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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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viernes, 11 de julio de 2008

SEVEN -- ANTHONY BRUNO

SEVEN -- ANTHONY BRUNO
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CAPÍTULO 1

En alguna parte, abajo en la calle, se disparó la alarma de un coche, una nota larga y despiadada que resultaba imposible no oír. Somerset miró el despertador digital que había sobre la mesilla de noche. Eran casi las dos de la madrugada y, aunque llevaba más de una hora tendido en la cama, ni siquiera había empezado a sentir sueño. Tenía demasiadas cosas en que pensar.
Somerset intentó desterrar de su mente el penetrante sonido de la alarma y concentrarse en el tic tac del metrónomo que tenía sobre la mesilla, debajo de la lámpara de lectura. Contempló el pequeño brazo del aparato en su vaivén, adelante y atrás, adelante y atrás, tic... tic... tic... tic...
Aquella pequeña pirámide de madera era la mejor inversión que había hecho en su vida, pensó. Después de treinta años en la policía y de haberlo inten tado con esposas, novias, alcohol, pastillas, loqueros, predicadores, meditación y yoga, al fin aquel aparatito era lo único que conseguía por lo menos calmarlo un poco y hacerle conciliar el sueño. Un sencillo aparatito mecánico. Se trataba de ajustarlo a un ritmo bien preciso, como por ejemplo el de una suite para violoncelo de Bach, y observar la oscilación del brazo adelante y atrás, adelante y atrás, tic... tic... tic... tic... hasta que el pulso empezaba a serenarse y se acoplaba al compás del metrónomo.
Somerset utilizaba aquel dichoso trasto con tanta frecuencia que le asombraba que aún funcionara. Rara era la noche en que no se veía obligado a usarlo para alejarse de toda la mierda que había afrontado durante el día, para lograr dormir siquiera unas pocas horas. Durante los veintitrés años que había pasado en la policía, diecisiete de ellos como detective de la brigada de Homicidios, había visto tanta escoria humana que era un milagro que pudiera dormir. Sólo un detective de Homicidios llega a ver el lado más oscuro de la humanidad. Asesinatos, palizas, torturas, humillaciones, degradaciones de todas las clases imaginables.
Maridos que asesinan a sus mujeres, mujeres que asesinan a sus maridos, niños que matan a sus padres, padres que matan a sus hijos a golpes, amigos que disparan contra amigos, desconocidos que disparan contra desconocidos. Y todo ello sin ninguna suerte de orden ni concierto. Acciones espontáneas. Crímenes pasionales. Violencia gratuita. Violencia al azar. Una bala en la cabeza porque a un tipo no le gustó el modo en que otro tipo lo miraba. Una puñalada en el corazón durante una disputa por un sitio donde aparcar.
Una flecha clavada en el ojo por hacer trampas en el Monopoly. Niños de diez años que matan a niños de once para robarles las zapatillas deportivas. Una drogata repleta de crack que dispara contra la multitud porqúe le apetece. Somerset había llegado a creer que aquella ciudad señalaba el camino hacia el futuro: la involución. Una sociedad en regresión. El homo sapiens en su retorno a la porquería de la que procedía.
Somerset cerró los ojos y se cubrió el rostro con sus largos dedos. Había visto suficiente y no quería ver más. Se concentró en el rítmico golpeteo del metrónomo, que le llegaba desde detrás de los párpados cerrados, mientras el aullido de la alarma empezaba a convertirse en un sonido confuso. Resultaba increíble que todavía lo consiguiera después de treinta años. Pero si se quedaba más tiempo, era posible que perdiera esa facultad. La clase de porquería que tenía que aguantar se acumula en la mente, y, a la larga, eso puede resultar fatal. Sin embargo, al menos aquella noche todavía podía desterrar de su mente todo lo que había vivido durante el día. Al menos en parte. Y esperaba poderlo borrar todo algún día, olvidar para siempre toda la mierda que había llegado a presenciar como si nunca hubiera existido. Sabía que tenía bastantes probabilidades de fracasar, pero lo que estaba claro era que lo iba a intentar. En cuanto se jubilara. Sólo le quedaban siete encantadores días. Siete días más y ya sería historia en aquella ciudad. Siete días para la dulce liberación.
Somerset se apartó las manos del rostro y miró fijamente las paredes desnudas de su dormitorio. Había descolgado los cuadros, y casi la mitad de los libros de las estanterías que llegaban hasta el techo estaba guardada en cajas. Había intentado hacer una selección, regalar algunos, pero le costaba mucho desprenderse de sus libros. En el armario quedaban colgados un traje, una chaqueta, dos pares de pantalones y siete camisas limpias; el resto de la ropa estaba ya en las maletas. Escudriñó los muros desnudos. Le resultaba extraño que aquellas paredes hubieran presenciado sus dos matrimonios. Por supuesto, un piso de alquiler limitado en la ciudad vale más que una buena esposa. Pagar la pensión alimenticia resultaba más barato que comprar un piso y, de alguna forma, había tenido suerte en ambos casos. Sus dos ex esposas habían comenzado una nueva vida tras divorciarse de él, y se alegraba por ellas. En cuanto a la manutención de los hijos, jamás había supuesto un problema, ya que Somerset nunca había querido tener hijos.
La verdad era que en un momento determinado sí quiso tener hijos, pero no en la ciudad. Sabía lo que la vida urbana significaba para los niños. En el fondo, sin embargo, siempre había deseado que una de sus esposas le sorprendiera algún día con la noticia de que estaba embarazada. Eso lo habría obligado a efectuar algunos cambios, tal vez a salir de aquel agujero infernal. Pero, por mucho que hubiera deseado tener un hijo, su primera esposa, Michelle, no podía, y Ella, la segunda, nunca había querido, de modo que Somerset no insistió. Desechó la idea de su mente de forma consciente, y se dijo que así iba a ser su vida. Los matrimonios sin hijos no constituían un fenómeno tan inusual en la ciudad. Eran algo normal. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón no pensaba así. Con todo, a los cuarenta y cinco años aún no era demasiado tarde para ser padre. A su edad todavía podía aprender a cambiar pañales. No era demasiado tarde. Cabía la posibilidad de que conociera a alguien. Tal vez. No es que contara con ello, pero tampoco resultaba imposible. Nada sería imposible en cuanto se largara de allí.
Sintió un nudo en la boca del estómago. Tenía la mandíbula tensa. Todavía no se sentía del todo a gusto con la decisión que había tomado. ¿Y si resultaba un gran error? Había pasado toda su vida en la ciudad. ¿Y si odiaba el campo? ¿Y si le parecía un coñazo? ¿Y si descubría que él era como las palomas ? Necesitaba la basura de la ciudad para sobrevivir.
Desvió la mirada hacia el metrónomo y siguió la trayectoria del brazo; se concentró en el ritmo constante, obligándose así a dejar de pensar tanto y a relajarse. Todo saldrá bien, se dijo a sí mismo. Todo saldría bien si se calmaba y dejaba que las cosas siguieran su curso. Siete días de mierda y luego empezaría una nueva vida. La parte buena de su vida.
Sobre la mesilla de noche, esparcido en torno al metrónomo, aparecía el contenido de sus bolsillos: el llavero, la desgastada cartera de cuero marrón, la vieja funda de cuero negro para la placa, la navaja con empuñadura de nácar. En el borde de la mesilla había un ejemplar de tapas duras de Por quién doblan las campanas, de Hemingway. Lo encontró al hacer las maletas y había decidido leerlo de nuevo.
Alargó el brazo para coger el libro y lo abrió por la página que había marcado la primera vez que lo leyera, ahora hacía casi veinte años. Vio una frase subrayada con lápiz ya desvaído: El mundo es un lugar hermoso, un lugar por el que merece la pena luchar.
A Somerset le entró la risa. Aquella frase había significado algo para él veinte años atrás, cuando era el novato de la brigada de Homicidios, cuando el mundo era realmente un lugar hermoso por el que merecía la pena luchar; pero las cosas habían cambiado desde los tiempos de Hemingway. Era evidente que Ernest jamás había imaginado que las cosas se pondrían tan feas.
Pasó las páginas hasta que encontró el trozo de papel pintado que había introducido en el libro aquella tarde: una rosa roja en un rectángulo de papel mugriento. Somerset lo había descubierto en la casa aquella tarde, al echar un vistazo al lugar antes de cerrar el trato. Se trataba del papel pintado que había debajo del papel de motas doradas de la sala que se caía a jirones. Había arrancado un trozo de éste y después limpió la cola del otro fragmento que apareció debajo, antes de cortar aquel rectángulo con la navaja.
Todd, el agente inmobiliario, se había puesto nervioso de inmediato, temiendo que Somerset cambiara de idea.
—¿Sucede algo, señor Somerset? –inquirió mientras jugueteaba con el cuello de su americana azul marino, en la que aparecía la insignia de la agencia inmobiliaria bordada en el bolsillo de la pechera, mientras intentaba ocultar que estaba a punto de sufrir un ataque de angustia.
Somerset no respondió. Siguió mirando aquella rosa delicadamente grabada, impresionado por la habilidad del artista y el empleo de los múltiples matices de rojo con toques anaranjados. La minuciosidad que ponía de manifiesto aquel papel pintado lo sorprendió. ¿Realmente hacían papeles pintados tan artísticos? Antaño sí. No obstante, habría apostado lo que fuera a que ya no se hacían.
—¿ Sucede algo, señor Somerset ? –repitió Todd.
Somerset se guardó la rosa en el bolsillo, cruzó la sala y salió al porche delantero. Se trataba de un gran porche que daba la vuelta a la casa, y sus pasos resonaron como una mareha fúnebre sobre los tablones desgastados. Observó las abandonadas tierras de cultivo que rodeaban la casa, así como las cosechas bien cuidadas de su vecino, al otro lado de la carretera. A la izquierda empezaban las colinas y el bosque. No había ni una sola nube en el cielo, y a Somerset casi le pareció oír el sonido de los rayos de sol sobre él. El cartel de En venta oscilaba al viento, que silbaba con suavidad.
Todd abrió la chirriante puerta mosquitera con aire inseguro.
—¿ Señor Somerset?
Somerset bajó la escalinata del porche y se volvió para contemplar el tejado de hojalata y las marcas de alquitrán agrietado por el sol en los lugares donde se había reparado.
—¿Tiene alguna pregunta, señor Somerset? La casa incluye una garantía de un año para la caldera y todos los electrodomésticos, de modo que si le preocupa que...
—No, no es eso lo que me preocupa. Ya veo que la casa es vieja, pero no importa. Es que..., es que todo me parece tan... extraño.
—¿ Extraño ? No sé si le entiendo bien. Quiero decir que yo no veo nada extraño en esta casa. Necesita algunas reformas, claro está, pero...
—No, no. Me gusta la casa. Me gusta la ubicación. Me gusta el concepto de este lugar.
Todd esbozó una leve sonrisa de alivio.
—Iba a decir que éste realmente es el lugar más normal del mundo.
Somerset desvió la mirada hacia el bosque.
—Por eso quiero vivir aquí. Quiero un sitio normal.
Pero Todd ya no le estaba escuchando, sino que había ido a arrancar el cartel de En venta del jardín.
Tic... tic... tic... tic... Somerset miró el metrónomo y luego dirigió su vista hacia la rosa de papel que sostenía en la mano. Ya echaba de menos la casa, y eso que ni siquiera se había mudado aún. La echaba de menos porque se le antojaba irreal, tan alejada de allí. Un estremecimiento de pánico le atenazó el estómago. ¿Y si no lo conseguía? Lo separaban siete días de la normalidad, pero en siete días pueden pasar muchas cosas. ¿Y si ocurría algo?
Clavó su mirada en el metrónomo y se concentró en su sonido para combatir el pánico. Pero el tictac le recordaba el traqueteo del tren de cercanías que había tomado de regreso a la ciudad aquella tarde. Al principio fue fantástico contemplar cómo las granjas y los campos se sucedían velozmente mientras él permanecía recostado en su asiento leyendo a Hemingway con un cigarrillo entre los labios y un vaso de café caliente, enviando espirales de humo y vapor hacia la brillante luz del sol que inundaba el tren. Pero al cabo de un rato el sol se tornó opresivo, exigiendo su atención mientras el paisaje se volvía cada vez más árido y las granjas se trocaban en desierto. Muy pronto, esqueletos de coches carbonizados empezaron a salpicar las tierras yermas, y Somerset supo que se estaban acercando a la ciu dad. En medio de la nada empezaron a aparecer fábricas y polígonos industriales que parecían bases espaciales. A continuación los suburbios residenciales tan cuadriculados, con su césped antinatural que debía regarse cada día para que pudiera sobrevivir en aquel calor tórrido. Prados conectados a un pulmón artificial, eso es lo que eran. A medida que el tren se aproximaba a la ciudad desde el norte, Somerset divisó varias capas de contaminación sobre el horizonte, como la mano aplastante de un dios vengador.
Cuando el tren llegó a la estación, Somerset no hubiese querido descender de él. Habría preferido permanecer sentado hasta que el tren lo llevara de vuelta a su nuevo hogar.
Pero el deber lo llamaba, y siete días tan sólo eran una semana. Podía aguantar una semana, se decía a sí mismo. Después de treinta años, ¿ qué significaban siete días ?
Pero una vez en la calle, mientras hacía cola para coger un taxi, la realidad de la ciudad lo sacudió con toda su fuerza. Coches de frenos chirriantes, sirenas que aullaban, gente gritando, todo el mundo indiferente. Un vagabundo loco se disputaba una maleta con un turista.
—Yo le consigo un taxi, amigo –farfullaba el hombre–. Sé cómo hacerlo. Yo le consigo uno. El mejor taxi de la ciudad, joder.
Pero el turista, cuya esposa y dos hijas permanecían detrás de él con aire desamparado, no deseaba la ayuda del loco. No querían que aquel hombre existiese. Somerset estuvo a punto de intervenir, pero carecía de la energía suficiente. Si pretendía escapar de aquel lugar, debía dejar de responsabilizarse de todo. La gente tenía que resolver sus propios problemas. Cogió el siguiente taxi que llegó y le indicó al taxista que lo condujera a casa.
Cuando el taxi se puso en marcha, Somerset vio una ambulancia y dos coches patrulla con las luces parpadeantes encendidas y los parachoques bloqueando media calle.
El embudo que provocaban impedía el tráfico en ambos sentidos. Los conductores tocaban las bocinas y lanzaban juramentos desde las ventanillas, molestos por el atasco.
Cuando el taxi se acercó un poco más, Somerset divisó a dos agentes uniformados que mantenían a raya a los mirones mientras dos enfermeros permanecían inclinados sobre un cuerpo que yacía sobre la acera. Somerset alcanzó a ver el rostro ensangrentado del cuerpo y se preguntó por qué no le proporcionaban oxígeno si todavía estaba vivo. Se sintió tentado de salir y ayudar, pero se contuvo antes de ordenar al taxista que parara, recordándose a sí mismo que la policía ya había llegado y que él no era el único detective de Homicidios de la ciudad. Además, aquél ni siquiera era su distrito.
La gente encargada del caso era quien debía ocuparse del asunto. No era su problema. O al menos no lo sería a partir de la semana siguiente.
El taxista tocó el claxon al ver que el coche que iba delante no atravesaba el cruce tal como él quería.
—¡Joder! –espetó, al tiempo que asestaba un puñetazo al volante.
Somerset intentó mirarlo a los ojos por el espejo retrovisor.
—¿Es que no le importa? –preguntó haciendo una seña en dirección al cuerpo que yacía sobre la acera.
—Pues claro que me importa –replicó el taxista–. Estoy perdiendo dinero aquí parado en este puto atasco.
A Somerset no se le ocurrió ninguna respuesta.
En el cruce siguiente de repente se inició una pelea junto al bordillo; dos hombres de veintitantos años se vapuleaban mientras a su alrededor una multitud los animaba, abucheándolos y gritando. En aquel momento llegó un coche patrulla, se subió a la acera y dos agentes bajaron de un salto. Uno de ellos intentó detener la pelea mientras el otro se esforzaba en dispersar a la multitud sedienta de sangre. Ninguno de los dos parecía tener demasiado éxito.
Somerset puso la mano en el picaporte, listo para saltar del taxi y acudir en auxilio de los agentes, pero de repente el taxista pisó a fondo el acelerador y dejó a un lado a los mirones que entorpecían el tráfico, hasta situarse en el carril contrario.
—Chalados de mierda –espetó.
Cuando el taxista volvió por fin al carril derecho, Somerset exhaló un profundo suspiro, se recostó en el asiento y cerró los ojos para no tener que ver cada una de las asquerosas marquesinas de los cines porno y cada cartel fluorescente de los sex–shops.
—¿ Adónde me ha dicho que iba? –preguntó el taxista.
—Muy lejos de aquí –repuso Somerset abriendo los ojos.
Sí –pensó–. Muy lejos de aquí...
El metrónomo estaba perdiendo la batalla contra la alarma del coche, que lo empujaba de regreso a la realidad.
Somerset contempló el brazo oscilante con el ceño fruncido, lo miró con intención, como si quisiera hacerlo funcionar de nuevo.
Tic... tic... tic... tic... tic... tic...
Cerró los ojos y se concentró tan sólo en el metrónomo.
Tic... tic... tic... tic... tic... tic...
La alarma del coche se fue desvaneciendo a medida que el sonido del metrónomo penetraba en la cabeza de Somerset.
Tic... tic... tic... tic... tic... tic...
Empezó a respirar con mayor profundidad, permitiendo que el metrónomo se adueñara de él.
Tic... tic... tic... tic... tic... tic...
Sonó el teléfono. Somerset despertó de un sueño profundo al primer timbrazo. Volvió la cabeza con brusquedad para mirar la hora en el despertador: las seis y diecinueve de la mañana. El metrónomo se había detenido. La habitación estaba inundada de la luz grisácea que precede al alba.
—Mierda... –masculló Somerset.
No había dormido lo suficiente, pensó mientras alargaba el brazo para coger el teléfono.
—¿ Qué ? –espetó tras descolgar.
—Es hora de levantarse, madrugador. Tenemos uno recién salido del horno –lo saludó Taylor, uno de los detectives de Homicidios del turno de noche–. Tengo que llevar ahora mismo a uno con infracción de tráfico al juzgado, si no ya iría yo mismo. En jefatura me han dicho que te llamase. Lo siento.
—No importa –repuso Somerset mientras buscaba un bloc y un bolígrafo–. ¿ Dónde es ?
—Kennedy Avenue, mil cuatrocientos treinta y tres.
Primer piso del sótano.
—Vale, ahora voy.
Colgó el teléfono de golpe y apartó la ropa de cama. El libro cayó sobre el suelo desnudo con un golpe sordo. Somerset se lo quedó mirando, allí tendido y abierto por la página marcada, con la rosa de papel entre las hojas. Vio la frase que había subrayado tantos años atrás: El mundo es un lugar hermoso, un lugar por el que merece la pena luchar.
Somerset se inclinó para recogerlo. Tal vez una parte de sí mismo seguía creyendo que el mundo era un lugar por el que merecía la pena luchar. Joder, alguien tenía que mantener a raya a los malos.
Mientras sacaba las piernas de la cama deseó no preocuparse tanto por lo que sucedía. Eso le habría facilitado mucho las cosas en los siete días siguientes.

CAPÍTULO 2

Con su barba poblada, el detective Taylor parecía un oso embutido en una trinchera negra. Estaba de pie, hojeando el bloc de notas y asegurándose de que había proporcionado a Somerset toda la información de que disponía, pero Somerset no podía desterrar de su mente la imagen de un oso trabajando en Homicidios. Hacía años que conocía a Taylor, aunque era la primera vez que se le ocurría algo así.
A lo mejor no era una idea tan ridícula, se dijo a sí mismo mientras examinaba el escenario del crimen. Animales tratando con animales.
El piso del sótano del Kennedy Avenue,1433, era sombrío, pero la salpicadura sangrienta de la pared del salón se apreciaba con toda claridad pese a la penumbra. En el suelo, cubierto con una sábana, un cadáver esperaba a ser recogido. Las fotografías del escenario del crimen ya se habían tomado, pero los dos técnicos de la oficina del forense acababan de poner manos a la obra. Midge, la morena menuda y huraña, cubría con polvo las superficies en busca de huellas. Sus compañeros de trabajo la llamaban Mancha a sus espaldas.
—Según la casera, no estaban casados –explicó Taylor–, pero vivían juntos desde diciembre de 1991. El trabajaba en el puerto de carga de una de esas empresas químicas que hay en el desierto. Ella trabajaba en una cabina de peaje. Se pasaba la noche cobrando peajes. Eso bastaría para volver loco a cualquiera. ¿Qué te apuestas a que su abogado lo utiliza como base para alegar demencia?
Somerset se agachó para examinar la escopeta que se hallaba en el suelo, junto al cadáver.
—No la toque –espetó Mancha–. Todavía no hemos aplicado el polvo.
Somerset se limitó a asentir. Era demasiado temprano para enzarzarse en una discusión y, a una semana vista de su jubilación, la verdad era que no merecía la pena.
—¿ Cuántos disparos ? –preguntó a Taylor.
—Los dos cañones. Los vecinos lo han oído.
—¿ Oyeron algo más ?
—Sí, que se estaban gritando. El tipo que vive en el piso de atrás dice que llevaban peleándose unas dos horas, lo cual no era raro en estos dos tortolitos.
—¿ Nadie se ha quejado nunca del ruido?
—Todos dicen que no se oía nada desde arriba, a menos que uno se detuviera a escuchar con atención. El tipo del piso de atrás trabaja de noche en la oficina de correos, así que por lo general no lo oía.
—¿Qué hacía en casa esta noche?
—Tenia el día libre. Bueno, la noche libre.
Somerset pasó por encima del cadáver e intentó calcular dónde se hallaba la mujer cuando apretó el gatillo.
—¿Ha confesado ?
—Más o menos. El primero que llegó dice que estaba llorando demasiado fuerte como para conseguir entender lo que decía. Estaba en el suelo e intentaba recomponer la cabeza del tipo, como si se tratara de un Lego.
Somerset bajó la vista hacia el cadáver y meneó la cabeza.
—¿Por qué siempre pasa lo mismo? No es hasta después de hacerlo que se dan cuenta de que la persona a la que acaban de volarle los sesos ha dejado de existir.
—Crímenes pasionales –repuso Taylor encogiéndose de hombros–. ¿ Qué quieres que te diga ?
—Ya, claro. Pues mira toda la pasión desparramada por la pared. Un verdadero corazón a lo Rorschach.
Taylor hizo una mueca. No sabía de qué estaba hablando Somerset, corazón a lo Rorsehach, pero Mancha alzó la cabeza con brusquedad y le lanzó una mirada furiosa. Bueno, al menos ella lo ha captado, pensó Somerset. Sería una pelmaza de cuidado, pero al menos tenía alguna nocíón de algo.
—Bueno, me largo –anunció Taylor mientras se guardaba el bloc.
Somerset asintió con expresión ausente. Estaba mirando un cuaderno para colorear que se encontraba sobre la mesita de café; junto a él había una caja de lápices de colores. Se inclinó y sacó el bolígrafo para pasar las páginas. No estaba muy bien coloreado. La persona que lo había hecho tenía dificultades para no salirse de las líneas.
—¿ Cuántos hijos ? –preguntó a Taylor.
—Uno. Un chico. La casera dice que tiene seis años.
Pero la víctima no era el padre, según la casera.
—¿Presenció los hechos ?
—No lo sé –repuso Taylor, que de repente parecía molesto–. ¿ Qué clase de pregunta es ésa?
Somerset siguió hojeando el cuaderno. El niño se había vuelto loco con el lápiz negro en su intento de dibujar un elefante. Somerset lo imaginaba sujetando el lápiz en el pequeño puño y apretando con todas sus fuerzas.
Taylor se inclinó sobre él.
—¿Sabes qué, Somerset? Me alegro cantidad de que te vayas de una puta vez. ¿Y sabes otra cosa, amigo mío? No soy el único.
Somerset no le hizo caso, sino que se concentró en el cuaderno hasta que Taylor se lo arrebató de forma repentina y lo arrojó contra la pared.
—¡Eh! –gritó Mancha–. No...
—¡Cierra el pico! –gritó Taylor antes de volverse hacia Somerset–. ¿Qué coño te pasa? ¿Por qué haces todas esas preguntas tan raras? ¿ Que si el niño presenció los hechos? ¡A quién coño le importa eso! La oficina del fiscal no va a obligar a un niño a que testifique contra su madre.
–Taylor señaló el fiambre que había tumbado en el suelo–. Este tipo está muerto, Somerset. Su mujer lo ha matado. Cualquier otra cosa está de más. Ese es precisamente tu problema, Somerset. Quieres convertirte en el loquero de todo el mundo. Tendrías que poner una consulta cuando te jubiles.
Somerset se levantó y miró a Taylor a los ojos, esperando a que terminara. El hombre no le estaba diciendo nada nuevo. Somerset se había creado muchos enemigos a lo largo de los años.
Los camilleros de la oficina del forense entraron en aquel momento: una negra robusta y un hispano bajo y musculoso: Habían dejado la camilla en el pasillo. La mujer llevaba una bolsa verde sobre el hombro.
—¿Podemos llevárnoslo? –preguntó el pequeño culturista a Taylor.
—Pregúntaselo a él. Ahora es el jefe.
El hispano se volvió hacia Somerset.
—¿Y bien? ¿ Podemos llevárnoslo?
Somerset miró a Mancha.
—¿ Necesita el cadáver para algo?
—No –repuso Mancha sin apartar la vista de su trabajo.
En aquel momento estaba cubriendo de polvo una caja de balas que había sobre la mesita situada junto al sofá. Si se sintió agradecida por el hecho de que Somerset hubiera tenido la cortesía de preguntárselo, lo cierto es que no lo demostró.
Somerset hizo una seña a los camilleros, y la mujer tendió la bolsa en el suelo, sobre las baldosas blancas, mientras el hispano bajito salía a buscar la camilla.
En aquel momento, un tipo joven con el cabello cortado al estilo militar, aunque demasiado largo, entró en la habitación. Aparentaba unos treinta años, y cuando Somerset estaba a punto de ordenarle que se marchara, pues por la cazadora de cuero supuso que se trataba de un periodista, advirtió la placa dorada que pendía de una cadena que el tipo llevaba alrededor del cuello.
—¿Teniente Somerset? –preguntó el hombre, dirigiéndose a Taylor.
—No soy yo. Es él –replicó Taylor, señalando a Somerset con el pulgar mientras salía.
—Teniente, soy David Mills –se presentó el joven mientras le tendía la mano a Somerset–. Hoy es mi primer día en Homicidios.
Mancha lanzó un pequeño resoplido.
El teniente Somerset le estrechó la mano y asintió sin decir palabra. Mills sonrió con el fin de resultar amable, pero el teniente parecía distraído y apenas le prestó atención. Mills observó al hombre recorrer la sala como un oso enjaulado. Somerset era un negro de mediana edad, enjuto, con grandes ojeras y un rostro perruno y cansado. Se movía con lentitud, pero algo en él le recordaba a un tigre viejo que había visto una vez en el zoo cuando era pequeño. La fiera no se movía mucho, pero de algún modo sabías que podía arrancarte el corazón en un abrir y cerrar los ojos si le venía en gana. Mills seguía preguntándose por qué aquella mañana, en la comisaría, todo el mundo había sonreído con satisfacción o había puesto los ojos en blanco cuando él dijo que el capitán lo iba a poner como compañero del teniente Somerset, para empezar.
Los camilleros de la oficina del forense estaban colocando a la víctima en una bolsa verde. Somerset estaba ocupado examinando la escopeta, y Mills no sabía hasta qué punto debía tomar la iniciativa, puesto que él era un detective novato y Somerset, un teniente.
—Nunca había visto una bolsa verde para cadáveres –comentó a los camilleros para evitar la sensación de que sólo formaba parte del mobiliario–. Donde trabajaba antes utilizaban bolsas negras.
—Nosotros usamos bolsas de todos los colores –repuso la mujer mientras su compañero subía la cremallera de la bolsa.
—¿ Ah, sí? No sabía que hubiera bolsas de colores.
—Así es más fácil tenerlos controlados –explicó la mujer–. Tenemos un montón de cadáveres. Los sábados por la noche el depósito está lleno hasta la bandera. Los colores ayudan.
Mills asintió mientras los otros dos levantaban la pesada bolsa para colocarla sobre la camilla.
—Y el verde ¿ qué significa? –preguntó.
La mujer se lo quedó mirando como si estuviera loco.
—Quiero decir... ¿ Los colores significan algo?
—Significa que está muerto –intervino Somerset.
Mills lanzó una carcajada forzada, pero no le gustó nada el tono sarcástico que detectó en la voz de Somerset.
Sería nuevo en la ciudad pero no era un peso pluma y quería que Somerset lo supiera.
—Llegué a la ciudad anoche –explicó en un intento de ser amable–. Las cosas son aquí un poco diferentes en comparación con mi último empleo.
—¿Y eso dónde fue ?
—En Springfield. En el norte.
—Ya sé dónde está –asintió Somerset–. ¿ Qué hacía allá arriba?
—Estaba en Homicidios.
—¿ Cuántos homicidios tenían al año?
—Oh..., unos sesenta o setenta, más o menos.
La enana que buscaba huellas digitales soltó una risita.
—Eso es lo que tenemos aquí en un mes –dijo.
—Sí, pero allí sólo éramos tres detectives de homicidios.
Mills no quería enzarzarse en una discusión a los diez minutos de haber empezado su nuevo trabajo, pero la mujer le había tocado la fibra sensible. Se había marchado de Springfield porque aquello le parecía el culo del mundo.
Los detectives eran más lentos y conservadores que banqueros. Mills quería desarrollar un trabajo policial de verdad, investigaciones serias. Quería tener la sensación de estar haciendo algo realmente importante.
—Setenta casos al año y tres detectives –comentó Somerset mientras se ponía en cuclillas en el lugar donde minutos antes había yacido el cadáver–. Unos veintitrés casos por hombre y cincuenta semanas al año; eso nos da más de dos semanas por caso.
—A mí me parecen unas vacaciones –terció la pelmaza de las huellas.
Los camilleros rieron con disimulo mientras sacaban el cadáver por la puerta, pero la expresión del teniente no cambió.
Por fin, Somerset se incorporó y miró a Mills a los ojos.
—Puesto que es usted nuevo aquí, detective Mills, ¿ qué le parece si vamos a tomar un café para charlar un poco?
Luego podemos...
—La verdad es que, si no le importa, preferiría empezar a trabajar lo antes posible. No hace falta que pierda el tiempo con todas esas formalidades. Quiero decir que, al fin y al cabo, no vamos a poder dedicar dos semanas a este caso.
Se volvió hacia la enana de las huellas digitales, que ya lo estaba mirando con expresión furiosa. Mills hizo caso omiso de ella.
—Tengo que empezar a familiarizarme con la ciudad, ¿verdad, teniente? Conocer a los jugadores, comprobar de qué pie cojean y esas cosas.
Somerset se lo quedó mirando con fijeza.
—¿ Puedo preguntarle una cosa, detective Mills?
—Lo que quiera, teniente.
—¿ Por qué aquí ?
—No... no le entiendo.
—¿Por qué ha venido a la ciudad ? Tenía un buen empleo en un sitio agradable. ¿ Por qué ha venido aquí ?
Mills se sentía acorralado.
—Bueno, pues he venido aquí por la misma razón por la que usted está aquí, supongo. Para mantener la paz, para evitar que la escoria se adueñe de la ciudad. Quiero decir que, claro, hay más oportunidades para un policía aquí, más probabilidades de hacer carrera; y para serle totalmente sincero, quiero tener la sensación de que estoy haciendo algo útil en el mundo. ¿No es eso por lo que lo hace usted? ¿Acaso no es eso lo que siente? O, al menos, ¿no era lo que sentía antes de que decidiera dejarlo?
Somerset adoptó una expresión gélida, el tigre a punto de atacar.
De forma inconsciente, Mills se preparó para el ataque, pero Somerset se limitó a mirarlo.
—Me acaba de conocer, Mills –apuntó Somerset en tono cansado.
Mills apretó los labios y se ruborizó.
—A lo mejor, lo que me pasa es que estoy harto de que la gente me pregunte por qué he decidido venir aquí. Todo el mundo cree que estoy chalado.
—No he dicho que lo esté. Es que nunca había oído hablar de nadie que actuara así. La mayoría de los policías quiere largarse de la ciudad.
—¿Como usted?
Somerset volvió a adoptar aquella expresión gélida.
—Mire, creo que puedo hacer cosas más útiles aquí. No sé, a lo mejor sí que estoy chalado. –Mills decidió callarse porque no estaba sino estropeándolo más, metiendo la pata hasta el cuello–. Mire, teniente, sería genial que no empezáramos a tocarnos las pelotas. Usted es el jefe. No tiene más que decirme cómo quiere que funcione esta investigación.
Somerset se cruzó de brazos.
—Le diré cómo quiero que funcione. Quiero que observe y escuche.
—Con todos mis respetos, teniente, en Springfield no me dedicaba a la vigilancia del restaurante mexicano. He trabajado en Homicidios cinco años y medio.
—Pero aquí no.
—Ya lo sé, pero...
—Durante los próximos siete días, quiero que recuerde una cosa. Ya no está en Springfield –sentenció Somerset y se dirigió a la puerta sin añadir ni una palabra más.
Mills estaba tan furioso que se quedó paralizado, con el rostro enrojecido y la mandíbula apretada. La enana de las huellas se estaba riendo de él. Aquello le parecía gracioso.
Aunque ella le estaba dando la espalda, Mills vio que los hombros le temblaban.
—Mills –lo llamó Somerset desde el pasillo.
—¿ Qué ?
—¿ Quiere tomar un café o qué ?
Esta vez, la enana no pudo contenerse.
Cuando amaneció el día siguiente, Mills ya estaba completamente despierto y permanecía en la cama con las manos entrelazadas detrás de la nuca intentando descubrir qué tipo de persona era Somerset. Tracy, su mujer, dormía a su lado, con el cabello rubio desparramado sobre la almohada y el ceño ligeramente fruncido. Desde el otro lado de la ventana le llegaba el sonido de un camión de recogida de basura que trituraba desperdicios en el callejón y acallaba por unos instantes el zumbido constante del tráfico de la avenida.
Tracy se revolvió al percibir aquel sonido nuevo, se dio la vuelta y adoptó la posición fetal de espaldas a la ventana.
Mills estudió el rostro de su mujer. Había algo en la expresión habitual de Tracy que le recordaba a una huérfana de ojos grandes y boca pequeña, un matiz levemente patético que la hacía doblemente hermosa cuando su rostro se iluminaba de forma espontánea con una sonrisa. Sin embargo, su expresión había cambiado después del traslado, y ya no había tantas sonrisas espontáneas, al menos que él supiera. Parecía tensa. Incluso dormida mostraba un aspecto preocupado.
Tal vez había cometido un gran error, se dijo. Tal vez Somerset tenía razón. Tal vez debería haberse quedado en Springfield.
A través de la ventana contempló la pared de ladrillos que se alzaba al otro lado del callejón. No, pensó, no tenía por qué haberse quedado en Springfield. Eso lo sabía a ciencia cierta. En cuanto a Somerset, gracias a Dios que se retiraba a finales de semana, porque Mills no se veía capaz de soportarlo durante más tiempo. Era como un cura, pero con unos humos de cuidado. No decía gran cosa, pero manifestaba a las claras su desaprobación cuando Mills hacía o decía algo que no le parecía bien. Y su malhumor bastaba para volver loco a cualquiera. Mills comprendía por qué todos los de la comisaría esperaban con ansia que se fuera.
Mills miró hacia el suelo junto a la cama. Mojo, su perdiguero dorado, lo estaba observando y jadeaba con una gran sonrisa perruna pintada en su cara, suplicando que le hicieran caso. Lucky, la vieja collie mestiza, dormía profundamente entre las cajas aún sin desembalar. Mojo no estaba acostumbrado a dormir dentro de casa, donde no podía investigar de dónde procedía cada ruido que oía, por insignificante que fuera. Lucky, por su parte, era más afortunada; vieja y casi sorda, la ciudad no la perturbaba tanto.
Mills lo sentía por Mojo. Bastante tenía con haber arruinado la vida de su mujer para encima hacer desgraciado a su perro. Intentó no mirar a Mojo a los ojos y se concentró en las subidas y bajadas del lomo peludo de Lucky.
De la caja que había encima de Lucky sobresalía un trofeo de fútbol, un defensa dorado y paralizado en plena carrera sobre un pedestal de mármol de imitación. Mills esbozó una sonrisa agridulce. Su equipo del instituto había ganado el torneo estatal el primer año de bachillerato.
Springfield Regional había derrotado a un duro equipo urbano con reputación de jugar sucio. Mills marcó uno de los tres goles de Springfield al correr desde la línea de las dos yardas en la cuarta jugada y salvar una muralla de monstruos cuya única misión era cargárselo.
Su amigo del barrio, Rick Parson, cursaba el último año. Rick había jugado de delantero. Era un chico alto y fornido, un verdadero armario coronado por una calabaza.
Un cabrón en el campo, pero divertidísimo fuera de él. Habría hecho cualquier cosa por arrancarle una carcajada a alguien. Nunca permitió que Mills olvidara que era su espalda la que había empleado como escalera para marcar aquel gol. Mills no podía asegurar si aquello era cierto o no, ya que en aquel momento había tantos cuerpos amontonados que no sabía quién era quién. Sin embargo, la historia era la mar de graciosa, sobre todo cuando Rick la contaba después del trabajo en el restaurante de Henley y animándose se levantaba la camisa para enseñar las abrazaderas invisibles a cualquier chica que mirara. De hecho, así fue como conoció a su mujer.
Mills meneó la cabeza y exhaló un suspiro. Rick siempre había demostrado mucho temperamento en el instituto, y lo cierto era que con los años empeoró. Nadie podía imaginar que fuera policía, lo que lo hacía perfecto para misiones secretas. Se convirtió en el mejor agente que Springfield había tenido jamás, sin lugar a dudas. Si Mills hubiera estado ahí para ayudarlo, al igual que Rick lo había apoyado en el campeonato estatal, Rick seguiría en la policía. A Mills se le hizo un nudo en la garganta al recordar aquella noche lluviosa: Rick en la escalera de incendios, Mills saliendo del piso. Si Mills no hubiera...
En aquel momento sonó el teléfono y Mojo empezó a ladrar.
Mills descolgó antes del segundo timbrazo, pero Mojo se había sobresaltado y siguió ladrando.
—¡Calla, Mojo! –Puso la mano en la espalda de Tracy y la acarició–. No pasa nada. Sólo es el teléfono.
El cuerpo de Tracy se puso rígido mientras abría los ojos de par en par y contemplaba aquella habitación que le resultaba tan poco familiar.
—Cariño..., ¿ dónde estamos ? –susurró presa del pánico.
—En casa, Tracy, estamos en casa.
Mills se llevó el auricular al oído.
—¿ Diga?
—Buenos días –saludó Somerset–. Venga a la calle Baylor, 377, lo antes posible. ¿ Sabe dónde está?
—La encontraré. –El tono carente de inflexiones de Somerset lo molestó de inmediato–. ¿ Qué sucede?
—Posible homicidio.
—¿ Qué significa posible?
Pero Somerset ya había colgado.
Bueno, a tomar por el culo, pensó Mills enojado.
El teléfono emitía un ruido en su mano, exigiendo ser colgado, y Mojo empezó a ladrar de nuevo.
—¡Calla, Mojo! –siseó Mills–. Vas a despertar a todo el mundo.
—No importa, ya estoy despierta –dijo Tracy al tiempo que se incorporaba.
Recorrió la habitación con una mirada infantil. No parecía feliz.

CAPÍTULO 3

Somerset se encontraba en un callejón estrecho, entre dos bloques de pisos y revolvía el maletero de su coche en busca de la caja de guantes desechables de látex. Sabía que le quedaban algunos; siempre guardaba una caja en el coche. Pero había tanta mierda allí que resultaba imposible encontrarlos. El agente Davis, el primer policía uniformado que había llegado al escenario del crimen, estaba de pie junto a él, y aguardaba en silencio. Davis tenía la constitución de un levantador de pesas; pecho ancho, cintura estrecha y brazos que le pendían con torpeza de los anchos hombros. Somerset empezó a enfadarse mientras seguía buscando los guantes. Habría jurado que guardaba una caja entera en el maldito maletero. Tiró del chubasquero azul marino y miró bajo la caja amarilla de plástico que contenía el equipo de averías. Nada. Por pura desesperación abrió la caja amarilla y, para su sorpresa, ahí estaba, junto a las bengalas de emergencia, encajada entre la maraña de pinzas de batería. ¿ Por qué narices había puesto los guantes ahí? Otra prueba más de que había llegado la hora de retirarse, pensó.
—Será mejor que se lleve la linterna, teniente –le aconsejó el agente Davis–. No hay luz en el piso.
Somerset siguió buscando en la caja del equipo de averías y sacó dos linternas pequeñas de alta potencia, de esas que pueden sostenerse entre los dientes mientras uno cambia la rueda pinchada. Cerró el maletero y escudriñó el callejón sembrado de basura en busca de Mills. Un poco lento para ser tan entusiasta, pensó. Mills lo había decepcionado un poco. Por la forma en que el tipo había hablado el día anterior, Somerset imaginaba que acudiría cagando leches. Pero se equivocó. Alzó la mirada hacia la pared de uno de los bloques de pisos, concentrándose en las ventanas de la última planta.
—¿ Ha estado alguien dentro del piso ?
—Sólo yo y Eric, el fotógrafo –repuso el agente Davis–. No hemos tocado nada. Todo está tal como lo encontramos.
En aquel instante, Mills apareció al final del callejón. En una mano llevaba un vaso gigante de café y en la otra, un donut. Mientras se acercaba, Somerset advirtió que ofrecía un aspecto bastante legañoso.
—Buenos días –masculló con la boca llena–. ¿Qué sucede?
Era un donut de mermelada, una guarrada, la verdad.
—Esto..., detective –empezó a decir el agente Davis al mismo tiempo que señalaba el donut de mermelada–. No creo que le apetezca entrar con eso.
—¿Y eso? –inquirió Mills desconcertado.
—Ya lo verá –replicó Davis–. Es por aquí.
El agente los condujo por el pasillo hasta una puerta pesada y oxidada que ni un levantador de pesas conseguiría abrir con facilidad. El chirrido que emitió cuando el policía logró empujarla con el hombro fue peor que el ruido que produce una uña al deslizarse sobre una pizarra.
El pasillo interior del piso era sombrío y parecía descuidado desde hacía mucho tiempo; el suelo de baldosas mugrientas estaba cubierto de fragmentos de pintura y polvo del yeso de las paredes ajadas por la humedad. Somerset estaba convencido de que aquellos fragmentos eran de pintura al plomo. Miró el asqueroso suelo con expresión huraña. Qué guarrada –se dijo, enojado–. ¿ Dónde narices andan los inspectores de viviendas ? ¿ Es que están todos durmiendo o qué? –Meneó la cabeza cuando los fragmentos crujieron bajo sus pies–. ¿ De qué coño sirve todo esto?
—¿Alguna idea sobre la hora de la muerte? –inquirió Somerset mientras seguía al agente Davis escalera arriba, con Mills en la retaguardia.
Davis meneó la cabeza.
—Como ya he dicho, no he tocado al hombre, pero puedo certificar que lleva al menos tres cuartos de hora con la cara metida en un plato de espaguetis.
—Un momento, un momento –dijo Mills desde la retaguardia–. ¿ Quiere decir que no ha comprobado si mantenía las constantes vitales ?
Davis le lanzó una mirada hastiada por encima del hombro.
—¿Es que hablo en chino, detective? Créame, el hombre está muerto. A menos que pueda respirar a través de salsa marinara.
—Por el amor de Dios, a mí me enseñaron que lo primero que se hace en un presunto homicidio es comprobar si hay constantes vitales. ¿ O es que eso sólo lo hacíamos en el norte ?
Somerset no hizo caso del tono sarcástico de Mills y siguió subiendo la escalera tras el agente uniformado, que giró en un rellano y recorrió un pasillo que conducía a la parte delantera del edificio. Se detuvieron ante una puerta abierta que lucía el precinto amarillo de la policía. Piso 2A.
—¿ Alguna otra cosa que no haya hecho, agente? –masculló Mills.
Davis le lanzó una mirada furiosa, y apretó las mandíbulas con impaciencia.
—Escuche, detective, conozco el procedimiento tan bien como usted, pero este tipo estaba sentado en su propia mierda cuando he entrado en el piso. Si no está muerto, me parece que se habría levantado para hacer algo al respecto, ¿no cree?
Mills estuvo a punto de responder, pero tenía la boca llena de donut de mermelada. Somerset decidió intervenir antes de que las cosas se pusieran feas.
—Gracias, agente. Tendremos que volver a hablar con usted después de echar un vistazo.
—Sí, señor. Esperaré abajo.
Los ojos de Davis se encontraron con los de Mills antes de que éste se alejara por el pasillo. Mills lanzó una mirada enfurecida a su espalda por encima del borde del vaso.
Somerset le alargó una linterna.
—Me gustaría saber qué sentido tenía exactamente la conversación que ha estado a punto de entablar con Davis.
—Y a mí me gustaría saber cuántas veces ha encontrado cadáveres que no lo eran hasta que volvía al coche patrulla para dar parte –replicó Mills cogiendo la linterna.
—Basta, Mills.
—Sí, de momento es suficiente.
Somerset optó por no hacerle caso y se puso unos guantes de látex. Mills depositó el vaso de café en el suelo, junto a la puerta. Se agacharon para pasar por debajo del precinto policial, entraron en el oscuro piso y encendieron las linternas. El flash intermitente de una cámara que se hallaba en una habitación interior lanzaba ráfagas de luz al salón.
Algo que había en el suelo llamó la atención de Somerset, quien iluminó el objeto para examinarlo. Junto a un cubo de reciclaje de plástico verde había cuatro pilas de revistas atadas pulcramente con bramante.
Somerset y Mills recorrieron la estancia con las linternas. Sobre la mesita de café había unas cuantas revistas porno. El sofá estaba lleno de cojines amarillentos que un día habían sido blancos. Sobre la cómoda que había frente al sofá se veían dos televisores pequeños.
Cuando se dirigían hacia la habitación de la que procedía el flash de la cámara, un hedor terrible sacudió los sentidos de Somerset. Sacó un pañuelo y se cubrió la nariz y la boca. Dirigió el haz de luz hacia la habitación y encontró la nevera. Era la cocina. En cuclillas junto al fregadero, Eric Goodall, el fotógrafo de la policía, recogía su equipo. Llevaba una mascarilla quirúrgica y una linterna pequeña sujeta a la frente con una cinta elástica.
Eric se incorporó y se echó la funda de la cámara sobre el hombro.
—Que lo paséis bien –murmuró al salir.
No era precisamente un fan de Somerset. Este tenía por costumbre hacer repetir las cosas cuando alguien hacía chapuzas, y Eric Goodall era un especialista en chapuzas.
Somerset recorrió la estancia con la luz de la linterna. Era una cocina pequeña. El fogón estaba lleno de restos de comida resecos y sobre cada uno de los quemadores se veía una cacerola o una sartén sucia; los mostradores estaban repletos de frascos abiertos, latas vacías, paquetes desechados de manteca de cacahuete, merengues, olivas negras, fríjoles negros, pizza congelada, gofres congelados, helado, Pepsi; la pica estaba abarrotada de platos y utensilios de cocina sucios. Las cucarachas celebraban un festín, indiferentes a la luz cegadora de las linternas. El hedor resultaba insoportable.
La luz de la linterna de Somerset siguió un rastro de salsa roja a través de los armarios que se alineaban bajo el mostrador y del suelo mugriento, hasta la pata cromada de la mesa de cocina. El sobre de la mesa aparecía repleto de platos sucios, bolsas de tortillas mexicanas, bandejas de plástico transparente para galletas de chocolate, bocadillos a medio comer, una enmohecida patata asada con crema agria y cebollinos, una lata abierta de sopa de almejas de Nueva Inglaterra, un pedazo reseco de queso suizo y una caja de donuts variados en la que apenas quedaba ninguno.
Desde la oscuridad surgió un silbido largo y tenue.
—Que alguien haga el favor de llamar a los del Guiness –exclamó Mills–. Creo que tenemos un récord. –Se dirigió al otro lado del hombre y se agachó para ver mejor antes de volverse hacia Somerset con los ojos entornados–.
¿ Quién dice que ha sido un homicidio?
—Nadie todavía –repuso Somerset.
—¿Estamos perdiendo el tiempo o qué? El corazón de este tipo debe ser del tamaño de un jamón. Si no ha sido un infarto no sé qué habrá sido.
Somerset se acercó más e iluminó las enormes piernas del hombre. Estaba descalzo, y la carne amenazaba con rasgar los pantalones. Somerset se agachó y sacó un bolígrafo para levantar el dobladillo. El tobillo hinchado aparecía atado a la pata cromada de la silla con un alambre de espino que estaba completamente sepultado en la herida reseca, y la carne que rodeaba el tobillo aparecía lívida e inflamada. Mills dirigió el haz de luz hacia el otro extremo de la mesa. Allí había sentado un hombre obeso sin camisa, desplomado hacia adelante, con el rostro enterrado en un plato de espaguetis cuyas hebras mordisqueaban varias cucarachas. Hasta que Somerset unió la luz de su linterna a la de Mills no se puso de manifiesto la verdadera corpulencia del hombre. Estaba increíblemente gordo, y unos pliegues enormes de grasa le envolvían la parte superior de los brazos como si fueran bolsas de agua. Sus costados estaban tapizados de grasa y la barriga le caía desde la cremallera abierta por debajo de la altura de la mesa hasta las rodillas.
Una cucaracha solitaria se había instalado sobre la bola de grasa que se le formaba en la base del cuello, y retorcía sus antenas mientras decidía adónde iría a continuación para proseguir su cena.
—¿Quiere cambiar de opinión, Mills? –preguntó Somerset.
La luz de la linterna de Mills enfocó el regazo del hombre. Tenía las enormes muñecas atadas fuertemente con cuerda de tender la ropa.
—Bueno –dijo Mills–, podría haberse atado él mismo para fingir que fue un asesinato. Una vez vi a un tipo en Springfield que quería que su familia cobrara el seguro de vida. Lo encontramos con un cuchillo clavado en la espalda y creímos que se trataba de un asalto frustrado. Tardé un tiempo, pero al final averigüé la verdad. Se había colocado el cuchillo entre los omóplatos, luego se apoyó contra la pared y se abalanzó contra la hoja...
—Cállese un rato, ¿quiere?
A Somerset le estaba entrando dolor de cabeza.
—Perdón.Joder...
Somerset no deseaba escuchar las batallitas de Mills.
Estaba intentando concentrarse, averiguar qué narices había pasado. Estudió los cardenales violáceos que rodeaban los tobillos del hombre en un intento de hallar sentido a lo que veía. ¿ Cómo coño había sucedido aquello ? ¿ Por qué ?
—¿ Ha visto esto ? –apuntó Mills desde la oscuridad.
—¿ Qué ?
—Aquí.
Mills dirigió su linterna hacia un cubo de metal que había bajo la mesa y se agachó para verlo mejor. Se inclinó hacia adelante, pero de inmediato apartó el rostro.
—¡Dios mío!
—¿Qué es ?
—Vómitos. –Mills se levantó y se alejó del cubo todo lo que pudo–. Es un cubo lleno de papas.
—¿Hay sangre?
—No lo sé. Mírelo usted mismo. No se corte.
Somerset iluminó el rostro de Mills con la linterna para comprobar cómo se encontraba. Temió que Mills vomitara el donut. A los de la oficina del forense les daría un ataque si echaba las tripas en el escenario del crimen.
—Si se encuentra mal salga, Mills.
—Estoy bien.
—¿ Seguro?
—Sí, seguro. He visto cosas peores.
—¿ En Springfield?
Mills no respondió.
El sonido impaciente que produjo un interruptor de la luz al encenderse y apagarse llenó el silencio. Un hombre alto de cincuenta y tantos años, con bigote muy poblado y gafas gruesas estaba de pie en el umbral. En la mano sostenía un pesado maletín de cuero negro.
—Fantástico –masculló enojado al comprobar que el interruptor estaba estropeado.
Por la ventana que había encima de la pica penetraba la grisácea luz matutina, suficiente para distinguir que se trataba del doctor O'Neill, el forense.
El médico entró en la cocina sin hacer caso a ninguno de los dos detectives y dejó caer el pesado maletín negro a los pies del obeso. Se agachó y abrió el maletín, más parecido a una caja de herramientas que a un maletín de médico. Empezó a rebuscar en él sin dejar de mascullar para sus adentros. El doctor O'Neill no destacaba precisamente por su personalidad encantadora.
Somerset sabía que Mills esperaba una presentación formal, pero éste no sabía que lo más probable era que el doctor O'Neill hiciera caso omiso de ellos hasta que se sintiera dispuesto a hablar, cosa que quizá ni llegara a ocurrir.
Así era él. En cierta ocasión, mucho tiempo atrás, había confiado a Somerset que prefería los muertos a los vivos porque al menos éstos sabían mantener la boca cerrada mientras él trabajaba.
Mills abrió la puerta de la nevera y la bombilla interior iluminó un lado del muerto, como si el sol alumbrara un planeta. El frigorífico estaba casi vacío.
—¿ Cree que ha sido veneno ? –preguntó al médico.
El doctor O'Neill no respondió.
Somerset abrió el horno y lo enfocó con la linterna.
—Las conjeturas no sirven para nada, Mills.
Una gran bandeja de asado contenía cinco centímetros de grasa solidificada y rancia. Junto al frigorífico, un cubo de basura de color crema estaba lleno a rebosar de latas y paquetes. Mills lo estaba revolviendo con un bolígrafo.
El doctor O'Neill se puso unos guantes de látex.
—Tenéis a los de la oficina del forense esperando fuera, chicas. Están muy impacientes. ¿ Creéis que cabemos todos aquí dentro ?
—Hay sitio –asintió Mills–. El problema es la luz.
Somerset recorrió la estancia con la mirada. Se imaginaba que alguien volcaría el cubo de vómitos si todos se amontonaban allí dentro. No hacían falta dos detectives.
—Mills, ayude a los agentes a interrogar a los vecinos –ordenó.
Mills se puso rígido.
—Me gustaría quedarme en el lugar de los hechos, teniente.
Somerset mantuvo el haz de luz de la linterna sobre el cadáver mientras el médico empezaba a mascullar sus primeras impresiones en una grabadora.
—Haga entrar a uno de los tipos de la oficina del forense cuando salga, Mills.
—Pero, teniente...
—Váyase.
Mills enfocó el rostro de Somerset con la linterna. El teniente entornó los ojos, pero sin dejar de mirar la luz, a la espera de que Mills obedeciera sus órdenes. Este chico tiene que aprender a no tomárselo todo en plan personal, pensó. También debía aprender a que no le afectasen tanto las cosas. En eso residía el secreto de la supervivencia en aquel trabajo. Era una lástima que Somerset jamás lo hubiera aprendido. Al cabo de unos instantes, Mills apagó la linterna y abandonó la cocina con paso airado.
El doctor O'Neill se inclinó hacia adelante y agarró al gordo por la papada para levantarle la cara del plato de espaguetis. Tenía el rostro tan hinchado que seguramente le habría resultado difícil abrir los ojos lo suficiente como para ver algo.
—Bueno, está muerto –sentenció O'Neill–. Eso podemos asegurarlo.
—Gracias, doctor.
—Enfóquele la boca.
Somerset se acercó más y obedeció al médico.
—¿Qué ve?
—Huumm... ¿Ve esas manchas en los labios?
—Sí.
—Son azules.
—Sí.
—¿Sabe de algún alimento azul? Los arándanos no cuentan; son de color violeta.
Somerset se aproximó más para ver de qué estaba hablando el médico. La salsa que goteaba de la boca del hombre estaba salpicada de diminutas manchitas azules.
—¿ Qué es, doctor?
—No tengo ni la menor idea.
El médico volvió a dejar la cara del hombre sobre el plato de espaguetis.

CAPÍTULO 4

Mills observó el denso tráfico de Kennedy Avenue a través del parabrisas. Somerset conducía con una expresión plácida, casi aburrida, pintada en el rostro. Mills no había pronunciado palabra desde que subieran al coche, pero tenía el estómago revuelto. No quería que lo tomaran por un peso ligero, que era precisamente lo que estaba haciendo Somerset. Cierto, Somerset era el teniente y él era el nuevo de la brigada, pero no era un novato, maldita sea, ni mucho menos. Mills quería hacérselo entender a Somerset, pero no sabía cómo sacar el tema a colación sin parecer un llorón. Sin embargo, si no lo aclaraba acabaría con una úlcera.
Un camión de reparto de color marrón oscuro estaba aparcado en doble fila ante ellos, entorpeciendo el tráfico.
Mills no comprendía por qué Somerset no utilizaba la sirena y la luz parpadeante para salir del atasco. Resultaba evidente que Somerset tenía la paciencia de un santo, pues parecía estar satisfecho donde estaba, avanzando a paso de tortuga como el resto de los ciudadanos.
—¿ Por qué no pone la sirena? –preguntó por fin.
—Porque no serviría de nada.
—¿ Por qué no ?
—No se puede avanzar. Mire, están todos parados hasta el bulevar.
–Pero ¿la gente no se apartará si oye la sirena?
Somerset lo miró por el rabillo del ojo.
—Aquí no.
Mills se mordió el labio inferior. ¿ Qué era aquello ? ¿ Otra indirecta? Allá en el culo del mundo, de donde venía él, los palurdos se apartaban al oír la sirena de la policía. Pero aquí, en la ciudad, la gente sofisticada no presta atención a semejantes paridas. Si Mills no era tan inexperto, debería saberlo.
Por fin, Mills no pudo aguantar más.
—Ha visto mi expediente, ¿verdad? Ha visto lo que he hecho, ¿ no ?
Somerset meneó la cabeza sin apartar los ojos de la carretera.
—Pues no.
De repente Mills se ruborizó, enojado. ¿ Por qué narices no se había molestado en leer su expediente?
—Pues bien, si hubiera echado un vistazo a mi expediente sabría que he pasado bastante tiempo haciendo recados y pateándome las calles. He trabajado mucho tiempo en esa mierda.
Somerset asintió sin apartar aún la vista de la calzada.
—Bien –se limitó a decir.
Mills tenía un nudo en la boca del estómago del tamaño de un puño.
—Teniente, en la placa que llevo en el bolsillo pone detective, igual que en la suya.
Somerset se volvió por fin hacia él.
—Mills, tomé una decisión. Mi prioridad se centraba en mantener intacto el escenario del crimen. La cocina era demasiado pequeña para permitir que un montón de tipos pululasen por allí, chocando contra las encimeras y volcando cosas. Así es como se pierden pruebas. No puedo preocuparme de si usted cree que le están haciendo suficiente caso o no, al menos no mientras haya pendiente una investigación por homicidio.
—Sí, claro, lo entiendo, pero... –Asestó un puñetazo al salpicadero– Pero, maldita sea, no me joda. ¿vale? Es lo único que le pido. No me joda.
Mills se sentó de lado en espera de una respuesta, pero Somerset mantuvo la mirada fija en el tráfico mientras asentía con un movimiento de cabeza. A medida que se prolongaba el silencio, Mills se iba sintiendo más idiota por la forma en que se había estallado.
—¿Sabe, Mills? –dijo por fin Somerset–, vamos a pasar mucho tiempo juntos en este caso hasta que me vaya.
Durante estos días puedo explicarle quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Puedo enseñarle a evitar el papeleo. Puedo enseñarle a integrarse, como diría el capitán.
Sin embargo... –Somerset carraspeó y miró a Mills de soslayo– joder es algo con lo que tendrá que arreglárselas usted solito.
Mills tardó unos segundos en darse cuenta de que Somerset estaba bromeando.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de Somerset mientras bajaba la mirada hacia la entrepierna de Mills.
—No creo que debamos mantener esa clase de relación, Mills. Empezaríamos a pelearnos por las cosas más insignificantes.
Mills no pudo por menos que echarse a reír. Increíble.
Somerset tenía sentido del humor. Meneó la cabeza. Tal vez Somerset no fuera el chiflado que pintaba todo el mundo. A lo mejor, después de todo era un tipo legal.
Pero entonces Mills contempló el atasco y apretó los dientes. Si al menos el hijo de puta hiciera algo para salir de este maldito embotellamiento, pensó.
Pese a las baldosas resplandecientes y las relucientes mesas de trabajo de acero inoxidable, la sala de autopsias de la oficina del forense olía como una tienda de animales sin limpiar. Pero no era eso lo que molestaba a Mills. Era la visión del hombre gordo muerto, a quien habían abierto en canal desde el cuello hasta la entrepierna.
Se llamaba Peter Eubanks y trabajaba en una imprenta del centro. Su jefe lo había visto por última vez el jueves.
No había ido a trabajar el viernes, pero eso no era nada raro en él. Según el jefe de Eubanks, siempre había estado gordo, entre ciento veinticinco y ciento treinta kilos, un metro setenta y cinco de estatura, pero nunca había estado tan gordo como cuando lo encontraron muerto. Más de ciento cincuenta kilos. Al parecer, había engordado todos aquellos kilos durante el fin de semana. Según el doctor Santiago, algunos de sus huesos empezaban a doblarse debido al peso.
Habían unido dos mesas de acero inoxidable para que cupieran los enormes pliegues de grasa del cuerpo de Peter Eubanks, mientras las tripas se desparramaban por todas partes. Mills intentó no mirarle la cara. Recordó que lo más penoso de mirar durante una autopsia era la cara; si no te concentras en la cara, los fiambres no parecen más que cuartos de ternera. Es la cara lo que te recuerda que se trata de un ser humano. Pero en este caso, la visión del rostro lo trastornaba aún más, porque el tipo no sólo estaba abierto en canal, sino que era un gordinflón de chiste, pero real. Aunque lo estaba mirando de cerca, a Mills le resultaba difícil creer que un ser humano pudiera convertirse en algo así.
Mílls miró por encima del hombro la mesa contigua, donde otro patólogo diseccionaba otro cadáver. En cuanto vio el diminuto brazo sin vida se dio cuenta de que se trataba de un bebé, y de inmediato se giró de nuevo hacia el gordo. Los bebés siempre eran lo más difícil de soportar.
El doctor Herman Santiago se hallaba de pie al otro lado del gordo, con la bata de color azul turquesa salpicada de sangre medio seca. Tenía una espesa mata de cabello negro bien engominado, que peinaba en un pequeño tupé, y llevaba unas gafas de concha de vidrios gruesos.
—Nuestro amigo lleva mucho tiempo muerto –les anunció.
Somerset estaba de pie junto al médico; asintió lentamente y sin expresión alguna en el rostro.
Mills intentó concentrarse en las palabras del médico, pero no conseguía apartar su vista del rostro, por lo que cada vez se sentía un poco más mareado.
—¿ Cree que ha muerto envenenado, doctor? –inquirió mientras se obligaba a apartar la mirada del rostro.
—Los de serología siguen investigando, pero no lo creo. No presenta los indicios habituales.
El médico introdujo la mano en el vientre del hombre y apartó un pedazo de grasa, que emitió un ruidoso chapoteo.
—¿Ve esto? –prosiguió mostrándole un gran órgano que Mills no reconoció–. Normalmente sería de color rojo oscuro si hubiera muerto envenenado, pero como ve, no lo es. Póngase a este lado para observarlo, detective.
Mills hizo una mueca y se acercó un poco, aunque manteniendo las distancias. Podía prescindir perfectamente de los efectos especiales humanos.
El doctor Santiago arrugó la nariz para subirse las gafas.
—¿ Se encuentra bien, detective ?
—Sí.
—Ya había visto autopsias, ¿no?
—Sí, he visto muchas autopsias, doctor.
—Pues no tiene buen aspecto.
—Me encuentro bien, sólo que...
—¿ Sólo qué? –intervino Somerset.
—Pues que... ¿cómo puede alguien descuidarse tanto como este tipo ? Quiero decir, ¿ a ustedes no les parece un poco asqueroso?
El doctor esbozó una sonrisa torva.
—¿ Sabe que hicieron falta cuatro enfermeros para subir a este tipo a la mesa?
—Y apuesto lo que sea a que todos están herniados –repuso Mills, sin ánimo de hacerse el gracioso.
Somerset se había acercado a una pila de acero inoxidable donde varios bultos viscosos de color rosa y amarillento se alineaban sobre servilletas de papel. Observó la balanza de tendero que pendía del techo. En su interior yacía otro órgano rojo e inflamado que pesaba más de seis kilos.
En un estante sobre la pila había una hilera de pequeños frascos de vidrio. Somerset estiró la cabeza para examinarlos con detalle.
Mills escudriñó la cavidad ensangrentada del torso del hombre y meneó la cabeza, hipnotizado por el espectáculo.
—¿ Cómo coño pasaba esta bola de grasa por la puerta del piso?
—Por favor –replicó Somerset–. Es evidente que el hombre no salía mucho.
—Echen un vistazo a esto –dijo el doctor Santiago.
Dio la vuelta a algo blando que había en las tripas del muerto para que los otros pudieran verlo, pero Mills no consiguió imaginar de qué se trataba.
—Es la parte anterior del estómago –explicó el doctor Santiago–. ¿Ven lo grande que es?
Mills y Somerset se inclinaron sobre el cuerpo. El estómago parecía bastante grande, pero Mills no tenía ni idea del aspecto que debía tener un estómago normal.
El doctor Santiago señaló el costado del estómago, donde aparecían unas estrías de color rojo oscuro.
—Miren esto. Son marcas de dilatación. Y aquí también. –Dio la vuelta al estómago, que emitió otro fuerte chasquido–. Más señales de dilatación. Esto se debe a la cantidad de comida que ingirió en las horas previas a su muerte.
Mills se obligó a aproximarse algo más.
—No sé si entiendo a qué se refiere.
—Mire. Aquí... y aquí... –otro chasquido– líneas de distensión en todo el estómago. ¿Y ve esto? El estómago empezaba a desgarrarse.
—¿Quiere decir que este hombre comió hasta explotar? –preguntó Somerset con el ceño fruncido.
—Bueno, no, no llegó a explotar. No del todo. Pero se produjo una considerable hemorragia interna a causa de la sobrecarga, y también hay un hematoma en la parte exterior.
Levantó el pesado pliegue de tripa y les mostró una mancha de color rojo intenso en el exterior del vientre del hombre. Era del tamaño de una remolacha.
—No creo haber visto nunca un hematoma tan grande –comentó el médico.
Mills observó que Somerset cogía unos guantes de látex de una caja que había en el estante y se los ponía mientras rodeaba la mesa para situarse junto a la cabeza del médico.
—Así que según usted, doctor, este hombre murió por un exceso de comida.
—Sí. Creo que ésta es exactamente la causa.
—Pero ¿ qué hay de los cardenales ? –insistió Somerset, volviendo la cabeza del cadáver.
La parte posterior estaba afeitada y dejaba al descubierto un conjunto de cardenales semicirculares y circulares del tamaño de monedas de diez centavos.
—¿ Qué me dice de ellos ?
—No lo sé. Todavía no he llegado a eso.
—Parece como si le hubieran puesto el cañón de un arma contra la nuca –aventuró Somerset.
El doctor Santiago arrugó la nariz, echó un vistazo y asintió.
—Es muy posible. Si apuntaron el arma contra la piel con suficiente fuerza, puede ser.
Mills se acercó para inspeccionar los moratones.
—¿ Ve esto? –Señaló con el dedo meñique, sin tocar–.
Sobre algunos de los círculos hay una línea corta y vertical.
Parecen marcas hechas por la mira frontal de una pistola.
Deberíamos consultar a balística y ver si pueden proporcionarnos una lista de las armas que tienen la mira nivelada con el cañón.
Mills se alegraba de haber descubierto las marcas de la mira antes que los demás. Ya le había dicho a Somerset que no era ningún novato.
—Señoras y señores, creo que esto lo confirma. Sin duda, nos hallamos ante un homicidio.
Somerset se limitó a mirarlo con expresión levemente desaprobadora.
Mills se llevó un buen chasco. Había esperado al menos un pequeño reconocimiento del teniente por su perspicacia.
—Doctor –dijo Somerset mientras se dirigía de nuevo hacia la pila–, querría preguntarle algo acerca de estas muestras.
Cogió un vial de vidrio transparente del tamaño de un frasco de medicamento. En el fondo, flotando en conservante también transparente, se observaba una serie de puntitos azules.
—¿Estas partículas azules las encontró alrededor de la boca de la víctima ?
—No. –Santiago cogió otro frasco similar del estante–. Estas son las que recogí en la zona de la boca. Las que tiene usted, las más grandes, las encontré entre el contenido del estómago.
Somerset alzó el frasco para que Mills pudiera verlo.
Ambos observaron los fragmentos azules. Somerset agitó el frasco, y las partículas se arremolinaron como la nieve de un pisapapeles.
—¿Tiene idea de lo que puede ser? –inquirió Somerset.
—Todavía no lo he enviado al laboratorio –contestó el médico, encogiéndose de hombros.
—¿ No le gustaría intentar adivinarlo ? –insistió Somerset.
—No tengo ni idea. Esta mañana han entrado cuatro cadáveres, de modo que estamos un poco sobrecargados de trabajo. En cuanto consiga que alguien lo analice, se lo haré saber.
Mills estudió los fragmentos con el ceño fruncido, intentando imaginar algo siquiera remotamente comestible que pudiera tener ese aspecto.
—¿Alguna idea ? –le preguntó Somerset.
—A lo mejor no es comida –replicó Mills, encogiéndose de hombros. Bajó la mirada hacia la selección de órganos del cuerpo hinchado–. A lo mejor es un envoltorio, alguna especie de recipiente. Quiero decir, que el tipo no era precisamente un sibarita.
Somerset dejó el frasco sobre el estante y se quitó los guantes de látex.
—Póngase en contacto conmigo en cuanto averigüe algo acerca de estas partículas azúles, ¿ quiere, doctor?
Tiró los guantes a la basura y se dirigió hacia la puerta sin volver a hablar con Mills.
Mills le lanzó una mirada furiosa. Menudo compañero, pensó.

CAPÍTULO 5

Aquella tarde, en la comisaría, el capitán se hallaba sentado a su mesa y echaba un vistazo a la documentación relativa al hombre gordo que tenía sobre ella. Peter Eubanks, la víctima, había dejado de tener nombre; todas las personas que guardaban relación con el caso lo llamaban simplemente el hombre gordo. Mills tenía que reconocer que incluso él mismo lo hacía. Habían encontrado el cadáver aquella misma mañana, pero su identidad ya estaba muerta y enterrada. La gente tiende a recordar a los asesinos, pero las víctimas no tardan en caer en el olvido.
Mills esperó mientras el capitán leía el informe preliminar de la oficina del forense. El capitán era un hombre de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años, ojeroso, con cabellos inalterables como los del anuncio de Grecian y piel granulosa. Mills intentó no mirar el lado del rostro del capitán donde una porción de carne palpitaba cada vez que apretaba la mandíbula, algo que hacía de forma constante.
Mills se había fijado en que tenía la costumbre de hacerlo siempre que no hablaba.
El despacho del capitán era algo más grande que cualquier otro de la comisaría. Tenía tres ventanas, pero la vista era deplorable, pues consistía en numerosos bloques de pisos de alquiler y ruinas urbanas. La parte superior de las paredes estaban acristaladas. Las persianas verticales cerradas alejaban el estruendo de la sala de la brigada. Mills se apoyaba contra un archivador bajo. Somerset estaba sentado en una de las sillas que había delante de la mesa, con las piernas cruzadas mientras fumaba un cigarrillo con aire indolente, como si esperara el tren.
Sin duda alguna, Somerset era un tipo raro, pero había algo en él que Mills admiraba. En primer lugar, en cuanto se trataba de homicidios resultaba evidente que sabía lo que se hacía. Sólo habían transcurrido ocho horas desde que encontraran al gordo, pero la investigación ya estaba en marcha, y todo porque Somerset no había parado durante todo el día, acudiendo a la gente adecuada, machacándolos cuando hacía falta, solucionado problemas. En Springfield, Mills habría tardado una semana en reunir la documentación que el capitán ya tenía sobre la mesa.
Somerset no era diplomático y le importaba un comino lo que los demás pensaran de él. Ya había tratado mal a Mills en el escenario del crimen, pero eso no importaba. El tipo era una fiera, y Mills sabía que podía aprender mucho de él: no las cosas oficiales que se aprendían de los libros en la academia, y que Mills ya conocía, sino esas otras que salían de las entrañas, los instintos, y Mills tenía la sensación de que a Somerset le sobraba de eso. Somerset jamás parecía titubear, al menos que Mills supiera, y no se obsesionaba con los errores que cometía. ¿ Qué importaba si ofendía a alguien? Ya lo superarían. Lo fundamental era llevar adelante la investigación.
Mientras Mills observaba a Somerset dar otra larga calada al cigarrillo, se preguntó cómo habría reaccionado el teniente aquella noche en Springfield, cuando Rick Parsons había...
Mills miró por la ventana los bloques de pisos que se alzaban en la acera de enfrente; el pulso le latía con violencia, y el recuerdo de aquella noche se adueñó totalmente de él.
Las cosas no deberían haber sucedido de aquel modo. El y Parsons habían dado los pasos correctos, habían cubierto todas las bases. Debería haberse tratado de una detención rutinaria. Cada uno de ellos contaba con el refuerzo de policías uniformados, y la descripción del sujeto no parecía requerir medidas extraordinarias. Russell Gundersen, un ingeniero eléctrico de cuarenta y siete años, había matado a su mujer a tiros en un arranque de desesperación cierta noche en que ella salía de un bar. La mujer se había divorciado de él y obtuvo la custodia de los hijos; además, proyectaba casarse con un tipo que vivía en la Costa Este. Russell tenía miedo de no volver a ver a sus hijos.
Russell no era un asesino a sangre fría; era un hombre dolido, pero aun así, Mills y Parsons no habían corrido ningún riesgo. Russell vivía en el último piso de un bloque de cuatro plantas sin ascensor. Parsons subió por la escalera de incendios, mientras que Mills se dirigió a la puerta principal del piso. Eran las tres de la madrugada. Iban a pillarlo desprevenido, tal como indicaban los libros. A las tres y diez en punto, Mills llamó a la puerta, según habían planeado. Se había identificado como oficial de policía, como estaba estipulado. Al ver que Russell no abría, Mills había permitido que los agentes uniformados utilizaran la barra para forzar la puerta. A continuación, Mills se adelantó a los agentes y fue el primero en entrar. El equipo de música funcionaba a poco volumen. Sonaba un vals vienés.
Russell Gundersen no estaba tendido en la cama, muerto de miedo como habría correspondido a cualquier ingeniero eléctrico que se preciara.
No, Russell estaba levantado, completamente vestido y de pie a la luz de la luna; en la mano sostenía un revólver de nueve milímetros y apuntaba a Rick Parsons, que se hallaba en la escalera de incendios sin saber que el sospechoso estaba ahí.
—¡Tire el arma! –gritó Mills al tiempo que levantaba la suya y apuntaba a la espalda del hombre–. ¡Tire el arma, Russell!
Pero aquél fue el error de Mills, titubear.
Debería haberse limitado a disparar y reducir a Russell, porque éste acabó disparando primero, disparando sin saber adónde. Logró efectuar seis disparos antes de que Mills y los agentes uniformados lo abatieran. Russell sólo metió un gol. Rick Parsons recibió un impacto en la cadera izquierda; no un tiro mortal, pero sí suficiente como para saltar por la barandilla de la escalera de incendios. Cayó cuatro pisos y se estrelló contra el canto de un contenedor de acero. Daños irreparables en la columna vertebral.
Rick se quedó parapléjico; se quedaría atado a una silla de ruedas para el resto de sus días. El tipo al que Mills había utilizado como escalera para marcar un gol en el campeonato estatal no sentía nada de cintura para abajo. Tenía dos hijos pequeños, y ambos jugaban al fútbol, pero Rick jamás podría enseñarles sus trucos. Y todo porque Mills había titubeado, porque se había compadecido de Russell Gundersen y del infierno por el que, según imaginaba, lo habría hecho pasar su mujer, porque en el fondo creía que Russell era un tipo razonable que haría caso de la autoridad y se rendiría sin rechistar. Las cosas no deberían haber salido de aquella manera.
Pero sucedió así. Y dijeran lo que dijeran Rick, Tracy, los psicólogos de poca monta del departamento y la oficina del alcalde, Mills tuvo la culpa.
Somerset no habría titubeado. Se habría limitado a disparar. Habría sabido por instinto que debía disparar. Un sospechoso armado no merece el beneficio de la duda. Le disparas antes de que él dispare. No deberías ni pensártelo.
Somerset no se habría detenido a pensarlo. Tenía los instintos, la inteligencia, la mentalidad de un depredador. Hacía lo que había que hacer.
Mills debía adoptar esa forma de actuar. Esa era la razón por la que se había ido a trabajar a la ciudad. Quería aprender de los profesionales, de los policías de verdad, los tipos que se enfrentaban a lo peor de lo peor todos los días de la semana. Porque después de que Rick Parsons se quedara paralítico, Mills había jurado que nunca más volvería a permitirse un titubeo, que se convertiría en el mejor policía que jamás hubiera existido, maldita sea. Porque un Rick Parsons en la vida de un hombre era más de lo que cualquiera podía permitirse. Nunca permitiría que aquello volviera a ocurrir. Jamás.
A Mills empezaron a temblarle las manos, que mantenía dentro de sus bolsillos, cuando se percató de dónde estaba. Aspiró profundamente y desterró de su mente las emociones confiando en que ni Somerset ni el capitán se hubieran dado cuenta.
El capitán seguía estudiando el informe del forense y meneaba la cabeza con incredulidad.
—Perdonad el jueguecito de palabras, pero esto me resulta difícil de tragar. ¿Vosotros os lo creéis?
Somerset asintió lentamente.
—A la víctima le dieron a escoger. O comía o le volaban los sesos. Comió hasta hartarse y luego lo obligaron a seguir.
–Se levantó para desperezarse–. El asesino le puso la comida delante y lo obligó a ingerirla. Y se tomó su tiempo. El doctor Santiago cree que la cosa pudo durar doce horas o más. La víctima tenía la garganta inflamada, probablemente debido al esfuerzo de engullir toda esa comida, y no cabe duda de que en un momento dado perdió el conocimiento.
Fue entonces cuando el asesino le propinó una patada, seguro que para despertarlo y obligarlo a que siguiera comiendo.
—Sádico hijo de puta –masculló Mills.
—Premeditado en extremo –sentenció Somerset–. Si quieres matar a alguien, vas y le disparas, pero no te arriesgas a malgastar el tiempo que supone hacer esto a menos que el acto en sí tenga algún significado.
—Un momento, un momento –lo atajó el capitán–.
A lo mejor alguien le tenía manía al gordo y decidió torturarlo.
—Encontramos dos recibos del supermercado –replicó Somerset–. Eso significa que el asesino interrumpió la sesión en un momento determinado e hizo un segundo viaje al súper. Es evidente que tenía un plan.
El capitán volvió a apretar la mandíbula, y entre las cejas se le formaron unas profundas arrugas. Mills le comprendía. Tampoco él había querido creerlo en un principio.
Somerset rompió el silencio.
—Creo que esto no es más que el comienzo.
—Eso no podemos saberlo –espetó el capitán, lanzándole a Somerset una mirada furiosa–. Tenemos a un solo tipo muerto. No a tres o cuatro; ni siquiera a dos.
Somerset volvió a sentarse y miró al capitán con aire cansino.
—Pues entonces, ¿cuál es el móvil?
—No empiece, Somerset –estalló el capitán–, ¿de acuerdo? No empiece a meter cizaña antes de tener razones para hacerlo. Eso se le da muy bien. Ya andamos justos de personal; no puedo permitirme asignar un grupo de trabajo en estos momentos. Y, desde luego, no me hace ninguna falta que un montón de cámaras me persigan cada vez que entre o salga de mi coche. ¿ Me ha entendido, Somerset?
Somerset se colocó otro cigarrillo entre los labios.
—Quiero que me asignen otro caso.
—¡Eh, eh! –terció Mills con los ojos abiertos de par en par–. ¿Y eso a qué viene?
Mills no quería otro compañero. Quería quedarse con Somerset el tiempo suficiente para poder aprender de él.
Por supuesto, no lo expresó en voz alta.
El capitán exhaló un suspiro hastiado.
—Pero ¿de qué habla, Somerset? Sólo le queda una semana. ¿ Qué importa?
Somerset encendió un cigarrillo.
—Este no puede ser mi último caso. Se irá alargando, y no quiero dejar las cosas a medias cuando me vaya.
El capitán apretó los labios en un intento denodado de no perder los estribos. A todas luces, Somerset ya lo había exasperado en otras muchas ocasiones.
—Se va a jubilar, por el amor de Dios. Dentro de seis días se habrá largado de aquí para siempre. Además, no sería la primera vez que dejara las cosas a medias.
Somerset entornó los ojos para evitar que el hilillo de humo del cigarrillo penetrara en ellos.
—Todos los demás casos se solucionaron en la medida de lo posible. Además, si me permite hablar con franqueza...
El capitán puso los ojos en blanco con ademán desesperado.
—Claro. Aquí todos somos amigos.
—Si le interesa mi opinión –prosiguió Somerset, señalando a Mills–, éste no debería ser su primer caso.
Mills se levantó de un salto de la repisa de la ventana.
—Pero ¿ qué dice ? Este no es mi primer caso, capullo, ¡y usted lo sabe muy bien!
—Es demasiado pronto para él –insistió Somerset sin prestarle atención–. No está preparado para un caso como éste.
—Eh, que estoy aquí. Dígamelo a la cara.
A Mills le palpitaban las sienes.
—Siéntese, Mills –ordenó el capitán.
Pero Mills no quería sentarse. Se sentía traicionado.
Ahí estaba el detective del que quería aprender, diciendo que se fuera a paseo, que no era suficientemente bueno para trabajar en el caso del hombre gordo.
—Capitán, ¿podemos hablar a solas? –pidió Mills–.
Si él no quiere trabajar conmigo, de acuerdo. No es que yo haya suplicado precisamente que me dejaran trabajar con él...
—¡Siéntese! –gritó el capitán señalando la repisa de la ventana.
A regañadientes, Mills volvió a apoyarse contra la repisa. Miró a Somerset de soslayo con expresión furiosa, y él le devolvió la mirada con una serenidad desprovista de toda emoción.
Pues, váyase a tomar por culo –pensó Mills–. ¿Quién coño le necesita?
El capitán hizo crujir sus nudillos y lanzó un suspiro enojado mientras los músculos de la mandíbula le bailaban a ambos lados del rostro.
—No tengo a nadie más a quien asignar este caso, Somerset, y usted lo sabe. Ya vamos apurados, y nadie va a aceptar el cambio, y menos con usted.
Mills sintió que la sangre le subía a la cabeza.
—Páseme el caso del hombre gordo a mí, capitán.
Puedo arreglármelas solo.
—¿ Cómo dice, Mills ? –inquirió el capitán con los ojos entornados.
—Si él quiere irse, pues adiós. Démelo a mí.
El capitán miró alternativamente a Mills y a Somerset como si considerara el asunto. Mills sintió un nudo en el estómago. Quería el caso para poder demostrar su valía, pero no deseaba perder a Somerset... por muy hijo de puta que fuera.
El capitán se inclinó hacia adelante y miró a Somerset a los ojos.
—¿Decía en serio lo de este asesino? ¿Realmente cree que no ha hecho más que empezar?
Somerset cerró los ojos y asintió.
—Mierda –masculló el capitán–. Siempre he deseado que su instinto fallara, pero la verdad es que casi nunca es así. Por eso no quiero que deje el caso del hombre gordo, Somerset. Por si acaso. Pero no se empecine en darle más importancia de la que tiene. Simplemente, haga lo que esté en su mano hasta que se vaya. ¿ Me ha entendido ?
Somerset se limitó a mirar el suelo con fijeza mientras expulsaba el humo por la nariz.
—En cuanto a usted, Mills, le voy a asignar otro caso.
—Pero...
—Nada de peros. Miraré los papeles y le buscaré otro compañero. A menos que el Mesías reaparezca antes de que se ponga el sol, cuente con que antes de medianoche tendremos otro homicidio para usted.
—Pero, capitán...
—Nada más. Y ahora, váyase.
Mills estaba tan enfadado que sintió ganas de arrojar una silla por la ventana. No era eso lo que quería. Deseaba quedarse con Somerset, pero sin ser tratado como un gilipollas. Por otra parte, no quería reaccionar como un crío.
Quería demostrar al capitán que podía manejar un caso por sí solo, aunque fuera un caso de la gran ciudad.
—Ya me ha oído, Mills –ordenó el capitán.
Mills se mordió el labio inferior mientras se dirigía hacia la puerta, siguiendo el rastro del humo del cigarrillo de Somerset, que ya había salido.

CAPÍTULO 6

A la mañana siguiente, un tipo de aspecto ridículo, que vestía un mono blanco y gorra de pintor, estaba junto a la puerta del despacho de Somerset y borraba el nombre de Somerset del vidrio. Somerset estaba sentado ante la máquina de escribir, intentando concentrarse en los formularios que debía rellenar sobre el caso del hombre gordo, pero el pintor lo estaba cabreando, y no sólo por ser lento y perezoso. En opinión de Somerset, aquel tío personificaba un síntoma de todo lo que andaba mal en el mundo.
Antaño la gente ponía interés en lo que hacía, pero ahora tenía la sensación de que a nadie le importaba nada un comino. ¿Y qué si eres un chapucero? Te pagarán de todos modos. Con la precaria situación de los sindicatos, alguna gente trabajaba poquísimo y aun así cobraba. La situación dejaba mucho que desear. La gente creía merecer más de lo que en realidad merecía. Eso le inducía a querer hacer menos por cada vez más. ¿ Para qué rascar pintura por nueve dólares la hora si puedes vender drogas y ganar mil dólares a la semana sin ningún problema y además en la comodidad de tu hogar? Lo peor del caso es que tal lógica tenía sentido.
Somerset dio una calada al cigarrillo y se volvió hacia la ventana. Su atención fue captada por una valla publicitaria que mostraba un reluciente coche negro japonés con un hombre apuesto tras el volante y una rubia elegante junto a él. Somerset calculaba que aquel coche costaría al menos treinta de los grandes. Los tipos que ganan nueve dólares la hora sólo pueden soñar con coches y mujeres así. Pero la sociedad despliega ante ellos todas esas tentaciones, y algunas personas son incapaces de resistirse. Tienen que conseguir cosas así para poderse comprar un poco de autoestima, así que hacen lo que sea para obtenerlas.
Dio otra calada al cigarrillo y lo dejó en el cenicero antes de volverse a concentrar en el formulario de cuatro páginas que lo aguardaba en su vieja máquina de escribir. Tecleaba con dos dedos, pero se las arreglaba bien para describir el escenario del crimen y la posición del cadáver cuando llegaron al lugar: Marcas profundas de ataduras alrededor de los tobillos con sangre reseca, escribió.
Un fuerte golpe en la puerta lo distrajo.
—Perdón –se disculpó el capitán ante el pintor mientras abría la puerta y entraba–. ¿Puedo hablar con usted un momento ? –preguntó a Somerset.
—Claro, entre.
El capitán se abrió paso en la pequeña oficina, sorteando las cajas de embalaje que cubrían el suelo. La mitad de ellas llevaba garabateado el nombre de Mills en los costados, con rotulador negro. Mills se quedaría con el despacho, pero durante el resto de la semana tendrían que compartirlo.
El capitán se sentó en el borde de la mesa y apoyó un pie sobre una de las cajas de Mills. Se había cruzado de brazos, y su mandíbula trabajaba a toda velocidad. Somerset advirtió que estaba buscando el modo de empezar. Cuando por fin se decidió, el pintor eligió aquel preciso momento para empezar a rascar el vidrio. El capitán apretó las mandíbulas aún con más fuerza e hizo una mueca. Era como si alguien deslizara las uñas por una pizarra.
—¿Por qué no va a tomarse un café? –sugirió el capitán a través del vidrio.
—¿Qué? –replicó el pintor, llevándose una mano detrás de la oreja.
El capitán alzó la voz para que el hombre lo oyese.
—Vaya a descansar un rato. Aquí dentro tenemos que hablar.
El hombre esbozó una sonrisa y asintió antes de desaparecer a toda prisa, satisfecho de poder aplazar el trabajo un poco más.
—¿ Ya se ha enterado ? –empezó el capitán.
—¿ Si me he enterado de qué ?
—Anoche encontraron muerto a Eli Gould.
Somerset se apartó de la máquina de escribir sin saber exactamente cómo tomarse la noticia. Al fin y al cabo, Gould era abogado.
—Alguien entró en su despacho y lo desangró hasta morir –explicó el capitán–. Y escribió la palabra CODICIA en el techo con su sangre.
Somerset cogió el cigarrillo.
—¿Codicia?
Se le ocurrían cosas mucho peores que decir acerca de Eli Gould.
—Voy a dejar que Mills dirija la investigación. Le prometí que tendría un caso enseguida. Ojalá fuera algo un poco más insignificante, la verdad.
Somerset asintió con un gesto mientras el cigarrillo oscilaba entre sus labios y empezaba a teclear de nuevo.
—Estoy seguro de que se las arreglará.
—Oh, por supuesto. No me cabe la menor duda.
—Bien.
Somerset tecleó unas cuantas palabras más, en espera de que el capitán fuera al grano. Por el rabillo del ojo vio que los músculos de su mandíbula seguían palpitando con furia.
—¿Qué va a hacer con su vida en el campo, Somerset?
¿ Se lo ha pensado bien?
Somerset se reclinó en su silla y alzó la mirada.
—Conseguiré un empleo, tal vez en una granja. Es posible que acabe cultivando mi propia tierra. Hay muchas obras que hacer en la casa. No me aburriré.
El capitán empezó a menear la cabeza.
—¿Aún no lo siente ?
—¿ Qué?
—¿ No tiene esa sensación en la boca del estómago ? Dejará de ser policía.
—Ahí está la gracia.
—Vamos, Somerset, no se engañe. No se va a marchar.
Tan sólo cree que puede marcharse.
Somerset lo miró fijamente.
—Anoche, un hombre estaba paseando al perro. Lo atacaron, le robaron la cartera y el reloj. Pero cuando estaba tumbado en la acera, inconsciente, el animal que lo atacó decidió clavarle un puñal en los dos ojos. Anoche, poco después de las nueve, a unas cuatro manzanas de aquí.
—Sí, ya lo sé. Es terrible..., terrible. Pero ya hemos atrapado al tipo. Esta mañana. Un adicto al crack.
—No puedo vivir aquí. Ya no entiendo este sitio.
—Venga, siempre ha sido así.
—¿ Está seguro?
—Por supuesto.
—Se equivoca. Antes la gente se mataba entre sí por alguna razón, aunque fuera una razón estúpida. Pero ahora...
Ahora mata porque sí, para comprobar qué pasa. ¿ Sabe lo que ha dicho el culpable cuando le han preguntado por qué le clavó al hombre un cuchillo en los ojos? Ha dicho que quería saber qué pasaba, si salía sangre, fluido o qué. –Somerset se volvió hacia el hombre del coche japonés de lujo–. Ya no puedo vivir aquí.
El capitán cogió el montón de papeles que yacía junto a la máquina de escribir y lo arregló; era otro de sus tics.
—Sabe hacer este tipo de trabajo. Nació para ello, y no puede negarlo. Me cuesta imaginarlo con un cinturón de herramientas y una caña de pescar. Pero... –Se encogió de hombros antes de proseguir–. A lo mejor me equivoco.
Somerset también se encogió de hombros.
—Para serle franco, yo tampoco me imagino haciendo esas cosas. Pero ya no soporto la vida aquí. He visto más mierda sin sentido en mi vida de lo que cualquier persona debería aguantar. Sé que hay tipos que trabajan en las calles durante toda su carrera, pero yo ya no lo soporto más. Me volveré loco si me quedo. La vida tiene que ser algo más que limitarse a vadear la mierda.
El capitán exhaló un hondo suspiro.
—Ya le entiendo. Pero, por pelmazo que sea, no quiero perderle. Ya no existen policías como usted.
—Tiene a Mills. Se las arreglará bien.
—Pero Mills no es usted.
No, si es inteligente no será como yo, pensó Somerset.
Debería largarse ahora que es joven. Hacer otra cosa. Ver el lado bueno de la vida.
El capitán se levantó para marcharse, pero de repente se detuvo y se llevó una mano al bolsillo lateral de la americana.
—Casi se me olvida. Ha llegado esto para usted, del laboratorio.
Sacó una bolsa de pruebas que contenía una hoja de papel y un pequeño vial de vidrio.
Somerset cogió la bolsa y reconoció las partículas azules que flotaban en el líquido conservante del vial.
—Eso lo encontraron en el estómago del gordo –explicó el capitán.
—Sí, ya lo sé.
—El doctor Santiago cree que se lo hicieron ingerir a la fuerza.
Junto con todo lo demás.
—El laboratorio dice que son fragmentos de baldosas.
—¿ Baldosas ?
—Sí, ya sabe, de linóleo.
El capitán abrió la puerta y salió.
Somerset sacó el frasquito de la bolsa y lo sostuvo al trasluz. Lo agitó y observó cómo los fragmentos azules se arremolinaban en el líquido.
—Linóleo –murmuró para sus adentros mientras intentaba recordar de qué color era el suelo de la cocina de Peter Eubanks–. Linóleo.
De repente, el sonido de uñas al deslizarse por una pizarra arrancó a Somerset de sus pensamientos y le puso la piel de gallina. Lanzó una mirada furiosa al pintor, que rascaba con una mano mientras con la otra sostenía un vaso de café.
Somerset se levantó y cogió la chaqueta del respaldo de la silla. Se la puso y se guardó el frasquito en el bolsillo antes de alargar el brazo para abrir la puerta.
—¿Por qué no lo intenta un poco más en serio? –masculló Somerset al atónito pintor antes de alejarse por el pasillo.
Delante del piso del hombre gordo, Somerset sacó la navaja de empuñadura de nácar y desplegó la hoja. Cortó los precintos de la puerta, firmó la hoja de registro que había en la pared con una chincheta y entró. El piso olía a comida rancia e insecticida. No se había tocado nada en la cocina, pero los de la oficina del forense habían decidido rociar el lugar con insecticida para que las cucarachas no se comieran las posibles pruebas.
Atravesó el salón y se detuvo en el umbral de la cocina.
Reinaba un silencio sepulcral, bien distinto al barullo del día anterior, cuando todos perdieron los nervios mientras intentaban realizar su trabajo. Contempló la silla vacía de vinilo y cromo en la que Peter Eubanks, el hombre gordo, había estado sentado, y pensó en Mills y en cómo se había cabreado cuando él le ordenó que se marchara. Se preguntó si Mills realmente sería tan buen policía como esperaba el capitán. Mills era demasiado primario y emocional para aquel trabajo. Por lo general, los nerviosos no llegaban a ser buenos policías; un encefalograma plano ayudaba si se trabajaba en Homicidios, al menos desde el punto de vista emocional.
Somerset sacó un par de guantes de látex y se los puso.
Mills tenía un caso jodido para empezar: el asesinato de Eli Gould, mira por dónde. Probablemente, Eli Gould era el abogado más criminal de toda la ciudad. Ningún canalla era tan espantoso como para que Gould no lo representara.
Si uno podía permitirse sus honorarios, Gould bailaba claqué en pelotas para sacarle del apuro. Corría el rumor de que había rogado a Jeffrey Dahmer, el antropófago asesino en serie, que le permitiera representarlo, e incluso que le ofreció sus servicios gratis a cambio de los derechos exclusivos para un libro y una película. Al menos Dahmer tuvo el sentido común suficiente para mandar a Gould a la mierda. No estaba tan loco.
Cuando entró en la cocina, pensó en uno de los clientes más notorios de Gould, Ed Zalinski. Somerset jamás olvidaría a Zalinski. El Vampiro de las Bañeras, lo habían apodado los periódicos. Era un asesino en serie que había matado a seis mujeres jóvenes antes de que lo detuvieran. Debía el mote al hecho de que le encantaba extraer toda la sangre a la víctima y bañarse en ella. ¡Como una cabra! Pero Somerset jamás lo olvidaría, ni tampoco la expresión de su cara el día en que entraron en su casa y lo encontraron...
Se trataba de una casa de madera destartalada de tres plantas que se hallaba en la parte norte de la ciudad. Zalinski la había heredado de sus padres, de modo que vivía allí solo. Somerset había dirigido el equipo de asalto y se había asegurado de que los agentes uniformados cubrieran todas las salidas antes de entrar. Era una noche de locura.
La ciudad había vivido presa del pánico a causa del Vampiro de las Bañeras, y todo el mundo estaba en ascuas. La brigada de Homicidios había trabajado día y noche en aquel caso, de modo que cuando redujeron la lista de sospechosos a Ed Zalinski, todos deseaban echarle el guante.
Querían atrapar al tipo con las manos en la masa para que el jurado no tuviera más opción que condenarlo a muerte. Somerset quería atraparlo como el que más. Pero sabía que hay que ser cauto con lo que más se desea.
Forzaron la puerta principal y la trasera al mismo tiempo para no correr riesgos. Somerset formaba parte del equipo que entró por la puerta trasera y pisaba los talones a los dos agentes uniformados que habían forzado la puerta con la barra. Pero la casa era muy grande y nadie respondió cuando los agentes uniformados gritaron ¡Policía!.
Somerset se separó de los demás e irrumpió en la cocina, apuntando a todos los rincones con el arma. Parecía desierta, pero no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.
En el extremo más alejado de la cocina había una puerta. Se acercó a ella con cuidado, creyendo que se trataba de una despensa y que aquel chalado hijo de puta estaría escondido en la oscuridad, como un murciélago. Con el arma por delante, abrió la puerta de golpe, pero le sorprendió lo que vio. En realidad, había un pasillo corto abarrotado de fajos de periódicos, cajas de botellas y latas, fregonas y escobas que llevaban años sin utilizarse. Al final del pasillo encontró una puerta abierta. Somerset siguió avanzando y comprobó que conducía al sótano. Bajó la escalera despacio, peldaño a peldaño, agazapado, arma en ristre. Del techo del sótano pendía una bombilla desnuda que proyectaba unas aberrantes sombras detrás de la caldera y el calentador de agua. En el otro extremo del sótano, en la parte delantera de la casa, Somerset avistó un resquicio de luz que se filtraba por debajo de otra puerta. Al parecer, había una habitación debajo de la escalinata de entrada.
El suelo de cemento era arenoso y Somerset lo pisaba con cautela, procurando avanzar con todo el sigilo posible hacia la puerta. El corazón le latía con violencia mientras por su mente cruzaban imágenes horribles en un vano intento de prepararse para las atrocidades que, estaba convencido, encontraría al otro lado de aquella puerta.
Se situó ante la puerta, dispuesto a realizar su trabajo.
Aguzó el oído para comprobar si se advertían indicios de actividad en la habitación, pero lo único que oyó fue el golpeteo de su propia sangre en los oídos. Por fin aspiró una profunda bocanada de aire y gritó ¡Policía ! al tiempo que abría la puerta de una patada y barría la habitación con el arma, preparado para disparar sobre lo primero que se moviera.
Pero lo que vio lo dejó atónito, anonadado. Aquel absurdo panorama escapaba a su comprensión.
Era la expresión indignada que vio en el rostro de Zalinski lo que hacía la situación tan extraña. El hombre estaba furioso porque Somerset había violado su intimidad.
El hecho de que estuviera sentado en una bañera llena de la sangre de un pastor alemán que colgaba del gancho de la ducha y de que tuviera el rostro y el pecho llenos de sangre, no importaba. Alguien había violado su intimidad, y estaba enojado. No sentía pánico, culpabilidad ni arrepentimiento, sino indignación.
Zalinski mostró aquella misma expresión durante todo el juicio, mientras que Eli Gould empleaba todos los trucos de listillo que sabía para convencer al jurado de que su cliente era víctima de una madre abusiva y, por tanto, no cabía responsabilizarlo de sus actos. ¡Y el jurado se lo tragó!
Enviaron a Zalinski al manicomio en lugar de a la cárcel.
Revisaban su caso cada año y medio; cualquier día de éstos certificarían que estaba curado, y entonces el juez no tendría más remedio que soltarlo. Un hombre que consideraba que estaba en su perfecto derecho de bañarse en sangre andaría algún día suelto por las calles gracias a las maniobras legales de Eli Gould.
Aquél era el caso que había hecho famoso a Eli Gould, y cada vez que Somerset oía su nombre recordaba de inmediato la expresión del rostro de Ed Zalinski sin poder dejar de pensar que, a causa de Gould y otros abogados como él, el mal en sus manifestaciones más grotescas se había tornado aceptable.
Mills iba a sudar tinta con ese caso, pensó Somerset. Sin lugar a dudas, Eli Gould tenía un montón de enemigos. Por supuesto, con la palabra coDIcIA escrita en el techo con sangre, Mills no podía pasar por alto al propio Ed Zalinski.
Tal vez el Vampiro de las Bañeras se había escapado para comentar con él alguna pequeña discrepancia respecto a la factura que le había pasado el abogado. Por lo que sabía Somerset, Gould no se vendía barato.
—Debería haberse quedado en Springfield –masculló Somerset mientras activaba el interruptor de la luz de la cocina del hombre gordo.
La lámpara del techo funcionaba. Alguien de la oficina del forense debía de haber arreglado el interruptor.
Escudriñó los mostradores salpicados de comida mientras se llevaba la mano al bolsillo y extraía el frasquito que contenía los fragmentos de linóleo. Dirigió la vista hacia el suelo y comparó el linóleo azul moteado con los trocitos azules del frasquito. Se agachó para observarlo mejor. Parecían coincidir.
Se incorporó y volvió a examinar el suelo en busca de marcas. En un primer momento creyó que el peso de la víctima habría hecho que las patas tubulares de cromo de la silla atravesaran los extremos de plástico y penetraran en el linóleo, pero el suelo no presentaba ninguna marca debajo de la silla. Tampoco se apreciaba rasguño alguno debajo de las otras sillas, ni tampoco de las patas de la mesa. Frunció el ceño y siguió su búsqueda, deseando que la estancia estuviera mejor iluminada. Por último se puso en cuclillas y deslizó sus dedos a lo largo de los cantos de las alacenas, deteniéndose en cada muesca, en cada arañazo y en cada depresión. Pero nada de lo que encontró resaltaba bastante profundo para encajar con los fragmentos del frasco.
A continuación deslizó los dedos bajo la parte delantera del frigorífico. Unos profundos rasguños formaban un arco corto que arrancaba de una de las esquinas. Somerset los estudió, abrió el frasco y pescó los dos fragmentos de mayor tamaño. Los dejó en el suelo e intentó hacerlos coincidir con las marcas, girándolos en todas direcciones como si compusiera un rompecabezas. Parecían encajar, si no a la perfección, sí bastante bien. Volvió a depositar los fragmentos en el frasco y se lo guardó en el bolsillo. Era evidente que el suelo ya estaba deteriorado cuando la persona en cuestión desplazó el frigorífico. Se levantó y examinó ambos flancos del aparato para comprobar hasta qué punto estaba empotrado, y a continuación alargó el brazo para asir el canto posterior. Tuvo que arrastrarlo adelante y atrás, tirar de un lado y luego de otro, sacarlo caminando, prácticamente. El sudor le corría por las mejillas. Aquello era lo que le faltaba, destrozarse la espalda una semana antes del traslado.
Por fin logró retirar el frigorífico lo suficiente para echar un vistazo detrás. Alargó el cuello por encima del mostrador para ver qué había.
—Dios mío... –murmuró perplejo.
La pared parecía gris por el polvo y la mugre, pero quedaba un trozo ovalado completamente limpio. Escrita con grasa, se veía una sola palabra: GULA. Bajo la palabra, adherido a la pared con cinta adhesiva, encontró un sobre limpio de tamaño estándar.
A Somerset se le heló la sangre. Se sintió como en el momento en que contempló el rostro indignado y manchado de sangre de Ed Zalinski.
Alargó la mano para coger el sobre, pero quedaba justo unos milímetros fuera de su alcance.

CAPÍTULO 7

La navaja de Somerset se clavó en la diana con un golpe sordo. Acertó en el número 3 del anillo negro de puntuación simple.
Atravesó el salón desierto y arrancó la navaja del corcho antes de regresar a su posición inicial, al otro lado del sofá, y lanzar el cuchillo una vez más. ¡Tac! La hoja se clavó en el 20 del anillo de puntuación doble, a escasos centímetros del blanco. Se acercó y volvió a arrancar el cuchillo.
A excepción de la diana, las paredes estaban vacías. Las estanterías empotradas estaban casi desiertas, y el suelo de parquet estaba repleto de cajas llenas de libros. Somerset no había terminado de clasificarlos. Tenía cientos de libros, algunos de los cuales sabía que jamás volvería a leer, pero aun así le costaba separarse de ellos.
¡Tac! La navaja se clavó en el anillo triple, en el 17.
El ruido de la ciudad, que penetraba por la ventana, resonaba en la estancia vacía. Los niños del callejón juraban como marineros y competían en estruendo con un radiocasete que emitía rap gangsta a todo volumen. Somerset conocía a los niños que siempre haraganeaban allá abajo.
Ninguno de ellos superaba los doce años.
Arrancó la navaja y volvió a la posición inicial. ¡Tac!
La hoja se clavó en el 4, al borde de la diana, muy lejos del blanco.
Estaba pensando en lo que había encontrado detrás del frigorífico. Tal vez debería haberse callado. Podría habérselo guardado hasta final de semana, hasta después de irse.
Entonces ya no habría sido problema suyo. Pero no iba con él hacer una cosa así, de modo que ahora se enfrentaba a la gula y a la codicia. Si hubiera silenciado el hecho de que los asesinatos de Eli Gould y Peter Eubanks guardaban relación, no habría tenido que implicarse. No habría sido asunto suyo, sino de Mills.
Somerset recuperó la navaja, la cerró y la dejó en el borde del sofá. Mientras permanecía sentado en el borde del sofá con las manos colgando entre las rodillas, pensó que Mills no estaba preparado para aquello. Creía estarlo, pero no era así. Aquel chico no tenía ni puta idea de nada. Si Mills tuviera dos dedos de frente se habría quedado en Springfield. Pero quería estar en el meollo. Quería emociones fuertes. Bueno, pues ya las tenía.
Mills babeó como un lobo cuando Somerset regresó a la comisaría y le mostró la nota que había encontrado detrás del frigorífico del hombre gordo. Con pulcra letra de imprenta escrita en bolígrafo sobre papel blanco lineado, se leía la frase: Largo y duro es el camino que del infierno conduce a la luz.
Mills estaba examinando las fotografías de dieciocho por veinticinco correspondientes al homicidio de Gould cuando Somerset entró en la oficina de ambos. Las fotos se hallaban desparramadas sobre la mesa que no sería suya hasta la semana siguiente. En cuanto Somerset le mostró la nota, Mills empezó a revolver las fotografías como un loco, buscando primeros planos de la palabra CODICIA y sosteniéndolos junto a la nota para comparar la letra. Quería salir disparado para solicitar un análisis caligráfico y asegurarse de que era la misma persona quien había escrito ambas cosas. Aquello demostraba lo verde que estaba.
Era bastante obvio que se trataba de la misma persona.
La prensa todavía no se había enterado de la noticia, de modo que no podía tratarse de alguien que hubiera plagiado el método, aún no. Y lo peor del caso es que Mills estaba demasiado alterado para darse cuenta de que tenía la prueba más importante delante de las narices: el contenido de la nota, no la caligrafía. Largo y duro es el camino que del infierno conduce a la luz.
—¿ Cree que intenta decirnos algo ? –preguntó Mills–.
A mí me parecen chorradas religiosas.
Somerset tuvo que echar mano de su autodominio para contener la lengua. Pero en lugar de decirle a Mills que era un imbécil, escogió una de las fotografías de la palabra CODICIA escrita con sangre y la sostuvo junto a la foto Polaroid que había tomado del término GULA escrito con grasa.
—¿Nunca ha oído hablar de los siete pecados capitales, Mills ?
—Sí, creo que sí –contestó Mills, encogiéndose de hombros.
—Codicia, gula, ira, envidia, pereza, orgullo y lujuria.
El rostro de Mills se iluminó cuando el joven empezó a comprender.
—¿ Cree que este tipo va a cargarse a una persona por cada pecado ?
—Eso parece, ¿no?
—Mierda... –murmuró Mills anonadado.
Eso mismo, mierda, pensó Somerset mientras se reclinaba en su silla y apoyaba la cabeza en el brazo del sofá.
Habría cinco asesinatos más si no encontraban a aquel tipo, y si Mills dirigía la investigación después de que él se retirara, Somerset temía que aquel tipo lograra completar la lista sin dificultad alguna. No es que el muchacho fuera incompetente. Sencillamente, carecía de experiencia con aquella clase de mierda. Aquello no era Springfield.
Somerset contempló la navaja que descansaba en el otro brazo. Cuanto más pensaba en aquel embrollo, más se cabreaba. Quería dejarlo todo atrás, pero no podía. Ahora no. No podía limitarse a matar el tiempo hasta que terminara la semana. Tenía que implicarse en aquella investigación.
Se irguió, cogió la navaja, la abrió y la lanzó al otro lado de la habitación. ¡Tac! Anillo de triple puntuación, el 7.
Al cabo de media hora, Somerset oyó truenos a lo lejos.
Contempló el cielo al oeste. Los relámpagos revelaban la presencia de nubes violáceas de aspecto amenazador en la noche. La tormenta no tardaría en llegar. Nada conseguiría detenerla una vez que se adentrara en el desierto.
Mientras caminaba por el centro con un cigarrillo entre los labios, escudriñaba de forma inconsciente los huecos entre los coches aparcados, en busca de chiflados. Una de las casas de crack más importantes de la ciudad se hallaba en aquel barrio. Los adictos al crack te rebanan el cuello por cuatro chavos sin pensárselo dos veces.
Pasó un camión de bomberos con la sirena a todo volumen, y las luces parpadeantes rebotaron en los coches aparcados y tiñeron los edificios de rojo.
Más allá, un hombre de negocios con el traje desordenado gritaba al auricular de una cabina telefónica; de repente colgó con estruendo.
—¡A tomar por culo, zorra! ¡A tomar por culo! ¡A tomar por culo ! –repetía cada vez más furioso.
Somerset pasó de largo y se dirigió hacia la escalinata de granito del edificio principal de la biblioteca pública.
Mientras la subía, arrojó el cigarrillo por encima de las cabezas de los vagabundos que dormían allí. La colilla aterrizó entre los arbustos.
—¿Tienes un cigarrillo, tío? –pidió uno de los vagabundos–. ¿Tienes un cigarrillo?
Somerset bajó la mirada hacia el rostro mugriento del hombre. Era un joven blanco no mayor de treinta años.
Igual que Mills. Somerset se llevó la mano al bolsillo de la camisa y sacó el paquete, pero estaba vacío.
—Lo siento. Me acabo de fumar el último.
—Vale, tío, vale. No pasa nada.
Somerset siguió subiendo y pasó entre las enormes columnas de la biblioteca antes de llamar a las puertas de cristal con la palma de la mano. Al ver que nadie acudía a abrir, golpeó con más fuerza.
—Tranquilo, tranquilo, ya voy –dijo una voz amortiguada por el vidrio.
Un hombre negro de sesenta y pocos años atravesó el vestíbulo con toda la rapidez que le permitía su cojera. Era George, el vigilante nocturno.
George abrió la puerta y lo dejó entrar.
—¿Qué tal? –saludó con una sonrisa.
—Muy bien, George. ¿Y tú?
—De fábula.
Mientras Somerset caminaba sobre el mármol verde del vestíbulo, una familiar sensación de calma se apoderó de él y le relajó los músculos de los hombros. Miró a tra vés de la puerta de doble hoja que había tras el mostrador de salida y contempló la inmensa sala de lectura principal con sus mesas largas y coronadas por lámparas articuladas de pantalla verde. Numerosas estanterías se alineaban a lo largo de las paredes desde el suelo hasta el techo. Las de más estanterías se hallaban al otro lado de la sala de lec tura, a lo largo de innumerables pasillos de libros. Y en el piso superior había más estanterías, literalmente kilómetros de libros. Aquello era el paraíso para Somerset. Hubiese podido vivir allí.
George subió la escalera curva de mármol hacia el primer piso.
—Siéntate donde quieras, amigo mío.
—Gracias, George.
—Hola, Sonrisas.
Somerset alzó la mirada y descubrió una cabeza coronada por una espesa mata gris asomada a la barandilla de la galería. Era Silas, el guardia de seguridad. Jake y Kostas, los otros dos guardias, estaban justo detrás de él y saludaban a Somerset con la mano.
—¿ Qué tal, caballeros ? –saludó Somerset.
—Bien –repuso Silas–. Bastante bien.
—Venga, George, muévete –instó Kostas–. Las cartas se están enfriando.
—El deber me llama –dijo George a Somerset por encima del hombro con una expresión de fingido hastío–.
¿ Seguro que no quieres jugar un par de manos con nosotros ?
—No, gracias –repuso Somerset meneando la cabeza–. Tengo trabajo.
—Bueno, pues ponte cómodo. Estás en tu casa.
—Gracias, George –le respondió Somerset con una sonrisa.
Se sacó el cuaderno de notas del bolsillo y se dirigió hacia la sala de lectura; sus pisadas resonaron con majestuosidad en aquel espacio enorme. Retiró una silla, encendió una lámpara y, cuando estaba a punto de sentarse, un trueno retumbó en la cavernosa estancia. El aguacero empezó a golpear el tragaluz de cristal reforzado que se abría en el techo.
Oía a los hombres hablar en el piso superior mientras jugaban al póquer.
—Con todos estos libros –les gritó–, un mundo entero de conocimiento a vuestra disposición, y os pasáis toda la noche jugando al póquer.
George asomó la cabeza por la barandilla y colocó un radiocasete en el borde.
—Pero ¿qué dices? Tenemos tanta cultura que es para cagarse.
Los otros hombres rieron cuando George puso música.
Los compases de un solo de piano se propagaron por el espacio abierto y flotaron sobre las mesas como nieve en polvo. Somerset cerró los ojos y se dejó invadir por la música. Era una fuga de Bach, de El clave bien temperado.
Arriba, George se estaba encendiendo un puro con una cerilla de madera.
—¿ Sabes una cosa, Sonrisas? Nos vas a echar de menos cuando te vayas. No hay bibliotecas abiertas las veinticuatro horas allí, en el culo del mundo, donde te vas a vivir.
—Probablemente tengas razón.
—¿ Lo ves ? Nos vas a echar de menos, seguro.
—Sí, es muy posible –asintió Somerset.
George volvió a la mesa de póquer y Somerset se dirigió a los ficheros. Mientras caminaba, abrió el cuaderno de notas. En la primera página había apuntado los siete pecados capitales y tachado la gula y la codicia.
Una vez junto a los ficheros, buscó la P y encontró el cajón que buscaba. Lo sacó, lo llevó a una mesa alta que había cerca y volvió la página del cuaderno. Purgatorio, vol. II, La divina comedia, Dante, escribió de memoria.
No le hacía falta comprobarlo. Sabía que aquel libro decía muchas cosas acerca del pecado.
Mientras examinaba las fichas en busca de libros que hablasen de los siete pecados capitales anotaba títulos y autores. Si al asesino le obsesionaban los siete pecados capitales, entonces Somerset tenía que saber tantas cosas acerca de ellos como el asesino. No, tenía que saber más. Aquella persona volvería a matar, a Somerset no le cabía ninguna duda, pero si podía descubrir cómo era aquel tipo, anticiparse a sus pensamientos, quizá podría salvar un par de vidas al final de la lista. Quizá.
Somerset se había propuesto atar todos los cabos posibles antes de marcharse. No encajaba con su carácter dejar pendiente un asunto como aquél. Aun cuando no lograra echar el guante al asesino antes de que acabara la semana, guiaría a Mills en la dirección correcta y le ayudaría en la medida de lo posible. Mills era demasiado testarudo para reconocer que había cometido un error al trasladarse a la ciudad, pero si estaba resuelto a aguantar allí, entonces Somerset tenía la obligación de enseñarle a ejecutar bien su trabajo.
Mientras los compases de la fuga se fundían con el repiqueteo de la lluvia contra el vidrio del tragaluz, Somerset seguía anotando títulos y autores. Sin embargo, aquella lista no era para él, sino para Mills. Si éste pretendía lucirse con aquel caso, tendría que hacer los deberes, empezando por Dante 101.

CAPÍTULO 8

A la mañana siguiente, cuando Mills contempló la multitud de periodistas, focos y cámaras de televisión que se agolpaban en el vestíbulo del edificio donde se hallaba el despacho de Eli Gould, se sintió tentado de guardarse la placa hasta llegar al interior. Nunca había visto nada igual en el escenario de un crimen. Por supuesto, los periodistas siempre acudían a fisgonear cuando se cometía un homicidio en Springfield, pero nunca se producía semejante revuelo. Tampoco el fiscal del distrito de Springfield, por lo general, convocaba ruedas de prensa en los escenarios de los crímenes ni llevaba trajes de Giorgio Armani ni zapatos italianos de marica.
Mills se detuvo al margen de la muchedumbre y observó al fiscal del distrito, Martin Talbot. El hombre era un fantasma allí donde los hubiera: traje caro, corbata de seda pintada a mano, cabeza rapada y un diente de oro que brillaba cuando el hombre exhibía su sonrisa de anuncio de dentífrico. Parecía más un chulo que un fiscal. Pero, a todas luces, le encantaba ser el centro de atención e interpretaba su papel para la multitud como Mick Jagger lo hacía para las masas que se congregaban en los estadios. Mills apostó cualquier cosa a que Talbot se presentaría como candidato a alcalde algún día. Y en aquella ciudad demencial lo más probable era que saliera elegido.
—Uno a uno, por favor, uno a uno –pidió Talbot por el micrófono–. Usted. –Señaló a una rubia que vestía una americana de color rojo fuego con el dedo meñique, cuyo diamante ensombrecía el brillo del rubí del anillo de la universidad.
—Señor Talbot –gritó la mujer–, ¿puede confirmar alguno de los rumores según los cuales el señor Gould fue obligado a mutilarse ?
Talbot esbozó una leve sonrisa y meneó la cabeza.
—No puedo referirme a los detalles mientras la investigación siga abierta. Ya lo sabe, Margaret.
Mills no daba crédito a sus oídos. Aquel tipo estaba flirteando en una rueda de prensa dedicada a un homicidio.
¡Increíble !
—Usted –indicó Talbot a una escultural mujer negra que sostenía un micrófono en el que aparecía impreso el logotipo de su canal de televisión sobre una placa pegada en la parte delantera.
—Señor Talbot, algunas personas afirman que existe un conflicto de intereses por el hecho de que su oficina dirija la investigación sobre la muerte de un abogado defensor que derrotó a sus ayudantes de forma espectacular en numerosas ocasiones, especialmente en el caso del Vampiro de las Bañeras. ¿ Podría hacer algún comentario al respecto ?
Talbot volvió a esbozar aquella sonrisa y la miró con expresión reprobadora.
—Selena, si esa afirmación no fuera tan ridícula resultaría ofensiva. No existe absolutamente ningún conflicto de intereses en esta investigación, y cualquier queja que surja, o que pudiera surgir al respecto, es a todas luces absurda, por no decir irresponsable.
—¡Señor Talbot! ¡Señor Talbot!
Otros periodistas se lanzaron a formular preguntas a gritos.
—Un momento, un momento. Todavía no he terminado. Quiero que sepan que acabo de reunirme con el comisario de policía, y me ha asegurado que ha asignado este caso a sus mejores hombres.
Mills se sonrojó. Aunque él dirigía oficialmente la investigación en el homicidio de Gould, sabía que Talbot se refería a Somerset, no a él. La comisaría entera había comentado aquella mañana la relación que existía entre Gould y el hombre gordo, el asunto de la codicia y la gula.
Todo el mundo decía que Somerset no podía mareharse aún, que aquello era su especialidad, que si se trataba de un asesino en serie Somerset era quien podía desenmascararlo.
Nadie había expresado en voz alta la opinión de que Mills no estuviera a la altura de la misión, al menos que él supiera, pero eso se hallaba implícito en sus comentarios.
—Les adelanto –prosiguió Talbot– que este caso será la definición misma de la justicia rápida.
Justicia rápida. Y una mierda, pensó Mills mientras se abría paso entre la muchedumbre para llegar a los ascensores.
—¡Detective! ¡Detective! –gritó la rubia de la chaqueta roja mientras pugnaba por alcanzar a Mills entre el gentío–. ¿ Me concede unos instantes ?
—No.
—Pero...
Mills siguió andando y entró en un ascensor.
—Detective, sólo le pido unos cuantos...
Mills pulsó el botón de cierre. La puerta del ascensor se cerró delante de las narices de la periodista.
Cuando llegó al decimosegundo piso, el pasillo estaba abarrotado de agentes uniformados y técnicos de la oficina del forense que entraban y salían del bufete de Gould. Uno de los socios de Gould, un hombre de cincuenta y muchos años y cabello negro mal teñido, discutía con un sargento y exigía saber cuándo podría regresar a su despacho.
—Detective Mills –lo llamó el sargento en cuanto lo vio–. Este es el señor Sanderson...
—Sí, ya nos conocemos –lo atajó Mills, deseoso de evitar aquello y poner manos a la obra de inmediato.
Sanderson se abalanzó sobre Mills.
—Detective Mills, esto es un despacho. Necesito saber cuándo...
—Nos iremos lo antes posible, señor Sanderson –le aseguró Mills sin detenerse.
—Pero ¿cuándo, detective? Necesito saber cuándo.
—Todavía no lo sé. Cuando lo sepa ya se enterará.
Mills entró en la sala de espera del bufete y atravesó con paso apresurado la estancia enmoquetada de color verde hierba. La puerta doble de teca que conducía al despacho privado de Gould estaba abierta. La mujer a la que llamaban Mancha estaba encaramada a una escalera de mano, cubriendo de polvo el techo para verificar la existencia de huellas en torno a la palabra CODICIA.
—Lo va a jorobar todo –decía en aquel momento a otro técnico que estaba de rodillas y tomaba muestras de fibras de la moqueta–. ¿ Cuántos años puede tener? ¿Veintinueve? ¿ Treinta? No tiene ni puta idea de nada.
De repente, el técnico que trabajaba en el suelo reparó en Mills y carraspeó.
Smudge lanzó una mirada de hastío a Mills.
—Buenos días, detective.
Lo mismo daría que hubiera dicho Váyase a tomar por saco, detective.
—¿Cómo va?
—Todavía no hemos encontrado nada –repuso la mujer.
—Sigan trabajando.
—Igualmente.
Mills decidió hacer caso omiso del comentario. No merecía la pena enzarzarse en una pelea con aquella zorra enana. Se llevó la mano al bolsillo lateral de la americana para sacar el cuaderno de notas, y con él extrajo también un libro de bolsillo. Leyó el título: Elpurgatorio de Dante. Se lo guardó. Con un poco de suerte, lo perdería en alguna parte.
Ojeó sus notas mientras caminaba hacia la parte posterior del escritorio de Gould y se detenía detrás de la silla de cuero de buey y respaldo alto. En la pared que se alzaba detrás del escritorio colgaba un óleo: remolinos abstractos en rojo, verde y negro. Sobre la mesa se veía una balanza antigua de latón junto al teléfono. La balanza de la justicia, pensó Mills. Vaya chiste. El latón estaba manchado de sangre seca, al igual que el teléfono. La sangre de la moqueta estaba seca y granulada. Las letras escritas con sangre en el techo habían cobrado un matiz amarronado.
Recorrió la estancia con la mirada en un intento de verla con otros ojos, ansioso por descubrir algo que a los demás le hubiera pasado por alto para así demostrar que sabía lo que se hacía. Somerset podía encontrar datos en la biblioteca, pero tal como lo había aprendido Mills, las pistas se encontraban en el escenario del crimen.
En el suelo habían trazado un círculo de cinta adhesiva, cuyo centro aparecía marcado con una tira de diez centímetros.
—¿Dónde está la fotografía? –preguntó Mills al técnico que trabajaba en la moqueta.
—Allí. Junto a la pared.
Al otro lado del escritorio, apoyada contra el zócalo de la pared, había una bolsa hermética especial para la recogida de pruebas que contenía una fotografía de dieciocho por veinticinco en un marco de oro. Mills se acercó y la tomó para estudiar la instantánea a través del plástico. Se trataba de un retrato de estudio de una mujer de mediana edad; sonrisa forzada, demasiado maquillaje, perlas y cabello teñido de un rojo muy poco natural. El socio de Gould, Sanderson, había confirmado que se trataba de la señora Gould.
Sobre el vidrio, alguien, con toda probabilidad el asesino, había trazado círculos de sangre en torno a los ojos de la mujer. Habían encontrado el marco en el suelo, de cara al escritorio, justo en el punto donde se hallaba el círculo de cinta adhesiva.
El asesino había colocado la fotografía en aquella posición por algún motívo. Pero ¿cuál? ¿Sería ella su próximo blanco ? ¿ O había visto ella algo ? ¿ Acaso el asesino quería que repararan en algo que se hallaba en la dirección que señalaba la foto de la señora Gould? Los de la oficina del forense habían peinado el lugar con toda meticulosidad. ¿ Qué podía habérseles escapado? A menos que se tratara de algo tan grande y obvio que a todos les hubiera pasado por alto.
Escudriñó la mesa, el teléfono, la balanza de latón, el cuadro, la silla, los papeles ensangrentados, los diplomas enmarcados de la pared, el ficus, la estantería, los libros. No lo comprendía. ¿De qué podía tratarse? ¿Qué le estaba mostrando el asesino? Bajó la vista hacia el rostro de la señora Gould. ¿ Qué se le estaba escapando ?
—¿Es su tipo, detective? –le preguntó Mancha desde lo alto de la escalera con una sonrisa afectada.
—No, ¿ y el suyo ?
La sonrisa se borró del rostro de la mujer.
—Que le den por culo.
—No creo.
Aquella noche, Mills estaba apoltronado en el sillón de su sala de estar. Las cajas del traslado, aún sin desempaquetar, ocupaban la mayor parte del suelo, pero el televisor y el equipo de música ya estaban conectados y encendidos. En la tele, un partido de baloncesto, pero sin volumen; los Bulls estaban ganando a los Sonics en el cuarto tiempo. En el equipo de música sonaba un solo de guitarra que desgranaba notas de blues lentas y tristes. Intentó concentrarse en el libro que descansaba en su regazo, pero era inútil. Carecía de sentido para él.
—¡Que le den por saco a Dante! –gritó, al mismo tiempo que arrojaba el libro hasta la otra punta de la habitación–. ¡Maldito poeta maricón!
Eran las notas de Cliff a La Divina Comedia.
Alargó el brazo para coger el tazón de café que había sobre una de las cajas llenas y tomó un sorbo antes de darse cuenta de que estaba frío. Frunció el ceño y volvió a dejarlo en el suelo, aunque no le apetecía tanto un café caliente como para levantarse y prepararse una taza.
Sobre otra caja tenía el cuaderno de notas, abierto por la página en la que había apuntado los siete pecados capitales: codicia, gula, orgullo, envidia, pereza y lujuria. Desvió la mirada hacia las notas de Cliff. Mojo se acercó al libro con las pezuñas repiqueteando sobre la madera desnuda, lo olisqueó unos segundos y a continuación se alejó.
Así es exactamente cómo me siento –pensó MillsPierdo el tiempo como un imbécil leyendo a Dante para investigar un homicidio.
Había repasado las notas de Cliff dos veces y seguía sin entender ni jota. La lectura era cosa de Somerset, no suya.
Nunca le había gustado demasiado leer. Pero Somerset era tan inteligente, joder, que era capaz de dar con el asesino en la biblioteca. El fiscal del distrito, Talbot, y todos los policías de la comisaría, incluso aquellos a quienes Somerset no caía bien, creían que el tío era una especie de genio, un científico chiflado de la investigación criminal. Bueno, ¿quién sabe? A lo mejor lo era. A lo mejor aparecía un buen día llevando esposado al mismísimo Dante. Eso, a lo mejor Dante resucitaba y empezaba a matar. Eso sería perfecto para Somerset. Precisamente eso. Los periódicos lo apodarían el Asesino de la Divina Comedia. Perfecto.
Mills se dio masaje en la nuca. Necesitaba dormir, pero estaba demasiado alterado para conciliar el sueño. Las cosas no iban según lo previsto. Quería aprender de Somerset, no leer poesía. Quería aprender a llevar un caso de homicidio tal como se hacía en la ciudad. Pero ahora tenía la sensación de estar compitiendo con Somerset, de que constantemente los comparaban y de que él no se hallaba a la altura del veterano. Y en aquella ciudad, con la reputación de Somerset, era imposible que Mills saliera bien parado. A menos que atrapara al asesino él solito.
Mills cerró los ojos y se dejó invadir por el sonido del blues. No tenía ninguna intención de tirar la toalla. Iba a dejarse la piel en aquel trabajo, pero tendría que hacerlo a su manera. ÉI no era Somerset, ni tampoco creía que jamás llegara a serlo.
Mills arqueó el cuello y escuchó cada uno de los pequeños crujidos y chasquidos que emitía. Entre la música y el nudo que se le había formado entre los hombros, no se percató de que Tracy se encontraba de pie en el umbral de la puerta que comunicaba con el dormitorio. Lo estaba observando, preocupada por él. Su rostro estaba tan tenso como los hombros de Mills.

CAPÍTULO 9

A la mañana siguiente, Somerset estaba sentado a su mesa y rellenaba más formularios acerca del asesinato de la gula cuando Mills irrumpió en el despacho cargado con un montón de papeles. Ahora era su nombre el que aparecía en el vidrio: DEtECtIVE DAVID MILLS.
Será mejor que no la rompas –pensó Somerset cuando la puerta chocó contra el canto del escritorio–. Podría traer mala suerte. Como cuando rompes un espejo.
Mills dejó caer su carga sobre la mesilla de la máquina de escribir que estaba colocada en una esquina, pero Somerset se levantó y recogió sus papeles.
—Venga, le haré un sitio.
Mills se encogió de hombros. Parecía cansado, demasiado cansado para discutir. Somerset se trasladó a la mesilla de la máquina mientras Mills se instalaba en el antiguo escritorio de Somerset. El teniente lo observó por el rabillo del ojo. Mills cogió un libro delgado de color amarillo y negro del montón y lo guardó en el último cajón. Parecían las notas de Cliff. ¿Haciendo los deberes de Dante?, se preguntó Somerset.
Somerset volvió a concentrarse en el formulario en el que había estado trabajando; terminó un boceto de la cocina del hombre gordo, marcó los puntos donde habían encontrado el cadáver y donde estaba instalado el frigorífico y dibujó flechas en el lugar en que había hallado la palabra GULA escrita en la pared.
Cuando acabó el formulario lo dejó a un lado y se volvió hacia Mills, que estaba clasificando docenas de fotografías del escenario del crimen relacionado con la codicia. Somerset se sintió tentado de acercarse para echar un vistazo, pero decidió no hacerlo y ocuparse de sus propios asuntos. Mills había estado de un humor de perros el día anterior, y Somerset tenía la sensación de que empezaba a ofenderle su ayuda. Pero no pasaba nada. Mills tenía razón si se sentía así. Tenía que arreglárselas solo, porque Somerset pondría pies en polvorosa al cabo de tres días y no estaba dispuesto a volver para prestar servicios de asesoramiento por nada del mundo. Mills aprenderá –se dijo mientras pasaba al siguiente formulario que debía rellenar–. Durante un tiempo se equivocará bastante, pero a la larga aprenderá.
Por supuesto, lo más probable era que en este caso murieran varias personas antes de que Mills tuviera las cosas claras. Lo cierto era que Mills necesitaba ayuda. Necesitaba orientación. Somerset dejó el bolígrafo a un lado.
—Se trata de un asesino en serie –comentó–. Supongo que ya se da cuenta.
Mills se sintió insultado de inmediato, y Somerset lamentó el modo en que se había expresado.
—Cree que soy imbécil, ¿verdad, teniente?
—No, nunca he dicho eso, ni siquiera lo he pensado. Lo que ocurre es que nunca hemos hablado del aspecto del asesino en serie, y creo que deberíamos hacerlo.
—Pues yo no.
—¿Y por qué?
—Porque en cuanto empecemos a llamar a este tío asesino en serie, el FBI se enterará y querrá participar en la investigación, que entonces dejará de ser nuestra. Nos tendremos que poner a trabajar para ellos.
—Pero ellos tienen los medios para...
—Olvídelo. Ni siquiera quiero hablar del tema.
—Escuche, Mills, no puede hacer esto so...
En aquel momento sonó el teléfono, y ambos policías se callaron. Somerset se lo quedó mirando, y Mills hizo lo mismo.
—Es su teléfono, Mills –señaló Somerset–. Oferta completa; el teléfono va incluido en el despacho.
—Imaginaba... imaginaba que sería para usted –repuso Mills alargando el brazo hacia el aparato.
—Ya no –aseguró Somerset meneando la cabeza.
Mills descolgó.
—Mills. –De repente frunció el ceño y bajó la voz–.
Hola, Tracy. ¿ Qué pasa? ¿Va todo bien...? Bueno, no, pero ya sabes que... te pedí que no me llamaras aquí. Estoy trabajando... ¿ Qué? ¿ Por qué? –preguntó con expresión desconcertada.
—¿ Estás segura... ? ¿ Por qué? –insistió antes de claudicar–. Vale... He dicho que vale. Espera un momento. –Se volvió hacia Somerset–. Es mi mujer.
Somerset enarcó las cejas.

—¿Y?
—Quiere hablar con usted.
Somerset no consiguió imaginar el motivo. Se levantó y cogió el teléfono.
—¿Diga?
—¿Detective Somerset? Soy Tracy Mills, la mujer de David. Estaba pensando que, ya que trabajan juntos, quizás le gustaría venir a cenar esta noche.
—Bueno, es muy amable por su parte...
Somerset no tenía ningún interés en entablar relaciones sociales con Mills y su mujer. Estaba intentando cortar todos los lazos que lo unían a la ciudad, y no establecer otros nuevos.
—Cocino muy bien –intentó convencerlo Tracy–.
David me ha hablado mucho de usted. Me gustaría conocerle antes de que se marche.
—Bueno, se lo agradezco, Tracy, pero...
—Por favor. La ciudad no ha sido precisamente amable con nosotros hasta ahora. Creo que tanto a David como a mí nos irían muy bien algunos consejos sabios de alguien que se conoce el percal.
Tenía una risa irresistible.
—Bueno... ¿ Qué va a preparar?
—La mejor lasaña que haya probado en su vida. ¿Qué le parece?
Somerset no quería aceptar, pero Tracy parecía un poco desesperada.
—Supongo que habría que ser un idiota para negarse.
Iré con mucho gusto, Tracy. Muchas gracias.
Esperaba no tener que arrepentirse más tarde.
— Le va bien a las ocho ?
—Perfecto. Gracias.
—Pues hasta luego –se despidió la joven en un tono más alegre.
—Muy bien. Adiós.
Somerset colgó el auricular.
Mills había adoptado una expresión entre perpleja y beligerante.
—¿ Qué es lo que pasa?
—Su mujer me ha invitado a cenar en su casa esta noche.
—¿ Qué... ?
—Que esta noche voy a cenar en su casa –repitió Somerset antes de volver a sentarse a la máquina de escribir.
Mills meneó la cabeza y masculló algo entre dientes.
—Genial. ¿Estoy yo también invitado o qué? –exclamó al cabo de un instante.
—No se lo he preguntado –repuso Somerset mientras empezaba a rellenar el siguiente formulario.
Aquella tarde, Mills parecía algo incómodo mientras él y Somerset subían por la escalera que conducía al piso del joven. El maletín nuevo de cuero parecía fuera de lugar en su mano. Era un maletín duro de ejecutivo, negro y reluciente. Todo lo demás que poseía Mills era muy funcional y estaba muy desgastado. Caminaron por el pasillo del tercer piso en silencio. Desde algún lugar del edificio, llegó el llanto de un bebé. Los sonidos del tráfico penetraban por las ventanas abiertas de la escalera. El suelo del pasillo consistía en añejas baldosas hexagonales de color blanco y negro, bonitas pero tan viejas y gastadas como el resto del edificio. Somerset percibió que a Mills no le hacía demasiada gracia la idea de la cena, pero no sabía con exactitud por qué. Sospechaba que el resentimiento no era más que una parte del problema.
Mills lo condujo hasta una puerta que se hallaba en la parte delantera del edificio y la abrió con su llave. Una gran mesa de comedor ocupaba casi todo el espacio libre del abigarrado salón. Había platos y cubiertos para tres, y dos largas velas blancas ardían en candelabros de cristal muy elegantes. Regalos de boda, supuso Somerset.
—¡Hola!
Una joven salió de la cocina y cogió desprevenido a Somerset. Había supuesto que Tracy Mills sería atractiva, una belleza azucarada al estilo de las animadoras de los equipos deportivos, pero no se esperaba aquello otro. La belleza de Tracy era más sutil, la clase de hermosura que cautivaría a un gran artista. Era delgada, rubia, de grandes ojos que oscilaban entre la inocencia y la omnisciencia. Somerset tuvo la sensación de que sus ojos lo absorbían y descubrían cosas acerca de él de forma automática.
—¡Hola, chicos! –saludó, bajando la voz.
Somerset bajó la guardia y se relajó. La sonrisa de Tracy era increíblemente encantadora, como una orquídea que florece por primera vez.
Mills dejó el maletín y se acercó a ella para besarla.
—Cariño, te presento al teniente Somerset.
—¡Hola, Tracy! –la saludó Somerset, estrechándole la mano con una sonrisa.
—Encantada de conocerle... en persona, quiero decir.
Mi marido me ha contado muchas cosas sobre usted, pero no sé su nombre de pila.
—William.
—William –repitió Tracy como si saboreara un buen vino–. William, le presento a David. David, William. Ya sé que a los policías les gusta llamarse entre ellos por el apellido; suena más duro. Pero, puesto que los dos están fuera de servicio esta noche, creo que podrían llamarse por el nombre de pila.
—Lo que tú digas, cariño –asintió Mills con una sonrisa forzada–. Tú eres la anfitriona.
Desde detrás de una puerta les llegó el sonido de arañazos y gemidos.
—Ya voy –exclamó Mills–. Ahora vuelvo –dijo a Tracy y Somerset.
Mills abrió la puerta, y dos perros se abalanzaron sobre él en busca de atención. Mills se agachó y los rodeó con los brazos mientras uno le lamía el rostro y el otro le metía el hocico en la axila.
—Sí, Mojo, sí –dijo–. ¿ Qué pasa, Lucky? ¿ Qué?
Volvió a meter a los dos perros en la habitación y cerró la puerta tras él.
—Lo adoran –le explicó Tracy a Somerset–. Si no les dedica el tiempo que se merecen, se vuelven locos.
Somerset asintió mientras contemplaba con fijeza la puerta cerrada. El y Michelle habían tenido una perra durante un tiempo, hasta que se dieron cuenta de que era una lata tener un perro en la ciudad.
Era una perra muy simpática, recordaba. Sin raza, pero tenía aspecto de collie, blanca y negra con el pelaje largo y sedoso. A Somerset le molestó no conseguir recordar el nombre de aquella perra.
—Por favor, siéntese, William –indicó Tracy–. ¿Le apetece tomar algo ?
Somerset empezó a quitarse la chaqueta.
—De momento no, gracias. –Hizo una seña en dirección a la diminuta cocina–. Huele bien.
—Oh..., gracias –repuso ella sin apartar la mirada del revólver que él llevaba en la pistolera–. Puede dejar la chaqueta en el sofá. No hay demasiados pelos de perro. Disculpe el desorden, pero como ve todavía no hemos acabado de desembalar. Perdóneme un momento; ahora vuelvo.
Se dirigió a la cocina.
Somerset arrojó la chaqueta sobre el respaldo del sofá y no pudo evitar percatarse de la presencia de la mesa contigua. Estaba repleta de papeles, bolígrafos, cartas abiertas y facturas. Sin embargo, lo que le llamó la atención fue una medalla de oro que había en un pequeño estuche de plástico.
—Tengo entendido que ya eran novios en el instituto –dijo mientras cogía la medalla–. ¿ Es cierto?
—Sí. Y en la universidad también –repuso Tracy desde la puerta de la cocina–. Qué cursi, ¿ eh ? Pero la primera vez que salí con él supe que era el hombre con quien me casaría. Ya lo supe entonces.
—¿De verdad ?
—Era el chico más divertido que había conocido en mi vida. Y lo sigue siendo.
—¿De veras ?
A Somerset le costó creerlo. Que él supiera, Mills siempre estaba malhumorado o furioso. Observó la medalla.
Era una medalla al valor del Departamento de Policía de Springfield.
—Así que, en realidad, son ustedes un matrimonio veterano si contamos todos los años que llevan juntos –comentó en voz alta.
—Pues sí, supongo que sí –contestó Tracy entre risas.
—Vaya, una relación así no es frecuente hoy en día.
Nada frecuente.
Estaba guardando la medalla en su estuche cuando Tracy volvió de la cocina con una humeante fuente de lasaña. La colocó sobre un salvamanteles de hierro forjado mientras miraba el arma de Somerset por el rabillo del ojo.
Era evidente que la ponía nerviosa, por lo que él se dispuso a quitarse la pistolera.
—Nunca la llevo cuando me siento a cenar –aseguró para disipar el recelo de la joven–. En los manuales de urbanidad dice que es muy desmañado hacerlo.
Tracy lanzó una carcajada forzada.
—Sabe, William, he visto muchas armas, pero no consigo acostumbrarme a ellas.
—Lo mismo digo.
Envolvió el arma con las correas de la pistolera y la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Sacó el cuaderno de notas del bolsillo de la camisa con intención de guardarlo también en la chaqueta, pero un trozo de papel cayó de él y planeó hasta llegar al suelo.
Tracy se agachó para recogerlo. Era la rosa de papel. Tracy la observó un instante y luego se la devolvió a Somerset.
—¿Qué es esto? ¿Una prueba?
Algo incómodo, Somerset consideró la posibilidad de inventar alguna historia, pero luego se dijo: ¿Qué importa?
—Es mi futuro –explicó–. Pertenece a la vieja casa que he comprado en el campo. Allí es donde viviré cuando me retire.
Tracy ladeó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Es usted un hombre extraño, William. Quiero decir interesante. No es asunto mío, la verdad, pero me alegro de conocer a un hombre que... –Miró la rosa con una sonrisa y dejó la frase sin terminar–. ¿Sabe lo que diría David si viera esto?
—¿ Qué?
—Que es usted un maricón. David es así.
—Bueno, pues entonces no se la enseñaré –replicó Somerset con una carcajada.
Mills regresó al salón, deslizándose por la puerta entornada para que los perros no pudieran seguirlo.
—No pueden vivir sin mí.
Los perros arañaban la puerta y gemían. Mills se acercó al equipo de música y lo conectó. La suave melodía de una guitarra interpretando blues de Nueva Orleans llenó la habitación, y los perros se calmaron de inmediato. Mills hizo una seña en dirección a la puerta.
—Saben que estoy aquí cuando oyen blues.
Tracy estaba sirviendo la lasaña.
—¿ Cerveza o vino, William?
Somerset echó un vistazo a la mesa. A la cabecera, ya había una botella de cerveza. Delante de otro plato vio una copa de vino tinto.
—Vino –pidió.
Mientras Tracy servía otra copa de vino, los hombres se sentaron, y Mills empezó a remover la ensalada. Somerset tomó un trozo de pan de ajo de la cesta que había sobre la mesa y lo dejó en el borde de su plato.
—William, ¿por qué no está usted casado? –preguntó Tracy al sentarse.
Mills abrió los ojos de par en par.
—¡Tracy! ¿ Qué clase de pregunta es ésa?
—No, no pasa nada –intervino Somerset–. La verdad es que he estado casado. Dos veces. Pero no funcionó.
Se encogió de hombros y tomó un sorbo de vino.
—Me extraña –comentó Tracy–. De verdad.
Somerset no pudo por menos que reír.
—Toda persona que pasa conmigo una cantidad considerable de tiempo acaba por descubrir que soy... desagradable. Pregúnteselo a su marido.
Mills esbozó una sonrisa tímida, pero no lo negó.
—Tiene razón –se limitó a decir.
—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí? –preguntó Tracy.
—Demasiado –repuso Somerset cortando un trozo de lasaña–. ¿ Les gusta la ciudad?
Tracy lanzó una mirada nerviosa a su marido.
—Acostumbrarse a un sitio requiere un tiempo –contestó Mills–. Ya sabe.
—Claro. Por supuesto. –Somerset advirtió que aquél era un tema delicado entre ellos–. Pero uno se curte bastante deprisa. Se sorprenderán. Hay ciertas cosas en cualquier ciudad que...
Somerset se detuvo en seco al notar que el suelo empezaba a temblar bajo sus pies. El temblor fue aumentando en fuerza y volumen; los platos y los cubiertos comenzaron a tintinear y los perros empezaron a ladrar. Miró por encima del hombro en dirección a la ventana. El metro estaba entrando en la estación elevada que se hallaba sobre la avenida. Le sobresaltó comprobar lo cerca que se encontraba, a menos de quince metros de distancia. No se había dado cuenta hasta entonces. Mills clavó la mirada en su plato con expresión repentinamente huraña. Tracy cerró los ojos y suspiró. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, los platos y los cubiertos volvieron a tintinear. Los perros ladraban como locos.
—¡Lucky! ¡Mojo! ¡Callaos! –les gritó Mills.
Dedicó una sonrisa forzada a su invitado en un intento de fingir que no ocurría nada.
—Enseguida habrá pasado –aseguró Tracy a modo de disculpa.
Era evidente que se estaba muriendo por dentro. Las vibraciones aumentaron a medida que el tren cobraba velocidad, y Somerset agarró su copa de vino antes de que se volcara. Los perros gimieron, y algo se cayó en la cocina.
La forzada compostura de Mills se desmoronó de repente al comprobar que el temblor no cesaba con la suficiente rapidez.
—El tipo de la inmobiliaria..., ese hijo de puta... Nos trae a ver el piso unas cuantas veces. Primero me parece un tipo legal, porque se toma su tiempo para enseñarnos el piso otra vez a pesar de que está ocupado. Pero las dos veces no paraba de meternos prisas. Sólo nos lo enseñaba durante cinco minutos cada vez.
Mills emitió una risita amarga.
—Bueno, lo descubrimos la primera noche que dormimos aquí –terció Tracy, señalando la ventana con un gesto.
Somerset se mordió la cara interior de las mejillas para no estallar en carcajadas, pero no pudo contenerse.
—Es como esas sillas automáticas de masaje. Un hogar apacible y relajante.
Se echó a reír a pesar suyo, y Mills y Tracy no tardaron en unirse a sus carcajadas.
Somerset no podía parar.
—Lo siento... Yo...
—Bah, ¿qué importa? –exclamó Mills sin dejar de reír–. Resulta gracioso.
Somerset tomó otro sorbo de vino y recobró la compostura.
—No he podido evitar ver la medalla al valor que tiene en aquella mesa –comentó para cambiar de tema–. ¿ Por qué se la dieron ?
—David participó en una detención con...
—Es igual –la atajó Mills–. Estoy seguro de que no le interesa escuchar esa historia.
Mills se había puesto de mal humor en un abrir y cerrar de ojos. A todas luces, no quería hablar de lo que había hecho para merecer aquella medalla. El tenedor que Tracy sostenía en la mano temblaba.
Somerset intentó mirarla a los ojos, pero ella mantenía los suyos fijos en el plato.
—Si me disculpan... –dijo por fin, antes de levantarse y salir de la habitación con brusquedad.
Mills pinchó la comida que tenía en el plato y se llevó un trozo de lasaña a la boca. Masticó con la mirada clavada en el plato. Tampoco él miró a Somerset.

CAPÍTULO 10

Los platos sucios aguardaban en el fregadero, y Tracy estaba en la cama. La mesa aparecía cubierta de las fotografías del escenario del crimen que fueron tomadas en el despacho de Eli Gould. El tazón de café de Somerset se hallaba junto a la botella de cerveza de Mills, cerca del borde de la mesa. En el equipo de música sonaba Muddy Waters, pero a volumen muy bajo para no despertar a Tracy. Los perros estaban tumbados debajo de la mesa. Mojo tenía el hocico entre las patas y los ojos atentos a cualquier movimiento que efectuara Mills. Lucky dormía a pierna suelta; ¡ya le tocaba a la pobre!
Somerset estaba reclinado en su silla y miraba fijamente una fotografía que aparecía en el escritorio de Gould. Llevaba cinco minutos observándola. Mills se preguntó qué estaría buscando, pero no le apeteció demasiado preguntar.
Mills se levantó y arqueó la espalda. Se estaba quedando bizco de tanto mirar aquellas estúpidas fotografías.
Sin embargo, Somerset permanecía impávido. Tenía la concentración de un monje zen. Mills cogió la botella de cerveza y la apuró.
—¿ Más café? –ofreció para romper el silencio.
—Sí –asintió Somerset sin apartar los ojos de la fotografía.
Mills cogió el tazón de Somerset, fue a la cocina y regresó con más café ligero y dulce, como lo tomaba Somerset, y una cerveza fría para él. Somerset seguía contemplando la misma fotografía.
Mills bebió un trago directamente de la botella y giró la cabeza para relajar la tensión.
—Supresión de pulgares.
—¿ Cómo dice? –preguntó Somerset.
—Deberían privarlos de los pulgares como castigo por crímenes atroces.
—Ya entiendo –repuso Somerset sin dejar de mirar la instantánea.
—Quitárselos –sugirió Mills dejándose caer en la silla–. Lo siento, señor, pero ese comportamiento no es propio de un primate superior. Se queda sin pulgares.
Ambos guardaron silencio durante unos instantes.
—Supresión de pulgares –repitió Somerset por fin.
Seguía sosteniendo la fotografía, pero ahora se había vuelto hacia Mills.
Mills esbozó una sonrisa. He conseguido que me mires, pensó.
—Nunca se topa uno con nadie que venda accidentalmente un arma a un macaco sin pulgares. Si te cogen, no tienes excusa.
Somerset se llevó el tazón humeante a los labios.
—Fuera pulgares... Pues tiene razón.
—Párese a pensarlo un momento. ¿ Cómo podría apretar el gatillo alguien que no tuviera pulgares? Y conducir también le resultaría difícil. Joder, intente sostener un teléfono durante un rato sin los pulgares.
Somerset se lo quedó mirando fijamente.
—¿ Sabe?, creo que habla en serio.
—Por supuesto que hablo en serio.
La sonrisa de Mills se convirtió en una carcajada, pero lo cierto era que hablaba en serio. Debería existir algún modo de distinguir a los predadores del resto de la población. En la selva, los colmillos de un animal solían delatarlo. Sería de justicia que los seres humanos contaran con la misma clase de advertencia.
Somerset dejó la fotografía a un lado y se frotó el cuello.
Bajo la mesa, Mojo miró alternativamente a Mills y Somerset. El pobre perro no comprendía qué hacía allí tan tarde aquel desconocido.
—Vuélvame a explicar su teoría –pidió Somersetacerca de cómo mataron a Gould. Creo que se me escapa algo.
A Mills se le formó un nudo en la boca del estómago.
¿ Qué estaba pasando?, pensó con recelo. ¿ Acaso Somerset creía que su teoría fallaba en algo ?
Sin embargo, no dijo nada. Si Somerset había encontrado algún error en su lógica, quería saberlo. Quería aprender de él.
—Bueno –empezó–, en mi opinión, nuestro amigo entró en el despacho de Gould antes de que el edificio cerrara y el dispositivo de seguridad se pusiera en marcha.
También creo que Gould debió de quedarse a trabajar hasta tarde.
—De eso estoy seguro –repuso Somerset–. Gould era el abogado defensor más ocupado de la ciudad y estaba en pleno juicio.
Mills bebió otro trago de cerveza antes de proseguir.
—Encontraron el cadáver el martes por la mañana, ¿de acuerdo? Pero ahora viene lo bueno... El despacho permaneció cerrado durante el lunes lo cual significa que nuestro asesino pudo haber entrado el viernes y esconderse hasta que se fueron los de la limpieza. Podría haber pasado todo el día del sábado con Gould, el domingo e incluso el lunes.
Mills cogió una de las fotografías de la mesa, una toma general del despacho de Gould, con el cadáver del abogado erguido en la silla de cuero de respaldo alto.
—Gould estaba atado y completamente desnudo, pero el asesino le dejó un brazo libre. Entregó a Gould un cuchillo de carnicero. Ahora, fíjese en la balanza que hay sobre el escritorio. No era de Gould. Alguien la trajo, sin duda el asesino. En uno de los platillos había un peso de medio kilo; en el otro, un pedazo de carne.
—Medio kilo de carne –apuntó Somerset, observando la fotografía con atención.
Mills rebuscó entre las instantáneas que había desparramadas sobre la mesa, hasta que encontró la fotocopia de una nota manuscrita fijada con un clip a la fotografía de la misma nota, en la que se veía cómo se había hallado, clavada a la pared detrás del escritorio de Gould.
—Nos ha dejado una carta de amor. Aquí.
Somerset retiró el clip y leyó la nota en voz alta.
—Medio kilo de carne, ni más ni menos. Sin cartílago, sin hueso..., sólo carne. Con esta misión cumplida... ha quedado en libertad.
—La silla de Gould estaba empapada de sudor y meados –comentó Mills–. Llevaba bastante tiempo allí sentado.
—Sábado, domingo y lunes –repuso Somerset con expresión sombría–. El asesino quería que Gould se tomara su tiempo, que permaneciera sentado y pensara en ello.
¿Dónde practicas el primer corte? Tienes un arma apuntándote a la cara. ¿ Qué parte de tu cuerpo es la más prescindible? ¿ Sin qué parte de tu cuerpo puedes vivir?
—Gould cortó a lo largo del costado izquierdo del estómago. Los michelines.
Somerset cogió media docena de fotografías y apartó el resto. Las alineó como si dispusiera las cartas para hacer un solitario.
—Mire estas fotos con otros ojos –sugirió–. No se deje llevar por la inercia. –Ordenó de nuevo las instantáneas y las superpuso para que el cadáver no resultara visible–. Ahora, aunque sepa que el cadáver está ahí, no piense en ello. Olvide el primer impacto. Siempre hay algo en lo que no nos fijamos. Podría ser un detalle insignificante, pero también podríamos tenerlo delante de las narices y no verlo. Concéntrese hasta que haya agotado todas las posibilidades.
Mills estudió las fotografías por encima del hombro de Somerset, escrutándolas en busca de algo que se le hubiera escapado: algo en las estanterías, algo en el gran cuadro abstracto de la pared, en el modo en que la palabra CODICIA estaba escrita con sangre. Pero, por mucho que lo intentaba, no podía dejar de visualizar el cadáver de Gould en las fotografías.
—El hombre está predicando –comentó Somerset.
—Querrá decir castigando.
—No, predicando. Los siete pecados capitales se utilizaban en los sermones medievales. Había siete pecados capitales y siete virtudes cardinales. Se empleaban como herramienta de aprendizaje para mostrar a la gente las posibles distracciones de la verdadera adoración.
—¿Como en Dante ?
—¿Ha leído el Purgatorio? –inquirió Somerset alzando la vista hacia él.
—Sí..., lo he leído. Bueno, algunas partes. ¿Recuerda la parte en la que Dante y su colega están subiendo aquella montaña tan alta y ven a todos los tipos que han pecado ?
—Las Siete Terrazas del Purgatorio.
—Eso. Pero en el libro aparece primero el orgullo, no la gula. Si nuestro amigo está siguiendo a Dante, entonces no respeta el orden.
—Es cierto, pero de momento limitémonos a considerar a Dante como la inspiración del asesino. Aquí se trata de la expiación de los pecados, y estos asesinatos han sido una especie de contrición forzosa.
—¿ Una qué forzosa?
A Mills no le hacía ninguna gracia que Somerset empleara palabras que él no conocía.
—Contrición significa que uno se arrepiente de sus pecados, pero en este caso no ha sido porque las víctimas amaran a Dios y desearan arrepentirse por voluntad propia.
—Es porque alguien les estaba apuntando a la cabeza con un arma.
Somerset arqueó la espalda y giró la cabeza para relajar el cuello.
—Pero no había ninguna huella en los lugares de los hechos.
—No, nada.
—Y las víctimas no guardaban ninguna relación entre sí.
—Que nosotros sepamos –puntualizó Mills llevándose la botella a los labios.
—Tampoco hay testigo de ninguna clase.
—Lo cual no entiendo. El asesino pasó mucho tiempo con esos dos tipos. Y en el asesinato de Gould tenía que volver a salir del edificio. Alguien debería haberlo visto.
—Debería, pero no fue así. Ocuparse de los propios asuntos es toda una filosofía en la ciudad. Si miras mal a alguien puedes acabar con el cuello rebanado. No me extraña que no haya aparecido ningún testigo. –Somerset acercó la silla a la mesa y volvió a concentrarse en las fotos–. Sin embargo, apuesto lo que sea a que nos ha dejado otra pieza de su rompecabezas. No creo que pretenda abandonarnos en un callejón sin salida tan pronto. Quiere que le sigamos la pista.
Mills miró el reloj. Eran las once y media.
—Mire, me alegra tener la oportunidad de hablar de todo esto, pero...
—Esto es sólo para satisfacer mi curiosidad, ya que me voy a finales de semana –lo atajó Somerset mientras estudiaba la hilera de fotografías.
—Exacto.
Mills introdujo la mano en su maletín, que descansaba abierto sobre una silla, y extrajo otra instantánea. Se trataba de una copia de la fotografía en marco de oro de la señora Gould, cuyos ojos aparecían rodeados de círculos de sangre.
—La mujer –dijo–. Si el asesino nos intenta decir que ella vio algo, no sé qué puede ser. Se encontraba fuera de la ciudad cuando ocurrió.
—A lo mejor es una amenaza –aventuró Somerset.
—Ya se me había ocurrido. Está en un lugar seguro.
Otro metro entró traqueteando en la estación e hizo temblar las ventanas, el tazón de Somerset saltó y éste se apresuró a cogerlo antes de que el café se derramara sobre las fotos, aunque sin dejar de observar la instantánea de la señora Gould.
Mills volvió a hacerse masaje en la nuca. ¡Ojalá el metro fuera a la huelga, joder!
Cuando el tren abandonó la estación y el estruendo empezó a disiparse, Somerset deslizó los dedos sobre los círculos que rodéaban los ojos de la señora Gould.
—¿Y si no significa que ella ha visto algo? –sugirió–.
¿Y si quiere decir que tiene que ver algo, pero aún no ha tenido ocasión de verlo ?
—Sí, pero ¿ qué es lo que tendría que ver ?
—Sólo hay un modo de averiguarlo –replicó Somerset encogiéndose de hombros.
El lugar seguro era un motel sombrío que se hallaba en las afueras de la ciudad. El rótulo luminoso de la carretera anunciaba con orgullo: Televisión por cable gratis en todas las habitaciones, pero cuando Mills y Somerset entraron en la habitación de la señora Gould, Mills decidió que la televisión por cable gratis constituía un magro consuelo. Recorrió la estancia con la mirada e intentó adoptar una expresión neutral. Las paredes necesitaban una mano de pintura, en el techo se veía una mancha de humedad del tamaño de una tortuga gigante y en todas las lámparas había bombillas de pocos vatios. Parecía la clase de lugar al que uno acudiría para suicidarse.
La señora Gould estaba sentada en el borde de la cama, sollozando mientras sostenía un pañuelo de papel arrugado ante los ojos.
La cabellera de color rojo fuego parecía descuidada desde hacía días, y tenía el rostro pálido e hinchado de tanto llorar. Tampoco se había molestado en maquillarse, de modo que su aspecto recordaba a uno de aquellos gnomos de juguete con el pelo disparado en todas direcciones. Vestía un chándal fucsia y verde e iba descalza. Llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo, pero no tenía los pies bonitos, sino que estaban coronados por grandes venas azules y prominentes.
Además de los sollozos de la mujer, el único sonido que se oía en la habitación era el golpeteo intermitente de una pelota de goma contra el otro lado de la pared. El policía de servicio que se hallaba en el pasillo mataba el tiempo con una pelota de goma que lanzaba contra la pared sin pausa.
No sólo se trataba de una falta de consideración, sobre todo a aquellas horas de la noche, sino que estaba volviendo loco a Mills, quien estuvo a punto de salir y hacerle tragar la pelota al agente.
Mills carraspeó e intentó hacer caso omiso del golpeteo.
—Siento molestarla a estas horas, señora Gould, pero...
—No importa. No he pegado ojo desde...
Su rostro se contrajo, y la mujer volvió a estallar en sollozos, cubriéndose la boca con una mano como si intentara acallarse a sí misma.
Mills dirigió una mirada a Somerset, pero el rostro de éste permaneció impasible. Ya habían decidido que Mills formularía las preguntas, puesto que dirigía el caso Gould.
—Señora Gould... –Abrió el maletín y extrajo las fotografías–. Necesito que vuelva a mirar algunas de las fotografías.
Clanc... clanc... clanc...
La pelota. Mills apretó los dientes, dispuesto a salir y hacerle tragar la pelotita a aquel gilipollas.
—Perdone, vuelvo enseguida...
—Ya me encargo yo –lo interrumpió Somerset, al tiempo que se dirigía a la puerta.
Salió al pasillo y cerró la puerta tras de sí.
Mills no quería que se fuera. No quería quedarse a solas con la viuda. Nunca le había gustado enfrentarse a los familiares de las víctimas. Carraspeó de nuevo y tendió las fotos a la señora Gould.
—Me gustaría que echara un vistazo a estas fotos y me dijera si hay algo que le parece extraño o fuera de lugar.
Cualquier cosa.
Pero la mujer no quiso cogerlas.
—Las he mirado mil veces –gimió–. No quiero volver a verlas... nunca.
Mills apretó los labios. Odiaba ver llorar a una mujer.
Eso hacia que se enfadase consigo mismo, porque nunca sabía qué hacer para lograr que pararan.
—Por favor, señora Gould. Necesito que me ayude para que podamos encontrar a la persona que ha hecho esto.
La señora Gould se enjugó las lágrimas con las manos y alzó la vista hacia él en una sorda súplica para que la dejara en paz. Pero, por mucho que le doliera hacerla pasar por aquello, Mills sabía que no podía dejarla en paz.
—Por favor, señora Gould. Cualquier cosa que falte o le parezca diferente. Cualquier cosa.
La mujer cogió las fotos a regañadientes y le lanzó una mirada enojada. Les echó un vistazo rápido, demasiado rápido.
—No veo nada –sentenció antes de devolvérselas.
—Tómese el tiempo que necesite, señora Gould.
—No hay nada –insistió ella sin hacer ademán de volver a estudiarlas.
—¿Está completamente segura? Podría ser decisivo para encontrar a este tipo o perderlo de vista para siempre.
Lo digo en serio.
En aquel instante, Somerset entró de nuevo en la habitación. Mills ni siquiera se había dado cuenta de que el golpeteo había cesado.
La señora Gould intentó mirar de nuevo la primera fotografía, pero no lo consiguió.
—¡No puedo hacer esto ahora! –gritó–. ¡Por favor!
Mills se volvió hacia Somerset en busca de ayuda.
—Tal vez sería mejor esperar –sugirió el teniente en voz baja–. Yo puedo esperar hasta mañana.
Pero Mills no quería esperar.
—Hay algo en estas fotografías que se nos escapa, señora Gould. Creo que usted es la única persona que puede ayudarnos.
—¡Dios mío! –gimió la mujer–. De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo.
Se obligó a sí misma a mirar las fotos una vez más, pasándolas con rapidez.
Aquello no servía de nada, pensó Mills.
De repente, la mujer se detuvo y frunció el ceño mientras comparaba dos de las instantáneas del despacho de su marido que fueron tomadas desde el mismo ángulo. Eran primeros planos del escritorio y la silla.
—¿Qué ve, señora Gould? –le preguntó con insistencia.
La mujer golpeteó la primera fotografía con una uña roja y mal pintada.
—Este cuadro –dijo.
Mills estudió la fotografía. En la pared que había tras el escritorio de Gould se veía un gran óleo de al menos un metro por un metro veinte. Se trataba de una pintura abstracta: manchas y gotas negras, rojas y verdes.
—¿ Qué le pasa al cuadro ? –inquirió.
La señora Gould lanzó una mirada acusadora a ambos policías.
—¿ Por qué está colgado al revés ?
Mills miró a Somerset, que enarcó una ceja mientras observaba las fotografías que sostenía la mujer.
Al revés ?
La luna era un pequeño orificio de bala en el cielo negro que se observaba desde la ventana del despacho de Eli Gould, en la decimosegunda planta. Mills encendió las luces mientras Somerset se ponía unos guantes de látex.
—¿Quiere hacer los honores? –ofreció Mills, señalando en dirección al cuadro abstracto de la pared.
Somerset adoptó una expresión algo perpleja.
—Es su investigación.
—Sí, pero es su última semana de trabajo.
Somerset se encogió de hombros y se acercó al cuadro mirándolo fijamente.
—¿Está seguro de que nuestra gente no lo ha movido?
—Aunque lo hubieran hecho, esas fotografías se tomaron antes de que los técnicos empezaran a trabajar.
Somerset cogió el cuadro por el marco y lo descolgó.
Mills esperaba encontrar otro mensaje escrito con sangre, pero aparte del gancho clavado a la pared no había nada.
—¡Mierda! –masculló Mills; su gran presentimiento de que la señora Gould había visto algo se convertía en agua de borrajas–. No quiero ni pensar en todas las horas de sueño que estoy perdiendo por culpa de esto.
—Tranquilo, tranquilo. –Somerset apoyó el cuadro contra el costado de la mesa con el dorso hacia ellos–. Mire esto.
–Señaló los tornillos del marco. Otros orificios sin tornillo se observaban justo debajo de aquéllos–. A lo mejor nuestro amigo cambió la cuerda para poder colgar el cuadro boca abajo.
Somerset se llevó la mano al bolsillo para buscar algo, y Mills se sorprendió considerablemente al ver que extraía una navaja con empuñadura de nácar. El teniente la abrió.
—¿ Qué coño es eso? –preguntó Mills.
—¿No tenían de éstas en Springfield? –replicó Somerset por encima del hombro.
—Los policías no, desde luego.
—Siempre he creído en este tipo de herramientas simples.
Somerset perforó con cuidado la cartulina marrón grapada al dorso del cuadro y practicó un corte a lo largo del borde para acceder al hueco que había tras el lienzo.
Cuando hubo cortado los cuatro bordes, Mills le ayudó a retirar la cartulina. Pero allí no había absolutamente nada; ni en la cartulina ni en el dorso del lienzo.
—¡Mierda! –espetó Mills–. ¡Qué pérdida de tiempo, joder! Debería estar en casa durmiendo.
Pero Somerset no le hizo caso, dio la vuelta al cuadro e introdujo la hoja de la navaja bajo la costra de pintura. Retorció el cuchillo y logró levantar una esquina.
—Vamos, Somerset, sea realista. El asesino no pintó este cuadro de mierda. Larguémonos.
Somerset lanzó una mirada de asco al cuadro, admitiendo que, con toda probabilidad, Mills tenía razón.
—¡Maldita sea! –exclamó–. Debe de haber algo que quiere que encontremos.
—Estamos jodidos –rechazó Mills meneando la cabeza–. Nos está tomando el pelo.
Pero Somerset no le escuchaba. Seguía haciendo de Sherlock Holmes, absorto en lo que hacía y tratando a Mills como si fuera un doctor Watson imbécil. Bueno, a tomar por culo, pensó Mills. El viejo Sherlock tanteaba el terreno.
Somerset retrocedió un paso y estudió el trozo de pared en el que había estado colgado el cuadro. Recorrió el despacho con la mirada y a continuación retrocedió otro paso.
Se detuvo y volvió a contemplar el hueco.
Mills se estaba cabreando.
—¿ Qué coño está haciendo ?
—Cállese. Estoy pensando.
Mills apretó los puños, enfurecido porque Somerset lo trataba de nuevo como a un idiota. Ciego de ira, cogió una lámpara pequeña del aparador y estuvo a punto de arrojarla al suelo antes de recuperar el autocontrol.
—¡Capullo de mierda! –masculló mientras devolvía la lámpara a su sitio.
Somerset se llevó la mano al bolsillo y extrajo una cajita de plástico. La abrió y sacó una brocha y un frasco de polvo oscuro.
—¿Sabe hacerlo ? –preguntó Mills con suspicacia mientras pensaba que deberían llamar a los de la oficina del forense para que se ocuparan de buscar huellas.
Somerset inspeccionó las cerdas de la brocha.
—No se preocupe. Llevo bastante tiempo en el oficio.
Encontró una silla de respaldo recto y la llevó hasta la pared antes de encaramarse a ella y empezar a cubrir con polvo la zona que rodeaba el gancho.
—¿ Esto va en serio o qué, Somerset?
—Espere.
Somerset acercó el rostro a la pared para estudiar el residuo del polvo. Cogió la brocha y aplicó más polvos, separándose cada vez más del gancho y el clavo.
Mills intentó serenarse, pero se moría por saber qué había encontrado el señor Sabelotodo.
—¿ Qué pasa? ¿ Qué es lo que ve? Nada, ¿verdad?
—No pierda la paciencia.
Somerset siguió trabajando de cara a la pared hasta casi agotar el frasco de polvo. Cuando se bajó de la silla, Mills vio con toda claridad lo que el teniente había descubierto.
El polvo oscuro lo había puesto de manifiesto, como si estuviera impreso: AYÜDENME apareció eserito con huellas digitales.
Joder –pensó Mills mirando a Somerset–. Este hijo de puta es Sherlock Holmes.

CAPÍTULO 11

En la comisaría, Somerset y Mills estaban inclinados sobre el hombro de Michael Washington mientras contemplaban la pantalla verde del ordenador en espera de que sucediese algo. A Washington, un recio negro de cuarenta y tantos años que era el jefe de ánalisis de huellas del departamento, no le hacía ni pizca de gracia cargar con horas extras.
Según Somerset, había sido un tipo normal mientras no fue más que otro de los técnicos de la oficina del forense, pero ahora se consideraba una persona con horario regular, de nueve a cinco, demasiado importante para que lo despertaran en plena noche. Sin embargo, Somerset tuvo que recordarle que se trataba de un asunto urgente y que había vidas en juego, además de que su trabajo consistía en estar al servicio de la policía, no a la inversa. Al cabo de unos diez minutos de gritar por teléfono, Somerset había convencido por fin a WashingTOn de que se espabilara y fuera a la comisaría, aunque no por eso el hombre dejara de quejarse ni un instante.
—No sé qué coño os pasa –refunfuñó mientras tecleaba–. Si quisiera trabajar de noche me habría convertido en detective como vosotros, capullos. Yo trabajo de día. No sé qué narices hago aquí a estas horas. ¿Estáis seguros de que esto no puede esperar hasta mañana?
—No –replicó Somerset meneando la cabeza–. Ya te he dicho que es importante.
—Sí, claro, importante. Ve a decirle a mi mujer lo importante que es.
Mills estuvo a punto de perder los estribos; estaba harto de aquel Lloriqueo.
—Esto podría salvar vidas, gilipollas. Hágalo y cierre el pico de una vez.
Washington le lanzó una mirada furiosa y apartó la silla del ordenador.
—¿Ah, sí? Pues entonces hazlo tú, joder. Me voy a La cama, hijo de puta.
—¿A quién ha llamado hijo de puta?
Washington se levantó, volcó la silla y se dispuso a abalanzarse sobre Mills. Nunca había sido un tipo que aguantara broncas de un policía. Somerset se interpuso entre ellos.
—Tranquilos, tranquilos. Te agradecemos mucho que hayas venido a estas horas, Michael. Continúa, por favor.
Se volvió hacia Mills y lo empujó hacia la otra punta de la estancia.
—Calma, ¿vale? –le aconsejó–. Lo necesitamos.
Mills apartó la mano que Somerset le había puesto en el pecho.
—¡Mierda!
Somerset meneó la cabeza con el ceño fruncido. Había trabajado con gente irritable, pero Mills era pura nitroglicerina. No duraría mucho si seguía así.
Observaron a Washington a distancia mientras éste seguía introduciendo códigos. Al cabo de unos minutos, la pantalla quedó en blanco y de repente empezó a chasquear y zumbar al mismo tiempo que una serie de huellas ampliadas se sucedían rápidamente. El ordenador estaba comparando las huellas que Somerset había obtenido del mensaje AYÜDENME con las de delincuentes incluidos en las bases de datos del organismo nacional de prevención de la delincuencia.
Washington hizo girar la silla.
—He visto cómo este aparatito tardaba tres días en hacer coincidir las huellas, así que ya podéis ir a cruzar los dedos a otra parte. Quiero dormir un poco.
Giró de nuevo su silla y estiró las piernas en otra; se puso cómodo, se cruzó de brazos y cerró los ojos.
—Vamos –indicó Somerset a Mills mientras lo hacía salir al pasillo.
—Que duerma bien –masculló Mills al salir.
En el pasillo había un viejo sofá de vinilo azul. Somerset se sentó en un extremo mientras Mills introducía monedas de veinticinco centavos en una máquina de refrescos que había allí cerca. Somerset miró el reloj: la 1:20.
Una lata salió de la máquina de golpe. Mills la sacó y retiró la anilla de la cerveza sin alcohol antes de dejarse caer en el otro extremo del sofá.
—¿ Cree que nuestro amigo está chalado y está pidiendo ayuda? ¿ Cree que ése es su problema?
Somerset reflexionó unos instantes.
—No, no lo creo. No encaja. Este tipo tiene un programa bien definido. No creo que quiera que lo detengan hasta que haya terminado.
—No sé. Hay un montón de chiflados allí fuera que hacen salvajadas que en realidad no quieren hacer. Ya sabe, las vocecitas interiores que les mandan hacer cosas malas.
Somerset meneó la cabeza.
—Este tipo no. Es posible que oiga vocecillas, pero es muy organizado y está muy motivado. No se trata de asesinatos impulsivos, sino muy bien planeados. Tal vez esté loco de atar, pero creo que tiene un gran plan y que no parará hasta que lo haya completado.
un anciano empleado de la limpieza con uniforme veRde dobló la esquina del pasillo en el cumplimiento de su deber.
—¿ Qué tal, Frank? –lo saludó Somerset.
El empleado se detuvo y entornó los ojos.
—¿ Somerset? ¿ Qué coño hace aquí?
—Estoy trabajando.
—EL trabajo acabará matándolo.
—A mí no. Me jubilo.
El empleado lanzó una estruendosa carcajada.
—Ya, claro.
—Es verdad. esta es mi última semana.
EL hombre siguió fregando sin dejar de reír.
Mills tomó un sorbo de cerveza mientras observaba a Somerset por el rabillo del ojo.
—¿Pasa algo? –inquirió Somerset al percatarse de que Mills lo miraba.
—¿ Puedo hacerle una pregunta?
—¿ Cuál ?
—¿ Por qué nadie se cree que vaya a jubilarse?
Somerset se encogió de hombros. No supo cómo decir que se debía a que a veces ni él mismo se lo creía.
—¿ Está quemado ? –preguntó Mills.
Somerset exhaló un suspiro.
—Lo que le ha dicho a la señora Gould sobre lo de atrapar a ese tío, lo decía en serio, ¿verdad?
—Por supuesto.
—¿Lo ve? Yo nunca podría haberle dicho algo así. He visto a demasiados tipos que derrotaban al sistema y se libraban de la condena alegando demencia. O aquellos otros que pueden permitírselo y acuden a abogados de fama como Eli Gould para que los saquen del apuro. Y algunos de ellos, muchos, de hecho, desaparecen. Matan durante un tiempo y luego nunca más se vuelve a saber de ellos. Me gustaría seguir pensando como usted, pero no puedo. Por eso me voy.
—Si no cree que podamos atrapar a ese tipo, ¿entonces qué coño hacemos aquí? Explíquemelo.
—Pues reunir piezas –replicó Somerset–. Recoger todas las pruebas, todas las fotografías, todas las muestras. Anotarlo todo y registrar a qué hora han sucedido las cosas...
—¿Eso es todo? ¿Nos limitamos a registrar cosas?
—Lo ponemos todo en pilas bien ordenadas y lo arChivamos con la probabilidad ínfima de que algún día lo necesitemos ante un tribunal. –Somerset se frotó el rostro con ambas manos–. Coger diamantes en una isla desierta y guardarlos por si algún día nos rescatan. Por supuesto, el océano es bastante grande...
—Tonterías. No me lo creo.
—InCluso las pruebas más prometedoras no suelen hacer más que conducir a otras pruebas, no a condenas. Hay tantos cadáveres que desaparecen... sin venganza. Es muy triste.
Mills se volvió para mirarlo de frente.
—No me diga que no se ha emocionado esta noche, que no ha sentido latir la adrenalina, que no ha tenido la sensación de avanzar a toda máquina, de estar consiguiendo realmente algo. Y no me diga que eso se debía sólo a que hemos encontrado algo que tal vez algún día, dentro de varios años, pueda servirnos en un juicio.
Somerset sacó un cigarrillo y lo encendió con parsimonia. Mills tenía razón respecto a la emoción. La había experimentado e iba a echarla de menos. Pero sabía que siempre se trataba de una sensación temporal. Incluso los esfuerzos más ímprobos que realizara un policía sólo arrojaban los resultados deseados en raras ocasiones. En última instancia, era el jurado quien tenía la sartén por el mango. Las absoluciones se consideraban fracasos; las negociaciones de las apelaciones equivalían a prostituirse.
Somerset dio una larga calada al cigarrillo mientras Mills se arrellenaba en el otro extremo del sofá y se ponía cómodo.
Los únicos sonidos que se oían en la comisaría eran el zumbido y los chasquidos lejanos del ordenador, al final del pasillo, y el susurro que producía la fregona del empleado de la limpieza. Miró de soslayo a Mills, que estaba a punto de dormirse.
—Eh –dijo.
—¿ Qué? –replicó Mills abriendo los ojos.
—¿ No tendría que llamar a su mujer para decirle dónde está?
Mills volvió a cerrar los ojos.
–No pasa nada. Ella lo entiende.
Uno de los perros ladraba cuando Tracy se despertó de repente. Estaba atontada; seguía vestida con la ropa que había llevado para la cena y estaba tumbada sobre la cama. Se incorporó e intentó acostumbrar la vista a la habitación oscura. Entornó los ojos para ver la hora en el reloj digital de la mesilla de noche: las 3:41. Los sonidos de los coches que pasaban a toda velocidad por la avenida le recordaron que no estaba en Springfield, y una suerte de tristeza se adueñó de ella cuando recordó dónde se hallaba y qué había sucedido. Se había levantado de la mesa después del postre. El vino se le había subido a la cabeza y fue a tumbarse unos minutos. Debía de haberse dormido.
—¿David? –llamó con voz ronca.
No obtuvo respuesta. Tan sólo un gruñido insistente que procedía del salón.
—¡Calla, Mojo!
Tracy se levantó y caminó hacia la puerta, pero tuvo que detenerse y aferrarse al marco. De repente se sintió mareada. Debía dc haberse levantado demasiado deprisa.
Afuera, un metro que entró la estación hizo temblar las ventanas del piso. Los cubiertos y los platos sucios del fregadero entrechocaron. El perro ladró con más fuerza.
—¡Mojo, cállate!
Pero al mirar debajo de la mesa se dio cuenta de que era Lucky la que gruñía, no Mojo. Se acercó a la mesa, se arrodilló y extendió las manos hacia la perra.
—¿ Qué pasa, bonita? Ven.
La perra no se movió, sino que continuó gruñendo. Tenía los ojos clavados en las ventanas del salón. Mojo también y, aunque no gruñía, tenía el pelaje del lomo erizado.
—¿ Qué es lo que pasa, bonita? Ven.
Lucky no se movió. De repente Tracy recordó algo que David le había dicho hacía mucho tiempo. Las hembras son mejores guardianas que los machos. La hembra es la que dará lavoz de alarma si el hogar se ve amenazado.
El metro partió de la estación y el piso se volvió a estremecer. Tracy se quedó paralizada, con una sensación desagradable en la boca del estómago. Permaneció arrodillada hasta que el traqueteo del tren se desvaneció. Lucky seguía gruñendo.

CAPÍTULO 12

—Arriba, dormilones. Os ha tocado la lotería.
—¡Eh! –exclamó Mills al despertar de repente de un profundo sueño.
Somerset bostezó y se desperezó. Mills se llevó las manos a la cabeza. Estaba hecho una piltrafa. Ya era de día. Se habían quedado dormidos en el sofá.
—Digo que os ha tocado la lotería. A por el gusano, pajarillos.
De pie ante ellos estaba el capitán, fresco y pulcro como una hoja de papel en blanco. Mills consultó su reloj de muñeca: las 6:25. No he dormido suficiente. Ni mucho menos. Nunca es suficiente, se dijo.
—Aquí tienen a su hombre.
El capitán dejó caer una fotocopia sobre el regazo de Mills y le alargó otra a Somerset. Allí aparecían dos fotografías policiales, una de frente y otra de perfil, de un jovenzuelo escuálido de cabello largo y lacio, cargado de pendientes y con la cabeza echada hacia atrás con aire de chulo. Se llamaba Victor Dworkin y tenía veinticinco años. Parecía de los que se meten en líos, pero no tenía aspecto de ser muy peligroso. Por supuesto, Russell Gundersen tampoco.
Somerset se levantó del sofá con un gruñido.
—¿ Qué ha hecho este tipo?
—Dworkin tiene un largo historial de trastornos mentales –explicó el capitán–. Sus padres lo educaron en el más estricto catolicismo, pero en cierto momento...
—¿ Catolicismo ? –Mills se incorporó de un salto al oír el nombre de una religión–. ¿ Qué más sabemos acerca de eso ?
Dos agentes uniformados se acercaron por el pasillo gritando como un par de adolescentes. Ambos llevaban chalecos antibalas bajo anoraks de color azul marino con la palabra policía impresa en blanco delante y detrás. Los dos se cubrían con cascos antidisturbios. Uno de ellos sostenía una escopeta, el otro un rifle de asalto.
—¡Así que le dije que se fuera a tomar por saco! –gritó el del bigote.
El del pelo rapado al uno se echó a reír como un imbécil.
—¡A ver si cerráis el pico! –los regañó el capitán.
Los dos policías se detuvieron en seco como dos colegiales a los que acaban de sorprender en una travesura.
—Gracias, capullos –dijo el capitán con marcado sarcasmo mientras los seguía con la mirada hasta que se perdieron de vista con el rabo entre las piernas–. Muy bien –prosiguió volviéndose hacia Mills y Somerset–. Victor Dworkin se dedicaba a las drogas, al atraco a mano armada y al asalto. Pasó un par de meses en la cárcel por intento de violación a una menor, pero su abogado lo sacó después de apelar. Y resulta que el abogado en cuestión era el recientemente fallecido Eli Gould, el señor Codicia.
Los ojos de Mills se iluminaron. Le entraron ganas de besar al capitán.
—¡Eso! Ya tenemos la relación.
—Un momento, Mills. Que nosotros sepamos, Victor lleva bastante tiempo fuera de circulación. Tenemos una dirección, y ahora mismo están solicitando la orden de registro.
Un sargento pelirrojo, apodado California, se acercó corriendo por el pasillo, a la cabeza de un grupo de cuatro policías uniformados más que lucían vestimenta antidisturbios. Mills sólo lo había saludado un par de veces, pero el sargento parecía bastante popular entre los hombres y, por lo que Mills sabía, era la mano derecha del capitán.
—Que los vigilantes llamen al timbre –ordenó California a los agentes uniformados–, y entonces...
—Oye, California –lo atajó el capitán llevándolo aparte–, el enjambre de periodistas llegará allí en menos de tres cuartos de hora. Pero si hay disparos llegarán en diez minutos. Así que hazlo bien. Quiero titulares, no esquelas mortuorias.
Mills miró a California. A todas luces, el capitán lo había puesto al mando del registro de la residencia de Victor Dworkin, y Mills sintió celos de inmediato. En el fondo creía que era él quién debía estar al mando, aunque fuera su primera semana en el cuerpo. El capitán se llevó a California a un rincón y siguió hablando con él a solas.
—¿Qué le parece? –preguntó Somerset a Mills al oído–. ¿ Cree que este tal Victor encaja?
Mills reflexionó un instante.
—Pues no lo creo. No me lo imagino como un mocoso.
—Yo tampoco –corroboró Somerset–. Nuestro asesino parece tener las cosas más claras. Este tal Victor parece de la clase de tipos a los que les cuesta levantarse de la cama por las mañanas.
—Sí, pero ¿y las huellas?
Somerset exhaló un suspiro hastiado.
—Sí, son suyas –admitió encogiéndose de hombros–.
Debe de ser él.
California y el capitán terminaron su pequeña reunión y se acercaron a los policías uniformados que esperaban al sargento. Mills se estaba cabreando cada vez más, aunque sabía que no tenía razón alguna para ello. Lo único que quería era participar en la acción; quería atrapar a aquel tipo. Propinó un codazo a Somerset.
—¿ Qué le parece si vamos con ellos? Quiero conocer a Victor.
Somerset declinó la sugerencia con un gesto y meneó la cabeza.
—Vamos –insistió Mills con una sonrisa–. Así satisfacemos nuestra curiosidad.
—Ni hablar. Estoy cansado.
—Venga. Tal vez sea su última oportunidad, la última ocasión para sentir esa emoción. ¿ Qué me dice..., William?
—¡Vamos, muchachos, a mover el esqueleto! ¡Adelante! –gritó California a sus hombres.
Somerset lanzó a Mills la mirada más fulminante que éste había visto en su vida.
Somerset abrió un rollo nuevo de caramelos, se metió dos en la boca y le ofreció el paquete a Mills, quien meneó la cabeza y siguió conduciendo con ambas manos sobre el volante y los ojos clavados en la calzada. Estaban siguiendo a California y al equipo de asalto, que iban delante de ellos en una furgoneta negra de incógnito. Aún era temprano, y las calles estaban casi desiertas, pero la luz prístina de la mañana no suavizaba en absoluto el paisaje de gueto por el que pasaban.
Somerset sacó la automática y comprobó el cartucho.
—¿ Alguna vez le han dado? –preguntó Mills haciendo una seña en dirección al arma.
—¿ Que si me han disparado ? No, y toco madera.
Treinta años en el oficio y sólo he sacado el arma tres veces con intención de disparar. Pero nunca lo he hecho. Ni una sola vez. –Encajó el cartucho con un fuerte chasquido y se guardó el revólver en la pistolera–. ¿ Y usted ?
—No, nunca me han disparado. Saqué el arma una vez... y disparé.
—¿Ah, sí?
—Sí... Era la primera vez que salía a hacer este tipo de trabajo –explicó Mills al tiempo que señalaba la furgoneta negra que se dirigía a toda prisa hacia el apartamento de Victor Dworkin–. En aquella época no lo creía, pero la verdad es que estaba bastante verde. –La furgoneta dobló una esquina y se oyó un fuerte chirrido de neumáticos.
Mills giró el volante y permaneció detrás del otro vehículo–. El tipo había matado a su mujer. Parecía un primo de cuidado. En ningún momento imaginé que opondría resistencia, pero cuando irrumpimos en su apartamento por la puerta principal, el hombre estaba apuntando a mi compañero, que había subido por la escalera de incendios.
–Mills se frotó la nariz mientras recortaba mentalmente la historia con objeto de restar importancia al hecho de que la había cagado–. El tipo disparó una vez; yo, cinco.
—¿ Cómo terminó la historia?
Mills efectuó unos cuantos recortes más antes de proseguir.
—Acabé con aquel hijo de puta. Pero fue raro. Fue como si todo sucediera a cámara lenta.
—¿ Qué le pasó a su compañero ?
—La bala lo alcanzó en la cadera –explicó Mills con el corazón latiéndole violentamente–. Nada grave.
Abrió la ventanilla a medias y dejó que el aire fresco le azotara el rostro. Se preguntaba si debía contarle a Somerset lo que realmente le había sucedido a Rick Parsons. Tal vez Somerset ya lo sabía. Pero ¿ cómo iba a saberlo ? Somerset aseguró que no había leído su expediente.
—¿ Fue ése el motivo por el que le concedieron la medalla al valor? –inquirió Somerset.
Mills asintió, incómodo.
—Sí..., más o menos. En aquella época ya había dirigido muchas detenciones en la calle. Tenía un expediente bastante bueno.
—Bien, ¿y qué sintió? Al matar a un hombre, quiero decir.
Mills suspiró mientras en su mente seguía haciendo recortes.
—Imaginaba que sería terrible. Ya sabe, lo de acabar con una vida humana y todo eso. Pero la verdad es que aquella noche dormí como un angelito. Ni siquiera me paré a pensarlo.
Eso fue sólo porque no se había enterado de lo mal que estaba Rick Parsons hasta el día siguiente. En un principio, los médicos creyeron que se repondría por completo. Pero cuando se enteró de que Rick sería un parapléjico durante el resto de su vida, Mills dejó de dormir como un angelito.
Y así seguía.
Somerset se aferró al salpicadero cuando Mills dobló otra esquina con brusquedad.
—Hemingway escribió en alguna parte..., no recuerdo dónde..., pero escribió que para vivir en un lugar como éste hay que tener la capacidad de matar. Creo que se refería a que realmente hay que ser capaz de hacerlo, no sólo de fingirlo, para sobrevivir.
—Pues parece que sabía lo que decía.
—No sé. Hasta ahora he sobrevivido sin matar a nadie.
Mills se limitó a asentir con un gesto. El corazón le latía con fuerza al pensar en Rick y en aquella noche con Russell Gundersen. Había sido una situación idéntica a la que ahora le ocupaba. ¿Sería Victor Dworkin otro Gundersen?, se preguntó Mills. ¿ La cagaría él y permitiría que disparara a Somerset a tan pocos días de su jubilación?
Mills se aferró el volante con más fuerza. Ni hablar, pensó. No dejaría que aquello sucediera de nuevo.
Ante ellos, la furgoneta negra esquivó un coche patrulla que obstaculizaba el paso. Sobre la acera, flanqueando la entrada de un destartalado bloque de pisos, había otros dos coches patrulla. La furgoneta se detuvo delante del edificio y Mills paró el coche a unos siete metros de distancia. El equipo de asalto bajó de la furgoneta por las puertas traseras, seis jóvenes policías uniformados con chalecos antibalas, cascos protectores de plexiglás y numerosas armas.
Somerset y Mills se apearon del coche y los siguieron hacia el interior del edificio. Mills tenía la boca seca. Aquella noche, la de Russell Gundersen, había sido igual, un equipo tomando por asalto un apartamento, la mitad por la puerta principal y los demás por la parte trasera. Mills sacó el arma en cuanto llegó al primer rellano. Ojalá se le tranquilizara el pulso.
Los policías uniformados subían la escalera de dos en dos y en fila india. Somerset iba detrás, y Mills cerraba la comitiva. A juzgar por la expresión de Somerset, daba la impresión de tenerlo todo bajo control, pero estaba sudando como un condenado. Mills lo adelantó en el siguiente rellano. Al tipo le quedaba un día para jubilarse, y Mills no iba a permitir que la historia se repitiera.
Mills apretó el paso para mantenerse a la altura de los agentes uniformados, que se encaminaban hacia el tercer piso. Frascos de crack y jeringuillas crujían bajo sus pies en la escalera desvencijada.
En el tercer piso, un viejo borracho ataviado con un traje de mil rayas muy gastado yacía en el suelo; tenía los ojos vidriosos y no podía levantar la cabeza del suelo más que unos pocos centímetros. Pasaron por encima de él y se dirigieron hacia su objetivo, el apartamento de Victor Dworkin, el 303.
Una rubia oxigenada que llevaba una camiseta enorme de Disney World y zapatillas peludas asomó la cabeza por la puerta de su vivienda. California le hizo señas para que se fuera, y la visión de los policías uniformados bastó para hacerla entrar de nuevo en su apartamento a toda prisa. California llevaba la orden de registro sujeta con cinta adhesiva al chaleco antibalas. Sin decir palabra, indicó por señas a sus hombres que se adelantaran con la barra. Mills intentó avanzar hasta la vanguardia, pero un corpulento policía negro se interpuso en su camino.
—Lo siento, detective –susurró–. Policías primero y detectives después.
A Mills le entraron ganas de decirle que se fuera a tomar por culo, que él tenía que entrar primero, pero Somerset le puso una mano en el hombro.
—Es la política del departamento –explicó.
California indicó a todos que se apartaran de la puerta para que los dos hombres que manejaban la barra tuvieran espacio para forzarla. Mills percibía que el sudor le resbalaba por la espalda. ¡Vamos! Entremos–pensó–. ¡Entremos!
California miró por encima del hombro para asegurarse de que todo el mundo estaba preparado, y a continuación asintió con un movimiento de cabeza.
—¡Policía! –gritó mientras llamaba a la puerta–. ¡Abran!
¡Policía! –De repente se apartó–. ¡A la mierda! ¡Adelante ! –ordenó.
La pesada barra de metal astilló la puerta a la primera embestida. El segundo golpe destrozó la cerradura.
—¡Adentro! –ordenó California al mismo tiempo que se adelantaba a sus hombres y empujaba la puerta con el hombro, pistola de 9 mm en ristre–. ¡Policía! –gritó de nuevo–. ¡Agentes de policía!
Los demás policías uniformados irrumpieron en el piso, pero a Mills le pareció que se movían a paso de tortuga. Tenía ganas de entrar.
Cuando por fin lo consiguió, recorrió el salón polvoriento con la mirada en busca de un lugar donde no hubiera un policía, con la esperanza de encontrar a Victor Dworkin antes que nadie, pero era un apartamento pequeño, y los hombres de California lo tenían cubierto. Los agentes uniformados gritaban ¡Policía! ¡Policía!¿, mientras inspeccionaban cada habitación en busca de Victor. Mills se dio cuenta de que el televisor estaba colocado en el suelo, en un rincón junto al sofá, y estaba cubierto de polvo.
—¡Aquí dentro! –gritó California.
Mills avanzó con rapidez y logró entrar en el dormitorio antes que los agentes uniformados. Sobre una cama que se hallaba junto a la pared más alejada yacía un cuerpo.
Mills no logró ver gran cosa, porque California obstaculizaba su campo de visión mientras avanzaba con cautela y aferraba el arma con ambas manos, apuntando a la figura que estaba cubierta con la sábana. Mills también sostenía el arma con ambas manos. Sólo era capaz de pensar en Victor sacando un arma de debajo de la sábana y haciendo un numerito a lo Russell Gundersen con California.
Los demás agentes uniformados llegaron y empujaron a Mills hacia el interior de la habitación. El policía negro se unió a California, y se situó a los pies de la cama, mientras que éste lo hizo a la cabecera.
—¡Buenos días, cariño! –gritó California.
Pero la figura no se movió.
—¡Levántate, hijo de puta! –chilló California–. ¡He dicho que te levantes! ¡Ahora!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Está incompleto :(

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