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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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lunes, 27 de febrero de 2012

Viajes de Gulliver Segunda Parte Un viaje a Brobdingnag




Jonathan Swift
Viajes de Gulliver
Segunda Parte
Un viaje a Brobdingnag

Capítulo 1
Descripción de una gran tempestad. -Envían la lancha en busca de agua: el autor va en
ella a hacer descubrimientos en el país. -Le dejan en la playa; es apresado por uno de los
naturales y llevado a casa de un labrador. -Su recibimiento allí, con varios incidentes que
le acontecieron. -Descripción de los habitantes.
Condenado por mi naturaleza y por mi suerte a una vida activa y sin reposo, dos meses
después de mi regreso volví a dejar mi país natal y me embarqué en las Dunas el 20 de
junio de 1702, a bordo del Adventure, navío mandado por el capitán John Nicholas, de
Liverpool, y destinado para Surat. Tuvimos muy buen viento hasta que llegamos al Cabo de
Buena Esperanza, donde tomamos tierra para hacer aguada; pero habiéndose abierto una
vía de agua en el navío, desembarcamos nuestras mercancías e invernamos allí, pues
atacado el capitán de una fiebre intermitente, no pudimos dejar el Cabo hasta fines de
marzo. Entonces nos dimos a la vela, y tuvimos buena travesía hasta pasar los estrechos de
Madagascar; pero ya hacia el Norte de esta isla, y a cosa de cinco grados Sur de latitud, los
vientos, que se ha observado que en aquellos mares soplan constantes del Noroeste desde
principios de diciembre hasta principios de mayo, comenzaron el 9 de abril a soplar con
violencia mucho mayor y más en dirección Oeste que de costumbre. Siguieron así por
espacio de veinte días, durante los cuales fuimos algo arrastrados al Este de las islas
Molucas y unos tres grados hacia el Norte de la línea, según comprobó nuestro capitán por
observaciones hechas el 2 de mayo, tiempo en que el viento cesó y vino una calma
absoluta, de la que yo me regocijé no poco. Pero el patrón, hombre experimentado en la
navegación por aquellos mares, nos previno para que nos dispusiéramos a guardarnos de la
tempestad, que, en efecto, se desencadenó al día siguiente, pues empezó a formalizarse el
viento llamado monzón del Sur.
Creyendo que la borrasca pasaría, cargamos la cebadera y nos dispusimos para aferrar el
trinquete; pero, en vista de lo contrario del tiempo, cuidamos de sujetar bien las piezas de
artillería y aferramos la mesana. Como estábamos muy enmarados, creímos mejor correr el
tiempo con mar en popa que no capear o navegar a palo seco. Rizamos el trinquete y lo
cazamos. El timón iba a barlovento. El navío se portaba bravamente. Largamos la cargadera
de trinquete; pero la vela se rajó y arriamos la verga; y una vez dentro la vela, la
desaparejamos de todo su laboreo. La tempestad era horrible; la mar se agitaba inquietante
y amenazadora. Se afirmaron los aparejos reales y reforzamos el servicio del timón. No
calamos los masteleros, sino que los dejamos en su lugar, porque el barco corría muy bien
con mar en en popa y sabíamos que con los masteleros izados el buque no sufría y surcaba
el mar sin riesgo. Cuando pasó la tempestad largamos el nuevo trinquete y nos pusimos a la
capa; luego largamos la mesana, la gavia y el velacho. Llevábamos rumbo Nordeste con
viento Sudoeste. Amuramos a estribor, saltamos las brazas y amantillos de barlovento,
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cazamos las brazas de sotavento, halamos de las bolinas y las amarramos; se amuró la
mesana y gobernamos a buen viaje en cuanto nos fue posible.
Durante esta tempestad, a la que siguió un fuerte vendaval Oeste, fuimos arrastrados,
según mi cálculo, a unas quinientas leguas al Este; así, que el marinero más viejo de los que
estaban a bordo no podía decir en qué parte del mundo nos hallábamos. Teníamos aún
bastantes provisiones, nuestro barco estaba sano de quilla y costados y toda la tripulación
gozaba de buena salud; pero sufríamos la más terrible escasez de agua. Creímos mejor
seguir el mismo rumbo que no virar más hacia el Norte, pues esto podría habernos llevado a
las regiones noroeste de la Gran Tartaria y a los mares helados.
El 16 de junio de 1703 un grumete descubrió tierra desde el mastelero. El 17 dimos vista
de lleno a una gran isla o continente -que no sabíamos cuál de ambas cosas fuera-, en cuya
parte sur había una pequeña lengua detierra que avanzaba en el mar y una ensenada sin
fondo bastante para que entrase un barco de más de cien toneladas. Echamos el ancla a una
legua de esta ensenada, y nuestro capitán mandó en una lancha a una docena de hombres
bien armados con vasijas para agua, por si pudieran encontrar alguna. Le pedí licencia para
ir con ellos, a fin de ver el país y hacer algún descubrimiento a serme posible. Al llegar a
tierra no hallamos río ni manantial alguno, así como tampoco señal de habitantes. En vista
de ello, nuestros hombres recorrieron la playa en varios sentidos para ver si encontraban
algo de agua dulce cerca del mar, y yo anduve solo sobre una milla por el otro lado, donde
encontré el suelo desnudo y rocoso. Empecé a sentirme cansado, y no divisando nada que
despertase mi curiosidad, emprendí despacio el regreso a la ensenada; como tenía a la vista
el mar, pude advertir que nuestros hombres habían reembarcado en el bote y remaban
desesperadamente hacia el barco. Ya iba a gritarles, aunque de nada hubiera servido,
cuando observé que iba tras ellos por el mar una criatura enorme corriendo con todas sus
fuerzas. Vadeaba con agua poco más que a la rodilla y daba zancadas prodigiosas; pero
nuestros hombres le habían tomado media legua de delantera, y como el mar por aquellos
contornos estaba lleno de rocas puntiagudas, el monstruo no pudo alcanzar el bote. Esto me
lo dijeron más tarde, porque yo no osé quedarme allí para ver el desenlace de la aventura;
antes al contrario, tomé a todo correr otra vez el camino que antes había llevado y trepé a
un escarpado cerro desde donde se descubría alguna perspectiva del terreno. Estaba
completamente cultivado; pero lo que primero me sorprendió fue la altura de la hierba, que
en los campos que parecían destinarse para heno alcanzaba unos veinte pies de altura.
Fuí a dar en una carretera, que por tal la tuve yo, aunque a los habitantes les servía sólo
de vereda a través de un campo de cebada. Anduve por ella algún tiempo sin ver gran cosa
por los lados, pues la cosecha estaba próxima y la mies levantaba cerca de cuarenta pies.
Me costó una hora llegar al final de este campo, que estaba cercado con un seto de lo
menos ciento veinte pies de alto; y los árboles eran tan elevados, que no pude siquiera
calcular su altura. Había en la cerca para pasar de este campo al inmediato una puerta con
cuatro escalones para salvar el desnivel y una piedra que había que trasponer cuando se
llegaba al último. Me fue imposible trepar esta gradería, porque cada escalón era de seis
pies de alto, y la piedra última, de más de veinte. Andaba yo buscando por el cercado algún
boquete, cuando descubrí en el campo inmediato, avanzando hacia la puerta, a uno de los
habitantes, de igual tamaño que el que había visto en el mar persiguiendo nuestro bote.
Parecía tan alto como un campanario de mediana altura y avanzaba de cada zancada unas
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diez yardas por lo que pude apreciar. Sobrecogido de terror y asombro, corrí a esconderme
entre la mies, desde donde le vi detenerse en lo alto de la escalera y volverse a mirar al
campo inmediato hacia la derecha, y le oí llamar con una voz muchísimo más potente que
si saliera de una bocina; pero el ruido venía de tan alto, que al pronto creí ciertamente que
era un trueno. Luego de esto, siete monstruos como él se le aproximaron llevando en las
manos hoces, cada una del grandor de seis guadañas. Estos hombres no estaban tan bien
ataviados como el primero y debían de ser sus criados o trabajadores, porque a algunas
palabras de él se dirigieron a segar la mies del campo en que yo me hallaba. Me mantenía
de ellos a la mayor distancia que podía, aunque para moverme encontraba dificultad
extrema porque los tallos de la mies no distaban más de un pie en muchos casos, de modo
que apenas podía deslizar mi cuerpo entre ellos. No obstante, me di traza para ir avanzando
hasta que llegué a una parte del campo en que la lluvia y el viento habían doblado la mies.
Aquí me fue imposible adelantar un paso, pues los tallos estaban de tal modo entretejidos,
que no podía escurrirme entre ellos, y las aristas de las espigas caídas eran tan fuertes y
puntiagudas, que a través de las ropas se me clavaban en las carnes. Al mismo tiempo oía a
los segadores a no más de cien yardas tras de mí. Por completo desalentado en la lucha y
totalmente rendido por la pesadumbre y la desesperación, me acosté entre dos caballones,
deseando muy de veras encontrar allí el término de mis días. Lloré por mi viuda desolada y
por mis hijos huérfanos de padre; lamenté mi propia locura y terquedad al emprender un
segundo viaje contra el consejo de todos mis amigos y parientes. En medio de esta terrible
agitación de ánimo, no podía por menos de pensar en Liliput, cuyos habitantes me miraban
como el mayor prodigio que nunca se viera en el mundo, donde yo había podido llevarme
de la mano una flota imperial y realizar aquellas otras hazañas que serán recordadas por
siempre en las crónicas de aquel imperio y que la posteridad se resistirá a creer, aunque
atestiguadas por millones de sus antecesores. Reflexionaba yo en la mortificación que para
mí debía representar aparecer tan insignificante en esta nación como un simple liliputiense
aparecería entre nosotros; pero ésta pensaba que había de ser la última de mis desdichas,
pues si se ha observado en las humanas criaturas que su salvajismo y crueldad están en
proporción de su corpulencia, ¿qué podía yo esperar sino ser engullido por el primero de
aquellos enormes bárbaros que acertase a atraparme? Indudablemente los filósofos están en
lo cierto cuando nos dicen que nada es grande ni pequeño sino por comparación. Pudiera
cumplir a la suerte que los liliputienses encontrasen alguna nación cuyos pobladores fuesen
tan diminutos respecto de ellos como ellos respecto de nosotros. ¿Y quién sabe si aun esta
enorme raza de mortales será igualmente aventajada en alguna distante región del mundo
ignorada por nosotros todavía?
Amedrentado y confuso como estaba, no podía por menos de hacerme estas reflexiones,
cuando uno de los segadores, habiéndose acercado a diez yardas del caballón tras el que yo
yacía, me hizo caer en que a otro paso que diera me despachurraría con el pie o me dividiría
en dos pedazos con su hoz, y, en consecuencia, cuando estaba a punto de moverse, grité
todo lo fuerte que el miedo podía hacerme gritar. Entonces la criatura enorme se adelantó
un poco, y, mirando por bajo y alrededor de sí algún tiempo, me divisó tendido en el suelo
por fin. Me consideró un rato, con la precaución de quien se propone echar mano a una
sabandija peligrosa de tal modo que no pueda arañarle ni morderle, como yo tengo hecho
tantas veces con las comadrejas en Inglaterra. Por último, se atrevió a alzarme, cogiéndome
por la mitad del cuerpo con el índice y el pulgar, y me llevó a tres yardas de los ojos para
poder apreciar mi figura más detalladamente. Adiviné su intención, y mi buena fortuna me
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dio tanta presencia de ánimo, que me resolví a no resistirme lo más mínimo cuando me
sostenía en el aire, a unos sesenta pies del suelo, aunque me apretaba muy dolorosamente
los costados por temor de que me escurriese de entre sus dedos. Todo lo que me atreví a
hacer fue levantar los ojos al cielo, juntar las manos en actitud suplicante y pronunciar
algunas palabras en tono humilde y melancólico, adecuado a la situación en que me hallaba,
pues temía a cada momento que me estrellase contra el suelo, como es uso entre nosotros
cuando queremos dar fin de alguna sabandija. Pero quiso mi buena estrella que pareciesen
gustarle mi voz y mis movimientos y empezase a mirarme como una curiosidad, muy
asombrado de oírme pronunciar palabras articuladas, aunque no pudiese entenderlas. En
tanto, no dejaba yo de gemir y verter lágrimas, y, volviendo la cabeza hacia los lados, darle
a entender como me era posible cuán cruelmente me dañaba la presión de sus dedos.
Pareció que se daba cuenta de lo que quería decirle, porque levantándose un faldón de la
casaca me colocó suavemente en él e inmediatamente echó a correr conmigo en busca de su
amo, que era un acaudalado labrador y el mismo a quien yo había visto primeramente en el
campo.
El labrador, a quien, según deduje por los hechos, su servidor había dado acerca de mí
las explicaciones que había podido, tomó una pajita, del tamaño de un bastón
aproximadamente, y con ella me alzó los faldones, que parecía tener por una especie de
vestido que la Naturaleza me hubiese dado. Me sopló los cabellos hacia los lados, para
mejor verme la cara. Llamó a sus criados y les preguntó -por lo que supe después- si habían
visto alguna vez en los campos bicho que se me pareciese. Luego me dejó blandamente en
el suelo, a cuatro pies; pero yo me levanté inmediatamente y empecé a ir y venir despacio,
para que aquella gente viese que no tenía intención de escaparme. Ellos se sentaron en
círculo a mi alrededor a fin de observar mejor mis movimientos. Yo me quité el sombrero e
hice al labrador una inclinación profunda; caí de rodillas, y alzando al cielo las manos y los
ojos pronuncié varias palabras todo lo fuerte que pude, y me saqué de la faltriquera una
bolsa de oro, que le ofrecí humildemente. La recibió en la palma de la mano, se la acercó al
ojo para ver lo que era y luego la volvió varias veces con la punta de un alfiler que se había
quitado de la solapa, sin lograr nada con ello. Le hice entonces seña de que pusiera la mano
en el suelo; tomé la bolsa, y luego de abrirla le derramé todo el oro en la palma. Había seis
piezas españolas de a cuatro pistolas cada una, aparte de veinte o treinta monedas más
pequeñas. Le vi humedecerse la punta del dedo pequeño con la lengua y alzar una de las
piezas más grandes y luego otra, pero aparentando ignorar por completo lo que fuesen. Me
hizo seña de que volviese de nuevo las monedas a la bolsa y la bolsa a la faltriquera, partido
que acabé por tomar después de renovar repetidas veces mi ofrecimiento.
A la sazón debía de estar ya el hacendado convencido de que yo era un ser racional. Me
hablaba a menudo; pero el ruido de su voz me lastimaba los oídos como el de una aceña,
aunque articulaba las palabras bastante bien. Le respondí lo más fuerte que pude en varios
idiomas, y él frecuentemente inclinaba el oído hasta dos yardas de mí; pero todo fue en
vano, porque éramos por completo ininteligibles el uno para el otro. Mandó luego a los
criados a su trabajo, y sacando su pañuelo del bolsillo lo dobló y se lo tendió en la mano
izquierda, que puso de plano en el suelo con la palma hacia arriba, al mismo tiempo que me
hacía señas para que me subiese en ella, lo que pude hacer con facilidad porque no tenía
más de un pie de grueso. Entendí que mi único camino era obedecer, y por miedo a caerme
me tumbé a la larga sobre el pañuelo, con cuyo sobrante él me envolvió hasta la cabeza
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para mayor seguridad, y de este modo me llevó a su casa. Una vez allí llamó a su mujer y
me mostró a ella, que dio un grito y echó a correr como las mujeres en Inglaterra a la
presencia de un sapo o de una araña. No obstante, cuando hubo visto mi comportamiento
un rato y lo bien que obedecía a las señas que me hacía su marido, se reconcilió conmigo
pronto y poco a poco fue prodigándome los más solícitos cuidados.
Eran sobre las doce del día y un criado trajo la comida. Consistía en un plato fuerte de
carne -propio de la sencilla condición de un labrador- servido en una fuente de veinticuatro
pies de diámetro, poco más o menos. Formaban la compañía el granjero y su mujer, tres
niños y una anciana abuela. Cuando estuvieron sentados, el granjero me puso a alguna
distancia de él encima de la mesa, que levantaba treinta pies del suelo. Yo tenía un miedo
atroz y me mantenía todo lo apartado que me era posible del borde por temor de caerme. La
esposa picó un poco de carne, desmigajó luego algo de pan en un trinchero y me lo puso
delante. Le hice una profunda reverencia, saqué mi cuchillo y mi tenedor y empecé a
comer, lo que les causó extremado regocijo. La dueña mandó a su criada por una copita de
licor capaz para unos dos galones y me puso de beber; levantó la vasija muy trabajosamente
con las dos manos y del modo más respetuoso bebí a la salud de la señora, hablando todo lo
más fuerte que pude en inglés, lo que hizo reír a la compañía de tan buena gana, que casi
me quedé sordo del ruido. El licor sabía como una especie de sidra ligera y no resultaba
desagradable. Después el dueño me hizo seña de que me acercase a su plato; pero cuando
iba andando por la mesa, como tan grande era mi asombro en aquel trance -lo que
fácilmente comprenderá y disculpará el indulgente lector-, me aconteció tropezar con una
corteza de pan y caí de bruces, aunque no me hice daño. Me levanté inmediatamente, y
advirtiendo en aquella buena gente muestras de gran pesadumbre, cogí mi sombrero -que
llevaba debajo del brazo, como exige la buena crianza- y agitándolo por encima de la
cabeza di tres vivas en demostración de que no había recibido en la caída perjuicio ninguno.
Pero cuando en seguida avanzaba hacia mi amo -como le llamaré de aquí en adelante-, su
hijo menor, que se sentaba al lado suyo -un travieso chiquillo de unos diez años- me cogió
por las piernas y me alzó en el aire a tal altura, que las carnes se me despegaron de los
huesos; el padre me arrebató de sus manos y le dio un bofetón en la oreja derecha, con el
que hubiera podido derribar un ejército de caballería europea, al mismo tiempo que le
mandaba retirarse de la mesa. Temeroso yo de que el muchacho me la guardase, y
recordando bien cuán naturalmente dañinos son los niños entre nosotros para los gorriones,
los conejos, los gatitos y los perritos, me dejé caer de rodillas, y, señalando hacia el
muchacho, hice entender a mi amo como buenamente pude que deseaba que perdonase a su
hijo. Accedió el padre, el chiquillo volvió a sentarse en su puesto, y en seguida yo me fui a
él y le besé la mano, la cual mi amo le cogió e hizo que con ella me acariciase suavemente.
En medio de la comida, el gato favorito de mi ama le saltó al regazo. Oía yo detrás de mí
un ruido como si estuviesen trabajando una docena de tejedores de medias, y volviendo la
cabeza, descubrí que procedía del susurro que en su contento hacía aquel animal, que
podría ser tres veces mayor que un buey, según el cálculo que hice viéndole la cabeza y una
pata mientras su dueña le daba de comer y le hacía caricias. El aspecto de fiereza de este
animal me descompuso totalmente, aunque yo estaba al otro lado de la mesa, a más de
cincuenta pies de distancia, y aunque mi ama le sostenía temiendo que diese un salto y me
cogiese entre sus garras. Pero resultó no haber peligro ninguno, pues el gato no hizo el
menor caso de mí cuando despues mi amo me puso a tres yardas de él; y como he oído
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siempre, y la experiencia me lo ha confirmado en mis viajes, que huir o demostrar miedo
ante un animal feroz es el medio seguro de que nos persiga o nos ataque, resolví en esta
peligrosa coyuntura no aparentar cuidado ninguno. Pasé intrépidamente cinco veces o seis
ante la misma cabeza del gato y me puse a media yarda de él, con lo cual retrocedió, como
si tuviese más miedo él que yo. Los perros me importaban menos. Entraron tres o cuatro en
la habitación, como es corriente en las casas de labradores; había un mastín del tamaño de
cuatro elefantes, y un galgo un poco más alto que el mastín, pero no tan corpulento.
Cuando ya casi estaba terminada la comida entró el ama de cría con un niño de un año
en brazos, el cual me divisó inmediatamente y empezó a gritar -en el modo que todos
habréis oído seguramente y que desde London Bridge hasta Chelsea es la oratoria usual
entre los niños- para que me entregasen a él en calidad de juguete. La madre, llena de
amorosa indulgencia, me levantó y me presentó al niño, que en seguida me cogió por la
mitad del cuerpo y se metió mi cabeza en la boca. Di yo un rugido tan fuerte, que el
bribonzuelo se asustó y me dejó caer, y me hubiera infaliblemente desnucado si la madre no
hubiese puesto su delantal. Para callar al nene, el ama hizo uso de un sonajero que era una
especie de tonel lleno de grandes piedras y sujeto con un cable a la cintura del niño; pero
todo fue en vano; así, que se vio obligada a emplear el último recurso dándole de mamar.
Debo confesar que nada me causó nunca tan mala impresión como ver su pecho
monstruoso, que no encuentro con qué comparar para que el lector pueda formarse una idea
de su tamaño, forma y color. La veía yo de cerca, pues se había sentado cómodamente para
dar de mamar, y yo estaba sobre la mesa. Esto me hacía reflexionar acerca de los lindos
cutis de nuestras damas inglesas, que nos parecen a nosotros tan bellas sólo porque son de
nuestro mismo tamaño y sus defectos no pueden verse sino con una lente de aumento,
aunque por experimentación sabemos que los cutis más suaves y más blancos son ásperos y
ordinarios y de feo color.
Recuerdo que cuando estaba yo en Liliput me parecían los cutis de aquellas gentes
diminutas los más bellos del mundo, y hablando sobre este punto con una persona de
estudios de allá, que era íntimo amigo mío, me dijo que mi cara le parecía mucho más
blanca y suave cuando me miraba desde el suelo que viéndola más de cerca, cuando le
levantaba yo en la mano y le aproximaba. Al principio constituía para el, según me confesó,
un espectáculo muy desagradable. Me dijo que descubría en mi cutis grandes hoyos, que los
cañones de mi barba eran diez veces más fuertes que las cerdas de un verraco, y mi piel de
varios colores totalmente distintos. Y permítaseme que haga constar que yo soy tan blanco
como la mayor parte de los individuos de mi sexo y de mi país, y que el sol me ha tostado
muy poco en mis viajes. Por otra parte, cuando hablábamos de las damas que formaban la
corte del emperador, solía decirme que la una tenía pecas; la otra, una boca demasiado
grande; una tercera, la nariz demasiado larga, nada de lo cual podía yo distinguir.
Reconozco que esta reflexión era bastante obvia, pero, sin embargo, no he querido omitirla
porque no piense el lector que aquellas inmensas criaturas eran feas, pues les debo la
justicia de decir que son una raza de gentes bien parecidas.
Cuando la comida se hubo terminado, mi amo se volvió con sus trabajadores, y, según
pude colegir de su voz y su gesto, encargó muy especialmente a su mujer que tuviese
cuidado de mí. Estaba yo muy cansado y con sueño, y advirtiéndolo mi ama me puso sobre
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su propio lecho y me cubrió con un pañuelo blanco limpio, que era mayor y más basto que
la vela mayor de un buque de guerra.
Dormí unas dos horas y soñé que estaba en casa con mi mujer y mis hijos, lo que vino a
gravar mis cuitas cuando desperté y me vi solo en un vasto aposento de doscientos a
trescientos pies de ancho y más de doscientos de alto, acostado en una cama de veinte
yardas de anchura. Mi ama se había ido a los quehaceres de la casa, y dejádome encerrado.
La cama levantaba ocho yardas del suelo. En tal situación yo, treparon dos ratas por la
cortina y se dieron a correr por encima del lecho, olfateando de un lado para otro. Una de
ellas llegó casi hasta mi misma cara, lo que me hizo levantarme aterrorizado y sacar mi
alfanje para defenderme. Estos horribles animales tuvieron el atrevimiento de acometerme
por ambos lados y uno de ellos llegó a echarme al cuello una de sus patas delanteras, pero
tuve la buena fortuna de rajarle el vientre antes que pudiera hacerme daño. Cayó a mis pies,
y la otra, al ver la suerte que había corrido su compañera, emprendió la huída, pero no sin
una buena herida en el lomo que pude hacerle cuando escapaba, y que dejó un rastro de
sangre. Después de esta hazaña me puse a pasear lentamente por la cama para recobrar el
aliento y la tranquilidad. Aquellos animales eran del tamaño de un mastín grande, pero
infinitamente más ligeros y feroces; así que, de haberme quitado el cinto al acostarme,
infaliblemente me hubieran despedazado y devorado. Medí la cola de la rata muerta y
encontré que tenía de largo dos yardas menos una pulgada; mas no tuve estómago para tirar
de la cama el cuerpo exánime, que yacía en ella sangrando. Noté que tenía aún algo de
vida; pero de una fuerte cuchillada en el pescuezo la despaché enteramente.
Poco después entró mi ama en la habitación, y viéndome todo lleno de sangre corrió
hacia mí y me cogió en la mano. Yo señalé a la rata muerta, sonriendo y haciendo otras
señas para significar que no estaba herido, de lo que ella recibió extremado contento. Llamó
a la criada para que cogiese con unas tenazas la rata muerta y la tirase por la ventana.
Después me puso sobre una mesa, donde yo le enseñé mi alfanje lleno de sangre, y
limpiándolo en la vuelta de mi casaca lo volví a envainar.
Espero que el paciente lector sabrá excusar que me detenga en detalles que, por
insignificantes que se antojen a espíritus vulgares de a ras de tierra, pueden ciertamente
ayudar a un filósofo a dilatar sus pensamientos y su imaginación y a dedicarlos al beneficio
público lo mismo que a la vida privada. Tal es mi intención al ofrecer estas y otras
relaciones de mis viajes por el mundo, en las cuales me he preocupado principalmente de la
verdad, dejando aparte adornos de erudición y estilo. Todos los lances de este viaje dejaron
tan honda impresión en mi ánimo y están de tal modo presentes en mi memoria, que al
trasladarlos al papel no omití una sola circunstancia interesante. Sin embargo, al hacer una
escrupulosa revisión, taché varios pasajes de menos momento que figuraban en el primer
original por miedo de ser motejado de fastidioso y frívolo.
Capítulo 2
Retrato de la hija del labrador. -Llevan al autor a un pueblo en día de mercado y luego a
la metrópoli.- Detalles de su viaje.
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Mi ama tenía una hija de nueve años, niña de excelentes prendas para su corta edad,
muy dispuesta con la aguja y muy mañosa para vestir su muñeca. Su madre y ella
discurrieron arreglarme la cama del muñeco para que pasase la noche. Pusieron la cama
dentro de una gaveta colocada en un anaquel colgante por miedo de las ratas. Éste fue mi
lecho todo el tiempo que permanecí con aquella gente, y fue mejorándose poco a poco,
conforme yo aprendía el idioma y podía ir exponiendo mis necesidades. La niña de que
hablo era tan mañosa, que con sólo haberme despojado de mis ropas delante de ella una o
dos veces ya sabía vestirme y desnudarme, aunque yo nunca quise darle este trabajo cuando
ella me permitía que me lo tomase yo mismo. Me hizo siete camisas y alguna ropa blanca
más de la tela más fina que pudo encontrarse, y que era, ciertamente, más áspera que
harpillera, y ella me las lavaba siempre con sus propias manos.Asimismo era mi maestra
para la enseñanza del idioma. Cuando yo señalaba alguna cosa, ella me decía el nombre en
su lengua, y así en pocos días me encontré capaz de pedir lo que me era preciso. Era muy
bondadosa y no más alta de cuarenta pies, pues estaba muy pequeña para su tiempo. Me dio
el nombre de Grildrig, que la familia adoptó, y después todo el reino. La palabra vale tanto
como la latina Nanunculus, la italiana Homunceletino y la inglesa Mannikin. A esta niña
debo principalmente mi salvación en aquel país. Nunca nos separamos mientras estuve allá.
Le llamaba yo mi Glumdalclitch, o sea mi pequeña niñera; y cometería grave pecado de
ingratitud si omitiese esta justa mención de su cuidado y su afecto para mí, a los cuales
quisiera yo que hubiese estado en mi mano corresponder como ella merecía, en lugar de
verme convertido en el inocente pero fatal instrumento de su desventura, como tengo
demasiadas razones para temer que haya sucedido.
Por entonces empezaba ya a saberse y comentarse en las cercanías que mi amo se había
encontrado en el campo un animal extraño, del grandor aproximado de un splacknuck, pero
formado exactamente en todas sus partes como un ser humano, al que asimismo imitaba en
todas sus acciones. Parecía hablar una especie de lenguaje peculiar; había aprendido ya
varias palabras del de ellos; andaba en dos pies; era manso y amable; acudía cuando le
llamaban; hacía lo que le mandaban y tenía los más lindos miembros del mundo y un cutis
más fino que pudiera tenerlo la hija de un noble a los tres años de edad. Otro labrador que
vivía cerca y era muy amigo de mi amo pasó a hacerle una visita con la intención de
averiguar lo que hubiese de cierto en este rumor. Me sacaron inmediatamente y me
colocaron sobre una mesa, donde paseé según me ordenaron, saqué mi alfanje, lo volví a la
vaina, hice una reverencia al huésped de mi amo, le pregunté en su propia lengua cómo
estaba y le di la bienvenida, todo del modo que me había enseñado mi niñera. Este hombre,
que era viejo y corto de vista, se puso los anteojos para observarme mejor, ante lo cual no
pude evitar el reírme a carcajadas, pues sus ojos parecían la luna llena resplandeciendo en
una habitación con dos ventanas. Mi gente, que descubrió la causa de mi regocijo, me
acompañó en la risa, y el pobre viejo fue lo bastante necio para enfurecerse y turbarse.
Tenía aquel hombre fama de muy tacaño, y, por mi desgracia, la merecía cumplidamente, a
juzgar por el maldito consejo que dio a mi amo de que en calidad de espectáculo me
enseñase un día de mercado en la ciudad próxima, que distaba media hora de marcha a
caballo, o sea unas veintidós millas de nuestra casa. Adiviné que maquinaban algún mal
cuando advertí que mi amo y su amigo cuchicheaban una buena pieza, a veces señalando
hacia mí, y el mismo temor me hacía imaginar que entreoía y comprendía algunas palabras.
Pero a la mañana siguiente Glumdalclitch, mi niñera, me enteró de todo el asunto, que ella
había sonsacado hábilmente a su madre. La pobre niña me puso en su seno y rompió a
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llorar de vergüenza y dolor. Recelaba ella que me causara algún daño el vulgo brutal, como,
por ejemplo, oprimirme hasta dejarme sin vida, o romperme un miembro cuando me
cogiesen en las manos. Había advertido también cuán recatado era yo de mí y cuán
cuidadoso de mi honor y suponía lo indigno que había de parecerme ser expuesto por
dinero como espectáculo público a las gentes de más baja ralea. Decía que su papá y su
mamá le habían prometido que Grildrig sería para ella; pero que ahora veía que iba a
sucederle lo mismo que el año pasado, que hicieron como que le regalaban un corderito y
tan pronto como estuvo gordo se lo vendieron a un carnicero.
Por lo que a mí toca puedo sinceramente afirmar que la cosa me importaba mucho
menos que a mi niñera. Mantenía yo la firme esperanza, que nunca me abandonó, de que
algún día podría recobrar la libertad; y en cuanto a la ignominia de ser paseado como un
fenómeno, consideraba que yo era perfectamente extraño en el país y que tal desventura
nunca podría achacárseme como reproche si alguna vez regresaba a Inglaterra, ya que el
mismo rey de la Gran Bretaña en mis circunstancias hubiese tenido que sufrir la misma
calamidad.
Mi amo, siguiendo el consejo de su amigo, me condujo el primer día de mercado dentro
de una caja a la ciudad vecina y llevó conmigo a su hijita, mi niñera, sentada en una albarda
detrás de mí. La caja era cerrada por todos lados y tenía una puertecilla para que yo entrase
y saliese y unos cuantos agujeros para que no me faltase el aire. La niña había tenido el
cuidado de meter en ella la colchoneta de la cama de su muñeca para que me acostase. No
obstante, quedé horriblemente zarandeado y molido del viaje, aunque sólo duró media hora,
pues el caballo avanzaba unos cuarenta pies de cada paso y levantaba tanto en el trote, que
la agitación equivalía al cabeceo de un barco durante una gran tempestad, pero mucho más
frecuente. Nuestra jornada fue algo más que de Londres a San Albano. Mi amo se apeó en
la posada donde solía parar, y luego de consultar durante un rato con el posadero y de hacer
algunos preparativos necesarios asalarió al grultond, o pregonero, para que corriese por la
ciudad que en la casa del Águila Verde se exhibía un ser extraño más pequeño que un
splacknuck -bonito animal de aquel país, de unos seis pies de largo-, y conformado en todo
su cuerpo como un ser humano, que hablaba varias palabras y hacía mil cosas divertidas.
Me colocaron sobre una mesa en el cuarto mayor de la posada, que muy bien tendría
trescientos pies en cuadro. Mi niñera tomó asiento junto a la mesa, en una banqueta baja,
para cuidar de mí e indicarme lo que había de hacer. Mi amo, para evitar el agolpamiento,
sólo permitía que entrasen a verme treinta personas de cada vez. Anduve por encima de la
mesa, obedeciendo las órdenes de la niña; me hizo ella varias preguntas, teniendo en cuenta
mis alcances en el conocimiento del idioma, y yo las respondí lo más alto que me fue
posible. Me volví varias veces a la concurrencia, le ofrecí mis humildes respetos, le di la
bienvenida y dije otras razones que se me habían enseñado. Alcé, lleno de licor, un dedal
que Glumdalclitch me había dado para que me sirviese de copa, y bebí a la salud de los
espectadores. Saqué mi alfanje y lo blandí al modo de los esgrimidores de Inglaterra. Mi
niñera me dio parte de una paja, y con ella hice ejercicio de pica, pues había aprendido este
arte en mi juventud. Aquel día me enseñaron a doce cuadrillas de público, y otras tantas
veces me vi forzado a volver a las mismas necedades, hasta quedar medio muerto de
cansancio y enojo, porque los que me habían visto daban tan maravillosas referencias, que
la gente parecía querer derribar las puertas para entrar. Mi amo, por su propio interés, no
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hubiera consentido que me tocase nadie, excepto mi niñera; y para evitar riesgos, se
dispusieron en torno de la mesa bancos a distancia que me mantuviese fuera del alcance de
todos. No obstante, un colegial revoltoso me asestó a la cabeza una avellana que estuvo en
muy poco que me diese; venía la tal además con tanta violencia, que infaliblemente me
hubiera saltado los sesos, pues casi era tan grande como una calabaza de poco tamaño. Pero
tuve la satisfacción de ver al bribonzuelo bien zurrado y expulsado de la estancia.
Mi amo hizo público que me enseñaría otra vez el próximo día de mercado, y entretanto
me dispuso un vehículo más conveniente, lo que no le faltaban razones para hacer, pues
quedé tan rendido de mi primer viaje y de divertir a la concurrencia durante ocho horas
seguidas, que apenas podía tenerme en pie ni articular una palabra. Lo menos tres días tardé
en recobrar las fuerzas; y ni en casa tenía descanso, porque todos los señores de las
cercanías, en un radio de cien millas, noticiosos de mi fama, acudían a verme a la misma
casa de mi amo. No bajarían los que lo hicieron de treinta, con sus mujeres y sus niños -
porque el país es muy populoso-, y mi amo pedía el importe de una habitación llena cada
vez que me enseñaba en casa, aunque fuera a una sola familia. Así, durante algún tiempo
apenas tuve reposo ningún día de la semana -excepto el viernes, que es el sábado entre
ellos-, aunque no me llevaron a la ciudad.
Conociendo mi amo cuánto provecho podía sacar de mí, se resolvió a llevarme a las
poblaciones de más consideración del reino. Y después de proveerse de todo lo preciso para
una larga excursión y dejar resueltos los asuntos de su casa, se despidió de su mujer, y el 17
de agosto de 1703, a los dos meses aproximadamente de mi llegada, salimos para la
metrópoli, situada hacia el centro del imperio y a unas tres mil millas de distancia de
nuestra casa. Mi amo montó a su hija Glumdalclitch detrás de él y ella me llevaba en su
regazo dentro de una caja atada a la cintura. La niña había forrado toda la caja con la tela
más suave que pudo hallar, acolchándola bien por la parte de abajo, amoblándola con la
cama de su muñeca, provístome de ropa blanca y otros efectos necesarios y dispuesto todo
lo más convenientemente que pudo. No llevábamos otra compañía que un muchacho de la
casa, que cabalgaba detrás con el equipaje.
Era el designio de mi amo enseñarme en todas las ciudades que cogieran de camino y
desviarse hasta cincuenta o cien millas para visitar alguna aldea o la casa de alguna persona
de condición, donde esperase encontrar clientela. Hacíamos jornadas cómodas, de no más
de ciento cincuenta a ciento setenta millas por día, porque Glumdalclitch, con propósito de
librarme a mí, se dolía de estar fatigada con el trote del caballo. A menudo me sacaba de la
caja, atendiendo mis deseos, para que me diese el aire y enseñarme el paisaje, pero
sujetándome siempre fuertemente con ayuda de unos andadores. Atravesamos cinco o seis
ríos por gran modo más anchos y más profundos que el Nilo o el Ganges, y apenas había
algún riachuelo tan chico como el Támesis por London Bridge. Empleamos diez semanas
en el viaje, y fuí enseñado en dieciocho grandes poblaciones, aparte de muchas aldeas y
familias particulares.
El 26 de octubre llegamos a la metrópoli, llamada en la lengua de ellos Lorbrulgrud, o
sea Orgullo del Universo. Mi amo tomó un alojamiento en la calle principal de la
población, no lejos del palacio real, y publicó carteles en la forma acostumbrada, con una
descripción exacta de mi persona y mis méritos. Alquiló un aposento grande, de tres o
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cuatrocientos pies de ancho. Puso una mesa de sesenta pies de diámetro, sobre la cual debía
yo desempeñar mi papel, y la cercó a tres pies del borde y hasta igual altura para evitar que
me cayese. Me enseñaban diez veces al día, con la maravilla y satisfacción de todo el
mundo. A la sazón hablaba yo el idioma regularmente y entendía a la perfección palabra
por palabra todo lo que se me decía. Además había aprendido el alfabeto y a las veces podía
valerme para declarar alguna frase, pues Glumdalclitch me había dado lección cuando
estábamos en casa y en las horas de ocio durante nuestro viaje. Llevaba en el bolsillo un
librito, no mucho mayor que un Atlas de Sansón; era uno de esos tratados para uso de las
niñas, en que se daba una sucinta idea de su religión. Con él me enseñó las letras y el
significado de las palabras.
Capítulo 3
El autor, enviado a la corte. -La reina se lo compra a su amo y se lo regala al rey. Éste
discute con los grandes eruditos de Su Majestad. -En la corte se dispone un cuarto para el
autor. -Gran favor de éste con la reina. -Defiende el honor de su país natal. -Sus riñas con
el enano de la reina.
Los frecuentes trabajos que cada día había de sufrir me produjeron en pocas semanas un
quebrantamiento considerable en la salud. Cuanto más ganaba mi amo conmigo era más
insaciable. Yo había perdido por completo el estómago y estaba reducido casi al esqueleto.
El labrador lo notó, y suponiendo que había de morirme pronto resolvió sacar de mí todo lo
que pudiese. Mientras así razonaba y resolvía consigo mismo, un slardral, o sea un
gentilhombre de cámara, llegó de la corte y mandó a mi amo que me llevase a ella
inmediatamente para diversión de la reina y sus damas. Algunas de éstas habían estado a
verme ya y dado las más extraordinarias referencias de mi belleza, conducta y buen sentido.
Su Majestad la reina y quienes la servían quedaron por demás encantadas de mi
comportamiento. Yo me arrodillé y solicité el honor de besar su imperial pie; pero aquella
benévola princesa me alargó su dedo pequeño -luego que me hubieron subido a la mesa-,
que yo ceñí con ambos brazos y cuya punta llevé a mis labios con el mayor respeto. Me
hizo algunas preguntas generales acerca de mi país y de mis viajes, a las que yo contesté tan
claramente y en tan pocas palabras como pude. Me preguntó si me gustaría servir en la
corte. Yo me incliné hacia el tablero de la mesa y respondí humildemente que era el esclavo
de mi amo, pero, a poder disponer de mí mismo, tendría a gran orgullo dedicar mi vida al
servicio de Su Majestad. Entonces preguntó ella a mi amo si quería venderme a buen
precio. Él, que temía que yo no viviera un mes, se mostró bastante dispuesto a dehacerse de
mí y pidió mil piezas de oro, que al instante se dio orden de que le fuesen entregadas. Cada
pieza venía a ser del tamaño de ochocientos moidores; pero estableciendo la proporción de
todo entre aquel país y Europa, y aun habida cuenta del alto precio del oro allí, no llegaba a
ser una suma tan importante como mil guineas en Inglaterra. Acto seguido dije a la reina
que, puesto que ya era la más humilde criatura y el más humilde vasallo de Su Majestad,
me permitiese pedirle un favor, y era que admitiese a su servicio a Glumdalclitch, que
siempre había cuidado de mí con tanto esmero y amabilidad y sabía hacerlo tan bien, y
continuase siendo mi niñera y mi maestra. Su Majestad accedió a mi petición y fácilmente
obtuvo el consentimiento del labrador, a quien satisfacía que su hija fuera elevada a la
corte, y la pobre niña, por su parte, no pudo ocultar su contento. El que dejaba de ser mi
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amo se retiró y se despidió de mi, añadiendo que me dejaba en una buena situación, a lo
cual yo no respondí sino con una ligera reverencia.
Observó la reina mi frialdad, y cuando el labrador hubo salido de la estancia me
preguntó la causa. Claramente contesté a Su Majestad que yo no debía a mi antiguo amo
otra obligación que la de no haber estrellado los sesos a una pobre criatura inofensiva
encontrada en su campo por acaso, obligación que recompensaba ampliamente la ganancia
que había alcanzado enseñándome por la mitad del reino y el precio en que me había
vendido. Añadí que la vida que había llevado desde entonces era lo bastante trabajosa para
matar a un ser diez veces más fuerte que yo; que mi salud se había quebrantado mucho con
aquella continua y miserable faena de divertir a la gentuza a todas las horas del día, y que si
mi amo no hubiera supuesto que mi vida estaba en peligro, quizá no hubiese encontrado Su
Majestad tan buena ganga. Pero libre ya de todo temor de mal trato, bajo la protección de
tan grande y bondadosa emperatriz, adorno de la Naturaleza, predilecta del mundo, delicia
de sus vasallos, fénix de la creación, esperaba que los recelos de mi antiguo amo
aparecieran desprovistos de fundamento, pues ya sentía yo mis energías revivir bajo el
influjo de su muy augusta presencia.
Éste fue, en resumen, mi discurso, pronunciado con grandes incorrecciones y titubeos.
La última parte se ajustaba por completo al estilo peculiar de aquella gente, del que
Glumdalclitch me había enseñado algunas frases cuando me llevaba a la corte.
La reina, usando de gran benevolencia para mi hablar defectuoso, quedó, sin embargo,
sorprendida al ver tanto entendimiento y buen sentido en animal tan diminuto. Me tomó en
sus propias manos y me llevó al rey, que estaba retirado en su despacho. Su Majestad,
príncipe de mucha gravedad y austero continente, no apreciando bien mi forma a primera
vista, preguntó de modo frío a la reina desde cuándo se había aficionado a un splacknuck,
que tal debí de parecerle echado de boca en la mano derecha de Su Majestad. Pero la
princesa, que tenía grandísimas dotes de entendimiento y donaire, me puso suavemente de
pie sobre el escritorio y me mandó que diese a Su Majestad noticia de quién era, lo que hice
en muy pocas palabras, y Glumdalclitch -que aguardaba a la puerta del despacho, y, no
pudiendo sufrir que me hurtaran a su vista, fue autorizada para entrar- confirmó todo lo
sucedido desde mi llegada a casa de su padre.
El rey, aunque era persona instruida como la que más de sus dominios, y estaba educado
en el estudio de la Filosofía, y especialmente de las Matemáticas, cuando apreció mi forma
exactamente y me vio andar en dos pies, antes de que empezase a hablar, pensó que yo
podía ser un aparato de relojería -arte que ha llegado en aquel país a muy grande
perfección-, ideado por algún ingenioso artista. Pero cuando oyó mi voz y encontró lo que
hablaba lógico y racional, no pudo ocultar su asombro. En ningún modo se dio por
satisfecho con la relación que le hice acerca de cómo fue mi llegada a su reino, sino que la
juzgó una fábula urdida entre Glumdalclitch y su padre, que me habrían enseñado una serie
de palabras a fin de venderme a precio más alto. En esta creencia me hizo otras varias
preguntas, y de nuevo recibió respuestas racionales, sin otros defectos que los nacidos de un
acento extranjero y de un conocimiento imperfecto del idioma, con algunas frases rústicas
que había yo aprendido en casa del labrador, y que no se acomodaban al pulido estilo de
una corte.
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Su Majestad el rey envió a buscar a tres eminentes sabios que estaban de servicio
semanal, conforme es costumbre en aquel país. Estos señores, una vez que hubieron
examinado mi figura con toda minuciosidad, fueron de opiniones diferentes respecto de mí.
Convinieron en que yo no podía haber sido producido según las leyes regulares de la
Naturaleza, porque no estaba constituido con capacidad para conservar mi vida, ya fuese
por ligereza, ya por trepar a los árboles, ya por cavar hoyos en el suelo. Por mis dientes, que
examinaron con gran detenimiento, dedujeron que era un animal carnívoro; sin embargo,
considerando que la mayoría de los cuadrúpedos era demasiado enemigo para mí, y el ratón
silvestre, con algunos otros, demasiado ágil, no podían suponer cómo pudiera mantenerme,
a no ser que me alimentase de caracoles y varios insectos, que citaron, para probar, con mil
argumentos eruditos, que no me era posible hacerlo. Uno de aquellos sabios se inclinaba a
creer que yo era un embrión o un aborto; pero este juicio fue rechazado por los otros dos,
que hicieron observar que mis miembros eran acabados y perfectos, y que yo había vivido
varios años, como lo acreditaba mi barba, cuyos cañones descubrieron claramente con
ayuda de una lente de aumento. No admitieron que fuese un enano, porque mi pequeñez iba
más allá de toda comparación posible, ya que el enano favorito de la reina, que era el más
pequeño que jamás se conoció en aquel reino, tenía cerca de treinta pies de altura. Después
de mucho debatir, concluyeron, unánimes, que yo era, sencillamente, un relplum scalcatch,
lo que, interpretado literalmente, significa lusus naturæ, determinación en todo conforme
con la moderna filosofía de Europa, cuyos profesores, desdeñando el antiguo efugio de las
causas ocultas, con que los discípulos de Aristóteles trataban en vano de disfrazar su
ignorancia, han inventado esta solución para todas las dificultades que encuentra el
imponderable avance del humano conocimiento.
Después de esta decisiva conclusión, se me rogó que hablase alguna cosa. Me aproximé
al rey y aseguré a Su Majestad que yo procedía de un país que contaba varios millones de
personas de ambos sexos, todas de mi misma estatura, donde los animales, los árboles y las
casas estaban en proporción, y donde, por tanto, yo era tan capaz de defenderme y de
encontrar sustento como cualquier súbdito de Su Majestad pudiera serlo allí; lo que me
pareció cumplida respuesta a los argumentos de aquellos señores. A esto, ellos replicaron
sólo diciendo, con una sonrisa despreciativa, que el labrador me había enseñado la lección
muy bien. El rey, que tenía mucho mejor sentido, despidió a sus sabios y envió por el
labrador, que, afortunadamente, no había salído aún de la ciudad. Habiéndole primero
interrogado a solas, y luego confrontádole conmigo y con la niña, Su Majestad empezó a
creer que podía ser verdad lo que yo le había dicho. Encargó a la reina que mandase tener
especial cuidado de mí y fue de opinión de que Glumdalclitch continuara en su oficio de
guardarme, porque advirtió el gran afecto que nos dispensábamos. Se dispuso para ella en
la corte un alojamiento conveniente y se le asignó una especie de aya que cuidase de su
educación, una doncella para vestirla y otras dos criadas para los menesteres serviles; pero
mi cuidado se le encomendó a ella enteramente. La reina encargó a su mismo ebanista que
discurriese una caja tal que pudiese servirme de dormitorio, de acuerdo con el modelo que
conviniésemos Glumdalclitch y yo. Este hombre era un ingeniosísimo artista, y, siguiendo
mis instrucciones, en tres días me acabó un cuarto de madera de dieciséis pies en cuadro y
doce de altura, con ventanas de vidrieras, una puerta y dos retretes, como un dormitorio de
Londres. El tablero que formaba el techo podía levantarse y bajarse por medio de dos
bisagras para meter una cama dispuesta por el tapicero de Su Majestad la reina, y que
Glumdalclitch sacaba al aire todos los días, hacía con sus propias manos y volvía a entrar
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por la noche, después de lo cual cerraba el tejado sobre mí. Un excelente artífice, famoso
por sus caprichosas miniaturas, tomó a su cargo el hacerme dos sillas, cuyos respaldos y
palos eran de una materia parecida al marfil, y dos mesas, con un escritorio para meter mis
cosas. La habitación fue acolchada por todos sus lados, así como por el suelo y el techo, a
fin de evitar cualquier accidente causado por el descuido de quienes me transportasen y de
amortiguar la violencia de los vaivenes cuando fuese en coche. Pedí una cerradura para mi
puerta, a fin de impedir que entrasen las ratas y los ratones; el herrero, después de muchos
ensayos, hizo la más pequeña que nunca se había visto allí, pues yo mismo he encontrado
una más grande en la puerta de la casa de un caballero en inglaterra. Me di trazas para
guardarme la llave en uno de los bolsillos, por miedo de que Glumdalclitch la perdiese.
Asimismo encargó la reina que se me hiciese ropa de las sedas más finas que pudieran
encontrarse, que no eran mucho más finas que una manta inglesa y que me incomodaron
mucho hasta que me acostumbré a llevarlas. Me vistieron a la usanza del reino, en parte
semejante a la persa, en parte a la china, y que es un vestido muy serio y decente.
La reina se aficionó tanto a mi compañía, que no se hacían a comer sin mí. Me pusieron
una mesa sobre aquella misma en que comía Su Majestad y junto a su codo izquierdo, y una
silla para sentarme. Glumdalclitch se subía de pie en una banqueta puesta en el suelo para
servirme y cuidar de mí. Yo tenía un juego completo de platos y fuentes de plata y otros
útiles, que en proporción a los de la reina no eran mucho mayores que los que suelen verse
del mismo género en cualquier tienda de juguetes de Londres para las casas de muñecas.
Todos los guardaba en su bolsillo mi pequena niñera dentro de una caja de plata, y ella me
los daba en las comidas conforme los necesitaba, siempre limpiándolos ella misma. Nadie
comía con la reina más que las dos princesas reales: la mayor, de dieciséis años, y la menor,
de trece y un mes entonces. Su Majestad solía poner en uno de mis platos un poquito de
comida, del cual yo cortaba y me servía, y era su diversión verme comer en miniatura.
Porque la reina -que por cierto tenía un estómago muy débil- tomaba de un bocado tanto
como una docena de labradores ingleses pudiera comer en una asentada, lo que para mi fue
durante algún tiempo un espectáculo repugnante. Trituraba entre sus dientes el ala de una
calandria, con huesos y todo, aunque era nueve veces mayor que la de un pavo crecido, y se
metía en la boca un trozo de pan tan grande como dos hogazas de doce peniques. Bebía en
una copa de oro sobre sesenta galones de un trago. Sus cuchillos eran dos veces tan largos
como una guadaña puesta derecha, con su mango. Cucharas, tenedores y demás
instrumentos guardaban la misma proporción. Recuerdo que cuando Glumdalclitch, por
curiosidad, me llevó a ver una de las mesas de la corte, donde se levantaban a la vez diez o
doce de aquellos enormes tenedores y cuchillos, pensé no haber asistido en mi vida a un
espectáculo tan terrible.
Es costumbre que todos los viernes -que, como ya he advertido, son sus sábados-, la
reina y el rey, con su real descendencia de ambos sexos, coman juntos en la estancia de Su
Majestad el rey, de quien yo era ya gran favorito; y en estas ocasiones mi sillita y mi mesita
eran colocadas a su izquierda, delante de uno de los saleros. Este príncipe gustaba de
conversar conmigo preguntándome acerca de las costumbres, la religión, las leyes, el
gobierno y la cultura de Europa, de lo que yo le daba noticia lo mejor que podía. Su
percepción era tan clara y su discernimiento tan exacto, que hacía muy sabias reflexiones y
observaciones sobre todo lo que yo decía; pero no debo ocultar que cuando me hube
excedido un poco hablando de mi amado país, de nuestro comercio, de nuestras guerras por
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tierra y por mar y de nuestros partidos políticos, los prejuicios de educación pesaron tanto
en él, que no pudo por menos de cogerme en su mano derecha, y acariciándome
suavemente con la otra, después de un acceso de risa, preguntarme si yo era Whig o Tory.
Luego, volviéndose a su primer ministro -que detrás de él daba asistencia, en la mano su
bastón blanco, casi tan alto como el palo mayor del Royal Sovereign-, observó cuán
despreciable cosa eran las grandezas humanas, que podían imitarse por tan diminutos
insectos como yo; «y aun apostaría -dijo- que estas criaturas tienen sus títulos y
distinciones, discurren nidos y madrigueras que llaman casas y ciudades, se preocupan de
vestidos y trenes, aman, luchan, disputan, defraudan y traicionan». Y así continuó, mientras
a mí, de indignación, un color se me iba y otro se me venía viendo a nuestra noble nación,
maestra en las artes y en las armas, azote de Francia, árbitro de Europa, asiento de la
piedad, la virtud, el honor y la verdad, orgullo y envidia del mundo, con tal desprecio
tratada.
Pero como yo no estaba en situación de sentir injurias, después de maduras reflexiones
empecé a dudar si había sido injuriado o no, pues, acostumbrado ya por varios meses de
residencia a la vista y al trato de aquellas gentes y encontrando todos los objetos que a mis
ojos se ofrecían de magnitud proporcionada, el horror que al principio me inspiraron tales
seres por su corpulencia y aspecto desapareció hasta tal punto, que si hubiera mirado
entonces una compañía de lores y damas ingleses, con sus adornados vestidos de fiesta,
representando del modo más cortesano sus respectivos papeles, contoneándose, haciendo
reverencias y parloteando, en verdad digo que me hubiesen dado grandes tentaciones de
reírme de ellos, tanto como el rey y sus grandes se reían de mí. Y a buen seguro que
tampoco podía evitar el reírme de mí mismo cuando la reina, como solía, me colocaba
sobre su mano ante un espejo, con lo que nuestras dos personas se presentaban juntas a mi
vista por entero; y no podía darse nada más ridículo que la comparación, al extremo de que
yo realmente comencé a imaginar que había disminuido con mucho por bajo de mi tamaño
corriente.
Nada me enfurecía y mortificaba tanto como el enano de la reina, el cual, siendo de la
más baja estatura que nunca se vio en aquel país -pues, en verdad, creo que no llegaba a los
treinta pies-, se tornó insolente al ver una criatura tan por bajo de él, de modo que siempre
hacía el baladrón y el buen mozo al pasar por mi lado en la antecámara cuando yo estaba de
pie en alguna mesa hablando con los caballeros y las damas de la corte, y rara vez dejaba de
soltar alguna palabra punzante a propósito de mi pequeñez, de lo cual sólo podía vengarme
llamándole hermano, desafiándole a luchar y con las agudezas acostumbradas en labios de
los pajes de corte. Un día, durante la comida, este cachorro maligno estaba tan amostazado
por algo que le había dicho yo, que, subiéndose al palo de la silla de Su Majestad la reina,
me cogió por mitad del cuerpo, conforme yo estaba sentado, totalmente desprevenido, y me
echó dentro de un gran bol de plata lleno de crema, y luego escapó a todo correr. Caí de
cabeza, y a no ser un buen nadador lo hubiera pasado muy mal, pues Glumdalclitch estaba
en aquel momento al otro extremo de la habitación, y la reina se aterrorizó de modo que le
faltó presencia de ánimo para auxiliarme. Pero mi pequeña niñera corrió en mi auxilio y me
sacó cuando ya había tragado más de media azumbre de crema. Me llevaron a la cama, y se
vio que, por mi fortuna, no había recibido otro daño que la pérdida de un traje, que quedó
completamente inservible. El enano fue bravamente azotado y, como añadidura, obligado a
beberse el bol de crema en que me había arrojado, y nunca más recobró su favor, pues poco
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después la reina lo regaló a una dama de mucha calidad. Así que no volví a verle, con gran
satisfacción mía, pues no sé decir a qué extremo hubiese llevado su resentimiento este
bribón endemoniado.
Ya antes me había jugado una mala pasada, que hizo reir a la reina, aunque al mismo
tiempo se disgustó tan profundamente que estuvo a punto de despedirle, y sin duda lo
hubiese hecho a no ser yo lo bastante generoso para interceder. Su Majestad la reina se
había servido un hueso de tuétano, y cuando hubo sacado éste volvió a poner el hueso en la
fuente derecho como antes estaba. El enano, acechando una oportunidad, mientras
Glumdalclitch iba al aparador, se subió en la banqueta en que ella se ponía de pie para
cuidar de mí durante las comidas, me levantó con las dos manos y, apretándome las piernas
una contra otra, me las encajó dentro del hueso de tuétano, donde entré hasta más arriba de
la cintura y quedé como hincado un rato, haciendo muy ridícula figura. Supongo que pasó
cerca de un minuto primero que nadie supiese adónde había ido a parar, porque gritar
entendí que hubiera sido rebajamiento. Pero como los príncipes casi nunca toman la comida
caliente, no se me escaldaron las piernas, y sólo mis medias y mis calzones quedaron en
poco limpia condición. El enano, gracias a mis súplicas, no sufrió otro castigo que unos
buenos azotes.
La reina se reía frecuentemente de mí por causa de mi cobardía, y acostumbraba
preguntarme si la gente de mi país era toda tan cobarde como yo. Uno de los motivos fue
éste: el reino se infesta de mosquitos en verano, y estos odiosos insectos, cada uno del
tamaño de una calandria de Dunstable, no me daban punto de reposo cuando estaba sentado
a la mesa, con su continuo zumbido alrededor de mis orejas. A veces se me paraban en la
comida; otras se me ponían en la nariz o en la frente, donde su picadura me llegaba a lo
vivo, despidiendo malísimo olor, y me era fácil seguir el trazo de esa materia viscosa, que,
según nos enseñan nuestros naturalistas, permite a estos animales andar por el techo con las
patas hacia arriba. Pasaba yo gran trabajo para defenderme de estos bichos detestables y no
podía dejar de estremecerme cuando se me venían a la cara. El enano había cogido la
costumbre de cazar con la mano cierto número de estos insectos, como hacen nuestros
colegiales, y soltármelos de repente debajo de la nariz, de propósito para asustarme y
divertir a la reina. Mi remedio era destrozarlos con mi navaja conforme iban volando por el
aire, ejercicio en que se admiraba mucho mi destreza.
Recuerdo que una mañana en que Glumdalclitch me había puesto dentro de mi caja en
una ventana, como tenía costumbre de hacer los días buenos, para que me diese el aire -
pues yo no me atrevía a consentir que colgaran la caja en un clavo por fuera de la ventana,
al modo en que nosotros colgamos las jaulas en Inglaterra-, cuando había corrido una de
mis vidrieras y sentádome a mi mesa para comer un pedazo de bollo como desayuno, más
de veinte avispas, atraídas por el olor, entraron en mi cuarto volando con zumbido más
fuerte que el que hicieran los roncones de otras tantas gaitas. Algunas me cogieron el bollo
y se lo llevaron a pedazos; otras me revoloteaban alrededor de la cabeza y la cara,
aturdiéndome con sus ruidos y poniendo en mi ánimo el mayor espanto con sus aguijones.
Sin embargo, tuve valor para levantarme y sacar el alfanje y atacarlas en su vuelo.
Despaché cuatro; las demás huyeron y yo cerré en seguida la ventana. Estos insectos eran
grandes como perdices; les arranqué los aguijones, que hallé ser de pulgada y media de
largo y agudos como agujas. Los conservé cuidadosamente, y después de haberlos
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enseñado con algunas otras curiosidades en diferentes partes de Europa, cuando volví a
Inglaterra hice donación de tres al Colegio de Gresham y guardé el cuarto para mí.
Capítulo 4
Descripción del país. -Una proposición de que se corrijan los mapas modernos. -El palacio
del rey y alguna referencia de la metrópoli. -Modo de viajar del autor. -Descripción del
templo principal.
Quiero ofrecer al lector ahora una corta descripción de este país, en cuanto yo viajé por
él, que no pasó de dos mil millas en contorno de Lorbrulgrud, la metrópoli; pues la reina, a
cuyo servicio seguí siempre, nunca iba más lejos cuando acompañaba al rey en sus viajes, y
allí permanecía hasta que Su Majestad volvía de visitar las fronteras. La total extensión de
los dominios de este príncipe alcanzaba unas seis mil millas de longitud y de tres a cinco
mil de anchura, por donde no tengo más remedio que deducir que nuestros geógrafos de
Europa están en un gran error al suponer que sólo hay mar entre el Japón y California.
Siempre fuí de opinión de que debía de haber un contrapeso de tierra que hiciese equilibrio
con el gran continente de Tartaria; y ahora deben corregirse los mapas y cartas añadiendo
esta vasta región de tierra a la parte noroeste de América, para lo cual yo estoy dispuesto a
prestar mi ayuda.
El reino es una península limitada al Norte por una cadena de montañas de treinta millas
de altura, que son por completo infranqueables a causa de los volcanes que hay en las
cimas. No sabe el más culto qué clases de mortales viven del otro lado de aquellas
montañas, ni si hay o no habitantes. Por los otros tres lados, la península confina con el
mar. No hay un solo puerto en todo el litoral, y aquellas partes de las costas por donde
vierten los ríos están de tal modo cubiertas de rocas puntiagudas, y el mar tan alborotado de
ordinario, que aquellas gentes no pueden arriesgarse en el más pequeño de sus botes, y, así,
viven imposibilitadas de todo comercio con el resto del mundo. Pero los grandes ríos están
llenos de embarcaciones y abundan en pesca excelente. Rara vez pescan en el mar, porque
los peces marinos tienen el mismo tamaño que en Europa, y, por lo tanto, no merecen para
ellos la pena de cogerlos. Por donde resulta indudable que la Naturaleza ha limitado por
completo la producción de plantas y animales de volumen tan extraordinario a este
continente, por razones cuya determinación dejo a los filósofos. Sin embargo, alguna que
otra vez cogen una ballena que aconteció estrellarse contra las rocas y que la gente
ordinaria come con deleite. He visto algunas de estas ballenas tan grandes que apenas podía
llevarlas a costillas un hombre, y a veces, como curiosidad, las transportan a Lorbrulgrud
en cestos. He visto una en una fuente en la mesa del rey, que se tenía por excepcionalmente
grande; pero a él no pareció gustarle mucho, sin duda porque le desagradaba su grandeza,
aunque yo he visto una algo mayor en Groenlandia.
El país está bastante poblado, pues contiene cincuenta y una ciudades, cerca de cien
poblaciones amuralladas y gran número de aldeas. Para satisfacer al lector curioso bastará
con que describa Lorbrulgrud. Esta ciudad se asienta sobre dos extensiones casi iguales,
una a cada lado del río que la atraviesa. Tiene más de ocho mil casas y unos seiscientos mil
habitantes. Mide a lo largo tres glamglus -que viene a ser unas cincuenta y cuatro millas
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inglesas- y dos y media a lo ancho, según medí yo mismo sobre el mapa real hecho por
orden del rey, y que, para mi servicio, fue extendido en el suelo, que cubría en un centenar
de pies; anduve varias veces descalzo el diámetro y la circunferencia, y haciendo el debido
cómputo por medio de la escala lo medí con bastante exactitud.
El palacio del rey no es un edificio regular, sino un conjunto de edificaciones que
abarcan unas siete millas en redondo. Las habitaciones principales tienen, por regla general,
doscientos cincuenta pies de alto, y anchura y longitud proporcionadas. Se nos asignó un
coche a Glumdalclitch y a mí, en el cual su aya la sacaba frecuentemente a ver la población
o recorrer los comercios, y yo siempre era de la partida, metido en mi caja, aunque la niña,
a petición mía, me sacaba a menudo y me tenía en la mano, para que pudiese mirar mejor
las casas y la gente cuando íbamos por las calles. Calculé que nuestro coche sería como una
nave de Westminster Hall, pero algo menos alto, aunque no respondo de que el cálculo sea
muy puntual. Un día, el aya mandó al cochero que se detuviese frente a varios comercios,
donde los mendigos, que acechaban la oportunidad, se agolparon a los lados del coche y
presentaron ante mí el espectáculo más horrible que se haya ofrecido a ojos europeos.
Además de la caja grande en que me llevaban corrientemente, la reina encargó que se
me hiciese otra más pequeña, de unos doce pies en cuadro y diez de altura, para mayor
comodidad en los viajes, pues la otra resultaba algo grande para el regazo de Glumdalclitch
y embarazosa en el coche. La hizo el mismo artista, a quien yo dirigí en todo el proyecto.
Este gabinete de viaje era un cuadrado perfecto, con una ventana en medio de cada uno de
tres de los lados, y las ventanas enrejadas con alambre por fuera, a fin de evitar accidentes
en los viajes largos. En el lado que no tenía ventana se fijaron dos fuertes colgaderos, por
los cuales la persona que me llevaba, cuando me ocurría ir a caballo, pasaba un cinturón de
cuero, que luego se ceñía. Éste era siempre menester encomendado a algún criado juicioso
y fiel en quien se pudiese confiar, tanto que yo acompañase al rey y a la reina en sus
excursiones, como que fuese a ver los jardines o a visitar a alguna dama principal o algún
ministro, si acaso Glumdalclitch no se encontraba bien; pues advierto que muy pronto
empecé a ser conocido y estimado de los más altos funcionarios, supongo que más por
razón del favor que me dispensaban Sus Majestades que por mérito propio alguno. En los
viajes, cuando me cansaba del coche, un criado a caballo sujetaba mi caja a la cintura y la
descansaba en un cojín delante de él, y desde allí gozaba yo una amplia perspectiva del
terreno por los tres lados que tenía ventana. Llevaba en este cuartito una cama de campaña
y una hamaca pendiente del techo, y dos sillas y una mesa fuertemente atornilladas al suelo,
para impedir que las sacudiese el movimiento del caballo o del coche. Y como estaba de
tiempo acostumbrado a las travesías, esta agitación, aunque muy violenta a veces, no me
descomponía gran cosa.
Siempre que sentía deseo de ver la población, me llevaba en mi cuarto de viaje, puesto
en su regazo, Glumdalclitch, quien iba en una especie de silla de mano descubierta, al uso
del país, transportada por cuatro hombres y asistida por otros dos con la librea de la reina.
La gente, que con frecuencia oía hablar de mí, se agolpaba curiosa en torno de la silla, y la
niña era lo bastante complaciente para detener a los portadores y tomarme en la mano a fin
de que se me pudiera ver con más comodidad.
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Tenía yo mucha gana de conocer el templo principal, y particularmente su torre que
pasaba por la más alta del reino. En consecuencia, me llevó un día mi niñera; pero puedo en
verdad decir que volví desencantado, porque la altura no excede de tres mil pies, contando
desde el suelo al último chapitel, lo que, dada la diferencia de tamaño entre aquellas gentes
y nosotros los europeos, no es motivo de gran asombro, ni llega, en proporción, si no
recuerdo mal, a la torre de Salisbury. Mas, para no desprestigiar una nación a la que por
toda mi vida me reconoceré obligado en extremo, he de conceder que esta famosa torre, lo
que no tiene de altura lo tiene de belleza y solidez, pues los muros son de cerca de cien pies
de espesor, y están hechos de piedra tallada -cada una de las cuales tiene unos cuarenta pies
en cuadro-, y adornados por todas partes con estatuas de dioses y emperadores, esculpidas
en mármol, de más que tamaño natural. Medí un dedo meñique que se le había caído a una
de las estatuas y pasaba inadvertido entre un poco de broza, y encontré que tenía justamente
cuatro pies y una pulgada de longitud. Glumdalclitch lo envolvió en su pañuelo y se lo
llevó a casa en el bolsillo, para guardarlo con otras chucherías a las que la niña era muy
aficionada, como es corriente en los chicos de su edad.
La cocina del rey es, a no dudar, un hermoso edificio, terminado en bóveda y de unos
seiscientos pies de alto. El horno grande no llega en anchura a la cúpula de San Pablo, que
es diez pasos mayor, pues de propósito medí ésta a mi regreso. Pero si fuese a describir
aquellas parrillas, aquellas prodigiosas marmitas y calderas, aquellos cuartos de carne
dando vueltas en los asadores, y otros muchos detalles, es posible que no se me diera
crédito, o, por lo manos, una crítica severa se inclinaría a pensar que yo exageraba un poco,
como se sospecha que hacen frecuentemente los viajeros. Por evitar esta censura, creo
haber incurrido excesivamente en el extremo contrario, y que si el presente estudio viniera
a ser traducido al idioma de Brobdingnag -que éste es el nombre de aquel reino-, y llevado
allí, lo mismo el rey que su pueblo tendrían razón para quejarse de que yo les había
ofendido con una pintura falsa y diminutiva.
Su Majestad rara vez guarda en sus caballerizas más de seiscientos caballos, que tienen,
por regla general, de cincuenta y cuatro a sesenta pies de altura. Pero cuando sale en días
solemnes le da escolta una guardia miliciana de quinientos caballos, que yo tuve, sin duda,
por el más espléndido espectáculo que pudiera presenciarse, hasta que vi a parte de su
ejército en orden de batalla. De lo que ya tendré ocasión de hablar.
Capítulo 5
Varias aventuras sucedidas al autor. -La ejecución de un criminal. -El autor descubre su
conocimiento de la navegación.
Hubiera vivido bastante feliz en aquella tierra si mi pequeñez no me hubiese expuesto a
diversos accidentes molestos y ridículos, algunos de los cuales me atreveré a relatar.
Glumdalclitch me llevaba a menudo a los jardines de palacio en mi caja pequeña, y a veces
me sacaba de ella y me tenía en la mano o me bajaba al suelo para que paseara. Recuerdo
que un día el enano, antes de perder la privanza de la reina, nos seguía por aquellos
jardines, y habiéndome dejado mi niñera en el suelo y estando juntos él y yo cerca de unos
manzanos enanos, quise hacer gala de mi ingenio con una alusión inocente al parecido entre
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él y los árboles, cuyas denominaciones se relacionan entre sí en aquel idioma, como sucede
en el nuestro. Por este motivo, acechando el desalmado bribón la oportunidad cuando
pasaba yo por debajo de uno de los árboles lo sacudió sobre mi cabeza, con lo que una
docena de manzanas, del tamaño de un barril de Brístol cada una, se vinieron abajo,
saludándome los oídos. Una de ellas me alcanzó en las espaldas cuando estaba inclinado y
me derribó de boca cuan largo soy; pero no recibí mayor daño, y el enano obtuvo el perdón
a ruego mío, ya que la provocación había partido de mí.
Otro día Glumdalclitch me dejó en un césped suave para que me esparciese, mientras
ella paseaba con su aya a alguna distancia. En esto se desencadenó de repente tan violenta
granizada, que su fuerza me derribó en tierra; y, ya caído, los granizos me molieron todo el
cuerpo tan cruelmente como si me hubieran lanzado pelotas de tennis; me las arreglé, sin
embargo, para arrastrarme a cuatro pies y resguardarme, acostándome boca abajo a lo largo
de la banda de sotavento de un lomo cubierto de tomillo; pero tan maltrecho de pies a
cabeza, que no pude salir en diez días. Y no hay que asombrarse de ello, porque la
Naturaleza en aquel país observa proporción en todas sus manifestaciones; un granizo de
aquéllos es casi dieciocho veces más grande que uno de Europa, lo que puedo afirmar
apoyado en la experiencia, ya que tuve la curiosidad de pesarlos y medirlos.
Pero aun me aconteció un accidente más peligroso en aquel mismo jardín, en ocasión de
haberse retirado mi niñera a otra parte de él con su aya y algunas damas amigas, creyendo
dejarme en lugar seguro -lo que con frecuencia le suplicaba que hiciese, para recrearme a
solas con mis pensamientos- y de haberse dejado en casa mi caja para evitarse la molestia
de llevarla. Lejos Glumdalclitch, donde yo no la veía ni podía llegar hasta ella mi voz, un
sabuesillo blanco, propiedad del jardinero, que por casualidad había entrado en el jardín,
acertó a pasar cerca del sitio en que me hallaba. El perro, siguiendo el rastro, se vino
derecho a mí, y cogiéndome con la boca corrió a su amo moviendo la cola y me dejó
suavemente en el suelo. Por suerte le habían adiestrado tan bien, que fuí transportado entre
sus dientes sin sufrir el daño más ligero, ni siquiera desgarramiento de ropa; pero el infeliz
jardinero, que me conocía sobradamente y sentía gran afecto por mí, se llevó un susto
terrible. Me levantó suavemente en ambas manos y me preguntó si me había pasado algo;
pero estaba yo tan pasmado y sin aliento, que no le pude responder palabra. A los pocos
minutos volví en mí y él me llevó indemne a mi niñera, quien, en tanto, había vuelto al sitio
en que me dejara, y, no hallándome ni obteniendo respuesta a sus llamadas, estaba en
mortales angustias. Amonestó al jardinero severamente por lo que su perro había hecho;
mas la cosa se ocultó y jamás se supo en la corte, pues la niña temía el enfado de la reina, y
en cuanto a mí he de decir francamente que pensé que no haría ningún provecho a mi fama
que se extendiera semejante historia.
Este accidente determinó a Glumdalclitch a no perderme de vista en lo sucesivo cuando
saliésemos. Llevaba yo mucho tiempo temiendo esta resolución, y, en consecuencia, le
había ocultado a ella algunas pequeñas aventuras desgraciadas que me habían ocurrido en
aquellos tiempos en que me abandonaban a mí mismo. Una vez, un gatito que rondaba por
el jardín saltó sobre mí, y, a no haber yo sacado resueltamente mi alfanje y precipitádome
bajo una tupida espaldera, de seguro que me hubiera arrebatado en sus garras. En otra
ocasión, subiendo por el montoncillo de arena que un topo acababa de formar escarbando,
caí de cabeza en el hoyo que el animal había cavado, y tuve que inventar una mentira, que
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no merece la pena de recordar, para disculparme de haberme estropeado el vestido.
También me rompí la espinilla derecha contra la concha de un caracol con que tropecé un
día que paseaba solo, pensando en la pobre Inglaterra.
No sé qué era más grande, si mi complacencia o mi mortificación al observar en
aquellos paseos solitarios que los pájaros más pequeños no mostraban miedo ninguno de
mí; antes bien, brincaban a mi alrededor a una yarda de distancia, buscando gusanos y otras
cosas que comer, con la misma indiferencia y seguridad que si no hubiera ser ninguno junto
a ellos. Recuerdo que un tordo se tomó la libertad de arrebatarme de la mano con el pico un
trozo de bollo que Glumdalclitch acababa de darme para desayuno. Cuando intentaba coger
alguno de estos pájaros, se me revolvían fieramente, tirándome picotazos a los dedos, que
yo cuidaba de no poner a su alcance, y luego, con toda despreocupación, seguían saltando a
caza de gusanos y caracoles, como antes. Un día, sin embargo, cogí un buen garrote y se lo
tiré con toda mi fuerza y tan certeramente a un pardillo, que lo tumbé del golpe,
y,cogiéndole por el cuello con las dos manos, corrí a mi niñera llevándolo en triunfo. Pero
el pájaro que sólo había quedado aturdido, se recobró y me dio tantos golpes con las alas a
ambos lados de la cabeza y del cuerpo, que, aun cuando lo mantenía apartado con los
brazos extendidos y estaba fuera del alcance de sus garras, veinte veces estuve por dejarle
escapar. Mas pronto vino en mi auxilio uno de nuestros criados, que retorció al pájaro el
pescuezo, y al día siguiente me lo dieron para almorzar por orden de la reina. Este pardillo,
por lo que recuerdo, venía a ser algo mayor que un cisne de Inglaterra.
Un día, un joven caballero, sobrino del aya de mi niñera, vino e invitó a las dos
insistentemente a que fuesen a ver una ejecución: la de un hombre que había asesinado
precisamente a uno de los amigos íntimos de aquel caballero. A Glumdalclitch la
convencieron para que fuese de la partida, muy contra su inclinación, porque era
naturalmente compasiva; y por lo que a mí toca, aunque aborrezco esta naturaleza de
espectáculos, me tentaba la curiosidad de ver una cosa que suponía que debía de ser
extraordinaria. El malhechor fue sujeto a una silla en un cadalso levantado al efecto y le
cortaron la cabeza de un tajo con una espada de cuarenta pies de largo aproximadamente.
Las venas y arterias arrojaron tan prodigiosa cantidad de sangre y a tal altura, que el gran
jeu d'eau de Versalles no se le igualaba mientras duró; y la cabeza, al caer, dio contra el
piso del cadalso un golpazo tan grande, que me hizo estremecer, aunque estaba yo, por lo
menos, a media milla inglesa de distancia.
La reina, que solía oírme hablar de mis viajes marítimos y no dejaba ocasión de
divertirme cuando me veía melancólico, me preguntó si sabía manejar una vela o un remo y
si no me sería conveniente para la salud un poco de ejercicio de boga. Le respondí que
ambas cosas se me entendían muy bien, pues aunque mi verdadera profesión había sido la
de médico o doctor del barco, muchas veces, en casos de apuro, me había visto obligado a
trabajar como un marinero más. Pero no veía yo cómo podría hacer esto en su país, donde
el más pequeño esquife era igual que uno de nuestros buques de guerra de primera
categoría, y en cuyos ríos no podría resistir un bote tal como yo lo necesitaba para
manejarlo. Su Majestad dijo que si yo ideaba un bote, su propio carpintero lo haría y ella
buscaría un sitio donde yo pudiese navegar. El hombre era obrero hábil, y, siguiendo mis
instrucciones, en diez días acabó un bote de recreo con todo su aparejo muy suficiente para
ocho europeos. Cuando estuvo acabado le gustó tanto a la reina, que lo llevó corriendo en
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su falda al rey, quien ordenó que lo pusieran en una cisterna llena de agua, conmigo dentro,
a manera de ensayo; no pude usar mis remos cortos allí por falta de espacio. Pero la reina
había de antemano forjado otro proyecto; mandó al carpintero que hiciese una artesa de
madera de trescientos pies de largo, cincuenta de ancho y ocho de fondo, la cual, bien
embreada para que no se saliese el agua, fue puesta en el suelo, pegada a la pared, en una
habitación exterior del palacio. Tenía la artesa cerca del fondo un grifo para sacar el agua
cuando llevaba echada mucho tiempo, y dos criados podían llenarla sin trabajo en media
hora. Allí solía yo remar para mi propia distracción, así como para la de la reina y sus
damas, que se complacían mucho en mi destreza y agilidad. A veces largaba la vela, y
entonces mi tarea consistía solamente en gobernar cuando las damas me mandaban viento
fresco con los abanicos, y cuando se cansaban ellas, algún paje me empujaba la vela con su
aliento, mientras yo mostraba mi arte gobernando a babor, o a estribor, según quería.
Cuando terminaba, Glumdalclitch volvía a llevarse el bote a su gabinete y allí lo colgaba de
un clavo para que se secase.
Practicando este ejercicio me ocurrió una vez un accidente que en nada estuvo que me
costara la vida. Fue que, habiendo echado uno de los pajes mi bote en la artesa, el aya que
cuidaba de Glumdalclitch, muy oficiosamente, me levantó para meterme en el bote; pero
me aconteció escurrirme de entre sus dedos, e infaliblemente hubiese dado contra el suelo
desde cuarenta pies de altura si, por la más venturosa casualidad del mundo, no me hubiese
detenido un alfiler que la buena señora llevaba prendido en el peto; la cabeza del alfiler
vino a metérseme entre la camisa y la pretina de los calzones, y así quedé suspendido en el
aire por la mitad del cuerpo hasta que Glumdalclitch acudió en mi socorro.
Otra vez, uno de los criados, cuyo oficio era llenar mi artesa de agua limpia cada tres
días, tuvo el descuido de dejar que una rana enorme, por no haberla visto, se deslizase en el
cubo. La rana estuvo oculta hasta que me pusieron en el bote; pero entonces, advirtiendo un
lugar de descanso, trepó a él, y lo hizo inclinarse tanto de un costado, que tuve que
contrabalancear echando al otro todo el peso de mi cuerpo para impedir el vuelco. Cuando
la rana estuvo dentro, saltó de primera intención la mitad del largo del bote, y luego, por
encima de mi cabeza, de atrás adelante y al contrario, ensuciándome la cara y las ropas con
repugnante lodo. El grandor de sus miembros la hacía aparecer como el animal más
disforme que pueda concebirse. No obstante, pedí a Glumdalclitch que me dejase
habérmelas con ella solo. Durante un buen rato le sacudí con uno de los remos, y, por fin, la
forcé a saltar del bote.
Pero el mayor peligro en que me vi durante mi estancia en aquel reino fue debido a un
mono, propiedad de uno de los ayudantes de cocina. Me había encerrado Glumdalclitch en
su gabinete mientras ella salía a compras o de visita. Como hacía mucho calor, la ventana
del gabinete estaba abierta de par en par, así como las ventanas y puertas de mi caja grande,
en la cual ya habitaba frecuentemente a causa de su comodidad y amplitud. Estaba sentado
a la mesa meditando tranquilamente, cuando vi que algo se entraba de un salto por la
ventana de la habitación y daba brincos de un lado para otro. Aunque ello me alarmó en
extremo, me atreví a mirar hacia fuera, bien que sin moverme de mi asiento; y entonces vi
al revoltoso animal retozando y saltando de aquí para allí, hasta que por último se vino a mi
caja y la examinó con gran curiosidad y regocijo, atisbando por las puertas y las ventanas.
Me separé al ángulo más apartado de mi habitación, o sea de mi caja; pero el mono,
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mirando el interior por todas partes, me aterró de tal modo que me faltó presencia de ánimo
para esconderme debajo de la cama, como hubiera podido hacer fácilmente. Después de un
rato de husmeo, gesticulación y charla, me descubrió al fin, y metiendo por la puerta una de
las garras, como haría un gato que jugase con un ratón, aunque yo corría de un sitio a otro
para huirle, acabó por cogerme de la vuelta de la casaca -que, hecha de la seda de aquel
país, era muy gruesa y resistente- y me sacó. Me alzó con la mano derecha y me sujetó
como las nodrizas sujetan a los niños cuando van a darles de mamar y exactamente lo
mismo que yo había visto hacer en Europa a un animal de la misma clase con un gatito
pequeño. Intenté resistir; pero entonces me apretó tan fuerte, que tuve por lo más prudente
entregarme. Su frecuente acariciarme la cara con la mano de muy suave manera me hace
fundadamente suponer que me tomaba por un pequeño de su misma especie. Vino a
interrumpirle en estas diversiones un ruido hecho en la puerta del gabinete como por
alguien que la abriese, lo que le obligó a saltar bruscamente a la ventana por donde había
entrado, y de allí, a canalones y cañerías andando en tres pies y llevándome a mí en la otra
mano, hasta que se encaramó a un tejado próximo al nuestro. Yo oí que Glumdalclitch daba
un grito en el momento de sacarme el mono del cuarto. La pobre muchacha casi perdió el
sentido. Aquella parte del palacio era todo confusión; los criados corrieron a buscar
escaleras; cientos de personas de la corte miraban al mono, que, instalado en lo alto de un
edificio, me tenía como a un niño en una de sus patas delanteras y me daba de comer con la
otra, metiéndome a la fuerza en la boca comida que iba sacándose de una de las bolsas que
tienen a los lados de las quijadas estos animales, y cuando no quería comerlo me pegaba. A
la vista de esto no podía contener la risa mucha de la gente que había abajo, ni yo creo que
en realidad pueda censurársele por ello, pues, sin disputa, el espectáculo tenía que ser
bastante grotesco para cualquiera que no fuese yo. Algunas personas tiraron piedras con la
intención de hacer bajar al mono; pero se prohibió hacerlo rigurosamente, pues de otro
modo es casi seguro que me hubiesen destrozado la cabeza.
Se dispusieron las escaleras y subieron por ellas muchos hombres; el mono, en vista de
ello y encontrándose ya casi rodeado e incapaz de correr lo suficiente en tres pies, me soltó
en una teja acanalada y se puso en fuga. Allí quedé un rato, a quinientas yardas del suelo,
esperando a cada instante que el viento me echara abajo o caer desvanecido e ir a parar,
dando tumbos, desde el caballete al alero; pero un buen muchacho, lacayo de mi niñera,
trepó, y, metiéndome en la faltriquera de sus calzones, me bajó indemne.
Yo estaba casi ahogado con aquella asquerosidad que el mono me había embutido en la
garganta; pero mi querida niñera me lo sacó de la boca con una aguja fina y luego me vino
un vómito que me sirvió de gran alivio. Sin embargo, quedé tan débil y tan molido de pies a
cabeza con los estrujones que me dio aquel repugnante animal, que tuve que guardar cama
una quincena. El rey, la reina y toda la corte enviaban cada día a preguntar por mi salud, y
la reina me hizo durante mi enfermedad varias visitas. Se mató al mono y se dio orden de
que no se pudieran tener en todo el palacio semejantes animales.
Cuando, una vez restablecido, me presenté al rey para darle las gracias por sus favores,
él se dignó bromear grandemente con motivo de la aventura. Me preguntó qué
pensamientos y cálculos eran los míos cuando estaba en la garra del mono, qué tal me supo
la comida que me dio y si el aire fresco que corría por el tejado me había abierto el apetito.
Me interrogó también qué hubiera hecho en mi propio país en ocasión semejante. Yo dije a
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Su Majestad que en Europa no teníamos monos, aparte de los que se llevaban de otros sitios
por curiosidad, y éstos eran tan pequeños, que yo podía habérmelas con una docena a la vez
si acaso se les ocurriera atacarme. Y en cuanto a aquel monstruoso animal con quien había
tenido que vérmelas recientemente -y que era, sin duda, tan grande como un elefante-, si el
temor no me hubiese impedido caer en la cuenta de que podía utilizar mi alfanje -dije esto
con expresión fiera y golpeando con la mano la guarnición- cuando metió la garra en mi
cuarto, quizá le hubiese hecho herida tal que se hubiera tenido por muy contento con poder
retirarla más aprisa de lo que la había metido. Pero mi discurso no produjo otro efecto que
una fuerte risotada, que todo el respeto debido a Su Majestad no pudo contener en aquellos
que le daban asistencia. Esto me hizo reflexionar cuán vano intento es en un hombre el de
hacerse honor a sí mismo entre aquellos que están fuera de todo grado de igualdad o de
comparación con él. Y, sin embargo, he visto con gran frecuencia la moral de mi conducta
de entonces a mi regreso a Inglaterra, donde un belitre despreciable cualquiera, sin el menor
título por nacimiento, calidad, talento ni aun sentido común, se hace el importante y
pretende ser uno con las personas más altas del reino.
Cada día proporcionaba yo a la corte alguna historia ridícula, y Glumdalclitch, aunque
me quería hasta el exceso, era lo bastante pícara para enterar a la reina de cualquier
despropósito que yo hiciese si creía que podía servir de diversión a Su Majestad.
Capítulo 6
El autor se da maña por agradar al rey y a la reina. -Muestra su habilidad en la música. -
El rey se informa del estado de Europa, que el autor le expone. -Observaciones del rey.
Asistía yo una o dos veces en la semana al acto de levantarse el rey, y con frecuencia le
veía en manos de su barbero, lo que en verdad constituía al principio un espectáculo
terrible, pues la navaja era casi doble de larga que una guadaña corriente. Su Majestad,
según la costumbre del país, se afeitaba solamente dos veces a la semana. En una ocasión
pude convencer al barbero para que me diese parte de las jabonaduras, de entre las cuales
saqué cuarenta o cincuenta de los cañones más fuertes. Cogí luego un trocito de madera
fina y lo corté dándole la forma del lomo de un peine e hice en él varios agujeros a
distancias iguales con la aguja más delgada que pudo proporcionarme Glumdalclitch. Me di
tan buen arte para fijar en él los cañones, rayéndolos y afilándolos por la punta con mi
navaja, que hice un peine bastante bueno. Refuerzo muy del caso, porque el mío tenía las
púas rotas hasta el punto de ser casi inservible, y no conocía en el país artista tan delicado
que pudiera encargarse de hacerme otro.
Al mismo tiempo aquello me sugirió una diversión en que pasé muchas de mis horas de
ocio. Pedí a la dama de la reina que me guardara el pelo que Su Majestad soltase cuando se
la peinaba, y pasado algún tiempo tuve cierta cantidad. Consulté con mi amigo el ebanista,
que tenía orden de hacerme los trabajillos que necesitase, y le encargué la armadura de dos
sillas no mayores que las que tenía en mi caja y que practicara luego unos agujeritos con
una lezna fina alrededor de lo que había de ser respaldo y asiento. Por estos agujeros pasé
los cabellos más fuertes que pude hallar, al modo que se hace en las sillas de mimbres en
Inglaterra. Cuando estuvieron terminadas las regalé a Su Majestad la reina, quien las puso
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en su gabinete y las mostraba como una curiosidad; y, en efecto, eran el asombro de todo el
que las veía. Quiso la reina que yo me sentase en una de aquellas sillas; pero me negué
resueltamente a obedecerla, protestando que mejor moriría mil veces que colocar mi cuerpo
en aquellos cabellos preciosos que en otro tiempo adornaron la cabeza de Su Majestad. De
estos cabellos -como siempre tuve gran disposición para los trabajos manuales- hice
también una bonita bolsa de unos cinco pies de largo, con el nombre de Su Majestad en
letras de oro; bolsa que di a Glumdalclitch con permiso de la reina. A decir verdad, más era
de capricho que para uso, pues no era lo bastante fuerte para resistir el peso de las monedas
grandes, y, de consiguiente, Glumdalclitch sólo guardaba en ella algunas de esas chucherías
a que las niñas son tan aficionadas.
El rey, que amaba la música en extremo, daba frecuentes conciertos en la corte, a los
cuales me llevaban algunas veces. Me ponían dentro de mi caja, sobre una mesa, para que
la oyese; pero el ruido era tan grande, que apenas podía distinguir los tonos. Estoy seguro
de que todos los tambores y trompetas de un ejército real, batidos y tocadas al mismo
tiempo junto a las orejas no igualarían aquello. Mi práctica era hacer que quitasen la caja
del sitio en que estuvieran los ejecutantes y la llevasen lo más lejos posible, cerrar luego las
puertas y las ventanas de ella y echar las persianas; después de todo lo cual, encontraba
aquella música no del todo desagradable.
Yo había aprendido de joven a tocar un poco la espineta. Glumdalclitch tenía una en su
cuarto y dos veces por semana iba a enseñarle un profesor. Llamo a aquello una espineta
porque en cierto modo se parecía a este instrumento y se tocaba de la misma manera. Se me
ocurrió que yo podría entretener al rey y a la reina tocando en este instrumento una tonada
inglesa. Pero ello parecía extremadamente difícil porque la espineta tenía cerca de seis pies
de largo y cada tecla uno de anchura casi; así, con los brazos extendidos, no podía yo
abarcar arriba de cinco teclas, y para pulsarlas necesitaba dar un buen puñetazo, lo que
hubiera sido un trabajo demasiado grande y de ninguna utilidad. El método que imaginé fue
éste: hice dos palos redondos, del tamaño de dos buenos garrotes, más gruesos por un
extremo que por otro, y cubrí el lado más grueso con un trozo de piel de ratón, de modo que
al golpear con ellos no pudiese estropear las teclas ni apagar el sonido. Se colocó frente a la
espineta un banco que quedaba unos cuatro pies más bajo que el teclado, y sobre el banco
me pusieron a mí. Corría yo por encima, de costado, de acá para allá tan velozmente como
era posible, y de este modo me ingenié para tocar una jiga, con gran satisfacción de Sus
Majestades. Pero fue el ejercicio más violento a que me he entregado en mi vida, y aun así
no pude golpear más de dieciséis teclas, ni, desde luego, tocar a la vez los bajos y la voz
cantante, como hacen otros artistas, lo que fue en gran daño de mi ejecución.
El rey, que, como ya he consignado, era un príncipe de muy buen entendimiento,
ordenaba frecuentemente que me llevasen en mi caja y me pusieran sobre la mesa de su
gabinete; me mandaba luego que sacase de la caja una de las sillas y me sentase a unas tres
yardas de distancia en lo más alto del escritorio, con lo que me encontraba casi al nivel de
su cara. De este modo sostuve varias conversaciones con él. Un día me tomé la libertad de
decir a Su Majestad que el desprecio que mostraba hacia Europa y el resto del mundo no
parecía responder a las excelentes prendas de discreción que le distinguían; que la razón no
crece con el tamaño del cuerpo, sino, antes al contrario, se había observado en nuestro país
que las personas más altas están peor dotadas en este respecto. Añadí que, entre otros
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animales, las abejas y las hormigas tenían fama de más industriosas, hábiles y sagaces que
muchos de las especies mayores, y que, por insignificante que yo le pareciese, tenía la
esperanza de encontrar en mi vida ocasión de prestar a Su Majestad algún señalado
servicio. El rey me oyó con atención y empezó a concebir de mí un juicio mucho mejor del
que había tenido hasta entonces. Me pidió que le diese una referencia tan exacta como me
fuera posible del gobierno de Inglaterra; pues, aun siendo los príncipes, por regla general,
amantes de sus propias costumbres -así lo suponía el respeto de otros monarcas por
anteriores razonamientos míos-, le gustaría conocer alguna cosa que mereciera ser imitada.
Imagina por ti, cortés lector, las veces que deseé la lengua de Cicerón o de Demóstenes
para poder celebrar la fama de mi querido país natal en un estilo correspondiente a sus
méritos y bienaventuranzas. Empecé mi discurso por informar a Su Majestad de que
nuestros dominios consistían en dos islas que formaban tres poderosos reinos bajo un
soberano, aparte de nuestras colonias de América. Me detuve en ponderar la fertilidad de
nuestro suelo y la temperatura de nuestro clima. Hablé luego extensamente de la
constitución del Parlamento inglés, formado en parte por un cuerpo ilustre, llamado la
Cámara de los Pares, personas de sangre noble y de patrimonios los más antiguos e
importantes. Pinté el extraordinario cuidado que siempre se pone en su educación para las
artes y las armas, a fin de capacitarlos para ser consejeros a la vez del rey y del reino,
participar en la legislación, ser miembros del más alto tribunal de justicia -de cuyas
sentencias no puede apelarse- y ejercer de campeones siempre dispuestos a la defensa de su
príncipe y de su patria con su valor, conducta y fidelidad. Añadí que ellos eran el adorno y
el baluarte del reino, digna descendencia de sus afamados antecesores, que en ella veían
honradas las virtudes que siempre practicaron y de cuyo culto jamás sucedió que su
posteridad se apartase. A éstos se unían, como parte de la Asamblea, varios santos varones
que llevaban el título de obispos, y cuya misión particular era cuidar de la religión y de
quienes instruyen en ella a las gentes. Éstos eran buscados y descubiertos de un extremo a
otro de la nación por el príncipe y sus consejeros más sabios entre aquellos sacerdotes que
más merecidamente se hubiesen distinguido por la santidad de su vida y la profundidad de
su erudición, los cuales, por derecho indiscutible, eran los padres espirituales del clero y del
pueblo.
La otra parte del Parlamento la constituía una asamblea llamada Cámara de los
Comunes, cuyos miembros eran todos caballeros principales, libremente designados y
escogidos por el mismo pueblo, en razón de sus grandes talentos y de su amor al país, para
representar la sabiduría de la nación entera. Y ambos cuerpos constituían la más augusta
Asamblea de Europa, a la cual, en unión del rey, estaba encomendada la legislación.
Pasé luego a hablar de los tribunales de justicia, donde los jueces, aquellos venerables
sabios e intérpretes de la ley, presidían la determinación de los derechos de propiedad
disputados entre los hombres, así como el castigo del vicio y la protección de la inocencia.
Mencioné la prudente administración de nuestro tesoro; el valor y las hazañas de nuestras
fuerzas de mar y tierra. Hice un cómputo de nuestro número de habitantes, expresando
cuántos millones vienen a corresponder a cada secta y a cada partido político de los
nuestros. No omití siquiera nuestros deportes y pasatiempos, ni detalle ninguno que, a mi
juicio, pudiese redundar en honor de mi país. Terminé con una breve relación histórica de
los asuntos y acontecimientos de Inglaterra durante los últimos cien años.
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Esta conversación no llegó a su término en menos de cinco audiencias, de varias horas
cada una, y el rey lo oyó todo con gran atención, tomando con frecuencia notas de lo que yo
decía, así como memoranda de varias preguntas que se servía hacerme.
Cuando di fin a estos largos discursos, Su Majestad, en una sexta audiencia, consultando
sus notas, expuso numerosas dudas, preguntas y objeciones respecto de cada artículo. Me
interrogó qué métodos empleábamos para cultivar la inteligencia y el cuerpo de nuestros
jovenes de la nobleza y a qué clase de trabajos solían dedicarse durante aquel período de la
vida apropiado para la instrucción. Qué partido tomábamos para integrar aquella Asamblea
cuando se extinguía una familia noble. Qué condiciones eran necesarias a aquellos que se
nombraban nuevos lores, y si el humor de un príncipe, una cantidad de dinero dada a una
dama de la corte o a un primer ministro, o el propósito de reforzar un partido opuesto al
interés público, no venían nunca a ser motivos para estos ascensos. Hasta dónde llegaba el
conocimiento que tenían aquellos señores de las leyes de su país y cómo lo adquirían para
hacerlos capaces de decidir sobre las propiedades de sus compatriotas en último recurso. Si
vivían siempre tan libres de avaricia, parcialidades y ambiciones que el soborno o cualquier
otro designio siniestro no pudiera tener entre ellos lugar. Si aquellos santos varones de que
yo hablaba eran siempre elevados a tal rango por razón de sus conocimientos en materia
religiosa y de la santidad de su vida, y no habían sido nunca condescendientes con los
tiempos cuando eran simples sacerdotes, ni serviles y prostituidos capellanes de algún
noble cuyas opiniones siguieran, obedeciendo ruinmente después de admitidos en la
Asamblea.
Quiso conocer después qué sistemas empleábamos para elegir a aquellos a quienes yo
designaba por el nombre de Comunes; si un extraño con la bolsa llena no podría influir
sobre los votantes del vulgo para que le escogiesen por encima de su propio señor o del
caballero más importante del vecindario. Cómo era que la gente se sentía tan
poderosamente inclinada a entrar en esa asamblea aun a costa de las molestias y los gastos
enormes que yo había señalado, y que a menudo llegaban a arruinar a las familias
respectivas, sin recibir por ello salario ni pensión ninguna, pues esto suponía tan exaltado
extremo de virtud y espíritu público, que Su Majestad parecía temer que no siempre fuese
sincero. Y quería saber si tan celosos caballeros podían calcular indemnizarse de los gastos
y las molestias a que se entregaban sacrificando el bien público a los caprichos de un
príncipe vicioso en connivencia con un ministerio corrompido. Multiplicó su interrogatorio
y me sondeó y sonsacó en cada una de las partes de este capítulo, haciéndome innumerables
preguntas y objeciones que no juzgo discreto ni conveniente repetir.
En cuanto a lo que dije respecto a nuestros tribunales de justicia, Su Majestad solicitó
información sobre varios puntos, la que estaba yo tanto más capacitado para dar, cuanto que
en otro tiempo me había visto casi arruinado por un proceso en la chancillería, del que tuve
que pagar las costas. Me preguntó cuánto tiempo se tardaba generalmente en discernir la
razón de la sinrazón y qué gasto suponía; si los abogados y suplicantes eran libres de
defender causas manifiesta y reconocidamente injustas, vejatorias u opresivas; si se había
observado que algún partido, ya político, ya religioso, fuera de algún peso en la balanza de
la justicia; si los tales defensores eran personas instruidas en el general conocimiento de la
equidad o sólo en el derecho consuetudinario de la provincia, la nación o la localidad que
fuese; si ellos o sus jueces tenían alguna parte en la elaboración de aquellas leyes que se
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atribulan la libertad de interpretar y glosar a su antojo; si alguna vez habían sido, en
ocasiones distintas, defensores y acusadores de una misma causa y citado precedentes en
prueba de opiniones contradictorias; si constituían una corporación rica o pobre; si recibían
alguna recompensa pecuniaria por pleitear y exponer sus opiniones, y particularmente si
alguna vez eran admitidos como miembros en la baja Cámara.
La tomó luego con la administración de nuestro tesoro, y dijo que, sin duda, a mí me
había flaqueado la memoria, por cuanto calculé nuestras rentas en unos cinco o seis
millones al año, y cuando hice mención de los gastos se encontró con que en ocasiones
ascendían a más del doble de esa cantidad, pues sobre este punto había tomado notas muy
detalladas, con la esperanza, según me dijo, de que pudiera serle útil el conocimiento de
nuestra conducta, y no podía engañarse en sus cálculos. Pero, dado que fuera verdad lo que
yo le había dicho, se sorprendía grandemente de cómo un reino podía gastar más de su
hacienda como un simple particular. Me preguntó quiénes eran nuestros acreedores y dónde
encontrábamos dinero para pagarles. Se maravilló oyéndome hablar de tan dispendiosas
guerras, pues sin duda habíamos de ser un pueblo muy pendenciero, o vivir entre muy
malos vecinos, y nuestros generales tendrían que ser más ricos que nuestro rey. Me
preguntó qué asuntos teníamos fuera de nuestras propias islas, si no eran el comercio y los
tratados o la defensa de las costas con nuestra flota. Sobre todo, se asombró al oírme hablar
de un ejército mercenario permanente en medio de la paz y entre un pueblo libre. Decía que
si nos gobernaban por nuestro propio consentimiento las personas que tenían nuestra
representación no podía alcanzársele de quién teníamos temor ni contra quién teníamos que
pelear, y me consultaba si la casa de un hombre particular no está mejor defendida por él,
sus hijos y su familia que por media docena de bribones cogidos a la ventura en medio de la
calle, escasamente pagados y que no tendrían inconveniente en degollar a todos si les
ofrecían por ello cien veces su soldada.
Se rió de mi extraña especie de aritmética -como se dignó llamarla-, que computaba
nuestro número de habitantes, haciendo un cálculo sobre las varias sectas de religión y
política que existen entre nosotros. Dijo que no conocía razón ninguna para que a aquellos
que mantienen opiniones perjudiciales al interés público se les obligue a cambiar ni para
que se les obligue a ocultarlas. Y así como en un Gobierno fuera tiranía pedir lo primero, es
debilidad no exigir lo segundo; que un hombre puede guardar venenos en su casa, mas no
venderlos por cordiales.
Observó que entre las diversiones de nuestros nobles y gentes principales había yo
mencionado la caza. Quiso saber a qué edad comenzaban por regla general este
entretenimiento y cuándo lo abandonaban; cuánto tiempo dedicaban a él; si alguna vez iba
tan lejos que afectase las fortunas; si gentes indignas y viciosas no podrían por su destreza
en este arte llegar a hacer grandes capitales, y aun en ocasiones a colocar a los nobles
mismos en un plano de dependencia, así como a habituarles a compañías indignas,
apartarlos completamente del cultivo de su inteligencia y forzarlos con la pérdida sufrida a
ejercitar y practicar esa habilidad infame por encima de todas las otras.
Se asombró grandemente cuando le hice la reseña histórica de nuestros asuntos durante
el último siglo, e hizo protestas de que aquello era sólo un montón de conjuras, rebeliones,
asesinatos, matanzas, revoluciones y destierros, justamente los efectos peores que pueden
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producir la avaricia, la parcialidad, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el
odio, la envidia, la concupiscencia, la malicia y la ambición.
En otra audiencia recapituló Su Majestad con gran trabajo todo lo que yo le había
referido; comparó las preguntas que me hiciera con las respuestas que yo le había dado, y
luego, tomándome en sus manos y acariciándome con suavidad, dio curso a las siguientes
palabras, que no olvidaré nunca, como tampoco el modo en que las pronunció: «Mi
pequeño amigo Grildrig: habéis hecho de vuestro país el más admirable panegírico. Habéis
probado claramente que la ignorancia, la pereza y el odio son los ingredientes apropiados
para formar un legislador; que quienes mejor explican, interpretan y aplican las leyes son
aquellos cuyos intereses y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas.
Descubro entre vosotros algunos contornos de una institución que en su origen pudo haber
sido tolerable; pero están casi borrados, y el resto, por completo manchado y tachado por
corrupciones. De nada de lo que habéis dicho resulta que entre vosotros sea precisa
perfección ninguna para aspirar a posición ninguna; ni mucho que los hombres sean
ennoblecidos en atención a sus virtudes, ni que los sacerdotes asciendan por su piedad y sus
estudios, ni los soldados por su comportamiento y su valor, ni los jueces por su integridad,
ni los senadores por el amor a su patria, ni los consejeros por su sabiduría. En cuanto a vos
-continuó el rey-, que habéis dedicado la mayor parte de vuestra vida a viajar, quiero creer
que hasta el presente os hayáis librado de muchos de los vicios de vuestro país. Pero por lo
que he podido colegir de vuestro relato y de las respuestas que con gran esfuerzo os he
arrancado y sacado, no puedo por menos de deducir que el conjunto de vuestros semejantes
es la raza de odiosos bichillos más perniciosa que la Naturaleza haya nunca permitido que
se arrastre por la superficie de la tierra.»
Capítulo 7
El cariño del autor a su país. -Hace al rey una proposición muy ventajosa, que es
rechazada. -La gran ignorancia del rey en política. -Imperfección y limitación de la cultura
en aquel país. -Leyes, asuntos militares y partidos en aquel país.
Sólo un amor extremado a la verdad ha podido disuadirme de ocultar esta parte de mi
historia. Era en vano que descubriese mis resentimientos, de los cuales se hacía burla
siempre; así, tuve que sufrir con paciencia que mi noble y amantísimo país fuese tan
injuriosamente tratado. Estoy tan profundamente apenado como pueda estarlo cualquiera de
mis lectores de que tal ocasión se presentase; pero este príncipe se mostró tan curioso y
preguntón sobre cada punto, que no se hubiese compadecido con la gratitud ni con las
buenas formas el que yo le negara cualquier explicación que pudiera darle. Aun siendo así,
debe permitírseme que diga en mi defensa que eludí hábilmente muchas de las preguntas y
di a cada extremo un giro mas favorable, con mucho, de lo que permitiría la estricta verdad,
pues siempre he tenido para mi país esta laudable parcialidad que Dionysius
Halicarnassensis recomendaba con tanta justicia al historiador. Oculté las flaquezas y
deformidades de mi madre patria y coloqué sus virtudes y belleza a la luz más conveniente
y ventajosa. Éste fue mi verdadero conato en cuantas conversaciones mantuve con aquel
poderoso monarca, aunque, por desdicha, tuvo mal éxito.
68
Pero también ha de tenerse toda clase de excusas para un rey que vive por completo
apartado del resto del mundo, y, por consiguiente, tiene que estar en absoluto ignorante de
las maneras y las costumbres que deben prevalecer en otras naciones; falta de conocimiento
que siempre determinará numerosos prejuicios, y una cierta estrechez de pensamiento, de
que nosotros y los más civilizados países de Europa estamos enteramente libres. Y, sin
duda, sería contrario a la razón que se quisieran presentar las nociones de virtud y vicio de
un príncipe tan lejano como modelo para toda la Humanidad.
Para confirmar esto que acabo de decir, y mostrar además los desdichados efectos de
una educación limitada, referiré un episodio que apenas será creído. Con la esperanza de
congraciarme más con Su Majestad, le hablé de un descubrimiento, realizado hacía de
trescientos a cuatrocientos años, para fabricar una especie de polvo tal, que si en un montón
de él caía la chispa más pequeña todo se inflamaba, así fuese tan grande como una
montaña, y volaba por los aires, con ruido y estremecimiento mayores que los que un
trueno produjera. Le añadí que una cantidad de este polvo, ajustada en el interior de un tubo
de bronce o hierro proporcionada al tamaño, lanzaba una bola de hierro o plomo con tal
violencia y velocidad, que nada podía oponerse a su fuerza; que las balas grandes así
disparadas no sólo tenían poder para destruir de un golpe filas enteras de un ejército, sino
también para demoler las murallas más sólidas y hundir barcos con mil hombres dentro al
fondo del mar; y si se las unía con una cadena, dividían mástiles y aparejos, partían
centenares de cuerpos por la mitad y dejaban la desolación tras ellas. Añadí que nosotros
muchas veces llenábamos de este polvo largas bolas huecas de hierro y las lanzábamos por
medio de una máquina dentro de una ciudad a la que tuviésemos puesto sitio, y al caer
destrozaba los pavimentos, derribaba en ruinas las casas y estallaba, arrojando por todos
lados fragmentos que saltaban los sesos a quienes estuvieran cerca. Díjele además que yo
conocía muy bien los ingredientes, comunes y baratos; sabía hacer la composición y podía
dirigir a los trabajadores de Su Majestad en la tarea de construir aquellos tubos de un
tamaño proporcionado a todas las demás cosas del reino. Los mayores no tendrían que
exceder de cien pies de longitud, y veinte o treinta de estos tubos, cargados con la cantidad
adecuada de polvo y balas, podrían batir en pocas horas los muros de la ciudad más fuerte
de los dominios de Su Majestad, y aun destruir la metrópoli entera si alguna vez se
resistiera a cumplir sus órdenes absolutas. Humildemente ofrecí esto al rey como pequeño
tributo de agradecimiento por las muchas muestras que había recibido de su real favor y
protección.
El rey quedó horrorizado por la descripción que yo le había hecho de aquellas terribles
máquinas y por la proposición que le sometía. Se asombró de que tan impotente y miserable
insecto -son sus mismas palabras- pudiese sustentar ideas tan inhumanas y con la
familiaridad suficiente para no conmoverse ante las escenas de sangre y desolación que yo
había pintado como usuales efectos de aquellas máquinas destructoras, las cuales -dijohabría
sido sin duda el primero en concebir algún genio maléfico enemigo de la
Humanidad. Por lo que a él mismo tocaba, aseguró que, aun cuando pocas cosas le
satisfacían tanto como los nuevos descubrimientos en las artes o en la Naturaleza, mejor
querría perder la mitad de su reino que no ser consabidor de este secreto, que me ordenaba,
si estimaba mi vida, no volver a mencionar nunca.
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¡Extraño efecto de los cortos principios y los horizontes limitados! ¡Un príncipe
adornado de todas las cualidades que inspiran estima, veneración y amor, de excelentes
partes, gran sabiduría y profundos estudios, dotado de admirables talentos para gobernar y
casi adorado por sus súbditos, dejando escapar, por un supremo escrúpulo, del cual no
podemos tener en Europa la menor idea, una oportunidad puesta en sus manos, y cuyo
aprovechamiento le hubiera hecho dueño absoluto de la vida, la libertad y la fortuna de sus
gentes! No digo esto con la más pequeña intención de disminuir las muchas virtudes de
aquel excelente rey, cuyos méritos, sin embargo, temo que habrán de quedar muy
mermados a los ojos del lector inglés con este motivo; pero juzgo que este defecto tiene por
origen la ignorancia de aquel pueblo, que todavía no ha reducido la política a una ciencia,
como en Europa han hecho ya entendimientos despiertos. Recuerdo muy bien que en una
conversación que mantuve con el rey un día, como yo le dijera que nosotros habíamos
escrito varios millares de libros sobre el arte de gobernar, él formó -en contra de lo que yo
pretendía- un concepto muy pobre de nuestra inteligencia. Declaró abiertamente que
detestaba, a la vez que despreciaba, todo misterio, refinamiento e intriga en un príncipe o en
un ministro. No podía comprender lo que designaba yo con el nombre de secreto de Estado,
siempre que no se tratase de algún enemigo o alguna nación rival. Reducía el conocimiento
del gobierno a límites estrechísimos de sentido común y razón, justicia y lenidad, diligencia
en rematar las causas civiles y criminales, con algunos otros tópicos sencillos que no
merecen ser consignados. Y afirmó que cualquiera que hiciese nacer dos espigas de grano o
dos briznas de hierba en el espacio de tierra en que naciera antes una, merecía más de la
Humanidad y hacía más esencial servicio a su país que toda la casta de políticos junta.
Los estudios de este pueblo son muy defectuosos, pues consisten únicamente en moral,
historia, poesía y matemáticas, aunque hay que reconocer que en estas materias descuella.
Pero la última se aplica tan sólo a aquello que puede ser útil en la vida, como es el progreso
de la agricultura y de las artes mecánicas; así que entre nosotros no merecía gran aprecio.
En cuanto a ideas trascendentales, abstracciones y trascendencias, jamás pude meterles en
la cabeza la más elemental concepción.
Ninguna ley de aquel país debe exceder en palabras el número de las letras del alfabeto,
que es allí de veintidós; pero, en verdad, son muy pocas las que alcanzan esta extensión.
Están redactadas con los términos más claros y sencillos, y aquellas gentes no son lo
bastante perspicaces para descubrir en ellas más de una interpretación, y escribir un
comentario a una ley es un crimen capital. En cuanto a los fallos en las causas civiles y los
procedimientos contra los criminales, tienen allí tan pocos precedentes, que mal podrían
jactarse de pericia ninguna en ellos.
Conocen el arte de la imprenta, como los chinos, desde tiempo inmemorial; pero sus
bibliotecas no son muy grandes. La del rey, considerada como la mayor, no excede de mil
volúmenes, colocados en una galería de doce mil pies de longitud, de la cual yo tenía
licencia para sacar los libros que deseara. El carpintero de la reina había ideado y
construído en una de las habitaciones de Glumdalclitch una especie de aparato de madera
de veinticinco pies de alto, formado como una escalera puesta en pie, cuyos peldaños tenían
cincuenta pies de largo; era, en fin, una escalera portátil, cuya parte inferior quedaba a unos
diez pies de la pared del cuarto. El libro que yo quería leer se apoyaba en la pared; subía yo
luego hasta el último peldaño de la escalera, y volviéndome hacia el libro empezaba por la
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parte superior de la página, y así continuaba, andando a la derecha y a la izquierda unos
diez pasos, según la longitud de las líneas, hasta que llegaba un poco más abajo del nivel de
mis ojos, y de este modo bajaba gradualmente hasta el final; luego subía de nuevo y
empezaba la otra página de la misma manera, e igualmente volvía la hoja, lo que podía
hacer fácilmente con las dos manos, porque era nada mas de gruesa y dura como un cartón,
y en los folios mayores no pasaba de dieciocho a veinte pies de largo.
El estilo de aquellas gentes es claro, masculino y cuidado, pero no florido, pues nada
evitan con tanto escrúpulo como multiplicar palabras innecesarias o emplear para el mismo
fin varias expresiones. He leído atentamente muchos de aquellos libros, especialmente de
historia y de moral. Entre los demás me divirtió mucho un pequeño tratado antiguo que
estaba siempre en el dormitorio de Glumdalclitch y pertenecía al aya de ésta: una dama de
alcurnia, grave y entrada en años, que mantenía estrecho comercio con los textos de moral
y devoción. El libro trata de la debilidad de la condición humana, y no goza de gran estima,
salvo entre las mujeres y el vulgo. Era, sin embargo, curioso para mí ver lo que un autor de
aquel país podía decir sobre tal materia. El escritor recorría todos los tópicos corrientes en
los moralistas europeos mostrando cuán diminuto, despreciable e indefenso animal es el
hombre por su propia naturaleza; cuán incapaz de defenderse por sí mismo de la
inclemencia del aire y de los ataques de las bestias feroces; cómo un ser le aventaja en
fuerza, otro en ligereza, un tercero en previsión, un cuarto en industria. Añadía que la
Naturaleza había degenerado en estas decadentes edades últimas del mundo y hoy sólo
producía pequeñas criaturas abortivas en comparación con las nacidas en los tiempos
antiguos. Decía que era lógico pensar no sólo que las especies de hombres eran en su origen
mucho mayores, sino también que en lejanas épocas debió de haber gigantes, así como la
tradición y la historia lo atestiguan y ha sido confirmado por los enormes huesos
desenterrados por casualidad en diversas partes del reino, y que pasan en mucho los de la
mermada raza del hombre de nuestros días. Argumentaba que las mismas leyes de la
Naturaleza exigían, sin dejar lugar a duda, que en un principio hubiésemos sido creados de
más alto y robusto talle, no tan sujetos a ser destruídos por cualquier pequeño accidente,
como el desprendimiento de una teja desde una casa, o el lanzamiento de una piedra por la
mano de un niño, o la caída en cualquier arroyuelo donde perecer ahogado. De esta índole
de razones sacaba el autor varias normas morales útiles para conducirse en la vida, pero que
no es necesario copiar aquí. Por mi parte, no pude dejar de reflexionar en lo universalmente
extendido que está el talento de hacer discursos de moral, o más bien de descontento y
condolencia por las contiendas que con la Naturaleza nos empeñamos en imaginar. Y creo
que con una seria averiguación quedaría evidenciado que esas contiendas son tan
infundadas por lo que toca a nosotros como por lo que toca a aquel pueblo.
En cuanto a cuestiones militares, se hace gala allí de que el ejército del rey consiste en
ciento setenta y seis mil infantes y treinta y dos mil caballos, si es que puede llamarse
ejército el formado por comerciantes en varias ciudades y por agricultores en los campos,
bajo el único mando de la nobleza y de las gentes principales, que no reciben paga ni
recompensa ninguna. Cierto que alcanzan bastante perfección en el ejército y observan muy
buena disciplina. Pero yo no veo en ello gran mérito; porque ¿cómo podría ser de otro
modo en un sitio donde cada campesino está bajo el mando del propio señor de las tierras y
cada ciudadano bajo el de un hombre principal de su misma edad elegido por votación, a la
manera de Venecia?
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He visto muchas veces a la milicia de Lorbrulgrud salir a ejercitarse en un gran campo
próximo a la ciudad, de unas veinte millas en cuadro. No eran en conjunto más de
veinticinco mil infantes y seis mil caballos; pero a mí me era imposible calcular el número
a causa del mucho terreno que ocupaban. Un jinete montado en un caballo de buena alzada
levantaba del suelo unos noventa pies. Yo he visto a todo aquel cuerpo de caballería sacar a
la voz de mando las espadas y blandirlas. La imaginación no puede concebir nada tan
grande, tan sorprendente, tan asombroso. Parecía como si diez mil llamaradas de
relámpagos fuesen lanzados a la vez de todo el ámbito de los cielos.
Tuve curiosidad de saber cómo este príncipe, a cuyos dominios no puede llegarse desde
ningún otro país, había podido pensar en ejércitos ni instruir a su pueblo en la práctica de la
disciplina militar. Pero pronto quedé informado, tanto por conversaciones que sostuve
como por las historias que leí; pues supe que por espacio de largas épocas aquel pueblo
había sufrido la enfermedad a que está sujeta toda la especie humana: la lucha frecuente de
la nobleza por el poder, del pueblo por la libertad y del rey por el dominio absoluto. Todo
lo cual, aunque felizmente moderado por las leyes de aquel reino, había sido violado a
veces por cada una de las tres partes y había provocado en una o varias ocasiones guerras
civiles. A la última puso término venturoso el abuelo de este príncipe con un
acomodamiento general, y la milicia, establecida entonces por común acuerdo, se ha
mantenido siempre dentro de su más estricto deber.
Capítulo 8
El rey y la reina hacen una excursión a las fronteras. -El autor les acompaña. -Muy
detallada relación del modo en que sale del país. -Regreso a Inglaterra.
Tenía yo siempre una firme confianza en que recobraría la libertad alguna vez, aunque
me era imposible conjeturar por qué medios, ni formar proyecto ninguno que tuviese
probabilidad de salir bien. El barco en que yo navegaba fue el único del que supiese que
hubiera llegado a la vista de aquellas costas, y el rey había dado rigurosas órdenes para que,
si algún otro apareciera, lo sacaran del agua y en un carro lo llevaran a Lorbrulgrud. Tenía
él grandes deseos de procurarme una mujer de mi mismo tamaño con quien pudiera
propagar la casta; pero yo creo que hubiese consentido morir antes que sufrir la desventura
de dejar una descendencia para ser enjaulada como canarios domésticos, y quizá alguna vez
vendida por todo el reino a las personas de condición, en calidad de rareza. Cierto que se
me trataba con mucha amabilidad y que era el favorito de unos poderosos reyes y el deleite
de toda la corte; pero todo ello bajo un pie que resultaba en desdoro de la dignidad humana.
Nunca podía olvidarme de los cariños domésticos que había dejado detrás de mí. Deseaba
estar entre gentes con quienes pudiese conversar en términos llanos y pasear por las calles y
los campos sin miedo a ser muerto de un pisotón, como una rana o un perrillo faldero. Pero
mi liberación vino más pronto de lo que yo esperaba y por caminos nada comunes. Relataré
fielmente la completa historia y las circunstancias de ella.
Llevaba ya dos años en aquel país, y hacia el principio del tercero, Glumdalclitch y yo
acompañábamos al rey y a la reina en un viaje a la costa Sur del reino. A mí me llevaban,
según costumbre, en mi caja de viaje, que, como ya he referido, era un muy cómodo
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gabinete de doce pies de anchura. Yo había mandado que me colgaran una hamaca con
cuerdas de seda sujetas a los cuatro ángulos superiores a fin de amortiguar los vaivenes
cuando un criado me llevaba delante de él en el caballo, como muchas veces solicité, y con
frecuencia dormía en ella cuando estábamos en camino. En el techo de mi gabinete,
justamente sobre el centro de la hamaca, abrió el carpintero por encargo mío un agujerito de
un pie cuadrado para que me entrara aire en tiempo caluroso mientras dormía, agujero que
yo cerraba y abría a voluntad con un tablero que se deslizaba por una muesca.
Cuando llegamos al término de nuestro viaje, el rey encontró de su gusto pasar unos días
en un palacio que tenía cerca de Flanfasnic, ciudad enclavada a unas dieciocho millas
inglesas del mar. Glumdalclitch y yo estábamos muy fatigados. Yo me había enfriado un
poco, y en cuanto a la pobre niña, estaba tan delicada, que no salía de su habitación. Yo
ansiaba ver el océano, que había de ser el único escenario de mi escapatoria, si era que
alguna vez llegaba. Fingía yo estar más enfermo de lo que estaba realmente y pedí licencia
para tomar el aire fresco del mar con un paje a quien yo apreciaba mucho y a quien algunas
veces me habían confiado. Nunca olvidaré con qué mala gana consintió Glumdalclitch, ni
el severo encargo que hizo al paje para que tuviese cuidado conmigo, al mismo tiempo que
se deshacía en lágrimas, como si tuviese algún presentimiento de lo que había de ocurrir. El
joven me llevó en mi caja durante una media hora de camino desde el palacio hacia las
rocas de la costa. Le ordené que me pusiera en el suelo, y levantando una de las vidrieras
miré melancólica y atentamente hacia el mar. No me encontraba bueno del todo y dije al
paje que iba a echar en la hamaca una siesta, que esperaba que me hiciese bien. Entré y el
muchacho cerró la ventana para preservarme del frío. Me dormí pronto, y todo lo que
puedo deducir es que mientras yo dormía, el paje, pensando que nada podría ocurrirme, iría
a buscar entre las rocas huevos de pájaros, pues antes le había visto desde la ventana coger
uno o dos de las hendeduras. Sea lo que fuere, me despertó de pronto un violento tirón del
anillo que tenía la caja en la parte superior para facilitar el transporte. Sentí mi caja
levantada por los aires a gran altura y luego llevada hacia adelante con velocidad
prodigiosa. La primera sacudida casi me lanzó de la hamaca; pero luego el movimiento se
hizo bastante suave. Grité varias veces tan alto como pude, pero no me sirvió de nada. Miré
hacia las ventanas y no vi sino nubes y cielo. Oía sobre mi cabeza un ruido como de batir
de alas, y entonces empecé a darme cuenta de la espantosa situación en que me veía: alguna
águila había cogido sin duda en el pico mi caja por la anilla con la intención de dejarla caer
sobre una peña, como una tortuga dentro de su concha, y sacar luego mi cuerpo y
devorarlo. Sabido es que la sagacidad y el olfato de esta ave le permiten descubrir su presa
a gran distancia y aunque esté más escondida que pudiera yo estar bajo una tabla de dos
pulgadas,
A poco advertí que el ruido y el aleteo aumentaban rápidamente, al tiempo que mi caja
era agitada de arriba abajo como poste de señales en un día de viento. Oí como si diesen de
puñadas al águila -pues estoy cierto de que tal debía de ser la que llevaba mi caja en el pico
cogida por la anilla-, y de pronto me sentí caer perpendicularmente por espaco de un
minuto y con tan increíble celeridad, que casi me faltó el aliento. Mi caída terminó en un
choque terrible contra un cuerpo blando, que sonó en mis oídos más fuerte que las cataratas
del Niágara; después quedé durante otro minuto en obscuridad completa, y luego mi caja
empezó a subir hasta una altura que me permitía ver la luz por la parte superior de las
ventanas. Me di cuenta entonces de que había caído en el mar. La caja, por el peso de mi
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cuerpo, de los objetos que en ella había y de las anchas láminas de hierro puestas como
refuerzo en las cuatro esquinas de la tapa y del fondo, flotaba sumergida más de cinco pies
en el agua. Supuse entonces y supongo ahora que el águila que se llevó mi caja en el pico se
vio perseguida por otras dos o tres y obligada a soltarme para defenderse de las que se
llamaban a la parte en la rapiña. Las planchas de hierro fijadas en el fondo de la caja, como
eran las más gruesas, impidieron el vuelco durante la caída y el destrozo contra la superficie
de las aguas.Las ensambladuras de la caja estaban bien ajustadas y la puerta no se volvía
sobre goznes, sino que subía y bajaba como una ventana corrediza; así, mi gabinete
quedaba tan bien cerrado, que entró muy poca agua. Con gran dificultad pude abandonar la
hamaca después de haberme aventurado a correr el tablero del techo dispuesto para dejar
entrada al aire, de que he hecho mención ya, pues me sentía casi asfixiado.
¡Cuántas veces deseé verme al lado de mi querida Glumdalclitch, de quien tanto me
había separado el espacio de una sola hora! Y debo decir que en medio de todas mis
desdichas no dejaba de entristecerme por mi pobre niñera y por el daño que de mi pérdida
pudiera venirle con el disgusto de la reina y el consiguiente arruinamiento de su fortuna.
Probablemente pocos viajeros se habían encontrado en dificultades y desventuras mayores
de las que yo sufrí en este trance, temiendo a cada momento que mi caja se estrellase e
hiciera pedazos o al menos se volcara con la primera ráfaga de aire. La simple rotura de un
cristal hubiera significado la muerte inmediata, y nada hubiese librado las ventanas a no
llevar el enrejado de alambre fuerte puesto por fuera a fin de evitar accidentes de viaje.
Veía yo filtrarse el agua por diversas hendeduras, aunque no eran muy grandes las goteras,
y traté de taparlas como pude. No podía levantar el techo de mi gabinete, lo que hubiera
hecho ciertamente, de serme posible, para sentarme encima, donde, cuando menos, hubiera
podido defenderme algunas horas más que encerrado en lo que podríamos llamar la bodega.
Por otro lado, si lograba evitar estos peligros un día o dos, ¿qué podía esperar sino una
miserable muerte de hambre y frío? Pasé cuatro horas en estas circunstancias aguardando y
deseando en verdad que cada momento fuese el último de mi vida.
Ya he referido al lector que en el lado de mi caja que no tenía ventana había dos fuertes
colgaderos, por los cuales el criado que me llevaba a caballo pasaba su cinto de correa que
se ceñía luego al cuerpo. Cuando estaba en aquella desconsoladora situación oí, o al menos
me pareció oír, en el lado de la caja donde estaban los colgaderos, una especie de ruido
como si rasparan; poco después experimenté la sensación de que empujaran o remolearan la
caja mar adelante, pues de vez en cuando sentía como un tirón que levantaba las olas cerca
del filo de las ventanas, dejándome casi en la obscuridad. Esto me dio alguna débil
esperanza de socorro, aunque no podía imaginar por dónde había de llegarme. Me decidí a
destornillar una de mis sillas, que iban sujetas al suelo; y habiendo logrado con gran
esfuerzo atornillarla nuevamente debajo de la corredera que antes había abierto, me subí en
la silla, y, con la boca lo más cerca que pude de la abertura, pedí socorro a grandes voces y
en todos los idiomas que conocía. Luego até el pañuelo a un bastón que de ordinario
llevaba, y pasándolo por el agujero, lo ondeé repetidamente, a fin de que si algún bote o
barco estuviera cerca pudiesen deducir los marinos que dentro de aquella caja estaba
encerrado un infeliz mortal.
No saqué provecho ninguno de nada de lo que hice. Pero yo advertía claramente que
empujaban mi gabinete; y al cabo de una hora, o más, el lado de la caja donde estaban los
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colgaderos y no había ventana chocó contra alguna cosa dura. Calculé que fuese una roca y
me vi más sacudido y agitado que me había visto hasta entonces. Oí claramente un ruido en
la tapa de mi gabinete, como el que hiciese un cable, y el roce de él al pasar por la anilla.
Luego me sentí levantado poco a poco, al menos tres pies de donde estaba. A esto saqué
nuevamente el pañuelo y el bastón, pidiendo auxilio hasta casi quedarme ronco, y en
respuesta oí un fuerte grito, repetido por tres veces, que me produjo transportes de alegría
que sólo podría concebir quien los hubiese experimentado iguales. Oí entonces pasos por
encima de mi cabeza y que alguien en voz alta y en lengua inglesa decía por el agujero que
si había alguna persona abajo, hablase. Respondí que yo era un inglés arrojado por la mala
suerte a la mayor calamidad que nunca sufriera humana criatura y rogué en los términos
más lastimeros que me sacasen del calabozo en que estaba. Replicó la voz que estaba a
salvo, porque mi caja estaba sujeta al barco suyo, y que inmediatamente llegaría el
carpintero y abriría un agujero en la cubierta lo bastante grande para poder sacarme.
Contesté que era innecesario y llevaría demasiado tiempo, y que no había que hacer más
sino que uno de la tripulación metiera el dedo por la anilla y llevase la caja del mar al barco
y luego al camarote del capitán.
Algunos, oyéndome hablar tan disparatadamente, pensaron que estaba loco; otros se
echaron a reír; pues era el caso que no me daba yo cuenta de que estaba ya entre gentes de
mi misma fuerza y estatura. Llegó el carpintero y en pocos minutos abrió con la sierra una
abertura de unos cuatro pies, por la que salí, y de allí me llevaron al barco en estado de
debilidad extremada.
Los marineros eran todo asombro y me hacían a millares preguntas que yo no tenía
maldita la gana de contestar. Estaba igualmente confundido a la vista de tantos pigmeos,
pues tales parecían a mis ojos, por tanto tiempo acostumbrado a los monstruosos objetos
que acababa de dejar. El capitán, Mr. Thomas Wilcocks, un digno y honrado habitante de
Shropshire, observando que yo estaba a punto de desmayarme me llevó a su camarote, me
dio un cordial que me confortara y me hizo acostar en su propio lecho, con la
recomendación de que descansara un poco, lo que bien había menester. Antes de dormirme
le di a conocer que en mi caja tenía moblaje de algún valor, que sería lástima que se
perdiese: una bonita hamaca, una hermosa cama de campaña, dos sillas, una mesa y un
escritorio; que el gabinete estaba tapizado y aun acolchado con seda y algodón, y que si
hacía que uno de la tripulación lo entrase en su camarote lo abriría y le enseñaría mis
muebles. El capitán, al oírme tales absurdos, pensó que yo deliraba. No obstante, me
prometió -supongo que para serenarme- que daría órdenes según mis deseos, y subiendo a
cubierta mandó a algunos hombres que entrasen en mi gabinete, de donde -según vi
después- sacaron todos los muebles y arrancaron todo el acolchado; pero las sillas, el
escritorio y la cama, como estaban atornillados al suelo, sufrieron gran daño por la
ignorancia de los marineros que los arrancaron por la fuerza. Quitaron después a golpes
algunas tablas para emplearlas en el barco, y cuando hubieron cogido todo lo que les vino
en gana, tiraron al mar el armatoste, que a causa de las numerosas brechas que le habían
abierto en el fondo y en los costados, se hundió rápidamente. Y por cierto que tuve a
ventura no haber sido espectador del estrago que hicieron, pues tengo la seguridad de que
me hubiera impresionado profundamente recordándome episodios que prefería olvidar.
75
Dormí algunas horas, aunque intranquilizado continuamente con sueños que me
devolvían al país de donde acababa de salir y me representaban los riesgos de que había
escapado. Sin embargo, al despertar me sentí muy aliviado. Eran sobre las ocho de la noche
y el capitán mandó disponer la cena inmediatamente suponiendo que yo llevaría demasiado
tiempo en ayunas. Me habló con gran cortesía y observó que yo no tenía aspecto extraviado
ni hablaba sin fundamento, y cuando quedamos solos me pidió que le hiciese relación de mi
viaje y del accidente en virtud del cual me había visto flotando a la ventura en aquella
extraordinaria barca de madera. Me dijo que a eso de las doce del día estaba mirando con el
anteojo y la divisó a alguna distancia, y suponiendo que fuese una vela formó propósido de
acercarse -ya que no estaba muy apartado de su ruta-, con la esperanza de comprar algo de
galleta, que empezaba a faltarle. Al aproximarse descubrió su error, y entonces envió la
lancha para que averiguase lo que era. Sus hombres volvieron asustados, jurando que
habían visto una casa que nadaba; se rió de la simpleza y entró él mismo en el bote, dando a
sus hombres orden de que llevasen un cable fuerte con ellos. Aprovechando el tiempo de
calma que hacía, remó a mi alrededor varias veces y observó mis ventanas y los enrejados
de alambre que las protegían. Descubrió dos colgaderos en un costado, que era todo de
madera, sin paso ninguno para la luz. Entonces mandó a sus hombres remar hacia aquel
lado, y, atando el cable a uno de los colgaderos, les ordenó remolcar mi arca -como él
decía- en dirección al barco. Cuando estuvo allí dispuso que atasen otro cable a la anilla de
la tapa y que se guindase mi arca por medio de poleas, lo que entre todos los marineros no
lograron en más de dos o tres pies. Añadió que había visto mi bastón y mi pañuelo salir por
la abertura, y juzgó que algún desventurado debía de estar encerrado en el interior.
Le pregunté si él o la tripulación habían visto en los aires alguna gigantesca ave por el
tiempo en que echaron de ver la caja por primera vez. A ello me contestó que hablando de
este asunto con sus marineros, mientras yo dormía, dijo uno de ellos que había visto tres
águilas que volaban hacia el Norte; pero no hizo observación ninguna en cuanto a que
fuesen mayores del tamaño normal, lo cual supongo yo que ha de atribuirse a la gran altura
a que estaban. No acertaba el capitán a comprender la razón de mi pregunta; le interrogué
entonces a qué distancia de tierra calculaba que estaríamos. Me dijo que, según su cómputo
más exacto, estábamos por lo menos a cien leguas. Le aseguré que debía de estar
equivocado casi en una mitad, puesto que yo no había salido del país de que procedía más
de dos horas antes de mi caída en el mar. Con esto él empezó a creer nuevamente que mi
cabeza no estaba firme, lo cual me sugirió en cierto modo, y me aconsejó que me fuese a
acostar a un camarote que me había preparado. Le aseguré que su buen trato y compañía
me habían reconfortado mucho y que estaba tan en mi juicio como toda mi vida había
estado. Se puso serio entonces y me preguntó francamente si no estaría yo perturbado por el
sentimiento interior de algún enorme crimen que fuese la causa de que, por mandato de
algún príncipe, se me hubiera castigado poniéndome en aquella arca, al modo que en otros
países se ha lanzado a grandes criminales al mar en un barco agujereado, sin provisiones;
pues aunque sentiría haber recogido en su barco a hombre tan perverso, comprometería su
palabra de dejarme salvo en tierra en el primer puerto a que llegásemos. Añadió que habían
aumentado sus sospechas algunos razonamientos absurdos de todo punto que yo había
hecho a los marineros primero, y luego a él mismo, en relación con mi gabinete o caja, así
como mi conducta y mis miradas extrañas durante la cena.
76
Le supliqué que tuviese paciencia para oírme referir mi historia, lo que hice
puntualmente, desde mi última salida de Inglaterra hasta el momento en que me encontró.
Y como la verdad siempre se abre camino en entendimientos racionales, este honrado y
digno caballero, que tenía sus puntas de instruido y un criterio excelente quedó en seguida
convencido de mi franqueza y veracidad. Pero para confirmar mejor cuanto le había dicho
le rogué que diese orden de que llevaran mi escritorio, cuya llave tenía yo en el bolsillo -
pues ya me había contado en qué modo habían los marinos usado de mi gabinete-. Lo abrí
en su presencia y le mostré la pequeña colección de curiosidades que yo había reunido en el
país de donde tan extrañamente me había libertado. Estaba el peine que yo había hecho con
cañones de la barba de Su Majestad, y otro del mismo material, pero sujeto a una cortadura
de uña del pulgar de Su Majestad la reina, que me servía como batidor. Había una colección
de agujas y alfileres de un pie a media yarda de longitud; cuatro aguijones de avispas como
tachuelas de carpintero; algunos cabellos de los que se le desprendían a la reina cuando la
peinaban; un anillo de oro que ella me regaló un día de la manera más delicada,
quitándoselo del dedo pequeño y pasándomelo por la cabeza a modo de collar. Rogué al
capitán que aceptase este anillo en correspondencia a sus amabilidades; pero rehusó en
absoluto. Le mostré un callo que había cortado con mis propias manos del pie de una dama
de honor; venía a tener el tamaño de una manzana de Kent y estaba tan duro que a mi
vuelta a Inglaterra lo hice ahuecar en forma de copa y lo monté en plata. Por último, le
invité a que mirase los calzones que llevaba puestos, y que estaban hechos con la piel de un
ratón.
No consintió en quedarse más que con un diente de un lacayo, que advertí que
examinaba con gran curiosidad y comprendí que tenía capricho por él. Lo recibió con
abundancia de palabras de agradecimiento, muchas más de las que tal chuchería pudiese
merecer. Se lo había sacado un cirujano ignorante a uno de los servidores de Glumdalclitch
que padecía dolor de muelas, pero estaba tan sano como cualquiera otro de su boca. Lo hice
limpiar y lo guardé en mi escritorio. Tenía como un pie de largo y cuatro pulgadas de
diámetro.
Quedó el capitán muy satisfecho de la sencilla relación que le hice, y me dijo que
confiaba en que a mi regreso a Inglaterra haría al mundo la merced de escribirla y
publicarla. Mi respuesta fue que, a mi juicio, teníamos ya demasiados libros de viaje, y
apenas sucedía nada en la época que no fuese extraordinario, de donde sospechaba yo que
algunos autores consultaban más que a la verdad, a su vanidad, a su interés o a la diversión
de los lectores ignorantes. Y añadí que en mi historia casi no habría otra cosa que
acontecimientos vulgares, sin aquellas ornamentales descripciones de extraños árboles,
plantas, pájaros y otros animales, o de las costumbres bárbaras y la idolatría de pueblos
salvajes, en que abundan la mayor parte de los escritores. No obstante, le di las gracias por
la buena opinión en que me tenía y le ofrecí pensar el asunto.
Una cosa dijo que le había llamado mucho la atención, y era oírme hablar tan alto, y me
preguntó si el rey o la reina de aquel país eran duros de oídos. Le contesté que me había
acostumbrado a ello por más de dos años, y que yo me admiraba no menos de su voz y la
de sus hombres, que me parecía solamente un murmullo, aunque la oía bastante bien.
Cuando yo hablaba en aquel país lo hacía en el tono que lo haría un hombre que desde la
calle hablase con otro a lo alto de un campanario, a menos que me tuviesen colocado sobre
77
una mesa o en la mano de alguna persona. Le dije que también habla observado otra cosa, y
era que cuando al entrar en el barco se pusieron a mi alrededor todos los marinos, me
parecieron las más pequeñas e insignificantes criaturas que hubiese visto en la vida; pues a
buen seguro que mientras estuve en los dominios de aquel príncipe jamás consentí mirarme
a un espejo una vez que mis ojos se acostumbraron a objetos tan descomunales, porque la
comparación me inspiraba un lamentable concepto de mí mismo. Me dijo el capitán que
mientras cenábamos observó que yo lo miraba todo con una especie de asombro y que
muchas veces apenas pude contener la risa, lo que no sabía a qué atribuir, como no fuese a
algún barrunto de desequilibrio mentaI. Le respondí que era cierto; que me maravillaba de
cómo había podido contenerme viendo sus fuentes del tamaño de una moneda de tres
peniques, un pernil de puerco con que apenas había para un bocado, una taza más chica que
una cáscara de nuez, y así continué describiendo el resto de su menaje y sus provisiones en
parecidos términos. Pues he de advertir que aunque la reina me había encargado una
pequeña recámara de todas las cosas precisas para mí cuando estuve a su servicio, se había
apoderado de mis ideas completamente lo que por todas partes me rodeaba, y pasaba por
alto mi propia pequeñez, como es corriente en cada uno hacer con sus defectos. El capitán
comprendió perfectamente mis burlas, y alegremente contestó, empleando el antiguo
proverbio inglés, que sospechaba que mis ojos eran mayores que mi barriga, pues no había
notado que mi estómago estuviese con muchos ánimos, aunque había ayunado todo el día;
y prosiguiendo en su tono regocijado, aseguró que hubiese de muy buena gana dado cien
libras por ver mi gabinete en el pico del águila y después su caída en el mar desde tan
grande altura, lo que, sin duda, hubiera sido un espectáculo de lo más maravilloso, y su
descripción digna de ser transmitida a las edades venideras. El recuerdo de Faetón era tan
obvio, que no pudo privarse de aplicarlo, aunque yo no admiré mucho la ingeniosidad.
El capitán, que había estado en Tonquín, fue empujado a su regreso a Inglaterra hacia el
Nordeste, hasta los 44 grados de latitud y los 143 de longitud. Pero habiendo encontrado un
viento general dos días después de estar yo a bordo, navegamos al Sur largo tiempo, y
costeando Nueva Holanda guardamos nuestra ruta Oeste-sudoeste, y luego Sur-sudoeste
hasta que doblamos el Cabo de Buena Esperanza. La travesía fue muy próspera, y no
molestaré al lector con un diario de ella. El capitán hizo escala en uno o dos puertos y
mandó la lancha en busca de provisiones y agua dulce; pero yo no salí del barco hasta que
llegamos a Las Dunas, lo que sucedió el 3 de junio de 1706, nueve meses después de mi
escapatoria. Ofrecí dejar mis muebles en prenda del pago de mi viaje; pero el capitán
protestó que no consentiría en tomar un céntimo. Nos despedimos amablemente y le pedí
promesa de que iría a visitarme a mi casa de Recriff. Alquilé un caballo y un guía por cinco
chelines que pedí prestados al capitán.
Conforme iba de camino, viendo la pequeñez de las casas, los árboles, el ganado y las
personas, se me venía a las mientes mi estancia en Liliput. Tenía miedo de pisar a los
caminantes que tropezaba, y muchas veces les grité que se apartasen del camino,
impertinencia con que por poco hago que se rompan la cabeza dos o tres.
Cuando llegué a mi casa, por la que tuve que preguntar, un criado abrió la puerta y yo
me bajé para entrar, temeroso de darme en la cabeza. Mi mujer salió corriendo a besarme,
pero yo me agaché hasta más abajo de sus rodillas creyendo que de otro modo no podría
alcanzarme a la boca. Mi hija se puso de rodillas para que le diese mi bendición, pero yo no
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la vi hasta que se hubo levantado, hecho como estaba de tanto tiempo a dirigir la cabeza y
los ojos para mirar a más de sesenta pies, y luego fuí a levantarla cogiéndola con una mano
por la cintura. Miraba de arriba abajo a los criados y a dos o tres amigos que había en casa,
como si ellos fuesen pigmeos y yo un gigante. Dije a mi esposa que se había mostrado
económica en demasía, pues apreciaba que ella y su hija estaban consumidas de hambre. En
suma, me comporté de modo tan inexplicable, que todos fueron de la opinión que formó el
capitán al principio de verme y dieron por cierto que había perdido el juicio. Cito esto como
ejemplo de la gran fuerza de la costumbre y el prejuicio.
En poco tiempo llegué con mi familia y mis amigos a buena inteligencia; pero mi mujer
protestó que nunca volvería al mar en mi vida, aunque mi destino desgraciado dispuso de
modo que ella no pudo estorbarlo, como verá el lector más adelante. En tanto, doy aquí por
concluída la parte segunda de mis desventurados viajes.

Fin de la Segunda Parte

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