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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 7 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - LA M NO RECONSTRUIDA

LA M NO RECONSTRUIDA
Phillip K. Dick
 
 
 
I
 
La máquina medía un pie de ancho por dos de largo; lucía como una caja de galletas
demasiado grande. Silenciosamente, con gran cuidado, subió por un costado de un
edificio de concreto; había bajado dos rodines de hule y estaba empezando ahora la
primera fase de su trabajo.
De su parte trasera, fue exudada una hojuela de plástico azul. La máquina presionó la
hojuela firmemente contra el tosco concreto y luego prosiguió. Su camino hacia arriba la
llevó desde el concreto vertical al acero vertical: había alcanzado una ventana. La
máquina hizo una pausa y produjo un fragmento microscópico de tela. La tela, con gran
cuidado, fue insertada en la ranura del marco de metal de la ventana.
En la fría oscuridad, la máquina era virtualmente invisible. El brillo de un distante nudo
de tránsito la tocó brevemente, iluminó su casco pulido, y partió. La máquina reasumió su
trabajo.
Proyectó un seudópodo de plástico e incineró el marco de la ventana de vidrio. No
hubo respuesta desde dentro del sombrío departamento: no había nadie en casa. La
máquina, cubierta ahora con partículas de polvo de vidrio, trepó por el marco de acero y
levantó un receptor inquisitivo.
Mientras recibía, aplicó precisamente doscientas libras de presión sobre el marco de
acero de la ventana; el marco se dobló obediente. Satisfecha, la máquina descendió por
la pared de adentro hasta la alfombra moderadamente gruesa. Allí comenzó la segunda
fase de su trabajo.
Un único cabello humano (folículo y pizca de cuero cabelludo incluidos) fue depositado
en el piso de madera endurecida junto a la lámpara. No lejos del piano, dos granos secos
de tabaco fueron colocados ceremoniosamente. La máquina esperó un intervalo de diez
segundos y entonces, cuando una sección de cinta magnética interna quedó en posición
con un click, dijo repentinamente:
—¡Ugh! Maldición...
Curiosamente, su voz era grave y masculina.
La máquina siguió su camino hasta la puerta del armario, que estaba cerrada.
Trepando por la superficie de madera, la máquina alcanzó el mecanismo de cierre, e
insertando una delgada sección de sí misma, acarició los tambores hasta que
retrocedieron. Tras la fila de abrigos había un pequeño montículo de baterías y alambres:
una grabadora de video de autoencendido. La máquina destruyó la provisión de filme —
que era vital— y entonces, mientras salía del armario, expelió una gota de sangre en la
ruina enredada que había sido el rastreador de lentes. La gota de sangre era aun más
vital.
Mientras la máquina presionaba la forma artificial de una marca de tacón en la película
de grasa que cubría el piso del armario, se oyó un sonido seco en el pasillo. La máquina
detuvo su trabajo y se puso rígida. Un momento después un hombre pequeño y de
mediana edad entró en el departamento, el abrigo en un brazo, el maletín en el otro.
—Por Dios —dijo, deteniéndose al instante cuando vio la máquina—. ¿Qué eres tú?
La máquina levantó el cañón de su sección frontal y disparó una bala explosiva a la
cabeza medio calva del hombre. La bala entró en el cráneo y se detonó. Aun sosteniendo
su abrigo y maletín, con una expresión de confusión en su cara, el hombre colapsó hasta
la alfombra. Sus gafas, rotas, yacían retorcidas detrás de su oreja. Su cuerpo se
estremeció un poco, se retorció, y entonces quedó satisfactoriamente quieto.
Sólo quedaban dos pasos para terminar el trabajo, ahora que estaba hecha la parte
principal. La máquina depositó una pizca de cerillo quemado en uno de los inmaculados
ceniceros que había sobre el mantel, y entró en la cocina en busca de un vaso de agua.
Empezaba a subir por un costado del lavaplatos cuando un ruido de voces humanas la
sorprendió.
—Este es el departamento —dijo una voz, cerca y claro.
—Prepárense —debería estar todavía aquí—. Otra voz, una voz de hombre, como la
primera. La puerta del recibidor fue abierta de un empujón y dos individuos con
sobretodos pesados entraron con paso rápido y resuelto en el departamento. Al
aproximarse, la máquina se dejó caer al piso de la cocina, olvidando el vaso de agua.
Algo había salido mal. Su forma rectangular fluyó y osciló; cambiando a la forma de un
paquete vertical, fusionó su forma con la de un televisor convencional.
Sostenía esa forma de emergencia cuando uno de los hombres —alto, pelirrojo— se
asomó brevemente a la cocina.
—Nadie aquí —declaró el hombre, y continuó de prisa.
—La ventana —dijo su compañero, jadeando. Dos figuras más entraron en el
departamento, un equipo completo—. El vidrio se ha ido... falta. Por ahí entró.
—Pero se ha ido —el hombre pelirrojo reapareció en la puerta de la cocina, encendió la
luz y entró, una pistola visible en su mano—. Extraño... llegamos aquí de inmediato, tan
pronto como captamos el cascabel. —Sospechoso, examinó su reloj de pulsera—.
Rosenburg ha estado muerto tan sólo unos pocos segundos... ¿cómo puede haber salido
tan rápido?
 
De pie en la entrada de la calle, Edward Ackers escuchaba la voz. Durante la última
media hora la voz había tomado un tono de lamento, de queja aguijoneante; bajando casi
hasta la inaudibilidad, siguió caminando, apagando mecánicamente su mensaje de queja.
—Estás cansado —dijo Ackers—. Vete a casa. Toma un baño caliente.
—No —dijo la voz, interrumpiendo su andanada. El foco de la voz era una gran mancha
iluminada sobre la acera oscura, a unas pocas yardas a la derecha de Ackers. El anuncio
giratorio de neón decía:
 
¡DESTERRADLO!
 
Treinta veces en los últimos treinta minutos —había contado— el rótulo había
capturado a un viandante y el hombre en el caseta había comenzado su arenga. Más allá
de la caseta había varios teatros y restaurantes: la caseta estaba bien situada.
Pero no era para la multitud que había sido levantada la caseta. Era para Ackers y los
oficiales tras él; la andanada apuntaba directamente al Departamento del Interior. El
punzante sonsonete había continuado por tantos meses que Ackers era escasamente
consciente de él. Lluvia en el techo. Ruidos del tránsito. Bostezó, cruzó los brazos, y
esperó.  
—Desterradlo —la voz se quejó malhumorada—. Oh, vamos, Ackers. Di algo, haz algo.
—Estoy esperando —dijo Ackers complaciente.
Un grupo de ciudadanos de clase media pasó al lado del caseta y les fueron
entregados unos panfletos. Los ciudadanos dejaron caer los panfletos tras ellos, y Ackers
rió.
—No rías —murmuró la voz—. No es gracioso, nos cuesta dinero imprimirlos.
—¿Tu dinero personal? —inquirió Ackers.
—En parte —Garth estaba solitario, esta noche—. ¿Qué es lo que esperas? ¿Qué ha
ocurrido? ¿Vi un equipo de policías salir de tu techo hace unos pocos minutos...?
—Puede que nos carguemos a alguien —dijo Ackers—, ha habido un asesinato.
Más abajo en el oscuro callejón el hombre se estremeció en su triste caseta de
propaganda.
—¿Oh? —Llegó la voz de Harvey Garth. Se inclinó hacia adelante y los dos se miraron
de frente. Ackers, peinado cuidadosamente, bien alimentado, llevando un sobretodo
respetable... Garth, un hombre delgado, mucho más joven, con una cara demacrada y
hambrienta, compuesta mayormente de nariz y frente.
—Así que ya ves —le dijo Ackers—, sí necesitamos el sistema. No seas Utópico.
—Un hombre es asesinado; y ustedes rectifican el desbalance moral asesinando al
asesino—. La voz de protesta de Garth se elevó en un espasmo de tristeza. —
¡Desterradlo! ¡Desterrad el sistema que condena al hombre a una extinción segura!
—Trae aquí tus panfletos —parodió Ackers secamente—. Y tus lemas. Uno o ambos.
¿Qué sugerirías en vez del sistema?
La voz de Garth estaba orgullosa de su convicción.
—Educación.
Divertido, Ackers preguntó:
—¿Eso es todo? ¿Crees que eso detendría la actividad antisocial? ¿Lo que ocurre es
que los criminales no conocen nada mejor?
—Y psicoterapia, por supuesto. —Con su cara proyectada hacia delante, huesuda e
intensa, Garth miraba hacia afuera de su caseta como una tortuga hostilizada—. Ellos
están enfermos... por eso es que comenten crímenes, los hombres saludables no
cometen crímenes. Y ustedes lo complican; ustedes crean una sociedad enferma de
crueldad punitiva —apuntó un dedo acusador—. Tú eres el verdadero culpable, tú y todo
el Departamento del Interior. Tú y todo el Sistema de Destierro.
Una y otra vez el rótulo de neón parpadeó ¡DESTERRADLO! Queriendo decir, por
supuesto, el sistema de ostracismo compulsivo para delincuentes, la maquinaria que
proyectaba al azar a un ser humano condenado a alguna región retirada del universo
sideral, a algún remoto rincón fuera del camino en donde no hiciera daño.
—Ningún daño a nosotros, de cualquier modo —se rió Ackers en voz alta.
Garth pronunció el argumento familiar.
—Sí, ¿pero que hay de los habitantes locales?
Mala suerte para los habitantes locales. De todos modos, la víctima desterrada gastaba
su energía y tiempo tratando de encontrar un modo de regresar al Sistema Sol. Si
regresaba antes que la vejez lo alcanzara era readmitido por la sociedad. Tamaño reto...
especialmente para algunos cosmopolitas que nunca habían puesto un pie fuera de la
Gran Nueva York. Había —probablemente— muchos expatriados involuntarios cortando
grano en viejos campos con guadañas primitivas. Las secciones remotas del universo
parecían estar compuestas mayormente de oscuras culturas rurales, enclaves agrícolas
aislados caracterizados por el trueque en pequeña escala de frutas y vegetales y
artefactos hechos a mano.
—¿Sabías —dijo Ackers—, que en la Era de los Monarcas, a un carterista usualmente
se lo ahorcaba?
—Desterradlo —continuó Garth monótono, hundiéndose de vuelta en su caseta. El
letrero giraba; se repartían panfletos. Y Ackers miraba impaciente la calle al anochecer en
busca de una señal del camión hospital.
 
Conocía a Heimie Rosenburg. Nunca hubo un tipo más pequeño y dulce... Aunque
Heimie había estado mezclado en una de esas extensas operaciones esclavistas que
transportaban colonos ilegalmente a planetas fértiles fuera del sistema. Entre los dos
esclavistas más grandes, virtualmente habían colonizado el entero Sistema de Sirio.
Cuatro de cada seis emigrantes eran llevados amontonados en transportes registrados
como «cargueros». Era duro imaginarse al pequeño y gentil Heimie Rosenburg como un
agente de negocios de Empresas Tirol, pero así era.
Mientras esperaba, Ackers conjeturaba sobre el asesinato de Heimie. Probablemente
uno de los elementos de la incesante guerra subterránea que transcurría entre Paul Tirol y
su rival principal, David Lantano; era un novato entusiasta... pero el asesinato no era
juego para nadie. Todo dependía de cómo era realizado; podía ser carnicería comercial o
el más puro arte.
—Ahí viene algo —sonó la voz de Garth, llevada hasta su oído interno por los delicados
transformadores de salida del equipo de la caseta—. Parece un congelador.
Lo era; el camión hospital había llegado. Ackers dio un paso adelante cuando el camión
se detuvo y fue bajada la rampa trasera.
—¿Qué tan pronto llegaron allí? —preguntó al policía que saltó pesadamente al
pavimento.
—De inmediato —respondió el policía—, pero no había señal del asesino. No creo que
recuperemos a Heimie... le dieron en el blanco, justo en el cerebelo. Trabajo experto,
nada de aficionados.
Desilusionado, Ackers trepó en el camión hospital para inspeccionar por sí mismo.
 
Muy pequeño y quieto, Heimie Rosenburg yacía sobre su espalda, los brazos pegados
a sus costados, mirando sin ver hacia el techo del camión. En su cara permanecía la
expresión de sorprendida extrañeza. Alguien —uno de los policías— había colocado sus
gafas retorcidas en su mano apretada. Al caer se había cortado la mejilla. La porción
destrozada de su cráneo estaba cubierta por una redecilla plástica húmeda.
—¿Quién se quedó en el departamento? —preguntó Ackers.
—El resto de mi equipo —respondió el policía—. Y un investigador independiente.
Leroy Beam.
—El —dijo Ackers, con aversión—. ¿Cómo es que apareció?
—Captó el cascabel, también; pasaba por casualidad con su equipo. El pobre Heimie
produjo un pico tremendamente grande en esa señal... Me sorprende que no lo captaran
allá arriba en las oficinas centrales.
—Dijeron que Heimie tenía un nivel de ansiedad elevado —dijo Ackers—. Detectores
por todo su departamento. ¿Vas a empezar a recoger evidencia?
—Los equipos van para allá —dijo el policía—. Deberíamos comenzar a obtener
especificaciones en una media hora. El asesino apagó de un golpe el equipo de video del
armario. Pero... —sonrió— se cortó cuando rompió el circuito. Una gota de sangre, justo
en el cableado; luce prometedora.
 
En el departamento, Leroy Beam miraba a la policía del Interior comenzar su análisis.
Trabajaban pareja y minuciosamente, pero Beam estaba insatisfecho.
Su impresión original permanecía: tenía sospechas. Nadie podía haber escapado tan
rápido. Heimie había muerto, y su muerte —la cesación de su patrón neural— había
activado una alarma automática. Un cascabel no protegía particularmente a su
propietario, pero su existencia aseguraba (o usualmente aseguraba) la detección del
asesino. ¿Por qué le había fallado a Heimie?
Caminando cabizbajo, Leroy Beam entró en la cocina por segunda vez. Allí, en el piso
junto al fregadero, había un pequeño televisor portátil, del tipo popular con cubierta
deportiva: un pequeño y llamativo paquete de plástico y perillas y lentes multicolores.
—¿Qué es esto? —preguntó Beam, cuando uno de los policías pasó junto a él—. Este
televisor puesto aquí en el piso de la cocina. Está fuera de lugar.
El policía lo ignoró. En la sala de estar, un elaborado equipo policial de detección
estaba raspando las varias superficies pulgada por pulgada. En la media hora transcurrida
desde la muerte del Heimie, una cantidad de especificaciones había sido registrada.
Primero, la gota de sangre en el cableado dañado del video. Segundo, una tenue marca
de tacón donde el asesino había dado un paso. Tercero, una pizca de cerillo quemado en
el cenicero. Se esperaban más, el análisis había apenas empezado.
Usualmente tomaba nueve especificaciones delinear a un único individuo. Leroy Beam
miró cautelosamente a su alrededor. Ninguno de los policías estaba mirando, así que se
inclinó hacia delante y alzó el televisor; se veía ordinario. Movió la perilla de encendido y
esperó. No ocurrió nada; no se formó ninguna imagen. Extraño.
Lo estaba sosteniendo de cabeza, tratando de ver el chasis interior, cuando Edward
Ackers, del Interior, entró en el departamento. Rápidamente, Beam metió el televisor en el
bolsillo de su pesado cubretodo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo Ackers.
—Buscando —respondió Beam, preguntándose si Ackers habría notado su rechoncho
bulto—. Estoy en el negocio, también.
—¿Conocías a Heimie?
—Por su reputación —respondió Beam vagamente—. Mezclado con el grupo Tirol, he
oído; una especie de hombre fachada. Tenía una oficina en la Quinta Avenida.
—Un sitio ostentoso, como el resto de esos mercaderes forrados de la Quinta Avenida.
—Ackers prosiguió dentro del cuarto de estar para mirar los detectores recolectar
evidencia.
La voluminosa máquina escrutadora que avanzaba por la alfombra realizaba un
examen visual muy cercano. Escrutaba a un nivel microscópico, y su campo de
observación estaba finamente delimitado. Tan pronto como se obtenía material, éste era
enviado a las oficinas del Interior, a los bancos de archivos agregados donde la población
civil estaba representada por una serie de tarjetas perforadas, con índices cruzados hasta
el infinito.
Levantando el auricular del teléfono, Ackers llamó a su esposa.
—No llegaré a casa —le dijo—. Negocios.
Una espera y entonces Ellen respondió.
—¿Oh? —dijo distante—. Bueno, gracias por avisarme.
En la esquina, dos miembros del equipo de la policía estaban examinado deleitados un
nuevo descubrimiento, suficientemente válido como para ser una especificación.
—Te llamaré de nuevo —dijo a Ellen apresurado— antes de irme. Adiós.
—Adiós —dijo Ellen cortante, y se las arregló para colgar antes que él. El nuevo
descubrimiento era la grabadora de audio no dañada, la cual estaba montada bajo la
lámpara de pie. Una cinta magnética continua —todavía en movimiento— brilló amigable;
el episodio del asesinato había sido grabado por entero con fidelidad sonora.
—Todo —dijo un policía alegremente a Ackers—. Estaba andando antes de que Heimie
llegara a casa.
—¿Lo han reproducido?
—Una porción. Hay un par de palabras dichas por el asesino, debería ser suficiente.
Ackers se puso en contacto con el Interior.
—¿Ya fueron cargadas las especificaciones del caso Rosenburg?
—Apenas la primera —contestó el asistente—. El archivo está discriminando la
categoría masiva usual, como seis mil millones de nombres.
Diez minutos después la segunda especificación fue alimentada en los archivos.
Personas con sangre tipo 0, zapatos talla 11½, sumaban ligeramente más de mil millones.
La tercera especificación aportó el elemento de fumadores / no fumadores. Eso bajó el
número a menos de mil millones, pero no mucho menos. La mayoría de los adultos
fumaban.
—La cinta de audio lo va a bajar rápido —comentó Leroy Beam, de pie junto a Ackers,
sus brazos cruzados para tapar su abultado abrigo—. Debería ser capaz de obtener la
edad, al menos.
La cinta de audio, una vez analizada, dio de treinta a cuarenta años como edad
estimada. Y —análisis de timbre— un hombre de quizás doscientas libras. Un poco más
tarde el marco de acero doblado de la ventana fue examinado, y la torcedura notada.
Concordaba con la especificación de la cinta de audio. Había ahora seis especificaciones,
incluyendo la del sexo (masculino). El número de personas del grupo al que pertenecía
estaba bajando rápidamente.
—No tardará mucho —dijo Ackers animado—. Y si pegó uno de esos pequeños baldes
al el costado del edificio, tendremos rastros de pintura.
—Me voy. Buena suerte —dijo Beam.
—Quédate un rato.
—Lo siento —Beam se movió hacia la puerta del salón—. Esto es vuestro, no mío.
Tengo mi propio negocio que atender... Estoy investigando para un consorcio pesado
interesado en minería no ferrosa.
Ackers miró su abrigo.
—¿Estás embarazado?
—No que yo sepa —dijo Beam, sonrojándose—. He llevado una vida buena y limpia. —
Incómodo, dio unas palmadas a su abrigo—. ¿Te refieres a esto?
Junto a la ventana, uno de los policías dio un grito de triunfo. Las dos pizcas de tabaco
de pipa habían sido descubiertas: un refinamiento para la tercera especificación.
—Excelente —dijo Ackers, dando la espalda a Beam y olvidándole de momento.
Beam se marchó.
Muy pronto estaba conduciendo a través de la ciudad hacia sus propios laboratorios, la
pequeña e independiente empresa de investigación que dirigía, no apoyada por una
subvención gubernamental. Descansando en el asiento junto a él iba el televisor portátil;
todavía estaba en silencio.
 
—Primero que nada —declaró el técnico con gabacha de Beam— tiene un suministro
de energía aproximadamente setenta veces mayor que el de las baterías de una tele
portátil. Captamos la radiación gama. —Mostró el detector usual—. Así que estás en lo
correcto, no es un televisor.
Con cuidado, Beam levantó la pequeña unidad del banco de laboratorio. Habían
pasado cinco horas, y todavía no sabía nada acerca de ella. Agarrándola firmemente de la
tapa trasera jaló con toda su fuerza. La tapa se rehusó a salir. No estaba trabada: no
había sellos. La tapa no era una tapa; sólo lucía como tapa.
—¿Entonces qué es? —preguntó.
—Podría ser un montón de cosas —dijo el técnico evasivamente; había sido levantado
y sacado de la intimidad de su hogar, y ahora eran las dos y treinta de la madrugada—.
Podría ser algún tipo de equipo de rastreo. Una bomba. Un arma. Cualquier tipo de
artefacto. —Laboriosamente, Beam palpó toda la unidad, buscando alguna grieta en la
superficie—. Es uniforme —murmuró—. Una única superficie.
—Puedes apostar. Las rupturas son falsas, es una sustancia vaciada. Y —añadió el
técnico— es dura. Traté de astillarle una muestra representativa pero —encogió los
hombros— sin resultados.
—Garantizado que no se rompe cuando se deja caer —dijo Beam ausente—. Nuevo
plástico extra resistente. —Sacudió la unidad con fuerza; el sonido ahogado de las partes
de metal en movimiento llegó a su oído—. Está lleno de tripas.
—Conseguiremos abrirlo —prometió el técnico— pero no esta misma noche.
Beam volvió a colocar la unidad en la banco. Podía, si tenía mala suerte, trabajar días
enteros en este único ítem para descubrir, después de todo, que no tenía nada que ver
con el asesinato de Heimie Rosenburg. Pero por otro lado...
—Taládrame un hueco en ella —ordenó—. Para que podamos verla.
Su técnico protestó:
—Ya taladré; la broca se quebró. Ya envié a traer una de mayor densidad. Esta
sustancia es importada; alguien se la trajo de un sistema con estrella enana. Fue formada
bajo una presión enorme.
—Le estás dando largas —dijo Beam, irritado—. Así es como hablan en los medios
publicitarios.
El técnico se encogió de hombros.
—De todos modos, es extra dura. Un elemento evolucionado naturalmente, o un
producto procesado artificialmente en los laboratorios de alguien. ¿Quién tiene los fondos
como para desarrollar un metal como este?
—Uno de los grandes esclavistas —dijo Beam—. Allí es donde va a parar la riqueza. Y
andan brincando por varios sistemas... tendrían acceso a materiales en bruto. Minerales
especiales.
—¿Puedo irme a casa? —preguntó el técnico—. ¿Qué es tan importante con esto?
—Este aparato o mató o ayudó a matar a Heimie Rosenburg. Nos quedaremos aquí
sentados, tú y yo, hasta que logremos abrirlo. —Beam se sentó y empezó a examinar la
hoja de control que mostraba las pruebas efectuadas—. Tarde o temprano se abrirá como
una ostra, si es que puedes recordar tan atrás.
Tras ellos, sonó un timbre de alarma.
—Alguien en la antesala —dijo Beam, sorprendido y preocupado—. ¿A las dos y
treinta? —Se levantó y caminó bajando por el oscuro zaguán hasta el frente del edificio.
Probablemente era Ackers. Su conciencia se estremeció culpablemente: Alguien había
notado la ausencia del televisor.
Pero no era Ackers.
Esperando humildemente en la fría y desierta antesala estaba Paul Tirol; con él estaba
una joven y atractiva mujer desconocida para Beam. La cara arrugada de Tirol se deshizo
en sonrisas, y extendió una mano amistosa.
—Beam —dijo. Se dieron la mano—. Tu puerta frontal dijo que estabas aquí atrás.
¿Trabajando todavía?
Cuidadoso, preguntándose quién era la mujer y qué quería Tirol, Beam dijo:
—Compensando por algunos resbalones. Toda la firma está quebrando.
Tirol rió indulgentemente.
—Siempre tan bromista—. Sus ojos hundidos se dispararon; Tirol era una persona
construida poderosamente, más vieja que la mayoría, con una cara sombría,
intensamente arrugada. —¿Tienes campo para unos pocos contratos? Pensé que podría
deslizarte algunos trabajos... si tienes abierto.
—Siempre tengo abierto —contestó Beam, obstruyendo la vista del laboratorio a Tirol.
La puerta, de todos modos, se había cerrado sola. Tirol había sido el jefe de Heimie...
indudablemente se sentía con derecho a toda la información relacionada con el asesinato.
¿Quién lo hizo? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Pero eso no explicaba por qué estaba
aquí.
—Algo terrible —dijo Tirol con crudeza. No intentó presentar a la mujer; ella se había
retirado al sillón a prender un cigarrillo. Era esbelta, de cabello color caoba; llevaba un
abrigo azul, y un pañuelo atado alrededor de su cabeza.
—Sí —concordó Beam—. Terrible.
—Estuviste allí. Según entiendo.
Eso explicaba un poco.
—Bueno, sí —concedió Beam—, me aparecí por allí.
—¿Pero en realidad no lo viste?
—No —admitió Beam— nadie lo vio. Interior está recabando el material de
especificación. Deberán haberlo bajado a una tarjeta antes del amanecer.
Tirol se relajó visiblemente.
—Me alegro de ello. Odiaría ver escapar al vicioso criminal. El destierro es demasiado
bueno para él. Deberían enviarlo a la cámara de gas.
—Barbarie —murmuró Beam secamente—. Los días de la cámara de gas. Medieval.
Tirol atisbó más allá de él.
—Estás trabajando en... —Ahora estaba comenzando a curiosear abiertamente—. Oh
vamos, Leroy. A Heimie Rosenburg —Dios bendiga su alma— lo mataron esta noche y
esta noche te encuentro palmándola hasta tarde. Puedes hablar abiertamente conmigo;
tienes algo relevante sobre su muerte, ¿no es así?
—Es Ackers en quien estás pensando.
Tirol rió quedamente.
—¿Puedo echar un vistazo?
—No hasta que empieces a pagarme; todavía no estoy en tu planilla.
Con una voz tensa, antinatural, Tirol gimoteó:
—La quiero.
Confundido, Beam dijo:
—¿Quieres qué?
Con un estremecimiento grotesco, Tirol avanzó a trompicones, empujó a Beam a un
lado, y se lanzó a agarrar la puerta. La puerta se abrió de golpe y Tirol comenzó a bajar
ruidosamente por el oscuro corredor, tanteando su camino por instinto hacia los
laboratorios de investigación.
—¡Eh! —gritó Beam, indignado. Corrió tras el viejo, llegó a la puerta interior, y se
preparó para luchar para mantenerla cerrada. Estaba temblando, en parte de la sorpresa,
en parte por enojo—. ¿Qué diablos? —demandó sin aliento—. ¡Tú no eres mi dueño!
Tras él la puerta cedió misteriosamente. Tontamente, trastabilló hacia atrás, medio
cayendo dentro del laboratorio. Allí, con un ataque de parálisis inutilizante, estaba su
técnico. Y viniendo por el suelo del laboratorio había algo pequeño y metálico. Lucía como
una caja exagerada de galletas, e iba derecho hacia Tirol. El objeto —metálico y
brillante— saltó a los brazos de Tirol, y el viejo se dio la vuelta y trepó de vuelta por el
corredor hacia la antesala.
—¿Qué fue eso? —dijo el técnico, volviendo a la vida.
Ignorándolo, Beam corrió tras Tirol.
—¡Lo tiene! —gritó fútilmente.
—Era... —farfulló el técnico—. Era el televisor. Y salió corriendo.
 
 
II
 
Los bancos de expedientes del Interior estaban en un flujo agitado.
El proceso de crear una categoría más y más restringida era tedioso, y tomaba tiempo.
La mayoría del personal del Interior se había ido a la cama; eran casi las tres de la
mañana, y los corredores y oficinas estaban desiertos. Unos pocos equipos de limpieza
mecánicos reptaban aquí y allá en la oscuridad. La única fuente de vida era la cámara de
estudio de los bancos de expedientes. Edward Ackers estaba sentado esperando
pacientemente los resultados, esperando a que salieran las especificaciones, y a que la
maquinaria de archivos las procesara.
A su derecha unos pocos policías del Interior jugaban una lotería benigna y esperaban
estoicamente a ser enviados a hacer el arresto. La líneas de comunicación con el
departamento de Heimie Rosenburg timbraban incesantemente. Abajo en la calle, a lo
largo de la acera desolada, Harvey Garth estaba todavía en su caseta de propaganda,
todavía prendiendo su rótulo de ¡Desterradlo! Y murmurando a los oídos de la gente. No
había virtualmente ningún viandante, ahora, pero Garth continuaba. Era incansable;
nunca se daba por vencido.
—Psicópata —dijo Ackers con resentimiento. Incluso allí donde estaban sentados, seis
pisos más arriba, la pequeña y chillona voz llegaba a su oído medio.
—Arréstelo —sugirió uno de los policías que jugaban lotería. El juego, intrincado y
truculento, era una versión de uno practicado en Centauro III—. Podemos revocar su
licencia de vendedor.
Ackers había, cuando no tenía otra cosa que hacer, ideado y refinado una acusación
para Garth, una especie de análisis llano de las aberraciones mentales del hombre.
Disfrutaba jugando el juego sicoanalítico: le daba una sensación de poder.
 
Garth, Harvey.
Síndrome compulsivo prominente. Ha asumido el papel de un anarquista ideológico,
oponiéndose al sistema legal y social. Sin expresión racional, sólo la repetición de
palabras y frases clave. La idea fija es Desterrar del sistema de destierro. La causa
domina la vida. Fanático rígido, probablemente del tipo maníaco, puesto que...
 
Ackers dejó ir la frase, puesto que realmente no conocía lo que era la estructura del
tipo maníaco. De todos modos, el análisis era excelente, y algún día yacería en una
ranura oficial en lugar de flotar a la deriva en su mente. Y, cuando ocurriera, la
desconcertante voz se acabaría.
—Gran revuelta —canturreaba Garth—. El sistema de destierro en un vasto
levantamiento... el momento de crisis ha llegado.
—¿Por qué crisis? —preguntó Ackers en voz alta.
Allá abajo en el pavimento Garth respondió.
—Todas vuestras máquinas están zumbando. Reina una gran excitación. La cabeza de
alguien estará en la canasta antes de la salida del sol —Su voz continuó en un cansado
borrón. Intriga y asesinado. Cadáveres... la policía se escurre y una bella mujer está al
asecho—. A su análisis, Ackers agregó una cláusula ampliadora.
 
...los talentos de Garth están torcidos por su sentido compulsivo de una misión.
Habiendo diseñado un ingenioso aparato de comunicación ve solamente su posibilidad de
propaganda. Mientras que el mecanismo voz-oído de Garth podría ser puesto al servicio
de toda la humanidad.
 
Eso le complació. Ackers se puso de pie y empezó a vagar hacia el asistente que
operaba el archivo.
—¿Cómo va saliendo? —preguntó.
—Esta es la situación —dijo el asistente. Había una línea de barba gris embarrada
sobre su barbilla, y tenía los ojos enrojecidos—. Lo vamos calzando gradualmente.
Ackers, mientras volvía a sentarse, deseó estar atrás en los días de la todopoderosa
huella digital. Pero no se había visto una huella en meses; existía un millar de técnicas
para remover y alterar las impresiones. No había una sola especificación capaz, por sí
misma, de delinear al individuo. Se necesitaba una composición, una gestalt de los datos
reunidos.
 
1) muestra de sangre (tipo 0) 6.139.481.601
2) talla de calzado (11½) 1.268.303.431
3) fumador 791.992.386
3a) fumador (pipa) 52.774.853
4) sexo (varón) 26.449.094
5) edad (30-40 años) 9.221.397
6) peso (200 lbs) 488.290
7) tela del vestido 17.459
8) variedad de cabello 866
9) propiedad del arma utilizada 40
 
Un cuadro vívido estaba emergiendo de los datos. Ackers podía verlo claramente. El
hombre prácticamente estaba de pie allí, delante de su escritorio. Un hombre bastante
joven, algo pesado, un hombre que fumaba pipa y vestía un traje tweed extremadamente
caro. Un individuo creado por nueve especificaciones; no se había listado una décima
porque no se había encontrado más datos de nivel de especificación.
Ahora, de acuerdo con el reporte, el departamento había sido completamente
examinado. El equipo de detección estaba saliendo a la intemperie.
—Una más debería lograrlo —dijo Ackers, devolviendo el reporte al asistente. Se
preguntó si llegaría y cuánto tardaría.
Para pasar el tiempo telefoneó a su esposa, pero en lugar de Ellen le salió el circuito
automático de respuesta.
—Sí, señor —le dijo—. La Sra. Ackers se ha retirado ya. Puede dejar un mensaje de
treinta segundos que le será transcrito para su atención mañana por la mañana. Gracias.
Ackers se enfureció fútilmente con el mecanismo y luego colgó. Se preguntó si Ellen
estaba realmente acostada; quizás, como tantas veces antes, se había escapado. Pero,
después de todo, eran casi las tres de la mañana. Cualquier persona sana estaría
dormida: sólo él y Garth estaban todavía en sus pequeños puestos, cumpliendo sus
deberes vitales.
¿Qué había querido decir Garth con «una bella mujer»?
—Sr. Ackers —dijo el asistente— está llegando una décima especificación por los
cables.
Esperanzado, Ackers miró hacia el banco de archivos. No pudo ver nada, por supuesto;
el mecanismo de hecho ocupaba los niveles subterráneos del edificio, y todo lo que
existía allí era los receptores de alimentación y las ranuras de eyección. Pero el sólo mirar
a la maquinaria era reconfortante. En este momento el banco estaba aceptando la décima
pieza de material. En un momento sabría cuántos ciudadanos caían en las diez
categorías... sabría si ya tenía un grupo lo bastante pequeño como para ser filtrado uno
por uno.
—Aquí está —dijo el asistente, pasándole el reporte.
 
10) Tipo de vehículo utilizado (color) 7
 
—Mi Dios —dijo Ackers suavemente—. Eso es suficientemente bajo. Siete personas —
podemos ir a trabajar.
—¿Quiere que expulsemos las siete tarjetas?
—Expúlselas —dijo Ackers.
Un momento después, la ranura de eyección depositó siete tarjetas blancas en la
bandeja. El asistente se las pasó a Ackers y él rápidamente las ojeó. El próximo paso era
motivo personal y proximidad: ítems que tenían que ser obtenidos de los sospechosos en
persona.
De los siete nombres, seis no significaban nada para él. Dos vivían en Venus, uno en el
Sistema Centauro, uno estaba en alguna parte de Sirio, uno estaba en un hospital, y uno
vivía en la Unión Soviética. El séptimo, sin embargo, vivía a unas pocas millas, en las
afueras de Nueva York.
 
LANTANO, DAVID.
 
Eso establecía el caso. La gestalt, en la mente de Ackers, calzó claramente; la imagen
se solidificó hasta hacerse real. Había medio esperado, incluso rezado por ver salir la
tarjeta de Lantano.
—Aquí está su arresto —dijo tembloroso a los policías que jugaban—. Mejor consigan
un equipo tan grande como sea posible, este no será fácil. —Un momento después,
añadió—: Tal vez será mejor que vaya también.
 
Beam llegó a la antesala de su laboratorio al mismo tiempo que la anciana figura de
Paul Tirol desaparecía por la puerta que daba a la calle y en el oscuro callejón. La mujer
joven, trotando tras él, había trepado en un auto parqueado y lo había arrancado; cuando
Tirol salió, ella lo recogió y partieron al instante.
Jadeando, Beam permaneció de pie, recuperándose impotente en el pavimento
desierto. El televisor falso se había ido; ahora no tenía nada. Sin rumbo fijo, comenzó a
correr calle abajo. Sus tacones sonaban ruidosamente en el frío silencio. Ni una seña de
ellos; ninguna seña de nada.
—Maldición —dijo, con un fervor casi religioso. La unidad —un aparato robot de obvia
complejidad— claramente pertenecía a Paul Tirol; tan pronto como había identificado su
presencia había saltado alegremente hacia él. ¿Buscando... protección?
Había matado a Heimie; y pertenecía a Tirol. Así que, mediante un método novel e
indirecto, Tirol había asesinado a su empleado, su hombre fachada de Quinta Avenida.
Adivinando gruesamente, un robot tan altamente organizado habría costado cerca de
unos cientos de miles de dólares.
Un montón de dinero, considerando que el asesinato era el más fácil de los actos
criminales. ¿Por qué no contratar un imbécil itinerante con una barra de hierro?
Beam comenzó a regresar lentamente a su laboratorio. Entonces, abruptamente,
cambió de idea y se volvió en dirección de la zona comercial. Cuando un taxi
independiente pasó por allí, lo llamó y trepó en él.
—¿A dónde, buen hombre? —preguntó el transmisor de arranque del taxi. Los taxis de
la ciudad eran guiados por control remoto desde una fuente central.
Dio el nombre de una cantina específica. Reclinándose en el asiento se puso a
reflexionar. Cualquiera podía cometer un asesinato; una máquina cara y complicada no
era necesaria.
La máquina había sido construida para hacer algo más. El asesinato de Heimie
Rosenburg era incidental.
 
Contra la imagen del cielo nocturno, se recortaba una enorme loma residencial. Ackers
la inspeccionó desde cierta distancia. No había luces encendidas; todo estaba bien
cerrado. Extendido delante de la casa había un acre de césped. David Lantano era
probablemente la última persona en la Tierra realmente poseedora de un acre de césped;
era menos costoso comprar un planeta entero en algún otro sistema solar.
—Vamos —ordenó Ackers; disgustado por tanta opulencia, deliberadamente pasó
dando pisotones por un seto de rosas en su camino hacia los amplios escalones del
porche. Tras él fluyó el equipo de la policía de choque.
—Dios —murmuró Lantano, cuando fue sacado de la cama. Era un hombre gordo de
aspecto bondadoso, bastante joven, que vestía una abundante bata de seda. Habría
lucido más adecuado como director de un campamento de verano para chicos; había una
expresión de perpetuo buen humor en su cara suave y fofa—. ¿Qué es lo que ocurre,
oficial?
Ackers detestaba que lo llamaran oficial.
—Está bajo arresto —declaró.
—¿Yo? —hizo eco Lantano débilmente—. Eh, oficial, tengo abogados haciéndose
cargo de estas cosas. —Bostezó voluminosamente—. ¿Le gustaría algo de café? —
Estúpidamente, comenzó a trastear por su ante recámara, preparando un pichel.
Habían pasado años desde que Ackers había hecho el despilfarro de comprarse una
taza de café. Con la tierra de la Tierra cubierta por densas instalaciones industriales y
residenciales, no había campo para los cultivos, y el café se había rehusado a «pegar» en
ningún otro sistema solar. Lantano probablemente cultivaba el suyo en una plantación
ilícita en alguna parte de Sudamérica, y los pizcadores probablemente creerían que
habían sido transportados a alguna colonia remota.
—No gracias —dijo Ackers—. Vayámonos yendo.
Todavía aturdido, Lantano se dejó caer en un sillón y observó a Ackers alarmado.
—Está hablando en serio —Gradualmente su expresión se borró, parecía estar
volviendo a dormirse—. ¿Quién? —murmuró distante.
—Heimie Rosenburg.
—No haga bromas —Lantano movió su cabeza lánguidamente—. Siempre quise
tenerlo en mi compañía. Heimie tiene un verdadero encanto. Tenía, quiero decir.
A Ackers lo ponía nervioso permanecer aquí en la vasta y lujosa mansión. El café se
estaba calentando, y su aroma le hacía cosquillas en la nariz. Y, Dios no lo quisiera, allí
en la mesa había una cesta de albaricoques.
—Melocotones —corrigió Lantano, notando su mirada fija—. Sírvase.
—¿Dónde... los obtuvo?
Lantano se encogió de hombros.
—Domo sintético. Hidropónicos. Olvidé dónde... No tengo una mente técnica.
—¿Sabe cuál es la multa por poseer fruta natural?
—Mire —dijo Lantano con viveza, juntando sus manos—. Deme los detalles de este
asunto, y le probaré que no tengo nada que ver con ello. Vamos, oficial.
—Ackers —dijo Ackers.
—Muy bien, Ackers. Creí haberlo reconocido, pero no estaba seguro; no quería quedar
como un tonto. ¿Cuándo mataron a Heimie?
A regañadientes, Ackers le dio la información pertinente.
Durante un rato, Lantano guardó silencio. Luego, lenta, gravemente, dijo:
—Mejor se fija de nuevo en esas siete tarjetas. Uno de esos tipos no está en el Sistema
de Sirio... está de vuelta acá.
Ackers calculó la probabilidad de desterrar con éxito a un hombre de la importancia de
David Lantano. Su organización —Interplay Export— tenía contactos por toda la galaxia;
habría equipos de búsqueda saliendo como abejas. Pero nadie llegaba hasta la distancia
de destierro. El condenado, ionizado temporalmente, convertido en partículas de energía,
era irradiado hacia afuera a la velocidad de la luz. Era una técnica experimental que había
fallado; funcionaba en un solo sentido.
—Considere —dijo Lantano pensativo—. Si yo fuera a matar a Heimie —¿lo haría yo
mismo? No está siendo lógico, Ackers. Yo enviaría a alguien—. Apuntó un dedo gordo
hacia Ackers. —¿Cree que arriesgaría mi propia vida? Sé que arrestan a todo el mundo...
usualmente encuentran suficientes especificaciones.
—Tenemos diez contra usted —dijo Ackers rápidamente.
—¿Así que van a desterrarme?
—Si es culpable, tendrá que enfrentar el destierro como cualquier otro. Su prestigio
particular no importa.
Irritado, Ackers agregó:
—Obviamente, será liberado. Tendrá amplia oportunidad de probar su inocencia; puede
cuestionar cada una de las diez especificaciones por turno.
Iba a continuar describiendo los procesos generales de los procedimientos judiciales
empleados en el siglo veintiuno, pero algo lo hizo detenerse. David Lantano y su sillón
parecían estar hundiéndose gradualmente en el piso. ¿Era una ilusión? Parpadeando,
Ackers se restregó los ojos y miró. Al mismo tiempo, uno de los policías gritó una
advertencia desmayada; Lantano los estaba dejando quedamente.
—¡Regrese! —demandó Ackers; saltó hacia delante y agarró el sillón.
Apresuradamente, uno de sus hombres cortó la corriente del edificio; el sillón dejó de
descender y gruñó hasta detenerse. Sólo la cabeza de Lantano quedaba visible sobre el
nivel del suelo. Estaba casi por completo sumergido en un túnel de escape.
—Qué sucia, inútil... —comenzó Ackers.
—Lo sé —admitió Lantano, sin hacer ningún esfuerzo por salirse del agujero. Parecía
resignado; su mente estaba otra vez perdida en nubes de contemplación—. Espero que
podamos aclarar esto. Evidentemente me incriminaron. Tirol consiguió a alguien que luce
como yo, alguien que entró y asesinó a Heimie.
Ackers y el equipo de policía lo ayudaron a salir de su sillón hundido. No opuso
resistencia; estaba demasiado sumergido en su melancolía.  
 
El taxi dejó a Leroy Beam frente a la cantina. A su derecha, en la cuadra siguiente,
quedaba el Edificio del Interior... y, en la otra acera, el parchón opaco que era la caseta de
propaganda de Garth.
Entrando en la cantina, Beam encontró una mesa al fondo y se sentó. Desde ya podía
captar el leve, distorsionado murmullo de las reflexiones de Garth. Garth, hablando para sí
en un murmullo sin dirección, aun no se había dado cuenta de él.
—Destiérrenlos —estaba diciendo Garth—. Destiérrenlos a todos. Montón de ladrones
y malhechores. —Garth, en el miasma de su caseta, divagaba vitriólicamente.
—¿Qué está pasando? —preguntó Beam—. ¿Cuáles son las últimas noticias?
El monólogo de Garth se interrumpió cuando enfocó su atención en Beam.
—¿Tú allí? ¿En la cantina?
—Quiero averiguar sobre la muerte de Heimie.
—Sí —dijo Garth—. Está muerto; los archivos se están moviendo, lanzando tarjetas.
—Cuando salí del departamento de Heimie —dijo Beam— habían conseguido seis
especificaciones. —Pulsó un botón en el selector de bebidas y dejó caer una moneda en
la ranura.
—Esto debe haber sido más temprano —dijo Garth—; han conseguido más.
—¿Cuántas?
—Diez en total.
Diez. Eso usualmente era suficiente. Y todas las diez plantadas por un artefacto robot...
una pequeña procesión de pistas repartidas a lo largo de su camino: entre la pared de
concreto del edificio y el cuerpo muerto de Heimie Rosenburg.
—Es una suerte —dijo especulativamente—. Ayuda a Ackers.
—Puesto que me estás pagando —dijo Garth— te diré el resto. Ya salieron para hacer
su arresto: Ackers los acompañó.
Entonces el artefacto había tenido éxito. Hasta cierto punto, al menos. Estaba seguro
de una cosa: el artefacto debería haber estado fuera del departamento. Tirol no había
sabido acerca del cascabel de muerte de Heimie; Heimie había sido lo bastante sabio
como para hacer la instalación en forma privada.
De no haber provocado el cascabel que entraran personas en el departamento, el
artefacto se habría escurrido y retornado a Tirol. Entonces, sin duda, Tirol lo habría
detonado. Nada habría quedado que indicara que una máquina podía plantar un rastro de
pistas sintéticas: tipo de sangre, tela, tabaco de pipa, cabello... todo el resto, y todo
espúreo.
—¿A quién arrestarán? —preguntó Beam.
—David Lantano.
Beam se estremeció.
—Naturalmente. De eso se trata todo; ¡es un montaje!
A Garth le tenía sin cuidado; era un empleado contratado, estacionado allí por la
asociación de investigadores independientes para succionar información desde el
Departamento del Interior. No tenía un verdadero interés en la política; su ¡Deportadlo!
Era pura cortina.
—Sé que es un montaje —dijo Beam— y también Lantano. Pero ninguno de nosotros
puede probarlo... a menos que Lantano tenga una coartada absolutamente hermética.
—Deportadlos —murmuró Garth, volviendo a su rutina. Un pequeño grupo de
ciudadanos trasnochadores había pasado junto a su caseta, y él estaba disfrazando su
conversación con Beam. La conversación, dirigida al único escucha, era inaudible para
todos los demás; pero era mejor no correr riesgos. Algunas veces, muy cerca de la
caseta, ocurría una retroalimentación audible de la señal.
Inclinado sobre su bebida, Leroy Beam consideró los varios ítems con los que podía
probar. Podía informar a la organización de Lantano, que existía relativamente intacta....
pero el resultado sería una guerra civil épica. Y, además, en realidad no le importaba si a
Lantano le habían puesto un montaje; todo le daba lo mismo. Tarde o temprano uno de
los grandes esclavistas tenía que absorber al otro: el cartel es la conclusión natural de los
grandes negocios. Con Lantano fuera de la escena, Tirol absorbería su organización sin
dolor; cada quien estaría trabajando en su escritorio como siempre.
Por otro lado, algún día podría haber un artefacto —a medio completar ahora en el
sótano de Tirol— que dejara un rastro de pistas de Leroy Beam. Una vez que la idea se
afianzó, no tenía un final particular.
—Y yo tenía la maldita cosa —dijo infructuosamente—. La martillé durante cinco horas.
Era un televisor, entonces, pero también era el artefacto que mató a Heimie.
—¿Estás seguro de que se ha ido?
—No sólo se ha ido —dejó de existir. A menos que ella chocara el auto cuando llevaba
a Tirol a casa.
—¿Ella? —preguntó Garth.
—La mujer —Beam reflexionó—. Ella lo vio. O ella sabía de él; estaba con él. —Pero,
desafortunadamente, no tengo idea de quién pueda ser la mujer.
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Garth.
—Alta, cabello color caoba. Boca muy nerviosa.
—No me di cuenta de que estaba trabajando con él abiertamente. De veras deben
haber necesitado el artefacto —Garth añadió—: ¿No la identificaste? Supongo que no hay
ninguna razón para que lo hicieras; es mantenida fuera de vista.
—¿Quién es ella?
—Esa es Ellen Ackers.
Beam se rió secamente.
—¿Y ella conduce para Paul Tirol?
—Ella... bueno, conduce para Tirol, sí. Puedes ponerlo de ese modo.
—¿Desde cuándo?
—Creí que lo sabías. Ella y Ackers se separaron; eso fue el año pasado. Pero él no la
quiere dejar; no le quiere dar el divorcio. Temeroso de la publicidad. Muy importante
mantener la respetabilidad... mantener la camisa bien rellena.
—¿Sabe de Paul Tirol y ella?
—Por supuesto que no. El sabe que ella está... espiritualmente enganchada. Pero no le
importa... mientras lo mantenga callado. Es en su puesto en lo que piensa.
—Si Ackers se diera cuenta —murmuró Beam—. Si viera el vínculo entre su esposa y
Tirol... haría caso omiso a sus diez memos internos. Querría cargarse a Tirol. Al diablo
con la evidencia; siempre podría obtenerla después. —Beam alejó su bebida; el vaso
estaba vacío de todos modos—. ¿Dónde está Ackers?
—Te lo dije. Donde Lantano, arrestándolo.
—¿Volverá acá? ¿No irá a casa?
—Naturalmente que volverá acá —Garth hizo silencio por un momento—. Veo un par
de vans del Interior dando la vuelta para entrar en la rampa del garaje. Ese es
probablemente el equipo de arresto regresando.
Beam esperó tenso.
—¿Está Ackers con ellos?
—Sí, está allí. ¡Desterradlos! —La voz de Garth se elevó con frenesí estentóreo—.
¡Desterrad el sistema de Destierro! ¡Erradicad a los malhechores y piratas!
Deslizándose de pie, Beam salió de la cantina.
 
Una luz tenue se veía en la parte trasera del departamento de Edward Ackers:
probablemente la luz de la cocina. La puerta del frente estaba cerrada. De pie en el salón
alfombrado, Beam traveseó diestramente con el mecanismo de la puerta. Estaba montado
para responder a patrones neurales específicos: los de sus dueños y un limitado círculo
de amigos. Para él no hubo actividad.
Hincándose, Beam encendió un oscilador de bolsillo y comenzó una emisión sinoidal.
Gradualmente, incrementó la frecuencia. A tal vez 150.000 cps el cerrojo sonó culpable;
eso era todo lo que necesitaba. Apagando el oscilador, escarbó entre su suministro de
patrones esqueleto hasta que localizó el cilindro de armario. Lo deslizó en la torreta del
oscilador, el cilindro emitió un patrón neural sintético lo bastante cercano al verdadero
como para afectar el cierre.
La puerta se abrió. Beam entró.
En la penumbra la sala parecía modesta y de buen gusto. Ellen Ackers era un ama de
casa adecuada. Beam escuchó. ¿Estaba de veras en casa? Y si así era, ¿dónde?
¿Despierta? ¿Dormida?
Se asomó al dormitorio. Había una cama, pero no había nadie en ella.
Si ella no estaba aquí estaba donde Tirol. Pero no tenía intenciones de seguirla; esto
era lo más que quería arriesgarse.
Inspeccionó el comedor. Vacío. La cocina estaba vacía, también. Siguió un cuarto
tapizado y revuelto de uso general; a un lado había una cantina chillona y en el otro un
sofá de pared a pared. Tirado en el sofá había un abrigo de mujer, cartera, guantes.
Ropas familiares: Ellen Ackers las había usado. Así que había venido después de dejar su
laboratorio de investigación.
La única habitación que quedaba era el cuarto de baño. Trató con la manija; estaba
cerrada por dentro. No salía ningún sonido, pero había alguien del otro lado de la puerta.
Podía sentirla allí.
—Ellen —dijo, contra el panel—. ¿Señora Ellen Ackers, es usted?
Ninguna respuesta. Podía sentirla no haciendo ningún ruido; un silencio quedo,
frenético.
Mientras se hincaba, buscando en su bolsillo lleno de ganzúas magnéticas, un proyectil
explosivo atravesó la puerta a la altura de la cabeza y se emplastó en el yeso de la pared
de enfrente.
Al instante la puerta se abrió; allí estaba Ellen Ackers de pie, su cara distorsionada por
el miedo. Una de las pistolas gubernamentales de su esposo apretada en su pequeña,
huesuda mano. Era un pie más baja que él. Sin levantarse, Beam le agarró la muñeca;
ella disparó sobre su cabeza, y entonces los dos cayeron en una respiración dura y
trabajosa.
—Vamos —se las arregló Beam finalmente. El cañón de la pistola literalmente rozaba
la punta de su cabeza. Para matarlo, ella tendría que jalar la pistola contra sí. Pero él no
la dejó; mantuvo el asidero de su muñeca hasta que, finalmente, con reluctancia, ella dejó
caer la pistola. Sonó al golpear el suelo y él se puso de pie tieso.
—Estaba sentado abajo —susurró ella, con voz impresionada, acusadora.
—Arrodillado: abriendo el cerrojo. Me alegro de que apuntara a mi cerebro. —Recogió
la pistola y tuvo éxito tratando de meterla en el bolsillo de su sobretodo; sus manos le
temblaban.
Ellen Ackers lo miró de lleno; sus ojos eran enormes y oscuros, y su cara de un blanco
horrible. Su piel tenía un tono muerto, como si fuera artificial, totalmente seco,
completamente cubierto de talco. Parecía al borde de la histeria; un estremecimiento duro
y reprimido luchaba dentro de ella, alojándose finalmente en su garganta. Trató de hablar
pero sólo salió un sonido rasposo.
—Vaya, señora —dijo Beam, embarazado—. Venga a la cocina y siéntese.
Ella le miró como si hubiera dicho algo increíble u obsceno o milagroso; no estaba
seguro de cuál.
—Vamos. —Trató de asir su brazo pera ella lo apartó aterrada. Tenía puesto un
sencillo conjunto verde, y lucía muy bien con él; un poquito delgada y terriblemente tensa,
pero aun así atractiva. Llevaba unos aretes caros, una piedra importada que parecía estar
siempre en movimiento... pero por lo demás su apariencia era austera.
—Usted... era el hombre del laboratorio —se las arregló para decir con una voz
quebrada y ahogada.
—Soy Leroy Beam. Un independiente. —Guiándola con dificultad, la condujo a la
cocina y la sentó a la mesa. Ella cruzó los brazos y los estudió fijamente; el aspecto
yermo y huesudo de su cara parecía aumentar en vez de disminuir. Se sentía incómodo.
—¿Está usted bien?
—Ella asintió.
—¿Una taza de café? —Comenzó a hurgar en el armario en busca de una botella de
sustituto de café cultivado en Venus. Mientras buscaba, Ellen Ackers dijo tensa—: Mejor
entra allí. En el baño. No creo que esté muerto, pero podría.
Beam corrió hasta el baño. Tras la cortina plástica de la ducha había una figura opaca.
Era Paul Tirol, yaciendo empaquetado en la tina, completamente vestido. No estaba
muerto pero había sido golpeado detrás de la oreja izquierda y de su cuero cabelludo se
escurría un hilo lento y constante de sangre. Beam le tomó el pulso, escuchó su
respiración, y luego se puso derecho.
En la entrada, Ellen Ackers se materializó, todavía pálida del susto.
—¿Lo está? ¿Lo maté?
—El está bien.
Ella se relajó visiblemente.
—Gracias a Dios. Ocurrió tan rápido. Se me adelantó para meter la M en su sitio, y
entonces lo hice. Lo golpeé tan suave como puede. Estaba tan interesado en ella... se
olvidó de mí. —Las palabras salían de ella escupidas, frases rápidas, espasmódicas,
puntualizadas con temblores rígidos de sus manos—. Lo arrastré de vuelta al auto y
conduje hasta aquí; fue lo único que se me ocurrió.
—¿Por qué está en esto?
Su histeria surgió en un espasmo de contracciones musculares convulsivas.
—Todo estaba planeado, lo tenía todo preparado. Tan pronto como echara mano de
ella iba a... —se interrumpió.
—¿Chantajear a Tirol? —preguntó fascinado.
Ella sonrió débilmente.
—No, no a Paul. Fue Paul quien me dio la idea... fue su primera idea, cuando sus
investigadores lo mostraron la cosa. La M, como él la llama. M significa máquina. Quiere
decir que no puede ser educada, corregida moralmente.
Incrédulo, Beam dijo:
—Usted iba a chantajear a su marido.
Ellen Ackers asintió:
—Así él tendría que dejarme ir.
De pronto Beam sintió un sincero respeto por ella.
—Mi Dios... el cascabel. No fue Heimie quien lo arregló; usted lo hizo. De modo que el
aparato quedara atrapado en el departamento.
—Sí —asintió ella—. Yo iba a recogerlo. Pero Paul se apareció con otras ideas; él lo
quería, también.
—¿Qué fue lo que salió mal? ¿Usted lo tiene, no?
En silencio ella indicó el armario.
—Lo metí allí para esconderlo cuando lo oí a usted.
Beam abrió el armario. Descansando primorosamente entre las toallas dobladas había
un pequeño, familiar, portátil televisor.
—Ha revertido —dijo Ellen, detrás suyo, con un monótono de absoluta derrota—. Tan
pronto como golpeé a Paul, cambió. Durante media hora he estado tratando de hacerlo
cambiar. No lo hace. Se quedará así para siempre.
 
 
III
 
Beam buscó el teléfono y llamó a un doctor. En el baño, Tirol gruñó y movió débilmente
sus brazos. Estaba comenzando a recuperar la conciencia.
—¿Era eso necesario? —demandó Ellen Ackers—. El doctor... ¿tenía que llamarlo?
Beam la ignoró. Agachándose, levantó el televisor portátil y la sostuvo con sus manos;
sintió su peso subir por sus brazos como una lenta y cargada fatiga. El adversario último,
pensó; demasiado estúpido para ser derrotado. Era peor que un animal. Era una roca,
sólida y densa, carente de toda cualidad. Excepto, pensó, la cualidad de la determinación.
Estaba decidida a persistir, a sobrevivir; una roca con voluntad. Sintió como si estuviera
sosteniendo el universo, y bajó la M no reconstruida.
Detrás suyo Ellen dijo:
—Te vuelve loco —su voz había recuperado el tono. Encendió un cigarrillo con un
encendedor de plata y luego metió las manos en los bolsillos de su vestido.
—Sí —dijo él.
—¿No hay nada que usted pueda hacer, o sí? Trató de abrirla antes. Remendarán a
Paul, y él volverá a su casa, y Lantano será desterrado... —Inhaló profunda y
temblorosamente—. Y el Departamento del Interior seguirá como siempre.
—Sí —dijo él. Todavía arrodillado, revisó la M. Ahora, con lo que sabía, no perdió
tiempo luchando con ella. La consideró impasible; ni siquiera se molestó en tocarla.
En el baño, Paul Tirol estaba tratando de salir de la tina en cuatro patas. Volvió a caer
para atrás, maldijo y gimió, y comenzó su laborioso asenso una vez más.
—¿Ellen? —su voz quebrada, un leve y distorsionado sonido, como de alambres secos
rozando uno con otro.
—Tómalo con calma —dijo ella entre dientes; sin moverse permaneció fumando
rápidamente su cigarrillo.
—Ayúdame, Ellen —murmuró Tirol—. Algo me ha pasado... no recuerdo qué. Algo me
golpeó.
—Recordará —dijo Ellen.
—Puedo llevarle esta cosa a Ackers como está. Usted le dirá lo que es... lo que hizo.
Eso debería bastar; no continuará con Lantano. —propuso Beam.
Pero tampoco él lo creía. Ackers tendría que admitir una equivocación, un error básico,
y si se había equivocado al arrestar a Lantano, estaba arruinado. Y así, en cierto sentido,
lo estaría el entero sistema de delineación. Podía ser engañado; había sido engañado.
Ackers era rígido, e iría derecho en línea recta: al diablo con Lantano. Al diablo con la
justicia abstracta. Era mejor preservar la continuidad cultural y mantener a la sociedad
funcionando en forma equilibrada.
—El equipo de Tirol —dijo Beam—. ¿Sabe dónde está?
Ella se encogió de hombros violentamente.
—¿Qué equipo?
—Esta cosa... —pateó la M— fue hecha en alguna parte.
—No aquí, Tirol no la hizo.
—Está bien —dijo él razonablemente. Tenían quizás seis minutos más antes de que el
doctor y el transporte médico de emergencia aterrizaran en el techo—. ¿Quién la hizo?
—La aleación fue desarrollada en Bellatrix. —Ella hablaba a saltos, una palabra a la
vez—. La cubierta... forma una piel en el exterior, una burbuja que es succionada o
expulsada de un reservorio. Esa es su cubierta, la forma de un televisor. La succiona de
vuelta y se vuelve la M; está lista para actuar.
—¿Quién la hizo? —repitió él.
—Un sindicato de máquinas herramientas de Bellatrix... una subsidiaria de la
organización de Tirol. Son fabricados como perros guardianes. La grandes plantaciones
en los planetas exteriores las usan; patrullan. Atrapan a los cazadores furtivos.
—Entonces originalmente no son programadas para una persona —quiso saber Beam.
—No.
—¿Entonces quién la programó para Heimie? No un sindicato de máquinas
herramientas.
—Eso fue hecho aquí.
Se levantó y alzó el televisor portátil.
—Vámonos. Lléveme allí, donde Tirol hizo que la alteraran.
Por un instante la mujer no respondió. Agarrando su brazo la arrastró hasta la puerta.
Ella jadeó y lo miró en silencio.
—Vamos —dijo él, jalándola hasta el salón. El televisor portátil golpeó contra la puerta
cuando él la cerró; sostuvo el aparato con fuerza y siguió a Ellen Ackers.
 
La ciudad era desaseada e inactiva, unos pocos almacenes detallistas, una estación de
combustible, cantinas y salones de baile. Estaba a dos horas de vuelo del Gran Nueva
York y se llamaba Ollum.
—Doble a la derecha —dijo Ellen sin energía. Miraba los rótulos de neón y descansaba
su brazo en el marco de la ventana de la nave.
Volaron sobre los almacenes y las calles desiertas. Las luces eran pocas. En una
intersección Ellen asintió y él bajó la nave sobre un techo.
Debajo de ellos había una tienda destartalada, de madera manchada por las moscas.
Había un letrero despintado colgado en la ventana: HERMANOS FULTON
CERRAJEROS. Junto con el letrero había picaportes, cerraduras, llaves, cierres y relojes
de alarma de cuerda. En alguna parte en el interior de la tienda una llama amarilla ardía
intermitente.
—Por aquí —dijo Ellen.
Se bajó de la nave y bajó por un tramo de escalera de madera destartalada. Beam dejó
el televisor portátil en el piso de la nave, cerró con llave las puertas, y luego siguió a la
mujer. Sosteniéndose de la baranda, descendió hasta un porche trasero en el cual había
latas de basura y una pila de periódicos sucios atados con una cuerda. Ellen estaba
abriendo una puerta y tanteando su camino adentro.
Primero se encontró en una bodega húmeda y atiborrada. Tubería y rollos de alambre y
láminas de metal yacían amontonados por todos lados; era como un lote de chatarra.
Luego siguió un estrecho corredor y entonces estaba a la entrada de un taller. Ellen
levantó un brazo y tanteó para encontrar la cuerda colgante de una luz. La luz hizo click al
encender. A la derecha había un banco de trabajo largo y lleno de cosas con una tarraja
manual en un extremo, una prensa de tornillo, una sierra de ojo de cerradura; había dos
banquillos de madera frente al banco y maquinaria a medio armar amontonada en el piso
sin orden aparente. El taller era caótico, polvoriento, y arcaico. En la pared había una
gabacha azul de hilo colgada de un clavo: la gabacha de un maquinista.
—Aquí —dijo Ellen, con amargura—. Aquí es donde Paul la hizo traer. Este taller
pertenece a la organización Tirol; todo este basurero es parte de sus pertenencias.
Beam caminó hasta el banco.
—Para haberlo alterado —dijo —Tirol debe haber tenido una placa con el patrón neural
de Heimie—. Volcó una pila de jarras de vidrio; tornillos y arandelas vertidos sobre la
superficie picada del banco.
—La obtuvo de la puerta de Heimie —dijo Ellen—. Hizo analizar la cerradura de Heimie
e inferir el patrón de Heimie de la disposición de los tambores.
—¿E hizo que abrieran la M?
—Hay un viejo mecánico —dijo Ellen—. Un viejo pequeño y seco; tiene este taller.
Patrick Fulton. El instaló el prejuicio en la M.
—Un prejuicio —dijo Beam, asintiendo.
—Un prejuicio contra matar a la gente. Heimie fue la excepción, para toda la demás
gente adopta su forma protectora. Afuera en las tierras salvajes las programan para otra
cosa, no un televisor. —Ella se carcajeó, una risa súbita, cercana a la histeria—. Sí, eso
habría lucido raro, yaciendo afuera en un bosque en alguna parte, un televisor. Lo habrían
diseñado como roca o como leño.
—Una roca —dijo Beam. Podía imaginarla. La M esperando, cubierta de musgo,
esperando durante meses, años, y entonces, corroída y gastada por el clima, captando
finalmente la presencia de un ser humano. Entones la M dejaba de ser una roca,
volviéndose, con un rápido borrón de movimiento, una caja de un pie de ancho y dos de
largo. Una caja de galletas demasiado grande que comenzaba a avanzar...
Pero había algo que faltaba.
—La falsificación —dijo—. La emisión de hojuelas de pintura y cabello y tabaco.
¿Cómo entró eso en la escena?
Con voz quebrada, Ellen dijo:
—El propietario asesinaba al cazador furtivo, y era culpable ante los ojos de la ley. Así
que la M dejaba pistas. Marcas de garras. Sangre animal. Pelo animal.
—Dios —dijo él, asqueado—. Muerto por un animal.
—Un oso, un gato montés... cualquier cosa indígena, variaba. El predador de la región,
una muerte natural. —Con el dedo del pie tocó una caja de cartón debajo del banco—.
Está aquí, solía estar, en todo caso. La placa neural, el transmisor, las partes descartadas
de la M, los diagramas.
La caja había sido un empaque para baterías. Ahora las baterías se habían ido, y en su
lugar había una caja interna cuidadosamente envuelta, sellada contra la humedad y la
infestación por insectos. Beam desgarró el papel metálico y vio que había encontrado lo
que buscaba. Sacó el contenido de prisa y lo extendió sobre el banco de trabajo entre las
máquinas de soldar y los taladros.
—Está todo aquí —dijo Ellen, sin emoción.
—Quizás —dijo él— puedo dejarla fuera de esto. Puedo llevar esto y el televisor donde
Ackers y llevarlo a juicio sin su testimonio.
—Seguro —dijo ella cansada.
—¿Qué va a hacer?
—Bueno —dijo ella— no puedo volver con Paul, así que supongo que no hay mucho
que pueda hacer.
—Lo del chantaje era un error —dijo él.
Sus ojos brillaron.
—Está bien.
—Si él suelta a Lantano —dijo Beam— se le pedirá que renuncie. Entonces
probablemente le dará el divorcio, no será importante para él de un modo y otro.
—Yo... —comenzó ella. Y entonces se detuvo. Su cara pareció esfumarse, como si el
color y la textura de su piel se desvanecieran desde adentro. Levantó una mano y se
volvió a medias, su boca abierta y la frase aun sin terminar.
Beam, alcanzándola, apagó la luz de un golpe; el taller se oscureció con un parpadeo.
El también lo había oído, lo había oído al mismo tiempo que Ellen Ackers. El desvencijado
porche exterior había crujido y ahora el lento, pesado movimiento había pasado de la
bodega y entrado al salón.
Un hombre pesado, pensó. Un hombre de movimiento lento, soñoliento, recorriendo su
camino paso a paso, sus ojos casi cerrados, su gran cuerpo oscilando bajo su traje.
Debajo, pensó, de su costoso traje tweed. En la oscuridad el perfil del hombre destacaba;
Beam no podía verlo pero podía sentirlo allí, llenando la entrada cuando se detuvo. Las
cajas crujieron bajo su peso. Mareado, se preguntó si Ackers lo sabía ya, si su orden ya
había sido rescindida. ¿O había salido el hombre por cuenta propia, trabajando por medio
de su propia organización?
El hombre, empezando a avanzar de nuevo, habló con una voz profunda y grave.
—Ugh —dijo la voz de Lantano—. Maldición.
Ellen comenzó a gritar. Beam todavía no se daba cuenta de lo que era; aun estaba
tanteando con la luz y preguntándose estúpidamente porqué no se encendía. Había
reventado el bombillo, se dio cuenta. Encendió un fósforo; el fósforo se apagó y trató de
agarrar el encendedor de cigarrillos de Ellen Ackers. Estaba en su cartera, y le tomó un
agonizante segundo poder sacarlo.
La máquina no reconstruida se les estaba aproximando lentamente, una de las antenas
receptoras extendidas. De nuevo se detuvo, torció a la izquierda hasta quedar frente al
banco de trabajo. No tenía ahora la forma de un televisor; había retomado su forma de
caja de galletas.
—La placa —susurró Ellen Ackers—. Respondió a la placa.
 
La M había sido despertada porque Heimie Rosenburg la buscaba. Pero Beam aun
sentía la presencia de David Lantano. El gran hombre estaba aun en el cuarto; la
sensación de pesadez, la proximidad del peso y voluminosidad habían venido con la
máquina, mientras se movía, esquematizando la existencia de Lantano. Mientras miraba
fijamente, la máquina produjo un fragmento de tela y lo presionó en una pila cercana de
malla de alambre. Otros elementos, sangre y tabaco y cabello, estaban siendo
producidos, pero eran demasiado pequeños como para que pudiera verlos. La máquina
presionó una marca de tacón en el polvo del piso y luego proyectó un cañón de su
sección interior.
Con el brazo sobre sus ojos, Ellen Ackers salió corriendo. Pero la máquina no estaba
interesada en ella; girando en dirección del banco de trabajo se levantó y disparó. Una
bala explosiva, liberada por el cañón, viajó atravesando el banco y se metió en los
desechos amontonados más allá del banco. La bala detonó; pedazos de alambre y clavos
cayeron en una lluvia de partículas.
La cabeza de Heimie, pensó Beam, y continuó mirando. La máquina estaba buscando
la placa, tratando de localizar y destruir la emisión neural sintética. Dio la vuelta, bajó su
cañón dudosa, y entonces disparó de nuevo. Detrás del banco de trabajo, la pared estalló
y se derrumbó sobre sí misma.
Beam, sosteniendo el encendedor de cigarrillos, caminó hacia la M. Una antena
receptora se movió hacia él y la máquina retrocedió. Sus líneas oscilaron, fluyeron, y
entonces se volvieron a formar dolorosamente. Durante un intervalo, el aparato luchó
consigo; luego, reluciente, el televisor de nuevo se hizo visible. Desde la máquina surgió
un gemido agudo, un chillido angustiado. Había estímulos conflictivos presentes; la
máquina era incapaz de tomar una decisión.
La máquina estaba desarrollando una neurosis de situación y la ambivalencia de su
respuesta la estaba destruyendo. En cierto modo su angustia tenía una cualidad humana,
pero no podía sentir lástima por ella. Era un artefacto mecánico tratando de asumir una
postura de disfraz y ataque al mismo tiempo; el desmoronamiento era de relés y tubos, no
el de un cerebro vivo. Y había sido un cerebro vivo dentro de lo que había disparado su
bala original. Heimie Rosenburg estaba muerto, y no había otro como él ni ninguna
posibilidad de que otro pudiera ser ensamblado. Fue hasta la máquina y le dio un
puntapié en la parte trasera.
La máquina chirrió como serpiente y giró alejándose.
—¡Ugh, maldita sea! —dijo. Hizo llover pizcas de tabaco mientras se alejaba rodando;
gotas de sangre y hojuelas de laca azul cayeron de ella mientras desaparecía por el
corredor. Beam podía oírla moviéndose por allí, chocando con las paredes como un
organismo ciego, dañado. Después de un rato la siguió.
En el corredor, la máquina se movía lentamente en círculos. Estaba levantando una
pared de partículas a su alrededor: tela y cabellos y fósforos quemados y trocitos de
tabaco, la masa cementada con sangre.
—Ugh, maldición —dijo la máquina con su pesada voz masculina. Continuó trabajando,
y Beam regresó al otro cuarto.
—¿Dónde está el teléfono? —le dijo a Ellen Ackers.
Ella lo miró vacía.
—No va a lastimarla —dijo él. Se sentía aturdido y desgastado—. Está en un ciclo
cerrado. Seguirá sí hasta que se agote.
—Me volví loca —dijo ella. Se estremeció.
—No —dijo él—. Regresión. Está tratando de esconderse.
Desde el corredor, se oyó a la máquina decir.
—Ugh, Maldición—. Beam halló el teléfono y llamó a Edward Ackers.
 
El destierro significaba para Paul Tirol primero una procesión de bandas de oscuridad y
luego un prolongado y enfurecedor intervalo en el cual materia vacía vagaba al azar a su
alrededor, acomodándose primero en un patrón y luego en otro.
El período entre el momento en que Ellen Ackers lo atacó y el momento en que la
sentencia de destierro había sido pronunciada estaba vago y débil en su mente. Como las
sombras actuales, era difícil de aprehender.
Se había —pensaba— despertado en el departamento de Ackers. Sí, eso es; y Leroy
Beam estaba allí, también. Una especie de Leroy Beam trascendental que se cernía
robustamente por allí, acomodando a todo el mundo en configuraciones de su
escogencia. Había venido un doctor. Y finalmente Edward Ackers había aparecido para
enfrentar a su esposa y a la situación.
Vendado, y de camino al Interior, había pescado un vislumbre de un hombre saliendo.
La voluminosa, bulbosa figura de David Lantano, camino a casa, a su lujosa mansión de
piedra con un acre de césped.
Al verlo Tirol había sentido el aguijón del miedo. Lantano ni siquiera lo había notado;
con una expresión agudamente pensativa en su rostro, Lantano caminó hasta un auto que
lo esperaba y partió.
 
—Tienes mil dólares —estaba diciendo Edward Ackers cansinamente, durante la fase
final. Distorsionado, el rostro de Ackers floreció de nuevo entre las sombras a la deriva
alrededor de Tirol, una imagen de la última aparición del hombre. Ackers, también, estaba
arruinado, pero en forma diferente—. La ley te provee de mil dólares para llenar tus
necesidades inmediatas, también hallarás un diccionario de bolsillo de los dialectos de los
sistemas apartados representativos.
La ionización en sí era indolora. No tenía memoria de ella; sólo una espacio vacío más
oscuro que las imágenes borrosas a cada lado.
—Tú me odias —había declarado acusadamente, sus últimas palabras para Ackers—.
Yo te destruí. Pero... no eras tú.... —Había estado confundido—. Lantano. No maniobró.
¿Cómo? Tu...
Pero Lantano no había tenido nada que ver con ello. Lantano había arrastrado los pies
fuera de casa, un espectador forzado todo el tiempo. Al diablo con Lantano. Al diablo con
Ackers y Leroy Beam y —reluctante— al diablo con la Sra. Ellen Ackers.
—Guau —balbuceó Tirol, cuando su cuerpo a la deriva finalmente se integró en forma
física—. Pasamos un montón de buenos ratos... ¿no, Ellen?
Y entonces un rugiente campo caliente de luz solar estaba radiando sobre él.
Estupefacto, se sentó encogido, flácido y pasivo. Luz amarilla, escaldante... por todas
partes. Nada salvo su calor danzante, cegándole, amedrentándole hasta la sumisión.
 
Estaba tirado en medio de una carretera de arcilla amarilla. A su derecha había un
campo horneado y seco de maíz marchito al calor del medio día. Un par de grandes aves
con aspecto de dudosa reputación volaban en círculos silenciosamente sobre su cabeza.
Muy a lo lejos había una línea de colinas romas: cañadas cortadas y picos que no
parecían más que pilas de polvo. Al pie había un mísero lunar de edificios construidos por
el hombre.
Al menos tuvo la esperanza de que fueran hechos por hombres.
Mientras trataba tembloroso de ponerse de pie, un ruido débil llegó a sus oídos.
Bajando por la carretera caliente y sucia venía alguna especie de carro. Aprehensivo y
cauteloso, Tirol caminó hasta encontrarse con él.
El conductor era humano, un joven flaco y desnutrido de piel negra aparchonada y una
masa pesada de pelo color tabaco. Llevaba una camisa de hilo manchada y overoles. Un
cigarrillo doblado y sin encender colgaba de su labio inferior. El auto era un modelo
impulsado por combustión interna y había salido rodando del siglo veinte; golpeado y
desvencijado, rodó haciendo ruido hasta detenerse mientras el conductor inspeccionaba a
Tirol. Del radio del auto salía aullando un torrente de pequeña música de baile.
—¿Eres un recaudador de impuestos? —preguntó el conductor.
—Ciertamente que no —dijo Tirol, conociendo la hostilidad bucólica hacia los
recaudadores de impuestos. Pero... dudó. No podía confesar que era un criminal
desterrado de la Tierra; era una invitación a ser masacrado, usualmente en forma
pintoresca—. Soy un inspector —anunció— del Departamento de Salud.
Satisfecho, el conductor asintió:
—Montones de avispas cortadoras escurridizas, últimamente. Ustedes prójimos ¿ya
consiguieron el atomizable? Estamos perdiendo una cosecha tras otra.
Tirol trepó agradecido al auto.
—No me había dado cuenta de que el sol era tan caliente —murmuró.
—Usted tiene cierto acento —observó el joven, arrancando el motor—. ¿De dónde es?
—Problemas del habla —dijo Tirol con cautela—. ¿Cuánto falta para que lleguemos a
la ciudad?
—Oh, tal vez una hora —contestó el joven, mientras el auto corría perezosamente
hacia delante.
Tirol tenía miedo de preguntar el nombre del planeta. Lo delataría. Pero lo consumía la
necesidad de saber. Podía estar dos sistemas más allá o dos millones; podría estar un
mes fuera de la Tierra o setenta años. Naturalmente, tenía que regresar; no tenía la
intención de volverse un campesino en algún planeta colonial apartado.
—Lindo ritmo —dijo el joven, indicando el torrente de jazz nocivo saliendo del radio del
auto—. Ese es Freddy Calamina y su Banda de Creole Original Oso Lanudo. ¿Conoce la
melodía?
—No —murmuró Tirol. El sol y la sequedad y el calor hacían que le doliera la cabeza, y
le pedía a Dios saber en dónde estaba.
 
La ciudad era miserablemente pequeña. Las casas estaban dilapidadas; las calles eran
de tierra. Un tipo de gallinas domésticas vagaban aquí y allá, picoteando en la suciedad.
Bajo un porche un quasi-perro azulado yacía durmiendo. Sudando e infeliz, Paul Tirol
entró en la estación de autobuses y localizó un cuadro de itinerarios. Relampagueó una
serie de anotaciones sin significado: nombres de ciudades. El nombre del planeta, por
supuesto, no aparecía en la lista.
—¿Cuál es la tarifa hasta el próximo puerto? —preguntó al indolente oficial tras la
ventanilla de boletos.
El oficial reflexionó.
—Depende de qué tipo de puerto quiera. ¿A dónde está planeando ir?
—Hacia el Centro —dijo Tirol. «Centro» era el término utilizado en los sistemas
apartados para el Grupo Sol.
Con desapasionamiento, el oficial sacudió la cabeza.
—Ningún puerto inter-sistemas por aquí.
Tirol se desinfló. Evidentemente, no estaba en el planeta principal de este particular
sistema miembro de la red comercial.
—Bueno —dijo— entonces el puerto interplanetario más próximo.
El oficial consultó un vasto libro de referencia.
—¿A cual sistema miembro desea ir?
—El que tenga el puerto inter-sistemas —dijo Tirol pacientemente—. Partiría de allí.
—Ese sería Venus.
Asombrado, Tirol dijo:
—Entonces este sistema... —Se interrumpió, entristecido, al recordar. Era la costumbre
parroquial en muchos sistemas externos, especialmente en los muy alejados, nombrar
sus planetas miembros como los nueve originales—. Bien —terminó Tirol—. Un boleto de
ida a... Venus.
Venus, o lo que pasaba por Venus, era un globo deprimente no mayor que un
asteroide. Una nube opaca de resplandor metálico se cernía sobre él, oscureciendo al sol.
Excepto por las operaciones mineras y de fundición el planeta estaba desierto. Unos
pocos cobertizos melancólicos manchaban el campo desolado. Soplaba un viento
perpetuo, esparciendo escombros y basura. Pero el puerto inter-sistemas estaba aquí, la
pista que enlazaba al planeta con su vecino más próximo y, ultimadamente, con el resto
del universo. En ese momento un carguero gigante estaba despegando.
Tirol entró en la oficina de boletos. Poniendo la mayor parte del dinero que le quedaba
dijo:
—Quiero un boleto de ida que me lleve hacia Centro. Tan lejos como pueda.
El dependiente calculó.
—¿Le importa la clase?
—No —dijo, secándose la frente.
—¿Rápido?
—No.
El dependiente dijo:
—Eso lo llevará hasta el Sistema Betelgeuse.
—Suficiente —dijo Tirol, preguntándose lo que haría entonces. Pero al menos podría
contactar su organización desde allí; estaba de vuelta en el universo cartografiado. Sintió
un aguijonear de miedo frío, a pesar del calor.
 
El planeta de la red comercial del Sistema Betelgeuse se llamaba Plantagenet III. Era
una floreciente conexión para transportes de pasajeros llevando colonos a planetas
coloniales no desarrollados. Tan pronto como la nave de Tirol aterrizó corrió por la pista
hacia la parada de taxis.
—Lléveme a Empresas Tirol —ordenó, rezando porque hubiera un punto de venta aquí.
Tenía que haber, pero podría estar operando bajo otro nombre de fachada. Hacía años
que había perdido el rastro de los detalles de su imperio en expansión.
—Empresas Tirol —repitió el taxista pensativo—. No, no existe esa compañía, señor.
—¿Quién maneja la esclavización por aquí? —pregunto Tirol pasmado.
El taxista lo miró a los ojos. Era un pequeño hombre con anteojos, arrugado y seco; lo
oteó al estilo de las tortugas, sin compasión.
—Bueno —dijo— me han dicho que uno puede ser sacado del sistema sin papeles.
Hay un contratista de transporte... llamado... —reflexionó. Tirol, temblando, le entregó su
último billete.
—La Exportadora-Importadora Confiable —dijo el conductor.
Esa era una de las fachadas de Lantano. Horrorizado, Tirol dijo:
—¿Y eso es todo?
El taxista asintió.
 
Aturdido, Tirol se alejó del taxi. Los edificios del campo de aterrizaje danzaban a su
alrededor; se sentó en un banco a recuperar el aliento. Bajo el abrigo, su corazón latía
desacompasado. Trató de respirar, pero el aliento se le pegaba dolorosamente en la
garganta. El raspón en su cabeza, donde Ellen Ackers lo había golpeado, comentó a
pulsar. Era cierto, y gradualmente comenzaba a comprenderlo y a creerlo. No iba a
regresar a la Tierra; iba a pasar el resto de su vida aquí en este mundo rural, cortado de
su organización y de todo lo que había construido a través de los años.
Y, se dio cuenta mientras estaba sentado luchando por respirar, el resto de su vida no
iba a durar mucho.
Pensó en Heimie Rosenburg.
—Traicionado —dijo, y tosió atormentadoramente—. Me traicionaste. ¿Lo oyes? Por tu
culpa estoy aquí. Es tu culpa; nunca debí contratarte.
Pensó en Ellen Ackers.
—Tú también —boqueó, tosiendo. Sentado en el banco tosía y boqueaba
alternativamente y pensaba en la gente que lo había traicionado. Había cientos de ellos.
 
La sala de estar de la casa de David Lantano estaba amueblada con gusto exquisito.
Filas de invaluables platos Sauce Azul del tardío siglo diecinueve decoraban la pared en
un trastero de hierro forjado. Sentado a su mesa de plástico amarillo y cromo, David
Lantano tomaba su cena, y el despliegue de comida sorprendió a Beam incluso más que
la casa.
Lantano estaba de buen humor y comía con entusiasmo. Su servilleta de lino estaba
insertada bajo su barbilla, y una vez, mientras sorbía café, eructó y derramó un poco.
Habiendo terminado su breve período de confinamiento, comía para compensar la ordalía.
Había sido informado, primero por su propio aparato y ahora por Beam, que el destierro
había llevado exitosamente a Tirol más allá del punto de retorno. Tirol no volvería y por
eso Lantano estaba agradecido. Se sentía magnánimo con Beam; deseaba que Beam
comiera algo.
Molesto, Beam dijo:
—Es un sitio agradable.
—Usted podría tener algo como esto —dijo Lantano.
En la pared colgaba enmarcado un folio de papel antiguo protegido por vidrio lleno de
helio. Era la primera impresión de un poema de Ogden Nas, un objeto de colección que
debía haber estado en un museo. Hizo surgir en Beam sentimientos encontrados de
deseo y aversión.
—Sí —dijo Beam—. Podría tener esto —Esto, pensó, o a Ellen Ackers o el puesto en el
Interior o quizás todos los tres al mismo tiempo. Edward Ackers había sido pensionado y
le había concedido el divorcio a su esposa. Lantano estaba fuera de peligro. Tirol había
sido desterrado. Se preguntó que era lo que quería.
—Usted podría prosperar mucho —dijo Lantano soñoliento.
—¿Tanto como Tirol?
Lantano se rió y bostezó.
—Me pregunto si dejó familia —dijo Beam—. Algún hijo —Estaba pensando en Heimie.
Lantano se estiró a través de la mesa para alcanzar el tazón de la fruta. Escogió un
melocotón y lo restregó cuidadosamente contra la manga de su bata.
—Pruebe un melocotón —dijo.
—No gracias —dijo Beam irritable.
Lantano examinó el melocotón pero no se lo comió. El melocotón estaba hecho de
cera; la fruta en el tazón era de imitación. En realidad no era tan rico como pretendía, y
muchos de los artefactos que había en la sala eran falsificaciones. Cada vez que ofrecía
una fruta a un visitante tomaba un riesgo calculado. Devolviendo el melocotón al tazón se
reclinó de nuevo en su sillón y sorbió su café.
Si Beam no tenía planes, al menos él sí los tenía, y con Tirol ido los planes tenían una
posibilidad todavía mayor de funcionar. Se sentía en paz. Algún día, pensó, no muy
distante, la fruta del tazón sería real.
 
 
FIN
 


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