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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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lunes, 7 de julio de 2008

2º volumen 2ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- BARBACAN; LA GUARIDA DEL MALIGNO -- SALVATORE, R.,A.,

2º volumen 2ª Par.LAS GUERRAS DEMONIACAS -- BARBACAN; LA GUARIDA DEL MALIGNO -- SALVATORE, R.,A.,
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Segunda Parte

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El guardabosque
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Deseo tanto ir hacia ella, estar con ella, para que podamos alcanzar de nuevo aquella paz que reinaba en nuestras vidas antes de aquel día terrible... ¡Cuánto deseo abrazarla, besarla, expresarle todos mis sentimientos, todos mis secretos, mis penas, mis esperanzas! Ver ahora a Pony es ver lo que era y preguntarme lo que habría podido ser si los trasgos no hubieran asaltado Dundalis. Ver ahora a Pony es considerar qué otro camino podría haber seguido yo. ¿Podría haber cultivado la tierra y cazado, como hizo Olwan, mi padre? ¿Estaríamos casados Pony y yo, y quizá tendríamos hijos?
¿Cuál sería la visión del mundo que yo tendría de no haber pasado aquellos años en Andur'Blough Inninness?
Pero ése es el problema, tío Mather. No lo puedo saber: sólo puedo hacer conjeturas al respecto; y me temo que cualquier suposición que formule estará influida por las observaciones de mi vida actual. Quizá mi vida habría sido mejor si Dios me hubiera ofrecido un camino diferente, uno más parecido al de Olwan. ¡Ojalá todos aquellos habitantes de Dundalis —mi madre y mi padre, los padres de Pony, y todos los demás— hubieran podido evitar su fatal destino! ¡Ojalá aquellos trasgos no hubieran asaltado Dundalis!
Pero ¿qué me habría sucedido a mí? Supongo que habría vivido en paz, y probablemente con Pony, un destino del que ningún hombre hubiera podido quejarse.
Pero me niego a rechazar mis años con los Touel'alfar o a quitarles importancia; aquellos amigos elfos ayudaron a forjar al hombre en que me he convertido. Aquellos amigos elfos crearon a Pájaro de la Noche, este guardabosque, con la esperanza de que mejoraría el mundo y con la seguridad de que me mejoraría a mí mismo. Al mirar con la perspectiva de los resplandecientes ojos de aquellas criaturas, he aprendido una nueva y más lúcida concepción del mundo que me rodea, una concepción que no tendría si los trasgos no hubieran asaltado Dundalis y los elfos no me hubieran rescatado y me hubieran llevado a su valle secreto. Debido a aquella tragedia, yo, Elbryan, he llegado a conocer y a amar la vida por encima de todo. Debido a aquella tragedia, he llegado a ser quien soy, el hombre que puede contemplar el mundo tanto con la mirada de un elfo como con la mirada de un humano.
Me siento culpable, tío Mather, pues, ¿por qué fui yo el elegido, y no otra persona de Dundalis, como Olwan, Shane McMichael, Pony o Carley dan Aubrey? Me siento culpable, y el hecho de ver a Pony viva, tan hermosa, tan maravillosa, sólo aumenta mi dolor, me recuerda a todos los que murieron, y me lleva a preguntarme qué podría haber ocurrido y si tal vez yo hubiera preferido ese destino perdido.
Para Pony es aun peor. Al verme a mí, al ver Dundalis, muchos recuerdos enterrados largo tiempo han regresado a su mente consciente. En estos pocos días, desde que el hermano Avelyn y yo la rescatamos de Quintall, apenas la he visto. Trata de evitarme, lo sé, y no la culpo por ello; necesita tiempo: ha revivido demasiadas cosas de su irrecuperable pasado en un intervalo demasiado breve.
En Dundalis murieron todos menos nosotros dos. Y hemos continuado viviendo desde aquel momento de la tragedia, hemos crecido fuertes y leales, hemos disfrutado de vidas agradables; y, ahora que nos hemos reunido de nuevo, las posibilidades parecen ser maravillosas. Nuestra vida puede ser aun más placentera...
Aquí reside la culpa, tío Mather, nuestra culpa. No puedo librar a Pony del dolor de sus recuerdos, del mismo modo que ella no puede librarme a mí de los míos. Sólo espero que ella llegue a aceptar nuestro destino y que desee construir el futuro de la mejor manera que podamos.
Lo supe desde el momento en que la vi en aquella cueva. La quiero, tío Mather, como la quería aquel maldito día en la sierra al pie de la cual estaban nuestros hogares. La quiero y, naturalmente, el mundo entero será más dulce si puedo estrecharla entre mis brazos y sentir su suave aliento en mi cuello.
Elbryan Wyndon
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14
Enfrentamiento
—¡Me creen todavía más loco de lo que estoy! —rugió alegremente el hermano Avelyn—. ¡Vaya, vaya!
Elbryan miró a Bradwarden, y el centauro se limitó a encogerse de hombros para no expresar su desacuerdo con la voluble autoestima del fraile.
—Cada uno se divierte como puede, después de todo —prosiguió Avelyn—. ¡Y lo que dirían si me vieran cenando con un centauro!
—Hablarían con mucho respeto si conocieran a Bradwarden como lo conozco yo —intervino Elbryan—; en cambio, me temo que el centauro los pisotearía.
Bradwarden tragó un enorme pedazo de carne de cordero y soltó un fuerte eructo.
—¡Vaya, vaya! —aulló Avelyn, encantado con todo aquello. El monje se encontraba mejor, nunca se había sentido más en casa desde sus primeros días en Saint Mere Abelle, desde aquel tiempo inocente anterior a su descubrimiento de lo que realmente era la orden abellicana. En Elbryan, Avelyn había encontrado un hombre a quien respetar sinceramente, un individuo estoico, cauteloso frente a los muy reales peligros del mundo, preparado para luchar contra el mal y la injusticia. Le había contado su historia completa, y el guardabosque lo había juzgado no según la letra de la ley sino de acuerdo con el verdadero ideal de justicia.
Ahora Avelyn pasaba las noches en Dundalis, en Prado de Mala Hierba o en Fin del Mundo, y los días en el bosque con Elbryan y Pony —y algunas veces con los insólitos amigos del guardabosque, como el centauro Bradwarden y el magnífico caballo Sinfonía—. Había algo en todo aquello que complacía a Avelyn, una especie de religiosidad que no había encontrado desde hacía muchos años. Lo único que lamentaba era que Pony parecía realmente trastornada por haber vuelto a aquel lugar. La chica pasaba poco tiempo con ellos; prefería pasear sola, la mayoría de las veces por los alrededores de Dundalis. El monje sabía que la chica se estaba enfrentando a su pasado, y se alegraba de ello, aunque le habría gustado poder ayudarla más.
Bradwarden tomó una de sus gaitas y acompañó la comida con una melodía melancólica y conmovedora que a Avelyn le hizo evocar las imágenes de colinas onduladas, trigales y viñedos de Youmaneff. Pensó en sus padres, y deseó que su padre todavía estuviera bien. Por supuesto, Jayson Desbris no lo sabría, pero ahora podía estar tranquilo al pensar en su hijo menor.
En un altozano no lejos de allí, Pony también escuchaba la inolvidable música del centauro. Sus pensamientos retrocedieron en el tiempo hasta los despreocupados días de su infancia, de sus vivencias con Elbryan... ¡Elbryan! Las terribles imágenes de aquel maldito día en Dundalis permanecían en ella, pero de alguna manera le resultaba más fácil hacerles frente. Podía mirar aquella tragedia de un modo racional, y ahora, con Elbryan a su lado, estaba empezando a encarar su destino.
Pony descubrió que no era simple terror y dolor sino culpa lo que la había forzado a enterrar aquellas horribles imágenes. Ella se había salvado, pero todos los demás —eso creía ella— habían perecido. ¿Por qué ella?
Ver a otra persona de su pueblo, ver a su querido Elbryan de nuevo, hizo posible que Pony se liberara de parte de aquella culpa. Ahora sabía la verdad, toda la verdad, y era lo suficientemente fuerte para aceptarla; y en las ocasiones en que no se sentía lo bastante fuerte sabía que podía contar con Elbryan, y que él a su vez podía contar con ella. Por primera vez en muchos años, Pony no estaba sola.
—¿No vas a ir al pueblo esta noche? —preguntó Elbryan a Avelyn, que estaba junto al fuego.
—Jill... Pony se fue a Dundalis —explicó Avelyn—, pero creo que yo pasaré esta noche en el bosque.
—Viento frío y suelo duro —le avisó Elbryan; no había duda de que el invierno se estaba acercando deprisa.
—¡Vaya, vaya! —se echó a reír Avelyn—. No podrías imaginar las privaciones que he soportado, amigo mío. Este cuerpo gordinflón no las aparenta.
Elbryan sonrió y observó al monje, comprendiendo que sin duda bajo aquel exterior había una estructura resistente.
—No, me quedaré esta noche —siguió diciendo Avelyn—. Creo que es hora de que te vaya pagando mis deudas.
—¿Deudas? —preguntó Elbryan, incrédulo.
—Te debo la vida, lo mismo que Pony.
—Me comporté de la única forma posible —replicó Elbryan.
—¡Y yo me alegro de que así lo hicieras! —exclamó Avelyn con un bufido—. ¡Vaya, vaya!
Elbryan sonrió y sacudió la cabeza, divertido, como siempre, ante aquel hombre tan complejo.
—Así pues, me pagarás con tu grata compañía —razonó el guardabosque.
—Oh, mucho más que eso —repuso el monje—. Y me temo que si te hago demasiada compañía te deberé todavía más.
Elbryan se echó a reír otra vez, pero enmudeció al ver que el rostro de Avelyn se ponía serio.
—Háblame de tu caballo —le rogó el monje.
—Yo no tengo caballo.
—Sinfonía.
—Sinfonía no es mío —le explicó Elbryan—. Sinfonía es libre y no pertenece a ningún hombre.
—¡Mucho mejor entonces! —dijo Avelyn, rebuscando entre sus ropas y luego en el zurrón.
Elbryan echó una ojeada al interior del zurrón, mientras Avelyn buscaba una determinada piedra, y se quedó boquiabierto ante la miríada de destellos y el brillo trémulo y majestuoso, incluso a la débil luz del fuego. ¡No era de extrañar que la iglesia abellicana persiguiera al hermano Avelyn!
Al fin el monje encontró la piedra que estaba buscando y la sostuvo delante de él: una turquesa.
—¿Está por aquí Sinfonía? —preguntó el monje.
Elbryan asintió lenta y cautelosamente.
—¿Qué magia quieres hacer con Sinfonía? —quiso saber.
Avelyn soltó un bufido.
—Nada que el caballo no desee —le aseguró al guardabosque.
Salieron juntos y se perdieron en la noche; encontraron a Sinfonía en un prado iluminado por la luna pastando tranquilamente. Avelyn propuso a Elbryan que esperara en un extremo del prado, y entonces el monje se acercó despacio al caballo, apretando la piedra en la mano y salmodiando en voz baja.
Elbryan contuvo el aliento, sin saber exactamente lo que haría el poderoso caballo. El semental había aceptado al guardabosque, pero Elbryan sabía que era algo poco usual para alguien tan orgulloso y salvaje como Sinfonía. Si el animal se desbocaba de repente y pateaba al monje, Elbryan no se sorprendería en absoluto.
Pero Sinfonía no hizo tal cosa. El caballo relinchó tranquilamente mientras Avelyn se le acercaba; el monje continuaba salmodiando —a Elbryan le pareció como si estuviera hablando con el animal— y, fuera lo que fuera lo que estaba diciendo, ¡Sinfonía lo estaba escuchando! Al cabo de un buen rato, Avelyn le indicó al guardabosque que se reuniera con él.
Cuando Elbryan llegó a su lado, el monje todavía estaba susurrando suavemente. Sinfonía se había quedado totalmente inmóvil; tenía la cabeza erguida, y el magnífico y musculoso pecho se mostraba en toda su amplitud ante los dos hombres.
Avelyn le tendió la turquesa a Elbryan.
—Acaba tú —le indicó.
Elbryan tomó la piedra sin tener ni idea de lo que tenía que hacer. Antes de que tuviera tiempo de preguntar al monje, sintió un requerimiento, una llamada. El guardabosque miró los oscuros ojos de Sinfonía y de repente comprendió que era el caballo quien lo estaba llamando. Elbryan parpadeó, incrédulo, volvió a mirar la turquesa y advirtió que su brillo no era el reflejo de la luz de la luna sino una luz propia, una radiación mágica; sólo entonces Elbryan cayó en la cuenta de lo caliente que estaba la piedra.
—Toca con ella el pecho del caballo —le ordenó el monje.
Elbryan desplazó lentamente su mano hacia el semental. Sinfonía cerró los ojos, como si entrara en un profundo trance. El guardabosque puso la piedra sobre el pecho del caballo, justo en el punto donde los músculos se juntaban y dibujaban una «V». La sostuvo allí durante largo tiempo, mientras Avelyn entonaba en voz más alta otra melodiosa y más insistente salmodia que sonaba como una canción.
Elbryan era apenas consciente de la acción de la piedra, pero Sinfonía parecía perfectamente tranquilo mientras la turquesa se le clavaba en la carne, mientras la piedra se encajaba perfectamente en su pecho.
El guardabosque retiró de pronto la mano con expresión horrorizada al mirar la piedra, que parecía ahora una parte natural del caballo. Avelyn dejó de salmodiar y posó la mano sobre un hombro de Elbryan para reconfortarlo. Sinfonía abrió sus oscuros ojos; parecía muy tranquilo y no sentía dolor alguno.
—¿Qué he hecho? —inquirió Elbryan—. ¿Qué has hecho?
—No estoy del todo seguro —admitió Avelyn con un encogimiento de hombros—. Pero el poder mágico de la piedra era para animales; no me cabe la menor duda.
—¿Para curar? —preguntó Elbryan— ¿Para dar fuerza?
—Quizá para ambas cosas —repuso el monje, que fruncía el ceño mientras trataba de dar con una explicación factible—. Verás, no siempre sé lo que las piedras mágicas proporcionarán. Ellas me llaman, me dicen qué he de hacer.
—Entonces no tienes forma de saber lo que acabamos de hacerle a Sinfonía —dedujo Elbryan con un tono que demostraba su descontento. ¡Al fin y al cabo, Sinfonía no era un juguete con el que hacer experimentos!—. ¿Es beneficioso o nocivo?
—Beneficioso —dijo Avelyn con seguridad, sin el menor titubeo—. ¡Vaya, vaya! Te dije que quería pagarte una deuda.
—¡Pero ni siquiera sabes lo que hiciste! —protestó Elbryan.
—Pero conozco la naturaleza de lo que hizo la piedra —le explicó Avelyn—. La turquesa es una piedra de animales, una verdadera bendición para las bestias. Creo que tu lazo con Sinfonía se ha estrechado, que tú y el semental estáis ahora unidos mucho más profundamente.
—¿Como dueño y bestia? —preguntó Elbryan, obviamente descontento ante semejante perspectiva.
—Como amigo y amigo —lo corrigió Avelyn—. Sinfonía no puede ser de nadie, como tú mismo dijiste, y yo jamás pretendería doblegar el espíritu del semental más maravilloso. ¡Vaya, vaya! ¡Eso nunca! Amigo mío, confía, ten fe en las piedras, en los dones de Dios. Pronto aprenderás la verdad del poder mágico que Sinfonía lleva consigo y te sentirás muy complacido, como Sinfonía, no lo dudes.
Como en respuesta a estas palabras, Sinfonía piafó de pronto y relinchó; luego se puso de nuevo a cuatro patas y galopó en torno a los dos hombres en estrecho círculo desgarrando la hierba con los cascos. El semental no mostraba signos de dolor ni otra agitación salvo aquella súbita alegría.
Elbryan sentía aquella emoción de forma muy clara. Era como si pudiera leer la mente de Sinfonía y no sólo los movimientos visibles del cuerpo del semental.
¡Leía los pensamientos del caballo!
Elbryan miró a Avelyn, que sonreía ampliamente.
—¿Los «oyes»? —preguntó el guardabosque, pues no se le ocurrió otra palabra más adecuada—. ¿Sabes lo que el caballo está sintiendo?
—Sólo fui el mediador —le explicó Avelyn—, el que facilitó el poder mágico. ¡Vaya, vaya! Yo lo extraje de la piedra, pero tú eres quien lo utilizó, amigo mío. Tú y Sinfonía, y ahora ambos estáis unidos estrechamente. Pero yo también conozco los pensamientos del caballo —acabó el monje con maliciosa sonrisa—. Los leo claramente en tu cara.
Sinfonía se detuvo bruscamente, piafó otra vez y relinchó a la noche; luego se precipitó al galope fuera del prado y desapareció.
Pero Elbryan sabía dónde estaba el caballo; si se concentraba, el guardabosque podía ver incluso la tierra ante los cascos martilleantes de Sinfonía. Así lo hizo, y vio y sintió el vértigo del viento y de la noche mientras el caballo corría a través de la oscuridad del bosque. Y aun más: el guardabosque llegaba a percibir el mundo en torno a Sinfonía a través de los ojos del magnífico caballo. Sólo entonces apreció realmente Elbryan la inteligencia del animal; tal vez poseía una perspectiva diferente, pero no era menos intensa que la suya. El caballo conocía las cosas simplemente sin interferencia de la razón, que era competencia de los hombres, los elfos y las razas superiores. A los ojos del caballo, lo que era simplemente era sin necesidad de interpretación; la suya era una forma de percepción eficiente y perfecta que surgía de la emoción, que vivía en el presente sin preocuparse del futuro y sin interferencias del pasado.
Perfecta, sencilla, hermosa.
Al cabo de largo rato, Elbryan abrió los ojos y miró a Avelyn. Asintió satisfecho pues ya había entendido que el regalo que el monje les había hecho a él y a Sinfonía era tan profundo y precioso como el arco que Joycenevial había fabricado para él.
Elbryan posó una mano en el hombro de Avelyn y asintió otra vez, pues era incapaz de encontrar las palabras adecuadas para darle las gracias.
Avelyn se marchó a Dundalis a la mañana siguiente y se cruzó en el camino con Pony, que regresaba al refugio del guardabosque. El monje iba a preguntarle a la mujer si quería que la acompañara, pero al observar la expresión del rostro de Pony lo pensó mejor y continuó su camino. Poco después se puso a silbar alegremente, porque al analizar con más detenimiento aquella expresión de la joven había conseguido comprender su significado.
Pony encontró a Elbryan enterrando los rescoldos del fuego. Entró en el refugio sin hacer ruido y se dirigió directamente hacia él sin pronunciar palabra.
Elbryan se irguió y la miró. Estaban solos, completamente solos por primera vez, y tenían tantas preguntas que hacerse que permanecían callados. Empezaron a moverse en círculo, como hacen los que van a luchar, como hace una pantera al acecho cuando se enfrenta con otra.
Los ojos de Pony reflejaban una intensidad que Elbryan jamás había visto, un ansia, quizá, o una cólera; una pasión interior que le impedía parpadear, que le hacía morderse el labio superior mientras avanzaba hacia él con la mirada clavada en sus ojos.
El guardabosque no tardó en caer en un trance similar y miraba fija y únicamente a Pony. Sólo existía ella, nada más; sólo existían aquellos ardientes ojos azules, aquellos labios tiernos.
Se movían en círculo poco a poco, pero a cada vuelta iban acercándose más y más uno a otro.
Un ruido sonoro que surgió de algún lugar del bosque los alarmó y rompió el hechizo del momento. Ninguno de los dos lo reconoció y ninguno de los dos deseó averiguar de qué se trataba.
—Ven —rogó Elbryan cogiendo a Pony de la mano y conduciéndola por un sendero cubierto de nieve. Salieron del boscoso toldo y se encontraron en un claro. Elbryan sonrió ampliamente pues allí, al otro lado del prado, estaba Sinfonía. El guardabosque sabía que el semental estaría allí, pues había pedido telepáticamente a Sinfonía que lo esperara.
Al verlo, el caballo piafó y soltó un bufido; su aliento formó un cono de vapor.
—Ven —repitió Elbryan y condujo con rapidez a Pony a través del prado. Ahora que Sinfonía estaba con ellos, el guardabosque sabía a dónde ir, sabía cuál era el único lugar apropiado para su primer encuentro íntimo con Pony. Al acercarse al caballo, lo asaltó una duda: ¿querría Sinfonía llevar a dos jinetes?
»Tranquilo, amigo —dijo con voz suave el guardabosque, acariciando el hocico y el musculoso cuello del caballo. Miró al animal y compartió sus pensamientos, oyó su respuesta; luego miró a Pony y asintió con la cabeza.
—Es muy hermoso —dijo ella. Pensó que sus palabras eran pobres, insuficientes, frente a la inefable magnificencia de Sinfonía, pero no se le ocurrieron otras para referirse al semental. Elbryan la cogió de la mano y la ayudó a subir al poderoso lomo del animal.
Sinfonía soltó un bufido otra vez y se revolvió, pero poco a poco se amoldó a la joven. Luego vino la prueba decisiva, cuando Elbryan se subió al caballo delante de Pony.
El caballo permaneció tranquilo, listo para galopar.
¡Y cómo galopó! Veloz como el viento, volaba por los senderos y zigzagueaba entre los árboles en un vértigo aturdidor que hacía a Pony gritar de terror y deleite; la muchacha se agarraba con tanta fuerza a la cintura de Elbryan que cada vez que el caballo golpeaba la tierra el aliento del guardabosque salía como una ráfaga de su cuerpo.
No tardaron en llegar al bosquecillo en forma de rombo; las píceas y los pinos aún estaban cubiertos de nieve, pero el viento había barrido todo rastro de ella del suelo. Sinfonía se detuvo en seco y los dos jinetes bajaron.
Pony se puso ante la cara del animal y lo miró a los ojos. La muchacha respiraba entrecortadamente; había en aquel animal algo demasiado primitivo, demasiado indomable, demasiado incontrolable, algo terriblemente fuerte. Y, sin embargo, ella había cabalgado sin sufrir daño alguno, casi sin aliento por causa de la alegría y la excitación.
¡Había cabalgado!
Miró a Elbryan, que estaba caminando hacia el claro, y lo siguió. El joven desapareció tras las espesas ramas; Pony se detuvo al llegar a aquel lugar y entonces consideró las implicaciones, sus propios sentimientos.
La joven sacudió la cabeza con aire desafiante y luego miró al caballo, que piafaba y relinchaba como si la empujara. Indomable, incontrolable, terriblemente fuerte, el caballo personificaba los sentimientos que bullían al borde de la conciencia de Pony, amenazándola con aplastarla.
Apartó las espesas ramas y se encontró en un pequeño claro en el que Elbryan, en cuclillas, estaba encendiendo un fuego. Pony lo observó mientras soplaba con cuidado y colocaba la leña.
«Indomable, incontrolable, terriblemente fuerte.» Aquellos pensamientos persistían en ella, se repetían en su cabeza como un aviso, como una tentación. Apretó los puños, se mordió el labio superior otra vez y miró a aquel hombre que ya no era el muchacho que ella había conocido y que, no obstante, todavía era en buena medida aquel muchacho con el que había compartido su juventud.
Tenía miedo de aquellos recuerdos que todavía no había destapado y, sin embargo, al mirar a Elbryan, sabía que no tardaría en enfrentarse a ellos.
Se acercó a él y el joven se levantó; el fuego ardía. Permanecieron uno frente a otro varios segundos, varios minutos, mirándose en silencio.
Luego él se le acercó, y sus labios fueron al encuentro de los de ella; Pony emitió un grito sofocado esperando que las alas negras se elevaran en torno, esperando que un grito resonara en su mente. Pero Elbryan estaba allí, junto a ella; los labios de él rozaron los suyos suavemente, suavemente, y ella sólo lo sintió a él, sólo oyó la respiración suave y un tenue gemido del hombre.
El beso fue haciéndose más apasionado y poco a poco se desvanecieron los temores de Pony, arrastrados por un repentino torrente de pasión más fuerte que ella. Elbryan la besaba apasionadamente y ella le devolvía el beso; las lenguas se entrelazaron, los labios se apretaron con firmeza.
Cuando se separaron, Elbryan la miró fijamente y aquella mirada la paralizó. El hombre alzó una mano y le desató la capa y ella dejó que la prenda cayera al suelo sin protestar, sintiendo el aire frío en la piel. Luego él buscó los botones de la camisa de ella y siguió y siguió hasta despojarla de la última prenda. Pony no se sentía avergonzada, ni turbada, no la abatían las alas negras ni los horrores del pasado.
Elbryan se quitó la capa y la camisa y se quedó desnudo de cintura para arriba ante ella. Se acercaron uno al otro; los pelos del pecho de él rozaron los pechos de ella, y ambos se estremecieron. Incitada por el joven, ella alzó los brazos por encima de su cabeza y él entrelazó sus dedos con los de ella.
Luego Elbryan la soltó y comenzó a acariciarle los brazos suavemente, dulcemente, rozándole la piel con la punta de las uñas. Las caricias siguieron; las yemas de los dedos recorrían suave y dulcemente los codos, los brazos, la espalda, los omóplatos y también la base del cuello.
Ella sentía el impulso electrizante de aquellos dedos, un hormigueo que la impulsaba a desear caricias más íntimas. Aun así, sabía que, si se convertían en más íntimas, aquel hormigueo suave acabaría. Echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta mientras se abandonaba a las caricias del hombre, mientras aquellas manos le recorrían la espalda suavemente hasta la parte superior de las nalgas, hasta las caderas y más allá de las caderas. De nuevo incitada por el hombre, Pony se dio la vuelta y se abandonó al abrazo de él. Elbryan alzó una mano, le apartó los cabellos y la besó en la nuca, un beso suave que fue haciéndose más apremiante, más apasionado; luego un suave mordisco y, cuando ella ronroneó dulcemente, un mordisco más enérgico.
—¿Me sientes? —le susurró al oído.
—Sí.
—¿Te sientes viva?
—Muy viva.
—¿Quieres que hagamos el amor?
Pony no contestó, temerosa de la amenaza de recuerdos terribles. Se acordó de su noche de bodas, miró el resplandor del fuego como si fuera un enemigo o una premonición. Pero la joven sabía que aquello era diferente, diferente de Connor. Más fuerte.
«Indomable, incontrolable, terriblemente fuerte —recitó su mente— Y justo», añadió en silencio. Muy justo.
—Sí —respondió en voz muy baja.
Se recostaron en el suelo uno junto a otro, sobre la capa todavía caliente, asidos al presente y rodeados por el pasado. Para Elbryan era la culminación de su juventud, durante la cual cada uno de sus pensamientos conscientes lo había conducido hasta aquel lugar junto a aquella mujer, su compañera ideal, su Pony. Aquel momento que había esperado durante tantos años era el punto final de su relación con la muchacha y el comienzo de una relación nueva y mucho más profunda con la mujer. Ahora él era un hombre y Pony una mujer, y todo el amor que los había llevado hasta aquel momento estalló a la vez en sus cuerpos. La felicidad lo llevaba hasta el vértigo, pero de pronto se sintió vulnerable, muy vulnerable, pues si algo le sucedía a Pony, si la perdía como había creído perderla definitivamente en el pasado, se le partiría el corazón con una herida que no se cerraría jamás y su vida dejaría de tener sentido.
Para Pony, aquel momento en la arboleda era la negación de la negrura, la destrucción de la barrera de oscuridad y la retirada de sus escombros, y la superación de los crueles recuerdos gracias a la amabilidad, al amor y a las cálidas vivencias juveniles junto a Elbryan: el día en que el muchacho le tiró del pelo y ella consiguió dejarlo tumbado; los días en que sus amigos se metían con él, pero el muchacho les hacía frente y no negaba sus sentimientos hacia ella; sus largas charlas y caminatas por la ladera norte; aquel momento en la pendiente cuando compartieron la visión del Halo; el instante de su primer beso en la sierra... ¡Oh, sí, el instante de su primer beso! Pero ahora, la vivencia en la arboleda no acabó en negrura ni en gritos, sino que se prolongó y prolongó con besos y caricias que los hicieron sentirse uno al otro. Habían compartido sus vidas y estaban vinculados por recuerdos comunes, por un amor perdido y por un amor encontrado; y, aunque no habían estado juntos durante muchos años, lo sabían todo uno del otro, y se percataban de la autenticidad del momento.
Luego permanecieron tumbados uno junto al otro durante mucho tiempo, arrebujados en sus capas, sin decir nada, mirando al fuego. Elbryan se levantó una vez para echar leña y Pony se rió de él, mientras el muchacho brincaba completamente desnudo y con los pies descalzos tropezando sobre el frío suelo. Cuando el hombre regresó, la mujer tiró de la manta y se enrolló con ella dejándolo sin abrigo.
Pero su risa disimulaba sus verdaderos sentimientos, su deseo de incitar a Elbryan hasta que el joven la agarró y luchó con ella; luego se metió otra vez bajo las mantas y sus cuerpos se apretaron uno contra otro, y para Pony el mundo entero se puso a dar vueltas otra vez.
«Indomable, incontrolable, terriblemente fuerte.»
Más tarde, él se inclinó sobre ella y la miró a la pálida luz del fuego.
—Mí querida Pony —susurró—. Qué vacía estaba mi vida, tan vacía que no tenía siquiera el valor de reconocer el agujero que había en ella. Sólo ahora, cuando has regresado a mí, comprendo cuán vacía estaba, cuán falta de sentido.
—Nunca más.
Elbryan asintió, ratificando sus palabras.
—Querida Pony —dijo—, el mundo vuelve a tener color para mí.
Luego cerró los ojos y la besó.
La noche se cerró en torno a ellos, el viento gemía entre los árboles y silbaban los pocos pájaros que desafiaban el invierno septentrional. Lejos, en algún lugar, aulló un lobo y otro se hizo eco de la canción, y para Elbryan aquella música era la más dulce que había escuchado hasta entonces, más dulce incluso que la de aquellos años que había pasado en el bosque encantado de los elfos.
Fue cayendo en el más plácido de los sueños, pero Pony no. Permaneció despierta toda la noche junto a Elbryan, fundidos los dos en uno. Pensó en Connor y en su noche de bodas, en los negros recuerdos que la habían tragado. Inconscientemente, se frotó la palma de la mano, que hacía mucho tiempo se había quemado con los ardientes rescoldos.
Ahora, por primera vez, Pony vio aquellos recuerdos con claridad, oyó los gritos de Dundalis, vio los incendios y la carnicería, vio morir a Olwan en las garras de un gigante y mentalmente volvió a deslizarse bajo la casa incendiada, en la oscuridad.
Pero ya no eran negros demonios amenazadores, sino simplemente recuerdos. Junto a Elbryan, compartiendo su fuerza, podía enfrentarse a ellos y aceptarlos.
Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero eran lágrimas sinceras por la pérdida de Dundalis; cuando dejaron de brotar, cuando el momento de la aflicción hubo pasado por fin, Pony se acurrucó junto al dormido Elbryan y sonrió, sintiéndose por primera vez libre desde aquel momento en la cumbre, desde el momento de su primer beso.

15
La captura del día
—Maldita sea mi suerte —se quejó el escuálido y nervioso hombre, alejándose precipitadamente de la trampa de lazo y de la repugnante criatura humanoide que pendía de ella—. ¡Maldita sea, oh, maldita sea! ¡Cric! ¡Cric!
Pronto se dio cuenta de que sus gritos no harían más que atraer otras criaturas como aquélla, si es que las había por allí, así que se llevó la mano a la boca y se dejó caer al suelo; con la mano libre cogió un puñal de la ancha correa que llevaba en bandolera. Sin embargo, encontró poca protección, pues la hierba, aunque alta, era muy poco abundante, y sólo algunas briznas sobresalían aquí y allá del manto resplandeciente de nieve.
Al poco rato, Ardilla dio un suspiro de alivio al ver aparecer a un hombre calvo y flaco, con la espada preparada.
—¿Ardilla? —dijo Cric sin gritar—. ¿Ardilla, estás ahí?
Éste se incorporó como pudo y corrió hacia su amigo, tropezando y cayendo varias veces por el resbaladizo suelo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Cric repetidamente mientras el otro se le acercaba dando traspiés. Al fin, Ardilla llegó junto a su amigo, pero estaba demasiado excitado y no podía articular palabra. Brincaba sin cesar mientras señalaba, a través del prado, hacia un bosquecillo de pinos.
—¿Nuestra trampa? —preguntó con serenidad el hombre calvo.
Ardilla inclinó la cabeza en un movimiento tan brusco que se mordió la lengua.
—¿Atrapamos algo?
De nuevo Ardilla asintió bruscamente con la cabeza.
—¿Algo raro?
Ardilla no estaba en condiciones de contestar a más preguntas. Agarró a Cric por el brazo y lo empujó hacia el bosquecillo. Cric se dispuso a partir y, al ver que su amigo no tenía intención de seguirlo, sacudió la cabeza y se encaminó hacia la trampa.
Un minuto después se oyó un aullido procedente del bosquecillo, y Cric se alejó de aquel lugar casi tan rápidamente como antes lo había hecho Ardilla.
—¡Es un trasgo! —exclamó el hombretón—. ¡Un maldito trasgo!
—Vamos a buscar a Paulson —sugirió Ardilla; Cric se limitó a asentir y a echar a correr, seguido de cerca por su escuálido amigo.
Encontraron a Paulson, su jefe, cuyo pecho parecía un barril, sentado tranquilamente al sol apoyado en un enorme olmo; se había quitado las botas destrozadas y movía los sucios dedos de los pies cerca de un pequeño fuego. La pareja aflojó el paso al acercarse a Paulson, pues sabían que estorbarlo significaba habitualmente recibir un manotazo en la cabeza.
Cric hizo una seña a Ardilla para que se acercara al hombre, pero éste se limitó a señalar hacia atrás.
—Explicad qué os pasa —los apremió Paulson con los párpados entrecerrados—. ¡Y espero que valga la pena!
—Hemos atrapado algo —observó Cric.
Paulson abrió los ojos y se frotó con la mano una cara que tenía más cicatrices que barba.
—¿Buena piel? —preguntó.
—Ninguna piel —repuso Ardilla.
—Ni piel ni pellejo —añadió Cric—. Sólo piel sin pelo.
—¿Qué? —exclamó Paulson, poniéndose de pie y cogiendo sus botas—. ¡No me digáis que ahora habéis atrapado a un hombre!
—No es un hombre —replicó Ardilla.
—¡Es un maldito trasgo! —espetó Cric.
La cara de Paulson se ensombreció súbitamente.
—¿Un trasgo? —repitió en voz baja.
Los otros dos asintieron con la cabeza, impacientes.
—¿Sólo uno?
Asintieron de nuevo.
—Sois unos malditos inútiles —los increpó Paulson—. ¿No sabéis que nunca se puede decir «sólo uno», cuando se trata de trasgos?
—Deberíamos volver a casa —opinó Ardilla.
Paulson miró en derredor y luego sacudió la cabeza. Cric y Ardilla eran prácticamente nuevos en la zona, pues hacía algo más de tres años que estaban en el norte, pero Paulson había vivido en la frontera de las Tierras Agrestes casi toda su vida; vivía más allá de Prado de Mala Hierba cuando los trasgos habían arrasado Dundalis.
—Tenemos que averiguar cuántos son —replicó— y hacia dónde se dirigen.
—¡Bah! ¿Por qué preocuparnos por la gente de Dundalis? —preguntó Cric—. Ellos nunca se han preocupado por nosotros.
—Desde luego —añadió Ardilla.
—Más que por ellos —dijo Paulson—, es por nosotros mismos; si los trasgos atacan, sería prudente que nos fuéramos un poco hacia el sur.
—¿Por qué no nos vamos hacia el sur en cualquier caso? —preguntó Cric, asustado.
—Cierra el pico y prepara la espada —ordenó Paulson—. Los trasgos no son tan peligrosos. Es su número lo que tenéis que temer. Y sus amigos —añadió con severidad—, pues los trasgos y los gigantes se entienden bien.
Los otros dos se pusieron a temblar.
—Lo que debemos procurar es verlos antes de que nos vean a nosotros —prosiguió el fornido hombre—. Podría ser que paguen una recompensa por cada par de orejas de trasgo que se entregue.
Aquello pareció atraer la atención de los dos hombres.
Los tres volvieron junto a la trampa; sin miramiento alguno, Paulson le cortó las orejas al trasgo y las metió en una bolsa, deteniéndose sólo para observar que la criatura estaba sorprendentemente bien armada para una de su especie y que llevaba una insignia en el justillo de cuero, un dibujo en negro de una especie de murciélago sobre un fondo gris brillante. Paulson no le dio demasiada importancia, imaginando que debía de haber robado el justillo.
—No lleva aquí más que unas pocas horas —comentó después de una rápida inspección del cuerpo—. Si viajaba con compañeros, probablemente no andan muy lejos.
No les resultó difícil encontrar las huellas de la criatura en el bosquecillo, pero las que hubiera podido dejar en campo abierto habían sido borradas por el viento. Sin embargo, atendiendo a la dirección por la que la criatura había entrado en el bosquecillo, los rastreadores pudieron hacerse una idea razonable de por dónde había venido, y en consecuencia se apresuraron a atravesar el prado y a internarse en el bosque.
Chipmunk encontró la primera señal de trasgos, tres series de huellas: una tomaba la dirección por la que habían venido los tres hombres, y las otras dos se alejaban por una bifurcación del sendero.
—Bueno, ahora nosotros los superamos en número —dijo Paulson maliciosamente, pues el hombretón no se mostraba jamás temeroso de pelear.
A menos de kilómetro y medio, avistaron al par de trasgos, que descansaban entre unos peñascos en una ladera boscosa. Paulson desenvainó su enorme espada e hizo una seña a Cric para que fuera a su lado, mientras Ardilla buscaba un punto más elevado, a la derecha, para lanzar sus dagas.
—¿Duro y rápido? —susurró Cric.
Paulson consideró aquellas palabras y luego sacudió la cabeza. Refrenó a Cric y se escondió con él tras un arbusto, mientras el ágil Ardilla se dirigía a su posición. Luego Paulson avanzó despacio, sin apresurarse, hacia la pareja de trasgos. Cuando él y Cric estaban a una docena de zancadas de los trasgos, las repugnantes criaturas los vieron y comenzaron a aullar.
Se pusieron en pie de un salto, uno con una larga lanza con punta de hierro, el otro con una espada corta bien forjada. Paulson se sorprendió de que, igual que el trasgo muerto, fueran tan bien armados y de que sus justillos fueran iguales al del muerto, incluso en el dibujo de la insignia. Lo que el hombretón sabía de los trasgos no encajaba en absoluto con lo que estaba viendo.
Tampoco los trasgos se comportaron como Paulson hubiera esperado. Él y Cric avanzaron a toda velocidad, pero sólo uno de los trasgos, el que portaba la lanza, salió a su encuentro y les cerró el paso cubriendo la repentina huida de su compañero.
Los dos hombres armados de espadas atacaron; el trasgo movió la lanza hacia atrás y hacia adelante, y la afilada punta del arma hizo un rasguño en el brazo de Cric y lo mantuvo a raya. Paulson avanzó hasta ponerse al alcance de la lanza, la cogió por el astil y arremetió hincando rápida y eficazmente su espada en el pecho de la criatura.
—¡Dos orejas más! —se echó a reír Cric, pero en aquellos momentos Paulson no estaba pensando precisamente en aquello.
—¡Cógelo, Ardilla! —gritó.
El trasgo huía colina arriba, y Ardilla se apresuró a detenerlo; dobló ligeramente las rodillas y le lanzó un par de dagas. El trasgo logró esquivar una, pero la otra lo alcanzó en la cadera y se le quedó allí clavada.
El trasgo soltó un aullido pero apenas aminoró el paso, incluso cuando la siguiente daga de Ardilla se le clavó profundamente en el hombro.
Luego el trasgo logró salir de la línea de tiro, y Ardilla se unió a Paulson y Cric para ir en su persecución. Cric, que era el más alto, era con diferencia el más veloz de los tres; tomó la delantera y fue ganando terreno al trasgo mientras la criatura descendía por la otra ladera de la colina y se internaba por el terreno boscoso del valle. La criatura subió por una elevación de terreno con Cric en los talones, y Paulson gritó a su compañero que acabara de una vez con aquel maldito ser.
Cric coronó la colina, ansioso, espada en mano, y entonces se detuvo en seco ante la sorpresa de sus compañeros.
Cuando Paulson y Ardilla llegaron junto a él, comprendieron su vacilación, pues allí, en un enorme valle que se abría a los pies del risco, apareció el ejército más grande que jamás habían visto, y tanto Cric como Paulson habían servido unos cuantos años en los hombres del rey. El valle entero estaba plagado de tiendas y fuegos de campamento, y un millar de figuras pululaban allá abajo. La mayoría parecían de la talla de los trasgos, algunas aun más pequeñas, pero también había un número considerable de gigantes fomorianos. Para mayor sorpresa de los tres hombres, había además máquinas de guerra, una docena por lo menos: enormes catapultas, balistas para disparar lanzas y grandes ingenios en espiral, obviamente para agujerear muros fortificados.
—¿A qué distancia hacia el sur tienes pensado ir? —preguntó Cric a Paulson.
Para el hombre de pecho como un barril, en aquellos momentos Behren parecía una inequívoca posibilidad.
—¡Estoy convencido de que os traéis entre manos algo malo! —rugió el centauro—. ¡Una suposición que me hago cada vez que veo vuestras horribles jetas!
Bradwarden había oído el revuelo en la destartalada y pequeña cabaña y, después de investigar, había comprobado que los tres tramperos estaban haciendo el equipaje, arrancando todo lo que había en las paredes de la choza.
Los tres hombres intercambiaron miradas rápidas y nerviosas. Incluso el corpulento Paulson parecía poca cosa al lado de los trescientos sesenta kilos del centauro, y la actitud de la criatura en aquel momento lo hacía todavía más imponente.
—Bueno —tronó Bradwarden—, ¿tenéis alguna explicación?
—Nos vamos, esto es todo —contestó Ardilla.
—¿Os vais?
—Hacia el sur —añadió Cric, dispuesto a inventar una mentira creíble; pero, cuando Paulson lo miró con fijeza, se calló.
—¿Qué habéis hecho? —preguntó Bradwarden—. Sé que no os iríais si no hubierais encolerizado a alguien. —El centauro retrocedió un poco y sonrió, pensando que había dado en el clavo—. Os topasteis con Pájaro de la Noche —dedujo.
—No hemos visto al guardabosque desde hace semanas —le aseguró Paulson.
—Pero habéis visto a sus amigos —dijo Bradwarden—. Quizás habéis matado a alguno de ellos.
—¡No hemos hecho tal cosa! —gruñó Paulson.
—¡Los trasgos no son amigos de Pájaro de la Noche! —añadió Ardilla antes de haber medido el alcance de sus palabras. Cric pegó un fuerte empujón al flaco hombre, y Paulson le clavó una mirada que prometía un castigo aun mayor por su desliz.
Bradwarden retrocedió un paso y observó a los tres hombres con curiosidad.
—¿Trasgos?
—¿Dije trasgos? —preguntó Ardilla con aire inocente, tratando de rectificar.
—¡Lo dijiste! —bramó Bradwarden cortando en seco cualquier embuste de aquel hombre o de sus dos compañeros—. Dijiste trasgos. Y, si hay trasgos por aquí y vosotros lo sabéis, ¡tenéis que contar la historia completa, u os haré morder el polvo!
—Trasgos —confirmó Paulson con expresión severa—. Miles de trasgos. Los hemos visto y no queremos tratos con ellos —prosiguió con la narración completa de lo sucedido y para finalizar echó al suelo delante de Bradwarden cuatro orejas de trasgo.
Paulson pidió al centauro que se fuera para que ellos pudieran terminar de preparar el equipaje y ponerse en camino, pero Bradwarden no pensaba dejarlos marchar tan fácilmente. Irían con él hasta donde se encontraban Elbryan y Pony, y allí repetirían su historia. Los tres tramperos no parecían precisamente entusiasmados con la idea de perder tiempo, por poco que fuera, pero ninguno de ellos estaba dispuesto a plantar cara al aguerrido centauro.
Encontraron a la pareja y al hermano Avelyn en el refugio de Elbryan, justo al norte de Dundalis, al abrigo de una tupida arboleda de píceas jóvenes.
Bradwarden les dio un grito de aviso mucho antes de que el grupo se acercara, pues Elbryan podía haber puesto alguna trampa con tanta destreza como un elfo, y era un hombre que siempre estaba alerta. El guardabosque invitó a entrar al centauro, por supuesto, pero se quedó sorprendido al ver a su amigo medio equino en compañía de tales tipejos.
—Creo que el señor Paulson sabe una historia que querrás escuchar —explicó Bradwarden.
Paulson la contó con sencillez y exactitud; sus palabras causaron una fuerte impresión, sobre todo en Pony y en Elbryan. A Pony, la posibilidad de que un ejército de trasgos se aproximara la transportaba hacia atrás en el tiempo, hasta el día de la tragedia, amenazando con desbordarla con sentimientos que acababa de superar.
Sin embargo, la historia del trampero produjo en Elbryan efectos más complejos. También arrastraba aquellos horribles recuerdos en su corazón, pero, además, a eso se añadía su sentido del deber. ¿Cuántas veces se había repetido a sí mismo que no permitiría que ocurriera otra tragedia capaz de arrasar de nuevo Dundalis? Y allí, delante de él, aparecía la amenaza, la misma amenaza. A Pony le costaba un gran esfuerzo controlar sus temores y mantener la cabeza clara; para Elbryan era una cuestión de deber y de orgullo.
El guardabosque cogió un palo del borde de la fogata y dibujó en el suelo un mapa aproximado de la zona.
—Muéstrame el lugar exacto —ordenó a Paulson, y el hombre se apresuró a obedecerlo, pues comprendió que, si Elbryan se enfadaba con él, lo obligaría a salir para explorar el terreno, y eso en el mejor de los casos.
Elbryan paseaba de aquí para allá por el refugio, echando ojeadas al mapa.
—Hay que avisarles —dijo Pony.
Elbryan asintió.
—¿Vamos a confiar en la palabra de estos tres? —preguntó Bradwarden con incredulidad.
El guardabosque deslizó su mirada de Paulson al centauro y luego asintió otra vez.
—Nunca es demasiado pronto para avisar —repuso.
Parecía que le había concedido cierta credibilidad a Paulson, pero no estaba todavía dispuesto a aceptar que sus palabras fueran ciertas.
—Me voy al norte —anunció Elbryan—, al lugar descrito.
—No iré contigo —protestó Paulson.
Elbryan sacudió la cabeza.
—Yo vuelo rápido, demasiado rápido para ti.
Miró hacia Bradwarden; el centauro asintió comprendiendo la petición, más que dispuesto a ir con su amigo guardabosque.
—Tú —dijo Elbryan a Paulson— y tus amigos iréis a Fin del Mundo para prevenirlos.
Paulson hizo un gesto con la mano para calmar a Cric y a Ardilla que protestaban y mascullaban sus temores.
—¿Y luego? —quiso saber Paulson.
—Id a donde os lleve el corazón —replicó Elbryan—. No me debéis nada, os lo aseguro, aparte de este único favor.
—¿Te debemos un favor? —preguntó Paulson escéptico.
El severo asentimiento de Elbryan fue toda la respuesta que el hombre iba a recibir; era una elocuente forma de recordarle aquel día en la choza de los tramperos en que Elbryan se había mostrado tan compasivo con ellos.
—De acuerdo, iremos a Fin del Mundo —asintió enojado Paulson—. Se lo contaremos a aquellos idiotas, pero no creo que nos escuchen.
Elbryan expresó su acuerdo y miró a Pony.
—Tú y Avelyn, id a Prado de Mala Hierba —le indicó.
—¿Y qué pasa con Dundalis? —preguntó la mujer.
—Bradwarden y yo volveremos a Dundalis para hablarles de los trasgos —explicó el guardabosque—. Pero primero regresaremos aquí —y señaló el mapa con el palo marcando un punto al noroeste de Dundalis, un lugar casi equidistante entre Dundalis y Prado de Mala Hierba y no demasiado alejado de Fin del Mundo.
—¿La arboleda? —preguntó Pony.
Elbryan asintió.
—Un bosquecillo de abetos en forma de rombo —les explicó a los tramperos.
—Conozco el lugar —contestó Paulson— y no me hace gracia.
A Elbryan no le sorprendió la respuesta; probablemente el mismo poder mágico de los elfos que había conducido al guardabosque hasta el bosquecillo hacía que un canalla como Paulson se sintiera incómodo en su proximidad.
—Una semana, entonces —dijo el guardabosque—. Si te diriges directamente al sur desde Fin del Mundo —añadió mirando a Paulson—, puedes tener la completa seguridad de que la gente del pueblo sabe dónde se me puede encontrar.
Paulson hizo un ademán de despedida, obviamente disgustado por todo aquello.
Elbryan se acercó a Bradwarden.
—Sinfonía está dispuesto —le dijo en un aparte.
Antes del alba, el guardabosque y el centauro se dirigieron hacia el norte, y Bradwarden tuvo que esforzarse por mantenerse a la altura del magnífico Sinfonía.
Avelyn y Pony caminaban juntos más relajados, pues calculaban que podrían llegar a Prado de Mala Hierba antes del anochecer.
El camino que tenían que recorrer Paulson, Cric y Ardilla era un poco más largo; aunque los dos últimos animaban a Paulson a la deserción diciéndole a cada paso que deberían abandonar a su suerte a Fin del Mundo y marcharse hacia el sur —quizás hasta Palmaris—, el hombretón no les prestaba oídos, pues por primera vez en muchos años se sentía responsable y obligado. Había prometido al guardabosque que iría a avisar a la gente de Fin del Mundo y así lo haría.
Pony y Avelyn habían subestimado la distancia y aquella noche acamparon fuera de Prado de Mala Hierba, pues el monje pensó que les convendría más llegar al pueblo en pleno día con tan tenebroso aviso. Descansaron tranquilamente en el silencioso bosque, pues habían aprendido mucho de Elbryan durante los últimos días sobre cómo instalar un campamento; se quedó dormida.
La despertaron los gritos de Avelyn, que se revolvía en el suelo víctima de pesadillas. Por fin Pony logró despertarlo de su sueño profundo; la expresión de su cara al mirarla era inequívocamente de locura, y Pony sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.
Avelyn alzó una mano y la abrió mostrando algunas pequeñas piedras y el cuarzo ahumado que había cogido del cadáver del hermano Quintall.
—Sentí que habían dejado en ellas poder mágico —le explicó el monje—. Permiten ver a distancia.
—Buscabas trasgos —dedujo Pony.
—Los vi —dijo Avelyn—, una hueste enorme. Paulson no exageró.
Pony respiró profundamente y asintió.
—Pero eso no era todo —dijo Avelyn cogiéndola y zarandeándola—. Fui impelido más allá del ejército. Impelido, sí, arrastrado por el poder mágico de las piedras, por un distante poder que hace mucho tiempo se armonizó a sí mismo con estas piedras especiales.
Pony lo miraba con curiosidad sin entenderle.
—¡Algo terrible ha despertado en Corona, amiga mía! —exclamó Avelyn—. ¡El Dáctilo recorre Corona!
Aquellas palabras no eran nada nuevo para Pony; Avelyn llevaba haciendo tales advertencias desde hacía muchísimo tiempo. Por supuesto, la noche en que Pony lo había visto por primera vez estaba recitando incansablemente palabras parecidas en la sala común de Tinson. Sin embargo, esta vez, había algo más, algo personal. Avelyn se había mostrado siempre firme en sus convicciones, pero ahora su expresión denotaba que había ido mucho más allá de una simple convicción. En aquellos momentos, a la luz del fuego mortecino, Pony no abrigaba duda alguna de que el conocimiento de Avelyn sobre el despertar del Dáctilo era algo más que una sospecha suscitada por libros antiguos. Era algo enteramente personal.
—Ahí los tienes —dijo con voz tranquila pero siniestra Bradwarden, que junto a Elbryan contemplaba un vasto campamento de tiendas oscuras—. Aquellos tres no estaban mintiendo.
—Ni siquiera exageraban —añadió Elbryan en voz muy baja.
Cuando había coronado el risco y visto allá abajo el imponente ejército acampado, el corazón del guardabosque le había dado un vuelco. ¿Cómo podría la gente de Dundalis, de Prado de Mala Hierba y de Fin del Mundo resistir ante tal ejército, aun cuando pudieran reunirse todos tras muros fortificados?
No podrían, desde luego.
Y era obvio que aquellas fuerzas se dirigían hacia el sur. El ejército estaba a muchos kilómetros más abajo del lugar donde Paulson, Cric y Ardilla habían indicado que lo habían avistado, y la tala que los trasgos y los gigantes habían hecho en el bosque al norte del campamento era visible incluso desde aquel risco situado al sur.
—Encontraremos un agujero para escondernos —afirmó con toda calma Bradwarden—. Los trasgos han sido vencidos antes y lo serán otra vez. Los he acosado antes y los acosaré otra vez.
—Debemos enterarnos de sus intenciones —dijo de pronto Elbryan; el centauro le dirigió una mirada extraña.
—No es muy difícil imaginar lo que un trasgo tiene intención de hacer —replicó secamente Bradwarden.
Elbryan sacudió la cabeza antes de que el centauro hubiera acabado de hablar.
—Esta vez es diferente —le explicó—. Trasgos y gigantes no estarían juntos en un grupo tan grande. Y trabajando todos a una —añadió señalando con un amplio movimiento de brazo el panorama e indicando la disciplina con la que aquellas criaturas estaban organizando el campamento—. ¿Y qué me dices de eso? —continuó apuntando hacia una docena de máquinas de guerra agrupadas en círculo en el extremo más alejado del campamento.
—Están un poco más hambrientos esta vez; eso es todo —repuso Bradwarden—. Así que matarán unos pocos más que otras veces, quizá saquearán dos ciudades en lugar de una. Es una historia antigua, amigo mío, repetida una y otra vez, aunque siempre los humanos parecéis sorprenderos cuando cae sobre vuestras cabezas.
Elbryan no lo creía así, no aquella vez, no a la vista de aquel campamento militar. Miró hacia el oeste y comprobó que el sol estaba tocando el horizonte.
—Voy a entrar en el campamento —dijo.
—¿Ahora mismo? —preguntó con sarcasmo el centauro.
Elbryan desmontó de Sinfonía y le dio las riendas a Bradwarden.
—Explora la zona —le indicó—. Comprueba si algún destacamento del ejército ha sobrepasado nuestra posición. Cuando se ponga Sheila, estaré de regreso en este lugar, o en el risco siguiente más al sur en el caso de que los trasgos hayan ocupado esta zona.
Bradwarden sabía que era inútil discutir con el tozudo guardabosque.
Elbryan fue avanzando escondiéndose tras árboles, arbustos y montículos, acercándose más y más al campamento. Los trasgos patrullaban en torno, hablaban entre los árboles con sus silbantes voces, quejándose de esto y lo otro, de la hechura de sus uniformes o de algún jefe malévolo que hablaba más con el látigo que con palabras. Elbryan no entendía todo lo que decían; la lengua de los trasgos era parecida a la de los habitantes de Corona, pero el acento de aquellas criaturas era turbio y su jerga tan enrevesada que el guardabosque sólo podía hacerse una ligera idea del contenido de la conversación.
Y aquella ligera idea no disipó en absoluto los temores de Elbryan. Los trasgos estaban diciendo que formaban parte de un ejército; no había duda.
Una hora después Elbryan se llevó otra sorpresa. El guardabosque estaba subido a un árbol, sobre una gruesa rama a tres metros del suelo, cuando un grupo de soldados apareció en el claro bajo el árbol. Tres eran trasgos, pero el cuarto, que llevaba una antorcha, era una criatura que el guardabosque no había visto jamás, un enano con el pecho en forma de barril, miembros largos y delgados y una gorra roja en la cabeza.
Un gorra roja de sangre, sabía Elbryan; pues, aunque nunca había visto a un powri, recordaba muy bien los cuentos de la infancia que hablaban de aquellos malvados enanos.
Los cuatro decidieron permanecer al pie de aquel frondoso árbol; por fortuna para Elbryan, a ninguna de las criaturas se le ocurrió mirar hacia arriba a través de la maraña de ramas.
El guardabosque no sabía qué tenía que hacer. Le pareció que debía robar aquella gorra ensangrentada, para usarla ante los ciudadanos como una prueba más del peligro que los acechaba. Las noticias referentes a trasgos no suscitarían excesivo interés y quizá tan sólo se organizarían unas pocas patrullas; Elbryan lo sabía, pues era una reacción que recordaba de sus tiempos de aldeano. Pero blandir ante ellos una gorra teñida en sangre demostraría que los powris estaban en la zona; aquello alarmaría a bastante gente y los haría abandonar sus casas corriendo carretera abajo, hacia el sur.
Sin embargo, ¿cómo conseguir la gorra?
Se imponía robarla a hurtadillas. Los cuatro estaban abajo, descansando; quizá los vencería el sueño. Uno de los trasgos sacó un odre abultado, y enseguida la criatura vertió un poco de líquido espumoso en una taza; Elbryan sabía que se trataba de una bebida muy fuerte.
La sangre le hirvió de rabia cuando los trasgos empezaron a hablar de arrasar pueblos y matar a todos los hombres, y a describir con todo detalle los placeres que podrían conseguir antes de asesinar a las mujeres.
El joven sintió que le costaba respirar; la embrutecedora charla lo llevó a aquellos horribles días de su adolescencia, le hizo revivir la carnicería de Dundalis y oír de nuevo los gritos de sus familiares y amigos.
El proyecto de robar la gorra a hurtadillas voló de la cabeza del furioso guardabosque.
Al cabo de unos minutos, uno de los trasgos se adentró unos metros en la maleza para aliviarse. Elbryan podía ver cómo la criatura, un bulto oscuro en la maleza, de espaldas a él, sacudía el cuerpo hacia adelante y hacia atrás mientras regaba un arbusto.
El guardabosque se movió despacio hasta sentarse. Puso una flecha en la cuerda de Ala de Halcón y con suavidad tiró de ella hacia atrás. Echó un vistazo a los otros tres, que a medida que se iban emborrachando se volvían más ruidosos y turbulentos. El enano estaba contando una historia pendenciera, y los dos trasgos festejaban alborotadamente cada detalle grotesco.
Elbryan analizaba lo que decía el enano; esperó un largo momento, hasta que juzgó que la narración había llegado a un punto culminante.
La cuerda de Ala de Halcón zumbó, la flecha voló limpiamente y penetró en la nuca del trasgo meón. Con un ligero gemido, la criatura cayó de bruces sobre la maleza.
El enano se interrumpió bruscamente, se puso en pie de un salto y miró atentamente hacia la oscuridad que lo rodeaba.
No obstante, los trasgos siguieron riendo; uno de los dos comentó groseramente al otro que su compañero debía de haberse caído sobre sus propios orines.
El enano no estaba tan seguro; los hizo callar y luego les indicó con señas que abandonaran el lugar.
En lo alto de la rama, el guardabosque puso dos flechas en su arco, una encima de la otra y de nuevo tensó la cuerda. Los dos trasgos pasaron por delante del enano, uno al lado del otro, llamando en voz baja al compañero desaparecido, aunque ninguno de los dos parecía preocupado.
Elbryan puso el arco en posición horizontal, apuntó con mucho cuidado y disparó. Las flechas hendieron el aire con trayectorias no del todo paralelas, pues fueron divergiendo mientras volaban. Las separaba más de medio metro cuando cada una de ellas se clavó en un trasgo, que cayeron en el mismo lugar del impacto. Uno de ellos no emitió sonido alguno; el otro, herido en un pulmón, soltó un aullido agonizante.
Elbryan saltó de la rama disparando en pleno vuelo otra flecha que silenció para siempre al trasgo herido. El guardabosque aterrizó con una voltereta, quitó la punta con plumas y la cuerda de Ala de Halcón, y se puso en pie con el palo listo para el ataque.
El enano estaba también preparado, blandiendo un mangual de dos cabezas, y se lanzó con enloquecido ímpetu sin dar la menor muestra de temor.
Elbryan saltó hacia atrás y evitó con facilidad el ataque corto del mangual; luego avanzó y asestó un fuerte golpe con la punta del palo, que alcanzó al enano en plena cara.
La maciza criatura, sin apenas perder ímpetu, atacó agitando el mangual hacia atrás y hacia adelante.
Elbryan hurtó el cuerpo y se lanzó hacia un lado; cuando el enano se dio la vuelta para alcanzarlo, blandiendo el arma con los brazos extendidos, el guardabosque puso el palo vertical y las dos bolas del mangual se enredaron alrededor del palo.
El guardabosque tiró con fuerza para arrancar el arma de manos del enano, pero el powri era más fuerte de lo que Elbryan creía y tiró hacia atrás incluso con más fuerza. Siempre preparado para improvisar, Elbryan destensó los músculos y se lanzó contra el enano, dando la vuelta al palo para golpearle la cara con la punta una vez más.
Elbryan dio otro tirón; las bolas encadenadas resbalaron por la punta del palo, y las armas de ambos contendientes se separaron. Pero el guardabosque tenía ventaja e, impulsando a Ala de Halcón hacia atrás y hacia adelante, aporreó dos veces al enano a ambos lados de su dura cabezota.
El powri retrocedió un paso y sacudió la cabeza con violencia; luego, ante el asombro de Elbryan, se lanzó de nuevo al ataque. Pero fue un movimiento forzado pues el mangual se desplazó desde un ángulo muy abierto; Elbryan impelió hacia afuera su palo con una mano en aquella dirección y volvió a enredar las bolas en él. El guardabosque avanzó, enarcó los dedos, extendió la palma y golpeó al powri con una serie de golpes violentos en la cabeza.
Como sus ataques lograban escaso efecto, el guardabosque giró hacia un lado, agarró el palo con ambas manos y, tirando de él con todas sus fuerzas, consiguió que el enano soltara el mangual, que fue a parar al otro lado del claro. Intuyendo que el furioso enano cargaría de nuevo, Elbryan contraatacó y dirigió a Ala de Halcón hacia su garganta, con lo que el powri se detuvo en seco.
El guardabosque giró de nuevo y asestó un golpe con el palo en diagonal al powri que le rompió la mandíbula, pero éste se limitó a gruñir y resistió. ¡Elbryan no podía creer que aquella criatura hubiese aguantado semejante golpe!
El enano inclinó sus anchos hombros intentando derribar a Elbryan. El guardabosque asentó bien los pies y asestó con el palo un violento golpe de abajo arriba, aprovechando el ímpetu del enano.
Pero aun así el powri se le echó encima, logró agarrar a Elbryan por la cintura, y sujetándolo con fuerza, lo empujó hacia el tronco de un enorme árbol.
El guardabosque soltó a Ala de Halcón, buscó con la mano la mochila que llevaba a la espalda y sacó una pequeña hacha. Con un gruñido la descargó en la nuca del powri con todas sus fuerzas .
Aun así el enano seguía empujándolo.
Elbryan golpeó a la criatura una y otra vez; luego casi soltó el arma al chocar con el árbol, pero las piernas del powri seguían empujando como si el enano quisiera incrustarlo en la corteza.
Y, dada la inverosímil fuerza del enano, Elbryan se preguntó asombrado si aquella criatura de la noche iba a lograrlo.
El brazo del guardabosque subía y bajaba frenéticamente; por fin, después quizá del décimo golpe, el enano lo soltó.
Elbryan calculó su maniobra, golpeó al enano una vez más y luego se hizo a un lado; el semiinconsciente powri, perdido el punto de apoyo, se estrelló de cabeza contra el árbol y se abrazó a él agarrándose con fuerza pues sabía que en cuanto se soltara caería al suelo.
Elbryan se colocó detrás de la criatura y, dejó caer el hacha con todas sus fuerzas en su nuca.
Elbryan, horrorizado, lo golpeó otra vez, y el enano cayó de rodillas, muerto pero aún abrazado al árbol.
Elbryan miró sus armas, que habían resultado tan poco eficaces contra el vigoroso powri.
—Necesito una espada —se lamentó.
Cogió la gorra del enano, recogió a Ala de Halcón, y volvió a colocarle la punta con plumas y la cuerda. Mientras echaba una ojeada al claro, oyó un grito sofocado; se dio la vuelta y ajustó una flecha tan hábil y rápidamente que el recién llegado trasgo que había aparecido en escena apenas pudo moverse antes de que la flecha lo alcanzara en la garganta y lo estrellara de espaldas contra un árbol.
El disparo siguiente de Elbryan le atravesó el corazón y lo clavó en el árbol; el trasgo se desplomó muerto, pero permaneció en pie, clavado al tronco.
El guardabosque se marchó corriendo y, cuando la luna se ponía tras el horizonte, llegó al lugar convenido, donde lo esperaban Bradwarden y Sinfonía. El centauro tenía malas noticias. Una sección del ejército se había separado ya del grueso de la armada y, según indicaban las huellas, se dirigía hacia el sur y hacia el oeste.
—Hacia Fin del Mundo —dedujo Elbryan.
—Ya deben de estar cerca de allí —dijo Bradwarden—, si es que no están durmiendo en el mismísimo pueblo.
Elbryan montó a Sinfonía de un salto. Sabía que no podría dormir aquella noche, ni tampoco la noche siguiente.

16
Resarcimiento misericordioso
—Quédate aquí —rogó Elbryan a Bradwarden cuando los dos llegaron a la arboleda en forma de rombo—, o en la región, por lo menos. Mira qué noticias hay de Prado de Mala Hierba y prepara a la gente de Dundalis para la decisión que pronto tendrán que tomar.
—A los humanos no les gusta hablar con centauros —le recordó Bradwarden a Elbryan—. Pero veré qué puedo hacer y enviaré al norte y al oeste animales amigos en busca de señales de trasgos. ¿Te vas a Fin del Mundo?
Elbryan asintió.
—Ojalá llegue a tiempo; ojalá los tres tramperos hayan avisado a la gente.
—Ruega por lo segundo, pues me temo que esperar lo primero sea una pérdida de tiempo —repuso Bradwarden—. Y, en cuanto a los tramperos, ruega que los aldeanos hayan sido lo bastante inteligentes como para hacer caso de sus palabras.
Elbryan asintió y tiró de las riendas para que Sinfonía se pusiera en movimiento. Éste estaba cubierto de espuma por la larga cabalgada, hacia el sur, pero tenía más corazón que ningún otro caballo y comprendió la urgencia del viaje. Antes del amanecer batió el bosque con sus patas y galopó todo el día sin parar. Desde un alto montículo, Elbryan advirtió la ausencia de humo por el oeste, cosa que indicaba que aparentemente Fin del Mundo no estaba ardiendo.
Lo primero que vio Elbryan fue unas figuras fantasmagóricas que se movían entre la niebla, mientras el crepúsculo iba cayendo. El guardabosque se encontraba aún a unos veinte kilómetros de Fin del Mundo, por lo que aquellas formas moviéndose hacia el este por el bosque no presagiaban nada bueno. Condujo a Sinfonía tras una espesa maraña de abedules blancos y encordó a Ala de Halcón, preparado para pelear durante el viaje hacia el pueblo más occidental, si era preciso.
No demasiado lejos y hacia un lado, se deslizaba entre los árboles una pequeña sombra, una delgada figura que a Elbryan apenas debía de llegarle a la cintura. El guardabosque levantó su arco, tensó la cuerda y apuntó. Vio cómo la figura tropezaba con un arbusto y se tambaleaba en el sendero. Era del tamaño de un trasgo más bien bajo pero su forma de moverse no le pareció normal al observador del guardabosque. No era un soldado explorador de un ejército, sino alguien exhausto que huía desesperado. El hombre esperó unos instantes mientras aquella figura se acercaba y penetraba en un claro iluminado por la luz de la luna.
Era un muchacho, no mayor de diez años.
Elbryan lanzó a Sinfonía a un corto galope, lo suficientemente rápido para que el asustado chico no escapara. El guardabosque se inclinó hacia un lado, cogió al fugitivo por debajo de un brazo y lo alzó hasta la silla al tiempo que trataba de acallar sus gritos.
Un movimiento desde el lado opuesto captó la atención del hombre. Empujó al inquieto muchacho para asegurarlo en la silla, se reequilibró y agarró a Ala de Halcón, listo para rechazar un ataque.
El supuesto atacante derrapó para detenerse en seco al reconocer al hombre.
—Paulson —suspiró Elbryan.
—Y tú el mismísimo Pájaro de la Noche —replicó el corpulento hombre—. Ten cuidado con el niño; ha estado en la batalla.
Elbryan miró hacia su diminuto cautivo.
—¿En Fin del Mundo? —preguntó.
Paulson asintió ceñudamente.
Otras personas penetraron en el pequeño claro, sucias, muchas heridas, y todas con expresiones aturdidas y traumatizadas que mostraban su reciente paso por el infierno.
—Trasgos y gigantes atacaron el lugar dos días después de nuestra llegada —explicó Paulson.
—Y enanos —añadió Cric, mientras penetraba en el claro al lado de Ardilla—. ¡Qué tipos más repugnantes!
—Powris —observó Elbryan.
—Logramos llevarnos a algunas personas por el camino hacia el sur antes de la batalla —prosiguió Paulson—, las que fueron lo bastante sensatas para dar crédito a nuestros avisos de peligro. Pero la mayoría se quedaron. Testarudos.
Elbryan asintió pensando en su propio pueblo. Pocos en Dundalis habrían huido, incluso si hubieran sabido que un grupo de trasgos iba a atacar para vengar a la criatura que los aldeanos de Dundalis habían matado durante la cacería. Se habrían quedado, peleado y muerto, pues Dundalis era su casa y, no tenían adónde ir.
—Vienen muy preparados, Pájaro de la Noche —continuó Paulson, sacudiendo su cabeza—, y son tantos que me parece imposible no haber visto antes yo mismo su ejército en el norte. Cric, Ardilla y yo salimos y nos llevamos con nosotros una veintena de aldeanos; hemos corrido sin rumbo a través de los bosques durante unos pocos días, creyendo constantemente que los trasgos nos estaban pisando los talones.
Elbryan cerró los ojos, impresionado con el relato; comprendía a la perfección el drama de aquel pueblo, el horrible vacío que algunos de ellos sentían en aquellos momentos, su total desesperanza.
—Hay un prado resguardado a unos doscientos metros de aquí —dijo Elbryan a Paulson, señalando el camino por donde él había llegado hasta allí—. Condúcelos hasta allí y agrúpalos bien para que se protejan del frío. Voy a explorar las tierras situadas más al oeste y volveré enseguida; luego, podríamos tomar una decisión.
Paulson asintió con una rápida inclinación de cabeza.
—Así podremos descansar —admitió.
Elbryan bajó al chico para dejarlo en manos de Paulson, y se quedó sorprendido al ver la delicadeza del hombre barbudo al coger al niño. Permaneció un rato montado en Sinfonía mirando a los refugiados y preguntándose qué podría hacer por aquella gente.
Luego emprendió la marcha, cabalgando duro a través de los bosques iluminados por la luz de la luna. Había pasado algo más de una hora cuando llegó a la conclusión de que no había trasgos en la zona, ni enanos, ni, desde luego, tampoco gigantes. Elbryan lo encontró extraño; ¿por qué los malvados humanoides no habían perseguido a los humanos fugitivos? ¿Por qué no se veía humo en el oeste? A buen seguro los trasgos habrían quemado Fin del Mundo de la misma forma que años antes habían quemado Dundalis.
De vuelta al resguardado prado, Elbryan dio permiso a los refugiados para que encendieran un par de pequeños fuegos. Era arriesgado en la oscuridad del bosque, pero aquellos desgraciados necesitaban con urgencia entrar en calor.
Elbryan desmontó a un lado del prado y rogó a Sinfonía que se quedara en la zona y estuviera atento a su llamada; luego se dirigió al pequeño campamento y se sentó junto al fuego con los tres tramperos.
—Creí que los tres tomaríais la carretera hacia el sur con quienes fueran lo suficientemente prudentes para huir —comentó Elbryan tras un breve e incómodo silencio. El guardabosque captó la dura mirada que Cric dirigió a Paulson y también la de Paulson, clavada en el fuego.
—No había tiempo —contestó el hombretón de forma poco convincente.
Elbryan aguardó un buen rato observando a Paulson e intentando hallar alguna clave para aquella acción caballerosa tan poco propia de aquellos sujetos. Por fin, Paulson alzó los ojos y miró fijamente al guardabosque.
—Bueno, aquí nos tienes contigo —gruñó el hombretón—. Pero no pienses ni por un momento que los tres damos ni un maldito castor por Honce el Oso o por cualquiera de los pueblos que hay entre este lugar y Ursal.
—Entonces, ¿por qué? —preguntó Elbryan sencillamente.
Paulson miró el fuego. Se puso en pie, dio una patada a un leño que se había desprendido de la fogata y luego se alejó.
Elbryan miró a sus compañeros. Cric señaló hacia el muchacho que Elbryan había recogido.
—Paulson tenía un hijo —explicó Cric—, aproximadamente de la misma edad que ése. Se cayó de un árbol y se partió el cuello.
—Imagino que ese muchacho perdió a su gente —añadió Ardilla.
—Vosotros podríais haberos marchado al sur —dijo Elbryan.
A Elbryan le pareció que Cric iba a responderle de forma airada, pero el hombre no dijo nada pues Paulson volvió con aire brusco junto al fuego.
—Además no me gustan los apestosos trasgos —gruñó el hombretón—. Tengo la intención de conseguir las suficientes orejas de trasgos para que una única moneda de oro de recompensa me permita vivir en una mansión con una docena de criadas y cien acres de terreno.
Elbryan asintió sonriendo para calmar al bruto, pero Paulson se limitó a patear el suelo y se marchó bruscamente otra vez. El guardabosque sabía que se trataba de algo más que de una recompensa. Y, dado que Cric y Ardilla se habían quedado, había algo más que la historia del hijo muerto. Los tres tramperos, pese a sus defectos y a sus protestas verbales, conservaban en el corazón cierto grado de humanidad. Por muy quejosos que se mostraran, Cric y Ardilla se habían quedado en la zona por compasión hacia los refugiados.
A fin de cuentas, a Elbryan le importaba poco qué los había impulsado a quedarse. Dada la desesperada situación, Elbryan no podía menos que alegrarse de la compañía de los tres tramperos, fieros luchadores que conocían la región tan bien o incluso mejor que él.
Al día siguiente, el guardabosque envió a los refugiados hacia Dundalis, si era posible, aunque indicó a Paulson como otras alternativas cuevas y valles resguardados. Luego el guardabosque se dirigió al galope hacia Fin del Mundo, en busca de respuestas, de señales o de lo que fuera, y con la esperanza de encontrar más refugiados.
El bosque estaba completamente silencioso mientras se acercaba al pueblo. No vio humo alguno que ennegreciera el cielo. Dejando a Sinfonía en el bosque, avanzó emboscándose de árbol en árbol; se cruzó con centinelas trasgos sin que lo vieran y por fin encontró un buen lugar de observación en el límite del pueblo.
Trasgos, enanos y gigantes pululaban por el pueblo como si fuera su casa. Elbryan vio docenas de cadáveres, humanos y humanoides, arrojados a una zanja en el límite occidental del pueblo, pero el saqueo no había sido como en Dundalis. Los edificios habían recibido escasos daños; ninguno había sido incendiado. ¿Acaso el ejército humanoide tenía la intención de establecerse allí?, ¿o —cosa que le parecía al guardabosque mucho más probable— tenían la intención de utilizar Fin del Mundo como campamento base, como depósito de abastecimiento?
A Elbryan no le agradaron tales perspectivas. Desde Fin del Mundo, aquel ejército podría dirigirse hacia el sur y luego hacia el este, interceptando el paso a cualquiera que intentara huir de Prado de Mala Hierba o de Dundalis, que obviamente eran los objetivos siguientes. Y el hecho de que los humanoides no hubieran saqueado el pueblo indicaba que tenían la intención de permanecer en él.
Elbryan evocó la imagen del vasto campamento. Los humanoides avanzarían, sin duda, y el guardabosque no pudo menos que preguntarse si todos los hombres de Honce el Oso podrían detenerlos.
Llegó a la conclusión de que allí no tenía nada que hacer y se dispuso a marcharse tomando la dirección que lo llevaría hasta Sinfonía a través del bosque.
Entonces oyó el grito, un grito de niño, desde una casa cercana.
Elbryan se agachó y consideró sus opciones. No podía desoír tan desesperado lamento, pero si lo sorprendían allí la información que poseía no llegaría nunca a Prado de Mala Hierba o a Dundalis. Estaba en juego algo más que su propia vida.
Pero el grito resonó otra vez, secundado por un gemido de mujer.
Elbryan se lanzó a través del claro entre dos casas, se detuvo para estudiar la zona y corrió hacia la casa en cuestión.
—¡Comida para perro! —oyó decir a una voz en el interior de la casa, una voz áspera, como la del powri que había matado antes—. ¡Tráeme una comida mejor o me comeré el brazo de tu feísimo hijo!
Resonó otro grito de la mujer, seguido por el estallido de una fuerte bofetada y de un cuerpo contra el suelo. Elbryan recorrió la pared lateral de la casa y por fin vio una pequeña ventana.
El powri se acercaba a la sollozante mujer con la mano alzada para propinarle otro tremendo golpe. Pero se detuvo a escasa distancia de su víctima y miró a la mujer con curiosidad.
Y ella miró al enano, sin entender lo que pasaba... hasta que el powri cayó hacia adelante con una flecha clavada en la espalda. La mujer miró hacia la ventana con ojos desorbitados y vio al guardabosque que le hacía señas a ella y a su hijo para que se dieran prisa.
Los tres avanzaron de casa en casa y después cruzaron el pequeño claro hacia el bosque. Cuando alcanzaron la protección de los árboles oyeron un grito procedente del pueblo.
Elbryan miró hacia Fin del Mundo y vio a otro powri que salía de la casa gritando que había un arquero por los alrededores.
—¡Corred! —susurró con urgencia Elbryan a sus compañeros.
Desesperadamente se abrieron paso con dificultad entre los árboles, perseguidos por el sonido de cuernos que atronaban el pueblo. Elbryan se dio cuenta de que no tardarían en perseguirlos los trasgos centinelas que pululaban por la espesura.
Vio las siluetas de dos trasgos que corrían a la par que ellos. Alzó a Ala de Halcón y con dos disparos acabó con aquella amenaza.
Pero había más, muchos más, y la persecución desde el pueblo era organizada y sistemática: los gritos de los centinelas iban estrechando gradualmente la zona.
Llegaron junto a Sinfonía, que pateaba el suelo y daba bufidos de aviso. Elbryan ayudó a la mujer a subir a la silla y acomodó al niño detrás de ella.
—Dile al centauro lo que has visto en Fin del Mundo —le ordenó a la mujer, que sacudió la cabeza como si no entendiera—. Dile a Bradwarden, recuerda su nombre, y a los demás que los trasgos probablemente se dirigirán hacia el sur y el este para impedirles la huida. —El tono del guardabosque era tan contundente que al fin la mujer asintió—. Me reuniré con vosotros tan pronto como pueda.
»¡Corre —indicó el hombre al caballo—, sin descanso hasta encontrar a Bradwarden en la arboleda!
—¿Qué será de ti? —preguntó la mujer, agarrando la mano del guardabosque—. ¿Cómo conseguirás salir de este lugar?
Elbryan no tenía tiempo para contestarle. Liberó su mano, y Sinfonía dio un brinco, bajó como un rayo por el sendero y arrolló a dos trasgos insensatos que trataron de interceptarle el paso.
Elbryan los miró un momento, confiado, pues sabía que la mujer y el niño estaban a salvo montados en Sinfonía. El guardabosque pensó en cómo salir del apuro en el que se encontraba, miró en torno, y advirtió muchas figuras moviéndose entre las sombras de los árboles y oyó muchos gritos de trasgos y enanos y los temibles bramidos de los gigantes.
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17
La diferencia
Estaban preparándose para atacar Prado de Mala Hierba. Elbryan estaba seguro de ello, podía oírlo en el chillido de cada pájaro, en los movimientos de las ardillas, agitadas por la presencia masiva de tantos intrusos, por los atronadores pasos de los gigantes o de las máquinas de guerra rodantes, por los graznidos de los generales powris, por los gemidos impacientes de los trasgos sedientos de sangre.
Estaban preparándose para atacar Prado de Mala Hierba, y Avelyn y Pony no habían sido capaces de convencer a los aldeanos de que abandonasen el pueblo; sólo a unos pocos. En aquel momento, con la amenazadora presencia del ejército de trasgos cerniéndose sobre la aldea, mucha gente empezaba a reconocer su insensatez.
Desde una alta atalaya a algo más de tres kilómetros al sur de la aldea, Elbryan vio cómo sus habitantes reforzaban los muros y se afanaban en la preparación de la defensa. El guardabosque sabía que todo aquello no serviría de nada. La única esperanza para los ochenta habitantes de Prado de Mala Hierba era salir del pueblo y huir lo más lejos posible. Y, con los trasgos yendo de un lado para otro, la única posibilidad que tenían requería la ayuda del guardabosque y de sus amigos.
Pero Elbryan no contaba con muchos recursos. Además de Pony y Avelyn, que estaban en algún lugar entre aquel hervidero de gente, Elbryan contaba sólo con los tres tramperos y con Bradwarden. Los refugiados de Fin del Mundo distaban mucho de estar en condiciones de emprender otra lucha; la mitad de ellos todavía no había pronunciado una palabra. La única ventaja del guardabosque era su conocimiento de la región en torno a Prado de Mala Hierba. El pueblo estaba situado en una zona de escarpadas laderas y estrechos valles, donde un centenar de personas podían pasar a pocas docenas de metros sin ser vistos. El lugar estaba lleno de sonidos naturales: arroyos caudalosos, cacareo de pájaros, chillidos de animales. Era un bosque vivo, con abundantes pinos y píceas que ofrecían protección incluso en aquella época del año en que el invierno se adueñaba a toda prisa de la tierra.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Bradwarden, acercándose silenciosamente al guardabosque.
—Tenemos que sacarlos de ahí.
—Apostaría a que no es una tarea fácil —repuso el centauro—, de otro modo Avelyn y Pony se los habrían llevado.
Bradwarden se calló al ver la preocupada expresión de Elbryan mientras continuaba con la vista fija en el norte. El centauro comprendía lo que estaba sintiendo el hombre: rememoraba la desgracia que él mismo había vivido años atrás y se sentía impotente ante la repetición de aquel desastre. Bradwarden había observado de cerca a Elbryan durante aquellos dos últimos días, desde que había escapado de los monstruos de Fin del Mundo y había logrado salir del bosque. El guardabosque le había parecido siempre estoico y severo, pero nunca lo había visto tan ceñudo como en aquellos momentos.
—Por lo menos, sacaremos a Pony y a Avelyn —comentó el centauro—, y a algunos más, no me cabe la menor duda. La mayoría no querrán marcharse. Lo sabes de sobra. Se quedarán en sus casas hasta que vean al enemigo; entonces se darán cuenta de que ha llegado su hora. Pero ya será demasiado tarde para ellos.
Elbryan arqueó una ceja.
—¿Lo será? —se limitó a preguntar.
Bradwarden no lo acababa de entender. Aun cuando Elbryan y los tramperos, los refugiados de Fin del Mundo y toda la población de Dundalis acudieran para reforzar las defensas de Prado de Mala Hierba, el pueblo sería arrasado en una hora. Elbryan lo sabía tan bien como el centauro, y sin embargo la repentina chispa de determinación que le iluminaba la cara llevó al centauro a creer que el guardabosque tenía un plan.
—Allí —dijo Elbryan señalando hacia un punto al este del pueblo, hacia dos montañas de seiscientos metros de altura cuyas escarpadas laderas estaban cubiertas de nieve y atravesadas por oscuras hileras de numerosos árboles sin hojas.
»El valle entre esas colinas está lleno de peñascos y bosquecillos de pinos —le explicó el guardabosque—. Una buena protección, si ponemos en marcha a la gente con celeridad.
Elbryan bajó la vista y acarició el musculoso cuello de Sinfonía, consciente de que el caballo no sólo comprendía su plan sino que lo ayudaría a llevarlo a cabo.
—¿Crees que es factible la huida por el valle? —preguntó con incredulidad el centauro.
—Hay muchísimos árboles —repuso Elbryan sin vacilar mientras el rompecabezas iba encajando en su mente—. Impedirán que nos disparen lanzas y flechas desde arriba.
—Se nos echarán encima como una bandada de halcones en picado —protestó Bradwarden.
Elbryan sonrió maliciosamente mientras observaba aquellas escarpadas laderas de terreno irregular cubierto de una espesa capa de nieve virgen. Pensó en Avelyn, en las piedras mágicas y en algunas de las propiedades que le había explicado el monje. Pensó en Paulson, en Cric y en Ardilla, y en sus indudables habilidades.
—¿Tú crees que lo harán? —dijo con toda calma y en un tono tan imperturbable y seguro que el centauro contuvo el aliento y se abstuvo de seguir discutiendo.
—¿Cómo conseguiste llegar? —preguntó sin aliento Pony abrazando estrechamente a Elbryan en cuanto lo vio entrar en la sala común de Prado de Mala Hierba—. Nos consta que hay trasgos por doquier.
—Más de los que crees —asintió el guardabosque, estrechándola con más fuerza aun. El abrazo le hacía tanto bien, era tan tierno e intenso que el estoico guardabosque sintió en buena medida la tentación de desaparecer con Pony en la noche, alejarse a toda prisa de aquel lugar y de sus problemas, y vivir simplemente en amor y paz.
Pero no podía hacerlo, no podía faltar al deber y al destino que le habían mostrado los Touel'alfar. Cada vez que pensaba en huir con Pony, se aferraba a los recuerdos de la tragedia que había caído sobre su familia y su pueblo.
Avelyn se unió a la pareja poco después; el monje, por lo general alegre, no parecía muy animado.
—Ah, no quisieron marcharse —se quejó a Elbryan—. No quisieron prestar oídos a nuestras palabras, e incluso ahora, cuando la oscuridad amenaza en el bosque, muchos de ellos insisten en quedarse y luchar.
—Los que elijan quedarse y luchar seguramente morirán —contestó Elbryan con voz suficientemente alta para que lo oyeran los aldeanos que estaban cerca. Un par de hombres de pelo canoso sentados a una mesa junto a la entrada de la sala común se levantaron; uno de ellos dio una patada a la mesa al ponerse en pie. Miraron fijamente a Elbryan un buen rato y finalmente se alejaron hacia el otro extremo de la sala.
Impertérrito, Elbryan se dirigió a la mesa larga que servía de barra y se subió encima de un salto.
—Os lo diré sólo una vez —anunció el guardabosque, y los veinte hombres que había en la sala junto con unas diez mujeres lo miraron, la mayoría desdeñosamente, pero algunos demasiado asustados para mostrarse enfadados—. Me he escabullido entre las filas de nuestro enemigo, líneas pobladas de trasgos, gigantes y enanos powris.
—¿Powris? —repitió una mujer.
—Bah, todo esto es una sarta de mentiras —respondió alguien desde un rincón.
—Vuestra única oportunidad reside en marcharos lejos de aquí —dijo Elbryan de modo terminante—. E incluso ahora la huida no será fácil. Me llevaré a los que pueda conmigo esta misma noche, poco después de que la luna se haya puesto. —El guardabosque hizo una pausa y miró en torno encarándose con las miradas de cada uno de los parroquianos para mostrarles la intensidad de sus ojos y la determinación de su rostro—. En cuanto a los demás, vuestra posibilidad de escapar a través del ejército de monstruos será pequeña, y cualquier vacilación os costará muy cara.
—¿Quién eres tú para venir aquí y darnos órdenes? —preguntó un hombre, que no tardó en ser coreado por protestas que venían de todos los rincones de la habitación.
Fiel a su palabra, el guardabosque no repitió su mensaje. Bajó de un salto de la mesa, se reunió con Pony y Avelyn, y les rogó que lo siguieran fuera, donde podrían hablar en privado.
El guardabosque no parpadeó ni miró atrás amenazadoramente cuando una jarra se estrelló contra la pared junto a la puerta, un proyectil que obviamente iba dirigido a su cabeza.
Elbryan consultó primero con Avelyn para confirmar el potencial mágico de las piedras. Luego habló con Pony, que conocía mejor el terreno de aquella región de colinas boscosas y abundantes arroyos.
—También vendrán por ese valle —razonó Pony cuando Elbryan le hubo explicado su plan—. Si están tan organizados como indica tu descripción del asalto a Fin del Mundo, no dejarán un camino tan expedito detrás de ellos. Vendrán por ese valle y ocuparán la cumbre de ambas colinas.
—No vendrán muchos por ahí —prometió el guardabosque—. La línea de trasgos será poco densa, y la rapidez y la sorpresa serán nuestros aliados. En cuanto a los de las colinas, tres amigos ya están preparados para recibirlos.
Pony asintió, sin poner en duda las palabras del guardabosque, pero otra parte del plan la seguía preocupando mucho.
—¿Cómo podemos poner tanta esperanza en animales? —preguntó.
Elbryan miró a Avelyn.
—La turquesa —explicó el guardabosque— me ha proporcionado la posibilidad de penetrar en los pensamientos de Sinfonía. Puedo hablar con el caballo mentalmente, y él me entiende. Estoy seguro.
Avelyn asintió, sin dudar del poder de la turquesa. La piedra, como si fuera capaz de sentir, había emitido señales al monje aquel día en que se la había ofrecido a Elbryan y a Sinfonía; y el monje, que había descendido por un acantilado, que había caminado sobre las aguas, que había desencadenado inmensas bolas de fuego y había sostenido en sus débiles y mortales manos el poder de una tempestad, no iba a considerar exageradas las posibilidades de su poder regalado por Dios.
—Tenemos pocas opciones —admitió Pony.
—No hay otra —replicó Elbryan.
Avelyn observó la mirada que intercambiaron, y se alejó, al principio a la ventura, pero después hacia la cabaña de una viuda con tres niños pequeños; los tres amigos habían acordado que aquella familia tenía que partir con el guardabosque esa noche.
Pony y Elbryan pasaron juntos unos largos y tranquilos minutos que finalizaron sin palabras, con un beso que fue como una promesa de Elbryan a Pony de que no la abandonaría jamás, y como una promesa de la mujer al hombre de que ella y aquellos que quisieran abandonar el pueblo estarían preparados cuando llegara el momento oportuno.
El guardabosque abandonó Prado de Mala Hierba aquella misma noche; recorrió el sinuoso valle al este del pueblo con la familia fugitiva. El bosque estaba silencioso, pero no vacío, tal como Elbryan había sospechado.
—Trasgos —murmuró en voz baja a la mujer, y levantó la mano abierta para indicar que eran cinco. El guardabosque tenía una flecha preparada en Ala de Halcón, pero no quería matar ningún monstruo aquella noche, pues la presencia de algún cuerpo en aquel paso habría alertado al ejército de un punto débil en la disposición de sus líneas de ataque.
De modo que se sentaron inmóviles y esperaron; la mujer hizo lo imposible para conseguir que su hijo menor, un niño muy pequeño, no llorase.
Los trasgos pasaron cerca, tan cerca que los cinco pudieron oír sus voces como gañidos, tan cerca que incluso percibieron el chasquido de una ramita.
Elbryan los mantuvo agazapados y trató de tranquilizarlos a todos; dio unas palmadas suaves a los otros dos niños y les enseñó sus armas listas para disparar si los descubrían.
El guardabosque, tumbado boca arriba, no dijo nada cuando un trasgo pateó con firmeza en el frío suelo apenas a un metro de su cabeza. El hombre contuvo el aliento y apretó su hacha, planeando mentalmente el ataque más rápido y seguro si el trasgo hacía cualquier movimiento repentino que indicara que los había descubierto.
Pero pasó el peligro; los trasgos prosiguieron su ruta de patrulla por el valle, sin advertir la presencia del hombre y de los refugiados. Aquella noche, la inadvertencia de los trasgos salvó la vida de aquellas criaturas, pues tuvieron la muerte muy cerca; pero, lo que era aun más importante, su inadvertencia también fue la que salvó el plan de Elbryan.
El cielo brillaba con un color gris pálido, poco antes del amanecer; otra nevada dejaba caer perezosamente copos dispersos que parecían flotar por doquier en su lento descenso. Elbryan y Bradwarden, en la misma alejada colina al sur de Prado de Mala Hierba, esperaban el comienzo de todo aquello, las primeras señales del ataque que sabían tendría lugar aquel mismo día.
—La dejaste allí —dijo inesperadamente el centauro.
Elbryan arqueó, curioso, una ceja.
—La chica —explicó el centauro—. Tu amante.
—Más que mi amante —replicó el hombre.
—Y la dejaste allí —prosiguió el centauro— con diez mil monstruos pululando por la zona.
Elbryan continuaba mirando con curiosidad a su medio equino amigo, y no estaba seguro de si Bradwarden estaba felicitándolo o criticándolo.
—Abandonaste a la mujer que amas a su suerte.
Estas palabras golpearon a Elbryan de un modo extraño, pues le mostraban una perspectiva que no había considerado.
—Fue Pony quien eligió quedarse. Su deber...
—Podría morir hoy mismo.
—¿Disfrutas torturándome con tus palabras?
Bradwarden miró al guardabosque directamente a los ojos y echó a reír sonoramente.
—¿Torturándote? —preguntó—. ¡Yo te admiro, muchacho! ¡Amas a esa joven pero la abandonas en un pueblo que está a punto de ser saqueado!
—Creo en ella —protestó Elbryan, demasiado a la defensiva para comprender la sinceridad del centauro—, y confío en ella.
—Ya lo veo —dijo Bradwarden, y posó una mano sobre el hombro de Elbryan dirigiéndole una mirada de sincera admiración—. Y ésa es tu fuerza. Muchos de los tuyos la hubieran obligado a seguirlos para protegerla. Tú eres lo bastante inteligente para ver que Pony necesita poca protección.
Elbryan volvió a mirar hacia el norte, hacia Prado de Mala Hierba.
—Podría morir hoy —acudió Bradwarden en tono neutro.
—Y nosotros —contestó Elbryan.
—Y diez mil trasgos —dijo el centauro con una carcajada.
Elbryan se echó a reír también, pero la risa cesó cuando una línea de fuego cruzó como un rayo el cielo; era una bola de pez ardiente que se elevó hacia Prado de Mala Hierba.
—Una catapulta powri —observó Bradwarden secamente.
—Es hora de marcharnos —repuso Elbryan. Echó una mirada hacia el lejano pueblo, hacia el pequeño fuego que había comenzado. Pony estaba allí, en peligro.
Elbryan hizo una mueca y no le dio más vueltas. Miró al centauro, que caminaba con decisión delante de él; al principio estaba enfadado con Bradwarden por hacerle pensar en tan macabras posibilidades. Hasta aquel momento Elbryan ni siquiera había considerado el peligro que corría Pony desde un punto de vista personal, tan grande era la confianza que tenía en ella. Había supuesto que sacaría a la gente de Prado de Mala Hierba, y, aunque algunos morirían, Pony no.
Bradwarden lo había obligado a enfrentarse con la verdad y poco a poco la cólera del guardabosque se convirtió en gratitud. No había menguado su confianza en Pony; podía controlar las ganas de correr a su lado y protegerla. Bradwarden le había mostrado la verdad de su relación, la auténtica profundidad de su amor y confianza en aquella mujer que había regresado a su vida. Elbryan asintió sonriendo mientras miraba al centauro, sinceramente agradecido.
—¡Vaya, vaya! —bramó el monje, corriendo hacia el fuego más reciente con la lámina de crisolita en su rolliza mano. Con la protección mágica, Avelyn se dirigió al centro de la hoguera y, ante el asombro de los aldeanos presentes, se detuvo sonriendo ampliamente mientras las llamas lo lamían hasta los hombros.
El monje se hundió en el poder mágico de la piedra, llamando a sus poderes protectores y extendiendo su área de influencia hasta que el fuego se apagó.
Avelyn salió del trance y vio que había comenzado otro incendio no demasiado lejos.
—¡Vaya, vaya! —bramó de nuevo, apartando a los aldeanos que pretendían dominar el fuego para que le dejaran utilizar su método, mucho más efectivo.
Pese a los esfuerzos del fraile loco, la lluvia de bolas de fuego powris iba en aumento, acompañada de grandes rocas erosionadas que redujeron a astillas más de una casa. Una bola de fuego se estrelló contra el muro este del pueblo, salpicando de pez ardiendo a los dos hombres que estaban por allí. Pony corrió hacia uno de ellos y lo envolvió en una pesada manta, y Avelyn acudió junto al otro para aliviarlo con la crisolita.
—¡La piedra gris! —gritó Pony al monje, señalando la hematites y al hombre que yacía en el suelo a su lado, víctima de graves quemaduras. Avelyn se le acercó al momento y alivió su dolor, pero la expresión del monje se hizo más sombría.
Estaba empezando a admitir que no podría seguir el ritmo de la lluvia de fuego y sabía que aquello era sólo el preludio de algo peor.
Pony dejó al hombre en las solícitas manos de Avelyn y corrió entre los frenéticos aldeanos censurándoles la insensatez de quedarse y recordándoles que aún tenían una posibilidad de huir.
No la sorprendió el hecho de encontrar más gente deseosa de escuchar el plan de Elbryan, ahora que las bolas de fuego iban incendiando los edificios minuto a minuto y que las rocas se estrellaban por doquier. Sin embargo, pese al evidente dramatismo, muchos de los orgullosos y tozudos habitantes se negaron a admitir que aquello era algo más que un simple ataque de trasgos.
—Los obligaremos a retirarse —arguyó un hombre—, los perseguiremos bosque adentro hasta tan lejos que nunca encontrarán su apestosa salida.
Pony sacudió la cabeza, intentando discutir, pero el hombre tenía apoyo de sobra en los cinco sujetos que estaban a su lado, hombro con hombro, en la muralla.
—¡Trasgos! —insistió el hombre, y escupió a los pies de Pony.
Los otros empezaron a refunfuñar, pero un instante después, sorprendentemente, enmudecieron por completo; Pony alzó la vista hacia ellos y luego miró en la misma dirección que los hombres, hacia el otro lado del pequeño campo que se extendía entre el pueblo y el límite del bosque.
Un par de gigantes fomorianos, de cuatro metros y medio de altura y diez veces el peso de un hombre corpulento, caminaban de un lado a otro entre las sombras, ansiosos de lanzarse contra el muro.
—¡Malditos trasgos grandes! —replicó Pony en tono sarcástico, y miró las armas que llevaban los hombres: palas y horcas en su mayoría y sólo una espada oxidada y vieja. Pony le había dado su espada a la madre que había dejado con Elbryan y sólo llevaba una delgada porra y un hacha pequeña, armas que parecían insignificantes frente a la mole de aquellos dos gigantes.
Dejó a aquel grupo de tozudos con un aviso final:
—El muro este —les dijo ceñudamente.
Encontró a Avelyn cerca de aquel muro y se detuvo al ver un tenue resplandor azulado entre los troncos de la puerta este. Miró al monje con curiosidad.
—No sabía que la crisolita pudiera activar una barrera permanente —explicó éste encogiéndose de hombros—, y tampoco sé cuánto tiempo podré mantenerla. Pero ten por seguro que el fuego que roce esa puerta no prenderá.
Pony posó una mano en el hombro del monje, contenta de tenerlo a su lado. Ambos se dieron la vuelta de golpe un momento después, cuando un grito procedente del muro norte les indicó que el asalto había empezado.
Elbryan corría deprisa para mantenerse a la altura de Bradwarden; Sinfonía se había internado en los bosques y había desaparecido de la vista, como una sombra cuando el sol se esconde tras negros nubarrones.
—¡No puedo ir más despacio! —gritó el centauro, y gruñó cuando el guardabosque se agarró a su cola; el hombre medio corría medio volaba tras el rápido centauro.
Llegaron al campamento base, donde aguardaban Paulson, Cric y Ardilla.
—Están llenando el valle —explicó Paulson—; una línea larga, pero no demasiado profunda; en su mayoría, trasgos.
—Hay powris en las colinas —intervino Cric.
—¿Están puestas las trampas? —preguntó Elbryan.
Los tres asintieron con impaciencia.
Elbryan cerró los ojos y envió sus pensamientos hacia Sinfonía; oyó claramente la respuesta del caballo. Satisfecho, miró de nuevo a sus compañeros.
—Debemos escoger nuestros blancos cuidadosamente —les explicó—. Debemos aclarar su línea donde podamos y eliminar a los gigantes o a aquellos monstruos que pueden librarse del peligro. —Hizo una pausa y miró hacia el este—. Que Sinfonía se ocupe del resto —añadió.
El grupo se puso en marcha en silencio; Paulson, Cric y Ardilla se dirigieron al pie de la colina norte, mientras Elbryan y Bradwarden iban hacia el sur.
Pony se encaramó ágil y veloz al tejado, se puso boca abajo y avanzó a rastras mientras diversas lanzas le pasaban por encima, y la horda de monstruos se dirigía hacia la puerta norte. Atisbó por el borde del tejado, hacia el pueblo, y vio que sólo tres de los cinco hombres del muro seguían vivos y huían a toda velocidad.
Los dos gigantes golpearon un instante el muro fortificado y luego simplemente pasaron por encima de él.
Pony contuvo el aliento durante aquel peligroso momento, pero afortunadamente los dos gigantes estaban tan interesados por los aldeanos que no la vieron. Se internaron en el pueblo mientras hombres y mujeres huían gritando delante de ellos, comprendiendo al fin la insensatez que habían cometido quedándose en el pueblo.
—¡Vaya, vaya! —resonó el grito familiar, y Pony vio que el hermano Avelyn hacía frente a los gigantes.
Una lanza casi alcanzó a la distraída joven, que se dio la vuelta en el instante en que la cabeza de un trasgo asomaba por el borde del tejado. Pony lo derribó de un golpe de porra pero vio que unos cien más escalaban el muro por todas partes, ansiosos de sangre humana. Con un gruñido, la mujer arrojó la porra contra la cara del más cercano y también lo derribó. Luego echó una rápida ojeada hacia el este, todavía tranquilo.
—Maldita sea —murmuró y se incorporó un poco para correr hacia la esquina sudoeste del tejado, se arrojó al vacío de un salto y agarró al gigante más cercano por los pelos. Su impulso la llevó justo delante del monstruo; sus caras quedaron a pocos centímetros, y Pony no tardó en pegarle un hachazo en su horrible rostro.
El gigante aulló, la mujer cayó rodando por el suelo, y el segundo gigante se giró hacia ella dispuesto a aplastarla.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Avelyn repitiendo su habitual exclamación, aquella vez para liberar la creciente energía del grafito que tenía en la mano.
Una explosión partió de la mano del monje en forma de rayo blanco y azul que se bifurcó y alcanzó a ambos gigantes. El que Pony había golpeado en la cara, tapándose la herida con las manos, salió volando hacia atrás, golpeó la pared que le llegaba a la altura de la cintura y luego se derrumbó por encima de ella, machacando a un trasgo en su caída. El otro gigante, que tenía el pie levantado para aplastar a Pony, se estremeció y se echó a temblar, demasiado sorprendido para reaccionar mientras su presunta víctima se escabullía.
Pony corrió hacia Avelyn y miró desesperadamente a su alrededor. Había trasgos avanzando a rastras como hormigas por encima de los muros, a centenares, en tan gran número que cualquier aldeano que se quedó para hacerles frente resultó enterrado bajo ellos.
—¡Pelean en el este! —gritó un hombre, corriendo hacia Pony y Avelyn—. ¿Dónde está vuestro plan? —añadió con sarcasmo, sin esperanza.
Pony corrió seguida por él hacia la puerta este, mientras Avelyn se quedaba en la retaguardia y descargaba otro rayo que alcanzó a una docena de trasgos en el tejado que Pony acababa de abandonar.
Un powri se arrastraba por lo alto del muro este, cerca de la puerta, y directamente frente a Pony y al aldeano.
—¿Dónde está tu plan? —preguntó de nuevo el hombre a Pony; su desesperada pregunta reflejaba la angustia de todos los aldeanos que se habían congregado cerca del muro.
El powri se irguió en el muro este, pero siguió avanzando hasta que, inesperadamente, cayó de cabeza por encima de la estructura hasta chocar con el suelo y quedar inmóvil.
Una larga flecha le sobresalía por la espalda, una flecha cuyas características resultaban familiares a la mujer.
—Aquí está mi plan —replicó confiada.
Un instante después llegó el estruendo de un martilleo de cascos hacia el este, acompañado por los chillidos de los desgraciados trasgos atrapados por una estampida de caballos salvajes.
—¡Avelyn! —gritó Pony.
—¡Vaya, vaya! —contestó el monje mientras lanzaba otro rayo, esta vez sobre el suelo, a los pies de una horda de trasgos que cargaban contra ellos. La descarga levantó al grupo de monstruos más de medio metro por encima del suelo.
Pony agarró una horca de un hombre que estaba cerca, corrió hacia la puerta este y, con bravura, la abrió de golpe.
Un par de trasgos que allí estaban se quedaron sorprendidos al ver que la puerta se abría antes sus narices. Pony clavó la horca en la garganta de uno de los trasgos; el otro se dio la vuelta para escapar, pero casi inmediatamente fue abatido por una flecha que lo alcanzó entre los ojos. Pony miró hacia atrás y atisbó a Elbryan sentado en una rama baja de un árbol de la ladera norte del barranco. Debajo del guardabosque, Bradwarden corría de un lado a otro, pisoteando trasgos y powris o golpeándolos con su pesada porra. El centauro aporreó a un powri en la cabeza, recogió al aturdido enano y lo metió en un saco.
Pony no tuvo tiempo de considerar la maniobra, pues la estampida se aproximaba encabezada por Sinfonía. Los trasgos y los powris se dispersaron o fueron arrollados por la carga del centenar de caballos salvajes galopando por el barranco.
—¡Avelyn! —gritó Pony, y el monje la adelantó corriendo; la mujer observó que Avelyn brillaba ligeramente con el mismo tono reluciente de la puerta este.
Pony retenía a los aldeanos mientras Avelyn corría entre los trasgos. La mayoría de ellos estaban demasiado sorprendidos y asustados para atacarlo, pero algunos se dispusieron a hacerlo.
Avelyn apretó la mano, y Pony vislumbró un destello rojo que salía de su puño.
Una enorme bola de fuego rodeó al monje y consumió a todos los monstruos que había por allí cerca. Un viento caliente barrió la cara de Pony y llegó hasta los asombrados aldeanos que estaban con ella.
Cuando un instante después las llamas se disiparon, Avelyn estaba solo y el camino despejado.
Casi despejado, pues un powri salió corriendo desde detrás de una piedra; en la cabeza le quedaban restos de pelo quemado, la cara se le había ennegrecido y su porra no era más que un palo delgado y carbonizado. Pero el enano estaba completamente vivo y muy encolerizado. Entre aullidos y gritos cargó contra Avelyn dispuesto a estrangularlo sin más ayuda que sus manos.
En la otra mano, Avelyn apretaba una tercera piedra de color pardo con rayas negras: una zarpa de tigre. El monje se concentró en la magia de aquella piedra y abandonó el escudo de fuego del crisolito. Un instante después Avelyn emitía gritos de dolor, no a causa del powri, que todavía no lo había alcanzado, sino debido a la acción de su propia magia transformadora, que le estaba curvando y rompiendo los huesos del brazo izquierdo. Los dedos le crujieron y se le acortaron, las uñas se le estrecharon y se le deslizaron debajo de los nudillos, y después sintió una picazón terrible mientras una piel naranja y negra le aparecía a lo largo del brazo.
El powri alcanzó al monje, pero el hombre ya se había recuperado. De nuevo, estaba igual que antes, con la salvedad de que su brazo izquierdo no era ya el del hermano Avelyn sino el de un poderoso tigre.
En un abrir y cerrar de ojos, Avelyn extendió la zarpa y arrancó la cara del atónito powri.
El camino quedó despejado.
Valle abajo, Sinfonía seguía a la carga, acompañado por sus caballos favoritos. La estampida se detuvo de pronto y los caballos salvajes se dejaron montar por los aldeanos. Pony montó a Sinfonía, y Avelyn corrió a pie junto al guardabosque para cubrir la retirada.
Tanto Pony como Elbryan contuvieron el aliento al ver el brazo de Avelyn, pero ninguno dijo nada en aquel desesperado momento.
Sinfonía y el centenar de caballos atronaron de nuevo; cincuenta de los ochenta habitantes de Prado de Mala Hierba se agarraban con fuerza a sus crines, aterrorizados, mientras grupos de trasgos y powris trepaban hacia las colinas, tratando de apartarse de su camino.
Indignados por la huida de los aldeanos, los powris bajaban de las colinas, pero Paulson, Cric y Ardilla habían hecho bien su trabajo. Caídas mortales, trampas de hoyo y trampas de mandíbula detuvieron a muchos; en un lugar, la caída de una pila de troncos provocó un pequeño alud de nieve y rocas.
Los monstruos que consiguieron bajar, encontraron esperándolos a Bradwarden y a su porra; el centauro golpeaba y aplastaba con desenfreno. El grafito de Avelyn disparó de nuevo hacia la puerta este de Prado de Mala Hierba, dispersando a los trasgos que los perseguían más de cerca y despejando el camino para Elbryan, que se empeñó en volver a buscar a los rezagados.
El guardabosque se topó con un gigante que corría como una tromba por la aldea, encolerizado y herido por la explosión de uno de los rayos del monje.
La cuerda de Ala de Halcón zumbó repetidamente; una flecha se clavó con un ruido sordo en el pecho del gigante, seguida por otra que lo alcanzó en la barriga; otra, de nuevo, le dio en el pecho, y una tercera chocó con una de sus enormes costillas; finalmente, por segunda vez, otra se le clavó en el vientre.
Cada impacto hacía algo más lentos los movimientos de la enorme criatura, y daba tiempo a Elbryan a preparar el siguiente disparo. Al fin, el tenaz monstruo se desplomó.
Varios hombres asustados saltaron por encima de la espalda del gigante tumbado, con una horda de chillones trasgos pisándoles los talones.
Elbryan se arrodilló junto a la puerta y apuntando con mucho cuidado, fue eliminando uno tras otro a los trasgos que estaban más cerca.
—¡Avelyn, te necesito! —gritó el guardabosque. La situación era aún más desesperada de lo que Elbryan había creído en un principio, tal como pudo constatar al alzar la vista y ver a un trasgo en lo alto del muro, a unos dos metros de la puerta, dispuesto a saltar sobre él.
Pero Avelyn no pudo ayudarlo inmediatamente, pues estaba ocupado con un grupo de powris que bajaban por la colina del sur después de haber esquivado los hoyos que habían practicado los tramperos.
Elbryan se dio la vuelta para enfrentarse al trasgo, pero cuando la criatura caía vislumbró un parpadeo de plata. El monstruo aterrizó junto al guardabosque, pero ya estaba muerto antes de llegar al suelo, con tres dagas clavadas a un lado del cuello y en el pecho. Elbryan miró atrás y vio a un sonriente Ardilla que se lanzaba contra otro confuso powri.
—¡Avelyn! —gritó otra vez Elbryan, con más insistencia. El guardabosque alzó el arco y abatió a otro trasgo, mientras el grupo de hombres salía corriendo por la puerta y pasaba a toda prisa delante de él.
Elbryan se dejó caer y se echó a rodar hacia atrás; la puerta se llenó de trasgos que salían en tropel, pero la explosión del rayo de Avelyn los puso fuera de combate.
Inmediatamente echaron a correr todos ellos: Elbryan, los tres tramperos, Bradwarden y Avelyn y los últimos fugitivos de Prado de Mala Hierba, siguiendo el camino abierto por la estampida de los caballos.
Corrieron toda la mañana, luchando de vez en cuando, pero sólo rápidas escaramuzas. Siguieron el camino bien marcado y el guardabosque, conducido por la llamada de Sinfonía, los llevó por sendas aun más recónditas.
Un grupo de treinta tozudos powris los persiguió todo el rato, ululando y vociferando, lanzándoles dagas y hachas cuando estaban lo suficientemente cerca, y gritando con más furia aun cada vez que Elbryan o Bradwarden se detenían y disparaban sus flechas, que indefectiblemente derribaban a algún powri.
Avelyn, rabiando y resoplando, demasiado cansado para utilizar otra piedra, se quejaba de que los demás dejaran atrás su pesado corpachón. Elbryan no le prestaba atención, desde luego, y tampoco Bradwarden. El poderoso centauro llevaba todavía el costal con el powri, que no cesaba de patear, y de algún modo se las arreglaba para manejar de vez en cuando el arco, pero aún le quedaron fuerzas para cargar al monje en su lomo.
El camino abierto por los caballos continuaba hacia el este, pero Elbryan ordenó girar hacia el sur y condujo al grupo, más resbalando que corriendo, hasta el pie de una ladera cubierta por un frondoso bosque que acababa en un arroyo semihelado, al otro lado del cual había un prado cubierto de nieve. Chapotearon en el agua y siguieron corriendo perseguidos por los powris, que avivaron su acoso al verlos en campo abierto.
—¿Por qué vamos en esta dirección? —gritó desesperado uno de los aldeanos, viendo cómo los pertinaces e incansables powris iban ganando terreno.
El hombre encontró la respuesta al ver aparecer entre los árboles a una ceñuda Pony, altivamente montada en Sinfonía y flanqueada por una veintena de coléricos aldeanos montados en los caballos salvajes.
El grupo de Elbryan siguió corriendo; los powris se detuvieron en seco e intentaron dar la vuelta.
Pony dirigió la estruendosa carga, y ni un solo powri salió vivo de aquel prado... excepto el desgraciado que seguía pateando inútilmente en el costal de Bradwarden.
Aquella noche, en el campamento, más cercano a Dundalis que a Prado de Mala Hierba, reinaba un ambiente agridulce. Más de sesenta aldeanos de una población de ochenta habían escapado, pero eso quería decir que una veintena había muerto y que todos habían perdido sus casas.
—¿Lo echaste? —preguntó Pony a Elbryan cuando el guardabosque se acercó al fuego que ella compartía con Avelyn.
—No podía tolerar eso en el campamento —explicó Elbryan.
—¿Cómo pudiste tolerarlo en cualquier caso? —preguntó Avelyn.
—¿Como podía impedirlo? —fue la rápida respuesta del guardabosque.
—Buena observación —concedió el monje—. ¡Vaya, vaya!
Elbryan miró a Pony y ambos se encogieron de hombros, al pensar en el brutal Bradwarden y en la cena que planeaba. Elbryan había interrogado al powri capturado sin conseguir ninguna información valiosa, y después el centauro había reclamado al enano como presa suya... para cenárselo.
Al menos, había prometido a Elbryan que mataría a la perversa criatura rápidamente.
El guardabosque tuvo que contentarse con eso; él y los refugiados no estaban en condiciones de hacerse cargo de un prisionero, en especial de uno tan fiero y tan estúpidamente osado como aquel powri.
—Lo hicimos bien —observó Avelyn, mientras ofrecía un tazón a Elbryan y señalaba hacia un caldero no lejos de allí.
El guardabosque levantó la mano, pues tenía poco apetito aquella noche.
Avelyn se encogió de hombros y siguió comiendo.
—Lo hiciste bien —indicó Elbryan al hombre—. Tu bola de fuego despejó el camino a Sinfonía, e incluso la ayuda de los caballos no habría sido posible sin la magia de la turquesa. Y las descargas de tus rayos salvaron muchas vidas, incluida la mía.
—Y la mía —añadió Pony, frotando la espalda del monje gordo.
Avelyn miró a la chica, luego a Elbryan; su expresión era de auténtica satisfacción. Incluso olvidó su comida por un momento, se recostó y consideró los acontecimientos y el papel que él y las piedras donadas por Dios habían desempeñado.
—Durante años me he preguntado si hice bien cuando tomé las piedras —les explicó Avelyn instantes después—. Siempre me han asaltado dudas y temores acerca de si mis acciones estaban de acuerdo con los designios de Dios o si sólo lo estaban con mis personales y equivocadas interpretaciones de aquellos designios.
—Hoy ha quedado claro que tenías razón —afirmó Elbryan con serenidad.
Avelyn asintió con la conciencia verdaderamente tranquila. Poco después, captó la mirada que intercambiaron Elbryan y Pony, y educadamente se excusó. Había muchos heridos en el campamento aquella noche y algunos de ellos necesitaban aún la ayuda de Avelyn y de su hematites.
—No pude salvar a Prado de Mala Hierba —dijo Elbryan a la mujer cuando se hubieron quedado solos.
Pony miró en torno, dirigiendo la mirada de Elbryan hacia los hombres y mujeres, hacia los niños; por supuesto, todos habrían perecido aquel día de no haber sido rescatados por el guardabosque y sus amigos.
—Estoy contento —admitió Elbryan—. La ciudad no ha podido salvarse, pero qué distinto es esto de lo que ocurrió el día de nuestra tragedia.
—No teníamos un guardabosque que velara por nosotros —replicó Pony con una leve sonrisa.
No obstante, aquella sonrisa no duró mucho, perdida en la mezcla agridulce de la tragedia presente y la tragedia pasada. Los dos se acercaron uno al otro y se abrazaron estrechamente junto al fuego sin pronunciar palabra, cada uno perdido en los recuerdos de sus propios muertos, pero con la satisfacción de que aquel día había sido diferente gracias a ellos.
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18
El jefe Pájaro de la Noche
—No están quemando el pueblo —comentó Elbryan mientras Pony, Bradwarden, Avelyn y él miraban hacia la aldea.
—¿Por qué habrían de hacerlo? —preguntó Bradwarden—. El pueblo estaba vacío antes de que llegaran ellos.
—Es cierto —repuso Elbryan, pues no había sido difícil convencer a los habitantes de Dundalis con el testimonio de los sesenta y tres sobrevivientes de Prado de Mala Hierba y los veinte de Fin del Mundo, que les contaron el desastre sufrido. Todo el pueblo de Dundalis había seguido a Elbryan al bosque y se habían refugiado en el campamento que el guardabosque y sus amigos habían levantado escondido en la espesura y alejado de los senderos.
—Pero tampoco incendiaron Prado de Mala Hierba —observó Pony—, ni tampoco Fin del Mundo.
Elbryan miró con ceñuda expresión a Bradwarden.
—Pueblos para abastecimiento —dijo el centauro con su tono grave.
—Eso significa que continuarán hacia el sur —comentó Avelyn recalcando las palabras—. ¿Hasta dónde?
—Hay pocos pueblos más al sur de aquí —dijo Bradwarden—. Ninguno siguiendo la dirección hasta el gran río.
—Palmaris —murmuró Avelyn con desesperanza.
Permanecieron un buen rato en silencio mientras la gravedad de la situación iba calando profundamente en los cuatro amigos.
—Podemos hacer muy poco para detener un ejército tan grande —declaró Elbryan—. Pero nuestro deber es triple: hacer todo el daño que nos sea posible a los monstruos, enviar mensajes para que no sorprendan desprevenidas a las aldeas e incluso a la gran ciudad y velar por los que se han puesto bajo nuestra protección.
—Unas ciento sesenta personas —dijo Bradwarden—. Y no he acabado de contarlas. Y, lo que es peor, sólo la tercera parte son capaces de luchar contra un simple trasgo.
—Entonces, debemos ponernos manos a la obra —declaró Elbryan—: poner a salvo a los que no pueden luchar y utilizar a los que pueden para plantear la batalla de la forma más ventajosa.
—Una ingente tarea, guardabosque —comentó Bradwarden.
Elbryan lo miró largo y tendido.
—Estoy contigo —refunfuñó el centauro poco después—, aunque no para hincarle el diente a un powri, te lo aseguro. ¡Qué sabandijas más estropajosas!
—¡Vaya, vaya! —aulló Avelyn.
Al día siguiente se pusieron manos a la obra y dividieron a los refugiados en dos grupos: los que se quedarían y lucharían junto a Elbryan, y los que serían enviados a lugares más seguros, cuevas que Bradwarden conocía a cierta distancia hacia el este de Dundalis o incluso en las tierras meridionales, mucho mejor controladas por los humanos, si es que se podía encontrar alguna ruta practicable. Cuando hubieron acabado el primer recuento, Elbryan advirtió que había que recolocar a más de ciento cuarenta personas y, por tanto, le quedaban poco más de veinte guerreros robustos. Y además eran chusma; el mejor, sin contar a Pony, Bradwarden y Avelyn, era seguramente Paulson, que no era muy de fiar, o Tol Yuganick, siempre irritable y desagradable.
Pony le comentó a Elbryan crudamente la situación cuando se sentaron junto al fuego por la noche.
—Deberías enviarlo al sur con los refugiados —dijo la joven señalando al malhumorado Tol, que rondaba por el campamento intimidando a cuantos se cruzaban en su camino.
—Es fuerte y hábil con la lanza —contestó Elbryan.
—Y te llevará constantemente la contraria —dijo Pony—. Tol querrá mandar y su furia constante lo arrastrará a él y a cuantos lo sigan a una posición de la que no habrá escapatoria.
Elbryan no podía disentir. Al menos por lo que se refería a Paulson, el guardabosque tenía la impresión de que estaba deseoso de obedecer órdenes; al fin y al cabo Paulson y sus dos amigos habían dispuesto trampas en las laderas del este de Prado de Mala Hierba exactamente donde Elbryan les había indicado.
—Envíalo con los que no sirven para luchar —repitió Pony con más insistencia—. Que Belster O'Comely se las arregle con ese bruto; de otro modo me temo que tú y Tol cruzaréis las espadas, y deberías evitar tener que matar a uno de los tuyos delante de todos los demás.
Elbryan pensó que tal vez Pony estaba exagerando, pero tenía que admitir que él y Tol habían estado a punto de pegarse varias veces en los meses anteriores... y en situaciones no tan tensas como la que ahora les esperaba.
—¿Cuándo vas a enviarlos hacia el sur? —preguntó Pony con prudencia para darle a Elbryan un respiro antes de que se viera obligado a tomar aquella decisión tan difícil.
—Tanto Paulson como Cric y Ardilla están patrullando la zona en dirección oeste —repuso el guardabosque—, para confirmar la ocupación de Prado de Mala Hierba y de Fin del Mundo; luego irán hacia el sur para ver qué caminos quedan libres. Cuando regresen dentro de pocos días, decidiremos qué hay que hacer con los refugiados.
Pony asintió, considerando el plan.
—Si regresan pronto, es que no habrán ido muy hacia el sur, ni a los siguientes pueblos en esa dirección, Caer Tinella y Tierras Meridionales, y ciertamente tampoco a Palmaris —razonó la muchacha—; debes enviar un emisario enseguida si queremos que las tierras del sur reciban el aviso a tiempo.
Elbryan suspiró profundamente; estaba de acuerdo por completo con la observación. Sabía lo que tenía que hacer, la elección correcta: una persona experta y con tacto, buen luchador y buen jinete; pero era una decisión que el guardabosque no deseaba tomar.
Pony lo hizo por él.
—¿Querrá llevarme Sinfonía? —preguntó la chica, atrayendo la mirada del guardabosque.
Elbryan reflexionó y miró largo y tendido a la mujer, a su amor. Hacía muy poco que estaban juntos; ¿cómo podría soportar separarse de ella otra vez? A pesar de su confusión, Elbryan se sorprendió asintiendo. Por supuesto, Sinfonía llevaría a Pony; el imponente semental ya había demostrado su valía a Elbryan.
—Bueno, pues me iré antes del amanecer —dijo Pony con firmeza.
Elbryan suspiró de nuevo y Pony tomó la cara del hombre en sus manos, la atrajo hacia ella y lo besó con ternura.
—Haré todo el camino a Palmaris sin parar, si es preciso —prometió la chica—, y luego volveré a tu lado. Sinfonía me llevará allí y me traerá de vuelta. No me pillará ni un trasgo, ni un powri, ni un gigante.
Elbryan, que había sentido las ráfagas de aire en las galopadas de Sinfonía, estaba seguro de ello.
—Y debes volver conmigo —susurró el guardabosque—, para luchar a mi lado y para tumbarte a mi lado en la quietud de la noche, cuando todos los problemas del día deben dejarse aparte.
Pony lo besó de nuevo, esta vez larga y apasionadamente. A su alrededor, el campamento estaba tranquilo, a excepción de los gruñidos del feo Tol de vez en cuando; poco después, la pareja se escabulló por el bosque en busca de algún lugar resguardado.
Fiel a su palabra, Pony estaba cabalgando hacia el sur cuando el sol asomaba por el horizonte oriental. No se fue sin antes haber sostenido dos conversaciones, una muy íntima con Elbryan y otra, inesperada, con el hermano Avelyn, que la estaba aguardando cuando ella salía del campamento.
—Sinfonía no está lejos —explicó el monje—; lo he visto en el risco hace unos pocos minutos, esperándote, supongo.
Pony esbozó una sonrisa; su asombro por las continuas demostraciones de inteligencia del animal —que parecía ser mucho más que un caballo normal— se apreció claramente en la expresión de la chica.
—Del mismo modo que te esperaba yo —añadió Avelyn, malhumorado.
—Sinfonía no puede llevarnos a los dos —puntualizó Pony secamente.
—¿Qué? —exclamó Avelyn—. ¡Ja, Ja, vaya gracia!
La risa del hombre desapareció casi inmediatamente, y la repentina severidad de su rostro indicó a Pony que estaba preocupado por la seguridad de ella.
—Volveré —prometió la mujer.
Avelyn asintió.
—Y lo antes posible —señaló el hombre, tendiéndole un aro de plata—, con esto.
Pony tomó el aro con perplejidad; en cuanto vio la gema incrustada en la parte frontal de la plata supo que se trataba de mucho más que de un puro adorno. La piedra, de color verde amarillento con una raya negra en la parte central inferior, era distinta de cuantas había visto antes.
—Ojo de gato —explicó Avelyn; tomó el aro de nuevo y lo puso en la frente de la mujer.
—Con esto verás con toda claridad por oscura que sea la noche —explicó el monje.
Desde luego, la incipiente luz de un amanecer que, de hecho, todavía no había empezado, de repente le pareció más brillante a Pony. Mejor dicho, no exactamente más brillante, sino que esa luz le permitía distinguir los objetos con mucha mayor nitidez. Pony miró a Avelyn, súbitamente agradecida por las enseñanzas sobre las piedras mágicas que le había proporcionado y, de alguna manera, sorprendida por la sencillez con que podía invocar la magia del ojo de gato.
—¿Cómo es posible que la piedra me haga caso con tanta facilidad? —preguntó la chica—. ¿Podría ya provocar bolas de fuego y descargas de rayos como tú hiciste en la batalla de Prado de Mala Hierba? —La expresión de Pony era cada vez más maliciosa—. ¿El poder, entonces, pertenece por completo a las piedras? —inquirió—. Y, si así es, ¿a qué tanto bendecir a Avelyn?
—¡Vaya, pero qué desfachatez! —rugió el monje bonachón—. ¡Vaya, vaya! Por supuesto, algunos dicen «bendito sea Avelyn», pero yo digo «maldito sea» con una amiga que me anima tanto como tú!
—¡Vaya, pero qué desfachatez! —repitió Pony imitando la voz de Avelyn, y los dos amigos compartieron una carcajada que ambos necesitaban mucho.
—El poder viene tanto de la piedra como de quien la utiliza —explicó Avelyn adoptando un aire serio; era una lección que le había contado muchas veces durante sus semanas en la carretera—. Algunas piedras, no obstante, como la turquesa que entregué a Elbryan y que él a su vez aplicó a Sinfonía, pueden alterarse para realizar su magia continuamente sea quien sea el que las tenga. Las piedras se convierten en objetos mágicos, por así decirlo, utilizables por el profano. He visto algunos encantamientos menores, y tú también, supongo, entre los granjeros o los videntes de poca monta de estas tierras.
—Y tú preparaste ésta —razonó Pony, mientras tocaba el ojo de gato.
—Para ti —replicó Avelyn—, o para mí mismo, o quizá para Elbryan ¡Vaya, vaya! Para quien la necesite más, digo yo, y ahora eres tú. Tómala y utilízala para guiar a Sinfonía a través de la noche mientras nuestros enemigos estén desprevenidos.
Un bufido que llegó de la ladera captó su atención y, al girarse, vieron al magnífico semental erguido en lo alto del cercano risco, impaciente por correr, como si hubiera estado escuchando a escondidas la conversación.
—Dudo que Sinfonía necesite mucha guía —comentó Pony—, ni de día ni de noche.
—Utilízala entonces para mantener tu cabeza fuera del alcance de las ramas bajas —bromeó Avelyn, dirigiéndole una breve y cariñosa sonrisa.
Breve, porque había llegado el momento de la partida.
Cuando la mujer se disponía a emprender la marcha, Avelyn la detuvo y le tendió la mano. Ella hizo lo propio, y él le dio otra piedra, una pieza de grafito, la piedra utilizada para crear el rayo.
—Quizás estés preparada —dijo Avelyn con seriedad.
Pony cogió el grafito, inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y se fue.
El día era claro y estimulante pero terriblemente frío; el viento del norte soplaba con regularidad, y Elbryan llegó a preguntarse si el invierno se retiraría alguna vez.
A media mañana, el guardabosque reunió a los hombres y las pocas mujeres que iban a quedarse con él y a constituir su grupo de lucha.
—No podemos derrotar al enemigo que ha llegado a nuestros hogares —les dijo con franqueza—; son demasiados.
Se oyeron unas pocas quejas e incluso un sarcástico «genial» que pronunció Tol Yuganick.
—Pero podemos causarles daño —prosiguió Elbryan—. Y quizá nuestros esfuerzos aquí harán que la guerra...
—¿Guerra? —preguntó Tol.
—¿Todavía sigues creyendo que sólo se trata de un simple ataque? —lo reprendió Elbryan—. Diez mil trasgos han pasado por Prado de Mala Hierba desde su caída; han pasado... y han continuado hacia el sur.
Tol soltó un bufido e hizo con la mano un ademán de rechazo.
—Nuestros esfuerzos aquí harán la guerra más fácil para los del sur —dijo Elbryan elevando la voz para acallar las crecientes disidencias—, servirá para ayudar a Caer Tinella y a Tierras Meridionales, e incluso a Palmaris, adonde creo que se dirige ese ejército.
—¡Bah! —dijo Tol con un bufido—. ¡Os digo que todo esto es una estupidez! La chusma de trasgos ha tomado Dundalis, así que debemos ir a Dundalis para expulsarlos.
—Para morir —lo corrigió Elbryan antes de que el hombrachón continuara—. Sólo para morir —repitió, y caminó hasta ponerse frente a Tol, pues la tensión aumentaba por momentos. Eran aproximadamente de la misma altura, pero Tol, con su torso como un tonel y su ancho vientre, era más corpulento.
El hombre hinchó el pecho y luego clavó la mirada en el guardabosque.
—No detendré a nadie que quiera seguir a Tol Yuganick hacia Dundalis —dijo el guardabosque después de unos largos instantes llenos de tensión—, o hacia Prado de Mala Hierba o hacia Fin del Mundo o dondequiera que elijáis como lugar para vuestra tumba. Estos bosques disponen de muchos sitios donde acampar, así que no podréis traicionarme cuando los trasgos os arranquen las uñas o bien os derrumben y machaquen vuestras partes íntimas con martillos.
Incluso Tol palideció un poco ante aquella posibilidad.
—No, no me traicionaréis, ni a mí ni a mi causa; pero no lloraré por vuestro dolor, ni arriesgaré la vida de los que prudentemente escojan venir conmigo, para tratar de rescatar a los que libremente hayan optado por una muerte semejante.
Era bastante para un solo día, pensó Elbryan, para el primer día que disponía a sus soldados en formación. Así que el guardabosque se alejó lentamente de Tol; luego salió del campo y se adentró en el bosque, hacia el extremo donde lo aguardaba un divertido Bradwarden.
—¡Oh, vaya toque de gracia lo del martillo! —dijo a modo de saludo el centauro.
Elbryan le dedicó una irónica sonrisa, que pronto se borró de sus labios. Estaba demasiado preocupado por la opinión de Pony acerca de lo conflictivo que era Tol y por el hecho de que la joven ya estaba probablemente a muchos kilómetros de distancia.
—Tenemos..., tienes un largo camino que recorrer para ponerlos en vereda —observó el centauro.
Elbryan era muy consciente de esa lamentable realidad.
—Pero me inspiraste poca confianza cuando no mataste a aquellos tres tipejos —admitió Bradwarden.
—Dijiste que debería haberlos matado —recordó el guardabosque, lo cual arrancó un embarazoso bufido del centauro.
—¡Lo dije! ¡Lo dije! —replicó Bradwarden—. ¡Y los tres han demostrado sobradamente ser merecedores de tu indulgencia!
—Son buenos aliados —añadió Elbryan.
—Lo tendrás más difícil con ése —observó Bradwarden señalando con su barbuda mandíbula hacia Tol Yuganick, que todavía estaba en el pequeño prado, con cara de pocos amigos—. No te respetará nunca, guardabosque. Quizá deberías llevártelo al bosque y pegarle una buena paliza.
Elbryan se limitó a sonreír, pero la sugerencia de Bradwarden no le pareció tan mala idea.
Aquella noche el estado de ánimo del campamento mejoró considerablemente con la llegada de una docena de rezagados, refugiados de Fin del Mundo, casi todos menores de quince años; entraron en el campo aturdidos y muertos de hambre. Algunos tenían heridas de poca importancia, pero por otra parte estaban físicamente sanos. Relataron al grupo las intensas horas vividas y luego sus dos jefes, una pareja de mediana edad, repitieron el relato con mayor detalle ante Elbryan y Avelyn.
Habían escapado del pueblo con los demás cuando la horda de trasgos lo asaltaron, y se habían internado en el bosque. Pero no habían conseguido encontrar una salida despejada y se vieron forzados a separarse del grupo principal. Después, durante la noche, habían sido acorralados en un barranco rocoso por los powris y un par de gigantes. Pero ocurrió algo inaudito.
—El aire se llenó de vida, como el zumbido de un millón de abejas —les explicó la mujer.
Cuando la confusión terminó, todos los potenciales asesinos yacían muertos, víctimas de múltiples y diminutas heridas puntiagudas.
Aquello resultó demasiado familiar a Elbryan Wyndon.
—Luego nos guiaron —añadió el hombre—, de noche a través de los bosques; acampábamos durante el día.
—¿Quién os guiaba? —preguntó impaciente el guardabosque—. ¿Quién os condujo hasta este lugar?
El hombre se encogió de hombros y señaló a un chico, que dormía cerca del fuego, un niño de no más de seis años.
—Shawno dijo que habló con ellos —explicó el hombre—. Los llamaba «alfareros».
—¿Alfareros? —repitió Avelyn, confundido.
—«Alfareros» no —explicó Elbryan—: Touel'alfar. —El guardabosque miró fijamente al chico. A la mañana siguiente hablaría con él, una vez que el niño hubiera descansado y comido.
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19
Tempestad

¿Tío Mather? Elbryan esperó un buen rato en la cueva débilmente iluminada; afuera el día era gris y parecía que iba a volver a nevar. Físicamente no estaba incómodo, pues aquel lugar que seguía utilizando como Oráculo, un agujero debajo de un pino, sorprendía por su escasa humedad; y, como estaba resguardado del azote del viento del norte, el aire tampoco era muy frío.
El guardabosque estaba inquieto y deseaba conversar con el espíritu aquella tarde para contarle al tío Mather las responsabilidades que había contraído, el brusco cambio que había experimentado su vida y la de todas las gentes de las fronteras de las Tierras Agrestes. Se dio cuenta de que Pony había sido su caja de resonancia, su confidente, y que, desde que ella había vuelto con él, no había visitado el Oráculo con tanta frecuencia.
Pero ahora Pony se había ido montada en Sinfonía.
El guardabosque rogó al tío Mather que aquella vez le contestase abiertamente, que le brindase alguna respuesta concluyente, como Pony había hecho, aunque nunca, en ocasiones precedentes, había sido ése su modo de actuar. Aquella vez, temía Elbryan, las respuestas y la energía no estaban en su corazón a la espera de que él las descubriera.
Lo invocó de nuevo, con suavidad; después otra vez al cabo de media hora, cuando la oscuridad creciente de la cueva apenas permitía a los penetrantes ojos del hombre distinguir los bordes del espejo, y mucho menos la imagen de un espíritu en el cristal.
Elbryan cerró los ojos y repasó en su mente lo ocurrido. El niño de Fin del Mundo, Shawno, no había servido de gran ayuda, pero Elbryan estaba seguro de que, por supuesto, eran los Touel'alfar quienes habían salvado al grupo de fugitivos de las hordas monstruosas.
Pero, en este caso, ¿dónde estaban los elfos? A buen seguro, si Belli'mar Juraviel estuviera en aquella región, se habría puesto en contacto con Elbryan. A buen seguro también, Tuntun lo habría visitado, si no por otra razón, para decirle lo mal que lo había hecho en la defensa de las tres ciudades...
El guardabosque se asustó cuando abrió los ojos y vio el reflejo de una lucecita, una vela, ardiendo quietamente en las profundidades del espejo; su brillo intenso quedaba atenuado por una neblina blanquecina cuyo origen Elbryan era incapaz de adivinar.
No, no era un reflejo, advirtió de repente el guardabosque, sino una luz dentro del cristal.
Poco después, Elbryan contuvo el aliento porque allí, en el rincón del espejo, estaba la silenciosa aparición —lo sabía en lo más profundo de su corazón— del hermano de su padre.
—Tío Mather —dijo en voz baja—, estoy contento de que hayas atendido a mi llamada en este día aciago.
La imagen permanecía en silencio, imperturbable.
«¿Por dónde empezar?», se preguntó Elbryan.
—Los tres pueblos han caído —dijo de pronto—, pero muchos de sus pobladores han escapado, incluyendo casi todos los de Prado de Mala Hierba y todos los de Dundalis.
La imagen no se movió, pero Elbryan sintió que el espíritu estaba complacido... con Elbryan, aunque no lo estuviera con la situación.
—Por eso nos escondemos —siguió el guardabosque—, y es difícil, pues el invierno continúa. Ahora debo poner a salvo en el sur a los que no pueden luchar; lo sé, y ya estoy buscando cómo solucionarlo. Y las tierras del sur serán alertadas por Pony, mi amada recuperada, que cabalga veloz hacia allí a lomos de Sinfonía. Pero por lo que respecta a los demás, tío Mather, a los que se quedarán aquí para combatir, no sé por dónde empezar.
El guardabosque hizo una pausa y aguardó con la esperanza de obtener una respuesta.
—Me gustaría utilizarlos contra los invasores —dijo al fin Elbryan al ver que no obtenía respuesta alguna—. Puedo convertirlos en algo diabólico, en una banda rápida y secreta que ataque de noche al enemigo y huya antes de que los powris y los trasgos consigan desquitarse.
De nuevo el guardabosque tuvo la sensación de que el espectro estaba complacido.
—Será mucho más efectivo si mis sospechas se confirman —siguió Elbryan—, si los Touel'alfar están en esta región dispuestos a apoyar nuestra causa con sus arcos de silverel. ¿Lo sabes? ¿Están en algún lugar cercano...?
La voz de Elbryan se fue debilitando mientras la imagen del espejo se movía como si la lente que era el espejo retrocediera desde aquella única vela protegida y se ensanchara para incluir otras muchas que parecían ardientes cabañitas de nieve levantadas en un prado familiar.
—¿Tío Mather? —preguntó Elbryan, pero la imagen del espectro ya no estaba, sólo el campo de velas que parpadeaban bajo la pálida blancura y se iban extinguiendo poco a poco, hasta que el espejo y la pequeña cueva quedaron completamente a oscuras.
Elbryan se quedó sentado un buen rato, pensando en la tarea que le aguardaba. La luna se había puesto cuando salió a rastras del agujero, y allí, esperándolo, jugueteando con algunas piedras, estaba el hermano Avelyn. El monje había colocado una antorcha en una rama baja de un árbol cercano, y su luz anaranjada proyectaba sombras retorcidas en el suelo.
—Una noche fría —comentó secamente el monje—. Un amigo de verdad habría salido mucho antes.
—No sabía que estabas esperándome —repuso Elbryan; luego reflexionó y miró con expresión dura al hombre—. Ni tan sólo sabía que conocieras este lugar.
—Me lo mostraron las piedras —replicó el monje tendiéndole una de ellas, un cuarzo del tamaño de una moneda.
—Entonces, has venido a buscarme.
—Tenemos mucho que hacer, amigo mío —dijo Avelyn.
Elbryan no lo contradijo.
—Esto no es una incursión, ni siquiera una simple invasión —añadió el monje.
—¿Una simple invasión? —repitió Elbryan porque sin duda las palabras sonaban de forma curiosa al pronunciarlas juntas—. ¿Puede una invasión ser simple?
—Si se lleva a cabo sin un propósito mayor —replicó el monje—. Los powris han llegado a menudo a la costa de Honce el Oso, asaltando y atacando tierra adentro hasta que su sed de sangre y pillaje ha quedado saciada. Entonces han interrumpido su constante lucha, se han marchado y el país ha podido recuperarse. Creo que así ha sucedido desde hace muchísimo tiempo.
—Pero esta vez es diferente —dedujo el guardabosque.
—Eso me temo —confirmó Avelyn.
—Sería de esperar que esas monstruosas criaturas tan odiosas y tan diferentes unas de otras acabaran peleándose entre sí —dijo Elbryan.
—Así debería ser —murmuró Avelyn—. Así sería si no fuera por una mano de supremo poder que las guía.
Elbryan se apoyó contra el enorme tronco, pues no tenía nada que añadir a aquella opinión. Recordó lo que rumoreaban los elfos poco antes de su partida, los comentarios en voz baja acerca de que en el norte un demonio Dáctilo se había despertado.
—¿Y si estás en lo cierto? —preguntó al fin.
El rostro de Avelyn se ensombreció.
—Entonces ya sé cuál es mi destino —comentó el monje—. Entonces ya comprendo qué ser profético y divino guió mi mano cuando me llené los bolsillos con las piedras de Saint Mere Abelle. Incluso la elección de las piedras que debía coger no la hice yo, sino algo allá arriba...
—Envidio tu fe —lo interrumpió el guardabosque—. En cambio yo creo que nosotros elegimos nuestro destino, cometemos nuestros errores, forjamos nuestra libertad.
Avelyn meditó unos instantes y luego asintió.
—Es una forma diferente de ver lo mismo —decidió—. Mi elección aquel día se basó en todo lo que había aprendido antes en la vida; fue la culminación de un camino que había empezado mucho antes de entrar en la orden abellicana. Siento que estoy a bien con mi Dios, guardabosque, y, si mis sospechas en cuanto a la naturaleza de la bestia son ciertas, ya sé el camino que me espera. Esto es todo. Pensé que debías saberlo.
—Porque te vas.
—Todavía no —se apresuró a responder Avelyn—, y has de saber que estoy contigo, a tus órdenes. Pondré a tu servicio las piedras y toda mi inteligencia y todo mi cuerpo, cualquiera que sea la estrategia que elijas. Por ahora.
Elbryan asintió, contento de poder continuar contando con la valiosa ayuda del monje como hasta entonces. El guardabosque no subestimaba a Avelyn en absoluto; sin aquel hombre y su magia, muchos más habrían caído en Prado de Mala Hierba. Y, según Elbryan, la bravura de Avelyn en todo lo que había hecho —al tomar las piedras y escapar de Saint Mere Abelle, al enfrentarse al hermano Justicia y al ayudar en la lucha contra los monstruos— estaba fuera de toda duda.
—¿Crees en visiones? —preguntó el guardabosque repentinamente—. ¿En profecías?
Avelyn lo miró con fijeza.
—¿Acaso no te he dicho lo suficiente? —inquirió a su vez.
—¿Y cómo puede saberse si se trata de una visión auténtica o de un producto de la imaginación? —preguntó el guardabosque.
—¡Vaya, vaya! —soltó Avelyn—. ¡Has visto algo esta noche en tu agujero!
Elbryan sonrió.
—¿Pero cómo puedo conocer su origen y sus consecuencias?
Las carcajadas de Avelyn fueron sonoras.
—Te abruma el peso de la responsabilidad —replicó el monje—. Consideras la visión con más cuidado porque ahora mucha gente depende de ti, porque tus decisiones van a afectar a otros muchos. ¡Vaya, vaya! Libérate de esa carga, amigo mío, y luego decide. ¿Cuál habría sido tu camino si hubieras tenido la visión sin las responsabilidades que has cargado sobre tus poderosos hombros?
Elbryan reflexionó un buen rato, analizando a aquel hombre, pensando que Avelyn era tan juicioso como cualquiera de los elfos que lo habían transformado en Pájaro de la Noche.
Entonces supo qué debía hacer. Y, con sólo unas pocas horas de oscuridad por delante y sin Sinfonía para llevarlo a gran velocidad, sabía que tenía que darse prisa.
—Perdón, amigo mío —dijo.
—¿Te llama una visión?
Elbryan asintió.
—¿Necesitas que te acompañe? —preguntó Avelyn.
Elbryan lo miró de nuevo; aquel ofrecimiento lo llenaba de satisfacción. Intuía que, por supuesto, podría necesitar ayuda aquella noche, pero comprendía también que la visión, cualquiera que fuera su significado, era para él solo. Se acercó a Avelyn y le dio unas palmadas en la espalda.
—Quiero que ayudes a Bradwarden a mantener a la gente en el buen camino.
Avelyn no miró por encima del hombro para ver cómo el guardabosque desaparecía en la noche.
La arboleda en forma de rombo estaba misteriosamente quieta; ni la menor ráfaga de viento, ni grito alguno de animal o pájaro nocturno hendía el aire inmóvil. Elbryan habría preferido llegar allí antes de que la luna se ocultara, para poder ver mejor los ondulados campos nevados que rodeaban la oscura arboleda. Examinó el saco, repleto de velas, que había cogido antes de marcharse para dirigirse a aquel lugar, y se preguntó si debía empezar por iluminar la zona.
No importaba, decidió el guardabosque con audacia, y se puso a trabajar. Recorrió lenta y cuidadosamente el campo y fue levantando montoncitos de nieve del tamaño de sus dos manos puestas en forma de copa. Luego, con mucho cuidado, los ahuecó y colocó una vela en cada uno de ellos. Cuando hubo acabado esa tarea, cuando ya sólo le quedaba una vela, hizo fuego con pedernal y eslabón y la encendió; a continuación recorrió con paso uniforme el campo para encender todas las velas, de modo que la zona quedó iluminada suavemente gracias a cuarenta puntos de luz que brillaban tenuemente en la oscuridad.
Elbryan no sabía cuánto tiempo durarían las velas encendidas, cuánto tiempo tardaría su calor en fundir la nieve del correspondiente montoncito, haciéndolo gotear hasta apagar la llama. Permaneció allí largo rato mientras las velas ardían; un rato que le pareció demasiado largo, por lo que empezó a sospechar que ocurría algo especial, que algún poder hacía que las velas se mantuvieran encendidas.
Oyó que alguien pronunciaba su nombre suavemente; se dio la vuelta hacia la oscura hilera de pinos majestuosos, e intuyó su origen. Penetró en la arboleda, caminando sobre la capa de nieve, y se dirigió hacia las piedras del resguardado monumento funerario.
Elbryan se dio cuenta de que algo iba terriblemente mal, como si la perfecta armonía de aquel paraje de algún modo hubiera desaparecido. De repente aquel sitio sagrado, aquel sitio que él había creído dispuesto por los mismísimos Touel'alfar, ya no le parecía en absoluto un santuario.
Se apoyó pesadamente sobre Ala de Halcón con los ojos clavados en el monumento y tardó cierto tiempo en advertir que distinguía las piedras desde lejos con demasiada nitidez, que había demasiada luz en aquel lugar.
¡Su origen eran las propias piedras, que brillaban con un resplandor verdoso!
Elbryan apenas pudo contener el aliento cuando observó que una de las piedras de la parte superior estaba desplazada. Quería darse la vuelta y huir; su instinto de supervivencia le decía que tenía que escapar.
Pero fue incapaz de huir, paralizado por algo que no comprendía, por algo que superaba el poder de su voluntad.
El monumento empezó a desplomarse, misteriosamente, con lentitud y sin violencia, y las piedras rodaron unas encima de otras hasta formar muros a cada lado de la tumba; la luz se intensificó, por lo que Elbryan pudo ver con claridad los restos putrefactos y marchitos, un esqueleto descarnado de lo que en tiempos había sido un hombre.
El precavido guardabosque colocó su palo delante de él, en posición defensiva, listo para afrontar cualquier cosa que pudiera ocurrir, pero casi se desvaneció cuando el cadáver abrió los ojos, mostrando dos puntos de luz roja, y se sentó rígidamente, una postura que por sí sola demostraba que aquella criatura estaba lejos de ser algo natural.
—Vete, demonio —murmuró el guardabosque en vano.
Como si tuviera un cable atado a la espalda, el zombi se puso en pie sin usar las manos ni doblar las piernas.
Elbryan retrocedió un paso, y de nuevo sintió el apremio de huir; su cabeza le decía que el monstruo era un enemigo demasiado grande para él, pero asentó con firmeza a Ala de Halcón y lo utilizó como punto de apoyo, mientras permanecía inmóvil delante del resucitado.
—¿Quién eres? —preguntó Elbryan—. ¿Qué clase de criatura? ¿De qué naturaleza, buena o maligna?
La última pregunta se repitió como un eco en la cabeza de Elbryan, y la encontró ridícula: ¿cómo una fuerza del bien podría torturar el eterno descanso de un cuerpo? Además, el guardabosque no olvidaba que aquél era un lugar bendito, que aquel cuerpo —y el alma que lo habitaba en vida— había sido un amigo de los elfos, como mínimo.
La criatura levantó los brazos hacia adelante, en dirección al hombre, en una postura que tanto podía ser de amenaza como de súplica.
Pero entonces el resucitado se plantó delante de él, impelido por algo que no eran sus piernas; se plantó a menos de un par de palmos y agarró con sus dedos de hueso la garganta del guardabosque.
Elbryan asió el brazo y trató en vano de soltarse del increíblemente fuerte agarro. Trató de gritar en señal de protesta, pero no tenía aliento. ¡Cuánto deseaba que Avelyn estuviese con él! ¡Que el monje apareciera e hiciera estallar a la maligna criatura con sus piedras mágicas!
Pero no, recordó el hombre. La visión era para él solo; aquello era para él solo. Se sacudió el pánico de encima, puso a Ala de Halcón entre los brazos del zombi y, agarrando el palo por los dos extremos, lo giró utilizándolo como palanca para liberarse del agarro.
Por un momento, en vez de lograrlo, creyó que el giro iba a romperle el cuello; pero al fin consiguió liberarse, retrocedió un paso de un salto y con el palo golpeó con fuerza la parte lateral de la cabeza de la criatura.
Comprobó que el golpe había tenido el mismo efecto que un simple soplido, pues el monstruo no se arredró lo más mínimo sino que se le echó encima dispuesto a agarrarlo otra vez por la garganta.
Elbryan se agachó precipitadamente hacia un lado para poner alguna distancia entre él y la criatura, pensando que eso le permitiría tensar el arco y disparar algunas flechas punzantes.
Pero, cuando se incorporó, el zombi estaba ante él por arte de magia. El guardabosque levantó el arco y el brazo para defenderse, pero el monstruo pegó un barrido de revés muy violento que envió a Elbryan de espaldas hacia el otro lado.
Se levantó a toda prisa y se agachó para evitar otro golpe —en efecto, de nuevo el zombi había conseguido golpearlo— y avanzó como pudo a través de las gruesas ramas de pino, cambiando de dirección constantemente para evitar un recorrido predecible.
Por dos veces al doblar un recodo, se encontró frente al monstruo que lo esperaba. La primera vez se agachó para esquivar el ataque, pero se apresuró a incorporarse con agilidad para salir corriendo. La segunda vez el guardabosque se vio agarrado físicamente por el hombro pero, de alguna manera, se retorció y consiguió liberarse antes de que el monstruo lo aplastara con su abrazo.
Elbryan no tardó en llegar al límite de la arboleda, ante el campo de velas.
El monstruo estaba al otro lado del camino, a la izquierda.
Elbryan se quedó de piedra ante la visión familiar, ante la imagen exacta que había visto la última vez en el espejo, excepto por el hecho de que en aquel momento el zombi estaba en el lugar donde antes había aparecido el espectro de su tío Mather. Todo estaba completamente tranquilo, completamente sereno.
—¿Tío Mather? —preguntó a la criatura.
La criatura se plantó ante él de súbito; lo golpeó con aquellos brazos rígidos como rocas y lo envió dando tumbos hasta los pinos.
Elbryan sintió que le manaba sangre de una oreja y tuvo que sacudir la cabeza para librarse del aturdimiento. ¡Aquella criatura, fuera lo que fuera, golpeaba con la fuerza de un gigante!
Dobló un recodo de un triángulo de tupidos pinos, suponiendo con razón que el zombi estaría allí. Alzó a Ala de Halcón y trazó un rápido círculo defensivo; con agilidad desvió y esquivó los rápidos y engañosos golpes del monstruo de miembros rígidos y luego contraatacó con uno, dos, tres diestros pinchazos y un inopinado porrazo a un lado de la cabeza del monstruo, seguido de un cuarto pinchazo entre los ojos.
Pero los rotundos golpetazos no parecieron afectar en modo alguno a la criatura.
El monstruo le dio un golpe cruzado con el brazo y Elbryan se dejó caer para esquivarlo, pero fue alcanzado aunque no con demasiada fuerza mientras caía. Fue dando vueltas entre las ramas y se puso en pie de nuevo con un rapidísimo movimiento, preguntándose qué podría hacer contra semejante monstruo y temiendo que fuera el mismísimo Dáctilo quien se le había aparecido y lo había atraído hasta aquel lugar para poder acabar con él de una vez por todas.
Se abrió paso a través de una maraña de ramas y se encontró frente al monstruo. Sin denotar la menor sorpresa, le descargó el palo en plena cara.
El monstruo no parpadeó; lo golpeó de lleno en un hombro con el brazo aprovechando el impulso del guardabosque y lo lanzó hacia un lado.
—Tengo que conseguir una espada —se lamentó de nuevo Elbryan, contento de que las ramas le hubieran amortiguado la caída. Al punto se puso en pie y echó a correr con la esperanza de poner alguna distancia entre él y la criatura para poder idear alguna estrategia. Se preguntó si no debería abandonar aquel lugar e internarse en el bosque, que le resultaba más familiar.
Elbryan desechó tal pensamiento; por muy fútiles que parecieran sus esfuerzos, había colaborado en traer aquella criatura al mundo y debía conseguir su destrucción.
Así que corrió por los serpenteantes senderos de la arboleda cambiando constantemente de dirección para que sus movimientos fueran imprevisibles y el monstruo no pudiera aparecer delante de él. A cada vuelta que daba en torno al corazón de la arboleda se iba acercando más al semiderruido monumento.
Salvó la última hilera de árboles y llegó al lugar iluminado de verde. ¡La tumba abierta apareció ante él, y el zombi surgió justo a su espalda! La criatura lo golpeó con fuerza entre los omóplatos y lo lanzó hacia adelante dando vueltas hasta que se estrelló contra las piedras del monumento.
Aturdido y sangrando, Elbryan se apoyó en los codos y se asomó por encima mismo del borde del monumento; sabía que debía levantarse y echar a correr, sabía que el monstruo se le acercaba por detrás.
Pero siguió inmóvil, mirando con ojos desorbitados la fosa. Allí, colocada como si del corazón de la tumba se tratase, yacía una espada; y no una espada corriente, sino una obra de arte, un hermoso y resplandeciente tesoro. Si la punta de la espada hubiera estado clavada en el suelo, el final de su empuñadura esférica no habría llegado a la cintura de Elbryan, y la anchura de la hoja no era mayor que la distancia entre el nudillo y la primera falange del dedo meñique de Elbryan, pero el arma tenía una solidez y una fuerza inequívocas, un aura de poder.
El guardabosque estiró el brazo todo lo posible, pero no pudo alcanzar la espada.
Oyó al monstruo justo detrás de él.
Entonces, de alguna manera, su mano empuñó la espada; Elbryan se dio la vuelta y propinó un barrido con el arma describiendo un furioso arco. La espada dejó una estela de luz de un blanco deslumbrante que eclipsó el resplandor verde; el zombi retrocedió y soltó un gruñido.
Elbryan se levantó y trató de examinar la hoja sin perder de vista a su peligroso adversario. La espada era increíblemente ligera; una hendidura roja bajaba por el centro de la hoja, una hoja que de repente Elbryan advirtió que estaba forjada con silverel. La parte transversal de la empuñadura, que se curvaba hacia la punta de la hoja, estaba igualmente forjada con el mismo preciado metal de los elfos y rematada con oro; la empuñadura estaba forrada de piel azul, estrechamente sujeta con tiras de silverel. No obstante, lo más maravilloso de todo era la bola que servía para asegurar con firmeza la empuñadura, un elemento compensador de la hoja, que también era de silverel, pero que tenía una hendidura con una gema que Elbryan no había visto jamás: azul y con manchas de color gris y blanco como nubes en un cielo otoñal. El guardabosque sabía que aquella gema tenía poderes mágicos como los de las piedras de Avelyn.
Elbryan dejó caer al suelo a Ala de Halcón —se preguntaba si alguna vez volvería a utilizarlo como palo— y, poniendo la espada delante de él, la balanceó con suavidad, percibiendo su equilibrio.
Se la pasó de mano a mano fácilmente con los movimientos de la danza de la espada; luego la impulsó hacia adelante para mantener a raya al zombi y la balanceó lentamente para atraerlo.
Pero el zombi parecía tenerle más respeto y permanecía retirado, gruñendo, mientras los puntos de luz roja que constituían sus ojos relucían de furia.
—¡Ven! —dijo Elbryan con calma—. Quieres verme muerto; pues, bueno, acércate y actúa.
El zombi retrocedió hasta una maraña de ramas; Elbryan corrió hacia él.
Pero la criatura se había ido, había desaparecido, y el hombre se dio cuenta de que tenía que continuar moviéndose, de que aquella pelea se había convertido en el juego del gato y el ratón, pero, en aquel momento, tanto el zombi como él eran los gatos.
Permaneció casi siempre en los estrechos senderos, utilizando su velocidad para tratar de atisbar al monstruo antes de que éste lo pudiera pillar por la espalda. Decidió volver al campo iluminado por las velas y no se sorprendió cuando, al llegar, vio al monstruo que estaba esperándolo.
El hombre comprendió entonces que aquello era lo que se suponía que tenía que ocurrir, que el desafío en el campo de velas estaba predeterminado. Mientras acechaba al monstruo, éste se le acercó, primero despacio, y, de repente, con una carrera furiosa y agitando salvajemente los brazos.
Elbryan esquivó y golpeó, se apoyó en sus talones, rodó para echarse hacia un lado, y volvió de nuevo al ataque con una feroz carga, blandiendo la magnífica espada. Aquella vez su golpe alcanzó de lleno al zombi, la espada produjo un profundo corte en la carne putrefacta y fue a chocar contra una costilla.
El zombi se le acercó y le dio un golpe de revés que alcanzó con fuerza el hombro de Elbryan. Pero el guardabosque mantuvo su posición con tenacidad y permaneció erguido; lo golpeó de nuevo en las costillas y luego pegó un barrido con la hoja con la intención de alcanzarlo en el cuello.
El zombi levantó el brazo para detener el golpe, pero la gema de la espada fulguró con repentina energía y la hoja golpeó con fuerza, como si hubiera atrapado la descarga de un rayo y luego la hubiera retenido.
La espada cortó limpiamente el brazo que trataba de detenerla, justo por encima del codo, y alcanzó la cara del monstruo.
Cegado, el monstruo retrocedió aullando agónicamente, pero Elbryan se lanzó inmediatamente hacia él y hundió la temible espada en el pecho del monstruo en una rápida estocada; luego la sacó y descargó un tajo en diagonal que cercenó la clavícula y se hundió en lo más profundo del pecho putrefacto.
El zombi cayó pesadamente al suelo y estalló emitiendo un destello de un verde deslumbrante. Elbryan salió despedido hacia atrás, y todo le dio vueltas.
El guardabosque despertó poco después, mientras, por el este, el cielo brillaba con el alba; tenía la cabeza entre los brazos, que apoyaba sobre las piedras superiores del monumento ahora intacto.
—¿Otra vez intacto? —se extrañó, y se le ocurrió que quizá lo había estado siempre.
Trató de levantarse pero comprobó que le dolían todos los huesos; hasta aquel momento no se había percatado del frío que tenía. Reclinó la cabeza de nuevo preguntándose si iba a morir allí, solo y helado, y qué le habría provocado semejante pesadilla.
Entonces lo asaltó una curiosa idea; miró hacia arriba, verdaderamente perplejo, y clavó la mirada en el monumento.
—¿Tío Mather? —llamó sin aliento; estaba seguro de que era verdad, de que se trataba de la tumba de su tío Mather, el anterior guardabosque.
«Pero ¿entonces todo ha sido un sueño? —se preguntó—. ¿El monstruo? ¿La espada?»
Demasiado intrigado para sentir dolor, el guardabosque se puso en pie y, al llegar a lo alto del monumento fúnebre, vio en el suelo de la cabecera del túmulo, una familiar y magnífica espada.
Cuando Elbryan alargó torpemente un brazo para coger el arma, la espada fue hacia él. ¡Llegó flotando hasta su mano!
La sostuvo ante sus asombrados ojos y examinó el trabajo artesanal, el silverel reluciente, el pomo con la bellísima gema, el color azul, las nubes de tormenta.
—Tempestad —susurró, dándose cuenta de pronto del significado de aquella piedra sin igual. Era Tempestad, la espada del tío Mather, una de las seis espadas de guardabosques forjadas por los elfos en un tiempo muy lejano.
—Por supuesto —pronunció una voz melódica desde atrás y por encima del hombre. Elbryan se dio la vuelta y vio a Belli'mar Juraviel sentado tranquilamente en una rama baja, sonriéndole.
—La espada de Mather —dijo Elbryan.
—Ya no —replicó Juraviel—. La espada de Elbryan, ganada en la oscuridad de la noche.
El guardabosque apenas podía respirar.
—Amigo mío —dijo al fin—, me temo que todo el mundo se ha vuelto loco.
Juraviel se limitó a asentir, incapaz de discrepar.
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20
Reputación

La helada garra del invierno se debilitó al fin, transcurridas más de tres semanas del equinoccio de primavera. La nieve todavía caía, pero, a menudo, a media tormenta se convertía en una lluvia fría, y el suelo, que había estado cubierto por el blanco polvo, aparecía brillante de barro gris. El cambio representó para Elbryan y sus gentes ventajas e inconvenientes. Por una parte, su vida resultó ciertamente más cómoda, y por la noche ya no necesitaron apretujarse cerca del fuego hasta chamuscarse las cejas; por otra parte, la retirada del invierno permitió mayor movilidad a los monstruos invasores. Ahora las patrullas de trasgos, powris y gigantes fomorianos se internaban en lo más profundo del bosque, y, aunque en general la gente de Elbryan descubría y exterminaba a esos exploradores, el peligro para el grupo aumentaba día a día.
Pony todavía no había regresado del sur. No obstante, después de tres semanas, Paulson y sus dos compañeros tramperos habían vuelto con una exhaustiva descripción de los movimientos del ejército de monstruos. Tal como se habían temido, los monstruos utilizaban las ciudades ocupadas como campamento base y de suministros, mientras extendían sus tenebrosos tentáculos más hacia el sur, al principio a modo de patrullas de exploradores, pero pronto, en opinión de Paulson, en contingentes mucho más numerosos.
—Atacarán Tierras Meridionales dentro de una semana, a menos que nos llegue otra tormenta —explicó con aire severo Paulson.
—El invierno se ha acabado —observó Avelyn—. No habrá más tormentas de importancia para frenar a nuestros enemigos.
Elbryan estaba de acuerdo; Belli'mar y los otros elfos, que permanecían lejos en las sombras que rodeaban el campamento de los humanos, ocultos a todo el mundo salvo a Elbryan y al centauro, le habían reiterado esa opinión muchas veces.
—Entonces Tierras Meridionales caerá —dijo Paulson.
—Debemos avisarles —declaró Avelyn mirando al guardabosque, que, a su vez, miró a Paulson.
—Ya hemos avisado a algunos granjeros —explicó Paulson— y tu amiga ha ido a llevar las mismas noticias.
Elbryan aguzó las orejas.
—Pero ¿nos harán caso? —quiso saber Avelyn.
—¿Quién podría convencerlos? —replicó Paulson.
Elbryan cerró los ojos y reflexionó. ¡Desde luego, los hombres y mujeres de los pueblos de la frontera al norte de Palmaris podían ser muy tozudos! El guardabosque decidió que era hora de sacar provecho de la tropa de Belli'mar. Los rápidos elfos podían llegar a Tierras Meridionales antes que los monstruos y, si la aparición de los elfos no infundía un poco de sentido común a aquellos cabezotas, que recibieran lo que merecían.
—Me ocuparé de Tierras Meridionales —prometió el guardabosque y pasó a tratar otros temas—. ¿Qué tal va nuestra propia gente?
—Hay unos cien con pocas ganas de vivir —dijo Bradwarden—. Es gente bastante dura, pero les hemos exigido demasiado.
—¿Hay algún lugar al que podamos llevarlos? —preguntó el guardabosque.
Los tres tramperos no tenían ni idea; el hermano Avelyn no recordaba ningún refugio que estuviera más cerca que Saint Precious en Palmaris, pero no se le ocurría cómo llevar a cien personas tan al sur sin alertar a los monstruos. Por la expresión de Bradwarden, el guardabosque comprendió que el centauro estaba pensando lo mismo que él, que los elfos y el refugio de su recóndito valle podrían serles muy útiles. Pero Elbryan, que había vivido largo tiempo en Andur'Blough Inninness, no creía probable que tantos humanos, por muy desesperada que fuese su situación, pudieran ser invitados a ir allí. Belli'mar Juraviel, seguramente el más amistoso del pueblo élfico y uno de los más apegados a los humanos, se había incluso negado a ser visto en el campamento, con la excusa de que su presencia probablemente asustaría a aquellas personas demasiado necias para distinguir un amigo de un enemigo.
—Tenemos que conseguirles un lugar —decidió el guardabosque—, y alejarlos de nuestros enemigos hasta que llegue el momento en que podamos acomodarlos mucho más al sur, tras las líneas de los hombres del rey de Honce el Oso. —Miró a Paulson, Cric y Ardilla—. Ocupaos de ello —les pidió, y los tres tramperos asintieron.
«Son buenos soldados», pensó Elbryan.
La semana siguiente pasó sin sucesos de mayor importancia. Elbryan, Bradwarden y Avelyn toparon con una docena de trasgos que cortaban leña y los eliminaron al instante. Cuando un fomoriano se precipitó corriendo en ayuda de los trasgos, Bradwarden le puso la zancadilla y lo primero —y último— que el gigante vio al levantar la vista fue al intrépido guardabosque que lo miraba con fijeza y descargaba la poderosa Tempestad sobre él.
Elbryan tuvo pocos contactos con los elfos aquella semana. Se había encontrado con Juraviel poco después de su conversación con sus jefes junto al fuego, y el elfo se había prestado a regañadientes a enviar al sur un puñado de elfos para avisar a Tierras Meridionales.
—Temo que nos veamos arrastrados por el torbellino de una lucha que atañe a los humanos —gruñó Juraviel.
—Es vuestra decisión —se limitó a responder Elbryan.
Al final de la semana, Juraviel y Tuntun fueron a ver al guardabosque con buenas noticias.
—La gente de Tierras Meridionales se ha puesto en camino hacia el sur por delante de los monstruos —explicó Juraviel—. Absolutamente todos.
—Y los soldados de vuestro rey se apresurarán a recibirlos y acomodarlos —añadió Tuntun.
—Os lo agradezco a vosotros y a vuestro pueblo —dijo el guardabosque solemnemente con una leve inclinación.
—A nosotros no —replicó Tuntun echándose a reír—, porque la gente ya se había puesto en marcha antes de que llegáramos.
Elbryan se quedó atónito.
—Agradéceselo a ella —le explicó Juraviel, y a una indicación suya surgió Pony de entre las sombras de una tupida pícea.
Elbryan se precipitó hacia ella y la abrazó estrechamente. Tardó un poco en caer en la cuenta de que los elfos le habían anunciado su presencia y que, por tanto, se habían encontrado con ella. Dejó de mirar a Pony y volvió a dirigir los ojos a Juraviel y a Tuntun.
—Le habías hablado de nosotros —dijo secamente Juraviel.
—Pero creo que de todos modos le sorprendió nuestro aspecto —añadió Tuntun con mejor humor de lo que era habitual en su hosco carácter.
—Estaba todavía en Tierras Meridionales, cuando aparecieron ante mí —explicó Pony.
Elbryan la miró detenidamente, satisfecho de que no estuviese herida, tan sólo cubierta de barro y rendida por la larga cabalgada.
—Fui sin parar hasta Palmaris —respondió Pony a la pregunta implícita—. ¡Ningún caballo podría competir con el galope de Sinfonía! Me llevó directamente a Palmaris sin una queja, manteniendo siempre la misma velocidad. Ahora el reino está alertado, los soldados están en camino y nuestros enemigos no ganarán más victorias por sorpresa.
Elbryan alzó la mano para retirar un mechón que se había desprendido de los espesos y sucios cabellos de la joven. Tiernamente le quitó con los dedos una mancha de lodo de la mejilla sin dejar de mirar sus resplandecientes ojos azules. ¡Cuánto la amaba, la admiraba, la respetaba! Deseaba apretarla contra él, hacerle el amor siempre, y protegerla... y ése era su dilema, pues tratar de proteger a aquella maravillosa mujer, Jilseponie Ault, sería robarle su verdadera esencia, la fuerza de voluntad y la energía que tanto amaba en ella.
—El mundo entero debe agradecértelo —susurró Elbryan.
Se volvió para hablar con los elfos, pero los dos, tan respetuosos con las costumbres de todos, se habían marchado para dejar solos a los amantes.
—Sabían que estábamos allí afuera, que éramos muchos, y ahora se preguntan por qué las señales han disminuido —explicó Elbryan a Avelyn; el guardabosque estaba montado a caballo, al lado del monje que iba a pie, al amparo de gruesos árboles que bordeaban un prado en forma de cuenco. Una capa de reluciente nieve todavía cubría el prado y bajo la pálida luz de una brillante media luna, resplandecía con tonos de un blanco azulado. Al otro lado del prado en dirección noroeste, moviéndose entre las rectas hileras de árboles más delgados, se veían tres figuras; obviamente, se trataba de trasgos exploradores.
—Quizá creen que nos hemos ido todos —dijo Avelyn, esperanzado. Más de dos terceras partes del grupo habían partido hacia el este, dejando menos de cuarenta guerreros a disposición de Elbryan, sin contar a los discretos elfos, cuyo número desconocía incluso el guardabosque.
—Cometerían un error —contestó severamente Elbryan.
El tono de su voz hizo que Avelyn lo mirara, y el monje se alegró al ver que Tempestad todavía estaba envainada al lado de la silla de montar que Belster O'Comely había encargado para Elbryan antes de la llegada de los monstruos, y que Ala de Halcón estaba igualmente en su lugar, en un soporte que aseguraba el arco con un carcaj de flechas.
Pero entonces, para sorpresa de Avelyn, Elbryan hizo avanzar a Sinfonía fuera de las sombras por la suave ladera sur del valle, a campo abierto.
Al otro lado, quizás a cien metros, los trasgos se detuvieron y observaron; luego se deslizaron entre los árboles y pusieron flechas en las cuerdas de sus arcos.
—¡Elbryan! —murmuró con dureza Avelyn—. ¡Vuelve!
El guardabosque permanecía sentado tranquilamente ofreciendo una majestuosa estampa; el arco y la espada seguían en reposo.
Volaron tres flechas por el cielo nocturno; los tiros resultaron fallidos por cortos o desviados.
—Ni tan sólo creen que podemos verlos —dijo con calma Elbryan, visiblemente divertido.
Avelyn se arrastró hasta donde estaba Elbryan, de tal forma que Sinfonía quedara entre él y los trasgos.
—Sería mejor que no los hubiéramos visto —exclamó indignado el monje— o, mejor aún, que ellos no nos hubieran visto.
—Calma, amigo mío —replicó el guardabosque mientras otra flecha se clavaba en el suelo nevado, apenas a siete metros de distancia. El bravo Sinfonía permanecía sereno; Elbryan deseó que su amigo humano tuviera la misma confianza que el caballo.
Avelyn atisbó por debajo de la cabeza de Sinfonía, y vio que los trasgos habían avanzado hacia el fondo de la pendiente del prado, todavía bajo la respetable protección de la oscuridad de los árboles.
—Tres disparos a la vez, y están tan contentos —observó Avelyn.
El monje miró a Elbryan y vio que éste preparaba con parsimonia a Ala de Halcón y que, con un leve movimiento, disparaba una flecha.
Avelyn miró hacia los trasgos con el tiempo justo de ver que uno de ellos resultaba alcanzado en el pecho. Naturalmente, no pudo distinguir la flecha, pero sí el espasmo repentino de la silueta oscura y su caída hacia atrás. Los otros dos se escabulleron en una repentina retirada, resbalando mientras trataban de llegar a la parte superior de la pendiente.
Elbryan mantenía su posición, con el arco totalmente tendido y en perfecto equilibrio.
—Dispárales, rápido —lo animó Avelyn.
—Debo asegurar el tiro —contestó Elbryan—. No puede haber errores.
Esperó mientras los dos trasgos huían y, en cuanto le pareció oportuno, disparó una flecha que, después de describir una trayectoria perfecta, fue a clavarse en un lado de la cabeza de un segundo trasgo. El otro aulló y tropezó, cayó de bruces y fue resbalando media pendiente hacia el fondo.
—¡Vamos, dispárale! —exclamó Avelyn alegremente—. ¡Vaya, vaya!
Pero Elbryan había guardado el arco; seguía montado en Sinfonía, muy tranquilo, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados, como si simplemente estuviera disfrutando de la brisa de una noche de luna.
—¿Qué pasa? —preguntó Avelyn, mientras veía cómo el trasgo corría de nuevo hacia lo alto del risco y luego más allá hasta perderse de vista—. ¡Vaya, vaya!
Elbryan abrió los ojos despacio y lo miró.
—Es una cuestión de reputación —le explicó y, volviendo grupas a Sinfonía, se dispuso a hacerlo volver al paso hacia los árboles.
—¿Reputación? —repitió Avelyn—. ¡Dejas escapar al último! Seguro que les contará que no nos hemos marchado, que nosotros, que tú, como mínimo, te has quedado...
La voz del monje se fue desvaneciendo, y una ancha sonrisa se dibujó en su rostro. Por supuesto que el aterrorizado trasgo regresaría y lo contaría todo; por supuesto que el trasgo les diría que un misterioso guardabosque montado en un imponente semental se había quedado allí, y también les diría que la muerte les aguardaba en el bosque.
—¡Vaya, vaya! —rugió Avelyn con sincera admiración—. ¡Que se enteren de quién es Elbryan!
—No —corrigió el guardabosque—. Que se enteren de quién es Pájaro de la Noche; que lo sepan y que se llenen de temor.
Avelyn asintió mientras contemplaba cómo el guardabosque y su montura desaparecían en la noche del bosque. «Por supuesto —pensó—. Y tendrán sobradas razones para llenarse de temor.»
Elbryan ejecutaba la danza de la espada, tal como había hecho en muchas otras ocasiones en Andur'Blough Inninness. Tempestad lucía sus maravillosas líneas moviéndose lentamente en torno a él; giraba, se inclinaba y se elevaba en perfecto equilibrio. Un pie seguía al otro para inmediatamente después tomar la iniciativa: un paso, otro paso, ataque y retirada.
Los movimientos eran lentos, elegantes. Aquel musculoso hombre desnudo era la personificación del guerrero, la suprema armonía: hombre y arma conformaban una unidad.
Desde los árboles situados detrás de Elbryan, Pony y Avelyn lo observaban pasmados. Habían llegado hasta allí por casualidad, y el monje, que fue el primero en ver a Elbryan, al comprobar que estaba completamente desnudo, había tratado de llevar a Pony por otra dirección; pero la mujer también había visto al guerrero y no estaba dispuesta a dejarse convencer por Avelyn de ningún modo.
Al mirar a Elbryan, sus gráciles movimientos, su intensidad rayana en el trance, Pony acertó a descubrir muchas más cosas de él, a verlo con tanta claridad como si estuviera en sus brazos, compartiendo sus éxtasis de pasión y placer.
La mujer se dio cuenta de que aquello era distinto, pero no menos intenso. De forma parecida a cuando hacían el amor, aquello era una unión de cuerpo y espíritu, una meditación física que de alguna manera sobrepasaba las experiencias humanas normales, algo sagrado en cierto modo.
Avelyn había visto antes aquel tipo de ejercicios que no eran demasiado diferentes del adiestramiento físico que los monjes recibían en Saint Mere Abelle; pero nunca había visto una danza tan grácil, tan perfectamente armoniosa como la de Elbryan.
Y Tempestad, que parecía una simple prolongación del guardabosque, no hacía sino aumentar aquella belleza; la ligera espada silbaba de un lado a otro dejando una brillante estela de color blanco azulado.
—Deberíamos irnos —susurró el monje a Pony mientras Elbryan hacía una pausa larga en su ejercicio.
Pony no discrepó; quizás estaban mirando furtivamente algo que pertenecía sólo a Elbryan. Pero cuando el hombre reanudó los movimientos, cuando Tempestad se elevó, perfectamente nivelada y paralela a sus anchos hombros, no tuvo fuerzas para irse.
Y tampoco Avelyn.
Elbryan acabó poco después, y se dejó caer pesadamente en el suelo; Pony y Avelyn se escabulleron.
Cuando Pony se encontró con Elbryan al cabo de más de una hora, tuvo que esforzarse para ocultar su sensación de culpa, la sensación de que en cierto modo lo había violado. Al fin, no pudo resistir más.
—Te vi esta mañana —confesó ella.
Elbryan arqueó una ceja.
—Durante tu ejercicio —siguió diciendo Pony—. Yo..., yo no tenía la intención... —Se interrumpió tartamudeando y bajó la mirada.
—¿Estabas sola? —dijo Elbryan.
Algo en su tono de voz la llevó a mirarlo, y el esbozo de sonrisa que adivinó en la comisura de la boca de Elbryan le reveló la verdad.
—¡Lo sabías! —lo acusó.
Elbryan se llevó la mano al pecho como si estuviera herido.
—¡Lo sabías! —repitió Pony y le dio una palmada en el hombro.
—Pero no sabía si me lo dirías —repuso el guardabosque en tono neutro, y Pony se apartó de él.
—Llegamos allí por casualidad —le explicó.
—¿Llegamos?
Pony lo miró fijamente.
—Sí, tú y Avelyn —dijo Elbryan.
Después de una larga pausa, Pony le preguntó de repente:
—¿Estás enfadado?
—No quiero tener secretos contigo —contestó Elbryan con una tierna sonrisa.
—Pero me quedé un rato —siguió ella—. Te estuve mirando hasta que acabaste tu danza.
—Me habría sentido decepcionado si no te hubieras quedado a mirarme —bromeó Elbryan y la tensión desapareció de repente.
Pony abrazó al joven y lo besó apasionadamente.
—¿Me enseñarás? —pidió—. Me refiero a la danza.
—Es un regalo que me hicieron los Touel'alfar —dijo Elbryan—. Un regalo que te haré yo a ti, pero sólo si me lo permiten los elfos.
Pony se sintió muy honrada y se acercó a besarlo otra vez, pero le llamó la atención un crujido.
Paulson salió de detrás de un arbusto.
—La caravana debe de haber viajado la mitad de la noche —dijo refiriéndose al convoy de abastecimiento de los trasgos que habían estado vigilando y que venía del norte—. Si no atacamos hoy, llegará a Prado de Mala Hierba.
—¿Viajan todavía siguiendo el curso del río? —preguntó el guardabosque.
El hombretón asintió.
Elbryan miró a Pony, que comprendió su papel y, sin necesidad de orden alguna, echó a correr para buscar a Avelyn y reunir a los guerreros que le habían sido confiados.
Elbryan cerró los ojos y envió sus pensamientos a la espesura del bosque, hacia Sinfonía; el semental estaba paciendo no muy lejos de allí, como había hecho todos aquellos días.
—Vayamos a elegir el campo de batalla —dijo el guardabosque a Paulson— como mejor nos convenga.
En la ruta de la caravana no había ningún terreno elevado, excepto las colinas que rodeaban a Prado de Mala Hierba, pero estaban demasiado cerca del pueblo ocupado. Elbryan y sus hombres tenían que internarse hacia el norte para interceptar y destruir la caravana antes de que pudiera recibir ayuda de los monstruos acampados en la región.
Pero no había ningún terreno elevado, sólo bosques tupidos y piedras grises y pardas que se alineaban en el bancal del río. Al menos el río serviría de barrera a los enemigos, pensó el guardabosque, y les impediría escapar con facilidad.
—Se acercan dos grupos —explicó Bradwarden, uniéndose a Elbryan y a los demás, cuando decidían la estrategia del ataque—. Uno pequeño delante, en su mayoría integrado por trasgos, pero cuentan con la ayuda de un gigante que va cortando los árboles y despejando el camino.
—¿Para los carros? —preguntó Elbryan con la esperanza de que así fuera.
—Para máquinas de guerra —repuso el centauro—. Dos enormes armatostes, catapultas sobre ruedas y empujadas por tres gigantes cada una.
—Son demasiados —murmuró Paulson que se encontraba junto a Elbryan.
El guardabosque miró al hombre, que no era en modo alguno un cobarde, y no pudo menos que compartir su opinión. Siete gigantes —al menos— y una hueste de powris y trasgos era seguramente más de lo que el guardabosque y su banda de treinta hombres podían afrontar.
—Bueno, podemos atacarlos de todas formas —dijo Paulson poco después—. Pero será mejor que estemos preparados para huir si las cosas se nos ponen feas.
Elbryan miró a Bradwarden.
—¿Qué hay de los exploradores? —inquirió.
—¡Oh, hay muchísimos trasgos corriendo como ratas entre los árboles! —repuso el centauro sonriendo ampliamente mientras cogía una ramita para limpiarse los dientes—. Ahora hay dos menos —añadió maliciosamente.
El guardabosque hizo un movimiento sutil que sólo captó Bradwarden: se puso el dedo tras la oreja imitando una oreja puntiaguda como las de los elfos.
El centauro asintió; había elfos en la zona, y Elbryan estuvo seguro de que él y su banda no tendrían que preocuparse de los trasgos exploradores.
Pony llegó a lomos de un yegua ruana, uno de los pocos caballos salvajes que se dejaban montar. El hermano Avelyn apareció detrás con aire bravucón trotando sin una queja.
—Lo más importante es la destrucción de las máquinas de guerra —decidió Elbryan—, pues seguramente las utilizarán con mortíferos efectos contra los pueblos del sur, incluso contra las altas murallas de Palmaris.
El guardabosque se calló unos instantes para reflexionar sobre todo lo que había oído.
—¿Cuántos forman el grupo de cabeza? —le preguntó al centauro.
—Ah, un puñado variopinto —repuso en tono áspero Bradwarden como si el simple hecho de hablar de las criaturas le dejara un horrible sabor de boca—. Una docena, diría yo; destrozan a hachazos los árboles y el gigante limpia lo que va cayendo. Canallas repugnantes. Si quieres, me puedo cargar a bastantes.
A Elbryan no le cabía duda de que el centauro estaba dispuesto a hacerlo.
—¿Puedes arreglártelas con un gigante? —le preguntó.
Bradwarden soltó un bufido como si la pregunta fuera un insulto.
El guardabosque se dirigió a Pony.
—Llévate a diez hombres y al centauro —le dijo—. Debéis destruir lo antes posible a este grupo de vanguardia. Los demás vendréis conmigo para interceptar el cuerpo principal de la caravana, entre los grupos.
—¿Hemos de enfrentarnos a seis gigantes? —preguntó con escepticismo Paulson.
—Tenemos que atraer su atención —le contestó el guardabosque—, lo suficiente para que Avelyn incendie las catapultas powris. Después nos dispersaremos, pero espero que muchos monstruos mueran durante el ataque.
—Pero tienen exploradores —apuntó Paulson—. Podrían enterarse de lo que vamos a hacer antes incluso de que nos acerquemos a la caravana.
—Los exploradores están todos muertos —dijo con firmeza Elbryan. Paulson y otros muchos lo miraron fijamente.
—¿Tus amigos elfos? —preguntó el hombretón—. No estoy seguro de que me guste eso.
—Ya me lo dirás después de la batalla —le contestó Elbryan secamente—. ¡En marcha! —le gritó luego a Pony.
Paulson suspiró aceptando la palabra del guardabosque. Se sorprendió cuando Pony le golpeteó el hombro indicándole que deseaba que él, Cric y Ardilla se añadieran a su grupo.
—Saldremos a su encuentro siguiendo el curso del río —explicó Pony a Elbryan mientras se alejaba con sus hombres.
—Y nosotros los atacaremos por el flanco, entre los árboles —repuso el guardabosque haciendo una señal de asentimiento a su amada. Sentía el hormigueo de excitación que precede a la batalla y sabía que Pony también lo sentía. Desde luego, tanto él como Pony corrían peligro, pero era su vida, su destino, y, por muy grande que fuera el horror y el miedo, no dejaba de ser excitante.
Elbryan tuvo que apretar los dientes y dejó que el grupo de vanguardia pasara delante de su posición, aunque, a cada hachazo que propinaban los trasgos a los hermosos árboles, al guardabosque le entraban ganas de lanzarse contra ellos y exterminarlos.
Los trasgos y el gigante escolta avanzaban lentos pero seguros, y poco después Elbryan y sus compañeros oyeron el estruendo de las máquinas de guerra y los gruñidos de los gigantes que las estaban empujando.
—Quietos hasta que los tengamos justo encima —ordenó el guardabosque—; luego disparad flechas y arrojad lanzas. Apuntad sólo a los gigantes —se apresuró a añadir—. Son los más peligrosos. Si podemos abatir a dos en el primer ataque, nuestros enemigos estarán en franca desventaja.
—¿Y si no podemos? —gruñó malhumorado Tol Yuganick—. ¿Qué haremos? ¿Nos lanzaremos contra los seis gigantes para que nos hagan papilla?
—Los atacaremos, sin exponernos, tan duramente como podamos —repuso el guardabosque sin alterarse, intentando no demostrar en la voz la antipatía que sentía hacia aquel hombre tan desabrido—. Y después, cuando llegue el momento, emprenderemos la huida. No vale la pena arriesgar muchas pérdidas por una simple caravana.
—A ti te resultará muy fácil —le espetó Tol—, que montas ese caballo tan veloz. ¡Los demás tenemos que correr, y no creo que podamos escapar a un gigante!
Elbryan lo miró ferozmente deseando que Pony se lo hubiera llevado con él, o incluso que Tol se hubiese marchado al este con los otros refugiados. Tol era un luchador valiente, pero la discordia que sembraba lo convertía en una desventaja, no en una ventaja.
—Esperad a que se acerquen —dijo de nuevo el guardabosque dirigiéndose a todo el grupo—. Creen que en este lugar tienen exploradores, así que los cogeremos por sorpresa. Concentrad los proyectiles contra los gigantes que tiran de la catapulta frontal. Veremos lo que queda después de la primera descarga.
Entonces se dirigió a Avelyn.
—¿A cuántos necesitarás contigo?
El monje sacudió la cabeza.
—A ninguno —replicó—. Basta que atraigáis su atención delante; yo los atacaré por la espalda. Manteneos tras las catapultas, os lo advierto. ¡Hoy me siento muy lleno de poder!
Dicho esto, el monje se perdió en la maleza y Elbryan apenas pudo contener la risa al verlo marchar, y observar el paso ligero que había emprendido el hermano Avelyn Desbris. Por una ironía del destino, el monje había encontrado la paz interior en plena guerra, en una lucha que Avelyn sabía que justificaba los actos que tanto lo habían abrumado en aquellos últimos años.
Elbryan se fijó de nuevo en la configuración del terreno que tenía ante él: diez metros de árboles, después unos pocos metros despejados con maleza, unos cuatro metros de cantos rodados y, finalmente, el río; las aguas bajaban rápidas porque había comenzado el deshielo primaveral. Oyó el retumbar de las máquinas de guerra por encima del estruendo del agua y, por la alternancia de sonidos agudos y amortiguados, dedujo que la caravana se estaba desplazando a lo largo del borde de la margen del río.
El guardabosque hizo una señal a sus compañeros, que empezaron a moverse furtivamente de árbol en árbol, preparando sus disparos. Elbryan ocupó su lugar, detrás de una maraña de ramas de dos tupidas cicutas. Echó una ojeada para comprobar si había elfos por allí, con la esperanza de que así fuera. Nadie en todo el mundo podía concentrar mejor sus tiros, y sabía por propia experiencia que incluso un gigante podía ser derribado por los diminutos dardos élficos.
Delante, una mujer señaló que la caravana estaba muy cerca.
Elbryan colocó una flecha en Ala de Halcón y apuntó. Se puso en contacto telepático con Sinfonía y el caballo relinchó suavemente.
Apareció el primero de los gigantes, encorvado, tirando con fuerza con unos pesados arreos sujetos a una correa cruzada sobre el torso. Lo seguían otros dos en postura similar.
Elbryan percibió las ansiosas miradas de sus compañeros, que esperaban que diera la señal para que todo comenzara. Estaba preocupado, en cierto modo, porque no había llegado hasta él ningún ruido de batalla desde el sur, desde el grupo de cabeza, pero sabía que él y sus compañeros se habían comprometido y tendrían que confiar en que Pony no permitiría que trasgos y gigantes les cortaran la retirada por detrás.
El guardabosque hizo volar la primera flecha en el preciso momento en que sus talones apretaban las costillas de Sinfonía y el caballo saltaba hacia adelante.
El gigante que encabezaba la marcha gruñó, más de sorpresa que de dolor, cuando la flecha se clavó en su hombro; entonces, el aire en torno al monstruo y a sus dos compañeros entró en erupción hendido por una docena de flechas y casi otras tantas lanzas.
Elbryan disparó una y otra vez, alcanzando cada vez un blanco, mientras Sinfonía lo llevaba a terreno abierto delante de la caravana. Cuando llegó allí, el primer gigante yacía muerto y los otros dos se esforzaban para liberarse de sus molestos arreos; mientras, unos veinte powris y unos cuarenta trasgos ululaban y corrían de un lado a otro, echando mano a las armas o buscando un lugar protegido.
Tras Elbryan salieron varios de sus compañeros; todos, incluido el guardabosque, suspiraron aliviados al escuchar por fin el fragor de la batalla que se libraba detrás de ellos. Uno de los powris, encaramado a la primera catapulta, daba órdenes con brusquedad.
El siguiente tiro del guardabosque lo derribó.
Pony cargó con decisión, abriéndose paso al galope a través de la primera línea de trasgos; su espada cortó transversalmente la cara de uno de ellos y luego pinchó a un segundo en la garganta. La joven sabía que aquello era la parte fácil de la misión, pues ella y sus compañeros habían cogido a los monstruos por sorpresa y los pequeños trasgos no podían resistir un golpe contundente. En contados minutos, la mitad de aquellas diminutas criaturas yacían muertas o gemían de dolor en el suelo.
Pero entonces Pony tuvo que vérselas nada menos que con un gigante fomoriano.
La joven tiró con fuerza de la crin de su yegua y desvió el caballo al ver que el enorme monstruo trataba de cortarle el paso. Por el rabillo del ojo, vio a Bradwarden que cargaba al galope, mientras cantaba a grito pelado con su potente vozarrón y agitaba una enorme porra con la misma facilidad que si fuera un delgado bastón.
El gigante braceó cuando el centauro se le echó encima, pero Bradwarden frenó con brusquedad y saltó de tal forma que su cola quedó cerca del monstruo. Creyendo que el centauro había cambiado de idea y trataba de huir, el gigante arremetió contra la cola, pero Bradwarden alzó las ancas y lo coceó con las dos patas traseras, de modo que los fuertes cascos chocaron frontalmente con la inclinada y repugnante cara del monstruo.
El gigante se tambaleó hacia atrás y sus piernas se doblaron.
El centauro, cantando a grito pelado, se precipitó sobre el gigante y le descargó su pesada porra en la cabeza.
Pony también arremetió contra el monstruo y con la espada le propinó un corte transversal en el cuello.
—¡Eh, me estás robando la diversión! —protestó el centauro, brincando de nuevo y lanzando una segunda y terrible doble coz; esta vez alcanzó el enorme pecho del gigante y lo derribó cuan largo era.
Bradwarden sonrió al ver cómo Pony perseguía a otro trasgo y cómo todas aquellas horribles criaturas iban cayendo rápidamente ante el mortífero grupo. Y al ver, sobre todo, al gigante aturdido e impotente, apoyado sobre los codos y con la cabeza colgándole.
A una altura perfecta para batearla con un golpe bajo.
El segundo gigante se derrumbó antes incluso de liberarse de los arreos. El tercero se liberó, pero Elbryan le clavó una flecha en el ojo y otra media docena lo alcanzaron en el cuello y en la cara.
Cayó, también, pesadamente al suelo.
Sin embargo, más peligrosos resultaron los powris, que echaron mano a sus armas, y los gigantes de la segunda catapulta, que se liberaron de los arneses sin haber sufrido apenas un arañazo.
—Deprisa, Avelyn —murmuró Elbryan sin aliento—. No te entretengas.
—¡Aquí llega Jilly! ¡Volando! —gritó un hombre, y Elbryan se alegró muchísimo por el pronto regreso de Pony y por el tan necesario estímulo que ello representaba para la vacilante moral de su grupo. Al parecer, en el sur la tropa de monstruos había sido puesta fuera de combate.
—¡Concentrad los disparos en los gigantes! —rugió el guardabosque—. ¡Deprisa, Avelyn! —repitió bajando la voz.
Bradwarden galopaba velozmente para alcanzar a la mujer y a su rápida yegua ruana, pero se detuvo en seco al ver a Ardilla que, con el rostro bañado en lágrimas, arrancaba un par de dagas de un trasgo muerto.
—¡Es Cric! —lloraba el hombre—. ¡Oh, querido Cric!
Bradwarden siguió la mirada del hombre y vio dos trasgos muertos; junto a ellos yacía la inequívoca figura de un hombre calvo.
—¡Está muerto! —gritó el nervioso hombrecillo.
—¿Dónde está tu compañero? —preguntó el centauro—. ¿Aquel tan grandote?
—Paulson va corriendo allá delante —respondió Ardilla—. ¡Dice que matará a todos los trasgos, a todos los powris, a todos los gigantes!
—¡Sube a mi lomo, date prisa! —le ordenó el centauro, y Ardilla se apresuró a obedecer. Juntos se lanzaron al ataque, Bradwarden cantando una animada canción y Ardilla dominando las lágrimas y encerrándolas tras un muro de pura y simple cólera.
Avelyn se agazapó tras un árbol, apenas a tres metros del flanco de la catapulta. La frustración del monje aumentó, pues, aunque dos de los gigantes que la arrastraban habían echado a correr hacia el lugar de la batalla, el tercero se había quedado para defenderla junto con una hueste de powris encaramados a la máquina, algunos de ellos armados con ballestas.
Sabía que tenía que acercarse más para que su bola de fuego surtiese efecto; pero, si salía al descubierto, sabía que lo atraparían o lo abatiría una flecha antes de que le diera tiempo a desencadenar la explosión mágica.
Aun así, comprendía cuál era la situación allí delante, comprendía que Elbryan no podía concederle más tiempo sin poner en peligro muchas vidas. Conjuró, pues, su escudo de crisolita y, dejándose llevar por el instinto, salió corriendo de entre los arbustos, se lanzó de cabeza al suelo y rodó hasta ir a parar debajo de la catapulta.
Oyó los gritos de los powris, supo que no tenía mucho tiempo y trató de concentrarse en el rubí, en su creciente energía.
El gigante se arrodilló junto a la catapulta con la cara pegada al suelo y el largo brazo extendido, debajo de la máquina, para agarrar al pobre Avelyn.
El monje tuvo que alejarse rodando, pero entonces se detuvo en seco mientras un pequeño cuadrillo de ballesta rebotaba en el suelo justo a su lado. Echó una ojeada atrás y vio a un par de powris que se arrastraban bajo la máquina de guerra y se le acercaban blandiendo sus lanzas.
Avelyn cerró los ojos y rezó con toda su alma. Sintió el hormigueo de poder del rubí como si estuviese rogando que lo liberase; imaginó el repentino dolor punzante cuando los powris llegaron más cerca.
Los ojos de Avelyn se abrieron de golpe y se encontraron con la horrible cara del gigante.
—¡Vaya, vaya! —aulló el monje con júbilo, y, con una terrible explosión, una bola de fuego tragó la catapulta abrasando a los powris que se arrastraban en pos del monje y cegando al gigante que estaba frente a él. La voluminosa estructura de madera se elevó como una enorme vela; los desprevenidos powris que estaban encaramados en ella se lanzaron gritando de cabeza al suelo y se echaron a rodar para sofocar las llamas. Un desgraciado enano fue a caer justo a los pies del gigante; por supuesto, las llamas que envolvían a la diminuta criatura se apagaron cuando la enorme bota del fomoriano la aplastó. El gigante, convertido en una antorcha, siguió adelante sin preocuparse por el enano, corriendo a ciegas mientras daba inútiles manotazos a las llamas. Tropezó con un árbol joven, se tambaleó y se debatió entre las ramas, pero logró conservar el equilibrio —lo cual era una estupidez, pues revolcarse por el suelo era la única posibilidad de sofocar las llamas— y echó a correr.
Avelyn apretaba crispadamente la crisolita mientras las ardientes astillas chisporroteaban y caían en torno. Sabía que la gema no podría protegerlo del humo y que tenía que salir de debajo de la máquina de guerra incendiada. Cuando iba a arrastrarse hacia un lado, una rueda se vino abajo consumida por las llamas, y la gigantesca catapulta crujió y se balanceó hacia un lado apresando al monje.
—Oh, socorro —susurró sin aliento Avelyn tratando de deslizarse hacia el otro lado—. ¡Vaya, vaya!
La explosión de Avelyn equilibró un tanto el combate, al dejar sólo dos gigantes y una veintena de powris frente a los treinta hombres de Elbryan. No obstante, ni aun así el guardabosque podía seguir combatiendo, ya que una pérdida de una quinta parte de sus fuerzas era realmente excesiva en comparación con lo que conseguiría por ganar una sola batalla. Empezó a dar órdenes de retirada y retuvo a Pony, que pasaba al galope a su lado con su imponente yegua ruana; en ese momento apareció Bradwarden, que de nuevo venía cantando una pendenciera canción; Ardilla iba montado sobre él, con dagas en las manos.
—¡Alto! —gritó Elbryan al centauro. En ese mismo momento percibió un sonido zumbante, un ruido que el guardabosque reconoció como el silbido de muchas de las delicadas pero mortíferas flechas de los elfos.
Varios powris se desplomaron desde la primera catapulta.
Bradwarden avanzó hacia el gigante más cercano, mientras Ardilla iniciaba el ataque lanzando una daga, seguida de tres más en vertiginosa sucesión; todas iban certeramente dirigidas a la cara de la enorme criatura y todas dieron en el blanco y se clavaron profundamente gracias a la fuerza nacida de la cólera del hombre que las arrojaba.
El gigante aulló de dolor y se llevó ambas manos a la destrozada cara; Bradwarden le propinó una imponente coz y lo derribó al suelo.
Elbryan ya no pudo detener el torrente desbordado de sus furiosas fuerzas, y menos aun a un Paulson de mirada salvaje que esquivó la embestida de la lanza de un powri y, alzando al enano en el aire, lo arrojó a cuatro metros de distancia de modo que su cabeza se estrelló contra el tronco de un árbol.
El gigante que quedaba huyó por el bosque; los powris a quienes no había cogido de pleno el ataque se dispersaron sin querer enfrentarse con aquella valiente cuadrilla.
—¡Desmontad la segunda catapulta! —ordenó Elbryan a su gente—. Con sus troncos alimentad el fuego de Avelyn.
—¿Dónde está Avelyn? —preguntó Pony mientras su yegua ruana adelantaba al trote a Sinfonía.
—Probablemente en el bosque con los elfos —dijo Elbryan—, o quizá persigue al gigante.
Apenas hubo dicho esto, la catapulta en llamas crujió de nuevo y se inclinó un poco más. Elbryan la miró, intuyendo que algo no iba bien.
—No —murmuró el guardabosque al tiempo que bajaba del caballo y echaba a andar hacia la ardiente máquina. Luego se puso a correr y después a gatear por el suelo para llegar tan cerca como pudo del extremo superior de la catapulta. Elbryan aguzó la vista a través del humo espeso. Vio dos cuerpos cerca y se tranquilizó al ver que eran powris.
«¿Pero qué hacían los powris debajo de la catapulta?», se preguntó el guardabosque con súbito horror.
—¡Traed un travesaño! —gritó, poniéndose en pie y saltando nerviosamente—. ¡Una palanca! ¡Pronto!
—¡Avelyn! —exclamó Pony captando la causa de la angustia de su amante.
La batalla estaba prácticamente acabada; varios hombres y el centauro habían empezado ya a desmontar la catapulta intacta. Bradwarden, que trabajaba con el largo brazo de la catapulta y su enorme contrapeso, oyó la desesperada llamada del guardabosque.
Ardilla extrajo la última clavija y, con la fuerza de un gigante, el centauro levantó el enorme travesaño suelto. Los hombres se precipitaron a ayudarlo, pero a pesar de tantas manos lo único que pudieron hacer fue arrastrarlo hacia donde se encontraban Elbryan y la catapulta ardiendo.
—Cuerdas al otro lado —ordenó Elbryan, mientras él mismo y varios otros empezaban a situar un extremo del largo travesaño debajo de la parte superior de la catapulta en llamas—. ¡Tenemos que levantarla cuanto antes!
Tiraron del travesaño con todas sus fuerzas. Pony colocó a Sinfonía y a su ruana de tal modo que ayudaran a tirar mediante unas cuerdas enlazadas por un extremo a la máquina de guerra y atadas por el otro a los caballos. Al fin, con enorme esfuerzo, el grupo consiguió levantar la catapulta, que se desplomó con un estridente crujido y una copiosa lluvia de chispas de color amarillo anaranjado.
Allí yacía Avelyn, inmóvil y cubierto de hollín.
Elbryan corrió hacia él, al igual que los demás; Pony se abrió paso hasta llegar junto al hombre a quien había llegado a querer como a un hermano.
—¡No respira! —gritó Elbryan presionando con fuerza el pecho del hombre para forzar la entrada de aire.
Pony escogió otra vía; buscó la bolsa del monje y revolvió las piedras hasta dar con la hematites. No tenía ni idea de cómo proceder, pues Avelyn no la había adiestrado con las piedras más peligrosas, pero sabía que tenía que intentarlo. Concentró todos sus pensamientos en la piedra y recordó lo mucho que Avelyn había hecho por ella y, por supuesto, por Elbryan.
La mujer rogó a Dios e imploró su ayuda. Dudaba de haber conseguido acceder a los poderes de la piedra, pero de pronto sintió una tranquilizadora mano sobre la suya y bajó los ojos: Avelyn la miraba y le sonreía de forma casi imperceptible.
—¡Qué calor! —dijo Avelyn entre dos ataques de tos que provocaron la aparición de saliva negra—. ¡Vaya, vaya!
—La estrategia fue muy buena —admitió Elbryan a Belli'mar Juraviel y a Tuntun, sentados con el guardabosque más tarde aquella misma noche.
Avelyn, que descansaba a su lado, abrió un ojo para mirar a los compañeros recién llegados. Sabía que los elfos rondaban por allí, desde luego —como todos en el campamento—, pero nunca hasta entonces había visto a ningún Touel'alfar. Se quedó callado y cerró otra vez los ojos pues no deseaba ahuyentar a los duendes.
Demasiado tarde; Elbryan había captado el movimiento.
—Me temo que tus profecías de perdición eran muy acertadas —dijo el guardabosque, sacudiéndolo un poco para indicarle que estaba hablando con él.
Avelyn abrió un ojo y su mirada se clavó no en Elbryan sino en los dos elfos.
—Te presento a Belli'mar Juraviel y a Tuntun —dijo educadamente el guardabosque—, dos de mis protectores, dos de mis amigos más queridos.
Avelyn abrió los ojos del todo.
—Vaya, mucho gusto —saludó alegremente, aunque terminó tosiendo otra vez, pues todavía no podía permitirse un esfuerzo tan grande.
—Igualmente, buen fraile —repuso Juraviel—. Tu poder con las piedras es esperanzador.
—Y tendrá que ser muy grande —añadió Tuntun—, pues las tinieblas han invadido el mundo.
Avelyn lo sabía muy bien. Lo había sabido desde los días inmediatos a su huida de Saint Mere Abelle; lo había intuido de algún modo desde su viaje a Pimaninicuit. Volvió a cerrar los ojos y se quedó inmóvil, demasiado cansado para hablar de aquellas cosas.
—Sabemos sin lugar a dudas que esos monstruos no son simples incursores, sino un ejército cohesionado y organizado —dijo Elbryan.
—Alguien los guía y los mantiene unidos —asintió Tuntun.
—Tenemos que hablar de esto en otra ocasión —observó Juraviel señalando al monje, que parecía como si se hubiese quedado dormido otra vez—. Por ahora debemos ocuparnos de las batallas más inmediatas que nos esperan.
Los dos elfos asintieron con la cabeza y salieron silenciosamente de la tienda; pasaron junto a los soldados dormidos y los centinelas sin un susurro, de forma que a todos les pareció que se trataba de hojas movidas por el viento o de la sombra de un pájaro.
Elbryan permaneció sentado junto a Avelyn el resto de la noche, pero el monje ni siquiera se movió. Estaba sumido en sus pensamientos, a veces dormido, recordando todo lo que había oído sobre la oscuridad que había invadido la tierra, sobre el Dáctilo demoníaco y la negrura del corazón de los hombres.
—Nuestro dueño no estará contento —se lamentó el trasgo Gothra, la criatura de una sola mano, dando frenéticos saltos por la habitación.
Ulg Tik'narn miró ceñudamente a su compinche. Al powri no le gustaban los trasgos y consideraba a Gothra una despreciable criatura gimoteante. Pero no podía contradecir la declaración que Gothra acababa de hacer y le daba más crédito que a Maiyer Dek, pues el gigante era totalmente inconsciente de la situación, cada vez más desesperada. Era cierto que habían conquistado los pueblos, pero habían asesinado a muy pocos humanos, y aquel misterioso Pájaro de la Noche y sus amigos estaban haciendo estragos en cada grupo de abastecimiento procedente del norte, cosa que el inmisericorde Dáctilo había sin duda observado; la llegada del espíritu que se llamaba a sí mismo hermano Justicia así lo confirmaba.
Y Ulg Tik'narn sabía que él, por encima de todos, sería culpado de las intromisiones de los hombres. Pero al powri no le faltaban aliados propios ni tampoco un plan.
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21
Un lugar de singular interés

—¡Los arrancan y los cortan! —se lamentó el centauro, coceando en torno, chapoteando en el fango y en los charcos y golpeando el suelo con su pesada porra. Una lluvia torrencial caía sobre la región, convirtiendo en lodo las últimas nieves y empapando la tierra.
—Están talando los árboles de hoja perenne en el valle al norte de Dundalis —le explicó hoscamente Elbryan a Pony—. Todos.
—Entonces el día no puede ser más gris —repuso ella mirando hacia donde había estado su hogar en otros tiempos. De todos los lugares de la comarca, sólo la arboleda de Elbryan superaba en belleza aquel valle de pinos y de musgo caribú, y ningún otro paraje suscitaba en la joven recuerdos más melancólicos.
—Podemos detenerlos —dijo de pronto el guardabosque al ver el profundo dolor reflejado en las hermosas facciones de Pony. Sin embargo, suspiró en cuanto lo hubo dicho, pues él y Bradwarden habían sostenido una conversación parecida durante la cual el centauro había hablado de atacar, pero Elbryan había llegado a la conclusión de que aquella tala podía tratarse de una trampa tendida a él y a sus hombres. La sigilosa banda se había convertido en una verdadera espina clavada en el flanco del ejército invasor, y sin duda los monstruos que dominaban Dundalis y los otros pueblos deseaban atraerlos a campo abierto y acabar con ellos de una vez por todas. Los trasgos eran unas criaturas realmente estúpidas, sin embargo, Elbryan sabía que los powris no lo eran y comprendía que los generales enanos eran conscientes de la importancia que la belleza tenía para los hombres.
—Demasiado cerca de Dundalis —se lamentó Pony—. Los taladores lograrían refuerzos antes de que pudiéramos infligirles algún daño.
—Pero, si los hostigamos y los ponemos en fuga —arguyó otra vez Bradwarden—, podría ser que lo pensaran dos veces antes de volver a este valle.
Pony miró a Elbryan, a Pájaro de la Noche. A él le tocaba decidir, a él le correspondía el mando de la banda.
—Me gustaría atacarlos —dijo ella en voz baja—, aunque sólo sea para mostrarles mi respeto por la tierra que despojan.
Elbryan asintió.
—¿Cómo está Avelyn?
—No está en condiciones de pensar en batallas —replicó Pony con un movimiento de cabeza que hizo caer gotitas de sus espesos y empapados cabellos—. Y está muy ocupado con las piedras, mirando en la lejanía, según dice.
Elbryan se sintió satisfecho de oírlo; cualquier cosa que Avelyn estuviera haciendo era probablemente de suma importancia, pues el monje mostraba una dedicación tan grande como la del propio Elbryan o cualquiera de los demás.
—Sinfonía puede traernos sólo un puñado de caballos —dijo el guardabosque de improviso, pensando en voz alta—. Nos llevaremos tantos hombres como caballos, y sólo voluntarios.
—Mi ruano me llevará a mí —indicó Pony.
—Yo cabalgo cuando ando —bromeó el centauro.
Elbryan contestó con una sonrisa, pero luego se hundió en sus pensamientos y llamó a Sinfonía a través de la lluvia y los árboles; el negro semental no estaba muy lejos. Al cabo de una hora, siete jinetes, entre ellos Paulson y Ardilla —ambos furiosos aún por la muerte de Cric— y Bradwarden, se pusieron en marcha a través del bosque; dirigiéndose por tortuosos senderos, se dirigieron hacia el valle de árboles de hoja perenne. Elbryan sabía que los elfos los acompañaban siguiendo cada uno de sus movimientos y sirviéndoles de silenciosos exploradores.
Llegaron a la ladera norte del valle sin incidentes y avistaron abajo una veintena de powris, un número igual de trasgos y un par de gigantes cortando árboles. Era una de las pocas épocas del año en que la tierra del valle era parda pues el musgo caribú todavía no había crecido y la nieve se había derretido. Sin embargo, la vista de los bajos y bien proporcionados árboles de hoja perenne era impresionante y reavivó en el guardabosque y en Pony el recuerdo de la belleza de aquel lugar, de aquel valle que tanto habían amado en su niñez.
—Nos acercaremos, atacaremos con rapidez y nos retiraremos —dijo Elbryan dirigiéndose a todos pero mirando a Paulson. Se daba cuenta de que el hombretón, apenado como estaba por la muerte de su amigo, era capaz de cabalgar hasta el otro lado del valle y atacar Dundalis, matando a cuantos le salieran al encuentro—. Nuestra misión no es matarlos a todos, pues no somos bastantes para semejante tarea, sino asustarlos, hostigarlos y ahuyentarlos con la esperanza de que teman aventurarse fuera del pueblo.
Pony, Paulson y Ardilla emprendieron el descenso por la izquierda junto con Elbryan, mientras los otros tres, seguidos por Bradwarden, iban por la derecha. La lluvia y el viento arreciaron y cortinas de agua racheadas dejaron a jinetes y monturas en un estado lamentable. Pero Elbryan recibió el diluvio con alegría. Sabía que los monstruos estarían en un estado tan lamentable como ellos y el ruido de la tormenta impediría que los oyeran y quizá favorecería el primer ataque. La única desventaja era que los elfos, aunque situados en una posición más baja en la ladera, tendrían dificultades con sus arcos.
—No importa —musitó el guardabosque mientras apresuraba la marcha entre los pinos bajos, lejos de la zona donde los monstruos talaban. Era un día apropiado para espadas, y Elbryan se sintió muy cómodo al desenvainar a Tempestad y acomodar la magnífica espada en su regazo.
La hoja de la espada se alzó de pronto al pasar el guardabosque junto a una espesa pícea y ver que las ramas eran empujadas por algo que había dentro.
Belli'mar Juraviel sacó la cabeza entre las ramas; Elbryan oyó que Paulson y Ardilla, detrás de él, contenían el aliento pues era la primera vez que veían a uno de los siempre esquivos elfos.
—Tras el risco hay un gran número de enemigos —advirtió Juraviel al guardabosque—. Entre ellos muchos gigantes y listos para lanzar piedras. ¡Marchaos de este lugar! ¡Ahora mismo!
Antes de que Elbryan pudiera responder, el elfo desapareció entre las espesas ramas y luego un rumor indicó al guardabosque que Juraviel había salido por detrás del árbol y se había ido.
—Una trampa —susurró ásperamente el guardabosque a sus tres compañeros y azuzó a Sinfonía. Los cuatro se abrieron en línea, serpentearon entre los árboles y cayeron de súbito sobre un grupo de powris, demasiado sorprendidos para reaccionar.
Elbryan se inclinó desde la silla y acuchilló a uno en la cara; luego clavó a Tempestad en el pecho de otro mientras Sinfonía pasaba como un rayo. Ardilla alcanzó a uno en un ojo y cortó la oreja de otro que trató de apartarse echándose a un lado, mientras Pony dispersaba a tres trasgos gimoteantes, más que dispuestos a emprender la huida.
Las maniobras de Paulson fueron más directas; el barbudo hombretón se lanzó contra un powri, al que arrolló con el caballo, y luego le rajó la cabeza a otro con su pesada hacha. Rugiendo y cargando en busca de otro blanco, guió su caballo hacia el flanco de sus compañeros, dio una ceñida vuelta en torno a un árbol y se lanzó contra un gigante fomoriano; caballo y jinete sufrieron el choque más que la enorme criatura.
Paulson se cayó del caballo y desde el lodo vio que el gigante, un poco aturdido pero no fuera de combate, apartaba el caballo y blandía su enorme porra provista de pinchos.
Supo que pronto se reuniría con el pobre Cric.
Se sentía débil y agotado, pero no podía esperar más. El hermano Avelyn comprendía que él y sus amigos, que todo el mundo necesitaba respuestas, necesitaba saber la causa de la invasión. Y por tanto se dejó arrastrar por el hechizo de su poderosa hematites y permitió que su espíritu se liberara de su maltrecho cuerpo y volara a través del viento.
Miró hacia el sur, hacia Dundalis, y vio la lucha en el valle. Vio a los monstruos dispuestos sobre la colina, empezando el ataque, organizados como un ejército y no como una simple reunión de tribus merodeadoras.
Avelyn no podía hacer nada excepto rezar para que Elbryan y sus jinetes fueran lo bastante veloces para huir.
Los pensamientos del monje volvieron al norte, y allí se dirigió a toda velocidad. No tardó en dejar atrás el estruendo de la batalla, mientras su espíritu sobrevolaba el bosque. Se sentía libre, como se había sentido aquel lejano día —le parecía que había ocurrido hacía un millón de años, en otra vida—, cuando maese Jojonah lo había hecho salir de su forma corpórea, cuando había flotado sobre Saint Mere Abelle y había visto los dibujos del tejado del monasterio.
La vista de otro convoy de monstruos que se dirigía inexorablemente hacia el sur, precedido por máquinas de guerra, borró aquellos plácidos pensamientos de la mente de Avelyn.
Dejó atrás la tormenta y la lluvia; pero, aunque el cielo estaba espléndido, no lo era en modo alguno el panorama que apareció a la vista del monje: la imponente silueta de Barbacan. Avelyn presentía la maldad y supo de pronto que, si entraba en aquel tenebroso lugar, no saldría jamás.
Aun así su espíritu se dirigió hacia allí, arrastrado por la imperiosa necesidad de saber. Sobrevoló las imponentes agujas de piedra, por encima del borde meridional de la barrera de montañas, y vio abajo una negrura más intensa que una noche sin luna.
Si diez mil monstruos habían marchado hacia el sur, un número cinco veces mayor estaba reunido allí; sus negras siluetas llenaban el valle desde el muro montañoso del sur hasta una llanura que se extendía entre los brazos negros de una extraña y humeante montaña a unos quince kilómetros hacia el norte.
¡Una montaña humeante! Estaba viva gracias a la magia de la piedra derretida, la magia del Dáctilo demoníaco. Avelyn no tenía necesidad de acercarse más y, sin embargo, se sentía impelido a hacerlo, empujado quizá por la curiosidad.
No; el monje se dio cuenta de pronto de que no se trataba de curiosidad, ni tampoco de la vana esperanza de poder competir con aquella criatura allí y en aquel momento. No obstante, no podía resistir la atracción de la solitaria y humeante montaña que lo llamaba, que lo atraía...
Habían advertido su presencia. ¡No podía haber otra respuesta! El Dáctilo demoníaco había captado la presencia de su espíritu y estaba intentando atraerlo, destruirlo. Aquel convencimiento le dio fuerzas, y dio la vuelta hacia las tierras del sur.
Has venido a unirte a nosotros, lo llamó suavemente algo que era más bien un mensaje telepático que una voz, aunque Avelyn reconoció el tono de quien le hablaba. Su espíritu viró otra vez y allí, cerniéndose sobre un risco rocoso, apareció el fantasma del hombre que se había adiestrado con él todos aquellos años en Saint Mere Abelle, el hombre que había ido a Pimaninicuit para participar de la gloria de Dios, y que, al parecer, había ido a caer muy lejos.
«A unirte con nosotros», le había dicho Quintall. A unirte con «nosotros».
Con tu corte demoníaca, gritó el espíritu de Avelyn.
He aprendido la verdad, respondió Quintall. La luz dentro de las sombras que revela las mentiras...
¡Te has condenado!
Avelyn sintió el regocijo del espíritu.
Estoy con el vencedor, le aseguró Quintall.
Os combatiremos, kilómetro a kilómetro, milímetro a milímetro.
De nuevo el regocijo.
Un pequeño inconveniente, nada más, replicó Quintall. Mientras hablamos, tu supuesto paladín y tu querida compañera están muriendo. No puedes ganar, no puedes esconderte.
El espíritu se interrumpió bruscamente cuando Avelyn, loco de furia, lo atacó; su espíritu se lanzó contra el translúcido contorno del maligno fantasma y entabló con la criatura un combate tanto de voluntades como de fuerza física.
Luchaban con poderes que se sustentaban en la fe: la de Avelyn procedía de Dios, la de Quintall del Dáctilo demoníaco. Se retorcieron y golpearon, flotando entre los desnudos peñascos de Barbacan barridos por el viento. El sostén de Quintall era la oscuridad del demonio, que con su frialdad iba quitando la fuerza a su oponente. El de Avelyn era la intensidad de la luz que quemaba a su enemigo.
En agónica trabazón, sin obtener ninguno de los dos ventaja alguna, rodaban flotando; al fin, se separaron uno de otro y se quedaron frente a frente, dando vueltas, odiándose.
Avelyn sabía que no podía ganar en aquel lugar, tan cerca del demonio; y la idea de que el fantasma sabía algo de Elbryan y Pony que él desconocía lo preocupaba mucho. Y lo que era aún peor: el monje temía que el combate llamara la atención de la humeante montaña; y, si el Dáctilo se lanzaba contra él mientras luchaba con el malvado espíritu de Quintall, seguramente lo destruiría.
Sorprendentemente, a Avelyn no lo asustaba tal posibilidad, pues iría gozoso al encuentro de su Dios si moría combatiendo aquella quintaesencia del mal. Pero el monje debía dejar a un lado sus propios deseos, pues los que luchaban en el bosque necesitarían tener noticias de lo que había averiguado, tenían que ser advertidos de la montaña humeante y de Barbacan, la confirmación de sus tenebrosas sospechas.
Avelyn decidió que libraría su batalla, pero después de haber prevenido al mundo.
Te has condenado, Quintall dijo a su tenebroso enemigo, pero el fantasma se limitó a reír y a echársele encima.
Avelyn venció los deseos de responder al ataque y huyó a toda prisa hacia el sur. Oyó las burlas de Quintall, pues el maligno fantasma creía que huía por miedo, pero hizo caso omiso de aquellas pullas sin sentido.
Tenía la esperanza de que él y Quintall volverían a encontrarse.
Pony y Ardilla continuaron su enloquecida cabalgada sorteando pinos y apurando los virajes; la espada de Pony relampagueaba, y el torrente de dagas de Ardilla parecía no tener fin. Cuando ambos se encontraban demasiado cerca para poder emplear las armas, espoleaban sus poderosos corceles, una y otra vez, y atropellaban a cuantos powris y trasgos se aventuraban en su camino.
Ni siquiera los monstruos que no eran presa del pánico y trataban de disparar sobre los jinetes podían hacer nada frente al ímpetu y a la velocidad de los veloces caballos.
—¡A mí! ¡A mí!
Pony oyó la llamada de Bradwarden y se dirigió hacia el centauro y sus tres compañeros, que estaban gozando de un éxito parecido.
En cambio, Elbryan no fue con ellos. Paulson había desaparecido, aunque ello no lo sorprendía; el hombre estaba demasiado hundido en el dolor y la cólera y, a decir verdad, el guardabosque pensaba que no hubiera debido llevar allí a Paulson teniendo en cuenta la reciente muerte de Cric.
Pero súbitamente advirtió que el hombretón no se había retrasado por propia elección: estaba a gatas en el lodo, intentando desesperadamente esquivar la porra de un gigante. Elbryan espoleó a Sinfonía y lo lanzó a la carga, lamentando no tener preparado a Ala de Halcón para disparar sobre la marcha. Acometió al gigante de costado y golpeó al monstruo justo cuando se inclinaba para aporrear a Paulson.
El gigante resbaló en el barro; Sinfonía se tambaleó y patinó, pero mantuvo el equilibrio.
—¡Corre! —le gritó Elbryan a Paulson, que, aterrorizado, no se lo hizo repetir dos veces. Echó a correr entre los pinos cegado por la lluvia y el terror. Cayó en el barro, pero, en cuanto hubo dado con su corpachón en tierra, siguió subiendo a gatas moviendo las piernas arriba y abajo desesperadamente.
Elbryan intentó cubrirle la retaguardia; pensó en avanzar y alzar a Paulson en la silla detrás de él, pero se dio cuenta de que una maniobra semejante le llevaría mucho tiempo y permitiría al empecinado gigante abalanzarse sobre ellos.
Y no podía perder tiempo luchando con tamaño enemigo, no allí ni en aquel momento, pues toda la ladera sur del valle estaba infestada de monstruos, entre los que había muchos gigantes, la mayoría cargados con sacos de pesadas piedras. En el valle, por doquier, empezaron a rebotar rocas que resbalaban en el barro; por supuesto, era más probable que en lugar de chocar con los ocho atacantes aplastaran a trasgos o a powris, aunque tal posibilidad no parecía preocupar a los refuerzos de los monstruos.
Elbryan comprobó con alivio que Pony, Bradwarden y los demás huían sin dificultades, cabalgando en línea ladera norte arriba, buscando la protección del bosque. Advirtió también que la montura sin jinete de Paulson los seguía muy de cerca y, aunque le satisfacía que el caballo hubiera escapado, no le agradó verlo.
Paulson tendría que correr todo el camino hasta salir del valle, y nunca lo conseguiría a menos que Elbryan y Sinfonía sembraran una gran confusión detrás de él. El guardabosque siguió adelante; puso diestramente la cuerda a Ala de Halcón y entonces zigzagueó entre los pinos; disparaba cada vez que un monstruo dejaba ver su horrible cara.
Durante varios minutos siguió haciendo regates entre los árboles y lanzando rápidos disparos para librarse de cualquier intento de ataque por los flancos; pero el tiempo luchaba en su contra a medida que más y más monstruos iban desplegándose por el valle y sus opciones de huida menguaban. Echó una mirada atrás y vio la pesada silueta de Paulson —por lo menos pensó que la pequeña mancha oscura que subía por la ladera era Paulson—; pero también vio la enorme figura del gigante que perseguía tozudamente al hombretón.
El guardabosque supo que su juego había acabado; hizo dar a Sinfonía una vuelta cerrada en torno al árbol siguiente —golpeando de paso con Ala de Halcón en un ojo a un powri que se escondía entre las espesas ramas— y se lanzó en línea recta tras Paulson y el gigante.
Por doquier se estrellaban contra el fango enormes piedras que arrancaban las ramas de los árboles más cercanos, mientras los gritos de un centenar de monstruos acompañaban a Elbryan en su huida del valle.
Pero aquellos gritos fueron disminuyendo, el poderoso galopar de Sinfonía fue dejando atrás a los perseguidores, y la suerte acompañó al guardabosque a través de la lluvia de piedras arrojadas por los gigantes. Coronó el borde del valle, vio a lo lejos la silueta del enorme gigante y se precipitó en loca carrera entre los esqueletos de los árboles sin hojas.
En ese momento Paulson tropezó en una raíz que sobresalía y cayó boca abajo sobre el barro y la nieve a medio derretir. Oyó la carcajada victoriosa del gigante, imaginó levantada la porra y se cubrió la cabeza con las manos, aunque se dio cuenta de lo inútil que resultaba aquella pobre defensa.
El gigante se disponía a matarlo, con su arma mortal en alto, cuando una flecha se le clavó profundamente en la espalda; su maligna carcajada se convirtió de repente en un jadeo. Enfurecida, la enorme criatura se dio la vuelta.
Elbryan cabalgaba erguido a lomos de Sinfonía, que corría a galope tendido. Desenvainó a Tempestad y colocó el arco en la silla. El gigante se hallaba cerca de un olmo de abundantes, recias y firmes ramas.
—Tienes que ser rápido y seguro —dijo el guardabosque a Sinfonía, que comprendió su plan a la perfección.
El caballo se dirigió en diagonal hacia un segundo olmo, cuyas ramas se entrelazaban con las del árbol que estaba junto al gigante; Elbryan saltó y corrió con paso seguro a lo largo de una rama resbaladiza por causa de la lluvia.
El gigante se giró y miró perplejo mientras el caballo, de repente sin jinete, continuaba galopando hacia él; después de una pequeña vacilación, el monstruo pareció satisfecho con la situación y levantó la porra para interceptar la embestida de Sinfonía.
En el último segundo, el caballo se desvió bruscamente hacia un lado y el gigante asestó el golpe; sólo entonces el estúpido fomoriano advirtió la segunda sombra que corría a lo largo de las ramas, en línea recta hacia su encorvada figura.
Tempestad resplandeció como un rayo blanco azulado y abrió un largo tajo en la garganta del monstruo. El gigante se irguió con un bramido y se dio la vuelta con rapidez, pero Elbryan ya había saltado por detrás de una robusta rama, que detuvo un porrazo que cayó muy lejos de su objetivo. Elbryan apareció por debajo de la rama; Tempestad apuñaló y golpeó las ijadas del monstruo, que trataba en vano de desclavar su porra con pinchos de la rama.
Y aun peor que los pinchazos, que le producían un dolor punzante, era la herida de la garganta, por la que manaba sangre de forma tan violenta que le impedía respirar. Su cólera fue en aumento mientras la terrible herida y la sangre perdida lo iban debilitando. El gigante soltó la porra, se tambaleó hacia atrás y se apretó la garganta desgarrada; miró hacia abajo con ojos nublados y vio al temible hombre de nuevo a lomos del semental y al otro, al que antes había creído presa fácil, montando detrás de él.
El gigante se abalanzó sobre ellos, pero sus sentidos lo engañaron, pues los dos hombres ya se habían alejado más de siete metros. Por fin, la enorme criatura perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Oyó el retumbar de los cascos en el bosque y la voz distante de una hembra humana; luego la oscuridad lo envolvió.
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22
Las revelaciones de los espíritus
—Fue una trampa que te tendieron a ti, que en otros tiempos viviste en Dundalis —afirmó Juraviel. El elfo estaba sentado con Pony y Elbryan cerca de la tumba de Mather, en la arboleda en forma de rombo. Tuntun se encontraba por las cercanías, junto con los demás elfos que habían acudido a aquel lugar y que, según le había dicho Juraviel a Elbryan, regresarían pronto a Andur'Blough Inninness.
—¿Cómo lo supieron? —preguntó Elbryan, que se resistía a creer que la tala en el valle de árboles de hoja perenne hubiera sido llevada a cabo específicamente para ellos.
—Sabían que muchos de los que luchaban contra ellos habían huido de Dundalis —contestó Juraviel—. El pueblo fue abandonado antes de que ellos llegaran. Así que comprendieron que el valle al norte del pueblo era un lugar importante, quizás incluso un lugar sagrado.
—No —arguyó Pony—. No es lógico que lo creyeran más importante que el propio pueblo que habíamos abandonado.
—Y dudo que los powris, y tampoco los gigantes y los trasgos, tengan la menor sensibilidad para la belleza —añadió Elbryan.
Juraviel permaneció callado, mientras consideraba los distintos argumentos. Le seguía preocupando que los monstruos hubieran ido a aquel valle en particular.
También le preocupaba a Elbryan, pues la tala de los árboles de hoja perenne no tenía sentido. La madera recogida por los monstruos no les resultaría de ninguna utilidad; las píceas y los pinos eran demasiado pequeños para las catapultas, demasiado húmedos y verdes para quemar, y demasiado flexibles para ser usados en la construcción. Con bosques más tupidos por doquier, llenos de árboles más altos y de madera más resistente, ¿por qué los powris fueron a aquel valle de árboles de hoja perenne? Sólo para tenderles una trampa, tuvo que admitir Elbryan; una trampa especialmente dirigida a Jilseponie y a él, los dos para quienes aquel valle era sagrado.
Pero para el guardabosque aquello no tenía sentido, pues el plan era demasiado sutil. ¿Cómo podían los monstruos haber obtenido tal información sobre los jefes de sus enemigos?
—Lo sabían —dijo Elbryan en tono neutro—. Tenían que saberlo.
—¿Cómo? —preguntó Juraviel.
Un silbido desde los árboles —sabían que era Tuntun— los alertó de que tenían visita, y poco después el hermano Avelyn se les acercó a paso lento. Tenía mucho mejor aspecto y parecía haber recobrado su energía, aunque cojeaba ligeramente.
—Vaya, vaya —le dijo Pony alegremente, dedicándole una sonrisa.
—Lo saben —observó Avelyn mientras se sentaba pesadamente en el suelo—. Y saben mucho sobre nosotros. Demasiado.
—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó Juraviel.
—Un fantasma me lo ha dicho —replicó Avelyn. Elbryan aguzó las orejas, suponiendo que el monje había establecido contacto con el tío Mather.
—Mientras luchabais en el valle, me fui lejos, hacia el norte —explicó el monje—. Ahora os puedo decir que ese ejército que ha llegado hasta aquí no es más que una avanzadilla, una patrulla exploradora, y que nuestro enemigo, el Dáctilo demoníaco, dispone de un número de soldados muchas veces superior al de ese ejército para echarse encima de nosotros.
—Entonces, estamos condenados —murmuró Pony.
—Nuestro enemigo tiene, también, otro aliado —prosiguió Avelyn, mirando directamente a Elbryan—. El fantasma de un hombre que tú mataste para defenderme.
—El hermano Justicia —dedujo el guardabosque.
Avelyn asintió.
—Se llama Quintall —dijo, pues en aquellas circunstancias el otro apelativo le parecía totalmente absurdo—. Intercambié unas pocas palabras con ese fantasma antes de luchar con él, y puedo asegurarte que sabe cosas de vosotros, de ti y de Pony.
—Una vez luchamos él y yo... —empezó a responder el guardabosque.
Avelyn sacudió la cabeza y lo interrumpió.
—Sabía que estabais en apuros en el valle. Predijo que ambos seríais asesinados.
—Entonces era una trampa —afirmó Juraviel.
—Desde luego —aseguró Avelyn—. Sabían cuál era la mejor forma de atraernos... a vosotros dos, por lo menos —añadió dirigiéndose a Elbryan y a Pony.
—¿Cómo podían saberlo? —se extrañó Pony—. El hermano... Quintall no nos conocía bien, y sin duda no conocía nuestro cariño por el valle de pinos.
—Quizás el fantasma ha estado cerca de nosotros —dijo una voz desde un árbol cercano. El grupo miró hacia allí y vieron a Tuntun sentada tranquilamente en una rama.
Aquello parecía bastante razonable, pero Avelyn sospechaba que él habría notado la presencia de Quintall si el espíritu se les hubiera acercado.
—Quizás —admitió el monje—. O tal vez no es Quintall el único que ha caído en la oscuridad del Dáctilo...
Para el pequeño grupo, cuyas vidas dependían de la más absoluta discreción, no podía haber una posibilidad más inquietante que la presencia de un traidor en sus filas. Miles de preguntas asaltaron a Elbryan y a los demás mientras analizaban a cada miembro de la banda. Cuando mentalmente se preguntó sobre la lealtad de Bradwarden, el guardabosque se dio cuenta de que aquello era una verdadera insensatez.
—No tenemos prueba alguna de semejante cosa —dijo Elbryan con firmeza después de una larga pausa en la conversación—. Probablemente fue el fantasma; nos espió para nuestros enemigos. O quizá los powris son más listos de lo que creíamos en un principio. A lo mejor tienen prisioneros y los han torturado para conseguir información.
—Nadie de Dundalis, seguro —arguyó Pony—. Nadie que pudiera conocer nuestro cariño por el valle.
—No son más que conjeturas —insistió el guardabosque—. Pensamientos peligrosos. ¿Cómo funcionaremos si no confiamos unos en otros? No —decidió con una firmeza que mostraba que no transigiría en aquel asunto—, no vamos a sospechar de la lealtad de ningún miembro de nuestro grupo. No hablaremos de este asunto fuera de este círculo restringido, y no volveremos a hablar de ello a no ser que se pueda encontrar alguna prueba más sustancial.
—Entonces, debemos ser prudentes —aconsejó Avelyn.
—¿Le tocará ahora a esta arboleda? —preguntó Pony, una cuestión que inquietó a Elbryan.
—Ahora le tocará a todo el mundo —contestó Tuntun, desviando el tema—, si lo que ha dicho Avelyn es verdad.
—Lo es —aseguró el monje—. Vi un ejército de enemigos tan grande como jamás me hubiera podido imaginar.
—Un ejército más numeroso de lo que permitiría la forma de ser de los monstruos, si no estuvieran guiados por alguien —acotó Juraviel.
Pony, que no había participado en la discusión anterior junto a la cama de Avelyn, parecía no entender nada.
—Los powris y los trasgos no seguirían siendo aliados durante mucho tiempo si no hubiera un poder mayor, una maldad mayor que los mantuviera juntos —le explicó Juraviel.
Pony miró a Avelyn, pensando en las catástrofes que le había oído profetizar durante las semanas que habían viajado juntos, en la debilidad del mundo que el monje constantemente censuraba y en el nombre que le daba.
—¿Es el Dáctilo? —inquirió—. ¿Estáis seguros?
—El Dáctilo ha despertado —repuso Avelyn sin vacilación alguna.
—Como nos temíamos en Caer'alfar —añadió Juraviel.
—Pero yo creía que el Dáctilo era la debilidad de los corazones de los hombres —razonó Pony—, no un ser de consistencia física.
—Es ambas cosas —le explicó Avelyn, recordando las enseñanzas que había recibido en Saint Mere Abelle y pensando que era una ironía que aquellos mismos hombres que le habían enseñado quién era el Dáctilo hubieran colaborado en el regreso del monstruo con su debilidad e impiedad—. Es la debilidad del hombre lo que permite que el demonio aparezca, pero cuando lo hace es también un monstruo de consistencia física, un ser de enorme poder que puede gobernar las voluntades de los corazones malvados, que puede dominar las hordas de monstruos y tentar a hombres como Quintall, hombres que se han desviado del camino de Dios y han ido a parar al suyo.
—Hay otras creencias además de las de tu iglesia —comentó secamente Tuntun.
—Y todos nuestros dioses son un Dios —se apresuró a responder Avelyn, sin deseos de ofenderla—. Quizás un Dios con nombres distintos, pero de dogmas similares. Y, cuando se tergiversan esos dogmas —siguió diciendo el monje con voz cada vez más grave—, cuando se los utiliza para beneficio personal o como medio de castigar severamente o someter a los demás, entonces que todo Corona se prepare, porque el Dáctilo se levantará de su sueño profundo.
—Son tiempos tenebrosos —asintió Juraviel.
Elbryan inclinó la cabeza pero no por desesperación sino para pensar. El guardabosque no eludía aquellas discusiones filosóficas, pero comprendía que su papel allí consistía en considerar la posición de todos ellos con respecto a la existencia cotidiana, pues a él le correspondía la responsabilidad de guiar adecuadamente a aquella gente que se había puesto bajo su protección y que eran casi doscientas personas. En aquellos momentos el guardabosque tenía problemas más acuciantes que aquel mítico monstruo situado a kilómetros de distancia; en efecto, si había un traidor entre sus filas, el peligro sería mayor.
—Lo sabían, tío Mather —susurró Elbryan cuando la imagen al fin se le apareció en el Oráculo—. Sabían que arrasando el valle me herirían a mí, que quizá me harían salir de mi escondrijo. Sin embargo, ¿cómo han podido enterarse de cosas sobre mí, aparte de mi nombre, Pájaro de la Noche, que no he escondido, y de mis hazañas frente a ellos? ¿Cómo han podido enterarse de mis amores, de lo que ocurre en lo más profundo de mi corazón?
El guardabosque se sentó de nuevo, apoyado en la pared posterior de la cueva. Seguía mirando en silencio, sin esperar respuestas pero confiando en que, tal como sucedía a menudo, la imagen de su tío Mather lo guiaría a través del revoltijo de sus propios pensamientos para permitirle razonar ante sus dilemas.
Vio otra imagen en el espejo —¿o fue sólo en su mente?—: la de un hombre que él había elegido para formar parte del grupo que debía atacar en el valle de árboles de hoja perenne, pero que había rehusado alegando enfermedad. Elbryan sabía perfectamente que aquel hombre no había estado enfermo y consideró aquella repentina cobardía como algo verdaderamente deshonroso. Pero, como no había tiempo para tales menudencias, pronto se olvidó del incidente.
Elbryan evocó de nuevo las imágenes del regreso del maltrecho grupo al campamento principal: Paulson dejándose caer exhausto desde el lomo de Sinfonía; Pony apoyándose en Bradwarden como si fuera a desplomarse en cuanto le faltara el sólido soporte del centauro. Vio reflejadas en el espejo otras imágenes que, cuando realmente ocurrieron, le habían parecido secundarias: un hombre supuestamente enfermo de pie en un extremo del campamento y, por encima de todo, la expresión de la cara de aquel hombre, que Elbryan apenas había advertido entonces, pero que ahora veía con total claridad.
El hombre estaba sorprendido, realmente sorprendido de que hubieran regresado.
Empleando todo el sigilo aprendido en sus años con los Touel'alfar, Elbryan siguió a Tol Yuganick fuera del campamento a última hora de una oscura noche, al cabo de varios días del ataque en el valle de árboles de hoja perenne.
El hombrachón había salido con la excusa de buscar leña para el fuego; Elbryan se dio cuenta de que miraba con frecuencia por encima del hombro, con la indudable intención de asegurarse de que nadie lo seguía. No obstante, su precaución poco pudo frente a la serena destreza del guardabosque, de modo que Tol no advirtió la presencia de Elbryan ni al principio ni cuando se encontró con un powri patizambo a poco más de tres kilómetros del escondrijo de la banda.
—Hice lo que me pediste —pudo oír Elbryan que alegaba el hombrachón—. Los entregué justo donde te había dicho.
—¡Bah! Hablaste del guardabosque —se quejó el powri—, y de la mujer amiga suya; ¡no dijiste nada de los otros guerreros o del feroz centauro!
—¿Creías a Pájaro de la Noche tan estúpido como para acercarse tanto a Dundalis él solo?
—¡Silencio! —le espetó el powri—. Ten cuidado con tu actitud, Tol Yuganick; Bestesbulzibar no está lejos, te lo aseguro, y tiene hambre de carne humana.
Elbryan formó con los labios, en silencio, aquel nombre desconocido y observó que la ruda cara de Tol palidecía al oírlo. El guardabosque no tenía ni idea de quién podía ser aquella criatura, Bestesbulzibar, pero no le cupo la menor duda de que era un enemigo de cuidado.
—Tenemos que destruir a Pájaro de la Noche —insistía el powri—, y pronto. Mi jefe ha advertido que aquí las cosas no van bien, aunque estamos a muchos kilómetros de la línea de batalla, y no está precisamente satisfecho.
—¡Es vuestro problema, Ulg Tik'narn, no el mío! —aulló Tol—. ¡Me habéis utilizado, powri, y habéis dejado en mi boca un sabor asqueroso que ningún río podría lavar aunque me lo tragara entero!
Elbryan se alegró de que el hombre sintiera algún remordimiento por su traición.
—¡He terminado contigo y con Bestesbulzibar, el diablo alado! —añadió indignado, dándose la vuelta para marcharse.
—¿Y también con el fantasma que averigua tus sueños —replicó el powri maliciosamente—, con el fantasma que atiende cada llamada de Bestesbulzibar?
Tol Yuganick vaciló y se volvió.
—¿Y qué haría Pájaro de la Noche si descubre tu traición? —añadió Ulg Tik'narn.
—Teníamos un trato —protestó Tol.
—Tenemos un trato —corrigió el powri—. Harás lo que te ordene, estúpido humano, o mi jefe te destruirá de una forma muy desagradable.
Tol inclinó la cabeza, mientras su rostro se contraía por la lucha entre pragmatismo y conciencia.
—Ya has caído sin remedio —prosiguió el powri con una risita—. Tu conducta no puede cambiarse, tus errores no pueden corregirse. Nos entregaste una vez a Pájaro de la Noche, y ahora debes hacerlo de nuevo, pues, si no lo atrapamos, no habrá descanso para el horrible Tol Yuganick; ningún sueño escapará a las intromisiones del fantasma Quintall, ni encontrarás ningún camino para alejarte lo suficiente del vuelo de Bestesbulzibar, que es todopoderoso.
Elbryan apenas pudo respirar, al constatar que él y su pequeña banda habían causado un impacto tan grande en el corazón del ejército de los monstruos. Reconoció el nombre del espíritu traidor, por supuesto, y, al oír que el powri se refería a Quintall como a un peón de Bestesbulzibar, intuyó la identidad de aquella criatura.
—Hay una arboleda —empezó a decir Tol a regañadientes—, en forma de rombo.
Aquellas palabras sobrecogieron a Elbryan; puso una flecha en Ala de Halcón casi sin darse cuenta y apuntó el arco al espacio comprendido entre los dos ojos del traidor.
—Es un lugar muy especial para el guardabosque, un lugar que no permitirá que sea profanado por nada del mundo —prosiguió Tol Yuganick.
Elbryan no quería matarlo; por mucha que fuese la flaqueza de espíritu de Tol, el guardabosque no quería matarlo hasta haber hablado con él, hasta haber oído todas las amenazas de que había sido objeto para hacerlo obrar de aquel modo.
Pero Elbryan no sentía compasión alguna por los powris, así que desplazó el ángulo de tiro un poco, apretó los dientes y disparó; la flecha recorrió los siete metros velozmente, sin error, creyó él. En el último momento, la flecha se desvió en pleno vuelo y se clavó en un árbol. Ulg Tik'narn se escabulló en un abrir y cerrar de ojos y se perdió en la oscuridad del bosque; pero, antes de que Tol pudiera moverse, el guardabosque saltó ante él blandiendo a Tempestad. Un vistazo al powri que huía le confirmó que la repugnante criatura no representaba una amenaza inmediata.
Tol, por otra parte, tenía en la mano su enorme espada y miraba a Elbryan nerviosamente.
—Lo he escuchado todo —dijo el guardabosque—, absolutamente todo.
Tol no contestó; se limitó a mirar en torno buscando una escapatoria.
—No puedes correr más que yo, de noche en un bosque —declaró Elbryan, sereno.
—Entonces, corre más que yo —replicó agriamente el hombrachón—. ¡He querido tu cabeza desde el primer día en que te vi, guardabosque nauseabundo, y, ahora, o te vas o puedes estar seguro de que te la voy a cortar!
Elbryan reconoció el auténtico miedo que escondía aquella fanfarronada. Tol no deseaba pelear con él, no deseaba enfrentarse a la temible Tempestad.
—Tira tu arma al suelo —le ordenó Elbryan con calma—. No voy a juzgarte, Tol Yuganick; aquí no. Vendrás conmigo al campamento, confesarás tus crímenes con sinceridad y veremos lo que la gente decide hacer contigo.
Tol se estremeció ante aquella idea.
—¿Tirar el arma al suelo para que os resulte más fácil pasar un lazo corredizo por mi cuello? —inquirió el hombretón.
—Es poco probable —repuso el guardabosque—; la gente es compasiva.
—Te doy una última oportunidad de huir —le dijo Tol, después de escupirle.
—No lo hagas —le avisó Elbryan, pero Tol se abalanzó sobre él con un ataque violento, golpeando con su pesada espada.
Tempestad se movió veloz hacia la izquierda, rechazó el golpe, de nuevo se fue a la izquierda y después a la derecha; Elbryan desviaba con facilidad los toscos ataques. El guardabosque pinchó hacia adelante con su hoja, acercando la punta a la empuñadura de la punzante espada de Tol, y, al mismo tiempo, se desplazó diestramente hacia un lado para esquivar la embestida frontal del hombretón. Una torsión de la muñeca de Elbryan hizo que la hoja de Tempestad alcanzara con contundencia la mano del hombrachón, y otro movimiento de muñeca torció violentamente la mano de Tol.
Elbryan extendió por completó el brazo que empuñaba la espada; el arma de Tol voló inocuamente hacia un lado y fue a caer en un charco fangoso.
El hombrachón lanzó un grito sofocado de desesperación, mientras, desarmado, miraba al peligroso guardabosque.
—No lo hagas... —empezó a decir Elbryan, pero Tol se dio la vuelta y huyó dando traspiés.
Elbryan levantó a Tempestad por encima de su cabeza y se dispuso a lanzarla. No obstante, se abstuvo de hacerlo pues, en el momento en que Tol pasaba junto al árbol más cercano, un par de musculosas patas equinas salieron disparadas, alcanzaron de pleno la sien del hombre y, como si fuera un saco, lo proyectaron violentamente contra el pie de un grueso fresno.
Bradwarden apareció en el pequeño calvero.
—Lo seguí hasta aquí —explicó Elbryan.
—Y yo te seguí a ti —repuso el centauro—. Llevaba a Avelyn montado en mi lomo. Deberías mirar lo que pasa ante tu culo, aunque tu objetivo esté ante tus narices.
Elbryan miró en torno.
—¿Y dónde está el monje?
—Cazando un powri —contestó Bradwarden—. Dijo que no había que preocuparse por aquel pequeñajo.
Elbryan observó a Tol. La cabeza le colgaba de los hombros; estaba sentado, aplastado contra el grueso tronco.
—No me atrevo a juzgarlo —dijo el guardabosque.
—Siempre compasivo, como con los tres tramperos granujas.
—Y aquella vez acerté al serlo —recordó Elbryan.
—Es verdad, pero esta vez es diferente —replicó el centauro—. Ahora se trata de alguien caído, sin redención posible. Su crimen no puede tolerarse, creo yo, pues nos habría entregado a todos a la bestia para salvar su pellejo. —Bradwarden miró con desprecio al hombre aturdido—. Además, él lo sabe. Seguramente eres menos compasivo con él dejándolo vivir con esa cosa tan terrible que ha hecho.
—No lo juzgaré.
—Pero yo sí —declaró Bradwarden con energía—. Ahora, amigo mío, quizá quieras irte; Avelyn tal vez necesita tu ayuda, y no creo que quieras ver lo que va a ocurrir aquí.
Elbryan miró fijamente al brutal centauro, pero comprendió que tenía poca autoridad para cambiar su determinación. Y, pese a sus sentimientos de compasión, no pelearía con Bradwarden por culpa de Tol Yuganick, que tan bajo había caído. Volvió a mirar a Tol, que estaba inconsciente y, probablemente, ya herido de muerte a causa de la contundente patada.
—Ten compasión —dijo el guardabosque a Bradwarden—. Lamenta su decisión.
—Eligió libremente.
—Aunque así sea, la compasión es amiga del justo —insistió Elbryan.
Bradwarden asintió sombríamente; Elbryan recogió rápidamente a Ala de Halcón y se perdió en la noche tras el powri que había escapado, aunque el guardabosque confiaba en que Avelyn se las sabría apañar con el enano. Cuando se había internado unos diez pasos en el bosque, oyó un ruido sordo, la coz del centauro contra una cabeza apoyada en el tronco de un árbol, y supo que todo se había acabado.
Se le revolvió el estómago, pero no podía estar en desacuerdo, por lo menos en aquellas circunstancias con tantas vidas en juego. Tol había elegido y había pagado por su elección.
A la vuelta de un recodo, lejos, hacia abajo en el oscuro sendero, el guardabosque encontró una banda de powris tumbados en el suelo, la mayoría muertos pero algunos todavía retorciéndose en agonía. Advirtió que la descarga de un rayo los había alcanzado; el monje tenía que estar cerca.
Se detuvo, aguzó sus sentidos en la noche y oyó que alguien hablaba no lejos de allí. Corrió veloz pero sin hacer ruido, y no tardó en ver a Avelyn dando buena cuenta de otro powri; el expeditivo monje sujetaba al enano bajo su brazo y le golpeaba repetidamente la cabeza contra un tronco.
Elbryan tenía la intención de detenerse allí, pero un movimiento más lejos, hacia el sur, en el sendero, llamó su atención. Apercibió al último powri; era Ulg Tik'narn, el que había estado hablando con Tol Yuganick. Apoyó una rodilla en el suelo, preparó a Ala de Halcón y apuntó. De nuevo el tiro fue bueno, pero otra vez la flecha se desvió en el último momento y voló inofensivamente hacia la oscuridad.
Frustrado, el guardabosque abandonó su arco y corrió empuñando la espada.
El powri, advirtiendo seguramente que no podía competir con un humano de piernas más largas, detuvo su carrera y se dio la vuelta con una reluciente espada dentada en la mano.
—¡Pájaro de la Noche! —murmuró el enano—. ¡Bah, morirás!
Elbryan no dijo nada; se limitó a acercársele con rapidez y energía. Golpeó a Tempestad dos veces contra la hoja del powri y luego, aprovechando que el enano tuvo que bajar la guardia, la lanzó directamente hacia el desprotegido corazón del enemigo.
La hoja salió desviada hacia un lado, impelida por alguna fuerza que Elbryan no comprendió; entonces el guardabosque, sobrecogido, perdió de repente el equilibrio y cayó hacia adelante. Dio un manotazo desesperadamente con la mano que tenía libre, y la espada del sonriente powri lo hirió en la palma abierta.
—¿Qué? —preguntó el guardabosque resbalando hacia un lado y dándose la vuelta para encararse con su engañoso enemigo.
Riendo, Ulg Tik'narn avanzó.
A cierta distancia, el hermano Avelyn contemplaba la escena con curiosidad; vio cómo Elbryan llevaba a cabo otro ataque, aparentemente con éxito, pero comprobó que en el último instante Tempestad volaba hacia un lado. Sin embargo, aquella vez el guardabosque no fue cogido por sorpresa; mantuvo el equilibrio y se revolvió para adoptar una posición defensiva con suficiente rapidez para prevenir los pinchazos de su rival.
Avelyn guardó la piedra de grafito que tenía en la mano, pues el rayo había causado escasos efectos cuando lo había usado contra aquel enano. Había algo poco usual en aquel powri, advirtió el monje, una magia defensiva que Avelyn no comprendía.
Cogió el carbunclo que había tomado del cuerpo muerto de Quintall y se sumergió en su magia, mientras Elbryan acuchillaba con su arma —en vano— por dos veces la cabeza del powri, que se reía de él.
Entonces Avelyn vio la causa, distinguió con claridad los refuerzos claveteados del powri, que relucían fieramente con el encantamiento.
—Ya basta —aulló el monje—. ¡Vaya, vaya! —Sacó la otra piedra que había encontrado en el cuerpo de Quintall, la poderosa piedra solar, y extrajo de ella su energía concentrada.
—Bah, no puedes matarme, estúpido Pájaro de la Noche —decía Ulg Tik'narn, manteniendo abiertos sus cortos brazos, al tiempo que avanzaba con firmeza hacia el confundido Elbryan—. Mi jefe me protege. Bestes...
La palabra terminó con un gorgoteo, cuando las ondas de supresión mágica envolvieron los refuerzos forjados por el Dáctilo y Tempestad perforó el pecho del enano.
—No sé cómo se llama —admitió Juraviel, mirando a Elbryan por encima del fuego del campamento.
—Pero yo sí —intervino Avelyn, que apoyaba su corpachón en un leño caído—. Bestesbulzibar, Aztemefostofe, Pelucine, Decambrinezarre...
—Todos son nombres de demonios dáctilos —dijo Juraviel, a quien le sonaron familiares dos de los extraños apelativos.
—O sea que, si podemos creer al powri, sabemos que hay una bestia, una bestia física, que guía a nuestros enemigos —intervino Pony.
—Lo sabemos —confirmó Avelyn con plena convicción, y tiró al suelo los refuerzos encantados, objetos malignos que el monje no permitiría que nadie llevara—. Desde hace algún tiempo tengo conocimiento de la bestia, y también de su guarida.
—Barbacan —dijo Elbryan.
—La montaña humeante —añadió Avelyn.
Se hizo un largo silencio; los cinco —los tres humanos, Juraviel y Tuntun— se sintieron abrumados al ver confirmados sus temores y, de pronto, se sintieron vulnerables. Por supuesto, había un Dáctilo muy real que controlaba al fantasma de Quintall y —o bien a través de Quintall o mediante informes de sus fuerzas monstruosas— conocía su banda guerrillera, conocía a Pájaro de la Noche.
Avelyn se levantó y se fue; Pony se apresuró a alcanzarlo.
—Conozco mi destino —dijo en voz baja el monje a la mujer, aunque Elbryan, que había empezado a seguirlos, y los dos elfos, con sus finos oídos, lo oyeron a la perfección—. Ahora sé por qué el espíritu de Dios me inspiró para que robara las piedras y escapara de Saint Mere Abelle.
—Quieres decir que piensas ir a Barbacan —dedujo Pony.
—He visto el ejército que se ha reunido allí —contestó Avelyn—. He visto las tinieblas que pronto caerán sobre nosotros, sobre todo el reino: Saint Mere Abelle y Palmaris, Ursal e incluso Entel en la cordillera Cinturón y Hebilla. Quizás el lejano Behren tampoco esté seguro.
El monje se dio la vuelta para mirar a los ojos a Pony, y después a Elbryan.
—No podemos derrotar al Dáctilo y a sus secuaces —prosiguió Avelyn—. Nuestro pueblo se ha ido debilitando, y los elfos se han ido aislando y son demasiado pocos. La única manera de prevenir la oscuridad es decapitar a nuestro enemigo, destruir la fuerza que mantiene a los powris unidos a sus odiados trasgos, destruir la maligna y poderosa voluntad que dirige a los salvajes gigantes.
—¿Te refieres a recorrer centenares de kilómetros para combatir con una criatura tan poderosa? —preguntó Elbryan con escepticismo.
—Ningún ejército reunido por todos los reinos de la tierra podría acercarse al Dáctilo —replicó Avelyn—, pero yo sí.
—Podría hacerlo un grupo reducido —dijo Pony mirando al guardabosque.
Elbryan consideró aquella idea un momento, y luego asintió ceñudamente.
Pony miró a Avelyn y escrutó en la profundidad de los ojos de aquel hombre que se había convertido para ella en un hermano. Vio en ellos un dolor y un temor que no estaban en el momento cuando había declarado que iría él solo. Avelyn tenía miedo por ella, no por lo que le pudiera pasar a él.
—Has dicho que es tu destino —comentó Pony—, y también es el mío, puesto que el destino me ha colocado a tu lado.
Avelyn sacudió la cabeza, pero Pony seguía insistiendo.
—No intentes ni siquiera detenerme —le dijo—. Además, ¿en dónde podría estar yo a salvo? ¿Aquí, donde los powris nos tienden trampas? ¿Quizás en las tierras del sur, corriendo delante de las hordas que avanzan?
—¿O en el hogar de los elfos? —añadió Juraviel con aire severo, prestando un apoyo inesperado a los argumentos de Pony.
—¿Dónde? —preguntó la mujer—. Preferiría enfrentarme cara a cara con el monstruo, estar junto a Avelyn cuando afronte su destino, mientras el mundo entero retiene el aliento.
Avelyn miró a Elbryan como si esperara que el guardabosque protestara. ¿Cómo podía Elbryan, tan enamorado como estaba de Pony, permitirle que fuera?
Pero Avelyn era incapaz de entender del todo la naturaleza de aquel amor.
—Y yo estaré junto a Pony —dijo el guardabosque con firmeza—, y junto a Avelyn.
En el rostro del monje se pintó la más absoluta incredulidad.
—¿No era Terranen Dinoniel un guardabosque entrenado por los elfos? —inquirió Elbryan, clavando los ojos en Juraviel y Tuntun.
—Era medio elfo además —puntualizó Tuntun, como si ese hecho colocara de alguna forma al héroe legendario por encima de Elbryan.
—Entonces tendré que ir yo para completar la otra mitad —declaró Juraviel sombríamente, observando los desorbitados ojos de Tuntun sin sorprenderse—. Con la bendición de la señora Dasslerond, desde luego —añadió.
—¡Vaya, vaya! —exclamó de pronto Avelyn, sorprendido y obviamente complacido por aquel inesperado apoyo. Pero la alegría del momento no podía durar ante la tenebrosa perspectiva del viaje a Barbacan. El monje miró a cada uno de sus amigos, uno tras otro, e inclinó la cabeza; luego se alejó para estar solo con su conciencia y su coraje.
Cuando Elbryan y Pony se separaron de los elfos, se sorprendieron al encontrar a un amigo que escuchaba a escondidas a unos doce pasos en la espesura del bosque y a quien no habían visto ni oído pese a su enorme volumen.
—Ah, ya sabía que llegaríamos a esto —dijo Bradwarden—. Los humanos siempre están pensando en cómo lograr ser recordados —añadió burlonamente, sacudiendo la cabeza—. Yo me encargaré de las alforjas. Necesitaréis a alguien que cargue con las provisiones, y será mejor que ese alguien sepa cómo salirse de los problemas.
—¿Pretendes acompañarnos? —preguntó Elbryan.
—Será un largo camino —replicó el centauro—. ¡Necesitaréis mi gaita para calmar vuestros nervios, no lo dudéis!

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