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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 7 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - LA INVASIÓN DIVINA

LA INVASIÓN DIVINA
Philip K. Dick
 
 
 
 
 
 
El tiempo que aguardabas ha llegado.
La obra ha sido completada;
la palabra final ya esta aquí.
Ha sido trasplantado y está vivo.
- Voz misteriosa en la noche
 
1
 
Había llegado el momento de meter a Manny en una escuela. El gobierno tenía una
escuela especial. La ley estipulaba que Manny no podía ir a una escuela normal debido a
su estado; eso era algo sobre lo que Elijah Tate nada podía hacer. No podía escapar a las
reglas del gobierno porque estaba en la Tierra y la zona de mal lo dominaba todo. Elijah
podía sentirla y era muy probable que también el niño pudiera hacerlo.
Elijah comprendía cuál era el significado de la zona pero, naturalmente, el niño no lo
entendía. A sus seis años de edad Manny era guapo y fuerte, pero daba la impresión de
estar siempre medio dormido, como si (o eso pensaba Elijah) aún no hubiera nacido del
todo.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Elijah.
El niño sonrió.
—De acuerdo —dijo Elijah—. Bueno, el profesor tiene mucha importancia. ¿Qué es lo
que recuerdas, Manny? ¿Te acuerdas de Rybys? —Sacó el holograma de Rybys, la
madre del niño, y lo acercó a la luz—. Mira a Rybys —dijo Elijah—. Mírala un momento.
Algún día el niño recobraría sus recuerdos. Algo, un estímulo desinhibidor dirigido hacia
él gracias a sus propios prearreglos, se encargaría de activar la anamnesis, la pérdida de
la amnesia, y entonces todos los recuerdos volverían en una oleada: su concepción en
CY30-CY30B, el período que había pasado dentro del útero de Rybys mientras ella
luchaba con su horrible enfermedad, el viaje a la Tierra, quizás incluso su interrogatorio...
Cuando estaba en el útero de su madre, Manny les había dado consejos a los tres: a Herb
Asher, a Elijah Tate y a la misma Rybys. Pero después ocurrió el accidente, si es que
realmente fue algo accidental. Y el accidente causó ciertos daños.
Y aquellos daños causaron el olvido.
Viajaron hasta la escuela en el monorraíl. Una vez allí, fueron recibidos por un
hombrecillo de aspecto nervioso, el señor Plaudet; parecía muy entusiasmado y quiso
darle la mano a Manny. A Elijah Tate le resultó obvio que estaba en presencia del
gobierno. Primero te dan la mano, pensó, y luego te matan.
—Bueno, aquí tenemos a Emmanuel —dijo Plaudet, con una radiante sonrisa.
En el patio de la escuela había unos cuantos niños jugando. El pequeño se pegó
tímidamente a Elijah Tate, dejando muy claro que tenía ganas de jugar pero que le daba
miedo hacerlo.
—Qué nombre tan bonito —dijo Plaudet—. ¿Sabes decir tu nombre, Emmanuel? —le
preguntó al niño, agachándose—. ¿Puedes decir «Emmanuel»?
—Dios con nosotros —dijo el niño.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Plaudet.
—Es lo que significa «Emmanuel» —explicó Elijah Tate—. Por eso lo escogió su
madre. Murió en un accidente aéreo antes de que Manny naciera.
—Estuve dentro de un útero sintético —dijo Manny.
—¿Y el trastorno se originó debido a...? —empezó a preguntar Plaudet, pero Elijah
Tate le hizo una seña para que callara.
Plaudet, algo ruborizado, consultó la tablilla con hojas mecanografiadas que llevaba en
la mano.
—Veamos... Usted no es su padre. Es su tío, ¿no?
—Su padre está en suspensión criónica.
—¿El mismo accidente aéreo?
—Sí —dijo Elijah—. Está esperando a que le pongan un bazo.
—Es sorprendente que en seis años no hayan podido conseguir un...
—No pienso hablar de la muerte de Herb Asher delante del niño —dijo Elijah.
—Pero, ¿sabe él que su padre volverá a la vida? —dijo Plaudet.
—Por supuesto. Voy a pasar unos cuantos días en la escuela viendo de qué forma
tratan a los niños. Si no apruebo sus métodos o si utilizan demasiado la fuerza física, me
llevaré a Manny, con ley o sin ella. Supongo que pensarán enseñarle el tipo de
estupideces que suelen impartir en estas escuelas. No es algo que me guste demasiado,
pero tampoco es algo que me preocupe. Una vez haya quedado satisfecho de la escuela,
le pagaré un año por adelantado. No deseaba traerle aquí, pero es la ley. No siento
ninguna hostilidad personal hacia usted. —Elijah Tate sonrió.
El viento hizo moverse los bambúes que crecían junto a la zona de recreo. Manny
ladeó la cabeza y frunció el ceño, escuchando el silbido del viento. Elijah le dio una
palmadita en el hombro y se preguntó qué le estaría diciendo el viento al niño. ¿Te cuenta
quién eres?, se preguntó. ¿Te ha dicho cuál es tu nombre?
El nombre que nadie debe pronunciar, pensó.
Una niña vestida con un traje de color blanco se acercó a Manny con la mano
extendida.
—Hola —dijo—. Eres nuevo.
El viento silbó con un susurro por entre los bambúes.
 
Aunque muerto y en suspensión criónica, Herb Asher también tenía sus problemas. El
año anterior, la Cri-Labs, Inc. había colocado un transmisor de frecuencia modulada de
cincuenta mil vatios de potencia muy cerca del depósito utilizado. Por razones
desconocidas de todo el mundo, el equipo criónico había empezado a recibir la potente
señal del transmisor de frecuencia modulada cercano. Ésa era la razón de que tanto Herb
Asher como todas las demás personas que se hallaban bajo suspensión criónica en los
Cri-Labs tuvieran que pasarse el día y la noche oyendo la música dulzona que suele
sonar en los ascensores, ya que la emisora se dedicaba a lo que gustaba de calificar
como programas de «sonidos agradables».
En ese mismo instante, los muertos de Cri-Labs se veían importunados por una versión
de El violinista en el tejado interpretada por toda una orquesta de cuerda. A Herb Asher
esa música le resultaba especialmente desagradable, porque se encontraba en aquella
parte de su ciclo en la que tenía la impresión de seguir con vida. Dentro de su cerebro
congelado se extendía un mundo de naturaleza bastante arcaica; Herb Asher creía estar
otra vez en el pequeño planeta del Sistema CY30-CY30B donde había mantenido su
cúpula durante todos aquellos años cruciales..., cruciales porque en ese tiempo había
conocido a Rybys Rommey; había emigrado a la Tierra con ella tras haber contraído
matrimonio formal, y había acabado teniendo que sufrir el interrogatorio de las
autoridades terrestres y, como si no bastara con eso, había conseguido que le mataran en
un choque aéreo sin tener la más mínima culpa. Peor aún, su mujer había muerto, y había
muerto de tal forma que ningún trasplante de órganos podría revivirla; su linda cabecita,
tal y como le había explicado a Herb el médico robot, había quedado hendida siguiendo
una línea exactamente paralela. Sí, la elección de palabras resultaba típica de un robot...
Sin embargo, por mucho que imaginara estar de nuevo en su cúpula del sistema
estelar CY30-CY30B, Herb Asher no era consciente de que Rybys había muerto. De
hecho, aún no la conocía. Ahora se encontraba en el tiempo anterior a la llegada del
suministrador que le había revelado la existencia de Rybys, que vivía en su propia cúpula.
Herb Asher estaba tendido en su catre, escuchando su cinta favorita de Linda Fox.
Estaba intentando encontrar una razón que explicara el vago ruido de fondo que oía, una
melosa sección de cuerda que interpretaba canciones de alguna conocida opereta de
Broadway o algún otro condenado espectáculo de finales del siglo XX. Al parecer, su
equipo receptor-grabador necesitaba un buen repaso. Quizá la señal original de la que
había grabado la cinta con canciones de Linda Fox había sufrido alguna interferencia.
Maldita sea, pensó con abatimiento. Tendré que hacer unas cuantas reparaciones. Eso
quería decir levantarse de su catre, encontrar su caja de herramientas, desconectar su
equipo de grabación-recepción..., en pocas palabras, quería decir trabajo.
Mientras tanto, siguió con los ojos cerrados, escuchando a la Fox.
 
No lloréis más, tristes manantiales;
¿por qué habéis de fluir tan rápido?
Mirad cómo las montañas nevadas
van siendo amablemente desgastadas por el sol.
Pero los ojos celestiales de mi sol
no os ven llorar
porque ahora están dormidos...
 
Era la mejor de todas las canciones que jamás hubiera entonado la Fox: pertenecía al
Tercer y Ultimo Libro de canciones para laúd de John Dowland, que había vivido en los
tiempos de Shakespeare y cuya música había sido alterada por la Fox para adaptarla a la
época actual.
Irritado por la interferencia, desconectó la cinta usando su control a distancia. Pero,
mirabile dictu, la melosa música de cuerda siguió sonando, aunque la Fox se había
quedado callada. Resignado, Asher desconectó todo el sistema.
Pero, aun así, los ochenta y siete instrumentos de cuerda siguieron interpretando El
violinista en el tejado. El sonido de la música llenaba su pequeña cúpula, claramente
audible por encima del gjurk-gjurk del compresor de aire. Y, un instante después, se dio
cuenta de que ya llevaba bastante tiempo oyendo El violinista en el tejado. De hecho...
¡Santo Dios, ahora ya debía hacer tres días que lo estaba oyendo!
Herb Asher se dio cuenta de que algo andaba espantosamente mal. Aquí estoy, a miles
de millones de kilómetros de la Tierra, en pleno espacio, escuchando ochenta y siete
instrumentos de cuerda que no paran de tocar. Algo anda mal.
Lo cierto es que durante el último año un montón de cosas habían empezado a ir mal.
Al emigrar del Sistema Solar había cometido un terrible error. No había caído en la cuenta
de que volver al Sistema Solar se convertía automáticamente en ilegal durante los
siguientes diez años. De esa forma, el estado dual que gobernaba el Sistema Solar
garantizaba la existencia de un flujo continuo de gente que se marchaba, pero conseguía
no tener ningún flujo de regreso. Su alternativa había sido servir en el Ejército, lo cual
significaba una muerte segura. EL CIELO O EL SUELO, ése era el anuncio que aparecía
en los espacios de televisión pagados por el gobierno. O emigrabas, o te quemaban el
trasero en alguna guerra inútil. Ahora el gobierno ya ni se tomaba la molestia de justificar
la guerra. Se limitaban a enviarte al combate, conseguían que te matasen, y reclutaban un
sustituto. Todo venía de la unificación del Partido Comunista y la Iglesia Católica en un
solo mega aparato con dos jefes de estado, igual que en la antigua Esparta.
Al menos, aquí estaba a salvo: el gobierno no iba a matarle. Naturalmente, siempre
podía matarle alguno de los nativos del planeta, parecidos a ratas, pero eso no era
demasiado probable. Los pocos nativos que aún seguían con vida jamás habían
asesinado a ninguno de los seres humanos que habían aparecido para erigir sus cúpulas
con sus transmisores de microondas y sus impulsores psicotrónicos, su comida de
imitación (al menos, a Herb Asher se lo parecía; el sabor era espantoso), y los parcos
consuelos de sofisticada naturaleza que habían traído consigo; todo eso había logrado
dejar bastante perplejos a los nativos, pero no había despertado su curiosidad.
Apuesto a que la nave madre está justo encima mío, se dijo Herb Asher. Me está
enviando El violinista en el tejado con su cañón psicotrónico. Una broma.
Se levantó de su catre, caminó con paso inseguro hasta su tablero y examinó su
pantalla de radar número tres. Según la pantalla, la nave madre no andaba por ahí. Así
que no era eso.
Qué extraño, pensó. Podía ver con sus propios ojos que el sistema de audio estaba
desconectado, y, sin embargo, la atmósfera de la cúpula seguía saturada de aquel sonido.
Y no parecía emanar de ningún sitio en particular; daba la impresión de manifestarse igual
por todas partes.
Tomó asiento ante su tablero y entró en contacto con la nave madre.
—¿Estáis transmitiendo El violinista en el tejado? —le preguntó al operador de circuitos
de la nave.
Una pausa. Después:
—Sí, tenemos una cinta de video de El violinista en el tejado, con Topol, Norma Crane,
Molly Picon, Paul...
—No, no —le interrumpió Asher—. ¿Qué estáis recibiendo de Fomalhaut ahora
mismo? ¿Algo donde sólo haya instrumentos de cuerda?
—Oh, eres la Estación Cinco. El fanático de Linda Fox.
—¿Es así como se me conoce? —preguntó Asher.
—De acuerdo, nos portaremos bien. Prepárate para recibir dos nuevas cintas de Linda
Fox a velocidad máxima. ¿Estás listo para grabar?
—Pero yo te llamaba por otra cosa —dijo Asher.
—Estamos transmitiendo a máxima velocidad. Gracias.
—El operador de circuitos de la nave madre cortó la conexión; Herb Asher se encontró
escuchando unos sonidos enormemente acelerados mientras la nave madre satisfacía
una petición que no le había hecho.
Cuando la transmisión de la nave madre hubo cesado, volvió a entrar en contacto con
el operador de circuitos.
—Hace diez horas que no paro de recibir «Casamentero, casamentero» —dijo—. Estoy
harto, no lo aguanto más. ¿Qué pasa, estáis haciendo rebotar una señal del campo de
algún otro?
—Oye, mi trabajo consiste en hacer que las señales de quien sea estén rebotando
continuamente de... —dijo el operador de circuitos de la nave madre.
—Corto y cierro —dijo Herb Asher, y desconectó el circuito de la nave madre.
Miró hacia la ventanilla de su cúpula y distinguió una silueta encorvada que avanzaba
lentamente por el páramo helado. Un nativo llevando un pequeño fardo; al parecer, tenía
algo que hacer.
—Clem, entra un momento —dijo Asher, apretando el control de su altavoz externo.
Clems era el nombre que los colonos humanos les habían dado a los nativos; a todos, ya
que todos tenían el mismo aspecto—. Necesito una segunda opinión.
El nativo fue hacia la escotilla de la cúpula, con el ceño fruncido, y le hizo una seña
para que le dejase entrar. Herb Asher activó el mecanismo de la escotilla, y la membrana
intermedia quedó en posición. El nativo desapareció dentro de ella. Un instante después
el disgustado nativo estaba en el interior de la cúpula, limpiándose los cristales de metano
y contemplando con expresión irritada a Herb Asher.
Asher cogió su ordenador de traducción.
—Sólo será un momento —le dijo al nativo. El análogo de su voz brotó del instrumento
convertido en una serie de chasquidos y crujidos—. Estoy recibiendo una interferencia en
el audio y no consigo librarme de ella. ¿Es algo vuestro? Escucha.
El nativo escuchó, con su rostro oscuro parecido a una raíz retorcido en una mueca.
Cuando habló, su voz, traducida por el ordenador, cobró una aspereza bastante fuera de
lo normal.
—Yo no oigo nada.
—Estás mintiendo —dijo Herb Asher.
—No estoy mintiendo —dijo el nativo—. Quizás has perdido la cabeza debido al
aislamiento.
—El aislamiento me sienta de maravilla. Y, de todas formas, no estoy aislado. —
Después de todo, tenía a la Fox para que le hiciese compañía.
—Ya he visto esto mismo otras veces —dijo el nativo—. Los que viven en las cúpulas
empiezan a imaginar voces y siluetas, igual que tú.
Herb Asher cogió sus micrófonos estéreo, conectó su grabadora y observó los
medidores. No mostraban nada. Puso el nivel de entrada al máximo, pero los indicadores
de volumen siguieron sin mostrar nada; las agujas no se movían. Asher tosió, e
inmediatamente las dos agujas oscilaron salvajemente y los diodos de sobrecarga se
encendieron con un destello rojizo. Bueno, estaba claro que, fuera por la razón que fuese,
la grabadora no captaba aquella melosa música de cuerdas. Asher estaba más perplejo
que nunca. El nativo, dándose cuenta de ello, sonrió.
Asher se puso delante de los micrófonos y, hablando lenta y claramente, dijo:
—¡Oh, cuéntamelo todo sobre Anna Livia! Quiero enterarme de todo lo que sepas
sobre Anna Livia. Bueno, ¿la conoces, no? Sí, claro que sí, todos conocemos a Anna
Livia. Cuéntamelo todo. Cuéntamelo ahora mismo. Morirás cuando te enteres. Bueno, ya
sabes, cuando el viejo cheb hizo futt y después pasó lo que ya te puedes imaginar. Sí, ya
lo sé, continúa. Suéltalo todo y no te andes con rodeos. Súbete las mangas y aflójate las
cintas habladas. Y no me des con el trasero cuando te agaches. O con lo que sea...
—¿Qué es todo eso? —preguntó el nativo, escuchando la traducción a su propia
lengua.
—Un libro terrestre muy famoso —dijo Herb Asher, sonriendo—. Mira, mira, ya
oscurece. Mis altivas ramas echan raíces. Y mi frío amor se ha vuelto ceniciento.
¿Fieluhr? ¡Filou! ¿En qué era estamos? Pronto será tarde. Y ahora el interminable...
—Este humano se ha vuelto loco —dijo el nativo, y se dirigió hacia la escotilla,
disponiéndose a salir.
—Es El despertar de Finnegan —dijo Herb Asher—. Espero que el ordenador haya sido
capaz de traducírtelo bien. «Las aguas no me dejan oír. Las parloteantes aguas.
Murciélagos que revolotean, ratones de campo que no paran de cotorrear. ¡Eh! ¿No has
partido aún hacia casa? ¿Qué, Thom Malone? No consigo oír nada...»
El nativo se había ido, convencido de que Herb Asher estaba loco. Asher le vio por la
mirilla; el nativo se alejó de la cúpula terriblemente indignado.
Herb Asher volvió a apretar el interruptor del altavoz externo y, dirigiéndose hacia la
figura que se iba haciendo cada vez más pequeña, gritó:
—Entonces, ¿piensas que James Joyce estaba loco? De acuerdo; ¿pues explícame
cómo es que menciona las «cintas habladas», lo cual quiere decir cintas grabadas, en un
libro que empezó a escribir en 1922 y que terminó en 1939, antes de que hubiera ninguna
clase de grabadoras? ¿A eso le llamas tú locura? Y, además, hace que sus personajes se
sienten a mirar la televisión..., en un libro empezado cuatro años después de la Primera
Guerra Mundial. Yo creo que Joyce era...
El nativo había desaparecido detrás de un risco. Asher dejó de apretar el botón del
altavoz.
Es imposible que James Joyce pudiera mencionar las «cintas habladas» en sus
escritos, pensó Asher. Algún día conseguiré que publiquen mi artículo; voy a demostrar
que El despertar de Finnegan es todo un conjunto de información basado en la memoria
de unos sistemas de ordenadores que no existieron hasta un siglo después de la época
de Joyce; que Joyce estaba conectado a una conciencia cósmica de la cual sacó la
inspiración para escribir toda su obra. Seré famoso para siempre.
¿Qué debía sentirse oyendo cómo Cathy Berberian leía en voz alta el Ulises?, se
preguntó. Si al menos hubiera grabado el libro entero... Pero, claro, siempre tenemos a
Linda Fox.
Su grabadora seguía encendida, registrándolo todo.
—Voy a pronunciar la palabra trueno de cien letras —dijo en voz alta. Las agujas de los
indicadores de volumen se balancearon obedientemente—. Ahí voy —dijo Asher, y aspiró
una honda bocanada de aire—. Ésta es la palabra trueno de cien letras de El despertar de
Finnegan. Se me ha olvidado. —Fue al estante y cogió la cinta de El despertar de
Finnegan—. No voy a recitarla de memoria —dijo, metiendo la cinta en el aparato y
haciéndola retroceder hasta la primera página del texto—. Es la palabra más larga de todo
el idioma inglés —dijo—. Es el sonido que se oyó cuando el cosmos sufrió su cisma
primordial, cuando parte del cosmos dañado cayó en el mal y la oscuridad. En el origen
teníamos el Jardín del Edén, como indica Joyce. Joyce...
Su radio emitió un crepitar. El hombre de la comida estaba entrando en contacto con él
para indicarle que se preparase a recibir un envío.
—¿...despierto? —dijo la radio. Con voz esperanzada.
Un contacto con otro ser humano. Herb Asher se encogió involuntariamente. Oh,
Cristo, pensó. Estaba temblando. No, pensó.
No, por favor.
 
 
2
 
Bueno, se dijo Herb Asher, si entran por el techo, ya puedes imaginar que vienen a por
ti. El hombre de la comida, el más importante de todos los suministradores, había
desatornillado la escotilla superior de la cúpula y ahora mismo estaba bajando por la
escalera.
—Un comtrix con raciones de comida —le anunció el transductor auditivo de su radio—
. Inicie el procedimiento de cierre de los remaches.
—Procedimiento iniciado —dijo Asher.
—Póngase el casco —dijo el altavoz.
—No es necesario —dijo Asher. No hizo movimiento alguno para coger su casco; su
flujo de renovación atmosférica compensaría cualquier pérdida sufrida durante la entrada
del suministrador: había alterado las especificaciones para asegurarse de ello.
Los circuitos autónomos de la cúpula hicieron que empezara a sonar un timbre de
alarma.
—¡Póngase el casco! —dijo el suministrador con voz irritada.
El timbre de alarma dejó de quejarse; la presión había vuelto a quedar estabilizada. En
cuanto se dio cuenta de ello, el suministrador puso cara de satisfacción. Se quitó el casco
y empezó a sacar paquetes de su comtrix.
—Somos una raza muy resistente —dijo Asher, ayudándole.
—Veo que le ha cambiado los amperajes a todo el equipo —observó el suministrador;
como todos los encargados de aprovisionar a las cúpulas, era de constitución robusta y se
movía con rapidez. Manejar una lanzadera comtrix que iba y venía de las naves madre a
las cúpulas de CY30II no era un trabajo demasiado seguro. El suministrador lo sabía, y
Asher también. Cualquier idiota era capaz de quedarse sentado dentro de una cúpula; las
personas capaces de funcionar en el exterior no abundaban.
—¿Puedo descansar un momento? —dijo el suministrador, en cuanto hubo terminado
con su trabajo.
—No puedo ofrecerle nada más que una taza de Kaff —dijo Asher.
—Con eso basta. No he tomado un solo café auténtico desde que llegué aquí. Y llegué
aquí mucho antes que usted. —El suministrador tomó asiento junto a la zona del módulo
de comidas.
Los dos hombres se quedaron callados, uno a cada lado de la mesa, mirándose y
tomando Kaff. En el exterior de la cúpula el metano podía seguir haciendo de las suyas,
pero aquí dentro ninguno de los dos lo notaba. El suministrador estaba sudando; al
parecer, el nivel de temperatura de Asher resultaba demasiado alto para él.
—¿Sabe una cosa, Asher? —dijo el suministrador—. Tengo la impresión de que usted
se limita a quedarse tumbado en el catre con todo el equipo funcionando en automático.
¿Acierto?
—No me aburro.
—Algunas veces pienso que ustedes, los tipos de las cúpulas... —El suministrador
guardó silencio unos instantes—. Asher, ¿conoce a la mujer que vive en la cúpula de al
lado?
—Un poco —dijo Asher—. Mi equipo le pasa datos a sus circuitos tres o cuatro veces a
la semana. Los almacena, aumenta la potencia y los transmite. Bueno, eso creo... La
verdad es que yo...
—Está enferma —dijo el suministrador.
—La última vez que hablé con ella parecía encontrarse bien —murmuró Asher, algo
sorprendido—. Usamos el video. Dijo algo acerca de que tenía problemas para leer la
pantalla de su terminal.
—Se está muriendo —dijo el suministrador, y tomó un sorbo de su Kaff.
 
Al oír aquella palabra, Asher tuvo miedo. Sintió un escalofrío. Intentó ver mentalmente
a esa mujer, pero una extraña serie de escenas invadió su cabeza, escenas mezcladas
con una melosa música de cuerdas. Qué brebaje tan raro, pensó; video y fragmentos
auditivos, como pedazos de ropa vieja que pertenecieron a los muertos. La mujer era
bajita y morena. Y, ¿cuál era su nombre?
—No consigo pensar con claridad —dijo, y se apretó las sienes con las palmas de las
manos. Como si quisiera tranquilizarse a sí mismo. Después se levantó y fue al tablero
principal, donde accionó un par de teclas; la pantalla mostró el nombre de la mujer,
recuperado por el código que utilizaban en sus comunicaciones. Rybys Rommey—. ¿De
qué se está muriendo? —preguntó—. ¿Qué diablos quiere decirme?
—Esclerosis múltiple.
—No te puedes morir de eso. Hoy en día no.
—Aquí sí.
—¿Cómo...? Mierda. —Volvió a sentarse; le temblaban las manos. Que me cuelguen,
pensó—. ¿Y está muy avanzada?
—Oh, muy poco —dijo el suministrador—. ¿Qué le pasa? —Clavó los ojos en Asher
con cierto interés.
—No lo sé. Nervios. Será cosa del Kaff.
—Hace un par de meses me dijo que, cuando estaba a punto de cumplir los veinte
años, sufrió un..., ¿cómo se llama? Un aneurisma. En el ojo izquierdo. La dejó sin visión
central en ese ojo. En aquel momento sospecharon que podía ser resultado de una
esclerosis múltiple. Y hoy, cuando hablé con ella, me dijo que estaba sufriendo una
neuritis óptica, lo cual...
—¿Ha informado de esos síntomas al MED? —le preguntó Asher.
—La correlación de un aneurisma y un período de remisión al que sigue el ver doble,
manchas borrosas... Oiga, tiene usted muy mala cara.
—Durante un segundo he sentido algo muy raro, algo inexplicable —dijo Asher—. Ya
se me ha pasado. Como si todo esto me hubiera ocurrido antes.
—Tendría que llamarla y hablar con ella —dijo el suministrador—. Creo que también a
usted le iría bien. Al menos, haría que se levantara de su catre.
—No hace falta que intente mejorar mi vida —gruñó Asher—. Me marché del Sistema
Solar justamente por eso. ¿Le he contado alguna vez qué me obligaba a hacer mi
segunda esposa cada mañana? Tenía que servirle el desayuno en la cama; luego tenía
que...
—Cuando le entregué las provisiones, la mujer estaba llorando.
Asher se volvió hacia su teclado, pulsó unos cuantos controles y leyó lo aparecido en la
pantalla.
—La esclerosis múltiple tiene un índice de curación del treinta al cuarenta por ciento.
—Aquí no —dijo el suministrador con voz cargada de paciencia—. MED no puede
atenderla. Le dije que hiciera una petición para que la devolvieran a casa. Si yo estuviera
en su lugar, eso es lo que haría... Pero ella no quiere.
—Está loca —dijo Asher.
—Tiene razón. Se ha vuelto loca. Aquí todo el mundo está loco.
—Hace poco que me han dicho eso mismo.
—¿Quiere una prueba? Ella es la prueba. Oiga, si supiera que estaba muy enfermo,
¿no volvería usted a casa inmediatamente?
—Se supone que no debemos abandonar nuestras cúpulas bajo ningún concepto.
Además, en cuanto has emigrado, volver va en contra de la ley. No, no va en contra de la
ley —dijo, corrigiéndose a sí mismo—. No si estás enfermo. Pero el trabajo que hacemos
aquí...
—Oh, sí, claro... Tienen que dedicarse a observar cosas muy importantes. Cosas como
Linda Fox. Oiga, ¿quién le dijo eso?
—Un clem —respondió Asher—. Un clem entró en esta cúpula y me dijo que estaba
loco. Y ahora usted baja por mi escalera y me dice lo mismo. Tanto los clems como los
suministradores de provisiones se dedican a diagnosticar mi estado de salud. ¿Oye esa
maldita música dulzona o no? Suena por toda mi cúpula; no consigo localizar su fuente, y
estoy harto de ella. De acuerdo, me encuentro mal y estoy loco; ¿en qué puedo ayudar a
la señorita Rommey? Usted mismo lo ha dicho. Estoy encerrado en esta cúpula y he
perdido la cabeza; no puedo ayudar a nadie.
El suministrador dejó su taza sobre la mesa.
—Tengo que irme.
—Estupendo —dijo Asher—. Lo siento; el que me hablara de la señorita Romney me
ha puesto nervioso.
—Llámela y hable con ella. Necesita a alguien con quien conversar, y la suya es la
cúpula más próxima. Me sorprende que no le haya dicho nada de lo que le pasa.
No se lo pregunté, pensó Herb Asher.
—Es la ley. Ya lo sabe, ¿no? —dijo el suministrador.
—¿Qué ley?
—Si una de las cúpulas tiene problemas, el vecino más próximo...
—Oh. —asintió con la cabeza—. Bueno, nunca me había pasado nada semejante.
Quiero decir que... De acuerdo, es la ley. Se me había olvidado. Oiga, ¿ha sido ella quien
le dijo que me hablara de la ley?
—No —dijo el suministrador.
Después de que se hubiera marchado, Herb Asher buscó el código de la cúpula de
Rybys Rommey. Empezó a pasarlo por su transmisor, pero cuando estaba a la mitad se
detuvo, inseguro. Según su reloj mural eran las 18:30. Se suponía que en ese mismo
punto de su ciclo de cuarenta y dos horas debía aceptar una secuencia de diversiones a
gran velocidad, señales de audio y video grabadas en cinta que emanaban de un satélite
cautivo de CY30 III; después de haberlas almacenado, tenía que pasarlas a velocidad
normal y seleccionar el material adecuado para el conjunto de cúpulas que había en su
planeta.
Decidió echarle una ojeada al horario. Linda Fox estaba dando un concierto que duraba
dos horas. Linda Fox, pensó. Tú y tu síntesis del viejo rock, el streng moderno y la música
para laúd de John Dowland. Jesús, pensó; si no transcribo la emisión de tu concierto en
vivo, todos los habitantes de las cúpulas que hay en este planeta vendrán hasta aquí
hechos una furia y me matarán. Dejando aparte las emergencias —y, realmente, nunca
hay emergencias—, me pagan precisamente para esto; para que controle el tráfico de
información entre los planetas, la información que nos mantiene conectados con el hogar
haciendo que sigamos siendo seres humanos. Las cintas tienen que seguir girando.
Colocó el transportador de cinta a velocidad máxima, dispuso los controles del módulo
para la recepción, lo ajustó todo para que captara la frecuencia operativa del satélite,
comprobó la silueta ondulatoria en el sensor visual para estar seguro de que la onda de
transporte llegaba sin perturbaciones, y después pidió una transcripción auditiva de lo que
estaba recibiendo.
La voz de Linda Fox brotó de la hilera de altavoces colocada encima de él. Tal y como
mostraba el sensor, no había distorsiones. Ningún ruido, ni un solo corte. De hecho, todos
los canales se hallaban equilibrados; eso era lo que indicaban sus medidores.
Cuando la oigo, hay veces en que podría echarme a llorar, pensó. Y hablando de llorar:
 
Vagabundeando por esta tierra,
mi banda.
Mi amor,
en los mundos que pasan sobre nosotros.
Tocad para mí, espíritus ingrávidos.
Creo que voy a brindar por vuestra grandeza.
Mi banda.
 
Y, acompañando a la voz de Linda Fox, los vibrolaúdes que eran su marca de fábrica.
Antes de ella, a nadie se le había ocurrido utilizar aquel instrumento del siglo XVI para el
que Dowland había escrito canciones tan hermosas y tan capaces de llegar al corazón.
 
¿Tengo que demandaros? ¿Debo pedir compasión?
¿Debo rezar? ¿He de intentarlo otra vez?
¿Tengo que luchar para alcanzar la alegría divina
con un amor de este mundo?
¿Acaso hay palabras? ¿Existe alguna luna
donde quienes se han ido sigan viviendo?
¿Encontraré algún día un corazón puro?
 
Ah, se dijo, estas nuevas mezclas de las viejas canciones para laúd... Qué fuerza
tienen. Algo nuevo, algo hecho para gente que ha perdido su hogar y que se ha visto
dispersada igual que si una mano les hubiera arrojado a lo lejos: aquí y allá, en desorden,
dentro de sus cúpulas, tirados sobre mundos miserables, en satélites y arcas... Víctimas
del poder de una migración opresiva que no ven el final de sus desgracias.
Ahora, la Fox estaba cantando uno de sus temas favoritos:
 
Pobres desgraciados, dejad que me burle
de este ciego viaje.
Las santas esperanzas exigen
 
Un zumbido de estática. Herb Asher torció el gesto y lanzó una maldición; la frase que
venía después había quedado borrada. Mierda, pensó.
La Fox volvió a repetir la estrofa.
 
Pobres desgraciados, dejad que me burle
de este ciego viaje.
Las santas esperanzas exigen
 
La estática de nuevo. Sabía cuál era la frase que faltaba. Decía:
 
un descubrimiento mayor que éste.
 
Irritado, le mandó un mensaje a la fuente de emisión para que volviera a enviarle los
diez últimos segundos del mensaje; la cinta se rebobinó obedientemente, le mandó el
indicativo de la señal y repitió los cuatro versos. Esta vez logró oír la última línea pese a
aquella extraña estática.
 
Pobres desgraciados, dejad que me burle
de este ciego viaje.
Las santas esperanzas exigen
vuestro trasero.
 
—¡Cristo! —dijo Asher, y desconectó la cinta. ¿Era posible que hubiese oído aquello?.
¿«Vuestro trasero»?
Era Yah. Estaba distorsionando su recepción. Y no era la primera vez.
Los clems que vivían por allí se lo habían explicado cuando la interferencia se produjo
por primera vez, hacía ya unos cuantos meses. En los viejos tiempos, antes de que los
humanos emigraran al sistema estelar CY30-CY30B, la población autóctona había
adorado a una divinidad llamada Yah, que vivía dentro de una montaña. Los nativos le
habían explicado que aquella divinidad moraba en la colina sobre la cual había sido
erigida la cúpula de Herb Asher.
Las señales psicotrónicas y los haces de microondas que recibía habían sido
distorsionados ocasionalmente por Yah, lo cual le había molestado bastante. Y, cuando
no había señales que recibir, Yah hacía iluminarse sus pantallas con fragmentos de
información no muy largos pero obviamente dotados de inteligencia. Herb Asher había
pasado mucho tiempo revisando su equipo e intentando eliminar aquella interferencia,
pero no lo había conseguido. Había estudiado sus manuales y había levantado pantallas
contra ella, pero no sirvieron de nada.
Pese a todo, ésta era la primera vez que Yah estropeaba una canción de Linda Fox. Y,
para Asher, eso hacía que el asunto dejara de ser una mera molestia para pasar a ser
algo realmente grave.
Porque, tanto si eso era bueno como si no, el hecho es que Asher dependía totalmente
de Linda Fox.
Asher llevaba mucho tiempo elaborando una compleja serie de fantasías en donde
aparecía la Fox. Él y Linda Fox vivían en la Tierra, en California, en uno de los pueblos
costeros que había al sur (los detalles geográficos terminaban ahí). Herb Asher practicaba
el surf, y ella pensaba que eso era algo maravilloso. Era igual que un anuncio de cerveza.
Acampaban en la playa con sus amistades; las chicas se paseaban desnudas de la
cintura para arriba, y la radio portátil estaba sintonizada continuamente a una emisora que
se pasaba las veinticuatro horas del día tocando rock sin ninguna interrupción publicitaria.
De todas formas, lo más importante era lo espiritual: las chicas que se paseaban por la
playa con el pecho al aire eran, sencillamente..., bueno, no es que fueran vitales, pero sí
agradables. El meollo del asunto era altamente espiritual. Las cimas de espiritualidad a
que podía llegar un buen anuncio de cerveza eran realmente sorprendentes.
Y, como guinda final, las canciones de Dowland. La belleza del universo no estaba
centrada en las estrellas que contenía, sino en la música generada por las mentes, las
voces y las manos humanas. Los vibrolaúdes se mezclaban con los complejos teclados
tocados por auténticos expertos, y el resultado final se unía a la voz de Linda Fox: Sé lo
que necesito para seguir adelante, pensó. Mi trabajo es mi placer: transcribo esto, lo
emito, y me pagan por hacerlo.
—Aquí la Fox —dijo Linda Fox.
Herb Asher pasó del video al holograma, y en el aire apareció un cubo dentro del que
se formó la silueta de Linda Fox, sonriéndole. Mientras tanto, los tambores de cinta iban
girando a toda velocidad, grabando hora tras hora de ella, horas que pasarían a ser suyas
para siempre.
—Estás con la Fox —afirmó ella—, y la Fox está contigo. —Le atravesó con su mirada,
con aquellos ojos duros y brillantes. El rostro de diamante, feroz y sabio, feroz y auténtico;
aquí está la Fox/Hablando contigo. Asher le devolvió la sonrisa.
—Hola, Fox —dijo.
—Tu trasero —dijo la Fox.
 
Bueno, eso explicaba aquella melosa música de cuerdas, aquel interminable oír El
violinista en el tejado. Yah era el responsable. La cúpula de Herb Asher había sido
penetrada por la vieja deidad local que, obviamente, no apreciaba demasiado la actividad
electrónica que los colonizadores humanos habían traído consigo. Tengo interferencias
hasta en la sopa, pensó Herb Asher, y mis canales de recepción están saturados de
divinidad. Tendría que marcharme de esta montaña. De todas formas, la montaña no es
gran cosa..., la verdad es que apenas si llega a la categoría de colina. Yah puede
quedarse con ella, y así los nativos podrán volver a servirle carne de cabra a su deidad. El
único problema era que todas las cabras nativas habían muerto hacía mucho tiempo, y el
ritual había muerto con ellas.
Fuera cual fuese la causa, su transmisión había quedado destrozada. Ahora ya no
hacía falta que volviera a pasarla. Yah se había cargado la señal antes de que llegara a
las cabezas grabadoras; no era la primera vez, y la contaminación de la señal siempre
acababa pasando a la cinta.
Así que, en el fondo, puedo mandarlo todo a la mierda. Y llamar a la pobre enferma que
vive en la cúpula de al lado.
Marcó su código, sin sentir ningún entusiasmo.
Rybys Rommey necesitó un tiempo asombrosamente largo para responder a su señal.
¿Se habrá muerto?, pensó Asher mientras permanecía sentado, contemplando el
indicador luminoso que aparecía en su tablero. Puede que la hayan evacuado a la
fuerza...
Su micropantalla mostraba un borroso torbellino de colores. Estática visual, nada más.
Y, un instante después, la imagen de Rybys Rommey apareció en la pantalla.
—¿Te he despertado? —preguntó Herb. Sus movimientos parecían tan lentos, tan
torpes... Pensó que quizá se hubiera tomado un sedante.
—No. Me estaba pinchando el culo.
—¿Qué? —dijo él, sorprendido. ¿Sería otra vez cosa de Yah, perturbando su señal?
No, estaba seguro de haberla oído decir eso.
—Quimioterapia —dijo ella—. No me encuentro demasiado bien.
Qué coincidencia tan increíble, pensó Asher. Tu trasero y pinchándome el culo. Estoy
metido en un mundo muy extraño, pensó. Están pasando cosas muy raras.
—Acabo de grabar un concierto de Linda Fox increíble —dijo—. Lo emitiré en los
próximos días. Seguro que te anima.
El rostro de ella, ligeramente hinchado, no mostró ninguna reacción.
—Es una lástima que no podamos movernos de estas cúpulas. Ojalá pudiéramos
hacernos visitas... El suministrador estuvo aquí hace unos momentos. De hecho, me ha
traído las medicinas. Son bastante efectivas, pero me hacen vomitar.
Ojalá no hubiera llamado, pensó Herb Asher.
—¿No hay ninguna forma de que puedas hacerme una visita? —dijo Rybys.
—No tengo ningún suministro de aire que pueda llevar conmigo..., nada. —
Naturalmente, era mentira.
—Yo sí lo tengo —dijo Rybys.
—Pero, estando enferma... —se apresuró a decir Asher, lleno de pánico.
—Puedo llegar hasta tu cúpula.
—¿Y tu tablero? ¿Y si llegan datos que...?
—Tengo un sensor de aviso. Puedo traérmelo.
—De acuerdo —acabó diciendo él.
—Si pudiera estar con alguien, tenerle sentado junto a mí... Significaría mucho. El
suministrador se queda media hora, pero no puede estar más tiempo. ¿Sabes qué me
contó? Parece que se ha producido una epidemia de esclerosis lateral amiotrófica en
CY30 VI. Debe de ser un virus. Toda esta enfermedad es cosa de un virus... Jesús, cómo
odio tener esclerosis lateral amiotrófica. Se parece a la variedad Mariana.
—¿Es contagioso? —preguntó Herb Asher.
—Lo que tengo puede curarse —dijo ella, en vez de responder directamente a su
pregunta. Estaba claro que deseaba tranquilizarle—. Si el virus anda suelto por aquí... No
te preocupes; no vendré. —Agitó la cabeza y alargó la mano para apagar su transmisor—.
Voy a acostarme un rato y dormiré —dijo—. Si tomas esta clase de medicación tienes que
dormir todo lo que puedas. Ya hablaremos mañana. Adiós.
—Ven a verme —dijo él.
—Gracias —dijo ella, y todo su rostro se iluminó.
—Pero asegúrate de traer tu sensor. Tengo la corazonada de que va a haber un
montón de confirmaciones por telemetría...
—¡Oh, que se jodan las confirmaciones por telemetría! —dijo Rybys, con voz cargada
de veneno—. ¡Estoy harta de esta condenada cúpula! Oye, ¿no te estás volviendo loco de
tanto estar sentado ahí viendo girar los tambores de la cinta, vigilando los diales, los
medidores y toda esa mierda?
—Creo que deberías volver a casa —dijo él—. Al Sistema Solar.
—No —replicó ella, algo más tranquila—. Voy a seguir al pie de la letra las
instrucciones que me ha dado MED para la quimioterapia, y acabaré venciendo a esta
jodida esclerosis múltiple. Soy buena cocinera. Mi madre era italiana y mi padre es
chicano, así que le echo especias a todo lo que cocino, pero aquí no hay forma de
conseguir especias. Aunque creo que he dado con una forma de resolver el problema
utilizando algunos productos sintéticos. He estado haciendo experimentos.
—Oye, en el concierto que voy a emitir, la Fox hace una versión del «Tengo que
demandaros» de Dowland —dijo Herb Asher.
—¿De qué va la canción? ¿Es de juicios?
—No. Es «demandaros» en el sentido arcaico, de pedir algo o cuando cortejas. En
asuntos de amor... —Y entonces se dio cuenta de que ella le estaba tomando el pelo.
—¿Quieres saber lo que pienso de la Fox? —dijo Rybys—. Es pura sensiblería
reciclada, y no hay una clase de sensiblería peor que ésa; ni tan siquiera es original. Y da
la impresión de que tiene la cara puesta del revés. Tiene boca de mal bicho.
—A mí me gusta —dijo él, algo ofendido; podía notar cómo empezaba a enfadarse, a
enfadarse de veras. ¿Se supone que he de ayudarte?, se preguntó a sí mismo. ¿He de
correr el riesgo de pillar lo que tienes para que puedas insultar a la Fox?
—Te prepararé buey a la Stroganoff con tallarines y perejil —dijo Rybys.
—Oh, me las arreglo muy bien con la comida —respondió él.
—Entonces, ¿no quieres que venga? —dijo ella, en voz baja y vacilante.
—Yo... —murmuró Asher.
—Señor Asher, estoy muy asustada —dijo ella—. Dentro de quince minutos empezaré
a vomitar por culpa de la neurotoxita intravenosa. Pero no quiero estar sola. No quiero
abandonar mi cúpula y no quiero estar sola. Lamento haberte ofendido. Es sólo que...
Bueno, no puedo tomarme en serio a la Fox. Es una personalidad falsa inventada por los
medios de comunicación. Es pura fachada, nada más. Prometo no decir nada más de ella.
—¿Tendrás fuerzas para...? —Y, antes de terminar, cambió la frase—. ¿Estás segura
de que no será demasiado esfuerzo preparar la comida?
—Oh, ahora estoy bastante bien. Luego me pondré peor —dijo ella—. Estaré débil
durante mucho tiempo.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No hay forma de saberlo.
Vas a morirte, pensó él. Lo sabía, y ella también lo sabía. No hacía falta que hablaran
de eso. La complicidad del silencio y el acuerdo estaban ahí mismo. Una chica que se
muere quiere hacerme la cena, pensó. Una cena que no tengo ganas de comerme. Tengo
que decirle que no. Tengo que mantenerla fuera de mi cúpula. La insistencia de los
débiles, pensó; su horrible poder. ¡Es mucho más sencillo levantar la mano contra la
fuerza!
—Gracias —dijo—. Me gustaría mucho que cenáramos juntos. Pero asegúrate de
mantener el contacto por radio conmigo mientras vienes hacia aquí... Así sabré que estás
bien. ¿Lo prometes?
—Bueno, claro que sí. —dijo ella—. De lo contrario... —Sonrió—. Me encontrarían
dentro de un siglo, congelada junto a mis sartenes, cazuelas y provisiones, por no hablar
de las especias sintéticas. Tienes un poco de aire portátil, ¿verdad?
—No, te aseguro que no —dijo él.
Y ella vio claramente que mentía, y Asher se dio cuenta de ello.
 
 
3
 
La comida olía bien y estaba deliciosa, pero cuando hacía poco que habían empezado
Rybys Rommey le pidió que la disculpara y fue con paso inseguro desde la matriz central
de la cúpula —la cúpula de Asher—, hasta el cuarto de baño. Asher intentó no enterarse
de los ruidos que hacía; llegó a un acuerdo con su sistema perceptivo para que no oyera,
y a otro acuerdo con su inteligencia para que no comprendiera. La chica, que estaba
vomitando en el cuarto de baño, lanzó un grito ahogado, y Asher rechinó los dientes,
apartó su plato y se levantó rápidamente para poner en marcha su sistema de audio
interior; escogió uno de los primeros álbumes de la Fox.
 
¡Vuelve!
El dulce amor me invita
a gozar de tus gracias, que se niegan
a darme el deleite necesario...
 
—¿No tendrás un poco de leche? —dijo Rybys desde el umbral del cuarto de baño,
bastante pálida.
Sin decir palabra, Asher le dio un vaso de leche, o de lo que en aquel planeta pasaba
por serlo.
—Tengo antieméticos —dijo Rybys mientras cogía el vaso de leche—, pero no me he
acordado de coger ningún comprimido. Están en mi cúpula.
—Podría ir a buscarlos —dijo él.
—¿Sabes lo que me dijo MED? —le preguntó ella, con la voz cargada de indignación—
. Dijo que esta quimioterapia no me haría caer el pelo, pero ya estoy empezando a
perderlo...
—Está bien —la interrumpió Asher.
—¿Cómo que está bien?
—Lo siento —dijo él.
—Te estoy poniendo nervioso —murmuró ella—. La velada se ha estropeado, y tú
estás..., no sé cómo decirlo. Si me hubiera acordado de traer mis antieméticos habría
podido... —Se calló—. La próxima vez los traeré. Lo prometo. Éste es uno de los pocos
álbumes de la Fox que me gustan. Entonces era realmente buena, ¿no te parece?
—Sí —dijo él con voz tensa.
—Linda Box —dijo Rybys.
—¿Qué? —dijo él.
—Linda Box, Linda la Caja. Así es como solíamos llamarla mi hermana y yo. —Intentó
sonreír.
—Por favor, vuelve a tu cúpula —dijo Asher.
—Oh —murmuró ella—. Bueno... —Se alisó el cabello con una mano algo
temblorosa—. ¿Te importaría acompañarme? Creo que en estos momentos sería incapaz
de llegar yo sola. Estoy bastante débil. La verdad es que me encuentro fatal.
Me estás obligando a ir contigo, pensó Asher. Así son las cosas. Es lo que está
pasando. No te irás sola, piensas llevarte mi alma contigo. Y lo sabes. Eres tan consciente
de ello como del nombre de la medicación que tomas, y me odias igual que odias la
medicación, igual que odias a MED y a tu enfermedad; todo es odio, odio hacia todas y
cada una de las cosas que hay bajo estos dos soles. Sé quién eres. Te comprendo. Sé lo
que va a suceder. De hecho, ya ha empezado a suceder.
Y no te culpo, pensó. Pero no pienso perder a la Fox; la Fox va a durar más que tú. Y
yo también. No vas a cargarte el éter luminoso que anima nuestras almas.
Me agarraré a la Fox, y la Fox me sostendrá en sus brazos y se agarrará a mí.
Nosotros dos..., no hay nada que pueda separarnos. Tengo docenas de horas de la Fox
en cintas de video y de audio y las cintas no son tan sólo para mí, sino para todo el
mundo. ¿Crees que puedes acabar con eso?, se dijo. Ya lo han intentado antes. El poder
de los débiles es un poder imperfecto, pensó; al final acaba siendo derrotado. De ahí
viene su nombre.
Por eso los llamamos débiles, y con razón.
—Sensiblería —dijo Rybys.
—Cierto —dijo él sarcásticamente.
—Y, además, sensiblería reciclada.
—Y con las metáforas equivocadas.
—¿En sus canciones?
—En lo que estoy pensando. Cuando me enfado de veras tiendo a confundirme...
—Deja que te diga una cosa —le interrumpió Rybys—. Sólo una cosa... Si quiero
sobrevivir, no puedo permitirme el lujo de ponerme sentimental. Tengo que ser muy dura.
Si te he hecho enfadar lo siento, pero así son las cosas. Es mi vida. Algún día quizá te
encuentres en mi situación actual, y entonces lo comprenderás. Espera a que llegue ese
día, y entonces podrás juzgarme. Si es que llega alguna vez... Mientras tanto, todo eso
que haces sonar en el sistema audio de tu cúpula es basura. Para mí tiene que ser
basura, ¿lo comprendes? Puedes olvidarme; puedes mandarme de regreso a mi cúpula, y
probablemente ése es el sitio donde debo estar; pero, si quieres tener algún tipo de
relación conmigo, por pequeña que sea...
—De acuerdo —dijo él—. Lo entiendo.
—Gracias. ¿Puedo tomar un poco más de leche? Apaga el audio y terminaremos de
comer. ¿Te parece bien?
—¿Piensas seguir intentando...? —dijo él, asombrado.
—Todas las criaturas y especies que se rindieron y dejaron de comer ya no están con
nosotros. —Rybys volvió a tomar asiento con cierta dificultad, agarrándose al canto de la
mesa.
—Te admiro.
—No —dijo ella—. Soy yo quien te admira. Para ti es más difícil. Lo sé.
—La muerte... —empezó a decir él.
—Esto no es la muerte. ¿Sabes qué es? ¿Sabes qué es comparado con lo que sale de
tus altavoces? Esto es la vida. La leche, por favor; realmente la necesito.
—Supongo que no puedes acabar con el éter —dijo él mientras le servía más leche—.
Ni con el luminoso ni con ningún otro.
—No —dijo ella—, ya que no existe.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Asher.
—Veintisiete.
—¿Emigraste voluntariamente?
—¿Quién puede saberlo? —se encogió de hombros Rybys—. En este momento de mi
vida soy incapaz de reconstruir lo que pensaba antes. En el fondo, tengo la sensación de
que emigrar poseía un componente espiritual. Era emigrar o entrar en el sacerdocio. Me
educaron dentro del Legado Científico pero...
—El Partido —dijo Herb Asher. Seguía pensando en él con su viejo nombre, el Partido
Comunista.
—Pero, cuando estaba en la universidad, empecé a trabajar en cosas de la iglesia.
Tomé una decisión. Escogí a Dios por encima del universo material.
—Así que eres católica.
—Iglesia Cristiana Integrada, sí. Ya sabrás que ese término que has usado se
encuentra prohibido, ¿no?
—No me importa —dijo Herb Asher—. No tengo ninguna relación con la Iglesia.
—Quizá te gustara leer algunos libros de C. S. Lewis. Podría prestártelos.
—No, gracias.
—Esta enfermedad que sufro... —dijo Rybys—. Bueno, es algo que me ha hecho
preguntarme si... —Hizo una pausa—. Tienes que experimentarlo todo en términos de
una imagen final. La enfermedad que sufro puede parecer maligna en sí misma, pero
sirve a un propósito más alto que somos incapaces de ver. O que, al menos, todavía no
podemos ver.
—Ésa es la razón de que no lea a C. S. Lewis —dijo Herb Asher.
Rybys le miró con frialdad, desapasionadamente.
—¿Es cierto que los clems tenían la costumbre de adorar a una deidad pagana sobre
esta colina?
—Eso parece —dijo él—. La llamaban Yah.
—Aleluya —dijo Rybys.
—¿Cómo? —dijo él, sorprendido.
—Significa: «Te alabamos, Yah». En hebreo es halleluyah.
—Yavé, entonces.
—No debes pronunciar nunca su nombre. Es el Tetragrammatón sagrado. Elohim, que
no es plural sino singular, quiere decir Dios, y en otra parte de la Biblia el Nombre Divino
aparece junto con Adonai, con lo que se tiene «Señor Dios». Puedes escoger entre
Elohim o Adonai, o utilizarlos juntos, pero nunca puedes decir Yavé.
—Acabas de hacerlo.
Rybys sonrió.
—Bueno, nadie es perfecto. Mátame.
—¿Crees en todo eso?
—No hago más que explicarte los hechos. —Agitó su mano—. Hechos históricos.
—Pero tú crees en ellos. Quiero decir que crees en Dios.
—Sí.
—Y tu esclerosis múltiple, ¿es voluntad de Dios?
—Él permitió que sucediera —dijo Rybys, hablando muy despacio y con voz insegura—
. Pero creo que me está curando. Tengo que aprender algo, y ésta es la forma de que lo
aprenda.
—¿Y no podría enseñártelo de alguna forma menos dura?
—Al parecer no.
—Yah ha estado comunicándose conmigo —dijo Asher.
—No, no; eso es un error. En el comienzo, los hebreos creían que los dioses paganos
existían, pero que eran malignos; después, se dieron cuenta de que los dioses paganos
no existían.
—Las señales que recibo y las cintas... —dijo Asher.
—¿Hablas en serio?
—Naturalmente que sí.
—Entonces, ¿aquí hay una forma de vida aparte de los clems?
—Donde se encuentra mi cúpula, sí. Pertenece a la misma categoría que las
interferencias de onda corta, pero es inteligente. Es selectiva.
—Pon una de las cintas —dijo Rybys.
—Claro. —Herb Asher fue hacia su terminal de ordenador y empezó a teclear en él. Un
instante después, la cinta que había pedido empezó a sonar.
 
Pobres desgraciados, dejad que me burle
de este ciego viaje.
Las santas esperanzas exigen
vuestro trasero.
 
Rybys se rió.
—Lo siento —dijo, luchando con la risa—. ¿Y ha sido Yah quien hizo eso? ¿No se trata
de ningún listillo de la nave madre o de Fomalhaut? Quiero decir que suena exactamente
igual que la Fox. Me refiero al tono; no a las palabras. La forma de cantar... Herb, alguien
te está gastando una broma. Eso no es una deidad. Puede que sean los clems.
—Hice que uno de ellos entrara aquí —explicó Asher con amargura—. Creo que,
cuando llegamos aquí para colonizar el planeta, tendríamos que haber utilizado el gas
nervioso con ellos. Yo pensaba que sólo te encontrabas a Dios después de haber muerto.
—Dios es el Dios de la historia y de las naciones. Y de la naturaleza. Originalmente, lo
más probable es que Yavé fuera una deidad volcánica. Pero interviene en la historia
periódicamente, y el mejor ejemplo es cuando actuó para sacar a los hebreos de Egipto,
haciendo que dejaran de ser esclavos y llevándolos a la Tierra Prometida. Los hebreos
eran pastores y estaban acostumbrados a la libertad; pasarse la vida haciendo ladrillos
era algo terrible para ellos. Y, además, el faraón les hacía recoger paja y, pese a ello, les
obligaba a seguir cumpliendo cada día con su cuota de ladrillos. Es una situación
arquetípica, algo que puede encontrarse en todos los tiempos: Dios salvando a los
hombres de la esclavitud y llevándolos a la libertad. El faraón representa a todos los
tiranos de todas las épocas. —Su voz era tranquila y racional; Asher estaba bastante
impresionado.
—Así que puedes encontrar a Dios estando con vida... —dijo.
—En circunstancias excepcionales, sí. Originalmente, Dios y Moisés hablaban igual
que un hombre cuando conversa con su amigo.
—¿Y qué es lo que se estropeó?
—¿Qué quieres decir?
—Ahora ya nadie oye la voz de Dios.
—Tú sí —dijo Rybys.
—Quienes la oyen son mis sistemas de audio y video.
—Eso es mejor que nada. —Rybys le miró en silencio durante unos momentos—. No
parece que te guste mucho.
—Está interfiriendo con mi vida.
—Yo también —dijo ella.
Asher no logró dar con ninguna respuesta a sus palabras; era cierto.
—¿Qué es lo que haces normalmente? —preguntó Rybys—. ¿Te quedas tumbado en
tu catre escuchando a la Fox? El suministrador me dijo que eso es lo que haces; ¿es
cierto? No me parece gran cosa como vida.
Asher sintió nuevamente algo de ira, una ira cansada y triste. Estaba harto de verse
obligado a defender su forma de vida, así que no dijo nada.
—Creo que el primer libro que voy a prestarte será El problema del dolor, de C. S.
Lewis —dijo Rybys—. En ese libro, Lewis...
—He leído Fuera del planeta silencioso —dijo Asher.
—¿Te gustó?
—No estaba mal.
—Y tendrías que leer las Cartas del diablo a su sobrino —dijo Rybys—. Tengo dos
ejemplares de ese libro.
Oye, pensó Asher, ¿no basta con que te vea morir y descubra a Dios mediante esa
experiencia?
—Mira —dijo—, yo pertenezco al Legado Científico. El Partido. ¿Entiendes? Fue
decisión mía; es el bando que he escogido. El dolor y la enfermedad son algo que debe
ser erradicado, no comprendido. No hay otra vida y Dios no existe, salvo quizá bajo la
forma de una extraña perturbación de la ionosfera que está jodiendo mi equipo en esta
montañita de mierda. Si cuando muera descubro que me he equivocado, alegaré como
circunstancias atenuantes mi ignorancia y el hecho que me educaron mal. Mientras tanto,
me interesa mucho más proteger mis cables y eliminar la interferencia que no mantener
largas conversaciones con ese tal Yah. No tengo cabras que sacrificarle, y, además, hay
otras cosas que debo hacer. Me molesta mucho que mis cintas de la Fox queden
destrozadas; para mí son todo un tesoro, y hay algunas de ellas de las que no puedo
obtener otro ejemplar. Y, de todas formas, Dios no anda metiendo frases como «tu
trasero» en mitad de canciones preciosas. Al menos, no ninguno de los dioses que soy
capaz de concebir...
—Está intentando atraer tu atención —dijo Rybys.
—Pues haría mejor diciendo: «Hey, hablemos un rato».
—Al parecer, se trata de una forma de vida más bien furtiva. No tiene ningún rasgo
isomórfico que la una a nosotros. No piensa igual.
—Es una molestia, eso es lo que es.
—Quizás esté modificando sus manifestaciones para protegerte —dijo Rybys, con cara
pensativa.
—¿Protegerme de qué?
—De él mismo. —De repente todo su cuerpo se estremeció de manera incontrolable,
presa de un evidente dolor—. ¡Oh, maldita sea! ¡Mi pelo se está cayendo! —Se levantó de
la mesa—. Tengo que volver a mi cúpula para ponerme esa peluca que me dieron. Esto
es horrible. ¿Quieres acompañarme? Por favor.
No entiendo cómo una persona que está perdiendo el cabello puede creer en Dios,
pensó Asher.
—No puedo —dijo—. No puedo ir contigo, es imposible. Lo siento. No tengo ningún
suministro de aire portátil, y, además, tengo que ocuparme de mis aparatos. Es la verdad.
Rybys asintió, mirándole con cara de abatimiento. Al parecer, le creía. Asher sintió una
leve punzada de culpabilidad pero, por encima de eso, experimentó un alivio abrumador al
ver que se marchaba. Ahora, aunque sólo fuera durante un tiempo, se libraría de la carga
que suponía tratar con ella. Y, si tenía suerte, quizá consiguiera librarse de ella para
siempre. La única plegaria de que se creía capaz era: Espero no volver a verla nunca más
entrando en esta cúpula. Mientras viva.
La observó ponerse el traje para el trayecto de vuelta a su cúpula, sintiendo una mezcla
de placer y tranquilidad. Y se preguntó qué cinta de entre su tesoro con canciones de la
Fox iba a poner cuando Rybys y sus crueles aguijones verbales se hubieran marchado,
dejándole libre una vez más: libre de ser lo que realmente era, el sibarita y experto en
belleza inmortal. La belleza y la perfección hacia la cual se movían todas las cosas: Linda
Fox.
 
Esa noche, mientras dormía, oyó una voz suave que se dirigía a él.
—Herbert, Herbert.
Abrió los ojos.
—No estoy de turno —dijo, pensando que era la nave madre—. La Cúpula Nueve sí
está activa. Déjame dormir.
—Mira —dijo la voz.
Miró..., y vio que su tablero de control, que gobernaba todo su equipo de
comunicaciones, estaba ardiendo.
—Cristo —dijo, y alargó la mano hacia el interruptor mural que conectaría los extintores
de emergencia. Pero entonces se dio cuenta de algo muy raro. Algo que le dejó perplejo.
Aunque el tablero de control ardía, no estaba consumiéndose.
El fuego le deslumbraba y hacía que le dolieran los ojos. Los cerró y puso el brazo
delante de la cara.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy Ehyeh —dijo la voz.
—Bueno... —murmuró Herb Asher, asombrado. Era la deidad de la montaña,
hablándole directamente, sin ninguna interfaz electrónica. Herb Asher se sintió abrumado
por una sensación muy extraña, la idea de que él no era digno de tal comunicación, y
siguió tapándose la cara con el brazo—. ¿Qué quieres? —preguntó—. Quiero decir que...,
bueno, es tarde. Ahora estoy en mi ciclo de sueño.
—Deja de dormir —dijo Yah.
—He tenido un día muy duro. —Herb estaba asustado.
—Te ordeno que cuides de la chica enferma —dijo Yah—. Está sola. Si no te apresuras
a ir junto a ella, quemaré tu cúpula y cuantos aparatos hay dentro de ella, aparte de a ti
mismo. Te azotaré con las llamas hasta que te despiertes. No estás despierto, Herbert,
todavía no, pero haré que te despiertes; haré que te levantes de tu catre para ir en su
ayuda. Después os diré por qué, pero ahora no eres digno de saberlo.
—Creo que no has entrado en contacto con la persona adecuada —dijo Asher—. Creo
que deberías hablar con MED. Esto es responsabilidad suya.
En ese mismo instante un olor acre y penetrante invadió sus fosas nasales. Y,
horrorizado, vio cómo su tablero de control se consumía y caía al suelo convertido en un
montoncito de metal fundido.
Mierda, pensó.
—Si vuelves a mentirle en cuanto a tu suministro portátil de aire —dijo Yah—, te afligiré
con terribles calamidades, calamidades para las que no habrá solución posible, igual que
ya no la hay para tu equipo. Ahora destruiré tus cintas de Linda Fox. —E,
inmediatamente, el armarito donde Herb Asher guardaba sus cintas empezó a arder.
—Por favor —gimió Asher.
Las llamas desaparecieron. Las cintas estaban intactas. Herb Asher se levantó de su
catre y fue hacia el armarito; alargó la mano, lo tocó..., y la apartó enseguida; el armarito
estaba terriblemente caliente.
—Vuelve a tocarlo —dijo Yah.
—No lo haré —dijo Asher.
—Debes confiar en el Señor tu Dios.
Asher alargó la mano, y esta vez descubrió que el armarito estaba frío, así que pasó los
dedos por encima de las cajas de plástico que contenían las cintas. También las cajas
estaban frías.
—Cielo santo... —dijo, no ocurriéndosele nada más apropiado.
—Pon una de las cintas —dijo Yah.
—¿Cuál?
—Cualquiera.
Escogió una cinta al azar, y la colocó en el aparato. Después conectó su sistema de
audio.
La cinta estaba en blanco.
—Has borrado mis cintas de la Fox —dijo.
—Eso es lo que he hecho —admitió Yah.
—¿Para siempre?
—Hasta que corras en ayuda de la chica enferma y cuides de ella.
—¿Ahora? Probablemente estará dormida.
—Está despierta. Llorando —dijo Yah.
Herb Asher sintió con más fuerza aún que antes su propia indignidad; no valía nada.
Avergonzado, cerró los ojos.
—Lo siento —dijo.
—Aún no es demasiado tarde. Si te das prisa, puedes llegar ahí a tiempo.
—¿Qué quieres decir con eso de «a tiempo»?
Yah no le respondió, pero en la mente de Herb Asher se formó una imagen parecida a
un holograma; la imagen tenía color y profundidad de campo. Rybys Rommey estaba
sentada ante la mesa de su cocina, vestida con una bata azul; sobre la mesa había un
frasco de medicinas y un vaso de agua. Estaba medio encorvada, con el mentón apoyado
en el puño; entre sus dedos apretaba un pañuelo hecho una bola.
—Voy a ponerme el traje —dijo Asher; abrió el compartimiento donde lo guardaba, y su
traje, usado muy pocas veces y abandonado allí dentro desde hacía mucho tiempo, cayó
al suelo.
Diez minutos después Asher estaba fuera de su cúpula vestido con el grueso e
incómodo traje, barriendo con su linterna el metano helado que se extendía ante él. Se
estremeció, sintiendo el frío incluso a través del traje..., lo cual, como comprendió
enseguida, era una ilusión, ya que el traje le proporcionaba un aislamiento perfecto. Vaya
experiencia, se dijo mientras empezaba a bajar por la cuesta. Despertado en mitad de la
noche, con mi equipo quemado, mis cintas borradas..., con todo borrado.
Los cristales de metano crujían bajo sus botas mientras iba descendiendo por la
cuesta, captando la señal automática emitida por la cúpula de Rybys Rommey; la señal le
guiaría. Imágenes dentro de mi cabeza, pensó. Imágenes de una chica a punto de
quitarse la vida. Menos mal que Yah me ha despertado. Probablemente habría sido capaz
de hacerlo.
Seguía asustado y, mientras bajaba por la cuesta, empezó a entonar para sí mismo
una vieja canción de marcha del Partido Comunista.
 
Porque luchaba por la libertad
tuvo que abandonar su hogar.
Cerca del Manzanares de sangre manchado,
donde dirigía los combates para defender Madrid,
allí murió Hans, el comisario.
Con el corazón y con la mano te juro,
mientras vuelvo a cargar mi fusil,
que nunca serás olvidado,
y que el enemigo jamás será perdonado,
Hans Beimler, nuestro comisario,
Hans Beimler, nuestro comisario.
 
 
4
 
A medida que Herb Asher iba descendiendo por la pendiente, el medidor que llevaba
en la mano fue mostrando cada vez con más fuerza la señal de guía. Asher comprendió
que Rybys había subido por esa colina para llegar a su cúpula. La hice caminar cuesta
arriba porque no quería ser yo quien fuera a visitarla. Hice que una chica enferma tuviera
que esforzarse para dar un paso detrás de otro, cargada con la comida y los utensilios.
Me freiré en el infierno.
Pero aún no es demasiado tarde, pensó.
Asher se dio cuenta de que Yah le había obligado a tomársela en serio. Sencillamente,
no me la tomaba en serio, eso es todo. Era igual que si imaginara que estaba fingiendo su
enfermedad. Contándome una mentira para conseguir que le prestara atención. ¿Qué
revela eso de mí?, se preguntó. Porque, a decir verdad, yo sabía que estaba enferma,
realmente enferma, y que no estaba fingiendo. He estado durmiendo, se dijo. Y, mientras
dormía, una chica estaba agonizando.
Y entonces pensó en Yah, y se echó a temblar. Puedo reparar mi equipo, pensó. El
equipo que Yah hizo arder. No será difícil; lo único que he de hacer es llamar a la nave
madre e informarles de que he sufrido una avería y de que mi equipo se ha fundido. Y
Yah prometió dejar mis cintas de la Fox tal y como estaban..., cosa que indudablemente
puede hacer. Pero tengo que volver a esa cúpula y vivir ahí dentro. ¿Cómo puedo seguir
viviendo ahí? No puedo vivir ahí. Es imposible.
Yah tiene planes para mí, pensó. Y al comprenderlo; sintió un gran miedo. Puede
obligarme a hacer cualquier cosa.
Rybys le saludó aparentemente impasible. Vestía una bata azul, y entre sus dedos
sostenía un pañuelo hecho una bola, y Asher se dio cuenta de que tenía los ojos
enrojecidos por el llanto.
—Pasa —le dijo, aunque Asher ya estaba dentro de la cúpula; parecía un poco
aturdida—. Estaba pensando en ti —dijo—. Estaba despierta, pensando.
En la mesa de la cocina había un frasco de medicinas. Lleno.
—Oh, eso... —dijo ella—. No conseguía conciliar el sueño, y pensé tomarme una
píldora para dormir.
—Guárdalo —dijo él.
Obedientemente, Rybys se llevó el frasco al armarito del cuarto de baño.
—Te debo una disculpa —dijo Asher.
—No, nada de eso. ¿Quieres beber algo? ¿Qué hora es? —Se dio la vuelta para mirar
el reloj de pared—. De todas formas, estaba levantada; no me has despertado. Estaba
recibiendo algunos datos por telemetría. —Señaló hacia su equipo; las luces brillaban
indicando cierta actividad.
—Me refiero a que sí tenía aire —dijo Asher—. Un suministro portátil.
—Ya lo sé. Todo el mundo lo tiene. Siéntate; voy a preparar un poco de té. —Empezó a
hurgar en el cajón que había junto a su cocina, lleno a rebosar—. Creo que tengo bolsitas
de té por alguna parte.
Y ahora, por primera vez, Asher se dio cuenta del estado en que se hallaba la cúpula
de Rybys. Era increíble. Platos sucios, cazuelas, sartenes e incluso vasos con restos de
comida estropeada, ropa sucia tirada por todas partes, basura, desperdicios...
Preocupado, miró a su alrededor, preguntándose si no debería ofrecerse a limpiar el
lugar. Y Rybys se movía tan despacio, con una fatiga tan evidente en cada gesto... De
repente, Asher intuyó que se encontraba mucho más enferma de lo que le había hecho
creer en un principio.
—Está hecho una leonera —dijo ella.
—Estás muy cansada —murmuró él.
—Bueno, echar las tripas cada día de la semana agota bastante. Aquí hay una bolsita
de té. Mierda; ya la he utilizado una vez. Las uso y luego las dejo secar. Si lo haces una
sola vez no pasa nada, pero me he dado cuenta de que algunas veces empiezo a usar la
misma bolsita una y otra vez. Intentaré encontrar una que no haya utilizado. —Siguió
hurgando en el cajón.
La pantalla de televisión mostraba una imagen, un auténtico horror animado: una
inmensa hemorroides que palpitaba agitadamente, hinchándose cada vez más.
—¿Qué estás viendo? —preguntó Asher, y apartó los ojos de la imagen animada.
—Están pasando un nuevo serial. Empezó hace muy poco, el otro día. «El esplendor
de...» He olvidado el resto. No sé muy bien de qué va. Es realmente interesante. Lo dan a
casi todas horas.
—¿Te gustan los seriales? —preguntó.
—Me hacen compañía. Pon el sonido.
Asher conectó el sonido. El serial había vuelto a empezar, sustituyendo a la
hemorroides animada. Un anciano con barba y tremendamente velludo luchaba con dos
arácnidos de ojos saltones que, aparentemente, pretendían decapitarle. «¡Apartad
vuestras jodidas mandíbulas de mí!», gritó el hombre, agitando los brazos. El destello de
los rayos láser iluminó la pantalla. Herb Asher recordó una vez más cómo Yah había
quemado su equipo de comunicaciones y sintió una oleada de ansiedad que le aceleró el
pulso.
—Si no quieres verlo... —dijo Rybys.
—No es eso. —Hablarle de Yah iba a resultar muy duro; Dudaba que fuera capaz de
hacerlo—. Me ha pasado algo muy raro. Algo me despertó. —Se frotó los ojos.
—Te pondré al día —dijo Rybys—. Elijah Tate...
—¿Quién es Elijah Tate? —la interrumpió Asher.
—El viejo barbudo; ahora recuerdo cuál es el nombre del serial: «El esplendor de Elijah
Tate». Elijah ha caído en manos de los hombres-hormiga de Sincrón Dos, aunque la
verdad es que no tienen manos. También hay una reina que es realmente muy malvada y
que se llama..., lo he olvidado. —Hizo un esfuerzo—. Creo que se llama Hudwillub. Sí,
eso es. Bueno, el caso es que Hudwillub quiere ver muerto a Elijah Tate. La reina es
realmente horrible; tendrías que verla. Sólo tiene un ojo.
—Qué gracioso —dijo Asher, nada interesado en el serial—. Rybys, escúchame...
Rybys siguió hablando como si no le hubiera oído:
—Bueno, Elijah tiene un amigo que se llama Elisha McVane; son realmente muy
buenos amigos y siempre se ayudan entre sí. Es una especie de... —Miró a Herb—.
Bueno, como tú y yo. Ya sabes; ayudarse mutuamente... Yo te hice la cena y tú has
venido hasta aquí porque estabas preocupado por mí.
—Vine hasta aquí porque me lo ordenaron —dijo él.
—Pero estabas preocupado.
—Sí —dijo él.
—Elisha McVane es mucho más joven que Elijah y es realmente guapo. Bueno, el caso
es que Hudwillub quiere...
—Yah me envió —dijo Asher.
—¿Te envió adónde?
—Aquí. —Su corazón seguía latiendo con mucha fuerza.
—¿De veras? Eso es realmente muy interesante. Bueno, Hudwillub es muy hermosa.
Te gustaría. Quiero decir que te gustaría físicamente... En fin, deja que lo exprese de esta
forma: Objetivamente, su atractivo es obvio, pero espiritualmente está perdida. Elijah Tate
es una especie de conciencia externa suya. ¿Qué tomas con tu té?
—¿Has oído lo que...? —empezó a decir Asher, pero decidió que era inútil.
—¿Leche? —Rybys examinó el contenido de su refrigerador, sacó un cartón de leche,
vertió un poco en un vaso, la probó y torció el gesto—. Está rancia. Maldita sea... —Tiró la
leche por el fregadero de la cocina.
—Oye, lo que te estoy contando es muy importante —dijo Asher—. La deidad de mi
colina me despertó en plena noche para decirme que tenías problemas. Quemó la mitad
de mi equipo y ha borrado todas mis cintas de la Fox.
—Puedes conseguir más de la nave madre.
Asher la miró en silencio.
—¿Por qué me estás mirando de esa forma? —Rybys inspeccionó rápidamente los
botones de su bata—. No se me habrá abierto ninguno, ¿verdad?
Oh, no, pensó Asher. Los botones de tu bata están perfectamente. Pero los de tu
cabeza...
—¿Azúcar? —preguntó ella.
—De acuerdo —dijo él—. Hubiera debido notificarlo al Comandante en Jefe de la nave
madre. Esto es grave.
—Pues hazlo —dijo Rybys—. Ponte en contacto con el C-en-J y cuéntale que Dios
acaba de hablar contigo.
—¿Puedo usar tu equipo? Aprovecharé para informar de que mi equipo se ha fundido.
Ésa es mi prueba.
—No —dijo ella.
—¿No? —Asher la miró, perplejo.
—Eso es un razonamiento inductivo, y no resulta de fiar. No puedes razonar yendo
hacia atrás, de los efectos a las causas.
—¿De qué infiernos estás hablando?
—Que tu equipo se haya fundido no prueba que Dios exista —dijo Rybys con mucha
calma—. Espera; te lo pondré en lógica simbólica para que lo veas mejor. Si es que
consigo dar con mi pluma... A ver si la encuentras; es roja. La pluma, no la tinta. Solía...
—Un momento, un momento. Concédeme un maldito momento, por favor. Para pensar.
¿Eh, de acuerdo? ¿Te importa? —Asher se dio cuenta de que estaba subiendo el tono de
voz.
—Hay alguien fuera —dijo Rybys. Señaló hacia un indicador; la luz estaba
encendiéndose y apagándose—. Un clem robando mi basura. Dejo mi basura fuera de la
cúpula. Lo hago porque...
—Deja entrar al clem —dijo Asher—, y se lo contaré todo.
—¿Le hablarás de Yah? Oh, de acuerdo, y entonces empezarán a subir tu pequeña
colina cargados de ofrendas, y se pasarán el día y la noche consultando a Yah; se te
habrá acabado la paz. No podrás tumbarte en tu catre y escuchar a Linda Fox. El té está
listo. —Llenó dos tazas con agua hirviendo.
Asher marcó el código de la nave madre. Un instante después estaba en contacto con
el operador de circuitos.
—Quiero informar de que he tenido un contacto con Dios —dijo—. Quiero hablar con el
Comandante en Jefe. Dios habló conmigo hace una hora. Una deidad nativa llamada Yah.
—Un momento. —Hubo una pausa, y después el operador de circuitos dijo—: Oye, no
serás el tipo de Linda Fox, ¿verdad? ¿El del Puesto Cinco?
—Sí —dijo él.
—Tenemos la cinta de video de El violinista en el tejado que pediste. Intentamos
transmitirla a tu cúpula, pero al parecer tu equipo de recepción no funciona. Hemos
avisado a los de reparaciones y no tardarán en llegar. La cinta es de la versión original,
con Topol, Norma Crane, Molly Picon...
—Espera un momento —dijo Asher. Rybys le había puesto la mano en el brazo y
estaba intentando atraer su atención—. ¿Qué pasa? —preguntó.
—Fuera hay un ser humano; acabo de echarle una mirada. Haz algo.
—Volveré a llamaros —le dijo Asher al operador de circuitos de la nave madre. Cortó la
conexión.
Rybys había encendido las luces exteriores. Asher miró hacia la ventanilla de la cúpula
y vio algo muy extraño: un ser humano, sí, pero no llevaba el traje habitual; en vez de eso,
vestía lo que daba la impresión de ser una túnica, una túnica muy gruesa, y un delantal de
cuero. Sus botas estaban llenas de remiendos y parecían haber sido fabricadas por él
mismo. Incluso su casco parecía antiguo. ¿Qué diablos es esto?, se preguntó Asher.
—Gracias a Dios que estás aquí —dijo Rybys, y sacó un arma del compartimento que
había junto a su catre—. Voy a dispararle —explicó—. Dile que entre; usa el altavoz
exterior. Y asegúrate de no ponerte en medio de mi línea de tiro.
Estoy tratando con lunáticos, pensó Asher.
—¿Por qué no nos limitamos a no dejarle entrar?
—¡Y una mierda! Esperará hasta que te hayas marchado. Dile que entre. Si no
acabamos con él, me violará, y luego me matará, y después te matará a ti. ¿Sabes quién
es? He reconocido quién es; conozco esa túnica gris. Es un Mendigo Salvaje. ¿Sabes qué
es un Mendigo Salvaje?
—Sé qué es un Mendigo Salvaje —dijo Asher.
—¡Son criminales!
—Son renegados —dijo Asher—. Gente que ya no tiene cúpulas.
—Criminales. —Rybys quitó el seguro del arma.
Asher no sabía si reír o desesperarse; Rybys estaba junto a él, hecha una furia, con su
bata azul y sus zapatillas de peluche; se había puesto rulos en el pelo, y su rostro estaba
hinchado y enrojecido por la indignación.
—No quiero tenerle rondando junto a mi cúpula. ¡Esta cúpula es mía! Diablos, si no
piensas hacer nada al respecto, llamaré a la nave madre y les pediré que manden a una
patrulla de policías.
—Eh, usted, el de fuera... —dijo Asher, conectando el altavoz.
El Mendigo Salvaje alzó la cabeza, pestañeó, se protegió los ojos con la mano, y luego
le hizo una seña a Asher desde el otro lado de la ventanilla. Un viejo arrugado e hirsuto,
curtido por las dificultades, mirando a Asher y sonriéndole.
—¿Quién es usted? —dijo Asher por el altavoz exterior.
Los labios del viejo se movieron pero, naturalmente, Asher no pudo oír nada. O Rybys
tenía desconectado el micrófono exterior, o estaba estropeado.
—Por favor, nada de dispararle, ¿eh? —le dijo a Rybys—. ¿De acuerdo? Voy a dejarle
entrar. Creo que sé quién es.
Rybys volvió a poner el seguro de su arma, despacio y con mucho cuidado.
—Entre —dijo Asher por el altavoz. Activó el mecanismo de la escotilla, y la membrana
intermedia quedó en posición. El Mendigo Salvaje se esfumó por ella con un caminar
rápido y decidido.
—¿Quién es? —le preguntó Rybys.
—Es Elijah Tate —dijo Asher.
—Oh, entonces el serial no es un serial... —Se volvió hacia la pantalla de televisión—.
He estado interceptando una transferencia de información psicotrónica. Debo haber
estado conectada al cable equivocado. Maldita sea. Bueno, qué diablos... Ya me parecía
que lo emitían durante mucho rato.
Elijah Tate apareció ante ellos, limpiándose los cristales de metano del cuerpo: un
anciano de aspecto salvaje e hirsuta cabellera grisácea, muy contento de estar dentro de
la cúpula y a salvo del frío. Sin perder un momento, empezó a quitarse el casco y su
inmensa túnica.
—¿Qué tal te encuentras? —le preguntó a Rybys—. ¿Estás algo mejor? ¿Te ha
cuidado bien este idiota? Como no lo haya hecho, te aseguro que pronto le tendré criando
malvas.
El viento soplaba a su alrededor, como si estuviera en pleno centro de una tormenta.
 
—Soy nuevo —le dijo Emmanuel a la niña del vestido blanco—. No comprendo dónde
estoy.
Los bambúes se agitaron con un susurro. Los niños jugaban. Y el señor Plaudet estaba
junto a Elijah Tate, observando al niño y a la niña.
—¿Me conoces? —le dijo la niña a Emmanuel.
—No —dijo él. No la conocía y, sin embargo, le parecía familiar. Su carita estaba pálida
y tenía el cabello largo y oscuro. Sus ojos, pensó Emmanuel. Están cargados de años.
Los ojos de la sabiduría.
—Nací cuando el océano aún no existía —le dijo la niña a Emmanuel en voz muy baja.
Esperó un momento, observándole, buscando un algo, quizá una respuesta; Emmanuel
no lo sabía—. Fui creada hace mucho tiempo —le dijo la niña—. En el comienzo, mucho
antes que la mismísima Tierra.
—Dile tu nombre —la riñó el señor Plaudet—. Preséntate.
—Soy Zina —dijo la niña.
—Emmanuel —dijo el señor Plaudet—, ésta es Zina Pallas.
—No la conozco —dijo Emmanuel.
—Ahora vosotros dos os iréis a jugar en los columpios —dijo el señor Plaudet—, y
mientras tanto el señor Tate y yo hablaremos. Venga, marchaos.
Elijah fue hacia el niño y se inclinó sobre él.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntó—. La niña, Zina..., ¿qué te acaba de decir? —
Parecía enfadado, pero Emmanuel estaba acostumbrado a los casi continuos estallidos
de ira del anciano—. No he conseguido oírlo.
—Te estás quedando sordo —dijo Emmanuel.
—No, es que ha hablado en voz muy baja —dijo Elijah.
—No he dicho nada que no se dijera ya hace mucho tiempo —dijo Zina.
Perplejo, Elijah miró primero a Emmanuel y luego a la niña.
—¿De qué nacionalidad eres? —le preguntó.
—Vámonos —dijo Zina. Cogió de la mano a Emmanuel y se lo llevó; los dos niños se
alejaron en silencio.
—¿Qué tal es la escuela? —le preguntó Emmanuel pasados unos momentos.
—No está mal. Los ordenadores son algo anticuados. Y el gobierno lo observa y lo
controla todo. Los ordenadores son ordenadores del gobierno; debes acordarte de eso.
¿Cuántos años tiene el señor Tate?
—Muchos —dijo Emmanuel—. Creo que unos cuatro mil. A veces se marcha, pero
siempre vuelve.
—Ya me has visto antes —dijo Zina.
—No, no te he visto.
—Has perdido la memoria.
—Sí —dijo él, sorprendido al ver que Zina lo sabía —Pero Elijah está convencido de
que ya la recobraré.
—¿Tu madre está muerta?
Emmanuel asintió con la cabeza.
—¿Puedes verla? —le preguntó Zina.
—A veces.
—Usa los recuerdos de tu padre. Entonces podrás estar con ella en el retrotiempo.
—Quizá.
—Tu padre lo tiene todo almacenado.
—Me da miedo —dijo Emmanuel—. Es por culpa del accidente. Creo que fue algo
hecho a propósito.
—Claro que fue hecho a propósito, pero a quien deseaban matar era a ti, aunque ni
ellos mismos lo supieran.
—Quizás ahora puedan conseguirlo.
—No tienen forma de encontrarte —dijo Zina.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy la que lo sabe todo. Me encargaré de saberlo todo por ti hasta que
recuerdes, e incluso entonces seguiré a tu lado. Es lo que siempre quisiste. Estaba a tu
lado todos los días; era tu amor y tu deleite, y siempre estaba presente, jugando junto a ti.
Y, cuando terminaste, ellos fueron mi principal placer.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó Emmanuel.
—Soy más vieja que Elijah.
—¿Más vieja que yo?
—No —dijo Zina.
—Pareces mayor que yo.
—Eso es porque has olvidado. Estoy aquí para hacer que recuerdes, pero eso es algo
que no debes contarle a nadie, ni tan siquiera a Elijah.
—Siempre se lo cuento todo —dijo Emmanuel.
—Esto no —dijo Zina—. No le hables de mí. Tienes que prometérmelo. Si hablas de mí
con alguien, no importa quién sea ese alguien, el gobierno me descubrirá.
—Enséñame los ordenadores.
—Aquí están. —Zina le llevó hasta una gran habitación—. Puedes preguntarles
cualquier cosa, pero te darán respuestas modificadas. Quizá tú seas capaz de
engañarles. Me gusta engañarles. Son realmente muy estúpidos.
—Puedes hacer magia —dijo él.
Al oír esas palabras, Zina sonrió.
—¿Cómo lo sabías?
—Tu nombre. Sé lo que significa.
—No es más que un nombre.
—No —dijo él—. Tu nombre no es Zina; Zina es lo que tú eres.
—Pues entonces dime qué soy —le pidió ella—, pero dilo en voz muy baja, porque si
sabes lo que soy entonces es que estás recuperando una parte de tu memoria. Pero ten
cuidado; el gobierno escucha y observa.
—Antes, haz algo de magia —dijo Emmanuel.
—Lo sabrán; el gobierno se enterará.
Emmanuel cruzó la habitación hasta una jaula dentro de la que había un conejo.
—No —dijo—. Eso no. ¿Hay aquí dentro algún otro animal en que puedas convertirte?
—Emmanuel, ten cuidado —dijo Zina.
—Un pájaro —dijo Emmanuel.
—Un gato —dijo Zina—. Espera un momento. —Se quedó quieta y movió los labios. Un
instante después el gato, una hembra gris con rayas, entró en la habitación—. ¿Quieres
que sea la gata?
—Quiero serlo yo —dijo Emmanuel.
—La gata se morirá.
—Deja que se muera.
—¿Por qué?
—Fueron creados para eso.
—En una ocasión un ternero al que iban a sacrificar se escapó y fue corriendo a un
rabino en busca de protección, y puso la cabeza entre las rodillas del rabino. Y el rabino le
dijo: «¡Vete, pues para eso has sido creado!». Quería decir: «Has sido creado para que te
sacrifiquen».
—¿Y qué pasó después? —preguntó Emmanuel.
—Dios hizo que el rabino pasara grandes penalidades durante mucho tiempo —dijo
Zina.
—Comprendo —asintió Emmanuel—. Me has enseñado una lección. No seré la gata.
—Entonces yo seré la gata —dijo Zina—, y no se morirá porque yo no soy como tú. —
Se agachó, puso las manos en las rodillas y llamó a la gata. Emmanuel la observó, y la
gata acabó acercándosele y pidió hablar con él. Emmanuel la cogió en brazos, y la gata
posó una pata sobre su cara. Con su pata le dijo que los ratones eran una gran molestia y
que, aun así, la gata no deseaba su extinción, pues por muy molestos que fueran dentro
de ellos había algo fascinante, más fascinante que molesto; y ésa era la razón de que la
gata anduviera siempre buscando ratones, aunque la gata no los respetaba demasiado.
La gata quería que los ratones existieran y, aun así, los despreciaba.
Todo esto se lo comunicó la gata al posar su pata sobre la mejilla del niño.
—Está bien —dijo Emmanuel.
—¿Sabes si hay algún ratón por aquí? —preguntó Zina.
—Eres la gata —dijo Emmanuel.
—¿Sabes si hay algún ratón por aquí? —repitió ella.
—Eres una especie de mecanismo —dijo Emmanuel.
—¿Sabes...?
—Tienes que encontrarlos tú sola —dijo Emmanuel.
—Pero tú podrías ayudarme. Podrías asustarlos y obligarlos a que vinieran hacia
donde estoy. —La niña abrió la boca y le enseñó los dientes. Emmanuel se rió.
La pata volvió a posarse sobre su mejilla y le comunicó más pensamientos: el señor
Plaudet estaba entrando en el edificio. La gata podía oír sus pasos. Déjame en el suelo, le
comunicó la gata.
Emmanuel dejó a la gata en el suelo.
—¿Hay algún ratón por aquí? —preguntó Zina.
—Basta —dijo Emmanuel—. El señor Plaudet está cerca.
—Oh —dijo Zina, y asintió con la cabeza.
El señor Plaudet entró en la habitación y dijo:
—Veo que ya has conocido a Misty, Emmanuel. ¿Verdad que es una gatita preciosa?
Zina, ¿qué te pasa? ¿Por qué me miras de esa manera?
Emmanuel se rió; Zina tenía ciertas dificultades para desenredar su esencia de la gata.
—Tenga cuidado, señor Plaudet —dijo—. Zina le arañará.
—Supongo que te referirás a Misty, ¿no? —dijo el señor Plaudet.
—Oh, no, ésa no es mi clase de trastorno cerebral —dijo Emmanuel—. El... —Se calló;
podía sentir cómo Zina le decía no.
—No es muy bueno con los nombres, señor Plaudet —dijo Zina. Ahora ya había
logrado separarse de la gata y Misty, perpleja, se fue caminando muy despacio. Estaba
claro que Misty no había logrado hallarle ninguna explicación al por qué, de repente, se
había encontrado en dos sitios distintos al mismo tiempo.
—Emmanuel, ¿recuerdas mi nombre? —le preguntó el señor Plaudet.
—Señor Talk —dijo Emmanuel.
—No —dijo el señor Plaudet, y frunció el ceño—. Aunque en alemán «Plaudet» quiere
decir lo mismo que «Talk» en inglés: hablar...
—He sido yo quien se lo ha contado a Emmanuel —dijo Zina—. Me refiero a lo de su
nombre.
Después de que el señor Plaudet se hubiera marchado, Emmanuel le dijo a la niña:
—¿Puedes llamar a las campanas? ¿Para bailar?
—Por supuesto. —Y un instante después se ruborizó— Oh, esa pregunta tenía trampa.
—Tú también haces trampas. Siempre las estás haciendo. Me gustaría oír las
campanas pero no tengo ganas de bailar. Aunque me gustaría ver cómo bailas.
—En alguna otra ocasión —dijo Zina—. Claro que, si sabes lo de la danza, es que
recuerdas algo...
—Creo que recuerdo. Le pedí a Elijah que me llevara a ver a mi padre al sitio donde le
tienen guardado. Quiero ver qué aspecto tiene. Si le viera quizá pudiera recordar muchas
más cosas. He visto fotos suyas.
—Hay algo que quieres pedirme —dijo Zina—. Algo que te interesa mucho más que lo
de la danza.
—Quiero conocer qué poder temporal tienes. Quiero ver cómo haces que el tiempo se
detenga y empiece a correr hacia atrás. Ése es el mejor truco de todos.
—Pues yo creo que para eso sería mejor que vieras a tu padre.
—Pero tú puedes hacerlo —dijo Emmanuel—. Aquí mismo.
—No pienso hacerlo. Hace que se trastornen demasiadas cosas, y luego nunca
vuelven a ocupar sus lugares correctos. En cuanto te has salido de la sincronía... Bueno,
algún día lo haré para que lo veas. Podría llevarte hasta un tiempo anterior al choque,
pero no estoy segura de que sea prudente hacerlo porque podrías tener que vivir de
nuevo toda esa experiencia, y eso haría que empeorases. Ya sabes que tu madre sufrió
unas heridas muy graves, ¿no? Lo más probable es que hubiera muerto de todas formas.
Y tu padre saldrá de la suspensión criónica dentro de cuatro años.
—¿Estás segura? —le preguntó Emmanuel, muy emocionado.
—Cuando tengas diez años de edad le verás. Ahora mismo está de nuevo con tu
madre; le gusta retroceder en el tiempo hasta el momento de su primer encuentro. Ella
era muy descuidada; tu padre tuvo que limpiar su cúpula.
—¿Qué es una «cúpula»? —preguntó Emmanuel.
—Aquí no tienen de eso; las cúpulas son para el espacio. Para los colonos. El sitio
donde naciste. Sé que Elijah te ha contado todo eso. ¿Por qué no le prestas más
atención?
—Es un hombre —dijo Emmanuel—. Un ser humano.
—No lo es.
—Nació como hombre. Y, después, yo... —De repente se quedó callado: un fragmento
de memoria había vuelto a él—. No quería que muriese. ¿O sí? De modo que me lo llevé
en ese mismo instante. Cuando él y... —Intentó pensar, encuadrar la palabra en su
mente, darles forma.
—Elisha —dijo Zina.
—Estaban caminando el uno al lado del otro —dijo Emmanuel—, y yo me lo llevé, y él
hizo que una parte de su ser volviera junto a Elisha. Así que nunca murió..., me refiero a
Elijah. Pero ése no es su auténtico nombre.
—No, ése es el nombre que usa ahora.
—Entonces, recuerdo algunas cosas —dijo Emmanuel.
—Y recordarás más. Mira, creaste un estímulo desinhibidor que te hará recordar antes
de..., bueno, cuando llegue el momento adecuado. Eres el único que sabe cuál es ese
estímulo. Ni tan siquiera Elijah lo sabe. Y yo tampoco lo sé; me lo ocultaste cuando eras el
que eras.
—Ahora soy el que soy —dijo Emmanuel.
—Sí, dejando aparte el que tienes la memoria dañada —dijo Zina, dando una buena
muestra de pragmatismo—. Así que no eres igual que entonces, ¿verdad?
—Supongo que no —dijo el niño—. Creí haber entendido que podías hacerme
recordar.
—Hay varias clases distintas de recuerdo. Elijah puede hacer que recuerdes un poco y
yo puedo hacer que recuerdes todavía más que él, pero sólo tu propio estímulo
desinhibidor puede hacer que tú seas tú. La palabra es..., tienes que acercarte a mí para
oírla; sólo tú debes oír esa palabra. No, voy a escribirla. —Zina cogió un papel y un trozo
de tiza que había en una mesa cercana y escribió una palabra.
 
HAYAH
 
Al contemplar la palabra, Emmanuel sintió cómo la memoria volvía a él pero sólo
durante un nanosegundo; enseguida volvió a escapársele, o eso le pareció.
—Hayah —dijo en voz alta.
—Esa palabra pertenece a la Lengua Divina —dijo Zina.
—Sí —dijo él—. Lo sé. —Era una palabra hebrea, una palabra con raíz hebrea. Y el
mismísimo Nombre Divino procedía de aquella palabra. Emmanuel sintió un respeto
grande y terrible; y tuvo miedo.
—No temas —le dijo Zina en voz baja.
—Tengo miedo —dijo Emmanuel—, porque durante un segundo he recordado. —Y he
sabido quién soy, pensó.
 
Pero volvió a olvidarlo. Cuando él y la niña salieron al patio, ya no lo recordaba. Y, aun
así —¡qué extraño!—, recordaba que lo había sabido, y que había vuelto a olvidarlo casi
inmediatamente. Es como si dentro de mí tuviera dos mentes, pensó, una en la superficie
y la otra en las profundidades. La mente de la superficie ha resultado dañada, pero la
mente profunda no. Y, sin embargo, la mente profunda no puede hablar; está encerrada,
prisionera. ¿Para siempre? No; un día llegará el estímulo. Lo que él mismo había creado.
Probablemente era necesario que no recordara. Si hubiera podido recordarlo todo y
hacer accesible a su conciencia toda la raíz del problema, el gobierno le habría matado.
La bestia tenía dos cabezas: la religiosa, un cardenal llamado Fulton Statler Harms, y la
científica, llamada N. Bulkowsky. Pero esas dos cabezas eran meros fantasmas. Para
Emmanuel la Iglesia Cristiano-Islámica y el Legado Científico no constituían la realidad.
Sabía lo que se ocultaba detrás de ello. Elijah se lo había contado. Pero, aunque Elijah no
se lo hubiera contado, lo habría sabido de todas formas; no importaba dónde se
encontrara ni cuál fuera el momento, siempre sería capaz de identificar al Adversario.
Lo que no lograba entender era a la niña, a Zina. En aquella situación había algo que
no sonaba bien. Y, sin embargo, no le había mentido; no podía mentir. Emmanuel había
hecho que mentir le resultara imposible; decir la verdad era la base fundamental de su
naturaleza. Bastaba con que le hiciera preguntas.
Mientras tanto, daría por sentado que era una de los zine; ella misma había admitido
que bailaba. Su nombre, naturalmente, venía de dziana y algunas veces aparecía tal y
como ella lo utilizaba: Zina.
Fue hacia ella y se detuvo a su espalda pero muy cerca, casi tocándola.
—Diana —le dijo al oído.
Y la niña se volvió al instante. Y, mientras se volvía, Emmanuel la vio cambiar. Su nariz
se volvió diferente, y en vez de una niña vio a una mujer adulta que llevaba una máscara
metálica echada hacia atrás de tal forma que revelaba su rostro, un rostro griego; y se dio
cuenta de que la máscara era la máscara de la guerra. Entonces tenía que ser Palas.
Ahora estaba viendo a Palas, no a Zina. Pero sabía que ninguna de las dos revelaba toda
la verdad sobre su auténtica esencia. No eran más que imágenes, formas que adoptaba.
Aun así, la máscara metálica le impresionó. La imagen estaba desvaneciéndose, y
Emmanuel supo que nadie más que él la había visto. Ella jamás la revelaría a otras
personas.
—¿Por qué me has llamado «Diana»? —preguntó Zina.
—Porque ése es uno de tus nombres.
—Uno de estos días iremos al Jardín —dijo Zina—. Así podrás ver a los animales.
—Me gustaría mucho —dijo él—. ¿Dónde está el Jardín?
—El Jardín está aquí —dijo Zina.
—No puedo verlo.
—Tú creaste el Jardín —dijo Zina.
—No puedo acordarme. —Le dolía la cabeza; se llevó las manos a las sienes. Igual
que mi padre, pensó; él solía hacer lo que yo estoy haciendo ahora. Salvo que él no es mi
padre.
No tengo padre, se dijo.
El dolor llenó su ser, el dolor del aislamiento. Zina se había esfumado de repente, y el
patio de la escuela, el edificio, la ciudad..., todo se había desvanecido. Intentó hacerlo
regresar, pero no le fue posible. El tiempo había dejado de transcurrir. Incluso el tiempo
había sido abolido. Lo he olvidado por completo, comprendió. Y, por haberlo olvidado,
todo ha desaparecido. Ahora ni tan siquiera Zina, su amada y su deleite, podía hacer que
lo recordara; había vuelto al vacío.
Un murmullo apagado se fue desplazando por el vacío y las profundidades. El calor se
hizo visible; a esa transformación de frecuencia el calor aparecía como luz, pero tan sólo
como una luz rojo oscuro, una luz sombría. Emmanuel la encontró horrible.
Mi padre, pensó. No, tú no eres mi padre.
Sus labios se movieron y pronunciaron una sola palabra.
 
HAYAH
 
El mundo regresó.
 
 
5
 
Elijah Tate se dejó caer sobre un montón de ropa sucia de Rybys y dijo:
—¿Tenéis algo de café auténtico? Me refiero al de verdad, no esa porquería que os
pasa la nave madre. —Y torció el gesto.
—Tengo un poco —dijo Rybys—, pero no sé dónde está.
—¿Has estado vomitando con frecuencia? —dijo Elijah, mirándola—. ¿Casi cada día?
—Sí. —Rybys miró a Herb Asher, asombrada.
—Estás embarazada —dijo Elijah Tate.
—¡Me estoy aplicando quimioterapia! —exclamó Rybys con voz irritada, su rostro de un
rojo oscuro por la furia—. ¡Echo las tripas por culpa de la maldita neurotoxita, el
prednoferic y...!
—Consulta con tu terminal —dijo Elijah.
Se hizo el silencio.
—¿Quién eres? —preguntó Herb Asher.
—Un Mendigo Salvaje —respondió Elijah.
—¿Cómo es que sabes tantas cosas sobre mí? —dijo Rybys.
—He venido para estar contigo —dijo Elijah—. A partir de ahora estaré contigo.
Consulta con tu terminal.
Rybys tomó asiento ante el terminal de su ordenador y puso su brazo en la abertura del
MED.
—No me gusta demasiado tener que revelarlo en estas circunstancias —le dijo a Elijah
y a Herb Asher—, pero soy virgen.
—Espera hasta que MED te haya dado el resultado de la prueba —dijo Elijah.
Los ojos de Rybys se llenaron de lágrimas.
—Mierda. Esto es horrible. Tengo esclerosis múltiple, y, como si no me bastara con
eso, ahora...
—Tiene que volver a la Tierra —le dijo Elijah a Herb Asher—. Las autoridades lo
permitirán; su enfermedad será una causa legal suficiente.
—Estoy embarazada —le dijo Rybys con un hilo de voz al terminal del ordenador, que
había pasado al canal MED.
Hubo un silencio.
—Señorita Rommey, está embarazada de tres meses —dijo el terminal.
Rybys se puso en pie, fue hacia la ventanilla de la cúpula y se quedó inmóvil ante ella,
los ojos clavados en el paisaje de metano helado. Nadie dijo nada.
—Es cosa de Yah, ¿verdad? —dijo Rybys, pasados unos momentos.
—Sí —dijo Elijah.
—Y si tengo esclerosis múltiple, es para que haya un pretexto legal que me permita
volver a la Tierra, ¿no?
—Es para que Inmigración no te ponga problemas —dijo Elijah.
—Y tú estás enterado de todo —dijo Rybys. Señaló a Herb Asher—. Ahora él dirá que
es el padre.
—Lo dirá —dijo Elijah—, y te acompañará a la Tierra. Yo también vendré. Irás al
Hospital Naval de Bethesda, en Chevy Chase. Iremos en un vuelo axial de emergencia,
un vuelo de alta velocidad, dado que tu estado físico es muy grave. Deberíamos ponernos
en marcha tan pronto como fuera posible. Ya tienes todos los documentos legales
necesarios para una petición de regreso a casa.
—¿Yah hizo que me pusiera enferma? —preguntó Rybys.
Tras unos instantes de silencio, Elijah asintió.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Rybys, enfurecida—. ¿Es algún tipo de golpe de
estado o qué? ¿Pretendéis hacer contrabando o...?
—La X Legión Romana, la Fretensis —la interrumpió Elijah con aspereza.
—Masada —dijo Rybys—. Año setenta y tres de la era cristiana, ¿verdad? Ya me lo
parecía. Empecé a pensarlo cuando un clem me habló de la deidad de la montaña sobre
la que está nuestro Puesto Cinco.
—Perdió —dijo Elijah—. La Décima Legión estaba compuesta por quince mil soldados
experimentados. Pero Masada resistió durante casi dos años, y dentro de ella no había
más que un millar de judíos.
—Después de que Masada cayera, sólo sobrevivieron siete mujeres y niños —le dijo
Rybys a Herb Asher—. Era una fortaleza judía. Se habían escondido en una canalización
de agua. —Y, volviéndose hacia Elijah Tate—: Y Yavé fue expulsado de la Tierra.
—Y las esperanzas del hombre se desvanecieron —dijo Elijah.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Herb Asher.
—De un fracaso —respondió lacónicamente Elijah Tate.
—Así que él... Yah, primero hace que me ponga enferma, y luego... —No completó la
frase—. ¿Es originario de este sistema solar? ¿O fue obligado a esconderse aquí?
—Le obligaron —dijo Elijah—. Ahora hay una zona rodeando a la Tierra. Una zona de
mal. Le mantiene apartado.
—¿Al Señor? —preguntó Rybys—. ¿El Señor se ve obligado a mantenerse lejos de la
Tierra? —Miró fijamente a Elijah Tate.
—La gente de la Tierra no lo sabe —dijo Elijah Tate.
—Pero tú sí lo sabes, ¿verdad? —dijo Herb Asher—. ¿No es así? ¿Cómo puedes
saber todas esas cosas? ¿Cómo es que sabes tanto? ¿Quién eres?
—Porque mi auténtico nombre es Elías, el profeta —dijo Elijah Tate.
Los tres estaban sentados bebiendo té. En el rostro de Rybys había una ceñuda
expresión de amargura, algo parecido a la furia: apenas si hablaba.
—¿Qué es lo que más te molesta? —le preguntó Elijah Tate—. ¿El hecho de que Yah
fuera expulsado de la Tierra, el que fuera derrotado por el Adversario, o el que tú debas
volver a la Tierra llevándole dentro de ti?
—El abandonar mi puesto —dijo ella, riéndose.
—Has recibido un gran honor —dijo Elijah.
—He sido honrada con la enfermedad —dijo Rybys; cuando se llevó la taza a los
labios, su mano temblaba.
—¿Te das cuenta de a quién llevas dentro de tu útero? —preguntó Elijah.
—Claro —dijo Rybys.
—No pareces muy impresionada —dijo Elijah.
—Había planeado todo el curso de mi vida —dijo Rybys.
—Creo que no te das cuenta de lo grande que es todo esto —exclamó Herb Asher.
Tanto Elijah como Rybys le miraron con una expresión de disgusto, igual que si fuera un
intruso—. Quizá no lo he comprendido bien —dijo él con un hilo de voz.
Rybys alargó la mano hacia él y le acarició los dedos.
—No te preocupes. Yo tampoco lo entiendo. ¿Por qué yo? Me lo pregunté cuando
contraje la esclerosis múltiple. Diablos, ¿por qué yo? ¿Y por qué diablos tú? Tú también
deberás abandonar tu puesto; y tus cintas de la Fox. Y el estar tumbado de día y de
noche en tu catre sin hacer nada, con todo el equipo puesto en automático. Jesús. Bueno,
supongo que Job tenía razón: Dios hace sufrir a quienes ama.
—Los tres iremos a la Tierra —dijo Elijah—, y una vez allí darás a luz a tu hijo,
Emmanuel. Yah lo planeó todo al principio de esta era, antes de la derrota de Masada,
antes de la caída del Templo. Previó su derrota y actuó para cambiar la situación. Dios
puede ser derrotado, pero su derrota sólo puede ser temporal. Con Dios el remedio es
más grande que la enfermedad.
—Felix culpa —dijo Rybys.
—Sí —dijo Elijah; y, volviéndose hacia Herb Asher, se lo explicó—: Quiere decir «feliz
culpa», y se refiere a la caída, al pecado original. De no haber existido, quizá la
Encarnación y el Nacimiento de Cristo no hubieran tenido lugar.
—Doctrina católica —dijo Rybys con expresión distante—. Jamás pensé que acabaría
aplicándose personalmente a mí.
—Pero Cristo venció a las fuerzas del mal, ¿no? —preguntó Herb Asher—. Dijo: «He
conquistado el mundo».
—Bueno —dijo Rybys—, pues parece que se equivocó.
—Cuando cayó Masada, todo estuvo perdido —dijo Elijah—. Dios no entró en la
historia durante el primer siglo de la Era Cristiana. Al contrario, se retiró de la historia. La
misión de Cristo fue un fracaso.
—Eres muy viejo —dijo Rybys—. ¿Cuántos años tienes, Elijah? Casi cuatro mil,
supongo. Tú puedes permitirte el lujo de mirar las cosas a largo plazo, pero yo no. ¿Y has
sabido la verdad sobre la Primera Venida durante todo este tiempo, durante dos mil años?
—Del mismo modo que Dios previó el pecado original —dijo Elijah—, también previó
que Jesús no sería aceptable. Dios lo sabía antes de que sucediera.
—¿Y qué es lo que sabe sobre esto de ahora? —preguntó Rybys—. ¿Qué vamos a
hacer?
Elijah guardó silencio.
—No sabe nada —dijo Rybys.
—Dios... —Elijah vaciló.
—La batalla final —dijo Rybys—. Cualquiera de los dos bandos puede ganar, ¿verdad?
—Al final, Dios siempre acaba ganando —dijo Elijah—. Puede verlo todo y lo sabe
todo.
—Puede saberlo todo, pero eso no quiere decir que... —replicó Rybys—. Mira, la
verdad es que no me encuentro nada bien. Es tarde, estoy enferma, me siento agotada, y
tengo la impresión de que... —Agitó la mano—. Soy una virgen y estoy embarazada. Los
médicos de Inmigración no van a creérselo.
—Creo que ése es precisamente el plan —dijo Herb Asher—. Por eso se supone que
debo casarme contigo y acompañarte.
—No voy a casarme contigo; ni tan siquiera te conozco. —Rybys le miró fijamente—.
¿Estás bromeando? ¿Casarme contigo? Tengo esclerosis múltiple y estoy embarazada...
Malditos seáis; iros de aquí y dejadme sola. Hablo en serio. ¿Por qué no me tomé todo
ese frasco de Seconax cuando tenía la oportunidad de hacerlo? No, nunca tuve esa
oportunidad; Yah me estaba vigilando. Ve incluso al gorrión que cae del nido. Se me
había olvidado.
—¿Tienes algo de whisky? —preguntó Herb Asher.
—Oh, soberbio —dijo Rybys con amargura—. Tú puedes emborracharte, pero, ¿y yo?
¿Con la esclerosis múltiple y con algo parecido a un bebé dentro de mí? Ahí estaba yo —
dijo, mirando con odio a Elijah Tate—, captando visualmente tus pensamientos en mi
aparato de televisión e imaginándome, idiota de mí, que eran un serial subido de tono
inventado por los guionistas de Fomalhaut..., pura ficción. Así que los arácnidos iban a
decapitarte, ¿eh? ¿En eso consisten tus fantasías inconscientes? ¿Y tú eres el portavoz
de Yavé? —Se puso pálida—. He pronunciado el Nombre Sagrado. Lo siento.
—Los cristianos lo pronuncian continuamente —dijo Elijah.
—Pero yo soy judía —dijo Rybys—. Bueno, debería ser judía; eso es lo que me ha
metido en todo este lío. Si fuera gentil Yah no me habría escogido... Si me hubieran jodido
alguna vez no... —Se calló—. La Maquinaria Divina posee una peculiar brutalidad —
acabó diciendo—. No es romántica. Es cruel; de veras.
—Lo es porque hay mucho en juego —dijo Elijah.
—¿Qué hay en juego? —preguntó Rybys.
—El universo existe porque Yah lo recuerda —dijo Elijah.
Tanto Herb Asher como Rybys se quedaron mirándole.
—Si Yah lo olvida, el universo deja de existir —dijo Elijah.
—¿Y puede olvidarlo? —preguntó Rybys.
—Aún tiene que hacerlo —respondió Elijah, esquivando la pregunta.
—Lo cual significa que sí puede olvidarlo —dijo Rybys—. Entonces, ése es el meollo
del problema. Acabas de enunciarlo en voz alta. Ya veo. Bien... —Se encogió de hombros
y tomó un sorbo de té con expresión pensativa—. Entonces, y para empezar, si no fuera
por Yah, yo jamás habría existido. Nada existiría.
—Su nombre significa «El Que Hace Existir A Cuanto Existe» —dijo Elijah.
—¿Incluyendo al mal? —preguntó Herb Asher.
—Esto es lo que dicen las Escrituras —respondió Eliah—. Escucha:
 
Para que sepan desde el levante del sol y desde el poniente que no hay ninguno fuera
de mí: Yo soy el SEÑOR, no hay ningún otro; el que formó la luz y creó las tinieblas, el
que da la paz y crea la desdicha. Yo soy el SEÑOR, quien hace todo esto.
 
—¿Dónde dice eso? —preguntó Rybys.
—Isaías cuarenta y cinco —dijo Elijah.
—«La paz y la desdicha» —repitió Rybys—. «El júbilo y el dolor.»
—Así que conoces el pasaje... —Elijah la miró.
—Resulta difícil de creer —dijo ella.
—El monoteísmo es así —dijo Elijah secamente.
—Sí —admitió ella—. Supongo que lo es. Pero es brutal. Lo que me está sucediendo
es brutal. Y todavía falta mucho. Quiero escapar a todo esto y no puedo. Nadie me
preguntó si deseaba meterme en este lío. Y siguen sin preguntármelo. Yah ve todo lo que
hay en el futuro pero yo no puedo verlo, dejando aparte que habrá más dolor, más
crueldad y muchas más vomitonas. Al parecer, servir a Dios significa vomitar y clavarte
una jeringuilla cada día. Soy una rata enferma metida en una especie de jaula: eso es lo
que Dios ha hecho de mí. Yo carezco de fe y de esperanza y Dios carece de amor: no
tiene más que poder. Dios es un síntoma del poder, nada más. Que se vaya al infierno.
Me rindo. Tanto me da. Sé lo que debo hacer y sé que eso acabará conmigo. ¿De
acuerdo?
Los dos hombres guardaron silencio. No la miraron y tampoco se miraron entre sí.
—Esta noche salvó tu vida —dijo por fin Herb Asher—. Me hizo venir aquí.
—Con eso y con cinco créditos conseguiré una taza de Kaff —dijo Rybys—. ¡Para
empezar, ha sido él quien me ha hecho enfermar!
—Y te está guiando a través de la enfermedad —dijo Herb.
—¿Y adónde me lleva? —quiso saber ella.
—A emancipar una infinita cantidad de vidas —dijo Elijah.
—Egipto —dijo ella—. Y los que hacían ladrillos. Una y otra vez. ¿Por qué la
emancipación dura siempre tan poco? ¿Por qué acaba esfumándose? ¿Es que nunca hay
una resolución definitiva?
—Ésta es la resolución definitiva —dijo Elijah.
—Pues yo no pertenezco al grupo de los emancipados —dijo Rybys—. Yo soy de las
que se derrumbaron durante el trayecto.
—Todavía no —dijo Elijah.
—Pero falta poco.
—Quizá. —La expresión que había en el rostro de Elijah Tate resultaba indescifrable.
Y, mientras los tres estaban sentados en silencio, una voz murmuró:
—Rybys, Rybys...
Rybys lanzó un grito ahogado y miró a su alrededor.
—Nada temas —dijo la voz—. Seguirás viviendo en tu hijo. Ahora no puedes morir, y
no morirás hasta el final de esta era.
Rybys empezó a llorar en silencio, el rostro enterrado entre sus manos.
 
Cuando la escuela hubo terminado, Emmanuel decidió probar de nuevo con la
transformación Hermética para así poder conocer el mundo que le rodeaba.
Primero aceleró su reloj biológico interno para que sus pensamientos corrieran cada
vez más y más aprisa; sintió cómo se lanzaba por el túnel del tiempo linear hasta que su
velocidad de movimiento a lo largo de ese eje fue enorme. Y, por lo tanto, lo primero que
vio fueron unas borrosas manchas de colores que flotaban en el vacío, y de repente se
encontró con el Vigilante, cuyo otro nombre es el Grigon, que mantenía cerrado el camino
entre los Reinos Inferiores y los Reinos Superiores. El Grigon se le presentó bajo la forma
de un torso femenino desnudo que podía tocar alargando la mano, tan cerca estaba de él.
Más allá de aquel punto Emmanuel empezó a viajar a la velocidad del Reino Superior, con
lo que el Reino Inferior dejó de ser algo y se convirtió más bien en un proceso; fue
evolucionando en capas superpuestas a una velocidad de 31,5 millones por uno en
términos de la escala temporal del Reino Superior.
Y, debido a ello, vio el Reino Inferior no como un lugar sino como imágenes
transparentes que se iban permutando a una velocidad inmensa. Esas imágenes eran las
Formas que hay fuera del espacio, las Formas que iban entrando en el Reino Inferior para
convertirse en realidad. Ahora se encontraba a un paso de la transformación Hermética.
La última imagen se congeló y el tiempo dejó de existir para él. Tenía los ojos cerrados,
pero aun así podía seguir viendo la habitación que le rodeaba; el vuelo había terminado;
había logrado escapar a lo que le perseguía. Aquello quería decir que su puntería neural
era perfecta, y su cuerpo pineal registró la presencia de la luz transportada por el ramal
del conducto óptico.
Se quedó quieto durante un rato, aunque «un rato» ya no significaba nada. Después,
gradualmente, la transformación fue teniendo lugar. Emmanuel vio fuera de él las pautas y
el modelo de su propio cerebro; se encontraba en un mundo hecho de ese cerebro suyo,
con información viva llevada de aquí para allá igual que riachuelos de una reluciente
claridad rojiza dotada de vida propia. Ello le permitía alargar la mano y tocar sus propios
pensamientos en su naturaleza original antes de que se convirtieran en pensamientos. La
habitación estaba llena de su fuego, e inmensos espacios se extendían ante él, con todo
el volumen de su propio cerebro convertido en algo exterior a Emmanuel.
Mientras tanto, introyectó el mundo exterior para contenerlo dentro de su ser. Ahora
tenía el universo dentro de él y a su propio cerebro fuera de su ser, por todas partes. Su
cerebro se extendió por aquellos vastos espacios, espacios mucho más grandes de lo que
había sido el universo. Y gracias a ello conoció todas las cosas que eran él mismo y, al
haber incorporado el mundo a su ser, lo conoció y lo controló.
Se relajó, calmándose, y después de hacerlo pudo ver los contornos de la habitación, la
mesita para el café, una silla, paredes, cuadros en las paredes; el fantasma del universo
exterior que permanecía fuera de su ser. Finalmente cogió un libro que había sobre la
mesita y lo abrió. Dentro del libro encontró escritos sus propios pensamientos, ahora en
una forma impresa. Los pensamientos impresos estaban dispuestos a lo largo del eje
temporal, que se había convertido en espacial y era el único eje a lo largo del cual era
posible el movimiento. Podía ver las diferentes eras de sus pensamientos igual que en un
holograma, los más recientes siendo los más cercanos a la superficie, los más antiguos
quedando cada vez a mayor profundidad en muchas capas sucesivas.
Contempló el mundo que había fuera de él, mundo que ahora había quedado reducido
a simples formas geométricas, cuadrados sobre todo, y vio el Rectángulo Dorado bajo la
forma de un umbral. Nada se movía salvo la escena que había más allá del umbral, donde
su madre corría alegremente por entre los rosales en la granja que había conocido de
niña; estaba sonriendo, y sus ojos brillaban de contento.
Ahora cambiaré el universo que he tomado en mi interior, pensó Emmanuel. Contempló
las formas geométricas y les permitió llenarse con un poco de materia. El maltrecho diván
azul que tanto le gustaba a Elijah empezó a deformarse y a perder sus curvas; sus
contornos estaban cambiando. Emmanuel le había quitado la causalidad que lo guiaba, y
el objeto dejó de ser un maltrecho diván azul con manchas de Kaff y se convirtió en un
aparador estilo Hepplewhite con delicados platos y tazas de porcelana detrás de sus
puertas.
Emmanuel dejó que el tiempo volviera a existir un poco..., y vio a Elijah Tate yendo y
viniendo por la habitación, entrando y saliendo de ella; vio las capas superpuestas
laminadas y unidas en secuencia a lo largo del eje temporal linear. El aparador
Hepplewhite perduró durante una breve serie de capas; mantuvo su modalidad pasiva, de
cierre o descanso, y acabó pasando a su modalidad activa o de movimiento y se unió al
mundo permanente de los filógonos, participando ahora en el ser de todos aquellos
objetos de su clase que habían existido antes. En el mundo proyectado de su cerebro el
aparador Hepplewhite y sus porcelanas quedó incorporado para siempre a la auténtica
realidad. Ahora no sufriría más cambios y nadie salvo él podría verlo. Para todos los
demás había quedado perdido en el pasado.
Completó la transformación con la fórmula de Hermes Trismegisto:
 
Verum est... quod superius est sicut quod in ferius et quod inferius est sicut
quod superius, ad perpetrando miracula rei unius.
 
Lo cual significaba:
 
En verdad lo que hay arriba es como lo que hay abajo y lo que hay abajo es
como lo que hay arriba, y todo existe para cumplir los milagros de lo único.
 
Ésta era la Tabla de Esmeralda, ofrecida a María la Profetisa, hermana de Moisés, por
el mismísimo Tehuti, que antes de ser expulsado del Jardín de las Palmeras le dio
nombre a todas las cosas creadas en el principio.
Lo que estaba abajo, su propio cerebro, el microcosmos, se había convertido en el
macrocosmos y ahora, dentro de él, bajo la forma de un microcosmos, contenía al
macrocosmos, lo cual es como decir a lo que hay arriba.
Ahora ocupo todo el universo, comprendió Emmanuel; ahora estoy al mismo tiempo en
todas partes. Por lo tanto, me he convertido en Adán Kadmon, el Primer Hombre. El
movimiento a lo largo de los tres ejes espaciales le resultaba imposible porque ya estaba
en cualquier parte donde deseara ir. El único movimiento posible para él o para cambiar la
realidad se encontraba a lo largo del eje temporal; Emmanuel permaneció inmóvil
contemplando el mundo de los filógonos, miles de millones en continuo cambio, siempre
creciendo y completándose a sí mismos, impulsados por la dialéctica subyacente a toda
transformación. La imagen le complació; contemplar toda la red interconectada de los
filógonos era un espectáculo soberbio. Éste era el kosmos de Pitágoras, el armonioso
encajar entre sí de todas las cosas, cada una siendo como debía ser y cada una
imperecedera.
Ahora veo lo que vio Plotino, comprendió. Pero, más que eso, he vuelto a unir los
reinos perdidos dentro de mí; le he devuelto la Shekhina a En Sof. Pero sólo por un breve
tiempo, y sólo de una manera local. Sólo en microforma. Tan pronto como lo liberase,
volvería a ser lo que había sido antes.
—Estaba pensando —dijo en voz alta.
Elijah entró en la habitación y, mientras entraba, dijo:
—Manny, ¿qué estás haciendo?
La causalidad había sido invertida; había hecho lo que Zina era capaz de hacer: obligar
al tiempo a que corriera hacia atrás. Emmanuel rió, encantado. Y oyó el sonido de las
campanas.
—He visto a Chinvat —dijo—. El puente angosto. Podría haberlo cruzado.
—No debes hacerlo —dijo Elijah.
—¿Cuál es el significado de las campanas? —preguntó Emmanuel—. Unas campanas
que suenan a lo lejos...
—Cuando oyes las campanas lejanas, eso quiere decir que el Saoshyant está
presente.
—El Salvador —dijo Emmanuel—. Elijah, ¿quién es el Salvador?
—Tiene que ser tú mismo —dijo Elijah.
—A veces me desespero y creo que nunca llegaré a recordar.
Podía seguir oyendo las campanas, muy lejos, tañendo lentamente, y sabía que el
viento del desierto se llevaba sus sonidos. Quien le hablaba era el mismo desierto. El
desierto estaba intentando hacer que recordara mediante las campanas.
—¿Quién soy? —le preguntó a Elijah.
—No puedo responder a esa pregunta —dijo Elijah.
—Pero lo sabes.
Elijah asintió.
—Si respondieras a mi pregunta podrías hacer que todo fuera mucho más sencillo —
dijo Emmanuel.
—Debes responderla tú mismo —dijo Elijah—. Cuando llegue el momento lo sabrás, y
entonces lo dirás en voz alta.
—Soy... —dijo el niño, vacilante.
Elijah sonrió.
 
Había oído la voz que brotaba de su propio útero. Durante un tiempo tuvo miedo, y
después se sintió muy triste; algunas veces lloraba, pero las náuseas seguían y seguían:
nunca la dejaban en paz. No recuerdo haber leído nada de eso en la Biblia, pensó Rybys.
María con náuseas al levantarse de la cama... Probablemente acabaré con los tejidos
hinchados y estrías en el vientre. Tampoco recuerdo haber leído nada sobre eso.
Sería una buena inscripción para una pared, se dijo. LA VIRGEN MARÍA TENÍA
ESTRÍAS. Se preparó algo de cordero sintético y judías; después, sentada a la mesa,
sola, contempló distraídamente el paisaje visible a través de la ventanilla de la cúpula. La
verdad es que debería limpiar este sitio, pensó. Antes de que vuelvan Elijah y Herb. De
hecho, debería escribir una lista con todo lo que he de hacer.
Por encima de todo, pensó, tengo que comprender esta situación. Ya lo tengo dentro.
Ya ha ocurrido.
Necesito otra peluca, decidió. Para el viaje. Una peluca mejor que ésta. Creo que
probaré con una peluca rubia y más larga. Maldita quimioterapia, pensó. Si la enfermedad
no te mata, la cura acabará contigo. El remedio es peor que la enfermedad, pensó
sarcásticamente. Mira; he conseguido darle la vuelta a su frase. Dios, me encuentro fatal.
Y entonces, mientras revolvía su plato de comida sintética fría, se le ocurrió una idea
muy extraña. ¿Y si todo esto es una maniobra de los clems?, se dijo. Hemos invadido su
planeta, y ahora nos están devolviendo la pelota. Han logrado comprender el significado
de nuestra concepción de lo que es Dios. ¡Y están imitando esa concepción!
Ojalá mi concepción fuera algo simulado, pensó.
Oh, no te olvides de lo principal, se dijo. Leen nuestras mentes o estudian nuestros
libros —no importa cómo lo han hecho—, y nos engañan. Así que dentro de mí tengo un
terminal de ordenador o algo parecido, una especie de súper-radio. Ya me veo llegando a
Inmigración. «¿Algo que declarar, señorita?» «Sólo una radio.» Bueno, pensó, ¿y dónde
está la radio? Yo no veo ninguna radio. Oh, hay que mirar con mucha atención para verla.
No, pensó; esto es un asunto para Aduanas, no para Inmigración. ¿Cuál es el valor
declarado de esta radio, señorita? Pues resulta bastante difícil de decir, respondió ella en
su mente. No va a creerme, pero..., bueno, es una radio única. No se ven radios como
ésta cada día.
Probablemente debería empezar a rezar, se dijo.
—Yah —dijo—, estoy enferma, me siento débil y tengo miedo. Realmente, no tengo
ganas de verme metida en todo este lío. —Contrabando, pensó. Voy a pasar
contrabando. «Venga conmigo, señora. Vamos a registrar todo su cuerpo. La matrona
estará aquí dentro de un minuto; mientras tanto, siéntese y lea una revista.» Les diré que
todo eso me parece increíble, pensó, que estoy disgustadísima. «¡Vaya sorpresa!»
Fingiendo asombro. «¿Que llevo qué dentro? Está bromeando. No, no tengo ni idea de
cómo ha podido ir a parar ahí. El mundo está lleno de sorpresas, ¿verdad?»
Se sintió invadida por un extraño sopor, una especie de estado hipnagógico que la
dominó allí mismo, mientras estaba sentada, comiendo. El embrión que había en su
interior había empezado a desplegar ante ella toda una gran imagen, lo que veía una
mente totalmente distinta de la suya.
Eso es lo que pensarán ellos, comprendió. Los poderes del mundo.
Lo que vio a través de sus ojos era un monstruo. La Iglesia Cristiano-Islámica y el
Legado Científico..., sus temores no se parecían a los de ella; los de Rybys estaban
relacionados con el esfuerzo y el peligro, con lo que se exigía de ella. Pero los suyos...
Les vio consultando a Gran Fideo, el sistema de inteligencia artificial que procesaba la
información de la Tierra, la vasta inteligencia artificial en la que confiaba el gobierno.
Y Gran Fideo, después de haber analizado los datos, informaría a las autoridades de
que algo terrible había pasado de contrabando delante de las narices de Inmigración y
había llegado a la Tierra; Rybys sintió su incredulidad, su aversión. Increíble, pensó. Ver
al Señor del Universo a través de sus ojos; verle como algo extraño, algo que no debe
estar aquí. ¿Cómo es posible que el Señor que lo creó todo sea un ser distinto, algo
extraño? Entonces, no están hechos a su imagen y semejanza, comprendió. Esto es lo
que me dice Yah. Siempre di por sentado que el hombre es la imagen de Dios, eso es lo
que siempre nos enseñaron. Es algo que parece tan evidente... ¡Entonces, ellos creen
realmente en lo que hacen! Son sinceros, no comprenden...
El monstruo del espacio exterior, pensó. Debemos estar siempre en guardia, o de lo
contrario aparecerá y logrará despistar a Inmigración. Qué locos están. Qué equivocados.
Entonces, matarían a mi bebé, pensó. Resulta imposible, pero es cierto. Y nadie podría
obligarles a comprender lo que habían hecho. El Sanedrín pensaba igual sobre Jesús, se
dijo. Y éste no es más que otro zelote. Cerró los ojos.
Viven metidos en una serie B de terror, pensó. Cuando hasta tus propios niños te dan
miedo, es que algo anda muy mal. Cuando les miras, a cualquiera de ellos, y los
encuentras extraños y horribles. No quiero comprender esto, se dijo retrocediendo, llena
de repugnancia. Aparta de mí este conocimiento, por favor; ya he visto bastante.
He comprendido.
Ésta es la razón de que deba hacerse, pensó. Porque ellos piensan de esta forma.
Rezan; toman decisiones; protegen su mundo... Lo mantienen cerrado a toda intrusión
hostil. Para ellos, esto es una intrusión hostil. Han enloquecido; matarían al Dios que les
creó. Ningún ser racional hace eso. Cristo no murió en la cruz para limpiar a los hombres
de sus pecados; fue crucificado porque estaban locos; veían lo mismo que yo veo ahora.
El paisaje de la locura.
Creen estar haciendo lo correcto.
 
 
6
 
—Tengo algo para ti —dijo Zina.
—¿Un regalo? —Emmanuel alargó confiadamente la mano.
Sólo un juguete infantil. Una pizarra de información, como las que tenían todos los
niños. Emmanuel sintió una aguda decepción.
—La hicimos para ti —dijo Zina.
—¿Quiénes? —Examinó la pizarra. Fábricas automatizadas producían centenares de
miles de esas pizarras. Cada una contenía unos microcircuitos de lo más común—. El
señor Plaudet ya me ha dado una de ésas —dijo—. Están conectadas a la escuela.
—La nuestra es diferente —dijo Zina—. Quédatela. Dile al señor Plaudet que es la que
te dio. No podrá distinguirla de la otra. ¿Ves? Incluso le hemos puesto el nombre de la
fábrica. —Y trazó con el dedo las letras IBM.
—Pero en realidad esta pizarra no está hecha por la IBM, ¿verdad? —dijo él.
—Desde luego que no. Conéctala.
Emmanuel apretó el botón de la pizarra, y una palabra apareció en letras rojas sobre la
superficie de un gris claro.
 
SIVAINVI
 
—Bueno, ésa es la pregunta que debes estudiar por ahora —dijo Zina—. Debes
averiguar qué significa «Sivainvi». La pizarra te plantea el problema a un nivel uno..., lo
cual quiere decir que, si lo deseas, te dará más pistas.
—Mamá Ganso —dijo Emmanuel.
Y la palabra SIVAINVI desapareció de la pizarra. Ahora decía:
 
HEPHAISTOS
 
—Kyklopes —dijo Emmanuel al instante.
Zina se rió.
—Eres tan rápido como ella.
—¿A qué está conectada? No puede estar conectada a Gran Fideo, ¿verdad? —
Emmanuel no apreciaba a Gran Fideo.
—Quizás ella misma te lo diga —contestó Zina.
Ahora en la pizarra se veía:
 
SIVA
 
—Kyklopes —repitió Emmanuel—. Es un truco. Esto ha sido construido por los súbditos
de Diana.
La sonrisa de Zina se desvaneció.
—Lo siento —dijo Emmanuel—. No volveré a pronunciar ese nombre en voz alta ni una
sola vez.
—Devuélveme la pizarra. —Zina alargó la mano hacia él.
—Te la devolveré si ella me dice que te la devuelva —dijo Emmanuel. Apretó el botón.
 
NO
 
—De acuerdo —dijo Zina—. Dejaré que te la quedes. Pero no sabes qué es; no la
comprendes. No fue construida por los súbditos. Aprieta el botón.
Emmanuel apretó nuevamente el botón.
 
MUCHO ANTES DE LA CREACIÓN
 
—Yo... —dijo Emmanuel, y se calló, sin saber cómo seguir.
—Ya lo recordarás —dijo Zina—. Gracias a la pizarra. Úsala. Creo que no deberías
contarle nada de todo esto a Elijah. Quizá no lo entendiera.
Emmanuel no dijo nada. Éste era un asunto en el que la decisión recaía sobre él. No
debía permitir que los demás se encargaran de tomar las decisiones en lugar suyo: eso
era muy importante. Y, en el fondo, confiaba mucho en Elijah. ¿Confiaba también en
Zina? No estaba seguro. Notaba la multitud de naturalezas que había dentro de ella, la
profusión de identidades. Con el tiempo, acabaría buscando la verdadera; sabía que
estaba ahí, pero los trucos la oscurecían. ¿Quién es ella, cómo puede hacer trucos
semejantes?, se preguntó. ¿Qué criatura es la que gasta tantas bromas? Apretó el botón.
 
LA DANZA
 
Emmanuel asintió con la cabeza. Sí, desde luego: ésa era la respuesta adecuada;
podía verla bailando en su mente, con todos los súbditos, quemando la hierba bajo sus
pies, dejándola calcinada, con las mentes de los hombres sumidas en la confusión. Pero a
mí no puedes confundirme, se dijo. Ni tan siquiera aunque controles el tiempo. Porque yo
también controlo el tiempo. Quizás incluso más que tú.
 
Esa noche, durante la cena, habló de Sivainvi con Elijah Tate.
—Quiero verla —dijo Emmanuel.
—Es una película muy vieja —dijo Elijah.
—Pero al menos podríamos alquilar una cinta, ¿no? De la biblioteca. ¿Qué quiere decir
«Sivainvi»?
—Sistema de Vasta Inteligencia Viva —dijo Elijah—. La película es básicamente
ficción. La hizo un cantante de rock a finales del siglo XX. Su nombre era Eric Lampton,
pero se hacía llamar Mamá Ganso. La película contenía Música de Mini Sincronicidad, y
ha tenido un considerable impacto sobre la música moderna hasta el día de hoy. Gran
parte de la información que hay en la película es transmitida subliminalmente por la
música. Está ambientada en unos Estados Unidos alternativos, donde el presidente es un
hombre llamado Ferris F. Fremont.
—Pero, ¿qué es Sivainvi? —preguntó Emmanuel.
—Un satélite artificial que proyecta un holograma que ellos toman por la realidad.
—Entonces, es un generador de realidad.
—Sí —dijo Emmanuel.
—¿Y la realidad es auténtica?
—No; ya te he dicho que es un holograma. Puede hacerles ver lo que desee. De eso
trata precisamente la película: es un estudio sobre el poder de la ilusión.
Emmanuel fue a su habitación, cogió la pizarra que Zina le había dado y apretó el
botón.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Elijah, que le había seguido.
La pizarra mostraba una palabra:
 
NO
 
—Eso está conectado al gobierno —dijo Elijah—. Usarlo no sirve de nada. Ya sabía
que Plaudet te entregaría una. —Alargó la mano hacia él—. Dámela.
—Quiero quedármela —dijo Emmanuel.
—¡Cielo santo; pero si tiene escrito encima IBM! ¿Qué esperas que te diga? ¿La
verdad? ¿Cuándo le ha dicho el gobierno la verdad a nadie? Mataron a tu madre y
pusieron a tu padre en suspensión criónica. Dámela, maldita sea.
—Si me la quitas me darán otra —dijo Emmanuel.
—Sí, supongo que sí. —Elijah retiró la mano—. Pero no creas lo que te diga.
—Dice que estás equivocado en cuanto a Sivainvi —replicó Emmanuel.
—¿En qué aspecto?
—Se ha limitado a decir «no» —le explicó Emmanuel—. No ha dicho nada más. —
Apretó nuevamente el botón.
 

 
—¿Qué infiernos quiere decir eso? —preguntó Elijah, perplejo.
—No lo sé —dijo Emmanuel, y era sincero. Seguiré utilizándola, pensó.
Y después pensó: me está engañando. Danza a lo largo del sendero igual que una luz
subiendo y bajando, llevándome cada vez más y más lejos, guiándome hacia la
oscuridad. Y, cuando la oscuridad esté por todas partes, la luz se apagará con un último
guiño. Te conozco, le dijo mentalmente a la pizarra. Sé cómo actúas. No te seguiré; eres
tú quien debe venir a mí.
Apretó el botón.
 
SÍGUEME
 
—Al sitio de donde nadie regresa —dijo Emmanuel.
 
Después de cenar pasó un rato con el holoscopio, estudiando la posesión más
preciada de Elijah: la Biblia expresada en capas situadas a diferentes profundidades del
holograma, cada capa colocada según su era correspondiente. De esa forma, la
estructura total de las Escrituras formaba un cosmos tridimensional que podía ser
contemplado desde cualquier ángulo, haciendo posible leer su contenido. Según la
inclinación dada al eje de observación, se podían sacar de ellas mensajes distintos.
Gracias a eso las Escrituras proporcionaban una infinita cantidad de conocimientos que
cambiaban sin cesar y se convertían en una maravillosa obra de arte, un objeto que
deleitaba la vista con sus increíbles latidos luminosos. El rojo y el oro aparecían por todo
el objeto junto a hebras de azul.
El simbolismo de los colores no era algo arbitrario y retrocedía en el tiempo hasta las
primeras pinturas románicas medievales. El rojo siempre representaba al Padre. El azul
era el color del Hijo. Y el oro, por supuesto, el del Espíritu Santo. El verde simbolizaba la
nueva vida del elegido; el violeta era el color del luto; el marrón el de la resistencia y el
sufrimiento; el blanco el color de la luz y, finalmente, el negro el de los Poderes de la
Oscuridad, la muerte y el pecado.
Todos aquellos colores podían encontrarse dentro del holograma formado por la Biblia
a lo largo del eje temporal. En conjunción con secciones del texto, formaban mensajes
muy complicados que se permutaban y volvían a formarse. Emmanuel jamás se cansaba
de contemplar el holograma; tanto para él como para Elijah era el holograma supremo, el
que dominaba todos los demás. La Iglesia Cristiano-Islámica no aprobaba que la Biblia
fuera transmutada en un holograma de colores codificados y había prohibido su
manufactura y su venta, por lo que Elijah había construido aquel holograma él mismo, sin
la aprobación de la Iglesia.
Era un holograma abierto, dentro del que se podía introducir nueva información.
Emmanuel se preguntaba por qué, pero nunca había llegado a formular esa pregunta en
voz alta. Sentía que ocultaba un secreto. Elijah no le respondería, así que no se lo
preguntaba.
Lo que sí podía hacer era escribir en el teclado unido al holograma unas cuantas
palabras clave de las Escrituras, con lo que el holograma se reordenaría a lo largo de
todos sus ejes espaciales siguiendo el punto de la cita. Con ello, todo el texto de la Biblia
tomaría como foco la relación con los datos que él hubiera escrito.
—¿Y si introduzco algo nuevo en él? —le había preguntado un día a Elijah.
—No lo hagas nunca —le había dicho Elijah con gran severidad.
—Pero técnicamente es posible.
—Es algo que no debe hacerse.
El niño solía preguntarse muy a menudo por qué.
Naturalmente, sabía por qué la Iglesia Cristiano-Islámica no permitía transmutar la
Biblia en un holograma codificado por colores. Si aprendías cómo hacerlo, podrías inclinar
gradualmente el eje temporal, el eje de la auténtica verdad, hasta acabar superponiendo
en él capas sucesivas que harían posible leer un mensaje vertical..., un nuevo mensaje.
De esa forma entrabas en un diálogo con las Escrituras, y éstas cobraban vida. Se
convertían en un organismo consciente que nunca era dos veces igual a sí mismo.
Naturalmente, la Iglesia Cristiano-Islámica quería que tanto la Biblia como el Corán
quedaran congelados para siempre. Si la Iglesia dejaba escapar las Escrituras, perdía su
monopolio.
La superposición era el factor decisivo. Y aquella sofisticada superposición sólo podía
conseguirse dentro de un holograma, pero aun así Emmanuel sabía que hacía mucho
tiempo, en una ocasión, las Escrituras fueron descifradas de aquella forma. Cada vez que
intentó interrogar a Elijah sobre aquel asunto, el anciano se mostró muy reticente, por lo
que el niño acabó dejando de hacerle preguntas al respecto.
El año anterior se produjo un incidente muy embarazoso cuando estaban en la iglesia.
Elijah había llevado al niño a la misa del jueves por la mañana. Dado que no había sido
confirmado, Emmanuel no podía recibir la hostia, y mientras todos los demás miembros
de la congregación iban desfilando hacia el altar, Emmanuel se quedó arrodillado,
rezando. Y, cuando el sacerdote empezó a ir de una persona a otra con el cáliz en la
mano, mojando las hostias en el vino consagrado y diciendo: «La Sangre de Nuestro
Señor Jesucristo, que fue derramada por nosotros...», Emmanuel se puso en pie y, con
voz límpida y tranquila, dijo:
—La sangre no está ahí y el cuerpo tampoco.
El sacerdote se quedó callado e intentó ver quién había dicho aquello.
—No tienes la autoridad —dijo Emmanuel. Y, después de aquellas palabras, se dio la
vuelta y salió de la iglesia. Elijah le encontró en su coche, escuchando la radio.
—No puedes hacer ese tipo de cosas —le había dicho Elijah mientras volvían a casa—.
No puedes decirles eso. Abrirán un archivo a tu nombre, y eso es precisamente lo que no
queremos. —Estaba furioso.
—Lo vi —dijo Emmanuel—. No era más que pan y vino.
—Te refieres a los accidentes. La forma externa. Pero la esencia era...
—No había ninguna otra esencia más que la apariencia visible —respondió
Emmanuel—. El milagro no sucedió porque el sacerdote no era un sacerdote.
Después de que dijera eso, hicieron el resto del trayecto en silencio.
—¿Niegas el milagro de la transubstanciación? —le preguntó aquella noche Elijah
mientras le acostaba.
—Niego que tuviera lugar en el día de hoy —dijo Emmanuel—, en ese sitio. No volveré
ahí.
—Lo que deseo es que seas tan astuto como una serpiente y tan inocente como una
paloma —dijo Elijah.
Emmanuel le miró.
—Mataron a...
—No tienen poder alguno sobre mí —dijo Emmanuel.
—Pueden destruirte. Pueden preparar otro accidente. El año próximo me obligarán a
matricularte en una escuela. Por suerte, y debido al daño sufrido por tu cerebro, no
tendrás que ir a una escuela normal. Cuento con que ellos... —Elijah vaciló.
Emmanuel terminó la frase por él:
—Atribuyan cuanto haya de raro en mí a las consecuencias de ese daño cerebral.
—Así es.
—Y el que sufriera ese daño cerebral, ¿fue algo preparado?
—Yo... Quizá.
—Bueno, pues parece que ha servido de algo, ¿no? —Pero si al menos pudiera saber
cuál es mi auténtico nombre, pensó—. ¿Por qué no puedes revelarme mi nombre? —
preguntó.
—Tu madre ya te lo reveló —dijo Elijah, esquivando la pregunta.
—Mi madre está muerta.
—Tú mismo acabarás pronunciándolo.
—Me estoy impacientando. —Y entonces se le ocurrió una extraña idea—. ¿Murió por
haber pronunciado mi nombre?
—Quizá —dijo Elijah.
—¿Y ésa es la razón de que tú no quieras pronunciarlo? ¿Porque te mataría? Y a mí
no.
—No es un nombre en el sentido habitual de la palabra. Es una orden.
Emmanuel siguió pensando en todo aquello después de la conversación. Un nombre
que no era un nombre sino una orden... Eso le hizo acordarse de Adán, que les dio
nombre a los animales. Empezó a pensar en ello. Las Escrituras decían:
 
...y se los trajo al hombre para que viese cómo los llamaría...
 
—Entonces, ¿Dios no sabía qué nombres les daría? —le preguntó a Elijah un día.
—Sólo el hombre posee el lenguaje —le explicó Elijah—. Sólo el hombre puede hacer
que nazca el lenguaje. Además... —Miró al niño—. Cuando el ser humano les dio
nombres a los animales, dejó establecido su dominio sobre ellos.
Oh, todo lo que tu nombre podría llegar a controlar, comprendió Emmanuel. Ésa es la
razón de que nadie deba pronunciar mi nombre porque nadie debe —o puede—,
controlarme.
—Entonces, Dios estuvo jugando con Adán —dijo—. Quería ver si el hombre conocía
los nombres correctos. Estaba poniéndolo a prueba. A Dios le gusta jugar, ¿verdad?
—No estoy seguro de conocer la respuesta a esa pregunta —dijo Elijah.
—En realidad no era una pregunta. Era una afirmación.
—No es algo que normalmente se asocie a Dios.
—Entonces, la naturaleza de Dios es algo conocida.
—Su naturaleza no es conocida.
—Le gustan los juegos y jugar a ellos —dijo Emmanuel—. En las Escrituras dice que
descansó, pero yo digo que jugó.
Quería introducir aquello en el holograma de la Biblia en forma de apéndice, pero sabía
que no debía hacerlo. ¿Cómo alteraría eso el holograma total?, se preguntó. Añadirle a la
Torá que a Dios le gusta jugar y divertirse... Es extraño que no pueda añadir eso, pensó.
Alguien debe añadirlo; tiene que estar ahí, en las Escrituras. Algún día...
 
Aprendió lo que eran el dolor y la muerte gracias a un perro que agonizaba. Había sido
atropellado y ahora yacía tendido en la cuneta, con el pecho aplastado y una espuma
sanguinolenta burbujeando en su boca. Cuando se inclinó sobre él, el perro le contempló
con los ojos vidriosos, unos ojos que ya estaban viendo la otra vida.
Emmanuel puso la mano sobre su rabo, corto y grueso, para comprender lo que decía.
—¿Quién ha ordenado que mueras de esta forma? —le preguntó al perro—. ¿Qué
habías hecho?
—No hice nada —replicó el perro.
—Pero esta muerte es horrible.
—Pues pese a ello soy inocente —le dijo el perro.
—¿Has matado alguna vez?
—Oh, sí. Mis mandíbulas están concebidas para matar. Fui construido para matar a las
criaturas más pequeñas que yo.
—¿Y matas por alimentarte o por placer?
—Mato porque me alegra matar —le dijo el perro—. Es un juego; es el juego a que me
dedico.
—No sabía que hubiera juegos como ése —dijo Emmanuel—. ¿Cuál es la razón de
que los perros maten y mueran? ¿Por qué existen esos juegos?
—Esas sutilezas no significan nada para mí —le dijo el perro—. Mato por matar y
muero porque he de morir. Es algo necesario, es la regla que gobierna a todas las demás,
la última regla. ¿Acaso tú no vives, matas y mueres obedeciendo a esa regla? Estoy
seguro de que sí. Tú también eres una criatura.
—Hago lo que deseo.
—Te mientes a ti mismo —dijo el perro—. Sólo Dios puede hacer lo que desee.
—Entonces, debo de ser Dios.
—Si eres Dios, cúrame.
—Pero tú estás sometido a la ley.
—No eres Dios.
—La ley es voluntad de Dios, perro.
—Entonces, tú mismo lo has dicho; tú mismo has respondido a tu propia pregunta. Y
ahora, déjame morir.
Cuando le habló a Elijah del perro que había muerto, Elijah dijo:
 
Ve, extranjero, y cuéntale a los lacedemonios que aquí caímos, obedeciendo sus
deseos.
 
—Eso es lo que dijeron de los espartanos que cayeron en las Termópilas —le explicó
Elijah.
—¿Por qué me cuentas eso? —preguntó Emmanuel.
Y Elijah dijo:
 
Tú que pasas por aquí, ve y dile a los espartanos que aquí yacemos, en obediencia a
sus leyes.
 
—Te refieres al perro, ¿no? —dijo Emmanuel.
—Sí, me refiero al perro.
—No hay ninguna diferencia entre un perro muerto en la cuneta y los espartanos que
murieron en las Termópilas. —Ahora lo comprendía—. Ninguna diferencia —dijo—. Ya
veo.
—Si puedes comprender por qué murieron los espartanos, entonces puedes
comprenderlo todo —dijo Elijah.
 
Tú que pasas por aquí, deténte un momento; estamos obedeciendo las leyes
espartanas.
 
—¿Y para el perro no hay ningún pareado? —preguntó Emmanuel.
Y Elijah dijo:
 
Viajero, que te entre esto en la mollera: como hicieron los espartanos, así hizo el perro
en la carretera.
 
—Gracias —dijo Emmanuel.
—¿Qué fue lo último que dijo el perro? —le preguntó Elijah.
—El perro dijo: «Y ahora, déjame morir».
Y Elijah dijo:
 
Lasciatemi morire!
E chi volete voi che mi conforte
in cosi dura sorte,
in cosi gran martire?
 
—¿Qué es eso? —preguntó Emmanuel.
—La pieza musical más hermosa escrita antes de Bach —dijo Elijah—. El madrigal de
Monteverdi llamado «Lamento d'Arianna». Esto es lo que significa:
 
¡Dejadme morir!
¿Y qué creéis que puede consolarme
En mi gran infortunio,
En tan gran tormento?
 
—Entonces la muerte del perro es una obra de arte —dijo Emmanuel—. El arte más
elevado del mundo... O, al menos, es algo celebrado y recordado por el arte. ¿Tengo que
ver nobleza en un perro viejo y feo que agoniza con el pecho aplastado?
—Si crees a Monteverdi, sí —dijo Elijah—. Y a quienes reverencian a Monteverdi, claro.
—¿Y el lamento continúa?
—Sí, pero no es aplicable a todo esto. Ariadna ha sido abandonada por Teseo; se trata
del amor no correspondido.
—¿Y qué es peor? —preguntó Emmanuel—. ¿Un perro que agoniza en la cuneta o
Ariadna rechazada?
—Ariadna imagina su tormento, pero el del perro es real —dijo Elijah.
—Entonces el tormento del perro es peor —dijo Emmanuel—. Es la más grande de las
dos tragedias. —Lo comprendía. Y, extrañamente, se sintió satisfecho. El universo en el
que un perro viejo y feo que agonizaba valía más que una figura clásica de la antigua
Grecia era un buen universo. Sintió cómo el equilibrio perdido volvía a su posición
correcta, y percibió el sistema de pesas que lo dirigía todo. Percibió la honestidad del
universo y dejó de estar confuso. Pero, y eso era todavía más importante, el perro
comprendía su propia muerte. Después de todo, el perro jamás había oído la música de
Monteverdi ni había leído los dos versos grabados sobre la columna de piedra de las
Termópilas. El arte era para aquellos que contemplaban la muerte, no para los que la
vivían. Para la criatura que agonizaba, un vaso de agua era más importante.
—Tu madre detestaba ciertas formas de arte —dijo Elijah—. En particular, aborrecía a
Linda Fox.
—Déjame oír algo de Linda Fox —dijo Emmanuel.
Elijah puso una cinta en el cassette, y tanto el niño como él escucharon en silencio.
 
No fluyáis tan deprisa, manantiales, que...
 
—Basta —dijo Emmanuel—. Quítala. —Se tapó los oídos con las manos—. Es horrible.
—Estaba temblando.
—¿Qué ocurre? —Elijah rodeó al niño con sus brazos y lo levantó para abrazarlo—.
Jamás te había visto tan trastornado.
—¡Él estaba escuchando eso mientras mi madre se estaba muriendo! —Emmanuel
clavó los ojos en el barbudo rostro de Elijah.
Recuerdo, se dijo Emmanuel. Estoy empezando a recordar quién soy.
—¿Qué pasa? —le preguntó Elijah. Seguía abrazando fuertemente al niño.
Está ocurriendo, comprendió Emmanuel. Por fin. Ésa era la primera de las señales que
yo mismo preparé, sabiendo que tarde o temprano se pondría en funcionamiento.
El niño y el hombre se miraron a los ojos. Ninguno de los dos habló. Emmanuel se
agarró al barbudo anciano, temblando; usando todas sus fuerzas para no caer.
—No temas —dijo Elijah.
—Elías —dijo Emmanuel—. Tú eres Elías, el que precede. El que llega antes del gran
día terrible.
—Ese día no debe inspirarte ningún miedo —dijo Elijah, abrazando al niño y
acunándolo con delicadeza.
—Pero él sí —dijo Emmanuel—. El Adversario al que odiamos... Su hora ha llegado.
Temo por él, pues ahora sé lo que ha de venir.
—Escucha —le dijo Elijah en voz baja.
 
¡Cómo has caído del cielo, brillante estrella matutina,
precipitándote a la tierra, indefenso entre las naciones!
Pensaste:
escalaré los cielos;
pondré mi trono por encima de las estrellas de Dios,
me sentaré en la montaña donde se reúnen los dioses,
allá en el lejano norte.
Me alzaré sobre las nubes
y seré igual que el Altísimo.
Pero has sido precipitado al Sheol,
a lo más profundo de los abismos.
Quienes te vean te contemplarán
y en silencio, pensativos...
 
—¿Ves? —dijo Elijah—. Está aquí. Este pequeño planeta es el sitio donde vive. Lo
convirtió en su fortaleza hace dos mil años y creó una prisión para la gente, igual que hizo
en Egipto. Durante dos mil años la gente ha llorado y no hubo ninguna respuesta, ninguna
ayuda. Son todos suyos, de su propiedad. Y cree que está a salvo.
Emmanuel, agarrado todavía al anciano, empezó a llorar.
—¿Sigues teniendo miedo? —preguntó Elijah.
—Lloró con ellos —dijo Emmanuel—. Lloro con mi madre. Lloro con el perro agonizante
que no lloraba. Lloro por ellos. Y por Belial, la brillante estrella matutina que cayó del cielo
y que dio origen a todo esto...
Y lloro por mí mismo, pensó. Soy mi madre; soy el perro agonizante y la gente que
sufre, y también soy esa brillante estrella matutina... Sí, soy incluso Belial, él y aquello en
que se ha convertido.
El anciano lo abrazó con más fuerza.
 
 
7
 
El cardenal Fulton Statler Harms, jefe prelado de la vasta red de organizaciones que
formaban la Iglesia Cristiano-Islámica, no lograba entender por qué en su Fondo Especial
Discrecional no había la cantidad de dinero suficiente para cubrir los gastos de su amante.
Quizá no llegaba a comprender hasta dónde se extendían las necesidades de Deirdre,
pensó mientras su barbero le iba afeitando lenta y cuidadosamente.
Conoció a Deirdre cuando ésta logró llegar hasta él en una larga ascensión durante la
que consiguió evitar las caídas hasta alcanzar la cumbre, lo cual era casi una hazaña,
dado que significaba subir por toda la jerarquía de la ICI peldaño a peldaño. En aquel
tiempo Deirdre representaba al FMLC, el Fórum Mundial por las Libertades Civiles, y tenía
una lista de abusos y atropellos..., bueno, ni tan siquiera entonces le había prestado gran
atención a la lista, y ahora seguía sin acordarse de ella, pero el caso es que los dos
habían terminado en la cama, y Deirdre se convirtió en su secretaria oficial.
Su trabajo le proporcionaba dos salarios: el visible, que acompañaba a su puesto, y el
invisible, que venía de la bien provista cuenta bancaria que Fulton podía gastar como le
pareciera más adecuado. En cuanto a dónde iba todo ese dinero después de llegar hasta
Deirdre, el cardenal no tenía ni la más mínima idea. La contabilidad nunca había sido su
fuerte.
—Quiere que le quite el color amarillo de este lado de las canas, ¿verdad? —le dijo su
barbero, agitando una botellita.
—Sí, por favor —respondió Harms, moviendo la cabeza.
—¿Cree que los Lakers conseguirán romper su racha de derrotas? —le preguntó su
barbero—. Ya sabe, ahora han conseguido a ese tipo, el como-se-llame; mide casi tres
metros. Si no hubieran subido el...
—Arnold, estoy escuchando las noticias —dijo Harms, dándose un golpecito en la
oreja.
—Oh, claro, sí, padre, ya me doy cuenta —dijo Arnold el barbero, mientras extendía el
tinte por la encanecida cabellera del prelado—. Pero quería hacerle una pregunta sobre
los sacerdotes homosexuales. ¿Verdad que la Biblia prohíbe la homosexualidad?
Entonces, no comprendo cómo es posible que un sacerdote sea homosexual practicante.
Las noticias que Harms estaba intentando oír guardaban relación con la salud del
procurator máximus del Legado Científico, Nicholas Bulkowsky. Ya se había celebrado
una solemne noche de vela y oración, pero aun así Bulkowsky seguía empeorando. Sin
hacerlo público, Harms había enviado a su médico personal para que se uniera al equipo
de especialistas que atendían al procurator, que se encontraba bastante grave.
Bulkowsky era un católico devoto, algo conocido no sólo por el cardenal Harms sino por
la curia entera. Había sido convertido por el carismático evangelista doctor Colin Passim,
quien durante sus reuniones evangelizadoras solía volar por los aires en una espectacular
demostración de los poderes del Espíritu Santo que moraba dentro de él.
Naturalmente, el doctor Passim no había vuelto a ser el mismo desde que atravesó una
gran vidriera de la catedral de Metz, en Francia. Antes demostraba ocasionalmente
poseer el don de lenguas, pero ahora lo único que hacía era mover la lengua. Aquello le
había inspirado a una popular serie cómica de televisión la sugerencia de que se utilizara
un diccionario glosolálico con el que poder entender al doctor Passim. Esa sugerencia
había despertado tal indignación entre la gente piadosa que el cardenal Harms había
hecho una anotación en su agenda para acordarse de anatematizar dicha serie en cuanto
le fuera posible. Pero, como de costumbre, no había tenido tiempo para ocuparse de
asuntos tan poco importantes.
Gran parte del tiempo del cardenal Harms era consumido por una actividad secreta:
había estado introduciendo el Proslogion de San Anselmo en el sistema de inteligencia
artificial Gran Fideo, pensando en resucitar la Prueba Ontológica de la Existencia de Dios,
que había quedado desacreditada hacía ya mucho tiempo.
Había acudido directamente a San Anselmo y a la expresión original de tal argumento,
aún no manchada por las excrecencias y añadidos del tiempo:
 
Cualquier cosa comprendida debe estar en la inteligencia.
Y, ciertamente, también el ser superior al cual nadie puede concebir ha de
existir no sólo dentro del intelecto; pues si estuviera sólo en el intelecto podría
ser concebido como existiendo también en la realidad, y esto sería concebir a
un ser todavía más superior. En tal caso, si el ser superior al cual nadie puede
concebir no se encuentra más que en la inteligencia (y no en la realidad),
entonces ese mismo ser es algo que uno podría seguir concibiendo como
todavía más superior (por ejemplo, uno que existiera al mismo tiempo en la
inteligencia y en la realidad). Esto es una contradicción.
Consecuentemente, no puede haber duda alguna de que el ser superior a
cualquiera de los que pueden ser concebidos debe existir tanto en la
inteligencia como en la realidad.
 
Sin embargo, Gran Fideo conocía de memoria a todo Santo Tomás de Aquino,
Descartes, Kant y Russell, aparte de a sus críticos, y, además, el sistema de la IA también
poseía sentido común. Le informó a Harms de que el argumento de Anselmo no se
sostenía en pie, y le presentó una página tras otra de análisis en cuanto al por qué. La
respuesta de Harms fue no hacer caso de los análisis de Gran Fideo y lanzarse en busca
de la defensa de Anselmo hecha por Hartshorne y Malcolm, que decía lo siguiente: La
existencia de Dios es o lógicamente necesaria o lógicamente imposible. Dado que no se
ha demostrado que sea imposible —lo cual significa que no se ha demostrado que el
concepto de una entidad tal sea autocontradictorio—, entonces debe llegarse sin remedio
a la conclusión de que Dios existe.
En cuanto hubo dado con aquel viejo argumento, Harms mandó una copia a través de
su línea directa al pobre procurator máximus, pensando que con ese medio lograría darle
nuevas fuerzas a su compañero en las tareas del gobierno.
—En cambio, fíjese en los Gigantes —estaba diciendo Arnold, el barbero, mientras se
esforzaba valerosamente por teñir el amarillo que manchaba los cabellos del cardenal—.
Yo creo que todavía no se les puede descartar. Piense en lo que hizo Eddy Tubb el año
pasado. ¿Qué tiene dolores en el brazo? Bueno, ya se sabe que los lanzadores siempre
tienen dolores en el brazo...
Para el jefe prelado cardenal Fulton Statler Harms, el día ya había empezado; intentaba
oír las noticias, meditaba sobre su proyecto de San Anselmo, trataba de esquivar las
estadísticas sobre béisbol disparadas por Arnold..., aquello constituía su confrontación
matinal con la realidad, su rutina. Lo único que le faltaba para convertirla en el arquetipo
platónico del comienzo de su fase de actividad era el obligatorio —e inútil—, intento de
que Deirdre le diera alguna razón para justificar sus derroches.
Ya estaba preparado para eso; de hecho, ya le había echado el ojo a una chica nueva.
Deirdre, que no sabía nada de eso, estaba a punto de abandonar la escena.
 
El procurator máximus caminaba lentamente en círculos por sus aposentos de la
ciudad balnearia del Mar Negro mientras leía el último informe mandado por Deirdre
Connell sobre el jefe prelado. El procurator no tenía ningún problema de salud; había
dejado que las noticias sobre su «estado de gravedad» se filtraran a los medios de
comunicación para que su compañero en el gobierno quedara atrapado en una red de
mentiras donde cada una sostenía a las demás. Aquello le daba tiempo para estudiar la
evaluación que su personal de inteligencia había hecho de los informes cotidianos
mandados por Deirdre Connell. Hasta el momento, todos cuantos servían de cerca al
procurator pensaban que el cardenal Harms había perdido el contacto con la realidad y
que se había enredado en una ridícula serie de indagaciones teológicas, indagaciones
que le alejaban cada vez más de cualquier tipo de control sobre la situación política y
económica que, oficialmente, estaba encargado de manejar.
Los falsos informes médicos también le daban tiempo para pescar, relajarse, tomar el
sol y pensar en algún modo de arrebatarle su cargo al cardenal y colocar a uno de los
suyos en la posición de jefe prelado de la ICI. Bulkowsky tenía introducido en la curia a
cierto número de funcionarios del LC, gente bien entrenada y con ganas de entrar en
acción. Mientras Deirdre Connell ocupara el puesto de secretaria y amante del cardenal,
Bulkowsky jugaba con ventaja. Estaba razonablemente seguro de que Harms no había
logrado colocar a nadie en los puestos clave del Legado Científico y que no poseía ningún
tipo de acceso recíproco a sus planes. Bulkowsky no tenía amantes; era un hombre
entregado a su vida familiar, con una esposa de mediana edad algo entrada en carnes, y
tenía tres hijos que asistían a escuelas privadas en Suiza. Además, su conversión a las
entusiásticas idioteces del doctor Passim —naturalmente, el milagro del vuelo había sido
logrado usando medios tecnológicos—, era un fraude estratégico concebido para que el
cardenal se extraviara todavía más en sus sueños de grandeza.
El procurator estaba perfectamente enterado de su intento de hacer que Gran Fideo
diera con alguna verificación de la Prueba Ontológica de la Existencia de Dios concebida
por San Anselmo; aquello era motivo de risas y bromas en las regiones dominadas por el
Legado Científico. A Deirdre Connell se le habían dado instrucciones para que le
recomendara a su ya algo envejecido amante que pasara cantidades de tiempo cada vez
mayores enfrascado en su gran empresa.
Sin embargo, y aunque tenía los pies sólidamente puestos en la realidad, Bulkowsky no
había sido capaz de resolver algunos de sus propios problemas, asuntos que mantenía
ocultos a su compañero en el gobierno. Durante los últimos meses, los cuadros jóvenes
habían estado decidiéndose cada vez menos por el LC; un número cada vez mayor de
estudiantes universitarios, incluso aquellos que se graduaban en las ciencias duras,
estaban optando por la ICI, arrojando a un lado el broche con la hoz-y-el-martillo y
abrazando la cruz. En concreto, se había producido una escasez de ingenieros de arcas,
con el resultado de que tres arcas orbitales del LC habían tenido que ser abandonadas
junto con sus habitantes. Aquellas noticias no habían llegado a los medios de
comunicación, dado que los habitantes de las arcas habían perecido. Para proteger al
público de aquellas tristes nuevas había sido preciso cambiar los nombres de las arcas
del LC que aún existían. Los listados de ordenador no mostraban todos aquellos
trastornos; la situación aparentaba ser normal.
Al menos hemos conseguido eliminar a Colin Passim, pensó Bulkowsky. Un hombre
que habla igual que la grabación de un pato al ser rebobinada ya no es una amenaza. Sin
sospecharlo, el evangelista había sucumbido al avanzado armamento del LC, y gracias a
ello el equilibrio del poder mundial había sido ligeramente alterado. Y ese tipo de
pequeñas variaciones se iban acumulando... Por ejemplo, estaba la presencia de la
agente del LC que hacía de secretaria y amante del cardenal. Sin eso...
Bulkowsky sentía una confianza total en su éxito. La fuerza dialéctica de la necesidad
histórica estaba de su lado. Dentro de media hora podría retirarse a su cama flotante
sabiendo que la situación mundial estaba perfectamente controlada.
—Coñac —le dijo a uno de los criados robot—. Courvoisier Napoleón.
Su esposa Galina entró en la habitación mientras Bulkowsky estaba de pie junto a su
escritorio, calentando la copa entre las palmas de las manos.
—El jueves por la noche tienes que estar libre de compromisos —dijo—. El general
Yakir dará un recital de la cantante norteamericana Linda Fox para el cuerpo diplomático
de Moscú. Cuenta con nuestra asistencia.
—Por supuesto —dijo Bulkowsky—. Habrá que tener preparadas rosas para cuando
termine el recital. —Y, volviéndose hacia un par de criados robot, dijo—: Que mi ayuda de
cámara se encargue de recordármelo.
—Procura no dormirte durante el recital —dijo Galina—. La señora Yakir se ofendería
muchísimo. Ya recordarás lo que pasó la última vez...
—Aquella abominación de Penderecki... —dijo Bulkowsky, que lo recordaba muy bien.
Se había pasado todo el «Quia Fecit» del «Magnificat» roncando, y luego se había
enterado de ello al leer los documentos del servicio de inteligencia una semana después.
—Recuerda que para ese tipo de círculos públicos eres un cristiano renacido —dijo
Galina—. ¿Qué hiciste con los responsables de la pérdida de las tres arcas?
—Han muerto todos —dijo Bulkowsky. Había hecho que los fusilaran.
—Podrías reclutar algunos sustitutos del Reino Unido.
—Pronto tendremos a los nuestros. No confío en lo que pueda mandarnos el Reino
Unido. Allí todo está en venta. Por ejemplo, ¿cuánto pide esa cantante por tomar
finalmente una decisión?
—La situación resulta algo confusa —dijo Galina—. He leído los informes del servicio
de inteligencia; el cardenal le ofrece una gran suma para que acabe decidiéndose por la
ICI. No creo que debamos igualar su oferta.
—Pero si una artista tan popular diera un paso hacia delante y anunciara haber visto la
luz blanca y aceptara al buen Jesús en su vida...
—Tú lo hiciste.
—Pero ya sabes por qué lo hice —dijo Bulkowsky. Del mismo modo que había
aceptado a Jesús, solemnemente y con gran pompa, pronto declararía que había
renunciado a Él y que ahora, escarmentado, regresaba al seno del LC. Aquello causaría
un terrible efecto sobre la curia, y Bulkowsky tenía la esperanza de que incluso afectaría
al mismísimo cardenal. Según los psicólogos del LC, la moral del jefe prelado caería por
los suelos. El cardenal creía realmente que algún día todos los que mantenían relación
con el LC desfilarían hasta las oficinas de la ICI y se convertirían.
—¿Qué estás haciendo respecto a ese médico que te envió? —le preguntó Galina—.
¿Alguna dificultad?
—No. —Bulkowsky meneó la cabeza—. Los informes médicos falsos lo mantienen muy
ocupado. —Lo cierto es que la información médica que le era regularmente ofrecida al
médico enviado por el cardenal no estaba falsificada. Sencillamente, pertenecía a otra
persona que no era Bulkowsky, un funcionario de segunda fila del LC que estaba
realmente enfermo. Bulkowsky había conseguido que el médico de Harms prestara
juramento de guardarlo todo en secreto apelando a su ética profesional pero,
naturalmente, el doctor Duffey enviaba subrepticiamente detallados informes sobre la
salud del procurator al personal de la ICI siempre que tenía ocasión de hacerlo. El servicio
de inteligencia del LC se encargaba de interceptarlos, comprobaba que pintaran una
situación lo bastante grave, los copiaba y los enviaba a su destino. Los informes médicos
viajaban mediante una señal de microondas a un satélite de comunicaciones de la ICI y
desde allí eran transmitidos a Washington. Sin embargo, el doctor Duffey sufría periódicos
ataques de agudeza mental y entonces se limitaba a mandar la información por correo,
medio que resultaba más difícil de interceptar.
El cardenal imaginaba estar tratando con un enfermo grave que había acabado
decidiéndose por Jesús y eso había hecho que descuidara su vigilancia sobre las
actividades de alto nivel dentro del LC. Ahora el cardenal suponía que el procurator ya no
era competente para desempeñar sus funciones, y que nunca más lo sería.
—Si Linda Fox no se decide por el LC —dijo Galina—, ¿por qué no hablas un momento
con ella en privado y le dices que algún día ese cohete privado de colorines en el que
tanto le gusta volar se convertirá en una bola de llamas cuando vaya a dar un concierto?
—Porque el cardenal habló con ella antes —dijo Bulkowsky con expresión lúgubre—.
Ya le ha hecho saber que si no acepta al buen Jesús en su vida, los bicloruros acabarán
encontrándola tanto si quiere aceptarlos como si no.
La táctica de envenenar a Linda Fox con pequeñas dosis de mercurio había sido muy
hábil. Enloquecería mucho antes de que muriera (si es que llegaba a morir) y, como les
gustaba decir a los ingleses, estaría tan ida como un sombrerero..., literalmente, dado que
se trataba de un envenenamiento por mercurio, el mercurio utilizado para tratar los
sombreros de fieltro que había otorgado a los sombrereros ingleses del siglo XIX la fama
de toda una psicosis orgánica.
Ojalá hubiera pensado en eso, se dijo Bulkowsky. Los informes del servicio de
inteligencia afirmaban que la cantante se había puesto histérica cuando un agente de la
ICI le informó de cuáles eran las intenciones del cardenal si no se decidía por Jesús:
después de la histeria vino una hipotermia temporal, seguida por una negativa a cantar el
conocido salmo «La roca de las eras» en su próximo concierto, tal y como estaba
previsto.
Por otra parte, pensó, el cadmio sería mejor que el mercurio, porque resultaba más
difícil detectarlo. La policía secreta del LC llevaba utilizando el cadmio en nulidades desde
hacía cierto tiempo, y los resultados habían sido excelentes.
—Entonces, el dinero no será capaz de influir en su decisión —dijo Galina.
—Yo no descartaría al dinero. Esa mujer ambiciona ser la propietaria del Enorme Los
Ángeles.
—Pero, si es destruida, los colonos protestarán —dijo Galina—. Dependen de ella.
—Linda Fox no es una persona. Es una clase entera de personas, un tipo. Es un
sonido creado por el equipo electrónico, un equipo electrónico muy sofisticado. Hay más.
Siempre las habrá. Se las puede fabricar igual que si fueran neumáticos.
—Bueno, pues entonces no le ofrezcas mucho dinero —se rió Galina.
—Me da pena —dijo Bulkowsky. ¿Qué se debe sentir dejando de existir?, se preguntó.
Eso es una contradicción. Sentir es existir. Entonces lo más probable es que no sienta
nada, pensó. Porque lo cierto es que en realidad ella no existe. Eso es algo que nosotros
deberíamos saber muy bien. Fuimos los primeros en concebirla.
O, mejor dicho..., no, el que imaginó primero a la Fox fue Gran Fideo. El sistema de IA
fue quien la inventó, indicándole qué debía cantar y cómo cantarlo; Gran Fideo había
hecho todos los arreglos precisos, e incluso se había encargado de las mezclas. Y el
producto final fue todo un éxito.
Gran Fideo había analizado correctamente las necesidades emocionales de los
colonos y había dado con una fórmula para satisfacer esas necesidades. El sistema de IA
mantenía una vigilancia constante y percibía continuamente las reacciones despertadas
en ellos; cuando las necesidades cambiaban, Linda Fox cambiaba. Todo el asunto era un
círculo cerrado. Si de repente todos los colonos desaparecieran, Linda Fox se
desvanecería de la existencia con un parpadeo. Gran Fideo la eliminaría de forma tan
irremisible como los papeles que pasan por un destructor de documentos.
—Procurator —dijo un criado robot, yendo hacia Bulkowsky.
—¿Qué pasa? —preguntó Bulkowsky, irritado; no le gustaba ser interrumpido cuando
conversaba con su mujer.
—Ejem —carraspeó el robot.
—Gran Fideo quiere hablar conmigo —le dijo Bulkowsky a Galina—. Es urgente.
Tendrás que disculparme. —La dejó y fue rápidamente a su complejo de oficinas
privadas, donde se encontraba el terminal del sistema de IA, cuidadosamente protegido.
Y el terminal estaba parpadeando, aguardándole.
—¿Movimientos de tropas? —dijo Bulkowsky mientras tomaba asiento ante la pantalla
del terminal.
—No —dijo la voz artificial de Gran Fideo con su tono característico—. Una
conspiración para pasar de contrabando a un bebé monstruoso a través de Inmigración.
Hay tres colonos involucrados. He examinado el feto de la mujer. Siguen detalles. —Gran
Fideo cortó la conexión.
—¿Cuándo vendrán esos detalles? —preguntó Bulkowsky, pero el sistema de IA no le
oyó, pues ya se había desconectado. Maldita sea, pensó. No se muestra demasiado
cortés conmigo. Está demasiado ocupado desmontando la Prueba Ontológica de la
Existencia de Dios.
 
El cardenal Fulton Statler Harms recibió las noticias de Gran Fideo con su aplomo de
costumbre.
—Muchísimas gracias —dijo mientras el sistema de IA se desconectaba. Algo extraño,
se dijo. Algo que Dios jamás pretendió que llegara a existir. Este es el aspecto realmente
más horrible de la emigración al espacio: no recobramos lo que hemos enviado. A
cambio, se nos devuelve lo que no es natural.
Bueno, pensó, habrá que matarlo; de todas formas, siento interés por ver su modelo
cerebral. Me pregunto a qué se parecerá éste. Una serpiente dentro de un huevo, pensó.
Un feto dentro de una mujer. La historia original narrada de otra forma: una criatura muy
sutil, desde luego.
 
La serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera el SEÑOR Dios.
 
Génesis, capítulo tres, versículo uno. Lo que ocurrió antes no volverá a ocurrir. Esta
vez destruiremos a la criatura maligna, sea cual sea la forma que haya adoptado ahora.
Voy a rezar por ello, pensó.
—Discúlpenme —les dijo al pequeño grupo de sacerdotes que habían venido a visitarle
y que esperaban fuera, en la gran sala—. Tengo que retirarme un rato a mi capilla. Acaba
de surgir un asunto bastante serio.
Una vez allí, se arrodilló en el silencio y la penumbra, con velas ardiendo en los
rincones de la estancia, velas que santificaban tanto la estancia como a él mismo.
—Padre —rezó—, enséñanos a conocer tus caminos y a ir por ellos. Ayúdanos a
protegernos y mantenernos en guardia contra el maligno. Haz que podamos prever y
comprender sus trampas, pues puede tender muchas y su astucia es grande. Danos la
fuerza; concédenos tu santo poder para encontrarle y cazarle allí donde esté...
No oyó ninguna respuesta. No le sorprendió. La gente piadosa hablaba con Dios, y los
locos se imaginaban que Dios les contestaba. Sus respuestas tenían que venir de su
propio interior, del mismo corazón del cardenal. Pero, naturalmente, el Espíritu Santo le
guiaba. Siempre había sido así.
Y, en su interior, el Espíritu, bajo la forma de aquello a lo que él mismo era proclive,
ratificó su decisión original. El «No dejarás con vida a la hechicera» incluía en su dominio
al mutante que se pretendía pasar de contrabando. «Hechicera» resultaba igual a
«monstruo», y por lo tanto tenía el apoyo de las Escrituras.
Y, de todas formas, él era el regente de Dios en la Tierra.
Pero, queriendo ser precavido, consultó su enorme ejemplar de la Biblia y volvió a leer
el capítulo veintidós del Éxodo, versículo diecisiete:
 
No dejarás con vida a la hechicera.
 
Y luego, por si acaso, leyó el versículo siguiente.
 
El reo de bestialidad será muerto.
 
Después leyó las notas.
 
La antigua brujería se basaba en el crimen, la inmoralidad y la impostura; y degradó a
las gentes mediante prácticas horribles y supersticiones. Viene precedido por
advertencias contra las licencias sexuales y seguido por una condena del vicio contra
natura y la idolatría.
 
Bien, estaba claro que eso era aplicable en este caso. Prácticas horribles y
supersticiones. Cosas engendradas a través de la relación sexual con seres no humanos
que vivían en planetas distantes. No invadirán este sagrado planeta, se dijo el cardenal.
Estoy seguro de que mi colega, el procurator máximus, estará de acuerdo conmigo.
De repente experimentó una súbita iluminación. ¡Estamos siendo invadidos!,
comprendió. Aquello de lo que hemos estado hablando durante unos dos siglos... El
Espíritu Santo me lo dice ahora mismo: ¡Ha sucedido!
Maldito engendro de la pestilencia, pensó; y fue rápidamente hacia sus aposentos,
donde estaba la línea directa (y altamente protegida) que le ponía en contacto con el
procurator.
—¿Es acerca del bebé? —dijo Bulkowsky apenas establecido el contacto, un segundo
más tarde—. Me iba a dormir. Eso puede esperar a mañana.
—Ahí fuera hay una abominación —dijo el cardenal Harms—. Éxodo, veintidós,
versículo diecisiete. «No...»
—Gran Fideo no permitirá que llegue a la Tierra. Ya deben haberlo interceptado en uno
de los perímetros exteriores de Inmigración.
—Dios no desea que haya monstruos en este planeta, el primero y más importante de
los mundos. Y, como cristiano renacido, tú deberías comprenderlo.
—Desde luego que lo comprendo —dijo Bulkowsky con indignación.
—Bien, ¿qué instrucciones le doy a Gran Fideo?
—Será más bien qué instrucciones va a darnos Gran Fideo, ¿no te parece? —dijo
Bulkowsky.
—Tenemos que rezar para hallar la salida de esta crisis —dijo Harms—. Únete a mí en
la oración. Inclina la cabeza.
—Mi mujer me está llamando —dijo Bulkowsky—. Ya rezaremos mañana. Buenas
noches. —Y cortó la conexión.
Oh, Dios de Israel, rezó Harms con la cabeza inclinada. Protégenos de la promiscuidad
y del mal que ha nacido de ella. Despierta el alma del procurator y haz que comprenda lo
apremiante de este momento de ordalía.
Estamos sufriendo una prueba espiritual, pensó. Estoy seguro de ello. Debemos
demostrar nuestra valía expulsando a esta presencia satánica. Haznos dignos, Señor;
préstanos tu poderosa espada. Concédenos tu silla justiciera para montar en el corcel
de... No logró decidirse a terminar la oración; le pareció demasiado apasionada. Ven en
nuestra ayuda, pensó, y alzó la cabeza. Se sintió invadido por una gran sensación de
triunfo; es como si hubiéramos atrapado a una presa y fuéramos a matarla, se dijo. La
hemos perseguido y la hemos cazado. Y morirá. ¡Alabado sea el Señor!
 
 
8
 
El vuelo axial a gran velocidad hizo que Rybys Rommey se pusiera muy enferma. La
United Spaceways había hecho los arreglos precisos para que dispusiera de cinco
asientos contiguos y pudiera acostarse en ellos; pero, aun así, apenas si era capaz de
hablar. Estaba inmóvil, acostada de lado, con una manta tapándola hasta la barbilla.
—Esos malditos tecnicismos legales —dijo Elijah Tate con expresión sombría mientras
la miraba—. Si no nos hubieran entretenido... —Torció el gesto.
El feto, que ya tenía seis meses, llevaba mucho tiempo sin hacer ningún ruido dentro
del cuerpo de Rybys. ¿Y si el feto muere?, se preguntó Herb Asher. La muerte de Dios...
Pero en unas circunstancias que nadie hubiera podido prever jamás. Y que nadie salvo él
mismo, Rybys y Elijah Tate, llegarían a conocer nunca.
¿Puede morir Dios?, se preguntó. Y mi esposa con él...
La ceremonia matrimonial había sido breve y sencilla, con todo el procedimiento
llevado a cabo por las autoridades espaciales y sin ningún matiz religioso o moral. Tanto
él como Rybys habían tenido que pasar por unos prolongados exámenes físicos y,
naturalmente, habían descubierto su embarazo.
—¿Es usted el padre? —le preguntó el médico.
—Sí —dijo Herb Asher.
El médico sonrió y lo apuntó en sus papeles.
—Nos pareció que debíamos casarnos —dijo Herb.
—Ésa es la actitud correcta. —El médico era un hombre ya algo mayor, muy bien
educado y totalmente impersonal—. ¿Sabe que es un niño?
—Sí —dijo él. Desde luego que lo sabía.
—Hay algo que no entiendo —dijo el médico—. ¿La impregnación se produjo por
medios naturales? No sería ninguna inseminación artificial, ¿verdad? Porque el himen
está intacto.
—¿De veras? —dijo Herb Asher.
—Es raro, pero puede suceder. Así que, técnicamente, su esposa sigue siendo virgen.
—¿De veras? —repitió Herb Asher.
—Ya sabe que está muy enferma, ¿no? —dijo el médico—. Tiene esclerosis múltiple.
—Lo sé —respondió él con estoicismo.
—No hay ninguna garantía de que sea posible curarla. Debe comprenderlo. Creo que
es una excelente idea que vuelva a la Tierra, y apruebo de todo corazón el que usted la
acompañe. Pero quizás este viaje no sirva de nada. La esclerosis múltiple es una
enfermedad muy peculiar. La funda de mielina de las fibras nerviosas se endurece en
algunos sitios, y eso acaba produciendo una parálisis permanente. Después de varias
décadas de grandes esfuerzos hemos logrado acabar aislando dos factores que la
causan. Hay un microorganismo, pero en el proceso actúa también una forma de alergia,
y es uno de los factores principales. Gran parte del tratamiento implica transformar el
sistema de inmunidad para que... —El médico siguió hablando, y Herb Asher le escuchó
tan atentamente como le era posible. Ya sabía todo eso; Rybys se lo había contado varias
veces y le había mostrado textos proporcionados por MED. Al igual que ella, Herb había
acabado convirtiéndose en toda una autoridad sobre la materia.
—¿Podría tomar un poco de agua? —murmuró Rybys, levantando la cabeza; su rostro
estaba hinchado y lleno de manchas, y Herb Asher tuvo cierta dificultad para comprender
sus palabras.
Una azafata le trajo a Rybys un vaso de cartón lleno de agua; Elijah y Herb la ayudaron
a incorporarse, y Rybys cogió el vaso con las dos manos. Tanto sus brazos como el resto
de su cuerpo estaban temblando.
—Ya no tardaremos mucho —dijo Herb Asher.
—Cristo —murmuró Rybys—. Creo que no voy a conseguirlo. Dile a la azafata que voy
a vomitar otra vez; haz que vuelva a traerme ese recipiente. Jesús. —Irguió su cuerpo
hasta quedar totalmente incorporada, con el rostro lleno de dolor.
—Dispararemos los retrocohetes dentro de dos horas —dijo la azafata, inclinándose
sobre ella—, así que, si puede aguantar un poquito más...
—¿Aguantar? —dijo Rybys—. Pero si ni tan siquiera puedo aguantar en el estómago lo
que bebo. ¿Está segura de que esa Coca-Cola no estaba pasada o algo parecido? Creo
que me ha puesto peor que antes. ¿No tendría un poco de ginger ale? Si tomara un poco
de ginger ale quizá pudiera evitar que... —De repente empezó a maldecir con una voz
cargada de veneno y rabia—. Maldito sea todo esto. ¡No vale la pena! —Clavó los ojos en
Herb Asher y Elijah.
Yah, pensó Herb Asher, ¿no puedes hacer nada? Dejarla sufrir de esta forma es puro
sadismo.
Y una voz habló dentro de su mente. Al principio no logró comprender lo que decía;
podía oír las palabras, pero parecían carecer de sentido.
—Llévala al Jardín —decía la voz.
¿Qué Jardín?, pensó él.
—Llévala de la mano.
Herb Asher se inclinó sobre ella, hurgó por entre los pliegues de la manta y cogió la
mano de su esposa.
—Gracias —dijo Rybys, y le apretó débilmente los dedos.
Herb, inclinado sobre ella, vio cómo sus ojos empezaban a brillar; vio espacios más allá
de sus ojos, igual que si estuviera contemplando algo vacío, algo que contenía inmensas
extensiones de espacio. ¿Dónde estás?, se preguntó. Dentro de tu cráneo hay todo un
cosmos; un cosmos distinto a éste: no es un reflejo, es otro lugar. Vio estrellas y grupos
de estrellas; vio nebulosas y grandes nubes de gases que relucían con un brillo oscuro,
pero que aun así emitían una luz blanca, no una luz rojiza. Sintió cómo el viento soplaba a
su alrededor y oyó un susurro. Hojas o ramas, pensó; oigo los sonidos que hacen las
plantas. El aire era más bien cálido. Aquello le sorprendió. Parecía ser aire fresco, no la
atmósfera estancada que se hacía circular una y otra vez por el interior de la nave
espacial.
El ruido de los pájaros y, cuando alzó la vista, un cielo azul. Vio bambúes, y el susurro
era el del viento soplando por entre los tallos del bambú. Vio una valla, y más allá había
niños. Y, sin embargo, al mismo tiempo que veía todo eso, seguía sujetando la débil mano
de su esposa. Qué extraño, pensó. Una atmósfera tan seca, igual que si llegara del
desierto... Vio a un niño con el cabello castaño y rizado; el cabello del niño le recordó el
pelo de Rybys tal y como era antes de que lo perdiese por culpa de la quimioterapia:
ahora se había quedado calva.
¿Dónde estoy?, se preguntó. ¿En una escuela?
Junto a él, un inquieto señor Plaudet le contaba historias sin pies ni cabeza, historias
relacionadas con las necesidades financieras de la escuela, los problemas de la escuela...
Los problemas de la escuela no le interesaban; lo que le interesaba era su hijo. El daño
cerebral sufrido por su hijo; quería saberlo todo sobre eso.
—Lo que no puedo entender —estaba diciendo el señor Plaudet— es por qué lo
mantuvieron diez años en suspensión criónica sólo por un bazo. Por el amor de Dios, las
extirpaciones de bazo son algo de lo más corriente, y es muy frecuente que haya bazos
extirpados utilizables...
—¿Qué hemisferio del cerebro es el dañado? —preguntó Herb Asher,
interrumpiéndole.
—El señor Tate tiene todos los informes médicos, pero iré donde está nuestro
ordenador y le pediré una copia. Manny parece algo asustado de usted, pero supongo
que eso es debido a que antes nunca había visto a su padre.
—Me quedaré aquí con él mientras usted va a buscar esa copia —dijo Herb—. Quiero
saber todo lo posible sobre ese daño cerebral.
—Herb —dijo Rybys.
Y, sobresaltado, Herb se dio cuenta de dónde estaba; a bordo del vuelo axial XR4 de la
United Spaceways que iba de Fomalhaut al Sistema Solar. Dentro de dos horas, el primer
grupo de Inmigración subiría a la nave y haría su inspección preliminar.
—Herb —susurró su mujer—, acabo de ver a mi hijo.
—Una escuela a la que irá —dijo Herb Asher.
—Creo que no viviré para estar ahí —dijo Rybys—. Tengo un presentimiento... Él
estaba ahí y tú también estabas, y había un hombrecillo de cara ratonil y voz chillona que
no paraba de hablar y hablar, pero yo no estaba por ningún sitio. Miré por todas partes.
Esto realmente va a terminar conmigo, pero no matará a mi hijo. Eso es lo que me dijo,
¿recuerdas? Yah me dijo que continuaría viviendo a través de mi hijo, así que me imagino
que moriré; quiero decir que este cuerpo morirá, pero que ellos le salvarán. ¿Estabas allí
cuando Yah dijo eso? No me acuerdo. Estábamos en un jardín, ¿verdad? Bambúes. Vi
cómo soplaba el viento. El viento me habló; era igual que voces.
—Sí —dijo él.
—Tenían la costumbre de marcharse al desierto durante cuarenta días y cuarenta
noches. Primero fue Elías y luego Jesús. ¿Elijah? —Miró a su alrededor—. Comiste
langostas y la miel de las abejas salvajes, y les dijiste a los hombres que se arrepintieran.
Le dijiste al Rey Acab que en aquellos años no habría ni rocío ni lluvia..., ésa es la
voluntad del Señor. Según mi palabra. —Cerró los ojos.
Está realmente muy enferma, se dijo Herb Asher. Pero yo vi a su hijo. Hermoso, salvaje
y... algo más. Tímido. Muy humano, pensó; era un niño humano. Quizá todo esto se
encuentra en nuestras mentes. Quizá los clems han nublado nuestra percepción para que
creamos, veamos y experimentemos, pero nada es real. Me rindo, pensó. No tengo ni
idea, y eso es todo.
Algo relacionado con el tiempo. Parece ser capaz de transformar el tiempo. Ahora
estoy aquí, en la nave, pero entonces me encontraba en el Jardín con el niño y los otros
niños, su niño, dentro de unos cuantos años. ¿Y cuál es el tiempo verdadero?, se
preguntó. ¿Yo aquí, en la nave, o en mi cúpula antes de conocer a Rybys, o después de
que ella haya muerto y Emmanuel se encuentre en la escuela? Y me he pasado unos
cuantos años en suspensión criónica. Tiene que ver o tuvo que ver o tendrá que ver con
mi bazo. ¿Me dispararon?, se preguntó. Rybys murió a causa de su enfermedad, pero,
¿cómo morí yo? ¿Y qué ha sido o qué será de Elijah?
—Quiero hablar contigo —dijo Elijah, inclinándose hacia Asher. El anciano le hizo una
seña para que se apartara de Rybys y de los demás pasajeros—. No debemos mencionar
el nombre de Yah. A partir de ahora utilizaremos la palabra «Jehová». Es una palabra
acuñada en el año 1530; se puede pronunciar sin problemas. Comprendes la situación,
¿no? Inmigración tratará de espiar nuestras mentes con sus aparatos de escucha
psicotrónica, pero Jehová hará que nuestros cerebros se nublen y no conseguirán
entender nada o muy poca cosa. Pero, y ésta es la parte más difícil de decir, los poderes
de Jehová sólo llegan hasta aquí. Pronto empezaremos a estar en la zona de Belial.
—De acuerdo. —Asher movió la cabeza, asintiendo.
—Ya sabías todo esto, ¿no?
—Y muchas cosas más. —Por lo que Elijah y Rybys le habían contado..., y por lo que
Jehová le había dicho mientras dormía, en sueños muy vívidos. Jehová les había estado
enseñando cosas a todos; sabrían qué hacer.
—Está con nosotros y puede hablarnos desde el útero de Rybys —dijo Elijah—. Pero
siempre existe la posibilidad de que algunos ingenios de observación electrónica muy
avanzados consigan captar sus mensajes. Conversará con nosotros, pero muy de cuando
en cuando. —Y, después de hacer una pausa, añadió—. Si es que llega a hacerlo...
—Qué idea tan extraña —dijo Herb Asher—. Me pregunto qué pensarían las
autoridades si sus circuitos espíainteligencias captaran los pensamientos de Dios.
—Bueno —dijo Elijah—, no sabrían de qué se trataba. Conozco a las autoridades de la
Tierra; he tenido contactos con ellas durante cuatro mil años en una situación después de
otra y en todos los países, en una guerra detrás de otra. Estuve con Graf Egmont en las
guerras holandesas de independencia, la guerra de los Treinta Años; estuve presente el
día en que le ejecutaron. Conocí a Beethoven..., aunque quizá «conocí» no es la palabra
adecuada.
—Tú eras Beethoven —dijo Herb Asher.
—Parte de mi espíritu volvió a la Tierra y a él —dijo Elijah.
Vulgar y exuberante, pensó Herb. Apasionadamente dedicado a la causa de la libertad
humana. Caminando cogido de la mano con su amigo Goethe, dos hombres que hacían
brotar la nueva y agitada vida de la Ilustración Alemana.
—¿Quién más fuiste? —preguntó.
—Muchos personajes históricos.
—¿Tom Paine?
—Nosotros preparamos la Revolución Norteamericana —dijo Elijah—. Un grupo
nuestro... En un momento dado fuimos los Amigos de Dios, y los Hermanos de la
Rosacruz en el año 1615... Fui Jakob Boehme, pero no creo que le conozcas. Mi espíritu
no mora tan sólo en un hombre; no se trata de una encarnación. Es una parte de mi
espíritu que vuelve a la Tierra para unirse a un humano seleccionado por Dios. Siempre
hay humanos de esa clase, y yo estoy ahí. Martin Buber era uno de esos hombres, que
Dios dé reposo a su noble alma... Era un hombre bueno y amable. También los árabes
pusieron flores sobre su tumba. Incluso los árabes le amaban. —Elijah se quedó callado
durante unos momentos—. Algunos de los hombres hacia quienes me envié eran mejores
que yo. Pero tengo el poder de regresar. Dios me lo concedió para..., bueno, por el bien
de Israel. Un atisbo de la inmortalidad para el más querido de todos sus pueblos. ¿Sabes
una cosa, Herb? Se dice que en un principio Dios le ofreció la Torá a todos los pueblos
del mundo antes de ofrecérsela a los judíos, y que todos los pueblos la rechazaron por
alguna razón u otra. La Torá decía: «No matarás», y había muchos que no podían vivir
según esa norma; querían que la religión fuera algo separado de la moralidad..., no
querían que la religión estorbara sus deseos. Finalmente Dios se la ofreció a los judíos, y
ellos la aceptaron.
—¿La Torá es la Ley? —preguntó Herb.
—Es más que la Ley. La palabra «Ley» no es adecuada, aunque el Nuevo Testamento
de los cristianos siempre utilice la palabra «Ley» para designar a la Torá. La Torá es la
totalidad de la divina revelación hecha por el Señor; está viva; existía antes de la creación.
Es una entidad mística, casi cósmica. La Torá es el instrumento del Creador. Con ella
creó al universo, y creó el universo para ella. Es la idea más elevada y el alma viviente del
mundo. Sin ella el mundo no podría existir ni tendría derecho alguno a la existencia. Estoy
citando al gran poeta hebreo Hayyim Nahman Bialik, que vivió desde finales del siglo XIX
hasta mediados del siglo XX. Tendrías que leerle en alguna ocasión.
—¿Puedes contarme algo más sobre la Torá?
—Resh Lakish dijo: «Si las intenciones de uno son puras, la Torá se convierte para él
en una medicina que da la vida, purificándole para la vida. Pero, si las intenciones de uno
son impuras, se convierte en una droga que da la muerte y que le purifica para morir».
Los dos hombres guardaron silencio durante un rato.
—Voy a contarte algo más —dijo Elijah—. Un hombre fue a ver al gran rabino Hillel,
que vivió en el primer siglo de la era cristiana, y le dijo: «Me convertiré en un prosélito con
la condición de que me enseñes toda la Torá mientras me sostengo sobre un solo pie».
Hillel dijo: «Si hay algo que te resulte odioso, no se lo hagas a tu vecino. Ésa es toda la
Torá. El resto son comentarios; ve y apréndelos». —Miró a Herb Asher y le sonrió.
—¿Y ese mandamiento está realmente contenido en la Torá? —le preguntó Herb
Asher—. ¿Los cinco primeros libros de la Biblia?
—Sí. Levítico, diecinueve, dieciocho. Dios dice: «Amarás a tu prójimo como a ti
mismo». No lo sabías, ¿verdad? Casi dos mil años antes de Jesús.
—Entonces, la Regla de Oro deriva del judaísmo —dijo Herb.
—Cierto, y de los comienzos de éste. La Regla le fue ofrecida al hombre por el
mismísimo Dios.
—Tengo muchas cosas que aprender —dijo Herb.
—Lee —dijo Elijah—. «Cape, lege», las dos palabras que oyó Agustín. Es latín, y
quieren decir: «Toma, lee». Hazlo, Herb. Toma el libro y léelo. Está ahí, esperándote. Está
vivo.
Mientras proseguían su viaje, Elijah le fue revelando más aspectos intrigantes de la
Torá, cualidades suyas que muy pocos hombres conocían.
—Te cuento estas cosas porque confío en ti —le dijo Elijah—. Ten mucho cuidado con
a qué personas se las repites.
Había cuatro maneras de leer la Torá, y la cuarta era un estudio de su lado interior, el
más oculto. Cuando Dios dijo: «Hágase la luz», se refería al misterio que brillaba dentro
de la Torá. Aquella luz era la luz primordial y oculta de la mismísima Creación, una luz de
tal nobleza que no podía ser degradada porque la utilizaran los mortales; así que Dios la
envolvió en el corazón de la Torá. Era una luz inagotable relacionada con las chispas
divinas en que habían creído los gnósticos, los fragmentos de la Divinidad que ahora
andaban dispersos a través de la Creación, encerrados —por desgracia—, en cáscaras
de materia formadas por los cuerpos físicos.
Lo más interesante de todo era que algunos místicos judíos de la Edad Media opinaban
que de Egipto salieron 600.000 judíos que recibieron la Torá en el Monte Sinaí.
Reencarnadas en cada una de las generaciones que les sucedieron, aquellas 600.000
almas siempre estaban vivas. Cada alma o chispa está relacionada con la Torá de una
forma distinta; gracias a ello, existen 600.000 significados distintos y separados de la
Torá. La idea es como sigue: Para cada una de esas 600.000 personas, la Torá es
diferente, y cada persona tiene su propia letra particular en la Torá, letra a la cual está
unida su propia alma. Así que, en cierto sentido, hay 600.000 Torás.
Además, en el tiempo existen tres eones o eras, la primera una era de gracia, la
segunda o actual una de severa justicia y limitaciones, y la siguiente, que aún ha de
llegar, una de compasión y misericordia. Para cada una de las tres eras hay una Torá
distinta, y, sin embargo, sólo hay una Torá. Existe una Torá primigenia o matriz, y dentro
de ella no hay puntuación ni espacio alguno entre las palabras; de hecho, todas las letras
están revueltas. En cada una de las tres eras las letras se ordenan por sí solas, formando
palabras distintas a medida que van teniendo lugar los acontecimientos.
Elijah le explicó que la era actual, la de severa justicia y limitaciones, está manchada
por el hecho de que en su Torá había una letra defectuosa, la consonante shin. Esa letra
siempre había sido escrita con tres picos, pero debería haber tenido cuatro. Por ello, la
Torá producida para esta época era defectuosa. Otra opinión sostenida por los místicos
judíos de la Edad Media era que en realidad a nuestro alfabeto le falta una letra, y debido
a ello nuestra Torá contiene leyes negativas aparte de las leyes positivas. En el siguiente
eón, la letra que falta o que es invisible quedará restaurada, y de la Torá desaparecerán
todas y cada una de las prohibiciones negativas. Por esa razón el próximo eón o, tal y
como se le llama en hebreo, el próximo shemittah, carecerá de toda restricción impuesta a
los humanos; la libertad reemplazará a la severa justicia y las limitaciones.
De esa noción brota la idea (le dijo Elijah) de que hay partes de la Torá que son
invisibles..., invisibles para nosotros ahora pero que serán visibles en la Era Mesiánica
que ha de llegar. El ciclo cósmico traerá inevitablemente consigo esa era; será el próximo
shemittah, muy parecido al primero; la Torá volverá a ordenarse y reparará los trastornos
de su matriz.
Parece un ordenador, pensó Herb Asher. El universo está programado..., y después se
le cambia el programa por otro mejor. Fantástico.
 
Dos horas después, una nave oficial del gobierno se adosó a su nave y, pasado un
rato, agentes de Inmigración empezaron a moverse por entre ellos llevando a cabo su
inspección. Y sus interrogatorios.
Herb Asher abrazó a Rybys contra su cuerpo, lleno de miedo, y se mantuvo tan cerca
de Elijah como le fue posible, intentando sacar fuerzas de la proximidad del anciano.
—Elijah —dijo Herb en voz baja—, cuéntame lo más hermoso que sepas sobre Dios. —
Su corazón retumbaba dentro del pecho y apenas si podía respirar.
—Está bien —le respondió Elijah—. Según dijo el rabino Judá, citando a Rav:
 
El día consiste en doce horas. Durante las primeras tres horas el Santo (Dios),
alabado sea Él, se dedica a estudiar la Torá. Durante las segundas tres horas,
juzga a todo Su mundo. Cuando comprende que el mundo merece la
destrucción, se levanta del Trono de la Justicia para tomar asiento en el Trono
de la Misericordia. Durante el tercer grupo de tres horas provee de sustento al
mundo entero, desde las bestias más enormes hasta los piojos. Durante el
cuarto, juega con el Leviatán, tal y como está escrito: «Y ese Leviatán, que
hiciste para tuyo» (Salmos, 104:26)... Durante el cuarto grupo de tres horas
(según dicen otros) enseña a los niños.
 
—Gracias —dijo Herb Asher. Tres agentes de Inmigración venían hacia él, con sus
uniformes limpios y resplandecientes; y llevaban armas.
—Incluso Dios consulta la Torá como guía y plano del universo. —Un agente de
Inmigración alargó la mano hacia Elijah, pidiéndole su identificación; el anciano le entregó
el fajo de documentos—. Y ni tan siquiera Dios puede ir en contra de ella.
—Usted es Elijah Tate —dijo el más viejo de los tres agentes de Inmigración,
examinando los documentos—. ¿Cuál es el propósito que le hace volver al Sistema
Solar?
—Esta mujer se encuentra muy enferma —dijo Elijah—. Tiene que ser internada en el
hospital naval de...
—He preguntado qué le hace volver a usted, no a ella. —Bajó la vista hacia Herb
Asher—. ¿Quién es usted?
—Soy su esposo —dijo Herb. Le entregó su documentación, sus permisos y su
identificación.
—¿Ha sido certificado que no es contagiosa? —preguntó el más viejo de los agentes
de Inmigración.
—Tiene esclerosis múltiple —dijo Herb—, y eso no es...
—No le he preguntado qué tiene; le he preguntado si es contagioso.
—Se lo estoy diciendo —contestó él—. Estoy respondiendo a su pregunta.
—Levántese.
Herb se puso en pie.
—Venga conmigo. —El más viejo de los tres agentes le indicó a Herb Asher que le
siguiera por el pasillo. Elijah se dispuso a ir con ellos, pero el agente le hizo retroceder de
un empujón—. Usted no.
Herb Asher siguió al agente de Inmigración y recorrió paso a paso el corredor que
llevaba hasta la parte trasera de la nave. Ninguno de los otros pasajeros estaba de pie;
los de Inmigración sólo le habían escogido a él.
Una vez dentro de un pequeño compartimento en cuya puerta ponía SÓLO
TRIPULACIÓN, el agente se dio la vuelta y clavó sus ojos en Herb Asher, contemplándole
sin decir ni una palabra; los ojos del agente estaban desorbitados, como si fuera incapaz
de hablar, como si lo que debía decir fuera imposible de expresar en voz alta. Pasó el
tiempo. ¿Qué diablos está haciendo?, se preguntó Herb Asher. Silencio. El agente siguió
mirándole fijamente.
—De acuerdo —dijo el agente de Inmigración—. Me rindo. ¿Cuál es su propósito? ¿Por
qué quiere volver a la Tierra?
—Ya se lo he explicado.
—¿Está realmente enferma?
—Mucho. Se está muriendo.
—Entonces está demasiado enferma para viajar. No tiene sentido.
—Sólo en la Tierra pueden atenderla como...
—Ahora se encuentra usted bajo la ley terrestre —dijo el agente de Inmigración—.
¿Quiere ir a la cárcel por darle falsa información a un funcionario federal? Voy a
devolverles a Fomalhaut. A los tres. No puedo seguir perdiendo el tiempo. Regrese a su
asiento y no se mueva de ahí hasta que le indiquen lo que debe hacer.
Una voz neutra y desapasionada, una voz que no era ni masculina ni femenina, una
especie de inteligencia perfecta, habló dentro de la cabeza de Herb Asher.
—Quieren estudiar su enfermedad en Bethesda.
Herb dio un respingo claramente perceptible. El agente le miró.
—Quieren estudiar su enfermedad en Bethesda —dijo Asher.
—¿Investigación?
—Es un microorganismo.
—Dijo que no era contagiosa.
—No en esta etapa de la enfermedad —dijo la voz neutra.
—No en esta etapa de la enfermedad —dijo Herb en voz alta.
—¿Qué pasa, temen que pueda ser una plaga? —le preguntó de repente el agente de
Inmigración.
Herb Asher asintió.
—Vuelva a su asiento. —El agente le indicó que se marchara con una mueca de
irritación—. Esto queda fuera de mi jurisdicción. ¿Tiene un impreso rosa, el 368?
¿Rellenado correctamente y firmado por un médico?
—Sí. —Era cierto.
—¿Están infectados usted o el viejo?
La voz que hablaba dentro de su cabeza dijo:
—Sólo Bethesda puede determinarlo. —De repente Herb tuvo una vívida imagen
interior de la persona cuya voz oía; vio en su mente un rostro femenino, un rostro tranquilo
pero lleno de fuerza. Una máscara de metal había sido echada hacia atrás, dejando al
descubierto unos grandes ojos impasibles; el rostro era muy hermoso y de tipo clásico,
como el de Atenea. Herb sintió tal asombro que casi se tambaleó. No podía ser Yavé. Era
una mujer, pero no se parecía a ninguna de las mujeres que había visto en su vida. No la
conocía. No lograba entender quién podía ser. Su voz no era la voz de Yah, y aquél no
podía ser el rostro de Yah. No sabía qué pensar. Estaba tan perplejo que se había
quedado sin habla. ¿Quién había asumido la tarea de darle consejos?
—Sólo Bethesda puede determinarlo —logró decir por fin.
El agente de Inmigración se quedó callado, sin saber qué responder. Toda su rudeza
anterior se había evaporado.
La voz femenina volvió a hablar en un susurro, y esta vez Herb vio moverse los labios
en su mente.
—El tiempo es vital.
—El tiempo es vital —dijo Herb Asher, e incluso a él le pareció que su voz era áspera y
rechinante.
—¿No deberían estar en cuarentena? Probablemente deberían estar apartados de los
demás. Los otros pasajeros... Tendríamos que haberles hecho venir en una nave
especial. Puede arreglarse. Quizá fuera mejor..., podríamos llegar hasta ahí más deprisa.
—De acuerdo —dijo Herb. Dispuesto a colaborar.
—Haré una llamada —dijo el agente de Inmigración—. ¿Cuál es el nombre de ese
microorganismo? ¿Es un virus?
—La funda nerviosa...
—No importa. Vuelva a su asiento. Mire... —El agente de Inmigración le siguió—. No sé
quién tuvo la idea de mandarles en un transporte comercial, pero voy a sacarles de aquí
ahora mismo. Hay reglas muy estrictas que no han sido observadas en este caso.
¿Bethesda les espera? ¿Quiere que haga una llamada antes de que lleguemos, o ya se
han ocupado de todo eso?
—Ya la están esperando. —Y así era. Todo había sido arreglado de antemano.
—Qué locura... —dijo el agente de Inmigración—. Mira que meterles en un transporte
público... Los de Fomalhaut tendrían que habérselo pensado un poco antes de hacerlo.
—CY30-CY30B —dijo Herb Asher.
—No me importa dónde sea, no quiero tener parte alguna en esto. Un error de esa
clase... —El agente de Inmigración maldijo en voz alta—. Probablemente algún idiota de
Fomalhaut pensó ahorrarles unos cuantos pavos a los contribuyentes... Vuelva a su
asiento, y me ocuparé de que les avisen en cuanto su nave esté preparada. Debería...
Cristo.
Herb Asher, tembloroso, volvió a su asiento.
Elijah le miró. Rybys estaba tendida con los ojos cerrados, sin enterarse de lo que
ocurría.
—Déjame hacerte una pregunta —le dijo Herb a Elijah—. ¿Has probado alguna vez el
whisky escocés Laphroaig?
—No —dijo Elijah, sorprendido.
—Es el mejor de todos los escoceses —dijo Herb—. Diez años de edad, muy caro. La
destilería fue creada en el año 1815. Usan los alambiques de cobre tradicionales. Hacen
falta dos destilaciones...
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Elijah.
—Déjame terminar. Laphroaig es una palabra gaélica que significa «la hermosa
hondonada que hay junto a la gran bahía». Se destila en Islay, en las islas occidentales
de Escocia. Cebada destilada…, la secan en un horno de arcilla con un fuego de turba, un
auténtico fuego de turba. Es el único escocés que se sigue fabricando de esa forma hoy
en día. La turba sólo puede encontrarse en la isla de Islay. La maduración se realiza
dentro de toneles de roble. Es un escocés increíble. Es el mejor licor de todo el mundo.
Es... —Se calló.
Un agente de Inmigración venía hacia ellos.
—Su nave ya ha llegado, señor Asher. Venga conmigo. ¿Puede andar su mujer?
¿Quieren ayuda?
—¿Ya? —Estaba aturdido. Y un instante después comprendió que la nave había
estado allí todo ese tiempo. Parte de la rutina de Inmigración era estar preparada para
tratar con situaciones de emergencia. Especialmente, con situaciones de aquella clase. O,
mejor dicho, con lo que ellos pensaban era esta situación—. ¿Quién lleva una máscara de
metal? —le preguntó Herb a Elijah mientras le quitaba la manta a Rybys—. Una máscara
que le tapa el cabello. Y tiene la nariz recta y afilada, una nariz llena de fuerza y energía...
Oh, olvídalo. Échame una mano. —Juntos, Elijah y Herb lograron hacer que Rybys se
pusiera en pie. El agente de Inmigración les observaba, dispuesto a prestarles ayuda.
—No lo sé —dijo Elijah.
—Hay alguien más —dijo Herb mientras llevaban a Rybys paso a paso por el corredor.
—Voy a vomitar —dijo Rybys con un hilo de voz.
—Aguanta —dijo Herb Asher—. Ya casi hemos llegado.
 
Gran Fideo informó al cardenal Fulton Statler Harms y al procurator máximus, y luego
redactó un documento de lo más sorprendente dirigido a todos los jefes de estado del
mundo:
 
EN EL ESTANDARTE DE LOS CINCUENTA ESCRIBIRÁN:
EL REINO DE LOS MALVADOS HA LLEGADO A SU FIN GRACIAS A LA
POTENCIA DIVINA, JUNTO CON LOS NOMBRES DE LOS COMANDANTES
DE LOS CINCUENTA Y SUS DECENAS. CUANDO VAYAN A LA BATALLA,
ESCRIBIRÁN SOBRE SU WPSOX PARA FORMAR UN FRENTE COMPLETO.
LA HILERA DEBE CONSISTIR EN MIL HOMBRES HOMBRES HOMBRES
HOMBRES HOMBRES CADA HILERA FRONTAL DEBE CONSISTIR EN
SIETE VECES SIETE VECES SIETE FILAS, CON UN HOMBRE DETRÁS DEL
OTRO PUNTO REPITO TODOS ELLOS DEBEN SOSTENER EN SUS
MANOS ESCUDOS DE BRONCE PULIDO REPITO BRONCE DICHOS
ESCUDOS PARECIDOS A ESPEJOS.
 
El documento terminaba allí. Los técnicos acudieron en cuestión de minutos y se
desparramaron por todo el sistema de la IA.
Su veredicto: el sistema de la IA debería ser desconectado durante cierto tiempo.
Alguna parte básica de sus mecanismos estaba averiada. La última información coherente
que había procesado era el mensaje de que la mujer embarazada, Rybys Rommey-Asher,
su marido, Herbert Asher, y su compañero, Elijah Tate, habían sido examinados por
Inmigración en el Perímetro III, que habían obtenido el permiso para seguir, y habían sido
transferidos de un carguero axial comercial a una nave rápida propiedad del gobierno
cuyo destino era Washington, DC.
Se ha cometido un error, pensó el cardenal Harms de pie ante su terminal, que ya no
parpadeaba. Se suponía que Inmigración debía interceptarles, no facilitarles el viaje. No
tiene sentido. Y ahora hemos perdido nuestra entidad procesadora de datos primaria, la
entidad de la que dependíamos totalmente.
Llamó al procurator máximus, y un subordinado le dijo que el procurator se había ido a
la cama.
Hijo de puta, se dijo Harms. Idiota. Tenemos otro sitio donde se les puede interceptar:
las oficinas de Inmigración en Washington, DC. Y, si consiguen llegar hasta ahí... Santo
Dios, pensó. ¡El monstruo está utilizando sus poderes paranormales!
Llamó otra vez al procurator máximus.
—¿Puedo hablar con Galina? —preguntó, pero sabía que era inútil. Bulkowsky había
decidido olvidarse del asunto. Irse a la cama en semejante momento lo dejaba bien claro.
—¿La señora Bulkowsky? —dijo el funcionario del LC con cierta incredulidad—.
Naturalmente que no.
—¿Puedo hablar con alguien de su personal? ¿Alguno de sus mariscales?
—El procurator le llamará en su momento —le informó el funcionario del LC;
obviamente, Bulkowsky les había dado órdenes de que no le molestaran.
¡Cristo!, se dijo Harms mientras desconectaba el teléfono de un manotazo. La pantalla
se apagó.
Algo ha ido terriblemente mal, comprendió Harms. No tendrían que haber llegado tan
lejos y Gran Fideo lo sabía. El sistema de la IA se había vuelto loco, literalmente. Harms
comprendió que no se trataba de ninguna avería técnica; aquello era una fuga psicótica.
Gran Fideo había comprendido algo pero no podía comunicarlo. ¿O sí lo había
comunicado? ¿Qué era todo aquel parloteo sin sentido?, se preguntó Harms.
Se puso en contacto con el mejor ordenador existente después de Gran Fideo, el de la
Universidad Técnica de California. Tras haber transmitido aquel sorprendente material, le
dio instrucciones para identificarlo.
El ordenador de California lo identificó cinco minutos después.
 
PERGAMINOS DE QUMRAN «LA GUERRA DE LOS HIJOS DE LA LUZ Y
LOS HIJOS DE LA OSCURIDAD».
FUENTE: ESENIOS, SECTA ASCÉTICA DE LOS JUDÍOS.
 
Qué extraño, pensó Harms. Conocía a los esenios. Muchos teólogos habían
especulado con la posibilidad de que Jesús fuera un esenio y, desde luego, había
pruebas de que Juan el Bautista sí lo era. La secta pensaba que el mundo terminaría muy
pronto, y que la Batalla del Armagedón tendría lugar en el primer siglo de la Era Cristiana.
La secta había mostrado tener fuertes influencias del zoroastrismo.
Juan el Bautista, pensó. Según dijo Jesucristo, era el mismísimo profeta Elías que
había regresado en otra encarnación, tal y como había prometido Jehová en el texto de
Malaquías:
 
He aquí que yo enviaré a Elías el profeta antes de que venga el día de Yavé,
grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos y el corazón
de los hijos a los padres, no sea que venga yo y entregue la tierra toda al
anatema.
 
El último versículo del Antiguo Testamento; allí terminaba el Antiguo Testamento y
empezaba el Nuevo.
Armagedón, rumió. La última y definitiva batalla entre los Hijos de la Oscuridad y los
Hijos de la Luz. Entre Jehová y... ¿Cómo llamaban los esenios al poder del mal? Sí,
Belial; eso era. Ése era su término para designar a Satanás. Belial dirigiría a los Hijos de
la Oscuridad; Jehová dirigiría a los Hijos de la Luz. Sería la séptima batalla.
Habría seis batallas, tres de las cuales serían ganadas por los Hijos de la Luz, y tres
que serían ganadas por los Hijos de la Oscuridad, lo cual haría que Belial conquistara el
poder. Pero entonces Jehová en persona tomaría el mando en lo que vendría a ser como
el partido decisivo, el del desempate.
El monstruo que hay en su útero es Belial, comprendió el cardenal Harms. Ha vuelto
para acabar con nuestro poder. Ha vuelto para derribar a Jehová, a quien servimos.
Y se dijo que el mismísimo Poder Divino estaba amenazado; y sintió una gran ira.
El cardenal pensó que era el momento de meditar y usar la plegaria. Y dar con una
estrategia gracias a la cual los invasores fueran destruidos cuando llegaran a Washington,
DC.
¡Si al menos Gran Fideo no hubiera dejado de funcionar!
Preocupado, el cardenal se dirigió hacia su capilla privada.
 
 
9
 
—Destruiremos su nave —dijo el procurator—. No es problema. Habrá un accidente y
los tres morirán en él…, los cuatro, si se incluye al feto. —Le parecía que el asunto no
tenía ninguna complicación.
—Lograrán salvarse —dijo el cardenal Harms al otro extremo de la línea—. No me
preguntes cómo. —Seguía estando muy preocupado.
—Tú tienes jurisdicción sobre Washington —dijo el procurator—. Ordena que destruyan
su nave; ordénalo ahora mismo.
«Ahora» era ocho horas después. Ocho preciosas horas durante las que el procurator
había dormido apaciblemente. El cardenal Harms, irritado, miró fijamente a su compañero
de gobierno. Aunque quizá Bulkowsky haya estado luchando para dar con una solución,
pensó de repente. Quizá no ha pegado ojo. Y aquella solución parecía muy típica de
Galina. Seguramente los dos habrían estado discutiendo el asunto; siempre funcionaban
en equipo.
—Qué solución tan poco imaginativa —dijo—. Tu respuesta de costumbre, mandar una
cabeza nuclear.
—A la señora Bulkowsky le gusta —dijo el procurator.
—Ya me lo pensaba. ¿Y los dos os habéis pasado toda la noche en vela para dar con
esa solución?
—No nos hemos pasado la noche en vela. Yo dormí muy bien, aunque Galina tuvo
unos sueños algo extraños. Me contó uno que... Bueno, creo que vale la pena que te lo
cuente. ¿Quieres oír el sueño de Galina? Me gustaría tener tu opinión sobre él, ya que
parece tener ciertos matices religiosos.
—Dispara —dijo Harms.
—Un enorme pez blanco está inmóvil en el océano. Cerca de la superficie, como hacen
las ballenas. Es un pez pacífico. Viene nadando hacia nosotros; quiero decir, hacia
Galina... Hay una serie de canales con esclusas. El gran pez blanco logra meterse por el
sistema de canales con mucha dificultad. Finalmente queda atrapado, lejos del océano,
cerca de quienes le están observando. Lo ha hecho a propósito; quiere ofrecerse a esas
personas como alimento. Entonces alguien saca una sierra metálica, una de esas grandes
sierras para dos hombres que utilizan los leñadores cuando cortan los árboles. Galina dijo
que la sierra tenía unos dientes horribles. La gente empieza a cortar rebanadas de carne
de aquel gran pez, que todavía sigue con vida. Cortan una rebanada tras otra de la carne
viva de aquel gran pez blanco que tan amistoso se muestra. Y, en el sueño, Galina
piensa: «Esto no está bien. Le estamos haciendo demasiado daño al pez». —Bulkowsky
se quedó callado unos segundos—. Bien, ¿qué opinas?
—El pez es Cristo —dijo el cardenal Harms—, que le ofrece su carne al hombre para
que así pueda conseguir la vida eterna.
—Todo eso está muy bien, pero me parece muy injusto para el pez. Galina dijo que
hacerle eso estaba muy mal, aunque el pez se ofreciera como alimento. Le dolía
demasiado... Oh, sí; en el sueño, pensó: «Debemos encontrar otra clase de comida que
no le cause tanto sufrimiento al gran pez». Y, después, hubo algunos episodios bastante
confusos en los que hurgaba dentro de una nevera; vio una jarra de agua, una jarra
envuelta en algo que parecía paja, hierbas, no sé..., y también vio un cubo de un alimento
rosa, como un cubo de mantequilla. En su envoltura había escritas palabras, pero no pudo
leerlas. La nevera era propiedad común de una especie de pequeña colonia de gente que
vivía en una zona remota. Verás, aquella jarra de agua y el cubo rosado pertenecían a
toda la colonia, y sólo comías el alimento y bebías el agua cuando te dabas cuenta de que
se aproximaba el momento de tu muerte.
—Y beber el agua, ¿qué efecto...?
—Volvías a la vida. Renacías.
—Eso es la hostia en sus dos especies —dijo Harms—, el vino consagrado y el pan. La
sangre y el cuerpo de Nuestro Señor. El alimento de la vida eterna. «Este es mi cuerpo.
Tomadlo...»
—La colonia parecía pertenecer a otra época. Hace mucho tiempo. Como si fuera algo
arqueológico.
—Interesante —dijo Harms—, pero seguimos teniendo que enfrentarnos a nuestro
problema, qué hacer con el bebé monstruo.
—Prepararemos un accidente, tal y como te he dicho —contestó el procurator—. Su
nave no llegará a Washington. ¿A qué hora exacta tienen que llegar? ¿Cuánto tiempo nos
queda?
—Un momento... —Harms utilizó el teclado de un pequeño terminal de ordenador—.
¡Cristo! —dijo.
—¿Qué pasa? Se les puede mandar un minicohete en unos cuantos segundos, y en
esa zona tienes varios.
—Su nave ha aterrizado —dijo Harms—. Mientras dormías. Ya están pasando por el
departamento de Inmigración de Washington.
—Dormir es algo normal —dijo el procurator.
—El monstruo hizo que te durmieras.
—¡He dormido toda mi vida! —Y, con voz irritada, añadió—: Estoy en este balneario
para reposar; ando mal de salud.
—No estoy muy seguro —dijo Harms.
—Avisa inmediatamente a Inmigración para que los retengan. Hazlo ahora mismo.
Harms cortó la conexión y se puso en contacto con Inmigración. Cogeré a esa mujer, a
esa Rybys Rommey-Asher, y le romperé el cuello personalmente, se dijo. La cortaré en
pedacitos y cortaré en pedacitos a su feto junto con ella. Los haré picadillo, y se lo daré de
comer a las fieras del zoológico.
¿He pensado eso?, se preguntó, sorprendido. La ferocidad de sus ideas le dejó
asombrado. Realmente les odio mucho, comprendió. Estoy furioso. Estoy furioso con
Bulkowsky por haber dormido ocho horas seguidas durante esta crisis; si tuviera el poder
para ello, también lo cortaría en pedacitos.
Cuando tuvo en la línea al director de Inmigración de Washington, lo primero que le
preguntó fue si Rybys Rommey-Asher, su esposo y Elijah Tate seguían allí.
—Voy a comprobarlo, Su Eminencia —dijo el director del departamento. Una pausa,
una pausa muy larga. Harms fue contando los segundos, maldiciendo y rezando por
turnos. El director acabó poniéndose de nuevo al aparato—. Aún no hemos terminado con
ellos.
—Reténgalos. No permita que se vayan de ahí por ninguna razón. La mujer está
embarazada..., ¿sabe de quién estoy hablando? De Rybys Rommey-Asher. Infórmela de
que se va a expedir una orden para abortar al feto. Haga que su gente se invente la
excusa que más les convenga.
—Pero, ¿realmente quiere que le hagan un aborto? ¿O no es más que un pretexto
para...?
—Quiero que el aborto se efectúe en el plazo de una hora —dijo Harms—. Un aborto
salino. Quiero que el feto muera. Voy a hacerle una confidencia, director: he estado
hablando con el procurator máximus, y se trata de un asunto de política planetaria. El feto
es un fenómeno, un capricho de la radiación. Posiblemente incluso se trate de un
monstruo creado por alguna simbiosis entre especies. ¿Me entiende?
—Oh —dijo el director de Inmigración—. Simbiosis entre especies. Sí. Lo mataremos
con una descarga de calor localizado. Le inyectaremos una tintura radiactiva directamente
a través de la pared abdominal. Le diré a uno de nuestros médicos que...
—Dígale que le provoque un aborto o que lo mate dentro de ella —replicó Harms—,
pero que lo mate, y que lo haga ahora mismo.
—Necesitaré una firma —dijo el director de Inmigración—. No puedo hacer esto sin una
autorización.
—Transmítame los documentos. —Suspiró.
Las páginas empezaron a brotar de su terminal; las cogió, buscó las líneas donde hacía
falta su firma, la puso, y volvió a introducir las páginas en el terminal del aparato.
 
Mientras estaba sentado en la sala de espera de Inmigración con Rybys, Herb Asher se
preguntó adónde habría ido Elijah Tate. Elijah había pedido permiso para ir al lavabo, pero
no había regresado.
—¿Cuándo podré acostarme? —preguntó Rybys.
—Pronto —dijo él—. Enseguida nos dejarán pasar. —Y no le dio más explicaciones,
porque estaba seguro de que en la sala de espera había micrófonos ocultos.
—¿Dónde está Elijah? —preguntó Rybys.
—Pronto volverá.
Un funcionario de Inmigración que no iba de uniforme pero llevaba una insignia vino
hacia ellos.
—¿Dónde está el tercer miembro de su grupo? —Consultó su tablilla—. Elijah Tate.
—En el lavabo de caballeros —dijo Herb Asher—. Por favor, ¿podrían dejarla pasar?
Ya ve lo enferma que está...
—Queremos hacerle un examen médico —dijo el funcionario de Inmigración con voz
impasible—. Necesitamos tener un dictamen médico antes de permitirles la entrada.
—¡Pero si ya se lo han hecho! Su médico la examinó antes de venir, y después...
—Es el procedimiento habitual —dijo el funcionario.
—No me importa lo que sea —dijo Herb Asher—. Es una crueldad, y es totalmente
inútil.
—El doctor vendrá enseguida —dijo el funcionario—, y mientras la examinan le
haremos el interrogatorio a usted. Para ahorrar tiempo. A ella no la interrogaremos, al
menos no durante mucho rato. Ya me doy cuenta de que está muy grave.
—Dios mío —dijo Herb—, ¡así qué puede verlo!
El funcionario se marchó, pero volvió cuando apenas habían pasado unos segundos,
con el rostro muy serio.
—Tate no está en el lavabo de caballeros.
—Pues entonces no sé dónde puede estar.
—Quizá ya hayan terminado con él. Puede que le hayan dejado pasar. —El funcionario
se fue a toda prisa, hablando por su intercomunicador de bolsillo.
Bueno, supongo que Elijah ha logrado huir, pensó Herb Asher.
—Venga aquí —dijo una voz. Era una doctora vestida con una bata blanca. Llevaba
gafas, era joven, y su pelo estaba recogido en un moño: escoltó a Herb Asher y a su
mujer con paso vivo por un breve corredor de aspecto superesterilizado y que olía a
desinfectantes hasta llegar a una sala de exámenes—. Tiéndase, señora Asher —dijo la
doctora, ayudando a Rybys a que subiera a la camilla.
—Rommey-Asher —dijo Rybys mientras se esforzaba por instalarse en la camilla—.
Por favor, ¿no podría darme una inyección intravenosa de antiemético? ¿Y pronto?
Quiero decir realmente pronto... Ahora.
—Teniendo en cuenta la enfermedad de su esposa, ¿cómo es que le permitieron seguir
adelante con el embarazo? —le preguntó la doctora a Herb Asher, tomando asiento
detrás de su escritorio.
—Ya nos han hecho todas esas preguntas —dijo él, enfurecido.
—Puede que la hagamos abortar. No deseamos que nazca un niño deforme; va contra
nuestra política.
—¡Pero si está embarazada de seis meses! —dijo Herb, mirando con miedo a la
doctora.
—Según nosotros, está de cinco meses —dijo la doctora—, lo cual se encuentra dentro
del período legal.
—No pueden hacerlo sin su consentimiento —dijo Herb; su miedo estaba empezando a
hacerle perder el control.
Herb Asher tenía muy claro que les obligarían a abortar. Sabía cuál iba a ser la
decisión de la junta en ese caso..., no, cuál había sido su decisión.
En una esquina del cuarto, un altavoz emitía una odiosa música de cuerdas que servía
como meloso telón de fondo sonoro. Asher se dio cuenta de que era la misma música que
había estado oyendo en su cúpula. Pero, un instante después, la música cambió, y se dio
cuenta de que era una de las canciones más populares de la Fox. Mientras la doctora iba
rellenando impresos, la voz de la Fox empezó a sonar débilmente, como desde muy lejos,
consolándole.
 
¡Vuelve!
El dulce amor me invita
a gozar de tus encantos
que se niegan a darme el deleite debido.
 
Los labios de la doctora se movían distraídamente al mismo ritmo que la familiar
canción de Dowland interpretada por la Fox.
Y, de repente, Herb Asher se dio cuenta de que la voz que brotaba de la rejilla metálica
sólo tenía cierto parecido con la de la Fox. Ahora la voz ya no cantaba; estaba hablando.
Y la voz dijo, suavemente pero con toda claridad:
 
No habrá aborto. El nacimiento tendrá lugar.
 
La doctora seguía sentada detrás de su escritorio y parecía no darse cuenta de nada.
Herb Asher comprendió que Yah había alterado la señal de audio. Y, con los ojos
clavados en ella, vio cómo la doctora se quedaba quieta, con la pluma suspendida sobre
la página que tenía delante.
Subliminales, se dijo mientras veía vacilar a la doctora. Esta mujer sigue imaginándose
que oye una canción muy familiar. Una letra familiar. Está como en una especie de trance.
Como si estuviera hipnotizada.
La canción volvió a brotar del altavoz.
—Bueno, si está de seis meses, legalmente no podemos hacerla abortar —dijo la
doctora con voz insegura—. Señor Asher, tiene que haber un error... Según nuestros
datos está de cinco meses. Cinco meses de embarazo... Pero, si usted dice que son seis,
entonces...
—Examínela si quiere —dijo Herb Asher—. Por lo menos está de seis meses. Véalo
usted misma y decida.
—Yo... —La doctora se frotó las sienes y frunció el ceño; después cerró los ojos e hizo
una mueca, como si le doliera algo—. No veo ninguna razón para... —Y no terminó la
frase, como si fuera incapaz de recordar lo que pretendía decir—. No veo ninguna razón
para poner en duda sus afirmaciones —dijo pasados unos instantes, y apretó uno de los
botones de su interfono.
La puerta se abrió, y en el umbral apareció un agente de Inmigración uniformado. Un
instante después se le unió un agente de Aduanas, también de uniforme.
—Todo arreglado —le dijo la doctora al agente de Inmigración—. No podemos obligarla
a abortar; su embarazo se encuentra demasiado avanzado.
El agente de Inmigración la miró fijamente.
—Es la ley —dijo la doctora.
—Señor Asher —dijo el agente de Aduanas—, permítame que le haga una pregunta.
Según la declaración de aduanas redactada por su esposa, lleva consigo dos filacterios.
¿Qué es un filacterio?
—No lo sé —dijo Herb Asher.
—Pero, ¿no es usted judío? —le preguntó el agente de Aduanas—. Todos los judíos
saben qué es un filacterio. Bueno, entonces, ¿su esposa es judía y usted no?
—Bueno —dijo Herb Asher—, ella pertenece a la ICI, pero... —Se calló. Tuvo la misma
sensación que si estuviera avanzando muy cautelosamente, dando un paso detrás de
otro. Estaba muy claro que un esposo no podía ignorar cuál era la religión de su mujer.
Están metiéndose en una zona sobre la que no tengo ningunas ganas de hablar, se dijo—
. Yo soy cristiano —dijo, y añadió—: Aunque me educaron dentro del Legado Científico.
Pertenecí al Cuerpo Juvenil del Partido. Claro que ahora...
—Pero la señora Asher es judía, y de ahí vienen los filacterios. ¿Nunca la ha visto
ponérselos? Uno va en la cabeza; el otro en el brazo izquierdo. Son unas cajitas
cuadradas hechas de cuero que contienen partes de las Escrituras hebreas. Me parece
extraño que no sepa nada de todo eso. ¿Cuánto tiempo hace que se conocen?
—Mucho tiempo —dijo Herb Asher.
—Oiga, ¿realmente es su esposa? —dijo el agente de Inmigración—. Si está
embarazada de seis meses... —Consultó algunos de los documentos que había sobre el
escritorio de la doctora—. Estaba embarazada cuando se casó con ella. ¿Es usted el
padre del niño?
—Por supuesto —dijo él.
—¿Cuál es su tipo sanguíneo? Bueno, tanto da, debo tenerlo por aquí. —El agente de
Inmigración empezó a examinar los impresos que habían llenado—. Tiene que estar por
alguna parte...
El teléfono que había sobre el escritorio empezó a sonar; la doctora cogió el auricular y
se identificó.
—Es para usted —dijo, alargándole el auricular al agente de Inmigración.
El agente de Inmigración escuchó lo que se le decía en un silencio cargado de una
atención casi extática; después, poniendo la mano sobre el auricular, se volvió hacia Herb
Asher.
—El tipo sanguíneo encaja —dijo con irritación—. Pueden pasar. Pero queremos hablar
con Tate, el viejo que... —No terminó la frase y volvió a escuchar lo que le decían por el
auricular.
—Puede llamar un taxi desde el teléfono publico de la sala —dijo el agente de
Aduanas.
—¿Podemos marcharnos? —preguntó Herb Asher.
El agente de Aduanas asintió.
—Algo no va bien —observó la doctora; había vuelto a quitarse las gafas y estaba
frotándose los ojos.
—Hay otro problema —le dijo el agente de Aduanas a la doctora, y le entregó un fajo
de documentos.
—¿Sabe dónde se encuentra Tate? —preguntó el agente de Inmigración cuando Herb
Asher y Rybys salían de la sala de exámenes.
—No, no lo sé —dijo Herb, y se encontró en el pasillo; sosteniendo a Rybys, volvió
lentamente a la sala de espera—. Siéntate —le dijo, depositándola sobre un diván, donde
Rybys se quedó hecha un ovilló. En la sala había unas cuantas personas que se les
quedaron mirando sin demasiado interés—. Voy a telefonear. Vuelvo enseguida. ¿Tienes
algo de moneda suelta? Necesito una moneda de cinco dólares.
—Cristo —murmuró Rybys—. No, no tengo.
—Lo hemos conseguido —le dijo en voz baja.
—¡Está bien! —le respondió ella, irritada.
—Voy a llamar pidiendo un taxi. —Y, mientras empezaba a hurgar en sus bolsillos
buscando una moneda de cinco dólares, sintió algo parecido al júbilo. Yah había
intervenido, desde lejos y de forma muy débil, pero con eso había sido suficiente.
 
Diez minutos después, ellos y su equipaje se hallaban a bordo de un aerotaxi,
despegando del espaciopuerto de Washington en dirección a Chevy Chase y el hospital
de Bethesda.
—¿Dónde diablos está Elijah? —logró preguntarle Rybys.
—Lo hizo para atraer su atención —dijo Herb—. Para despistarles y hacer que nos
dejaran en paz.
—Soberbio —dijo ella—. Así que ahora puede estar en cualquier parte...
Y, de repente, un gran aerovehículo comercial se lanzó hacia ellos a una velocidad
totalmente temeraria.
El robot que conducía el aerotaxi lanzó una exclamación de sorpresa. Y, un instante
después, el inmenso aerovehículo pasó junto a ellos, rozándoles; todo sucedió en un
segundo. La sacudida del choque hizo que el taxi empezara a caer en espiral; Herb Asher
agarró a su mujer, atrayéndola hacia él: los edificios empezaron a crecer
vertiginosamente, y Herb supo con la más absoluta de las certezas lo que había ocurrido.
Bastardos, pensó, luchando con el dolor; sentía un agudo dolor físico y, además, le dolía
comprender lo que había ocurrido. Los timbres de alarma del taxi habían empezado a
sonar...
La protección de Yah no ha sido suficiente, comprendió, mientras que el taxi caía
dando vueltas y vueltas igual que una hoja marchita.
Es demasiado débil. Aquí su poder es demasiado débil.
El taxi chocó contra un rascacielos.
Entonces llegó la oscuridad, y Herb Asher perdió el conocimiento.
 
Estaba tendido en una cama de hospital, unido por cables y tubos a tal cantidad de
aparatos que tuvo la impresión de haberse convertido en un cyborg.
—¿Señor Asher? —estaba diciendo una voz, una voz masculina—. Señor Asher,
¿puede oírme?
Intentó asentir con la cabeza, pero no lo consiguió.
—Ha sufrido lesiones internas de bastante gravedad —dijo la voz masculina—. Soy el
doctor Pope. Lleva cinco días inconsciente. Le operamos, pero tenía el bazo perforado y
hubo que extirpárselo. Pero eso es sólo una parte del problema. Tendremos que ponerle
en suspensión criónica hasta que haya órganos con que reemplazar... ¿Puede oírme?
—Sí —dijo Asher.
—...hasta que se puedan conseguir órganos de donantes con que sustituir los que han
sido dañados. La lista de espera no es muy larga; creo que no estará en suspensión
criónica más de unas semanas. En cuanto al tiempo exacto, claro...
—Mi esposa.
—Su esposa ha muerto. Sus funciones cerebrales permanecieron suspendidas durante
demasiado tiempo. En su caso tuvimos que descartar la suspensión criónica. No habría
servido de nada.
—El bebé.
—El feto está vivo —dijo el doctor Pope—. El tío de su esposa, el señor Tate, ha
llegado hace poco y se ha encargado de asumir la responsabilidad legal. Hemos sacado
el feto de su cuerpo y lo hemos puesto dentro de un útero sintético. Según nuestras
pruebas no sufrió ningún daño debido al accidente, lo cual es casi un milagro.
Exactamente, pensó Herb Asher sin demasiada alegría.
—Su mujer pidió que se le llamara Emmanuel —dijo el doctor Pope.
—Lo sé.
Los planes de Yah aún pueden cumplirse, se dijo Herb Asher mientras perdía el
conocimiento. Yah aún no ha sido derrotado por completo. Aún hay esperanzas.
Pero no muchas.
—Belial —murmuró.
—¿Cómo dice? —El doctor Pope se inclinó sobre él para oír mejor—. ¿Belial? ¿Es
alguien con quien quiere que nos pongamos en contacto? ¿Alguien que deba enterarse
de lo ocurrido?
—Ya lo sabe —dijo Herb Asher.
 
—Algo ha ido mal —le dijo el prelado jefe de la Iglesia Cristiano-Islámica al procurator
máximus del Legado Científico—. Lograron pasar por Inmigración.
—¿Adónde han ido? Tienen que haber ido a alguna parte.
—Elijah Tate desapareció incluso antes de pasar por la inspección de Aduanas. No
tenemos ni la menor idea de donde está. En cuanto a los Asher... —El cardenal vaciló—.
La última vez que les vieron se marchaban en un taxi. Lo siento.
—Les encontraremos —dijo Bulkowsky.
—Con la ayuda de Dios —dijo el cardenal, y se persignó. Bulkowsky, al verlo, hizo lo
mismo.
—El poder del mal —dijo Bulkowsky.
—Sí —dijo el cardenal—. A eso nos enfrentamos.
—Pero al final siempre es derrotado.
—Sí, naturalmente. Tengo que ir a la capilla. Para rezar. Te aconsejo que hagas lo
mismo.
Bulkowsky enarcó una ceja y le miró. Su expresión resultaba imposible de interpretar.
 
 
10
 
Cuando Herb Asher despertó, le contaron una serie de cosas que le dejaron perplejo.
Había pasado años en suspensión criónica, no semanas. Los doctores fueron incapaces
de explicarle por qué había hecho falta tanto tiempo para obtener órganos de reemplazo.
Circunstancias que se encontraban más allá de nuestro control, le dijeron. Problemas
administrativos.
—¿Y Emmanuel? —les preguntó.
El doctor Pope, que parecía mayor, más canoso y más distinguido que antes, le dijo:
—Alguien se introdujo en el hospital y sacó a su hijo del útero sintético.
—¿Cuándo?
—Muy poco después de que le pusieran en él. Según nuestros registros, el feto sólo
estuvo un día en el útero sintético.
—¿Saben quién lo hizo?
—Según nuestras cintas de video (observamos continuamente nuestros úteros
sintéticos), fue un anciano barbudo. —Después de un silencio, el doctor Pope añadió—.
Al parecer, se encontraba trastornado. Señor Asher, debe enfrentarse a la posibilidad de
que su hijo esté muerto y que, de hecho, lleve muerto diez años, ya debido a causas
naturales, lo cual quiere decir debido a que le sacaran del útero sintético..., o debido a las
acciones de ese anciano barbudo. La probabilidad es muy alta, ya sea por causas
intencionadas o accidentales. La policía no logró encontrar a ninguno de los dos. Lo
siento.
Elijah Tate, se dijo Herb. Se llevó a Emmanuel a un sitio seguro. Cerró los ojos y sintió
una abrumadora oleada de gratitud.
—¿Cómo se encuentra? —le preguntó el doctor Pope.
—Tuve sueños. No sabía que las personas sometidas a la suspensión criónica
siguieran conscientes.
—No estaba consciente.
—Soñé una y otra vez con mi mujer. —Sintió planear sobre él una amarga pena, y un
instante después la pena cayó sobre él y saturó todo su ser; el dolor era excesivo—. Me
encontraba con ella. Siempre volvía al momento en que nos encontramos, antes de que
nos conociéramos... El viaje a la Tierra. Cosas sin importancia. Platos llenos de comida
estropeada... Era algo descuidada.
—Pero tiene a su hijo.
—Sí —dijo él. Se preguntó cómo podría encontrar a Elijah y Emmanuel. Tendrán que
encontrarme ellos, comprendió.
Permaneció durante un mes en el hospital, sometido a terapia para recuperar las
fuerzas, y el hospital acabó dándole de alta una fría mañana a mediados de marzo. Asher
bajó la escalera principal con una maleta en la mano, vacilante y asustado, pero
alegrándose de estar libre. Cada día que pasó sometido a la terapia estuvo esperando
que las autoridades cayeran sobre él. Pero no lo hicieron. Asher se preguntaba por qué.
Mientras esperaba junto a un grupo de gente que intentaba conseguir un aerotaxi, se
fijó en un mendigo ciego que estaba cerca de ellos, un corpulento anciano de cabellos
blancos que llevaba unas ropas sucias y manchadas; el anciano sostenía una taza entre
los dedos.
—Elijah —dijo Herb Asher.
Fue hacia él y contempló a su viejo amigo. Los dos guardaron silencio durante unos
instantes, y por fin Elijah Tate dijo:
—Hola, Herbert.
—Rybys me contó que sueles adoptar la forma de un mendigo —dijo Herb Asher.
Quiso abrazar al anciano, pero Elijah meneó la cabeza.
—Estamos en la época del Tránsito —dijo Elijah—, y estoy aquí. El poder de mi espíritu
es demasiado grande; no debes tocarme. En este momento todo mi espíritu se encuentra
aquí.
—No eres un hombre —dijo Herb Asher, impresionado.
—Soy muchos hombres —dijo Elijah—. Me alegro de volver a verte. Emmanuel dijo
que hoy te darían de alta.
—El niño... ¿Se encuentra bien?
—Es un niño soberbio.
—Le vi —dijo Herb Asher—. Una vez, hace mucho tiempo... En una visión que... —Se
interrumpió—. Una visión que Jehová me envió. Para ayudarme.
—¿Soñaste? —quiso saber Elijah.
—Soñé con Rybys. Y también soñé contigo. Soñé con todo lo que ocurrió. Estuve
pasando por ello una y otra vez.
—Pero ahora vuelves a estar vivo —dijo Elijah—. Bienvenido, Herbert Asher. Tenemos
mucho que hacer.
—¿Tenemos alguna posibilidad de conseguirlo? ¿Tenemos realmente alguna
posibilidad?
—El niño tiene diez años —dijo Elijah—. Su mente está confusa y sus pensamientos se
han visto trastornados. Les obligó a olvidar todo lo sucedido. Pero... —Elijah se quedó
callado durante un momento—. También él ha olvidado. Ya lo verás. Empezó a recobrar
la memoria hace unos años; oyó una canción, y algunos de sus recuerdos volvieron a él.
Puede que sea suficiente, o quizá no. Quizá tú puedas hacer que recupere otra parte de
su memoria. Se programó a sí mismo para olvidar, antes del accidente.
—Entonces, ¿fue herido en el accidente? —preguntó Herb Asher, y hacer aquella
pregunta le costó un gran esfuerzo.
Elijah asintió. Con una expresión sombría en el rostro.
—Daños cerebrales —dijo Herb Asher, comprendiéndolo al ver la cara de su amigo.
Y el anciano que ahora era un mendigo con una taza entre los dedos volvió a asentir.
Elías el inmortal, venido en el tiempo del Tránsito. Como siempre. El eterno amigo del
hombre, siempre dispuesto a ayudarle. Sucio, mal vestido, y lleno de sabiduría.
 
—Tu padre va a venir pronto, ¿no? —dijo Zina.
Estaban sentados en un banco del parque Rock Creek, cerca del agua congelada. Los
árboles les daban sombra con sus peladas ramas. El aire se había vuelto frío y los dos
niños iban muy abrigados. Pero el cielo estaba despejado. Emmanuel alzó los ojos hacia
él y lo estuvo contemplando durante unos momentos.
—¿Qué dice tu pizarra? —le preguntó Zina.
—No he consultado mi pizarra.
—No es tu padre.
—Es una buena persona —dijo Emmanuel—. Que mi madre muriera no es culpa suya.
Me alegrará volver a verle. Lo he echado de menos. —Ha pasado mucho tiempo, pensó.
Al menos, según la escala con que juzgan en el Reino Inferior.
Y qué reino tan trágico, pensó. Los que viven aquí abajo son prisioneros, y la peor de
las tragedias es que no lo saben; creen ser libres porque nunca han sido libres y no
entienden lo que eso significa. Esto es una prisión, y muy pocos hombres han logrado
adivinarlo. Pero yo lo sé, se dijo. Porque ésa es la razón de que esté aquí. Para derribar
los muros, para hacer caer las puertas metálicas, para romper todas las cadenas. No le
pondrás anilla al buey que camina por entre el grano, pensó, recordando la Torá. No
harás prisionero a un ser libre; no lo atarás. Esto es lo que dice el Señor tu Dios. Esto es
lo que digo.
No saben a quién sirven. Ése es el corazón de su infortunio: el servir en el error, el
servir a un ser malvado. Sus almas están envenenadas, igual que si hubieran ingerido
metal, pensó. El metal les confina y el metal está en su sangre; éste es un mundo
metálico. Movido por engranajes, una máquina que avanza rechinando, impartiendo el
sufrimiento y la muerte... Y están tan acostumbrados a la muerte. Como si también la
muerte fuera algo natural, comprendió. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que conocieron
el Jardín? El lugar de las flores, donde reposan los animales... ¿Cuándo podré hacerles
recuperar ese sitio?
Hay dos realidades, se dijo. La Prisión de Hierro Negro, que es llamada la Caverna de
los Tesoros, dentro de la que viven ahora, y el Jardín de las Palmeras con sus inmensos
espacios abiertos, su luz, allí donde moraron en un principio. Ahora están literalmente
ciegos, pensó. Literalmente, son incapaces de ver más allá de una corta distancia; ahora
los objetos lejanos les resultan invisibles. De vez en cuando alguno de ellos logra adivinar
que antes poseían facultades que ahora han desaparecido; de vez en cuando, uno de
ellos discierne la verdad, que ahora no son lo que fueron, y que no están donde se
hallaban. Pero vuelven a olvidarlo, exactamente igual que he olvidado yo. Y aún sigo
olvidando parte de las cosas, comprendió. Todavía sigo teniendo una visión parcial. Yo
también estoy algo ciego.
Pero pronto dejaré de estarlo.
—¿Quieres una Pepsi? —le preguntó Zina.
—Hace demasiado frío. Lo único que quiero es seguir sentado aquí.
—No te sientas desgraciado. —Zina puso su mano cubierta por un mitón sobre el brazo
de Emmanuel—. Debes estar alegre.
—Estoy cansado —dijo Emmanuel—. Ya se me pasará. Hay muchas cosas por hacer.
Lo siento. Me abruman.
—No tendrás miedo, ¿verdad?
—Ya no —dijo Emmanuel.
—Estás triste.
Emmanuel asintió.
—Cuando hayas visto de nuevo al señor Asher te sentirás mejor —dijo Zina.
—Ya le veo —dijo Emmanuel.
—Muy bien —dijo ella, complacida—. Y ni tan siquiera estás usando tu pizarra.
—Cada vez la uso menos —dijo él—, porque el conocimiento se encuentra cada vez
más y más dentro de mí. Como ya sabes. Y ya sabes por qué.
Zina no dijo nada.
—Tú y yo estamos muy cerca el uno del otro —dijo Emmanuel—. Siempre fuiste la que
más amé, y siempre lo serás. Vas a seguir conmigo y aconsejarme, ¿verdad? —Conocía
la respuesta; sabía que lo haría. Había estado con él desde el principio..., como ella
misma decía, era su amada y su deleite. Y para ella, tal y como decían las Escrituras, el
deleite era la humanidad, así que a través de ella también Emmanuel amaba a la
humanidad; y también ésta se convertía en su deleite.
—Podríamos tomar algo caliente —dijo Zina.
—Lo único que quiero es seguir sentado aquí —murmuró él. Me quedaré sentado aquí
hasta que llegue el momento de ver a Herb Asher, se dijo. Él puede hablarme de Rybys;
sus muchos recuerdos sobre ella me alegrarán, me darán esa alegría que me falta ahora.
Le amo, comprendió. Amo al esposo de mi madre, a mi padre legal. Es un buen ser
humano, como lo son otros hombres. Es un hombre de muchos méritos, y digno de que
se le ame y se le respete.
Pero, a diferencia de los demás hombres, Herb Asher sabe quién soy. Por eso puedo
hablar abiertamente con él, igual que puedo hacerlo con Elijah. Y con Zina. Eso me irá
bien, pensó. Me sentiré menos cansado. Dejaré de ser como soy ahora, de estar
abrumado por mis preocupaciones; abatido y entristecido por ellas. Un poco de esa carga
desaparecerá porque estará compartida.
Y sigue habiendo tantas cosas que no recuerdo, pensó. No soy como era. He caído,
igual que ellos, igual que las personas. La brillante estrella matutina que cayó no cayó
sola: se llevó consigo a todo lo demás, incluyéndome a mí. Parte de mi propio ser cayó
con ella, y ahora yo también soy ese ser caído.
Pero, mientras estaba sentado en el banco del parque con Zina en aquel frío día tan
cercano al equinoccio de invierno, pensó que, cuando su madre luchaba por sobre vivir,
Herbert Asher estaba tumbado en su catre, soñando una vida de fantasía junto a Linda
Fox. Ni una sola vez intentó ayudarla, jamás le preguntó cuáles eran sus problemas para
buscarles remedio. No hizo nada hasta que yo, yo mismo, le obligué a que fuera hasta
ella: hasta entonces no hizo nada. No le amo, se dijo. Sé cómo es y sé que ha perdido
todo derecho a mi amor... Perdió mi amor porque mi madre no le importaba.
Por lo tanto, él no puede importarme. En respuesta a lo que hizo.
¿Por qué debería ayudarles?, se preguntó. Sólo obran bien cuando se les obliga a ello,
cuando no hay ninguna otra alternativa. Cayeron porque lo deseaban, y ahora siguen
cayendo a cada momento porque lo desean, por obra de aquello que han hecho
voluntariamente. Mi madre ha muerto por culpa de ellos; ellos la asesinaron. Si lograran
averiguar dónde estoy, también acabarían conmigo; si no lo hacen es tan sólo porque yo
he confundido sus mentes para que me dejen en paz. Me buscan por todas partes para
acabar con mi existencia, igual que Acab buscó a Elías hace tanto tiempo. Son una raza
que no vale nada, y no me importa que caigan en la perdición. No, no me importa ni pizca.
Para salvarles debo combatir contra lo que son y contra lo que han sido siempre.
—Pareces muy abatido —dijo Zina.
—¿De qué sirve todo esto? —le preguntó él—. Son lo que son. Cada vez me siento
más cansado... Y, a medida que empiezo a recordar, cada vez me importan menos. Ya
hace diez años que vivo en este mundo y me han estado persiguiendo durante diez años.
Que mueran. ¿Acaso no fui yo quien les reveló la ley del talión, «Ojo por ojo y diente por
diente»? ¿Acaso no está escrito en la Torá? Me echaron de este mundo hace dos mil
años; vuelvo, y quieren verme muerto. Siguiendo la ley del talión, yo también debería
desear su muerte. Ésa es la ley sagrada de Israel. Es mi ley, mi palabra...
Zina guardaba silencio.
—Aconséjame —dijo Emmanuel—. Siempre he escuchado tus consejos.
Y Zina dijo:
 
Un día el profeta Elías se le apareció al rabino Baruka en el mercado de Lapet. El
rabino Baruka le preguntó: «¿Hay alguien entre toda la gente de este mercado cuyo
destino sea compartir el mundo venidero?». Entonces dos hombres se acercaron a ellos,
y Elías dijo: «Esos dos compartirán el mundo venidero». Y el rabino Baruka les preguntó:
«¿Cuál es vuestro oficio?». Y ellos dijeron: «Divertimos a la gente. Cuando vemos a un
hombre que está triste, le animamos. Cuando vemos a dos personas que discuten, nos
las arreglamos para que vuelvan a hacer las paces».
 
—Has conseguido que me sienta un poco menos triste —dijo Emmanuel—. Y menos
cansado. Siempre lo haces. Como dicen de ti las Escrituras:
 
Y estuve a su lado día tras día,
su amada y su deleite,
continuamente en su presencia,
jugando sobre la tierra en cuanto la hubo terminado,
y deleitándome en la humanidad.
 
»Y las Escrituras dicen:
 
Amé la sabiduría; la busqué cuando era joven y anhelé
hacer de ella mi novia, y me enamoré de su belleza.
 
»Pero quien dijo eso era Salomón, no yo.
 
Así que decidí llevarla a mi casa para que viviera conmigo,
sabiendo que sería mi consejera en la prosperidad
y mi consuelo en la tristeza y la pena.
 
»Salomón debió ser un hombre muy sabio para amarte tanto.
La niña que estaba sentada junto a él sonrió. No dijo nada, pero sus oscuros ojos se
iluminaron.
—¿Por qué sonríes? —le preguntó Emmanuel.
—Porque has mostrado la verdad de las Escrituras cuando dicen:
 
Haré que estés unida a Mí para siempre, te uniré a Mí
en la verdad y en la justicia, en el amor y en la misericordia.
Te uniré a Mí en la fidelidad, y amarás al Señor.
 
»Recuerda que hiciste la Alianza con el hombre. Y creaste al hombre a tu propia
imagen. No puedes romper la promesa de la Alianza; le prometiste al hombre que jamás
la romperías.
—Cierto —dijo Emmanuel—. Tus consejos son buenos. —Y alegras mi corazón, pensó.
Tú, por encima de todo lo demás, tú que llegaste antes de la creación... Como aquellos
dos hombres de quienes Elías dijo que se salvarían porque divertían a la gente. Tus
danzas, tus cánticos y el sonido de las campanas—. Sé cuál es el significado de tu
nombre —señaló.
—¿Zina? —dijo ella—. No es más que un nombre.
—Es la palabra rumana para... —Y se calló; la niña se había estremecido
perceptiblemente, y ahora sus ojos estaban muy abiertos y clavados en él.
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —preguntó.
—Años. Escucha:
 
Conozco una orilla donde florece el tomillo,
donde crecen las dulces violetas que mecen sus cabezas,
cubiertas por el dosel de la yedra,
y donde se siente el suave aroma de las rosas:
allí duerme Titania durante la noche,
mecida por los bailes y el deleite de esas flores,
y allí se desliza la serpiente,
moviendo su piel de esmalte por entre los tallos.
 
»Voy a terminarlo; escucha:
 
Para atrapar a un hada en sus anillos.
 
»Y lo he sabido durante todo este tiempo —concluyó.
—Sí —dijo Zina, mirándole—. Sí, Zina significa hada.
—No eres el Espíritu Santo —dijo él—, eres Diana, la reina de las hadas.
Un viento frío agitó las ramas del árbol, haciéndolas susurrar, y unas hojas secas
bailaron sobre el arroyo helado.
—Ya veo —dijo Zina.
Y el viento susurró a su alrededor, igual que si hablara. Emmanuel podía oír el viento
como si fueran palabras. Y el viento decía:
 
¡CUIDADO!
 
Se preguntó si también ella lo habría oído.
 
Pero siguieron siendo amigos. Zina le habló a Emmanuel de una identidad anterior
suya. Le dijo que, miles de años antes, había sido Ma'at, la diosa egipcia que
representaba la justicia y el orden cósmico. Cuando alguien moría, su corazón era pesado
en una balanza en cuyo otro platillo había el abanico de Ma'at, hecho con plumas de
avestruz, y gracias a ello se determinaba cuántos pecados tenía.
Lo que determinaba si una persona sería considerada pecadora o no era la sinceridad.
Mientras fuera sincera, el juicio le sería favorable. Este juicio era presidido por Osiris,
pero, dado que Ma'at era la diosa de la sinceridad y la verdad, la decisión final era
siempre la suya.
—Después de eso, la idea del juicio de las almas humanas pasó a Persia —le dijo Zina.
En la vieja religión persa, el zoroastrismo, había un puente oscilante que debía ser
cruzado por quien acababa de morir. Si el muerto era malvado, el puente se iba haciendo
cada vez más y más angosto, hasta que finalmente el pecador era precipitado a los pozos
llameantes del infierno. Tanto el judaísmo de las últimas etapas como el cristianismo
sacaron sus ideas sobre los últimos Días de ese concepto.
El justo, que había logrado cruzar el puente, era recibido por el espíritu de su religión:
una hermosa joven con unos pechos soberbios. Pero si la persona era malvada, el
espíritu de su religión consistía en una vieja marchita con los senos caídos y arrugados.
Por lo tanto, bastaba una sola mirada para darse cuenta de en qué categoría estabas
incluido.
—¿Y tú eras el espíritu de la religión para los justos? —le preguntó Emmanuel.
Zina no respondió a la pregunta y pasó a hablar de otro asunto que deseaba explicarle.
En aquellos juicios de los muertos, nacidos de Egipto y Persia, el escrutinio era
implacable y el alma del pecador estaba condenada de antemano. Después de tu muerte
el libro que contenía tus buenas acciones y tus actos malvados quedaba cerrado, y nadie
podía alterar la tabulación final, ni tan siquiera los dioses. En cierto sentido, el
procedimiento del juicio era algo mecánico. Podría decirse que durante toda tu vida se te
había compilado un expediente, y que ahora ese expediente era introducido en un
mecanismo de retribución. En cuanto el mecanismo recibía la lista, todo había terminado
para ti. El mecanismo te hacía pedazos, y los dioses se limitaban a contemplarlo con
expresión impasible.
Pero un día (dijo Zina), una nueva figura apareció en el sendero que llevaba al puente.
Era una figura enigmática que parecía consistir en una sucesión siempre variable de
aspectos o papeles. Algunas veces se le llamaba El que Consuela, otras veces era
llamado El Consejero o El que da Apoyo. Nadie sabía de dónde había venido. Durante
miles de años el sendero estuvo vacío, y un día, de repente, la figura apareció en él. Se
mantenía inmóvil a un lado del camino, que siempre estaba muy concurrido, y cuando las
almas iban avanzando hacia el puente esa complicada figura —que algunas veces, muy
pocas, parecía ser una mujer—, le iba haciendo señas a las personas, una a una, para
atraer su atención. Era esencial que lograra atraer su atención antes de que entraran en
el puente, pues después de que lo hicieran ya sería demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué? —le preguntó Emmanuel.
—Cuando hacía pararse a una persona que iba hacia el puente, la figura le preguntaba
si quería tener un representante en la prueba que se celebraría a continuación —explicó
Zina.
—¿Y ese representante era El que Ayuda?
Zina le explicó que la figura asumía entonces su papel de Abogado; se ofrecía a hablar
en nombre de la persona. Pero El que Ayuda ofrecía algo más. Se ofrecía a presentarle
su propio expediente al mecanismo retributorio, en lugar del expediente de esa persona.
Si el muerto era inocente el resultado final sería el mismo, pero para el culpable haría que
la sentencia fuera exculpatoria y que no se le condenara.
—Eso no es justo —dijo Emmanuel—. Los culpables deben ser castigados.
—¿Por qué? —dijo Zina.
—Porque ésa es la ley —dijo Emmanuel.
—Entonces, para los culpables no hay esperanza, ¿verdad?
—No merecen tener esperanza —dijo Emmanuel.
—¿Y si todo el mundo es culpable?
Emmanuel no había pensado en eso.
—¿Y qué hay escrito en la lista de El que Ayuda? —preguntó.
—Está en blanco —dijo Zina—. Es un pedazo de papel en el que no hay nada escrito.
Un documento sin rellenar.
—La maquinaria de la retribución no puede procesar ese documento.
—Pues lo hacía —dijo Zina—. Se imaginaba que había recibido la compilación final de
una persona totalmente intachable.
—Pero no podía funcionar. No había ninguna entrada de datos en que basarse.
—Precisamente.
—Entonces, la maquinaria de la justicia era estafada.
—Cierto. Se le estafaba una víctima —dijo Zina—. ¿Y no te parece que eso es algo
deseable y bueno? ¿Crees que las víctimas son necesarias? ¿Qué se gana teniendo una
interminable procesión de víctimas? ¿Crees que eso remedia las consecuencias de las
malas acciones que han cometido?
—No —dijo él.
—La idea es introducir algo de misericordia en los circuitos —dijo ella—. El que Ayuda
es un «amicus curiae», un amigo del tribunal. El tribunal le da permiso para que le
aconseje y le haga ver que el caso presentado ante él es una excepción a la regla. La
regla general del castigo no es aplicable.
—¿Y hace eso por todas las personas? ¿Por todos los que son culpables?
—Lo hace por todos los culpables que aceptan su ofrecimiento de ayuda y consejo.
—Pero entonces acabarás teniendo una interminable procesión de inocentes, porque
ningún culpable rechazará semejante oferta a no ser que estuviera loco; todos los
culpables desearán ser juzgados como una excepción, como un caso en el que hubiera
circunstancias atenuantes...
—Pero la persona debe aceptar el hecho de que es culpable —dijo Zina—. Y,
naturalmente, siempre puede apostar a que de todas formas acabará siendo declarado
inocente, en cuyo caso no necesita ser representado por El que Ayuda.
—Sería una elección muy estúpida —dijo Emmanuel, tras haberlo meditado durante
unos momentos—. Podría equivocarse. Y si acepta la oferta de El que Ayuda no pierde
nada...
—Pues, en la práctica, la mayor parte de las almas que iban a ser juzgadas
rechazaban la oferta de ser representadas por El que Ayuda —dijo Zina.
—¿Y en qué se basaban para decidir eso? —Emmanuel no lograba entender sus
razonamientos.
—Se basaban en su seguridad de que eran inocentes —dijo Zina—. Para recibir esa
clase de ayuda la persona debe partir de una presuposición pesimista, la de que es
culpable por mucho que se considere a sí misma inocente. Quienes son realmente
inocentes no necesitan la ayuda, igual que quien está físicamente sano no necesita un
médico. Y, en una situación de esta clase, ser optimista es peligroso. Es el teorema de la
puerta trasera que utilizan todos los animalitos que construyen madrigueras. Si son sabios
construyen una segunda salida para su madriguera, pues funcionan siguiendo la idea
pesimista de que algún predador acabará encontrando la primera salida. Todas las
criaturas que no utilizaron ese teorema han dejado de estar con nosotros.
—Pero el que un hombre deba tenerse a sí mismo por pecador le degrada —dijo
Emmanuel.
—Y también resulta degradante para la ardilla verse obligada a admitir que su nido
puede estar mal construido y que un predador puede acabar descubriendo dónde está la
salida.
—Estás hablando de una situación en la que hay un adversario. ¿Crees que la justicia
divina es una situación de esa clase? ¿Acaso hay un fiscal?
—Sí, en el tribunal divino hay un fiscal para acusar al hombre, y ese fiscal es Satanás.
Está el abogado que defiende a los seres humanos y también está Satanás, que le pone
objeciones y hace protestas. El Abogado está de pie junto al hombre, le defiende y habla
por él; Satanás está delante de él y le acusa. ¿Acaso deseas que un hombre tenga un
acusador pero no un defensor? ¿Crees que eso sería justo?
—Pero, de entrada, hay que suponer que el hombre es inocente.
Los ojos de la niña llamearon.
—Eso es justamente lo que intenta dejar claro el Abogado en cada uno de los juicios
que se celebran, y ésa es la razón de que sustituya el expediente de su cliente por el
suyo, que está en blanco, con lo cual justifica al hombre por subrogación.
—Esa figura, El que Ayuda..., ¿eres tú? —preguntó Emmanuel.
—No —dijo ella—. Es una figura mucho más compleja y sorprendente que yo. Si mi
presencia te resulta difícil de entender, si te cuesta decidir...
—Sí, me cuesta —dijo Emmanuel.
—Es un recién llegado a este mundo —dijo Zina—. En los eones anteriores no estaba
aquí. Representa una evolución de la estrategia divina, una evolución gracias a la cual se
repara el daño primordial, uno de los muchos daños existentes, pero el más importante de
todos.
—¿Me encontraré alguna vez con él?
—Tú no serás juzgado —dijo Zina—, así que quizá no llegues a verle nunca. Pero
todos los humanos le verán, inmóvil junto al camino, ofreciendo su ayuda. Ofreciéndola a
tiempo..., antes de que la persona empiece a cruzar el puente y sea juzgada. La
intervención de El que Ayuda siempre llega a tiempo. Estar allí con la antelación suficiente
es parte de su naturaleza.
—Me gustaría conocerle —dijo Emmanuel.
—Sigue el trayecto vital de cualquier ser humano —dijo Zina—, y llegarás al punto en
que ese humano se encuentra con él. Así es como supe de su existencia. Yo tampoco
seré juzgada. —Señaló la pizarra que le había dado—. Pídele más información sobre El
que Ayuda.
En la pizarra se leía:
 
LLAMAR
 
—¿No puedes decirme más que eso? —le preguntó Emmanuel.
Y en la pizarra se formó una nueva palabra, una palabra griega:
 
PARAKALEIN
 
Y Emmanuel pensó en aquella nueva entidad que había aparecido en el mundo, y se
hizo preguntas sobre ella, sobre aquel ser al que podían apelar quienes se encontraran
necesitados de ayuda, quienes corrían peligro de ser declarados culpables en el juicio.
Era uno más de los misterios con que le obsequiaba Zina. Le había hecho enfrentarse a
tantos... Y le gustaba descifrarlos, pero éste le tenía perplejo.
Llamar para conseguir ayuda: parakalein. Qué extraño, pensó. El mundo evoluciona
incluso ahora, cuando cae a su perdición. Hay dos movimientos diferenciados: la caída y,
al mismo tiempo, la obra de reparación, que va hacia lo alto. Movimientos antitéticos bajo
la forma de una dialéctica de toda la creación y de los poderes que luchan detrás de ella.
¿Y suponiendo que hubiera sido Zina quien les hacía señas a los que caían?
Incitándoles, seduciéndoles para que cayeran aún más abajo... Pero eso era algo que aún
le resultaba imposible ver con claridad.
 
 
11
 
Herb Asher cogió al niño en sus brazos y lo estrechó fuertemente.
—Y ésta es Zina —dijo Elijah Tate—, la amiga de Emmanuel. —Cogió a la niña de la
mano y la llevó hacia Herb Asher—. Es un poco mayor que Manny.
—Hola —dijo Herb Asher. Pero la niña no le importaba; lo único que deseaba era
contemplar al hijo de Rybys.
Diez años, pensó. Este niño ha crecido mientras yo soñaba y soñaba, creyendo estar
vivo cuando de hecho no lo estaba.
—Zina le ayuda y le enseña —dijo Elijah—. Le enseña muchas más cosas que la
escuela. Más que yo.
Herb Asher miró a la niña, y vio un hermoso y pálido rostro en forma de corazón y unos
ojos llenos de luz. Qué niña tan hermosa, pensó, y se volvió nuevamente hacia el hijo de
Rybys. Pero entonces algo le hizo mirar de nuevo a la niña.
En su rostro había una expresión maliciosa, sobre todo en sus ojos. Sí, pensó; hay algo
en sus ojos que... Una especie de sabiduría.
—Ahora ya llevan cuatro años juntos —dijo Elijah—. Le dio una pizarra de alta
tecnología. Es una especie de terminal de ordenador muy avanzado. La pizarra le hace
preguntas y le da pistas. ¿Verdad, Manny?
—Hola, Herb Asher —dijo Emmanuel. En su rostro había una solemne seriedad que
contrastaba con la expresión de la niña.
—Hola —le dijo Herb a Emmanuel—. Te pareces mucho a tu madre.
—En ese crisol crecimos —dijo Emmanuel enigmáticamente, y no aclaró cuál era el
significado de aquellas palabras.
—¿Es que...? —Herb no sabía qué decir—. ¿Va todo bien?
—Sí. —El niño asintió.
—Tienes que soportar una carga muy pesada —dijo Herb.
—La pizarra hace trampas —dijo Emmanuel.
Silencio.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Herb a Elijah.
—Mientras mi madre se moría, tú estabas prestándole oídos a una ilusión —dijo
Emmanuel, clavando los ojos en Herb Asher—. Esa imagen no existe. Tu Fox es un
fantasma, nada más.
—Eso ocurrió hace mucho tiempo —dijo Herb.
—El fantasma está con nosotros en el mundo —dijo Emmanuel.
—Eso no es problema mío —dijo Herb.
—Pero sí es problema mío —respondió Emmanuel—. Tengo intención de resolverlo.
No ahora, sino en el momento adecuado. Herb Asher, te quedaste dormido porque una
voz te lo ordenó. Este mundo en el que estamos, todo este planeta, toda su gente..., aquí
todo está dormido. He estado diez años observándolo y no encuentro nada bueno que
decir de él. Hace lo que tú hiciste; es como tú eras. Quizá sigues durmiendo. ¿Duermes,
Herb Asher? Soñaste con mi madre mientras estabas en suspensión criónica. Capté tus
sueños y gracias a ellos aprendí muchas cosas sobre mi madre. En mí hay tanto de ella
como de mí mismo. Como le dije, sigue viviendo en mí y siendo yo; la he vuelto inmortal...
Tu esposa está aquí, no en esa cúpula llena de basura y desorden. ¿Lo comprendes?
Mírame y verás a la Rybys que ignoraste.
—Yo... —dijo Herb Asher.
—No hace falta que me digas nada —interrumpió Emmanuel—. No tienes nada que
contarme; leo en tu corazón, no en tus palabras. Entonces sabía quién eras, y ahora
también lo sé. «Herbert, Herbert», te llamé. Te hice volver a la vida por el bien de ella y
por el tuyo propio, y dado que lo hice en bien de ella también lo hice en bien mío. Cuando
la ayudabas me estabas ayudando. Y cuando la ignorabas me ignorabas a mí. Ésta es la
palabra de tu Dios.
Elijah pasó su brazo alrededor de los hombros de Herb Asher para tranquilizarle.
—Siempre te diré la verdad, Herb Asher —siguió diciendo el niño—. En Dios no hay
mentira ni engaño. Quiero que vivas. Ya te hice vivir antes, cuando estabas tendido,
psicológicamente muerto. Dios no desea la muerte de ningún ser vivo; a Dios no le
complace la inexistencia. ¿Sabes qué es Dios, Herb Asher? Dios es El que Causa la
existencia. Diciéndolo de otra forma, si buscas la base del ser que está bajo todas las
cosas puedes estar seguro de que hallarás a Dios. Puedes retroceder de Dios al universo
fenomenológico o puedes avanzar desde el Creador a ese universo fenomenológico.
Cada uno implica al otro. El Creador no sería el Creador si no hubiera universo, y el
universo dejaría de existir si el Creador no lo sostuviera. El Creador no existía en el
tiempo antes del universo; el Creador no existe dentro del tiempo. Dios crea el universo
constantemente; está con él, no por encima o detrás suyo. Esto te resulta imposible de
comprender porque eres un ser creado y existes dentro del tiempo. Pero al final acabarás
volviendo a tu Creador, y entonces dejarás de existir dentro del tiempo. Eres el aliento de
tu Creador, y vives porque Él inhala y exhala. Recuerda bien eso, porque resume cuanto
necesitas saber sobre tu Dios. Primero hay una exhalación de Dios que emite toda la
creación; y después, en un momento dado, todo empieza su viaje de vuelta, su inhalación.
Este ciclo nunca cesa. Me abandonas; te alejas de mí; regresas; te unes nuevamente
conmigo. Tú y todo lo demás. Es un proceso, un acontecimiento. Es una actividad..., mi
actividad. Es el ritmo de mi propio ser, y es lo que os sostiene a todos.
Asombroso, pensó Herb Asher. Un niño de diez años, su hijo, hablando de esta forma.
—Emmanuel —dijo Zina—, ¿no crees que has estado algo solemne?
—Entonces, ¿jugamos un poco? —dijo el niño, sonriéndole—. ¿Crees que eso sería
mejor? Se acercan acontecimientos a los que debo dar forma, y he de crear el fuego que
arde y consume. Las Escrituras dicen:
 
Pues Él es como el fuego del crisol.
 
»Y dicen también:
 
¿Y quién podrá soportar el día de Su venida?
 
»Pero yo afirmo que aún habrá algo más; yo os digo:
 
El día ha llegado, ardiente igual que un horno; todos los malvados y los de corazón
altivo serán como escoria, y cuando llegue ese día les hará arder; y de ellos no dejará ni
rama ni raíz.
 
»¿Qué respondes a eso, Herb Asher? —Emmanuel le estaba mirando atentamente,
esperando su respuesta.
Y Zina dijo:
 
Pero para quienes temen mi nombre, el sol de la justicia se alzará con el viento de la
curación en sus alas.
 
—Cierto —dijo Emmanuel.
Y, en voz baja, Elijah dijo:
 
Y seréis libres y os desparramaréis igual que los novillos huidos del aprisco.
 
—Sí —dijo Emmanuel, moviendo la cabeza.
Herb Asher le devolvió la mirada al niño y murmuró:
—Tengo miedo. De veras, estoy asustado. —Se alegró de sentir a su alrededor la
tranquilizadora presencia del brazo de Elijah.
—No hará ninguna de esas cosas terribles —le dijo Zina con voz apacible—. Lo dice
sólo para asustar a la gente.
—¡Zina! —dijo Elijah.
—Es cierto —replicó ella—. Pregúntaselo.
—No pondrás a prueba al Señor tu Dios —dijo Emmanuel.
—No tengo miedo —dijo Zina en voz baja.
Y Emmanuel le dijo:
 
Te romperé en dos igual que a una vara de hierro.
Te haré añicos, como a la vasija del alfarero.
 
—No —dijo Zina. Y, volviéndose hacia Herb Asher, añadió—: No hay nada que temer.
No es más que una forma de hablar. Si tienes miedo ven a verme, y conversaré contigo.
—Es cierto —dijo Emmanuel—. Si te hacen prisionero y te llevan a una cárcel, ella te
acompañará. Nunca te dejará abandonado. —Una expresión entristecida cruzó
brevemente por su rostro; de repente volvió a ser un niño de diez años—. Pero...
—¿Qué? —preguntó Elijah.
—No voy a revelarlo ahora —dijo Emmanuel, y habló como si le costara mucho. Lleno
de incredulidad, Herb Asher vio que los ojos del niño estaban inundados de lágrimas—.
Quizá nunca llegue a revelarlo. Ella sabe a qué me refiero.
—Sí —dijo Zina, y sonrió. En su sonrisa había una extraña picardía, o eso le pareció a
Herb Asher. Le dejó perplejo. No comprendía qué invisible componenda estaba teniendo
lugar entre el hijo de Rybys y la niña. Le inquietaba, y su miedo se hizo aún más grande, y
su nerviosismo más profundo.
Esa noche, los cuatro cenaron juntos.
—¿Dónde vives? —le preguntó Herb Asher a la niña—. ¿Tienes familia? ¿Padres?
—Técnicamente soy una pupila de la escuela del gobierno a la que vamos —dijo
Zina—, pero a todos los efectos prácticos ahora me encuentro bajo la custodia de Elijah.
Se está convirtiendo en mi guardián.
Elijah, que estaba comiendo con toda la atención concentrada en su plato, dijo:
—Los tres somos una familia. Y ahora tú también eres parte de ella, Herb.
—Quizá regrese a mi cúpula —dijo Herb—. Quizá vuelva al sistema CY30-CY30B.
Elijah le miró y dejó de comer, con el tenedor levantado.
—¿Por qué?
—Aquí me siento incómodo —dijo Herb. No había logrado encontrar una razón clara
para ello; sus sensaciones seguían siendo vagas e indefinidas. Pero eran muy fuertes—.
Este lugar me resulta asfixiante. Me siento más libre fuera de aquí.
—Entonces, ¿la libertad consiste en tumbarte en tu catre y escuchar a Linda Fox? —le
preguntó Elijah.
—No. —Herb meneó la cabeza.
—Emmanuel, le has asustado con tanto hablar de hacer caer el fuego sobre la Tierra
—dijo Zina—. Aún recuerda las plagas de la Biblia. Lo que ocurrió en Egipto.
—Quiero irme a casa —se limitó a decir Herb.
—Echas de menos a Rybys —dijo Emmanuel.
—Sí. —Y era cierto.
—No está allí —le recordó Emmanuel. Comía lentamente, con expresión sombría, un
bocado detrás de otro. Herb pensó que era como si para él comer fuese un ritual solemne,
el consumir algo santificado.
—¿No puedes hacer que vuelva? —le preguntó a Emmanuel.
El niño no respondió. Siguió comiendo.
—¿No hay contestación? —le preguntó Herb con amargura.
—No estoy aquí para eso —dijo Emmanuel—. Ella lo comprendió. No es importante
que tú lo entiendas, pero era importante que ella lo supiese. Y yo hice que lo supiera.
Debes acordarte; estabas allí ese mismo día, el día en que le dije lo que la aguardaba.
—De acuerdo —dijo Herb.
—Ahora vive en otro sitio —dijo Emmanuel—. Tú...
—De acuerdo —repitió Herb, sintiendo ira, una ira inmensa.
Y Emmanuel le miró y le habló muy despacio, en voz baja, con su rostro lleno de
calma:
—No comprendes la situación, Herbert. No lucho por conseguir un buen universo, ni
tan siquiera uno que sea justo o bonito; lo que está en juego es la mismísima existencia
del universo. La victoria final de Belial no significa que la raza humana continúe prisionera
y sumida en la esclavitud: significa la no existencia. Sin mí no hay nada, ni tan siquiera
Belial, a quien yo creé.
—Cómete la cena —le dijo Zina con amabilidad.
—El poder del mal es hacer que la realidad cese de existir —siguió diciendo
Emmanuel—, hacer que la mismísima existencia se detenga. Es el lento escurrirse de
todo lo que existe hasta que se haya convertido en un fantasma, igual que Linda Fox. Ese
proceso ya ha empezado. Empezó con la primera caída. Parte del cosmos cayó en la
oscuridad. La misma Divinidad sufrió una crisis; ¿puedes comprender eso, Herb Asher?
¿Una crisis en la misma Base del Ser? ¿Qué significa eso para ti? La posibilidad de que
Dios deje de existir... ¿Qué sacas en claro de eso? Porque la Divinidad es cuanto se
interpone entre... —No terminó la frase—. Ni tan siquiera puedes llegar a imaginarlo.
Ninguna criatura puede imaginar la no existencia, especialmente la suya. Debo garantizar
la existencia, la existencia de todo. Incluyendo la tuya.
Herb Asher no dijo nada.
—Se aproxima una guerra —dijo Emmanuel—. Escogeremos nuestro terreno de
combate. Será una mesa donde jugaremos los dos, tanto Belial como yo, y sobre esa
mesa apostaremos el universo, el ser de la mismísima existencia. Yo doy comienzo a esta
última parte de las eras de guerra; he entrado en el territorio de Belial, en su hogar. He
avanzado para ir hacia él, para enfrentarme a él, y no al revés. El tiempo dirá si ha sido
una buena idea.
—¿No puedes saber cuáles serán los resultados? —le preguntó Herb.
Emmanuel le miró. En silencio.
—Sí puedes —dijo Herb. Sabes cuál será el desenlace, comprendió. Lo sabes ahora; lo
sabías cuando entraste en el útero de Rybys. Lo sabías desde el principio de la
creación..., de hecho, antes de la creación; antes de que existiera ningún universo.
—Jugarán siguiendo las reglas —dijo Zina—. Reglas sobre las que ya se han puesto
de acuerdo.
—Entonces, ésa es la razón de que Belial aún no te haya atacado —dijo Herb—. Esa
es la razón de que hayas podido vivir aquí y crecer..., durante diez años. Sabe que estás
aquí...
—¿Lo sabe? —le preguntó Emmanuel.
Silencio.
—No se lo he dicho —le explicó Emmanuel—. No es misión mía. Debe descubrirlo por
sí solo. Y no me refiero al gobierno... Me refiero al poder que realmente gobierna todo
esto, un poder en comparación con el cual el gobierno y todos los gobiernos no son más
que simples sombras.
—Cuando esté preparado ya te lo dirá —dijo Zina—. Sí, cuando esté listo para
empezar...
—Y tú, Emmanuel, ¿estás preparado? —preguntó Herb.
El niño sonrió. Una sonrisa infantil, muy alejada del semblante austero de hacía un
segundo. Y no dijo nada. Un juego, comprendió Herb Asher. ¡Un juego infantil!
Y al comprenderlo se estremeció.
Zina dijo:
 
El tiempo es un niño que juega y hace dibujos; un niño es el reino.
 
—¿Qué es eso? —preguntó Elijah.
—No es del judaísmo —replicó Zina enigmáticamente, y no explicó lo que había
pretendido decir con ello.
La parte de él que deriva de su madre tiene diez años de edad, comprendió Herb
Asher. Y la parte de él que es Yah carece de edad; es el infinito en sí. Una mezcla de lo
muy joven y lo intemporal: exactamente lo que ha definido Zina en su cita.
Y quizás esta mezcla no sea única. Alguien la había percibido antes; la había percibido
y la había explicado en palabras.
—Te arriesgas a entrar en el reino de Belial —le dijo Zina a Emmanuel mientras
comía—, pero, ¿tendrías el valor necesario para arriesgarte a entrar en mi reino?
—¿Qué reino es ése? —preguntó Emmanuel. Elijah Tate miró a la niña, y Herb Asher
la miró también, tan perplejo como él. Pero Emmanuel parecía comprenderla; no daba
señal alguna de estar sorprendido. Herb Asher pensó que, pese a su pregunta, ya sabía
cuál era ese reino.
—Donde no soy tal y como me ves ahora —dijo Zina.
A estas palabras siguió un intervalo de silencio mientras Emmanuel meditaba. No
respondió; siguió sentado, muy quieto, como si su mente se hubiera marchado lejos de
allí. Saltando de una palabra a otra, un número incontable de palabras, pensó Herb Asher.
Qué extraño es todo esto. ¿De qué están hablando?
—Tengo que ocuparme de una tierra espantosa, Zina —dijo Emmanuel, hablando
despacio y articulando cuidadosamente sus palabras—. No tengo tiempo.
—Creo que tienes miedo —dijo Zina, y volvió a ocuparse de su rebanada de pastel de
manzana y su montaña de helado.
—No —dijo Emmanuel.
—Pues entonces ven —dijo ella, y de repente todo el color y el fuego de la malicia y el
placer ardieron en sus oscuros ojos—. Te desafío —dijo—. Aquí mismo. —Alargó la mano
hacia el niño.
—Mi psicopompos —dijo Emmanuel con expresión sombría.
—Sí; yo seré tu guía.
—¿Guiarás al Señor tu Dios?
—Me gustaría enseñarte de dónde vienen las campanas, la tierra de la que llegan sus
sonidos... ¿Qué dices?
—Iré —dijo él.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Elijah con aprensión—. Manny, ¿qué es todo
esto? ¿A qué se refiere? No va a llevarte a ningún sitio que yo no conozca.
Emmanuel le miró.
—Tienes muchas cosas que hacer —dijo Elijah.
—No hay reino alguno en el que yo no esté —dijo Emmanuel—. Siempre que sea un
lugar real y no una fantasía... Zina, ¿tu reino es una fantasía?
—No —dijo ella—. Es real.
—¿Dónde está? —le preguntó Elijah.
—Aquí —dijo Zina.
—¿Aquí? —repitió Elijah—. ¿Qué quieres decir? Veo lo que está aquí; el aquí es el
aquí.
—Zina tiene razón —dijo Emmanuel—. El alma de Dios te sigue —le dijo a Zina.
—¿Y confía en mí?
—Esto es un juego —dijo Emmanuel—. Para ti todo es un juego. Jugaré a él. Puedo
hacerlo. Jugaré, y después volveré a este reino.
—¿Tan valioso encuentras este reino? —le preguntó Zina.
—Es un lugar horrible —dijo Emmanuel—. Pero es aquí donde debo actuar en ese día
grande y terrible.
—Retrasa ese día —dijo Zina—. Yo también lo retrasaré; te enseñaré las campanas
que oyes, y como resultado de ello ese día... —Se calló.
—Aun así, acabará llegando —dijo Emmanuel—, tal y como ha sido ordenado.
—Entonces, jugaremos ahora mismo —dijo Zina enigmáticamente. Tanto Herb como
Elijah seguían estando perplejos. Cada uno de ellos sabe a qué se refiere el otro, pensó
Herb Asher, pero yo no lo sé. ¿Adónde piensa llevarle, si ese sitio se encuentra aquí
mismo como dice? Ahora estamos aquí.
—La Comunidad Secreta —dijo Emmanuel.
—¡No, maldita sea! —exclamó Elijah, y arrojó su copa al otro lado de la habitación; la
copa se estrelló contra la pared y se convirtió en una multitud de fragmentos diminutos—.
Manny..., ¡he oído hablar de ese sitio!
—¿Qué es? —preguntó Herb Asher, asombrado ante la furia del anciano.
—Ése es el término correcto —dijo Zina con voz tranquila—. «De una naturaleza
intermedia entre el hombre y el ángel» —citó.
—¡Te estás dejando engañar! —dijo Elijah con furia; se inclinó hacia delante, y sus
grandes manos sujetaron al niño.
—Así es —dijo Emmanuel.
—¿Sabes adónde te lleva? —le preguntó Elijah—. Sí, lo sabes. No te da miedo,
Manny, y eso es un error. Deberías tener miedo. —Y, volviéndose hacia Zina, le dijo—:
¡Márchate de aquí! No sé qué eres. —La contempló con una expresión donde se
mezclaban la ira y el abatimiento, moviendo los labios sin decir nada—. No te conozco; no
te comprendo.
—Él sí comprende —dijo Zina—. Emmanuel lo sabía.
La pizarra se lo explicó.
—Deja que terminemos nuestra cena y después iré contigo, Zina —dijo Emmanuel.
Siguió comiendo tan metódicamente como antes, su rostro impasible—. Tengo una
sorpresa para ti, Zina —dijo.
—¿Cuál? —preguntó ella—, ¿Qué es?
—Algo que no conoces —dijo Emmanuel, dejando de comer—. Todo esto había sido
decidido desde los comienzos. Lo vi antes de que el universo existiera. Mi viaje a tu
tierra...
—Entonces ya sabes cómo terminará —dijo Zina, y por primera vez pareció vacilar,
como si su ánimo flaqueara—. A veces olvido que lo sabes todo.
—No todo. Debido al daño sufrido por mi cerebro, el accidente... Se ha convertido en
una variable aleatoria, ha introducido el azar.
—¿Dios juega a los dados? —le preguntó Zina, enarcando una ceja.
—Si es necesario —dijo Emmanuel—. Si no hay más remedio...
—Habías planeado todo esto de antemano —dijo Zina—. ¿O no? No consigo
entenderlo. Has sufrido daños; no podías saberlo... Emmanuel, todo esto es una táctica
tuya. —Se rió—. Muy bien. No tengo forma alguna de saberlo con seguridad. Soberbio,
extremadamente bueno; te felicito.
—Debes seguir adelante sin saber si lo he planeado o no —dijo Emmanuel—. Así
tendré ventaja.
Zina se encogió de hombros, pero a Herb Asher le pareció que no había recuperado
totalmente su aplomo de antes. Emmanuel había logrado hacerla dudar. Y eso es bueno,
pensó.
—Señor, no me abandones —dijo Elijah con voz temblorosa—. Llévame contigo.
—De acuerdo. —El niño asintió con la cabeza.
—¿Y qué se supone que he de hacer yo? —preguntó Herb Asher.
—Venir —dijo Zina.
—La Comunidad Secreta... —dijo Elijah—. Jamás creí que existiera. —Contempló a la
niña, atónito—. ¡Y no existe; eso es precisamente lo que...!
—Existe —dijo ella—. Y aquí. Venga con nosotros, señor Asher. Será bienvenido. Pero
allí no soy tal y como soy ahora. Ninguno de nosotros será igual. Salvo tú, Emmanuel..
—Señor... —le dijo Elijah al niño.
—Hay una puerta a su tierra —dijo Emmanuel—. Puede ser encontrada en cualquier
sitio donde exista la Proporción Dorada. ¿No es así, Zina?
—Cierto —dijo ella.
—Está basada en la Constante de Fibonacci —dijo Emmanuel—. Es una relación, 1 a
618034 —le explicó a Herb Asher—. Los antiguos griegos la conocían como la Sección
Dorada y como el Rectángulo de Oro. Su arquitectura la utilizaba..., por ejemplo en el
Partenón. Para ellos se trataba de un modelo geométrico, pero en la Edad Media
Fibonacci de Pisa lo desarrolló en términos puramente numéricos.
—Sólo en esta habitación ya he contado varias puertas —dijo Zina—. La relación es la
misma que se utiliza al jugar a las cartas —le explicó a Herb Asher—; tres a cinco. Se
encuentra en las conchas de los caracoles y en las nebulosas extragalácticas, y va desde
los dibujos que siguen los cabellos de tu cabeza hasta...
—Permea todo el universo —dijo Emmanuel—, desde los microcosmos al
macrocosmos. Se la ha llamado uno de los Nombres de Dios.
 
Herb Asher se preparó para dormir en una pequeña habitación de la casa de Elijah.
—¿Puedo hablar contigo? —le preguntó Elijah, presentándose a su puerta vestido con
una gruesa bata algo arrugada y calzando unas grandes zapatillas.
Herb asintió.
—Va a llevárselo de aquí —dijo Elijah. Entró en la habitación y tomó asiento—. ¿Lo
comprendes? No ha venido de la dirección que esperábamos. Que yo esperaba... —se
corrigió a sí mismo. Tenía el rostro ensombrecido y no paraba de abrir y cerrar los
puños—. El enemigo ha adoptado una forma extraña.
—¿Belial? —preguntó Herb, sintiendo un escalofrío.
—No lo sé, Herb. Hace cuatro años que conozco a la niña. La aprecio mucho, y creo
que en ciertos aspectos incluso la amo un poco. Tanto como a Manny... Ha sido una
buena amiga para él. Al parecer él lo sabía, quizá no desde el principio..., pero creo que
en algún momento acabó comprendiéndolo. Todo encaja; he usado mi terminal de
ordenador para hacer ciertas investigaciones sobre la palabra zina. En rumano significa
hada. Emmanuel ha sido descubierto por otro mundo distinto a éste. Zina se acercó a él
durante su primer día de escuela, y ahora comprendo por qué. Estaba esperando. Le
esperaba. ¿Te das cuenta?
—De ahí viene la malicia que percibo en ella —dijo Herb Asher. Estaba cansado. Había
sido un día muy largo.
—Le llevará cada vez más y más lejos y él la seguirá —dijo Elijah—, y creo que la
seguirá sabiendo muy bien lo que hace. Ve lo que sucederá. Es lo que se llama un
conocimiento a priori del universo. Hubo un tiempo en el cual podía preverlo todo, pero ya
no es así. Cuando se piensa en ello, resulta extraño que fuera capaz de prever su propia
incapacidad de ver las cosas, su olvido... Tendré que confiar en él, Herb, no hay otra
forma de... —Agitó la mano—. Ya me entiendes.
—Nadie puede decirle lo que debe hacer.
—Herb, no quiero perderle.
—¿Cómo es posible que llegue a perderse?
—Hubo una ruptura de la Divinidad. Un cisma primordial. Ésa es la base de todo el
problema, de las condiciones existentes aquí, de Belial y de todo lo demás... Una crisis
que hizo precipitarse en la negrura a parte de la Divinidad la Divinidad se partió en dos Y
una parte de ella siguió siendo trascendente mientras que otra parte... se rebajaba. Cayó
con la creación, cayó junto con el mundo. La Divinidad perdió contacto con una parte de sí
misma.
—¿Y podría fragmentarse todavía más?
—Sí —dijo Elijah—. Podría haber otra crisis. Quizás ésta sea la crisis, no lo sé. Ni tan
siquiera sé si él lo sabe. La parte humana de su ser, la parte derivada de Rybys..., ésa
conoce el miedo, pero la otra parte..., ésa recuerda vagamente que no tiene miedo de
nada. Por razones obvias, claro. Y quizás eso no sea bueno.
Aquella noche, mientras dormía, Herb Asher soñó que una mujer le estaba cantando.
Se parecía a Linda Fox, y sin embargo no era ella; podía verla, y vio una terrible belleza,
una ferocidad luminosa, y un rostro dulce y resplandeciente, unos ojos que le
contemplaban con un brillo de amor. Él y la mujer se encontraban en un coche, y la mujer
iba conduciendo; Herb se limitaba a observarla, maravillado ante su belleza. Y ella
cantaba:
 
Tienes que ponerte las zapatillas para caminar hacia el alba.
 
Pero Herb no tenía que caminar, porque aquella hermosa mujer le estaba llevando
hacia allí. Vestía un traje blanco, y en su cabellera vio una corona. Era muy joven, pero
aun así ya era una mujer..., no una niña, como Zina.
Cuando despertó a la mañana siguiente, la belleza de la mujer y su cántico siguieron
acosándole; no lograba olvidarlos. Es más atractiva que la Fox, pensó. Jamás hubiera
podido creerlo. Sí, antes la escogería a ella que a la Fox. ¿Quién es?
—Buenos días —dijo Zina, que iba de camino al cuarto de baño para cepillarse los
dientes. Herb se fijó en que llevaba zapatillas. Pero también las llevaba Elijah cuando
apareció. ¿Qué significa eso?, se preguntó Herb.
No conocía la respuesta.
 
 
12
 
—Cantas y bailas toda la noche —dijo Emmanuel. Y es maravilloso verte, pensó—.
Muéstrame cómo lo haces —dijo.
—Entonces, vamos a empezar —dijo Zina.
 
Estaba sentado bajo las palmeras y supo que había entrado en el Jardín, pero era el
jardín que él mismo había moldeado en los comienzos de la creación; Zina no le había
llevado a su reino. Éste era el propio reino de Emmanuel, restaurado.
Edificios y vehículos, pero las personas no iban presurosas de un lado para otro.
Estaban sentadas, inmóviles, gozando del sol. Una joven se había desabrochado la blusa
y sus pechos relucían a causa del sudor; el sol caía del cielo con una cálida y brillante
luminosidad.
—No —dijo—, esto no es la Comunidad.
—Te he llevado por el camino equivocado —dijo Zina—, pero no importa. Este sitio no
tiene nada de malo, ¿verdad? ¿Acaso le falta algo? Sabes que no le falta nada; es el
Paraíso.
—Lo hice para que fuera así —dijo él.
—Cierto —admitió ella—. Éste es el Paraíso que creaste, y yo te mostraré algo mejor.
Ven. —Le cogió de la mano—. Ese banco posee el umbral del Rectángulo Dorado.
Podemos entrar por ahí; es un sitio tan bueno como cualquier otro. —Le llevó de la mano
hasta la esquina, esperó a que el semáforo cambiara de color y después, juntos, fueron
por la acera, dejando atrás a las personas que descansaban bajo el sol, hasta llegar al
edificio del banco.
—Yo... —dijo Emmanuel, deteniéndose ante los escalones.
—Éste es el umbral —dijo ella, y le hizo subir por la escalera—. Aquí termina tu reino y
empieza el mío. A partir de ahora todas las leyes son las mías. —Y le apretó la mano con
más fuerza.
—Así sea —dijo él, y siguió subiendo.
 
—Señorita Palas, ¿tiene su talonario? —preguntó el cajero robot.
—Está en mi bolso. —La joven abrió su bolso de cuero y hurgó por entre las llaves, los
cosméticos, las cartas y todo lo que llevaba dentro hasta que sus rápidos dedos hallaron
el talonario. Emmanuel estaba inmóvil junto a ella—. Quería sacar... Bueno, ¿cuánto
tengo?
—Su saldo figura en el talonario —dijo el cajero robot con su voz impasible.
—Sí, claro —dijo ella. Abrió el talonario, examinó las cifras, y después arrancó un
cheque y empezó a rellenarlo.
—¿Va a cerrar su cuenta? —preguntó el cajero robot mientras ella le entregaba el
cheque y el talonario.
—Exactamente.
—¿Nuestro servicio no le ha parecido...?
—Las razones por las que yo quiera cerrar mi cuenta no son asunto suyo —dijo ella.
Apoyó sus afilados codos sobre el mostrador y empezó a mecerse hacia atrás y hacia
delante. Emmanuel vio que llevaba tacones altos. Ahora se había vuelto mayor. Vestía
una camisa de algodón y tejanos, y llevaba el cabello recogido hacia atrás con un
prendedor. Y también llevaba gafas de sol. La joven le miró, sonriéndole.
Ya ha cambiado, se dijo.
Ahora se encontraban en el aparcamiento del banco, situado en el techo. Zina estaba
hurgando en su bolso, buscando las llaves de su aerocoche.
—Un día precioso —dijo—. Entra. Espera, deja que te abra la puerta... —Se instaló
detrás del volante y alargó la mano hacia la otra puerta.
—Este coche es muy bonito —dijo él. Me va revelando gradualmente su dominio,
pensó. Al igual que primero me llevó hasta mi propio mundo-jardín, ahora me va llevando
paso a paso por los niveles de su propio reino, subiendo cada vez más. A medida que
vayamos penetrando en él irá quitando las capas superpuestas. Esto de ahora no es más
que la superficie.
Todo esto es un encantamiento, pensó. ¡Ten cuidado!
—¿Te gusta mi coche? Me lleva al trabajo y...
—¡Zina, estás mintiendo! —dijo él con aspereza, interrumpiéndola.
—¿Qué quieres decir? —El aerocoche subió hacia el cálido cielo del mediodía,
uniéndose al tráfico. Pero la sonrisa de Zina la delataba—. Es un comienzo —dijo—. No
quiero que te asustes.
—En este mundo no eres una niña —dijo él—. Eso no era más que una forma que
adoptaste, un disfraz.
—Ésta es mi auténtica forma. De veras...
—Zina, tú no tienes ninguna forma auténtica. Te conozco. Para ti cualquier forma es
posible. Puedes adoptar la que más te guste en un momento dado. Pasas de un momento
a otro igual que una pompa de jabón.
Zina se volvió hacia él, pero sus ojos siguieron vigilando el tráfico.
—Ahora estás en mi mundo, Yah —dijo—. Ten cuidado.
—Puedo destruir tu mundo.
—Volvería a la existencia. Existe siempre y en todas partes. No nos hemos ido de
donde estábamos... Ahí atrás, a pocos kilómetros de distancia, se encuentra la escuela a
la que vamos tú y yo; ahí atrás está la casa donde Elijah y Herb Asher discuten qué hacer.
Espacialmente no estamos en otro lugar distinto, y tú lo sabes.
—Pero aquí eres tú quien hace las leyes —dijo él.
—Belial no está presente aquí —dijo ella.
Eso le sorprendió. No lo había previsto, y al darse cuenta de que no lo había sabido
comprendió que, en realidad, no había conocido de antemano la totalidad de la situación.
Que se le escapara una sola parte era igual que si se le escapara todo.
—Nunca logró penetrar en mi reino —dijo Zina mientras se iba abriendo paso por el
tráfico aéreo de Washington—. Ni tan siquiera conoce su existencia. Vamos al Gran
Estanque y podremos ver los cerezos japoneses; están floreciendo.
—¿De veras? —preguntó él; le parecía que era demasiado pronto para eso.
—Están floreciendo ahora mismo —dijo Zina, y guió su aerocoche hacia el centro de la
ciudad.
—En tu mundo —dijo él. Ahora comprendía—. Aquí estamos en primavera. —Podía ver
las hojas y los brotes de los árboles que tenían debajo, toda aquella brillante extensión de
verdor.
—Baja la ventanilla —indicó ella—. No hace frío.
—El calor del Jardín de las Palmeras... —dijo él.
—Un calor reseco, que abrasa y quema —murmuró ella—. Un calor que calcina el
mundo y lo convierte en un desierto. Siempre sentiste debilidad hacia los países áridos.
Escúchame, Yavé. Te mostraré cosas de las que no sabes nada. Has pasado del desierto
a un paisaje helado..., cristales de metano, con cupulitas esparcidas aquí y allá y unos
nativos estúpidos. ¡No sabes nada! —Sus ojos llameaban—. Te escondes en los páramos
y le prometes a tu pueblo un refugio que nunca encontraron. Ninguna de tus promesas ha
llegado a cumplirse..., lo cual es algo bueno, porque básicamente lo que les prometiste es
que les maldecirías, les mandarías plagas y les destruirías. Y ahora cierra la boca. Mi
tiempo y mi reino han llegado; éste es mi mundo, aquí es primavera y el aire no quema las
plantas, y tú tampoco las quemarás. En mi reino no le harás daño a nadie, ¿entendido?
—¿Quién eres? —preguntó él.
—Mi nombre es Zina —dijo ella, riéndose—. El hada.
—Creo que... —dijo él, confundido—. Tú...
—Yavé —dijo la mujer—, no sabes quién soy y no sabes dónde estás. ¿En la
Comunidad Secreta? ¿O acaso has sido engañado?
—Me has engañado —dijo él.
—Soy tu guía —replicó ella—. Tal y como dice la Sepher Yezirah:
 
Comprende esta gran sabiduría, entiende este conocimiento, entra en él y medítalo,
hazlo evidente y guía al Creador nuevamente hacia su Trono.
 
»Y eso es lo que haré —concluyó ella—. Pero tendrá que ser por un camino que jamás
llegarías a creer. Es un camino que no conoces. Tendrás que confiar en mí; con fiarás en
tu guía igual que Dante confió en el suyo cuando le llevaba a través de los distintos
reinos, tanto los de arriba como los de abajo.
—Eres el Adversario —dijo él.
—Sí —dijo Zina—. Lo soy.
 
Pero eso no es todo, pensó él. No es tan sencillo. Tú, la que conduces este vehículo,
eres un ser muy complicado, comprendió. Paradojas y contradicciones y, por encima de
todo, tu amor a los juegos. Tu deseo de jugar. Debo pensar en todo el asunto de esa
forma, como un juego, comprendió.
—Jugaré —dijo—. Estoy dispuesto.
—Bien. —Zina asintió con la cabeza—. ¿Puedes darme los cigarrillos de mi bolso? El
tráfico está empezando a ponerse algo denso; tendré problemas para encontrar un
aparcamiento.
Emmanuel hurgó en su bolso. Sin resultado.
—¿No puedes encontrarlos? Sigue buscando; están ahí.
—Tienes tantas cosas dentro de tu bolso... —Acabó encontrando el paquete de Salems
y se lo alargó.
—¿Cómo es que Dios no puede ni encenderle el cigarrillo a una mujer? —Zina cogió el
cigarrillo y lo puso en contacto con el encendedor del salpicadero.
—¿Qué sabe un niño de diez años de ese tipo de cosas? —preguntó él.
—Qué extraño —dijo ella—. Soy lo bastante vieja para ser tu madre, y aun así eres
más viejo que yo. Eso es una paradoja; ya sabías que aquí ibas a encontrar paradojas,
¿no? Mi reino abunda en ellas, como estabas pensando ahora mismo. ¿Quieres volver,
Yavé? ¿Quieres regresar al Jardín de las Palmeras? Ese sitio no es real y tú lo sabes. A
menos que logres infligirle una derrota decisiva a tu Adversario, seguirá sin ser real. Ese
mundo ha desaparecido, y ahora no es más que un recuerdo.
—Tú eres el Adversario —dijo él, perplejo—, pero no eres Belial.
—Belial se encuentra dentro de una jaula del zoológico de Washington —dijo Zina—.
En mi reino, claro. Como un ejemplo de vida extraterrestre... y un ejemplo más bien
deplorable. Una criatura de Sirio, del cuarto planeta del sistema de Sirio. La gente se
agolpa alrededor de su jaula para contemplarlo, boquiabierta.
Emmanuel se rió.
—Crees que estoy bromeando. Te llevaré al zoológico y te lo enseñaré.
—Creo que hablas en serio. —Volvió a reírse; estaba encantado—. El Maligno dentro
de una jaula del zoológico... ¿Cómo, con su propia temperatura, gravedad y atmósfera,
con sus alimentos importados? ¿Una forma de vida exótica?
—No le gusta ni pizca —dijo Zina.
—Ya me lo imagino. ¿Y qué tienes planeado para mí, Zina?
—La verdad, Yavé —dijo ella, muy seria—. Antes de que abandones este reino te
mostraré la verdad. Jamás sería capaz de meter al Señor nuestro Dios dentro de una
jaula... Puedes ir y venir por mi tierra como te venga en gana; aquí eres libre, Yavé,
totalmente libre. Te doy mi palabra.
—Vapores —dijo él—. La promesa de una zina.
Después de ciertas dificultades, Zina encontró un hueco donde estacionar su
aerocoche.
—De acuerdo —dijo—. Vamos a dar un paseo y veremos los cerezos en flor. Yavé; su
color es el mío. Su rosa..., es mi distintivo. Cada vez que veas esa luz rosada, es que yo
ando cerca de allí.
—Conozco ese color rosa —dijo él—. Es la respuesta de los fosfenos humanos al
espectro total del blanco, a la luz solar pura.
—Mira a la gente —indicó ella mientras cerraba las puertas del aerocoche.
Emmanuel miró a su alrededor. Y no vio a nadie. Los árboles cargados de flores se
alineaban a lo largo del Gran Estanque formando un semicírculo. Pero, aunque había
vehículos aparcados, no había nadie caminando por allí.
—Entonces, todo esto es un engaño... —murmuró.
—Yavé —dijo Zina—, estás aquí para que me sea posible retrasar tu gran y terrible día.
No quiero ver el mundo consumido. Quiero hacerte ver aquello que no ves. Aquí sólo
estamos nosotros dos: no hay nadie más, estamos solos. Poco a poco iré desplegando mi
reino ante ti, y cuando haya terminado retirarás tu maldición del mundo. Llevo años
observándote. He visto el disgusto que te inspira la raza humana, y me he dado cuenta de
que la consideras indigna e inútil. Pues bien, yo te digo que no lo es; no es digna de
morir..., tal y como dirías tú hablando en tu pomposa forma habitual. El mundo es
hermoso, yo soy hermosa, y los cerezos en flor son hermosos. El cajero robot del
banco..., incluso esa máquina es hermosa. El poder de Belial es una simple tapadera que
oculta el mundo real, y si atacas el mundo real, y has venido a la Tierra precisamente para
eso, entonces destruirás la belleza, la bondad y el encanto. ¿Recuerdas el perro
aplastado por el coche que agonizaba junto a la carretera? Recuerda lo que sentiste
acerca de él; recuerda lo que sabías sobre él. Recuerda el verso que Elijah compuso para
ese perro y esa muerte de perro. Recuerda la dignidad de aquel perro y, al mismo tiempo,
recuerda que el perro era inocente. Su muerte fue algo ordenado por una cruel necesidad.
Una necesidad cruel e injusta. El perro...
—Lo sé —dijo él.
—¿Qué sabes? ¿Que el perro fue tratado de una forma injusta? ¿Que nació para sufrir
un dolor injusto? No es Belial quien mató al perro; fuiste tú, Yavé, el Señor de los
Ejércitos. Belial no trajo la muerte a este mundo, porque la muerte siempre ha existido; en
este planeta la muerte es algo que se remonta a mil millones de años atrás, y lo que le
sucedió a ese perro..., ése es el destino de todas y cada una de las criaturas que has
creado. Lloraste por ese perro, ¿verdad? Creo que en aquel momento lo comprendías
todo, pero ahora lo has olvidado. Si he de recordarte algo, creo que escogería a ese perro
y lo que sentiste entonces; querría que te acordases de cómo ese perro te mostró el
Camino. Es el camino de la compasión, el más noble de todos los caminos, y creo que en
el fondo tú careces de esa compasión..., sí, eso creo. Estás aquí para destruir a Belial, tu
Adversario, no para emancipar a la humanidad; has venido aquí a traer la guerra. ¿Crees
que eso es algo bueno, digno de ti? No estoy segura. ¿Dónde está la paz que le
prometiste al hombre? Has venido con la espada, y millones de seres morirán; será el
perro agonizante multiplicado millones de veces. Lloraste por el perro, lloraste por tu
madre, e incluso lloraste por Belial, pero yo te digo que si quieres borrar todas las
lágrimas, tal y como dicen las Escrituras, lo que debes hacer es marcharte y abandonar
este mundo, porque el mal de este mundo, eso que tú llamas «Belial» y «tu Adversario»,
es una forma de ilusión. Los habitantes de este mundo no son malos. Este mundo no es
malo. No le hagas la guerra: tráele flores. —Alargó la mano y cogió una rama de cerezo
llena de flores; se la ofreció, y Emmanuel la tomó con expresión pensativa.
—Eres muy convincente —le dijo.
—Es mi trabajo —respondió ella—. Te hablo de todo esto porque lo conozco muy bien.
En ti no hay engaño ni mendacidad y en mí tampoco los hay, pero yo juego mientras que
tú maldices. ¿Quién de los dos ha encontrado el Camino? Durante dos mil años has
estado esperando el momento adecuado para poder introducirte en la fortaleza de Belial y
derribarle. Te sugiero que busques alguna otra ocupación. Camina conmigo y veremos las
flores. Es mejor. Y el mundo prosperará, como lo ha hecho siempre. Estamos en
primavera. Ahora es cuando crecen las flores, y conmigo están también la danza y el
sonido de las campanas. Oyes las campanas y sabes que su belleza es más grande que
el poder del mal. En ciertos aspectos, su belleza es más grande que tu propio poder,
Yavé, Señor de los Ejércitos. ¿No estás de acuerdo?
—Magia —dijo él—. Un hechizo.
—La belleza es un hechizo —respondió ella—, y la guerra es la realidad. ¿Quieres la
sobriedad de la guerra o la embriaguez de lo que ves ahora, aquí, en mi mundo? Ahora
estamos solos, pero más tarde aparecerán otros; personas con las que repoblaré mi
reino. ¿Sabes quién soy? No sabes quién soy pero acabaré llevándote paso a paso de
vuelta a tu trono, a ti que eres el Creador, y entonces sabrás quién soy. Has creído
saberlo, pero te equivocabas. Aún te quedan muchas cosas que adivinar..., tú que lo
sabes todo. No soy el Espíritu Santo y no soy Diana; no soy una zina; no soy Palas
Atenea. Soy algo distinto. Soy la reina de la primavera y, sin embargo, tampoco lo soy;
todo eso no son más que vapores, ilusiones, tal y como tú mismo has dicho. Lo que soy,
lo que realmente soy..., tendrás que averiguarlo por ti mismo. Y, ahora, vamos a pasear.
Fueron por el sendero, bajo los árboles, siguiendo el agua.
—Tú y yo somos amigos —dijo Emmanuel—. Siempre tiendo a escucharte.
—Entonces retrasa tu gran y terrible día. La muerte por el fuego no tiene nada de
bueno; es la peor de todas las muertes. Eres el calor solar que destruye las cosechas.
Hemos estado juntos durante cuatro años. Te he observado mientras ibas recobrando la
memoria, y he lamentado su regreso. Hiciste sufrir a esa pobre mujer que fue tu madre;
hiciste enfermar a tu propia madre, a la que dices amar y por la que lloraste. En vez de
hacerle la guerra al mal, cura al perro que agonizaba en la cuneta y limpia con ello tus
propias lágrimas. Cómo odiaba verte llorar... Llorabas porque estabas recuperando tu
propia naturaleza y la comprendías. Llorabas porque te dabas cuenta de lo que eras.
Emmanuel no dijo nada.
—Qué bien huele el aire —dijo Zina.
—Sí —dijo él.
—Haré volver a la gente —dijo ella—. Uno a uno, hasta que nos rodeen por todas
partes. Mírales, y cuando veas a uno al que desearías matar me lo dices, y yo volveré a
borrar a esa persona de la existencia. Pero debes mirar bien a la persona que te parezca
digna de morir..., debes ver en ella al perro aplastado que agonizaba. Sólo entonces
tienes el derecho de acabar con esa persona; sólo cuando lloras tienes el derecho a
destruir. ¿Comprendes?
—Basta —dijo él.
—¿Por qué no lloraste por el perro antes de que el coche le aplastara? ¿Por qué
esperaste hasta que fue demasiado tarde? El perro aceptó su situación, pero yo no la
acepto. Te aconsejo; soy tu guía. Lo que haces está mal. Escúchame. ¡Ponle fin!
—He venido a sacarles de la opresión —dijo él.
—Has sufrido daños. Lo sé; sé lo que le ocurrió a la Divinidad, cuál fue la crisis original.
No es ningún secreto para mí. Y, en tu estado actual, pretendes eliminar la opresión
mediante un gran y terrible día. ¿Te parece razonable? ¿Es así como liberas a los
prisioneros?
—Debo acabar con el poder de...
—¿Dónde está ese poder? ¿El gobierno? ¿Harms y Bulkowsky? Son unos idiotas; no
son más que payasos. ¿Quieres matarles? Tú fijaste la ley del talión, y yo te digo:
 
Habéis aprendido que estaba escrito: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo:
no ofrezcáis resistencia al malvado.
 
»Debes vivir según tus propias palabras; no debes ofrecerle resistencia a Belial, tu
Adversario. En mi reino su poder no está presente; él no está presente. Lo que hay aquí
no es más que una atracción metida en la jaula de un zoológico. Le alimentamos, le
damos agua y una atmósfera y temperatura adecuadas; intentamos hacer que la criatura
se encuentre tan cómoda como sea posible. En mi reino, nadie mata. Aquí no hay ningún
gran y terrible día que esperar, ni nunca lo habrá. Quédate en mi reino o haz de mi reino
tu reino, pero no acabes con Belial; no acabes con nadie, perdónales a todos. Entonces
no tendrás que llorar y todas las lágrimas serán limpiadas, tal y como prometiste.
—Eres Cristo —dijo Emmanuel.
—No, no lo soy —dijo Zina, riéndose.
—Le has citado.
—Incluso el diablo puede citar las Escrituras.
A su alrededor fueron apareciendo grupos de personas, vestidas con ropas veraniegas.
Hombres en mangas de camisa, mujeres con trajes estampados. Y, también, todos los
niños.
—La reina de las hadas —dijo—. Me seduces y me engañas. Me apartas del camino
con chispas de luz, con tus danzas, tus canciones y el sonido de las campanas; siempre
el sonido de las campanas...
—Las campanas son movidas por el viento —dijo Zina—. Y el viento dice la verdad.
Siempre. El viento del desierto. Ya lo sabes; te he visto escuchar al viento. Las campanas
son la música del viento; escúchalas.
Y entonces oyó las campanas de las hadas. Había muchas pequeñas campanas que
resonaban a lo lejos, no las campanas de iglesia, sino las campanas de la magia.
Era el sonido más bello que jamás hubiese escuchado.
—Ni yo mismo puedo producir ese sonido —le dijo a Zina—. ¿Que lo causa.
—Es el despertar —dijo Zina—. El sonido de las campanas te despierta. Te hacen salir
del sueño. Tú despertaste a Herb Asher del sueño mediante una tosca introyección; yo
despierto mediante la belleza.
Una suave brisa primaveral sopló alrededor de ellos, trayendo consigo todos los
vapores de su reino.
 
 
13
 
Estoy siendo envenenado, se dijo Emmanuel. Los vapores de su reino me envenenan y
minan mi voluntad.
—Te equivocas —dijo Zina.
—Me siento menos fuerte.
—Sientes menos indignación. Vamos a buscar a Herb Asher. Quiero que esté con
nosotros. Voy a reducir el área de nuestro juego; lo adaptaré especialmente a él.
—¿De qué forma?
—Lucharemos por él —dijo Zina—. Ven. —Y le hizo una seña al niño para que la
siguiera.
 
Herb Asher estaba sentado en el bar con un vaso de escocés con agua ante él. Ya
llevaba más de una hora esperando, pero la actuación de aquella noche aún no había
empezado. El lugar estaba repleto de gente. Un ruido continuo agredía sus oídos. Pero,
aunque el precio de la entrada era bastante elevado, valía la pena.
—No entiendo qué ves en ella —dijo Rybys, sentada frente a él.
—Si consigue que alguien se fije en ella, llegará muy lejos —dijo Herb. Se preguntó si
los cazatalentos de las compañías discográficas acudirían a la Cierva Dorada. Espero que
lo hagan, se dijo.
—Me están entrando ganas de marcharme. No me encuentro bien. ¿No podemos
irnos?
—Si puedes aguantar, preferiría quedarme.
Rybys tomó un nervioso sorbo de su bebida.
—Hay tanto ruido... —dijo, y su voz apenas si resultó audible.
Herb miró su reloj.
—Ya casi son las nueve. Su primera actuación es a las nueve.
—¿Quién es? —preguntó Rybys.
—Una cantante nueva, bastante joven —dijo Herb Asher—. Ha adaptado los libros de
laúd escritos por John Dowland al...
—¿Quién es John Dowland? Nunca he oído hablar de él.
—Un inglés de finales del siglo XVI. Linda Fox ha modernizado sus canciones para
laúd; fue el primer compositor que escribió para cantantes solistas; antes de eso siempre
había cuatro o más personas cantando..., la vieja forma llamada madrigal. No puedo
explicarlo; tendrás que esperar a oírla.
—Si es tan buena, ¿por qué no sale en la televisión? —dijo Rybys.
—Ya saldrá —dijo Herb.
Las luces del escenario empezaron a encenderse. Tres músicos saltaron a él y
empezaron a manipular el sistema de audio. Cada uno llevaba un vibrolaúd.
Una mano tocó a Herb Asher en el hombro.
—Hola.
Cuando alzó la mirada vio a una joven a la que no conocía. Pero ella sí parece
conocerme, pensó.
—Lo siento... —empezó a decir.
—¿Podemos sentarnos? —La mujer, hermosa, vestida con una blusa a flores, tejanos
y con un bolso colgando del hombro, cogió una silla y tomó asiento junto a Herb Asher—.
Siéntate, Manny —le dijo a un niño que seguía de pie junto a la mesa, con cara de no
hallarse muy a gusto. Qué niño tan guapo, pensó Herb Asher. ¿Cómo ha logrado meterse
aquí dentro? Se supone que no dejan entrar a menores de edad.
—¿Son amigos tuyos? —preguntó Rybys.
—Herb no me había visto desde la universidad —dijo la joven de cabellos oscuros—.
¿Qué tal estás, Herb? ¿No me reconoces? —Extendió la mano hacia él y Herb la tomó,
casi por reflejo, y al estrechar sus dedos la recordó.
Habían estado juntos en un curso de ciencias políticas.
—Zina —dijo, encantado—. Zina Palas.
—Éste es mi hermano pequeño —dijo Zina, indicándole al niño que tomara asiento—.
Manny, Manny Palas.
—Y, volviéndose hacia Rybys, dijo: —Herb no ha cambiado ni pizca. Supe que era él
nada más verle. ¿Habéis venido para ver a Linda Fox? Nunca la he oído; dicen que es
realmente buena.
—Es muy buena —dijo Herb, complacido al verse apoyado por ella.
—Hola, señor Asher —dijo el niño.
—Me alegra conocerte, Manny. —Estrechó la mano del niño—. Esta es mi mujer,
Rybys.
—Así que estáis casados —dijo Zina—. ¿Os importa que fume? —Encendió un
cigarrillo—. Siempre estoy intentando dejarlo, pero cuando lo dejo empiezo a comer
mucho y engordo como una cerda.
—Tu bolso, ¿es de cuero auténtico? —preguntó Rybys, con cara de interés.
—Sí. —Zina se lo alargó.
—Nunca había visto un bolso de cuero —dijo Rybys.
—Ahí está —dijo Herb Asher. Linda Fox acababa de aparecer en el escenario; el
público aplaudió.
—Si piensa triunfar, debería perder algo de peso —dijo Zina, recuperando su bolso—.
No es que esté mal, pero...
—Oye, ¿estás obsesionada con el peso o qué? —preguntó Herb Asher, irritado.
—Herbert, Herbert —dijo el niño, levantando la voz.
—¿Sí? —Herb se inclinó hacia él para oír mejor.
—Recuerda —dijo el niño.
¿Recordar qué?, fue a responderle él, perplejo, pero entonces Linda Fox cogió el
micrófono, entrecerró los ojos y empezó a cantar. Tenía el rostro más bien redondo y lo
que casi llegaba a ser una papada, pero su cutis era muy hermoso y, lo más importante
de todo para él, poseía unas largas pestañas que se agitaban mientras cantaba... Las
pestañas le fascinaron, dejándole tan inmóvil como si estuviera en trance. Linda vestía un
traje muy escotado, e incluso desde donde estaba sentado Herb podía ver el contorno de
sus pezones; no llevaba sostén.
 
¿Tengo que demandaros? ¿Debo pedir compasión?
¿Debo rezar? ¿He de intentarlo otra vez?
¿Tengo que luchar para alcanzar la alegría divina con un amor de este mundo?
 
—Odio esa canción —dijo Rybys en voz bastante alta—. Ya la he oído antes.
Unas cuantas personas silbaron pidiéndole que se callara.
—Pero no cantada por ella —dijo Rybys—. Ni tan siquiera es original. Esa canción... —
No llegó a completar la frase, pero estaba claro que no se encontraba nada a gusto.
—No has podido oír «Tengo que demandaros» antes —le dijo Herb Asher a su mujer
apenas la canción hubo terminado y el público empezó a aplaudir—. Sólo Linda Fox la
canta.
—Lo que pasa es que a ti te gusta mirarle los pezones —dijo Rybys.
—Señor Asher, ¿podría acompañarme al lavabo? —le dijo el niño a Herb Asher.
—¿Ahora? —dijo él, disgustado—. ¿No puedes esperar a que haya terminado de
cantar?
—Ahora, señor Asher —dijo el niño.
De mala gana, Herb guió a Manny por entre el laberinto de mesas hasta las puertas
que había en la parte trasera del local. Pero, antes de que entraran en el lavabo, Manny le
hizo detenerse.
—Puede verlo mejor desde aquí —dijo Manny.
Era cierto. Se encontraba mucho más cerca del escenario. Él y el niño se quedaron
inmóviles y en silencio mientras Linda Fox cantaba «No lloréis más, tristes manantiales».
—No lo recuerdas, ¿verdad? —dijo Manny en cuanto la canción hubo terminado—. Ella
te tenía bajo un encantamiento. Despierta, Herbert Asher. Me conoces muy bien y yo te
conozco bien a ti. Linda Fox no canta sus canciones en algún oscuro local de Hollywood;
es famosa en toda la galaxia. Es la artista más importante de esta década. El prelado jefe
y el procurator máximus la invitan a...
—Va a cantar otra vez —dijo Herb Asher, interrumpiéndole.
Apenas si había oído las palabras del niño, y no tenían ningún sentido para él. Un niño
que balbucea tonterías, pensó, impidiéndome escuchar a Linda Fox. Justo lo que
necesitaba.
—Herbert, Herbert —dijo Manny, después de que la canción hubiera terminado—.
¿Quieres conocerla? ¿Es eso lo que deseas?
—¿Qué? —murmuró él, sus ojos y toda su atención clavados en Linda Fox. Dios,
pensó; menuda figura tiene. Da la impresión de que ese vestido se le vaya a caer de un
momento a otro. Ojalá mi esposa tuviera un cuerpo como ése, pensó.
—Cuando haya terminado pasará por aquí —dijo Manny—. No te muevas de este sitio,
Herb Asher, y ella pasará justo a tu lado.
—Estás bromeando —dijo él.
—No —dijo Manny—. Tendrás lo que más deseas..., aquello en lo que soñabas tendido
sobre el catre de tu cúpula.
—¿Qué cúpula? —preguntó él.
—Cómo has caído del cielo, brillante estrella matutina, precipitándote... —dijo Manny.
—¿Te refieres a una cúpula de esos planetas-colonia? —dijo Herb Asher.
—No hay forma de conseguir que me escuches, ¿verdad? —dijo Manny—. Si pudiera
explicarte...
—Viene hacia aquí —dijo Herb Asher—. ¿Cómo lo sabías? —Dio unos cuantos pasos
hacia ella. Linda Fox caminaba rápidamente, a pasos pequeños, con una expresión de
amable dulzura en su rostro.
—Gracias —le estaba diciendo a quienes le dirigían la palabra. Se detuvo un instante
para darle un autógrafo a un joven negro elegantemente vestido.
—Señor, tendrá que sacar de aquí a este niño —le dijo una camarera a Herb Asher,
dándole un golpecito en la espalda—. No podemos tener menores en el local.
—Lo siento —dijo Herb Asher.
—Ahora mismo —dijo la camarera.
—De acuerdo —dijo él; cogió a Manny por el hombro y le llevó nuevamente hacia la
mesa, de mala gana, sintiéndose enormemente desgraciado. Y, mientras se alejaba, vio
por el rabillo del ojo cómo la Fox pasaba justo por donde él y el niño habían estado.
Manny tenía razón. Unos pocos segundos más y habría podido intercambiar unas
palabras con ella, y quizás ella le habría respondido.
—Desea engañarte, Herb Asher —dijo Manny—. Te lo ha ofrecido por un segundo y ha
vuelto a quitártelo. Si tanto quieres conocer a Linda Fox..., bueno, veré qué puedo hacer
al respecto; te lo prometo. Recuerda esto, porque ocurrirá. No consentiré que se te
engañe.
—No sé de qué me estás hablando —dijo Herb—, pero si pudiera conocerla...
—La conocerás —dijo Manny.
—Eres un niño muy extraño —murmuró Herb Asher. Cuando pasaron bajo una de las
luces del techo se fijó en algo que le hizo sobresaltarse; se detuvo y, cogiendo a Manny
por el hombro, lo colocó directamente bajo la luz. Eres igual que Rybys, pensó. Por un
instante sintió que un relámpago de memoria desgarraba su ser; su mente pareció abrirse
de golpe, como si unos espacios inmensos la hubieran inundado, como si todo un cosmos
de estrellas estuviera dentro de su cabeza.
—Herbert —dijo el niño—, ella no es real. Linda Fox..., no es más que un fantasma
tuyo. Pero yo puedo hacerla real; puedo conferirle la existencia... Yo soy quien convierte
lo irreal en real, y puedo hacer que ella sea real para ti.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Rybys cuando llegaron a la mesa.
—Manny tiene que marcharse de aquí —le dijo Herb a Zina Palas—. Órdenes de la
camarera. Supongo que tendréis que iros. Lo siento.
Zina cogió su bolso y sus cigarrillos y se puso en pie.
—Lo siento. Me temo que no os he dejado ver a la Fox...
—Vayamos con ellos —dijo Rybys, y también se puso en pie—. Herb, me duele la
cabeza; me gustaría salir de aquí.
—Está bien —dijo él, resignado. Me han engañado, pensó. Eso era lo que Manny había
dicho, ¿no? No consentiré que se te engañe. Y eso es justamente lo que ha sucedido,
comprendió; me han engañado, me han robado la noche. Bueno, otra vez será. Resultaría
muy interesante hablar con ella, quizás incluso conseguir su autógrafo. De cerca podría
ver que sus pestañas son falsas, pensó. Cristo, se dijo; qué deprimente... Quizá también
sus pechos sean falsos. Hay rellenos para eso. Sintió una aguda decepción, y también él
deseó marcharse de aquel sitio.
Esta noche nada ha salido bien, pensó mientras escoltaba a Rybys, Zina y Manny del
interior del local a la oscura calle de Hollywood. Había esperado tanto de ella... y entonces
recordó lo que el niño había dicho, aquellas cosas tan extrañas y el nanosegundo de
recuerdos que le habían dejado confundido: escenas que habían aparecido en su mente
con tal brevedad y, sin embargo, de una forma tan convincente... Este niño no es un niño
corriente, comprendió. Y su parecido con mi mujer... Ahora que están juntos me doy
cuenta de cómo se parecen. Podría ser su hijo. Increíble. Se estremeció, pese a que la
atmósfera era más bien cálida.
—Satisfice sus deseos —dijo Zina—; le di lo que soñaba. Todos esos meses que se
pasó tumbado en su catre, con sus cintas y sus pósters tridimensionales de la Fox...
—No le diste nada —dijo Emmanuel—. De hecho, le robaste. Le quitaste algo.
—La Fox es un producto de los medios de comunicación —dijo Zina. Los dos iban
caminando lentamente por la acera, volviendo a su aerovehículo por entre la noche de
Hollywood—. Eso no es culpa mía. No se me puede culpar de que Linda Fox no sea real.
—Aquí, en tu reino, esa distinción no significa nada.
—¿Qué puedes darle tú? —preguntó Zina—. Sólo enfermedades..., la enfermedad de
su esposa. Y su muerte a tu servicio. ¿Acaso tu regalo es mejor que el mío?
—Le hice una promesa, y yo nunca miento —dijo Emmanuel. Cumpliré esa promesa,
se dijo. En este reino o en el mío; no importa en cuál de los dos sitios, pero haré que
Linda Fox sea real. Ése es el poder que poseo, y no es el poder del encantamiento; es el
don más precioso de todos: la realidad.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Zina.
—Mejor ser un perro vivo que un príncipe muerto —dijo Manny.
—¿Quién lo ha dicho?
—El sentido común.
—¿Y qué pretendes decir con eso? —quiso saber Zina.
—Quiero decir que tu encantamiento no le dio nada y el mundo real...
—El mundo real le puso en suspensión criónica durante diez años —dijo Zina—.
¿Acaso un sueño hermoso no es mejor que una realidad cruel? ¿Prefieres sufrir en la
realidad o disfrutar en los dominios de...? —Se calló.
—La intoxicación —dijo él—. En eso consiste tu dominio; es un mundo de ebriedad.
Está borracho de bailes y alegría. Yo afirmo que la cualidad de lo real es más importante
que cualquier otra realidad, porque en cuanto la realidad deja de existir ya no queda nada.
Un sueño no es nada. No estoy de acuerdo contigo; yo digo que has engañado a Herb
Asher. Digo que lo que le hiciste fue algo muy cruel. Vi cómo reaccionaba; pude calibrar
su decepción. Y me encargaré de compensarle.
—Harás real a la Fox.
—¿Quieres apostar a que no puedo?
—Apuesto a que no importa —dijo Zina—. Real o no, carece de ningún valor; no
habrás conseguido nada.
—Acepto la apuesta —dijo él.
—Pues, entonces, sellémoslo con un apretón de manos. —Y le alargó la mano.
Se dieron la mano, inmóviles bajo la cegadora luz artificial que bañaba la acera de
Hollywood.
 
—En mi reino muchas cosas son distintas —dijo Zina mientras volaban de regreso a
Washington—. Quizá te gustaría conocer al Presidente del Partido, Nicholas Bulkowsky...
—¿No es el procurator? —preguntó Emmanuel.
—El Partido Comunista no tiene el poder mundial que tú estás acostumbrado a ver. El
término «Legado Científico» resulta desconocido aquí. Y Fulton Statler Harms no es el
prelado jefe de la ICI, dado que no existe ninguna Iglesia Cristiano-Islámica. Es un
cardenal de la Iglesia Católica Romana; no controla las vidas de millones de personas.
—Eso es bueno —dijo Emmanuel.
—Entonces, al menos he sido capaz de hacer cosas buenas en mi dominio —dijo
Zina—. ¿No estás de acuerdo? Porque, si estás de acuerdo...
—Sí, todo eso es bueno —dijo Emmanuel.
—De acuerdo, dime lo que no te gusta.
—Es una ilusión. En el mundo real los dos hombres ostentan el poder; juntos controlan
el planeta.
—Te voy a explicar algo que no comprendes —dijo Zina—. Hemos hecho cambios en
el pasado. Nos ocupamos de que ni el LC ni la ICI cobraran existencia. El mundo que ves
aquí, mi mundo, es un mundo alternativo al tuyo, y tan real como ése.
—No te creo —dijo Emmanuel.
—Hay muchos mundos.
—Soy el único generador de mundos —dijo él—. Nadie más que yo puede crear
mundos. Soy El que hace existir. Tú eres incapaz de eso.
—Sin embargo...
—No lo entiendes —dijo Emmanuel—. Hay muchas potencialidades que no llegan a
convertirse en realidades. Yo selecciono de entre esas potencialidades las que prefiero y
les confiero la realidad.
—Pues entonces has escogido muy mal. Habría sido mucho mejor que ni el LC ni la ICI
llegaran a existir.
—Entonces, ¿admites que tu mundo no es real? ¿Qué es una falsificación?
Zina vaciló durante unos segundos.
—Nuestras interferencias con el pasado causaron derivaciones en puntos cruciales.
Llámalo magia si quieres, o llámalo tecnología; sea cual sea el caso, podemos entrar en el
retrotiempo y eliminar los errores de la historia. Y eso hemos hecho. En este mundo
alternativo, Harms y Bulkowsky son figuras de poca categoría... Existen, pero no igual que
en tu mundo. Hay que escoger entre dos mundos igualmente reales.
—Y Belial... —dijo él—. Belial está en una jaula del zoológico, y la gente acude en
tropel para contemplarle, boquiabierta.
—Correcto.
—Mentiras —dijo él—. No son más que fantasías, ensueños. No puedes construir un
mundo basándote en los deseos. El cimiento de la realidad resulta algo feo porque no
puedes ofrecer hermosos paisajes falsos; debes adherirte a lo que es posible: la ley de la
necesidad. Ése es el gran limite de la realidad: la necesidad. No importa cuál sea la
realidad, existe porque debe existir; porque no puede ser de otra forma. La realidad no
existe porque alguien la desee, sino porque debe ser así..., justa y exactamente así, hasta
el más pequeño detalle. Lo sé porque yo la creo. Tú tienes tu trabajo y yo tengo el mío, y
lo comprendo; comprendo la ley de la necesidad.
Pasado un momento, Zina dijo:
 
Los bosques de Arcadia han muerto,
y su antigua alegría se ha esfumado;
antes el mundo se alimentaba de sueños;
ahora la Gris Verdad es su juguete;
pero aun así su inquieta cabeza sigue agitándose.
 
—Es el primer poema de Yeats —concluyó Zina.
—Conozco ese poema —dijo Emmanuel—. Termina así:
 
Pero, ¡ah!, ahora ya no sueña; ¡sueña tú!
Pues es hermoso llevar la frente cubierta de amapolas:
sueña, sueña, pues también ahí está la certeza.
 
—«Certeza» significa aquí «verdad» —le explicó.
—No hace falta que me lo expliques —dijo Zina—. Y en realidad no estás de acuerdo
con ese poema, ¿verdad?
—La gris verdad es mejor que el sueño —dijo él—. También ahí está la certeza. La
verdad final es que la verdad es mejor que cualquier mentira, por consoladora que resulte
esa mentira. Desconfío de este mundo porque es demasiado dulce y agradable. Tu
mundo es demasiado hermoso para ser real. Tu mundo no es más que un capricho de la
fantasía. Cuando Herb Asher vio a la Fox estaba viendo un engaño, y ese engaño es lo
que se oculta en el corazón de todo tu mundo. —Y yo acabaré con ese engaño, se dijo.
Lo sustituiré por la verdad, se dijo. Algo que tú no entiendes.
La Fox como realidad le resultaría más aceptable a Herb Asher que cualquier sueño de
la Fox. Estoy seguro de ello; pongo todo en juego basándome en esa seguridad. Éste es
el punto decisivo donde venceré o seré derrotado.
—Correcto —dijo Zina.
—Cualquier realidad demasiado satisfactoria es sospechosa —dijo Emmanuel—. La
marca de fábrica de lo fraudulento es que acaba convirtiéndose siempre en lo que tú
desearías que fuese. Y eso es lo que veo aquí. Te gustaría que Nicholas Bulkowsky no
fuese un hombre de enorme influencia; te gustaría que Fulton Harms fuese una figura sin
importancia, no parte de la historia. Tu mundo te sigue la corriente, y eso lo delata y
revela qué es en realidad. Mi mundo es tozudo. No se rinde. Un mundo implacable y
recalcitrante es un mundo real.
—Un mundo que mata a quienes se ven obligados a vivir en él.
—Hay algo más que eso. Mi mundo no es tan malo; en él hay muchas otras cosas,
aparte del dolor y la muerte. En la Tierra, la auténtica Tierra, hay también belleza y alegría
y... —No terminó la frase. Había sido engañado. Zina había vuelto a ganar.
—Entonces, la Tierra no es tan mala —dijo ella—. No debería ser consumida por el
fuego. Pese a que esté gobernada por Belial... Eso mismo es lo que te dije mientras
caminábamos por entre los cerezos y tú no estabas de acuerdo. ¿Qué dices ahora, Señor
de los Ejércitos, Dios de Abraham? ¿Acaso no acabas de probar que yo estaba en lo
cierto?
—Eres muy inteligente, Zina —admitió.
Los ojos de Zina centellearon y le sonrió.
—Entonces, detén el día grande y terrible del que hablas en las Escrituras, tal y como
te había suplicado antes.
Por primera vez Emmanuel tuvo la sensación de haber sido derrotado. Su agradable
palabrería ha terminado por engañarme, comprendió. Qué inteligente es; qué astuta.
—Tal y como se dice en las Escrituras —citó Zina:
 
Soy la Sabiduría, que confiere la astucia y muestra el camino hacia el conocimiento y la
prudencia.
 
—Pero tú me dijiste que no eras el Espíritu Santo —protestó él—. Me dijiste que sólo
fingías serlo.
—Discernir quién soy es cosa tuya. Eres tú quien debe descifrar mi identidad; no seré
yo quien te resuelva el problema.
—Y, mientras tanto..., trucos.
—Sí —dijo Zina—, porque sólo mediante ellos aprenderás.
—¡Me estás engañando para que despierte! —exclamó él, mirándola fijamente—. ¡Igual
que yo desperté a Herb Asher!
—Quizá.
—¿Eres mi estímulo desinhibidor? —Y, sin apartar los ojos de ella, añadió—: Pienso
que te creé para que me devolvieras la memoria, para que me hicieras ser de nuevo yo
mismo.
—Para guiarte de regreso a tu trono —dijo Zina.
—¿Te creé?
Zina siguió conduciendo el aerovehículo sin decir nada.
—Respóndeme —insistió él.
—Quizá —dijo Zina.
—Si te he creado, entonces puedo...
—Creaste todas las cosas —dijo Zina.
—No te entiendo. No consigo seguirte. Bailas ante mí y acabas alejándote.
—Pero, mientras yo hago eso, tú vas despertando —dijo Zina.
—Sí —admitió él—. Y, eso me hace pensar que tú eres el estímulo desinhibidor que
preparé hace mucho tiempo, sabiendo que mi cerebro sería dañado y que perdería la
memoria. Estás devolviéndome mi identidad, Zina. Por eso..., creo que sé quién eres.
—¿Quién soy? —preguntó ella, volviendo la cabeza.
—No voy a decirlo. Y no puedes leerlo en mi mente porque acabo de suprimir ese
conocimiento. Lo hice nada más pensar en él. —Porque era algo excesivo para mí,
comprendió; porque ni tan siquiera yo podía creerlo. Siguieron avanzando hacia el
Atlántico y Washington.
 
 
14
 
Herb Asher se sentía dominado por la convicción de que había conocido a Manny
Palas en algún otro momento, quizás en otra vida. ¿Cuántas vidas llegamos a tener?, se
preguntó. ¿Estaremos grabados en cintas? ¿No será que alguien ha vuelto a poner la
cinta?
—Ese niño se parecía mucho a ti —le dijo a Rybys.
—¿Ah, sí? No me he fijado. —Rybys, como de costumbre, estaba intentando hacer un
vestido siguiendo unos patrones y, como de costumbre, no lo estaba consiguiendo; la sala
estaba llena de trozos de tela, aparte de platos sucios, ceniceros repletos de colillas y
revistas arrugadas y llenas de manchas.
Herb decidió consultar con su socio, un negro de mediana edad llamado Elijah Tate. Él
y Tate llevaban ya varios años juntos como propietarios de un negocio que vendía
sistemas de alta fidelidad. Pero Tate consideraba que su negocio, Electronic Audio, era
algo colateral: su interés básico en la vida era su labor misionera. Tate predicaba en una
pequeña iglesia del extrarradio, y su público era casi todo negro. Su mensaje siempre
consistía en estas palabras:
 
¡ARREPENTÍOS!
¡EL REINO DE DIOS SE APROXIMA!
 
A Herb Asher aquello le parecía una ocupación bastante extraña para un hombre tan
inteligente, pero, en última instancia, eso era problema de Tate, y raramente hablaban del
asunto.
—La noche anterior fui a un club de Hollywood y conocí a un niño muy extraño —le dijo
Herb a su socio mientras estaban sentados en la sala de audición de la tienda.
—¿Y qué hacías tú en Hollywood? —murmuró Tate, que estaba montando un nuevo
regulador láser—. ¿Intentabas meterte en el cine o qué?
—Fui para ver actuar a una cantante nueva llamada Linda Fox.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Es terriblemente sexy y muy buena —dijo Herb—. Ella...
—Estás casado.
—Pero puedo soñar —dijo Herb.
—Quizá te gustaría invitarla a que firmara autógrafos en la tienda, ¿eh?
—Nuestra tienda no se dedica a ese tipo de cosas.
—Bueno, nuestra tienda se llama Electronic Audio, y ella canta. Eso es algo auditivo,
¿no? ¿O es que no se la oye?
—Que yo sepa no ha grabado ninguna cinta, no tiene ningún disco ni ha estado en
televisión. La oí por casualidad el mes pasado, cuando estaba en la exposición del
Anaheim Trade Center. Ya te dije que deberías haber venido conmigo.
—El sexo es la enfermedad de este mundo —dijo Tate—. Estamos metidos en un
planeta lujurioso y enloquecido.
—Y acabaremos yéndonos al infierno.
—Eso espero —dijo Tate.
—Oye, ¿sabes que te estás quedando anticuado? De veras. Tienes un código moral
que se remonta a las Edades Oscuras.
—Oh, no, es anterior a eso —dijo Tate. Colocó un disco sobre el plato y puso en
marcha el equipo. Su osciloscopio mostró que la pauta de giro estaba bastante bien pero
no era perfecta; Tate frunció el ceño.
—Casi llegué a conocerla. Estuve tan cerca; cuestión de segundos... Nunca he visto de
cerca a una mujer que resulte tan atractiva como ella. Tendrías que verla. Sé que llegará
hasta la cumbre, es una corazonada...
—Está bien —dijo Tate, con voz cargada de paciencia—. Me parece estupendo.
Escríbele una carta contándole que eres fan suyo. Anda, explícaselo.
—Elijah —dijo Herb—, el niño que conocí anoche... Se parecía mucho a Rybys.
El negro alzó la cabeza y le miró.
—¿De veras?
—Si Rybys fuese capaz de poner algo de orden en su maldita cabeza, aunque sólo
fuera por un segundo, quizá se hubiera dado cuenta. Es incapaz de concentrarse, eso es
lo que pasa. No miró al chico ni una sola vez. Podría haber sido su hijo.
—Quizá hay algo de lo que no estás enterado.
—Olvídalo —dijo Herb.
—Me gustaría ver a ese niño —dijo Elijah.
—Tengo la sensación de haberle conocido antes, en alguna otra vida. Durante un
segundo fue como si empezara a recordarlo todo y entonces... —Agitó la mano—. Lo
perdí. No logré atraparlo. Y había más..., como si recordara todo un mundo distinto a éste.
Otra vida totalmente diferente.
Elijah dejó de trabajar en el equipo.
—Descríbemela.
—Tú eras más viejo. Y no eras negro. Eras un anciano y vestías túnica. Yo no estaba
en la Tierra; pude ver un paisaje helado, y no era de la Tierra. Elijah... ¿Crees que puedo
ser una criatura de otro planeta, y que algún poder haya colocado falsos recuerdos en mi
mente, recuerdos que cubren a los auténticos? Y el niño, el ver al niño... ¿Crees que eso
pudo hacer que los recuerdos auténticos empezaran a regresar? Y estaba convencido de
que Rybys se encontraba muy enferma. De hecho, estaba a punto de morirse. Y había
algo sobre agentes de Inmigración con armas.
—Los agentes de Inmigración no llevan armas.
—Y una nave. Un largo viaje a grandes velocidades. Una gran premura. Y, por encima
de todo..., una presencia. Una presencia muy extraña. No era humana. Quizá fuera un
extraterrestre, un miembro de esa raza de la cual formo parte. Alguien de mi planeta natal.
—Herb, tienes la cabeza llena de pájaros —dijo Elijah.
—Lo sé. Pero durante un segundo experimenté todo lo que te he contado. Y..., escucha
esto. —Empezó a mover las manos, muy nervioso—. Un accidente. Nuestra nave
estrellándose contra otra nave. Mi cuerpo lo recordó; recordó la conmoción, el trauma.
—Ve a un hipnoterapeuta —dijo Elijah—. Haz que te ponga en trance y te haga
recordar. Está clarísimo que eres un alienígena programado para hacer saltar el mundo
en pedazos. Probablemente llevas una bomba implantada.
—Eso no tiene gracia —dijo Herb.
—De acuerdo; vienes de una sabia y superavanzada noble raza espiritual, y has sido
enviado aquí para iluminar a la humanidad. Para salvarnos.
Y la mente de Herb Asher se llenó de recuerdos que se desvanecieron un segundo
después. Casi al instante.
—¿Qué pasa? —preguntó Elijah, mirándole con atención.
—Más recuerdos. Cuando dijiste eso.
—Ojalá leyeras la Biblia de vez en cuando —dijo Elijah después de un momento de
silencio.
—Mi misión tenía algo que ver con la Biblia —dijo Herb.
—Quizá seas un mensajero —dijo Elijah—. Quizá tienes que entregarle un mensaje al
mundo. Un mensaje de Dios.
—Deja de tomarme el pelo.
—No te tomo el pelo —dijo Elijah—. Ahora no. —Y, al parecer, así era; su negro rostro
se había puesto muy serio.
—¿Qué pasa? —dijo Herb.
—Algunas veces creo que este planeta se encuentra bajo un hechizo —dijo Elijah—.
Estamos dormidos o en trance, y algo nos hace ver lo que ese algo quiere que veamos, y
recordamos y pensamos lo que quiere que recordemos y pensemos. Lo cual quiere decir
que somos lo que ese algo quiere que seamos... Y, a su vez, eso significa que no
tenemos ninguna auténtica existencia propia. Nos encontramos sometidos a los caprichos
de algo.
—Qué extraño —dijo Herb Asher.
—Sí —dijo su socio—. Es muy extraño.
 
Al final de la jornada, mientras Herb Asher y su socio se preparaban para cerrar la
tienda, una joven vestida con una chaqueta de ante, tejanos, mocasines y un pañuelo rojo
atado a la cabeza entró en el local.
—Hola —le dijo a Herb, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta—. ¿Qué
tal estás?
—Zina —dijo él, contento de verla. Y una voz dentro de su cabeza dijo: ¿Cómo te ha
encontrado? Esto se encuentra a casi cinco mil kilómetros de Hollywood. Mediante algún
ordenador y con un anuario de locales, probablemente. Aun así..., tuvo la sensación de
que algo no andaba bien. Pero Herb no era de los que rechazan la visita de una chica
guapa.
—¿Tienes tiempo para tomar una taza de café? —preguntó ella.
—Claro —dijo él.
Poco después estaban sentados el uno frente al otro ante una mesa en un restaurante
cercano.
—Quiero hablar contigo sobre Manny —dijo Zina, mientras removía la crema y el
azúcar de su café.
—¿Por qué se parece a mi mujer? —preguntó él.
—¿Se parece? No me había fijado. Manny está muy preocupado porque tiene la
impresión de que te impidió conocer a Linda Fox.
—No estoy seguro de que fuera culpa suya.
—Ella venía directamente hacia ti.
—Venía en dirección nuestra, pero eso no demuestra que hubiera acabado
conociéndola.
—Manny quiere que la conozcas. Herb, se siente terriblemente culpable; no pudo
dormir en toda la noche.
—¿Y qué se propone hacer al respecto? —quiso saber Herb, perplejo.
—Quiere que le escribas una carta diciéndole que eres fan de ella. Explicándole la
situación. Está convencido de que te responderá.
—No es probable.
—Le harías un gran favor a Manny —dijo Zina en voz baja—. Incluso si no te contesta.
—Preferiría volver a verte a ti —dijo él. Había sopesado cuidadosamente sus palabras
antes de pronunciarlas; midiéndolas y calculando sus posibles efectos.
—¿Eh? —Zina alzó la mirada. ¡Qué ojos tan negros!
—A los dos. A ti y a tu hermano pequeño.
—Manny ha sufrido ciertos daños cerebrales. Su madre resultó herida en un accidente
aéreo cuando estaba embarazada de él. Manny pasó varios meses dentro de un útero
sintético, pero no lograron meterle en él a tiempo. Así que... —Tabaleó con los dedos
sobre la mesa—. No es normal. Ha estado yendo a una escuela especial. Sus daños
neurólogicos hacen que a veces tenga ideas realmente muy extrañas. Por ejemplo... —
Vaciló—. Bueno, qué diablos. Dice que es Dios.
—Entonces mi socio tendría que conocerle —dijo Herb Asher.
—Oh, no —dijo ella, agitando vigorosamente la cabeza—. No quiero que vea a Elijah.
—¿Cómo sabes que se llama Elijah? —preguntó él, volviendo a tener esa peculiar
sensación, como un aviso de algo.
—Antes pasé por tu apartamento y estuve conversando con Rybys. Pasamos varias
horas juntas; me habló de la tienda y de Elijah. Si no, ¿cómo crees que podría haber
encontrado tu tienda? No viene a tu nombre en el anuario.
—Elijah es un obseso de la religión —dijo él.
—Eso es lo que me contó Rybys, y por eso no quiero que Manny le conozca. Lo único
que harían sería embriagarse mutuamente con sus delirios teológicos.
—Pues yo creo que Elijah tiene la cabeza muy bien puesta encima de los hombros —
respondió él.
—Sí, y en muchos aspectos Manny también es de lo más normal. Pero, si juntas a dos
personas religiosas, y las dos están un poco... Bueno, ya sabes. Empezarán a hablar de
Jesucristo y el fin del mundo, la batalla del Armagedón, la conflagración final... —Se
estremeció—. Es algo que me da escalofríos. La condenación y el fuego del infierno...
—Tienes razón, Elijah está muy metido en todo eso —admitió Herb. Tenía la impresión
de que Zina ya lo sabía. Probablemente Rybys se lo había contado; ésa debía ser la
explicación.
—Herb —dijo Zina—, ¿quieres hacerle a Manny ese favor que te pide? ¿Le escribirás
una carta a la Fox...?
—Y su expresión cambió bruscamente.
—«La Fox» —dijo él—. Me pregunto si acabarán refiriéndose a ella de esa forma...
Desde luego, tiene un gran talento natural.
—¿Escribirás a Linda Fox y le dirás que te gustaría conocerla? —siguió diciendo
Zina—. Pregúntale dónde va a actuar; las fechas de esas presentaciones en clubs se fijan
con mucha antelación. Dile que eres propietario de una tienda de alta fidelidad. No es muy
conocida; no se trata de una de esas estrellas famosas en toda la nación que reciben
toneladas de cartas. Manny está seguro de que te contestará.
—Claro que lo haré —dijo él.
Zina sonrió y sus oscuros ojos bailotearon.
—No es problema —dijo Herb—. Volveré a la tienda y escribiré la carta en la máquina
de allí. Después, podemos ir juntos a echarla al correo.
Zina sacó un sobre de su bolso.
—Manny se ha encargado de escribirla por ti. Eso es lo que él quiere que digas. Si no
lo encuentras adecuado puedes cambiarlo, pero..., no lo cambies demasiado. Manny se
esforzó mucho al redactarla.
—De acuerdo. —Cogió el sobre que le tendía, se levantó y dijo—: Volvamos a la
tienda.
 
Mientras estaba sentado ante la máquina de escribir de la oficina, copiando la carta de
Manny a la Fox —tal y como la había llamado Zina—, la joven iba y venía por el local,
fumando con largas y vigorosas caladas.
—Oye, ¿hay algo que deba saber y que no me hayas contado? —preguntó él de
pronto. Tenía la sensación de que en todo aquello había algo oculto; Zina parecía estar
desacostumbradamente nerviosa.
—Verás, Manny y yo hemos hecho una apuesta —dijo Zina—. Es una apuesta sobre
si..., bueno, básicamente es sobre si Linda Fox va a contestarte o no. La apuesta es algo
más complicada, pero ése es el núcleo del asunto. ¿Te molesta?
—No —dijo él—. Bueno, ¿y a qué habéis apostado el dinero cada uno, a que
contestará o a que no?
Zina no le respondió.
—Olvídalo —dijo él. Se preguntó por qué no le había contestado, y por qué el asunto la
ponía tan nerviosa. ¿Qué piensan que va a salir de todo este asunto?, se dijo—. No le
cuentes nada de esto a mi mujer —añadió después, porque ahora también él estaba
empezando a sentirse nervioso.
Y en ese momento tuvo una corazonada muy intensa: que de aquello dependía algo,
algo importante, algo cuyas dimensiones era incapaz de comprender.
—Oye, ¿estáis tendiéndome una trampa o qué? —dijo de pronto.
—¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé. —Había terminado de escribir; apretó la tecla de imprimir y la máquina,
dotada de memoria electrónica, imprimió instantáneamente su carta y la dejó caer en la
bandeja de salida.
—Se supone que he de firmarla, ¿no? —dijo él.
—Sí. Tú eres quien manda la carta.
Firmó la carta y escribió las señas en un sobre, copiando la dirección que había en la
carta de Manny... y, de repente, se preguntó cómo era posible que Zina y Manny hubieran
conseguido la dirección de Linda Fox. Porque allí estaba, escrita con la cuidadosa letra
holográfica del niño. La dirección no era la de la Cierva Dorada, sino la de una residencia.
En Sherman Oaks.
Qué extraño, pensó. Lo normal sería que su dirección no figurase en los anuarios,
¿verdad?
O tal vez sí. No era demasiado conocida, como ya le habían hecho notar varias veces.
—No creo que conteste —dijo.
—Bueno, pues entonces unas cuantas monedas de plata cambiarán de manos.
—La tierra de las hadas —dijo él al instante.
—¿Qué? —exclamó ella, sorprendida.
—Un libro infantil. Monedas de plata. Un viejo clásico. «Necesitas una moneda de plata
para llegar a la tierra de las hadas.» Lo dice en el libro. —De niño había tenido un
ejemplar de ese libro.
La joven se rió. Con nerviosismo, o eso le pareció a Herb.
—Zina —dijo éste—, tengo la sensación de que aquí hay algo raro.
—No que yo sepa. —Cogió el sobre de entre sus dedos—. Lo echaré al correo —dijo.
—Gracias —dijo él—. ¿Volveré a verte?
—Claro que sí. —Se inclinó sobre él, frunció los labios y le besó en la boca.
Miró a su alrededor y vio bambúes. Pero a través de ellos había ráfagas de color que
no paraban de moverse, igual que el fuego de San Telmo. El color, un rojo vivo y muy
brillante, parecía estar vivo. Se agrupaba aquí y allá, y donde se acumulaba formaba
palabras o algo parecido a ellas. Como si el mundo se hubiera convertido en un lenguaje.
¿Qué estoy haciendo aquí?, se preguntó, lleno de confusión. ¿Qué ha pasado? ¡Hace
un momento yo no estaba aquí!
El resplandor rojo, parecido a una electricidad hecha visible, formó un mensaje dirigido
a él, un mensaje distribuido a través de los bambúes, los columpios infantiles y los
resecos tallos de hierba.
 
AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN,
CON TODAS TUS FUERZAS Y CON TODA TU ALMA.
 
—Sí —dijo él. Tenía miedo, pero las lenguas de fuego líquido eran tan hermosas que
más que miedo era una especie de respeto impresionado; fascinado, miró a su alrededor.
El fuego se movía; se formaba y desaparecía; iba y venía de un lado a otro; empezó a
reunirse en forma de charcos, y de repente supo que estaba viendo a un ser vivo. O, más
bien, la sangre de un ser vivo. El fuego era sangre viviente, pero se trataba de una sangre
mágica, no sangre física sino sangre transformada.
Se inclinó, tembloroso, tocó la sangre, y sintió que una sacudida atravesaba todo su
cuerpo; y supo que la sangre viviente había penetrado en él. Un instante después, en su
mente se formó una palabra:
 
¡CUIDADO!
 
—Ayúdame —dijo con un hilo de voz.
Alzó la cabeza y vio un espacio infinito; vio tales extensiones de espacio que fue
incapaz de comprenderlas..., un espacio que se extendía por toda la eternidad, y él mismo
estaba expandiéndose con ese espacio.
Oh, Dios mío, se dijo; y se estremeció violentamente. Sangre y palabras vivientes, y
algo inteligente muy cerca de mí, estimulando el mundo o el mundo estimulando a ese
algo; algo camuflado, una entidad que era consciente de su presencia aquí.
Un rayo de luz rosada le cegó; sintió un terrible dolor en su cabeza y se llevó las manos
a los ojos. ¡Estoy ciego!, comprendió. Con el dolor y la luz rosada llegó la comprensión, un
conocimiento tan claro que era casi cortante; supo que Zina no era una mujer humana, y
supo también que Manny no era un niño humano. El lugar donde se encontraba no era
ningún mundo real; lo comprendió porque así se lo había dicho el rayo de luz rosada. Este
mundo era una simulación y algo vivo e inteligente, algo que tenía buenas intenciones y
que quería que lo supiese. Algo se preocupa por mí y ha penetrado en este mundo para
advertirme, comprendió, y se ha camuflado como este mundo para que el amo de este
mundo, el señor de este reino irreal, no se entere de su presencia; para que no sepa que
está aquí y que me lo ha revelado. Qué terrible es conocer este secreto, pensó. Podrían
matarme por conocerlo. Estoy en...
 
NO TEMAS
 
—De acuerdo —dijo, pero siguió temblando. Palabras dentro de su cabeza,
conocimiento dentro de su cabeza. Pero seguía estando ciego, y seguía sintiendo dolor—.
¿Quién eres? —preguntó—. Dime tu nombre.
 
SIVAINVI
 
—¿Quién es «Sivainvi»? —preguntó.
 
EL SEÑOR TU DIOS
 
—No me hagas daño —dijo.
 
HOMBRE, NO TENGAS MIEDO
 
Empezó a recobrar la vista. Apartó las manos de sus ojos. Zina estaba ante él, con sus
tejanos y su chaqueta de cuero; no había transcurrido más de un segundo. Ahora estaba
retrocediendo, después de haberle besado. ¿Conocía lo ocurrido? ¿Cómo podía saberlo?
Sólo él y Sivainvi lo sabían.
—Eres un hada —dijo él.
—¿Una qué? —Y se echó a reír.
—Esa información me acaba de ser transferida. Lo sé. Lo sé todo. Recuerdo CY30-
CY30B; recuerdo mi cúpula; recuerdo la enfermedad de Rybys y el viaje a la Tierra. El
accidente. Recuerdo todo aquel otro mundo, el mundo real. Penetró en este mundo y me
ha hecho despertar. —La miró, y Zina le devolvió su mirada, sin apartar los ojos.
—Mi nombre significa hada —dijo Zina—, pero eso no me convierte en un hada.
Emmanuel significa «Dios con nosotros», pero eso no hace que él sea Dios.
—Recuerdo a Yah —dijo Herb Asher.
—Oh —dijo ella—. Vaya. Cielo santo.
—Emmanuel es Yah —dijo Herb Asher.
—Me marcho —dijo Zina. Fue rápidamente hacia la puerta de la tienda, con las manos
metidas en los bolsillos de su chaqueta, hizo girar la llave en la cerradura y desapareció
por el umbral; un instante después ya no estaba.
Tiene la carta, recordó de pronto Herb. Mi carta a la Fox.
Se apresuró a seguirla.
No había ni rastro de ella. Miró en todas direcciones. Coches y gente, pero no Zina. Se
había esfumado.
La mandará por correo, se dijo. La apuesta entre ella y Emmanuel..., esa apuesta
guarda relación conmigo. Están apostando por mí, y todo el universo está en juego.
Imposible. Pero el rayo de luz rosada se lo había dicho; le había transmitido toda esa
información de forma instantánea, sin que el tiempo hubiera transcurrido.
Temblando, con la cabeza todavía dolorida, volvió a la tienda; se sentó y empezó a
frotarse la frente.
Va a hacer que entre en relación con la Fox, comprendió. Y el resultado de esa
relación, según y como vaya, hará que la estructura de la realidad... No estaba seguro de
lo que ocurriría. Pero eso era lo que estaba en juego: la mismísima estructura de la
realidad, el universo y cuantas criaturas vivientes había dentro de él.
Es algo relacionado con el ser, pensó, y sabía eso tan sólo gracias al rayo de luz
rosada, que era una sangre viviente, eléctrica, la sangre de alguna inmensa metaentidad.
Sein, pensó. Una palabra alemana; ¿qué significa? Das Nichts. Lo opuesto de Sein. Sein
igual al ser igual a la existencia igual a un cosmos auténtico. Das Nichts igual a nada igual
a la simulación del universo, el sueño..., dentro del cual estoy ahora, eso lo sabía muy
bien. El rayo de color rosa me lo ha contado.
Necesito un trago, se dijo. Cogió el teléfono, introdujo en él la tarjeta perforada con el
número, e inmediatamente el aparato le puso en contacto con su casa.
—Rybys —dijo con voz enronquecida—. Voy a llegar tarde.
—¿Vas a salir con ella? ¿Con esa chica? —La voz de su mujer estaba a punto de
quebrarse.
—No, maldita sea —dijo él, y colgó el auricular.
Dios es el Garantizador del universo, comprendió. Ésa es la base de cuanto se me ha
contado. Sin Dios no hay nada; todo fluye y desaparece.
Cerró la tienda, se metió en su aerovehículo y conectó el motor.
De pie en la acera..., un hombre. Un hombre familiar, un negro. De mediana edad, bien
vestido.
—¡Elijah! —gritó Herb—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué sucede?
—He vuelto para ver si te encontrabas bien. —Elijah Tate vino hacia el vehículo de
Herb—. Estás muy pálido.
—Entra —dijo Herb.
Elijah entró.
 
 
15
 
Los dos hombres tomaron asiento en el bar como habían hecho montones de veces;
Elijah, como siempre, bebió una Coca-Cola con hielo. Jamás tomaba alcohol.
—De acuerdo —dijo, asintiendo con la cabeza—. No puedes hacer nada por detener la
carta. Probablemente ella ya la habrá echado al correo.
—Soy como una ficha de póquer —dijo Herb Asher—. Una ficha de póquer que va y
viene de Emmanuel a Zina.
—Su apuesta no es sobre si Linda Fox va a contestarte o no —dijo Elijah—. Están
apostando por otra cosa. —Hizo una pelotita con un trozo de servilleta y la echó dentro de
su Coca-Cola—. Y no tienes forma alguna de averiguar cuál es el objeto de su apuesta. El
bambú y los columpios de los niños. La hierba que crece... Yo mismo tengo un recuerdo
residual de todo eso; sueño con ello. Es una escuela. Para niños. Una escuela especial.
En mi sueño, voy allí una y otra vez.
—El mundo real —dijo Herb.
—Aparentemente. Has logrado reconstruir un montón de él. Herb, no vayas por ahí
diciendo que Dios te ha revelado que este universo es falso. No le cuentes a nadie más lo
que me has contado a mí.
—¿Me crees?
—Creo que has tenido una experiencia de lo más raro e inexplicable, pero no creo que
esto sea un sucedáneo de mundo. Me da la impresión de que es perfectamente
sustancial. —Golpeó con los nudillos el plástico de la mesa que había entre ellos—. No,
no lo creo; no creo en los mundos irreales. Sólo hay un cosmos, y fue creado por Dios,
por Jehová.
—No creo que nadie vaya a crear un cosmos falso, dado que ese cosmos no estaría
ahí —dijo Herb.
—Pero tú estás diciendo que alguien hace que veamos un cosmos que no existe.
¿Quién es ese alguien?
—Satanás —dijo Herb.
Elijah inclinó la cabeza hacia un lado y le miró.
—Es una forma de ver el mundo real —dijo Herb—. Una forma imperfecta, nublada.
Como en sueños. Igual que si estuvieras dormido o hipnotizado. La naturaleza del mundo
sufre un cambio en la percepción; en realidad, lo que cambia son las percepciones, no el
mundo. El cambio se produce en nosotros.
—«El mono de Dios» —dijo Elijah—. Es una teoría medieval sobre el Diablo. Según
ella, el Diablo intenta copiar la auténtica y legítima creación de Dios haciendo
interpolaciones espúreas dentro de ella. La verdad es que, epistemológicamente
hablando, se trata de una idea demasiado sofisticada. ¿Significa que todas las partes del
mundo son espurias? ¿O que algunas veces todo el mundo lo es? ¿O que hay varios
mundos, de los cuales uno es real y los otros no? ¿Existe básicamente un solo mundo
matriz del cual la gente deriva percepciones distintas, de tal forma que el mundo que tú
ves no es el mismo mundo que yo veo?
—Sólo sé una cosa —dijo Herb—, y es que se me obligó a recordar el mundo real. Lo
que sé sobre este mundo de aquí —y golpeó la mesa— está basado en aquel recuerdo,
no en mi experiencia de esta falsificación. Estoy comparando, tengo algo con lo que poder
comparar este mundo. Eso es todo.
—¿Y no es posible que esos recuerdos sean falsos?
—Sé que no lo son.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Confío en el rayo de luz rosada.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Porque te dijo que era Dios? Quien esté causando el hechizo bien puede afirmar
eso. Puede ser el poder demoníaco.
—Ya lo veremos —dijo Herb Asher. Y, una vez más, se preguntó cuál era la apuesta, y
qué esperaban que hiciera.
 
Cinco días después, estando en su casa, recibió una llamada de larga distancia. Un
rostro femenino ligeramente regordete apareció en la pantalla, y una voz tímida preguntó
débilmente:
—¿Señor Asher? Soy Linda Fox. Le llamo desde California. He recibido su carta.
El corazón de Herb Asher dejó de latir y se quedó quieto dentro de su cuerpo.
—Hola, Linda —dijo—. Bueno, supongo que debería llamarla señorita Fox. —Tenía la
misma sensación que si todo su cuerpo estuviera entumecido.
—Voy a decirle por qué he llamado. —Tenía una voz dulce y entrecortada, algo
nerviosa; era como si estuviera jadeando, llena de timidez—. En primer lugar, quiero darle
las gracias por su carta; me alegro de que yo le guste..., quiero decir, de que le guste
cómo canto. ¿Le gustan las canciones de Dowland? ¿Le parecen una buena idea?
—Estupenda —dijo él—. Me gusta especialmente «No lloréis más, tristes manantiales».
Es mi favorita.
—Lo que quiero preguntarle..., el membrete de su carta; veo que está en el negocio de
la alta fidelidad. Dentro de un mes me trasladaré a un apartamento en Manhattan, y
necesito ahora mismo un sistema de audio; tenemos cintas que hemos grabado aquí, en
la Costa Oeste, y mi productor me las enviará... Necesitaré poder escucharlas tal y como
suenan realmente, y para eso hace falta un buen equipo. —Sus largas pestañas aletearon
temerosamente—. ¿Podría ir a Nueva York la semana próxima y darme una idea de qué
clase de sistema de sonido le sería posible instalarme? No me importa lo que cueste; no
seré yo quien lo pague... He firmado un contrato con Discos Superba, y ellos van a
pagarlo todo.
—Claro —dijo él.
—¿O le parece mejor que sea yo quien vaya a Washington? —siguió diciendo ella—.
Lo que le resulte más conveniente. Tiene que hacerse deprisa; me dijeron que insistiera
en ello. Todo esto es tan emocionante..., acabo de firmar y tengo un nuevo agente.
Después haré videodiscos, pero ahora vamos a empezar con las cintas. ¿Podrá
encargarse de ello? La verdad es que no sé a quién pedírselo. En la Costa Oeste hay un
montón de comercios dedicados a la alta fidelidad, pero en el Este no conozco a nadie.
Supongo que debería acudir a alguien de Nueva York, pero Washington no está
demasiado lejos, ¿verdad? Quiero decir que... Podría usted venir hasta aquí, ¿no?
Superba y mi productor cubrirán todos sus gastos.
—No hay problema —dijo él.
—De acuerdo. Bien, aquí tiene mi número de Sherman Oaks, y le daré mi número de
Manhattan también; los dos... ¿Cómo supo mi dirección de Sherman Oaks? La carta me
llegó directamente, y se supone que no figuro en los anuarios.
—Un amigo, alguien que trabaja en la industria del disco, me la dio. Relaciones, ya
sabe... Yo también estoy metido en el negocio.
—¿Me vio actuar en la Cierva? Ese sitio tiene una acústica bastante peculiar. ¿Pudo
oírme bien? Su cara me resulta familiar; creo que le vi entre el público. Estaba en una
esquina, de pie...
—Iba acompañado por un niño.
—Sí, le vi —dijo Linda Fox—. Usted me miraba... con una expresión bastante rara. ¿El
niño es su hijo?
—No —dijo él.
—Bueno, ¿está preparado para apuntar esos dos números?
Le dio los dos números de teléfono, y él los anotó con mano algo temblorosa.
—Voy a montarle un sistema de sonido increíble —logró decir por fin—. Poder hablar
con usted ha sido maravilloso. Estoy convencido de que subirá directamente hasta el
primer puesto de las listas de éxitos, ya lo verá... La escucharán y la verán en toda la
galaxia. Lo sé. Créame.
—Oh, es usted encantador —dijo Linda Fox—. Bueno, ahora tengo que colgar.
Gracias. ¿De acuerdo? Adiós. Espero recibir noticias suyas, no lo olvide. Esto es algo
urgente; hay que hacerlo enseguida. Trae montones de problemas, pero... es
emocionante. Adiós. —Y cortó la conexión.
—Que me cuelguen —dijo Herb Asher mientras dejaba el auricular en su sitio—. No
puedo creerlo.
—Te ha llamado —dijo Rybys a su espalda—. Ha llegado a llamarte por teléfono...
Bueno, ya es mucho, ¿no? ¿Vas a montarle el sistema de sonido? Eso supondría...
—No me importa ir a Nueva York. Compraré las piezas allí; no hace falta transportarlas
toda esa distancia.
—¿No crees que deberías llevarte a Elijah?
—Ya veremos —dijo él, confuso, con la mente zumbando todavía a causa de la
impresión.
—Felicidades —dijo Rybys—. Tengo la corazonada de que debería ir contigo, pero si
me prometes no...
—Tranquila, tranquila —dijo él, casi sin oírla—. La Fox —dijo—. He hablado con ella.
Me ha llamado. A mí.
—¿No me contaste algo acerca de que Zina y su hermanito habían hecho una especie
de apuesta? Apostaron..., bueno, uno de ellos apostó a que Linda Fox no respondería a tu
carta, y el otro apostó a que sí lo haría, ¿verdad?
—Sí —dijo él—. Es una apuesta. —La apuesta no le importaba. Voy a verla, se dijo.
Visitaré su nuevo apartamento en Manhattan, pasaré toda una velada con ella. Ropas;
necesito ropas nuevas. Cristo, tengo que estar presentable.
—¿Cuánto equipo crees que podrás enchufarle? —preguntó Rybys.
—No se trata de eso —contestó él con voz enfurecida.
—Lo siento —dijo Rybys, encogiéndose un poco—. Sólo quería decir..., bueno, ya
sabes. Lo caro que va a resultar el sistema; no pretendía decir más que eso.
—Conseguirá el mejor sistema de sonido que pueda comprarse con dinero —dijo él—.
Sólo lo mejor de lo mejor. Lo que desearía tener para mí mismo. Incluso mejor de lo que
tendría para mí.
—Quizá esto sea una buena publicidad para la tienda.
Herb la miró fijamente.
—¿Qué pasa? —preguntó Rybys.
—La Fox —se limitó a decir él—. La Fox me ha llamado por teléfono. No puedo creerlo.
—Será mejor que llames a Zina y Emmanuel y se lo cuentes. Tengo su número.
No, pensó él. Esto es asunto mío. No suyo.
 
—El momento ha llegado —le dijo Emmanuel a Zina—. Ahora veremos qué camino
siguen las cosas. Dentro de poco irá a Nueva York. No tardará mucho en hacerlo.
—¿Es que aún no sabes lo que va a suceder? —le preguntó Zina.
—Lo que quiero saber es... —dijo Emmanuel—. ¿Harás desvanecerse tu mundo de
sueños vacíos si Herb Asher la encuentra...?
—Asher pensará que no vale la pena —dijo Zina—. Linda Fox es una cabeza hueca sin
ninguna sabiduría ni ingenio dentro; carece de sentido común, y Herb Asher la dejará
porque tú no puedes hacer que algo como ella se convierta en realidad.
—Ya lo veremos —dijo Emmanuel.
—Sí, ya lo veremos —dijo Zina—. Una nulidad esperando a Herb Asher. Está ansiosa
de recibirle.
Ahí es donde te has equivocado, afirmó Emmanuel en lo más hondo de su mente
secreta, justamente ahí. Herb Asher no se alimenta de su adoración hacia ella; lo que
hace falta es una relación mutua, y tú acabas de entregarme esa solución. Cuando
rebajaste a la Fox en tu dominio conseguiste impartirle accidentalmente sustancia.
Y eso se debe a que tú ignoras qué es la sustancia, pensó; es algo que se encuentra
más allá de tu comprensión. Pero no más allá de la mía, se dijo. Ése es mi dominio.
—Creo que ya has sido derrotada —dijo.
—¡No sabes lo que pretendo conseguir con este juego! —exclamó Zina, encantada—.
¡No me conoces, y tampoco sabes cuáles son mis objetivos!
Quizá sea así, pensó él.
Pero al menos me conozco a mí mismo; y... sé cuáles son mis objetivos.
 
Herb Asher subió a un cohete comercial de primera clase que iba a Nueva York
vistiendo un traje muy elegante que le había costado una suma considerable. Maletín en
mano (dentro de él llevaba folletos sobre todos los últimos modelos de sistemas de sonido
que estaban haciendo furor en el mercado), se dedicó a mirar por la ventanilla mientras
transcurrían los tres minutos del viaje. El cohete empezó a descender casi
inmediatamente después del despegue.
Este es el momento más maravilloso de mi vida, afirmó mentalmente mientras se
disparaban los retrocohetes. Miradme; parece que acabe de salir de las páginas de la
revista Estilo.
Gracias a Dios que Rybys no ha venido conmigo...
—Damas y caballeros —anunciaron los altavoces del techo—, hemos aterrizado en el
Espaciopuerto Kennedy. Por favor, sigan en sus asientos hasta que suene la señal;
después, pueden ir saliendo por la parte delantera de la nave. Gracias por haber viajado
con las Líneas Espaciales Delta.
—Que tenga un buen día —le dijo la azafata robot a Herb Asher cuando éste
empezaba a bajar la escalerilla con paso vivaz.
—Lo mismo le deseo —dijo Herb Asher—. Y que tenga otros muchos.
Fue directamente en un aerotaxi al hotel Essex House, donde había hecho la reserva
para los dos días siguientes: al diablo los gastos, pensó. Poco después ya había
deshecho el equipaje, examinado las lujosas instalaciones de su habitación y, tras
haberse tomado un Valzine (el mejor de la última generación de estimulantes para la
corteza cerebral), cogió el teléfono y marcó el número de Linda Fox en Manhattan.
—Oh, qué emocionante, así que ya está usted en la ciudad —dijo ella después de que
Herb se hubiera identificado—. Oiga, ¿puede venir ahora mismo? Tengo algunas
personas en el apartamento, pero están a punto de marcharse. Esta decisión sobre mi
equipo..., bueno, es algo que quiero hacer despacio y pensándolo bien. ¿Qué hora es?
Acabo de llegar de California.
—Son las siete de la tarde, hora de Nueva York —dijo él.
—¿Ha cenado?
—No —dijo él. Era como una fantasía; tenía la misma sensación que si estuviera en un
mundo de sueños, un reino divino. Sentía como si..., como si hubiera vuelto a convertirme
en un niño, pensó. Como si estuviera leyendo mis poemas de Monedas de plata. Pues
parece que me he encontrado una moneda de plata, y he logrado descubrir el camino
hasta allí. Al sitio donde siempre he anhelado estar. ¿Dónde está el hogar del marinero, el
hogar lejos del mar?, pensó. Y el cazador... No lograba recordar cómo seguía el verso.
Bueno, en cualquier caso, el verso resultaba muy adecuado; ahora estaba por fin de
nuevo en el hogar.
Y aquí no hay nadie para decirme que parece una camarera de pizzería, se informó a
sí mismo, así que puedo olvidarme de eso.
—Tengo algo de comida en mi apartamento; últimamente me ha dado por la
macrobiótica y todo eso. Si quiere un poco... Tengo zumo de naranja auténtico, soja,
alimentos orgánicos... Creo que matar animales está mal.
—Estupendo —dijo él—. Claro que sí; cualquier cosa me irá bien. Lo que usted quiera.
Cuando llegó a su apartamento —situado en un edificio increíblemente hermoso—, la
encontró vestida con una gorrita, un jersey con cuello de cisne y unos pantalones cortos
de color blanco; iba descalza y le hizo entrar en la sala. No había muebles; aún no había
hecho el traslado. En el dormitorio había un saco de dormir y una maleta abierta. Las
habitaciones eran grandes, y el ventanal ofrecía una vista excelente del Central Park.
—Hola —dijo ella—, soy Linda. —Le alargó la mano—. Me alegro de conocerle, señor
Asher.
—Llámeme Herb —dijo él.
—En la costa..., quiero decir, en el oeste, todo el mundo se presenta siempre dando el
nombre sin apellidos; estoy intentando olvidarme de esa costumbre, pero no lo consigo.
Me crié en el sur de California, en Riverside. —Cerró la puerta—. ¿Verdad que esto
queda horrible sin muebles? Mi agente está escogiendo el mobiliario; lo traerán pasado
mañana. Bueno, no es que lo escoja él solo, claro; yo le ayudo un poco... Echémosle una
mirada a sus folletos. —Se había fijado en su maletín, y sus ojos ya chispeaban de
emoción.
Recuerda un poco a una camarera de pizzería, tuvo que admitir él. Pero no importa. Su
tez, vista de cerca e iluminada por el potente resplandor de la lámpara del techo, no era
tan hermosa como había creído; de hecho, observó que tenía un poco de acné.
—Podemos sentarnos en el suelo —dijo ella; y apoyó la espalda en la pared, con sus
desnudas rodillas algo levantadas—. Bueno, veamos... Me fío totalmente de usted.
—Doy por sentado que quiere un equipo de calidad —empezó diciendo él—. Lo que
nosotros llamamos componentes profesionales, ¿entiende? No lo que una persona
corriente tiene en su casa.
—¿Qué es eso? —dijo ella, señalando la foto de unos enormes altavoces—. Parecen
neveras.
—Ése es un modelo antiguo —dijo él, pasando a la página siguiente—. Funciona
mediante plasma, derivado del helio. Tendría que pasarse la vida comprando botellas de
helio. Aunque luego resultan muy bonitos porque el plasma de helio brilla. Se produce
mediante un voltaje extremadamente alto. Espere, deje que le enseñe algo más reciente;
la transducción por plasma de helio ha quedado anticuada, o no tardará en estarlo.
¿Por qué tengo la sensación de estarme imaginando todo esto?, se preguntó. Quizá
porque es tan maravilloso. Pero, aun así...
Estuvieron un par de horas sentados con la espalda apoyada en la pared, repasando
sus folletos. Ella estaba terriblemente entusiasmada, pero con el tiempo empezó a dar
señales de cansancio.
—Estoy hambrienta —dijo—. La verdad es que no tengo nada adecuado para ir a un
restaurante; aquí tienes que vestirte con un poco más de formalidad..., no es como el sur
de California, donde puedes llevar cualquier cosa. ¿Dónde se aloja?
—En el Essex House.
—Vamos a su habitación y pidamos algo —dijo Linda Fox, poniéndose en pie y
estirándose—. ¿De acuerdo?
—Estupendo —dijo él, levantándose.
 
Después de haber comido en la habitación de Herb, Linda Fox empezó a ir de un lado
para otro con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Sabe una cosa? —dijo—. No paro de soñar que soy la cantante más famosa de
toda la galaxia. Es justo igual a lo que me dijo por teléfono. Supongo que debe ser mi vida
de fantasía en el subconsciente... Pero en mis sueños veo una y otra vez escenas en la
sala de grabación, y yo estoy grabando una cinta detrás de otra, y doy conciertos, y tengo
montones de dinero. ¿Cree en la astrología?
—Supongo que un poco —dijo él.
—Y veo sitios donde nunca he estado; sueño con ellos. Y gente a la que jamás he visto
antes, gente importante. Peces gordos del mundo del espectáculo. Y siempre vamos
corriendo de un lado para otro. ¿Le importaría pedir un poco de vino? No sé nada de
vinos franceses; decídalo usted. Pero que no sea demasiado seco.
Herb tampoco sabía nada de vinos franceses, pero pidió la carta de vinos del
restaurante y, con la ayuda del encargado, escogió una botella de Borgoña del más caro.
—Qué bien sabe —dijo Linda Fox, enroscada en el diván, con las piernas recogidas
debajo del cuerpo—. Bueno, hábleme de usted. ¿Lleva mucho tiempo vendiendo sistemas
de alta fidelidad?
—Algunos años —dijo él.
—¿Y cómo logró librarse del reclutamiento?
Eso le dejó perplejo. Creía recordar que el reclutamiento había sido abolido hacía años.
—Ah, ¿sí? —replicó Linda cuando se lo dijo—. Qué raro... —añadió, con la sombra de
un leve fruncimiento de ceño en la expresión—. Estaba segura de que existía, y de que un
montón de hombres habían emigrado a los mundos colonia para escapar a él. ¿Ha estado
fuera de la Tierra?
—No —dijo él—. Pero me gustaría hacer un viaje interplanetario, sólo por la
experiencia. —Tomó asiento junto a ella en el diván y le pasó el brazo por la espalda,
como si no se diera cuenta de lo que hacía; Linda no se apartó—. Y posarme en otro
planeta... Debe ser una sensación increíble.
—Me siento tan a gusto aquí... —Linda apoyó la cabeza en su brazo y cerró los ojos—.
Fróteme la espalda —dijo—. La tengo algo tensa de tanto estar apoyada en la pared; me
duele... aquí. —Se tocó un punto a la mitad de la columna vertebral, inclinándose hacia
delante Herb empezó a darle masaje en el cuello—. Qué bien... —murmuró ella.
—Tiéndase en la cama —dijo él—. Así podré ejercer un poco más de presión; en esta
postura no puedo hacerlo bien.
—De acuerdo. —Linda Fox saltó del diván y cruzó la habitación, descalza—. Qué
dormitorio tan bonito. Nunca me había alojado en el Essex House. ¿Está casado?
—No —dijo él. ¿Para qué hablarle de Rybys?—. Lo estuve, pero me divorcié.
—¿Verdad que el divorcio es algo horrible? —Se tendió de bruces sobre la cama, con
los brazos abiertos.
Herb se inclinó sobre ella y le besó la nuca.
—No —dijo ella.
—¿Por qué no?
—No puedo hacerlo.
—¿Que no puede hacer qué?
—No puedo hacer el amor. Tengo el período.
¿El período? ¿Linda Fox tiene períodos? Herb no lograba creerlo. Se apartó de ella, el
cuerpo envarado.
—Lo siento —dijo ella. Parecía totalmente relajada—. Empiece alrededor de mis
hombros —dijo—. Los noto muy rígidos. Tengo sueño. Supongo que debe ser cosa del
vino. Era... —Bostezó—. Era un vino tan bueno...
—Sí —dijo Herb, que seguía con el cuerpo rígido, apartado de ella.
Y en ese instante Linda Fox eructó; su mano voló rápidamente hacia su boca.
—Oh, disculpe —dijo.
 
Volvió a Washington a la mañana siguiente. Linda Fox volvió a su apartamento sin
mobiliario para pasar la noche, pero tanto daba, porque el que tuviera el período ya lo
había estropeado todo. Mencionó un par de veces que durante el período siempre tenía
fuertes calambres y que ahora estaba sufriendo de ellos, cosa que a Herb le pareció que
no hacía falta que dijera. Durante el viaje de vuelta Herb se sentía muy cansado, pero
había cerrado el trato por una suma bastante grande; Linda Fox había firmado los
documentos para adquirir un sistema estéreo de primera categoría, y un tiempo después
Herb volvería para supervisar la instalación del equipo de video y todo lo necesario para
las mezclas. Después de todo, el viaje había resultado bastante provechoso.
Pero, aun así, no había logrado sacar de él lo que realmente pretendía porque Linda
Fox..., bueno, no era el momento adecuado. Su ciclo menstrual, pensó. ¿Linda Fox tiene
períodos y calambres?, se preguntó. No lo creo. Pero supongo que es cierto. ¿No sería
un pretexto? No, no era un pretexto. Era real.
Cuando volvió a casa, su mujer le acogió con una sola pregunta:
—¿Habéis hecho alguna tontería?
—No —dijo él. Por desgracia.
—Pareces cansado —dijo Rybys.
—Cansado pero contento. —La experiencia había resultado bastante satisfactoria; él y
la Fox habían estado sentados hablando durante cuatro horas. Es una persona con la que
resulta fácil llevarse bien, pensó. Afable, llena de entusiasmo; una buena chica. Y sencilla.
Nada de afectaciones. Me gusta, se dijo. Sería estupendo volver a verla.
Y estoy seguro de que acabará llegando muy lejos, pensó.
Resultaba extraño que intuyera eso con tanta fuerza, que estuviera tan seguro en
cuanto al futuro éxito de la Fox. Bueno, la explicación era bastante sencilla: Linda Fox era
muy buena cantante, y eso era todo.
—¿Qué clase de persona es? —preguntó Rybys—. Probablemente se habrá pasado
todo el rato hablando de su carrera.
—Es tierna, amable y muy modesta —dijo él—, y es de lo más sencilla. Estuvimos
hablando de montones de cosas.
—¿Crees que podré llegar a conocerla en alguna ocasión?
—No veo por qué no —dijo él—. Tendré que volver allí. Y ella dijo algo sobre venir aquí
y visitar la tienda. Está muy entusiasmada; su carrera empieza a despegar y..., bueno,
está empezando a conseguir todo lo que necesita y todo lo que se merece, y me alegro
por ella, realmente me alegro mucho.
Si al menos no hubiera tenido el período... pero supongo que así es la vida, se dijo. La
realidad está hecha de ese tipo de cosas. En ese aspecto Linda es igual que cualquier
otra mujer; es algo que va incluido en el producto.
Bueno, de todas formas me gusta, se dijo. Aunque no acabáramos en la cama. El
placer de su compañía...; con eso ya fue suficiente.
 
—Has perdido —le dijo el niño a Zina Palas.
—Sí, he perdido —respondió ella, agitando la cabeza—. La hiciste real, y sigue
gustándole. Para Herb el sueño ya no es un sueño; se ha vuelto tan real que hasta incluye
las decepciones.
—Las cuales son el sello de la autenticidad.
—Sí —dijo ella—. Felicidades. —Zina le tendió la mano a Emmanuel, y éste se la
estrechó.
—Y ahora dime quién eres —pidió el niño.
 
 
16
 
—Sí, Emmanuel, te diré quién soy, pero no voy a permitir que tu mundo vuelva a la
existencia —dijo Zina—. El mío es mejor. Herb Asher tiene una vida mucho más feliz;
Rybys está viva... Linda Fox es real...
—Pero no fuiste tú quien la hizo real —observó él—. Fui yo.
—¿Quieres recuperar el mundo que les diste? ¿Con el invierno, con su hielo y su nieve
cubriéndolo todo? Fui yo quien destruyó la prisión; yo traje la primavera. Despojé de sus
cargos al procurator máximus y al prelado jefe. Dejemos las cosas tal y como están.
—Transmutaré tu mundo y lo haré real —dijo él—. Ya he empezado a hacerlo. Cuando
besaste a Herb Asher me manifesté ante él; penetro tu mundo en mi auténtica forma.
Paso a paso, estoy convirtiéndolo en mi mundo. Pero es preciso que la gente recuerde.
Pueden vivir en tu mundo, pero deben saber que existió otro peor, y que se vieron
obligados a vivir en él. Le he devuelto la memoria a Herb Asher, y los demás tienen
sueños.
—Por mí, estupendo.
—Y ahora dime quién eres —pidió de nuevo.
—Vamos a pasear cogidos de la mano —dijo ella—. Como Beethoven y Goethe: dos
amigos. Llévanos al Parque Stanley en la Columbia Británica para que podamos ver a los
animales que hay allí, los lobos, los grandes lobos blancos... Es un parque muy hermoso,
y el puente de Lionsgate es hermoso; Vancouver, en la Columbia Británica, es la ciudad
más hermosa de la Tierra.
—Es cierto —dijo él—. Lo había olvidado.
—Y, después de que la veas, querrás preguntarte a ti mismo si desearías destruirla o
cambiar algo de ella. Quiero que te interrogues a ti mismo, que sepas si después de haber
visto una belleza terrenal tan grande serías capaz de darle existencia a tu gran y terrible
día, el día en que todos los malvados y los espíritus altaneros serán consumidos como
escoria y de ellos no quedará ni rama ni raíz. ¿Estás de acuerdo en eso?
—De acuerdo —dijo Emmanuel.
Y Zina dijo:
 
Somos espíritus del aire que de los seres humanos cuidan.
 
—¿Eso eres? —le preguntó él. Porque si lo eres, pensó, es como decir que eres un
espíritu de la atmósfera, o sea... un ángel.
Zina dijo:
 
Venid, todos los que cantáis en el cielo,
despertad y reuníos en este bosque:
pero que no se acerque ningún pájaro de mal agüero,
que vengan sólo los que son buenos e inofensivos.
 
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Emmanuel.
—Antes llévanos al Parque Stanley —dijo Zina—, porque si eres tú quien nos lleva allí,
nos encontraremos realmente en él y no será ningún sueño.
Y así lo hizo.
 
Caminaron juntos por entre los grandes árboles y la hierba. Emmanuel sabía que
aquellos troncos jamás habían conocido el hacha; éste era el bosque primigenio.
—Es tremendamente hermoso —musitó.
—Es el mundo —dijo ella.
—Dime quién eres.
—Soy la Torá —respondió Zina.
—Entonces, no puedo hacer nada respecto al universo sin antes consultar contigo —
dijo Emmanuel al cabo de un instante.
—Y no puedes hacerle nada que vaya en contra de lo que yo te diga —añadió Zina—,
tal y como tú mismo decidiste en el principio, cuando me creaste. Me hiciste vivir; soy un
ser vivo que piensa. Soy el plan del universo, su esquema. Eso es lo que pretendías
conseguir, y así es como ha sucedido.
—Por eso me diste la pizarra —murmuró él.
—Mírame —dijo Zina.
Emmanuel la miró... y vio a una joven con una corona sentada en un trono.
—Malkuth —dijo—. El último de los diez sefiroth.
—Y tú eres En Sof, el Eterno Infinito —dijo Malkuth—. El primer sefiroth del Árbol de la
Vida, el que ocupa la primera posición.
—Pero dijiste que eras la Torá.
—En el Zohar, la Torá es descrita como una hermosa doncella que vive en soledad,
recluida dentro de un gran castillo —dijo Malkuth—. Su amante secreto acude al castillo
para verla, pero no puede hacer nada más que aguardar inútilmente fuera de él,
esperando conseguir un atisbo de su belleza. Finalmente, ella aparece en la ventana y él
puede verla, pero sólo durante un segundo. Después, ella se queda más rato en la
ventana, y él puede hablar con ella; pero, aun así, ella sigue escondiendo su rostro detrás
de un velo..., y las respuestas a sus preguntas son evasivas. Por fin, después de mucho
tiempo, cuando su amante ha llegado a desesperar y a creer que jamás podrá verla, ella
le permite contemplar su rostro.
—Revelando con ello a su amante todos los secretos que ha guardado hasta entonces
enterrados en su corazón durante ese largo cortejo —dijo Emmanuel—. Conozco el
Zohar. Tienes razón.
—Y ahora ya me conoces, En Sof —dijo Malkuth—. ¿Te gusta lo que ves?
—No —dijo él—, porque, aunque has dicho la verdad, aún falta quitar un velo de tu
rostro. Aún hay que dar otro paso.
—Cierto —dijo Malkuth, la hermosa joven con una corona sentada en el trono—, pero
eres tú quien debe descubrir cuál es el paso que falta.
—Lo haré —repuso él—. Ahora estoy muy cerca; sólo me falta dar un paso, un solo
paso más.
—Creo que lo has adivinado —dijo ella—. Pero debes hacer algo más que adivinar.
Adivinar no es suficiente; debes saberlo con toda certeza.
—Qué hermosa eres, Malkuth... —dijo él—. Y, naturalmente, estás en el mundo y amas
el mundo; eres la sefira que representa a la Tierra. Eres el útero que lo contiene todo, a
todos los demás sefiroth y al mismísimo Árbol; esas otras nueve fuerzas son generadas
por ti.
—Contengo incluso a Kether —dijo Malkuth con voz tranquila—, que es el más alto de
todos.
—Eres Diana, la reina de las hadas —dijo él—. Eres Palas Atenea, el espíritu de la
guerra justa; eres la reina de la primavera, eres Hagia Sofía, la Santa Sabiduría; eres la
Torá, que es la fórmula y el esquema del universo; eres Malkuth de la Cábala, el último de
los diez sefiroth del Árbol de la Vida; y eres mi compañera y mi amiga, mi guía. Pero,
¿qué eres realmente bajo todos esos disfraces? Sé lo que eres y... —Puso su mano sobre
la de ella—. Estoy empezando a recordar. La Caída, cuando la Divinidad fue desgarrada.
—Sí —dijo ella, asintiendo—. Ahora tus recuerdos están volviendo a eso. Al principio.
—Dame tiempo —dijo él—. Sólo un poco de tiempo más. Es duro. Duele.
—Esperaré —dijo ella. Y esperó, sentada en su trono. Había esperado durante miles
de años, y en su rostro él pudo ver la paciente y tranquila voluntad de esperar más
tiempo, tanto como fuera necesario. Los dos habían sabido desde el principio que este
momento llegaría, el momento en el que volverían a estar juntos. Ahora estaban juntos de
nuevo, tal y como había sido originalmente. Todo cuanto debía hacer era llamarla por su
nombre. Nombrar es conocer, pensó. Conocer e invocar; llamar.
—¿Debo pronunciar tu nombre? —le dijo.
Ella sonrió con su hermosa sonrisa de siempre, pero en sus ojos no había malicia
alguna; ahora lo que ardía en ellos, contemplándole, era el amor, un amor inmenso e
inabarcable.
 
Nicholas Bulkowsky, vestido con su uniforme rojo del ejército, se preparaba para
hacerle un discurso a una multitud de fieles seguidores del Partido reunida en la plaza
principal de Bogotá, Colombia, donde últimamente los esfuerzos de reclutamiento habían
tenido un gran éxito. Si el Partido lograba atraer a Colombia al campo antifascista, la
desastrosa pérdida de Cuba quedaría más o menos compensada.
Sin embargo, recientemente, había surgido un problema: un cardenal de la Iglesia
Católica Romana, y no un cardenal colombiano, sino uno norteamericano enviado por el
Vaticano para interferir con las actividades del PC. ¿Por qué han de entrometerse en
esto?, se preguntó Bulkowsky. Había descartado ese nombre; ahora se le conocía como
general Gómez.
—Déme el perfil psicológico del cardenal Harms —le dijo a su consejera colombiana.
—Sí, Camarada General. —La señorita Reiz le entregó el expediente de aquel molesto
norteamericano.
—Parece que tiene la cabeza hecha un lío, ¿no? —dijo Bulkowsky mientras estudiaba
el archivo—. Un auténtico tejedor de embrollos teológicos... El Vaticano ha escogido a la
persona equivocada. —Vamos a meter a ese Harms en un buen lío, se dijo complacido.
—Señor, afirman que el cardenal Harms tiene mucho carisma —señaló la señorita
Reiz—. Atrae a la gente por dondequiera que va.
—Si aparece en Colombia, lo que conseguirá atraer será una cañería de plomo contra
su cabeza —dijo Bulkowsky.
 
Invitado de honor de un debate televisivo, el cardenal de la Iglesia Católica Romana
Fulton Statler Harms había vuelto a caer en sus habituales excesos oratorios. El
moderador, que no había perdido la esperanza de interrumpirle en algún momento para
conseguir la pausa publicitaria, que ya empezaba a ser más que necesaria, parecía
bastante incómodo.
—Su política sirve de inspiración a los desórdenes que luego ellos mismos capitalizan
—declaró Harms—. La inquietud social es la piedra angular del comunismo ateo.
Permítame que le dé un ejemplo...
—Volveremos dentro de un instante —dijo el moderador, mientras la cámara enfocaba
sus joviales e inexpresivos rasgos—. Pero antes, unos cuantos mensajes. —La imagen
cambió para mostrar un spray Guardapatios.
—¿Qué tal anda el mercado inmobiliario aquí, en Detroit? —le preguntó Fulton Harms
al moderador, ya que por el momento no estaban en antena—. Tengo algunos fondos que
deseo invertir, y he descubierto que los edificios de oficinas son las inversiones más
sólidas de todas.
—Sería mejor que consultara con... —El moderador recibió una señal visual del
productor del espacio; inmediatamente, su rostro volvió a adoptar su aspecto habitual de
sagacidad y, con su voz despreocupada pero siempre profesional, dijo—: Hoy estamos
hablando con el cardenal Fulton Statler Harmer...
—Harms —dijo Harms.
—...Harms, de la Diócesis de...
—Archidiócesis —dijo Harms, algo irritado.
—...de Detroit —siguió diciendo el moderador—. Cardenal, ¿no es cierto que en la
mayor parte de países católicos, especialmente en aquellos del Tercer Mundo, no existe
ninguna clase media digna de ese nombre? ¿No es cierto que se tiende a encontrar en
ellos una élite muy rica y una gran masa de población sumida en la pobreza, con poca o
ninguna educación y con poca o ninguna esperanza de mejorar su existencia? ¿Hay
alguna clase de relación entre la Iglesia y esta deplorable situación?
—Bueno... —dijo Harms, sin saber qué contestar.
—Déjeme que lo exprese de otra forma —siguió diciendo el moderador; estaba
totalmente relajado, controlando perfectamente la situación—. ¿No es cierto que la Iglesia
ha estado retrasando el progreso económico y social durante siglos enteros? De hecho,
¿no es cierto que la Iglesia es una institución reaccionaria dedicada a mejorar la vida de
unos pocos y a explotar a la gran mayoría, una institución que comercia con la credulidad
humana? Señor Cardenal, ¿cree que ése sería un buen resumen de la situación?
—La Iglesia mira por el bienestar espiritual del hombre; es responsable de su alma —
respondió Harms con voz débil.
—Pero no de su cuerpo.
—Los comunistas esclavizan el alma y el cuerpo del hombre —dijo Harms—. La
Iglesia...
—Lo siento, Cardenal Fulton Harms —le interrumpió el moderador—, pero no nos
queda más tiempo. Hemos estado hablando con...
—Libera al hombre del pecado original —dijo Harms.
El moderador le miró.
—El hombre nace en el pecado —dijo Harms, incapaz de poner algo de orden en sus
confusos pensamientos.
—Gracias, Cardenal Fulton Statler Harms —dijo el moderador—. Y ahora, pasemos a...
Más anuncios. Harms gimió en silencio. No sé por qué, pero tengo la sensación de que
he conocido días mejores, pensó mientras se levantaba del comodísimo sillón en el cual
le habían hecho instalarse.
No lograba definirla de forma precisa, pero la sensación seguía estando allí. Y ahora
tendré que ir a esa horrible Colombia, pensó. Otra vez; ya estuve en una ocasión, tan
poco tiempo como me fue posible, y ahora tengo que volver esta misma tarde. Me tienen
pendiendo de un hilo y piensan hacerme dar saltitos hacia un lado y hacia otro, eso es
todo. Vete a Colombia, vuelve a Detroit, márchate a Baltimore, luego vuelve a Colombia.
Soy un cardenal, ¿y tengo que aguantar todo esto? Me están entrando ganas de
abandonarlo todo.
Éste no es el mejor de todos los mundos posibles, se dijo mientras iba hacia el
ascensor. Y los moderadores de los debates televisivos siempre acaban abusando de mí.
Libera me, Domine, se dijo, pidiendo ayuda en silencio; sálvame, Señor. ¿Por qué no
me escucha?, se preguntó mientras esperaba el ascensor. Quizá Dios no exista; quizá los
comunistas tengan razón. Si Dios existe, desde luego no está haciendo nada por mí.
Antes de abandonar Detroit hablaré con mi consejero de inversiones sobre los edificios
de oficinas, decidió. Si es que tengo tiempo.
 
Rybys Rommey-Asher entró con paso cansino en la sala de estar de su apartamento.
—Ya he vuelto —dijo. Cerró la puerta y se quitó el abrigo—. El doctor dice que es una
úlcera. Lo llaman úlcera de píloro. Tendré que tomar fenobarbitol y beber Maalox.
—¿Aún te duele? —le preguntó Herb Asher; había estado repasando su colección de
cintas en busca de la Segunda Sinfonía de Mahler.
—¿Puedes traerme un poco de leche? —Rybys se dejó caer en el sofá—. Estoy
agotada. —Asher pensó que tenía la cara todavía más hinchada y roja que de costumbre
—Y no pongas la música demasiado alta. En estos momentos me siento incapaz de
aguantar ninguna clase de ruido. ¿Por qué no estás en la tienda?
—Es mi día libre. —Encontró la cinta con la Segunda de Mahler—. Me pondré los
auriculares —dijo—; así no te molestaré.
—Quiero hablarte de mi úlcera —dijo Rybys—. He aprendido algunas cosas muy
interesantes sobre las úlceras... Antes de venir me pasé por la biblioteca. Toma. —Le
entregó un sobre de papel manila—. Es una copia de un artículo reciente. Hay una teoría
sobre...
—Voy a escuchar la Segunda de Mahler —dijo él.
—Estupendo —dijo Rybys con amargo sarcasmo—. Pues adelante.
—Oye, no puedo hacer nada respecto a tu úlcera —dijo él.
—Puedes escucharme.
—Voy a traerte la leche —murmuró Herb Asher. Fue a la cocina. ¿Siempre tiene que
ser todo así?, se dijo.
Si pudiera escuchar la Segunda me sentiría mucho mejor, pensó. La única Sinfonía
escrita para ser interpretada con muchos pedacitos de cáñamo, pensó. Un «Ruthe», que
parece una escobilla; lo usan para tocar el bajo de la batería. Es una pena que Mahler
jamás llegara a ver un pedal Morley para guitarra wah-wah, pensó, o lo habría utilizado en
alguna de sus obras.
Volvió a la sala y le entregó el vaso de leche a su mujer.
—¿Qué has estado haciendo? —preguntó ella—. Ya me doy cuenta de que ni has
limpiado ni has arreglado la casa...
—He estado hablando con Nueva York —dijo él.
—Linda Fox —dijo Rybys.
—Sí. He estado encargando los componentes de su equipo.
—¿Cuándo volverás a verla?
—Tendré que supervisar la instalación. Quiero comprobar el sistema una vez lo hayan
montado.
—Estás realmente entusiasmado con eso, ¿eh? —dijo Rybys.
—Es una gran venta.
—No, me refiero a ella personalmente. Ella te gusta. —Hizo una pausa y luego dijo—:
Herb, creo que voy a divorciarme de ti.
—¿Hablas en serio? —dijo él.
—Muy en serio.
—¿Por culpa de Linda Fox?
—No, porque estoy harta de que este sitio sea una leonera. Estoy harta de preparar la
comida para ti y tus amigotes, y estoy especialmente harta de Elijah; siempre aparece
cuando no te lo esperas; nunca se le ocurre llamar por teléfono antes de venir. Actúa igual
que si viviera aquí. La mitad del dinero que nos gastamos en comida es para atenderle a
él y a sus necesidades. Es como una especie de mendigo. Parece un mendigo. Y esas
chifladuras religiosas suyas, todo eso de «El mundo va a terminar pronto»... No puedo
aguantarlo más. —Se quedó callada, y un momento después hizo una mueca de dolor.
—¿Tu úlcera? —preguntó él.
—Sí, mi úlcera. La úlcera que he conseguido de tanto preocuparme por...
—Me voy a la tienda —dijo él, y fue hacia la puerta—. Adiós.
—Adiós, Herb Asher —dijo Rybys—. Déjame aquí sola y vete a hablar con tus guapas
clientas y a escuchar nuevos equipos de alta fidelidad que cuestan medio millón de
dólares y hacen que se te caiga la baba.
Herb cerró la puerta del apartamento a sus espaldas, y un instante después su
aerovehículo se alzó hacia el cielo.
 
A última hora, cuando ya no había clientes en la tienda, Herb fue a la sala de audición
para hablar con su socio.
—Elijah —dijo—, creo que Rybys y yo hemos llegado al final de nuestra relación.
—¿Y qué harás ahora? —dijo Elijah—. Estás acostumbrado a vivir con ella; cuidar de
Rybys y satisfacer sus deseos es una parte básica de tu ser.
—Está enferma —dijo Herb—. Psicológicamente hablando, claro.
—Ya lo sabías cuando te casaste con ella.
—No logra centrar su atención en nada. Una cabeza de chorlito, ése es el término
técnico para definirla. Eso es lo que demostraron las pruebas. Por eso es tan
desordenada; no logra pensar correctamente, no puede actuar y es incapaz de
concentrarse. —El Espíritu del Esfuerzo Inútil, se dijo.
—Lo que tú necesitas es un hijo —dijo Elijah—. Ya me he dado cuenta del afecto que
le tienes a Manny, el hermano pequeño de esa mujer. ¿Por qué no...? —No llegó a
completar la frase—. Claro que eso no es asunto mío.
—Si decidiera tener relaciones con alguna otra mujer, ya sé a quién elegiría —dijo
Herb—. Pero ella nunca se fijaría en mí.
—¿Esa cantante?
—Sí —dijo él.
—Inténtalo —dijo Elijah.
—Está fuera de mi alcance.
—Nadie sabe qué está fuera de su alcance. Dios decide lo que está fuera del alcance
de una persona.
—Va a ser famosa en toda la galaxia.
—Pero todavía no lo es —dijo Elijah—. Si piensas probar suerte con ella, ahora es el
momento de intentarlo.
—La Fox —dijo Herb Asher—. Cuando pienso en ella, siempre la llamo así. —Una
frase apareció repentinamente en su cerebro:
 
¡Estás con la Fox y la Fox está contigo!
 
No Linda Fox cantando, sino Linda Fox hablando. Se preguntó de dónde venía esa
idea, la idea de que ella diría algo semejante. Otra vez los recuerdos borrosos,
compuestos de..., no sabía qué. Una Linda Fox más agresiva; más profesional y
dinámica. Y, sin embargo, distante. Como si estuviera a millones de kilómetros. Una señal
de una estrella. En los dos sentidos del término.
Desde las lejanas estrellas, pensó. Música, y el sonido de campanas.
—Quizás emigre a un mundo colonia —dijo.
—Rybys está demasiado enferma para eso.
—Iré solo —dijo Herb.
—Harías mejor intentando ligarte a Linda Fox —aconsejó Elijah—. Si es que puedes
conseguirlo, claro. Tienes que volver a verla. No te rindas. Inténtalo. La vida consiste
precisamente en eso, en intentarlo.
—De acuerdo —dijo Herb Asher—. Lo intentaré.
 
 
17
 
Emmanuel estaba caminando con Zina por entre los oscuros bosques del Parque
Stanley. Iban cogidos de la mano.
—Eres yo mismo —dijo—. Eres la Shekhina, la Presencia inmanente que nunca
abandona al mundo. —El lado femenino de Dios, pensó. Conocido por los judíos y sólo
por los judíos. Cuando tuvo lugar la caída primordial, la Divinidad se partió, y una parte
trascendente quedó separada del mundo; esa parte era En Sof. Pero la otra parte, la parte
femenina inmanente, permaneció junto al mundo que había caído, acompañando a Israel.
Esas dos partes de la Divinidad han estado separadas la una de la otra durante
milenios, pensó. Pero la mitad masculina de la Divinidad y la mitad femenina hemos
vuelto a reunirnos. Mientras yo estaba lejos de aquí, la Shekhina intervenía en las
existencias de los seres humanos para ayudarles. La Shekhina se quedó aquí,
mostrándose esporádicamente en un sitio o en otro, para que Dios nunca quedara
realmente separado de la humanidad.
—Cada uno somos el otro —dijo Zina—, y ahora hemos vuelto a encontrarnos y
volvemos a ser un solo ser.
La división ha quedado curada.
—A través de todos tus velos y oculto bajo todas tus formas estaba... mi propio yo —
dijo Emmanuel—. Y no te reconocí hasta que me hiciste recordar.
—¿Cómo lo conseguiste? —dijo Zina, y un instante después añadió—: Claro que ya lo
sé. Mi amor por los juegos. Ése es tu amor, tu juguete secreto; jugar como un niño. No ser
nunca serio. Apelé a eso; te desperté y recordaste: me reconociste.
—Un proceso tan difícil... —dijo él—. Te doy las gracias por haberme hecho recordar.
—Durante todo este tiempo Zina se había rebajado a sí misma permaneciendo en el
mundo caído; de los dos, ella era la auténtica heroína. Quedarse junto al hombre en su
estado miserable y carente de gloria..., permanecer con él dentro de su prisión, pensó
Emmanuel. La hermosa compañera del hombre. A su lado, igual que ahora está a mi lado.
—Pero has vuelto —dijo Zina—. Has regresado al fin.
—Así es —dijo él—. He vuelto a ti. Había olvidado que existías. Sólo recordaba el
mundo. —Eres el lado amable, pensó; el lado compasivo. Y yo soy el lado terrible que
despierta el miedo y hace temblar. Juntos formamos la unidad. Separados, nos falta algo;
individualmente no somos suficientes para formar el todo.
—Pistas —dijo Zina—. Siempre estaba dándote pistas. Pero el reconocerme era algo
que debías hacer por ti mismo.
—Durante un tiempo no supe quién era y no sabía quién eras —dijo Emmanuel—.
Tenía ante mí dos misterios, y los misterios tenían una sola respuesta, la misma.
—Vamos a ver a los lobos —dijo Zina—. Son unos animales tan hermosos... Y
podemos montar en el pequeño tren. Podemos visitar todos los animales.
—Y liberarlos —dijo Emmanuel.
—Sí —dijo Zina—. Y dejarlos libres a todos.
—¿Acaso Egipto ha de ser eterno? —preguntó él—. La esclavitud..., ¿siempre existirá?
—Sí —dijo Zina—. Igual que nosotros.
—Los animales se quedarán muy sorprendidos con su libertad —observó Emmanuel
cuando se aproximaban al Zoológico del Parque Stanley—. Al principio no sabrán qué
hacer.
—Pues entonces se lo enseñaremos —respondió Zina—, como hemos hecho siempre.
Lo que saben lo han aprendido de nosotros; somos sus guías.
—Así sea —dijo él, y puso su mano sobre la primera jaula metálica. Dentro de ella
había un animalito que le miró con incertidumbre—. Sal de tu jaula —dijo Emmanuel.
El animal vino hacia él, temblando, y Emmanuel lo tomó en sus brazos.
 
Herb Asher llamó a Linda a su casa de Sherman Oaks desde la tienda. Tardó un poco
en conseguirlo —dos secretarias robot le hicieron perder cierto tiempo—, pero al final
pudo hablar personalmente con ella.
—Hola —dijo en cuanto la tuvo en la línea.
—¿Qué tal anda mi sistema de sonido? —Linda Fox parpadeó rápidamente y se llevó
un dedo al ojo—. Mi lentilla se ha salido de su sitio; un momento... —Su rostro
desapareció de la pantalla—. Ya he vuelto —dijo un instante después—. Te debo una
cena, ¿verdad? ¿Quieres venir a California? Sigo en la Cierva Dorada; estaré actuando
allí durante una semana más. Tenemos mucho público; estoy probando gran parte de las
nuevas canciones. Quiero saber cuál es tu reacción ante ellas.
—Estupendo —dijo él, sintiéndose enormemente complacido.
—Bueno, entonces nos veremos, ¿no? —dijo Linda—. ¿Vendrás?
—Claro —respondió él—. Dime cuándo.
—¿Qué te parece mañana por la noche? Si es que vamos a cenar juntos tendrá que
ser antes de la actuación.
—Estupendo —dijo él—. ¿Sobre las seis de la tarde, hora de California?
Linda asintió.
—Herb —dijo—, si quieres puedes quedarte conmigo; tengo una casa muy grande. Hay
montones de espacio.
—Me encantaría —dijo él.
—Te haré probar un vino de California excelente. Un tinto de Mondavi. Quiero que
descubras los vinos de California; ese borgoña francés que tomamos en Nueva York
estaba muy bien, pero..., bueno, por aquí tenemos unos vinos magníficos.
—¿Quieres que cenemos en algún sitio en particular?
—En Sachiko —dijo Linda—. Comida japonesa.
—Trato hecho —asintió él.
—¿Y mi sistema de sonido? ¿Todo va bien? —preguntó ella.
—Todo va sobre ruedas —dijo él.
—No quiero que trabajes demasiado duro —indicó Linda Fox—. Tengo la sensación de
que trabajas demasiado. Quiero que te relajes y que disfrutes de la vida. Hay tantas cosas
de qué disfrutar... El buen vino, las amistades...
—El Laphroaig —dijo Herb.
—¡No me digas que conoces el Laphroaig! —exclamó Linda Fox, asombrada—. ¡Creía
que yo era la única persona de todo el mundo que bebía Laphroaig!
—Hace más de doscientos cincuenta años que se fabrica en los alambiques de cobre
tradicionales —dijo Herb Asher—. Requiere dos destilaciones y toda la habilidad de un
destilador experto.
—Sí, eso es lo que dice en la etiqueta. —Se echó a reír—. Herb, eso lo has sacado de
la etiqueta...
—Así es —admitió él.
—¿Verdad que mi apartamento de Manhattan quedará soberbio? —dijo ella con
entusiasmo—. Ese sistema de sonido que vas a instalar en él será el toque final. Herb...
—Le miró fijamente—. ¿De veras crees que mi música es buena?
—Sí —dijo él—. Sé que lo es. Y te hablo sinceramente.
—Eres un auténtico encanto —sonrió ella—. Estás convencido de que tengo un futuro
tan maravilloso... Es como si fueras mi buena suerte. ¿Sabes una cosa, Herb? La verdad
es que durante toda mi vida no he tenido a nadie que haya confiado en mí. Nunca fui
buena en la escuela..., mi familia no creía que pudiera triunfar como cantante. Además,
tuve problemas con mi piel, problemas realmente graves. Claro está que aún no he
conseguido triunfar..., sólo estoy empezando. Y, sin embargo, para ti soy... —Agitó la
mano.
—Alguien importante —dijo él.
—Y eso significa tanto para mí... Lo necesito tanto, Herb. Tengo muy mala opinión de
mí misma; estoy tan segura de que voy a fracasar... O solía estar segura —se corrigió—.
Pero tú me das... Bueno, cuando me veo a través de tus ojos no veo a una artista que
lucha por empezar; veo algo que... —Intentó seguir hablando; sus pestañas aletearon, y le
miró con una sonrisa aprensiva pero cargada de esperanza, deseando que Herb
terminara la frase por ella.
—No hay nadie que te conozca tan bien como yo —dijo él. Y era cierto; porque la
recordaba, y nadie más era capaz de recordarla. El mundo había olvidado; se había
quedado dormido. Habría que recordárselo. Y se lo recordarían.
—Herb, ven a la Costa Oeste —dijo Linda—. Por favor. Nos lo pasaremos muy bien.
¿Conoces a fondo California? No la conoces, ¿verdad?
—No —admitió él—. Volé hasta allí para verte actuar en la Cierva Dorada. Y siempre
he soñado con vivir en California, pero nunca he llegado a hacerlo.
—Te la enseñaré. Será increíble. Y, cuando esté deprimida, tú podrás darme ánimos, y
cuando tenga miedo me calmarás. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Herb, y sintió un gran amor hacia ella.
—Cuando llegues, dime lo que estoy haciendo bien y lo que estoy haciendo mal. Pero
lo que debes repetirme más veces es que voy a conseguirlo, que triunfaré. Dime que no
voy a fracasar, como yo pienso. Dime que lo de Dowland es una buena idea. La música
para laúd de Dowland es tan hermosa..., es la música más bella que jamás se haya
escrito. Oye, ¿crees realmente que...? ¿Estás seguro de que mi música y el tipo de cosas
que canto me harán llegar a la cumbre?
—Estoy totalmente seguro —dijo él.
—¿Cómo sabes todo eso? Es como si tuvieras un don. Un don que puedes
transmitirme.
—Es algo que viene de Dios —dijo Herb Asher—. El regalo que te hago. Mi confianza
en ti. Cree lo que te digo; es la verdad.
—Tengo la sensación de que estamos rodeados de magia, Herb —murmuró ella, muy
seria—. Un hechizo... Sé que suena ridículo, pero eso es lo que siento. Algo que lo vuelve
todo hermoso.
—La hermosura que yo encuentro en ti —dijo él.
—¿En mi música?
—En ella y en ti.
—Oye, no te estas inventando todo eso, ¿verdad?
—No —aseguró él—. Lo juro por el mismísimo nombre de Dios. Por el Padre que nos
creó.
—De Dios —repitió ella—. Herb, me asusta. Tú me asustas. Hay algo en ti que...
—Tu música te llevará hasta la cumbre —dijo Herb Asher. Lo sabía porque se
acordaba de ello. Lo sabía porque, para él, todo eso ya había ocurrido.
—¿De veras? —preguntó Linda.
—Sí —dijo él—. Te llevará hasta las estrellas.
 
 
18
 
El pequeño animal liberado de su jaula se removió entre los brazos de Emmanuel.
Tanto él como Zina lo acariciaron, y el animal les dio las gracias. Los dos sintieron su
gratitud.
—Es una cabra —dijo Zina, examinando sus pezuñas—. Una cría.
—Qué amables habéis sido —les dijo la cría—. He esperado mucho tiempo ser
liberado de mi jaula. La jaula dentro de la que tú me encerraste, Zina Palas...
—¿Me conoces? —dijo ella, sorprendida.
—Sí, te conozco —dijo la cría, pegándose a su cuerpo—. Os conozco a los dos,
aunque en realidad los dos sois uno solo. Habéis reunido vuestras personalidades
separadas, pero la batalla no ha terminado; la batalla empieza ahora.
—Conozco a esta criatura —dijo Emmanuel.
—Soy Belial —dijo la pequeña cabra que Zina tenía en sus brazos—. Belial, al que
hiciste prisionero, y al que ahora acabas de liberar.
—Belial —dijo Emmanuel—, mi Adversario.
—Bienvenido a mi mundo —dijo Belial.
—No es tu mundo, es mi mundo —dijo Zina.
—Ya no. —La voz de la pequeña cabra se volvió más potente e imperiosa—. En
vuestra premura por liberar a los prisioneros, habéis liberado al más poderoso y grande
de todos ellos. Volveré a luchar contra ti, divinidad de la luz. Te llevaré a las cavernas
donde no hay luz alguna. Ahora tu brillo quedará apagado; la luz ya se ha esfumado, o no
tardará en hacerlo. Hasta ahora el juego no era más que una broma en la que te
enfrentabas a tu propio yo. ¿Cómo era posible que la deidad de la luz perdiera cuando los
dos contendientes eran partes de ella misma? Tú, que creaste el orden del caos, tú, que
acabas de sacarme de ese mismo orden..., ahora te enfrentas a un auténtico adversario.
Pondré a prueba tus poderes. Ya has cometido un error; me liberaste sin saber quién era.
Tuve que ser yo quien te lo dijera. Tu sabiduría no es perfecta; se te puede coger por
sorpresa. ¿Acaso no te he sorprendido?
Tanto Emmanuel como Zina guardaron silencio.
—Me habías dejado indefenso —dijo Belial—, me habías encerrado dentro de una
jaula, y después sentiste pena por mí. Eres demasiado sentimental, deidad de la luz. Eso
será tu perdición. Te acuso de ser débil, de que nunca podrás ser lo bastante fuerte. Yo
soy el que acusa, y acuso a mi propio creador. Para gobernar debes ser fuerte. Son los
fuertes quienes gobiernan; gobiernan a los débiles. En vez de eso, tú te has dedicado a
proteger a los débiles; me has ofrecido ayuda, a mí que soy tu enemigo. Ya veremos si
eso fue muy inteligente por tu parte.
—Los fuertes deberían proteger a los débiles —dijo Zina—. Eso es lo que dice la Torá.
Es una idea básica de la Torá; es la base de la ley de Dios. Tal y como Dios protege al
hombre, así debería proteger el hombre a quienes son más débiles que él, incluyendo en
esa protección a los animales y a los más nobles de los árboles.
—Eso va en contra de la naturaleza de la vida, la naturaleza que tú mismo implantaste
en ella —dijo Belial—. Así es como evoluciona la vida. Te acuso de violar tus propios
fundamentos biológicos, el orden del mundo. Sí, anda, libera a todos los prisioneros; deja
suelta por el mundo una oleada de asesinos. Has empezado conmigo. Vuelvo a darte las
gracias. Pero ahora te dejo; tengo que hacer tantas cosas como tú..., quizá más. Bájame.
—La pequeña cabra saltó de sus brazos y echó a correr; Zina y Emmanuel la vieron
marcharse. Y, mientras corría, iba creciendo.
—Destruirá nuestro mundo —dijo Zina.
—No, le mataremos antes de que lo haga —dijo Emmanuel. Alzó su mano, y el chivo
se desvaneció.
—No se ha ido —dijo Zina—. Se ha ocultado en el mundo. Se ha camuflado. Ahora ni
tan siquiera seremos capaces de encontrarle. Sabes muy bien que no puede morir. Es
eterno, igual que nosotros.
En el resto de las jaulas, los demás animales prisioneros gritaban pidiendo ser
liberados. Zina y Emmanuel no les hicieron caso y empezaron a buscar a la cabra que
habían dejado suelta..., suelta para hacer lo que le viniera en gana.
—Siento su presencia —dijo Zina.
—Yo también —dijo Emmanuel, con expresión sombría—. Nuestra obra ya está siendo
deshecha.
—Pero la batalla aún no ha terminado —dijo Zina. Tal y como había dicho la cabra, «la
batalla empieza ahora».
—Así sea —dijo Emmanuel—. Lucharemos contra él juntos, tal y como hicimos en el
comienzo, antes de la caída.
Zina se inclinó sobre él y le besó.
Emmanuel sintió su miedo, su considerable temor. Y aquel mismo temor estaba
también dentro de él.
¿Qué será de ellos ahora?, se preguntó. La gente a la cual deseaba liberar... ¿Qué
clase de prisión creará Belial para ellos, con su infinita habilidad para concebir prisiones?
Prisiones sutiles y groseras, prisiones dentro de otras prisiones; prisiones para el cuerpo
y, todavía peor, prisiones para la mente.
La Cueva de los Tesoros bajo el Jardín: oscura y pequeña, sin aire y sin luz, sin tiempo
y sin espacio auténticos..., paredes que se van uniendo y, apresadas entre ellas, mentes
que se encogen. Y Zina y yo hemos permitido que todo esto ocurra; hemos ayudado a la
cabra para que todo esto sea posible.
Su liberación es lo que les encarcelará, comprendió. Una paradoja; le hemos dado
libertad al constructor de mazmorras. En nuestro deseo de emanciparles, hemos
aplastado las almas de todos los seres vivientes.
Afectará a cuantos viven en este mundo, desde la más grande hasta la más pequeña
de las criaturas. Hasta que seamos capaces de volver a meter a la cabra en su jaula;
hasta que podamos colocarla de nuevo dentro de su prisión...
Y ahora está por todas partes; ahora no está encerrado. Los átomos del aire son su
morada; es inhalado igual que un vapor. Y cada criatura morirá al respirarlo. No del todo y
no físicamente, pero, aun así, la muerte acabará llegando. Hemos liberado a la muerte, la
muerte del espíritu. La muerte para todo lo que ahora está vivo y desea vivir. Éste es el
regalo que les hacemos, el fruto de nuestra bondad.
—Los motivos no importan —dijo Zina, dándose cuenta de sus pensamientos.
—El camino al infierno —dijo Emmanuel. Y, en este caso, eso es literalmente, pensó.
Ésa es la única puerta que hemos abierto: la puerta que lleva a la tumba.
Y a quienes más compadezco es a las pequeñas criaturas del mundo, pensó, las que
menos daño han hecho. Ellas son las que menos merecen este destino. La cabra las
escogerá para infligirles el máximo sufrimiento; las castigará en proporción a su
inocencia..., éste es su método, el método mediante el cual la gran balanza se ve
apartada del equilibrio y el Plan queda deshecho. Acusará a los débiles y destruirá a los
indefensos; utilizará su poder contra quienes menos pueden defenderse. Y, por encima de
todo, devorará las pequeñas esperanzas, los magros sueños de los débiles.
Y es aquí donde debemos intervenir, se dijo. Para proteger a los más pequeños. Ésta
es nuestra primera labor y la primera línea de nuestra defensa.
 
Herb Asher despegó de Washington e inició el vuelo hacia California y Linda Fox
sintiéndose lleno de alegría. Éste va a ser el período más feliz de toda mi vida, se dijo.
Llevaba sus maletas en el asiento trasero, y las había llenado con cuanto podía necesitar;
estaría lejos de Washington y de Rybys durante cierto tiempo..., quizá para siempre. Una
nueva vida, pensó mientras dirigía su coche por entre las calzadas del tráfico
transcontinental, marcadas con brillantes señales luminosas. Es como un sueño, pensó.
Un sueño que se ha hecho realidad.
Y, de repente, se dio cuenta de que la atmósfera de su coche estaba saturada por una
música dulzona. Sorprendido, dejó de pensar y escuchó. Al sur del Pacífico, se dijo. La
canción «Voy a lavarme el pelo para olvidar a ese hombre». Ochocientos nueve
instrumentos de cuerda, todos sonando al mismo tiempo. ¿Tenía conectado el estéreo del
coche? Miró su luz indicadora y el dial. No, estaba apagado.
¡Estoy en suspensión criónica!, pensó. Es el gigantesco transmisor de frecuencia
modulada contiguo. Cincuenta mil vatios de emisión metiéndose en la cabeza de todos los
presentes en Cri-Labs Incorporada. ¡Hijo de puta!
Redujo la velocidad, aturdido y asustado. No lo entiendo, pensó, lleno de pánico.
Recuerdo haber salido de la suspensión criónica; estuve congelado durante diez años, y
al final acabaron encontrando los órganos que me hacían falta y me devolvieron a la vida.
¿Verdad que sí? ¿O todo eso no fue más que una fantasía criónica de mi cerebro
muerto? Y esto también es una..., oh, Dios mío. No me extraña que todo pareciese un
sueño; es un sueño.
La Fox es un sueño, pensó. Mi sueño. Yo la inventé mientras me encontraba en
suspensión; y ahora mismo estoy inventándola. Y mi única pista es esa horrible música
que se infiltra por todas partes. Sin la música, jamás habría llegado a enterarme.
Es diabólico, pensó. Jugar de esa forma con un ser humano y con sus esperanzas...
Con todo lo que cree va a conseguir.
Una luz roja se encendió en su salpicadero, y simultáneamente empezó a sonar un
pitido. Y ahora, aparte todo lo demás, se había convertido en blanco de un vehículo de la
policía.
El coche de la policía se puso junto a él y quedó adherido al suyo. Las puertas de los
dos vehículos se abrieron al unísono, y Herb se encontró con un policía que le miraba
fijamente.
—Déme su licencia —dijo el policía. Su rostro quedaba oculto por la máscara de
plástico; parecía una especie de fortificación de la Primera Guerra Mundial, algo
construido en Verdún.
—Aquí tiene. —Herb Asher le entregó la licencia al policía mientras los dos vehículos,
ahora unidos, avanzaban lentamente como si fueran uno solo.
—Señor Asher, ¿hay alguna acusación contra usted? —le preguntó el policía mientras
tecleaba los datos en su consola.
—No —dijo Herb Asher.
—Se equivoca. —Hileras de letras luminosas aparecieron en la pantalla del policía—.
Según nuestros archivos, no tiene usted permiso legal para estar en la Tierra. ¿Lo sabía?
—Eso no es cierto —dijo él.
—La orden de búsqueda es bastante vieja. Ya hace tiempo que intentan atraparle. Voy
a detenerle.
—No puede hacerlo —dijo Herb Asher—. Estoy en suspensión criónica. Mire, voy a
pasar mi mano a través de usted. —Alargó la mano y tocó al policía. Sus dedos
encontraron la solidez de la carne protegida por la coraza—. Qué extraño... —dijo Herb
Asher. Empujó con más fuerza, y en ese mismo instante se dio cuenta de que el policía le
apuntaba con una pistola.
—¿Quiere que apostemos a si está en suspensión criónica o no? —dijo el policía.
—No —dijo Herb Asher.
—Se lo digo porque, como haga otra tontería, le mato. Es usted un delincuente
buscado por la ley. Puedo matarle en cuanto me dé la gana. Quíteme la mano de encima.
Vamos, quítela.
Herb Asher apartó la mano. Y, sin embargo, aún podía oír Al sur del Pacífico. La
dulzona música seguía llegándole desde todas partes.
—Si fuera capaz de atravesarme con la mano ya se habría caído a través del suelo de
su coche —dijo el policía—. Piense con un poco de lógica. No se trata de que yo sea real
o no; se trata de si todo es real o no. Para usted, quiero decir. Es su problema. O usted
cree que es su problema. ¿Estuvo en suspensión criónica?
—Sí.
—Entonces es que sufre una vuelta atrás. Es algo muy común. Su cerebro se ve
sometido a presión y sufre trastornos. La suspensión criónica proporciona la misma
sensación de seguridad que estar dentro del útero, y su cerebro registra esa sensación y
luego puede volver a ella. ¿Es la primera vez que le ocurre? Me he encontrado con
personas que estuvieron en suspensión criónica y... Bueno, no había forma alguna de
convencerlas de que eso ya había terminado, no importa lo que les dijeras o lo que
pasara.
—Pues ahora está hablando con una de esas personas —dijo Herb Asher.
—¿Por qué cree estar en suspensión criónica?
—Esa música dulzona.
—Yo no...
—Claro que no la oye. De eso se trata, precisamente.
—Está sufriendo alucinaciones.
—De acuerdo. —Herb Asher asintió—. Eso es lo que le estaba diciendo. —Alargó la
mano hacia la pistola del policía—. Adelante, dispare —dijo—. No me hará daño. El haz
pasará a través de mi cuerpo.
—Creo que su sitio está en un hospital psiquiátrico, no en una cárcel.
—Puede que sí.
—¿Adónde iba? —le preguntó el policía.
—A California. A visitar a la Fox.
—¿Fox como en la productora de cine?
—La mayor cantante que existe.
—Nunca he oído hablar de ella.
—En este mundo no es muy conocida —dijo Herb Asher—. En este mundo acaba de
empezar su carrera. Voy a ayudarla para que sea famosa y conocida en toda la galaxia.
Se lo he prometido.
—¿Y qué tal es el otro mundo, comparado con éste?
—El mundo real... —dijo Herb Asher—. Dios hizo que lo recordara. Soy una de las
pocas personas que lo recuerdan. Se me apareció por entre los bambúes y había
palabras escritas con fuego rojo, palabras que me explicaron la verdad y me devolvieron
mis recuerdos.
—Está usted muy enfermo. Cree estar en suspensión criónica y recuerda otro universo.
Me pregunto que habría sido de usted si no le hubiera atrapado...
—Me lo habría pasado estupendamente en la Costa oeste —dijo Herb Asher—. Me lo
habría pasado muchísimo mejor de lo que me lo estoy pasando ahora.
—¿Y qué más le contó Dios?
—Otras cosas.
—¿Y Dios habla frecuentemente con usted?
—Muy pocas veces. Soy su padre legal.
El policía le miró fijamente.
—¿Qué?
—Soy el padre legal de Dios. No su padre auténtico; sólo su padre legal. Mi esposa es
su madre.
El policía siguió mirándole. La pistola láser temblaba ligeramente en su mano.
—Dios hizo que yo me casara con su madre para que así...
—Extienda las manos.
Herb Asher extendió las manos hacia el policía, y un instante después las esposas se
cerraron alrededor de sus muñecas.
—Siga —dijo el policía—. Pero debo advertirle de que cuanto diga puede ser utilizado
en su contra ante los tribunales.
—El plan era llevar de contrabando a Dios e introducirlo nuevamente en la Tierra —dijo
Herb Asher—. En el útero de mi esposa. El plan tuvo éxito. Por eso hay una orden de
búsqueda contra mí. El crimen que cometí fue introducir de contrabando a Dios en la
Tierra, donde gobierna el Maligno. Aquí el Maligno lo controla todo y —a todos, y nadie lo
sabe. Por ejemplo, usted trabaja para el Maligno.
—Yo...
—Pero no se da cuenta de ello. Jamás ha oído hablar de Belial.
—Cierto —dijo el policía.
—Eso demuestra que tengo razón —dijo Herb Asher.
—Todo lo que ha dicho desde que detuve su vehículo ha sido grabado —indicó el
policía—. Lo analizarán. Así que usted es el padre de Dios...
—Su padre legal.
—Y ésa es la razón de que la ley le ande buscando. Me pregunto cuál será la definición
legal exacta de ese delito... Nunca lo he visto en el código. Presentarse como el padre de
Dios...
—El padre legal.
—¿Quién es su auténtico padre?
—El mismo —dijo Herb Asher—. Él fecundó a su madre.
—Eso es repugnante.
—Es la verdad. La fecundó con su misma esencia y gracias a ello se duplicó a sí
mismo en una microforma, y gracias a ese método pudo...
—Oiga, ¿cree que hace bien contándome todo esto?
—La batalla ha terminado. Dios ha vencido. El poder de Belial ha sido aniquilado.
—Entonces, ¿qué hace usted con las esposas puestas, y por qué le estoy apuntando
con un láser?
—No estoy seguro. La verdad es que me cuesta dar con la respuesta a eso. Eso y Al
sur del Pacífico. Hay unos cuantos fragmentos que no consigo encajar en el
rompecabezas. Pero estoy trabajando en ello. De lo que no me cabe ninguna duda es de
que Yah ha vencido.
—«Yah». Supongo que ése es Dios, ¿no?
—Sí; es su auténtico nombre. Su nombre original. De cuando vivía en lo alto de la
montaña.
—No quiero empeorar sus problemas —le dijo el policía—, pero es usted el peor
chiflado que he visto en toda mi vida, y veo a montones de personas diferentes. Cuando
le pusieron en suspensión criónica debieron dejarle el cerebro hecho puré. Supongo que
no llegaron a tiempo. Yo diría que aproximadamente sólo funciona una sexta parte de su
cerebro, y esa sexta parte no funciona nada bien. Voy a llevarle a un sitio donde estará
mucho mejor de lo que ha estado hasta ahora y le darán un tratamiento que le hace
muchísima falta. No se lo puede ni imaginar. En mi opinión...
—Voy a contarle otra cosa —dijo Herb Asher—. ¿Sabe a quién tengo como socio en mi
tienda? Al profeta Elías.
—Aquí 356 Kansas —dijo el policía por su micrófono—. Voy a traer a un individuo para
evaluación psiquiátrica. Blanco, varón, de... —Se volvió hacia Herb Asher y le dijo—:
Oiga, ¿le he devuelto el permiso de conducir? —El policía guardó su arma en la funda y
empezó a hurgar en sus bolsillos, buscando el permiso de Herb Asher.
Herb Asher cogió el arma de la funda del policía y le apuntó con ella; tenía que
mantener las manos muy juntas debido a las esposas, pero aun así pudo hacerlo.
—Me ha quitado el arma —dijo el policía.
—¿Has dejado que un tipo con los sesos hechos puré te quitara el arma? —crepitó el
altavoz.
—Bueno; no paraba de hablar de Dios, y pensé que estaba... —El policía se quedó
callado antes de completar la frase.
—¿Cuál es el nombre del individuo? —preguntó el altavoz.
—Asher. Herbert Asher.
—Señor Asher, por favor —dijo el altavoz—, devuélvale su arma al agente.
—No puedo —dijo Herb Asher—. Estoy congelado en suspensión criónica. Y junto al
edificio hay un transmisor de frecuencia modulada de cincuenta mil vatios que está
emitiendo Al sur del Pacífico. Me está volviendo loco.
—Suponga que le damos instrucciones a la emisora para que desconecten el aparato
—dijo el altavoz—. Si hacemos eso, ¿le devolverá la pistola al agente?
—Estoy paralizado —dijo Herb Asher—. Estoy muerto.
—Si está muerto no necesita una pistola —dijo el altavoz—. De hecho, si está muerto,
¿cómo va a dispararla? Usted mismo ha dicho que estaba congelado. La gente en
suspensión criónica no puede moverse; está tiesa como un tronco.
—Pues entonces dígale al agente que me quite la pistola —respondió Herb Asher.
—Quítele el... —dijo el altavoz.
—El arma es real y Asher es real —dijo el agente—. Está loco. No está congelado.
¿Me cree capaz de arrestar a un muerto? ¿Cree que un muerto podría estar yendo hacia
California? Hay una orden de busca y captura a su nombre; es un delincuente perseguido
por la justicia.
—¿Por qué le buscan? —preguntó el altavoz—. Eh, señor Asher, estoy hablando con
usted. Estoy hablando con un muerto que está tieso y congelado a cero grados.
—No, a mucha menos temperatura —dijo Herb Asher—. Pídales que emitan la
Segunda Sinfonía de Mahler. Y que sea la versión original de la partitura; no una versión
sólo para instrumentos de cuerda, nada de esa música para relajarse. No tengo ganas de
relajarme. En una ocasión tuve que estarme meses enteros escuchando El violinista en el
tejado. Y estaba pasando por una época muy crítica de mi ciclo vital; estaba...
—De acuerdo —dijo el altavoz, intentando calmarle—. A ver qué opina de esto:
haremos que la emisora ponga la Segunda Sinfonía de Mahler, y a cambio de ello usted
le devuelve su arma al agente. Lo que... Espere un momento...
Silencio.
—Aquí hay un fallo de lógica —dijo el agente—. Se está dejando atrapar usted por su
idée fixe. ¿Sabe qué pienso yo de todo esto? Pues pienso que es un caso de folie á deux.
Esto tiene que acabar. No hay ninguna emisora de frecuencia modulada transmitiendo Al
sur del Pacífico. Si existiera, yo podría oírla. No se puede llamar a la emisora, a ninguna
emisora, y pedirle que pongan la Segunda de Mahler; no saldrá bien...
—Pero él se lo tragará, so gilipollas... —crepitó el altavoz.
—Oh —dijo el policía.
—Déme unos cuantos minutos, señor Asher —dijo el altavoz—. Me pondré en contacto
con la emisora y...
—No —dijo Herb Asher—. Es un truco. No pienso devolverle el arma. Deje libre mi
vehículo —le dijo al policía.
—Será mejor que lo haga —dijo el altavoz.
—Y quíteme las esposas —dijo Herb Asher.
—La Segunda Sinfonía de Mahler le va a encantar —dijo el altavoz—. Lleva un coro
incluido y...
—¿Sabe lo que es la Segunda Sinfonía de Mahler? —dijo Herb Asher—. ¿Sabe para
qué instrumentos fue escrita? Yo voy a decirle para qué instrumentos fue escrita. Cuatro
flautas, todas alternando con piccolos, cuatro oboes, el tercero y el cuarto alternando con
el corno inglés, un trombón de varas, cuatro clarinetes, el tercero alternando con el
clarinete bajo y el cuarto con el segundo trombón de varas, cuatro violoncelos, el tercero y
el cuarto alternando con el contrabajo, diez cuernos, diez trompetas, cuatro trombones...
—¿Cuatro trombones? —preguntó el policía.
—Cristo —dijo el altavoz.
—...una tuba —siguió diciendo Herb Asher— órgano, dos timbales más un tambor
adicional fuera de la orquesta, dos tambores de graves, uno de ellos fuera de la orquesta,
dos pares de címbalos, uno fuera de la orquesta, dos gongs, uno de ellos relativamente
agudo, el otro grave, dos triángulos, uno fuera de la orquesta, un atabal, preferiblemente
más de uno, campanillas, campanas, un ruthe...
—¿Qué es un «ruthe»? —preguntó el policía.
—«Ruthe» significa literalmente «varilla» —dijo Herb Asher—. Está hecho con un
montón de trocitos de cáñamo; parece una especie de plumero grande o una escobilla. Se
utiliza para tocar la batería. Mozart escribió música para ruthe. Dos arpas, con dos o más
músicos para cada pasaje si es posible... —Hizo memoria—. Además, naturalmente, tiene
que haber la orquesta habitual, incluyendo toda una sección de cuerda. Haga que utilicen
su tablero de mezclas para tapar un poco el sonido de las cuerdas. Ya he oído bastantes
cuerdas. Y asegúrese de que los dos solistas son buenos, tanto la soprano como el alto.
—¿Eso es todo? —preguntó el altavoz.
—Te has dejado atrapar por sus ilusiones —dijo el policía.
—¿Sabes una cosa? —dijo el altavoz—. Me parece que ese tipo está bastante cuerdo.
¿Estás seguro de que te ha quitado el arma? Señor Asher, ¿cómo es que sabe tanto de
música? Parece ser toda una autoridad en la materia.
—Hay dos razones para ello —dijo Herb Asher—. Una se debe a que vivo en un
planeta del sistema estelar CY30-CY30B; manejo un sofisticado montón de equipo
electrónico, tanto video como audio; recibo transmisiones de la nave madre, las registro, y
luego las emito a las otras cúpulas que hay tanto en mi planeta como en los planetas
cercanos, y también manejo el tráfico de Fomalhaut, así como el tráfico de las
emergencias domésticas. Y la otra razón es que el profeta Elías y yo somos propietarios
de una tienda de alta fidelidad en Washington.
—Dejando aparte el hecho de que se encuentra en suspensión criónica —dijo el
policía.
—Sí, ésas son las tres razones —dijo Herb Asher.
—Y Dios le cuenta cosas —añadió el policía.
—De música no —dijo Herb Asher—. No le hace falta. Pero borró todas mis cintas de
Linda Fox. Y además interfirió con las señales que recibía...
—Hay otro universo donde esa tal Linda Fox es increíblemente famosa —explicó el
policía sentado junto a Herb Asher—. El señor Asher va a California para reunirse con
ella. El cómo es capaz de hacer eso mientras se encuentra congelado en suspensión
criónica no consigo entenderlo, pero ésos son sus planes, o eran sus planes hasta que yo
detuve su coche.
—Sigo pensando ir ahí —dijo Herb Asher, y entonces se dio cuenta de que había
cometido un error al revelárselo; ahora podrían seguirle aunque lograra escapar. Había
cometido una gran estupidez; había hablado demasiado.
—Creo que su circuito de autocontrol acaba de notificarle que se ha ido de la lengua —
dijo el policía, mirándole con mucha atención.
—Ya estaba preguntándome cuando actuaría —dijo el altavoz.
—Ahora no puedo ir a reunirme con la Fox —dijo Herb Asher—. No iré ahí. Volveré a
mi cúpula en el Sistema CY30-CY30B. Su jurisdicción no llega hasta ahí. Además, Belial
no gobierna ese sistema. Allí es Yah quien gobierna.
—Creí haberle oído decir que Yah volvió aquí, y supongo que si volvió es él quien
gobierna ahora, ¿no? —dijo el policía.
—Durante el transcurso de nuestra conversación se me ha presentado muy claro que
no gobierna este sitio o al menos no por completo —dijo Herb Asher—. Algo va mal. Lo
supe cuando empecé a oír esa horrible y melosa música de cuerdas. Y, sobre todo, me di
cuenta cuando usted detuvo mi vehículo y me dijo que hay una orden de búsqueda y
captura a mi nombre. Puede que Belial haya ganado; quizá sea eso. Todos ustedes son
servidores de Belial. Quíteme las esposas o le mato.
El policía le quitó las esposas, no de muy buena gana.
—Señor Asher —dijo el altavoz—, tengo la impresión de que en sus palabras hay una
contradicción interna. Si se concentra en ellas verá por qué da la impresión de tener los
sesos hechos puré. Primero dice usted una cosa y luego dice otra. El único intervalo de
lucidez en todo su discurso tuvo lugar cuando habló sobre la Segunda Sinfonía de Mahler,
y eso probablemente sea debido, tal y como dice usted, al hecho de que anda metido en
el negocio de la alta fidelidad. Es un último resto de lo que en tiempos fue una mente
intacta. Debe entender que, si acompaña al agente, no será castigado; será tratado como
el lunático que obviamente es. Ningún juez condenaría a un hombre capaz de contar las
cosas que usted dice.
—Es cierto —dijo el policía—. Lo único que tiene que hacer es contarle al juez eso de
que Dios habla con usted entre los bambúes y quedará tan libre como un pájaro. Y, sobre
todo, cuando le diga que es usted el padre de Dios...
—Su padre legal —le corrigió Herb Asher.
—Eso dejará muy impresionado al tribunal —admitió el policía.
—En este momento se libra una gran guerra entre Dios y Belial —dijo Herb Asher—. El
destino del universo y su misma existencia física se hallan en juego. Cuando partí hacia la
Costa Oeste daba por sentado que todo iba bien, y tenía razones para ello. Ahora no
estoy seguro; creo que algo ha ido mal, espantosamente mal. Usted es el paradigma de lo
que ha ido mal, el epítome. Si Yah hubiese ganado, usted no habría detenido mi coche.
No iré a California porque eso pondría en peligro a Linda Fox. Acabarán encontrándola,
naturalmente, pero no sabe nada; es un nuevo talento que lucha por triunfar y al que yo
intentaba echarle una mano..., al menos, eso es lo que es en este mundo. Déjenla en paz.
Y déjenme en paz a mí, déjennos a todos en paz. No saben a quién sirven. ¿Comprenden
lo que estoy diciendo? Piensen lo que piensen, están al servicio del mal. Son máquinas
que procesan una orden de busca y captura vieja. No saben lo que hice o de qué se me
acusó..., no pueden verle sentido alguno a lo que digo porque no comprenden la
situación. Siguen reglas que no son de aplicación a este caso. Estamos en un momento
único. Están ocurriendo cosas sin precedentes; fuerzas inigualables se enfrentan una a la
otra. No iré a ver a Linda Fox, pero tampoco sé adónde ir. Tal vez Elijah lo sepa; quizás él
pueda decirme lo que debo hacer. Mi sueño quedó destruido cuando usted detuvo mi
vehículo, y puede que también el sueño de Linda Fox haya quedado destruido. Quizás
ahora no pueda ayudarla a que se convierta en una estrella, tal y como le había
prometido. El tiempo lo dirá. El desenlace de la gran batalla decidirá lo que suceda. Y les
compadezco, porque, sea cual sea el desenlace, ustedes ya han sido destruidos; sus
almas ya no existen.
Silencio.
—Es usted un hombre muy poco corriente, señor Asher —dijo el policía—. Puede que
esté loco o puede que no, pero, sea lo que sea lo que anda mal en su cabeza, creo que
no hay dos como usted. —Movió lentamente la cabeza, como sumido en sus
pensamientos—. Ésta no es ninguna locura corriente. Esto no se parece a nada que haya
visto u oído comentar antes. Usted habla de todo el universo..., no, de más que el
universo, si es que eso es posible. Me impresiona y, en cierta forma, me asusta. Ahora
que le he escuchado lamento haber detenido su vehículo. No me dispare. Dejaré libre su
coche y podrá marcharse; no le perseguiré. Me gustaría olvidar todo lo que he oído en los
últimos minutos. Usted habla de Dios y de un anti-Dios y de una batalla terrible que
parece haber sido perdida..., quiero decir que quien ha ganado es ese anti-Dios. Esto no
encaja con nada de cuanto sé o comprendo. Váyase. Le olvidaré, y usted puede olvidarse
de mí. —El policía se ajustó la máscara con un gesto lleno de cansancio.
—No puedes dejarle marchar —dijo el altavoz.
—Oh, sí que puedo —dijo el policía—. Puedo dejarle marchar y luego puedo olvidarme
de cuanto ha dicho y de lo que he oído.
—Pero todo está grabado —dijo el altavoz.
El policía se inclinó sobre el tablero y apretó un botón.
—Acabo de borrarlo —dijo.
—Pensé que la batalla había sido ganada —dijo Herb Asher—. Pensé que Dios había
ganado. Dios no ha ganado. Lo sé, aunque me deje marchar. Pero quizás el que usted
me deje libre sea una señal. Veo alguna respuesta en su ser, cierta cantidad de calor
humano...
—No soy una máquina —dijo el policía.
—Pero, ¿seguirá siendo cierto eso dentro de poco? —le preguntó Herb Asher—. No
estoy seguro. ¿En qué se habrá convertido dentro de una semana? ¿Y dentro de un mes?
¿En qué nos habremos convertido todos? ¿Y en qué medida podemos alterar el resultado
final?
—Lo único que deseo es alejarme de usted —dijo el policía—. Quiero que entre
nosotros dos haya una gran distancia.
—Perfecto —dijo Herb Asher—. Puede hacerse. Alguien tiene que contarle la verdad al
mundo —añadió—. La verdad que usted conoce, la que le conté: que Dios libra un
combate y está perdiendo. ¿Quién puede hacer eso?
—Usted —dijo el policía.
—No —dijo Herb Asher. Pero sabía quién podía hacerlo—. Elías puede hacerlo —
dijo—. Es su tarea; ha venido para esto, para que el mundo lo sepa.
—Pues entonces oblíguele a que se encargue de ello —dijo el policía.
—Lo haré —dijo Herb Asher—. Ahí es donde iré; volveré a Washington, con mi socio.
Olvidaré a la Fox, se dijo; ésa es la pérdida que debo aceptar. Al comprenderlo, sintió
que una amarga pena llenaba todo su ser. Pero ésa era la realidad; ahora no podía estar
con ella, no hasta que todo hubiera terminado.
No hasta que hubieran ganado la batalla.
Y, mientras dejaba libre su vehículo, el policía dijo algo muy extraño.
—Rece por mí, señor Asher —le dijo.
—Lo haré —dijo Herb Asher.
Cuando su vehículo hubo quedado libre, lo hizo girar en un gran arco y volvió hacia
Washington. El coche de la policía no le siguió. El policía había cumplido su palabra.
 
 
19
 
Llamó a Elijah Tate desde la tienda, despertándole.
—Elías —dijo—, el momento ha llegado.
—¿Qué? —murmuró Elijah—. ¿Se ha incendiado el local? ¿De qué estás hablando?
¿Nos han robado? ¿Cuánto hemos perdido?
—La no-realidad está volviendo —dijo Herb Asher—. El universo ha empezado a
disolverse. No es la tienda; es todo.
—Estás volviendo a oír la música —murmuró Elijah.
—Sí.
—Ésa es la señal. Tienes razón. Ha ocurrido algo, algo que él..., algo que ellos no
esperaban. Herb, se ha producido otra caída. Y yo dormía. Gracias a Dios que me has
despertado. Probablemente ya es tarde. El accidente..., permitieron que ocurriera un
accidente, igual que en el origen. Bueno, así es como se cumplen los ciclos y se
completan las profecías. Ahora tú has salido de tu olvido y ha llegado mi momento de
actuar. Nuestra tienda debe convertirse en un centro de santidad, el templo del mundo.
Debemos entrar en contacto con esa emisora de frecuencia modulada que oyes; tenemos
que interferirla y utilizarla tal y como ella te utilizó en el pasado. Será nuestra voz.
—¿Y qué dirá?
—Dirá: Despertad, durmientes —dijo Elijah—. Ése es nuestro mensaje al mundo que
escucha. ¡Despertad! Yavé está aquí y la batalla ha empezado, y todas vuestras vidas se
encuentran en la balanza; ahora todos vosotros estáis siendo pesados, tanto para lo
bueno como para lo malo. Nadie escapa, ni tan siquiera el mismísimo Dios en todas sus
manifestaciones. Después de esto no hay nada más, así que alzaos del polvo, criaturas, y
empezad a vivir. Sólo podréis vivir mientras luchéis; cuanto vayáis a conseguir, si es que
conseguís algo, tenéis que ganároslo ahora mismo, no después. ¡Venid! Esta será la
canción que emitiremos una y otra vez. Y el mundo la oirá, porque llegaremos a todo él,
primero a una pequeña parte y luego al resto. Mi voz fue creada en el origen para esta
misión; para esto he vuelto al mundo una y otra vez. Y ahora mi voz sonará en esta última
ocasión. Vamos. Empecemos a obrar. Y esperemos que no sea demasiado tarde, que no
me haya quedado durmiendo demasiado tiempo. Debemos ser la fuente de información
del mundo y tenemos que hablar en todas las lenguas. Seremos aquella torre del origen,
la que acabó derrumbándose. Y, si fracasamos ahora, entonces todo terminará aquí y el
sueño volverá a reinar. El ruido insípido que invade tus oídos acompañará a todo un
mundo hasta su tumba y llegará el reino del óxido y el polvo..., no durante un tiempo sino
para siempre y para todos los hombres, incluso para sus máquinas y para cuanto hay en
el futuro.
—Caray —dijo Herb Asher.
—Observa nuestro penoso estado actual. Nosotros, tú y yo, sabemos la verdad, pero
no tenemos forma alguna de hacérsela conocer al mundo. Con la emisora tendremos una
forma; tendremos la forma. ¿Cuál es el prefijo de esa emisora? Voy a llamarles por
teléfono y les haré una oferta de compra.
—Es la WORP FM —dijo Herb Asher.
—Cuelga, así podré llamarles —dijo Elijah.
—¿De dónde sacaremos el dinero?
—Tengo el dinero —dijo Elijah—. Cuelga. El tiempo es vital.
Herb Asher colgó.
Si Linda Fox hace una cinta para nosotros quizá podamos pasarla por la emisora,
pensó. Quiero decir que... Bueno, no deberíamos limitarnos a avisar al mundo. Hay más
cosas aparte de Belial.
Sonó el teléfono. Era Elijah.
—Podemos comprar la emisora por treinta millones de dólares —dijo Elijah.
—¿Tienes tanto dinero?
—Disponible inmediatamente no —dijo Elijah—, pero puedo reunirlo. Para empezar,
venderemos el local y todas las existencias.
—Jesús —protestó Herb Asher con un hilo de voz—. Pero es nuestra forma de
ganarnos la vida.
Elijah le miró con ferocidad.
—Está bien, está bien —dijo Herb.
—Haremos una venta bautismal para liquidar nuestras existencias —dijo Elijah—.
Bautizaré a todo el mundo que nos compre algo y al mismo tiempo les pediré que se
arrepientan.
—Entonces, eso es que has recordado del todo tu identidad —dijo Herb Asher.
—Ahora sí —dijo Elijah—. Pero durante un tiempo la había olvidado.
—Si Linda Fox se dejara entrevistar...
—En la emisora sólo se podrá poner música religiosa —dijo Elijah.
—Pero eso será igual de malo que los violines melosos. Peor aún. Oye, te digo lo
mismo que le dije al policía; pon la Segunda de Mahler..., pon algo interesante, algo que
estimule la mente.
—Ya veremos —dijo Elijah.
—Ya sé lo que significa eso —dijo Herb Asher—. Tuve una esposa que solía decir: «Ya
veremos». Todos los niños saben lo que significa eso...
—Quizá pudiera cantar espirituales —dijo Elijah.
—Oye, este asunto va a dejarme en la ruina —dijo Herb Asher—. Tenemos que vender
la tienda; tenemos que reunir treinta millones de dólares. No puedo aguantar más tiempo
Al sur del Pacífico, y creo que tampoco seré capaz de aguantar «Gracia asombrosa». Ese
himno siempre me ha hecho acordarme de las chicas que trabajan en los salones de
masaje. Si te estoy ofendiendo lo siento, pero ese policía estuvo a punto de meterme en
la cárcel. Dijo que estoy aquí ilegalmente; que soy un hombre perseguido por la justicia.
Eso quiere decir que probablemente también te anden buscando a ti. ¿Y si Belial mata a
Emmanuel? ¿Qué será de nosotros? Sin él no podremos sobrevivir. Quiero decir que...,
bueno, Belial le echó de la Tierra; ya le derrotó antes. Creo que esta vez también le
derrotará. Comprar una emisora de FM de Washington no va a cambiar el curso de la
batalla.
—Soy muy persuasivo —dijo Elijah.
—Sí, ya, pero Belial no va estar escuchándote, y aquellos a los que controla tampoco lo
harán. Eres una voz... —Se calló durante un segundo—. Iba a decir: «Una voz que clama
en el desierto», pero supongo que ya has oído esa frase antes.
—Es muy posible que los dos terminemos con la cabeza servida en una bandeja de
plata —dijo Elijah—, tal y como ya me pasó en una ocasión. Lo que ha ocurrido es que
Belial ha salido de su jaula, la jaula dentro de la que le encerró Zina: ahora anda suelto.
Ha quedado libre en este mundo. Pero lo que yo te digo es: «¡Oh, gente de poca fe!».
Claro que cuanto se puede decir ya ha sido dicho hace siglos... Bueno, le dejaré un poco
de tiempo a Linda Fox en nuestra emisora. Puedes decírselo. Puede cantar lo que le dé la
gana.
—Voy a colgar —dijo Herb Asher—. Tengo que llamarla y decirle que no podré ir a la
Costa Oeste durante cierto tiempo. No quiero verla metida en mis problemas. Yo...
—Hablaré contigo después —dijo Elijah—, pero te sugiero que llames a Rybys; la
última vez que la vi estaba llorando. Cree que quizá tenga una úlcera de píloro. Y puede
que sea maligna.
—Las úlceras de píloro no son malignas —dijo Herb Asher—. Así es como empezó
todo, enterándome de que Rybys Rommey estaba llorando por culpa de su enfermedad;
esto es lo que me hizo meterme en todo este lío. Está enferma porque quiere estarlo,
porque le encanta tener alguna enfermedad. Creí que podría escapar de todo esto. Antes
llamaré a Linda Fox. —Y colgó.
Cristo, pensó. Lo único que quiero es volar a California y empezar mi vida de felicidad.
Pero el macrocosmos me ha engullido junto con mi vida de felicidad. ¿De dónde va a
sacar Elijah treinta millones de dólares? No vendiendo nuestra tienda y las existencias.
Probablemente Dios le dio un lingote de oro, o quizás haga llover sobre él trocitos de oro,
copos de oro, como el maná que mantuvo vivos en el desierto a los judíos de la
antigüedad. Tal y como dice Elijah, todo esto ocurrió hace siglos, y no hay nada nuevo
que añadir. Mi vida con la Fox sí habría sido nueva. Y ahora aquí estoy una vez más,
teniendo que soportar esos melosos violines que pronto darán paso a una selección de
himnos religiosos y espirituales.
Marcó el número privado de Linda Fox, el de su casa en Sherman Oaks. Y le contestó
una grabación. El rostro de la Fox apareció en la pequeña pantalla, pero era un rostro
mecánico y distorsionado; y Herb se dio cuenta de que tenía la piel llena de grietas y
granos y de que sus rasgos parecían hinchados, haciéndola casi gorda.
—No, no quiero dejar un mensaje —dijo, aturdido por lo que veía—. Ya volveré a
llamar. —Colgó sin haberse identificado. Probablemente me llamará dentro de poco,
pensó. Cuando no aparezca por allí. Después de todo, me está esperando. Pero qué
aspecto tan extraño tenía... Quizá se trate de una grabación antigua. Ojalá.
Decidió conectar uno de los sistemas de alta fidelidad que había en la tienda para
calmarse un poco; utilizó un preamplificador en el que había también un holograma
auditivo. La emisora que sintonizó era una de las que más le gustaban, una que daba
música clásica. Pero...
Lo único que emergió de los transductores del sistema fue una voz. Nada de música.
Una voz que hablaba en un murmullo casi inaudible; apenas si lograba comprender las
palabras. ¿Qué diablos es todo esto?, se preguntó. ¿Qué está diciendo?
—...cansancio —susurraba la voz, seca y quebradiza—... y miedo. No hay ninguna
posibilidad..., vencidos. Naciste para perder; has nacido para perder. No vales nada.
Y, un instante después, un viejo clásico de Linda Ronstadt, «No vales nada». La
Ronstadt repitió una y otra vez las palabras de la canción; la canción parecía eterna,
interminable. Monótona, hipnótica; Herb la escuchó, fascinado. Que se vaya al infierno,
decidió por fin, y desconectó el aparato. Pero las palabras siguieron circulando una y otra
vez por su cerebro. Eres un inútil, no vales nada, decían sus pensamientos. Eres una
persona que no vale nada. ¡Jesús!, pensó. Esto es mucho peor que esa eterna basura de
música dulzona para adormecer oídos; esto es letal.
Llamó a su casa.
—Creí que estabas en California —le respondió Rybys, casi en un murmullo, después
de hacerle esperar bastante rato—. Me has despertado. ¿Te das cuenta de qué hora es?
—Tuve que volver —dijo él—. Estoy reclamado por la policía.
—Me vuelvo a dormir —dijo Rybys. La pantalla se oscureció; la luz acabó
desvaneciéndose, y Herb se encontró contemplando la nada y siendo contemplado por
ella.
Todos están dormidos o grabados en una cinta, pensó. Y, cuando consigues que te
digan algo, van y te dicen que eres un inútil, que no vales nada. El dominio de Belial
insinúa la inutilidad y la falta de valor en todo. Soberbio. Justo lo que necesitamos. El
único punto de luz en las tinieblas fue ese policía pidiéndome que rezara por él. Incluso
Elijah está actuando de forma errática, sugiriendo que compremos una emisora de FM por
treinta millones de dólares para que así podamos decirle a la gente que... Bueno, lo que
vaya a decirles, no sé. Aparte de que si les vendemos un sistema de alta fidelidad les
bautizamos gratis. Igual que si fuera una oferta y les regaláramos un animalito de peluche
con el equipo.
Animal, pensó. Belial es una bestia; lo que acabo de oír en la radio fue la voz de un
animal. Algo inferior al ser humano; no superior. Animal en el peor sentido de la palabra;
algo grosero, infrahumano. Se estremeció. Y, mientras tanto, Rybys duerme y sueña con
que tiene dentro algo maligno. Su perpetua nube de enfermedad, tanto si está consciente
como si no; siempre está con ella, siempre está ahí. Rybys es su propio agente patógeno,
infectándose a sí misma.
Apagó las luces, cerró la puerta de la tienda y fue hacia su coche, preguntándose
adónde podía ir. ¿Volver con su esposa enferma y llena de quejas? ¿Ir a California y a la
rechoncha imagen mecánica que había visto en la pantalla del teléfono?
Cuando estaba cerca de su coche vio moverse algo sobre la acera. Algo pequeño que
se echó hacia atrás, como si tuviera miedo de él. Un animal, más grande que un gato.
Pero no parecía ser un perro.
Herb Asher se detuvo, se agachó y alargó la mano hacia él. El animal se le aproximó
lentamente, indeciso, y un instante después oyó sus pensamientos en su mente. Estaba
comunicándose telepáticamente con él. Soy del planeta que hay en el sistema estelar
CY30-CY30B, le dijo con su mente. Soy una de las cabras nativas que se sacrificaban a
Yah.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo él, atónito. Algo andaba mal; esto era imposible.
Ayúdame, pensó la criatura que parecía una cabra. Te seguí hasta aquí; viajé a la
Tierra siguiéndote.
—Estás mintiendo —dijo él, pero abrió la portezuela de su coche y sacó la linterna;
después, se inclinó sobre el animal y lo enfocó con el haz amarillento.
Y, ciertamente, lo que había ante él era una cabra, y no muy grande; sin embargo, no
podía ser ninguna cabra corriente de la Tierra: podía notar claramente la diferencia.
Por favor, llévame contigo y cuídame, le dijo el ser-cabra con su mente. Me he
extraviado. He perdido a mi madre.
—Claro —dijo Herb Asher. Alargó la mano, y la cabra vino tímidamente hacia él. Qué
rostro tan extraño, pequeño y arrugado. Y esas pezuñas tan afiladas... No es más que
una cría, pensó; mira cómo tiembla. Debe estar muriéndose de hambre. Si la dejo aquí
acabarán atropellándola.
Gracias, pensó el ser-cabra.
—Cuidaré de ti —dijo Herb Asher.
Tengo miedo de Yah, pensó el ser-cabra. Yah es terrible en su ira.
Ideas de fuego y un cuchillo abriendo la garganta de la cabra. Herb Asher se
estremeció. El sacrificio primigenio, el de un animal inocente. Para aplacar la ira de la
deidad.
—Conmigo estarás a salvo —dijo, y cogió al ser-cabra. La imagen que tenía de Yah le
dejó muy sorprendido; ahora veía a Yah tal y como lo veía el ser-cabra, y era una entidad
temible, una inmensa e irritada deidad de la montaña que exigía el sacrificio de vidas
minúsculas.
¿Me salvarás de Yah?, le preguntó el ser-cabra; en sus pensamientos se leía
claramente el miedo.
—Claro que sí —dijo Herb Asher. Y colocó con ternura al ser-cabra en el asiento
trasero de su coche.
No le contarás a Yah dónde estoy, ¿verdad?, le suplicó el ser-cabra.
—Juro que no se lo contaré —dijo Herb Asher.
Gracias, pensó el ser-cabra, y Herb Asher sintió su alegría. Y, qué extraño, también
percibió su sensación de triunfo. Mientras se ponía al volante y encendía el motor pensó
en ello. ¿Será que esto es alguna clase de victoria para ella?, se preguntó.
Me alegro de estar a salvo, nada más, le explicó el ser-cabra. Y de haber encontrado
un protector. Un protector en este planeta, donde hay tanta muerte...
Muerte, pensó Herb Asher. Teme a la muerte igual que yo la temo; es un organismo
viviente, como yo, aunque difiera de mí en muchos aspectos.
Dos niños intentaron hacerme daño y me maltrataron, le dijo el ser-cabra. Un niño y
una niña.
Una imagen apareció en la mente de Herb Asher: un par de niños crueles, con rostros
salvajes y ojos llameantes, llenos de hostilidad. El niño y la niña habían atormentado al
ser-cabra, y la idea de caer nuevamente en sus manos llenaba a éste de terror.
—No volverá a ocurrir —dijo Herb Asher—. Te lo prometo. Los niños pueden ser
horriblemente crueles con los animales.
El ser-cabra rió mentalmente; Herb Asher sintió su salvaje alegría. Sorprendido, se dio
la vuelta para mirarle, pero la criatura parecía haberse hecho invisible en la oscuridad del
asiento trasero; notaba su presencia, pero era incapaz de verla.
—No estoy muy seguro de adónde debo ir —dijo Herb Asher.
Adonde tenías planeado ir originalmente, pensó el ser-cabra. A California, con Linda.
—De acuerdo —dijo él—, pero yo no...
Esta vez la policía no te detendrá, le dijo el ser-cabra con su mente. Yo me ocuparé de
ello.
—Pero si no eres más que un animalito —dijo Herb Asher.
El ser-cabra se rió. Puedes entregarme a Linda como un regalo tuyo, pensó.
Algo inquieto, Herb Asher hizo girar su coche hacia donde quedaba California y se alzó
por el cielo.
Los niños están aquí, en Washington, le dijo el ser-cabra. Estaban en Canadá, en la
Columbia Británica, pero ahora han venido hasta aquí. Quiero estar lejos de ellos.
—No te culpo —dijo Herb Asher.
Mientras conducía, notó que en el coche había un olor extraño: el olor de la cabra. La
cabra apestaba, y aquella idea le hizo sentir cierto nerviosismo. Qué olor tan horrible,
pensó, considerando lo pequeña que es... Supongo que debe ser algo normal en su
especie. Pero aun así..., el olor estaba empezando a marearle. ¿Realmente quiero
regalarle esta criatura apestosa a Linda Fox?, se preguntó.
Claro que quieres, le dijo el ser-cabra, dándose cuenta de lo que pasaba por su mente.
Estará muy complacida.
Y entonces Herb Asher percibió una imagen realmente horrible que venía de la mente
del ser-cabra, una imagen que le aterró y casi le hizo perder el control del vehículo
durante un momento. El anhelo sexual que la criatura sentía hacia Linda Fox, su lujuria.
¡Tengo que estármelo imaginando!, pensó Herb Asher.
La deseo, pensó el ser-cabra. Estaba contemplando sus pechos y sus caderas, todo su
cuerpo, desnudo y disponible para ella. Jesús, pensó Herb Asher. Esto es horrible. ¿En
qué me he metido? Se dispuso a darle la vuelta al coche para regresar a Washington.
Y descubrió que no podía controlar el volante. El ser-cabra le dominaba; ahora
controlaba a Herb Asher, se había instalado en el mismo centro de su mente.
Me amará, pensó el ser-cabra, y yo la amaré a ella. Y después sus pensamientos
cruzaron el límite de la comprensión de Herb Asher. Algo relacionado con hacer que Linda
Fox se convirtiera en una criatura parecida al ser-cabra, arrastrándola hacia sus dominios,
degradándola.
Servirá como sacrificio en lugar mío, pensó el ser-cabra. Su garganta... La veré
cortada, tal y como habría sido cortada la mía.
—No —dijo Herb Asher.
Sí, pensó el ser-cabra.
Y le obligó a seguir conduciendo, hacia California y hacia Linda Fox. Y, mientras le
controlaba y le dominaba, se complacía en su júbilo; dentro de la oscuridad de su coche
realizaba su danza particular, acompañándose con el tamborileo de sus pezuñas: la
danza del triunfo. Y de la anticipación. Y de la más embriagada alegría.
Estaba pensando en la muerte, y pensar en la muerte le hacía celebrar esa idea con el
éxtasis y una canción espantosa.
 
Herb Asher siguió conduciendo tan erráticamente como le era posible, con la
esperanza de que un coche de la policía volviera a interceptar su vehículo. Pero, tal y
como le había prometido el ser-cabra, ningún coche de la policía le detuvo.
La imagen de Linda Fox que había en la mente de Herb Asher siguió sufriendo una
terrible transformación: Herb la vio gorda y con la piel destrozada, una criatura fláccida y
grasienta que comía demasiado y vagaba de un lado a otro sin rumbo alguno, y entonces
comprendió que ése era el punto de vista del Acusador; el ser-cabra era el Acusador de
Linda Fox, y se la estaba mostrando tal y como mostraba cuanto existía en la creación,
bajo el peor aspecto posible, bajo el aspecto de la fealdad y la repugnancia.
Todo es obra de esa cosa que hay en mi asiento trasero, se dijo. Así es como el ser-
cabra ve toda la creación fabricada por Dios, el mundo que Dios declaró que era bueno.
Es el pesimismo del mismísimo mal. La naturaleza del mal es verlo todo de esta forma,
pronunciar el veredicto de la negación. Así es como deshace la creación, pensó; deshace
aquello a lo que el Creador había dado existencia. Este veredicto, este aspecto horrendo,
es también una forma de la irrealidad. La creación no es así, y Linda Fox tampoco es así.
Pero el ser-cabra me diría que...
Sólo te estaba mostrando la verdad, le dijo el ser-cabra. La verdad sobre tu camarera
de pizzería.
—Has salido de la jaula dentro de la que te encerró Zina —dijo Herb Asher—. Elijah
tenía razón.
Nada debería estar enjaulado, pensó el ser-cabra. Especialmente yo. Vagaré a mi
antojo por el mundo, expandiéndome hasta llenarlo; ése es mi derecho.
—Belial —dijo Herb Asher.
Te escucho, le respondió mentalmente el ser-cabra.
—Y te estoy llevando hacia Linda Fox —dijo Herb Asher—. La persona a la que más
amo en el mundo. —Intentó apartar una vez más sus manos del volante, y una vez más
éstas permanecieron clavadas en él.
Razonemos un poco, le dijo el ser-cabra. Ésta es la opinión que tengo del mundo, y
haré que acabe siendo también la tuya y la de todos. Es la verdad. La luz que brilló
originalmente era una luz espuria. Esa luz se está apagando, y su ausencia revela cuál es
la auténtica naturaleza de la realidad. Esa luz cegó a los hombres y no les permitió ver
cuál era el auténtico estado de las cosas. Mi trabajo es revelar ese estado real.
La gris verdad es mejor que cuanto habías imaginado, siguió diciendo el ser-cabra.
Querías despertar. Ahora estás despierto; te muestro las cosas tal y como son.
Implacablemente, sí; pero es así como debe ser. ¿Cómo crees que derroté a Yavé en el
pasado? Revelando su creación por lo que es, un objeto lamentable digno de ser
despreciado. ¿Lo comprendes? Eso es la derrota..., ver a través de mi mente y mis ojos,
contemplar mi visión del mundo: mi visión, que es la visión correcta. Recuerda la cúpula
de Rybys Rommey, tal y como estaba cuando la viste por primera vez; recuerda cómo era
ella, y piensa en cómo es ahora. ¿Supones que Linda Fox es distinta? ¿O que tú mismo
eres distinto? Todos sois iguales, y cuando viste la basura, los desperdicios y la comida a
medio pudrir de la cúpula de Rybys viste cómo es la realidad. Viste la vida. Viste la
verdad.
Pronto te mostraré esa verdad sobre la Fox, siguió diciendo el ser-cabra. Eso es lo que
hallarás al final de este viaje: exactamente lo mismo que hallaste en la sucia y
desordenada cúpula de Rybys Rommey ese día, hace años. Nada ha cambiado, nada es
diferente. Entonces no pudiste escapar a eso, y ahora tampoco puedes escapar.
¿Qué dices a eso?, le preguntó el ser-cabra.
—El futuro no tiene por qué parecerse al pasado —le contestó Herb Asher.
Nada cambia, replicó el ser-cabra. Las mismas Escrituras nos lo dicen.
—Hasta una cabra puede citar las Escrituras —dijo Herb Asher.
Entraron en el abundante tráfico aéreo que se dirigía hacia el área de Los Ángeles;
coches y vehículos comerciales se movían a su alrededor, por encima y por debajo de
ellos. Herb Asher vio algunos coches de la policía, pero ninguno de ellos les prestó
atención.
Te guiaré hasta su casa, le informó el ser-cabra.
—Criatura de mierda... —dijo Herb Asher con furia.
Una señal que flotaba delante de ellos les indicaba el camino. Ya casi habían llegado a
California.
—Te apuesto a que... —empezó a decir Herb Asher, pero el ser-cabra le interrumpió.
No hago apuestas, le dijo. No juego. Soy el más fuerte, y los débiles son mi presa. Tú
eres el débil, y Linda Fox es todavía más débil que tú. Olvídate de los juegos; eso es para
los niños.
—Si quieres entrar en el Reino de los Cielos debes volverte igual que un niño —dijo
Herb Asher.
No tengo el más mínimo interés en ese reino, dijo el ser-cabra. Mi reino está aquí. Pon
las coordenadas de su casa en el piloto automático del ordenador.
Las manos de Herb Asher hicieron lo que se le pedía sin ninguna intervención
voluntaria por su parte. No podía resistirse; el ser-cabra controlaba sus centros motrices.
Llámala por el teléfono de tu coche, le dijo el ser-cabra. Infórmala de que estás
llegando.
—No —dijo él. Pero sus dedos colocaron la tarjeta con su número de teléfono dentro
de la ranura.
—Hola. —La voz de Linda Fox brotó de la pequeña rejilla del aparato.
—Aquí Herb —dijo—. Siento llegar tarde. Un policía me hizo parar. ¿Es demasiado
tarde?
—No —dijo ella—. Además, tuve que estar un rato fuera. Me encantará volver a verte.
Vas a quedarte aquí, ¿verdad? Quiero decir, que no te marcharás esta misma noche.
—Me quedaré —dijo él.
Dile que estoy aquí contigo, le ordenó el ser-cabra. Un animalito, una cría como regalo
para ella.
—Te he traído un regalo —dijo Herb Asher—. Una cría de cabra.
—Oh, ¿de veras? ¿Me la vas a regalar?
—Sí —dijo él, no queriendo decirlo; el ser-cabra controlaba sus palabras, incluso el
tono de su voz.
—Bueno, qué detalle por tu parte... Ya tengo todo un montón de animales, pero no
tengo ninguna cabra. Creo que la pondré junto a mi oveja, Herman W. Mudgett.
—Qué nombre tan raro para una oveja —dijo Herb Asher.
—Hermann W. Mudgett fue un asesino, el tipo que ha matado a más gente en toda la
historia de Inglaterra —dijo Linda Fox.
—Bueno, supongo que no es mal nombre —dijo él.
—Te veré dentro de un rato. Aterriza con cuidado. No querrás hacerle daño a la cabrita,
¿verdad? —Linda Fox cortó la conexión.
Unos minutos después, Herb Asher posó suavemente su coche en el tejado de su
casa. Apagó el motor.
Abre la puerta, le dijo el ser-cabra.
Herb Asher abrió la puerta del coche.
Linda Fox venía hacia el coche, sonriendo, iluminada por la pálida claridad de los focos,
con sus ojos centelleando; agitó la mano para saludarle. Vestía una camiseta y
pantalones cortos y, como antes, iba descalza. Su cabello se agitaba con el ritmo de su
carrera, y sus pechos subían y bajaban.
El olor del ser-cabra se hizo más fuerte, saturando la atmósfera del coche.
—Hola —dijo ella, casi sin aliento—. ¿Dónde está la cabrita? —Miró dentro del coche—
Oh —dijo—, ya la veo. Sal del coche, cabrita. Ven aquí.
El ser-cabra salió de un salto a la pálida luz de un atardecer californiano.
—Belial —dijo Linda Fox. Se inclinó para acariciarla y la cabra se apresuró a
retroceder, pero los dedos de ella rozaron su flanco.
El ser-cabra murió.
 
 
20
 
—Hay más de ellas —le dijo a Herb Asher, que estaba inmóvil y aturdido contemplando
el cadáver de la cabra—. Ven dentro. La reconocí por el olor. Belial apesta de una forma
horrible. Pasa, por favor. —Lo tomó del brazo y lo llevó hacia la puerta—. Estás
temblando. Sabías qué era, ¿verdad?
—Sí —dijo él—. Pero, ¿quién eres tú?
—A veces me llaman el Abogado —dijo Linda Fox—. Cuando defiendo soy el Abogado.
A veces me llaman Consuelo, cuando doy consuelo. Soy Quien Ayuda. Belial es el
Acusador. Somos los dos Adversarios que se enfrentan en el Tribunal. Entra, por favor,
así podrás sentarte un rato. Sé que todo esto debe haber sido horrible para ti.
¿Entramos?
—De acuerdo. —Dejó que le llevara hacia el ascensor del techo.
—¿No te he consolado? —le preguntó Linda Fox—. Me refiero al pasado. Cuando
estabas solo dentro de tu cúpula, en un planeta extraño, sin nadie con quien hablar... Ese
es mi trabajo. Uno de mis trabajos. —Puso la mano sobre el pecho de Herb—. Tu corazón
late muy fuerte. Debías estar aterrorizado; te contó lo que pensaba hacer conmigo,
¿verdad? Pero, como ya has visto, no sabía adónde le llevabas. No sabía ni adónde ni
con quién.
—Le has destruido —dijo él—. Y...
—Pero ha proliferado y se ha extendido a través de todo el universo —dijo Linda—. Lo
que viste en el tejado es sólo un ejemplo. Cada hombre tiene un Abogado y un Acusador.
En hebreo, para los israelitas de la antigüedad, yetzer ha-tov era el Abogado y yetzer ha-
ra el Acusador. Te prepararé algo de beber. Un buen zinfandel de California; un zinfandel
de Buena Vista. Es una uva húngara. La mayor parte de la gente lo ignora.
Una vez en su sala de estar, Herb se dejó caer en un sillón flotante, lleno de gratitud.
Todavía podía oler la pestilencia de la cabra.
—¿Crees que...? —empezó a preguntar.
—El olor acabará desvaneciéndose. —Linda Fox fue hacia él con una copa llena de
vino tinto—. Lo abrí hace un rato y dejé que respirara. Te gustará.
Herb lo encontró delicioso. Y el pulso de su corazón empezaba a volver a la
normalidad.
Linda Fox, sentada frente a él con otra copa de vino en la mano, le miró con atención.
—No le habrá hecho daño a tu mujer, ¿verdad? Ni a Elijah...
—No —dijo él—. Cuando se me apareció estaba solo. Fingió ser un animalito
extraviado.
—Cada persona de la Tierra deberá escoger entre su yetzer ha-tov y su yetzer ha-ra —
dijo Linda Fox—. Tú me escogiste y por eso te salvé..., si hubieras escogido al ser-cabra
no habría podido salvarte. En tu caso, yo fui la elegida. La batalla tiene como objeto el
alma de cada individuo. Eso es lo que enseñan los rabinos. No tienen ninguna doctrina
que hable del hombre caído como un todo. La salvación es algo que se decide de uno en
uno. ¿Te gusta el zinfandel?
—Sí —dijo él.
—Utilizaré tu emisora de FM —dijo ella—. Será un buen sitio para difundir las nuevas
canciones.
—¿Estás enterada de eso? —preguntó él.
—Elías es demasiado austero e inflexible. Mis canciones resultarán más adecuadas.
Mis canciones alegran el corazón humano, y eso es lo que importa. Bien, Herb Asher;
aquí estás, en California, conmigo, tal y como imaginaste al principio de todo. Tal y como
imaginaste en otro sistema estelar, en tu cúpula, con tus pósters holográficos con mi
imagen que se movía y hablaba, con las versiones sintéticas de mi persona, las
imitaciones... Ahora tienes contigo a mi yo real, sentado delante de ti. ¿Qué sientes?
—¿Es real? —preguntó él.
—¿Oyes sonar doscientos violines dulzones?
—No.
—Es real —dijo Linda Fox. Dejó su copa de vino sobre la mesa, se puso en pie, fue
hacia él y le rodeó con sus brazos.
 
Despertó por la mañana con la Fox junto a él, con su cabello rozándole el rostro, y se
dijo: esto es real; no es un sueño, y el maligno ser-cabra yace muerto en el tejado, mi ser-
cabra particular que vino a mí para degradar y rebajar mi existencia...
Ésta es la mujer a la que amo, pensó mientras acariciaba el oscuro cabello y la pálida
mejilla. Tiene un cabello precioso y sus pestañas son largas y bonitas, incluso mientras
duerme. Es imposible, pero es verdad. Puede ocurrir. ¿Qué le había dicho Elijah sobre la
fe religiosa? «Certum est quia impossibile est.» «Por lo tanto es creíble justamente porque
es absurdo.» La gran afirmación hecha por Tertuliano, uno de los primeros padres de la
Iglesia, hablando sobre la resurrección de Jesucristo. «Et sepultus rexurrexit; certum est
quia impossibile est.» Y éste es el mismo caso.
Qué camino tan largo he recorrido, pensó, acariciando el brazo desnudo de la mujer.
Hubo un tiempo en que imaginé esto, y ahora lo experimento. ¡He vuelto al sitio desde
donde empecé, y, sin embargo, estoy en otro sitio totalmente distinto! Esto es una
paradoja y un milagro al mismo tiempo. E incluso ocurre en California, donde me imaginé
que sería. Es como si, soñando, hubiera visto por anticipado mi realidad futura; la
experimenté antes de que ocurriera.
Y la cosa muerta del tejado es la prueba que esto es real. Porque mi imaginación
habría sido incapaz de crear a esa bestia maloliente que pegó su mente a la mía y me
contó mentiras, me contó historias horribles sobre una mujer bajita y gorda con el cutis
destrozado. Un objeto tan feo como la misma cosa..., una proyección de sí misma.
¿Habrá alguien que haya amado alguna vez a otro ser humano tanto como yo la amo a
ella?, se preguntó, y un instante después pensó: ella es mi Abogado y Quien me Ayuda.
Me reveló unas palabras hebreas que he olvidado y que la describen. Es mi espíritu
tutelar, y el ser-cabra hizo todo ese camino hasta aquí, más de cinco mil kilómetros, para
perecer en cuanto ella puso los dedos sobre su flanco. Murió sin emitir ni un solo sonido,
así de fácilmente le mató... Estaba esperando su llegada. Como me ha dicho, es su
trabajo, uno de sus trabajos. Tiene otros; me consoló, y consuela a millones; defiende; da
alivio. Y está allí a tiempo; nunca llega demasiado tarde.
Se inclinó sobre Linda y la besó en la mejilla. Linda suspiró en sueños. Débil y en poder
del ser-cabra, pensó él; así estaba yo cuando llegué aquí. Ella me protegió porque yo era
débil. No me ama como yo la amo, porque debe amar a todos los seres humanos. Pero yo
sólo la amo a ella. Con todo lo que soy. Yo, el débil, la amo a ella, que es fuerte. Le soy
leal, y ella me protege. Es el Pacto que Dios hizo con los israelitas: que el fuerte protegerá
al débil y el débil le dará a cambio su devoción y su lealtad; es un pacto mutuo. Tengo
hecho un pacto con Linda Fox, y ese pacto nunca será roto por ninguna de las dos partes.
Voy a prepararle el desayuno, decidió. Se levantó sigilosamente de la cama de agua y
fue hacia la cocina.
Y, en la cocina, le aguardaba una figura. Una figura familiar.
—Emmanuel —dijo Herb Asher.
El niño brillaba débilmente, igual que si fuera un fantasma, y Herb Asher se dio cuenta
de que a través de su silueta podía ver la pared, el estante y los armarios de la cocina.
Estaba ante una epifanía de lo divino; en realidad, Emmanuel se encontraba en algún otro
sitio. Y, sin embargo, estaba aquí; aquí, y consciente de la presencia de Herb Asher.
—La encontraste —dijo Emmanuel.
—Sí —dijo Herb Asher.
—Ella te mantendrá a salvo.
—Lo sé —dijo él—. Por primera vez en mi vida.
—Ahora no tendrás que huir nunca más —dijo Emmanuel—. No tendrás que
esconderte como hiciste en tu cúpula. Te escondiste porque tenías miedo. Ahora no
tienes nada que temer... debido a su presencia. Ella es tal como la ves ahora, Herbert...,
real y viva, no una imagen.
—Comprendo —dijo él.
—Hay una diferencia. Haz que actúe en tu emisora; ayúdala; ayuda a tu protectora.
—Una paradoja —dijo Herb Asher.
—Pero cierta. Puedes hacer mucho por ella. Cuando pensabas en ese pacto mutuo
tenías toda la razón. Esta noche ella salvó tu vida. —Emmanuel alzó la mano—. Está
contigo porque yo te la he entregado.
—Comprendo. —Ya lo había imaginado.
—A veces, la ecuación dentro de la que el fuerte protege al débil presenta la dificultad
de establecer quién es el fuerte y quién el débil —dijo Emmanuel—. En casi todos los
aspectos ella es más fuerte que tú, pero hay algunas facetas determinadas en las que tú
puedes protegerla; puedes cubrirle la espalda. Esa es la auténtica ley de la vida; la
protección mutua. En última instancia todo es a la vez fuerte y débil, incluso el yetzer ha-
tov..., tu yetzer ha-tov. Es una fuerza y es una persona; es un misterio. En la vida que te
aguarda tendrás tiempo para penetrar un poco en ese misterio. La irás conociendo cada
vez mejor. Pero ella te conoce del todo; al igual que Zina posee un conocimiento absoluto
sobre mí, Linda Fox posee un conocimiento absoluto sobre ti. ¿Te habías dado cuenta de
ello? ¿Comprendías que la Fox lo ha sabido todo sobre ti desde hace mucho tiempo?
—La aparición del ser-cabra no la sorprendió en lo más mínimo —dijo Herb Asher.
—No hay nada que pueda sorprender al yetzer ha-tov de un ser humano —dijo
Emmanuel.
—¿Volveré a verte alguna vez? —le preguntó Herb Asher.
—No tal y como me ves ahora. No como una figura humana semejante a la tuya. No
soy tal y como me ves; voy a desprenderme de mi aspecto humano, aquel que derivaba
de mi madre, Rybys. Zina y yo nos uniremos en una sicigia macrocósmica; no tendremos
un soma, es decir, un cuerpo físico separado del mundo. El mundo será nuestro cuerpo, y
nuestra mente será la mente del mundo. Y también será tu mente, Herbert. Y la mente de
todas las otras criaturas que hayan escogido a su yetzer ha-tov, su espíritu bueno. Esto
es lo que enseñaron los rabinos, que cada ser humano..., pero esto es algo que ya sabes;
Linda te lo ha contado. Lo que no te ha revelado es el último regalo que te reserva: el
regalo de quedar absolutamente libre de culpabilidad en cuanto a tu entera existencia.
Cuando seas juzgado, ella se encontrará allí, y el juicio a celebrar será más bien el de ella
que el tuyo. Linda carece de mácula y, cuando llegue el momento del escrutinio definitivo,
te conferirá esa perfección. Por eso no debes temer nada; tu salvación final está
asegurada. Linda sería capaz de dar su vida por ti, que eres su amigo. Tal y como dijo
Jesús, «No existe amor mayor que el del hombre capaz de dar la vida por sus amigos».
Cuando tocó al ser-cabra, ella... Bueno, quizá será mejor que no te lo diga.
—Ella misma murió durante un momento —dijo Herb Asher.
—Durante un momento tan breve que apenas si llegó a existir.
—Pero ocurrió. Murió y volvió a la vida. A pesar de que yo no viera nada.
—Así es. ¿Cómo lo sabías?
—Pude sentirlo esta mañana mientras la veía dormir —dijo Herb Asher—; pude sentir
su amor.
Linda Fox entró en la cocina, con cara de sueño y vestida con una bata de seda
estampada de flores; cuando vio a Emmanuel se quedó inmóvil.
—Kyrios —dijo en voz baja.
—Du hast den Mensch gerettet —le dijo Emmanuel—. Die giftige Schlange bekämpfe...
es freut mich sehr. Danke.
—Die Absicht ist nur allzuklar —respondió Linda Fox—. Lass mich fragen: wann also
wird das Dunkel schwinden?
—Sobald dich fürht der Freundschaft Hand ins Heiligtum zum ew'gen Band.
—¿O wie? —preguntó Linda Fox.
—Du... —Emmanuel la miró—. Wie stark ist nicht dein Zauberton, deine Musik. Sing
immer für alle Menschen durch Ewigkeit. Dabei ist das Dunkel zerstören.
—Ja —dijo Linda Fox, y asintió con la cabeza.
—Le he dicho que te ha salvado —le explicó Emmanuel a Herb Asher—. La serpiente
venenosa ha sido vencida, y me complazco en ello. Y le he dado las gracias. Ella me ha
dicho que las intenciones de la serpiente le habían resultado muy claras. Y luego me ha
preguntado cuándo desaparecería la oscuridad.
—¿Y qué le has respondido?
—Eso es algo que debe quedar entre ella y yo —dijo Emmanuel—. Pero le he dicho
que su música existe para toda la eternidad y para todos los seres humanos; eso es parte
del todo. Lo que importa es que ella comprenda. Y hará lo que debe hacer. Entre ella y
nosotros no puede haber discrepancia alguna, así como tampoco puede haberla entre ella
y el Tribunal.
Linda Fox fue hacia el hornillo —en la cocina todo estaba limpio y ordenado, con cada
cosa en su sitio— y apretó unos cuantos botones. Después sacó comida de la nevera.
—Voy a preparar el desayuno —dijo.
—Iba a hacerlo yo —dijo Herb Asher, algo apenado.
—Descansa —le dijo ella—. Tus últimas veinticuatro horas han sido terribles. Detenido
por la policía, Belial apoderándose de tu voluntad... —Se dio la vuelta y le sonrió. Incluso
con el cabello revuelto y despeinado era... Bueno, le resultaba imposible expresarlo; lo
que Linda Fox era para él no podía expresarse en palabras. Al menos, él era incapaz de
hacerlo. No en ese momento. Verla junto a Emmanuel le había dejado abrumado. No
pudo hablar; tuvo que limitarse a mover la cabeza.
—Te quiere mucho —le dijo Emmanuel a Linda.
—Sí —dijo ella con expresión sombría.
—Sei fröhlich —dijo Emmanuel.
—Me está diciendo que sea feliz —le explicó Linda a Herb Asher—. Soy feliz. ¿Lo eres
tú?
—Yo... —Vaciló. Ella le ha preguntado cuándo desaparecerá la oscuridad, recordó. La
oscuridad no había desaparecido. La serpiente venenosa ha sido vencida, pero la
oscuridad sigue existiendo.
—Estad alegres —dijo Emmanuel.
—De acuerdo —dijo Herb Asher—. Lo intentaré.
Linda Fox preparó el desayuno, y Herb creyó oírla cantar. No pudo estar muy seguro
de ello, porque su mente llevaba siempre consigo la belleza de sus melodías. Siempre
estaban allí.
—Está cantando —dijo Emmanuel—. Tienes razón.
Linda puso el café al fuego mientras seguía cantando. El día había empezado.
—Esa cosa del tejado... —dijo Herb Asher. Pero Emmanuel había desaparecido; ahora
en la cocina sólo estaban él y Linda Fox.
—Llamaré a la ciudad —dijo Linda Fox—. Ellos se encargarán de llevársela. Tienen
una máquina para eso. Se lleva a la serpiente venenosa y la arranca de las vidas de la
gente y de los tejados de las casas. Pon la radio y busca las noticias. Habrá guerras y
rumores de guerra. Habrá grandes trastornos. El mundo... Sólo hemos visto una pequeña
parte del todo. Y, después, llamaremos a Elijah para hablar sobre la emisora de radio.
—No más versiones de Al sur del Pacífico para violines —dijo él.
—Dentro de un tiempo todo volverá a la normalidad —dijo ella—. Logró salir de su
jaula, pero acabará entrando de nuevo en ella.
—¿Y si somos derrotados? —preguntó él.
—Puedo ver lo que ocurrirá —dijo Linda—. Venceremos. Ya hemos vencido. Siempre
hemos vencido, desde el principio, desde antes de la creación. ¿Cómo tomas el café? Se
me ha olvidado.
 
Después, él y Linda Fox volvieron al tejado para contemplar los restos de Belial. Pero
Herb, sorprendido, no vio el cadáver de ninguna criatura arrugada semejante a una cabra;
en vez de eso, lo que vio se parecía a los restos de una gran cometa luminosa que se
hubiera estrellado en el tejado y cuyos fragmentos se hubieran esparcido por toda su
extensión.
Él y Linda contemplaron con expresión sombría aquel ser inmenso, hermoso y
destrozado que yacía ante ellos. Convertido en fragmentos, hacía pensar en la luz, una
luz rota.
—Así es como fue en tiempos —dijo Linda—. En el origen, antes de caer... Ésta es su
forma original. Le llamábamos la Mariposa. La Mariposa que cayó lentamente, durante
miles y miles de años, y su curso intersectó el de la Tierra, como un objeto geométrico
que fue degradándose paso a paso hasta que no quedó nada de su forma original...
—Era muy hermoso —dijo Herb Asher.
—Era la estrella matutina —dijo Linda—. La estrella más brillante de todo el cielo. Y,
ahora, de él no queda nada más que esto.
—Qué grande ha sido su caída —dijo Herb Asher.
—Y todo lo demás ha caído con él —dijo ella.
Bajaron juntos por las escaleras para llamar a la ciudad, para hacer que viniera la
máquina a llevarse los restos.
—¿Volverá a ser alguna vez como fue antes? —le preguntó Herb Asher.
—Quizá —dijo ella—. Quizá todos podamos volver a ser como antes. —Y entonces le
cantó a Herb Asher una de las canciones de Dowland. Era la canción que la Fox cantaba
tradicionalmente el día de Navidad para todos los planetas. La más tierna y la más
hermosa de todas las canciones que había adaptado de los libros para laúd escritos por
John Dowland.
 
Cuando el pobre lisiado se tendió junto al estanque,
tras muchos años de pasar miserias y dolores,
apenas vieron sus ojos a Cristo,
volvió a sentirse bien y lleno de consuelo.
 
—Gracias —dijo Herb Asher.
Sobre sus cabezas, la máquina venida de la ciudad trabajaba recogiendo los despojos
de Belial, reuniendo los destrozados fragmentos de lo que en un tiempo fue luz.
 
 
FIN