Pero creo que me está amenazando!
-No, milord, aún ruego, y os digo: una gota de agua basta para hacer desbordarse el vaso
lleno, una falta ligera puede atraer el castigo sobre la cabeza perdonada a pesar de tantos
crímenes.
-Señor Felton -dijo Buckingham-, vais a salir de aquí y consideraros arrestado inmediatamente.
-Vais a escucharme hasta el final, milord. Habéis seducido a esa joven, la habéis ultrajado y
mancillado: reparad vuestros crímenes para con ella, dejadla partir libremente; y no exigiré otra
cosa de vos.
-¿Vos no exigiréis? -dijo Buckingham mirando a Felton con asombro y haciendo hincapié en
cada una de las sílabas de las tres palabras que acababa de pronunciar.
-Milord -continuó Felton exaltándose a medida que hablaba-, milord, tened cuidado, toda
Inglaterra está harta de vuestras iniquidades; milord, habéis abusado del poder real que casi
habéis usurpado; milord, habéis horrorizado a los hombres y a Dios; Dios os castigará más tarde,
pero yo, yo os castigaré hoy.
-¡Ah! ¡Esto es demasiado fuerte! -grito Buckingham dando un paso hacia la puerta.
Felton le cerró el paso.
-Os lo pido humildemente -dijo-, firmad la orden de puesta en libertad de lady de Winter;
pensad que es la mujer que habéis deshonrado.
-Retiraos, señor -dijo Buckingham-, o llamo y hago que os pongan cadenas.
-Vos no llamaréis -dijo Felton arrojándose entre el duque y la campanilla colocada sobre un
velador inscrustado de plata-; tened cuidado, milord, estáis entre las manos de Dios.
-En las manos del diablo, querréis decir -exclamó Buckingham alzando la voz para atraer a
gente, sin llamar, sin embargo, directa mente.
-Firmad, milord, firmad la libertad de lady de Winter -dijo Felton empujando un papel hacia el
duque.
-¡A la fuerza! ¿Os burláis de mí? ¡Eh, Patrick!
-¡Firmad, milord!
-¡Jamás!
-¿Jamás?
-¡A mí! -gritó el duque, y al mismo tiempo saltó sobre su espada.
Pero Felton no le dio tiempo de sacarla: tenía abierto y oculto en su jubón el cuchillo con que
se había herido Milady; de un salto estuvo sobre el duque.
En ese momento Patrick entraba en la sala gritando:
-¡Milord, una carta de Francia!
-¡De Francia! -exclamó Buckingham olvidando todo al pensar de quién le venía aquella carta.
Felton aprovechó el momento y le hundió en el costado el cuchillo hasta el mango.
-¡Ah, traidor! -gritó Buckingham-. Me has matado...
-¡Al asesino! -aulló Patrick.
Felton lanzó los ojos en torno a él para huir, y al ver la puerta libre se precipitó en la habitación
vecina que era aquella donde esperaban, como hemos dicho, los diputados de La Rochelle, la
atravesó corriendo y se precipitó hacia la escalera; pero en el primer escalón se encontró con
lord de Winter, que al verlo pálido, extraviado, lívido, manchado de sangre en la mano y en el
rostro, saltó a su cuello exclamando:
-¡Lo sabía lo había adivinado y llego un minuto tarde! ¡Oh, desgraciado de mí!
Al grito lanzado por el duque, a la llamada de Patrick, el hombre al que Felton había
encontrado en la antecámara se precipitó en el gabinete.
Encontró al duque tumbado sobre un sofá, cerrando su herida con su mano crispada.
-La Porte -dijo el duque con voz moribunda-, La Porte, ¿vienes de su parte?
-Sí, monseñor -respondió el fiel servidor de Ana de Austria-, pero quizá demasiado tarde.
-¡Silencio, La Porte, podrían oíros! Patrick, no dejéis entrar a nadie. ¡Oh, no llegaré a saber lo
que me manda decir! ¡Dios mío, me muero!
Y el duque se desvaneció.
Sin embargo, lord de Winter, los diputados, los jefes de la expedición, los oficiales de la casa
de Buckingham, habían irrumpido en su habitación; por todas partes sonaban gritos de
desesperación. La nueva que llenaba el palacio de quejas y gemidos pronto se desparramó por
doquier y se esparció por la ciudad.
Un cañonazo anunció que acababa de pasar algo nuevo e inesperado.
Lord de Winter se mesaba los cabellos.
-¡Un minuto tarde! -exclamó-. ¡Un minuto tarde! ¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué desgracia!
En efecto, a las siete de la mañana habían ido a decirle que una escala de cuerda flotaba en
una de las ventanas del castillo; había corrido al punto a la habitación de Milady, había
encontrado la habita ción vacía y la ventana abierta los barrotes serrados, se había acordado de la
recomendación verbal que le había hecho transmitir D'Artagnan por su mensajero, había
temblado por el duque, y corriendo a la cuadra, sin perder tiempo siquiera de hacer ensillar su
caballo, había saltado sobre el primero que encontró, había corrido a galope tendido y, saltando
a tierra en el patio, había subido precipitadamente la escalera, y en el primer escalón se había
encontrado, como hemos dicho, con Felton.
Sin embargo, el duque no estaba muerto; volvió en sí, abrió los ojos y la esperanza volvió a
todos los corazones.
-Señores -dijo- dejadme solo con Patrick y La Porte.
-¡Ah, sois vos, de Winter! Esta mañana me habéis enviado un singular loco, ved el estado en
que me ha puesto.
-¡Oh, milord! -exclamó el barón-. No me consolaré nunca.
-Y cometerás un error, mi querido de Winter -dijo Buckingham tendiéndole la mano-. No sé de
ningún hombre que merezca ser lamentado durante toda la vida por otro hombre; mas déjanos,
te lo ruego.
El barón salió sollozando.
No se quedaron en el gabinete más que el duque herido, La Porte y Patrick.
Se buscaba a un médico, al que no podían encontrar.
-Viviréis, milord, viviréis -repetía de rodillas ante el sofá del duque el mensajero de Ana de
Austria.
-¿Qué me escribía ella? -dijo débilmente Buckingham chorreando sangre y dominando, para
hablar de aquella a la que amaba, atroces dolores-. ¿Que me escribía ella? Léeme su carta.
-¡Oh, milord! -dijo La Porte.
-Obedece, La Porte; ¿no ves que no tengo tiempo que perder?
La Porte rompió el sello y puso el pergamino bajo los ojos del duque; mas Buckingham trató en
vano de distinguir la escritura.
-Lee, pues -dijo-,lee, yo no veo ya; lee, porque pronto quizá no oiga y moriré entonces sin
saber lo que me ha escrito.
La Porte no puso más dificultades, y ieyó:
«Milord:
Por cuanto he sufrido de vos y por vos desde que os conozco, os conjuro, si
tenéis alguna preocupación por mi descanso, que interrumpáis el gran armamento
que hacéis contra Francia y ceséis una guerra de la que en voz alta se dice que la
religión es la causa visible, y en voz baja que vuestro amor por mí es la causa
oculta. Esta guerra no sólo puede acarrear a Francia y a Inglaterra grandes
catástrofes, sino incluso a vos, milord, desgracias de las que nunca me consolaré.
Velad por vuestra vida, que amenazan y que me será cara en el momento en
que no esté obligada a ver en vos un enemigo.
Vuestra afectísima,
Ana.»
Buckingham reunió los restos de su vida para escuchar esta lectura; luego, cuando hubo
terminado, como si hubiera encontrado en aquella carta un amargo desencanto:
-¿No tenéis otra cosa que decirme de viva voz, La Porte? -preguntó.
-Sí, monseñor: la reins me había encargado deciros que velaseis por vos, porque había recibido
el aviso que os querían asesinar.
-¿Y eso es todo, eso es todo? -prosiguió Buckingham con impaciencia.
-Tamb¡én me había encargado dec¡ros que os amará siempre.
-¡Ah! -d¡jo Buckingham- ¡Dios sea loado! Mi muerte no será para ells la muerte de un extraño...
La Porte se fundió en lágrimas.
-Patrick -dijo el duque-, traedme el cofre donde estaban los herretes de diamantes.
Patrick trajo el objeto pedido, que La Porte reconoció por haber pertenecido a la reina.
-Ahora, la bolsita de satén blanco, donde están bordadas en perlas sus iniciales.
Patrick volvió a obedecer.
-M¡rad, La Porte -dijo Buckingham-, estas son las ún¡cas prendas que tengo de ella, este cofre
de plata y estas dos cartas. Las devolvéis a Su Majestad; y como último recuerdo... -buscó a su
alrededor algún objeto precioso- añadiréis...
Siguió buscando; pero sus m¡radas oscurecidas por la muerte no encontraron más que el
cuchillo caído de las manos de Felton echando aún el vaho de la sangre bermeja extendida en la
hoja.
-Y añadiréis este cuchillo -dijo el duque apretando la mano de La Porte.
Aún pudo poner la bolsita en el fondo del cofre de plats, dejó caer allí el cuchillo haciendo seña
a La Porte de que no podía ya hablar; luego, en la última convulsión, para la cual esta vez no
tenía fuerzas ya de combatir, se deslizó del sofá al suelo.
Patrick lanzó un grito.
Buckingham quiso sonreír por última vez; pero la muerte detuvo su pensamiento, que quedó
grabado sobre su frente como un último beso de amor.
En aquel momento el médico del duque llegó completamente espantado; estaba ya a bordo del
bajel almirante, habían tenido que ir a buscarlo allí.
Se acercó al duque, cogió su mano, la conservó un instante en la suya y la dejó caer.
-Todo es inútil -dijo-, está muerto.
-¡Muerto, muerto! -exciamó Patrick.
Ante este grito toda la multitud entró en la sala, y por doquiera no hubo más que
consternación y tumulto.
Tan pronto como lord de Winter vio a Buckingham muerto, corrió a por Felton, a quien los
soldados seguían custodiando en la terraza del palacio.
-¡Miserable! -dijo al joven que desde la muerte de Buckingham había encontrado aquella calma
y aquella sangre fría que ya no iban a abandonarlo-. ¡Miserable! ¿Qué has hecho?
-Me he vengado -dijo.
-¡Tú! -dijo el barón-. Di que has servido de instrumento a esa maldita mujer; pero, te lo juro,
este crimen será su último crimen.
-No sé lo que queréis decir -contestó tranquilamente Felton-, e ignoro de quién queréis hablar,
milord: he matado al señor de Buckingham porque ha rehusado en dos ocasiones, a vos mismo,
nombrarme capitán: lo he castigado por su injusticia, eso es todo.
De Winter, estupefacto, miraba a las, personas que ataban a Felton y no sabía qué pensar de
semejante sensibilidad.
Una sola cosa ponía, sin embargo, una nube sobre la frente pura de Felton. A cada ruido que
oía, el ingenuo puritano creía reconocer los pasos y la voz de Milady viniendo a arrojarse en sus
brazos para acusarse y perderse con él.
De pronto se estremeció, su mirada se fijó en un punto del mar, que desde la terraza en que
se encontraba se dominaba completamente; con aquella mirada de águila de marino había
reconocido, allí donde otro no hubiera visto más que una gaviota balanceándose sobre las olas, la
vela de la balandra que se dirigía a las costas de Francis.
Palideció, se llevó la mano al corazón, que se rompía, y comprendió toda la traición.
-Una última gracia, milord -le dijo al barón.
-¿Cuál? -preguntó éste.
-¿Qué hora es?
El barón sacó su reloj.
-Las nueve menos diez -dijo.
Milady había adelantado su partida una hora y media; desde que oyó el cañonazo que
anunciaba el fatal suceso, había dado la orden de levar el ancla.
El barco bogaba bajo un cielo azul a gran distancia de la costa.
-Dios lo ha querido -dijo Felton con la resiganción del fanático, pero sin poder, sin embargo,
separar los ojos de aquel esquife a bordo del cual creía sin duda distinguir el blanco fantasma de
aquella a quien su vida iba a ser sacrificada.
De Winter siguió su mirada, interrogó su sufrimiento y adivinó todo.
-Sé castigado solo primero, miserable -dijo lord de Winter a Felton, que se dejaba arrastrar con
los ojos vueltos hacia el mar-; pero lo juro, por la memoria de mi hermano a quien tanto amé,
que tu cómplice no se ha salvado.
Felton bajó la cabeza sin pronunciar una palabra.
En cuanto a de Winter, bajó rápidamente la escalera y se dirigió al puerto.
Capítulo LX
En Francia
El primer temor del rey de Inglaterra, Carlos I, al enterarse de esta muerte, fue que una noticia
terrible desalentase a los rochelleses; trató, dice Richelieu en sus Memorias, de ocultársela el
mayor tiempo posible, haciendo cerrar los puertos por todo su reino y teniendo especial cuidado
de que ningún bajel saliese hasta que el ejército que Buckingham aprestaba hubiera partido,
encargándose él mismo, a falta de Buckingham, de supervisar la marcha.
Llevó incluso la severidad de esta orden hasta mantener en Inglaterra al embajador de
Dinamarca, que se había despedido, y al embajador ordinario de Holanda, que debía llevar al
puerto de Flessingue los navíos de Indias que Carlos I había hecho devolver a las Provincias
Unidas.
Mas como pensó dar esta orden sólo cinco horas después del suceso, es decir, a las dos de la
tarde, ya habían salido del puerto dos navíos: el uno llevando, como sabemos, a Milady, la cual,
sospechando ya el acontecimiento, fue confirmada en su creencia al ver el pabellón negro
desplegarse en el mástil del bajel almirante.
En cuanto al segundo navío, más tarde diremos a quién llevaba y cómo partió.
Durante este tiempo, por lo demás, nada nuevo en el campo de La Rochelle; sólo el rey, que
se aburría mucho, como siempre, pero quizá aún un poco más en el campamento que en otra
parte, resolvió ir de incógnito a pasar las fiestas de San Luis a Saint-Germain, y pidió al cardenal
hacerle preparar una escolta de veinte mosqueteros solamente. El cardenal, a quien a veces
ganaba el aburrimiento del rey, concedió con gran placer aquel permiso a su real lugarteniente,
que prometió estar de regreso hacia el 15 de septiembre.
El señor de Tréville avisado por Su Eminencia, hizo su maletín de grupa, y como, sin saber el
motivo, conocía el vivo deseo a incluso la imperiosa necesidad que sus amigos tenían de volver a
Paris, los designó, por supuesto, para formar parte de la escolta.
Los cuatro jóvenes supieron la noticia un cuarto de hora después que el señor de Tréville,
porque fueron los primeros a quienes se la comunicó. Fue entonces cuando D'Artagnan apreció el
favor que le había otorgado el cardenal al hacerle formar parte por fin de los mosqueteros: sin
esta circunstancia, se habría visto obligado a permanecer en el campamento mientras sus
compañeros partían.
Más tarde se verá que esta impaciencia de dirigirse a Paris tenía por causa el peligro que debía
correr la señora Bonacieux al encontrarse en el convento de Béthune con Milady, su enemiga
mortal. Por eso, como hemos dicho, Aramis había escrito inmediatamente a Marie Michon,
aquella costurera de Tours que tan buenos conocimientos tenía, para que obtuviese que la reina
diese autorización a la señora Bonacieux de salir del convento y retirarse bien a Lorraine, bien a
Bélgica. La respuesta no se había hecho esperar, y ocho o diez días después, Aramis había
recibido esta carta:
«Mi querido primo:
Aquí va la autorización de mi hermana para retirar a nuestra pequeña criada del convento de
Béthune, cuyo aire vos pensáis que es malo para ella. Mi hermana os envía esta autorización con
gran placer, porque quiere mucho a esa muchacha, a la que se reserva serle útil más tarde.
Os abrazo,
Marie Michon.»
A esta carta iba unida una autorización así concebida:
«La superiors del convento de Béthune entregará a la persona que le entregue este billete la
novicia que entró en su convento bajo mi recomendación y patronazgo.
En el Louvre, el 10 de agosto de 1628.
Anne.»
Como se comprenderá, estas relaciones de parentesco entre Aramis y una costurera que
llamaba a la reina hermana suya habían amenizado la cháchara de los jóvenes; pero Aramis,
después de haberse ruborizado dos o tres veces hasta el blanco de los ojos ante las gruesas
bromas de Porthos, había rogado a sus amigos que no volvieran a tocar el tema, declarando que
si se le volvía a decir una sola palabra, no imploraría más a su prima como intermediaria en este
tipo de asuntos.
No volvió, pues, a tratarse de Marie Michon entre los cuatro mosqueteros, que, por otra parte,
teman lo que querían: la orden de sacar a la señora Bonacieux del convento de las Carmelitas de
Béthune. Es cierto que esta orden no les serviría de gran cosa mientras estuvieran en el
campamento de La Rochelle, es decir, en la otra esquina de Francia; por eso D'Artagnan iba a
pedir un permiso al señor de Tréville, confiándole buenamente la importancia de su partida,
cuando le fue transmitida esta buena nueva tanto a él como a sus tres compañeros: que el rey
iba a partir para Paris con una escolta de veinte mosquete ros, y que ellos formaban parte de la
escolta.
La alegría fue grande. Enviaron a los criados por delante con los equipajes, y partieron el 16
por la mañana.
El cardenal condujo a Su Majestad de Surgères a Mauzé, y allí el rey y su ministro se
despidieron uno de otro con grandes demostraciones de amistad.
Sin embargo, el rey, que buscaba distracción, aunque caminando lo más deprisa que le era
posible, porque deseaba llagar a Paris para el 23, se detenía de vez en cuando para cazar la
picaza, pasatiempo cuyo gusto le fuera inspirado antaño por De Luynes, y por el que siempre
había conservado gran predilección. De los veinte mosqueteros, dieciséis, cuando eso ocurría, se
alegraban del descanso; pero otros cuatro maldecían cuanto podían. D'Artagnan, sobre todo,
tenía zumbidos perpetuos en las orejas, cosa que Porthos explicaba así:
-Una gran dama me enseñó que eso quiere decir que se habla de vos en alguna parte.
Finalmente, la escolta cruzó Paris el 23 por la noche; el rey dio las gracias al señor de Tréville,
y le permitió distribuir permisos por cuatro días, a condición de que ninguno de los favorecidos
apareciese en algún lugar público, so pena de la Bastilla.
Los cuatro primeros permisos otorgados, como se supondrá, fueron para nuestros cuatro
amigos. Es más, Athos obtuvo del señor de Tréville seis días en lugar de cuatro a hizo añadir a
estos seis días dos noches de más, porque partieron el 24, a las cinco de la mañana, y, por
complaciencia aún, el señor de Tréville posdató el permiso hasta el 25 por la mañana.
-Dios mío -decía D'Artagnan, que como se sabe nunca dudaba de nada-, me parece que
ponemos muchas pegas a una cosa bien simple: en dos días, y reventando dos o tres caballos
(poco me importa: tengo dinero), estoy en Béthume, entrego la carta de la reina a la superiora, y
dejo al querido tesoro que voy a buscar no en Lorraine, tampoco en Bélgica, sino en Paris, donde
estará mejor oculto, sobre todo mientras el señor cardenal esté en La Rochelle. Luego, una vez
de retorno a la campaña, mitad por la protección de su prima, mitad por el favor de lo que
personalmente hemos hecho por ella, obtendremos de la reina cuanto queramos. Quedaos, pues,
aquí, no os agotéis de fatiga inútilmente: yo y Planchet, es todo cuanto se necesita para un
expedición tan simple.
A lo cual Athos respondió tranquilamente.
-También nosotros tenemos dinero; porque aún no he bebido completamente el resto del
diamante, y Porthos y Aramis no se lo han comido todo. Reventaremos, por tanto, cuatro
caballos mejor que uno. Mas pensad, D'Artagnan -dijo con una voz tan sombría que su acento
dio escalofríos al joven-, pensad que Béthune es una villa donde el cardenal ha citado a una
mujer que por doquiera que va lleva la desgracia consigo. Si no tuvierais que habéroslas más que
con cuatro hombres, D'Artagnan, os dejaría ir solo; tenéis que habéroslas con esa mujer,
vayamos los cuatro, y pliega al cielo que con nuestros cuatro criados seamos en número
suficiente.
-Me asustáis, Athos -exclamó D'Artagnan-. ¿Qué teméis, pues, Dios mío?
-¡Todo! -respondió Athos.
D'Artagnan examinó los rostros de sus compañeros, que, como el de Athos, llevaban la huella
de una inquietud profunda, y continuaron camino al mayor trote que podían los caballos, pero sin
añadir una sola palabra.
El 25 por la noche, cuando entraban en Arras, y cuando D'Artagnan acababa de echar pie a
tierra en el albergue de la Herse d'Or para beber un vaso de vino un caballero salió del patio de
la posta, donde acababa de tracer el relevo tomando a todo galope, y con un caballo fresco, el
camino de Paris. En el momento en que pasaba del portalón a la calle, el viento entreabrió la
capa en que estaba envuelto, aunque fuese el mes de agosto, y se llevó su sombrero, que el
viajero retuvo con su mano en el momento en que ya había abandonado su cabeza, y lo hundió
rápidamente hasta los ojos.
D'Artagnan, que tenía fijos los ojos sobre aquel hombre, palideció y dejó caer su vaso.
-¿Qué os ocurre, señor?... -dijo Planchet-. ¡Eh, eh! Acudid, señores, que mi amo se encuentra
mal.
Los tres amigos acudieron y encontraron a D'Artagnan que, en lugar de encontrarse mal, corría
hacia su caballo. Lo detuvieron en el umbral.
-¡Eh! ¿Dónde diablos vas as? -le gritó Athos.
-¡Es él! -exclamó D'Artagnan, pálido de cólera y con el sudor sobre la frente-. ¡Es él! ¡Dejadme
que le siga!
-Pero él, ¿quién? -preguntó Athos.
-El, ese hombre.
-¿Qué hombre?
-Ese hombre maldito, mi genio malo, a quien he visto siempre cuando estaba amenazado por
alguna desgracia; el que acompañaba a la horrible mujer cuando la encontré por primera vez,
aquel a quien buscaba cuando provoqué a Athos, aquél a quien vi la mañana del día en que la
señora Bonacieux fue raptada. ¡El hombre de Meung! ¡Lo he visto, es él! ¡Lo he reconocido
cuando el viento ha entreabierto su capa!
-¡Diablos! -dijo Athos pensativo.
-A caballo, señores, a caballo, persigámoslo y lo alcanzaremos.
-Querido -dijo Aramis-, pensad que él va hacia el lado opuesto al que nosotros vamos; que
tiene un caballo fresco y que nuestros caballos están fatigados; que, por consiguiente,
reventaremos nuestros caballos sin tener siquiera la posibilidad de alcanzarlo. Dejemos al hombre,
D'Artagnan, salvemos a la mujer.
-¡Eh, señor! -gritó un mozo de cuadra corriendo tras el desconocido-. ¡Eh, señor, se os ha caído
del sombrero este papel! ¡Eh, señor, eh!
-Amigo -dijo D'Artagnan-, media pistola por ese papel.
-Con mucho gusto, señor; aquí lo tenéis.
El mozo de cuadra, encantado del buen día que había hecho, regresó al patio del hostal;
D'Artagnan desplegó el papel.
-¿Y bien? -preguntaron sus amigos rodeándolo.
-¡Nada más que una palabra! -dijo D'Artagnan.
-Sí -dijo Aramis-, pero ese nombre es un nombre de villa o de aldea.
-Armentiéres -leyó Porthos-. Armentières, no conozco eso.
-¡Y ese nombre de villa o de aldea está escrito de su mano! -exclamó Athos.
-Vamos, vamos, guardemos cuidadosamente este papel -dijo D'Artagnan-, quizá no haya
perdido mi última pistola. A caballo, amigos míos, a caballo.
Y los cuatro compañeros se lanzaron al galope por la ruta de Béthune.
Capítulo LXI
El convento de las Carmelitas de Béthune
Los grandes criminales lleva n con ellos una especie de predestinación que los hace superar
todos los obstáculos, que los hace escapar de todos los peligros, hasta el momento en que la
Providencia, cansada, ha marcado por escollo de su fortuna impía.
Así ocurría con Milady; pasó a través de los cruceros de las dos naciones, y arribó a Boulogne
sin ningún accidente.
Y si al desembarcar en Portsmouth Milady era una inglesa a quienes las persecuciones de
Francia echaban de La Rochelle, al desembarcar en Boulogne, tras dos días de travesía, se hizo
pasar por una francesa a quien los ingleses molestaban en Portsmouth, por el odio que habían
concebido contra Francia.
Milady tenía por otro lado el más eficaz de los pasaportes: su belleza, su gran aspecto y la
generosidad con que repartía las pistolas. Ex¡mida de las formalidades de costumbre por la
sonrisa afable y las maneras galantes de un viejo gobernador del puerto que le besó la mano, no
se quedó en Boulogne más que el tiempo de poner en la posts una carts concebida en estos
términos:
«A Su Eminencia Monseñor el Cardenal de Richelieu, en su campamento ante La
Rochelle.
Monseñor que Vuestra Eminencia se tranquilice; Su Gracia el duque de
Buckingham no partirá hacia Francia.
Boulogne, 25 por la noche.
Milady ***. »
«P. S. Según los deseos de Vuestra Eminencia, me dirijo al convento de las Carmelitas de
Béthune, donde esperaré sus órdenes. »
Efectivamente, aquella misma noche Milady se puso en camino; la cogió la noche: se detuvo y
durmió en un albergue; luego, al día siguiente, a las cinco de la mañana, partió, y tres horas
después entró en Béthune.
Se hizo indicar el convento de las Carmelitas, y entró en él al punto.
La superiora vino ante ella: Milady le mostró la orden del cardenal, la abadesa le hizo dar la
habitación y servir de desayunar.
Todo el pasado se había borrado ya a los ojos de esta mujer, y, con la mirada puesta en el
porvenir, no veía más que la alta fortuna que le reservaba el cardenal, a quien tan felizmente
había servido, sin que su nombre se hubiera mezclado para nada con aquel sangriento asunto.
Las pasiones siempre nuevas que la consumían daban a su vida las apariencias de esas nubes
que vuelan en el cielo, reflejando tan pronto el azul, tan pronto el fuego, tan pronto el negro
opaco de la tempestad, y que no dejan más rastros sobre la tierra que la devasta ción y la
muerte.
Tras el desayuno, la abadesa vino a visitarla: hay pocas distracciones en el claustro, y la buena
superiora tenía prisa por trabar conocimiento con su nueva pensionista.
Milady quería agradar a la abadesa; ahora bien, era cosa fácil para aquella mujer tan realmente
superior; trató de ser amable: fue encantadora y sedujo a la buena superiora por su
conversación tan variada y por las gracias esparcidas en toda su persona.
A la abadesa, que era una hija de la nobleza, le gustaban sobre todo las historias de corte, que
rara vez llegan hasta las extremidades del reino y que, sobre todo, tanto les cuesta franquear los
muros de los conventos, a cuyo umbral vienen a expirar los rumores mundanales.
Milady, por el contrario, estaba muy al corriente de todas las intrigas aristocráticas, en medio
de las cuales había vivido constantemente desde hacía cinco o seis años; se puso, pues, a
entretener a la buena abadesa con las prácticas mundanas de la corte de Francia, mezcladas a
las devociones extremadas del rey, le hizo la crónica escandalosa de los señores y las damas de
la corte, que la abadesa conocía perfecta mente de nombre, tocó de refilón los amores de la reina
y de Buckingham, hablando mucho para que se hablase poco.
Mas la abadesa se contentó con escuchar todo y sonreír sin responder. Sin embargo, como
Milady vio que este género de relato le divertía mucho, continuó; sólo que hizo recaer la
conversación sobre el cardenal.
Pero se hallaba en apuros: ignoraba si la abadesa era realista o cardenalista: se mantuvo en un
punto medio prudente; pero la abadesa, por su parte, se mantuvo en una reserva más prudente
aún, contentándose con hacer una profunda inclinación de cabeza todas las veces que la viajera
pronunciaba el nombre de Su Eminencia.
Milady comenzó a creer que se aburriría mucho en el convento; resolvió, pues, arriesgar algo
para saber luego a qué atenerse. Queriendo ver hasta dónde iría la discreción de aquella buena
abadesa, se puso a hablar mal, muy disimulado primero, luego más circunstanciado, del
cardenal, contando los amores del ministro con la señora de D'Aiguillon, con Marion de Lorme y
con algunas otras mujeres galantes.
La abadesa escuchó más atentamente, se animó poco a poco y sonrió.
-Bueno -se dijo Milady-, le toma gusto a mi discurso; si es cardenalista, no pone mucho
fanatismo que digamos.
Luego pasó a las persecuciones ejercidas por el cardenal sobre sus enemigos. La abadesa se
contentó con persignarse, sin aprobar ni desaprobar.
Esto confirmó a Milady en su opinión de que la religiosa era más realista que cardenalista.
Milady continuó, ponderando cada vez más.
-Soy muy ignorante en todas estas materias -dijo por fin la abadesa-, pero por alejadas que
estemos de la corte, por marginadas y apartadas de los intereses del mundo tenemos ejemplos
muy tristes de cuanto nos contáis, y una de nuestras pensionistas ha sufrido muchas venganzas
y persecuciones del señor cardenal.
-Una de vuestras pensionistas -dijo Milady-. ¡Oh, Dios mío, pobre mujer! La compadezco
entonces.
-Y tenéis razón, porque es muy de compadecer: prisión, amenazas, malos tratos, ha sufrido
todo. Pero después de todo -prosiguió la abadesa-, quizá el señor cardenal tuviera motivos
plausibles para actuar así, y aunque ella tiene el aire de un ángel, no hay que juzgar siempre a
las personas por el aspecto.
«Bueno -se dijo Milady-, quién sabe; quizá voy a descubrir algo aquí, estoy en vena. »
Y se dedicó a dar a su rostro una expresión de candor perfecta.
-¡Ay! -dijo Milady-. Yo lo sé; se dice que no hay que creer en las fisonomías; pero ¿en qué
creer entonces, si no es en la más bella obra del Señor? En cuanto a mí, quizá esté equivocada
toda mi vida; pero me fiaré siempre de una persona cuyo rostro me inspire simpatía.
-¿Seríais tentada, pues, de creer que esta joven es inocente? -dijo la abadesa.
-El señor cardenal no castiga sólo los crímenes -dijo ella-; hay ciertas virtudes que persigue con
más severidad que ciertas fechorías.
-Permitidme, señora, expresaros mi extrañeza -dijo la abadesa.
-Y ¿de qué? -preguntó Milady con ingenuidad.
-Del lenguaje que tenéis.
-¿Qué encontráis de sorprendente en este lenguaje? -preguntó Milady sonriendo.
-Vois sois amiga del cardenal, puesto que os envía aquí, y sin embargo...
-Y, sin embargo, hablo mal de él -prosiguió Milady, acabando el pensamiento de la superiora.
-Al menos no habláis bien.
-Es que yo no soy su amiga -dijo ella suspirando-, sino su víctima.
-Pero, sin embargo, ¿esa carta por la que os recomienda a mí?
-Es una orden contra mí de mantenerme en una especie de prisión de la que me hará sacar por
algunos de sus satélites.
-Mas ¿por qué no habéis huido?
-¿Dónde iría? ¿Creéis que hay un lugar en la tierra que no pueda alcanzar el cardenal si quiere
molestarme en tender la mano? Si yo fuera hombre, en rigor, todavía sería posible; pero mujer,
¿qué queréis que haga una mujer? Esa joven pensionista que tenéis aquí, ¿ha tratado de huir?
-No, cierto, pero ella es otra cosa, creo que está retenida en Francia por algún amor.
-Entonces -dijo Milady con un suspiro-, si ama no es completamente desgraciada.
-¿O sea -dijo la abadesa mirando a Milady con interés creciente-, que lo que estoy viendo es
también una pobre perseguida?
-¡Ay, sí! -dijo Milady.
La abadesa miró un instante a Milady con inquietud, como si un nuevo pensamiento surgiese
en su mente.
-¿Vos no sois enemiga de nuestra santa fe? -dijo ella balbuceando.
-¡Yo! -exclamó Milady-. ¿Yo protestante? ¡Oh, no, pongo por testigo al Dios que nos oye de
que, por el contrario, soy ferviente católica!
-Entonces -dijo la abadesa sonriendo-, tranquilizaos; la casa en que estáis no será una prisión
muy dura, y haremos todo lo necesario para haceros amar la cautividad. Hay más, encontraréis
aquí a esa joven perseguida sin duda a consecuencia de alguna intriga cortesana. Es amable,
graciosa.
-¿Cómo la llamáis?
-Me ha sido recomendada por alguien situado muy arriba, bajo el nombre de Ketty. No he
tratado de saber su otro nombre.
-¡Ketty! -exclamó Milady-. ¿Cómo? ¿Estáis segura?
-¿Que se hace llamar así? Sí, señora. ¿La conoceríais?
Milady sonrió para sí misma y ante la idea que le había venido de que aquella mujer pudiera
ser su antigua doncella. Al recuerdo de esta joven se mezclaba un recuerdo de cólera, y un
deseo de venganza había alterado los rasgos de Milady, que, por lo demás, casi al punto adoptaron
la expresión calma y benévola que esta mujer de cien rostros les había hecho perder
momentáneamente.
-¿Y cuándo podré ver a esa joven dama, por la que siento una simpatía ta n grande? -preguntó
Milady.
-Pues esta noche -dijo la abadesa-, hoy mismo. Pero habéis viajado durante cuatro horas,
como vos misma me habéis dicho; esta mañana os habéis levantado a las cinco, debéis necesitar
descanso. Acostaos y dormid, a la hora de la cena os despertaremos.
Aunque Milady hubiera podido prescindir muy bien del sueño, sostenida como estaba por todas
las excitaciones que una nueva aventura hacía experimentar a su corazón ávido de intrigas, no
por eso dejó de aceptar el ofrecimiento de la superiora: desde hacía doce o quince días había
pasado por tantas emociones diversas que, aunque su cuerpo de hierro podía aún soportar la
fatiga, su alma necesitaba reposo.
Se despidió, pues, de la abadesa y se acostó, dulcemente acunada por las ideas de venganza
que naturalmente le había traído el nombre de Ketty. Recordaba aquella promesa casi ilimitada
que le había hecho el cardenal si triunfaba en su empresa. Había triunfado; podría, pues,
vengarse de D'Artagnan.
Sólo una cosa espantaba a Milady: era el recuerdo de su marido, el conde de La Fère, a quien
había creído muerto o al menos expatriado, y que ahora volvía a encontrar bajo el nombre de
Athos, el mejor amigo de D'Artagnan.
Pero, también, si era amigo de D'Artagnan, había debido prestarle ayuda en todas las intrigas,
con ayuda de las cuales la reina había desbaratado los proyectos de Su Eminencia; si era amigo
de D'Artagnan, era enemigo del cardenal, y sin duda conseguiría ella envolverlo en la venganza
en cuyos pliegues contaba con ahogar al joven mosquetero.
Todas estas esperanzas eran dulces pensamientos para Milady; por eso, acunada por ellos, se
durmió al punto. .
Fue despertada por una voz dulce que resonó al pie de su cama. Abrió los ojos y vio a la
abadesa acompañada de una joven de cabellos rubios, de tez delicada, que fijaba sobre ella una
mirada llena de benevolente curiosidad.
El rostro de aquella joven le era completamente desconocido: las dos se examinaron con una
atención escrupulosa, al tiempo que cambiaban los saludos de uso; las dos eran muy bellas, pero
de belleza completamente distinta. Sin embargo, Milady sonrió al reconocer que aventajaba con
mucho a la joven mujer en clase y modales aristocráticos. Es cieto que el hábito de novicia que
llevaba la joven no era muy ventajoso para sostener una lucha de este género.
La abadesa las presentó una a otra; luego, cuando fue cumplida esta formalidad, como sus
deberes la llamaban a la iglesia, dejó a las dos jóvenes mujeres solas.
La novicia, al ver a Milady acostada, quería seguir a la superiora, mas Milady la retuvo.
-¿Cómo señora? -le dijo ella-. ¿Apenas os he visto y ya queréis privarme de vuestra presencia,
con la cual, sin embargo, contaba yo, os lo confieso, para el tiempo que tengo que pasar aquí?
-No, señora -respondió la novicia- sólo que temía haber escogido mal el momento; dormid,
estáis fatigada.
-Bueno -dijo Milady-, ¿qué pueden pedir las personas que duermen? Un buen despertar. Este
despertar vos me lo habéis dado; dejadme gozar de él a mi gusto.
Y cogiéndole la mano, la atrajo sobre un sillón que estaba junto a su lecho.
La novicia se sentó.
-¡Dios mío -dijo ella-, qué desgraciada soy! Hace ya seis meses que estoy aquí, sin la sombra
de una distracción; llegáis vos, vuestra presencia iba a ser para mí una compañía encantadora, y
he aquí que lo más probable es que de un momento a otro vaya a dejar el convento.
-¡Cómo! -dijo Milady-. ¿Os marcháis en seguida?
-Al menos eso espero -dijo la novicia con una expresión de alegría que no trataba de disfrazar
por nada del mundo.
-Creo haber entendido que habéis sufrido por parte del cardenal -continuó Milady-; hubiera
sido un motivo más de simpatía entre nosotras.
-Ya me lo ha dicho nuestra buena madre. ¿Es, por tanto, verdad que también vos erais una
víctima de ese malvado cardenal?
-¡Chiss! -dijo Milady-. Incluso aquí no hablemos así de él; todas mis desgracias proceden de
haber dicho más o rlenos lo que vos acabáis de decir, delante de una mujer a quien yo creía
amiga mía y que me ha traicionado. Y vos, ¿sois también vos víctima de una traición?
-No -dijo la novicia-, sino de mi desvelo por una mujer a la que yo quería, por quien hubiera
dado mi vida, por la que aún la daría.
-Y que os ha abandonado, ¿no es eso?
-He sido lo bastante injusta para creerlo, pero desde hace dos o tres días he obtenido prueba
de lo contrario, y se lo agradezco a Dios; me habría costado creer que me había olvidado. Pero
vos, señora -continuó la novicia- me parece que estáis libre, y que si quisierais huir, no
dependería más que de vos.
-¿Dónde queréis que vaya sin amigos, sin dinero, en una parte de Francia que no conozco,
adonde no he venido nunca?...
-¡Oh! -exclamó la novicia-. En cuanto a amigos, los tendréis por todas partes donde os
mostréis. Parecéis tan buena y sois tan bella...
-Esto no me impide -prosiguió Milady endulzando su sonrisa de manera que le daba una
expresión angelical- que yo esté sola y perseguida.
-Escuchad -dijo la novicia-, hay que tener esperanza en el cielo, como veis; siempre viene en el
momento en que el bien que se ha hecho defiende nuestra causa ante Dios, y mirad, quizá sea
una suerte para vos, por humilde y sin poder que yo sea, que me hayáis encontrado; porque si
yo salgo de aquí, pues bien, tendré algunos amigos poderosos que, después de haberse puesto
en campaña por mí, podrán también ponerse en campaña por vos.
-¡Oh! Cuando he dicho que estaba sola -dijo Milady, esperando hacer hablar a la novicia
hablando de ella misma-, no es por falta de tener algunos conocimientos situados arriba; pero
estos conocimientos tiemblan ante el cardenal: la reina misma no se atreve a sostener a alguien
contra el cardenal; tengo pruebas de que su majestad, pese a su excelente corazón, ha sido
obligada más de una vez a abandonar a la cólera de Su Eminencia a personas que la habían
servido.
-Creedme, señora, la reina puede parecer haber abandonado a esas personas; pero no hay que
creer en las apariencias; cuanto más perseguidas son, más piensa en ellas, y con frecuencia, en
el momento en que ellas menos lo piensan, tienen pruebas de su buen recuerdo.
-¡Ay! -dijo Milady-. Lo creo. Es tan buena la reina...
-¡Oh, entonces conocéis a esa bella y noble reina, puesto que habláis así! -exclamó la novicia
con entusiasmo.
-Es decir -replicó Milady, acorralada en sus posiciones-, a ella personalmente no tengo el honor
de conocerla; pero conozco a buen número de sus amigos más íntimos: conozco al señor de
Putange, he conocido en Inglaterra al señor Dujart, conozco al señor de Tréville.
-¡El señor de Tréville! -exclamó la novicia-. ¿Conocéis al señor de Tréville?
-Sí, perfectamente, mucho incluso.
-¿El capitán de los mosqueteros del rey?
-El capitán de los mosqueteros del rey.
-¡Oh, vais a ver -exclamó la novicia- cómo dentro de un momento vamos a ser muy conocidas,
casi amigas! Si conocéis al señor de Tréville habréis debido ir a su casa.
-¡Con frecuencia! -dijo Milady, que una vez entrada en esta vía y dándose cuenta de que la
mentira triunfaba, quería llevarla hasta el final.
-En su casa habréis debido ver a algunos de sus mosqueteros...
-¡A todos los que habitualmente recibe! -respondió Milady, para quien esta conversación
empezaba a tener un interés real.
-Nombradme a algunos de los que vos conozcáis y veréis que estarán entre mis amigos.
-Conozco -dijo Milady embarazada- al señor de Louvigny, al señor de Courtivron, al señor de
Férussac.
La novicia la dejó decir; luego, viendo que se detenía:
-¿Y no conocéis -le dijo- a un gentilhombre llamado Athos?
Milady se puso tan pálida como las sábanas entre las que se acostaba, y por dueña que fuera
de sí misma no pudo impedirse lanzar un grito cogiendo la mano de su interlocutora y
devorándola con la mirada.
-¿Qué, qué os ocurre? ¡Oh, Dios mío! -preguntó aquella pobre mujer-. ¿He dicho algo que os
haya herido?
-No, pero ese nombre me ha sorprendido porque también yo he conocido a ese gentilhombre,
y porque me parece extraño encontrar a alguien que le conozca mucho.
-¡Oh, sí, mucho, no solamente a él, sino también a sus amigos, los señores Porthos y Aramis!
-De veras, también a ellos los conozco -exclamó Milady, que sintió el frío penetrar hasta su
corazón.
-Pues bien, si los conocéis, debéis saber que son buenos y francos compañeros. ¿Por qué nos
os dirigís a ellos si necesitáis apoyo?
-Es decir -balbuceó Milady-, yo no estoy vinculada realmente a ninguno de ellos; los conozco
por haber oído hablar mucho de ellos a uno de mis amigos, el señor D'Artagnan.
-¡Conocéis al señor D'Artagnan! -exclamó la novicia a su vez, cogiendo la mano de Milady y
devorándola con los ojos.
Luego notando la extraña expresión de la mirada de Milady:
-Perdón, señora -dijo-, ¿a título de qué lo conocéis?
-Pues -replico Milady en apuros- a título de amigo.
-Me engañáis, señora -dijo la novicia-; habéis sido su amante.
-Sois vos quien lo habéis sido, señora -exclamó Milady a su vez.
-¡Yo! -dijo la novicia.
-Sí, vos; ahora os conozco, vos sois la señora Bonacieux.
La joven retrocedió, llena de sorpresa y de terror.
-¡Oh, no lo neguéis! Responded -prosiguió Milady.
-Pues bien: sí, señora; yo le amo -dijo la novicia-, ¿somos rivales?
El rostro de Milady se encendió de un fuego tan salvaje que en cualquier otra circunstancia la
señora Bonacieux habría huido de espanto; pero estaba totalmente dominada por los celos.
-Veamos: decís, señora -prosiguió la señora Bonacieux con una energía de la que se la hubiera
creído incapaz-, qué habéis sido o sois su amante?
-¡Oh, oh! -exclamó Milady con un acento que no admitía duda sobre su verdad-. ¡Jamás,
jamás!
-Os creo -dijo la señora Bonacieux-; mas ¿por qué entonces habéis gritado así?
-¿Cómo, no comprendéis? -dijo Milady, que se había repuesto de su turbación y que había
recuperado toda su presencia de ánimo.
-¡Cómo queréis que comprenda! Yo no sé nada.
-¿No comprendéis que, por ser mi amigo, D'Artagnan me había tomado por confidente?
-¿De veras?
-¡No comprendéis que lo sé todo: vuestro rapto de la casita de Saint-Germain, su desaparición,
la de sus amigos, sus búsquedas inútiles desde ese momento! Y ¿cómo no queréis que me
sorprenda, cuando sin sospechármelo me encuentro con vos, de quien hemos hablado con tanta
frecuencia juntos, con vos, a quien él ama con toda la fuerza de su alma, con vos, a quien él me
había hecho amar antes de haberos visto? ¡Ay, querida Costance, ahora os encuentro, por fin os
veo!
Y Milady tendió sus brazos a la señora Bonacieux, que, convencida por lo que acababa de
decirle, no vio ya en esta mujer, en quien un instante antes había creído su rival, más que una
amiga sincera y abnegada.
-¡Oh, perdonadme, perdonadme! -exclamó ella dejándose ir sobre su hombro-. ¡Lo amo tanto!
Las dos mujeres estuvieron un instante abrazadas. Desde luego, si las fuerzas de Milady
hubieran estado a la altura de su odio, la señora Bonacieux sólo hubiera salido muerta de aquel
abrazo. Pero no pudiendo ahogarla, le sonrió.
-¡Oh, querida, querida muchacha -dijo Milady-, cuán feliz soy al veros! Dejadme miraros -y
diciendo estas palabras la devoraba inquisitivamente con la mirada-. Sí, sois vos. ¡Ah y, por
cuanto me ha dicho, os reconozco ahora, os reconozco perfectamente!
La pobre joven no podía sospechar lo que de horrorosamente cruel pasaba tras la muralla de
aquella frente pura, tras aquelos ojos tan brillantes donde no leía otra cosa sino interés y
compasión.
-Entonces sabéis cuánto he sufrido -dijo la señora Bonacieux-, puesto que os he dicho lo que él
sufría; pero sufrir por él es felicidad.
Milady replicó maquinalmente.
-Sí, es felicidad.
Ella pensaba en otra cosa.
-Y, además -continuó la señora Bonacieux-, mi suplicio toca a su término; mañana, quizá esta
noche, lo volveré a ver, y entonces el pasado no existirá.
-¿Esta noche? ¿Mañana? -exclamó Milady sacada de su ensoñación por aquellas palabras-.
¿Qué queréis decir? ¿Esperáis alguna nueva de él?
-Lo espero a él.
-A él. ¿D'Artagnan aquí?
-El mismo.
-¡Pero es imposible! Está en el sitio de La Rochelle con el cardenal; no volverá a París sino
después de la toma de la ciudad.
-Vos creéis eso, pero ¿es que hay algo imposible para mi D'Artagnan el noble y leal
gentilhombre?
-¡Oh, no puedo creeros!
-¡Buenos entonces leed! -dijo en el exceso de su orgullo y de su alegría la desventurada joven
presentando una carta a Milady.
«¡La escritura de la señora Chevreuse! -se dijo para sus adentros Milady-. ¡Ay, estaba segura
de que tenía conocimientos por ese lado!»
Y leyó ávidamente estas pocas líneas:
«Mi querida niña, estad preparada: nuestro amigo os verá muy pronto, y no os
verá más que para arrancaros de la prisión en que vuestra seguridad exigía que
estuvieseis oculta; preparaos, pues, para la partida y no desesperéis jamás de
nosotros.
Vuestro encantador gascón acaba de mostrarse valiente y fiel como siempre;
decidle que se le agradece en alguna parte el aviso que ha dado.»
-Sí, sí -dijo Milady-, sí, la carta es precisa. ¿Sabéis cuál es ese aviso?
-No, sospecho solamente que haya prevenido a la reina de alguna nueva maquinación del
cardenal.
-Sí, eso es sin duda -dijo Milady, devolviendo la carta a la señora Bonacieux y dejando caer su
cabeza pensativa sobre su pecho.
En aquel momento se oyó el galope de un caballo.
-¡Oh! -exclamó la señora Bonacieux precipitándose a la ventana-. ¿Será ya él?
Milady había permanecido en su cama, petrificada por la sorpresa; tantas cosas inesperadas le
llegaban de golpe que por primera vez la cabeza le fallaba.
-¡EI, él! -murmuró ella-. ¿Será él?
Y permanecía en la cama con los ojos fijos.
-¡Ay, no! -dijo la señora Bonacieux-. Es un hombre que no conozco y que, sin embargo, parece
que viene hacia aquí; sí, aminora su carrera, se deteniene en la puerta, llama.
Milady saltó fuera de su cama.
-¿Estáis completamente segura de que no es él? -dijo ella.
-¡Oh, sí, completamente segura!
-Quizá hayáis visto mal.
-¡Oh! Aunque no viera más que la pluma de su sombrero, la punta de su capa, lo reconocería.
Milady seguía vistiéndose.
-No importa, ¿decís que ese hombre viene hacia aquî?
-Sí, ha entrado.
-Es para vos o para mí.
-¡Oh, Dios mío, qué agitada parecéis!
-Sí, lo confieso, yo no tengo vuestra confianza, temo cualquier cosa del cardenal.
-¡Chis! -dijo la señora Bonacieux-. Alguien viene.
Efectivamente, la puerta se abrió y entró la superiora.
- Sois vos la que llegáis de Boulogne? -preguntó a Milady.
-Sí, soy yo -respondió ésta tratando de recuperar su sangre fría-. ¿Quién pregunta por mí?
-Un hombre que no quiere decir su nombre, pero que viene de parte del cardenal.
-¿Y qué quiere decirme? -preguntó Milady.
-Que quiere hablar con una dama que ha llegado de Boulogne.
-Entonces hacedlo entrar, señora, os lo ruego.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -dijo la señora Bonacieux-. ¿Será alguna mala noticia?
-Tengo miedo.
-Os dejo con ese extraño, pero tan pronto como se marche, volveré si me lo permitís.
-¡Cómo no! Os lo suplico.
La superiora y la señora Bonacieux salieron.
Milady se quedó sola, fijos los ojos en la puerta; un instante después se oyó el ruido de
espuelas que resonaban en las escaleras, luego los pasos se acercaron, luego la puerta se abrió y
apareció un hombre.
Milady lanzó un grito de alegría: aquel hombre era el conde de Rochefort, el instrumento ciego
de Su Eminencia.
Capítulo LXII
Dos variedades de demonios
-¡Ah! -exclamaron al mismo tiempo Rochefort y Milady-. ¡Sois vos!
-Sí, soy yo.
-¿Y llegáis?... -preguntó Milady.
-De La Rochelle. ¿Y vos?
-De Inglaterra.
-¿Buckingham?
-Muerto o herido peligrosamente; cuando yo partía sin haber podido obtener nada de él, un
fanático acababa de asesinarlo.
-¡Ah! -exclamó Rochefort con una sonrisa-. ¡He ahí un azar muy feliz! Y que satisfará mucho a
Su Eminencia. ¿Le habéis avisado?
-Le escribí desde Boulogne. Pero ¿cómo estáis aquí?
-Su Eminencia, inquieto, me ha enviado en vuestra busca.
-Llegué ayer.
-¿Y qué habéis hecho desde ayer?
-No he perdido mi tiempo.
-¡Oh! Eso me lo sospecho de sobra.
-¿Sabéis a quién he encontrado aquí?
-No.
-Adivinad.
-¿Cómo queréis...?
-A esa joven a quien la reina ha sacado de prisión.
-¿La amante del pequeño D'Artagnan?
-Sí, a la señora Bonacieux, cuyo retiro ignoraba el cardenal.
-Bueno -dijo Rochefort-, ahí tenemos un azar que puede igualarse con el otro. El señor
cardenal es realmente un hombre privilegiado.
-¿Comprendéis mi asombro -continuó Milady- cuando me he encontrado cara a cara con esta
mujer?
-¿Ella os conoce?
-No.
-Entonces, ¿os mira como a una extraña?
Milady sonrió.
-¡Soy su mejor amiga!
-Por mi honor -dijo Rochefort-, no hay como vos, mi querida condesa, para hacer milagros.
-Y vale la pena, caballero -dijo Milady-, porque ¿sabéis qué pasa?
-No.
-Van a venir a buscarla mañana o pasado mañana con una orden de la reina.
-¿De verdad? ¿Y quién?
-D'Artagnan y sus amigos.
-Realmente harán tanto que nos veremos obligados a enviarlos a la Bastilla.
-¿Por qué no se ha hecho ya?
-¡Qué queréis! Porque el señor cardenal tiene por esos hombres una debilidad que yo no
comprendo.
-¿De veras?
-Sí.
-Pues bien, decidle esto, Rochefort, decidle que nuestra conversación en el albergue del
Colombier-Rouge fue oída por esos cuatro hombres; decidle que después de su partida uno de
ellos subió y me arrancó mediante la violencia el salvoconducto que me había dado; decidie que
habían hecho avisar a lord de Winter de mi paso a Inglaterra; que también en esta ocasión han
estado a punto de hacer fracasar mi misión, como hicieron fracasar la de los herretes; decidle
que entre esos cuatro hombres, sólo dos son de temer, D'Artagnan y Athos; decidle que el
tercero, Aramis, es el amante de la señora de Chevreuse: hay que dejar vivir a éste, sabemos su
secreto, puede ser útil; en cuanto al cuarto, Porthos, es un tonto, un fatuo y un necio: que no se
preocupe siquiera.
-Pero esos cuatro hombres deben estar en este momento en el asedio de La Rochelle.
-Eso creía como vos; pero una carta que la señora Bonacieux ha recibido de la señora de
Chevreuse, y que ha cometido la imprudencia de comunicarme, me lleva a creer que por el
contrario estos cuatro hombres están de camino y vienen a llevársela.
-¡Diablos! ¿Qué hacer?
-¿Qué os ha dicho el cardenal a mi respecto?
-Que reciba vuestros partes escritos o verbales, que vuelva al puesto, y cuando él sepa lo que
habéis hecho, pensará en lo que debéis hacer.
-¿Debo entonces quedarme aquî? -preguntó Milady.
-Aquí o en los alrededores.
-¿No podéis llevarme con vos?
-No, la orden es formal; en los alrededores del campamento podríais ser reconocida, y vuestra
presencia, como comprenderéis, comprometería a Su Eminencia, sobre todo después de lo que
acaba de pasar allá. Sólo que decidme por adelantado dónde esperaréis noticias del cardenal,
que yo sepa siempre dónde encontraros.
-Escuchad, es probable que no pueda permanecer aquí.
-¿Por qué?
-Olvidáis que mis enemigos pueden llegar de un momento a otro.
-Cierto; pero entonces, ¿esa mujercita va a escapársele a Su Eminencia?
-¡Bah! -dijo Milady con una sonrisa que no pertenecía más que a ella-. Olvidáis que yo soy su
mejor amiga.
-¡Ah, es cierto! Puedo, por tanto, decir al cardenal que, respecto a esa mujer...
-Que esté tranquilo.
-¿Eso es todo?
-El sabrá lo que quiere decir.
-Lo adivinará. Ahora, veamos, ¿qué debo hacer yo?
-Salir al instante; me parece que las nuevas que lleváis bien merecen que nos demos prisa.
-Mi silla se ha partido al entrar en Lillers.
-¡Estupendo!
-¿Cómo estupendo?
-Sí, necesito vuestra silla -dijo la condesa.
-¿Y cómo iré yo entonces?
-A todo galope.
-Os tienen sin cuidado esas ciento ochenta leguas.
-¿Qué es eso?
-Se harán. ¿Y luego?
-Luego, al pasar por Lillers, me devolvéis la silla con orden a vuestro criado de ponerse a mi
disposición.
-Bien.
-Indudablemente, tendréis encima de vos alguna orden del cardenal...
-Tengo mi pleno poder.
-Lo mostraréis a la abadesa diciendo que vendrán a buscarme, bien hoy, bien mañana, y que
yo tendré que seguir a la persona que se presente en vuestro nombre.
-¡Muy bien!
-No olvidéis tratarme duramente cuando habléis de mí a la abadesa.
-¿Por qué?
-Yo soy una víctima del cardenal. Tengo que inspirar confianza a esa pobre señora Bonacieux.
-De acuerdo. Ahora, ¿queréis hacerme un informe de todo lo que ha pasado?
-Ya os he contado los acontecimientos, tenéis buena memoria, repetid las cosas tal como os las
he dicho, un papel se pierde.
-Tenéis razón; basta con saber dónde encontraros, para que no vaya a recorrer inútilmente por
los alrededores.
-Es cierto, esperad.
-¿Tenéis un mapa?
-¡Oh! Conozco esta región de maravilla.
-¿Vos? ¿Cuándo habéis venido aquí?
-Fui criada aquí.
-¿De verdad?
-Siempre sirve de algo, como veis, haber sido criada en alguna parte.
-Entonces me esperáis...
-Dejadme pensar un instante; claro, mirad, en Armentières.
-¿Qué es Armentières?
-Una pequeña aldea junto al Lys; no tendré más que cruzar el río y estoy en un país
extranjero.
-¡De maravilla! Pero que quede claro que no atravesaréis el río más que en caso de peligro.
-Por supuesto.
-Y en ese caso, ¿cómo sabré dónde estáis?
-¿Necesitáis a vuestro lacayo?
-No.
-¿Es un hombre seguro?
-A toda prueba.
-Dádmelo; nadie lo conoce, lo dejo en el lugar del que mé voy y él os lleva adonde estoy.
-¿Y decís que me esperáis en Armentières?
-En Armentières -respondió Milady.
-Escribidme ese nombre en un trozo de papel, no vaya a ser que lo olvide; un nombre de aldea
no es comprometedor, ¿no es as?
-¿Quién sabe? No imports -dijo Milady escribiendo el nombre en media hoja de papel-, me
comprometo.
-¡Bien! -dijo Rochefort cogiendo de las manos de Milady el papel, que plegó y metió en el forro
de su sombrero-. Por otra parte, tranquilizaos; voy a hacer como los niños, y en caso de que
pierda ese papel, repetiré el nombre durante todo el camino. Y ahora, ¿eso es todo?
-Creo que sí.
-Intentaremos recordar: Buckingham, muerto o gravemente herido; vuestra conversación con
el cardenal, oída por los cuatro mosqueteros; lord de Winter avisado de vuestra llegada a
Portsmouth; D'Artagnan y Athos, a la Bastilla; Aramis, amante de la señora de Chevreuse;
Porthos, un fauto; la señora Bonacieux, vuelta a encontrar; enviaros la silla lo antes posible;
poner mi lacayo a vuestra disposición; hacer de vos una víctima del cardenal para que la abadesa
no sospeche; Armentières, a orillas del Lys. ¿Es eso?
-Realmente, mi querido caballero, sois un milagro de memoria. A propósito, añadid una cosa.
-¿Cuál?
-He visto bosques muy bonitos que deben lindar con el jardín del convento, decid que me está
permitido pasear por esos bosques. ¿Quién sabe? Quizá tenga necesidad de salir por una puerta
de atrás.
-Pensáis en todo.
-Y vos, vos olvidáis una cosa.
-¿Cuál?
-Preguntarme si necesito dinero.
-Tenéis razón, ¿cuánto queréis?
-Todo el oro que tengáis.
-Tengo aproximadamente quinientas pistolas.
-Yo tengo otro tanto; con mil pistolas se hace frente a todo; va ciad vuestros bolsillos.
-Aquí están, condesa.
-Bien, mi querido conde. ¿Cuándo partís?
-Dentro de una hora: el tiempo de tomar un bocado, durante el cual enviaré a buscar un
caballo de posts.
-¡De maravilla! ¡Adiós, caballero!
-Adiós, condesa.
-Recomendadme al cardenal -dijo Milady.
-Recomendadme a Satán -replicó Rochefort.
Milady y Rochefort cambiaron una sonrisa y se separaron.
Una hora después, Rochefort partió a galope tendido en su caballo; cinco horas más tarde
pasaba por Arras. Nuestros lectores ya saben cómo había sido reconocido por D'Artagnan, y
cómo este reconocimiento, inspirando temores a los cuatro mosqueteros, habían dado nueva
actividad a su viaje.
Capítulo LXlll
Gota de agua
Apenas había salido Rochefort, volvió a entrar la señora Bonacieux. Encontró a Milady con el
rostro risueño.
-Y bien -dijo la joven- lo que vos temíais ha llegado, por tanto; esta noche o mañana el
cardenal os envía a recoger.
-¿Quién os ha dicho eso, niña mía? -preguntó Milady.
-Lo he oído de la boca misma del mensajero.
-Venid a sentaros aquí a mi lado -dijo Milady.
-Ya estoy aquí.
-Esperad que me asegure de si alguien nos escucha.
-¿Por qué todas estas precauciones?
-Ahora vais a saberlo. Milady se levantó y fue a la puerta la abrió, miró en el corredor y volvió a
sentarse junto a la señora Bonacieux.
-Entonces -dijo ella-, ha interpretado bien su papel.
-¿Quién?
-El que se ha presentado a la abadesa como enviado del cardenal.
-Era entonces un papel que representaba?
-Sí, niña mía.
-Ese hombre no es entonces...
-Ese hombre -dijo Milady bajando la voz- es mi hermano.
-¡Vuestro hermano! -exclamó la señora Bonacieux.
-Pues sí, sólo vos sabéis este secreto, niña mía; si lo confiáis a alguien, sea el que sea, estaré
perdida, y quizá vos también.
-¡Oh, Dios mío!
-Escuchad, lo que pasa es esto: mi hermano, que venía en mi ayuda para sacarme de aquí a la
fuerza si era preciso, se ha encontrado con el emisario del cardenal que venía a buscarme; lo ha
seguido. Al llegar a un lugar del camino solitario y apartado, ha sacado la espada conminando al
mensajero a entregarle los papeles de que era portador; el mensajero ha querido defenderse, mi
hermano lo ha matado.
-¡Oh! -exclamó la señora Bonacieux temblando.
-Era el único medio, pensad en ello. Entonces mi hermano ha resuelto sustituir la fuerza por la
astucia: ha cogido los papeles y se ha presentado aquí como el emisario mismo del cardenal, y
dentro de una hora o dos, un coche debe venir a recogerme de parte de Su Eminencia.
-Comprendo; ese coche es vuestro hermano quien os lo envía.
-Exacto; pero eso no es todo: esa carta que habéis recibido y que creéis de la señora de
Chevreuse...
-¿Qué?
-Es falsa.
-¿Cómo?
-Sí, falsa: es una trampa para que no hagáis resistencia cuando vengan a buscaros.
-Pero si vendrá D'Artagnan.
-Desengañaos, D'Artagnan y sus amigos están retenidos en al asedio de La Rochelle.
-¿Cómo sabéis eso?
-Mi hermano ha encontrado a los emisarios del cardenal con traje de mosqueteros. Os habrían
llamado a la puerta, vos habríais creído que se trataba de amigos os raptaban y os llevaban a
Paris.
-¡Oh, Dios mío! Mi cabeza se pierde en medio de este caos de iniquidades. Siento que si esto
durase -continuó la señora Bonacieux llevando sus manos a su frente- me volvería loca.
-Esperad.
-¿Qué?
-Oigo el paso de un caballo, es el de mi hermano que se marcha; quiero decirle el último adiós,
venid.
Milady abrió la ventana a hizo señas a la señora Bonacieux de reunirse con ella. La joven fue
allí.
Rochefort pasaba al galope.
-¡Adiós, hermano! -exclamó Milady.
El caballero alzó la cabeza, vio a las dos jóvenes y, rnientras seguía corriendo, hizo a Milady
una seña amistosa con la mano.
-¡Este buen Georges! -dijo ella volviendo a cerrar la ventana con una expresión de rostro llena
de afecto y melancolía.
Y volvió a sentarse en su sitio, como si se sumiera en reflexiones completamente personales.
-Querida señora -dijo la señora Bonacieux-, perdón por inte rrumpiros, pero ¿qué me aconsejáis
hacer? ¡Dios mío! Vos tenéis más experiencia que yo; hablad, os escucho.
-En primer lugar -dijo Milady-, puede que yo me equivoque y que D'Artagnan y sus amigos
vengan realmente en vuestra ayuda.
-¡Oh, hubiera sido demasiado hermoso! -exclamó la señora Bonacieux-. Y tanta felicidad no
está hecha para mí.
-Entonces, atended; será simplemente una cuestión de tiempo, una especie de carrera para
saber quién llegará primero. Si son vuestros amigos los que los aventajan en rapidez, estaréis
salvada; si son los satélites del cardenal, estaréis perdida.
-¡Oh sí, perdida sin remisión! ¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer?
-Habría un medio muy simple, muy natural...
-¿Cuál? Decid.
-Sería esperar oculta en los alrededores y aseguraros de quiénes son los hombres que vienen a
buscaros.
-Pero ¿dónde esperar?
-¡Oh, eso sí que no es un problema! Yo misma me detendré y me ocultaré a algunas leguas de
aquí, a la espera de que mi hermano venga a reunirse conmigo; pues bien, os llevo conmigo, nos
escondemos y esperamos juntas.
-Pero no me dejarán partir, aquí estoy casi prisionera.
-Como creen que yo me marcho por orden del cardenal, no creerán que estéis deseosa de
seguirme.
-¿Y?
-Pues lo siguiente: el coche está en la puerta, vos me despedís, subís al estribo para
estrecharme en vuestros brazos por última vez; el criado de mi hermano que viene a recogerme
está avisado, hace una señal al postillón y partimos al galope.
-Pero D'Artagnan, D'Artagnan, ¿si viene?
-¿No hemos de saberlo?
-¿Cómo?
-Nada más fácil. Hacemos regresar a Béthune a ese criado de mi hermano, del cual, ya os lo he
dicho, podemos fiarnos; se disfraza y se aloja frente al convento; si son los emisarios del
cardenal los que vienen, no se mueve; si es el señor D'Artagnan y sus amigos, los lleva adonde
estamos nosotras.
-Entonces, ¿los conoce?
-Claro, ha visto al señor D'Artagnan en mi casa.
-¡Oh, sí, sí, tenéis razón! De esta forma todo va de la mejor manera posible; pero no nos
aiejemos de aquí.
-A siete a ocho leguas todo lo más, nos sïtuamos junto a la frontera, por ejemplo, y a la
primera alerta, salimos de Francia.
-Y hasta entonces, ¿qué hacer?
-Esperar.
-Pero ¿y si ilegan?
-El coche de mi hermano llegará antes que ellos.
-¿Si estoy lejos de vos cuando vengan a recogernos, comiendo o cenando, por ejemplo?
-Haced una cosa.
-¿Cuál?
-Decid a vuestra buena superiora que para dejarnos lo menos posible le pedís permiso de
compartir mi comida.
-¿Lo permitirá?
-¿Qué inconveniente hay en eso?
-¡Oh, muy bien de esta forma no nos dejaremos un instante!
-Pues bien, bajad a su cuarto para hacerle saber vuestra petición; siento mi cabeza pesada,
voy a dar una vuelta por el jardín.
-Id, pero ¿dónde os volveré a encontrar?
-Aquí, dentro de una hora.
-Aquí, dentro de una hora. ¡Oh, cuán buena sois! Os lo agradezco. Cómo no interesarme de
vos? Aunque no fuerais hermosa y encanta ora, ¿no sois la amiga de uno de mis mejores
amigos?
-Querido D'Artagnan. ¡Oh, cómo os lo agradecerá!
-Eso espero. Vamos, todo está convenido, bajemos.
-¿Vais al jardín?
-Sí.
-Seguid este corredor, una escalerita os conduce allí.
-¡De maravilla! ¡Gracias!
Y las dos mujeres se separaron cambiando una encantadora sonrisa. Milady había dicho la
verdad, tenía la cabeza pesada porque sus proyectos mal clasificados entrechocaban como en un
caos. Necesita ba estar sola para poner un poco de orden en sus pensamientos. Veía vagamente
en el futuro; pero le hacía falta un poco de silencio y de quietud para dar a todas sus ideas, aún
confusas, una forma nítida, un plan fijo.
Lo más acuciante era raptar a la señora Bonacieux, ponerla en lugar seguro y allí, llegado el
caso, hacer de ella un rehén. Milady comenzaba a temer el resultado de aquel duelo terrible en
que sus enemigos ponían tanta perseverancia como ella encarnizamiento.
Por otra parte, sentía, como se siente venir una tormenta, que aquel resultado estaba cercano
y no podía dejar de ser terrible.
Lo principal para ella, como hemos dicho, era por tanto tener en sus manos a la señora
Bonacieux. La señora Bonacieux era la vida de D'Artagnan; era más que su vida, era la de la
mujer que él amaba; era, en caso de mala suerte, un medio de tratar y obtener con toda
seguridad buenas condiciones.
Ahora bien, este punto estaba fijado: la señora Bonacieux, sin desconfianza, la seguía; una vez
oculta con ella en Armentières, era fácil hacerle creer que D'Artagnan no había venido a Béthune.
Dentro de quince días como máximo, Rochefort estaría de vuelta; durante esos quince días, por
otra parte, pensaría sobre lo que tenía que hacer para vengarse de los cuatro amigos. No se
aburriría, gracias a Dios, porque tendría el pasatiempo más dulce que los sucesos pueden conceder
a una mujer de su carácter: una buena venganza que perfeccionar.
Al tiempo que pensaba, ponía los ojos a su alrededor y clasificaba en su cabeza la topografía
del jardín. Milady era como un general que prevé juntas la victoria y la derrota, y que está
preparado, según las alternativas de la batalla, para ir hacia adelante o batirse en retirada.
Al cabo de una hora oyó una voz dulce que la llamaba: era la señora Bonacieux. La buena
abadesa había consentido naturalmente en todo y, para empezar, iban a cenar juntas.
-Al llegar al patio, oyeron el ruido de un coche que se detenía en la puerta.
-¿Oís? -dijo ella.
-Sí, el rodar de un coche.
-Es el que mi hermano nos envía.
-¡Oh, Dios mío!
-¡Vamos, valor!
Llamaron a la puerta del convento, Milady no se había engañado.
-Subid a vuestra habitación -le dijo a la señora Bonacieux-, tendréis algunas joyas que
desearéis llevaros.
-Tengo sus cartas -dijo ella.
-Pues bien, id a buscarlas y venid a reuniros conmigo a mi cuarto, cenaremos de prisa; quizá
viajemos una parte de la noche, hay que tomar fuerzas.
-¡Gran Dios! -dijo la señora Bonacieux llevándose la mano al pecho-. El corazón me ahoga, no
puedo caminar.
-¡Valor, vamos, valor! Pensad que dentro de un cuarto de hora estaréis salvada, y pensad que
lo que vais a hacer, lo hacéis por él.
-¡Oh sí, todo por él! Me habéis devuelto mi valor con una sola palabra; id, yo me reuniré con
vos.
Milady subió rápidamente a su cuarto, encontró allí al lacayo de Rochefort y le dio sus
instrucciones.
Debía esperar a la puerta; si por casualidad aparecían los mosqueteros, el coche partía al
galope, daba la vuelta al convento a iba a esperar a Milady a una pequeña aldea situada al otro
lado del bosque. En este caso, Milady cruzaba el jardín y ganaba la aldea a pie; ya lo había dicho,
Milady conocía de maravilla esta parte de Francia.
Si los mosqueteros no aparecían, las cosas marcharían como esta ba convenido: la señora
Bonacieux subía al coche so protexto de decirle adiós y Milady raptaba a la señora Bonacieux.
La señora Bonacieux entró y, para quitarle cualquier sospecha, si es que la tenía, Milady repitió
ante ella al lacayo toda la última parte de sus instrucciones.
Milady hizo algunas preguntas sobre el coche: era una silla tirada por tres caballos, guiada por
un postillón; el lacayo de Rochefort debía precederla como correo.
Era un error de Milady su temor a que la señora Bonacieux tuviera sospechas: la pobre joven
era demasiado pura para sospechar en otra mujer semejante perfidia; además, el nombre de la
condesa de Winter, que había oído pronunciar a la abadesa, le era completamente desconocido,
a ignoraba incluso que una mujer hubiera tenido parte tan grande y tan fatal en las desgracias
de su vida.
-Ya lo veis -dijo Milady cuando el lacayo hubo salido-, todo está dispuesto. La abadesa no
sospecha nada y cree que viene a buscarme de parte del cardenal. Ese hombre va a dar las
últimas órdenes: tomad algo, bebed una gota de vino y partamos.
-Sí -dijo maquinalmente la señora Bonacieux-, sí, partamos.
Milady le hizo señas de sentarse ante ella, le puso un vasito de vino español y le sirvió una
pechuga.
-Ved -le dijo-, todo nos ayuda: la oscuridad llega; al alba habremos llegado a nuestro refugio y
nadie podrá sospechar dónde esta mos. Vamos, valor, tomad algo.
La señora Bonacieux comió maquinalmente algunos bocados y templó sus labios en el vaso.
-Vamos, vamos -dijo Milady llevando el suyo a sus labios-, haced como yo.
Pero en el momento en que lo acercaba a su boca, su mano quedó suspendida: acababa de oír
en la ruta como el rodar lejano de un galope que se iba aproximando; luego, casi al mismo
tiempo, le pareció oír relinchos de caballos.
Aquel ruido la sacó de su alegría como un ruido de tormenta despierta en medio de un
hermoso sueño; palideció y corrió a la ventana mientras la señora Bonacieux, levantándose toda
temblorosa, se apoyaba sobre su silla para no caer.
No se veía nada aún, sólo se oía el galope que continuaba acercándose.
-¡Oh, Dios mío! -dijo la señora Bonacieux-. ¿Qué es ese ruido?
-El de nuestros amigos o de nuestros enemigos -dijo Milady con su terrible sangre fría-;
quedaos donde estáis; voy a decíroslo.
La señora Bonacieux permaneció de pie, muda, inmóvil y pálida como una estatua.
El ruido se hacía más fuerte, los caballos no debían estar a más de ciento cincuenta pasos; si
no se los divisaba todavía, es porque la ruta formaba un codo. Sin embargo, el ruido se hacía tan
nítido que se hubieran podido contar los caballos por el ruido irregular de sus herraduras.
Milady miraba con toda la potencia de su atención. Necesitó poco tiempo para poder reconocer
a los que llegaban.
De pronto, en el recodo del camino, vio relucir los sombreros galonados y flotar las plumas;
contó dos, después cinco, luego ocho caballeros; uno de ellos precedía a todos los demás en dos
cuerpos de caballo.
Milady lanzó un rugido ahogado. En el que venía a la cabeza reconoció a D'Artagnan.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -exclamó la señora Bonacieux-. ¿Qué pasa?
-Es el uniforme de los guardias del señor cardenal; no hay un momento que perder -exclamó
Milady-. ¡Huyamos, huyamos!
-Sí, sí, huyamos -repitió la señora Bonacieux, pero sin poder dar un paso, clavada como estaba
en su sitio por el terror.
Se oyó a los caballeros que pasaban bajo la ventana.
-¡Venid, pero venid! -exclamaba Milady tratando de arrastrar a la joven por el brazo-. Gracias al
jardín, aún podemos huir, tengo la llave; pero démonos prisa, dentro de cinco minutos será
demasiado tarde.
La señora Bonacieux trató de caminar, dio dos pasos y cayó de rodillas.
Milady trató de levantarla y de llevársela, pero no pudo conseguirlo.
En aquel momento se oyó el rodar de un coche, que, a la vista de los mosqueteros partió al
galope. Luego, tres o cuatro disparos sonaron.
-Por última vez, ¿queréis venir? -exclamó Milady.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! Veis que las fuerzas me faltan, veis que no puedo caminar: huid sola.
-¡Huir sola! ¡Dejaros aquíl No, no nunca -exclamó Milady.
De pronto, un destello lívido brotó de sus ojos; de un salto, como loca, corrió a la mesa, echó
en el vaso de la señora Bonacieux el contenido de un engaste de anillo que abrió con una
presteza singular.
Era un grano rojizo que se fundió al punto.
Luego, cogiendo el vaso con una mano firme:
-Bebed -dijo-, este vino os dará fuerzas, bebed.
-¡Constance, Constance! -respondió el joven-. ¿Dónde estáis? ¡Dios mío!
En el mismo momento, la puerta de la celda cedió al choque más que se abrió; varios hombres
se precipitaron en la habitación; la señora Bonacleux había caído en un sïllón sin poder hacer un
movimiento.
D'Artagnan arrojó una pistola aún humeante que tenía en la mano y cayó de rodillas ante su
dueña, Athos voivió a poner la suya en su cintura; Porthos y Aramis, que tenían desnudas sus
espadas, las envainaron.
-¡Oh, D'Artagnan! ¡Mi bien amado D'Artagnan! ¡Vienes por fin, no me habían engañado, eres
tú!
-¡Sí, sí, Constance! ¡Juntos!
-¡Oh! Por más que ella decía que no vendrías yo esperaba en secreto; no he querido huir. lAy,
qué bien he hecho, qué feliz soy!
A la palabra de ella, Athos, que estaba sentado tranquilamente, se levantó de un salto.
-¡E!la! ¿Quién es ella? -preguntó D'Artagnan.
-Mi compañera; la que, por amistad hacia mí, quería sustraerme a mis perseguidores; !a que
tomándoos por guardias del cardenal acaba de huir.
-Vuestra compañera -exclamó D'Artagnan volviéndose más pálido que el velo blanco de su
amante-. ¿A qué compañera os referís?
-A aquella cuyo coche estaba a la puerta, a una mujer que se dice vuestra amiga, D'Artagnan;
a una mujer a quien vos habéis contado todo.
-¡Su nombre, su nombre! -exclamó D'Artagnan-. ¡Dios mío! ¿No sabéis vos su nombre?
-Sí, lo han pronunciado delante de mí; esperad..., pero es extranjero... ¡Oh, Dios mío! Mi
cabeza se turba, ya no veo.
-¡Ayudadme, amigos ayudadme! Sus manos están heladas -exclamó D'Artagnan-. Se encuentra
mal. ¡Gran Dios! ¡Pierde el conocimiento!
Mientras Porthos pedía ayuda con toda la potencia de su voz, Aramis corrió a la mesa para
coger un vaso de agua; pero se detuvo al ver la horrible alteración del rostro de Athos que, de
pie ante la mesa, con los pelos erizados, los ojos helados de estupor, miraba uno de los vasos y
parecía presa de la duda más horrible.
-¡Oh! -decía Athos-. ¡Oh, no, es imposible! ¡Dios no permitiría semejante crimen!
-¡Agua, agua! -gritaba D'Artagnan-. ¡Agua!
-¡Oh, pobre mujer, pobre mujer! -murmuraba Athos con la voz quebrada.
La señora Bonacieux volvió a abrir los ojos bajo los besos de D'Artagnan.
Y acercó el vaso a los labios de la joven, que bebió maquinalmente.
-¡Ah! No es así como quería vengarme -dijo Milady dejando con una sonrisa infernal el vaso
encima de la mesa-, pero a fe que se hace lo que se puede.
Y se precipitó fuera de la habita ción.
La señora Bonacieux la vio huir, sin poder seguirla; estaba como esas gentes que sueñan que
las persiguen y que tratan en vano de caminar.
Transcurrieron algunos minutos, un ruido horrible resonaba en la puerta; a cada instante la
señora Bonacieux esperaba ver reaparecer a Milady, que no reaparecía.
Varias veces, de terror sin duda, el sudor frío subió a su frente ardiente.
Por fin, oyó el rechinar de las verjas que se abrían, el ruido de las botas y de las espuelas
resonó por las escaleras: había un gran murmullo de voces que iban acercándose, en medio de
las cuales le parecía oír pronunciar su nombre.
De pronto lanzó un gran grito de alegría y se lanzó hacia la puerta, había reconocido la voz de
D Artagnan.
-¡D'Artagnan! ¡D'Artagnan! -exclamó ella-. ¿Sois vos? Por aquí, por aquí.
-¡Vuelve en sí! -exclamó el joven-. ¡Oh, Dios mío, Dios mío, gracias!
-Señora -dijo Athos-, señora, en nombre del cielo, ¿de quién es este vaso vacío?
-Mío, señor... -respondió la joven- con voz moribunda.
-Pero ¿quién os ha echado el vino que estaba en ese vaso?
-Ella.
-Pero ¿quién es ella?
-¡Ah, ya me acuerdo! -dijo la señora Bonacieux-. La condesa de Winter...
Los cuatro amigos lanzaron un solo y mismo grito, pero el de Athos dominó todos los demás.
En aquel momento, el rostro de la señora Bonacieux se volvió lívido, un dolor sordo la abatió y
cayó jadeante en los brazos de Porthos y de Aramis.
D'Artagnan cogió las manos de Athos con una angustia difícil de describir.
-¿Y qué? -dijo-. Tú crees...
Su voz se extinguió en un sollozo.
-Lo creo todo -dijo Athos mordiéndose los labios hasta hacerse sangre.
-iD'Artagnan! ¡D'Artagnan! -exclamó la señora Bonacieux-. ¿Dónde estás? No me dejes, ya ves
que voy a morir.
D'Artagnan soltó las manos de Athos, que tenía aún entre sus manos crispadas, y corrió hacia
ella.
Su rostro tan hermoso estaba todo transtornado, sus ojos vidriosos no teman ya mirada, un
estremecimiento convulsivo agitaba su cuerpo, el sudor corría por su frente.
-¡En nombre del cielo! ¡Corred a llamar! Porthos, Aramis, ¡pedid ayuda!
-Inútil -dijo Athos-, inútil, para el veneno que ella echa no hay contraveneno.
-¡Sí, sí, socorro, socorro! -murmuró la señora Bonacieux-. ¡Socorro!
Luego, reuniendo todas su fuerzas, cogió la cabeza del joven entre sus dos manos, lo miró un
instante como si toda su alma hubiera pasado a su mirada y, con un grito sollozante, apoyó sus
labios sobre los de él.
-¡Constance! ¡Constance! -exclamó D'Artagnan.
Un suspiro escapó de la boca de la señora Bonacieux rozando la de D'Artagnan; aquel suspiro
era aquella alma tan casta y tan amante que subía al cielo.
D'Artagnan no estrechaba más que un cadáver entre sus brazos.
El joven lanzó un grito y cayó junto a su amante, tan pálido y helado como ella.
Porthos lloró, Aramis mostró el puño al cielo, Athos hizo el signo de la cruz.
En aquel momento un hombre apareció en la puerta, casi tan pálido como los que estaban en
la habitación, miró todo en torno suyo, vio a la señora Bonacieux muerta y a D'Artagnan
desvanecido.
Apareció justo en ese instante de estupor que sigue a las grandes catástrofes.
-No me había equivocado -dijo-, he ahí al señor D'Artagnan y sus tres amigos, los señores
Athos, Porthos y Aramis.
Estos cuyos nombres acababan de ser pronunciados miraban al extranjero con asombro, y a
los tres les parecía reconocerlo.
-Señores -prosiguió el recién llegado-, vos estáis como yo a la búsqueda de una mujer que
-añadió con una sonrisa terrible- ha debido pasar por aquí, ¡porque veo un cadáver!
Los tres amigos permanecieron mudos; sólo que tanto la voz como el rostro les recordaba a un
hombre que ya habían visto; sin embargo, no podían acordarse de en qué circunstancias.
-Señores -continuó el extranjero-, puesto que no queréis reconocer a un hombre que
probablemente os debe la vida dos veces, tendré que dar mi nombre: soy lord de Winter, el
cuñado de esa mujer.
Los tres amigos lanzaron un grito de sorpresa.
Athos se levantó y le tendió la mano.
-Sed bienvenido, milord -dijo-, sois de los nuestros.
-Salí de Portsmouth cinco horas después que ella -dijo lord de Winter-, llegué a Boulogne tres
horas después que ella, no la alcancé por veinte minutos en Saint-Omer; finalmente, en Lillers
perdí su rastro. Iba al azar, informándome con todo el mundo, cuando os he visto pasar al
galope; he reconocido al señor D'Artagnan. Os he llamado, no me habéis respondido; he querido
seguiros, pero mi caballo estaba demasiado cansado para ir a la misma velocidad que los
vuestros. Y, sin embargo, parece que pese a la diligencia que habéis puesto, ¡habéis llegado
demasiado tarde!
-Ya lo veis -dijo Athos señalando a lord de Winter a la señora Bonacieux muerta y a
D'Artagnan, al que Porthos y Aramis trataban de que recobrara el conocimiento.
-¿Están muertos los dos? -preguntó fríamente lord de Winter.
-Afortunadamente no -respondió Athos-; el señor D'Artagnan sólo está desvanecido.
-¡Ah, tanto mejor! -dijo lord de Winter.
En efecto, en aquel momento D'Artagnan volvió a abrir los ojos.
Se arrancó de los brazos de Porthos y de Aramis y se precipitó como un insensato sobre el
cuerpo de su amante.
Athos se levantó, se dirigió hacia su amigo con paso lento y solemne, lo abrazó tiernamente y,
como él estallaba en sollozos, le dijo con su voz tan notable y tan persuasiva:
-Amigo, sé hombre: las mujeres lloran los muertos; los hombres los vengan.
-¡Oh, sí! -dijo D'Artagnan-. Sí; si es para vengarla estoy dispuesto a seguirte.
Athos aprovechó aquel momento de fuerza que la esperanza de la venganza daba a su
desdichado amigo para hacer señas a Porthos y Aramis de que fueran a buscar a la superiora.
Los dos amigos la encontraron en el corredor, completamente impresionada aún y extraviada
por tantos acontecimientos; llamó a algunas religiosas que, contra todos los hábitos monásticos,
se encontraron en presencia de cinco hombres.
-Señora -dijo Athos pasando el brazo de D'Artagnan bajo el suyo-, abandonamos a vuestros
piadosos cuidados el cuerpo de esta desgraciada mujer. Fue un ángel sobre la tierra antes de ser
un ángel en el cielo. Tratadla como a una de vuestras hermanas; nosotros volveremos un día a
rezar sobre su tumba.
D'Artagnan ocultó su rostro en el pecho de Athos y estalló en sollozos.
-¡Llora -dijo Athos-. Llora, corazón lleno de amor, de juventud y de vida! ¡Ay, de buena gana
quisiera poder llorar como tú!
Y se llevó a su amigo afectuoso como un padre, consolador como un cura, grande como
hombre que ha sufrido mucho.
Los cinco, seguidos de sus criados, que llevaban sus caballos de la brida, avanzaron hacia la
villa de Béthune, cuyo arrabal se divisaba, y se detuvieron ante el primer albergue que
encontraron.
-Pero ¿no seguimos a esa mujer? -dijo D'Artagnan.
-Más tarde -dijo Athos-, tengo que tomar medidas.
-Se nos escapará -replicó el joven-, se nos escapará, Athos, y será por tu culpa.
-Respondo de ella -dijo Athos.
D'Artagnan tenía tal confianza en la palabra de su amigo, que bajó la cabeza y entró en el
albergue sin responder nada.
Pothos y Aramis se miraban sin comprender nada de la seguridad de Athos.
Lord de Winter creía que hablaba así para adormecer el dolor de D'Artagnan.
-Ahora, señores -dijo Athos cuando estuvo seguro de que había cinco habitaciones libres en el
hotel-, nos retiraremos cada uno a su cuarto; D'Artagnan necesita estar solo para llorar y vos
para dormir. Yo me encargo de todo, estad tranquilos.
-Sin embargo, me parece -dijo lord de Winter- que si hay alguna medida que tomar contra la
condesa, eso me afecta: es mi cuñada.
-Y a mí también -dijo Athos-: es mi mujer.
D'Artagnan se estremeció porque comprendió que Athos estaba seguro de la venganza, puesto
que revelaba semejante secreto; Porthos y Aramis se miraron palideciendo. Lord de Winter pensó
que Athos estaba loco.
-Retiraos, pues -dijo Athos-, y dejadme hacer. Veis de sobra que en mi calidad de marido me
corresponde a mí. Sólo que, D'Arta gnan si no lo habéis perdido, entregadme ese papel que se
escapó del sombrero de aquel hombre y sobre el que está escrito el nombre de la villa...
-¡Ah! -dijo D'Artagnan-. Comprendo, ese nombre escrito por su puño...
-¡Ya ves -dijo Athos- que hay un Dios en el cielo!
Capítulo LXIV
El hombre de la capa roja
La desesperación de Athos había dejado sitio a un dolor concentrado que hacía más lúcidas
aún las brillantes facultades de espíritu de aquel hombre.
Concentrado por entero en un solo pensamiento, el de la promesa que había hecho y de la
responsabilidad que había tomado, se retiró el último a su habitación, pidió al hostelero que le
procurase un mapa de la provincia, se inclinó encima, interrogó a las líneas trazadas, advirtió que
cuatro caminos diferentes se dirigían de Béthune a Armentières, a hizo llamar a los criados.
Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin se presentaron y recibieron las órdenes claras,
puntuales y graves de Athos.
Debían partir al alba al día siguiente, y dirigirse a Armentières, cada uno por una ruta diferente.
Planchet, el más inteligente de los cuatro, debía seguir aquella por la que había desaparecido el
coche contra el que los cuatro amigos habían disparado y que, como se rocordará, iba
acompañado por el doméstico de Rochefort.
Athos puso en campaña primero a los criados porque desde que estos hombres estaban a su
servicio y al de sus amigos había advertido en cada uno de ellos cualidades diferentes y
esenciales.
En segundo lugar, criados que preguntan inspiran a los transeúntes menos desconfianza que
sus amos, y hallan más simpatía en aquellos a quienes se dirigen.
Por último, Milady conocía a los amos, mientras que no conocía a los criados; y, por el
contrario, los criados conocían perfectamente a Milady.
Los cuatro debían hallarse al día siguiente, a las once, en el lugar indicado; si habían
descubierto el refugio de Milady, tres permanecerían custodiándola, el cuarto regresaría a
Béthune para avisar a Athos y servir de guía a los cuatro amigos.
Tomadas estas disposiciones, los criados se retiraron a su vez.
Athos se levantó entonces de su silla, se ciñó la espada, se envolvió en su capa y salió de la
hostería; eran las diez aproximadamente. A las diez de la noche, como se sabe, en provincias las
calles están poco frecuentadas. Athos, sin embargo, buscaba visiblemente a alguien a quien
pudiera dirigir una pregunta. Por fin encontró un transeúnte rezagado, se acercó a él, le dijo
algunas palabras; el hombre al que se dirigía retrocedió con terror, sin embargo respondió a las
palabras del mosquetero con una indicación. Athos ofreció a aquel hombre media pistola por
acompañarlo, pero el hombre rehusó.
Athos se metió en la calle que el indicador había designado con el dedo; pero, llegado a la
encrucijada, se detuvo de nuevo visiblemente apurado. No obstante, como más que cualquier
otro lugar la encrucijada le ofrecía la posibilidad de encontrar a alguien, se detuvo. En efecto, al
cabo de un instante, pasó un vigilante nocturno. Athos le repitió la misma pregunta que ya había
hecho a la primera persona que había encontrado; el vigilante nocturno dejó percibir el mismo
tenor, rehusó también acompañar a Athos y le mostró con la mano el camino que debía seguir.
Athos caminó en la dirección indicada y alcanzó el arrabal situado en el extremo opuesto de la
villa, aquel por el que él y sus compañeros habían entrado. Allí pareció de nuevo inquieto y
embarazado, y se detuvo por tercera vez.
Afortunadamente pasó un mendigo que se acercó a Athos para pedirle limosna. Athos le
ofreció un escudo por acompañarlo donde iba. El mendigo dudó un instante pero, a la vista de la
moneda de plata que brillaba en la oscuridad, se decidió y caminó delante de Athos.
Llegado a la esquina de una calle, le mostró de lejos una casita aislada, solitaria, triste; Athos
se acercó mientras el mendigo, que había recibido su salario, se alejaba a todo correr.
Athos dio una vuelta a la casa antes de distinguir la puerta en medio del color rojizo con que
aquella casa estaba pintada; ninguna luz se colaba por las cortaduras de las contraventanas,
ningún ruido dejaba suponer que estuviese habitada, era sombría y muda como una tumba.
Tres veces llamó Athos sin que le contestasen. A la tercera llamada, sin embargo, pasos
interiores se acercaron; finalmente, la puerta se entreabrió, y un hombre de talla alta, tez pálida,
pelo y barba negros, apareció.
Athos y él cambiaron algunas palabras en voz baja, luego el hombre de talla alta hizo señas al
mosquetero de que podía entrar. Athos aprovechó al momento el permiso y la puerta se cerró
tras él.
El hombre al que Athos había venido a buscar tan lejos y al que había encontrado con tanto
esfuerzo, lo hizo entrar en su laboratorio, donde estaba ocupado en sujetar con alambres
ruidosos huesos de un esqueleto. Todo el cuerpo estaba ya ajustado: sólo la cabeza estaba
puesta sobre un mesa.
El resto del moblaje indicaba que aquél en cuya casa se hallaba se ocupaba en ciencias
naturales: había tarros llenos de serpientes, etiquetados según las especies; lagartos disecados
relucían como esmeraldas talladas en grandes marcos de madera negra; en fin, botes de hierbas
silvestres, odoríferas y sin duda dotadas de virtudes desconocidas al vulgo, estaban pegadas al
techo y bajaban por las esquinas del cuarto.
Athos lanzó una ojeada fría a indiferente sobre todos estos objetos que acabamos de describir
y, a invitación de aquel al que venía a buscar, se sentó a su lado.
Entonces le explicó la causa de su visita y el servicio que reclamaba de el; mas apenas hubo
expuesto su demanda, el desconocido, que estaba de pie ante el mosquetero, retrocedió con
terror y rehusó. Entonces Athos sacó de su bolsillo un breve papel sobre el que había escritas dos
líneas acompañadas de una firma y un sello, y lo presentó a aquel que daba demasiado
prematuramente aquellas señales de repugnancia. El hombre de alta estatura, apenas hubo leído
aquellas dos líneas, visto la firma y reconocido el sello, se inclinó en señal de que no tenía ya
ninguna objeción que hacer, y que estaba dispuesto a obedecer.
Athos no pidió más; se levantó, saludó, salió, tomó al irse el mismo camino que había seguido
para venir, volvió a entrar en la hostería y se encerró en su cuarto.
Al alba, D'Artagnan entró en su habitación y preguntó qué iba a hacer.
-Esperar -respondió Athos.
Algunos instantes después, la superiora del convento hizo avisar a los mosqueteros de que el
entierro de la víctima de Milady tendría lugar a mediodía. En cuanto a la envenenadora, no había
habido noticias; sólo que debía haber huido por el jardín, en cuya arena habían reconocido la
huella de sus pasos, y cuya puerta habían encontrado cerrada; en cuanto a la llave, había
desaparecido.
A la hora indicada, lord de Winter y los cuatro amigos se dirigieron al convento; las campanas
tocaban a duelo, la capilla estaba abierta, la verja del coro estaba cerrada. En medio del coro
estaba puesto el cuerpo de la víctima, revestida de sus hábitos de novicia. A cada lado del coro, y
tras las verjas que se abrían sobre el convento, estaba toda la comunidad de Carmelitas, que
escuchaba desde allí el servicio divino y mezclaba su canto al canto de los sacerdotes, sin ver a
los profanos ni ser vista por ellos.
A la puerta de la capilla, D'Artagnan sintió que su valor huía nuevamente; se volvió en busca
de Athos, pero Athos había desaparecido.
Fiel a su misión de venganza, Athos se había hecho conducir al jardín; y allí, sobre la arena,
siguiendo los pasos ligeros de aquella mujer que había dejado un rastro ensangrentado por
donde había pasado, avanzó hasta la puerta que dabá al bosque, se la hizo abrir y se metió en el
bosque.
Entonces todas sus dudas se confirmaron: el camino por el que el coche había desaparecido
contorneaba el bosque. Athos siguió el camino algún tiempo con los ojos fijos en el suelo; ligeras
manchas de sangre, que provenían de una herida hecha o al hombre que acompañaba el coche
como correo o a uno de los caballos, salpicaban el camino. Al cabo de tres cuartos de legua
aproximadamente, a cincuenta pasos de Festubert, aparecía una mancha de sagre más amplia;
el suelo estaba pisoteado por los caballos. Entre el bosque y aquel lugar desnudo, un poco antes
de la tierra lastimada, se encontraba la misma huella de breves pasos que en el jardín; el coche
se había detenido.
En aquel lugar, Milady había salido del bosque y había montado en el coche.
Satisfecho por este descubrimiento que confirmaba todas sus sospechas, Athos volvió a la
hostería y encontró a Planchet que lo esperaba con impaciencia.
Todo era como Athos había previsto.
Planchet había seguido la ruta, había observado, como Athos, las manchas de sangre, como
Athos había reconocido el lugar en que los caballos se habían detenido; pero había ido más lejos
de Athos, de suerte que en la aldea de Festubert, mientras bebía en un albergue, sin haber
tenido necesidad de preguntar, había sabido que la víspera, a las ocho y media de la noche, un
hombre herido, que acompañaba a una dama que viajaba en una silla de posta, se había visto
obligado a detenerse, sin poder seguir delante. El accidente habría sido cargado en la cuenta de
ladrones que habían detenido la silla en el bosque. El hombre había quedado en la aldea, la
mujer había hecho el relevo y continuado su camino.
Planchet se puso a buscar al postillón que había conducido la silla, y lo encontró. Había
conducido a la señora hasta Fromelles, y de Fromelles ella había partido hacia Armentières.
Planchet tomó la trocha, y a las siete de la mañana estaba en Armentières.
No había más que una hostería, la de la posta. Planchet fue a presentarse allí como lacayo sin
trabajo que buscaba una plaza. No había hablado diez minutos con las gentes del albergue
cuando ya sabía que una mujer sola había llegado a las once de la noche, había alquilado una
habitación, había hecho venir al dueño de la hostería y le había dicho que deseaba permanecer
algún tiempo por aquellos alrededores.
Planchet no tenía necesidad de saber más. Corrió al lugar de la cita, encontró a los tres lacayos
puntuales en su puesto, los colocó como centinelas en todas las salidas de la hostería y volvió en
busca de Athos, que acababa de recibir los informes de Planchet cuando sus amigos regresaron.
Todos los rostros estaban sombríos y crispados, incluso el dulce rostro de Aramis.
-¿Qué hay que hacer? -preguntó D'Artagnan.
-Esperar -respondió Athos.
Cada uno se retiró a su habitación.
A las ocho de la noche, Athos dio la orden de ensillar los caballos e hizo avisar a lord de Winter
y a sus amigos de que se preparasen para la expedición.
En un instante todos estuvieron preparados. Cada uno inspeccionó las armas y las puso a
punto. Athos bajó el primero y encontró a D'Artagnan ya a caballo a impacientándose.
-Paciencia -dijo Athos-, nos falta todavía uno.
Los cuatro caballeros miraron en torno suyo con sorpresa, porque buscaban inúltimente en su
mente quién era aquel que podía faltarles.
En aquel momento Planchet trajo el caballo de Athos; el mosquetero saltó con ligereza a la
silla.
-Esperadme -dijo-, vuelvo.
Y partió a galope.
Un cuarto de hora después volvió, efectivamente, acompañado de un hombre enmascarado y
envuelto en una gran capa roja.
Lord de Winter y los tres mosqueteros se interrogaron con la mirada. Ninguno de ellos pudo
informar a los otros, porque todos ignoraban quién era aquel hombre. Sin embargo, pensaron
que aquello debía ser así, puesto que se hacía por orden de Athos.
Era triste al aspecto de aquellos seis hombres corriendo en silencio, sumidos cada cual en su
pensamiento, taciturnos como la desesperación, sombríos como el castigo.
Capítulo LXV
El juicio
Era una noche tormentosa y lúgubre, gruesas nubes corrían por el cielo velando la claridad de
las estrellas; la luna no debía aparecer hasta medianoche.
A veces, a la luz de un relámpago que brillaba en el horizonte, se vislumbraba la ruta que se
desorrollaba blanca y solitaria; luego, apagado el relámpago, todo volvía a la oscuridad.
A cada momento Athos invitaba a D'Artagnan, siempre a la cabeza de la pequeña tropa, a
ocupar su puesto, que al cabo de un instante abandonaba de nuevo; no tenía más que un
pensamiento: ir hacia adelante, e iba.
Cruzaron en silencio la aldea de Festubert, donde se había quedado el doméstico herido, luego
bordearon el bosque de Richebourg; llegados a Herlies, Planchet, que seguía dirigiendo la
columna, torció a a izquierda.
Varias veces, lord de Winter, Porthos o Aramis, habían tratado de dirigir la palabra al hombre
de la capa roja; pero a cada pregunta que le había sido hecha, él se había inclinado sin
responder. Los viajeros habían comprendido entonces que había una razón para que el desconocido
guardase silencio, y habían dejado de dirigirle la palabra.
Además, la tormenta crecía, los relámpagos se sucedían rápidamente, el trueno comenzaba a
gruñir, y el viento, precursor del huracán, silbaba en la llanura, agitando las plumas de los
caballeros.
La cabalgada se lanzó a galope tendido.
Un poco más allá de Fromelles, la tormenta estalló; desplegaron las capas; quedaban aún tres
leguas por hacer: las hicieron bajo torrentes de lluvia.
D'Artagnan se había quitado su sombrero de fieltro y no se había puesto la capa; sentía placer
en dejar correr el agua sobre su frente ardiente y sobre su cuerpo agitado por escalofríos
febriles.
En el momento que la pequeña tropa hubo pasado Goskal a iba a llegar a la posta, un hombre,
refugiado bajo un árbol, se separó del tronco con el que había permanecido confundido en la
oscuridad, y avanzó hasta el medio de la ruta, poniendo sus dedos sobre sus labios.
Athos reconoció a Grimaud.
-¿Qué pasa? -exclamó D'Artagnan-. ¿Habrá dejado Armentières?
Grimaud hizo con la cabeza un signo afirmativo. D'Artagnan rechinó los dientes.
-¡Silencio D'Artagnan! -dijo Athos-. Soy yo quien me he encargado de todo, a mí me toca
interrogar a Grimaud.
-¿Dónde está? -preguntó Athos.
Grimaud tendió la mano en dirección del Lys.
-¿Lejos de aquf? -preguntó Athos.
Grimaud hizo señal de que sí.
-Señores -dijo Athos-, está solo a media legua de aquí, en dirección al río.
-Está bien -dijo D'Artagnan-; llévanos, Grimaud.
Grimaud tomó campo a través y sirvió de guía a la cabalgada.
Al cabo de quinientos pasos aproximadamente, se encontraron un riachuelo que vadearon.
A la luz de un relámpapo divisaron la aldea de Erquinghem.
-¿Es ahí? -preguntó D Artagnan.
Grimaud movió la cabeza en señal de negación.
-¡Silencio, puesl -dijo Athos.
Y la tropa continuó su camino.
Otro relámpago brilió; Grimaud extendió el brazo, y a la luz azulada de la serpiente de fuego se
distinguió una casita aislada, a orillas del río, a cien pasos de una barcaza. Una ventana estaba
iluminada.
-Hemos llegado -dijo Atlios.
En aquel momento, un hombre tumbado en el foso se levantó. Era Mosquetón, quien señaló
con el dedo la ventana iluminada.
-Está ahí -dijo.
-¿Y Bazin? -.-preguntó Athos.
-Mientras que yo vigilaba la ventana, él vigilaba la puerta.
-Bien -dijo Athos-, todos sois fieles servidores.
Athos saltó de su caballo, cuya brida puso en manos de Grimaud, y avanzó hacia la ventana
tras haber hecho señas al resto de la tropa de virar hacia el lado de la puerta.
La casita estaba rodeada por un seto vivo, de dos o tres pies de alto. Athos franqueó el seto,
llegó hasta la ventana privada de contraventanas, pero cuyas semicortinas estaban
completamente echadas.
Se subió sobre el reborde de piedra, a fin de que su mirada pudiera sobrepasar la altura de las
cortinas.
A la luz de una lámpara vio a una mujer envuelta en un manto de color oscuro sentada en un
escabel, junto a un fuego moribundo: sus codos estaban apoyados sobre una mala mesa, y
apoyaba su cabeza en sus dos manos blancas como el marfil.
No se podía distinguir su rostro, pero una sonrisa siniestra pasó por los labios de Athos: no
podía equivocarse, era la que buscaba.
En aquel momento un caballo relinchó. Milady alzó la cabeza, vio, pegado al cristal, el rostro
pálido de Athos y lanzó un grito.
Athos comprendió que lo había reconocido, empujó la ventana con la rodilla y con la mano, la
ventana cedió, los cristales se rompieron.
Y Athos, como el espectro de la venganza, saltó a la habitación.
Milady corrió a la puerta y la abrió; más pálido y más amenazador aún que Athos, D'Artagnan
estaba en el umbral.
Milady retrocedió lanzando un grito. D'Artagnan, creyendo que te nía algún medio de huir y
temiendo que se le escapase, sacó una pistola de su cintura; pero Athos alzó la mano.
-Devuelve esa arma a su sitio, D'Artagnan -dijo-. Importa que esta mujer sea juzgada y no
asesinada. Espera aún un momento, D'Artagnan, y quedarás satisfecho. Entrad, señores.
D'Artagnan obedeció, porque Athos tenía la voz solemne y el gesto poderoso de un juez
enviado por el Señor mismo. Luego, detrás de D'Artagnan entraron Porthos, Aramis, lord de
Winter y el hombre de la capa roja.
Los cuatro criados guardaban la puerta y la ventana.
Milady estaba caída sobre su silla con las manos extendidas como para conjurar aquella
horrible aparición; al ver a su cuñado, lanzó un grito terrible.
-¿Qué queréis? -exclamó Milady.
-Queremos -dijo Athos- a Charlotte Backson, que se llamó primero condesa de La Fère, y luego
lady Winter, baronesa de Sheffield.
-¡Yo soy, yo soy! -murmuró ella en el colmo del terror-. ¿Qué me queréis?
-Queremos juzgaros por vuestros crímenes -dijo Athos-; seréis libre de defenderos, justificaos
si podéis. El señor D'Artagnan os va a acusar el primero.
D'Artagnan se adelantó.
-Ante Dios y ante los hombres -dijo-, acuso a esta mujer de haber envenenado a Constance
Bonacieux, muerta ayer tarde.
Se volvió hacia Porthos y hacia Aramis.
-Nosotros somos testigos -dijeron con un solo movimiento los dos mosqueteros.
D'Artagnan continuó:
-Ante Dios y ante los hombres, acuso a esta mujer de haber querido envenenarme a mí mismo,
con vino que había enviado de Villeroy, con una falsa carta como si el vino fuera de mis amigos;
Dios me salvó, pero un hombre, que se llamaba Brisemont, murió en mi lugar.
.-Nosotros somos testigos -dijeron con la misma voz Porthos y Aramis.
-Ante Dios y ante los hombres, acuso a esta mujer de haberme empujado a asesinar al barón
de Wardes; y como nadie estuvo allí para atestiguar la verdad de esta acusación, lo atestiguo yo
mismo. He dicho.
Y D'Artagnan pasó al otro lado de la habitación con Porthos y Aramis.
-¡Os toca a vos, milord! -dijo Athos.
El barón se acercó a su vez.
-Ante Dios y ante los hombres -dijo-, acuso a esta mujer de haber hecho asesinar al duque de
Buckingham.
-¿El duque de Buckingham asesinado? -exclamaron a un solo grito todos los asistentes.
-Sí -dijo el barón-. ¡Asesinado! Ante la carta de aviso que me escribisteis, hice detener a esta
mujer, y la di para guardarla a un leal servidor; ella corrompió a aquel hombre, ella le puso el
puñal en la mano, ella le obligó a matar al duque, y quizá en este momento Felton pague con su
cabeza el crimen de esta furia.
Un estremecimiento corrió entre los jueces ante la revelación de estos crímenes aún
desconocidos.
-Eso no es todo -prosiguió lord de Winter-; mi hermano, que os había hecho su heredero,
murió en tres horas de una extraña enfermedad que deja manchas lívidas en todo el cuerpo.
Hermana mía, ¿cómo murió vuestro marido?
-¡Horror! -exclamaron Porthos y Aramis.
-Asesina de Buckingham, asesina de Felton, asesina de mi hermano, pido justicia contra vos, y
declaro que, si no me la hacen, me la haré yo.
Y lord de Winter fue a colocarse junto a D'Artagnan dejando el puesto libre a otro acusador.
Milady dejó caer su frente en sus dos manos y trató de recordar sus ideas confundidas por un
vértigo mortal.
-Me toca a mí -dijo Athos, temblando como el león tiembla a la vista de la serpiente-, me toca
a mí. Yo desposé a esta mujer cuando era joven la desposé a pesar de toda mi familia; yo le di
mis bienes, le di mi nombre; un día me di cuenta de que esta mujer estaba marcada; esta mujer
estaba marcada con una flor de lis en el hombro izquierdo.
-¡Oh! -dijo Milady levantándose-. Desafío a que al quien encuentre el tribunal que pronunció
sobre mí esa sentencia infame. Desafío a que alguien encuentre a quien la ejecutó.
-Silencio -dijo una voz-. A esta me toca a mí responder.
Y el hombre de la capa roja se aproximó a su vez.
-¿Quién es este hombre, quién es este hombre? -exclamó Milady sofocada por el terror y cuyos
cabellos se soltaron y se erizaron sobre su lívida cabeza como si hubieran estado vivos.
Todos los ojos se volvieron hacia aquel hombre, porque para todos, excepto para Athos, era
desconocido.
Incluso Athos lo miraba con tanta estupefacción como los otros, porque ignoraba cómo podía
estar él mezclado en algo en el horrible drama que se desarrollaba en aquel momento.
Tras haberse acercado a Milady con paso lento y solemne, de modo que sólo la mesa lo
separaba de ella, el desconocido se quitó la máscara.
Milady miró algún tiempo con un tenor creciente aquel rostro pálido enmarcado entre cabellos
y patillas negras, cuya única expresión era una impasibilidad helada. Luego, de pronto:
-¡Oh, no, no! -dijo ella levantándose y retrocediendo hasta la pared-. No, no, ¡es una aparición
infernal! ¡No es él! ¡Auxilio! ¡Auxilio! -exclamó con una voz ronca y volviéndose hacía el muro,
como s¡ hubiera podido abrirse un paso con sus manos.
-Pero ¿quién sois vos? -exclamaron todos los testigos de aquella escena.
-Preguntádselo a esa mujer -dijo el hombre de la capa roja-, porque ya habéis visto que me ha
reconocido.
-¡El verdugo de Lille, el verdugo de Lille! -exclamó Milady presa de un terror insensato y
aferrándose con las manos al muro para no caer.
Todo el mundo se apartó, y el hombre de la capa roja permaneció solo de pie en medio de la
sala.
-¡Oh, gracia, gracia! ¡Perdón! -exclamó la miserable cayendo de rodillas.
El desconocido dejó que se hiciera el silencio de nuevo.
-¡Ya os decía yo que me había reconocido! -prosiguió-. Sí, yo soy el verdugo de la ciudad de
Lille, y ésta es mi historia.
Todos los ojos estaban fijos en aquel hombre cuyas palabras esperaban con una ávida
ansiedad.
-Esta joven era en otro tiempo una muchacha tan bella como bella es hoy. Era religiosa en el
convento de las Benedictinas de Templemar. Un joven cura, de corazón sencillo y creyente,
servía la iglesia de aquel convento; ella emprendió la tarea de seducirlo y triunfó, sedujo a un
santo. Los votos de los dos eran sagrados, irrevocables; su relación no podía durar mucho tiempo
sin perderlos a los dos. Consiguió de él que se marcharan ambos de la region; pero para
marcharse de la región, para huir juntos, para alcanzar otra parte de Francia donde pudieran
vivir tranquilos porque serían desconocidos, hacía falta dinero; ni el uno ni la otra lo tenían. El
cura robó los vasos sagrados, los vendió; pero, cuando se aprestaban a huir juntos, los dos
fueron detenidos. Ocho días después, ella había seducido al hijo del carcelero y se había
escapado. El joven sacerdote fue condenado a diez años de grilletes y a la marca. Yo era el
verdugo de la ciudad de Lille, como dijo esta mujer. Fui obligado a marcar al culpable, y el
culpable, señores, ¡era mi hermano! Juré entonces que esta mujer que lo había perdido, que era
más que su cómplice, puesto que lo había empujado al crimen, compartiría por lo menos el
castigo. Sospeché el lugar en que estaba oculta, la perseguí, la alcancé, la agarroté y le imprimí
la misma marca que había impreso en mi hermano. Al día siguiente de mi regre so a Lille, mi
hermano consiguió escaparse, se me acusó de complicidad y se me condenó a permanecer en
prisión en su puesto mientras no se constituyera él prisionero. Mi pobre hermano ignoraba aquel
juicio; se había reunido con esta mujer, habían huido juntos al Berry; y allí, él había obtenido un
pequeño curato. Esta mujer pasaba por hermana suya. El señor de la tierra en que estaba
situada la iglesia del curato vio aquella pretendida hermana y se enamoró de ella, enamorándose
hasta el punto de que le propuso desposarla. Entonces ella dejó al que había perdido por aquel al
que iba a perder, y se convirtió en condesa de La Fère...
Todos los ojos se volvieron hacia Athos, cuyo verdadero nombre era aquél, y que hizo señal
con la cabeza de que cuanto había dicho el verdugo era cierto.
-Entonces -prosiguió aquél-, loco, desesperado, decidido a quitarse su existencia, a quien ella
había quitado todo, honor y felicidad, mi hermano regresó a Lille, y, enterándose del juicio que
me había condenado en su lugar, se constituyó prisionero y se colgó la misma noche del tragaluz
de su calabozo. Por lo demás, debo hacerles justicia, quienes me condenaron mantuvieron su
palabra. Apenas fue comprobada la identidad del cadáver me devolvieron mi libertad. Ese es el
crimen de que la acuso, era la causa por la que la marqué. Señor D'Artagnan -dijo Athos-, ¿cuál
es la pena que exigís contra esta mujer?
-La pena de muerte -respondió D'Artagnan.
-Milord de Winter -continuo Athos-, ¿cuál es la pena que exigís contra esta mujer?
-La pena de muerte -contestó lord de Winter.
-Señores Porthos y Aramis -continuó Athos-, vosotros que sois sus jueces, ¿cuál es la pena a
que condenáis a esta mujer?
-La pena de muerte -respondieron con voz sorda los dos mosqueteros.
Milady lanzó un aullido horroroso y dio algunos pasos hacia sus jueces arrastrándose de
rodillas.
Athos extendió las manos hacia ella.
-Anne de Breuil, condesa de La Fère, milady de Winter -dijo-, vuestros crímenes han cansado a
los hombres en la tierra y a Dios en el cielo. Si sabéis alguna oración, decidla, porque estáis
condenada y vais a morir.
A estas palabras que no dejaban ninguna esperanza, Milady se alzó en toda su estatura y quiso
hablar, pero las fuerzas le faltaron; sintió que una mano potente a implacable la cogía por lo
pelos y la arrastraba tan irrevocablemente como la fatalidad arrastra al hombre: no trató siquiera
de hacer resistencia y salió de la cabaña.
Lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis salieron detrás de ella. Los criados
siguieron a sus amos y la habitación quedó solitaria con su ventana rota, su puerta abierta y su
lámpara humeante que ardía tristemente sobre la mesa.
Capítulo LXVI
La ejecución
Era medianoche aproximadamente; la luna, escoltada por su menguante y ensangrentada por
las últimas huellas de la tormenta, se alzaba tras la pequeña aldea de Armentières, que
destacaba sobre su claridad macilenta la silueta sombría de sus casas y el esqueleto de su alto
campanario recortado a la luz. Enfrente, el Lys hacía rodar sus aguas semejantes a un río de
estaño fundido, mientras que en la otra orilla se veía la masa negra de los árboles perfilarse
sobre un cielo tormentoso invadido por gruesas nubes de cobre que hacían una especie de
crepúsculo en medio de la noche. A la izquierda se alzaba un viejo molino abandonado, de aspas
inmóviles, en cuyas ruinas una lechuza dejaba oír su grito agudo, periódico y monótono. Aquí y
allá, en la llanura, a izquierda y derecha del camino que seguia el lúgubre cortejo, aparecían
algunos árboles bajos y achaparrados que parecían enanos disformes acuclillados para acechar a
los hombres en aquella hora siniestra.
De vez en cuando un largo relámpago abría el horizonte en toda su amplitud, serpenteaba por
encima de la masa negra de árboles y venía como una espantosa cimitarra a cortar el cielo y el
agua en dos partes. Ni un soplo de viento pasaba por la pesada atmósfera. Un silencio de muerte
aplastaba toda la naturaleza; el suelo estaba húmedo y resbaladizo por la lluvia que acababa de
caer, y las hierbas reanimadas despedían su olor con más energía.
Dos criados arrastraban a Milady, teniéndola cada uno por un brazo; el verdugo caminaba
detrás, y lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis caminaban detrás del verdugo.
Planchet y Bazin venían los últimos.
Los dos criados conducían a Milady por la orilla del río. Su boca estaba muda; pero sus ojos
hablaban con una elocuencia inexpresable, suplicando ya a uno ya a otro de los que ella miraba.
Cuando se encontraba a algunos pasos por delante, dijo a los criados:
-Mil pistolas a cada uno de vosotros si protegéis mi fuga; pero si me entregáis a vuestros
amigos, tengo aquí cerca vengadores que os harán pagar cara mi muerte.
Grimaud dudaba. Mosquetón temblaba con todos sus miembros.
Athos, que había oído la voz de Milady, se acercó rápidamente; lord de Winter hizo otro tanto.
-Que se vuelvan estos criados -dijo-, les ha hablado, no son ya seguros.
Llamaron a Planchet y Bazin, que ocuparon el sitio de Grimaud y Mosquetón.
Llegados a la orilla del agua, el verdugo se acercó a Milady y le ató los pies y las manos.
Entonces ella rompió el silencio para exclamar:
-Sois unos cobardes, sois unos miserables asesinos, os hacen falta diez para degollar a una
mujer; tened cuidado, si no soy socorrida, seré vengada.
-Vois no sois una mujer -dijo fríamente Athos-, no pertenecéis a la especie humana, sois un
demonio escapado del infierno y vamos a devolveros a él.
-¡Ay, señores virtuosos! -dijo Milady-. Tened cuidado, aquel que toque un pelo de mi cabeza es
a su vez un asesino.
-El verdugo uede matar sin ser por ello un asesino, señora- dijo el hombre de la capa roja
golpeando sobre su larga espada-; él es el último juez, eso es todo: Nachrichter, como dicen
nuestros vecinos alemanes.
Y cuando la ataba diciendo estas palabras, Milady lanzó dos o tres gritos salvajes que causaron
un efecto sombrío y extraño volando en la noche y perdiéndose en las profundidades del bosque.
-Pero si soy culpable, si he cometido los crímenes de los que me acusáis -aullaba Milady-,
llevadme ante un tribunal; no sois jueces, no lo sois para condenarme.
-Os propuse Tyburn -dijo lord de Winter-. ¿Por qué no quisisteis?
-¡Porque no quiero morir! -exclamó Milady debatiéndose-. Porque soy demasiado joven para
morir.
-La mujer que envenenasteis en Béthune era más joven aún que vos, señora, y, sin embargo,
está muerta -dijo D'Artagnan.
-Entraré en un claustro, me haré religiosa -dijo Milady.
-Estabais en un claustro -dijo el verdugo- y salisteis de él para perder a mi hermano.
Milady lanzó un grito de terror y cayó de rodillas.
El verdugo la alzó y quiso llevarla hacia la barca.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó-. ¡Dios mío! ¿Vais a ahogarme?
Aquellos gritos tenían algo tan desgarrador que D'Artagnan, que al principio era el más
encarnizado en la persecución de Milady, se dejó deslizar sobre un tronco a inclinó la cabeza,
tapándose las orejas con las palmas de sus manos; sin embargo, pese a todo, todavía oía amenazar
y gritar.
D'Artagnan era el más joven de todos aquellos hombres y el corazón le falló.
-¡Oh, no puedo ver este horrible espectáculo! ¡No puedo consentir que esta mujer muera así!
Milady había oído algunas palabras y se había recuperado a la luz de la esperanza.
-¡D'Artagnan! ¡D'Artagnan! -gritó-. ¡Acuérdate de que te he amado!
El joven se levantó y dio un paso hacia ella.
Pero Athos, bruscamente, sacó su espada y se interpuso en su camino.
-Si dais un paso más, D'Artagnan -dijo-, cruzaremos las espadas.
D'Artagnan cayó de rodillas y rezó.
-Vamos -continuó Athos-, verdugo, cumple tu deber.
-De buena gana, monseñor -dijo el verdugo-, porque, tan cierto como que soy católico, creo
firmemente que soy justo al cumplir mi función en esta mujer.
-Está bien.
Athos dio un paso hacia Milady.
-Yo os perdono -dijo- el mal que me habéis hecho; os perdono mi futuro roto, mi honor
perdido, mi honor mancillado y mi salvación eterna comprometida por la desesperación a que me
habéis arrojado. Morid en paz.
Lord de Winter se adelantó a su vez.
-Yo os perdono -dijo- el envenenamiento de mi hermano, el asesinato de Su Gracia lord de
Buckingham, yo os perdono la muerte del pobre Felton, yo os perdono las tentativas contra mi
persona. Morid en paz.
-Y a mí -dijo D'Artagnan- perdonadme, señora, haber provocado vuestra cólera con un engaño
indigno de un gentilhombre; y a cambio, yo os perdono el asesinato de mi pobre amiga y
vuestras vene ganzas crueles contra mí, yo os perdono y lloro por vos. Morid en paz:
-I am lost! -murmuró Milady en inglés-. I must die.
Entonces se levantó por sí misma y lanzó en torno suyo una de esas miradas claras que
parecían brotar de unos ojos de llama.
No vio nada.
No escuchó ni oyó nada.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
-¿Dónde voy a morir? -dijo.
-En la otra orilla -respondió el verdugo.
Entonces la hizo subir a la barca, y cuando iba a poner él el pie en ella, Athos le entregó una
suma de dinero.
-Toma -dijo-, ése es el precio de la ejecución; que se vea bien que actuamos como jueces.
-Está bien -dijo el verdugo-; y ahora, a su vez, que esta mujer sepa que no cumplo con mi
oficio, sino con mi deber.
Y arrojó el dinero al río.
La barca se alejó hacia la orilla izquierda del Lys, llevando a la culpable y al ejecutor; todos los
demás permanecieron en la orilla derecha, donde habían caído de rodillas.
La barca se deslizaba lentamente a lo largo de la cuerda de la barcaza, bajo el reflejo de una
nube pálida que estaba suspendida sobre el agua en aquel momento.
Se la vio llegar a la otra orilla; los personajes se dibujaban en negro sobre el horizonte rojizo.
Milady, durante el trayecto, había conseguido soltar la cuerda que ataba sus pies; al llegar a la
orilla, saltó con ligereza a tierra y tomó la huida.
Pero el suelo estaba húmedo; al llegar a lo alto del talud, resbaló y cayó de rodillas.
Una idea supersticiosa la hirió indudablemente; comprendió que el cielo le negaba su ayuda y
permaneció en la actitud en que se encontraba, con la cabeza inclinada y las manos juntas.
Entonces, desde la otra orilla, se vio al verdugo alzar lentamente sus dos brazos; un rayo de
luna se reflejó sobre la hoja de su larga espada; los dos brazos cayeron y se oyó el silbido de la
cimitarra y el grito de la víctima. Luego, una masa truncada se abatió bajo el golpe.
Entonces el verdugo se quitó su capa roja, la extendió en tierra, depositó allí el cuerpo, arrojó
allí la cabeza, la ató por las cuatro esquinas, se la echó al hombro y volvió a subir a la barca.
Llegado al centro del Lys, detuvo la barca, y, suspendido su fardo sobre el río:
-¡Dejad pasar la justicia de Dios! -gritó en voz alta.
Y dejó caer el cadáver a lo más profundo del agua, que se cerró sobre él.
Tres días después, los cuatro mosqueteros entraban en Paris; estaban dentro de los límites de
su permiso, y la misma noche fueron a hacer su visita acostumbrada al señor de Tréville.
-Y bien, señores -les preguntó el bravo capitán-, ¿os habéis divertido en vuestra excursión?
-Prodigiosamente -respondió Athos con los dientes apretados.
Capítulo LXVII
Conclusión
El 6 del mes siguiente, el rey, cumpliendo la promesa que había hecho al cardenal de dejar
Paris para volver a La Rochelle, salió de su capital todo aturdido aún por la nueva que acababa
de esparcirse de que Buckingham acababa de ser asesinado.
Aunque prevenida de que el hombre al que tanto había amado corría un peligro, la reina,
cuando se le anunció esta muerte, no quiso creerla; ocurrió incluso que exclamó
imprudentemente:
-¡Es falso! Acaba de escribirme.
Pero al día siguiente tuvo que creer en aquella fatal noticia: La Porte, retenido como todo el
mundo en Inglaterra por las órdenes del rey Carlos I, llegó portador del último y fúnebre
presente que Buckingham enviaba a la reina.
La alegría del rey había sido muy viva ; no se molestó siquiera en disimularla a incluso la hizo
estallar con afectación ante la reina. A Luis XIII, como a todos los corazones débiles, le faltaba
generosidad.
Mas pronto el rey se volvió sombrío y con mala salud; su frente no era de aquellas que se
aclaran durante mucho tiempo; sentía que al volver al campamento iba a recuperar su esclavitud,
y, sin embargo, volvía allí.
El cardenal era para él la serpiente fascinadora; y él, él era el pájaro que revolotea de rama en
rama sin poder escapar.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
Por eso el regreso hacia La Rochelle era profundamente triste. Nuestros cuatro amigos
causaban el asombro de sus camaradas; viajaban juntos, codo con codo, la mirada sombría, la
cabeza baja. Athos alzaba de vez en cuando sólo su amplia frente: un destello brillaba en sus
ojos, una sonrisa amarga pasaba por sus labios; luego, semejante a sus camaradas, se dejaba ir
de nuevo en sus ensoñaciones.
Tan pronto como llegaba la escolta a una villa, cuando habían conducido al rey a su
alojamiento, los cuatro amigos se retiraban o a la habitación de uno de ellos o a alguna taberna
apartada, donde ni jugaban ni bebían; sólo hablaban en voz baja mirando con cuidado si alguien
los escuchaba.
Un día en que el rey había hecho un alto en la ruta para cazar la picaza y en que los cuatro
amigos, según su costumbre, en vez de seguir la caza, se habían detenido en una taberna sobre
la carretera, un hombre que venía de La Rochelle a galope tendido se detuvo a la puerta para
beber un vaso de vino y hundió su mirada en el interior de la habitación donde estaban sentados
a la mesa los cuatro mosqueteros.
-¡Hola! ¡El señor D'Artagnan! -dijo-. ¿No sois vos quien veo ahí?
D'Artagnan alzó la cabeza y soltó un grito de alegría. Aquel hombre que él llamaba su fantasma
era su desconocido de Meung, de la calle des Fossoyeurs y de Arras.
-¡Ah, señor! -dijo el joven-. Por fin os encuentro; esta vez no escaparéis.
-No es esa mi intención tampoco, señor, porque esta vez os buscaba; en nombre del rey os
detengo, y digo que tenéis que entregarme vuestra espada, señor, y sin resistencia; os va en ello
la cabeza, os lo advierto.
-¿Quién sois vos? -preguntó D'Artagnan bajando su espada, pero sin entregarla aún.
-Soy el caballero de Rochefort -respondió el desconocido-, el escudero del señor cardenal de
Richelieu, y tengo orden de llevaros junto a Su Eminencia.
-Volvemos junto a Su Eminencia, señor caballero -dijo Athos adelantándose- y aceptaréis la
palabra del señor D'Artagnan, que va a dirigirse en línea recta a La Rochelle.
-Debo ponerlo en manos de los guardias, que lo llevarán al campamento.
-Nosotros lo llevaremos, señor, por nuestra palabra de gentileshombres; pero por nuestra
palabra de gentileshombres también -añadió Athos, frunciendo el ceño-, el señor D'Artagnan no
nos abandonará.
El caballero de Rochefort lanzó una ojeada hacia atrás y vio que Porthos y Aramis se habían
situado entre él y la puerta; comprendió que estaba completamente a merced de aquellos cuatro
hombres.
-Señores -dijo-, si el señor D'Artagnan quiere entregarme su espada y unir su palabra a la
vuestra, me contentaré con vuestra promesa de conducir al señor D'Artagnan al campamento del
señor cardenal.
-Tenéis mi palabra, señor -dijo D'Artagnan-, y aquí está mi espada.
-Eso está mejor -añadió Rochefort -, porque es preciso que continúe mi viaje.
-Si es para reuniros con Milady -dijo fríamente Athos-, es inútil, no la encontraréis.
-¿Qué le ha pasado entonces? -preguntó vivamente Rochefort.
-Volved al campamento y lo sabréis.
Rochefort se quedó un instante pensativo, luego, como no estaba más que a una jornada de
Surgères, hasta donde el cardenal debía ir ante el rey, resolvió seguir el consejo de Athos y
volver con ellos.
Además, aquel retraso le ofrecía una ventaja: vigilar por sí mismo a su prisionero.
Volvieron a ponerse en ruta.
Al día siguiente, a las tres de la tarde, llegaron a Surgères. El cardenal esperaba allí a Luis XIII.
El ministro y el rey intercambiaron muchas caricias, se felicitaron por el venturoso azar que
desembarazaba a Francia del encarnizado enemigo que amotinaba a Europa contra ella. Tras lo
cual, el cardenal, que había sido avisado por Rochefort de que D'Artagnan estaba detenido, y que
tenía prisa por verlo, se despidió del rey invitándolo a ver al día siguiente los trabajos del dique
que esta ban acabados.
Al volver aquella noche a su acampada del puente de La Pierre, el cardenal encontró de pie,
ante la puerta de la casa que habitaba, a D'Artagnan sin espada y a los tres mosqueteros
armados.
Aquella vez, como él era más fuerte, los miró con severidad y, con los ojos y con la mano, hizo
a D'Artagnan una seña de que lo siguiera.
D'Artagnan obedeció.
-Te esperaremos, D'Artagnan -dijo Athos lo suficientemente alto para que el cardenal lo oyese.
Su Eminencia frunció el ceño, se detuvo un instante, luego continuó su camino sin pronunciar
una sola palabra.
D'Artagnan entró detrás del cardenal, y Rochefort detrás de D'Artagnan; la puerta fue vigilada.
Su Eminencia se dirigió a la habitación que le servía de gabinete e hizo seña a Rochefort de
introducir al joven mosquetero.
Rochefort obedeció y se retiró.
D'Artagnan permaneció solo frente al cardenal; era su segunda entrevista con Richelieu, y él
confesó después que estaba convencido de que sería la última.
Richelieu permaneció de pie, apoyado contra la chimenea, con una mesa entre él y D'Artagnan.
-Señor -dijo el cardenal-, habéis sido detenido por orden mía.
-Eso me han dicho, monseñor.
-¿Sabéis por qué?
-No, monseñor; porque la única cosa por la que podría ser dete nido es aún desconocida de Su
Eminencia.
Richelieu miró fijamente al joven.
-¡Oh! ¡Oh! -dijo-. ¿Qué quiere decir eso?
-Si monseñor quiere decirme primero los crímenes que se me imputan, yo le diré luego los
hechos que he realizado.
-¡Se os imputan crímenes que han hecho caer cabezas más altas que la vuestra, señor! -dijo el
cardenal.
-¿Cuáles, monseñor? -preguntó D'Artagnan con una calma que asombró al propio cardenal.
-Se os imputa haber mantenido correspondencia con los enemigos del reino, se os imputa
haber sorprendido los secretos de Estado, se os imputa haber tratado de hacer abortar los planes
de vuestro general.
-¿Y quién me imputa eso, monseñor? -dijo D'Artagnan, que sospechaba que la acusación venía
de Milady-. Una mujer marcada por la justicia del país, una mujer que ha desposado a un
hombre en Francia y a otro en Inglaterra, una mujer que ha envenenado a su segundo marido y
que ha intentado envenenarme a mí mismo.
-¿Qué decís, señor? -exclamó el cardenal asombrado-. ¿Y de qué mujer habláis de ese modo?
-De Milady de Winter -respondió D'Artagnan-; sí, de Milady de Winter, de la que sin duda
Vuestra Eminencia ignoraba todos los crímenes cuando la ha honrado con su confianza.
-Señor -dijo el cardenal-, si Milady de Winter ha cometido todos los crímenes que decís, será
castigada.
-Ya lo está, monseñor.
-Y ¿quién la ha castigado?
-Nosotros.
-¿Está en prisión?
-Está muerta.
-¿Muerta? -repitió el cardenal, que no podía creer lo que oía-. ¡Muerta! ¿Habéis dicho que está
muerta?
-Tres veces trató de matarme, y la perdoné; pero mató a la mujer que yo amaba. Entonces,
mis amigos y yo la hemos cogido, juzgado y condenado.
D'Artagnan contó entonces el envenenamiento de la señora Bonacieux en el convento de las
Carmelitas de Béthune, el juicio de la casa aislada y la ejecución a orillas del Lys.
Un temblor corrió por todo el cuerpo del cardenal, que, sin embargo, no temblaba fácilmente.
Pero, de pronto como sufriendo la influencia de un pensamiento mudo, la fisonomía del
cardenal, sombrío hasta entonces, se aclaró poco a poco y llegó a la más perfecta serenidad.
-Así -dijo con una voz cuya dulzura contrastaba con la severidad de sus palabras-, así que os
habéis constituido en jueces, sin pensar que quienes no tienen la misión de castigar y castigan
son asesinos.
-Monseñor, os juro que ni por un instante he tenido la intención de defender mi cabeza contra
vos. Sufriré el castigo que Vuestra Eminencia quiera infligirme. No amo tanto la vida como para
temer la muerte.
-Sí, lo sé, sois un hombre de corazón, señor -dijo el cardenal con una voz casi afectuosa-;
puedo deciros, pues, de antemano que seréis juzgado, condenado incluso.
-Cualquier otro podría responder a Vuestra Eminencia que tiene su perdón en el bolsillo; yo me
contentaré con deciros: Ordenad, monseñor, estoy dispuesto.
-¿Vuestro perdón? -dijo Richelieu sorprendido.
-Sí, monseñor -dijo D'Artagnan.
-¿Y firmado por quién? ¿Por el rey?
Y el cardenal pronunció estas palabras con una singular expresión de desprecio.
-No, por Vuestra Eminencia.
-¿Por mí? Estáis loco, señor.
-Monseñor reconocerá sin duda su escritura.
Y D'Artagnan presentó al cardenal el preciso papel que Athos había arrancado a Milady, y que
había dado a D'Artagnan para que le sirviera de salvaguardia.
Su Eminencia cogió el papel y leyó con voz lenta apoyándose en cada sílaba:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden mía y
para bien del Estado.
En el campamento de La Rochelle, a 5 de agosto de 1628.
Richelieu.»
El cardenal, tras haber leído estas dos líneas, cayó en una medita ción profunda, pero no
devolvió el papel a D'Artagnan.
«Medita con qué clase de suplicio me hará morir -se dijo en voz baja D'Artagnan-; pues a fe
que verá cómo muere un gentilhombre.»
El joven mosquetero estaba en excelente disposición de morir heroicamente.
Richelieu seguía pensando, enrollaba y desenrollaba el papel en sus manos. Finalmente, alzó la
cabeza, fijó su mirada de águila sobre aquella fisonomía leal, abierta, inteligente, leyó en aquel
rostro surcado por las lágrimas todos los sufrimientos que había enjugado desde hacía un mes, y
pensó por tercera o cuarta vez cuánto futuro tenía aquel muchacho de veintiún años, y qué
recursos podría ofrecer a un buen amo su actividad, su valor y su ingenio.
Por otro lado, los crimenes, el poder, el genio infernal de Milady le habían espantado más de
una vez. Sentía como una alegría secreta haberse liberado para siempre de aquella cómplice
peligrosa.
Desgarró lentamente el papel que D'Artagnan tan generosamente le había entregado.
«Estoy perdido», dijo para sí mismo D'Artagnan.
Y se inclinó profundamente ante el cardenal como hombre que dice: «¡Señor, que se haga
vuestra voluntad!»
El cardenal se acercó a la mesa y, sin sentarse, escribió algunas líneas sobre un pergamino
cuyos dos tercios ertaban ya cubiertos y puso su sello.
«Esa es mi condena -dijo D'Artagnan-; me ahorra el aburrimiento de la Bastilla y la lentitud de
un juicio. Encima es demasiado amable.»
-Tomad, señor -dijo el cardenal al joven-, os he cogido un salvoconducto y os devuelvo otro. El
nombre falta en ese despacho: escribidlo vos mismo.
D'Artagnan cogió el papel dudando y puso los ojos encima.
Era un tenientazgo en los mosqueteros.
D'Artagnan cayó a los pies del cardenal.
-Monseñor -dijo-, mi vida es vuestra; disponed de ella en adelante; pero este favor que me
otorgáis no lo merezco; tengo tres amigos que son más merecedores y más dignos...
-Sois un muchacho valiente, D'Artagnan -interrumpió el cardenal palmeándolo familiarmente en
el hombro, encantado por haber vencido a aquella naturaleza rebelde-. Haced de ese despacho
lo que os plazca. Sólo que recordad que, aunque el nombre esté en blanco, os lo he dado a vos.
-No lo olvidaré jamás -respondió D'Artagnan-. Vuestra Eminencia puede estar segura de ello.
El cardenal se volvió y dijo en voz alta:
-¡Rochefort!
El caballero, que sin duda estaba detrás de la puerta, entró al punto.
-Rochefort -dijo el cardenal-, ahí veis al señor D'Artagnan; lo recibo entre mis amigos; así pues,
que se le abrace y que si alguien quiere conservar su cabeza sea prudente.
Rochefort y D'Artagnan se besaron con la punta de los labios; pero el cardenal estaba allí,
observándolos con su ojo vigilante.
Salieron de la habitación al mismo tiempo.
-Nos encontraremos, ¿no es cierto, señor?
-Cuando os plazca -contestó D'Artagnan.
-Ya llegará la ocasión -respondió Rochefort.
-¿Qué? -dijo Richelieu abriendo la puerta.
Los dos hombres sonrieron, se estrecharon la mano y saludaron a Su Eminencia.
-Empezábamos a impacientarnos -dijo Athos.
-¡Ya estoy aquí, amigos míos! -respondió D'Artagnan-. No solamente libre, sino favorecido.
-¿Nos contaréis eso?
-Esta noche.
En efecto, aquella misma noche D'Artagnan se dirigió al alojamiento de Athos, a quien
encontró a punto de vaciar su botella de vino español, ocupación que realizaba religiosamente
todas las noches.
Le contó lo que había pasado entre el cardenal y él, y sacando el despacho de su bolso:
-Tomad, mi querido Athos -dijo-, a vos os corresponde, naturalmente.
Athos sonrió con su dulce y encantadora sonrisa.
-Amigo -dijo-, para Athos es demasiado; para el conde de La Fère es demasiado poco. Guardad
ese despacho, os corresponde. ¡Ay, Dios mío, qué caro lo habréis comprado!
D'Artagnan salió de la habitación de Athos y entró en la de Porthos.
Lo encontró vestido con un magnífico traje, cubierto de espléndidos brocados y mirándose a un
espejo.
-¡Ah, ah! -dijo Porthos-. ¡Sois vos, querido amigo! ¿Qué tal me va este traje?
-De maravilla -dijo D'Artagnan-, pero vengo a proponeros un traje que aún os iría mejor.
-¿Cuál? -preguntó Porthos.
-El de teniente de mosqueteros.
D'Artagnan contó a Porthos su entrevista con el cardenal, y sacando el despacho de su bolso:
-Tomad, querido -dijo-, escribid vuestro nombre ahí, y sed buen jefe para mí.
Porthos puso los ojos en el despacho y se lo devolvió a D'Artagnan, con gran sorpresa del
joven.
-Sí -dijo-, me halagaría mucho, pero no tendría tiempo para gozar de ese favor. Durante
nuestra expedición a Béthune, el marido de mi duquesa ha muerto; de suerte que, querido
amigo, dado que el cofre del difunto me tiende los brazos, me caso con la viuda. Mirad, me estoy
probando mi traje de boda; guardad el tenientazgo, querido, guardadlo.
Y entregó el despacho a D'Artagnan.
El joven entró en la habitación de Aramis.
Lo encontró arrodillado en un reclinatorio, con la frente apoyada contra su libro de horas
abierto.
Le contó su entrevista con el cardenal, y sacando por tercera vez el despacho de su bolso:
-Vos, nuestro amigo, nuestra luz, nuestro protector invisible -dijo-, aceptad este despacho; lo
habéis merecido más que nadie, por vuestra sabiduría y vuestros consejos siempre seguidos con
tan felices resultados.
-¡Ay, querido amigo! -dijo Aramis-. Nuestras últimas aventuras me han hecho tomar un
disgusto total por la vida del hombre de espada. Esta vez mi decisión está irrevocablemente
tomada: tras el asedio, entraré en los Lazaristas. Guardad ese despacho, D'Artagnan: el oficio de
las armas os va bien, y seréis un valiente y afortunado capitán.
D'Artagnan, con los ojos húmedos de gratitud y resplandecientes de alegría, volvió a Athos, a
quien encontró aún en la mesa y mirando su último vaso de málaga a la luz de la lámpara.
-¡Y bien! -dijo-. También ellos han rehusado.
-Es que nadie, querido amigo, era más digno de él que vos.
Cogió una pluma, escribió en el despacho el nombre de D'Artagnan y se lo entregó.
-Ya no tendré más amigos -dijo el joven-, ¡ay!, ni nada más que amargos recuerdos.
Y dejó caer su cabeza entre sus dos manos, mientras dos lágrimas corrían a lo largo de sus
mejillas.
-Sois joven -respondió Athos-, y vuestros amargos recuerdos tienen tiempo de cambiarse en
dulces recuerdos.
Epílogo
La Rochelle, privada del socorro de la flota inglesa y de la división prometida por Buckingham,
se rindió tras el asedio de un año. El 28 de octubre de 1628 se firmó la capitulación.
El rey hizo su entrada en Paris el 23 de diciembre del mismo año. Se le acogió en triunfo como
si volviese de vencer al enemigo y no a franceses. Entró por el barrio Saint-Jacques bajo arcos
cubiertos de vegetación.
D'Artagnan tomó posesión de su grado. Porthos abandonó el servicio y desposó, durante el año
siguiente, a la señora Coquenard; el cofre tan ambicionado contenía ochocientas mil libras.
Mosquetón tuvo una librea magnífica y además la satisfacción, que había ambicionado toda su
vida, de subir detrás de una carroza dorada.
Aramis, tras un viaje a Lorraine, desapareció de pronto y dejó de escribir a sus amigos. Más
tarde se supo, por la señora Chevreuse, que lo dijo a dos o tres de sus amantes, que había
tomado el hábito en un convento de Nancy.
Bazin se convirtió en hermano lego.
Athos siguió siendo mosquetero a las órdenes de D'Artagnan, hasta 1663, época en la que, tras
un viaje que hizo a Touraine, dejó también el servicio so pretexto de que acababa de recoger
una pequeña herencia en el Rousillon.
Grimaud siguió a Athos.
D'Artagnan se batió tres veces con Rochefort y lo hirió tres veces.
-Os mataré probablemente a la cuarta -le dijo tendiéndole la mano para levantarlo.
-Mejor sería, para vos y para mí, que nos quedásemos por aquí -respondió el herido-. ¡Diantre!
Soy más amigo vuestro que lo que pensáis, porque desde el primer encuentro habría podido,
diciendo una palabra al cardenal, haceros cortar la cabeza.
Aquella vez se abrazaron, pero de buen corazón y sin segundas intenciones.
Planchet obtuvo de Rochefort el grado de sargento en los guardias. El señor Bonacieux vivía
muy tranquilo, ignorando completamente lo que había sido de su mujer y no inquietándose
apenas. Un día tuvo la imprudencia de acordarse del cardenal; el cardenal le hizo responder que
iba a encargarse de que no le faltara nada en adelante.
En efecto, al día siguiente, habiendo salido el señor Bonacieux a las siete de la noche de su
casa para dirigirse al Louvre, no volvió a aparecer más en la calle des Fossoyeurs; la opinión de
quienes parecían mejor informados fue que era alimentado y alojado en algún castillo real a
expensas de su generosa Eminencia.
FIN

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