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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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miércoles, 31 de agosto de 2011

LOS TRES MOSQUETEROS EL CARDENAL ALEJANDRO DUMAS

ALEJANDRO DUMAS

LOS TRES MOSQUETEROS
EL CARDENAL


Capítulo XL
El cardenal
El cardenal apoyó su codo sobre su manuscrito, su mejilla sobre su mano, y miró un instante al
joven. Nadie tenía el ojo más profundamente escrutador que el cardenal, y D'Artagnan sintió
aquella mirada correr por sus venas como una fiebre.
Sin embargo puso buena cara, teniendo su sombrero en sus manos y esperando el capricho de
Su Eminencia, sin demasiado orgullo, pero también sin demasiada humildad.
-Señor -le dijo el cardenal-, ¿sois vos un D'Artagnan del Béam?
-Sí, monseñor -respondió el joven.
-Hay muchas ramas de D'Artagnan en Tarbes y en los alrededores -dijo el cardenal-; ¿a cuál
pertenecéis vos?
-Soy hijo del que hizo las guerras de religión con el gran rey Enrique, padre de Su Graciosa
Majestad.
-Eso está bien. ¿Sois vos quien salisteis hace siete a ocho meses más o menos de vuestra
región para venir a buscar fortuna a la capital?
-Sí, monseñor.
-Vinisteis por Meung, donde os ha ocurrido algo, no sé muy bien qué, pero algo.
-Monseñor -dijo D'Artagnan-, lo que me pasó...
-Inútil, inútil -replicó el cardenal con una sonrisa que indicaba que conocía la historia tan bien
como el que quería contársela-; esta bais recomendado al señor de Tréville, ¿no es así?
-Sí, monseñor, pero precisamente, en ese desgraciado asunto de Meung...
-Se perdió la carta -prosiguió la Eminencia-; sí, ya sé eso; pero el señor de Tréville es un
fisonomista hábil que conoce a los hombres a primera vista, y os ha colocado en la compañía de
su cuñado, el señor des Essarts, dejándoos la esperanza de que un día a otro entraríais en los
mosqueteros.
-Monseñor está perfectamente informado -dijo D'Artagnan.
-Desde esa época os han pasado muchas cosas: os habéis paseado por detrás de los Chartreux
cierto día que más hubiera valido que estuvieseis en otra parte; luego habéis hecho con vuestros
amigos un viaje a las aguas de Forges; ellos se han detenido en ruta, pero vos habéis continuado
vuestro camino. Es muy sencillo, teníais asuntos en Inglaterra.
-Monseñor -dijo D'Artagnan completamente desconcertado-, yo iba...
-De caza, a Windsor, o a otra parte, eso no importa a nadie. Sé eso, porque mi obligación
consiste en saberlo todo. A vuestro regreso, habéis sido recibido por una augusta persona, y veo
con placer que habéis conservado el recuerdo que os ha dado.
D'Artagnan llevó la mano al diamante que tenía de la reina, y volvió con presteza el engaste
hacia dentro; pero era demasiado tarde.
-Al día siguiente de esa fecha, habéis recibido la visita de Cavois -prosiguió el cardenal-; iba a
rogaros que pasaseis por el Palais; esa visita no la habéis hecho, y habéis cometido un error.
-Monseñor, temía haber incurrido en desgracia con Vuestra Eminencia.
-¡Vaya! Y eso, ¿por qué señor? Por haber seguido las órdenes de vuestros superiores con más
inteligencia y valor de lo que otro hubiera hecho. ¿Incurrir en mi desgracia cuando merecíais
elogios? Son las personas que no obedecen las que yo castigo, y nos la que, como vos,
obedecen... demasiado bien... Y la prueba, recordad la fecha del día en que os había dicho que
vinierais a verme, buscad en vuestra memoria lo que pasó aquella misma noche.
Era la misma noche en que había tenido lugar el rapto de la señora Bonacieux; D'Artagnan se
estremeció, y recordó que media hora antes la pobre mujer había pasado a su lado, arrastrada
sin duda por la misma potencia que la había hecho desaparecer.
-En fin -continuó el cardenal- como no oía hablar de vos desde hace algún tiempo, he querido
saber qué hacíais. Además, me debéis alguna gratitud: vos mismo habréis observado con qué
miramientos habéis sido tratado en todas las circunstancias.
D'Artagnan se inclinó con respeto.
-Eso -continuó el cardenal-, se debía no sólo a un sentimiento de equidad natural, sino además
a un plan que yo me había trazado respecto a vos.
D'Artagnan estaba cada vez más asombrado.
-Yo quería exponeros ese plan el día que recibisteis mi primera invitación; pero no vinisteis. Por
suerte, nada se ha perdido con ese retraso, y hoy vais a oírlo. Sentaos ahí, delante de mí, señor
D Artagnan: sois lo suficientemente buen gentilhombre para no escuchar de pie.
Y el cardenal indicó con el dedo una silla al joven, que estaba tan asombrado de lo que pasaba
que, para obedecer, esperó una segunda indicación de su interlocutor.
-Sois valiente, señor D'Artagnan -continuó la Eminencia-; sois prudente, cosa que vale más. Me
gustan los hombres de cabeza y de corazón; no os asustéis -dijo sonriendo-, por hombres de
corazón entiendo hombres de valor; mas, pese a lo joven que sois y recién entrado en el mundo,
tenéis enemigos poderosos; ¡si no tenéis cuidado, os perderán!
-¡Ah, monseñor! -respondió el joven-. Lo harán muy fácilmente sin duda; porque son fuertes y
están bien apoyados, mientras que yo estoy solo.
-Sí, es cierto; pero por más solo que estéis, habéis hecho ya mucho, y más haréis aún, no
tengo ninguna duda. Sin embargo, necesitáis, en mi opinión, ser guiado en la aventurera carrera
que habéis emprendido; porque, si no me equivoco, habéis venido a París con la ambiciosa idea
de hacer fortuna.
-Estoy en la edad de las locas esperanzas, Monseñor -dijo D'Artagnan.
-No hay locas esperanzas más que para los tontos, señor, y vos sois Inteligente. Veamos, ¿qué
diríais de una enseña en mis guardias, y de una compañía después de la campaña?
-¡Ah, Monseñor!
-Aceptáis, ¿no es así?
-Monseñor -replicó D'Artagnan con aire de apuro.
-¿Cómo? ¿Rehusáis? -exclamó el cardenal asombrado.
-Estoy en los guardias de Su Majestad, Monseñor, y no tengo motivos para estar descontento.
-Pero me parece -dijo la Eminencia- que mis guardias son también los guardias de Su
Majestad, y que con tal que se sirva en un cuerpo francés, se sirve al rey.
-Monseñor, Vuestra Eminencia ha comprendido mal mis palabras.
-¿Queréis un pretexto, no es eso? Comprendo. Pues bien, ese pretexto lo tenéis. El ascenso, la
campaña que se inicia, la ocasión que se os ofrece: eso para la gente; para vos, la necesidad de
protecciones seguras; porque es bueno que sepáis, señor D'Artagnan, que he recibido quejas
graves contra vos, vos no consagráis exclusivamente vuestros días y vuestras noches al servicio
del rey.
D'Artagnan se puso colorado.
-Por lo demás -continuó el cardenal posando su mano sobre un legajo de papeles-, tengo todo
un informe que os concierne; pero antes de leerlo, he querido hablar con vos. Os sé hombre de
resolución, y vuestros servicios, bien dirigidos, en vez de perjudicaros pueden reportaros mucho.
Veamos, reflexionad y decidid.
-Vuestra bondad me confunde, Monseñor -respondió D'Artagnan-, y reconozco en vuestra
Eminencia una grandeza de alma que me hace tan pequeño como un gusano; pero, en fin, dado
que Monseñor me permite hablarle con franqueza...
D'Artagnan se detuvo.
-Sí, hablad.
-Pues bien, diré a Vuestra Eminencia que todos mis amigos están en los mosqueteros y en los
guardias del rey, y que mis enemigos, por una fatalidad inconcebible, están con Vuestra
Eminencia; sería por tanto mal recibido y mal mirado si aceptara lo que monseñor me ofrece.
-¿Tendríais la orgullosa idea de que no os ofrezco lo que valéis, señor? -dijo el cardenal con
una sonrisa de desdén.
-Monseñor, Vuestra Eminencia es cien veces bueno conmigo, y, por el contrario, pienso no
haber hecho aún suficiente para ser digno de sus bondades. El sitio de La Rochelle va a empezar,
monseñor; yo serviré ante los ojos de Vuestra Eminencia, y si tengo la suerte de comportarme en
ese sitio de tal forma que merezca atraer sus miradas, ¡pues bien!, luego tendré al menos detrás
de mí alguna acción brillante para justificar la protección con que tenga a bien honrarme. Todo
debe ha cerse a su tiempo, monseñor; quizá más tarde tenga yo derecho a darme, en este
momento parecería que me vendo.
-Es decir, que rehusáis servirme, señor -dijo el cardenal con un tono de despecho en el que
apuntaba sin embargo cierta clase de estima-; quedad, pues, libre y guardad vuestros odios y
vuestras simpatías.
-Monseñor...
-Bien, bien -dijo el cardenal-, no os quiero; pero como comprenderéis bastante tiene uno con
defender a sus amigos y recompensarlos, no debe nada a sus enemigos, y sin embargo os daré
un consejo: manteneos alerta, señor D'Artagnan, porque en el momento en que yo haya retirado
mi mano de vos, no compraría vuestra vida por un óbolo.
-Lo intentaré, monseñor -respondió el gascón con noble seguridad.
-Más tarde, y si en cierto momento os ocurre alguna desgracia -dijo Richelieu con intención-,
pensad que soy yo quien ha ido a buscaros, y que ha hecho cuanto ha podido para que esa
desgracia no os alcanzase.
-Pase lo que pase -dijo D'Artagnan poniendo la mano en el pecho a inclinándose-, tendré
eterna gratitud a Vuestra Eminencia por lo que hace por mí en este momento.
-Bien, como habéis dicho -señor D'Artagnan-, volveremos a vernos en la campaña; os seguiré
con los ojos, porque estaré allí -prosiguió el cardenal señalando con el dedo a D'Artagnan una
magnífica armadura que debía endosarse-, y a vuestro regreso, pues bien, ¡hablaremos!
-¡Ah, monseñor! -exclamó D'Artagnan-. Ahorradme el peso de vuestra desgracia; permaneced
neutral, monseñor, si os parece que actúo como hombre galante.
-Joven -dijo Richelieu-, si puedo deciros una vez más lo que os he dicho hoy, os prometo
decíroslo.
Esta última frase de Richelieu expresaba una duda terrible; consternó a D'Artagnan más de lo
que habría hecho una amenaza, porque era una advertencia. El cardenal trataba, pues, de
preservarle de alguna desgracia que lo amenazaba. Abrió la boca para responder, pero con gesto
altivo el cardenal lo despidió.
D'Artagnan salió; pero a la puerta estuvo a punto de fallarle el corazón, y poco le faltó para
volver a entrar. Sin embargo, el rostro grave y severo de Athos se le apareció: si hacía con el
cardenal el pacto que éste le proponía, Athos no volvería a darle la mano, Athos renegaría de él.
Fue este temor el que lo retuvo: ¡tan poderosa es la influencia de un carácter verdaderamente
grande sobre cuanto le rodea!
D'Artagnan descendió por la misma escalera por la que había entrado, y encontró ante la
puerta a Athos y a los cuatro mosqueteros que esperaban su regreso y que comenzaban a
inquietarse. Con una palabra d'Artagnan los tranquilizó, y Planchet corrió a avisar a los demás
puestos que era inútil montar una guardia más larga, dado que su amo había salido sano y salvo
del Palais-Cardinal.
Una vez vueltos a casa de Athos, Aramis y Porthos se informaron de las causas de aquella
extraña cita; pero D'Artagnan se contentó con decirles que el señor de Richelieu lo había hecho ir
para proponerle entrar en sus guardias con el grado de enseña, y que había rehusado.
-Y habéis hecho bien -exclamaron a una Porthos y Aramis.
Athos cayó en profunda reflexión y no dijo nada. Pero en cuanto estuvo solo con D'Artagnan:
-Habéis hecho lo que debíais hacer, D'Artagnan -dijo Athos-, pero quizá habéis hecho mal.
D'Artagnan lanzó un suspiro; porque aquella voz respondía a una voz de su alma, que le decía
que grandes desgracias lo esperaban.
La jornada del día siguiente se pasó en preparativos de partida; D'Artagnan fue a despedirse
del señor de Tréville. A aquella hora se creía todavía que la separación de los guardias y de los
mosqueteros sería momentanéa, porque aquel día tenía el rey su parlamento y debían partir al
día siguiente. El señor de Tréville se contentó, pues, con preguntar a D'Artagnan si necesitaba
algo de él, pero D'Artagnan respondió orgullosamente que tenía todo lo que necesitaba.
La noche reunió a todos los camaradas de la compañía de los guardias del señor des Essarts y
de la compañía de los mosqueteros del señor de Tréville, que habían hecho amistad. Se dejaban
para volverse a ver cuando pluguiera a Dios y si placía a Dios. La noche fue por tanto una de las
más ruidosas, como se puede suponer, porque en semejantes casos, no se puede combatir la
extrema precaución más que con el extremo descuido.
Al día siguiente, al primer toque de las trompetas, los amigos se dejaron: los mosqueteros
corrieron al palacio del señor de Tréville y los guardias al del señor des Essarts. Los dos capitanes
condujeron al punto sus compañías al Louvre, donde el rey los revistaba.
El rey estaba triste y parecía enfermo, lo cual quitaba algo a su gesto altivo. En efecto, la
víspera la fiebre lo había cogido en medio del parlamento y mientras ocupaba la presidencia. No
por ello estaba menos decidido a partir aquella misma noche; y pese a las observaciones que se
habían hecho, había querido pasar revista, esperando que el primer golpe de vigor vencería la
enfermedad que comenzaba a apoderarse de él.
Una vez pasada la revista, los guardias se pusieron en marcha, ellos solos; los mosqueteros
debían partir sólo con el rey, lo que permitió a Porthos ir a dar una vuelta, en su soberbio equipo,
por la calle aux Ours.
La procuradora lo vio pasar en su uniforme nuevo y sobre su hermoso caballo. Amaba
demasiado a Porthos para dejarlo partir así; le hizo seña de apearse y de venir a su lado. Porthos
estaba magnífico; sus espuelas resonaban, su coraza brillaba, su espada le golpeaba orgullosamente
las piernas. Aquella vez los pasantes no tuvieron ninguna gana de reír: ¡tanta era la
pinta que Porthos tenía de cortador de orejas!
El mosquetero fue introducido junto al señor Coquenard, cuyos ojillos grises brillaron de cólera
al ver a su primo todo flamante. Sin embargo, una cosa lo consoló interiormente; es que por
todas partes decían que la campaña sería ruda: en el fondo de su corazón esperaba dulcemente
que Porthos muriera en ella.
Porthos presentó sus respetos a maese Coquenard y se despidió de él; maese Coquenard le
deseó toda suerte de prosperidades. En cuanto a la señora Coquenard, no podía contener sus
lágrimas; pero nadie sacó ninguna mala consecuencia de su dolor; se la sabía muy apegada a
sus parientes, por los que había tenido siempre crueles disputas con su marido.
Pero las auténticas despedidas se hicieron en la habitación de la señora Coquenard: fueron
desgarradoras.
Durante el tiempo que la procuradora pudo seguir con los ojos g su amante, agitó un pañuelo
inclinándose fuera de la ventana, hasta el punto de que se creería que quería tirarse. Porthos
recibió todas aquellas señales de ternura como hombre habituado a semejantes demostraciones.
Sóio que al volver la esquina de la calle, se quitó el sombrero y lo agitó en señal de adiós.
Por su parte, Aramis escribía una larga carta. ¿A quién? Nadie sabía nada. En la habitación
vecina, Ketty, que debía partir aquella misma noche para Tours, esperaba aquella carta
misteriosa.
Athos bebía a sorbos la última botella de su vino español.
Mientras tanto, D'Artagnan desfilaba con su compañía.
Al llegar al barno de Saint-Antoine, se volvió para mirar alegremente la Bastilla; pero como era
solamente la Bastilla lo que miraba, no vio a Milady que, montada sobre un caballo overo, lo
señalaba con el dedo a dos hombres de mala catadura que se acercaron al punto a las filas para
reconocerlo. A una interrrogación us hicieron con la mirada, Milady respondió con un signo que
era él. Luego, segura de que no podía haber error en la ejecución de sus órdenes, espoleó su
caballo y desapareció.
Los dos hombres siguieron entonces a la compañía, y a la salida del barrio Saint-Antoine
montaron en dos caballos completamente preparados que un criado sin librea tenía en la mano
esperándolos.
Capítulo XLI
El sitio de La Rochelle
El sitio de La Rochelle fue uno de los grandes acontecimientos politicos de Luis XIII, y una de
las grandes empresas militares del cardenal. Es por tanto interesante, a incluso necesario, que
digamos algunas palabras, dado que muchos detalles de ese asedio están ligados de manera
demasiado importante a la historia que hemos comenzado a contar para que los pasemos en
silencio.
Las miras políticas del cardenal cuando emprendió este asedio eran considerables.
Expongámoslas primero, luego pasaremos a las miras particulares que no tuvieron sobre Su
Eminencia menos influencia que las primeras.
De las ciudades importantes dadas por Enrique IV a los hugonotes como plazas de seguridad,
sólo quedaba La Rochelle. Se trataba por tanto de destruir aquel último baluarte del calvinismo,
levadura peligrosa a la que venían a mezclarse jncesantemente fermentos de revuelta civil o de
guerra extranjera,
Españoles, ingleses, italianos descontentos, aventureros de cuálquier nación, soldados de
fortuna de toda secta acudian a la primera llamada bajo las banderas de los protestantes y se
organizaban como una vasta asociación cuyas ramas divergían a capricho en todos los puntos de
Europa.
La Rochelle, que había adquirido nueva importancia con la ruina de las demás ciudades
calvinistas era, pues, el hogar de las disensiones y de las ambiciones. Había más: su puerto era
la primera puerta abierta a los ingleses en el reino de Francia; y al cerrarlo a Inglaterra, nuestra
eterna enemiga, el cardenal acababa la obra de Juana de Arco y del duque de Guisa.
Por eso Bassompierre, que era a la vez protestante y católico, protestante de corazón y católico
como comendador del Espíritu Santo; Bassompierre, que era alemán de nacimiento y francés de
corazón; Bassompierre, en fin, que ejercía un mando particular en el asedio de La Rochelle, decía
cargando a la cabeza de muchos otros señores protestantes como él:
-¡Ya veréis, señores, cómo somos tan bestias que conquistaremos La Rochelle!
Y Bassompierre tenía razón; el cañoneo de la isla de Ré presagiaba para él las dragonadas de
Cévennes; la toma de La Rochelle era el prefacio de la revocación del edicto de Nantes.
Pero, ya lo hemos dicho, al lado de estas miras del ministro nivelador y simplificador, y que
pertenecen a la historia, el cronista está obligado a reconocer las pequeñas miras del hombre
enamorado y del rival celoso.
Richelieu, como todos saben, había estado enamorado de la reina; si este amor tenía en él un
simple objetivo politico o era naturalmente una de esas profundas pasiones como las que inspiró
Ana de Austria a quienes la rodeaban, es lo que no sabríamos decir; pero en cualquier caso, por
los desarrollos anteriores de esta historia, se ha visto que Buckingham había triunfado sobre él y
que en dos o tres circunstancias, y sobre todo en la de los herretes, gracias al desvelo de los tres
mosqueteros y al valor de D'Artagnan, había sido cruelmente burlado.
Se trataba, pues, para Richelieu no sólo de librar a Francia de un enemigo, sino de vengarse de
un rival; por lo demás, la venganza debía ser grande y clamorosa, y digna en todo un hombre
que tiene en su mano, por espada de combate, las fuerzas de todo un reino.
Richelieu sabía que combatiendo a Inglaterra combatía a Buckingham, que venciendo a
Inglaterra vencía a Buckingham, y que humillando a Inglaterra ante los ojos de Europa humillaba
a Buckingham a los ojos de la reina.
Por su lado Buckingham, aunque ponía ante todo el honor de In glaterra estaba movido por
intereses absolutamente semejantes a los del cardenal; Buckingham también perseguía una
venganza particular: bajo ningún pretexto había podido Buckingham entrar en Francia como
embajador, y quería entrar como conquistador.
De donde resulta que lo que realmente se ventilaba en esa partida que los dos reinos más
poderosos jugaban por el capricho de dos hombres enamorados, era una simple mirada de Ana
de Austria.
La primera ventaja había sido para el duque de Buckingham: llegado inopinadamente a la vista
de la isla de Ré con noventa bajeles y veinte mil hombres aproximadamente, había sorprendido
al conde Toiras, que mandaba en nombre del rey en la isla; tras un combate sangriento había
realizado su desembarco.
Relatemos de paso que en este combate había perecido el barón de Chantal; el barón de
Chantal dejaba huérfana una niña de dieciocho meses.
Esta niña fue luego Madame de Sévigné.
El conde de Toiras se retiro a la ciudadela Saint-Martin con la guarnición, y dejó un centenar de
hombres en un pequeño fuerte que se que se llamaba de la Prée.
Este acontecimiento había acelerado las decisiones del cardenal; y a la espera de que el rey y
él pudieran ir a tomar el mando del asedio de La Rochelle, que estaba decidido, había hecho
partir a Monsieur para dirigir las primeras operaciones, y había hecho desfilar hacia el escenario
de la guerra todas las tropas de que había podido disponer.
De este destacamento enviado como vanguardia era del que formaba parte nuestro amigo
D'Artagnan.
El rey, como hemos dicho, debía seguirlo tan pronto como hubiera terminado la solemne sesión
real pero al levantarse de aquel asiento real, el 28 de junio se había sentido afiebrado; habría
querido partir igualmente pero al empeorar su estado se vio obligado a detenerse en Villeroi.
Ahora bien, allí donde se detenía el rey se detenían los mosquete ros; de donde resultaba que
D'Artagnan, que estaba pura y simplemente en los guardias, se había separado,
momentáneamente al menos, de sus buenos amigos Athos, Porthos y Aramis; esta separación,
que no era para él más que una contrariedad, se habría convertido desde luego en inquietud
seria si hubiera podido adivinar qué peligros desconocidos lo rodeaban.
No por eso dejó de llegar, sin incidente alguno al campamento establecido ante La Rochelle,
hacia el 10 del mes de septiembre del año 1627.
Todo se hallaba en el mismo estado: el duque de Buckingham y sus ingleses dueños de la isla
de Ré, continuaban sitiando, aunque sin éxito, la ciudadela de Saint-Martin y el fuerte de La Prée,
y las hostilidades con La Rochelle habían comenzado hacía dos o tres días a propósito de un
fuerte que el duque de Angulema acababa de hacer construir junto a la ciudad.
Los guardias, al mando del señor des Essarts, se alojaban en los Mínimos.
Pero como sabemos, D'Artagnan, preocupado por la ambición de pasar a los mosqueteros,
raramente había hecho amistad con sus camaradas; se encontraba por tanto solo y entregado a
sus propias reflexiones.
Sus reflexiones no eran risueñas; desde hacía un año que había llegado a Paris se había
mezclado en los asuntos públicos; sus asuntos privados no habían adelantado mucho ni en arnor
ni en fortuna.
En amor, la única mujer a la que había amado era la señora Bonacieux, y la señora Bonacieux
había desaparecido sin que él pudiera descubrir aún qué había sido de ella.
En fortuna, se había hecho, débil como era, enemigo del cardenal, es decir, de un hombre ante
el cual temblaban los mayores del reino, empezando por el rey.
Aquel hombre podía aplastarlo, y sin embargo no lo habia hecho; para un ingenio tan perspicaz
como era D'Artagnan, aquella indulgencia era una luz por la que vela un porvenir mejor.
Luego se había hecho también otro enemigo menos de temer, pensaba, pero que sin embargo
instintivamente sentía que no era de despreciar: ese enemigo era Milady.
A cambio de todo esto había conseguido la protección y la benevolencia de la reina, pero la
benevolencia de la reina era, en aquellos tiempos, una causa más de persecuciones; y su
protección, como se sabe, protegía muy mal; ejemplos: Chalais y la señora Bonacieux.
Lo que en todo aquello había ganado en claro era el diamante de cinco o seis mil libras que
llevaba en el dedo; pero incluso de aquel diamante, suponiendo que D'Artagnan en sus proyectos
de ambición quisiera guardarlo para convertirlo un día en señal de reconocimiento de la reina, no
había que esperar, puesto que no podía deshacerse de él, más valor que de los guijarros que
pisoteaba.
Decimos los guijarros que pisoteaba, porque D'Artagnan hacía estas reflexiones paseándose en
solitario por un lindo caminito que conducía del campamento a la villa de Angoutin; ahora bien,
estas reflexiones lo habían llevado más lejos de lo que pensaba, y la luz comenzaba a bajar
cuando al último rayo del crepúsculo le pareeió ver brillar detrás de un seto el cañón de un
mosquete.
D'Artagnan tenía el ojo despierto y el ingenio pronto, comprendió que el mosquete no había
venido hasta allí completamente solo y que quien lo manejaba no estaba escondido detrás de un
seto con intenciones amistosas. Decidió por tanto largarse cuando, al otro lado de la ruta, tras
una roca, divisó la extremidad de un segundo mosquete.
Era evidentemente una emboscada.
El joven lanzó una ojeadas sobre el primer mosquete y vio con cierta inquietud que se bajaba
en su dirección, pero tan pronto como vio el orificio del cañón inmóvil se arrojó cuerpo a tierra.
Al mismo tiempo salió el disparo y oyó el silbido de la bala que pasaba por encima de su cabeza.
No había tiempo que perder: D'Artagnan se levantó de un salto en el mismo momento que la
bala del otro mosquete hizo volar los guijarros en el lugar mismo del camino en que se había
arrojado de cara contra el suelo.
D'Artagnan no era uno de esos hombres inútilmente valientes que buscan la muerte ridícula
para que se diga de ellos que no han retrocedido ni un paso; además, aquí no se trataba de
valor: D'Artagnan había caído en una celada.
-Si hay un tercer disparo -se dijo-, soy hombre muerto.
Y al punto, echando a todo correr, huyó en dirección del campamento con la velocidad de las
gentes de su región, tan renombradas por su agilidad; mas cualquiera que fuese la rapidez de su
carrera, el primero que había disparado, habiendo tenido tiempo de volver a cargar su arma, le
disparó un segundo disparo tan bien ajustado esta vez que la bala le atravesó el sombrero y lo
hizo volar a diez pasos de él.
Sin embargo, como D'Artagnan no tenía otro sombrero, recogió el suyo a la carrera, llegó todo
jadeante y muy pálido a su alojamiento, se sentó sin decir nada a nadie y se puso a reflexionar.
Aquel suceso podía tener tres causas:
La primera y más natural podía ser una emboscada de los rochelleses, a quienes no les habría
molestado matar a uno de los guardias de Su Majestad, primero porque era un enemigo menos,
y porque este enemigo podía tener una bolsa bien guarnecida en su bolso.
D'Artagnan cogió su sombrero, examinó el agujerro de la bala y movió la cabeza. La bala no
era una bala de mosquete, era una bala de arcabuz; la exactitud del disparo le había dado ya la
idea de que había sido dispardo por un arma particular: aquello no era, por tanto, una
emboscada militar, puesto que la bala no era de calibre.
Aquello podía ser un buen recuerdo del señor cardenal. Se recordará que en el momento
mismo en que gracias a aquel bienaventurado rayo de sol había divisado el cañón del fusil, él se
asombraba de la longanimidad de Su Eminencia para con él.
Pero D'Artagnan movió la cabeza. Con personas con las que no tenía más que extender la
mano rara vez recurría Su Eminencia a semejantes medios.
Aquello podía ser una venganza de Milady.
Esto era lo más probable.
Trató inútilmente de recordar o los rasgos o el traje de los asesinos; se había alejado tan
rápidamente de ellos que no había tenido tiempo de observar nada.
-¡Ay, mis pobres amigos! -murmuró D'Artagnan-. ¿Dónde estáis? ¡Cuánta falta me hacéis!
D'Artagnan pasó muy mala noche. Tres o cuatro veces se despertó sobresaltado, imaginándose
que un hombre se acercaba a su cama para apuñalarlo. Sin embargo, apareció la luz sin que la
oscuridad hubiera traído ningún incidente.
Pero D'Artagnan sospechó mucho que lo que estaba aplazado no estaba perdido.
D'Artagnan permaneció toda la jornada en su alojamiento; a sí mismo se dio la excusa de que
el tiempo era malo.
Al día siguiente, a las nueve, tocaron llamada y tropa. El duque de Orleáns visitaba los puestos.
Los guardias corrieron a las armas y D'Artagnan ocupó su puesto en medio de sus camaradas.
Monsieur pasó ante el frente de batalla; luego, todos los oficiales superiores se acercaron a él
para hacerle séquito, el señor Des Essarts, capitán de los guardias, igual que los demás.
Al cabo de un instante le pareció a D'Artagnan que el señor Des Essarts le hacía señas de
acercarse: esperó un nuevo gesto de su superior, temiendo equivocarse, pero repetido el gesto,
dejó las filas y se adelantó para oír la orden.
-Monsieur va a pedir hombres voluntarios para una misión peligrosa, pero que será un honor
para quienes la cumplan; os he hecho esa seña para que estuvierais preparado.
-¡Gracias, mi capitán! -respondió D'Artagnan, que no pedía otra cosa que distinguirse a los ojos
del teniente general.
En efecto, los rochelleses habían hecho una salida durante la noche y habían recuperado un
bastión del que el ejército realista se había apoderado dos días antes; se trataba de hacer un
reconocimiento a cuerpo descubierto para ver cómo custodiaba el ejército aquel bastión.
Efectivamente, al cabo de algunos instantes Monsieur elevó la voz y dijo:
-Necesitaría para esta misión tres o cuatro voluntarios guiados por un hombre seguro.
-En cuanto al hombre seguro, lo tengo a mano, Monsieur -dijo el señor Des Essarts, mostrando
a D'Artagnan-; y en cuanto a los cuatro o cinco voluntarios, Monsieur no tiene más que dar a
conocer su intenciones, y no le faltarán hombres.
-¡Cuatro hombres de buena voluntad para venir a hacerse matar conmigo! -dijo D'Artagnan
levantando su espada.
Dos de sus camaradas de los guardias se precipitaron inmediatamente, y habiéndose unido a
ellos dos soldados, encontró que el número pedido era suficiente; D'Artagnan rechazó, pues, a
todos los demás, no queriendo atropellar a quienes tenían prioridad.
Se ignoraba si después de la toma del bastión los rochelleses lo habían evacuado o habían
dejado allí guarnición; había, pues, que exa minar el lugar indicado desde bastante cerca para
comprobarlo.
D'Artagnan partió con sus cuatro compañeros y siguió la trinchera: los dos guardias marchaban
a su misma altura y los soldados venían detrás.
Así, cubriéndose con los revestimientos del terreno, llegaron a unos cien pasos del bastión. Allí,
al volverse D'Artagnan, se dio cuenta de que los dos soldados habían desaparecido.
Creyó que por miedo se habían quedado atrás y continuó avanzando.
A la vuelta de la contraescarpa, se hallaron a sesenta pasos aproximadamente del bastión.
No se veía a nadie, y el bastión parecía abandonado.
Los tres temerarios deliberaban si seguir adelante cuando, de pronto, un cinturón de humo
ciñó al gigante de piedra y una docena da balas vinieron a silbar en torno a D'Artagnan y sus dos
compañeros.
Sabían lo que querían saber: el bastión estaba guardado. Quedarse más tiempo en aquel lugar
peligroso hubiese sido, pues, una imprudencia inútil; D'Artagnan y los dos guardias volvieron la
espalda y comenzaron una retirada que se parecía a una fuga.
Al llegar al ángulo de la trinchera que iba a servirles de muralla uno de los guardias cayó: una
bala le había atravesado el pecho. EÌ otro, que estaba sano y salvo, continuó su carrera hacia el
campamento.
D'Artagnan no quiso abandonar así a su compañero y se inclinó hacia él para levantarlo y
ayudarlo a alcanzar las líneas; pero en aquel momento salieron dos disparos de fusil: una bala
vino a estrellarse sobre la roca tras haber pasado a dos pulgadas de D'Artagnan.
El joven se volvió rápidamente porque aquel ataque no podía ve nir del bastión, que estaba
oculto por el ángulo de la trinchera. La idea de los dos soldados que lo habían abandonado le
vino a la mente y le recordó a los asesinos de la víspera; resolvió, por tanto, saber a qué
atenerse aquella vez y cayó sobre el cuerpo de su camarada como si estuviera muerto.
Vio al punto dos cabezas que se levantaban por encima de una obra abandonada que estaba a
treinta pasos de allí; eran las de nuestros dos soldados. D'Artagnan no se había equivocado:
aquellos dos hombres no le habían seguido más que para asesinarlo, esperando que la muerte
del joven sería cargada en la cuenta del enemigo.
Sólo que, como podía estar solamente herido y denunciar su crimen, se acercaron para
rematarlo; por suerte, engañados por la artimaña de D'Artagnan, se olvidaron de volver a cargar
sus fusiles.
Cuando estuvieron a diez pasos de él, D'Artagnan, que al caer había tenido gran cuidado de no
soltar su espada, se levantó de pronto y de un salto se encontró junto a ellos.
Los asesinos comprendieron que, si huían hacia el campamento sin haber matado a aquel
hombre, serían acusados por él; por eso su primera idea fue la de pasarse al enemigo. Uno de
ellos cogió su fusil por el cañón y se sirvió de él como de una maza: lanzó un golpe terrible a
D'Artagnan, que lo evitó echándose hacia un lado; pero con este movimiento brindó paso al
bandido, que se lanzó al punto hacia el bastión. Como los rochelleses que lo vigilaban ignoraban
con qué intención venía aquel hombre hacia ellos, dispararon contra él y cayó herido por una
bala que le destrozó el hombro.
En este tiempo, D'Artagnan se había lanzado sobre el segundo soldado, atacándolo con su
espada; la lucha no fue larga, aquel miserable no tenía para defenderse más que su arcabuz
descargado; la espada del guardia se deslizó por sobre el cañón del arma vuelta inútil y fue a
atravesar el muslo del asesino que cayó. D'Artagnan le puso inmediatamente la punta del hierro
en el pecho.
-¡Oh, no me matéis! -exclamó el bandido-. ¡Gracia, gracia, oficial, y os lo diré todo!
-¿Vale al menos lo secreto la pena de que lo perdone la vida? -preguntó el joven conteniendo
su brazo.
-Sí, si estimáis que la existencia es algo cuando se tienen veintidós años como vos y se puede
alcanzar todo, siendo valiente y fuerte como vos lo sois.
-¡Miserable! -dijo D'Artagnan-. Vamos, habla deprisa, ¿quién te ha encargado asesinarme?
-Una mujer a la que no conozco, pero que se llamaba Milady.
-Pero si no conoces a esa mujer, ¿cómo sabes su nombre?
-Mi camarada la conocía y la llamaba así, fue él quien tuvo el asunto con ella y no yo; él tiene
incluso en su bolso una carta de esa persona que debe tener para vos gran importancia, por lo
que he oído decir.
-Pero ¿cómo te metiste en esta celada?
-Me propuso que diéramos el golpe nosotros dos y acepté.
-¿Y cuánto os dio ella por esta hermosa expedición?
-Cien luises.
-Bueno, en buena hora -dijo el joven riendo- estima que valgo algo: cien luises. Es una
cantidad para dos miserables como vosotros; por eso comprendo que hayas aceptado y lo
perdono con una condición.
-¿Cuál? -preguntó el soldado inquieto y viendo que no todo había terminado.
-Que vayas a buscarme la carta que tu camarada tiene en bolsillo.
-Pero eso -exclamó el bandido- es otra manera de matarme; ¿cómo queréis que vaya a buscar
esta carta bajo el fuego del bastión?
-Sin embargo, tienes que decidirte a ir en su busca, o te juro que mueres por mi mano.
-¡Gracia, señor, piedad! ¡En nombre de esa dama a la que amáis a la que quizá creéis muerta y
que no lo está! -exclamó el bandido poniéndose de rodillas y apoyándose sobre su mano, porque
comenzaba a perder sus fuerzas con la sangre.
-¿Y por qué sabes tú que hay una mujer a la que amo y que yo he creído muerta a esa mujer?
-preguntó D'Artagnan.
-Por la carta que mi camarada tiene en su bolsillo.
-Comprenderás entonces que necesito tener esa carta -di D'Artagnan-; así que no más retrasos
ni dudas, o aunque me repugne templar por segunda vez mi espada en la sangre de un
miserable como tú, lo juro por mi fe de hombre honrado...
Y a estas palabras D'Artagnan hizo un gesto tan amenazador que el herido se levantó.
-¡Deteneos! ¡Deteneos! -exclamó recobrando valor a fuerza de terror-. ¡Iré..., iré...!
D'Artagnan cogió el arcabuz del soldado, lo hizo pasar delante de él y lo empujó hacia su
compañero pinchándole los lomos con la punta de su espada.
Era algo horrible ver a aquel desgraciado dejando sobre el camino que recorría un largo
reguero de sangre, cada vez más pálido ante muerte próxima, tratando de arrastrarse sin ser
visto hasta el cuerpo de su cómplice que yacía a veinte pasos de allí.
El terror estaba pintado sobre su rostro cubierto de un sudor frío de tal modo que D'Artagnan
se compadeció y mirándolo con desprecio:
-Pues bien -dijo-, voy a demostrarte la diferencia que existe entre un hombre de corazón y un
cobarde como tú: quédate iré yo.
Y con paso ágil, el ojo avizor, observando los movimientos del enemigo, ayudándose con todos
los accidentes del terreno, D'Artagnan llegó hasta el segundo soldado.
Había dos medios para alcanzar su objetivo: registrarlo allí mismo o llevárselo haciendo un
escudo con su cuerpo y registrarlo en la trinchera.
D'Artagnan prefirió el segundo medio y cargó el asesino a sus hombros en el momento mismo
que el enemigo hacía fuego.
Una ligera sacudida el ruido seco de tres balas que agujereaban las carnes, un último grito un
estremecimiento de agonía le probaron a D’Artagnan que el que había querido asesinarlo
acababa de salvarle la vida.
D'Artagnan ganó la trinchera y arrojó el cadáver junto al herido tan pálido como un muerto.
Comenzó el inventario inmediatamente: una cartera de cuero, una bolsa donde se encontraba
evidentemente una parte de la suma del dinero que había recibido, un cubilete y los dados
formaban la herencia del muerto.
Dejó el cubilete y los dados donde habían caído, lanzó la bolsa al herido y abrió ávidamente la
cartera.
En medio de algunos papeles sin importancia, encontró la carta siguiente: era la que había ido
a buscar con riesgo de su vida:
«Dado que habéis perdido el rastro de esa mujer y que ahora está a salvo en ese convento al
que nunca deberíais haberla dejado llegar, tratad al menos de no fallar con el hombre; si no,
sabéis que tengo la mano larga y que pagaréis caros los cien luises que os he dado.»
Sin firma. Sin embargo, era evidente que la carta procedía de Milady. Por consiguiente, la
guardó como pieza de convicción y, a salvo tras el ángulo de la trinchera se puso a interrogar al
herido. Este confesó que con su camarada, el mismo que acababa de morir, estaba encargado de
raptar a una joven que debía salir de París por la barrera de La Villete pero que, habiéndose
parado a beber en una taberna, habían llegado diez minutos tarde al coche.
-Pero ¿qué habríais hecho con esa mujer? -preguntó D'Arta gnan con angustia.
-Debíamos entregarla en un palacio de la Place Royale -dijo el herido.
-¡Sí! ¡Sí! -murmuró D'Artagnan-. Es exacto, en casa de la misma Milady.
Entonces el joven estremeciéndose, comprendió qué terrible sed de venganza empujaba a
aquella mujer a perderlo, a él y a los que lo amaban, y cuánto sabía ella de los asuntos de la
corte, puesto que lo había descubierto todo. Indudablemente debía aquellos informes al cardenal.
Mas, en medio de todo esto, comprendió, con un sentimiento de alegría muy real, que la reina
había terminado por descubrir la prisión en que la pobre señora Bonacieux expiaba su adhesión,
y que la había sacado de aquella prisión. Así quedaban explicados la carta que había recibido de
la joven y su paso por la ruta de Chaillot, un paso parecido a una aparición.
Y entonces, como Athos había predicho, era posible volver a encontrar a la señora Bonacieux, y
un convento no era inconquistable.
Esta idea acabó de devolver a su corazón la clemencia. Se volvió hacia el herido que seguía con
ansiedad todas las expresiones diversas de su cara, y le tendió el brazo:
-Vamos -le dijo-, no quiero abandonarte así. Apóyate en mí y volvamos al campamento.
-Sí -dijo el herido, que a duras penas creía en tanta magnanimidad-, pero ¿no sera para hacer
que me cuelguen?
-Tienes mi palabra -dijo D'Artagnan-, y por segunda vez te perdono la vida.
El herido se dejó caer de rodillas y besó de nuevo los pies de su salvador; pero D'Artagnan,
que no tenía ningún motivo para quedarse tan cerca del enemigo, abrevió él mismo los
testimonios de gratitud.
El guardia que había vuelto a la primera descarga de los rochelleses había anunciado la muerte
de sus cuatro compañeros. Quedaron, pues, asombrados y muy contentos a la vez en el
regimiento cuando se vio aparecer al joven sano y salvo.
D'Artagnan explicó la estocada de su compañero por una salida que improvisó. Contó la muerte
del otro soldado y los peligros que habían corrido. Este relato fue para el ocasión de un
verdadero triunfo. Todo el ejército habló de aquella expedición durante un día, y Monsieur hizo
que le transmitieran sus felicitaciones.
Por lo demás, como toda acción hermosa lleva consigo su recompensa, la hermosa acción de
D'Artagnan tuvo por resultado devolverle la tranquilidad que había perdido. En efecto,
D'Artagnan creía poder estar tranquilo, puesto que de sus dos enemigos uno estaba muerto y
otro era adicto a sus intereses.
Esta tranquilidad probaba una cosa, y es que D'Artagnan no conocía aún a Milady.
Capítulo XLII
El vino de Anjou
Tras las noticias casi desesperadas del rey, el rumor de su convalecencia comenzaba a
esparcirse por el campamento; y como tenía mucha prisa por llegar en persona al asedio, se
decía que tan pronto como pudiera montar a caballo se pondría en camino.
En este tiempo, Monsieur, que sabía que de un día para otro iba a ser reemplazado en su
mando bien por el duque de Angulema, bien por Bassompierre, bien por Schomberg, que se
disputaban el mando, hacía poco, perdía las jornadas en tanteos, y no se atrevía a arriesgar una
gran empresa para echar a los ingleses de la isla de Ré, donde asediaban constantemente la
ciudadela Saint-Martin y el fuerte de La Prée, mientras que por su lado los franceses asediaban
La Rochelle.
D'Artagnan, como hemos dicho, se había tranquilizado, como ocurre siempre tras un peligro
pasado, y cuando el peligro pareció desva necido, sólo le quedaba una inquietud, la de no tener
noticia alguna de sus amigos.
Pero una mañana a principios del mes de noviembre, todo quedó explicado por esta carta,
datada en Villeroi:
«Señor D'Artagnan:
Los señores Athos, Porthos y Aramis, tras haber jugado una buena partida en mi casa y
haberse divertido mucho, han armado tal escándalo que el preboste del castillo, hombre muy
rígido, los ha acuartelado algunos días; pero yo he cumplido las órdenes que me dieron de enviar
doce botellas de mi vino de Anjou, que apreciaron mucho: quieren que vos bebáis a su salud con
su vino favorito.
Lo he hecho, y soy, señor, con gran respeto,
Vuestro muy humilde y obediente servidor,
GODEAU
Hostelero de los Señores Mosqueteros.»
-¡Sea en buena hora! -exclamó D'Artagnan-. Piensan en mí en sus placeres como yo pensaba
en ellos en mi aburrimiento; desde luego, beberé a su salud y de muy buena gana, pero no
beberé solo.
Y D'Artagnan corrió a casa de dos guardias con los que había hecho más amistad que con los
demás, a fin de invitarlos a beber con él el delicioso vinillo de Anjou que acababa de llegar de
Villeroi. Uno de los guardias estaba invitado para aquella misma noche y otro para el día
siguiente; la reunión fue fijada por tanto para dos días después.
Al volver, D'Artagnan envió las doce botellas de vino a la cantina de los guardias,
recomendando que se las guardasen con cuidado; luego, el día de la celebración, como la comida
estaba fijada para la hora del mediodía, D'Artagnan envió a las nueve a Planchet para prepararlo
todo.
Planchet, muy orgulloso de ser elevado a la dignidad de maître, pensó en preparar todo como
hombre inteligente; a este efecto, se hizo ayudar del criado de uno de los invitados de su amo,
llamado Fourreau, y de aquel falso soldado que había querido matar a D'Arta gnan, y que por no
pertenecer a ningún cuerpo, había entrado a su servicio, o mejor, al de Planchet, desde que
D'Artagnan le había salvado la vida.
Llegada la hora del festín, los dos invitados llegaron y ocuparon su sitio y se alinearon los
platos en la mesa. Planchet servia, servilleta en brazo, Fourreau descorchaba las botellas, y
Brisemont, tal era el nombre del convaleciente, transvasaba a pequeñas garrafas de cristal el vino
que parecía haber formado posos por efecto de las sacudidas del camino. La primera botella
estaba algo turbia hacia el final: de este vino Brisemont vertió los posos en su vaso, y D'Artagnan
le permitió beberlo; porque el pobre diablo no tenía aún muchas fuerzas.
Los convidados, tras haber tomado la sopa, iban a llevar el primer vaso a sus labios cuando de
pronto el cañón resonó en el fuerte Louis y en el fuerte Neuf; al punto, creyendo que se trataba
de algún ata que imprevisto, bien de los sitiados, bien de los ingleses, los guardias saltaron sobre
sus espadas; D'Artagnan, no menos rápido, hizo como ellos y los tres salieron corriendo a fin de
dirigirse a sus puestos.
Mas apenas estuvieron fuera de la cantina cuando se enteraron de la causa de aquel gran
alboroto; los gritos de ¡Viva el rey! ¡Viva el cardenal! resonaban por todas las direcciones.
En efecto, el rey, impaciente como se había dicho, acababa de hacer en una dos etapas, y
llegaba en aquel mismo instante con toda su casa y un refuerzo de diez mil hombres de tropa; le
precedían y seguían sus mosqueteros. D'Artagnan, formando calle con su compañia, saludó con
gesto expresivo a sus amigos, que le respondieron con los ojos, y al señor de Tréville, que lo
reconoció al instante.
Una vez acabada la ceremonia de recepción, los cuatro amigos estuvieron al punto en brazos
unos de otros.
-¡Diantre! -exclamó D'Artagnan-. No podíais haber llegado en mejor momento, y la carne no
habrá tenido tiempo aún de enfriarse.
¿No es eso, señores? -añadió el joven volviéndose hacia los dos guardias, que presentó a sus
amigos.
-¡Vaya, vaya, parece que estábamos de banquete! -dijo Porthos. -Espero -dijo Aramis- que no
haya mujeres en vuestra comida.
-¿Es que hay vino potable en vuestra bicoca? -preguntó Athos.
-Diantre, tenemos el vuestro, querido amigo -respondió D'Artagnan.
-¿Nuestro vino? -preguntó Athos asombrado.
-Sí, el que me habéis enviado.
-¿Nosotros os hemos enviado vino?
-Lo sabéis de sobra, de ese vinillo de los viñedos de Anjou.
-Sí, ya sé a qué vino os referéis.
-El vino que preferís.
-Sin duda, cuando no tengo ni champagne ni chambertin.
-Bueno, a falta de champagne y de chambertin os contentaréis con éste.
- O sea que, sibaritas como somos, hemos hecho venir vino de Anjou -dijo Porthos.
-Pues claro, es el vino que me han enviado de parte vuestra.
-¿De nuestra parte? -dijeron los tres mosqueteros.
-Aramis, ¿sois vos quién habéis enviado vino? -dijo Athos.
-No, ¿y vos, Porthos?
-No, ¿y vos Athos?
-No.
-Si no es vuestro -dijo D'Artagnan-, es de vuestro hostelero.
-¿Nuestro hostelero?
-Pues claro, vuestro hostelero, Godeau, hostelero de los mosqueteros.
-A fe nuestra que, venga de donde quiera, no importa -dijo Porthos-; probémoslo, y si es
bueno, bebámoslo.
-No -dijo Athos-, no bebamos el vino que tiene una fuente desconocida.
-Tenéis razón, Athos -dijo D'Artagnan-. ¿Ninguno de vosotros ha encargado al hostelero
enviarme vino?
-¡No! Y sin embargo, ¿os lo ha enviado de nuestra parte?
-Aquí está la carta -d¡jo D'Artagnan.
Y presentó el billete a sus camaradas.
-¡Esta no es su escritura! -exclamó Athos-. La conozco porque fui yo quien antes de partir saldó
las cuentas de la comunidad.
-Carta falsa -dijo Porthos-; nosotros no hemos sido acuarte lados.
-D'Artagnan -preguntó Aramis en tono de reproche-, ¿cómo habéis podido creer que habíamos
organizado un alboroto?...
D'Artagnan palideció y un estremecimiento convulsivo agitó sus miembros.
-Me asustas -dijo Athos, que no le tuteaba sino en las grandes ocasiones-. ¿Qué ha pasado
entonces?
-¡Corramos, corramos, amigos míos! -exclamó D'Artagnan-. Una terrible sospecha cruza mi
mente. ¿Será otra vez una venganza de esa mujer?
Fue Athos el que ahora palideció.
D'Artagnan se precipitó hacia la cantina. Los tres mosqueteros y los dos guardias lo siguieron.
Los primero que sorprendió la vista de D'Artagnan al entrar en el comedor fue Brisemont
tendido en el suelo y retorciéndose en medio de atroces convulsiones.
Planchet y Fourreau, pálidos como muertos trataban de ayudarlo; pero era evidente que
cualquier ayuda resultaba inútil: todos los rasgos del moribundo estaban crispados por la agonía.
-¡Ay! -exclamó al ver a D'Artagnan-. ¡Ay, es horrible, fingís perdonarme y me envenenáis!
-¡Yo! -exclamó D'Artagnan-. ¿Yo, desgraciado? Pero ¿qué dices?
-Digo que sois vos quien me habéis dado ese vino, digo que sois vos quien me ha dicho que lo
beba, digo que habéis querido vengaros de mí, digo que eso es horroroso..
-No creáis eso, Brisemont -dijo D'Artagnan-, no creáis nada de eso; os lo juro, os aseguro
que...
-¡Oh, pero Dios está aquí, Dios os castigará! ¡Dios mío! Que sufra un día lo que yo sufro.
-Por el Evangelio -exclamó D'Artagnan precipitándose hacia el moribundo-, os juro que
ignoraba que ese vino estuviese envenenado y que yo iba a beber como vos.
-No os creo -dijo el soldado.
Y expiró en medio de un aumento de torturas.
-¡Horroroso! ¡Horroroso! -murmuraba Athos, mientras Porthos rompía las botellas y Aramis
daba órdenes algo tardías para que fuesen en busca de un confesor.
-¡Oh, amigos míos! -dijo D'Artagnan-. Venís una vez más a salvarme la vida, no sólo a mí, sino
a estos señores. Señores -continuó dirigiéndose a los guardias-, os ruego silencio sobre toda esta
aventura; grandes personajes podrían estar pringados en lo que habéis visto, y el perjuicio de
todo esto recaería sobre nosotros.
-¡Ay, señor! -balbuceaba Planchet, más muerto que vivo-. ¡Ay, señor, me he librado de una
buena!
-¡Cómo, bribón! -exclamó D'Artagnan-. ¿Ibas entonces a beber mi vino?
-A la salud del rey, señor, iba a beber un pobre vaso si Fourreau no me hubiera dicho que me
llamaban.
¡Ay! -dijo Fourreau, cuyos dientes rechinaban de terror-. Yo quería alejarlo para beber
completamente solo.
-Señores -dijo D'Artagnan dirigiéndose a los guardias-, comprenderéis que un festín semejante
sólo sería muy triste después de lo que acaba de ocurrir; por eso, recibid mis excusas y dejemos
la partida para otro día, por favor.
Los dos guardias aceptaron cortésmente las excusas de D'Artagnan y, comprendiendo que los
cuatro amigos deseaban estar solos, se retiraron.
Cuando el joven guardia y los tres mosqueteros estuvieron sin testigos, se miraron de una
forma que quería decir que todos comprendían la gravedad de la situación.
-En primer lugar -dijo Athos-, salgamos de esta sala; no hay peor compañía que un muerto de
muerte violenta.
-Planchet -dijo D'Artagnan-, os encomiendo el cadáver de este pobre diablo. Que lo entierren
en tierra santa. Cierto que había cometido un crimen, pero estaba arrepentido.
Y los cuatro amigos salieron de la habitación, dejando a Planchet y a Fourreau el cuidado de
rendir los honores mortuorios a Brisemont.
El hostelero les dio otra habitación en la que les sirvió huevos pasados por agua y agua que el
mismo Athos fue a sacar de la fuente. En pocas palabras Porthos y Aramis fueron puestos al
corriente de la situación.
-¡Y bien! -dijo D'Artagnan a Athos-. Ya lo veis, querido amigo, es una guerra a muerte.
Athos movió la cabeza.
-Sí, sí -dijo-, ya lo veo, pero ¿créis que sea ella?
-Estoy seguro.
-Sin embargo os confieso que todavía dudo.
-¿Y esa flor de lis en el hombro?
-Es una inglesa que habrá cometido alguna fechoría en Francia y que habrá sido marcada a raíz
de su crimen.
-Athos, es vuestra mujer, os lo digo yo -repitió D'Artagnan-. ¿No recordáis cómo coinciden las
dos marcas?
-Sin embargo habría jurado que la otra estaba muerta, la colgué muy bien.
Fue D'Artagnan quien esta vez movió la cabeza.
-En fin ¿qué hacemos? -dijo el joven.
-Lo cierto es que no se puede estar así, con una espada eternamente suspendida sobre la
cabeza -dijo Athos-, y que hay que salir de esta situación.
-Pero ¿cómo?
-Escuchad, tratad de encontraros con ella y de tener una explicación; decidle: ¡La paz o la
guerra! Palabra de gentilhombre de que nunca diré nada de vos, de que jamás haré nada contra
vos; por vuestra parte, juramento solemne de permanecer neutral respecto a mí; si no, voy en
busca del canciller, voy en busca del rey, voy en busca del verdugo, amotino la corte contra vos,
os denuncio por marcada, os hago meter a juicio, y si os absuelven, pues entonces os mato,
palabra de gentilhombre, en la esquina de cualquier guardacantón, como mataría a un perro
rabioso.
-No está mal ese sistema -dijo D'Artagnan-, pero ¿cómo encontrarme con ella?
-El tiempo, querido amigo, el tiempo trae la ocasión, la ocasión es la martingala del hombre;
cuanto más empeñado está uno, más se gana si se sabe esperar.
-Sí, pero esperar rodeado de asesinos y de envenenadores...
-¡Bah! -dijo Athos-. Dios nos ha guardado hasta ahora, Dios nos seguirá guardando.
-Sí, a nosotros sí; además, nosotros somos hombres y, considerándolo bien, es nuestro deber
arriesgar nuestra vida; pero ¡ella!... -añadió a media voz.
-¿Quién ella? -preguntó Athos.
-Constance.
-La señora Bonacieux. ¡Ah! Es justo eso -dijo Athos-. ¡Pobre amigo! Olvidaba que estabais
enamorado.
-Pues bien -dijo Aramis-. ¿No habéis visto, por la carta misma que habéis encontrado encima
del miserable muerto, que estaba en un convento? Se está muy bien en un convento, y tan
pronto acabe el sitio de La Rochelle, os prometo que por lo que a mí se refiere.
-¡Bueno! -dijo Athos-. ¡Bueno! Sí, mi querido Aramis, ya sabemos que vuestros deseos tienden
a la religión.
-Sólo soy mosquetero por ínterin -dijo humildemente Arami:
-Parece que hace mucho tiempo que no ha recibido nuevas de su amante -dijo en voz baja
Athos-; mas no prestéis atención, ya conocemos eso.
-Bien -dijo Porthos-, me parece que hay un medio muy simple.
-¿Cuál? -preguntó D'Artagnan.
-¿Decís que está en un convento? -prosiguió Porthos.
-Sí.
-Pues bien, tan pronto como termine el asedio, la raptamos del ese convento.
-Pero habría que saber en qué convento está.
-Claro -dijo Porthos.
-Pero, pensando en ello -dijo Athos-, ¿no pretendéis querido D'Artagnan que ha sido la reina
quien le ha escogido el convento?
-Sí, eso creo por lo menos.
-Pues bien, Porthos nos ayudará en eso.
-¿Y cómo?
-Pues por medio de vuestra marquesa, vuestra duquesa, vuestra princesa; debe tener largo el
brazo.
-¡Chis! -dijo Porthos poniendo un dedo sobre sus labios-. La_ creo cardenalista y no debe saber
nada.
-Entonces -dijo Aramis-, yo me encargo de conseguir noticia,
-¿Vos, Aramis? -exclamaron los tres amigos-. ¿Vos? ¿Y cómo?
-Por medio del limosnero de la reina, del que soy muy amigo -dijo Aramis ruborizándose.
Y con esta seguridad, los cuatro amigos, que habían acabado modesta comida, se separaron
con la promesa de volverse a ver aquella misma noche; D'Artagnan volvió a los Mínimos, y los
tres mosqueteros alcanzaron el acuartelamiento del rey, donde tenían que hacer preparar su
alojamiento.
Capítulo XLIII
El albergue del Colombier-Rouge
Apenas llegado al campamento, el rey, que tenía tanta prisa por encontrarse frente al enemigo
y que, con mejor derecho que el cardenal, compartía su odio contra Buckingham, quiso hacer
todos los preparativos, primero para expulsar a los ingleses de la isla de Ré, luego para apresurar
el asedio de La Rochelle; pero, a pesar suyo, se demoró por las disensiones que estallaron entre
los señores de Bassompierre y Schomberg contra el duque de Angulema.
Los señores de Bassompiere y Schomberg eran mariscales de Francia y reclamaban su derecho
a mandar el ejército bajo las órdenes del rey; pero el cardenal, que temía que Bassompierre,
hugonote en el fondo del corazón, acosase débilmente a ingleses y rochelleses, sus hermanos de
religión, apoyaba por el contrario al duque de Angulema, a quien el rey, a instigación suya, había
nombrado teniente general. De ello resultó que, so pena de ver a los señores de Bassompierre y
Schomberg abandonar el ejército, se vieron obligados a dar a cada uno un mando particular;
Bassompierre tomó sus acuartemamientos al norte de la ciudad desde La Leu hasta Dompierre;
el duque de Angulema al este, desde Dompierre hasta Périgny; y el señor de Schomberg al
mediodía, desde Périgny hasta Angoutin.
El alojamiento de Monsieur estaba en Dompierre.
El alojamiento del rey estaba tanto en Etré como en La Jarrie.
Finalmente, el alojamiento del cardenal estaba en las dunas, en el puente de La Pierre en una
simple casa sin ningún atrincheramiento.
De esta forma, Monsieur vigilaba a Bassompierre; el rey, al duque de Angulema, y el cardenal,
al señor de Schomberg.
Una vez establecida esta organización, se ocuparon de echar a los ingleses de la isla.
La coyuntura era favorable: los ingleses, que ante todo necesitan buenos víveres para ser
buenos soldados, al no comer más que carnes saladas y mal pan, tenían muchos enfermos en su
campamento; además el mar, muy malo en aquella época del año en todas las costas del
Océano, estropeaba todos los días algún pequeño navío; y con cada marea la playa, desde la
punta del Aiguillon hasta la trinchera, se cubría literalmente de restos de pinazas, de troncos de
roble y de falúas; de lo cual resultaba que, aunque las gentes del rey se mantuviesen en su
campamento, era evidente que un día a otro Buckingham, que sólo permanecía en la isla de Ré
por obstinación, se vena obligado a levantar el sitio.
Pero como el señor de Toiras hizo decir que en el campamento enemigo se preparaba todo par
un nuevo asalto, el rey juzgó que había que terminar y dio las órdenes necesarias para un ataque
decisivo.
No siendo nuestra intención hacer un diario de asedio, sino por el contrario contar sólo los
sucesos que tienen que ver con la historia que contamos, nos contentaremos con decir en dos
palabras que la empresa tuvo éxito para gran asombro del rey y a la mayor gloria del señor
cardenal. Los ingleses, rechazados paso a paso, batidos en todos los encuentros, aplastados al
pasar por la isla de Loix, se vieron obligados a embarcar de nuevo, dejando en el campo de
batalla dos mil hombres, entre ellos cinco coroneles, tres tenientes coroneles, doscientos
cincuenta capitanes y veinte gentileshombres de calidad, cuatro piezas de cañón y sesenta
banderas, que fueron llevadas a París por Claude de Saint-Simon y colgadas con gran pompa en
las bóvedas de Notre-Dame.
Fueron cantados tedéum en el campamento, y de ahí se esparcieron por toda Francia.
El cardenal quedó, pues, dueño de proseguir el asedio sin tener, al menos momentáneamente,
nada que temer de parte de los ingleses.
Pero como acabamos de decir, el reposo era solo momentáneo.
Un enviado del duque de Buckingham, llamado Montaigu, había sido capturado, y se le había
encontrado la prueba de una liga entre el Imperio, España, Inglaterra y Lorena.
Aquella liga estaba dirigida contra Francia.
Además, en el alojamiento de Buckingham, que se había visto obligado a abandonar más
precipitadamente de lo que habría creído, se habían encontrado papeles que confirmaban aquella
liga y que, por lo que afirma el señor cardenal en sus Memorias, comprometían mucho a la
señora de Chevreuse y por consiguiente a la reina.
Era sobre el cardenal sobre el que pesaba toda la responsabilidad, porque no se es ministro
absoluto sin ser responsable; por eso todos los recursos de su vasto ingenio estaban tensos día y
noche, y ocupados en escuchar el menor rumor que se alzara en uno de los grandes reinos de
Europa.
El cardenal conocía la actividad y sobre todo el odio de Buckingham; si la liga que amenazaba a
Francia triunfaba, toda su influencia estaba perdida; la política española y la política austríaca
tenían sus representantes en el gabinete del Louvre, donde aún no tenían más que partidarios;
él, Richelieu, el ministro francés, el ministro nacional por excelencia, estaba perdido. El rey, que
pese a obedecerlo como un niño, lo odiaba como un niño odia a su maestro, lo abandonaba a las
venganzas reunidas de Monsieur y de la reina; estaba por tanto perdido, y quizá Francia con él.
Había que remediar todo aquello.
Por eso se vieron correos, a cada instante más numerosos, sucederse día y noche en aquella
casita del puente de La Pierre, donde el cardenal había establecido su residencia.
Eran monjes que llevaban tan mal el hábito que era fácil reconocer que pertenecían sobre todo
a la Iglesia militante; mujeres algo molestas en sus trajes de pajes, y cuyos largos calzones no
podían disimilar por entero las formas redondeadas; en fin, campesinos de manos ennegrecidas
pero de pierna fina, y que olían a hombre de calidad a una legua a la redonda.
Luego otras visitas menos agradables, porque dos o tres veces corrió el rumor de que el
cardenal había estado a punto de ser asesinado.
Cierto que los enemigos de Su Eminencia decían que era ella misma la que ponía en campaña
a asesinos torpes, a fin de tener, llegado el caso, el derecho de adoptar represalias; pero no hay
que creer ni lo que dicen los ministros ni lo que dicen sus enemigos.
Lo cual, por lo demás, no impedía al cardenal, a quien jamás ni sus más encarnizados
detractores han negado el valor personal, hacer sus recorridos nocturnos para comunicar al
duque de Angulema órdenes importantes, tanto para ir a ponerse de acuerdo con el rey como
para ir a conferenciar con algún mensajero que no quería que se dejase entrar en su casa.
Por su lado los mosqueteros, que no tenían gran cosa que hacer en el asedio, no eran
severamente controlados y llevaban una vida alegre. Y esto les era tanto más fácil, sobre todo a
nuestros tres amigos, cuanto que, siendo amigos del señor de Tréville, obtenían fácilmente de él
el llegar tarde y quedarse tras el cierre del campamento con permisos particulares.
Pero una noche en que D'Artagnan, que estaba de trinchera, no había podido acompañarlos,
Athos, Porthos y Aramis, montados en sus caballos de batalla, envueltos en capas de guerra y
con una mano sobre la culata de sus pistolas, volvían los tres de una cantina que Athos había
descubierto dos días antes en el camino de La Jarrie, y que se llamaba el Colombier-Rouge,
siguiendo el camino que llevaba al campamento estando en guardia, como hemos dicho, por
temor a una emboscada, cuando a un cuarto de legua más o menos de la aldea de Boisnar,
creyeron oír el paso de una cabalgata que venía hacia ellos; al punto los tres se detuvieron,
apretados uno contra otro, y esperaron, en medio del camino. Al cabo de un instante, y cuando
precisamente salía la luna de una nube, vieron aparecer en una vuelta del camino dos caballeros
que al divisarlos se detuvieron también, pareciendo deliberar si debían continuar su ruta o volver
atrás. Esta duda proporcionó algunas sospechas a los tres amigos y Athos, dando algunos pasos
hacia adelante, gritó con su firme voz:
-¿Quién vive?
-¿Quién vive, vos? -respondió uno de aquellos caballeros.
-Eso no es contestar -dijo Athos-. ¿Quién vive? Responded o cargamos.
-¡Tened cuidado con lo que vais a hacer señores! -dijo entonces una voz vibrante que parecía
tener el hábito de mando.
-¿Es algún oficial superior que hace su ronda de noche? -dijo Athos-. ¿Qué queréis hacer,
señores?
-¿Quiénes sois? -dijo la misma voz con el mismo tono de mando. Responded o podríais pasarlo
mal por vuestra desobediencia.
-Mosqueteros del rey -dijo Athos, más y más convencido de que quien los interrogaba tenía
derecho a ello.
- Qué compañía?
- Compañía de Tréville.
-Avanzad en orden y venid a darme cuenta de lo que hacíais aquí a esta hora.
Los tres mosqueteros avanzaron, con la cabeza algo gacha, porque los tres estaban ahora
convencidos de que tenían que vérselas con alguien más fuerte que ellos; se dejó por lo demás a
Athos el cuidado de portavoz.
Uno de los caballeros, el que había tomado la palabra en segundo lugar, estaba diez pasos por
delante de su compañero; Athos hizo señas a Porthos y a Aramis de quedarse, por su parte,
atrás, y avanzó solo.
-¡Perdón, mi oficial! -dijo Athos-. Pero ignorábamos con quién teníamos que vérnoslas, y como
podéis ver estábamos ojo avizor.
-¿Vuestro nombre? -dijo el oficial que se cubría una parte del rostro con su capa.
-¿Y el vuestro, señor? -dijo Athos que comenzaba a revolverse contra aquel interrogatorio-.
Dadme, por favor, una prueba de que tenéis derecho a interrogarme.
-¿Vuestro nombre? -repitió por segunda vez el caballero dejando caer su capa de tal forma que
dejaba el rostro al descubierto.
-¡Señor cardenal! -exclamó el mosquetero estupefacto.
-¡Vuestro nombre! -repitió por tercera vez Su Eminencia.
-Athos -dijo el mosquetero.
El cardenal hizo una seña al escudero, que se acercó.
-Estos tres mosqueteros nos seguirán -dijo en voz baja-, no quiero que se sepa que he salido
del campamento, y siguiéndonos estare mos más seguros de que no lo dirán a nadie.
-Nosotros somos gentileshombres, Monseñor -dijo Athos-; pedidnos, pues, nuestra palabra y
no os inquietéis por nada. A Dios gracias, sabemos guardar un secreto.
El cardenal clavó sus ojos penetrantes sobre aquel audaz interlocutor.
-Tenéis el oído fino, señor Athos -dijo el cardenal-; pero ahora escuchad esto: os ruego que me
sigáis, no por desconfianza, sino por mi seguridad. Sin duda vuestros dos compañeros son los
señores Porthos y Aramis.
-Sí, Eminencia -dijo Athos mientras los dos mosqueteros que se habían quedado atrás se
acercaban con el sombrero en la mano.
-Os conozco, señores -dijo el cardenal-, os conozco; sé que no sois completamente amigos
míos y estoy molesto por ello, pero sé que sois valientes y leales gentileshombres y que se puede
fiar de vosotros. Señor Athos, hacedme, pues, el honor de acompañarme, vos y vuestros amigos,
y entonces tendré una escolta como para dar envidia a Su Majestad si nos lo encontramos.
Los tres mosqueteros se inclinaron hasta el cuello de sus caballos.
-Pues bien, por mi honor -dijo Athos-, que Vuestra Eminencia hace bien en llevarnos con ella:
hemos encontrado en el camino caras horribles, a incluso con cuatro de esas caras hemos tenido
una querella en el Colombier-Rouge.
-¿Una querella? ¿Y por qué, señores? -dijo el cardenal-. No me gustan los camorristas, ¡ya lo
sabéis!
-Por eso precisamente tengo el honor de prevenir a Vuestra Eminencia de lo que acaba de
ocurrir; porque podría enterarse por otras personas distintas a nosotros y creer, por la falsa
relación, que estamos en falta.
-¿Y cuáles han sido los resultados de esa querella? -pregunté el cardenal frunciendo el ceño.
-Pues mi amigo Aramis, que está aquí, ha recibido una leve estocada en el brazo, lo cual no le
impedirá, como Vuestra Eminencie podrá ver, subir al asalto mañana si Vuestra Excelencia
ordena h escalada.
-Pero no sois hombres para dejaros dar estocadas de esa forma -dijo el cardenal-; vamos, sed
francos, señores, algunas habréis de vuelto; confesaos, ya sabéis que tengo derecho a dar la
absolución
-Yo, Monseñor -dijo Athos-, no he puesto siquiera la espada en la mano, pero he agarrado al
que me tocaba por medio del cuerpo y lo he tirado por la ventana. Parece que al caer -continuó
Athos cor cierta duda- se ha roto una pierna.
-¡Ah, ah! -dijo el cardenal-. ¿Y vos, señor Porthos?
-Yo, Monseñor, sabiendo que el duelo está prohibido, he cogido un banco y le he dado a uno
de esos bergantes un golpe que, según creo, le ha partido el hombro.
-Bien -dijo el cardenal-. ¿Y vos, señor Aramis?
-Yo, Monseñor, como soy de temperamento dulce y como además, cosa que igual no sabe
Monseñor, estoy a punto de tomar el hábito, quería separarme de mis camaradas cuando uno de
aquellos miserables me dio traidoramente una estocada de través en el brazo úquierdo. Entonces
me faltó paciencia, saqué la espada a mi vez, y, cuando volvía a la carga, creo haber notado que
al arrojarse sobre mí se había atravesado el cuerpo; sólo sé con certeza que ha caído y me ha
parecido que se lo llevaban con sus dos compañeros.
-¡Diablos, señores! -dijo el cardenal-. Tres hombres fuera de combate por una disputa de
taberna; no os vais de vacío. ¿Y a proposito, ¿de qué vino la querella?
-Aquellos miserables estaban borrachos -dijo Athos-, y sabiendo que había una mujer que
había llegado por la noche a la taberna querían forzar la puerta.
-¿Forzar la puerta? -dijo el cardenal-. ¿Y eso para qué?
-Para violentarla sin duda -dijo Athos-; tengo el honor de decir a Vuestra Eminencia que
aquellos miserables estaban borrachos.
-¿Y esa mujer era joven y hermosa? -preguntó el cardenal con cierta inquietud.
-No la hemos visto, Monseñor -dijo Athos.
-¡No la habéis visto! ¡Ah, muy bien! -replicó vivamente el cardenal-. Habéis hecho bien en
defender el honor de una mujer, y como es al albergue del Colombier-Rouge a donde yo voy,
sabré si me habéis dicho la verdad.
-Monseñor -dijo altivamente Athos-, somos gentileshombres, y para salvar nuestra cabeza no
diríamos una mentira.
-Por eso no dudo de lo que me decís, señor Athos, no lo dudo ni un solo instante, pero -añadió
para cambiar de conversación-, ¿aquella dama estaba, por tanto, sola?
-Aquella dama tenía encerrado con ella un caballero -dijo Athos-; pero como pese al alboroto el
caballero no ha aparecido, es de presumir que es un cobarde.
-¡No juzguéis temerariamente!, dice el Evangelio -replicó el cardenal.
Athos se inclinó.
-Y ahora, señores, está bien -continuó Su Eminencia-. Sé lo que quería saber; seguidme.
Los tres mosqueteros pasaron tras el cardenal, que se envolvió de nuevo el rostro con su capa
y echó su caballo a andar manteniéndose a ocho o diez pasos por delante de sus acompañantes.
Llegaron pronto al albergue silencioso y solitario; sin duda el hostelero sabía qué ilustre
visitante esperaba, y por consiguiente había despedido a los importunos.
Diez pasos antes de llegar a la puerta, el cardenal hizo seña a su escudero y a los tres
mosqueteros de detenerse. Un caballo completa mente ensillado estaba atado al postigo. El
cardenal llamó tres veces y de determinada manera.
Un hombre envuelto en una capa salió al punto y cambió algunas rápidas palabras con el
cardenal, tras lo cual volvió a subir a caballo y partió en la dirección de Surgères, que era
también la de París.
-Avanzad, señores -dijo el cardenal.
-Me habéis dicho la verdad, gentileshombres -dijo dirigiéndose a los tres mosqueteros-. Sólo a
mí me atañe que nuestro encuentro de esta noche os sea ventajoso; mientras tanto, seguidme.
El cardenal echó pie a tierra y los tres mosqueteros hicieron otro tanto; el cardenal arrojó la
brida de su caballo a las manos de su escudero y los tres mosqueteros ataron las bridas de los
suyos a los postigos.
El hotelero permanecía en el umbral de la puerta; para él el cardenal no era más que un oficial
que venía a visitar a una dama.
-¿Tenéis alguna habitación en la planta baja donde estos señore puedan esperarme junto a un
buen fuego? -dijo el cardenal.
El hostelero abrió la puerta de una gran sala, en la que precisament acababan de reemplazar
una mala estufa por una gran chimenea excelente.
-Tengo ésta -respondió.
-Está bien -dijo el cardenal-. Entrad ahí, señores, y tened a bie esperarme; no tardaré más de
media hora.
Y mientras los tres mosqueteros entraban en la habitación de la planta baja, el cardenal, sin
pedir informes más amplios, subió la escaler como hombre que no necesita que le indiquen el
camino.
Capítulo XLIV
De la utilidad de los tubos de estufa
Era evidente que, sin sospecharlo, y movidos solamente por su carácter caballeresco y
aventurero, nuestros tres amigos acababan de prestar algún servicio a alguien a quien el
cardenal honraba con su proteción particular.
Pero ¿quién era ese alguien? Es la pregunta que se hicieron primero los tres mosqueteros;
luego, viendo que ninguna de las respuesta que podía hacer su inteligencia era satisfactoria,
Porthos llamó al hotelero y pidió los dados.
Porthos y Aramis se sentaron ante una mesa y se pusieron a jugar, Athos se paseó
reflexionando.
Al reflexionar y pasearse, Athos pasaba una y otra vez por delante del tubo de la estufa roto
por la mitad y cuya otra extremidad daba a la habitación superior, y cada vez que pasaba y volvía
a pasar, de un murmullo de palabras que terminó por centrar su atención. Athos se acercó y
distinguió algunas palabras que sin duda le parecieron merecer un interés tan grande que hizo
seña a sus compañeros de callasen quedando él inclinado, con el oído puesto a la altura del
orificio interior.
-Escuchad, Milady -decía el cardenal-; el asunto es importarte; sentaos ahí y hablemos.
-¡Milady! -murmuró Athos.
-Escucho a Vuestra Excelencia con la mayor atención -respondió una voz de mujer que hizo
estremecer al mosquetero.
-Un pequeño navío con tripulación inglesa, cuyo capitán está de mi parte, os espera en la
desembocadura del Charente, en el fuerte de La Pointe: se hará a la vela mañana por la mañana.
-Entonces, ¿es preciso que vaya allí esta noche?
-Ahora mismo, es decir, cuando hayáis recibido mis instrucciones. Dos hombres que
encontraréis a la puerta al salir os servirán de escolta; me dejaréis salir a mí primero; luego,
media hora después de mí, saldréis vos.
-Sí, monseñor. Ahora volvamos a la misión que tenéis a bien encargarme; y como quiero seguir
mereciendo la confianza de Vuestra Eminencia, dignaos exponérmela en términos claros y
precisos para que no cometa ningún error.
Hubo un instante de profundo silencio entre los dos interlocutores; era evidente que el
cardenal media por adelantado los términos en que iba a hablar y que Milady reunía todas sus
facultades intelectuales para comprender las cosas que él iba a decir y grabarlas en su memoria
cuando estuviesen dichas.
Athos aprovechó ese momento para decir a sus dos compañeros que cerraran la puerta por
dentro y para hacerles seña de que vinieran a escuchar con él.
Los dos mosqueteros, que amaban la comodidad, trajeron una silla para cada uno de ellos y
otra silla para Athos. Los tres se sentaron entonces con las cabezas juntas y el oído al acecho.
-Vais a partir para Londres -continuó el cardenal-. Una vez llegada a Londres, iréis en busca de
Buckingham.
-Haré observar a Su Eminencia -dijo Milady- que, desde el asunto de los herretes de
diamantes, que el duque siempre sospechó obra mía, Su Gracia desconfía de mí.
-Esta vez -dijo el cardenal- no se trata de captar su confianza, sino de presentarse franca y
lealmente a él como negociadora.
-Franca y lealmente -repitió Milady con una indecible expresión de duplicidad.
-Sí, franca y lealmente -replicó el cardenal en el mismo tono-; toda esta negociación debe ser
hecha al descubierto.
-Seguiré al pie de la letra las instrucciones de Su Eminencia, y espero que me las dé.
-Iréis en busca de Buckingham de parte mía, y le diréis que sé todos los preparativos que hace,
pero que apenas me preocupo por ello, dado que, al primer movimiento que haga, pierdo a la
reina.
-¿Creerá él que Vuestra Eminencia está en condiciones de cumplir la amenaza que le hace?
-Sí, porque tengo pruebas.
-Es preciso que yo pueda presentar estas pruebas a su consideración.
-Por supuesto, y le diréis que publico el informe de Bois-Robert y del marqués de Beutru sobre
la entrevista que el duque tuvo en casa de la señora condestable con la reina, la noche en que la
señora condestable dio una fiesta de máscaras; le direis, para que no dude de nada, que el fue
vestido de Gran Mogol, traje que debía llevar el caballero de Guisa, y que compró a este último
mediante la suma de tres mil pistolas.
-De acuerdo, monseñor.
-Todos los detalles de su entrada en el Louvre y de su salida, durante la noche en que se
introdujo en Palacio con el traje de decidor de la buenaventura italiano, me son conocidos; le
diréis, para que tampoco dude de la autenticidad de mis informes, que tenía bajo su capa un
gran traje blanco sembrado de lágrimas negras, de calaveras y de huesos en forma de aspa;
porque en caso de sorpresa, debía hacerse pasar por el fantasma de la Dama blanca que, como
todo el mundo sabe, vuelve al Louvre cada vez que va a ocurrir algún gran suceso.
-¿Eso es todo, monseñor?
-Decidle que también sé todos los detalles de la aventura de Amiens, que haré escribir una
novelita, ingeniosamente disfrazada, con un plano del jardín y los retratos de los principales
actores de aquella escena nocturna.
-Le diré eso.
-Decidle además que tengo en mi poder a Montaigu, está en la Bastilla, que no le han
sorprendido ninguna carta encima, es cierto, pero que la tortura puede hacerle decir lo que sabe,
a incluso... lo que no sabe.
-De acuerdo.
-En fin, añadid que Su Gracia, en la precipitación que puso al dejar la isla de Ré, olvidó en su
alojamiento cierta carta de la señora de Chevreuse que compromete especialmente a la reina, en
la que ella demuestra no sólo que Su Majestad puede amar a los enemigos del rey, sino que
incluso conspira con los de Francia. Habéis retenido todo lo que os he dicho, ¿no es así?
-Juzgue Vuestra Eminencia: el baile de la señora condestable; la noche del Louvre; la velada de
Amiens; el arresto de Montaigu; la carta de la señora de Chevreuse.
-Eso es -dijo el cardenal-, eso es; tenéis una memoria afortunada, Milady.
-Pero -replicó aquella a quien el cardenal acababa de dirigir su cumplido adulador- ¿si pese a
todas estas razones el duque no se rinde y continúa amenazando a Francia?
-El duque está enamorado como un loco, o mejor, como un necio -contestó Richelieu con
profunda amargura-; como los antiguos paladines, ha emprendido esta guerra nada más que por
obtener una mirada de su bella. Si sabe que esta guerra puede costarle el honor y quizá la
libertad de la dama de sus pensamientos, como él dice, os respondo de que se lo pensará dos
veces.
-Sin embargo -dijo Milady con una persistencia que probaba que quería ver claro hasta el fin en
la misión de que iba a encargarse-, sin embargo, ¿si persiste?
-Si persiste... -dijo el cardenal-... No es probable.
-Es posible -dijo Milady.
-Si persiste... -Su Eminencia hizo una pausa y prosiguió-. Pues bien, si persiste, esperaré uno
de esos acontecimientos que cambian la faz de los Estados.
-Si Su Eminencia quisiera citarme alguno de esos acontecimientos en la historia -dijo Milady
quizá comparta yo su confianza en el futuro.
Pues bien, mirad, por ejemplo –dijo Richelieu-, cuando en 1610, por un motivo más o menos
parecido al que hace conmoverse al duque, el rey Enrique IV, de gloriosa memoria, iba a invadir
a la vez Flandes y Italia para golpear a un mismo tiempo a Austria por dos lados, ¿no ocurrió
entonces un acontecimiento que salvó a Austria? ¿Por qué el rey de Francia no habría de tener la
misma suerte que el emperador?
-¿Vuestra Eminencia se refiere a la cuchillada de la calle de la Ferronerie?
-Precisamente -dijo el cardenal.
-¿Vuestra Eminencia no teme que el suplicio de Ravaillac espanto a quienes tengan por un
instante la idea de imitarlo?
-En todo tiempo y en todos los países, sobre todo si esos países están divididos por la religión,
habrá fanáticos que no pedirán otra cola que convertirse en mártires. Y ved, precisamente ahora
recuerdo que los puritanos están furiosos contra el duque de Buckingham y que sus predicadores
lo designan como el Anticristo.
-¿Y entonces? -preguntó Milady.
-Pues que -continuó el cardenal con un sire indiferente- por el momento no se trataría, por
ejemplo, sino de buscar una mujer hermosa, joven, hábil, que tuviera que vengarse del duque.
Tal mujer puede encontrarse: el duque es hombre de aventuras galantes y si ha sembrado
muchos amores con sus promesas de constancia eterna, ha debido sembrar muchos odios
también por sus continuas infidelidades.
-Sin duda -dijo fríamente Milady-, se puede encontrar una mujer semejante.
-Pues bien, una mujer semejante, que pusiera el cuchillo de Ja ques Clément o de Ravaillac en
las manos de un fanático, salvaría a Francis.
-Sí, pero sería cómplice de un asesinato.
-¿Se ha conocido alguna vez a los cómplices de Ravaillac o de Jacques Clément?
-No, porque quizá estaban situados demasiado alto para que se atrevieran a irlos a buscar
donde estaban; no se quemaría el Palacio de Justicia por todo el mundo, monseñor.
-¿Creéis, pues, que el incendio del Palacio de Justicia tiene una causa distinta a la del azar?
-preguntó Richelieu en un tono como el de quien hace una pregunta sin ninguna importancia.
-Yo, monseñor -respondió Milady-, no creo nada, cito un hecho, eso es todo; sólo digo que si
yo me llamara señorita de Montpensier, o reina Maria de Médicis, tomaría menos precauciones de
las que tomo por llamarme simplemente lady Clarick.
-Eso es justo -dijo Richelieu-. ¿Qué queréis entonces?
-Querría una orden que ratificase de antemano todo cuanto yo crea deber hacer para mayor
bien de Francia.
-Pero primero habría que buscar la mujer que he dicho y que tuviera que vengarse del duque.
-Está encontrada -dijo Milady.
-Luego habría que encontrar ese miserable fanático que servirá de instrumento a la justicia de
Dios.
-Se encontrará.
-Pues bien -dijo el duque-, entonces será el momento de reclamar la orden que pedís ahora
mismo.
-Vuestra Eminencia tiene razón -dijo Milady-, y soy yo quien está equivocada al ver en la
misión con que me honra otra cosa de lo que realmente es, es decir, anunciar a Su Gracia, de
parte de Su Eminencia, que conocéis los diferentes disfraces con ayuda de los cuales ha
conseguido acercarse a la reina durante la fiesta dada por la señora condestable; que tenéis
pruebas de la entrevista concedida en el Louvre por la reina a cierto astrólogo italiano que no es
otro que el duque de Buckingham; que habéis encargado una novelita, de las más ingeniosas,
sobre la aventura de Amiens, con el plano del jardín donde esa aventura ocurrió y retratos de los
actores que figuraron en ella; que Montaigu está en la Bastilla, y que la tortura puede hacerle
decir cosas que recuerde, incluso cosas que habría olvidado; finalmente, que vos poseéis cierta
carta de la señora de Chevreuse, encontrada en el alojamiento de Su Gracia, que compromete de
modo singular, no sólo a quien la escribió, sino que incluso a aquella en cuyo nombre fue escrita.
Luego, si pese a todo esto persiste, como es a lo que acabo de decir a lo que se limita mi misión,
no tendré más que rogar a Dios que haga un milagro para salvar a Francia. ¿Basta con eso,
Monseñor? ¿Tengo que hacer alguna otra cosa?
-Basta con eso -replicó secamente monseñor.
-Pues ahora -dijo Milady sin parecer observar el cambio de tono del cardenal respecto a ella-,
ahora que he recibido las instrucciones de Vuestra Eminencia a propósito de sus enemigos,
¿monseñor me permitirá decirle dos palabras de los míos?
-¿Tenéis entonces enemigos? -preguntó Richelieu.
-Sí, monseñor; enemigos contra los cuales me debéis todo vuestro apoyo, porque me los he
hecho sirviendo a Vuestra Eminencia.
-¿Y cuáles? -replicó el cardenal.
-En primer lugar una pequeña intrigante llamada Bonacieux.
-Está en la prisión de Nantes.
-Es decir, estaba allí -prosiguió Milady-, pero la reina ha sorprendido una orden del rey, con
ayuda de la cual la ha hecho llevar a un convento.
-¿A un convento? -dijo el cardenal.
-Sí, a un convento.
-Y ¿a cuál?
-Lo ignoro, el secreto ha sido bien guardado.
-¡Yo lo sabré!
-¿Y Vuestra Eminencia me dirá en qué convento está esa mujer?
-No veo ningún inconveniente -dijo el cardenal.
-Bien; ahora tengo otro enemigo muy de temer por distintos motivos que esa pequeña señora
Bonacieux.
-¿Cuál?
-Su amante.
-¿Cómo se llama?
-¡Oh! Vuestra Eminencia lo conoce bien –exclamó Milady llevada por la cólera-. Es el genio
malo de nosotros dos; es ése que en un encuentro con los guardias de Vuestra Eminencia decidió
la victoria de los mosqueteros del rey; es el que dio tres estocadas a de Wardes, vuestro
emisario, y que hizo fracasar el asunto de los herretes; es el que, finalmente, sabiendo que era
yo quien le había raptado a la señora Bonacieux, ha jurado mi muerte.
-¡Ah, ah! -dijo el cardenal-. Sé a quién os referís.
-Me refiero a ese miserable de D'Artagnan.
-Es un intrépido compañero -dijo el cardenal.
-Y precisamente porque es un intrépido compañero es más de temer.
-Sería preciso -dijo el duque- tener una prueba de su inteligencia con Buckingham.
-¡Una prueba! -exclamó Milady-. Tendré diez.
-Pues bien entonces es la cosa más sencilla del mundo, presentadrne esa prueba y lo mando a
la Bastilla.
-¡De acuerdo, monseñor! Pero ¿y después?
-Cuando se está en la Bastilla, no hay después -dijo el cardenal con voz sorda-. ¡Ah, diantre
-continuó-, si me fuera tan fácil desembarazarme de mi enemigo como fácil me es
desembarazarme de los vuestros, y si fuera contra personas semejantes por lo que pedís vos la
impunidad!...
-Monseñor -replicó Milady-, trueque por trueque, vida por vida, hombre por hombre; dadme a
mí ese y yo os doy el otro.
-No sé lo que queréis decir -replicó el cardenal-, y no quiero siquiera saberlo; pero tengo el
deseo de seros agradable y no veo ningún inconveniente en daros lo que pedís respecto a una
criatura tan ínfima; tanto más, como vos me decís, cuanto que ese pequeño D'Artagnan es un
libertino, un duelista y un traidor.
-¡Un infame, monseñor, un infame!
-Dadme, pues, un papel, una pluma y tinta -dijo el cardenal.
-Helos aquí, monseñor.
Se hizo un instante de silencio que probaba que el cardenal estaba ocupado en buscar los
términos en que debía escribirse el billete, o incluso si debía escribirlo. Athos, que no había
perdido una palabra de la conversación, cogió a cada uno de sus compañeros por una mano y los
llevó al otro extremo de la habitación.
-¡Y bien! -dijo Porthos-. ¿Qué quieres y por qué no nos dejas escuchar el final de la
conversación?
-¡Chis! -dijo Athos hablando en voz baja-. Hemos oído todo cuanto es necesario oír; además no
os impido escuchar el resto, pero es preciso que me vaya.
-¡Es preciso que te vayas! -dijo Porthos-. Pero si el cardenal pregunta por ti, ¿qué
responderemos?
-No esperaréis a que pregunte por mí, le diréis los primeros que he partido como explorador
porque algunas palabras de nuestro hostelero me han hecho pensar que el camino no era
seguro; primero diré dos palabras sobre ello al escudero del cadernal; el resto es cosa mía, no os
preocupéis.
-¡Sed prudente, Athos! -dijo Aramis.
-Estad tranquilos -respondió Athos-, ya sabéis, tengo sangre fría.
Porthos y Aramis fueron a ocupar nuevamente su puesto junto al tubo de estufa.
En cuanto a Athos, salió sin ningún misterio, fue a tomar su caballo atado con los de sus
amigos a los molinetes de los postigos, convenció con cuatro palabras al escudero de la
necesidad de una vanguardia Para el regreso, inspeccionó con afectación el fulminante de sus
pistolas, se puso la espada en los dientes y siguió, como hijo pródigo, la ruta que llevaba al
campamento.
Capítulo XL V
Escena conyugal
Como Athos había previsto, el cardenal no tardó en descender; abrió la puerta de la habitación
en que habían entrado los mosqueteros y encontró a Porthos jugando una encarnizada partida
de dados con Aramis. De rápida ojeada registró todos los rincones de la sala y vio que le faltaba
uno de los hombres.
-¿Qué ha sido del señor Athos? -preguntó.
-Monseñor -respondió Porthos-, ha partido como explorador por algunas frases de nuestro
hostelero, que le han hecho creer que la ruta no era segura.
-¿Y vos, que habéis hecho vos, señor Porthos?
-Le he ganado cinco pistolas a Aramis.
-Y ahora, ¿podéis volver conmigo?
-Estamos a las órdenes de Vuestra Eminencia.
-A caballo pues, señores, que se hace tarde.
-El escudero estaba a la puerta y sostenía por las bridas el caballo del cardenal. Un poco más
lejos, un grupo de dos hombres y de tres caballos aparecía en la sombra: aquellos dos hombres
eran los que debían conducir a Milady al fuerte de La Pointe y velar por su embarque.
El escudero confirmó al cardenal lo que los dos mosqueteros ya le habían dicho a propósito de
Athos. El cardenal hizo un gesto aprobador y emprendió la ruta, rodeándose de las mismas
precauciones que había tomado al partir.
Dejémosle seguir el camino del campamento, protegido por el escudero y los dos mosqueteros,
y volvamos a Athos.
Durante una centena de pasos, había caminado al mismo trote; mas una vez fuera de la vista,
había lanzado su caballo a la derecha, había dado un rodeo, y había vuelto a una veintena de
pasos, al bosquecillo, para acechar el paso de la pequeña tropa; una vez reconocidos los sombreros
bordados de sus compañeros y la franja dorada de la capa del señor cardenal, esperó a
que los caballeros hubieran doblado el recodo del camino, y habiéndoles perdido de vista, volvió
al galope al albergue que se le abrió sin dificultad.
El hostelero lo reconoció.
-Mi oficial -dijo Athos- ha olvidado hacer a la dama del primero una recomendación importante;
me envía para reparar su olvido.
-Subid -dijo el hostelero-, todavía está en su habitación.
Athos aprovechó el permiso, subió la escalera con su paso más ligero, llegó a la meseta y a
través de la puerta entreabierta vio a Milady que se ataba su sombrero.
Entró en la habitación y cerró la puerta tras sí.
Al ruido que hizo al empujar el cerrojo, Milady se volvió.
Athos estaba de pie ante la puerta, envuelto en su capa, la capa cubriéndole hasta los ojos.
Al ver aquella figura muda a inmóvil como una estatua, Milady tuvo miedo.
-¿Quién sois? ¿Y qué queréis? -exclamó.
-Vamos, ¡es ella! -murmuró Athos.
Y dejando caer su capa y alzando su sombrero avanzó hacia Milady.
-¿Me reconocéis, señora? -dijo.
Milady dio un paso adelante, luego retrocedió como ante la vista de una serpiente.
-Vamos -dijo Athos-, está bien, ya veo que me reconocéis.
-¡El conde de La Fère! -murmuró Milady palideciendo y retrocediendo hasta que el muro le
impidió ir más lejos.
-Sí, Milady -respondió Athos-, el conde de La Fère en persona, que vuelve directamente del
otro mundo para tener el placer de veros. Sentémonos, pues, y hablemos, como dice Monseñor
el cardenal.
Milady, dominada por un terror inexpresable, se sentó sin proferir una sola palabra.
-¿Sois acaso un demonio enviado a la tierra? -dijo Athos-. Vuestro poder es grande, pero sabéis
también que con la ayuda de Dios los hombres han vencido con frecuencia a los demonios más
terribles. Ya os cruzasteis en mi camino, creía haberos vencido, señora; pero, o yo me
equivocaba o el infierno os ha resucitado.
A estas palabras que le traían recuerdos espantosos, Milady bajó la cabeza con un gemido
sordo.
-Sí, el infierno os ha resucitado -prosiguió Athos-, el infierno os ha hecho rica, el infierno os ha
dado otro nombre, el infierno os ha rehecho casi otro rostro; pero no ha borrado ni las mancillas
de vuestra alma ni la marca de vuestro cuerpo.
Milady se levantó como movida por un resorte, y sus ojos lanzaron destellos. Athos permaneció
sentado.
-Me creíais muerto, como yo os creía muerta, ¿no es as? ¡Y este nombre de Athos había
ocultado al conde de La Fère, como el nombre de Milady Clarick había ocultado a Anne de Breuil!
¿No era así como os llamabais cuando vuestro honrado hermano nos casó? Nuestra posición es
realmente extraña -prosiguió Athos riendo-; uno y otro sólo hemos vivido hasta ahora porque nos
creíamos muertos, y porque un recuerdo molesta menos que una criatura, aunque ésta sea más
devoradora a veces que un recuerdo.
-Pero, en fin -dijo Milady con una voz sorda-, ¿qué os trae a m? ¿Y qué queréis de mí?
-Quiero deciros que, aunque permaneciendo invisible a vuestros ojos, no os he perdido de
vista.
-¿Sabéis lo que he hecho?
-Puedo contar día por día vuestras acciones, desde vuestra entrada al servicio del cardenal
hasta esta noche.
Una sonrisa de incredulidad pasó por los labios pálidos de Milady.
-Oíd: sois vos quien cortó los dos herretes de diamantes del hombro del duque de Buckingham;
sois vos quien ha hecho raptar a la señora Bonacieux; sois vos quien, enamorada de De Wardes,
y creyendo pasar la noche con él, habéis abierto vuestra puerta al señor D'Artagnan; sois vos
quien, creyendo que De Wardes os había engañado quisisteis hacerlo matar por su rival; sois vos
quien, cuando este rival hubo descubierto vuestro infame secreto, habéis querido hacerlo matar
por dos asesinos que enviasteis en su persecución; sois vos quien, viendo que las balas habían
fallado su tiro, habéis enviado vino enve nenado con una carta falsa para hacer creer a vuestra
víctima que aquel vino venía de sus amigos; sois vos, en fin, quien en esta habitación, y sentada
en la silla en que estoy, acabáis de aceptar con el cardenal Richelieu el compromiso de hacer
asesinar al duque de Buckingham, a cambio de la promesa que él os ha hecho de dejaros
asesinar a D'Artagnan.
Milady estaba lívida.
-Pero ¿sois acaso Satán? -dijo ella.
-Quizá -dijo Athos-, pero en cualquier caso, escuchad bien esto: asesinéis o hagáis asesinar al
duque de Buckingham, poco importa; no lo conozco, además es un inglés. Pero no toquéis con la
punta de los dedos ni un solo pelo de D'Artagnan, que es un fiel amigo a quien amo y a quien
defiendo, a os juro por la cabeza de mi padre que el crimen que hayáis cometido será el último.
-El señor D'Artagnan me ha ofendido cruelmente -dijo Milady con voz sorda-. El señor
D'Artagnan morirá.
-¿De veras es posible que alguien os ofenda, señora? -dijo riendo Athos-. ¿Os ha ofendido y
morirá?
-Morirá -replicó Milady-; ella primero, él después.
Athos fue arrebatado como por un vértigo: la vista de aquella criatura, que no tenía nada de
mujer, le traía recuerdos terribles; pensó que un día, en una situación menos peligrosa que
aquella en que se encontraba, había ya querido sacrificarla a su honor; su deseo de crimen le
volvió quemándole y lo invadió como una fiebre ardiente: se levantó a su vez, llevó la mano a su
cintura, sacó de él una pistola y la armó.
Milady, pálida como un cadáver, quiso gritar, pero su lengua helada no pudo proferir más que
un sonido ronco que no tenía nada de palabra humana y que parecía el estertor de una bestia
fiera; pegada contra la sombría tapicería, con los cabellos esparcidos, parecía como la imagen
espantosa del terror.
Athos alzó lentamente su pistola, exte ndió el brazo de manera que el arma tocase casi la frente
de Milady y luego, con una voz tanto más terrible cuanto que tenía la calma suprema de una
inflexible resolución:
-Señora -dijo-, ahora mismo vais a entregarme el papel que os ha firmado el cardenal, o por mi
alma que os salto la tapa de los sesos.
Con otro hombre Milady habría podido conservar alguna duda, pero ella conocía a Athos; sin
embargo, permaneció inmóvil.
-Tenéis un segundo para decidiros -dijo él.
Milady vio en la contracción de su rostro que el disparo iba a salir; llevó vivamente la mano a
su pecho, sacó de él un papel y lo tendió a Athos.
-¡Tomad -dijo ella-, y sed maldito!
Athos cogió el papel, volvió a poner la pistola en su cintura, se acercó a la lámpara para
asegurarse de que era aquél, lo desplegó y leyó:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden mía y para bien del Estado.
3 de diciembre de 1627.
Richelieu»
-Y ahora -dijo Athos recobrando su capa y volviendo a ponerse el sombrero en la cabeza-,
ahora que lo he amancado los dientes, víbora, muerde si puedes.
Y salió de la habitación sin mirar siquiera para atrás.
A la puerta encontró a los dos hombres y el caballo que tenían de la mano.
-Señores -dijo- la orden de Monseñor, ya lo sabéises conducir a esa mujer, sin perder tiempo,
al fuerte de La Pointe y no dejarla hasta que esté a bordo.
Como estas palabras concordaban efectivamente con la orden que había recibido, inclinaron la
cabeza en señal de asentimiento.
En cuanto a Athos, montó con ligereza y partió al galope; sólo que, en lugar de seguir la ruta,
tomó campo a través, picando con vigor a su caballo y deniéndose de vez en cuando para
escuchar.
En uno de estos altos, oyó por el camino el paso de varios caballos. No dudó que fueran el
cardenal y su escolta. Entonces echó una nueva camera, restregó a su caballo con los brezales y
las hojas de los árboles y vino a situarse de través en el camino, a doscientos pasos del
campamento aproximadamente.
-¿Quién vive? -gritó de lejos cuando divisó a los caballeros.
-Es nuestro valiente mosquetero, según creo -dijo el cardenal.
-Sí, Monseñor -respondió Athos-, el mismo.
-Señor Athos -dijo Richelieu-, recibid mi agradecimiento por la buena custodia que habéis
hecho de nosotros; señores, hemos llegado: tomad la puerta de la izquierda, la contraseña es
Rey y Ré.
Al decir estas palabras, el cardenal saludó con la cabeza a los tres amigos y giró a la derecha
seguido de su escudero; porque aquella noche dormía en el campamento.
-¡Y bien! -dijeron a una Porthos y Aramis cuando el cardenal estuvo fuera del alcance de la
voz-. Y bien, ha firmado el papel que ella pedía.
-Lo sé -dijo tranquilamente Athos-, porque es éste.
Y los tres amigos no intercambiaron una sola palabra hasta su acuartelamiento, excepto para
dar la contraseña a los centinelas.
Sólo que enviaron a Mosquetón a decir a Planchet que rogaban a su amo que, al ser relevado
de trinchera, se dirigiese al momento al alojamiento de los mosqueteros.
Por otra parte, como Athos había previsto, Milady, al encontrarse en la puerta a los hombres
que la esperaban, no puso ninguna dificultad en seguirlos; por un instante había tenido ganas de
hacerse llevar ante el cardenal y contarle todo, pero una revelación por su parte llevaba a una
revelación por parte de Athos: ella diría que Athos la había colgado, pero Athos diría que ella
estaba marcada; pensó que más va lía guardar silencio, partir discretamente, cumplir con su
habilidad ordinaria la difícil misión de que se había encargado y luego, una vez cumplido todo a
satisfacción del cardenal, ir a reclamar su venganza.
Por consiguiente, tras haber viajado toda la noche, a las siete de la mañana estaba en el fuerte
de La Pointe, a las ocho había embarcado y a las nueve el navío, que con la patente de corso del
cardenal se suponía en franquía para Bayonne, levaba el ancla y navegaba rumbo a Inglaterra.
Capítulo XLVI
El bastión Saint-Geruais
Al llegar donde sus tres amigos, D'Artagnan los encontró reunidos en la misma habitación:
Athos reflexionaba, Porthos rizaba su mostacho, Aramis decía sus oraciones en un encantador
librito de horas encuadernado en terciopelo azul.
-¡Diantre, señores! -dijo-. Espero que lo que tengáis que decirme valga la pena; en caso
contrario os prevengo que no os perdonaré haberme hecho venir en lugar de dejarme descansar
después de una noche pasada conquistando y desmantelando un bastión. ¡Ah, y que no
estuvierais allí, señores! ¡Hizo buen calor!
-¡Estábamos en otro lado donde tampoco hacía frío! -respondió Porthos haciendo adoptar a su
mostacho un rizo que le era particular.
-¡Chis! -dijo Athos.
-¡Vaya! -dijo D'Artagnan comprendiendo el ligero fruncimiento de ceño del mosquetero-.
Parece que hay novedades por aquí.
-Aramis -dijo Athos-, creo que anteayer fuisteis a almorzar al albergue del Parpaillot.
-Sí.
-¿Qué tal está?
-Por lo que a mí se refiere comí muy mal: anteayer era día de ayuno, y no tenían más que
carne.
-¿Cómo? -dijo Athos-. ¿En un puerto de mar no tienen pescado?
-Dicen -replicó Aramis volviendo a su piadosa lectura- que el dique que ha hecho construir el
señor cardenal lo echa a alta mar.
-Mas no es eso lo que yo os preguntaba, Aramis -prosiguió Athos-; yo os preguntaba si
estuvisteis a gusto, y si nadie os había molestado.
-Me parece que no tuvimos demasiados importunos; sí, de hecho, y para lo que queréis decir,
Athos, estaremos bastante bien en el Parpaillot.
-Vamos entonces al Parpaillot -dijo Athos-, porque aquí las paredes son corno hojas de papel.
D'Artagnan, que estaba habituado a las maneras de hacer de su amigo, que reconocía
inmediatamente en una palabra, en un gesto, en un signo suyo que las circunstancias eran
graves, cogió el brazo de Athos y salió con él sin decir nada; Porthos siguió platicando con
Aramis.
En camino encontraron a Grimaud y Athos le hizo seña de seguirlos; Grimaud, según su
costumbre, obedeció en silencio; el pobre muchacho había terminado casi por olvidarse de
hablar.
Llegaron a la cantina del Parpaillot: eran las siete de la mañana, el día comenzaba a clarear;
los tres amigos encargaron un desayuno y entraron en la sala donde, a decir del huésped, no
debían ser molestados.
Por desgracia la hora estaba mal escogida para un conciliábulo; acababan de tocar diana, todos
sacudían el sueño de la noche, y para disipar el aire húmedo de la mañana venían a beber la
copita a la cantina dragones, suizos, guardias, mosqueteros, caballos-ligeros se sucedíar con una
rapidez que debía hacer ir bien los asuntos del hostelero, perc que cumplía muy mal las miras de
los cuatro amigos. Por eso respondieron de una forma muy huraña a los saludos, a los brindis y a
las bromas de sus camaradas.
-¡Vamos! -dijo Athos-. Vamos a organizar alguna buena pelea, y no tenemos necesidad de eso
en este momento. D'Artagnan, contadnos vuestra noche; luego nosotros os contaremos la
nuestra.
-En efecto -dijo un caballo-ligero que se contoneaba sosteniendo en la mano un vaso de
aguardiente que degustaba con lentitud-; en efecto, esta noche estabais de trinchera, señores
guardias, y me parece que andado en dimes y diretes con los rochelleses.
D'Artagnan miró a Athos para saber si debía responder a aquel intruso que se mezclaba en la
conversación.
-Y bien -dijo Athos-, ¿no oyes al señor de Busigny que te hace el honor de dirigirte la palabra?
Cuenta lo que ha pasado esta noche, que estos señores desean saberlo.
-¿No habrán cogido un fasitón? -preguntó un suizo que bebía ron en un vaso de cerveza.
-Sí, señor -respondió D'Artagnan inclinándose-, hemos tenido ese honor; incluso hemos
metido, como habéis podido oír, bajo uno de los ángulos, un barril de pólvora que al estallar ha
hecho una hermosa brecha; sin contar con que, como el bastión no era de ayer, todo el resto de
la obra ha quedado tambaleándose.
-Y ¿qué bastión es? -preguntó un dragón que tenía ensartada en su sable una oca que traía
para que se la asasen.
-El bastión Saint-Gervais -respondió D'Artagnan, tras el cual los rochelleses inquietaban a
nuestros trabajadores.
-¿Y la cosa ha sido acalorada?
-Por supuesto; nosotros hemos perdido cinco hombres y los rochelleses ocho o diez.
-¡Triante! -exclamó el suizo, que, pese a la admirable colección de juramentos que posee la
lengua alemana, había tomado la costumbre de jurar en francés.
-Pero es probable -dijo el caballo-ligero- que esta mañana envíen avanzadillas para poner las
cosas en su sitio en el bastión.
-Sí, es probable -dijo D'Artagnan.
-Señores -dijo Athos-, una apuesta.
-¡Ah! Sí, una apuesta -dijo el suizo.
- Cuál? -preguntó el caballo-ligero.
-Esperad -dijo el dragón poniendo su sable, como un asador, sobre los dos grandes morillos
que sostenían el fuego de la chimenea-, estoy con vosotros. Hostelero maldito, una grasera en
seguida, para que no pierda ni una sola gota de la grasa de esta estimable ave.
-Tiene razón -dijo el suizo-, la grasa zuya, es muy fuena gon gonfituras.
-Ahí -dijo el dragón-. Ahora, veamos la apuesta. ¡Escuchamos, señor Athos!
-¡Sí, la apuesta! -dijo el caballo- ligero.
-Pues bien, señor de Busigny, apuesto con vosotros -dijo Athosa que mis tres compañeros, los
señores Porthos, Aramis y D Artagnan y yo nos vamos a desayunar al bastión Saint-Gervais y que
estaremos allí una hora, reloj en mano, haga lo que haga el enemigo para desalojarnos.
Porthos y Aramis se miraron; comenzaban a comprender.
-Pero -dijo D'Artagnan inclinándose al oído de Athos- vas a hacernos matar sin misericordia.
-Estamos mucho más muertos -respondió Athos- si no vamos.
-¡Ah! A fe que es una hermosa apuesta -dijo Porthos retrepándose en su silla y retorciéndose el
mostacho.
-Acepto -dijo el señor de Busigny-; ahora se trata de fijar la puesta.
-Vosotros sois cuatro, señores -dijo Athos-; nosotros somos cuatro; una cena a discreción para
ocho, ¿os parece?
-De acuerdo -replicó el señor de Busigny.
-Perfectamente -dijo el dragón.
-Me fa -dijo el suizo.
El cuarto auditor, que en toda esta conversación había jugado un papel mudo, hizo con la
cabeza una señal de que aceptaba la proposición.
-El desayuno de estos señores está dispuesto -dijo el hostelero.
-Pues bien, traedlo -dijo Athos.
El hostelero obedeció. Athos llamó a Grimaud, le mostró una gran cesta que yacía en un rincón
y le hizo el gesto de envolver en las servilletas las viandas traídas.
Grimaud comprendió al instante que se trataba de desayunar en el campo, cogió la cesta,
empaquetó las viandas, unió a ello botellas y cogió la cesta al brazo.
-Pero ¿dónde se van a tomar mi desayuno? -dijo el hostelero.
-¿Qué os importa -dijo Athos-, con tal de que os paguen?
Y majestuosamente tiró dos pistolas sobre la mesa.
-¿Hay que devolveros algo mi oficial? -dijo el hostelero.
-No, añade solamente dos botellas de Champagne y la diferencia será por las servilletas.
El hostelero no hacía tan buen negocio como había creído al principio pero se recuperó
deslizando a los comensales dos botellas de vino de Anjou en lugar de dos botellas de vino de
Champagne.
-Señor de Busigny -dijo Athos-, ¿tenéis a bien poner vuestro reloj con el mío, o me permitís
poner el mío con el vuestro?
-De acuerdo, señor -dijo el caballo-ligero sacando del bolsillo del chaleco un hermoso reloj
rodeado de diamantes-; las siete y media -dijo.
-Siete y treinta y cinco minutos -dijo Athos-; ya sabemos que el mío se adelanta cinco minutos
sobre vos, señor.
Y saludando a los asistentes boquiabiertos, los cuatro jóvenes tomaron el camino del bastión
Saint-Gervais, seguidos de Grimaud, que llevaba la cesta, ignorando dónde iba, pero en la
obediencia pasiva a que se había habituado con Athos no pensaba siquiera en preguntarlo.
Mientras estuvieron en el recinto del campamento, los cuatro amigos no intercambiaron una
palabra; además eran seguidos por los curiosos que, conociendo la apuesta hecha, querían saber
cómo saldrían de ella.
Pero una vez hubieron franqueado la línea de circunvalación y se encontraron en pleno campo,
D'Artagnan, que ignoraba por completo de qué se trataba, creyó que había llegado el momento
de pedir una explicación.
-Y ahora, mi querido Athos -dijo-, tened la amabilidad de decirme adónde vamos.
-Ya lo veis -dijo Athos-, vamos al bastión.
-Sí, pero ¿qué vamos a hacer all?
-Ya lo sabéis, vamos a desayunar.
-Pero ¿por qué no hemos desayunado en el Parpaillot?
-Porque tenemos cosas muy importantes que decirnos, y porque era imposible hablar cinco
minutos en ese albergue, con todos esos importunos que van, que vienen, que saludan, que se
pegan a la mesa; ahí por lo menos -prosiguió Athos señalando el bastión- no vendrán a
molestarnos.
-Me parece -dijo D'Artagnan con esa prudencia que tan bien y tan naturalmente se aliaba en él
a una bravura excesiva-, me parece que habríamos podido encontrar algún lugar apartado en las
dunas, a orillas del mar.
-Donde se nos habría visto conferenciar a los cuatro juntos, de suerte que al cabo de un cuarto
de hora el cardenal habría sido avisado por sus espías de que teníamos consejo.
-Sí -dijo Aramis-, Athos tiene razón: Animadvertuntur in desertis.
-Un desierto no habría estado mal -dijo Porthos-, pero se trataba de encontrarlo.
-No hay desierto en el que un pájaro no pueda pasar por encima de la cabeza, donde un pez
no pueda saltar por encima del agua, donde un conejo no pueda salir de su madriguera, y creo
que pájaro, pez, conejo todo es espía del cardenal. Más vale, pues, seguir nuestra empresa, ante
la cual por otra parte ya no podemos retroceder sin vergüenza; hemos hecho una apuesta, una
apuesta que no podía preverse, y sobre cuya verdadera causa desafío a quien sea a que la
adivine: para ganarla vamos a permanecer una hora en el bastión. Seremos ata cados o no lo
seremos. Si no lo somos, tendremos todo el tiempo para hablar, y nadie nos oirá, porque
respondo de que los muros de este bastión no tienen orejas; si lo somos, hablaremos de
nuestros asuntos al mismo tiempo, y además, al defendernos, nos cubrimos de gloria. Ya veis
que todo es beneficio.
-Sí -dijo D'Artagnan-, pero indudablemente pescaremos alguna bala.
-Vaya, querido -dijo Athos-, ya sabéis vos que las balas más de temer no son las del enemigo.
-Pero me parece que para semejante expedición habríamos debido al menos traer nuestros
mosquetes.
-Sois un necio, amigo Porthos; ¿para qué cargar con un peso inútil?
-No me parece inútil frente al enemigo un buen mosquete de calibre, doce cartuchos y un
cebador.
-Pero bueno -dijo Athos-, ¿no habéis oído lo que ha dicho D'Artagnan?
-¿Qué ha dicho D'Artagnan? -preguntó Porthos.
-D'Artagnan ha dicho que en el ataque de esta noche había ocho o diez franceses muertos, y
otros tantos rochelleses.
-¿Y qué?
-No ha habido tiempo de despojarlos, ¿no es así? Dado que, por el momento, había otras cosas
más urgentes.
-Y ¿qué?
-¡Y qué! Vamos a buscar sus mosquetes sus cebadores y sus cartuchos, y en vez de cuatro
mosquetes y de doce balas vamos a tener una quincena de fusiles y un centenar de disparos.
-¡Oh, Athos! -dijo Aramis-. Eres realmente un gran hombre.
Porthos inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
Sólo D'Artagnan no parecía convencido.
Indudablemente Grimaud compartía las dudas del joven; porque al ver que se continuaba
caminando hacia el bastión, cosa que había dudado hasta entonces, tiró a su amo por el faldón
de su traje.
-¿Dónde vamos? -preguntó por gestos.
Athos le sañaló el bastión.
-Pero -dijo en el mismo dialecto el silencioso Grimaud- dejaremos ahí nuestra piel.
Athos alzó los ojos y el dedo hacia el cielo.
Grimaud puso su cesta en el suelo y se sentó moviendo la cabeza.
Athos cogió de su cintura una pistola, miró si estaba bien cargada, la armó y acercó el cañón a
la oreja de Grimaud.
Grimaud volvió a ponerse en pie como por un resorte.
Athos le hizo seña de coger la cesta y de caminar delante.
Grimaud obedeció.
Todo cuanto había ganado el pobre muchacho con aquella pantomima de un instante es que
había pasado de la retaguardia a la vanguardia.
Llegados al bastión, los cuatro se volvieron.
Más de trescientos soldados de todas las armas estaban reunidos a la puerta del campamento,
y en un grupo separado se podía distinguir al señor de Busigny, al dragón, al suizo y al cuarto
apostante.
Athos se quitó el sombrero, lo puso en la punta de su espada y lo agitó en el aire.
Todos los espectadores le devolvieron el saludo, acompañando esta cortesía con un gran hurra
que llegó hasta ellos.
Tras lo cual, los cuatro desaparecieron en el bastión donde ya los había precedido Grimaud.
Capítulo XLVII
El consejo de los mosqueteros
Como Athos había previsto, el bastión sólo estaba ocupado por una docena de muertos tanto
franceses como rochelleses.
-Señores -dijo Athos, que había tomado el mando de la expedición-, mientras Grimaud pone la
mesa, comencemos a recoger los fusiles y los cartuchos; además podemos hablar al cumplir esa
tarea. Estos señores -añadió él señalando a los muertos- no nos oyen.
-Podríamos de todos modos echarlos en el foso -dijo Porthos-, después de habernos asegurado
que no tienen nada en sus bolsillos.
-Sí -dijo Aramis-, eso es asunto de Grimaud.
-Bueno -dijo D'Artagnan-, entonces que Grimaud los registre y los arroje por encima de las
murallas.
-Guardémonos de hacerlo -dijo Athos-, pueden servirnos.
-¿Esos muertos pueden servirnos? -dijo Porthos-. ¡Vaya, os estáis volviendo loco, amigo mío!
-¡«No juzguéis temerariamente», dice el Evangelio el señor cardenal! -respondió Athos-.
¿Cuántos fusiles, señores.
-Doce -respondió Aramis.
-¿Cuántos disparos?
-Un centenar.
-Es todo cuanto necesitamos; carguemos las armas.
Los cuatro mosqueteros se pusieron a la tarea. Cuando acababan de cargar el último fusil,
Grimaud hizo señas de que el desayuno esta ba servido.
Athos respondió, siempre por gestos, que estaba bien a indicó a Grimaud una especie de
atalaya donde éste comprendió que debía quedarse de centinela. Sólo que para suavizar el
aburrimiento de la guardia, Athos le permitió llevar un pan, dos chuletas y una botella de vino.
-Y ahora, a la mesa -dijo Athos.
Los cuatro amigos se sentaron en el suelo, con las piernas cruzadas, como los turcos o los
canteros.
-¡Ah! -dijo D'Artagnan-. Ahora que ya no tienes miedo de ser oído, espero que vayas a
hacernos participe de tu secreto, Athos.
-Espero que os procure a un tiempo agrado y gloria, señores -dijo Athos-. Os he hecho dar un
paseo encantador; aquí tenemos un desayuno de los más suculentos, y quinientas personas allá
abajo, como podéis verles a través de las troneras, que nos toman por locos o por héroes, dos
clases de imbéciles que se parecen bastante.
-Pero ¿y ese secreto? -preguntó D'Artagnan.
-El secreto -dijo Athos- es que ayer por la noche vi a Milady. D'Artagnan llevaba su vaso a los
labios; pero al nombre de Milady la mano le tembló tan fuerte que lo dejó en el suelo para no
derramar el contenido...
-¿Has visto a tu mu...?
-¡Chis! -interrumpió Athos-. Olvidáis, querido, que estos señores no están iniciados como vos
en el secreto de mis asuntos domésticos; he visto a Milady.
-¿Y dónde? -preguntó D'Artagnan.
-A dos leguas más o menos de aquí, en el albergue del Colombier-Rouge.
-En tal caso estoy perdido -dijo D'Artagnan.
-No, no del todo aún -prosiguió Athos-, porque a esta hora debe haber abandonado las costas
de Francia.
D'Artagnan respiró.
-Pero, a fin de cuentas -prosiguió Porthos-, ¿quién es esa Milady?
-Una mujer encantadora -dijo Athos degustando un vaso de vino espumoso-. ¡Canalla de
hostelero -exclamó-, que nos da vino de Anjou por vino de Champagne y que cree que nos
vamos a dejar coger! Sí -continuó-, una mujer encantadora que ha tenido bondades con nuestro
amigo D'Artagnan, que le ha hecho no sé qué perfidia que ella ha tratado de vengar, hace un
mes tratando de hacerlo matar a disparos de mosquete, hace ocho días tratando de envenenarlo,
y ayer pidiendo su cabeza al cardenal.
-¿Cómo? ¿Pidiendo mi cabeza al cardenal? -exclamó D'Artagnan, pálido de terror.
-Eso es tan cierto -dijo Porthos- como el Evangelio; lo he oído con mis dos orejas.
-Y yo también -dijo Aramis.
-Entonces -dijo D'Artagnan dejando caer su brazo con desaliento- es inútil seguir luchando más
tiempo; da igual que me salte la tapa de los sesos, todo está terminado.
-Es la última tontería que hay que hacer -dijo Athos-, dado que es la única que no tiene
remedio.
-Pero no escaparé nunca -dijo D'Artagnan- con semejantes enemigos. Primero, mi desconocido
de Meung; luego de Wardes, a quien he dado tres estocadas; luego Milady, cuyo secreto he
sorprendido; por fin el cardenal, cuya venganza he hecho fracasar.
-¡Pues bien! -dijo Athos-. Todo eso no hace más que cuatro, y nosotros somos cuatro, uno
contra uno. Diantre, si hemos de creer las señas que nos hace Grimaud, vamos a tener que
vérnoslas con un número de personas mucho mayor. ¿Qué pasa, Grimaud? Considerando la
gravedad de las circunstancias, amigo mío, os permito hablar, pero sed lacónico, por favor. ¿Qué
veis?
-Una tropa.
-¿De cuántas personas?
-De veinte hombres.
-¿Qué hombres?
-Dieciséis zapadores, cuatro soldados.
-¿A cuántos pasos están?
-A quinientos pasos.
-Bueno, aún tenemos tiempo de acabar estas aves y beber un va so de vino a tu salud,
D'Artagnan.
-¡A tu salud! -repitieron Porthos y Aramis.
-Pues bien, ¡a mi salud! Aunque no creo que vuestros deseos me sirvan de gran cosa.
-¡Bah! -dijo Athos-. Dios es grande, como dicen los sectarios de Mahoma y el porvenir está en
sus manos.
Luego, tragando el contenido de su vaso, que dejó junto a sí, Athos se levantó indolentemente,
cogió el primer fusil que había a mano y se acercó a una tronera.
Porthos, Aramis y D'Artagnan hicieron otro tanto. En cuanto a Grimaud, recibió la orden de
colocarse detrás de los cuatro a fin de volver a cargar las armas.
Al cabo de un instante vieron aparecer la tropa; seguía una especie de ramal de trinchera que
establecía comunicación entre el bastión y la ciudad.
-¡Diantre! -dijo Athos-. ¿Merecía la pena molestarnos por una veintena de bribones armados de
piquetas, de azadones y de palas? Grimaud no hubiera debido hacer otra cosa que hacerles
señas de que se fueran y estoy convencido de que nos habrían dejado tranquilos.
-Lo dudo -observó D'Artagnan-, porque avanzan muy decididos por ese lado. Por otra parte,
con los trabajadores hay cuatro soldados y un brigadier armados de mosquetes.
-Eso es que no nos han visto -replicó Athos.
-¡A fe -dijo Aramis- confieso que me da repugnancia disparar sobre esos pobres diablos de
burgueses!
-¡Mal cura -respondió Porthos- el que tiene piedad de los heréticos!
-Realmente -dijo Athos-, Aramis tiene razón, voy a avisarlos.
-¿Qué diablos hacéis? -exclamó D'Artagnan-. Vais a haceros fusilar, querido.
Pero Athos no hizo caso alguno del aviso, y subiéndose a la brecha con el fusil en una mano y
el sombrero en la otra:
-Señores -dijo dirigiéndose a los soldados y a los trabajadores, que, asombrados por su
aparición se detenían a cincuenta pasos aproximadamente del bastión, y saludándolos
cortésmente-, señores, algunos amigos y yo estamos a punto de desayunar en este bastión. Y ya
sabéis que nada es tan desagradable como ser molestado cuando uno desayuna; por tanto, os
rogamos que, si tenéis algo que hacer inexorablemente aquí, esperéis a que hayamos terminado
nuestra comida, o que volváis más tarde; a menos que tengáis el saludable deseo de dejar el
partido de la rebelión y de venir a beber con nosotros a la salud del rey de Francia.
-¡Ten cuidado, Athos! -exclamó D'Artagnan-. ¿No ves que lo están apuntando?
-Ya lo veo, lo veo -dijo Athos-, pero son burgueses que disparan muy mal, y que se libren de
tocarme.
En efecto, en aquel mismo instante cuatro disparos de fusil salieron y las balas vinieron a
estrellarse junto a Athos, pero sin que una sola lo tocase.
Cuatro disparos de fusil los respondieron casi al mismo tiempo, pero éstos estaban mejor
dirigidos que los de los agresores: tres soldados cayeron en el sitio, y uno de los trabajadores fue
herido.
-¡Grimaud, otro mosquete! -dijo Athos, que seguía en la brecha.
Grimaud obedeció inmediatamente. Por su parte, los tres amigos habían cargado sus armas;
una segunda descarga siguió a la primera: el brigadier y dos zapadores cayeron muertos, el resto
de la tropa huyó.
-Vamos, señores, una salida -dijo Athos.
Y los cuatro amigos, lanzándose fuera del fuerte, llegaron hasta el campo de batalla,
recogieron los cuatro mosquetes y el espontón del brigadier; y convencidos de que los huidos no
se detendrían hasta la ciudad, tomaron de nuevo el camino del bastión, trayendo los trofeos de
la victoria.
-Volved a cargar las armas, Grimaud -dijo Athos-, y nosotros, señores, volvamos a nuestro
desayuno y sigamos. ¿Dónde estábamos?
-Yo lo recuerdo -dijo D'Artagnan, que se preocupaba mucho del itinerario que debía seguir
Milady.
-Va a Inglaterra -respondió Athos.
-¿Con qué fin?
-Con el fin de asesinar o hacer asesinar a Buckingham.
D'Artagnan lanzó una exclamación de sorpresa y de indignación.
-¡Pero eso es infame! -exclamó.
-¡Oh, en cuanto a eso -dijo Athos-, os ruego que creáis que me inquieto muy poco! Ahora que
habéis terminado, Grimaud -continuó Athos-, tomad el espontón de nuestro brigadier, atadle una
servilleta y plantadlo en lo alto de nuestro bastión, a fin de que esos rebeldes de los rochelleses
vean que tienen que vérselas con valientes y leales soldados del rey.
Grimaud obedeció sin responder. Un instante después la bandera blanca flotaba por encima de
los cuatro amigos; un trueno de aplausos saludó su aparición; la mitad del campamento estaba
en las barreras.
-¿Cómo? -replicó D'Artagnan-. ¿Te inquietas poco de que mate o haga matar a Buckingham?
Pero el duque es nuestro amigo.
-El duque es inglés, el duque combate contra nosotros; que haga del duque lo que quiera, me
preocupo tanto por ello como por una botella vacía.
Y Athos lanzó a quince pasos de él una botella que tenía en la mano y de la que acababa de
trasvasar hasta la última gota a su vaso.
-Un momento -dijo D'Artagnan-, yo no abandono a Buckingham así; nos dio caballos muy
buenos.
-Y sobre todo unas buenas sillas -añadió Porthos, que en aquel momento mismo llevaba en su
capa el galón de la suya.
-Además -observó Aramis-, Dios quiere la conversión y no la muerte del pecador.
-Amén -dijo Athos-, y ya volveremos sobre eso más tarde, si es ese vuestro gusto; pero por el
momento lo que más me preocupaba, y estoy seguro de que tú, D'Artagnan, me comprenderás,
era recuperar de aquella mujer una especie de firma en blanco que había arrancado al cardenal,
y con cuya ayuda ella debía desembarazarse de ti y quizá de nosotros impunemente.
-Pero esa criatura es un demonio -dijo Porthos tendiendo su plato a Aramis, que trinchaba un
ave.
-Y esa firma en blanco -dijo D'Artagnan-, esa firma en blanco, ¿ha quedado entre sus manos?
-No, ha pasado a las mías; no diré que haya sido sin esfuerzo, porque mentiría.
-Querido Athos -dijo D'Artagnan-, ya no seguiré contando las veces que os debo la vida.
-Entonces, ¿nos dejasteis para volver junto a ella? -preguntó Aramis.
-Exacto.
-¿Y tienes esa carta del cardenal? -dijo D'Artagnan.
-Aquí está -dijo Athos.
Y sacó el precioso papel del bolsillo de su casaca.
D'Artagnan lo desplegó con una mano cuyo temblor no trataba siquiera de disimular y leyó:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden mía y para bien del Estado.
5 de diciembre de 1627.
Richelieu»
-En efecto -dijo Aramis-, es una absolución en toda regla.
-Hay que romper ese papel -exclamó D'Artagnan, que parecía leer su sentencia de muerte.
-Muy al contrario -dijo Athos-, hay que conservarlo por encima de todo, y yo no daría este
papel aunque lo cubrieran de piezas de oro.
-¿Y qué va a hacer ahora ella? -preguntó el joven.
-Pues probablemente -dijo despreocupado Athos- va a escribir al cardenal que un maldito
mosquetero, llamado Athos, le ha arrancado por la fuerza su salvoconducto; en la misma carta le
dará consejo de desembarazarse al mismo tiempo que de él de sus dos amigos, Porthos y
Aramis; el cardenal recordará que son los mismos hombres que encontró en su camino entonces,
una buena mañana hará detener a D'Artagnan y para que no se aburra solo, nos enviará a
hacerle compañía a la Bastilla.
-¡Vaya! -dijo Porthos-. Me parece que estáis haciendo bromas de mal gusto, querido.
-No bromeo -respondió Athos.
-¿Sabéis -dijo Porthos- que retorcerle el cuello a esa maldita Milady sería un pecado menor que
retorcérselo a estos pobres diablos de hugonotes, que nunca han cometido más crímenes que
cantar en francés salmos que nosotros cantamos en latín?
-¿Qué dice el abate a esto? -preguntó tranquilamente Athos.
-Digo que soy de la opinión de Porthos -respondió Aramis.
-¡Y yo también! -dijo D'Artagnan.
-Suerte que ella está lejos -observó Porthos-; porque confieso que me molestaría mucho aquí.
-Me molesta en Inglaterra tanto como en Francia -dijo Athos.
-A mí me molesta en todas partes -continuó D'Artagnan.
-Pero puesto que la teníais -dijo Porthos-, ¿por qué no la habéis ahogado, estrangulado,
colgado? Sólo los muertos no vuelven.
-¿Eso creéis, Porthos? -respondió el mosquetero con una sonrisa sombría que sólo D'Artagnan
comprendió.
-Tengo una idea -dijo D'Artagnan.
-Veamos -dijeron los mosqueteros.
-¡A las armas! -gritó Grimaud.
Los jóvenes se levantaron con presteza a los fusiles.
Aquella vez avanzaba una pequeña tropa compuesta de veinte o veinticinco hombres; pero ya
no eran trabajadores, eran soldados de la guarnición.
-¿Y si volviéramos al campamento? -dijo Porthos-. Me parece que la partida no es igual.
-Imposible por tres razones -respondió Athos-; la primera es que no hemos terminado de
almorzar; la segunda es que aún tenemos cosas importantes que decir, la tercera es que todavía
faltan diez minutos para que pase la hora.
-Bueno -dijo Aramis-, sin embargo hay que preparar un plan de batalla.
-Es muy simple -respondió Athos-:tan pronto como el enemigo esté al alcance del mosquete,
nosotros hacemos fuego; si continúa avanzando, nosotros volvemos a hacer fuego; hacemos
fuego mientras tengamos los fusiles cargados; si lo que quede de la tropa quiere todavía subir al
asalto, dejamos a los asaltantes bajar hasta el foso, y entonces les echamos encima de la cabeza
ese lienzo de muralla que sólo está en pie por un milagro de equilibrio.
-¡Bravo! -exclamó Porthos-. Decididamente, Athos, habéis nacido para general, y el cardenal,
que se cree un gran hombre de guerra, es bien poca cosa a vuestro lado.
-Señores -dijo Athos-, nada de repeticiones inútiles, por favor; que cada uno apunte bien a su
hombre.
-Yo tengo el mío -dijo D'Artagnan.
-Y yo el mío -dijo Porthos.
-Y yo ídem -dijo Aramis.
-¡Entonces fuego! -dijo Athos.
Los cuatro disparos de fusil no hicieron más que una detonación. y cuatro hombres cayeron.
Entonces batió el tambor, y la pequeña tropa avanzó a paso de carga.
Entonces los disparos de fusil se sucedieron sin regularidad, pero siempre enviados con igual
precisión. Sin embargo, como si hubieran conocido la debilidad numérica de los amigos, los
rochelleses continuaban avanzando a paso de carrera.
Con los otros tres disparos de fusil cayeron dos hombres; sin embargo, el paso de los que
quedaban en pie no aminoraba.
Llegados al pie del bastión, los enemigos eran todavía doce o quince; una última descarga los
acogió, pero no los detuvo: saltaron al foso y se aprestaron a escalar la brecha.
-¡Vamos; amigos míos! -dijo Athos-. Terminemos de un golpe: ¡a la muralla, a la muralla!
Y los cuatro amigos, secundados por Grimaud, se pusieron a empujar con el cañón de sus
fusiles un enorme lienzo de muro que se inclinó como si el viento lo arrastrase, y
desprendiéndose de su base cayó con horrible estruendo en el foso; luego se oyó un gran grito,
una nube de polvo subió hacia el cielo, y eso fue todo.
-¿Los habremos aplastado desde el primero hasta el último? -preguntó Athos.
-A fe que eso me parece -dijo D'Artagnan.
-No -dijo Porthos-, ahí hay dos o tres que escapan cojeando.
En efecto, tres o cuatro de aquellos desgraciados, cubiertos de barro y de sangre, huían por el
camino encajonado y ganaban de nuevo la ciudad: era todo lo que quedaba de la tropilla.
Athos miró su reloj.
-Señores -dijo-, hace una hora que estamos aquí y ahora la partida está ganada; pero hay que
ser buenos jugadores, y además D'Artagnan no nos ha dicho su idea.
Y el mosquetero, con su sangre fría habitual, fue a sentarse ante los restos del desayuno.
-¿Mi idea? -dijo D'Artagnan.
-Sí, decíais que teníais una idea -replicó Athos.
-¡Ah, ya recuerdo! -contestó D'Artagnan-. Yo paso a Inglate rra por segunda vez, voy en busca
del señor de Buckingham y le advierto del compló tramado contra su vida.
-Vos no haréis eso, D'Artagnan -dijo fríamente Athos.
-¿Y por qué no? ¿No lo he hecho ya?
-Sí, pero en esa época no estábamos en guerra; en esa época, el señor de Buckingham era un
aliado y no un enemigo: lo que queréis hacer sería tachado de traición.
D'Artagnan comprendió la fuerza de este razonamiento y se calló.
-Pues me parece -dijo Porthos- que también yo tengo una idea.
-¡Silencio para la idea de Porthos! -dijo Aramis.
-Yo le pido permiso al señor de Tréville, bajo algún pretexto que vos encontraréis: yo no soy
fuerte en eso de los pretextos, Milady no me conoce, me acerco a ell a sin que sospeche de mí y,
cuando encuetre una ocasión, la estrangulo.
-¡Bueno -dijo Athos-, no estoy muy lejos de adoptar la idea de Porthos!
-¡Qué va! -dijo Aramis-. ¡Matar a una mujer! No, mirad, yo tengo la idea buena.
-¡Veamos vuestra idea, Aramis! -pidió Athos, que sentía mucha deferencia por el joven
mosquetero.
-Hay que prevenir a la reina.
-¡A fe que sí! -exclamaron juntos Porthos y D'Artagnan-. Creo que estamos dando en el blanco.
-¿Prevenir a la reina? -dijo Athos-. ¿Y cómo? ¿Tenemos relaciones en la corte? ¿Podemos
enviar a alguien a Paris sin que se sepa en el campamento? De aquí a Paris hay ciento cuarenta
leguas: la carta no habrá llegado a Angers cuando estemos ya en el calabozo.
-En cuanto a enviar con seguridad una carta a Su Majestad -propuso Aramis ruborizándose-, yo
me encargo de ello; conozco en Tours una persona hábil...
Aramis se detuvo viendo sonreír a Athos.
-¡Bueno! ¿No adoptáis ese medio, Athos? -dijo D'Artagnan.
-No lo rechazo del todo -dijo Athos-, pero sólo quiero hacer observar a Aramis que él no puede
abandonar el campamento; que cualquier otro de nosotros no es seguro; que dos horas después
de que el mensajero haya partido, todos los capuchinos, todos los alguaciles, todos los bonetes
negros del cardenal sabrán vuestra carta de memoria, y que vos y vuestra hábil persona seréis
detenidos.
-Sin contar -objetó Porthos- que la reina salvará al señor de Buckingham, pero que en modo
alguno nos salvará a nosotros.
-Señores -dijo D'Artagnan-, lo que Porthos objeta está lleno de sentido.
-¡Ah, ah! ¿Qué pasa en la ciudad? -dijo Athos.
-Tocan a generala.
Los cuatro amigos escucharon, y el ruido del tambor llegó efectiva mente hasta ellos.
-Vais a ver cómo nos mandan un regimiento entero -dijo Porthos.
-¿Por qué no? -dijo el mosquetero-. Me siento en vena, y resistiría ante un ejército con tal de
que hubiera tenido la preocupación de coger una docena más de botellas.
-Palabra de honor que el tambor se acerca -dijo D'Artagnan. -Dejadlo que se acerque -dijo
Athos-, hay un cuarto de hora de camino de aquí a la ciudad, y por tanto de la ciudad aquí. Es
más tiempo del que necesitamos para preparar nuestro plan; si nos vamos de aquí nunca
encontraremos un lugar tan conveniente. Y mirad, precisamente, señores, acaba de ocurrírseme
la idea buena.
-Decid, pues.
-Permitid que dé a Grimaud algunas órdenes indispensables.
Athos hizo a su criado señal de acercarse.
-Grimaud -dijo Athos señalando a los muertos que yacían en el bastión-, vais a coger a estos
señores, vais a enderezarlos contra la muralla, vais a ponerles su sombrero en la cabeza y su
fusil en la mano.
-¡Oh gran hombre -exclamó D'Artagnan-, lo comprendo!
-¿Comprendéis? -dijo Porthos.
-Y tú, Grimaud, ¿comprendes? -preguntó Aramis.
Grimaud hizo seña de que sí.
-Es todo lo que se necesita -dijo Athos-, volvamos a mi idea. -Sin embargo, yo quisiera
comprender -observó Porthos.
-Es inútil.
-Sí, sí, la idea de Athos -dijeron al mismo tiempo D'Artagnan y Aramis.
-Esa Milady, esa mujer esa criatura ese demonio tiene un cuñado, según creo que me habéis
dicho D'Artagnan.
-Sí, yo lo conozco incluso mucho, y creo además que no tiene grandes simpatías por su
cuñada.
-No hay mal en ello -respondió Athos-, a incluso sería mejor que la detestara.
-En tal caso estamos servidos a placer.
-Sin embargo -dijo Potthos-, me gustaría comprender lo que Grimaud hace.
-¡Silencio, Porthos! -dijo Aramis.
-¿Cómo se llama ese cuñado?
-Lord de Winter.
-¿Dónde está ahora?
-Volvió a Londres al primer rumor de guerra.
-¡Pues bien ése es precisamente el hombre que necesitamos! -dijo Athos-. Ese es al que nos
conviene avisar; le haremos saber que su cuñada está a punto de asesinar a alguien, y le
rogaremos no perderla de vista. Espero que en Londres haya algún establecimiento del género
de las Madelonetas, o Muchachas arrepentidas; hace meter allá a su cuñada, y nosotros
tranquilos.
-Sí -dijo D'Artagnan-, hasta que salga.
-A fe -replicó Athos- que pedís demasiado, D'Artagnan, os he dado lo que tenía y os prevengo
que es el fondo de mi bolso.
-A mí me parece que es lo mejor -dijo Aramis-; prevenimos a la vez a la reina y a lord de
Winter.
-Sí, pero ¿a quién enviaremos con la carta a Tours y con la carta a Londres?
-Yo respondo de Bazin -dijo Aramis.
-Y yo de Planchet -continuó D'Artagnan.
-En efecto -dijo Porthos-, si nosotros no podemos ausentarnos del campamento, nuestros
lacayos pueden dejarlo.
-Por supuesto -dijo Aramis-, y hoy mismo escribimos las cartas, les damos dinero y parten.
-¿Les damos dinero? -replicó Athos-. ¿Tenéis, pues, dinero?
Los cuatro amigos se miraron, y una nube pasó por las frentes que un instante antes estaban
despejadas.
-¡Alerta! -gritó D'Artagnan-. Veo puntos negros y puntos rojos que se agitan allá. ¿Qué decíais
de un regimiento, Athos? Es un verdadero ejército.
-A fe que sí -dijo Athos-, ahí están. ¡Vaya con los hipócritas que venían sin tambor ni trompeta.
¡Ah, ah! ¿Has terminado Grimaud?
Grimaud hizo seña de que sí, y mostró una docena de muertos que había colocado en las
actitudes más pintorescas: los unos sosteniendo las armas, los otros con pinta de echárselas a la
cara, los otros con la espada en la mano.
-¡Bravo! -repitió Athos-. Eso honra tu imaginación.
-Es igual -dijo Porthos-. Me gustaría sin embargo comprender.
-Levantemos el campo primero -lo interrumpió D'Artagnan-, luego comprenderás.
-¡Un instante, señores, un instante! Demos a Grimaud tiempo de quitar la mesa.
-¡Ah! -dijo Aramis-. Mirad cómo los puntos negros y los puntos rojos crecen visiblemente, y yo
soy de la opinión de D'Artagnan: creo que no tenemos tiempo que perder para ganar nuestro
campamento.
-A fe -dijo Athos- que no tengo nada contra la retirada; habíamos apostado por una hora, y
nos hemos quedado hora y media; no hay nada que decir; partamos, señores, partamos.
Grimaud había tomado ya la delantera con la cesta y el servicio.
Los cuatro amigos salieron tras él y dieron una decena de pasos.
-¡Eh! -exclamó Athos-. ¿Qué diablos hacemos, señores?
-¿Nos hemos olvidado algo? -preguntó Aramis.
-La bandera, pardiez. ¡No hay que dejar una bandera en manos del enemigo, aunque esa
bandera no sea más que una servilleta!
Y Athos se precipitó al bastión, subió a la plataforma y quitó la bandera; sólo que como los
rochellese habían llegado a tiro de mosquete, hicieron un fuego terrible sobre aquel hombre que,
como por placer, iba a exponerse a los disparos.
Pero se habría dicho que Athos tenía un encanto pegado a su persona: las balas pasaron
silbando a su alrededor y ninguna lo tocó.
Athos agitó su estandarte volviéndoles la espalda a las gentes de la ciudad y saludando a las
del campamento. De las dos partes resonaron grandes gritos, de la una gritos de cólera, de la
otra gritos de entusiasmo.
Una segunda descarga hizo realmente de la servilleta una bandera. Se oyeron los clamores de
todo el campamento que gritaba:
-¡Bajad, bajad!
Athos bajó; sus camaradas, que lo esperaban con ansiedad, lo vieron aparecer con alegría.
-Vamos, Athos, vamos -dijo D'Artagnan-, larguémonos; ahora que hemos encontrado todo,
menos el dinero, sería estúpido ser muertos.
Pero Athos continuó caminando majestuosamente por más observaciones que le hicieran sus
compañeros, los cuales, viendo que era inútil, regularon sus pasos por el suyo.
Grimaud y su cesta habían tomado la delantera y se hallaban los dos fuera de alcance.
Al cabo de un instante se oyó el ruido de una descarga de fusilería colérica.
-¿Qué es eso? -preguntó Porthos-. ¿Y sobre quién disparan? No oigo silbar las balas y no veo a
nadie.
-Disparan sobre nuestros muertos -respondió Athos.
-Pero nuestros muertos no responderán.
-Precisamente: entonces creerán en una emboscada, deliberarán; enviarán un parlamentario, y
cuando se den cuenta de la burla, estaremos fuera del alcance de las balas. He ahí por qué es
inútil coger una pleuresía dándonos prisa.
-¡Oh, comprendo! -exclamó Porthos maravillado.
-¡Es una suerte! -dijo Athos encogiéndose de hombros.
Por su parte, los franceses, al ver volver a los cuatro amigos, lanzaban gritos de entusiasmo.
Finalmente una nueva descarga de mosquetes se dejó oír, y esta vez las balas vinieron a
estrellarse sobre los guijarros alrededor de los cuatro amigos y a silbar lúgubremente en sus
orejas. Los rochelleses acababan por fin de apoderarse del bastión.
-¡Vaya gentes tan torpes! -dijo Athos-. ¿Cuántos hemos mata do? ¿Doce?
-O quince.
-¿Cuántos hemos aplastado?
-Ocho o diez.
-¿Y a cambio de todo esto ni un arañazo? ¡Ah, sí! ¿Qué tenéis en la mano, D Artagnan?
Sangre, me parece.
-No es nada -dijo D'Artagnan.
-¿Una bala perdida?
-Ni siquiera.
-¿Qué, entonces?
Ya lo hemos dicho, Athos amaba a D'Artagnan como a su hijo, y aquel carácter sombrío a
inflexible tenía a veces por el joven solicitudes de padre.
-Un rasguño -repuso D'Artagnan-; me he pillado los dedos entre dos piedras, la del muro y la
de mi anillo; y la piel se ha abierto.
-Eso pasa por tener diamantes, amigo mío -dijo desdeñosamente Athos.
-¡Ah, claro! -exclamó Porthos-. En efecto, hay un diamante. ¿Y por qué diablos, puesto que hay
un diamante, nos quejamos de no tener dinero?
-¡Claro, es cierto! -dijo Aramis.
-Enhorabuena Porthos; esta vez es una idea.
-Sin duda -dijo Porthos engallándose ante el cumplido de Athos-, puesto que hay un diamante,
vendámoslo.
-Pero es el diamante de la reina -dijo D'Artagnan.
-Razón de más -repuso Athos-, la reina salvando al señor de Buckingham su amante, nada más
justo; la reina salvándonos a nosotros, que somos sus amigos, nada más moral. Vendamos el
diamante. ¿Qué piensa el señor abate? No pido la opinión de Porthos, ya la ha dado.
-Pues yo pienso -dijo Aramis ruborizándose- que, al no venir su anillo de una amante, y por
consiguiente al no ser una prenda de amor, D'Artagnan puede venderlo.
-Querido, habláis como la teología en persona. ¿O sea que vuestra opinión es...?
-Vender el diamante -respondió Aramis.
-Pues bien -dijo alegremente D'Artagnan-, vendamos él diamante y no hablemos más.
La descarga de fusilería continuaba, pero los amigos estaban fuera del alcance, y los
rochelleses no disparaban más que por descargo de conciencia.
-A fe -dijo Athos-, a tiempo le ha venido esa idea a Porthos: ya estamos en el campamento.
Señores, ni una palabra sobre este asunto. Nos observan, vienen a nuestro encuentro, vamos a
ser llevados en triunfo.
En efecto, como hemos dicho, todo el campamento estaba emocionado; más de dos mil
personas habían asistido, como a un espectáculo a la feliz fanfarronada de los cuatro amigos
fanfarronada cuyo verdadero motivo estaban muy lejos de sospechar. No se oían más que los
gritos de ¡Vivan los guardias! ¡Vivan los mosqueteros! El señor de Busigny había venido el
primero a estrechar la mano de Athos y a reconocer que la apuesta estaba perdida. El dragón y
el suizo lo habían seguido, todos los compañeros habían seguido al dragón y al suizo. Aquello
eran felicitaciones, apretones de manos, abrazos que no terminaban, risas inextinguibles a
propósito de los rochelleses; finalmente, un tumulto tan grande que el señor cardenal creyó que
había motín y envió a La Houdinière, su capitán de los guardias, a informarse de o que pasaba.
La cosa le fue contada al mensajero con todo el efluvio del entusiasmo.
-Y bien -preguntó el cardenal al ver a La Houdinière.
-Y bien, Monseñor -dijo éste-,son tres mosqueteros y un guardia que han apostado con el
señor de Busigny a que iban a desayunar al bastión Saint-Gervais, y mientras desayunaban han
resistido allí al enemigo, y han matado no sé cuántos rochelleses.
-¿Estáis informado del nombre de esos tres mosqueteros?
-Sí, Monseñor.
-¿Cómo se llaman?
-Son los señores Athos, Porthos y Aramis.
-¡Siempre mis tres valientes! -murmuró el cardenal-. ¿Y el guardia?
-El señor D'Artagnan.
-¡Siempre mi bribón! Decididamente es preciso que estos hombres sean míos.
Aquella noche misma, el cardenal habló al señor de Tréville de la hazaña de la mañana, que
era la comidilla de todo el campamento. El señor de Tréville, que conocía el relato de la aventura
de la boca misma de los héroes, la volvió a contar con todos sus detalles a Su Eminencia, sin
olvidar el episodio de la servilleta.
-Está bien, señor de Tréville -dijo el cardenal-, hacedme llegar esa servilleta, os lo ruego. Haré
bordar en ella tres flores de lis de oro, y la daré por guión de vuestra compañía.
-Monseñor -dijo el señor de Tréville-, será injusto para los guardian: el señor D'Artagnan no es
mío, sino del señor Des Essarts.
-Pues bien, lleváoslo -dijo el cardenal-; no es justo que, dado que esos cuatro valientes
militares se quieren tanto, no sirvan en la misma compañía.
Aquella misma noche, el señor de Tréville anunció esta buena noticia a los tres mosqueteros y
a D'Artagnan, invitando a los cuatro a almorzar al día siguiente.
D'Artagnan no cabía en sí de alegría. Ya lo sabemos, el sueño de toda su vida había sido ser
mosquetero.
Los tres amigos estaban muy contentos.
-¡A fe -dijo D'Artagnan a Athos- que has tenido una idea victoriosa y que, como dijiste, hemos
conseguido con ella gloria y hemos podido trabar una conversación de la mayor importancia!
-Que podemos proseguir ahora sin que nadie sospeche, porque, con la ayuda de Dios, en
adelante vamos a pasar por cardenalistas.
Aquella misma noche D'Artagnan fue a presentar sun respetos al señor Des Essarts y a
participarle el ascenso que había obtenido.
El señor den Essarts, que quería mucho a D'Artagnan, le ofreció entonces sun servicios: aquel
cambio de cuerpo traía consign gastos de equipamiento.
D'Artagnan rehusó; pero, pareciéndole buena la ocasión, le rogó hacer estimar el diamante,
que le entregó y que deseaba convertir en dinero.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, el criado del señor Des Essarts entró en el
alojamiento de D'Artagnan y le entregó una bolsa de oro conteniendo siete mil libras.
Era el precio del diamante de la reina.
Capítulo XLVIII
Asunto de familia
Athos había encontrado la palabra: asunto de familia. Un asunto de familia no estaba sometido
a la investigación del cardenal; un asunto de familia no afectaba a nadie; uno podía ocuparse
ante todo el mundo de un asunto de familia.
Desde luego, Athos había dado con la palabra: asunto de familia.
Aramis había dado con la idea: los lacayos.
Porthos había dado con el medio: el diamante.
Unicamente D'Artagnan no había dado con nada, él que solía ser el más inventivo de los
cuatro; pero también hay que decir que el solo nombre de Milady lo paralizaba.
Ah, sí, nos equivocamos: había dado con comprador para el diamante.
El almuerzo en casa del señor de Tréville fue de una alegría encantadora. D'Artagnan tenía ya
su uniforme; como era poco más o menos de la misma talla que Aramis, y como Aramis, pagado
con largueza, como se recordará, por el librero que le había comprado su poema, había hecho el
doble de todo, había cedido a su amigo un equipo completo.
D'Artagnan habría estado en el colmo de todos sus deseos si no hubiera visto despuntar a
Milady como una nube sombría en el horizonte.
Después de almorzar, convinieron en reunirse por la noche en el alojamiento de Athos, y allí
terminarían el asunto.
D'Artagnan pasó el día enseñando su traje de mosquetero por todas las calles del
campamento.
Por la noche, a la hora fijada, los cuatro amigos se reunieron; sólo quedaban tres cosas que
decidir:
Lo que había que escribir al hermano de Milady.
Lo que había que escribir a la persona hábil de Tours.
Y qué lacayos serían los que llevarían las camas.
Cada cual ofreció el suyo: Athos hablaba de la discreción de Grimaud, que sólo hablaba cuando
su amo le descosía la boca; Porthos ponderaba la fuerza de Mosquetón, que era de corpulencia
capaz de dar una tunda a cuatro hombres de complexión ordinaria; Aramis, confiando en la
destreza de Bazin, hacía un elogio pomposo de su candidato; finalmente, D'Artagnan tenía fe
completa en la bravura de Planchet, y recordaba la forma en que se había comportado en el
espinoso asunto de Boulogne.
Estas cuatro virtudes disputaron largo tiempo el premio, y dieron lugar a magníficos discursos,
que no referiremos aquí por miedo a que resulten largos.
-Por desgracia -dijo Athos-, será preciso que aquel a quien se envíe posea por sí solo las cuatro
cualidades juntas.
-Pero ¿dónde encontrar un lacayo semejante?
-¡Inencontrable! -dijo Athos-. Lo sé bien: tomad, pues, a Grimaud.
-Tomad a Mosquetón.
-Tomad a Bazin.
-Tomad a Planchet; Planchet es bravo y diestro; ahí tenéis ya dos de las cuatro cualidades.
-Señores -dijo Aramis-, lo principal no es saber cuál de nuestros cuatro lacayos es el más
discreto, el rnás fuerte, el más diestro o el más bravo; lo principal es saber cuál ama más el
dinero.
-Lo que Aramis dice está lleno de sensatez -prosiguió Athos-; hay que especular sobre los
defectos de las personas y no sobre sus virtudes; señor abate, ¡sois un gran móralista!
-Indudablemente -replicó Aramis-; porque no sólo necesitamos estar bien servidos para
triunfar, sino incluso para no fracasar; porque en caso de fracaso, está en juego la cabeza, no de
los lacayos...
-¡Más bajo, Aramis! -dijo Athos.
-Exacto, no de los lacayos -prosiguió Aramis-, sino del amo, e incluso de los amos. ¿Nos son
bastante adictos nuestros lacayos para arriesgar su vida por nosotros? No.
-¡A fe -dijo D'Artagnan- que respondería casi de Planchet!
-¡Pues bien, querido amigo! Añadid a su adhesión natural una buena suma que le proporcione
algún desahogo, y entonces, en lugar de responder por él una vez, responderéis dos.
-¡Buen Dios! Os equivocaréis de todos modos -dijo Athos, que era optimista cuando se trataba
de las cosas, y pesimista cuando se trataba de los hombres-. Prometerán todo para tener el
dinero, y en camino el miedo los impedirá actuar. Una vez cogidos, los encerrarán; y encerrados
confesarán. ¡Qué diablo! ¡No somos niños! Para ir a Inglaterra -Athos bajó la voz-, hay que
atravesar toda Francia, sembrada de espías y de criaturas del cardenal; se necesita un pase para
embarcarse; hay que saber inglés para preguntar el camino a Londres. Ya véis que la cosa me
parece muy difícil.
-Nada de eso -dijo D'Artagnan que estaba empeñado en que la cosa se realizase-; yo, por el
contrario, la veo fácil. ¡No hay ni que decir, por supuesto, que si se escribe a lord de Winter los
horrores del cardenal...!
-¡Más bajo! -dijo Athos.
-Las intrigas y los secretos de Estado -continuó D'Artagnan haciendo caso a la recomendaciónno
hay ni que decir que ¡todos nosotros seremos enrodados vivos!; pero, por Dios, no olvidéis,
como vos mismo habéis dicho, Athos, que le escribimos por un asunto de familia; que le
escribimos con el único fin de que ponga a Milady, desde su llegada a Londres, en la
imposibilidad de perjudicarnos. Le escribiré, por tanto, una carta poco más o menos en estos
términos:
-Veamos -dijo Aramis, adoptando de antemano un semblante de crítico.
-«Señor y querido amigo...
-Vaya, pues sí; querido amigo a un inglés -interrumpió Athos-; buen comienzo, ¡bravo!,
D'Artagnan. Sólo que con esa palabra seréis descuartizado en lugar de enrodado vivo.
-Bueno, de acuerdo, entonces diré señor a secas.
-Podéis decir incluso milord -prosiguió Athos, que se empeñaba en las conveniencias.
-«Milord, ¿os acordáis del pequeño cercado de cabras del Luxemburgo?»
-¡Vaya! ¡Ahora el Luxemburgo! Creerá que es una alusión a la reina madre. ¡Eso sí que es
ingenioso! -dijo Athos.
-Pues entonces pondremos simplemente: «Milord, ¿os acordáis de un pequeño cercado en el
que se os salvó la vida?»
-Mi querido D'Artagnan -dijo Athos-, no seréis nunca otra cosa que un mal redactor: «¡En que
se os salvó la vida!H ¡Quita de ahli Eso no es digno. A un hombre galante no se le recuerdan
esos servicios. Beneficio reprochado, ofensa hecha.
-¡Ah amigo mío! -dijo D'Artagnan-. Sois insoportable, y si hay que escribir bajo vuestra
censura, a fe que renuncio.
-Y hacéis bien. Manejad el mosquete y la espada, querido, practicáis hábilmente los dos
ejercicios, pero pasad la pluma al señor abate, esto le concierne.
-¡Ah sí por cierto -dijo Porthos-, pasad la pluma a Aramis, que escribe tesis en latín!
-Pues bien, sea -dijo D'Artagnan-, redactadnos esa nota, Aramis, pero, ¡por San Pedro!,
hacedlo con cautela, porque os aviso que yo también os espulgaré.
-No pido otra cosa -dijo Aramis con esa ingenua confianza que todo poeta tiene en sí mismo-;
pero que me pongan al corriente; por aquí y por allá he oído decir que esa cuñada era una
bribona, yo mismo he tenido pruebas de ello al escuchar su conversación con el cardenal.
-¡Más bajo, pardiez! -dijo Athos.
-Mas se me escapan los detalles -continuó Aramis.
-Y a mí también -dijo Porthos.
D'Artagnan y Athos se miraron algún tiempo en silencio. Por fin Athos, tras haberse recogido y
poniéndose aún más pálido de lo que era por costumbre, hizo un signo de asentimiento;
D'Artagnan comprendió que podía hablar.
-¡Pues bien! Esto es lo que tengo que decir -prosiguió D'Artagnan-: «Milord, vuestra cuñada es
una criminal, que quiso haceros matar para heredaros. Además, no podía desposar a vuestro
hermano, por estar ya casada en Francia y por haber sido...»
D'Artagnan se detuvo como si buscase la palabra, mirando a Athos.
-Arro'ada por su marido -dijo Athos.
-Por haber sido marcada -continuó D'Artagnan.
-¡Bah! -exclamó Porthos-. ¡Imposible! ¿Ha querido hacer matar a su cuñado?
-Sí.
-¿Estaba casada? -preguntó Aramis.
-Sí.
-¿Y su marido se dio cuenta de que tenía una flor de lis en el hombro? -exclamó Porthos.
-Sí.
Estos tres síes fueron dichos por Athos con una entonación más sombría cada vez.
-¿Y quién ha visto esa flor de lis? -preguntó Aramis.
-D'Artagnan y yo, o mejor, para observar el orden cronológico, yo y D'Artagnan -respondió
Athos.
-¿Y el marido de esa horrible criatura vive aún?- dijo Aramis.
-Aún vive.
-¿Estáis seguro?
-Lo estoy.
Hubo un instante de frío silencio durante el que cada cual se sintió impresionado según su
naturaleza.
-Esta vez -prosiguió Athos interrumpiendo el primero el silencio D'Artagnan nos ha dado un
programa excelente, y eso es lo primero que hay que escribir.
-¡Diablos! Tenéis razón, Athos -prosiguió Aramis-, y la redacción es espinosa. El mismo señor
canciller se vería en apuros para redactar una epístola de esa fuerza, y sin embargo, el señor
canciller redacta muy tranquilamente un atestado. ¡No importa, callaos, escribo!
En efecto, Aramis cogió la pluma, reflexionó algunos instantes, se puso a escribir ocho o diez
líneas de una encantadora y diminuta escritura de mujer, y luego, con voz dulce y lenta, como si
cada palabre hubiera sido sopesada escrupulosamente, leyó lo que sigue:
«Milord:
La persona que os escribe estas pocas líneas ha tenido el honor de cruzar la espada con
vos en un pequeño cercado de la calle d'Enfer. Como luego tuvisteis a bien declararos varias
veces amigo de esta persona, ésta os debe agradecer esa amistad con un buen aviso. Dos
veces habéis estado a punto de ser víctima de un pariente próximo a quien creéis vuestro
heredero, porque ignoráis que antes de contraer matrimonio en Inglaterra estaba ya casada
en Francia. Pero la tercera vez que es ésta, podéis sucumbir a ella. Vuestro pariente ha
partido de La Rochelle para Inglaterra durante la noche. Vigilad su llegada, porque tiene
grandes y terribles proyectos. Si queréis saber absolutamente de lo que es capaz, leed su
pasado en su hombro izquierdo.»
-¡Bien! A las mil maravillas -dijo Athos-, y tenéis pluma de secretario de Estado, mi querido
Aramis. Ahora lord de Winter estará ojo avizor, si el aviso le llega; y aunque caiga en manos de
Su Eminencia misma, no podríamos quedar comprometidos. Mas como el criado que partirá
podría hacernos creer que ha estado en Londres y detenerse en Chátellerault, démosle sólo con
la carta la mitad de la suma, prometiéndole la otra mitad a cambio de la respuesta. ¿Tenéis el
diamante? -continuó Athos.
-Tengo algo mejor que eso, tengo el dinero.
Y D'Artagnan arrojó la bolsa sobre la mesa: al sonido del oro, Aramis alzó los ojos. Porthos se
estremeció; en cuanto a Athos, permaneció impasible.
-¿Cuánto hay en esa pequeña bolsa? -dijo.
-Siete mil libras en luises de doce francos.
-¡Siete mil libras! -exclamó Porthos-. ¿Ese mal diamantucho va lía siete mil libras?
-Eso parece -dijo Athos-, porque aquí están; no creo que nuestro amigo D'Artagnan haya
puesto de lo suyo.
-Pero señores -dijo D'Artagnan-, en todo esto no pensamos en la reina. Cuidemos algo la salud
de su querido Buckingham. Es lo menos que le debemos.
-Es justo -dijo Athos-, pero eso concierne a Aramis.
-¡Bien! -respondió éste ruborizándose-. ¿Qué tengo que hacer?
-Es muy sencillo -replicó Athos-, redactar una segunda carta para esa persona hábil que vive
en Tours.
Aramis volvió a tomar la pluma, se puso a reflexionar de nuevo y escribió las siguientes líneas,
que sometió al instante mismo a la aprobación de sus amigos:
«Mi querida prima...»
-Vaya -dijo Athos-, ¿esa persona hábil es pariente vuestra?
-Prima hermana -dijo Aramis.
-¡Vaya entonces por prima!
Aramis continuó:
«Mi querida prima, Su Eminencia el cardenal, a quien Dios conserve para felicidad de
Francia y confusión de los enemigos del reino, está a punto de acabar con los rebeldes
heréticos de La Rochelle: es probable que el socorro de la flota inglesa no llegue siquiera a la
vista de la plaza; me atrevería a decir incluso que estoy seguro de que el señor de
Buckingham se verá impedido de partir por algún gran acontecimiento. Su Eminencia es el
politico más ilustre de los tiempos pasados, del tiempo presente y probablemente de los
tiempos futuros. Apagaría el sol si el sol le molestara. Dad estas felices nuevas a vuestra
hermana, querida prima. He soñado que ese maldito inglés era matado. No puedo recordar si
lo era por el hierro o por el veneno; sólo estoy segura de que he soñado que era matado, y,
ya lo sabéis, mis sueños no me engañan jamás. Estad segura, por tanto, de que pronto me
veréis volver.»
-¡De maravilla! -exclamó Athos-. Sois el rey de los poetas; mi querido Aramis, habláis como el
Apocalipsis y sois verdadero como el Evangelio. Ahora no os queda mas que poner las señas en
esa carta.
-Es muy fácil -dijo Aramis.
Y plegó coquetamente la carta, la volvió y escribió:
«A mademoiselle Marie Michon, costurera de Tours.»
Los tres amigos se miraron riendo: estaban prendados.
-Ahora -dijo Aramis- comprenderéis, señores, que sólo Bazin puede llevar esta carta a Tours;
mi prima sólo conoce a Bazin y no tiene confianza más que en él: cualquier otro haría fracasar el
asunto. Además, Bazin es ambicioso y sabio; Bazin ha leído la historia, señores, sabe que Sixto V
se convirtió en Papa tras haber guardado puercos. Pues bien, como cuenta con entrar en la
iglesia al tiempo que yo, no desespera convertirse él también en Papa o al menos en cardenal:
comprenderéis que un hombre que tiene semejantes miras no se dejará prender o, si es
prendido, sufrirá el martirio antes que hablar.
-Bien, bien -dijo D'Artagnan-, os concedo de buena gana a Ba zin; pero concededme a mí a
Planchet: Milady lo hizo poner en la calle cierto día a fuerza de bastonazos; ahora bien, Planchet
tiene buena memoria y, os respondo de ello, si puede suponer una venganza posible, antes se
dejará romper la crisma que renunciar a ella. Si vuestros asuntos en Tours son vuestros asuntos,
Aramis, los de Londres son los míos. Ruego por tanto que se escoja a Planchet, quien además ya
ha estado en Londres conmigo y sabe decir muy correctamente: London, sir, if you please y my
master lord D'Artagnan; con esto, estad traquilos, hará su camino de ida y vuelta.
-En ese caso -dijo Athos-, es preciso que Planchet reciba sete cientas libras para ir y setecientas
libras para volver, y Bazin, trescientas libras para ir y trescientas para volver; esto reducirá la
suma a cinco mil libras; nosotros cogeremos mil libras cada uno para emplearlas como bien nos
parezca, y dejaremos un fondo de mil libras que guardará el abate para los casos extraordinarios
o para las necesidades comunes. ¿Estáis de acuerdo?
-Mi querido Athos -dijo Aramis-, habláis como Néstor, que era, como todos sabemos, el más
sabio de los griegos.
-Pues bien, todo resuelto -prosiguió Athos-: Planchet y Bazin partirán; en última instancia, no
me molesta conservar a Grimaud; está acostumbrado a mis modales, y me quedo con él, el día
de ayer ha debido baldarle, y ese viaje lo perdería.
Se hizo venir a Planchet y se le dieron las instrucciones; ya había sido prevenido por
D'Artagnan, que de primeras le había anunciado la gloria, luego el dinero, después el peligro.
-Llevaré la carta en la bocamanga de mi traje -dijo Planchet-, y la tragaré si me prenden.
-Pero entonces no podrás hacer el encargo -dijo D'Artagnan.
-Esta noche me daréis una copia, que mañana sabré de memoria.
-¡Y bien! ¿Qué os había dicho?
-Ahora -continuó dirigiéndose a Planchet- tienes ocho días para llegar junto a lord de Winter,
tienes otros ocho para volver aquí; en total, dieciséis días; si al dieciseisavo día de tu partida, a
las ocho de la tarde, no has llegado, nada de dinero, aunque sean las ocho y cinco minutos.
-Entonces, señor -dijo Planchet-, compradme un reloj.
-Toma éste -dijo Athos, dándole el suyo con una generosidad despreocupada- y sé un valiente
muchacho. Piensa que si hablas, te vas de la lengua y callejeas haces cortar el cuello a tu amo,
que tiene tanta confianza en tu fidelidad que nos ha respondido de ti. Pero piensa también que si
por tu culpa le ocurre alguna desgracia a D'Artagnan, te encontraré donde sea y será para abrirte
el vientre.
-¡Oh señor! -dijo Planchet, humillado por la sospecha y asusta do sobre todo por el aire
tranquilo del mosquetero.
-Y yo -dijo Porthos haciendo girar sus grandes ojos-, piensa que te desuello vivo.
-¡Ay, señor!
-Y yo -continuó Aramis con su voz dulce y melodiosa-, piensa que te quemo a fuego lento
como un salvaje.
-¡Ah, señor!
Y Planchet se puso a llorar; no nos atreveríamos a decir si fue de terror, debido a las
amenanzas que le hacían o de ternura al ver a los cuatro amigos tan estrechamente unidos.
D'Artagnan le cogió la mano y lo abrazó.
-¿Ves, Planchet? -le dijo-. Estos señores lo dicen todo eso por ternura hacia mí, pero en el
fondo lo quieren.
-¡Ay, señor! -dijo Planchet-. O triunfo o me cortan en cuatro; aunque me descuarticen, estad
convencido de que ni un solo trozo hablará.
Quedó decidido que Planchet partiría al día siguiente a las ocho de la mañana a fin de que,
como había dicho, pudiera durante la noche aprenderse la carta de memoria. Justo a las doce se
llegó a este acuerdo; debía estar de vuelta al decimosexto día, a las ocho de la tarde.
Por la mañana, en el momento en que iba a montar a caballo, D'Artagnan, que en el fondo
sentía debilidad por el duque, tomó aparte a Planchet.
-Escucha -le dijo-, cuando hayas entregado la carta a lord de Winter y la haya leido, le dirás:
«Velad por Su Gracia lord Buckingham, porque lo quieren asesinar.» Pero esto, Planchet, es tan
grave y tan importante que ni siquiera he querido confesar a mis amigos que te confiaría este
secreto, y ni por un despacho de capitán querría escribírtelo.
-Estad tranquilo, señor -dijo Planchet-, ya veréis si se puede contar conmigo.
Y montando sobre un excelente caballo, que debía dejar a veinte leguas de allí para tomar la
posta, Planchet partió al galope, el corazón algo encogido por la triple promesa que le habían
hecho los mosquete ros, pero por lo demás en las mejores disposiciones del mundo.
Bazin partió al día siguiente por la mañana para Tours, y tuvo ocho días para hacer su
comisión.
Los cuatro amigos, durante toda la duración de estas dos ausencias, tenían, como fácilmente
se comprenderá, el ojo en acecho más que nunca, la nariz al viento y los oídos a la escucha. Sus
jornadas se pasaban tratando de sorprender lo que se decía de acechar los pasos del cardenal y
de olfatear los correos que llegaban. Más de una vez un estremecimiento insuperable se apoderó
de ellos cuando se los llamó para algún servicio inesperado. Por otra parte, tenían que guardarse
de su propia seguridad, Milady era un fantasma que cuando se había aparecido una vez a las
personas, no las dejaba ya dormir tranquilas.
La mañana del octavo día, Bazin, fresco como siempre y sonriendo según su costumbre, entró
en la taberna de Parpaillot cuando los cuatro amigos estaban a punto de almorzar, diciendo
según el acuerdo fijado:
-Señor Aramis, aquí está la respuesta de vuestra prima.
Los cuatro amigos intercambiaron una mirada alegre: la mitad de la tarea estaba hecha; cierto
que era la más corta y la más fácil.
Aramis, ruborizándose a pesar suyo, tomó la carta, que era de una escritura grosera y sin
ortografía.
-¡Buen Dios! -exclamó riendo-. Decididamente no lo conseguirá; nunca esa pobre Michon
escribirá como el señor de Voiture.
-¿Qué es lo que quiere tezir esa probe Mijon? -preguntó el suizo, que estaba a punto de hablar
con los cuatro amigos cuando la carta había llegado.
-¡Oh, Dios mío! Nada de nada -dijo Aramis-, una costurerita encantadora a la que amaba
mucho y a la que le he pedido algunas líneas de su puño y letra a manera de recuerdo.
-¡Diozez! -dijo el suizo-. Zi ella ser tan glante como zu ezcritura, tendrez muja fortuna
gamarata.
Aramis leyó la carta y la pasó a Athos.
-Ved, pues, lo que me escribe, Athos -dijo.
Athos lanzó una mirada sobre la epístola, y para hacer desvanecerse todas las sospechas que
hubieran podido nacer, leyó en alta voz:
«Prima mía, mi hermana y yo adivinamos muy bien los sueños, y tenemos incluso un miedo
horroroso por ellos; pero espero que del vuestro pueda decir que todo sueño es mentira. ¡Adiós!
Portaos bien, y haced que de vez en cuando oigamos hablar de voz.
Aglae Michon
¿Y de qué sueño habla ella? -preguntó el dragón que se había a cercado durante la lectura.
-Zí, ¿de qué zueño? -dijo el suizo.
-¡Diantre! -dijo Aramis-. Es muy sencillo: de un sueño que tuve y le conté.
-¡Oh!, zí, por Tios; ez muy sencijo de gontar zu zueño; pero yo no zueño jamás.
-Sois muy dichoso -dijo Athos levantándose-. ¡Y me gustaría poder decir lo mismo que vos!
-¡Jamás! -exclamó el suizo, encantado de que un hombre como Athos le envidiase algo-.
¡Jamás! ¡Jamás!
D'Artagnan, viendo que Athos se levantaba, hizo otro tanto, tomó su brazo y salió.
Porthos y Aramis se quedaron para hacer frente a las chirigotas del dragón y del suizo.
En cuanto a Bazin, se fue a acostar sobre un haz de paja; y como tenía más imaginación que el
suizo, soñó que el señor Aramis, vuelto Papa, le tocaba con un capelo de cardenal.
Pero como hemos dicho, Bazin con su feliz retorno no había quitado más que una parte de la
inquietud que aguijoneaba a los cuatro ami gos. Los días de la espera son largos, y D'Artagnan
sobre todo hubieri apostado que ahora los días tenían cuarenta y ocho horas. Olvidaba las
lentitudes obligadas de la navegación, exageraba el poder de Milady. Prestaba a aquella mujer,
que le parecía semejante a un demonio, auxiliares sobrenaturales como ella; al menor ruido se
imaginaba que venían a detenerle y que traían a Planchet para carearlo con él y con sus amigos.
Hay más: su confianza de antaño tan grande en el digno picardo disminuía de día en día. Esta
inquietud era tan grande que ganaba a Porthos y a Aramis. Sólo Athos permanecía impasible
como si ningún peligro se agitara en torno suyo, y como si respirase su atmósfera cotidiana.
El decimosexto día sobre todo estos signos de agitación eran tar visibles en D'Artagnan y sus
dos amigos que no podían quedarse er su sitio, y vagaban como sombras por el camino por el
que debía volver Planchet.
-Realmente -les decía Athos- no sois hombres, sino niños, para que una mujer os cause tan
gran miedo. Después de todo, ¿de qué se trata? ¡De ser encarcelados! De acuerdo, pero nos
sacarán de prisión: de ella ha sido sacada la señora Bonacieux. ¿De sér decapitados: Pero si
todos los días, en la trinchera, vamos alegremente a exponernos a algo peor que eso, porque
una bala puede partirnos una pierna, y estoy convencido de que un cirujano nos hace sufrir más
cortándonos el muslo que un verdugo al cortarnos la cabeza. Estad, por tanto, tranquilos; dentro
de dos horas, de cuatro, de seis a más tardar, Planchet estará aquí: ha prometido estar aquí, y
yo tengo grandísima fe ear las promesas de Planchet, que me parece un muchacho muy valiente.
-Pero ¿si no llega? -dijo D'Artagnan.
-Pues bien, si no llega es que se habrá retrasado, eso es todo. Puede haberse caído del caballo,
puede haber hecho una cabriola por encima del puente, puede haber corrido tan deprisa que
haya cogido una fluxión de pecho. Vamos, señores, tengamos en cuenta los acontecimientos. La
vida es un rosario de pequeñas miserias que el filósofo desgrana riendo. Sed filósofos como yo,
señores sentaos a la mesa y bebamos; nada hace parecer el porvenir color de rosa como mirarlo
a través de un vaso de chambertin.
-Eso está muy bien -respondió D'Artagnan-; pero estoy harto de tener que temer, cuando bebo
bebidas frías, que el vino salga de la bodega de Milady.
-¡Qué difícil sois! -dijo Athos-. ¡Una mujer tan bella!
-¡Una mujer de marca! -dijo Porthos con su gruesa risa.
Athos se estremeció, pasó la mano por su frente para enjugarse él sudor y se levantó a su vez
con un movimiento nervioso que no pudo reprimir.
Sin embargo, el día pasó y la noche llegó más lentamente, pero al fin llegó; las cantinas se
llenaron de parroquianos; Athos, que se había embolsado su parte del diamante, no dejaba el
Parpaillot. Había encontrado en el señor de Busigny, que por lo demás le había dado una cena
magnífica, un partner digno de él. Jugaban, pues, juntos, como de costumbre, cuando las siete
sonaron: se oyó pasar las patrullas que iban a doblar los puestos; a las siete y media sonó la
retreta.
-Estamos perdidos -dijo D'Artagnan al oído de Athos.
-Queréis decir que hemos perdido -dijo tranquilamente Athos sacando cuatro pistolas de su
bolsillo y arrojándolas sobre la mesa-. Vamos, señores -continuó-, tocan a retreta, vamos a
acostarnos.-
Y Athos salió del Parpaillot seguido de D'Artagnan. Aramis venía detras dando el brazo a
Porthos. Aramis mascullaba versos y Portos se arrancaba de vez en cuando algunos pelos del
mostacho en señal de desesperación.
Pero he aquí que, de pronto en la oscuridad, se dibuja una sombra, cuya forma es familiar a
D'Artagnan, y que una voz muy conocida le dice:
-Señor os traigo vuestra capa, porque hace fresco esta noche.
-¡Planchet! -exclamó D'Artagnan ebrio de alegría.
-¡Planchet! -repitieron Porthos y Aramis.
-Pues claro, Planchet -dijo Athos-. ¿Qué hay de sorprendente en ello? Había prometido estar de
regreso a las ocho, y están dando las ocho. ¡Bravo! Planchet, sois un muchacho de palabra, y si
alguna vez dejáis a vuestro amo, os guardo un puesto a mi servicio.
-¡Oh, no, nunca! -dijo Planchet-. Nunca dejaré al señor D'Artagnan!
Al mismo tiempo D'Artagnan sintió que Planchet le deslizaba un billete en la mano.
D'Artagnan tenía grandes deseos de abrazar a Planchet al regreso como lo había abrazado a la
partida; pero tuvo miedo de que esta señal de efusión, dada a su lacayo en plena calle, pareciese
extraordinaria a algún transeúnte, y se contuvo.
-Tengo el billete -dijo a Athos y a sus amigos.
-Está bien -dijo Athos-, entremos en casa y lo leeremos.
El billete ardía en la mano de D'Artagnan; quería acelerar el paso; pero Athos le cogió el brazo
y lo pasó bajo el suyo; y así, el joven tuvo que acompasar su camera a la de su amigo.
Por fin entraron en la tienda, encendieron una lámpara, y mientras Planchet se mantenía en la
puerta para que los cuatro amigos no fueran sorprendidos, D'Artagnan, con una mano
temblorosa, rompió el sello y abrió la carta tan esperada.
Contenía media línea de una escritura completamente británica y de una concisión
completamente espartana:
«Thank you, be easy.»
Lo cual quería decir:
«¡Gracias, estad tranquilo!»
Athos tomó la carta de manos de D'Artagnan, la aproximó a la lámpara, la prendió fuego y no
la soltó hasta que no quedó reducida a cenizas.
Luego, llamando a Planchet:
-Ahora, muchacho, puedes reclamar tus setecientas libras, mas no arriesgabas gran cosa con
un billete como éste.
-No será por falta de haber inventado muchos medios para guardarlo -dijo Planchet.
-Y bien -dijo D'Artagnan- cuéntanos eso.
-Maldición, es muy largo, señor.
-Tienes razón, Planchet -dijo Athos-; además la retreta ha sonado, y nos haríamos notar
conservando la luz más tiempo que los demás.
-Sea -dijo D'Artagnan-, acostémonos. Duerme bien, Planchet.
-A fe, señor, que será la primera vez en dieciséis días.
-¡También para mí! -dijo D'Artagnan.
-¡También para mí! -replicó Porthos.
-¡Y para mí también! -repitió Aramis.
-Pues bien, si queréis que os confiese la verdad, ¡para mí también! -dijo Athos.
Capítulo XLIX
Fatalidad
Entretanto Milady, ebria de cólera, rugiendo sobre el puente del navío como una leona a la que
embarcan, había estado tentada de arrojarse al mar para ganar la costa, porque no podía
hacerse a la idea de que había sido insultada por D'Artagnan amenazada por Athos y que
abandonaba Francia sin vengarse de ellos. Pronto esta idea se había vuelto tan insoportable para
ella que, con riesgo de lo que de terrible podía ocurrir para ella misma, había suplicado al capitán
arrojarla junto a la costa; mas el capitán, apremiado para escapar a su falsa posición, colocado
entre los cruceros franceses a ingleses como el murciélago entre las ratas y los pájaros, tenía
mucha prisa en volver a ganar Inglaterra, y rehusó obstinadamente obedecer a lo que tomaba
por un capricho de mujer, prometiendo a su pasajera, que además le había sido recomendada
particularmente por el cardenal, dejarla, si el mar y los franceses lo permitían, en uno de los
puertos de Bretaña, bien en Lorient, bien en Brest; pero, entretanto el viento era contrario, la
mar mala, voltejeaban y daban bordadas. Nueve días después de la salida de Charente, Milady,
completamente pálida por sus penas y su cólera, vela aparecer sólo las costas azules del
Finisterre.
Calculó que para atravesar aquel rincón de Francia y volver junto al cardenal necesitaba por lo
menos tres días; añadid un día para desembarco, y eran cuatro; añadid esos cuatro días a los
otros nueve, y eran trece días perdidos, trece días durante los que tantos acontecimientos
importantes podían pasar en Londres. Pen"dudablemente que el cardenal estaría furioso por su
regreso y que por consiguiente estaría más dispuesto a escuchar las quejas que se lanzarían
contra ella que las acusaciones que ella lanzarfa contra los otros. Dejó, por tanto, pasar Lorient y
Brest sin insistirle al capitán que, por su parte, se guardó mucho de dar aviso. Milady continuo,
pues, su ruta, y el mismo día en que Planchet se embarcaba de Portsmouth para Francia, la mensajera
de su Eminencia entraba triunfante en el puerto.
Toda la ciudad estaba agitada por un movimiento extraordinario: cuatro grandes bajeles
recientemente terminados acababan de ser lanzados al mar; de pie sobre la escollera engalanado
de oro, deslumbrante, según su costumbre, de diamantes y pedrerías, el sombrero de fieltro
adornado con una pluma blanca que volvía a caer sobre su hombro, se vela a Buckingham
rodeado de un estado mayor casi tan brillante como él.
Era una de esas bellas y raras jornadas de invierno en que Inglate rra se acuerda de que hay
sol. El astro pálido, pero sin embargo aún espléndido, se ponía en el horizonte empurpurando a
la vez el cielo y el mar con bandas de fuego y arrojando sobre las tomes y las viejas casas de la
ciudad un último rayo de oro que hacía centellear los crista les como el reflejo de un incendio.
Milady, al respirar aquel aire del océano más vivo y más balsámico a la proximidad de la tierra, al
contemplar todo el poder de aquellos preparativos que ella estaba encargada de destruir, todo el
poderío de aquel ejército que ella debía combatir sola -ella mujer- con algunas bolsas de oro, se
comparó mentalmente a Judith, la terrible judía, cuando penetró en el campamento de los Asirios
y cuando vio la masa enorme de carros, de caballos, de hombres y de armas que un gesto de su
mano debía disipar como una nube de humo.
Entraron en la rada pero cuando se aprestaban a echar el ancla, un pequeño cúter
formidablemente armado se aproximó al navío mercante declarándose guardacostas, a hizo
echar al mar su bote, que se dirigió hacia la escala. Aquel bote llevaba un oficial, un
contramaestre y ocho remadores; sólo el oficial subió a bordo, donde fue recibido con toda la
deferencia que inspira un uniforme.
El oficial se entretuvo algunos instantes con el patron, le hizo leer un papel de que era portador
y, por orden del capitán mercante, toda la tripulación del navío, marineros y pasajeros, fue
llevada al puente.
Cuando concluyó aquella especie de pase de lista, el official preguntó en voz alta del punto de
partida de la bricbarca, de su ruta, de sus puntos de tierra tocados, y a todas las preguntas el
capitán satisfizo sin duda, y sin dificultad. Entonces el official comenzó a pasar revista de todas
las personas una tras otra y, deteniéndose en Milady, la consideró con gran cuidado, pero sin
dirigirle una sola palabra.
Luego volvió al capitán, le dijo aún unas palabras; y como si fuera a él a quien en adelante el
navío debiera obedecer, ordenó una maniobra que la tripulación ejecutó al punto. Entonces el
navío se puso en marcha, siempre escoltado por el pequeño cúter, que bogaba borda con borda
-a su lado, amenazando su flanco con la boca de sus seis cañones; mientras, la barca seguía la
estela del navío, débil punto junto a la enorme masa.
Durante el examen que el oficial había hecho de Milady, Milady, como se supondrá, lo había
devorado por su parte con la mirada. Mas, sea el que fuere el hábito que esta mujer de ojos de
llama tuviera de leer en el corazón de aquellos cuyos secretos necesitaba adivinar, esta vez
encontró un rostro de una impasibilidad tal que ningún descubrimiento siguió a su investigación.
El official, que se había detenido ante ella y que sigilosamente la había estudiado con tanto
cuidado, podía tener entre veinticinco y ventiséis años; era blanco de rostro, con ojos ; azul claro
algo sumidos; su boca, fina y bien dibujada, permanecía inmóvil en sus líneas correctas; su
mentón, vigorosamente acusado, de notaba esa fuerza de voluntad que en el tipo vulgar
británico no es ordinariamente más que cabezonería; una frente algo huidiza, como conviene a
los poetas, a los entusiastas y a los soldados, estaba apenas sombreada por una cabellera corta y
rala que, como la barba que cubría la parte baja de su rostro, era de un hermoso color castaño
oscuro.
Cuando entraron en el puerto era ya de noche. La bruma espesaba aún más la oscuridad y
formaba en torno de los fanales y de las linternas de las escolleras un círculo semejante al que
rodea la luna cuando el tiempo amenaza con volverse lluvioso. El aire que se respiraba era triste,
húmedo y frío.
Milady, aquella mujer tan fuerte, se sentía tiritar a pesar suyo.
El official se hizo indicar los bultos de Milady, hizo llevar su equipaje al bote, y una vez que
estuvo hecha esta operación, la invitó a ella misma tendiéndole su mano.
-¿Quién sois, señor -preguntó ella-, que habéis tenido la bondad de ocuparos tan
particularmente de mí?
-Debéis saberlo, señora, por mi uniforme; soy oficial de la marina inglesa -respondió el joven.
-Pero ¿es costumbre que los oficiales de la marina inglesa se pongan a las órdenes de sus
compatriotas cuando llegan a un puerto de Gran Bretaña y lleven la galantería hasta conduciros a
tierra?
-Sí, Milady, es costumbre, no por galantería sino por prudencia, que en tiempo de guerra los
extranjeros sean conducidos a una hoste ría designada a fin de que queden bajo la vigilancia del
gobierno hasta una perfecta información sobre ellos.
Estas palabras fueron pronunciadas con la cortesía más puntual y la calma más perfecta. Sin
embargo, no tuvieron el don de convencer a Milady.
-Pero yo no soy extranjera, señor -dijo ella con el acento más puro que jamás haya sonado de
Porstmouth a Manchester-, me llamo lady Clarick, y esta medida...
-Esta medida es general, Milady, y trataríais en vano de sustraeros a ella.
-Entonces os seguiré, señor.
Y aceptando la mano del official, comenzó a descender la escala, a cuyo extremo le esperaba el
bote. El oficial la siguió: una gran capa estaba extendida a popa, el official la hizo sentar sobre la
capa y se sentó junto a ella.
-Remad -dijo a los marineros.
Los ocho remos cayeron en el mar, haciendo un solo ruido, golpeando con un solo golpe, y el
bote pareció volar sobre la superficie del agua.
Al cabo de cinco minutos tocaban tierra.
El oficial saltó al muelle y ofreció la mano a Milady.
Un coche esperaba.
- Es para nosotros este coche? -preguntó Milady.
-Sí, señora -respondió el official.
-La hostería debe estar entonces muy lejos.
-Al otro extremo de la ciudad.
-Vamos -dijo Milady.
Y subió resueltamente al coche.
El oficial veló porque los bultos fueran cuidadosamente atados detrás de la caja, y, concluida
esta operación, ocupó su sitio junto a Milady y cerró la portezuela.
Al punto, sin que se diese ninguna orden y sin que hubiera necesidad de indicarle su destino, el
cochero partió al galope y se metió por las calles de la ciudad.
Una recepción tan extraña debía ser para Milady amplia materia de reflexión; por eso, al ver
que el joven oficial no parecía dispuesto en modo alguno a trabar conversación, se acodó en un
ángulo del coche pasó revista una tras otra a todas las suposiciones que se presenta an a su
espíritu.
Sin embargo, al cabo de un cuarto de hora, extrañada de la largura del camino, se inclinó hacia
la portezuela para ver adónde se la conducía. No se percibían ya casas; en las tinieblas,
aparecían los árboles como grandes fantasmas negros recorriendo uno tras otro.
Milady se estremeció.
-Pero ya no estamos en la ciudad, señor -dijo.
El joven guardó silencio.
-No seguiré más lejos si no me decís adónde me conducís; ¡os lo prevengo, señor!
Esta amenaza no obtuvo ninguna respuesta.
-¡Oh, esto es demasiado! -exclamó Milady-. ¡Socorro! ¡Socorro!
Ninguna voz respondió a la suya, el coche continuo rodando con rapidez; el oficial parecía una
estatua.
Milady miró al oficial con una de esas expresiones terribles, peculiares de su rostro y que
raramente dejaban de causar su efecto; la colera hacía centellear sus ojos en la sombra.
El joven permaneció impasible.
Milady quiso ábrir la portezuela y tirarse.
-Tened cuidado, señora -dijo fríamente el joven-; si saltáis os mataréis.
Milady volvió a sentarse echando espuma; el oficial se inclinó, la miró a su vez y pareció
sorprendido al ver aquel rostro, tan bello no hacía mucho, trastornado por la rabia y vuelto casi
repelente. La astuta criatura comprendió que se perdía al dejar ver así en su alma; volvió a
serenar sus rasgos, y con una voz gimente dijo:
-En nombre del cielo, señor, decidme si es a vos, a vuestro gobierno, o a un enemigo al que
debo atribuir la violencia que se me hace.
-No se os hace ninguna violencia, señora, y lo que os sucede es el resultado de una medida
totalmente simple que estamos obligados a tomar con todos aquellos que desembarcan en
Inglaterra.
-Entonces, ¿vos no me conocéis, señor?
-Es la primera vez que tengo el honor de veros.
-Y, por vuestro honor, ¿no tenéis ningún motivo de odio contra mí?
-Ninguno, os lo juro.
Había tanta serenidad, tanta sangre fría, dulzura incluso en la voz del joven, que Milady quedó
tranquilizada.
Finalmente, tras una hora de marcha aproximadamente, el coche se detuvo ante una verja de
hierro que cerraba un camino encajonado que conducía a un castillo severo de forma, macizo y
aislado. Entonces, como las ruedas rodaban sobre arena fina, Milady oyó un vasto mugido que
reconoció por el ruido del mar que viene a romper sobre una costa escarpada.
El coche pasó bajo dos bóvedas, y finalmente se detuvo en un patio sombrío y cuadrado; casi
al punto la portezuela del coche se abrió, el joven saltó ágilmente a tierra y presentó su mano a
Milady, que se apoyó en ella y descendió a su vez con bastante calma.
-Lo cierto es -dijo Milady mirando en torno suyo y volviendo sus ojos sobre el joven oficial con
la más graciosa sonrisa- que estoy prisionera; pero no será por mucho tiempo, estoy segura
-añadió-; mi conciencia y vuestra cortesía, señor, son garantías de ello.
Por halagador que fuese el cumplido, el ficial no respondió nada; pero sacando de su cintura
un pequeño silbato de plata semejante a aquel de que se sirven los contramaestres en los navíos
de guerra, silbó tres veces, con tres modulaciones diferentes; entonces aparecieron varios
hombres, desengancharon los caballos humeantes y llevaron el coche bajo el cobertizo.
Luego, el oficial, siempre con la misma cortesía calma, invitó a su prisionera a entrar en la
casa. Esta, siempre con su mismo rostro sonriente, le tomó el brazo y entró con él bajo una
puerta baja y cimbrada que por una bóveda sólo iluminada al fondo conducía a una escalera de
piedra que giraba en torno de una arista de piedra; luego se detuvieron ante una puerta maciza
que, tras la introducción en la cerradura de una llave que el joven llevaba consigo, giró
pesadamente sobre sus goznes y dio entrada a la habitación destinada a Milady.
De una sola mirada la prisionera abarcó la habitación en sus menores detalles.
Era una habitación cuyo moblaje era al mismo tiempo muy limpio para una prisión y muy
severo para una habitación de hombre libre; sin embargo, los barrotes en las ventanas y los
cerrojos exteriores de la puerta decidían la causa en favor de la prisión.
Por un instante, toda la fuerza de ánimo de esta criatura, templada sin embargo en las fuentes
más vigorosas, la abandonó; cayó en un sillón, cruzando los brazos, bajando la cabeza y
esperando a cada instante ver entrar a un juez para interrogarla.
Pero nadie entró, sino dos o tres soldados de marina que trajeron los baúles y las cajas, los
depositaron en un rincón y se retiraron sin decir nada.
El oficial presidía todos estos detalles con la misma calma que constantemente le había visto
Milady, sin pronunciar una palabra y haciéndose obedecer con un gesto de su mano o a un toque
de silbato.
Se hubiera dicho que entre este hombre y sus inferiores la lengua hablada no existía o
resultaba inútil.
Finalmente Milady no se pudo contener por más tiempo y rompió el silencio.
-En nombre del cielo, señor -exclamó-, ¿qué quiere decir todo cuanto pasa? Aclarad mis
irresoluciones; te ngo valor para cualquier peligro que preveo, para cualquier desgracia que
comprendo. ¿Dónde estoy y qué soy aqu? Si estoy libre, ¿por qué esos barrotes y esas puertas?
Si estoy prisionera, ¿qué crimen he cometido?
-Estáis aquí en la habitación que se os ha destinado, señora. He recibido la orden de ir a
recogeros en el mar y conduciros a este castillo; creo haber cumplido esta orden con toda la
rigidez de un soldado, pero también con toda la cortesía de un gentilhombre. Ahí termina, al
menos hasta el presente, la carga que tenía que cumplir junto a vos, lo demás concierne a otra
persona.
-Y esa otra persona, ¿quién es? -preguntó Milady-. ¿No podéis decirme su nombre?...
En aquel momento se oyó por las escaleras un gran rumor de espuelas; algunas voces pasaron
y se apagaron, y el ruido de un paso aislado se acercó a la puerta.
-Esa persona, hela aquí, señora -dijo el oficial descubriendo el pasaje y colocándose en actitud
de respeto y sumisión.
Al mismo tiempo se abrió la puerta: un hombre apareció en el umbral...
Estaba sin sombrero, llevaba la espada al costado y estrujaba un pañuelo entre sus dedos.
Milady creyó reconocer a aquella sombra en la sombra; se apoyó con una mano en el brazo de
su sillón y adelantó la cabeza como para ir por delante de una certidumbre.
Entonces el extraño avanzó lentamente; y a medida que avanzaba al entrar en el círculo de luz
proyectado por la lámpara, Milady retrocedía involuntariamente.
Luego, cuando ya no tuvo ninguna duda:
-¡Cómo! ¡Mi hermano! -exclamó en el colmo del estupor-. ¿Sois vos?
-Sí, hermosa dama -respondió lord de Winter haciendo un saludo mitad cortés, mitad irónico-,
yo mismo.
-Pero, entonces, ¿este castillo?
-Es mío.
-¿Esta habitación?
-Es la vuestra.
-¿Soy, pues, vuestra prisionera?
-Más o menos.
-¡Pero esto es un horrendo abuso de fuerza!
-Nada de grandes palabras; sentémonos y hablemos tranquilamente, como conviene hacer
entre un hermano y una hermana.
Luego, volviéndose hacia la puerta, y viendo que el joven oficial esperaba sus últimas órdenes:
-Está bien -dijo-, gracias; ahora, dejadnos, señor Felton.

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