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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 7 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - LA GUERRA CONTRA LOS FNULS

LA GUERRA CONTRA LOS FNULS
Philip K. Dick
 
 
 
—Maldita sea, los fnuls están aquí otra vez, Mayor. Ocuparon Provo, en Utah —dijo el
Capitán Edgar Lightfoot de la CIA.
Con un gemido, el mayor Hauk le indicó a su secretaria que le trajera el informe sobre
los fnuls de los archivos cerrados con llave.
—¿Qué forma asumieron esta vez?
—Pequeños agentes inmobiliarios —dijo Lightfoot
La última vez, reflexionó el mayor Hauk, habían imitado empleados de estaciones de
servicio. Ésa era la cuestión con los fnuls. Cuando uno tomaba una forma en particular los
demás también lo hacían. Por supuesto, eso le facilitaba su localización a los agentes de
la CIA. Pero hacía que los fnuls parecieran absurdos, y Hauk no disfrutaba combatiendo
un enemigo absurdo; era una condición que tendía a difundirse por todas partes, incluso
en su propia oficina.
—¿No crees que podamos llegar a un acuerdo? —dijo Hauk, con una retórica a
medias—. Podemos soportar el sacrificio de Provo, Utah, si se contentaran con
circunscribirse a ese lugar. Incluso podríamos añadir algunas partes de Salt Lake City, las
que están pavimentadas con esos horribles y añejos ladrillos rojos.
—Los fnuls nunca cumplen con un compromiso, Mayor —dijo Lightfoot—. Su objetivo
es la dominación del Sistema Solar. Para siempre.
—Aquí está el informe sobre los fnuls, señor —dijo la señorita Smith, asomándose por
sobre el hombro del mayor Hauk. Con su mano libre sostenía la parte superior de su blusa
contra sí misma en un gesto que indicaba tuberculosis avanzada o avanzada modestia.
Los indicios indicaban que se trataba de esto último.
—Señorita Smith —se lamentó el mayor Hauk—, los fnuls están intentando dominar el
Sistema Solar y me alcanza su expediente una mujer con un busto de ciento veinte
centímetros. ¿No es un poquito esquizofrénico? Para mí, al menos.
Con cuidado, apartó sus ojos de la señorita Smith, recordando a su esposa y a los dos
niños.
—Cúbrase un poco más de aquí en adelante —le dijo—. O póngase una faja. Quiero
decir, por Dios, sea razonable, sea realista.
—Sí, Mayor —dijo la señorita Smith—. Pero le recuerdo que fui seleccionaba al azar
entre el personal disponible de la CIA. Yo no pedí ser su secretaria.
Con el capitán Lightfoot a su lado, el mayor Hauk desplegó los documentos que
integraban el expediente sobre los fnuls.
En el museo Smithsoniano había un inmenso fnul, de casi un metro de altura, disecado
y preservado en un cubículo que representaba su hábitat natural. Durante años, los niños
de las escuelas se asombraron ante este fnul, exhibido con una pistola que apuntaba a
terráqueos inocentes. Cuando se presionaba un botón, los niños hacían que los
terráqueos (no embalsamados, sino imitaciones) huyeran, tras lo cual el fnul los extinguía
con su deslumbrante arma de energía solar... y la presentación retrocedía a la escena
original, lista para repetirse una y otra vez.
El mayor Hauk había visto la demostración, y se había sentido inquieto. A los fnuls,
como había declarado una y otra vez, no había que tomarlos en broma. Pero había algo
en los fnuls que... oh, bien, el fnul era una forma de vida estúpida. Ésa era la base de
todo. No importaba que imitaba porque siempre conservaba su aspecto diminuto: un fnul
parecía un obsequio promocional en la inauguración de un supermercado, junto a los
globos y las orquídeas púrpuras. Sin duda, mascullaba el mayor Hauk, éste era un factor
de supervivencia. Desarmaba a sus oponentes. Incluso el mismo nombre. No era posible
tomarlos en serio, aunque en este mismo momento estuvieran infestando Provo, Utah,
bajo la forma de diminutos vendedores inmobiliarios.
Hauk dio una instrucción:
—Capture un fnul con aspecto actual, Lightfoot, tráigamelo y parlamentaremos. Esta
vez siento que puedo llegar a capitular. Los estuve combatiendo durante veinte años.
Estoy muy cansado.
—Si se enfrenta cara a cara con uno de ellos —advirtió Lightfoot—, podría imitarlo con
éxito y ese sería el fin. Tendremos que incinerarlos a ambos, solo para estar bien
seguros.
Sobriamente, Hauk dijo:
—Entonces estableceré una situación de contraseña con usted, Capitán. La palabra es
masticar. La usaré en una oración... por ejemplo, «Tengo que masticar más
detalladamente esta información». El fnul no lo advertirá, ¿correcto?
—Sí, Mayor —el capitán Lightfoot suspiró y dejo la oficina de la CIA de inmediato,
apresurándose hacia la playa de helicópteros que estaba al otro lado de la calle, para
iniciar su viaje a Provo, Utah.
Tuvo un presentimiento desagradable.
 
Cuando el helicóptero aterrizó al final del Cañón de Provo, cerca de los suburbios del
poblado, se le acercó un hombre de poco más de medio metro vestido con un traje gris de
negocios y cargando un portafolios.
—Buenos días, señor —dijo con voz aflautada el fnul—. ¿Le importaría mirar algunos
terrenos que tenemos disponibles, todos con vistas panorámicas? Pueden subdividirse
en...
—Entre en el helicóptero —dijo Lightfoot, apuntando al fnul con su revólver 45 del
ejército.
—Escuche, amigo —dijo el fnul, con tono alegre—. Puedo darme cuenta de que
realmente nunca ha tenido una idea clara sobre lo que significa el descenso de nuestra
raza sobre su planeta. ¿Por qué no entramos en la oficina un momento y nos sentamos?
El fnul le indicó un pequeño edificio cercano en el cual Lightfoot pudo ver un escritorio y
sillas. Sobre la oficina había un cartel:
PÁJARO MADRUGADOR
DESARROLLOS INMOBILIARIOS  
INCORPORADA
 
—Al que madruga, Dios lo ayuda —declaro el fnul—. Y el botín es todo para el que
gana, capitán Lightfoot. Por las leyes de la naturaleza, si pudimos arreglarnos para
infestar su planeta y nos lo apropiamos en forma exclusiva, es que tenemos a todas las
fuerzas de la evolución y la biología de nuestro lado.
El fnul irradiaba regocijo.
—Hay un Mayor de la CIA en Washington, D.C., que está interesado en usted —dijo
Lightfoot.
—El mayor Hauk nos ha derrotado dos veces —admitió el fnul—. Lo respetamos. Pero
es una voz gritando en el desierto, al menos en este país. Usted sabe perfectamente bien,
Capitán, que el norteamericano promedio cuando ve esa exhibición en el Museo
Smithsoniano todo lo que hace es sonreír de un modo tolerante. No es consciente de la
amenaza—. A esa altura otros dos fnuls se habían aproximado, también con la forma de
diminutos vendedores inmobiliarios con traje gris de negocios y llevando portafolios.
—Mira —le dijo uno al otro—. Charley capturó a un terráqueo.
—No —estuvo en desacuerdo su compañero—, el terráqueo lo capturó a él.
—Los tres, entren en el helicóptero de la CIA —ordenó Lightfoot, sacudiendo su
revólver 45 ante ellos.
—Usted está cometiendo un error —dijo el primer fnul sacudiendo la cabeza—. Pero es
un hombre joven; madurará con el tiempo.
Camino hacia el helicóptero. Luego, todos a la vez, se dieron vuelta y gritaron:
—¡Muerte a los terráqueos!
El portafolios del primer fnul cobró vida, una centella de pura energía solar gimió
pasando cerca de la oreja derecha de Lightfoot. Éste apoyó una rodilla en tierra y apretó
el gatillo de la.45; el fnul que estaba en la puerta del helicóptero cayó hacia delante y se
quedó quieto con el portafolios a su lado. Los otros dos fnuls observaron mientras
Lightfoot, con cautela, pateaba el portafolios para alejarlo.
—Joven —dijo uno de los fnuls que quedaban—, pero con reflejos rápidos. ¿Viste la
forma en que arrodilló?
—Hay que tomar en serio a los terráqueos —reconoció el otro—. Tenemos una
complicada batalla por delante.
—Mientras esté aquí —le dijo el primero de los fnuls a Lightfoot—, ¿por qué no instala
un pequeño depósito en un excelente terreno baldío que tenemos disponible? Sería muy
feliz si pudiera echarle una mirada. Con las conexiones de agua y electricidad disponibles
a un muy pequeño costo adicional.
—Entren en el helicóptero —repitió Lightfoot, apuntándoles con su arma firmemente.
 
En Berlín, un Oberstleutnant de la SHD, la Sicherheitsdienst —el servicio de seguridad
de Alemania Occidental—, aproximándose a su oficial comandante, lo saludó al estilo
romano, y le dijo:
—General, die fnulen sind wieder zuruck. ¿Was sollen wir jetz tun?
—¿Los fnuls están de regreso? —dijo Hochflieger, horrorizado—. ¿Ya? Pero fue hace
sólo tres años que descubrimos su red y los erradicamos.
Poniéndose en pie de un salto, el general Hochflieger marchó por su pequeña oficina
transitoria en el sótano de la bundesrat Gebaude, con sus grandes manos tomadas detrás
de la espalda.
—¿Y qué apariencia tienen esta vez? ¿Asesores ministeriales de Finanzas
Domésticas, como en la otra ocasión?
—No, señor —dijo el Obersleutnant—. Vinieron como inspectores laborales de la
Volkswagen. Trajes marrones, anotadores, anteojos pequeños, de mediana edad.
Irritables. Y, como antes, de unos sesenta centímetros de altura.
—Lo que detesto de los fnuls —dijo Hochflieger— es su salvaje uso de la ciencia al
servicio de la destrucción, especialmente de sus técnicas médicas. Casi nos derrotan con
esa infección viral suspendida en el pegamento del reverso de las multicolores estampillas
conmemorativas.
—Un arma peligrosa —agregó su subordinado—, pero en última instancia demasiado
fantástica para que tuviera éxito. Esta vez probablemente cuenten con una fuerza de
choque combinada con un horario absolutamente sincronizado.
—Selbsverstandlich —agregó Hochflieger—. Pero sin embargo pudimos reaccionar y
combatirlos. Informa a la Terpol —esa era la organización terráquea de contrainteligencia
con sede en la Luna—. Específicamente, ¿dónde fueron detectados?
—Hasta ahora, solo en Schweinfurt.
—Tal vez deberíamos destruir la zona de Schweinfurt
—Aparecerán el algún otro lugar.
—Es verdad —caviló Hochflieger—. Lo que debemos hacer es llevar adelante la
Operación Hundefutter hasta su culminación con éxito.
Hundefutter había desarrollado para el gobierno de Alemania Occidental una
subespecie de terráqueos de sesenta centímetros capaces de asumir una gran variedad
de formas. Se usaron para penetrar en las redes de actividades fnul y destruirlas desde
dentro. Hundefutter, financiado por la familia Krupp, estaba preparado para un momento
como ése.
—Activaré el Kommando Einsatzgruppe II —dijo su subordinado—. Como contra-fnuls
pueden comenzar a caer inmediatamente detrás de las líneas fnuls cerca del área de
Schweinfurt. Hacia la noche la situación debería de estar en nuestras manos.
—Gruss Gott —rogó Hochflieger, asintiendo—. Bien, pongamos en marcha el
kommando, y mantengamos los ojos bien abiertos para ver cómo van la cosas.
Si fracasaba, comprendía, tendría que tomarse medidas más desesperadas.
La supervivencia de nuestra raza está en juego, se dijo Hochflieger. Los siguientes
cuatro mil años de historia podrían ser determinados por un acto de valentía de un
miembro de la SHD. Tal vez yo mismo.
Continuó caminando, meditando en eso.
 
En Varsovia, el jefe local de la Agencia Protectora para Preservar el Proceso
Democrático Popular —la NNBNDL— leyó varias veces el despacho codificado mientras
permanecía sentado ante su escritorio bebiendo té y comiendo los restos de las rosquillas
y el jamón polaco del desayuno. Esta vez imitaban a ajedrecistas, se dijo Serge Nicov. Y
cada fnul hacía uso de la apertura del peón de la reina, PD a P3D... una apertura frágil,
reflexionó, especialmente contra PR a P4R, incluso si llevaban las blancas. Pero...
Seguía siendo una situación potencialmente peligrosa.
En una hoja de papelería oficial escribió buscar entre los ajedrecistas que recurren a la
apertura de peón de reina. Para el Equipo de Fortalecimiento de Renovación de Bosques,
decidió. Los fnuls eran pequeños, pero podían plantar árboles... tenemos que encontrarles
algún uso. Semillas; podían plantar semillas de girasol para nuestro programa de
renovación de aceite vegetal en la tundra.
Un año de duro trabajo físico, decidió, y lo pensarían dos veces antes de intentar
invadir la Tierra otra vez.  
Por otro lado, podríamos llegar a un acuerdo con ellos, ofrecerles una alternativa para
fortalecer la actividad de renovación de bosques. Podrían ingresar al ejército como una
brigada especial y ser utilizados en Chile, en las montañas escarpadas. Con solo sesenta
centímetros de altura, se podrían meter muchos en un único submarino nuclear para
transportarlos. Pero, ¿se podría confiar en los fnuls?
Lo que más odiaba de los fnuls —y había llegado a conocerlos bien durante sus
anteriores invasiones a la Tierra— era su falsedad. La última vez habían tomado la forma
física de una compañía de bailarines étnicos... y qué bailarines habían resultado ser.
Masacraron a un público entero en Leningrado antes de que alguien pudiera intervenir:
hombres, mujeres y niños muertos en el acto por armas de ingenioso diseño y sólida
aunque monótona construcción que habían disimulado como instrumentos folclóricos de
cinco cuerdas.
Nunca podría suceder otra vez; ahora todas las naciones democráticas estaban alertas;
se habían conformado grupos juveniles especiales para vigilar. Pero algo nuevo —como
estos engañosos jugadores de ajedrez— también podía tener éxito, especialmente en los
pequeños poblados de las repúblicas orientales, donde los ajedrecistas eran recibidos con
entusiasmo.
De un compartimiento oculto de su escritorio, Serge Nicov extrajo el teléfono especial
sin dial, tomó el receptáculo y dijo en la bocina:
—Los fnuls están de regreso, en una zona al norte del Cáucaso. Lo mejor será
conseguir tantos tanques como sea posible y alinearlos para interceptar su avance
cuando intenten extenderse. Primero hay que contenerlos y luego atacar directamente sus
centros, dividiéndolos una y otra vez en partes hasta que estén dispersos y se pueda
tratar con ellos en pequeños grupos.
—Sí, oficial político Nicov.
Serge Nicov cortó la comunicación y volvió a comer los, ahora fríos, restos del
desayuno.
 
Mientras el capitán Lightfoot piloteaba el helicóptero de regreso a Washington, D.C.,
uno de los fnuls capturados dijo:
—¿Por qué, no importa que imitemos, ustedes los terráqueos siempre nos descubren?
Aparecimos en su planeta como empleados de estaciones de servicio, inspectores
laborales de Volkswagen, campeones de ajedrez, cantantes folclóricos con instrumentos
nativos, oficiales menores del gobierno y ahora vendedores inmobiliarios...
—Es por el tamaño —dijo Lightfoot.
—Ese concepto no significa nada para nosotros.
—¡Es que solo tienen sesenta centímetros de altura!
Los dos fnuls conferenciaron, y entonces el otro fnul explicó pacientemente:
—Pero el tamaño es relativo. Tenemos absolutamente todas las cualidades de los
terráqueos metidas en nuestros cuerpos provisorios, y de acuerdo a una lógica obvia...
—Mire —dijo Lightfoot—, párese junto a mí.
El fnul, con su traje gris de negocios, cargando con su portafolios, se levantó con
cautela y se paró junto a él.
—Solo llegan hasta un poco por encima de mis rodillas —señaló Lightfoot—. Yo mido
un metro con ochenta centímetros de altura. Ustedes miden solo un tercio de eso. Entre
un grupo de terráqueos ustedes sobresalen como un huevo en un frasco de conservas
kosher.
—¿Es eso lo que dicen? —preguntó el fnul—. Será mejor que lo anote.
Del bolsillo de su saco extrajo una pequeña lapicera a bolilla no más grande que un
fósforo.
—Huevo en una conserva. Encantador. Espero que cuando hayamos exterminado a su
civilización, algunas de sus costumbres étnicas se conserven en nuestros museos.
—Yo también así lo espero —dijo Lightfoot, encendiendo un cigarrillo.
—Me pregunto si hay alguna forma para que nos podamos hacer más altos —dijo el
otro fnul, reflexionando—. ¿Es un secreto racial preservado por su pueblo?
Notando el cigarrillo encendido que colgaba entre los labios de Lightfoot, el fnul dijo:
—¿Es de esa manera cómo alcanzan una altura antinatural? ¿Encendiendo esa vara
de fibras vegetales comprimidas y resecas e inhalando el humo?
—Sí —dijo Lightfoot, extendiéndole el cigarrillo al fnul de sesenta centímetros de
altura—. Ése es nuestro secreto. Uno crece si fuma cigarrillos. Tenemos a toda nuestra
progenie, especialmente a nuestros adolescentes, fumando. Sobre todo los jóvenes.
—Voy a intentarlo —le dijo el fnul a su compañero. Poniéndose el cigarrillo entre los
labios, inhaló profundamente.
Lightfoot parpadeó. Porque el fnul tenía ahora un metro con veinte centímetros de
altura; su compañero lo imitó instantáneamente; los fnuls eran ahora el doble de altos que
antes. Increíblemente fumar el cigarrillo había aumentado la altura de los fnuls en sesenta
centímetros.
—Gracias —le dijo a Lightfoot, el vendedor inmobiliario ahora con más de un metro,
con una voz mucho más profunda—. Hemos dado un paso gigantesco, ¿no es cierto?
—Devuélvame mi cigarrillo —dijo Lightfoot nerviosamente.
 
En su oficina en el edificio de la CIA, el mayor Julius Hauk presionó un botón de su
escritorio, y la señorita Smith, siempre alerta, abrió la puerta y entró en la habitación, con
el anotador en la mano.
—Señorita Smith —dijo el mayor Hauk—, el capitán Lightfoot está lejos. Ahora puedo
decírselo. Esta vez los fnuls van a ganar. Como oficial a cargo de combatirlos, estoy por
dar la lucha por perdida y bajar al refugio a prueba de bombas para situaciones
desesperadas como ésta.
—Lamento escuchar eso, señor —dijo la señorita Smith, con sus largas pestañas
aleteando—. Disfruté mucho trabajando con usted.
—Yo también —explicó Hauk—. Todos los terráqueos seremos exterminados; nuestro
combate es a lo ancho y a lo largo de todo el planeta.
Abriendo un cajón de su escritorio extrajo una botella sin abrir del escocés Bullock &
Lade que le habían regalado para un cumpleaños.
—Primero voy a terminar este escocés B & L —le informó a la señorita Smith—.
¿Quiere acompañarme?
—No, gracias, señor —dijo la señorita Smith—. Me temo que no bebo, al menos
durante las horas del día.
El mayor Hauk bebió durante un momento de un vaso de papel, luego probó un poco
más de la botella solo para estar seguro de que era escocés hasta el fondo. Por fin apoyó
la botella y dijo:
—Es difícil de creer que unas criaturas no más grandes que gatos domésticos nos
puedan poner de espaldas contra la pared —le hizo una cortés inclinación de cabeza a la
señorita Smith—. Me marcho al refugio subterráneo de concreto a prueba de bombas,
donde espero sobrevivir al colapso general de la vida tal y como la conocemos.
—Me parece muy bien por usted, mayor Hauk —dijo la señorita Smith, un poco
incómoda—. Pero, ¿usted... usted va a dejarme aquí para que me capturen los fnuls?
Quiero decir...
Sus prominentes y puntiagudos pechos palpitaban al unísono bajo su blusa.
—Parece un poco mezquino.
—No tiene nada que temer de los fnuls, señorita Smith —dijo el mayor Hauk—.
Después de todo, tienen poco más de medio metro de altura... —Hizo un gesto—. Incluso
una joven neurótica podría, sin mucho esfuerzo... —Rió—. De verdad.
—Pero es una sensación terrible —dijo la señorita Smith— ser abandonada frente a lo
que sabemos que es un enemigo antinatural de otro planeta.
—Si usted lo dice —dijo pensativamente el mayor Hauk—, tal vez quebrante una serie
de rígidas normas de la CIA y le permita bajar al escudo conmigo.
Dejando de lado el anotador y la lapicera y lanzándose sobre él, la señorita Smith se
exaltó.
—¡Oh, Mayor, cómo puedo agradecérselo!
—Solo salgamos de aquí —dijo el mayor Hauk, abandonando en su apuro la botella de
escocés B&L, siendo la situación que era.
La señorita Smith se colgó de él mientras el Mayor hacía su inestable recorrido por el
corredor hasta el ascensor.
—Maldito sea ese escocés —murmuró él—. Señorita Smith, Vivian, fue sabia al no
tocarlo. Dada la reacción córtico-talámica que todos experimentamos ante el peligro de
los fnuls, el escocés no es el bálsamo benéfico que suele ser.
—Aquí —dijo su secretaria, deslizándose bajo su brazo para ayudarlo a que se
mantuviera en pie mientras esperaban el ascensor—. Intente mantenerse en pie, Mayor.
No tardaremos mucho.
—Ésa es la cuestión —estuvo de acuerdo el mayor Hauk—. Vivian, querida.  
Por fin llegó el ascensor. Era del tipo semiautomático.
—Usted es en verdad muy amable conmigo —dijo la señorita Smith mientras el Mayor
presionaba el botón apropiado y el ascensor comenzaba a descender.
—Bien, puedo prolongar su vida —estuvo de acuerdo el mayor Hauk—. Por supuesto
que tan lejos de la superficie... la temperatura promedio es mucho mayor que la de la
superficie terrestre. Como en el pozo de una mina, estaremos a cientos de metros del
exterior.
—Pero al menos estaremos vivos —dijo la señorita Smith.
El mayor Hauk se quitó el saco y la corbata.
—Preparémonos para un calor húmedo —le dijo—. Tal vez le convenga quitarse el
abrigo.
—Sí —dijo la señorita Smith, permitiéndole que de una forma muy cortés de retirara el
abrigo.
El ascensor llegó al refugio. No había nadie ante sus ojos, afortunadamente; todo el
refugio era para ellos solos.  
—Hay una ventilación muy mala aquí abajo —dijo la señorita Smith mientras el mayor
Hauk encendía una mortecina luz amarilla—. Oh, querido —En la penumbra se llevó algo
por delante. —Aquí es tan difícil ver. —Otra vez se llevó por delante algún objeto; esta vez
casi se cae—. ¿No deberíamos tener más luz, Mayor?
—¿Qué? ¿Y atraer a los fnuls?
En la oscuridad, el mayor Hauk tanteó hasta que la localizó; la señorita Smith se había
caído sobre una de las muchas literas del refugio y estaba tanteando en busca de su
zapato.
—Creo que se me rompió el tacón del zapato —dijo la señorita Smith.
—Bien, al menos todavía está con vida —dijo el mayor Hauk—. Ni más ni menos.
En la penumbra comenzó a ayudarla a sacarse el otro zapato, ahora inútil.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí abajo? —preguntó la señorita Smith.
—Mientras los fnuls estén a cargo de la situación —le informó el mayor Hauk—. Sería
mejor que se pusiera un traje a prueba de radiación por si los salvajes extraterrestres
intentan arrojar bombas H sobre la Casa Blanca. Así que tomaré su blusa y su chaqueta...
tiene que haber trajes por algún lado.
—Usted es tan amable conmigo —suspiró la señorita Smith mientras le tendía la blusa
y la chaqueta—. No lo olvidaré.
—Creo —dijo el mayor Hauk— que cambié de opinión y regresaré arriba por el
escocés; estaremos aquí abajo más tiempo de lo que pensaba y necesitaremos algo así
para que la soledad no arruine nuestros nervios. Quédese aquí.
Comenzó a tantear su camino hacia el ascensor.
—No tarde mucho —dijo la señorita Smith con ansiedad detrás de él—. Me siento
terriblemente expuesta y desprotegida aquí abajo sola, y lo que es peor, parece que no
puedo encontrar los trajes a prueba de radiación de los que habló.
—Pronto estaré de vuelta —prometió el mayor Hauk.
 
En la playa opuesta al edificio de la CIA, el capitán Lightfoot aterrizó el helicóptero con
los dos fnuls capturados a bordo.
—Muévanse —les ordenó, hundiendo la boca de su revólver 45 de servicio entre sus
pequeñas costillas.
—Es porque es más grande que nosotros, Len —le dijo uno de los fnuls al otro—. Si
tuviéramos el mismo tamaño no se atrevería a amenazarnos de esta manera. Pero ahora
comprendemos, finalmente, la naturaleza de la superioridad de los terráqueos.
—Sí —dijo el otro fnul—. Tras veinte años el misterio ha sido resuelto.
—Una altura de un metro con veinte centímetros todavía da una apariencia sospechosa
—dijo el capitán Lightfoot, pero estaba meditando. Si podían crecer de los sesenta
centímetros al metro con veinte en un instante, solo por fumar un cigarrillo, ¿qué los
detendría para no crecer sesenta centímetros más? Entonces tendrían un metro con
ochenta centímetros y su apariencia sería exactamente como la nuestra.
Y todo por mi culpa, se dijo miserablemente.
El mayor Hauk me destruirá, mi carrera al menos, si no mi persona.
De cualquier modo, continuaría como mejor pudiera; la famosa tradición de la CIA lo
exigía.
—Los voy a llevar directamente con el mayor Hauk —le dijo a los dos fnuls—. Él sabrá
que hacer con ustedes.
Cuando alcanzaron la oficina del mayor Hauk, allí no había nadie.
—Esto es muy extraño —dijo el capitán Lightfoot.
—El mayor Hauk se ha batido en una apresurada retirada —dijo uno de los fnuls—.
¿Esa gran botella ámbar no indica algo?
—Es una botella de escocés —dijo Lightfoot, examinándola—. Y no indica nada. De
todos modos —le removió la tapa—, probaré su contenido. Solo para estar seguro.
Después de probarlo descubrió que lo observaban intensamente los dos fnuls.
—Esto es lo que los terráqueos consideramos bebida —explicó Lightfoot—. A ustedes
les caerá mal.
—Posiblemente —dijo uno de los fnul—, pero mientras usted estaba bebiendo le
sacamos su revólver 45 de servicio. Arriba las manos.
Lightfoot, de mala gana, levantó las manos.
—Denos esa botella —dijo el fnul—. Y déjenos probarlo a nosotros; no nos negamos a
nada. En realidad, la cultura terráquea está abierta ante nosotros.
—Beber los destruirá —dijo Lightfoot desesperadamente.
—¿Cómo hizo la vara de sustancia vegetal reseca? —dijo el más cercano de los fnuls
con desprecio.
Él y su compañero vaciaron la botella mientras Lightfoot observaba.
Con absoluta seguridad, los fnuls ahora medían un metro con ochenta centímetros. Y,
estaba seguro, en todos los lugares del mundo los fnuls estaban alcanzando una altura
semejante. Por ese motivo la invasión de los fnuls esta vez sería exitosa. Había destruido
a la Tierra.
—Salud —dijo el primer fnul.
—¡Fondo blanco! —dijo el otro—. Suenen las campanas.
Estudiaron a Lightfoot.
—Se ha reducido hasta nuestro tamaño.
—No, Len —aclaró el otro—. Nos hemos estirado hasta el suyo.
—Entonces por fin somos todos iguales —dijo Len—. Tuvimos éxito. La defensa
mágica de los terráqueos, su tamaño antinatural, finalmente fue vencida.
En ese momento dijo una voz:
—Arrojen el revólver 45.
Y el mayor Hauk ingresó caminando en la habitación detrás de los fnuls completamente
borrachos.
—Bien, tenemos mala suerte —murmuró el primero de los fnuls—. Mira, Len, es el
responsable de nuestras anteriores derrotas.
—Y es pequeño —dijo Len—. Pequeño, como nosotros. Ahora somos todos pequeños.
Quiero decir, somos todos inmensos; maldita sea, es lo mismo. De cualquier modo somos
todos iguales.
Se tambaleó hacia el mayor Hauk.
El mayor Hauk disparó. Y el fnul llamado Len cayó. Estaba absoluta e innegablemente
muerto. Quedaba solo uno de los fnuls capturados.
—Edgar, han crecido de tamaño —dijo el mayor Hauk, pálido—. ¿Por qué?
—Es culpa mía —admitió Lightfoot—. La primera causa fue el cigarrillo, la segunda el
escocés... su escocés, Mayor, el que le dio su esposa para su último cumpleaños.
Reconozco que al ser ahora del mismo tamaño que nosotros se hace imposible
distinguirlos... pero considere esto, señor. ¿Qué pasaría se crecieran una vez más?
—Comprendo tu idea con claridad —dijo el mayor Hauk, tras una pausa—. Si midieran
casi dos metros y medio, los fnuls serían tan llamativos como lo eran cuando...
El fnul capturado hizo un intento por liberarse.
El mayor Hauk disparó, hacia abajo, pero era demasiado tarde; el fnul ya estaba en el
corredor y se dirigía hacia el ascensor.
—¡Atrápelo! —gritó el mayor Hauk.
El fnul alcanzó el ascensor y sin vacilar apretó el botón; algún fnuliano conocimiento
extraterrestre guió su mano.
—Se está escapando —chilló Lightfoot.
Había llegado el ascensor.
—Va a bajar al refugio a prueba de bombas —vociferó el mayor Hauk con decepción.
—Bien —dijo severamente el Lightfoot—. Podremos capturarlo sin mayores problemas.
—Sí, pero... —El mayor Hauk comenzó y luego se interrumpió—. Está en lo correcto,
Lihtfoot; debemos capturarlo. Si de algún modo llegara a la calle se asemejaría a
cualquier hombre con un traje gris de negocios cargando un portafolios.
—¿Cómo podemos hacer que vuelva a crecer? —dijo Lightfoot mientras él y el mayor
Hauk descendían por la escalera—. Un cigarrillo lo comenzó, luego el escocés... ambas
cosas eran algo nuevo para los fnuls. ¿Qué podría completar su crecimiento llevándolos a
una llamativa altura de dos metros y medio?
Mientras se lanzaba cada vez más abajo se estrujaba el cerebro, hasta que por fin
apareció ante ellos la entrada de concreto y acero del refugio.
El fnul ya estaba en el interior.
—Es, eh, la señorita Smith a la que se escucha gritar —admitió el mayor Hauk—. Ella
estaba, o más bien en realidad, nosotros estabamos... bien, estábamos refugiándonos de
la invasión aquí abajo.
Apoyando su peso contra la puerta, Lightfoot la abrió hacia un lado.
La señorita Smith los vio y corrió hacia ellos, cojeando, y un segundo más tarde
colgaba de los dos hombres, ahora a salvo del fnul.
—Gracias a Dios —dijo entrecortadamente—. No me di cuenta de lo que era hasta
que... —se estremeció.
—Mayor —dijo el capitán Lightfoot—, creo que hemos dado con eso.
—Capitán, busque las ropas de la señorita Smith, yo me haré cargo del fnul. Ya no
habrá problemas —dijo con rapidez el mayor Hauk.
El fnul, de dos metros y medio de altura, se acercó lentamente a ellos, con las manos
levantadas.
 
FIN
 


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