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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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martes, 5 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - LO QUE DICEN LOS MUERTOS

LO QUE DICEN LOS MUERTOS
Philip K. Dick
 
 
 
I
 
Exhibido durante una semana en un ataúd de plástico irrompible transparente, el
cadáver de Louis Sarapis había provocado una ininterrumpida demostración de afecto por
parte del público. Ante los restos habían desfilado largas filas de personas con los rostros
amoratados y los lloriqueos de circunstancia; entre ellas, muchas ancianas afligidas,
vestidas con abrigos de paño negro.
En un rincón del gran auditorio donde se exhibía el ataúd, Johnny Barefoot había
esperado impaciente su turno. Pero él no se limitó a mirar a Louis Sarapis; su misión,
detallada en el testamento del muerto, era completamente distinta. En su carácter de jefe
de relaciones públicas de Sarapis, su trabajo consistía simplemente en volverlo a la vida.
Paciencia —murmuró Barefoot para si, después de consultar su reloj y comprobar que
todavía faltaban muchas horas para cerrar las puertas del auditorio. Tenía hambre.
Además, el frío que emanaba de la envoltura congelada del ataúd, aumentaba su
malestar de minuto en minuto.
En ese momento se acercó su esposa, Sarah Belle, con un termo con café.
—Toma Johnny, no tienes buen aspecto —dijo, quitándole un mechón de negro pelo
lustroso de la frente.
—No —admitió él, y señalando con la cabeza el ataúd y la doble fila de asistentes al
duelo, agregó—; en vida nunca me importó mucho, y en este estado, menos todavía.
—Nihil nisi bonum —dijo suavemente Sarah Belle.
La miró con el ceño fruncido. No entendió lo que dijo; quizá fuera algo en idioma
extranjero. Sarah Belle había ido a la universidad en su juventud, y su memoria le era muy
fiel.
—Es una cita de Thumper Rabbit —aclaró Sarah Belle, sonriendo suavemente—. Es
de Bambi, una vieja película clásica, y significa: «Si no puedes decir nada bueno, es
preferible que no digas nada» —agregó—. Si me acompañaras a las conferencias del
Museo de Arte Moderno los lunes a la noche...
—Escucha —dijo Johnny Barefoot con tono desesperado—. No quiero resucitar a ese
viejo ladino, Sarah Belle. ¿Quién me habrá mandado meterme en esto? Cuando esa
embolia lo hizo caer como un bloque de cemento, creí que podía decirle adiós a todo este
asunto.
Pero no era así.
—¿Por qué no lo desconectas? —preguntó Sarah Belle.
—¿Quééééé?
Ella rió.
—¿Acaso tienes miedo...? Desenchufa la conexión del hielo concentrado y entrará en
calor. Entonces, adiós resurrección, ¿no es cierto?
Los ojos de color gris azulado de la mujer, parecían bailotear divertidos.
—¡Pobre Johnny! Aún le temes —dijo acariciándole el brazo—, si no fuera porque
necesitas una mamá que te cuide me divorciaría.
—Eso estaría muy mal —dijo él—. Louis está completamente indefenso en ese ataúd,
desconectarlo no sería el acto de un hombre.
—Algún día, tarde o temprano, tendrás que enfrentarte con él —dijo Sarah Belle
tranquilamente—. Cuanto antes, mejor. Y mientras esté hibernando, llevarás la ventaja.
Es una buena oportunidad, tal vez así logres salir indemne.
Volviéndose, se alejó al trote con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, para
contrarrestar el frío.
Johnny encendió melancólicamente un cigarrillo y se recostó contra la pared. Su mujer
tenía razón, por supuesto. En una confrontación directa, un hibernante llevaba las de
perder con una persona viviente. Así y todo rechazaba la idea porque desde la niñez
había admirado a Louis, que dominaba las rutas comerciales de la Tierra a Marte, con
todos los embarques, como si se tratara de un entusiasta de modelos de cohetes que
jugaba con sus miniaturas sobre un tablero moldeado de papier maché, en el sótano de
su casa. Y ahora, en el momento de morir, a los setenta años de edad, el viejo controlaba
cientos de industrias relacionadas o no en los dos planetas, a través de su firma
Empresas Wilhelmina. El volumen de su riqueza era incalculable, incluso a fin de
determinar sus impuestos; en realidad, tratar de calcular sus enormes ingresos no era
cosa fácil, aún para los más especializados en impuestos.
Es por mis hijos —pensó Johnny—, tengo que pensar en ellos, que están en la escuela
en Oklahoma. Si yo estuviera solo, sin la responsabilidad de una familia, podría tal vez
enfrentarme al viejo Louis. Pero no podía olvidarse de sus dos hijas ni de Sarah Belle, por
supuesto.
Debo pensar en ellos, no sólo en mi —se dijo mientras esperaba la oportunidad de
sacar el cadáver del ataúd, de acuerdo a las detalladas instrucciones dejadas por el
anciano magnate. Veamos, es probable que disponga de un año entero como hibernante,
y casi seguro es que lo querrá dividir estratégicamente, tal vez en períodos cortos al final
del año fiscal. Es posible que trate de extenderlo durante dos décadas; un mes de vez en
cuando, y ya cerca del final lo dividirá en semanas, y después en días solamente.
Llegará por fin el momento en que al viejo Louis le restará un par de horas; la señal se
debilitará poco a poco, se apagará la chispa de actividad eléctrica concentrada en las
congeladas células cerebrales, habrá un parpadeo, las palabras saldrán débiles y
confusas del equipo de amplificación. Después, el silencio... Y por último, la tumba. Eso
llegaría tal vez después de unos veinticinco años. Recién en el 2100 era probable que el
proceso cefálico del viejo se apagara totalmente.
Mientras fumaba su cigarrillo con pitadas rápidas, Johnny Barefoot pensó en aquel día,
muchos años atrás, en que lleno de ansiedad se había presentado en la oficina de
personal de Empresas Arquímedes, y farfulló a la chica del escritorio, que estaba
buscando trabajo. Tenía algunas ideas para ofrecer, ideas brillantes para solucionar
conflictos creados por huelgas y la creciente violencia en los puertos espaciales, debido a
la superposición de jurisdicciones entre sindicatos rivales. Aquellas ideas contribuirían en
su momento a que Sarapis pudiera prescindir de mano de obra agremiada. Era una sucia
maniobra, y en aquella oportunidad había sido consciente de ello, pero de todas maneras
había estado en lo cierto; era una de esas ideas que hacen ganar dinero. La chica lo
había enviado a ver al señor Pershing, gerente de personal, y éste lo envió a ver a Louis
Sarapis.
—¿Quiere decir que puedo lanzar desde el océano? —preguntó Louis Sarapis—.
¿Puedo prescindir de los puertos y salir desde el Atlántico, más allá del límite de las tres
millas?
—Los sindicatos son organizaciones nacionales —replicó Johnny—, y ninguno de ellos
tiene jurisdicción en alta mar; en cambio, una organización comercial tiene carácter
internacional.
—De todas maneras tendré que emplear muchos hombres, la misma cantidad o más,
quizá. ¿De dónde los sacaré?
—Recurra a Burma, a la India, a los Estados Malayos. —había dicho Johnny—.
Consiga trabajadores sin ningún entrenamiento, y tráigalos para acá; enséñeles el oficio
en base a una escritura. En otras palabras, dedúzcales el costo del viaje del salario.
Lo sabía, era un sistema de semi-esclavitud, usado para explotar a ex-presidiarios
como peones. La idea le resultó atrayente a Louis Sarapis: tener su imperio propio en alta
mar, con mano de obra sin derechos legales. Era el arreglo ideal.
Sarapis adoptó el sistema y tomó a Johnny para el departamento de relaciones
públicas; era el puesto más adecuado para un hombre con ideas brillantes que carecía de
preparación teórica, es decir, para un hombre sin educación, un no-universitario, un
inadaptado inútil, un intruso, un solitario carente de título superior.
—¡Eh, Johnny! —había dicho una vez Sarapis—. ¿Cómo no fuiste a la escuela, siendo
tan inteligente? Todo el mundo sabe que eso trae consecuencias fatales. ¿Fue acaso un
impulso auto-destructivo? —sonrió ampliamente, poniendo al descubierto sus dientes de
acero inoxidable.
—Has acertado Louis —le habla contestado, malhumorado—. Quiero morir, me odio a
mí mismo.
En ese momento recordó su idea de peonaje, pero eso había sucedido después que
dejó la escuela.
—Tal vez debería consultar a un analista —confesó.
—¡Impostores! Son todos unos farsantes —le dijo Louis—; si lo sabré yo, que tuve seis
aquí, trabajando exclusivamente para mí en distintas épocas. Lo que sucede contigo es
que eres un tipo envidioso. Quieres lo mejor, o nada; no te gusta luchar ni subir los
peldaños con esfuerzo.
Pero tengo lo mejor —pensaba Johnny Barefoot en aquel momento, y no solamente en
aquél sino en todo momento—. Qué mejor que trabajar para ti. Todo el mundo quiere
trabajar para Louis Sarapis; distribuye trabajo entre toda clase de gente.
Miró la doble fila de aquellos que pasaban ante el ataúd y se preguntó si toda esa
gente serían empleados de Sarapis o familiares de empleados. Podía haber también
muchos que se habrían beneficiado con las leyes de asistencia social que Sarapis hiciera
pasar por el Congreso tres años atrás, durante la depresión. En los últimos años de su
vida, Sarapis se había convertido en el padre de los pobres, los hambrientos, los
desocupados. Había organizado ollas populares ante las que desfilaba la gente; igual que
ahora.
Quizá muchas personas de las que formaban aquellas colas para comer, se
encontraban hoy aquí.
Un guardia del auditorio codeó a Johnny y lo tomó de sorpresa.
—Dígame, ¿usted no es Johnny Barefoot, el encargado de las relaciones públicas del
viejo Louis?
—Sí —contestó Johnny mientras apagaba el cigarrillo y desenroscaba la tapa del termo
que le había dejado Sarah Belle.
—Tome un poco de café —le ofreció—. ¿O ya está acostumbrado al frío de los salones
cívicos?
El ayuntamiento de Chicago había cedido el local, para que Louis pudiese yacer de
cuerpo presente. Era una muestra de gratitud por lo que había hecho en la región;
fábricas abiertas, gente empleada, impuestos...
—No crea, no estoy acostumbrado —afirmó el guardia al aceptar una taza de café—.
¿Sabe una cosa, señor Barefoot? Siempre lo he admirado porque a pesar de ser un no-
universitario, usted supo escalar posiciones; tiene un trabajo importante y ha ganado un
montón de dinero. Hasta llegó a hacerse famoso. Es una inspiración para nosotros, los
no-universitarios.
Mientras saboreaba el café, Johnny dejó escapar algo así como un gruñido.
—En realidad —dijo el guardia—, creo que debemos agradecérselo a Sarapis. El lo
emplea a usted. Mi cuñado también trabajó en sus empresas; fue hace cinco años,
cuando nadie empleaba gente, sólo el viejo Sarapis. Claro que muchos murmuran que es
un avaro, que no deja actuar a los sindicatos y otras acusaciones; ¡pero dio pensiones a
tanta gente vieja! Mi padre vivió con una pensión de Sarapis hasta que murió. Y no hay
que olvidar todas las leyes que hizo aprobar por el Congreso; las leyes de protección al
necesitado no habrían pasado nunca si Sarapis no hubiera hecho presión.
Johnny volvió a gruñir, en señal de asentimiento.
—No es de extrañarse que haya venido tanta gente. Ya veo por qué —dijo el guardia—
. Ahora, ¿quién va a ayudar al tipo de la calle, al no-universitario como usted y yo? Ya no
está el viejo Sarapis.
Johnny no supo qué contestar a las preguntas del guardia y a las que él mismo se
formulaba en ese momento.
 
De acuerdo con la ley, en su carácter de propietario de la empresa fúnebre Amada
Cofradía, Herbert Shoenheit von Vogelsang debía consultar con el abogado del difunto
señor Sarapis, el famoso Claude St. Cyr, para determinar con exactitud cómo debían
distribuirse los períodos de hibernación, y organizar los detalles técnicos. Era una
cuestión de rutina; no obstante, casi desde el principio apareció un obstáculo imprevisto:
no lograba ponerse en contacto con St. Cyr, administrador del patrimonio.
—¡Caramba! —pensó para sí von Vogelsang al colgar el teléfono sin haber conseguido
comunicarse—. Algo anda mal, esto es muy extraño, tratándose de un hombre tan
importante.
Había intentado llamar desde las bodegas, las bóvedas de baja temperatura donde se
conservaba a los hibernantes en la envoltura congelada permanente. En ese momento,
un hombrecito con aspecto de empleado afligido, esperaba en el escritorio sosteniendo en
la mano el talón de un comprobante. Era evidente que venía a recoger a algún pariente.
Faltaba muy poco para el Día de la Resurrección, las fiestas en que los hibernantes eran
honrados públicamente y se acercaban, por lo tanto, los apuros de última hora.
—Sí señor —dijo Herb con una sonrisa amable—; me encargaré personalmente de su
asunto.
—...es una señora anciana —dijo el cliente—, de unos ochenta años, muy menuda y
marchita. No sólo deseo hablarle sino también sacarla a pasear un poco —explicó—. Es
mi abuela.
—Enseguida estaré con usted —prometió Herb, y volvió a las bóvedas en busca del
número 3054039-B
Cuando localizó el cuerpo que buscaba, aprovechó para inspeccionar el informe de
embarque; según los datos, sólo restaban unos quince días de hibernación. Procedió
automáticamente a presionar un amplificador portátil contra el casco del ataúd de cristal;
lo conectó y buscó la frecuencia indicada en espera de alguna señal de actividad cefálica.
Del altavoz salió una débil voz: «...entonces Tillie se lastimó el tobillo y todos creímos
que no sanaría más, fue tan boba al querer caminar enseguida...»
Quedó satisfecho; desconectó el amplificador, y llamó a un trabajador agremiado para
que transportara el 3054039—B hasta la plataforma de carga donde el cliente podía
subirla a su coche o helicóptero.
—¿La controló? —preguntó el cliente, mientras abonaba las cuotas que debía.
—Yo mismo lo hice —contesté Herb—. Funciona a la perfección. Le deseo un feliz Día
de la Resurrección, señor Ford —concluyó con una sonrisa.
—Gracias —dijo el cliente, dirigiéndose hacia la plataforma de carga.
Cuando yo me vaya —pensó Herb—, creo que encargaré a mis herederos que me
revivan un día por siglo; de esa manera podré observar el destino de la humanidad.
Eso significaba un alto costo de manutención para los herederos y sin duda alguna,
tarde o temprano resolverían desconectar la instalación, sacar el cuerpo de la envoltura
congelada y —que Dios no lo permita—, enterrar el cadáver.
—El entierro es una costumbre bárbara —murmuro Herb en voz alta—, vestigio de los
orígenes primitivos de nuestra cultura.
—Sí señor —concurrió su secretaria, la señorita Beasman, sentada ante la máquina de
escribir.
Varios clientes se hallaban en comunión con sus parientes en estado de hibernación,
distribuidos a intervalos regulares en las galerías que albergaban los ataúdes. Había una
atmósfera de calma reverente; en realidad, era conmovedor el espectáculo de esos fieles
que venían a presentar sus respetos con regularidad. Muchos traían mensajes, noticias
de lo que sucedía en el mundo exterior; otros trataban de animar a los hibernantes en los
breves intervalos de actividad cerebral, y de paso, pagaban las cuotas a Herb Schoenheit
von Vogelsang. Dirigir una empresa mortuoria era un negocio muy lucrativo.
—Noto un poco débil a mi padre —dijo un joven que logró llamar la atención de Herb—.
¿No podría dedicarle un momento y controlarlo? Se lo agradecería de todo corazón.
—Por supuesto —dijo Herb.
Acompañó al cliente por la galería hasta donde estaba su pariente fallecido. Según el
informe de embarque, le quedaban pocos días; eso explicaba la pobre calidad de su
cerebración. Así y todo, aumentó el volumen, y... la voz del hibernante se volvió un poco
más fuerte. Se acerca el fin —pensó Herb—. Era obvio que el hijo no había querido mirar
el informe, no deseaba enfrentar la realidad y saber que estaba perdiendo contacto con su
padre. Herb no dijo nada; se alejó simplemente, dejando al hijo en comunión. Para qué
decírselo... Siempre había tiempo para dar la mala noticia.
En ese momento se detuvo un camión junto a la plataforma de carga, y dos hombres
con uniforme color celeste, muy familiar, descendieron de un salto.
Herb se dio cuenta que eran de Transportes y Mudanzas Atlas Interplanetaria. Con
seguridad venían a entregar otro hibernante, o a retirar uno que habría expirado. Se
acercó a paso lento a los recién llegados.
—Si, señores —les dijo.
El conductor del camión se asomó por la ventanilla.
—Venimos a entregar al señor Louis Sarapis —anunció—. ¿Tienen listo el lugar?
—Naturalmente —contesté Herb con diligencia—. Pero no he conseguido comunicarme
con el señor St. Cyr para establecer la cartilla. ¿Cuándo debemos hacerlo revivir?
Otro hombre, de cabello oscuro y ojos brillantes como cuentas, salió del camión y llegó
hasta él para presentarse.
—Soy Johnny Barefoot —dijo—, y según los términos del testamento, estoy encargado
del señor Sarapis. Hay que volverlo a la vida de inmediato. Esas son las instrucciones que
he recibido.
—Ya veo —dijo Herb, asintiendo—. Bien, entonces tráiganlo adentro y lo conectaremos
sin demora.
—¡Qué frío hace aquí! —se quejó Johnny—. Es peor que en el auditorio.
—Pero por supuesto... —contestó Herb.
La dotación de la empresa de transportes empezó a empujar el ataúd, haciéndolo rodar
hacia las bóvedas. Herb echó un vistazo a la cabeza grande del muerto; la cara gris
parecía una mascarilla fundida. El viejo pirata todavía es imponente —pensó Herb—; por
suerte murió al fin, a pesar de sus obras de caridad. ¿Quién quiere semejante caridad?
Naturalmente que Herb no dijo eso a Barefoot, se limité a encabezar el grupo hasta el
lugar predeterminado.
—Dentro de quince minutos lograré hacerlo hablar —prometió a Barefoot, que parecía
un poco tenso—. No se preocupe, a este nivel casi nunca fracasamos; la carga residual
inicial tiene por lo general mucha vitalidad.
—Imagino que más adelante, cuando comienza a extinguirse, se encontrarán ustedes
con ciertos problemas técnicos.
—¿Por qué quiere retornar tan pronto? —preguntó Herb.
Barefoot frunció el ceño, sin responderle.
—Lo siento —dijo Herb.
Continuó manejando los cables que debían encajar perfectamente en los cátodos
terminales del ataúd.
—A baja temperatura el flujo de corriente carece de impedimentos, prácticamente —
murmuró—. No hay casi resistencia apreciable a menos de 120 grados bajo cero. De
manera que...
Colocó en su lugar la cápsula del ánodo.
—La señal emitida debe ser clara y fuerte —dijo para terminar, y conecté el
amplificador.
Se produjo un zumbido, y nada más.
—¿Y bien? —dijo Barefoot.
—Volveré a controlar —aseguró Herb, preguntándose qué habría salido mal.
—Escuche bien —le advirtió Barefoot—, si llega a fallar con éste, y deja que se apague
la chispa...
No era necesario que terminara la frase. Herb sabía a qué atenerse.
—¿Acaso desea participar en la Convención Demócrata-Republicana? —preguntó
Herb.
La convención tendría lugar en Cleveland a fin de mes. En épocas anteriores Sarapis
había participado activamente en las negociaciones secretas, tanto de la Convención
Demócrata-Republicana como de la Liberal. En realidad, se decía que él en persona
había elegido al último candidato a la presidencia por el Partido Demócrata-Republicano,
Alfonse Gam; el apuesto y atildado candidato había perdido, aunque por pocos votos.
—¿Ninguna reacción, todavía? —preguntó Barefoot.
—Ahá, parece...
—Nada, evidentemente —dijo Barefoot en tono sombrío—. Si dentro de diez minutos
no logra hacerlo reaccionar, me pondré en contacto con St. Cyr y sacaremos a Louis de
su mortuoria; además, lo acusaremos de negligencia.
—Estoy haciendo todo lo posible —afirmó Herb, transpirando mientras manejaba
nerviosamente las conexiones del ataúd—. Tengan en cuenta que no me encargaron a mí
la instalación de la envoltura congelada; puede haber ocurrido algún descuido en esa
etapa.
Ruidos de estática interrumpieron de pronto el zumbido continuo.
—¿Es él, que vuelve en sí? —preguntó ansioso Barefoot.
—No —admitió Herb, perdiendo la calma.
En realidad, era una mala señal.
—Siga insistiendo —dijo Barefoot.
No era preciso dar esa orden a Herbert Schoenheit von Vogelsang; hacía esfuerzos
denodados por lograr una reacción y empleaba todos los recursos que su experiencia en
el gremio le proporcionaba. Con todo eso no obtenía ningún resultado. Louis Sarapis
continuaba silencioso.
No voy a lograr nada —reflexionó asustado Herb—. Lo peor del caso es que no
entiendo la razón. ¿Qué está mal? ¡Un cliente importante como éste, que se me arruine
de esta manera!
En tanto, seguía trabajando sin atreverse a mirarlos.
 
En la zona oscura de la Luna, el jefe técnico Owen Angress, a cargo del radio-
telescopio de Kennedy Slough, descubrió que había recogido una señal originada en
alguna región a una semana-luz más allá del sistema solar, en dirección a Próxima. Por lo
general, esa zona del espacio ofrecía poco interés para la Comisión de Comunicaciones
en el Espacio Profundo de las Naciones Unidas. Pero esta, según Angress pudo
comprobar, era diferente.
Amplificada por la gran antena del radio-telescopio le llegó, débil pero inconfundible,
una voz humana.
—...probablemente los dejará pasar —decía la voz—. ¡Si los conoceré! Ese Johnny,
por ejemplo, si mi lo tuviera siempre bajo vigilancia sería capaz de cualquier cosa; pero al
menos no es un ladrón como ese St. Cyr. Estuve en todo mi derecho de echar a St. Cyr.
Espero que cumplan mis órdenes... —la voz se perdió momentáneamente.
¿Qué hay allá afuera? —se pregunté Angress, sin recobrarse aún del asombro.
—A una semana-luz —murmuró mientras hacía una marca en el mapa del espacio
profundo que había estado rediseñando —no hay nada. Son nubes de polvo, vacías.
No podía comprender qué representaba esa señal. Había varias posibilidades: podía
tratarse de una señal que rebotaba a la Luna desde algún transmisor cercano; en ese
caso se trataba simplemente de un eco. ¿O se había equivocado al interpretar los datos
de la computadora? Esto no tenía pies ni cabeza, no podía ser correcto. Parecía un
individuo que se había puesto a pensar ante un transmisor más allá del sistema solar...
Un hombre sin apuros que pensaba en voz alta, en una especie de libre asociación de
ideas, parecía somnoliento... No tenía sentido.
Será mejor que informe a Wycoff, de la Academia Soviética de Ciencias —se dijo.
En ese momento Wycoff era su inmediato superior; el mes próximo sería Jamison, del
Instituto de Tecnología de Massachusetts.
Tal vez se trata de una nave de largo alcance que...
Volvió a filtrarse la voz.
—«...ese Gam es un tonto; me equivoqué al elegirlo. Ahora me doy cuenta, pero tal vez
sea demasiado tarde. ¿Hola? —los pensamientos parecían más precisos y aumentaba la
claridad de las palabras—. ¿Estoy volviendo en mí? ¡Dios mío! Era hora. ¡Eh Johnny, eres
tú...!?»
Angress tomó el teléfono y marcó el número del código para la Unión Soviética.
—«...habla, Johnny —reclamaba con urgencia a través del altavoz—. ¡Vamos, hijo!
Tengo tantas cosas en la cabeza y tanto por hacer. ¿Ya empezó la convención? Aquí
metido uno no tiene noción del tiempo; no puedo ver ni oír; espera que te llegue la hora, y
ya verás...» —la voz se extinguió nuevamente.
Esto es justamente lo que Wycoff llamaría un fenómeno —reflexionó Angress—. Y no
es para menos.
 
II
 
Claude St. Cyr escuchó al locutor del noticiero televisivo de la tarde farfullar algo sobre
un descubrimiento del radio-telescopio de la Luna, pero no le prestó atención. Estaba
preparando cócteles para sus invitados.
—Sí —manifestó a Gertrude Harvey—, aunque parezca irónico, yo mismo redacté el
testamento con la cláusula que me separaba automáticamente de mi puesto y prescindía
de mis servicios, en el momento en que él muriera. Y te diré porqué Louis hizo eso;
sospechaba de mí, al punto de parecer paranoico, y pensó que con una cláusula
semejante, se aseguraba en cierto modo no ser... —hizo una pausa mientras medía una
gota de vino blanco para mezclar con la ginebra—...prematuramente despachado.
Sonrió, y Gertrude le sonrió a su vez, elegantemente sentada en el sofá, junto a su
esposo.
—¡De mucho le valió! —afirmó Phil Harvey.
—¡Diablos! —protestó St. Cyr—. Nada tuve que ver con su muerte; fue una embolia, un
gran coágulo que se trabó como un corcho en el cuello de una botella —la comparación lo
hizo sonreír—. La naturaleza tiene sus propios remedios...
—Escucha la televisión —dijo Gertrude—, anuncia algo raro —se levantó para
acercarse hasta el aparato.
—Probablemente se trata de ese bobalicón de Kent Margrave, con otro de sus
discursos políticos —dijo St. Cyr.
Margrave era el presidente desde hacía cuatro años, representante del partido Liberal,
que logró vencer a Alfonse Gam, el candidato digitado por Louis Sarapis. A pesar de
todos sus defectos, Margrave era un político astuto que había logrado convencer a
grandes grupos de votantes que tener como presidente a una marioneta de Sarapis no
era una idea muy brillante.
—No —dijo Gertrude, arreglando los pliegues de su falda sobre las rodillas desnudas—
. Es la agencia espacial, división ciencia, según creo.
—¡Ciencia! —rió St. Cyr—. Entonces prestemos atención; soy muy admirador de la
ciencia, aumenta el volumen.
Supongo que habrán encontrado otro planeta en el sistema de Orión —pensó para sí
—Una nueva meta para nuestra existencia colectiva.
—Esta noche —decía el locutor—, una voz de origen ultra-espacial tiene
completamente sorprendidos a los científicos de Estados Unidos y Unión Soviética.
—¡Oh, no! —exclamó St. Cyr—. ¡Una voz ultra-espacial! Por favor, no quiero seguir
escuchando —y sin poder contener la risa, se alejó del televisor.
En realidad, no podía seguir escuchando.
—Lo único que faltaba —dijo a Phil—, es que resulte ser la voz de ya saben quién.
—¿Quién?
—Dios, naturalmente. El radio-telescopio de Kennedy Slough recogió la Voz Divina. Me
imagino que pronto recibiremos otra serie de mandamientos. O por lo menos, unos
cuantos pergaminos arrollados —dijo, y quitándose las gafas se enjugo los ojos con un
pañuelo de hilo.
—Por mi parte, estoy de acuerdo con mi mujer. Esto me parece fascinante —dijo Phil
Harvey con acritud.
—¡Pero amigo mío! —exclamó St. Cyr—. ¿Sabes qué va a suceder? Después
descubrirán que algún estudiante japonés perdió una radio a transistores en un viaje entre
Calisto y la Tierra. La radio escapó del sistema solar y el radio-telescopio pudo recoger su
onda, convirtiéndola en un tremendo misterio para todos los científicos.
Se puso repentinamente serio.
—Apágala Gertrude, hay cosas más serias de qué hablar.
Aun contra su voluntad, Gertrude hizo lo que le pedía.
—Dime Claude —preguntó Phil poniéndose de pie—. ¿Es cierto que en la mortuoria no
pudieron revivir al viejo Louis? Dicen que en estos momentos no está en hibernación,
como se había proyectado.
—Ya no me entero de nada a través de la organización —contestó St. Cyr—, pero
admito que escuché algunos rumores al respecto.
Sabía con certeza que así eran los hechos, pues tenía numerosos amigos en
Wilhelmina. Pero no quería delatar a sus fieles fuentes de información...
—Supongo que debe ser cierto —dijo.
Un temblor sacudió a Gertrude.
—Imagínate lo que debe ser no poder volver en sí. ¡Qué espantoso!
—Antiguamente, todos estaban en esas condiciones —le recordó su marido mientras
bebía un martini—. Antes del principio del siglo nadie hibernaba.
—Pero ahora estamos acostumbrados a hacerlo —insistió su esposa.
—Continuemos con nuestra conversación —dijo St. Cyr a Phil Harvey.
—Está bien. Si crees que vale la pena discutir el asunto... —dijo Harvey encogiéndose
de hombros y echando una mirada crítica a St. Cyr—. Sí, podría buscarte un puesto en mi
departamento legal, si es eso lo que en realidad deseas. Pero no puedo ofrecerte lo
mismo que te daba Louis; no sería justo con los otros abogados que tengo.
—Oh, reconozco que es así —dijo St. Cyr.
Después de todo, la firma de transportes de Harvey era un negocio pequeño en
comparación con la organización de Sarapis. En realidad, Harvey era uno de los factores
menos importantes en el negocio de embarques.
Eso era precisamente lo que deseaba St. Cyr. Con la experiencia que tenía y los
contactos que había hecho al trabajar para Louis Sarapis, en un año a lo sumo podría
desplazar a Harvey y apoderarse de Empresas Electra.
Electra era el nombre de la primera esposa de Harvey. St. Cyr la conocía, y después
que ella se separó, había continuado viéndola en forma más personal... e interesante.
Siempre había pensado que Electra Harvey no había sacado buen partido de su divorcio;
Harvey había contratado abogados mucho más capaces que los de Electra y dicho sea al
pasar, el abogado de la mujer era un miembro joven de la firma de St. Cyr, llamado Harold
Faine. Desde que ella saliera perdiendo en el juicio, St. Cyr no había dejado de
reprocharse el no haberse encargado personalmente del caso. Pero en ese entonces
había estado tan ocupado con los negocios de Sarapis... No había podido, eso era todo.
Ahora, desaparecido Sarapis y terminado su trabajo con Atlas, Wilhelmina y
Arquímedes, podía dedicar un poco de tiempo a reparar esa injusticia y acudir en ayuda
de la mujer que amaba (estaba dispuesto a admitir que era así).
Pero del deseo al hecho hay un largo trecho. Primero debía entrar a formar parte del
equipo de asesores legales de Harvey, costare lo que costase. Era evidente que estaba a
punto de lograrlo.
—¿Lo sellamos con un apretón de manos? —preguntó a Harvey, extendiendo su
diestra.
—Está bien —dijo Harvey con poco entusiasmo, no obstante, estrechó la mano que se
le tendía.
—Aquí, entre nosotros —agregó Harvey—, me han llegado ciertos rumores, un tanto
fragmentarios pero muy exactos en cuanto a las razones por las que Sarapis te excluyó
del testamento, y no es la que tú me habías dicho.
—¿Ah, sí? —dijo St. Cyr fingiendo indiferencia.
—Según tengo entendido, sospechaba que alguien, probablemente tú, haría todo lo
posible para impedirle que entrara en estado de hibernación. Pensaba que ese alguien
elegiría una firma mortuoria con la que tiene algunos contactos personales y que de
alguna manera... fracasarían en hacer revivir al viejo. Y qué extraño —concluyó Harvey,
mirando directamente a St. Cyr—, eso es precisamente lo que ha ocurrido.
Hubo silencio.
Gertrude fue la primera en hablar.
—Y ¿qué ganaría Claude si Louis Sarapis no pudiera resucitar?
—No tengo la menor idea —admitió Harvey acariciándose la mandíbula, pensativo—.
Ni siquiera entiendo muy bien el proceso de hibernación. ¿Es cierto que a veces el
hibernante posee un sentido intuitivo extra, cierta perspectiva, un nuevo juego de valores
que no poseía cuando estaba vivo?
—Según tengo entendido, algunos psicólogos sostienen esa teoría —dijo Gertrude—.
Los antiguos teólogos solían llamarlo conversión.
—Tal vez Claude estaba atemorizado por ciertas intuiciones de Louis —dijo Harvey—,
si bien es sólo conjetura.
—Es pura conjetura —admitió St. Cyr—, incluyendo lo del plan que mencionaste. En
realidad, no conozco a nadie en el ramo de firmas mortuorias.
Al hablar, hizo un esfuerzo para que la voz no lo traicionase, manteniéndola firme. Pero
es un tema peligroso —pensó—, muy embarazoso por cierto.
En ese momento apareció la criada para anunciarles que la cena estaba servida. Phil y
Gertrude se pusieron de pie, Claude hizo otro tanto, y juntos entraron al comedor.
—Dime una cosa —dijo Phil Harvey a Claude—. ¿Quién es el heredero de Sarapis?
—Una nieta que vive en Calisto; se llama Kathy Egmont y parece bastante extraña...
Tiene sólo veinte años y ya ha estado cinco veces en prisión, principalmente por adicción
a las drogas. Tengo entendido que en los últimos tiempos ha logrado curarse del hábito
de las drogas y se ha convertido en una fanática religiosa no sé de qué secta. No la
conozco, pero he tenido en las manos abundante correspondencia intercambiada entre
ella y Sarapis.
—Imagino que cuando termine la libertad condicional entrará en posesión de la
herencia, con todo el poder político que eso le significará.
—¡Oh! —exclamó St. Cyr—. El poder político no se hereda ni puede transmitirse. Kathy
recibirá, por supuesto, todo el caudal económico que como sabes, tiene su base en la
compañía accionista principal, Financiera Wilhelmina, con licencia del estado de
Delaware. Eso le pertenece, si tiene interés en hacerse cargo y si entiende lo que ha
heredado.
—No pareces muy optimista con respecto a la joven.
—A través de su correspondencia puede entreverse, al menos yo lo entiendo así, que
se trata de una persona muy enferma, con mentalidad criminal tal vez, muy inestable y
excéntrica. La última clase de persona que a uno le gustaría como heredera para los
bienes de Louis.
Tras de esa observación, entraron a cenar.
 
Esa noche, una llamada telefónica despertó a Johnny Barefoot. Medio dormido
consiguió enderezarse y tantear en la oscuridad hasta encontrar el receptor telefónico.
Sarah Belle se movió a su lado en la cama, mientras él contestaba con voz áspera.
—¡Hola! ¿Quién demonios es?
—Siento molestarlo, señor Barefoot —contestó una frágil voz femenina—. No tenía
intención de despertarlo, pero mi abogado me dijo que lo llamara en cuanto llegara a
Tierra. Habla Kathy Egmont —aclaró—, aunque mi nombre de casada es Kathy Sharp.
¿Sabe quién soy?
—Sí —contestó Johnny, restregándose los ojos y reprimiendo un bostezo.
El aire frío de la habitación le provocó un escalofrío; junto a él Sarah Belle recogió las
cobijas para cubrirse bien los hombros, y se volvió hacia el otro lado.
—¿Desea que la vaya a buscar, o tiene un lugar donde quedarse?
—No tengo amigos en Tierra —dijo Kathy—, pero la gente del puerto espacial me dijo
que el Beverly es un buen hotel, y pienso ir allí. Salí de Calisto en cuanto me enteré de
que mi abuelo había muerto.
—Llegó antes de lo esperado —dijo Johnny—, creí que tardaría por lo menos un día
más.
—¿Hay alguna posibilidad...? —la joven pareció vacilar por timidez—. ¿Podría alojarme
con usted, señor Barefoot? La idea de estar en un gran hotel, rodeada de gente que no
conozco, me asusta un poco.
—Lo siento —contestó él, sin vacilar—, pero soy casado.  
Se dio cuenta de inmediato que no sólo había sido descortés, sino que también, casi
insultante.  
—Quiero decir —aclaró a modo de explicación—, que no tengo ningún cuarto libre.
Esta noche puede quedarse en el Hotel Beverly, y mañana ya le encontraré algo que sea
más adecuado.
—Está bien —dijo Kathy, resignada pero todavía un poco ansiosa—. Dígame señor
Barefoot, ¿les ha ido bien con la resurrección de mi abuelo? ¿está ya en estado
hibernante?
—No, hasta ahora han fallado los esfuerzos —contestó Johnny—. Pero en eso están...
La última vez que estuvo en la mortuoria había dejado cinco técnicos tratando de
descubrir qué podría haber fallado en el proceso.
—Yo sospechaba que algo como eso ocurriría —dijo Kathy.
—¿Por qué?
—Bueno... Mi abuelo era tan distinto al común de los hombres. Creo que usted debe
saberlo mejor que yo; después de todo, lo veía todos los días. De alguna manera no
podía imaginármelo inerme como el resto de los hibernantes, pasivos y completamente
dependientes. ¿Podría usted imaginarlo en esas condiciones, después de todo lo que ha
hecho?
—Mañana podremos hablar —dijo Johnny—. Llegaré al hotel a eso de las nueve, ¿de
acuerdo?
—Sí, de acuerdo. Encantada de haberlo conocido, señor Barefoot. Y espero que siga
trabajando para mí en Arquímedes. Adiós.
Se oyó el ¡click! del teléfono, había cortado.
Mi nueva jefa —pensó Johnny—. ¡Ay de mí!
—¿Quién era a esta hora? —preguntó Sarah Belle.
—La propietaria de Arquímedes —contestó Johnny—, mi nueva patrona.
—Louis Sarapia —dijo su mujer, incorporándose—. ¡Oh! Te refieres a la nieta. Ya
llegó... ¿Y qué te pareció?
—Es difícil decirlo —contestó él, pensativo—. Parece asustada, sobre todo. Viene de
un mundo más pequeño y limitado que la Tierra.
No dijo a su mujer los antecedentes de Kathy, su adicción a las drogas ni su
permanencia en prisión.
—¿Puede hacerse cargo ahora? —preguntó Sarah Belle— Acaso, ¿no debe esperar
que termine la hibernación de Louis?
—Desde el punto de vista legal, está muerto. El testamento entra en vigencia
enseguida.
De todas manera no está en hibernación —pensó agriamente—; está muerto, y muy
callado en su ataúd de plástico rodeado por una envoltura de congelación instantánea que
aparentemente no fue lo bastante instantánea.
—¿Crees que podrás llevarte bien con ella?
—No lo sé —contestó él con franqueza—; no sé siquiera si voy a intentarlo.
No le gustaba la idea de trabajar para una mujer, especialmente si era menor que él. Y
menos aún para una que, según todas las apariencias, era psicópata. Ya completamente
despierto, la idea empezó a darle vueltas.
—Posiblemente sea bonita —dijo Sarah Belle—, y terminarás enamorándote de ella y
por último me abandonarás.
—¡Oh, no! —protestó él—. No sucederá nada tan extraordinario como eso. Es probable
que trate de adaptarme a ella; al menos, haré un esfuerzo para prolongar las cosas por
algunos meses. Y después, buscaré algo distinto.
Y entretanto —pensó—, ¿que ocurrirá con Louis? ¿Seremos o no capaces de revivirlo?
Esa era la gran incógnita.
Si conseguían revivir al viejo, él podría dirigir a su nieta; aunque desde el punto de vista
médico y legal estaría muerto, podría sin embargo continuar manejando su complejo
mundo económico, y en cierto modo, también la parte política. Pero en las actuales
circunstancias, los acontecimientos no se estaban desarrollando de acuerdo a lo previsto;
el viejo había contado con revivir de inmediato, y con toda seguridad, antes de la
Convención Demócrata-Republicana. Louis debía saber, seguramente, a qué clase de
persona dejaba toda su herencia. Tenía que ser consciente de que sin ayuda, ella sería
incapaz de desenvolverse. Y es muy poco —pensó Johnny—, lo que puedo hacer por
ella. Claude St. Cyr podría haberla ayudado, pero las cláusulas del testamento lo excluyen
completamente. ¿Qué recursos nos restan, entonces? Continuar insistiendo para revivir al
viejo Louis, aunque debamos acudir a todas las empresas mortuorias de Estados Unidos,
Rusia y Cuba.
—Deduzco por tu expresión que tienes pensamientos confusos —dijo Sarah Belle, y
encendió la pequeña lámpara de la mesita de noche para buscar su bata—. No trates de
resolver asuntos importantes en medio de la noche —le aconsejó.
Así debe sentirse uno en estado hibernante —pensó él, medio mareado. Sacudió la
cabeza tratando de despejarse y despertar por completo.
 
A la mañana siguiente dejó el coche en el garaje subterráneo del Beverly, y tomo el
ascensor hasta el vestíbulo de la planta baja. Un empleado sonriente le dio la bienvenida
al acercarse a la recepción. El hotel no era lujoso, pero al menos se veía limpio, pensó
Johnny. Tenía el aspecto de un respetable hotel familiar que posiblemente alquilaba la
mayoría de sus apartamentos por mes, especialmente a personas jubiladas. Parecía que
Kathy estaba acostumbrada a vivir modestamente.
Al contestar a su pregunta, el empleado le señaló la cafetería del hotel.
—Está desayunando. Me dijo que esperaba su visita señor Barefoot.
Había mucha gente desayunando en la cafetería. Johnny se detuvo en seco, tratando
de adivinar cuál podría ser Kathy. ¿Quizás esa joven de pelo oscuro y de aspecto un tanto
pomposo y frío que estaba en el rincón más alejado? Se acercó a ella. Advirtió enseguida
que se teñía el pelo, y que sin cosméticos tenía una palidez fuera de lo común. Su piel
denotaba cierta tirantez, como de alguien que ha sufrido mucho, aunque no de la forma
que enseña y enriquece al individuo, convirtiéndole en una persona «mejor». Mientras la
observaba llegó a la conclusión de que había sufrido pura y simplemente, sin
compensaciones o factores atenuantes.
—¿Usted es Kathy? —preguntó.
La joven volvió la cabeza; sus ojos vacuos completaban la falta de expresividad de su
rostro.
—Sí —repuso con una vocecita débil—. ¿Usted es el señor Barefoot? —lo observaba
atentamente sentarse frente a ella, como si temiera que se le echase encima, la
amenazara y fuera a intentar abusar sexualmente de ella.
Parece un animalito abandonado e indefenso —pensó él—, enfrentando al mundo de
espaldas contra la pared. El mal olor que tenía, o más bien la carencia de olor, quizás se
debía a las drogas; pero eso no explicaba la opacidad de su voz ni la ausencia total de
expresión facial. A pesar de todo era bonita, tenía facciones regulares y delicadas... Un
poco de animación la hubiera hecho interesante. Tal vez lo había sido, años atrás.
—Me quedan sólo cinco dólares, después de haber pagado mi billete de venida, el
hotel y el desayuno —dijo Kathy—. ¿Podría usted... —se interrumpió, vacilante—. No sé
qué hacer. ¿Puede decirme si... ya soy dueña de algo? ¿Algo de mi abuelo, que avale lo
que pueda pedir prestado?
—Le daré un cheque mío por cien dólares, y me los devolverá cuando pueda —dijo
Johnny, sacando su talonario.
—¿De veras? —dijo ella, asombrada, y sonriendo levemente agregó—: ¡Qué confiado
es usted! ¿O está tratando de impresionarme bien? Estaba a cargo de las relaciones
públicas de mi abuelo, ¿verdad? ¿Cómo lo trató en el testamento? Yo no recuerdo..., todo
sucedió tan rápido que parece un sueño.
—Bueno, por lo menos no me despidió como a Claude St. Cyr.
—Entonces piensa quedarse —eso pareció devolverle la confianza—. Quisiera saber
si... ¿Sería correcto decir que ahora usted trabaja para mí?
—Sí, es una forma de expresarlo —dijo Johnny—. Siempre y cuando usted piense que
necesita que alguien se encargue de las relaciones públicas. No sé qué le parece; su
abuelo Louis no estaba muy convencido, a veces.
—Dígame todo lo que están haciendo para tratar de resucitarlo.
Le explicó en términos generales lo que se había hecho.
—Pero ¿esto no se ha difundido entre la gente? —preguntó la muchacha.
—Por supuesto que no. Lo sé yo, el propietario de la mortuoria, que tiene el extraño
nombre de Herbert Schoenheit von Vogelsang, y es posible que se hayan filtrado algunos
rumores a cierta gente del ramo de transportes, como Philip Harvey. A esta fecha es
posible que ya lo sepa también Claude St. Cyr. Naturalmente, a medida que pase el
tiempo y Louis continúe sin decir palabra, si no hay ninguna declaración política a la
prensa...
—Tenemos que prepararla nosotros —dijo Kathy—, y decir que es de él. Usted se
encargará de eso, señor Funnyfoot —agregó, sonriéndole—. Mientras no logren revivirlo
debemos encargarnos de dar a publicidad algunas declaraciones de mi abuelo. Y
después, veremos; tal vez tengamos que renunciar a la idea... ¿Cree que podemos
renunciar a revivirlo? —después de una breve pausa agregó—. Me gustaría verlo, si es
posible; si a usted le parece bien.
—La acompaño —dijo Johnny—. Está en la mortuoria Amada Cofradía. De todas
maneras, tengo que estar allí dentro de una hora.
Kathy asintió, y terminó de tomar el desayuno.
 
Johnny permanecía junto a Kathy mientras ella miraba intensamente el ataúd
transparente. En ese momento se le ocurrió una idea extraña.
Tal vez le dé unos golpes al ataúd y diga: «despierta abuelo», y quizá lo consiga —
pensó—. Todo lo demás ha fallado hasta ahora.
Herb Schoenheit von Vogelsang se retorcía las manos, y sin lograr ocultar su turbación,
farfulló apesadumbrado:
—No entiendo qué puede ser, señor Barefoot. Anoche trabajamos sin descanso,
hicimos varios turnos pero no logramos una sola chispa. Hicimos un electro-
encefalograma que indicó una débil pero inconfundible actividad cerebral, de manera que
hay una sobrevida, pero no conseguimos hacer contacto con ella. Hemos colocado
sondas en todas las partes del cerebro, como puede ver. No sé qué más podríamos
hacer, señor.
Una maraña de cables finos como cabellos conectaban la cabeza del muerto con el
equipo amplificador que rodeaba el ataúd.
—¿Se percibe algún resto de metabolismo cerebral? —preguntó Johnny.
—Sí señor; de acuerdo con los expertos, se pudo comprobar que está presente en
cantidades normales, lo que puede esperarse poco después de ocurrido el deceso.
—Todo es inútil —dijo Kathy, con serenidad—. Es un hombre demasiado grande para
esto. El sistema es adecuado para parientes ancianos, para una abuela a la que se saca
a pasear una vez por año en el Día de la Resurrección. Vamos —dijo a Johnny, volviendo
la espalda al ataúd.
Cuando salieron de la mortuoria, Kathy y Johnny caminaron un rato en silencio. Era un
tibio día de primavera, ya algunos árboles mostraban los primeros brotes de color rosado.
Johnny pensó que pronto los cerezos estarían cubiertos de flores.
—Muerte y resurrección —murmuró Kathy, al fin—. Un verdadero milagro de la
tecnología. Quizá cuando Louis vio cómo era el otro lado, cambió de idea y ahora no
desea volver.
—La verdad es que hay una chispa —dijo Johnny—, y donde quiera que se encuentre
Louis, debe estar pensando algo.
Dejó que Kathy lo tomara del brazo cuando cruzaban la calle.
—He sabido que te interesas en asuntos religiosos —le dijo, en un clima de más
confianza.
—Es cierto —dijo la joven, tranquilamente—. En la época en que fui adicta a las drogas
tomé una vez una dosis excesiva, no recuerdo de qué, y como consecuencia sufrí un paro
cardíaco. Oficialmente estuve muerta durante varios minutos... Es decir, desde el punto
de vista médico. Me hicieron reaccionar con masajes a pecho abierto y electroschock, lo
habitual. Pero durante ese período tuve una experiencia probablemente muy similar a la
de aquellos que entran en hibernación.
—¿Te pareció mejor que esto? —preguntó Johnny.
—No, pero era distinto. Era... como un sueño; no me refiero a que todo pareciera vago
e irreal, sino al aspecto lógico, a la carencia de peso. En eso está la diferencia. Uno se
libera de la fuerza de gravedad, y nos cuesta imaginar la importancia que ese único factor
tiene; piensa solamente en cuántas características diversas del sueño se originan en ese
aspecto.
—¿Crees que esa experiencia te cambió? —preguntó Johnny.
—Conseguí dominar mi adicción, si a eso te refieres. Aprendí a controlar mis apetitos,
mi ansiedad.
Al pasar frente a un puesto de diarios, un titular llamó la atención de Kathy, que se
detuvo.
 
VOZ ULTRAESPACIAL ASOMBRA A CIENTÍFICOS
 
—Mira —dijo a Johnny.
—¡Qué interesante! —exclamó él.
Kathy tomó un periódico y se puso a leer el artículo que correspondía al título.
—¡Qué extraño! —dijo—. Han captado una entidad viva y sensible... Aquí está, puedes
leerlo —agregó, pasándole el periódico. —Aquella vez, cuando morí, me sucedió lo
mismo... Floté en el espacio, libre del sistema solar, libre primero de la gravedad
planetaria y luego de la del sol. Quisiera saber qué significaba.
Volvió a tomar el periódico para releer el artículo.
—Diez centavos, señora o señor —dijo repentinamente la voz del robot-vendedor.
Johnny arrojó los diez centavos.
—¿Crees que puede tratarse de mi abuelo? —preguntó Kathy.
—Lo dudo —contestó Johnny.
—Yo creo que sí —dijo Kathy, mirando más allá de donde él se encontraba, perdida en
sus pensamientos—. Estoy segura; piensa un momento en el tiempo que ha transcurrido
y verás que hay una coincidencia. El fenómeno empezó una semana después de la
muerte de mi abuelo y la voz está a una semana-luz de distancia. Además, presta
atención a lo que dice; se refiere siempre a ti, a mí, a St. Cyr, ese abogado que despidió,
y a la Convención. El mensaje puede parecer un poco confuso pero para el que quiere
entender resulta muy claro. Los pensamientos surgen de esa manera cuando uno está
muerto, no en secuencia sino simultáneamente, comprimidos.
Miró a Johnny sonriendo.
—Hay un sólo problema, muy serio; podemos escucharlo a través del radio-telescopio
de Kennedy Slough, pero él no puede oírnos a nosotros.
—No me digas que tú en realidad...
—Oh, sí. Con toda certeza —replicó ella—. Yo sabía que él no se iba a conformar con
el estado de hibernación. Está gozando de una vida plena, completa, en el espacio..., más
allá del último planeta de nuestro sistema. Y no habrá manera de interferir en lo que se
proponga hacer.
La joven reanudó la marcha y Johnny la siguió.
—Cualquier cosa que se decida a hacer será por lo menos tan importante como lo que
hizo en Tierra, puedes estar seguro. ¿Te causa miedo?
—¡Qué diablos! —dijo Johnny—. Ni siquiera estoy convencido, ¿cómo esperas que
tenga miedo?
Quizá, después de todo, tenía razón. La seguridad de la joven logró impresionarlo y
hasta convencerlo un poco.
—Sin embargo, sería natural que tuvieras ciertos temores... Desde allá puede llegar a
ser muy poderoso, tal vez sea capaz de muchas cosas importantes que pueden
afectarnos, influir en nuestras acciones y pensamientos; aún sin la ayuda del radio-
telescopio, lo creo capaz de ponerse en contacto con nosotros a través del subconsciente.
—No pienso así —dijo Johnny.
Pero a su pesar, algo le decía que era posible, que Kathy tenía razón; Sarapis era
precisamente el hombre capaz de hacer una cosa semejante.
—Ya sabremos más cuando empiece la Convención —afirmó Kathy—, porque eso es
lo que a él le interesa. La última vez no consiguió que eligieran a Gam, y esa fue una de
las pocas derrotas que sufrió en su vida.
—¡Gam! —repitió Johnny, incrédulo—. Ese hombre es un cero a la izquierda. ¿Existe
todavía? Hace cuatro años que nada se sabe de él.
—Mi abuelo nunca dejó de considerarlo del todo —dijo Kathy meditativamente—. Sé
que vive todavía, está en lo y se dedica a la cría de pavos o algo similar, tal vez sean
patos, no estoy segura. De todas maneras, se encuentra allá, a la espera.
—¿A la espera de qué?
—De que mi abuelo se ponga en contacto con él, nuevamente. Como lo hizo hace
cuatro años, en la convención de esa época.
¡Nadie volvería a votar por Gam! —exclamó Johnny.
Disgustado, la miró de reojo. Kathy sonreía sin decir palabra, pero apretó con fuerza el
brazo de él, haciéndole pensar que tal vez tenía miedo otra vez, cuando lo llamó la noche
anterior. Quizás en ese momento tenía temores aún mayores.
 
III
 
Un hombre apuesto, de mediana edad, que vestía con chaleco y una corbata angosta,
pasada de moda, se puso de pie el mismo momento en que Claude St. Cyr dejaba su
oficina y aparecía en la sala de espera de St. Cyr & Faine, para luego dirigirse a los
tribunales.
—Señor St. Cyr... —lo llamó con una mesura en la que también había no poca
dignidad.
El abogado le dirigió una mirada rápida.
—Llevo mucha prisa —le respondió—, pídale hora a mi secretaria.
Justo en ese momento St. Cyr recordó de quién se trataba; ese hombre era Alfonse
Gam.
—Tengo un telegrama de Louis Sarapis —dijo Gam, buscando en su bolsillo.
—Lo siento —contestó St. Cyr con frialdad—, pero es que ahora estoy asociado con
Phil Harvey. Mis relaciones comerciales con Louis Sarapis terminaron hace ya algunas
semanas.
Hizo una pausa, dominado por la curiosidad. Había conocido a Gam en la época de la
última campaña electoral, hacía cuatro años, y lo había visto en varias oportunidades; en
realidad había actuado como abogado de Gam en varios pleitos: en algunos en que era
demandante y en otros en los que era acusado. El tipo no le gustaba.
—Antes de ayer recibí este cable —dijo Gam.
—Pero Sarapis... —St. Cyr se interrumpió—. Déjeme ver eso —y tendió su mano para
recibir el telegrama que Gam le entregaba.
Era una declaración de Louis asegurándole a Gam su apoyo incondicional en la
próxima Convención. Y Gam tenía razón, el cable estaba fechado tres días antes. No era
lógico.
—No me explico lo que ocurre, señor St. Cyr —admitió Gam, con la garganta seca—.
Pero esto viene de Louis; no hay duda. Como usted ve, quiere que vuelva a presentarme
en la Convención. Yo había renunciado por completo a la idea, abandoné la política en
forma definitiva, ahora me dedico a criar gallinas de Guinea. Supuse que usted sabría
algo con respecto a todo esto, quién lo envió y por qué —agregó—, si concluimos que no
fue Louis.
—¿Cómo puede haberlo enviado el viejo Louis? —dijo St. Cyr.
—Quiero decir, que lo haya redactado antes de morir, y alguien lo envió unos días
después. Quizás usted mismo —dijo Gam, encogiéndose de hombros—; por lo que veo,
no fue usted. Quizás el señor Barefoot, entonces.
—¿Se piensa presentar nuevamente? —preguntó St. Cyr.
—Si Louis lo quiere... —Gam pretendía elaborar su respuesta en base a las opiniones
que consideraba importantes.
—¿Para qué? ¿Para volver a perder? ¿Sería capaz de llevar al partido a una nueva
derrota, sólo por un viejo vengativo y tozudo...? —St. Cyr se interrumpió, aconsejado por
la prudencia o la astucia—. Vuelva a su granja y olvídese de la política. Usted nunca
ganará, Gam. Y todo el mundo en el partido lo sabe. Creo que todo el país lo sabe. Eso
es lo peor.
—¿Dónde puedo encontrar al señor Barefoot?
—No tengo idea —respondió St. Cyr, dando un paso para irse.
—Necesito un abogado —dijo Gam.
—¿Para qué? ¿Tiene algún juicio pendiente? Señor Gam, no creo que necesite un
abogado; un médico tal vez sí, un psiquiatra, para que le explique por qué quiere volver a
ser candidato en las elecciones. Escuche —dijo inclinándose levemente hacia Gam—; si
en vida Louis no consiguió que lo eligieran, ahora que está muerto, mucho menos...
Se fue, dejando a Gam plantado en la oficina.
—Espere —dijo Gam.
St. Cyr se dio vuelta de mala gana.
—Le aseguro que esta vez voy a ganar —afirmó Gam.
Por el tono y la actitud, parecía seguro de lograrlo. Lo había dicho con firmeza, con
convicción, en lugar de balbucear, como era su costumbre.
—Le deseo suerte —dijo St. Cyr, sintiéndose incómodo—, a usted y a Louis.
—Entonces... ¡Está vivo! —dijo Gam, con los ojos brillantes.
—No dije eso, era una ironía.
—Todavía está vivo, estoy seguro —dijo Gam, pensativo—. Me gustaría encontrarlo;
estuve recorriendo todas las mortuorias y no estaba en ninguna, o si estaba en alguna de
las que visité, me mintieron. Pero seguiré buscándolo, necesito hablar con él. Para eso
vine de lo —concluyó.
St. Cyr logró al fin deshacerse del hombre.
¡Qué nulidad! —pensó—. Un cero a la izquierda, una marioneta de Louis. Un
estremecimiento lo sacudió de pies a cabeza. ¡Que Dios no lo permita, semejante hombre
para presidente! Ya me imagino a todos nosotros pareciéndonos a Gam...
No era una idea muy grata ni un pensamiento alentador para seguir adelante. ¡Con
todo el trabajo que le estaba esperando...!
Ese día, como abogado de Phil Harvey, debía hacer una oferta a la señora Kathy Sharp
—la ex-Kathy Egmont— para la compra de Financiera Wilhelmina. Se trataba
simplemente de un cambio de acciones, las que representaban votos redistribuidos de
manera tal que Financiera Wilhelmina pasaría al control de Harvey. Resultaba casi
imposible determinar el valor de la corporación, en dinero; por eso, Harvey no ofrecía
dinero por ella, sino propiedades. Poseía en Ganímedes enormes extensiones que el
gobierno soviético le había transferido diez años atrás como pago de cierta asistencia
técnica que él había prestado a esa nación y sus colonias.
No había muchas posibilidades de que Kathy aceptara.
Pero a pesar de todo, debía hacer la oferta. El paso siguiente —la idea solamente lo
hacía estremecerse—, consistía en una lucha a muerte en el terreno de la competencia
económica entre la firma de transportes de Harvey y las de Kathy. El abogado sabía que
las firmas de Kathy enfrentaban muchos problemas; después de la muerte del viejo Louis
habían comenzado a surgir litigios con los sindicatos y ya estaba empezando a ocurrir lo
que Louis más detestaba: los sindicatos estaban ya entrometiéndose con Arquímedes.
St. Cyr estaba de acuerdo con los sindicatos; era tiempo de que se hicieran sentir.
Solamente mediante sus tácticas deshonestas y su enorme capacidad de acción, el viejo
había conseguido mantenerlos al margen; sin duda alguna era un hombre de gran
imaginación, que carecía de principios. Kathy en cambio, no tenía ninguna de esas
condiciones; y en cuanto a Johnny Barefoot...
¿Qué puede esperarse de un no-universitario? —se preguntó agriamente St. Cyr—.
¿De dónde puede sacar ideas para una estrategia? No se puede pedir peras al olmo.
Bastante ocupado estaba Barefoot tratando de crear una imagen pública de Kathy.
Justo empezaba a avanzar algo en ese sentido, cuando comenzaron las disputas
sindicales. Tratar de hacer algo con una exadicta a las drogas, una fanática religiosa, una
mujer con antecedentes criminales... El trabajo de Johnny no era nada fácil.
Había obtenido algunos resultados explotando el aspecto físico de la joven; su
expresión dulce y suave, casi pura, con cierta aureola de santidad. Johnny había puesto
especial énfasis en eso, fotografiándola para posters en mil poses diferentes con perros,
con niños, en hospitales, ferias pueblerinas, campañas de caridad y toda la variedad
imaginable de lugares y ocasiones para destacar su personalidad, en vez de publicar
declaraciones a la prensa.
Por desgracia, Kathy no había sabido aprovechar todos los esfuerzos realizados en su
beneficio; al contrario, mancilló la imagen creada para ella de un modo bastante extraño.
Kathy afirmaba que estaba en comunicación permanente con su abuelo, que se hallaba
en el espacio profundo, a una semana-luz de distancia, y cuya voz era captada en
Kennedy Slough. Ella, como todo el mundo, también podía escucharlo, y debido a un
milagro muy especial, él podía escucharla también.
A solas, como se encontraba en ese momento en el ascensor automático, St. Cyr rió en
voz alta mientras se dirigía a la pista para helicópteros, en el techo del edificio. Resultaba
imposible ocultar a los periódicos la chifladura religiosa de Kathy; ya había hablado
demasiado en lugares públicos, en restaurantes, pequeños bares, plazas..., a pesar de
que la acompañase Johnny, que no era capaz de hacerla callar.
Hubo también un incidente en una fiesta en la que ella se había desnudado diciendo
que había llegado la hora de la purificación. Se pintó ciertos lugares con esmalte para
uñas color carmesí, e improvisó una especie de ritual... naturalmente, había bebido
algunas copas de más.
Y pensar que esa mujer es la que dirige Arquímedes —cavilaba St. Cyr—. Por nuestro
bien y el de todos, tenemos que echarla. Para él era prácticamente un mandato del
pueblo, un acto de bien público; el único que no parecía verlo así era Johnny.
Lo que sucede es que a Johnny le gusta —pensó St. Cyr—, esa es la razón. ¿Y qué
pensará Sarah BeIle de todo esto?
St. Cyr subió al helicóptero con el espíritu en alto; cerro la portezuela y colocó la llave
de encendido, pero pensó en Alfonse Gam y su buen humor se disipó, volvió a sentirse
deprimido.
Creía que sólo había dos personas que actuaban bajo la presunción de que Louis
Sarapis estaba vivo: Kathy Egmont Sharp y Alfonse Gam. Dos caracteres de baja
extracción, con los que a pesar de sí mismo, estaba obligado a vincularse; parecía
condenado a ello.
No estoy ahora mejor que cuando vivía el viejo Louis —pensó—, en algunos aspectos,
estoy peor aún.
El helicóptero se remontó en las alturas, en dirección al edificio de Phil Harvey, en el
centro de Denver. Como era tarde, conectó el pequeño transmisor, tomó el micrófono y
llamó a Harvey.
—Phil, ¿me escuchas? —dijo—. Habla St. Cyr, voy hacia el Oeste.
Después escuchó.
El altavoz transmitía una cháchara extraña que parecía venir de muy lejos; un murmullo
formado por palabras mezcladas confusamente. Creyó reconocer el discurso, lo había
escuchado varias veces por televisión en los programas de noticias de los últimos días.
«...a pesar de los ataques personales, mucho más encarnizados que los dirigidos
contra Chambers, pobre víctima que en su época no habría podido conseguir un trabajo
de portero en alguna casa de mala fama. Mantén en alto la fe, Alfonse. La gente siempre
termina por reconocer a alguien que vale; espera y verás. Bien dicen que la fe es capaz
de mover montañas, si lo sabré yo..., con lo que he conseguido en mi vida...»
St. Cyr pensó que se trataba de ese ente que estaba a una semana-luz de distancia; la
señal que transmitía era cada vez más poderosa y por lo tanto, superaba la transmisión
de los canales normales. Con un movimiento de impaciencia y una maldición, apagó el
receptor.
Está interfiriendo en las comunicaciones —se dijo—. Estoy convencido de que es
ilegal. Consultaré a la Oficina de Comunicaciones Públicas. Siguió piloteando por sobre
las grandes extensiones cultivadas. Estaba nervioso.
¡Dios mío! —pensó. Parecía la voz del viejo Louis. ¿Será posible que Kathy Egmont
Sharp tenga razón?
 
Johnny Barefoot llegó puntualmente a la cita que tenía con Kathy en la fábrica de
Arquímedes, en Michigan. La encontró muy deprimida, en muy bajo estado de ánimo.
—¿No te das cuenta de lo que está sucediendo? —le preguntó con los ojos
desorbitados, sentada frente a él en el escritorio que había sido de Louis—. Todo el
mundo sabe que no estoy haciendo lo que debo, tú eres el único que no lo ve.
—No sé a qué te refieres —contestó él, aunque en su interior sabía que la joven tenía
razón—. Es mejor que te tranquilices; Harvey y St. Cyr no tardarán en llegar, y debes
controlarte para el momento de encontrarte con ellos.
Había hecho lo posible por evitar la reunión, pero entendiendo que tarde o temprano
debía hacerse, aconsejó a Kathy que aceptara.
—Tengo que decirte algo terrible —anunció Kathy.
—¿Qué es? —preguntó Johnny, sentándose frente a ella—. No debe ser algo tan
tremendo.
Esperó alarmado a que ella le dijera de qué se trataba.
—Johnny, estoy consumiendo drogas otra vez. Toda la responsabilidad que tengo y las
presiones que soporto, es demasiado para mí. Lo siento —dijo, mirando al suelo con
tristeza.
—¿Qué droga es?
—No quiero decirlo; se trata de una anfetamina; he leído los folletos, y sé que en las
cantidades en que la tomo, puede provocar una psicosis. Pero no me importa —afirmó,
con la respiración entrecortada.
Ella volvió la espalda. Entonces Johnny se dio cuenta lo delgada que se había
quedado; tenía el rostro demacrado y los ojos rodeados de profundas ojeras. Ahora
entendía la razón; el exceso de anfetaminas desgasta el organismo, transformando la
materia en energía. Tenía alterado el metabolismo, se había convertido en lo que se
denomina una pseudo-hipertiroidea, estado en que se aceleran todos los procesos
somáticos.
—Lo lamento —dijo él.
Hacía tiempo que temía algo parecido; no obstante, había sido preciso que ella se lo
dijera.
—Deberías consultar a un médico —le aconsejó.
Se preguntó cómo haría Kathy para conseguir la droga, aunque con la experiencia de
ella en la materia, no le sería muy difícil.
—Perturba el estado emocional del que la usa —explicó Kathy—; provoca arranques
de ira, y también crisis de llanto. Quiero que lo sepas para que no te enfades conmigo,
para que comprendas que se trata del efecto de la droga.
Johnny se dio cuenta de que ella había hecho un pequeño esfuerzo por sonreír, y
entonces se le acercó y le puso una mano sobre el hombro.
—Escucha —le dijo—; cuando vengan Harvey y St. Cyr, será mejor que aceptes la
oferta que te hagan.
—Está bien —asintió ella.
—Después, quiero que te internes voluntariamente en un hospital —agregó él.
—En el manicomio —dijo Kathy, con amargura.
—Estarás mejor sin las responsabilidades que tienes en Arquímedes Necesitas un
descanso prolongado Lo que tú tienes es una gran fatiga física y mental, pero mientras
sigas tomando esa anfetamina...
—...puedo seguir pasando —dijo Kathy, terminando la frase—. Escucha bien, Johnny;
no puedo vender la firma a Harvey y St. Cyr.
—¿Por qué?
—Louis no está de acuerdo. Dice... —permaneció en silencio unos segundos—. Dice
que no.
—Tu salud, tu vida quizá... —dijo Johnny.
—Te refieres a mi salud mental —contestó Kathy.
—Te arriesgas demasiado —dijo Johnny —¡Al demonio con Louis! ¡Al diablo con
Arquímedes! ¿O acaso tú también quieres terminar en la mortuoria, en estado
hibernante? No vale la pena, Kathy, se trata sólo de bienes materiales. Tu vida es mucho
más importante.
Ella sonrió débilmente En ese momento se encendió una lucecita y zumbó el
intercomunicador.
—Señora Sharp. El señor Harvey y el señor St. Cyr han llegado. ¿Los hago pasar?
—Sí —repuso ella.
Se abrió la puerta y Claude St. Cyr entró con paso ágil, acompañado de Phil Harvey.
—¡Hola Johnny! —dijo St. Cyr.
Tenía un aspecto optimista A su lado, Harvey parecía confiado también.
—Johnny les explicará la situación —dijo Kathy.
El la miró sin comprender. ¿Quería decir con eso que estaba de acuerdo en vender?
—Y bien, ¿qué clase de negocio proponen? —preguntó Johnny—. ¿Qué pueden
ofrecer ustedes en pago por el control de Financiera Wilhelmina de Delaware? Quiero que
me digan lo que han pensado.
—Se trata nada menos que de Ganímedes —respondió St. Cyr—. Una luna completa,
o poco menos.
—Ya sé —observó Johnny—, el legado de la Unión Soviética. ¿Está aprobado por las
cortes internacionales de justicia?
—Sí —contestó Harvey—; han declarado que son perfectamente válidas. Es imposible
calcular su valor; además, aumenta de año en año, a veces hasta en un cien por ciento.
—Eso es lo que mi cliente ofrece, Johnny; acéptalo y saldrán ganando. Me conoces
bien y sabes que si afirmo algo así es porque es cierto.
Tal vez fuera así, pensó Johnny. En muchos aspectos la oferta parecía buena. Era
evidente que Harvey no trataba de aprovecharse de Kathy.
—En representación de la señora Sharp... —empezó Johnny.
—¡No! —lo interrumpió Kathy, cortante y decidida—. No puedo vender, él dice que no.
—Kathy, me habías autorizado a negociar —protestó Johnny—. Tienes que seguir mi
consejo. Ya habíamos hablado y creí que estábamos de acuerdo...
En ese momento llamó el teléfono de la oficina.
—Podrás oírlo tú mismo —dijo Kathy tomando el teléfono y pasándoselo a Johnny—. El
te dirá lo que debes hacer.
Johnny aceptó el auricular y se lo llevó al oído.
—¿Quién habla? —preguntó.
Entonces pudo escuchar el ruido. Era un rasguido lejano y pavoroso, como si alguien
rasgara un largo alambre metálico.
...lmperativo mantener el control, absurdo el consejo. Ella se recuperará, tiene pasta.
Un buen médico puede solucionar todo; consígueselo y no dejes dominarte por el pánico
porque esté enferma. También un abogado competente para que no caiga bajo el rigor de
la ley. No permitas que consiga la droga. Debes insistir para...
Johnny rehusó seguir escuchando y apartó el receptor de su oído. Tembloroso, colgó el
teléfono.
—Lo has escuchado bien, ¿verdad? Ese era Louis —dijo Kathy.
—Sí —admitió Johnny.
—Ahora tiene más poder, lo escuchamos directamente, no a través del Kennedy
Slough. Anoche por primera vez lo escuché con toda claridad, cuando me iba a la cama.
—Debemos estudiar la propuesta, eso es evidente —dijo Johnny a St. Cyr y a Harvey.
Solicitaremos una tasación de las propiedades que ofrecen, y ustedes querrán
seguramente una auditoría de Wilhelmina; todo eso requiere tiempo.
Notó que la voz le temblaba. Aún no se había repuesto de la sorpresa de escuchar la
voz de Louis Sarapis, directamente.
 
Después de concertar una cita con St. Cyr para encontrarse más tarde, Johnny
acompañó a Kathy a desayunar. Después de mucho insistir, la joven admitió que no había
comido nada desde el día anterior.
—No tengo hambre —dijo ella mirando con desgana el plato con huevos, tocino, y
tostadas con mermelada.
—Aunque se tratara de Louis Sarapis —dijo Johnny—, tú no...
—Ese «aunque» está de más, Johnny; es Louis, y tú lo sabes. Cada día que pasa
adquiere más poder allá lejos. Tal vez la energía solar...
—Admitamos que sea Louis —dijo Johnny, resignado—; a pesar de eso, tienes que
hacer lo que te convenga a ti, a tus intereses, no a los de él.
—Sus intereses y los míos son idénticos —dijo Kathy—. Se trata de conservar
Arquímedes.
—¿Acaso él puede darte la ayuda que necesitas? ¿Puede proporcionar lo que falta? Es
evidente que no toma en serio tu adicción, todo lo que hizo fue sermonearme, esa ayuda
y nada, es lo mismo —dijo, sintiéndose cada vez más indignado—. En este caso, no nos
sirve de mucho.
—Escucha Johnny —dijo la joven—, lo siento junto a mí constantemente. No necesito
de la televisión ni del teléfono..., lo percibo directamente. Creo que debe ser mi sentido
místico, o mi intuición religiosa, la que me ayuda a estar en contacto con él.
Bebió un poco de jugo de naranja.
—En cambio, yo creo que se trata de la psicosis de las anfetaminas.
—No esperes a que me interne en ningún hospital, Johnny. No pienso hacerlo —afirmó
Kathy—. Es posible que esté enferma, pero no tanto. Puedo superar este retroceso por
medio de mi propio esfuerzo, porque no estoy sola; mi abuelo me acompaña —afirmó
sonriendo, y agregó—. Y te tengo a ti, a pesar de Sarah Belle.
—Te equivocas, Kathy; no me tienes —dijo Johnny, con calma—, a menos que vendas
la firma a Harvey y aceptes las propiedades de Ganímedes.
—¿Serías capaz de abandonarme?
—Sí —respondió Johnny. Hubo una pausa.
—Mi abuelo dice que está bien, puedes irte —afirmó.
Sus ojos, dilatados, tenían una extraña fría expresión.
—No creo que haya dicho semejante cosa.
—Habla con él, si no lo crees.
—¿Cómo?
Kathy le señaló el aparato de televisión que estaba en un rincón del restaurante.
—No tienes más que sintonizarlo, y podrás escucharlo.
—No es necesario —dijo Johnny, poniéndose en pie—. Ya he tomado una decisión.
—Si cambias de parecer, me encontrarás en el hotel.
Se alejó de la mesa dejándola sola, sentada. Se preguntó si ella le rogaría que volviera.
Aguzó el oído mientras se alejaba, pero ella no lo llamó.
Minutos después se encontraba en la acera. Kathy había aceptado el reto, de modo
que el alarde de él se había transformado en un hecho concreto: su renuncia.
Caminó aturdido, sin destino fijo. Tenía no obstante, la sensación de haber procedido
bien. Estaba seguro. Sólo que, ¡maldita sea...! —pensó—. ¿Por qué no había cedido?
Seguramente porque tenía a Louis de su parte. A no ser por el viejo, la joven habría
seguido su consejo de cambiar sus acciones mayoritarias con poder de veto, por las
propiedades de Ganímedes. Maldito sea Louis Sarapis, no ella —pensó Johnny.
¿Qué le esperaba ahora? ¿Volver a Nueva York? ¿Buscar otro trabajo? Quizá tendría
que ofrecerse a Alfonse Gam. Con él, hasta podría hacer dinero...
¿O era mejor quedarse en Michigan y esperar que Kathy cambiase de opinión?
No podrá continuar siempre así —resolvió mentalmente—, a pesar de lo que le diga
Sarapis o lo que ella cree que le dice, sea como sea.
Llamó a un taxi y le dio la dirección del hotel. Poco después entraba en el vestíbulo del
Hotel Antler, de donde había salido esa mañana temprano. Volvió a su cuarto vacío; esta
vez, tan sólo para quedarse a esperar, confiando en que Kathy cambiaría de parecer y lo
llamaría. Ya no tenía cita a la que acudir, ni tarea que realizar. Todo había terminado.
 
Por unos minutos Johnny permaneció de pie ante la puerta, con la llave en la mano,
escuchando la campanilla del teléfono en la habitación; la estridencia del timbre llegaba
hasta el pasillo.
¿Será Kathy? ¿O tal vez él? —pensó.
Puso la llave en la cerradura, dio una vuelta y entró en a habitación. De un manotazo
retiró el receptor de la horquilla.
—¡Hola! —dijo.
La voz continuaba machacando con su monótono recital, empeñada en un monólogo
que sonaba distante.
—«...has hecho mal en dejarla, Barefoot. Abandonaste el trabajo, me has traicionado.
Creí que habías comprendido tu responsabilidad; es la misma hacia ella que hacia mí. No
podías irte, por algo te dejé encargado de mis restos, para que siguieras firme. Tú no
puedes...»
Incapaz de seguir escuchando, Johnny colgó.
El teléfono no tardó en volver a llamar.
Esa vez no levantó el tubo; ¡al diablo contigo! —pensó.
Se acercó a la ventana y se puso a mirar hacia abajo, a la calle, mientras pensaba en
la conversación que había tenido con el viejo Louis años atrás. Aquella en que salió a la
luz que no había ido a la universidad por un sentimiento de auto-destrucción. Ahora, en
ese momento, pensaba ¿Y si me tiro? Al menos no tendré que contestar más llamadas
telefónicas. Todo terminaría.
Lo peor es la senilidad —meditó—. Sus pensamientos carecen de claridad, no son
precisos, parecen confusos, como un murmullo entre sueños. El viejo no está vivo, en
realidad; tampoco está hibernando. Ese debilitamiento de la conciencia anuncia un estado
tenebroso. Lo triste es que estamos forzados a escucharlo mientras va devanándose
lentamente, poco a poco, hacia un fin cercano: hacia la muerte total.
Aún en esa condición decadente tenía deseos y sabía expresarlos con fuerza.
Quería que Johnny hiciera algo y deseaba que Kathy hiciera ciertas cosas. Los restos
de Louis Sarapis tenían aún suficiente vitalidad y bastante inteligencia para encontrar la
manera de perseguirlo, para salirse con la suya. Parecía una mera farsa de los deseos
que Louis alentara en vida y sin embargo, no podía ignorarlos, no podía escapar de ellos.
El teléfono continuó sonando.
Tal vez no sea Louis, puede ser Kathy —pensó.
Levantó el receptor; enseguida volvió a dejarlo, había escuchado el rasguido monótono
de la misma voz, fragmentos de la personalidad de Sarapis. Tuvo un temblor.
¿Será posible que sólo se escuche aquí? ¿Será selectivo? —pensó—. Tuvo un
presentimiento de que no era una llamada selectiva.
Fue hasta el aparato de televisión que estaba en el otro extremo de la habitación y lo
encendió. Al iluminarse la pantalla aparecieron algunas imágenes, aunque en forma muy
difusa. Con esfuerzo logró distinguir el contorno desdibujado de una cara.
Sólo entonces se dio cuenta que todo el mundo estaba viendo lo mismo. Cambió de
canal y lo mismo. Vio que las facciones borrosamente impresas del anciano se habían
materializado en la pantalla, mientras el altavoz seguía transmitiendo el mismo murmullo
de palabras incoherentes, tal vez para muchos, aunque para él tenían la fuerza de un
dedo acusador apuntándole al pecho.
—«...te dije más de una vez, que tu responsabilidad está con...»
Johnny apagó el televisor; desapareció la cara borrosa y las palabras susurradas, pero
el teléfono continuaba llamando. Se acercó y levantó el tubo.
—¿Me escuchas Louis?
—«...ya verán cuando llegue el momento de las elecciones. Un hombre con el ánimo
de volver a presentarse, afrontar la carga financiera; después de todo, eso es sólo para
hombres de fortuna, ahora el costo de una campaña...»
La voz continuaba martilleando.
Naturalmente, el viejo no podía escucharlo, empeñado como estaba en un monólogo
sin fin que no daba lugar a ninguna conversación. No se había establecido una auténtica
comunicación.
Tenía que reconocer, eso sí, que el viejo sabía lo que estaba sucediendo en la Tierra.
De alguna manera se había enterado que Johnny había dejado su trabajo.
Dejó el teléfono y encendió un cigarrillo, mientras trataba de poner en claro sus ideas.
No puedo volver a Kathy, a menos que me disponga a cambiar de idea y no
aconsejarle que venda. Eso es imposible, es justamente lo que no puedo hacer. Y si
descarto eso, ¿qué me resta por hacer? ¿Hasta cuándo podrá perseguirme Louis
Sarapis? ¿Dónde podré esconderme para que no me encuentre?
 
En el puesto de diarios, Claude St. Cyr arrojó unas monedas y recogió un periódico.
—Gracias, señor o señora —dijo el vendedor-robot.
St. Cyr pestañeó varias veces, incapaz de creer lo que estaba leyendo. Se trataba de
un titular del artículo de fondo; era inverosímil. Lo único que podía pensar era que el
sistema completamente homeostático de imprimir noticias, basado en el micro-relé, se
habría descompuesto. Encontró una serie de palabras, carentes de hilación y sentido,
enhebradas al azar. Era peor que El Velorio de Finnegan.
Pero en realidad, ¿eran palabras escritas al azar? Le llamó la atención, sobre todo, un
párrafo:
«...en la ventana del hotel, listo para arrojarse; si aspira a hacer negocios con ella será
mejor que se dirija allá de inmediato. Ella depende de él, necesita un hombre desde que
su marido Paul Sharp la abandonó. Hotel Antler, habitación 504, creo que todavía tiene
tiempo; Johnny es demasiado terco, no tendría que haber alardeado con ella, con mi
sangre no se juega, y ella lleva mi sangre...»
—Johnny Barefoot está en una habitación del Hotel Antler —dijo St. Cyr a Harvey, que
estaba a su lado—. El viejo Sarapis nos advierte que está a punto de arrojarse por la
ventana. Será mejor que vayamos enseguida.
—Barefoot es aliado nuestro —dijo Harvey, mirando al abogado—; no nos conviene
que se quite la vida. Aunque no entiendo por qué Sarapis...
—Vamos ya —dijo St. Cyr, acercándose al helicóptero.
Harvey lo siguió a paso vivo.
 
IV
 
El teléfono dejó de sonar repentinamente. Johnny se volvió a tiempo para ver a Kathy,
que acababa de tomar el receptor.
—Me llamó —dijo ella—, y me avisó lo que estabas a punto de hacer.
—Está loco —dijo Johnny—. No pensaba hacer nada.
Se apartó de la ventana.
—Pero él creyó que pensabas tirarte —dijo Kathy.
—Eso demuestra que se puede equivocar —vio que había fumado el cigarrillo hasta el
filtro y lo dejó en el cenicero, apagado.
—Mi abuelo siempre te ha querido mucho —afirmó Kathy—; no desea que te suceda
nada malo.
Johnny se encogió de hombros.
—En lo que a mí respecta, ya nada tengo que ver con Louis Sarapis.
Kathy se llevó el receptor al oído. No escuchaba a Johnny sino a su abuelo. El dejó de
hablar. Todo era inútil.
—Me dice que Harvey y Claude St. Cyr vienen hacia aquí; él les pidió que lo hicieran.
—Bonito gesto —dijo él, secamente.
—Yo también te quiero, Johnny —declaró Kathy—, y me doy cuenta por qué le gustas
al abuelo. Te preocupas sinceramente por mi bienestar, ¿no es cierto? Quizá, después de
todo, consienta en internarme en un hospital, aunque sea por poco tiempo..., unos días,
una semana tal vez.
—¿Crees que con eso será suficiente? —preguntó él.
—Es posible —contestó la joven, y le entregó el auricular—. Desea hablar contigo; será
mejor que lo atiendas, de todos modos encontrará la manera de hacerse escuchar, como
has podido comprobar...
Johnny recibió el teléfono de mala gana.
—«...lástima que no tengas trabajo, eso deprime. Si no trabajas, sientes que no sirves
para nada, porque tú eres así, por eso me gustas. Yo soy igual y quiero darte un trabajo.
En la Convención. Harás publicidad para conseguir la nominación de Alfonse Gam. Llama
a Gam, Johnny. Llámalo.»
Johnny colgó.
—Ya tengo trabajo —dijo—. Tengo que representar a Gam, al menos eso es lo que
dice Louis.
—¿Lo harás, Johnny? ¿Te encargarás de las relaciones públicas en la Convención?
Se encogió de hombros.
Pensó que no tenía nada que perder. Después de todo, Gam tenía dinero y no era peor
que el actual presidente, Kent Margrave. Además... Tengo que conseguir un trabajo.
Tengo que mantener a mi esposa e hijos, eso no es broma —pensó.
—¿Crees que esta vez Gam tiene alguna posibilidad de ganar? —preguntó Kathy.
—No, no creo. Pero en política suele suceder algún milagro de tanto en tanto,
acuérdate de la vuelta sorpresa que hizo Nixon en 1968.
—¿Cuál seria la mejor estrategia para Gam?
—Hablaré directamente con él en cuanto a eso, no contigo —dijo él, mirándola de
soslayo.
—Sigues enojado conmigo porque no quise vender —dijo Kathy, tranquilamente—.
Escucha Johnny, ¿qué te parece si te entrego Arquímedes a ti?
Pasado un momento, Johnny preguntó:
—¿Qué opina Louis sobre eso?
—Aún no se lo he preguntado.
—Ya sabes lo que dirá: que no tengo experiencia, que estuve en la empresa desde el
comienzo, pero...
—No seas tan modesto —dijo Kathy, suavemente.
—Te pido por favor que no me des consejos, sigamos amigos como hasta ahora, fríos
y distantes.
Si hay algo que no soporto es recibir consejos de una mujer —se dijo a sí mismo—, y
para mi propio bien.
La puerta de la habitación se abrió de golpe; Claude St. Cyr y Harvey irrumpieron en la
habitación. Al ver que Kathy ya estaba con Johnny, perdieron casi todo el ímpetu que
traían.
—También te hizo venir a ti —dijo St. Cyr, mientras trataba de recobrar el aliento.
—Sí —contestó ella, acariciando el brazo de Johnny—. ¿Ves cuántos amigos tienes, ya
sea cálidos o fríos?
—Sí —repuso él. Pero así y todo, continuaba sintiéndose triste y desgraciado.
 
Esa misma tarde, Claude St. Cyr hizo tiempo para visitar a Electra Harvey, la primera
esposa de su actual jefe.
—Escucha preciosa —dijo, atrayéndola hacia sí en un apretado abrazo—, estoy
tratando de favorecerte en este arreglo; si lo consigo, podrás recuperar algo de lo que has
perdido. No todo, naturalmente. Pero bastante como para infundirte algo más de
optimismo y sentirte más a tono con la vida en general.
La besó y ella le respondió como de costumbre, se apretó contra él y restregó su
cuerpo en una forma muy satisfactoria. Todo resultó muy placentero y además, duró largo
rato, lo que no sucedía siempre.
Moviéndose al fin para apartarse de su amante, Electra dijo:
—Ya que estás aquí, ¿puedes decirme qué pasa con el teléfono y la televisión? No
consigo llamar, parece que siempre hay alguien en la línea. Además, la imagen en la
pantalla de la televisión es confusa y borrosa; parece un rostro que siempre dice lo
mismo.
—No te preocupes por eso —dijo Claude—, ya nos estamos ocupando de solucionarlo.
Hemos enviado un equipo de hombres en tareas de reconocimiento.
Esos hombres estaban recorriendo una por una las casas mortuorias. Algún día
tendrían que encontrar el cadáver de Louis, y entonces todo el misterio llegaría a su fin...,
para alivio de todos.
Electra se acercó al bar para preparar unos tragos.
—¿Está enterado Phil de lo nuestro? —preguntó. Vertió unas gotas de bitter en los
vasos de whisky, contándolas con precisión; tres en cada vaso.
—No —dijo Claude—. Además, no es asunto suyo.
—No creas. Phil tiene sus ideas en cuanto a sus ex-mujeres. No le gustará, lo va a
considerar como una especie de traición de tu parte. Dado que yo no le gusto a él,
tampoco debería gustarte a ti. Eso es lo que Phil llama lealtad.
—Gracias por hacérmelo saber —manifestó Claude—, pero no hay nada que hacer al
respecto. De todas maneras, no tiene por qué enterarse.
—Sin embargo me preocupa —declaró Electra al traerle su trago—. Sintonicé la
televisión y... no sé, te parecerá una locura pero me pareció que el anunciante se refería a
nosotros. No hablaba claramente o la sintonía era deficiente tal vez, pero de todas
maneras estoy segura de haber escuchado tu nombre y el mío.
Lo miró atentamente mientras se arreglaba el tirante del vestido, con ademán distraído.
Claude quedó pasmado.
—Querida, lo que dices es ridículo —afirmó.
A pesar de eso, se acercó al televisor y lo encendió.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Será posible que Louis Sarapis vea todo lo que hacemos
desde su lejana celdilla del espacio?
No era una idea para dejarlo tranquilo, especialmente desde que había estado tratando
de hacer algunos negocios con la nieta, que el viejo no aprobaba.
—Se está vengando de mí —reflexionó St. Cyr mientras trataba de sintonizar el
televisor, con sus dedos entumecidos.
 
—Casualmente estaba por llamarlo, señor Barefoot —dijo Alfonse Gam—. He recibido
un cable del señor Sarapis aconsejándome que contratara sus servicios. Eso sí, creo que
debemos encarar esta campaña desde un punto de vista completamente novedoso; no
olvide que Margrave nos lleva mucha ventaja.
—Es cierto —admitió Johnny—, pero es preciso ser realistas; esta vez tendremos
ayuda, la de Louis Sarapis.
—Louis también colaboró la última vez —apuntó Gam—, pero con eso no fue
suficiente.
—Esta vez la ayuda tiene otro carácter.
Después de todo, el viejo controla todos los medios de comunicación —pensó
Johnny—; los periódicos, la radio y la televisión, incluso los teléfonos ¡Dios mío! Con todo
ese poder, Louis puede conseguir lo que se proponga. No sé para qué me necesita a mi
—pensó con acritud, pero sin decírselo a Alfonse Gam. El candidato parecía entender
exactamente lo que sucedía con Louis, y lo que éste era capaz de hacer. Pero después
de todo, para él lo principal era tener un trabajo.
—¿Ha sintonizado la televisión últimamente? —preguntó Gam—. ¿O ha tratado de
usar el teléfono, o leer algún periódico? Todo lo que se escucha o se lee no es más que
una mezcla de palabras sin sentido; si ese es Louis, no creo que nos sirva de mucho para
la Convención.
—Lo sé —dijo Johnny, con cierta reserva.
—Temo que los planes de Louis para su período hibernante no han salido muy bien —
dijo Gam con aire contrito.
Estaba lejos de aparentar la confianza de un hombre que espera ganar la elección.
—Para serle franco, creo que a esta altura usted tiene más confianza en él que yo —
continuó Gam—. Tuve una larga conversación con el señor St. Cyr, y no encontré mucho
motivo de aliento en lo que él expresó. Estoy dispuesto a seguir adelante, aunque
francamente... —hizo un gesto de desaliento—. Claude St. Cyr no tuvo reparos en
decirme que llevo todas las de perder.
—¿Y usted cree lo que dice St. Cyr? Recuerde que él está en la otra parte, con Phil
Harvey.
A Johnny le sorprendió encontrar al otro tan ingenuo, tan fácil de convencer.
—Le dije que pensaba ganar, de todas maneras —murmuró Gam—, pero francamente
esta cháchara que sale por todos los aparatos de televisión y teléfonos, me tiene
desanimado; me dan ganas de salir corriendo e irme lo más lejos posible para no seguir
escuchándola.
—Comprendo —dijo Johnny después de un momento.
—Louis no era así —declaró Gam en tono de queja—; ahora lo único que hace es
chochear. Puede ser que consiga mi nominación, y después ¿qué? ¿Para qué la quiero?
Le confieso que estoy cansado, muy cansado, señor Barefoot.
Después de eso guardó silencio.
—Si pretende que yo le dé aliento, a mal puerto viene por leña —dijo Johnny.
El también se sentía afectado casi de la misma forma por la voz que surgía de los
medios de comunicación. Lo afectaba demasiado como para encontrar las palabras de
aliento que Gam necesitaba.
—Usted, que está encargado de las relaciones públicas ¿no puede acaso generar
entusiasmo donde no lo hay? —dijo Gam—. Si pudiera convencerme a mí, estaría en
condiciones de convencer al resto del mundo, Barefoot. Mire, esto me llegó de Louis el
otro día —dijo, sacando un telegrama de su bolsillo—. Según parece, también puede
interferir las líneas telegráficas.
Le entregó el cable a Johnny, que lo leyó.
—Cuando escribió esto Louis tenía más coherencia, pero ya no es lo mismo —dijo
Johnny.
—Es lo que yo le decía; creo que se está deteriorando rápidamente. ¿Qué sucederá
cuando empiece la Convención? Falta sólo un día y tengo mucho miedo, presiento algo
funesto y no tengo ganas de mezclarme en ello, pero a pesar de todo —agregó—, quiero
presentarme para la elección. Barefoot, le pido que interceda ante Louis por mí. Sea usted
el intermediario. La psico-bomba.
—¿Qué quiere decir con eso?
—El intermediario entre Dios y el hombre —explicó Gam.
—Si sigue usando palabras como esa, le puedo asegurar que no conseguirá la
nominación —dijo Johnny.
—¿Quiere un trago? —preguntó Gam sonriendo oblicuamente, y mientras se dirigía a
la cocina volvió a consultarle—: ¿Prefiere whisky o coñac?
—Coñac —respondió Johnny.
—¿Qué le parece esa muchacha, la nieta de Louis?
—Me gusta —dijo Johnny.
Y era la absoluta verdad; realmente, le gustaba.
—¿A pesar de que es una psicópata, de que ha sido adicta a drogas y ha estado en la
cárcel, y para colmo es una fanática religiosa?
—Sí —afirmó secamente Johnny.
—¿Sabe qué pienso? Que usted está loco, pero en cierto modo lo comprendo. Es una
buena persona y en realidad, hace poco que la conozco. Francamente, no me explico de
dónde ha sacado esas tendencias. No soy psicólogo ni mucho menos, pero creo que tiene
algo que ver con Louis. Siente una tremenda admiración hacia él, una lealtad tan absoluta
que es a la vez infantil y fanática; me resulta conmovedora.
—Este coñac es malísimo —dijo Johnny, después de probar un trago.
—Es de una marca desconocida —manifestó Gam, con una mueca—. Tiene razón.
—Preocúpese de servir mejor bebida; de lo contrario, sus días en la política están
contados —dijo Johnny.
—Por eso lo necesito a usted, ¿se da cuenta? —declaró Gam.
—Ya veo —dijo Johnny yendo hacia la cocina para vaciar su copa en el fregadero y
aprovechar de echarle un vistazo al whisky.
—¿Qué está haciendo usted para asegurarme la elección? —preguntó Gam.
—Creo que la mejor manera de abordar la situación, el único ángulo diría yo, es
explotar el sentimentalismo de la gente por la muerte de Louis. He visto las filas de gente
que llegaban a presentar sus respetos; créame Alfonse, era impresionante. No dejaron de
venir un solo día. Mientras estaba con vida muchos le temían, se sentían apabullados por
el poder que ejercía; ahora esa gente parece respirar tranquila. Desaparecido él, los
rasgos temibles de su...
—¡Pero Johnny! El no ha desaparecido. Allí está la cuestión. Usted debe saber que esa
cháchara por televisión y por teléfono no es de él. Es él.
—Pero la gente no lo sabe —afirmó Johnny—. El público está desconcertado, como lo
estuvo el que primero recibió la señal, aquel técnico de Kennedy Slough. ¿Por qué
habrían de conectar una emisión eléctrica a una semana-luz de distancia, con Louis
Sarapis? —preguntó enfáticamente.
—Creo que comete un error, Johnny —dijo Gam—; pero Louis me dijo que lo
contratara a usted y así lo haré. Le dejo el camino libre. Piense que depende de su
experiencia y habilidad.
—Gracias —dijo Johnny—. Puede confiar en mí.
Interiormente sin embargo, Johnny no estaba tan convencido. Quizá la gente es más
lista de lo que yo creo. Tal vez estoy cometiendo un error —pensó.
¿Había acaso otra forma de encarar la situación? A él por lo menos no se le ocurría
nada; o usaban los lazos de Gam con Louis, o no encontrarían modo de recomendarlo.
Se trataba por cierto de un hilo muy delgado del que pendía la campaña por la
nominación, a sólo veinticuatro horas de la bendita Convención. No le gustaba en
absoluto.
Sonó el teléfono en la sala de Gam.
—Probablemente sea él —dijo Gam— ¿Quiere hablar con él? A decir verdad, tengo
miedo de atenderle.
—Deje que siga llamando —dijo Johnny.
A él también le resultaba muy desagradable.
—Sin embargo, no podremos escaparle eternamente; si el quiere ponerse en contacto
con nosotros —puntualizó Gam—, lo hará de todas maneras, ya sea por teléfono o a
través de los diarios. Ayer, sin ir más lejos, estaba tratando de usar mi máquina de escribir
eléctrica cuando en vez de la carta que trataba de redactar, me salió el blablá de siempre.
Palabras dictadas por él...
Ninguno de los dos se movió para contestar el teléfono; dejaron que siguiera sonando.
—¿Necesita un adelanto? —preguntó Gam—. ¿Un poco de efectivo?
—Se lo agradecería mucho —dijo Johnny—. A partir de la fecha he dejado mi trabajo
en Arquímedes.
Mientras Gam buscaba la billetera en el bolsillo de su chaqueta, miró de soslayo a
Johnny.
—Le gusta, pero no puede trabajar con ella, ¿es eso? —preguntó.
—Así es —contestó Johnny, sin entrar en detalles.
Gam no trató de averiguar nada. Ante todo era un caballero, y Johnny apreciaba mucho
esa condición suya.
Cuando el cheque cambió de mano, el teléfono dejó de sonar.
¿Estarían relacionados ambos hechos? —se preguntó Johnny—. ¿O se trataba de una
simple casualidad? No había manera de decirlo. Louis parecía estar al tanto de todo. De
todas maneras, esto es lo que había dicho que quería.
—Espero que estemos haciendo lo que más conviene —dijo Gam con acrimonia—.
Escucha Johnny, quiero que vuelvas a estar en buenos términos con Kathy Egmont
Sharp; recuerda que necesita tu ayuda, depende mucho de tí, ¿sabes?
Johnny dejó escapar un gruñido.
—Ahora que no trabajas para ella, vuelve a intentarlo —dijo Gam—. Lo harás,
¿entendido?
—Lo pensaré —respondió Johnny, dejando entrever que finalmente llamaría a Kathy.
—Recuerda que es una muchacha enferma y que tiene una responsabilidad demasiado
grande sobre los hombros. Tú lo sabes bien. Sea cual sea la causa porque disputaron,
trata de llegar a un acuerdo antes que sea demasiado tarde. Es lo más conveniente.
Johnny no hizo comentario alguno, pero en el fondo sabía que Alfonse tenía razón.
Se preguntó cómo podría arreglar sus relaciones con Kathy. No tenía la menor idea.
¿Cómo se encara a una psicópata ¿Cómo podría allanar una divergencia tan grande? —
se preguntó. —Sería bastante difícil hacerlo en situaciones normales..., y ésta tenía tantas
complicaciones y matices...
Para empezar, Louis estaba mezclado en toda la situación; además, había que
considerar los sentimientos de Kathy con respecto a Louis. Tendría que hacer lo posible
para que eso cambiara, la ciega adoración tenía que terminar.
—¿Qué piensa de ella tu mujer? —preguntó Alfonse.
—¿Sarah Belle? No la conoce siquiera. ¿Por qué me lo preguntas?
Gam lo miró sin decir nada.
—Es una extraña pregunta —afirmó Johnny.
—Y es una extraña chica esa Kathy —declaró Alfonse—. Mucho más rara de lo que te
imaginas, amigo mío. Hay muchas cosas que no sabes.
Pero no dio más detalles.
 
—Hay algo que me gustaría saber —dijo Phil Harvey a St. Cyr—, si queremos tener el
control de Financiera Wilhelmina, debemos saber dónde está el cadáver.
—Lo estamos buscando —dijo St. Cyr con paciencia—; estamos recorriendo todas las
mortuorias, una por una. Creo que aquí debe haber una cuestión de dinero, alguien les
debe estar pagando para que no hablen, si deseamos saber dónde está...
—Y esa joven —dijo Harvey meneando la cabeza—, todavía sigue obedeciendo las
instrucciones que recibe de ultratumba. A pesar de que Louis está declinando, todavía le
presta atención. Es un hecho antinatural.
Con sólo pensar en eso, tuvo un estremecimiento de repugnancia.
—Estoy de acuerdo contigo —dijo St. Cyr—. En realidad lo has expresado muy bien.
Esta mañana mientras me afeitaba, lo vi en la televisión (tembló). Hemos llegado a un
punto en que lo vemos por todas partes.
—Hoy empieza la Convención —dijo Harvey, mirando por la ventana pasar los coches
y la gente—. Louis concentrará todos sus esfuerzos en seguir el desarrollo de los
acontecimientos, y tratará de volcar la votación en favor de Alfonse Gam. Johnny se
encuentra allí, trabajando para el candidato de Louis. Quizás ahora podamos movernos
con más facilidad, tendremos las manos libres. ¿Te das cuenta? Tendrá tantas
preocupaciones, que puede ser que se olvide un poco de Kathy. ¡Dios mío! No es posible
que pueda estar en todo al mismo tiempo.
—Pero Kathy ya no está en Arquímedes.
—¿Dónde está entonces? ¿En Delaware tal vez, en Wilhelmina? No será muy difícil
encontrarla.
—Está enferma —dijo St. Cyr—, anoche a última hora fue internada en un hospital,
posiblemente a causa de su adicción a las drogas.
Hubo un silencio.
—Estás enterado de todo —dijo Harvey al fin— ¿De dónde sacaste eso?
—Lo escuché en la televisión y también por teléfono; pero no sé en qué hospital está.
Puede que en alguno fuera de la Tierra; en la Luna, o en Marte, o en el lugar de origen de
Kathy. Tengo la impresión de que está muy enferma. Además, al verse abandonada por
Johnny, ha sufrido una recaída —miró sombríamente a su jefe—. Es todo cuanto sé, Phil.
—¿Y crees que Johnny Barefoot podrá encontrarla?
—Lo dudo.
Harvey permaneció pensativo un momento.
—Apuesto a que tratará de llamarlo. Si ya no lo sabe, pronto estará enterado. Si
pudiéramos interceptar su teléfono..., agregar un circuito espía y desviar sus llamadas
hacia aquí.
—Recuerda que ahora en el teléfono, todo lo que se escucha es la jerigonza de Louis.
Se preguntó qué pasaría con las empresas Arquímedes si declaraban a Kathy
incapacitada para manejar sus negocios, si la obligaban a internarse. Era una cuestión
muy complicada; todo eso dependía de las leyes que aplicaran, si eran de la Tierra o...
—No podemos encontrar a Kathy y tampoco hemos podido encontrar el cadáver —
decía Harvey en ese momento—. Mientras tanto, la Convención ha empezado y
nominarán a ese imbécil de Gam, el protegido de Louis. Cuando nos queramos acordar,
será presidente —miró a St. Cyr con antagonismo—; hasta ahora no has sido una gran
ayuda, Claude.
—Averiguaremos en todos los hospitales, pero recuerda que son muy numerosos; hay
miles sólo en esta zona. Si no está aquí, quién sabe dónde estará.
Se sentía impotente.
Sólo damos vueltas y más vueltas, y no llegamos a ninguna parte —pensó—. Y bien,
siempre podemos seguir escuchando en televisión, quizá nos sirva de algo.
—Voy a la Convención —anunció Harvey—; nos veremos más tarde. Si se te ocurre
algo nuevo, que lo dudo, puedes comunicarte conmigo en el auditorio.
Se dirigió hacia la puerta, y un minuto después St. Cyr estaba solo.
¡Maldición! ¿Qué puedo hacer ahora? Quizá yo también debería ir a la Convención —
se dijo.
Quedaba por controlar una mortuoria más; ya sus empleados habían estado allí, pero
quería ir personalmente, por si encontraba algo. Era de esa clase de lugares que le habría
gustado al viejo Louis. El propietario era un individuo untuoso con un nombre inverosímil:
Herbert Schoenheit von Vogelsang, que en alemán significa Heriberto Canto de la Belleza
de los Pájaros, nombre muy adecuado para quien dirigía la mortuoria de la Amada
Cofradía en el centro de Los Angeles, con sucursales en Chicago, Nueva York y
Cleveland.
Al llegar a la mortuoria St. Cyr pidió ver personalmente al dueño. Había mucha
actividad en la casa, ya que faltaba poco para el Día de la Resurrección, y miembros de la
pequeña burguesía, que acudían en gran cantidad para ese tipo de ceremonia, formaban
fila para retirar a sus parientes hibernantes.
—Sí señor —dijo Schoenheit von Vogelsang cuando apareció al fin, en el mostrador de
la mortuoria—. Usted pidió hablar conmigo.
St. Cyr depositó sobre el mostrador, una tarjeta de negocios en la que figuraba todavía
como asistente legal de Empresas Arquímedes.
—Soy Claude St. Cyr —dijo—. Quizá me haya oído nombrar.
Al ver la tarjeta, Schoenheit von Vogelsang, muy pálido, se puso a tartamudear:
—Señor St. Cyr, puedo darle mi palabra de que estamos haciendo todo lo posible. No
hemos escatimado esfuerzo, se lo aseguro. Llevamos gastados más de mil dólares de
nuestro propio fondo, tratando de establecer contacto con él. Hemos ordenado traer por
avión un equipo japonés recientemente inventado, y no hemos obtenido resultado alguno.
Se retiró unos pasos del mostrador, y con voz trémula agregó:
—Usted mismo puede pasar a ver. Francamente, creo que alguien está interfiriendo a
propósito; un fracaso total como éste, no puede ocurrir por sí sólo, ¿comprende lo que le
quiero. decir?
—Déjeme verlo —dijo St. Cyr.
—Por supuesto —contestó el dueño del establecimiento, pálido y nervioso, mientras
conducía a St. Cyr hacia las cámaras refrigeradas.
Al fin vio St. Cyr el ataúd de Louis Sarapis, el mismo en el que había sido velado.
—¿Piensa iniciarnos juicio? —preguntó atemorizado el dueño de la mortuoria—. Puedo
asegurarle que...
—Sólo he venido a retirar el cadáver —afirmó St. Cyr—. Dígales a sus empleados que
lo carguen en el camión.
—Sí señor St. Cyr —contestó Herb Schoenheit von Vogelsang, obedeciendo
tímidamente.
Hizo señas a dos empleados de la firma, y les dio instrucciones.
—¿Ha venido con un camión, señor St. Cyr? —preguntó Herb.
—Será mejor que usted lo facilite —aclaró St. Cyr con tono amenazante.
Poco después cargaron el ataúd con el cadáver en el camión, y el conductor se dirigió
a St. Cyr para pedirle instrucciones.
Claude St. Cyr le dio la dirección de Phil Harvey, el principal ex-competidor del
hibernante.
—En cuanto al juicio —decía Herb mientras St. Cyr subía al camión y se acomodaba al
lado del conductor—, espero que no nos acuse de incompetencia señor St. Cyr, pues en
ese caso...
—En lo que a nosotros respecta, el caso está terminado —repuso lacónicamente St.
Cyr, haciendo señales al conductor para que pusiera el camión en marcha. En cuanto se
alejaron de la mortuoria, St. Cyr soltó la risa.
—¿Por qué se ríe de esa manera? —preguntó el conductor, extrañado.
—No es nada —respondió St. Cyr, tratando de reprimir la risa.
Poco después el cadáver, todavía en el ataúd y rodeado de la envoltura congelada
original fue depositado en la casa de Harvey y el conductor se retiró; St. Cyr tomó el
teléfono y marcó un número, pero no logró comunicarse con la sala donde se llevaba a
cabo la Convención. Todo lo que escuchó fue la distante letanía. Colgó enojado, aunque
con firme determinación.
Estoy harto de todo esto. No aguardaré a Harvey para consultarle, no necesito su
aprobación.
Inició la búsqueda por la sala de la casa, y en un cajón del escritorio encontró un
revólver térmico. Apuntó al ataúd y apretó el gatillo sin vacilar.
La envoltura congelada se transformó en una nube de vapor, el ataúd siseó mientras el
plástico se disolvía; el cadáver ennegrecido se encogió, y muy chamuscado no tardó en
convertirse en un cúmulo de escoria calcinada, pequeño e informe.
Satisfecho al fin, St. Cyr guardó el revólver en su lugar. Volvió a levantar el teléfono, y
marcó un número.
Una monótona voz le susurró al oído:
«...sólo Gam es capaz de hacerlo. Gam es el hombre que me representa; aprovecha
ese refrán, Johnny. Es muy bueno. Recuerda: Gam es el hombre que me representa.
Deja que yo hable, entrégame el micrófono y me encargaré de decirles: Gam es el
hombre que me representa...»
Claude colgó, y volviéndose hacia los restos negros de Louis Sarapis, miró lo que no
podía entender. Encendió el televisor, y la voz seguía surgiendo como antes, como si
nada hubiera pasado.
Se le ocurrió entonces una idea: la voz de Louis Sarapis no salía de su cadáver; éste
ya no existía, no había conexión entre los dos fenómenos.
Se sentó en una silla y con mano temblorosa encendió un cigarrillo, mientras trataba de
entender lo que había sucedido. La explicación debía estar allí, al alcance de su mano.
Pero se le escapaba.
 
V
 
Había dejado el helicóptero en la mortuoria Amada Cofradía. Medio aturdido, llegó a la
sala de la Convención en monorriel.
El local estaba atestado de gente; había un ruido ensordecedor pero asimismo St. Cyr
logró llamar la atención de un paje-robot, y pidió la presencia de Phil Harvey a través del
sistema de anuncios públicos en una de las salitas laterales que servían de lugar de
reunión a las delegaciones que deseaban establecer su estrategia en secreto.
Después de abrirse paso entre la compacta multitud, apareció Harvey con las ropas en
desorden.
—¿Qué sucede Claude? —preguntó, y viendo el rostro descompuesto del abogado,
agregó—: Será mejor que me lo digas ya.
—La voz que estamos escuchando no es la de Louis —estalló St. Cyr—. Es alguien
que trata de imitarlo.
—¿Cómo lo sabes?
Le contó lo que había hecho.
Harvey meneaba la cabeza en un gesto de incredulidad.
—¿Estás seguro de haber destruido el cadáver de Louis? ¿No pudo haber un engaño
en la mortuoria? ¿Estás absolutamente seguro?
—No estoy seguro —dijo St. Cyr—, pero en ese momento creí que era el cadáver de
Louis, y todavía sigo creyendo lo mismo.
De todas maneras ya no quedaban restos suficientes para hacer un análisis
exhaustivo, era demasiado tarde.
—Pero entonces, ¿quién puede ser? —preguntó Harvey—. ¡Dios mío! Nos llega desde
más allá del sistema solar. ¿Podría ser algún extraterrestre? Puede ser también un eco,
una burla, una reacción sin vida a la que no estamos acostumbrados. Puede tratarse
asimismo de un proceso inerte, sin propósito alguno...
St. Cyr rió.
—Estás desvariando Phil, será mejor que te calles.
—Como quieras Claude —repuso Harvey, sumiso—. Si crees que se trata de alguien...
—No sé nada —confesó St. Cyr—, pero supongo que se trata de alguien en este
mismo planeta, alguien que conocía bastante a Louis como para compenetrarse bien de
sus características e imitarlo.
Calló. La lógica de sus pensamientos llegaba hasta allí. Más allá de eso no veía
nada..., todo era negro e incierto. No había ningún motivo para estar tranquilos.
Aquí hay cierto toque de locura —pensó Claude—. Lo que nosotros consideramos
decadencia es en cambio una especie de demencia, y no simple degeneración. Después
de todo la locura, ¿no es una suerte de degeneración?
No tenía respuestas para esas preguntas, carecía de conocimientos sobre psiquiatría,
excepto en cuanto a sus aspectos legales, y en este caso no intervenía el aspecto legal.
—¿Presentaron ya la nominación de Gam? —preguntó a Harvey.
—Todavía no, se espera que suceda en el transcurso del día. Creo que un delegado de
Montana se encargará de nombrarlo, según algunos rumores.
—¿Johnny Barefoot está aquí?
—Sí —afirmó Harvey—. No puede estar más ocupado de lo que ya está, tratando de
conseguir delegados; entra y sale de los cuartos de las distintas delegaciones, se lo ve
por todas partes. Todavía no hay rastros de Gam, por supuesto. No se presentará aquí
hasta que la nominación no esté a punto de producirse. Entonces aparecerá para
pronunciar su discurso, y esto será una babel; gritos, silbidos, marchas, agitar de
estandartes y todo lo demás... Los partidarios de Gam tienen todo preparado.
—¿Algún indicio de... —St. Cyr vaciló—, de lo que habíamos creído que era Louis?
¿Se ha notado su «presencia», o la de quien lo sustituye?
—Todavía no —contestó Harvey.
—Creo que antes de que termine el día tendremos noticias directas de él.
Harvey asintió, también opinaba así.
—¿Le temes? —preguntó St. Cyr.
—Por cierto —admitió Harvey—. Ahora, más que nunca; no sabemos siquiera qué es o
deja de ser.
—Tienes razón —dijo Claude, que sentía lo mismo.
—¿No te parece que deberíamos avisarle a Johnny? —preguntó Harvey.
—Deja que lo descubra por sí mismo.
—Está bien, Claude —contestó Harvey—. Se hará lo que tú digas, pongo en tí toda mi
confianza; después de todo, fuiste tú quien encontró el cadáver de Louis.
En cierto modo, desearía no haberlo encontrado —pensó St. Cyr—. Desearía ignorar lo
que ahora sé. Era preferible creer que el viejo nos hablaba desde cada teléfono, desde
cada televisor. Si aquello era malo, esto es todavía peor. Aunque estoy seguro que la
respuesta no puede estar muy lejos. Debo tratar de encontrarla por todos los medios
posibles. TRATAR.
 
En una de las tantas salitas, solo y tenso, Johnny Barefoot miraba por circuito cerrado
de televisión los acontecimientos que tenían lugar en la gran sala principal de la
Convención. Por un rato había desaparecido la distorsión, la presencia invasora que
llegaba de una semana-luz de distancia se había esfumado, permitiendo ver con claridad
al delegado de Montana, que pronunció el discurso postulando candidato a Alfonse Gam.
Estaba cansado. Todo el proceso de la Convención, los discursos, los desfiles, la
tensión reinante, le afectaba el sistema nervioso, exigía demasiado de su temperamento.
Tanto espectáculo —pensó—. Y total, ¿para qué? Si Gam deseaba la nominación, que
luchara por ella. Todo lo demás carecía de sentido.
No dejaba de pensar en Kathy Egmont Sharp. No la veía desde que se había ido al
hospital, en San Francisco.
No sabía cuál era su estado en ese momento, si había respondido a la terapia o no.
Tenía un profundo presentimiento de que no había reaccionado bien.
¿Cuál era el verdadero estado de Kathy? Era posible que estuviese enferma, muy
enferma, aparte de las drogas. Eso creía él. Quizá nunca la darían de alta del hospital de
San Francisco. Tal vez sería así. Por otra parte, intuía con más fuerza que nunca que si
ella quería salir, encontraría la manera de hacerlo.
Todo dependía de ella. Se había internado por su propia voluntad, y tendría que salir
también por su propia voluntad —si alguna vez lo hacía—. Nadie podía obligar a Kathy,
sobre todo con el temperamento que tenía. Entonces se dio cuenta que eso quizá fuera
un síntoma de la misma enfermedad.
Se abrió la puerta de la habitación. Apartó la vista del televisor y vio a Claude St. Cyr,
de pie en la puerta, apuntándole con un revólver térmico.
—¿Dónde está Kathy? —preguntó.
—No lo sé —contestó el otro poniéndose lentamente de pie, intranquilo.
—Sí que lo sabes, si no me lo dices te mataré —amenazó St. Cyr.
—Pero ¿qué pasa? —preguntó Johnny, sorprendido por la actitud extraña del abogado.
—¿Está en la Tierra? —preguntó St. Cyr mientras seguía apuntando a Johnny.
—Si —respondió éste, de mala gana.
—Dime el nombre de la ciudad —ordenó Claude.
—¿Qué sucede Claude? Tú no eras así —dijo Johnny—, siempre actuaste dentro de la
ley.
—Creo que es la voz de Kathy —dijo St. Cyr—; sé con toda certeza que no es la de
Louis, es sólo una presunción, pero es lo único en lo que podemos basarnos.
Kathy es la única suficientemente desequilibrada, con las facultades bastante alteradas
como para hacerlo —pensó Johnny.
—¿En qué hospital está? —preguntó St. Cyr.
—Sólo podríamos estar seguros que no es Louis, si destruimos su cadáver —dijo
Johnny.
—Así es —asintió St. Cyr.
Entonces, ya lo has hecho —pensó Johnny—. Encontraste la mortuoria de Herbert
Schoenheit von Vogelsang. En ese punto estaban las cosas.
La puerta volvió a abrirse de par en par, y entró un grupo de delegados que apoyaban
a Gam haciendo sonar sus cornetas y arrojando serpentinas. St. Cyr se volvió hacia ellos,
apuntándoles con el revólver, mientras Johnny Batefoot se escabullía por entre los
delegados y salía al pasillo.
Corrió por el largo corredor y minutos después entró en el gran vestíbulo donde la
demostración en favor de Gam había llegado a su punto culminante. Por sobre toda esa
barahúnda se imponía una voz que surgía de los altavoces adosados a las paredes:
«Vote por Gam, el hombre que me representa. Gam, Gam, Gam, de todos el mejor.
Vote por Gam, y no se arrepentirá. Gam. Gam. Gam.»
Kathy. No puedes ser tú —pensó Johnny.
Salió corriendo del salón. Pasó a empujones entre los delegados delirantes, hombres y
mujeres que lucían sombreritos grotescos y con los ojos velados agitaban banderitas y
estandartes. Llegó hasta la calle, atestada de coches y helicópteros estacionados, y
colmada de una multitud que pujaba por entrar al local de la Convención.
Si esa eres tú, estás demasiado enferma para volver; aunque lo desees y emplees toda
tu voluntad —pensó Johnny—. Estuviste esperando que Louis muriera, ¿no es cierto?
¿Nos odias o nos temes? ¿Cómo puedes explicar lo que estás haciendo? ¿Cuál es la
razón de todo esto?
Con un gesto, detuvo a un helicóptero con cartel de taxi, y le ordenó al conductor:
—¡A San Francisco...!
Quizá no seas consciente de lo que haces —pensó—. Puede ser un proceso autónomo
originado en tu subconsciente. Tu mente está dividida en dos sectores: uno, superficial
que se puede aquilatar, el otro... Es el que estamos escuchando. ¿Eres digna de lástima?
¿O tal vez debamos odiarte, temerte? ¿CUANTO DAÑO ERES CAPAZ DE HACER? Creo
que allí está el nudo de la cuestión. Y yo te amo; en cierto modo te amo, pues me
preocupo de ti y esa es una forma de amor. No la misma que siento por mi esposa y mis
hijos, pero no deja de ser una inquietud... ¡Maldición! Esto es terrible, pero quizá St. Cyr
esté equivocado y no seas tú.
El helicóptero se elevó, pasó por sobre los edificios y giró al Oeste mientras las hélices
daban vueltas a toda velocidad. Desde la calle frente al salón de la Convención, St. Cyr y
Harvey vieron alejarse el helicóptero.
—Y bien, hemos conseguido algo —dijo St. Cyr—. Al menos lo hice moverse. Calculo
que va camino de Los Angeles o de San Francisco.
Phil Harvey paró otro helicóptero, que carreteó ante ellos. Los dos lo abordaron.
—¿Ve ese taxi que acaba de salir? —preguntó Harvey—, Sígalo de cerca, si es posible
sin que lo vea.
—¡Diantre! —dijo el piloto—. Si yo puedo verlo a él, él podrá verme a mí... —de todas
maneras, conectó el medidor e inició el ascenso.
En tono quejoso se dirigió a sus pasajeros.
—No me gusta esta clase de asuntos, puede resultar peligroso.
—Enciende la radio si quieres de veras escuchar algo peligroso —dijo St. Cyr.
—¡Diablos! La radio no funciona —dijo el piloto—. Hay interferencias, deben ser
manchas solares o algún radioaficionado. Perdí varios viajes porque el despachante no
puede comunicarse conmigo. No sé por qué la policía no interviene para solucionar esta
situación, ¿no les parece?
St. Cyr permanecía silencioso mientras Harvey, a su lado, mantenía la mirada clavada
en el otro helicóptero.
 
Al llegar al hospital de San Francisco, después de aterrizar en la pista del techo del
edificio central, Johnny Barefoot vio otro helicóptero haciendo círculos en el aire. Sus
sospechas eran fundadas; lo habían estado siguiendo durante todo el trayecto. Pero no
importaba, en realidad le daba lo mismo. Bajó por las escaleras y salió al tercer piso,
donde se acercó a una enfermera.
—¿Dónde está la señora Sharp? —preguntó.
—Le informarán en la recepción —contestó la enfermera—. Las horas de visita son
de...
Siguió caminando rápido hasta dar con la recepción.
—La señora Sharp está en la habitación 309 —respondió una enfermera de cierta
edad, con gafas, que atendía el mostrador—, pero debe conseguir un permiso del doctor
Gross para poder visitarla. Creo que en este momento el doctor Gross está almorzando y
es posible que regrese después de las dos de la tarde. Tendrá que esperar —dijo,
señalando la sala de espera.
—Gracias —dijo él—. Esperaré.
Entró en la salita pero no se detuvo allí, la atravesó y salió por una puerta que estaba
del otro lado. Ya en el pasillo fue mirando los números de las habitaciones hasta que
encontró el 309. Abrió la puerta con decisión y entró.
La cama estaba vacía.
—¡Kathy! —la llamó.
Estaba junto a la ventana, en salto de cama. Se volvió con una expresión astuta y una
mirada que expresaba odio. Movió los labios y sin dejar de mirarlo, habló con tono
despreciativo:
—Quiero a Gam, porque él me representa.
Se acercó a Johnny y lo escupió. Mientras levantaba los brazos, el pudo ver sus dedos
crispados.
—Gam es un hombre de verdad —susurró ella.
En los ojos de la muchacha vio esfumarse los últimos vestigios de una personalidad en
crisis. Y estaba sucediendo ante sus ojos.
—Gam, Gam, Gam —repitió la joven, dándole una bofetada.
El retrocedió.
—¡Con que eras tú! Claude St. Cyr tenía razón —dijo Johnny—. Está bien, me voy.
Tanteó a sus espaldas tratando de encontrar la manilla de la puerta. El pánico empezó
a apoderarse de él, como un viento súbito. En ese momento sólo deseaba escapar.
—Kathy —imploró—. Suéltame.
Ella le habla clavado las uñas en los hombros y no lo soltaba. Lo miraba con el rabo del
ojo, sin dejar de sonreír.
—Estás muerto —le dijo—. Vete. Te sale de dentro el olor a muerto, lo estoy sintiendo.
—Me voy —dijo él, que había encontrado ¡al fin! la manilla de la puerta.
Entonces lo soltó. La mano de Kathy describió un movimiento rápido, con las rojas
uñas dirigidas hacia la cara de Johnny, posiblemente a los ojos. El se agachó para evitar
el golpe.
—Quiero irme lejos —dijo él, cubriéndose el rostro.
—Soy Gam, eso soy. La única que lo es. Gam está vivo, yo estoy viva —rió—. SI, lo
conseguiré —agregó, imitando la voz de Johnny—. Claude St. Cyr tenía razón. Está bien,
me voy, me voy, me voy...
Ella se interpuso entre él y la puerta.
—La ventana —dijo ella—. ¿Por qué no haces ahora lo que te impedí cuando te
detuve?
Se acercó hacia él, haciéndolo retroceder hasta quedar de espaldas a la pared.
—El odio que te domina es producto de tu imaginación —dijo Johnny—. Todos te
queremos, yo, Gam, St. Cyr, Harvey también. ¿Qué pruebas con esto?
—Lo que pruebo es mostrarte tal cual eres —dijo Kathy—. ¿No lo sabes aún? Eres
peor que yo. Al menos soy sincera.
—¿Por qué entonces fingías ser Louis? —preguntó Johnny.
—Soy Louis —afirmó Kathy—. Después de morir no pasó al estado de hibernante
porque yo lo comí, él se transformó en mí. Era lo que estaba esperando; ya habíamos
preparado todo con Alfonse, hasta teníamos el transmisor listo, con la cinta grabada.
Conseguimos asustarlos, ¿verdad? Tenías miedo, todos están demasiado atemorizados
para impedirle avanzar. Conseguirá la nominación. Siento que ya la tiene.
—Todavía no —dijo Johnny.
—No falta mucho —afirmó Kathy—. Y me casaré con él —le sonrió vagamente—. Tú
en cambio morirás, tú y todos los demás.
Se acercó hacia él entonando el estribillo.
—Yo soy Gam y soy Louis; cuando mueras, seré tú, Johnny Barefoot, y todos los
demás... Porque os comeré a todos.
Abrió la boca y él pudo ver los dientes puntiagudos y amenazantes, descoloridos como
la muerte.
—Y reinarás entre los muertos —dijo Johnny, golpeándola con todas sus fuerzas en el
costado de la cara, junto a la mandíbula.
Ella giró hacia atrás y cayó, pero se levantó enseguida dispuesta a atacarle. Para
evitarlo, Johnny dio un salto de costado, pero antes tuvo la visión de sus facciones
alteradas y descompuestas por el golpe... En ese instante se abrió la puerta; Harvey y St.
Cyr entraban con dos enfermeras. Kathy se detuvo, Johnny también.
—Ven Barefoot —dijo St. Cyr, haciendo un movimiento con la cabeza.
Johnny atravesó la habitación para unirse al grupo.
Anudándose el lazo de la bata, Kathy dijo con toda naturalidad,
—De manera que todo estaba planeado. Johnny tenía la misión de matarme, mientras
los demás venían muy tranquilamente a presenciarlo y disfrutar del espectáculo.
—Habían instalado un enorme transmisor —dijo Johnny—; lo colocaron hace mucho
tiempo, posiblemente hace años. Estuvieron esperando que Louis muriera, quizás ellos
mismos lo han matado. Se proponían conseguir la nominación de Gam y después, ganar
las elecciones; entretanto, mantenían aterrorizado a todo el mundo con sus transmisiones.
No hay duda que está enferma, mucho más de lo que ustedes pensaban. Había logrado
ocultar muchas cosas, que no pudimos observar.
St. Cyr se encogió de hombros.
—Bien, tendremos que hacer certificar que ha perdido la razón —hablaba con calma,
aunque mucho más lentamente que de costumbre—. El testamento me nombra
apoderado, de manera que puedo representar a la sucesión contra ella, y después, en la
audiencia quedará demostrada su condición de demente.
—Pediré un juicio por jurado —anunció Kathy—; puedo convencer a un jurado que no
soy insana, no es muy difícil, ya lo hice antes.
—Es posible —dijo St. Cyr—, pero el transmisor habrá dejado de funcionar. Para ese
entonces las autoridades habrán llegado al lugar donde se originan las transmisiones.
—Tardarán meses en encontrarlo —afirmó Kathy—, aunque empleen las naves más
veloces. Ya entonces será tarde, las elecciones habrán quedado atrás y Alfonse será el
nuevo presidente.
—Tal vez... —dijo St. Cyr mirando de reojo a Johnny.
—Por eso lo hemos colocado tan lejos —dijo Kathy—. Hicimos una buena
combinación: el dinero de Gam y mi talento. No olviden que heredé las condiciones de
Louis, y soy capaz de hacer lo que me propongo. Me basta con desearlo de veras.
—Querías que me arrojara por la ventana, y sin embargo no lo hice —dijo Johnny.
—Lo habrías hecho, pasados algunos segundos, si ellos no hubiesen llegado —dijo
Kathy, recuperada ya la compostura—. De todas maneras lo harás algún día, ya verás.
No podrás escaparte de mí, no encontrarás lugar donde esconderte. Saben bien que los
seguiré hasta encontrarlos, a los tres —posó la mirada sucesivamente en cada uno de los
tres, y por último los abarcó en grupo.
—También tengo algo de dinero, y dispongo de cierto poder —dijo Harvey—. Aunque
Gam obtenga la nominación, podemos derrotarlo.
—Es posible que tengan cierto poder —admitió Kathy—, pero carecen de imaginación.
Todo lo que tienen no les bastará, al menos contra mí.
Habló con claridad, y con absoluta confianza en si misma.
—Vamos —dijo Johnny, y se fue por el pasillo, alejándose de la habitación 309 de
Kathy Egmont Sharp.
 
Johnny recorría las empinadas calles de San Francisco, con las manos metidas en los
bolsillos, sin reparar en la gente. No veía nada, se limitaba a andar. La tarde perdió sus
colores y se transformó en noche; se encendieron las luces de la ciudad, pero él no lo
percibió. Siguió caminando manzana tras manzana, hasta que los pies le dolieron y unas
puntadas en el estómago le recordaron que no había comido nada desde la mañana. Se
detuvo y miró en torno.
¿Dónde estaban Claude St. Cyr y Phil Harvey? No recordaba haberse separado de
ellos, no recordaba siquiera haber salido del hospital. Recordaba a Kathy, sin embargo.
No le podría olvidar, aunque quisiera. Y no lo deseaba. Era un evento demasiado
importante para ser olvidado por ninguno de los que habían presenciado y comprendido.
En un puesto de diarios los grandes titulares le salieron al encuentro:
 
«GAM OBTIENE NOMINACIÓN.  
PROMETE ENÉRGICA CAMPAÑA ELECCIÓN NOVIEMBRE»
 
De manera que Kathy logró lo que se proponía —pensó Johnny—. Triunfaron los dos,
consiguieron exactamente lo que se habían propuesto; Ahora, todo lo que tienen que
hacer es derrotar a Kent Margrave. Mientras tanto, esa cosa que colocaron a una
semana-luz de distancia continúa interfiriendo en todas las transmisiones, y seguirá
haciéndolo durante meses.
En ese momento tuvo la certeza de que iban a ganar.
Al pasar por un drug store encontró un teléfono público. Puso una moneda en la ranura
y discó el número de Sarah Belle, el de su propia casa.
Oyó el click característico del teléfono; después, la monótona voz familiar que
entonaba:
«Gam en Noviembre, Gam en Noviembre. Gane con Gam. Gam, el próximo presidente.
Gam es nuestro candidato. Vote por Gam...»
Colgó y salió de la casilla telefónica. Era inútil.
Se acercó al mostrador del drugstore y pidió un sándwich y café. Empezó a comer
automáticamente, para satisfacer la necesidad de su organismo, sin deseo ni placer. Hizo
una serie de actos reflejos hasta que no quedó nada de lo que había pedido, y pagó la
cuenta.
¿Qué puedo hacer? —se preguntó—. ¿Acaso alguien tiene el poder de hacer algo?
Domina los medios de comunicación; tiene la radio, la televisión, los periódicos, los
teléfonos y el servicio de telegramas. Todo lo que depende de transmisión por microondas
o circuitos eléctricos abiertos. Tienen todo en su poder, la oposición no tiene nada con
qué luchar. Después de ésto, la derrota —concluyó—. Esa es la realidad que nos espera.
Después, cuando tengan todo el poder, significará la muerte para nosotros.
—Es un dólar diez —dijo la joven de la caja.
Pagó y salió del drugstore.
Un helicóptero marcado «taxi» se acercó haciendo círculos, y le hizo señas.
—Lléveme a casa —dijo.
—Está bien —contestó amigablemente el piloto—, ¿dónde queda tu casa, compinche?
Le dio su dirección en la ciudad de Chicago, y se acomodó para el largo trayecto que le
esperaba. Renunciaba a luchar; se daba por vencido. Volvía a su esposa, Sarah Belle y
sus hijos. La lucha había terminado para él, al menos así pensó en ese momento.
Abrió la puerta y se quedó parado en el umbral.
—¡Cielos, Johnny! ¡Qué aspecto traes! —exclamó Sarah Belle.
Lo recibió con un beso y lo acompañó hasta la sala tibia, con los muebles que le eran
familiares.
—Creí que estarías celebrando —dijo ella.
—¿Celebrando qué cosa? —preguntó él, con voz enronquecida.
—Tu candidato obtuvo la nominación —dijo ella, y fue a preparar café.
—¡Ah, sí! Es cierto —dijo él, asintiendo—, dirigí las relaciones públicas, lo habla
olvidado.
—Será mejor que te recuestes un poco —dijo Sarah Belle—. Johnny, nunca te había
visto tan abatido. No entiendo, ¿quieres decirme lo que te ha sucedido?
Johnny se sentó en el sofá y encendió un cigarrillo.
—Querido, ¿en qué podemos ayudarte? —preguntó ella, ansiosa.
—En nada —respondió él.
—Ese que habla por todos los teléfonos y la televisión tiene la misma voz de Louis
Sarapis, ¿es él? Hablé con la familia Nelson, y ellos también sostienen que es la voz de
él.
—No —contestó Johnny—. No se trata de Louis, Louis está muerto.
—Pero su período hibernante...
—Está muerto, eso es todo —dijo Johnny—. Olvida el resto.
—Sabes quiénes son los Nelson, ¿verdad? Es la nueva gente que se mudó en el
departamento que...
—Escucha, no tengo ganas de hablar ni de que me hablen.
Sarah Belle permaneció en silencio un minuto, después dijo:
—Tal vez no te guste lo que voy a decirte pero la familia Nelson, gente sencilla y
común, me han asegurado que aunque saque la nominación, no van a votar por ese
Alfonse Gam. No les gusta el tipo.
El respondió con un gruñido.
—¿Te desalienta saberlo? —preguntó Sarah Belle—. Creo que es una reacción natural
ante tanta agresión; la eterna presencia de Louis en televisión, en los teléfonos, a nadie le
gusta. Johnny, creo que la campaña ha sido exagerada —dijo ella, vacilando—. Esa es la
verdad.
—Voy a ver a Phil Harvey —dijo Johnny, poniéndose de pie—. Volveré enseguida.
Sarah Belle lo miró que se iba, con los ojos ensombrecidos por la preocupación.
Cuando Johnny entró en la casa de Phil Harvey, éste, Gertrude, su esposa, y Claude
St. Cyr, estaban sentados en la sala, cada uno con una copa en la mano, sin hablar. Phil
lo miró rápidamente pero luego desvió la mirada.
—¿Vamos a abandonar la lucha? —preguntó Johnny a Harvey.
—Estoy en contacto con Kent Margrave —dijo Harvey—. Trataremos de silenciar el
transmisor, pero a esa distancia la posibilidad es muy remota. Si empleamos el cohete
más rápido nos llevará más de un mes, por lo menos.
—Pero al menos habremos hecho algo —dijo Johnny—, será antes de la elección y por
lo menos tendremos algunas semanas para hacer la campaña. ¿Margrave se da cuenta
de la situación?
—Sí —repuso St. Cyr—. Le dijimos cuanto sabemos.
—Eso no es suficiente —dijo Phil—. Debemos hacer algo más. Lo íbamos a echar a la
suerte. ¿Quieres participar? ¿Quieres ver quién saca el fósforo más corto? —preguntó,
señalando tres fósforos que había sobre la mesita de café, uno quebrado por la mitad.
Phil Harvey agregó otro fósforo entero, ahora había cuatro.
—Primero ella —dijo St. Cyr—. Tan pronto como sea posible. Después, si es necesario,
Alfonse Gam.
Un escalofrío sacudió a Johnny Barefoot.
—Elige un fósforo —dijo Harvey.
Había tomado los cuatro fósforos en su mano; los mezcló, los distribuyó varias veces
de distinta forma, y los sostuvo de manera que sólo se vieran las cabezas.
—Vamos Johnny, fuiste el último en llegar, te toca elegir primero.
—Yo no —contestó.
—Entonces elegiremos nosotros —dijo Gertrude, y sacó un fósforo.
Phil mantuvo el resto en la mano; St. Cyr eligió otro. Quedaban dos fósforos en poder
de Harvey.
—Estuve enamorado de ella —dijo Johnny—, todavía la quiero.
—Lo sabemos —dijo Phil asintiendo y mirando a los otros, que hacían lo mismo.
—Está bien, sacaré uno —dijo Johnny mientras sentía un gran peso en el corazón.
Alargó su mano para elegir uno de los fósforos restantes. Sacó el quebrado.
—Lo saqué yo —dijo—. Aquí está.
—¿Te sientes capaz de hacerlo? —preguntó St. Cyr.
Permaneció en silencio unos segundos, y encogiéndose de hombros respondió:  
—Sí que puedo. ¿Por qué no? Por qué no, en realidad —se preguntó—. Es sólo una
mujer de la que me estaba enamorando. Claro que puedo asesinarla. Alguien tiene que
hacerlo, es la única salida.
—No es tan difícil como parece —dijo St. Cyr—. Hemos estado consultando con
algunos técnicos de Phil, y nos han dado consejos muy interesantes. La mayor parte de
las transmisiones vienen de fuentes cercanas, de ninguna manera desde una distancia a
una semana-luz. Les diré cómo nos enteramos. Por ejemplo, tu intento de suicidio en el
Hotel Antler. No hubo un lapso suficiente entonces, ni lo hubo en otros hechos.
—No se trata de nada sobrenatural, Johnny —aseguró Gertrude Harvey.
—Lo primero que debemos hacer es localizar la base que tienen en la Tierra. O por lo
menos en el sistema solar. Puede ser la granja de Gam en lo, en la que cría las gallinas
de Guinea. Si ella salió del hospital, prueben de buscarla en la granja.
—Está bien —dijo Johnny, asintiendo levemente con la cabeza.
—¿Quieres un trago? —le preguntó Phil Harvey.
Johnny asintió.
Sentados en círculo, los cuatro bebieron lentamente y en silencio.
—¿Tienes un revólver? —preguntó St. Cyr.
—Sí —contestó Johnny y se puso en pie, todavía con la copa en la mano.
—Buena suerte —le dijo Gertrude a su espalda.
Johnny abrió la puerta y se encontró de pronto rodeado del frío y la oscuridad de la
noche.
 
 
FIN
 


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