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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 18 de julio de 2013

Terry Pratchett - La Nave - El Éxodo De Los Gnomos - Libro 3

Terry Pratchett
La Nave
El Éxodo De Los Gnomos
Libro 3



Para Lyn y Rhianna
y el caimán comedor de bocadillos
del Centro Espacial Kennedy, Florida
Nota del autor
Todo parecido entre los personajes que aparecen en este libro y cualquier ser vivo,
de cualquier tamaño o continente, es mera coincidencia. Sobre todo, si tiene abogado.
También me he tomado libertades con el propio Concorde, pese a la amabilidad de
British Airways al permitirme echar una ojeada a uno de los aparatos; realmente, parece un
pedazo de cielo con forma. En cambio, no hace ningún vuelo sin escalas en Miami. Hace
una escala en Washington, pero ¿quién desea hacer una parada allí? En Washington, los
gnomos no podrían hacer otra cosa que causar problemas.
También es posible que los pasajeros del Concorde no tengan que probar esa
sustancia rosada tambaleante de la comida especial que sirven en los aviones. Pero todos
los demás sí que tenemos que comerla.




En el principio...
... existía Arnold Bros (fund. en 1905), los grandes almacenes que los gnomos
conocían como la Tienda.
Ésta era el hogar de varios miles de gnomos que habían abandonado hacía mucho
tiempo la vida en el campo para establecerse bajo los tablones del suelo por el que
deambulaban los humanos.
Pero los gnomos no tenían nada que ver con los humanos, que eran grandes, lentos
y torpes.
Los gnomos viven deprisa. Para ellos, diez años son como un siglo. Y, dado que
habían vivido en la Tienda más de ochenta años, hacía mucho tiempo que habían olvidado
que existían cosas como el Sol, la Lluvia y el Viento. Lo único que conocían era la Tienda,
creada por el legendario Arnold Bros (fund. en 1905) como Lugar Adecuado para que
vivieran los gnomos.
Y entonces, llegados a la Tienda de un Exterior que los gnomos no creían que
existiera en realidad, aparecieron Masklin y su tribu. Ellos sí que sabían qué eran la Lluvia
y el Viento. Por eso querían ponerse a cubierto de ambos.
Y Masklin y los suyos trajeron consigo la Cosa. Durante años, habían pensado que
la Cosa era una especie de talismán, un amuleto. Sólo en la Tienda, al ser acercada a la
electricidad, despertó por fin para revelar a un grupo selecto de gnomos unas cosas que
ellos apenas entendieron...
Así supieron que sus antepasados procedían de las estrellas y que habían llegado en
una especie de Nave. Y que esa Nave los había estado esperando durante miles de años,
suspendida en alguna parte del cielo, para devolverlos a CASA.
Y supieron también que la Tienda iba a ser demolida en el plazo de tres semanas.
Los trucos, fanfarronadas y diversas artes persuasivas que desplegó Masklin para
lograr que los gnomos abandonaran la Tienda, robando uno de los enormes camiones de
ésta, se relatan en Camioneros.
Y los miles de pequeños seres escaparon a una vieja cantera y, durante un breve
período de tiempo, las cosas fueron bastante bien.
Pero, cuando uno mide diez centímetros de estatura en un mundo lleno de gigantes,
las cosas nunca funcionan bien durante demasiado tiempo.
Así, los gnomos descubrieron que los humanos se disponían a reabrir la cantera.
Al mismo tiempo, cayó también en sus manos un recorte de periódico donde había
una foto de Richard Arnold, nieto de uno de los hermanos que habían fundado Arnold
Bros. La empresa propietaria de la Tienda se había convertido con el tiempo en una gran
multinacional, y Richard Arnold, según el periódico, se disponía a visitar Florida para
presenciar el lanzamiento de su primer satélite de comunicaciones.
La Cosa reveló a Masklin que, si podía ser transportada al espacio, podría ponerse
en contacto con la Nave. El gnomo decidió entonces escoger un par de compañeros y
dirigirse al aeropuerto, con la intención de encontrar la manera de viajar a Florida para
enviar la Cosa al cielo. Un plan ridículo, por supuesto, y también imposible. Pero, como
Masklin lo ignoraba, intentó llevarlo a cabo de todos modos.
Creyendo que Florida estaba a cinco kilómetros de distancia y que en todo el
mundo no debía de haber más de unos centenares de humanos, sin saber con exactitud
adonde iban o qué harían cuando llegaran allí, pero decididos a llegar y a hacer lo que
fuera preciso, Masklin, y sus compañeros emprendieron la marcha.
Los gnomos que se quedaron atrás se enfrentaron a los humanos, según se cuenta
en Cavadores. Defendieron su cantera cuanto pudieron y, finalmente, huyeron a bordo de
Jekub, la enorme excavadora amarilla.
Pero ésta es la historia de Masklin y su viaje...
AEROPUERTO: un lugar donde la gente se apresura y espera.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
1
Enfoca los ojos de la imaginación como si fueran una cámara...
Esto es el universo, una rutilante esfera de galaxias como el adorno de algún árbol
de Navidad inimaginable.
Busca una galaxia...
Enfoca.
Esto es una galaxia, un remolino como la crema de una taza de café, y cada uno de
los alfileres de luz es una estrella.
Busca una estrella...
Enfoca.
Esto es un sistema solar, donde los planetas corren raudos en torno a los fuegos
centrales de su sol. Algunos planetas están muy próximos a él, tan calientes que el plomo
se fundiría en ellos. Otros giran muy lejos, donde nacen los cometas.
Busca un planeta azul...
Enfoca.
Esto es un planeta. La mayor parte de dicho planeta está cubierta de agua. Y el
planeta se llama Tierra.
Busca un país...
Enfoca.
... azules y verdes y pardos bajo el sol, y ahí hay una figura apaisada que es...
Enfoca.
... un aeropuerto, una colmena de cemento para abejas de plata, y ahí hay un...
Enfoca.
... edificio lleno de gente y de ruido y...
Enfoca.
... una sala brillantemente iluminada y bulliciosa y...
Enfoca.
... una papelera llena de desperdicios y...
Enfoca.
... un par de ojos diminutos y...
Enfoca.
Enfoca.
¡Clic!
Masklin se deslizó con cautela por un viejo envase de hamburguesa.
Había estado observando a los humanos, que era cientos y cientos. El gnomo
empezaba a comprender que subir a un avión no era lo mismo que robar un camión.
Angalo y Gurder se habían refugiado en lo más hondo del contenido de la papelera
y allí daban cuenta, con expresión sombría, de los restos de una patata frita fría y grasienta.
«Esto ha significado un gran golpe para todo el grupo», se dijo Masklin.
Por ejemplo, para Gurder. Tiempo atrás, en la Tienda, Gurder era el Abad.
Entonces creía que Arnold Bros había hecho la Tienda para los gnomos, y en la cantera aún
seguía pensando que en alguna parte había algún Arnold Bros que los vigilaba y protegía,
porque los gnomos eran importantes. Ahora estaban allí fuera, en el Exterior, y se estaban
dando cuenta de que los gnomos no eran en absoluto importantes...
Y también estaba Angalo. El joven experto en vehículos no creía en Arnold Bros
pero le gustaba pensar que sí existía, para así poder seguir en sus trece de no creer en él.
Y, por último, estaba él mismo.
Nunca había pensado que sería tan complicado.
Había imaginado que los aviones no eran sino camiones con más alas y menos
ruedas.
Pero en aquel lugar había más humanos de los que había visto nunca. ¿Cómo iban a
encontrar a Su Nieto Richard, de treinta y nueve, en un sitio como aquél?
«Espero que me dejen un poco de esa patata frita...», divagó.
Angalo alzó la vista hacia él.
— ¿Lo has visto? —preguntó en tono irónico. Masklin respondió encogiéndose de
hombros.
—Ya te lo advertí. La fe ciega no funciona nunca —replicó Angalo, dirigiendo una
mirada furibunda a Gurder.
—Puede que ya se haya marchado —apuntó Masklin—. Podría haber pasado junto
a nosotros en cualquier momento.
—Entonces, volvamos con los demás —propuso Angalo—. Ya deben de echarnos
de menos. Hemos hecho el esfuerzo, hemos visto el aeropuerto y por poco esos humanos
no nos han aplastado una decena de veces. Ahora, volvamos al mundo real.
— ¿Qué opinas tú, Gurder? —preguntó Masklin.
El Abad le dirigió una mirada prolongada y desesperada.
—No lo sé —respondió al fin—. Realmente, no lo sé. Yo tenía la esperanza de
que...
Su voz se apagó. El pobre Gurder parecía tan abatido que incluso Angalo le dio
unas palmaditas en el hombro.
—No te lo tomes tan a pecho —lo consoló—. No creerías en serio que alguna
especie de Su Nieto Richard, de treinta y nueve, iba a descender del cielo y llevarnos a
Florida, ¿verdad? Mira, lo hemos intentado y no ha dado resultado. Ahora, volvamos con
los demás.
— ¡Por supuesto que no pensaba eso! —replicó Gurder, irritado—. Sólo pensé
que... quizás de algún modo... habría un medio de lograrlo.
—El mundo pertenece a los humanos. Ellos lo han construido todo y lo dirigen
todo. Lo mejor que podemos hacer es aceptarlo —sentenció Angalo.
Masklin contempló la Cosa. Sabía que los estaba escuchando. Aunque sólo fuera un
pequeño dado negro, cuando la Cosa prestaba atención a lo que se decía, siempre parecía,
de algún modo, más alerta.
El problema era que sólo hablaba cuando le apetecía. Siempre le daba a uno la
ayuda mínima indispensable, y nada más. La Cosa parecía estar siempre sometiéndolos a
prueba.
—Cosa —dijo, pues—, sé que puedes oírme porque en este edificio debe de haber
montones de electricidad. Estamos en el aeropuerto. No encontramos a Su Nieto Richard,
de treinta y nueve. Ni siquiera sabemos por dónde empezar a buscar. Ayúdanos, por favor.
La Cosa guardó silencio.
—Si no nos ayudas —continuó Masklin sin alzar la voz—, volveremos a la cantera
a hacer frente a los humanos, pero eso no te afectará porque vamos a dejarte aquí. Lo
vamos a hacer de verdad. Y los gnomos no volverán a encontrarte nunca. No habrá otra
oportunidad. Moriremos, ya no quedarán más gnomos en ninguna parte, y tú tendrás la
culpa. Y en todos los años futuros estarás sola e inútil y entonces pensarás: «Quizá debería
haber ayudado a Masklin cuando me lo pidió»; y te dirás: «Si pudiera volver atrás en el
tiempo, lo ayudaría». Pues bien, Cosa, imagina que todo eso ha sucedido realmente y que,
por arte de magia, has conseguido realizar tu deseo. Ayúdanos, pues.
— ¡Pero si es una máquina! —masculló Angalo—. ¡No se puede hacer chantaje a
una máquina!
Sobré la negra superficie de la Cosa se encendió una lucecita roja.
—Sé que puedes averiguar qué están pensando otras máquinas —dijo Masklin—.
Pero ¿puedes saber qué está pensando un gnomo? Si no crees que hablo en serio, léeme los
pensamientos. Dices querer que los gnomos actúen con inteligencia. Pues bien, ahora lo
estoy haciendo. Y soy lo bastante inteligente como para saber cuándo necesito ayuda. La
necesito ahora. Y tú puedes prestármela. Sé que puedes. Si no nos ayudas, te
abandonaremos ahora mismo y olvidaremos que hayas existido nunca.
Una segunda lucecita se encendió, muy débilmente.
Masklin se incorporó e hizo un gesto de asentimiento a los demás.
—Muy bien —declaró—. Vamos.
La Cosa emitió el ruidito electrónico equivalente al carraspeo de un gnomo.
¡De qué modo puedo prestar ayuda!, dijo.
Angalo lanzó una sonrisa a Gurder.
Masklin se sentó de nuevo.
—Busca a Su Nieto, Richard Arnold, de treinta y nueve —respondió.
Eso me va a llevar mucho tiempo, protestó la Cosa.
— ¡Oh!
En la superficie de la Cosa parpadearon algunas luces. Instantes después, el cubo
informó:
He localizado a un Richard Arnold, de treinta y nueve años. Acaba de entrar en la
sala de embarque de primera clase para el vuelo doscientos cinco a Miami, Florida.
—Pues no has tardado tanto... —comentó Masklin.
Casi trescientos microsegundos, informó la Cosa. Es mucho.
—Aun así, me parece que no lo he entendido todo —añadió el gnomo.
¿Qué es lo que no has entendido?
—Casi todo —reconoció Masklin—. Lo que has dicho después de «acaba de entrar
en...»
Alguien con ese nombre está aquí, en una sala especial, esperando a subir a un
gran pájaro de plata que vuela por los aires, para que lo transporte a un lugar llamado
Florida, explicó la Cosa.
— ¿Qué? ¿Un gran pájaro de plata? —intervino Angalo.
—Se refiere a un avión. Lo ha dicho en son de burla —dijo Masklin.
— ¿Ah, sí? ¿Y cómo ha averiguado todo eso? —insistió Angalo con aire suspicaz.
Este edificio está lleno de ordenadores, explicó la Cosa.
— ¿Qué? ¿Ordenadores como tú?
La Cosa respondió como si se sintiera ofendida.
Son muy primitivos, pero puedo entenderlos. Aunque para ello tengo que pensar
muy despacio. Su tarea consiste en saber adonde van los humanos.
—Eso es más de lo que la mayoría de humanos son capaces de hacer —dijo
Angalo.
— ¿Sabes cómo podemos dar con él? —preguntó Gurder, a quien se le había
iluminado la expresión.
— ¡Un momento, un momento! —se apresuró a protestar Angalo—. Será mejor
que no vayamos tan aprisa.
—Hemos venido aquí a buscarlo, ¿no? —replicó Gurder.
—Sí, pero, ¿qué podemos hacer en realidad?
—Bueno, sí, esto... Desde luego, podemos...
—Ni siquiera sabemos qué es una sala de embarque.
—La Cosa ha dicho que es un sitio donde los humanos esperan para subir a un
avión —explicó Masklin.
Gurder aguijoneó a Angalo con un dedo acusador.
—Estás asustado, ¿verdad? ¡Tienes miedo a que lleguemos a ver a Su Nieto
Richard, porque eso significaría que realmente existe un Arnold Bros y que tú estabas
equivocado! Eres como tu padre. ¡El tampoco habría soportado no tener razón!
— ¡Por quien tengo miedo es por ti! —replicó el joven Angalo—. Porque vas a
descubrir que Su Nieto Richard no es más que otro humano. Arnold Bros también fue un
humano. O dos humanos. Y descubrirás que construyeron la Tienda para los humanos. ¡Ni
siquiera sabían que existían los gnomos! Y deja en paz a mi padre.
La Cosa abrió la minúscula escotilla de su cara superior. A veces lo hacía. Mientras
permanecían cerradas, las escotillas no podían apreciarse. Pero cuando la Cosa estaba
realmente interesada por algo, abría alguna de ellas y extendía un platillo plateado en el
extremo de un poste, o un complejo dispositivo de tubos y conductos.
En esta ocasión, desplegó un armazón de alambre sobre una varilla metálica.
Lentamente, la especie de rejilla empezó a girar.
Masklin levantó la Cosa del suelo y, mientras sus dos compañeros discutían, dijo en
voz baja:
— ¿Sabes dónde está esa sala de embarque?
Sí, respondió la Cosa.
—Entonces, vamos.
Angalo volvió la vista hacia él.
— ¡En! ¿Qué estás haciendo?
Masklin no le hizo caso y murmuró a la Cosa:
— ¿Y sabes cuánto tiempo tenemos antes de que empiece a marcharse a Florida?
Una media hora.
Los gnomos viven diez veces más deprisa que los humanos y son más difíciles de
ver que un veloz ratón casero.
Por esta razón, la mayoría de los humanos casi nunca los ve.
Y otra razón para ello es que los humanos son expertos en no ver las cosas que
saben que no existen. Y como todos los humanos juiciosos saben que no existen seres
parecidos a ellos, pero de diez centímetros de altura, cualquier gnomo que se proponga no
ser visto es muy probable que consiga su objetivo.
Así pues, nadie advirtió las tres borrosas figurillas que corrían por el suelo de la
terminal del aeropuerto. Los gnomos sortearon las ruedas retumbantes de las carretillas de
equipajes, corrieron entre las piernas de los lentos y torpes humanos, zigzaguearon entre
las patas de los sillones y se hicieron casi invisibles mientras atravesaban un enorme
pasillo lleno de ecos.
Y desaparecieron tras una gran maceta.
Terry Pratchett La Nave
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Existe la teoría de que un suceso, un objeto, afecta a todo lo demás, a todo lo que
existe en cualquier lugar. Y tal vez sea cierto.
O tal vez sea que el mundo está, simplemente, lleno de pautas de conducta.
Por ejemplo, a diez mil kilómetros de donde estaba Masklin, en un árbol de una
brumosa ladera, había una planta con el aspecto de una gran flor. La planta crecía encajada
en la horqueta de una rama y el tronco, con las raíces colgando en el aire para atrapar todos
los nutrientes posibles de la niebla. En términos científicos era una bromelia epífita,
aunque ignorarlo no significaba una gran diferencia para la planta.
En el centro del capullo de la planta—flor, el agua se condensaba formando un
pequeño charco.
Y en él había unas ranas.
Unas ranitas pequeñas, minúsculas.
Unas ranas cuyo ciclo vital era tan corto que nunca abandonaban su lugar de
nacimiento.
Vivían cazando insectos entre los pétalos, ponían los huevos en el charco del centro
y allí crecían los renacuajos hasta hacerse ranas adultas, las que, a su vez, hacían más
renacuajos. Finalmente, al morir, sus cuerpos se hundían en el fondo y pasaban a formar
parte del abono en la base de las hojas, donde contribuían a nutrir la planta.
Y así era la vida de las ranas desde que éstas podían recordar.1
Hasta que un buen día una rana, persiguiendo a unas moscas, se perdió y se
encaramó por uno de los pétalos —o, mejor, de las hojas—externos de la planta. Desde
allí, la ranita vio algo que nunca antes había visto.
Vio el universo.
Más exactamente, vio la rama del árbol, que se extendía hasta desaparecer en la
bruma.
Y a varios metros de distancia, con las gotitas de humedad brillando bajo un
solitario rayo de sol, había otra flor.
La rana se sentó a mirarlo todo.
— ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! —Gurder se apoyó en la pared y jadeó como un perro acalorado
en un día de sol.
Angalo se hallaba también casi sin aliento, pero estaba enrojeciendo como un
tomate en sus esfuerzos por no demostrarlo.
— ¿Por qué no nos has avisado? —exclamó.
—Estabais demasiado ocupados discutiendo —respondió Masklin—. La única
manera de haceros correr era empezar a moverse.
—Muchas... gracias... —jadeó Gurder.
— ¿Cómo es que tú no resoplas? —inquirió Angalo.
—Estoy acostumbrado a correr —dijo Masklin, asomándose tras una hoja de
planta—. Muy bien, Cosa. Y ahora, ¿qué?
Seguid por el pasillo, respondió la Cosa.
— ¡Si está lleno de humanos! —gimió Gurder.
— ¡Todo está lleno de ellos! Por eso resolvimos llevar esto adelante —declaró
Masklin. Tras una pausa, añadió—: Escucha, Cosa, ¿no podemos ir por otra ruta? Gurder
ha estado a punto de morir aplastado hace un momento.
Unas luces de colores formaron complejos dibujos en la superficie de la Cosa.
Finalmente, preguntó:
¿Cuál es vuestro objetivo principal?
—Encontrar a Su Nieto Richard, de treinta y nueve —susurró Gurder.
1 Unos tres segundos. Las ranas no tienen buena memoria.
—No. Lo más importante es ir a ese lugar llamado Florida —disintió Masklin.
— ¡Nada de eso! —se opuso Gurder—. ¡Yo no quiero ir a ninguna Florida!
Tras unos instantes de vacilación, Masklin dijo:
—Probablemente no sea el mejor momento para decirlo, pero no he sido del todo
sincero con vosotros...
Habló entonces a sus compañeros sobre la Cosa y el espacio, y sobre la Nave que
aguardaba en el cielo. En torno a ellos, seguía atronando el tumulto inagotable de un
edificio repleto de bulliciosos humanos. Por último, Gurder murmuró:
—Entonces, ¿no pretendes encontrar a Su Nieto Richard?
—Supongo que ese humano es muy importante —se apresuró a contestar
Masklin—, pero tienes razón. En Florida hay un lugar donde tienen una especie de aviones
que suben directamente hacia arriba para dejar en el cielo una especie de Cosas que emiten
pitidos.
— ¡Oh, vamos! —replicó Angalo—. ¡No se pueden dejar cosas en el cielo! ¡Se
caerían!
—Yo tampoco lo entiendo muy bien —reconoció Masklin—. Pero si uno sube lo
bastante arriba, deja de existir un abajo. Me parece. En cualquier caso, lo único que
tenemos que hacer es ir a Florida y poner la Cosa en uno de esos aviones que van hacia
arriba. Ella se encargará de hacer el resto, según dice.
— ¿De todo? —repitió Angalo.
—No puede ser más difícil que robar un camión —insistió Masklin.
— ¿No estarás proponiendo que robemos un avión, verdad? —intervino Gurder,
absolutamente aterrorizado a aquellas alturas.
— ¡Guau! —exclamó Angalo. Su mirada se iluminó como si estuviera dotada de
una invisible energía interna. Al joven gnomo le encantaban los vehículos de todas clases;
sobre todo, cuando viajaban deprisa.
—A ti también te gustaría, ¿no es eso? —murmuró Gurder en tono acusador.
— ¡Guau! —exclamó de nuevo Angalo, como si estuviera contemplando una
escena que sólo él podía ver.
— ¡Estáis locos! —sentenció Gurder.
—Nadie ha dicho nada de robar un avión —se apresuró a asegurar Masklin—. No
vamos a hacer tal cosa. Sólo vamos a hacer un viaje en él, espero.
— ¡Guau!
— ¡Y tampoco vamos a intentar conducirlo, Angalo!
El citado se encogió de hombros.
—Está bien —asintió—. Pero imaginemos que viajamos en él y el conductor se
pone enfermo; supongo que en ese caso tendría que hacerme cargo de los mandos. Al fin y
al cabo, llevé el Camión bastante bien...
— ¡Pero si no dejabas de tropezar con las cosas del camino! —protestó Gurder.
—Estaba aprendiendo. En cualquier caso, en el cielo no se puede tropezar con
nada, excepto con las nubes, y éstas parecen bastante blandas —afirmó Angalo.
— ¡Está el suelo!
— ¡Bah!, el suelo no sería problema. Estaría demasiado lejos.
Masklin dio unos golpecitos sobre la Cosa.
— ¿Sabes dónde está el avión que va a Florida?
Sí.
—Entonces, condúcenos allí. Evitando los grupos numerosos de humanos, si es
posible.
Caía una lluvia mansa, y, como ya empezaba a anochecer, en todo el aeropuerto
empezaban a encenderse las luces.
Absolutamente nadie escuchó el ligero tintineo de la rejilla de un conducto de
ventilación al desprenderse de una pared exterior del edificio de la terminal.
Tres siluetas borrosas se descolgaron hasta el asfalto y se alejaron a toda velocidad.
En dirección a los aviones.
Angalo alzó la cabeza. Y continuó levantándola. Y aún hubo de torcerla más. Por
último, se encontró con el cuello completamente vuelto hacia arriba.
— ¡Oh! ¡Guau! —no cesaba de repetir. Al joven gnomo casi le saltaban las
lágrimas.
—Es demasiado grande —murmuró Gurder, intentando no mirar. Como a la
mayoría de los gnomos nacidos en la Tienda, le desagradaba alzar la vista y no encontrar
un techo encima de su cabeza. Angalo tampoco se sentía cómodo pero, más que el hecho
de estar en el Exterior, le disgustaba no ir deprisa.
—Yo los he visto ascender por el cielo —declaró Masklin—. Esos aviones vuelan
de verdad, os lo aseguro.
— ¡Guau!
El aparato se cernía sobre ellos, tan grande que uno tenía que retroceder más y más
para apreciar su auténtico tamaño. La lluvia brillaba sobre él. Las luces del aeropuerto
provocaban borrosos reflejos verdes y blancos en sus flancos. Aquello no era un objeto; era
un pedazo de cielo con forma.
—Por supuesto, cuando están lejos parecen mucho más pequeños —apuntó
Masklin, al tiempo que alzaba los ojos hacia el aparato. En su vida se había sentido tan
pequeño.
—Yo quiero uno —gimió Angalo, apretando los puños—. ¡Miradlo! ¡Parece que va
demasiado deprisa incluso estando quieto!
—Entonces, ¿cómo subimos a él? —preguntó Gurder.
— ¿Os imagináis la cara que pondrían los nuestros si aparecemos con esto?
—Sí, me lo imagino. Con terrible claridad —asintió Gurder—. Pero, insisto, ¿cómo
entramos en ese vehículo?
—Podemos... —empezó a decir Angalo, titubeante—. ¿Por qué has tenido que
insistir en eso? —añadió a continuación.
—Están los agujeros de los que sobresalen las ruedas —apuntó Masklin—. Creo
que podríamos encaramarnos ahí.
No, intervino la Cosa, que el gnomo llevaba sujeta bajo el brazo. Ahí no podríais
respirar. Tenéis que viajar en el interior del avión. Donde vuelan los aviones, el aire es
muy tenue.
— ¡Pues claro! —replicó Gurder, obstinado—. ¡Así es como debe ser el aire!
No podríais respirar, repitió la Cosa con voz paciente.
—Claro que sí —dijo Gurder—. Siempre he podido respirar.
—Cerca del suelo hay más aire —intervino Angalo—. Lo leí en un libro. Aquí
abajo hay mucho aire, pero, cuando uno asciende más arriba, cada vez encuentra menos.
— ¿Por qué?
—No lo sé. Supongo que tiene miedo de las alturas.
Masklin vadeó los charcos del asfalto hasta que pudo observar el otro extremo del
avión. A cierta distancia, un par de humanos estaba empleando una especie de máquinas
para cargar cajas por una abertura en el costado del aparato. Volvió atrás, sorteando los
gigantescos neumáticos, y estudió con los ojos entrecerrados un conducto alargado y
elevado que se extendía desde el edificio de la terminal hasta el avión.
Señaló aquella especie de tubo cuadrado y comentó a los demás:
—Creo que los humanos son cargados en el avión por ese pasadizo.
— ¿Qué? ¿Por un tubo? ¿Como si fueran agua? —se asombró Angalo.
—Siempre es mejor eso que quedarse aquí fuera mojándose —apuntó Gurder—.
Yo ya estoy empapado.
—Tiene escaleras y cables y cosas —dijo Masklin—. No ha de ser muy difícil
encaramarse ahí. Y debe de existir alguna rendija por las que poder colarse. Cuando los
humanos construyen algo —añadió con un gesto desdeñoso—, siempre se dejan alguna.
— ¡Vamos allá! —exclamó Angalo—. ¡Oh, sí! ¡Guau!
—Pero no debes intentar robarlo, ¿de acuerdo? —le advirtió Masklin; acto seguido,
entre él y Angalo ayudaron a Gurder, que estaba ligeramente obeso, a reemprender la
marcha a la carrera—. Sabemos que el avión se dirige, de todos modos, a donde queremos
ir...
— ¡No, no! ¡Ese avión no va a donde yo quiero ir! —gimió Gurder—. ¡Quiero
volver con los demás!
—... y tampoco debes intentar conducirlo. No somos suficientes para hacerlo.
Además, supongo que será mucho más complicado que guiar un camión. Este avión es
un... ¿sabes cómo se llama, Cosa?
Un Concorde.
—Exacto —asintió Masklin—. Es un Concorde, sea lo que sea. Y tienes que
prometer que no vas a robarlo.
CONCORDE: viaja el doble de rápido que una bala y le dan a uno salmón
ahumado.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
2
Escurrirse por una rendija del conducto que llevaba a los humanos a bordo de los
aviones no les costó tanto esfuerzo como asimilar lo que encontraron al otro lado.
En la cantera, el suelo de los barracones era de tablones desnudos o de tierra
apisonada. En el edificio del aeropuerto habían encontrado cuadrados de una piedra
reluciente. Allí, en cambio...
Gurder se arrojó de cara al suelo y hundió la nariz en él.
— ¡Moqueta! —murmuró, casi entre lágrimas—. ¡Moqueta! ¡Pensaba que nunca
volvería a verla!
— ¡Vamos, levántate! —dijo Angalo, avergonzado de ver al Abad en aquella
postura delante de alguien que, por muy amigo que fuera, no pertenecía a ninguna de las
familias de los departamentos de la Tienda.
Gurder se incorporó con torpeza.
—Lo siento —murmuró, cepillándose las ropas—. No sé qué me ha sucedido. Me
ha vencido la añoranza, eso es todo. Moqueta de verdad... No había visto una auténtica
moqueta desde hace meses...
Se sonó la nariz ruidosamente.
—En la Tienda teníamos algunas moquetas bellísimas, ¿sabes? Bellísimas. Algunas
incluso tenían dibujos.
Masklin alzó la vista y contempló el conducto. Era parecido a un pasillo de la
Tienda y estaba brillantemente iluminado.
—Sigamos adelante —insistió a sus compañeros—. Aquí estamos demasiado al
descubierto. ¿Dónde están los humanos, Cosa?
Llegarán enseguida.
— ¿Cómo lo puede saber? —preguntó Gurder.
—Escuchando a las otras máquinas —explicó Masklin.
Este avión también lleva muchos ordenadores, añadió la Cosa.
—Eso es estupendo, ¿no? —comentó Masklin vagamente—. Así tendrás con quien
hablar.
Esos ordenadores son muy estúpidos, replicó el pequeño cubo negro,
ingeniándoselas para expresar desdén pese a que, en realidad, no tenía nada con que
expresarlo.
Unos palmos delante de ellos, el pasadizo desembocaba en un nuevo espacio.
Masklin observó una cortina y lo que parecía la pata de una silla.
—Muy bien, Angalo —indicó a éste—. Tú abrirás la marcha. Sé que lo deseas.
Al cabo de un par de minutos, el trío ya estaba sentado bajo uno de los asientos.
A Masklin no se le había ocurrido nunca pensar en cómo eran las entrañas de un
avión. Había pasado días enteros en lo alto del farallón rocoso que se alzaba tras la cantera,
viéndolos despegar. Por supuesto, estaban siempre en todas partes. Pero nunca se había
detenido a pensar en el interior de un avión. Si algo había en el mundo que pareciera hecho
de exterior, era un avión en pleno vuelo.
En cambio, para Gurder, lo que habían encontrado allí dentro había resultado
excesivo. El pobre Abad estaba deshecho en lágrimas.
— ¡Luz eléctrica! —gemía—. ¡Y más moqueta! ¡Y grandes asientos blandos! ¡Si
incluso tiene toallitas reposacabezas! ¡Y no hay barro por ninguna parte! ¡Incluso hay
rótulos!
—Vamos, vamos —lo consoló Angalo, dándole unas palmaditas en el hombro—.
Ya sabemos que la Tienda era un sitio excelente —añadió, volviendo la vista hacia
Masklin—. Tienes que admitir que resulta inquietante —comentó a éste—. Yo esperaba
encontrar... en fin, cables y conductos y palancas y otras cosas excitantes... ¡No algo
parecido al departamento de Mobiliario de Arnold Bros (fund. en 1905)!
—No deberíamos quedarnos aquí —apuntó Masklin—. Muy pronto, esto se llenará
de humanos. Recordad lo que ha dicho la Cosa.
Angalo y él ayudaron a Gurder a incorporarse y, sosteniéndolo entre ambos,
avanzaron a la carrera bajo las hileras de asientos. Masklin se dio cuenta de que, a pesar de
todo, entre aquel lugar y la Tienda había una importante diferencia: en ésta siempre había
algo donde esconderse, bien fuera detrás, debajo o adentro. En el avión, en cambio, no
había muchos rincones donde hacerlo...
Ya podían distinguir unos ruidos lejanos cuando, por fin, descubrieron una rendija
tras una cortina, en una zona del avión en la cual no había asientos. Masklin se introdujo
por la rendija a gatas, empujando a la Cosa delante de sí.
Los ruidos ya no sonaban tan lejanos. Estaban alarmantemente cerca. Cuando
volvió la cabeza, vio el pie de un humano a apenas unos centímetros.
Al fondo de la rendija había un agujero en la pared metálica por el que pasaban
unos gruesos cables. Tenía el tamaño justo para que Angalo y Masklin pudieran pasar
arrastrándose, y fue suficiente para un aterrorizado Gurder gracias a sus compañeros, que
lo ayudaron tirando de sus brazos. Allí dentro no había mucho espacio, pero, al menos,
nadie los podía ver.
Y ellos tampoco podían ver nada. Permanecieron apretujados en la penumbra,
intentando ponerse cómodos sobre los cables. Al cabo de un rato, Gurder anunció:
—Ya me siento un poco mejor.
Masklin asintió.
A su alrededor había ahora mucho ruido.
Desde algún sitio muy por debajo de ellos les llegó una serie de golpes metálicos:
clone, clone... Después oyeron el sonido lastimero de unas voces humanas y, a
continuación, notaron un traqueteo.
— ¿Cosa? —susurró Masklin.
¿Sí?
— ¿Qué sucede?
El avión está preparándose para aerotransportarse.
— ¡Ah!
¿Sabes qué significa eso?
—No. En realidad, no.
Significa que ya va a volar por el aire. Transportar significa llevar, y aero significa
aire. Llevar por el aire: aerotransportar.
Masklin podía escuchar la respiración de Angalo. Se instaló como mejor pudo entre
la pared de metal y un grueso haz de cables y fijó la vista en las sombras.
Los tres gnomos permanecieron callados. Al cabo de un rato, notaron una pequeña
sacudida y una sensación de movimiento.
No sucedió nada más.
Siguió sin pasar nada.
Finalmente, con voz temblorosa de miedo, Gurder murmuró:
— ¿Es ya demasiado tarde, o aún podemos...?
Un repentino y atronador sonido lejano le impidió terminar la frase. Un rugido
sordo lo sacudió todo a su alrededor, ligera pero enérgicamente. Siguió a esto una pausa
opresiva, como la que debe de experimentar una pelota entre el momento de ser arrojada
hacia arriba y el instante en que empieza a descender. Algo los levantó a los tres de su
posición y los hizo caer en un confuso lío de brazos y piernas. El suelo parecía querer
convertirse en la pared.
Los gnomos se agarraron unos a otros, se miraron y se echaron a gritar, pero, al
cabo de un rato, dejaron de hacerlo. No parecía tener objeto. Además, estaban sin aliento.
Poco a poco, el suelo volvió a ser un suelo como era debido y ya no mostró más
ambiciones de convertirse en pared.
Masklin se quitó del cuello el pie de Angalo.
—Creo que estamos volando —declaró.
— ¿Se trataba de eso? —murmuró Angalo con un hilo de voz—. Cuando se
observa desde el suelo, volar parece mucho más suave y tranquilo.
— ¿Alguno de los dos está herido?
—Yo estoy lleno de magulladuras —declaró Gurder, incorporándose. Se quitó el
polvo de la ropa, y acto seguido, gnomo hasta la médula, añadió—: ¿No habrá nada de
comer por aquí?
Ninguno de los tres había pensado en la comida.
Masklin volvió la cabeza hacia el túnel de cables que tenían tras ellos.
—Tal vez no necesitemos tomar nada —contestó titubeante—. ¿Cuánto tiempo
tardaremos en llegar a Florida, Cosa?
El comandante acaba de comunicar que la duración del vuelo será de seis horas y
cuarenta y cinco minutos, contestó el cubo.2
— ¡Nos moriremos de hambre! —exclamó Gurder.
—Quizá podamos cazar algo... —apuntó Angalo, esperanzado.
—No lo creo —contestó Masklin—. No parece un buen sitio para encontrar ratas.
—Los humanos tendrán comida —dijo Gurder—. Siempre tienen.
— ¡Estaba seguro de que ibas a decir algo así! —replicó Angalo.
—Es de sentido común.
— ¿No podríamos asomarnos por alguna ventana? —sugirió el inquieto Angalo—.
Me gustaría ver si vamos muy deprisa. Todos los árboles y cosas pasando a toda
velocidad...
—Escuchad, vamos a esperar un poco, ¿os parece? —propuso Masklin, antes de
que las cosas fueran más lejos—. Calmaos los dos. Descansemos un rato; luego, quizá
vayamos a buscar algo que comer.
Se acomodaron de nuevo en su escondrijo. Al menos, allí estaban calientes y secos.
Cuando vivía en el agujero del talud, junto a la autopista, Masklin había pasado demasiado
tiempo mojado y tiritando como para hacer ascos a una oportunidad de echar una cabezada
en un rincón cálido y seco.
Se quedó adormilado...
2 Para un gnomo, unos dos días y medio.
Aerotransporte.
Viajar... por el aire...
Tal vez, igual que había encontrado gnomos viviendo en la Tienda, había otros que
vivían en los aviones. Quizá desarrollaban su existencia bajo el suelo enmoquetado en
alguna parte del aparato, mientras eran transportados a todos aquellos lugares que Masklin
había visto en el único mapa que los gnomos habían encontrado, una hojita de colores en
una agenda de bolsillo con los nombres de sitios lejanos escritos como formulas mágicas:
África, Australia, China, Ecuador, Impreso en Hong Kong, Islandia...
Tal vez aquellos gnomos no habían mirado nunca por la ventana. Tal vez ni
siquiera se habían enterado nunca de que estaban moviéndose.
Se preguntó si no sería a aquello a lo que se había referido Grimma con su historia
de las ranas y la flor. Grimma lo había leído en un libro. Uno podía pasarse toda la vida en
un pequeño rincón y pensar que ese rincón era todo el mundo. Lo malo era que, cuando se
lo había contado, él estaba enfadado y no había querido prestar atención.
Bueno, ahora había salido de la flor y no había confusión posible...
La ranita había llevado a otras ranas jóvenes a su atalaya entre las hojas, en el
confín del mundo de la flor.
El grupo observó la rama. Allá fuera no había una única flor, sino decenas de ellas,
aunque las espectadoras no eran capaces de tal pensamiento porque las ranas sólo saben
contar hasta uno.
Las ranitas vieron montones de una flor, una flor, una flor...
Las observaron. Observar es una cosa que las ranas hacen muy bien.
Pensar, no. Sería bonito decir que las ranitas meditaron largo y tendido sobre la
nueva flor, sobre la vida en la vieja flor, sobre la necesidad de explorar, acaso el mundo era
algo más que un charco con pétalos alrededor...
Pero lo que pensaron fue: .-.-.mipmip.-.-.—mipmip.-.-.mipmip.
Pero lo que sintieron fue demasiado grande para caber en una flor.
Con cautela, lentamente, no muy seguros de por qué lo hacían, se dejaron caer
sobre la rama.
La Cosa emitió un cortés pitido.
Quizás os interese saber que hemos roto la barrera del sonido.
Masklin se volvió hacia sus compañeros con gesto cansado.
—Está bien —dijo—. Confesad, ¿quién ha sido?
— ¡A mí no me mires! —respondió Angalo—. ¡Yo no he tocado nada!
Masklin se arrastró hasta el borde del agujero y miró entre los cables. Al otro lado
había unos pies humanos. Pies de mujer humana, por su aspecto. Normalmente, eran los
que llevaban un calzado menos práctico.
Uno podía averiguar muchas cosas de los humanos observando sus zapatos. La
mayor parte del tiempo, era lo único que un gnomo alcanzaba a ver de ellos. El resto del
humano era, por lo general, poco más que los negros orificios de una nariz, allá en las
alturas.
Masklin olfateó algo.
—Hay comida en alguna parte —afirmó.
— ¿De qué clase? —preguntó Angalo.
—No importa de qué clase —dijo Gurder, apartándolos de en medio—. Sea lo que
sea, os aseguro que le hincaré el diente.
— ¡Vuelve aquí! —le ordenó Masklin, dejando la Cosa en las manos de Angalo—.
Iré yo. Angalo, no lo dejes ir a ninguna parte.
Como impulsado por un resorte, corrió hacia la cortina y se deslizó tras ella. Al
cabo de unos segundos, se movió lo justo para asomar tras ella un ojo y una ceja fruncida.
El departamento era una especie de lugar de comidas. Las mujeres humanas
sacaban unas bandejas de comida de una pared. Los gnomos tienen un olfato más fino que
el de un zorro y a Masklin se le hizo la boca agua. Tenía que reconocerlo: cazar y cultivar
cosas estaba muy bien, pero no había comparación posible con la comida que uno
encontraba cerca de los humanos.
Una de las mujeres puso la última bandeja en una carretilla y la empujó. Al pasar
ante el lugar donde estaba oculto Masklin, éste vio que las ruedas eran casi tan altas como
él.
Mientras la carretilla pasaba delante de él con un chirrido, Masklin saltó a toda
prisa de su escondrijo, se encaramó a ella, y se escurrió entre las botellas. Sabía que era
una estupidez por su parte, pero era mejor que quedarse quieto en un agujero con un par de
idiotas.
Hileras e hileras de zapatos. Unos negros, otros marrones. Unos con cordones, otros
sin ellos. Unos cuantos de ellos sin pies dentro, porque los humanos los habían sacado.
Masklin alzó la vista mientras la carretilla seguía su avance.
Filas y filas de piernas. Algunas con falda, pero la mayoría con pantalones.
Masklin miró aún más arriba. Los gnomos rara vez habían tenido ocasión de ver
sentado a algún humano.
Filas y filas de cuerpos, rematados en filas y filas de cabezas con rostros al frente.
Filas y filas de...
Masklin se acurrucó entre las botellas.
Su Nieto Richard lo estaba mirando.
Era la misma cara que la del periódico. Tenía que serlo. Lucía la misma barbita y la
misma boca sonriente con dos hileras de dientes a lo largo de ella. Y el mismo cabello, que
parecía espectacularmente tallado en algún material reluciente, más que salido de la cabeza
de manera normal.
Era Su Nieto Richard, de treinta y nueve.
La cara lo miró por un instante, y luego se volvió en otra dirección.
«Es imposible que me haya visto —se dijo Masklin—. Estoy escondido aquí
dentro.»
¿Qué diría Gurder cuando se lo contara?
Se volvería loco. Seguro.
Sería mejor que se guardara la revelación para más adelante. Sí, era la mejor
solución. Ya tenían suficientes preocupaciones por el momento.
«De treinta y nueve.» O bien había habido otros treinta y ocho Su Nieto Richard
anteriores, y Masklin no creía que se tratara de eso, o era el modo que tenían los periódicos
de los humanos de indicar que tenía treinta y nueve años de edad. Casi la mitad de los que
tenía la Tienda. Y los gnomos de ésta decían que la Tienda era tan vieja como el mundo.
Masklin sabía que no podía ser cierto, pero...
¿Qué se sentiría cuando uno vivía casi eternamente?
Se escondió mejor entre el contenido de la carretilla. En el estante donde se hallaba
había, sobre todo, botellas, pero también descubrió unas cuantas bolsas que contenían unas
cosas nudosas casi del tamaño de la mano del gnomo. Clavó su cuchillo en el papel hasta
hacer un agujero suficientemente grande y extrajo una de aquellas cosas.
Era un cacahuete salado. «Bien —se dijo—, esto hará una buena entrada.»
Se disponía a agarrar la bolsa cuando una mano humana pasó junto a él.
Pasó lo bastante cerca como para rozarlo.
Lo bastante cerca como para rozarlo a él.
Masklin advirtió el rojo de las uñas que pasaban junto a su escondite. Los enormes
dedos se cerraron en torno a otro paquete de cacahuetes y se retiraron con su presa.
Más tarde, Masklin caería en la cuenta de que la humana repartidora de comida no
podía haberlo visto. Simplemente, había introducido la mano en la carretilla y había
tanteado la bandeja buscando lo que sabía que encontraría allí. Y era casi seguro que entre
ello no se contaba Masklin.
Pero todo eso lo comprendería más tarde. En aquel momento, con una mano
humana casi rozándole la cabeza, todo pareció muy distinto. A la carrera, Masklin saltó de
la carretilla, rodó por el suelo al caer a la moqueta y se escurrió bajo el asiento más
próximo.
Ni siquiera hizo un alto para recobrar el aliento. La experiencia le había enseñado
que era precisamente al detenerse a recobrar el aliento cuando las cosas lo atrapaban a uno.
Masklin corrió de asiento en asiento, esquivando los pies gigantescos, los zapatos
abandonados y los periódicos y bolsas tirados por el suelo. Cuando cruzó el tramo de
pasillo hasta la sección de comidas, era una figura confusa e indistinta incluso para los
gnomos. No se detuvo ni cuando alcanzó el agujero de los cables. Se limitó a saltar y pasó
por el hueco sin rozar siquiera los lados.
— ¿Un cacahuete? ¿Entre tres? ¡Eso no llega ni para un mordisco cada uno! —
protestó Angalo.
— ¿Y qué sugieres? —replicó Masklin con amargura—. ¿Quieres ir tú, presentarte
a esa mujer repartidora de comida y decirle que aquí abajo hay tres personillas
hambrientas?
Angalo lo miró. Masklin ya había recuperado el aliento, pero aún tenía el rostro
encendido.
—Bueno, tal vez merezca la pena intentarlo —insistió Angalo.
— ¿Qué?
—Escucha: si fueras un humano, ¿esperarías encontrarte un gnomo en un avión?
—Claro que no...
—Al contrario, te llevarías un sobresalto al ver uno, ¿no te parece?
— ¿Estás sugiriendo que nos mostremos deliberadamente a un humano? —inquirió
Gurder, con aire suspicaz—. Nunca hemos hecho nada semejante, ¿sabes?
—Yo he estado a punto, hace un momento —declaró Masklin—. ¡Y no pienso
repetirlo ni en caso de urgencia!
— ¿Quieres decir que prefieres que los tres nos muramos de hambre con ese mísero
cacahuete, no? —apuntó Angalo.
Gurder contempló con ansia el pedazo de cacahuete que tenía en la mano. Ya había
comido algunos en la Tienda, por supuesto. Durante la Campaña de Navidad, cuando la
Sección de Alimentación estaba repleta de productos que normalmente no aparecían en
otras temporadas, los cacahuetes eran un buen final para una opípara comida. Era de
suponer que también constituirían una buena entrada. Pero de ningún modo podían
sustituir por completo el resto de la comida.
— ¿Cuál es el plan? —dijo pues, con gesto de cansancio.
Una de las humanas repartidoras de comida estaba sacando bandejas de uno de los
estantes cuando un movimiento la hizo alzar la vista. La mujer volvió la cabeza muy
lentamente.
Algo pequeño y negro se descolgaba del estante cerca de su oreja. La minúscula
criatura colgante se llevó los pulgares a las sienes, abrió las manos, agitó los dedos y sacó
la lengua.
—Prrrrrrrt... —soltó Gurder.
La bandeja que sostenía la humana se le escurrió de las manos y cayó al suelo
delante de sus pies. La mujer lanzó un ruido prolongado que sonó como una aguda sirena y
retrocedió, llevándose las manos a la boca. Finalmente, se volvió muy despacio, como un
árbol a punto de caer, y huyó entre las cortinas.
Cuando regresó, acompañada de otro humano, la figurilla minúscula había
desaparecido.
Y, con ella, la mayor parte de la comida caída.
—No sé cuándo fue la última vez que probé el salmón ahumado —comentó Gurder
en tono satisfecho.
—Mmm... —asintió Angalo.
—Ésa no es manera de comer —le recriminó Gurder con severidad—. Es de mala
educación metértelo todo en la boca y luego cortar con los dientes lo que sobra. ¿Qué
pensará la gente si te ve?
—Mmm..., aquí mmmno hay mmmnadie... —respondió Angalo, con palabras casi
ininteligibles—. Só'o tú y 'asklin.
Masklin abrió la tapa de un pequeño cartón de leche, casi del tamaño de un gnomo.
—Esto está mucho mejor, ¿no? —dijo Gurder—. Buena comida natural, sacada de
latas y recipientes como es debido. Nada de tener que limpiarle la tierra, como en la
cantera. Además, aquí dentro se está caliente y cómodo. Es la única manera de viajar.
¿Alguien quiere más de esta... cosa? —señaló uno de los platos con gesto vago, no muy
seguro de qué era lo que contenía.
Sus compañeros rechazaron el ofrecimiento con un gesto de cabeza. El plato
contenía una cosa brillante, de color rosado, temblorosa y con una cereza encima; por
alguna extraña razón, aquella sustancia producía la impresión de algo que ningún gnomo
comería aunque se lo pusieran en el plato después de una semana de ayuno.
— ¿A qué sabe? —preguntó Masklin cuando Gurder hubo probado un bocado.
—Sabe a rosado —respondió Gurder.3
— ¿A alguien le apetece el cacahuete para terminar? —preguntó Angalo. Con una
sonrisa, añadió—: ¿No? Entonces, lo voy a tirar, ¿os parece?
— ¡No lo hagas! —exclamó Masklin. Sus compañeros se volvieron a observarlo—.
Lo siento... Quería decir que no debes hacerlo. No está bien desperdiciar comida en buenas
condiciones.
—Exacto. Es una iniquidad —asintió Gurder, escrupuloso.
—Mmmm. No sé qué es eso de la iniquidad —dijo Masklin—, pero, desde luego,
es una estupidez. Guarda el cacahuete en la bolsa. Nunca se sabe cuándo puede llegar la
necesidad.
Angalo estiró los brazos y bostezó.
—Me gustaría poder lavarme... —murmuró.
—No he visto agua por ninguna parte —contestó Masklin—. Probablemente haya
3 Los platillos con esa extraña sustancia temblona de sabor a rosado aparecen en casi todas las comidas de avión. Nadie
sabe por qué. Probablemente se deba a alguna razón religiosa especial.
un baño o un lavamanos en alguna parte, pero no se me ocurre por dónde empezar a
buscar.
—Hablando del baño... —apuntó Angalo.
—Por favor, utiliza el otro extremo del conducto —le pidió Gurder.
Y ten cuidado de no mojar ningún cable, añadió la Cosa. Angalo asintió con
expresión de desconcierto y se alejó gateando en la penumbra.
Gurder bostezó y se estiró.
— ¿No nos buscará esa humana repartidora de comida? —preguntó.
—No lo creo —respondió Masklin—. Cuando vivimos en el Exterior, antes de
encontrar la Tienda, estoy seguro de que los humanos nos vieron alguna vez, pero me
parece que nunca dieron crédito a lo que veían sus ojos. Si hubieran visto a algún gnomo
de verdad, no utilizarían en sus jardines esas extrañas figuras decorativas remotamente
parecidas a nosotros.
Gurder llevó la mano bajo sus ropas y sacó la imagen de Su Nieto Richard. Pese a
la escasa luz del conducto, Masklin reconoció el rostro: era idéntico al del humano del
asiento. El de éste no tenía las arrugas de doblar el papel y no estaba compuesto de cientos
de puntitos, pero salvo estos detalles...
— ¿No crees que Él está en alguna parte? —inquirió Gurder, con más deseos que
esperanzas.
—Es posible, desde luego —contestó Masklin, sintiéndose ruin—. Pero escucha,
Gurder... Tal vez Angalo va un poco lejos en sus afirmaciones, pero puede que tenga
razón. Tal vez Su Nieto Richard sólo sea otro humano, ¿entiendes? Lo más probable es que
los humanos construyeran la Tienda para los humanos. Luego, vuestros antepasados se
trasladaron a ella porque era un sitio abrigado y seco. Y luego...
—No te escucho, ¿te enteras? —replicó Gurder—. No toleraré qué me digas que
sólo somos una especie de ratas. Somos una gente especial.
—La Cosa ha dicho rotundamente que procedemos de otra parte, Gurder —insistió
Masklin con paciencia.
El Abad volvió a doblar la foto.
—Tal vez sea así, o tal vez no. Es un asunto sin importancia.
—Angalo opina que, si es verdad, la tiene.
—No veo por qué. —Gurder se encogió de hombros—. Hay muchas clases de
verdad. Si te digo que sólo eres un montón de barro, líquidos, huesos y pelo, estoy diciendo
una verdad. Y si te digo que eres algo que está dentro de tu cabeza y que se escapa cuando
mueres, también eso es verdad. Pregúntale a la Cosa.
En la superficie del cubo parpadearon unas lucecitas de colores. Masklin puso cara
de perplejidad.
—Nunca le he hecho preguntas de este tipo —declaró.
— ¿Por qué no? ¡Es lo primero que yo le habría preguntado!
—Supongo que responderá algo así como «No computable» o «Parámetros no
operativos». Es lo que dice cuando ignora algo y no quiere reconocerlo. ¿Cosa?
La Cosa no respondió. Sus luces de colores cambiaron de secuencia.
— ¿Cosa? —repitió Masklin.
Estoy interviniendo unas comunicaciones.
—Suele dedicarse a eso cuando se aburre —explicó Masklin a Gurder—. Se queda
así, escuchando mensajes invisibles que viajan por el aire. Presta atención, Cosa. Esto es
muy importante; queremos...
Las luces oscilaron. Muchas de ellas se pusieron rojas.
— ¡Cosa! Nosotros...
La Cosa emitió su pequeño chasquido equivalente a un carraspeo.
Un gnomo ha sido visto en la cabina de los pilotos.
—Escucha, Cosa, queremos que... ¿Qué has dicho?
Repito: un gnomo ha sido visto en la cabina de los pilotos.
Masklin echó un apresurado vistazo en torno a él.
— ¿Angalo?
Es extremadamente posible que se trate de él, respondió la Cosa.
HUMANOS VIAJEROS: grandes criaturas parecidas a los gnomos. Numerosos
humanos dedican mucho tiempo a viajar de un sitio a otro, lo cual es extraño porque,
generalmente, en el lugar al que llegan ya hay, de todos modos, demasiados humanos.
Ver también ANIMALES, INTELIGENCIA, EVOLUCIÓN y FLAN.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
3
El eco de las voces de Masklin y Gurder resonó por el conducto mientras
avanzaban gateando por encima de los cables.
—Ya me parecía que tardaba demasiado...
—No deberías haberlo dejado alejarse por su cuenta. Ya sabes cuánto le gusta
conducir cosas.
— ¿Qué yo no debería...?
— ¡Este Angalo no tiene el menor sentido de...! ¿Por dónde seguimos ahora?
Angalo ya había apuntado que, en su opinión, el interior de un avión estaría repleto
de conductos y cables. Y había acertado. Sus dos compañeros se abrían camino con
esfuerzo por el angosto mundo saturado de cables bajo el suelo enmoquetado.
— ¡Ya soy demasiado viejo para esto! Llega un momento en la vida de un gnomo
en que ya no debe seguir arrastrándose por las entrañas de una terrible máquina voladora.
— ¿Cuántas veces lo has hecho?
— ¡Con una es más que suficiente!
Nos estamos acercando, informó la Cosa.
— ¡Todo esto es consecuencia de habernos dejado ver! ¡Es un Castigo! —declaró
Gurder.
— ¿De quién? —replicó Masklin con gesto ceñudo, mientras lo ayudaba a
encaramarse.
— ¿A qué te refieres?
— ¡Para imponer un castigo, tiene que haber alguien que lo decrete!
— ¡Me refería a un castigo, en general!
Masklin se detuvo.
— ¿Y ahora, qué, Cosa?
El mensaje decía a las humanas repartidoras de comida que en la cabina de pilotos
había una extraña criaturita, explicó la Cosa. Es el lugar donde estamos ahora. Aquí hay
muchos ordenadores.
—Y esos ordenadores hablan contigo, ¿no es eso?
Un poco. Son como niños. La mayor parte del tiempo se limitan a escuchar,
respondió la Cosa con cierta presunción. No son demasiado inteligentes.
— ¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Gurder.
—Vamos a intentar... —Masklin titubeó. En algún lugar de la frase que dejó en
suspenso asomaba la palabra «rescate».
Una palabra rotunda, espectacular, que Masklin ansiaba pronunciar. El problema
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era que, un poco más allá, acechaba otra más sencilla. Y mucho menos agradable.
Una palabra que era una simple pregunta: «¿Cómo?».
—No creo que intenten hacerle daño —afirmó, rogando que fuera verdad—. Quizá
lo encierren en alguna parte. Tenemos que encontrar un sitio desde el cual podamos ver
qué sucede.
Masklin observó con desaliento los cables y el intrincado laberinto de piezas
metálicas que tenían ante ellos. Gurder, en tono desapasionado, apuntó:
—Entonces, será mejor que me dejes abrir la marcha.
— ¿Por qué?
—Tal vez seas un buen guía en los espacios abiertos —dijo el Abad, adelantándolo
a empujones—, pero en la Tienda éramos expertos en abrirnos paso por las entrañas de las
cosas. Hum... eso es.
Se frotó las manos, agarró un cable y se deslizó por una abertura cuya existencia
Masklin ni siquiera había advertido.
—Cuando era un chiquillo solía hacer estas cosas —comentó—. Nos sabíamos
todos los trucos.
— ¿Ah, sí? —murmuró Masklin.
—Tomemos por aquí. Cuidado con los cables. Pues sí: subíamos y bajábamos por
los pozos de los ascensores, entrábamos y salíamos de los tableros de conmutadores del
teléfono...
—Me parece que siempre te he oído protestar que hoy en día los niños se pasan
demasiado tiempo dando vueltas por ahí y cometiendo travesuras...
— ¡Oh, sí, pero eso...! ¡Lo de los niños de ahora es delincuencia juvenil! —replicó
Gurder con severidad—. Es completamente distinto de nuestra sana alegría infantil.
Probemos a subir por ahí.
Gatearon entre dos paredes metálicas calientes. Al fondo se veía luz. La pareja
terminó tendida boca abajo, arrastrándose sobre el vientre.
Desde su posición, observaron una sala de aspecto extraño, no mucho mayor que la
cabina del camión. Igual que ésta, no era en realidad sino un angosto espacio en el que los
conductores humanos encajaban entre los mecanismos.
Y éstos eran numerosísimos.
Luces e interruptores, cuadrantes y palancas, cubrían las paredes y el techo. Si
Dorcas hubiera visto aquello, pensó Masklin, no habría habido modo de arrancarlo de allí.
Arrodillados en el suelo había dos humanos. Junto a ellos, de pie, Masklin y el
Abad distinguieron a una de las mujeres repartidoras de comida. Los dos gnomos los
oyeron gruñir y mugir.
—Así hablan los humanos —murmuró Masklin—. Ojalá pudiéramos entender lo
que dicen.
Muy bien, intervino la Cosa. Esperad un momento.
— ¿Tú comprendes los ruidos que emiten los humanos?
Desde luego. Son como los que emiten los gnomos, pero pronunciados más
despacio.
— ¿Qué? ¿Qué? ¡Eso no nos lo habías dicho! ¡No me lo habías revelado nunca!
Hay miles de millones de cosas que no te he contado. ¿Por cuál quieres que
empiece?
—Puedes empezar diciéndome qué están comentando ahora —contestó Masklin—.
Por favor.
Una de las humanas acaba de decir: «Debe de haber sido un ratón o algo
Terry Pratchett La Nave
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parecido»; y la otra repartidora de comida ha contestado: «Enséñame un ratón con ropa y
entonces admitiré que es eso lo que he visto». Y agregó: «Lo que he visto no era ningún
ratón. Si hasta me ha arrojado a la cara una frambuesa (exclamación)».
— ¿Qué es una frambuesa?
El pequeño fruto rojo del arbusto Rubus idaeus.
Masklin se volvió hacia Gurder.
— ¿Tú hiciste eso?
— ¿Quién, yo? ¿De qué frambuesa habla? Escucha, si hubiera encontrado alguna
fruta en el camino, me la habría comido. Lo único que le hice fue «¡Prrrrrrt!».
Uno de los humanos acaba de decir: «... y cuando he vuelto la cabeza, allí estaba,
mirando por la ventana».
—Ése será Angalo, sin duda —afirmó Gurder.
Ahora, la otra humana arrodillada ha dicho: «Bien, sea lo que sea, está detrás de
ese panel y no puede escapar por ninguna parte».
— ¡Se dispone a arrancar un pedazo de pared! —exclamó Masklin—. ¡Oh, no!
¡Está metiendo la mano en el rincón!
La humana soltó un mugido.
Ahora ha dicho: «¡Me ha mordido! ¡Ese maldito bicho me ha mordido!», informó
la Cosa, sin perderse una palabra de la conversación.
—Sí. Ha de ser Angalo, sin duda —aseguró Gurder—. Su padre también era así.
Una verdadera fiera, cuando se veía en aprietos.
— ¡Pero los humanos no saben qué andan persiguiendo! —replicó Masklin con voz
apremiante—. ¡Lo han visto, pero ha escapado! Ahora, los humanos están discutiendo.
Ninguno de ellos cree realmente que existan los gnomos. Si conseguimos sacar de ahí a
Angalo antes de que lo atrapen, lo más probable es que se convenzan de que se trataba de
un ratón o algo parecido.
—Supongo que podríamos llegar hasta ahí por el interior de los tabiques —
comentó Gurder—, pero tardaríamos demasiado.
Masklin echó una ojeada desesperada en torno a la cabina. Además de los tres
humanos concentrados en la caza de Angalo, había otros dos en el extremo de adelante.
«Aquéllos deben de ser los conductores», pensó.
—Me he quedado sin ideas —murmuró—. ¿Puedes pensar en algo, Cosa?
Prácticamente, no hay límite a lo que puedo pensar.
—Me refiero a si se te ocurre algo para ayudarnos a rescatar a Gurder.
Sí.
—Entonces, será mejor ponerlo en práctica.
Sí.
Un momento después, escucharon el ronco ulular de las alarmas. Las luces de los
tableros de instrumentos empezaron a parpadear. Los humanos a los mandos del aparato se
inclinaron hacia adelante entre exclamaciones y empezaron a pulsar y probar interruptores
y palancas.
— ¿Qué sucede? —preguntó Masklin.
Puede que los humanos estén sorprendidos de comprobar que ya no pilotan esta
aeronave, respondió la Cosa.
— ¿Que no...? ¿Quién está al mando, entonces?
Las lucecillas parpadeaban tranquilamente en la superficie del dado.
Yo, se limitó a responder.
Terry Pratchett La Nave
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Una de las ranitas cayó de la rama y desapareció en silencio entre el dosel de follaje
que había debajo. Como los animales muy pequeños y ligeros pueden caer desde una gran
altura sin hacerse daño, es muy probable que sobreviviera en el mundo selvático al pie del
árbol y fuera protagonista de la segunda experiencia más interesante que ha tenido nunca
una rana arborícela.
Masklin ayudó a Gurder en su avance por otro conducto metálico lleno de cables.
Sobre sus cabezas podían oír el ruido de pasos humanos y el gruñido lastimero de unos
humanos con problemas.
—Me parece que esto no les ha gustado mucho... —comentó Gurder.
—Al menos, así no tendrán tiempo de seguir buscando lo que, probablemente, no
era más que un ratón —dijo Masklin.
— ¡Pero no es ningún ratón! ¡Es Angalo! —Sí, pero los humanos preferirán pensar
que se trataba de un ratoncillo. Me parece que a esos gigantes no les gusta enterarse de lo
que les resulta perturbador.
—En eso, me recuerdan a los gnomos —afirmó Gurder.
Masklin echó un vistazo a la Cosa, que transportaba bajo el brazo.
— ¿De verdad estás pilotando el Concorde? —le preguntó. Sí.
—Pensaba que, para pilotar algo, uno tenía que girar volantes y cambiar de marchas
y esas cosas... —insistió el gnomo.
De todo eso se encargan diversos mecanismos. Los humanos sólo pulsan botones y
mueven timones para decirles a esos mecanismos cuándo tienen que funcionar.
—Entonces, ¿qué haces tú? Yo estoy al mando, respondió la Cosa. Masklin escuchó
el sordo tronar de los motores.
— ¿Es difícil? —quiso saber. En sí, no lo es. Pero los humanos no dejan de
intentar interferir.
—Entonces, creo que será mejor encontrar pronto a Angalo —dijo Gurder—.
Vamos.
Continuaron su penoso avance por otro túnel lleno de cables.
—Deberían estarnos agradecidos por dejar que nuestra Cosa haga su trabajo, ¿no
crees? —declaró Gurder con aire solemne.
—Yo no creo que los humanos vean así las cosas, exactamente —apuntó Masklin.
Volamos a una altitud de cincuenta y cinco mil pies y a una velocidad de dos mil
ciento sesenta kilómetros por hora, anunció la Cosa. Al ver que los gnomos no hacían
ningún comentario, insistió: £50 significa muy alto y muy deprisa.
—Estupendo —contestó Masklin al darse cuenta de que la Cosa esperaba algún
tipo de respuesta.
Muy, muy deprisa.
Los dos gnomos se escurrieron por la rendija entre dos planchas metálicas.
Más deprisa que una bala, en realidad.
—Asombroso —murmuró Masklin.
Al doble de la velocidad de propagación del sonido en esta atmósfera, continuó la
Cosa.
— ¡Vaya!
A ver si lo puedo explicar de otra manera, insistió la Cosa, y consiguió sonar
ligeramente molesta. A esa velocidad, se podría llegar de la Tienda a la cantera en menos
de quince segundos.
— ¡Pues menos mal que no nos lo encontramos de frente! —acertó a comentar
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Masklin.
— ¡Oh, deja ya de burlarte! —intervino Gurder—. Lo que quiere es que le digas
que es una buena chica.., una buena Cosa —se corrigió.
No es eso, dijo la Cosa, bastante más deprisa de lo habitual. Sólo intentaba señalar
que se trata de una máquina muy especializada y que requiere un control minucioso.
—Entonces, quizá no deberías hablar tanto —apuntó Masklin.
La Cosa agitó sus luces al oírlo.
— ¡No seas desagradable! —exclamó Gurder.
—Escucha, me he pasado un año haciendo lo que me decía esa Cosa y ni una sola
vez me ha dado las gracias. Vamos a ver, esos cincuenta y cinco mil pies, ¿cuánto es en
metros?
Casi diecisiete kilómetros. El doble de la distancia entre la Tienda y la cantera.
Gurder se detuvo.
— ¿De altitud? —preguntó—. ¿Estamos a esa distancia del suelo? —Miró hacia
abajo y lanzó una exclamación.
— ¡No empieces tú también, ahora! —se apresuró a decir Masklin—. Ya tenemos
suficientes problemas con Angalo. ¡Deja de agarrarte así a la pared!
Gurder se había puesto pálido.
—Debemos de estar tan altos como esas cosas blancas y algodonosas..., las nubes
—resopló.
No, respondió la Cosa.
—Menos mal. Es un consuelo —suspiró Gurder.
Las nubes quedan muy por debajo de nosotros.
— ¡Oh!
Masklin agarró del brazo al Abad.
—Angalo, ¿recuerdas? —le dijo.
Gurder asintió y volvió a avanzar lentamente, asiéndose a los salientes con los ojos
cerrados.
—No debemos perder la serenidad —aconsejó Masklin—. Aunque estemos tan
altos.
Miró hacia abajo. El metal que tenía bajo los pies era muy sólido. Era preciso usar
la imaginación para ver el suelo a través de él.
El problema era que Masklin tenía una imaginación desbordante.
— ¡Ug! —exclamó—. Vamos, Gurder. Dame la mano.
—La tienes delante.
—Lo siento. Con los ojos cerrados, no la había visto.
La pareja de gnomos pasó lo que les pareció un siglo moviéndose cuidadosamente
arriba y abajo entre los cables hasta que, por fin, Gurder declaró:
—Así no vamos a ninguna parte. No hay ningún agujero lo bastante grande como
para pasar. Si lo hubiera, Angalo lo habría descubierto.
—Entonces, tenemos que encontrar el modo de entrar en la cabina y sacarlo como
sea —resolvió Masklin.
— ¿Con todos esos humanos ahí dentro?
—Estarán demasiado ocupados para advertir nuestra presencia. ¿Tengo razón,
Cosa?
Tienes razón.
Existe un lugar tan arriba que allí no existe un abajo.
Casi a esa altura, un dardo blanco surcaba los confines del cielo, dejaba atrás la
noche, alcanzaba al sol y cruzaba en pocas horas un océano que una vez fuera el confín del
mundo..
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Masklin se descolgó con cautela hasta el suelo y avanzó sigilosamente. Los
humanos ni siquiera estaban mirando en aquella dirección.
«Espero que la Cosa sepa pilotar realmente este aparato», se dijo.
Se deslizó hacia los paneles donde, con un poco de suerte, aún seguiría oculto
Angalo. Aquello no le gustaba nada. Le desagradaba muchísimo exponerse de aquella
manera. Aunque, por supuesto, las cosas debían de haber sido mucho peores en los tiempos
en que acostumbraba salir de caza sin compañía. Si en esas expediciones lo hubiera
atacado algo, el gnomo no se habría dado cuenta hasta que ya hubiera sido demasiado tarde
y habría terminado siendo un apetitoso bocado para el otro cazador. Por eso, considerando
que nadie sabía qué podían hacerle los humanos a un gnomo si lo capturaban...
... corrió a las benditas sombras.
— ¡Angalo! —llamó en un susurro.
Al cabo de unos instantes, una voz respondió desde detrás de unos cables:
— ¿Quién eres?
Masklin se enderezó.
— ¿Cuántas oportunidades de acertar quieres? —dijo con su voz normal. Angalo se
descolgó hasta llegar a su lado.
— ¡Me han perseguido! —exclamó—. ¡Y uno de los humanos metió la mano y...!
—Ya lo sé. Vamos, démonos prisa mientras están ocupados.
— ¿Qué sucede? —preguntó Angalo mientras corrían hacia la luz.
—La Cosa está conduciendo el avión.
— ¿Cómo? Si no tiene brazos... No puede cambiar de marchas ni nada parecido...
—Al parecer, gobierna los ordenadores que dirigen todas esas cosas. Vamos,
vamos...
—Eché un vistazo por la ventana —anunció Angalo con vehemencia—. ¡Lo único
que se ve es cielo por todas partes!
—No me lo recuerdes —murmuró Masklin.
—Deja que me asome otra vez... —empezó a pedir Angalo.
—Escucha, Gurder nos está esperando y no debemos buscarnos más problemas...
— ¡Pero esto es mejor que ningún camión!
Se escuchó un sonido sofocado y los gnomos alzaron la vista.
Uno de los humanos los estaba observando. Tenía la boca abierta y la expresión de
quien iba a tener muchas dificultades en explicar lo que acababa de ver. Sobre todo, en
explicárselo a sí mismo.
El humano ya estaba incorporándose.
Angalo y Masklin intercambiaron una mirada.
— ¡A correr! —gritaron al unísono.
Gurder estaba acechando con cautela en una zona en sombra junto a la puerta
cuando sus dos compañeros se escurrieron por la rendija a toda prisa, moviendo brazos y
piernas como si fueran émbolos. El Abad recogió los pliegues de su túnica y echó a correr
tras ellos.
— ¿Qué sucede? ¿Qué sucede?
— ¡Un humano nos persigue!
— ¡No me dejéis atrás! ¡Esperadme!
El trío, con Masklin ligeramente adelantado a los demás, se apresuró por el pasillo
entre las filas de humanos, que no prestaron la menor atención a las tres manchas borrosas
que corrían entre los asientos.
—No deberíamos... habernos quedado... a mirar... —dijo Masklin entre jadeos.
—Quizá... no volvamos a tener... nunca... otra ocasión igual... —replicó Angalo,
resoplando también.
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— ¡Exacto!
El suelo se ladeó ligeramente.
— ¡Cosa! ¿Qué estás haciendo?
Ensayar una maniobra de distracción.
— ¡No lo hagas! ¡Vamos todos por aquí!
Masklin echó a correr de nuevo entre dos asientos, rodeó un par de zapatos gigantes
y se arrojó sobre la moqueta cuan largo era. Los otros dos, detrás de él, lo imitaron. Apenas
a unos centímetros de ellos había dos enormes pies humanos.
Masklin arrastró la Cosa por la moqueta hasta colocarla delante de su rostro.
— ¡Devuélveles su avión! —le exigió en su susurro.
Esperaba que me permitirías ocuparme del aterrizaje, respondió la Cosa. Aunque
su voz era tan apagada e inexpresiva como siempre, a Masklin le dio la impresión de que
tenía un tonillo entre decepcionado y añorante.
— ¿Sabrías posar en tierra un aparato como éste? —preguntó.
Me gustaría tener la oportunidad de aprender a hacerlo...
— ¡Devuélveselo a los pilotos de inmediato!
El gnomo percibió un ligero bandazo y un cambio en el dibujo de las luces sobre la
superficie de la Cosa. Masklin respiró hondo.
—Y ahora, ¿me hacéis el favor de portaros todos juiciosamente durante cinco
minutos?
—Lo siento, Masklin —dijo Angalo. Intentó poner cara de disculpa, pero no pudo.
Masklin reconoció los ojos saltones y la sonrisa ligeramente desquiciada de alguien que
estaba muy cerca de su propio paraíso privado—. Era sólo que... ¿sabías que es azul
incluso debajo de nosotros? ¡Es como si ahí abajo no hubiera tierra alguna! Y...
—Si la Cosa vuelve a probar otra de sus lecciones de vuelo, puede que todos
terminemos descubriendo si tal suposición es cierta —anunció Masklin con expresión
sombría—. De momento, quedémonos aquí y no digamos nada más, ¿de acuerdo?
El trío permaneció un rato en silencio, bajo el asiento. Al cabo, Gurder hizo un
curioso comentario:
—Este humano tiene un agujero en el calcetín.
— ¿Y qué? —preguntó Angalo.
—En realidad, no lo sé. Es sólo que nunca se me había ocurrido pensar que los
humanos tuvieran agujeros en los calcetines.
—Cuando uno se pone calcetines, los agujeros no tardan en aparecer —sentenció
Masklin.
—De todos modos, son unos calcetines de calidad —apuntó Angalo.
Masklin los observó mejor, pero le siguieron pareciendo calcetines normales. Los
gnomos de la Tienda los usaban como saco de dormir.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—Son Gran Estilo a Prueba de Olores —indicó Angalo—. Garantizados, ochenta y
cinco por ciento de poliamida. Los vendían en la Tienda. Son mucho más caros que otros
calcetines. Mira, ahí puedes ver la marca.
Gurder emitió un suspiro y murmuró:
— ¡Ah, era una Tienda excelente!
—Y esos zapatos —continuó Angalo, señalando las dos grandes siluetas blancas,
como barcas varadas en una playa, que había un poco más allá—. ¿Los ves? Fabulosos
Zapatos de Paseo con Suela de Goma Auténtica. Muy caros.
—A mí nunca me han gustado —declaró Gurder—. Demasiado ostentosos. Prefiero
los de Calzado de Caballero, Marrón, Con Cordones. En uno de ellos, un gnomo puede
dormir muy cómodo.
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—Esos Zapatos de Paseo también estaban en la Tienda, ¿verdad? —preguntó
Masklin con suma cautela.
— ¡Oh, sí! Gama especial.
—Hum...
Masklin se incorporó y se acercó a una gran bolsa de cuero medio encajada bajo el
asiento. Los demás lo observaron mientras se encaramaba a ella y luego estiraba el cuello
hasta poder echar un breve vistazo por encima del apoyabrazos. Acto seguido, se deslizó
de nuevo hasta el suelo.
—Bien, bien —murmuró con una voz alegre, bulliciosa—. Esta bolsa también es de
la Tienda, ¿verdad?
Gurder y Angalo la estudiaron con aire crítico.
—Yo apenas frecuentaba la sección de Artículos de Viaje —declaró Angalo—.
Pero, ahora que lo mencionas, creo que podría ser una Bolsa Especial de Viaje en Piel de
Vacuno.
— ¿Para El Ejecutivo Que Sabe Lo Que Quiere? —añadió Gurder—. Sí, podría ser.
— ¿Os habéis preguntado cómo vamos a bajar del avión?
—De la misma manera que subimos, ¿no? —respondió Angalo, que no había
pensado en ello.
—Me temo que no resulte tan fácil. Sospecho que los humanos pueden tener otras
ideas —explicó Masklin—. De hecho, me parece probable que empiecen a buscarnos,
aunque crean que somos ratones. Si yo fuera humano, no toleraría ratones en un aparato
como éste. Ya sabéis cómo son esos bichos para orinarse sobre los cables. Cuando uno
viaja a esta altitud, que un ratón vaya al baño dentro del ordenador puede resultar
peligroso. Creo que los humanos se tomaron esto muy en serio, de modo que debemos
dejar el avión cuando lo hagan los humanos.
— ¡Nos aplastarán a pisotones! —exclamó Angalo.
—Se me ha ocurrido que podríamos, por ejemplo..., meternos dentro de esa bolsa
—apuntó Masklin.
— ¡Una idea ridícula! —protestó Gurder.
Masklin respiró profundamente y reveló su secreto:
—La bolsa pertenece a Su Nieto Richard, ¿sabéis? —Al ver sus expresiones, se
apresuró a añadir—: Antes lo vi y es el humano que está sentado encima de nosotros. Es
Su Nieto Richard, de treinta y nueve —insistió—. Está aquí mismo, sobre nuestras
cabezas. Leyendo un periódico. Ahí arriba. Es él.
Gurder se puso rojo de furia y alzó un dedo hacia Masklin, en un enérgico gesto de
advertencia.
— ¿Esperas que crea que Richard Arnold, el nieto de Arnold Bros (fund. en 1905),
tiene agujeros en los calcetines?
—Eso los convierte en calcetines sagrados4 —apuntó Angalo—. Bueno, bueno.
Sólo estaba tratado de alegrar un poco el ambiente. No me mires así.
—Sube ahí y compruébalo tú mismo —indicó Masklin—. Te ayudaré a hacerlo,
pero ve con cuidado.
Entre Angalo y él, ayudaron a Gurder a encaramarse.
Cuando volvieron a bajarlo, el Abad guardó silencio.
— ¿Y bien? —preguntó Angalo.
—Además, en la bolsa hay unas letras: R.A. —insistió Masklin, al tiempo que
hacía unos gestos frenéticos a Angalo. Gurder tenía la expresión de haber visto un
fantasma.
—Sí, eso también procede de la Tienda —dijo Angalo apresuradamente—.
4 Juego de palabras intraducible entre «hole» (agujero) y «holy» (sagrado). (N. del t.)
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«Iniciales de Oro por Sólo Cinco Noventa y Cinco Extra», decía el rótulo.
—Di algo, Gurder —exigió Masklin—. No te quedes ahí sentado con esa
expresión.
—Éste es un momento muy solemne para mí —declaró el Abad.
—He pensado que podríamos descoser unas cuantas puntadas del fondo de la bolsa
y colocarnos dentro de ella —apuntó Masklin.
—No soy digno de ello —dijo Gurder.
—Tal vez no —asintió Angalo alegremente—. Pero no se lo diremos a nadie.
—Si lo hacemos, Su Nieto Richard nos estará prestando su ayuda, ¿te das cuenta?
—insistió Masklin con la esperanza de que Gurder, en su estado, se tragara aquel
argumento—. Aunque él no lo sepa, nos estará ayudando; por tanto, el plan resultará
viable. Probablemente, es el destino que nos estaba reservado.
«No reservado por nadie —se dijo—. Simplemente, reservado en general.»
Gurder meditó sus palabras.
—Está bien —dijo por último—. Pero no debemos dañar la bolsa. Podemos
colarnos en ella por las cremalleras.
Así lo hicieron. La cremallera se atascó un poco al tirar de ella, como siempre
sucede, pero los gnomos no tardaron en abrirla lo suficientemente como para deslizarse al
interior de la bolsa.
— ¿Qué haremos si se le ocurre mirar aquí dentro? —preguntó Angalo.
—Nada —respondió Masklin—. Limitarnos a sonreír, supongo.
Las tres ranitas ya habían avanzado un buen trecho por la rama. Lo que de lejos les
había parecido una extensión uniforme de vegetación verde grisácea se había convertido, al
acercarse, en un laberinto de cortezas ásperas, raíces y montones de musgo. Un universo
insoportablemente aterrador para unas ranas que habían pasado toda su vida en un mundo
limitado por los pétalos externos de la bromelia.
Sin embargo, continuaron adelante. Las ranitas desconocían el significado de la
palabra «retirada». De ésa, y de cualquier otra.
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HOTELES: lugares donde los HUMANOS VIAJEROS aparcan para pasar la
noche. Otros humanos les sirven comida, entre ella los famosos BOCADILLOS DE
JAMÓN, LECHUGA Y TOMATE. En los hoteles hay camas, toallas y unos rincones
especiales donde llueve sobre los humanos desnudos para lavarlos.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
4
Negrura.
—Aquí dentro está muy oscuro, Masklin.
—Sí, y no consigo instalarme con comodidad.
—Bueno, habrá que ponerle buena voluntad.
— ¡Un cepillo para el pelo! ¡Acabo de sentarme sobre un cepillo para el pelo!
Aterrizaremos en breve.
—Bien.
—Y aquí hay un tubo de algo...
—Tengo hambre. ¿No hay nada de comer?
—Aún guardo ese cacahuete.
— ¿Dónde? ¿Dónde?
—Ahora has conseguido que se me caiga.
—Gurder...
— ¿Sí?
— ¿Qué haces? ¿Estás cortando algo, quizá?
—Se está haciendo un agujero en el calcetín.
Silencio.
— ¡Bueno! ¿Y qué? El calcetín es mío. Puedo hacer con él lo que me dé la gana.
Más silencio.
—Me sentiré mejor si lo hago.
Aún más silencio.
—No es más que un humano, Gurder. No tiene nada de especial.
—Estamos en su bolsa, ¿no?
—Sí, pero tú decías que Arnold Bros sólo existía en nuestra mente, ¿verdad?
—Sí.
— ¿Entonces...?
—Así me siento mejor, eso es todo. Tema cerrado.
Nos disponemos a aterrizar.
— ¿Cómo sabremos cuándo...?
Estoy segura de que yo lo habría hecho mejor. Con el tiempo.
— ¿Estamos ya en ese lugar, Florida? ¡Angalo, quítame el pie de la cara!
Sí. Tradicionalmente, este país acoge a los inmigrantes.
— ¿Es eso lo que somos?
Técnicamente, estáis en tránsito a otro destino.
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— ¿Cuál?
Las estrellas.
— ¡Oh! ¿Cosa?
¿Sí?
— ¿Existe algún registro de que los gnomos hayan estado aquí antes?
— ¿Qué estás diciendo? ¡Nosotros somos los gnomos!
—Sí, pero puede haber otros.
— ¡No, no! Nosotros y nuestros compañeros de la cantera somos los únicos,
¿verdad?
Unas lucecitas de colores parpadearon en la oscuridad de la bolsa.
— ¿Qué dices, Cosa? —insistió Masklin.
Estoy buscando los datos disponibles. Conclusión: no aparecen datos confirmados
sobre la presencia de gnomos. Todos los inmigrantes registrados superan los diez
centímetros de estatura.
— ¡Oh! Yo sólo me preguntaba... Quería saber si existían otros grupos de gnomos,
aparte del nuestro.
—Pues ya has oído a la Cosa. No hay datos confirmados, ha dicho.
—Pero tampoco nadie nos había visto a nosotros, hasta hoy.
— ¿Sabes qué va a suceder ahora, Cosa?
Pasaremos los controles de Inmigración y Aduanas. ¿Alguno de vosotros es, o ha
sido alguna vez, miembro de una organización subversiva?
Silencio.
— ¿Quién, nosotros? ¿A qué viene esa pregunta?
Es una de las preguntas que hacen a los humanos en esos controles. Estoy
interviniendo sus comunicaciones.
— ¡Ah! Bueno, creo que no lo somos. Ni lo hemos sido, ¿verdad?
—No.
—No.
—No. Ya me parecía a mí... Por cierto, ¿qué significa «subversiva»?
La pregunta pretende determinar si habéis llegado aquí con la intención de
derrocar el gobierno de los Estados Unidos.
—Me parece que ninguno de nosotros quiere hacer tal cosa, ¿verdad?
—No.
—No.
—No, claro que no. No tienen que preocuparse por nosotros.
—De todos modos, es una medida muy inteligente.
— ¿Cuál?
—La de hacer esas preguntas cuando uno llega. Si alguien se presentara aquí con
intención de causar derrocamientos subversivos, todo el mundo se le echaría encima como
un montón de ladrillos tan pronto como el humano respondiera que sí.
—Sí, es un truco muy sutil, ¿no os parece? —declaró Angalo con un tono de
admiración en la voz.
—Definitivamente, no nos proponemos llevar a cabo ningún derrocamiento —
respondió Masklin a la Cosa—. Sólo pretendemos robarles uno de esos aviones que se
elevan rectos... Dime otra vez cómo los llamas.
Transbordadores espaciales.
—Eso es. Cuando lo tengamos, nos iremos sin más. No queremos causar
problemas.
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La bolsa se bamboleó y fue depositada sobre una superficie plana. Masklin escuchó
en el interior de su escondrijo un leve ruido que pasaba totalmente inadvertido en el
estruendo de la terminal del aeropuerto. Un minúsculo agujero apareció en el cuero.
— ¿Qué está haciendo? —preguntó Gurder.
—Deja de empujar —respondió Masklin—. Así no puedo concentrarme. Ahora...
parece que estamos en una cola de humanos.
—Llevamos siglos esperando —protestó Angalo.
—Supongo que están preguntándoles uno por uno si pretenden hacer algún
derrocamiento —apuntó Gurder con aire experto.
—No me gusta sacar a colación este tema —intervino Angalo—, pero ¿cómo
vamos a encontrar ese Transbordador?
—Ya nos ocuparemos de eso cuando llegue el momento —respondió Masklin, sin
saber qué decir.
—El momento ya ha llegado —insistió el joven gnomo—. ¿O no?
Masklin se encogió de hombros, impotente.
—No habrás pensado que llegaríamos a esa Florida y la encontraríamos llena de
rótulos que dijeran: «Por aquí, al espacio», ¿verdad? —inquirió Angalo con un tonillo de
sarcasmo.
Masklin confió en que su expresión no reflejara sus pensamientos.
—Por supuesto que no —contestó.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —insistió Angalo.
—Pues... preguntarle a la Cosa —dijo Masklin—. Sí, eso haremos... —repitió con
expresión de alivio—. ¿Cosa?
¿Sí?
— ¿Qué hacemos ahora?
— ¡Eso es lo que yo llamo tener planes claros! —masculló Angalo.
La bolsa se movió. Su Nieto Richard, de treinta y nueve, avanzaba en la cola.
— ¿Cosa? Te he preguntado qué hacemos ahora...
Nada.
— ¿Cómo podemos no hacer nada?
Llevando a cabo una total ausencia de actividad.
— ¿De qué nos servirá eso?
El periódico decía que Richard Arnold iba a Florida para el lanzamiento del
satélite de comunicaciones. Por tanto, no tardará en acudir al lugar donde se encuentra el
satélite. Ergo, iremos con él.
— ¿Quién es Ergo? —preguntó Gurder, mirando a su alrededor.
La Cosa volvió hacia él sus luces parpadeantes.
«Ergo» significa «por lo tanto», le dijo.
Masklin puso cara de poco convencimiento.
— ¿Y crees que llevará con él esta bolsa?
Imposible de determinar.
Masklin tuvo que reconocer que dentro de la bolsa había poca cosa. Contenía, sobre
todo, papeles, calcetines, algunos objetos diversos como cepillos para el pelo y un libro
titulado El espía sin pantalones. Este último objeto les había causado cierta preocupación
cuando la mano de Su Nieto Richard había corrido la cremallera poco después de que el
avión tomara tierra, pero el humano había metido el libro entre los papeles sin detenerse a
mirar el interior de la bolsa. Ahora que tenían un poco de luz para ver dónde estaban,
Angalo intentaba leer su contenido. De vez en cuando, seguía el texto murmurando por lo
bajo.
—Me parece —dijo Masklin al cabo— que Su Nieto Richard no va a viajar
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inmediatamente para ver eso que la Cosa ha llamado «lanzamiento del satélite». Estoy
seguro de que antes irá a alguna parte a dormir. Cosa, ¿sabes cuándo empezará a volar ese
avión Transbordador?
Imposible de determinar. Sólo puedo hablar con otros ordenadores cuando están
en mi radio de acción. Los ordenadores de este lugar sólo se ocupan de asuntos
relacionados con el aeropuerto.
—En cualquier caso, Su Nieto Richard tendrá que acostarse dentro de poco —
insistió Masklin—. Los humanos pasan durmiendo la mayor parte de la noche. Me parece
que ése será el mejor momento para abandonar la bolsa.
—Y entonces podremos hablar con él —añadió Gurder.
Sus compañeros lo miraron.
—Bueno, para eso hemos venido, ¿no? —insistió el Abad—. Esa fue la principal
razón del viaje, ¿no? Pedirle que salvara la cantera...
— ¡Pero resulta que no es más que un humano! —soltó Angalo—. ¡Incluso tú
deberías haberlo comprendido ya! ¡Su Nieto Richard no va a ayudarnos! ¿Por qué habría
de hacerlo? ¡No es más que un humano cuyos antepasados construyeron una tienda! ¿Por
qué sigues creyendo que es una especie de gran gnomo superior que vive en los cielos?
— ¡Porque no tengo otra cosa en que creer! —replicó Gurder, también a gritos—.
Y si tú no crees en Su Nieto Richard, ¿por qué estás en su bolsa?
— ¡Bah!, eso es pura coincidencia...
— ¡Eso es lo que dices siempre! ¡De todo dices que es pura coincidencia!
La bolsa se movió de nuevo. En su interior, los gnomos perdieron el equilibrio y
cayeron los unos sobre los otros.
—Nos movemos —anunció Masklin, asomándose por el agujero en el cuero y casi
feliz de que algo hubiera puesto fin a la discusión—. Nos desplazamos por el suelo. Ahí
fuera veo un montón de humanos. Un montón enorme.
—Siempre hay muchos por todas partes —suspiró Gurder.
Los gnomos estaban acostumbrados a ver humanos con rótulos. Algunos de los
humanos de la Tienda solían llevar su nombre colgado del pecho en todo momento. Los
humanos tenían nombres largos y extraños, como «Sra. J. E. Williams Supervisora», u
«Hola Me Llamo Tracey». Nadie sabía por qué los humanos tenían que lucir sus nombres.
Quizá los olvidaban, si no lo hacían.
—Un momento —dijo Masklin—. Eso no puede ser. Uno de los humanos lleva un
rótulo que dice «Richard Arnold». Y vamos hacia él. ¡Vamos directo hacia él!
El murmullo grave y apagado de una voz humana sacudió a los gnomos como un
trueno.
— ¿Hum—bum—bum?
—Fom—hum—zum—bum.
— ¿Hum—zum—bum—fum?
— ¡Buum!
— ¿Entiendes algo, Cosa? —preguntó Masklin.
Sí. El humano del cartel dice que está aquí para llevar a nuestro humano a un
hotel, que es un lugar donde los humanos comen y duermen. En cuanto al resto, sólo ha
repetido esas cosas que los humanos se dicen entre ellos para asegurarse de que siguen
con vida.
— ¿A qué te refieres? —inquirió Masklin.
A esas frases como «Que tenga un buen día», « ¿Como ésta usted?» o «Vaya
tiempecito está haciendo últimamente, ¿no?». Con esas palabras lo que pretenden decir
es: «Yo estoy vivo y tú también».
—Es cierto, pero los gnomos utilizan el mismo tipo de fórmulas, Cosa. Lo
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llamamos «llevarse bien con los demás». Y te sugiero que pruebes a hacerlo tú también.
La bolsa se balanceó de un lado a otro y dio un golpe contra algo. Dentro, los
gnomos buscaron un asidero desesperadamente. Angalo sólo empleó una mano, pues con
la otra intentaba no perder el punto en el libro.
—Vuelvo a tener hambre —anunció Gurder—. ¿No hay nada de comer en la bolsa?
—Aquí hay un tubo con una especie de pasta dentífrica.
—Creo que pasaré sin ella, gracias.
En ese instante se escuchó un sonido sordo y retumbante. Angalo alzó la vista.
— ¡Reconozco este sonido! —afirmó con excitación—. ¡Es un motor de
«confusión» interna! ¡Estamos en un vehículo!
— ¿Otra vez? —murmuró Gurder.
—Lo abandonaremos lo antes posible —dijo Masklin.
— ¿Qué clase de vehículo es, Cosa? —preguntó el Abad.
Es un helicóptero.
—Es muy ruidoso —comentó Gurder, que nunca había oído ni leído aquella
extraña palabra.
—Es un «avión sin alas» —le explicó Angalo, quien sí la conocía.
Durante unos instantes, cauto y aterrado, Gurder reflexionó sobre la definición del
joven gnomo.
— ¿Cosa? —preguntó luego, lentamente.
¿Sí?
— ¿Qué lo sostiene en el...? —inició la pregunta Gurder.
La ciencia.
— ¡Oh! Sí, claro... ¿La ciencia? Bueno. Entonces, todo anda bien.
El ruido continuó durante largo tiempo. Al cabo de un rato, pasó ya a formar parte
del mundo de los gnomos, de modo que, cuando al fin cesó, el silencio los dejó
completamente estupefactos.
Se quedaron tendidos y quietos en el fondo de la bolsa, demasiado abatidos hasta
para hablar. Se dieron cuenta de que la bolsa era transportada, dejada en alguna parte,
cogida y transportada de nuevo, dejada otra vez y levantada nuevamente, para ser arrojada
por último sobre algo blando.
Después, volvió a reinar en el interior una feliz quietud.
Al cabo de un rato, se oyó la voz de Gurder:
—Está bien, ¿de qué sabor es esa pasta dentífrica?
Masklin encontró la Cosa entre el montón de sujetapapeles, polvo y pedacitos de
papel rotos y arrugados del fondo de la bolsa.
— ¿Tienes idea de dónde estamos, Cosa? —preguntó.
Habitación ciento tres, hotel Nuevos Horizontes, playa de Cocoa, respondió la
Cosa. Estoy interceptando las comunicaciones.
Gurder empujó a Masklin a un lado.
—Tengo que salir —dijo—. No soporto seguir aquí dentro. Ayúdame a subir,
Angalo. Si me sostienes por los pies, creo que puedo llegar a la parte de arriba de la bolsa...
La cremallera emitió un ruido sordo y prolongado y la luz inundó la bolsa. Los
gnomos se lanzaron de cabeza bajo el primer escondite que encontraron.
Ante la mirada de Masklin, una mano mayor que el gnomo se introdujo en la bolsa,
se cerró en torno a una bolsa más pequeña que contenía la pasta dentífrica y una toallita, y
la extrajo.
Los gnomos no se movieron.
Al cabo de un rato, llegó hasta ellos el sonido lejano de una corriente de agua.
Siguieron sin moverse.
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—Bum—bum fum zum—hum—hum, chum zum hum...
La voz del humano se elevaba por encima del ruido del agua. Y producía aún más
ecos de lo habitual.
— ¿No suena como..., como si alguien estuviera... cantando? —susurró Angalo.
—... Hum... hum—bum—bum hum... zum—hum—bum HOOOoooOOOmmm
Bum.
— ¿Qué es todo esto, Cosa? —cuchicheó Masklin.
El humano ha entrado en una habitación donde deja que le llueva encima, explicó
la Cosa.
— ¿Y por qué hace una cosa así?
Supongo que intenta mantenerse limpio.
—Entonces, ¿no es peligroso que salgamos de la bolsa ahora?
«Peligroso» es un termino relativo.
— ¿Relativo? ¿Qué significa eso?
Me refiero a que nada carece absolutamente de peligro. Pero calculo que el
humano seguirá bajo esa lluvia un rato más.
—Por supuesto. Hay mucho humano que limpiar —comentó Angalo—. Vamos.
Decidámonos.
La bolsa estaba sobre una cama y no tuvieron dificultades en deslizarse por las
sábanas hasta el suelo.
—... Hum-hum booOOOOM bum...
— ¿Qué hacemos ahora? —preguntó Angalo.
—Después de comer algo, querrás decir... —replicó Gurder con voz firme.
Masklin cruzó a la carrera la gruesa moqueta. En la pared más próxima había una
gran puerta de cristal ligeramente abierta, por la que penetraba una cálida brisa y los
sonidos de la noche.
Un humano habría oído los chirridos y zumbidos de los grillos y demás pequeñas
criaturas misteriosas cuyo papel en la vida consiste en sentarse toda la noche en los
arbustos a hacer ruidos que son mucho mayores que sus autores. Los gnomos, en cambio,
captan esos mismos sonidos más lentos, más prolongados y más graves, como la música
cuando el tocadiscos se queda sin corriente. Así pues, para ellos, la oscuridad estaba llena
de los golpes sordos y los gruñidos de la naturaleza.
Gurder se acercó a Masklin y escrutó la negrura con aire nervioso.
— ¿Podrías salir ahí a ver si hay algo de comer? —le preguntó.
—Tengo la horrible sensación —contestó Masklin— de que, si salgo ahora, habrá
efectivamente algo que comer..., y ese algo voy a ser yo.
Detrás de ellos, la voz del humano seguía cantando.
—... Bum—hum—hum... BOOOooooMMM uomp-uomp...
— ¿Qué es eso que canta, Cosa? —quiso saber Masklin.
Resulta un poco difícil de seguir, pero parece que el cantante desea hacer saber
que hizo no sé qué a su manera.
— ¿Hacer, qué?
No tengo datos suficientes al respecto. Pero, sea lo que sea, lo hizo a) en cada paso
que ha dado por la autopista de la vida, y b) sin timidez...
Sonaron unos golpes a la puerta y cesó la canción. También dejó de oírse el agua.
Los gnomos corrieron a ocultarse en las sombras.
—Suena un poco peligroso —susurró Angalo—. Caminar por las autopistas, me
refiero. Sería mejor «cada paso por la acera de la vida...»
Su Nieto Richard salió del cuarto de aseo con una toalla en torno a la cintura y
abrió la puerta. Otro humano, éste con todas sus ropas, entró con una bandeja. Tras un
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breve intercambio de lamentos, el humano vestido dejó la bandeja sobre una mesilla
auxiliar y se fue. Su Nieto Richard desapareció de nuevo en el cuarto de la lluvia.
—... Bu-bu bu-bu hum boOOOmm...
— ¡Comida! —cuchicheó Gurder—. ¡La huelo! ¡En esa bandeja hay comida!
Un bocadillo de jamón, lechuga y tomate con ensalada de col, dijo la cosa. Y café.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntaron los tres gnomos al unísono.
Es lo que ha pedido al registrarse.
— ¡Ensalada de col! —murmuró Gurder, extasiado—. ¡Y jamón! ¡Y café!
Masklin miró hacia arriba. La bandeja estaba en el borde de la mesa. Junto a ella
había una lámpara. Masklin había vivido en la Tienda el tiempo suficiente para saber que,
donde había una lámpara, tenía que haber un cable.
Y nunca había encontrado un cable por el que no pudiera encaramarse.
El problema era aquella costumbre de comer a todas horas. Nunca había podido
habituarse a ello. Cuando vivía en el Exterior, antes de llegar a la Tienda, se había
acostumbrado a pasar días enteros sin comer, y, cuando por fin encontraba algo que
llevarse a la boca, devorarlo hasta quedar pringado de grasa hasta las cejas. En cambio, los
gnomos de la Tienda solían tomar algo varias veces por hora. Se pasaban el rato comiendo.
Y bastaba con que se saltaran media docena de bocados para que empezaran a quejarse.
—Creo que podría subir ahí —dijo.
—Sí, sí —contestó Gurder.
—Bien, pero... ¿te parece correcto que nos comamos el bocadillo de Su Nieto
Richard? —añadió Masklin.
Gurder abrió los ojos como platos. Parpadeó.
—Se trata de una importante cuestión teológica —murmuró—. Pero estoy
demasiado hambriento para pensar en ella, de modo que comámoslo primero y, si luego
resulta que no debíamos hacerlo, prometo sentirlo mucho.
—... Bum-hum bop bop, fum hum...
El humano dice que el fin está cerca ya y que se cierra ante él una cortina, tradujo
la Cosa. Debe referirse a la cortina de la ducha.
Masklin trepó por el cable hasta alcanzar la mesilla y corrió por ella, sintiéndose
muy desprotegido.
Era evidente que los floridanos tenían una idea de los bocadillos muy distinta de la
de los gnomos. En la Sección de Alimentación de la Tienda también tenían bocadillos,
pero allí la palabra hacía referencia a una loncha fina de alguna cosa sabrosa entre dos
rebanadas de pan ligeramente mojado. Los bocadillos de Florida, en cambio, llenaban una
bandeja entera, y, si había algún pedazo de pan, quedaba oculto a la vista bajo una jungla
de berros y lechuga.
Miró hacia abajo.
— ¡Date prisa! —le susurró Angalo—. ¡El agua ha dejado de caer otra vez!
—... Bum—hum hum bop hum bop...
Masklin apartó un montón de ensalada, agarró el bocadillo, lo arrastró hasta el
borde de la bandeja y lo empujó al suelo.
—...fum hum hum HOOOOooooOO-OOmmmmm-UUUOP...
La puerta del cuarto de baño se abrió.
— ¡Vamos, vamos! —aulló Angalo.
Su Nieto Richard apareció en la puerta. Dio unos pasos y se detuvo. Miró a
Masklin. Masklin lo miró.
Hay ocasiones en que el propio tiempo se detiene.
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Masklin se dio cuenta de que estaba en uno de esos instantes en que la Historia
toma aire profundamente antes de decidir qué hacer a continuación.
«Puedo quedarme aquí —pensó—. Puedo utilizar la Cosa como traductora e
intentar explicárselo todo. Puedo decirle lo importante que es para nosotros tener un hogar
propio y preguntarle si puede hacer algo para ayudar a los gnomos de la cantera. Puedo
contarle que los gnomos de la Tienda creían que su abuelo creó el mundo. Seguramente, le
gustará saberlo. Parece amistoso, para tratarse de un humano.
»Si, tal vez nos ayude.
»O, por el contrario, quizá nos atrape de alguna manera y llame a otros humanos y
todos empiecen a arremolinarse y a lanzar sus mugidos, o nos encierren en una jaula o algo
parecido y nos manoseen. Sí, será como con los tripulantes del Concorde. Es probable que
no quisieran hacernos daño, sólo que no entendían lo que estaban viendo.
»Este mundo les pertenece a ellos, no a nosotros», se dijo el gnomo.
No; era demasiado arriesgado. Masklin no se había dado cuenta hasta entonces,
pero en aquel momento comprendió que sus compañeros y él tenían que hacer las cosas a
su manera...
Su Nieto Richard alargó lentamente la mano y dijo:
— ¿Uuuomp?
Masklin tomó carrerilla y saltó.
Los gnomos pueden caer de una considerable altura sin hacerse daño, y, en
cualquier caso, el bocadillo de jamón, lechuga y tomate amortiguó el golpe.
Se produjo un torbellino de actividad; el bocadillo se levantó sobre tres pares de
piernas y corrió por el suelo, goteando mayonesa.
Su Nieto Richard le arrojó una toalla, pero no dio en el blanco.
El bocadillo salvó las guías de la puerta corredera y desapareció en las
aterciopeladas sombras de la noche, llenas de ruidos y peligros.
Había otros peligros, además del riesgo a caerse de la rama. Una de las ranitas fue
devorada por un lagarto. Otras volvieron atrás tan pronto como se vieron fuera de la
sombra de su flor, pues, como bien hicieron notar: «.-.-. mip-mip .-.-. mipmip .-.-.».
La rana que abría la marcha volvió la cabeza para observar a sus seguidoras, cada
vez menos numerosas. Había una... y una... y una... y una., y una, lo cual hacía un total
de... —arrugó la frente en un esfuerzo de concentración y calculó—: Exacto: una.
Vio que una y una y una estaban cada vez más asustadas. Y se dio cuenta de que, si
querían llegar a la nueva flor y sobrevivir allí, necesitarían ser muchas más que una.
Posiblemente, necesitarían ser, por lo menos, una. O incluso una.
Lanzó un ronco grito de ánimo a sus compañeras.
— ¡Mipmip! —les dijo.
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FLORIDA (o FLORIDIA): un lugar donde pueden encontrarse CAIMANES,
TORTUGAS DE CUELLO LARGO Y TRANSBORDADORES ESPACIALES. Resulta
un lugar interesante, cálido y húmedo, y tiene patos. También pueden encontrarse en él
BOCADILLOS DE JAMÓN, LECHUGA Y TOMATE. Es mucho más interesante que
muchos otros lugares. Visto desde el aire, su forma es la de un pedazo encajado en
otro pedazo mayor.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
5
Enfoca los ojos de la imaginación como si fueran una cámara...
Ésta es la bola del mundo, una rutilante esfera blanca y azul como el adorno de
algún árbol de Navidad inimaginable.
Busca un continente...
Enfoca.
Esto es un continente, un rompecabezas de amarillos, verdes y pardos.
Busca un lugar...
Enfoca.
Esto es un pedazo pequeño del continente, que se adentra en el mar más cálido, al
sudeste. La mayoría de sus habitantes lo llaman Florida.
En realidad, no. La mayoría de sus habitantes no lo llaman de ninguna manera. Ni
siquiera saben que existe. La mayoría de sus habitantes tienen seis patas y emiten
zumbidos. Otros muchos tienen ocho patas y se pasan mucho rato en sus telas, esperando a
que los de seis patas se presenten para servirles de almuerzo. Muchos de los restantes
tienen cuatro patas y ladran, mugen o incluso yacen en los pantanos fingiendo ser troncos.
De hecho, sólo una pequeña proporción de los habitantes de Florida tiene dos patas, e
incluso la mayoría de éstos tampoco conoce el lugar por ese nombre, ni por ningún otro. La
mayoría sólo pía y pasa el tiempo revoloteando.
Matemáticamente, es casi insignificante el número de seres vivientes de Florida que
llama así a este lugar. Pero son éstos los que importan. Al menos, en su opinión. Y su
opinión es la que importa. En su opinión.
Enfoca.
Busca una autopista...
Enfoca.
... el tráfico avanza silenciosamente bajo la lluvia mansa y cálida...
Enfoca.
... las hiervas altas en las cunetas...
Enfoca.
... unos movimientos en la hierba que no son exactamente los de la hierba mecida
por el viento...
Enfoca.
... un par de ojillos...
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Enfoca.
Enfoca.
Enfoca.
¡Clic!
Masklin retrocedió a gatas entre la hierba hasta el campamento de los gnomos, si
podía llamarse así a un reducido espacio seco bajo un pedazo de plástico desechado.
Hacía horas que habían huido de Su Nieto Richard, como no cesaba de subrayar
Gurder. El sol asomaba tras las nubes de lluvia.
Los gnomos habían cruzado la autopista aprovechando un hueco en el tráfico,
habían deambulado a ciegas entre las húmedas hierbas, escabullándose de cada gorjeo y de
cada chirrido misterioso, hasta que por último habían encontrado el plástico. Bajo su
protección, se habían echado a dormir. Masklin se había quedado vigilando un rato, pese a
no estar seguro de contra qué montaba guardia.
Hubo un detalle positivo. La Cosa había estado captando las emisiones de radio y
televisión y había localizado el sitio de donde salían los Transbordadores que volaban en
línea recta hacia el cielo. El lugar estaba a sólo treinta kilómetros, y, decididamente, los
tres gnomos habían cubierto ya un buen trecho. Habían avanzado... bien, casi un kilómetro.
Y, por lo menos, el tiempo era cálido. Incluso la lluvia era cálida. Y el bocadillo de jamón,
lechuga y tomate aún les daba fuerzas.
Pero seguían a casi treinta kilómetros de su objetivo.
— ¿Cuándo dices que tendrá lugar el lanzamiento? —preguntó Masklin.
Dentro de cuatro horas, contestó la Cosa.
—Eso significa que tendremos que viajar a más de siete kilómetros por hora —
murmuró Angalo con aire sombrío.
Masklin asintió. Un gnomo, a marchas forzadas, sólo podría recorrer dos
kilómetros y medio por hora en campo abierto.
Hasta aquel momento, Masklin no había prestado demasiada atención a la cuestión
de cómo enviar la Cosa al espacio. Si acaso, había imaginado que serían capaces de
encontrar aquel avión llamado Transbordador y de colocar la Cosa en su interior, de algún
modo. Y cabía la posibilidad de que también ellos, los tres exploradores, pudieran viajar en
él, aunque no estaba muy seguro al respecto. La Cosa decía que en el espacio hacía frío y
no había aire...
— ¡Podrías haberle pedido a Su Nieto Richard que nos ayudara! —insistió
Gurder—. ¿Por qué huiste de él?
—No lo sé. Supongo que pensé que debíamos ser capaces de resolver el asunto por
nuestros propios medios.
Sin embargo, habéis utilizado el Camión, vivíais en la Tienda, habéis viajado en el
Concorde y os alimentáis de comida humana.
Masklin se sorprendió. La Cosa no solía discutir de aquella manera.
—Esto es distinto —replicó.
¿Por qué?
—Porque todas esas cosas las hemos hecho sin que los humanos se enteren de
nuestra existencia. Los gnomos siempre hemos cogido lo que nos interesa de ellos. No nos
lo han dado. Los humanos consideran que este mundo es suyo. ¡Consideran que todas las
cosas les pertenecen! ¡Les ponen nombre a todas las cosas y se apropian de todo! Por eso,
cuando alcé la vista y observé a Su Nieto Richard, pensé: «Es un humano en un recinto de
humanos, haciendo cosas de humanos. ¿Cómo va a entender algo de los gnomos? ¿Cómo
va a pensar siquiera que la gente menuda somos seres reales con verdaderos
pensamientos?». No pude dejar que un humano se apoderara de nosotros de esa manera.
No, señor.
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La Cosa respondió con un parpadeo de luces.
—Hemos llegado demasiado lejos para no terminar este asunto por nuestros
propios medios —murmuró Masklin, dirigiendo la vista a Gurder—. En cualquier caso, y
ya que hablamos de ello, cuando Su Nieto apareció no te vi precisamente ansioso por
presentarte ante él.
—Me sentía avergonzado. Siempre resulta perturbador presentarse ante una deidad
—respondió el Abad.
El trío de exploradores no había conseguido encender fuego, pues todo estaba
demasiado mojado. No era que necesitaran imperiosamente una fogata, sino que ésta daba
un toque de civilización. Sin embargo, era evidente que alguien había logrado prender una
allí hacía algún tiempo, pues aún quedaban algunas cenizas mojadas.
—Me pregunto cómo irán las cosas en la cantera —comentó Angalo al cabo de un
rato.
—Muy bien, supongo —contestó Masklin.
— ¿De veras lo crees?
—Bueno, es más una esperanza que una suposición, a decir verdad.
—Yo también espero que tu Grimma haya sabido organizarlos a todos —asintió
Angalo, ensayando una sonrisa.
—Grimma no es mía —replicó Masklin.
— ¿Ah, no? ¿De quién es, entonces?
—Grimma es... —Masklin titubeó—. Es suya, supongo —añadió sin convicción.
— ¡Oh! Yo pensaba que vosotros dos ibais a... —Angalo no terminó la frase.
—Pues no. Le dije que íbamos a casarnos pero ella se limitó a contestar no sé qué
de unas ranas —explicó Masklin.
— ¡Ahí tienes a las mujeres! —intervino Gurder—. ¿No os dije que enseñarles a
leer era una mala idea? Les recalienta el cerebro.
—Según Grimma, lo más importante del mundo son unas ranitas que viven en una
flor —prosiguió Masklin tratando de escuchar la voz de sus recuerdos. En el momento de
la conversación con la gnoma, apenas se había enterado de lo que ella le decía. Estaba
demasiado enfadado para oírla.
—Eso suena como si se pudiera poner a hervir una tetera sobre su cabeza —dijo
Angalo.
—Se refería a algo que leyó en un libro, según me contó.
— ¡Eso es exactamente a lo que me refería! —exclamó Gurder—. Ya sabéis que yo
nunca he estado de acuerdo en que todo el mundo aprendiera a leer. Eso vuelve inquieta a
la gente.
Masklin volvió a contemplar la lluvia con aire sombrío.
—Pensándolo bien, no se refería a las ranas, exactamente —murmuró—. Sólo las
ponía como ejemplo de lo que quería explicarme. Según Grimma, existen unas montañas
donde hace calor y llueve todo el tiempo, y en esas montañas hay grandes selvas de árboles
altísimos y en las ramas superiores de esos árboles hay unas plantas como grandes flores
llamadas... bromelias, creo, y el agua de la lluvia se cuela dentro de esas flores y forma un
charco en su centro; pues bien, hay una especie de ranitas que pone los huevos en esos
charcos y los renacuajos nacen y crecen en esas flores, en la copa de los árboles, y ni
siquiera llegan a saber que existe el suelo. Grimma decía que, cuando uno se entera de que
el mundo está lleno de cosas así, la vida nunca vuelve a ser igual.
Masklin hizo una profunda inspiración y añadió:
—Sí, eso fue lo que me dijo, más o menos.
Gurder miró a Angalo.
—No he entendido nada de nada —declaró.
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Es una metáfora, dijo la Cosa, pero nadie le prestó atención. Masklin se rascó la
oreja.
—Pues para Grimma, parecía estar muy claro —insistió.
Es una metáfora, volvió a decir la Cosa.
—Las mujeres siempre quieren algo —apuntó Angalo—. Mi esposa siempre está
hablando de ropa.
—Estoy seguro de que Su Nieto Richard nos habría ayudado —se empeñó
Gurder—. Si hubiéramos hablado con él, probablemente nos habría dado una buena
comida, y...
—... y nos habría dado cobijo en una caja de zapatos —terminó la frase Masklin.
—... y nos habría dado cobijo en una caja de zapatos —repitió Gurder sin pensar—.
¡No! Quiero decir, tal vez. Es decir, ¿por qué no? Un sitio donde poder dormir
decentemente, para variar. Y luego...
—... luego nos habría llevado en el bolsillo —lo cortó Masklin.
—No necesariamente. No necesariamente.
—Seguro que sí. Porque él es grande y nosotros, pequeños.
Faltan tres horas y cincuenta y siete minutos para el lanzamiento, anunció la Cosa.
Su campamento provisional estaba sobre una acequia. En Florida no parecía existir
el invierno y las cunetas estaban llenas de vegetación.
Una especie de disco plano con una cuchara en la parte delantera pasó chapoteando
lentamente ante ellos. La cuchara sobresalió del agua durante unos instantes, se volvió un
tanto hacia los gnomos y volvió a desaparecer bajo la superficie.
— ¿Qué era eso, Cosa? —quiso saber Masklin.
La Cosa extendió uno de sus sensores.
Una tortuga de cuello largo.
— ¡Ah!
La tortuga se alejó nadando tranquilamente.
—Es una suerte, en verdad —dijo Gurder.
— ¿El qué? —preguntó Angalo.
—Que tenga el cuello así de largo y se llame «tortuga de cuello largo». Sería una
verdadera torpeza que recibiera ese nombre y tuviera el cuello corto.
Tres horas y cincuenta y seis minutos para el lanzamiento.
Masklin se puso en pie.
— ¿Sabéis? —comentó Angalo—. Ojalá hubiera podido leer más páginas de El
espía sin pantalones. Se estaba poniendo emocionante.
—Vamos —dijo Masklin—. Veamos si podemos encontrar un camino.
Angalo, que había permanecido sentado con la barbilla entre las manos, le dirigió
una mirada de extrañeza.
— ¿Qué? ¿Ahora?
—Hemos llegado demasiado lejos para abandonar ahora, ¿no?
Los tres gnomos empezaron a abrirse paso entre las hierbas. Al cabo de un rato, un
tronco caído los ayudó a cruzar la acequia.
—Aquí hay mucha más vegetación que en la cantera, ¿verdad? —comentó Angalo.
Masklin se abrió camino ante un tupido montón de hojarasca.
—Y hace más calor, también —asintió Gurder—. Parece que aquí tienen siempre
puesta la calefacción.5
—Aquí, en el Exterior, no hay nada que controle la temperatura. Ésta es la que es,
5 Los gnomos de la Tienda habían sabido durante generaciones que la temperatura estaba originada por los
acondicionadores de aire y por el sistema de calefacción. Como la mayoría de gnomos, Gurder nunca había renunciado
por completo a ciertas formas de entender las cosas.
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simplemente —apuntó Angalo.
—Cuando sea viejo, si tengo que vivir en el Exterior, éste es el sitio donde me
gustaría pasar mis últimos meses —prosiguió Gurder, sin hacer caso a sus palabras.
Esto es una reserva de animales salvajes, dijo la Cosa. Gurder pareció
desconcertado.
— ¿Qué? ¿Que aquí reservan animales? ¿Para quién? ¿Y por qué los reservan?
No los reservan para nadie. Se trata de una zona donde los animales pueden vivir
sin que los molesten.
— ¿No permiten que nadie los cace?
Afirmativo.
—Ya sabes, Masklin. No está permitido cazar nada —indicó Gurder.
Masklin emitió un gruñido.
Había algo que lo inquietaba, pero no terminaba de concretarlo. Probablemente
tenía que ver con los animales, en cualquier caso.
—Aparte de las tortugas de cuello largo, ¿qué otros animales hay por aquí, Cosa?
—preguntó.
La Cosa permaneció callada durante unos instantes. Luego, contestó:
He encontrado menciones a vacas marinas y caimanes.
Masklin intentó imaginar el aspecto de una vaca marina, pero no le pareció tan
terrible. Ya había visto vacas alguna vez. Eran animales grandes y lentos que no comían
gnomos, salvo por accidente.
— ¿Qué es un caimán? —preguntó de nuevo.
La Cosa se lo explicó.
— ¿Qué? —exclamó Masklin.
— ¿Qué? —exclamó Angalo.
— ¿Qué? —exclamó Gurder, al tiempo que se ceñía la túnica en torno a las piernas.
— ¡Idiota! —gritó Angalo.
— ¿Yo? —replicó Masklin con vehemencia—. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Es culpa
mía? ¿Acaso se me escapó en el aeropuerto algún rótulo que dijera: «Bienvenido a
"Floridia", hogar de grandes anfibios carnívoros de hasta cinco metros de longitud»?
Los tres gnomos observaron las hierbas con cautela. Un mundo húmedo y cálido
habitado por insectos y tortugas era, de pronto, un buen camuflaje para unas criaturas
horribles y aterradoras de enormes dientes.
Masklin tuvo una extraña sensación. Algo los estaba observando.
El trío se detuvo, espalda contra espalda. Masklin se agachó muy despacio y
levantó del suelo una piedra de considerable tamaño.
La hierba se movió.
—La Cosa ha dicho que no todos miden cinco metros —murmuró Angalo,
rompiendo el silencio.
— ¡Pensar que estábamos dando tumbos en la oscuridad con unas criaturas así
merodeando a nuestro alrededor! —añadió Gurder.
La hierba se agitó de nuevo, y no fue el viento quien la movió.
—Domínate —dijo Angalo.
—Si son esos caimanes —respondió Gurder intentando un gesto arrogante—, les
demostraré que los gnomos sabemos morir con dignidad.
—Haz lo que quieras —replicó Angalo, escrutando el follaje con gran atención—.
Yo pienso demostrarles que los gnomos sabemos huir a toda velocidad.
Las hierbas se abrieron.
Y apareció un gnomo.
Detrás de Masklin sonó un crujido y todos volvieron la cabeza hacia allí. Otro
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gnomo surgió de la vegetación.
Y otro.
Y otro.
Hasta quince.
Los tres viajeros giraron en redondo sobre sí mismos como un animal de seis patas
y tres cabezas.
Masklin recordó la fogata apagada que habían encontrado junto al plástico. Habían
acampado junto a las cenizas de un fuego, y, pese a tenerlo ante sus narices, no se le había
ocurrido preguntarse quién lo habría encendido.
Los desconocidos iban vestidos de gris. Parecía haberlos de todos los tamaños y
cada uno de ellos portaba una lanza.
«Ojalá yo tuviera la mía», pensó Masklin, tratando de mantener en su campo de
visión al mayor número de desconocidos posible.
Los recién aparecidos no lo apuntaban con sus armas. El problema era que las
lanzas tampoco apuntaban claramente hacia otra parte.
Masklin se dijo que era muy infrecuente que un gnomo matara a otro. En la Tienda
era considerado un asunto de malos modales y en el Exterior..., bien, allí había muchas
otras cosas capaces de matar a un gnomo, en cualquier caso. Además, estaba en un error:
no tenía por qué haber otras razones.
Sólo le quedaba esperar que aquellos gnomos pensaran del mismo modo.
— ¿Conoces a esa gente? —preguntó Angalo.
— ¿Quién, yo? —respondió Masklin—. Claro que no. ¿Cómo quieres que los
conozca?
—No sé. Son gnomos del Exterior y pensaba que todos los que vivíais fuera de la
Tienda os conoceríais.
—Pues no. No los he visto en toda mi vida —declaró Masklin.
—En mi opinión —apuntó Angalo, con deliberada lentitud—, el jefe es ese viejo de
la narizota y el copete con la pluma. ¿Qué opinas tú?
Masklin observó al viejo gnomo, alto y delgado, que los contemplaba con
expresión ceñuda.
—No da la impresión de que le caigamos muy bien...
—Pues él aún me está cayendo peor... —aseguró Angalo.
— ¿Tienes alguna sugerencia, Cosa? —preguntó Masklin.
Probablemente, sienten tanto miedo ante vuestra presencia como vosotros ante la
suya.
—Lo dudo —murmuró Angalo.
Decidles que no vais a hacerles daño.
—Preferiría que fueran ellos quienes nos dijeran eso.
Masklin dio un paso adelante y alzó las manos.
—Somos pacíficos —declaró—. No queremos que nadie sufra daños.
—Incluidos nosotros —añadió Angalo—. Lo decimos de verdad.
Varios de los desconocidos retrocedieron unos pasos y les apuntaron con sus
lanzas.
— ¡Pero si tengo las manos levantadas! —murmuró Masklin, volviendo la cabeza a
sus compañeros— ¿Por qué reaccionan así?
—Porque llevas esa piedra en la mano —contestó Angalo, rotundo—. No sé ellos,
pero, si avanzaras hacia mí con un pedrusco como ése en la mano, yo también me sentiría
alarmado.
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—Pues no estoy muy seguro de querer dejarla caer —dijo Masklin.
—Quizá no nos entienden...
Gurder reaccionó por fin.
El Abad no había dicho una palabra desde la aparición de los gnomos, limitándose
a palidecer intensamente. Ahora, de pronto, una especie de despertador interno pareció
haberse disparado en él. Con un bufido, saltó adelante y se lanzó hacia el viejo del capote
emplumado como un globo enfurecido.
— ¡Cómo te atreves a amenazarnos, especie de..., de salvaje! —gritó.
Angalo se tapó los ojos con las manos. Masklin asió con fuerza la piedra.
—Eh, Gurder... —empezó a decir.
El gnomo del copete retrocedió. Sus acompañantes parecían desconcertados ante
aquella figura explosiva que, de pronto, se había lanzado entre ellos. Gurder era presa de
una furia que resultaba casi tan efectiva como una armadura.
Copete le gritó a Gurder algo que sonó como un chirrido.
— ¡No me vengas con amenazas, sucio salvaje! —replicó el Abad—. ¿Crees que
esas lanzas nos asustan?
—Sí —susurró Angalo, arrimándose a Masklin—. ¿Qué le ha dado a Gurder? —
añadió en un cuchicheo.
Copete se volvió hacia sus gnomos y dio una orden. Dos de ellos alzaron sus armas,
vacilantes. Varios de los demás iniciaron una discusión.
—Esto se pone peor... —opinó Angalo.
—Tienes razón —asintió Masklin—. Creo que deberíamos...
Detrás del grupo, una voz enérgica dio una orden. Todos los floridanos se
volvieron. Masklin, también.
Dos gnomos más habían aparecido entre la hierba. Uno de ellos era un chiquillo. El
otro, una mujer menuda y rechoncha, con aspecto afable, de ésas de quien uno aceptaría sin
reparos un pastel de manzana. La mujer llevaba el cabello recogido en un moño, y, al igual
que Copete, lucía en el tocado una larga pluma gris.
Los floridanos la miraron con timidez. Copete le habló largo y tendido. La mujer
respondió con un par de palabras. Copete extendió los brazos sobre su cabeza y murmuró
algo al cielo.
La mujer dio una vuelta en torno a Masklin y Angalo como si fueran objetos de una
exposición. Mientras repasaba a Masklin de pies a cabeza, el gnomo la miró a los ojos y
pensó: «Parece una abuelita, pero es quien manda al grupo; si no le caemos bien, vamos a
tener muchos problemas».
La abuela alargó la mano y le quitó la piedra que aún sostenía. Masklin no opuso
resistencia.
Después, la gnoma tocó la Cosa.
Y la Cosa habló. Lo hizo con unos sonidos muy parecidos a los que acababa de
emplear la mujer. Ésta retiró la mano rápidamente y contempló el dado negro ladeando la
cabeza. Después, retrocedió.
A otra orden, los floridanos formaron, no una fila, sino una especie de cuña con la
mujer en el vértice y los tres exploradores en el centro.
— ¿Nos han tomado prisioneros? —preguntó Gurder, que se había tranquilizado un
poco.
—Creo que no —contestó Masklin—. No exactamente prisioneros, de momento.
Comieron una especie de lagarto, que a Masklin le sentó estupendamente y le
recordó sus días en el Exterior, antes de encontrar la Tienda. Sus dos compañeros sólo
comieron porque no hacerlo hubiera sido una descortesía, y, sin duda, no era buena idea ser
descortés con una gente que tenía lanzas, cuando uno carecía de armas.
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Los floridanos los observaban con aire solemne.
Eran al menos treinta, todos ellos vestidos con idénticas ropas grises. Se parecían
muchísimo a los gnomos de la Tienda, salvo en que eran algo más morenos y mucho más
delgados. Muchos lucían unas narices grandes, imponentes, que, según la Cosa, no tenían
nada de anormal y eran producto de la genética.
La Cosa hablaba con ellos. De vez en cuando, extendía uno de sus sensores y lo
utilizaba para dibujar formas en el suelo de tierra.
—Supongo que les está diciendo «que venimos de un lugar muy lejano en un gran
pájaro que no bate las alas» —comentó Angalo.
Pero la mayor parte del tiempo, la Cosa se limitaba a repetir a la gnoma las palabras
que ésta le decía. Por último, Angalo no pudo soportarlo más.
— ¿Qué sucede, Cosa? ¿Por qué sólo habla esa mujer?
Es la jefa del grupo, contestó la Cosa.
— ¿Una mujer? ¿Hablas en serio?
Siempre hablo en serio. Es inherente a mi naturaleza.
— ¡Oh! —Angalo dio un codazo a Masklin—. Si Grimma se entera alguna vez, nos
veremos en un buen apuro —le comentó en voz baja.
Se llama Árbol—muy—pequeño, o Arbusto, continuó la Cosa.
— ¿Y tú entiendes lo que dice? —quiso saber Masklin.
Poco a poco. Su idioma es muy parecido al gnomo original.
— ¿Gnomo original? ¿A qué te refieres?
Al idioma que hablaban vuestros antepasados.
Masklin se encogió de hombros. En aquel momento, no tenía objeto intentar
averiguar a qué se refería.
— ¿Le has hablado de nosotros? —preguntó.
Sí. Dice que...
Copete, que había estado murmurando por lo bajo, se incorporó de pronto e inició
una larga perorata en tono enérgico, señalando repetidas veces hacia el cielo y hacia el
suelo. En la Cosa se iluminaron varias luces.
Dice que estáis invadiendo la tierra perteneciente al Hacedor de Nubes, y que
hacéis muy mal. Según él, ese Hacedor de Nubes se enfadará mucho.
Un murmullo general de asentimiento de los restantes gnomos acompañó las
palabras de Copete. Arbusto los reprendió severamente. Masklin alargó la mano para
impedir que Gurder se incorporara.
— ¿Y qué..., qué piensa esa Arbusto?
Me parece que no le tiene muchas simpatías a ese gnomo del copete emplumado,
cuyo nombre es Persona-que-sabe-lo-que-está-pensando-el-Hacedor-de-Nubes.
— ¿Y quién es ese Hacedor de Nubes?
Pronunciar su verdadero nombre trae mala suerte. Él hizo el suelo y aún está
creando el cielo. Y...
Copete habló de nuevo, en tono enfadado.
Masklin se dijo que necesitaban hacerse amigos de aquellos gnomos. Tenía que
haber un modo.
—Ese Hacedor de Nubes es... —Masklin se esforzó en encontrar las palabras
adecuadas—... es una especie de Arnold Bros (fund. en 1905), ¿verdad?
Sí, respondió la Cosa.
— ¿Y es real?
Creo que sí. ¿Estáis dispuestos a correr un riesgo?
— ¿Cuál?
Creo que conozco la identidad del Hacedor de Nubes. Y me parece que sé cuándo
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va a hacer una porción más de cielo.
— ¿Qué? ¿Cuándo? —preguntó Masklin.
Dentro de tres horas y diez minutos.
—Espera un momento —dijo el gnomo al cabo de unos momentos, en tono
dubitativo—. Ese plazo me parece que concuerda con el de...
Sí. Ahora, los tres tenéis que prepararos para salir corriendo. Voy a escribir el
nombre del Creador de Nubes.
— ¿Por qué tenemos que echar a correr?
Porque tal vez se pongan furiosos. Pero no tenemos tiempo que perder.
La Cosa blandió el sensor. Éste no estaba diseñado para servir como instrumento de
escritura y los trazos que dibujó eran angulosos y difíciles de leer.
Garabateó cuatro signos en el polvo.
El efecto fue instantáneo.
Copete empezó a gritar de nuevo. Algunos floridanos se incorporaron de un salto.
Masklin agarró a sus dos compañeros.
—Como ese viejo siga así —amenazó Gurder—, le voy a dar una buena. ¿Cómo
puede ser tan obcecado?
Arbusto permaneció sentada en silencio mientras crecía el alboroto a su alrededor.
Finalmente, pronunció unas frases en voz alta, pero muy calmada.
Les está diciendo que escribir el nombre del Hacedor de Nubes no tiene nada de
sacrílego. A menudo, el propio Hacedor lo escribe. Si será famoso el Hacedor de Nubes,
añade, que hasta esos extraños conocen su nombre.
Sus palabras parecieron satisfacer a la mayoría de los gnomos. Copete continuó
refunfuñando para sí.
Masklin se tranquilizó un poco y estudió los signos escritos en la tierra.
— ¿N... A... 8... A? —dijo.
Es una «S», no un «8», lo corrigió la Cosa.
— ¡Pero si sólo has cambiado unas frases con ellos! —exclamó Angalo—. ¿Cómo
puedes haberlo descubierto?
Porque sé cómo piensan los gnomos, respondió la Cosa. Siempre creéis en lo que
leéis, y os tomáis las cosas muy al pie de la letra. Sí, muy al pie de la letra.
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GANSO: especie de pájaro que es más lento que, por ejemplo, el CONCORDE,
y en el cual no hay nada que comer. Según los gnomos que lo conocen bien, el ganso
es el pájaro más estúpido que existe, con excepción del pato. El ganso pasa mucho
tiempo volando a otros lugares. Como forma de transporte, sin embargo, el ganso deja
mucho que desear.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
6
En un principio, según Arbusto, no existía nada más que el suelo. Entonces, NASA
vio el vacío existente sobre el suelo y decidió llenarlo de cielo. Construyó un lugar en
mitad del mundo y mandó hacia arriba grandes torres llenas de nubes. A veces, esas torres
llevaban también estrellas, pues, de noche, cuando —alguna de aquellas torres de nubes se
elevaba del suelo, los gnomos distinguían en ocasiones nuevas estrellas desplazándose por
el cielo.
La tierra en torno a las torres de las nubes era el territorio especial de la NASA. Allí
había más animales y menos humanos. Era un lugar bastante bueno para los gnomos, entre
los cuales había quienes creían que NASA había dispuesto así las cosas precisamente para
ellos.
Arbusto volvió a sentarse.
— ¿Y ella? ¿También lo cree? —preguntó Masklin, volviendo la vista hacia el otro
extremo del claro, donde Gurder y Copete discutían acaloradamente. Ninguno de los dos
entendía lo que decía el otro, pero no por ello dejaban de gritarse mutuamente.
La Cosa tradujo sus palabras.
Arbusto se echó a reír.
Dice que los días llegan y se van, y que quién necesita creer en nada. Ella ve
suceder cosas con sus propios ojos, y esas cosas son las que ella sabe que suceden. La fe
es algo maravilloso para quienes la necesitan, añade. Pero de una cosa está segura, y es
que este lugar pertenece a NASA, porque su nombre está en los rótulos.
Angalo ensayó una sonrisa. Estaba tan excitado que parecía a punto de echarse a
llorar.
— ¡Esta gente vive justo al lado del sitio de donde se elevan los aviones que suben
rectos, y lo consideran una especie de lugar mágico! —comentó admirado.
— ¿Y no lo es? —replicó Masklin, casi para sí mismo—. En todo caso, no me
parece más raro que creer que la Tienda era todo el mundo. ¿Cómo pueden ver los aviones
que se elevan rectos, Cosa? Estamos muy lejos del lugar de dónde parten, ¿no?
No. Treinta kilómetros no son nada, según ella. Dice que podríamos llegar en poco
más de una hora.
Arbusto asintió al ver su desconcierto, y, sin decir otra palabra, se incorporó y echó
a andar hacia los matorrales, al tiempo que hacía una señal a los gnomos para que la
siguieran. Media docena de floridanos se apresuraron tras su líder, y avanzaron en una
formación en cuña con la gnoma en el vértice.
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Unos metros más, la vegetación formaba un nuevo claro junto a un pequeño lago.
Los gnomos estaban habituados a las grandes extensiones de agua, pues cerca del
aeropuerto había varios embalses. Incluso estaban familiarizados con los patos. Pero los
seres que vieron acercarse a ellos, chapoteando con entusiasmo, tenían un tamaño mucho
mayor que los patos. Además, éstos actuaban como muchos otros animales y reconocían en
los gnomos la misma forma, aunque no el tamaño, de los humanos, por lo que siempre se
mantenían a cierta distancia de ellos. Los patos no se acercaban corriendo como si la mera
visión de un gnomo fuera lo mejor que les hubiera sucedido en todo el día.
Varias de aquellas criaturas casi alzaban el vuelo, en su deseo de llegar hasta los
gnomos.
Masklin, automáticamente, miró a su alrededor en busca de un arma. Arbusto, sin
embargo, lo agarró por el brazo, sacudió la cabeza y murmuró un par de palabras.
Son amistosos, tradujo la Cosa.
— ¡Pues no lo parecen!
Son gansos, continuó el cubo. Totalmente inofensivos, salvo para la hierba y
algunos organismos menores. Vuelan hasta aquí para pasar el invierno.
Los gansos llegaron levantando una pequeña ola que bañó los pies de los gnomos y
estiraron el cuello hacia Arbusto. Ella dio unas palmaditas cariñosas en un par de picos de
aspecto temible.
Masklin se esforzó por no dar la impresión de ser un organismo menor.
Emigran hasta aquí desde otros climas más fríos, continuó la Cosa. Confían en los
gnomos para que les indiquen el rumbo adecuado.
— ¡Ah, bien! Eso es... —Masklin se detuvo, al tiempo que su cerebro se daba
cuenta de las palabras que estaban a punto de salir de su boca—. Pretendes decirme que
esos gnomos vuelan sobre los..., los gansos, ¿no es eso?
Exacto. Siempre viajan con los gansos. Y, por cierto, quedan dos horas y cuarenta
y un minutos para el lanzamiento.
—Quiero dejar absolutamente en claro —intervino Angalo con voz medida,
mientras una gran cabeza emplumada picoteaba la superficie del agua a unos centímetros
de sus pies— que si estás sugiriendo que montemos en esos mansos...
—Gansos. Son mansos, pero se llaman gansos.
—... ya puedes ir pensando en otra cosa. O computando, o lo que quiera que hagas.
Seguro que tú tienes otra sugerencia mejor..., replicó la Cosa. De haber tenido
rostro, sin duda habría mostrado una expresión despectiva.
—Sí, claro. Me parece mucho mejor sugerir que no lo intentemos.
—No sé —dijo Masklin, que había estado observando a los gansos con aire
meditabundo—. Yo quizás estaría dispuesto a probarlo.
Los «floridianos» han desarrollado una relación muy interesante con los gansos,
explicó la Cosa. Éstos les brindan unas alas a los gnomos, y ellos les proporcionan un
cerebro que los guía. En verano, vuelan hacia el norte, a Canadá, y al llegar el invierno
regresan aquí. Las dos especies mantienen una relación casi simbiótica aunque, por
supuesto, desconocen el significado del término.
— ¿Ah, sí? Qué tontos... —murmuró Angalo.
—No te entiendo, Angalo —dijo Masklin—. Te chifla conducir máquinas
impulsadas por piezas metálicas chirriantes, y, en cambio, te preocupa ir montado en un
pájaro perfectamente natural.
—Es que no entiendo cómo funcionan los pájaros —explicó el joven gnomo—.
Nunca he visto un diagrama esquemático del funcionamiento de un ganso.
Los gansos son la causa de que los floridanos no hayan tenido nunca demasiada
relación con los humanos, continuó la Cosa. Como he dicho, su idioma es casi idéntico al
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gnomo original.
Arbusto los estaba observando con detenimiento. A Masklin seguía pareciéndole
que había algo extraño en su forma de tratarlos, pero no era miedo, ni agresividad o
desagrado.
—No parece sorprendida —comentó en voz alta—. Interesada, sí, pero no
sorprendida. Al encontrarnos, ella y su gente parecían desconcertados de vernos aquí, pero
no de que existiéramos. ¿A cuántos gnomos más han conocido?
La Cosa tuvo que hacer de traductora.
La respuesta de Arbusto fue una palabra que Masklin había conocido y aprendido
hacía apenas un año.
Miles.
La ranita que abría la marcha se esforzó por dar forma a una nueva idea, muy
nebulosamente consciente de que necesitaba un nuevo tipo de pensamiento.
Por un lado estaba el mundo, con el charco en medio y los pétalos rodeándolo. Uno.
Pero en la rama, a cierta distancia, había otro mundo. Y, desde la posición de la
ranita, la flor se parecía tentadoramente a la que ella y sus compañeras acababan de
abandonar. Uno.
La rana que abría la marcha se sentó en un lecho de musgo y forzó sus ojos saltones
hasta abarcar con ellos los dos mundos a la vez. Uno allí. Y uno allá.
Uno. Y uno.
A la ranita se le hinchó la frente en su esfuerzo por dar forma en su mente a la
nueva idea. Uno y uno era uno. Pero si había un uno aquí y un uno allí...
Las demás ranas observaron con desconcierto cómo su líder volvía los ojos a un
lado y a otro...
Uno aquí y uno allí no podían ser uno. Estaban demasiado separados. Era necesaria
una palabra que designara a ambos unos. Había que llamarlo..., había que llamarlo...
La rana abrió la boca con una sonrisa tan grande que ambas comisuras casi se
tocaron en la nuca.
Había resuelto la cuestión:
— ¡.-.-. mipmip .-.-.! —exclamó.
La nueva palabra significaba uno. Y uno más uno.
Cuando regresaron al claro, Gurder y Copete todavía estaban discutiendo.
— ¿Cómo pueden seguir así? ¡Si ninguno de los dos entiende lo que dice el otro!
—dijo Angalo.
—Mejor así —contestó Masklin—. ¡Gurder! Ya está todo preparado. Vamos.
Gurder alzó la vista. Estaba rojo de cólera. Él y su interlocutor estaban agachados a
ambos lados de un amasijo de dibujos garabateados en el suelo.
— ¡Necesito la Cosa! —exclamó al verlos—. ¡Este idiota se niega a entender nada!
—Con él no valen argumentos —repuso Masklin—. Arbusto dice que siempre
discute con todos los otros gnomos que encuentra. Le encanta hacerlo.
— ¿Qué otros gnomos? —quiso saber Gurder.
—Los hay en todas partes, Gurder. Eso es lo que dice Arbusto. Hay otros grupos
incluso aquí, en «Floridia». Y también en..., en «Canadia», donde pasan el verano los
«floridianos». ¡Es probable que incluso haya más grupos de gnomos en el sitio de donde
nosotros venimos, sólo que no nos hemos encontrado nunca con ellos! —Ayudó a
incorporarse al Abad y añadió—: Y no nos queda mucho tiempo.
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— ¡No voy a subirme a una de esas cosas!
Los gansos dirigieron una mirada sorprendida a Gurder, como si éste fuera una rana
inesperada entre las hierbas acuáticas.
—A mí tampoco me gusta mucho la idea —reconoció Masklin—, pero Arbusto y
los suyos lo hacen habitualmente. Sólo tienes que acurrucarte entre las plumas y agarrarte
con fuerza.
— ¿Acurrucarme? —exclamó Gurder—. ¡Yo no me he acurrucado en toda mi vida!
— ¡Vamos, vamos! No pusiste tantos reparos a montar en el Concorde —le recordó
Angalo—. Y eso que lo habían construido y lo pilotaban unos humanos...
Gurder lanzó la mirada furibunda de quien no está dispuesto a rendirse con tanta
facilidad.
—Muy bien, ¿y quién ha construido esos gansos? —exigió saber.
Angalo dirigió una sonrisa a Masklin, quien respondió:
— ¿Quién? No lo sé. Otros gansos, supongo.
— ¿Otros gansos? ¿Otros gansos? ¿Y ellos qué saben de diseño de seguridad
aeronáutica?
—Escucha —insistió Masklin—. Esos animales pueden llevarnos hasta el lugar que
queremos. Los «floridianos» vuelan miles de kilómetros sobre ellos. Miles de kilómetros,
sin siquiera salmón ahumado o esa masa rosada bamboleante. Merece la pena intentar una
travesía de apenas treinta kilómetros, ¿no te parece?
Gurder aún titubeaba. Copete murmuró algo.
Gurder lo oyó y carraspeó.
—Está bien —aceptó con gesto altivo—. Seguro que si ese individuo descarriado
es capaz de volar sobre esos seres, yo no he de tener ninguna dificultad en hacerlo también.
—Estudió las siluetas grises que se mecían sobre las aguas de la laguna y añadió—: ¿Los
«floridianos» hablan con esas criaturas?
La Cosa le trasladó la pregunta a Arbusto, quien movió la cabeza en gesto de
negativa. No, respondió; los gansos eran muy tontos. Amistosos, pero tontos. ¿Por qué
hablarle a quien era incapaz de responder?
— ¿Le has contado a Arbusto lo que nos proponemos? —quiso saber Masklin.
No. No me lo ha preguntado.
— ¿Cómo se sube?
Arbusto se metió dos dedos en la boca y emitió un silbido.
Media docena de gansos chapotearon hasta la orilla. De cerca, no parecían en
absoluto más pequeños.
—Recuerdo haber leído algo acerca de los gansos en cierta ocasión —apuntó
Gurder con una especie de vago terror—. Decía que pueden romperle el brazo a un
humano con un golpe de nariz.
—De ala —lo corrigió Angalo, contemplando los cuerpos cubiertos de plumas
grises que se alzaban en torno a él—. Era un golpe de ala.
—Y eso lo decía de los cisnes —añadió Masklin débilmente—. Los gansos son
animales dóciles y tontos, dice Arbusto.
Gurder observó un largo cuello que oscilaba hacia adelante y hacia atrás encima de
él y exclamó:
— ¡Tal vez, pero ni sueñes con que intente comprobarlo!
Mucho tiempo después, al escribir la historia de su vida, Masklin calificaría el
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vuelo de los gansos como el más veloz, el más alto y el más aterrador de todos.
«¡Eh, un momento! —diría la gente—. Eso no es cierto. Tú mismo contaste,
Masklin, que el avión iba tan rápido que dejaba atrás su sonido, y que volaba tan alto que
no se veía a su alrededor más que el azul del cielo.»
Y Masklin respondería: «De eso se trata, precisamente. Iba tan deprisa que uno no
se daba cuenta de su velocidad. Volaba tan alto que no se veía a qué altura estaba.
Simplemente, eran cosas que sucedían así. Y el Concorde parecía hecho exclusivamente
para volar; cuando estaba en tierra, parecía como perdido».
Masklin era el primero en reconocer que no entendía de reactores, motores y
máquinas y tal vez por ello no le había preocupado gran cosa viajar en ellos, pero creía
saber un par de cosas sobre músculos, y el conocimiento de que su vida dependía sólo de
un par de grandes músculos no le resultaba tranquilizador.
Cada uno de los viajeros compartía un ganso con uno de los floridanos. Los jinetes
no guiaban a sus monturas, por lo que Masklin podía ver. El grupo era dirigido por
Arbusto, sentada en una posición muy adelantada en el cuello del ganso que abría la
marcha.
El resto del grupo seguía a su líder en una formación de cuña perfecta.
Masklin se enterró entre el plumaje. Allí se estaba cómodo, aunque hacía un poco
de frío. Según supo después, a los floridanos no les costaba demasiado dormir a lomos de
un ganso mientras volaban. La sola idea le produjo pesadillas.
Sólo aventuró un vistazo el tiempo suficiente para ver unos árboles lejanos que
quedaban atrás demasiado deprisa y volvió a hundir la cabeza entre las plumas.
— ¿Falta mucho, Cosa? —murmuró.
Calculo la llegada a las proximidades de la plataforma de lanzamiento una hora
antes del despegue.
—Bien, ¿tienes alguna idea de cómo podremos acceder a esa máquina? —preguntó,
no muy animado.
Eso será casi imposible.
—Ya imaginaba que dirías algo así.
Pero yo sí que podría, añadió la Cosa.
—Sí, pero, ¿cómo vamos a hacerlo? ¿Atándote de algún modo al exterior?
No. Llevadme lo bastante cerca y yo me encargaré del resto.
— ¿Qué resto?
Llamar a la Nave.
—Eso, ¿dónde está la nave? Me sorprende que los satélites y esas cosas no hayan
dado con ella.
La Nave espera.
—A veces eres de gran ayuda...
Gracias.
—Era un comentario sarcástico.
Lo sé.
Al lado de Masklin hubo un ligero movimiento acompañado de un susurro, y su
compañero floridano apartó una pluma. El jinete de su ganso era el muchacho que los
viajeros habían visto con Arbusto. El muchacho no había dicho palabra, sino que se había
limitado a contemplar a Masklin y su Cosa. Ahora, sonrió y le murmuró algo.
Quiere saber si te mareas.
—No, me siento bien —mintió Masklin—. ¿Cómo se llama el muchacho?
Se llama Pion. Es el hijo mayor de Arbusto.
Pion dirigió otra sonrisa de ánimo a Masklin.
Quiere saber cómo es un viaje en avión, añadió la Cosa. Dice que suena
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emocionante. Los gnomos «floridianos» los ven pasar en ocasiones, pero siempre se
mantienen a distancia de ellos.
El ganso se inclinó hacia un lado y Masklin se agarró con fuerza a sus plumas no
sólo con las manos y los pies, sino hasta con los dedos de éstos.
Dice que debe de ser mucho más emocionante que los gansos, continuó
traduciendo la Cosa.
— ¡Oh! No estoy seguro... —respondió Masklin débilmente.
La toma de tierra fue mucho peor que el vuelo en sí. Masklin supo más tarde que el
aterrizaje hubiera sido mejor sobre agua, pero Arbusto había hecho descender a los gansos
sobre tierra firme, lo cual no gustaba demasiado a los animales, pues la maniobra les exigía
detenerse casi por completo en el aire, batiendo las alas enérgicamente y luego dejarse caer
los últimos centímetros hasta apoyar las patas.
Con la ayuda de Pion, Masklin saltó al suelo; al gnomo aventurero le dio la
impresión de que la tierra oscilaba a un lado y otro bajo sus pies. Los demás viajeros
avanzaron tambaleándose hacia él entre el tropel de animales.
— ¡El suelo! —exclamó Angalo entrecortadamente—. ¡Estaba tan cerca! ¡Y a
nadie parecía importarle!
El joven gnomo hincó las rodillas.
— ¡Y emiten unos graznidos como bocinazos! —continuó—. ¡Y no dejan de
balancearse de un lado a otro! ¡Y debajo de las plumas tienen un cuerpo lleno de bultos!
Masklin flexionó los brazos para descargar la tensión.
El terreno en el que se hallaban no parecía muy distinto del que habían dejado un
rato antes, salvo que la vegetación era más baja y que Masklin no podía distinguir ninguna
extensión de agua.
Arbusto dice que esto es lo máximo que pueden acercarse los gansos, informó la
Cosa. Ir más allá es demasiado peligroso.
Arbusto asintió a la traducción y señaló el horizonte.
Allí se distinguía una silueta blanca.
— ¿Eso? —preguntó Masklin.
— ¿Es eso? —preguntó Angalo.
Sí.
—Pues no parece muy grande —comentó Gurder sin alzar la voz.
—Es que todavía queda bastante lejos —le explicó Masklin.
—Distingo unos helicópteros —apuntó Angalo—. No me extraña que Arbusto no
quiera que los gansos se acerquen más.
—Tenemos que ponernos en marcha —dijo Masklin—. Nos queda una hora y me
parece que no nos va a sobrar mucho tiempo. Hum... Será mejor que nos despidamos de
Arbusto. ¿Puedes explicárselo, Cosa? Dile que... que intentaremos volver a buscarla. Más
adelante. Si todo sale bien. Supongo.
—Y si hay un «más adelante»... —añadió Gurder, con el aspecto de un estropajo
estrujado.
Cuando la Cosa hubo terminado la traducción, Arbusto asintió. A continuación,
empujó a Pion, forzándolo a dar un paso al frente.
La Cosa explicó a Masklin lo que pretendía la gnoma.
— ¿Qué? ¡No podemos llevarlo con nosotros! —protestó Masklin.
Entre el pueblo de Arbusto, se estimula a los jóvenes a viajar, expuso la Cosa. Pion
sólo tiene catorce meses y ya ha llegado hasta Alaska.
—Intenta explicarle que no vamos a «Laska» —insistió Masklin— ¡Hazle entender
que al muchacho puede sucederle cualquier cosa!
La Cosa trasladó sus palabras a la gnoma.
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Dice que eso es bueno. Los adolescentes deben buscar siempre nuevas
experiencias.
— ¿Qué? ¿Estás segura de que traduces mis palabras como es debido? —replicó
Masklin con suspicacia.
Sí.
—Entonces, ¿le has dicho que es una empresa peligrosa?
Sí. E insiste en que la vida no es sino una serie de empresas peligrosas.
— ¡Pero el muchacho podría morir! —replicó Masklin en tono agudo.
En tal caso, subirá al cielo y se convertirá en una estrella.
— ¿Es eso lo que creen ella y sus gnomos?
Sí. Según sus creencias, el sistema operativo de un gnomo empieza en forma de
ganso. Si cumple su vida como un buen ganso, se convierte en gnomo. Y cuando un buen
gnomo muere, NASA lo lleva al cielo y allí se convierte en una estrella.
— ¿Qué es un sistema operativo? —inquirió Masklin. Aquello era religión y él
siempre se sentía fuera de su terreno en las cuestiones religiosas.
£50 que se lleva dentro y le dice a uno quién es, respondió la Cosa.
—Se refiere al alma —apuntó Gurder con cautela.
—Nunca he oído nada más desquiciado —comentó alegremente Angalo—. Al
menos, desde que vivimos en la Tienda y creíamos que los gnomos buenos volvían al
mundo en forma de estatuas ornamentales para jardín. —Le dio un ligero codazo a Gurder
y añadió—: ¿Verdad?
En lugar de enfadarse al oír aquello, Gurder se limitó a mostrarse aún más abatido.
—Deja que el chico nos acompañe, si quiere —continuó Angalo—. Demuestra
tener el espíritu adecuado. Me recuerda a mí cuando tenía su edad.
Su madre dice que, si el muchacho echa de menos a los suyos, siempre puede
buscar un ganso que lo lleve de vuelta, dijo la Cosa.
Masklin abrió la boca para añadir algo.
Pero había ocasiones en que uno no podía decir nada porque no había nada que
decir. Para explicarle algo a otra persona, tenía que haber un punto sobre el cual ambos
interlocutores estuvieran de acuerdo, una base de partida, y Masklin no estaba seguro de
que hubiera una sintonía de conceptos entre él y Arbusto. El gnomo se preguntó qué
tamaño tendría el mundo para ella. Probablemente, mayor de lo que él era capaz de
imaginar. Pero, aun así, no abarcaba el cielo.
— ¡Ah! ¡Está bien! —respondió al fin—. Pero tenemos que irnos inmediatamente.
No hay tiempo para despedidas lacrimógenas...
Pion se limitó a hacer un gesto de cabeza hacia su madre y avanzó hasta Masklin, a
quien no se le ocurrió nada más que decir. Ni siquiera más adelante, cuando llegó a
comprender mejor a aquellos gnomos de los gansos, logró acostumbrarse a la naturalidad
con que éstos se separaban de sus compañeros. Para ellos, las distancias apenas parecían
tener importancia.
—Vamonos, pues —consiguió añadir.
Gurder lanzó una mirada colérica a Copete, quien había insistido en acompañarlos
hasta allí.
—Ojalá pudiera entenderme con él —murmuró.
—Arbusto me ha dicho que, en realidad, es un gnomo muy respetable —comentó
Masklin—. Sólo es un poco terco en sus opiniones.
—Igual que tú, Gurder —dijo Angalo.
— ¿Yo? ¡Yo no soy...! —inició una protesta el Abad.
—Claro que no —lo cortó Masklin, en tono conciliador—. ¡Vamonos de una vez!
Los expedicionarios avanzaron al trote entre una maleza dos o tres veces más alta
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que ellos.
—No nos va a dar tiempo —dijo Gurder, jadeante.
—No malgastes las fuerzas hablando y sigue corriendo —replicó Angalo.
— ¿Habrá salmón ahumado en el Transbordador? —preguntó Gurder.
—No lo sé —respondió Masklin, abriéndose paso entre un montón de hierba
especialmente tupido.
—No —declaró Angalo con aire experto—. No hay salmón. Recuerdo haber leído
en un libro que se alimentan mediante tubos.
Los gnomos siguieron corriendo en silencio mientras se preguntaban qué podría
significar aquello.
— ¿Tubos de qué? ¿De pasta dentífrica? —aventuró Gurder al cabo de un rato.
—No; de pasta dentífrica, no. Claro que no. Estoy seguro de que no se alimentan de
eso.
—Bien, ¿qué otras cosas conocéis que vengan en tubos?
Angalo reflexionó sobre ello.
— ¿El pegamento? —sugirió, indeciso.
— ¿Pasta dentífrica y pegamento? Este menú no me suena nada bien.
—Pero a la gente que conduce los aviones espaciales debe de gustarle mucho. En
una foto que vi, aparecían todos muy sonrientes —apuntó Angalo.
—Probablemente no sonreían, sino que intentaban despegar los dientes —contestó
Gurder.
—No, no. Me parece que no lo has entendido —decidió Angalo, pensando
velozmente—. Tienen que llevar la comida en tubos a causa de la gravedad.
— ¿Qué sucede con la gravedad?
—Que no hay.
— ¿No hay, qué?
—Gravedad. Por eso, todo queda flotando.
— ¿Cómo, en agua? —quiso saber Gurder.
—No, no. En el aire. Porque no hay nada que la sujete al plato, ¿entiendes?
— ¡Ah! —Gurder asintió—. ¿Es aquí donde entra en escena el pegamento?
Masklin sabía que podían continuar así durante horas. Todo aquel parloteo, se dijo,
era sólo una manera de comunicar un sentimiento: yo estoy vivo y tú también; y nos
inquieta tanto la posibilidad de no seguir con vida mucho tiempo más, que seguimos
hablando sin parar porque es preferible eso a tener tiempo de pensar.
Todo tenía mucho mejor aspecto cuando quedaba a días o semanas de distancia,
pero ahora que sólo quedaba...
— ¿Cuánto tiempo queda, Cosa?
Cuarenta minutos.
— ¡Tenemos que hacer otro descanso! Gurder ya no corre; está cayéndose de
sueño.
Se dejaron caer a la sombra de un matorral. El Transbordador no parecía estar
mucho más cerca, pero ahora podían apreciar mucha más actividad. Había más
helicópteros, y, según los frenéticos gestos de Pion, que se había encaramado al arbusto,
había humanos en la lejanía.
—Necesito dormir —dijo Gurder.
— ¿No echaste una cabezada mientras íbamos en los gansos? —replicó Masklin.
— ¿Lo hiciste tú?
Angalo se desperezó bajo la sombra.
— ¿Cuándo llegaremos al Transbordador? —preguntó.
—Bueno —repuso Masklin—, la Cosa dice que no es preciso que nos montemos en
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él; basta con poner la Cosa en su interior.
Angalo se incorporó sobre los codos.
— ¿Quieres decir que no vamos a volar en él?
¡Pero si yo lo estaba esperando con muchísimo interés!
—Me parece que eso no es el Camión, Angalo. No creo que dejen ninguna
ventanilla abierta por la que se pueda colar alguien —opinó Masklin—. Y, en cualquier
caso, creo que sería necesario algo más que un montón de gnomos y unas cuerdas para
guiar el vuelo.
— ¿Sabéis una cosa? Ese día que conduje el Camión fue el mejor de mi vida —
confesó Angalo con expresión evocadora—. Cuando pienso en esos meses que viví en la
Tienda, sin la menor idea de que existía el Exterior...
Masklin, respetuoso, aguardó. Notaba la cabeza cargada.
— ¿Y bien? —dijo.
— ¿Y bien, qué?
— ¿Qué sucede cuando piensas en esos meses que pasaste en la Tienda sin saber
que había un Exterior?
—Que parecen una pérdida de tiempo. ¿Sabéis qué haré si..., quiero decir, cuando
volvamos a casa? Me propongo anotar todo lo que hemos descubierto. En realidad,
deberíamos estar haciéndolo ya. Deberíamos estar escribiendo un montón de libros
nuestros. No meros libros de lectura humanos, que están llenos de cosas inventadas. Y
tampoco textos como el Libro de los gnomos, de Gurder. Nada de eso: libros de temas
adecuados y convenientes, como las Ciencias...
Masklin observó a Gurder. Éste no hizo ningún comentario, pues ya se había
dormido.
Pion se enroscó sobre sí mismo y empezó a roncar. La voz de Angalo se apagó.
Exhaló un bostezo.
Llevaban muchas horas sin dormir. Los gnomos dormían sobre todo por la noche,
pero necesitaban breves siestas a lo largo del día para soportar la extensa jornada. Incluso
Masklin empezó a dar cabezadas.
— ¿Cosa? —se acordó de decir—, despiértame dentro de diez minutos, ¿quieres?
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SATÉLITES: están en el ESPACIO y se mantienen allí gradas a que viajan tan
deprisa que nunca están en un mismo sitio el tiempo suficiente para caerse. Las
TELEVISIONES rebotan en ellos. Los satélites forman parte de la CIENCIA.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
7
No fue la Cosa quien despertó a Masklin, sino la voz de Gurder.
Masklin permaneció acostado con los ojos entrecerrados, escuchando. Gurder
estaba hablando con la Cosa en voz baja.
—Yo creía en la Tienda —decía— y resultó ser sólo una cosa construida por los
humanos. Después pensé que Su Nieto Richard era una persona especial, y ha resultado ser
un humano que canta mientras se moja...
... mientras se ducha...
—... ¡Y ahora resulta que hay miles de gnomos en el mundo! ¡Miles! ¡Y cada grupo
cree en algo distinto! Ese estúpido viejo del copete cree que los Transbordadores que
despegan en vertical están construyendo el cielo. ¿Sabes qué pensé la primera vez que oí
tal cosa? Pensé que, si fuera él quien hubiese llegado a mi mundo en lugar de yo al suyo,
me habría tomado por un completo estúpido. Y habría tenido razón: ¡soy un completo
estúpido! ¿Cosa?
Sólo estoy guardando un discreto silencio.
—Angalo cree en esas estúpidas máquinas y Masklin cree en..., en quién sabe qué.
Yo, en cambio, me esfuerzo por creer en cosas importantes y no me duran ni cinco
minutos. ¿Es eso justo?
Respecto a eso, sólo cabe guardar otro silencio discreto y comprensivo.
—Yo sólo quería encontrarle algún sentido a la vida.
Un propósito muy encomiable.
—Lo que pretendo es saber cuál es la verdad de las cosas.
Se produjo una pausa, y, a continuación, la Cosa comentó:
Recuerdo tu conversación con Masklin sobre el origen de los gnomos. Entonces
quisiste preguntarme una cosa y ahora puedo responderte. Yo fui fabricada, eso lo sé con
certeza. Sé que soy un objeto hecho de plástico y metal, pero también sé que soy algo que
vive dentro de ese metal y de ese plástico. Me resulta imposible no estar completamente
segura de ello, lo cual es un gran consuelo. Respecto a los gnomos, tengo datos según los
cuales sois originarios de otro mundo y llegasteis aquí hace millones de años. Esto puede
ser verdad o puede no serlo. No estoy en posición de juzgar.
—Allá, en la Tienda, yo sabía dónde estaba —insistió Gurder, medio para sí—. En
la cantera, incluso, las cosas no iban tan mal. Yo tenía un cargo de honor y era importante
entre los míos. ¿Cómo voy a volver ahora, sabiendo que todo lo que creía respecto a la
Tienda, a Arnold Bros y a Su nieto Richard sólo..., son sólo opiniones?
No puedo aconsejarte nada. Lo siento.
Masklin decidió que era el momento diplomático para despertarse y emitió un
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gruñido para asegurarse de que Gurder lo oía.
El Abad estaba sonrojado como un tomate.
—No podía dormir... —se apresuró a murmurar.
Masklin se incorporó.
— ¿Cuánto tiempo queda, Cosa?
Veintisiete minutos.
— ¿Por qué no me has despertado como te dije?
Quería que descansarais y os recuperarais.
— ¡Pero todavía nos queda un buen trecho! No llegaremos a tiempo de colocarte en
el Transbordador. ¡Eh, tú, despierta! —Masklin sacudió a Angalo con el pie—. ¡Vamos!
Tendremos que correr. ¿Dónde está Pion? ¡Ah!, estás aquí... Ánimo, Gurder, date prisa.
Los gnomos reanudaron su marcha al trote entre la maleza. A lo lejos se oía el
ronco lamento de unas sirenas.
—Has calculado el tiempo demasiado justo, Masklin —dijo Angalo.
— ¡Deprisa! ¡Corred más!
Ahora que estaban más cerca, Masklin podía observar el Transbordador. Era
altísimo y no parecía tener ninguna entrada practicable a nivel del suelo.
—Espero que tengas algún buen plan, Cosa —murmuró entrecortadamente
mientras los cuatro seguían avanzando en hilera entre los arbustos—, porque me temo que
no voy a poder llevarte hasta ahí arriba.
No te preocupes. Ya casi estamos lo bastante cerca.
— ¿Qué se propone? ¿Encaramarse ahí de un salto? —preguntó Angalo.
Déjame en el suelo.
Masklin obedeció y depositó el cubo negro sobre la tierra. La Cosa extendió varias
de sus sondas, que giraron lentamente durante un rato hasta quedar apuntando hacia el
Transbordador.
— ¿A qué juegas? —exclamó Masklin—. ¡Estamos perdiendo el tiempo!
Gurder se echó a reír, aunque no pareció que fuera de felicidad, y comentó:
—Ya entiendo lo que pretende. Se está enviando a sí misma al Transbordador, ¿no
es eso, Cosa?
Estoy transmitiendo un subprograma de instrucciones al ordenador del satélite de
comunicaciones, informó la Cosa.
Los gnomos no dijeron nada.
En otras palabras..., sí, estoy convirtiendo el ordenador del satélite en una parte de
mí. Aunque una parte no muy inteligente...
— ¿De veras puedes hacer eso? —inquirió Angalo.
Desde luego.
— ¡Guau! ¿Y no echarás de menos la parte que estás enviando?
No. Porque no me desprenderé de ella.
— ¿Quieres decir que la estás enviando y, al mismo tiempo, la conservas?
Sí.
Angalo miró a Masklin.
— ¿Tú entiendes algo? —quiso saber.
—Yo, sí —intervino Gurder—. La Cosa intenta decir que no es una simple
máquina, sino una especie de..., una especie de conjunto de pensamientos eléctricos que
viven en una máquina. Me parece.
Unas luces parpadearon en círculo en la cara superior de la Cosa.
— ¿Necesitas mucho tiempo para hacer lo que te propones? —preguntó Masklin.
Sí. Por favor, absteneos de ocupar canales de comunicación indispensables para
llevar a cabo mi trabajo.
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—Con eso quiere decir que no le hablemos, creo —dijo Gurder—. Se está
concentrando.
— ¡De modo que nos ha hecho venir hasta aquí a la carrera para, ahora, tenernos
esperando! —exclamó Angalo.
—Probablemente, tenía que acercarse hasta esta distancia para..., para hacer lo que
está haciendo, sea lo que sea —respondió Masklin.
— ¿Y cuánto tiempo va a emplear? —insistió Angalo—. Parece que hayan pasado
años desde que faltaban veintisiete minutos para el lanzamiento.
—Por lo menos, habrán pasado veintisiete minutos —apuntó Gurder.
—Sí. O tal vez más.
Pion llamó la atención de Masklin tirándole de la manga, y, con la otra mano,
señaló la silueta blanca que se alzaba ante ellos mientras largaba una extensa parrafada en
floridano, o, si la Cosa estaba en lo cierto, en idioma gnomo casi original.
—Sin la Cosa, no puedo entenderte —dijo Masklin—. Lo siento.
—No hablamos tu lengua —añadió Angalo.
Con una expresión de pánico, el muchacho repitió sus palabras, esta vez a gritos, y
volvió a tirarle del brazo con más insistencia.
—Me parece que no quiere estar cerca de ese avión que se eleva en vertical cuando
empiecen a funcionar los motores —dijo Angalo—. Probablemente lo asusta el ruido. No...
te... gusta... el... ruido, ¿verdad?
Pion asintió enérgicamente.
—En el aeropuerto no sonaban tan terribles —comentó Angalo—. No era mucho
más que un ruido sordo. Pero supongo que deben de causar espanto entre unas gentes
cándidas e inexpertas.
—Pues a mí, Arbusto y su pueblo no me han parecido especialmente cándidos o
inexpertos —replicó Masklin con aire pensativo, mientras contemplaba la blanca torre.
Antes le había parecido que estaba muy lejos, pero, en cierto modo, tal vez estaba
demasiado cerca.
Sí. Demasiado cerca, realmente.
— ¿Os parece que aquí estaremos a salvo? —preguntó—. Cuando el Transbordador
se eleve, me refiero.
— ¡Oh, vamos! —respondió Angalo—. La Cosa no nos habría dejado llegar hasta
aquí si hubiera algún peligro para un gnomo.
—Claro, claro —asintió Masklin—. Tienes razón. Seguro que no hay de qué
preocuparse.
Pion dio media vuelta en redondo y huyó a la carrera.
Los otros tres expedicionarios contemplaron de nuevo la mole del Transbordador.
En la cara superior de la Cosa, las luces parpadeantes formaron unos complejos dibujos.
Otra sirena sonó en alguna parte y los gnomos percibieron una sensación de poder
contenido, como si el resorte más fuerte del mundo estuviera a punto de saltar.
Cuando Masklin habló, a sus dos compañeros les pareció que expresaba en voz alta
los pensamientos de todos ellos. Con mucha parsimonia, el gnomo formuló una pregunta:
—Hemos de suponer que la Cosa sabe calcular con precisión a qué distancia debe
estar un gnomo cuando uno de esos aviones que vuelan hacia arriba se separa del suelo,
pero, ¿no podría equivocarse? Quiero decir... ¿pensáis que tiene mucha experiencia en
asuntos como éste?
Angalo y Gurder intercambiaron una mirada.
—Tal vez deberíamos retroceder un poco... —empezó a decir Gurder.
Dieron media vuelta y se alejaron de la amenazadora silueta.
Poco después, ninguno de ellos pudo evitar darse cuenta de que los otros parecían
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correr cada vez más deprisa.
Cada vez más deprisa.
Y luego, como un solo gnomo, dejaron de disimular y echaron a correr
abiertamente, abriéndose paso con dificultad entre los matorrales y la hierba, resbalando en
las piedras y moviendo los codos arriba y abajo como pistones. Gurder, que normalmente
resollaba cuando apretaba el paso un poco más de lo habitual, avanzaba bamboleándose
como un globo hinchado.
— ¿Tienes..., tienes... alguna... idea... de..., de la... distancia...? —jadeó Angalo.
A su espalda, el ruido empezó como un siseo, como si el mundo entero efectuara
una profunda inspiración. Después, el ruido dejó de serlo para convertirse en...
... en algo más parecido a un martillo invisible que los golpeaba en ambos oídos a
la vez.
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ESPACIO: hay dos tipos de espacio: a) un algo que no contiene nada, y b) una
nada que lo contiene todo. Es lo que le queda a uno cuando no tiene nada más. Allí no
hay aire ni gravedad, que es lo que sujeta la gente a las cosas. Si no hubiera espacio,
todo estaría en un mismo lugar. Está concebido para ser el lugar de los SATÉLITES,
de los TRANSBORDADORES, de los PLANETAS y de la NAVE.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
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Al cabo de un rato, cuando el suelo dejó de temblar, los gnomos se incorporaron y
se miraron, confusos.
— ¡...! —dijo Gurder.
— ¿Qué? —replicó Masklin. Su propia voz le sonó muy lejana y amortiguada.
— ¿...? —añadió Gurder.
— ¿...? —intervino Angalo.
— ¿Qué? ¡No os oigo! ¿Y vosotros? ¿Me oís a mí?
— ¿...?
Masklin vio que Gurder movía los labios. Se señaló las orejas y sacudió la cabeza
en gesto de negativa.
— ¡Nos hemos quedado sordos!
—Sordos, he dicho. —Masklin alzó la vista. Una nube de humo se hinchó sobre sus
cabezas, y, elevándose en su centro a gran velocidad incluso para los acelerados sentidos
de los gnomos, apareció una larga nube vertical en cuyo extremo se advertía una punta de
fuego.
Masklin se introdujo el dedo en un oído y lo agitó enérgicamente.
La ausencia de sonidos fue reemplazada por el terrible siseo del silencio.
— ¿Me oye alguien? —se aventuró a decir—. ¿Oís lo que estoy diciendo?
— ¡Vaya! —La voz de Angalo le llegó confusa y llena de una calma innatural—.
¡Eso sí que ha sonado fuerte! ¡Me parece que no debe de haber muchas cosas que armen
tanto ruido!
Masklin asintió. Se sentía como si algo le hubiera dado un mazazo.
—Tú que conoces de estas cosas, Angalo —dijo débilmente—: los humanos viajan
en esos vehículos, ¿verdad?
— ¡Oh, sí! En lo más alto.
— ¿Y nadie los obliga a hacerlo?
—Hum... me parece que no. Creo que en el libro decía que son muchos los
humanos que quieren viajar en ellos.
— ¿Que quieren, dices?
—Según el libro, sí. —Angalo se encogió de hombros.
Masklin alzó la vista al Transbordador. Ahora no era más que un punto lejano, en el
extremo de una nube de humo blanco cada vez más amplia.
«Debemos de estar locos —se dijo—. Somos gente diminuta en un mundo enorme
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y nunca nos detenemos el tiempo suficiente para estudiar dónde estamos, antes de
marcharnos a otra parte. Al menos, cuando vivía en un agujero, sabía todo lo que hay que
saber sobre cómo vivir en un agujero; desde entonces ha transcurrido un año y me
encuentro tan lejos de allí que ni siquiera sé a qué distancia estoy, presenciando cómo algo
que no entiendo se dirige hacia un lugar tan, tan alto, que allí no existe un abajo. Y ahora
no puedo volver atrás; tengo que seguir hasta el final de todo esto, sea lo que sea, porque
no puedo volver atrás. Ni siquiera puedo detenerme.»
A eso debía de referirse Grimma cuando hablaba de las ranitas. Una vez que uno
conoce algo, pasa a ser una persona diferente. No se puede evitar.
Volvió la cabeza y miró hacia el suelo. Echaba algo de menos.
La Cosa...
Retrocedió a toda prisa hacia el lugar del que habían salido huyendo. El cubo negro
seguía donde lo había dejado. Las sondas estaban recogidas y no se apreciaba ninguna
lucecita.
— ¿Cosa? —preguntó, vacilante.
Una luz roja se encendió débilmente. De pronto, Masklin sintió un escalofrío pese
al calor del ambiente.
— ¿Estás bien?
La luz parpadeó.
Demasiado deprisa. He utilizado demasiada ener..., respondió.
— ¿«Ener»? —repitió Masklin, esforzándose por no preguntarse por qué la palabra
había sonado poco más que como un gruñido.
La lucecita perdió intensidad.
— ¿Cosa? ¡Cosa! —Dio unos ligeros golpecitos en el dado—. ¿Lo has conseguido?
¿Viene la Nave? ¿Qué hacemos ahora? ¡Despierta! ¿Cosa?
La lucecita se apagó.
Angalo y Gurder acudieron apresuradamente, seguidos por Pion.
— ¿Ha funcionado el plan? —preguntó Angalo—. Aún no veo ninguna Nave.
Masklin se volvió hacia sus compañeros.
—La Cosa se ha parado —anunció.
— ¿Parado?
— ¡Se han apagado todas las luces!
—Bueno, ¿y qué significa eso? —Angalo empezaba a poner cara de pánico.
— ¡No lo sé!
— ¿Está muerta? —inquirió Gurder.
— ¡La Cosa no puede morir! ¡Ha existido durante miles de años!
—Precisamente, parece una buena razón para morir —comentó Gurder, sacudiendo
la cabeza.
—Pero si es una... una cosa.
Angalo se sentó en el suelo con las rodillas encogidas y las manos entrelazadas en
torno a ellas.
— ¿Ha dicho si ha conseguido lo que se proponía? ¿Cuándo vendrá la Nave?
—Escúchame, ¿quieres? ¡La Cosa se ha quedado sin «ener»!
— ¿«Ener»?
—Debe de referirse a la electricidad. La absorbe de los cables y otras cosas. Y creo
que también puede almacenarla durante un rato. Ahora debe de haberse quedado sin
reservas.
Los gnomos contemplaron el cubo negro. Durante miles de años, la Cosa había
pasado de generación en generación sin decir una sola palabra ni encender una sola luz.
Sólo había despertado otra vez cuando había sido llevada a la Tienda, cerca de la
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electricidad.
—Verla ahí quieta, sin hacer nada, produce escalofríos —dijo Angalo.
— ¿No podemos encontrarle un poco de electricidad? —sugirió Gurder.
— ¿Aquí? ¡No sé cómo! ¡Estamos en medio de ninguna parte! —soltó Angalo.
Masklin se incorporó y miró a su alrededor. A lo lejos se divisaban algunos edificios y
observó un movimiento de vehículos en sus proximidades.
— ¿Qué hay de la Nave? —insistió Angalo—. ¿Viene hacia aquí, o no?
— ¡No lo sé!
— ¿Cómo va a encontrarnos?
— ¡No lo sé!
— ¿Quién la conduce?
— ¡No lo...! —Masklin se interrumpió a media frase, horrorizado—. ¡Nadie! Es
decir, ¿quién podría conducirlo? ¡Hace miles de años que no hay nadie en ella!
— ¿Quieres decir que viene hacia aquí y que no la conduce nadie?
— ¡Sí! ¡No! ¡No lo sé!
Angalo escrutó el cielo azul entrecerrando los ojos.
— ¡Oh, vaya! —murmuró con aire sombrío.
—Necesitamos encontrar electricidad para la Cosa —dijo Masklin—. Aunque haya
conseguido llamar a la Nave, aún queda decirle a ésta dónde estamos.
—Eso, si realmente se ha puesto en contacto con ella —añadió Gurder—. Quizá se
ha quedado sin «ener» antes de conseguirlo.
—No podemos estar seguros —asintió Masklin—. En cualquier caso, tenemos que
ayudar a la Cosa. No me gusta nada verla así.
Pion, que había desaparecido entre la maleza, regresó arrastrando un lagarto.
— ¡Ah! —exclamó Gurder sin el menor entusiasmo—. ¡Ahí viene el almuerzo!
—Si la Cosa hablara, podríamos decirle a Pion que uno termina terriblemente harto
de comer lagarto, con el tiempo —comentó Angalo.
—Sí. En un par de segundos —añadió el Abad.
—Vamos —dijo Masklin, fatigado—. Busquemos un lugar a la sombra y tracemos
otro plan.
—Sí, un plan —asintió Gurder, como si eso fuera aún peor que el lagarto—. Me
gustan los planes.
Comieron (no muy bien) y se tumbaron en el suelo a contemplar el firmamento. La
breve cabezada que habían dado un rato antes no había sido suficiente y era fácil quedarse
dormido.
—Debo decir que estos floridanos tienen las cosas muy fáciles —comentó Gurder
con indolencia—. En nuestra tierra hace frío; en cambio, aquí siempre tienen conectado el
sistema de calefacción.
—Ya te he dicho muchas veces que no hay ningún sistema de calefacción —replicó
Angalo, forzando la vista en busca de la menor señal de una Nave descendiendo del
cielo—. Y el viento tampoco es el aire acondicionado. Lo que nos calienta es el sol.
— ¿El sol? Yo creía que eso proporcionaba la luz.
—Pues también es la fuente del calor —insistió el gnomo—. Lo leí en un libro. El
sol es una gran bola de fuego mayor que el mundo.
Gurder echó un vistazo al sol con aire suspicaz.
— ¿Ah, sí? —dijo—. ¿Y qué lo sostiene ahí arriba?
—Nada. Simplemente, está ahí.
Gurder echó otra ojeada a la bola de fuego.
— ¿Y esto lo conoce todo el mundo? —preguntó.
—Supongo que sí. Estaba en el libro.
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— ¿Para que cualquiera pueda leerlo? Me parece una irresponsabilidad. Son cosas
como ésta las que perturban a la gente.
—Masklin dice que ahí arriba hay miles de soles.
—Sí, me lo ha dicho —respondió Gurder con un gesto de desdén—. A eso lo
llaman «glacsia», o algo parecido. Personalmente, me opongo a aceptarlo.
Angalo emitió una risilla.
—No sé qué encuentras tan divertido —replicó Gurder con frialdad.
—Díselo, Masklin —sugirió Angalo.
—A ti, todo esto te parece muy bien —masculló Gurder—. Tú sólo quieres
conducir cosas lo más deprisa posible. Yo, en cambio, quiero encontrarles sentido. Tal vez
existan realmente esos miles de soles, pero ¿por qué?
—No veo que eso importe mucho —repuso Angalo.
— ¡Es lo único que importa! Díselo, Masklin.
Al menos, se volvieron hacia el lugar que éste ocupaba momentos antes.
Masklin había desaparecido.
Más allá de lo más alto del cielo estaba lo que la Cosa había llamado el Universo.
Según la Cosa, éste lo contenía todo y nada; concretamente, contenía muy poco todo y
mucha más nada de lo que nadie podría imaginar.
Por ejemplo, a menudo se decía que el cielo estaba lleno de estrellas, pero eso no
era cierto. El cielo estaba lleno de cielo. Había cantidades ilimitadas de cielo, y, en
comparación, muy pocas estrellas en realidad.
Era sorprendente, por tanto, que causaran tanta impresión...
Miles de ellas miraban ahora hacia abajo mientras algo redondo y reluciente daba
vueltas en torno a la Tierra.
En uno de los costados, el objeto llevaba pintado el nombre Arnsat-1, lo cual era un
pequeño desperdicio de pintura ya que las estrellas no saben leer.
El objeto desplegó un disco plateado.
Después, debería haber vuelto el disco hacia el planeta que tenía debajo, con el fin
de emitir hacia él viejas películas y noticias.
Pero no lo hizo. El objeto tenía nuevas órdenes.
Unos pequeños chorros de gas salieron de él y lo hicieron girar, mientras buscaban
en el cielo un nuevo objetivo.
Cuando por fin lo encontró, muchos humanos que se dedicaban a la transmisión de
viejas películas y noticias estaban en tierra, gritándose entre ellos y por teléfono con voces
coléricas; otros trataban febrilmente de dar nuevas instrucciones al satélite.
Pero a éste le daba igual, porque ya no los escuchaba.
Masklin corrió al galope entre la maleza. Sus compañeros iban a discutir y pelearse,
se dijo, de modo que tenía que hacer aquello enseguida. No disponían de mucho tiempo,
pensó.
Era la primera vez que estaba realmente a solas desde los días en que vivía en un
agujero y tenía que salir de caza sin compañía porque no había nadie que pudiera colaborar
con él.
¿Habían sido mejores las cosas entonces? En todo caso, habían sido más sencillas.
Uno sólo tenía que intentar comer sin que lo comieran y el mero hecho de sobrevivir cada
día era un triunfo. En esos días, todo era peligroso y penoso, pero al menos se trataba de
peligros y penalidades comprensibles, a medida de los gnomos.
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En aquellos tiempos, el mundo terminaba en la autopista, por un lado, y en los
bosques más allá de los campos de labor, por el otro. Ahora, reflexionó Masklin, el mundo
no tenía límite alguno y sí, en cambio, más problemas de los que estaba en condiciones de
afrontar.
Pero, aunque más no fuera, el gnomo sabía dónde encontrar electricidad. Para ello,
bastaría con acercarse a los edificios de los humanos.
Los matorrales dieron paso a un camino y Masklin lo tomó, con lo que pudo
acelerar su marcha. Sólo tenía que seguir cualquier camino, y, tarde o temprano,
encontraría humanos en alguna parte...
Escuchó unas pisadas a su espalda. Se volvió y encontró a Pion. El joven floridano
le dirigió una sonrisa preocupada.
— ¡Vete! —dijo Masklin—. ¡Vamos, lárgate! ¡Vuelve atrás! ¿Por qué me sigues?
¡Lárgate!
Pion puso una expresión dolida. Señaló el camino y dijo algo.
— ¡No te entiendo! —gritó Masklin.
Pion alargó el brazo por encima de la cabeza, con la palma de la mano hacia abajo.
— ¿Humanos? —interpretó Masklin—. Sí, ya lo sé. Sé lo que estoy haciendo.
¡Vuelve por donde has venido!
Pion añadió algo más. Masklin levantó la Cosa.
—Caja que habla no funciona —dijo débilmente. Después, masculló para sí—:
¡Pero bueno!, ¿por qué tengo que hablarte de esta manera, si debes de ser tan inteligente
como yo, al menos? ¡Vamos, lárgate! ¡Vuelve con los demás!
Masklin se dio la vuelta y echó a correr. Cuando echó un rápido vistazo a su
espalda, observó que Pion lo miraba desde donde lo había dejado.
Se preguntó cuánto tiempo tendría. En cierta ocasión, la Cosa le había dicho que la
Nave volaba muy deprisa. Tal vez se presentara en cualquier momento. O tal vez no
acudiera a la llamada...
Vio unas siluetas sobresaliendo de la maleza. Efectivamente, como rezaba el dicho,
sólo había que seguir un camino y, tarde o temprano, uno encontraba humanos. Estaban
por todas partes.
Sí, quizá la Nave no venía a su encuentro.
«Y, si es así —pensó—, lo que me dispongo a hacer es probablemente lo más
estúpido que ha hecho un gnomo en toda la historia de la gnomidad.»
El camino desembocó en un gran círculo de grava, en el cual había aparcado un
pequeño camión con el nombre del dios floridano, NASA, pintado en costado. Cerca de él,
vio a dos humanos inclinados sobre un artilugio montado sobre un trípode.
Los humanos no advirtieron la presencia de Masklin y éste siguió acercándose, con
el corazón aporreándole en el pecho.
Dejó la Cosa en el suelo.
Ahuecó las manos en torno a la boca en forma de bocina.
Intentó gritar lo más lenta y claramente posible.
— ¡Eh, vosotros! ¡Eh, humanos!
— ¿Que ha hecho qué? —exclamó Angalo.
Pion repitió su pantomima de gesticulaciones.
— ¿Que ha hablado con unos humanos? —dijo Angalo—. ¿Que ha subido a una
cosa con ruedas?
—Sí, me ha parecido escuchar un motor de camión —apuntó Gurder.
Angalo descargó un puño sobre la palma de la otra mano.
—A Masklin le preocupaba la Cosa —murmuró—. ¡Quería encontrar electricidad
para ella!
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— ¡Pero si debemos de estar a muchos kilómetros de cualquier edificio! —replicó
Gurder.
—Tal como va Masklin, no —repuso Angalo.
— ¡Estaba seguro de que terminaría haciendo algo así! —se lamentó Gurder—.
¡Dejarse ver por los humanos! ¡Nosotros nunca hicimos nada semejante en la Tienda! ¿Qué
vamos a hacer ahora?
«De momento, las cosas no van tan mal», se dijo Masklin.
Los humanos no habían sabido qué hacer ante su presencia. ¡Incluso habían
retrocedido al verlo! Y uno de ellos había corrido al camión y se había puesto a hablar con
una máquina de la que salía una cuerda. Probablemente era una especie de teléfono, pensó
el gnomo con aire experto.
Al verlo inmóvil, un humano sacó una caja de la parte trasera del camión y se
acercó cautelosamente hacia él, como si pensara que Masklin iba a estallar. De hecho,
cuando el gnomo agitó la mano, el humano retrocedió de un brinco.
El otro humano dijo algo y el de la caja dejó ésta en la grava, a unos palmos de
Masklin.
A continuación, los dos humanos lo observaron con expectación.
El gnomo continuó sonriendo para tranquilizarlos y se encaramó a la caja. Una vez
dentro, les hizo otro gesto de saludo.
Uno de los humanos alargó la mano con precaución, y, asiendo la caja, la levantó
cuidadosamente, como si Masklin fuera algo muy delicado y valioso. El humano lo llevó
hasta el camión, subió a la cabina, y, sosteniendo siempre la caja con exagerada prudencia,
la colocó sobre sus rodillas. Unas graves voces humanas surgían de una radio.
Los humanos siguieron observándolo como si no terminaran de creer lo que veían
sus ojos.
El camión se puso en marcha. Al cabo de un rato, salió a una carretera asfaltada
donde esperaba otro camión. De él saltó un humano que se puso a hablar con el conductor
del camión de Masklin, soltó una risotada con la habitual parsimonia de los humanos, bajo
la vista hacia Masklin y, muy bruscamente, dejó de reír.
El humano regresó a su camión casi a la carrera y empezó a hablar por otro de
aquellos teléfonos.
«Sabía que sucedería algo así», pensó Masklin. Aquellos seres no sabían qué hacer
con un gnomo de verdad. Era asombroso. Pero mientras lo llevaran a alguna parte donde
existiera el tipo de electricidad que necesitaba...
Dorcas, el inventor, había intentado en cierta ocasión explicarle la naturaleza de la
electricidad, pero sin gran éxito porque el propio Dorcas no estaba muy seguro de saberla.
Al parecer, había electricidad de dos clases: recta y ondulante. La recta era muy insulsa y
permanecía quieta en las pilas y baterías. La electricidad ondulante se encontraba en los
cables de las paredes y de las cosas, y la Cosa, de algún modo, podía robar una parte de
ella si estaba lo bastante cerca. Dorcas solía hablar de la electricidad ondulante con el
mismo tono de voz que Gurder empleaba para referirse a Arnold Bros (fund. en 1905). El
inventor había intentado estudiarla en la Tienda. Si se conectaba a un frigorífico, enfriaba
las cosas; pero si esa misma electricidad iba a parar a un horno, las calentaba. ¿Cómo podía
saber qué tenía que hacer?, se preguntaba Dorcas.
Dorcas creía... Masklin se interrumpió en mitad del pensamiento. ¿Por qué pensaba
en pasado? ¡Seguro que su amigo, el inventor, aún seguía en plena forma!
El gnomo se sentía aturdido y presa de un extraño optimismo. Una parte de él le
decía que ello se debía a que, si por un instante pensaba seriamente en la situación en que
se había metido, sería presa del pánico.
«Sigue sonriendo», se dijo.
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El camión avanzó traqueteando por la carretera, seguido del otro vehículo. Masklin
vio un tercer camión que avanzaba por una carretera secundaria hasta que se sumó a la
comitiva. En este último viajaba un montón de humanos y la mayoría de éstos tenía la cara
levantada hacia el cielo.
No se detuvieron en el edificio más cercano, sino que continuaron hasta otro de
mayor tamaño, ante el cual había muchos más vehículos. Otros humanos aguardaban allí.
Uno de ellos abrió la puerta del camión con movimientos muy lentos incluso para
un humano.
El humano que transportaba a Masklin descendió del camión.
Masklin alzó la vista hacia decenas de caras expectantes. Observó cada globo
ocular, cada fosa nasal. Todos los humanos parecían preocupados. Al menos su ojos lo
parecían. Las fosas nasales sólo parecían fosas nasales.
Los humanos estaban preocupados por él.
«Sigue sonriendo.»
Les devolvió la mirada, y, casi soltando una risilla de pánico contenido, les dijo:
— ¿Puedo ayudarlos en algo, caballeros?
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CIENCIA: una manera de descubrir cosas y hacerlas funcionar. La Ciencia
explica lo que sucede a nuestro alrededor en todo momento. Lo mismo hace la
RELIGIÓN, pero la Ciencia es mejor porque, cuando se equivoca, ofrece unas excusas
más comprensibles. Hay mucha más Ciencia de lo que uno imagina.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
9
Gurder, Angalo y Pion estaban sentados bajo un arbusto que les proporcionaba un
poco de sombra. La nube de abatimiento que los envolvía era casi tan grande como la
sombra.
—Sin la Cosa, nunca podremos ni siquiera volver junto a los demás —murmuró
Gurder.
—Entonces, tendremos que ir a buscar a Masklin —respondió Angalo.
— ¡Eso nos llevará una eternidad!
— ¿De veras? Bueno, si no podemos volver a la cantera, poco perdemos
intentándolo.
Angalo había encontrado un guijarro que tenía casi la forma perfecta para atarlo a
un palo con unas tiras de tela arrancadas de la ropa. El gnomo no había visto un hacha de
piedra en su vida, pero tenía la nítida sensación de que con una piedra atada al extremo de
un palo podían hacerse unas cuantas cosas útiles.
—Me gustaría que dejaras de jugar con eso —murmuró Gurder—. ¿Cuál es tu gran
plan, entonces? ¿Enfrentarnos solos contra toda «Floridia»?
—No necesariamente. No es preciso que vengas conmigo.
—Cálmate, señor Al—Rescate. Con un idiota basta.
—No veo que propongas ninguna idea mejor. —Angalo alzó el hacha y la movió
un par de veces de un lado al otro, cortando el aire con un silbido.
—No se me ocurre ninguna.
Una lucecita roja empezó a destellar en la superficie de la Cosa.
Al cabo de un rato, se abrió en ella un pequeño agujero cuadrado, y, con un leve
sonido chirriante, la Cosa extendió una pequeña lente en el extremo de una pértiga. La
lente empezó a girar lentamente.
A continuación, la Cosa volvió a hablar.
¿Dónde estamos?, preguntó. Movió la lente hacia arriba y la detuvo allí un
momento, estudiando el rostro del humano que la observaba. ¿Y por qué?, añadió.
—No estoy seguro —contestó Masklin—. Estamos en una habitación de un gran
edificio. Los humanos no me han hecho daño. Creo que uno de ellos ha estado intentando
hablar conmigo.
Parece que estamos dentro de una especie de caja de cristal, comentó la Cosa.
—Incluso me han dado una cama —añadió el gnomo—. Y creo que eso de ahí es
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una especie de lavabo. Pero, dime, ¿qué hay de la Nave?
Espero que esté en camino, respondió la Cosa con calma.
— ¿Esperas? ¿Esperas? ¿Quieres decir que no lo sabes?
Pueden haber salido mal muchas cosas. Pero, si han salido bien, no tardará en
llegar.
—Si no es así, ya me veo recluido aquí el resto de mi vida —murmuró Masklin con
amargura—. Ya sabes que he venido por ti...
Sí, lo sé. Gracias.
Masklin se tranquilizó un poco.
—Están siendo muy amables conmigo —afirmó. Meditó un poco lo que acababa de
decir y añadió—: Al menos, eso creo. Pero es difícil saberlo con certeza.
Miró hacia la pared transparente. Un montón de humanos había pasado por allí a
mirarlo en los minutos precedentes y Masklin no estaba muy seguro de si era un visitante
objeto de honores, un prisionero o tal vez algo intermedio entre ambas cosas.
—En el momento de tomar la decisión, me pareció la única esperanza —explicó sin
convicción.
Estoy captando unas comunicaciones.
—Siempre te oigo decir eso.
Muchas de ellas se refieren a ti. Un gran número de expertos viene a toda prisa
hacia aquí para examinarte.
— ¿Expertos en qué? ¿En gnomos?
Expertos en hablar con seres de otros mundos. Los humanos no han conocido a
nadie procedente de otro mundo, pero ya tienen expertos en hablar con ellos.
—Hasta ahora las cosas marchan bien —murmuró Masklin sobriamente—. Ahora,
los humanos ya saben que los gnomos existimos realmente.
Sí, pero no saben qué sois. Creen que acabas de llegar.
—Y es cierto.
No. No se refieren a llegar aquí. Creen que acabas de llegar al planeta.
Procedente de las estrellas.
— ¡Pero si llevamos aquí miles de años! ¡Si vivimos aquí!
A los humanos les resulta mucho más fácil creer en seres menudos procedentes del
cielo que aceptar que personitas de vuestro tamaño puedan estar viviendo en la Tierra.
Prefieren pensar en hombrecillos verdes que en duendes.
Masklin frunció el entrecejo.
—No he entendido nada de lo que acabas de decir.
No te preocupes. No tiene importancia. La Cosa hizo girar la lente para observar de
nuevo la estancia.
Muy bonito. Muy científico, afirmó.
A continuación, dirigió la lente hacia una gran bandeja de plástico situada junto a
Masklin.
¿Qué es eso?
— ¡Ah!, fruta, nueces, carne y otras cosas —explicó Masklin—. Creo que me han
estado observando para ver lo que como. Esos humanos me parecen muy listos. Sólo he
tenido que llevarme la mano hacia la boca abierta y han entendido que tenía hambre.
¡Ah!, exclamó la Cosa. Llévame ante tu despensa...
— ¿Cómo dices?
Me explicaré. ¿Te he dicho que estoy captando unas comunicaciones?
—Un centenar de veces.
Pues bien, acabo de escuchar un chiste: es decir, una anécdota o historia
humorística que se cuentan los humanos. Dice que una Nave de otro mundo aterriza en
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este planeta y unas extrañas criaturas bajan de ella y le dicen a un poste de gasolina, una
papelera, una máquina tragaperras o un aparato mecánico similar: «Llévame ante tu
jefe». Supongo que lo dicen porque no saben todavía qué forma tienen los humanos. Yo he
sustituido «jefe» por «despensa». Se trata de un juego de palabras con propósitos
humorísticos, ¿entiendes?6
La Cosa hizo una pausa.
— ¡Ah! —murmuró Masklin, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar—.
Esas extrañas criaturas deben de ser los hombrecillos verdes que antes has mencionado,
¿no?
Muy... Espera un momento. Espera...
— ¿Qué...? ¿Qué sucede? —la apremió Masklin.
Puedo oír la Nave.
Masklin aguzó el oído cuanto pudo.
—Pues yo no oigo nada —dijo por fin.
No son sonidos audibles. Lo que capto es la radio.
— ¿Dónde está? ¿Dónde, Cosa? Siempre has dicho que la Nave estaba ahí arriba,
pero, ¿dónde?
Las tres ranitas que quedaban estaban agachadas entre el musgo para escapar del
calor del sol de media tarde.
Hacia el este, a baja altura en el cielo, había aparecido una línea curva y blanca,
muy fina.
Sería bonito pensar que las tres ranitas tenían leyendas sobre aquel objeto. Sería
bonito pensar que aquellos animales concebían el sol y la luna como dos flores lejanas, una
amarilla que aparecía durante el día y otra blanca que asomaba de noche. Sería bonito
pensar que tenían leyendas acerca de ellas y que, según esas leyendas, cuando una ranita
buena moría, su alma se convertía en una gran flor en el cielo...
El problema es que estamos hablando de ranas. Porque, para una rana, el sol es «.-
.-. mip-mip .-.-.», y la luna también es «.-.-. mipmip .-.-.». Para una rana, todo es «.-.-.
mipmip .-.-.» y, cuando uno dispone de un vocabulario reducido a una palabra, resulta
bastante difícil tener leyendas acerca de nada.
Con todo, la ranita que lideraba el grupo era consciente de que la luna tenía algo
raro. Brillaba más de lo habitual.
— ¿Que dejamos la Nave en la Luna? —dijo Masklin—. ¿Por qué?
Porque eso fue lo que decidieron tus antepasados, respondió la Cosa. Para poder
vigilarla, supongo yo.
A Masklin se le iluminó el rostro lentamente, como las nubes al amanecer.
— ¿Sabes? —comentó con excitación—. Antes de todo esto, cuando vivíamos en la
vieja madriguera junto a la autopista, yo solía sentarme de noche al aire libre a contemplar
la luna. Tal vez por dentro ya sabía, de algún modo, que allí arriba...
No. Lo que experimentabas en esa situación era, probablemente, una superstición
primitiva, replicó la Cosa.
— ¡Oh, vaya! Lo siento... —murmuró el gnomo, desinflado.
Y ahora, por favor, guarda silencio. La Nave se siente perdida y quiere que le
digan qué ha de hacer. Acaba de despertar de un sueño de quince mil años.
—Yo tampoco estoy muy lúcido por las mañanas —asintió Masklin.
6 En inglés, «jefe» es leader, y «despensa» es larder. (N. del t.)
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En la luna no hay sonidos, pero no importa, porque tampoco hay nadie que pudiera
escucharlos. Los sonidos serían un derroche inútil.
En cambio, hay luz.
Una masa de fino polvo lunar se esparció sobre las viejas planicies a oscuras del
cuarto creciente, y se expandió en enormes nubes que se alzaron hasta atrapar los rayos del
sol, que las hicieron brillar.
Abajo, algo estaba desenterrándose.
— ¿La dejaron en un agujero! —preguntó Masklin.
Una serie de luces recorrió todas las caras del pequeño dado negro.
No se te ocurra decir que por eso habéis vivido siempre en agujeros, se apresuró a
contestar. Muchos gnomos no viven en ellos, ni lo han hecho nunca.
—Tienes razón —asintió el gnomo—. Tengo que dejar de pensar sólo en...
De pronto, se calló y volvió la vista hacia el exterior de la caja de cristal, donde un
humano intentaba llamar su atención hacia unas marcas escritas en una pizarra.
—Tienes que detenerla —murmuró—. Ahora mismo. Detén la Nave. No hemos
entendido nada. ¡No podemos marcharnos, Cosa! ¡La Nave no nos pertenece sólo a
nosotros! ¡No podemos llevárnosla!
Los tres gnomos que acechaban en las cercanías de la base de lanzamiento del
Transbordador observaron el cielo. Mientras el sol se aproximaba al horizonte, la luna
brillaba como un adorno navideño.
— ¡Debe de ser cosa de la Nave! —exclamó Angalo—. ¡Sí, eso tiene que ser! —
Dirigió una radiante sonrisa a sus compañeros y añadió—: ¡Ya está, pues! ¡Ya viene!
—No esperaba que diera resultado... —empezó a decir Gurder.
Angalo dio unas palmaditas en la espalda a Pion y señaló la luna.
— ¿Ves eso, muchacho? —le dijo—. ¡Es la Nave, sí, señor! ¡Es nuestra Nave!
Gurder se acarició el mentón y asintió, mirando a Pion con aire pensativo.
—Sí —dijo al floridano—. Tiene razón. Nuestra...
—Masklin dice que ahí arriba hay toda clase de cosas —continuó Angalo con aire
soñador—. Y grandes extensiones de espacio. Por eso es conocido el espacio, por sus
grandes extensiones. Masklin también dice que la Nave se mueve más deprisa que la luz,
aunque en eso se equivoca, probablemente. De lo contrario, ¿cómo iba uno a ver nada?
Uno conectaría las luces y la claridad se quedaría atrás, fuera de la habitación. De todos
modos, seguro que la Nave viaja muy deprisa...
Gurder observó de nuevo el cielo. Desde lo más profundo de su mente, algo se
estaba abriendo paso y le producía una curiosa sensación de tristeza.
—Nuestra Nave —murmuró—. La que trajo aquí a los gnomos.
—Sí, exacto —corroboró Angalo, casi sin prestarle atención.
—Y la que ahora nos ha de llevar... —continuó Gurder.
—Eso es lo que dice Masklin, y...
—... a todos los gnomos —terminó la frase Gurder, con una voz apagada y pesada
como una plancha de plomo.
—Claro. ¿Por qué no? Espero descubrir pronto el modo de conducirla a la cantera
para recoger allí a todos los demás. Y nos llevaremos también a Pion, por supuesto.
— ¿Y el pueblo de Pion? —preguntó Gurder.
— ¡Oh, pueden venir también! —dijo Angalo efusivamente—. Quizás incluso haya
sitio para sus gansos.
— ¿Y los demás?
Angalo lo miró con aire sorprendido.
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— ¿Los demás?
—Arbusto nos dijo que había muchos otros grupos de gnomos. Por todas partes.
Angalo puso una cara inexpresiva.
— ¡Ah, ésos! Bueno, no sé qué harán ellos. Pero nosotros necesitamos la Nave. Ya
sabes cómo nos han ido las cosas desde que dejamos la Tienda.
—Pero, si nos llevamos la Nave, ¿qué les quedará a ellos, en caso de necesidad?
Masklin acababa de formular la misma pregunta.
La Cosa respondió:
010011010101011101010100101101011101 010.
— ¿Qué has dicho?
Si pierdo la concentración, quizá no haya Nave para nadie. La voz de la Cosa sonó
irascible. Estoy enviando quince mil instrucciones por segundo.
Masklin no dijo nada.
Y eso es un número enorme de instrucciones, insistió la Cosa.
—La Nave debe pertenecer, por derecho, a todos los gnomos del mundo... —apuntó
Masklin.
010011001010010010...
— ¡Vamos, deja eso y dime cuándo va a llegar la Nave!
0101011001... ¿Cuál de las dos cosas quieres que haga...? 01001100.
— ¿Qué dos?
O me callo y doy instrucciones a la Nave, o te digo cuándo va a llegar. No puedo
hacer ambas cosas a la vez.
—Por favor, dime primero cuándo llegará —respondió Masklin pacientemente—.
Luego, puedes guardar silencio, si quieres.
Cuatro minutos.
— ¡Cuatro minutos!
Con un margen de error de tres segundos, añadió la Cosa. Pero, según mis
cálculos, llegará en cuatro minutos. Aunque ahora ya son sólo tres minutos y treinta y
ocho segundos. Faltarán tres minutos y treinta y siete segundos en... este preciso instante.
— ¡No puedo quedarme aquí si falta tan poco! —exclamó Masklin, olvidando por
completo, durante unos momentos, sus obligaciones para con los demás gnomos del
mundo—. ¿Cómo puedo escapar de aquí? Este lugar está cerrado con una tapa.
¿Quieres que me calle ya, o prefieres que te saque de aquí y luego enmudezca?
— ¡Lo segundo, por favor!
¿Te han visto en movimiento?, preguntó la Cosa.
— ¿A qué te refieres?
¿Saben esos humanos a qué velocidad eres capaz de correr?
—Lo ignoro —respondió Masklin—. Supongo que no.
Entonces, prepárate para echar una carrera. Pero, antes, cúbrete los oídos con las
manos.
Masklin pensó que era preferible obedecer. La Cosa podía ser, en ocasiones,
deliberadamente exasperante, pero no era conveniente hacer caso omiso de sus consejos.
Las lucecitas de la superficie de la Cosa dibujaron por un instante la figura de una
estrella.
El dado negro inició un gemido agudo cuya frecuencia fue creciendo hasta hacerse
inaudible. El gnomo, sin embargo, siguió notando su efecto incluso con los oídos
protegidos con las manos. El sonido parecía formar unas desagradables burbujas en su
cabeza.
Abrió la boca para quejarse, pero, en ese mismo instante, las paredes que lo tenían
encerrado estallaron en mil pedazos. Donde antes había habido un muro de cristal, un
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segundo después sólo había fragmentos que volaban en
todas direcciones como un rompecabezas en el que cada pieza hubiera decidido, de
pronto, buscar un espacio propio. La tapa de la urna estuvo a punto de aplastar al gnomo en
su caída.
Ahora, recógeme y echa a correr, ordenó la Cosa antes de que los fragmentos de
cristal terminaran de esparcirse por la mesa.
Los humanos presentes en la estancia aún estaban volviendo la vista hacia la urna
con su habitual torpeza y lentitud de movimientos.
Masklin agarró la Cosa y emprendió una carrera sobre la pulida superficie.
— ¡Hemos de bajar! —exclamó el gnomo—. ¡Esto es demasiado alto! ¿Cómo
hacemos para bajar hasta el suelo?
Miró a su alrededor con desesperación. En el otro extremo de la mesa había una
especie de máquina cubierta de luces y pequeños discos de marcar, que Masklin había visto
utilizar a uno de los humanos.
— ¡Los cables! —murmuró—. ¡Estos aparatos siempre tienen cables!
Avanzó rápidamente por la mesa, esquivó con facilidad una mano gigante que
intentaba atraparlo y continuó su carrera.
—Tendré que arrojarte al suelo desde aquí —dijo entrecortadamente—. ¡No puedo
bajar y sujetarte al mismo tiempo!
No te preocupes. No me pasará nada.
Masklin se detuvo patinando al borde de la mesa y lanzó la Cosa al fondo del
precipicio. En efecto, había unos cables que descendían hacia el suelo. De un salto, se
agarró a uno de ellos y, oscilando a un lado y a otro enérgicamente, se deslizó por él.
Los humanos corrieron hacia él desde todas direcciones. Masklin recogió la Cosa,
la apretó contra su pecho y reanudó la huida a toda velocidad. Frente a él apareció un pie:
un zapato marrón y un calcetín azul marino. Lo esquivó zigzagueando. Surgió otro par de
pies: zapatos negros, calcetines también negros. El gnomo advirtió que estaban a punto de
tropezar con el primero...
Se escabulló serpenteando.
Cada vez había más pies, y manos que descendían hacia él tratando en vano de
atraparlo. Masklin era una figurilla borrosa que corría y esquivaba aquellos pies que
podrían haberlo aplastado.
Y, de pronto, sólo encontró ante él una extensión de suelo completamente libre de
obstáculos.
En alguna parte se disparó una alarma, cuyo agudo sonido llegó grave e imponente
a los oídos de Masklin.
Dirígete hacia la puerta, le sugirió la Cosa.
— ¡Pero...! ¡Seguro que vendrán más humanos! —protestó Masklin con un siseo.
Estupendo, porque lo que queremos es salir de aquí.
Masklin alargó la mano hacia la puerta en el preciso momento en que ésta se abría
unos centímetros, dejando a la vista otro montón de pies al otro lado.
— ¿Hacia adonde, ahora?
Hacia el exterior. A campo abierto.
— ¿Por dónde se va?
Por cualquier sitio.
— ¡Vaya! ¡Muchas gracias!
Numerosas puertas se estaban abriendo a lo largo del pasillo y de cada una salía
algún humano. El problema no era evitar la captura (sólo un humano muy alerta sería
capaz, no ya de atrapar, sino incluso de ver a un gnomo lanzado a la carrera); lo difícil era,
simplemente, evitar ser pisoteado por accidente.
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— ¿Por qué no tienen agujeros de ratones? ¡Todos los edificios deberían tenerlos!
—protestó Masklin.
Una bota holló el suelo a un par de centímetros de él, y el gnomo dio un brinco.
El pasillo se estaba llenando de humanos. Empezó a sonar otra alarma.
— ¿A qué viene todo esto? Seguro que yo no soy el causante de esto. ¡Es imposible
que los humanos armen todo este alboroto por un simple gnomo!
Es la Nave. Han visto la Nave.
Un zapato estuvo a punto de proporcionarle a Masklin el premio al gnomo más
perfectamente planchado de Florida. En realidad, fue él quien casi se metió bajo la suela.
A diferencia de la mayoría de zapatos, aquél llevaba un nombre escrito. Era un
Fabuloso Zapato de Paseo con Suela de Goma Auténtica, Pat. El calcetín que asomaba de
él podía ser muy bien un Gran Estilo a Prueba de Olores, Garantizados ochenta y cinco por
ciento de Poliamida, los calcetines más caros del mundo.
Masklin alzó más la vista. Más allá de la gran extensión de pantalones azules y de
las distantes nubes del jersey, había una barba.
Aquel humano era Su Nieto Richard, de treinta y nueve.
Cuando más convencido estaba uno de que no existía nadie que vigilara y
protegiera a los gnomos, el universo decidía sacarlo de su error...
Masklin se impulsó hacia arriba con todas sus fuerzas y aterrizó en la pernera del
pantalón en el preciso instante en que el pie avanzaba. Aquél era el lugar más seguro, pues
los humanos no solían pisarse unos a otros.
El pie avanzó un paso y se apoyó de nuevo en el suelo. Masklin se bamboleó atrás
y adelante, tratando de escalar por la áspera tela. A poca distancia de su mano había una
costura y logró agarrarse a ella; las puntadas de la costura permitían asirse mucho mejor.
Su Nieto Richard, de treinta y nueve, estaba entre una multitud que avanzaba en la
misma dirección. Varios humanos chocaron con él y casi hicieron saltar a Masklin de su
posición. El gnomo se quitó las botas e intentó agarrarse con los dedos de los pies.
Cuando los zapatos de Su Nieto Richard tocaban el suelo, se oían unos golpes
sordos y potentes.
Masklin alcanzó un bolsillo, encontró allí un asidero decente para los pies y
continuó la ascensión. Una abultada etiqueta lo ayudó a llegar al cinturón. El gnomo estaba
habituado a las etiquetas de la Tienda, pero aquélla era enorme incluso para lo que se
entendía por una etiqueta grande. Estaba cubierta de letras e iba cosida a los pantalones,
como si Su Nieto Richard fuera una especie de máquina.
—«Grossberger Haggler, la Primera Marca en Téjanos» —leyó—. Y un montón de
cosas sobre lo buenos que son, y dibujos de vacas y otras cosas. ¿Por qué llevará tantas
etiquetas encima?
Tal vez, si no las lleva, no sabe qué ropa es la suya, aventuró la Cosa.
—Tienes razón. Y, probablemente, acabaría con los zapatos en la cabeza. —
Masklin echó una nueva ojeada a la etiqueta mientras se asía al suéter—. Aquí dice que
estos téjanos obtuvieron una medalla de oro en la Exposición de Chicago de 1910 —
añadió—. Desde luego, hay que ver lo que han durado...
Los humanos salían del edificio atropelladamente.
El suéter resultaba mucho más fácil de escalar y Masklin se encaramó por él
rápidamente. Su Nieto Richard tenía el cabello bastante largo, lo cual lo ayudó también
cuando llegó el momento de subirse al hombro.
El marco de una puerta pasó deprisa por encima de su cabeza y dio paso al azul
intenso del cielo.
— ¿Cuánto falta, Cosa? —susurró. La oreja de Su Nieto Richard estaba a unos
centímetros de él.
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Cuarenta y tres segundos.
Los humanos se esparcieron por la amplia explanada de asfalto frente al edificio.
Algunos más salieron del edificio transportando artefactos y máquinas. Masklin los vio
tropezar unos con otros por no apartar sus ojos del cielo.
Otro grupo estaba reunido en torno a un humano de aspecto muy preocupado.
— ¿Qué sucede, Cosa? —cuchicheó Masklin.
El humano del centro del grupo es el más importante de los presentes. Había
venido a ver el lanzamiento del Transbordador, y, ahora, todos los demás le están
diciendo que tiene que ser él quien dé la bienvenida a la Nave.
— ¡Qué frescura! ¡La Nave no es suya!
No, pero los humanos creen que ha venido para hablar con ellos.
— ¿Y por qué piensan eso?
Porque se creen los seres más importantes del planeta.
—Ja!
Increíble, ¿no?, dijo la Cosa.
—Todo el mundo sabe que los gnomos somos más importantes —declaró
Masklin—. Al menos, todos los gnomos lo saben... —Meditó brevemente sobre lo que
acababa de decir y sacudió la cabeza—. De modo que ése es el líder de los humanos. ¿Es
un gran sabio, o algo parecido?
No lo creo. Los humanos que lo rodean están tratando de explicarle qué es un
planeta.
— ¿No lo sabe?
Muchos humanos lo ignoran. El «Señorvicepresidente» es uno de ellos.
001010011000.
— ¿Estás hablando con la nave otra vez?
Sí. Seis segundos.
— ¿De veras viene hacia aquí...?
Si.
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GRAVEDAD: todavía no se ha comprendido por completo, pero la gravedad es
lo que hace que las cosas pequeñas, como un gnomo, se adhieran a las grandes, como
los planetas. Gracias a la CIENCIA, esto sucede tanto si uno conoce la existencia de la
gravedad como si no. Lo cual viene a demostrar que la Ciencia ocurre continuamente.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
10
Angalo miró a su alrededor.
— ¡Gurder, vamos!
Gurder se apoyó en un matojo de hierbas tratando de recobrar el aliento.
—Es inútil —dijo resollando—. ¿Qué piensas hacer? ¡No podemos enfrentarnos
solos a los humanos!
—Tenemos a Pion. Y esta hacha no está mal.
— ¡Sí, seguro que va a asustarlos! Un hacha de piedra. Si tuvieras dos, supongo
que se rendirían nada más verte.
Angalo blandió el arma hacia adelante y hacia atrás. Empuñarla le producía una
sensación reconfortante.
—Es preciso intentarlo —se limitó a decir—. Vamos, Pion. ¿Qué estás mirando?
¿Los gansos?
Pion tenía el rostro vuelto hacia el cielo.
—Ahí arriba hay un puntito —dijo Gurder, con los ojos entrecerrados.
—Será algún pájaro —murmuró Angalo.
—No parece un pájaro.
—Entonces, será un avión.
—Tampoco parece un avión.
Ahora, los tres miraban hacia arriba. Sus rostros boquiabiertos formaban un
triángulo.
Allá arriba había un punto.
—No pensarás que realmente lo ha conseguido, ¿verdad? —murmuró Angalo con
un titubeo.
Lo que momentos antes era un punto, se había convertido en un pequeño círculo
negro.
—Pero no se mueve —dijo Gurder.
—Al menos, no se desplaza de lado —añadió Angalo, sin subir el tono de voz—.
Se mueve, más bien, como si cayera.
El pequeño círculo negro de momentos antes era ahora un círculo mucho mayor, en
torno a cuyos bordes parecían apreciarse unas trazas de humo o de vapor.
—Podría ser algún fenómeno meteorológico —apuntó Angalo—. Alguna
particularidad de «Floridia», ¿no?
— ¿Ah, sí? ¿Una especie de gran pedrisco, o algo parecido? ¡Qué va! ¡Es la Nave,
que ha venido a buscarnos!
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Ya era muchísimo más grande y aún.., aún estaba lejísimos.
—Pues no me importaría que viniera a buscarnos un poco más allá —declaró
Gurder con voz trémula—. De veras, no me importaría tener que andar un poco.
—Sí —concedió Angalo, con un primer asomo de inquietud—. Más que venir,
parece que esté..., que esté...
—... cayendo —terminó la frase Gurder, volviéndose hacia su compañero—.
¿Echamos a correr?
—Será mejor intentarlo —asintió Angalo.
— ¿Hacia adonde, Angalo?
—Sigamos a Pion, ¿te parece? Él ya hace rato que ha escapado a la carrera.
Masklin hubiera sido el primero en reconocer que no estaba demasiado
familiarizado con los medios de transporte, pero lo que todos ellos parecían tener en común
era una parte frontal, que estaba delante, y una parte posterior, que quedaba detrás. El
asunto principal era que la parte frontal apuntaba en la dirección en que avanzaban.
El objeto que caía del cielo era un disco, una simple tapa unida a un fondo, con
bordes redondos en los lados. No emitía ningún ruido, pero parecía producir una impresión
tremenda a los humanos.
— ¿Es eso? —preguntó.
Sí.
— ¡Oh!
Y, en ese momento, las cosas parecieron quedar enfocadas.
No es que la Nave fuese grande; es que sus dimensiones precisaban una nueva
palabra. No era que cayese entre los finos jirones de nubes sino que, simplemente, los
apartaba de su paso. Cuando uno creía haberse hecho una cierta idea de su tamaño, alguna
nube pasaba ante el objeto y la perspectiva tenía que reacomodarse. Sí, tenía que existir
una palabra especial para una cosa tan inmensa.
— ¿Va a estrellarse? —susurró el gnomo.
La haré aterrizar en la maleza, respondió la Cosa. No quiero asustar a los
humanos.
— ¡Corre!
— ¿Qué crees que estoy haciendo?
— ¡Aún sigue encima de nuestras cabezas!
— ¡Ya corro! ¡Ya corro!
Una sombra cayó sobre los tres gnomos fugitivos.
—Viajar tan lejos y llegar a «Floridia» para terminar aplastados bajo nuestra propia
nave... —se lamentó Angalo—. Tú nunca has creído de veras que la Nave vendría,
¿verdad? ¡Bien, pues ahora vas a tener una prueba realmente contundente!
La sombra se intensificó. La vieron deslizarse por el suelo delante de ellos, gris en
los bordes y con la negrura de plena noche cerrada en el centro. De su propia noche
privada.
—Los demás aún están ahí fuera, en alguna parte —apuntó Masklin.
¡Ah, sí!, contestó la Cosa. Lo había olvidado.
— ¡Pues no deberías olvidar cosas así!
Últimamente he estado muy ocupada y no puedo pensar en todo. Sólo en casi todo.
— ¡Pues no vayas a aplastar a nadie! —insistió Masklin.
Detendré la Nave antes de que toque tierra, no te preocupes.
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Todos los humanos hablaban a la vez. Algunos habían empezado a correr hacia la
Nave que caía. Otros también corrían, pero huyendo de ella.
Masklin se arriesgó a volver la mirada hacia el rostro de Su Nieto Richard. Éste
contemplaba la Nave con una expresión extraña, extasiada.
Mientras Masklin lo contemplaba, los grandes ojos del humano se volvieron
lentamente. Después, fue la cabeza la que se volvió, y Su Nieto Richard se quedó mirando
al gnomo instalado en su hombro.
El humano lo veía por segunda vez. Y, en esta ocasión, Masklin no tenía adonde
huir.
Masklin dio unos golpecitos en la tapa de la Cosa.
— ¿Puedes hacer más lenta mi voz? —preguntó rápidamente. En la cara del
humano estaba cobrando forma una expresión de asombro.
¿Qué quieres decir?
—Que si puedes repetir lo que yo vaya diciendo, pero más despacio. Y más alto.
Para que..., para que él pueda entenderme...
¿Quieres comunicarte?¿Con un humano?
—Sí. ¿Puedes hacerlo?
¡Te aconsejo enfáticamente que no lo hagas! ¡Podría ser muy peligroso!
— ¿Comparado con qué? —replicó Masklin, apretando los puños—. ¿Comparado
con qué? ¿Más peligroso que no comunicarme? ¡Hazlo, Cosa! ¡Ahora mismo! ¡Dile..., dile
que no queremos hacer ningún daño a los humanos!
El gnomo acercó la caja hasta la oreja de Su Nieto Richard.
La Cosa empezó a hablar en el tono de voz grave y lento de los humanos. A Su
Nieto Richard se le heló la expresión.
— ¿Qué le has dicho? ¿Qué le has dicho? —inquirió Masklin.
Le he advertido que, si te hace algún daño, estallaré y le haré pedazos la cabeza,
respondió la Cosa.
— ¡No!
Sí.
— ¿Y a eso lo llamas comunicarse? Sí. Lo considero una forma de comunicación
muy eficaz.
—Pero... ¿por qué tienes que hacer una amenaza tan espantosa? Y, además...
¡nunca me has dicho que podías estallar!
No puedo, respondió la Cosa. Pero él no lo sabe. Sólo es un humano.
La Nave frenó su caída y flotó sobre la maleza hasta encontrarse con su propia
sombra. A su lado, la torre desde la que había sido lanzado el Transbordador parecía un
alfiler colocado junto a un enorme disco negro.
— ¡La has posado en el suelo y habías dicho que no lo harías! —se lamentó
Masklin.
No está en el suelo. Flota justo por encima de éste.
— ¡Pues a mí me parece perfectamente posada en el suelo!
La Nave flota por encima del suelo, te lo repito, insistió la Cosa con paciencia.
Su Nieto Richard seguía observando fijamente a Masklin. Parecía desconcertado.
— ¿Cómo hace para flotar? —preguntó Masklin.
La Cosa se lo dijo.
— ¿Qué tía? ¿Hay parientes a bordo?
Tía no. Anti.7 Anti-gravedad.
— ¡Pero no hay llamas ni humo!
Las llamas y el humo no son imprescindibles.
7 Juego de palabras intraducible entre «auntie» (tía) y «anti». (N. del t.)
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Una serie de vehículos se dirigía hacia la mole de la Nave, entre aullidos.
—Hum. ¿A qué distancia del suelo la has detenido, exactamente? —quiso saber
Masklin.
Diez centímetros. Me ha parecido suficiente con eso.
Angalo yacía con la cara contra el suelo arenoso.
Para su propia sorpresa, seguía vivo. O, al menos, si estaba muerto, aún era capaz
de pensar. Quizá sí estaba muerto, y aquél era el sitio adonde uno iba cuando terminaba su
existencia.
Y el lugar donde se encontraba era muy parecido al que había dejado atrás.
«Un momento», se dijo. Había vuelto la vista hacia aquel gran objeto que caía del
cielo hacia su cabeza y se había arrojado al suelo, pensando que en cualquier instante se
vería convertido en una simple manchita grasienta en un inmenso y profundo agujero.
No; probablemente, no había muerto. Seguro que se acordaría de una cosa tan
importante.
— ¿Gurder? —se aventuró a decir.
— ¿Eres tú? —le llegó la voz del antiguo Abad.
—Espero que sí. ¿Pion?
— ¡Pion! —respondió éste desde algún punto de la oscuridad.
Angalo se incorporó a cuatro patas.
— ¿Alguna idea de dónde estamos? —preguntó.
— ¿En la Nave? —sugirió Gurder.
—No lo creo. Aquí hay tierra, hierbas y esas cosas.
—Entonces, ¿dónde está la Nave? ¿Por qué está todo a oscuras?
Angalo se sacudió el polvo de la ropa.
—No lo sé. Quizá..., quizá nos ha perdido. Puede que nos hayamos quedado
inconscientes y que ya sea de noche...
—Distingo un poco de luz en el horizonte —dijo Gurder—. Eso no es normal,
¿verdad? No es así como se supone que son las noches.
Angalo miró a su alrededor. En efecto, se distinguía una línea de luz en la distancia.
Y también había un extraño sonido, tan mortecino que podía pasar inadvertido pero que,
una vez que se lo percibía, parecía también llenar el mundo.
Se puso en pie para tener una mejor perspectiva.
Se oyó un leve ruido sordo.
— ¡Oug!
Angalo levantó la mano y se frotó la cabeza. La mano rozó algo metálico.
Inclinándose ligeramente, se arriesgó a volver la cabeza para ver con qué se había
golpeado.
Durante unos instantes, permaneció muy pensativo. Después, empezó a decir:
—Gurder, esto te va a resultar muy difícil de creer, pero...
—Esta vez quiero que traduzcas mis palabras fielmente, ¿entendido? —dijo
Masklin a la Cosa—. ¡No intentes asustarlo!
Los humanos habían rodeado la nave. Al menos, estaban tratando de rodearla, pero
se requería un número enorme de humanos para rodear algo del tamaño de la Nave. Así
pues, sólo la estaban rodeando en algunos puntos.
Y seguían llegando más humanos en camiones, muchos de los cuales hacían sonar
sus sirenas. Su Nieto Richard se había quedado solo, mirándose el hombro con aire
Terry Pratchett La Nave
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nervioso.
—Además, estamos en deuda con él —añadió Masklin—. Hemos utilizado su
satélite. Y le robamos cosas.
Tú mismo decías que querías hacer las cosas a tu manera. Sin ayuda de los
humanos, decías, replicó la Cosa.
—Ahora, las cosas son distintas. Está la Nave. Lo hemos conseguido. Ya no
tenemos que suplicar.
¿Puedo señalar que eres tú quien está sentado en su hombro, y no él en el tuyo?
—Eso no importa —insistió Masklin—. Dile..., quiero decir, pídele que camine
hacia la Nave. Y pídeselo por favor. Y asegúrale que no queremos que nadie sufra ningún
daño. Incluido yo —añadió.
La respuesta de Su Nieto Richard pareció tardar largo rato. Pero, al fin, echó a
andar hacia la multitud congregada junto a la Nave.
— ¿Qué ha dicho? —preguntó Masklin, agarrándose con fuerza al suéter.
No lo creo, transmitió la Cosa.
— ¿Que no me cree?
También ha dicho que su abuelo siempre hablaba de la gente menuda, pero que
nunca le había creído, hasta ahora. Ha preguntado: ¿sois como los de la vieja Tienda?
Masklin se quedó boquiabierto. Su Nieto Richard lo miraba fijamente.
—Dile que sí —murmuró con voz ronca.
Muy bien, pero no creo que sea una buena idea,
La Cosa respondió con voz atronadora. Su Nieto Richard replicó con otro largo
trueno.
Dice que su abuelo hacía bromas acerca de los duendes de la Tienda. Decía que le
traían suerte.
Masklin notó en el estómago aquella horrible sensación que significaba que el
mundo estaba cambiando otra vez, justo cuando creía haberlo entendido.
— ¿Su abuelo vio alguna vez a un gnomo? —quiso saber.
Dice que no, pero que cuando su abuelo y el hermano de su abuelo estaban
empezando con la Tienda y se quedaban hasta tarde todas las noches para hacer el
trabajo de oficina, solían oír ruidos en las paredes y se decían que había duendes. Era una
especie de broma. Dice que, cuando era pequeño, su abuelo le hablaba de los duendes que
salían por la noche a jugar con los juguetes.
— ¡Pero los gnomos de la Tienda nunca han hecho cosas así! —protestó Masklin.
Yo no he dicho que esas historias fueran ciertas, replicó la Cosa.
La Nave ya estaba mucho más cerca. No parecía tener puertas ni ventanas por
ninguna parte. Era tan lisa como un huevo.
La mente de Masklin estaba hecha un lío. Siempre había creído que los humanos
eran bastante inteligentes. Al fin y al cabo, los gnomos eran muy inteligentes. Las ratas lo
eran bastante y los zorros, más o menos. Tenía que haber suficiente inteligencia esparcida
por el mundo como para que a los humanos les hubiera correspondido una parte. Pero lo
que ahora oía era otra cosa que estaba más allá de la inteligencia.
Recordó el libro titulado Los viajes de Gulliver. Había constituido una gran
sorpresa para los gnomos. Pero nunca había existido una isla de gente pequeña, de eso
estaba seguro. Era una..., una historia inventada. En la Tienda habían encontrado montones
de libros de esa clase. Y habían causado un sinfín de problemas entre los gnomos. Por
alguna razón, los humanos necesitaban cosas que no eran ciertas.
«Nunca creyeron que los gnomos existieran de verdad —se dijo—, pero lo
deseaban.»
—Dile —añadió—, dile que debo entrar en la Nave.
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Su Nieto Richard cuchicheó algo. Para Masklin, fue como escuchar una tempestad.
Dice que hay demasiada gente.
— ¿Por qué están todos esos humanos alrededor de ella? —preguntó el gnomo,
desconcertado—. ¿Cómo es que no están asustados?
La respuesta de Su Nieto Richard fue otra tormenta.
Dice que creen que unos seres de otro mundo saldrán a hablar con ellos.
— ¿Por qué?
No lo sé, reconoció la Cosa. Tal vez no quieren estar solos.
— ¡Pero ahí no hay nadie! Y la Nave es nuestra... —inició una protesta Masklin.
Se alzó un lamento y la multitud se llevó las manos a los oídos.
Aparecieron unas luces en la oscuridad de la Nave, parpadeando a lo largo del
casco en unos dibujos que corrían en una dirección y otra, para desaparecer a continuación.
Se escuchó otro lamento.
—Porque no hay nadie ahí dentro, ¿verdad? —insistió Masklin—. ¿No quedaría
encerrado algún gnomo en hibernación, o algo semejante...?
En lo alto de la nave se abrió un orificio redondo. Se escuchó un sonido silbante y
un rayo de luz roja salió disparado y prendió fuego en una extensión de matorrales a varios
cientos de metros de distancia.
Los humanos echaron a correr.
La Nave se alzó unos palmos, oscilando alarmantemente, y se deslizó un poco hacia
un lado. Luego, se elevó tan deprisa que su silueta se hizo confusa y se detuvo de golpe
sobre la multitud. Y, entonces, se puso boca abajo. Y después se sostuvo de canto durante
un rato.
Por último, volvió a descender y flotó casi a ras de suelo antes de posarse, más o
menos. Es decir, con un lado apoyado en el suelo y el otro en el aire, sin sostenerse en
nada.
La Nave habló, en voz muy alta.
Para los humanos, debió de sonar como un agudísimo parloteo. Y lo que dijo en
realidad fue:
— ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¿Esto es un micrófono? No encuentro el botón que abra
la puerta... Probemos éste...
Otro agujero, éste cuadrado, se abrió en la superficie de la Nave. Una brillante luz
azulada surgió de él.
La voz volvió a atronar el aire.
— ¡Ya lo tengo! —Se escuchó el ruido sordo, repetido y desfigurado de quien no
está seguro de que el micrófono funciona y le da unos golpecitos de prueba—. ¿Masklin,
estás ahí fuera?
— ¡Es Angalo! —exclamó Masklin—. ¡Nadie más conduce así! ¡Cosa, dile a Su
Nieto Richard que debo entrar en la Nave! Pídeselo por favor.
El humano asintió.
En torno a la base de la Nave se arremolinaban los humanos, pero la escotilla
estaba demasiado alta para que la alcanzaran.
Con Masklin colgado de él precariamente, Su Nieto Richard se abrió paso entre la
muchedumbre.
La Nave emitió un nuevo aullido.
—Esto... —se oyó la voz de Angalo, enormemente amplificada. Al parecer, estaba
discutiendo con alguien más—. No estoy muy seguro, pero tal vez este interruptor sea...
¡Pues claro que voy a pulsarlo! ¿Por qué no habría de hacerlo? Está situado al lado del
botón de la puerta, de modo que no debe de ser peligroso. ¡Escucha, cierra la boca, y...!
Una rampa plateada se extendió desde la abertura de la Nave. Parecía tener el
Terry Pratchett La Nave
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tamaño suficiente para un humano.
— ¿Lo ves? ¿Lo ves? —dijo la voz de Angalo.
— ¿Puedes hablar con Angalo, Cosa? —preguntó Masklin—. Dile que estoy aquí
fuera, intentando entrar en la Nave.
No puedo. Angalo parece estar pulsando botones al azar. Es de esperar que no
accione los que no debe.
— ¡Pensaba que podías decirle a la Nave lo que tenía que hacer!
La Cosa pareció dar un tono estupefacto a su respuesta.
Si hay algún gnomo a bordo, no puedo, respondió. No puedo decirle a la Nave que
deje de cumplir la orden que le da un gnomo. Ésta es una de las características
fundamentales de las máquinas como yo.
Su Nieto Richard se estaba abriendo paso entre la masa compacta y chillona de
humanos, pero el avance era difícil.
Masklin suspiró.
—Pídele a Su Nieto Richard que me deje en el suelo —ordenó a la Cosa, y añadió
rápidamente—: Y pídeselo por favor. Dile..., dile que me habría gustado conversar con él
un poco más.
La Cosa efectuó la traducción.
Su Nieto Richard puso cara de sorpresa. La Cosa volvió a hablar y, tras esto, el
humano alzó una de sus manos hacia el gnomo.
Si hubiera tenido que hacer una lista de los momentos más terribles de su vida,
Masklin habría colocado aquél en el número uno. El gnomo había hecho frente a los
zorros, había ayudado a conducir el Camión y había volado a lomos de un ganso, pero
ninguna de aquellas cosas había sido, ni con mucho, tan terrible como permitir que un ser
humano lo tocara. Los enormes dedos de la mano se abrieron y lo rodearon por la cintura.
Masklin cerró los ojos.
La voz resonante de Angalo volvió a atronar el aire en tono amenazador:
— ¿Masklin? ¿Masklin? Si te ha sucedido algo malo, las cosas no van a quedar
así...
Los dedos de Su Nieto Richard asieron a Masklin con mucha suavidad, como si
sostuvieran algo muy frágil. Masklin se notó transportado lentamente hasta el suelo.
Cuando abrió los ojos, lo rodeaba una jungla de piernas de humanos.
Alzó la vista hacia el enorme rostro de Su Nieto Richard y, tratando de articular con
una voz lo más grave y lenta posible, pronunció la única palabra que un gnomo decía
directamente a un humano en más de cinco mil años:
—Adiós.
A continuación, Masklin echó a correr entre el laberinto de pies.
Varios humanos con pantalones de aspecto oficial y grandes botas se hallaban al pie
de la rampa. El gnomo se escurrió entre ellos y continuó corriendo, rampa arriba.
Delante de él, una luz azulada emergía de la escotilla abierta. Mientras corría,
distinguió dos puntitos al borde de la entrada.
La rampa era larga y Masklin no había dormido desde hacía muchas horas. Deseó
haber echado alguna cabezada mientras los humanos lo estudiaban; la cama que le habían
preparado había parecido muy cómoda.
De pronto, lo único que deseaban sus piernas era llegar a algún lugar cercano y
dejarse caer allí.
Continuó avanzando hacia lo alto de la rampa con paso tambaleante y los puntitos
se convirtieron en las cabezas de Gurder y de Pion, que lo ayudaron a terminar la ascensión
y a entrar en la Nave.
Masklin volvió la cabeza y contempló el mar de rostros humanos que aparecía allá
Terry Pratchett La Nave
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abajo. Nunca hasta entonces había tenido ocasión de ver a un humano desde arriba.
Probablemente, ni siquiera lo veían. «Están esperando a esos hombrecillos verdes»,
pensó.
— ¿Te encuentras bien? —se apresuró a decir Gurder—. ¿Te han hecho algo?
—Estoy bien, estoy bien —murmuró Masklin—. Nadie me ha maltratado.
—Tienes un aspecto horrible.
—Deberíamos haber hablado con ellos, Gurder —declaró Masklin—. Nos
necesitan, ¿sabes?
— ¿Estás seguro de que te encuentras bien? —replicó Gurder, observándolo con
inquietud. Masklin sintió como si tuviera la cabeza llena de algodón en rama.
—En la Tienda, vosotros creíais en la existencia de Arnold Bros (fund. en 1905),
¿verdad? —consiguió balbucir.
—Sí —confirmó Gurder.
Masklin le dedicó una sonrisa radiante, triunfal.
— ¡Pues bien, él también creía en vosotros! ¿Qué te parece eso?
Y, tras esta revelación, Masklin se desplomó muy lentamente.
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LA NAVE: la máquina utilizada por los gnomos para abandonar la Tierra. Aún
no lo sabemos todo sobre ella, pero, como fue construida por los gnomos mediante la
CIENCIA, terminaremos descubriéndolo.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
11
La rampa se replegó, la escotilla se cerró y la Nave se elevó hasta quedar por
encima de los edificios.
Y allí permaneció mientras se ponía el sol.
Desde el suelo, los humanos probaron a comunicarse con radiantes luces de
colores, tocando ciertas melodías, y, finalmente, con mensajes hablados en todos los
idiomas terrestres conocidos.
La Nave no dio muestras de reaccionar en absoluto.
Masklin despertó.
Se encontró en una cama muy incómoda, por lo mullida. No le gustaba acostarse en
una superficie más blanda que el suelo. Los gnomos de la Tienda preferían dormir sobre
gruesos retales de moqueta, pero Masklin siempre había utilizado como lecho una plancha
de madera. Incluso el retal de tela que empleaba para cubrirse le parecía un lujo.
Se incorporó en la cama y observó la habitación. Estaba casi vacía. Sólo contenía el
lecho, una mesa y una silla.
Una mesa y una silla.
En la Tienda, los gnomos habían utilizado como muebles las cajas de cerillas y los
carretes de hilo; los que vivían en el Exterior ni siquiera habían sabido qué era un mueble.
Lo que ahora veía en la estancia era mobiliario parecido al humano, pero del
tamaño adecuado para un gnomo.
Masklin saltó de la cama y dio unos pasos por el suelo metálico hasta la puerta.
También ésta era de la medida de un gnomo. Una puerta construida por gnomos para ser
utilizada por gnomos.
La puerta daba a un pasillo, a ambos lados del cual se abrían otras. Todo aquello
producía una extraña sensación. No se observaba un asomo de suciedad, una sola mota de
polvo. Aquel lugar parecía haber permanecido absolutamente limpio durante mucho,
muchísimo tiempo.
Algo se acercó traqueteando hacia él. Era un pequeño cubo negro, bastante
parecido a la Cosa, montado sobre unas ruedecillas. En la parte frontal, un pequeño cepillo
redondo giraba lentamente, barriendo el polvo hacia una ranura. Al menos, eso habría
hecho de haber encontrado polvo alguno que barrer. Masklin se preguntó cuántas veces
habría limpiado concienzudamente aquel pasillo mientras aguardaba el regreso de los
gnomos...
El cubo chocó con su pie, le pidió paso con unos pitidos, y, a continuación, se alejó
Terry Pratchett La Nave
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en dirección contraría. El gnomo lo siguió.
Al cabo de un rato, pasó ante otro dado. Éste se desplazaba por el techo con un leve
traqueteo, procediendo a la limpieza.
Dobló un ángulo del pasillo y casi tropezó con Gurder.
— ¡Ya has despertado!
—Sí —dijo Masklin—. Eh..., estamos en la Nave, ¿verdad?
—Es asombroso... —empezó a decir Gurder. Tenía una mirada muy agitada y
llevaba el cabello revuelto en todas direcciones.
—Estoy seguro de ello —asintió Masklin con voz tranquilizadora.
—Pero están todas esas... y ese gran... y los inmensos... No imaginarías nunca lo
amplios que son... ¡Y hay tantísimo...!
Gurder dejó las frases a medio terminar, como si tuviera que aprender nuevas
palabras para describir las cosas.
— ¡Es demasiado grande! —consiguió balbucir—. ¡Vamos!
Asiendo del brazo a Masklin, obligó a éste a apresurar el paso por el corredor.
— ¿Cómo habéis hecho para entrar en la Nave? —quiso saber Masklin, tratando de
sostenerse en pie.
— ¡Ha sido asombroso! Angalo ha tocado esa cosa, el panel, y de pronto se ha
deslizado a un lado y nos hemos encontrado dentro. Había una especie de ascensor que nos
ha traído a la sala grande del sillón, y Angalo se ha instalado en ella y todas esas luces se
han encendido y él ha empezado a pulsar botones y a mover cosas.
— ¿Y tú? ¿No has intentado impedírselo?
Gurder puso los ojos en blanco.
—Ya sabes cómo es Angalo con las máquinas —respondió—. Pero la Cosa está
intentando que sea razonable. De lo contrario, ya estaríamos chocando con alguna estrella
—añadió con aire sombrío.
El Abad lo hizo pasar bajo otro arco para salir a...
Bueno, tenía que ser una estancia. Se encontraba en el interior de la Nave. Menos
mal que estaba seguro de ello, se dijo Masklin, pues de lo contrario habría pensado que
estaba en el Exterior. Aquel lugar se extendía ante él, grande al menos como un
departamento de la Tienda.
Enormes pantallas y paneles de aspecto complicado cubrían las paredes. La
mayoría de ellos estaban apagados. Una penumbra salpicada de sombras más densas se
extendía en todas direcciones, salvo un pequeño charco de luz en el centro mismo de la
estancia.
La luz iluminaba a Angalo, casi perdido en el gran sillón acolchado. Delante de él
estaba la Cosa, sobre un tablero metálico inclinado y tachonado de interruptores. Era
evidente que el gnomo había tenido una discusión con el pequeño cubo negro, pues,
cuando Masklin se acercó,
Angalo le dirigió una mirada furibunda y exclamó:
— ¡Se niega a hacer lo que le digo!
La Cosa se mostró en ese momento lo más pequeña, negra y cúbica que pudo.
Quiere pilotar la Nave, explicó.
— ¡Tú eres una máquina! ¡Tienes que hacer lo que te ordenan! —replicó Angalo.
¡Soy una máquina inteligente y no quiero terminar aplastada en el fondo de un
hoyo!, declaró la Cosa. Tú aún no puedes pilotar la Nave.
— ¿Cómo lo sabes? ¡No me quieres dejar probarlo, eso es todo! Al fin y al cabo,
conduje el Camión, ¿no? Y no fue culpa mía que se pusieran en medio del camino aquellos
árboles y las farolas —añadió cuando advirtió que Masklin lo miraba fijamente.
—Supongo que llevar la Nave es más difícil —terció Masklin.
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—Pero cada vez sé un poco más —insistió Angalo—. Es fácil. Cada botón lleva
debajo un pequeño grabado. Mira...
Pulsó uno de los botones y se iluminó una gran pantalla, en la que se veía a la
multitud congregada en torno a la nave.
—Llevan muchísimo tiempo esperando ahí fuera —dijo Gurder.
— ¿Qué querrán? —preguntó Angalo.
—A mí no me preguntes —respondió el Abad—. ¿Quién sabe qué quieren los
humanos?
Masklin observó la muchedumbre reunida bajo la Nave.
—Han probado mil y una cosas —le informó Angalo—. Luces centelleantes y
música y cosas así. Incluso la radio, dice la Cosa.
— ¿No habéis intentado contestar?
—No. No tenemos nada que decir. —Angalo dio unos golpecitos a la Cosa con los
nudillos—. Muy bien, doña Lista, si no me encargo yo de conducir, ¿quién lo hará?
Yo.
— ¿Cómo?
Hay una. ranura junto al asiento.
—Ya la veo. Tiene el mismo tamaño que tú.
Colócame en ella.
Angalo se encogió de hombros y levantó la Cosa del tablero. Al insertarla en la
ranura, encajó en ella hasta mostrar sólo la cara superior.
—Eh... ¿y yo? —dijo Angalo, dubitativo—. ¿No podría hacer algo? Encargarme de
los limpiaparabrisas, o algo así... Me sentiría un completo inútil, aquí sentado sin hacer
nada.
La Cosa no pareció escucharlo. Sus luces parpadearon un instante, como si
estuviera desentumeciéndose, a su manera mecánica. Luego, en una voz mucho más
profunda de la que había usado nunca hasta entonces, declaró:
YA ESTÁ.
Por toda la Nave empezaron a encenderse luces, que se extendían desde la Cosa
como una ola: los paneles se iluminaron como pequeños cielos llenos de estrellas, las
grandes lámparas del techo cobraron vida con un parpadeo, se escucharon unos lejanos
ruidos sordos y unos zumbidos al desperezarse la electricidad, y el aire empezó a oler a
tormenta de rayos y truenos.
— ¡Es como la Tienda en la Campaña de Navidad! —exclamó Gurder.
TODOS LOS SISTEMAS EN FUNCIONAMIENTO, anunció la Cosa. INDICAR
DESTINO.
— ¿Qué? —dijo Masklin—. Y no grites.
¿Adonde vamos?, preguntó la Cosa. Tenéis que indicar el punto de destino.
—Sí, claro. Vamos a la cantera, eso es.
¿Dónde está?
—Está... —Masklin movió el brazo en un gesto impreciso—. Bueno, está hacia
allá, en alguna parte.
¿En qué dirección?
— ¿Cómo voy a saberlo? ¿Cuántas direcciones hay?
—Cosa, ¿nos estás diciendo que no conoces el camino de vuelta a la cantera? —
inquirió Gurder.
Exacto.
— ¿Nos hemos perdido?
No. Sé perfectamente en qué planeta estamos, replicó la Cosa.
—No podemos habernos perdido —intervino Gurder—. Sabemos perfectamente
Terry Pratchett La Nave
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dónde estamos: aquí. Lo que no sabemos es dónde están los demás sitios.
— ¿No podrías encontrar la cantera si nos eleváramos lo suficiente? —propuso
Angalo—. Si asciendes lo suficiente, deberías poder verla.
Muy bien.
— ¿Puedo hacerlo yo? —suplicó Angalo—. ¡Por favor...!
Pulsa el pedal de la izquierda y, a continuación, tira de la palanca verde, concedió
la Cosa.
Más que un ruido, hubo un cambio en el tipo de silencio. A Masklin le pareció
sentirse muy pesado durante un momento, pero la sensación pasó pronto.
La imagen de la pantalla se hizo más pequeña.
—Bien, esto es lo que yo llamo volar de verdad —murmuró Angalo, feliz—. Sin
ruidos y sin ese estúpido aleteo.
—Por cierto, ¿dónde está Pion? —preguntó Masklin.
—Está deambulando por ahí —contestó Gurder—. Creo que iba a buscar algo que
comer.
— ¿Comida en una máquina en la que no ha habido ningún gnomo en quince mil
años?
Gurder se encogió de hombros y respondió:
—Bueno, quizás haya algo en un rincón de alguna alacena. Querría comentar una
cosa contigo, Masklin.
— ¿Sí?
Gurder se le acercó un poco más y echó una mirada furtiva a Angalo, que seguía
recostado en el asiento de control con una expresión de soñadora satisfacción. Bajando el
tono de voz, dijo:
—No deberíamos estar haciendo esto. Sé que es horrible decirlo, después de todo lo
que hemos pasado, pero esta Nave no es sólo nuestra. Pertenece a todos los gnomos del
mundo.
Gurder pareció aliviado al observar que Masklin asentía.
—Hace un año, ni siquiera hubieras creído que existían más gnomos en ninguna
parte —fue la respuesta de éste. Gurder pareció avergonzado.
—Sí, bien..., eso era entonces. Ahora es ahora, y ya no sé ni qué creo. Sólo sé que
puede haber miles de gnomos ahí fuera, de los que no tenemos noticia. ¡Incluso podría
haber otros gnomos viviendo en Tiendas! Nosotros sólo somos los afortunados
depositarios de la Cosa, y, si nos vamos con la Nave, a los demás no les quedará ninguna
esperanza.
—Lo sé, lo sé —dijo Masklin, abrumado—. Pero, ¿qué podemos hacer? Nosotros
necesitamos la Nave precisamente ahora. De todos modos, ¿cómo podríamos encontrar a
esos otros gnomos?
— ¡Tenemos la Nave!
Masklin señaló la pantalla, donde el paisaje se estaba ampliando y cubriéndose de
bruma.
—Tardaríamos toda la vida en encontrar a los gnomos ahí abajo. Ni siquiera con la
Nave podríamos. Tendríamos que buscarlos en el suelo, porque los gnomos viven ocultos.
Vosotros, en la Tienda, no conocíais la existencia de mi pueblo y sólo vivíamos a unos
kilómetros de distancia. Sólo por casualidad encontramos al pueblo de Pion. Además... —
Masklin no pudo evitar aguijonear un tanto a Gurder—, además existe otro problema
mayor. Ya sabes cómo somos los gnomos. Probablemente, esos otros grupos de gnomos ni
siquiera creerían en la Nave.
Lamentó de inmediato haber hecho aquel comentario. Gurder parecía más
desgraciado que nunca.
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—Es cierto —asintió el Abad—. Yo mismo no lo hubiera creído. Ni siquiera estoy
seguro de creerlo ahora, y estoy montado en ella...
—Tal vez, cuando hayamos encontrado un lugar donde vivir, podremos enviar de
vuelta la Nave para que recoja a todos los demás gnomos que podamos encontrar —
aventuró Masklin—. Estoy seguro de que a Angalo le gustaría hacerlo.
Gurder empezó a mover los hombros convulsivamente. Por un instante, Masklin
pensó que el gnomo se estaba riendo, pero luego vio rodar unas lágrimas por el rostro del
Abad.
—Hum —murmuró, sin saber qué más decir.
Gurder apartó la cara.
—Lo siento —balbuceó—. Es sólo que hay tantos... cambios... ¿Por qué no se
quedan las cosas como están, aunque sólo sea cinco minutos? Cada vez que consigo
entender una idea, se transforma de pronto en otra cosa distinta y me siento un estúpido.
¡Lo único que quiero es algo real en que creer! ¿Qué hay de malo en eso?
—Me parece que tienes que tener una mente flexible —apuntó Masklin, pero en el
mismo momento de pronunciarlas se dio cuenta de que sus palabras no iban a ser de gran
ayuda.
— ¿Flexible? ¿Flexible, dices? ¡Tengo una mente tan flexible que podría sacármela
por los oídos y atármela bajo la barbilla! —soltó Gurder—. ¡Y no me ha servido de mucho
tenerla, déjame decírtelo! ¡Mejor habría hecho limitándome a creer todo lo que me
enseñaron cuando era joven! ¡Al menos, sólo me habría equivocado una vez! ¡De esta
manera, me estoy equivocando continuamente!
Tras esto, Gurder se alejó por uno de los pasillos con enérgicas zancadas.
Masklin lo vio alejarse. No era la primera vez que deseaba creer en algo con la
misma intensidad que creía Gurder, para así poder quejarse a ello por la vida que llevaba.
Deseó estar de vuelta en casa; sí, aunque fuera volver a la madriguera junto a la autopista.
Allí no se estaba tan mal, aparte de pasar frío y mojarse y correr peligro constante de ser
devorado. Al menos, allí habría estado con Grimma. Habrían padecido juntos el frío y el
hambre y la humedad. No se sentiría tan solo...
Notó un movimiento cerca de él. Resultó ser Pion, que venía con una bandeja de
algo que debía de ser... fruta, decidió finalmente. Dejó para otro momento la sensación de
soledad y advirtió que el hambre había estado aguardando una oportunidad para
manifestarse. Nunca había visto fruta de aquella forma y color.
Tomó una rodaja de la bandeja que le ofrecía Pion. Sabía a limón y a nueces.
—Se conserva bien, considerando el tiempo transcurrido —comentó con un hilo de
voz—. ¿De dónde la has sacado?
Resultó proceder de una máquina situada en un pasillo cercano. Parecía bastante
sencillo. Había cientos de imágenes de distintos tipos de comida. Cuando uno tocaba una
de las imágenes, se producía un breve zumbido y la comida caía en la bandeja por una
ranura. Masklin probó varios grabados al azar y obtuvo diferentes tipos de fruta, una
verdura larga y fina y un pedazo de carne cuyo sabor recordaba el salmón ahumado.
— ¿Cómo lo hará? —se preguntó en voz alta.
Otra voz procedente de la pared le respondió:
¿Entenderías algo si te hablo de desintegración y reconstrucción moleculares de
una amplia gama de materias primas?
—No —reconoció Masklin en una muestra de sinceridad.
Entonces, digamos que se consigne mediante la Ciencia.
— ¡Ah! Bueno, entonces está bien. Eres tú, Cosa, ¿verdad?
Sí.
Sin dejar de mascar aquella carne—pescado, Masklin se dirigió a la sala de control
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y ofreció parte de la comida a Angalo. La gran pantalla no mostraba otra cosa que nubes.
—Con todo esto, no se verá la cantera —comentó el gnomo. Tiró ligeramente de
una de las palancas y experimentaron de nuevo la breve sensación de pesar más.
Contemplaron la pantalla.
— ¡Guau! —exclamó Angalo.
—Esto me suena familiar —murmuró Masklin. Se palpó la ropa hasta encontrar el
mapa, doblado y arrugado, que había llevado consigo desde la Tienda.
Lo desplegó y lo comparó con la imagen de la pantalla. Ésta mostraba un disco
compuesto, principalmente, de diversos tonos de azul y vaporosos trazos de nubes.
— ¿Tienes alguna idea de qué es? —preguntó Angalo.
—No, pero sé cómo se llaman algunas partes. Ésa que tiene la parte superior gruesa
y el extremo de abajo muy delgado se llama América del Sur. Fíjate, es igual que en el
mapa, sólo que debería tener escritas encima las palabras «América del Sur».
—De todos modos, sigo sin ver la cantera.
Masklin observó la imagen que tenían delante. América del Sur. Grimma había
mencionado América del Sur, ¿verdad? Allí era donde las ranas vivían en flores. Grimma
había dicho que, cuando una se enteraba de que hay cosas como unas ranas que viven en
flores, nunca más volvía a ser la misma persona.
Masklin empezaba a entender a qué se refería.
—De momento, no te preocupes por la cantera —declaró—. La cantera puede
esperar.
Deberíamos llegar allí lo antes posible, por el bien de todos, replicó la Cosa.
Masklin meditó un rato sus palabras. Era cierto, tenía que reconocerlo. Allá, en la
cantera, podían estar sucediendo toda clase de cosas. Tenía que llevar la Nave allí
rápidamente, por el bien de todos.
Y luego pensó: «He pasado mucho tiempo haciendo las cosas por el bien de los
demás. Por una sola vez, voy a hacer algo para mí mismo. No creo que podamos encontrar
más gnomos con esta Nave, pero al menos sé dónde buscar ranas.»
—Cosa —dijo, pues—, llévanos a América del Sur. Y no discutas.
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RANAS: hay gente que considera importante saber cosas de las ranas. Son
pequeñas y verdes, o amarillas, y tienen cuatro patas. Croan. Las ranas jóvenes son
renacuajos. En mi opinión, esto es todo lo que hay que saber de las ranas.
De Una enciclopedia científica
para el joven gnomo curioso,
por Angalo de Mercería
12
Busca un planeta azul...
Enfoca.
Esto es un planeta. La mayor parte de él está cubierta de agua, pero, aun así, se
llama Tierra.
Busca un país.
Enfoca..
... azules y verdes y pardos bajo el sol, y largos jirones de nubes de lluvia
desgarradas por las montañas...
Enfoca.
... una montaña, verde y húmeda, y en ella...
Enfoca.
... un árbol envuelto en musgo y cubierto de flores y...
Enfoca.
... una flor con un pequeño charco en su centro. Es una bromelia epífita.
Sus hojas, aunque sean pétalos, apenas se mueven cuando tres ranitas minúsculas y
muy doradas asoman la cabeza y miran con asombro el agua fresca y clara. Dos de ellas
miran a su líder, esperando que diga algo acorde con lo histórico del momento.
Algo que va a ser: «.-.-. mipmip .-.-.».
Y, a continuación, las ranitas se deslizan por la hoja hasta el agua.
Aunque las ranas saben distinguir entre el día y la noche, no tienen muy clara la
idea general del Tiempo. Saben que unas cosas suceden si existe algo que impide que todas
las cosas sucedan al mismo tiempo, pero eso es lo máximo que pueden aproximarse a la
idea.
Por eso es difícil decir, desde el punto de vista de una rana, cuánto tiempo pasó
hasta que una extraña noche sobrevino en mitad del día...
Una amplia sombra negra cubrió la copa de los árboles y se detuvo sobre ellas. Al
cabo de un rato, se oyeron voces. Las ranas las escucharon aunque no sabían qué
significaban, ni qué eran. No sonaban como las voces a que las ranitas estaban habituadas.
Lo que oyeron las ranas fue esto:
— ¿Cuántas montañas hay, además? ¡Es ridículo, quiero decir! ¿Quién necesita
tantas montañas? Yo llamo a esto ineficacia. Con una habría bastado. Si veo una montaña
más, me volveré loco. ¿Cuántas más tendremos que explorar?
—A mí me gustan.
—Y algunos árboles no tienen la altura debida.
—Los árboles también me gustan, Gurder.
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—Y no me fío de que Angalo sepa pilotar la Nave.
—Pues a mí me parece que cada vez lo hace mejor, Gurder.
—En fin —insistió éste—, sólo espero que no aparezcan, más aviones volando a
nuestro alrededor, eso es todo.
Gurder y Masklin colgaban de una tosca cesta confeccionada con fragmentos de
metal y alambre, suspendida de un orificio cuadrangular abierto bajo la Nave.
Aún quedaban enormes salas de ésta que los gnomos todavía no habían explorado.
Por todas partes había extrañas máquinas. La Cosa había dicho que la Nave había sido
utilizada para realizar exploraciones.
Masklin no confiaba aún por completo en todo aquello. Probablemente, habría
encontrado máquinas adecuadas para hacer descender la cesta y para recuperarla luego con
facilidad, pero había preferido atar el cable en torno a una columna del interior de la Nave,
y, con la ayuda de Pion desde dentro, descender e izarse en la cesta empleando sólo la
fuerza de los músculos.
La cesta se bamboleó suavemente sobre la rama del árbol.
El problema era que los humanos no los dejaban en paz. Apenas localizaban una
montaña de aspecto prometedor, aviones y helicópteros empezaban a zumbar en torno a la
Nave como insectos alrededor de un águila. Su presencia resultaba perturbadora.
Masklin contempló la rama. Gurder tenía razón, se dijo. Aquélla tenía que ser la
última montaña.
Pero era evidente que allí había flores.
Se arrastró por la rama hasta alcanzar la más próxima. Medía tres veces la estatura
de un gnomo. Encontró un asidero y se encaramó a la flor.
En su centro había un charco de agua. Y, desde él, seis ojillos amarillos lo
contemplaron.
Masklin les devolvió la mirada.
De modo que era cierto, después de todo...
Se preguntó si habría algo que pudiera decirles, si habría algo que pudieran
entender.
Era una rama muy larga y muy gruesa, pero en la Nave había herramientas y cosas
así. Podían tirar nuevos cables para sujetar e izarla, una vez cortada. Les llevaría algún
tiempo, pero tanto daba. Se trataba de un asunto muy importante.
La Cosa les había explicado que había maneras de cultivar plantas bajo unas luces
del mismo color que el sol, en macetas llenas de una especie de caldo que ayudaba a crecer
a las plantas. Mantener con vida una rama tenía que ser sencillísimo. Lo más sencillo... del
mundo.
Si lo hacían con cuidado y con suavidad, las ranas no se enterarían de lo sucedido.
Si el mundo hubiera sido una bañera, el avance de la Nave habría sido como el
jabón, siempre disparado de un sitio a otro y siempre en el sitio donde nadie lo esperaba.
Uno podía saber dónde había estado momentos antes la Nave, gracias a los aviones y
helicópteros que despegaban a toda prisa.
O podía compararse a la bola de una ruleta, que rebotaba de un lado a otro en busca
del número adecuado...
O tal vez, simplemente, se había perdido.
Siguieron buscando toda la noche. Si realmente existía una noche, cosa difícil de
concretar. La Cosa intentó explicar que la Nave viajaba más deprisa que el sol, aunque
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éste, en realidad, permanecía quieto. En unas partes del mundo era de noche, mientras en
otras partes era de día. Todo un ejemplo de mala organización, según Gurder.
—En la Tienda —decía— siempre era de noche cuando le tocaba. Aunque sólo
fuera algo construido por los humanos —añadió. Era la primera vez que lo oían admitir
que la Tienda fuera obra de los humanos.
No parecía haber ningún lugar conocido.
Masklin se frotó la barbilla.
—La Tienda estaba en un lugar llamado Blackbury —explicó—. De eso estoy
seguro. Así pues, la cantera no debería estar muy lejos de ahí.
Angalo agitó la mano en dirección a las pantallas con gesto irritado.
—Sí —protestó—, pero esto no es como el mapa. ¡Aquí no hay nombres escritos
sobre los lugares! ¡Es ridículo! ¿Cómo puede saber nadie dónde está ningún sitio?
—De acuerdo, Angalo —concedió Masklin—, pero no vuelvas a descender como
antes para intentar leer las indicaciones de las señales de tráfico. Cada vez que lo haces, los
humanos salen a las calles despavoridos y captamos un montón de gritos por la radio.
Exacto, intervino la Cosa. Los humanos suelen mostrarse tremendamente inquietos
cuando ven que una nave estelar de diez millones de toneladas intenta posarse en plena
calle.
—La última vez lo he hecho con muchísimo cuidado —replicó Angalo con
terquedad—. Incluso me he detenido cuando el semáforo estaba rojo. No veo a qué viene
tanto alboroto. Además, supongo que habréis visto cómo todos esos coches y camiones
empezaban a estrellarse unos contra otros. ¡Y aún me llamaréis mal conductor!
Gurder se volvió hacia Pion, que estaba aprendiendo rápidamente el idioma de sus
compañeros de expedición. Los gnomos de los gansos tenían una gran facilidad para los
idiomas, pues estaban acostumbrados a encontrarse con otros grupos que hablaban lenguas
diferentes.
—Vuestros gansos no se perdían nunca —dijo—. ¿Cómo lo conseguían?
—Sencillamente, no se perdían —respondió Pion—. Siempre sabían adonde iban.
—No es una cosa extraordinaria, entre animales —apuntó Masklin—. Estos poseen
algo llamado instinto. Es como conocer cosas sin saber que las conoces.
— ¿Cómo es que la Cosa no sabe adonde ir? —preguntó Gurder—. Si fue capaz de
encontrar «Floridia», no debería tener problemas en localizar un sitio realmente importante
como Blackbury.
No encuentro ningún mensaje de radio referido a Blackbury. En cambio, hay
muchos acerca de Florida, informó la Cosa.
—Al menos, aterriza en alguna parte —apuntó Gurder. Angalo pulsó un par de
botones.
—Ahora mismo, debajo de nosotros sólo hay mar —explicó—. Y... ¿qué será eso?
Debajo de la Nave, a gran distancia, algo blanco y delgado asomó sobre las nubes.
—Podrían ser gansos —aventuró Pion.
—Yo... no lo creo... —respondió Angalo cuidadosamente, al tiempo que hacía girar
un tirador—. Cada vez domino mejor todo esto —añadió.
La imagen de la pantalla parpadeó un poco y luego se amplió.
Un dardo blanco se deslizaba por el cielo.
— ¿Es el Concorde? —preguntó Gurder.
—Sí —respondió Angalo.
—Va un poco lento, ¿verdad?
—Sólo en comparación con nosotros.
—Síguelo —indicó Masklin.
—Pero si no sabemos adonde va —protestó Angalo con un tono de voz cargado de
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sensatez.
—Yo, sí —respondió Masklin—. Cuando estábamos a bordo del Concorde, echaste
un vistazo por la ventana e íbamos hacia el sol, ¿verdad?
—Sí. Se estaba poniendo —asintió Angalo—. ¿Y bien?
—Ahora es por la mañana y el Concorde vuelve a volar hacia el sol —indicó
Masklin.
— ¿Y bien? ¿Qué significa esto?
—Significa que vuelve a casa.
Angalo se mordió el labio mientras meditaba sobre lo que acababa de oír.
—No entiendo por qué el sol tiene que salir y ponerse por sitios distintos —
comentó Gurder, que se había negado incluso a intentar comprender los rudimentos de la
astrología.
—Volver a casa... —murmuró Angalo, sin hacerle caso—. Está bien. Ya lo
entiendo. De modo que vamos a seguirlo, ¿no es eso?
—Sí.
Angalo pasó la mano por los controles de la Nave.
—De acuerdo. Allá vamos —dijo—. Supongo que los conductores del Concorde se
alegrarán de tener compañía aquí arriba.
La Nave se colocó a la altura del avión.
—Está desviándose mucho —informó Angalo—. Y empieza a ir más deprisa,
también.
—Me parece que les preocupa la presencia de la Nave —sugirió Masklin.
—No entiendo por qué. No lo entiendo en absoluto. Lo único que pretendemos es
seguirlos —dijo Angalo.
—Ojalá tuviéramos ventanas de verdad —intervino Gurder con aire apenado—. Así
podríamos saludarlos agitando la mano.
— ¿Es que los humanos no han visto nunca una Nave como ésta? —preguntó
Angalo a la Cosa.
No. Pero han inventado historias sobre naves parecidas, procedentes de otros
mundos.
—Sí, es muy propio de ellos —murmuró Masklin, medio para sí—. Es
precisamente lo que cabría esperar de los humanos.
A veces dicen que en esas naves viaja gente amistosa...
—Nosotros, por ejemplo —apuntó Angalo.
...y otras veces dicen que las naves contienen monstruos de largos tentáculos
ondulantes y enormes dientes.
Los gnomos se miraron entre ellos.
Gurder volvió la mirada por encima del hombro en gesto aprensivo. De inmediato,
todos escrutaron los pasadizos que salían de la sala de control en todas direcciones.
— ¿Como los caimanes? —apuntó Masklin.
Peores.
—Eh... —murmuró Gurder—, ¿seguro que hemos mirado en todas las estancias,
verdad?
—Tranquilízate, Gurder. Son historias inventadas por los humanos. No son reales
—insistió Masklin.
— ¿Quién querría inventar cosas así?
—Los humanos —afirmó Masklin.
— ¡Ah! —contestó Angalo, tratando de volverse en el asiento con disimulo por si
alguna criatura con tentáculos y dientes pretendía acercarse a él sigilosamente—. Sigo sin
entender por qué.
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—Me parece que yo sí lo entiendo. He estado pensando mucho en los humanos.
— ¿No puede la Cosa enviar un mensaje a los conductores del Concorde? —sugirió
Gurder—. Algo así como: «No os preocupéis; os garantizamos que no tenemos dientes ni
tentáculos».
—Lo más probable es que no nos creyeran —contestó Angalo—. Si yo tuviera
dientes y tentáculos por todas partes, ése sería precisamente el mensaje que enviaría. Sería
lo más astuto.
El Concorde emitió un gemido en lo más alto del cielo, batiendo el récord
trasatlántico. La Nave se deslizó detrás de él.
—Me parece —apuntó Angalo, observando el avión— que los humanos apenas son
lo bastante inteligentes como para estar chiflados.
—Pues yo —replicó Masklin— creo que tal vez son lo bastante inteligentes como
para querer estar solos.
El avión tomó tierra con un chirrido de los neumáticos. Varios coches de bomberos
corrieron por las pistas del aeropuerto, seguidos de otros vehículos.
La gran Nave negra pasó sobre ellos, giró en el cielo como un disco playero y
aminoró la velocidad.
— ¡Ahí está el embalse! —exclamó Gurder—. ¡Justo debajo de nosotros! ¡Y la vía
del ferrocarril! ¡Y eso es la cantera! ¡Sigue ahí!
—Pues claro que sigue ahí, idiota —murmuró Angalo mientras dirigía la Nave
hacia las montañas, que aparecían moteadas de nieve.
—Una parte, al menos —precisó Masklin.
Sobre la cantera se elevaba un penacho de humo negro. Cuando se aproximaron,
vieron que se alzaba de un camión en llamas. Había más camiones alrededor, y también
varios humanos que echaron a correr cuando vieron la sombra de la Nave.
—Solitaria, ¿eh? —masculló Angalo—. ¡Si le han hecho daño a un solo gnomo,
desearán no haber nacido!
—Si le han hecho daño a algún gnomo, desearán que yo no hubiera nacido —lo
rectificó Masklin—. Pero no creo que quede ninguno de los nuestros ahí abajo. Seguro que
no se habrán quedado, si han visto llegar a los humanos. ¿Y quién le prendería fuego al
camión?
— ¡Yay! —exclamó Angalo, agitando el puño en alto.
Masklin estudió el terreno que tenía debajo de él. Por alguna razón, no lograba
imaginarse a gente como Grimma y Dorcas encogida en agujeros, esperando a que los
humanos se adueñaran del lugar. Los camiones no se prendían fuego a sí mismos. Un par
de edificios parecían haber sufrido daños, también. Los humanos no harían algo semejante,
¿verdad?
Contempló el campo contiguo a la cantera. La verja había sido derribada y un par
de anchas roderas partían de ella entre el barro y la nieve semifundida.
—Creo que han escapado en otro camión —apuntó.
— ¿Qué significa ese "¡yay!"? —preguntó Gurder, algo rezagado en la
conversación.
— ¿A través de los campos? —dijo Angalo—. Se quedaría atascado, ¿no crees?
Masklin movió la cabeza en gesto de negativa. Tal vez incluso los gnomos tenían
instintos.
—Sigue esas huellas —indicó en tono imperioso—. ¡Y hazlo deprisa!
— ¿Deprisa? ¿Deprisa? ¿Sabes lo difícil que resulta hacer avanzar la Nave
despacio? —Angalo rozó una palanca y la Nave avanzó ladera arriba, conteniendo a duras
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penas su potencia.
Masklin recordó que ya había subido allí, a pie, meses atrás. Era difícil de creer.
La parte superior de las montañas era completamente plana y formaba una especie
de meseta, desde la cual se dominaba el aeropuerto. Contemplaron el campo donde habían
crecido las patatas, la zona de matorrales donde habían cazado y el bosque donde habían
matado a un zorro por comerse a un gnomo.
Y allí..., allí abajo se distinguía un objeto pequeño, amarillo, que avanzaba sobre
ruedas por los campos.
Angalo alargó el cuello.
—Parece algún tipo de máquina —reconoció, buscando a tientas las palancas sin
apartar los ojos de la pantalla—. Pero de una especie muy rara.
En las carreteras próximas había otros vehículos en movimiento, con luces
centelleantes sobre el techo.
—Esos coches lo están persiguiendo, ¿verdad? —inquirió el piloto de la Nave.
—Tal vez quieren hablar con el que huye acerca de ese camión en llamas —apuntó
Masklin—. ¿Puedes llegar hasta él antes que ellos?
Angalo entrecerró los ojos.
—Escucha —le replicó—, estoy seguro de que llegaríamos antes, incluso si
viajáramos vía «Floridia».
Buscó otra palanca y le dio un leve toque.
Se produjo un ligerísimo parpadeo en el paisaje y el vehículo quedó justo delante
de la Nave.
— ¿Lo ves? —comentó Angalo.
—Acércate más —insistió Masklin. Angalo pulsó un botón.
— ¿Ves?, la pantalla te muestra lo que hay debajo de... —empezó a decir.
— ¡Está lleno de gnomos! —exclamó Gurder.
— ¡Sí¡ ¡Y los coches se están retirando! —gritó Angalo—. ¡Esto es, huid! ¡De lo
contrario, os caerán encima unas cosas llenas de dientes y de tentáculos!
—Mientras los gnomos no piensen lo mismo... —replicó Gurder—. Masklin, ¿tú
crees que...?
Una vez más, Masklin había desaparecido.
«Debería haber pensado antes en esto», se dijo Masklin.
El fragmento de rama medía treinta veces la estatura de un gnomo. La habían
mantenido bajo las luces y parecía crecer perfectamente, con un extremo en un recipiente
de agua especial para plantas. Los gnomos que ocupaban la Nave antiguamente habían, sin
duda, cultivado muchas plantas por aquel sistema.
Pion lo ayudó a arrastrar el recipiente hacia la escotilla. Las ranitas observaron a
Masklin con interés.
Cuando la hubieron colocado lo mejor que podían, Masklin pulsó el botón de
apertura. La escotilla no era de las que se deslizaban a un lado. Los antiguos gnomos la
habían utilizado como una especie de ascensor, aunque sin cables: la plataforma descendía
y ascendía gracias a una fuerza misteriosa como la «tía—grave» o como quiera que se
dijese.
La plataforma inició el descenso. Masklin miró hacia abajo y vio que el vehículo
amarillo se detenía. Cuando se incorporó, descubrió que Pion lo observaba con expresión
de desconcierto.
— ¿La flor es un mensaje? —chapurreó el muchacho.
—Sí. Más o menos.
— ¿No usarás palabras?
—No —dijo Masklin.
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— ¿Por qué no?
Masklin se encogió de hombros.
—No sé cómo explicárselo.
La historia casi termina aquí...
Pero no debemos dejarla todavía.
Los gnomos invadieron toda la Nave. Si de verdad hubiera habido en ella algún
monstruo con dientes y tentáculos, sin duda habría sido derrotado por los gnomos por pura
superioridad numérica.
Jóvenes gnomos llenaron la sala de control, donde se dedicaron afanosamente a
intentar pulsar botones. Dorcas y sus aprendices de mecánico habían desaparecido en busca
de los motores de la Nave. Voces y risas resonaban por los grises corredores.
Masklin y Grimma se sentaron a solas, contemplando las ranitas en la flor.
—Tenía que comprobar si era cierto —explicó Masklin.
—Es lo más maravilloso del mundo —afirmó Grimma.
—No. Creo que debe de haber otras cosas aún más maravillosas en el mundo —
dijo Masklin—. Pero es muy bonito, de todos modos.
Grimma le contó los acontecimientos de la cantera: la lucha con los humanos y el
robo de Jekub, la excavadora, para escapar. Los ojos le brillaban cuando narraba el
enfrentamiento con los humanos. Masklin la contempló, boquiabierto de admiración.
Estaba sucia de barro, pero ardía por dentro con una energía tal que parecía a punto de
irradiar chispas. «Menos mal que hemos llegado a tiempo —pensó—. Los humanos
deberían estarme agradecidos.»
— ¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Grimma.
—No lo sé —respondió Masklin—. Según la Cosa, ahí fuera hay otros mundos
habitados por gnomos. Sólo por gnomos, quiero decir. O podemos buscarnos uno sólo para
nosotros.
— ¿Sabes una cosa? —preguntó Grimma—. Creo que los gnomos de la Tienda
serían más felices quedándose en la Nave. Es como la Tienda; por eso les gusta tanto. Todo
el Exterior queda fuera.
—Entonces, será mejor que me asegure de que siguen recordando que existe un
Exterior. Es el trabajo que me toca, supongo. Y, cuando hayamos encontrado un lugar para
nosotros, quiero volver con la Nave.
— ¿Por qué? ¿Qué necesitas de aquí? —quiso saber la gnoma.
—Los humanos —dijo Masklin—. Debemos hablar con ellos.
— ¿Eh?
—En el fondo, ellos desean creer realmente en... Quiero decir, se pasan todo el rato
inventando historias sobre cosas que no existen. Creen que no existe nadie más en el
mundo. Nosotros nunca hemos creído tal cosa; siempre hemos sabido que existían los
humanos. Pero ellos están terriblemente solos y no lo saben. —Hizo un vago gesto con las
manos y añadió—: Es sólo que creo que podríamos llevarnos bien con ellos.
— ¡Nos convertirían en duendes!
—No lo harán, si volvemos con la Nave. Si algo puede resultar evidente incluso
para los humanos, es que la Nave no parece cosa de duendes.
Grimma alargó la mano y asió la de él.
—Bueno..., si eso es lo que de verdad quieres hacer...
—Lo es.
—Entonces, yo vendré contigo.
Detrás de ellos se oyó un ruido. Era Gurder. El Abad llevaba una bolsa colgada al
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hombro y tenía la expresión decidida y ceñuda de quien está dispuesto a Ver Terminada Su
Labor, sea cual sea.
—Eh..., he venido a despedirme —anunció.
— ¿A qué te refieres? —inquirió Masklin.
—Te he oído decir que piensas regresar con la Nave, ¿no es eso?
—Sí, pero...
—Por favor, no discutas. —Gurder miró a su alrededor—. He estado pensándolo
desde que entramos en la Nave. Ahí fuera hay otros gnomos. Alguien debería encargarse
de anunciarles el regreso de la Nave. No podemos llevárnoslos ahora, pero alguien debería
encontrar a todos los demás gnomos del mundo y asegurarse de que conocen la existencia
de la Nave. Alguien debería contarles la auténtica verdad del mundo. Y ese alguien debería
ser yo, ¿no te parece? Tengo que ser útil para algo.
— ¿Tú solo? —replicó Masklin.
Gurder rebuscó en la bolsa.
—No; me llevo la Cosa —explicó, sacando el cubo negro.
—Pero... —inició una protesta Masklin.
No te preocupes, intervino la Cosa. Me he copiado en los ordenadores de la propia
Nave. Así puedo estar aquí y allá al mismo tiempo.
—Eso es algo que me gustaría de veras poder hacer —murmuró Gurder con
impotencia.
Masklin pensó por un momento en oponerse y luego se dijo: «¿Por qué?».
Probablemente, Gurder sería más feliz de aquel modo. En todo caso, era cierto: la Nave
pertenecía a todos los gnomos. Ellos sólo la habían tomado prestada por un tiempo. De
modo que Gurder tenía razón. Tal vez alguien debía buscar al resto de los gnomos, donde
quiera que vivieran en aquel mundo, para contarles la verdad sobre los gnomos. Y a
Masklin no se le ocurrió nadie mejor para ello que Gurder. Aquel mundo era enorme y se
necesitaba para la tarea a alguien realmente dispuesto a creer.
— ¿Quieres que te acompañe alguien? —preguntó.
—No. Quizás encuentre ahí abajo a algunos gnomos que me quieran ayudar. —
Gurder se inclinó hacia él y añadió en voz baja—: A decir verdad, lo espero con ansia.
—Eh..., sí, claro. Pero el mundo es muy grande...
—Lo he tenido en cuenta. He estado charlando con Pion.
— ¡Ah! Bien, si estás seguro de lo que haces...
—Sí. Más seguro de lo que he estado nunca respecto a nada —afirmó Gurder—. Y,
como bien sabes, he estado muy seguro de un montón de cosas, en mi vida.
—Será mejor que busquemos un buen lugar para el descenso.
—Tienes razón —asintió Gurder, tratando de mostrar valor—. Un sitio con un
montón de gansos —añadió.
Dejaron a Gurder al atardecer, junto a un lago. La despedida fue breve. Si la Nave
permanecía en un mismo lugar más allá de unos minutos, los humanos no tardaban en
congregarse en torno a ella.
Lo último que Masklin vio de él fue una pequeña figura que agitaba la mano en la
orilla. Después, sólo distinguió el lago convirtiéndose en un punto verde de un paisaje
menguante. Todo un mundo apareció ante sus ojos, con un gnomo invisible en su centro.
Y, luego, no hubo nada.
La sala de control estaba llena de gnomos que veían desplegarse el paisaje mientras
la Nave ascendía.
Grimma contempló la imagen.
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—No me había dado cuenta de que tuviera ese aspecto —comentó—. ¡Y qué
grande es!
—Sí, es muy grande —asintió Masklin.
—Cualquiera pensaría que un mundo es lo bastante grande para todos nosotros —
continuó Grimma.
—Bueno, no lo sé —respondió él—. Quizás un mundo no sea lo bastante grande
para nadie. ¿Adonde nos llevas, Angalo?
Angalo se frotó las manos y tiró de todas las palancas, una tras otra.
—Tan arriba —contestó, satisfecho—, que allí no hay abajo.
La Nave trazó una curva hacia las estrellas. Abajo, el mundo dejó de desplegarse
porque había llegado a sus límites y se convirtió en un disco negro contra el sol.
Gnomos y ranas lo contemplaron.
Y la luz del sol lo iluminó e hizo brillar sus bordes, enviando hacia la oscuridad
unos rayos que le dieron el aspecto exacto de una flor.

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