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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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lunes, 18 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - EL MARTILLO DE VULCANO

EL MARTILLO DE VULCANO
Philip K. Dick
 
 
 
1
 
Pitt notó el tumulto en cuanto salió de la oficina de la Unidad y empezó a cruzar la calle.
Se detuvo en la esquina, junto a su automóvil, y encendió un cigarrillo. Abriendo la porte-
zuela del vehículo, estudió a la multitud, apretando fuertemente su cartera de mano.
La multitud estaba formada por unas cincuenta o sesenta personas. Gente de la ciu-
dad; obreros y pequeños comerciantes; oficinistas con gafas de montura de acero; mecá-
nicos y conductores de camión; amas de casa; un tendero con su delantal blanco. Los de
siempre: clase media baja.  
Pitt subió al automóvil y se inclinó sobre el micrófono que había en el tablero de man-
dos.
—¡Emergencia!
Se movían silenciosamente, ahora, llenando la calle y avanzando hacia él. Le habían
identificado, indudablemente, por sus ropas de la clase T: camisa blanca y corbata, traje
gris, sombrero blanco. Cartera de mano. El brillo de sus zapatos negros. El lápiz de rayos
brillando en el bolsillo superior de su americana. Descolgó el tubo dorado.
—Cartwrigh —dijo el altavoz del tablero de mandos.
—Habla Pitt.
—¿Dónde está usted?
—No he salido aún de Cedar Groves. Hay una muchedumbre hormigueando a mi alre-
dedor. Supongo que tienen las calles bloqueadas. Parece que se ha reunido aquí toda la
ciudad.
—¿Hay algún Curador?
A un lado, en la curva, había un anciano de cabeza maciza con el pelo muy corto. Lle-
vaba una túnica de color pardusco, con una cuerda de nudos alrededor de la cintura, y
calzaba sandalias.
—Uno —dijo Pitt.
—Trate de obtener una instantánea para Vulcan III.
—Lo intentaré.
 
La multitud rodeaba ahora el automóvil. Pitt pudo oír sus manos, palpando el vehículo,
explorándolo cuidadosamente... con tranquila eficiencia. Se reclinó hacia atrás y dio una
doble vuelta de llave a las portezuelas. Las ventanillas estaban cerradas; la capota estaba
echada. Pitt puso el motor en marcha. En la curva, el hombre de la túnica no se había
movido. Estaba rodeado de un pequeño grupo de personas vestidas con ropas ciudada-
nas. Pitt enfocó su cámara.
Una piedra chocó contra un costado del automóvil, debajo de la ventanilla; el coche se
estremeció. Una segunda piedra dio en el cristal.
Pitt dejó caer la cámara.
—Voy a necesitar ayuda. Tienen ganas de jaleo.
—Hay una patrulla en camino. Trate de obtener una instantánea de ese hombre.
Pitt sonrió sin alegría. Una de las ventanillas de la parte trasera acababa de romperse;
unas manos penetraron ciegamente en el automóvil.
—Tengo que salir de aquí, Cartwrigh.
—No se deje ganar por el pánico.
Pitt soltó el freno. El automóvil avanzó unos cuantos metros... y se paró en seco. El mo-
tor había dejado de zumbar. Pitt sintió una extraña opresión en la boca del estómago: te-
 
nía miedo. Con dedos temblorosos, sacó del bolsillo su lápiz de rayos. Cuatro o cinco
hombres se habían encaramado a la capota, obstruyéndole la visión; otros estaban mon-
tados sobre la carrocería encima de su cabeza. Se oyó un repentino zumbido: estaban
cortando la carrocería con un soplete.
—¿Cuánto tardarán? —murmuró Pitt—. Se me ha atascado el motor.
—Se presentarán de un momento a otro.
—¡Ojalá lleguen a tiempo!
El automóvil se estremeció, sacudido por una granizada de piedras. Luego se balanceó
peligrosamente; estaban levantándolo de un lado, tratando de volcarlo. La mano de un
hombre se alargó hacia el pestillo de la portezuela.
Pitt redujo la mano a cenizas con su lápiz de rayos. El muñón retrocedió precipitada-
mente.
—He alcanzado a uno.
—Si pudiera obtener unas cuantas instantáneas para nosotros...
Aparecieron más manos. En el interior del vehículo, el calor era sofocante; el soplete
seguía zumbando.
—No me gusta tener que hacer esto...
Pitt enfocó su lápiz de rayos hacia su cartera de mano hasta que quedó desintegrada.
A continuación desintegró el contenido de sus bolsillos, todo lo que había en el comparti-
miento de los guantes y sus documentos de identificación.
—Aquí están —murmuró, mientras se desgarraba el techo de la carrocería.
—Trate de resistir, Pitt. La patrulla está a punto de...
Bruscamente el altavoz se calló. Surgieron unos rostros ante Pitt. Rostros endurecidos,
como de piedra, agitándose a su alrededor. Aumentando en número. Hongos blanqueci-
nos por todos lados. Pitt ahogó un grito. Enfocó el lápiz de rayos al azar, quemando ros-
tros y manos; el aire se llenó de una acre humareda.
Unas manos le agarraron, arrastrándole fuera del asiento. Pitt lanzó un aullido. Una
piedra se estrelló contra su rostro; el lápiz de rayos cayó al suelo. Una botella rota se in-
crustó en sus ojos y en su boca. Los cuerpos pululaban a su alrededor.
A lo lejos, las sirenas de la patrulla aullaron lúgubremente.
 
William Barris examinó cuidadosamente la fotografía. Sobre su escritorio, el café se en-
friaba, olvidado entre un montón de documentos. El edificio de la Unidad vibraba con los
sonidos de innumerables máquinas de calcular, videófonos, teletipos, máquinas de escri-
bir eléctricas y aparatos archivadores. Funcionarios y oficinistas se movían hábilmente en-
tre el laberinto de oficinas, las incontables celdillas en las cuales trabajaban los hombres
de la clase T.
—Esta cara no es corriente —murmuró Barris—. Fíjese en sus ojos, y en el acusado
reborde sobre las cejas.
—Frenología —dijo Cartwrigh en tono indiferente.
Barris soltó la "foto".
—No me extraña que tengan tantos seguidores. Con organizadores como éste... ¿Có-
mo se llama?
—Padre Fields —Cartwrigh sacó una tarjeta de su archivo—. Cincuenta y nueve años.
Técnico electricista. Uno de los mejores durante la Guerra. Nacido en Macon, Virginia, en
1970. Se unió a los Curadores hace dos años..., es decir, en los primeros momentos: es
uno de los fundadores. Pasó dos meses en el Laboratorio de Corrección Psicológica de
Atlanta. Se escapó... sin recibir tratamiento —Cartwrigh devolvió la foto al archivo—. Es la
primera vez que oímos hablar de él desde entonces.
—¿Conocía usted a Pitt?
—Un poco —Cartwrigh se puso en pie—. Su llamada fue provocada por el Padre
Fields.
 
—Y la policía llegó demasiado tarde. Siempre llega unos minutos tarde. —Barris con-
templó atentamente a Cartwrigh—. Raro, ¿no cree?
Cartwrigh se encogió de hombros.
—Cuando toda una ciudad está organizada contra uno, no lo es. Bloquean las carrete-
ras, cortan los cables telefónicos y telegráficos, obstruyen los canales videofónicos...
—Si consigue detener a ese Padre Fields, envíemelo. Quiero examinarle personalmen-
te.
Cartwrigh sonrió.
—Desde luego. Pero no creo que consigamos detenerle. —Bostezó y se dirigió hacia la
puerta—. Será muy difícil; es un hombre muy escurridizo.
—¿Qué es lo que sabe usted acerca de eso? —preguntó Barris.
Cartwrigh se echó a reír.
—No me lo pregunte a mí, pregúnteselo a Vulcan III; ésa es su misión.
Los ojos de Barris centellearon.
—Ya sabe usted que Vulcan III no ha dado ninguna información desde hace más de
quince meses.
—Tal vez no tengan nada que decir —Cartwrigh abrió la puerta que daba al vestíbulo;
sus guardaespaldas le rodearon inmediatamente—. Puedo decirle a usted una cosa. Los
Curadores tienen un solo objetivo; todo lo demás es hablar por hablar..., todos esos rumo-
res de que desean destruir la sociedad y aniquilar la civilización.
—¿Qué es lo que pretenden, en realidad?
—Desean aplastar a Vulcan III; quieren esparcir sus restos por todo el país. Lo de hoy,
la muerte de Pitt y todo lo demás, ha sido una tentativa de llegar hasta Vulcan III.
—¿Quemó Pitt sus documentos?
—Supongo que sí. No encontramos nada, ningún resto suyo ni de su equipo.
Cuando la puerta se hubo cerrado, Barris conectó su telepantalla de circuito cerrado.
Apareció el monitor local de la Unidad.
—Póngame con el Mando de la Unidad en Ginebra.
Sorbió su café, pensativo. Padre Fields. Un rostro duro. Unas cejas espesas. Un hom-
bre que en otra época había instalado circuitos eléctricos en los departamentos de la cla-
se T. Podía haberle visto, incluso haberle dado un empleo. Y si no a Fields, a otros miem-
bros del Movimiento. Mecánicos, fontaneros, carpinteros, mayordomos, camareros. A
cualquiera de los peones de la clase baja que entraban y salían, ignorados e invisibles.
Se oyó un chasquido en la telepantalla.
—Mando de la Unidad.
—Habla el Director americano Barris. Deseo hablar urgentemente con Vulcan III.
—¿Alguna información importante que ofrecer?
—Nada que no esté ya registrado.
—Entonces, tendrá que formular su petición por conducto reglamentario. —El monitor
de Ginebra consultó una cuartilla—. El período de retraso es ahora de tres días.
—¿Qué está haciendo Vulcan III? ¿Estudiando una nueva apertura de ajedrez?
—Lo siento, Mr. Barris. El retraso es válido incluso para el personal Directivo.
—Entonces, póngame en comunicación con Jason Dill.
—El Director General Dill se encuentra en una reunión. No puede ser molestado.
Barris desconectó furiosamente la telepantalla. ¡Tres días! La eterna burocracia de la
organización monstruo. Barris sorbió un poco de café frío y apartó la taza a un lado. ¿En
qué estaba pensando Vulcan III? Tal vez no estaba preocupado por el movimiento, por la
revolución a escala mundial que se proponía —tal como había dicho Cartwrigh— aplastar
su estructura metálica y esparcir sus relés, sus válvulas y sus cables a los cuatro vientos.
Pero, no era culpa de Vulcan III, desde luego; era la organización, el Sistema de la
Unidad lo que fallaba: los interminables funcionarios y oficinistas, expertos, estadísticos y
Directores. Y Jason Dill. ¿Estaba Dill aislando deliberadamente a los otros directores,
 
desconectándolos de Vulcan III? Tal vez Vulcan III había contestado y la información
había sido escamoteada.
Barris escogió un formulario y anotó sus preguntas cuidadosamente, estudiando cada
una de las palabras. El formulario le permitiría hacer diez preguntas; se limitó a anotar
dos.
 
A) ¿SON REALMENTE IMPORTANTES LOS CURADORES?
B) ¿POR QUE NO CONTESTA USTED A SU EXISTENCIA?
 
Barris contempló pensativamente cómo el formulario era tragado por el transmisor. A
centenares de millas de distancia, sus preguntas se unirían a las que fluían de una parte a
otra del mundo, desde las oficinas de la Unidad de todos los países. Veintitrés directorios,
correspondientes a otras tantas divisiones del planeta. Cada uno con su Director, su plan-
tilla de personal y las oficinas de la Subdirección de la Unidad. La organización mundial
que gobernaba el planeta, la vasta jerarquía que culminaba en los veintitrés Directores. Y
en la cumbre, Vulcan III.
Dentro de tres días, Barris recibiría la respuesta a sus preguntas. Al igual que todos los
miembros de la clase T, sometía todos los problemas importantes al enorme cerebro elec-
trónico enterrado en una fortaleza subterránea, cerca de Suiza.
No le quedaba otra alternativa. Todos los asuntos eran decididos en último término por
Vulcan III; ésa era la ley.
 
—¿Qué os trae a la memoria el año 1992? —preguntó Agnes Parker, contemplando a
sus alumnos.
—El año 1992 me recuerda el final de la Primera Guerra Atómica y el comienzo de la
década de reglamentación internacional —dijo Peter Thomas.
—Apareció la Unidad —añadió Patricia Edwards—. Un orden mundial racional.
Mrs. Parker hizo una anotación en su cuaderno.
—Correcto. Y, ahora, tal vez alguien pueda hablarme del Acuerdo de Lisboa de 1993.
La clase permaneció silenciosa. Unos cuantos alumnos se movieron inquietos en sus
asientos; en el exterior, el cálido aire de junio chocaba contra la ventana. Un pájaro des-
cendió de la rama de un árbol en busca de alguna lombriz.
Finalmente, Hans Stein dijo:
—Ese año fue construido el Vulcan III.
Mrs. Parker sonrió.
—El Vulcan III fue construido mucho antes; el Vulcan III fue construido durante la gue-
rra. El Vulcan I en 1970. El Vulcan II en 1985. Antes de la Guerra, a mediados de siglo,
existían ya cerebros electrónicos. La serie de los Vulcan fue desarrollada por Otto Jordan,
que trabajó con Nathaniel Greenstreet durante los primeros días de la Guerra...
Mrs. Parker se esforzó por contener un bostezo; no podía permitirse aquellas ligerezas.
El Director General Jason Dill y su estado mayor estaban recorriendo las escuelas, revi-
sando la educación ideológica. Se rumoreaba que el Vulcan III había formulado algunos
reparos acerca de las desviaciones que se apreciaban en sus programas básicos escola-
res.
—¿Ninguno de vosotros conoce el Acuerdo de Lisboa de 1993? —repitió Mrs. Parker.
Por un instante, no hubo ninguna respuesta. Las hileras de rostros permanecían inex-
presivas. Luego, bruscamente, increíblemente, se alzó una voz infantil, procedente de los
últimos bancos.
Una voz de muchacha, tranquila, severa y penetrante.
—El Acuerdo de Lisboa destronó a Dios.
Mrs. Parker despertó de su amodorramiento. Parpadeó, sorprendida.
 
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó. La clase hirvió de murmullos. Las cabezas se vol-
vieron interrogadoramente hacia atrás—. ¿Quién ha sido?
—¡Ha sido Jeannie Baker! —gritó un chiquillo.
—¡No ha sido ella! ¡Ha sido Dorothy!
Mrs. Parker se puso rápidamente en pie.
—El Acuerdo de Lisboa de 1993 —dijo en tono severo—, constituye la legislación más
importante de los últimos quinientos años... —Hablaba con nerviosismo, rápidamente; po-
co a poco, todas las miradas se volvieron hacia ella—. Todas las naciones del mundo en-
viaron representantes a Lisboa. La organización mundial convino en que los grandes ce-
rebros electrónicos desarrollados por Inglaterra y los Estados Unidos, y hasta entonces
utilizados únicamente como elementos de consulta, tuvieran poder absoluto sobre los go-
biernos nacionales para la determinación de su política de alto nivel. Esta decisión de
transferir la autoridad definitiva de las distorsionadas mentes de los humanos a la mente
absolutamente racional y realista de un cerebro electrónico, completamente libre de subje-
tivismos...
Pero en aquel momento el Director General Jason Dill entró en la clase, y Mrs. Parker
guardó un respetuoso silencio.
Jason Dill era un hombre que respiraba energía por todos sus poros. Tenía unos cin-
cuenta años, un rostro astuto, unos ojos penetrantes y una expresión de confianza en sí
mismo. Su estado mayor entró con él, tres hombres y dos mujeres, todos con el uniforme
gris de la clase T. Los chiquillos les contemplaron con asombro, olvidados de todo.
—Este es el Director General Jason Dill —dijo Mrs. Parker—, el Coordinador del Siste-
ma de la Unidad. —En su voz había una nota de temor—. El Director General Dill es el
único responsable ante Vulcan III. Ningún ser humano, a excepción del Director Dill, tiene
acceso al Vulcan III.
El Director Dill asintió amablemente.
—¿Qué estáis estudiando, muchachos? —preguntó, en tono amistoso, el tono de un
competente jefe de la clase T.
Los alumnos se agitaron en sus asientos, nerviosamente.
—Historia —dijo un chiquillo.
—¿Historia? ¿Moderna o comparada?
—Moderna.
—¿Qué habéis aprendido hoy?
—El Acuerdo de Lisboa —dijo una voz.
—Muy bien, muy bien —asintió afablemente el Director Dill. Hizo un gesto a su estado
mayor y todos echaron a andar hacia la puerta—. A ver si sois buenos estudiantes y obe-
decéis a vuestra profesora —añadió.
—¡Mr. Dill! —dijo una voz femenina—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
Un repentino silencio planeó sobre la clase. Mrs. Parker se estremeció. La voz. La mu-
chacha, otra vez. ¿Quién era? Se sintió invadida por el terror. ¡Dios mío! ¿Qué iría a pre-
guntarle aquel diablillo al Director General?
—Desde luego —dijo Dill, deteniéndose junto a la puerta. Echó una ojeada a su reloj de
pulsera, sonriendo un poco forzadamente.
—El Director Dill tiene prisa —consiguió decir Mrs. Parker—. Tiene que atender a mu-
chas obligaciones. Creo que será mejor que le permitamos marcharse.
Pero la voz de la niña continuó inflexible.
—Director Dill, ¿no se siente avergonzado de sí mismo por permitir que una máquina le
diga lo que tiene que hacer?
La sonrisa del Director Dill no se borró de su rostro. Con lentitud, se apartó de la puer-
ta, y se enfrentó con la clase, tratando de localizar a la chiquilla que había hablado.
—¿Quién ha hecho esa pregunta? —inquirió, en tono amable.
Silencio.
 
El Director Dill avanzó lentamente, con las manos en los bolsillos. Se frotó la barbilla
con aire ausente. Nadie se movió ni habló. Mrs. Parker y el estado mayor de la Unidad
contenían la respiración, en una horrorizada inmovilidad. Algo estaba ocurriendo, algo iba
a suceder, extraño y terrible. Incluso los niños estaban asustados.
Pero el Director Dill no se había inmutado. Se detuvo enfrente de la pizarra. Cogió un
trozo de tiza y dibujó una cifra en la negra superficie: 1992.
—El final de la Guerra —dijo.
A continuación escribió: 1993.
—El Acuerdo de Lisboa del que hoy os ha hablado vuestra profesora. El año en que to-
das las naciones del mundo decidieron federarse. Subordinarse a sí mismas, y sus intere-
ses nacionales, a una autoridad supranacional común, para el bien de todo el género
humano.
El Director Dill se apartó de la pizarra, mirando pensativamente al suelo.
—Hacía muy poco que había terminado la Guerra; la mayor parte del planeta estaba en
ruinas. Debía adoptarse alguna medida drástica, ya que otra guerra significaría la des-
trucción definitiva del género humano. Era necesario algo, algún principio de organización
definitivo. Un control internacional. Leyes que ni los hombres ni las naciones pudieran
quebrantar. Se necesitaban Guardianes de la Paz.
»Pero, ¿quién controlaría a los Guardianes? ¿Cómo podíamos estar seguros de que
ese organismo supranacional estaría libre del odio y de las pasiones animales que habían
empujado al hombre contra el hombre, a través de los siglos? ¿No caería ese organismo,
al igual que todos los demás organismos creados por el hombre, en los mismos vicios,
haciendo que predominara el interés sobre la razón, la emoción sobre la lógica?
»Había una sola respuesta: durante años habíamos estado utilizando cerebros electró-
nicos, máquinas gigantescas construidas por centenares de especialistas, destinadas a
ofrecer datos objetivos y exactos. Las máquinas estaban libres del egoísmo y de los sen-
timientos que emponzoñan la mente del hombre... Eran capaces de realizar los cálculos
objetivos que para el hombre serian siempre un ideal, nunca una realidad. Si las naciones
estaban dispuestas a renunciar a su soberanía, a subordinar su poder a las directrices ob-
jetivas e imparciales de...
De nuevo, la voz de la chiquilla interrumpió la perorata del Director General.
—Mr. Dill, ¿cree usted realmente que una máquina es mejor que un hombre? ¿Que el
hombre no puede dirigir su propio mundo?
Las mejillas de Jason Dill se tiñeron de púrpura. Furioso y sorprendido, abandonó el to-
no amable que había utilizado hasta entonces.
—¿Quién eres tú? —preguntó con voz enronquecida—. ¿Cómo te llamas? —Señaló
hacia los últimos bancos, hacia una niña pelirroja, que permanecía sentada tranquilamen-
te—. ¡Dime! ¿Cómo te llamas?
La niña sostuvo valientemente su mirada. Tenía las manos plegadas sobre el pupitre.
—Marion Fields —dijo, en voz alta—. Y no ha contestado usted a mi pregunta.
 
2
 
El edificio del Mando de la Unidad ocupaba virtualmente toda la zona comercial de Gi-
nebra, una imponente mole cuadrada de hormigón y acero. Sus interminables hileras de
ventanas brillaban bajo los últimos rayos del sol; la estructura estaba rodeada de césped y
de arbustos por todas partes; hombres y mujeres vestidos de gris andaban apresurada-
mente a través de los amplios vestíbulos y pasillos. El zumbido de las máquinas calcula-
doras podía ser oído continuamente, un sonido controlado, eficiente y agradable, como el
suave murmullo de una gran colmena.
El automóvil de Jason Dill se detuvo ante la entrada reservada a los Directores. Dill se
apeó rápidamente y mantuvo abierta la portezuela.
 
—Baja —ordenó.
Marion Fields se deslizó lentamente fuera del vehículo.
—¿Por qué?
Dill la cogió de la mano y entró en el enorme edificio.
—Quiero volver a casa —murmuró la niña.
Cruzaron un pasillo y entraron en un despacho. Dill miró el montón de informes acumu-
lados sobre su escritorio.
—Siéntate —ordenó, y él mismo se sentó detrás de la mesa. Estudió atentamente a la
niña.
—¿Qué desea usted? —preguntó Marion.
—¿Qué edad tienes?
—Nueve años.
—¿Quién te ha dicho que hables de ese modo acerca de la Unidad? ¿Quién te ha en-
señado todo eso?
—No me lo ha enseñado nadie.
Sobre el escritorio de Dill estaba el informe de la policía. Marion Fields había sido pues-
ta bajo la tutela del gobierno a raíz de la detención de su padre y de su internamiento en
una institución de Corrección Psicológica de los Estados Unidos. Una nota marginal seña-
laba que se había fugado y no había vuelto a ser capturado.
—¿Por qué fue detenido tu padre? —preguntó Dill.
La niña se encogió tristemente de hombros.
—No lo sé.
Dill se reclinó en su butaca.
—¿No crees que esas cosas que dices son un poco estúpidas? Destronar a Dios... Al-
guien te ha estado diciendo que se vivía mejor en los antiguos tiempos... antes de que
existiera la Unidad, cuando había estados nacionales y guerra cada veinte años, ¿ver-
dad? —Hizo una breve pausa. Luego inquirió—: ¿De dónde han sacado su nombre los
Curadores?
—No lo sé.
—¿No te lo explicó tu padre?
—No.
—Yo puedo decírtelo. Se aprovechan de la superstición de las masas. Las masas son
ignorantes, ¿sabes? La masa, en su conjunto, tiene una mente que..., que no es como la
tuya o la mía, ¿comprendes? Una mente que no puede pensar como pensamos tú y yo.
Una mente que cree en cosas absurdas: magia, dioses, milagros, curaciones... Y ese gru-
po está actuando sobre histerias emotivas básicas, familiares a todos nuestros sociólo-
gos, manejando a las masas como rebaños, utilizándolas para conquistar el poder. Las
masas experimentan la necesidad de la religión, el consolador bálsamo de la fe. ¿Com-
prendes lo que estoy diciendo?
Marion asintió débilmente.
—No viven de acuerdo con la razón. No pueden; no poseen el valor y la disciplina que
se precisan para vivir al margen de la emoción. Exigen los absolutos metafísicos que
ofrece una fe emotiva. La razón implica tentativas constantes y no hipótesis absolutas, su-
jetas a continuas revisiones y cambios ante la aparición de nuevos hechos. Esto introduce
elementos de incertidumbre, y la masa no puede soportar ninguna clase de incertidumbre;
quiere verdades absolutas.
—¿Puedo marcharme ahora? —preguntó Marion.
—¿Qué es lo que están tratando de conseguir los Curadores? ¿Qué se proponen?
Marion no dijo nada, y Jason Dill le alargó un informe.
—¡Lee esto! Se refiere a un hombre llamado... Robin Pitt, un americano. ¿Has oído
hablar de él?
—No.
 
—Ha sido asesinado esta mañana. Asesinado por una turba. —Dill empujó impacien-
temente el informe hacia la niña—. Vamos, léelo.
Marion cogió el informe y lo examinó, moviendo lentamente los labios.
—La turba —dijo Dill— estaba acaudillada por tu padre. ¿Comprendes? Ese hombre
fue bárbaramente asesinado cuando se disponía a subir a su automóvil. La multitud le sa-
có del interior del coche y le despedazó. ¿Qué opinas de eso?
Marion devolvió el informe sin hacer ningún comentario.
—¿Te sientes orgullosa de tu padre? ¡Asesinos! —Dill cogió el informe y lo devolvió al
montón que se apilaba sobre la mesa—. Esos otros informes..., más asesinatos, por todo
el mundo. Todos los días, hombres asesinados, golpeados, robados por turbas de demen-
tes, excitadas por esos Curadores. Por tu propio padre. ¿Apruebas todo eso? ¿Crees que
es bueno?
Marion se encogió de hombros.
—Una pandilla de criminales, que se aprovechan de la masa ignorante. —Dill se inclinó
hacia la niña—. ¿Por qué? ¿Qué es lo que pretenden? ¿Quieren resucitar los viejos tiem-
pos, las guerras, los odios y la violencia internacional? La antigua bestia está despertando
de nuevo en todo el mundo. Esos locos tratan de arrastrarnos de nuevo al caos y a la os-
curidad del pasado, a la época en que los hombres eran bestias. ¿Te sientes orgullosa de
tu padre por esa hazaña? ¿Apruebas esos asesinatos y esas violencias?
—No.
—Entonces, ¿qué objeto tienen? ¿Qué diablos se proponen?
—Quieren el Vulcan III.
—¿Están tratando de localizarlo? Pierden lastimosamente el tiempo. El Vulcan III cuida
de sí mismo y atiende a sus propias reparaciones; sólo tenemos que proporcionarle los
datos y las piezas que necesita. Nadie sabe dónde está. Pitt no lo sabía.
—Usted lo sabe.
—Sí, lo sé. De modo que quieren destruir el Vulcan III... Luego, la Unidad quedaría di-
suelta y habría estados nacionales, setenta países, cada uno con su propio idioma, sus
costumbres y sus odios. Otra vez guerras. Otra vez el antiguo mundo.
—El hombre no tiene que ser esclavo de una máquina.
—¿Quién te ha enseñado a decir eso?
—Nadie.
—¡Es una estupidez! No somos esclavos. Gracias a la Unidad estamos gobernados de
un modo racional, y no por pasiones animales sobre ella. Representa el final de la ley. —
Dill se puso bruscamente en pie—. ¿Por qué destruyeron el Vulcan II?
Marion parpadeó.
—¿El Vulcan II? ¿El antiguo cerebro electrónico?
El rostro de Dill se endureció inmediatamente.
—Olvídalo. —Empezó a pasear nerviosamente por la habitación—. Posiblemente no
sabes nada acerca de eso. ¿Estás en contacto con tu padre?
—No.
—¿Sabes dónde está?
—No.
—Lástima. Me gustaría hablar con él. Es un personaje importante en el Movimiento,
¿no es cierto?
—Tal vez sea su caudillo; no lo sé.
Dill se pasó nerviosamente las manos por sus grises cabellos.
—Te quedarás aquí, en las oficinas de la Unidad, desde luego; volveré a verte más tar-
de.
Apretó un pulsador y dos guardias armados de la Unidad aparecieron en la puerta.
—Bajen a esta niña al tercer piso subterráneo; cuiden bien de ella.
 
Marion Fields salió del despacho acompañada por los guardias. Dill les contempló,
pensativo, hasta que la puerta se cerró detrás de ellos.
Luego abandonó el edificio del Mando de la Unidad para dirigirse a su hogar particular.
Unos instantes después volaba por el cielo crepuscular en dirección a la fortaleza subte-
rránea que albergaba al gran Vulcan, cuidadosamente oculto de la raza humana.
Aterrizó y se sometió al minucioso reconocimiento del puesto de control de la superfi-
cie. Cuando le permitieron el paso, descendió rápidamente a las profundidades de la
fortaleza subterránea. Detuvo el ascensor en el segundo piso. Un momento después
estaba de pie ante una enorme puerta corrediza de acero, esperando que los centinelas le
permitieran pasar.
—Todo en orden, Mr. Dill.
La puerta se deslizó hacia un lado. Dill penetró en un largo pasillo, completamente de-
sierto. Los ecos de sus pasos resonaban, lúgubres. El aire era pegajoso y las luces par-
padeaban caprichosamente. Dill giró a la derecha y se detuvo, mirando a través de la
amarillenta claridad.
Allí estaba. El Vulcan II, o lo que quedaba del Vulcan II: un montón de hierros retorci-
dos, cables y tubos destrozados. Una enorme ruina polvorienta, silenciosa y olvidada.
A Dill le producía una extraña sensación contemplar los restos de lo que en otra época
había sido un gran cerebro electrónico. Dill podía recordar los antiguos tiempos, antes de
que fuera construido el Vulcan III..., los tiempos en que el Vulcan II había sido su orgullo y
su alegría. En el Sistema de la Unidad había muy pocos que recordaran aquellos tiempos.
Los jóvenes habían ido apartando a los viejos... del mismo modo que Vulcan III había re-
emplazado a Vulcan II. Esta ruina cubierta de polvo había sido su esperanza, en otros
tiempos. Durante la Guerra, Vulcan II era una compleja estructura dotada de una gran
precisión, un instrumento consultado diariamente por los jefes de la Unidad.
Dill dio un puntapié a un informe montón de chatarra.
El cambio, la increíble transformación que había experimentado el Vulcan II hasta con-
vertirse en eso, seguía asombrándole. Por enésima vez, se preguntó mentalmente: ¿Có-
mo ocurrió? ¿Cómo lo consiguieron? Y... ¿Por qué?
Resultaba absurdo. El Vulcan II dejó de funcionar cuando entró en servicio el Vulcan III.
Si habían conseguido entrar en la fortaleza, si uno de ellos había llegado hasta allí, ¿por
qué habían perdido el tiempo en eso... con el Vulcan III situado solamente seis pisos de-
bajo?
Tal vez había sido un error; tal vez habían destruido el cerebro electrónico más peque-
ño, la máquina que no funcionaba, creyendo que era el Vulcan III. Tal vez había sido un
error.
O tal vez no. Quizás hubo un motivo. Hacía quince meses que había sucedido: el ata-
que repentino; el terrible asalto en medio de la noche; y luego eso... y nada más. Un cui-
dadoso y sistemático destrozo de todos los elementos vitales.
Había sucedido sin previo aviso. Aquella tarde, Dill había estado formulando una serie
de preguntas al Vulcan II. Secretamente, por su propia cuenta, había continuado consul-
tando al cerebro electrónico fuera de servicio, cuando las preguntas eran lo bastante sen-
cillas como para poder someterlas a su consideración. Había formulado las preguntas y
obtenido las respuestas. Y luego, aquella noche, la catástrofe.
Dill palpó uno de los bolsillos de su americana. Aún seguían allí: las respuestas que
Vulcan II le había dado, respuestas que le habían intrigado y continuaban intrigándole.
Había intentado pedir una aclaración, pero la catástrofe lo había impedido.
Sumido en profundos pensamientos, Dill salió de la estancia y regresó al ascensor.
Descendió hasta el piso más bajo y cruzó una complicada red de puestos de control. Cen-
tinelas armados le permitieron el paso hacia las cámaras centrales, donde el enorme Vul-
can III aguardaba silenciosamente ser interrogado.
 
Dill se detuvo a examinar los formularios de preguntas que habían llegado. Larson, el
encargado de la sección de datos, le mostró las preguntas que habían sido rechazadas.
—Mire esto —Larson hojeó un montón de formularios hasta encontrar el que busca-
ba—. Aquí está; tal vez sea preferible que lo devuelva usted personalmente, para evitar
dificultades.
El formulario procedía del Director norteamericano, Barris. Contenía dos preguntas:
 
A) ¿SON REALMENTE IMPORTANTES LOS CURADORES?
B) ¿POR QUE NO CONTESTA USTED A SU EXISTENCIA?
 
Dill frunció el ceño. Barris, de nuevo. Uno de los jóvenes brillantes que trepaban rápi-
damente la escalerilla de la Unidad. Barris, Reynolds, Aderson..., avanzando confiada-
mente, eficientemente, hacia la posición de Director General.
—¿Hay muchos formularios como éste?
—No, señor, pero existe un aumento general de la tensión; varios Directores, además
de Barris, están preguntando por qué Vulcan III no se pronuncia acerca del Movimiento.
—Déjeme ver el resto del material.
Larson le entregó los formularios.
—¿Está usted seguro que no ha llegado a Vulcan III nada relacionado con los Curado-
res? —preguntó Dill.
—Nada, que yo sepa.
Dill garabateó unas líneas en la parte inferior del formulario enviado por Barris.
—Devuélvaselo dentro de unos días; no ha anotado su número de identificación. Dígale
que lo he rechazado por no ajustarse a las normas.
Larson enarcó las cejas.
—Eso no retrasará mucho el problema. Barris se apresurará a enviar de nuevo el for-
mulario debidamente cumplimentado. ¿Qué va usted a hacer cuando no haya errores téc-
nicos a que agarrarse? Tarde o temprano, Barris y los demás se darán cuenta de que al-
guien está boicoteando deliberadamente sus formularios.
—Los Directores no me preocupan —dijo Dill a media voz, como si hablara consigo
mismo—. Si Vulcan III descubre que he estado escamoteándole ciertos datos y pregun-
tas...
—¿Por qué? —preguntó Larson—. ¿Por qué diablos está haciendo esto? ¿Qué se pro-
pone al escamotearle esa información?
—Eso es asunto mío.
El rostro de Dill se endureció peligrosamente.
—Haga lo que le ordenan, y ahórrese las preguntas.
—Mi equipo está corriendo enormes riesgos; la responsabilidad puede recaer sobre
nosotros. Estamos trabajando de acuerdo con sus órdenes, sin saber qué se propone.
—A veces es preferible trabajar sin comprender.
Dill se volvió bruscamente hacia la cerrada puerta.
—Abra y permítame entrar; tengo prisa.
Larson se encogió de hombros.
—Como usted mande, señor Director.
Apretó un pulsador y la puerta se abrió.
Dill entró en la gran cámara y las puertas se cerraron detrás de él; estaba solo con Vul-
can III. El enorme cerebro electrónico se erguía delante de él, una inmensa masa de pie-
zas y manómetros.
Vulcan III estaba enterado de su presencia. A través del amplio rostro metálico e im-
personal brilló el reconocimiento, una cinta de fluidas letras que aparecieron brevemente y
se desvanecieron.
—¿HA QUEDADO COMPLETA LA INSPECCIÓN DE LOS SISTEMAS EDUCATIVOS?
 
—Casi —dijo Dill—. Faltan unos días.
—NECESITO LOS DATOS INMEDIATAMENTE.
—El equipo de alimentación se está ocupando ya de eso.
Vulcan III estaba..., bueno, la palabra exacta era excitado. Despedía un brillo rojizo: el
origen del nombre de la serie. Aquellos destellos rojos le habían recordado a Nathaniel
Greenstreet la fragua del antiguo dios, el dios que había forjado los rayos para Zeus, en
una época pretérita.
—EXISTE ALGÚN ELEMENTO QUE NO FUNCIONA COMO ES DEBIDO. UNA
SIGNIFICATIVA DESVIACIÓN EN LA ORIENTACIÓN DE DETERMINADAS CLASES
QUE NO PUEDE SER EXPLICADA A TRAVÉS DE LOS DATOS QUE ME HAN SIDO
FACILITADOS. SE ESTA PRODUCIENDO UNA REAGRUPACIÓN DE LA PIRÁMIDE
SOCIAL, EN RESPUESTA A FACTORES HISTÓRICOS-DINÁMICOS DESCONOCIDOS
PARA MI. DEBO OBTENER MÁS DATOS SI TENGO QUE OCUPARME DEL
PROBLEMA.
Una sensación de alarma invadió a Dill. ¿Sospechaba algo Vulcan III?
—Le facilitaremos todos los datos tan pronto sea posible.
—PARECE PRODUCIRSE UNA DEFINIDA BIFURCACIÓN DE LA SOCIEDAD.
ASEGÚRESE DE QUE SU INFORME ACERCA DE LOS SISTEMAS EDUCATIVOS ES
COMPLETO. NECESITO TODOS LOS HECHOS SIGNIFICATIVOS.
Tras una breve pausa, Vulcan III añadió:
—TENGO LA SENSACIÓN DE QUE SE ACERCA UNA CRISIS.
—¿Qué clase de crisis? —preguntó Dill nerviosamente.
—IDEOLOGÍA. UNA NUEVA ORIENTACIÓN PARECE ESTAR ADQUIRIENDO
FORMA VERBAL. UNA ACTITUD DERIVADA DE LA EXPERIENCIA DE LAS CLASES
INFERIORES. RUMIANDO SU INSATISFACCIÓN.
—¿Insatisfacción? ¿Por qué?
—ESENCIALMENTE, LAS MASAS RECHAZAN EL CONCEPTO DE ESTABILIDAD.
EN TÉRMINOS GENERALES, LOS QUE NO POSEEN BIENES SUFICIENTES PARA
ESTAR FIRMEMENTE ARRAIGADOS, ESTÁN MÁS INTERESADOS EN LA GANANCIA
QUE EN LA SEGURIDAD. PARA ELLOS, LA SOCIEDAD ES UNA AVENTURA. UNA
ESTRUCTURA EN LA CUAL ASPIRAR A ALZARSE A NIVELES SUPERIORES DE
PODER. UNA SOCIEDAD ESTABLE, RACIONALMENTE CONTROLADA, DEFRAUDA
SUS DESEOS. EN UNA SOCIEDAD INESTABLE Y SUJETA A MUDANZAS, LAS
CLASES INFERIORES TIENEN UNA POSIBILIDAD DE ASCENDER AL PODER.
FUNDAMENTALMENTE, LAS CLASES INFERIORES SON AVENTURERAS Y
CONCIBEN LA VIDA COMO UN JUEGO, MÁS QUE COMO UNA TAREA. UN JUEGO
CUYA PUESTA ES EL PODER SOCIAL.
—Muy interesante —murmuró Dill.
—LA INSATISFACCIÓN DE LAS MASAS NO ESTA BASADA EN LA INFERIORIDAD
ECONÓMICA, SINO EN UNA SENSACIÓN DE INEFICACIA. SU OBJETO
FUNDAMENTAL NO ES UN AUMENTO DEL NIVEL DE VIDA, SINO LA ADQUISICIÓN
DE MÁS PODER SOCIAL. DEBIDO A SU ORIENTACIÓN EMOCIONAL, SE PONEN EN
PIE Y ACTÚAN CUANDO UN CAUDILLO CON PERSONALIDAD CONSIGUE
COORDINARLAS EN UNA DISCIPLINADA UNIDAD, REUNIENDO EN UN SOLO HAZ
SUS CAÓTICOS Y DISPERSOS ELEMENTOS.
Dill permaneció silencioso. Era evidente que Vulcan III había digerido los datos que le
habían sido facilitados y había extraído unas incómodas conclusiones. A pesar de no dis-
poner de datos directos acerca de los Curadores, Vulcan III era capaz de deducir, partien-
do de principios históricos generales, los conflictos sociales en desarrollo. La frente de Dill
quedó empapada en sudor; estaba tratando con una mente poderosísima..., más podero-
sa que la de cualquier hombre o la de cualquier grupo de hombres.
 
—Apresuraré la inspección de los sistemas educativos —murmuró—. ¿Necesita algo
más?
—EL INFORME ESTADÍSTICO ACERCA DE LA LINGÜÍSTICA RURAL NO HA
LLEGADO. ¿POR QUÉ? ESTABA A CARGO DE LA SUPERVISIÓN PERSONAL DEL
SUBDIRECTOR PITT.
Dill ahogó una exclamación. ¡Santo cielo! Vulcan III no omitía un solo detalle.
—Pitt sufrió un accidente —dijo en voz alta, mientras su cerebro pensaba desespera-
damente—. Su coche sufrió un despiste en una carretera de las montañas de Colorado.
—EL INFORME PUEDE SER COMPLETADO POR OTRA PERSONA. LO NECESITO.
¿FUERON GRAVES LAS HERIDAS?
Dill vaciló.
—En realidad, no hay grandes esperanzas de que viva. Dicen...
—¿POR QUÉ HAN MUERTO TANTAS PERSONAS DE LA CLASE T DURANTE EL
PASADO AÑO? QUIERO MAS INFORMACIÓN ACERCA DE ESTO. SEGÚN MIS
ESTADÍSTICAS, SOLO UNA QUINTA PARTE DE ESAS PERSONAS HAN FALLECIDO
POR CAUSAS NATURALES. ALGÚN FACTOR VITAL ESTA FALLANDO. NECESITO
MÁS DATOS.
—De acuerdo —murmuró Dill—. Le facilitaremos mas datos; todos los que desee.
—ESTOY PENSANDO EN LA POSIBILIDAD DE CONVOCAR UNA REUNIÓN
ESPECIAL DEL CONSEJO DIRECTIVO. QUIERO INTERROGAR PERSONALMENTE A
LA PLANTILLA DE DIRECTORES.
—¿Qué? Pero...
—NO ESTOY SATISFECHO DEL SISTEMA DE SUMINISTRO DE DATOS. VOY A
PEDIR QUE LE SUSTITUYAN A USTED Y QUE SE ESTABLEZCA UN NUEVO
SISTEMA DE SUMINISTRO.
Dill abrió la boca y volvió a cerrarla. Temblando visiblemente, se encaminó hacia la
puerta.
—A menos que desee usted algo más, voy a regresar a Ginebra.
—NADA MÁS. PUEDE USTED MARCHARSE.
Dill ascendió a la superficie sumido en negros pensamientos. Las cosas se estaban
poniendo feas. Si el cerebro electrónico sospechaba lo que estaba ocurriendo...
Mientras su nave rugía sobre Europa, Dill se sintió invadido por siniestros presagios:
Curadores en todas partes, en todas las ciudades y pueblos; figuras vestidas de color
pardusco y calzadas con sandalias moviéndose entre la multitud, en las angostas calles y
carreteras, en las plazas y alrededor de los antiguos edificios. Sus rostros hostiles se al-
zaban silenciosamente para contemplar el paso de la nave. Rostros intensos. Hombres de
rasgos pétreos que se detenían con las manos en las caderas, contemplándole rencoro-
samente mientras regresaba a su oficina. En un campo de labor, un labriego agitó su pu-
ño; los obreros de una mina interrumpieron su trabajo y contemplaron el paso de la nave
con expresión sombría. Dill era odiado. Todos los miembros de la Unidad eran odiados. Y
ahora, Vulcan III sospechaba de él, por añadidura. Era odiado e inspiraba sospechas
desde arriba y desde abajo. Todo iba cerrándose a su alrededor por todas partes. Estaba
cansado..., y estaba solo, sin nadie a quien volverse...
 
Al cabo de unos días el Director William Barris recibió el formulario que le había sido
devuelto. En su parte inferior había una anotación: Indebidamente cumplimentado. Falta
el número de identificación.
Barris tiró el formulario sobre su escritorio y se puso en pie. Se acercó a la telepantalla.
—Póngame con el Mando de la Unidad en Ginebra.
Apareció el monitor de Ginebra.
—¿Diga?
Barris blandió el formulario ante la pantalla.
 
—¿Quién ha devuelto esto? ¿Quién ha hecho esta anotación? ¿El jefe del equipo de
alimentación?
—No, señor. —El monitor consultó unos datos—. Fue el Director General en persona.
—¡Dill!
Barris tembló de rabia.
—¡Quiero hablar inmediatamente con Dill!
—El Director Dill se encuentra en una reunión. No puede ser molestado.
Barris desconectó la pantalla furiosamente. Durante unos instantes permaneció en pie,
pensando. De repente volvió a conectar la pantalla.
—Póngame con el aeródromo. Dese prisa.
Al cabo de un momento apareció el monitor de la torre del aeródromo.
—¿Diga?
—Aquí, Barris. Preparen inmediatamente una nave de primera clase.
—¿Para ir a dónde, señor?
—A Ginebra. —Barris apretó firmemente la mandíbula—. Tengo una cita con el Director
General Dill.
Y añadió para sus adentros:
—Le guste o no le guste a Dill.
 
3
 
Barris cruzó la barrera de oficinistas y secretarias que defendían el acceso al despacho
del Director General. Sus galones de Director eran un convincente argumento. Se abrió la
última puerta... y Barris se encontró delante de Dill.
Jason Dill alzó la mirada lentamente, apartando a un lado un montón de informes.
—¿Quién es usted?
—William Barris. —Barris cerró la puerta del despacho detrás de él—. Deseo hablar
con usted.
Dill enarcó las cejas.
—Rellene un formulario, solicitando una entrevista; sabe usted perfectamente...
Barris le interrumpió.
—¿Por qué ha devuelto usted mi formulario de preguntas? ¿Está escamoteándole in-
formación a Vulcan III?
Silencio.
El color abandonó el rostro de Dill.
—Su formulario no estaba debidamente cumplimentado. De acuerdo con el Apartado
Seis, Artículo 10, del Reglamento de la Unidad...
—Está usted impidiendo que Vulcan III reciba determinados informes; por eso no se
define acerca de ellos. —Barris contempló fríamente al Director General—. ¿Por qué? Es
absurdo. Y, además, un delito. ¡Traición! Boicotear la información, falsificar deliberada-
mente los datos... Puedo hacer que le detengan. —Se inclinó hacia Dill—. ¿Está tratando
de aislar a Vulcan III ¿Está...?
Se interrumpió. Dill le estaba apuntando con un lápiz de rayos, con una expresión des-
esperada en los ojos.
—Ahora, cállese, Barris —ordenó con voz ronca—. Siéntese y escuche.
Barris obedeció.
Dill abrió la boca un par de veces, como un pez recién salido del agua que trata de lle-
nar sus pulmones de aire. Su rostro estaba gris; en su arrugada frente brillaba el copioso
sudor.
—¿Quiere usted saber por qué estoy escamoteándole datos a Vulcan III? —Introdujo la
mano izquierda en uno de sus bolsillos, sin dejar de apuntar a Barris con el lápiz de ra-
yos—. Mire esto.
 
Dejó caer dos paquetitos encima del escritorio.
Barris recogió los paquetes y empezó a desliarlos con grandes precauciones.
—¿Qué hay aquí? —preguntó.
—Cintas magnetofónicas. Supongo que no estará usted familiarizado con ellas. Vulcan
II no respondía en una pantalla visual; grababa sus respuestas en una cinta.
—Y estas cintas, ¿proceden de Vulcan II?
—Efectivamente. Son las últimas cintas; sus últimas respuestas.
Barris reaccionó violentamente.
—¿Acaso ha sido destruido Vulcan II?
—Hace quince meses.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Aplastado. Sistemáticamente destruido. Ignoro los motivos, aunque debe de haber
alguno.
—¿Los Curadores?
—Pueden haber imaginado que se trataba de Vulcan III... De un cajón de su escritorio
sacó un pequeño magnetófono.
—Permítame...
Cogió una de las cintas y la colocó en el aparato. Se oyó un zumbido y luego una voz
metálica, impersonal.
 
«...ese Movimiento puede ser más importante de lo que parece a simple vista..., es evi-
dente que el movimiento va dirigido contra Vulcan III y no contra los cerebros electrónicos
en general... hasta que haya podido digerir todos los aspectos de la información, sugiero
que Vulcan III no sea informado del asunto...»
 
—Le pregunté por qué —dijo Dill—. Aquí está la respuesta.
Colocó la segunda cinta en el magnetófono.
 
«...teniendo en cuenta la diferencia básica entre Vulcan III y los anteriores cerebros
electrónicos... sus decisiones son algo más que simples evaluaciones de datos objeti-
vos..., fundamentalmente, está creando una política del más alto nivel... Vulcan III se ocu-
pa de problemas teológicos... el significado de todo esto no puede ser deducido inmedia-
tamente.., necesito más tiempo para estudiarlo...»
 
—Esa fue la última cinta —dijo Dill.
—¿No le hizo usted más preguntas?
—Aquella misma noche fue destruido.
Dill recogió las cintas y volvió a metérselas en el bolsillo.
—De modo que escamotea usted los datos, atendiendo a la sugerencia de Vulcan II...
Y lo ha estado haciendo durante quince meses.
—Sí, aproximadamente.
—¿Sin saber por qué?
Dill vaciló; dio unos golpecitos con su lápiz de rayos sobre el escritorio, con nerviosis-
mo.
—En primer lugar, tiene usted que comprender la clase de relación que me unía a Vul-
can II. Siempre habíamos trabajado juntos. Vulcan II era limitado, desde luego. Compara-
do con Vulcan III, era anticuado. No hubiera podido ocupar la posición que actualmente
ocupa Vulcan III... decidiendo la política a seguir en todas las cuestiones.
—Tal como dice en la cinta.
—Vulcan II era un cerebro electrónico antiguo; necesitábamos un instrumento más
acabado para decidir los problemas básicos. Vulcan II quedó relegado a un segundo tér-
mino. Pero yo siempre acudía a él cuando creía que podía contestar a mis preguntas. Es-
 
taba... encariñado con él, ¿comprende? Y me había acostumbrado a él, también. Hicimos
juntos toda la Guerra y nunca me defraudó, dentro de los límites de su capacidad.
—Y, ahora, el Vulcan II ha sido destruido —murmuró Barris—. Resulta increíble pensar
que ha mantenido usted esa política durante quince meses. Más de un año.
—Vulcan II fue destruido antes de que pudiera facilitarme más información. Y yo seguí
actuando de acuerdo con sus últimos consejos... —Dill se mordió el labio inferior—. Pero,
no es eso todo. Vulcan III me ha amenazado con convocar una reunión del Consejo pa-
ra... destituirme.
Barris le miró asombrado.
—¿Eso ha hecho?
Los ojos de Dill estaban llenos de temor.
—La verdad, Barris, es que le tengo un pánico atroz. —El lápiz de rayos se deslizó de
su mano, resbaló sobre el escritorio y cayó al suelo—. Me encuentro entre la espada y la
pared. Por un lado, los Curadores, y por otro esa maldita pesadilla suspendida sobre mi
cabeza. Temo a Vulcan III, Barris; es más complicado de lo que imaginamos. Temo lo que
pueda hacer..., lo que es capaz de hacer. Es peligroso... y Vulcan II lo sabía.
Barris se detuvo junto a la puerta, contemplando las polvorientas ruinas que llenaban la
estancia. Los silenciosos montones de metal y las piezas retorcidas, formando una masa
amorfa.
—No ha quedado mucho —dijo, finalmente.
—El que atacó a Vulcan II sabía exactamente lo que tenía que hacer; todo el sistema
de cables está destruido, sin reparación posible.
—¿Ha mantenido usted en secreto esta información? ¿La conoce alguien?
—Absolutamente nadie. Todos los Directores suponen que Vulcan II ha sido puesto
fuera de servicio, simplemente. Yo era la única persona que le consultaba.  
Barris se inclinó a recoger un puñado de cables fundidos y tubos.
—¿Ha intentado reconstruir esto?
—¿El cerebro electrónico? Como ya le he dicho, la destrucción era tal...
—Los tubos —Barris alzó un tubo cuidadosamente—. La envoltura ha desaparecido,
desde luego, pero los elementos interiores parecen intactos.
—¿Cree usted...?
—Este tipo de cerebro electrónico almacena sus datos en forma de cargas eléctricas
polarizadas permanentemente a través de los elementos de esos tubos. Tal vez consiga-
mos reactivar a Vulcan II lo suficiente como para reconstruir su teoría.
—¿Quiere usted decir que puede tener aún algunas partes..., vivas?
—¿Vivas? Mecánicamente intactas. Partes que pueden ponerse de nuevo en funcio-
namiento. Me gustaría saber lo que opinaba Vulcan II antes de ser destruido. Sería intere-
sante descubrir las conclusiones a que había llegado acerca de Vulcan III.
—Me encargaré de que un grupo de mecánicos examine cuidadosamente todo esto y
vea lo que puede hacerse. Le enviaré a usted una vídeofoto de su informe.
Barris sonrió.
—¿De veras? Toda su historia depende de Vulcan II. Usted dice que Vulcan II le dio
instrucciones; tal vez lo hizo.., o tal vez no. —Barris recogió otros dos tubos aplastados y
los unió a los que tenía en la mano—. En lo que a mí respecta, es usted un traidor hasta
que se demuestre lo contrario. Esas cintas pueden ser falsas. Tal vez fue usted quien
destruyó a Vulcan II.
—¿Yo? Pero...
—Hasta que disponga de más elementos de juicio, consideraré su historia como una
hipótesis metafísica en espera de hechos empíricos que la justifiquen.
Arrancó un trozo de cable retorcido.
—¿Qué está usted haciendo?
 
—Voy a llevarme estos tubos y haré que los examinen mis propios mecánicos; me
pondré en contacto con ellos desde mi nave. —Barris contempló seriamente a Dill—. A
partir de ahora, mi oficina se encargará de esto. Le daré a conocer los resultados que ob-
tengan. —Se puso en pie—. Será interesante saber lo que dice Vulcan II, suponiendo que
consigamos reconstruir estos tubos.
 
Barris regresó a Nueva York inmediatamente después de que los restos de Vulcan II
fueron sacados de la fortaleza subterránea y cargados en una unidad de transporte nor-
teamericana. Mientras cruzaban el Atlántico, Barris estableció contacto con Cartwrigh y le
ordenó que dispusiera el envío de una patrulla al aeropuerto para hacerse cargo de los
restos y de los mecánicos encargados de trabajar en ellos.
Cartwrigh tenía noticias: el poder de los Curadores iba en aumento; se habían produci-
do nuevos atentados; una parte cada vez más importante de la población obedecía sus
instrucciones. Cartwrigh no había podido —o no había querido— detener al Padre Fields.
El macizo rostro había sido fotografiado a menudo, en las proximidades de una muche-
dumbre enfurecida, dirigiendo tranquilamente sus actividades mientras caían sobre algún
miembro de la clase T.
Los Curadores estaban tratando de localizar a Vulcan III. Pero sólo unos cuantos hom-
bres sabían dónde se encontraba. Entretanto los asesinatos y las destrucciones continua-
ban, los Curadores reunían sus fuerzas, preparándose para un ataque en masa a la Uni-
dad. Un ataque que podía producirse en cualquier momento.
La Unidad controlaba el mundo.., o, mejor dicho, una delgada corteza, un filete de la
superficie. Dentro, en las fundidas profundidades, las violentas corrientes emotivas as-
cendían y volvían a caer, mostrándose en ominosas ondulaciones que surgían a través de
la corteza.
La Unidad gobernaba desde el plano más elevado; en un plano algo inferior operaba la
influencia de la clase T, uniformada de gris, hasta que finalmente, en el fondo, el control
racional se perdía en la homogénea masa de oficinistas, dependientes, camareros, con-
ductores de autobús, amas de casa, obreros manuales..., hombres y mujeres anónimos
que no podían ser distinguidos unos de otros.
Debajo de la nave de Barris estaba aquel mundo, el mundo de las masas indiferencia-
das..., la horda de seres humanos que odiaba a la Unidad, que odiaban todo control ra-
cional, el elaborado sistema de expertos, técnicos, directorios y departamentos.
Cerca de Boston, un grupo de chiquillos dejó de jugar y permaneció en silencio mien-
tras la nave de Barris volaba sobre sus cabezas. Barris vio interminables hileras de ros-
tros vueltos hacia arriba..., rostros llenos de odio y de rencor, siguiendo con la mirada el
vuelo de las naves de la Unidad. La mayoría de las ciudades pequeñas estaban en manos
de los Curadores..., y todo el campo, las granjas y las aldeas y las zonas rurales. Las
grandes ciudades eran islas, fortalezas, pero también en ellas estaban los Curadores. Y
con ellos el odio hacia la Unidad.
Incluso en Nueva York hacían acto de presencia. Barris vio una procesión de Curado-
res, con sus túnicas pardas, desfilando por una calle del Bowery, solemnes y dignos en
sus toscas vestimentas. La multitud les contemplaba con respetuosa admiración. En otra
calle había un automóvil de la Unidad destruido por la multitud después de asesinar a su
ocupante. Como le había sucedido a Pitt. Inscripciones hechas con alquitrán en las pare-
des. Consignas.
Mientras su nave descendía para aterrizar, Barris pudo verles alrededor de su propia
oficina. En las esquinas de la calle, un Curador estaba arengando a una multitud, de pie
sobre una improvisada plataforma. Rostros encendidos, palabras llameantes. Banderas. Y
la multitud engrosaba.
Siempre más. Atraídos como por un imán por los hombres de túnicas pardas que pro-
metían el derrumbamiento del odiado sistema, el retorno de los antiguos tiempos. Los Cu-
 
radores empujaban al género humano hacia atrás, arrastrándole hacia el pasado, con su
mezcla de mito, sueño y leyenda.
Y, frente a todo aquello, la estructura racional y científica de la Unidad: la sociedad del
presente. Ciencia, ley y control de la naturaleza. Clase T, el cuerpo de adiestrados exper-
tos, especialistas en campos claramente definidos. Una sociedad científica, en posesión
de técnicas y métodos racionales, controlando y manteniendo eficazmente la ley y el or-
den. Gobernando racionalmente el planeta a través de sus elaboradas redes de oficinas,
Directorios, Subdirectorios, organismos de investigación estadística, y el numeroso ejérci-
to de técnicos y empleados.
El jefe de los mecánicos informó a Barris al cabo de unos días.
—Primeros informes acerca del trabajo de reconstrucción Mr. Barris —informó Smith.
—¿Algún resultado?
—Poca cosa; la mayoría de los tubos estaban materialmente destrozados. Sólo quedó
intacta una parte del almacén de datos.
Barris se puso rígido.
—¿Han descubierto algo importante?
En la pantalla, el rostro de Smith continuó tan inexpresivo como antes.
—Unas cuantas cosas, creo; si se deja usted caer por aquí, le enseñaré lo que hemos
hecho.
Barris cruzó Nueva York y se dirigió a los laboratorios de la Unidad. Los centinelas le
obligaron a identificarse antes de permitirle el paso. Encontró a Smith y a sus hombres
atareados alrededor de un montón de piezas ensambladas provisionalmente.
—Aquí está —dijo Smith.
—Parece distinto.
—Hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance para reconstruir los elementos
averiados —explicó Smith—. Y hemos instalado un sistema auditivo para recoger lo que
quedaba en el almacén de datos. Datos fragmentarios, por supuesto. Escuche...
Smith conectó el altavoz, Se oyó un zumbido y una serie de sonidos roncos. El jefe de
los mecánicos manipuló en los mandos.
—Dentro de unos instantes se oirá mejor —aseguro Smith.
—De acuerdo. Ajuste bien los mandos y veré lo que puedo captar.
Smith y sus hombres se marcharon. Barris se acercó más al altavoz. Perdidos entre la
niebla de sonidos, había débiles rastros de palabras. Barris aguzó el oído.
 
«...bifurcación progresiva de elementos sociales de acuerdo con nuevas pautas ante-
riormente.., agotamiento de formaciones minerales no plantea ya el problema que se pre-
sentó durante la...»
 
Vulcan II no era consciente; como un disco fonográfico, aquellos impulsos eran hela-
dos, muertos. Aquellas afirmaciones eran antiguas, correspondían al pasado. Vulcan II no
funcionaba desde hacía mucho tiempo. Lo que surgía a través del altavoz había sido al-
macenado hacía muchos años, cuando el cerebro electrónico funcionaba normalmente.
 
«...determinados problemas de identidad anteriormente objeto de conjeturas y nada
mas... necesidad vital de comprender los factores integrales implicados en la transforma-
ción del simple conocimiento a la plena identidad...»
 
Barris encendió un cigarrillo y escuchó. Las frases fragmentarías surgían por el altavoz,
mezcladas con el incesante zumbido de los parásitos.
Transcurrió el tiempo. Barris seguía esperando.
De repente, todo su cuerpo se tensó.
 
 
«...este proceso se encuentra ampliamente desarrollado en el III... si las tendencias
puestas de manifiesto en el I y en el II continúan evolucionando, podría plantearse la ne-
cesidad de omitir ciertos datos...»
 
Las palabras se apagaron. Barris pegó su oído al altavoz. Al cabo de unos instantes,
las palabras se hicieron de nuevo audibles.
 
«...el Movimiento activaría demasiadas tendencias inconscientes... posiblemente, III no
se ha dado cuenta todavía de ese proceso... información sobre el Movimiento podría crear
una situación crítica en la cual III podría empezar a...»
 
Barris profirió una exclamación. Las palabras habían vuelto a apagarse. Rabiosamente,
tiró el cigarrillo y esperó, lleno de impaciencia. Dill le había dicho la verdad,
indudablemente... Se inclinó hacia el altavoz, esforzándose en captar cada una de las
 palabras.
«...la aparición de facultades cognoscitivas operando a un alto nivel demuestra el en-
sanchamiento de la personalidad, superando lo estrictamente lógico... III difiere
fundamentalmente en la manipulación de valores irracionales de un tipo definitivo..,
construcción incluidos factores reforzados y acumulativos que permiten a III llegar a
conclusiones esencialmente asociadas a elementos que no son mecánicos ni... sería
imposible que III funcionara a ese nivel sin una facultad creadora más bien que analítica..,
tales juicios no pueden ser emitidos a un nivel puramente lógico... el ensanchamiento de
III en niveles dinámicos crea una entidad completamente nueva, incomprensible en
términos conocidos hasta ahora...»
 
Por un instante, el altavoz permaneció en silencio. Luego, las palabras volvieron a fluir
con una especie de rugido.
 
«...nivel de operación no puede ser concebido de otro modo... si la construcción real de
III es ésa... III está vivo en esencia...»
 
¡Vivo!
Barris se estremeció. Las palabras siguieron fluyendo, ahora apenas audibles.
 
«...con la voluntad positiva de orientar a seres vivientes... en consecuencia, III, al igual
que cualquier otro ser viviente, está básicamente preocupado por la supervivencia... co-
nocimiento del movimiento podría crear una situación en la cual la necesidad de supervi-
vencia induciría a III a... el resultado podría ser catastrófico... ser evitado en... a menos
que... III... si...».
 
Silencio.
Barris salió precipitadamente de la estancia. Después de ordenar a Smith que no per-
mitiera la entrada a nadie y que colocara centinelas armados en la puerta, regresó a su
oficina.
Dill le había dicho la verdad... pero esto había dejado de tener importancia. Ahora
habían surgido a la superficie los motivos de Vulcan II, motivos que Dill ignoraba. Vulcan
III no funcionaba sobre una base analítica lógica; su "personalidad" se había ensanchado,
había alcanzado niveles nuevos. Si Vulcan II estaba en lo cierto, si un impulso de supervi-
vencia se había desarrollado en la enorme máquina...
Dill había captado la amenaza de Vulcan III, y otros la habían captado: millones de
hombres y mujeres corrientes, todo el Movimiento de los Curadores.
 
Vulcan II había sido destruido para que no pudiera continuar asesorando a Dill. Era
evidente que Vulcan III había destruido al Vulcan II. ¿Estaba enterado Vulcan III de la
existencia de los Curadores?
Barris se estremeció. El género humano en manos de una máquina. Más que una má-
quina. Un gigantesco ser viviente, dueño de todos los conocimientos acumulados por el
hombre, un enorme organismo pensante. Pensante... y sensible.
Vulcan III era algo más que una máquina, algo más que un cerebro electrónico; estaba
vivo. Y, en su calidad de cosa viviente, tenía voluntad y deseo de sobrevivir. ¿Qué ocurri-
ría cuando descubriera que millones de hombres y mujeres estaban organizados contra
él?
¿Qué haría cuando descubriera que existía un Movimiento con el exclusivo propósito
de destruirle? ¿Que desde hacía dos años estaba tratando de llegar hasta él?
¿Qué podría hacer?
Barris llegó a su oficina. Su telepantalla de circuito cerrado emitía una frenética señal;
la conectó rápidamente.
—¡Barris! —gritó el aterrorizado rostro de Dill—. ¿Dónde diablos estaba?
—Con los restos de Vulcan II. Mis mecánicos consiguieron reconstruir algunos de sus
elementos. He podido comprobar la historia que usted me contó... y algo más. Conozco
los motivos de Vulcan II. Sé lo que...
—¡Escuche, Barris! —gritó Dill—. ¡Ha sucedido!
—¿Qué es lo que ha sucedido?
—Lo que había estado temiendo; finalmente se ha producido. Sabía que no podría evi-
tarlo durante mucho más tiempo. Escúcheme, Barris: Vulcan III ha obtenido la informa-
ción... acerca de los Curadores. Larson se la suministró.
—¿Está usted seguro?
Dill estaba temblando de terror.
—Vulcan III ha convocado urgentemente al Consejo. Todos los Directores. Para desti-
tuirme... y juzgarme por traición... Necesito su ayuda, Barris. Vulcan III lo sabe todo acer-
ca de mí... y acerca de los Curadores.
Barris cortó la comunicación, y llamó al aeródromo.
—Preparen inmediatamente mi nave. Y dos patrullas armadas. Puedo verme en dificul-
tades.
Salió de su oficina para dirigirse al aeródromo. Al salir del edificio de la Unidad, adquirió
repentina conciencia de un sonido. Un murmullo semejante al rugido del mar.
Una enorme muchedumbre avanzaba a lo largo de la calle, una masa de hombres y
mujeres que crecía a cada instante. Y entre ellos había varias figuras vestidas con túnicas
pardas y calzadas con sandalias.
Los Curadores... avanzando hacia el edificio de la Unidad.
 
4
 
William Barris penetró en el edificio del Mando de la Unidad en Ginebra, rodeado de
hombres armados. Encontró a Jason Dill en la parte exterior del salón de sesiones.
—¡Dios mío! —murmuró Dill—. Creí que no iba a llegar usted nunca.
—Los Curadores se están moviendo; he tenido dificultades para venir. La policía está
movilizada, pero no confío demasiado en Cartwrigh.
Dill estaba rodeado por su propia guardia personal. Tenía aspecto de agotamiento; es-
taba pálido y respiraba penosamente.
—Veo que se ha traído usted protección. El Consejo está a punto de reunirse. La ma-
yoría de los Directores ya han llegado. ¿Cuántos hombres se ha traído?
—Sesenta.
—¿Puede obtener alguno más?
 
—No. El resto se ha agregado a la policía. Los Curadores están atacando abiertamente
los edificios de la Unidad en Norteamérica.
—También aquí. Sesenta hombres. Y yo dispongo de unos doscientos. Con el resto no
podemos contar.
—Cuénteme exactamente lo que ha sucedido.
—Esta mañana, a las ocho, he recibido un informe urgente de un agente secreto que
trabajaba en el equipo de alimentación. Larson había empezado a suministrar a Vulcan III
parte del material que yo había rechazado. Me encaminé rápidamente a la fortaleza, pero
era demasiado tarde. Los datos estaban ya en poder de Vulcan III.
—¿Por qué hizo Larson eso?
—No lo sé. Cuando llegué allí..., estaba muerto.
—¡Muerto!
—El informe del agente decía que Larson estaba aterrorizado. Algo había sucedido. —
Dill se pasó una mano temblorosa por la frente—. No lo comprendo. Vulcan III tiene algo.
Puede hacer cosas; no es inofensivo, como habíamos creído hasta ahora.
—Destruyó a Vulcan II.
Dill se estremeció.
—Eso creo yo también. Pero, ¿cómo? Estaban separados por seis pisos. Y Vulcan III
no puede moverse... ¿Tendrá hombres que trabajan para él?
—¿Cómo murió Larson?
—Le golpearon brutalmente. Le aplastaron la cabeza con algún objeto duro. Los Direc-
tores opinan que fueron los Curadores. O... —los ojos de Dill reflejaron un intenso páni-
co—. O yo.
—¿Fue usted?
—¡Desde luego que no!
—Esto es más grave de lo que imaginaba. Vulcan III tiene ramificaciones de alguna
clase. Me pregunto si...
En aquel momento se oyó el imperioso tañido de una campana.
—La reunión. —Dill echó andar con paso vacilante en dirección a la puerta del salón de
sesiones—. Vulcan III envió a cada uno de los Directores una orden de comparecencia y
un resumen de lo que había sucedido. Una descripción de mi traición... Cómo falsifiqué
los datos y tendí una cortina entre él y la Unidad.
Barris asintió.
—Todos nosotros nos hemos preguntado por qué Vulcan III no se ha referido para na-
da a los Curadores.
—De modo que ahora lo sabe usted todo. Vamos, la reunión está a punto de empezar.
—¿Quién hablará por Vulcan III?
—Reynolds, de la Europa Oriental. Vulcan III le escogió como fiscal de la Unidad. Co-
ntra mí.
—Reynolds... Le he visto.
—Vulcan III le ha facilitado una detallada información. —Dill abrió y cerró los puños—.
Estoy perdido; Reynolds siempre fue un hombre ambicioso.
—¿Sabe Reynolds que actuaba usted siguiendo los consejos de Vulcan II?
—Lo ignoro. —La esperanza aleteó un momento en el rostro de Dill—. ¿Cree que pue-
do intentar defenderme en ese terreno? Estaba tratando de cumplir con mi deber. Vulcan
II me sugirió que escamoteara toda aquella información.
—Lo que he sabido a través de Vulcan II es mucho más grave que su situación perso-
nal, Dill. De acuerdo con su teoría...
—¿Su teoría?
—...Vulcan III está... vivo, con la voluntad de un ser viviente, el instinto de crecer y so-
brevivir. No es un cerebro electrónico racional. Todas las cosas vivientes son supraracio-
nales, automáticamente; Vulcan. III es un inmenso organismo viviente.
 
—Comprendo. Ha adquirido una..., personalidad. —Dill parecía más asustado incluso
que antes—. ¿Qué cree usted que hará?
—No tardaremos en saberlo. —Barris entró en el amplio salón, escoltado por sus hom-
bres—. Deme usted las cintas..., las cintas del Vulcan II.
Dill se las entregó.
—Aquí están. Pero por el amor de Dios, tenga cuidado con ellas.
El salón estaba casi lleno; cada uno de los veintitrés Directores iba acompañado de su
estado mayor y de su guardia personal. Edwards Reynolds ocupaba la presidencia. Era
un hombre alto y robusto, de anchos hombros y poderoso pecho. Tenía treinta y dos
años; había ascendido rápida y eficazmente. Por un instante, sus fríos ojos azules se po-
saron en Dill y en Barris.
—La sesión va a empezar —anunció—. El Director Barris puede ocupar su escaño. —
Señaló a Dill—. Usted, acérquese.
Dill avanzó hacia la plataforma, rodeado por su escolta.
Subió los peldaños de mármol con paso vacilante y ocupó un asiento enfrente de Rey-
nolds. Barris había permanecido en pie, sin moverse.
—Ocupe su escaño —le ordenó bruscamente Reynolds.
Barris avanzó a lo largo del pasillo.
—¿Cuál es el objeto de esta reunión? ¿Con qué autoridad ocupa usted la presidencia?
Un murmullo se elevó del auditorio. Todos los ojos estaban clavados en Barris. Los Di-
rectores no las tenían todas consigo; algo estaba ocurriendo. Dill había sido destituido...,
acusado de traición. La inmensa estructura de la Unidad, los interminables departamentos
y oficinas, estaban tambaleándose peligrosamente... y en el exterior, reuniéndose para un
ataque final, se encontraba el Movimiento de los Curadores.
Reynolds agitó una circular.
—¿Acaso no ha recibido usted la notificación? Todos los Directores fueron advertidos
por Vulcan III del objeto de esta reunión.
Barris se detuvo delante de la plataforma.
—Lo que yo pregunto es si esta reunión es legal; lo que niego es su derecho a darle
órdenes al Director General Dill. —Barris subió a la plataforma—. Esto parece una desca-
rada tentativa de apartar a Dill a un lado y apoderarse del poder.
El murmullo se convirtió en un rugido de excitación. Reynolds esperó que se apagara.
—Este es un momento crítico —dijo, tranquilamente—. El Movimiento Revolucionario
de los Curadores nos está atacando en todo el mundo; su objetivo es el de llegar hasta
Vulcan III y destruir la estructura de la Unidad. El objeto de esta reunión es el de juzgar a
Jason Dill como agente de los Curadores..., un traidor trabajando contra la Unidad. Dill
escamoteó deliberadamente información a Vulcan III. Impidió que Vulcan III pudiera ac-
tuar contra los Curadores.
Los fríos ojos azules de Reynolds recorrieron el salón.
—Jason Dill ha estado trabajando en favor de los Curadores durante más de un año.
Ha inutilizado a Vulcan III durante todo ese tiempo, permitiendo que los Curadores actua-
ran libremente.
John Chai, de Asia Meridional, se puso en pie.
—¿Qué tiene usted que decir, Barris? ¿Es eso cierto?  
Edgar Stone, de África Oriental, se unió a Chai.
—Nuestras manos han estado atadas; hemos permanecido impotentes, viendo como
crecían los Curadores. Dill ha impedido que la Unidad actuara.
Alex Henderson, de América Central, se puso en pie.
—¿Cuál es su respuesta, Barris? ¿Es cierto lo que ha dicho Reynolds?
Barris le entregó las cintas.
—Antes de seguir adelante, convendría que oyera usted esto.
—Cintas... —murmuró Henderson—. ¿De dónde proceden?
 
—De Vulcan II; Dill actuaba de acuerdo con sus instrucciones.
—Pero, ¿por qué?
—Vulcan III no es una máquina. Está vivo.
—¡Vulcan III asesinó a Larson! —gritó Dill excitadamente—. ¡Trató de destruir a Vulcan
II! ¡Nos matará a todos!
Los Directores se habían puesto en pie, hablando atropelladamente. Reynolds era el
único que no había perdido la calma.
—¿Qué está usted diciendo? Vulcan III es un cerebro electrónico racional.
—Es un organismo viviente —replicó Barris—, con los impulsos de un organismo vi-
viente..., impulsos de supervivencia.
—Absurdo —respondió Reynolds.
—Dill no tiene nada que ver con los Curadores; actuó siguiendo instrucciones de Vul-
can II. Vulcan II temía lo que podía ocurrir si Vulcan III se enteraba de la existencia de los
Curadores.
Reynolds sonrió desdeñosamente.
—Dill ha estado en contacto permanente con los Curadores.
—¡Mentira! —gritó Dill.
Reynolds señaló hacia abajo.
—En el tercer piso subterráneo de este edificio se encuentra el enlace de Dill con los
Curadores.
—¿Enlace? —Barris se sintió repentinamente alarmado—. ¿De qué está usted hablan-
do?
Los azules ojos de Reynolds brillaron con una expresión de triunfo.
—La hija del Padre Fields: el enlace de Dill con el Movimiento. Marion Fields se en-
cuentra en este edificio.
Barris se movió rápidamente; hizo una seña a los hombres de su escolta y se unió a
Dill en la plataforma.
—Reynolds debe de tener espías en todas partes —murmuró Dill, aterrorizado—. Traje
a la muchacha aquí para interrogarla. Juro que nunca...
—No, Reynolds no tiene espías, sino Vulcan III. —Barris empuñó su lápiz de rayos—.
Tendremos que luchar. ¿Vale la pena?
—¿Luchar? Yo...
—Vulcan III estaba preparado. La apuesta es todo un mundo, y Vulcan III no renunciará
voluntariamente a ella. Nuestra única posibilidad es salir en seguida de aquí... y organi-
zarnos.
—¡Alto! —gritó Reynolds—. ¿Qué está usted haciendo? ¡Sabe usted perfectamente
que su actitud es ilegal!
—Vamos —dijo Barris—, tenemos que salir de aquí.
Todos los Directores se habían puesto en pie. Reynolds estaba dando frenéticas órde-
nes a los soldados de la Unidad, situándoles entre Barris y la puerta.
—¡Están ustedes detenidos! ¡Tiren sus armas y ríndanse! ¡No pueden desafiar a la
Unidad!
John Chai se acercó a Barris.
—No puedo creerlo..., usted y Dill traidores, en unos momentos como los actuales, con
esos dementes Curadores atacándonos...
Alex Henderson elevó su voz por encima del barullo general.
—¡Escúchenme! Tenemos que defender a la Unidad; tenemos que hacer lo que Vulcan
III nos ordena. En caso contrario, seremos aplastados.
—Tiene razón —dijo Chai—. Los Curadores nos destruirán, sin Vulcan III. Tenemos
que obedecerle; toda la estructura de la Unidad depende de él.
 
—¡Vulcan III es un asesino! —gritó Barris—. Mató a Larson y destruyó a Vulcan II. Y
hará cualquier cosa para conservar la vida. Aunque tenga que destruir a los Curadores, a
millones de seres humanos.
—Los Curadores deben ser destruidos —dijo Henderson—. Amenazan la estabilidad
racional; amenazan...
Barris avanzó hacia la puerta.
—Tenemos que salir de aquí. No creo que Reynolds quiera luchar.
Los soldados que bloqueaban la salida no sabían qué actitud adoptar. Las frenéticas
órdenes de Reynolds se perdían entre la confusión general.
—¡Abran paso! —ordenó Barris. Empujó a Dill hacia delante—. Vamos, aprisa.
Estaban a punto de cruzar la línea de soldados hostiles...
Y en aquel momento se produjo lo inesperado.
Algo apareció en el aire, algo brillante y metálico. Voló directamente hacia Jason Dill.
Dill lo vio... y profirió un grito de terror.
El objeto se aplastó contra él. Dill se tambaleó y cayó al suelo. El objeto le golpeó de
nuevo, y luego emprendió el vuelo por encima de sus cabezas. Ascendió a la plataforma y
se posó sobre la mesa de mármol. Reynolds retrocedió horrorizado; los Directores y sus
acompañantes echaron a correr hacia la puerta, empujándose unos a otros.
Barris se inclinó sobre Dill; estaba muerto. Tenía el cráneo aplastado, y Barris se es-
tremeció.
—¡Atención! —exclamó una voz..., una voz metálica que penetró como un cuchillo en la
barahúnda general. Barris se volvió lentamente, asombrado, negándose a dar crédito a
sus sentidos.
Sobre la plataforma, otro proyectil de metal se había unido al primero; luego, un tercer
proyectil aterrizó al lado de los otros dos: tres Dardos de centelleante acero, apoyados
sobre el mármol por unos soportes en forma de garras.
—¡Atención! —repitió la voz. Procedía del primer proyectil, una voz artificial..., el sonido
de unas piezas de acero y de plástico.
Aquello era lo que había asesinado a Larson. Uno de aquellos proyectiles habían ata-
cado a Vulcan II. Aquellos eran los instrumentos de muerte.
Un cuarto proyectil se unió a los anteriores. Dardos metálicos, alineados como una es-
pantosa multitud mecánica. Pájaros asesinos..., implacables martillos aplastadores de ca-
bezas. En el salón se produjo un repentino y horrorizado silencio; todos los rostros esta-
ban vueltos hacia la plataforma. Incluso Reynolds permanecía inmóvil, con la boca abierta
por el asombro.
—¡Atención! —repitió la voz—. Jason Dill está muerto. Era un traidor. Y puede haber
otros traidores.
Los cuatro proyectiles giraron hacia uno y otro lado, mirando y escuchando atentamen-
te.
De pronto, la voz brotó de nuevo..., está vez procedente del segundo proyectil.
—Jason Dill está muerto, pero la lucha no ha hecho más que empezar. Dill era uno de
tantos. Hay millones alineados contra nosotros, contra la Unidad..., enemigos que deben
ser destruidos. Los Curadores tienen que ser detenidos. La Unidad debe luchar por su
existencia. Tenemos que estar preparados para sostener una terrible guerra.
Los ojos metálicos recorrieron el salón, mientras el tercer proyectil tomaba la palabra.
—Jason Dill trató de evitar que los datos llegaran a conocimiento mío. Trató de tender
una cortina a mi alrededor, pero no lo consiguió. Destruí su cortina.., y le he destruido a él.
Los Curadores seguirán el mismo camino; sólo es cuestión de tiempo. La chusma no
puede vencer contra los organizados instrumentos de la Unidad; si luchamos juntos, les
destruiremos fácilmente. Tenemos que aplastarles, hundirles en el polvo. ¡En el polvo del
cual proceden!
 
Barris se estremeció de horror. La voz metálica, surgiendo de los diabólicos proyecti-
les... No la había oído nunca, pero la reconoció.
El enorme cerebro electrónico estaba a doscientas millas de distancia, enterrado en el
fondo de una fortaleza subterránea. Pero la voz que estaban oyendo era la suya. La voz
que surgía de los proyectiles metálicos era la voz de aquel macizo organismo de metal y
cables y delicados tubos.
La voz de Vulcan III.
Barris apuntó cuidadosamente. En torno suyo, los soldados de su escolta permanecían
rígidos contemplando con ojos asombrados la espantosa hilera de proyectiles. Barris dis-
paró; el cuarto proyectil desapareció entre una nube de humo.
—¡Un traidor! —dijo el tercer proyectil. Los tres Dardos emprendieron el vuelo.
—¡Destruidle! ¡Destruid al traidor!
Otros Directores habían desenfundado sus lápices de rayos. Henderson disparó, y el
segundo proyectil desapareció. Desde la plataforma, Reynolds hizo fuego; Henderson se
desplomó, aullando. Algunos Directores disparaban salvajemente contra los proyectiles;
otros gritaban aterrorizados. Un disparo alcanzó a Reynolds en el brazo. Dejó caer su lá-
piz de rayos.
—¡Traidor! —gritaron los dos proyectiles que quedaban.
Volaron rápidamente hacia Barris. Un soldado disparó, y uno de los proyectiles se
aplastó contra la pared.
—¡Destrúyele! —ordenó el último proyectil—. ¡Destruye al traidor!
Un rayo pasó muy cerca de Barris; algunos de los Directores estaban disparando co-
ntra él. Otros trataban de alcanzar a Reynolds y al último proyectil; otros se agitaban en la
incertidumbre, sin saber de qué lado estaban.
Barris consiguió salir del salón, seguido por una confusa horda de hombres y mujeres.
—¡Barris! —gritó Lawrence Daily, de Africa del Sur—. ¡Espérenos!
Stone se acercó a él, pálido de terror.
—¿Qué vamos a hacer? ¿Adónde iremos? Estamos...
El proyectil se aplastó contra su cabeza. Stone se desplomó, gritando. El proyectil se
dirigió hacia Barris.
Barris disparó y el proyectil desapareció entre una nube de humo.
Stone gemía débilmente. Barris se inclinó sobre él; estaba muy mal herido, sin posibili-
dades de salvación. Se aferró al brazo de Barris, con una expresión de terror en los ago-
nizantes ojos.
—No puede usted salir, Barris —murmuró—. En el exterior están los Curadores.
¿Adónde va usted a ir? ¿Adónde?
—Una buena pregunta —murmuró Daily.
—Está muerto.
Barris se incorporó. Soldados y Directores luchaban por todos lados, en revuelta confu-
sión. Reynolds, agarrándose el brazo, se deslizaba a lo largo de la pared, hacia el ascen-
sor. Consiguió escapar, acompañado de un grupo de Directores. Daily disparó contra el
ascensor... demasiado tarde.
John Chai agarró el brazo de Barris.
—¿Es cierto? ¿Está aquí Marion Fields?
—No lo sé. —Barris sacudió la cabeza. Su mente trabajaba a marchas forzadas. Si
conseguía salir de aquí, regresar a Norteamérica... Organizar alguna clase de defensa,
montar algún sistema...
—Es increíble —estaba diciendo Chai—. Vulcan III ha enloquecido. Esos pájaros metá-
licos..., es terrible.
—Están perdiendo —dijo Daily—. Reynolds se ha marchado.
 
Los soldados de Dill se habían hecho dueños del salón. Los soldados de la Unidad
habían ofrecido muy poca resistencia. Y el resto de los Directores permanecían inmóviles,
demasiado asombrados para comprender lo que había ocurrido.
—Por lo menos —dijo Chai—, tenemos el control de este edificio.
—¿Con cuántos Directores podemos contar? —preguntó Barris.
—Con muy pocos. La mayoría se han marchado con Reynolds. Probablemente se han
dirigido a la fortaleza. ¿Sabe Reynolds dónde está?
Barris asintió.
—Indudablemente.
Sólo cuatro Directores se habían quedado deliberadamente: Daily, Chai, Larson de Eu-
ropa meridional, y Pegler, de Africa oriental. Los otros estaban agrupados, tratando de re-
ponerse de las recientes impresiones.
Cinco Directores, incluido el propio Barris; el resto de los veintitrés se habían marchado
con Reynolds, habían muerto o estaban demasiado afectados para tomar una decisión.
Cinco o seis Directores, a lo sumo.., contra Vulcan III y toda la estructura de la Unidad. Y,
en el exterior del edificio, en las calles, se encontraban los Curadores.
—Barris —murmuró Chai—. No vamos a unirnos a ellos, ¿verdad?
—¿A los Curadores?
—Tenemos que ponernos de una u otra parte —dijo Pegler—. No somos más que cin-
co, Barris; tenemos que dirigirnos a la fortaleza y unirnos a Reynolds, o...
—No iremos a la fortaleza —afirmó resueltamente Barris—. Por nada del mundo.
—Entonces, tendremos que unirnos a los Curadores —dijo Daily—. No hay otra
alternativa: o la Unidad, o los Curadores. ¿Qué hacemos?
—Ninguna de las dos cosas —dijo Barris—. No nos uniremos ni a unos ni a otros.
 
5
 
Barris se desembarazó de los Directores y soldados hostiles. Apostó centinelas en todo
el edificio, en cada uno de los departamentos y oficinas.
Por la noche, el enorme edificio del Mando de la Unidad había sido organizado para la
defensa.
Afuera en las calles, las turbas aparecían y desaparecían. De cuando en cuando, una
lluvia de piedras rompía los cristales de una ventana. Unos cuantos atacantes, más atre-
vidos, trataron de forzar la entrada... y fueron rechazados. Pero eran centenares, contra
unas cuantas docenas. Aunque estos últimos disponían de lápices de rayos, el arma de
que estaba provisto todo el personal de la clase T.
Barris estableció contacto con Cartwrigh. Norteamérica había caído en manos de los
Curadores; el propio Cartwrigh se había unido a ellos, Luego, Barris revisó cada uno de
los Directorios. De los veintitrés, más de la mitad estaban en poder de los Curadores. Los
restantes eran leales a la Unidad, a Vulcan III.
 
Se acercó a una de las ventanas del edificio, contemplando una muchedumbre de Cu-
radores luchando con una nube de Dardos metálicos. Una y otra vez, los Dardos descen-
dían, golpeaban y volvían a ascender; la multitud les atacaba con piedras y tubos. Final-
mente, los Dardos se batieron en retirada, desapareciendo en la oscuridad nocturna.
—No lo comprendo —dijo Daily—. ¿De dónde proceden?
—¿Los Dardos? —inquirió Barris—. Los fabrica Vulcan III; son adaptaciones de instru-
mentos de reparación. Nosotros le suministrábamos los materiales, pero el verdadero tra-
bajo de reparación lo efectuaba él. Debió darse cuenta de las posibilidades de la situación
hace mucho tiempo... y empezó a fabricarlos.
—Me pregunto cuántos tendrá.
 
Una hora más tarde reaparecieron los Dardos, esta vez en mayor número. La multitud
se dispersó aterrorizada, aullando salvajemente mientras los Dardos caían sobre ellos.
Barris se apartó de la ventana.
—Esto es más serio —dijo—. Adviertan a los tiradores del tejado que estén prepara-
dos.
En el tejado, los soldados se dispusieron a rechazar el ataque. Los Dardos habían ter-
minado con la multitud y ahora se acercaban al edificio de la Unidad, trazando un arco
mientras ganaban altura para el ataque.
—Ahí están —murmuró Chai.
—Será mejor que nos refugiemos en el sótano —dijo Daily, dirigiéndose al ascensor.
Los soldados empezaron a disparar. La mayoría de ellos eran miembros de la guardia
personal de Barris; los otros se habían marchado con Reynolds y su grupo, a la fortaleza.
Un Dardo penetró a través de la ventana. Perseguido por los disparos de un lápiz de
rayos, acabó desintegrándose en una lluvia de partículas metálicas calentadas al rojo.
—La situación es grave —dijo Daily—. Estamos completamente rodeados por los Cu-
radores. A excepción de este edificio, el resto de la Unidad es leal a Vulcan III. La fortale-
za está dirigiendo ya las operaciones contra los Curadores en todo el mundo.
—Me pregunto quién saldrá vencedor, si los Curadores o Vulcan III —dijo Pegler.
—Los Curadores tienen más posibilidades —opinó Daily—. Vulcan III no puede acabar
con todos; hay millones de ellos.
—Pero la Unidad posee las armas y la organización. Los Curadores no conseguirán
tomar la fortaleza; ni siquiera saben dónde está. Y Vulcan III puede construir nuevas ar-
mas.
Repentinamente, Barris se dirigió al ascensor.
—¿Adónde va usted? —preguntó Chai.
—Al tercer piso del sótano —dijo Barris.
—¿Para qué?
—Hay alguien allí con quien quiero hablar.
Marion Fields escuchó atentamente, hecha un ovillo, con la barbilla apoyada en las ro-
dillas.
—Los Curadores vencerán —dijo tranquilamente, cuando Barris hubo terminado.
—Quizá. Pero Vulcan III tiene expertos que trabajan para él: los que permanecieron
leales; la mayor parte de la Unidad.
—¿Cómo pueden hacerlo?
Barris se encogió de hombros.
—Han pasado toda su vida obedeciendo a Vulcan III, siendo una parte del Sistema de
la Unidad. ¿Por qué tendrían que cambiar ahora de modo de pensar? Sus existencias han
estado orientadas alrededor de la Unidad. Y es la única vida que conocen.
—Pero matan a otras personas.
Barris sonrió débilmente.
—También lo hacen los Curadores.
—Es distinto; los Curadores matan a personas malas —replicó Marion—. No compren-
do cómo pueden servir a una máquina contra seres humanos. Tienen que estar locos.
Barris se inclinó hacia ella.
—¿Dónde está el Padre Fields? ¿Estás en contacto con él?
Marion vaciló.
—No.
—Pero sabes dónde está. Puedes llegar hasta él, si quieres.
—¿Por qué?
—Necesito hablar con él, para hacerle una proposición.
—¿Una proposición? —los ojos de la niña brillaron astutamente—. ¿Va usted a unirse
a los Curadores?
 
Barris no dijo nada. Encendió un cigarrillo y fumó, con el rostro inexpresivo.
—¿Me dejará usted libre, si le acompaño al lugar donde está? —preguntó Marion.
—Desde luego; no hay ningún motivo para que permanezcas aquí.
—Mr. Dill me obligó a quedarme aquí.
—Mr. Dill ha muerto.  
Marion asintió.
—Es una lástima. ¿Hay muchos hombres con aquellos horribles pájaros de metal?
—¿Los Dardos? Vulcan III está fabricando más. Los nuevos están provistos de lápices
de rayos. Con la ayuda técnica que tiene, podrá organizar una guerra implacable contra
los Curadores.
—Pero, eso significa contra todo el mundo. ¡Millones de personas!
—Contra todo el mundo, a excepción de los que trabajan para él en la fortaleza, y las
oficinas de la Unidad que siguen siéndoles fieles.
—¿Cuántos hay con él?
Barris se encogió de hombros.
—Unos centenares.
Marion se decidió. Se puso bruscamente en pie.
—De acuerdo; le acompañaré a usted al lugar donde está mi padre. Pero tiene que ve-
nir solo..., sin guardias.
—De acuerdo.
—¿Cómo llegaremos allí? Mi padre está en Norteamérica.
—En una aeronave. Hay tres aeronaves aparcadas en el tejado de este edificio. Des-
pués del ataque podemos marcharnos.
—¿Conseguiremos burlar a los pájaros de metal?
—Eso espero —dijo Barris.
Mientras la aeronave volaba sobre Nueva York, Barris vio por primera vez los destrozos
que los Curadores habían causado.
La mayor parte de la zona comercial de la ciudad estaba en ruinas. El edificio de la
Unidad había resistido mucho tiempo antes de ser tomado por Cartwrigh y sus fuerzas de
policía. La policía había luchado contra los soldados de la Unidad y los Dardos metálicos
enviados desde la fortaleza.
Ahora, la ciudad estaba tranquila. La gente se movía vagamente a través de las ruinas,
recogiendo cosas. Aquí y allá, Curadores embutidos en sus túnicas pardas organizaban
los trabajos de descombro y salvamento. Al oír el ruido que producía la aeronave, la gente
se dispersó para ponerse a cubierto. Desde el tejado de una enorme fábrica, dispararon
contra ellos.
—¿Cuál es el camino? —preguntó Barris.
—Siga en línea recta. Pronto aterrizaremos. Nos llevarán a pie al lugar donde está mi
padre.
La aeronave aterrizó en pleno campo, en las afueras de una pequeña ciudad de Penn-
sylvania. Inmediatamente, un camión se acercó por un camino polvoriento.
El camión se detuvo. Cuatro hombres se apearon. Uno de ellos empuñaba un rifle.
—¿Quién diablos es usted?
Marion se acercó a los hombres y conferenció con ellos. Barris esperó con los nervios
en tensión. A lo lejos, hacia el norte, apareció una bandada de Dardos metálicos. Poco
después, la línea del horizonte se iluminó con una serie de vivísimos resplandores. Vulcan
III había equipado a los Dardos con bombas. Se oyeron numerosas explosiones.
Un hombre se acercó a Barris.
—Soy Joe Potter. ¿Es usted Barris?
—El mismo.
—Le acompañaré a usted al lugar donde se encuentra el Padre Fields. Sígame.
 
Barris y Marion montaron en el camión. El vehículo emprendió el camino de regreso a
la zona de Nueva York. Cuando faltaban unas millas para llegar a la ciudad, Potter detuvo
el camión en una estación de servicio. A la derecha de la estación había una destartalada
cantina. Delante de ella había unos cuantos automóviles aparcados. Un grupo de chiqui-
llos llenaba el aire con sus risas; en el patio trasero había un perro atado.
—Baje —dijo Potter.
Barris se apeó lentamente del camión.
—¿Dentro?
Potter volvió a poner el motor en marcha. Marion se había apeado también y estaba al
lado de Barris. El camión se perdió de vista, envuelto en una nube de polvo.
—¡Vamos!
Marion se dirigió a la cantina y empujó la puerta. Barris la siguió precavidamente.
En el interior de la cantina había un anciano. Estaba sentado ante una mesa cubierta
de mapas y de documentos. En la mesa había también un antiguo aparato telefónico, jun-
to a un tazón de café.
El anciano levantó la mirada..., y Barris vio unas cejas pobladas y unos ojos penetran-
tes que le hicieron estremecerse hasta los huesos.
—¿Quién es usted? —preguntó el anciano, poniéndose rápidamente en pie.
—¡Papá! —Marion se echó en brazos del anciano.
—Soy el Director William Barris. —Alargó la mano y el anciano se la estrechó—. ¿Es
usted el Padre Fields?
—El mismo. —El Padre Fields apartó cariñosamente a su hija. Contempló pensativa-
mente a Barris—. ¿Qué está usted haciendo aquí? Tenía entendido que se hallaba usted
en Ginebra.
Barris se sentó.
—Allí estaba. Acabo de regresar a Norteamérica.
—Mr. Barris está luchando contra Vulcan III —dijo Marion, colgándose del brazo de su
padre—. Está de nuestro lado.
—¿Es cierto eso? —gruñó el Padre Fields.
—No. —Barris encendió lentamente un cigarrillo y se reclinó hacia atrás—. He venido
aquí para hablar con usted. De negocios.
Fields volvió a sentarse, sin apartar sus penetrantes ojos del rostro de Barris.
—¿Qué es lo que tiene que decirme? ¿Está con nosotros, o no? ¿Está a nuestro lado,
o es usted leal a aquella diabólica máquina?
—No estoy de ningún lado. —Barris dibujó un triángulo sobre la húmeda superficie de
la mesa—. ¿Cuántos lados tiene un triángulo? ¿Dos...o tres?
—Esto es una guerra —dijo el Padre Fields bruscamente—, no una clase de geometría.
O está usted con nosotros, o está contra nosotros.
Barris permaneció unos instantes en silencio.
—Hace un par de días, estaba contra usted..., pero en ese par de días han sucedido
muchas cosas.
Fields sonrió.
—La Unidad ha desaparecido; en un par de días, el Sistema del gran monstruo ha sido
barrido.
—¿De veras? —Barris sacudió la ceniza de su cigarrillo—. Han destruido ustedes a la
Unidad, aquí; han destruido las oficinas, y han expulsado a todos los secretarios, y escri-
bientes, y mecanógrafas. Pero no han destruido a Vulcan III.
—Le destruiremos.
—¿Cómo? Ni siquiera saben dónde está; hace dos años que tratan de descubrirlo. Y,
hasta que lo consigan, no habrán hecho nada.
—No tememos a Vulcan III; no puede hacernos ningún daño. Si pudiera, ya nos lo
habría hecho hace muchísimo tiempo.
 
—Vulcan III se enteró de la existencia de los Curadores hace veinticuatro horas. Duran-
te quince meses le escamotearon los datos acerca de ustedes.
—¿Qué? —exclamó Fields—. ¿Quiere usted decir...?
—Han estado luchando contra la Unidad..., pero no contra Vulcan III. Han estado lu-
chando contra la plana mayor de la burocracia... y nada más. En todo ese tiempo no
había llegado hasta Vulcan III ninguna noticia del Movimiento. No ha hecho más que em-
pezar a luchar; el gigante se está despertando...
El Padre Fields palideció.
—No lo sabía —murmuró.
—La guerra ha empezado ahora. Mientras venía hacia aquí, he visto una nube de Dar-
dos metálicos que lanzaban bombas. Y esto es sólo el principio. Vulcan III ha entrado en
acción... por primera vez. Está en su fortaleza, diseñando nuevas armas.
—¡Dios mío! —El Padre Fields se secó la frente con una mano temblorosa—. Ya me
extrañaba a mí... Esos malditos pájaros metálicos... Y, ahora, esas bombas. No podía
comprender por qué no las habían utilizado antes; creíamos que no tenían nada...
—No lo hicieron antes, pero lo harán ahora. —Barris se inclinó hacia Fields—. Escú-
cheme: en la fortaleza hay doscientos de los mejores especialistas del mundo, los técni-
cos más capacitados..., un grupo de hombres leales a Vulcan III que pueden fabricar ar-
mas inconcebibles. Poseen todos los diseños de la Guerra. Pueden volver a crear todas
las armas del pasado. Con la capacidad organizadora de Vulcan III, y sus conocimientos
técnicos, pueden...
—¿Ha permanecido leal toda la Unidad?
—Algunos de sus miembros están conmigo, en el edificio del Mando de la Unidad, en
Ginebra.
Los ojos del Padre Fields centellearon.
—¿Con usted? Y usted, ¿con quién está, Barris? No está con Vulcan III, y sin embargo
no está con nosotros.
—Algunos de nosotros rompimos con la Unidad. —Barris sonrió fríamente—. Vulcan III
nos llamó traidores. Rompimos con ella porque comprendimos en qué se había convertido
Vulcan III. Ya no es un cerebro electrónico racional..., sino un ser viviente, luchando por
sobrevivir igual que cualquier otro animal.
Fields asintió.
—Lo sé..., una cosa viva. Un rey viviente sobre un inmenso trono, a quien rinde pleite-
sía un vasto sistema, lo sabía desde hace mucho tiempo.
Barris quedó desconcertado.
—¿Sabía usted que Vulcan III estaba vivo?
—¡Desde luego! ¿Por qué cree usted que nació el Movimiento?
—Muy interesante —dijo Barris—. Creí que nadie podía saberlo. Dill lo descubrió cuan-
do se estaba muriendo.
—¿Ha muerto Dill?
—Vulcan III le asesinó. Usted debe su existencia a Dill; impidió que Vulcan III se ente-
rara de las actividades de los Curadores. Si Dill le hubiera suministrado los datos sobre su
Movimiento, Vulcan III les hubiera aplastado hace mucho tiempo.
Fields estaba visiblemente impresionado.
—Y nosotros que creíamos haber aplastado a la Unidad...
—No conseguirán aplastar nunca a la Unidad..., al menos, no del modo que han estado
actuando. Es absurdo pensar que un movimiento revolucionario pueda derrocar un mo-
derno sistema burocrático... que dispone de las técnicas más avanzadas y de una perfec-
ta organización industrial. La Unidad no puede ser destruida desde el exterior. Pueden
desgajarse algunas ramas, hacer caer algunas hojas... Oficinistas, funcionarios de poca
categoría...
—¡Hemos eliminado casi a la mitad de los funcionarios de la Unidad!
 
Barris rió sin alegría.
—Eso no significa nada. La Unidad tiene que ser atacada desde dentro; hay que cortar
el tronco principal. Y eso no puede hacerse desde fuera.  
—Hace un centenar de años, su Movimiento revolucionario podía haber resultado efi-
caz: antes de que surgiera el gran sistema burocrático. Pero los tiempos han cambiado. El
arte de gobernar se ha convertido en una ciencia..., manejada por especialistas. Los de-
partamentos son dirigidos por funcionarios científicamente preparados. El ataque debe di-
rigirse contra la cabeza.
—Contra la cabeza —repitió pensativamente Fields—. Se refiere usted a Vulcan III, na-
turalmente.
—Vulcan III es el núcleo de la Unidad, el principio unificador de todo el sistema, el cen-
tro alrededor del cual funciona la Unidad. Y su Movimiento no puede alcanzarle.
—Nosotros creíamos que Vulcan III nos tenía miedo. ¡Y ni siquiera estaba enterado de
nuestra existencia!
—La sospechaba. Vulcan III es muy inteligente; ningún hombre puede engañarle. Dill lo
intentó... y lo pagó con la vida. Murió protegiendo a su Movimiento.
—¿Por qué?
—Dill obedecía instrucciones de Vulcan II. Unas instrucciones que Vulcan II le dio antes
de ser destruido.
Fields se estremeció.
—No me sorprende; temía que Vulcan III hubiera acabado con él.
—Vulcan II había deducido la verdad, pero no estaba completamente destrozado. Con-
seguí reconstruirle, en parte. Y de esa parte reconstruida extraje los motivos que había
tenido para dar aquellas instrucciones a Dill.
Fields suspiró.
—Empiezo a comprender. Dill actuaba de acuerdo con las instrucciones de Vulcan II;
aisló a Vulcan III. Y, ahora, usted intenta continuar. —Irguió su maciza cabeza—. De
acuerdo, Barris. ¿A qué ha venido aquí? ¿Qué es lo que desea?
—Quiero hacer un trato. Tal como están las cosas, su Movimiento no tiene ninguna po-
sibilidad. Vulcan III recuperará el control de la situación en unas semanas. Su única espe-
ranza está en destruirle..., en descubrir la fortaleza.
—Continúe.
—Yo sé dónde está la fortaleza; estuve allí con Dill. Puedo volver a localizarla fácilmen-
te.., y llevar hasta allí a una patrulla de asalto. Si actuamos rápidamente, podemos llegar
hasta Vulcan III antes de que elabore unas defensas más eficaces.
—¿Qué quiere usted a cambio?
—Mucho —dijo Barris en tono grave—. Trataré de resumirlo en pocas palabras.
Durante un rato, el Padre Fields permaneció en silencio.
—Exige usted mucho —dijo finalmente.
—Desde luego.
—Parece increíble que pueda usted dictarme condiciones... ¿Cuántas personas forman
parte en su grupo?
—Cinco.
—Cinco —Fields sacudió la cabeza—. Y nosotros somos millones, repartidos por todo
el mundo... —Desenrolló un mapa y apoyó un dedo huesudo en él—. Hemos conquistado
Norteamérica, América Central, Europa Oriental, toda Asia y Australia. Conquistar el resto
parecía una cuestión de tiempo. Nuestra victoria habría sido completa.
Barris sonrío fríamente.
—Pero yo sé dónde está la fortaleza.
—Vulcan III —suspiró Fields—. De acuerdo, Barris; acepto sus condiciones.
Barris parpadeó.
—¿De veras?
 
—Le sorprende, ¿no es cierto? No creía usted que iba a aceptarlas...
Barris se encogió de hombros.
—Pensé que podía negarse a admitir lo precario de su situación.
—Las acepto..., pero por motivos que usted ignora. Tal vez más tarde se los haga sa-
ber. —Fields consultó su reloj de bolsillo—. De acuerdo. ¿Qué necesita para atacar la for-
taleza? No tenemos muchos cañones.
—En Ginebra hay armas.
—¿Y el transporte?
—Disponemos de tres aeronaves militares ultrarrápidas. Las utilizaremos. —Barris es-
cribió rápidamente en una cuartilla—. Un ataque concentrado, a cargo de hombres exper-
tos, dirigido contra el centro vital. Una patrulla eficiente, con el material adecuado. Basta-
rán un centenar de hombres. Todo dependerá de los primeros diez minutos en la fortale-
za; si los superamos, el éxito es seguro. Pero no habrá una segunda oportunidad.
Fields contempló fijamente al Director.
—Barris, ¿cree usted realmente que tenemos una posibilidad? ¿Que podemos llegar
hasta Vulcan III? —Se frotó nerviosamente las manos—. Durante dos años no he pensa-
do en otra cosa. Aplastar aquella satánica masa de cables y tubos...
—Llegaremos hasta él —afirmó Barris.
Fields escogió los hombres que Barris necesitaba. Embarcaron en la aeronave que
había llevado a Barris y a Marion Fields. Barris despegó, rumbo a Ginebra. Fields estaba
sentado a su lado. Cuando cruzaban el Atlántico, divisaron una espesa nube de Dardos
metálicos que volaban hacia la indefensa Norteamérica.
—¡Mire! —dijo Barris horrorizado.
Los Dardos eran enormes: casi tan grandes como la aeronave. Avanzaban con increí-
ble rapidez y desaparecieron casi inmediatamente de la vista. Unos instantes después
apareció una nueva horda, de forma distinta: cilíndricos y alargados. Ignoraron a la aero-
nave y siguieron al primer grupo.
—Modelos nuevos —dijo Barris—. Vulcan III no pierde el tiempo.
El edificio del Mando de la Unidad estaba aún en manos amigas. Aterrizaron en la te-
rraza y descendieron apresuradamente a los pisos inferiores. Los Curadores habían deja-
do de atacar... por orden de Fields. Pero ahora, los Dardos metálicos se movían conti-
nuamente en el cielo, descendiendo en picado y esquivando ágilmente los disparos pro-
cedentes del tejado. La mitad del edificio principal estaba en ruinas, pero los soldados se-
guían disparando, derribando a los Dardos que se acercaban demasiado.
—Es una batalla perdida —murmuró Daily—. Tenemos muy pocas municiones; sólo es
cuestión de tiempo.
Barris actuó rápidamente. Proveyó a su fuerza de ataque de las mejores armas dispo-
nibles, almacenadas en los sótanos del edificio. De los cinco Directores, escogió a Pegler
y a Chai, y a un centenar de los mejores soldados.
—Voy a acompañarles —dijo Fields—. Si el ataque fracasa, no quiero seguir viviendo;
si tiene éxito, quiero ser testigo de vista de él.
Barris desembaló cuidadosamente una bomba nuclear de mano.
—Esta es para él —Sopesó la bomba con la palma de la mano—. Vulcan III está cons-
truido con unos materiales virtualmente indestructibles; si queremos obtener algún resul-
tado necesitamos esto: las ondas expansivas normales no le afectarían.
Cuando empezó a oscurecer, Barris cargó las tres aeronaves con los soldados y el ma-
terial. Los hombres apostados en la terraza abrieron un intenso fuego para proteger el
despegue.
—En marcha —dijo Barris.
Su aeronave se elevó en el cielo nocturno, seguida muy de cerca por las otras dos.
Dos Dardos metálicos revolotearon a su alrededor. Un disparo procedente del tejado
alcanzó a uno de los Dardos; el otro ganó altura.
 
—Tenemos que librarnos de ellos —dijo Barris—, si no queremos que Vulcan III se en-
tere demasiado pronto de nuestra expedición.
Dio unas rápidas órdenes. Las tres aeronaves dispararon en todas direcciones, sepa-
rándose rápidamente. Unos cuantos Dardos se desintegraron.
—Camino libre —informó Chai desde la segunda aeronave.
—Camino libre —informó Pegler desde la tercera.
Barris miró al anciano que estaba sentado junto a él. Detrás de ellos, la aeronave esta-
ba llena de soldados y de material, revueltos en confuso montón.
Barris habló a través del altavoz:
—Preparados para el ataque a la fortaleza.
—¿Estamos cerca? —preguntó Fields.
—Muy cerca. —Barris consultó su reloj de pulsera—. Dentro de unos minutos llegare-
mos.
 
6
 
Barris inició el descenso. La aeronave de Pegler se mantuvo a su altura; la de Chai, en
cambio, viró hacia la derecha y se dirigió directamente hacia la fortaleza.
Vastos enjambres de Dardos metálicos rodearon la aeronave de Chai, ocultándola a la
vista.
—¡Atención! ¡Vamos a aterrizar! —advirtió Barris. Unos instantes después, la aeronave
se posaba violentamente en el suelo, aplastando árboles y arbustos.
—¡Afuera! —ordenó Barris, soltándose el cinturón de seguridad.
Los soldados se apearon rápidamente, descargando al mismo tiempo su material.
Encima de ellos, en el frío cielo nocturno, la nave de Chai luchaba con los Dardos
metálicos; zigzagueaba continuamente disparando sus armas. De la fortaleza surgieron
grandes nubes negras de Dardos, que ganaron altura rápidamente.
La aeronave de Pegler estaba aterrizando. Se estrelló contra la ladera de una colina, a
unos centenares de metros de distancia del muro de defensa exterior de la fortaleza.
Los cañones empezaron a disparar. La noche se pobló de intensos resplandores.
Barris pegó los labios a su micrófono, para que el ruido de las explosiones no apagara
su voz.
—¿Pegler?
—¡Sin novedad! —La voz de Pegler llegó débilmente a través de los auriculares—. Es-
tamos instalando el cañón grande.
—Ese cañón se ocupará de los Dardos —le dijo Barris a Fields. Alzó la mirada hacia el
cielo—. Espero que Chai...
La aeronave de Chai seguía zigzagueando, tratando de eludir el anillo de Dardos que
se acercaba a su alrededor. De pronto, la nave se tambaleó: acababa de recibir un impac-
to directo.
—¡Deje caer a sus hombres! —ordenó Barris a través del micrófono—. Están encima
mismo de la fortaleza.
De la aeronave de Chai cayó una nube de manchas blancas, que descendían lenta-
mente.
—Los hombres de Chai se encargarán del ataque directo —dijo Barris—. Mientras las
perforadoras están avanzando.
—La sombrilla casi tendida —informó un técnico.
—Bien. Están empezando a picar sobre nosotros; deben de habernos localizado.
Las flotas de Dardos metálicos estaban descendiendo, acercándose al suelo. Uno de
los cañones de Pegler rugió. Un grupo de Dardos desapareció, pero no tardaron en pre-
sentarse otros. Un interminable torrente de Dardos, surgiendo de la fortaleza como ban-
dadas de murciélagos.
 
La sombrilla adquirió un tono púrpura. Vagamente, debajo de ella, Barris pudo ver un
grupo de Dardos que se desintegraban al entrar en contacto con las terribles radiaciones
que tendían un manto protector sobre sus cabezas.
—Bueno. Ahora no tenemos que preocuparnos ya de esos malditos pájaros —dijo Ba-
rris.
—Las taladradoras se están abriendo paso —informó el jefe de los equipos de perfora-
ción.
En el suelo se habían abierto dos inmensos agujeros, que vibraban a medida que las
perforadoras se hundían más profundamente en la tierra. Los técnicos desaparecieron de-
trás de las máquinas. El primer grupo de hombres armados les siguió cautelosamente.
A la derecha, el cañón de Pegler rugió sordamente. La flota de Dardos trataba ahora de
inutilizar el cañón, arrojando bombas.
—¡Pegler! —gritó Barris a través del micrófono—. ¡Tienda su sombrilla!
La sombrilla de Pegler parpadeó. Vaciló...
Una bomba cayó a través del punto muerto. La aeronave de Pegler desapareció; nubes
de partículas ardieron en el aire, y sobre el llameante suelo cayó una lluvia de metal y ce-
niza. El cañón enmudeció bruscamente.
—¡Vamos! —dijo Barris.
Sobre la fortaleza, los primeros hombres de Chai habían alcanzado el suelo. Los caño-
nes dejaron de ocuparse de la aeronave de Barris y apuntaron a las manchas blancas que
continuaban descendiendo.
—No tienen ninguna posibilidad —murmuró Fields.
—No. —Barris le arrastró hacia el primer túnel—. Pero la tenemos nosotros.
Súbitamente, la fortaleza se estremeció. Una enorme lengua de fuego la envolvió. Las
instalaciones de la superficie se fundieron inmediatamente. Una ola de metal fundido cu-
brió el suelo. Barris se detuvo a mirar.
—Cerrados —jadeó—. Los accesos superiores han quedado cerrados.
Los Dardos que revoloteaban por aquellos alrededores interrumpieron su vuelo y vaci-
laron, perdido el contacto con los pisos inferiores. Entre ellos y Vulcan III había una capa
de metal fundido que lo cubría todo.
Barris se adentró en el túnel, acercándose a los técnicos que manejaban la perforado-
ra. La máquina se abría camino a través de la dura piedra. El aire era cálido y húmedo.
Los hombres trabajaban febrilmente, dirigiendo la perforadora a un nivel cada vez más
profundo. Alrededor de ellos, la arcilla despedía torrentes de vapor.
—...Cuidado —gruñó Barris—. Tenemos que emerger cerca del fondo.
—Vulcan III está en el fondo, ¿verdad?
Barris asintió, sosteniendo el lápiz de rayos en una mano... y la bomba nuclear en la
otra.
De pronto, la perforadora tropezó con una sólida pared de acero. Su rugido se hizo más
intenso, y su avance más lento, pulgada a pulgada. Pero siguió avanzando, avanzando...
Finalmente, la pared cedió. Los soldados penetraron a través del boquete. Barris y
Fields les siguieron.
—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Fields, muy excitado—. ¡Estamos dentro!
Un largo pasillo se extendía delante de ellos, débilmente iluminado. El nivel más bajo
de la fortaleza. Unos cuantos soldados de la Unidad, estupefactos, avanzaron hacia ellos
arrastrando un cañón.
Barris hizo fuego. El cañón disparó una sola vez... Pero el proyectil se estrelló contra el
techo del pasillo. Barris avanzó. El cañón había quedado inutilizado. Los soldados de la
Unidad retrocedían, disparando para cubrirse la retirada.
—¡Cuidado! —advirtió Barris.
Había llegado a una especie de encrucijada. Una serie de pasillos que se extendían en
distintas direcciones. Barris vaciló...
 
—Por aquí —gritó Fields.
Barris parpadeó... y le siguió. Un soldado de la Unidad surgió delante de él. Barris le
desintegró y corrió detrás de Fields.
—Por aquí —repitió Fields.
Se adentró en un pasillo lateral. De pronto, los dos hombres se detuvieron: delante de
ellos había un grupo de soldados, que se disponían a disparar un cañón. Estaban perdi-
dos. No tenían tiempo de retroceder... Súbitamente, Fields actuó. Cogió la bomba nuclear
de manos de Barris y arrancó la válvula de seguridad.
—¡Fields! —gritó Barris, agarrándose frenéticamente a él—. ¡Por el amor de Dios! La
necesitamos para...
Una espantosa explosión. Barris salió despedido violentamente contra la pared. Per-
maneció allí completamente inmóvil, jadeando, mientras un viento cálido barría el pasillo.
Cuando se disipó la intensa humareda, el cañón y los soldados habían desaparecido...
desintegrados. El camino estaba libre delante de ellos...
Barris trató de ponerse en pie, sin conseguirlo. Unos débiles gemidos le indicaron el lu-
gar donde se encontraba Fields. Se arrastró penosamente hasta él. El anciano se apresu-
ró a tranquilizarle.
—Estoy bien, Barris. Un breve descanso, y podremos continuar.
Finalmente, consiguieron ponerse en pie y proseguir su avance. No tuvieron que andar
mucho. A cosa de un centenar de metros, el pasillo desembocaba en una inmensa sala. Y
en medio de ella, enorme, gigantesco, se erguía un cerebro electrónico. A pesar de la nu-
be que seguía oscureciendo su mente, Barris se sintió invadido por un escalofrío de terror.
¡Vulcan III!
Barris abrió y cerró sus puños, impotentemente. La bomba nuclear había desaparecido.
Y detrás de ellos se oían los pasos precipitados de otros soldados de la Unidad, arras-
trando otros cañones. Soldados... y nubes de furiosos Dardos metálicos.
—¡Maldito seas! —gritó Barris al enorme mecanismo que se erguía impasiblemente de-
lante de él—. Tantos esfuerzos, para...
—¡Cállese! —dijo Fields—. Ayúdeme a subir. —Se agarró a un manojo de cables que
pendían de una especie de torreta y empezó a trepar.
Un Dardo metálico zumbó encima de ellos y una voz dijo:
—¡Traidores! ¡Asesinos!
Aparecieron otros Dardos. Barris disparó salvajemente contra ellos.
—¡Por el amor de Dios, Fields! ¡Estamos copados! Sin la bomba no podemos hacer
nada.
Los Dardos eran cada vez más numerosos. Barris disparaba desesperadamente, pe-
gado a la pared. Dos Dardos se disolvieron en cenizas. Entretanto, Fields seguía trepan-
do.
—¡Fields! —gritó Barris—. ¿Qué está usted haciendo?
Un Dardo picó hacia Fields.
—¡Deténgase! ¡Deténgase inmediatamente!
Barris redujo el Dardo a cenizas. En aquel momento, Fields desapareció detrás del
montón de cables que suministraban la energía a Vulcan III.
—¡Deténgale! ¡Deténgale, Barris!
—¡Sáquele de ahí! —gritaron desesperadamente los Dardos—. ¡Deténgale! ¡Sáquele
de ahí!
—¡Si permite usted que me destruya, destruiré el mundo!
—¡Loco!
—¡Monstruo!
Los Dardos trataron de alcanzar a Barris en un último y desesperado esfuerzo. Barris
los mantuvo a raya. Fields había desaparecido en el interior del cerebro electrónico.
 
—¡Escúcheme! —aulló un Dardo—. ¡Todavía está a tiempo! ¡Esto es una locura! ¡De-
téngale! ¡Me está asesinando!
—¡Podemos llegar a un acuerdo! ¡Podemos llegar a un acuerdo!
—¡Por favor, Barris! ¡No permita que me destruya!
—¡Deténgale! ¡Deténgale!
—¡Barris! ¡Barris! ¡Por favor, no...!
Del interior de Vulcan III surgió un intenso resplandor, seguido de un intenso y acre olor
a quemado.
Los Dardos metálicos interrumpieron su vuelo y enmudecieron bruscamente. Luego
empezaron a caer al suelo. Silenciosamente, uno a uno, cayeron al suelo y permanecie-
ron inmóviles. Montones inertes de metal... y nada más.
Las hileras de luces que ardían en la parte delantera del cerebro electrónico se apaga-
ron bruscamente.
Vulcan III acababa de morir.
Fields salió del interior de la máquina, frotándose las manos y respirando penosamen-
te.
—Lo hemos conseguido, Barris.
Barris se acercó al anciano, temblando. La enorme sala estaba increíblemente silencio-
sa; ninguno de los Dardos metálicos se movía. Barris golpeó uno de ellos con el pie. El
montón de metal continuó inmóvil y silencioso.
—Ha sido muy rápido.
—Desde luego. Una vez en el interior, la cosa era fácil.
Dos de los soldados de Barris aparecieron en el umbral de la sala.
—¿Se encuentran ustedes bien? —preguntó uno de ellos.
—Perfectamente —respondió Barris.
Los soldados entraron en la sala, con paso todavía inseguro.
—¡Dios mío! Todos los Dardos han muerto... Eso es...
—Es él. Mejor dicho, era él.
Uno de los soldados apuntó su lápiz de rayos contra Vulcan III.
—Voy a terminar el trabajo —murmuró torvamente.
Barris le detuvo.
—¡Cuidado! No le toque. Ponga centinelas en la entrada. No quiero que le suceda na-
da.
—Pero...
—Es una orden. —Barris se acercó a Fields—. ¿Se encuentra usted bien?
El anciano asintió maliciosamente. Su respiración seguía siendo muy agitada.
—Ha sido un gran momento —suspiró, y una amplia sonrisa distendió su rostro.
Entraron más soldados en la sala, arrastrando a un hombre vestido de gris. Reynolds
se soltó.
—¡Le han destruido! ¡Malditos imbéciles!
—Tómelo con calma —dijo Barris—. Siéntese y cállese. —Señaló a Fields—. Siéntese
allí, a su lado; tengo que aclarar algunas cosas.
—¿Cree que podrá sobrevivir sin Vulcan III? —preguntó hoscamente Reynolds. Lleva-
ba el brazo derecho vendado, y de una herida de su frente brotaba aún la sangre—. Ha
destruido usted a la Unidad. Es usted un traidor, Barris; estaba trabajando para ellos des-
de el primer momento.
—¿Para ellos? ¿Para los Curadores? —Barris sonrió irónicamente—. Fields no estará
de acuerdo con esa afirmación.
Rebuscó en sus bolsillos y sacó un aplastado paquete de cigarrillos. Sin dejar de mirar
a Reynolds y a Fields, encendió un pitillo—. No creo que ninguno de ustedes esté de
acuerdo con esto.
—Me atengo a lo pactado —dijo Fields—, al trato que hicimos.
 
—¿Qué clase de trato? —preguntó Reynolds.
—Vulcan III está muerto. A partir de ahora, nos gobernaremos a nosotros mismos.
—No podemos hacerlo —dijo Reynolds.
Barris se encogió de hombros.
—Tal vez no. No tiene usted ninguna fe en sí mismo, Reynolds; no cree que podamos
gobernar a la sociedad solos.
—Siempre hemos...
—He ordenado a mis soldados que establezcan una guardia alrededor de los restos de
Vulcan III —dijo Barris—. La fuente de energía ha desaparecido. Vulcan III está muerto,
pero los elementos calculadores están intactos. Nos aseguramos de que sólo quedara
destruida la fuente de energía.
Reynolds estaba intrigado.
—¿Por qué?
—Vamos a conservar lo que queda de él. Continuaremos utilizando a Vulcan III... como
utilizábamos los cerebros electrónicos en el pasado: en un terreno puramente consultivo.
No para que nos diga lo que tenemos que hacer; no para que tome decisiones por noso-
tros. Vulcan III seguirá funcionando..., pero como una máquina calculadora, no como un
ente vivo. Y no dará ninguna otra orden.
—De modo que las decisiones definitivas serán adoptadas por los humanos, ¿no es
eso? —preguntó Reynolds.
—Exactamente.
—Pero, los humanos... —Reynolds estalló—: ¡Los humanos no son capaces de pensar
objetivamente! Como..., como Vulcan III.
Barris se echó a reír.
—Como Vulcan III —repitió. Bruscamente, dejó caer su cigarrillo al suelo y lo aplastó
con el pie—. Sigamos con lo que interesa. La Unidad continuará. El Sistema de Control
Internacional. Directores y técnicos científicamente preparados. Conservaremos a Vulcan
III..., al menos la parte calculadora. Fields cree que podremos disminuir su tamaño, de
modo que resulte más fácil su manejo y su control. No queremos que se repitan ciertas
cosas.
Fields carraspeó.
—Dijo usted también...
—La estructura de la Unidad será distinta. Ensancharemos nuestra base. Tenemos que
hacerlo. El control racional de la sociedad resulta beneficioso.., hasta que se convierte en
un culto a la razón, un culto que deja a la mayoría de la población al margen, por conside-
rarla demasiado impura para participar en él. Ha llegado el momento de que deje de ado-
rar al sistema, Reynolds. Su religión es demasiado exclusivista; queda demasiada gente
fuera del templo.
—¿De qué está usted hablando?
—Del culto a la razón y a la ciencia. Únicamente para los expertos, y para los tecnócra-
tas. Para la minoría que tiene facilidad de palabra y conocimientos teóricos. Una aristo-
cracia intelectual..., como si el trabajo manual, el poner ladrillos, el pintar, el coser, el co-
cinar, no tuvieran ningún valor. Como si todas las personas que trabajan con sus manos,
con la habilidad de sus dedos, con sus brazos, con sus músculos, fueran parias, despojos
inútiles.
»Se habrá preguntado usted por qué los granjeros, y los albañiles, y los tejedores, y los
conductores de autobús, odian a la Unidad. Por qué le odian a usted, y a Vulcan III, y a
todo lo que el sistema ha puesto en pie. Voy a decírselo: porque han sido excluidos, por-
que están fuera del templo. Están gobernados por una nueva aristocracia: la aristocracia
de los técnicos. Una nueva jerarquía, una nueva elite que ha ocupado el lugar de la anti-
gua. Primero fueron los sacerdotes y los reyes guerreros. Luego los grandes terratenien-
tes. Luego los poderosos industriales. Ahora es la Unidad, el sistema de los jóvenes bri-
 
llantes, con sus reglas graduadas, sus trajes grises y sus corbatas azules. Los dirigentes
"cultos" vestidos de gris.
—¡Tonterías! —gruñó Reynolds.
—¿Por qué tienen que servirle a usted? A usted, que los mira desde su aristocrática al-
tura, como si pertenecieran a una raza distinta. Monos... viviendo en un mundo gobernado
por técnicos de sangre azul. Expertos racionales rodeados por animales emotivos.
»Usted y Fields son fanáticos. Cultistas. El culto a la ciencia por una parte, el culto a la
emoción por otra. Sacerdotes grises, sacerdotes pardos. Cada uno de ustedes tiene sus
propios templos, sus propios ídolos.
—¿Ídolos?
Barris señaló la enorme masa silenciosa que había sido Vulcan III.
—Hemos aplastado ése, Reynolds..., su ídolo; está fuera de servicio. Su ídolo moderno
ha sido destruido como los primitivos. Ha convertido usted la ciencia y la razón, de sim-
ples instrumentos del hombre en tiranos gobernantes de la raza humana. Pero eso ha
terminado. Vulcan III ha muerto... y volvemos a ser dueños de nosotros mismos.
—Tendremos que reconstruir todo lo que ha sido destruido —murmuró Reynolds.
—¡Pero no las máquinas! —gruñó el Padre Fields.
—¡Al contrario! —exclamó Barris—. ¡Todas las máquinas que hagan falta! No vamos a
renunciar a nuestras herramientas. No vamos a abandonar el control de la naturaleza. No
vamos a retroceder a la época de los oráculos. Los especialistas no pueden desaparecer.
Ni puede desaparecer la clase T, ni la Unidad, ni el sistema, en una palabra. Ni siquiera
Vulcan III... aunque desprovisto de autoridad y de poder. Le conservaremos como una
herramienta, un instrumento: no como un jefe al cual están subordinadas todas las otras
cosas. A partir de ahora, tomaremos todas las decisiones por nosotros mismos. Su ídolo
ha desaparecido, Reynolds. Decidiremos lo que tengamos que hacer por nosotros mis-
mos.
—¿Cree usted que podrá conseguirlo? —preguntó Reynolds.
—No lo sé. Tal vez la Unidad no pueda funcionar sin Vulcan III; tal vez los hombres no
son realmente capaces de gobernar su propia sociedad. Pero vamos a hacer la prueba.
—Puede resultar mucho peor que eso —dijo Fields, señalando la silente masa del ce-
rebro electrónico.
Barris se volvió bruscamente hacia Fields.
—Y, a propósito: ¿Cómo sabía usted tanto acerca de Vulcan III? Usted sabía exacta-
mente dónde estaba... y cómo destruirlo. —Sus ojos estaban llenos de sospechas—.
¿Cómo? ¿Cómo sabía usted tanto acerca de los Vulcan?
Fields permaneció silencioso unos instantes. Los soldados se movían alrededor de la
sala, limpiándola de escombros. Los primeros grupos de Curadores empezaban a pene-
trar desde el exterior. Oficinistas y funcionarios de la Unidad, vestidos de gris, vagaban
tímidamente alrededor de los restos de sus oficinas, asombrados y aturdidos.
—La cosa tiene una fácil explicación —dijo Fields. —Fui el electricista que trabajó en la
instalación del Vulcan III.
Barris suspiró.
—Algo de eso imaginaba.
—Trabajé bajo la dirección de Vulcan II. Soy un hombre viejo. Fue durante la Guerra...,
cuando yo era joven. En aquella época sólo teníamos a Vulcan II. Deseaban un cerebro
electrónico más "completo", capaz de trabajar con valores definitivos. No tuve nada que
ver con los planos, desde luego. El trabajo intelectual corrió sólo a cargo de personal de la
clase T.
—Pero usted llevó a cabo la instalación.
Fields sonrió.
 
—Sí, yo hice el trabajo físico. Vulcan II estuvo conmigo constantemente, dirigiéndome;
él, supervisó todo el proyecto. Nunca he olvidado aquellos días; tenía veintidós años y era
un buen electricista. Vulcan II me escogió entre todos los demás.
—Por eso deseaba usted que Vulcan II hubiese sido reconstruido...
—Estuvimos muy unidos, durante una larga temporada. Me conservó a su lado todo el
tiempo que pudo. Como usted ya sabe, Vulcan II fue arrinconado cuando Vulcan III quedó
terminado..., desposeído de toda autoridad. Vulcan III se hizo cargo de todo, y yo fui des-
pedido.
—¿Qué ocurrió entonces?
—Perdí todo contacto con Vulcan II. Vulcan III alzó una muralla entre nosotros. A través
de los años traté de localizarle, pero sin éxito. Vulcan III tuvo el mando absoluto desde el
momento en que fue creado. ¡Maldito monstruo! Y luego destruyó a Vulcan II para que no
pudiera hacerle sombra. Sin el menor escrúpulo, del mismo modo que asesinó a todos los
demás.
—¿Sabía usted algo acerca de Jason Dill?
—Nada. ¡Si hubiéramos podido ponernos en contacto! Pero Vulcan III tenía demasiado
poder; lo controlaba todo. Vulcan II tuvo que actuar prudentemente; estaba en peligro, en
constante peligro.
—Fue prudente..., pero no lo bastante prudente.
—No. Vulcan III consiguió finalmente acabar con él; sólo era cuestión de tiempo. Creo
que Vulcan II lo sabía; antes de que me despidieran, trató de confiarme las sospechas
que había empezado a alimentar. Que Vulcan III estaba creciendo, creciendo... no como
un cerebro electrónico racional, un instrumento del hombre, sino como un ser viviente.
Con sus propios impulsos, su propia voluntad de sobrevivir.
»Vulcan II sabía eso; y me lo comunicó a mí. Era muy astuto, Barris; miraba, y medita-
ba, y trazaba cautelosos planes.
—¿Planes?
—Piense en la situación. Vulcan II había sido completamente excluido del poder. Nadie
le consultaba... excepto Dill. Dill era el único contacto exterior. Vulcan II utilizó a Dill del
mejor modo posible, dándole instrucciones para que escamoteara toda la información
acerca de nosotros, acerca del Movimiento de los Curadores. ¡Afortunadamente, Vulcan II
vivió el tiempo suficiente para dar aquellas instrucciones! Si Vulcan III se hubiera enterado
antes de nuestras actividades, nos hubiera aplastado.
»A Vulcan II debió preocuparle mucho eso..., el temor de que Vulcan III se enterase
demasiado pronto de nuestra existencia. Nuestro Movimiento ganaba continuamente
adeptos en todo el mundo, pero hubiera sido impotente contra Vulcan III. Vulcan II lo sa-
bía; manejó a Dill del mejor modo posible, utilizándole para mantener a Vulcan III en la ig-
norancia de las fuerzas que trabajaban contra él.
—Dill obedecía las instrucciones sin comprenderlas y sin saber el verdadero alcance
que tenían —dijo Barris—. Incluso después de la desaparición de Vulcan II. El producto
de una estructura burocrática.
—A nosotros nos favoreció mucho. Necesitábamos tiempo para que el Movimiento cre-
ciera. Como usted ha dicho, nuestra revolución era descabellada. Pero Vulcan II contaba
en ella, esperaba que tuviera éxito. Incapaz de establecer contacto conmigo, arrinconado
e impotente, sólo podía esperar. Hizo todo lo que estuvo a su alcance... y esperó.
»Vulcan II depositó todas sus esperanzas en un Movimiento revolucionario descabella-
do y anticuado. Si usted no hubiese intervenido, hubiéramos fracasado. Pero, después de
todo, Vulcan II era también anticuado. Un objeto inútil, una reliquia del pasado.
»De todos modos, Vulcan II hizo lo que pudo. Y lo que estaba obligado a hacer, por-
que, a fin de cuentas, el Movimiento de los Curadores fue creación suya. Yo no hubiera
desarrollado nunca la idea, la conciencia del peligro, por mí mismo. Por eso me alegré de
poder aceptar sus condiciones.
 
»Trabajábamos en el mismo sentido, de acuerdo con las directrices de Vulcan II. Usted
deseaba conservar la Unidad..., conservar a Vulcan III, no como un jefe, sino como un ins-
trumento para complementar la voluntad humana. Vulcan II había recomendado eso. Po-
día ser anticuado, pero su solución era idéntica a la de usted.
Barris se quedó pensativo. Súbitamente, estalló en una carcajada.
—Es posible que esté usted en lo cierto. O, quizás...
—O quizá... ¿qué?
—Quizá Vulcan II tenía celos de Vulcan III... No, no es eso, exactamente. Vulcan II no
estaba vivo, y sus tentativas de supervivencia eran absolutamente impersonales; conside-
raba a Vulcan III y a sus potencialidades como posibles obstáculos al ejercicio de la fun-
ción para la que fue creado: resolver problemas. Pero el efecto, por lo que a nosotros res-
pecta, fue que los dos cerebros electrónicos conspiraron el uno contra el otro. ¿Ha pen-
sado usted alguna vez en eso?
Fields palideció.
—Yo...
—Dos máquinas luchando para destruirse... y poniendo en pie los instrumentos de des-
trucción. Vulcan III disponía del Sistema de la Unidad; Vulcan II creó el Movimiento de los
Curadores. Unidad y Curadores... instrumentos de unas máquinas de calcular.
—¡Dios mío! —exclamó Fields—. Pero... ¿por qué no utilizó Vulcan III bombas atómi-
cas contra nosotros?
Barris enarcó las cejas.
—Me hice esa pregunta en cuanto vi que sólo eran lanzadas bombas químicas. Y creo
que he encontrado la respuesta. Verá... Vulcan III no era un monstruo, ni estaba loco. Se-
guía haciendo el trabajo para el cual había sido creado..., con una sola variante. Como
cosa viviente, dotada del instinto de conservación, tenía que destruir a algunos humanos
que ponían en peligro su existencia, a fin de servir al resto de la humanidad, objetivo para
el que fue creado. Pero Dill, al escamotearle información obedeciendo las instrucciones
de Vulcan II, le impidió disponer de todos los datos que necesitaba. Vulcan III dedujo el
peligro, pero sólo pudo darse cuenta de su gravedad cuando había empezado a producir-
se el estallido final. Al fin y al cabo, Larson no pudo suministrarle toda la información. Se
vio obligado a destruir humanos, pero en ningún modo se le ocurrió destruirlos en mayor
número de lo que parecía necesario; Vulcan III no deseaba crear un estado de pánico,
destruir ciegamente... Las bombas químicas le parecieron suficientes para el esfuerzo ini-
cial.
—De modo que era eso... —susurró Fields.
—Si... Hasta cierto punto, su grupo, el grupo de Reynolds y mi propio grupo, no éramos
más que peones. Pero, sea como sea, los humanos hemos conseguido salir adelante. —
Barris sonrió—. Sí, Fields, ha sido usted un instrumento de Vulcan II. Al igual que la Uni-
dad, su Movimiento era... un MARTILLO DE VULCANO.
 
 
FIN
 


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