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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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lunes, 27 de febrero de 2012

Viajes de Gulliver Tercera parte Un viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y el Japón.




Jonathan Swift
Viajes de Gulliver
Tercera parte
Un viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y el Japón.


Capítulo 1
El autor sale en su tercer viaje y es cautivado por piratas. -La maldad de un holandés. -El
autor llega a una isla. -Es recibido en Laputa.
No llevaba en casa arriba de diez días, cuando el capitán William Robinson, de
Cornwall, comandante del Hope Well, sólido barco de trescientas toneladas, se presentó a
verme. Yo había sido ya médico en otro barco que él patroneaba, y navegado a la parte, con
un cuarto del negocio, durante una travesía a Levante. Me había tratado siempre más como
a hermano que como a subordinado, y, enterado de mi llegada, quiso hacerme una visita,
puramente de amistad por lo que pensé, ya que en ella sólo ocurrió lo que es natural
después de largas ausencias. Pero repetía sus visitas, expresando su satisfacción por
encontrarme con buena salud, preguntando si me había establecido ya por toda la vida y
añadiendo que proyectaba una travesía a las Indias orientales para dentro de dos meses;
viniendo, por último, a invitarme francamente, aunque con algunas disculpas, a que fuese
yo el médico del barco. Díjome que tendría otro médico a mis órdenes, aparte de nuestros
dos ayudantes; que mi salario sería doble de la paga corriente, y que, como sabía que mis
conocimientos, en cuestiones de mar por lo menos, igualaban los suyos, se avendría a
cualquier compromiso de seguir mi consejo en iguales términos que si compartiésemos el
mando.
Me dijo tantas amables cosas, y yo le conocía como hombre tan honrado, que no pude
rechazar su propuesta; tanto menos cuanto que el deseo de ver mundo seguía en mí tan vivo
como siempre. La única dificultad que quedaba era convencer a mi esposa, cuyo
consentimiento, sin embargo, alcancé al fin, con la perspectiva de ventajas que ella expuso
a los hijos.
Emprendimos el viaje el 5 de agosto de 1706, y llegamos a Fort St. George el 11 de abril
de 1707. Permanecimos allí tres semanas para descanso de la tripulación, de la cual había
algunos hombres enfermos. De allá fuimos a Tonquín, donde el capitán decidió seguir
algún tiempo, pues muchas de las mercancías que quería comprar no estaban listas, ni podía
esperar que quedasen despachadas en varios meses. En consecuencia, para compensar en
parte los gastos que había de hacer, compró una balandra y me dio autorización para
traficar mientras él concertaba sus negocios en Tonquín.
No habíamos navegado arriba de tres días, cuando se desencadenó una gran tempestad,
que nos arrastró cinco días al Nornordeste, y luego al Este; después de lo cual tuvimos
tiempo favorable, aunque todavía con viento bastante fuerte por el Oeste. En el décimo día
nos vimos perseguidos por dos barcos piratas, que no tardaron en alcanzarnos, pues la
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balandra iba tan cargada que navegaba muy despacio, y nosotros tampoco estábamos en
condiciones de defendernos.
Fuimos abordados casi a un tiempo por los dos piratas, que entraron ferozmente a la
cabeza de sus hombres; pero hallándonos postrados con las caras contra el suelo -lo que di
orden de hacer-, nos maniataron con gruesas cuerdas y, después de ponernos guardia,
marcharon a saquear la embarcación.
Advertí entre ellos a un holandés que parecía tener alguna autoridad, aunque no era
comandante de ninguno de los dos barcos. Notó él por nuestro aspecto que éramos ingleses,
y hablándonos atropelladamente en su propia lengua juró que nos atarían espalda con
espalda y nos arrojarían al mar. Yo hablaba holandés bastante regularmente; le dije quién
era y le rogué que, en consideración a que éramos cristianos y protestantes, de países
vecinos unidos por estrecha alianza, moviese a los capitanes a que usaran de piedad con
nosotros. Esto inflamó su cólera; repitió las amenazas y, volviéndose a sus compañeros,
habló con gran vehemencia, en idioma japonés, según supongo, empleando frecuentemente
la palabra cristianos.
El mayor de los dos barcos piratas iba mandado por un capitán japonés que hablaba el
holandés algo, pero muy imperfectamente. Se me acercó, y después de varias preguntas, a
las que contesté con gran humildad, dijo que no nos matarían. Hice al capitán una profunda
reverencia, y luego, volviéndome hacia el holandés, dije que lamentaba encontrar más
merced en un gentil que en un hermano cristiano. Pero pronto tuve motivo para
arrepentirme de estas palabras, pues aquel malvado sin alma, después de pretender en vano
persuadir a los capitanes de que debía arrojárseme al mar -en lo que ellos no quisieron
consentir después de la promesa que se me había hecho de no matarnos-, influyó, sin
embargo, lo suficiente para lograr que se me infligiese un castigo peor en todos los
humanos aspectos que la muerte misma. Mis hombres fueron enviados, en número igual, a
ambos barcos piratas, y mi balandra, tripulada por nuevas gentes. Por lo que a mí toca, se
dispuso que sería lanzado al mar, a la ventura, en una pequeña canoa con dos canaletes y
una vela y provisiones para cuatro días -éstas tuvo el capitán japonés la bondad de
duplicarlas de sus propios bastimentos-, sin permitir a nadie que me buscase. Bajé a la
canoa, mientras el holandés, de pie en la cubierta, me atormentaba con todas las
maldiciones y palabras injuriosas que su idioma puede dar de sí.
Como una hora antes de ver a los piratas había hecho yo observaciones y hallado que
estábamos a una latitud de 46º N. y una longitud de 183. Cuando estuve a alguna distancia
de los piratas descubrí con mi anteojo de bolsillo varias islas al Sudeste. Largué la vela con
el designio de llegar, aprovechando el viento suave que soplaba, a la más próxima de estas
islas, lo que conseguí en unas tres horas. Era toda peñascosa; encontré, no obstante, muchos
huevos de pájaros, y haciendo fuego prendí algunos brezos y algas secas y en ellos asé los
huevos. No tomé otra cena, resuelto a ahorrar cuantas provisiones pudiese. Pasé la noche al
abrigo de una roca, acostado sobre un poco de brezo, y dormí bastante bien.
Al día siguiente navegué a otra isla, y luego a una tercera y una cuarta, unas veces con la
vela y otras con los remos. Pero, a fin de no molestar al lector con una relación detallada de
mis desventuras, diré sólo que al quinto día llegué a la última isla que se me ofrecía a la
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vista, y que estaba situada al Sursudeste de la anterior. Estaba esta isla a mayor distancia de
la que yo calculaba, y no llegué a ella en menos de cinco horas. La rodeé casi del todo,
hasta que encontré un sitio conveniente para tomar tierra, y que era una pequeña caleta
como de tres veces la anchura de mi canoa. Encontré que la isla era toda peñascosa, con
sólo pequeñas manchas de césped y hierbas odoríferas. Saqué mis exiguas provisiones, y,
luego de haberme reconfortado, guardé el resto en una cueva, de las que había en gran
número. Cogí muchos huevos por las rocas y reuní una cierta cantidad de algas secas y
hierba agostada, que me proponía prender al día siguiente para con ella asar los huevos
como pudiera -pues llevaba conmigo pedernal, eslabón, mecha y espejo ustorio-. Descansé
toda la noche en la cueva donde había metido las provisiones. Fueron mi lecho las mismas
algas y hierbas secas que había cogido para hacer fuego. Dormí muy poco, pues la
intranquilidad de mi espíritu pudo más que mi cansancio y me tuvo despierto. Consideraba
cuán imposible me sería conservar la vida en sitio tan desolado y qué miserable fin había de
ser el mío. Con todo, me sentía tan indiferente y desalentado, que no tenía ánimo para
levantarme, y primero que reuní el suficiente para arrastrarme fuera de la cueva, el día era
muy entrado ya.
Paseé un rato entre las rocas; el cielo estaba raso completamente, y el sol quemaba de tal
modo, que me hizo desviar la cara de sus rayos; cuando, de repente, se hizo una obscuridad,
muy distinta, según me pareció, de la que se produce por la interposición de una nube. Me
volví y percibí un vasto cuerpo opaco entre el sol y yo, que se movía avanzando hacia la
isla. Juzgué que estaría a unas dos millas de altura, y ocultó el sol por seis o siete minutos;
pero, al modo que si me encontrase a la sombra de una montaña. no noté que el aire fuese
mucho más frío ni el cielo estuviese más obscuro. Conforme se acercaba al sitio en que
estaba yo, me fue pareciendo un cuerpo sólido, de fondo plano, liso y que brillaba con gran
intensidad al reflejarse el mar en él. Yo me hallaba de pie en una altura separada unas
doscientas yardas de la costa, y vi que este vasto cuerpo descendía casi hasta ponerse en la
misma línea horizontal que yo, a menos de una milla inglesa de distancia. Saqué mi anteojo
de bolsillo y pude claramente divisar multitud de gentes subiendo y bajando por los bordes,
que parecían estar en declive; pero lo que hicieran aquellas gentes no podía distinguirlo.
El natural cariño a la vida despertó en mi interior algunos movimientos de alegría, y me
veía pronto a acariciar la esperanza de que aquel suceso viniese de algún modo en mi ayuda
para librarme del lugar desolado y la triste situación en que me hallaba. Pero, al mismo
tiempo, difícilmente podrá concebir el lector mi asombro al contemplar una isla en el aire,
habitada por hombres que podían -por lo que aparentaba- hacerla subir o bajar, o ponerse en
movimiehto progresivo, a medida de su deseo. Pero, poco en disposición entonces de darme
a filosofías sobre este fenómeno, preferí más bien observar qué ruta tomaba la isla, que
parecía llevar quieta un rato. Al poco tiempo se acercó más, y pude distinguir los lados de
ella circundados de varias series de galerías y escaleras, con determinados intervalos, como
para bajar de unas a otras. En la galería inferior advertí que había algunas personas
pescando con caña y otras mirando. Agité la gorra -el sombrero se me había roto hacía
mucho tiempo- y el pañuelo hacia la isla; cuando se hubo acercado más aún, llamé y grité
con toda la fuerza de mis pulmones, y entonces vi, mirando atentamente, que se reunía
gentío en aquel lado que estaba enfrente de mí. Por el modo en que me señalaban y en que
me indicaban unos a otros conocí que me percibían claramente, aunque no daban respuesta
ninguna a mis voces. Después pude ver que cuatro o cinco hombres corrían
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apresuradamente escaleras arriba, a la parte superior de la isla, y desaparecían luego.
Supuse inmediatamente que iban a recibir órdenes de alguna persona con autoridad para
proceder en el caso.
Aumentó el número de gente, y en menos de media hora la isla se movió y elevó, de
modo que la galería más baja quedaba paralela a la altura en que me encontraba yo, y a
menos de cien yardas de distancia. Adopté entonces las actitudes más suplicantes y hablé
con los más humildes acentos, pero no obtuve respuesta. Quienes estaban más próximos,
frente por frente conmigo, parecían personas de distinción, a juzgar por sus trajes.
Conferenciaban gravemente unos con otros, mirándome con frecuencia. Por fin, uno de
ellos me gritó en un dialecto claro, agradable, suave, no muy diferente en sonido del
italiano; de consiguiente, yo contesté en este idioma, esperando, al menos que la cadencia
seria más grata a los oídos de quien se me dirigía. Aunque no nos entendimos, el
significado de mis palabras podía comprenderse fácilmente, pues la gente veía el apuro en
que me encontraba.
Me hicieron seña de que descendiese de la roca y avanzase a la playa, como lo hice; fue
colocada a conveniente altura la isla volante, cuyo borde quedó sobre mí; soltaron desde la
galería más baja una cadena con un asiento atado al extremo, en el cual me sujeté, y me
subieron por medio de poleas.
Capítulo 2
Descripción del genio y condición de los laputianos. Referencias de su cultura. -Del rey y
de su corte. -El recibimiento del autor en ella. -Motivo de los temores e inquietudes de los
habitantes. -Referencias acerca de las mujeres.
Al llegar arriba me rodeó muchedumbre de gentes; pero las que estaban más cerca
parecían de más calidad. Me consideraban con todas las muestras y expresiones a que el
asombro puede dar curso, y yo no debía de irles mucho en zaga, pues nunca hasta entonces
había visto una raza de mortales de semejantes figuras, trajes y continentes. Tenían
inclinada la cabeza, ya al lado derecho, ya al izquierdo; con un ojo miraban hacia adentro, y
con el otro, directamente al cenit. Sus ropajes exteriores estaban adornados con figuras de
soles, lunas y estrellas, mezcladas con otras de violines, flautas, arpas, trompetas, guitarras,
claves y muchos más instrumentos de música desconocidos en Europa. Distinguí,
repartidos entre la multitud, a muchos, vestidos de criados, que llevaban en la mano una
vejiga hinchada y atada, como especie de un mayal, a un bastoncillo corto. Dentro de estas
vejigas había unos cuantos guisantes secos o unas piedrecillas, según me dijeron más tarde.
Con ellas mosqueaban de vez en cuando la boca y las orejas de quienes estaban más
próximos, práctica cuyo alcance no pude por entonces comprender. A lo que parece, las
gentes aquellas tienen el entendimiento de tal modo enfrascado en profundas
especulaciones, que no pueden hablar ni escuchar los discursos ajenos si no se les hace
volver sobre sí con algún contacto externo sobre los órganos del habla y del oído. Por esta
razón, las personas que pueden costearlo tienen siempre al servicio de la familia un criado,
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que podríamos llamar, así como el instrumento, mosqueador -allí se llama climenole- y
nunca salen de casa ni hacen visitas sin él. La ocupación de este servidor es, cuando están
juntas dos o tres personas, golpear suavemente con la vejiga en la boca a aquella que debe
hablar, y en la oreja derecha a aquel o aquellos a quienes el que habla se dirige. Asimismo,
se dedica el mosqueador a asistir diligentemente a su señor en los paseos que da y, cuando
la ocasión llega, saludarle los ojos con un suave mosqueo, pues va siempre tan abstraído en
su meditación, que está en peligro manifiesto de caer en todo precipicio y embestir contra
todo poste, y en las calles, de ser lanzado o lanzar a otros de un empujón al arroyo.
Era preciso dar esta explicación al lector, sin la cual se hubiese visto tan desorientado
como yo, para comprender el proceder de estas gentes cuando me condujeron por las
escaleras hasta la parte superior de la isla y de allí al palacio real. Mientras subíamos
olvidaron numerosas veces lo que estaban haciendo, y me abandonaron a mí mismo, hasta
que les despertaron la memoria los respectivos mosqueadores, pues aparentaban absoluta
indiferencia a la vista de mi vestido y mi porte extranjero y ante los gritos del vulgo, cuyos
pensamientos y espíritu estaban más desembarazados.
Entramos, por fin, en el palacio, y luego en la sala de audiencia, donde vi al rey sentado
en su trono; a ambos lados le daban asistencia personas de principal calidad. Ante el trono
había una gran mesa llena de globos, esferas e instrumentos matemáticos de todas clases,
Su Majestad no hizo el menor caso de nosotros, aunque nuestra entrada no dejó de
acompañarse de ruido suficiente, al que contribuyeron todas las personas pertenecientes a la
corte. Pero él estaba entonces enfrascado en un problema, y hubimos de esperar lo menos
una hora a que lo resolviese. A cada lado suyo había un joven paje en pie, con sendos
mosqueadores en la mano, y cuando vieron que estaba ocioso, uno de ellos le golpeó
suavemente en la boca, y el otro en la oreja derecha, a lo cual se estremeció como hombre a
quien despertasen de pronto, y mirándome a mí y a la compañía que tenía en su presencia
recordó el motivo de nuestra llegada, de que ya le habían informado antes. Habló algunas
palabras, e inmediatamente un joven con un mosqueador se llegó a mi lado y me dio
suavemente en la oreja derecha; pero yo di a entender con las señas más claras que pude
que no necesitaba semejante instrumento, lo que, según supe después, hizo formar a Su
Majestad y a toda la corte tristísima opinión de mi inteligencia. El rey, por lo que pude
suponer, me hizo varias preguntas, y yo me dirigí a él en todos los idiomas que sabía.
Cuando se vio que yo no podía entender ni hacerme entender, se me condujo, por orden
suya, a una habitación de su palacio -sobresalía este príncipe entre todos sus predecesores
por su hospitalidad a los extranjeros-, y se designaron dos criados para mi servicio. Me
llevaron la comida, y cuatro personas de calidad, a quienes yo recordaba haber visto muy
cerca del rey, me hicieron el honor de comer conmigo. Nos sirvieron dos entradas, de tres
platos cada una. La primera fue un brazuelo de carnero cortado en triángulo equilátero, un
trozo de vaca en romboide y un pudín en cicloide. La segunda, dos patos, empaquetados en
forma de violín; salchichas y pudines imitando flautas y oboes, y un pecho de ternera en
figura de arpa. Los criados nos cortaron el pan en conos, cilindros, paralelogramos y otras
diferentes figuras matemáticas.
Mientras comíamos me tomé la libertad de preguntar los nombres de varias cosas en su
idioma, y aquellos nobles caballeros, con la ayuda de sus mosqueadores, se complacieron
en darme respuesta, con la esperanza de llenarme de admiración con sus habilidades, si
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alguna vez llegaba a conversar con ellos. Pronto pude pedir pan, de beber y todo lo demás
que necesitaba.
Después de la comida mis acompañantes se retiraron, y me fue enviada una persona, por
orden del rey, servida por su mosqueador. Llevaba consigo pluma, tinta y papel y tres o
cuatro libros, y por señas me hizo comprender que le enviaban para enseñarme el idioma.
Nos sentamos juntos durante cuatro horas, y en este espacio escribí gran número de
palabras en columnas, con las traducciones enfrente, y logré también aprender varias frases
cortas. Mi preceptor mandaba a uno de mis criados traer algún objeto, volverse, hacer una
inclinación, sentarse, levantarse, andar y cosas parecidas; y yo escribía la frase luego. Me
mostró también en uno de sus libros las figuras del Sol, la Luna y las estrellas, el zodíaco,
los trópicos y los círculos polares, juntos con las denominaciones de muchas figuras de
planos y sólidos. Me dio los nombres y las descripciones de todos los instrumentos
musicales y los términos generales del arte de tocar cada uno de ellos. Cuando se fue
dispuse todas las palabras, con sus significados, en orden alfabético. Y así, en pocos días,
con ayuda de mi fidelísima memoria, adquirí algunos conocimientos serios del lenguaje.
La palabra que yo traduzco por la isla volante o flotante es en el idioma original laputa,
de la cual no he podido saber nunca la verdadera etimología. Lap, en el lenguaje antiguo
fuera de uso, significa alto, y untuh, piloto; de donde dicen que, por corrupción, se deriva
laputa, de lapuntuh. Pero yo no estoy conforme con esta derivación, que se me antoja un
poco forzada.Me arriesgué a ofrecer a los eruditos de allá la suposición propia de que
laputa era quasi lapouted: de lap, que significa realmente el jugueteo de los rayos del sol
en el mar, y outed, ala. Lo cual, sin embargo, no quiero imponer, sino, simplemente,
someterlo al juicioso lector.
Aquellos a quienes el rey me había confiado, viendo lo mal vestido que me encontraba,
encargaron a un sastre que fuese a la mañana siguiente para tomarme medida de un traje.
Este operario hizo su oficio de modo muy diferente que los que se dedican al mismo tráfico
en Europa. Tomó primero mi altura con un cuadrante, y luego, con compases y reglas,
describió las dimensiones y contornos de todo mi cuerpo y lo trasladó todo al papel; y a los
seis días me llevó el traje, muy mal hecho y completamente desatinado de forma, por
haberle acontecido equivocar una cifra en el cálculo. Pero me sirvió de consuelo el observar
que estos accidentes eran frecuentísimos y muy poco tenidos en cuenta.
Durante mi reclusión por falta de ropa y por culpa de una indisposición, que me retuvo
algunos días más, aumenté grandemente mi diccionario; y cuando volví a la corte ya pude
entender muchas de las cosas que el rey habló y darle algún género de respuestas. Su
Majestad había dado orden de que la isla se moviese al Nordeste y por el Este hasta el
punto vertical sobre Lagado, metrópoli de todo el reino de abajo, asentado sobre tierra
firme, Estaba la metrópoli a unas noventa leguas de distancia, y nuestro viaje duró cuatro
días y medio. Yo no me daba cuenta lo más mínimo del movimiento progresivo de la isla
en el aire. La segunda mañana, a eso de las once, el rey mismo en persona y la nobleza, los
cortesanos y los funcionarios tomaron los instrumentos musicales de antemano dispuestos y
tocaron durante tres horas sin interrupción, de tal modo, que quedé atolondrado con el
ruido; y no pude imaginar a qué venía aquello hasta que me informó mi preceptor. Díjome
que los habitantes de aquella isla tenían los oídos adaptados a oír la música de las esferas,
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que sonaban siempre en épocas determinadas, y la corte estaba preparada para tomar parte
en el concierto, cada cual con el instrumento en que sobresalía.
En nuestro viaje a Lagado, la capital, Su Majestad ordenó que la isla se detuviese sobre
ciertos pueblos y ciudades, para recibir las peticiones de sus súbditos; y a este fin se
echaron varios bramantes con pesos pequeños a la punta. En estos bramantes ensartaron las
peticiones, que subieron rápidamente como los trozos de papel que ponen los escolares al
extremo de las cuerdas de sus cometas. A veces recibíamos vino y víveres de abajo, que se
guindaban por medio de poleas.
El conocimiento de las matemáticas que tenía yo me ayudó mucho en el aprendizaje de
aquella fraseología, que depende en gran parte de esta ciencia y de la música: y en esta
última tampoco era profano. Las ideas de aquel pueblo se refieren perpetuamente a líneas y
figuras. Si quieren, por ejemplo, alabar la belleza de una mujer, o de un animal cualquiera,
la describen con rombos, círculos, paralelogramos, elipses y otros términos geométricos, o
con palabras de arte sacadas de la música, que no es necesario repetir aquí. Encontré en la
cocina del rey toda clase de instrumentos matemáticos y músicos, en cuyas figuras cortan
los cuartos de res que se sirven a la mesa de Su Majestad.
Sus casas están muy mal construidas, con las paredes trazadas de modo que no se puede
encontrar un ángulo recto en una habitación. Débese este defecto al desprecio que tienen
allí por la geometría réctica, que juzgan mecánica y vulgar; y como las instrucciones que
dan son demasiado profundas para el intelecto de sus trabajadores, de ahí las
equivocaciones perpetuas. Aunque son aquellas gentes bastante diestras para manejar sobre
una hoja de papel, regla, lápiz y compás de división, sin embargo, en los actos corrientes y
en el modo de vivir yo no he visto pueblo más tosco, poco diestro y desmañado, ni tan
lerdo e indeciso en sus concepciones sobre todos los asuntos que no se refieran a
matemáticas y música. Son malos razonadores y dados, con gran vehemencia a la
contradicción, menos cuando aciertan a sustentar la opinión oportuna, lo que les sucede
muy rara vez. La imaginación, la fantasía y la inventiva les son por completo extrañas, y no
hay en su idioma palabras con qué expresar estas ideas; todo el círculo de sus pensamientos
y de su raciocinio está encerrado en las dos ciencias ya mencionadas.
Muchos de ellos, y especialmente los que se dedican a la parte astronómica, tienen gran
fe en la astrología judiciaria, aunque se avergüenzan de confesarlo en público. Pero lo que
principalmente admiré en ellos, y me pareció por completo inexplicable, fue la decidida
inclinación que les aprecié para la política, y que de continuo los tiene averiguando
negocios públicos, dando juicios sobre asuntos de Estado y disputando apasionadamente
sobre cada letra de un programa de partido. Cierto que yo había observado igual
disposición en la mayor parte de los matemáticos que he conocido en Europa, aunque
nunca pude descubrir la menor analogía entre las dos ciencias, a no ser que estas gentes
imaginen que, por el hecho de tener el círculo más pequeño tantos grados como el más
grande, la regulación y el gobierno del mundo no exigen más habilidades que el manejo y
volteo de una esfera terrestre. Pero me inclino más bien a pensar que esta condición nace de
un mal muy común en la naturaleza humana, que nos lleva a sentirnos en extremo curiosos
y afectados por asuntos con que nada tenemos que ver y para entender en los cuales
estamos lo menos adaptados posible por el estudio o por las naturales disposiciones.
86
Aquella gente vive bajo constantes inquietudes, y no goza nunca un minuto de paz su
espíritu; pero sus confusiones proceden de causas que importan muy poco al resto de los
mortales. Sus recelos nacen de determinados cambios que temen en los cuerpos celestes.
Por ejemplo, que la Tierra, a causa de las continuas aproximaciones del Sol, debe, en el
curso de los tiempos, ser absorbida o engullida. Que la faz del Sol irá gradualmente
cubriéndose de una costra de sus propios efluvios y dejará de dar luz a la Tierra. Que el
mundo se libró por muy poco de un choque con la cola del último cometa, que le hubiese
reducido infaliblemente a cenizas, y que el próximo, que ellos han calculado para dentro de
treinta y un años, nos destruirá probablemente. Porque si en su perihelio se aproxima al Sol
más allá de cierto grado -lo que, por sus cálculos, tienen razones para temer-, desarrollará
un grado de calor diez mil veces más intenso que el de un hierro puesto al rojo, y al
apartarse del Sol llevará una cola inflamada de un millón y catorce millas de largo, y la
Tierra, si la atraviesa a una distancia de cien mil millas del núcleo o cuerpo principal del
cometa, deberá ser a su paso incendiada y reducida a cenizas; que el Sol, como gasta sus
rayos diariamente, sin recibir ningún alimento para suplirlos, acabará por consumirse y
aniquilarse totalmente; lo que vendrá acompañado de la destrucción de la Tierra y todos los
planetas que reciben la luz de él.
Están continuamente tan alarmados con el temor de estas y otras parecidas catástrofes
inminentes, que no pueden ni dormir tranquilos en sus lechos ni tener gusto para los
placeres y diversiones comunes de la vida. Si por la mañana se encuentran a un amigo, la
primera pregunta es por la salud del Sol, su aspecto al ponerse y al salir y las esperanzas
que pueden tenerse en cuanto a que evite el choque con el cometa que se acerca. Abordan
esta conversación con el mismo estado de ánimo que los niños muestran cuando se deleitan
oyendo cuentos terribles de espíritus y duendes, que escuchan con avidez y luego no se
atreven a ir a acostarse, de miedo.
Las mujeres de la isla están dotadas de gran vivacidad; desprecian a sus maridos y son
extremadamente aficionadas a los extranjeros. Siempre hay de éstos numero considerable
con los del continente de abajo, que esperan en la corte por asuntos de las diferentes
corporaciones y ciudades y por negocios particulares. En la isla son muy desdeñados,
porque carecen de los dones allí corrientes. Entre éstos buscan las damas sus galanes; pero
la molestia es justamente que proceden con demasiada holgura y seguridad, porque el
marido está siempre tan enfrascado en sus especulaciones, que la señora y el amante
pueden entregarse a las mayores familiaridades en su misma cara, con tal de que él tenga a
mano papel e instrumentos y no esté a su lado el mosqueador.
Las esposas y las hijas lamentan verse confinadas en la isla, aunque yo entiendo que es
el más delicioso paraje del mundo; y por más que allí viven en el mayor lujo y
magnificencia y tienen libertad para hacer lo que se les antoja, suspiran por ver el mundo y
participar en las diversiones de la metrópoli, lo que no les está permitido hacer sin una
especial licencia del rey. Y ésta no se alcanza fácilmente, porque la gente de calidad sabe
por frecuentes experiencias cuán difícil es persuadir a sus mujeres para que vuelvan de
abajo. Me contaron que una gran dama de la corte -que tenía varios hijos y estaba casada
con el primer ministro, el súbdito más rico del reino, hombre muy agraciado y enamorado
de ella y que vive en el más bello palacio de la isla- bajó a Lagado con el pretexto de su
salud; allí estuvo escondida varios meses, hasta que el rey mandó un auto para que fuese
87
buscada, y la encontraron en un lóbrego figón, vestida de harapos y con las ropas
empeñadas para mantener a un lacayo viejo y feo que le pegaba todos los días, y en cuya
compañía estaba ella muy contra su voluntad. Pues bien: aunque su marido la recibió con
toda la amabilidad posible y sin hacerle el menor reproche, poco tiempo después se huyó
nuevamente abajo, con todas sus joyas, en busca del mismo galán, y no ha vuelto a saberse
de ella.
Quizá, para el lector, esto pase más bien por una historia europea o inglesa que no de un
país tan remoto. Pero debe pararse a meditar que los caprichos de las mujeres no están
limitados por frontera ni clima ninguno, y son más uniformes de lo que fácilmente pudiera
imaginarse.
En cosa de un mes había hecho yo un regular progreso en el idioma y podía contestar a
la mayoría de las preguntas del rey cuando tenía el honor de acompañarle. Su Majestad no
mostró nunca la menor curiosidad por enterarse de las leyes, el gobierno, la historia, la
religión ni las costumbres de los países en que yo había estado, sino que limitaba sus
preguntas al estado de las matemáticas y recibía las noticias que yo le daba con el mayor
desprecio e indiferencia, aunque su mosqueador le acariciaba frecuentemente por uno y
otro lado.
Capítulo 3
Un problema resuelto por la Filosofía y la Astronomía moderna. -Los grandes progresos
de los laputianos en la última. El método del rey para suprimir la insurrección.
Supliqué a este príncipe que me diese licencia para ver las curiosidades de la isla, y me
la concedió graciosamente, encomendando además a mi preceptor que me acompañase.
Deseaba principalmente conocer a qué causa, ya de arte, ya de la Naturaleza, debía sus
diversos movimientos; y de ello haré aquí un relato filosófico al lector.
La isla volante o flotante es exactamente circular; su diámetro, de 7.837 yardas, esto es,
unas cuatro millas y media, y contiene, por lo tanto, diez mil acres. Su grueso es de 300
yardas. El piso o superficie inferior que se presenta a quienes la ven desde abajo es una
plancha regular, lisa, de diamante, que tiene hasta unas 200 yardas de altura. Sobre ella
yacen los varios minerales en el orden corriente, y encima de todos hay una capa de
riquísima tierra, profunda de diez o doce pies. El declive de la superficie superior, de la
circunferencia al centro, es la causa natural de que todos los rocíos y lluvias que caen sobre
la isla sean conducidos formando pequeños riachuelos hacia el interior, donde vierten en
cuatro grandes estanques, cada uno como de media milla en redondo y 200 yardas distante
del centro. De estos estanques el Sol evapora continuamente el agua durante el día, lo que
impide que rebasen. Además, como el monarca tiene en su poder elevar la isla por encima
de la región de las nubes y los vapores, puede impedir la caída de rocíos y lluvias siempre
que le place, pues las nubes más altas no pasan de las dos millas, punto en que todos los
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naturalistas convienen; al menos, nunca se conoció que sucediese de otro modo en aquel
país.
En el centro de la isla hay un hueco de unas 50 yardas de diámetro, por donde los
astrónomos descienden a un gran aposento, de ahí llamado Flandona Gagnole, que vale
tanto como la Cueva del Astrónomo, situado a la profundidad de 100 yardas por bajo de la
superficie superior del diamante. En esta cueva hay veinte lámparas ardiendo
continuamente; las cuales, como el diamante refleja su luz, arrojan viva claridad a todos
lados. Se atesoran allí gran variedad de sextantes, cuadrantes, telescopios, astrolabios y
otros instrumentos astronómicos. Pero la mayor rareza, de la cual depende la suerte de la
isla, es un imán de tamaño prodigioso, parecido en la forma a una lanzadera de tejedor.
Tiene de longitud seis yardas, y por la parte más gruesa, lo menos tres yardas más en
redondo. Este imán está sostenido por un fortísimo eje de diamante que pasa por su centro,
sobre el cual juega, y está tan exactamente equilibrado, que la mano más débil puede
volverlo. Está rodeado de un cilindro hueco de diamante de cuatro pies de concavidad y
otros tantos de espesor en las paredes, y que forma una circunferencia de doce yardas de
diámetro, colocada horizontalmente y apoyada en ocho pies, asimismo de diamante, de seis
yardas de alto cada uno. En la parte interna de este aro, y en medio de ella, hay una muesca
de doce pulgadas de profundidad, donde los extremos del eje encajan y giran cuando es
preciso.
No hay fuerza que pueda sacar a esta piedra de su sitio, porque el aro y sus pies son de la
misma pieza que el cuerpo de diamante que constituye el fondo de la isla.
Por medio de este imán se hace a la isla bajar y subir y andar de un lado a otro. En
relación con la extensión de tierra que el monarca domina, la piedra está dotada por uno de
los lados de fuerza atractiva, y de fuerza repulsiva por el otro. Poniendo el imán derecho
por el extremo atrayente hacia la tierra, la isla desciende; pero cuando se dirige hacia abajo
el extremo repelente, la isla sube en sentido vertical. Cuando la piedra está en posición
oblicua, el movimiento de la isla es igualmente oblicuo, pues en este imán las fuerzas
actúan siempre en líneas paralelas a su dirección.
Por medio de este movimiento oblicuo se dirige la isla a las diferentes partes de los
dominios de Su Majestad. Para explicar esta forma de su marcha, supongamos que A B
representa una línea trazada a través de los dominios de Balnibarbi; c d, el imán, con su
extremo repelente d y su extremo atrayente c, y C, la isla. Dejando la piedra en la posición
c d, con el extremo repelente hacia abajo, la isla se elevará oblicuamente hacia D. Si al
llegar a D se vuelve la piedra sobre su eje, hasta que el extremo atrayente se dirija a E, la
isla marchará oblicuamente hacia E, donde, si la piedra se hiciese girar una vez más sobre
su eje, hasta colocarla en la dirección E F, con la punta repelente hacia abajo, la isla subirá
oblicuamente hacia F, desde donde, dirigiendo hacia G el extremo atrayente, la isla iría a G,
y de G a H, volviendo la piedra de modo que su extremo repelente apuntará hacia abajo.
Así, cambiando de posición la piedra siempre que es menester, se hace a la isla subir y
bajar alternativamente, y por medio de estos ascensos y descensos alternados -la oblicuidad
no es considerable- se traslada de un lado a otro de los dominios.
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Pero debe advertirse que esta isla no puede ir más allá de la extensión que tienen los
dominios de abajo ni subir a más de cuatro millas de altura. Lo que explican los astrónomos
-que han escrito extensos tratados sobre el imán- con las siguientes razones: La virtud
magnética no se extiende a más de cuatro millas de distancia, y el mineral que actúa sobre
la piedra desde las entrañas de la tierra y desde el mar no está difundido por todo el globo,
sino limitado a los dominios del rey; y fue cosa sencilla para un príncipe, a causa de la gran
ventaja de situación tan superior, reducir a la obediencia a todo el país que estuviese dentro
del radio de atracción de aquel imán.
Cuando se coloca la piedra paralela a la línea del horizonte, la isla queda quieta; pues en
tal caso los dos extremos del imán, a igual distancia de la tierra,con la misma fuerza, el uno
tirando hacia abajo, y el otro empujando hacia arriba, de lo que no puede resultar
movimiento ninguno.
Este imán está al cuidado de ciertos astrónomos, quienes, en las ocasiones, lo colocan en
la posición que el rey indica. Emplean aquellas gentes la mayor parte de su vida en
observar los cuerpos celestes, para lo que se sirven de anteojos que aventajan con mucho a
los nuestros; pues aunque sus grandes telescopios no exceden de tres pies, aumentan mucho
más que los de cien yardas que tenemos nosotros, y al mismo tiempo muestran las estrellas
con mayor claridad. Esta ventaja les ha permitido extender sus descubrimientos mucho más
allá que los astrónomos de Europa, pues han conseguido hacer un catálogo de diez mil
estrellas fijas, mientras el más extenso de los nuestros no contiene más de la tercera parte
de este número. Asimismo han descubierto dos estrellas menores o satélites que giran
alrededor de Marte, de las cuales la interior dista del centro del planeta primario
exactamente tres diámetros de éste, y la exterior, cinco; la primera hace una revolución en
el espacio de diez horas, y la última, en veintiuna y media; así que los cuadros de sus
tiempos periódicos están casi en igual proporción que los cubos de su distancia del centro
de Marte, lo que evidentemente indica que están sometidas a la misma ley de gravitación
que gobierna los demás cuerpos celestes.
Han observado noventa y tres cometas diferentes y calculado sus revoluciones con gran
exactitud. Si esto es verdad -y ellos lo afirman con gran confianza-, sería muy de desear que
se hiciesen públicas sus observaciones, con lo que la teoría de los cometas, hasta hoy muy
imperfecta y defectuosa, podría elevarse a la misma perfección que las demás partes de la
Astronomía.
El rey podría ser el príncipe más absoluto del Universo sólo con que pudiese obligar a
un ministerio a asociársele; pero como los ministros tienen abajo, en el continente, sus
haciendas y conocen que el oficio de favorito es de muy incierta conservación, no
consentirían nunca en esclavizar a su país.
Si acontece que alguna ciudad se alza en rebelión o en motín, se entrega a violentos
desórdenes o se niega a pagar el acostumbrado tributo, el rey tiene dos medios de reducirla
a la obediencia. El primero, y más suave, consiste en suspender la isla sobre la ciudad y las
tierras circundantes, con lo que quedan privadas de los beneficios del sol y de la lluvia, y
afligidos, en consecuencia, los habitantes, con carestías y epidemias. Y si el crimen lo
merece, al mismo tiempo se les arrojan grandes piedras, contra las que no tienen más
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defensa que zambullirse en cuevas y bodegas, mientras los tejados de sus casas se hunden,
destrozados. Pero si aún se obstinaran y llegasen a levantarse en insurrecciones, procede el
rey al último recurso; y es dejar caer la isla derechamente sobre sus cabezas, lo que
ocasiona universal destrucción, lo mismo de casas que de hombres. No obstante, es éste un
extremo a que el príncipe se ve arrastrado rara vez, y que no gusta de poner por obra, así
como sus ministros tampoco se atreven a aconsejarle una medida que los haría odiosos al
pueblo y sería gran daño para sus propias haciendas, que están abajo, ya que la isla es
posesión del rey.
Pero aun existe, ciertamente, otra razón de más peso para que los reyes de aquel país
hayan sido siempre contrarios a ejecutar acción tan terrible, a no ser en casos de extremada
necesidad. Si la ciudad que se pretende destruir tiene en su recinto elevadas rocas, como
por regla general acontece en las mayores poblaciones, que probablemente han escogido de
antemano esta situación con miras a evitar semejante catástrofe, o si abunda en altos
obeliscos o columnas de piedra, una caída rápida pondría en peligro el fondo o superficie
inferior de la Isla, que, aun cuando consiste, como ya he dicho, en un diamante entero de
doscientas yardas de espesor, podría suceder que se partiese con un choque demasiado
grande o saltase al aproximarse demasiado a los hogares de las casas de abajo, como a
menudo ocurre a los cortafuegos de nuestras chimeneas, sean de piedra o de hierro. El
pueblo sabe todo esto muy bien, y conoce hasta dónde puede llegar en su obstinación
cuando ve afectada su libertad o su fortuna. Y el rey, cuando la provocación alcanza el más
alto grado y más firmemente se determina a deshacer en escombros una ciudad, ordena que
la isla descienda con gran blandura, bajo pretexto de terneza para su pueblo, pero, en
realidad, por miedo de que se rompa el fondo de diamante, en cuyo caso es opinión de
todos los filósofos que el imán no podría seguir sosteniendo la isla y la masa entera se
vendría al suelo.
Por una ley fundamental del reino está prohibido al rey y a sus dos hijos mayores salir
de la isla, así como a la reina hasta que ha dado a luz.
Capítulo 4
El autor sale de Laputa, es conducido a Balnibarbi y llega a la metrópoli. -Descripción de
la metrópoli y de los campos circundantes. -El autor, hospitalariamente recibido por un
gran señor. -Sus conversaciones con este señor.
Aunque no puedo decir que me tratasen mal en esta isla, debo confesar que me sentía
muy preterido y aun algunos puntos despreciado; pues ni el príncipe ni el pueblo parecían
experimentar la menor curiosidad por rama ninguna de conocimiento, excepto las
matemáticas y la música, en que yo les era muy inferior, y por esta causa muy poco digno
de estima.
Por otra parte, como yo había visto todas las curiosidades de la isla, tenía ganas de salir
de ella, porque estaba aburrido hasta lo indecible de aquella gente. Verdad que sobresalían
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en las dos ciencias que tanto apreciaban y en que yo no soy del todo lego; pero a la vez
estaban de tal modo abstraídos y sumidos en sus especulaciones, que nunca me encontré
con tan desagradable compañía. Yo sólo hablé con mujeres, comerciantes, mosqueadores y
pajes de corte durante los dos meses de mi residencia allí; lo que sirvió para que se acabara
de despreciarme. Pero aquéllas eran las únicas gentes que me daban razonables respuestas.
Estudiando empeñadamente, había llegado a adquirir buen grado de conocimiento del
idioma; mas estaba aburrido de verme confinado en una isla donde tan poco favor
encontraba y resuelto a abandonarla en la primera oportunidad.
Había en la corte un gran señor, estrechamente emparentado con el rey y sólo por esta
causa tratado con respeto. Se le reconocía, universalmente como el señor más ignorante y
estúpido entre los hombres. Había prestado a la Corona servicios eminentes y tenía grandes
dotes naturales y adquiridos, realzados por la integridad y el honor, pero tan mal oído para
la música, que sus detractores contaban que muchas veces se le había visto llevar el compás
a contratiempo; y tampoco sus preceptores pudieron, sin extrema dificultad, enseñarle a
demostrar las más sencillas proposiciones de las matemáticas. Este caballero se dignaba
darme numerosas pruebas de su favor: me hizo en varias ocasiones el honor de su visita y
me pidió que le informase de los asuntos de Europa, las leyes y costumbres, maneras y
estudios de los varios países por que yo había viajado. Me escuchaba con gran atención y
hacía muy atinadas observaciones a todo lo que yo decía. Por su rango tenía dos
mosqueadores a su servicio, pero nunca los empleó sino en la corte y en las visitas de
ceremonia, y siempre los mandaba retirarse cuando estábamos los dos solos.
Supliqué a esta ilustre persona que intercediese en mi favor con Su Majestad para que
me permitiese partir; lo que cumplió, según se dignó decirme, con gran disgusto; pues, en
verdad, me había hecho varios ofrecimientos muy ventajosos, que yo, sin embargo,
rechacé, con expresiones de la más alta gratitud.
El 16 de febrero me despedí de Su Majestad y de la corte. El rey me hizo un regalo por
valor de unas doscientas libras inglesas, y mi protector su pariente, otro tanto, con más una
carta de recomendación para un amigo suyo de Lagado, la metrópoli. La isla estaba a la
sazón suspendida sobre una montaña situada a unas dos millas de la ciudad, y me bajaron
desde la galería inferior igual que me habían subido.
El continente, en la parte que está sujeta al monarca de la Isla Volante, se designa con el
nombre genérico de Balnibarbi, y la metrópoli, como antes dije, se llama Lagado.
Experimenté una pequeña satisfacción al encontrarme en tierra firme. Marché a la ciudad
sin cuidado ninguno, pues me encontraba vestido como uno de los naturales y suficiente
instruido para conversar con ellos. Pronto encontré la casa de aquella persona a quien iba
recomendado; presenté la carta de mi amigo el grande de la isla y fui recibido con gran
amabilidad. Este gran señor, cuyo nombre era Munodi, me hizo disponer una habitación en
su casa misma, donde permanecí durante mi estancia y fui tratado de la más hospitalaria
manera.
A la mañana siguiente de mi llegada me sacó en su coche a ver la ciudad, que viene a ser
la mitad que Londres, pero de casas muy extrañamente construidas y, las más, faltas de
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reparación. La gente va por las calles de prisa, con expresión aturdida, los ojos fijos y
generalmente vestida con andrajos. Pasamos por una o dos puertas y salimos unas tres
millas al campo, donde vi muchos obreros trabajando con herramientas de varias clases, sin
poder conjeturar yo a qué se dedicaban, pues no descubrí el menor rastro de grano ni de
hierba, por más que la tierra parecía excelente. No pude por menos de sorprenderme ante
estas extrañas apariencias de la ciudad y del campo, y me tomé la libertad de pedir a mi
guía que se sirviese explicarme qué significaban tantas cabezas, manos y semblantes
ocupados, lo mismo en los campos que en la ciudad, pues yo no alcanzaba a descubrir los
buenos efectos que producían; antes al contrario, yo no había visto nunca suelo tan
desdichadamente cultivado, casas tan mal hechas y ruinosas ni gente cuyo porte y traje
expresaran tanta miseria y necesidad.
El señor Munodi era persona de alto rango, que había sido varios años gobernador de
Lagado; pero por maquinaciones de ministros fue destituido como incapaz. Sin embargo, el
rey le trataba con gran cariño, teniéndole por hombre de buena intención, aunque de
entendimiento menos que escaso. Cuando hube hecho esta franca censura del país y de sus
habitantes no me dio otra respuesta sino que yo no llevaba entre ellos el tiempo suficiente
para formar un juicio, y que las diferentes naciones del mundo tienen costumbres diferentes
con otros tópicos en el mismo sentido. Pero cuando volvimos a su palacio me preguntó qué
tal me parecía el edificio, qué absurdos apreciaba y qué tenía que decir de la vestidura y el
aspecto de su servidumbre. Podía hacerlo con toda seguridad, ya que todo cuanto le rodeaba
era magnífico, correcto y agradable. Respondí que la prudencia, la calidad y la fortuna de
Su Excelencia le habían eximido de aquellos defectos que la insensatez y la indigencia
habían causado en los demás. Díjome que si quería ir con él a su casa de campo, situada a
veinte millas de distancia, y donde estaba su hacienda, habría más lugar para esta clase de
conversación. Contesté a Su Excelencia que estaba por entero a sus órdenes, y, en
consecuencia, partimos a la mañana siguiente.
Durante el viaje me hizo observar los diversos métodos empleados por los labradores en
el cultivo de sus tierras, lo que para mí resultaba completamente inexplicable, porque,
exceptuando poquísimos sitios, no podía distinguir una espiga de grano ni una brizna de
hierba. Pero a las tres horas de viaje, la escena cambió totalmente; entramos en una
hermosísima campiña: casas de labranza poco distanciadas entre sí y lindamente
construidas; sembrados, praderas y viñedos con sus cercas en torno. No recuerdo haber
visto más delicioso paraje. Su Excelencia advirtió que mi semblante se había despejado.
Díjome, con un suspiro, que allí empezaba su hacienda y todo seguiría lo mismo hasta que
llegáramos a su casa, y que sus conciudadanos le ridiculizaban y despreciaban por no llevar
mejor sus negocios y por dar al reino tan mal ejemplo; ejemplo que, sin embargo, sólo era
seguido por muy pocos, viejos, porfiados y débiles como él.
Llegamos, por fin, a la casa, que era, a la verdad, de muy noble estructura y edificada
según las mejores reglas de la arquitectura antigua. Los jardines, fuentes, paseos, avenidas
y arboledas estaban dispuestos con mucho conocimiento y gusto. Alabé debidamente
cuanto vi, de lo que Su Excelencia no hizo el menor caso, hasta que después de cenar, y
cuando no había con nosotros tercera persona, me dijo con expresión melancólica que temía
tener que derribar sus casas de la ciudad y del campo para reedificarlas según la moda
actual, y destruir todas sus plantaciones para hacer otras en la forma que el uso moderno
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exigía, y dar las mismas instrucciones a sus renteros, so pena de incurrir en censura por su
orgullo, singularidad, afectación, ignorancia y capricho, y quizá de aumentar el descontento
de Su Majestad. Añadió que la admiración que yo parecía sentir se acabaría, o disminuiría
al menos, cuando él me hubiese informado de algunos detalles de que probablemente no
habría oído hablar en la corte, porque allí la gente estaba demasiado sumida en sus
especulaciones para mirar lo que pasaba aquí abajo.
Todo su discurso vino a parar en lo siguiente:
Hacía unos cuarenta años subieron a Laputa, para resolver negocios, o simplemente por
diversión, ciertas personas que, después de cinco meses de permanencia, volvieron con un
conocimiento muy superficial de matemáticas, pero con la cabeza llena de volátiles
visiones adquiridas en aquella aérea región. Estas personas, a su regreso, empezaron a mirar
con disgusto el gobierno de todas las cosas de abajo y dieron en la ocurrencia de colocar
sobre nuevo pie: artes, ciencias, idiomas y oficios. A este fin se procuraron una patente real
para erigir una academia de arbitristas en Lagado; y de tal modo se extendió la fantasía
entre el pueblo, que no hay en el reino ciudad de alguna importancia que no cuente con una
de esas academias. En estos colegios los profesores discurren nuevos métodos y reglas de
agricultura y edificación y nuevos instrumentos y herramientas para todos los trabajos y
manufacturas. con los que ellos responden de que un hombre podrá hacer la tarea de diez,
un palacio ser construido en una semana con tan duraderos materiales que subsista
eternamente sin reparación, y todo fruto de la tierra llegar a madurez en la estación que nos
cumpla elegir y producir cien veces más que en el presente, con otros innumerables felices
ofrecimientos. El único inconveniente consiste en que todavía no se ha llevado ninguno de
estos proyectos a la perfección; y, en tanto, los campos están asolados, las casas en ruinas y
las gentes sin alimentos y sin vestido. Todo esto, en lugar de desalentarlos, los lleva con
cincuenta veces más violencia a persistir en sus proyectos, igualmente empujados ya por la
esperanza y la desesperación. Por lo que a él hacía referencia, no siendo hombre de ánimo
emprendedor, se había dado por contento con seguir los antiguos usos, vivir en las casas
que sus antecesores habían edificado y proceder como siempre procedió en todos los actos
de su vida, sin innovación ninguna. Algunas otras personas de calidad y principales habían
hecho lo mismo; pero se las miraba con ojos de desprecio y malevolencia, como enemigos
del arte, ignorantes y perjudiciales a la república, que ponen su comodidad y pereza por
encima del progreso general de su país.
Agregó Su Señoría que no quería con nuevos detalles privarme del placer que
seguramente tendría en ver la Gran Academia, donde había resuelto llevarme. Sólo me
llamó la atención sobre un edificio ruinoso situado en la ladera de una montaña que a obra
de tres millas se veía, y acerca del cual me dio la explicación siguiente: Tenía él una aceña
muy buena a media milla de su casa movida por la corriente de un gran río y suficiente para
su familia, así como para un gran número de sus renteros. Hacía unos siete años fue a verle
una junta de aquellos arbitristas con la proposición de que destruyese su molino y levantase
otro en la ladera de aquella montaña, en cuya larga cresta se abriría un largo canal para
depósito de agua que se elevaría por cañerías y máquinas, a fin de mover el molino, porque
el viento y el aire de las alturas agitaban el agua y la hacían más propia para la moción, y
porque el agua, bajando por un declive, movería la aceña con la mitad de la corriente de un
río cuyo curso estuviese más a nivel. Me dijo que no estando muy a bien con la corte, e
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instado por muchos de sus amigos, se allanó a la propuesta; y después de emplear cien
hombres durante dos años, la obra se había frustrado y los arbitristas se habían ido, dejando
toda la vergüenza sobre él, que tenía que aguantar las burlas desde entonces, a hacer con
otros el mismo experimento, con iguales promesas de triunfo y con igual desengaño.
A los pocos días volvimos a la ciudad, y Su Excelencia, teniendo en cuenta la mala fama
que en la Academia tenía, no quiso ir conmigo, pero me recomendó a un amigo suyo para
que me acompañase en la visita. Mi buen señor se dignó presentarme como gran admirador
de proyectos y persona de mucha curiosidad y fácil a la creencia, para lo que, en verdad, no
le faltaba del todo razón, pues yo había sido también algo arbitrista en mis días de juventud.
Capítulo 5
Se permite al autor visitar la Gran Academia de Lagado. -Extensa descripción de la
Academia. -Las artes a que se dedican los profesores.
Esta Academia no está formada por un solo edificio, sino por una serie de varias casas, a
ambos lados de la calle, que, habiéndose inutilizado, fueron compradas y dedicadas a este
fin. Me recibió el conserje con mucha amabilidad y fuí a la Academia durante muchos días.
En cada habitación había uno o más arbitristas, y creo quedarme corto calculando las
habitaciones en quinientas.
El primer hombre que vi era de consumido aspecto, con manos y cara renegridas, la
barba y el pelo largos, desgarrado y chamuscado por diversas partes. Traje, camisa y piel,
todo era del mismo color. Llevaba ocho años estudiando un proyecto para extraer rayos de
sol de los pepinos, que debían ser metidos en redomas herméticamente cerradas y selladas,
para sacarlos a caldear el aire en veranos crudos e inclementes. Me dijo que no tenía duda
de que en ocho años más podría surtir los jardines del gobernador de rayos de sol a precio
módico; pero se lamentaba del escaso almacén que tenía y me rogó que le diese alguna
cosa, en calidad de estímulo al ingenio; tanto más, cuanto que el pasado año había sido muy
malo para pepinos. Le hice un pequeño presente, pues mi huésped me había proporcionado
deliberadamente algún dinero, conociendo la práctica que tenían aquellos señores de pedir a
todo el que iba a visitarlos.
Vi a otro que trabajaba en reducir hielo a pólvora por la calcinación, y que también me
enseñó un tratado que había escrito y pensaba publicar, concerniente a la maleabilidad del
fuego.
Estaba un ingeniosísimo arquitecto que había discurrido un nuevo método de edificar
casas empezando por el tejado y trabajando en sentido descendente- hasta los cimientos, lo
que justificó ante mí con la práctica semejante de dos tan prudentes insectos como la abeja
y la araña.
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Había un hombre, ciego de nacimiento, que tenía varios discípulos de su misma
condición y los dedicaba a mezclar colores para pintar, y que su maestro les había enseñado
a distinguir por el tacto y el olfato. Fue en verdad desgracia mía encontrarlos en aquella
ocasión no muy diestros en sus lecciones, y aun al mismo profesor le acontecía equivocarse
generalmente. Este artista cuenta en el más alto grado con el estímulo y la estima de toda la
hermandad.
En otra habitación me complació grandemente encontrarme con un arbitrista que había
descubierto un plan para arar la tierra por medio de puercos, a fin de ahorrar los gastos de
aperos, ganado y labor. El método es éste: en un acre de terreno se entierra, a seis pulgadas
de distancia entre sí, cierta cantidad de bellotas, dátiles, castañas y otros frutos o verduras
de que tanto gustan estos animales. Luego se sueltan dentro del campo seiscientos o más de
ellos, que a los pocos días habrán hozado todo el terreno en busca de comida y dejádolo
dispuesto para la siembra. Cierto que la experiencia ha mostrado que la molestia y el gasto
son muy grandes y la cosecha poca o nula; sin embargo, no se duda que este invento es
susceptible de gran progreso.
Entré en otra habitación, en que de las paredes y del techo colgaban telarañas todo
alrededor, excepto un estrecho paso para que el artista entrara y saliera. Al entrar yo me
gritó que no descompusiese sus tejidos. Se lamentó de la fatal equivocación en que el
mundo había estado tanto tiempo al emplear gusanos de seda, cuando tenemos tantísimos
insectos domésticos que infinitamente aventajan a esos gusanos, porque saben tejer lo
mismo que hilar. Díjome luego que empleando arañas, el gasto de teñir las sedas se
ahorraría totalmente; de lo que me convenció por completo cuando me enseñó un enorme
número de moscas de los colores más hermosos, con las que alimentaba a sus arañas, al
tiempo que me aseguraba que las telas tomaban de ellas el tinte. Y como las tenía de todos
los matices, confiaba en satisfacer el gusto de todo el mundo tan pronto como pudiese
encontrar para las moscas un alimento, a base de ciertos aceites, gomas y otra materia
aglutinante, adecuado para dar fuerza y consistencia a los hilos.
Vi un astrónomo que había echado sobre sí la tarea de colocar un reloj de sol sobre la
veleta mayor de la Casa Ayuntamiento, ajustando los movimientos anuales y diurnos de la
Tierra y el Sol de modo que se correspondiesen y coincidieran con los cambios accidentales
del viento. Visité muchas habitaciones más; pero no he de molestar al lector con todas las
rarezas que vi, en gracia a la brevedad.
Hasta entonces había visto tan sólo uno de los lados de la Academia, pues el otro estaba
asignado a los propagadores del estudio especulativo, de quienes diré algo cuando haya
dado a conocer a otro ilustre personaje, llamado entre ellos el artista universal. Éste nos dijo
que durante treinta años había dedicado sus pensamientos al progreso de la vida humana.
Tenía dos grandes aposentos llenos de maravillosas rarezas y cincuenta hombres
trabajando. Unos condensaban aire para convertirlo en una substancia tangible dura,
extrayendo el nitro y colando las partículas acuosas o fluidas; otros ablandaban mármol
para almohadas y acericos; otros petrificaban los cascos a un caballo vivo para impedir que
se despease. El mismo artista en persona hallábase ocupado a la sazón en dos grandes
proyectos: el primero, sembrar en arena los hollejos del grano, donde afirmaba estar
contenida la verdadera virtud seminal, como demostró con varios experimentos que yo no
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fuí bastante inteligente para comprender. Era el otro impedir, por medio de una cierta
composición de gomas minerales y vegetales, aplicada externamente, que les creciera la
lana a dos corderitos, y esperaba, en un plazo de tiempo razonable, propagar la raza de
corderos desnudos por todo el reino.
Pasamos a dar una vuelta por la otra parte de la Academia, donde, como ya he dicho, se
alojan los arbitristas de estudios especulativos.
El primer profesor que vi estaba en una habitación muy grande rodeado por cuarenta
alumnos. Después de cambiar saludos, como observase que yo consideraba con atención un
tablero que ocupaba la mayor parte del largo y del ancho de la habitación, dijo que quizá
me asombrase de verle entregado a un proyecto para hacer progresar el conocimiento
especulativo por medio de operaciones prácticas y mecánicas; pero pronto comprendería el
mundo su utilidad, y se alababa de que pensamiento más elevado y noble jamás había
nacido en cabeza humana. Todos sabemos cuán laborioso es el método corriente para llegar
a poseer artes y ciencias; pues bien: gracias a su invento, la persona más ignorante, por un
precio módico y con un pequeño trabajo corporal, puede escribir libros de filosofía, poesía,
política, leyes, matemáticas y teología, sin que para nada necesite el auxilio del talento ni
del estudio.
Me llevó luego al tablero, que rodeaban por todas partes los alumnos formando filas.
Tenía veinte pies en cuadro y estaba colocado en medio de la habitación. La superficie
estaba constituida por varios trozos de madera del tamaño de un dedo próximamente,
aunque algo mayores unos que otros. Todos estaban ensartados juntos en alambres
delgados. Estos trozos de madera estaban por todos lados cubiertos de papel pegado a ellos;
y sobre estos papeles aparecían escritas todas las palabras del idioma en sus varios modos,
tiempos y declinaciones, pero sin orden ninguno. Díjome el profesor que atendiese, porque
iba a enseñarme el funcionamiento de su aparato. Los discípulos, a una orden suya, echaron
mano a unos mangos de hierro que había alrededor del borde del tablero, en número de
cuarenta, y, dándoles una vuelta rápida, toda la disposición de las palabras quedó cambiada
totalmente. Mandó luego a treinta y seis de los muchachos que leyesen despacio las
diversas líneas tales como habían quedado en el tablero, y cuando encontraban tres o cuatro
palabras juntas que podían formar parte de una sentencia las dictaban a los cuatro restantes,
que servían de escribientes. Repitióse el trabajo tres veces o cuatro, y cada una, en virtud de
la disposición de la máquina, las palabras se mudaban a otro sitio al dar vuelta los
cuadrados de madera.
Durante seis horas diarias se dedicaban los jóvenes estudiantes a esta tarea, y el profesor
me mostró varios volúmenes en gran folio, ya reunidos en sentencias cortadas, que pensaba
enlazar, para, sacándola de ellas, ofrecer al mundo una obra completa de todas las ciencias
y artes, la cual podría mejorarse y facilitarse en gran modo con que el público crease un
fondo para construir y utilizar quinientos de aquellos tableros en Lagado, obligando a los
directores a contribuir a la obra común con sus colecciones respectivas.
Me aseguró que había dedicado a este invento toda su inteligencia desde su juventud, y
que había agotado el vocabulario completo en su tablero y hecho un serio cálculo de la
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proporción general que en los libros existe entre el número de artículos, nombres, verbos y
demás partes de la oración.
Expresé mi más humilde reconocimiento a aquella ilustre persona por haberse mostrado
de tal modo comunicativa y le prometí que si alguna vez tenía la dicha de regresar a mi país
le haría la justicia de proclamarle único inventor de aquel aparato maravilloso, cuya forma
y combinación le rogué que delinease en un papel, Y aparecen en la figura de esta página.
Le dije que, aunque en Europa los sabios tenían la costumbre de robarse los inventos unos a
otros, y de este modo lograban cuando menos la ventaja de que se discutiese cuál era el
verdadero autor, tomaría yo tales precauciones, que él solo disfrutase el honor íntegro, sin
que viniera a mermárselo ningún rival.
Fuimos luego a la escuela de idiomas, donde tres profesores celebraban consulta sobre el
modo de mejorar el de su país.
El primer proyecto consistía en hacer más corto el discurso, dejando a los polisílabos
una sílaba nada más, y prescindiendo de verbos y participios; pues, en realidad, todas las
cosas imaginables son nombres y nada más que nombres.
El otro proyecto era un plan para abolir por completo todas las palabras, cualesquiera
que fuesen; y se defendía como una gran ventaja, tanto respecto de la salud como de la
brevedad. Es evidente que cada palabra que hablamos supone, en cierto grado, una
disminución de nuestros pulmones por corrosión, y, por lo tanto, contribuye a acortarnos la
vida; en consecuencia, se ideó que, siendo las palabras simplemente los nombres de las
cosas, sería más conveniente que cada persona llevase consigo todas aquellas cosas de que
fuese necesario hablar en el asunto especial sobre que había de discurrir. Y este invento se
hubiese implantado, ciertamente, con gran comodidad y ahorro de salud para los
individuos, de no haber las mujeres, en consorcio con el vulgo y los ignorantes, amenazado
con alzarse en rebelión si no se les dejaba en libertad de hablar con la lengua, al modo de
sus antepasados; que a tales extremos llegó siempre el vulgo en su enemiga por la ciencia.
Sin embargo, muchos de los más sabios y eruditos se adhirieron al nuevo método de
expresarse por medio de cosas: lo que presenta como único inconveniente el de que cuando
un hombre se ocupa en grandes y diversos asuntos se ve obligado, en proporción, a llevar a
espaldas un gran talego de cosas, a menos que pueda pagar uno o dos robustos criados que
le asistan. Yo he visto muchas veces a dos de estos sabios, casi abrumados por el peso de
sus fardos, como van nuestros buhoneros, encontrarse en la calle, echar la carga a tierra,
abrir los talegos y conversar durante una hora; y luego, meter los utensilios, ayudarse
mutuamente a reasumir la carga y despedirse.
Mas para conversaciones cortas, un hombre puede llevar los necesarios utensilios en los
bolsillos o debajo del brazo, y en su casa no puede faltarle lo que precise. Así, en la
estancia donde se reúnen quienes practican este arte hay siempre a mano todas las cosas
indispensables para alimentar este género artificial de conversaciones.
Otra ventaja que se buscaba con este invento era que sirviese como idioma universal
para todas las naciones civilizadas, cuyos muebles y útiles son, por regla general, iguales o
tan parecidos, que puede comprenderse fácilmente cuál es su destino. Y de este modo los
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embajadores estarían en condiciones de tratar con príncipes o ministros de Estado
extranjeros para quienes su lengua fuese por completo desconocida.
Estuve en la escuela de matemáticas, donde el maestro enseñaba a los discípulos por un
método que nunca hubiéramos imaginado en Europa. Se escribían la proposición y la
demostración en una oblea delgada, con tinta compuesta de un colorante cefálico. El
estudiante tenía que tragarse esto en ayunas y no tomar durante los tres días siguientes más
que pan y agua. Cuando se digería la oblea, el colorante subía al cerebro llevando la
proposición. Pero el éxito no ha respondido aún a lo que se esperaba; en parte, por algún
error en la composición o en la dosis, y en parte, por la perversidad de los muchachos a
quienes resultan de tal modo nauseabundas aquellas bolitas, que generalmente las disimulan
en la boca y las disparan a lo alto antes de que puedan operar. Y tampoco ha podido
persuadírseles hasta ahora de que practiquen la larga abstinencia que requiere la
prescripción.
Capítulo 6
Siguen las referencias sobre la Academia. -El autor propone algunas mejoras, que son
recibidas con todo honor.
En la escuela de arbitristas políticos pasé mal rato. Los profesores parecían, a mi juicio,
haber perdido el suyo; era una escena que me pone triste siempre que la recuerdo. Aquellas
pobres gentes presentaban planes para persuadir a los monarcas de que escogieran los
favoritos en razón de su sabiduría, capacidad y virtud; enseñaran a los ministros a consultar
el bien común; recompensaran el mérito, las grandes aptitudes y los servicios eminentes;
instruyeran a los príncipes en el conocimiento de que su verdadero interés es aquel que se
asienta sobre los mismos cimientos que el de su pueblo; escogieran para los empleos a las
personas capacitadas para desempeñarlos; con otras extrañas imposibles quimeras que
nunca pasaron por cabeza humana, y confirmaron mi vieja observación de que no hay cosa
tan irracional y extravagante que no haya sido sostenida como verdad alguna vez por un
filósofo.
Pero, no obstante, he de hacer a aquella parte de la Academia la justicia de reconocer
que no todos eran tan visionarios. Había un ingeniosísimo doctor que parecía perfectamente
versado en la naturaleza y el arte del gobierno. Este ilustre personaje había dedicado sus
estudios con gran provecho a descubrir remedios eficaces para todas las enfermedades y
corrupciones a que están sujetas las varias índoles de administración pública por los vicios
y flaquezas de quienes gobiernan, así como por las licencias de quienes deben obedecer.
Por ejemplo: puesto que todos los escritores y pensadores han convenido en que hay una
estrecha y universal semejanza entre el cuerpo natural y el político, nada puede haber más
evidente que la necesidad de preservar la salud de ambos y curar sus enfermedades con las
mismas recetas. Es sabido que los senados y grandes consejos se ven con frecuencia
molestados por humores redundantes, hirvientes y viciados; por numerosas enfermedades
de la cabeza y más del corazón; por fuertes convulsiones y por graves contracciones de los
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nervios y tendones de ambas manos, pero especialmente de la derecha; por hipocondrías,
flatos, vértigos y delirios; por tumores escrofulosos llenos de fétida materia purulenta; por
inmundos eructos espumosos, por hambre canina, por indigestiones y por muchas otras
dolencias que no hay para qué nombrar. En su consecuencia, proponía este doctor que al
reunirse un senado asistieran determinados médicos a las sesiones de los tres primeros días,
y al terminarse el debate diario tomaran el pulso a todos los senadores. Después de maduras
consideraciones y consultas sobre la naturaleza de las diversas enfermedades debían volver
al cuarto día al senado, acompañados de sus boticarios, provistos de los apropiados
medicamentos, y antes de que los miembros se reuniesen, administrarles a todos lenitivos,
aperitivos, abstergentes, corrosivos, restringentes, paliativos, laxantes, cefalálgicos,
ictéricos, apoflemáticos y acústicos, según cada caso lo requiriera. Y teniendo en cuenta la
operación que los medicamentos hicieren, repetirlos, alterarlos o admitir a los miembros en
la siguiente sesión. Este proyecto no supondría gasto grande para el país, y, en mi concepto,
sería de gran eficacia para despachar los asuntos en aquellos en que el senado comparte en
algún modo el poder legislativo para lograr la unanimidad, acortar los debates, abrir unas
pocas bocas que hoy están cerradas, cerrar muchas más que hoy están abiertas, moderar la
petulancia de la juventud, corregir la terquedad de los viejos, despabilar a los tontos y
sosegar a los descocados.
Además, como es general la queja de que los favoritos de príncipes padecen de muy
flaca memoria, proponía el mismo doctor que aquel que estuviese al servicio de un primer
ministro, después de haberle dado conocimiento de los asuntos con la mayor brevedad y las
más sencillas palabras posibles, diese al tal un tirón de narices o un puntapié en el vientre, o
le pisase los callos, o le tirase tres veces de las orejas, o le pasase con un alfiler los calzones
y algunos puntos más, o le pellizcase en un brazo hasta acardenárselo, a fin de evitar el
olvido; operación que debía repetir todos los días cuando el ministro se levantara, hasta que
el asunto se hiciese o fuera totalmente rechazado.
Igualmente pretendía que a todo senador del gran consejo de un país, una vez que
hubiese dado su opinión y argüído en defensa de ella, se le obligase a votar justamente en
sentido contrario; pues si esto se hiciera, el resultado conduciría infaliblemente al bien
público.
Presentaba un invento maravilloso para reconciliar a los partidos de un Estado cuando se
mostrasen violentos. El método es éste: tomar cien adalides de cada partido; disponerlos
por parejas, acoplando a los que tuviesen la cabeza de tamaño más parecido; hacer luego
que dos buenos operadores asierren los occipucios de cada pareja al mismo tiempo, de
modo que los cerebros queden divididos igualmente, y cambiar los occipucios de esta
manera aserrados, aplicando cada uno a la cabeza del contrario. Ciertamente, se ve que la
operación exige bastante exactitud; pero el profesor nos aseguró que si se realizaba con
destreza, la curación sería infalible. Y lo razonaba así: los dos medios cerebros llevados a
debatir la cuestión entre sí en el espacio de un cráneo llegarían pronto a una inteligencia y
producirían aquella moderación y regularidad de pensamiento tan de desear en las cabezas
de quienes imaginan haber venido al mundo para guardar y gobernar su movimiento. Y en
cuanto a la diferencia que en cantidad o en calidad pudiera existir entre los cerebros de
quienes están al frente de las facciones, nos aseguró el doctor, basado en sus
conocimientos, que era una cosa insignificante de todo punto.
100
Oí un acalorado debate entre dos profesores que discutían los caminos y procedimientos
más cómodos y eficaces para allegar recursos de dinero sin oprimir a los súbditos.
Afirmaba el primero que el método más justo era establecer un impuesto sobre los vicios y
la necedad, debiendo fijar, según los medios más perfectos, la cantidad por que cada uno
hubiera de contribuir un jurado de sus vecinos. El segundo era de opinión abiertamente
contraria, y quería imponer tributo a aquellas cualidades del cuerpo y de la inteligencia en
las cuales basan principalmente los hombres su valor; la cuota sería mayor o menor, según
los grados de superioridad, y su determinación quedaría por entero a la conciencia de cada
uno. El impuesto más alto pesaría sobre los hombres que se ven particularmente
favorecidos por el sexo contrario, y la tasa estaría de acuerdo con el número y la naturaleza
de los favores que hubiesen recibido, lo que los interesados mismos serían llamados a
atestiguar. El talento, el valor y la cortesía debían ser asimismo fuertemente gravados, y el
cobro, igualmente fundado en la palabra que diese cada persona respecto de la cantidad que
poseyera. Pero el honor, la justicia, la prudencia y el estudio no habían de ser gravados en
absoluto, pues son cualidades de índole tan singular, que nadie se las reconoce a su vecino
ni en sí mismo las estima.
Se proponía que las mujeres contribuyeran según su belleza y su gracia para vestir; para
lo cual, como con los hombres se hacía, tendrían el privilegio de ser clasificadas según su
criterio propio. Pero no se tasarían la constancia, la castidad, la bondad ni el buen sentido,
porque no compensarían el gasto de la recaudación.
Para que no se apartasen los senadores del interés de la Corona se proponía que se
rifaran entre ellos los empleos, después de jurar y garantizar todos que votarían con la
corte, tanto si ganaban como si perdían, reservando a los que perdiesen el derecho, a su vez,
de rifarse la vacante próxima. Así se mantendrían la esperanza y la expectación y nadie
podría quejarse de promesas incumplidas, ya que sus desengaños serían por entero
imputables a la Fortuna, cuyas espaldas son más anchas y robustas que las de un ministerio.
Otro profesor me mostró un largo escrito con instrucciones para descubrir conjuras y
conspiraciones contra el Gobierno. Estaba todo él redactado con gran agudeza y contenía
muchas observaciones a la par curiosas y útiles para los políticos; pero, a mi juicio no era
completo. Así me permití decírselo al autor, con el ofrecimiento de proporcionarle, si lo
tenía a bien, algunas adiciones. Recibió mi propuesta mucho más complacido de lo que es
uso entre escritores, y especialmente entre los de la cuerda arbitrista, y manifestó que
recibiría con mucho gusto los informes que quisiera darle.
Le hablé de que en el reino de Tribnia, llamado por los naturales Langden, donde pasé
algún tiempo durante mis viajes, la inmensa mayoría del pueblo está constituída en cierto
modo por husmeadores, testigos, espías, delatores, acusadores, cómplices que denuncian
los delitos y juradores, con sus varios instrumentos subordinados; y todos ellos, atenidos a
la bandera, la conducta y la paga de ministros y diputados suyos. En aquel reino son las
conjuras, por regla general, obra de aquellas personas que se proponen dar realce a sus
facultades de profundos políticos, prestar nuevo vigor a una administración decrépita,
extinguir o distraer el general descontento, llenarse los bolsillos con secuestros y
confiscaciones y elevar o hundir el concepto del crédito público, según cumpla mejor a sus
intereses particulares. Se conviene y determina primero entre ellos qué persona sospechosa
101
deberá ser acusada de conjura y en seguida se tiene cuidado especial en apoderarse de sus
cartas y papeles y encadenar a los criminales. Estos papeles se entregan a una cuadrilla de
artistas muy diestros en descubrir significados misteriosos en los vocablos, las sílabas y las
cartas. Por ejemplo: pueden descubrir que una bandada de gansos significa un senado; un
perro cojo, un invasor; la plaga, un cuerpo de ejército; un milano, un primer ministro; la
gota, una alta dignidad eclesiástica; una horca, un secretario de Estado; una criba, una dama
de corte; una escoba, una revolución; una ratonera, un empleo; un pozo sin fondo, un
tesoro; una sentina, una corte; un gorro y unos cascabeles, un favorito; una caña rota, un
tribunal de justicia; un tonel vacío, un general; una llaga supurando, la Administración.
Por si este método fracasa, tienen otros dos más eficaces, llamados por los que entre
aquellas gentes se tienen como instruídos, acrósticos y anagramas. Con el primero pueden
descifrar significados políticos en todas las letras iniciales: así, N significa conjura; B,
regimiento de caballería; L, una flota en el mar. Con el segundo, trasponiendo las letras del
alfabeto en cualquier papel sospechoso, pueden dejar al descubierto los más profundos
designios de un partido disgustado. Así, por ejemplo, si yo escribo a un amigo una carta
que a nuestro hermano Tom acaban de salirle almorranas, un descifrador hábil descubrirá
que las mismas letras que componen esta sentencia pueden analizarse en las palabras
siguientes: resistir- hay una conspiración dentro del país- el viaje (1). Y éste es el método
anagramático.
El profesor me expresó su gran reconocimiento por haberle comunicado estas
observaciones y me prometió hacer honorífica mención de mí en su tratado.
Y como no encontraba en esta ciudad nada que me invitase a más dilatada permanencia,
empecé a pensar en volverme a mi país.
Capítulo 7
El autor sale de Lagado y llega a Maldonado. -No hay barco listo. -Hace un corto viaje a
Glubbdrubdrib. -Cómo le recibió el gobernador.
El continente de que forma parte este reino se extiende, según tengo razones para creer,
al Este de la región desconocida de América situada al Oeste de California y al Norte del
océano Pacífico, que no se encuentra a más de ciento cincuenta millas de Lagado. Esta
ciudad tiene un buen puerto y mucho comercio con la gran isla de Luggnagg, situada en el
Noroeste, a unos 29 grados de latitud Norte y a 140 de longitud. Esta isla de Luggnagg está
al Sudeste y a unas cien leguas de distancia del Japón. Existe una estrecha alianza entre el
emperador japonés y el rey de Luggnagg, que ofrece frecuentes ocasiones de navegar de
una isla a otra; en consecuencia, determiné dirigir el viaje en ese sentido para mi regreso a
Europa. Alquilé un guía con dos mulas para que me enseñase el camino y trasladar mi
reducido equipaje. Me despedí de mi noble protector, que tanto me había favorecido y que
me hizo un generoso presente a mi partida.
102
No me ocurrió en el viaje aventura ni incidente digno de mención. Cuando llegué al
puerto de Maldodano -que tal es su nombre- no había ningún barco destinado para
Luggnagg, ni era probable que lo hubiese en algún tiempo. Pronto hice algunos
conocimientos y fui hospitalariamente recibido. Un distinguido caballero me dijo que, pues
los barcos destinados para Luggnagg no estarían listos antes de un mes, podría yo encontrar
agradable esparcimiento en una excursion a la pequeña isla de Glubbdrubdrib, situada unas
cinco leguas al Sudoeste. Se ofreció con un amigo suyo para acompañarme y asimismo
para proporcionarme una pequeña embarcación adecuada a la travesía.
Glubbdrubdrib, interpretando la palabra con la mayor exactitud posible, viene a
significar la isla de los hechiceros o de los mágicos. Es como una tercera parte de la isla de
White y en extremo fértil; está gobernada por el jefe de una cierta tribu en que todos son
mágicos. Los matrimonios se verifican solamente entre individuos de la tribu, y el más
viejo es por sucesión príncipe o gobernador. Este príncipe tiene un hermoso palacio y un
parque de tres mil acres aproximadamente, rodeado de un muro de piedra tallada de veinte
pies de altura. En este parque hay pequeños cercados para ganados, mies y jardinería.
Sirven y dan asistencia al gobernador y a su familia criados de una especie en cierto
modo extraordinaria. Su habilidad en la nigromancia concede a este gobernador el poder de
resucitar a quien quiere y encargarle de su servicio por veinticuatro horas, pero no más
tiempo; así como tampoco puede llamar a la misma persona otra vez antes de transcurridos
tres meses, salvo en ocasiones muy excepcionales.
Cuando llegamos a la isla -lo que aconteció sobre las once de la mañana- uno de los
caballeros que me acompañaban fue a ver al gobernador y le rogó que permitiese visitarle a
un extranjero que iba con el propósito de tener el honor de ponerse al servicio de Su Alteza.
Le fue concedido inmediatamente, y los tres pasamos por la puerta del palacio entre dos
filas de guardias armados y vestidos a usanza muy antigua y con no sé qué en sus rostros,
que hizo estremecer mis carnes con un horror que no puedo expresar. Atravesamos varias
habitaciones entre servidores de la misma catadura, alineados a un lado y otro, como en el
caso anterior, hasta que llegamos a la sala de audiencia, donde, luego de hacer tres
profundas cortesías y contestar algunas preguntas generales, nos fue permitido tomar
asiento en tres banquillos próximos a la grada inferior del trono de Su Alteza. Comprendía
el gobernador el idioma de Balnibarbi, aunque era distinto del de su isla. Me pidió que le
diese alguna cuenta de mis viajes, y para demostrarme que sería tratado sin ceremonia
mandó retirarse a sus cortesanos moviendo un dedo, a lo cual, con gran asombro mío, se
desvanecieron en un instante como las visiones de un sueño cuando nos despiertan de
repente. Tardé en volver en mí buen rato, hasta que el gobernador me dio seguridades de
que no recibiría daño ninguno; y viendo que mis compañeros, a quienes otras muchas veces
había recibido del mismo modo no aparentaban el menor cuidado, empecé a cobrar valor, e
hice a Su Alteza un relato somero de mis diferentes aventuras, aunque no sin algún
sobresalto ni sin mirar frecuentemente detrás de mí al sitio donde antes había visto aquellos
espectros domésticos. Tuve la honra de comer con el gobernador entre una nueva cuadrilla
de duendes que nos traían las viandas y nos servían la mesa. Ya en aquella ocasión me sentí
menos aterrorizado que por la mañana. Seguí allí hasta la caída de la tarde, pero supliqué
humildemente a Su Alteza que me excusara de aceptar su invitación de alojarme en el
palacio. Mis dos amigos y yo nos hospedamos en una casa particular de la ciudad próxima,
103
que es la capital de esta pequeña isla, y a la mañana siguiente volvimos a ponernos a las
órdenes del gobernador en cumplimiento de lo que se dignó mandarnos.
De este modo continuamos en la isla diez días; las más horas de ellos, con el
gobernador, y por la noche en nuestro alojamiento. Pronto me familiaricé con la vista de los
espíritus, hasta el punto de que a la tercera o cuarta vez ya no me causabanimpresión
ninguna, o, si tenía aún algunos recelos, la curiosidad los superaba. Su Alteza el gobernador
me ordenó que llamase de entre los muertos a cualesquiera personas cuyos nombres se me
ocurriesen y en el número que se me antojase, desde el principio del mundo hasta el tiempo
presente, y les mandase responder a las preguntas que tuviera a bien dirigirles, con la
condición de que mis preguntas habían de reducirse al periodo de los tiempos en que
vivieron. Y agregó que una cosa en que podía confiar era en que me dirían la verdad
indudablemente, pues el mentir era un talento sin aplicación ninguna en el mundo interior.
Expresé a Su Alteza mi más humilde reconocimiento por tan gran favor. Estábamos en
un aposento desde donde se descubría una bella perspectiva del parque. Y como mi primera
inclinación me llevara a admirar escenas de pompa y magnificencia, pedí ver a Alejandro el
Grande a la cabeza de su ejército inmediatamente después de la batalla de Arbela; lo cual, a
un movimiento que hizo con un dedo el gobernador, se apareció inmediatamente en un gran
campo al pie de la ventana en que estábamos nosotros. Alejandro fue llamado a la
habitación; con grandes trabajos pude entender su griego, que se parecía muy poco al que
yo sé. Me aseguró por su honor que no había muerto envenenado, sino de una fiebre a
consecuencia de beber con exceso.
Luego vi a Aníbal pasando los Alpes, quien me dijo que no tenía una gota de vinagre en
su campo. Vi a César y a Pompeyo, a la cabeza de sus tropas, dispuestos para acometerse.
Vi al primero en su último gran triunfo. Pedí que se apareciese ante mí el Senado de Roma
en una gran cámara, y en otra, frente por frente, una Junta representativa moderna. Se me
antojó el primero una asamblea de héroes y semidioses, y la otra, una colección de
buhoneros, raterillos, salteadores de caminos y rufianes.
El gobernador, a ruego mío, hizo seña para que avanzasen hacia nosotros César y Bruto.
Sentí súbitamente profunda veneración a la vista de Bruto, en cuyo semblante todas las
facciones revelaban la más consumada virtud, la más grande intrepidez, firmeza de
entendimiento, el más verdadero amor a su país y general benevolencia para la especie
humana. Observé con gran satisfacción que estas dos personas estaban en estrecha
inteligencia, y César me confesó francamente que no igualaban con mucho las mayores
hazañas de su vida a la gloria de habérsela quitado. Tuve el honor de conversar largamente
con Bruto, y me dijo que sus antecesores, Junius, Sócrates, Epaminondas, Catón el joven,
sir Thomas Moore y él estaban juntos a perpetuidad; sextunvirato al que entre todas las
edades del mundo no pueden añadir un séptimo nombre.
Sería fatigosa para el lector la referencia del gran número de gentes esclarecidas que
fueron llamadas para satisfacer el deseo insaciable de ver ante mí el mundo en las diversas
edades de la antigüedad. Satisfice mis ojos particularmente mirando a los asesinos de
tiranos y usurpadores y a los restauradores de la libertad de naciones oprimidas y
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agraviadas. Pero me es imposible expresar la satisfacción que en el ánimo experimenté de
modo que pueda resultar conveniente recreo para el lector.
Capítulo 8
Siguen las referencias acerca de Glubbdrubdrib. -Corrección de la historia antigua y
moderna.
Deseando ver a aquellos antiguos que gozan de mayor renombre por su entendimiento y
estudio, destiné un día completo a este propósito. Solicité que se apareciesen Homero y
Aristóteles a la cabeza de todos sus comentadores; pero éstos eran tan numerosos, que
varios cientos de ellos tuvieron que esperar en el patio y en las habitaciones exteriores del
palacio. Conocí y pude distinguir a ambos héroes a primera vista, no sólo entre la multitud,
sino también a uno de otro. Homero era el más alto y hermoso de los dos, caminaba muy
derecho para su edad y tenía los ojos más vivos y penetrantes que he contemplado en mi
vida. Aristóteles marchaba muy inclinado y apoyándose en un báculo; era de cara delgada,
pelo lacio y fino y su voz hueca. Aprecié en seguida que ambos eran perfectamente
extraños al resto de la compañía y nunca habían visto a aquellas personas ni oído hablar de
ellas hasta aquel momento, y un espíritu cuyo nombre no diré me susurró al oído que estos
comentadores se mantenían siempre en el mundo interior en los parajes más apartados de
aquellos que ocupaban sus inspiradores, a causa del sentimiento de vergüenza y de culpa
que les producía haber desfigurado tan horriblementepara la posteridad la significación de
aquellos autores. Hice la presentación de Dídimo y Eustathio a Homero, recomendándole
que los tratase mejor de lo que quizá merecían, pues él al instante descubrió que habían
pretendido encajar un genio en el espíritu de un poeta. Pero Aristóteles no pudo guardar
calma ante la cuenta que le di de quiénes eran Escoto y Ramus al tiempo que los
presentaba, y les preguntó si todos los demás de la tribu eran tan zotes como ellos.
Pedí después al gobernador que llamase a Descartes y a Gassendi, a quienes hice que
explicaran sus sistemas de Aristóteles. Este gran filósofo reconoció francamente sus errores
en filosofía natural, debidos a que en muchas cosas había tenido que proceder por
conjeturas, como todos los hombres, y observó que Gassendi -que había hecho la doctrina
de Epicuro todo lo agradable que había podido- y los vórtices de Descartes estaban
igualmente desacreditados. Predijo la misma suerte a la atracción, de que los eruditos de
hoy son tan ardientes partidarios. Añadió que los nuevos sistemas naturales no son sino
nuevas modas, llamadas a variar con los siglos; y aun aquellos cuya demostración se
pretende asentar sobre principios matemáticos florecerán solamente un corto espacio de
tiempo y caerán en la indiferencia cuando les llegue la hora.
Empleé cinco días en conversar con muchos otros sabios antiguos. Vi a la mayor parte
de los primeros emperadores romanos. Conseguí del gobernador que llamase a los
cocineros de Heliogábalo para que nos hicieran una comida; pero no pudieron demostrarnos
toda su habilidad por falta de materiales. Un esclavo de Agesilao nos hizo un caldo
espartano; pero me fue imposible llevarme a la boca la segunda cucharada.
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Los dos caballeros que me habían llevado a la isla tenían que regresar en un plazo de
tres días, urgentemente solicitados por sus negocios, y empleé ese tiempo en ver a algunos
de los muertos modernos que más importantes papeles habían desempeñado durante los dos
o tres siglos últimos en nuestro país y en otros de Europa. Admirador siempre de las viejas
familias ilustres, rogué al gobernador que llamase a una docena o dos de reyes con sus
antecesores, guardando el orden debido, de ocho o nueve generaciones. Pero mi desengaño
fue inesperado y cruel, pues en lugar de una larga comitiva ornada de diademas reales, vi en
una familia dos violinistas, tres bien parecidos palaciegos y un prelado italiano; y en otra,
un barbero, un abad y dos cardenales. Siento demasiada veneración hacia las testas
coronadas para detenerme más en punto tan delicado.
Pero por lo que hace a los condes, marqueses, duques, etc., no fue tan allá mi escrúpulo,
y confieso que no sin placer seguí el rastro de los rasgos particulares que distinguen a
ciertas alcurnias desde sus orígenes. Pude descubrir claramente de dónde le viene a tal
familia una barbilla pronunciada; por qué tal otra ha abundado en pícaros durante dos
generaciones y en necios durante dos más; por qué le aconteció a una tercera perder en
entendimiento, y a una cuarta hacerse toda ella petardistas; de dónde lo que dice Polidoro
Virgilio de cierta casa: Nec vir fortis, nec femina casta. Y, en fin, de qué modo la crueldad,
la mentira y la cobardía han llegado a ser características por las que se distingue a
determinadas familias tanto como por su escudo de armas. Y no me asombré, ciertamente,
de todo esto cuando vi tal interrupción, de descendencias con pajes, lacayos, ayudas de
cámara, cocheros, monteros, violinistas, jugadores, capitanes y rateros.
Quedé disgustado muy particularmente de la historia moderna; pues habiendo
examinado con detenimiento a las personas de mayor nombre en las cortes de los príncipes
durante los últimos cien años, descubrí cómo escritores prostituidos han extraviado al
mundo hasta hacerle atribuir las mayores hazañas de la guerra a los cobardes, los más
sabios consejos a los necios, sinceridad a los aduladores, virtud romana a los traidores a su
país, piedad a los ateos, veracidad a los espías; cuántas personas inocentes y meritísimas
han sido condenadas a muerte o destierro por secretas influencias de grandes ministros
sobre corrompidos jueces y por la maldad de los bandos; cuántos villanos se han visto
exaltados a los más altos puestos de confianza, poder, dignidad y provecho; cuán grande es
la parte que en los actos y acontecimientos de cortes, consejos y senados puede imputarse a
parásitos y bufones. ¡Qué bajo concepto formé de la sabiduría y la integridad humana
cuando estuve realmente enterado de cuáles son los resortes y motivos de las grandes
empresas y revoluciones del mundo, y cuáles los despreciables accidentes a que deben su
victoria!
Allí descubrí la malicia y la ignorancia de quienes se hacen pasar por escritores de
anécdotas o historia secreta y envían a docenas reyes a la tumba con una copa de veneno,
repiten conversaciones celebradas por un príncipe y un ministro principal sin presencia de
testigo ninguno, abren los escritorios y los pensamientos de embajadores y secretarios de
Estado y tienen la desgracia continua de equivocarse. Allí descubrí las verdaderas causas de
muchos grandes sucesos que han sorprendido al mundo. Un general confesó en mi
presencia que alcanzó una victoria, simplemente, por la fuerza de la cobardía y del mal
comportamiento; y un almirante, que por no tener la inteligencia necesaria derrotó al
enemigo, a quien pretendía vender la flota. Tres reyes me aseguraron que en sus reinados
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respectivos jamás prefirieron a persona alguna de mérito, salvo por error o por deslealtad de
algún ministro en quien confiaban, ni lo harían si vivieran otra vez; y me daban como razón
poderosa la de que el trono real no podía sostenerse sin corrupción, porque ese carácter
positivo, firme y tenaz que la virtud comunica a los hombres era un obstáculo perpetuo para
los asuntos públicos.
Tuve la curiosidad de averiguar, con ciertas mañas, por qué métodos habían llegado
muchos a procurarse altos títulos de honor y crecidísimas haciendas. Limité mis
averiguaciones a una época muy moderna, sin rozar, no obstante, los tiempos presentes,
porque quise estar seguro de no ofender ni aun a los extranjeros -pues supongo que no
necesito decir a los lectores que en lo que vengo diciendo no trato en lo más mínimo de
mirar por mi país-; fueron llamadas en gran número personas interesadas, y con un muy
ligero examen descubrí tal escena de infamia, que no puedo pensar en ella sin cierto dolor.
El perjurio, la opresión, la subordinación, el fraude, la alcahuetería y flaquezas análogas
figuraban entre las artes más excusables de que tuvieron que hacer mención, y para ellas
tuve, como era de juicio, la debida indulgencia; pero cuando confesaron algunos que debían
su engrandecimiento y bienestar al vicio, otros a haber traicionado a su país o a su príncipe,
quién a envenamientos, cuántos más a haber corrompido la justicia para aniquilar al
inocente, mi impresión fue tal, que espero ser perdonado si estos descubrimientos me
inclinan un poco a rebajar la profunda veneración con que mi natural me lleva a tratar a las
personas de alto rango, a cuya sublime dignidad debemos el mayor respeto nosotros sus
inferiores. Había encontrado frecuentemente en mis lecturas mención de algunos grandes
servicios hechos a los príncipes y a los estados, y quise ver a las personas que los hubiesen
rendido. Preguntéles, y me dijeron que sus nombres no estaban en la memoria de nadie, si
se exceptuaban unos cuantos que nos presentaba la Historia como correspondientes a los
bribones y traidores más viles. Por lo que hacía a los demás llamados, yo no había oído
nunca hablar de ellos; todos se presentaron con miradas de abatimiento y vestidos con los
más miserables trajes. La mayor parte me dijeron que habían muerto en la pobreza y la
desventura, y los demás, que en un cadalso o en una horca.
Había, entre otros, un individuo cuyo caso parecía un poco singular. A su lado tenía un
joven como de dieciocho años. Me dijo que durante muchos había sido comandante de un
barco, y que en la batalla de Accio tuvo la buena fortuna de romper la línea principal de
batalla del enemigo, hundir a éste tres de sus barcos principales y apresar otro, lo que vino a
ser la sola causa de la huída de Antonio y de la victoria que se siguió. El joven que tenía a
su lado, su hijo único, encontró la muerte en la batalla. Añádió que, creyendo tener algún
mérito a su favor, cuando terminó la guerra fue a Roma y solicitó de la corte de Augusto ser
elevado al mando de un navío mayor cuyo comandante había sido muerto; pero sin tener
para nada en cuenta sus pretensiones, se dio el mando a un joven que nunca había visto el
mar, hijo de una tal Libertina, que estaba al servicio de una de las concubinas del
emperador. De vuelta a su embarcación, se le acusó de abandono de su deber y se dio el
barco a un paje favorito de Publícola, el vicealmirante; en vista de lo cual, él se retiró a una
menguada heredad a gran distancia de Roma, donde terminó su vida. Tal curiosidad me
vino por conocer la verdad de esta historia, que pedí que fuese llamado Agripa, almirante
en aquella batalla. Apareció y confirmó todo el relato, pero mucho más en ventaja del
capitán, cuya modestia había atenuado y ocultado gran parte de su mérito.
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Me maravillé de ver a qué altura y con cuánta rapidez había llegado la corrupción de
aquel imperio por la fuerza de los excesos tan tempranamente introducidos; y ello me hizo
sorprender menos ante casos paralelos que se dan en otros países donde por largo tiempo
han reinado vicios de toda índole y donde todo encomio, asi como todo botín, ha sido
monopolizado por el comandante jefe, que quizá tenía menos derecho que nadie a uno y a
otro.
Como todas las personas llamadas se aparecían exactamente como fueron en el mundo,
no podía yo dejar de hacer tristes reflexiones al observar cuánto ha degenerado entre
nosotros la especie humana en los últimos cien años. Llegué al extremo de pedir que se
exhortase a aparecer a algunos labradores ingleses del viejo cuño, en un tiempo tan famosos
por la sencillez de sus costumbres, sus alimentos y sus trajes; por la rectitud de su conducta,
por su verdadero espíritu de libertad, por su valor y por su cariño a la patria. No puedo
menos de conmoverme al comparar los vivos con los muertos y considerar cómo todas
aquellas virtudes naturales las prostituyeron por una moneda los nietos de quienes las
ostentaron, vendiendo sus votos, amañando las elecciones y, con ello, adquiriendo todos los
vicios y toda la corrupción que en una corte sea dado aprender.
Capítulo 9
El autor regresa a Maldonado. -Se embarca para el reino de Luggnagg. -El autor,
reducido a prisión.- La corte envía a buscarle. -Modo en que fue recibido.- La gran
benevolencia del rey para sus súbditos.
Llegado el día de nuestra marcha, me despedí de Su Alteza el gobernador de
Glubbdrubdrib y regresé con mis dos acompañantes a Maldonado, donde a la semana de
espera hubo un barco listo para Luggnagg. Los dos caballeros y algunos más llevaron su
generosidad y cortesía hasta proporcionarme algunas provisiones y despedirme a bordo.
Tardamos en la travesía un mes. Nos alcanzó una violenta tempestad, y tuvimos que tomar
rumbo al Oeste para encontrar el viento general, que sopla más de sesenta leguas. El 21 de
abril de 1708 llegábamos a Río Clumegnig, puerto situado al sudeste de Luggnagg.
Echamos el ancla a una legua de la ciudad e hicimos señas de que se acercase un práctico.
En menos de media hora vinieron dos a bordo y nos llevaron por entre rocas y bajíos muy
peligrosos a una concha donde podía fondear una flota a salvo y que estaba como a un largo
de cable de la muralla de la ciudad.
Algunos de nuestros marineros, fuese por traición o por inadvertencia, habían enterado a
los prácticos de que yo era extranjero y viajero de alguna cuenta, de lo cual informaron
éstos al oficial de la aduana que me examinó muy detenidamente al saltar a tierra. Este
oficial me habló en el idioma de Balnibarbi, que, por razón del mucho comercio, conoce en
aquella ciudad casi todo el mundo, especialmente los marinos y los empleados de aduanas.
Le di breve cuenta de algunos detalles, haciendo mi relación tan especiosa y sólida como
pude; pero creí necesario ocultar mi nacionalidad, cambiándomela por la de holandés,
porque tenía propósito de ir al Japón y sabía que los holandeses eran los únicos europeos a
108
quienes se admite en aquel reino. De suerte que dije al oficial que, habiendo naufragado en
la costa de Balnibarbi y estrelládose la embarcación contra una roca, me recibieron en
Laputa, la isla volante -de la que él había oído hablar con frecuencia-, e intentaba a la hora
presente llegar al Japón, para de allí regresar a mi país cuando se me ofreciera oportunidad.
El oficial me dijo que había de quedar preso hasta que él recibiese órdenes de la corte,
adonde escribiría inmediatamente, y que esperaba recibir respuesta en quince días. Me
llevaron a un cómodo alojamiento y me pusieron centinela a la puerta; sin embargo, tenía el
desahogo de un hermoso jardín y me trataban con bastante humanidad, aparte de correr a
cargo del rey mi mantenimiento. Me visitaron varias personas, llevadas principalmente de
su curiosidad, porque se cundió que llegaba de países muy remotos de que no habían oído
hablar nunca.
Asalarié en calidad de intérprete a un joven que había ido en el mismo barco; era natural
de Luggnagg, pero había vivido varios años en Maldonado y era consumado maestro en
ambas lenguas. Con su ayuda pude mantener conversación con quienes acudían a visitarme,
aunque ésta consistía sólo en sus preguntas y mis contestaciones.
En el tiempo esperado, aproximadamente, llegó el despacho de la corte. Contenía una
cédula para que me llevasen con mi acompañamiento a Traldragdubb o Trildrogdrib -pues
de ambas maneras se pronuncia, según creo recordar-, guardado por una partida de diez
hombres de a caballo. Todo mi acompañamiento se reducía al pobre muchacho que me
servía de intérprete, y a quien pude persuadir de que quedase a mi servicio; y gracias a mis
humildes súplicas se nos dio a cada uno una mula para el camino. Se despachó a un
mensajero media jornada delante de nosotros para que diese al rey noticia de mi próxima
llegada y rogar a Su Majestad que se dignase señalar el día y la hora en que hubiera de
tener la graciosa complacencia de permitirme el honor de lamer el polvo de delante de su
escabel. Éste es el estilo de la corte y, según tuve ocasión de apreciar, algo más que una
simple fórmula, pues al ser recibido dos días después de mi llegada se me ordenó
arrastrarme sobre el vientre y lamer el suelo conforme avanzase; pero teniendo en cuenta
que era extranjero, se había cuidado de limpiar el piso de tal suerte, que el polvo no
resultaba muy molesto. Sin embargo, ésta era una gracia especial, sólo dispensada a
personas del más alto rango cuando solicitaban audiencia. Es más: algunas veces, cuando la
persona que ha de ser recibida tiene poderosos enemigos en la corte, se esparce polvo en el
suelo de propósito; y yo he visto un gran señor con la boca de tal modo atracada, que
cuando se hubo arrastrado hasta la distancia conveniente del trono no pudo hablar una
palabra siquiera. Y lo peor es que no hay remedio, porque es delito capital en quienes son
admitidos a audiencia escupir o limpiarse la boca en presencia de Su Majestad.
He aquí otra costumbre con la que no puedo mostrarme del todo conforme: cuando el
rey determina dar muerte a alguno de sus nobles de suave e indulgente manera, manda que
sea esparcido por el suelo cierto polvo obscuro de mortífera composición, y que
infaliblemente mata a quien lo lame en el término de veinticuatro horas. Pero, haciendo
justicia a la gran clemencia de este príncipe y al cuidado que tiene con la vida de sus
súbditos -en lo que sería muy de desear que le imitasen los de Europa-, ha de decirse en su
honor que hay dada severa orden para que después de cada ejecución de éstas se frieguen
bien las partes del suelo inficionadas, y si los criados se descuidasen correrían el peligro de
incurrir en el real desagrado. Yo mismo oí al rey dar instrucciones para que se azotase a
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uno de sus pajes porque, correspondiéndole ocuparse de la limpieza del suelo después de
una ejecución, dejó de hacerlo por mala voluntad, y efecto de esta negligencia, un joven
caballero en quien se fundaban grandes esperanzas, al ser recibido en audiencia fue
desgraciadamente envenenado, sin que en aquella ocasión estuviese en el ánimo del rey
quitarle la vida. Pero este buen príncipe era tan benévolo, que perdonó los azotes al pobre
paje bajo la promesa de que no volvería a hacerlo sin órdenes especiales.
Dejando esta digresión: cuando me había arrastrado hasta cuatro yardas del trono, me
enderecé dulcemente sobre las rodillas, y luego, golpeando siete veces con la frente en el
suelo, pronuncié las siguientes palabras, que me habían enseñado la noche antes: Ickpling
gloffthrobb squut seruri Clihiop mlashnalt zwin tnodbalkuffh slhiophad gurdlubh asht. Éste
es el cumplimiento establecido por las leyes del país para todas las personas admitidas a la
presencia del rey. Puede trasladarse al español de este modo: «Pueda Vuestra Celeste
Majestad sobrevivir al sol once meses y medio.» A esto, el rey me dio una respuesta que no
pude entender, pero a la que repliqué conforme a la instrucción recibida: Fluft drin yalerick
dwuldom prastrad mirpush, que puntualmente significa: «Mi lengua está en la boca de mi
amigo.» Con esta expresión di a comprender que suplicaba licencia para que mi intérprete
pasara; el joven de que ya he hecho mención fue, en consecuencia, introducido, y con su
intervención respondí a cuantas preguntas quiso hacerme Su Majestad en más de una hora.
Yo hablaba en lengua balnibarba y mi intérprete traducía el sentido a la de Luggnagg.
Le sirvió de mucho agrado al rey mi compañía y ordenó a su bliffmarklub, o sea su gran
chambelán, que se me habilitase en palacio un alojamiento para mí y mi intérprete, con una
asignación diaria para la mesa y una gran bolsa de oro para mis gastos ordinarios.
Capítulo 10
Elogio de los lugguaggianos. -Detalle y descripción de los struldbrugs, con numerosas
pláticas entre el autor y varias personas eminentes acerca de este asunto.
Los luggnaggianos son gente amable y generosa, y aunque no dejan de participar algo
del orgullo que es peculiar a todos los países orientales, se muestran corteses con los
extranjeros, especialmente con aquellos a quienes favorece la corte. Hice amistad con
personas del mejor tono, y, siempre acompañado de mi intérprete, tuve con ellas
conversaciones no desagradables.
Un día, hallándome en muy buena compañía, me preguntó una persona de calidad si
había visto a alguno de los struldbrugs, que quiere decir inmortales. Dije que no, y le
supliqué que me explicase qué significaba tal nombre aplicado a una criatura mortal.
Hízome saber que de vez en cuando, aunque muy raramente, acontecía nacer en una familia
un niño con una mancha circular roja en la frente, encima de la ceja izquierda, lo que era
infalible señal de que no moriría nunca. La mancha, por la descripción que hizo, era como
el círculo de una moneda de plata de tres peniques, pero con el tiempo se agrandaba y
cambiaba de color. Así, a los doce años se haría verde, y de este color continuaba hasta los
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veinticinco, en que se tornaba azul obscuro; a los cuarenta y cinco se volvía negra como el
carbón y del tamaño de un chelín inglés, y ya no sufría nunca más alteraciones. Dijo que
estos nacimientos eran tan raros, que no creía que hubiese más de mil ciento struldbrugs de
ambos sexos en todo el reino, de los cuales calculaban que estarían en la metrópoli
cincuenta, y que figuraba entre el resto una niña nacida hacia unos tres años. Estos
productos no eran privativos de familia ninguna, sino simple efecto del azar, y los hijos de
los mismos struldbrugs eran mortales, como el común de las gentes.
Reconozco francamente que al oír esta historia me asaltó satisfacción inefable; y como
ocurriese que la persona que me la había referido conociera el idioma balnibarbo, que yo
hablaba muy bien, no pude contenerme, y prorrumpí en expresiones un poco extravagantes
quizá. Exclamaba yo en aquel rapto: «¡Nación feliz ésta, en que cada nacido tiene al menos
una contingencia de ser inmortal! ¡Pueblo feliz, que disfruta tantos vivos ejemplos de viejas
virtudes y tiene maestros que le instruyan en la sabiduría de pretéritas edades! ¡Pero
felicísimos sobre toda comparación estos excelentes struldbrugs, que, nacidos aparte de la
calamidad universal que pesa sobre la naturaleza humana, gozan de entendimientos libres y
despejados, no sometidos a la carga y depresión de espíritu causada por el continuo temor
de muerte!» Manifesté mi admiración de no haber visto en la corte ninguna de estas
personas ilustres; la mancha negra en la frente era distinción tan notable, que no era fácil
que yo hubiese dejado de advertirla, y, por otra parte, era imposible que un príncipe de tan
gran juicio no se sirviese de buen número de tan sabios y capaces consejeros. Sin embargo,
quizá la virtud de aquellos reverendos sabios era demasiado austera para la corrupción y las
costumbres libertinas de la corte; y a menudo nos muestra la experiencia que los jóvenes
son demasiado tercos y volubles para dejarse guiar por los sobrios consejos de los ancianos.
De un modo u otro, estaba resuelto, tan pronto como el rey se dignase permitirme el acceso
a su real persona y en la primera ocasión, a exponerle mi opinión sobre este asunto con toda
franqueza y por extenso, con la ayuda de mi intérprete. Y, se dignase tomar mi consejo o
no, a una cosa estaba decidido; y era que, habiéndome ofrecido frecuentemente Su
Majestad establecimiento en el país, aceptaría con grandísima gratitud la oferta y pasaría
allí mi vida en conversación con aquellos seres superiores de struldbrugs si se dignaban
admitirme a su lado.
El caballero a quien se dirigía mi discurso, en razón a que, como ya he advertido,
hablaba el idioma de Balnibarbi, me dijo, con esa especie de sonrisa que generalmente
procede de piedad por la ignorancia, que tenía a grandísima ventura cualquier ocasión que
me indujese a quedarme en su compañía, y me pidió licencia para explicar a la compañía lo
que yo había hablado. Se la di, y hablaron buen rato en su idioma, del que yo no entendía ni
sílaba, así como tampoco podía descubrir en sus rostros la impresión que mi discurso les
causaba. Después de un breve silencio díjome la misma persona que sus amigos y míos -
que así creyó conveniente expresarse- estaban muy satisfechos de las discretas
observaciones que había hecho yo sobre la gran dicha y las grandes ventajas de la vida
inmortal, y deseaban saber de manera detallada qué norma de vida me hubiese yo trazado si
hubiera sido mi suerte nacer struldbrug.
Respondí que era fácil ser elocuente sobre asunto tan rico y agradable, especialmente
para mí, que con frecuencia me había divertido con visiones de lo que haría si fuese rey,
general o gran señor; y, por lo que hacía al caso, muchas veces había reconocido de un cabo
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a otro el sistema que habría de seguir para emplearme y pasar el tiempo si tuviese la
seguridad de vivir eternamente.
Si hubiese sido mi suerte venir al mundo struldbrug, por lo que se me alcanza de mi
propia felicidad al considerar la diferencia entre la vida y la muerte, me hubiese resuelto, en
primer término y por cualesquiera métodos y artes, a procurarme riquezas. Puedo esperar
razonablemente que, por medio del ahorro y de la buena administración, en doscientos años
sería el hombre más acaudalado del reino. En segundo lugar, me aplicaría desde los
primeros años de mi juventud al estudio de las artes y las ciencias, con lo que llegaría en
cierto tiempo a aventajar a todos en erudición. Por último, registraría cuidadosamente todo
acto y todo acontecimiento de consecuencia que se produjese en la vida pública, y pintaría
con imparcialidad los caracteres de las dinastías de príncipes y de los grandes ministros de
Estado, con observaciones propias sobre cada punto. Escribiría exactamente los varios
cambios de costumbres, idiomas, modas en el vestido, en la comida y en las diversiones.
Con estas adquisiciones, sería un tesoro viviente de conocimiento y sabiduría, y la nación
me tendría, ciertamente, por un oráculo.
No me casaría después de los sesenta años, sino que viviría en prácticas de caridad,
aunque siempre dentro de la economía. Me entretendría en formar y dirigir los
entendimientos de jóvenes que prometiesen buen fruto, convenciéndoles, basado en mis
propios recuerdos, experiencias y observaciones, robustecidos por ejemplos numerosos, de
la utilidad de la virtud en la vida pública y privada. Pero mi preferencia y mis constantes
compañeros estarían en un grupo de mis propios hermanos en inmortalidad, entre los cuales
escogería una docena, desde los más ancianos hasta mis contemporáneos. Sí alguno de ellos
careciese de medios de fortuna, yo le asistiría con alojamientos cómodos, instalados en
torno de mis propiedades, y siempre sentaría a mi mesa a varios de ellos, mezclando sólo
algunos de los de mayor mérito de entre vosotros los mortales, a quienes perdería,
endurecido por lo dilatado del tiempo, con poco o ningún disgusto, para tratar después lo
mismo a su posteridad; justamente como un hombre encuentra diversion en el sucederse
anual de los claveles y tulipanes de su jardín, sin lamentar la pérdida de los que marchitó el
año precedente.
Estos struldbrugs y yo nos comunicaríamos mutuamente nuestros recuerdos y
observaciones a través del curso de los tiempos; anotaríamos las diversas gradaciones por
que la corrupción se desliza en el mundo y la atajaríamos en todos sus pasos, dando a la
Humanidad constante aviso e instrucción; lo que, unido a la poderosa influencia de nuestro
propio ejemplo, evitaría probablemente la continua degeneración de la naturaleza humana,
de que con tanta justicia se han quejado todas las edades.
Añádanse a esto los placeres de ver las varias revoluciones de estados e imperios, los
cambios del mundo inferior y superior, antiguas ciudades en ruinas y pueblos obscuros
convertirse en sedes de reyes; famosos ríos reducidos a someros arroyos; el océano dejar
unas playas en seco e invadir otras; el descubrimiento de muchos países todavía
desconocidos; infestar la barbarie las más refinadas naciones y civilizarse las más bárbaras.
Vería yo entonces el descubrimiento de la longitud, del movimiento perpetuo y de la
medicina universal, y muchos más grandes inventos, llegados a la más acabada perfección.
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¡Qué maravillosos descubrimientos haríamos en astronomía si pudiésemos sobrevivir a
nuestras predicciones y confirmarlas, observando la marcha y el regreso de los cometas,
con los cambios de movimiento del sol, la luna y las estrellas!
Me extendí sobre otros muchos tópicos que fácilmente me inspiraba el deseo de vida sin
fin y de felicidad terrena. Cuando hube terminado el total de mi discurso y, como la vez
anterior, fue traducido al resto de la compañía, sostuvieron entre ellos, en el idioma del
país, animada charla, no sin algunas risas a mi costa. Por último, el caballero que había sido
mi intérprete me dijo que los demás le habían pedido que me disuadiese de algunos errores
en que había caído por la debilidad común en la humana naturaleza, y que, por esto mismo,
no eran del todo imputables a mí. Hablóme de que esta raza de struldbrugs era privativa de
su país, pues no existían tales gentes en Balnibarbi ni en el Japón, reinos ambos en que él
había tenido el honor de ser embajador de Su Majestad y donde había encontrado a los
naturales muy poco dispuestos a creer en la posibilidad del hecho; y del asombro que yo
mostré cuando por vez primera me habló del asunto se desprendía que para mí era cosa
totalmente nueva y apenas digna de crédito. En los dos reinos antes citados, donde durante
su residencia había conversado mucho, encontró que una vida larga era el deseo y el anhelo
universal de la Humanidad. Quien tenía un pie en la tumba, era seguro que afianzaba el otro
lo más firmemente posible; el mas viejo tenía aún esperanza de vivir un día más, y miraba
la muerte como el más grave de los males, del cual la Naturaleza le impulsaba a apartarse
siempre. Sólo en esta isla de Luggnagg era menos ardiente el apetito de vivir, a causa del
constante ejemplo que los struldbrugs ofrecían a la vista.
El sistema de vida que yo imaginaba era, por lo que me dijo, irracional e injusto, porque
suponía una perpetuidad de juventud, salud y vigor que ningún hombre podía ser tan
insensato que esperase, por muy extravagantes que fuesen sus deseos. La cuestión, por
tanto, no era si un hombre prefería estar siempre en lo mejor de su juventud, acompañada
de salud y prosperidad, sino cómo le iría en una vida eterna con las desventajas corrientes
que la edad avanzada trae consigo. Aunque pocos hombres confiesen sus deseos de ser
inmortales bajo tan duras condiciones, era indudable que en los dos reinos antes
mencionados de Balnibarbi y del Japón él halló que todos deseaban alejar la muerte algún
tiempo más, que se llegase lo más tarde posible siempre, y por excepción oyó hablar de
algún hombre que muriese voluntariamente, a no ser que a ello le impulsase un gran
extremo de aflicción o de tortura. Y apelaba a mí para que dijese si no había observado la
misma disposición general en los países por que había viajado y aun en mí mismo.
Después de este prefacio me dio detallada cuenta de cómo viven los struIdbrugs allí.
Díjome que ordinariamente se conducían como mortales hasta que tenían unos treinta años,
y luego, gradualmente, iban tornándose melancólicos y abatidos, más cada vez, hasta llegar
a los ochenta. Sabía esto por propia confesión, aunque, por otra parte, como en cada época
no nacían arriba de dos o tres de tal especie, era escaso número para formar con sus
confesiones un juicio general. Cuando llegaban a los ochenta años, edad considerada en el
país como el término de la vida, no sólo tenían todas las extravagancias y flaquezas de los
otros viejos, sino muchas más, nacidas de la perspectiva horrible de no morir nunca. No
sólo eran tercos, enojadizos, avaros, ásperos vanidosos y charlatanes, sino incapaces de
amistad y acabados para todo natural afecto, que nunca iba má allá de sus nietos. La envidia
y los deseos impotentes constituían sus pasiones predominantes. Pero los objetos que
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parecían excitar en envidia en primer término eran los vicios más propios de la juventud y
la muerte de los viejos. Pensando en los primeros, se encontraban apartados de toda
posibilidad de placer, y cuando veían un funeral se lamentaban y afligían de que los otros
llegaran a un puerto de descanso al que ellos no podían tener esperanza de arribar nunca.
No guardan memoria sino de aquello que aprendieron y observaron en su juventud, y para
eso, muy imperfectamente; y por lo que a la verdad o a los detalles de cualquier
acontecimiento se refiere, es más seguro confiar en las tradiciones comunes que en sus más
firmes recuerdos. Los menos miserables parecen los que caen en la chochez y pierden
enteramente la memoria; éstos encuentran más piedad y ayuda porque carecen de las malas
cualidades en que abundan los otros.
Si sucede que un struldbrug se casa con una mujer de su misma condición, el
matrimonio queda disuelto, por merced del reino, tan pronto como el más joven de los dos
llega a los ochenta años, pues estima la ley, razonable indulgencia, no doblar la miseria de
aquellos que sin culpa alguna de su parte están condenados a perpetua permanencia en el
mundo con la carga de una esposa.
Tan pronto como han cumplido los ochenta años se les considera legalmente como
muertos; sus haciendas pasan a los herederos, dejándoles sólo una pequeña porción para su
subsistencia, y los pobres son mantenidos a cargo del común. Pasado este término quedan
incapacitados para todo empleo de confianza o de utilidad; no pueden comprar tierras ni
hacer contratos de arriendo, ni se les permite ser testigos en ninguna causa civil ni criminal,
aunque sea para la determinación de linderos y confines.
A los noventa años se les caen los dientes y el pelo. A esta edad han perdido el paladar,
y comen y beben lo que tienen sin gusto, sin apetito. Las enfermedades que padecían siguen
sin aumento ni disminución. Cuando hablan olvidan las denominaciones corrientes de las
cosas y los nombres de las personas, aun de aquellas que son sus más íntimos amigos y sus
más cercanos parientes. Por la misma razón no pueden divertirse leyendo, ya que la
memoria no puede sostener su atención del principio al fin de una sentencia, y este defecto
les priva de la única diversión a que sin él podrían entregarse.
Como el idioma del país está en continua mudanza, los struldbrugs de una época no
entienden a los de otra, ni tampoco pueden, pasados los doscientos años, mantener una
conversación que exceda de unas cuantas palabras corrientes con sus vecinos los mortales,
y así, padecen la desventaja de vivir como extranjeros en su país.
Tal fue la cuenta que me dieron acerca de los struldbrugs, por lo que puedo recordar.
Después vi a cinco o seis de edades diferentes, que en varias veces me llevaron algunos de
mis amigos; pero aunque les manifestaron que yo era un gran viajero y había visto todo el
mundo, no tuvieron la curiosidad de hacerme la más pequeña pregunta. Sólo me rogaron
que les diese «slumskudask», o sea un pequeño recuerdo, lo que constituye una manera
modesta de mendigar burlando la ley, que se lo prohibe rigurosamente, puesto que son
atendidos por el país, aunque con una muy pequeña asignación por cierto.
La gente de todas clases los desprecia y los odia. Su nacimiento se considera siniestro y
se anota muy atentamente; así, puede saberse la edad de cada uno consultando los registros;
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pero éstos no se llevan hace más que mil años, o, al menos, han sido destruídos por el
tiempo o por desórdenes públicos. Mas el procedimiento usual de calcular la edad que
tienen es preguntarles de qué reyes o grandes personajes recuerdan, y luego consultar la
historia, pues, infaliblemente, el último príncipe que tienen en la memoria no empezó a
reinar después de haber cumplido ellos los ochenta años.
Constituían el espectáculo más doloroso que he contemplado en mi vida, y las mujeres,
más aún que los hombres. Sobre las deformidades naturales en la vejez extrema, adquirían
una cadavérica palidez, más acentuada cuantos más años tenían, de que no puede darse idea
con palabras. Entre media docena distinguí en seguida cuál era la más vieja, aunque no se
llevaban unas de otras arriba de un siglo o dos.
El lector podrá con facilidad creer que, a causa de lo que acababa de mirar y oír, menguó
mucho mi apetito de vivir eternamente. Me avergoncé muy de veras de las agradables
ilusiones que había concebido, y pensé que no había tirano capaz de inventar una muerte en
que yo no me precipitase con gusto huyendo de tal vida. Supo el rey todo lo pasado entre
mis amigos y yo, e hizo de mí gran donaire. Díjome que sería de desear que enviase a mi
país una pareja de struldbrugs para armar a nuestras gentes contra el miedo a la muerte.
Pero esto, a lo que parece, está prohibido por las leyes fundamentales del reino; de otro
modo, hubiese echado sobre mí con gusto el precio y la molestia de transportarlos.
Tuve que convenir en que las leyes de aquel reino relativas a los struldbrugs estaban
fundadas en las más sólidas razones, y que las mismas dictaría cualquier otro país en
análogas circunstancias. De otra manera, como la avaricia es la necesaria consecuencia de
la vejez, aquellos inmortales acabarían con el tiempo por ser propietarios de toda la nación
y monopolizar el poder civil, lo que, por falta de disposiciones para administrar, terminaría
en la ruina del común.
Capítulo 11
El autor abandona Luggnagg y embarca para el Japón. -Desde allí regresa a Amsterdam
en un barco holandés, y desde Amsterdam, a Inglaterra.
Pensé que este relato sobre los struldbrugs podía ser de algún interés para el lector,
porque me parece que se sale de lo acostumbrado; al menos, yo no recuerdo haber visto
nada semejante en ningún libro de viajes de los que han llegado a mis manos. Y si me
equivoco, sírvame de excusa que es necesario muchas veces a los viajeros que describen el
mismo país coincidir en el detenimiento sobre ciertos particulares, sin por ello merecer la
censura de haber tomado o copiado de los que antes escribieron.
Hay, ciertamente, constante comercio entre aquel reino y el gran imperio del Japón, y es
muy probable que los autores japoneses hayan dado a conocer en algún modo a los
struldbrugs; pero mi estancia en el Japón fue tan corta y yo desconocía el lenguaje tan por
completo, que no estaba capacitado para hacer investigación ninguna. Confío, sin embargo,
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en que los holandeses, noticiosos de esto, tendrán curiosidad y méritos suficientes para
suplir mis faltas.
Su Majestad, que muchas veces me había instado para que aceptase un empleo en la
corte, viéndome absolutamente decidido a volverme a mi país natal, se dignó concederme
licencia para partir y me honró recomendándome en una carta de su propia mano al
emperador del Japón. Asimismo me hizo un presente de cuatrocientas cuarenta y cuatro
monedas grandes de oro -esta nación se perece por los números que se leen igual cualquiera
que sea el lado por que se comience- y un diamante rojo que vendí en Inglaterra por mil
cien libras.
El 6 de mayo de 1709 me despedí solemnemente de Su Majestad y de todos mis amigos.
Este príncipe me dispensó la gracia de mandar que una guardia me condujese a
Glanguenstald, puerto real situado en la parte Sudoeste de la isla. A los seis días encontré
navío que me llevase al Japón, y tardé en el viaje quince días. Desembarcamos en el
pequeño puerto llamado Jamoschi, situado en la parte Sudeste del Japón; la ciudad cae al
Oeste, donde hay un estrecho angosto que conduce por el Norte a un largo brazo de mar en
cuya parte Noroeste se asienta Yedo, la metrópoli. Al desembarcar mostré a los oficiales de
la aduana la carta del rey de Luggnagg para Su Majestad Imperial. Conocían perfectamente
el sello, que era de grande como la palma de mi mano, y cuya impresión representaba a un
rey levantando del suelo a un mendigo lisiado. Los magistrados de la ciudad, sabedores de
que llevaba tal carta sobre mí, me recibieron como a un ministro público; pusieron a mi
disposición carruajes y servidumbre y pagaron mis gastos hasta Yedo, donde fuí recibido en
audiencia. Entregué mi carta, que fue abierta con gran ceremonia, y hablé al emperador por
mediación de un intérprete, el cual me dijo, de orden de Su Majestad, que cualquier cosa
que pidiese me sería concedida por amor de su real hermano de Luggnagg. Este intérprete
se dedicaba a negociar con los holandeses; de mi aspecto dedujo inmediatamente que yo era
europeo y repitió las órdenes de Su Majestad en bajo holandés, que hablaba a la perfección.
Respondí -como de antemano había pensado- que era un comerciante holandés que había
naufragado en un país muy remoto, de donde por mar y tierra había llegado a Luggnagg, y
allí embarcado para el Japón, país en el que sabía que mis compatriotas realizaban
frecuente comercio. Esperaba tener ocasión de regresar con algunos de ellos a Europa, y, de
consiguiente, suplicaba del real favor orden para que me condujesen salvo a Nangasac. A
esto agregué la petición de que, en gracia a mi protector el rey de Luggnagg, permitiese Su
Majestad que se me dispensara de la ceremonia de hollar el crucifijo, impuesta a mis
compatriotas, pues yo había caído en aquel reino por mis desventuras y no con intención
ninguna de traficar. El emperador, cuando le hubieron traducido esta última demanda, se
mostró un poco sorprendido y dijo que creía que era el primero de mis compatriotas que
había tenido jamás escrúpulo en este punto; tanto que empezaba a dudar si era holandés o
no y a sospechar que más bien había de ser cristiano. Sin embargo, ante las razones que le
daba, y principalmente para obligar al rey de Luggnagg con una muestra excepcional de su
favor, consentía en esta rareza de mi genio; pero el asunto debía llevarse con mucho tiento
y sus oficiales recibirían orden de dejarme pasar como por olvido, pues me aseguró que si
mis compatriotas los holandeses llegaran a descubrir el secreto, me degollarían de fijo en la
travesía. Volví a darle gracias, valiéndome del intérprete, por tan excepcional favor; y como
en aquel punto y hora se ponían en marcha algunas tropas para Nangasac, el comandante
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recibió orden de conducirme allá en salvo, con particulares instrucciones respecto del
negocio del crucifijo.
El 9 de junio de 1709 llegué a Nangasac, después de muy larga y molesta travesía.
Pronto caí en la compañía de unos marineros holandeses pertenecientes al Amboyna, de
Amsterdam, sólido barco de cuatrocientas cincuenta toneladas. Yo había vivido mucho
tiempo en Holanda, con ocasión de hallarme estudiando en Leyden y hablaba bien el
holandés. Los marinos supieron pronto de dónde llegaba y mostraron curiosidad por
averiguar mis viajes y mi vida. Les conté una historia tan corta y verosímil como pude, pero
ocultando la mayor parte. Conocía muchas personas en Holanda y pude inventarme
nombres para mis padres, de quienes dije que eran gente obscura de la provincia de
Gelderland. Hubiera podido pagar al capitán -un tal Teodoro Vangrult- lo que me hubiese
pedido por el viaje a Holanda; pero enterado él de que yo era cirujano, se conformó con la
mitad del precio corriente a cambio de que le prestase los servicios de mi profesión. Antes
de embarcar me preguntaron muchas veces algunos de los tripulantes si había cumplido la
ceremonia a que ya he hecho referencia. Evadí la respuesta diciendo en términos vagos que
había satisfecho al emperador y a la corte en todo lo preciso. Sin embargo, un bribonazo
paje de escoba se acercó a un oficial y, apuntándome con el dedo, díjole que yo no había
aún hollado el crucifijo; pero el otro, ya advertido para dejarme pasar, dio al tunante veinte
latigazos en las espaldas con un bambú; después de lo cual no volvió a molestarme nadie
con tales preguntas.
No me sucedió en esta travesía nada digno de mención. Navegamos con buen viento
hasta el Cabo de Buena Esperanza, donde sólo nos detuvimos para hacer aguada. El 16 de
abril llegamos salvos a Amsterdam, sin más pérdidas que tres hombres por enfermedad
durante el viaje y otro que cayó al mar desde el palo de trinquete, no lejos de la costa de
Guinea. En Amsterdam embarqué poco después para Inglaterra en un pequeño navío
perteneciente a este país.
El 10 de abril de 1710 entramos en las Dunas. Desembarqué a la mañana siguiente, y de
nuevo vi mi tierra natal, después de una ausencia de cinco años y seis meses justos. Marché
directamente a Redriff, adonde llegué el mismo día, a las dos de la tarde, y encontré a mi
mujer y familia en buena salud.

Fin de la Tercera Parte

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