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jueves, 15 de agosto de 2013

Cuentos De Invierno



Isak Dinesen



Hace tres cuartos de siglo había en Amberes, cerca del puerto, un pequeño hotel llamado Queen's Hotel. Era un establecimiento pulcro y respetable donde se hospedaban capitanes de barco con sus esposas.A este hotel llegó, una noche de marzo, un joven sumido en la tristeza. Subiendo del puerto, donde acababa de dejarle un barco de Inglaterra, se sentía el ser más solo del mundo. Y no tenía a nadie con quien poder hablar de su aflicción; porque a los ojos del mundo parecía afortunado y sin problemas, un joven envidiado por todos.
Era un escritor que había conseguido gran éxito con su primer libro. Al público le había entusiasmado; los críticos habían sido unánimes en sus elogios; y había ganado dinero con él, después de haber sido pobre toda su vida. El libro, basado en su propia experiencia, trataba del duro destino de los niños infortunados, y le había puesto en contacto con los reformadores de la sociedad. Había sido entusiásticamente acogido en un círculo de hombres y mujeres sumamente cultivados y nobles. Incluso se había casado, en el seno de esta comunidad, con la hija de un famoso científico, una hermosa joven que le idolatraba.
Ahora iba a ir a Italia con su esposa a terminar allí su siguiente libro, cuyo manuscrito llevaba en la maleta. Su mujer le había precedido unos días porque quería visitar de paso su antiguo colegio de Bruselas.
«Me sentará bien», había dicho ella sonriendo, «pensar y hablar de cosas que no sean tú». Ahora le esperaba en el Queen's Hotel, y no quería pensar ni hablar de otra cosa.
Todo esto podía ser agradable. Pero las cosas no eran lo que parecían. Casi nunca lo eran, pensó; pero en su caso, resultaban ser exactamente lo contrario. El mundo se le había caído encima; no era extraño que se sintiese asqueado, mortalmente incluso, de él. Había caído en la trampa, y se había dado cuenta demasiado tarde.
Porque en el fondo se daba cuenta de que nunca más escribiría un gran libro. Ya no tenía nada que decir, y el manuscrito de la maleta no era más que un mazo de papeles que le pesaba en el extremo del brazo. Le vino al pensamiento una cita de la Biblia, ya que de niño había asistido a la escuela dominical, y pensó: «No sirvo sino para ser arrojado y hollado por los pies de los hombres.»
¿Cómo iba a enfrentarse con las personas que le amaban y tenían fe en él: su público, sus amigos y su mujer? Jamás había puesto en duda que le amaban a él más que a sí mismas y que anteponían su interés a los de ellos; por su genio, y porque era un gran artista. Pero dado que su genio se había desvanecido, su futuro sólo tenía dos caminos posibles. O el mundo le despreciaría y abandonaría, o seguiría queriéndole sin tener en cuenta sus méritos como artista. Desechó esta segunda alternativa, aunque había pocas cosas cuyo pensamiento le asustara, con una especie de horror vacui: parecía reducir el mundo a un vacío y una caricatura, a una casa de orates. Podía soportar cualquier cosa antes que eso.
El pensar en su fama hizo que aumentase y se intensificase su desesperación. Si en el pasado había sido infeliz, y le habían venido ideas a veces de arrojarse al río, al menos había sido asunto suyo. Ahora tenía la luz deslumbrante del renombre enfocada sobre él; cien ojos le observaban; y su fracaso, o su suicidio, significaría el fracaso y el suicidio de un autor mundialmente famoso.
Pero incluso estas consideraciones no eran sino factores secundarios en su desventura. En el peor de los casos, podía arreglárselas sin sus semejantes. No tenía gran opinión de ellos, y podía verlos desaparecer, público, amigos y esposa, con infinitamente menos pesar de lo que ellos habrían sospechado, con tal de poder quedarse cara a cara, y en relación amistosa, con Dios.
El amor a Dios, y la certeza de que a cambio Dios le amaba más que al resto de los seres humanos, le habían sostenido en épocas de pobreza y de adversidad. Sabía ser agradecido también; su reciente buena suerte había sellado y confirmado el entendimiento entre Dios y él. Pero ahora le parecía que Dios le había vuelto la espalda. Y si no era un gran artista, ¿quién era él para que Dios tuviera que amarle? Sin sus poderes visionarios, sin su séquito de fantasías, bromas y tragedias, ¿cómo podía acercarse siquiera al Señor e implorarle desagravio? La verdad es que no era, entonces, mejor que los demás. Podía engañar al mundo, pero jamás en la vida se había engañado a sí mismo. Había perdido el afecto de Dios; así que, ¿cómo iba a vivir ahora?
Su cerebro desvariaba, y le aportaba nueva materia de sufrimiento. Recordó la opinión de su suegro sobre la literatura moderna: «Su característica», había tronado el anciano, «es la superficialidad. La época carece de peso; su grandeza está hueca. En cuanto a tu noble obra, mi querido muchacho...». Por lo general, las opiniones de su suegro le tenían sin cuidado; pero en este momento estaba tan deprimido que le angustiaban un poco. «Superficial», pensó, sería el término que el público y los críticos le aplicarían cuando conociesen la verdad: trivial, falto de contenido. Calificaban de noble su obra porque había conmovido sus corazones al describir el sufrimiento de los pobres. Pero del mismo modo podía haber hablado del sufrimiento de los reyes. Y los había descrito porque daba la casualidad de que los conocía. Ahora que había hecho fortuna se daba cuenta de que no le quedaba nada que decir sobre los pobres, y de que prefería no saber nada más de ellos. La palabra «superficialidad» hacía de acompañamiento de sus pasos a lo largo de la calle.
Mientras caminaba, iba pensando en todas estas cosas. La noche era fría; un viento ligero, cortante, soplaba en contra. Miró hacia arriba, y pensó que iba a ponerse a llover.
El joven se llamaba Charlie Despard. Era bajo, delgado, una figura minúscula en la calle solitaria. Aún no había cumplido los treinta años, y parecía mucho más joven; podía pasar por un chico de diecisiete años. Tenía el pelo castaño y la piel morena, pero los ojos azules, la cara estrecha y la nariz ligeramente ladeada. Sus movimientos eran extremadamente ágiles, y andaba muy derecho, incluso en su actual estado de depresión y con aquella pesada maleta en la mano. Iba bien vestido, con una gorra havelock; toda su indumentaria tenía el aspecto nuevo, y efectivamente lo era.
Volvió a pensar en el hotel, preguntándose si no daría lo mismo estar dentro de una casa o en la calle. Decidió tomar una copa de coñac al llegar. Últimamente había recurrido al coñac en busca de consuelo; unas veces lo había encontrado en él, y otras no. Pensó también en su mujer, que le estaba esperando. Quizá dormía en estos momentos. Si no había cerrado la puerta con llave, y no llegaba a despertarla y hacerla hablar, tal vez su proximidad fuese un consuelo para él. Pensó en su belleza y en lo cariñosa que era con él. Era una joven alta, de cabello amarillo, ojos azules y una tez blanca como el mármol... Su rostro habría sido clásico si la mitad superior no fuera un poco corta y estrecha con relación a la mandíbula y la barbilla. Esta misma peculiaridad se repetía en el cuerpo: la mitad superior era un poco demasiado corta y delgada comparada con las caderas y las piernas. Se llamaba Laura. Tenía una mirada limpia, grave, bondadosa, y sus ojos azules se llenaban fácilmente de lágrimas de emoción; la misma admiración que sentía por él las hacía correr abundantemente cuando le miraba. ¿De qué le valía a él todo eso? En realidad, no era su esposa: Laura se había casado con un fantasma de su propia imaginación, y él se había quedado fuera, al margen.
Llegó al hotel, y se dio cuenta de que no le apetecía el coñac. Se detuvo en el vestíbulo, que le pareció una tumba, y le preguntó al portero si había llegado su mujer. El viejo le dijo que madame había llegado sin novedad, y le había informado que monsieur llegaría más tarde. Se ofreció a subirle la maleta, pero Charlie pensó que era mejor llevar él su propia carga. Así que le preguntó el número de su habitación; subió la escalera y recorrió el pasillo solo. Para su sorpresa, encontró la doble puerta de la habitación sin cerrar con llave, y entró. Le pareció el primer detalle favorable que el destino tenía con él desde hacía mucho tiempo.
La habitación, al entrar, estaba casi a oscuras; sólo ardía una llama de gas junto al tocador. Había un perfume a violetas en el aire. Las habría traído su mujer con intención de regalárselas con algún verso de un poema. Pero se hallaba sumergida entre almohadas. Al joven le afectaban últimamente los pequeños detalles con tanta facilidad que se le alegró el corazón ante esta buena suerte. Mientras se quitaba los zapatos, miró a su alrededor, y pensó: «Esta habitación, empapelada de azul celeste y con cortinas carmesí, ha sido muy amable conmigo: no la olvidaré.»
Pero una vez en la cama, no se podía dormir. En un reloj vecino oyó dar el cuarto una vez, dos veces, tres. Le parecía que había perdido el arte de dormir, y que iba a seguir en la cama perpetuamente desvelado. «Es», pensó, «porque estoy efectivamente muerto. Ya no hay diferencia entre la vida y la muerte».
De repente, sin esperárselo, puesto que no había oído pasos, oyó que alguien hacía girar suavemente el pomo de la puerta. Había cerrado con llave al entrar. Cuando la persona del corredor lo comprobó, esperó un poco, y luego volvió a intentarlo. Pareció renunciar; un momento después tamborileó una pequeña tonada sobre la puerta, y la repitió. Otra vez reinó el silencio; después, el desconocido silbó un breve trozo de canción. Charlie temió seriamente que acabara despertando a su mujer. Salió de la cama, se puso su bata verde, y fue a abrir la puerta con el menor ruido posible.
El pasillo estaba más iluminado que la habitación, ya que había una lámpara en la pared, encima de la puerta. Fuera, debajo de esa luz, vio a un joven. Era alto y rubio, y tan elegantemente vestido que Charlie se sorprendió de verle en el Queen's Hotel. Llevaba un traje de etiqueta, con una capa por encima, y un clavel rojo en el ojal, fresco y romántico sobre el negro del traje. Pero lo que más sorprendió a Charlie al verle fue la expresión de su cara. Estaba radiante de felicidad, resplandeciente de un afable, modesto, incontenible, alegre arrobamiento, como Charlie no había visto igual. Un mensajero angélico llegado directamente del Cielo no habría mostrado un éxtasis más exuberante y glorioso. El poeta se le quedó mirando un minuto. A continuación se dirigió a él en francés, ya que supuso que este joven distinguido de Amberes sería francés, y él hablaba muy bien esa lengua, dado que se la había enseñado en otro tiempo un peluquero de esa nacionalidad:
—¿Qué desea? —preguntó—. Mi esposa está dormida y yo me caigo de sueño.
El joven del clavel había parecido sorprenderse tanto al ver a Charlie como Charlie al verle a él. Sin embargo, aquella extraña beatitud estaba tan hondamente arraigada en él que su expresión tardó en transformarse en la del caballero que se encuentra con otro: su luz siguió iluminándole el semblante teñido de perplejidad incluso mientras hablaba. Dijo:
—Perdón. Lamento infinitamente haberle molestado. Ha sido una equivocación.
Luego Charlie cerró la puerta y dio media vuelta. Por el rabillo del ojo vio a su mujer incorporada en la cama. Le dijo brevemente, porque quizá estaba todavía medio dormida:
—Era un caballero. Creo que estaba borracho.
Al oír estas palabras, su esposa se tumbó otra vez, y él regresó a su cama.
Tan pronto como estuvo acostado, le asaltó una tremenda inquietud: tuvo la sensación de que había sucedido algo irreparable. Durante un rato no supo qué era, ni si era bueno o malo. Le pareció como si una luz gigantesca, deslumbrante, se hubiese precipitado sobre él, hubiese pasado y le hubiese dejado a ciegas. Luego, esta impresión adquirió forma y consistencia, y se reveló en forma de un dolor tan agobiante que le hizo contraerse como por un espasmo. Porque aquí, comprendió, estaba la gloría, el sentido, la clave de la vida. El joven del clavel la tenía. La infinita dicha que irradiaba el semblante del joven del clavel debía de encontrarse en alguna parte del mundo. El joven sabía el camino para llegar a ella; en cambio él lo había perdido. Una vez, pensó, lo había sabido también; pero se había apartado de él, y aquí estaba, condenado para siempre. ¡Ah, Dios, Dios del Cielo!, ¿en qué momento se había apartado del camino del joven del clavel?
Ahora veía con claridad que la melancolía de sus últimas semanas no había sido sino un presagio de su total perdición. En su agonía, porque estaba verdaderamente en las garras de la muerte, quiso cogerse a cualquier medio de salvación; manoteó a oscuras y golpeó algunas de las críticas más entusiastas de su libro. Un instante después, su pensamiento retrocedió ante ellas como si se hubiese quemado. Aquí, en efecto, estaba su ruina y su condenación: en los críticos, en los editores, en el público lector, en su mujer. Eran gente que necesitaba libros; y para conseguir su propósito, eran capaces de convertir a un ser humano en letra impresa. Se había dejado seducir por la gente menos seductora del mundo: le habían obligado a vender su alma a un precio que era en sí mismo un abuso. «Enemistaré», pensó, «al autor con los lectores, y a tu semilla con la de ellos; tú les magullarás los talones, pero ellos te magullarán la cabeza». No era extraño que Dios hubiese dejado de amarle, ya que, por propia voluntad, había cambiado las cosas del Señor —la luna, el mar, la amistad, las luchas— por las palabras que las describían. Ya podía sentarse ahora en una habitación a escribir estas palabras para que le alabasen los críticos; mientras, fuera en el pasillo, pasaba el camino del joven del clavel hacia aquella luz que iluminaba su rostro.
No sabía cuánto tiempo llevaba acostado; le parecía que había llorado, aunque tenía los ojos secos. Por último, le venció el sueño de repente, y durmió un minuto. Al despertar, estaba completamente sereno y decidido. Se marcharía. Huiría, e iría en busca de aquella felicidad que existía en alguna parte. No importaba si tenía que ir hasta el fin del mundo. Bajaría al puerto ahora mismo y buscaría un barco que le llevase. La idea del barco le serenó.
Permaneció en la cama una hora más; luego se levantó y se vistió. Mientras lo hacía, se preguntó qué habría pensado de él el joven del clavel. Habría pensado, se dijo: «Ah, le pauvre petit bonhomme à la robe de chambre verte.» Muy sigilosamente, hizo la maleta; al principio había decidido dejar el manuscrito, después lo incluyó en el equipaje, a fin de arrojarlo al mar y presenciar su destrucción. Cuando iba a salir de la habitación, se acordó de su mujer. No estaba bien dejar para siempre a una mujer mientras dormía sin una palabra de despedida. Teseo, recordó, lo había hecho. Pero era difícil dar con la palabra de despedida. Por último, de pie ante el tocador, escribió en una hoja de su manuscrito: «Me he ido. Perdóname si puedes.» Después bajó. Detrás del mostrador, el portero cabeceaba sobre un periódico. Charlie pensó: «Jamás le volveré a ver. Nunca más volveré a abrir esta puerta.»
Al salir, el viento había amainado; llovía, y la lluvia susurraba y murmuraba a todo su alrededor. Se quitó la gorra; un momento después, su cabello goteaba, y el agua le corría por la cara. En este tacto fresco, inesperado, había intencionalidad. Recorrió la calle por donde había venido, ya que era la única que conocía de Amberes. Mientras caminaba, le pareció que el mundo no le era del todo indiferente, ni estaba absolutamente solo en él. Los fenómenos dispersos y aislados del universo iban adquiriendo una consistencia muy semejante al demonio mismo; y el demonio le tenía cogido de la mano o por el pelo. Antes de lo que suponía, se encontraba en el puerto, en el borde del muelle, con la maleta en la mano, y mirando fijamente el agua. Era profunda y oscura; las luces de las farolas del muelle jugaban en ella como serpientes jóvenes. Su primera sensación fuerte fue que era salada. La lluvia caía sobre él desde lo alto; debajo, tenía el agua salada. Así es como debía ser. Permaneció allí largo rato, mirando los barcos. Se iría en uno de ellos.
Los cascos se recortaban gigantescos en la oscuridad de la noche. Transportaban cosas en sus vientres y estaban preñados de posibilidades; eran portadores de destinos, y superiores a él en todos los sentidos; el agua los rodeaba por todas partes. Flotaban; el agua salada los llevaba adonde querían ir. Mientras miraba, le pareció que le llegaba una especie de simpatía de los grandes cascos; le enviaban un mensaje; pero al principio no lo entendió. Luego encontró la palabra: era superficialidad. Los barcos eran superficiales, y estaban siempre en la superficie. Ahí residía su poder; para los barcos, el peligro estaba en fondo de las cosas, en encallar. Incluso eran huecos, y en la oquedad residía el secreto de su ser; las grandes profundidades trabajaban como esclavas para ellos mientras permanecieran huecos. Una oleada de felicidad inundó el corazón de Charlie; un rato después, se echó a reír en la oscuridad.
«Hermanos míos», pensó, «debía haber acudido a vosotros hace tiempo. ¡Hermosos y superficiales vagabundos, valerosos y flotantes conquistadores de las profundidades! Ángeles pesados y vacíos, os estaré agradecido toda mi vida. ¡Que Dios nos conserva a flote, a vosotros y a mí, hermanos! Dios guarde nuestra superficialidad.» A todo esto se encontraba empapado; el pelo y la gorra havelock relucían suavemente como los costados de los barcos en la lluvia. «Y ahora», pensó, «callaré la boca. En mi vida ha habido demasiadas palabras; no puedo recordar ahora por qué he hablado tanto. Sólo al venir aquí, y estar callado bajo la lluvia, se me ha revelado la verdad de las cosas. En adelante no hablaré más, sino que escucharé lo que los marineros, gentes que están familiarizadas con los barcos flotantes, y viven alejados del fondo de las cosas, tengan que contarme. Iré al fin del mundo, y mantendré la boca callada».
Apenas había tomado esta resolución, cuando se acercó un hombre y le dirigió la palabra:
—¿Busca barco? —preguntó.
Tenía aspecto de marinero, pensó Charlie; y también de mono simpático. Era un hombre bajo, de cara curtida, y sotabarba.
—Sí, en efecto —dijo Charlie.
—¿Qué barco? —preguntó el marinero.
Charlie iba a contestar: «El arca de Noé.» Pero comprendió a tiempo que sonaría a estupidez.
—Pues verá —dijo—, quiero embarcar, salir de viaje.
El marinero escupió y se echó a reír.
—¿De viaje? —dijo—. Menos mal. Estaba mirando el agua fijamente, así que pensé que iba a saltar.
— ¡Ah, conque a saltar! —dijo Charlie—. ¿Y me habría salvado usted? Pero la verdad es que llega demasiado tarde para salvarme. Tenía que haber venido anoche; ése habría sido el momento adecuado. La única razón por la que no me ahogué anoche —prosiguió—, fue la falta de agua. ¡Si el agua hubiese venido a mí entonces! Ahí se encuentra el agua, y aquí está el hombre: bien. Si el agua va a él, se ahoga. Todo contribuye a probar que el más grande de los poetas se equivoca, y que uno no debiera hacerse poeta jamás.
Al llegar aquí, el marinero concluyó que el joven desconocido estaba borracho.
—De acuerdo, muchacho —dijo—; si se lo ha pensado mejor, puede seguir su camino; que tenga buenas noches.
Esto fue una decepción para Charlie, que había pensado que la conversación marchaba extraordinariamente bien.
—¿Puedo ir con usted? —preguntó al marinero.
—Me dirijo a la taberna La Croix du Midi —contestó el marinero—, a tomarme un vaso de ron.
—Es una excelente idea —exclamó Charlie—; he tenido suerte al tropezarme con un hombre con ideas así.
Fueron juntos a la taberna La Croix du Midi, que estaba cerca, donde se encontraron con un par de marineros a los que el primer marinero conocía, y se los presentó a Charlie, al uno como piloto y al otro como sobrecargo. Él era capitán de un pequeño barco fondeado fuera del puerto. Charlie se metió la mano en el bolsillo y lo encontró lleno del dinero que había cogido para el viaje.
—Traiga la mejor botella de ron que tenga para estos caballeros —dijo al camarero—, y un tazón de café para mí.
No quería alcohol en su actual estado de ánimo. En realidad le daban miedo sus compañeros; pero le resultaba difícil explicarles su caso.
—Tomo café —dijo— porque he hecho una... —iba a decir «promesa», pero lo pensó mejor— ...apuesta. Un viejo, por cierto tío mío, a bordo de un barco, apostó a que no era capaz de mantenerme un año alejado de la bebida; si lo conseguía, el barco era mío.
—¿Y lo ha conseguido? —preguntó el capitán.
—Sí, como hay Dios —dijo Charlie—. He renunciado a una copa de coñac no hace ni doce horas; y lo que, por mis palabras, quizá haya tomado por embriaguez, no es sino efecto del olor del mar.
El piloto preguntó:
—¿Era el viejo de la apuesta un hombre bajo, con una barriga voluminosa y un solo ojo?
— ¡Sí, ése es mi tío! —exclamó Charlie.
—Entonces lo he conocido; cuando me dirigía a Río —dijo el piloto—. Me propuso esa misma apuesta, pero no quise aceptar.
Aquí llegaron las bebidas, y Charlie llenó los vasos. Lió un cigarrillo, y aspiró con delectación el aroma del ron y del local caliente. A la luz débil de la lámpara colgada, las tres caras de sus recién conocidos brillaban lozanas y cordiales. Se sintió honrado y feliz en su compañía; y pensó: «¡Cuánto más saben que yo!» Estaba muy pálido, como siempre que se sentía agitado.
—Puede que le siente bien el café —dijo el capitán—. Tiene cara de fiebre.
—No; pero he sufrido una gran desgracia —dijo Charlie.
Los otros pusieron cara de condolencia, y le preguntaron de qué se trataba.
—Se lo contaré —dijo Charlie—. Es mejor que hable de eso, aunque hace poco pensaba lo contrario. Tenía un mono amaestrado al que quería mucho: se llamaba Charlie. Se lo había comprado a una vieja que regentaba una casa en Hong-Kong; tuvimos que sacarlo en secreto entre ella y yo por mediodía; de lo contrario, las chicas no habrían consentido quedarse sin él, ya que lo consideraban como un hermano. Para mí, fue como un hermano también. Conocía todos mis pensamientos, y estaba siempre a mi lado. Le habían enseñado ya muchas habilidades cuando pasó a ser mío, y aprendió muchas más conmigo. Pero cuando regresé, no le sentó bien la comida inglesa, ni tampoco el domingo inglés. Así que enfermó, empezó a empeorar, y un sábado por la noche murió en mis brazos.
—Qué lástima —dijo el capitán, compasivo.
—Sí —dijo Charlie—. Cuando sólo hay una persona en el mundo a la que se quiere, y esa persona es un mono, y se muere, es una lástima.
El sobrecargo, antes de que llegasen los otros, había estado contándole al piloto una historia. Ahora, en atención a los recién llegados, la volvió a contar. Era una narración cruel de cómo había hecho un viaje con lana desde Buenos Aires. Cuando llevaban cinco días en la zona de calmas ecuatoriales se incendió el barco; y la tripulación, después de pasarse la noche combatiendo el fuego, embarcó en los botes por la mañana y lo abandonó. El mismo sobrecargo se había quemado las manos; sin embargo, estuvo remando tres días y tres noches, de manera que cuando le recogió un vapor de Rotterdam, se le había pegado una mano en torno al remo, y nunca más volvió a poder estirar los dedos.
—Entonces —dijo—, me miré la mano, y juré que si regresaba a tierra firme, me tendría el diablo si volvía a embarcar.
Los otros dos asintieron gravemente ante este relato, y le preguntaron adónde se dirigía ahora.
—¿Yo? —dijo el sobrecargo—, he embarcado para Sidney.
El piloto describió un temporal en Bahía, y el capitán les contó una historia sobre una ventisca que les cogió en el Mar del Norte cuando él era simple grumete. Le asignaron a las bombas, contó, y se habían olvidado de él; y como no se atrevía a abandonar su puesto, estuvo trabajando en las bombas once horas.
—Entonces —dijo— juré yo también quedarme en tierra y no volver a embarcar nunca más.
Charlie escuchaba; y pensó: «Estos hombres son sabios. Saben de qué hablan. Los que viajan por placer cuando el mar está en calma y les sonríe, y dicen que lo aman, no saben lo que significa ese amor. Los verdaderos amantes del mar son los marineros, que han sufrido sus golpes y sus embates, y lo han maldecido y condenado. Muy probablemente, se puede aplicar la misma regla a los maridos y las mujeres. Aprenderé más de los marineros. Soy un crío y un tonto, comparado con ellos.»
Los tres marineros se daban cuenta, por su actitud callada y atenta, del respeto y el asombro del joven. Le tomaron por Un estudiante, y se alegraron de contarle sus experiencias. También le consideraron un buen anfitrión, ya que les llenaba los vasos constantemente, y había pedido otra botella al vaciarse la primera. Charlie, para corresponder a sus relatos, les cantó un par de canciones. Tenía una voz melodiosa, y esta noche estaba orgulloso de ella: hacía mucho tiempo que no cantaba. Todos se sentían amigos. El capitán le dio una palmada en la espalda y le dijo que era un muchacho despierto, y que aún podía llegar a ser marinero.
Pero cuando, poco después, el capitán empezó a hablar con ternura de su mujer y su familia, a la que acababa de dejar, y el sobrecargo informó a la reunión, emocionado y orgulloso, que durante los tres meses últimos dos camareras de Amberes habían tenido gemelas de pelo rojizo como el del padre, Charlie se acordó de su esposa y le entró desasosiego. Estos marineros, pensó, parecían saber tratar a sus mujeres. Probablemente, ninguno de ellos tenía tanto miedo de su mujer como para huir de ella a media noche. Si se enterasen de que él había hecho tal cosa, reflexionó, pensarían menos bien de él.
Los marineros le creían mucho más joven de lo que era; de modo que en su compañía había acabado sintiéndose efectivamente muy joven; y su esposa le parecía ahora más una madre que una compañera. Su verdadera madre, aunque había sido una respetable comerciante, tenía un poco de sangre gitana, y ninguna de las apresuradas decisiones de su hijo la habían cogido de sorpresa. En efecto, pensó Charlie, había seguido a flote pese a todo, y nadaba majestuosa como una oca orgullosa, grave, oscura. Si hubiese ido esta noche y le hubiese contado su decisión de embarcar, quizá le habría encantado y emocionado la idea. Ahora, mientras se tomaba la última taza de café, transfirió a su joven esposa el orgullo y la gratitud que siempre había sentido por la anciana. Laura le comprendería, y le apoyaría.
Siguió sentado un rato, sopesando la cuestión. Porque la experiencia le había enseñado que debía ser cuidadoso en esto. Ya había sido atrapado anteriormente como por una extraña ilusión óptica. Cuando estaba lejos de ella, su mujer adquiría toda la apariencia de un ángel de la guarda, de apoyo y comprensión inagotables. Pero cuando se encontraba de nuevo con ella cara a cara, era una desconocida; y Charlie veía su camino sembrado de dificultades.
Esta noche, sin embargo, todo esto parecía pertenecer al pasado. Pues ahora estaba en el poder: tenía a su lado el mar y los barcos; y delante, al joven del clavel. Grandes imágenes le rodeaban. Aquí, en la posada La Croix du Midi, había vivido muchas experiencias ya. Había visto incendiarse y naufragar un barco, una ventisca en el Mar del Norte, y el retorno del marinero con su mujer y sus hijos. Tan poderoso se sentía que la figura de su esposa le pareció conmovedora. La recordó como la había visto la última vez, dormida, pasiva, pacífica, y su blancura y su ignorancia del mundo le llegaron al corazón. De repente, se ruborizó intensamente al pensar en la nota que le había escrito. Comprendió ahora que habría podido marcharse más tranquilo si se lo hubiese explicado todo primero. «Hogar», pensó, «¿dónde está tu aguijón? Vida conyugal, ¿dónde está tu victoria?»
Miró la mesa, donde se había derramado un poco de café. Entretanto, la conversación de los marineros había ido decayendo porque se habían dado cuenta de que ya no escuchaba; al final se apagó. La conciencia del silencio en torno suyo despertó a Charlie. Les sonrió.
—Voy a contarles un cuento antes de marcharnos. Un cuento azul —dijo.
»Había una vez —empezó— un viejo inglés inmensamente rico que había sido cortesano y consejero de la reina, y que ahora, en la vejez, lo único que le interesaba era coleccionar porcelana azul antigua. Con este fin hacía viajes a Persia, Japón y China, siempre acompañado de su hija, lady Helena. Y sucedió que, cuando navegaban por el Mar de la China, se incendió el barco una noche de calma; todo el mundo embarcó en los botes salvavidas, y lo abandonaron. En la oscuridad y la confusión, el viejo lord quedó separado de su hija. Lady Helena tardó en subir a cubierta, y se encontró con que todo el mundo había abandonado ya el barco. En el último momento, un joven marinero inglés la bajó a un bote salvavidas que había quedado olvidado. A los dos fugitivos les parecía como si el fuego les siguiese por todas partes, dado que el resplandor se reflejaba en la mar oscura; y, al mirar hacia arriba, una estrella fugaz cruzó el cielo como si fuese a caer en el bote. Estuvieron navegando nueve días, hasta que los recogió un mercante holandés y los devolvió a Inglaterra.
»El viejo lord había creído que su hija había muerto. Ahora lloró de alegría, y la llevó inmediatamente a un elegante balneario para que pudiese recobrarse de las privaciones que había sufrido. Y como pensaba que debía de ser desagradable para ella que un joven marinero que se ganaba el pan trabajando en un mercante dijese al mundo que había estado nueve días a solas con la hija de un par, pagó al muchacho una considerable cantidad de dinero, haciéndole prometer que navegaría por el otro hemisferio, y que no regresaría jamás. "Porque", dijo el viejo noble, "¿de qué iba a servir?"
»Cuando lady Helena se recuperó, y le dieron noticias de la corte y de su familia, y le contaron también, finalmente, cómo había sido alejado el marinero para que no volviese más, descubrieron que las privaciones le habían afectado al espíritu, y que nada en el mundo le interesaba. No volvería al castillo y al parque de su padre, ni a la corte, ni visitaría ninguna alegre ciudad del Continente. Lo único que quería ahora era ir, como su padre antes que ella, en busca de antigua porcelana azul. Y así, empezó a navegar de un país a otro, acompañada de su padre.
»En sus recorridos, contaba a las gentes con las que trataba que buscaba determinado tono azul, y que pagaría el precio que fuese por él. Pero aunque compraba centenares de jarrones y vasos azules, los arrumbaba al cabo de un tiempo, y decía: "¡Ay, ay, no es exactamente el azul que busco!" Su padre, cuando ya llevaban muchos años navegando, insinuó que quizá no existía el tono que ella buscaba. " ¡Por Dios, papá! ", dijo ella, "¿cómo puedes decir algo tan malvado? Seguro que debe de quedar algo de cuando el mundo entero era azul".
»Sus dos viejas tías de Inglaterra le suplicaron que regresase para hacer todavía una buena boda. Pero ella les contestó: "No; tengo que navegar. Pues deben saber, queridas tías, que son tonterías lo que dicen las gentes instruidas, cuando afirman que el mar tiene fondo. Al contrario: el agua, que es el más noble de los elementos, penetra toda la tierra, de manera que nuestro planeta flota realmente en el éter como una burbuja de jabón. Y en el otro hemisferio navega un barco con el que tengo que ajustar el paso. Somos como el reflejo el uno del otro en la mar profunda, y el barco del que hablo está siempre exactamente debajo del mío, en el lado opuesto del globo. Ustedes no han visto nunca un gran pez nadando debajo de un bote, siguiéndolo como una sombra de color azul marino en el agua. Pero así va el barco ése, como la sombra de mi barco; y lo arrastro de aquí para allá, adonde voy, como la luna arrastra las mareas por toda la redondez de la tierra. Si yo dejase de navegar, ¿qué harían esos pobres marineros que se ganan el pan en un mercante? Pero les voy a decir un secreto", dijo. "Al final, mi barco descenderá al centro del globo, y en ese mismo instante se hundirá también el otro barco (porque la gente llama a eso hundirse, aunque yo les aseguro que en la mar no hay arriba ni abajo); y allí, en el centro del mundo, nos encontraremos los dos."
»Transcurrieron muchos años, murió el viejo lord, y lady Helena se volvió vieja y sorda; pero seguía navegando. Y sucedió, tras el saqueo del palacio de verano del emperador de China, que un mercader llevó a lady Helena un jarrón azul muy antiguo. Tan pronto como lo vio ésta, dejó escapar un terrible alarido. "¡Ese es!", exclamó. "Al fin lo he encontrado. Ese es el verdadero azul. ¡Oh, qué dichosa me hace! Es fresco como una brisa, profundo como un secreto profundo, y está lleno como no sé qué." Apretó el jarrón contra su pecho con manos temblorosas, y permaneció sentada seis horas, sumida en su contemplación. Luego les dijo a su médico y a su dama de compañía: "Ahora puedo morir. Y cuando haya muerto, quiero que me saquen el corazón y lo depositen en este jarrón azul. Así, todo será como fue entonces. Todo será azul a mi alrededor; y en medio del mundo azul, mi corazón será inocente y libre y latirá dulcemente, como la estela que canta, como las gotas que caen en la pala del remo." Un rato más tarde les preguntó: "¿No es dulce pensar que, si se tiene paciencia, todo lo que se ha poseído vuelve a una otra vez?" Poco después, murió la anciana dama.
La reunión se disgregó ahora; los marineros le estrecharon la mano a Charlie, y le dieron las gracias por el ron y la historia. Charlie les deseó buena suerte.
—Se le olvida el equipaje —dijo el capitán, cogiendo la maleta de Charlie con el manuscrito.
—No —dijo Charlie—; quiero dejársela hasta que naveguemos juntos.
El capitán miró las iniciales de la maleta.
—Pesa bastante —dijo—. ¿Lleva algo de valor?
—Ya lo creo que pesa, sí —dijo Charlie—; pero no volverá a ocurrir. La próxima vez estará vacía.
Preguntó el nombre del barco del capitán y se despidió.
Al salir, le sorprendió comprobar que era casi de día. La hilera larga y desparramada de farolas alzaba sus cabezas melancólicas al aire gris.
Una muchacha delgada de grandes ojos negros que había estado paseando arriba y abajo por delante de la posada se acercó a hablarle; y como él no le contestó, repitió su invitación en inglés. Charlie la miró. «Ésta también pertenece a los barcos», pensó, «como los moluscos y las algas que se crían en sus fondos. En ella se han ahogado muchos marineros que escaparon de las profundidades. Sin embargo, no encallará, y si me voy con ella, aún me salvaré». Se metió la mano en el bolsillo, pero descubrió que sólo le quedaba un chelín.
—¿Me concedes el precio de un chelín? —preguntó a la muchacha. Ella le miró. Su rostro no se inmutó cuando él le cogió la mano, le quitó su viejo guante y le apretó la palma, áspera y viscosa como la piel de un pez, contra sus labios y su lengua. Le devolvió la mano, depositó en ella el chelín y se fue.
Recorrió la calle por tercera vez entre el puerto y el Queen's Hotel. La ciudad estaba despertando ahora, y se cruzó con algunas personas y carruajes. Las ventanas del hotel estaban iluminadas. Al entrar en el vestíbulo, no vio a nadie; y estaba a punto de subir a su habitación cuando, a través de una puerta de cristal, vio a su mujer sentada en un comedor pequeño, iluminado, contiguo al vestíbulo. Así que entró allí.
Cuando ella le vio, se le iluminó la cara.
—¡Has venido! —exclamó.
Charlie inclinó la cabeza. Iba a cogerle la mano para besársela, cuando le preguntó ella:
—¿Por qué has tardado tanto?
—¿Que he tardado? —exclamó él, enormemente sorprendido por la pregunta, y porque había perdido por completo la noción del tiempo. Miró el reloj que había en la repisa de la chimenea y dijo—: Sólo son las siete y diez.
—¡Sí, pero yo creía que llegarías antes! —dijo ella—. Me he levantado temprano para estar arreglada cuando tú llegaras.
Charlie se sentó a la mesa. No contestó, porque no sabía qué decir. «¿Es posible», pensó, «que tenga tan grande fortaleza de ánimo como para volver a aceptarme de este modo?»
—¿Quieres café? —dijo su mujer.
—No, gracias —dijo él—, ya he tomado.
Miró por la habitación. Aunque era casi de día y las persianas estaban levantadas, las lámparas de gas seguían ardiendo todavía; y desde su niñez, esto le había parecido siempre de un lujo enorme. El fuego de la chimenea se reflejaba en una alfombra de Bruselas algo gastada y en las butacas de tapizado rojo. Su mujer se estaba tomando un huevo. Cuando era pequeño, solía tomar un huevo los domingos por la mañana. La habitación entera, que olía a café y a pan reciente, con el mantel blanco y la brillante cafetera, tenía aspecto de mañana de descanso. Miró a su mujer. Llevaba puesta su capa gris de viaje; había dejado el sombrero a su lado, y su pelo amarillo, recogido en una redecilla, centelleaba a la luz de la lámpara. Ella misma brillaba en cierto modo: una luz le brotaba del interior; y parecía firmemente anclada en el sofá, único objeto estable en un mundo turbulento.
Le vino una idea: «Es como un faro», pensó; «el firme y majestuoso faro que emite su luz benefactora. Dice a todos los barcos: "Alejaos." Pues donde se encuentra el faro, hay bajíos o escollos. Significa la muerte para todo objeto flotante que se acerque». En ese momento alzó ella los ojos, y se encontraron con los de Charlie.
—¿En qué estás pensando? —preguntó a su marido.
Él pensó: «Se lo diré. Es mejor ser sincero con ella desde ahora y confesárselo todo.» Así que dijo lentamente:
—Estoy pensando que, para mí, eres como un faro. Una luz constante que me indica cómo debo enderezar mi rumbo.
Ella le miró; luego desvió la mirada, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Él temió que fuera a echarse a llorar, aunque hasta ahora se había portado con mucha valentía.
—Subamos a la habitación —dijo él; porque le sería más fácil explicarle las cosas a solas.
Subieron juntos; y la escalera que tanto le había costado subir la noche antes le resultó tan fácil ahora que dijo su mujer:
—No; vas demasiado arriba. Estamos aquí.
Encabezó ella la marcha por el pasillo, y abrió la puerta de la habitación.
Lo primero que notó Charlie fue que el aire no olía ya a violetas. ¿Las había tirado, enfadada? ¿O se habían marchitado al marcharse él? Se le acercó ella, le puso una mano en el hombro y apoyó en ella la cara. Por encima de su pelo rubio, enfundado en la redecilla, Charlie miró en torno suyo, y se quedó paralizado. Porque el tocador sobre el que había dejado la nota por la noche estaba en otro sitio; y lo mismo la cama en la que se había acostado. En el rincón había ahora un espejo de cuerpo entero que antes no había visto. Ésta no era su habitación. Instantáneamente, observó otros detalles. Ya no había dosel en la cama, y encima de la cabecera colgaba un grabado en acero de la familia real belga que hasta ahora no había visto.
—¿Dormiste aquí anoche? —preguntó a su mujer.
—Sí —dijo ella—. Aunque no muy bien. Estaba preocupada porque no llegabas; temía que hubieses tenido mal viaje.
—¿No te despertó nadie? —preguntó otra vez.
—No —dijo ella—. Tenía la puerta cerrada con llave. Y este hotel es tranquilo, creo.
Al repasar Charlie los sucesos de la noche con el ojo experto de un escritor de ficción, le conmovieron como si hubiesen sido sacados de sus propios libros. Aspiró profundamente.
—Dios Todopoderoso —dijo desde lo más hondo de su ser—, igual que está el cielo por encima de la tierra, están también tus relatos por encima de los nuestros.
Analizó todos los detalles lenta, concienzudamente, como el matemático que desarrolla y resuelve una ecuación. Primero sintió, como miel en la lengua, el anhelo y el triunfo del joven del clavel. Luego, como si una mano le agarrase por el cuello, pero con un gozo casi igual de artístico, el terror de la mujer de la cama. Como si él mismo poseyese un par de pechos firmes y jóvenes, tuvo conciencia de que su corazón se paralizaba debajo de ellos. Se quedó completamente inmóvil, abismado en sus pensamientos, pero su cara adquirió tal expresión de arrobamiento, de gozo y placer, que su mujer, que había levantado la cabeza de su hombro, le preguntó con sorpresa:
—¿En qué estás pensando ahora?
Charlie le cogió la mano, con la cara todavía radiante.
—Estoy pensando —dijo muy lentamente— en el Jardín del Edén, y en el querubín de la espada llameante. No —prosiguió en el mismo tono—, estoy pensando en Heros y Leandro. En Romeo y Julieta. En Teseo y Ariadna, y también en el Minotauro. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez, cariño, qué sentiría de vez en cuando el Minotauro?
—¿Así que vas a escribir un relato de amor, Trovador? —preguntó ella, sonriéndole a su vez.
Charlie no contestó en seguida; pero le soltó la mano, y un momento después preguntó:
—¿Qué has dicho?
—Te preguntaba si vas a escribir un relato de amor —repitió ella tímidamente.
Se apartó de su mujer, se acercó a la mesa y apoyó una mano en ella.
Volvía la luz que había caído sobre él la noche interior, ahora desde todas partes..., desde su propio faro también, pensó confusamente. Sólo que entonces había brillado hacia adelante, hacia el mundo infinito; mientras que ahora se había vuelto hacia adentro, e iluminaba la habitación del Queen's Hotel. Era muy brillante; parecía que iba a verse, dentro de ella, como le veía Dios; y ante esta prueba, tuvo que apoyarse en la mesa.
Y estando de este modo, la escena se convirtió en un diálogo entre Charlie y el Señor.
El Señor le dijo:
—Tu esposa te ha preguntado dos veces si vas a escribir un relato de amor. ¿Crees que es eso efectivamente lo que vas a hacer?
—Sí, es muy probable —dijo Charlie.
—¿Va a ser —preguntó el Señor— un relato bueno y agradable que vivirá en el corazón de los jóvenes enamorados?
—Sí, creo que sí —dijo Charlie.
—¿Y estás satisfecho de él? —preguntó el Señor.
—Señor, ¿por qué me preguntas eso? —dijo Charlie—. ¿Cómo puedo contestarte que sí? ¿Acaso no soy un ser humano, y puedo escribir una historia de amor sin anhelar ese amor que ciñe y abraza, y la dulzura y calor de un cuerpo de mujer joven en mis brazos?
—Todo te lo di anoche —dijo el Señor—. Fuiste tú quien te marchaste de la cama para irte al fin del mundo.
—Sí, lo hice —dijo Charlie—. ¿Lo viste tú, y te pareció bien? ¿Va a repetirse lo mismo? ¿Voy a ser yo perpetuamente quien se acueste con la amante del joven del clavel; y a propósito, qué ha sido de ella y cómo va a explicárselo a él? ¿Y quién se marchó y le escribió: «Me voy. Perdóname si puedes»?
—Sí —dijo el Señor.
—Además, dime, ahora que hablamos de eso —exclamó Charlie—, ¿voy a obtener, mientras escribo sobre la belleza de las mujeres jóvenes de la tierra, el precio de un chelín nada más?
—Sí —dijo el Señor—. Y tendrás que conformarte con eso.
Charlie trazaba un dibujo con el dedo sobre la mesa; no dijo nada. Parecía que el diálogo había terminado aquí, cuando habló nuevamente el Señor.
—¿Quién ha hecho los barcos, Charlie? —preguntó.
—No lo sé —dijo Charlie—, ¿has sido tú?
—Sí —dijo el Señor—; yo he hecho los barcos sobre las quillas, y todo lo que flota. La luna que navega en el cielo, los orbes que nadan en el universo, las mareas, las generaciones, las costumbres. Me da risa: te he dado el mundo entero para que navegues y flotes en él, y has venido a encallar aquí, en la habitación del Queen's Hotel, por buscar pelea. Bueno —dijo el Señor otra vez—, haremos un trato. No te asignaré más aflicción que la que necesites para escribir tus libros.
—¡Ah, vaya! —dijo Charlie.
—¿Qué has dicho? —preguntó el Señor—. ¿Quieres menos?
—No he dicho nada —dijo Charlie.
—Pero tendrás que escribir libros —dijo el Señor—. Porque soy yo quien lo quiere. No el público; y mucho menos los críticos; ¡sino YO!
—¿Estás seguro de eso? —preguntó Charlie.
—No siempre —dijo el Señor—. No se puede estar seguro de todo en todo momento. Pero ahora te digo que sí. Tendrás que atenerte a eso.
—¡Oh, Dios mío! —dijo Charlie.
—¿Vas a agradecerme —dijo el Señor— lo que he hecho por ti esta noche?
—Creo —dijo Charlie— que dejaremos las cosas como están y no hablaremos más de ello.
Su mujer ahora fue a abrir la ventana. Entró el aire frío y crudo de la mañana juntamente con el estrépito de los carruajes de la calle, voces humanas y un gran coro de gorriones, así como con un olor a humo y a estiércol de caballo.
Cuando Charlie hubo terminado su conversación con Dios, y mientras la tenía aún tan vívida en él que habría podido escribirla, fue a la ventana y se asomó. Los colores matinales de la ciudad gris eran frescos y delicados, y había un débil atisbo de sol en el cielo. La gente andaba de aquí para allá; una joven con chal azul y zapatillas se alejaba con paso rápido; el ómnibus del hotel, tirado por un caballo blanco, se detuvo abajo, y el mozo se puso a ayudar a los viajeros a bajar sus equipajes. Charlie se quedó contemplando la calle, debajo de él.
«Una cosa agradeceré al Señor, sin embargo», pensó: «No haber tocado nada de cuanto pertenecía a mi hermano, el joven del clavel. Estaba a mi alcance, pero no lo toqué.»
Se demoró un rato en la ventana, y vio alejarse el ómnibus. ¿Dónde estará ahora, se preguntó, entre las casas, en la mañana pálida, el joven de anoche?
«¡Ah, el joven!», pensó. «Ah, le pauvre jeune homme à l'œillet.»
El acre del dolor
El bajo, ondulado paisaje danés estaba silencioso y sereno, misteriosamente despierto en la hora previa a la salida del sol. No había una nube en el cielo pálido, ni una sombra en los borrosos y perlados campos, colinas y bosques. La bruma se elevaba de los valles y las hondonadas; el aire era frío, la yerba y el follaje goteaban de rocío matinal. Libre de la mirada observadora del hombre, y de su perturbadora actividad, el campo respiraba una vida intemporal, para la que el lenguaje resultaba insuficiente.
Sin embargo, una raza humana vivía en esta tierra desde hacía mil años; había sido formada por su suelo y su clima, y había sido marcada por sus pensamientos, de manera que ahora nadie podía decir dónde terminaba la existencia de una y dónde empezaba la de la otra. La delgada raya gris de un camino que serpeaba por la llanura y subía y bajaba por las colinas era la materialización inmóvil del anhelo humano, y de la idea humana de que es mejor estar en un sitio que en otro.
Un hijo del campo leería en este paisaje despejado como en un libro. El mosaico irregular de prados y trigales era una representación pictórica, en tímidos verdes y amarillos, de la lucha de las gentes por el pan de cada día; los siglos les habían enseñado a arar y sembrar de esta manera. En una colina lejana las alas inmóviles de un molino, pequeña crucecita azul recortada contra el cielo, marcaba una etapa superior en la carrera por el pan. El perfil borroso de los tejados de paja —excrecencia baja y marrón de la tierra—, donde se apiñaban las casuchas del pueblo, contaba la historia —de la cuna a la sepultura— del campesino, la criatura más cercana al suelo y dependiente de él, prosperando en el año fértil y muriendo en los de sequía y de plagas.
Poco más arriba, con la débil raya horizontal de la tapia blanca del cementerio a su alrededor, y las siluetas verticales de altos álamos junto a ella, la iglesia de tejas rojas atestiguaba, hasta donde alcanzaba la vista, que éste era un país cristiano. El hijo de la tierra la consideraba una casa extraña, habitada sólo durante unas horas cada siete días, pero dotada de una voz fuerte y clara que proclamaba las penas y las alegrías de la tierra: una evidente, rotunda encarnación de la fe de una nación en la justicia y la clemencia del cielo. Entre bosques y grupos de árboles cupulados, donde se alzaba en el aire la silueta majestuosa y piramidal de las avenidas de tilos, había una gran casa solariega.
El hijo de la tierra leería muchas cosas en estos signos elegantes y geométricos sobre la bruma azul. Los tilos en fila, alrededor de una fortaleza, hablaban de poder. Aquí se decidía el destino de la tierra circundante y de los hombres y animales que la habitaban, y el campesino alzaba los ojos hacia las pirámides verdes con temor. Revelaban dignidad, decoro y buen gusto. El suelo danés no había dado flor más bella que la mansión a la que conducía la larga avenida. En sus arrogantes habitaciones, la vida y la muerte se sobrellevaban con gracia majestuosa. La casa solariega no miraba hacia arriba como la iglesia, ni hacia abajo como las cabañas; tenía un horizonte terrestre más ancho que ellas, y estaba emparentada con gran parte de la arquitectura europea. Se había llamado a artesanos extranjeros para que trabajasen el estuco y los entrepaños, y sus propios moradores habían viajado y traído ideas, modas y bellos objetos. Habían hecho que los cuadros, tapices, plata y cristal traídos de países lejanos se sintiesen a gusto aquí; y ahora formaban parte de la vida campesina danesa.
El gran edificio estaba firmemente arraigado en el suelo de Dinamarca como las cabañas de los campesinos, y era tan fiel aliado como ellas de sus cuatro vientos y sus estaciones cambiantes, de su vida animal, sus árboles y sus flores. Sólo sus intereses se hallaban en un plano más elevado. Dentro del dominio de los tilos no había ya vacas, cabras y cerdos en los que ocupar el pensamiento y la conversación, sino caballos y perros. La fauna salvaje, la caza de la tierra, hacia la que el campesino agitaba el puño cuando la veía en el centeno verde o en el trigo maduro, constituía para los moradores de las casas solariegas su principal objetivo y el gozo de la vida.
Su escritura en el cielo proclamaba solemnemente la continuidad, una inmortalidad terrenal. Las grandes casas solariegas conservaban sus tierras durante muchas generaciones. Las familias que vivían en ellas veneraban el pasado tanto como se honraban a sí mismas, dado que la historia de Dinamarca era su propia historia.
En Rosenholm residía un Rosenkrantz, en Hverringe un Juel, en Gammel-Estrup un Skeel, desde que el pueblo tenía memoria. Habían visto sucederse unos a otros reyes y movimientos de estilo y, orgullosa y humildemente, habían transferido su existencia personal a la de su tierra, de manera que entre sus iguales y ante los campesinos pasaban por sus apellidos: Rosenholm, Hverringe, Gammel-Estrup. Para el rey y para el país, para la familia y para el señor concreto de la mansión, era cuestión secundaria qué Rosenkrantz, Juel o Skeel en particular, de una larga serie de padres e hijos, encarnaba en ese momento los campos, los bosques, los campesinos, el ganado y la caza de la propiedad. Muchos eran los deberes que descansaban sobre los hombros de los grandes terratenientes —para con Dios, con el rey, con el vecino y consigo mismo—, y todos eran armónicamente solidarios con la idea de sus deberes para con su tierra. Por encima de todos estaban la obligación de mantener la sagrada continuidad, y producir un nuevo Rosenkrantz, Juel o Skeel para el servicio de Rosenholm, Hverringe y Gammel-Estrup.
En las casas solariegas se apreciaba la gracia femenina. Junto a la buena caza, y el vino selecto, era flor y emblema de la existencia superior que se llevaba allí; y en muchos sentidos, las familias se enorgullecían más de las hijas que de los hijos.
Las damas que paseaban por las avenidas de tilos, o las recorrían en pesados carruajes de cuatro caballos, llevaban el futuro del apellido en sus regazos y, como dignas y dulces cariátides, sostenían las casas en pie. Ellas mismas eran conscientes de su valor, mantenían alto su precio, y se movían en una atmósfera de adoración y autoadoración. Incluso podía pensarse que añadían por su propia cuenta una graciosa, pícara y paradójica altanería. Porque, ¡qué libres eran!, ¡qué poderosas! Sus señores podían gobernar el país, y permitirse muchas libertades; pero tocante a la suprema cuestión de la legitimidad, que era el principio vital de su mundo, el centro de gravedad residía en ellas.
Los tilos estaban en flor. Pero de madrugada, sólo se difundía por el jardín una débil fragancia, un mensaje aéreo, un eco oloroso de los sueños durante la breve noche veraniega.
Por una larga avenida que conducía de la casa al final del jardín, donde, desde un pequeño pabellón blanco de estilo clásico, se dominaba una gran perspectiva de los campos, caminaba un joven. Iba vestido con sencillez, de marrón, con preciosa ropa de lino y encaje, la cabeza descubierta y el cabello sujeto con una cinta. Era moreno: una figura fuerte y vigorosa de ojos bellos y manos elegantes; cojeaba un poco de una pierna.
El gran edificio de lo alto de la avenida, el jardín y los campos habían sido el paraíso de su niñez. Pero había viajado y vivido lejos de Dinamarca, en Roma y en París, y actualmente ocupaba un puesto en la legación danesa de la corte del rey Jorge, hermano de la difunta e infortunada Reina de Dinamarca. Hacía nueve años que no visitaba su hogar ancestral. Le hacía gracia descubrir ahora que todo era mucho más pequeño de como lo recordaba, y al mismo tiempo le emocionaba extrañamente volverlo a ver. Las personas fallecidas acudían a él y le sonreían; un niño con cuello de encaje pasó corriendo por su lado con su aro y su cometa; y al pasar le dirigió una alegre mirada y le preguntó riendo: «¿Vas a decirme que tú eres yo?» Trató de cogerle y contestarle: «Sí, te aseguro que yo soy tú»; pero su ágil figura no esperó la respuesta.
El joven, que se llamaba Adam, mantenía una relación especial con la casa y la tierra. Durante seis meses, había sido heredero de todo; nominalmente, lo seguía siendo en este momento. Era esta circunstancia la que le había traído de Inglaterra, y la que ocupaba su pensamiento mientras paseaba despacio.
El viejo señor de la mansión, hermano de su padre, había tenido muy mala suerte en su vida familiar. Su esposa había muerto joven, y dos de sus hijos en la infancia. El único que le quedó, compañero de juegos de su primo, fue un chico enfermizo y melancólico. Su padre se había pasado once años de balneario en balneario, por Alemania e Italia, sin apenas otra compañía que la de este hijo callado, moribundo, protegiendo la débil llama de su vida con ambas manos, hasta el momento en que pudiese pasarla a un nuevo portador del apellido. Al mismo tiempo, otra desventura se abatió sobre él: cayó en desgracia en la corte, donde hasta ahora había gozado de una buena posición. Estaba a punto de rehabilitar el prestigio de su familia mediante un matrimonio que había arreglado para su hijo cuando, antes de que pudiese celebrarse, falleció el novio, que aún no contaba veinte años de edad.
Adam se enteró en Inglaterra de la muerte de su primo, y de su propio cambio de fortuna, a través de su ambiciosa y triunfal madre. Permaneció sentado, con la carta de ella en la mano, sin saber qué pensar.
Si esto le hubiese pasado cuando todavía era niño, en Dinamarca, habría significado el mundo entero para él. Y lo mismo habría significado para sus amigos y condiscípulos, si estuviesen en su lugar; y en este momento se estarían congratulando, o le estarían envidiando. Pero él no era, por naturaleza, codicioso ni vanidoso; tenía fe en su propio talento, y le alegraba saber que su éxito en la vida dependía de sus dotes personales. Su pequeña cojera le había mantenido siempre un poco apartado de los otros chicos; quizá, le había dotado de una mayor sensibilidad para muchas cosas de la vida, y no le parecía ahora totalmente correcto que el cabeza de familia cojease de una pierna. Ni siquiera veía sus perspectivas a la misma luz que los miembros de su casa. En Inglaterra había contado con más riqueza y magnificencia de la que ellos habían soñado; había amado a una dama inglesa, que le había hecho feliz, de un nivel social y una fortuna tales que, para ella, se dio cuenta él, la más hermosa de las posesiones de Dinamarca sería como una granja de juguete.
En Inglaterra, además, había entrado en contacto con las grandes y nuevas ideas de la época: sobre la naturaleza, sobre el derecho y la libertad del hombre, sobre la justicia y la belleza. El universo, a través de ellas, se le había vuelto infinitamente más amplio; quería averiguar más aún sobre él y estaba planeando hacer un viaje a América, al nuevo mundo. Por un momento, se sintió atrapado y aprisionado, como si los difuntos de su apellido que descansaban en la cripta familiar de su casa le alargasen sus brazos resecos.
Pero al mismo tiempo empezó a soñar por las noches con la vieja casa y con el jardín. Había paseado en sueños por estas avenidas, y había aspirado la fragancia de los tilos en flor. Cuando una vieja gitana le leyó la mano en Ranelagh, y le dijo que un hijo suyo se sentaría en el sillón de sus padres, experimentó una súbita, profunda satisfacción, extraña en un joven que hasta ahora no había dedicado un solo pensamiento a sus hijos.
Luego, seis meses más tarde, su madre volvió a escribirle informándole que su tío se había casado con la joven que había estado destinada a su difunto hijo. El cabeza de familia aún se encontraba en su mejor edad, todavía no había pasado los sesenta años, y aunque Adam le recordaba como un hombre bajo y flaco, era una persona vigorosa; era muy probable que su joven esposa le diese hijos.
La madre de Adam, decepcionada, le echaba la culpa a él. Si hubiese vuelto a Dinamarca, le decía, quizá su tío hubiese llegado a considerarle como a un hijo, y no se habría casado; quizá, incluso, le hubiese cedido la novia. Adam conocía mejor la situación. La propiedad familiar, a diferencia de las de la vecindad, había pasado de padres a hijos desde que el apellido se estableció allí por primera vez. La tradición de la sucesión directa era el orgullo del clan, y un dogma sagrado para su tío; seguramente procuraría tener un hijo de su propia carne.
Pero ante esta noticia, unos remordimientos extraños, profundos, dolorosos respecto a su viejo hogar de Dinamarca, habían embargado al joven. Era como si se hubiese estado burlando de un gesto amistoso y generoso, como si se hubiese mostrado desleal con alguien inquebrantablemente leal a él. Sería muy justo, pensó, si a partir de ahora el lugar le repudiase y le olvidase. La nostalgia, que no había conocido hasta ahora, se apoderó de él: por primera vez deambuló por las calles y los parques de Londres como un extraño.
Escribió a su tío preguntándole si podía ir a pasar unos días con él, pidió un permiso en la legación y embarcó para Dinamarca. Había ido a la casa para hacer las paces con ella; había dormido poco durante la noche y se había levantado tan temprano para recorrer el jardín, para explicarse y ser perdonado.
Mientras paseaba, el tranquilo jardín iniciaba poco a poco sus afanes diarios. Un grueso caracol, de la especie que su abuelo había traído de Francia, y que él recordaba haber comido aquí de pequeño, marchaba dejando con dignidad un rastro plateado por la avenida. Los pájaros empezaban a cantar; en un árbol viejo, bajo el que se había detenido, había varios incordiando a una lechuza: la ley de la noche había concluido.
Se detuvo al final de la avenida, y vio iluminarse el cielo. Una claridad extática inundaba el mundo; dentro de media hora saldría el sol. Un campo de centeno se extendía aquí, a lo largo del jardín; dos corzos andaban por en medio y parecían rosáceos en el amanecer. Contempló los prados por los que había cabalgado de pequeño en su jaca, y el bosque donde había matado su primer ciervo. Recordaba a los viejos criados que le habían enseñado; algunos estaban ya en sus tumbas.
Los lazos que le ataban a este lugar, pensó, eran de naturaleza mística. Podía no haber vuelto nunca más, y no habría importado. Mientras un hombre de su misma sangre y apellidos residiese en la casa, cazase en los campos y le acatasen obediencia las gentes de las cabañas, en cualquier región de la tierra que estuviese él, ya fuese en Inglaterra o entre los indios de América, se sentiría seguro, seguiría poseyendo un hogar y tendría peso en el mundo.
Sus ojos se posaron en la iglesia. En los viejos tiempos, antes de la época de Martín Lutero, sabía que los hijos jóvenes de las grandes familias ingresaban en la Iglesia de Roma y renunciaban a la riqueza y a la felicidad individual para servir a ideales superiores. Ellos también habían aportado honor a sus hogares y eran recordados en sus anales. En la soledad de la mañana, medio en broma, dejó correr al azar su imaginación, y le pareció que podía hablarle a la tierra como a una persona, como a la madre de su raza.
—¿Es sólo mi cuerpo lo que quieres —le preguntó—, y rechazas mi espíritu, mi energía y mis emociones? Si se pudiese hacer que el mundo reconociese que la virtud de nuestro apellido no pertenece sólo al pasado, ¿no te produciría ninguna satisfacción?
El paisaje estaba tan mudo que no supo si le había contestado o no.
Un rato después siguió andando, y llegó a la nueva rosaleda francesa, concebida para la joven señora de la casa. En Inglaterra, Adam había adquirido un gusto más libre en cuanto a jardinería, y se preguntaba si podría liberar a estas encendidas cautivas y hacerlas prosperar fuera de sus setos recortados. Quizá, meditó, el jardín elegantemente convencional fuese el retrato floral de su joven tía, a la que él aún no había visto.
Cuando llegó otra vez al pabellón del final de la avenida, sus ojos captaron un ramillete de delicados colores que posiblemente no pertenecían a la madrugada veraniega danesa. En realidad, era su tío en persona, empolvado y con calzas de seda, pero todavía envuelto en una bata de brocado, y evidentemente absorto en profundos pensamientos. «¿Qué asuntos, o qué meditaciones», se preguntó Adam, «sacan de la cama al jardín antes de que salga el sol a un conocedor de la belleza que sólo hace tres meses que se ha casado con una esposa de diecisiete años?» Se dirigió hacia la pequeña, delgada y tiesa figura.
Su tío, por su parte, no mostró ninguna sorpresa al verle; pero raramente se sorprendía de nada. Le saludó con un cumplido sobre lo mayor que estaba con la misma benevolencia que lo había hecho a su llegada, la noche anterior. Un momento después miró al cielo, y proclamó solemnemente:
—Hoy hará calor.
A Adam, de niño, le había impresionado a menudo la actitud ceremoniosa con que el viejo señor constataba los acontecimientos corrientes de la vida; parecía como si nada hubiese cambiado aquí y todo siguiese como siempre.
El tío ofreció al sobrino un pellizco de rapé.
—No, gracias, tío —dijo Adam—, me anularía el olfato para captar la fragancia de su jardín, que es fresco como el Jardín del Paraíso recién creado.
—Donde puedes comer tú, mi Adán —dijo su tío sonriendo—, de cada uno de los árboles.
Echaron a andar juntos, lentamente, avenida arriba.
El sol oculto doraba ya las copas de los árboles más altos. Adam habló de las bellezas de la naturaleza, y de la grandeza de los escenarios nórdicos, menos marcados por la mano del hombre que los de Italia. Su tío aceptó las alabanzas del paisaje como un cumplido personal, y le felicitó porque no había aprendido a despreciar su tierra natal como hacían muchos jóvenes que viajaban a países extranjeros. No, dijo Adam; hacía poco había echado de menos en Inglaterra los campos y los bosques de su hogar danés. Y había conocido allí una nueva composición poética danesa que le había encantado más que ninguna obra inglesa o francesa. Dijo el nombre del autor, Johannes Ewald, y recitó unos cuantos versos vigorosos y turbulentos.
—Y me extrañó mientras leía —prosiguió, tras una pausa, emocionado todavía por los versos que él mismo había declamado— que no hayamos comprendido hasta ahora cuánto supera en grandeza moral nuestra mitología nórdica a la de Grecia y Roma. Si no hubiese sido por la belleza física de los dioses antiguos, que nos ha llegado en mármol, ningún espíritu moderno podría considerarlos dignos de adoración. Eran ruines, caprichosos y traicioneros. Los dioses de nuestros antepasados daneses son mucho más divinos que ellos, igual que el druida es más noble que el augur. Pues los hermosos dioses de Asgaard poseían las sublimes virtudes humanas: eran justos, leales, benévolos e incluso, en una época de barbarie, caballerosos.
Aquí su tío pareció mostrar, por primera vez, interés por la conversación. Se detuvo, alzando un poco su nariz majestuosa.
—¡Ah, a ellos les resultaba más fácil! —dijo.
—¿A qué se refiere, tío? —preguntó Adam.
—A los dioses nórdicos les era muchísimo más fácil que a los de Grecia —dijo su tío— ser, como tú dices, justos y benévolos. En mi opinión, revela incluso debilidad en las almas de nuestros antiguos daneses consentir en adorar a tales divinidades.
—Mi querido tío —dijo Adam sonriendo—, siempre he pensado que estaría familiarizado con las modas del Olimpo. Ahora permítame compartir su criterio y dígame por qué la virtud resultaba más fácil a nuestros dioses daneses que a los de clima más benigno.
—Porque no eran tan poderosos —dijo su tío.
—¿Acaso el poder —preguntó Adam otra vez— es un obstáculo para la virtud?
—No —dijo su tío gravemente—. No; en sí mismo, el poder es la virtud suprema. Pero los dioses de que hablas no han sido nunca todopoderosos. Tuvieron a su lado, en todo momento, esos poderes más oscuros llamados los jotuns, que traían el sufrimiento, los desastres, la ruina a nuestro mundo. Podían dedicarse sin peligro a la templanza y a la bondad. Los dioses omnipotentes —prosiguió— no tienen esa posibilidad. Con su omnipotencia, reciben también el sufrimiento del universo.
Subieron por la avenida hasta que tuvieron la casa a la vista. El viejo señor se detuvo y la abarcó con la mirada. El soberbio edificio era el mismo de siempre; detrás de los dos altos ventanales de la fachada principal, sabía Adam, estaba ahora la habitación de su joven tía. Su tío dio la vuelta y echó a andar en sentido contrario.
—La caballerosidad —dijo—, la caballerosidad de que hablabas, no es virtud de los omnipotentes. Implica necesariamente la existencia de poderosas potencias rivales a las que desafiar el caballero. ¿Qué papel haría San Jorge con un dragón inferior a él en fuerza? El caballero que no encuentra a mano fuerzas superiores debe inventarlas, y combatir contra molinos de viento; su misma dignidad caballeresca estipula peligros, villanías, tinieblas por todo su alrededor. No, créeme, sobrino: a pesar de su valor moral, tu caballeroso Odín de Asgaard, como Regente, debe colocarse por debajo de Júpiter, que proclamaba su soberanía y aceptaba el mundo que gobernaba. Pero eres joven —añadió—, y puede que la experiencia de los que son mayores que tú te parezca pedante.
Se detuvo un momento, y luego, con profunda gravedad, declaró:
—Ha salido el sol.
Efectivamente, el sol había surgido por encima del horizonte. El ancho paisaje se animó súbitamente con su esplendor, y la yerba mojada de rocío brilló con mil centelleos.
—Le he escuchado con mucho interés, tío —dijo Adam—. Pero mientras hablábamos, me daba la impresión de que estaba usted preocupado; tenía los ojos puestos en el campo de más allá del jardín, como si allí ocurriese algo de gran importancia, un asunto de vida o muerte. Ahora que ha salido el sol, veo a los segadores en el centeno, y los oigo afilar sus hoces. Recuerdo que me ha dicho usted que es el primer día de la siega. Es un gran día para el terrateniente, y suficiente para apartarle el pensamiento de los dioses. Hace muy buen día y le deseo un granero repleto.
El hombre de más edad guardó silencio, con las manos sobre el bastón.
—En efecto —dijo por fin—, algo ocurre en ese campo; un asunto de vida o muerte. Ven, sentémonos aquí, y te contaré toda la historia.
Se sentaron en un banco que rodeaba todo el pabellón; y durante su discurso, el viejo señor de la tierra no apartó los ojos del campo de centeno.
—Hace una semana, el jueves por la noche —dijo—, alguien incendió mi granero de Rodmose-gaard (conoces el lugar, cerca del marjal); y quedó reducido a cenizas. Transcurrieron dos o tres días sin que pudiésemos echarle el guante al causante. Hasta que, el lunes por la mañana, vino a la casa el guarda de Rodmose con el carretero; trajeron a un muchacho, Goske Piil, hijo de una viuda, y juraron sobre la Biblia que había sido él; le habían visto merodear por los alrededores del granero hacia el anochecer del jueves. Goske no goza de buena fama en la granja: el guarda se la tenía jurada por un viejo asunto de caza furtiva, y al carretero tampoco le era simpático porque, al parecer, sospecha algo sobre él y su joven esposa. El muchacho, cuando yo hablé con él, juró que era inocente; pero no pudo prevalecer frente a los dos viejos. Así que lo encerré y pensé mandárselo al juez de nuestro distrito con una carta.
»El juez es un estúpido, y naturalmente no hará sino lo que crea que yo deseo que haga. Puede mandar al muchacho a la cárcel, culpable de incendio premeditado, o meterle en el ejército por indeseable y cazador furtivo. O incluso soltarle, si piensa que es eso lo que yo quiero.
»Iba yo a caballo por el campo, observando la mies que pronto estaría buena para la siega, cuando trajeron ante mí a una mujer, la viuda, madre de Goske; y me suplicó hablar conmigo. Se llama Anne-Marie. Te acordarás de ella: vive en una casita al este del pueblo. Tampoco tiene buena fama en el lugar. Dicen que de soltera tuvo un niño y que se deshizo de él.
»Tenía la voz tan enronquecida de haberse pasado cinco días llorando, que costaba entender lo que decía: era verdad que su hijo, me dijo al fin, había estado en Rodmose ese jueves, pero sin malos propósitos: había ido a ver a alguien. Era su único hijo; puso a Dios por testigo de que era inocente, y me suplicó, retorciéndose las manos, que salvase a su hijo a cambio de ella.
»Estábamos en este mismo campo de centeno que tú y yo tenemos ahora delante. Eso me dio una idea. Le dije a la viuda: "Si en un día, entre la salida y la puesta del sol, eres capaz de segar con tus manos este campo, y hacerlo bien, olvidaré el caso, y conservarás a tu hijo. Pero si no eres capaz de hacerlo, se tendrá que ir, y no es probable que lo vuelvas a ver."
»Se quedó mirando el campo. Besó mi bota de montar, agradecida del favor que le mostraba.
El viejo señor hizo una pausa, y Adam preguntó:
—¿Significaba mucho su hijo para ella?
—Es su único hijo —dijo su tío—. Para ella significa el pan de cada día y el sostén de su vejez. Puede decirse que lo quiere tanto como a su propia vida. Igual que —añadió—, en un orden de vida superior, el hijo representa para el padre el apellido y la raza, y lo estima tanto como la perpetuación de la vida. Sí, su hijo significa mucho para ella. En cuanto a la siega de este campo, supone una jornada de trabajo para tres hombres, o tres jornadas para un hombre. Hoy, al salir el sol, se ha puesto manos a la obra. Y allá la tienes, al final del campo, con un pañuelo azul en la cabeza; con el hombre que he puesto para que la vigile y compruebe que hace el trabajo sin ayuda, y con dos o tres amigas junto a ella que le dan ánimos.
Adam miró y, en efecto, vio a una mujer con un pañuelo azul en la cabeza, y algunas figuras más, en el sembrado.
Se quedaron un rato en silencio.
—¿Cree usted —dijo entonces Adam— que el muchacho es inocente?
—No lo sé —dijo su tío—. No hay pruebas. Es la palabra del guarda y del carretero contra la de él. Si creyese una cosa o la otra, sería mera cuestión de azar, o quizá de simpatía. El muchacho —dijo un momento después— era compañero de juegos de mi hijo; que yo sepa, el único chico, además de ti, con el que simpatizaba o congeniaba.
—¿Cree usted —preguntó Adam otra vez— que tiene posibilidad de cumplir esa condición?
—No lo sé —dijo el viejo señor—. Si se tratase de una persona corriente, diría que no. Una persona corriente no se lo habría puesto en la cabeza. He decidido que sea así. No vamos a enredar con la ley, Anne-Marie y yo.
Adam siguió unos minutos el movimiento del pequeño grupo en el campo de centeno.
—¿Quiere regresar? —preguntó.
—No —dijo su tío—; creo que me quedaré aquí hasta ver el final de este asunto.
—¿Hasta la puesta del sol? —preguntó Adam con sorpresa.
—Sí —dijo el viejo señor.
Adam dijo:
—Será un largo día.
—Sí —dijo su tío—, un largo día. Pero si —añadió mientras Adam se levantaba para irse—, como has dicho, tienes esa tragedia de la que me has hablado en el bolsillo, haz el favor de dejármela para que me entretenga.
Adam le tendió el libro.
En la avenida se cruzó con dos criados que llevaban al señor su chocolate matinal al pabellón, sobre grandes bandejas de plata.
Al elevarse el sol en el cielo y empezar el calor del día, los tilos difundieron su intensa fragancia, y el jardín se inundó de una insuperable, increíble dulzura. Hacia la hora sosegada del mediodía, la larga avenida reverberaba como una tabla de resonancia con un rumor bajo e incesante: era el bordoneo de un millón de abejas que se aferraban a los racimos colgantes, apretados de florecillas, y se embriagaban de placer.
En la corta vida del verano danés, no hay momento más rico o más dulce que esa semana en que florecen los tilos. La divina fragancia embriaga el cerebro y el corazón; parece unir los campos de Dinamarca con los del Elíseo; contiene heno, miel e incienso sagrado, y es mitad país de las hadas y mitad alacena de boticario. La avenida se transformaba en edificio místico, en catedral de dríadas, desde la cima hasta la base profundamente adornada, cubierta de numerosos ornamentos, y dorada por el sol. Pero detrás de los muros, las bóvedas eran benignamente frescas y umbrías, como santuarios de ambrosía en un mundo deslumbrante y ardiente; y allí dentro, el suelo estaba húmedo todavía.
Arriba, en la casa, tras las cortinas de seda de los dos ventanales de la fachada principal, la joven señora de la propiedad, desde la ancha cama, metió los pies en dos pequeñas zapatillas de tacón. Se le había subido el camisón de encaje por encima de las rodillas, y se le había caído de un hombro; su pelo, sujeto con pinzas para dormir, conservaba restos de polvos del día anterior, y su cara redonda estaba aún arrebolada por el sueño. Avanzó al centro de la habitación y se detuvo allí con expresión sumamente grave y pensativa, aunque no pensaba en nada. Pero por su cabeza desfilaba una larga sucesión de imágenes, y se esforzaba inconscientemente en ponerlas en orden, como solían estar siempre las imágenes de su vida.
Había crecido en la corte: era su mundo, y probablemente no había en todo el país una criatura más exquisita e inocentemente ajustada a la solemne medida de un palacio. Por favor de la anciana reina viuda, llevaba su nombre y el de la hermana del rey, la reina de Suecia: Sophie Magdalena. Con la mira puesta en estas cosas, su marido, cuando deseó recuperar su posición en las altas esferas, la había elegido como esposa, primero para su hijo y después para él. El padre de ella, que ocupaba un puesto en la Casa Real y pertenecía a la nueva aristocracia de la corte, había hecho lo mismo en su día, aunque al revés, y se había casado con una dama provinciana para tener una base en el seno de la vieja nobleza de Dinamarca. La pequeña joven llevaba la sangre de su madre en las venas. El campo había supuesto para ella una inmensa sorpresa y un placer.
Para entrar en el patio de su castillo tenía que atravesar la granja, cruzar la espesa puerta de piedra junto al granero, donde el rodar de su carruaje retumbaba unos segundos como un trueno. Debía pasar por delante de las caballerizas y el aserradero, desde donde a veces algún descarado la seguía con mirada maliciosa, y donde, quizá, sobresaltaba a una larga fila de gansos escandalosos, o se cruzaba con un toro ceñudo y pesado, conducido de una argolla en el hocico y que pateaba la tierra con furia sorda. Al principio, todo esto le había parecido, cada vez, sorprendente y gracioso. Pero al cabo de un tiempo estas personas y animales, propiedad suya, parecieron convertirse en parte de sí misma. Las madres, viejas señoras campesinas, eran seres robustos a quienes no desalentaba ninguna inclemencia del tiempo; ahora, ella misma andaba bajo la lluvia, alegre y radiante como un árbol lozano.
Había tomado posesión de su nuevo y enorme hogar en una época en que el mundo se estaba abriendo, emparejando y propagando. Las flores, que ella sólo conocía en ramos y festones, brotaban de la tierra a su alrededor; los pájaros cantaban en todos los árboles. Los corderos recién nacidos le parecían más delicados que las muñecas que había tenido. De la yeguada hannover de su marido le traían potrillos para que les pusiese nombre; y observaba cómo hundían sus suaves hocicos en la barriga de sus madres para mamar. Hasta ahora, había tenido una idea vaga de este extraño proceso. Había presenciado por casualidad, desde el sendero de un parque, cómo el garañón se encabritaba y relinchaba encima de la yegua. Toda esta lujuria, deseo y fecundidad se desplegaban ante sus ojos como para su complacencia.
En cuanto a ella, en medio de esto, era entregada a un marido viejo que la trataba con meticuloso respeto porque le iba a dar un hijo. Ese era el trato: lo había sabido desde el principio. Su marido, comprobó, hacía lo posible por cumplir su parte, y ella era leal por naturaleza y estaba educada con rigor. No eludiría su obligación. Sólo que tenía la vaga consciencia de cierta disonancia o incompatibilidad en su majestuosa existencia que le impedía ser todo lo feliz que había esperado.
Un tiempo después, su desazón adoptó una extraña forma: como la conciencia de una ausencia. Debía haber habido alguien con ella que no estaba. No tenía experiencia en analizar sus sentimientos; no tuvo tiempo para eso en la corte. Ahora, como la dejaban sola más a menudo, sondeaba vagamente su propio espíritu. Trataba de colocar en ese vacío a su padre, a sus hermanas, a su profesor de música, un cantante italiano al que había admirado; pero ninguno de ellos lo llenaba para ella. A veces se sentía más animada, y creía que la desventura la había dejado. Y luego volvía a suceder, si estaba sola, o en compañía de su marido, e incluso en sus abrazos, que todo en torno suyo le gritaba: ¿Dónde? ¿Dónde?, de manera que miraba con ojos extraviados por toda la habitación, buscando al ser que debía haber estado allí, y que no había venido.
Cuando, hacía seis meses, le informaron que su joven prometido había muerto y que debía casarse con su padre en su lugar, no lo había sentido. El joven pretendiente, la única vez que le había visto, le había parecido infantil e insípido; el padre era un esposo más solemne. Luego había pensado a veces en el joven fallecido, preguntándose si la vida no habría sido más alegre con él. Pero no había tardado en descartar otra vez tal idea, y ésa fue la última llamada del malogrado joven al escenario de este mundo.
De una de las paredes de la habitación colgaba un gran espejo. Al mirar en él, desfilaron imágenes nuevas. El día antes, yendo en el coche con su marido, había visto a cierta distancia a un grupo de muchachas campesinas bañándose en el río, con el sol brillándoles sobre la piel. Toda la vida había andado entre desnudas deidades de mármol, pero jamás se le había ocurrido, hasta ahora, que la gente que conocía estuviese desnuda debajo de sus corpiños y de sus trajes de cola, de sus chalecos y sus calzones de satén, ni ella misma se había sentido efectivamente desnuda dentro de sus ropas. Ahora, frente al espejo, se desató morosamente las cintas del camisón y lo dejó caer al suelo.
La habitación estaba en penumbra detrás de las cortinas corridas. En el espejo, su cuerpo era plateado como una rosa blanca; sólo las mejillas y la boca, y las puntas de los dedos y de los pechos tenían un débil matiz carmín. Su torso esbelto estaba formado por las ballenas que lo habían ceñido fuertemente desde su niñez; por encima de la esbelta rodilla con hoyuelos, un suave estrechamiento marcaba el lugar de la liga. Sus miembros eran redondos, como si, allí donde se cortase con un cuchillo afilado, fuese a obtenerse una sección perfectamente circular. El costado y el vientre eran tan suaves que su propia mirada se deslizaba y resbalaba, y trataba de encontrar sujeción. No era completamente una estatua, descubrió, y alzó los brazos por encima de la cabeza. Se volvió para verse la espalda, las curvas bajo la cintura estaban todavía coloreadas por la presión de la cama. Le vinieron a la memoria algunos relatos sobre ninfas y dioses; pero todo eso parecía muy lejano, así que su pensamiento volvió a las muchachas campesinas del río. Durante unos minutos, las idealizó como compañeras de juego, o como hermanas incluso, ya que le pertenecían del mismo modo que le pertenecían el prado y el río azul. Y al momento siguiente la invadió otra vez la sensación de desamparo, un horror vacui semejante a un dolor físico. Ciertamente, ciertamente, alguien debía estar con ella ahora, su otro yo, como la imagen del espejo; pero más cercano, más fuerte, más vivo. No había, nadie, el universo estaba vacío en torno suyo.
Una súbita y aguda picazón debajo de la rodilla la sacó de sus ensoñaciones, y despertó en ella los instintos cazadores de su raza. Se mojó el dedo en la lengua, lo bajó lentamente y golpeó con rapidez en el sitio. Sintió el cuerpecillo diminuto, afilado del insecto contra la piel sedosa, lo apretó con el pulgar y levantó triunfalmente a la minúscula prisionera entre las yemas de los dedos. Se quedó completamente inmóvil, como meditando sobre el hecho de que esta pulga fuese el único ser que arriesgaba la vida por su suavidad y su dulce sangre.
La doncella abrió la puerta y entró, cargada con el atavío del día: camisa, corsé, tontillo y enaguas. Recordó que tenía un huésped en la casa, el nuevo sobrino llegado de Inglaterra. Su marido le había pedido que se mostrase amable con el joven pariente, desheredado, por así decir, por la misma presencia de ella en la casa. Saldrían a pasear a caballo juntos.
Por la tarde, el cielo no estaba ya azul como por la mañana. En lo alto se iban acumulando lentamente grandes nubes, y la bóveda era incolora, como difuminada en vapores alrededor del sol al rojo blanco, en el cenit. Un trueno apagado recorrió el horizonte de poniente; una o dos veces, el polvo de los caminos se elevó en altas espirales. Pero los campos, las colinas y el bosque estaban tan quietos como en un paisaje pintado.
Adam bajó por la avenida hasta el pabellón y encontró allí a su tío, completamente vestido, con las manos apoyadas en su bastón y la mirada puesta en el campo de centeno. El libro que Adam le había dejado estaba junto a él. El campo parecía ahora hervir de gente. Había pequeños grupos aquí y allá, y una larga hilera de hombres y mujeres avanzaba despacio hacia el jardín, en línea con el corte de la siega.
El viejo señor hizo un gesto afirmativo a su sobrino; pero no dijo nada, ni cambió de postura. Adam se quedó de pie a su lado, tan inmóvil como él.
El día para él había sido singularmente desasosegado. En su reencuentro con los viejos lugares, las dulces melodías del pasado le habían inundado los sentidos y el espíritu, mezclándose con nuevas y arrobadoras tonadas del presente. Estaba de nuevo en Dinamarca, ya no era un niño sino un joven, con un sentido más afinado de la belleza, con historias de otros países que contar, y sintiéndose hijo fiel de su tierra, encantado por su belleza como jamás lo había estado anteriormente.
Pero en medio de todas estas armonías, la trágica y cruel historia que el viejo señor le había contado por la mañana, y la dolorosa prueba que se desarrollaba allí cerca, en el campo de centeno, producían, como el latido acompasado y hueco de un tambor cubierto, resonancias terribles. Le venían a la conciencia, una y otra vez, de forma que notaba que cambiaba de color, y contestaba abstraídamente. Le inspiraban un sentimiento de compasión por todos los seres vivientes más hondo que el que hasta ahora había conocido. Cabalgando, antes, en compañía de su joven tía, al pasar por el camino que corría a lo largo del escenario del drama, había tenido el cuidado de colocarse entre ella y el campo, a fin de que no viese lo que sucedía allí, o le hiciese preguntas sobre el particular. Había escogido regresar a través de un bosque verde y frondoso, por la misma razón.
De manera más dominante incluso que la figura de la mujer luchando con su hoz por la vida de su hijo, la del anciano, tal como la había visto al amanecer, le acompañó a lo largo del día. Llegó a pensar en el papel que aquel ser solitario, decidido, había desempeñado en su propia vida. Desde el momento en que murió su padre, había encarnado para él la ley y el orden, la sabiduría de la vida y la amable tutela. ¿Qué haría, pensaba, si después de dieciocho años tuviera que cambiar estos sentimientos filiales, y la imagen de su segundo padre adoptase a sus ojos un aspecto horrible, como un símbolo de la tiranía y de la opresión del mundo? ¿Qué iba a hacer si llegasen a enfrentarse como adversarios?
Al mismo tiempo, una inexplicable, una siniestra alarma y temor por el viejo se apoderó de él. Pues sin duda no se encontraba muy lejos de aquí la diosa Némesis. Este hombre había gobernado el mundo que le rodeaba durante un período más largo que la vida de Adam sin que nadie le contradijese jamás. Durante los años en que había vagado por Europa con un muchacho enfermo de su propia sangre como único compañero, había aprendido a aislarse de su entorno, a cerrarse a toda vida exterior, y se había vuelto insensible a las ideas y sentimientos de los demás seres humanos. Puede que hubieran pasado extrañas figuraciones por su espíritu, de manera que al final había llegado a considerarse a sí mismo como la única persona realmente existente, y al mundo como un penoso y vano juego de sombras chinescas carentes de consistencia.
Ahora, en su terquedad senil, quería coger en sus manos la vida de los que eran más simples y más débiles que él, la de una mujer, y utilizarla para sus propios fines, sin temor a una justicia retributiva. ¿Acaso no sabía, pensaba el joven, que había poderes en el mundo distintos del efímero poder de un déspota, y mucho más formidables?
Con el calor sofocante del día, este presagio de inminente desgracia fue aumentando en su interior, hasta sentir que la ruina amenazaba no sólo al viejo señor, sino a la casa, al apellido, y a él mismo.
Le pareció que debía gritarle alguna advertencia al hombre al que había querido antes de que fuese demasiado tarde.
Pero ahora que estaba otra vez en compañía de su tío, la calma verde del jardín era tan profunda que no encontró voz para gritar. En cambio, le rondaba por la cabeza una cancioncita francesa que su tía le cantaba en la casa: «C'est un trop doux effort...». Sabía música; había oído esa canción en París, pero no la cantaba con tanta dulzura.
Al cabo de un rato, preguntó:
—¿Cumplirá su parte esa mujer?
Su tío desenlazó las manos.
—Es extraordinario —dijo con animación—; da la impresión de que va a conseguirlo. Si calculamos las horas desde la salida del sol hasta ahora, y desde ahora hasta la puesta, encontraremos que el tiempo que le queda equivale a la mitad del transcurrido. ¡Y mira! Ha segado las dos terceras partes del campo. Pero, naturalmente, hay que tener en cuenta que su fuerza va menguando a medida que avanza el trabajo. A la postre, sería una pretensión inútil que hiciésemos una apuesta tú y yo sobre cuál va a ser el final de todo esto; tenemos que esperar a ver. Siéntate, y hazme compañía mientras observo.
Adam se sentó con sentimientos encontrados.
—Aquí está tu libro —dijo su tío, y cogió el libro del banco—; me ha hecho pasar el tiempo agradablemente. Es buena poesía, ambrosía para el oído y para el corazón. Y juntamente con nuestra charla de esta mañana sobre los dioses, me ha proporcionado materia para pensar. He estado meditando sobre la ley de la justicia retributiva —tomó un pellizco de rapé y prosiguió—: La nueva época —dijo— se ha confeccionado un dios a su propia imagen, un dios emocional. Y estáis ya escribiendo una tragedia sobre tu dios.
Adam no tenía ganas de empezar a discutir sobre poesía con su tío; pero, en cierto modo, temía también el silencio, y dijo:
—Puede ser, entonces, que consideremos la tragedia, en el esquema de la vida, como un fenómeno noble, divino.
—Sí —dijo su tío solemnemente—, un fenómeno noble; el más noble del mundo. Pero sólo del mundo; jamás divino. La tragedia es privilegio del hombre, su más alto privilegio. El Dios de la Iglesia Cristiana, cuando quiso experimentar la tragedia, tuvo que adoptar forma humana. Y aun así —añadió pensativo—, la tragedia no resultó enteramente válida, como lo habría sido si su héroe hubiese sido, de verdad, un hombre. La divinidad de Cristo confirió a la tragedia una nota divina, un carácter de comedia. El papel verdaderamente trágico, por la naturaleza misma de las cosas, recayó en los verdugos, no en la víctima. No, sobrino; no debemos adulterar los elementos puros del cosmos. La tragedia debe seguir siendo el derecho de los seres humanos, sujetos, por su situación o por su propia naturaleza, a la pura ley de la necesidad. Para ellos es la salvación y le beatificación. Pero puede que los dioses, los cuales debemos suponer que desconocen y no comprenden la necesidad, no tengan conocimiento alguno de lo trágico. Cuando se les coloca ante la tragedia, según mi experiencia, tienen el buen gusto y el decoro de quedarse quietos y no interferir.
»No —dijo tras una pausa—; el verdadero arte de los dioses es lo cómico. Lo cómico es una condescendencia de lo divino al mundo del hombre; es la visión sublime, que no puede ser estudiada, sino que debe ser siempre celestialmente concedida. En lo cómico, los dioses ven su propio ser reflejado como en un espejo; y mientras que el poeta trágico se somete a leyes estrictas, ellos conceden al artista cómico una libertad tan limitada como la suya propia. Ni siquiera sustraen su propia existencia a las bromas de éste. Zeus protege a los Lucianos de Samosata. Con tal que tu burla sea de auténtico gusto divino, puedes burlarte de los dioses y seguir siendo, sin embargo, su sincero devoto. Pero al apiadarte o condolerte de tu dios, lo niegas y lo aniquilas, y ése es el más horrible de los ateísmos.
»Y aquí en la tierra, también —prosiguió—, los que nos colocamos en el lugar de los dioses y nos hemos emancipado de la tiranía de la necesidad, debemos dejar a nuestros vasallos el monopolio de la tragedia, y aceptar lo cómico con benevolencia. Sólo un señor cruel y desabrido (un medrador, en definitiva) se burlará de la necesidad de sus criados, o les forzará a lo cómico. Sólo un gobernante tímido y pedante, un petit-maître, tendrá miedo de hacer el ridículo. Efectivamente —terminó su largo discurso—, la misma fatalidad que al golpear al burgués o al campesino se convierte en tragedia, al golpear al aristócrata se vuelve cómica. Nuestra aristocracia se conoce por la gracia e ingenio con que la aceptamos.
Adam no pudo por menos de sonreír ligeramente al escuchar la apología de lo cómico en labios del envarado y ceremonioso profeta. Con esta sonrisa irónica se alejaba por primera vez del jefe de su casa.
Una sombra cubrió el paisaje. Una nube había ocultado solapadamente el sol; el campo cambió de color, se desdibujó, se blanqueó; incluso todos los ruidos parecieron apagarse durante un minuto.
—¡Ah! —exclamó el viejo señor—, si se pone a llover y se moja el centeno, Anne-Marie no podrá terminar a tiempo. ¿Quién viene por allí? —añadió, y volvió un poco la cabeza.
Precedido por un lacayo, se acercaba un hombre con botas de montar, chaleco a rayas con botones de plata y sombrero en mano. Hizo una profunda inclinación, primero al viejo señor y luego a Adam.
—Es mi administrador —dijo el viejo señor—. Buenas tardes, administrador. ¿Qué noticias nos trae?
El administrador hizo un gesto sombrío:
—Malas noticias, milord —dijo.
—¿Y cuáles son esas malas noticias? —preguntó su señor.
—No hay un alma trabajando la tierra —dijo con pesar—, ni ninguna hoz en movimiento, salvo la de Anne-Marie en este campo de centeno. Han dejado de segar; todos están al lado de ella. Mal día para la inauguración de la siega.
—Sí, ya lo veo —dijo el viejo señor.
El alguacil prosiguió:
—Les he hablado con amabilidad —dijo—; y les he maldecido; ha sido inútil. Como si estuviesen todos sordos.
—Mi buen administrador —dijo el viejo señor—, déjeles en paz; que hagan lo que quieran. Sin embargo, puede que este día les venga mejor que muchos otros. ¿Dónde está Goske, el hijo de Anne-Marie?
—Le hemos metido en la caseta junto al granero —dijo el administrador.
—No, que lo traigan —dijo el viejo señor—; que vea trabajar a su madre. Pero ¿qué opina usted: logrará segar el campo a tiempo?
—Ya que me lo pregunta, milord —dijo el administrador—, creo que sí. ¿Quién lo había de decir? Es una mujer pequeña. Hoy es el día más caluroso que, bueno, que yo recuerde. Yo mismo, y usted, milord, no podríamos haber hecho lo que lleva hecho ella hoy.
—No, no; no habríamos podido, administrador —dijo el viejo señor.
El administrador sacó un pañuelo rojo y se secó la frente, algo calmado tras haber desahogado su ira:
—Si todos trabajasen como trabaja la viuda ahora —comentó con amargura—, sí que le íbamos a sacar rendimiento a la tierra.
—Sí —dijo el viejo señor, y se abismó en sus pensamientos, como calculando a cuánto podía ascender ese beneficio—. Sin embargo —dijo—, por lo que se refiere a ganancias y pérdidas, la cosa es más complicada de lo que parece. Le diré algo que posiblemente no sepa: el tejido más famoso que se ha llegado a tejer era destejido durante la noche. Pero vamos —añadió—, está ya bastante cerca. Vayamos a echar una ojeada a su trabajo.
Y con estas palabras, se levantó y se puso el sombrero.
La nube se había retirado; los rayos del sol quemaban otra vez el dilatado paisaje, y al salir la reducida comitiva de la sombra de los árboles, el calor inmóvil les pesó como el plomo; el sudor les corrió por la cara y les produjo escozor en los párpados. En el estrecho sendero, tenían que caminar uno tras otro, el viejo señor delante, completamente de negro, y el criado, con su librea reluciente, cerrando la marcha.
El campo estaba lleno de gente, como en un mercado: había probablemente un centenar de hombres y mujeres, o más. A Adam, la escena le recordó las estampas de la Biblia: el encuentro de Esaú y Jacob en Edom, o los segadores de Boas en su campo de cebada, cerca de Belén. Unos estaban de pie en la linde del campo, otros se apretujaban en pequeños grupos junto a la segadora, y unos cuantos seguían en pos suyo, atando gavillas donde ella había dejado segado el cereal, como si con ello pensasen que la ayudaban, o como si quisieran participar en su trabajo como fuese. Una mujer más joven con un cubo en la cabeza la seguía de cerca, y con ella iban varios chiquillos. Uno de ellos fue el primero en descubrir al señor de las tierras y su séquito, y le señaló. Los que ataban dejaron de hacer gavillas, y al detenerse el anciano, muchos de los mirones se acercaron y le rodearon.
La mujer en quien hasta ahora se habían concentrado todas las miradas —pequeña figura en el inmenso escenario— avanzaba de manera lenta e irregular, doblada como si anduviese de rodillas, y vacilando al andar. Se le había caído hacia atrás el pañuelo azul de la cabeza; tenía sus cabellos grises pegados al cráneo por el sudor, el polvo y la paja adherida. Evidentemente, ignoraba que se hubiese reunido una multitud a su alrededor: tampoco volvió ni una sola vez la cabeza para mirar a los recién llegados.
Absorta en su trabajo, extendía la mano izquierda una y otra vez para agarrar el puñado de cereal, y la derecha con la hoz para segarlo a ras del suelo, a tirones vacilantes, inseguros, como la brazada de un nadador agotado. Su marcha la acercó tanto a los pies del viejo señor que su sombra cayó sobre ella. En ese preciso momento se tambaleó y se ladeó, y la mujer que la seguía se quitó el cubo de la cabeza y se lo puso a la segadora en los labios. Anne-Marie bebió sin soltar la hoz, y se le derramó el agua por las comisuras de la boca. Un niño, cerca de ella, dobló rápidamente una rodilla, le cogió las manos y, enderezándoselas y guiándoselas, cortó un puñado de centeno.
—No, no —dijo el viejo señor—; no hagas eso, muchacho. Deja que Anne-Marie trabaje en paz.
Al oír su voz, la mujer, tambaleándose, alzó los ojos en dirección suya.
La cara huesuda y curtida estaba surcada de sudor y de polvo; tenía los ojos nublados; pero no había en su expresión el más leve indicio de temor o de dolor. Efectivamente, entre todos los rostros graves y preocupados del campo, el suyo era el único completamente sereno, apacible, dulce. Tenía la boca apretada en una raya fina, con una sonrisa ligera, forzada, paciente, como la que se ve en el rostro de una vieja hilando o cosiendo, concentrada en su labor, y feliz con ella. Y cuando la más joven levantó el cubo, volvió inmediatamente a su siega con un ansia tierna, ardorosa, como la madre que acerca al hijito a su pezón. Igual que el insecto que se afana en la yerba crecida, o una pequeña nave en mar gruesa, avanzó cabeceando, con el rostro inclinado otra vez sobre su tarea.
La multitud entera de mirones, y con ellos el pequeño grupo del pabellón avanzaba a medida que avanzaba ella, lentamente, y como arrastrados por una cuerda. El administrador, que sentía sobre sí el peso del intenso silencio del campo, dijo al viejo señor:
—Este año la cosecha de centeno va a ser mejor que la del pasado.
Pero no obtuvo respuesta. Repitió su comentario a Adam, y por último al criado, quien se consideró por encima de una discusión sobre agricultura, y se limitó a aclararse la garganta por toda respuesta. Al cabo de un rato, el administrador volvió a romper el silencio.
—Ahí está el muchacho —dijo, y lo señaló con el pulgar—. Lo han traído.
En ese momento, la mujer se cayó de bruces y la levantaron los que estaban más cerca.
Adam detuvo de repente su marcha, y se cubrió los ojos con la mano. El viejo señor, sin volverse, le preguntó si le molestaba el calor.
—No —dijo Adam—; pero espere. Quiero decirle algo.
Su tío se detuvo, con la mano sobre el bastón y mirando de frente, como lamentando esta detención.
—¡Por el amor de Dios —exclamó el joven en francés—, no obligue a esta mujer a continuar!
Hubo un silencio.
—Pero si yo no la obligo, amigo mío —dijo su tío en el mismo idioma—. Es libre de dejarlo cuando quiera.
—A costa de su hijo solamente —exclamó otra vez Adam—. ¿No ve que se está muriendo? No sabe usted lo que hace, ni lo que esto le puede acarrear.
El viejo señor, perplejo ante esta inesperada animadversión, se volvió un segundo, y sus ojos claros escrutaron el semblante de su sobrino con majestuosa sorpresa. Su rostro largo, céreo, con dos rizos simétricos a los lados, tenía algo del aspecto de una oveja o de un carnero idealizado y ennoblecido. Hizo seña al administrador de que siguiese. El criado se alejó también un poco, y tío y sobrino se quedaron, por así decir, solos en el sendero. Durante un minuto, no habló ninguno de los dos.
—En este mismo sitio en que estamos ahora —dijo entonces el viejo señor con hauteur— le di mi palabra a Anne-Marie.
—¡Tío! —dijo Adam—. Una vida es algo mucho más grande que una palabra. Recuerde que esa palabra se la dio caprichosamente, como una ocurrencia. Se lo estoy suplicando más por usted que por mí; aunque le estaré agradecido toda mi vida si escucha mi súplica.
—Sin duda has aprendido en la escuela —dijo el tío— que al principio fue la palabra. Puede que se pronunciara por capricho, como una ocurrencia; las Sagradas Escrituras no dicen nada sobre el particular. Sin embargo, es el principio de nuestro mundo, su ley de gravitación. Mi humilde palabra ha sido el principio de la tierra en la que ahora estamos, durante el tiempo que abarca la vida de un hombre. Y lo mismo la palabra de mi padre, antes que la mía.
—Se equivoca —exclamó Adam—. La palabra es creadora: es imaginación, es pasión y atrevimiento. Por ella se creó el mundo. ¡Cuánto más grandes son esos poderes dadores de vida que ninguna de las leyes restrictivas o controladoras! ¿Quiere usted que la tierra que contemplamos produzca y multiplique?, pues no debe desterrar de ella las fuerzas que causan y que perpetúan la vida, ni convertirla en un desierto por el predominio de la ley. Cuando mira a la gente, más simple que nosotros y más próxima al corazón de la naturaleza, que no analiza sus propios sentimientos y cuya vida se funde con la vida de la tierra, ¿no le inspira ternura, respeto, incluso veneración? Esta mujer está dispuesta a morir por su hijo. ¿Nos sucederá alguna vez, a usted o a mí, que una mujer dé gustosamente la vida por nosotros? Y si llegara a ocurrirnos eso, ¿le haremos tan poco caso como para no renunciar a un dogma a cambio?
—Eres joven —dijo el viejo señor—. La nueva época te aplaudirá indudablemente. Yo estoy anticuado; te he estado citando textos de hace mil años. Tal vez no nos entendemos del todo. Pero con mi gente, creo, me entiendo bastante bien. Puede que Anne-Marie considere que no me tomo en serio su hazaña si en este momento, a la hora undécima, la anulase con una segunda palabra. Yo en su lugar también lo consideraría así. Sí, sobrino; es posible que, si escuchase tu ruego y declarase esa amnistía, la encontrará sin valor frente a su lealtad, y que la siguiésemos viendo trabajar, incapaz de dejarlo, como una lanzadera en el campo de centeno, hasta haberlo segado entero. Pero entonces ofrecería un espectáculo espantoso y horrible, una figura grotescamente divertida, como un pequeño planeta girando locamente en el firmamento una vez desaparecida la ley de la gravitación.
—Si muere en su empresa —exclamó Adam—, su muerte, y sus consecuencias, caerán sobre la cabeza de usted.
El viejo señor se quitó el sombrero y se pasó suavemente la mano por su cabeza empolvada.
—¿Sobre mi cabeza? —dijo—. He mantenido mi cabeza alta en muchos temporales. Incluso —añadió con orgullo— contra el viento frío de las altas regiones. ¿En forma de qué caerá sobre mi cabeza, sobrino?
—No lo sé —gritó Adam con desesperación—; yo se lo digo para prevenirle. Sólo Dios lo sabe.
—Amén —dijo el viejo señor con una sutil sonrisita—. Vamos, sigamos andando.
Adam aspiró profundamente.
—No —dijo en danés—. No puedo ir con usted. Este campo es suyo; las cosas sucederán aquí como usted decida. Pero yo debo irme. Le ruego que esta tarde me deje un carruaje para que me lleve hasta el pueblo. No podría dormir otra noche bajo su techo, aunque lo he venerado más que ningún otro en este mundo —se agolpaban tantos sentimientos contrapuestos en su pecho que le habría sido imposible expresarlos con palabras.
El viejo señor, que ya había echado a andar, se paró en seco, y el lacayo con él. Durante un minuto no habló, como para dar tiempo a que Adam sosegase su ánimo. Pero el ánimo del joven estaba en efervescencia, y no se quería sosegar.
—¿Debemos despedirnos aquí —preguntó el anciano en danés—, en el campo de centeno? Te he querido muchísimo, después de mi hijo. He seguido tu carrera en la vida año tras año, y me he sentido orgulloso de ti. Me alegré infinitamente cuando escribiste diciendo que volvías. Si ahora quieres irte, que te vaya bien —se pasó el bastón de la mano izquierda a la derecha y miró a su sobrino a la cara.
Adam no afrontó su mirada. Observó el paisaje. En la madurez del atardecer, recobraba sus colores como un cuadro colocado bajo una luz adecuada; en los prados, los pequeños montones negros de turba se alzaban gravemente distintos en el sembrado verde. Esa misma mañana había salido a saludarlo todo como el hijo sonriente que corre al pecho de su madre; ahora tenía que separarse ya en discordancia, y para siempre. Y en el momento de la despedida, le pareció infinitamente más querido que nunca, tan embellecido y solemnizado por la inminente separación, que lo vio como un lugar soñado, un paisaje del paraíso; y se preguntó si era realmente el mismo. Pero sí: allí estaba, delante de él, otra vez, el terreno de caza de hacía tanto tiempo. Y el camino por el que había cabalgado hoy.
—Pero dime adónde quieres ir —dijo el viejo señor lentamente—. Yo también he viajado mucho en mis tiempos. Conozco la palabra dejar, el deseo de partir. Pero he aprendido por experiencia que, en realidad, esa palabra tiene significado sólo para el lugar y la gente que uno deja. Cuando dejes mi casa (aunque te veré marchar con tristeza), por lo que a ella se refiere, todo habrá terminado ahí. Pero para la persona que se va es distinto, y no tan sencillo. En el momento en que se marcha de un sitio estará ya, por ley de vida, camino de otro lugar de este mundo. Dime, entonces, en nombre de nuestra vieja amistad, adónde vas a ir cuando te marches de aquí. ¿A Inglaterra?
—No —dijo Adam. Comprendía en el fondo que no podría volver nunca más a Inglaterra, a la vida fácil y despreocupada que había llevado allí. No estaba lo bastante lejos; ahora debía poner entre él y Dinamarca aguas más profundas que las del Mar del Norte—. No, a Inglaterra no —dijo—. Me iré a América, al nuevo mundo —cerró los ojos un momento, tratando de representarse la vida en América, con el gris Océano Atlántico entre él y estos campos y bosques.
—¿A América? —dijo su tío, y alzó las cejas—. Sí, he oído hablar de América. Allí tienen libertad, una gran catarata y pieles rojas. Cazan pavos, según he leído, como cazamos nosotros perdices. Bueno, si es lo que deseas, vete a América, Adam, y sé feliz en el nuevo mundo.
Se quedó un momento absorto en sus pensamientos, como si hubiese enviado ya al joven a América y hubiese terminado su relación con él. Cuando habló por fin, sus palabras tuvieron el carácter de un monólogo, pronunciado por la persona que ve ir y venir las cosas mientras ella permanece.
—Allí —dijo—, entra al servicio del poder que te ofrezca un contrato más cómodo que éste: poder comprar la vida de tu hijo con la tuya propia.
Adam no había escuchado los comentarios de su tío sobre América; pero le llegaron al oído las solemnes palabras finales. Alzó los ojos. Como por primera vez en su vida, abarcó la figura del anciano, y se dio cuenta de lo pequeño que era, mucho más que él, pálido, un anacoreta flaco y negro en su propia tierra. Un pensamiento le cruzó por la cabeza. «¡Qué terrible es ser viejo!» La aversión al tirano, y el siniestro terror hacia él que le habían perseguido todo el día, parecieron abandonarle, y extenderse su piedad a toda la creación, incluso a su figura sombría.
Su ser entero había clamado armonía. Ahora, con la posibilidad de perdonar, de una reconciliación, le invadió un sentimiento de alivio; recordó confusamente a Anne-Marie bebiendo del agua que le habían llevado a los labios. Se quitó el sombrero como había hecho su tío hacía un momento, de manera que para cualquiera que les viese de lejos era como si los dos señores vestidos de negro del sendero se saludasen repetida y respetuosamente, y se apartó el pelo de la frente. Otra vez le vino a la cabeza la canción del jardín:
Mourir pour ce qu'on aime
c'est un trop doux effort...
Se quedó largo rato inmóvil y mudo. Cortó unas cuantas espigas de centeno, las sostuvo en la mano y las miró.
Veía los senderos de la vida como un trazado tortuoso y enmarañado, complicado y laberíntico; ni a él ni a ningún mortal se le había concedido dominarlo o controlarlo. La vida y la muerte, la felicidad y el dolor, el pasado y el presente se entremezclaban en ese trazado. Sin embargo, los iniciados podían leerlo con la misma facilidad que puede leer el escolar nuestros caracteres, que al salvaje sin duda deben de parecerle confusos e incomprensibles. Y de los elementos opuestos surgió la concordia. Todo cuanto vivía debía sufrir; el anciano, a quien había juzgado con dureza, había sufrido, ya que había visto morir a su hijo, y había temido la desaparición de su ser. Él mismo llegaría a conocer el dolor, las lágrimas y los remordimientos; e incluso, a través de todo esto, la plenitud de la vida. Así que, quizá, para la mujer del campo de centeno, su ordalía era una marcha triunfal. Pues morir por el ser que se ama es un esfuerzo demasiado dulce para poderlo expresar con palabras.
Al pensar ahora en ello, se dio cuenta de que toda su vida había buscado la unidad de las cosas, el secreto que conecta los fenómenos de la existencia. Era esta lucha, este vago presagio, lo que a veces le había hecho quedarse inmóvil e inerte en mitad del juego con sus compañeros, o lo que había elevado al muchacho, en otros momentos —en las noches de luna, o en su pequeña embarcación en el mar—, a la felicidad extática. Donde otros jóvenes, en sus placeres o en sus amores, habían buscado el contraste y la variedad, él había anhelado sólo comprender plenamente la unidad del mundo. Si las cosas le hubiesen sucedido de manera diferente, si su primo no hubiese muerto, y los acontecimientos consiguientes a su muerte no le hubiesen traído a él a Dinamarca, su búsqueda de la comprensión y la armonía podía haberle empujado hacia América, y haber encontrado ambas cosas allí, en las selvas vírgenes de un mundo nuevo. En cambio, se le habían revelado hoy en el lugar donde había jugado de pequeño. Del mismo modo que la canción se aúna con la voz que la canta, del mismo modo que el camino se aúna con la meta, del mismo modo que los amantes se funden en un abrazo, así el hombre se aúna con su destino, y lo amará como a sí mismo.
Alzó los ojos otra vez hacia el horizonte. Si quería, pensó, podía averiguar qué era lo que le había revelado, aquí, la súbita idea de la unidad del universo. El comienzo había sido cuando esta misma mañana se había puesto a filosofar, alegremente y por mero placer, sobre su sentimiento de pertenencia a esta tierra y a este suelo. Pero a partir de ese momento, la idea había ido creciendo; se había convertido en algo más poderoso, en una revelación para su alma. En otra ocasión la habría analizado, pues la ley de la causa y el efecto constituía un estudio maravilloso y fascinante. Pero no ahora. Esta hora estaba consagrada a emociones más grandes, a un sometimiento al destino y a la voluntad de la vida.
—No —dijo finalmente—. Si quiere, no me iré. Me quedaré aquí.
En ese instante, un trueno largo, sonoro, rompió la quietud de la tarde. Retumbó unos segundos en las colinas, y reverberó en el pecho del joven tan poderosamente como si le agarrasen y le sacudiesen unas manos. El paisaje había hablado. Recordó que doce horas antes le había dirigido una pregunta, medio en broma, y sin saber lo que hacía. Ahora le daba la respuesta.
No supo su contenido; ni lo preguntó. En la promesa hecha a su tío se había entregado a los poderes superiores del mundo. Ahora que viniera lo que tuviese que venir.
—Te lo agradezco —dijo el viejo señor, e hizo un gesto leve y rígido con la mano—. Me alegra oírte decir eso. No debemos dejar que nuestra diferencia de edad, o nuestros puntos de vista, nos separen. En nuestra familia hemos solido estar en paz unos con otros, y cumplir nuestras mutuas promesas. Me has quitado un peso del corazón.
Algo en las palabras de su tío recordó débilmente a Adam los presentimientos de la tarde. Los desechó; no permitiría que turbaran la nueva y dulce felicidad que le había proporcionado su decisión de quedarse.
—Ahora continúo la marcha —dijo el viejo señor—. Pero no hace falta que me sigas. Mañana te contaré cómo termina este asunto.
—No —dijo Adam—; volveré a la puesta de sol para ver personalmente el final.
Sin embargo, no volvió. Tuvo presente la hora; y durante la tarde, la conciencia del drama, y la honda preocupación y compasión con la que lo seguía con el pensamiento, dieron a sus palabras, miradas y movimientos una consistencia grave y patética. Pero en las habitaciones de la mansión, incluso sentado al clavicordio acompañando a su tía en el aria de Alcestes, sentía que se hallaba tan en el centro de las cosas como si estuviese en el campo de centeno, y muy cerca de los seres humanos cuyo destino se decidía ahora allí. Anne-Marie y él estaban en manos del destino, y el destino les conduciría, por caminos diferentes, al final.
Más adelante recordó lo que había pensado esa tarde.
Pero el viejo señor siguió allí. A última hora de la tarde se le ocurrió incluso una idea: llamó a su criado al pabellón y le ordenó que le trajese otra ropa y le vistiese con un traje de brocado que había llevado en la corte. Dejó que le pusiese por encima de la cabeza una camisa adornada con encajes y que enfundase sus piernas delgadas en calzas de seda y zapatos con hebilla. Con este atuendo majestuoso cenó solo una cena frugal, pero se tomó una botella de vino renano para mantenerse con fuerzas. Siguió sentado un rato, un poco hundido en su butaca; luego, cuando el sol estuvo cerca de la tierra, se enderezó y emprendió el camino del campo.
Las sombras se alargaban ahora, azulencas, en las laderas orientales. Los árboles aislados en el campo de cereal señalaban su situación con estrechos charcos de azul que partían desde su pie; y mientras el anciano andaba, un delgado reflejo, inmensamente alargado, se agitaba tras él en el sendero. En una ocasión se detuvo: le pareció haber oído cantar a una alondra por encima de él, un canto primaveral; su cabeza cansada no tenía conciencia clara de la época del año; le parecía caminar, y detenerse, en una especie de eternidad.
Las gentes del campo no estaban ya en silencio, como al principio de la tarde. Muchas de ellas hablaban a voces entre sí; y un poco apartada, había una mujer llorando.
Cuando el administrador vio a su amo, acudió a su encuentro. Le dijo, con gran agitación, que con toda probabilidad la viuda acabaría de segar el campo en un cuarto de hora.
—¿Están aquí el guardabosque y el carretero? —le preguntó el viejo señor.
—Han estado aquí —dijo el administrador—, y se han ido, cinco veces. Cada una de ellas han dicho que no volverían. Pero han vuelto; y ahora están aquí.
—¿Y dónde está el chico? —volvió a preguntar el viejo señor.
—Está con ella —dijo el administrador—. Le he dado permiso para que la siga. Ha estado junto a su madre toda la tarde; puede verle allá, a su lado.
Anne-Marie avanzaba ahora en su trabajo hacia donde estaban ellos con más regularidad que antes, aunque sumamente despacio, como si fuese a detenerse en cualquier momento. Esta extrema lentitud de movimientos, pensó el viejo señor, de haberlo hecho adrede, habría sido una inimitable y digna exhibición de arte consumado; uno podía imaginar al emperador de China avanzando de manera parecida en una procesión o rito divino. Se protegió los ojos con la mano, porque el sol estaba ya a poca distancia del horizonte, y sus últimos rayos hacían bailar pequeñas e inquietas manchitas multicolores ante su vista. El sol blasonaba la tierra y el aire con tal esplendor que el paisaje se convirtió en un crisol de metales gloriosos. Los prados y la yerba se volvieron de oro puro; el vecino campo de cebada, con sus espigas largas, era un lago vivo de plata resplandeciente.
Sólo quedaba un pequeño rodal de paja enhiesta en el campo de centeno, cuando la mujer, alarmada por el cambio de luz, volvió un poco la cabeza para echar una mirada al sol. Entretanto, no detuvo su trabajo, sino que cogió un puñado de cereal y lo cortó; luego otro, y otro. Una gran agitación, y un rumor como de suspiro múltiple, profundo, recorrió la multitud. El campo había quedado ahora segado de un extremo al otro. Sólo la segadora misma no se daba cuenta del hecho; extendió la mano una vez más, y al encontrarse con que no había nada, pareció quedarse perpleja, o desconcertada. Entonces dejó caer los brazos, y cayó lentamente de rodillas.
Muchas de las mujeres rompieron a llorar, y la multitud se arremolinó alrededor suyo, dejando sólo un pequeño espacio despejado en torno al viejo señor. La súbita proximidad de la gente asustó a Anne-Marie; hizo un movimiento instintivo, inquieto, como si creyese aterrada que fueran a ponerle las manos encima.
El muchacho, que había permanecido junto a ella todo el día, cayó ahora de rodillas a su lado. Ni siquiera él se atrevía a tocarla, sino que bajó un brazo alrededor de su espalda, y otro por delante a la altura de su clavícula, para cogerla si se caía, mientras no paraba de llorar. En ese momento, se ocultó el sol.
El viejo señor avanzó, y se quitó el sombrero solemnemente. La multitud enmudeció esperando a que hablase. Pero durante un minuto o dos no dijo nada. Luego se dirigió a ella, muy despacio:
—Tu hijo está libre, Anne-Marie —dijo. Otra vez esperó un momento, y añadió—: Has hecho una buena jornada de trabajo, hoy, que se recordará durante mucho tiempo.
Anne-Marie alzó la vista sólo a la altura de sus rodillas, y él comprendió que no había entendido lo que le decía. Se volvió hacia el muchacho:
—Repítele a tu madre, Goske —dijo con tono amable—, lo que le he dicho.
El muchacho había estado sollozando violentamente, con gemidos roncos, entrecortados. Tardó un rato en calmarse y dominarse. Pero cuando habló al fin, directamente al rostro de su madre, su voz fue baja, algo impaciente, como si le transmitiese un recado rutinario:
—Estoy libre, madre —dijo—. Has hecho una buena jornada de trabajo que se recordará durante mucho tiempo.
Al oír su voz, la madre alzó los ojos hacia él. Una sombra débil, de dulce sorpresa, cruzó por su semblante; pero siguió sin dar muestras de haber entendido lo que le decían, de manera que la gente alrededor suyo empezó a preguntarse si la habría vuelto sorda el agotamiento. Pero un momento después alzó una mano, lenta, vacilante, manoteó en el aire tratando de alcanzarle la cara, y le tocó la mejilla con sus dedos. La tenía mojada de lágrimas, de manera que al contacto se le pegaron ligeramente las yemas de los dedos, y pareció incapaz de vencer aquella levísima adherencia, o de retirar la mano. Durante un minuto se miraron los dos a la cara. Luego, suave, blandamente, como cae al suelo una gavilla, se desplomó de bruces sobre el hombro del muchacho y él cerró los brazos a su alrededor.
La sostuvo apretada contra sí, con el rostro hundido en el pelo y el pañuelo de ella, durante tanto rato que los que estaban más cerca, asustados al ver el cuerpo de Anne-Marie tan pequeño en brazos de su hijo, se aproximaron más, se inclinaron y le soltaron los brazos. El muchacho les dejó hacer sin una palabra ni un gesto. Pero la mujer que sostenía a Anne-Marie para levantarla se volvió hacia el viejo señor:
—Ha muerto —dijo.
Las gentes que habían seguido a Anne-Marie a lo largo del día continuaron de pie y agitándose por el campo durante muchas horas, mientras duró la luz del atardecer, y más. Mucho después, mientras unos habían hecho unas parihuelas con ramas de árboles y se habían llevado a la mujer muerta, otros deambulaban de un lado para otro por el rastrojo, imitando y midiendo su curso, de un extremo al otro del campo de centeno, y atando las últimas gavillas donde había terminado su siega.
El viejo señor estuvo con ellos mucho tiempo, dando pasos y deteniéndose una y otra vez.
En el sitio donde la mujer había muerto, el viejo señor, más tarde, mandó poner una piedra con una hoz grabada en ella. Los campesinos del lugar llamaron entonces al campo de centeno el «Arca del dolor». Con este nombre se siguió conociendo mucho después de que la historia de la mujer y su hijo se hubiese olvidado.
La heroína
Había un joven inglés llamado Frederick Lamond, descendiente de una larga serie de clérigos y eruditos, y estudiante de filosofía de la religión, el cual, a los veinte años de edad, llamó la atención de sus profesores por su talento y tenacidad. En 1870 obtuvo una beca, y se fue a Alemania. Se proponía escribir un libro sobre la doctrina de la expiación, y tenía la cabeza llena de este tema.
Frederick había llevado una vida recluida entre libros; ahora, cada día le traía sensaciones nuevas. El mundo mismo, como un libro viejo y enorme, se había abierto al caer, y lentamente, espontáneamente, pasaba hoja tras hoja. El primer gran fenómeno que Frederick descubrió en él fue el arte de la pintura. Un día fue al Das Altes Museum a ver el cuadro de Cristo en el Monte de los Olivos, de Venusti, del que le había hablado un amigo. Le sorprendió encontrarse rodeado de cuadros relacionados con sus estudios. No sabía que hubiese tantos cuadros en el mundo. Volvió a visitarlos otra vez; y de las pinturas sagradas pasó a admirar la obra profana de los grandes maestros. Era un joven sencillo. No tenía a nadie que le guiase, ni ilusiones sobre sus propios conocimientos del arte: volvió a los cuadros porque era feliz entre ellos. Al final se sintió a gusto en los museos. Reconocía de vista a la mayoría de los personajes bíblicos, y estableció también amistosa relación con las figuras mitológicas y alegóricas. Ésta era la gente de Berlín a la que mejor conocía, ya que fuera de los museos le costaba hacer amistades.
Mientras él andaba de este modo inmerso en sus pensamientos, la cruda realidad que le rodeaba no se estaba quieta; al contrario, hervía de febril agitación. Estaba a punto de estallar una gran guerra.
La situación se le reveló por primera vez un caluroso día de julio, cuando se tropezó con un joven del señorío vecino a la rectoría de su padre, el cual le saludó orgullosamente con una cita de Hamlet: «¡Por mi vida, Lamond!»; y pasó a descargar en él su espíritu impetuoso y juvenil, desbordante de rumores sobre la inminente guerra franco-prusiana. Este joven tenía un hermano en la embajada de París, y le explicó a Frederick que no faltaba ni un botón en las polainas del ejército francés, y que en París las multitudes gritaban: «¡A Berlín!» Frederick se dio cuenta ahora de que ya hacía algún tiempo que sabía todo esto por las charlas de los cafés donde cenaba, aunque sólo, por así decir, con la superficie de la conciencia. También descubrió que sus simpatías estaban con Francia. «Será mejor que me vaya de Berlín», pensó.
Recogió sus manuscritos e hizo el equipaje. A continuación fue a despedirse de los cuadros, y rezó por que el inminente asedio y asalto de Berlín no les afectase. Y emprendió el camino de la frontera. Pero no había llegado lejos, cuando descubrió que había tardado demasiado. Resultaba ya difícil viajar; no podía seguir adelante, ni retroceder. Cambió de planes y decidió ir a Metz, donde tenía conocidos; pero tampoco le fue posible llegar a Metz. Al final hubo de conformarse con que le dejasen quedarse en un pueblecito llamado Saarburg, cerca de la frontera.
En el modesto hotel de Saarburg habían recalado muchos viajeros franceses. Entre ellos, un viejo sacerdote que regresaba de una universidad de Baviera, dos monjas viejas de un colegio, una viuda que regentaba un hotel en una ciudad de provincias, un rico viticultor y un viajante de comercio. Todas estas personas eran presas del mayor nerviosismo. Los optimistas esperaban conseguir permiso para cruzar la frontera del Ducado de Luxemburgo y de allí pasar a Francia; los pesimistas repetían alarmantes historias sobre cómo los franceses eran acusados de espionaje y fusilados. El dueño del hotel estaba predispuesto en contra de sus huéspedes, ya que algunos de ellos habían huido precipitadamente de sus hogares sin equipaje ni dinero, y además era ateo y le tenía antipatía a la Iglesia.
Para los refugiados fue ahora una especie de sedante observar la despreocupación del joven estudiante inglés: se acercaban a hablarle de sus tribulaciones. Él y el viejo sacerdote, para pasar el tiempo, sostenían largas discusiones teológicas. El anciano le confesó que en su juventud había escrito un tratado sobre las negaciones de Pedro. Entonces Frederick le tradujo trozos de su manuscrito.
En los últimos días de julio, el aire y el suelo de Saarburg empezaron a hervir y humear de acontecimientos inminentes. Se decía que las tropas alemanas llegarían aquí en su marcha hacia Francia. Previendo su poderío, el dueño del hotel endureció su actitud respecto a los franceses: hizo llorar a las dos monjas; y la viuda, tras una violenta discusión con él, se desmayó y tuvo que acostarse. El resto del grupo se mantuvo lo más al margen posible.
En medio de estos sufrimientos, llegó al hotel una dama francesa, con su doncella, procedente de Wiesbaden, que en seguida se convirtió en la figura central de este pequeño mundo.
Tenía un nombre que para Frederick estaba cargado de resonancias de la heroica historia francesa. Primero lo leyó en varias cajas y baúles, en el vestíbulo, y esperó ver a una señora vieja y majestuosa, como un espectro salido del pasado grandioso. Pero cuando apareció, era joven como él, espléndida como una rosa, una gran belleza. Frederick pensó: «Es como si una leona se metiese tranquilamente entre un rebaño de ovejas.» Había tardado tanto en marcharse de Wiesbaden, pensó Frederick, porque no había creído en el fondo que pudiese afectarle a ella personalmente ningún inconveniente; se negaba a creerlo ahora. No estaba asustada lo más mínimo. Afrontó la inquietud de la pálida asamblea del hotel con impávida indulgencia, como si se diese cuenta de que habían estado esperando su llegada en ansioso suspenso. Frente al peligro del momento, la timidez del pequeño grupo y la hostilidad de su entorno, la dama se volvió aún más heráldica, como una leona en un escudo de armas. Pese a su juventud y fragilidad, a Frederick le parecía que se estaba convirtiendo de hora en hora, incluso en su gesto, porte y manera de hablar, en la figura ortodoxa e ideal de «dame haute et puissante», y en una encarnación de la antigua Francia.
Los refugiados buscaron protección detrás de ella. Y ella barrió de la existencia al dueño del hotel, cambió los modales de la servidumbre y mejoró la mesa. Hizo que se pagasen los recibos, y mandó por un médico para madame Bellot. Para estas gestiones tuvo necesidad de un recadero, y así se conocieron ella y Frederick.
Si Frederick hubiese conocido a esta dama seis meses antes de salir de Inglaterra, se habría sentido tímido y cohibido en su compañía. Ahora estaba familiarizado, si no con ella, al menos con sus hermanas y parientas. Pues aunque era elegantemente moderna, tenía toda la belleza de las diosas de Tiziano y de Veronés. Sus largos y sedosos bucles brillaban con el mismo matiz de oro pálido que las trenzas de ellas; su porte tenía esa majestuosidad femenina que ellas mostraban en sus tronos o bailando, y su carne tenía la misma frescura misteriosa y el mismo lustre que la de ellas.
Llevaba un sombrerito de chasseur con una pluma rosa de avestruz, un vestido de seda de color gris paloma increíblemente voluminoso, guantes largos de ante y, alrededor de su blanco cuello, una cinta de terciopelo negro. Llevaba perlas en las orejas y en el cuello, y anillos de diamantes en los dedos. Jamás había visto Frederick a nadie que se pareciese lo más mínimo a ella en la vida real, pero podía muy bien haber estado sentada dentro de un marco de oro, en Das Altes Museum. Se enteró de que era viuda, y que se había casado muy joven, aunque de no mucho más. Pero sin que nadie se lo dijese, sabía dónde había pasado los años hasta ahora: entre las luminosas columnas de mármol, en el dulce verdor, frente al mar ardiente y azul, y las nubes plateadas y coralinas que él había visto en los cuadros. Quizá había tenido una criadita negra que la atendiese. A veces, Frederick dejaba vagar sus pensamientos, y la veía en actitudes divinamente abandonadas... sí, con las galas de la misma Venus. Pero estas figuraciones suyas eran cándidas e impersonales: no querría ofenderla por nada del mundo.
Ella se mostraba amable con él, como haría una hermana mayor; aunque a veces era un poco seca, como si se impacientase con un mundo bastante menos perfecto que ella. Frederick pensaba que él y ella tenían algo en común. Coincidían en no hacer caso de muchos detalles de la vida que para otros eran de la mayor importancia. Sólo que el caso de él, esta indiferencia se debía a un sentimiento de lejanía, o de desasimiento, respecto del mundo en general. «Mientras que en ella», pensaba, «proviene del hecho de que domina el mundo, y no soporta ninguna tontería de él. Es descendiente, y heredera legítima, de conquistadores y jefes, incluso de tiranos, de este mundo». Su nombre de pila, se enteró por sus baúles, era Heloïse.
Conscientes del poder de madame Heloïse, los refugiados del hotel vivieron uno o dos días felices. Al final, todos exageraron un poco su espléndida seguridad. Durante la cena, a base de pollo asado y un vino excelente, hablaron con animación y optimismo, y el viajante de comercio, que era un hombre pequeño y tímido, pero con una voz agradable, cantó varias canciones. Había un piano en el comedor, y el viejo sacerdote le acompañó con él. Por último se le unió el grupo entero en el himno Partant pour la Syrie. En mitad de un estribillo sonó una llamada, como un trueno, en la puerta. No hicieron caso: siguieron cantando, y se fueron a dormir pletóricos de confianza. Al día siguiente las tropas alemanas hacían su entrada en Saarburg, en un torrente de entusiasmo y de triunfo, y por la tarde los refugiados del hotel, a excepción de madame Bellot, que aún estaba en cama, fueron detenidos y conducidos ante el magistrado.
Para su sorpresa, Frederick se enteró de que le acusaban de espionaje, junto con el viejo sacerdote, y que sus largas conversaciones y sus manuscritos y notas constituían la materia de la acusación. El magistrado llegó a sostener que sus citas de Isaías, 53, 8: «Por el crimen de mi pueblo», hacían referencia a la hora, día y mes del avance alemán. Frederick pensó que ya había oído hablar de otras interpretaciones de Isaías con extraños propósitos, y trató de razonar pacientemente con el magistrado. Pero encontró a este caballero dominado por las grandes emociones del momento, e inconmovible ante los argumentos. El viejo sacerdote no quiso o no pudo hablar.
Poco a poco, en el transcurso del día, Frederick fue viendo con más claridad cada vez que había serias posibilidades de que le fusilaran antes del anochecer. Esta certeza le produjo un extraño y profundo estremecimiento. «Ahora sabré», pensó, «si hay vida después de la muerte». Se dio cuenta de que el sacerdote lo sabría al mismo tiempo que él. La idea era difícil de concebir: el anciano era un doctrinario implacable. Pero hacia el final de la tarde el propio magistrado se sentía cansado del caso, y ordenó que llevasen a los dos acusados ante un grupo de oficiales que se alojaban en una gran residencia de las afueras del pueblo, de la que habían huido sus propietarios por miedo a la invasión francesa. Aquí se encontraron con el resto del grupo del hotel.
El ambiente de la residencia era muy distinto del del juzgado municipal. Los tres oficiales alemanes habían considerado oportuno cenar a gusto en el salón, que estaba suntuosamente tapizado de brocado carmesí, con pesados cortinajes y grandes cuadros en las paredes. Aún tenían ante sí, sobre la mesa, el postre y el vino. Estaban arrebolados por el alcohol; pero aún más por el triunfo, pues hacía una hora habían recibido noticia de la acción de Wissenburg, y el telegrama yacía junto a sus copas.
Uno de ellos era un hombre erguido de cabello gris y cara flaca; otro parecía ser el espíritu dominante, o el niño mimado, de los tres. Le dejaron manos libres en el interrogatorio de los prisioneros, dado que hablaba francés mejor que los otros, y les divertía con su exuberante vitalidad. Era muy joven, un gigante en estatura, y asombrosamente rubio; con una plenitud, o pesantez, que le daba el aspecto de un joven dios. Se encaró con el grupo del hotel con risueña sorpresa y desprecio; y parecía no temer a Dios ni al Diablo —y menos aún a los franceses—, hasta que vio a madame Heloïse. A partir de ese momento, el caso se convirtió en una cuestión personal entre ella y él.
Frederick se dio cuenta con toda claridad. Pero no era ningún experto en esta clase de guerra; y, aunque después de la primera mirada Heloïse no volvió a mirar al oficial alemán ni una sola vez, mientras que los ojos de éste, claros y saltones, no se apartaban del rostro o la figura de ella, no podría determinar si, en realidad, la ofensiva partía de ella o de él.
Los dos eran iguales, y podían haber sido hermano y hermana. Evidentemente, se tenían miedo el uno al otro. Mientras se desarrollaba la entrevista, el alemán sudaba de temor, y ella palidecía cada vez más, aunque nada podía haberles separado. Frederick estaba seguro de que se veían aquí por primera vez; sin embargo, era una vieja enemistad la que estaba a punto de estallar en el salón de la residencia. ¿Se trataba, se preguntó, de un combate nacional hereditario, o había que remontarse más atrás, y más profundamente, para descubrir su raíz?
El joven alemán empezó diciendo que le parecía que ahora no merecía la pena seguir hasta París. Le preguntó a Heloïse cómo era que se encontraba con aquella gente y si consideraba a sus compañeros más peligrosos que ella misma. Heloïse contestó secamente, con la barbilla levantada. Frederick comprendió que su propio destino, y el de sus compañeros, dependía ahora de ella. Pensó que ningún ser humano, y menos este joven soldado, aguantaría mucho tiempo la mirada y la actitud de ella; no obstante, en su fuero interno aplaudía el admirable alarde de insolencia que les hacía. Era inevitable que al final el alemán se acercara a ella: al tenderle un documento para que lo examinase, le habló directamente a la cara. Entonces, con un nuevo movimiento, ella retiró hacia atrás la amplia falda de su vestido, a fin de que no la tocase él.
El joven alemán se interrumpió bruscamente en su discurso, y aspiró con dificultad.
—Madame —dijo muy lentamente—, no voy a tocarle el vestido. Voy a hacerle una proposición. Extenderé pasaportes para que usted y sus amigos puedan llegar a Luxemburgo, que es lo que quiere de mí. Puede venir a recogerlos dentro de media hora. Pero tendrá que hacerlo sin esa falda que tanto procura usted, justamente, apartar de mí. En realidad, tendrá que venir a recogerlos como la diosa Venus. Es —añadió tras un momento de intenso silencio— una proposición generosa, madame.
De repente se ruborizó, ante sus propias palabras.
El corazón de Frederick dejó de latir un segundo de repugnancia y horror, y de tristeza. La sentencia era una deformación de sus hermosas fantasías sobre Heloïse. La blasfemia hacía del mundo un lugar de bajeza nauseabunda, y de él un cómplice.
En cuanto a la propia Heloïse, la ofensa la transformó, como si le hubiesen prendido fuego. Se volvió directamente hacia su ofensor, y Frederick nunca la vio tan llena de vitalidad o de arrogancia; parecía a punto de echarse a reír en la cara de su adversario. La sordidez del mundo, pensó Frederick con profunda y extática gratitud, no la tocaba; estaba por encima de todo. Sólo un instante se llevó la mano al borde superior de su mantilla como si, ahogada por la ola de desprecio, tuviese necesidad de librarse de ella. Pero un instante después se quedó inmóvil; bajó su mano, y con ella la sangre de sus mejillas; se puso muy pálida. Se volvió a sus compañeros detenidos y paseó lentamente la mirada por sus rostros blancos, horrorizados.
Los dos oficiales de más edad se removieron en sus sillas. El joven lanzó el documento hacia ellos.
—¡Conque sí! —exclamó—. ¡Le han herido por nuestros crímenes! ¡Por los crímenes de mi pueblo, somos atacados! ¡Con su capítulo y versículo! Tenemos a toda una banda de espías ante nosotros, señores; con ella... —señaló con dedo tembloroso a Heloïse— a la cabeza. ¿Por qué tenía que venir precisamente aquí? ¿No podía habernos dejado en paz, al menos?
Volvió a dirigirse a ella; no podía dejarla.
—¿Está usted segura de haberme comprendido? —exclamó.
—No, no estoy segura —dijo ella—. La lengua francesa se presta muy mal a su proposición. ¿Quiere repetírmela en alemán, por favor?
Esto le resultaba difícil; sin embargo, lo hizo. Heloïse se quitó el sombrero, para que su dorado cabello centellease a la luz de la lámpara. Durante el resto de la entrevista mantuvo las manos detrás de su esbelta cintura, dando la impresión de que tenía las manos atadas a la espalda.
—¿Por qué me pregunta a mí? —dijo ella—. Pregunte a los que están conmigo. Son gente pobre, trabajadora, y acostumbrada a las penalidades. Aquí tiene a un sacerdote francés —prosiguió muy despacio—, consolador de muchas almas desventuradas; aquí, a dos hermanas francesas que han cuidado enfermos y moribundos. Los otros dos tienen hijos en Francia que lo van a pasar muy mal sin ellos. Su salvación, para cada uno, es más importante que la mía. Que decidan ellos mismos si quieren comprarla al precio que usted pide. Ellos le contestarán, en francés.
El viejo sacerdote dio un paso adelante. Había sido aficionado a los largos discursos, en el hotel; pero aquí no dijo una palabra. Se limitó a levantar el brazo derecho y a agitarlo de un lado a otro. La monja vieja retrocedió hacia la pared, como si estuviese ya ante el pelotón de fusilamiento. Alzó los dos brazos y exclamó:
—¡No!
La otra monja prorrumpió en terribles sollozos; cedieron sus piernas bajo el peso de su cuerpo, cayó de rodillas y repitió:
—No. No. No.
Fue el viajante de comercio el que pronunció un discurso. Dio un paso largo hacia el joven oficial, alzó los ojos hacia su elevada estatura y dijo:
—Usted cree que tenemos miedo, ¿verdad? Pues sí, lo tenemos. Tenemos miedo de llegar a parecer lo que ustedes.
Frederick no habló; miró al oficial a la cara y no pudo por menos de sonreír un poco.
El alemán miró fijamente al viajante de comercio, y luego, por encima de su cabeza, a Heloïse. Exclamó:
—¡Entonces, fuera de aquí! Acabemos. ¡Fuera todos de aquí!
Llamó a dos soldados de la habitación contigua.
—Sacad a esta gente al patio —ordenó—. Esperad órdenes.
Y gritó otra vez a los prisioneros:
—Vosotros os lo habéis buscado. A mí dejadme en paz. Sólo quiero que me dejéis en paz.
Lo último que Frederick vio de la habitación fue su cara cuando pasó Heloïse por delante de él y le miró. El grupo bajó apresuradamente la escalinata y salió de la casa.
Al llegar al patio, la noche era clara y las estrellas empezaban a surgir en el cielo. Había una tapia baja que cercaba todo un lado del patio, separando el jardín de la residencia; del otro lado les llegó olor a ganado. Uno tras otro, los cansados refugiados, ignorantes de su destino, fueron a ocupar su sitio junto a la tapia. Heloïse, de pie, con la cabeza descubierta en el patio, alzó los ojos al cielo; luego, tras un momento, le dijo a Frederick:
—Ha pasado una estrella fugaz. Podía haber pedido usted un deseo.
Cuando llevaban media hora de pie en el patio, salieron de la casa tres soldados; uno de ellos llevaba un farol. Uno de los otros, que parecía de graduación superior, paseó la mirada por los prisioneros, se acercó al viejo sacerdote y le tendió un papel.
—Este es el pase para llegar a Luxemburgo —dijo—. Es para todos ustedes. Los trenes están llenos; tendrán que buscar algún carruaje en el pueblo. Será mejor que se marchen en seguida.
Apenas había terminado de hablar, llegó otro soldado y se dirigió a Heloïse; todos se sorprendieron al ver que llevaba un enorme ramo de rosas que habían visto sobre la mesa del salón. El soldado hizo un saludo militar.
—El coronel —dijo— ruega a madame que acepte estas rosas. Con sus saludos. A una heroína.
Heloïse cogió el ramo como si no viese ni al soldado ni al ramo.
Consiguieron carruajes en el hotel. Mientras los esperaban, tomaron una comida breve y apresurada consistente en pan y vino, ya que ninguno de ellos había comido nada desde por la mañana. No se repitió la espléndida cena de la noche anterior: nada tenía la menor relación con ella. Desde entonces, sus existencias se habían situado en otro plano. Se cogieron de la mano unos a otros: cada cual debía la vida a los demás.
Heloïse seguía siendo la figura central de la comunión, aunque de una manera nueva, como un objeto infinitamente precioso para todos ellos. Su orgullo, su esplendor era de ellos, ya que habían estado dispuestos a morir por él. Aún estaba muy pálida; parecía una criatura entre viejos, y se reía de lo que le decían. Como insistió en llevarse todos los baúles y cajas, por considerarlos evidentemente partes de sí misma que no debía dejar en manos del enemigo, y como tuvo que cargarlos Frederick, acabaron viajando juntos detrás de los demás, en un pequeño fiacre, hasta la frontera.
Frederick recordaría toda su vida este viaje, incluso las curvas de la carretera. Había luna, y el trecho de cielo entre ella y el bajo horizonte parecía como cubierto de polvo de oro. Al caer el rocío, Heloïse se echó el chal por encima de la cabeza; entre sus pliegues oscuros parecía una muchacha aldeana; y no obstante, iba entronizada en su asiento como una musa, a su lado. Frederick había leído en los libros historias sobre hechos heroicos y sobre heroínas; el episodio vivido y la joven que viajaba a su lado eran como en los libros; sin embargo, la encontraba amable y sencillamente viva como ningún libro del mundo. La dicha callada y triunfal que la inundaba era tan dulce para él como la fragancia del trigo maduro por el que pasaban. De repente, Heloïse le cogió la mano.
Era temprano cuando cruzaron la frontera y llegaron a la pequeña estación de Wasserbillig, donde se reunieron con el resto del grupo. Mientras esperaban el tren que debía llevarles a Francia, y volvían otra vez sus caras hacia París, sus amigos franceses, notó Frederick, se convirtieron en una especie de familia a la que él ya no pertenecía. Cuando por fin llegó el tren, parecieron casi ignorar su existencia.
Pero en el último momento, Heloïse le dirigió una mirada larga, tierna, profunda. Una mirada que siguió fija en él desde detrás de la ventanilla del compartimiento. Luego, súbitamente, desapareció.
Frederick permaneció de pie en el andén, observando cómo se perdía el tren en el vago paisaje matinal. Comprendió que había caído el telón sobre un gran acontecimiento de su vida. Le dolía el corazón de felicidad y de congoja. El artista recién nacido en su interior, amigo de Venusti, acogió la aventura con espíritu humilde, extático; y su respuesta fue: «Domine, non sum dignus.» Pero cuando estuvo solo otra vez, volvió a dominar en él el investigador y el indagador, su antigua personalidad de las universidades de Inglaterra: anheló algo más, pidió información, saber, comprender. Quedaba algo, dentro de los fenómenos del espíritu heroico, que seguía sin explicación, una zona inexplorada, misteriosa.
Sin duda, pensó, era este momento de investigación incompleta y de inalcanzable intuición lo que ahora le hacía permanecer en la estación de Wasserbillig con una sensación casi angustiosa de pérdida o de privación, como si le hubiesen quitado de los labios el vaso antes de acabar de aplacar su sed.
Al verdadero investigador le ayuda a veces la mano del destino. Así le ocurrió a Frederick en su indagación sobre el espíritu heroico. Sólo tuvo que esperar un tiempo.
Una vez en Inglaterra, volvió a sus libros. Terminó su tratado sobre la doctrina de la expiación, y más tarde escribió otro libro. Con el tiempo, pasó del terreno de la filosofía de la religión al de la historia de las religiones en general. Ocupaba un buen puesto entre los jóvenes intelectuales de su generación, y estaba prometido con una joven a la que conocía desde que ambos eran niños, cuando, cinco o seis años después de su aventura en Saarburg, tuvo que ir a París para asistir a un ciclo de conferencias que iba a dar un gran historiador francés.
Aprovechó para visitar a un antiguo amigo, un hermano del chico que le diera en Berlín la primera noticia de la guerra. Este joven se llamaba Arthur, y estaba, como entonces, en la misma oficina de la embajada. Arthur no sabía cómo distraer a un estudiante de teología en París. Invitó a Frederick a cenar en un selecto restaurante; y mientras cenaban, le preguntó si le gustaba París, y qué había visto. Frederick le contestó que había visto multitud de bellezas, y que había estado en los museos del Louvre y de Luxemburgo. Hablaron un rato sobre arte clásico y moderno. Luego, de repente, exclamó Arthur:
—Si te gustan las bellezas, sé lo que vamos a hacer. Vamos a ver a Heloïse.
—¿A Heloïse? —dijo Frederick.
—Ni una palabra más —dijo Arthur—. No se puede describir: hay que verla.
Llevó a Frederick a un pequeño, elegante y exquisito teatro de variedades.
—Hemos llegado justo a tiempo —dijo. Luego se echó a reír, y añadió—: Aunque en realidad debías haberla visto en la época del Imperio. Dicen algunos que es estúpida como un ganso, pero no lo vas a creer cuando veas sus piernas. La jambe c'est la femme! Me han dicho también que su vida privada es completamente respetable. No sé.
El espectáculo que iban a ver se llamaba La venganza de Diana; imitaba el estilo clásico, aunque era elegantemente moderno en los detalles. Un gran número de encantadoras bailarinas bailaban y adoptaban posturas como ninfas en una selva, todas ellas muy exiguamente vestidas. Pero el momento culminante de la representación lo constituyó la aparición de la diosa Diana, sin nada encima.
Al avanzar, curvando su arco de oro, un rumor como de un largo suspiro recorrió la sala. La belleza de su cuerpo había surgido como una sorpresa y un éxtasis, incluso para aquellos que ya la habían visto: apenas daban crédito a sus ojos.
Arthur la observó con sus impertinentes; luego, generosamente, se los tendió a Frederick. Pero vio que Frederick no hacía uso de ellos; y, tras un momento, se quedaba completamente inmóvil. Se preguntó si se habría escandalizado.
C'est une chose incroyable —dijo—, que la beauté de cette femme. ¿No te parece?
—Sí —dijo Frederick—. Pero yo la conozco. La he visto antes.
—¿Pero no de esta manera? —preguntó Arthur.
—No. Así no —dijo Frederick. Al cabo de un rato añadió—: Quizá se acuerde de mí. Le enviaré mi tarjeta.
Arthur sonrió. El acomodador que llevó la tarjeta de Frederick volvió con una breve nota para él.
—¿Es de ella? —preguntó Arthur.
—Sí —dijo Frederick—. Se acuerda de mí. Vendrá a vernos al terminar la función.
—¿Heloïse? —exclamó Arthur—. ¡Vaya, vaya con los profesores ingleses de filosofía de la religión! ¿Cuándo la conociste? ¿Fue cuando estabas escribiendo algo sobre los misterios del Adonis egipcio?
—No, entonces trabajaba en otro tema —dijo Frederick.
Arthur encargó una mesa, vino y un gran ramo de rosas.
Entró Heloïse, e hizo que todas las cabezas se volviesen hacia ella como un macizo de girasoles hacia el sol. Iba de negro, con una larga cola, guantes largos, plumas de avestruz y perlas.
—¡Cuánto negro —suspiró toda la sala en su corazón— para cubrir cuánta blancura!
Tenía quizá el busto algo más lleno, y la cara más delgada, que hacía seis años; pero todavía se movía de la misma manera, a la manera de los grandes felinos; y conservaba, en su actitud y su semblante, aquella brevedad o impaciencia que entonces había encantado a Frederick. Se levantó éste para saludarla; y Arthur, que le había imaginado penosamente torpe entre la gente elegante del teatro, se sorprendió ante la dignidad de su amigo y, al mirarse mutuamente él y Heloïse, ante la expresión completamente idéntica de seriedad profundamente feliz de sus caras, tuvo la impresión de que les habría gustado besarse, pero que les contenía algo que no tenía que ver con la presencia de gente a su alrededor. Se quedaron de pie, como si hubiesen olvidado la facultad humana de sentarse.
Heloïse sonrió radiante a Frederick.
—Me alegro muchísimo de que haya venido a verme —dijo con la mano de él entre las suyas.
Frederick al principio no supo qué decir; por último hizo una pregunta tonta:
—¿Ha venido a verla alguno de los otros?
—No —dijo Heloïse—, no ha venido ninguno.
Aquí Arthur consiguió hacer que se sentasen a la mesa, el uno enfrente del otro.
—¿Sabe —dijo Heloïse— que murió el pobre padre Lamarque?
—¡No! —dijo Frederick—; no he tenido noticia de ninguno de ellos.
—Pues sí, murió —dijo Heloïse—. Cuando llegó a París, pidió que le mandasen al ejército. Hizo prodigios allí; ¡fue un héroe! Pero más tarde le hirieron, aquí en París, los soldados de Versalles. Cuando me enteré, fui corriendo al hospital; pero, por desgracia, era demasiado tarde.
Para compensar el silencio de su compatriota, Arthur sirvió champán a Heloïse con un cumplido.
—¡Ah, eran buenas personas! —exclamó ella, cogiendo la copa—. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Las dos viejas hermanas, también, qué buenas eran! Y todos.
»Aunque no eran precisamente muy valerosos —añadió, dejando la copa otra vez—. Todos estaban muertos de miedo aquella noche, en la residencia. Estaban viendo ya delante de ellos, apuntándoles, las bocas de los fusiles alemanes. ¡Dios mío, el peligro que corrieron entonces!; más del que ellos mismos se imaginaban.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Frederick.
—Sí, un peligro peor aún para ellos —dijo Heloïse—. Porque habrían sido capaces de obligarme a cumplir lo que el alemán me pedía. Me habrían obligado a hacerlo, con tal de salvar sus vidas, si él les hubiese consultado directamente, o si les hubiese dejado opinar. Y después se habrían arrepentido toda su vida, y se habrían considerado a sí mismos grandes pecadores. No estaban hechos a esa clase de cosas, ellos que jamás habían cometido una bajeza. Por eso daba pena verles tan asustados. Le confieso, amigo mío, que para esas personas habría sido preferible que las fusilaran a vivir con una mala conciencia. No estaban acostumbradas a eso; no habrían sabido vivir con esa carga.
—¿Cómo sabe usted todo eso? —preguntó Frederick.
—Conozco bien a esa clase de personas —dijo Heloïse—. Me he criado entre gentes pobres y honradas. Mi abuela tenía una hermana que era monja; y un viejo sacerdote como el padre Lamarque me enseñó a leer.
Frederick apoyó el codo sobre la mesa, la barbilla en la mano y se quedó mirándola.
—Entonces, ¿su triunfo después —dijo lentamente— fue en realidad sólo por nosotros? ¿Porque nos portamos tan bien?
—Usted se portó bien, ¿no? —dijo ella sonriéndole.
—Entonces fue usted una heroína aún más grande —dijo Frederick en el mismo tono— de lo que yo creía.
—¡Mi querido amigo! —exclamó ella.
Frederick le preguntó:
—¿Creyó, en aquel momento, que podían fusilarla de verdad?
—Sí —dijo ella—. Aquel joven podía muy bien haberme mandado fusilar; y a todos ustedes también. Habría sido su manera de hacer el amor. Y sin embargo —añadió pensativa—, era un joven honesto, honesto. En realidad, puede que le faltara una cosa. Muchos hombres no la tienen.
Bebió, pidió que le volviesen a llenar la copa y miró a Frederick.
—Usted —dijo— no era como los otros. Si hubiésemos estado solos usted y yo allí, todo habría sido diferente. Puede que me hubiese dejado salvar mi vida de la manera que el alemán me pedía, y no haber pensado nada después. Me di cuenta entonces. Lo supe cuando viajábamos juntos hacia la frontera e iba usted tan callado en aquel fiacre. Me gustó notárselo, y no sé dónde lo ha aprendido, teniendo en cuenta que al fin y al cabo es usted inglés.
Frederick meditó sus palabras.
—Sí —dijo lentamente—; si lo hubiese propuesto usted, por su propia voluntad.
—¿Pero sabe usted —exclamó ella de repente— cuál fue la suerte para usted y para mí, y para todos? ¡Que no había mujeres con nosotros en aquella ocasión! Una mujer me habría obligado a hacerlo, rápidamente, de haberme visto en aquel trance. ¿Y dónde habría ido a parar en ese caso nuestra grandeza?
—Pero había mujeres con nosotros —dijo Frederick—. Las monjas.
—No —dijo Heloïse—; ellas no cuentan. Una monja no es una mujer en ese sentido. No; me refiero a una mujer casada, o solterona; a una mujer honrada. Si madame Bellot no hubiese estado con dolor de estómago a causa del miedo, me habría obligado a quitarme la ropa en un santiamén, se lo puedo asegurar. Jamás habría podido convencerla yo.
Heloïse se quedó abstraída, con los ojos fijos en el rostro de Frederick; y al cabo de un minuto o dos dijo:
—¡En qué hombre se ha convertido usted! Creo que ha madurado. Entonces era usted sólo un muchacho. Los dos éramos mucho más jóvenes.
—Esta noche —dijo él— no me parece que haya transcurrido tanto tiempo.
—Sin embargo, hace mucho tiempo de eso —dijo ella—; sólo que a usted no le importa. Es usted un hombre: un escritor, ¿no? Está usted ascendiendo. Presiento que seguirá escribiendo muchos más libros. ¿Recuerda ahora cómo, cuando salimos a dar un paseo por Saarburg, me habló de las obras de un judío de Amsterdam? Tenía un nombre bonito, como de mujer. Yo misma podía haberlo elegido para mí, en vez del que tengo, que también lo eligió para mí un hombre instruido. Supongo que sólo los muy instruidos habrán oído hablar de él. ¿Cómo era?
—Spinoza —dijo Frederick.
—Sí —dijo Heloïse—; Spinoza. Tallaba diamantes. Era muy interesante. No; para usted, el tiempo no importa. Uno es feliz al volver a encontrar a sus amigos —dijo—; sin embargo, es en esa ocasión cuando se da cuenta de cómo vuela el tiempo. Somos nosotras, las mujeres, las que lo notamos. El tiempo nos quita muchas cosas. Y al final: todo —miró a Frederick, y ninguna de las dos caras pintadas por los grandes maestros habrían podido ofrecer a éste semejante visión de la vida y del mundo—. ¡Cómo me habría gustado, mi querido amigo —dijo—, que me hubiese visto entonces!
Cuento del joven marinero
El bricbarca Charlotte había zarpado de Marsella y navegaba rumbo a Atenas, con tiempo gris y mar gruesa, después de tres días de fuerte temporal. Un pequeño marinero llamado Simón, en la cubierta mojada y balanceante, se sujetaba a un obenque y miraba hacia las nubes viajeras y la verga del mastelerillo del palo mayor.
Un ave, buscando refugio en el mástil, se había enredado las patas en una driza suelta de algún aparejo, y forcejeaba allá arriba tratando de liberarse. El chico de la cubierta podía verla aletear y agitar la cabeza de un lado a otro.
Por su propia experiencia en la vida, había llegado a la convicción de que en este mundo cada cual debía cuidar de sí mismo, y no esperar ayuda de los demás. Pero aquella lucha muda, mortal, le tenía fascinado desde hacía más de una hora. Se preguntaba qué clase de ave sería. En los últimos días habían venido a posarse numerosas aves en las jarcias del bricbarca: golondrinas, codornices y un par de halcones peregrinos; le parecía que esta vez se trataba de un halcón peregrino. Recordaba que hacía muchos años, en su país, cerca de la casa, vio una vez un halcón peregrino posado en una piedra, a poca distancia, y echar a volar. A lo mejor era la misma ave. Pensó: «Es como yo. Antes estaba allá y ahora está aquí.»
Esto despertó en él un sentimiento de simpatía y de tragedia, siguió mirando al ave con el corazón en un puño. No estaba presente ninguno de los marineros para reírse de él, empezó a pensar cómo podía trepar por las jarcias para ayudar al halcón. Se echó el pelo hacia atrás, se subió las mangas, miró por toda la cubierta y empezó a trepar. Tuvo que detenerse un par de veces en el aparejo oscilante.
Al llegar a lo alto del mástil comprobó que era, efectivamente, un halcón peregrino. Cuando su cabeza llegó a la altura del ave, ésta dejó de debatirse, y le miró con ojos furiosos, desesperados, amarillos. Tuvo que sujetarla con una mano mientras sacaba el cuchillo y cortaba la driza. Se asustó al mirar hacia abajo; pero a la vez pensó que no se lo había ordenado nadie, que era su propia aventura, y esto le produjo una sensación orgullosa, tranquilizadora; como si el mar y el cielo, el barco, el ave y él mismo fueran todo uno. Justo cuando la hubo liberado, el ave le dio un picotazo en el pulgar, de manera que le hizo sangre, y estuvo a punto de soltarla. Se enfadó con ella y le dio un cachete; a continuación se la metió en el interior de la chaqueta y bajó.
Cuando llegó a la cubierta, se encontraban allí el piloto y el cocinero mirando; le preguntaron a voces a qué había subido al mástil. Él estaba tan cansado que tenía lágrimas en los ojos. Sacó el halcón y lo enseñó, mientras éste permanecía quieto en sus manos. El piloto y el cocinero se echaron a reír y se fueron. Simón dejó el ave en el suelo, retrocedió, y se quedó mirándola. Al cabo de un rato pensó que no sería capaz de levantarse de la resbaladiza cubierta, así que la cogió otra vez y fue a colocarla sobre un rollo de lona. Poco después empezó a ordenarse las plumas, dio dos o tres violentos aletazos y de repente echó a volar. El chico pudo seguir su vuelo por encima de los surcos de agua gris. Pensó: «Allá vuela mi halcón.»
Cuando regresó el Charlotte, Simón se enroló en otro barco; y dos años más tarde era un avispado marinero de la goleta Hebe, fondeada en Bodo, en la costa norte de Noruega, donde había entrado a cargar arenque.
A los grandes mercados de arenque de Bodo acudían barcos de todos los rincones del mundo: había barcos suecos, finlandeses y rusos: un bosque de mástiles; y en la playa, un tumultuoso y heterogéneo despliegue de vida, donde se oían muchas lenguas y se suscitaban tremendas peleas. Se habían instalado puestos de venta en la playa, y los lapones, gente pequeña y amarilla, de movimientos sigilosos y ojos vigilantes, a la que Simón no había visto en la vida, bajaban a vender artículos de piel adornados de cuentas. En abril, el cielo y el mar eran tan claros que resultaba difícil mantener la vista frente a ellos —salados, infinitamente anchos y poblados de chillidos de aves—, como si alguien estuviese afilando incesantemente cuchillos invisibles en todas partes, arriba en el cielo.
Simón estaba asombrado de la claridad de estas noches de abril. No sabía geografía, y no lo atribuía a la latitud, sino que lo consideraba un signo de buena voluntad del Universo, un favor. Simón había sido toda su vida bajo de estatura para su edad, pero este último invierno había dado un estirón y se había hecho fuerte de miembros. Esta suerte, pensaba, debía de proceder de la misma fuente que la bondad del tiempo, de una nueva benevolencia del mundo. Había estado necesitado de este estímulo, dado que era tímido por naturaleza; ahora no pedía más. El resto consideraba que era cosa suya. Se movía lentamente, orgullosamente.
Una tarde bajó a tierra con permiso, y se acercó al puesto de un pequeño comerciante ruso, un judío que vendía relojes de oro. Todos los marineros sabían que eran de falso metal y que no funcionaban, aunque los compraban y los exhibían con ostentación. Simón estuvo contemplando un buen rato estos relojes, pero no compró ninguno. El viejo judío exhibía diversas mercancías en su puesto; entre ellas, una caja de naranjas. Simón las había probado en sus viajes; compró una y se la llevó. Quería subir a una colina desde donde poder ver el mar, y comérsela allí.
Siguió andando; y al llegar a las afueras del pueblo vio a una niña con un vestido rojo, de pie al otro lado de una cerca, mirándole. Tendría trece o catorce años; estaba delgada como una anguila, pero tenía una cara redonda, alegre, pecosa y un par de trenzas largas. Se miraron mutuamente.
—¿A quién esperas? —preguntó Simón, por decir algo.
La cara de la niña esbozó una sonrisa extática, presuntuosa:
—Al hombre con quien me voy a casar, naturalmente —dijo.
Había algo en su semblante que hizo que el muchacho se sintiese confiado y feliz; le sonrió un poco.
—A lo mejor soy yo —dijo él.
—¡Ja, ja! —rió la niña—; es unos años mayor que tú, para que te enteres.
—¿Cómo es eso? —dijo Simón—; pues tú no eres tan mayor.
La niña negó con la cabeza solemnemente.
—No —dijo—; pero cuando lo sea, seré guapísima; y llevaré zapatos marrones con tacones y un sombrero.
—¿Quieres una naranja? —preguntó Simón, ya que no podía darle ninguna de las cosas que ella había mencionado. La niña miró la naranja y luego a él.
—Están muy buenas —dijo él.
—Entonces, ¿por qué no te la comes tú? —preguntó ella.
—Yo he comido muchas ya —dijo él—, cuando estaba en Atenas. Aquí, ésta me ha costado un marco.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Me llamo Simón —dijo él—. ¿Y tú?
—Yo, Nora —dijo ella—. ¿Qué quieres a cambio de tu naranja, Simón?
Cuando oyó su nombre en la boca de ella, Simón se volvió audaz.
—¿Quieres darme un beso, a cambio de la naranja? —preguntó.
Nora le miró seria un momento.
—Sí —dijo—; no me importa darte un beso.
Simón notó que le entraba un calor como si hubiese estado corriendo. Cuando la niña extendió la mano para que le diese la naranja, se la cogió. En ese instante la llamó alguien desde la casa.
—Es mi padre —dijo, y trató de devolverle la naranja; pero él no lo consintió—. Pues vuelve mañana —dijo ella—; entonces te daré el beso —y echó a correr. Él se quedó viéndola marcharse, y poco después regresó al barco.
Simón no tenía costumbre de hacer planes para el futuro, y no sabía si volvería para verla o no.
La tarde siguiente tenía que quedarse a bordo, ya que los demás marineros iban a bajar a tierra; pero no le importaba. Decidió sentarse en cubierta con Balthazar, el perro del barco, y practicar con una concertina que se había comprado hacía algún tiempo. El pálido atardecer le rodeaba por todas partes; el cielo tenía un matiz débilmente rosáceo, la mar estaba completamente llana, lechosa; sólo en la estela de los botes que iban a tierra se quebraba en franjas de intenso índigo. Y se sentó a tocar; al cabo de un rato, su propia música empezó a hablarle tan vehementemente que se detuvo, se levantó y miró hacia arriba. Entonces descubrió la luna llena en lo alto del cielo.
El cielo estaba tan claro que apenas hacía falta: era como si hubiese subido allí por propio capricho. Era redonda, grave, presuntuosa. Y entonces comprendió Simón que debía bajar a tierra, costara lo que costase. Pero no sabía cómo ir, ya que los demás se habían llevado la yola. Llevaba mucho rato de pie en la cubierta, pequeña figura solitaria de joven marinero en su barco, cuando vio que se acercaba la yola de un barco que estaba fondeado más afuera y llamó. Averiguó que eran marineros rusos de un barco llamado Anna que iban a tierra. Cuando consiguió hacerse entender, le llevaron con ellos; primero le pidieron dinero por el viaje; luego, riendo, se lo devolvieron. Simón pensó: «Estos creen que voy al pueblo en busca de mujeres. Luego, con cierto orgullo, pensó que tenían razón; aunque al mismo tiempo estaban infinitamente equivocados, y no tenían idea de nada.
Una vez en tierra, le invitaron a beber con ellos, y Simón no quiso decirles que no porque le habían ayudado. Uno de los rusos era un gigantón, grande como un oso; le dijo a Simón que se llamaba Iván. Se emborrachó enseguida, y luego acometió al muchacho con afecto osuno, le manoseó, sonrió y se rió en su cara, le regaló una cadena de reloj de oro y lo besó en ambas mejillas. Simón pensó entonces que él también tenía que regalarle algo a Nora cuando la viese otra vez; y en cuanto pudo dejar a los rusos, se dirigió a un puesto que conocía y compró un pañuelito azul, del mismo color que los ojos de ella.
Era sábado por la tarde, y circulaba mucha gente entre las casas: iban en largas filas, algunos cantando, y todos deseosos de divertirse esa noche. Simón, en medio de esta vida rica y bulliciosa bajo la luna clara, sentía la cabeza alegre con su escapada del barco y la bebida fuerte. Se embutió el pañuelo en el bolsillo; era de seda, cosa que nunca había tocado anteriormente, un regalo para su amiga.
No recordaba el camino a casa de Nora, se perdió, y volvió adonde había empezado. Entonces le asaltó un miedo terrible de llegar demasiado tarde y echó a correr. En un paso estrecho entre dos casas de madera chocó con un hombre corpulento, y descubrió que era Iván otra vez. El ruso cerró los brazos en torno suyo y le sujetó.
—¡Bueno, bueno! —exclamó desbordante de alegría—; al fin te he encontrado, mi pequeño pollito. Te he buscado por todas partes; y el pobre Iván ha llorado porque había perdido a su amigo.
—Suéltame, Iván —exclamó Simón.
—Ah, ah —dijo Iván—; iré contigo y tendrás lo que quieras. Mi corazón y mi dinero son tuyos, todo tuyos; yo también he tenido diecisiete años, también he sido una pequeña ovejita de Dios, y quiero serlo otra vez esta noche.
—¡Suéltame —exclamó Simón—, que tengo prisa!
Iván le sujetaba de tal manera que le hacía daño, mientras le acariciaba con la otra mano.
—Lo siento, lo siento —decía—. Vamos, confía en mí, amiguito mío. Nada nos va a separar. Oigo llegar a los otros: vamos a pasar una noche juntos que la recordarás cuando seas abuelito.
De repente estrujó al muchacho contra sí, como el oso que lleva a un cordero. La odiosa sensación de calor masculino y el corpachón de un hombre pegado a él enloqueció al flaco muchacho. Pensó en Nora, esperándole, como una embarcación esbelta en el aire turbio, mientras él estaba aquí, sufriendo el abrazo caluroso de un animal peludo. Golpeó a Iván con todas sus fuerzas.
—Te mataré, Iván —gritó—, si no me sueltas.
—¡Bah, después me lo agradecerás! —dijo Iván, y empezó a cantar.
Simón hurgó en su bolsillo buscando la navaja y consiguió abrirla. No podía levantar la mano, pero hundió la navaja furiosamente por debajo del brazo del gigantón.
Casi instantáneamente, sintió brotar la sangre y correrle por la manga hacia abajo. Iván dejó de cantar de repente, soltó al muchacho y profirió dos largos y profundos gruñidos. Un segundo después cayó de rodillas.
—Pobre Iván, pobre Iván —gimió.
Cayó de bruces. En ese momento Simón oyó a los otros marineros que se acercaban cantando por el callejón.
Se quedó inmóvil un momento, limpió la navaja y observó que la sangre derramada había formado un charco oscuro debajo del enorme corpachón. Luego echó a correr. Al detenerse un segundo para elegir una dirección, oyó gritar a los marineros sobre su compañero muerto. Y pensó: «Tengo que bajar a la mar y lavarme las manos.» Pero, al mismo tiempo, corría en dirección opuesta. Al cabo de un rato dio con el camino por el que había pasado el día anterior y le pareció familiar, como si lo hubiese recorrido centenares de veces en su vida.
Aflojó el paso para echar una mirada, y de pronto descubrió a Nora al otro lado de la cerca; estaba a muy poca distancia de él, cuando la vio a la luz de la luna. Tambaleante y sin aliento, cayó de rodillas. Durante un momento no pudo hablar.
—Buenas noches, Simón —dijo ella con su vocecita acariciadora—. Hace rato que te estoy esperando —y tras una pausa añadió—: Me he comido la naranja.
—¡Ah, Nora! —exclamó el muchacho—. He matado a un hombre.
Nora se le quedó mirando, pero no se movió.
—¿Por qué has matado a un hombre? —preguntó al cabo de un rato.
—Para llegar aquí —dijo Simón—. Porque intentaba detenerme. Pero era mi amigo —lentamente, Simón se puso en pie—. ¡Me quería! —exclamó; y entonces estalló en lágrimas—. Sí —dijo despacio, pensativo—. Sí, porque tú estarías aquí puntualmente. ¿Puedes esconderme? —preguntó—. Porque me buscarán.
—No —dijo Nora—; no te puedo esconder. Porque mi padre es el párroco de aquí, de Bodo, y seguro que te entregaría, si se enterase de que has matado a un hombre.
—Entonces —dijo Simón—, dame algo para limpiarme las manos.
—¿Qué tienes en las manos? —preguntó ella, y dio un pasito adelante.
Él extendió las manos.
—¿Es tuya esa sangre? —preguntó ella.
—No —dijo Simón—, es del hombre muerto.
Nora retrocedió un paso otra vez.
—¿Me odias ahora? —preguntó él.
—No, no te odio —dijo ella—. Pero ponte las manos en la espalda.
Al hacerlo, Nora se acercó mucho a él, en el otro lado de la cerca, y le echó los brazos alrededor del cuello. Apretó su cuerpo joven contra el de Simón y le besó tiernamente. Simón sintió la cara de ella, fría como la luz de la luna, sobre la suya; y cuando le dejó, le flotaba la cabeza, y no sabía si el beso había durado un segundo o una hora. Nora se enderezó con los ojos muy abiertos.
—Ahora —dijo lenta, orgullosamente— te prometo que jamás me casaré con nadie, en toda mi vida.
El muchacho seguía en el mismo sitio, con las manos en la espalda como si ella se las hubiese atado así.
—Y ahora corre —dijo ella—, porque se acercan.
Se miraron los dos al mismo tiempo.
—No lo olvides, Nora —dijo. Se volvió y echó a correr.
Saltó una cerca, y cuando estuvo entre las casas siguió andando. No sabía adónde ir. Al llegar a un portal del que salía música y ruido de voces, lo traspuso lentamente. El recinto estaba lleno de gente: había baile. Una lámpara colgaba del techo, y brillaba sobre los que estaban bailando; el aire era espeso y marrón a causa del polvo que se elevaba del suelo. Había algunas mujeres, pero muchos de los hombres bailaban unos con otros; y pateaban el suelo serios o riendo. Al poco de entrar Simón, la multitud se retiró hacia la pared para dejar espacio a dos marineros que ejecutaban un baile de su propio país. Simón pensó: «No tardarán en pasar por aquí los hombres del bote, en busca del que ha matado a su compañero; y por mis manos sabrán que he sido yo.» Los cinco minutos que estuvo junto a la pared del local, en medio de los alegres y sudorosos bailarines, fueron de gran importancia para el muchacho. Él mismo se daba cuenta; como si madurase en ese tiempo, y se volviese como los demás. No suplicaba a su destino; ni se quejaba. Aquí estaba él: había matado a un hombre y había besado a una muchacha. No pedía nada más a la vida; ni la vida podía pedir nada más de él. Era Simón, un hombre como los que le rodeaban, e iba a morir, como van a morir todos los hombres.
Sólo tuvo conciencia de lo que pasaba fuera de él cuando vio que había entrado una mujer, y que estaba de pie en el centro de la sala despejada, mirando en torno suyo. Era una vieja ancha y baja de estatura, con ropas laponas, y miraba con dignidad y fiereza como si fuese la dueña de todo el pueblo. Era evidente que la mayoría de los presentes la conocían y que le temían un poco, aunque algunos se reían; el bullicio del baile se apagó al alzar ella la voz:
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó con voz chillona, como la de un pajarraco.
Un instante después, sus ojos se clavaron en Simón; avanzó entre la multitud, que se abrió a su paso, alargó una mano huesuda, oscura, vieja y le cogió por el codo.
—Vente a casa conmigo —dijo—. No te hace falta bailar aquí esta noche. Si no, no tardarás en bailar más alto.
Simón retrocedió, porque creía que estaba borracha. Pero al mirarle ella directamente a la cara con sus ojos amarillos, le pareció que la había visto antes y que quizá convenía escucharla. La vieja tiró de él, cruzó la estancia, y Simón la siguió sin rechistar.
—No te ensañes demasiado con el chico, Sunniva —le gritó uno de los presentes—. No ha hecho nada malo; sólo quería ver bailar.
En el mismo instante en que salían por la puerta se produjo una alarma en la calle: una multitud bajaba corriendo; y uno de ellos, al dar la vuelta a la casa, chocó con Simón. Le miró, miró a la vieja y siguió corriendo.
Mientras iban los dos por la calle, la vieja se levantó la falda y le puso el borde en la mano al muchacho.
—Límpiate las manos en mi falda —dijo.
No habían andado mucho, cuando llegaron a una casa de madera y se detuvieron; la puerta era tan baja que tuvieron que inclinarse para pasar. Al entrar la mujer lapona delante, sin soltarle el brazo, el muchacho alzó los ojos un momento. La noche se había vuelto brumosa, había un amplio halo alrededor de la luna.
La vivienda de la vieja era estrecha y oscura, con un único ventanuco; en el suelo había un farol que alumbraba débilmente. Estaba toda llena de pieles de reno y de lobo, y de cuernos de reno, con los que los lapones suelen hacer botones tallados y mangos de cuchillo, y el aire aquí era rancio y sofocante. Tan pronto como estuvieron dentro, la mujer se volvió hacia Simón, le cogió por la cabeza, le hizo una raya en el pelo con sus dedos ganchudos y se lo peinó a la manera de los lapones. Le ajustó un gorro de tapón y retrocedió para mirarle.
—Ahora siéntate en mi taburete —dijo—. Pero primero saca la navaja.
Su voz y su gesto fueron tan autoritarios que el muchacho no tuvo más remedio que hacer lo que decía: se sentó en el taburete incapaz de apartar los ojos de su rostro, que era plano y marrón, y como cubierto de suciedad en su red de finas arrugas. Mientras estaba sentado oyó rumor de gente en el exterior, y detenerse delante de la casa; luego, alguien llamó a la puerta, aguardó un momento y volvió a llamar. La vieja, de pie, se quedó quieta como un ratón.
—No —dijo el muchacho, y se levantó—. Es inútil; es a mí a quien buscan. Será mejor para usted que me deje salir.
—Dame tu navaja —dijo ella. Se la dio, y ella se la pasó por el pulgar; le brotó sangre y dejó que goteara sobre su falda—. Bueno, entrad —gritó.
Se abrió la puerta, entraron dos de los marineros rusos, y se quedaron de pie en el vano; había más gente fuera.
—¿Ha venido aquí alguien? —preguntaron—. Vamos detrás del que ha matado a nuestro compañero, pero se nos ha escapado. ¿Has oído o visto pasar a alguien por aquí?
La vieja lapona se volvió hacia ellos, y sus ojos brillaron como el oro a la luz de la lámpara.
—¿Que si he oído o visto a alguien? —exclamó—. Os he oído a vosotros gritar asesino por todo el pueblo. Nos habéis asustado a mí y a mi pobre muchacho; hasta me he hecho sangre en el dedo cuando recortaba la alfombrilla de piel que estoy cosiendo. El muchacho está demasiado asustado para ayudarme, y se ha echado a perder la alfombrilla. Tendréis que pagármela. Si andáis buscando a un asesino, pasad y registrad mi casa, que ya os conoceré yo cuando volvamos a vernos.
Estaba tan furiosa que bailoteaba y sacudía la cabeza como un ave de presa furiosa.
Entró el ruso, miró por la habitación, la observó a ella, y reparó en su mano y su falda manchadas de sangre.
—No nos eches ninguna maldición, Sunniva —dijo tímidamente—. Sabemos que puedes hacer muchas cosas cuando quieres. Aquí tienes un marco por la sangre que has derramado.
Ella extendió la mano y él le puso una moneda en la palma. Sunniva la escupió.
—Ahora marchaos, y no habrá odio entre nosotros —dijo, y cerró la puerta tras ellos. Se llevó el pulgar a la boca y se lo chupó.
El muchacho se levantó del taburete; se detuvo delante de ella y se quedó mirándola a la cara. Se sentía como si se balancease muy alto, con escasa sujeción.
—¿Por qué me has ayudado? —le preguntó.
—¿No lo sabes? —contestó ella—. ¿Todavía no me has reconocido? Pero sí te acordarás del halcón peregrino atrapado en una driza de tu barco, el Charlotte, cuando navegaba por el Mediterráneo. Aquel día trepaste por las jarcias hasta el mastelerillo para ayudar a aquella ave, en medio de un fuerte ventarrón y con mar gruesa. Aquel halcón era yo. Las laponas volamos a veces así para ver mundo. La primera vez que te vi fue cuando iba camino de África, a ver a mi hermana menor y a sus hijos. Ella es halcón también, cuando quiere. En aquel entonces vivía en Takaunga, en una vieja torre en ruinas que allá llaman minarete.
Se vendó el pulgar con una tira de su falda y se lo mordió.
—Nosotras no olvidamos —dijo—. Te di un picotazo en el pulgar cuando me cogiste; es justo que me diese un corte en el pulgar por ti esta noche.
Se acercó a él, y le frotó suavemente sus dos dedos marrones, como garras, en la frente.
—Así que eres mi muchacho —dijo—, capaz de matar a un hombre antes que llegar tarde a una cita de amor, ¿no? Las hembras de esta tierra estamos muy unidas. Ahora te marcaré en la frente, para que las muchachas lo sepan cuando te miren; y les gustes por eso.
Jugó con el pelo del muchacho, y se lo enroscó en el dedo.
—Ahora escucha, pajarillo mío —dijo ella—. El cuñado de mi bisnieto se encuentra en su barca junto al embarcadero en este momento; va a llevar una remesa de pieles a un barco danés. Él te devolverá a tu barco a tiempo, antes de que llegue tu patrón. La Hebe saldrá mañana por la mañana, ¿no? Pero cuando llegues a bordo, dale mi gorro para que me lo devuelva —sacó la navaja del muchacho, la limpió en su falda y se la tendió—. Aquí tienes tu navaja —dijo—. No se la volverás a clavar a ningún otro hombre; no tendrás necesidad, pues de ahora en adelante navegarás por los mares como un auténtico marinero. Ya tenemos bastantes preocupaciones con nuestros hijos.
El perplejo muchacho empezó a tartamudear unas palabras de agradecimiento.
—Espera —dijo ella—; te haré una taza de café para que te reanime, mientras te lavo la chaqueta.
Puso una vieja olla de cobre en el hogar. Al cabo de un rato, le tendió una bebida caliente, fuerte, negra, en un tazón sin asa.
—Ahora has bebido con Sunniva —dijo—; has sorbido un poco de sabiduría, de manera que en el futuro tus pensamientos no caerán como gotas de agua en la mar salada.
Cuando hubo terminado y dejado la taza, Sunniva le acompañó hasta la puerta y se la abrió. El muchacho se sorprendió al ver que casi había amanecido. La casa estaba tan arriba que podía verse el mar desde allí. Le dio la mano a la vieja para despedirse.
Ella le miró fijamente a los ojos.
—Nosotras no olvidamos —dijo—. Tú me diste un golpe en la cabeza, allá, en lo alto del mástil; así que te lo devolveré —y a continuación le dio una bofetada con todas sus fuerzas, al punto de que la cabeza le daba vueltas—. Ahora estamos en paz —dijo; le dirigió una mirada centelleante, larga, maligna, le empujó suavemente para hacerle trasponer el umbral y le hizo un signo afirmativo con la cabeza.
Así, pues, el muchacho marinero regresó a su barco, que iba a zarpar a la mañana siguiente, y vivió para contarlo.
Las perlas
Hace unos ochenta años, un joven oficial de la guardia real, último hijo de una vieja familia campesina, se casó en Copenhague con la hija de un rico comerciante en lanas cuyo padre había sido vendedor ambulante y había llegado de Jutlandia a la capital. En aquel tiempo, un matrimonio así era algo insólito. Dio mucho que hablar, e hicieron una canción sobre él que se cantó en las calles.
La novia tenía veinte años y era una belleza, una muchacha alta, de cabello negro y color encendido, con una distinción en su persona como si estuviese toda tallada en madera. Tenía dos viejas tías solteronas, hermanas de su abuelo el vendedor ambulante, a quien la creciente fortuna de la familia paró en seco en una carrera de arduo trabajo y de ahorro, y le obligó a permanecer lujosamente sentado en un salón. Cuando la mayor de las dos se enteró del compromiso matrimonial de su sobrina, fue a hacerle una visita, y en el curso de la conversación le contó una historia:
—Cuando yo era niña, cariño —dijo—, el joven barón Rosenkrantz se prometió con la hija de un rico orfebre. ¿Te lo han contado alguna vez? Tu bisabuelo le conocía. El novio tenía una hermana gemela que era dama de la corte. Un día, la hermana fue a casa del orfebre a visitar a la novia. Al marcharse, ésta le dijo a su enamorado: «Tu hermana se ha reído de mi vestido, y porque al hablarme en francés, no he sabido contestar. Tiene un corazón de piedra, me he dado cuenta. Si queremos ser felices, no debes volver a verla nunca más; no podría soportarlo.» El joven, para consolarla, le prometió no volver a ver más a su hermana. Poco después, un domingo, llevó a la joven a comer con su madre. Cuando regresaban en el coche, le dijo a su prometido: «Tu madre tenía lágrimas en los ojos al mirarme. Esperaba otra esposa para ti. Si me amas, tienes que romper con ella.» Otra vez prometió el joven enamorado hacer lo que le pedía, aunque le costó mucho, pues su madre era viuda y él era su único hijo. Esa misma semana, el joven mandó a su criado con un ramo para su prometida. Al día siguiente le dijo ella: «No puedo soportar la expresión de tu criado cuando me mira. Debes despedirle a primeros de mes.» «Mademoiselle», dijo el barón Rosenkrantz, «no puedo tener una esposa que se deja impresionar por la expresión de un criado. Aquí tiene usted su anillo. Adiós para siempre».
La anciana, mientras hablaba, mantenía sus ojillos relucientes fijos en la cara de su sobrina. Poseía un carácter enérgico, hacía mucho tiempo que había decidido vivir para los demás y se había erigido en conciencia de la familia. Pero, carente de esperanza o de temores propios, era en realidad un viejo y vigoroso parásito moral del clan entero, y en especial de los miembros más jóvenes. Jensine, la prometida, era una criatura joven, llena de vitalidad y huésped gratificante para su parasito. Además, la joven y la vieja solterona tenían cualidades comunes. Ahora, la muchacha sirvió el café con el semblante sereno; pero por dentro estaba furiosa y se decía a si misma: «Tía Maren me pagará esto.» No obstante, como solía ocurrir, la admonición de la tía caló hondamente en ella, y la meditó en su corazón.
Después de la boda en la catedral de Copenhague, un hermoso día de junio, la pareja de recién casados se marchó a Noruega en viaje de novios. En aquel entonces hacer un viaje a Noruega era una empresa romántica y las amigas de Jensine le preguntaron por qué no iban a París; pero a ella le atraía la idea de iniciar su vida de casada lejos de la civilización y a solas con su marido. No necesitaba ni quería impresiones ni experiencias nuevas. Y añadió para sus adentros: «Que Dios me ayude.»
Los cotilleos de Copenhague decían que el novio se había casado por dinero y la novia por el apellido; pero todos se equivocaban. El matrimonio tuvo una motivación amorosa y la luna de miel fue, técnicamente, un idilio. Jensine jamás se habría casado con un hombre al que no amase; sentía un gran respeto por el dios del amor y ya llevaba unos años elevándole diariamente una pequeña oración: «¿Por qué tardas?» Ahora pensaba que quizá le había concedido de veras lo que ella le pedía, y que los libros le habían facilitado muy poca información sobre la verdadera naturaleza del amor.
El paisaje de Noruega, en el que tuvo su primera experiencia de la pasión, contribuyó a hacer más abrumadoras sus impresiones. La Naturaleza estaba en su momento más glorioso. El cielo era azul, el cerezo silvestre florecía por todas partes e impregnaba el aire de una fragancia dulce y amarga, y las noches eran tan claras que se podía leer a media noche. Jensine, con crinolina y un bastón de montañero, subía por numerosos y empinados senderos del brazo de su marido... o sola, ya que era fuerte y andariega. Se quedaba de pie, en lo alto de las cimas, con las ropas azotadas a su alrededor, y pensaba y pensaba. Había vivido siempre en Dinamarca, y un año en un internado en Lubeck, y su noción de la tierra era que debía de extenderse horizontalmente, plana y ondulada, a sus pies. Pero en estas montañas, extrañamente, todo parecía elevarse de manera vertical, como se levanta un gran animal sobre sus patas traseras, no se sabe si para jugar o aplastarla a una. Estaba más arriba de lo que había estado nunca y el aire se le subía a la cabeza como el vino. Y hacia donde miraba, veía correr el agua, precipitarse desde las montañas inmensas a los lagos, en plateados arroyos o en rugientes cascadas nimbadas por el arco iris. Era como si la Naturaleza misma llorase, o riese, en voz alta.
Al principio, todo esto resultaba tan nuevo para ella que sentía que sus viejas nociones del mundo se henchían en todas direcciones, como se henchían su falda o su chal. Pero no tardaron en converger sus impresiones en una sensación de la más profunda alarma, en un pánico como jamás había experimentado.
Se había educado en un ambiente de prudencia y previsión. Su padre era un honrado comerciante a quien le asustaba perder dinero y perder clientes. Algunas veces, este doble riesgo le había sumido en la melancolía. Su madre había sido una joven temerosa de Dios, miembro de una secta pietista; sus dos viejas tías eran personas de principios morales estrictos, atentas a las opiniones del mundo. En casa, Jensine se había considerado a veces un espíritu atrevido y había anhelado la aventura. Pero en este paisaje impresionantemente romántico, cogida por sorpresa y abrumada por las fuerzas violentas, desconocidas y formidables que se agitaban en su corazón, miraba en torno suyo en busca de apoyo. ¿Dónde debía buscarlo? Su joven marido, que la había traído aquí, y con el que estaba a solas, no la podía ayudar. Muy al contrario, era la causa de la turbulencia que se agitaba en su interior y se encontraba también, a los ojos de ella, particularmente expuesto a los peligros del mundo exterior. Pues muy poco después de la boda, Jensine se dio cuenta —como sin duda sabía ya, vagamente, desde que se conocieron— de que era un ser humano totalmente carente, e incapaz, de temor.
Había leído historias sobre héroes en los libros y los había admirado de todo corazón. Pero Alexander no era como los héroes de los libros. No desafiaba o vencía los peligros de este mundo, sino que ignoraba su existencia. Para él, las montañas eran un patio de recreo y todos los fenómenos de la vida, el amor incluido, eran sus compañeros de juego en él. «Dentro de cien años, cariño», le decía a Jensine, «todo dará igual». No podía imaginar cómo se las había arreglado para vivir hasta ahora; pero sabía que su vida había sido, en todos los sentidos, distinta de la de ella. Ahora se daba cuenta con horror de que aquí, en un mundo de alturas y profundidades insospechadas, estaba en manos de una persona totalmente ignorante de la ley de la gravedad. En tal situación, sus sentimientos respecto a él se intensificaron, transformándose a la vez en una profunda indignación moral, como si la hubiese traicionado deliberadamente, y en una extrema ternura, como la que habría sentido por un niño desamparado y abandonado. Éstas eran las dos pasiones más fuertes de que su naturaleza era capaz; se aceleraron en su interior y se convirtieron en una posesión. Recordó el cuento del niño que es enviado al mundo para que aprenda a tener miedo y decidió que, por ella misma y por él, para su autodefensa, y para protegerle y salvarle a él también, debía enseñar a su marido a tener miedo.
Alexander no sabía nada de lo que ocurría en el interior de su mujer. Estaba enamorado de ella y la admiraba y la respetaba. Era inocente y pura; provenía de una estirpe de personas capaces de hacer fortuna con su ingenio; hablaba francés y alemán y sabía geografía e historia. Y sentía por todas estas cualidades una veneración religiosa. Estaba preparado para descubrir sorpresas en ella, ya que no se conocían a fondo, y no habían estado a solas en una habitación más que tres o cuatro veces antes de la boda. Además, él no pretendía comprender a las mujeres, y consideraba más bien que su imprevisibilidad formaba parte de su gracia. El malhumor y los caprichos de su joven esposa le confirmaban su convicción, que ella le había inspirado al conocerse, de que era lo que él necesitaba en la vida. Pero quería hacerla su amiga, porque pensaba que no había tenido un amigo de verdad. No le hablaba de sus aventuras amorosas del pasado —en realidad, no habría podido hablarle de ellas aunque hubiese querido—, pero en otros terrenos le contaba cuanto podía recordar de sí mismo y de su vida. Un día le confesó cómo había jugado en Baden-Baden, arriesgando hasta el último céntimo, y había ganado. Ignoraba que ella pensó para sus adentros: «En realidad, es un ladrón; o si no, ha recibido bienes robados, así que no es mejor que un ladrón.» Otras veces se reía de las deudas que había tenido y de sus apuros para evitar encontrarse con su sastre. Todo esto sonaba realmente extraño a los oídos de Jensine. Porque para ella las deudas eran una abominación; y que él hubiera vivido entrampado sin angustiarse, confiando en que la fortuna pagase sus deudas, le parecía contra natura. Sin embargo, ella, la muchacha rica con la que él se había casado, pensaba, había llegado a tiempo, como servicial instrumento de la fortuna, para justificar su confianza a los ojos de su mismo sastre. Le habló de un duelo que había tenido con un oficial alemán y le enseñó la cicatriz que le había dejado. Cuando finalmente la tomó en sus brazos, arriba en la cumbre, con el cielo como testigo, Jensine exclamó en su interior: «Si es posible, aparta de mí este cáliz.»
Cuando Jensine se dispuso a enseñar a su marido a tener miedo, tuvo presente el cuento de tía Maren y se prometió a sí misma no pedir tregua nunca, y dejar que lo hiciera él. Como la relación entre los dos era para ella el factor central de la existencia, era natural que tratase primero de asustarle con la posibilidad de perderla. Era una muchacha sencilla y recurría a procedimientos sencillos.
A partir de entonces se volvió más imprudente que él en las ascensiones. Se colocaba en el borde de un precipicio, apoyada en su sombrilla, y le preguntaba cómo era de profundo. Se balanceaba en estrechos y frágiles puentes, por encima de torrentes espumeantes, sin parar de parlotear. Salió a remar al lago, en una pequeña barquichuela, un día de tormenta. Por la noche soñaba con los peligros del día y se despertaba gritando, de manera que él la cogía en sus brazos para tranquilizarla. Pero de nada servían estas temeridades. Su marido estaba encantado y sorprendido ante su transformación de modesta doncella en valquiria. Lo atribuyó a la influencia de la vida de casada y se sintió no poco orgulloso. Ella misma, al final, se preguntó si no la empujaban a estas hazañas el orgullo y las alabanzas de él, tanto como su propia decisión de conquistarle. Entonces se irritó consigo misma y con todas las mujeres, y se compadeció de él y de todos los hombres.
A veces, Alexander salía a pescar. Estas ocasiones las aprovechaba Jensine para estar sola y ordenar sus pensamientos. Entonces la joven esposa vagaba solitaria, figura minúscula en los montes, con su vestido de tela escocesa. Una o dos veces, durante estos paseos, pensó en su padre y el recuerdo de su ansiosa preocupación por ella hizo que le asomasen lágrimas a los ojos. Pero las reprimió: debía estar sola para aclarar cuestiones de las que él no podía saber nada.
Un día que estaba sentada en una piedra, descansando, se acercaron unos niños que cuidaban ganado y se la quedaron mirando. Les llamó y les dio unos caramelos que llevaba en su pequeño bolso. A Jensine le habían entusiasmado sus muñecos y, hasta donde una jovencita pudorosa de la época se atrevía, había deseado tener hijos propios. Ahora pensó con súbito terror: «¡Jamás tendré hijos! ¡Mientras tenga que mostrarme fuerte frente a él de esta manera, jamás tendré un hijo!» Este pensamiento la afligió tan profundamente que se levantó y se fue.
En otro de sus paseos solitarios le vino a la cabeza el recuerdo de un joven de la oficina de su padre que había estado enamorado de ella. Se llamaba Peter Skov. Era un brillante joven de negocios y le conocía de toda la vida. Ahora recordó cómo, cuando tenía el sarampión, se sentaba a leerle todos los días, y cómo la acompañaba cuando salía a patinar y le preocupaba que ella pudiese resfriarse, o caerse, o chocar con el hielo. Desde donde se había detenido podía ver la minúscula figura de su marido a lo lejos. «Sí», pensó, «es lo mejor que puedo hacer. Cuando vuelva a Copenhague, entonces, por mi honor, que aún es mío», aunque le asaltaron dudas sobre este particular, «Peter Skov será mi amante».
El día de la boda Alexander le había regalado a su esposa un collar de perlas. Pertenecieron a su abuela, que había llegado de Alemania, y fue una belleza y un bel esprit. Se lo había legado a él para que se lo regalase a su futura esposa. Alexander le había hablado mucho a Jensine de su abuela. Se había enamorado de ella, le dijo, porque se parecía un poco a su abuela. Le pidió que llevase siempre este collar. Jensine nunca había tenido un collar de perlas y estaba orgullosa del suyo. Últimamente, en que tan a menudo había tenido necesidad de apoyo, había adquirido la costumbre de retorcer el collar y tirar de él con los labios.
—Si sigues haciendo eso —dijo un día Alexander—, romperás el hilo.
Ella le miró. Fue la primera vez que le vio presagiar el desastre. «Quería a su abuela», pensó ella; «¿o es que ha de estar muerta una para tener peso para este hombre?» Desde entonces pensaba a menudo en la anciana. Ella también procedía de un medio propio y había sido una extraña en la familia y el círculo de amistades de su marido. Se las había arreglado para conseguir del abuelo de Alexander este collar de perlas y que la recordasen por él durante generaciones. ¿Eran las perlas, se preguntó, un símbolo de victoria o de sumisión? Jensine llegó a considerar a la abuela como su mejor amiga en la familia. Le habría gustado hacerle una visita como nieta y confiarle sus tribulaciones.
La luna de miel estaba llegando a su fin y esta guerra extraña, cuya existencia sólo conocía uno de los beligerantes, no había llegado a ninguna conclusión. Los dos jóvenes estaban tristes de tener que marcharse. Sólo ahora se daba cuenta plenamente Jensine de la belleza del paisaje que la rodeaba, porque al final lo había convertido en su aliado. Aquí, pensaba, los peligros del mundo eran evidentes, estaban siempre a la vista. En Copenhague, la vida parecía segura, pero podía revelarse aún más temible. Pensó en su preciosa casa, esperándola allí, con cortinas de encaje, arañas y armarios de ropa blanca. No tenía ni idea de cómo sería la vida en ella.
La víspera del día en que debían embarcar estaban en un pueblecito de donde quedaban seis horas de viaje en carruaje hasta el embarcadero donde atracaba el vapor.
Habían salido antes del desayuno. Al sentarse Jensine y desatarse el sombrero, se le enganchó la pulsera en el collar y se le desparramaron todas las perlas por el suelo como si hubiese estallado en una explosión de lágrimas, Se agachó Alexander y, a medida que las recogía una a una, se las iba poniendo a ella en el regazo.
Jensine sintió una especie de dulce pánico. Había roto lo único en el mundo que le había dado miedo romper. ¿Qué presagio anunciaba para ellos?
—¿Sabes cuántas eran? —preguntó a Alexander.
—Sí —dijo él desde el suelo; mi abuelo le regaló el collar a mi abuela al celebrar sus bodas de oro, con una perla por cada uno de sus cincuenta años. Pero después fue añadiendo una cada año, por el cumpleaños de ella. Hay cincuenta y dos. Es fácil de recordar: es el número de cartas de la baraja.
Por último las tuvieron todas, y las envolvieron en el pañuelo de seda de él.
—Ahora no me las podré poner hasta que estemos en Copenhague —dijo Jensine.
En aquel momento entró la patrona con el café. Observó la catástrofe, e inmediatamente se ofreció a ayudarles. El zapatero del pueblo, dijo, podía arreglarles el collar. Hacía dos años, un señor inglés y su esposa habían visitado las montañas con un grupo; y cuando a la joven señora se le rompió su collar de perlas de la misma manera, él se las había ensartado a su completa satisfacción. Era un honrado viejecito, aunque muy pobre y tullido. De joven se había perdido en los montes, en medio de una tormenta de nieve; lo encontraron dos días después y le tuvieron que cortar los pies. Jensine dijo que le llevaría las perlas al zapatero y la patrona le indicó la dirección de su casa.
Fue sola, mientras su marido ataba con correas el equipaje, y encontró al zapatero en su pequeño y oscuro taller. Era un viejecito flaco, con delantal de cuero, y una sonrisa tímida y astuta en su rostro agobiado por largos sufrimientos. Jensine contó las perlas y las depositó gravemente en sus manos. Él las miró y prometió tener arreglado el collar para el día siguiente a mediodía. Después de acordar el precio, siguió sentada en una silla pequeña con las manos en el regazo. Por decir algo, le preguntó cómo se llamaba la señora inglesa a la que se le había roto el collar también; pero el zapatero no se acordaba.
Jensine paseó la mirada por la habitación. Era pobre; carecía de muebles y tenía un par de estampas religiosas clavadas en la pared. Extrañamente, tuvo la impresión de haber vuelto a casa. Un hombre honrado, tratado con dureza por el destino, había pasado largos años en este cuchitril. Era un sitio donde se trabajaba, se soportaban con paciencia las preocupaciones y se afanaba uno por el pan de cada día. Jensine estaba tan cerca todavía de sus libros de colegio que los recordaba todos; y ahora empezó a pensar en lo que había leído sobre los peces de las profundidades, tan acostumbrados a soportar el peso de miles de brazas de agua que si saliesen a la superficie reventarían. ¿Era ella, se preguntó, un pez de las profundidades que sólo se sentía a gusto bajo la presión de la existencia? ¿Y su padre, su abuelo, y sus antecesores, lo habían sido también? ¿Qué debía hacer un pez de las profundidades, siguió pensando, si se casaba con uno de esos salmones que había visto saltar en las cascadas? ¿O con un pez volador? Se despidió del zapatero y se fue.
Cuando regresaba divisó a un hombre bajo y corpulento, con sombrero negro y abrigo, que caminaba con paso vivo. Recordó haberle visto anteriormente, incluso creía que se alojaba en la misma casa que ella. Había un banco en el sendero desde el que se dominaba una vista magnífica. El hombre de negro se sentó en él, y Jensine, para quien era su último día en las montañas, se sentó también en el otro extremo. El desconocido se levantó un poco el sombrero a modo de saludo. Jensine le había tomado por una persona de edad, pero ahora vio que no tenía mucho más de treinta años. Su rostro era enérgico y sus ojos claros y penetrantes. Un momento después se dirigió a ella con una leve sonrisa:
—La he visto salir del taller del zapatero —dijo—. ¿No habrá perdido una suela en las montañas?
—No; le he llevado unas perlas —dijo Jensine.
—¿Le ha llevado perlas? —dijo el desconocido jocosamente—. Eso es lo que voy a recoger de él.
Jensine se preguntó si no estaría un poco chiflado.
—Ese viejo —dijo el desconocido— tiene en su casa gran cantidad de nuestros viejos tesoros nacionales, perlas concretamente, cosa que ando yo recogiendo ahora casualmente. En caso de que necesite usted cuentos infantiles, no hay nadie en todo Noruega que pueda facilitarle mejor surtido que nuestro zapatero. Una vez soñó con ser estudiante y poeta, ¿sabe?; pero el destino le asestó un duro golpe y tuvo que dedicarse al oficio de zapatero.
Tras una pausa comentó:
—Me han dicho que usted y su marido han venido de Dinamarca en viaje de novios. No es corriente eso: estas montañas son muy altas y peligrosas. ¿Quién de los dos sugirió venir aquí? ¿Usted?
—Sí —dijo ella.
—Claro —dijo el desconocido—. Me lo figuraba: que quizá fuera él el pájaro que se remonta hacia arriba y usted la brisa que lo lleva. ¿Conoce la cita? ¿Le dice algo?
—Sí —dijo ella, algo desconcertada.
—Hacia arriba —dijo él, y se echó hacia atrás, en silencio, con las manos sobre el bastón. Al cabo de un rato prosiguió—: ¡Las cumbres! ¿Quién sabe? Compadecemos al zapatero por la desgracia que le obligó a renunciar a sus sueños de poeta, a la fama y al nombre. ¿Cómo sabemos que no ha sido eso lo mejor? ¡La grandeza, el aplauso de las masas! En efecto, mi joven señora, quizá sea lo mejor que haya renunciado a ellos. Quizá no hubiera podido comprar con ellos, en el mercado corriente, un anuncio de zapatero y el arte de poner suelas. Puede que uno haga bien en deshacerse de ellos a precio de costo. ¿Qué opina usted, señora?
—Creo que tiene razón —dijo ella despacio.
El desconocido le dirigió una mirada penetrante con sus ojos azules como el hielo.
—¿Es ésa su opinión —dijo— en este hermoso día de verano? Zapatero, a tus zapatos. ¿Cree usted que haría mejor uno en dedicarse a confeccionar pociones y píldoras para las personas enfermas y el ganado de este mundo? —rió brevemente—. Es un chiste muy bueno. Dentro de cien años se escribirá en un libro: «Una pequeña señora de Dinamarca le aconsejó que siguiera siendo zapatero. Por desgracia, él no siguió aquel consejo. Adiós, señora, adiós —y tras estas palabras, se levantó y reanudó su paseo.
Jensine observó cómo se perdía su figura entre las colinas. La patrona había salido a ver si había encontrado al zapatero. Jensine seguía mirando al desconocido.
—¿Quién es aquel señor? —preguntó.
La mujer se protegió los ojos con la mano.
—¡Ah, ya! —dijo—. Es un señor muy culto; un hombre importante. Ha venido a recoger historias y canciones antiguas. En otro tiempo era boticario. Pero tenía un teatro en Bergen y escribía obras para representarlas en él también. Se llama herr Ibsen.
Por la mañana llegó noticia del embarcadero de que el barco iba a llegar antes de lo previsto, y hubo que ponerse en marcha a toda prisa; la patrona mandó a su hijo pequeño a casa del zapatero a recoger las perlas de Jensine. Cuando los viajeros estaban ya sentados en el coche, llegó el chico con las perlas, envueltas en una hoja de libro y ensartadas en un cordón encerado. Jensine las desenvolvió y se dispuso a contarlas, pero lo pensó mejor y se abrochó el collar, sin hacerlo, alrededor del cuello.
—¿No debías contarlas? —le preguntó Alexander.
Ella le dirigió una mirada larga.
—No —dijo.
Fue callada durante el trayecto. Aún resonaban las palabras de él en sus oídos: «¿No debías contarlas?» Iba sentada a su lado, triunfal. Ahora sabía lo que sentía un triunfador.
Alexander y Jensine estuvieron de vuelta en Copenhague en una época en que la mayoría de la gente estaba fuera de la ciudad y no había grandes acontecimientos sociales. Pero Jensine recibía visita de muchas esposas de jóvenes militares amigos de él e iban todos juntos al Tívoli de Copenhague en las noches veraniegas. Todos hacían elogios de Jensine.
Su casa se hallaba al lado de uno de los viejos canales de la ciudad y daba fachada al Museo Thorwaldsen. A veces, de pie junto a la ventana, contemplaba las embarcaciones; y pensaba en Hardanger. En todo este tiempo no se había quitado las perlas ni las había contado. Estaba convencida de que al menos faltaría una. Imaginaba que el peso que notaba en el cuello era distinto del de antes. ¿Cuánto sería, pensaba, lo que había sacrificado por la victoria sobre su marido? ¿Un año, o dos, de su vida de casados, antes de sus bodas de oro? Esas bodas de oro parecían muy lejanas; sin embargo, cada año era precioso; ¿cómo iba a poder desprenderse de uno de esos años?
En los últimos meses de ese verano la gente empezó a hablar de la posibilidad de una guerra. La cuestión Schleswig-Holstein se había vuelto inminente. Una proclama real danesa, en marzo, había rechazado todas las pretensiones alemanas sobre Schleswig. Ahora, en julio, una nota alemana exigía, so pena de ejecución federal, la retirada de dicha proclama.
Jensine era una patriota apasionada y leal al rey, que había dado al pueblo una constitución libre. Estos rumores la pusieron en un estado de gran nerviosismo. Consideraba frívolos a los jóvenes oficiales, amigos de Alexander, por su manera frívola y jactanciosa de hablar sobre el peligro que corría el país. Si quería hablar en serio de la crisis tenía que recurrir a su propia familia. Con su marido era imposible; pero en su fuero interno sabía que él estaba tan convencido de la invencibilidad de Dinamarca como de su propia inmortalidad.
Jensine se leía los periódicos de cabo a rabo. Un día, en el Berlingske Tidente se tropezó con la siguiente frase: «El momento es grave para la nación. Pero confiamos en la justicia de nuestra causa, y no tenemos miedo.»
Fueron, quizá, las palabras «no tenemos miedo» las que la animaron. Se sentó en una silla junto a la ventana, se quitó las perlas y se las puso en el regazo. Permaneció un momento con las manos entrelazadas sobre ellas, como en oración. Luego las contó. Había cincuenta y tres perlas en el collar. No dio crédito a sus ojos y volvió a contarlas; pero no había error: eran cincuenta y tres y la de en medio era la más gruesa.
Jensine siguió largo rato sentada en la silla, completamente confundida. Sabía que su madre había creído en el Diablo. En este instante, a la hija le ocurrió lo mismo. No la habría sorprendido oír una carcajada detrás del sofá. ¿Se habían confabulado las potencias del universo, pensó, para reírse de una pobre chica?
Cuando consiguió ordenar otra vez sus pensamientos, recordó que antes de que Alexander le regalase el collar el viejo joyero de la familia de su marido le había arreglado el cierre. Así que sin duda conocía las perlas y podía decirle algo al respecto. Pero estaba tan asustada que no se atrevía a ir a verle. Sólo unos días más tarde le pidió a Peter Skov, que había ido a visitarla, que le llevase el collar.
Volvió Peter y le contó que el joyero se había puesto las lentes para examinar las perlas; y luego, asombrado, declaró que había una más desde la última vez que lo había visto.
—Sí, la que me dio Alexander —comentó Jensine, ruborizándose intensamente ante su propia mentira.
Peter pensó, lo mismo que el joyero, que era una generosidad barata en un teniente, hacerle un regalo costoso a la rica heredera con la que se había casado. Pero le repitió las palabras del anciano. «El señor Alexander», había declarado, «ha demostrado ser un extraordinario entendido de perlas. No vacilaré en declarar que esta sola perla vale tanto como todas las demás juntas». Jensine, aterrada aunque sonriente, le dio las gracias a Peter; aunque éste se marchó con cierta desazón, ya que tenía el convencimiento de que la había molestado o asustado.
Hacía algún tiempo que Jensine no se sentía bien; y cuando, en septiembre, hubo unos días de tiempo bochornoso y pesado en Copenhague, Jensine palideció y perdió el sueño. Su padre y sus dos viejas tías estaban preocupados por ella y trataron de convencerla para que fuese a pasar una temporada en la residencia que su padre tenía en Strandvej, en las afueras de la ciudad. Pero Jensine no quiso dejar su casa ni a su marido; ni quería tampoco ponerse bien, pensó, hasta haber llegado al fondo del misterio de las perlas. Una semana después decidió escribir al zapatero de Odda. Si, como herr Ibsen había dicho, había sido estudiante y poeta, sabría leer y contestaría a su carta. Le pareció que, en su actual situación, no tenía ningún amigo en el mundo más que a este anciano tullido. Deseó poder volver a su taller, a las paredes desnudas y a la silla de tres patas. Por las noches soñaba que estaba allí. El viejo le había sonreído con dulzura: sabía muchos cuentos infantiles. Quizá sabría consolarla. Sólo durante un momento tembló al pensar que quizá había muerto y entonces no lo averiguaría nunca.
Durante las semanas siguientes la sombra de la guerra se hizo más densa. Su padre estaba preocupado por las perspectivas y por la salud del rey Federico. En esta nueva situación, el viejo comerciante empezó a enorgullecerse de que su hija se hubiese casado con un soldado, cosa que antes no podía haber estado más lejos de su pensamiento. Él y las viejas tías mostraron gran respeto por Alexander y Jensine.
Un día, medio en contra de su voluntad, Jensine le preguntó a Alexander sin rodeos si creía que habría guerra.
—Sí —contestó él con convencimiento—, habrá guerra. No puede evitarse.
Siguió silbando una canción de soldados. La visión de la cara de ella le hizo detenerse.
—¿Te da miedo? —preguntó.
A Jensine le pareció inútil, incluso indecoroso, explicarle sus sentimientos respecto a la guerra.
—¿Tienes miedo por mí? —preguntó él otra vez.
Ella desvió la cabeza.
—Ser la viuda de un héroe —dijo él— sería el papel más apropiado para ti, cariño.
A Jensine se le llenaron los ojos de lágrimas, tanto de ira como de dolor. Alexander se acercó y le cogió la mano.
—Si caigo —dijo—, será un consuelo para mí recordar que te he besado todas las veces que me has dejado —la volvió a besar ahora, y añadió—: ¿Será un consuelo para ti?
Jensine era una joven sincera. Cuando le preguntaban, trataba de encontrar respuesta veraz. Ahora pensó: «¿Sería un consuelo para mí?» Pero no pudo encontrar la respuesta en su corazón.
Todo esto dio a Jensine mucho que pensar, así que medio se olvidó del zapatero; y cuando, una mañana, encontró su carta en la mesa del desayuno, por un momento creyó que era de un mendigo, de los que recibía muchas. Un instante después palideció intensamente. Su marido, enfrente de ella, le preguntó qué le pasaba. No le contestó, sino que se levantó, se retiró a su propio cuartito de estar y abrió la carta junto a la chimenea. Los caracteres cuidadosamente trazados le recordaron el rostro del anciano como si le hubiese enviado un retrato.
«Estimada señora danesa», decía la carta: «Sí; yo le puse la perla en el collar. Quería darle una pequeña sorpresa. Concedía usted demasiada importancia a sus perlas cuando me las trajo, como si temiese que fuera yo a robarle alguna. Los viejos, igual que los jóvenes, tienen que divertirse a veces. Si la he asustado, le ruego, por favor, que me perdone. La perla esa vino a mis manos hace dos años, cuando le arreglé el collar a la señora inglesa. Se me quedó olvidada y la encontré después. La he tenido dos años, pero no la necesito para nada. Es mejor que la tenga una joven señora. La recuerdo a usted sentada en mi silla, muy joven y bonita. Le deseo suerte y que le ocurra algo agradable el mismo día que llegue esta carta. Y que pueda llevar la perla mucho tiempo, con corazón humilde, firme confianza en Dios y un pensamiento amable para este viejo de aquí, de Odda. Adiós.
»Su amigo,
Peter Viken.»
Jensine había leído la carta acodada en la repisa de la chimenea, para sostenerse. Al levantar la vista, se encontró con los ojos graves de su propia imagen en el espejo que había encima. Eran severos; como si le estuvieran diciendo: «Eres una verdadera ladrona; o si no, has recibido objetos robados; así que no eres mejor que un ladrón.» Permaneció de pie largo rato, inmóvil. Por último pensó: «Todo ha terminado. Ahora sé que jamás conquistaré a los que no conocen las preocupaciones ni el temor. Es como la Biblia; yo les heriré en el talón, pero ellos me herirán en la cabeza. En cuanto a Alexander, debía haberse casado con la señora inglesa.»
Para su enorme sorpresa, descubrió que no le importaba. Alexander se había convertido en una pequeña figura en el fondo de su vida; no importaba lo más mínimo lo que hiciera o pensara. No importaba que la hubiesen ridiculizado. «Dentro de cien años», pensó, «todo dará igual».
¿Qué importaba entonces? Trató de pensar en la guerra, pero encontró que la guerra tampoco le importaba. Sentía un extraño vértigo, como si la habitación se hundiese a su alrededor, aunque no de manera desagradable. «¿No quedaba nada notable» pensó, «bajo la luna visitante?» Ante las palabras «la luna visitante» los ojos de la imagen del espejo se abrieron como asombrados; las dos jóvenes se miraron mutuamente. Algo de suma importancia, concluyó, había surgido en el mundo ahora y seguiría en él cien años. Las perlas. Durante cien años, un joven se las regalaría a su mujer y le contaría su propia historia sobre ellas, igual que Alexander se las había regalado a ella, y le había contado la historia de su abuela.
El pensar en estos dos jóvenes dentro de cien años le produjo tal ternura que se le llenaron los ojos de lágrimas, y se sintió feliz, como si fuesen viejos amigos suyos con los que se hubiese reencontrado. «¿No pedir tregua?», pensó. «¿Por qué no? Sí, la pediré; gritaré lo más fuerte que pueda. Ahora no consigo recordar por qué razón no debía pedir tregua.»
La figura minúscula de Alexander, en la ventana de la otra habitación, le dijo:
—Por ahí viene tu tía mayor, con un gran ramo de flores.
Lenta, muy lentamente, Jensine apartó los ojos del espejo y volvió al mundo del presente. Fue a la ventana.
—Sí —dijo—, son de Bella Vista —que era como se llamaba la residencia de su padre. Desde la ventana, marido y mujer miraban hacia la calle.

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