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jueves, 15 de agosto de 2013

Cuentos De Invierno 2



Isak Dinesen





El niño soñador
En la primera mitad del siglo pasado vivía en Sealand, Dinamarca, una familia de labradores y pescadores a la que llamaban los Plejelt por su lugar de procedencia, cuyos miembros no parecían capaces de prosperar por sí mismos de ninguna manera. En otro tiempo habían poseído algo de tierras aquí y allá, y barcas de pesca; pero lo habían perdido todo, y fracasaban en aquello que emprendían. Conseguían a duras penas no ir a parar a las cárceles de Dinamarca, pero se entregaban liberalmente a toda suerte de pecados y debilidades —vagabundeo, bebida, juego, hijos ilegítimos, suicidio— que los seres humanos pueden concederse sin quebrantar la ley. El viejo juez del distrito decía de ellos: «Estos Plejelt no son mala gente; tengo a muchos que son peores que ellos. Son guapos, sanos, simpáticos, incluso inteligentes a su manera. Pero no se dan maña para vivir. Y si no sientan cabeza pronto, no sé qué va a ser de ellos, salvo que se los comerán las ratas.»
Ahora bien, lo extraño fue que —como si los Plejelt hubiesen oído este triste augurio y se hubiesen asustado seriamente— en los años subsiguientes parecieron sentar cabeza de verdad. Uno de ellos emparentó con una respetable familia campesina, otro tuvo una racha de suerte en la pesca del arenque, a otro le convirtió el nuevo sacerdote de la parroquia y le dio el puesto de campanero. Sólo un vástago del clan, una niña, no escapó a su destino; al contrario, pareció acumular sobre su joven cabeza el peso entero de culpa y desdicha de toda su tribu. En el curso de su corta y trágica vida fue arrastrada del campo a la ciudad de Copenhague, y aquí, antes de cumplir los veinte años, murió en la más absoluta miseria, dejando tras de sí a un pequeñuelo. El padre de este niño, quien por lo demás es ajeno a esta historia, le había dado cien rixdales. Y la madre moribunda se los entregó, junto con el niño, a una vieja lavandera, ciega de un ojo, llamada madame Mahler, en cuya casa había estado hospedada. Suplicó a madame Mahler que proveyese para su hijito hasta donde alcanzase el dinero, en el auténtico espíritu de los Plejelt, y se contentase ella con un pequeño estipendio.
Al ver madame Mahler el dinero, le asomó una rosa en cada mejilla; hasta entonces, jamás había tenido delante cien rixdales, uno encima de otro. Al mirar al niño suspiró hondamente; luego echó sobre sus hombros aquella tarea, junto con las otras cargas que la vida le había impuesto ya.
El niño, que había recibido el nombre de Jens, empezó a darse cuenta del mundo y de la vida en los barrios bajos del viejo Copenhague, en un patio trasero, oscuro como un pozo, en medio de un laberinto de suciedad, ruinas y olores nauseabundos. Poco a poco fue cobrando conciencia también de sí mismo, y de que había algo excepcional en su situación en el mundo. En el patio había otros niños, una nutrida multitud, pálidos y sucios como él. Pero parecían pertenecer a alguien; tenían padre y madre; cada uno contaba con un grupo de otros niños harapientos y chillones a los que llamaban hermanos, y que le apoyaban en las peleas que se organizaban; evidentemente, formaban parte de un todo. Empezó a meditar sobre la especial actitud del mundo respecto a él, y sobre la razón de dicha actitud. Había algo en ella que se correspondía con un temor de su corazón: que quizá no era de aquí en realidad, sin0 de algún otro lugar. Por las noches le venían sueños caóticos y multicolores; durante el día, su pensamiento seguía demorándose en ellos; a veces hacían que se riera solo, como un tintineo de cascabeles, por lo que madame Mahler meneaba la cabeza y pensaba que estaba un poco chiflado.
Llegó una visita a casa de madame Mahler, amiga de su juventud: una costurera vieja y torcida, de cara plana, morena, con una peluca negra. Se llamaba mamzell Ane. En su juventud había cosido para muchas casas importantes. Llevaba un lazo rojo en el cuello, y tenía muchas actitudes y posturas juveniles y coquetas. Pero su pecho hundido albergaba también una grandeza de alma que le permitía desdeñar su actual miseria en recuerdo de aquel esplendor que sus ojos contemplaron en el pasado. Madame Mahler era una mujer de escasa imaginación; prestó de mala gana oídos a los grandiosos e interminables soliloquios de su amiga. Al cabo de un rato, mamzell Ane se volvió hacia el pequeño Jens en busca de comprensión. Ante la seria atención del niño, su imaginación se excitó: evocó y ensalzó la gloria del satén, el terciopelo y el brocado, de los nobles salones y las escalinatas de mármol. La señora de la casa se adornaba para el baile a la luz de multitud de velas; su marido entraba a buscarla con una estrella en el pecho, mientras la carroza y los caballos aguardaban en la calle. Había grandes bodas en la catedral, y funerales, con las damas todas envueltas en velos negros como magníficas y trágicas columnas. Los niños llamaban a sus padres papá y mamá; tenían muñecas y caballitos de madera para jugar, loros parlanchines en jaulas doradas, y perros a los que habían enseñado a caminar sobre las patas traseras. Su madre les besaba, les daba bombones y les llamaba con nombres cariñosos. Incluso en invierno, en las habitaciones cálidas, tras las cortinas de seda, reinaba el perfume de unas flores llamadas heliotropos y adelfas, y las arañas de cristal que colgaban del techo tenían forma de flores y hojas brillantes.
La noción de este mundo majestuoso y radiante se amalgamó, en el pensamiento del pequeño Jens, con la de su inexplicable aislamiento en la vida, dando origen a un gran sueño o fantasía. Estaba solo con madame Mahler porque su verdadero hogar era una de aquellas casas de las que hablaba mamzell Ane. En los largos días en que madame Mahler estaba pegada a su tina o iba a llevar ropa lavada al pueblo, se recreaba y jugaba con la idea de esta casa y de la gente que vivía en ella, que le quería muchísimo. Mamzell Ane, por su parte, notaba el efecto de su épopée en el niño, se daba cuenta de que al fin había encontrado el auditorio ideal, y se sentía más inspirada a causa de este descubrimiento. La relación entre los dos se convirtió en una especie de idilio: para dicha de ambos, se volvieron dependientes el uno del otro.
Ahora mamzell Ane fue una revolucionaria, con una visión primitiva, inflamada, quimérica en su corazón orgulloso y virginal, ya que había vivido toda su vida entre gentes sumisas y poco dadas a la reflexión. El significado y fin de la existencia para ella era la grandeza, la belleza y la elegancia. Haría lo que fuese por que no desapareciesen de la tierra. Pero consideraba que era una situación cruel y escandalosa el que tantos hombres y mujeres tuviesen que vivir y morir sin estos altísimos valores humanos —sin saber siquiera que existían—, que tuvieran que ser pobres, torcidos y toscos. Cada día esperaba la hora de la justicia en que se volviesen las tornas, y los contrahechos y los oprimidos entrasen en el cielo del refinamiento y de la gracia. Sin embargo, ahora procuraba no inculcar en el alma del niño ninguna de sus propias amarguras o rebeldías. Pues a medida que aumentaba la intimidad entre ellos, aclamaba más en su corazón al pequeño Jens como legítimo heredero de toda la magnificencia por la que ella había rezado en vano. No debía luchar por esa magnificencia: era toda suya por derecho, y debía llegarle por sí misma. Quizá la inspirada y experimentada vieja notaba también que el niño no tenía disposición para la envidia o el rencor. En sus largas y felices charlas, aceptaba el mundo de mamzell Ane serenamente y sin recelo, con la misma actitud (salvo que no tenían nada que ver una y otras) que los niños nacidos en su seno.
Hubo un breve período en el que Jens hizo partícipes de su felicitación a los demás niños del patio. Él, les decía, estaba muy lejos de ser el tonto al que a duras penas soportaba la vieja madame Mahler; era, por el contrario, el favorito de la fortuna. Tenía un papá y una mamá, y una casa preciosa, con tales y cuales cosas, un carruaje y caballos en la cuadra. Le mimaban y le daban todo lo que se le antojaba. Era curioso, pero los niños no se reían de él, ni le perseguían después, haciéndole objeto de burla. Casi parecía que le creían. Sólo que no llegaban a comprender o seguir sus fantasías: prestaban poco interés, y al cabo de un rato dejaban de atender. Así que Jens renunció a compartir el secreto de su felicidad con el mundo.
Sin embargo, algunas de las preguntas que le habían hecho los niños le hicieron pensar; y le preguntó a mamzell Ane —ya que la confianza entre ambos era por entonces completa— cómo era que él había perdido contacto con su familia y había venido a parar a casa de madame Mahler. No le fue fácil a mamzell Ane contestarle: no se lo podía explicar. Sin duda, pensó, aquello formaba parte del estado de corrupción y confusión del mundo en general. Tras meditar solemnemente la pregunta, a la manera de una sibila, le proporcionó una explicación. No era raro ni mucho menos, dijo, ni en la vida ni en los libros, que un niño, sobre todo un niño de la posición más elevada y feliz, y más entrañablemente querido por sus padres, desapareciera misteriosamente y se perdiese. Se calló de repente ante sus propias palabras, ya que aun para su intrépida y esforzada alma, el tema parecía demasiado trágico para seguir adelante. Jens aceptó la explicación con el mismo espíritu con que se la habían dado, y a partir de ese momento se vio a sí mismo como aquel triste aunque no infrecuente fenómeno: como un niño desaparecido y perdido.
Pero cuando Jens tenía seis años, murió mamzell Ane, dejándole sus escasas posesiones terrenales: un gastado dedal de plata, un precioso par de tijeras y una sillita negra con rosas pintadas. Jens concedió gran valor a estos objetos, y los contemplaba gravemente a diario. Justo por entonces comenzó madame Mahler a verle el final a sus cien rixdales. Se había sentido molesta por la dedicación de su vieja amiga al niño, así que decidió resarcirse. En adelante, emplearía al chico en el negocio de la lavandería. No sería ya dueño de su propia vida; y el dedal, las tijeras y la sillita se quedarían en la habitación de madame Mahler como únicos vestigios o pruebas tangibles del esplendor que él y mamzell Ane habían conocido y compartido.
A la vez que tenían lugar estos sucesos en Adelgate, vivía en una casa majestuosa de Bredgade una joven pareja de recién casados: se llamaban Jakob y Emilie Vandamm. Eran primos; ella era hija única de uno de los grandes armadores de Copenhague; y él, de la hermana de dicho magnate; de manera que de no ser por su sexo, la joven se habría convertido con el tiempo en directora de la empresa. El viejo armador, que era viudo, ocupaba con su hermana, viuda también, las dos plantas más bajas de la casa. La familia estaba muy unida, y los jóvenes habían estado prometidos desde la niñez.
Jakob era un joven corpulento, de cabeza despierta y carácter agradable. Tenía muchos amigos; pero ninguno de ellos podía discutir el hecho de que estaba engordando a la temprana edad de los treinta. Emilie no era una belleza, aunque tenía una figura sumamente agraciada y elegante, y el talle más esbelto de Copenhague; era ágil y flexible en el andar y en todos sus movimientos, con una voz baja, y una actitud amable y reservada. En cuanto a su talante moral, era digna hija de una larga lista de honrados y competentes comerciantes: recta, prudente, veraz y un poco farisaica. Dedicaba mucho tiempo a obras de caridad, y en ellas distinguía cuidadosamente entre pobres merecedores y pobres no merecedores. Recibía amplia y generosamente; pero se mantenía estrictamente en su propio medio. Su viejo tío, que había dado la vuelta al mundo y era admirador del bello sexo, se metía con ella durante la comida de los domingos. Había un exquisito matiz picante, decía, en el contraste entre la flexibilidad de su cuerpo y la rigidez de su mente.
Hubo una época en que, ignorantes del mundo, los dos habían estado de acuerdo. Cuando Emilie tenía dieciocho años, y Jakob se encontraba en China, embarcado, se enamoró de un joven oficial de la marina llamado Charlie Dreyer, el cual, tres años antes, a la edad de veintiún años, se había distinguido en la guerra de 1849, y había sido condecorado. Emilie no estaba entonces formalmente prometida a su primo. No creía, tampoco, que a Jakob se le partiese el corazón si le dejaba y se casaba con otro hombre. Sin embargo, tuvo extraños y súbitos temores; y la fuerza de sus propios sentimientos la alarmaron. Cuando meditó a solas sobre el asunto, consideró indigno depender tan enteramente de otro ser humano. Pero volvió a olvidar sus temores al encontrarse otra vez con Charlie; y no cesaba de asombrarse de que la vida contuviera efectivamente tanta dulzura. Su mejor amiga, Charlotte Tutein, le dijo mientras se desvestían las dos, después de un baile:
—Charlie Dreyer va detrás de todas las muchachas bonitas de Copenhague, pero no tiene intención de casarse con ninguna. Creo que es un Don Juan.
Emilie sonrió al pensar que a Charlie, mal juzgado por todo el mundo, sólo le conocía ella tal como era: leal, constante y sincero.
El barco de Charlie iba a zarpar rumbo a las Indias Occidentales. La noche antes de su partida fue a la residencia del padre de ella, próxima a Copenhague, para despedirse, y encontró a Emilie sola. Los dos jóvenes pasearon por el jardín; había luna. Emilie cortó una rosa blanca, húmeda de rocío, y se la dio. Cuando iban a separarse en el camino, delante de la verja, él le cogió las manos, las atrajo hacia su pecho, y en un susurro le rogó, ya que nadie le vería regresar, que le dejase pasar con ella esa noche, hasta la madrugada, en que debía partir para tan lejos.
Es probablemente, casi imposible que los hijos de las generaciones posteriores comprendan, o se hagan una idea, del horror y abominación que la idea y la palabra misma seducción despertaba en el espíritu de las jóvenes de esa época pasada. Quizá no se habría escandalizado y asustado más mortalmente si hubiese descubierto que pretendía cortarle el cuello.
Tuvo que repetir su súplica antes de que ella le comprendiese; y cuando lo hizo, la tierra le faltó bajo los pies. Le pareció como si el único hombre del mundo en el que confiaba, y al que amaba, estuviese tratando de arrastrarla al pecado supremo, al desastre y la vergüenza, pidiéndole que traicionase la memoria de su madre y la de todas las doncellas del mundo. Sus propios sentimientos hacia él la hacían cómplice del crimen, y se dio cuenta de que estaba perdida. Charlie notó que se tambaleaba, y la rodeó con sus brazos. Con un grito ahogado, angustiado, se libró de ellos, huyó, y empujó con todas sus fuerzas la pesada verja de hierro; pasó el cerrojo ante él, como si fuese la jaula de un león irritado. ¿En qué lado de la puerta había quedado el león? Sus fuerzas la abandonaron; se sujetó a los barrotes, mientras al otro lado, el pobre y desesperado amante se apretaba contra ellos, manoteaba para cogerle las manos, las ropas e imploraba que le abriese. Pero ella retrocedió y huyó a la casa, a su cuarto, sólo para encontrar allí su propia desesperación y el intenso vacío del mundo que la rodeaba.
Seis meses más tarde regresó Jakob de China, y se celebró el compromiso de ambos con gran alegría de las familias. Un mes después se enteró de que Charlie había muerto de fiebres en Santo Tomás. Antes de cumplir los veinte, se había casado y era la señora de su elegante mansión.
Muchas jóvenes de Copenhague se casaban de esa misma manera —par dépit—; luego, para salvar su amor propio, negaban su primer amor y convertían la excelencia de sus maridos en una cuestión de honor, de manera que se volvían incapaces de discernir entre la verdad y la mentira, perdían el peso moral y fluctuaban en la vida sin apoyo ninguno de la realidad. Emilie se había salvado de este destino gracias a la intervención, por así decir, de los viejos Vandamm, sus antepasados, y por el instinto y principio de sano mercantilismo que habían transmitido a la sangre de su hija. Aquellos decididos y tenaces mercaderes no pestañearon al efectuar su balance; en los tiempos difíciles, habían mirado la quiebra y la ruina de frente, con severidad; eran leales e inquebrantables servidores de la realidad. Y de este mismo modo, hizo ahora Emilie balance de sus ganancias y pérdidas. Había amado a Charlie y se había revelado indigno de su amor; así que no volvería a amar de la misma manera. Había estado al borde de un abismo, y de no haber mediado la gracia de Dios, sería ahora una mujer caída, expulsada de la casa de su padre. El marido con el que estaba casada era amable y buen hombre de negocios. Emilie poseía además, por circunstancias de la vida, una casa de su gusto y una posición segura y armoniosa en su propia familia y en el mundo de Copenhague; por todas estas cosas se sentía agradecida, y por ellas no quería correr riesgos. En este momento de su vida abrazaba con todas las fuerzas de su joven alma un credo de fanática veracidad y solidez. Puede que los antiguos Vandamm la hubieran aplaudido, o hubieran juzgado excesivo su código; pero también ellos habían corrido riesgos cuando hubo necesidad, y sabían que en el comercio es peligroso desafiar al peligro.
Jakob, por su parte, estaba enamorado de su mujer y la apreciaba más que a los rubíes. Para él, como para los demás jóvenes de la burguesía de Copenhague de moral estricta, la primera experiencia amorosa había sido extremadamente grosera. Había conservado su lozanía de corazón, y su exigencia de limpieza y de orden en la vida, aferrándose a un ideal de mujer más puro, representado en primer lugar por la joven prima con la que se iba a casar, la muchacha inocente y rubia que llevaba la sangre de su propia madre, y educada como ella. Se llevó su retrato a Hamburgo y a Amsterdam, y ese rasgo suyo que su mujer calificaba de infantil le movía a adornarlo como si fuese una muñeca o un icono; en China se volvió sumamente etéreo y romántico, y solía repetirse a sí mismo pequeñas expresiones de ella para recordar su voz baja y suave. Ahora era feliz de estar otra vez en Dinamarca, casado y en su propio hogar, y de encontrar a su joven esposa tan perfecta como el retrato que guardaba de ella. A veces, vagamente, echaba de menos en ella un poco de debilidad; o que recurriese alguna vez a la fuerza de él, que en cambio así hacía un torpe papel al lado de su figura delicada. Le daba cuanto quería y, orgulloso de la superioridad de ella, le dejaba todas las decisiones sobre la casa y sobre la vida diaria y social. Sólo en la práctica de la caridad no estaban enteramente de acuerdo marido y mujer, y Emilie le sermoneaba un poco por su credulidad.
—¡Qué absurdo eres, Jakob! —dijo ella—. Te crees todo lo que te dicen esas gentes... no porque no lo puedes remediar, sino porque deseas creerlas en realidad.
—¿Tú no deseas creerlas? —le preguntó él.
—No entiendo —replicó Emilie— que se pueda desear creer o no creer. Yo lo que quiero es averiguar la verdad. Cuando algo no es verdad —añadió—, me importa poco qué otra cosa pueda ser.
Algún tiempo después de la boda, Jakob recibió una carta de una antigua doncella de la casa de su suegro, en la que le informaba que mientras él estaba en China su esposa había tenido una aventura con Charlie Dreyer. Él sabía que era mentira; así que rompió la carta y no volvió a pensar en ello.
No tenían hijos. Esto producía a Emilie una honda aflicción; era como si faltase a sus obligaciones. Cuando llevaban ya cinco años casados, Jakob, molesto por la constante inquietud de su madre, y con el pensamiento puesto en el futuro de la empresa, sugirió a su mujer la idea de adoptar un niño que diese continuidad a la casa. Emilie rechazó inmediatamente la sugerencia con gran energía e indignación; para ella tenía todos los visos de comedia, y no quería ver la empresa de su padre abrumada por el peso de un falso heredero. Jakob se extendió en explicaciones sobre los Antoninos, pero sin resultado.
No obstante, cuando volvió él a abordar el tema seis meses después, Emilie encontró, para su propia sorpresa, que ya no le parecía tan desagradable. Sin darse cuenta, le había hecho un sitio en su conciencia y había dejado que echase raíces allí, ya que ahora le resultaba familiar. Escuchó a su marido, y se sintió favorablemente dispuesta. «Si es esto lo que él desea», pensó, «no debo oponerme». Pero en el fondo sabía clara y fríamente, y se admiraba de su propia frialdad, cuál era la verdadera razón de su indulgencia: el profundo temor, una vez adoptado el niño, de no sentirse obligada ya a darle un heredero a la empresa, un nieto a su padre y un hijo a su marido.
Fueron sus pequeñas divergencias respecto a los pobres merecedores y no merecedores las que acarrearon a la joven pareja de Bredgade los sucesos que se recogen en esta historia. En verano vivían en la quinta que el padre de Emilie poseía en el Strandvej, y Jakob iba al pueblo en una pequeña calesa. Un día decidió aprovechar la ausencia de su mujer para visitar a un menesteroso indiscutiblemente no merecedor, un viejo capitán de uno de sus barcos. Se puso en camino, cruzó el pueblo antiguo, por donde era difícil pasar en coche, y donde su visión era tan excepcional que las gentes salían de sus cuchitriles para verlo. En el estrecho callejón de Adelgate, un borracho agitó los brazos delante del caballo; éste se asustó, y derribó a un niño que llevaba una carretilla cargada de ropa. La carretilla y la ropa acabaron lamentablemente en el arroyo. En seguida se congregó una multitud alrededor de la escena, aunque sin dar muestras de indignación ni de simpatía. Jakob mandó a su criado que subiese al niño al pescante. El niño se hallaba manchado de barro y de sangre; pero no estaba malherido, ni asustado. Parecía haberse tomado el accidente como una aventura en general, o como si le hubiese sucedido a otro.
—¿Por qué no te has apartado, bobo? —le preguntó Jakob.
—Porque quería ver el caballo —dijo el niño, y añadió—: Ahora puedo verlo muy bien desde aquí.
Jakob se enteró de dónde vivía el niño por un mirón, le pagó a éste para que se hiciese cargo de la carretilla y llevó al niño personalmente a su casa. La sordidez de la vivienda de madame Mahler, y su obtusa y tuerta insensibilidad, le impresionaron desagradablemente, pese a que había entrado otras veces en casa de los pobres. Pero aquí le chocó la extraña incongruencia entre el patio trasero y el niño que vivía en él. Era como si, sin saberlo, madame Mahler albergase, y maltratase, a un animalito dócil y salvaje o a un duende. Camino de regreso a la quinta, pensó que aquel niño le recordaba a su mujer: tenía una actitud reservada, desinteresada, por así decir, detrás de la cual se adivinaba una fuerza y una resistencia grandes, íntegras.
Esa noche no habló del incidente, pero volvió a casa de madame Mahler para preguntar por el chico; y algún tiempo después contó a su mujer la aventura y, con cierta timidez y medio en broma, le propuso adoptar aquel niño precioso y abandonado.
Medio en broma, Emilie aceptó la idea. Sería mejor, pensó, que acoger a uno cuyos padres conociera. A partir de entonces, se demoraba hablando del asunto cuando no tenía otra cosa de que hablar con su marido. Consultaron al abogado de la familia, y enviaron a su viejo médico para que reconociese al niño. Jacob estaba sorprendido y agradecido por la conformidad de su mujer con sus deseos. Escuchaba con amable interés cuando él le explicaba sus planes, y hasta exponía a veces sus propias ideas sobre educación.
Últimamente, Jakob encontraba su ambiente doméstico casi demasiado perfecto, y había tenido una aventura en la ciudad. Ahora se había cansado de ella, y le había puesto fin. Le compró regalos a Emilie, y dejó que pusiera las condiciones que quisiese respecto a la adopción del niño. Podía traer al niño a casa, dijo, el primero de octubre, cuando se trasladasen a la ciudad; pero Emilie se reservaría la decisión definitiva de adoptarlo o no para el mes de abril, cuando llevase ya seis meses con ellos. Si para entonces no encontraba al niño apto para sus planes, lo entregaría a alguna familia honrada y amable de las que trabajaban para la empresa. Hasta abril, serían solamente los tíos Vandamm para el niño.
No dijeron nada a la familia, y esta circunstancia subrayó el nuevo sentimiento de camaradería entre los dos. ¡Qué distinto habría sido, se dijo Emilie, si hubiese esperado ella un niño por el medio ortodoxo de las mujeres! En efecto, era limpio y curioso resolver los asuntos de la naturaleza según el criterio de una. «Y», susurró en su interior, mientras deslizaba su mirada espejo abajo, «se conserva la figura».
En cuanto a madame Mahler, cuando llegó el momento de hablar con ella, la cuestión se arregló fácilmente. No fue capaz de oponerse a las personas que estaban socialmente por encima de ella; también, de manera vaga, calculó que esto la pondría, en el futuro, en relación con una casa que sin duda le traería abundante ropa que lavar. Sólo la presteza con que Jakob le reembolsó sus pesados gastos en el niño dejaron en su corazón un pesar duradero, por no haberle pedido más.
En el último momento, Emilie puso una nueva condición. Iría ella sola a traer al niño. Era importante que la relación entre el niño y ella se estableciese adecuadamente desde el principio, y no se fiaba del sentido de la propiedad de Jakob a este respecto. Así que, cuando estuvo todo dispuesto para recibir al niño en la casa de Bredgade, Emilie fue en coche a Adelgade sin acompañamiento ninguno a tomar posesión suya con la conciencia tranquila respecto a la empresa y a su marido, pero, de antemano, un poco cansada de todo el asunto.
En la calle, cerca de casa de madame Mahler, un grupo de chiquillos desaliñados esperaba evidentemente la llegada del carruaje. Se pusieron a observar, pero desviaron los ojos cuando ella les miró a su vez. Se le cayó el alma a los pies al levantarse su amplia falda de seda, atravesar la multitud y cruzar el patio. ¿Tendría el mismo aspecto su niño? Al igual que Jakob, había visitado muchas veces las casas de los pobres. Era un espectáculo lamentable, pero no podía ser de otro modo. «Tendrás a los pobres siempre a tu lado.» Pero hoy, puesto que iba a entrar un niño de este lugar en su propia casa, se sintió por primera vez relacionada con la indigencia y la miseria del mundo. La invadió una nueva repugnancia y horror; y un momento después, una nueva y más honda compasión. Con estos dos sentimientos entró en casa de madame Mahler.
Madame Mahler había aseado un poco al pequeño Jens, le había mojado el pelo y se lo había peinado. También le había informado apresuradamente, un par de días antes, de lo que ocurría, y de su propio ascenso en la vida. Pero como era una mujer sin imaginación y, además, opinaba que el niño era medio tonto, no se había molestado demasiado en ello. El niño había recibido la noticia en silencio; se limitó a preguntar cómo le habían encontrado sus padres.
—Por el olor —dijo madame Mahler.
Jens había comunicado la noticia a los otros niños de la casa. Sus papás, les dijo, iban a venir mañana, con gran pompa, para llevarle a casa. Le hizo pensar el hecho de que el acontecimiento causase tanta sensación en aquel mundillo del patio que había acogido sus visiones con indiferencia. Para él, ambas cosas eran lo mismo.
Se había subido a la sillita de mamzell Ane para asomarse a la ventana y presenciar la llegada de su madre. Todavía estaba encaramado en ella cuando entró Emilie, y madame Mahler le hizo en vano un gesto para que se bajase. Lo primero que Emilie notó en el niño fue que no desvió la mirada, sino que la miraba directamente a los ojos. Al verla, una luz extática cruzó por su semblante. Durante unos momentos se observaron mutuamente.
El niño parecía esperar a que ella hablase; pero como seguía callada, empezó él, indeciso:
—Mamá —dijo—, me alegro de que me hayas encontrado. Hace mucho, mucho tiempo, que te esperaba.
Emilie lanzó una mirada a madame Mahler. ¿Habían ensayado esta escena para conmover su corazón? Pero la manifiesta falta de inteligencia que reflejaba el rostro de la vieja lavandera descartaba tal posibilidad; y se volvió otra vez hacía el niño.
Madame Mahler era una mujer ancha y voluminosa. Emilie, con miriñaque y una amplia mantilla, ocupaba bastante espacio. El niño era con mucho la figura más pequeña de la habitación; sin embargo, en este instante, la dominaba como si hubiese tomado posesión de ella. Estaba de pie, erguido, con aquel resplandor de su semblante.
—Por fin voy a volver a casa contigo —dijo.
Emilie comprendió, vaga, confusamente, que para el niño la importancia del momento no residía en su propia buena suerte, sino en la inmensa dicha y alegría que le reportaba a ella. Una extraña idea, que no pudo explicarse a sí misma, le cruzó por la cabeza. Pensó: «Este niño está tan solo en la vida como yo.» Se acercó gravemente a él y le dijo unas palabras amables. El niño alargó la mano y le tocó suavemente los largos y sedosos rizos que le caían hacia delante por encima del cuello.
—Te he reconocido en seguida —dijo con orgullo—. Eres mi mamá, que me mima. Te habría reconocido entre todas las señoras, por tu cabello largo y precioso.
Deslizó los dedos levemente por su hombro y su brazo, y toqueteó su mano enguantada.
—Llevas tres anillos hoy —dijo.
—Sí —dijo Emilie con su voz baja.
Una breve sonrisa de triunfo afloró al rostro de Jens.
—Ahora dame un beso, mamá —dijo, y palideció intensamente.
Emilie no sabía que su emoción se debía al hecho de que jamás le habían besado. Obediente, sorprendida de sí misma, se inclinó y le besó.
La despedida de Jens y madame Mahler fue al principio un poco demasiado ceremoniosa para tratarse de dos personas que se conocían desde hacía mucho tiempo. Porque ella le veía ya como una persona nueva, como el hijo de la señora rica; y le tomó la mano despacio, con el rostro rígido. Pero Emilie ordenó al niño, antes de irse, que le diera las gracias a madame Mahler por haberle cuidado hasta ahora, y él lo hizo con mucha soltura y gracia. A lo cual, las arrugadas y curtidas mejillas de la vieja volvieron a ruborizarse intensamente, como las de una muchacha, igual que al ver el dinero en su primer encuentro. Había recibido muy rara vez en su vida una expresión de agradecimiento. En la calle, el niño se detuvo.
—¡Mirad mis grandes y gordos caballos! —exclamó.
Emilie, sentada en el coche, estaba perpleja. ¿Qué era lo que se llevaba de casa de madame Mahler?
Ya en su propia casa, al subir al niño y enseñarle habitación tras habitación, su perplejidad fue en aumento. Jamás se había sentido tan insegura de sí misma. Todos los rincones producían en el niño el mismo transporte de reconocimiento. A veces mencionaba y buscaba con los ojos lo que ella recordaba vagamente de su propia niñez, o cosas de las que nunca había oído hablar. La perrita faldera que ella se había traído de su antiguo hogar se puso a ladrarle. Emilie la cogió, temerosa de que fuera a morderle.
—No, mamá —exclamó él—, no me morderá; me conoce.
Unas horas antes —hasta el momento, pensó Emilie, en que besó al niño en casa de madame Mahler— le habría regañado: «Calla, estás diciendo una mentirijilla.» Ahora no dijo nada; y un momento después, el niño miró en torno suyo y preguntó:
—¿Se ha muerto el lorito?
—No —contestó ella asombrada—, no se ha muerto; está en la otra habitación.
Emilie se dio cuenta de que le daba miedo estar a solas con el niño, y permitir que una tercera persona se uniese a ellos. Mandó salir a la niñera de la habitación. A la hora en que Jakob solía llegar, Emilie prestó atención con una especie de alarma, por si oía sus pasos en la escalera.
—¿A quién esperas? —le preguntó Jens.
No supo cómo llamar a Jakob delante del niño.
—A mi marido —replicó confundida.
Al entrar Jakob, encontró a la madre y al hijo mirando el mismo libro de ilustraciones. El pequeño se le quedó mirando.
—¡Así que tú eres mi papá! —exclamó—. Ya me lo había parecido a mí también desde el principio. Pero no estaba completamente seguro. Entonces no me habéis encontrado por el olor. Creo que fue el caballo el que me reconoció.
Jakob miró a su mujer, y ella miró al libro. Jakob no esperaba encontrar sentido común en un niño, y no tardó en ponerse a jugar con él y a tumbarle. En medio del juego, Jens apoyó las manos contra el pecho de Jakob.
—No llevas tu estrella —dijo.
Un momento después, Emilie abandonó la habitación. Pensó: «He tomado sobre mí esta carga para satisfacer los deseos de mi marido; pero me parece que me va a tocar llevar el peso yo sola.»
Jens tomó posesión de la mansión de Bredgade, y la sometió no por la fuerza o el poder, sino con el don de ese personaje fascinante e irresistible, quizá el más fascinante e irresistible del mundo entero: el del soñador cuyos sueños se vuelven realidad. La vieja casa se enamoró un poco de él. Esa es siempre la suerte de los soñadores cuando tratan con gentes sensibles a la magia de los sueños. El más famoso de todos, el hijo de Raquel, como todo el mundo sabe, sufrió penalidades y hasta fue arrojado al calabozo por eso. Salvo en el tamaño, Jens no tenía el menor parecido con los retratos clásicos de Cupido; sin embargo era evidente que, sin saberlo, el armador y su mujer habían traído un amorino. Llegó alado, y asociado con los dulces y despiadados poderes de la naturaleza; y su relación con cada miembro individual de la casa se convirtió en una especie de etéreo idilio. Fue por la fuerza de este mismo magnetismo por lo que Jakob había elegido al niño, al conocerle, como heredero de la empresa, y por lo que Emilie temía quedarse a solas con él. El viejo magnate y los criados tampoco escaparon a su destino... como le ocurrió a Putifar, capitán de la guardia de Egipto. Antes de darse cuenta de lo que hacían, habían puesto cuanto tenían en sus manos.
Uno de los efectos de este encanto especial fue que empezaron todos a mirarse a sí mismos con los ojos del soñador, a sentirse impulsados a vivir de acuerdo con un ideal; y por esta existencia superior, se volvieron dependientes de él. Durante el tiempo que Jens vivió en la casa cambiaron muchas cosas, y se volvió muy distinta de las demás casas de la ciudad. Se convirtió en el Monte Olimpo, morada de los dioses.
El niño mostraba el mismo orgullo arrogante y risueño por el viejo armador que dominaba las aguas del universo que por la inquebrantable y protectora bondad de Jakob, y por la gracia sedosa de Emilie. La vieja ama de llaves, que solía quejarse a menudo de su suerte en la vida, se transformó durante ese tiempo en una guardiana benévola y omnipotente del bienestar humano, una Ceres con cofia y delantal. Y durante ese mismo período, el cochero, figura monumental que descollaba enormemente por encima de la multitud, combinando en su persona el vigor de los dos caballos bayos, trotó majestuosamente por Bredgade sobre ocho pezuñas herradas y repiqueteantes. Sólo después de acostarse Jens, cuando, inmóvil y callado, con la mejilla enterrada en la almohada, exploraba nuevas parcelas de sueño, volvía la casa a recobrar el aire de una mansión sólida y racional de Copenhague.
Jens ignoraba su poder. Como su nueva familia no le regañaba ni le censuraba, no se le ocurrió que se fijaran en él. No tenía preferencias por ningún miembro de la casa en particular; todos estaban dentro de su esquema de las cosas y ocupaban su sitio. La relación de uno con otro era objeto de atenta y sutil observación por su parte. Jamás dejaba de divertirle y complacerle un fenómeno de la vida diaria: que Jakob, tan alto, tan ancho y tan grueso, fuese tan sumiso y deferente con su insignificante esposa. En el mundo que había conocido hasta ahora, el volumen era de importancia suprema. Como le parecía después a Emilie, cuando recordaba esta época, era como si el niño provocara a menudo la ocasión para que este hecho se pusiese de manifiesto; y entonces, por así decir, palpoteaba de alegría y de triunfo, como si este feliz estado de cosas se debiese a su habilidad personal. Pero en otros casos le fallaba el sentido de la proporción. Emilie tenía en su tocador un acuario con peces dorados, ante el que Jens se pasaba horas y horas, callado como los mismos peces; y por sus comentarios dedujo Emilie que para él eran enormes, que podían representar una buena pesca, e incluso ser peligrosos para la perrita si se cayese dentro de la pecera. Pidió a Emilie que dejase descorridas las cortinas de la ventana vecina por la noche, a fin de que, cuando todos durmiesen, los peces pudieran ver la luna.
En la relación de Jakob con el niño hubo un momento de amor desgraciado, o al menos de ironía del destino; y no era la primera vez que sufría esta misma experiencia. Pues desde que era niño había deseado proteger a los que eran más débiles que él, y defender y hacer justicia a todos los seres frágiles y delicados de su alrededor. Las mismas condiciones de fragilidad y de desamparo le inspiraban un afecto y una admiración rayanos en la idolatría. Pero había en su naturaleza una contradicción, como se encuentra a menudo en los hijos de las familias rancias y opulentas que consiguen lo que quieren con demasiada facilidad, hasta que acaban exigiendo lo imposible. Amaba también el valor; le encantaba la cortesía allí donde la descubría; y sentía por el tipo dependiente y desalentado de ser humano, de mujeres, una cierta aversión y repugnancia. Podía soñar con proteger y guiar a su esposa; pero, al mismo tiempo, la sonrisita fría e indulgente con que ella acogía cualquier muestra al respecto por su parte era uno de los rasgos más fascinantes de toda su persona. Así fue como se encontró, en cierto modo, en la triste y paradójica situación del joven amante que adora con apasionamiento la virginidad. Ahora se dio cuenta de que era igualmente imposible proteger a Jens. El niño no rechazaba su protección ni se sonreía de ella, como hacía Emilie. Incluso parecía agradecérsela; pero la aceptaba como parte de un juego o de un deporte. De manera que, cuando paseaban juntos, y Jakob, creyendo que el niño estaría cansado, le subía a sus hombros, Jens consideraba que el hombre quería jugar a ser caballo o elefante, del mismo modo que él jugaba a que era un jinete o un cornac.
Emilie pensaba con tristeza que era la única persona de la casa que no quería al niño; se sentía insegura con él, aun cuando era incondicionalmente aceptada como la madre hermosa y perfecta; y al recordar cómo hacía muy poco tiempo había planeado educar al niño en su propio espíritu, y había redactado unas cuantas notas sobre educación, se veía a sí misma como algo ridículo. Para suplir su falta de sentimientos llevaba a Jens de paseo, a pie o en coche, por el parque zoológico, le cepillaba su espeso cabello y mandaba que le vistiesen con el mismo primor que si fuese un muñeco. Siempre estaban juntos. A Emilie le divertía a veces la extraña, graciosa y solemne complacencia que le producía todo lo que ella le enseñaba, y al momento siguiente, como en casa de madame Mahler, se daba cuenta de que por generosa que fuese con él, era él siempre el que daba. Sus cuñadas, y sus jóvenes amigas casadas, elegantes damas de Copenhague, cada una con su progenie particular, se asombraban de verla tan dedicada al expósito... y luego sucedía que, cuando estaban desprevenidas, ellas mismas recibían una delicada flecha en sus pechos de satén, y se ponían a hablar entre sí del precioso niño de Emilie con esa tierna burla con que habrían hablado de Cupido. Le pidieron que lo trajera consigo para que jugase con sus hijos. Emilie declinó la invitación, diciéndose a sí misma que primero debía estar segura de sus modales. En Año Nuevo, pensó, daría ella una fiesta infantil.
Jens había llegado a casa de los Vandamm en octubre, cuando los árboles de los parques estaban amarillos. En esa época la calidad fría del aire recluía a las gentes, que empezaban a pensar ya en las Navidades en sus casas. Jens parecía saber todo lo referente al árbol de Navidad, al ganso con manzanas asadas, y a los solemnemente alegres oficios en la madrugada navideña. Pero solía mezclar estas festividades con otras de la época, y hablaba de cómo muy pronto se iban a poner todos máscaras y disfraces, como hacen los niños en Carnaval. Era como si, desde el centro de su mundo alegre y feliz, sus diversos componentes se viesen con menos nitidez que cuando los miraba de lejos.
Y cuando acortaron los días y empezó a caer la nieve en las calles de Copenhague, se operó un cambio en el niño. No parecía deprimido, sino singularmente recogido y concentrado, como si se estuviese desplazando el centro de gravedad de su ser y plegase sus alas. Se pasaba largos intervalos de pie junto a la ventana, tan abismado en sus pensamientos que no siempre oía cuando le llamaban, rebosante de un saber que los de su alrededor no podían compartir.
En estos primeros meses de invierno se hizo evidente que no era persona a la que le sosegase permanentemente lo que el mundo llamaba la fortuna. La esencia de su naturaleza era anhelar. Las habitaciones caldeadas con cortinas de seda, los dulces, los juguetes y la ropa nueva, la atención y el afecto de sus papás, eran cosas de la mayor importancia porque venían a corroborar la veracidad de sus visiones; eran infinitamente valiosas como materializaciones de sus sueños. Pero en sí mismas apenas significaban nada para él, y carecían de poder para retenerle. No era una persona mundana ni luchadora. Era un Poeta.
Emilie trataba de hacer que le contase en qué pensaba, pero no le sacaba nada. Más tarde, el niño se confió a ella de manera espontánea.
—¿Sabes, mamá —dijo—, que en mi casa la escalera estaba tan oscura y llena de boquetes que había que subir a tientas, y que lo mejor en realidad era andar a tres o cuatro patas? Había una ventana rota por el viento, y por debajo de ella, en el rellano, se formaba un montón de nieve tan alto como yo.
—Pero ésa no es tu casa, Jens —dijo Emilie—. Tu casa es ésta.
El niño paseó la mirada por la habitación.
—Sí —dijo—, ésta es mi casa elegante. Pero tengo otra muy oscura y sucia. Tú la conoces; has estado en ella también. Cuando la ropa estaba tendida, uno tenía que pasar retorciéndose a un lado y a otro para recorrer aquel gran desván; de lo contrario, las sábanas enormes, mojadas y frías te agarraban como si estuviesen vivas.
—Nunca más volverás a esa casa —dijo ella.
El niño le dirigió una mirada larga, grave, significativa, y un momento después murmuró:
—No.
Pero volvería. Por la repugnancia y horror que le producía aquella casa, Emilie evitaba que le hablase de ella; igual que los niños de allí, con su indiferencia, le habían hecho renunciar a seguir hablándoles de su hogar feliz. Pero cuando le encontraba mudo y ensimismado, junto a la ventana o jugando con sus juguetes, sabía que su espíritu había regresado allí.
Y una y otra vez, después de jugar juntos, y cuando parecía especialmente asegurada la intimidad entre ambos, el niño volvía sobre el tema.
—En la misma calle de mi casa —dijo una tarde en que estaban sentados los dos en el sofá delante de la chimenea— había una vieja casa de huéspedes donde la gente con dinero suficiente podía dormir en una cama, y los demás tenían que hacerlo de pie, con una cuerda por debajo de los brazos. Una noche se incendió, y se quemó toda. Los que dormían en las camas no tuvieron tiempo ni de ponerse los pantalones; en cambio los que dormían de pie fueron los que tuvieron suerte: salieron corriendo en seguida. Un hombre compuso una canción sobre ese suceso.
Hay árboles jóvenes que, después de plantados, echan unas raíces endebles, retorcidas, y no llegan a arraigar firmemente en el suelo. Pueden dar gran profusión de flores, pero mueren pronto. Eso fue lo que le pasó a Jens. Había extendido sus ramitas hacia arriba y a los lados, se había alimentado excelentemente del aire como un camaleón, se había atiborrado de promesas; y entretanto, se había olvidado de echar raíces. Ahora llegó el tiempo en que, por ley de naturaleza, la espléndida y abundante floración debía marchitarse, secarse y desaparecer. Es posible que, si su imaginación se hubiese vuelto hacia pastos frescos, hubiese podido alimentarse de ellos, y evitar así su fin. Una o dos veces, para distraerle, Jakob le había hablado de China. Aquel mundo extraño y remoto cautivó el espíritu del niño. Se demoraba con la mayor emoción en las ilustraciones de chinos con coleta, dragones y pescadores con pelícano, y en los nombres fantásticos de Hong-Kong y Yang Tsê-kiang. Pero los mayores no se daban cuenta de la importancia de su nueva aventura imaginativa; y así, por falta de sustento, la débil y tierna rama no tardó en marchitarse.
Poco después de la fiesta infantil, a principios de año, el niño empezó a palidecer y a doblar la cabeza. Llegó el viejo doctor y le recetó una medicina que no le hizo ningún efecto. Era un declinar sosegado, progresivo: la planta se estaba extinguiendo.
Cuando Jens quedó recluido en la cama y, por así decir, soltó las amarras que le sujetaban al mundo de la realidad, su imaginación emprendió su singladura, arrastrándole consigo, como la vela de una pequeña embarcación cuyo lastre han arrojado por la borda. Ahora había siempre alguien junto a él que escuchaba gravemente lo que decía, sin interrumpirle ni contradecirle. Esta feliz situación le extasiaba. El lecho de enfermo del soñador se convirtió en trono.
Emilie se pasaba todo el tiempo sentada en la cama, angustiada por un sentimiento de impotencia que a veces, por la noche, le hacía retorcerse las manos. Toda su vida se había esforzado en separar lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, la felicidad de la desdicha. Aquí, pensaba con desaliento, estaba en manos de un ser mucho más pequeño y débil que ella, para el que todas estas cosas eran igual, que acogía la luz y las tinieblas, el placer y el dolor, con el mismo espíritu de valiente y jovial aprobación y compañerismo. Esto, se decía a sí misma, anulaba cualquier necesidad que pudiera haber tenido de su alivio y consuelo aquí, en el lecho de su hijo enfermo; a menudo le parecía que anulaba su propia existencia.
Ahora bien, en la comunidad de los poetas, Jens era un humorista, un fabulista cómico. De cada fenómeno concreto de la vida, lo que le atraía y le inspiraba era su aspecto peregrino, burlesco. A la pálida, grave y joven mujer le parecían sacrílegas sus fantasías en una cámara mortuoria; pero al fin y al cabo, dicha cámara era la suya propia.
—¡Ah, cuántas ratas había, mamá —dijo—, cuántas ratas! Las había por toda la casa. Ibas a coger un trozo de tocino de la alacena y... ¡zas!, te saltaba una rata. De noche me corrían por la cara. Acerca la cara y te enseñaré lo que sentías.
—Aquí no hay ratas, cariño —dijo Emilie.
—No, no las hay —dijo él—. Cuando me ponga bien iré y te traeré una. A las ratas les gusta la gente más que ellas a la gente. Creen que somos buenos, deliciosos de comer. Había un viejo comediante que vivía en la buhardilla. Representó muchas comedias en su juventud, y había viajado por países extranjeros. Les daba dinero a las niñas para que le besaran; pero ellas no le querían besar porque decían que no les gustaba su nariz. Era una nariz curiosa, completamente hacia abajo. Y cada vez que le decían que no, lloraba y se retorcía las manos. Pero se puso enfermo y se murió, sin que nadie se enterase. Y cuando entraron por fin, mamá..., ¡las ratas se le habían comido la nariz! nada más; ¡sólo la nariz! Pero a la gente no le gusta comer ratas ni cuando tiene hambre. Había un muchacho gordo en el sótano que cazaba ratas de muchas maneras, y las guisaba. Pero la vieja madame Mahler decía que le despreciaba por eso; y los niños le llamaban el Loco de las Ratas.
Luego volvió a hablar de la casa de ella:
—Mi abuelo —dijo— tiene sabañones, los peores de Copenhague. Cuando le duelen mucho se queja y suspira. Dice: «Habrá tormenta en el Mar de la China. Mal asunto; mis barcos van a ir a pique.» Y me parece que los marineros también dirán: «Hay tormenta en este mar; mal asunto; nuestro barco se va a ir a pique.» Ya es hora de que abuelito, en Bredgade, vaya a que le quiten los sabañones.
Sólo en los últimos días habló de mamzell Ane. Había sido, por así decir, su Musa, la única persona que había sabido de sus dos mundos. Al recordarla, le cambió el tono de la voz; habló con aire solemne, como de una fuerza elemental cuya necesidad era conocida de todos. Si Emilie hubiese prestado atención a sus fantasías, habría visto claras muchas cosas. Pero dijo:
—No; no la conozco, Jens.
—¡Ah, mamá, pues ella bien que te conocía a ti! —dijo él—. Te cosió tu vestido de novia, todo de satén blanco. Fue una labor lenta, ¡con tantos adornos! Y mi papá —prosiguió el niño, riendo— entró a verte; y ¿sabes lo que dijo? Dijo: «Mi rosa blanca.»
De repente se acordó de las tijeras que mamzell le había dejado, y las pidió; y ésta fue la única ocasión en que Emilie le notó impaciente o enojado.
Emilie salió por primera vez en tres semanas, y fue a casa de madame Mahler a preguntar por las tijeras. Durante el trayecto, la poderosa y enigmática figura de mamzell Ane adquirió para ella el aspecto de una parca, de Átropos, tijeras en mano, dispuesta a cortar el hilo de la vida. Pero a todo esto, madame Mahler le había cambalacheado las tijeras a un sastre conocido suyo, y negó categóricamente la existencia de las tijeras y de mamzell Ane.
La última mañana de vida del niño, Emilie cogió a la perrita, que había sido su fiel compañera de juegos, y se la llevó a la cama. Entonces su carita oscura y su cuerpo arrugado parecieron recordarle el semblante de su amiga.
— ¡Aquí está! —exclamó.
La suegra de Emilie y el viejo armador visitaban también a diario al enfermo. Toda la familia Vandamm lloró alrededor del lecho cuando, finalmente, como el arroyo que va a parar al océano, Jens se entregó a la ilimitada y definitiva unidad del sueño, y fue absorbido por él.
Murió a últimos de marzo, unos días antes de la fecha que Emilie había fijado para decidir su admisión en casa de los Vandamm. El padre de ella resolvió de repente que debía ser enterrado en el panteón familiar... decisión irregular, ya que aún no había sido adoptado legalmente por la familia. Así que fue depositado tras una pesada verja de hierro, en la más hermosa sepultura que había recibido ningún Plejelt jamás.
Durante los días siguientes, la casa de Bredgade, y sus moradores, se encogió y menguó. Las personas andaban un poco desconcertadas, como después de una caída, y dominadas por una opresiva sensación de apocamiento. En las primeras semanas posteriores al entierro de Jens, la vida les pareció extrañamente insípida, una misión penosa y desprovista de finalidad. Los Vandamm no estaban acostumbrados a ser infelices, ni estaban preparados para esta sensación de pérdida que ahora les dejaba la muerte del niño. Para Jakob, era como si hubiese abandonado a un amigo que había confiado, riendo, en sus fuerzas. Ahora nadie le necesitaría, y se veía a sí mismo como un fenómeno, como un coloso de trapo. Pero pese a todo esto, al cabo del tiempo, reinó también, entre los que seguían con vida, como ocurre siempre tras la desaparición de un idealista, una vaga sensación de alivio.
Sólo Emilie, de toda la casa de los Vandamm, conservó su talla, por así decir, y su sentido de la proporción. Incluso puede decirse que cuando la casa se cayó de las nubes, ella la apuntaló y la mantuvo firme. Juzgó que sería una afectación por su parte llevar luto por un niño que no era de ella; y aunque renunció a los bailes y fiestas de Pascua, atendió a sus quehaceres domésticos con la misma tranquilidad que antes. Su padre y su suegra, tristes y desorientados en su vida diaria, acudieron a ella en busca de equilibrio; y dado que era la más joven de todos, y les parecía que en determinados aspectos era como el niño desaparecido, transfirieron a ella la ternura y cuidados que antes habían sido para el niño, al que ahora querrían haberle dado más. Estaba pálida a causa de sus largas vigilias junto al lecho del enfermo: así que deliberaron entre sí, y con su marido, sobre el medio de animarla y distraerla.
Pero al cabo de un tiempo, a Jakob le sorprendió y asustó su profundo silencio. Al principio era como si, salvo en lo que atañía a sus disposiciones domésticas, considerase innecesario hablar; más tarde, como si hubiese olvidado o perdido el don de la palabra. Sus tímidos intentos por animarla parecieron causarle tal sorpresa y desconcierto que no se sintió con fuerzas para continuar.
Un par de meses después de la muerte de Jens, Jakob llevó a su mujer a dar un paseo en coche por la carretera de Copenhague a Elsinore, a lo largo del Sound. Era un radiante y cálido día de mayo. Al llegar a Charlottenlund le propuso atravesar a pie el bosque, y mandar al cochero que diese un rodeo y les saliese al encuentro al otro lado. Así que se apearon junto a la entrada del bosque y se quedaron unos momentos de pie, observando el carruaje mientras se alejaba por la carretera.
Se internaron en el bosque, en un mundo de verdor. Hacía tres semanas que las hayas estaban con hojas: el primer misterio traslúcido de principios de mayo había asomado. Pero el follaje era todavía tan joven que el verdor del bosque era más intenso a la sombra. Más tarde, pasada la primera mitad del verano, el bosque sería casi negro a la sombra, y verde brillante al sol. Ahora, allí donde llegaban los rayos de sol a través de las copas, el suelo se veía incoloro, borroso, como empolvado de sol. Pero donde permanecía en sombra, resplandecía y brillaba como cristales y joyas de color verde. Las anémonas se habían marchitado y habían desaparecido, la yerba era alta ya. Y en el corazón del bosque, la aspérula estaba en flor: su capa de diminutas florecillas estrelladas parecía flotar, entre las nudosas raíces de las viejas hayas grises, como la superficie de un lago de leche, un pie por encima del suelo. Había llovido durante la noche; sobre el estrecho camino, las rodadas profundas de las carretas de los leñadores estaban mojadas. Aquí y allá, en el borde del camino, un globo gris y brumoso de diente de león tomaba el sol; la flor de los campos había venido a hacer una visita al bosque.
Caminaban despacio. Al poco rato de internarse oyeron de repente al cuco, muy cerca. Se detuvieron a escuchar; luego siguieron andando. Emilie se soltó del brazo de su marido para recoger del camino la cáscara de un huevecito de pájaro, azul pálido, rota en dos; trató de juntar las partes, y las mantuvo así en la palma de la mano. Jakob empezó a hablar de un viaje a Alemania que había planeado hacer con ella, y de los lugares que iban a visitar. Emilie escuchaba dócilmente sin abrir la boca.
Habían llegado al final del bosque. Desde la entrada dominaban una gran perspectiva de paisaje despejado. Después de la oscuridad verdosa de la floresta, el mundo exterior parecía increíblemente claro, y como blanqueado por la luminosa borrosidad del mediodía. Pero al cabo de un rato, los colores del campo, de los prados y de los grupos dispersos de árboles se definieron a sus ojos uno tras otro. Había un azul desvaído en el firmamento, con débiles cúmulos blancos y nubes sonrosadas a lo largo del horizonte. El centeno verde estaba a punto de espigar; donde el dedo de la brisa lo tocaba, corrían largas, suaves olas a lo largo del suelo. Las casitas con techumbre de paja de los campesinos emergían de la tierra ondulante como pequeños islotes cuadrados y encalados; alrededor de ellas, los setos de lilas sostenían su follaje claro y, en lo alto, racimos de flores pálidas. Oyeron el rodar de un carruaje a lo lejos, y por encima de sus cabezas, el canto incesante de innumerables alondras.
En el lindero del bosque había un árbol derribado por el viento. Emilie dijo:
—Sentémonos aquí un poco.
Se desató las cintas del sombrero y lo dejó sobre su regazo. Un minuto después dijo:
—Hay algo que quiero decirte —e hizo una larga pausa.
Durante toda esta conversación en el bosque habló de la misma manera: guardando un largo silencio antes de cada frase... no exactamente como si ordenase sus pensamientos, sino como si tratase de encontrar voz, en sí misma ya trabajosa o deficiente.
Dijo:
—El niño era hijo mío.
—¿De qué hablas? —le preguntó Jakob.
—De Jens —dijo ella—; era hijo mío. ¿Recuerdas que me dijiste al verle por primera vez que te parecía que era como yo? Efectivamente, era como yo; era mi hijo.
Ahora Jakob podía haberse asustado, y creer que había perdido el juicio. Pero últimamente las cosas adoptaban, para él, sesgos inesperados; estaba preparado para la paradoja. De modo que siguió tranquilamente sentado en el tronco, y miró hacia los jóvenes retoños que emergían del suelo.
—Cariño —dijo—, no sabes lo que dices.
Emilie guardó silencio un rato, como molesta por esta interrupción del curso de sus pensamientos.
—Es difícil de comprender para los demás, lo sé —dijo por fin, pacientemente—. Si Jens estuviese todavía con nosotros, puede que te lo hubiera explicado mejor que yo. Pero trata de comprenderme —prosiguió—. He pensado que debías saberlo. Si no puedo hablar contigo, no puedo hacerlo con nadie.
Esto lo dijo con una especie de grave preocupación, como si la amenazase realmente una total incapacidad de hablar. Jakob recordó cómo, durante estas últimas semanas, había sentido el peso de su silencio sobre él, y había tratado de hacerla hablar de cualquier cosa, de lo que fuera.
—Habla, cariño —dijo—; no te interrumpiré.
Dulcemente, como agradecida por esta promesa, empezó Emilie:
—Era mío y de Charlie Dreyer. Conociste a Charlie en casa de papá. Pero fue mientras tú estabas en China cuando se convirtió en mi amante.
Al oír estas palabras, Jakob se acordó de la carta anónima que recibió una vez. Al recordar cómo había rechazado indignado la calumnia, y el cuidado con que se la había ocultado a ella, le pareció extraño que al cabo de cinco años la repitieran los labios de ella misma.
—Cuando me lo pidió —dijo Emilie—, corrí, durante un momento, un gran peligro. Porque jamás había hablado con un hombre de este asunto. Sólo con tía Malvina y con mi vieja institutriz. Y las mujeres, por alguna razón, no sé cuál, consideramos que tal petición de un hombre es baja y egoísta, y una injuria para la mujer. ¿Por qué permitís que pensemos eso de vosotros? Tú, que eres hombre, has de saber que me lo pidió por su amor y su gran corazón; por magnanimidad. Había más vida en él de la que necesitaba. Pretendía darme eso a mí. Era la vida misma, la eternidad, lo que me ofrecía. Y yo, a quien han educado tan mal, podía haberle rechazado con toda facilidad. Incluso ahora, cuando pienso en ello, me da miedo; como la muerte. Sin embargo, tiene por qué dármelo, pues sé con seguridad que si volviese ese momento, me portaría de la misma manera que entonces. Y me salvé del peligro. No le eché. Le dejé que regresara conmigo, por el jardín, porque estábamos en la verja del jardín, y que se quedara conmigo esa noche; ya que, de madrugada, tenía que marcharse muy lejos.
Hizo otra pausa y prosiguió:
—Sin embargo, por las dudas y el temor a los demás que yo abrigaba en mi corazón, el niño y yo íbamos a sufrir mucho. Si yo hubiese sido una pobre muchacha, con cien rixdales tan sólo en el mundo, me habría ido mejor, porque entonces habríamos seguido juntos. Sí, sufrimos mucho.
»Cuando volví a encontrar a Jens, y lo traje a casa —continuó su monólogo tras un silencio—, no le quería. Le queríais todos menos yo. Era a Charlie a quien quería. Sin embargo, yo estaba con Jens más que ninguno de vosotros. Me contó muchas cosas de las que ninguno de vosotros ha llegado a saber nada. Comprendí que no podíamos haber encontrado a ningún niño como él, a ninguno tan sensato —Emilie no sabía que estaba citando las Sagradas Escrituras, como tampoco se había dado cuenta el viejo armador cuando ordenó que Jens fuese enterrado en el campo de sus padres, en la caverna que había en él... pequeña estratagema de la magia del niño muerto—. Aprendí mucho de él. Fue siempre veraz; como Charlie. Tan veraz, que hacía que me avergonzase de mí misma. A veces pensaba mal de mí misma por enseñarle a llamarte papá.
»Cuando cayó enfermo —dijo—, lo que pensé fue esto: que si se moría, podría llevar luto por Charlie —alzó el sombrero, lo miró y lo bajó otra vez—. Pero al final —dijo— no he podido hacerlo —hizo una pausa—. Sin embargo, si se lo hubiese dicho a Jens, le habría gustado; le habría hecho reír. Me habría pedido que me comprara espléndidas ropas negras y largos velos.
Era una suerte, pensó Jakob, haber prometido no interrumpirla. Pues de haber querido ella que hablara, no habría sabido qué decir. Al llegar a este punto de su historia, guardó silencio largo rato, de manera que por un momento Jakob creyó que había terminado; y se apoderó de él una sensación de ahogo, como si se le pegasen todas las palabras en la garganta.
—Pensé —empezó ella de nuevo— que iba a sufrir, terriblemente incluso, por todo esto. Pero no, no ha sido así. Existe la gracia en el mundo, como ninguno de nosotros tiene idea. El mundo no es un lugar riguroso o severo como dicen. Ni siquiera es justo. Se perdona todo. No se puede causar daño o perjuicio a las cosas hermosas del mundo; son demasiado fuertes. No se puede causar daño o perjuicio a Jens; nadie ha podido. Y ahora, después de muerto —dijo—, lo comprendo todo.
Otra vez se quedó inmóvil, en dulce equilibrio sobre el tronco del árbol. Por primera vez durante su conversación miró en torno suyo; su mirada recorrió lentamente, casi indiferente, el paisaje de bosque.
—Es difícil —dijo— explicar cómo se llega a comprender todo. Nunca he tenido facilidad para dar con las palabras adecuadas: no soy como Jens. Pero desde marzo, desde que empezó la primavera, me ha parecido saber por qué suceden las cosas; por qué, por ejemplo, florece todo. Y por qué llegan los pájaros. La generosidad del mundo; la bondad de papá, ¡y la tuya también! Mientras caminábamos por el bosque, pensaba que ahora he recobrado la visión y el sentido del olfato que tenía cuando era niña. Todas las cosas me dicen, aquí, espontáneamente, lo que significan —se detuvo, y miró fijamente—. Significan Charlie —dijo. Tras otra pausa larga, añadió—: Y yo, Emilie. Nada puede cambiar eso.
Hizo un gesto como para ponerse los guantes que estaban dentro del sombrero; pero los volvió a dejar y se quedó inmóvil otra vez.
—Ahora ya te lo he contado todo —dijo—. Te toca decidir lo que debemos hacer.
»Papá no lo sabrá nunca —dijo suavemente, pensativa—. Nadie lo sabrá. Sólo tú. He pensado que, si no te importa, cuando hablemos de Jens tú y yo... —hizo una breve pausa, y Jakob pensó: «No ha hablado de él hasta ahora»—, podríamos hablar de todo esto también.
»Sólo en una cosa —dijo lentamente— soy más sabia que tú. Sé que sería mejor, mucho mejor, y más fácil para ti y para mí, que me creyeses.
Jakob estaba acostumbrado a hacer un rápido resumen de una situación y tomar las decisiones pertinentes. Esperó un momento, después de haber dejado de hablar ella, para hacerlo ahora.
—Sí, cariño —dijo—; es verdad.


La propiedad de mi padre se hallaba en una parte solitaria de Jutlandia, y yo era su único hijo. Al morir mi madre, no le importó mandarme a un internado; pero cuando cumplí los siete años me contrató un preceptor.
Este preceptor se llamaba Jens Jespersen; era estudiante de teología y, creo, el hombre más honrado que he conocido en mi vida. Era hijo de un modesto párroco de pueblo. Había tenido que trabajar mucho para cursar sus estudios en la Universidad de Copenhague, cuyos profesores esperaban grandes cosas de él. Pero su salud se había resentido durante los años de estudio, y por este motivo había abandonado la ciudad, hacía ya cinco años, y había aceptado el puesto de profesor en el campo.
Bajo su dirección, me entregué a los libros con más gusto de lo que yo mismo habría podido imaginar, y me sentí completamente feliz en la escuela, y en compañía de nuestros celadores y mozos de cuadra. Y de este modo conseguí adquirir algunos conocimientos de matemáticas y lenguas clásicas, así como sobre caballos y caza.
Dos años después mi padre se marchó a un balneario, me llevó con él, y me dejó en un colegio de Holstein; pero tras otro período igual de tiempo, me mandó llamar otra vez. Durante mi ausencia había muerto el viejo y borracho párroco de nuestro dominio, y mi padre había ofrecido el beneficio eclesiástico a mi antiguo preceptor. Ahora se encontraba instalado en la casa parroquial y se había casado con una muchacha con la que llevaba prometido cinco años. A partir de entonces continué mis clases, acudiendo diariamente a caballo a la casa parroquial. A veces, me quedaba también a dormir una noche o dos.
La casa parroquial era un edificio viejo y ruinoso, y sus moradores eran pobres, ya que el beneficio eclesiástico era muy pequeño, y mi antiguo profesor todavía arrastraba grandes deudas de sus tiempos de estudiante. Sin embargo, era un lugar alegre, porque el párroco era muy feliz en su matrimonio. Su mujer se llamaba Gertrud. Tenía doce años menos que su marido, y doce más que yo, de manera que unas veces me parecía de la misma edad que el párroco y otras su alumna. Era una mujer joven y alta, aunque en la parroquia no la consideraban guapa porque tenía la cara ancha, y en verano se le ponía llena de pecas como un huevo de pavo. Pero tenía unos ojos claros y relucientes —al punto de que cuando leí la descripción que hace Homero de la viva mirada de la joven Criseida, pensé en ella—, y un cabello abundante y rojizo. Recuerdo la primera vez que me di cuenta de lo mucho que me gustaba. Una tarde de verano estábamos un grupo de chicos de la vecindad jugando al escondite por todos los rincones de la casa parroquial. Yo me había ocultado en un pequeño cuarto trastero del ático. Estando allí, entró ella precipitadamente y, sin verme, se pegó contra la puerta. Se quedó allí, jadeando, porque había subido corriendo, y se llevó un dedo a los labios. Un momento después debió de ocurrírsele un escondite mejor: salió sigilosamente y desapareció. Me pareció bonito que se portase con tanta ingenuidad y gracia cuando creía que estaba sola.
Un verano tuvimos una visita distinguida en la casa parroquial: uno de los amigos del párroco de sus tiempos de estudiante, aunque más viejo que él, y ahora profesor de la Royal Opera o del Ballet de Copenhague, no recuerdo qué. Visitó también la mansión, tocó en nuestro viejo piano y encantó a mi padre como a todo el mundo. Una de las veces nos quedamos solos él y yo en la habitación de la casa parroquial; él estaba de pie junto a la puerta abierta que daba al jardín, observando a la mujer del párroco que cogía manzanas bajo los árboles.
—Desde luego, es sorprendente —dijo, más para sí mismo que para mí— que las buenas gentes de la parroquia de Hover consideren a esta mujer carente de belleza. Es cierto que tiene una cabeza toscamente modelada. Pero si viviese en el gran mundo, donde las señoras son más liberales a la hora de enseñar sus encantos, sería el ídolo de uno de los sexos y la envidia del otro. Pues en mi vida había visto una Venus de carne y hueso como ella. Eclipsa a la misma Henriette Mendel-Schutz en su «Morgenscenen». Pero ¿haría entonces —prosiguió— una esposa modelo junto a nuestro santo párroco? Para las mujeres de rostro simple y divino, la virtud parece a veces extrañamente paradójica.
Quizá fue éste un discurso frívolo para pronunciarlo en presencia de un muchacho; sin embargo, no recuerdo que sus palabras produjeran en mí tal impresión. Sólo parecieron aclararme por qué me sentía tan a gusto en compañía de Gertrud.
Pero en el transcurso del año siguiente, la feliz vida doméstica del párroco se vio oscurecida por una sombra negra y horrible. De cuando en cuando, la joven ama de casa aparecía mortalmente pálida, con los ojos enrojecidos de llorar, petrificada, y rehuía a su marido como con miedo o con odio. Me alarmó y apenó verla así. Pensé que el párroco mostraba escasa comprensión hacia su sufrimiento, y la situación me parecía misteriosa y lamentable.
Un día me estaba explicando el párroco, en su despacho, un capítulo del Génesis. Cuando llegó al versículo en el que Raquel dice a Jacob: «Dame hijos, o me moriré», dejó el libro y comentó:
—Raquel era una buena mujer; pero tenía poca paciencia con su marido o con el Señor. Habrás visto en esta casa, Vilhelm, lo duro que es no tener hijos para una mujer. Mi corazón sufre por mi esposa; no obstante, me temo que carezco de compasión cristiana y de conocimientos sobre la naturaleza femenina. Porque es mejor cristiana que yo y, sin embargo, clama y se enfurece contra el Señor, y se niega a su corazón a Su voluntad. Creo que yo no sería capaz de lamentarme con tanta vehemencia y tanta persistencia de una desdicha de la que no tengo ninguna culpa. Aunque —añadió con gravedad un momento después, con las manos entrelazadas— sabe Dios. Es sabio el hombre que puede decir de sí mismo: «Jamás sería yo capaz de tal cosa.»
Estas últimas palabras se me quedaron grabadas en la memoria, y las recordé más tarde, en una hora infausta y terrible.
Al cabo de un rato dijo otra vez, con una leve sonrisa:
—El buen Jacob, sin embargo, en Judea, estuvo en condiciones de probar a su esposa que la culpa no era de él.
Así fue como recibí explicación sobre la congoja de Gertrud. No obstante, la situación era algo enigmática para mí, ya que no podía comprender que nadie desease tener hijos tan ardientemente como para morirse por falta de ellos.
En aquel tiempo, el correo sólo llegaba un par de veces al mes, y recibir carta era un acontecimiento raro. Un día de octubre el párroco tuvo una carta de Copenhague. Le dio la vuelta, me informó que era de su amigo el profesor y se preguntó por qué razón le había escrito. Pero después de leerla un par de veces, dijo:
—Voy a dejarte libre esta tarde, ya que esto me va a dar tanto que pensar que te daría una mala clase.
Unos días después, estábamos juntos en el establo examinando una vaca enferma, ya que el párroco creía firmemente que yo tenía buena mano para los animales. Cuando terminamos de reconocerla, se quedó pensando y, con el establo a oscuras, me contó lo que pensaba:
—Creo, Vilhelm —dijo—, que tu madre debió de ser una mujer juiciosa; porque tienes una cabeza equilibrada, y eso no lo has heredado del Squire. Y voy a confesarte algo que no he dicho nunca a nadie, ya que dicen las Sagradas Escrituras que la sabiduría puede encontrarse en la boca de los niños.
El profesor, dijo, le explicaba en su carta que, por una extraña aventura, tenía en sus manos a una niña de seis años, singular y trágicamente situada en la vida, al punto de que podía haberse llamado Perdita, como la heroína de la tragedia de Shakespeare. No podía revelar su cuna. No era sorprendente, añadía, que la visión de una niña sin hogar ni amigos le evocase el cuadro del hogar feliz de su amigo, en el que sólo faltaba una criatura. Pero de ningún modo pretendía convencer al párroco de que adoptase a la niña; dadas las circunstancias, sería impropio. Sólo le informaba que, si había algún cristiano, hombre o mujer, que se apiadara de ella y la adoptase, jamás la reclamaría ningún pariente o conocido. «Y otra cosa considero mi deber dejar claro», terminaba la carta. «Si no encontramos a nadie que adopte a esta criatura, su destino, por la naturaleza misma de las cosas, será sumamente incierto y peligroso; de hecho, no conozco a ningún ser humano que cumpla más patética y completamente el proverbio del tizón sacado del fuego.» Le daba el nombre de la niña: se llamaba Alkmene.
Escuché todo esto, y le dije que sonaba a historia sacada de un libro.
—Sí —dijo el párroco—. Y muy probablemente lo es. Porque mi viejo amigo es hombre de pocos escrúpulos. Puede que una de esas mamzells que cantan y bailan de Copenhague haya ido a pedirle ayuda para librarse de una hija inoportuna, y allá va él: inventa, fabula, llora incluso, para engañar a su amigo, un simple párroco de pueblo. Conque Alkmene —prosiguió—: ¿será ése, de verdad, el nombre de la niña? Cuando yo era un joven estudiante y soñaba con ser poeta escribí un poema épico titulado «Alkmene»; y él lo sabe porque se lo leí.
Yo cité la Ilíada y dije:
—«Ni Alcmene de Tebas...»
—...«que dará a Heracles un hijo de mi corazón fiel» —terminó el párroco por mí—. Sí. Quiere que vuelva al Olimpo.
»Vilhelm —prosiguió al cabo de un rato—, voy a decirte algo que no creo que pueda repetir a ningún adulto. Es absurdo, y te hará reír; no obstante, para mí fue en otro tiempo algo absolutamente serio. He dicho siempre que me marché de Copenhague por motivos de salud. Pero no fue sólo por eso. Me fui porque allí caí en la tentación; sí, en el pecado. No se trataba de vicios ni debilidades, sino de esa maldad más grave por la que cayeron los ángeles. En Copenhague tenía demasiado trabajo, poca comida y ninguna distracción natural. Me encerraba con mis libros, y me pasaba los meses sin hablar con ningún ser humano. Y me ocurrió que llegué al firme convencimiento de que me había elegido el Señor para llevar a cabo grandes cosas; sí, creía que cuanto acontecía en el mundo lo hacía el Señor con vistas a mi alma y mi destino. Cuando el viejo y loco rey murió, pensé: "¿De qué manera quiere el Señor que esto me afecte a mí?"; y cuando, más tarde, el emperador Napoleón fue derrotado por los rusos en Moscú, me dije: "Ahora ha desaparecido el hombre que habría hecho que los ojos del mundo se apartasen de las grandes cosas que el Señor ha dispuesto que yo lleve a cabo." Menos mal que me di cuenta de mi estado antes de que fuera demasiado tarde. Vi con enorme miedo que estaba al borde del abismo de la locura, y que tenía que salvarme a costa de lo que fuese, a costa de mis estudios. Cuando me vine a vivir aquí, al campo otra vez, entre gentes buenas y sencillas, mi cabeza recobró el equilibrio. Y más tarde, mi querida esposa acabó de ponerme bien. Pero incluso aquí, Vilhelm, incluso aquí, me han vuelto mis viejas tentaciones. Cuando me siento junto al lecho de muerte de mis feligreses, y escucho sus confesiones (a veces se les oyen cosas espantosas a estos campesinos), y cuando debía ocuparme tan sólo del alma del pobre pecador, me quedo abstraído, preguntándome: "¿Por qué pone el Señor estas cosas en mi camino? ¿Acaso quiere probar mi fe enfrentándola con el poder de las tinieblas?"
»Ahora bien, este viejo amigo mío adivinó hace mucho tiempo casi todo lo que me pasaba. Una vez se interesó por mí, y creyó en mi talento; se decepcionó cuando huí de Copenhague. ¿No es su carta, ahora, una pequeña venganza, o una broma que me quiere gastar? Me devuelve a la gran ciudad, y al ambiente del teatro, que en otro tiempo significó tanto para mí. El mismo nombre de Alkmene tiene resonancias del mundo griego, con sus dioses y ninfas, y de mi antigua ambición de ser poeta. Durante estos últimos días, como entonces en mi buhardilla, he pensado: "¿Qué quiere el Señor de mí? ¿Acaso considera que mi vida ha sido demasiado fácil hasta ahora, y que tengo necesidad de tentaciones?" Sí, me he vuelto a encontrar con aquel estudiante joven, impetuoso, aturdido, que hace diez años deambulaba por las calles de Copenhague. Y, al mismo tiempo, me doy cuenta de que debería preocuparme de otras cosas, como de la felicidad de mi esposa... Y en primer lugar, quizá, del destino de esa pobre criatura llamada Alkmene.
No recuerdo si hice algún comentario sobre el discurso del párroco. Mientras hablaba, pensé que yo habría razonado de manera muy parecida a la que él había descrito. Pero si bien resultaba disparatado en él, en mí habría sido lícito, ya que yo era hijo del Squire, y aquí en Norholm, al menos, las cosas se hacían para mí y por mi interés. Esa noche soñé con la niña Alkmene. La encontraba en un campo, y la A mayúscula de su nombre brillaba como si fuese de plata.
Dos semanas después la mujer del párroco se me echó al cuello y me dijo que su marido había decidido adoptar una niña de Copenhague... exactamente como si me revelase que estaba embarazada. No habló del misterio sobre el origen de la niña. Más tarde anunció a unas cuantas amigas que la niña era de una prima suya, viuda de un militar; y creo que, efectivamente, existía tal persona.
Transcurrió algún tiempo antes de conseguir encontrar plaza de viaje para la niña. El párroco, en broma, hablaba de estos meses como si se tratase del período de embarazo de su mujer. Ella se mostraba muy contenta y amable con todos nosotros; pero se conmovía a menudo de manera extraña. Cada vez que nos encontrábamos a solas ella y yo, me hablaba de la niña, y decía que iba a ser como una hermanita para mí.
—Dime, Vilhelm —susurraba—, ¿qué te parece que traigamos una pequeña esposa a la casa parroquial de Hover?
La idea me pareció ridícula; y de haber sido hija suya, a Gertrud jamás se le habría ocurrido. Después de la llegada de Alkmene, sin embargo, jamás la volvió a repetir; porque a partir de entonces, creo, no soportó la idea de que la niña pudiese abandonarla, ni para casarse con el hijo del rey.
Por último, a finales de diciembre, la niña iba a llegar a Vejle desde Copenhague, y el párroco fue a traerla. Yo había ido ese día a la casa parroquial a recoger unos libros. Estando allí se levantó aire, y empezó tal ventisca que no pude regresar a caballo, y me quedé a pasar la noche. De cuando en cuando, la mujer del párroco y yo salíamos a echar una ojeada al tiempo. El viento venía cargado de nieve: ésta corría a ras de tierra como el humo, y se depositaba en los escalones de piedra con tanto espesor que costaba trabajo abrir la puerta. Era la primera vez que Gertrud y yo estábamos solos en la casa. Empezó a hablarme de su niñez. Su padre, dijo, era un importante tratante de ganado del Oeste que había trabajado mucho y había prosperado; hasta que, en la gran bancarrota de 1813, perdió su dinero. Cuando le dijeron que todos sus ahorros ascendían tan sólo a cincuenta rixdales, se le partió el corazón; desde entonces vivió sumido en la melancolía. Su esposa, para salvar a la familia, empezó a criar ovejas; y Gertrud, la mayor de los nueve hijos, que tenía entonces once años, se puso a ayudar en el trabajo. Era una vida dura.
—Pero ¿qué otra cosa se puede encontrar en nuestro mundo —dijo Gertrud— que el trabajo duro y honrado que Dios nos ha mandado hacer? No debemos dudar.
Gertrud tenía todavía el corazón puesto en las ovejas. Estaba deseosa de revelarme lo que sabía sobre ellas, y aprendí mucho sobre cómo parían y se esquilaban, mientras esperaba que pasase la tormenta de nieve.
Poco después de las doce de la noche oímos cascabeles, y corrimos a abrir la puerta a los viajeros, que saltaron del trineo completamente blancos de nieve. Se habían atascado siete veces desde que salieron de Vejle. El párroco entró a la niña y la depositó en el suelo junto a la estufa. Estaba envuelta en una amplia capa. Al quitarle el gorro, se le levantó con él su cabello rubio y corto como una llama por encima de la cabeza, y recordé las palabras del profesor sobre el tizón sacado del fuego. Pensé también que jamás habrían podido engendrar mi buen predicador y su esposa una niña de tan singular, sorprendente y noble belleza. Su carita, con grandes cejas elegantemente arqueadas, estaba blanca como el mármol por el frío y el cansancio. Gertrud se arrodilló ante ella, entrelazó las manos sobre las suyas para calentárselas, y le dio unas palmaditas en la mejilla. La niña se ruborizó como una rosa, tembló y sonrió.
—¿Ha tenido frío en el viaje mi preciosa palomita? —le preguntó.
La pálida niña ni avanzó ni retrocedió: se quedó de pie, muy tiesa, y abarcó la habitación y a las personas que había en ella con ojos claros, graves, muy abiertos.
—¿Cómo te llamas, bonita? —prosiguió Gertrud.
—Alkmene —dijo la niña.
Cuando Gertrud hubo conseguido que se bebiese un tazón de leche caliente, la llevó en brazos al dormitorio. A través de la puerta la oímos parlotear y arrullar a la niña, y una o dos veces la voz baja y clara de la niñita. Al cabo de un rato salió Gertrud y se detuvo en la puerta sin poder hablar, ya que estaba llorando.
—¡Ay, Jens —dijo por fin a su marido—, no lleva camisa!
A continuación volvió a cerrar la puerta. El párroco estaba calentando una jarra de café con ron en la estufa.
—El viejo zorro —me dijo, y se echó a reír—. Lee en el corazón de las mujeres como en un libro. Seguro que le ha quitado la camisa a la criatura con sus propias manos para conmover el corazón de mi pobre esposa.
Esas Navidades, tenía yo entonces catorce años, mi padre me regaló una escopeta. Salía todos los días a cazar, siguiendo el rastro de la caza en la nieve; y salvo cuando me tocaba clase, no solía ver a los moradores de la casa parroquial. Pero cada vez que Gertrud me cogía por banda, me hablaba de Alkmene. Al principio la llamaban Alkmene; pero a Gertrud le parecía un nombre extraño, así que lo abrevió, reduciéndolo a Mene; y por este nombre acabaron conociendo a la niña de la casa parroquial en la vecindad. Recuerdo cuando se celebró, aquel verano, una asamblea de clérigos en la casa parroquial, y un viejo párroco de Randers oyó el nombre, y exclamó:
Mene, mene tekel upharsin!
Pero ni al párroco ni a su esposa les gustó la gracia.
Para Gertrud, la niña fue maravillosa desde el principio; le fascinaba todo lo que hacía. Lo primero que me contó de ella fue que parecía no tener miedo de nada. Ni el toro ni el ganso la asustaban; eran los animales que más le gustaban de toda la granja. Se subió por la escalera al caballete del granero cuando estaban reparando la techumbre de paja, después de la tormenta de nieve. A Gertrud le inquietaba este rasgo de la niña. A propósito de la falta de camisa, se le disparó la fantasía: imaginó que la niña había estado lo bastante abandonada como para no tener conciencia de ningún peligro en la vida. Quizá estaba en lo cierto. Así que consideró que su primer deber como madre era enseñar a la niña, como en los cuentos infantiles, a conocer el miedo. A continuación me confió que Mene no parecía distinguir entre la verdad y la mentira. No mentía en interés propio; pero las cosas le parecían diferentes de como eran para los demás, a menudo de la manera más sorprendente. Si Gertrud hubiese vivido a solas con la niña, no le habría importado, porque le gustaban las fábulas y las fantasías como a los campesinos; pero sabía que su marido juzgaba estas cosas de modo muy distinto, y se esforzaba, con paciencia y tesón, en corregir los defectos de la niña. Alkmene era sumamente manirrota, también; tenía muy poco aprecio a sus cosas y perdía o se desprendía a menudo de lo que Gertrud había conseguido reunir con gran trabajo para ella. Esto indignaba y ofendía a Gertrud; se lo tomaba muy a pecho, y a veces no podía evitar pensar que la niña no estaba bien de la cabeza. Sin embargo, había algo en ello que la impresionaba también: había visto, u oído decir, que la gente importante se comportaba así.
Cuando, en la primavera, empecé a ir con más frecuencia a la casa parroquial, encontré un ambiente idílico, como se cuenta en los libros. Creo que ese año y el siguiente fueron para mi amiga Gertrud los más felices de su vida. La niña llamaba al párroco y a su esposa padre y madre, y al cabo de un tiempo pareció haber olvidado la época anterior a su llegada, y considerarse perteneciente a la casa parroquial. Gertrud no la dejaba alejarse de su vista; y Mene, también, aunque no le gustaba que la acariciasen o la mimasen, retozaba alrededor de su madre como el cabrito alrededor de la corza. Como si hubiese sido aleccionada por el profesor, manifestaba una sincera adoración por la belleza de Gertrud. Hablaba a menudo de ella, ensartaba cuentas para hacerle collares y en verano le hacía centenares de guirnaldas de flores para su precioso cabello. Hasta entonces, Gertrud no había sido admirada jamás por su belleza; ni el párroco, creo, había sido un amante con imaginación. Este gracioso y grave galanteo era nuevo para ella, y aunque delante de nosotros se reía de él, yo me daba cuenta de que le encantaba y la hacía disfrutar. El párroco enseñó a Mene a leer y escribir, ya que no sabía ninguna de estas dos disciplinas. Descubrió que aprendía con rapidez, y de este modo formaron los tres un grupo feliz en todos los sentidos.
Aunque al principio me reí de todo el revuelo que se había armado en torno a la niña de Copenhague, al cabo de un tiempo Alkmene y yo llegamos a pasar juntos buena parte de nuestro tiempo. La cosa empezó cuando pidió permiso para venir conmigo cuando saliese de caza o de pesca. Tenía tal rapidez de mirada y de movimientos que era como llevar una perrita vivaracha. Comprobé entonces que la intrépida niña se asustaba ante la visión de la muerte. La primera vez que me vio coger en mis manos un pájaro muerto, todavía caliente, sintió repugnancia y horror. Pero le gustaba coger culebras y llevarlas en la mano. Le entusiasmaban toda clase de aves, y aprendió a conocer sus nidos y sus huevos. En verano, daba gusto oírla imitar y contestar a la paloma torcaz y al cuco de los bosques.
Nos hicimos amigos, creo, de una manera poco común en un chico mayor y una niña pequeña. Éramos como hermana y hermano, tal como la mujer del párroco quería que fuésemos; y sin embargo, me parece, no exactamente de la misma manera que ella quería. Cuando Gertrud dijo que la niña podía ser una esposa para mí, la idea me pareció ridícula. Ya a los catorce años sabía yo lo bastante del mundo como para decidir que la hija de un párroco no era pareja apropiada para mí. Más tarde, cuando se hizo tan guapa, alguien habría podido imaginar que yo soñaría con seducir a la dulce muchacha de la casa parroquial. Pero eso estuvo tan lejos de mi pensamiento como el matrimonio. Nuestra amistad fue siempre casta, y no recuerdo haber llegado siquiera a cogerle la mano. A veces discutíamos hasta enfadarnos, como hacen los amigos o los hermanos, aunque ninguno de los dos discutíamos con nuestras respectivas familias; y una vez, furiosa, llegó incluso a tirarme una piedra. Pero la principal característica de nuestra relación era un entendimiento profundo, callado, del que los demás no sabían nada. Parecía como si tuviésemos conciencia de ser iguales en un mundo diferente de nosotros. Más tarde me he explicado a mí mismo el hecho diciéndome que éramos, entre las gentes de nuestro alrededor, las dos únicas personas de sangre noble, y que la suya debía de ser, con mucho, la más noble. Asimismo, nuestro compañerismo se manifestaba principalmente en el campo y los bosques; cuando regresábamos a casa, permanecía en suspenso, o latente.
Un detalle curioso de nuestra amistad era que yo soñaba a menudo con Alkmene, aun cuando durante el día no hubiera pensado en ella ni una sola vez. En mis sueños, desaparecía con frecuencia, y se perdía. Cabría imaginar que estos sueños, al final, me inspirarían un verdadero miedo a perderla. Pero no fue así; al contrario, y por mi cuenta y riesgo, me convencieron de que, aunque parecía haber desaparecido, volvería en cuanto amaneciese.
Como niña y pequeña que era, Mene tenía una asombrosa soltura de movimientos. Sólo levantar el brazo para alisarse el pelo era algo que dejaba a uno boquiabierto, por la gracia impecable con que lo hacía. Y cuando triscaba por el bosque, me hacía pensar en una corza, o en un pez saltando en un arroyo. Más tarde he visto a algunas bailarinas famosas en el teatro; pero, en mi opinión, ninguna de ellas podría igualarse en suavidad y armonía de movimientos con la niña de la casa parroquial. Me di cuenta de eso desde el principio, aunque no creo que los demás lo hayan notado nunca; para Gertrud formaba parte sencillamente de la excelencia general de la niña. Mi padre, sin embargo, llegó a comentarlo. Ahora bien, en la casa parroquial estaba prohibida toda clase de baile. Además, para Gertrud, el arte de la danza estaba relacionado en cierto modo con el teatro y con los primeros años de la niña, de los que estaba muy celosa, por lo que no quería ni oír hablar de ellos. Así que a Alkmene no se le permitió bailar jamás. Pero el párroco le enseñó muchas otras cosas. Durante un tiempo, incluso se puso a enseñarle griego, materia que, me comentó a mí, se le daba extraordinariamente bien. Era capaz de recitar versos de comedias y tragedias griegas.
Durante los años siguientes Alkmene intentó escaparse dos veces de casa. La primera, un día de marzo en que la nieve había desaparecido del suelo, emprendió el camino directamente hacia el sur, a través de los campos; había recorrido más de doce millas antes de que el vaquero del párroco, enviado en su busca en esa dirección, la alcanzara y la volviese a casa. Gertrud había estado convencida de que se había ahogado; había pasado una angustia horrorosa. Ahora apretó a la niña contra su pecho, se quedó mirándola, sin parar de preguntarle por qué les había dado ese disgusto tan tremendo. Al día siguiente, creyendo que estaba a solas con la niña, oí que le preguntaba:
—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué nos querías dejar?
Pero tampoco obtuvo respuesta.
Dos años más tarde, cuando cumplió los once años, se volvió a escapar, y esta vez el susto de sus padres fue mayor. Porque había pasado por el pueblo un grupo de gitanos; se habían ido la noche anterior con su caravana, habían cruzado los pantanos que hay al oeste de las tierras de mi padre y era evidente que Mene se había ido tras ellos. Estas gentes tenían mala fama en la comarca: se decía que habían matado a un buhonero el año anterior. Ahora fui yo quien salió en su busca y la devolvió. Había dejado de dar clase con el párroco. Había viajado también; aunque seguía visitando a menudo la casa parroquial.
Fue un día caluroso de pleno verano; había un aire tembloroso y grandes espejismos en los marjales. Dos veces me pareció divisar a la niña en el paisaje inmenso, pero sólo se trataba de un almiar o una carbonera. Finalmente vi su pequeña figura en la lejanía. Caminaba de prisa; un rato después, echó a correr. Me reí, porque yo iba a caballo y no se me podía escapar. Sin embargo, había algo de triste en la escena también. Al llegar a su altura no la detuve, sino que cabalgué a su lado. Ella seguía su marcha apresurada. Iba con la cabeza descubierta, muy pálida, y la cara empapada de sudor. No pudo mantener el paso del caballo. Un gallo silvestre surgió de repente de una mata de brezo que había delante de ella, y alzó el vuelo con ruidosos aletazos; Alkmene dio un traspiés y se paró en seco. La compadecí. Pensé que iba a llorar.
—Dame el caballo, Vilhelm —dijo—, y los alcanzaré.
—No —dije—, vas a volver. Pero te dejaré que montes, y yo iré a pie.
No dijo nada. Así que la acomodé en la silla.
Era un día apacible. Empecé a cantar, y al poco rato Alkmene se unió a mí con su voz clara. Cantamos muchas canciones, y al final una canción popular sobre una madre que lloraba a su hijo muerto. Le dije:
—Cada vez que te escapas le das un susto a tu familia, boba.
Ella dijo:
—¿Por qué no dejan que me vaya?
Canté otro estribillo, y luego dije:
—La gente es diferente. Mira mi padre: nada de lo que hago le parece bien, y siempre le estoy estorbando. Pero los tuyos te quieren y te consideran una niña maravillosa sólo con que accedas a estar con ellos.
Alkmene guardó silencio ahora largo rato; luego preguntó:
—¿Qué piensas de las niñas que no quieren que las quieran, Vilhelm?
Regresamos tarde. Había salido la luna de verano, aunque el cielo todavía seguía completamente claro. Al entrar en las tierras de mi padre cruzamos un campo de cebada. El cereal crecía ralo en el suelo arenoso, pero había tal cantidad de caléndulas amarillas que parecía que la luna se reflejaba en el campo como en un lago.
Gertrud, antes de que llegáramos, había hecho prometer a su marido que escarmentaría a la niña esta vez; pero todo fue olvidado cuando llegó. No obstante, la madre, todavía muy pálida de susto, no conseguía calmarse. Dijo:
—Quieres más a esas gentes malvadas que a nosotros; preferirías estar con ellas a vivir con tu padre y conmigo. ¿No sabes que te matarían y te comerían?
Alkmene la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Me habrían comido? —preguntó.
Gertrud creyó que se estaba burlando de ella:
—¡Oh, eres una niña exasperante! —exclamó.
Cuando llegó el momento de la confirmación de Mene, se les plantearon dos problemas a los moradores de la casa parroquial. En primer lugar, el párroco cayó en la cuenta de que no había visto la fe de bautismo de la niña, y no podía estar seguro de que hubiera sido bautizada. Escribió al profesor, pero tuvo que esperar mucho tiempo la contestación, ya que el anciano se había marchado de Copenhague y ocupaba un alto cargo en una corte alemana. Cuando finalmente le llegó la carta, el profesor no pudo aportar más que su palabra de honor de que la niña estaba bautizada. El párroco, ahora, no sabía si confirmarla sin más, o bautizarla privadamente para asegurarse. Su esposa me contó que este dilema le ocasionó muchas noches de insomnio. Y él me dijo:
—Algunos teólogos sostienen que el bautismo no es más que un símbolo. Que Dios nos asista; pues los símbolos son cosa poderosa. Puede que yo mismo haya manejado grandes símbolos con demasiada ligereza.
A partir de entonces dejó de enseñarle griego a Alkmene. Al final, no obstante, hizo caso de los consejos de su mujer, y confirmó a Mene junto con otros niños de la parroquia.
Pero en la clase de confirmación, Mene se juntó con otras niñas, y escuchó sus conversaciones. Y aquí, entonces, el párroco y su mujer tuvieron motivo para creer que había oído rumores de que no era hija de ellos. Alkmene no habló de esto; alguien había oído casualmente la conversación de las niñas. El párroco meditó el caso, y un día, estando yo delante —porque me parece que temía abordar el problema a solas con su mujer—, dijo que había decidido explicárselo todo a la niña, y decirle la verdad. Gertrud se puso instantáneamente en contra suya. Nunca la había visto tan irritada con él desde la llegada de Mene. Era como si hubiese olvidado que no era la verdadera madre de la niña, y ahora le acusó de querer privarla deliberadamente de su hija.
—De ningún modo —dijo el párroco—; pero voy a imponer la mano sobre la cabeza de la niña en nombre del Señor. ¿Qué ocurriría si en ese momento supiese la niña, en el fondo de su corazón, que la estoy engañando?
Gertrud se levantó.
—¿Acaso quieres apartarla de mí definitivamente? —exclamó ella—. ¿Acaso no has visto que ya me odia y me teme? Si ahora se entera de que no soy su madre, no habrá medio de retenerla; ¡me despreciará y me volverá la espalda!
El párroco enmudeció ante esta acusación. Sin embargo, mientras hablaba, creo que nos dimos cuenta los dos de que tenía razón. Durante los dos últimos años Alkmene había cambiado y se había endurecido respecto a su madre; a veces mostraba una desconfianza, una rebelión y una hostilidad extrañas. Por último, dijo el párroco:
—Querida esposa, habría sido mucho mejor no haber asumido nunca esta tarea, y haber seguido aquí, en nuestra casa parroquial, como un matrimonio que envejece apaciblemente sin hijos.
Gertrud se quedó mirándole, completamente perpleja.
—Pero hemos echado mano del arado —prosiguió él—. Así que tenemos que llevar a término el trabajo de acuerdo con nuestras luces.
Gertrud se echó a llorar.
—Haz lo que creas que es mejor —dijo, y salió de la habitación.
Pero cuando iba a marcharme, la encontré esperándome. Me cogió de la mano, me miró a la cara y dijo:
—Vilhelm, tú eres amigo de mi hija. ¿Quieres hacerme un favor? Vigílala. Cuando su padre haya hablado con ella, observa de qué manera afectan sus palabras a la pobre criatura, y cuéntame lo que te diga sobre el particular. Porque bien sabe Dios que a mí no me dirá nada.
Me pareció triste y conmovedor que Gertrud acudiese a mí en busca de ayuda, ya que hasta ahora había estado convencido de que nadie más que ella conocía o comprendía a su hija. Así que le prometí hacer lo que me pedía.
Sin embargo, un par de semanas después me dijo:
—Dios es misericordioso, Vilhelm, o Jens es sabio. Desde que ha hablado con la niña, está cambiada. Ha vuelto a mí, y se porta conmigo igual de cariñosa que cuando era pequeña. Hasta me hace sentirme joven. Incluso me he mirado en el espejo hoy. Puedes reírte, pero era el rostro de una joven el que he visto en él. No sé por qué, pero presiento que esta concordia buena y cariñosa entre nosotras va a durar mientras vivamos.
Se olvidó por completo de preguntarme sobre el particular, como había dicho que haría.
—Pero ¿no es extraño —añadió al cabo de un rato— que no haya hecho una sola pregunta sobre sus verdaderos padres? No sabe que no habríamos podido contestarle.
Alkmene jamás me habló de las explicaciones que había recibido. Pero creo que el párroco, en el curso de su conversación, debió de mencionar el nombre del profesor, porque un día Alkmene me preguntó si le conocía. Le dije que le había visto.
—A mí me gustaría verle también —dijo— alguna vez.
Gertrud se me quejó de que Mene era despreocupada con su ropa, y de que no tenía más cuidado con el vestido de los domingos que ella le había hecho que con las ropas descoloridas de entresemana. Pero un día la niña oyó hablar a nuestra ama de llaves de los preciosos vestidos de mi madre, guardados en un gran cofre del ático, porque mi padre no quería verlos, ni dejaba que nadie se los pusiese. A partir de entonces no me dejó en paz hasta que, un día que mi padre estaba fuera, descerrajé el cofre y los saqué. Alkmene los extendió uno al lado del otro y permaneció largo rato sentada contemplándolos; por último, me pidió que le diese uno. Era un vestido de gruesa seda verde con un dibujo amarillo. Cuando lo veo ahora, me recuerda un poco a un tilo en flor. Me reí de ella y le pregunté si pensaba ponérselo para ir a la iglesia.
—No —dijo; pero se lo pondría alguna vez.
Poco después, una tarde de junio, Gertrud había estado cociendo pan, y Alkmene le pidió permiso para ir conmigo —en aquella ocasión me encontraba pasando las vacaciones de verano en casa— a llevarle un poco a la vieja madame Ravn, viuda de nuestro difunto párroco, que vivía al otro lado del pueblo. Pero cuando íbamos de camino, me dijo que no tenía la menor intención de ir a casa de madame Ravn; quería ponerse el vestido de seda verde e ir a pasear por el bosque y el campo. Guardaba el vestido en una cabaña cercana que pertenecía a una mujer que había trabajado antes en la casa parroquial, pero a la que habían echado porque bebía. Entró allí y poco después salió con el vestido verde y amarillo. No se había peinado ni lavado las manos; sin embargo, no creo haber visto a ninguna mujer más digna y natural que ella, entonces.
Nos internamos en el bosque, y ella iba callada. El vestido le quedaba un poco largo, y le arrastraba por el suelo. Le hablé del nuevo caballo que acababa de comprarme, y de una pelea que había tenido con mi padre. Si nos hubiésemos encontrado con alguien, se habría asombrado y se habría reído al ver a una niña tan magníficamente vestida en un sendero del bosque. Sin embargo, en cierto modo parecía natural que pasease de este modo por allí. El bosque era fresco. Donde el sol bajo daba en el follaje, era todo verde y amarillo como un vestido; y al andar, la seda producía un leve siseo, como un pájaro rezagado en un árbol. Nos topamos con un zorro en el sendero, pero no vimos a ningún ser humano.
Cuando el sol rozaba ya el horizonte, salimos a campo abierto. Aquí había una colina alta. Subimos hasta arriba, y desde allí dominamos una gran perspectiva, en torno nuestro, por encima de las doradas llanuras y marjales, y su esplendor. Alkmene se quedó inmóvil, contemplándolo todo largamente. Su rostro era tan puro y radiante como el aire. Al cabo de un rato aspiró con alegría, y yo pensé en lo ridículas criaturas que son las niñas, que se contentan con estar de pie en lo alto de una colina con un vestido de seda. Más tarde nos sentamos a comernos el pan que Gertrud nos había dado para la vieja viuda. Todavía estaba caliente del horno. Desde entonces, cuando pruebo pan reciente, me acuerdo de aquella tarde en la colina.
Al regresar a la casa parroquial, después de cambiarse Alkmene de vestido en la cabaña, encontramos a Gertrud junto a una vela de sebo, con las gafas puestas, ante un montón de calcetines blancos de la niña que tenía que zurcir. Había zurcido ya bastantes, pero pensé que si tenía que terminarlos todos, le tocaría quedarse hasta altas horas de la noche. Nos sonrió y nos pidió que le diésemos noticias de madame Ravn. Alkmene se situó detrás de ella, la miró, miró los calcetines y me pareció que palidecía.
—Deja que te ayude a zurcir calcetines, madre —dijo.
—No, cariño —dijo Gertrud, y despabiló la vela—. Te has dado una gran caminata y debes irte a acostar.
En el otoño de ese mismo año sucedió algo que tuvo alguna repercusión en mi vida. Una muchacha del pueblo llamada Sidsel y que, dicho sea de paso, era hija de la mujer en cuya cabaña guardaba Alkmene su vestido, tuvo un niño que se murió, y me atribuyeron a mí su paternidad. No creo que fuese cierto, ya que ella no era precisamente un dechado de virtudes. Sin embargo, la gente habló de ello. Mi padre me dijo:
—El niño ha muerto y Sidsel se casará con el guardabosque. Pero no harás el tonto en tu propio pueblo mientras esperas a que la mocita de la casa parroquial sea bastante mayor para ti. Ahora mismo te vas a ir a casa de tu tío de Rugaard, Djursland, a pasar seis meses. Su hija es dos años mayor que tú, y algún día será una muchacha rica. En todo caso, puedes aprender allí algo de agricultura; ya es hora de que sientes cabeza.
Esta última parte del sermón fue injusta conmigo, ya que hasta ahora mi padre se había reído de mí, y me había llamado gañán, cada vez que yo había mostrado interés por los trabajos de la propiedad, que por entonces andaban bastante mal.
No me importó marcharme; pero me pregunté qué pensarían de mí en la casa parroquial. El párroco estaría sumamente decepcionado; porque toda su vida había predicado contra el libertinaje de su parroquia, y dado que yo había sido discípulo suyo tanto tiempo, había llegado a considerarme obra suya. Gertrud quizá me perdonase: ella era una muchacha campesina, y estaba habituada a los modos de comportamiento del campo; aunque se esforzaría en mantener este rumor alejado de Mene, y quizá intentase también mantener a la niña alejada de mí.
Una tarde que mi padre había ido a Vejle, me encontraba yo en la biblioteca sacando libros, cuando se abrió la puerta y apareció Alkmene en el umbral. Nuestra biblioteca está orientada al norte; el sol le daba a Alkmene por detrás, y su pelo brillaba como una llama. Me preguntó:
—¿Es verdad lo que dicen de ti y de Sidsel?
Me quedé sorprendido al verla, ya que nunca había venido sola a la casa de mi padre. Pero me hizo la pregunta con tanta energía que no tuve más remedio que contestar.
—Sí —dije.
Y exclamó:
—¡Cómo te has atrevido, Vilhelm!
Pues bien, era raro, pero hacía algún tiempo que tenía yo una especie de resentimiento contra ella, como si tuviese la culpa de lo que había sucedido. Al ver que empezaba a hablarme con las mismas palabras de la gente mayor, le pedí con pesar que me dejase solo. Pero no hizo caso; entró en la habitación, con la cara encendida de excitación.
—¿Cómo te has atrevido? —volvió a exclamar.
Entonces recordé que, tratándose de ella, por lo general sus palabras significaban exactamente lo que decían. Me di cuenta de que me estaba haciendo una pregunta, quería saber, como solía ocurrir a menudo. No pude por menos de echarme a reír.
—Tal vez —dije— no se necesite tanto valor como puede parecerle a una niña.
Me miró, grave y orgullosa.
—Ahora irás al infierno, ¿no crees? —dijo.
—Todos dicen que voy a ir allí —dije yo—. Mi padre me ha echado de casa; los tuyos no me quieren hablar. Tú y yo, Alkmene, podríamos seguir siendo amigos el tiempo que nos queda.
—¿Te ha echado tu padre? —preguntó—. ¿No tienes casa ahora? Entonces me iré contigo. Podemos ir por los caminos juntos. Y entonces —añadió, y suspiró profundamente— yo haré algo para que no tengamos que mendigar. Aprenderé a bailar.
—No —dije yo—; me voy a Rugaard, a casa de mi tío.
Al oír esto palideció.
—¿Te vas a casa de tu tío? —dijo—. Yo creía que te habían echado para que fueses por el mundo. Creía que nadie había hecho una cosa tan mala como la que has hecho tú.
Yo me estaba poniendo cada vez más contento.
—Pero tú, que has leído historias sobre los dioses griegos —dije—, sabrás que esas cosas han sucedido ya en el mundo.
—No —dijo ella—, no me han vuelto a dejar leer más esos libros. No me quieren decir nada. ¿Qué voy a hacer ahora?
En ese momento vi con claridad que ella y yo nos pertenecíamos mutuamente, y me acerqué para preguntarle:
—¿Me esperarás hasta que vuelva, Alkmene? Entonces nadie nos separará.
Pero pensé en lo joven que era, y me pareció que no había elegido bien el momento. Estaba de pie, delante de mí, retorciéndose las manos.
—¿Me escribirás? —preguntó—. No —se interrumpió—, sólo en los libros recibe cartas la gente. Pero si vuelves a hacer otra vez algo terrible, ¿me lo harás saber por carta?
—Volveré dentro de seis meses —dije—. No me olvides, Alkmene.
—No —dijo ella—, no te olvidaré. Eres mi único amigo. No te olvides tú de Alkmene, Vilhelm —y dicho esto se marchó tan de repente como había venido. Unos días después me fui a Rugaard.
No hablaré de mi vida en Rugaard, ya que esta historia es sobre Alkmene. Las fincas se hallan en Djursland unas cerca de otras. Conocí a muchos jóvenes de mi misma edad, y no pensé mucho en las personas y las cosas de casa. Pero aquí también soñaba con Alkmene.
Cuando llevaba tres meses en Rugaard recibí una carta de mi padre en la que se quejaba de su gota y me pedía que volviese. No le di mucha importancia hasta que recibí otra carta de la misma naturaleza: entonces regresé.
La primera pregunta que mi padre me hizo fue si le había hecho el amor a mi prima de Rugaard. Pareció aliviarse cuando le dije «No»; y se frotó las manos.
—Aquí, en tu antiguo distrito, están ocurriendo cosas —dijo—; ha habido grandes cambios en la casa parroquial.
Le pregunté a qué se refería, y me contestó:
—Será mejor que vayas a averiguarlo por ti mismo.
Al día siguiente fui a pie a la casa parroquial.
El párroco estaba solo; su mujer y su hija habían ido a visitar a un enfermo. Estaba cambiado, tal como mi padre me había adelantado. Le noté grave, absorto en sus meditaciones, y pensé que así debió de ser su aspecto en sus tiempos de juventud, de los que me había hablado. Había olvidado por completo el penoso asunto de Sidsel, y me recibió con afecto. Cuando ya llevábamos hablando un rato sobre otras cuestiones, me dijo:
—Tengo que ponerte al corriente, Vilhelm, de lo que nos ha sucedido aquí, en tu vieja casa parroquial —y pasó a contarme lo ocurrido.
Su amigo el viejo profesor le había escrito poco después de marcharme yo para informarle que su hija adoptiva había heredado —como de costumbre, no podía o no quería decir por qué medios—, como si hubiese entrado, decía en la carta, en la cueva maravillosa de Aladino, de nuestro inmortal Oehlenschlager. Fiel —el profesor era muy aficionado a hablar de fidelidad— al primer trato con ellos, no trataría de convencerle, sino que dejaría a su amigo que decidiera aceptar o no dicha fortuna en nombre de la niña.
El párroco dijo que había pensado el caso antes de tomar una decisión.
—Y es extraño —comentó— que en todo lo que concierne a nuestra hija, parece que mi esposa y yo jamás vemos las cosas de la misma manera. Gertrud no quiere aceptar ese dinero. Ahora bien, si hubiese sido una cantidad más pequeña, probablemente la discusión habría sido al revés: entonces se habría alegrado de ver a la niña segura en la vida, mientras que yo habría preferido que siguiese siendo de nuestra propia posición social, hija de un párroco de pueblo. En cambio así, la inmensidad de esa herencia asusta a mi pobre esposa —el párroco me dio la cifra exacta: ascendía a más de trescientos mil rixdales—. Gertrud no deja de pensar que ese montón de oro debe de proceder necesariamente de una fuente demoníaca. Para mí, también, la cuestión se ha convertido en algo distinto.
Se quedó abstraído un rato en sus pensamientos.
—Jamás —dijo— he ansiado poseer dinero. Ni siquiera en los sueños de mi juventud. He deseado y he rezado por conseguir otras cosas; pero jamás ha sido el oro una tentación para mí. Sin embargo, en este caso, el dinero adopta un cariz nuevo: se convierte en un símbolo. Lo he visto —prosiguió—. He ido a Copenhague; y allí, en el banco, me lo han enseñado. Lo he tocado. Allí duerme, esperando la mano que lo convierta en realidad. ¡Cuánto bien se podría hacer, con una fortuna como esa, en el mundo! Ten en cuenta, Vilhelm, que no ignoro el poder de Mammón. Al tocar ese oro, he reconocido el peligro que encierra. Pero si ha de haber aquí una prueba de fuerza entre Dios y Mammón, ¿debo renunciar a asumir la causa del Señor?
Le pregunté al párroco si Alkmene estaba al tanto de su buena suerte. Sí, contestó; se lo había dicho. Era todavía una niña; le había hecho muy poca impresión; a juzgar por su actitud, parecía como si lo hubiese sabido de toda la vida. La obra era, pues, mucho más sagrada para él, ya que debía emprenderla en nombre de una criatura. Y en efecto, añadió, desde el principio había sabido que por mediación de Alkmene le vendría una gran empresa.
—Y cuando haya muerto —dijo—, seguiré viviendo en sus buenas obras, pues hay una gran fuerza en esa muchacha, Vilhelm.
Su discurso me dio mucho que pensar. Me hizo reír para mis adentros. Pensaba que quizá conocía yo a Alkmene mejor que su padre.
Mi padre, cuando llegué a casa, me interrogó ansioso acerca de mi visita, y le conté casi todo lo que el párroco me había dicho.
—¿Y le has pedido a la muchacha en matrimonio? —preguntó.
—No —dije.
—Eres tonto —dijo mi padre—. Una fortuna como ésa compensa la oscuridad de su cuna; en cierto modo, arroja una luz nueva sobre ella. A cambio, tú puedes ofrecerle tu apellido.
No le contesté; empezó a perorar sobre los méritos de la muchacha como hablan los tratantes de un caballo, y me sorprendió descubrir lo mucho que la había observado, cuando yo creía que no había dedicado un solo pensamiento a la hija del párroco. Al final, le dije que consideraría muy poco elegante por mi parte ir a pedir la mano de Alkmene al enterarme de su herencia, cuando nunca había dado a su familia el menor motivo para que supusiese que podía hacer una cosa así. Mi padre repitió que era tonto, y nos acaloramos en nuestra discusión. Por último declaró que si yo era lo bastante imbécil como para rechazar mi suerte, iría él en persona y la pediría en matrimonio para sí.
Me avergüenza decir que efectivamente lo hizo, y de la manera más estúpida. Mandó aparejar el tiro de cuatro caballos que apenas utilizaba y se fue a la casa parroquial a pedir la mano de Alkmene. Lo que sucedió en la entrevista no lo sé. Puede que mi padre consiguiera explicar con claridad al párroco y a su esposa el motivo de su visita. Pero aun después de su fracaso, siguió estudiando las mejoras y embellecimientos que podían hacerse en sus tierras con el dinero de la muchacha. Me cansaban y aburrían tanto sus desvaríos que me marché otra vez sin haber visto a Gertrud ni a Alkmene.
La siguiente noticia que recibí de casa fue que el párroco había muerto. Hacía muchos años que su salud era frágil; el viaje a Copenhague en pleno invierno le había agotado. Cogió un resfriado que desembocó en una neumonía. En su funeral, me impresionó el profundo pesar que manifestaron todos los feligreses por su párroco. Gertrud, en su gran aflicción y dolor, me habló de su paciencia durante la enfermedad, y cómo, en su lecho de muerte, le había parecido tener una súbita y espléndida revelación, y exclamó que ahora comprendía los caminos del Señor. Me enseñó un periódico que había recibido de Copenhague. Contenía una reseña necrológica de su marido, con tan encendidas alabanzas a su persona y sobre el papel que, de haber tenido ambición, podía haber desempeñado en el escenario del mundo, y sobre su talento en su juventud, que incluso me sorprendió a mí, que tenía un elevado concepto de él. El artículo iba sin firma, pero ella y yo pensamos que lo había escrito su viejo amigo el profesor.
Unos meses después, durante su año de cortesía en la casa parroquial, Gertrud se marchó a visitar a una hermana suya enferma. Mi padre, al mismo tiempo, se había ido a Pyrmont por motivos de su gota. Alkmene se quedó sola en la casa parroquial, como yo en la mansión. Entonces me mandó recado de que fuese a visitarla.
Tenía ahora quince años; estaba alta para su edad, pero delgada, y muy parecida a la primera vez que llegó a la casa parroquial. Me dijo:
—¿Te acuerdas, Vilhelm, de que me prometiste que si alguna vez te pedía un favor importante me lo harías?
Recordé aquella ocasión y le pregunté qué quería de mí.
—Quiero ir a Copenhague —dijo—, y tienes que llevarme. Ha de ser ahora, mientras mi madre está ausente. Pero sólo quiero estar allí un día.
No era una empresa fácil. Con el viaje de ida y vuelta, estaríamos ausentes una semana, y nadie debía vernos. Pero Alkmene estaba decidida, y, puesto que le había dado ya mi palabra, ahora no podía negarme a ayudarla. Pensé también que sería una aventura deliciosa. Así que accedí a lo que me pedía. Primero se marchó ella a Vejle, y allí, de madrugada, me reuní con ella en la parada de la diligencia. Afortunadamente, ni en Vejle ni después nos encontramos, entre los pasajeros, con nadie conocido.
Era el mes de mayo. El campo por el que viajábamos estaba recién desplegado y verde; los bosques daban una sombra suave y delicada. Las madrugadas eran frescas, y todo estaba cubierto de rocío; pero las alondras volaban ya en el cielo. Cuando nos detuvimos en Soro, oímos al ruiseñor en el atardecer primaveral. Ahora que evoco ese viaje me parece que por entonces había decidido casarme con Alkmene, si ella accedía; porque iba sumamente preocupado por su buen nombre. En todas partes decía que la preciosa muchacha era mi hermana, y no había nada en nuestra actitud que hiciese dudar a la gente de mi palabra. Pero yo tenía el corazón inundado de un placer y una emoción más grandes que los de un hermano. Pensaba que jamás había sido feliz hasta ahora. Imaginaba cómo en el futuro viajaríamos juntos a menudo. La muchacha acogía los rápidos cambios de escenario con la avidez de un niño. El mar en especial, cuando cruzamos el Gran Belt al segundo día, con sol y una brisa ligera, la llenó de asombro y alegría. Sólo el misterio de nuestro destino, y algo que asomaba a veces a su semblante, me producían una vaga inquietud.
Yo había estado en Copenhague más de una vez. Antes de llegar había hecho las reservas en el hotel donde íbamos a alojarnos. Era un establecimiento tranquilo. Entramos en la ciudad por la tarde. Alkmene iba mirando a la gente de la calle y los vestidos de las mujeres, pero no decía nada.
Después de cenar en el hotel, le pedí que me contase por qué había ido a Copenhague. Entonces ella sacó de su bolsa el periódico que Gertrud me había enseñado tras la muerte del párroco y dijo:
—He venido per esto.
En la última página había una noticia sobre un famoso asesino llamado Ole Sjaelsmark, al que iban a ejecutar en el terreno comunal del norte de Copenhague. El periódico informaba que el público tendría acceso a la ejecución. También daba la fecha y la hora: era a la mañana siguiente.
Al leer la noticia, un miedo tremendo se apoderó de mí. Vi y comprendí claramente que las fuerzas entre las que me había estado moviendo eran más poderosas y formidables de lo que yo había sospechado, y que mi propio mundo podía estar a punto de hundirse bajo mis pies. Le dije a la muchacha:
—Será una escena horrible. Mucha gente sostiene que es una costumbre bárbara dejar que la multitud convierta en diversión el suplicio y la muerte de un hombre, por espantosas que sean las cosas que haya hecho.
—No —dijo ella—; no es una diversión. Es una advertencia a los que pueden estar a punto de hacer lo mismo; a los que ninguna otra cosa les puede advertir, el ver la muerte de este hombre les contendrá de llegar a ser como él. Mi padre —prosiguió— me leyó una vez un poema sobre una niña a la que la cortaron la cabeza. Recuerdo lo que decía:
Sobre cada cabeza ha temblado
la hoja que ahora tiembla sobre la mía.
»Pues únicamente Dios lo sabe todo —dijo—. Y ¿quién puede decir de sí mismo: "De esa acción jamás podría yo haber sido culpable"?
Por la madrugada nos dirigimos Alkmene y yo en coche al terreno comunal del norte, que estaba bastante lejos. Junto al patíbulo había reunida ya una gran multitud, la mayoría gente tosca y vulgar; pero había entre ella muchas mujeres, algunas de las cuales habían llevado incluso a sus hijos. Al abrirnos paso entre la muchedumbre, se quedaban mirando a la grácil y mortalmente pálida muchacha que yo llevaba del brazo. Pero a continuación volvían los ojos otra vez hacia donde se alzaba la espantosa construcción, con el verdugo y su ayudante ya esperando.
Cuando la carreta, con el condenado y el capellán de la prisión, se acercaba despacio por encima de las cabezas de la gente, Alkmene se puso a temblar tan violentamente que la rodeé con mis brazos; lo cual, aunque me sentía aterrado y sobrecogido, me produjo un dulce contento. El asesino pasó sentado con la cara vuelta hacia nosotros. Por un instante, me pareció que sus ojos buscaban el rostro de la muchacha. El capellán subió al patíbulo con él, y allí le cogió la mano y le habló, antes de mandarle que se arrodillase delante del tajo; luego se hizo atrás para dejar que el verdugo ocupase su sitio. Un instante después cayó el hacha.
Pensé que Alkmene se desmayaría, pero se mantuvo de pie. La multitud se agolpó ahora alrededor del patíbulo, muchos de ellos para mojar trozos de tela en la sangre, que según la creencia popular curaba la epilepsia; pero nosotros nos marchamos.
Yo no había dormido esa noche, y el espantoso espectáculo me había puesto de punta los pelos de la cabeza. Iba sosteniendo a la muchacha, pero no encontraba qué decirle. En nuestro camino de regreso, mientras se hacía más de día, me acordé de los planes que me había hecho durante el viaje de enseñarle la ciudad, y me reí de mi penoso papel: era un asno. No obstante, le dije que antes de marcharnos —pues le había prometido llevarla de regreso esa misma tarde— debíamos ver el palacio real. Así que dejamos nuestro carruaje en la casa de alquiler de coches y nos dirigimos allí a pie. No pude por menos de observar lo bien que iba ella por la calle, con qué gracia y dignidad andaba, con su sombrero y su vestido pueblerinos. Y al detenernos ante el palacio, y verla contemplarlo gravemente, pensé que había nacido para vivir en un lugar como aquél.
Estando allí, pasó un anciano con un gran ramo en la mano, miró a la muchacha, y cuando se había alejado ya un trecho, dio media vuelta y volvió a pasar y a mirarla. Le reconocí, aunque estaba muy viejo y encorvado, e iba teñido y pintado: era el profesor. Observé que nos seguía a cierta distancia por las calles; y cuando entramos en el hotel, se quedó enfrente, mirando hacia todas las ventanas. Pensé: «Ahora irá a llevarle el ramo a quien sea, y luego volverá. Pero entonces, como le he prometido a Alkmene, ya nos habremos ido.»
En el hotel me encontré casualmente con un conocido que me habló de un barco que zarpaba para Vejle esa misma tarde. Pensé que sería más fácil hacer el viaje por mar; además, no me apetecía regresar por el mismo camino que habíamos hecho de ida. Así que, al marcharnos del hotel, nos dirigimos al puerto.
Tuvimos una agradable tarde de primavera, con un suave vientecillo del sur, durante nuestra travesía hasta el Sound. Íbamos sentados en cubierta contemplando la costa; vimos surgir unas cuantas luces en los litorales sueco y danés, y seguimos allí casi toda la noche. Alkmene se había quitado el sombrero y se había atado el chal alrededor de la cabeza. Cuando pasamos frente a Elsinore y el castillo de Kronborg, salió la luna.
Le dije:
—Alkmene, he pensado que podríamos unir completamente nuestras vidas.
—¿Eso has pensado? —dijo ella—. Pues ahora ya es tarde para hablar de eso.
—Nunca ha habido nada, en realidad, que me hiciera dudar que fuera factible —dije.
—No —dijo ella—; ahora he aprendido que hay muchas maneras de ver las cosas. Tú hablas de mi vida ahora. Pero antes, cuando era el momento, no intentaste aprovecharlo.
—Sin embargo, quiero preguntarte una cosa —dije—. ¿Sabías que te he querido desde siempre?
—¿Que me has querido? —dijo ella—. Todos querían a Alkmene. Tú no la ayudaste. ¿No sabes, no supiste siempre, que todos se ponían en su contra, todos?
Medité un momento sus palabras.
—Para mí, no era en serio —dije—; lo hacían sólo por bromear. Creo incluso que lo sentía por ellos. Siempre pensé que eras la más fuerte.
—Sí, pero no era así —dijo ella—. Eran ellos los más fuertes. No podía ser de otra manera, cuando eran tan buenos y cuando siempre tenían razón. Alkmene estaba sola. Y cuando se murieron, y la obligaron a presenciarlo, ya no pudo volver a levantarse más contra ellos. Alkmene no pudo encontrar otra salida que morir también.
Se quedó callada, inmóvil; parecía muy pequeñita en la cubierta del barco.
—¿Y no te sale, siquiera —me preguntó—, decir ahora «pobre Alkmene»?
Lo intenté, pero no me salió.
—¿Recordarás —le pregunté por fin— que soy tu amigo?
—Sí —dijo—, siempre recordaré que me has llevado a Copenhague, Vilhelm. Has sido muy bueno.
La dejé en su casa a los dos días, y nadie de la parroquia pensó sino que había estado con sus amigos de Vejle todo el tiempo.
Poco después, mi padre me escribió diciendo que me reuniese con él en Pyrmont, dado que estaba enfermo y no se atrevía a emprender el viaje de regreso solo. Pensé que no tenía nada que hacer en Norholm; así que fui. En Pyrmont, mi padre y yo tuvimos sendas cartas de Gertrud, en las que nos comunicaba su decisión de dejar la casa parroquial antes de finalizar su año de cortesía. Pues su hija había comprado tierras en la región oeste con una pequeña granja para criar ovejas. Gertrud no era ninguna gran escritora de cartas. A mi padre le escribía en tono humilde y agradecido. Pero en mi carta leí, entre líneas, una demanda de explicación: ¿por qué las cosas habían tomado el curso que habían tomado? Había, también, una angustia muda, como si, en el fondo, tuviese miedo de abandonar su casa y salir al mundo a solas con su hija. No veía yo cómo podía tranquilizarla. Le contesté, le di las gracias por su amabilidad conmigo durante tantos años y me despedí.
No me queda mucho más que contar de esta historia sobre Alkmene.
Dieciséis años después de nuestro viaje a Copenhague, una cuestión de negocios me llevó al oeste, a la región donde se encontraba la granja de Alkmene. Mi camino pasaba cerca de ella. Pensé que podía visitarla, y tomé el estrecho e incómodo camino hasta la casa.
Iba por un paisaje extenso, solitario, con marjales, charcas y largas colinas. Era un día de finales de agosto; las nubes estaban bajas; había llovido, pero hacia el atardecer se levantó viento, y la puesta de sol era espléndida. En el camino me crucé con una carreta tirada por bueyes y cargada de sacos; supuse que serían lana de Alkmene. La granja, cuando llegué, tenía un enorme granero y algunos establos, con varios almiares alrededor. La casa propiamente dicha era un edificio largo, bajo y con techumbre de paja. Todo estaba meticulosamente ordenado, aunque era muy pobre. Un viejo y algunos niños se quedaron mirándome, como si fuese raro ver visitas por allí. Al llegar con mi coche ante la puerta, salió del establo una campesina con los pies descalzos y un pañuelo alrededor de la cabeza: era la propia Gertrud.
Gertrud había envejecido. Ya no tenía la cintura esbelta y el busto redondo, sino que era ancha como un montón de leña. Tenía la cara huesuda y curtida, como si todas sus pequeñas pecas se hubiesen fundido en una sola, y había perdido un diente o dos. Pero aún era de pies ligeros y ojos claros, una vieja granjera tiesa y cordial.
En la casa solitaria, cualquier visita habría sido bien acogida; pero al verme, Gertrud se alegró como si fuese su hijo. Estaba sola en la granja, me dijo. Alkmene había ido a Ringkobing a llevar lana y meter dinero en el banco... en efecto, debí de cruzarme con ella en el camino. Me hizo pasar a la mejor habitación, que evidentemente no se utilizaba jamás, y fue a hacer café, el cual sacó con aire solemne de una cajita secreta que guardaba detrás del armario. Mientras esperaba, eché una mirada a mi alrededor. Todo estaba limpio, aunque era muy pobre. Pensé en el pasado, en la niña que había conocido entonces, y me invadió una especie de terror.
Durante nuestro café, hablamos de los viejos tiempos. Gertrud guardaba un recuerdo vivo de las personas y los lugares, pero los acontecimientos se le habían vuelto borrosos. Confundía su orden sucesivo, como si hiciese mucho tiempo que no los recordara ni hablara de ellos. Me preguntó si me había casado. Le dije que había estado prometido con mi prima de Rugaard, pero que al morir mi padre acordamos romper nuestro compromiso.
Después, nos pusimos a hablar de la granja y de las ovejas. Me pidió consejo a propósito de una oveja enferma, acordándose de cómo había atendido la vaca de la casa parroquial. Les iba bien a ella y a la hija, dijo, después de unos primeros años en que habían cometido errores y las habían engañado. Habían aumentado el ganado, y cada mes Alkmene iba a Ringkobing a meter dinero en el banco. Pero aún seguían trabajando con tesón, de sol a sol, sin permitirse malgastar nada. Encontraban muy poca ayuda en el viejo que tenían como único peón. Gertrud se animó hablando de sus ovejas; le asomaban dos rosas en las mejillas, y empleaba un lenguaje atrevido, directo, que yo no le había oído antes. Pensé que las ovejas y el paisaje habían devuelto a Gertrud a su niñez y adolescencia, y que me encontraba, en realidad, ante la joven campesina de la que mi antiguo preceptor se había enamorado. En este sentido, también, su hija había ocupado el lugar de su madre; hasta el punto de permitirse el pequeño engaño, cuando la tenía de espaldas, de la cajita secreta de café.
Había oído hablar mucho de la tacañería de Alkmene. Durante estos dieciséis años, la rica mujer de la granja solitaria se había convertido en una especie de mito en la región, y la gente le tenía un poco de miedo: pensaban que estaba loca. Todo cuanto me rodeaba aquí confirmaba dichos rumores. Entonces me di cuenta de lo viejos que nos habíamos hecho: el mundo me parecía un lugar infinitamente triste, y me pregunté, a la vez con tristeza y humor, si no encontraría Gertrud buena intención, y algo que hacer, también, en el infierno.
Le pregunté a Gertrud qué pensaban hacer con el dinero que ahorraban cada mes. Gertrud eludió la pregunta con indulgencia, como si yo fuese un niño.
—Habría estado muy bien que mi pobre padre hubiese tenido ese dinero en el banco, ¿verdad? —dijo.
Cuando, al cabo de un rato, volví a la carga, decidió sermonearme un poco:
—El mundo es, desde luego, un lugar peligroso, Vilhelm —dijo—; y ¿qué otra cosa encontraremos mejor en él que el trabajo duro y honrado que el Señor nos ha mandado que hagamos? No debemos preguntar.
Sin embargo, mi comentario había tocado un tema al que ella concedía, quizá sin proponérselo, mucha importancia. Se quedó meditando, y al cabo de un rato me confesó que Mene era demasiado austera para sí misma, y muy benévola para con su madre. No pude por menos de coincidir con ella; pero le dije que era demasiado severa consigo misma.
Gertrud me miró; la red de delicadas arrugas de su cara se contrajo. En sus ojos brillaron un momento dos lágrimas menudas. Me cogió la mano y me la apretó.
—¿Sabes una cosa, Vilhelm? —dijo—. ¡No lleva camisa!


En la ventana abierta en el muro de brazas de espesor había una estrellita que brillaba en el cielo pálido de la noche veraniega. La quietud de esta estrella inquietaba al rey: no podía dormir.
Los ruiseñores, que durante todo el crepúsculo habían llenado el bosque con sus cantos exuberantes y entusiastas, hacía unas horas que habían callado. No se oía un rumor por ninguna parte. Pero de los grupos de árboles que había alrededor del castillo llegaba, a través de la ventana abierta, la fragancia fresca, húmeda del follaje: traía todo el mundo de la floresta a la alcoba del rey. El pensamiento de éste vagaba sin trabas y sin rumbo por aquella tierra plateada: veía al ciervo y al gamo plácidamente tumbados entre los grandes árboles; y con el pensamiento, sin arco ni flechas, y sin el menor deseo de matar, se acercaba a ellos. Aquí, quizá, la blanca cierva estaba ahora paciendo, y no era verdaderamente una cierva, sino una doncella con piel de cierva y pezuñas de oro. Más lejos, en las profundidades del bosque, el dragón dormía en un valle con su cuello escamoso y terrible debajo del ala, y agitando débilmente su cola poderosa en la yerba mojada.
El espíritu del rey estaba extrañamente conmovido y desasosegado: una tristeza le dominaba; y sin embargo, jamás se había sentido tan fuerte. Era como si su propia fuerza pesara sobre él, y le agobiara.
El rey pensó muchas cosas, y recordó cómo, hacía diez años, cuando tenía él diecisiete, se había encontrado con el Judío Errante en la ciudad de Ribe. El padre Anders, su confesor, le había dicho que el viejo proscrito de mil doscientos años había llegado a Ribe y le había mandado llamar. Pero cuando el anciano, decrépito y terroso Ahasuerus, con su negro caftán, cayó de bruces ante él, se disipó aquella ira terrible que había agitado su corazón contra el hombre que se había burlado del Señor; se quedó mirándole, lleno de asombro:
—¿Eres tú el Zapatero de Jerusalén? —le preguntó.
—Sí, sí; ése soy —respondió el judío, y suspiró hondamente—. En otro tiempo fui zapatero de la gran ciudad de Jerusalén. Hacía zapatos y sandalias para los ricos burgueses y también para los romanos. Una vez hice un par de zapatillas para la esposa del gobernador Poncio Pilato que llevaban engastadas encima del dedo gordo crisoprasas y rosas.
Ahora, el rey volvió a sentir, como si no hubiese pasado el tiempo, y con la misma nitidez de aquel día en Ribe, la infinita soledad del viejo Errante. Pero esta noche habían cambiado las cosas, y se habían vuelto reales para él en un sentido nuevo: él mismo era Ahasuerus. ¡Cuánta gente, desde entonces, había muerto a su alrededor! Habían caído en batalla caballeros esforzados, habían desaparecido alegres amigos de su juventud y hermosas damas... todos se habían ido como notas pulsadas en un laúd. Recordó al viejo bufón del rey, con cascabeles en el gorro, y lo alegre que saltaba arriba y abajo de la mesa al tiempo que remedaba a los grandes señores de la corte. Hacía ya muchos años que había muerto, y que el rey ni siquiera pensaba en él. A menudo se había enfrentado con la mirada del ciervo acorralado y exhausto al clavarle el cuchillo en el corazón y hacerlo girar: de los ojos limpios del animal brotaban lágrimas. Pero el rey no podía, no sabía decir, si él moriría alguna vez.
Una brisa ligera recorrió la yerba y las copas de los árboles en el exterior; los tapices, junto a la ventana, susurraron levemente; en la oscuridad, no podía distinguir las figuras de hombres y animales representados en ellos, pero sabía que se moverían como si su procesión avanzase a lo largo del muro.
Los pensamientos del rey siguieron desfilando sin encontrar solaz en ninguna parte. Recordó cómo, en los viejos tiempos, se le llenaba el corazón de placer ante la idea de la caza y el baile, los torneos, la venganza, los amigos y las mujeres. Lentamente, fue pensando en todo ello. Pero ¿en dónde iban ahora a buscar el vino que debía alegrarle? Ningún ser humano tenía poder para escanciárselo. Estaba tan solo en su reino de Dinamarca como cuando dormía y se sumergía en sus sueños. Hacía poco, había sostenido una larga y enconada lucha con sus poderosos vasallos, y había gozado pensando en la humillación infligida a todos ellos; no era el éxtasis, la miel en los labios de los tiempos pasados; pero para él había sido un juego que había merecido la pena jugar. Ahora, en el abrazo profundo, fresco, silencioso de la noche, y en presencia de aquella estrella de plata, las pruebas de fuerza con sus vasallos no eran ya sino vanidad, pasatiempo infantil. Las grandes fuerzas que había dentro de él exigían empresas más poderosas y tareas más completas. Pensó en las mujeres de su corte, con sus cuellos de cisne, que danzaban en el piso de su castillo. Le gustaba verlas bailar y oírlas cantar: en otro tiempo había encontrado placer en sus cuerpos hermosos, cuando las tenía desnudas en sus brazos; pero con ninguna de ellas habría yacido esta noche su corazón.
El rey se afligió por su querida alma, a la que no podía alegrar. Este ardiente amor a su propia alma venía de su juventud; le recordaba noches primaverales de otros tiempos. Entonces no había sido sino mero anhelo de adolescente; ahora que conocía el mundo, le recorrió un profundo dolor. En la tierra, su alma no tenía amigos. Todos los demás seres humanos, sus campesinos y barones, sus soldados y sus hombres de ciencia, tenían a sus iguales en quienes confiar y con quienes alegrarse; pero ¿quién podía alegrar el alma de un rey? El rey elevó sus pensamientos al Dios de los cielos. Debía de estar tan solo como él; o más aún, puesto que era un rey más grande.
Volvió a mirar a la estrella, tan alta y pura como un diamante.
Ave Stella Maris —suspiró—, Dei mater alma.
De todas las mujeres que habían existido en el mundo, sólo la Virgen conocería y valoraría su corazón, y apreciaría graciosamente su adoración.
Aquel viejo judío, pensó, debió de ver a la Virgen; y podía habérsela descrito, de haberle interrogado. Si él hubiese nacido tantos cientos de años antes, habría podido viajar también a Tierra Santa, y ver a María con sus propios ojos. ¿Habría sido, entonces, el joven rey de Dinamarca, un rival del viejo Rey de los Cielos?
—No, no, Señor —murmuró—. Me habría contentado con llevar su guante sobre mi yelmo. Con mi lanza bajada, me habría contentado con hacer caminar a mi caballo, alto y gris y cubierto de malla, al lado de su asno por aquel camino de Egipto. Tú mismo me habrías sonreído.
Qué perfecto sería, pensó el rey, el entendimiento entre el Señor y él, qué dulce y amable su concordia, si estuviesen ellos solos en el mundo, sin otros seres humanos que oscurecieran la comprensión con su vanidad, su ambición y su envidia. «Oh, Señor, ya es hora», pensó el rey, «de que me aleje de ellos; de que aparte a todo el que obstruye el camino de la felicidad de mi alma. En eso sólo pensaré. Quiero salvar mi alma; quiero sentirla alegrarse otra vez».
En ese momento, fue para él como si una campana repicase en la noche de verano, y no la pudiese oír nadie más que él. Las ondas de sonido le envolvían como el mar al que se está ahogando. El rey se puso de rodillas sobre su cama y alzó su rostro. Lo comprendió y lo supo todo. Se dio cuenta de que su soledad era su fuerza, pues él era todo el mundo.
El sonido se retiró. Mucho rato después, mientras yacía aún con las manos entrelazadas sobre el pecho, advirtió el rey, por la palidez del cielo, que no tardaría en amanecer. La estrella que había visto al principio se había elevado hasta el marco de la ventana. Una corriente fría recorrió el mundo, de manera que se subió la colcha de seda hasta la barbilla; estaba cayendo el rocío. Oyó los tres o cuatro primeros trinos del verderón en la copa de un árbol; poco después le imitaron otros pájaros; al poco rato cantó el cuco en el bosque. El rey se quedó dormido.
Por la mañana, cuando llegaron sus ayudas de cámara a despertarle y vestirle, llovía. Ya despierto, pensó en Granze, el viejo esclavo wendo de su padre. Quizá había soñado con él durante el último período de sueño ligero de la noche, y el sueño lo había propiciado el ruido de la lluvia, pues aún sonaba en sus oídos el susurro de las olas corriendo sobre los guijarros. Este viejo esclavo de su padre había sido traído a Dinamarca de la isla de Rugen, cuando era niño, por el gran obispo Absalón. No había conocido a nadie de su propia tribu en toda su vida. Era tan viejo como el mar; pero entre los wendos, pensó el rey, los años no contaban como entre las gentes cristianas: vivían eternamente. Hacía veinte años, el esclavo había sido su mejor amigo. Habían pasado juntos muchos días en la costa, y el wendo le había enseñado a calar nasas y arponear anguilas a la luz de una antorcha. Ahora hacía tiempo ya que no se veían. Pero él sabía que el viejo ermitaño aún vivía, y habitaba en una cabaña junto al mar. Iría a caballo a visitar al esclavo otra vez, pensó. Granze había sido el principio de su vida, según recordaba: era conveniente ir a verle ahora otra vez. El wendo sabía muchas cosas que los súbditos daneses del rey ignoraban.
El rey tenía presentes todos sus pensamientos de la noche; era fuerte, sosegado, tranquilo. Pero a la luz del día dejó de demorarse en ellos. No meditó más: conocía el camino. Sí, él mismo era el camino, la verdad y la vida.
Dejó que su ayuda de cámara le pusiese su grueso manto, de ricos pliegues y color herrumbre y azul, bordado con hojas y pájaros, sobre los hombros. Pero mientras el paje le abrochaba las espuelas, le llegó noticia de que el sacerdote Sune Pedersen acababa de llegar de París. Le pareció buen augurio. Le mandó llamar. Sune Pedersen pertenecía a la familia Hvide, clan testarudo en cuyo seno se encontraban muchos de los más osados adversarios del rey. Pero el rey y Sune, de niños, habían aprendido juntos las primeras letras. Sune había sido media cabeza más bajo que el príncipe; pero le había igualado en el arco, la equitación y la cetrería, y se había mostrado un alumno inteligente y despierto. Era fiel a sus amigos y no le tenía miedo a nada. Ahora había pasado cinco años en París estudiando, y el rey había tenido periódicamente noticias de sus progresos y de sus excelentes perspectivas allí.
Entró Sune, todavía con sus ropas negras de viaje, mitad de clérigo y mitad de caballero, e hincó una rodilla ante el rey; pero el rey le levantó y le besó en ambas mejillas. Sune Pedersen era un joven sacerdote, franco y elegante, de manos blancas. Le sentaban bien sus ropas; en su boca pequeña, encendida, fresca, había una alegre sonrisa. Tenía una voz melodiosa, y hablaba con su viejo y sencillo acento danés; sólo de vez en cuando introducía una palabra francesa en su discurso. Comenzó felicitando al rey por las mejoras hechas en las iglesias de Dinamarca, y le transmitió saludos de los grandes prelados de París. Era portador de un presente para el rey de parte de Mattieu de Vendôme: una reliquia engastada en una cruz de oro; aunque debía entregárselo más adelante, en presencia de los dignatarios de la Iglesia de Dinamarca.
Mientras hablaban, entró el primer secretario del rey con una lista de los señores y clérigos que esperaban para verle. El rey recorrió el papel con la mirada. Estos eran los hombres que habían turbado la paz de su alma, y se habían opuesto a la voluntad del rey de Dinamarca. ¿Por qué lo había permitido? Le recorrió un ligero dolor, como si hubiese dejado que un tosco mozo de cuadra montase un noble corcel. Durante un rato permaneció sumido en sus pensamientos. Este papel catalogaba una serie de cabezas orgullosas de Dinamarca. Sin embargo, era posible doblegarlas, era posible hacerlas caer. Devolvió el papel al escribiente y mandó que les comunicase que no vería a nadie hoy: iba a salir a caballo. La reina envió recado por su chambelán: estaba preocupada porque su perrito predilecto se había puesto enfermo, y rogaba al rey que fuese a verlo. El rey replicó que iría al día siguiente.
El rey pidió a Sune que le acompañase. Sune conocía a Granze desde los viejos tiempos, y sonrió al recordarle. El rey también sonrió. Los recuerdos que compartía con Sune, pensó, eran siempre brillantes, como si estuviesen claramente iluminados; los relacionados con el wendo pertenecían a los primeros tiempos, cuando apenas tenía conciencia de sí mismo o del mundo. Se agitaban confusamente en la oscuridad, y olían a algas y moluscos. La sonrisa se demoró en su rostro mientras dejaba vagar sus pensamientos. Si tuviese que condenar a muerte a uno de los dos, ¿qué cabeza caería, el cráneo viejo y nudoso, o esta cabeza joven y graciosamente tonsurada? Preguntó a Sune si deseaba un caballo manso para él. Sune replicó que aún se atrevía a montar sobre cualquier corcel de las cuadras del rey. Pero traía consigo caballos nuevos. No venía directamente de Francia, sino que había pasado por Jutlandia para visitar a sus parientes. El rey arrugó el ceño, y luego volvió a sonreír. Poco después, el rey y Sune cruzaron montados a caballo el patio y la puerta del castillo, y el centinela de la galería hizo sonar un cuerno. Tres ayudas de cámara, el criado de Sune y un mozo de los perros marchaban tras ellos; en cambio, el rey dejó que Blanzeflor, su perra cazadora favorita, corriese junto a su estribo.
Atravesaron el bosque. En los árboles goteantes de humedad, las hojas jóvenes eran todavía suaves y blandas, plateadas, menos hojas que pétalos, y se mecían en el aire de la floresta como algas de las profundidades. Bajo la copa de los árboles, el camino estaba inundado de una claridad traslúcida, y de la viva, amarga fragancia del follaje fresco y las flores de los álamos y los arces. En la fina llovizna, los pájaros cantaban por todas partes; la tórtola arrullaba en las ramas altas al pasar ellos por debajo. Un zorro cruzó el serpeante camino, delante de ellos; se detuvo un segundo, miró a los jinetes, con el rabo hacia abajo, y luego desapareció entre los helechos mojados como una pequeña llamarada roja que se apaga.
El rey preguntó a Sune Pedersen sobre la vida en París, y Sune contestó con alegría y desenfado. La universidad, dijo, no tenía quizá el mismo esplendor de hacía cien años, en los tiempos de Abelardo y de Pedro de Lombardía; pero aún dominaba allí el espíritu de estos hombres y resplandecía con él. Mientras no se haya estado en París, prosiguió, no se puede saber cabalmente lo que es caminar a la luz, al resplandor de las grandes ciencias y las artes. Además, la independencia de la universidad había sido confirmada recientemente por la bula papal Parens Scientiarum. A continuación se refirió al rey de Francia y su corte. El rey Felipe era un extraordinario cazador. El propio Sune, junto con un joven y noble sacerdote inglés amigo suyo, había estado en el castillo real de St. Germain, y había presenciado allí una cacería. Describió con detalle la persecución, los caballos y los perros. Las damas francesas, dijo, eran tan intrépidas en la silla como los hombres. ¿Era cierto, le preguntó el rey, lo que se decía de la belleza de las damas de Francia? Sí, replicó Sune, pues hasta donde podía saber un eclesiástico sobre esa cuestión, eran hermosas, nobles, piadosas y elegantes, dulces como melodías en sus modales y su conversación. Por encima de todas ellas resplandecía un lirio blanco: la reina María de Brabante. Tenía mucha influencia sobre el rey, su esposo, e iba a acabar, así lo esperaban todos, con el escandaloso poder de Pierre la Brosse, a quien el rey prodigaba tierras y honores. Pierre le pagaba muy mal, pues se decía que había intentado envenenar al joven príncipe Luis, hijo primogénito del rey.
—Así es como se comporta el mundo —dijo el rey—. La fidelidad, si es que existe, es algo que raramente encuentra un rey.
—En efecto, así es, mi señor —dijo Sune—. ¿Qué lealtad encontrará el rey de Francia mientras conceda sus favores a un siervo, el barbero de su padre, antes que a sus vasallos naturales?
Nuevamente habló Sune de las iglesias de París. Describió al rey la Sainte Chapelle, construida por el rey Luis. Era verdaderamente santa y gloriosa como el paraíso. Una tristeza se apoderó de Sune mientras hablaba. Dejó de hablar, y cabalgó en silencio. Este bosque verde de Sealand... lo había visto en sus sueños muchas veces, y lo había considerado más hermoso que todas las catedrales de Francia. Sin embargo, ahora que lo recorría otra vez a caballo, bajo una lluvia mansa, su corazón le hacía dudar: añoró París, y algo que no tenía aquí. Repitió:
—Como el paraíso.
—Dime, Sune —dijo el rey—. ¿Es voluntad del Señor que la humanidad no pueda ser feliz, sino que anhele siempre cosas que no tiene, y que, tal vez, no se encuentran en ninguna parte? Los animales y los pájaros viven a gusto en este mundo. ¿No puede ser, entonces, igual de bueno para los seres humanos a los que Dios ha puesto en él: los campesinos que se quejan de su duro destino, los grandes señores que nunca tienen bastante, y los jóvenes sacerdotes que añoran el paraíso en los bosques verdes? ¿No podría el hombre (no podría, al menos, uno de todos ellos) estar en tal relación con el Señor como para decirle: «He resuelto el enigma de nuestra vida, he hecho este mundo mío, y soy feliz en él»?
—Mi señor —dijo Sune, y mientras hablaba palmeó el cuello de su caballo—, ése es el viejo lamento de la humanidad. Durante mil años, los hombres se han quejado al Dios del cielo, diciéndole: «Has hecho el mundo, oh Señor, y has hecho al hombre; pero no sabes cómo establecer nuestra unión. No podemos conciliar las condiciones del mundo con la naturaleza de nuestros corazones, tal como Tú mismo los has creado dentro de nosotros. No encontramos aquí la paz, ni la justicia, ni la felicidad que anhelamos. Es un cisma eterno, y no podemos soportarlo más. Revélanos, al menos, Tu plan respecto al mundo y a nosotros; danos la solución al enigma de esta vida.» Lograron hacerse oír por el Señor. Meditó su queja, y preguntó a los ángeles buenos que son enviados a vigilar los caminos del hombre: «¿Es, efectivamente, tan duro para mi pueblo de la tierra como él afirma?» Y los ángeles contestaron: «En efecto, es duro para tu pueblo de la tierra.» El Señor pensó: «Es arriesgado fiarse de los informes de los siervos. Siento compasión por el hombre. Bajaré y lo comprobaré por mí mismo.» Y Dios adoptó la forma y semejanza del hombre, y bajó a la tierra. Por lo cual se alegraron los ángeles, y se dijeron: «Mirad, el Señor se ha compadecido del hombre. Ahora mostrará por fin a esos pobres e ignorantes mortales la manera de vivir en armonía, y de ser felices y dichosos allí como lo somos aquí en el cielo. Ya no veremos más lágrimas en nuestros caminos terrenales.» Pasaron treinta y tres años, que para los habitantes del paraíso no fueron sino una hora. Y ascendió el Señor otra vez a su trono, y convocó a sus ángeles en torno suyo, que acudieron volando de todas partes, ansiosos de noticias. El Señor parecía joven, resplandeciente y grave como jamás le habían visto; alzó la mano para hablar y los ángeles vieron que la tenía agujereada. «Sí, he vuelto de la tierra, mis queridos ángeles», dijo; «y ahora conozco las condiciones de vida del hombre; nadie las conoce mejor que yo. Me había compadecido del hombre, y había decidido ayudarle. No he descansado hasta cumplir mi promesa. Ahora he conciliado el corazón humano con las condiciones de la tierra. He mostrado a esa pobre e ignorante criatura el camino para llegar a ser injuriada y perseguida; le he enseñado cómo hacerse escupir y azotar; le he enseñado cómo hacerse colgar de una cruz. He dado al hombre la solución a su enigma como me pedía, le he confiado su propia salvación».
El rey, al principio, no había prestado atención, ya que cabalgaba abstraído en sus propios pensamientos. A medida que Sune avanzaba en su monólogo, empero, empezó a escuchar a medias, riéndose para sus adentros. Bien se veía, pensó, que Sune había visitado a sus parientes, grandes vasallos suyos, de Mollerup y de Hald: este pequeño y joven teólogo, compañero de estudios, pretendía demostrar al rey de Dinamarca que la humildad es una virtud divina. Así se comportan los amigos: cabalgan a tu lado, pero guardan sus propias intenciones en el corazón. Pero la voz de Sune, que seguía hablando, llegaba dulcemente modulada, meliflua, contenida, agradable, a los oídos del rey. Éste pensó: «No haré ningún daño a Sune. Al contrario, no le dejaré que vuelva a París; le tendré conmigo para que me cuente historias como no se las oigo a nadie más. Conservaré a mi lado a Granze y a él, ¡y me servirán los dos!»
—Sin embargo —dijo el rey pensativo, cuando Sune hubo concluido su historia—, en mi opinión, el Señor no ha probado suficientemente las condiciones del hombre. ¿Por qué estuvo sólo entre carpinteros y pescadores? Una vez que bajó, podía haber probado la situación de un gran señor, de un rey. No puede decirse que tenga un conocimiento completo del mundo, dado que no ha montado a caballo. ¿Es posible que haya olvidado con el tiempo que Él mismo creó el caballo, el ciervo, el león, el hierro, la dulce música, la seda?
Mientras cabalgaban, el bosque se había ido volviendo más bajo y claro a su alrededor, a los robles y los arces les sucedieron delgados abedules torcidos por el viento. Aquí y allá, en los claros, crecían matas de brezo; por último, el camino se convirtió en sendero arenoso. La lluvia había cesado. Llegaron al final del bosque y emprendieron un medio galope por un prado con algunos espinos dispersos y nudosos. Una pareja de cuervos que paseaban tranquilamente por la yerba baja alzó el vuelo ante la presencia de los jinetes. Delante de ellos vieron una hilera de lomas bajas e irregulares; las coronaron, y descubrieron una perspectiva de mar abierto.
El rey detuvo su caballo y se quedó mirando. El aliento salado y húmedo del mar le dio en la cara y le abrazó. Le llegó cargado de un rancio olor a algas; lo aspiró profundamente, y se preguntó por qué no venía aquí desde hacía tanto tiempo. Durante unos minutos, no pensó en otra cosa que en el mar.
El día era oscuro; pero el mundo, como una campana de cristal, estaba inundado de una luz vaga, borrosa, y del murmullo incesante y rítmico del mar: a lo lejos, un movimiento impetuoso y sordo de las profundidades —extrañamente irreal en el día apacible, si bien había estado soplando fuerte viento durante tres o cuatro días—; más cerca, donde las olas corrían sobre las piedras y la grava, un dulce balbuceo. Era este rumor el que el rey había oído en su sueño. El mar y el cielo jugaban inconstante y seductoramente a lo largo de todo el horizonte. Hacia poniente, el mar era plomizo, más oscuro que el cielo; hacia oriente era más claro que el aire mismo, nacarado, como un espejo luminoso. Pero hacia el norte, el mar y el cielo se juntaban sin la más tenue línea divisoria, y se convertían en el espacio insondable y universal. Muy afuera, la luz del sol se filtraba entre nubes amorfas y opacas; y allí donde daba en el mar, la superficie de éste espejeaba como la plata, como si jugasen en el agua innumerables bancos de peces. A mitad de camino hasta el horizonte, un vuelo, una bandada, un triángulo de cisnes salvajes trazaba una raya blanca, como una ondulación perlada del aire, por el pálido campo visual.
Uno de los hombres del rey señaló a éste la cabaña del esclavo, pequeña y de color parecido a la playa. Sólo se distinguía por la delgada columna de humo azul que se elevaba de su tejado cónico. Delante de ella estaba la ancha, corta, oscura barca de Granze; y al descender de las dunas vieron al dueño, al propio Granze, con agua hasta las rodillas, que salía a la orilla, arrastrando detrás un pez grande que había pescado. Al ver venir hacia él a los jinetes, el viejo esclavo se detuvo, se protegió los ojos con la mano para verles y luego volvió a ocuparse de su pesca. Se había sujetado su vestido de piel de cabra en la cintura, y los jóvenes no pudieron por menos de echarse a reír al verle: tan poco humana era su arrugada y oscura desnudez. Salió a la playa desgreñado y torpe, estornudó como un perro de aguas y depositó en la arena el gran pez que arrastraba; a continuación se soltó el vestido hasta los tobillos. Se quedó completamente inmóvil y esperó a sus visitantes. Cuando estuvieron cerca, el caballo de Sune hizo una cabriola y se colocó delante del caballo del rey. Granze no miró al rey, sino que posó una mano sobre el pie de Sune.
—¿Eres tú, que has venido aquí, Sune, pariente de Absalón? —dijo—. Yo creía que habías muerto.
—No; todavía no he muerto, gracias a Dios —dijo Sune sonriendo, y tranquilizó a su caballo.
Granze le miró.
—Pero estuviste cerca, hace siete lunas —dijo.
—Sí, así es —dijo Sune gravemente.
Granze guardó silencio un momento; luego dejó escapar una risita.
—Una mujer te preparó un plato delicioso —dijo, conteniendo la risa— y le puso matarratas. ¿Te tomó por una rata, pequeño Sune? Si las ratas se estuvieran en los agujeros que Dios ha hecho para ellas, la gente no las envenenaría.
Sune había palidecido. Se quedó inmóvil sobre su caballo, sin decir nada.
El rey hizo avanzar su caballo hasta su viejo esclavo. El oro de su vestido, el puño de su espada y la sudadera de su silla despedían destellos.
—¿No me conoces, Granze, hijo de Gnemer? —preguntó al esclavo.
—Sí, os conozco, príncipe Erik —dijo el wendo solemnemente—, aunque os encuentro más pálido que la última vez. Os he reconocido cuando estabais en lo alto de la loma —miró fijamente al rey—. Bienvenido seáis, mi señor —exclamó—, que honráis al fiel esclavo de vuestro padre viniendo a visitarle. Acercaos, bebed con Granze. Gozaréis de tan buena bebida como la que probasteis aquí la otra vez, o mejor. Y he pescado un gran pez esta mañana. Lo asaré para vos. Estoy ahumando pescado en la cabaña, pero os haré un fuego aquí fuera, entre las piedras. Sentaos, y comed con Granze otra vez.
Se metió en la cabaña y salió con un odre lleno sobre el hombro.
—Llamad a vuestra perra, mi señor —exclamó, al ver que le seguía y le olfateaba las piernas, tratando de acelerar el paso y sin conseguirlo del todo—. Es preciosa, y muy fuerte. Sin duda se portará bien en la caza del ciervo. Pero a los perros de los grandes señores no les gustan los esclavos.
Alzó el odre negro, grasiento, hasta la boca del rey, que seguía sentado sobre su caballo.
—Bebed —dijo.
El rey había olvidado la bebida que había probado hacía mucho tiempo en la cabaña del wendo.
Ahora su aroma le devolvió otra vez muchas imágenes de Granze farfullando y bailando bajo su efecto. Le ardió la lengua y sintió que le corría un dulce placer por las venas. Granze se lo acercó a continuación a Sune, y después se dirigió el chorrillo a su boca, echó la cabeza hacia atrás y vació el pellejo.
—Ahora somos amigos —dijo—. Ahora lo que soñamos y planeamos podrá ser diferente, pero las aguas que hagamos serán las mismas.
El rey había ido con la intención de interrogar a Granze sobre el futuro, pero ya no lo juzgó necesario. Le pareció que él y Granze estaban más hermanados que ningún otro par de hombres del país: el esclavo que había sido apartado de su hogar y no había visto jamás a nadie de su propia familia, y el rey que no tenía a ningún igual a su alrededor. Más solitarios que los demás eran, aunque más sabios también; los secretos poderes del mundo les reconocían y tributaban obediencia.
—Aquí, eres hombre poderoso, Granze —dijo—, y tienes el mundo para ti solo hasta donde alcanza la vista. Eres tan santo, en cierto modo, como los viejos ermitaños que se retiran al desierto; como el hombre que se subió a lo alto de una columna para adorar a Dios. Sólo que no es a Dios a quien sirves, sino a las viejas y negras imágenes de madera que tienes en tu cabaña, como recuerdo bien.
—No, no —dijo Granze apresuradamente, y miró a Sune en busca de apoyo—. Granze ha sido bautizado, Granze ha sido instruido y no ha olvidado nada. Conozco a la que dio a luz y sin embargo conservó su doncellez, como el cristal de vuestras ventanas que el sol atraviesa sin romper. Y también del hombre que fue tragado y vomitado después por el pez. ¡Mirad! —exclamó, y se santiguó solemnemente.
Sune dijo en latín:
—Aunque piques a un loco en un mortero con el trigo, no le quitarás la locura.
Sune saltó del caballo y le sujetó el estribo al rey. Los hombres del rey desmontaron también, y se llevaron los caballos. El ayuda de cámara del rey extendió una capa sobre una piedra para que él se sentase.
Granze trajo fuego en un cuenco, carbón y un asador largo. Se sentó sobre sus talones en la arena y encendió el fuego con cuidado y habilidad, mientras, de cuando en cuando, observaba a sus invitados a través del humo. Cogió un trozo negro, duro y pegajoso de turba y dijo:
—Esto era un árbol que crecía en el suelo antes de que existiese en la tierra una gallina capaz de poner un huevo.
—Eso fue hace mucho tiempo —dijo el rey—; y yo no recuerdo ese árbol.
—No, yo tampoco lo recordaría si fuese vos —dijo Granze—. Pero entre nosotros los wendo, es distinto. Aún tenemos presente lo que sucedió al padre de nuestro padre, y a los ancianos que eran ceniza cuando él era amamantado por su madre; lo recordamos cuando queremos. Vos también lleváis en vuestra sangre los deseos y temores de vuestros padres, pero no su sabiduría; no la supieron introducir al engendrar a sus hijos. Por eso cada uno de vosotros tiene que empezar desde el principio, como el ratón recién nacido que anda a tientas en la oscuridad.
»En aquellos tiempos —prosiguió— tenían vida mucho seres que ahora están muertos. Los troncos viejos, musgosos y podridos del bosque y de los pantanos podían hablar. Yo no los he oído, aunque he oído roncar a uno de ellos en su sueño al pasar por el estrecho sendero, de noche. Las grandes piedras del fondo del mar salían a tierra durante las noches de luna llena, relucientes de agua, cubiertas de algas y moluscos; y corrían y copulaban en la orilla.
»Los hombres tuvieron que talar los árboles de los grandes bosques para hacer campos de labor. Ah, ése fue un amargo trabajo. Mis dos manos no contribuyeron a él; sin embargo, están nudosas por esa causa; ¿cómo no iba mi cerebro a conservar los nudos también? Los taladores se construyeron una cubierta de paja para dormir junto a la raíz de un alto abeto, y se sintieron muy cansados; se volvieron pequeños como ratones de bosque junto a sus pequeñas fogatas por la noche. Entonces llegó la tormenta, se instaló en lo alto del abeto, y cantó: "Campos de nieve, campos de piedra, campos yermos, grises olas errabundas. ¡Anchuroso es el mundo, y sin fin!" La canción descendió por el tronco del abeto, y gimió: "Ahíta estoy de vuelo, harta de distancia, cansada, muy cansada, de vagar. ¿Cuándo acabará mi carrera?" Y de repente, la misma tormenta descendió sigilosa, metió la cabeza en la cabaña y rugió: "¡Jo, jo! ¡Hombrecillos! Ratas, piojos, podría barreros de un soplo y arrojaros al frío océano. ¿Dónde estaríais entonces?...", y les sopló el humo y las cenizas a la cara y se fue.
El rey estaba callado, con la barbilla en la mano y la mirada en el mar. Se había quitado el gorro, y su largo cabello castaño le caía sobre la cadena de oro del cuello. La playa se extendía a ambos lados de él, blanca como los huesos, y sembrada de conchas. Aquí no crecía nada; aquí la tierra había dejado de vivir y de producir; todo era noblemente árido y estéril. Era el fin, y el principio, del mundo. Pensó en los barcos que, durante siglos, habían salido de las costas de Dinamarca. Habían izado velas poderosas, centelleando a bordo las lanzas y las espadas. De aquí, el rey Canuto había navegado a Inglaterra y Valdemar a Estonia; el obispo Absalón había lanzado al agua sus embarcaciones para castigar a los piratas wendos. Estos canales habían llevado a grandes batallas y conquistas. Los triunfos sobre los hombres y las naciones eran empresas elevadas. Sin embargo, se habían acabado. Los reyes, sus padres, estaban muertos y olvidados, y más de una canción de guerra había quedado en las olas susurrantes: la ruta interminable, la infinitud misma. Quizá el paraíso del que hablaba Sune empezaba donde se juntaban el mar y el cielo, delante de él.
El rostro de Granze se había puesto de color rojo ladrillo a causa de la bebida. Le dijo al rey:
—Os confesaré por qué temía hablaros al principio. Cuando llegasteis a lo alto de las lomas teníais un aro resplandeciente alrededor de la cabeza, como en vuestros cuadros sagrados. ¿Dónde habéis conseguido eso?
El fuego ardía ahora animadamente. Granze se levantó y acercó arrastrando el gran pez. Le metió los dedos por las aberturas de las agallas y lo levantó ante sí. Era casi tan largo como su cuerpo nudoso.
—Un pez para un gran señor —dijo—, de los que llevan un aro de resplandor en la cabeza. Ha nadado mucho para venir a vuestro encuentro.
Cogió un cuchillo y lo limpió sobre su vestido. Depositó el pez en la arena, le hizo un corte, metió las manos y le sacó las entrañas.
Sune dijo al rey:
—Ved, mi señor. El wendo no ha olvidado las costumbres de sus padres. Así precisamente, creo, ejecutaban los sacerdotes de Swantewit sus sacrificios humanos. Él es feliz ahora. Es extraña —añadió— la felicidad de los seres humanos, y las cosas que hacen que lo sean. Puede ser la comida, la sangre o la visión de sus hijos. Bailar, a las mujeres, puede hacerlas felices también.
En esta playa abierta, la voz de Sune no sonaba tan dulce y modulada como en la sala del rey. Tenía una nota temblorosa, anhelante, como la voz insegura de un adolescente. Granze, a quien la bebida había vuelto osado, le sonrió.
De repente, el esclavo se detuvo en lo que estaba haciendo, y se quedó inmóvil; su rostro reflejó ofuscación y perplejidad. Sacó su mano derecha enrojecida, la alzó y se quedó mirándola. Se la escupió, se la limpió en su vestido y la volvió a mirar.
—¡Ah! —exclamó sorprendido con su voz profunda como la de un toro—. El pez trae un presente en su barriga. Ha sacado un anillo para vos de las profundidades del mar. No diréis que Granze no os ha pescado el pez adecuado —volvió a escupirse los dedos, y se los frotó cuidadosamente en su piel de cabra.
Sune corrió y le cogió el anillo al esclavo; hincó una rodilla ante el rey y se lo ofreció.
—Dios os guarde, rey de Dinamarca —exclamó—. Los elementos os juran vasallaje. Os ofrecen sus tesoros, igual que hicieron al rey Polícrates.
El rey se quitó su guante bordado y dejó que Sune le pusiese el anillo en un dedo.
—He olvidado el saber que aprendimos en otros tiempos en la escuela —dijo—. ¿Cuál es la historia del rey Polícrates?
—Polícrates —dijo Sune— fue rey de Samos, y famoso por su fortuna. Cuando propuso una alianza al rey Amadís de Egipto, éste, alarmado por su prosperidad, puso como condición que Polícrates la confirmase renunciando a algún tesoro. Así que Polícrates arrojó al mar un sello que era la más hermosa de sus joyas. Pero al día siguiente recibió como ofrenda un gran pez; y en su vientre fue encontrado el anillo. Cuando Amadís tuvo noticia de este hecho, declinó toda alianza con el rey Polícrates.
—¿Y qué le ocurrió al rey Polícrates? —preguntó el rey.
—Algún tiempo después —prosiguió Sune—, Polícrates visitó a Orontes, gobernador de Magnesia. Su hija, advertida por un sueño, le había suplicado que no fuese; pero él no la escuchó.
—¿Y qué pasó? —preguntó el rey.
—Que en Magnesia dieron muerte al rey Polícrates —dijo Sune.
—Pero yo —dijo el rey, al cabo de un momento— no he accedido a sacrificar a los hados para asegurar mi suerte.
—No —dijo Sune sonriente—, vuestro anillo es un regalo espontáneo de los hados; ellos os acatan obediencia por propia voluntad. La historia que se escriba sobre vos será distinta.
—Entonces cuéntame —dijo el rey—, por la camaradería de vuestra niñez, ¿qué significado dais a esto?
—Mi señor —dijo Sune, ahora con gravedad—, esto sé: que los acontecimientos guardan un significado acorde con el ánimo de los hombres a los que les suceden, y que ningún acontecimiento externo es idéntico para dos hombres. Vos sois mi rey y mi soberano; pero no mi penitente. Así que no conozco vuestro interior.
El rey guardó silencio un rato.
—Al encontrar Granze el anillo y gritarme —dijo—, he tenido pensamientos del rey Canuto de Dinamarca. Tú nunca olvidas una historia, Sune. Recordarás cómo el mar no obedeció al rey Canuto, cuando quiso darle órdenes.
—Sí, sé la historia, mi señor —dijo Sune—. El propio rey Canuto provocó el incidente, para avergonzar a sus aduladores y siervos, y jamás en su vida fue tan grande como en aquella ocasión.
—Es cierto —dijo el rey—. Pero ¿y si el mar le hubiese obedecido? ¿Y si le hubiese obedecido, Sune?
Hubo un largo silencio.
Alzó la mano.
—La piedra del anillo —dijo— es azul como el mar.
Extendió la mano para que la viese Sune.
Sune alzó los dedos del rey respetuosamente, pero se quedó mirándolos tanto tiempo, inmóvil, que el rey le preguntó:
—¿Qué miras?
Sune soltó la mano del rey, y dejó caer también la suya.
—Como hay Dios, mi señor —dijo con voz clara y baja—, que es tan extraño esto que casi no me atrevo a hablaros de ello. La última vez que vi un anillo como éste estaba en la mano de mi parienta, la esposa de vuestro gran condestable Stig Andersen.
—¿En su mano? —dijo el rey.
—Sí —dijo Sune—; en su mano derecha, en verdad.
—¿Cómo se llama? —le preguntó el rey.
—Ingeborg —contestó Sune.
—¿Cómo puede ser? —dijo el rey.
—No lo sé, mi señor —dijo Sune—. Yo estaba pasando unos días con su marido en Mollerup, hace muy poco, una semana, a mi llegada de Francia. Navegábamos juntos en una barca hacia una pequeña isla llamada Hielm, no muy lejos de la costa, que pertenece a su marido. Era un día claro y con sol; el mar estaba azul, y la señora Ingeborg iba arrastrando la mano en el agua. Sus dedos eran delgados y suaves; el anillo le venía demasiado holgado, y le dije que tuviese cuidado, no fuese a perderlo en el mar; pues, dije, no volvería a tener otro igual.
El rey miró el anillo y sonrió.
—Así que el pez de Granze —dijo— ha venido desde nuestra región de Mols.
Un rato después añadió:
—He oído hablar mucho de la belleza de tu pariente, pero no la he visto nunca. ¿Es efectivamente tan bella?
—Sí, es muy bella —dijo Sune.
Ante la imaginación del rey se alzó la imagen de una barca navegando en aguas azules y una brisa alegre, con el joven sacerdote de negro en ella, la hermosa dama, vestida de seda y oro, jugando con sus dedos en los rizos del agua, y debajo el gran pez nadando a la sombra oscura de la quilla.
—¿Por qué dijiste a tu pariente que no tendría otro anillo como éste? —preguntó a Sune.
Sune se echó a reír.
—Mi señor —dijo—, conozco a mi pariente desde que era niña. La he enseñado a jugar al ajedrez y a tocar el laúd, y hemos gastado bromas muchas veces. Le dije, en broma, que debía tener mucho cuidado con el anillo, porque no encontraría otra piedra azul tan parecida a sus ojos.
El rey dijo:
—Es muy amable y cortés por parte de la señora Ingeborg enviarme su anillo por medio del pez. Lo llevaré hasta que pueda devolvérselo.
»Es curioso —añadió al cabo de un momento—; cuando las mujeres hermosas llevan joyas, éstas se emparejan con alguna parte de su cara o de su cuerpo. Las perlas parecen ser sólo expresión de la belleza de su cuello o sus pechos; los rubíes y granates, de sus labios, las yemas de sus dedos y sus pezones. Y esta piedra azul, me dices, es como los ojos de la dama.
Granze había vuelto a su fuego, pero desde allí había seguido la conversación, y sus ojos estaban fijos en una cara o en la otra. Le gritó al rey:
—El pez ha nadado y ha sido pescado; ahora ya está asado y listo. No hay más que comerlo; aquí tenéis la comida.
El rey Erik de Dinamarca, apodado Glipping, fue asesinado en el granero de Finnerup, el año 1286, por una facción de vasallos rebeldes. Según la tradición y las viejas baladas, los asesinos estaban acaudillados por el gran condestable Stig Andersen Hvide, quien mató al rey Erik en venganza, por haber seducido a su esposa Ingeborg.


Un año, hace un siglo, la primavera llegó con retraso a Dinamarca. Durante los últimos días de marzo, el Sound estuvo bloqueado por el hielo, y cegado, desde la costa danesa a la sueca. La nieve de los campos y los caminos se derretía un poco por el día, sólo para volverse a helar durante la noche; la tierra y el aire carecían igualmente de esperanza o de piedad.
Hasta que una noche, después de una semana de fría y húmeda niebla, empezó a llover. El cielo estalló sobre el paisaje muerto, se disolvió en torrentes de vida y se fundió con el suelo. En todas partes resonaba el incesante rumor del agua que caía; y aumentó y se convirtió en canción. El mundo se agitó inquieto debajo; los seres respiraron en la oscuridad. Otra vez les fue anunciado a las colinas y los valles, a los bosques y los arroyos aprisionados: «Tenéis que vivir».
En casa del párroco de Sollerod, Peter Kobke, hijo de su hermana, de quince años de edad, estaba sentado junto a una vela de sebo leyendo a los Padres de la Iglesia, cuando en medio del susurro de la lluvia su oído captó un sonido nuevo; dejó el libro, se levantó y abrió la ventana. ¡Cómo creció entonces el rumor de la lluvia! Pero oyó otras voces mágicas en la oscuridad de la noche. Venían de arriba, del éter mismo; y Peter alzó el rostro hacia ellos. La noche era oscura, aunque no tenía ya la negrura del invierno: estaba preñada de claridad; y al interrogarla, le contestó. Y por encima de su cabeza, proclamó la música de la vida errabunda de los cielos. Allí cantaban las alas, tañían purísimas flautas; había intercambio de gritos chillones muy arriba, por encima de él. Eran las aves migratorias en su vuelo hacia el norte.
Se quedó largo rato pensando en ellas; las hizo pasar ante los ojos de su imaginación una por una. Aquí volaron largas formaciones de gansos salvajes, patos y cercetas, a cuyo acecho se aposta uno durante los cálidos atardeceres de agosto. Todos los placeres del verano llevaban el mismo curso que ellas en el cielo: una migración de esperanza y de gozo viajaba esta noche; una poderosa promesa, expresada en innumerables voces.
Peter era un cazador y su vieja escopeta era su más preciada posesión: su alma ascendió al cielo para reunirse con el alma de las aves silvestres. Sabía muy bien lo que sentían sus corazones. Ahora gritaban: «¡Al norte! ¡Al norte!» Perforaban la lluvia danesa con sus cuellos estirados, y la notaban en sus limpios ojillos. Volaban presurosas hacia el verano nórdico de juego y de cambio, donde el sol y la lluvia compartían la bóveda infinita del cielo; se marchaban a los innumerables, incontables lagos transparentes y blancas noches del verano del norte. Corrían a luchar y a hacer el amor. Más arriba, en los desvanes del mundo, quizá se habían puesto en movimiento grandes multitudes de codornices, tordos y agachadizas. Tan tremendo torrente de anhelo pasaba, camino de su meta, por encima de su cabeza, que Peter, abajo en la tierra, sintió que le dolían los miembros. Voló un largo trecho con los gansos.
Peter quería ser marinero, pero el párroco le tenía atado a los libros. Esta noche, en la ventana abierta, pensó lenta y solemnemente en su pasado y su futuro y se prometió a sí mismo escaparse y embarcar. En este momento perdonó a sus libros y dejó de proyectar quemarlos todos. Que almacenasen polvo, pensó, o fuesen a manos de gente polvorienta hecha para ellos. Él viviría bajo las velas en una cubierta balanceante y vería surgir un horizonte nuevo con el sol de cada mañana Tan pronto como tomó esta resolución, se sintió inundado de una gratitud tan profunda que entrelazó las manos sobre el alféizar de la ventana. Había sido educado piadosamente: elevó gracias a Dios; pero éstas volaron un poco por sí mismas, como desviadas de su curso por la lluvia. Se las dio a la primavera, a los pájaros y a la lluvia misma.
En casa del párroco se tenía la muerte celosamente presente y se sermoneaba sobre ella; y Peter, en su examen del futuro, tomó también en consideración el fin del marinero. Su pensamiento se demoró en su último lecho: el fondo del mar. Sobriamente, con el ceño arrugado, contempló, por así decir, sus propios huesos en la arena. Las corrientes marinas le atravesarían sus ojos como una fila de sueños claros y verdes: grandes peces, ballenas incluso, pasarían flotando por encima de él como nubes y un banco de pececillos cruzaría de repente, como una cinta interminable, igual que los pájaros de esta noche. Sería apacible, pensó; y mejor que un funeral en Sollerod con su tío en el púlpito.
Las aves sobrevolaban el Sound, a través de franjas de lluvia gris. Las luces de Elsinore brillaban allá abajo como un fragmento de Vía Láctea. Un viento salado las recibiría cuando saliesen mar abierto en el Kattegat. Largas extensiones de mar y de tierra, de bosques, de tierra yerma y de marjales, quedarían al sur, por debajo de ellas, en el curso de la noche.
Al amanecer se sumergieron en el aire plateado y descendieron sobre una larga fila de isletas bajas y desnudas. Las rocas brillaban rosáceas al salir el sol; sobre las pequeñas ondulaciones reverberaban minúsculos centelleos de luz. Los rayos matinales se refractaban en las alas y cuellos finos de los patos. Graznaron, alborotaron, se pisotearon, se ordenaron las plumas, y se dispusieron a dormir con la cabeza debajo del ala.
Unos días después, por la tarde, Rosa, la hija del párroco, estaba de pie junto a su telar, en el que acababa de tejer una pieza de algodón rojo y azul. No trabajaba en él, sino que miraba por la ventana. Su espíritu oscilaba sobre una delgada cresta de la que podía caer en cualquier momento, bien en el éxtasis ante la sensación nueva de la primavera en el aire, y de su propia belleza lozana... bien al otro lado, en la amarga irritación contra todo el mundo.
Rosa era la más joven de las tres hermanas; las otras dos se habían casado y se habían ido, una a Moen y la otra a Holstein. Era una niña mimada en la casa y podía decir y hacer lo que le apeteciera; pero no era exactamente feliz. Estaba sola y en el fondo de su corazón abrigaba el convencimiento de que un día le ocurriría algo horrible.
Rosa era alta para su edad; tenía la cara redonda, una tez clara y una boca como el arco de Cupido. Su cabello se ondulaba y rizaba con tal obstinación que a duras penas podía alisárselo y sus largas pestañas le daban un aire de acechar a la gente desde una emboscada. Llevaba puesto un vestido viejo y descolorido de invierno, demasiado corto de mangas, y unos zapatos bastos y remendados. Pero la soltura y la gracia de su cuerpo joven daba a la tosca indumentaria una majestuosidad clásica y patética.
La madre de Rosa había muerto al nacer ella y el espíritu del párroco quedó anclado en la sepultura. Incluso la vida diaria de la casa parroquial discurría con la mirada fija en el más allá, la idea de mortalidad llenaba las habitaciones. Crecer en la casa era para los chicos un problema y una lucha, como si una influencia fatal les arrastrase en el otro sentido, hacia dentro de la tierra, y les exhortase a abandonar la vana y peligrosa empresa de vivir. A su manera, Rosa meditaba sobre la muerte tanto como Peter. Aunque le desagradaba la sola idea. Ni siquiera le seducía la imagen del paraíso, con su madre, y confiaba en vivir cien años más.
No obstante, durante este último invierno se había sentido tan harta, tan irritada con su entorno, que a fin de escapar y de castigarles había deseado morirse. Pero al cambiar el tiempo, cambió también su estado de ánimo.
Prefería, pensó, que se muriesen los demás. Libre de ellos y sola, caminaría por la hierba verde, cogería violetas y observaría el revolotear de los chorlitos por encima de los campos; haría saltar guijarros sobre el agua y se bañaría en los ríos y en el mar sin que nadie la molestase. La visión de este mundo feliz fue tan vívida en ella que se sobresaltó al oír a su padre regañar a Peter en la habitación contigua y darse cuenta de que aún les tenía a su lado.
Esta primavera Rosa tenía un resentimiento especial contra el destino. Lo notaba intensamente, aunque no le gustaba admitirlo ante sí misma.
Peter, su primo huérfano, había sido acogido en casa hacía nueve años, cuando él y Rosa tenían seis. Todavía podía evocar, si quería, la época en que no estaba él y recordar las muñecas que, con la llegada del niño, habían desaparecido de su existencia. Se llevaron bien, dado que Peter era un ser bondadoso y fácil de dominar, y corrieron entonces muchas aventuras juntos.
Pero hacía dos años, Rosa se había hecho más alta que el chico. Y al mismo tiempo había entrado en posesión de un mundo propio, inaccesible a los demás, a la manera como el mundo de la música es inaccesible para los que carecen de oído. Nadie sabía dónde se encontraba su mundo; ni si se prestaba su sustancia a ser plasmada en palabras. No la entenderían si dijese que era a la vez infinito y aislado, divertido y serio, seguro y peligroso. No podía explicar tampoco cómo se confundía con él, hasta el punto de que merced al encanto y poder de su mundo de ensueño era ahora muy probablemente, con su vestido viejo y sus zapatancos, la persona más encantadora y extraordinaria del mundo. A veces, se daba cuenta, expresaba la naturaleza de ese mundo de ensueño con sus movimientos y su voz; pero se trataba de un lenguaje que los demás desconocían. En este místico jardín de su propiedad estaba fuera del alcance de un muchacho rústico de manos sucias y rodillas arañadas; casi se había olvidado de su viejo compañero de juegos.
Después, este invierno, Peter la había alcanzado de repente, por así decir. Le había sacado media cabeza en estatura; y esta vez Rosa pensó con amargura que se quedarían así. Hasta tal punto lo veía más fuerte que ella que se alarmó y se ofendió. Peter empezó a aprender a tocar la flauta por su cuenta. Tenía un temperamento filosófico y, siete u ocho años antes, le había hablado a Rosa a menudo sobre los elementos y el orden del universo y sobre el hecho curioso de que, cuando la luna era aún muy joven y tierna, la dejaban jugar a la hora en que mandaban a los demás niños a dormir, pero que cuando se hizo vieja y decrépita, tenían que echarla de madrugada, cuando a los demás viejos les gustaba permanecer en la cama. Pero Peter no hablaba mucho en presencia de los mayores; y al perder Rosa interés por sus empresas y reflexiones, se había recluido en sí mismo. Sin embargo, últimamente, sin que nadie le diese pie a ello, y delante de toda la casa, se atrevía a dar rienda suelta a sus propias fantasías sobre el mundo, muchas de las cuales resonaban de manera extraña en el espíritu de Rosa como ecos de sí misma. En estos momentos le miraba fijamente, dominada por un profundo temor. Se daba cuenta de que ya no estaba segura en su mundo de ensueño; Peter podía encontrar el «Sésamo» que lo abriera e invadirlo; y puede que la sorprendiera algún día allí.
Para ella era como si hubiese sido traicionada por este chico al que había tratado con dulzura cuando era niño. Su figura empezó a obstruirle la vista y a privarle de aire en su propio hogar; cosa a la que en verdad no tenía derecho. Por unas palabras de los mayores, Rosa había llegado a la conclusión de que Peter debía de ser hijo ilegítimo. De haber sido una niña, este hecho la habría llenado de compasión; habría visto a su compañera de juegos a la luz de la aventura y la tragedia. En cambio, como muchacho, participaba de la perfidia de aquel desconocido seductor que era su padre. Durante los meses del largo invierno se había sorprendido a sí misma deseando que se fuese a la mar y encontrase la muerte antes de que, por mediación suya, le ocurriese a ella algo peor. Peter era un muchacho alocado y temerario, así que podía esperarse cualquier cosa.
Peter ignoraba por completo todas las emociones que agitaban el pecho de la muchacha. A su manera, amaba a Rosa desde el momento en que llegó por primera vez a la casa del párroco; de todos los moradores, ella era la única persona en quien tenía confianza. Había sufrido a causa de sus caprichos y, sin embargo, en cierto modo le gustaba; como le gustaba todo en ella. Últimamente se sentía decepcionado cuando veía que era imposible despertar su simpatía por aquello que tenía importancia para él, por lo que la consideraba un poco superficial y tonta. Pero en general, los seres humanos, su naturaleza y actitudes respecto a él, desempeñaban un papel pequeño en el espíritu de Peter, donde apenas estaban por encima de los libros. El tiempo, las aves y los barcos, los peces y las estrellas, eran para él fenómenos de mucha más trascendencia. En un estante de la habitación tenía un bricbarca que había tallado y aparejado con mucha precisión y paciencia. Significaba más para él que el beneplácito o la reprobación de nadie de la casa. Desde el principio, es cierto, el bricbarca había sido bautizado Rosa; pero era difícil determinar si debía considerarse un cumplido para la embarcación o para la muchacha.
Rosa no tejía, sino que miraba por la ventana. El jardín estaba todavía invernalmente pelado y desolado, pero había una luz débil, plateada, en el cielo; el agua goteaba de los tejados y de las ramas de todos los árboles; y la tierra negra asomaba en los senderos de los jardines donde la nieve se había derretido. Rosa lo contemplaba todo, grave y pensativa como una sibila; pero no pensaba en nada en realidad.
Eline, la mujer del párroco, entró en la habitación con su hijito de la mano. Eline había sido ama de llaves del párroco hasta que éste se casó con ella hacía cuatro años, y los rumores de la parroquia decían que había sido algo más. Tenía sólo la   mitad de edad que su marido, pero había trabajado mucho toda su vida y parecía más vieja de lo que era en realidad. Tenía una cara morena, huesuda, paciente y era ligera de pies y de movimientos, con una voz suave. A menudo se le hacía penosa su vida con el párroco, dado que éste no había tardado en arrepentirse de su infidelidad a la memoria de su primera mujer, prima suya, hija de deán, y virgen cuando se casó con ella. En su fuero interno, tampoco colocaba al hijo de la campesina en el mismo plano que a sus propias hijas. Pero Eline era un ser simple, anclado en la resignada filosofía de los campesinos; no aspiraba a disfrutar en la casa de un puesto más alto que el que había ocupado al principio. Dejaba a su marido en paz cuando él no la llamaba y era una criada para su preciosa hijastra.
Rosa, en todas las disensiones de la casa, adoptaba el bando de la mujer. Le tenía cariño a su hermano pequeño y le consideraba la única persona de la casa parroquial, aparte de ella misma, con derecho a salirse con la suya en todo, a la manera como un monarca aclama a otro: «Hermano, majestad» Pero el niño no se prestaba al mimo. En esta casa, oscurecida por la sombra de la tumba, los otros dos jóvenes luchaban por seguir vivos; sólo que el de menos edad, el precioso pequeñín, parecía hundirse calladamente en su destino, resistirse a la vida, y acoger la extinción como si hubiese entrado de mala gana en el mundo.
La mujer del párroco se sentó modestamente en el borde de una silla y descansó sus hacendosas manos en el regazo, sobre su delantal azul.
—Tu padre no quiere comprar esa vaca berrenda de Christiansmindé — dijo, y suspiró—. Piden por ella treinta rixdales. Es una vaca preciosa que parirá dentro de seis semanas. Pero tu padre se ha enfadado conmigo cuando se la he pedido. Pues ¿quién sabe, dice, si el día del juicio y la venida de Cristo no está más cerca de lo que nadie se imagina? No debemos almacenar tesoros de este mundo, dice. Sin embargo —añadió, suspirando otra vez—, podríamos mantener la vaca hasta después del verano, en todo caso.
Rosa arrugó el ceño, pero no podía ordenar sus pensamientos lo bastante como para enfadarse con su padre.
—Al final, la comprará —dijo fríamente.
Una mariposa que se había mantenido viva durante el invierno y había despertado con los primeros rayos de la primavera quería volar hacia la luz y chocaba con sus alas en el cristal de la ventana, produciendo una sucesión de pequeños y suaves golpecitos como dados con el dedo. El pequeño estuvo un rato observándola fijamente; luego, con una mirada elocuente, firme, transmitió su descubrimiento a Rosa.
—Mi hermano —dijo Eline— ha ido a echarle una ojeada. Es una vaca buena y mansa. Yo misma podría ordeñarla.
—Es una mariposa —dijo Rosa al niño—. Es bonita. Te la cogeré.
Al intentar atraparla, la mariposa se elevó de repente a la parte superior de la ventana. Rosa se quitó los zapatos y se subió al alféizar. Pero allí, en lo alto del mundo, se dio cuenta de que la mariposa quería salir y volar. Se acordó de las mariposas blancas del verano anterior, revoloteando por los bordes de lavanda del jardín; se le ensanchó y animó el corazón y se apiadó de la cautiva.
    —Bueno, vamos a dejarla salir —le dijo al niño—. Así echará a volar —empujó la ventana y ahuyentó a la mariposa. El aire del exterior era fresco como un baño; lo aspiró profundamente.
En ese momento salía Peter del establo al sendero del jardín. Al ver a Rosa en la ventana, se quedó parado.
Desde la noche de la lluvia en que había decidido escaparse para embarcar tenía el corazón lleno de barcos: goletas, bricbarcas, fragatas. Ahora Rosa, con los pies enfundados en calcetines, la falda de su vestido azul enganchada detrás en el travesaño de la ventana, era tan parecida al mascarón de un barco grande y precioso que por un instante vio su propia alma, por así decir, cara a cara. La vida y la muerte, las aventuras del navegante, el destino mismo, se alzaban aquí en forma de muchacha. Le vino a la memoria que, hacía mucho tiempo, cuando era niño, le había ocurrido algo parecido y que el mundo tuvo entonces mucha dulzura. Es a menudo el adolescente, que acaba de salir de la niñez, el que más profunda y dolorosamente siente la pérdida de ese mundo místico y sencillo; no dijo nada; no estaba seguro de cómo hablarle a un mascarón; pero al verle mirándola, Rosa le miró a su vez, cándida y amablemente, con el pensamiento puesto en la mariposa. A él le pareció entonces como si le estuviese prometiendo algo, una gran dicha; y movido por un impulso poderoso y repentino, decidió confiar en ella y contárselo todo.
Rosa bajó de la ventana y se puso los zapatos, en paz con el mundo. Había hecho feliz a una mariposa, a un niño y a un chico —aunque sólo se tratase del tonto de Peter— a la vez, y con una mirada. Ahora sabían que ella era buena, benefactora de todos los seres vivientes. Deseó haber podido quedarse allí. Pero como no podía ser y veía a Peter inmóvil en el mismo sitio delante de la ventana, salió de la casa y se detuvo en la puerta del jardín.
El chico se ruborizó al verla. Se acercó a ella y la cogió de la muñeca, por debajo de la manga escasa.
—Rosa —dijo—, tengo un gran secreto que nadie en el mundo debe saber. Quiero contártelo a ti.
—¿Qué es? —preguntó Rosa.
—No te lo puedo decir ahora —dijo él—. Podrían oírnos. Mi vida entera depende de él.
Se miraron gravemente.
—Subiré a hablar contigo esta noche —dijo Peter—, cuando estén todos dormidos.
—No, entonces te oirán —dijo ella, porque su habitación estaba arriba, en el hastial de la casa, debajo de la de Peter.
—No. Escucha —dijo—; pondré la escala del jardinero hasta tu ventana. Déjala abierta. Entraré por ahí.
—No sé si lo haré —dijo Rosa.
—Venga; no seas tonta, Rosa —exclamó el chico—. Déjame entrar. Eres la única persona en el mundo en quien puedo confiar.
Cuando eran pequeños y planeaban una gran empresa, Peter iba a veces a la habitación de Rosa por la noche. Rosa se acordó de eso y por un momento sintió en el corazón, como él en el suyo, nostalgia del mundo perdido de la niñez.
—Puede que lo haga —dijo, librando sus brazos de la mano de él.
La noche era brumosa; pero era la primera después del equinoccio en que se notaba el suave alargamiento del día. Peter se estuvo sentado hasta que vio apagarse la lámpara de la habitación del párroco: entonces salió. Llevó la escala a la pared del hastial, la levantó hasta la ventana de Rosa y se arañó la mano en el esfuerzo. Al probar a abrir la ventana encontró sin echar el pestillo y el corazón empezó a latirle con violencia. Saltó al interior de la habitación y, lenta, sigilosamente, cruzó el piso. Deslizó la mano a oscuras por encima de la cama para asegurarse de que la muchacha estaba allí, ya que no se había movido ni había pronunciado una palabra. A continuación se sentó en la cama y durante un rato permaneció tan callado como ella.
La perspectiva de abrirle el corazón a una amiga que no le interrumpiría ni se reiría de él le volvió tan pensativo y agradecido como cuando oyó las aves migratorias. Recordó que hacía mucho tiempo, años quizá, que no hablaba así con Rosa. No sabía si por culpa de ella o de él; en cualquier caso era una lástima. Ahora, pensó, le sería difícil expresarse. Cuando habló por fin, las palabras le salieron lentamente, una por una.
—Rosa —dijo—, tienes que tratar de comprenderme, aunque me exprese mal —aspiró profundamente.
»He estado equivocado toda mi vida, Rosa —dijo—; pero no lo he visto claro hasta ahora. ¿Sabes que hay gentes en el mundo llamadas ateas, terriblemente blasfemas, que niegan que exista Dios? Pues yo soy peor que ellas. He ofendido a Dios y le he hecho daño: le he aniquilado.
Hablaba en voz baja, ahogado, con largas pausas entre las frases, dificultado por su propia emoción y por su temor a despertar al resto de la casa.
—Como sabes, Rosa —dijo—, un hombre no es más que lo que hace; tanto si construye barcos como si hace relojes o armas o incluso libros. No puede llamarse bueno o excelente a un hombre, a menos que lo que haga sea grande. Lo mismo pasa con Dios, Rosa. Si la obra de Dios no le glorifica, ¿cómo va a ser glorioso? Y yo soy obra de Dios.
»He contemplado las estrellas —prosiguió—, el mar y los árboles, y también los animales y los pájaros. He visto lo bien que se ajustan a las ideas de Dios y llegan a ser lo que él quiere que sean. El verlos debe resultar satisfactorio y alentador a Dios. De la misma manera que cuando el calafate hace una barca, y le sale una barca bonita y marinera. Así que he pensado que cuando Dios me mire a mí, se debe de entristecer.
Al detenerse para ordenar sus pensamientos oyó a Rosa suavemente. Se sintió agradecido de que no hablase.
—El otro día vi un zorro —reanudó su monólogo, tras un largo silencio— junto al arroyo del bosque de abedules. Me miró y movió un poco la cola. Al mirarlo yo, pensé que cumplía extraordinariamente bien como zorro, según ha dispuesto Dios. Todo lo que hace y piensa es zorruno; no hay nada en él, de las orejas al rabo, que no querría Dios que no existiese o que estorbe los planes de Dios. Si el zorro no fuese así, un ser hermoso y perfecto, Dios no sería tampoco hermoso y perfecto.
»Pero aquí estoy yo, Peter Kobke —dijo—. Me ha hecho Dios y puede que le haya costado un poco de trabajo; así que yo debería honrarle como le honra el zorro. Pero en vez de eso, he frustrado sus planes; he obrado contra él, precisamente porque la gente de mi alrededor, gente a la que llamamos nuestros vecinos, han querido que lo haga así. He estado sentado en una habitación años y años, leyendo libros, porque tu viejo padre quiere que sea sacerdote. Si Dios hubiese querido que yo fuera sacerdote, sin duda me habría hecho como ellos; habría sido cuestión de poca monta para él, que es todopoderoso. Puede hacerlo cuando quiera, como sabes. Ha hecho a muchos clérigos. Pero a mí no me ha hecho así. Me cuesta aprender; tú misma sabes que soy torpe. Me he vuelto tan rancio y obtuso que siento en los huesos que haría un papel lamentable en el mundo leyendo a esos Padres de la Iglesia. Y en este sentido, he hecho a Dios rancio y feo también.
»¿Por qué tenemos que procurar complacer a nuestro vecino? —prosiguió pensativo, tras una pausa—. Él no sabe lo que es grande; como nosotros, no puede inventar las cosas bonitas del mundo. Si el zorro hubiese preguntado a la gente qué quería que fuese, aun si se lo hubiese preguntado al rey, se habría convertido en un pobre diablo. Si el mar hubiese preguntado a la gente qué quería que fuese, la gente lo habría convertido en lodazal, te lo aseguro. ¿Y qué bien puede hacerle uno a su vecino, en definitiva, aunque quiera? Es a Dios a quien debemos servir y agradar, Rosa. Sí, aunque sólo pudiésemos alegrar a Dios un momento, sería una gran proeza.
»Aunque hable mal —dijo tras un silencio—, debes creerme. Llevo pensando estas cosas mucho tiempo y sé que tengo razón. Si yo no soy bueno, Dios no es bueno.
Rosa estaba de acuerdo en casi todo lo que él decía. Para ella, la prueba más evidente de la grandiosidad de la Providencia estaba en el hecho de que ella, Rosa, era, por gracia de Dios, encantadora y perfecta. En cuanto a la opinión de Peter sobre su vecino, no estaba segura. Pensaba que ella podía hacer mucho por su vecino. No se enciende una vela (Rosa) para ponerla debajo de una artesa, sino encima de la palmatoria para que alumbre a toda la casa. Sin embargo, aunque Peter hablaba así, era un compañero y quizá podía serle de ayuda alguna vez. Rosa esbozó una leve sonrisa sobre la almohada.
—Y sin embargo —dijo Peter con tal arrebato de apasionamiento que, en contra de su voluntad, alzó la voz y exclamó—, amo a Dios por encima de todo. Pienso en la gloria de Dios antes que en ninguna otra cosa.
Y, temeroso de haber hablado demasiado alto, se quedó completamente callado e inmóvil unos minutos.
—Córrete un poco, ¿quieres? —le dijo a la muchacha—, para acostarme yo también. Hay sitio de sobra para los dos.
Sin decir palabra, Rosa se corrió hacia la pared y Peter se acostó junto a ella. El chico no se lavaba nunca más de lo estrictamente necesario y olía a tierra y a sudor; aunque su aliento era fresco y dulce en la oscuridad, junto a la cara de Rosa.
Una vez en posición horizontal, le llegó la calma y habló con menos violencia:
—Y todo esto —dijo muy despacio— me pasa por no escapar.
—¿Por no escapar? —dijo Rosa, hablando por primera vez.
—Sí —dijo él—. Escucha. Voy a escaparme para embarcar, para hacerme marinero. Dios quiere que sea marinero: para eso me ha hecho. Llegaré a ser un gran marinero, el mejor que haya hecho nunca. ¡Imagínate, Rosa! Haber hecho Dios estos grandes mares, con las tormentas y la luna que brilla sobre ellos... ¡y haberlos tenido yo olvidados sin ir a verlos jamás! Y yo sentado en la habitación de abajo, mirando cosas a seis pulgadas de mi nariz. Dios debe de estar disgustado de verme así.
»Más aún; imagina Rosa —dijo al cabo de un rato—, sólo para comprender lo que digo, que un artesano hubiera hecho una flauta, pero que nadie la tocara. ¿No sería una pena, una verdadera pena? Luego, de repente, que alguien la coge y se pone a tocarla. El artesano al oírla diría: "Esa es mi flauta" —aquí volvió a aspirar Peter profundamente y reinó un prolongado silencio en la cama.
—Pero —dijo Rosa con una vocecita clara— yo he deseado muchas veces que te fueras a la mar.
Ante tan inesperada y sorprendente manifestación de simpatía, Peter se quedó mudo. Entonces tenía una amiga en el mundo, una aliada. Había estado mucho tiempo sin apreciar a su amiga debidamente; incluso la había considerado una frívola y una casquivana. Y entretanto, ella le había sido fiel, había pensado en él y había adivinado sus necesidades y sus esperanzas. En esta hora fresca y tranquila de la noche primaveral, se le reveló por primera vez, misteriosamente, la dulzura de la auténtica comunicación humana. Por fin, preguntó a la muchacha con timidez:
—¿Cómo es que has pensado eso?
—No lo sé —dijo Rosa; y era verdad, en ese momento no recordaba por qué había querido que Peter se fuese a la mar.
—¿Me ayudarás a escapar, entonces? —preguntó él en voz baja, con una sensación de vértigo.
—Sí —dijo ella, y al cabo de un rato—: ¿Cómo puedo ayudarte?
—Escucha —dijo, y se corrió ansiosamente un poco más hacia ella—. Voy a ir a embarcar a Elsinore. Sé de un barco, el Esperance, mandado por el capitán Svend Bagge, que se encuentra fondeado allí ahora. Podría llevarme ese barco. ¡Pero no puedo ir a Elsinore! Tu padre no me dejaría. Pero tú podrías decirle que quieres ir allí a ver a tu madrina y que prefieres no ir sola; así, tal vez me deje ir contigo.
»Y cuando estemos allí, Rosa, cuando estemos en Elsinore, me meteré en el Esperance sin que nadie se dé cuenta. Y estaré en el Mar del Norte antes de que nadie se lo huela, y cerca de Dover, Inglaterra; Rosa. Y un día doblaré el Cabo de Hornos. —Tuvo que detenerse; tenía demasiadas cosas que contarle, ahora que al fin se hallaba navegando. "Pero puedo quedarme aquí toda la noche", pensó. "Puedo estar aquí fácilmente hasta mañana por la mañana".
Rosa no contestó enseguida; no estaba mal retenerle un poco en la incertidumbre y enseñarle a apreciar su ayuda.
—Lo has pensado todo muy cuidadosamente —dijo ella por fin, con un asomo de ironía.
Peter meditó su comentario.
—No —dijo—. No lo he pensado con cuidado. Se me ha ocurrido sin más, de repente. ¿Y sabes cuándo? Cuando te he visto de pie en la ventana.
Le dio apuro decirle que le había parecido el mascarón del propio Esperance; pero había tanta triunfal alegría en su susurro que Rosa lo comprendió sin palabras.
Un minuto después dijo ella:
—Se hunden muchos barcos, Peter La mayoría de los marineros acaban ahogándose.
Peter tuvo que volver de la imagen de ella en la ventana, antes de poder hablar.
—Sí, lo sé —dijo—. Pero todos tienen que morir alguna vez. Y yo creo que ahogarse es la clase de muerte más grandiosa de todas.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó Rosa, que le tenía miedo al agua.
—Pues no lo sé —dijo él, y a continuación añadió—: Será, a lo mejor, por la cantidad tan inmensa de agua. Porque si te paras a pensar, no hay en realidad nada que separe un océano de otro. Son uno solo. Cuando te ahogas en el mar, son todos los mares del mundo los que te acogen. A mí eso me parece grandioso.
—Sí, puede ser —dijo Rosa.
Hablando de los océanos, Peter había hecho un gesto amplio y le había dado a Rosa en la cabeza. Notó su pelo suave y rizado en su palma, y debajo, su cráneo duro, pequeño, redondo. Volvió a quedarse muy quieto. En contra de su propia voluntad, sus dedos le palparon la cabeza, jugaron con su pelo y se lo acariciaron. Retiró la mano y al cabo de un minuto dijo:
—Ahora debo irme.
—Sí —dijo Rosa.
Peter salió de la cama y se quedó de pie, a oscuras.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches —dijo ella.
—Que duermas bien —dijo Peter, que jamás en su vida había deseado a nadie que durmiese bien.
—Que duermas bien, Peter —dijo Rosa.
Peter bajó por la escala en tal estado de arrobamiento y felicidad que bien podía haber ido en la otra dirección, hacia los cielos, hacia aquellas estrellas conocidas que ahora ocultaba la bruma. Las causas de su agitación eran, por un lado, su huida y su porvenir en el mar, y por otro: Rosa. En circunstancias normales, los dos éxtasis habrían parecido incompatibles. Pero esta noche todos los elementos y fuerzas de su ser corrían a la par en una armonía insuperable. El mar se había transformado en una deidad femenina y Rosa misma se había vuelto tan poderosa, espumeante, salada y universal como el mar. Por un momento pensó en trepar otra vez por la escala. Su alma, efectivamente, subió y abrazó a Rosa, transportada de gloria y de amistad. Y la habría seguido su cuerpo, de no haberse dado cuenta, perplejo, de que no sabría qué hacer con él en cuanto llegase arriba. Así que se sentó en el travesaño de más abajo y se cogió la cabeza con las manos en mística concordia con el mundo.
Al cabo de un rato empezaron a aclararse sus pensamientos. Había, en definitiva, una diferencia entre su actitud para con el universo que le rodeaba y para con la muchacha de arriba.
Con respecto al mundo, a la humanidad en general y a su propio destino, sería en adelante el retador y el conquistador. Tendrían que entregarse a él; si le golpeaban, les devolvería el golpe, y los despojaría de lo que quisiera. Las tres cosas las veía claras como la luz del día, brillantes como el metal o la superficie del mar, y resplandecientes de peligro, de aventura y de victoria.
Pero con respecto a Rosa, todo su ser se desbordaba en un incontenible movimiento de generosidad y magnanimidad, en un deseo de dar. No tenía riquezas terrenales con qué recompensarla; y aun cuando poseyese todos los tesoros del mundo, los habría olvidado ahora. Era algo más absoluto lo que él pretendía entregarle: era él mismo, la esencia de su naturaleza, y al mismo tiempo la eternidad. Su ofrenda, pensaba, sería el triunfo más alto y el sacrificio más excelso de que era capaz. No podía marcharse mientras no la hubiese consumado.
¿Le comprendería Rosa, le recibiría y aceptaría su ofrenda? Al desplazarse lentamente su pensamiento de las aventuras y hazañas marineras a la muchacha, vio que del lado de ella todo estaba sumido en una solemne y sagrada negrura, como si se encontrase, pensó, en las aguas profundas de los océanos, imposibles de sondar. Parecía que no la conocía como ella le conocía a él. Ni siquiera con el pensamiento podía acercársele, sino que era rechazado, cada vez que lo intentaba, como por una desconocida ley de la gravedad. Su deseo intenso, irresistible, de beatificarla y la nueva y extraña inaccesibilidad que su figura había adquirido a los ojos de su imaginación, le tuvieron despierto en la cama hasta la madrugada. Se acordó de Jacob, que había luchado toda la noche con el ángel del Señor. Sólo que aquí tomó él el papel del ángel e invirtió el grito del corazón del patriarca. Su alma dijo a Rosa: «No me dejarás a menos que yo te bendiga.»
Arriba en su habitación, Rosa, poco después de marcharse Peter, volvió a su sitio, con la mejilla sobre sus manos entrelazadas y su larga trenza sobre el pecho, como solía hacer por las noches cuando se disponía a dormir. Pero se daba cuenta, sorprendentemente, de que esta noche no iba a pegar ojo. Había leído historias en las que alguien se pasaba una noche desvelado; pero por lo general se trataba de un malvado o un amante rechazado; y era curioso, pensó, que una pudiese desvelarse de contento y de alegría también. Se puso a pensar en la hora que Peter había pasado en su cama. Aún duraba un vago olor a su pelo en la almohada. Por nada del mundo se habría acercado al sitio que él había ocupado; así que se apretujó contra la pared, como había hecho cuando estaba él.
Todo se le había ocurrido sin más, de repente, al verla a ella de pie en la ventana, se repitió Rosa para sus adentros. Recordó vagamente que, no hacía mucho, había desconfiado de su antiguo compañero de juegos y se había propuesto negarle acceso a su propio mundo secreto. «Eres tonta, Rosa», susurró, como cuando regañaba a sus muñecas. Ahora le agradó pensar en la fuerza de Peter, cosa que antes la había alarmado. Recordó un incidente en el que no había pensado hacía muchos años. Poco después de llegar Peter a casa habían tenido una pelea. Ella le había tirado del pelo con todas sus fuerzas al tiempo que él, rodeándola con su brazo, había tratado de derribarla. Se rió al recordarlo, con los ojos cerrados. Peter, al bajar de la escala, había dejado la ventana sin cerrar. El aire de la noche era frío en la habitación. Media hora después de haberse ido Peter, Rosa se sumió en un sueño dulce y apacible.
Pero hacia el amanecer tuvo un sueño terrible, y se despertó con la cara bañada en lágrimas. Se incorporó en la cama, con el pelo pegado a sus mejillas mojadas. No podía recordar el sueño del todo, sólo sabía que en él alguien la abandonaba, y se quedaba en un mundo frío del que había desaparecido toda vida y color. Trató de ahuyentar el sueño volviendo su atención hacia el mundo de las realidades y hacia la vida diaria. Pero al hacerlo se acordó de Peter, y de que iba a huir para embarcar. Entonces palideció intensamente.
Sí, iba a huir: ése era su agradecimiento por dejarle meterse en su cama y por quererle, desde anoche, más que a nadie. Pensó en la conversación de por la noche frase por frase. Había tratado de ser amable con él —¿acaso, antes de quedarse dormida, no le había acariciado, en su imaginación, el pelo espeso y lustroso, del que le había tirado en otro tiempo, y se lo había enroscado entre los dedos? Sin embargo, él iba a marcharse a lugares lejanos adonde ella no podría seguirle. No le importaba lo que le pasase a ella; al contrario, la dejaba aquí, abandonada, como en el sueño.
Dentro de dos o tres días se habría ido. No volvería a ver más la casa, ni el jardín, ni la iglesia. Ni siquiera oiría hablar en danés, sino en alguna lengua extraña, incomprensible para ella. Y no pensaría en ella; desaparecería de su pensamiento. Desaparecería, desaparecería, pensó; y se mordió su pelo empapado de lágrimas saladas.
Ahora, de acuerdo con su promesa, iba a hablar con su padre y pedirle permiso para ir con Peter a Elsinore. Un rato después, una idea afloró a la superficie de su mente. ¡Qué fácil le resultaría desbaratar todos sus grandes planes! Si le contaba a su padre aquellos proyectos, no habría barcos en la vida de Peter, ni doblaría el Cabo de Hornos, ni se ahogaría en el agua de todos los océanos. Permaneció sentada en la cama, acurrucada sobre aquel pensamiento como una gallina sobre sus huevos. Hasta ahora, le parecía, se las había arreglado para mantener los acontecimientos a cierta distancia; hoy se le estaban echando encima, la estaban tocando, cosa que le desagradaba y le oprimía el pecho. Por último, se levantó y se puso su vestido viejo.
Muy rara vez le pedía Rosa nada a su padre. Éste era capaz de darle lo que le pidiera porque, le había dicho a ella, se parecía muchísimo a su madre, cuyo nombre llevaba. Pero a ella no le gustaba asumir, a este respecto, el papel de la difunta; quería ser ella misma, la joven Rosa. Así que a veces acudía a él en nombre de Eline o de su hijo, pero no quería hacerlo en el suyo propio. Sin embargo, hoy tenía necesidad del apoyo de su padre y de su madre. Hacía algún tiempo, por divertirse, se había hecho el peinado que llevaba su madre en el pequeño retrato que ella conservaba. Ahora, delante del espejito borroso, volvió a peinarse de la misma manera. A continuación bajó al despacho de su padre.
Salió de él con el semblante vacío, como el de una muñeca, y se quedó un rato inmóvil fuera de la habitación. Tenía el pañuelo en la mano con un puñado de monedas atadas en él, el precio de la vaca, que el párroco le había encargado que entregase a Eline. Se había sentido tan conmovido durante la conversación, que incluso se había ocultado el rostro al pensar en la ingratitud del sobrino; y seguidamente, lo había vuelto a levantar marcado por las lágrimas. Cuando Rosa iba a retirarse, su padre le cogió la mano y la miró.
Para el párroco, era constante motivo de aflicción y pesar no poder creer del todo en el dogma de la resurrección de la carne —sobre el que, no obstante, debía predicar desde el púlpito—, ya que desconfiaba de ella y le tenía miedo. La niña, pensó, no se sentía atormentada por estas dudas. Y en efecto, la carne que él tocaba era fresca y limpia; era evidente que sería admitida en el paraíso. El párroco había suspirado profundamente, había contado el dinero y se lo había depositado en su mano fresca y serena. Para Rosa, toda noción de comprar o de vender era, por alguna razón, desagradable. Lo cogió de mala gana y con tanta indiferencia que el viejo pastor le aconsejó que se lo atase en el pañuelo. Ahora, delante de la puerta, se metió el pequeño bulto en el bolsillo de la falda.
Quería afirmarse en la convicción de que se estaba comportando de manera normal y razonable, y decidió bajar a la cocina a desayunar. Por la escalera oyó voces animadas y, al llegar a la cocina, encontró a toda la casa reunida alrededor de una pescadera de la costa que había traído pescado para vender, con una nasa a la espalda.
Estas pescaderas pertenecían a una raza vigorosa y activa: recorrían veinte millas, cargadas como mulas, hiciera el tiempo que hiciese, y regresaban a casa a guisar para el marido y una docena de críos. Eran listas y chismosas, se sentían a sus anchas en todas las casas y preferían su profesión ambulante a la de la campesina, atada al establo o a la mantequera, y a la de la mujer del párroco. Emma, la pescadera, había dejado la nasa en el suelo y se había sentado en el tajo de cortar la carne. Estaba tomando café en un cazo, al tiempo que daba noticias sobre la vecindad y se reía de sus propias historias. El trozo de azúcar cande en la boca, la escasez de dientes y el cerrado dialecto que empleaba —con mezcla de sueco, ya que, como muchas mujeres de pescadores a lo largo del Sound, era sueca de nacimiento—, hacían difícil seguir sus historias. Pero los niños de la casa parroquial sabían también hablar en dialecto cuando querían. Interrumpió su narración para saludar con la cabeza a la preciosa hija del párroco y Rosa se acercó al tajo con su tazón de café a escuchar las novedades.
Peter se dio cuenta de la presencia de la muchacha y ya no vio ni oyó nada más. Un momento después se acercó y se puso junto a ella, pero no dijo nada. Cuando se generalizaron las charlas y risas en la cocina, Rosa dijo sin mirarle:
—He hablado con mi padre. Me ha dado permiso para ir a Elsinore; y tú puedes venir conmigo. Ahora que la nieve se está deshaciendo podemos ir con los carreteros. Podemos ir incluso hoy.
Al oír este anuncio, el chico palideció; igual que ella cuando, de madrugada en la cama, había pensado en él. Al cabo de mucho rato dijo:
—No. No podemos ir hoy. Esta noche subiré otra vez a tu habitación: hay algo más que tengo que decirte. Puedo, ¿verdad? —preguntó.
—Sí —dijo Rosa.
Peter se apartó, fue al otro extremo de la cocina y luego regresó.
—El hielo se está rompiendo —dijo—. Emma lo ha visto esta mañana. El Sound está libre.
Emma, en atención a la muchacha, repitió su información. Durante todo el invierno, los pescadores habían tenido que hacer largos recorridos por encima del hielo para pescar bacalao con cebo de hojalata. Ahora se estaba rompiendo el hielo; se veían aguas libres. Dentro de unos días sus barcas navegarían otra vez.
—Iré a verlo —dijo Peter. Rosa le miró a la cara y ya no pudo apartar los ojos de él (estaba singularmente solemne y radiante); y pensó que no sabía nada de lo que sabía ella—. Ven conmigo, Rosa —exclamó movido por un impulso incontenible y feliz, como si no pudiese dejarla al margen de su visión.
—Sí —dijo Rosa.
El niño pequeño, al oír que se iban a ver romperse el hielo, quiso ir con ellos. Rosa lo cogió en brazos.
—No; tú no puedes venir —le dijo—. Es demasiado lejos para ti. Ya te lo contaré cuando vuelva.
El niño le puso las manos sobre la cara.
—No; no me lo contarás —dijo.
Eline trató de disuadir a la muchacha diciendo que era demasiado lejos para ella también.
—No, quiero ir —dijo Rosa. Se puso una vieja capa, un par de guantes roñosos que habían pertenecido a su padre y salió con Peter.
Al salir vieron que la nieve había desaparecido de los campos; sin embargo, el mundo era mas luminoso que antes, ya que el aire estaba lleno de una claridad borrosa, resplandeciente. Casi les cegaba. Les costaba trabajo levantar los párpados. En todas partes oían gotear y correr el agua. La marcha era trabajosa: la nieve medio derretida hacía el camino resbaladizo. Peter echó a andar de prisa y luego tuvo que esperar impaciente a la muchacha, que, con sus zapatos viejos, resbalaba y daba traspiés por el sendero. Le alcanzó, acalorada por el esfuerzo, y mareada como él a causa del aire y de la luz.
Peter se detuvo.
—Escucha —dijo—; es la alondra.
Se quedaron inmóviles, el uno cerca del otro, y, en efecto, oyeron muy alto, por encima de sus cabezas, el trinar incesante y triunfal de una alondra, una lluvia de éxtasis.
Un poco más lejos, en el bosque, se encontraron con un par de leñadores y Peter se paró a hablar con ellos mientras elegía y cortaba un bastón largo para él y otro para Rosa, de dos hayas jóvenes. Un viejo se quedó mirando a Rosa, le preguntó si era la hija del párroco de Sollerod y comentó lo mucho que había crecido. Era raro que los chicos de la casa parroquial hablasen con desconocidos. Ahora, después de hablar con Emma y con el viejo leñador, Rosa sintió que se le ensanchaba el mundo.
Peter caminaba en un estado de bienaventurada embriaguez, con el mar delante, que le atraía como un imán, y la muchacha detrás. Después de conversar con los leñadores, tenía necesidad de seguir hablando; pero no podía encontrar palabras para su propio curso de pensamientos, así que empezó a contarle a Rosa una historia.
—He oído contar una historia, Rosa —dijo—, sobre un capitán que puso a su barco el nombre de su mujer. Encargó un hermoso mascarón que reprodujera su imagen, con el cabello dorado. Pero su mujer concibió celos del barco. «Piensas más en ese mascarón que en mí», le dijo. «No», contestó su marido; «pienso tanto en él porque es igual que tú, porque eres tú misma. ¿No es airoso, de pechos llenos, y no baila en las olas como bailabas tú en nuestra boda? La verdad es que, en cierto modo, es más cariñoso que tú. Galopa cuando le digo que ande, deja en libertad su larga cabellera, mientras que tú embutes tu cabello debajo de un sombrero. Pero me vuelve la espalda; de manera que cuando quiero un beso tengo que regresar a Elsinore». Y ocurrió que, hallándose comerciando una vez este capitán en Trankebar, ayudó a un viejo rey nativo a huir de manos de unos traidores de su propio país. Al despedirse, el rey le regaló dos grandes piedras preciosas de color azul y él las mandó incrustar en la cara del mascarón, para que hiciesen de ojos. Cuando regresó a casa le contó a su mujer la aventura, y dijo: «Ahora tiene también los ojos azules como tú.» «Mejor sería que me dieses a mí esas piedras para hacerme unos pendientes», dijo ella. «No», replicó él, «no puedo, y si comprendieses, no me las pedirías». Sin embargo, la mujer no paraba de atormentarle a propósito de las piedras azules y un día que su marido había ido a la corporación de capitanes, encargó a un vidriero que las quitase y pusiese dos trozos de vidrio azul en su lugar; de manera que el capitán no descubrió el cambio y zarpó rumbo a Portugal. Conque, al cabo de un tiempo, la mujer del capitán empezó a notar que le disminuía la vista y que no podía enhebrar la aguja. Fue a una curandera y ésta le dio ciertos ungüentos y aguas, pero no la aliviaron; y al final la vieja meneó la cabeza y dijo que era una enfermedad rara e incurable y que se estaba quedando ciega. «¡Ay, Dios mío», exclamó entonces la mujer del capitán, «por qué no estará ya el barco de regreso, en el puerto de Elsinore! Así mandaría que le quitasen los vidrios y le pusiesen las joyas otra vez. Pues ¿acaso no dijo él que eran mis ojos?» Pero el barco no regresó. En vez de eso, la mujer del capitán recibió una carta del cónsul de Portugal en la que le informaba que había naufragado y se había ido a pique con toda su tripulación. Y era muy extraño, explicaba el cónsul, que en plena luz del día hubiera navegado directamente hacia una roca alta que emergía del mar.
Mientras Peter contaba esta historia, bajaban una colina del bosque, y al andar notó Rosa que algo le golpeaba suavemente en la rodilla. Se metió la mano en el bolsillo y tocó el pañuelo con el dinero que había olvidado darle a Eline. Lo exploró con los dedos: había unas treinta monedas. La cifra resultó familiar a su conciencia. Treinta piezas de plata; el precio de una vida. Había vendido una vida, pensó, igual que había hecho en otro tiempo Judas Iscariote.
Quizá le rondaba vagamente esta idea por la cabeza hacía rato, desde que había visto a Peter en la cocina. Al decírselo ahora a sí misma con palabras, le produjo tan tremenda impresión que creyó que iba a caer de cabeza cuesta abajo. Se tambaleó, y Peter, en medio de su narración, le dijo que se cogiese a él. Ella oyó lo que decía, pero no pudo contestar y le pareció que las palabras de Peter eran seguidas de un silencio mortal. Aunque caminaba tras los talones del muchacho, no oía ni las pisadas ni los ruidos del bosque, sino que avanzaba como una persona sorda.
Así que lo que había temido y esperado toda su vida, pensó, había sucedido. Aquí, por fin, estaba el horror que iba a matarla.
No consideraba exactamente que la catástrofe, o la ruina, le hubiese sobrevenido por su culpa; no era propio de ella pensar tal cosa, sino que en todas las calamidades estaba dispuesta siempre a echarle la culpa a cualquier otra persona. Pero la aceptó plenamente como su suerte y su destino. Era su fin.
Se le quedó el nombre de Judas en el oído y siguió resonándole con fuerza terrible. Sí, Judas era igual que ella, y el único ser humano al que podía acudir en busca de comprensión y consejo; él le enseñaría el camino. Tanto la dominó esta idea, que un minuto después miró a su alrededor, perpleja, buscando un árbol, como Judas lo había buscado para sí. Cruzaron un claro del bosque en donde sólo crecían algunas hayas aquí y allá; y al mirar en torno suyo, un águila ratonera, la primera que veía en el año, se soltó de una rama alta y se alejó majestuosamente, adentrándose en el bosque, con un centelleo de plata en sus alas leonadas. Judas, pensó Rosa, había besado a Cristo en el momento de traicionarle; debían de ser tan buenos amigos que era natural que se besasen. Ella no había besado a Peter; y ahora jamás se besarían: ésa era la única diferencia entre ella y el apóstol maldito.
No veía el bosque a su alrededor, ni el cielo pálido por encima de su cabeza. Estaba otra vez en el despacho de su padre, en el momento de denunciar a Peter ante él. El párroco le había hablado entonces de su juventud, y le había contado cómo en Copenhague había sido ayudante del capellán de una cárcel. Allí había aprendido, dijo, que la cárcel es un lugar bueno y seguro para los seres humanos; él mismo pensaba a menudo que podía dormir más a gusto en una cárcel que en ningún otro lugar. Algunos de los malhechores, le contó, habían intentado escaparse; él se había compadecido de su miopía y juzgaba que habían salido ganando al ser capturados y devueltos a la cárcel. Cuando, un rato antes, cogió el dinero con un suspiro y se lo entregó, había fijado sus ojos en ella y le había dicho: «Pero tú, Rosa, no huirás; tú te quedarás a mi lado.» Rosa había mirado la habitación; le había parecido que repetía las mismas palabras. Era una habitación pobre, casi sin muebles, con suelo enarenado; sabía que la gente se reía ante la idea de que aquello fuese el despacho de un clérigo. Sin embargo, esta habitación le pertenecía a ella. La conocía de toda la vida. ¿Cómo podía nadie repudiarla y abandonarla más que ella? Ahora había abrazado el bando de ese despacho, de esa prisión, de esa tumba, y había cerrado sus puertas sobre ella. No sospechaba entonces que su destino era que, si Peter permanecía prisionero, tampoco ella sería libre. Recordó la ventana abierta de la noche anterior, después de haberse marchado Peter, y la fresca oscuridad alrededor de su almohada. Había cerrado esa habitación también. Había cerrado todas las ventanas del mundo y nunca más volvería a ponerse de pie en una ventana abierta y dejar que se le ocurriese todo a Peter de repente al verla.
Poco a poco volvió al mundo de la realidad que la rodeaba, al bosque húmedo y marrón, a las curvas del camino y a la figura de Peter caminando delante, con la cabeza descubierta y una bufanda vieja y grande alrededor del cuello. No acababa de gustarle Peter porque por él le había llegado la infelicidad; si no estuviese allí, aún se pasearía por el bosque hermosa y contenta y satisfecha. Pero le era imposible pensar en nada de este mundo más que en él. Peter caminaba ligero, como un chico fuerte y ágil, y con la cabeza llena de ensueños. Era como si la tuviese atada con una cuerda y la arrastrase, hecha una vieja encorvada y decrépita, mucho más vieja que él, para que lamentase, para que llorase la juventud y la sencillez de él.
Llegaron a lo alto de otra colina desde donde se dominaba una panorámica de las partes más bajas del bosque azulenco por la bruma primaveral. Peter se detuvo y permaneció un minuto en silencio.
—¿Te acuerdas, Rosa —dijo—, de cuando éramos pequeños y veníamos aquí a coger frambuesas? Dentro de muchos años, cuando seamos viejos, vendremos otra vez. Puede que entonces todo haya cambiado, que hayan talado el bosque y no reconozcamos el lugar. Entonces hablaremos de este día.
Fue, otra vez, la mística melancolía de la adolescencia que quiere abarcar, en la misma cumbre de su vitalidad y con una grave sabiduría que se disipa muy pronto, el pasado y el futuro: el tiempo mismo en abstracto. Rosa le escuchaba, pero no podía comprenderle. Había destruido el pasado y retrocedía ante el futuro con horror. Cuanto había conseguido en el mundo, pensó, estaba en esta única hora y en el paseo de ambos hasta el mar.
Al poco rato llegaron a un borde brusco cubierto de abetos, dispersos, y descubrieron el estrecho del Sound ante sí.
Era un espectáculo maravilloso y singular. Se estaba rompiendo el hielo; a cierta distancia de la costa aún se veía, sólido, un plano de color gris blancuzco. Pero cerca de tierra se separaba de la orilla y se dispersaba en témpanos y placas, se mecía y se balanceaba y giraba lentamente, movido por la corriente de debajo. Y a lo lejos, la raya blanca, quebrada, irregular, era el mar abierto, azul pálido, casi tan liviano como el aire, un elemento poderoso, soñoliento aún tras su letargo invernal, aunque libre, vagando a impulsos de su corazón lujurioso y abrazando a toda la tierra.
Apenas había viento; pero se oía en el aire un susurro débil, como de una animada conversación en voz baja, producido por las placas de hielo al restregarse unas con otras y amontonarse para salir a flote.
Peter no había tocado a Rosa desde que había jugado con su pelo en la cama; ahora, durante un segundo, le cogió la mano y ella sintió en su cálida palma una corriente de energía y de gozo. Luego, con unas cuantas zancadas, bajó la pendiente y saltó sobre el hielo, con ella detrás.
Si Rosa hubiese tenido diez o veinte años más, quizá se habría muerto o vuelto loca de aflicción. Pero era tan joven que la desesperación misma le infundía vigor y la sostenía. Ya que sólo le quedaba esta única hora de vida, debía disfrutar, experimentar y sufrir en este tiempo lo más que podía. Saltó al hielo veloz como el chico.
Para Rosa, la máxima maravilla y placer del paisaje residía en el hecho de que todo estaba mojado. Hasta hacía muy poco, las cosas habían estado secas, duras, inflexibles al tacto, insensibles al grito del corazón. Pero aquí todo se mecía y manaba, el mundo entero era fluido. Cerca de la orilla había láminas de delgado hielo blanco que se quebraban al pisarlas, de manera que tenía que vadear los charcos de agua clara. Se le empaparon los zapatos en seguida; al correr, el agua le salpicaba la falda y la sensación de humedad universal la embriagaba. Era como si, en espacio de un minuto o dos, ella misma, y Peter también, fuesen a derretirse y disolverse en una oleada desconocida y salada de placer y a ser absorbidos por el mundo infinito, oscilante, mojado. Le parecía ver sus dos figuras muy pequeñas sobre el plano blanco. No sabía que su cara pálida estaba radiante de correr.
Aquí, sobre el hielo, la esperó Peter pacientemente, más tranquilo y sosegado que cuando corría por el camino impulsado por el intenso anhelo de su alma. Andaban o corrían el uno junto al otro. Rosa pensó: «He venido al mar con Peter, al final.» Pidió a Peter que esperase un momento.
—Mira, Peter —dijo—. Estamos yendo en dirección a Elsinore. Aquel montón de hielo que se ve allá es la casa de mi madrina. Y aquel otro es el puerto.
Siguieron directamente hacia la casa de la madrina. Por el camino dijo Peter:
—¿No es extraño el mar, Rosa? Puedes mirar por encima de él como si fuese un prado, en todo el horizonte a la redonda. Y después, al volver los ojos, puedes mirar en él como si fuese un pozo, hasta el fondo; no te oculta nada. La gente dice a veces que el mar es traicionero y que la tierra es fiel. Pero la tierra se cierra completamente a nuestra mirada. Puede haber algo a poca distancia de tus pies (un tesoro enterrado, el tesoro de un antiguo pirata), y no tener tú la menor idea. En cuanto al aire... podemos mirar a través de él, pero nunca sabremos cómo es desde el exterior. El mar es un amigo.
Se detuvieron en casa de la madrina de Rosa; se sentaron y trataron de localizar lugares a lo largo de la costa ancha y brumosa. Dos árboles hacían de mojones del pueblecito pesquero de Sletten; eran palmeras sobre una isla de coral. Un destello en el aire, producido por el tejado de cobre del castillo de Kronborg, hacia el norte, era el primer resplandor de los blancos acantilados de Dover. Hacia el sur, a una milla, había gente sobre el hielo, como ellos; serían salvajes, caníbales, a los que había que evitar. «¿Por qué no se contentará con viajes como éste?», pensó Rosa. «Así podríamos ser felices.»
Siguieron andando; de vez en cuando tenían que cruzar grandes grietas de hielo que brillaban como el cristal; el hielo tenía más de dos pies de espesor. Una de las veces le pareció a Rosa que el suelo se movía débilmente debajo de ella y tuvo la extraña sensación de que algo, o alguien, un tercer grupo, se había unido a esta aventura en el mar; pero no le dijo nada a Peter. Siguieron corriendo y saltando, siempre al lado el uno del otro.
—¡Ahora estamos ya en el puerto de Elsinore! – gritó Rosa.
Aquí el aliento del mar les llegó derechamente a sus caras ardientes y encendidas. Se notaba una corriente del sur en el día apacible: las placas de hielo, delante de ellos, se desplazaban lentamente hacia el norte.
Junto a la costa de Sealand, el viento rara vez rola al norte desde el este o al oeste; por lo general, sopla con bastante persistencia del este cuando hay lluvia y mal tiempo; luego cambia a sudeste y sur, para terminar de oeste y dejar la atmósfera limpia. A veces sigue la calma; y mientras el viento dormita, el Sound se llena poco a poco de velas fláccidas de muchos países, como gansos desperdigados que el viento reúne en el rincón de un estanque... Peter y Rosa pensaron en los barcos que habían visto aquí durante el verano.
Ahora había patos nadando en el agua pálida, de color tan parecido a ella que sólo se distinguían por sus alas y cuellos negros; eran un grupo irregular, movedizo, de motitas oscuras sobre las olas.
—Sí —dijo Peter despacio—, ahora estamos en el puerto de Elsinore. Y éste —añadió, señalando hacia adelante— es el Esperance. Está fondeado, aunque listo para zarpar —el Esperance era un gran témpano de cincuenta pies de largo y separado del hielo sobre el que se encontraban por una grieta larga—. ¿Embarco en él ahora, Rosa?
Rosa cruzó los brazos sobre su pecho:
—Sí, subamos a bordo ahora —dijo—. Estaremos en el Mar del Norte antes de que nadie se lo huela, y cerca de Inglaterra. Después, un día, doblaremos el Cabo de Hornos.
Peter exclamó:
—¿Vas a embarcar conmigo?
—Sí —dijo Rosa.
—¿Y a navegar conmigo —preguntó él— todo el trayecto hasta el Polo Sur?
—Sí —dijo ella.
—¡Ah, Rosa! —dijo Peter tras una pausa.
Siguieron dando zancadas hasta el témpano, y Peter cogió a Rosa de la mano y se la retuvo. Los dos estaban cansados de la carrera por el hielo y contentos de detenerse en cubierta.
Peter miró ante sí con la cara levantada. Pero la muchacha, al cabo de un rato, volvió la cabeza para ver cómo era su costa natal de Sealand desde tan lejos. Entonces se dio cuenta de que la grieta entre el témpano y el hielo de tierra se había agrandado. Una clara corriente de agua, de unos seis pies de anchura, circulaba ahora por donde ellos habían cruzado. Efectivamente, el Esperance había zarpado. Esta visión aterró a Rosa: le dieron ganas de gritar y echar a correr.
Pero no gritó. Se quedó inmóvil y ni siquiera le tembló la mano que le tenía cogida Peter. Un momento después la invadió una gran calma. El destino que la había asustado toda la vida y del que hoy no podía escapar... ese destino, veía ahora, era la muerte. No era otro que la muerte.
Durante unos minutos, fue la única en conocer la situación. No lo pensó demasiado: siguió de pie, erguida, grave, aceptando su destino. Sí: ella y Peter iban a morir aquí, a ahogarse. Ahora Peter no sabría nunca que ella le había fallado. Ya no importaba tampoco; podía incluso contárselo. Era Rosa otra vez, un regalo para el mundo, y para Peter. En el momento en que recobró el dominio de todo su ser para afrontar la muerte, no se afligió por sí misma. Sino que lo sintió, profundamente, por el mundo que la iba a perder. Por toda la belleza, toda la inspiración, toda la gracia de que se iba a ver privado ahora.
Peter notó el leve balanceo de la placa de hielo, se volvió y vio que iban a la deriva. El corazón le dio dos o tres latidos tremendos; subió la mano por el brazo de la muchacha, la agarró por el codo y la hizo avanzar hasta el borde del témpano. Entonces vio que quizá podía saltar él aquel canal; pero que Rosa no podría. Entonces la hizo retroceder y miró a su alrededor. Había agua por todas partes. La gente a la que habían visto en el hielo no estaba ya a la vista. Se hallaban solos los dos con el cielo y el mar.
Perplejo y tembloroso, el muchacho se tiró de los pelos con una mano, mientras con la otra sujetaba todavía a la muchacha por el codo.
—¡Y te he pedido yo que vinieses conmigo! —exclamó.
Un instante después, se volvió hacia ella y ésta fue la primera vez, desde que habían salido de casa, que la miraba. La cara redonda de Rosa estaba serena: observó a Peter por debajo de sus largas pestañas como desde una emboscada.
—Ahora navegamos directamente hacia Elsinore —dijo ella—. Es mejor así, que no volver primero a casa; ¿no te parece?
Peter se quedó mirándola y le subió lentamente la sangre a la cara, hasta que se le puso ardiendo. El peligro que corrían, y su culpa al traerla aquí, se disipó, se redujo a la nada ante el hecho de que una muchacha pudiese ser tan sublime. Mientras la miraba, su vida entera, y sus sueños de futuro, desfilaron ante él. Recordó, también, que debía subir a su habitación esa noche; y al pensar en ello, sintió un dolor intenso y fugaz. Sin embargo, esto era más maravilloso que ninguna otra cosa.
—Cuando lleguemos a Elsinore —dijo Rosa—, donde se estrecha el Sound, el capitán del Esperance nos verá y nos subirá a su barco, ¿no crees?
El corazón del muchacho rebosaba de adoración. Sintió el viento suave y el olor a mar en las ventanas de la nariz; y el movimiento del agua que aterraba a Rosa le embriagó. Era imposible que no tuviese esperanza; no podía ser que no tuviese fe en su estrella. Le parecía, en este momento, que durante mucho tiempo, quizá durante toda su vida, se había ido elevando de un éxtasis a otro y que tal vez era éste el milagro supremo que los coronaba todos. Nunca había tenido miedo a morir, pero ahora no podía aceptar la idea de la muerte, porque no había concebido antes que la vida fuese tan poderosa. Al mismo tiempo, igual que la realidad y el sueño, en el témpano, parecían haberse fundido en una sola cosa, la distinción entre la vida y la muerte pareció desvanecerse. Intuía vagamente que era este estado el que se designaba con la palabra inmortalidad. Así que no miró ya adelante ni atrás: el instante le contenía.
Soltó el brazo de Rosa y volvió a mirar en torno suyo. Fue a recoger los bastones que había dejado al subir al Esperance. Estuvo un rato ocupado en hacer un agujero en el hielo con el cuchillo, a fin de clavar un bastón en él, y atar su pañuelo rojo en la punta. Ahora les serviría de señal de socorro, y podría verse de lejos. Ató el cuchillo al bastón de Rosa con un trozo de cordel que llevaba en el bolsillo y lo transformó en bichero: si la corriente les arrimaba por casualidad al hielo de tierra, podría sujetarse con él. Rosa lo observaba todo.
Con la bandera en alto, el témpano en el que iban se convirtió en algo distinto de los que les rodeaban, en un barco, en un hogar en el agua, para ella y él. No hacía frío: una luz plateada había invadido el cielo. A Peter le pasó por la cabeza una idea singular: le habría gustado tener su flauta, tocar para ella mientras navegaban, ya que hasta ahora nunca se había dignado escucharle.
Llevaba en el bolsillo una botella de ginebra. La sacó y le dijo a Rosa que bebiese. Le haría bien, dijo, y él bebería un poco después. A Rosa le desagradaba el olor de la ginebra y se había enfadado con Peter por beber. Ahora, tras dudar un poco, accedió a probarla e incluso a beber de la botella, ya que no tenían vasos. Las pocas gotas que tragó le hicieron toser y le asomaron lágrimas a los ojos; pero cuando recobró el aliento dijo:
—No es tan mala la ginebra, después de todo.
Tomó incluso otro sorbo, por Peter, que le dio calor a todo su ser y le iluminó el mundo. Luego Peter echó un trago y dejó la botella en el hielo.
Peter se quitó la chaqueta y la bufanda, envolvió a Rosa con ellas y le cruzó la bufanda sobre el pecho; Rosa le dejó hacer sin decir nada.
—¿Por qué te has peinado para arriba hoy? —le preguntó.
Rosa se limitó a menear la cabeza por toda respuesta; sería muy largo de explicar.
—Suéltatelo —dijo él—. Así el viento te lo agitará.
—No, no puedo levantar los brazos, con tu bufanda enrollada —dijo Rosa.
—¿Puedo soltártelo yo? —preguntó él.
—Sí —dijo ella.
Peter, con dedos hábiles, adiestrados en el aparejo del bricbarca Rosa, desató la cinta que le sujetaba el pelo en lo alto mientras ella permanecía quieta, pacientemente, con la cabeza un poco inclinada hacia él. La masa suave y reluciente de cabello se soltó y se desmoronó, cubriéndole las mejillas, el cuello y el pecho; y, tal como él había pronosticado, el viento agitó los mechones y azotó suavemente con ellos la cara de Peter.
En ese momento, de repente, inesperadamente, el hielo se quebró bajo los pies de los dos como si hubiesen pisado una grieta oculta y hubiese cedido bajo su peso. La rotura les hizo caer de rodillas, el uno sobre el otro. Durante un minuto, el hielo les sostuvo aún, un pie por debajo de la superficie del agua. Podían haberse salvado entonces, si se hubiesen separado a uno y otro lado de la grieta; pero a ninguno de los dos se le ocurrió tal posibilidad.
Peter, al notar que perdía el equilibrio y el agua helada en los pies, cerró los brazos con un gran movimiento en torno a Rosa y la atrajo hacia sí. Y en este último instante la impresión fantástica, desconocida, de no pisar nada firme debajo de él, se mezcló en su conciencia con una sensación de dulzura, del cuerpo de ella contra el suyo. Rosa apretó su rostro contra la clavícula de Peter y cerró los ojos.
La corriente era fuerte; les arrastró hacia el fondo, el uno en brazos del otro, en pocos segundos.


El escritor Charles Despard entró en un pequeño café de París, donde encontró a un amigo y compatriota cenando pacíficamente en una mesa junto a la ventana. Se sentó frente a él, dejó escapar un hondo suspiro de alivio y pidió un vaso de ajenjo. Hasta que no se lo sirvieron y dio un sorbo no dijo una sola palabra, limitándose a escuchar con atención los comentarios trillados de su compañero.
Nevaba en la calle. Los pasos de los transeúntes eran inaudibles sobre la delgada capa de nieve que cubría el pavimento: la tierra estaba muda y sorda. Pero el aire estaba intensamente vivo. En los intervalos oscuros entre las farolas, la nieve se daba a conocer a los viandantes en forma de un roce cristalino, helado, multitudinario sobre las pestañas y la boca; pero alrededor de los cristales que protegían la luz de gas se hacía visible un torbellino de alitas transiluminadas que danzaban arriba y abajo, un sistema de mundos minúsculos y blancos, como un enjambre febril y silencioso. La catedral de Notre Dame se recortaba alta y adusta como una roca, elevándose infinitamente hasta la ciega oscuridad de la noche.
Charlie acababa de cosechar un gran éxito con su nuevo libro, y estaba ganando mucho dinero. No servía para gastarlo porque había sido pobre toda su vida y no tenía gustos caros; y cuando se fijaba en los demás para aprender de ellos, la manera con que se deshacían de sus ingresos le parecía casi siempre insípida y estúpida. Así que dejaba su fortuna en manos de los banqueros, que eran gente misteriosamente sagaz y experta en este aspecto de la vida, y andaba casi siempre con muy poco dinero encima. A todo esto, su mujer había vuelto con su propia familia, y él carecía de domicilio fijo y andaba viajando de un lado para otro. Se sentía a gusto en casi todos los lugares, aunque sentía en el corazón una ligera y constante nostalgia de Londres, y de la vida que había llevado allí.
Ahora estaba callado, cohibido ante la compañía humana, y dominado por ese estado especial que se expresa en el viejo adagio: omne animal post coitum triste. Porque para Charlie la actividad de escribir y la de hacer el amor estaban estrechamente relacionadas. Ocurría a veces que, al oír una tonada, o percibir un olor, se decía a sí mismo: «Yo he oído esa tonada, o he percibido ese olor, antes, en un momento en que estaba sumergido en el amor, o trabajando en un libro; no recuerdo qué. Pero sí sé que, en el punto culminante de mi vitalidad, mi ser se derramaba en armonía y éxtasis, y que todo parecía estar, de manera excepcional y feliz, en su lugar adecuado.» Así, pues, estaba sentado junto a la mesa como el hombre que acaba de dar fin a un lance amoroso, frío y exhausto, con una intensa sensación de vacío y vanidad de todas las ambiciones humanas. Sin embargo, se alegraba de haber encontrado a su amigo, con el que siempre se entendía bien.
Charlie era un hombre bajo, delgado, y parecía muy joven para su edad; pero su compañero era más bajo que él, y de edad indefinible, aunque el poeta sabía que tenía diez o quince años más que él. Era de constitución tan bien proporcionada, con unas manos delicadas, una boca noble y pequeña, una tez lozana y una voz melodiosa, que podía haber pasado por un modelo en miniatura de figura humana confeccionada para un museo. Sus ropas eran pulcras y de corte elegante; su sombrero de copa descansaba en un anaquel que tenía detrás, sobre su abrigo y su paraguas.
Se llamaba Eneas Snell, o eso decía él; pero pese a sus modales suaves y encantadores, su origen y su vida pasada eran oscuros incluso para sus amigos. Se decía que había sido clérigo, y que le habían obligado a colgar los hábitos en una etapa temprana de su carrera. Más tarde se había hecho médico, especialista en enfermedades de la piel, y que había desempeñado bien su profesión. Había viajado mucho por Europa, África y Asia, y conocía muchas ciudades y hombres. No le había sucedido ningún gran acontecimiento, ni afortunado ni triste, pero el destino había querido que tuvieran lugar extraños sucesos, catástrofes y dramas allí donde él estaba presente. Había estado en Egipto durante una epidemia de peste, se encontraba al servicio de un príncipe indio cuando éste sufrió un motín, y era secretario del duque de Choiseul cuando este noble asesinó a su esposa. En la actualidad era administrador de un nuevo rico de París. Sus amigos se extrañaban de que un hombre de tanto talento y experiencia se resignase a pasarse la vida al servicio de otro; pero Eneas explicaba su caso haciéndoles notar la flema o pasividad de su carácter. No era capaz, decía, de encontrar motivo para hacer una cosa; pero el hecho de que otro le pidiese o le dijese que la hiciera era para él motivo plausible para llevarla a cabo. Cumplía bien como administrador, y tenía la confianza de su jefe en todos los terrenos. Algo en su ademán y en su aire daba a entender que al asumir este trabajo se honraba a sí mismo y a su jefe; y este rasgo atraía enormemente al rico caballero francés. Era un compañero agradable, un oyente paciente, y un narrador hábil; no dejaba que su propia persona desempeñase un papel de importancia en sus historias, sino que contaba sus más extraños relatos como si hubiesen tenido lugar ante sus propios ojos, cosa que, efectivamente, muy bien podía haber sido así.
Cuando Charlie se hubo bebido su ajenjo, se volvió más comunicativo; apoyó un brazo en la mesa, la barbilla en la mano, y dijo lenta y gravemente:
—Amarás tu arte con todo tu corazón y toda tu alma. Y amarás a tu público como a ti mismo.
Y al cabo de un rato añadió:
—Todas las relaciones humanas tienen en sí mismas algo de monstruoso y de cruel. Pero la relación del artista con el público se encuentra entre las más monstruosas. Sí; es terrible como el matrimonio.
Seguidamente, le dirigió a Eneas una mirada profunda, amarga, atormentada, como si viese en él la encarnación de su público.
—Porque —prosiguió— los artistas y el público, muy en contra de nuestra voluntad, dependemos el uno del otro para nuestra misma existencia.
Aquí los ojos de Charlie, negros de dolor, lanzaron una mortal acusación a su amigo. Eneas se dio cuenta de que el poeta se encontraba en un estado de ánimo tan peligroso que el menor comentario trivial podía desequilibrarle.
—Aunque así sea —dijo—, ¿no te ha hecho la vida agradable tu público?
Pero incluso estas palabras desconcertaron de tal modo a Charlie que permaneció callado largo rato.
—¡Dios mío! —dijo por fin—. ¿Crees acaso que estoy hablando de mi pan cotidiano, de este vaso, o de mi chaqueta y mi corbata? Por el amor de Dios, intenta comprender lo que digo. No; cada uno de nosotros esperamos el consentimiento o la cooperación del otro para surgir a la existencia. Si no hay obra de arte que contemplar, o que escuchar, no hay público; eso está claro, supongo, incluso para ti, ¿no? En cuanto a la obra de arte, ¿existe un cuadro que no contempla nadie, o un libro que no es leído jamás? No, Eneas, tiene que ser contemplado, tiene que ser leído. Y repito: por el mismo acto de ser contemplado, o de ser leído, surge a la existencia ese ser formidable que es el espectador, el cual, suficientemente multiplicado (y necesitamos que se multiplique, como miserables criaturas que somos), se convertirá en público. Por tanto, como ves, estamos a merced de él.
—En ese caso —dijo Eneas—, tened un poco de compasión el uno por el otro.
—¿Compasión? ¿De qué hablas? —dijo Charlie, y cayó en un profundo ensimismamiento. Tras una larga pausa dijo muy despacio—: No podemos tener compasión el uno del otro. El público no puede ser compasivo con un artista; si lo fuese, no sería público. A Dios gracias. Y tampoco puede ser el artista misericordioso con su público; o al menos no lo ha intentado jamás.
»No —dijo—, te voy a explicar lo que ocurre con nosotros. Todas las obras de arte son hermosas y perfectas. Y todas son, al mismo tiempo, horrendas, ridículas, completos fracasos. En el momento en que empiezo un libro, éste es siempre precioso. Lo miro, y lo encuentro bueno. Mientras estoy en el primer capítulo, es equilibrado, hay un dulce acuerdo entre las diversas partes, de manera que su totalidad constituye una maravillosa armonía; y por lo general, en esa etapa, el último capítulo del libro es el más precioso de todos. Pero a la vez, desde el momento de empezarlo, es seguido por una sombra horrible, por una repugnante y nauseabunda deformidad que, sin embargo, es igual que él, y a veces (a menudo incluso) lo suplanta, de manera que ni yo mismo reconozco mi obra, y huyo de ella como la campesina del niño que le han cambiado en la cuna, y me santiguo ante la idea de haber llegado a considerarlo alguna vez como mi propia sangre. En resumidas cuentas: toda obra de arte es a la vez idealización y perversión, o caricatura, de sí misma. Y el público tiene poder para hacer de ella, para bien o para mal, una cosa o la otra. Cuando el corazón del público se siente conmovido o estremecido por ella, y la aclama con lágrimas de contrición y orgullo como obra maestra, se convierte en la obra maestra que yo he visto al principio. Y cuando la acusa de insípida y sin valor, se vuelve sin valor. Pero cuando no la mira siquiera, voilà, como dicen por aquí: no existe. En vano puedo gritarles: "¿Acaso no veis nada aquí?" Me contestarán, con toda justicia: "No vemos nada en absoluto, a pesar de que vemos cuanto hay." Eneas, si es ése el caso del artista con su público, más vale que deje de pintar o de escribir.
»Pero no vayas a creer —dijo tras un silencio— que no tengo compasión con el público, o que no me doy cuenta de mi culpabilidad respecto a él. Tengo compasión de él, y me abruma el alma. He tenido que leer el Libro de Job a fin de que me diera fuerzas para sobrellevar mi responsabilidad.
—¿Te consideras en la misma posición de Job, Charlie? —preguntó Eneas.
—No —dijo Charlie solemne y orgullosamente—, en la posición del Señor.
»Me he comportado con mi lector —prosiguió despacio— como el Señor se comporta con Job. Sé (nadie lo sabe tan bien como yo) cómo necesita el Señor a Job como público, y no puede prescindir de él. Sí, no sabemos, incluso, si no depende más el Señor de Job que Job del Señor. He hecho una apuesta con Satanás sobre el alma de mi lector. He desfigurado su sendero y he desatado los terrores contra él, he hecho que cabalgue sobre el viento y he disuelto su sustancia; y cuando esperaba la luz, he encontrado las tinieblas. Y Job quiere ser el público del Señor como mi público no desea serlo mío.
Charlie suspiró, y miró su vaso, luego se lo llevó a los labios y lo vació.
—Sin embargo —dijo—, al final se reconcilian los dos; es bueno leer. Porque el Señor asume la defensa del artista, y sólo del artista. Barre de un soplo los escrúpulos morales y los sufrimientos morales de su público; no intenta justificar su papel con ninguna discusión sobre lo bueno y lo malo. "¿Acaso quieres anular mi sentencia?", pregunta el Señor. "¿Conoces las ordenanzas del cielo? ¿Has peregrinado en busca de las profundidades? ¿No puedes elevar la voz hasta las nubes? ¿No puedes conseguir la dulce influencia de las Pléyades?" Sí, habla de los horrores y abominaciones de la existencia, y pregunta alegremente a su público si jugará también con ellos como con un pájaro, y dejará a sus jóvenes que hagan lo mismo. Y Job es, efectivamente, el público ideal. ¿Quién de nosotros volverá a encontrar un público como ése? Ante tales argumentos, inclina la cabeza y renuncia a su queja; comprende que es mejor, y más seguro, ponerse en manos del artista que en las de ningún otro poder del mundo, y admite que ha dicho lo que no comprendía —Charlie hizo una pausa—. El Señor ha hecho lo mismo conmigo también —dijo con gravedad; dejó escapar un suspiro y prosiguió—: He leído el Libro de Job muchas veces —concluyó—; de noche, cuando no podía dormir. Y he dormido muy mal estos últimos meses.
Se quedó callado, abismado en sus recuerdos.
—Sin embargo, me pregunto —dijo tras una larga pausa— cuál será el sentido de todo esto. ¿Por qué no podemos dejar de pintar o de escribir, y dejar en paz al público? ¿Qué beneficio le hacemos, en realidad? ¿Qué beneficio representa, en definitiva, el arte para el hombre? Vanidad de vanidades, y todo vanidad.
Eneas, a todo esto, había terminado de cenar, y daba apaciblemente pequeños sorbitos a su café.
—Monsieur Kohl, mi jefe —dijo—, es un diletante de la pintura, y quiere montar una galería en su hotel. Pero como no tiene verdaderos conocimientos de este arte, ni tiempo para adquirirlos, solía fastidiarle y molestarle hacer la selección de los cuadros. Ahora, en cambio, he visitado yo a los pintores en su nombre, uno por uno, y les he pedido que me vendan el cuadro que, de todos los que han producido, consideran a su juicio que es el mejor. Nuestra galería va en aumento, y será muy buena.
—Tu jefe se equivoca —dijo Charlie lúgubremente—. El artista no sabe cuál es su mejor obra. Aunque los tuyos sean personas honradas, y no intenten colarte el cuadro que no pueden vender (como merecías que hiciesen), no lo saben.
—No; no lo saben —dijo Eneas—. Pero una colección de cuadros, en la que cada obra ha sido elegida por su propio pintor como la mejor, puede muy bien atraer la curiosidad del público, y aumentar su precio en una subasta.
—Así —dijo Charlie con amargura— que andas haciendo recados, de artista en artista, para un rico diletante. Sin embargo, jamás has pintado ni comprado un solo cuadro por tu cuenta y riesgo. Cuando te llegue la hora de abandonar este mundo, puede que ni siquiera hayas vivido —Eneas asintió con la cabeza—. ¿A qué dices que sí? —preguntó Charlie.
—A lo que estás diciendo —dijo Eneas—. Puede ser que ni siquiera haya vivido.
Charlie se había librado ahora del desasosiego y el mal humor que tenía al principio de llegar al café, y comprendió que era más agradable escuchar que seguir hablando. Se dio cuenta también de que tenía hambre, y pidió de comer. Cuando se hubo terminado la sopa, se recostó en su silla, paseó la mirada por la estancia como si la viese por primera vez y con voz baja y lánguida, como de convaleciente, le dijo a Eneas:
—¿Serías capaz de contarme un cuento, al menos?
Eneas removió su café con la cucharilla, y sacó azúcar del fondo de la taza. Se llevó la servilleta a la boca, la dobló y la depositó sobre la mesa.
—Sí, puedo contarte un cuento —dijo.
Permaneció callado un minuto o dos, buscando en su memoria. Durante ese tiempo, aunque estaba callado, experimentó un cambio: se desvaneció el administrador remilgado, y en su lugar surgió una figura pequeña, concentrada, peligrosa, sólida, alerta, implacable: la del narrador de todas las épocas.
—Sí —dijo por fin, y sonrió—; puedo contarte una historia consoladora —y con voz agradable y modulada empezó:
»Cuando yo era joven, estuve empleado en una acreditada casa de Londres que se dedicaba a la venta de alfombras, en la que me destinaron a viajar por Persia a fin de adquirir alfombras antiguas. Pero por vicisitudes del destino me convertí, durante dos años (en un período de incertidumbre e intrigas políticas en el que ingleses y rusos se disputaban la mayor influencia sobre la corte persa), en médico habitual del soberano de Persia, y dignísimo príncipe, el sha Mohamed. Estaba gravemente aquejado de erisipela, enfermedad para la que había tenido yo la fortuna de encontrar remedio. El actual sha, Nasrud-Din Mirza, era entonces heredero del trono.
—»Nasrud-Din era un príncipe joven, alegre, deseoso de progreso y de reforma, y de espíritu porfiado e imaginativo. Ambicionaba conocer la situación y circunstancias de sus súbditos, desde el más rico al más pobre, y no se daba tregua a sí mismo ni a cuantos le rodeaban en esta empresa. Había estudiado los cuentos de Las mil y una noches, y tras esta lectura le apeteció adoptar el papel del califa Harún de Bagdad. Así, pues, a imitación de este personaje clásico, vagaba a menudo disfrazado de mendigo, de buhonero o de prestidigitador, por su ciudad de Teherán, visitando los mercados y las tabernas. Escuchaba las conversaciones de los trabajadores, los aguadores y las prostitutas, a fin de conocer su verdadera opinión sobre los funcionarios y palaciegos y sobre la observancia de la justicia en el reino.
»Este capricho del príncipe causaba gran alarma y tribulación a sus ancianos consejeros. Porque consideraban una situación insostenible y paradójica que un príncipe fuese tan au fait en cuanto a las actividades y sentimientos de su pueblo, y que ello trastornaría muy probablemente el antiguo sistema del país. Trataron de hacerle ver los peligros a los que se exponía, y la injusticia que, con su intrepidez, estaba cometiendo con el reino de Persia, que de este modo podía sufrir sin motivo la más dolorosa de las pérdidas. Pero cuanto más le decían, más se empeñaba el príncipe Nasrud-Din en su idea. Los ministros entonces recurrieron a otras medidas. Cuidaron de que, allá donde fuese, le siguieran secretamente guardias armados; asimismo, sobornaron a sus criados y pajes a fin de averiguar con qué disfraces iba a salir, y a qué parte de la ciudad se dirigía; y a menudo, el mendigo y la prostituta con los que el príncipe trababa conversación estaban instruidos previamente por los prudentes ancianos. Nasrud-Din no sabía nada de esto, y los consejeros temían su ira, si llegaba a averiguarlo; de manera que incluso entre ellos guardaban silencio sobre tales manejos.
»Y ocurrió que, en la época en que estaba yo en la corte, el viejo primer ministro Mirza Aghai solicitó un día audiencia al príncipe, y le comunicó solemnemente cierta información de carácter extraño y siniestro.
»Había en la ciudad de Teherán, dijo, un hombre tan parecido al príncipe Nasrud-Din en la cara, la estatura y la voz, que ni la reina, su madre, podría distinguir al uno del otro. Además, el desconocido imitaba y copiaba minuciosamente los gestos y hábitos del príncipe. Este hombre llevaba unos meses deambulando por los barrios más pobres de la ciudad, disfrazado de mendigo, a la manera como solía hacer el príncipe; se sentaba junto a las puertas de la muralla, y allí interrogaba a la gente y conversaba con ella. ¿No probaba esto, preguntó el viejo ministro, lo peligrosa que era esta diversión del príncipe? Porque, ¿qué había detrás de esta conducta? ¿O era aquel embaucador un instrumento en manos de los enemigos del sha, enviado por ellos para sembrar el descontento y la rebelión entre el populacho, o un impostor de inaudita temeridad y oscuras intenciones, que quizá acariciaba el horrible plan de suprimir al heredero del trono, y hacerse pasar por el príncipe ante el pueblo? El anciano había pasado lista mentalmente de todos los enemigos de la Casa Real. Ante él se había alzado la sombra de un gran señor, primo del sha, decapitado a raíz de una rebelión hacía veinte años, y recordó haber oído decir que había dejado un hijo póstumo que llevaba el nombre del proscrito. Tal vez trataba de vengar a su padre, y de desquitarse él también. Así que suplicaba a su joven señor que renunciase a sus excursiones hasta tanto no fuese detenido y castigado aquel intrigante.
»Nasrud-Din escuchó la propuesta del chambelán mientras jugaba con las borlas de seda que le colgaban de la vaina de su espada. ¿Qué decía a la gente, preguntó, este desconocido conspirador, doble suyo, y qué impresión producía en ella?
»—Mi señor —dijo Mirza Aghai—, no os puedo informar con exactitud sobre lo que dice a la gente, en parte porque sus palabras parecen ser oscuras y nobles, de forma que quienes las oyen no las recuerdan, y en parte porque en realidad no habla mucho. Pero la impresión que produce es desde luego muy profunda. Porque no se contenta con indagar sobre la suerte de todos, sino que se ha propuesto compartirla con ellos. Se sabe que ha dormido junto a las murallas durante las noches de invierno, que vive de las sobras que le dan los desheredados, y que, cuando no pueden darle nada, ayuna todo el día. Frecuenta a las prostitutas más baratas de la ciudad a fin de convencer a los pobres de su compasión y su simpatía. Sí; para ganarse la voluntad de los más humildes de vuestro pueblo va, al amparo vuestro, en compañía de una muchacha que actúa con un asno en la taberna de una plaza de mercado. Y todo esto, príncipe mío, con vuestra efigie.
»El príncipe era un joven alegre y valeroso; le divertía alarmar a los prudentes ancianos de la corte de su padre, y vio en la historia de Mirza Aghai la promesa de una singular aventura. Después de meditar el caso, le dijo al ministro que no renunciaría a conocer a su doppelgänger. Iría a hablar personalmente con él, y averiguaría la verdad sobre el caso. Prohibió a los ancianos que se interpusieran en su plan, y esta vez tomó tales precauciones que fue imposible contenerle o controlarle. En vano le suplicó Mirza Aghai que renunciase a tan peligroso proyecto. La única concesión que consiguieron arrancarle al final fue la promesa de que iría bien armado, y que llevaría consigo a un acompañante de su confianza.
»Por entonces yo visitaba con frecuencia al joven príncipe. Porque el príncipe Nasrud-Din tenía en el pómulo izquierdo un lunar del tamaño de una cereza. Le afeaba un poco, y como era natural, le estorbaba cuando quería salir de incógnito. Así que, al ver cómo había logrado curar a su padre el sha, me pidió que le librase del nevo. El tratamiento fue lento; tuve tiempo de distraer al príncipe contándole cosas, ya que era algo que le entusiasmaba, y yo conocía, como es natural, gran cantidad de historias pertenecientes a nuestra civilización clásica occidental, que eran nuevas para él.
»El príncipe temía engordar, también, de manera que a veces comía muy poco. La reina, su madre, que pensaba que nunca había estado más adorable que cuando, de niño, había estado gordo, se preocupaba de que los proveedores y jefes de cocina de la casa real le trajesen y preparasen los platos más raros que pudieran tentar el apetito de su hijo. Ahora observó que, cuando yo le contaba historias, el príncipe permanecía largo rato sentado ante su comida; así que me rogó que le acompañase a la mesa. Le conté al príncipe todo lo que recordaba de la Divina Comedia, y de algunas de las tragedias de Shakespeare, además de Los misterios de París entero, de Eugène Sue, que había leído poco antes de abandonar Europa. Me gané su confianza en el curso de nuestras charlas sobre estas obras de arte; y cuando, a la sazón, tuvo que elegir compañero para su expedición secreta, me pidió que fuese con él.
»Disfrutó mandando que me vistiesen como un mendigo persa, con una gran capa, babuchas y un parche en un ojo. Cada uno llevábamos un puñal en el cinturón y una pistola en el pecho; el príncipe me regaló el puñal que yo llevaba, con puño de plata incrustado de turquesas. El anciano ministro Mirza Aghai se acercó a mí, me prometió su gratitud, y un puesto vitalicio y lucrativo en la corte, si conseguía disuadir a Nasrud-Din de su empeño. Pero yo no tenía fe en mi capacidad para disuadir a un príncipe, ni ganas de hacerlo.
»Así, pues, durante unas cuantas noches de principios de la primavera vagamos por los callejones y los barrios sórdidos de Teherán. Los melocotoneros estaban ya en flor en las terrazas de los jardines reales, y en la yerba había azafrán y junquillos. Pero el aire era frío y la noche helada no lejos de allí.
»En la ciudad de Teherán, las noches en esa estación son maravillosamente azules. Las antiguas murallas grises, los plátanos y los olivos de los jardines, las gentes con sus vestimentas de color pardo, y las largas filas de camellos cargados que entran por las puertas... todo parece flotar en una delicada bruma azul celeste.
»El príncipe y yo visitamos extraños lugares, y conocimos a bailarinas, ladrones, alcahuetas y adivinos. Sostuvimos largas discusiones sobre religión y el amor, y nos reímos muchas veces, porque éramos jóvenes los dos. Pero estuvimos un tiempo sin encontrar al hombre tras cuya pista íbamos, ni oímos hablar de él en ninguna parte... Sin embargo, sabíamos el nombre por el que se hacía llamar: el mismo que utilizaba el príncipe cuando se disfrazaba de mendigo. Y por fin, una noche, un chico nos guió a un mercado próximo a la puerta más antigua de la ciudad, donde, se decía, el conspirador solía sentarse a aquella hora. El chico se detuvo junto al pozo de la plaza, y nos señaló una figura menuda, sentada en el suelo a cierta distancia. Nos dirigió una mirada serena, firme, y dijo:
»—No daré un paso más —y echó a correr.
»Nos quedamos parados un momento, acariciando nuestro cuchillo y nuestra pistola. Era una plaza pobre y mísera; unos callejones estrechos desembocaban en ella; las casas se encontraban en un estado lamentable y ruinoso; el aire estaba cargado de olores nauseabundos; el suelo, destrozado y polvoriento. Habían regresado del trabajo sus andrajosos habitantes, y en la última hora de luz haraganeaban y charlaban fuera de sus hogares, o sacaban agua del pozo. Unos cuantos estaban bebiendo vino ante el mostrador de una taberna abierta; nos acercamos nosotros también, y pedimos el más barato que tenía el tabernero, ya que éramos mendigos esa noche. Mientras bebíamos, seguimos observando al hombre sentado en el suelo.
»Había una higuera vieja y retorcida que salía de una grieta de la muralla, y estaba sentado debajo. No le rodeaba ninguna multitud, como nos habíamos sentido inclinados a esperar. Pero mientras yo le miraba, observé que un par de transeúntes aminoraban el paso al verle. Se detenían, intercambiaban unas palabras entre sí, antes de proseguir su marcha, y pareció que desviaban el rostro a medias al pasar junto a él, mostrando veneración y temor ante su proximidad. Al comprender la escena que se acababa de desarrollar ante mí, la consideré más bien sorprendente e inusitada. Era el lugar más sórdido y miserable de cuantos había visitado en la ciudad, aunque había dignidad en su ambiente, y una quietud como de confianza y expectación. Los niños jugaban sin pelearse ni gritar, las mujeres charlaban y reían con moderación y alegría, y los que iban por agua esperaban pacientes uno tras otro.
»El tabernero hablaba con uno que conducía un asno, quien le había llevado dos grandes canastos de judías verdes, coles y lechugas. El del asno dijo:
»—¿Qué crees que cenarán esta noche en palacio?
»—¿Qué cenarán? —replicó el tabernero—. No es fácil de adivinar. Puede que tengan pavo relleno de aceitunas. O que sirvan lenguas de carpa guisadas con vino tinto. O que tomen cordero bien cebado y condimentado con especias.
»—¡Dios mío, sí! —exclamó el del asno.
»El príncipe y yo sonreímos ante la descripción de platos tan extraordinarios, que evidentemente eran exquisiteces para los pobres. El príncipe Nasrud-Din pagó el vino, se echó el manto de mendigo por encima de la cabeza y sin decir palabra fue a sentarse a cierta distancia del desconocido. Yo me puse a su lado, junto a la muralla.
»El hombre al que hacía tantas horas que buscábamos, y del que tanto habíamos hablado, era una persona tranquila; no alzó los ojos para mirar a los recién llegados. Estaba sentado en tierra con las piernas cruzadas, la cabeza inclinada y las manos entrelazadas y descansando en el suelo delante de él. A su lado tenía su cuenco de mendigo; estaba vacío.
»Llevaba puesto un amplio manto, como el del príncipe, sólo que más remendado y andrajoso. Tenía una capucha que le cubría parcialmente la cabeza; pero aunque permanecía tan inmóvil, con los ojos bajos, pude estudiar su rostro. Era cierto que se parecía al príncipe. Se trataba de un joven moreno, delgado, algo mayor que Nasrud-Din, de la edad que el príncipe representaba en su papel de mendigo. Tenía unas pestañas largas y negras, y una barbita pequeña, rala y negra, semejante a la que el príncipe solía ponerse para disfrazarse; sólo que la de este hombre era natural. En la mejilla izquierda tenía un lunar oscuro del tamaño de una cereza; y vi, porque tenía experiencia en esta materia, que era postizo, aunque se lo había colocado con habilidad. En cuanto a su semblante y actitud, no era ni mucho menos la del atrevido y peligroso conspirador con quien esperaba toparme. Su rostro era apacible, hasta el punto de que no recordaba haber contemplado una expresión humana más serena. Estaba, también, exento de astucia, y hasta de mucha inteligencia. Aquella dignidad y sosiego que, hacía un momento, me había sorprendido notar en su entorno se repetía en la figura del hombre mismo; como si tales cualidades se concentrasen o emanasen de la persona de este andrajoso y flaco pordiosero. Quizá, pensé, existen pocas cosas que confieran tanta dignidad al aspecto de un hombre como la expresión de completo contento y autosuficiencia.
»Cuando llevábamos sentados un rato en silencio, pasó un entierro pobre camino del cementerio, situado fuera de las murallas, con el cadáver sobre unas parihuelas cubierto con un paño, y unas pocas personas detrás, seguidas de algunos ociosos de la calle. Al descubrir al mendigo sentado debajo de la higuera, parecieron sentirse dominados también por una especie de temor o veneración; se apartaron un poco al pasar, pero no le dirigieron la palabra.
»Cuando hubieron desaparecido, alzó la cabeza, miró ante sí y dijo en voz baja y suave:
»—La Vida y la Muerte son dos cofres cerrados, cada uno de los cuales contiene la llave del otro.
»El príncipe, al oírle la voz, se le quedó mirando, tan parecido era su modo de hablar, incluso con un ligero tono nasal, al suyo propio. Un instante después le dirigió la palabra:
»—Soy mendigo como tú —dijo—, y he venido aquí para recibir la limosna que las gentes misericordiosas quieran darme. Aprovechemos la ocasión mientras esperamos, y hablemos de nuestras vidas. ¿Es tu vida de mendigo de tan poco valor que te gustaría cambiarla por la muerte?
»El mendigo no estaba preparado para una pregunta tan directa. Tardó un minuto o dos en contestar; luego meneó la cabeza y dijo:
»—De ninguna manera.
»Entretanto, una pobre mujer cruzó vacilante la plaza y vino directamente hacia nosotros; se acercó al mendigo con la misma actitud sumisa y temerosa que los demás, bajando el rostro mientras hablaba. Apretaba un pan contra su pecho; y al detenerse, se lo tendió a él con ambas manos.
»—En nombre de Dios misericordioso —dijo—, toma este pan y cómetelo. Hemos visto que llevas sentado dos días aquí, en la muralla, sin haber comido nada. Aunque soy vieja, y la más pobre del vecindario, creo que no rechazarás una limosna mía.
»El mendigo alzó la mano suavemente para rechazar la ofrenda.
»—No —dijo—, llévate tu pan. No quiero comer esta noche. Porque sé de un mendigo, hermano mío en la mendicidad, que estuvo tres días enteros sentado junto a las murallas de la ciudad sin recibir nada. Experimentaré yo también qué sentía y qué pensaba.
»—¡Ay, Dios mío! —suspiró la anciana—, si no quieres comerte este pan, tampoco me lo comeré yo; se lo daré a los bueyes de las carretas que entran por la puerta, que van cansados y hambrientos.
»Y sin más se alejó con paso inseguro.
»Cuando se hubo marchado, el príncipe se dirigió otra vez al mendigo.
»—Te equivocas —dijo—. Ningún mendigo de la ciudad ha estado sentado junto a las murallas de la ciudad tres días sin recibir nada. Yo mismo he pedido limosna, y nunca he estado sin recibir comida un día entero. El pueblo de Teherán no es tan duro de corazón ni tan menesteroso como para permitir que el más humilde de los mendigos pase hambre tres días seguidos.
»A lo que el mendigo no contestó nada.
»Empezaba a hacer frío. El espacio inmenso, por encima de nuestras cabezas, era todavía puro como el cristal, y estaba inundado de una luz suave; habían salido innumerables murciélagos de los agujeros de la muralla, y daban silenciosas pasadas en él, arriba y abajo. Pero la tierra y cuanto a ella pertenecía estaba envuelta en una sombra azul; parecía primorosamente esmaltada de lapislázuli. El mendigo se envolvió en su manto y se estremeció.
»—Será mejor —dije— que busquemos un poco de protección en la puerta.
»—Yo no me iré de aquí —dijo el mendigo—. Los guardianes echan a los mendigos a palos de la puerta.
»—Te equivocas otra vez —dijo el príncipe—; yo, que soy mendigo también, he buscado refugio en las puertas, y ningún guardián me ha dicho nunca que me vaya. Pues es de ley que los pobres y los que están sin hogar puedan sentarse en las puertas de mi ciudad cuando el tráfico del día ha terminado.
»El mendigo meditó un minuto sus palabras; luego volvió la cabeza y le miró:
»—¿Sois el príncipe Nasrud-Din? —le preguntó.
»El príncipe Nasrud-Din se sobresaltó y se desconcertó ante la pregunta tan directa del mendigo; se llevó la mano al cuchillo, igual que yo. Pero un segundo después le miró altivamente a la cara.
»—Sí, soy Nasrud-Din —dijo—. Sin duda conoces mi cara, ya que la has imitado. Debe de hacer mucho que me sigues, y muy de cerca, para representar mi papel a los ojos de mi pueblo con tanta habilidad. Hace tiempo, también, que estoy enterado de tu juego. Pero ignoro tus razones para llevarlo a la práctica. He venido aquí esta noche para saberlas de tus labios.
»El mendigo no contestó en seguida; luego volvió a negar con la cabeza.
»—Ay, mi amable señor —dijo—. ¿Podéis decir eso en justicia, cuando tengo las ropas y la figura que vos consideráis más distintas de las vuestras habituales, y las que más pueden ocultaros y engañar a las gentes de vuestra ciudad? ¿No podría acusaros yo igualmente de imitar, en vuestra grandeza, mi humilde aspecto, y de haberos apoderado ilícitamente de mi apariencia de mendigo? Sí, es cierto que os he visto una vez de lejos, con vuestras ropas de mendigo; pero lo he sabido más por los que os seguían y vigilaban. Es cierto, también, que he hecho uso del parecido que Dios se ha dignado concedernos a vos y a mí. Y lo he aprovechado para sentirme orgulloso y agradecido a Dios, cuando antes me sentía avergonzado. ¿Culpará de eso un príncipe a su siervo?
»—¿Y quién —preguntó el príncipe mirando de manera penetrante al mendigo— cree la gente del mercado y de las calles que eres?
»El mendigo lanzó una mirada furtiva, fugaz, en torno suyo.
»—Chist, hablad bajo, señor —dijo—. Las gentes del mercado y de las calles no se atreven a manifestar quién creen que soy. ¿No habéis visto bajar la cabeza y los ojos cuando pasan por delante de mí o me dirigen la palabra? Saben que no quiero ser reconocido; tienen miedo de que, si averiguo alguna vez quién creen que soy, mi ira sea tan terrible que me vaya, y no vuelva más a estar con ellos.
»Ante estas palabras, el príncipe se ruborizó y se quedó callado. Por último, dijo gravemente:
»—¿Creen acaso que eres el príncipe Nasrud-Din?
»El mendigo mostró un instante sus blancos dientes en una sonrisa.
»—Sí, creen que soy el príncipe Nasrud-Din —dijo—. Creen que tengo un palacio, y que puedo volver a él cuando me plazca. Creen que tengo una bodega llena de vino, una mesa llena de ricos manjares y mis cofres llenos de vestidos de seda y de piel.
»—¿Quién eres tú, entonces —preguntó el príncipe—, que tan orgulloso estás, y agradecido a Dios, de hacerte pasar por mí?
»—Soy lo que parezco —dijo el mendigo—. Un mendigo de Teherán. Como tal he nacido. Mi madre era una pordiosera; ella me inició en este oficio antes de que alcanzase yo el peso de un gato. He pedido limosna en las calles, y junto a las murallas de la ciudad, durante toda mi vida.
»—¿Cómo te llamas, mendigo? —preguntó el príncipe.
»—Me llamo Fath —dijo el mendigo.
»—¿Y no has planeado nunca —preguntó el príncipe tras un silencio— introducirte en el palacio del que hablas, valiéndote de nuestro parecido?
»—No —dijo Fath.
»—¿No has procurado —volvió a preguntar el príncipe— ganar ascendiente y poder entre el pueblo, para satisfacer tu ambición por medio de este parecido?
»—No —dijo Fath. Se quedó un rato sumido en honda meditación; luego dijo—: No. Soy mendigo. Y puede que sea hábil en mi profesión de mendigo. Pero en lo demás soy ignorante, y no me interesa en absoluto. Sería un sufrimiento para mí, si tuviese que ocuparme de otras cosas. He adquirido poder sobre la gente, eso es cierto; y es probable que hicieran lo que yo les pidiese; pero ¿por qué querría yo que lo hiciesen?
»—¿Qué has hecho, entonces —preguntó el príncipe—, después de estudiar hábilmente mi aspecto y mis gestos, y de conseguir que la gente de Teherán te crea el príncipe Nasrud-Din?
»—He pedido limosna en las calles, y junto a las murallas de la ciudad.
»Miró al príncipe y exclamó:
»—¿Qué habéis hecho con el lunar de vuestra mejilla?
»El príncipe se llevó la mano a la mejilla.
»—Me lo he quitado —dijo.
»Fath se llevó la mano a la mejilla también.
»—A la gente no le va a gustar —dijo gravemente.
»—Pero ¿por qué calumnias a mi pueblo —preguntó el príncipe—, y pintas la suerte de los mendigos de mi ciudad más negra de lo que es? ¿Por qué has dicho que un mendigo ha estado tres días sentado junto a la muralla sin recibir nada, y que querías saber también qué se siente en esa situación?
»—Como hay Dios —dijo Fath—, que no es ninguna calumnia, sino la pura verdad.
»—¿Quién es ese mendigo —preguntó el príncipe severamente— que ha sido tratado con tanta crueldad?
»—Mi señor, he sido yo; yo mismo —dijo Fath—; antes de que os conociera.
»—Pero dime, porque no lo comprendo —dijo el príncipe—: ¿por qué no quieres aceptar nada de la gente esta vez, cuando las has inclinado a ofrecerte lo mejor que poseen? ¿Por qué has rechazado el pan que la anciana te traía, y has dejado que se fuese acongojada?
»Fath meditó sus palabras.
»—Mi señor —dijo—. Con vuestra venia, percibo que sabéis muy poco de la mendicidad. Vos, supongo, habéis comido toda vuestra vida cuanto habéis deseado. Si yo acepto lo que ellos me ofrecen, ¿cuánto tiempo seguirán ofreciéndomelo? ¿Y por cuánto tiempo seguirán creyendo que tengo en mi palacio los más ricos manjares, y todas las exquisiteces del mundo, de Oriente y de Occidente?
»El príncipe permaneció callado un momento; luego se echó a reír.
»—Por las tumbas de mis padres, Fath —dijo—; te había tomado por un loco, pero ahora creo que eres el más sagaz de mi reino. Escucha: mis cortesanos y mis amigos me piden puestos, distinciones y oro; y una vez que consiguen todo esto, me dejan en paz. Pero un mendigo de Teherán me ha uncido a su carro; y en adelante, ya sea despierto o dormido, estaré trabajando para Fath. Si conquisto una provincia, si mato un león, si escribo un poema, o si me caso con la hija del sultán de Zanzíbar... dará lo mismo: todo será para mayor gloria de Fath.
»Fath miró al príncipe por debajo de sus largas pestañas.
»—Se puede decir —murmuró—; y vos lo habéis dicho. Pero yo puedo sostener en contra de eso que sois vos quien habéis hecho a Fath, y cuanto existe de él. Cuando andabais por las calles como un mendigo, no os esforzabais en ser más sabio o más grande, más noble o más magnánimo, que el resto de los mendigos de la ciudad. Os convertíais exactamente en uno de ellos, y os tomabais todo el cuidado para no diferenciaros en nada de los demás, a fin de engañar a vuestro pueblo, y escuchar desapercibido sus conversaciones. Por tanto, ahora no soy ya más que un mendigo vulgar y corriente. Despierto o dormido, no soy sino la máscara del príncipe Nasrud-Din.
»—Eso también se puede decir —dijo el príncipe.
»—Os ruego, príncipe —prosiguió Fath solemnemente—, que conquistéis provincias, matéis leones y escribáis poemas. He procurado que el nombre del príncipe Nasrud-Din, y la fama de su bondad, sean grandes entre las gentes menesterosas de Teherán. Procurad ahora vos que el nombre de Fath, y la fama de su cortesía e ingenio, sean grandes entre los reyes y los príncipes. Cuando matéis un león, recordad que el corazón de Fath se alegra de vuestro valor. Y cuando os caséis con la hija del sultán, cuán altamente no pensará vuestro pueblo de vos, al seguiros viendo sentado junto a la muralla durante las noches frías, a fin de compartir su desventurada suerte. Cuán altamente no pensará de vos cuando, para compartir el triste destino de los más pobres, sigáis sentándoos y hablando con las prostitutas de estas calles.
»—¿Te abrazan con ardor —preguntó el príncipe— las prostitutas de estas calles, y se estremecen de éxtasis en tus brazos? Vamos, debes contármelo, ya que no sé nada de eso, y sus estremecimientos, en cierto modo, se deben a mí.
»—No, no os lo puedo contar —dijo Fath—. No sé de eso más que vos. No me atrevo a abrazarlas; son prudentes, y quizá sepan que abrazan a un gran señor.
»—¿Así, pues, tienes miedo de mis mujeres, Fath? —dijo el príncipe—. Tú, que no has mostrado ningún miedo al darme a conocer.
»—Mi señor —dijo Fath—; el hombre y la mujer son dos cofres cerrados, de los cuales el uno contiene la llave del otro.
»—Extiende las manos, Fath —dijo el príncipe; y cuando el mendigo las hubo extendido, levantó la bolsa de mendigo que llevaba en el cinturón y la vació en ellas.
»Fath sostuvo las monedas en sus palmas y las miró.
»—¿Es oro? —preguntó.
»—Sí —dijo el príncipe.
»—He oído hablar de él —dijo Fath—. Sé que es muy poderoso.
»Inclinó la cabeza, y permaneció largo rato así, contristado, sumido en profundo silencio.
»—Ahora veo —dijo al fin— por qué habéis venido aquí esta noche. Queréis poner fin a mi grandeza. Queréis obligarme a vender mi honor, y mi renombre entre las gentes, por este poderoso y peligroso metal.
»—No, por mi espada —dijo el príncipe—; no es ésa mi intención.
»—¿Qué voy a hacer con el oro entonces? —preguntó Fath.
»—En efecto, Fath —dijo el príncipe algo turbado—; ésa es una pregunta que no me había hecho yo. Si no lo encuentras de utilidad para ti, puedes dárselo a los pobres del mercado.
»Fath guardó silencio, sin dejar de contemplar el oro.
»—Como el personaje del cuento de los cuarenta ladrones —dijo—, podría pedir prestado un cuenco de mendigo, y al devolverlo, dejar como por descuido una moneda de oro en el fondo, a fin de convencer a la gente de mi opulencia. Pero, mi señor, eso no sería beneficioso para mí ni para ellos. Desearían más; más de lo que vos me habéis dado, y de lo que podríais darme. Ya no me querrían como me quieren ahora, ni creerían en mi compasión, ni en mi sabiduría. Tomadlo, os lo pide el mendigo. El oro está mejor en vuestras manos que en las mías.
»—¿Qué puedo hacer por ti entonces? —preguntó el príncipe.
»Fath meditó sus palabras, y su rostro se iluminó como la cara de un niño.
»—Escuchad, mi gran señor —dijo—. Hay una escena que me he representado a menudo a mí mismo; podéis hacer que sea cierta, si queréis. Un día, mandad que el más gallardo regimiento de vuestra caballería desfile por la plaza del mercado con vuestro capitán a la cabeza. Yo estaré sentado allí; y cuando lleguen, no me moveré, ni les saldré al paso. Ordenad a vuestro capitán que, al verme, retenga su caballo mostrando gran sorpresa y temor, y detenga a todo el regimiento, a fin de que no me toquen; que lo detenga tan súbitamente que todos los fogosos corceles retrocedan ante su gesto. Pero ordenad que sigan cuando yo les haga una seña con la mano, y pasen por encima de mí... decidle solamente que tenga un poco de cuidado, a fin de no atropellarme. Esto es lo que podéis hacer por mí, mi señor.
»—¿Qué insensata insinuación es ésa, Fath? —preguntó el príncipe, y sonrió—. Jamás ha sucedido que mi caballería haya atropellado a uno solo de mi pueblo en las calles, o en la plaza del mercado.
»—Sí; sí ha sucedido, mi señor —dijo Fath—; mi madre murió de esa manera.
»El príncipe se quedó un rato ensimismado.
»—Vanidad de vanidades, y todo vanidad —dijo al fin—. He aprendido en la corte muchas cosas acerca de la vanidad de los hombres. Pero he aprendido más de ti, un mendigo, esta noche. Ahora sé que la vanidad puede alimentar al hambriento y dar calor al pordiosero de manto andrajoso. ¿No es así, Fath?
»—Ya lo veis, mi señor —dijo Fath—; dentro de cien años se escribirá en los libros que Nasrud-Din fue un príncipe que gobernó su reino de Persia de tal manera, que sus súbditos más pobres tenían plenamente satisfecha su vanidad mientras pasaban hambre, con sus mantos de pordioseros junto a las murallas de Teherán.
»El príncipe se envolvió otra vez en su manto y se cubrió la cabeza.
»—Ahora me voy —dijo—. Buenas noches, Fath. Me habría gustado volver aquí, alguna noche, para charlar contigo. Pero al final, mis visitas arruinarían tu prestigio. Cuidaré desde ahora que puedas estar en paz junto a tu muralla. Que Dios quede contigo.
»Cuando estaba a punto de marcharse se detuvo.
»—Una palabra más antes de irme —dijo con hauteur—. Ha llegado a mis oídos que visitas a la mujer que actúa con un asno en la taberna del mercado. Está bien que el pueblo conozca de mi deseo de saber su situación y de compartirla con ellos. Pero te estás tomando demasiada libertad con nuestra persona cuando nos haces seguir, por así decir, los pasos de un asno. Desde esta noche no volverás a ver más a esa mujer.
»No imaginaba yo que este detalle particular de la conducta del mendigo se hubiese quedado tan hondamente grabado en la conciencia del príncipe; ahora vi que le había disgustado y ofendido; se daba cuenta de que Fath le había iluminado cosas verdaderamente grandes y elevadas. Pero además, de que no sólo era príncipe, sino también un hombre joven.
»Al oír estas palabras, Fath se quedó sumamente perplejo y consternado; bajó los ojos y se retorció las manos.
»—¡Ah, mi señor! —exclamó—. Esta orden es muy dura para mí. Esa mujer es mi esposa. Gracias a lo que ella gana con sus habilidades puedo vivir.
»El príncipe se quedó inmóvil largo rato, mirándole.
»—Fath —dijo por fin, en tono afable y majestuoso—, en los tratos entre tú y yo, cedo en todo, no sé sí por debilidad o empujado por una especie de fuerza. Dime, mi buen mendigo de Teherán, qué crees en el fondo que es.
»—Mi señor —dijo Fath—, vos y yo, el rico y el pobre de este mundo, somos dos cofres cerrados, de los cuales el uno contiene la llave del otro.
»Cuando regresábamos, avanzada la noche, noté que el príncipe iba pensativo y con el alma turbada:
»—Esta noche, alteza, habéis aprendido sin duda algo nuevo sobre la grandeza y el poder de los príncipes.
»El príncipe Nasrud-Din no me contestó en seguida. Pero cuando salimos de las estrechas y malolientes callejas y entramos en los barrios más ricos y señoriales de la ciudad, dijo:
»—No volveré a pasear por mi ciudad disfrazado.
»Llegamos al palacio real hacia medianoche, y cenamos juntos allí.
Aquí terminó Eneas su relato. Se recostó en su silla, sacó papel de fumar y tabaco y se lió un cigarrillo.
Charlie había escuchado la historia atentamente, sin decir palabra, con la mirada fija en la mesa. Ante el silencio de su amigo, alzó los ojos, como el niño que despierta de un sueño. Recordó que había tabaco en el mundo y, siguiendo el ejemplo de Eneas, lió lentamente un cigarrillo y lo encendió. Los dos pequeños caballeros, cada uno en su lado de la mesa, fumaron en paz, contemplando el débil humo azul del tabaco.
—Sí, es un buen cuento —dijo Charlie; y un poco después añadió—: Ahora me vuelvo a casa. Creo que esta noche voy a dormir —pero cuando terminó de fumarse el cigarrillo se recostó en su silla, también, meditabundo—. No —dijo—. En realidad, no es un cuento muy bueno. Pero tiene pasajes que podrían desarrollarse, y construirse con ellos un buen cuento.

 

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