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martes, 14 de mayo de 2013

Dragonlance, Libro 2 de Leyendas Perdidas - FINAL - Fistandantilus


Douglas Niles
Fistandantilus
Dragonlance, Libro 2 de Leyendas Perdidas
FINAL



23
El señor de Loreloch

Primer Majetog del mes de Reapembe
374 d. C.

Otro bandido se adelantó, y Danyal contuvo la respiración, lleno de temor. El nuevo tenía el típico aspecto de un ser malvado y miserable: le faltaba un ojo, y lucia un parche negro y mugriento; una barba descuidada y llena de nudos cubría el rostro del hombre, y al abrir los labios reveló que le faltaban numerosos dientes. Dan reculó al oler el aliento, que apestaba a cerveza, ajo y otros hedores más difíciles de identificar.
—Danos tu bolsa, muchachito —gruñó el bandido mirando a Danyal con una expresión de malicia que hizo que el estómago del joven se contrajera de aprensión.
—No... no tengo dinero —tartamudeó. Pensó fugazmente en la hebilla de plata, y tiró hacia abajo de la parte delantera de su camisa para ocultar la herencia familiar.
—¿No hay dinero? Entonces tendré que cobrarme mi botín con tu sangre. —El bruto tuerto sacó una larga y curvada daga, con una hoja muy brillante afilada por ambos lados, y extendió un brazo para acercar uno de los filos al cuello de Danyal.
—Un momento, Zack —ordenó el primer bandido, el que tenía el rostro barbilampiño de un hombre joven. A pesar de sus desharrapadas vestimentas había un aire de nobleza, o por lo menos un aire de benevolencia en la forma en que se quedó mirando a los dos cautivos con una expresión de ligera aversión.
—Eh, Kelryn —se quejó Zack—. No sacaremos nada de estos canallas. Pinchémoslos y sigamos nuestro camino.
—No —dijo el jefe, estudiando la esbelta figura de Foryth Teel—. Tengo curiosidad por saber una cosa: ¿por qué no te asustaste lo suficiente para irte más lejos? En vez de eso hacéis un fuego que podemos oler a más de un kilómetro de distancia. ¿Y qué es eso de tomar apuntes?
—Soy sólo un humilde investigador, intentando realizar estudios de campo.
—¿Estudios? —Kelryn miró de hito en hito a Foryth Teel—. Has escogido un sitio bastante raro como biblioteca, forastero.
—El verdadero historiador debe estar dispuesto a viajar a extraños lugares.
El que se hacía llamar Kelryn actuaba como si no lo hubiera oído.
—¿Tenías un compañero? En ningún momento pensé que pudieras estar acompañado.
Se giró para contemplar al muchacho. A pesar de la frente lisa, la mandíbula fuerte y una dentadura sana, blanca y limpia, Danyal recordó su impresión anterior y se reafirmó en ella: éste era un tipo muy peligroso, y sus ojos, oscuros y hundidos, carecían totalmente de compasión o de cualquier otro sentimiento humano. Cuando sonreía, la expresión le recordaba a Danyal las fauces de un gato hambriento.
El joven comprendió que la situación había escapado a su control.
—Yo no viajaba con...
—Este muchacho es mi escudero —interrumpió suavemente Foryth—. Como precaución le había ordenado hacer su campamento a cierta distancia del lugar donde yo dormía. Me resulta más fácil completar mis estudios en soledad.
Zack resopló, impaciente. El espantoso hombre acariciaba el filo del cuchillo, y su ojo brilló con avidez al mirar a Danyal.
—Como dije antes, jefe, acabemos con ellos.
De nuevo el líder decidió hacer caso omiso de la sugerencia de su secuaz. En lugar de ello, siguió preguntando:
—¿Cuál es la naturaleza de tu investigación?
Foryth Teel parecía más que dispuesto a explicárselo.
—Viajo para encontrar a un hombre, que fue un falso clérigo Buscador, y que se rumorea que vive en estas montañas, en un lugar llamado Loreloch. Deseo conversar con él acerca de un tema que nos interesa a ambos.
—Entiendo. A lo mejor puedo ayudarte. ¿Cuál es la naturaleza de tus negocios con el señor de Loreloch?
—Busco información acerca del anciano mago Fistandantilus, quien lleva largo tiempo muerto para nuestro mundo —explicó Foryth—. Se dice que este Buscador es toda una autoridad en el tema.
—Y has venido para sentarte a sus pies.
—Eh, sí, en cierto modo sí. He dedicado muchos años de mi vida al estudio de la historia del archimago. Tenía la esperanza de que su sabiduría me ayudaría a rellenar algunas de las lagunas de mi investigación.
Kelryn rió con ganas, y Danyal vio cómo sus impasibles ojos se iluminaban levemente con la primera chispa de entusiasmo o sentimiento que el joven había apreciado en ellos.
—Es posible que él esté dispuesto a conocerte. Eso, claro está, si te permito vivir.
—¿Qué pasa con el chico? —se quejó Zack—. ¿Lo puedo pinchar a él?
Danyal se apartó un poco del bandido tuerto y su afilado cuchillo, pero la rocosa pared de la gruta frenó en seco su movimiento.
—¡Yo diría que no! —Sorprendentemente fue Foryth quien le contestó—. Mi trabajo requiere de la presencia de mi escudero; sin él no me es posible ordenar mis notas para mantener un registro exacto de los hechos. Necesito al muchacho.
—A mí me parece que podríamos hacer otro arreglo para que tengas ayuda —adujo Kelryn, negando con la cabeza—. A decir verdad, si Zack no se divierte de vez en cuando se puede volver bastante... desagradable. Yo creo que deberíamos entregarle al muchacho.
El estómago de Danyal sé revolvió de repente; el tono indiferente de Kelryn conseguía asustarlo más que la maliciosa crueldad de Zack.
Foryth chasqueó la lengua y sacudió la cabeza, aunque Danyal pensó que el historiador seguía sin denotar nerviosismo.
—Recordad que está el tema de la recompensa.
—¿Y qué recompensa es ésa? —preguntó Kelryn, mirando fijamente al historiador.
—Pues, obviamente, el rescate que mi templo estaría dispuesto a pagar por mí y por mi escudero.
—¿Qué templo? —quiso saber Zack, a la par que se volvía para enfrentarse a Foryth. Danyal aprovechó el cambio de posición de Zack para respirar a fondo varias veces, agradecido por el limpio aire de la noche. Su corazón latía violentamente mientras escuchaba la charla de los hombres.
—Está claro: el Palacio Dorado de Gilean en Palanthas, por supuesto. El patriarca de mi orden estaría más que dispuesto a pagar el rescate de dos de sus ovejas descarriadas, siempre que se les garantice que ninguno de nosotros ha sufrido daño alguno en vuestras manos.
—¡Está mintiendo! —gruñó Zack, cuyo brillante ojo iba y venía del historiador al joven.
—No estoy seguro —musitó Kelryn Desafialviento, dirigiéndose a su secuaz—. En verdad parece que el señor del templo podría estar bien dispuesto a proteger estas vidas con buenas monedas de acero. —Miró interrogante a Foryth—. Para aclarar un poco el dilema, ¿de qué cantidad estamos hablando?
—No lo puedo precisar con exactitud —respondió el historiador, encogiéndose de hombros—, ya que ésta es una situación única en mi experiencia. Sin embargo, siempre se puede enviar un mensaje preguntándoselo. Mientras esperamos la respuesta quizá pueda entrevistarme con el señor de Loreloch.
Danyal observó el cambio de impresiones con una mezcla de incredulidad, asombro y miedo. Estaba pasmado de que estos hombres pudieran discutir asuntos de vida o muerte con tanto aplomo. Al mismo tiempo sintió que él era una pieza muy poco importante en el juego que se estaba jugando delante mismo de sus ojos.
—¡Eh! ¡Tienen aquí un caballo! —sonó una voz en la oscuridad, y otras sombras se movieron por el bosque atraídas por el origen del sonido.
De repente la quietud de la noche se rompió con un sonoro relincho seguido de un crujido de huesos y un grito muy humano de dolor y miedo. La maleza se abrió y apareció a la vista un bandido que se sujetaba el inerte brazo izquierdo; el hombre cayó al suelo aullando de dolor.
Sonaron más relinchos en la oscuridad seguidos de palabras malsonantes, golpes, y finalmente el resonar de cascos que subían por el sendero del arroyo, y que se perdieron rápidamente en la noche. Aparecieron tres bandidos más, arrastrando entre todos a un cuarto que sangraba profusamente de una brecha en la frente. Un momento después salió otro de entre los árboles, trastabillando; se sentó sobre un tocón y empezó a envolverse la rodilla con un trapo sucio mientras blasfemaba en voz baja.
—Eh, Gnar —dijo Zack, riendo entre dientes—. ¿Te has roto la pierna?
—Bah, quedará bien —gruñó el otro, aunque la mueca que le crispaba la cara indicaba que ni siquiera él lo creía. Miró a Zack, luego a Kelryn, y Dan se sorprendió al ver el puro terror en la mirada del hombre.
—Ése no es un caballo normal. Era una bestia poseída por un demonio —espetó el bandido del brazo roto, incorporándose hasta ponerse sentado—. Juro que vi salir fuego de su boca.
—Y me machacó la rodilla con un martillo —se quejó Gnar, apretando su vendaje. Mientras tanto, el hombre con la brecha en la cabeza se lamentaba y apretaba las manos contra la creciente inflamación de su cara.
—Un animal fogoso, eso es todo —escupió otro, un tipo rechoncho y bigotudo que tenía un pequeño arco y un carcaj lleno de flechas. Miró a sus compañeros con desdén—. No valéis ni siquiera para sujetar el ronzal de un caballo como ése.
—Entonces, ¿por qué no cogiste tú la soga, Garald? —preguntó suavemente Kelryn.
—Lo intenté, señor, lo intenté. Pero estos idiotas habían hecho ya tal desaguisado que, para cuando yo llegué junto al animal, éste ya se había liberado. No lo conseguiremos coger, por lo menos a pie.
—¿Es tu caballo? —inquirió Kelryn, mirando a Foryth con una ceja enarcada—. Sin duda es el animal responsable del ataque contra nosotros en tu primer campamento.
—Eh... —Foryth, que había puesto mala cara y se había encogido al oír que Malsueño huía, miró en derredor con preocupación.
—Nuestra yegua —contestó rápidamente Danyal—. Yo soy el escudero, por lo que cuido de ella. Se llama Malsueño —añadió, procurando evitar sonreír ante el daño que el malhumorado animal había infligido a los rufianes.
—Muy apropiado —comentó Kelryn.
—¡Basta ya de charla! —gruñó Zack, el bandido tuerto—. ¿Qué? ¿Los pinchamos y seguimos nuestro camino? —Su sucio dedo gordo, que seguía acariciando el filo de la navaja, dejaba ver sin lugar a dudas cuál era su deseo.
—No, creo que no —replicó Kelryn con firmeza.
—¿Ni siquiera al muchacho?
Danyal se atragantó con el apestoso hálito de Zack cuando el bandido se aproximó más a él y ronroneó con cruel regocijo.
—Debo decir que la recompensa de mi templo será limitada, quizás incluso inexistente, si un aprendiz tan prometedor le es arrebatado a la iglesia con tal violencia innecesaria. —El tono de Foryth sugería que pensaba que sus superiores eran bastante irracionales al tratarse de temas como éste, pero que él, personalmente, era totalmente incapaz de hallar una solución más práctica.
—No, Zack, ni siquiera el muchacho. Por lo menos de momento —dijo Kelryn—. Encontraremos otro modo para que te puedas divertir —le prometió al enfurruñado hombre del cuchillo antes de volverse hacia el resto de su banda.
»Gnar, tu pierna está muy mal. Habrá que ver cómo evoluciona. Y, Kal... —se dirigió al hombre que había recibido la patada en la cabeza, tú podrás andar, sobre eso no tengo dudas.
»Nic, déjame ver ese brazo. —Kelryn hizo un gesto hacia el hombre cuyo codo había sido machacado por el furioso corcel. El hombre se acercó y se arrodilló, y el jefe de los bandidos tomó el brazo fláccido entre ambas manos y, haciendo caso omiso del jadeo de dolor del hombre, se lo levantó.
»¡Fistandantilus! —gritó Kelryn Desafialviento, volviendo su cara hacia el cielo—. ¡Escucha mi oración y concédeme el poder de curar el brazo de tu indigno siervo!
Una luz verde resplandeció en la oscuridad de la noche, y Danyal contuvo la respiración al percibir un repentino olor fétido, como el que se libera al girar un tronco de árbol putrefacto. Kelryn se puso rígido, y emitió extrañas palabras sin dejar de agarrar el codo.
—¡Para! ¡No! —El bandido gritó de dolor y cayó al suelo, presa de convulsiones. Al cabo se quedó inmóvil, respirando trabajosamente y jadeando como un perro; pero, tras algunos momentos, se apoyó en el suelo con ambas manos y se incorporó.
—¡El... el dolor se ha ido! —dijo, extendiendo el brazo. Para Danyal la extremidad parecía rígida y tenía un ángulo antinatural, pero el bandido parecía satisfecho de que hubiera desaparecido su agonía.
—¿Tú invocaste el nombre de Fistandantilus y luego lo curaste? —inquirió Foryth Teel, claramente impresionado—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Un clérigo invocó el poder de su dios... y luego hizo un conjuro. —El cabecilla de los bandidos habló de sí mismo en tercera persona. Parecía aturdido.
—Ha sido increíble —declaró Foryth Teel, que cogió su libro y pasó rápidamente varias páginas—. La magia de curación es terreno exclusivo de los clérigos fieles y los dioses. ¡Pero tú invocaste a Fistandantilus! ¿Significa eso que tú...? —El historiador dejó la pregunta en suspenso y parpadeó—. ¡Tú eres el señor de Loreloch!
—Sí, como también fui el Buscador en Haven, el «falso» clérigo de Fistandantilus.
—Pero... eso fue magia auténtica. Lo sanaste de verdad.
—¿Estás sorprendido?
—Estupefacto es más bien la palabra. —Foryth parpadeó de nuevo y se rascó la barbilla—. ¿Y tú proclamas la fe en un dios cuyo nombre es el del antiguo archimago Fistandantilus? Eso es realmente asombroso.
—¡De hecho, rindo culto a la verdadera fe en Fistandantilus, la secta de un dios tan auténtico como Takhisis o Paladine!
—¡Pero él era mortal, era un hombre y no un dios! —insistió Foryth Teel—. Tiene que haber alguna otra explicación, quizás un error de transcripción.
—No, no hay nada de eso, te lo aseguro.
—Pero... ¿cómo ha podido ocurrir? Es imposible, tiene que haber sido un truco...
—¿Dudas acaso de la evidencia que has visto con tus propios ojos? Yo rechazo tus absurdas sugerencias acerca de mis acciones. ¿Eres acaso tan idiota como los otros? —El bandido suspiró, encogiéndose de hombros de forma exagerada—. Todo parece indicar que tendré que demostrártelo. Fistandantilus es un dios y yo soy su sumo sacerdote. Y vosotros, claro está, sois mis prisioneros. —De nuevo Kelryn parecía disfrutar de un repentino buen humor; echó hacia atrás la cabeza y rió con ganas—. Ahora, mis invitados a la fuerza, si sois tan amables de recoger vuestras mantas, quisiera reemprender el camino antes del amanecer.
—¿Adonde nos lleváis? —osó preguntar Danyal, sin quitar ojo a la amenazante figura de Zack, el bandido tuerto.
—Pues está claro, a vuestro destino. —Kelryn habló como si le hubiera sorprendido la pregunta—. Tendréis la oportunidad de conocer la mazmorra de Loreloch, pero aún está a varios kilómetros de camino.
—¡Espléndido! —exclamó Foryth Teel—. Entonces tendremos tiempo de sobra para hablar.
Lo asombroso era, pensó Danyal mientras su compañero de cautividad recogía sus plumas, su tinta y su tetera, que el historiador lo decía totalmente en serio.

24
Otro desvío en el camino de la fe

Primer Majetog del mes de Reapember
374 d.C

Es una mezcolanza de pura emoción y de profundo pesar lo que siento al revisar finalmente mis notas. Por un lado he hecho un descubrimiento sorprendente que da un giro de ciento ochenta grados a nuestra forma de entender la historia: ¡Fistandantilus un dios!, con un clérigo que no es un charlatán. Queda claro que ha de revisarse la historia y que debo estudiar las pruebas con mi propio ojo crítico, pero aquí hay un tesoro escondido para un investigador.
Por otro lado, hay un asunto que pesa de tal modo sobre mi conciencia, que dudo que vaya a enseñar a nadie estos escritos. (Por supuesto, eso no incluye a mi dios natural, cuyas percepciones todo lo ven, aunque es esa misma Neutralidad, me temo, la que está en la base de mi fracaso. Explicaré sucintamente esto.)
¿Quién me va a creer? Fistandantilus no está muerto, pero tampoco ha resucitado; simplemente se ha convertido en inmortal. Parece que el archimago ha conseguido penetrar en el panteón de Krynn. Comprendo que parezca impensable, pero vi las pruebas con mis propios ojos.
Un clérigo de una autoproclamada religión ha demostrado su capacidad de sanar. Fue una curación limitada; el propio Kelryn casi admitió que la machacada rodilla del bandido llamado Gnar estaba demasiado dañada para que la magia de su dios pudiera prevalecer y curarla. Pero el hechizo que ejecutó fue suficiente para humillar mis propias ambiciones de ser algún día un clérigo, yo, que en mi vida no he sanado siquiera un padrastro en un dedo mediante el uso de la magia.
De hecho, la evidencia fue suficiente para aumentar mi necesidad de descubrir más. ¿Posee Kelryn Desafialviento la gema de Fistandantilus? ¿Qué sabe acerca de los hechos que hicieron que el archimago entrara en el panteón de Krynn? Aunque fue parco en palabras, el clérigo de Fistandantilus sí me prometió que me daría acceso a sus notas. (Decía que su biblioteca estaba en lo alto de una torre, un sitio muy apropiado para la reflexión y la investigación.)
Pero pesa sobre mis hombros ese otro asunto, un hecho que empaña el éxito de mi descubrimiento, pues sé que he errado de forma terrible.
Gilean: confieso haber fracasado totalmente, aunque sin duda ya conoces la naturaleza de mi pecado, y sabes cuán rápidamente he abandonado la desapasionada visión del historiador dejándome involucrar en los asuntos de gentes insignificantes, aun a sabiendas de que tal participación sólo puede llevar a alejar mis estudios de la imparcialidad verdadera de la voz del cronista independiente.
Concretamente, es en el asunto de la falsedad —¡Oh!, debo eliminar la ofuscación y llamarlo por su nombre: la mentira— que pronuncié para ayudar al joven viajero al que había conocido esa misma noche.
Por supuesto que él está tan cerca de ser un escudero como yo lo estoy de ser un sumo sacerdote, y aun un pobre clérigo. Mis acciones sirvieron para ocultar la verdad, para confundir a nuestros captores, sólo porque yo sabía que la ejecución del muchacho me produciría agitación. Puedo decir además, Señor de la Neutralidad, que fue mi propia fragilidad egoísta la que me llevó a mi debilidad. Mi conducta mantuvo con vida al muchacho, pero cobrándose el terrible precio de mi objetividad. He buscado en El libro del saber, intentando hallar algún signo que indique la severidad de la afrenta, pero el tomo es inquietantemente silencioso sobre el asunto.
Incluso cuando me recrimino, no actúo apropiadamente.
Es mi deber desterrar la preocupación y continuar con la tarea que me trajo a este rincón de las Kharolis. El engaño del que hablo ocurrió unos dos días antes de escribir estas notas; a continuación intentaré apuntar los hechos del día de hoy y describir mi situación actual y mis posibilidades futuras.
Después de la huida de ese caballo tan peligroso y del hechizo sanador de Kelryn, los bandidos me ataron las manos por delante, y me empujaron a través de la oscuridad por el sendero del arroyo (lo que me hizo tropezar varias veces, de resultas de lo cual me arañé las manos y en una ocasión me ensangrenté la nariz), hasta que llegamos de nuevo al camino de Loreloch y al puente de piedra gris. Entonces pude ver que el muchacho, Danyal Thwait, había sido atado de forma similar y obligado a seguirme.
Cansados y con llagas en los pies, ascendimos por el irregular y sinuoso camino que recorría la ladera de la montaña durante lo que quedaba de noche.
Nuestro paso se veía frenado por Gnar, a quien tenían que ayudar dos hombres; en esto tuve suerte, ya que, si la banda hubiera ascendido a paso normal, sin duda habría sido yo quien hubiera retrasado el avance del resto del grupo, con todas las incómodas atenciones, en especial las de Zack, el bandido tuerto, que ello hubiera conllevado.
Cuando el amanecer empezó a teñir de color el cielo, habíamos llegado a un pequeño pinar cobijado en una hondonada. No era un paso para atravesar la cordillera, dado que se podían ver riscos más elevados hacia el lado norte de la ladera, pero proporcionaba un lugar en el que nuestros guardianes podían esconderse a descansar durante el día.
Creo que, a pesar de qué son hombres valientes y están fuera de la ley, los bandidos de Kelryn Desafialviento temen a los Caballeros de Solamnia. ¿Cómo si no puede explicarse la parada en un claro de las profundidades del bosque en el que nos escondimos durante el día? También debe considerarse el hecho de que uno de los hombres marchara por detrás de nosotros cuando dejamos la calzada; cuando pude girar la cabeza, lo vi arrastrando por el camino una rama de pino, pesada por la gran cantidad de agujas, para borrar toda señal de nuestro paso.
Al escuchar retazos de la charla de los hombres, durante el viaje, entendí que volvían de un fructífero ataque contra un enemigo concreto. Kelryn los había llevado a matar al caballero solámnico sir Harold el Blanco y a toda su familia, con lo que eliminaron al único representante de la ley en un territorio que los bandidos querían como propio. (No obstante, descubrí que el éxito no había sido total; Zack se quejaba a voz en grito de que una chica, una hija del caballero, había escapado de algún modo de su cerco asesino.)
El ánimo de los hombres seguía enardecido por su cruel hazaña, y las espantosas historias acerca del asesinato sólo podían ensalzar su villanía. Por momentos me resultaba casi imposible ser imparcial en la consideración de sus actos, pero recurrí a la fe para recordarme enérgicamente que la suya es una corriente del río de la historia tan merecedora de ser contada como cualquier otra.
Danyal y yo estábamos atados el uno al otro a un lado del campamento. Mi petición de que se nos liberara y se me proporcionase mi libro y mis trebejos de escritura fue recibida ruidosamente con risas y jolgorio.
A falta de los medios necesarios para registrar los hechos, intenté hablar con el muchacho para explicarle mi preocupación por la falta de objetividad que me había llevado a mentir sobre él. El chico estaba asombrosamente agradecido, lo cual supongo que es lo normal. Después de todo, como dice el refrán: «Incluso la más ruin de las vidas representa un tesoro para aquel que la vive».
El muchacho daba muestras de brillantez y perspicacia durante nuestras charlas, pero parecía estar realmente poco preocupado por mi propio dilema; de hecho le importaba tanto su propia supervivencia que parecía hasta disgustado cuando yo me lamentaba de mi pérdida de imparcialidad histórica.
En cierto momento, soltaron mis ataduras y fui llevado ante Kelryn. Conseguí mucha información al hablar con él, aunque seguía negándose a que tomara apuntes mientras caminábamos. Sólo puedo esperar que los servicios de mi memoria sean tan eficaces como los de mi pluma.
Me dijo que, cuando los verdaderos dioses regresaron a Krynn, con ellos vino Fistandantilus, que había sido elevado a la categoría excelsa de un dios. Kelryn Desafialviento había reclamado para sí el poder de ese dios, y usaba dicho poder para mantener viva la memoria y el conocimiento del archimago. Me explicó que sus seguidores habían tejido grandes tapices con imágenes de su vida, y se jactó de que éstos decoraban las paredes de los salones de Loreloch.
Me dije entonces que debía de haber sido la destrucción del Monte de la Calavera lo que había llevado al archimago a convertirse en dios. Después de todo, había abierto un portal al caos, un camino a la mismísima Reina Oscura. Pero, cuando expresé en voz alta mis especulaciones, Kelryn no mostró el menor interés por mis suposiciones.
En lugar de eso, mencionó algo que él llamaba la «calavera de Fistandantilus»; llegué a la conclusión de que ése era un objeto que buscaba con gran interés, aunque, cuando insistí sobre ello, no estuvo dispuesto a compartir información alguna conmigo. Le mencioné un rumor que había oído en Palanthas, acerca de que Fistandantilus había existido como un lich, un muerto viviente, después de la destrucción del Monte de la Calavera, a lo cual Kelryn Desafialviento respondió con una risa despectiva.
Cuando busqué respuesta a mis otras preguntas, el bandido se volvió remiso a hablar, y de nuevo me ataron al árbol, con lo que los dos prisioneros pasamos el resto del día entre el sopor y el aburrimiento.
Al llegar la oscuridad volvimos a emprender la marcha. Los bandidos nos empujaron con obvias prisas, y seguimos un camino que descendía por la ladera norte de la montaña. Al llegar al pie de la ladera, cruzamos un riachuelo de aguas blancas por un sólido puente, y después volvimos a ascender y comprendí que nos estábamos acercando al gran macizo de las altas Kharolis.
La larga noche de escalada nos agotó a mí y a muchos de los otros, pero Kelryn Desafialviento no mostraba signo alguno de fatiga. Finalmente volvimos a acampar, esta vez en el interior de una cueva de la ladera de la montaña. Mis apresadores han consentido al fin permitirme usar los trebejos de mi profesión, por ello escribo con celeridad mis observaciones, para registrar la historia de los últimos días con la mayor imparcialidad y objetividad posible.
Pero, cuando miro al joven muchacho que duerme plácidamente a mi lado y recuerdo que fue mi injerencia la que lo mantiene con vida, me temo que ya he fracasado.

25
Cuentos de wyrms

Primer Majetog del mes de Reapember
374d.C.

Danyal tiró de la vara y vio cómo la trucha salía a la superficie con un destello de escamas plateadas. Tensó el cordel con suavidad, pero una fuerza violenta arrancó el anzuelo de la boca del pez. Sintió la vara rígida y pesada en sus manos.
Entonces oyó chillar al pez, y era tanto el sufrimiento del animal que casi se le parte el corazón.
Y después él mismo era el pez, y el agua se cerraba sobre su cabeza, pero él no sabía nadar. Estaba malherido, desgarrado y sangrando, y sujeto por las irrompibles hebras de un largo hilo de pescar.
Se despertó, agitado por el pánico, y al punto se incorporó y parpadeó para intentar ver a través de las humeantes tinieblas de la cueva. Sus ropas estaban empapadas de sudor, y tenía el pelo adherido a la frente. Respiró hondo varias veces para convencerse de que no había sido más que una pesadilla, y aun así la sensación de ahogo sólo desapareció lentamente. Y seguía atado por una larga soga; esa parte no había sido un sueño. La cuerda le mordía las muñecas; le dolían las manos por la falta de riego sanguíneo, y tenía los dedos dormidos. El otro extremo del trenzado cordel de cuero resistente envolvía con firmeza una enorme estaca de madera clavada en el suelo de la cueva.
Vio a Foryth Teel, que parpadeaba lentamente mientras salía poco a poco de su sopor, y Dan adivinó que sus propios movimientos de agitación habían despertado al historiador, al que había visto escribiendo todavía laboriosamente momentos antes de quedarse dormido.
Pero ¿qué había sido ese grito? Danyal tenía la sensación de que procedía del mundo real. Justo cuando llegaba a conclusión, oyó un grito de ira seguido de la voz de un hombre que rompía a sollozar, y luego continuaba con una súplica desesperada.
—¡No! ¡Dejadme aquí! ¡Seguid sin mí! Me quedaré fuera de tu vista hasta que pueda...
—Acaba con esto, Zack.
Las últimas palabras, pronunciadas por la voz de Kelryn Desafialviento, pusieron fin a las súplicas, aunque los sollozos seguían sonando en la cueva.
Danyal se arrastró hacia adelante hasta donde alcanzaba su soga y miró hacia la entrada. Vio a Gnar, el bandido de la rodilla destrozada, que se arrastraba hacia atrás por el terreno irregular, mientras Zack avanzaba hacia él con cara de pocos amigos, blandiendo su cuchillo.
—Eres demasiado lento, viejo Gnar —dijo Zack—. Nunca fuiste muy útil, y ahora, con esa rodilla, no eres más que un lastre que frena el avance del resto de nosotros.
—¡Por todos los dioses, dejadme aquí! —suplicó el cojo. De repente Zack asestó una puñalada; Gnar intentó rodar para alejarse, pero la hoja segó su cuello con un corte limpio, como un latigazo.
Danyal se horrorizó al oír el estertor, el borboteante sonido de la muerte mientras el bandido lisiado se revolcaba por el suelo con una pierna rígida por el vendaje de la rodilla. La espalda de Gnar se arqueó, y sus manos arañaron el suelo a ambos lados durante un momento interminable; luego, con un último estremecimiento, cesaron sus movimientos y se quedó inmóvil, tendido sobre el suelo.
Kelryn Desafialviento se giró y su mirada se encontró con la de Danyal. El muchacho se asustó por la expresión de hambre profunda, sin saciar, que había en sus ojos, pero no pudo apartar los suyos. En vez de eso se imaginó cómo el bandido lo atacaba y acababa con él.
—La herida se había infectado —declaró Kelryn—. Estaba condenado, y nos retrasaba a los demás. Lo único que hemos hecho ha sido adelantar lo inevitable.
Zack se entretenía limpiando la cuchilla de su daga en la capa del muerto. Su ojo brillaba intensamente cuando dijo con sorna, dirigiéndose a Danyal:
—Y lo inevitable soy yo.
Encogiéndose contra la pared, Danyal intentó desaparecer entre las sombras. Advirtió que estaba temblando, y en su mente retumbó como un eco el sonido burbujeante de la muerte de Gnar. Gateando para esconderse tan atrás como pudo, Dan intentó convertirse en invisible. Los recuerdos de las historias de los bandidos, el asesinato de sir Harold, el relato de cómo habían asado a su bebé ensartado en una espada, y las otras terribles cosas que le habían hecho a su esposa, todo hacía tiritar al muchacho. Se encontró recordando a la muchacha de la que habían hablado, y esperó que estuviera a salvo.
Dan se sorprendió al ver que Foryth Teel estaba ocupado tomando unos apuntes. Sin duda el historiador había presenciado la desagradable escena que había transcurrido ante ellos, pero su rostro no mostraba señal alguna de aflicción.
Mientras se agazapaba en su rincón, Danyal cubrió con las manos la hebilla de su cinturón para protegerla. Tiró de la camisa hacia abajo para procurar que la tela tapara la pieza metálica. Había dejado atrás su vara de pescar y su nasa cuando lo habían atrapado, y los bandidos le habían quitado su cuchillo, pero tenía la firme determinación de guardar el secreto de su herencia familiar.
Algo más tarde Zack fue hacia ellos. Danyal estaba seguro de que iba a matarlos, pero Foryth se limitó a levantar las manos para permitir que el bandido cortara la correa de cuero que ataba al historiador a la estaca. Indeciso, Danyal hizo lo mismo, pero reculó al oler el fétido aliento del carnicero. Una vez seccionada la tira de cuero del muchacho, Foryth y él se levantaron al instante para flexionar los músculos y permitir que el riego sanguíneo llegara a zonas previamente adormecidas del cuerpo. Aún tenían las manos fuertemente atadas por las muñecas, pero por lo menos podían moverse, estirar las piernas y enderezar sus maltrechas espaldas.
—¡Daos prisa ahí! —espetó Kelryn Desafialviento, que entró en la cueva para hablar a sus dos prisioneros—. Debemos partir; nos va a llevar toda la noche llegar hasta nuestro siguiente refugio, y quiero estar dentro cuando amanezca.
Danyal observó que el líder de los bandidos parecía inquieto y ansioso; Kelryn echó un rápido vistazo por encima de su hombro y luego miró fijamente hacia las sombras de los laterales de la cueva.
—Sólo nos llevará un minuto poder movernos de nuevo —contestó Foryth mientras cojeaba hacia la entrada de la cueva, apoyándose contra la rocosa pared para ayudarse a mantener el equilibrio. Kelryn miró airadamente al historiador, y Danyal sintió una punzada de miedo.
—Te echaré una mano —se ofreció el muchacho, acercándose al historiador para ofrecerle el brazo. Juntos, cojeando aún este último, se dirigieron a la entrada de la cueva.
Dos de los bandidos habían arrastrado el cuerpo de Gnar para alejarlo de la boca de la caverna, pero el lugar donde había muerto estaba marcado por una enorme mancha de sangre; Danyal notó que los ojos se le iban hacia ese lugar, atraídos por un magnetismo incontrolable.
—¡Hay mucha sangre en un hombre, y en un muchacho casi la misma! —dijo Zack con una risita, y su cálido aliento penetró en la oreja de Danyal.
—¡Vámonos! —dijo Kelryn. Zack le dirigió a su jefe una mirada llena de ira antes de guiar al grupo por la salida de la cueva.
Afortunadamente Foryth había recuperado la sensibilidad en las piernas antes de llegar a la calzada llena de baches.
Bajo la pálida luz de una Solinari en cuarto creciente, partieron de nuevo hacia el norte y bordearon uno de los valles de escarpadas paredes que encerraban las montañas Kharolis.
Durante varias horas marcharon sumidos en un lúgubre silencio. Los bandidos estaban malhumorados y suspicaces, blasfemaban ante el más mínimo ruido —como el rodar de una piedra suelta— y se recriminaban unos a otros por asuntos sin importancia. Danyal se mantenía en silencio; habría deseado que se olvidaran de él y lo dejaran solo, para valerse por sí mismo en aquella solitaria región.
Kelryn, que había estado marchando a la cabeza del grupo, acabó por apartarse a un lado y esperó a que los dos prisioneros lo alcanzasen. Volvió a incorporarse a la comitiva detrás de Foryth Teel, y miró al historiador con expresión pensativa, que parecía oscuramente siniestra a la luz de la luna.
—Me ha llamado la atención el hecho de que hayas iniciado tu búsqueda con una elección poco apropiada de compañeros y de armamento. ¿Qué sabes acerca de los peligros que pueden encontrarse en estas montañas?
—Es tarea del historiador registrar los detalles acerca de esos peligros cuando los descubra —respondió Foryth con sencillez—. No es mi tarea la de batallar, la de cambiar la faz de Krynn con acciones propias.
—Y sin embargo estuviste a punto de no sobrevivir para poder registrar esa historia —contestó el bandido—. Y debes saber que no soy el único al que debes tenerle miedo por estos lares.
—¿Y qué otro tipo de peligro nos podemos encontrar? —preguntó Foryth; abrió su libro, pero luego, comprendiendo que las complicaciones de escribir y andar a la vez eran mayores que la necesidad de exactitud, volvió a guardar el tomo en su hato.
—Hay un dragón —contestó valientemente Danyal, olvidando su miedo para participar en la conversación.
—Vaya, habló el escudero. Y tiene razón —comentó Kelryn—. ¿Debo pensar que visteis al wyrm en los días previos a nuestro encuentro?
—No —objetó Foryth Teel—. Sin duda yo recordaría un hecho así.
—Eh... vos dormíais —dijo Danyal, propinando un leve codazo al historiador—. Vi cómo el dragón nos sobrevolaba, pero no quise despertaros.
—¿Qué? —Foryth miró al muchacho con el ceño fruncido, y por un momento Danyal experimentó lo que debía de sentir un escudero de verdad que disgustara a su señor—. ¡Siempre debes despertarme por un dragón!
—Sí, mi señor. Así procuraré hacerlo —contestó Dan, sin saber a ciencia cierta si el historiador intentaba darle una lección o se limitaba a seguirle la corriente.
—¿Y había acaso luz suficiente para que pudieras apreciar la naturaleza de ese reptil? —preguntó Kelryn volviendo su atención hacia el muchacho.
—Sí, era Rojo, y enorme —repuso Danyal con voz apagada. Quería contar que había destruido su pueblo, que había salido del cielo para llevar la ruina y la muerte a las inocentes gentes de Waterton. Pero no osó decir más, ya que dejaría al descubierto la falsedad de su relación con Foryth Teel, una relación totalmente ficticia que, junto con la promesa de rescate, parecía por el momento la única cosa capaz de mantener a Danyal con vida.
—¿Sentiste el miedo al dragón?
El muchacho asintió en silencio al recordar la forma en que las tripas se le habían retorcido en la barriga al ver  por primera vez al monstruo, y odió las lágrimas que aparecieron en sus ojos al rememorarlo. Afortunadamente Kelryn pareció considerarlo una reacción normal en una persona que se hubiera encontrado con una bestia tan terrorífica.
—Sospecho que viste al dragón llamado Flayze —declaró el jefe de los bandidos—. Es el señor de estas montañas, un belicoso depredador que ataca a elfos, enanos y humanos por igual. Malvado hasta la médula, de nada disfruta más que de la muerte lenta de uno de sus enemigos, a no ser que sea atiborrándose con un pemil de carne chamuscada.
—¿Lo conoces? —Danyal estaba asombrado de que el hombre hablara con tanta familiaridad del reptil.
—No sólo eso. Él tiene algo que yo deseo, que quiero con locura. Lo que es más, tengo razones suficientes para odiarlo.
—¿Qué es lo que tiene? —preguntó el joven, pero se arrepintió nada más decirlo al ver cómo los ojos de Kelryn se quedaban inexpresivos y perdían toda señal de emoción. Cualquier idea que tuviera acerca de conseguir más información sobre ese asunto quedó reprimida por la dura expresión del rostro de Kelryn.
—¡Despiértame siempre que veas un dragón! —insistió de nuevo Foryth Teel, como si le disgustara que la conversación hubiera avanzado tanto sin su participación.
—¿Por qué? ¿Qué ibais a hacer? —espetó, picajoso, el muchacho, que había debido adaptar su trato a su supuesta condición de escudero—. ¿Intentaríais matarlo, acaso?
—¡Por supuesto que no! —Foryth estaba horrorizado—. Tal acto malograría la pretensión de neutralidad de cualquier historiador. Es difícil imaginar algo que pudiera ser más dañino para la función del simple observador.
—Y no digamos nada del hecho de que matar dragones no sea la cosa más fácil del mundo —apuntó Kelryn. Su tono se había vuelto amable de nuevo, y Danyal sintió alivio de que se le hubiera pasado tan rápido el mal humor.
—¿Cómo se mata un dragón? —inquirió el muchacho. Se acordaba vagamente de las intenciones que había tenido cuando había abandonado Waterton. Contemplándolo con la retrospectiva que le proporcionaban los tres días de camino, parecía una misión irrisoria, por no decir suicida, la de intentar matar al monstruoso reptil.
—La mejor manera fue siempre la de conseguir que lo haga por ti un dragón más grande y más fuerte —contestó Kelryn con una risa de amargura—. Así fue como derrotaron a la Reina Oscura durante la última guerra.
—Pero a este dragón no lo mataron.
—No. —El bandido sacudió la cabeza mientras meditaba su respuesta—. Si vives lo suficiente, descubrirás que hay muchos dragones, wyrms de todos los colores que siguen habitando en los rincones más ocultos de Ansalon.
—Entonces ¿por qué no dominan el mundo? —A Danyal no se le ocurría modo alguno de impedir que Flayze triunfara si decidía reclamar algún tipo de reino para sí mismo.
—Ésa es una buena pregunta. Veamos qué opinión tiene nuestro historiador acerca del tema.
Foryth frunció el ceño, y chasqueó la lengua varias veces mientras analizaba el asunto.
—La mejor razón parece ser que no lo quieren hacer —contestó finalmente—. Gilean sabe que cualquiera de ellos podría causar gran destrucción si se pusiera a ello. Pero luchan constantemente entre sí, por lo menos todo el tiempo en que no están durmiendo. Y un dragón grande duerme mucho, a veces diez o veinte años de un tirón, y se preocupa más por su propia comodidad que por otros asuntos.
—¿No los controlan en cierto modo los Caballeros de Solamnia? —preguntó Dan. Recordó las relucientes armaduras, el aspecto musculoso y el porte digno de los pocos hombres armados a caballo que había visto, e intentó imaginarse a un guerrero humano enfrentado con la enorme fuerza asesina de un Dragón Rojo. La propia imagen mental lo asustaba, y Dan tuvo que concluir que el supuesto aniquilador de dragones estaría intentando lo imposible.
Tanto Kelryn como Foryth negaron con la cabeza.
—¡Bah! —dijo Kelryn con desdén—. Los caballeros no son ya más que viejas mujeres, gente debilucha que tiene miedo hasta de su propia sombra. Ya no queda ninguno de los valientes lanceros que sobrevivieron a la guerra.
—Eso está por ver —lo contradijo el historiador—. Pero debes saber, muchacho, que las historias de caballeros montados que matan dragones, por muy valientes que sean y por muy puros que sean sus corazones y firmes sus manos, no son más que leyendas o ficción. No, un poderoso dragón tiene poco que temer de nada que no sea otro poderoso dragón.
—Pero tiene que haber algún modo —reiteró Danyal, con tanta insistencia que ambos hombres se volvieron para mirarlo con interés—. Quiero decir, que es difícil creer que todas esas historias acerca de exterminadores de dragones, de héroes y cosas así sean sólo meras invenciones —concluyó débilmente.
—Recuerda el dicho: «Nunca subestimes la imaginación, o la sed, de un bardo» —apuntó Foryth con una risita—. Casi todas las historias que recuerdas fueron inventadas por un trovador viajero que necesitaba contar una buena historia para poder ganarse una cena y una o dos jarras de buena cerveza con su narración. Tales poetas y artistas no deben confundirse con el auténtico estudioso de historia, esto es, el historiador imparcial.
—¡Chist!
La advertencia salió de la oscuridad, delante de ellos. Danyal se puso tenso al ver cómo Zack abandonaba la calzada. Los otros miembros de la banda se ocultaron en las sombras.
Luego oyó un melodioso silbido que resonaba en el aire de la noche.
Y supo que los bandidos habían encontrado otra víctima.

26
Un corazón de sangre y fuego

Aprox. 374 d. C.

Fistandantilus escuchaba a través de los oídos de su anfitrión, y esta vez más cerca que nunca. Su incorpórea mente se llenó de ansiedad, y un hambre renovada atormentó su memoria.
¡El heliotropo!
Fistandantilus sentía el vehemente deseo de tocar el potente y poderoso artefacto, pues sabía que su fuerza arcana le permitiría dominar y después destruir a este despreciable kender. La esencia del mago se revolvió con vigor cuando intentó, como lo había hecho durante décadas, hacer sentir su poder.
Y por primera vez desde que se encontraba dentro de los imprecisos límites de su prisión el archimago estuvo a punto de conseguirlo. Por fin la gema y el kender se aproximaban, acercando así la conexión que abriría el camino que le proporcionaría lo que tanto ansiaba: su libertad y su venganza.
Durante un momento, el espíritu se regodeó anticipadamente por las víctimas atormentadas, la sangre, las almas y las vidas que serían su festín. Habría suficientes asesinatos para saciar la inmensa hambre acumulada durante su encarcelamiento, que había resultado mucho más largo de lo esperado.
Pero entonces apareció otra fuerza extraña que interceptaba su capacidad arcana.
Esta era una fuerza que enturbiaba la unión verdadera entre la esencia del mago y su vetusta gema. Era una presencia misteriosa, un velo de gasa que ensombrecía su control y enmascaraba su poder, pero también era una fuerza mágica, espiritual y fantasmagórica.
Sentía vagamente que este nuevo poder intruso estaba centrado en la persona de un humano, y que competía con él y era suficientemente poderoso para obstaculizar sus esperanzas de éxito.
Encolerizado por esta nueva complicación, el archimago percibió que el heliotropo se seguía acercando. Ya podía oír con toda claridad la cadencia del latido, que retumbaba por todo su ser.
Ahora estaba realmente cerca, casi a su alcance, y ahora el talismán intentó entrar en contacto con él mediante gloriosas sensaciones de calor. Un cosquilleo de poder y conciencia recorrió con un escalofrío el etéreo ser del archimago. La cadencia de vida que había llegado a ser una lejana sugerencia se había convertido ahora en un atronador golpeteo de tambores que lo llenaba de un hambre insaciable.
Pero la amarga verdad era que la gema debía reunirse con un patético kender errante, la persona que había sido un anfitrión indeseable, ignorante de la esencia de Fistandantilus durante más de un siglo.
El fantasmal espíritu se revolvía y retorcía en su intento de obtener un retazo de control, pero seguía estando ahí esa interferencia, la fuerza que lo obstaculizaba y competía por el poder de la piedra. Y por ello la esencia del mal sólo podía lamentarse al ver que la vibrante gema se acercaba tanto que sólo le faltaba hacer tangible su mensaje de vitalidad, de esperanza y de impulso vital.
Entonces la inminente conjunción se hizo añicos, rota por un escudo que podía percibir pero no identificar. Enfurecido, Fistandantilus enfocó toda su atención en uno de sus compañeros, y al punto vio que era un muchacho humano, una persona fácil de distinguir del resto de la humanidad sin rostro.
Éste era su enemigo, la fuente que enmascaraba un poder igual al del arcano. Aquella presencia, la esencia competidora, luchó con él y lo apartó, para dejarlo a un lado. Abrumado, Fistandantilus sintió que desaparecía de nuevo su conciencia.
El kender era de nuevo su propio dueño.
Y otra persona más, el muchacho humano, fue añadido a la lista de aquellos que debían morir.

27
Un despreocupado vagabundo

Primer Kirinor del mes de Reapember
374d.C.

Danyal vio que todo el grupo de bandidos se refugiaba en la zanja en tanto que Kelryn Desafialviento los agarraba a Foryth y a él por un brazo y los empujaba tras una roca, al otro lado del camino de la montaña. La ladera ante ellos era escarpada y rocosa y, al otro lado de la calzada, por lo que recordaba haber visto el muchado antes de que el sol se pusiera, el terreno descendía en una inclinada cuesta para ir a acabar en un riachuelo de montaña.
Intentó escudriñar a través de la oscuridad, pero le era imposible ver lo que se acercaba por el sendero. Sólo oía los melodiosos silbidos, un sonido que aumentaba lentamente a medida que se acercaba.
—¿Quién supones que es? —preguntó Foryth.
—¡Silencio! —ordenó Kelryn, y con un tirón alejó aun más al historiador de la calzada.
Danyal, mientras tanto, se agachó contra el suelo y se asomó por el borde de la roca, intentando atisbar alguna señal de la persona que se aproximaba. Alcanzaba a ver las formas difusas de los bandidos agazapados en la zanja y el destello del acero desenvainado.
El muchacho recordó la daga de Zack, la impaciencia del bandido por mojar la cuchilla en la sangre de todo aquel que se pusiera a su alcance, y rezó para que el inconsciente viajero se diera la vuelta de repente y huyera por ese lado oscuro de la montaña.
Los siguientes sonidos que oyó defraudaron sus esperanzas e incluso sorprendieron a los bandidos.
—¡Hola! ¿Qué hacéis en esa húmeda zanja llena de barro? Aquí arriba en la calzada está todo más seco.
Los ocho hombres de la banda de Kelryn se abalanzaron para rodear al diminuto viajero. Los secuaces gruñían como animales salvajes, pero su presencia no parecía sorprender o asustar al solitario trotamundos.
—¡Oh! Me estabais esperando, qué bien. Encantado de conoceros. Emilo Mochila, a vuestro servicio, y vosotros sois...
—¡Un kender! —dijo Zack, asqueado, acercándose al despreocupado tipo.
—Sí, claro. Mochila es un nombre kender, después de todo; uno de los mejores, más antiguos y más honorables de todos los clanes kenders, si se me permite decirlo. Y por supuesto que me lo permito, ya que nadie más lo va ha hacer.
De algún modo el kender había atravesado el cordón de bandidos para decir las últimas palabras ante Kelryn, Foryth y Danyal, aunque éstos no habían salido de su escondite detrás de la piedra.
—Emilo Mochila, a vuestro servicio —repitió y agarró las manos atadas de Danyal y las estrechó con entusiasmo.
—¡Eh, tiene mi bolsa! —gritó uno de los bandidos, un arquero fornido y malhumorado al que llamaban Bolt, cuando el grupo volvió a acercarse al kender.
—¿Qué? Ah, ¿esto? —Emilo tenía en su mano un saquillo de cuero que sonó a metal al agitarlo—. Se te debe de haber caído. ¡Toma!
El kender tiró el saquillo hacia Bolt; pero, mientras iba por el aire, un reguero de monedas de color plateado cayeron de él, y rebotaron y rodaron por el suelo.
—¡Mi dinero! —gritó el bandido, cayendo de rodillas para intentar recuperar todas las monedas. Riendo divertidos, los otros miembros de la banda se unieron al jolgorio e intentaron quedarse con todas las monedas de su compinche que estuvieran a su alcance.
Danyal miraba asombrado a Emilo, que estrechaba la mano de Foryth en un enérgico saludo y luego hacía una profunda reverencia ante Kelryn Desafialviento.
—Cualquiera puede ver que estoy ante el estimado líder de estos valientes hombres. Es un honor para mí conocerlo. Emilo Mochila a...
—¡Ya sé! —interrumpió secamente Kelryn—. A mi servicio. Pero ¿cómo, si puede saberse, puede ofrecer algún servicio un kender? ¿Y por qué debo aceptarlo si se me ofrece?
—Ambas buenas preguntas, por supuesto—rió Emilo de buena gana—. En verdad no creo que haya muchos kenders por aquí. Pero, si hay algo que pueda hacer por vosotros, me alegraría mucho hablar sobre ello.
—¡Agarrad a ese pequeño imbécil! —gritó Bolt, que seguía enojado por las monedas de acero perdidas—. Le sacaré todo el dinero que me falte de su pellejo.
—¡Pero, bueno, en serio! —dijo Emilo exasperado—. ¡Si fui yo el que te devolvió tu bolsa! No entiendo tu actitud.
Fue entonces cuando Danyal se fijó en que las ataduras habían desaparecido milagrosamente de sus muñecas. Recordó el entusiasta apretón de manos del kender y miró a Emilo Mochila con creciente asombro. Con su ira aún sin aplacar, Bolt se acercaba al pequeño tipo. Enarbolaba la corta espada y era evidente que no estaba dispuesto a que lo apaciguaran con explicaciones estrambóticas.
—¡Eh! A mí también me falta la bolsa. —El grito enojado de Zack interrumpió el avance de Bolt.
—¿Es ésta? —Emilo tenía en la mano otra bolsa llena de monedas—. Realmente deberías tener más cuidado. —De nuevo, una bolsa surcó el aire, y de nuevo, para enfado de unos y alborozo de otros, salieron despedidas las valiosas monedas, que cayeron en la zanja y rodaron por la calzada.
Danyal reparó en que incluso Kelryn miraba divertido. El jefe de los bandidos avanzó para colocarse detrás de Emilo Mochila, y finalmente puso los brazos en jarras y rió alborozado ante las payasadas de sus secuaces.
El muchacho miró de soslayo a Foryth y vio que el historiador contemplaba asombrado las cuerdas que colgaban sueltas de sus muñecas. Danyal sintió un destello que se apagó tan rápidamente como había surgido. Incluso sin sus ataduras parecía poco probable que los dos pudieran evadirse de sus captores durante mucho tiempo antes de volver a ser apresados. Y no quería siquiera pensar en las precauciones que podían tomar los bandidos si la pareja mostraba intención de escapar, ni sobre la venganza que podría cobrarse Zack cuando les pusiera de nuevo las manos encima a los fugitivos.
—Dejad que os ayude —ofreció amablemente Emilo. Se acercó alegremente a los hombres, que dieron unos pasos hacia atrás; sin darse cuenta, todos revelaron dónde estaban sus objetos de valor al poner una mano sobre el cinturón, el saquillo lateral, e incluso uno de ellos en la parte alta de su bota.
Haciendo caso omiso de su preocupación, el kender paseó entre el grupo de suspicaces bandidos.
—¡Toma! —gritó Emilo, lanzando una moneda de acero a Bolt—. ¡Y otra! —En esta ocasión la reluciente moneda pasó cerca de la alargada mano de Zack para, tras rebotar en la calzada, ir a parar entre las piernas de Bolt.
—¡Ésa es mía!
—¡No le pongas tus sucias zarpas encima!
De inmediato los dos bandidos se abalanzaron el uno contra el otro y chocaron violentamente para después caer al suelo, donde intercambiaron feroces puñetazos. Rodaron de un lado a otro, escupiendo y blasfemando, mientras se revolcaban a todo lo ancho de la calzada. Se vislumbró el relucir del acero en la oscuridad, y Danyal vio que Zack había sacado su horrendo cuchillo.
—¡Nada de armas! —La voz de Kelryn Desafialviento retumbó en la noche, y, profiriendo una maldición, el bandido tuerto tiró a un lado su daga y descargó el puño en la chata nariz de Bolt.
—¡Hola de nuevo!
Danyal se giró rápidamente al oír la voz, y casi se cae al suelo al ver que, de algún modo, Emilo Mochila se había deslizado detrás del peñasco y ahora se encontraba entre el historiador y él y los miraba con curiosidad manifiesta.
—Los has alborotado bastante bien —comentó Danyal, e hizo una mueca al ver que Bolt mordía la muñeca de Zack y éste emitía un aullido de dolor.
—Sí —convino el kender, asintiendo con cierto orgullo justificado—. Me gustaría quedarme aquí para verlo, pero ¿no creéis que deberíamos irnos?
—¡Somos prisioneros! —objetó Foryth Teel, chasqueando la lengua—. No se nos permite...
—¡Ahora mismo ya no somos prisioneros! —susurró urgentemente Danyal al comprender que había un plan detrás de las payasadas del kender, y deseó que no sólo se tratara de correr todo lo que pudieran en la oscuridad de la noche—. Tiene razón. ¡Vámonos!
—Pero...
—¡Vamos! —insistió Danyal y agarró la mano de Foryth y tiró de él. El historiador accedió de mala gana a seguirlos, aunque siguió mirando a los bandidos, casi como si desease que Kelryn los descubriera y acabara con la tontería de la huida.
Por su parte, el muchacho estaba seguro de que su discusión y partida atraería la atención de los bandidos, pero un vistazo rápido le mostró que Kelryn se había unido al corro que rodeaba la pelea, la cual estaba llegando a su punto culminante, ya que Zack había conseguido liberar su mano ensangrentada de la boca de Bolt e intentaba hacer presa en el cuello de su fornido adversario.
—¡Por aquí! —dijo el kender, guiándolos calzada arriba—. Elegí este lugar a propósito.
Los sonidos de la pelea se perdieron en la lejanía mientras corrían en la oscuridad de la noche. Danyal estaba tenso y asustado y temía escuchar en cualquier momento un grito de alarma, aunque parecía que la trifulca entre los compinches se hacía cada vez más enconada.
—¡Aquí! —Emilo Mochila se detuvo de repente y apuntó hacia un nicho entre dos rocas, en el lado inferior de la calzada—. ¡Sentaos y estaréis a salvo!
—¿Qué? ¿Cómo? —demandó Danyal, que pensaba que el lugar les ofrecía muy poca protección y que, como mucho, serviría para una sola persona.
Cualquier objeción fue atajada de inmediato por un sonido real de alarma procedente de más abajo de la calzada. La voz de Kelryn sonó como un ladrido en la oscuridad:
—¡Encontradlos y traédmelos!
—¡Vosotros dos primero! ¡Yo os seguiré! —susurró el kender y empujó a Foryth hacia el lugar que había indicado.
Con un suspiro, el historiador dio un paso para salir de la calzada, y de repente desapareció. Danyal oyó una exclamación, pero incluso eso se desvaneció rápidamente en la noche.
—Ahora tú —insistió el kender. El muchacho oyó el estrépito de gente corriendo y no lo dudó. Dio un paso tras Foryth y notó que perdía pie en el borde de un conducto liso y resbaladizo como un tobogán. Cayó inmediatamente de espaldas y se deslizó por una superficie embarrada a una velocidad increíble. Le costó un gran esfuerzo reprimir el grito de alarma que pugnaba por salir de su boca.
En vez de eso intentó prestar atención, fijarse en los detalles de la pendiente que tenía ante sí. Un chorrillo de agua caía por el empinado barranco y volvía resbaladiza su superficie. Danyal pensó un momento en la posibilidad de que Foryth se frenara abajo y que su irrefrenable caída lo precipitara contra él, o que el barranco desembocara en una catarata y acabaran estrellándose contra las rocas.
Pero la caída continuó sin interrupciones durante un trecho muy largo. Además de los rebotes, los rasponazos y el silbido del viento, Danyal acabó por advertir que había otro cuerpo a su lado cayendo por el barranco, y deseó fervientemente que Emilo los hubiera acompañado. Tenía que suponer que el kender no habría recomendado esta ruta si no hubiese pensado que tenían posibilidades de éxito. Aun así, el muchacho distaba mucho de disfrutar del veloz descenso en el que, en un momento, pasaba por una zona de barro y, al siguiente, una roca áspera le arañaba la espalda.
De improviso salió lanzado al vacío y se encontró flotando, cayendo, seguro de que era el fin; pese a ello, un instinto, enterrado en lo más hondo de su ser le impidió gritar.
Chocó con agua que estaba fría como el hielo y era muy profunda. La fuerza del impacto lo dejó sin resuello, pero enseguida alcanzó la superficie pataleando, sacó la cabeza del agua y pudo inhalar para llenarse los pulmones de aire.
Otra figura se zambulló violentamente a su lado, y sólo cuando vio aparecer a Emilo, pataleando con facilidad, oyó Danyal los sonidos de agitación y gorgoteo a poca distancia.
Los dos nadadores asieron por los brazos a Foryth y nadaron en el frío estanque hasta que sacaron al historiador a la orilla arenosa. Los tres descansaron quietos durante varios minutos, respirando con esfuerzo.
Danyal se fijó en que había follaje perenne sobre sus cabezas y supo que era imposible verlos desde la calzada de la montaña, que discurría en lo alto de la ladera. Se metió de nuevo en el agua poco profunda para mirar hacia arriba y vio la cresta de la pendiente, que se recortaba contra el cielo de la noche.
—Tengo la impresión de que pensarán que seguimos corriendo y nos perseguirán por la calzada un buen rato —comentó Emilo—. El conducto por el que hemos bajado es casi invisible de noche, aunque, si continúan ahí al amanecer, no tendrán dificultades para seguir nuestra pista.
—Quizá cuando amanezca deberíamos estar en otro lugar —sugirió Danyal—. ¡Y gracias por rescatarnos!
Sintió un escalofrío, y no sólo por su vestimenta mojada; de hecho, cuando pensaba en la posibilidad de un largo cautiverio con Zack y su cuchillo acechando en las sombras, el muchacho no tenía duda de que el kender les había salvado la vida.

28
Una misteriosa dolencia

Primer Kirinor del mes de Reapember
374d.C.

Danyal se sobresaltó por un movimiento repentino en las sombras de los pinos. Se giró e intentó echar mano del cuchillo de pesca que ya no tenía en su cinturón. Después, al adaptarse sus ojos a la escasa luz reinante, se quedó boquiabierto.
—¡Una chica!
Se hallaba escondida en la oscura sombra de un peñasco del arroyo, pero al verse descubierta se adelantó indecisa y agarró el brazo de Emilo con gesto protector.
—Esta es Mirabeth —dijo el kender con sería formalidad—. Estaba esperándonos aquí.
Algo le resultaba familiar acerca de la pequeña figura, un poco más alta que Emilo. Danyal vio el pelo anudado sobre la cabeza, que se partía para dar lugar a dos coletas, una sobre cada hombro, y entonces ya no le cupo duda.
—¡No eres una niña! Eres la chica kender que domó a Malsueño, la que me mostró dónde estaban las manzanas.
—Sí, ésa fui yo. —Oyó de nuevo la voz musical, suave y tranquila.
—¡Extraordinario, simplemente extraordinario! Esperad un momento. Tengo que apuntarlo —dijo Foryth, rebuscando en el saquillo en busca de sus trebejos—. ¿Tú le dabas manzanas a nuestro muchacho?
—¡Ahora olvídese del libro! —interrumpió Danyal—. Recuerde que debemos alejarnos de aquí antes de que salga el sol.
—El chico tiene razón —se mostró de acuerdo Emilo—. Escogí con mucho cuidado este lugar para vuestra huida y llevamos algo de ventaja, pero no debemos perder tiempo sin necesidad.
El historiador parecía estar a punto de ponerse a discutir, pero Danyal se plantó delante de él y se dirigió a Emilo Mochila. Se sentía también como si fuera un cronista, y deseaba formular mil preguntas, empezando por saber por qué el kender había corrido semejante riesgo, pero decidió ser más práctico.
—¿Adonde vamos desde aquí? ¿Qué posibilidad tenemos de escondernos antes de que amanezca?
—Si seguimos la corriente hacia abajo llegaremos al río que está a pocos kilómetros de aquí. No lo podemos vadear, pero hay bosques cerrados en el valle y podríamos ir a derecha o izquierda por la orilla. Es un sendero fácil y con muchos tramos a cubierto.
—Así que pensarán que fuimos hacia allí. —Danyal trató de poner en orden sus ideas y recordó lo sencillo que les había resultado a los bandidos descubrir su campamento la noche que había conocido a Foryth Teel.
Emilo asintió como respuesta a la pregunta.
—Río arriba hay bosque, pero también encontraremos arboledas de perennes como éstos o de álamos, con praderas entre ellas, así como riscos, donde el riachuelo se torna catarata.
—Lo recuerdo. —De hecho, Danyal había pasado la hora del atardecer estudiando este mismo valle, si bien, visto desde la calzada, el terreno del riachuelo parecía menos desalentador que desde allí abajo. Aun así no creía que ninguno de los riscos fuese imposible de escalar.
»Debemos ir río arriba —manifestó Danyal—. No creo que intenten buscarnos en esa dirección, y la ruta valle abajo es demasiado fácil, demasiado obvia.
—Estoy de acuerdo —dijo Emilo, para cortar cualquier objeción que pudiera haber hecho Foryth Teel.
Sorprendentemente, el historiador asintió también con la cabeza.
—Loreloch está en algún lugar de estas montañas, así que no voy a perder el tiempo volviendo a las llanuras.
—¿Sigue queriendo ir a Loreloch? —Danyal miraba al historiador con asombro.
—Mi querido muchacho, un leve contratiempo no debe desanimar la investigación diligente del historiador que aprecie su trabajo.
—¿Contratiempo? Lo apresaron. ¡Por el amor de Gilean, estaba secuestrado!
De nuevo se produjo aquel chasquear de lengua tan propio del cronista.
—Y eso me dio la oportunidad perfecta para realizar mis entrevistas. Una oportunidad que, muy a mi pesar, ha sido pospuesta de forma indefinida. En fin, ¿tengo razón al pensar que deberíamos emprender nuestro camino?
—Toda la razón —repuso el kender con un leve gesto de la cabeza.
Emilo iba guiándolos, con Mirabeth a su lado y Foryth tropezando en la oscuridad. Danyal cerraba la marcha e iba mascullando para sus adentros por la testarudez del historiador.
Intentaban escalar en silencio, pero el terreno era escarpado y los tupidos pinos y grandes rocas hacían que la mayoría del camino estuviera en sombras. Como resultado, tropezaban con frecuencia con obstáculos que no veían, hacían caer piedras sueltas al río, y en general metían ruido suficiente, pensó Danyal, «para despertar a los muertos de sus tumbas».
Afortunadamente no vieron señal alguna de los bandidos. Emilo pensó que era razonable que los hombres hubieran retrocedido por la calzada durante bastante rato, en la suposición de que los fugitivos no se habrían aventurado por la empinada ladera del camino, ya fuera hacia arriba o hacia abajo.
Danyal mantenía el paso sin dificultades, incluso por terreno escarpado, y de hecho estaba ansioso por continuar cada vez que Foryth y Emilo hacían una pausa para respirar. Sólo habían avanzado dos kilómetros, y el joven tenía muy presente que el amanecer acabaría por iluminar el cielo y mostrar el embarrado tobogán que había sido su ruta de escape.
—Haré un reconocimiento —dijo y adelantó al historiador y al kender, que se habían sentado sobre unas rocas cercanas a la orilla del riachuelo.
—Iré contigo —se ofreció Mirabeth.
—Ahora mismo os alcanzamos —prometió Emilo, y Foryth asintió débilmente.
La joven kender escalaba junto a Danyal, sin rastro alguno de fatiga. Se abrían camino entre las rocas, aferrándose a raíces y ramas para ayudarse a subir. En cierto momento el chico tuvo que saltar para poder agarrarse de una rama y encaramarse a un peñasco y, una vez allí, vio que la distancia era demasiado grande para Mirabeth.
Danyal se estiró boca abajo sobre la superficie de la roca y alargó la mano hacia la kender.
—Cógete de mi mano —susurró.
Ella saltó y consiguió asirse de su mano; momentáneamente quedó suspendida en el aire, y el muchacho se asombró de lo liviano de su peso. Los pies de la kender, calzados en suaves zapatillas, encontraron rápidamente dónde plantarse, y pronto se reunió con él encima de la roca.
—¿Crees que deberíamos esperarlos aquí? —preguntó Danyal, temiendo que Foryth y Emilo pudieran tener dificultades en ese tramo de la ruta.
—Sí —respondió suavemente Mirabeth. Sus ojos eran grandes, casi luminosos en la oscuridad, y, al igual que la primera vez que la había visto junto al caballo, Danyal se asombró por el parecido que tenía con las chicas humanas.
—¿Viajabas con Emilo el otro día, cuando te vi en Waterton? —la interrogó.
—Seguíamos la calzada —contestó ella, asintiendo—, y vi el huerto de las manzanas y quise coger unas pocas. Emilo estaba cansado, cosa que le pasa a menudo, así que se echó un rato mientras yo bajaba hasta los árboles. No esperaba encontrarme contigo o con tu caballo.
—No era mi caballo —señaló Danyal—. Por lo menos no lo era hasta que le pusiste tú el ronzal para mí.
Se aclaró la garganta y sacudió la cabeza al sentirse embargado por una oleada de melancolía y de tristeza, ya que echaba de menos a la irritable yegua más de lo que hubiera imaginado.
—¿Dónde está...? La yegua, quiero decir. ¿La cogieron esos hombres? —El liso ceño de Mirabeth se frunció, y de repente las líneas de su edad se marcaron, reveladas como sombras a la luz de las estrellas.
—En realidad fue Malsueño quien cogió a algunos de ellos. —La risita de Danyal fue entre pesarosa y satisfecha, pero desapareció enseguida al recordar al pobre Gnar, lisiado por la patada del caballo y posteriormente ejecutado por sus compañeros. Se preguntó qué sería de Malsueño, y deseó que estuviera sana y salva.
Atisbo un movimiento bajo ellos, y aparecieron Foryth y Emilo. Danyal ayudó a ambos a escalar la gran roca, y luego volvió a ocupar su sitio en la retaguardia del pequeño grupo, que continuó su camino hacia el nacimiento del rumoroso riachuelo.
Pronto, la cuesta se suavizó para transformarse en un valle cubierto de hierba. El suelo estaba blando y enfangado bajo sus pies, de modo que lo rodearon para seguir una pequeña cresta en la que el camino era más fácil, aunque grandes trozos de roca interrumpían la verde alfombra herbácea salpicada de flores. El arroyo parecía una centelleante cinta de plata que formaba meandros en el terreno bajo y liso.
Finalmente, volvieron a unirse las paredes del valle, y el curso fluvial se tornó nuevamente empinado y rocoso.
Allí había más árboles y, al pensar en el inminente amanecer, Danyal sintió alivio por contar con su protección. Encontraron un sendero que, aun siendo estrecho y tortuoso, no presentaba los obstáculos que los habían hecho tropezar toda la noche.
Mientras avanzaban sigilosamente por la oscura arboleda, Danyal se guiaba por la mancha de color de la túnica de Foryth, que se movía más rápido de lo que lo había hecho antes.
Un grito seco de alarma acompañó la parada brusca de Foryth, y Danyal tropezó con el historiador.
—¿Qué pasa? —preguntó el muchacho, que se adelantó unos pasos para ver mejor.
Sin decir nada, Foryth apuntó al suelo, frente a él, donde una figura se retorcía y otra, reconocible como Mirabeth por el par de coletas, estaba arrodillada a su lado y le decía palabras reconfortantes.
—¡Emilo! —gritó Danyal, que con el susto se había olvidado de bajar la voz. Se agachó también al lado del kender, quien se revolvía de un lado a otro con la espalda arqueada y los ojos muy abiertos, mirando al vacío.
—¿Qué le pasa? —susurró Foryth, poniendo una mano sobre el hombro de Danyal.
—¡No lo sé!
Pese a su respuesta, el joven estaba pensando en un hombre de su pueblo, Starn Whistler, quien padecía convulsiones como aquéllas; «ataques», los llamaban los del pueblo. Danyal se había llevado un gran susto la primera vez que había presenciado uno de los ataques, cuando era más pequeño, pero los vecinos habían permanecido inmutables. Danyal pronto aprendió que, aunque parecía que Starn sufría una gran agonía, al rato recuperaba lentamente la conciencia, y en menos de una hora volvía a la normalidad.
Los síntomas eran muy semejantes a los del kender, quien emitía sonidos ahogados con una voz irreconocible que parecía salir desde lo más profundo de la garganta. Danyal se sentía impotente mientras observaba cómo Mirabeth acariciaba la frente de Emilo y se agachaba para susurrar suavemente al oído del afligido kender.
—¿Puedo ayudar en algo? —inquirió Danyal, desconsolado.
—Creo que no —susurró la joven kender—. Esto le ocurre a menudo, y lo único que podemos hacer es esperar a que se le pase e intentar mantenerlo a salvo hasta entonces.
Finalmente el kender inhaló una profunda bocanada de aire para luego desmayarse y quedarse fláccido. Su respiración se normalizó y adquirió la regular cadencia del que está dormido. Cuando Danyal tocó la frente de Emilo, sin embargo, advirtió que estaba empapada de sudor. El largo copete se había deshecho y cubría las mejillas del kender, y dé vez en cuando todo su cuerpo se estremecía por una nueva serie de temblores.
—Necesitará descansar un rato —dijo Mirabeth—. Estará desorientado cuando despierte, pero creo que podremos emprender el camino.
—Me pregunto si no deberíamos acampar aquí mismo —sugirió el muchacho, al darse cuenta de que estaban a cubierto por las copas de los árboles perennes; pero, mientras lo decía, para sus adentros deseaba haber puesto más tierra de por medio entre ellos y el escenario de la huida.
—Deberíamos alejarnos más, si podemos —repuso la kender.
Varios minutos después Emilo emitió un gruñido y sus ojos parpadearon. Pronto los abrió y paseó la mirada de Mirabeth a Danyal.
—¿Quiénes... quiénes sois? —preguntó el kender.
—Yo soy Mirabeth, y éste es Danyal. El hombre que está allí es Foryth. Somos tus amigos.
Dan estaba asombrado por la obviedad de la respuesta, pero al mirar al kender se dio cuenta de que Emilo parecía absorber la información: era evidente que no era capaz de recordar nada.
—¿Y yo... quién soy?
—Eres Emilo Mochila, un kender —contestó la joven kender—. De uno de los más antiguos y honorables clanes.
—¿Qué... qué ha pasado? ¿Dónde estamos? —Emilo se esforzó por incorporarse y la pareja lo ayudó a sentarse.
—Estamos al lado de un riachuelo en un valle de las montañas Kharolis —dijo Danyal—. Sufriste un ataque. Estamos esperando a que te recuperes.
—¿Tuve un ataque? —El kender miró confundido al muchacho.
—Sí —respondió Danyal, asintiendo seriamente—. Pero te vas a poner bien.
—Gracias, yo... —De repente los ojos del kender volvieron a ponerse en blanco, y con un estertor cayó hacia atrás y quedó inerte en el suelo.

29
Un extraño mal

Primer Misham del mes de Reapember
374 d.C.

—¡Le ha vuelto a dar! —gritó Danyal, y dio unas palmaditas en una mejilla de Emilo para intentar reanimar al rígido e inmóvil kender.
De nuevo Mirabeth se arrodilló al lado de éste y le habló sosegadamente. Le oyeron jadear varias palabras ahogadas, ininteligibles, aunque Dan creyó oír «calavera» entre todos los delirios, y al final inspiró profundamente y cayó en un sopor más relajado y aparentemente normal.
Algo más tarde, el kender despertó, se incorporó, y miró a su alrededor con expresión aturdida.
—¿Puedes andar? —le preguntó Danyal, y sintió un temblor involuntario al mirar a los apagados ojos del kender.
—¿Andar? Sí, sí, puedo andar. —La voz del kender pareció cobrar fuerza al dar una respuesta afirmativa.
—Bien. —Dan se giró hacia Mirabeth—. ¿Quieres guiarnos? Yo ayudaré a Emilo.
—Creo que debería quedarme a su lado —dijo ella con suavidad—. ¿Por qué no miras a ver si encuentras un sendero?
Foryth se mantuvo en la retaguardia mientras el muchacho encabezaba la marcha entre los árboles, esforzándose por no salirse del tortuoso sendero que apenas podía ver.
Sintió un amago de miedo, un momento de melancolía y añoranza del hogar y la seguridad de la cama del ático de la casa de sus padres. Pero inmediatamente desterró esos recuerdos con el convencimiento de que nunca más volvería allí. Intentó escudriñar la oscuridad, y se concentró en buscar un buen camino para recorrer el pedregoso valle.
Se movía con paso rápido, y al cabo cayó en la cuenta de que distinguía el camino mejor que antes. Miró hacia arriba y vio una parte del cielo oriental entre las copas de dos árboles: el rosado tono del amanecer había hecho aparición.
Comprendiendo que se acababa el tiempo, Danyal se concentró en buscar un lugar donde ocultarse durante el día. El bosquecillo que atravesaban se acabó enseguida, y la pequeña comitiva aceleró un poco el paso para cruzar una pradera de alta hierba y flores cubiertas de rocío. El arroyuelo estaba oculto hacia su izquierda, ya que recorría una pequeña cárcava más baja que el terreno. Pronto se encontraron otra vez rodeados de pinos.
—Parece que este bosquecillo sube por el valle durante bastante trecho —dijo Danyal, cuando los cuatro viajeros pararon para recuperar el resuello—. Quizá deberíamos alejarnos del sendero para intentar ocultarnos ahí arriba, por lo menos hasta que oscurezca.
—¿Estamos huyendo de algo? —preguntó Emilo. Sus ojos ya no estaban desenfocados, pero hacía la pregunta con obvia sinceridad.
—De unos hombres... malvados. Te lo contaré todo cuando encontremos un refugio —repuso Mirabeth—. Hasta entonces tendrás que confiar en nosotros.
—Confío —aseguró el kender mientras masticaba la punta de su copete—. Pero ¿por qué no puedo recordar nada? Ni siquiera mi nombre.
—Ya te lo dije. Eres Emilo Mochila —respondió la kender con seriedad—. Y eres nuestro amigo, y deberás conformarte con eso por ahora.
Emilo asintió y repitió su nombre en voz baja varias veces, pero quedaba claro que le resultaba extraño. Danyal, mientras tanto, se había agachado para evitar las verdes agujas de un pino y había encontrado un pequeño claro que les permitiría atravesar el bosque.
—Tú sigue avanzando —le indicó a Mirabeth, que lo seguía con Foryth y Emilo—. Yo borraré nuestras huellas desde el momento en que salimos del sendero, por si acaso nos siguen.
—Buena idea —asintió el historiador, que, sin darse cuenta, estaba dejando una huella muy visible al parar para atarse los cordones de la bota—. ¿Quieres que te ayude?
—Eh... no —rechazó el muchacho. Foryth siguió a los dos kenders mientras Danyal retrocedía sobre sus pasos hasta llegar al linde de la pradera. La hierba estaba aplastada por las pisadas e iba a revelar el rastro a sus perseguidores durante muchas horas, así que decidió concentrarse en borrar las huellas de su paso entre los árboles.
En varios sitios pudo ver pisadas, la mayoría de las botas del historiador, que marcaban el blando terreno cubierto de agujas secas. Borró éstas con una rama, mientras retrocedía lentamente por el camino hacia sus amigos.
De repente tuvo una idea, y entró en la pradera al final del camino que habían seguido sus compañeros, pero tomó una ruta perpendicular a la anterior y dio unos pasos cortos y pesados hacia la ribera del arroyo. Allí pisoteó la hierba, dejando huellas muy evidentes.
Cuando llegó al borde del agua vio que, en las orillas, el barranco era más alto que él mismo, pero algo más abajo el agua fluía alegremente por un terreno arenoso, y la profundidad era escasa. Danyal se deslizó por la ribera dejando un surco evidente en la tierra y una huella muy visible en el borde mismo del agua. Después limpió bien sus pies para que no tuviesen barro y escaló por encima de varias rocas hasta llegar al linde del bosque. Agarró una raíz de pino y se aupó hasta estar de nuevo entre los árboles. Aquí dio pasos cuidadosos y ligeros para volver a la ruta inicial, y siguió barriendo las huellas hasta llegar al lugar donde el trío había penetrado en el bosquecillo más espeso.
Mientras borraba con sumo cuidado todo rastro de su paso, sintió una extraña emoción al pensar que estaba engañando a Kelryn Desafialviento, a Zack y a sus otros secuaces.
Por supuesto que había una parte de él sensata y práctica que tenía miedo de que los pudieran seguir, pero otra parte de él sentía un oscuro placer por estar despistando al jefe de los bandidos y a su siniestro grupo de secuaces.
Cuando hubo borrado cien pasos o más del sendero que lo unía al otro, Danyal tiró la improvisada escoba y corrió tras sus compañeros, siguiendo unas huellas que eran apenas visibles en el liso suelo del bosque.
Sin embargo, habría pasado de largo junto al espinoso matorral de rosas silvestres que se erguía en la base de un promontorio rocoso, si no hubiera sido por el hecho de que el arbusto pareció llamarlo cuando pasó a su lado.
—¡Chist! Dan, ¡por aquí!
Se detuvo y miró intensamente a su alrededor y al final percibió el contornó de una oscura entrada en la base del montículo rocoso. Rodeó con cuidado el espeso arbusto procurando evitar las espinas, a la vez que intentaba no dejar rastro alguno de su paso.
Foryth, Mirabeth y Emilo estaban acurrucados en un pequeño hueco entre las rocas. El lugar era demasiado reducido para considerarlo una cueva, pero era lo suficientemente espacioso para albergarlos a todos, siempre que ninguno quisiera tumbarse, y, lo que es más importante, estaba bien oculto del bosque que lo rodeaba.
—Tú eres Danyal; me lo han dicho —empezó Emilo en cuanto el joven se hubo acomodado en la pequeña oquedad—. Encantado de conocerte... de nuevo.
—Igualmente. —Era extraña esa falta de memoria, pero el muchacho se alegró de que Emilo parecía haber recuperado su vitalidad. Dan habría querido formular algunas preguntas, como por qué se le había ocurrido rescatarlos, pero dudaba que el kender se acordase de las respuestas, por lo menos de momento. Y no quería molestarlo con interrogantes que lo único que conseguirían sería resaltar su falta de memoria.
En cualquier caso, parecía ser que era el kender quien estaba dispuesto a hacer las preguntas.
—Foryth me dijo que viajabas solo por las montañas y después Mirabeth me contó que tu aldea había sido quemada por un dragón. Lo siento.
—No te preocupes, no fue culpa tuya —dijo secamente Danyal; el sarcasmo de su respuesta lo sorprendió, pero no quería que se compadecieran de él. Rió amargamente al recordar sus planes de antaño; ¿hacía realmente sólo cuatro días que su mundo había muerto?
»Me encaminaba a matar a ese dragón —admitió, arrepentido de su brusca actitud anterior—. Supongo que no pensé en ningún momento cómo me proponía hacerlo. Lo único que tenía era una vara de pesca y un pequeño cuchillo, y ahora ni siquiera tengo eso. —Rió de nuevo, intentando parecer desabrido, pues sintió que iban a empezar a brotarle las lágrimas.
—Y tú... ¿qué nos cuentas? —Emilo, para alivio de Danyal, se había vuelto hacia Foryth—. ¿Te traen a menudo tus estudios tan lejos de la biblioteca del templo?
—Eh... no. —Foryth se aclaró la garganta un par de veces, y Danyal percibió que era reacio a hablar, una reticencia que hizo aumentar la curiosidad del muchacho por oír el testimonio del historiador.
»En realidad, se me ha concedido una posibilidad... una especie de última oportunidad, a decir verdad, para ordenarme como clérigo de Gilean.
—¿Entonces es este viaje algún tipo de prueba? —adivinó Danyal—. ¿Llegar a Loreloch?
—Eso en concreto, no, pero verás: he estudiado la doctrina clerical durante muchos años, pero nunca he podido dominar el arte de realizar un conjuro, de hacer un encantamiento. Rezo a Gilean con total sinceridad, pidiéndole que me enseñe el camino, que me otorgue una pizca de poder. Pero nada.
—¿Y si no hace ese conjuro? —inquirió el muchacho.
—Entonces nunca seré clérigo. Él objetivo de mi vida, todo el fruto de mi trabajo, todos los volúmenes de mis escritos, todo será en vano.
—¡No lo creo! —objetó Danyal—. Me contó esa historia acerca de Fistandantilus. Era buena. No tiene que ejecutar un conjuro para dar significado a las palabras que escribe sobre el papel, a las historias que cuenta. Para que tengan importancia, quiero decir.
—Pero los más reconocidos historiadores de Krynn han sido clérigos de Gilean —se lamentó Foryth—. Y lo único que necesito es un hechizo, un simple y sencillo encantamiento que pueda demostrar mi fe. Entonces podría unirme a ellos.
—No creo que se lo pueda dar un clérigo de los Buscadores —musitó amargamente Danyal—. Y no puedo creer que siga queriendo ir a Loreloch.
—Ahora es incluso más importante que antes. Necesito ver los escritos, los anales de Kelryn Desafialviento. ¿Cómo se convirtió en dios el archimago? ¿Dónde vive? ¿Hay otras facetas de su fe, otras sectas repartidas por Krynn? Estas preguntas necesitan respuesta. —El historiador respiró para continuar después con la misma firmeza—: Hay pocas cosas de Fistandantilus que hayan escapado a la luz de la antorcha del historiador, pero los detalles acerca de su desaparición, en el momento de la transformación del Monte de la Calavera y más allá, siempre han sido considerados meritorios de mayores investigaciones. Y ahora parece que hay un significado, hechos que nunca sospechamos.
—¿Y va usted a estudiar estos asuntos pero sin participar, manteniéndose apartado e imparcial? —preguntó Danyal al recordar la preocupación que sentía el historiador por haber intervenido para salvarle la vida.
—Eh, sí, claro. Quiero decir, tengo que hacerlo. —Foryth chasqueó la lengua y movió nerviosamente la cabeza—. Mis esfuerzos estarían condenados al fracaso si me dejo involucrar con individuos o, peor aun, si yo mismo juego un papel.
—Pero ¿cómo puede ayudarte a aprender un hechizo todo este estudio e investigación? —Mirabeth formuló la misma pregunta que se había estado haciendo Danyal—. Mi padre me contó... Quiero decir, que oí en algún lugar que los clérigos rezan para conseguir sus hechizos, que se los concede su dios. —Se detuvo agitada, aunque parecía que sólo Danyal había notado el nerviosismo de la joven kender.
—Bueno, supongo que la investigación no ayuda en nada, a decir verdad —admitió Foryth encogiéndose de hombros. Pero entonces levantó la cabeza y su estrecha barbilla se echó hacia adelante con determinación—. Pero no sé dónde encontrar un hechizo, así que pensé que era lógico hacer algo útil mientras lo busco.
—No se puede discutir eso —convino Emilo con una risa amable.
Danyal tuvo que admitir a su pesar que el kender tenía razón: la decisión de Foryth era tan lógica como cualquier otra.
—Buena suerte, entonces —dijo el muchacho—. Espero que encuentre esa magia.
—¿Sabes? En cierto modo os envidio a los kenders —continuó Foryth, que apoyó la cabeza contra la pared de la cueva y miró a Mirabeth y a Emilo—. Vuestras gentes son, en cieno modo, los favoritos de Gilean. Neutrales de verdad, así son los kenders. Nunca una preocupación, y siempre vais a donde os lleve vuestro ánimo y vuestro interés.
—No sé qué decirte sobre eso —manifestó seriamente Emilo. Masticó, pensativo, la punta de su copete—. Por supuesto, ahora mismo no sé mucho acerca de nada, pero a mí me parece que tenemos las mismas preocupaciones que los humanos. Y eso de ser totalmente neutrales... Me gustaría pensar que sabemos la diferencia entre el Bien y el Mal. Y que practicamos un poco más de lo primero —añadió el kender con una carcajada suave. Luego se quedó callado y durante un rato los cuatro compañeros se limitaron a descansar. Compartieron el agua fresca de la cantimplora de Mirabeth, y finalmente Danyal decidió abordar algunos de los temas que lo tenían preocupado.
—Sobre estas... convulsiones —le dijo a Emilo—, ¿las has tenido toda tu vida?
—Bueno, sí... Creo que sí, realmente —admitió el kender—, aunque no estoy seguro. Es que no recuerdo mi niñez o mi juventud, así que he tenido estos ataques durante todo lo que recuerdo de mi vida.
—¿Qué es lo primero que recuerdas? ¿Dónde estabas y cuánto hace de esto?
—Bueno, ésas son buenas preguntas. Recuerdo que estaba en Dergoth, en las llanuras que rodean el Monte de la Calavera. Allí conocí a unos elfos, que me alimentaron y me dieron agua. Por lo que me dijeron, estuve apunto de morir allí, en el desierto.
—¿Cuándo ocurrió eso? —quiso saber Foryth, disfrutando de las preguntas con el interés de un verdadero historiador—. ¿Te dijeron acaso el año?
—Ahora que lo dices, sí, me dijeron el año. Era el doscientos cincuenta y algo, según recuerdo.
Danyal lanzó un silbido de admiración.
—De eso hace más de cien años —dijo—. No creía que los kenders vivieran tanto tiempo... Aunque por cierto no pareces viejo. Pero eso es parte del tema, ¿verdad? Que no parezcas tan viejo.
—¿Más de cien años? —Emilo parecía desconcertado—. Hubiera jurado que fue el invierno pasado, o quizás un poco antes de eso. Pero nunca cien años.
—¿Qué recuerdas acerca de dónde estabas, de lo que hacías el invierno pasado? —Foryth se hizo cargo de la entrevista—. ¿Viajabais juntos Mirabeth y tú entonces?
—Bueno... —De repente Emilo parecía asustado. Miró preocupado a la kender y le preguntó—: Entonces no te conocía, ¿verdad?
—No —dijo ella.
—Pero... ¿por qué no puedo recordar cuándo te conocí? ¿Cuánto hace?
—Fue hace sólo unos pocos días, en realidad —aclaró Mirabeth. Giró la cabeza para incluir a los dos humanos en su explicación—. Merodeaba sola. Hacía ya algún tiempo que viajaba sola. Tenía algunos problemas, se podría decir, y Emilo vino y me ayudó.
—¿Te rescató a ti también de los bandidos? —preguntó Danyal bromeando sólo a medias.
—No —repuso ella con una risa suave. El muchacho decidió que le agradaba mucho ese sonido—. Intentaba acampar, pero mi tienda se había venido abajo, y mi petate estaba empapado por la lluvia. No conseguía encender una hoguera, y me encontraba sentada en medio del bosque, compadeciéndome. Casi me muero del susto cuando se acercó a mí y me dijo...
—¿Emilo Mochila, a su servicio? —adivinó Danyal.
—Lo mismo que os dijo a vosotros, supongo. —Mirabeth sonrió.
—Y lo estaba. A nuestro servicio, quiero decir. Realmente nos salvaste la vida —dijo el joven humano—. Creo que no te lo había dicho, pero lo hiciste.
—Bueno, bueno —interrumpió Foryth Teel, que chasqueó la lengua—. Admito que era desagradable estar todo el día atado, pero me resulta difícil creer que Kelryn nos fuera a matar.
—Entonces es que no prestaba atención. ¿No recuerda a Zack y cómo le gustaba juguetear con su cuchillo? —Danyal se estremeció al recordarlo—. Nunca nos iba a dejar escapar, dijera lo que dijera Kelryn.
—Mencionaste a ese mago, Fistandantilus —dijo Emilo, para apartar a Dan de la atención del historiador—. Creo haber oído mucho acerca de él, pero no recuerdo nada.
—Hay mucho que contar —declaró entusiasmado Foryth—. Era el Amo del Pasado y del Presente, ¿sabes? El primer mago, y uno de los pocos que aprendieron a viajar en el tiempo. Un archimago que era capaz de manipular la historia, porque podía cambiar su propia ubicación en el río del tiempo. Tuvo influencia sobre generaciones de elfos y humanos en una era anterior al Cataclismo.
—Y en el Monte de la Calavera y en Dergoth después del Cataclismo —apuntó el kender moviendo la cabeza.
—Tenía que ser viejísimo. ¿Era humano o quizás un elfo? —preguntó Danyal.
—Oh, totalmente humano. En cierto modo, incontables veces humano —dijo Foryth con una carcajada seca—. Veréis, absorbía la esencia espiritual de otros seres humanos, en su mayoría hombres jóvenes que tenían el don de la magia. Estos corderillos propiciatorios eran inmolados, y el poder del archimago se mantenía y aumentaba con el paso de los años. Al cabo de un tiempo había consumido la esencia de tantos hombres que su poder era mayor que el de cualquier otro mago de la historia de Krynn.
—¿Cómo lo conseguía? —Al muchacho le resultaba difícil imaginar el poder mágico fruto de la extraña consunción que describía el historiador.
—Se dice que usaba una piedra preciosa, un heliotropo. Esa es una de las cosas acerca de las que quería investigar, pero Kelryn Desafialviento no quiso hablar sobre ello.
—Yo vi un heliotropo una vez —dijo Emilo.
Danyal miró al kender y se quedó boquiabierto. Los ojos de Emilo habían perdido su lustre y miraban al infinito, carentes de vida y de conciencia. El kender tenía la boca entreabierta y suspiró apesadumbrado; sus hombros estaban hundidos, como si toda la vitalidad de su cuerpo hubiera desaparecido.
—¿Un heliotropo? —Foryth parecía inconsciente de la alteración que sufría el kender, porque prosiguió, obviamente excitado.
»Son muy raros, lo sabes, ¿verdad? ¿Dónde estaba? Podía ser...
—Latía... caliente, sangre caliente... —Emilo hablaba con aspereza, haciendo esfuerzos evidentes por pronunciar las palabras, con los labios tensos contra los dientes, y hacía muecas de dolor entre cada rápida y entrecortada frase: La voz era grave y chirriaba, muy distinta del agudo timbre normal del kender.
»Sí, recuerdo la piedra. Y entonces estaba allí el portal, y sus colores... giraban. Y sentí la magia. Tiraba de mí, me arrastraba. —Con una mirada salvaje, Emilo se apoyó contra la pared rocosa, alejándose de sus compañeros, que lo contemplaban horrorizados—, Y entonces allí estaba ella, riendo, aguardándome.
El súbito grito de terror del kender resonó en el espacio cerrado de la cueva, y Danyal se imaginó al instante cómo el sonido rebotaba en árboles y rocas del valle, mucho más allá de su escondite.
Emilo inspiró de nuevo, pero para entonces el joven estaba sobre él, aplastándolo contra el suelo con una maño sobre su boca. Sólo cuando notó que el delgado y enjuto cuerpo que tenía debajo se relajaba se atrevió Danyal a soltarlo, y se echó hacia atrás para ponerse de cuclillas y ofrecer una sonrisa reconfortante a su asustado compañero.
Mirabeth estaba arrodillada al lado de Emilo y, cogiéndole una mano, le acunó la cabeza contra su hombro. Los ojos del kender se habían vuelto a quedar en blanco, pero esta vez Danyal se sintió casi aliviado por la falta de expresión; desde luego, era mejor que el espantoso y obsesionante terror que había visto en las facciones de Emilo Mochila unos momentos antes.
El sol estaba en lo alto del cielo cuando por fin todos se relajaron. Tras tomar otro trago de agua, Danyal pudo apoyar por fin la cabeza contra un tronco cubierto de musgo y permitirse dormir.

30
Una oreja delatora

Primer Bakukal del mes de Reapember
374d.C.

Danyal despertó con la fuerte sensación de que estaba avanzada la tarde. No había viento en el exterior del escondite, y se oía el chirrido de las cigarras y el zumbido continuo de gordas moscas. Era Reapember, recordó, aunque la temperatura y el aroma cálido y cargado del aire parecían sugerir más bien el pleno verano que el principio del otoño.
Vio que Mirabeth también estaba despierta. Sus ojos castaños lo miraban intensamente cuando él se estiró y poco a poco volvió a tomar contacto con su alrededor. Foryth y Emilo dormían aún, apoyados el uno en el otro y contra la pared rocosa del pequeño nicho.
—He estado pensando que deberíamos salir y echar un vistazo antes de que oscurezca —susurró la kender.
Danyal asintió con la cabeza. Ella acababa de sugerir lo mismo que él estaba pensando. Pasaron, sigilosos, entre las rocas y las zarzas, agachados contra el suelo, y miraron a derecha e izquierda.
El aroma a pino fresco lo impregnaba todo, como desmintiendo la existencia de peligro alguno. Pero Danyal no estaba dispuesto a arriesgarse. Siguió adelante con sumo cuidado, arrastrándose bajo las ramas de un vetusto pino. Afortunadamente, había poca maleza y era fácil avanzar. El suelo del bosque era una alfombra de agujas secas y marrones, caídas de múltiples ramas. Algunos de los árboles, como el que ahora lo ocultaba, eran enormes; otros no eran más que escuálidos arbolillos.
Tenía la sensación de que cualquiera de ellos podía ocultar un enemigo peligroso.
Mirabeth se arrastró para reunirse con él y durante varios minutos permanecieron tumbados boca abajo, en silencio, escudriñando el bosque en busca de cualquier cosa fuera de lo normal. De repente la kender le propinó un codazo a Danyal, lo que le hizo dar un respingo por el susto, pero, al mirarla, vio que ella sonreía.
El chico miró hacia donde apuntaba el dedo de la kender, y vio una cierva con su cervatillo que pastaban a una distancia poco mayor que a tiro de piedra.
Los dos observadores permanecieron totalmente quietos, casi sin respirar, mientras la pareja de ciervos mordisqueaba las matas de hierba que aquí y allá salpicaban el manto marrón de agujas. Las sombras moteaban el tono marrón intenso del lomo de la madre, mientras que las manchas blancas del dorso y los flancos del cervatillo brillaban como diamantes cuando el animal atravesaba algún claro soleado. Ora inquieto, ora juguetón, el joven ciervo se movía siempre alrededor de su madre, con las orejas erguidas y las zancudas patas inseguras.
Durante largos minutos los animales se mantuvieron en el campo de visión de Danyal y Mirabeth, y el muchacho se convenció de que los tímidos animales habrían huido si hubiera alguna amenaza escondida cerca de allí. Finalmente los ciervos se alejaron poco a poco hasta perderse tras la pantalla de los troncos de los árboles, y los dos merodeadores se pusieron de pie.
—Intenté borrar nuestro rastro desde la pradera hasta este bosquecillo y dejar otro falso—explicó Danyal—. Echemos un vistazo para asegurarnos de que nadie nos sigue.
Mirabeth asintió y se alejó con gracilidad felina. Con un atisbo de culpabilidad Danyal la observó desde atrás, pensando que era muy hermosa. «Se mueve como una chica», pensó. Una chica humana, aunque bien podría tener sesenta o setenta años por lo que él sabía.
Cuando ella se dio la vuelta para ver si el muchacho la seguía, Danyal se ruborizó hasta la raíz del pelo, más incluso cuando vio la tímida sonrisa de ella y sospechó que sabía que la había estado mirando. El bajó los ojos e intentó concentrarse en atravesar el bosque sin hacer demasiado ruido.
Dando un rodeo para alejarse de su refugio, Danyal y Mirabeth se deslizaron hasta un barranco rocoso. La hondonada marcaba un camino recto a través del bosque, y se dirigía hacia la gran pradera donde el muchacho había creado la pista falsa. Siguieron por ella durante varios minutos hasta que vieron la claridad del sol entre los árboles. Salieron fácilmente del barranco agarrándose a raíces y plantas trepadoras, y al llegar arriba se arrastraron de nuevo hacia adelante hasta que estuvieron ocultos bajo un pino en el linde del bosque.
—¡Allí! —El aviso de Mirabeth era poco más que un susurro.
Danyal también lo había visto: seis figuras desaliñadas que atravesaban la pradera siguiendo el rastro que los cuatro compañeros habían dejado la noche anterior.
—Me pregunto dónde estarán los otros. —De nuevo Mirabeth habló con voz susurrante.
Efectivamente, aunque los hombres estaban demasiado lejos para verles las caras, Danyal supo que faltaban dos bandidos en el grupo. A juzgar por las barbas y el pelo enmarañado que veía, dedujo que uno de los dos que faltaban era Kelryn Desafialviento.
—Están llegando al lugar en el que disimulé nuestro rastro —susurró, pero el corazón se le puso en un puño y contuvo la respiración cuando los hombres llegaron hasta el bosque. Sólo cuando giraron hacia el arroyo se relajó, y al soltar el aire notó que estaba temblando.
»¡Funcionó! —Respiró aliviado, con una sublime sensación de regocijo templada por el peligro—. Están siguiendo mi pista falsa.
Oyeron gritos de disgusto cuando los bandidos llegaron a la orilla del río, pero no podían distinguir qué era lo que decían.
—Tal vez ya habían pasado por allí —dedujo Mirabeth—. Parece que han estado comprobando la pista, y es ahí donde la perdieron.
Danyal se dijo que debía de estar en lo cierto.
—Seguro que retrocedieron cuando perdieron la pista en el arroyo —coincidió. Pero ¿cómo de pertinaces iban a ser buscando el rastro oculto? ¿Seguirían buscando? ¿Y dónde estaban los otros hombres?
Varios de los bandidos discutían acaloradamente y apuntaban río arriba y río abajo, mientras que otro de ellos parecía presto a adentrarse en el bosque.
—Debemos volver a la cueva para despertar a Foryth y a Emilo, si siguen dormidos —dijo Danyal—. Es hora de salir de aquí.
Deslizándose lo más rápido que podían sin hacer ruido, ambos retrocedieron al barranco. Saltaron abajo sobre una zona de musgo y recorrieron la hondonada hasta el final, que estaba cerca de su refugio temporal.
—Aquí fue donde bajamos —señaló Danyal, y apuntó hacia una pared rocosa que formaba el muro izquierdo de la hondonada—. No parecía tan alto cuando saltamos por aquí.
—Podemos escalarlo —le aseguró Mirabeth—. Hay muchos lugares donde poner las manos. —Danyal se mostró de acuerdo—. No empieces a subir hasta que yo llegue arriba. No quiero arrastrarte si me resbalo —dijo la kender por encima del hombro.
Luego metió un pie en una grieta de la pared rocosa y se aupó para agarrarse con las manos. Trepó a un ritmo constante y rápido y pronto estuvo cerca del borde.
Danyal observaba nervioso; vio que perdía pie momentáneamente y se preparó para cogerla si caía, pero la ágil kender mantuvo el equilibrio con facilidad. Un momento después desapareció por el borde.
Una fracción de segundo más tarde, el grito de terror de Mirabeth resonó en el bosque e hizo que los pájaros levantaran el vuelo espantados. El pánico se apoderó de Danyal.
—¿Qué pasa? —Frenético, el muchacho se lanzó hacia la pared rocosa e intentó escalar rápidamente, pero al instante se deslizó de nuevo hasta el fondo del barranco. Miró arriba y notó cómo la esperanza desaparecía de su corazón.
Kelryn Desafialviento estaba allí, y entre sus brazos sujetaba a Mirabeth, que forcejeaba. Con una mano tapaba la boca de la kender, que miraba a Danyal Thwait con los ojos desorbitados por el terror.
—Bueno, ahí estás, mi joven amigo. —El señor de los bandidos se mostraba frío, incluso desapasionado, y era esa indiferencia la que hizo que el sentimiento más poderoso de Danyal fuera el de odio. Pero sólo podía mirar con furia impotente a Kelryn, que siguió hablando—. Parece que te perdiste en la noche. Es un alivio haber vuelto a encontrarte.
Tembloroso, Danyal miraba intensamente hacia arriba, a sabiendas de que aunque llegara a lo alto de la pared sería cosa sencilla para el jefe de los bandidos darle una patada cuando se acercara al borde.
—Creo que me llevaré este pequeño regalo conmigo a Loreloch —lo provocó Kelryn Desafialviento.
Entonces apareció otra figura, la de Zack, que se unió a su capitán.
El cruel individuo miró con gesto socarrón a Danyal, y su único ojo brilló con malicia.
—¡Corre! —chilló Mirabeth, quien consiguió liberar su boca de la mano de Kelryn—. ¡Te va a matar!
Pero Danyal era incapaz de moverse del sitio, y gritó enfurecido cuando el falso clérigo volvió a tapar la boca de la joven kender. Sólo cuando Kelryn hizo un gesto enérgico con la cabeza hacia Zack percibió el joven la amenaza inminente y echó a correr.
Oyó el sonido de algo pesado que aterrizaba en el suelo a su espalda y no tuvo que mirar atrás para saber que Zack había saltado dentro de la hondonada. Las pesadas pisadas del bandido resonaban detrás de Dan, y el muchacho no pudo contener un sollozo de terror al sentir que el siniestro bandido se acercaba. Aceleró tanto como pudo, recorriendo los rincones del tortuoso barranco, buscando desesperadamente un lugar que le permitiera escalar la pared para ponerse a salvo.
Y sabiendo que había dejado a Mirabeth en las despiadadas manos de Kelryn Desafialviento.
Zack soltó una risotada cruel, y Danyal supo por el ruido que el hombre estaba sólo a unos pocos pasos. Con los ojos borrosos, el muchacho pensó en Mirabeth, horrorizado al pensar en su cautiverio entre unos bandidos despiadados.
Extrañamente, ese miedo parecía mucho más real y aterrador que la posibilidad de su propia muerte inminente. Contuvo otro sollozo; su tristeza provenía del hecho de que era incapaz de ir a ayudar a Mirabeth.
Cuando intentó saltar sobre una roca que cegaba el fondo del barranco, la fuerza y la agilidad de Danyal se quedaron un ápice cortas. Su pie se enganchó en la parte superior del peñasco y cayó rodando en una zona arenosa hasta darse con la pared del barranco. Al mirar hacia arriba vio la esperpéntica cara de Zack que lo miraba con su único ojo.
—Bueno, muchachito, parece que al final voy a mojar de nuevo mi cuchillo, después de todo.
Danyal tanteó a ambos lados en un intento de agarrar algún palo o roca que pudiera usar como arma, pero sus manos se limitaron a arañar la dura superficie arenosa.
Zack echó atrás la cabeza y emitió una carcajada. Fue su último sonido. Una gran piedra de granito, de bordes irregulares, cayó de arriba y dio al bandido tuerto en medio de la frente. La cabeza de Zack cayó atrás como un latigazo y él se desplomó, tieso como una estatua. Danyal creyó oír un sonido seco cuando la cabeza del hombre chocó contra el terreno rocoso.
Sólo entonces alzó la vista, entrecerrando los ojos contra el resplandor del cielo, y vio a Foryth Teel mirando hacia abajo desde el borde del barranco. El historiador se sacudió el polvo de las manos y meneó la cabeza, nervioso, obviamente preocupado.
—¿Tiró usted eso? —preguntó Danyal y miró de nuevo al trozo de granito que había roto el cráneo de Zack.
—Siento decir... —Foryth chasqueó la lengua—. Esto, sí, fui yo —admitió, pesaroso, Foryth. Suspiró como si acabase de cometer un acto de grave injusticia—. Parece que no puedo evitar verme involucrado. Eh... ¿está muerto?
Danyal se acercó al cuerpo inmóvil de Zack y se detuvo un momento, indeciso, para mirar a la cara inexpresiva y los ojos sin vida. Finalmente empujó la rodilla del bandido con el pie, sin que hubiera reacción.
—Sí, lo está. —A punto de alejarse, se fijó en el gran cuchillo; el afilado filo brillaba como el mercurio a la luz del sol. El arma estaba caída entre las piedras, donde Zack la había soltado, y, siguiendo un impulso, Danyal se agachó para cogerla. La empuñadura era lisa y cómoda en su mano y la cuchilla estaba bien equilibrada y era obviamente letal.
Al pensar en matar, una idea apremiante lo acució.
—¿Qué hay de Mirabeth? —gritó—. Tenemos que ayudarla.
—¡Nos encontraremos allí arriba! —gritó Foryth como respuesta.
Danyal ya corría por el fondo del barranco. Cuando llegó al lugar por el que había ascendido la kender, metió el cuchillo en su cinturón y ascendió tan rápido como pudo. Remontaba el borde del precipicio cuando Foryth llegó hasta él.
—Se fueron por ahí —le dijo el historiador, apuntando hacia el bosque.
Danyal iba a emprender camino para seguir el rastro cuando vio algo chocante en el suelo del bosque.
Era un trozo picudo de cera de color marrón claro, y cuando lo cogió vio con claridad lo que era.
—Es la punta de una oreja falsa, una oreja puntiaguda —exclamó. La cabeza le daba vueltas.
—¿Crees que... quiero decir, que puede haberla perdido Mirabeth? —preguntó Foryth.
—Sí. —Se imaginó a la kender con los dos copetes, las orejas puntiagudas y la fina telaraña de arrugas alrededor de su boca y sus ojos. La mente de Danyal seguía bullendo con interrogantes—. ¿Por qué llevaría algo así, una punta de oreja falsa?
La respuesta era obvia en su mente, pero, por si quedaba algún género de duda, Emilo Mochila apareció trotando desde la dirección en la que estaba la cueva. Vio la oreja, miró a los desconcertados rostros de Foryth y de Danyal, y asintió con aire convencido.
—Ya lo recuerdo —confirmó el kender—. Mirabeth es en realidad una humana.

31
Persiguiendo a los perseguidores

Primer Bakukal del mes de Reapember
374d.C.

—¡Ella es una chica humana! —jadeó Danyal al recordar sus impresiones acerca del andar contoneante de Mirabeth, la timidez de su sonrisa y la dulzura musical de su voz.
—Sí, o más bien, una joven, realmente. —El ceño de Emilo estaba fruncido, y el muchacho se preguntaba si su compañero intentaba recordar más detalles. Pero luego cayó en la cuenta de que la expresión del kender estaba relacionada con sus propias noticias.
»Su historia es, en cierto modo, como la tuya —le dijo Emilo a Dan—. Es la única superviviente de una catástrofe, un ataque asesino que acabó con toda su familia, incluyendo a los siervos y a los invitados. Mirabeth tuvo suerte de escapar con vida y sólo lo hizo porque adoptó un disfraz.
—¿Como kender? Pero ¿por qué?
—¡Ejem! —Foryth Teel se aclaró la garganta con dignidad—. Nunca he sido persona gustosa de ignorar los detalles de una historia, pero me pregunto si nuestra discusión no debiera esperar un momento mejor. Si quizá nuestra atención no debiera centrarse en nuestra persecución.
—Tienes razón. —Danyal estaba casi abrumado por un sentimiento de impotencia, pero la rigidez de sus extremidades y la palpitación de su corazón estaban causados además por otra emoción: sentía una furia ardiente, una rabia que sabía que podía llevar a una violencia salvaje. Cuando pensaba en el modo en que Kelryn Desafialviento iba por la vida, arrogante, tranquilo, destruyendo las vidas de tanta gente, sólo quería matarlo.
Su odio por el jefe de los bandidos rugió como una llama iracunda. El hombre parecía representar todo aquello espantoso, terrorífico e injusto que había en el mundo. Era un enemigo mortífero, pero, a diferencia de Flayzeranyx, el dragón, no era invulnerable.
Y tenía a Mirabeth.
—¿Por dónde se la llevó? —preguntó Foryth—. Lo vi aquí, en el borde del barranco con Zack, pero después de eso corrí a tu lado, Danyal. Siento decir que los perdí de vista.
—Vimos a sus hombres junto al arroyo. Estoy seguro de que la llevará allí. —Danyal emprendió el camino más directo hacia el claro, zambulléndose entre los árboles con los brazos por delante para protegerse la cara de las ramas.
Oyó a Foryth y a Emilo que corrían tras él, y en un tiempo sorprendentemente corto vio el claro soleado de la pradera que se abría ante él.
Instintivamente se paró y se agachó. Sus dos compañeros se le unieron y se arrastraron hacia adelante para poder observar sin dejarse ver.
Sonó un grito desde el otro lado del claro y vieron a Kelryn Desafialviento, que seguía sujetando con una mano a Mirabeth, la cual no dejaba de retorcerse. Con la otra hizo un gesto a sus hombres, que aparecieron de uno en uno, escalando la pared baja del arroyo para reunirse con el capitán en la linde del bosque.
—Yo cuento siete —dijo suavemente Foryth Teel—. Y la joven, por supuesto.
Y entonces desaparecieron de la vista, corriendo a un trote lento; Danyal comprendió que les costaría seguirlos durante un tiempo prolongado.
Pero tenían que intentarlo. Se puso de pie, listo para atravesar corriendo la pradera y perseguir a los secuestradores a través del bosque, cuando sintió una mano que le sujetaba el brazo; en realidad una en cada brazo.
—Espera —susurró Emilo.
—Efectivamente. ¿No crees que apostarán a alguien para guardarles las espaldas? —preguntó Foryth con lo que al enloquecido Danyal le pareció casi curiosidad indiferente.
—¿Por qué? —espetó el muchacho—. Ya tiene lo que quería. Se limitará...
—Precisamente ésa es la cuestión —continuó el historiador—. ¿Qué es lo que quiere? Si supiéramos eso, sabríamos lo que piensa hacer con nosotros, entre otras cosas.
—Como si piensa o no tendernos una emboscada —añadió Emilo.
Danyal estaba enfurecido por la idea de algún cobarde bandido escondido agazapado en el borde del bosque, pero una parte fría y serena de su mente sugería, en una voz muy suave, que sus compañeros tenían razón. Miró a la arboleda que se extendía al otro lado del claro, y estimó que había unos cien pasos o más de terreno abierto que separaba ese grupo de árboles del rincón del bosque donde los tres se hallaban agazapados.
—Podríamos cruzar el claro todos juntos, a toda velocidad —sugirió impulsivamente Danyal, al recordar el gran cuchillo que llevaba en su cintura.
—Una idea bonita —dijo Foryth— que apela a mi sentido de valiente aventurero, pero ¿qué pasa si hay dos o incluso tres de ellos aguardando? —objetó.
—O un arquero. Parecía que por lo menos dos de los bandidos llevaban arcos —añadió Emilo.
La frustración de Danyal aumentó de nuevo, si bien otra vez sintió la necesidad de actuar con precaución. Miró a su izquierda, pero vio sólo la ladera inclinada y totalmente expuesta del prado herbáceo que formaba un lado del vallé. Después miró a su derecha hacia el arroyo, que era invisible desde donde estaban, entre sus dos taludes.
—¡El arroyo! —susurró—. Podemos avanzar por el bosque hasta que lleguemos al arroyo, y luego seguimos su canal, ocultos por la hondonada hasta llegar al otro lado del claro.
—Una idea espléndida—exclamó Foryth, entusiasmado.
Emilo ya se alejaba del claro. En un instante estaban todos de pie, escondidos unos metros dentro del bosque hasta que de nuevo empezaron a correr tan rápido como pudieron. Pronto escucharon el sonido del agua corriente ante ellos, y llegaron al arroyo, que se derramaba por el suelo de grava casi unos dos metros más abajo que el suelo del bosque. Hacia su izquierda veían que el agua había socavado un profundo canal para atravesar la pradera.
Sin dudarlo un momento, Danyal bajó por el talud liso y embarrado. Emilo y Foryth lo siguieron aunque el historiador tropezó al llegar abajo y cayó de bruces en el agua. Aun así, se puso de pie con aplomo y los siguió velozmente.
Mientras avanzaba por el agua poco profunda del borde de la corriente, Danyal tuvo la fuerte sensación de estar en un túnel. Los elevados árboles se cerraban sobre el arroyo, con lo que sólo se veía una fina tira de cielo. El prado abierto que estaba ante ellos brillaba aun con mayor intensidad comparado con la zona sombreada en la que se encontraban.
Entonces salieron del bosque, y siguieron por la cárcava del arroyo a través de la pradera. Aunque el talud de la orilla estaba más alto que su cabeza, Danyal se agachó precavidamente. Emilo, el más bajo de los tres, no tenía por qué preocuparse, mientras que Foryth, que era el más alto, se encogía con cuidado excesivo mientras avanzaba chapoteando.
El corazón de Danyal palpitaba intensamente, y se preguntó si a los bandidos se les habría ocurrido vigilar el arroyo además del claro; o incluso si sus compañeros y él tenían razón al sospechar que uno o más hombres se habían quedado detrás para vigilar. El joven no podía dejar de pensar que se equivocaban, que tal vez todas estas precauciones eran una pérdida de tiempo, un tiempo que permitiría que se llevaran a Mirabeth, mientras el trío de rescatadores en ciernes se acercaba sigiloso a un bosquecillo vacío.
Las ramas de la siguiente arboleda se arqueaban sobre ellos y enseguida sintieron a su alrededor la templada sombra de los árboles. Danyal seguía a la cabeza del trío, alerta por la necesidad de cautela y sigilo y la existencia de un peligro potencialmente mortal.
El joven humano encontró un nicho en el que la escarpada orilla del riachuelo había cedido ante la presión de una nudosa raíz y había formado una profunda escotadura. Subió de dos zancadas y se internó en el bosque con el horrendo cuchillo en su mano. Se mantuvo agachado, e intentó ser sigiloso recurriendo al uso de todas las técnicas de cazar conejos que había aprendido a lo largo de su corta vida. Se deslizó de árbol en árbol, y mantuvo la pradera a su izquierda al acercarse al lugar donde los bandidos habían penetrado en el bosque.
Se sobresaltó al notar una repentina ráfaga de olor, una acre y apestosa mezcla de sudor y humo de hoguera, y supo, sin lugar a dudas, que había un enemigo cerca de allí. Con una oleada de energía desaparecieron todas sus dudas y estuvo listo, incluso deseoso de peligro.
Emilo, que también se movía sigiloso, se unió a él detrás del tronco de un enorme pino, mientras que Foryth se mantuvo unos pasos detrás de ellos.
El kender arrugó la nariz, percibiendo también la presencia de sus enemigos. Se llevó un dedo a los labios y con la otra mano se apuntó a sí mismo y hacia la derecha; después señaló a Danyal y apuntó hacia la izquierda. El muchacho asintió y observó cómo su compañero sacaba una daga casi tan larga como el arma que él había obtenido de Zack.
Foryth, mientras tanto, se había pertrechado de un palo que era casi tan alto como él, un garrote que se ensanchaba en uno de sus extremos por un nudo sólido que tenía. Indicó en silencio que él seguiría a los dos, directo hacia el objetivo.
Cuando Emilo desapareció entre los árboles, Danyal se asombró al darse cuenta de que sus dedos, que sujetaban la empuñadura del cuchillo, estaban rígidos y con calambres. Cambió el arma de mano y flexionó dolorosamente sus entumecidos dedos. Al mismo tiempo avanzó con sumo cuidado, con el cuchillo preparado.
Un momento después vio a un hombre o, para ser exactos, las botas de un hombre, que salían de debajo de un árbol. A juzgar por la postura de sus pies, el bandido estaba tumbado boca bajo, sin duda observando la pradera que se extendía poco más allá de su atalaya. No hubo reacción alguna por parte del vigía, que, al parecer, desconocía la presencia del sigiloso trío.
Dan había empezado a congratularse por su buena suerte cuando consideró, por primera vez, la realista posibilidad de clavar el afilado trozo de acero que blandía en la carne de otra persona. En términos prácticos era una tarea que debería ser fácil: sólo tenía que abalanzarse para caer sobre la espalda del hombre. Una puñalada rápida, y el tipo estaría muerto, ¿verdad?
De repente, Danyal flaqueó, las tripas se le revolvieron con una sensación de desesperanza al preguntarse si realmente sería capaz de matar a ese hombre a sangre fría. Pero, si no lo hacía, ¿cómo iban a rescatar a Mirabeth?
—¡Chist!
Un susurro seco, pero claramente audible, resonó en el bosque, y Danyal reprimió un gruñido, convencido de que uno de sus compañeros había eliminado el factor sorpresa. Aun así, retrocedió hasta esconderse bien, asombrado de que el hombre de debajo del árbol se arrastrara hacia atrás sin dar señal externa de alarma. El bandido se puso en cuclillas y miró hacia el lugar de donde había provenido el sonido para responder con similar furtividad.
—Sí, ¿qué quieres?
Sólo entonces vio Dan al segundo bandido, un arquero bigotudo llamado Kal. El tipo se acercó a su compañero y apuntó hacia el valle.
—¿Alguna señal de ellos?
—No —fue la breve respuesta.
—Yo tampoco he visto nada. No han intentado venir por la cresta o los hubiera avistado seguro.
—¿Crees que debemos volver hacia Loreloch o por lo menos encontrarnos con Rojo en el puente?
El arquero soltó una risa seca.
—El jefe dijo que esperáramos a esta noche y no tengo intención de llevarle la contraria.
—Sí... bueno.
Una rama seca rompiéndose fue como un trueno para los oídos de Danyal, un sonido que lo superó todo. Había sonado a su espalda, cerca de donde el muchacho había visto a Foryth por última vez.
—¿Qué ha sido eso? —El arquero cargó al instante una flecha y escudriñó el bosque—. Ve a comprobarlo.
—¿Quién, yo? —El hombre en cuclillas estaba inicialmente indignado, pero después miró el arma de su compañero y sacó su espada corta, al parecer tras llegar a la conclusión obvia: su compañero podría cubrirlo con una flecha, mientras que su espada sólo sería útil en la lucha cuerpo a cuerpo.
El de la espada se puso de pie y avanzó pasando por el otro lado del gran tronco tras el que se ocultaba agachado Danyal. Casi sin atreverse a respirar, el muchacho miró por entre las ramas y vió que el arquero se aproximaba para tener un blanco seguro por encima del hombro de su compañero.
—¿Quién va? —demandó el de la espada, cortando con certeros golpes unas ramas para poder ver mejor—. ¡No me hagas ir a buscarte!
Se oyó chasquear una lengua y de repente apareció Foryth Teel, saliendo de entre dos árboles con un grueso garrote en las manos. Danyal no podía distinguir gran cosa, pero sí vio que el historiador temblaba y miraba al bandido con ojos desorbitados.
—¿Por qué no sueltas ese pequeño garrote? —sugirió el espadachín con una risa seca—. Si no, te tendré que cortar primero las manos.
El historiador se alejó con un movimiento brusco, lo que hizo que el que manejaba la espada emitiera un grito de alarma.
—¡Eh! —El acero brilló cuando el hombre se lanzó en persecución de Foryth, para caer súbitamente al suelo con un grito de dolor. Emilo Mochila salió de debajo, blandiendo un cuchillo teñido de un color escarlata brillante.
—Maldito seas, pequeñajo... —El arquero dio unos pasos al frente, listo para soltar su flecha, pero no llegó a hacerlo, ni siquiera consiguió acabar su amenaza.
Cuando pasó precipitadamente al lado de su árbol, Danyal salió de su refugio con un aullido de rabia. Estaba tan cerca del arquero que podía incluso oler la peste de sus sucias vestimentas, y sin pararse a pensar apuntó a un lugar donde su camiseta medio rota se enlazaba con algunas tiras de cuero.
El pesado cuchillo se clavó fuertemente en el pecho del hombre, que se giró para alejarse, asustado por el repentino ataque. Su codo atizó a Danyal en la barbilla, y éste se tambaleó y sintió cómo su única arma se deslizaba de su mano.
Cayó de espaldas y esperó a la flecha que lo clavaría contra el suelo.
Pero, en lugar de ocurrir esto, el arquero dejó caer el arco de sus dedos enervados. Ambas manos fueron al pecho e intentaron sin éxito asir el arma que se había clavado muy profundamente.
El muchacho se quedó paralizado por la impresión cuando vio cómo el hombre se quedaba fláccido y sus pequeños ojos se apagaban y desenfocaban.
Sólo cuando vio al bandido caer pesadamente al suelo, soltó Danyal el aire, y advirtió que le temblaba todo el cuerpo y apenas podía tenerse en pie.
—Hacemos un buen equipo —dijo Emilo, ayudando a Foryth Teel a incorporarse del lugar en el que el historiador había caído en su torpe intento de huida.
Y entonces, al ver el apretón de manos entre el kender y el hombre, Danyal cayó en la cuenta de que no había sido torpeza, sino que había obedecido a un plan. Foryth había actuado como señuelo para que el kender tuviera oportunidad de atacar por sorpresa al espadachín, que era mucho más grande que él. El mismo había aprovechado una oportunidad similar cuando el arquero intentó ayudar a su compañero.
—Sí, es verdad —coincidió Dan.
Se acercó al hombre que había matado, y sintió un curioso vacío en su interior. Se tornó escrupuloso al sacar la daga de la mortal herida, y tuvo una arcada cuando vio la cantidad de sangre que fluyó con fuerza de la herida después de sacar el arma. Pero, al alejarse, respiró hondo, pensó en Mirabeth y sintió que recobraba la calma.
—Hay otro más, uno llamado Rojo, que espera en un puente —informó y luego se dirigió a Foryth—. Y se llevan a Mirabeth a un lugar que seguramente le interesa: Loreloch.

32
Loreloch

Segundo Palast del mes de Reapember
374 d.C.

El trío encontró al bandido llamado Rojo roncando ruidosamente en la orilla cercana al siguiente puente. El hombre ni siquiera se movió cuando Danyal, Emilo y Foryth Teel se aproximaron a él. Cuando cambió la dirección de la brisa, los compañeros percibieron el olor, a coñac y adivinaron rápidamente la causa de que el corpulento bandido tuviera un sueño tan profundo.
—Deberíamos matarlo simplemente, ¿verdad? —preguntó Danyal, maldiciendo su propia renuencia mientras miraba al hombre indefenso. Se dijo a sí mismo que si hubiera sido Zack o Kelryn no habría tenido problema en asestarle un certero golpe. No era seguro que estos pensamientos se ajustaran a la realidad, pero sí el hecho de que era incapaz de acuchillar a un hombre dormido y borracho.
—Eh... —Foryth también parecía vacilante—. Quizá deberíamos hacer caso omiso de él y seguir adelante; tal vez ni siquiera se entere de que pasamos por aquí. —El historiador apuntó hacia la calzada que se extendía más allá del puente—. De acuerdo con mi mapa Loreloch está en esa dirección. ¿Por qué no nos ponemos en marcha sin más dilación?
—Parece arriesgado dejarlo aquí —opinó Emilio—. Aunque no sé gran cosa sobre el tema, no quiero que venga detrás de nosotros.
Danyal iba a seguir discutiendo cuando de repente se oyó un gran ruido de piedras detrás de ellos; al girarse vio la forma de un gran caballo negro que se dirigía hacia ellos con un trote rápido.
—¡Malsueño! —gritó, con una alegría irracional ante la aparición del enorme caballo. Al mismo tiempo, Rojo se despertó con un gruñido, se incorporó y parpadeó al ver que la yegua se acercaba al puente. Los tres compañeros se ocultaron en la ladera del otro lado de la calzada cuando el bandido, boquiabierto por la sorpresa, consiguió arrodillarse.
—¡Por todos los dioses! ¡Es ese demoníaco caballo! —gritó Rojo, poniéndose en pie de un salto. El caballo se dirigía hacia él, y los poderosos cascos repicaban con estrépito en la calzada.
Rojo se giró, al parecer sin ver a las tres figuras situadas al otro lado del camino; miró por encima del hombro con los ojos muy abiertos, y echó a correr.
El trapaleo de los cascos de Malsueño retumbó sobre el pequeño puente, y el caballo resopló despectivamente hacia el trío de compañeros. Danyal se puso inmediatamente de pie en el camino y corrió para intentar agarrar el ronzal; pero, antes de que pudiera dar dos pasos, el animal emprendió la huida al galope y desapareció, dejando tras de sí el ruido de sus cascos, que poco a poco fue menguando al alejarse.
—¿De dónde vino? —preguntó Dan, mientras miraba con frustración al lugar por el que se había ido el caballo; tuvo una triste sensación de abandono que se hizo aun más dolorosa al pensar en el cautiverio de Mirabeth. No le cabía la menor duda de que la moza habría podido parar a la yegua con toda facilidad.
—Apareció justo a tiempo —señaló Emilo, haciendo un comentario más práctico.
Foryth Teel estaba de nuevo consultando su libro de mapas.
—Y parece que Rojo se aleja de Loreloch en su huida. No creo que tenga prisa por volver después de abandonar su puesto.
—Y Malsueño se dirige hacia Loreloch; quizá la alcancemos —dijo Danyal sin muchas esperanzas.
Decidieron qué dirección seguir guiándose por el mapa del libro, que sólo el historiador parecía entender. Con fría determinación, los tres novatos rescatadores empezaron a cruzar las montañas por un camino que discurría paralelo a la calzada, pero un poco más arriba de la ladera montañosa. Conscientes del peligro que los acechaba, se movían con celeridad pero sin exponerse innecesariamente a ser vistos.
Ahora los tres tenían aspecto de pertenecer a una banda cruel y peligrosa. Danyal conservaba el gran cuchillo y había cogido asimismo el arco corto y el carcaj lleno de flechas del hombre al que había apuñalado. Siempre había sido muy hábil disparando a los conejos que habitaban los alrededores de Waterton y se sentía bastante seguro de que podría clavar certeramente una flecha en un objetivo mucho más peligroso,
Foryth Teel había reclamado como suya la corta espada del bandido que ya no podría hacer uso de ella. Al principio había tropezado varias veces con la vaina que se había colgado de la cintura, pero al segundo día ya había aprendido a caminar con el arma envainada y la desenfundaba de un modo que era terriblemente impresionante de observar, aunque de utilidad cuestionable en una lucha real.
Se mantuvieron entre los riscos rocosos situados por encima de la calzada en vez de tomar el camino, sin obstáculos pero fácil de vigilar. Dos veces acamparon a la intemperie, en la ladera, sin osar encender una hoguera que pudiera descubrir su presencia.
En el primero de los campamentos Emilo los hizo partícipes del resto de la historia de Mirabeth, o, por lo menos, de todo lo que ella le había contado al kender o él podía recordar.
Era la hija del valiente Caballero de Solamnia, sir Harold el Blanco. Era éste un hombre que había hecho de la paz en aquella zona de Kharolis su objetivo personal, por lo que se había convertido en una enorme espina clavada en el costado de Kelryn Desafialviento. Así pues, el jefe de los bandidos se había cobrado venganza con un ataque brutal y asesino contra la casa del caballero.
—Debería haberlo adivinado —dijo Danyal—. Kelryn Desafialviento y sus secuaces regresaban a su casa tras cometer esos asesinatos, cuando nos topamos con ellos la primera vez.
Tras matar a toda su familia, Kelryn había dejado clara su intención de encontrar y matar a la única superviviente. Como ella misma les había contado, el kender la había encontrado en el bosque, sola y triste.
Sabiendo que los bandidos estaban en la zona, habían tomado la decisión de disfrazarla, y, juntos, habían confeccionado las orejas de cera. Emilo la había ayudado a peinarse dando a sus cabellos la forma del copete tan popular entre los kenders, y la propia Mirabeth tenía suficientes conocimientos de maquillaje para trazar las finas arrugas alrededor de sus ojos y su boca.
El convencimiento de que si Kelryn descubría la identidad de la chica ésta perdería la vida, era un incentivo aun mayor para su intento de rescate; esto hacía que Danyal rebullera en el petate, sin conciliar el sueño durante las interminables noches, aterrado por la idea de que el astuto villano reconociera el disfraz de Mirabeth. Su única esperanza era que ella hubiera podido de algún modo ocultar la forma humana de su oreja valiéndose del pelo.
Durante la segunda noche de persecución Emilo sufrió otro ataque, una convulsión como la que lo había aquejado la noche de su rescate en la calzada. Dan y Foryth intentaron mantener cómodo al kender cuando finalmente se quedó rígido después de retorcerse en el suelo. De nuevo despertó sin capacidad para reconocer los alrededores, aunque durante el curso del último día la recuperó gradualmente.
Por fin, su cautelosa marcha los llevó a un lugar desde el que podían ver su meta.
La casa solariega se elevaba como un pequeño pico sobre la cumbre de lo que, en realidad, era una montaña. La única torre de piedra existente se alzaba por encima de los muros, y varios tejados inclinados se asomaban por encima de las murallas, pero la mayoría de la estructura se perdía tras los muros que encerraban gran parte de la cumbre, dándole al lugar el aspecto de un pequeño pero formidable castillo.
Danyal y sus dos compañeros observaban el recinto desde su atalaya, en un risco cercano, e inmediatamente empezaron a buscar la mejor forma de acercarse al lugar.
Sólo cuando comenzaron a descartar unas opciones y a proponer otras cayó en la cuenta el muchacho de que, una semana antes, habría perdido la esperanza ante la posibilidad de acercarse a tal fortaleza y mucho menos penetrar en ella; pero ahora el reto sólo reforzaba su convencimiento, atizaba los rescoldos del odio que ardía sin pausa en el fondo de su ser.
—Ese puente parece ser la única vía de acceso al lugar —comentó Danyal, y apuntó hacia una pasarela con arcos que cruzaba el escarpado barranco que separaba la cumbre de Loreloch de una elevación contigua.
La casa propiamente dicha estaba rodeada por muros lisos, aunque varias casitas toscas se agrupaban en el exterior del recinto. Algunas de ellas estaban encaramadas al precipicio, mientras que otras formaban la estrecha callejuela que unía el puente con las verjas de entrada, ahora cerradas, del imponente edificio.
—En cuanto crucemos el puente deberemos buscar una forma de entrar que no sea la verja delantera —dijo Emilo.
—Quizá se hayan dejado abierta la puerta de la antecocina —sugirió Foryth. Cuando Danyal lo miró escéptico, se explicó—: Era lo que pasaba todo el tiempo en el monasterio, aunque se suponía que estaba siempre cerrada con llave. Un cocinero que vaya a tirar un cacharro lleno de restos o de basura no quiere entretenerse con pestillos ni cerraduras.
—Supongo que tiene su lógica—admitió Danyal—. Oscurecerá dentro de una hora; ¿por qué no descansamos aquí un rato y nos acercamos cuando oscurezca?
Los otros estuvieron de acuerdo y esperaron durante lo que pareció un intervalo interminable a que el sol desapareciera por el horizonte y el cielo se tornara lentamente negro. La sugerencia de Danyal de aprovechar el tiempo para dormir fue un deseo incumplido; en lugar de ello se dedicó a estudiar la fortificación en lo alto de la montaña, buscando alguna debilidad en lo que obviamente había sido diseñado para actuar como una pequeña fortaleza. Había muchas ventanas, pero todas estaban muy altas en los muros de piedra. La única señal esperanzadora era que no parecía haber ningún vigilante apostado en el puente.
Para cuando la noche oscura hubo descendido sobre ellos, Dan no había encontrado ningún otro indicio esperanzador, pero tampoco quería retrasarse más. El trío emprendió el descenso hasta la calzada y después se mantuvo cerca del lado superior del camino, cerca de una acequia poco profunda que quizá les permitiría obtener refugio si necesitaban esconderse de repente.
Aun así, todos sabían que su mejor oportunidad estribaba en que su presencia pasara inadvertida, así que se concentraron en moverse con toda la velocidad que el sigilo les permitía.
Les llevó un tiempo sorprendentemente largo llegar hasta el puente y, cuando lo hicieron, Danyal vio que el edificio de Loreloch era aun más grande de lo que parecía desde el otro lado del valle. Por fortuna, seguía sin haber un centinela apostado al final del puente y nadie se había molestado en colocar antorchas o faroles en el exterior del grupito de casuchas y pequeños corrales apiñados a la sombra de la gran casa de piedra.
Agachados al lado de uno de los muros bajos que flanqueaban el puente, los tres compañeros subieron cautamente al estrecho pasadizo. Danyal nunca había estado tan alejado del suelo como lo estuvo al pasar por el centro del puente, y tuvo que contener una oleada de vértigo cuando miró sobre el antepecho al barranco que había debajo.
Pero pronto habían cruzado, y la primera de las chozas estaba sólo a una Carrera de distancia y la enorme mansión, un poco más allá. La mayoría de los pequeños edificios se hallaban a oscuras y en silencio, pero la luz de una vela parpadeaba vacilante en algunas ventanas. Las altas ventanas del muro de la mansión estaban iluminadas, y el aire les llevaba el eco de gritos y risas estridentes.
—Es casi medianoche —dijo Foryth, tras mirar las estrellas—. Me pregunto si las cosas se tranquilizarán dentro de un rato.
Danyal no quería esperar, pero tuvo que admitir que el lugar parecía muy activo en esos momentos. Esto era un contraste muy marcado con su pueblo, en el que inevitablemente reinaba el silencio una o dos horas tras la puesta del sol. Aun así estaba a punto de sugerir que se acercaran, cuando Emilo habló para apoyar al historiador.
—Démosles una hora, más o menos. Yo sugeriría que vosotros rodeéis por la derecha; quizá podáis encontrar esa puerta de la antecocina. Yo iré por el otro lado y veré si hay algo que pueda hacer para distraerlos.
Los intrusos avanzaron con sigilo entre los desvencijados edificios exteriores cercanos al puente y encontraron una pequeña cornisa donde no serían vistos ni desde la fortaleza ni desde el pueblo. Sabían que allí podían esconderse mientras esperaban, sin que hubiera grandes posibilidades de ser descubiertos de forma accidental; se pusieron cómodos y se dispusieron a aguardar.
El tiempo se les hizo interminable, pero finalmente vieron que la mayoría de las antorchas del edificio se habían apagado. Escucharon atentamente, pero no oyeron más sonidos de jarana.
—Esperaré un rato antes de organizar el jaleo —propuso Emilo—. No tiene sentido agitar las cosas demasiado pronto, pero si pareciera que va a haber problemas intentaré atraerlos para alejarlos de vosotros.
—¿Cómo? —preguntó Danyal, pero la única respuesta que obtuvo fue un encogerse de hombros por parte del kender.
El joven guió sigilosamente a Foryth por el borde del barranco. Oyeron ruidos de sonoros ronquidos que venían de una de las chozas, y dieron un rodeo muy amplio alrededor del lugar. Les llevó quince minutos desaparecer del campo visual desde el puente, y Danyal se sintió terriblemente expuesto, consciente del enorme espacio abierto a su derecha y la amenazadora presencia de la aparentemente inexpugnable mansión a su izquierda.
—Huele como si nos estuviéramos acercando a la cocina —notó Foryth. A Danyal también le había llegado el olor a comida putrefacta, pero no había caído en la conexión de lo uno con lo otro.
En efecto, vieron la sombra de una pequeña puerta en el muro de la casa, bajo la cual había una pronunciada cuesta donde evidentemente los cocineros se limitaban a tirar toda la comida sobrante y otros desechos que llegasen a la cocina de la gran casa. Un ruido de entrechocar de dientes y de animales escabullándose sorprendió a los intrusos, y no contribuyó a relajarlos el saber que el ruido provenía de docenas de ratas que escalaban y rebuscaban entre el rancio montón de basura.
Danyal intentaba descubrir si había un centinela apostado cerca de la puerta, cuando Foryth se acercó intrépidamente a ésta y asió el pestillo; con el corazón desbocado, Dan se preparó para escuchar una alarma o una lucha.
En vez de eso la puerta se abrió con un suave chirrido y reveló una gran habitación apenas iluminada por la roja incandescencia de los rescoldos que ya iban apagándose. El muchacho corrió para reunirse con el historiador y entró, indeciso, en la fortaleza de Kelryn Desafialviento.
La cocina olía a hollín y a grasa. Con la tenue luz pudieron ver grandes repisas, un enorme montón de cacharros apilados y una chimenea de ladrillo en la que brillaban las brasas de carbón.
—¿Dónde estará ella? —preguntó Foryth—. La casa es muy grande, después de todo.
—Kelryn nos dijo que tenía una mazmorra, ¿recuerdas? Creo que deberíamos buscar en el nivel más bajo que encontremos.
—Tiene su lógica —repuso el historiador—. ¿Nos separamos?
Danyal negó firmemente con la cabeza, y no únicamente porque no quisiera quedarse solo en ese lugar.
—Hay el doble de posibilidades de que nos descubran si estamos en dos lugares diferentes —apuntó. Foryth asintió con la cabeza, aparentemente de acuerdo.
La puerta de la cocina era una inmensa hoja de roble con barras de hierro, pero las bisagras estaban bien engrasadas y la puerta se abrió sin apenas hacer ruido. Pisaron una alfombra de lana en el suelo de un gran pasillo que tenía varias puertas, visibles a ambos lados en las paredes de oscuros paneles. Un par de velas colocadas sobre soportes en la pared proporcionaban la escasa iluminación del ancho y largo pasillo.
Hacia la izquierda, el vestíbulo se ensanchaba y después había un recodo. Dan vislumbró largos tapices que colgaban desde lo más alto de las elevadas paredes y recordó que Kelryn había mencionado las obras de arte que había encargado para mostrar las glorias de Fistandantilus.
Las luces más intensas que había visto venían de esa dirección, así que Danyal decidió, lógicamente, alejarse de ellas yendo en dirección opuesta. Razonó que la mazmorra estaría alejada de los lugares de reunión y residencia de la casa.
Pasó varias puertas, todas ellas más pequeñas que la de la cocina y todas con pulidas y brillantes bisagras de bronce. Continuó su proceso de deducción y concluyó que éstas tampoco llevarían a las asquerosas cámaras subterráneas que él imaginaba sucias y húmedas. Tras una docena más de pasos, el pasillo se curvaba para rodear un muro de piedra. Aquí encontró una pesada puerta con barras de hierro.
—Esta es la base de la torre —susurró Foryth, y apuntó hacia el curvado muro—. La puerta probablemente lleva a una escalera para subir.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Dan, incrédulo.
—Simplemente marqué la ubicación cuando estábamos fuera —dijo modestamente el historiador—. Una mole de piedra tan grande necesita un cimiento sobre el suelo, y es éste.
Al darse cuenta de que el historiador probablemente tenía razón, Danyal siguió adelante, pisando ahora losas de piedra en vez de alfombras. Poco después encontró otra puerta reforzada también con hierro y al acercar la cara al marco de ésta percibió un fuerte olor a moho y humedad.
Su corazón se aceleró y el joven se giró para contarle a Foryth su descubrimiento, pero no había señal del historiador. Presa del pánico, Dan retrocedió sobre sus pasos.
La puerta que se encontraba en la base de la torre estaba abierta; era sólo una rendija, pero el muchacho sabía que cuando habían pasado ante ella estaba completamente cerrada. Sólo podía deducir que Foryth Teel había entrado por allí y que ahora debía de estar ascendiendo hacia la cima de la pétrea aguja.
Por primera vez en la noche, Dan sintió un asomo de desesperación. No podía permitirse ascender tras su inquieto compañero ni arriesgarse a llamarlo. Con un suave gruñido, volvió rápidamente a la puerta que sospechaba llevaba a la escalera descendente.
Había un pesado pestillo de hierro que fijaba la puerta para que no pudiera ser abierta desde el otro lado, y esto sirvió para confirmar las sospechas del muchacho.
Con todo el cuidado posible, levantó el cierre y tiró de la puerta. En la tenue luz pudo distinguir una escalera que descendía hasta desaparecer en la oscuridad. Ansioso, miró a su alrededor y vio varias velas apagadas, colocadas en soportes similares a los que sujetaban los ardientes cirios. Tomó una de ellas y la acercó a la mecha de una vela encendida; armado así volvió a la puerta.
Justo antes de empezar a descender por la húmeda escalera de piedra oyó un barullo en el exterior de los muros, así como gritos de hombres, y Dan dedujo que Emilo había comenzado su maniobra de diversión; confiado en que fuera efectiva, volvió su atención hacia la oscuridad que se abría a sus pies.
El aire era frío y maloliente y parecía calar hasta los huesos. Con sumo cuidado bajó de puntillas por un largo tramo de escalera, con el cuchillo en una mano y la vela en la otra.
Al llegar abajo, un sucio pasillo se bifurcaba a derecha e izquierda, y se sintió momentáneamente invadido por el pánico al preguntarse hacia dónde debía ir. Decidiendo al azar, siguió uno de los ramales y, con la vela bien alta, pasó por delante de varias celdas. Las puertas metálicas de estos recintos estaban abiertas, y Danyal vio que todas se encontraban vacías.
Por fin llegó hasta una puerta cerrada; arrimó la vela a la rejilla que había en la parte superior e intentó escudriñar el interior.
—¿Quién está ahí? —demandó una voz seria, femenina y familiar; el corazón de Danyal le dio un brinco en el pecho.
—¡Mirabeth, soy yo, Danyal! —susurró.
—¿Puedes sacarme de aquí? —preguntó ella mientras se acercaba a la zona iluminada por la vacilante vela. Dan sintió alivio al ver que la joven no parecía haber sufrido daño alguno.
Una de sus orejas aún tenía el extremo puntiagudo de cera, y Mirabeth había peinado uno de sus dos copetes gemelos de manera que le cubriera la otra oreja, a la que le faltaba el disfraz.
En un momento Danyal había forzado la cerradura, que consistía únicamente en un tosco candado.
Mirabeth le dio un gran abrazo y él la estrechó contra sí lo mejor que pudo, teniendo en cuenta que no soltó ni la vela ni el cuchillo.
—¡Vámonos! —apremió—. Tenemos que sacarte de aquí.
—¿Y adonde se supone que pensáis ir? —inquirió una voz burlona que salía de la oscuridad, una voz que Danyal reconoció claramente.
¡Era la voz de Kelryn Desafialviento!

33
Los ojos de la calavera

Segundo Palast del mes de Reapember
374 d.C.

Flayzeranyx contemplaba la calavera y percibía el deseo en su interior. Durante largos años había sentido la feroz mirada de esos ojos muertos, y había oído su suave voz, que susurraba en su mente insinuando ideas, sugerencias, deseos. El sabía que la calavera intentaba utilizarlo, que quería usar al dragón para satisfacer su monstruoso apetito.
Pero la barriga del dragón rugía con su propia hambre.
Los ojos de la calavera descarnada miraban al ardiente infierno que era la guarida de Flayzeranyx, y observaban, esperaban. Durante mucho tiempo sólo hubo humo, el burbujeo de la lava y el siseo del vapor. Las nubes de hollín formaban vaharadas turbulentas, y las llamas lamían, como lenguas, el aire. Nada parecía vivir allí, hasta que finalmente unas escamas escarlatas se desenroscaron en la oscuridad y unas alas correosas se extendieron en el aire.
Cuando el poderoso reptil estiró el cuello y elevó la cabeza por encima de la sólida y lisa lava de su atalaya, unos estallidos de fuego amarillo explotaron hacia arriba, como si se alegraran del despertar de su amo.
El dragón estudió la calavera y percibió su necesidad. Vio una imagen de color verde pálido y detectó las chispas de fuego carmesí que ardían allí. El hambre y el deseo de la calavera irradiaban con tal intensidad que eran unas emociones casi palpables.
—¿Y dónde está el talismán? —preguntó el wyrm con voz sedosa, intentando penetrar en las profundidades de la calavera con sus enormes ojos amarillos.
De repente el reptil vio que la imagen cambiaba para dar paso a una guarida humana en las montañas.
—¡Tu corazón de sangre y piedra está allí!
La calavera permaneció como siempre, pero ¿acaso no detectaba ahora Flayzeranyx una mueca burlona en los dientes siempre sonrientes?
—Conozco el lugar —susurró—. La fortaleza en lo alto de la montaña... La he visto y tolerado durante todos estos años.
La calavera estaba silenciosa, quieta, pero la mirada de esos ojos muertos pareció clavarse en la mismísima alma del dragón.
Instintivamente Flayze odió el lugar, odió la atracción poderosa que absorbía la atención de la calavera. El cráneo deseaba la piedra con una necesidad imperiosa. El Dragón Rojo, por su parte, tenía muchos tesoros. Podía permitirse despreciar la oportunidad de añadir otra baratija a su colección.
El dragón extendió sus alas, listo para volar, y salió al exterior.
Tras él, la calavera lo miraba, silenciosa e inmóvil como siempre, los dientes apretados en una eterna mueca.

34
El amo de Loreloch

Segundo Majetog del mes de Reapember
374d.C

—Me estaba preguntando cuánto tardaríais en venir por ella. Por supuesto, estoy impresionado de que hayáis despachado a Zack con tanta facilidad, pero me llevé una pequeña decepción cuando anoche aún no habíais accedido al interior de Loreloch. Me pareció que asumíais una actitud muy desconsiderada y parsimoniosa para rescatar a esta joven y bella kender.
Durante un momento, Danyal se quedó paralizado al afrontar de nuevo aquella voz peligrosa y familiar. Se imaginó a Kelryn Desafialviento acechando en la oscuridad, como un gato que hubiera encontrado dos ratones fuera de su madriguera. La vela que Danyal sostenía en la mano brillaba débilmente, y vio cómo los ojos de Mirabeth, tan esperanzados un momento antes, se nublaban con una mezcla de miedo y desesperación.
Dan sintió crecer también su desaliento. No entendía cómo había sabido el hombre que debía esperarlo allí. Recordó el ruido del barullo en el exterior de los muros de la casa y se preguntó si el jefe de los bandidos no habría sido alertado por la prematura maniobra de distracción de Emilo. En cualquier caso, estaba allí, en la oscuridad, mirándolos y riéndose de ellos.
Pero entonces Dan se dejó llevar por su instinto; tiró de Mirabeth para sacarla de la celda y echaron a correr juntos por el húmedo pasillo, alejándose de la suave y amenazadora voz.
—¡Alto! —bramó Kelryn, y los pies de Danyal dejaron de moverse. Intentó empujar a Mirabeth pero se dio cuenta de que también ella estaba parada, como si sus pies se hubieran quedado pegados al suelo. Los dos se retorcieron y forcejearon pero eran incapaces de mover los pies. Era magia, comprendió Danyal con tristeza creciente; algún tipo de conjuro de inmovilidad los había alcanzado.
—No teníais ninguna posibilidad de llevar a cabo con éxito vuestro rescate, lo sabéis. Absolutamente ninguna—declaró el jefe de los bandidos saliendo de las más oscuras sombras de la mazmorra. De repente la pareja lo vio, pero no por la luz de la vela que seguía fulgurando, brillante, en la mano temblorosa de Danyal.
No; más bien parecía que hubiera una misteriosa luz que emanaba del propio Kelryn Desafialviento. El hombre tenía un contorno luminoso de color verde pálido, un brillo parecido a la fosforescencia natural que Danyal había observado alguna vez en los líquenes que crecían en algunos lugares umbríos cercanos a Waterton.
Pero este resplandor era clara y extrañamente poderoso, de un modo que no podía serlo ninguna incandescencia natural. De hecho parecía que la verdosa luminiscencia tuviera incluso el olor de algún poder arcano, un poder interno que le permitía inmovilizarlos en su sitio. El jefe de los bandidos se acercó a ellos y sonrió, mostrando el brillo de sus dientes en la extraña luz.
—Sabía que ésta sería la noche en la que vendríais a rescatarla; lo supe antes incluso de que vuestro amigo hiciera tanto alboroto allí fuera.
Ahora Dan pudo ver que la pálida luz salía de entre los dedos del hombre, unos tenues haces de extraña luminiscencia que irradiaban de la mano de Kelryn Desafialviento para expandirse por la mazmorra. Tenía un objeto ahí, algo tan pequeño como para sujetarlo en la mano cerrada, pero que latía con un poder arcano aterrador. Al mismo tiempo, brillaba intensamente pero no emitía calor, puesto que el bandido podía asirlo con la mano.
—El heliotropo de Fistandantilus. —El cabecilla de los bandidos levantó una cadena dorada y dejó que el colgante pétreo se balanceara ante ellos—. Es una pena que vuestro amigo, el historiador, no esté presente. Sé que le causaría bastante emoción ver esto.
Danyal miró fijamente la piedra, incapaz de moverse. Percibía el poder de la gema y sentía que su terrible luz le dañaba los ojos y el cerebro, pero no podía dejar de mirarla fijamente, sin parpadear. Su mente no albergaba duda alguna sobre el hecho de que era el heliotropo lo que lo tenía paralizado, lo que lo obligaba a obedecer una orden que ansiaba desobedecer con todas las fibras de su ser.
—Fue la gema la que me permitió engañarlo, la que le hizo creer que yo era un verdadero clérigo. —El bandido rió, complacido por su inteligencia.
Danyal intentó hablar, trató de desafiarlo con alguna palabra, pero era incapaz de hacer que su boca y sus labios le respondieran.
—Muy bien. Podéis relajaros, pero no intentéis huir. —Kelryn tapó de nuevo la piedra mientras hablaba, y la súbita oscuridad fue un alivio, como si una ráfaga de aire fresco se llevara con ella el pútrido olor de una cripta abierta.
De repente sus pies ya no estaban clavados en el suelo, y Danyal y Mirabeth se tambalearon, asombrados al notar que desaparecía el conjuro. Se mantuvieron unidos para ayudarse a mantener el equilibrio y animarse mutuamente.
El joven sentía el imperioso deseo de correr, pero, ahora que conocía el poder de la piedra, no se arriesgó a intentarlo, por lo menos de momento.
—La gema es el secreto de mi éxito —continuó el bandido—. No sólo me procura la obediencia de oyentes indecisos como vosotros, sino que también me protege de aquellos dispuestos a hacerme daño. Hubo un tiempo en que congregaba mucha gente en mi templo. Ahora, en las últimas décadas, he descubierto que la piedra de Fistandantilus me concede incluso el poder de sanar. Oh, no es perfecta, por supuesto que no; no como un hechizo conjurado por un clérigo verdadero, pero vosotros la habéis visto funcionar. —Kelryn Desafialviento respiró hondo y sacudió la cabeza con gesto de admiración—. ¡Este heliotropo tiene alma propia y me ayuda! Con el paso de los años ha consumido innumerables vidas y ha acumulado gran poder. ¡Me ha enseñado muchas cosas, y ha compartido conmigo maravillas de la historia que otros ni siquiera creerían! —Dan quiso preguntar si la piedra también lo había vuelto corrupto, malvado y cruel.
»¡Ja! —La exclamación de Kelryn fue alta y brusca—. Ese historiador imbécil desconoce la magnitud de su propia ignorancia. Yo lo sé, pues hay una voz, un espíritu de sabiduría, que me habla a través de la piedra. —El hombre se acercó, miró desde arriba a sus dos cautivos, y Dan sintió que Kelryn quería realmente explicarse, intentar que ellos lo entendieran. Y el muchacho odió más que nunca su tersa cara, su fría expresión. Deseaba propinar un puñetazo al hombre, desenvainar su cuchillo y clavarlo en el malvado corazón de Kelryn Desafialviento.
»Y fue la gema, después de todo, la que me permitió saber que vosotros vendríais aquí esta noche. Fue en verdad un asunto sencillo saber cuál era vuestro objetivo. —Kelryn frunció de repente el ceño y de nuevo dejó que la verde luz emanara de entre sus dedos para escudriñar a Mirabeth.
»Aunque pensé que sería el propio kender quien vendría a buscar a su mujer.
De improviso entrecerró los ojos, como si contemplara por primera vez a Mirabeth. Extendió el brazo y retiró hacia atrás el pelo que cubría la redondeada oreja humana. Dio un golpe seco en el puntiagudo final de la otra oreja, lo que arrancó un grito de protesta de Danyal, y quitó la punta postiza de cera.
Luego echó para atrás la cabeza y lanzó una carcajada.
—¡Eres ella! ¡La hija de sir Harold, la que escapó! —exclamó lleno de júbilo—. Te he tenido encerrada en mi mazmorra durante los últimos días y yo ni siquiera lo sabía. ¡Vaya broma más estupenda! ¡Qué maravillosa ironía! —Después gruñó y su cara se deformó con una mueca de crueldad—. Tu padre era una amenaza para mí, un peligro que había durado demasiados años. Me complace saber que pronto te unirás a él en la muerte.
Danyal sintió una creciente ola de furia aterradora combinada con la abrumadora conciencia de su propia situación desesperada. Sabía que los dos podían darse ya por muertos y se sintió totalmente impotente para cambiar su inminente destino. Sus dedos pugnaban por acercarse al arma que tenía en la cintura mientras estudiaba sus posibilidades. ¿Podría sacar el cuchillo y clavarlo en su enemigo antes de que Kelryn tuviera tiempo de hacer funcionar la magia de la gema?
Sabía que no podría hacerlo.
—Alzad las manos, ambos —instó secamente el hombre, como si estuviera leyendo la mente de Danyal. Aunque el muchacho intentó resistirse valientemente, sus brazos se movieron contra su voluntad y se extendieron sobre su cabeza hasta que tuvo las manos inútilmente puestas en lo alto. Su arma bien podría haber estado en el fondo del mar, donde quizás era más probable que la pudiera usar.
»Creo que haré esto de modo que mis hombres puedan disfrutar —declaró con tono divertido el señor de los bandidos—. Veamos, quizás haga que ambos saltéis desde lo más alto de la torre para despeñaros contra las rocas. Está a más de treinta metros de altura. Sí, eso sería efectivo, y bastante dramático. Seguro que estáis de acuerdo. —Kelryn frunció el ceño, aparentemente analizando un problema muy serio—. Pero ¿debería haceros saltar juntos o de uno en uno? Realmente no lo sé. —Kelryn Desafialviento parecía muy preocupado por el dilema.
El corazón de Dan palpitaba, y sintió el sudor que corría por su frente, pero seguía sin poder hacer gesto o protesta alguna.
—Bueno, para empezar, podemos salir de las mazmorras. Tú, muchacha, irás por delante, el chico te seguirá y yo iré detrás de él. Ahora ¡caminad!, pero lentamente. —Como zombis, Mirabeth y Danyal recorrieron lentamente el pasillo de la mazmorra. Una vez el muchacho intentó detenerse, resistirse a cumplir la orden del jefe de los bandidos, pero los pies que unos minutos antes habían sido incapaces de moverse ahora rehusaron parar su inexorable marcha hacia cualquier destino que Kelryn Desafialviento eligiera para ellos.
La pálida y resplandeciente gema era como una fuerza física que empujaba a Dan cuando éste intentaba revolverse y resistirse al mandato que los llevaba a su inminente ejecución.
—Tendrá que ser de uno en uno —musitó el capitán de los bandidos, asombrándolos con el modo despreocupado en que volvía al tema del asesinato—. La cara del superviviente es un tesoro que no querría desperdiciar. Pero ¿quién irá primero? Me encantaría que hicierais una sugerencia.
De nuevo los dedos de Kelryn apretaron la piedra, y, cuando la luz verde inundó la mazmorra, Dan pudo ver que la gema latía con renovado vigor.
La boca de Danyal se abrió y su lengua se movió en contra de su voluntad, y el chico se atragantó en palabras que parecían atraídas por el poder del heliotropo, que subían como la bilis por su garganta. Escupiendo y tosiendo movió la cabeza, lo que provocó un suspiro de decepción del falso clérigo de Fistandantilus.
—¡Ahora subid! —bramó Kelryn Desafialviento cuando llegaron al pie de la escalera. Mirabeth seguía a la cabeza del grupo, y Danyal dejó que subiera varios escalones antes de ir tras ella. De nuevo pensó en probar a resistirse, aunque seguía sin ser capaz de mover los brazos. ¿Podría caerse hacia atrás e intentar arrastrar al señor de los bandidos por la empinada escalera? ¡Quizá pudiera herir gravemente o incluso matar al hombre!
Envalentonado por la súbita esperanza, Dan consiguió girar la cabeza para entrever a su apresador. Lo decepcionó ver que Kelryn había desenvainado su espada para seguirlos por la escalera. Cualquier maniobra como la que el muchacho planeaba sólo le acarrearía una sangrienta herida.
Sumiéndose de nuevo en la desesperanza, Dan volvió a prestar atención a la escalada. Cada peldaño parecía emerger de una neblina ante sus ojos, y notó que sus pies se alzaban sin que mediara su dirección consciente.
Cuando llegaron frente a la puerta situada en lo alto de la escalera, Mirabeth la empujó para abrirla y salió al pasillo que estaba al otro lado. Danyal la siguió, y después Kelryn. Aún empuñaba su espada, pero parecía estar más preocupado por la verde gema, que seguía resplandeciendo entre sus dedos.
—¡Id por allí! —instó, y apuntó hacia la curva que, según recordaba Dan, llevaba al recibidor que tenía las altas paredes cubiertas de tapices. El pasillo había estado iluminado antes con sólo dos velas, pero ahora debía de haber una docena o más de antorchas colgadas de las paredes a lo largo de la estancia.
El joven no había visto a ningún otro bandido, si bien podía oír gritos que venían del exterior; sólo le quedaba desear que al menos Emilo hubiera encontrado un lugar en el que estuviera a salvo. Su corazón se encogió al pensar de nuevo en lo que podría haberle ocurrido a Foryth.
—Estos tapices representan grandes momentos de la historia de mi templo —declaró el falso clérigo, señalando con un gesto hacia las largas colgaduras. El trabajo de los artesanos probablemente había sido espléndido en su momento, pero los brillantes colores se habían difuminado y los márgenes de los tapices estaban deshilachados y apolillados.
Danyal seguía teniendo las manos sobre la cabeza y sentía muy poco interés por los tapices; le hubiera dado igual que hubieran estado recubiertos de hollín. Pero al flexionar los dedos, que empezaban a quedarse dormidos por la falta de riego, intentó pensar en algo, cualquier cosa, que pudiera hacer, y de repente tuvo el destello de una idea.
—Esa imagen... —dijo el muchacho, mirando hacia el tapiz más cercano. Se acercó a él y alcanzó a distinguir una escena de una multitud y un gran edificio cuadrado—. ¿Qué representa?
—Este tapiz muestra la construcción de nuestro templo en la muralla exterior de Haven. —Kelryn habló con gran animación—. ¿Ves? Ése soy yo supervisando el trabajo.
El hombre se aproximó a la ilustración bordada e indicó una figura con un halo verde pálido, que estaba de pie encima de una pequeña pirámide de bloques cuadrados de piedra.
El bandido contempló admirado la obra artesanal, y el muchacho percibió que la atención y el deseo del hombre estaban momentáneamente distraídos por las reminiscencias de sus días de mayor gloria.
Dan vio su oportunidad. Con las manos sobre la cabeza agarró el borde del tapiz y se lanzó hacia atrás, haciendo que todo su peso y su impulso tiraran del soporte de la antigua tela.
«¡Cede, por favor!» Su desesperada plegaria tuvo éxito. La larga tira de tela se desgarró cerca de la parte superior, con lo que el gran lienzo lleno de polvo cayó hacia abajo y enterró a Kelryn Desafialviento, su espada y su verde heliotropo.
En cuanto desapareció el jefe de los bandidos, Dan sintió cómo caían sus brazos, liberados del hechizo al quedar sofocada la luz verde. Al instante sacó la daga, listo para apuñalar a la figura que se revolvía bajo las ondulantes capas del tapiz.
—¡Danyal..., por aquí! ¡Deprisa! —Mirabeth lo cogió del brazo y tiró de él antes de que pudiera atacar.
El muchacho oyó pasos y vio el fulgor de una antorcha que venía de la dirección en la que estaba la cocina. Refunfuñó por la frustración de haber perdido su oportunidad, pero reconoció la necesidad de huir inmediatamente, por lo que siguió a la muchacha a través del recibidor. Lo sorprendió ver que las verjas de la casa estaban abiertas. Había antorchas encendidas entre las toscas casas de la aldea, y pensó que algunos de los hombres, advertidos por la maniobra de diversión de Emilo, debían de haber salido corriendo de la fortaleza para investigar.
Entonces atravesaron la verja y bajaron corriendo por el terreno de extramuros. Con un giro brusco que los alejó del camino del puente, Danyal tiró de Mirabeth para ocultarse a la sombra de un granero.
Jadeando, intentó respirar lo más silenciosamente posible, y miró a su alrededor para estudiar su situación. -
Pero no esperaba ver a alguien tan cercano como la figura que se incorporó para ponerse de pie a su lado.
Con un movimiento reflejo, Dan enarboló su cuchillo, empujó a Mirabeth a un lado y asestó la puñalada.

35
Escapar o morir

Segundo Kirinor del mes de Reapember
374d.C.

—¡Espera! —La voz familiar frenó a Danyal, dándole justo el tiempo necesario para parar el golpe mortal que había pensado asestar.
—¿Emilo? —Danyal frenó el impulso y desvió la trayectoria para no herir a su compañero—. No te había reconocido. Podrías haber... Yo te podría haber...
—No te preocupes, soy yo y estoy bien. Veo que oíste mi maniobra de diversión. ¡Ah, hola, Mirabeth! —declaró el kender—. Me alegro mucho de verte.
—Gracias; gracias a todos vosotros, por venir a buscarme —contestó ella. Pero luego miró a su alrededor buscando a alguien más en su escondite, que era un hueco en la parte trasera de un pequeño granero—. ¿Dónde está Foryth?
—Sigue dentro, supongo. —Danyal movió la cabeza, desesperado—. Le dije que se quedara a mi lado, que tuviera cuidado, pero se fue por su cuenta antes de que lleváramos diez minutos dentro.
—No sé si nos podemos permitir esperarlo —dijo tristemente Emilo—De algún modo compromete todo el plan.
—Creo que aparte de quedarnos aquí no tenemos otra opción —convino el muchacho—. ¿Has visto cuántos hombres hay reunidos en la base del puente? —Hizo un gesto hacia la luz de la antorcha que había al final de la callejuela, donde se había reunido un grupo de bandidos.
—Sí, pero, a decir verdad, no creo que estén ahí mucho tiempo. —Emilo no parecía preocupado.
—¿Por qué? —preguntó, incrédulo, Danyal. El kender no respondió, y se limitó a ladear la cabeza, escuchando con atención, obviamente esperando algún ruido.
En cuestión de segundos un gran estallido resonó en la noche, mientras una gran llamarada naranja saltaba al aire desde el otro lado de los muros de la casa. Un sordo temblor sacudió el suelo bajo sus pies, y los escombros cayeron a su alrededor mientras el fuego llameaba con una brillantez que simulaba la luz del día.
—¿Hiciste tú eso? —inquirió Danyal, asombrado e impresionado a la vez.
—Eso, era un cobertizo situado en el exterior de la fortaleza —dijo Emilo, satisfecho de sí mismo—. Y esto les enseñará a no poner todos sus barriles de aceite para lámparas en un solo lugar.
El grupo de hombres que había estado vigilando el final del puente corrió como un solo hombre hacia el escenario de la explosión. El combustible encendido se había esparcido en un arco que rodeaba el lugar de la explosión, y varias casuchas vecinas y un pajar ardían también. Otros bandidos procedentes del caserón se unieron a los que habían estado vigilando el puente, para combatir las llamas todos juntos con paladas de tierra o, en algunos casos, con cubos llenos de la valiosa y escasa agua echados en alguna parte vulnerable del fuego.
—¿Crees que eso los distraerá? —preguntó con indiferencia el kender, quien, apoyado contra la pared del granero, intentaba ver las puertas de la casa. Las llamas ascendían hacia el cielo, iluminando todo como un faro, en la noche.
—¡Vamos al puente! —apremió Mirabeth, y apuntó a la ruta que se había abierto ante ellos.
Agachados y procurando permanecer el mayor tiempo posible en las sombras, pasaron por entre los edificios exteriores del pequeño pueblo. Llegaron finalmente a la última choza, situada aún a veinte metros del puente. Toda la superficie del viaducto podía distinguirse desde el caserón, aunque la iluminación era naturalmente más brillante en este extremo.
—Es absurdo quedarnos aquí esperando a que alguien nos encuentre —dijo Danyal, y comprobó que los bandidos de Kelryn seguían ocupados con el fuego.
Los tres salieron a escape hacia el puente sin atreverse a mirar atrás, deseando que sus pies volaran, y corrieron lo más rápido que pudieron sobre el adoquinado. En pocos segundos el profundo abismo, oscuro por las sombras de la noche, se abrió inmenso a ambos lados, y el frío aire nocturno arrastró cualquier resto de calor que pudieran tener del fuego del pueblo.
El primer grito de alarma no sonó hasta que hubieron recorrido la mitad del puente, pero aun así Danyal supo que era desastrosamente pronto. Consciente de que habían descubierto su huida, pidió a sus compañeros que redoblaran sus esfuerzos con la intención de quedarse atrás, él solo, para ganar tiempo e intentar demorar a los perseguidores con su daga. Pero Mirabeth intuyó al parecer su intención, ya que lo agarró de la muñeca y tiró de él para que corriera a su lado.
Finalmente llegaron al extremo del puente, salieron del adoquinado y corrieron por el camino de tierra. Pero ahora oían los gritos de una chusma enfadada, chillidos estridentes, pues los bandidos habían dejado el fuego ya humeante de la fortaleza para iniciar la persecución. Danyal percibió la sed de sangre de la banda y supo que ninguno de los tres sobreviviría ni un minuto si los atrapaban.
—No funcionará. Todos no nos podemos salvar —dijo entre jadeos—. ¡Corred!
De nuevo intentó detenerse y plantar cara a la chusma para ganar más tiempo; pero, una vez más, Mirabeth tiró fuertemente de él.
—Tú vienes también.
Así que los siguió; el kender y los dos jóvenes humanos corrieron entre las sombras de la ladera de la montaña mientras docenas de bandidos asesinos cruzaban impetuosamente el puente.
La abrumadora oleada de pánico que atenazó a Danyal le resultó familiar pero no por ello menos nauseabunda.
—¡Dragón! —jadeó horrorizado, trastabillando. Sus rodillas parecieron volverse de goma, tropezó, y cayó de bruces mientras Mirabeth se derrumbaba a su lado y enterraba la cara en sus manos.
Emilo se frenó en seco junto a ellos y miró hacia arriba.
—¿Qué os parece eso? —dijo con tono asombrado—. ¡Un dragón!
Danyal no quería mirar, pero necesitaba saberlo. Alzó la vista y vio pasar al reptil sobre sus cabezas, tapando las estrellas de una gran extensión del cielo. Las escamas carmesí brillaban como rubíes a la luz de las fulgurantes llamas y, cuando las dos inmensas alas batieron hacia abajo, se levantó una ráfaga de aire que agitó el polvo de la calzada.
—¡Ponte a cubierto! —gritó el muchacho al kender, asomándose por la zanja del lado superior de la calzada para agarrar a Emilo por la muñeca. Metió al kender en la acequia con Mirabeth y con él, y rogó por que estuvieran lo bastante lejos de Loreloch para que el reptil no los percibiera.
Tumbados en agua fría y barro pegajoso, miraron con fascinado terror a la alada forma que planeó sobre ellos y se dejó caer en picado hacia el edificio de Loreloch.
Muchos de los bandidos perseguidores habían llegado hasta la mitad del puente, pero ahora, al verse frente a la muerte voladora, se giraron en masa e intentaron huir hacia el caserón.
Pero el dragón era demasiado rápido. El reptil acortó la distancia con lo que pareció un ocioso golpe de las inmensas alas, la enorme cabeza descendió y de repente la noche se iluminó con una infernal llamarada de fuego. El dragón voló rápido hacia adelante y fue dejando tras de sí el crepitar del fuego, los gritos de los hombres y los silbidos del aire atraído por el ardiente incendio.
Tras esto Flayze planeó cerca del caserón y arrancó uno de los grandes muros con una garra. Otra llamarada salió de entre sus mandíbulas para convertir todo el interior del edificio en un infierno. Después se elevó una creciente nube de fuego, que rápidamente alcanzó a los establos.
Rodeando el gran edificio, el Dragón Rojo aplastó las casuchas y graneros del pueblo con zarpazos de sus garras o latigazos de su monstruosa cola. Expulsó fuego de nuevo, y una docena de casitas rugieron al convertirse en llamas.
Finalmente tomó tierra cerca de la fortaleza. Con unos pocos y devastadores golpes de sus garras delanteras tiró el resto de las murallas. Golpeó la robusta torre una o dos veces, pero luego pareció decidir que la destrucción de la sólida estructura no merecía la pena. En vez de eso el wyrm se concentró en destruir todos los edificios que seguían aún en pie, en quemar todo lo inflamable y en matar todo aquello que se moviera dentro de la ruina que había sido, unos minutos antes, Loreloch.
Sólo cuando la destrucción fue absoluta decidió el reptil extender de nuevo las alas y, aprovechando una corriente ascendente de aire calentado por los fuegos encendidos por su propio aliento, Flayze despegó hacia el cielo y desapareció enseguida en la oscuridad de la noche.

36
El descubrimiento de un tesoro

Segundo Majetog del mes de Reapember
374d.C.

Más tarde, cuando se me pidió que explicara mi decisión de subir a la torre en Loreloch, no fui capaz de recordar la secuencia de pensamientos que me alejaron de mi compañero y me llevaron a las zonas altas del caserón fortificado. Sólo recuerdo una emoción, una sensación, como si una musa me estuviera cantando desde lo alto de la escalera, una diosa de los historiadores y de los cronistas que me exhortaba a visitar las estancias superiores. Sin duda, el que mi mente rememorara las palabras de Kelryn, quien me había dicho que su biblioteca estaba en lo alto de la fortaleza, me ayudó a tomar la decisión.
Sea como fuere, yo ya había ascendido la mitad de la escalera espiral antes de que se me ocurriera que quizá debiera haber avisado al muchacho acerca de mis intenciones. Para entonces, por supuesto, era demasiado tarde, y habría arriesgado que nos descubrieran a ambos si hubiera bajado a buscarlo.
Así que continué hacia arriba.
Para cuando llegué a lo alto de la escalinata, mi excitación e imaginación habían contribuido a superar mis reservas anteriores. Vi que la espiral de piedra terminaba en un pequeño rellano que estaba separado de la habitación superior de la torre por una gran puerta blindada. Yo estaba más convencido de lo que nunca había estado sobre nada de que, al otro lado de esa puerta, estaban las claves que me permitirían desvelar muchas partes de la historia desconocidas hasta el momento.
Las preguntas bullían dentro de mi mente al contemplar la hoja de madera y hierro. Tenía la firme convicción de que aquél era el corazón de Loreloch, y de que Loreloch y Kelryn Desafialviento eran las claves para revelar los restantes misterios acerca de Fistandantilus. ¿Qué le había ocurrido al archimago tras la demoledora explosión que había creado el Monte de la Calavera?
Las respuestas, no me cabía duda, se podían encontrar al otro lado de esa puerta, pero al mismo tiempo tenía una misteriosa sensación de peligro, y sabía que no podía simplemente abrirla y entrar sin más.
Un gran estrépito rompió bruscamente la tranquilidad de la noche que había rodeado el edificio de la cumbre de la montaña. De inmediato oí blasfemar dentro de la habitación, y casi no había tenido tiempo de aplastarme contra la pared, cuando la puerta se abrió de repente y Kelryn Desafialviento en persona atravesó el umbral. Desde la sombra eché un vistazo a su rostro; su mandíbula estaba encajada en una mueca de cruel expectación. Con un escalofrío de aprensión, pensé en Danyal y Mirabeth en algún lugar de la gran casa y supe que corrían un peligro terrible.
También vi que el clérigo de Fistandantilus (no descubrí hasta más tarde que realmente era un charlatán, como había sospechado al principio) sujetaba algo brillante y verdoso en una mano mientras bajaba a gran velocidad la escalera espiral. No me vio escondido en la oscuridad. De hecho, tenía tanta prisa que se olvidó de echar el cerrojo a la puerta que dejó tras él.
No perdí el tiempo en aprovechar ese descuido. En cuanto el jefe de los bandidos desapareció de mi vista, atravesé la puerta para encontrarme dentro de lo que era obviamente un estudio. Había numerosos tomos y pergaminos en las cargadas estanterías que recubrían la mayoría del espacio de las paredes de la habitación.
Las tres ventanas eran pequeñas, casi como túneles que atravesaban los gruesos muros de la torre, y estaban cerradas por una sólida persiana de madera que encajaba a la perfección en el redondo hueco.
Se me ocurrió una idea práctica: decidí echar el cerrojo a la puerta antes de comenzar a trabajar. Una sola vela parpadeaba débilmente, y aproveché la mecha para encender varias lámparas. Con luz suficiente me senté para leer y en pocos momentos estaba totalmente absorto por la información que había ante mí.
Descubrí que Kelryn Desafialviento no era un clérigo, y que Fistandantilus no era un dios. Me había mentido; su imperfecta y limitada capacidad de sanar provenía del heliotropo. Al mismo tiempo averigüé que la esencia del archimago había sobrevivido de algún modo al transcurso de los siglos, y que deseaba volver a Krynn. Si se había convertido en un lich o existía en la forma de un fantasma incorpóreo, aún me faltaba información para saberlo.
Pero descubrí algo más: que quizá Fistandantilus no había muerto en la explosión del Monte de la Calavera, sino que había trazado un plan que corría peligro de dar su fruto. Y, con su éxito, yo sabía que su venganza traería un reino de terror y oscuridad no muy distinto de los momentos más dolorosos de la historia.
Entonces mis manos empezaron a temblar cuando descubrí un secreto de verdad, acerca de un artefacto que abría las puertas de la sabiduría. Por primera vez conocí el potencial, el gran poder y la gran maldad de la calavera.
Y entonces vi el auténtico peligro del plan del archimago.

37
Pistas entre las cenizas

Segundo Kirinor del mes de Reapember
374 d.C.

El amanecer apuntaba en el cielo cuando Danyal, con la mente aún embotada por el temor, contempló las llameantes ruinas de Loreloch. De vez en cuando una piedra se liberaba de los escombros de los muros y, rodando entre las casuchas quemadas, caía desde lo alto de la cumbre chocando y rebotando por la ladera. Dos estructuras de piedra permanecían más o menos intactas entre las ruinas: el puente que llevaba hasta el caserón y la alta torre que antes se elevaba desde el interior de los muros.
—¡Foryth! —exclamó, apesadumbrado, el muchacho—. ¡Seguía allí dentro! ¡No puede haber sobrevivido!
Emilo movió tristemente la cabeza.
—No volví a verlo desde que los dos os fuisteis anoche hacia la parte posterior.
Danyal intentó reprimir las lágrimas; pero, cuando se desplomó de nuevo en la zanja, sintió contraída la garganta y sintió que el llanto no deseado le empezaba a picar en los ojos.
—¿Por qué tuvo que irse por su cuenta? —se lamentó—. Debería haberse quedado conmigo; si lo hubiera hecho ahora estaría aquí, con nosotros.
—Es muy posible que tengas razón —admitió Emilo.
Los ojos del kender estaban aún enfocados sobre la estructura en ruinas, y Danyal se giró para seguir la mirada de su compañero.
El dragón había completado la destrucción de Loreloch con la misma minuciosidad metódica con que había devastado Waterton. Además del puente y la torre, seguían en pie unas pocas chimeneas, unos muros de piedra y algún silo aislado, aunque las llamas seguían buscando, hambrientas, más combustible entre las ruinas. La destrucción había sido total, y era imposible pensar que quedara alguien con vida en su interior.
—¿No creéis que deberíamos irnos? —preguntó el kender como sin darle importancia—. Por si acaso alguno de los hombres de Kelryn Desafialviento sigue por aquí.
—Todavía no —se opuso Danyal al tiempo que sacudía enérgicamente la cabeza. Le parecía inconcebible que alguien pudiera haber sobrevivido al ataque, pero aun así no estaba dispuesto a abandonar el lugar en el que había visto por última vez a Foryth Teel.
»Quizás esté herido allí dentro, o atrapado en algún lugar.
Le sorprendió darse cuenta de que, a pesar del carácter fastidioso del hombre y sus prioridades poco prácticas, se había encariñado con el aspirante a clérigo. Además, la sabiduría de Foryth y su capacidad de penetrar en las mentes de otras personas, en especial en la del jefe de los bandidos y antiguo Buscador, habían sido armas reconfortantes en el escaso arsenal de los compañeros.
—Vayamos pues a echar un vistazo —acordó Emilo.
El final del puente estaba sembrado de cuerpos negros y calcinados. A pesar de que unos momentos antes estos hombres estaban intentando cobrarse su propia sangre, Dan sintió un triste pesar por la pérdida de vidas humanas, por el fuego implacable que había caído del cielo con efecto tan cruel y devastador.
—El dragón tiró incluso las chozas —dijo suavemente Mirabeth. Sus ojos estaban secos, pero el tono de su tez era tan pálido como una niebla fantasmal—. Había gentes durmiendo en su interior y ahora están muertas.
Otra roca cayó entre las ruinas, y los tres compañeros miraron hacia la torre esperando ver otra fase de desmoronamiento de Loreloch. En lugar de eso vieron abrirse una pequeña contraventana de madera que protegía una tronera en los gruesos muros de piedra de la torre.
—¡Hay alguien vivo allí! —susurró Danyal con una mezcla de esperanza y miedo en el corazón cuando vio salir una esbelta mano por la ventana. Antes de que la mano los saludara reconoció la manga marrón que caía de la fina muñeca.
»¡Es Foryth! —gritó el muchacho, y se arrastró desde la zanja hasta salir a la calzada, haciendo caso omiso de los dedos de Emilo que intentaban frenarlo—. ¡Foryth! —gritó de nuevo, brincando al final del puente y agitando sus propias manos—. ¿Estás bien?
No pudieron oír la respuesta, aunque Danyal imaginó con claridad el chasquear de lengua cuando el historiador se asomó por la pequeña abertura. Foryth saludó de nuevo, y el trío entendió finalmente la naturaleza de su gesto.
—¡Quiere que vayamos con él! —Mirabeth puso voz a la conclusión obvia—. A la torre.
—Pero... —Danyal podía pensar mil razones para oponerse, pero ninguna de ellas superaba la alegría de descubrir que su amigo seguía con vida—. Supongo que cree haber encontrado algo que debemos ver—concluyó.
—Bueno, entonces veamos de qué se trata. —Emilo se dirigió lentamente hacia el puente. Danyal y Mirabeth iban detrás, aunque los dos humanos se frenaron de forma apreciable al acercarse a la masa de cuerpos calcinados al final del puente.
—Me pregunto cuál de ellos es, o debería decir «era», Kelryn Desafialviento. —El kender habló despreocupadamente mientras pasaba entre los cadáveres carbonizados.
Danyal cogió la mano de Mirabeth y la apretó; advirtió, agradecido, que ella le devolvía el apretón. Evitaron mirar a los cuerpos y anduvieron por el borde del puente para eludir la zona de matanza. Aun así, el olor de la carne chamuscada, el pelo socarrado y la muerte era como una barrera física que impedía el paso. Al final, aguantando la respiración para no oler la peste, avanzaron a trompicones hasta llegar al destrozado recinto de Loreloch.
Dejaron que Emilo se encargase de encontrar el camino para atravesar las ruinas y llegar a la base de la torre. Danyal ayudó al kender a quitar las rocas que les impedían llegar a la puerta, la cual estaba hundida y salida de sus goznes como resultado del ataque del dragón.
Subieron rápidamente por la escalera espiral que ascendía por el interior de la torre.
—¡Foryth! —gritó Danyal al acercarse a lo alto.
Cuando llegaron al rellano y atravesaron la puerta abierta se encontraron en una pequeña biblioteca. El historiador se hallaba sentado ante una gran mesa y tenía un enorme libro abierto ante sí. Cerca de él había amontonados otros muchos tomos así como varios pergaminos agrupados al azar al otro extremo de la mesa. Uno de éstos había sido desenrollado, y estaba abierto y sujeto por un par de pesados pisapapeles de piedra.
—¡Ah, estáis ahí! —dijo alegremente Foryth—. Oí que había bastante alboroto ahí fuera. Me alegra ver que los tres conseguisteis escapar.
—¿Por qué se fue de esa manera? —demandó Danyal, furioso de repente por la imperturbabilidad del historiador—. ¡Podrían haberlo matado! ¡Se suponía que íbamos a seguir juntos! ¿Acaso no prestaba atención?
—¿Qué? Eh... sí... supongo que no. Quiero decir... —A los balbuceos les siguió el chasquear de la lengua—. Mira aquí, hijo mío. He encontrado algo que es absolutamente fascinante.
A pesar de su agitación, Danyal se inclinó sobre la página que indicaba Foryth. No lo sorprendió comprobar que no reconocía los símbolos escritos en ella.
—¿Qué se supone que significan? —preguntó el muchacho.
—¡Mira, aquí mismo! —El historiador apenas podía contener su agitación—. Dice que hay una calavera. ¡La calavera de Fistandantilus existe!
—¿Y por qué es eso tan importante? —inquirió Mirabeth.
—Porque si Kelryn Desafialviento pudiera obtener ambos talismanes el resultado sería... bueno, no habría palabras para describir las consecuencias; Eso quiere decir.
—¿Por qué? ¡Kelryn está muerto! —objetó Danyal—. Seguro que el dragón lo ha matado.
—Quizá. Pero la amenaza sigue ahí. Si alguien malvado y ambicioso consiguiera poseer la calavera y el talismán obtendría un poder impensable.
—¿Qué poder?
—Podría viajar en el tiempo, convertirse en el Amo del Pasado y del Presente, como Fistandantilus lo fue en otra época. Quiero decir que la combinación de la calavera con el heliotropo permitiría a su poseedor viajar en el tiempo, al igual que hizo el propio Fistandantilus.
—¿Y eso sería malo para Krynn? —intervino Mirabeth.
—Si el viajero del tiempo es malvado y lo suficientemente ambicioso, no habría límites al daño que podría infligir. Kelryn Desafialviento podría fácilmente convertirse en un dictador casi inmortal, el amo de un reino mayor que Solamnia. Y sería total y completamente invulnerable, porque podría usar ese poder para prever cualquier amenaza contra él antes de que pudiera ejecutarse.
—¿Dónde está la calavera? —quiso saber Danyal.
—He ahí el misterio que frenó a Kelryn Desafialviento, que impidió que fuera tras la calavera, algo estupendo para el mundo, debo añadir.
—¿Y con todas esas explicaciones quiere decir que usted tampoco sabes donde está? —El muchacho se impacientaba por las respuestas indirectas del historiador—. Entonces ¿por qué no salimos de aquí?
De nuevo, el historiador chasqueó la lengua.
—Dije que Kelryn Desafialviento no lo sabía, pero él no tiene el ojo concienzudo del investigador, la habilidad de percibir pistas oscuras. Yo mismo lo he deducido.
—Creo que entiendo... —Emilo Mochila masticaba el final del pelo de su copete—. La calavera...
—Precisamente. —El historiador apenas pudo contenerse—. ¡Tiene que estar en la guarida del dragón!

38
Cautiva de nuevo

Segundo Kirinor del mes de Reapember
374 d.C.

—Voy a ir inmediatamente a la guarida del dragón —anunció Foryth Teel—. He mirado ya en mi libro. Hay una especie de mapa en la página doce mil seiscientos cuarenta y siete.
—Está usted loco —lo retó Danyal—. ¡Ya vio lo que ese monstruo le hizo a Loreloch! Ni siquiera podrá acercarse a la calavera, así que mucho menos tendrá una oportunidad de completar sus estúpidas investigaciones.
—Mi sentido del deber me obliga a intentarlo —dijo seriamente el historiador.
—¿Por qué? ¿Para que pueda aprender ese conjuro que le permita convertirse en clérigo? ¿De qué le valdrá eso si está muerto?
—No, ésa no es la razón. —Foryth Teel suspiró—. Me he dado cuenta de que me he estado engañando, que no tengo futuro como clérigo. De hecho, todos me habéis ayudado a llegar a esa decisión. Esto es, que habéis llegado a significar mucho para mí. Tanto, que ya no soy un cronista imparcial, y quizá nunca lo fui.
Se interrumpió y se aclaró la garganta con dificultad. Había bajado de la alta torre con los otros compañeros y habían cruzado el puente para detenerse al otro lado de éste, alejados de la devastada Loreloch. Finalmente el historiador continuó:
—Yo... —Nuevamente chasqueó la lengua—. En fin, creo que sería mejor que los demás os retiraseis a algún lugar más seguro.
—Debería venir con nosotros —insistió Danyal.
—Eres un chico valiente y un buen amigo, pero yo tengo mi misión y tú tienes la tuya. Debes cuidar de Mirabeth y de Emilo, ¿entiendes?
—Yo... yo voy contigo —manifestó súbitamente Emilo.
—Pero el peligro... —empezó a objetar Foryth; el kender agitó firmemente la cabeza.
—No sé por qué, pero tengo la sensación de que puedo aprender algo importante de esa calavera, como si la hubiera visto antes y fuera significativa.
—Entonces, yo voy también —dijo Mirabeth—. Tú no sabrías qué hacer si a Emilo... quiero decir, si le... —Los sollozos la interrumpieron, y se cubrió la cara con las manos.
—Estaré bien —aseguró el kender—. Deberías alejarte de aquí.
—Estoy de acuerdo; tú y el muchacho, por lo menos —dijo suavemente Foryth Teel—. Podéis ir a Haven, o incluso a Palanthas. Pero alejaos de estas montañas e id a algún lugar seguro. Los dos tenéis muchos años por delante. ¿Quién sabe? Quizá sea útil para futuros historiadores que actuéis como testigos de estos hechos. Podéis correr la voz de la muerte de Kelryn Desafialviento y del final de Loreloch.
—¿Crees que la gema ha sido destruida? —preguntó Danyal, mirando hacia las ruinas de la fortaleza.
El siguiente sonido se produjo detrás de ellos, y los cuatro compañeros se giraron a una al escuchar la seca y chirriante risa en la oscuridad.
—La gema no fue destruida. Todavía la tengo, muy a salvo.
La voz de Kelryn Desafialviento dejó boquiabierto a Danyal e hizo gritar a Mirabeth. El jefe de los bandidos sujetaba con gran fuerza a la muchacha con uno de sus brazos. Su otra mano agarraba un cuchillo, cuya afilada punta se hincaba ya en la piel de la garganta de la mujer.
Kelryn se acercó a ellos, levantando en vilo a Mirabeth mientras caminaba, con lo que ella apenas tocaba el suelo con los pies. Danyal, Emilo y Foryth advirtieron que el antes apuesto jefe de los bandidos tenía un aspecto deplorable. La mayoría del pelo se le había chamuscado, y una cicatriz de tejido rojo le recorría la frente y una de sus mejillas. Sus ropas estaban mugrientas y olían a hollín.
Al ver sus miradas de incredulidad Kelryn rió amargamente.
—Estaba avisado de que venía el dragón, así que tuve varios segundos de ventaja. Cuando mis hombres corrieron hacia el puente yo me tiré a la acequia. Estaba medio enterrado en el barro cuando llegó el fuego.
»Y estás en lo cierto, historiador. La calavera tiene que estar en la guarida del dragón —se mofó Kelryn—. Al parecer no eres tan idiota como yo pensaba. Ahora me llevarás allí.
La mano de Danyal asía con firmeza la empuñadura de su largo cuchillo y sus rodillas estaban flexionadas, listas para saltar hacia el odiado bandido que, de algún modo, había conseguido sobrevivir para seguirlos hasta allí. Empero, antes de que pudiera atacar, vio a la luz de las llamas algo que no podía pasar por alto.
Un hilillo de sangre manaba de la herida del cuello de la joven, allí donde apretaba la punta del afilado cuchillo. Mirabeth estaba totalmente quieta; Danyal sabía que el corte tenía que dolerle, pero el rostro de ella no revelaba temor ni incomodidad. Por el contrario lo miraba con una expresión que le imploraba que mantuviera la calma, que escuchara, que pensara.
Sobreponiéndose a su rabia y terror, el muchacho intentó hacer precisamente eso.
—¡Si le haces daño, te mataré! —advirtió con un gruñido, sin embargo—. Lo juro por los dioses. No me importa que me cueste mi propia vida. ¡Morirás!
Kelryn asintió con la cabeza, como si la pasión del muchacho fuese lo más natural del mundo.
—Tú procura no hacer nada que me obligue a matarla —declaró con tono despreocupado.
»Y ahora —le habló a Foryth—, te oí decir algo acerca de un mapa. Sácalo pues, historiador. Vas a llevarnos hasta la calavera de Fistandantilus.
Danyal lo miró incrédulo, pero fue Foryth quien hizo la pregunta:
—¿Cómo sabías lo del dragón?
—¿Qué quieres decir? —El amenazador bandido estaba sorprendido por la pregunta. Entonces Kelryn tiró de la gema, aún fija a la dorada cadena, y la sacó de debajo de su túnica—. Él me lo dijo, el alma del heliotropo que espera mi venida, mis oraciones.
—¿Fistandantilus? —dijo Foryth con un tono que indicaba un interés meramente profesional.
—El mismo. Al final me ha traído a vosotros, donde mi destino y el suyo se harán uno.
—¿Qué es lo que quieres? —lo interrogó Danyal—. ¿Poder? ¿Sabiduría?
—Sabía que el historiador había descubierto mis notas —contestó Kelryn con una risita—, y sospechaba que podría resolver el enigma y descubrir dónde estaba la guarida del dragón.
—Y la calavera —añadió Foryth Teel. Kelryn asintió y lo animó a que prosiguiera—. A juzgar por las notas que vi en la biblioteca, crees que la unión de la calavera y la gema te concederá uno de los grandes poderes de Fistandantilus.
—¡El poder de viajar a través del tiempo! —Kelryn Desafialviento no pudo contener más tiempo su exaltación—. La calavera para mostrar el camino, y la gema para posibilitar mi vuelo.
—Pero ¿por qué?—Para Danyal era un misterio. Podía entender un deseo de riqueza o de tierras e incluso el deseo de un hombre de dominar a otros, de convertirse en amo o en rey, pero éste era un antojo que no tenía sentido alguno para él.
—No hay mayor herramienta para aquel que busque mejorar su propio futuro —declaró Foryth Teel—. Un hombre que sepa lo que va a pasar el día de mañana puede prepararse para sacar ventaja de la mala suerte de sus enemigos. Me temo que lo que dije antes es cierto: nada podría detenerlo.
—Y así será —se mofó Kelryn—. ¡Mi poder en Haven, antes de venir los dragones, era sólo algo pequeño y patético comparado con el que tendré cuando sea Amo del Pasado y del Presente! Ahora, llévanos hacia la montaña, historiador. ¡Vayamos a reclamar la calavera!

39
Hilos sueltos

Reapember
374 d.C.

Se hallaba tan cerca ahora... El heliotropo estaba allí mismo. Casi podía sentirlo, tocar y saborear el poderoso talismán que constituía el mismo corazón de su existencia inmortal.
Pero seguía habiendo una interferencia, una neblina de poder misterioso que se mantenía oculto incluso cuando competía por el artefacto. Era un escudo que rehusaba dejarlo pasar y le impedía alcanzar su triunfo final.
No era el muchacho la causa de su frustración; eso ya lo sabía con seguridad. Era una fuerza arcana, una misteriosa esencia extremadamente poderosa que, por alguna razón, estaba centrada en el muchacho humano, aunque no en su interior.
Poseía un talismán de gran poder que obstaculizaba los deseos y las intenciones del archimago. Por desgracia, había algo extremadamente familiar en ese poder competidor, y era tan fuerte como el poder del propio archimago.
Y eso significaba que, con toda seguridad, era algo temible.

40
El monte del fuego

Tercer Misham del mes de Reapember
374 d.C.

—¡Allí están! Las cumbres gemelas con el cráter humeante entre ellas. Ese tiene que ser el lugar —declaró Foryth Teel. Su emoción ante el descubrimiento lo ayudó a superar la fatiga, el temor y la ira que habían acompañado constantemente a los compañeros durante su larga y dificultosa travesía por las altas Kharolis.
Durante un momento, Dan sintió cómo su frustración e ira aumentaban para volverse también contra el propio historiador, al que tan poco le preocupaba a veces la condición en que se hallaban, pero el muchacho lo reprimió, guardando toda su antipatía para su verdadero enemigo.
—El lago emite vapor —añadió Kelryn Desafialviento—. Ese tiene que ser el lago en ebullición que muestra tu mapa. —El cuchillo del bandido seguía apretando contra el cuello de Mirabeth, aunque el hombre conversaba como si ella ni siquiera estuviera allí—. La guarida y la calavera de Fistandantilus tienen que estar en algún lugar de la ladera de la montaña.
—Veamos... —Foryth Teel no parecía muy convencido. Abrió de golpe su libro, y recorrió con el dedo los símbolos de la página—. Veo el lago hirviente, y aquí están las cumbres gemelas cónicas, pero ¿y el glaciar? Se supone que hay un glaciar.
Por enésima vez, la mano de Danyal se apretó sobre la empuñadura de la espada y miró de soslayo hacia Kelryn Desafialviento. Como siempre, pareció como si el hombre se hubiera anticipado a su interés. Le guiñó un ojo y le dedicó al muchacho una sonrisa tan fría como la mirada de un pez muerto.
—Tengo que admitir que éste parece el sitio —manifestó Emilo Mochila.
—Seguro. —Kelryn charlaba Con total despreocupación—. Ambas montañas son puntiagudas y ésa tiene un glaciar en la cara sur, tal y como muestra el mapa. Sigamos adelante.
—Entonces, eso quiere decir que la guarida debe de ser una cueva situada a media altura de la montaña de la derecha —concluyó Foryth, triunfante, y con tanta confianza, pensó amargamente Danyal, como si hubiera estado describiendo en qué pasillo del mercado podría uno encontrar al vendedor de melones. Aun así, el historiador se tomó su tiempo en estudiar el paisaje que tenía ante sí.
Dan luchaba denodadamente contra la tristeza y la desesperación que amenazaban con abrumarlo. Su única meta era rescatar a Mirabeth, arrancarla de los brazos de Kelryn el tiempo suficiente para ejecutar su venganza sobre el jefe de los bandidos.
Y después... Y después ¿qué?
No lo sabía. Por supuesto que en los ocho días que habían transcurrido desde su salida de las ruinas de Loreloch, Danyal había llegado a compartir algo del sentido del deber que sentía el historiador hacia la importancia de su tarea. Recordaba con solemnidad el aviso hecho por Foryth Teel acerca de la amenaza que podría representar el éxito de Kelryn Desafialviento.
En efecto, Dan había pasado varias de las últimas largas noches pensando en esa posibilidad. Si el cruel bandido obtenía el poder de viajar en el tiempo, podría usar ese poder para implantar una tiranía terrible, un sistema consagrado a la violencia y a la veneración del vil y corrupto hechicero.
El viaje a través del irregular terreno montañoso había sido difícil para los cinco, pero los días a la intemperie habían endurecido a todos, que habían aprendido a aprovechar cualquier refugio que pudieran encontrar. Casi siempre habían acampado sin hoguera para no llamar la atención, ya que todos temían al gran reptil cuya guarida era el objetivo de su búsqueda.
Apiñados bajo sus dos únicas mantas, aguantaron los primeros aires fríos del otoño, decididos a concluir con éxito su búsqueda.
Tres veces tuvieron que parar porque el kender volvía a sufrir sus violentas convulsiones. Cada una le parecía a Danyal más grave que la anterior. Cuando tuvo el primer ataque, Kelryn Desafialviento había estado dispuesto a matar al desafortunado kender. Fue Mirabeth quien lo disuadió de tal idea, dejando claro que se sacrificaría a sí misma antes de permitirle hacerlo. Kelryn no estaba dispuesto a renunciar a su rehén, y, por primera vez, Dan había visto que el jefe de los bandidos estaba tan asustado cómo los demás ante la posibilidad de quedarse solo.
Durante las horas siguientes a ese ataque, Emilo se había mostrado confuso, atormentado por recuerdos que no podía —o no quería— evocar. En las otras ocasiones Kelryn había esperado con impaciencia, y muy a pesar suyo, a que el kender recobrase el sentido y la movilidad.
Afortunadamente no habían visto señal alguna del dragón. Si Flayze había regresado a su guarida después de destruir Loreloch, había permanecido en ella o había emprendido vuelo a alguna otra parte de su territorio. Ahora miraron a la montaña, convencidos de que allí vivía el monstruo y ansiosos por encontrar la ruta más segura para la escalada.
Danyal se preguntó por un momento si, ahora que habían descubierto la ubicación, Kelryn intentaría matarlos y decidió que eso no ocurriría sin una pelea. Pero, al parecer, al jefe de los bandidos lo asustaba la idea de seguir solo.
—Tú irás por delante, junto al kender y el historiador —le informó Kelryn a Dan—. La muchacha y yo estaremos detrás de vosotros, para asegurarme de que los demás no intentáis nada.
—Si le haces daño... —Danyal no pudo acabar la frase, pero sus ojos ardían de rabia. Kelryn Desafialviento se limitó a encogerse de hombros.
—Veamos... Podemos ascender a la cumbre casi por cualquier lado —dijo Foryth Teel, ansioso por cambiar de tema—. No parece una montaña muy difícil de escalar.
—Creo que debemos subir por ese barranco —sugirió Dan, y apuntó hacia una hondonada socavada en el rocoso terreno de la ladera inferior de la montaña—. Ahí seguro que no se nos ve desde la guarida.
Los otros estuvieron de acuerdo, y aprovecharon las restantes horas de luz para llegar al pie de la montaña. El lago de agua caliente estaba cerca, a su izquierda, y, aunque se hallaba a más de cuatrocientos metros de distancia, podían ver el borboteo de la superficie del agua. Un grueso penacho de vapor ascendía sobre el lago y cubría todo el valle con una niebla perenne, y los viajeros dieron gracias por ello, ya que ayudaba a ocultarlos, si bien el aire húmedo impedía la evaporación del sudor de su piel y les humedecía las ropas y el pelo.
A pesar del lago hirviente, el aire se enfrió rápidamente al llegar la noche. Un viento frío soplaba desde las alturas, y la respiración de los caminantes se condensó en el aire cuando los cuatro compañeros y su mortal enemigo empezaron el ascenso.
El barranco resultó una buena elección como ruta. De vez en cuando tenían que maniobrar para rodear grandes rocas o pequeños precipicios en la empinada superficie del barranco; pero, al menos los muros que encerraban la hondonada, de siete u ocho metros, de alto, protegían su avance.
Hora tras hora siguieron ascendiendo, parando en ocasiones para descansar algunos minutos, tras lo cual reanudaban el ascenso por el inclinado suelo del barranco.
Por acuerdo tácito, Danyal iba a la cabeza. Emilo y él eran los más ágiles de los cuatro compañeros, pese a que en los últimos días el kender parecía haber perdido algo de su carácter valiente y despreocupado.
Dan no estaba seguro de si esto era consecuencia de la creciente frecuencia y violencia de los ataques recurrentes o bien de su preocupación por Mirabeth. En cualquier caso, el cambio era notorio y triste.
El muchacho llevaba consigo un tramo corto de soga, una de las pocas cosas que habían salvado de las ruinas de Loreloch, y cuando tenían que escalar zonas más difíciles se apuntalaba en la parte superior y dejaba caer la soga para que sus compañeros pudiesen ayudarse con ella.
En estos tramos, Kelryn Desafialviento escalaba con una sola mano y sujetaba el cuchillo y a Mirabeth con la otra. Cualquier pensamiento que pudiera tener Danyal de soltar la soga era anulado por el convencimiento de que lesionaría a la muchacha igual que al bandido.
Era después de medianoche cuando, recién completado un tramo de cinco metros de ascenso vertical, pararon de nuevo entre jadeos a fin de descansar. Danyal tenía la impresión de que sólo habían completado la mitad del ascenso de la alta y empinada montaña; contuvo una punzada de miedo, no queriendo imaginar qué podría pasar si la luz diurna los sorprendía alejados de algún tipo de refugio, totalmente expuestos en la rocosa ladera de piedra desnuda.
—Aquí hay un agujero —dijo, cansado, Foryth—. Casi me caigo dentro.
Una ráfaga de vapor que dio en el rostro de Dan fue la primera indicación de que había una grieta grande en el suelo del barranco. Siguiendo el calor, Dan rodeó un gran peñasco y distinguió un agujero negro en el suelo, lo bastante grande para que una persona pudiera atravesarlo, pero no un dragón.
—¡Es una cueva! —exclamó Danyal.
—Podría ser una chimenea de ventilación para la guarida del dragón —sugirió pensativo Foryth, que se acercó para situarse al lado de Dan.
—Entremos por aquí, entonces —decidió el muchacho. La sensación de aire caliente era tan agradable que durante un momento se olvidó del miedo y el odio que luchaban violentamente en el interior de su mente.
Los otros estuvieron de acuerdo en que el muchacho fuera de nuevo por delante. Danyal reptó sobre su barriga y, a los pocos metros, notó que el conducto se ensanchaba. Intentando avanzar en silencio, se dio la vuelta para ir con los pies por delante. Deslizándose sobre la espalda llegó hasta un borde de piedra. A pesar de la oscuridad casi total, vislumbró una superficie un poco más abajo, y se deslizó hacia allí hasta que se pudo poner de pie sobre una roca plana y lisa.
Al poco tiempo los otros se habían unido a él. Aunque avanzaban sin hablar, cada susurro de tela al rozar contra la piedra, cada tacón arrastrado contra el suelo, resonaban intensamente en la quieta oscuridad. Kelryn asió con más fuerza a Mirabeth; el rostro de Dan se puso rojo de ira, pero la muchacha lo miró con una muda súplica. Ella quería que mantuviera la calma y, por el bien de la joven, él lo hizo.
Gradualmente, Dan se iba dando cuenta de que el silencio ya no era total dentro de la cámara subterránea, ni tampoco la oscuridad.
—¡Ve! —siseó Kelryn—. Enséñanos el camino.
Sonó un apagado estruendo que parecía provenir de la misma roca. En efecto, más que un sonido era una vibración, un temblor evidente por partes iguales en el aire y en las paredes de la cueva. El suelo parecía moverse, y Dan se preguntó por un momento si la caverna no estaría a punto de derrumbarse. Pero las paredes parecían sólidas; además, considerado desde un punto de vista práctico, ese sonido podía ahogar los pequeños ruidos que hacían los cuatro intrusos. Por otra parte, aunque el estrecho pasillo de entrada no permitía que entrara luz alguna del exterior, había una pálida iluminación que destacaba los bordes curvos de la estrecha caverna de piedra.
Había un tono carmesí en el fulgor, lo que sugería que su origen debía de ser un caliente horno de fuego o unas ascuas. Cualquiera que fuera su origen, Danyal daba gracias por la luminosidad, aliviado de que no tuvieran que buscar a tientas en la oscuridad o, peor aun, que se vieran obligados a portar algún tipo de luz que delataría su presencia a cualquier ocupante de la gruta.
Al cabo empezaron a avanzar con cuidado por la caverna, cuyo suelo era sorprendentemente liso. No había ninguna roca suelta ni la habitual arenilla que Danyal había encontrado siempre en las cuevas que había explorado. Parecía casi como si la piedra hubiera fluido allí como el barro espeso y luego se hubiera solidificado en esa lisa superficie que volvía tan fácil el avance por el pasillo.
Un aire caliente y seco les azotaba el rostro, y la temperatura se fue incrementando de forma gradual hasta alcanzar un calor intenso que sugería una profunda fuente de fuego. La iluminación también hacía lo propio, hasta que estuvieron avanzando por una caverna teñida de carmesí, con un centro fogoso que los llamaba y amenazaba desde el fondo del pasillo.
A poco llegaron al final del pasadizo; éste acababa en un orificio que se abría a una gran caverna situada unos seis metros más abajo. Unas líneas de color rojo brillante, como llamas líquidas, recorrían el suelo de la caverna, en cuyo centro se elevaba un gran montículo de piedra.
No había señal alguna del dragón. No obstante, Danyal se puso tenso cuando Foryth le tocó el brazo y apuntó después a un nicho en sombras, al otro lado de la caverna.
Una calavera, un cráneo humano, estaba allí mirándolos con sus negras órbitas sin ojos. Pese a saber que sólo era un objeto inanimado, Dan sintió un escalofrío de aprensión al observarla. No podía dejar de pensar que esas cuencas vacías lo miraban a él.
—¡Ahí está! —susurró Kelryn Desafialviento, con la cara desfigurada por una mueca de ansiedad. De nuevo apretó la mano que sujetaba a Mirabeth, y sus ojos se clavaron en Dan—. ¡Tú, chico, baja allí y tráemela!
El odio de Danyal por el jefe de los bandidos y su temor por la vida de Mirabeth debían de darle una expresión atormentada que resultaba divertida a su enemigo. En cualquier caso, Kelryn lo miró y rió, a la vez que apretaba la punta de la daga contra la piel de ella.
—¿Por qué dudas? ¿O es que tienes miedo?
Kelryn avanzó, sin soltar a la muchacha, y condujo al trío de compañeros hasta el borde del orificio. Danyal vio una estrecha cornisa y empezó a bajar por la rampa descendente, agarrándose como podía a la pared mientras avanzaba centímetro a centímetro. Foryth primero y Emilo después lo siguieron. Aferrando a Mirabeth con su brazo flexionado, el jefe de los bandidos fue tras ellos, con el cuchillo preparado para asestar la puñalada asesina.
Consiguieron con mucho esfuerzo llegar al suelo de la caverna, y una vez allí sintieron cómo la roca de la montaña calentaba rápidamente las suelas de sus zapatos. En un apretado grupo, cruzaron un arco de piedra que vadeaba uno de los ríos. La viscosidad escarlata era, de hecho, roca derretida, según le explicó Foryth a Danyal.
Por fin se detuvieron ante el nicho en el que descansaba la calavera de Fistandantilus, y Danyal sintió revuelto el estómago ante la extraña sensación de que las vacías cuencas estaban contemplándolo a él.
Fue Emilo quien dio un paso adelante y trepó por una cornisa de roca que conducía al nicho. Miró intensamente a la calavera desde medio metro de distancia, y Danyal pudo ver que el normalmente intrépido kender temblaba.
—Recuerdo —dijo Emilo, con una voz que era apenas un susurro— que vi antes esta calavera... Había allí un enano... un enano malvado.
—¡Coge la calavera! ¡Tráemela! —espetó Kelryn, empujando el cuchillo con fuerza suficiente para hacer emitir un jadeo a Mirabeth.
Lentamente el. kender extendió sus pequeñas y finas manos. Dudándolo un momento cogió entre las palmas la calavera y la levantó de la lisa roca del nicho. Danyal se dio cuenta de que había contenido la respiración, esperando que la montaña se derrumbara o que hubiera algún tipo de explosión.
En lugar de eso pareció como si cesaran las vibraciones en las ígneas profundidades de la montaña. Con un suspiro de alivio, Emilo se dejó caer al suelo, sujetando el grotesco trofeo con los brazos extendidos.
Fue entonces cuando una risa ronca resonó en la guarida, un sonido que sólo podía tener un desastroso significado. Al mirar hacia arriba y ver los orbes amarillos y sus verticales pupilas que los miraban malévolamente en la oscuridad, Danyal lo supo.
Flayzeranyx estaba allí.

41
Convergencia

Tercer Bakukal del mes de Reapember
374 a.C.

Fistandantilus sintió un estallido de poder cuando las manos del kender tocaron las sienes de la calavera. El círculo estaba cerrado y sólo necesitaba una explosión de sangre y de magia para conseguir al fin que su plan diera sus frutos. Su voluntad, su memoria y su presencia se fundían para formar un único ente poderoso, un ente que empezaba a poder ejercer el control.
Al mismo tiempo podía sentir el pulso firme, el cálido y rítmico latir del heliotropo. Se encontraba muy cerca y, junto con la calavera, le permitiría volver a estar completo.
Pero aún percibía la maldita e impenetrable interferencia, ligada de algún modo a la presencia del muchacho.
Pero también eso acabaría pronto.
En efecto, el kender era ahora su esclavo, ya que la calavera le daba a Fistandantilus la capacidad de poder superar la limitada resistencia de su anfitrión. El desgraciado sufriría antes de morir, pero primero debía atender otro prioritario asunto.
Fistandantilus sintió la cercanía de la gema, y reunió toda su fuerza para penetrar en las profundidades de la mente del kender y tomar el control total.
Emilo Mochila se movió furtivamente hacia un lado, hasta agazaparse al lado de la tendida figura de Kelryn Desafialviento.
El heliotropo estaba allí, y a través de la calavera el archimago controlaba por fin al kender.
Y Fistandantilus ardía en deseos de matar.

42
Dragones, clérigos y magia

Tercer Bakukal del mes de Reapember
374 a. C.

En las décimas de segundo que tardó en reconocerlo, Danyal supo que la oleada de miedo al dragón era inminente e inevitable. Aun así, la realidad de la presencia del monstruo rojo tornó en gelatina sus rodillas y lo hizo caer como fulminado... salvo que seguía vivo, jadeando horrorizado, desplomado impotente sobre el suelo. Mirabeth, Foryth e incluso Kelryn Desafialviento habían sufrido el mismo efecto por la llegada del reptil, aunque el jefe de los bandidos había caído encima de la chica, inmovilizándola contra el suelo con su propio peso. Los cuatro humanos miraban boquiabiertos, atenazados en menor o mayor grado por el temor y la inmovilidad.
Sólo Emilo seguía en pie. Danyal recordó la impasibilidad del kender cuando el dragón había sobrevolado Loreloch y, pese a que de nuevo veía ante sí la evidencia, se preguntó cómo podía ser que su compañero se mantuviera erguido y, aparentemente, sin temor ante una presencia tan letal y sobrecogedora.
En efecto, Emilo, que sujetaba aún la calavera, pasó al lado de Kelryn Desafialviento sin aprovechar la circunstancia de encontrarse detrás del bandido. ¡Podría haber sacado a Mirabeth de sus garras! En vez de eso se alejó caminando de los otros, con la cabeza levantada para mirar al inmenso dragón.
El cuello del monstruoso reptil se retorció, y el rostro bestial bajó con un chirriante sonido de escamas secas hasta que los ollares gemelos se abrieron ante los compañeros. Una pequeña nubecilla de humo negro emergió del resplandeciente hocico, y Danyal tosió de forma refleja. Kelryn Desafialviento seguía paralizado por el miedo, mirando fijamente al wyrm.
Extrañamente, la tos pareció darle un ligero control sobre sus extremidades, y Dan pudo incorporarse un poco para ponerse de rodillas.
Gateando para llegar a Mirabeth, la cogió de la mano y se congratuló por el apretón que ella le devolvió.
«¡Ahora!», articuló mudamente.
Mirabeth asintió, y Dan tiró de su mano mientras ella intentaba rodar para alejarse de Kelryn Desafialviento, pero el clérigo consiguió superar algo de su propio terror para girarse y amenazar de nuevo a la muchacha con el cuchillo, ahora apretado contra su espalda.
Ella gruñó por el dolor, y, con una mueca de amargo desaliento, Dan se quedó inmóvil de nuevo.
—¡Mira! —jadeó Mirabeth.
Apretando aún su mano, Dan se volvió para ver a Emilo de pie, al parecer aturdido, ante el ancho hocico del dragón. Las mandíbulas escarlatas estaban levemente abiertas, dejando al descubierto una hilera de dientes, algunos de los cuales eran más grandes que la hoja del cuchillo de Danyal.
—La calavera de Fistandantilus me pertenece a mí —siseó ferozmente el dragón.
—No. La calavera no le pertenece a nadie; a nadie que no sea a sí misma —respondió el kender.
Por lo menos las palabras procedían de Emilo Mochila, pero la voz era más grave y enérgica que la del parloteo normal del kender.
Emilo estudió el cráneo que tenía entre sus manos, y luego alzó la cabeza para encontrarse con la penetrante mirada del dragón.
Con gesto deliberadamente lento, el kender metió la calavera bajo su brazo, con el óseo rostro mirando hacia atrás, y alargó la otra mano para meterla en un saquillo que tenía en un lado de su cintura y sacar una cadena dorada de la que pendía un colgante con una conocida gema.
—¡Mi heliotropo! —El chillido de Kelryn Desafialviento rasgó el aire como una cuchilla. Con los ojos muy abiertos, el hombre metió la mano izquierda dentro de su camisa. Su diestra tenía blancos los nudillos por la fuerza con la que sujetaba el cuchillo, cuya punta seguía pinchando cruelmente la espalda de Mirabeth.
La calavera miraba desde sus negras órbitas, con una mueca burlona en sus dientes cerrados.
—Si eres sabio, rojo reptil, te retirarás de inmediato y tendrás una oportunidad de sobrevivir.
Las palabras procedían del kender, pero de nuevo no era Emilo Mochila quien hablaba. La diminuta figura acunaba la calavera mientras permitía que la refulgente gema se balanceara hipnóticamente de lado a lado.
El dragón resopló, y Danyal tuvo por un momento la certeza de que todos iban a morir envueltos por una letal explosión de llamas. Pero algo, quizá simplemente el deseo de no dañar los tesoros, hizo que Flayze no lanzara su ataque.
En lugar de escupir fuego, el dragón movió lentamente una garra y golpeó con ella el pecho de Emilo, que salió despedido violentamente hacia atrás. El cuerpo del kender chocó contra el suelo, rebotó y fue a parar sobre Foryth Teel.
El historiador cogió al vuelo la fláccida figura de Emilo y lo bajó suavemente hasta el suelo.
De algún modo la calavera y el colgante habían permanecido con el débil cuerpo durante el violento ataque, y ahora, cuando la sangre empezaba a brotar de una profunda herida en el pecho del kender, la burlona cabeza de la muerte se hallaba a los pies de Emilo mientras que el colgante descansaba en el suelo, a corta distancia. La pálida luz verde latía en la piedra, y su brillo era claramente visible aun en la ígnea iluminación de la guarida del dragón.
Kelryn Desafialviento, cuya expresión no había perdido su mueca de horror, se abalanzó sobre la piedra pero no pudo cogerla porque, con un tirón, Mirabeth aprovechó la oportunidad para alejarse gateando de él. El jefe de los bandidos corrió tras ella, y tuvo que desistir con un gruñido cuando Danyal salió a su encuentro blandiendo el gran cuchillo curvo. Foryth Teel, mientras tanto, tanteaba suavemente el desgarrado pecho del kender.
—¿Está...? —Danyal echó un vistazo a la sangrante figura y se horrorizó al ver el blanco nacarado de las costillas de Emilo a través de la herida del pecho.
—Está vivo. —Foryth señaló a un músculo que se contraía, y el chico supo que estaba viendo parte del corazón del kender.
Foryth Teel levantó bruscamente la cabeza. Sus ojos se clavaron intensamente en el dragón, y su delgado cuerpo se tornó rígido y tenso de un modo que Danyal nunca había visto.
—Durante años he procurado mantenerme al margen, permitir que la historia teja sus hilos sin mi interferencia ni mis juicios. —Endureció el tono y agitó un delgado puño en el aire; tenía una expresión salvaje en el rostro, y la frente empapada de sudor—. Pero esto es demasiado. El destino es demasiado cruel, y yo os culpo a todos los que aspiráis a ser grandes protagonistas de la historia. —El cronista tomó aire y asentó con firmeza sus pies.
»Este ser es inocente y se lo ha utilizado de un modo cruel. —Foryth Teel gritaba ahora, con una voz que parecía tan poderosa como para sobrepasar los temblores volcánicos de la montaña—. ¿Cómo te atreves? —La voz del historiador se ahogaba por la pasión, y la intensidad de su ira pareció golpear al monstruoso reptil como un látigo.
Por toda respuesta, Flayze se limitó a resoplar con sorna.
Al mismo tiempo, Danyal notó una nueva presencia en la cueva, la incongruente imagen de un anciano vestido con una túnica de color gris pardo. El extraño estaba cerca, claramente dentro del campo de visión del dragón, y sin embargo su presencia parecía pasar inadvertida para el reptil. Foryth Teel paseó entonces la mirada por la estancia, y también él miró sin ver al hombre, sin dar señal alguna de percibir la presencia del misterioso observador.
«¡Eso es lo que es! ¡Un observador!», comprendió Danyal cuando el extraño alzó las manos y reveló que tenía entre ellas un largo rollo de pergamino. Acompañado por el chirriar de una pluma, empezó a escribir mientras su mirada iba pasando sin sobresaltos del dragón al jefe de los bandidos y al historiador.
Dan se asombró por su aceptación de la extraña aparición, pero no pudo dejar de pensar que el hombre parecía pertenecer a este lugar.
Foryth Teel se giró y apuntó un dedo acusador hacia Kelryn Desafialviento.
—¡Y tú también! —Le pareció a Danyal que todo el autocontrol de Foryth, toda su objetividad de la que tanto se jactaba, habían desaparecido consumidos por la rabia. Levantó sus puños, y echó la cabeza atrás para gritar al alto techo arqueado.
»¡Y todos vosotros, clérigos, e incluso los mismísimos dioses Paladine y Takhisis! Escupo sobre vuestra arrogancia, vuestras crueles manipulaciones. Y tú, Gilean, ¿me puedes oír? Tú eres el peor de todos. —Ante esas palabras el escriba se giró bruscamente hacia el historiador y sus ojos se estrecharon momentáneamente, pero luego volvió a observar al dragón.
»Buscas la imparcialidad, la falta de pasión, pero ¿cómo puedes hacer caso omiso de los sufrimientos? —Rebuscando en su saquillo, Foryth Teel sacó su Libro del saber y agitó despectivamente el tomo en el aire.
»Todos vosotros estáis corruptos. Maldigo vuestras inmortales pretensiones. —Ahora la voz del historiador se tornó menos estentórea, pero sin perder aún el tono acusador—. Veo que no sirve de nada limitarse a observar. Tengo que hacer mi papel, ser parte de la historia. Importa quién vive y quién muere. Las gentes como este kender son algo más que meros peones. ¡Merece algo más que perder la vida en medio de vuestro enfrentamiento! —Foryth contuvo un sollozo estrangulado, y volvió a ponerse erguido—. Yo no puedo cambiar nada; es una pena que no tenga amigos más poderosos.
Bruscamente arrojó el libro contra la rocosa pared al lado del nicho en el que habían encontrado la calavera. Las páginas se quedaron pegadas contra la pared y de repente saltaron chispas por la pétrea superficie, una cascada de luz que dejó a todos boquiabiertos.
Incluso Flayze miraba, sus amarillos ojos abiertos, sus largos colmillos asomando por las fauces entreabiertas.
Sobre la pared de la caverna aparecieron unas letras, palabras de magia y de poder. Foryth se arrodilló lentamente y comenzó a rezar. Sus manos fueron al pecho sangrante de Emilo, y la magia y la curación fluyeron de sus dedos.
Danyal miró asombrado cómo la abierta herida del kender empezaba a cerrarse. La sangre dejó de manar, y el corazón, y después las costillas, desaparecieron bajo la piel lisa y limpia. El chirriar de la pluma del observador era, a los oídos del muchacho, un ruido desmesurado. Foryth miró a lo alto.
—Y ahora, mi Señor de la Neutralidad, concédeme el poder de expulsar esta fuerza del cuerpo y el alma de mi amigo. Exorciza al espíritu que intenta subyugarlo. Expúlsalo de la inocente carne de Emilo Mochila.
Como la explosión de una alcantarilla, de la figura inerte salió un gas sulfuroso y hediondo; una niebla verde que parecía ascender del aún inmóvil kender se arremolinó en el aire formando una nube que rodeó a Foryth Teel.
Sólo entonces advirtió Danyal que la gema de Fistandantilus emitía un brillante resplandor verde y latía con más fuerza que nunca.

43
Poderes en pugna

Reapember
374 d. C.

¡Estaba libre!
Alimentado por el heliotropo y el poder almacenado por las muchas vidas que había absorbido, la esencia de Fistandantilus se precipitó hacia la calavera, con una tormentosa y exultante fuerza. Estaba desesperado por adoptar una entidad física.
Y después vino un dolor indescriptible cuando la esencia del mago entró en el cráneo. El espíritu fue desgarrado bruscamente, retorcido cruelmente, y la nube de niebla se dividió en dos partes con una explosión de agonía.
Una de las mitades se alojó en la hambrienta y acogedora calavera. En pocos segundos ésta se fusionó con el espíritu para generar una criatura espantosa, Un muerto viviente. Fistandantilus había quedado dividido por la explosión del Monte de la Calavera, pero ahora las distintas partes de su existencia se unieron para dar forma a un lich, una criatura inhumana y de hambre insaciable. El cuerpo esquelético estaba preparado para conjurar hechizos poderosos, para realizar una magia violenta y mortífera.
El otro hilillo de niebla sé alejó, llevándose con ella parte de la vida y el alma del mago. El lich tuvo que limitarse a mirar cómo gran parte de él se abalanzaba implacablemente hacia el muchacho humano.

44
Fistandantilus renacido

Tercer Bakukal del mes de Reapember
374 d.C.

Como un pequeño ciclón verde, la nube de gas se arremolinó en el aire, elevándose desde el núcleo de la gema, se enroscó para crear una forma translúcida y se inclinó hacia la calavera.
Pero algo le impedía llegar a ella.
Una ráfaga de aire tiró de Dan, le azotó el pelo y las ropas. La fuerza del remolino fue tan intensa que amenazó con tirarlo y arrastrarlo por el suelo.
Danyal notaba los tirones más fuertes en el cinturón y, cuando se llevó la mano a la hebilla, lo asombró sentir que el metal estaba caliente y que vibraba bajo sus dedos. La fuerza tiraba con fiereza de su talle, intentando arrancarle el cinturón.
Y entonces, de repente, lo comprendió: la antigua herencia, la hebilla llevada por sus antepasados, estaba de algún modo vinculada a la magia.
Con un ruido atronador, el torbellino se dividió en dos columnas gemelas de aire, que se arremolinaron para separarse con una violencia sobrenatural. Uno de los remolinos giró hacia la calavera, y ésta se alzó del suelo y quedó flotando en la extraña nube.
Fue el segundo torbellino el que se dirigió hacia Danyal.
El muchacho reculó, alejándose de la brillante forma que se acercaba, pero el vendaval lo atraía, el remolino lo sofocaba, ciñéndose a su cuello como el cinturón que apretaba su cintura. Al sentir el irresistible deseo de esa apestosa niebla, manoseó el cierre de la hebilla de plata, que se resistía a sus torpes dedos, y se quemó las manos con el calor sobrenatural del metal.
Finalmente la hebilla del cinturón se soltó. El muchacho abrió frenético el broche, y la piel de las palmas se le quemó con la fricción del cuero cuando éste le fue arrancado de las manos por el torbellino. Dan se desplomó en el suelo y quedó tendido, mirando lo que ocurría.
El cinturón propiamente dicho siseó al desaparecer convertido en cenizas por el toque sobrenatural de la nube verde. La hebilla flotó en el aire, suspendida dentro del ciclón, y el argénteo metal empezó a resplandecer.
Y entonces la plata comenzó a fundirse, y las gotas del incandescente metal fluyeron sobre el suelo. Ante los incrédulos ojos del muchacho, las gotitas fundidas convergieron y se elevaron en el aire. Girando lentamente, se transformaron en una forma brillante y perfecta: un reloj de arena plateado.
Dan no estaba seguro de cuándo sucedió el cambio, pero de repente los dos torbellinos gemelos menguaron y se difuminaron, y el espacio interior de cada uno de ellos se volvió sólido y nítido.
Y entonces los ciclones desaparecieron, y en su lugar quedaron dos figuras vestidas con túnicas negras. Sus facciones eran invisibles bajo los profundos pliegues de sus oscuras capuchas de terciopelo, pero Dan tenía pocas dudas acerca de su naturaleza: éstos eran hechiceros de magia negra, atraídos hasta allí por los inmemoriales conjuros de la gema, la calavera de Fistandantilus y la hebilla de plata de Paulus Thwait.
El dragón fue el primero en reaccionar. Flayze rugió atronadoramente, y se elevó con un gran batir de alas. Una corriente de aire golpeó a Dan y a sus compañeros en la cara, y el muchacho levantó una mano para protegerse. Al mismo tiempo vio abrirse la boca del dragón y percibió el infierno que crecía dentro del inmenso vientre escarlata.
Mirabeth lo cogió del brazo, y él se tiró al suelo, arrastrándola consigo e intentando escudarla bajo sus brazos de la letal llamarada inevitable. Recordó los cuerpos carbonizados en su pueblo, y los bandidos muertos sobre el puente de Loreloch; de algún modo parecía una ironía del destino que él también encontrara la muerte por el llameante aliento del reptil.
Alcanzó a oír unas cortas palabras secas, pero éstas fueron rápidamente ahogadas por el rugir del fuego. Danyal recordó el sonido de la forja del herrero cuando el fuego había sido atizado y bombeaba el fuelle. Este era el mismo rugir hambriento y chisporroteante, salvo que estaba muy magnificado, como si él mismo estuviera en el interior de la chimenea.
¡Pero no se estaba quemando!
La verdad penetró en su mente, paralizada por la conmoción, con una casi tímida llamada a sus sentidos. Danyal parpadeó al sentir que Mirabeth temblaba bajo él. Miró hacia arriba y vio una muralla de fuego ante ellos. Sobre su cabeza, y también por ambos lados, rugían las llamas aceitosas. Sintió el calor sobre su piel, como si estuviera mirando fijamente de cerca una cálida chimenea, pero la letal conflagración no los afectaba ni a Mirabeth ni a él.
Vio que las llamas tampoco quemaban a Foryth, Emilo, Kelryn o los dos magos de negras túnicas. Uno de estos últimos tenía alzada una mano que parecía la de un esqueleto, cubierta de una piel enfermiza; era la fuerza de ese gesto, supo de repente Dan, lo que estaba partiendo las llamas y desviando el letal aliento del dragón.
De repente cesó el fuego, y en su ausencia la caverna pareció quedarse completamente fría y oscura. Pese al calor y la luz emanados de los arroyos de lava incandescente que fluían por el vasto recinto, semejaba una noche de invierno en comparación con el fuego del dragón.
El otro mago extendió una mano hacia el monstruo en un gesto rápido y amenazador, y Dan tuvo tiempo suficiente de ver que la extremidad era más humana que los esqueléticos dedos del primer mago. Los de esta mano eran largos y finos, pero estaban innegablemente cubiertos de carne y de piel rosada y viva.
Otra palabra hendió el aire del interior de la caverna, un grito que sonó como un ladrido. Con un escalofrío, el muchacho comprendió que estaba siendo testigo de una magia aun más poderosa. Los sonidos arcanos eran ásperos a sus oídos, y la sensación que dejaron en su vientre fue la misma que si hubiera recibido un golpe violento.
Una estela de pálida luz se expandió de la mano del mago, un cono creciente que envolvió la mayor parte del dragón, y tocó con su frío brillo la extensión de lava burbujeante y la humeante pared del otro lado de la caverna. La roca líquida se oscureció de forma inmediata, solidificada, y unas grietas recorrieron violentamente el suelo.
Y, en medio del extraño brillo del conjuro, Danyal sintió un gélido frescor, una frialdad que traspasó sus ropas y su piel de tal modo, que parecía tornar en hielo la sangre de sus venas. Inmerso en ese frío, el joven entendió una cosa: él sufría sus efectos por el solo hecho de estar observando el hechizo, pero el verdadero frío era una fuerza de magia poderosa que afectaba a todo lo que se veía envuelto por la pálida y frígida luz.
Golpeado en medio del pecho por el ataque arcano, el dragón cayó hacia atrás con un bramido de dolor y de rabia. Escamas rojas, extrañamente recubiertas de escarcha, se desprendieron del monstruoso cuerpo para caer al suelo cuando el reptil se retorció para alejarse del odioso frío. Flayze intentó golpear al mago con su enorme ala, barrerlo de su sitio, pero la coriácea membrana se había tornado quebradiza y pesada, lisiada por el ataque de magia fría.
Dan era vagamente consciente de la presencia del extraño de la túnica gris que seguía en segundo plano. El hombre seguía tomando apuntes aunque parecía estar poco interesado por los hechos que se sucedían ante él. Había dado la vuelta al reloj de arena plateado, y los granos brillantes como diamantes se filtraban lentamente por el cuello de cristal.
Al parecer, Danyal era el único que había notado su extraña presencia en la caverna.
Pero era el dragón el que centraba de nuevo su atención. Flayze rugió, y su rugido fue como el estampido de un trueno que hizo que los compañeros y Kelryn Desafialviento cayeran hacia atrás por la brutalidad del sonido. Sólo los dos magos mantuvieron su posición, con sus negras túnicas aleteando alrededor de sus piernas y las miradas vueltas hacia la encogida forma del enfurecido dragón.
La cola se movía como un látigo, un zarcillo escarlata de aplastante poder. Pero el mago menos esquelético apuntó y pronunció una orden. Un relámpago atravesó el aire para ir a golpear la cola del dragón y destrozar la última mitad de la musculosa extremidad. Con un aullido, Flayze enrolló el sangrante muñón a sus pies.
Pero las alas del dragón empezaron a moverse de nuevo cuando los efectos de la mágica helada se fueron desvaneciendo. La gran cabeza se lanzó hacia adelante, sus enormes mandíbulas abiertas para asestar una dentellada a la más cercana de los dos figuras con túnica negra.
El mago desapareció de la vista justo antes de que se cerraran las mandíbulas del reptil. Danyal se giró asombrado y vio que el mago se había teletransportado al otro lado de la caverna; de inmediato levantó una mano y lanzó otro rayo que surcó siseando el aire para ir a descargarse contra el costado del dragón.
Rugiendo aún, Flayze se giró de nuevo, pero Danyal notó que el dragón se movía sólo como reacción a los ataques de los dos magos. En efecto, cuando las rojas mandíbulas atacaron a la figura que acababa de emitir el relámpago, el otro hechicero apuntó un dedo —esta vez Dan vio claramente que era tan huesudo y fino como el de cualquier esqueleto— y soltó una andanada de bolas mágicas, chispeantes y relucientes.
Los misiles arcanos golpearon el cuello del dragón y atravesaron una tras otra las capas de escamas blindadas. El gran reptil gimió, un sonido curiosamente lastimero para proceder de un ser tan monstruoso. Flayze se retorció de nuevo, más débil esta vez, e intentó extender una larga extremidad anterior, pero lo único que consiguió fue verla destruida por otra andanada de misiles mágicos.
Finalmente, con un gruñido escalofriante, el inmenso reptil rojo se desplomó en el suelo y yació inmóvil, muerto.

45
El clérigo ambicioso

Tercer Bakukal del mes de Reapember
374 d.C.

—¡Mi señor Fistandantilus! —gritó Kelryn, y se tiró al pie del más cercano de los magos—. ¡Has aparecido como respuesta a mis oraciones! —Hizo ademán de rodear con sus brazos las piernas de la figura, pero luego dudó y se puso de rodillas, mirando esperanzado hacia arriba.
El hechicero hizo caso omiso del hombre y giró el rostro, oculto bajo la capucha, para contemplar a la otra lúgubre figura de negro. Aunque ambos vestían igual y tenían aproximadamente la misma talla, el hechicero más cercano era, de algún modo, más sustancial, más sólido que el otro.
Ambos atemorizaban a Dan en la misma medida.
El segundo mago retiró su capucha para revelar un horroroso semblante. Danyal reconoció la calavera de Fistandantilus, sólo que ahora al óseo rostro se había unido un cuello de esqueleto, todo ello acoplado al consumido cuerpo de un cadáver. Los brazos que movían las mangas de la túnica parecían vaporosos e incorpóreos, mientras que la cara tenía la misma mueca burlona y llena de dientes que los compañeros habían visto en la calavera inanimada; las manos eran poco más que piel sobre hueso y parecían flotar al final de las anchas mangas.
Con un escalofrío de terror, Dan advirtió que los ojos de la calavera habían cambiado. En lugar de las frías sombras, dentro de las órbitas brillaba una chispa de calor, un punto de ardiente fuego carmesí que parecía atravesar la piel de Danyal y estrujarle las entrañas con una gran fuerza de odio, violencia y crueldad. Era como si la pura maldad de este ser se hubiera condensado en luz, y ese vil brillo relucía ahora perversamente en las siniestras órbitas.
El muchacho percibió vagamente que el ardiente e infernal escrutinio no estaba dirigido específicamente a él. En efecto, aunque los ojos parecían contemplarlo todo, la postura del cuerpo esquelético mostraba que la atención del extraño ser estaba fija en el otro Túnica Negra.
—¿Quién eres? —preguntó el mago de la calavera a su contrincante. Su voz era un retumbante gruñido que hizo temblar la piedra de la montaña.
—¡Soy Fistandantilus! —gritó en tono exultante el otro hechicero. El archimago echó hacia atrás su capucha, y Danyal vio el rostro de un hombre maduro, pero no viejo. Su pelo era largo y negro y en sus adustas facciones resaltaba una nariz aguileña. Los fríos y oscuros ojos ardían con intensidad cuando alzó un dedo y apuntó a su adversario—. ¡Ahora, di tu nombre! —demandó.
—¡Soy Fistandantilus! Soy el lich del Monte de la Calavera, superviviente de los turbios ataques de la Reina de la Oscuridad. —El grito salió de la calavera al abrirse las descarnadas mandíbulas de par en par—. ¡Tú eres el impostor y eres tú quien está condenado!
Danyal apartó los ojos y vio que Kelryn miraba, enloquecido, a una y otra de las negras figuras. Mirabeth y Foryth observaban atemorizados, mientras que Emilo Mochila contemplaba el conflicto con intrigada curiosidad. Echando una ojeada en derredor, el muchacho vio que el observador de la túnica gris seguía en su sitio, escribiendo diligentemente. Los granos seguían cayendo por el cuello del reloj de arena, aunque su nivel no parecía haberse modificado.
«Imparcial.» Dan recordó de repente la palabra escogida por Foryth Teel, el ideal al que aspiraba, y supo que encajaba perfectamente en la descripción de esta silenciosa y distanciada figura.
—¡Esperad! —La orden procedía de Kelryn Desafialviento.
El Buscador, aún arrodillado, se arrastró para acercarse al Fistandantilus humano—. Ambos habéis venido como respuesta a mi oración. ¡Ambos unidos sois el archimago!
—¡No tengo necesidad de unirme, ni de aceptar ninguna otra ayuda! —declaró el hombre de negra túnica sin apartar los ojos de la aparición de la muerte, que a su vez mantenía vigilado a su oponente—. Yo soy yo, poderoso e invulnerable. He regresado a Krynn y ahora estoy listo para comenzar mi venganza.
—¡Guau, echa un vistazo a eso! —La voz de Emilo, que había hablado tranquilamente al oído de Danyal, fue como un jarro de agua fría para el entumecido joven. Agradecido por cualquier detalle de normalidad, Dan se volvió para ver lo que indicaba el kender.
Emilo apuntaba al suelo, donde yacía el heliotropo de Fistandantilus, olvidado por el momento. Danyal vio cómo latía la verde gema, mientras irradiaba su enfermiza iluminación en la oscuridad, una luz penetrante y vaporosa que aparentemente pasaba inadvertida para las dos grandes figuras que se debatían cerca de allí. El halo de luz se arremolinó en el aire y se fue condensando en un disco plano que quedó suspendido perpendicular al suelo. El reloj de arena estaba debajo del disco, y la brumosa imagen parecía estar centrada sobre el plateado cronómetro.
Mientras miraba, Danyal vio que cobraba forma una esencia vaporosa hasta crear una imagen que parecía la de una ventana, un mirador a través del espacio hacia un lugar de gris neblina, como el aire impregnado de rocío en una brumosa mañana. La imagen adquirió consistencia por encima del reloj de arena, y Dan comprendió que estaba mirando un lugar completamente diferente.
—Es el poder de la piedra y de la calavera —exclamó Foryth—. Ha abierto una ventana hacia otros planos, otros mundos. Una puerta al espacio y al tiempo.
El bandido no prestaba atención más que a los dos hechiceros.
—¡Habéis venido porque yo os mandé llamar! Yo os invoqué —gritó Kelryn Desafialviento poniéndose en pie y haciendo frente primero a un mago y luego a ambos.
—¡Silencio! —espetó la versión humana de Fistandantilus.
Miró de hito en hito a Kelryn durante un momento, pero luego sus ojos se giraron, atraídos por otra cosa—. ¡Ah, mi heliotropo! —dijo el archimago al divisar la gema en el suelo de la caverna. Y dio un paso hacia el pulsante artefacto.
Danyal observó que la reluciente ventana iba cobrando mayor consistencia en el aire.
—¡Quieto! —gritó el Fistandantilus esquelético. De repente el grotesco personaje desapareció para reaparecer justo delante de su contrario. Kelryn Desafialviento fue tras él para formar así el tercer vértice de un triángulo.
—¡Ya recuerdo! —fue Emilo Mochila quien habló; su voz era un susurro de asombro—. Recuerdo todo lo que me pasó. Todo empezó con la calavera, hace ya mucho, mucho tiempo. La vi allí, en la oscuridad. El enano me golpeó con ella y perdí la memoria, con todos mis recuerdos.
Miró a Dan; sus ojos estaban muy abiertos como consecuencia tanto del temor como por el hecho de comenzar a entender todo lo que le había pasado.
—¡Ese fue el origen de mi enfermedad y se llevó también mis recuerdos! ¡Mi vida, todo mi pasado! ¡Pero ahora han vuelto! —Emilo dio unos pasos alegres, como si fuera a empezar a bailar—. ¡Vengo de Kendermore, y... y recuerdo un tiempo anterior al Cataclismo! ¡Y os agradezco a todos el haberme ayudado, haberme mantenido con vida y haberme permitido sanar!
—Tú nos salvaste también, por si no lo recuerdas —respondió Danyal.
—Pero esa piedra y esa calavera —dijo el kender, fruncido el entrecejo—, no deberían estar juntas, ¿verdad?
—No, no deberían. —Mirabeth abrazó fuertemente al kender, mientras Dan seguía observando a los dos hechiceros y a su profeta. Kelryn estaba enloquecido, y su voz; sonaba estridente mientras hacía peticiones, primero a uno y después al otro.
Entretanto, la gema permanecía en el suelo, latiendo con la misma cadencia que la ventana enmarcada en verde. El misterioso portal se arremolinaba en el aire, suspendido aún sobre el argénteo reloj de arena.
—¡El poder era mío, la piedra me pertenecía a mí! —chillaba inútilmente Kelryn.
El lich se volvió finalmente para contemplar al jefe de los bandidos con sus refulgentes y horripilantes ojos.
—Tú eres mío —dijo con una voz que sonaba como el aire que sale de una cripta recién abierta—. Has estado usando mi talismán como tu juguete durante muchísimo tiempo; jugabas a ser clérigo. ¡Mi fuerza te ha sostenido, pero ahora tú me sostendrás a mí!
Kelryn reculó, y su rostro fue perdiendo color ante el escrutinio a que lo sometía el cadavérico mago.
—¡Su vida me pertenece a mí! —interrumpió el otro hechicero—. Fue mi esencia la que frenó los estragos del tiempo y le permitió sobrevivir tan largo período.
Cada uno de los magos de negra túnica cogió un brazo del bandido. Una intensa luz abrasó el aire, un ardiente halo que delimitó perfectamente la figura de Kelryn. Danyal, que miraba asombrado, comprendió que el fulgor era poder y observó que el poder estaba dividido.
La esencia de la vida de Kelryn Desafialviento fue absorbida de su cuerpo mientras el jefe de los bandidos se retorcía y gritaba, preso de un dolor indescriptible; se debilitó rápidamente y, con un gemido, se desplomó entre los dos poderosos hechiceros. La vitalidad iba desvaneciéndose de los ojos del hombre, y Dan casi pudo apreciar cómo el vigor y el calor de su sangre eran arrancados de su carne para fluir a partes iguales hacia las dos versiones del archimago.
Finalmente, los hechiceros soltaron sus manos en forma de garra de su marchita víctima, y Kelryn Desafialviento cayó al suelo; o .más bien cayó la reseca envoltura que era ahora su piel, vaciada de sangre, de energía y de vida.
El cadáver quedó inmóvil en el suelo, mientras las dos imágenes de Fistandantilus temblaban ante la avalancha de vida renovada y poder restituido. Una telaraña de luz verde apareció centelleante entre los dos archimagos; zarcillos de fantasmagórico poder se conectaron para formar una refulgente red de siniestra y sobrenatural fuerza.
—¡Juntos! ¡Lo han absorbido juntos! —susurró Foryth Teel, asombrado.
—¿Qué quiere decir eso? ¿Qué va a suceder? —preguntó Danyal.
—No lo sé, pero observa: ninguno de los archimagos puede desprenderse de su complementario. Creo que quienquiera que prevalezca será muy poderoso, tanto, que se hará invulnerable o estará condenado.
La propia montaña tembló ante la ola de poder casi incontenible. Algunos fragmentos de roca se soltaron del techo y fueron a estrellarse contra el suelo. Varias esquirlas afiladas de piedra cayeron aquí y allá, algunas peligrosamente cerca, pero Danyal seguía absorto en los dos magos.
Estos se esforzaban visiblemente por separarse el uno del otro, pero, con los violentos temblores de la montaña, las dos formas con túnica negra eran inexorablemente atraídas entre sí.
Al mismo tiempo, las vibraciones de poder retumbaban en la estancia. La gravilla salpicó desde el techo, y en el suelo aparecieron unas grietas por las que brotaban largas lenguas de fuego. La caverna se sacudió con violencia, y el aire se llenó de humo y polvo, mientras crecía el tronar de los derrumbes.
Danyal supo que la montaña de Flayze se desplomaba.

46
La marcha. Vivos y muertos

Tercer Bakukal del mes de Reapember
374 d.C

El verde vórtice de magia seguía suspendido sobre el reloj de arena, girando como si fuera un espejo líquido. Ahora, en vez de ver un reflejo puro, los compañeros empezaron a distinguir lugares concretos. Dan vislumbró un bosque y después una extensión de playa con lisas olas. Entretanto, los dos magos luchaban ferozmente con su magia, tensando cada vez más la telaraña de verde poder.
Otra convulsión sacudió la guarida de Flayzeranyx, y Danyal estuvo a punto de perder el equilibrio cuando un trozo de techo se desprendió y se estrelló contra el suelo cercano. Ya había desaparecido el pasillo por el que los compañeros habían entrado, aplastado bajo los escombros.
—¡Idos! —gritó Foryth Teel entre el caos, apuntando hacia la brillante abertura—. ¡Este lugar está condenado! ¡Es vuestra única oportunidad!
Dan advirtió que la diamantina arena relucía mágicamente al atravesar el estrecho cuello del reloj de arena. El hombre de la túnica gris bajó su pluma y miró fijamente a los compañeros.
Escribiría, pensó Danyal, cuando ellos actuasen. Pero ¿qué debían hacer?
Un siseo de energía chisporroteó intensamente cuando el lich Fistandantilus intentó arrastrar hacia un lado a su otra mitad. La versión humana del archimago asentó bien los pies y abrió los dedos de las manos para crear una rugiente espiral de fuego verdoso que impidió de forma momentánea ver a las dos figuras. Los gritos que traspasaban la cortina de magia eran escalofriantes y sobrenaturales, y resonaban con una furia y una violencia desencadenadas.
El vórtice hacia los mundos giró como una imagen calidoscópica, mientras el kender observaba fascinado.
—Vaya lugar para recorrer. ¡Y cuántos sitios para elegir! —dijo con asombro—. Hay una cordillera de azules montañas y, ¡mirad!, toda una ciudad contenida en una gran torre.
—Vete entonces. Ve a conocer esos lugares —lo animó el historiador—. Escapa mientras puedas, para sobrevivir y viajar.
—Amigos míos, haré justamente eso —declaró Emilo, decidido de repente.
Mirabeth lo estrechó en un fuerte abrazo.
—¡Ve ahora! —lo apremió, con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Adiós entonces a todos vosotros, y gracias! —gritó Emilo Mochila, girándose para decir adiós con la mano a los tres humanos. Los dos magos, aún envueltos y cubiertos por la magia, hicieron caso omiso de los compañeros.
Antes de que Dan tuviera ocasión de dar algún tipo de respuesta, el kender se tiró de cabeza y atravesó el espejo. El muchacho entrevió una calle llena de gente, una ciudad con extraños y elevados muros, y luego la imagen cambió para mostrar un cielo frío y estrellado. Las vistas de la arcana ventana siguieron cambiando. El siguiente lugar le resultó familiar, un valle de montañas, recorrido por un pequeño y ruidoso riachuelo. Dan reconoció el camino que habían recorrido cerca de Loreloch, y después vio las mismas ennegrecidas ruinas. En otro momento vio moverse algo, una forma equina y familiar.
—¡Ahí está el caballo! —gritó, cuando apareció la imagen de la negra yegua galopando grácilmente por la calzada.
—¡Malsueño!—gritó Mirabeth—. ¿Puedes oímos? Ven
De repente la escena cambió; la imagen se amplió girando a toda velocidad, y súbitamente el caballo estuvo ante ellos. De un salto, el animal atravesó la reluciente ventana y aterrizó a su lado en la cueva.
—Os llevará a ambos a salvo. ¡Debéis seguir al kender! —dijo imperiosamente Foryth Teel, cogiendo a Mirabeth y Danyal por un brazo—. ¡Dejadme a mí a Fistandantilus!
—¡No! —gritó Dan—. ¡No puedo dejarlo! —Aunque sabía que era peligroso permanecer dentro de la montaña que se desplomaba, sentía una intensa lealtad por el historiador que había demostrado con creces ser un amigo.
—¡Yo también me quedo! —dijo Mirabeth, que se aferró al brazo del muchacho.
La montaña tembló con creciente violencia. Una esquirla de piedra abrió una profunda brecha en la cabeza de Foryth Teel, que se tambaleó hacia atrás mientras la sangre brotaba de su herida.
De repente, el velo verde cayó dejando a la vista las dos imágenes de Fistandantilus, y los dos archimagos se separaron; la humana boqueaba buscando aire, en tanto que el lich se irguió lentamente para adoptar una rígida postura.
—¡Antes de que sea demasiado tarde! —insistió el historiador, gesticulando con rabia hacia Danyal y Mirabeth.
Pero los dos jóvenes humanos se limitaron a negar con la cabeza y se abrazaron al ver que compartían la intención de quedarse con el historiador hasta el final. Mirabeth extendió una mano para alcanzar el ronzal de Malsueño y, al notar su suave tacto, el caballo se mostró extrañamente tranquilo entre tanto caos y destrucción.
Haciendo caso omiso de sus testarudos compañeros, el historiador se volvió hacia los dos archimagos. Inflamados por el consumo de la esencia de Kelryn Desafialviento, lo miraron con un brillo hambriento, apenas saciado, en los ojos. La telaraña de luz verde seguía reluciendo entre ellos, y Dan advirtió claramente la tensión y la tirantez entre las dos figurad El equilibrio de poder entre ellos era frágil, y el muchacho comprendió que ninguno podía relajarse o la victoria del otro sería absoluta.
—Podéis convertiros en lo que queráis; lo sabéis, ¿verdad? —dijo Foryth—. Una verdadera fusión de vuestros seres, a través del heliotropo, dará lugar a un ser de poder verdaderamente divino.
—No cederé ante un cadáver—contestó con desprecio la versión más humana del archimago.
—Ni yo me rendiré a la mortalidad —gritó el otro.
—Pero ambos ya lo habéis hecho —replicó Foryth Teel con aire totalmente razonable—. En verdad sois el mismo ser, pero habéis sido traídos aquí por tramos distintos del río del tiempo. Si pensáis en ello, la posibilidad de fusionaros con vosotros mismos es una oportunidad única, una combinación que jamás ha sido intentada en la larga historia de Krynn.
Mientras los magos se miraban intensamente, Danyal vio que Foryth Teel había cogido la cadena dorada con su colgante de gema verde.
—La clave, por supuesto, está en que sólo uno de los dos puede adueñarse del heliotropo. ¡Tomad! —De improviso, Foryth lanzó la gema al aire, en medio de los dos magos; durante un instante, Danyal tuvo la impresión de que el tiempo se detenía. La piedra giró en el espacio, mientras la cadena dorada describía veloces círculos a su alrededor, y entonces cada uno de los magos asió un extremo de la cadena y ambos tiraron del atesorado talismán.
Los eslabones se tensaron cuando el poder de ambos magos recorrió el metal, y el ruido de una tormenta eléctrica invadió la cámara. Brillantes emisiones de luz, similares a relámpagos verdes, salieron despedidas de ambas figuras e hicieron recular a los humanos que las observaban. El aire de la caverna se vició al momento, cargado con el hedor de la muerte.
La tormenta giratoria explotó a su alrededor con un estruendo que superaba cualquier otro que Danyal hubiera oído en toda su vida. Estrechó a Mirabeth contra sí y ambos se acurrucaron en el suelo para protegerse de! vendaval sobrenatural que los azotaba como una fuerza física.
Y, entonces, los Túnicas Negras desaparecieron a la vez con un chisporroteo de verde humo. La tormenta se desvaneció con ellos, aunque los temblores de la montaña seguían sacudiendo el suelo y aún caían escombros y rocas del techo.
—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Dan, aturdido. Pese a los temblores y el rumor de explosiones subterráneas, la caverna parecía extrañamente silenciosa tras la desaparición de los hechiceros al desaparecer.
—Las dos versiones de Fistandantilus están esparcidas de nuevo, fragmentos diversos repartidos a lo largo del río del tiempo. Una vez más, deberán transcurrir muchos siglos antes de que ese poder vuelva a fusionarse. —El tono de Foryth era melancólico, casi como si lamentase que los archimagos se hubieran marchado antes de que él pudiera entrevistarlos.
—Pero ¿cómo? ¿Por qué había dos? ¿Y por qué salió uno de ellos de mi hebilla?
—He estado pensando acerca de eso, y tengo una idea —repuso—. Pero dime primero una cosa: ¿tienes acaso un antepasado que era platero en Haven, alguien que llevó esa hebilla tuya en una batalla contra un mago?
—Eso dice la leyenda familiar, sí.
—Creo que Fistandantilus planeó refugiarse en un objeto metálico, y esa hebilla estaba cerca cuando mataron a su anfitrión original, un mago Túnica Negra llamado Whastryk Milano. El espíritu del archimago ha debido de estar albergado en la plata, latente durante siglos.
»Después, tras la violenta explosión del Monte de la Calavera, Fistandantilus sobrevivió en otra forma de muerto viviente. Ése fue el lich. Cuando la esencia espiritual fue exorcizada de nuestro amigo el kender, entró en la calavera y creó esa criatura. Pero al mismo tiempo se partió, desgarrándose en dos por el antiguo hechizo almacenado en tu hebilla.
»Los dos magos eran quizá los únicos seres de Krynn capaces de derrotarse el uno al otro. Afortunadamente la competencia entre ellos era inevitable, ya que ambos necesitaban el mismo artefacto; y esa batalla aseguraba su mutua destrucción.
Otro temblor sacudió la caverna y con ello cayó un gran trozo del techo que, por cierto, casi los aplasta a todos. Los tres humanos se agacharon rápidamente para cubrirse la cabeza del impacto de las afiladas esquirlas de piedra.
El vórtice, la ventana hacia otro plano, seguía girando ante el trío. El reloj de arena continuaba bajo ella y no había habido ningún cambio apreciable en el nivel del polvo que pasaba a través de su estrecho cuello.
—Vosotros dos debéis iros también. Seguid a Emilo o emprended vuestro propio camino. Este portal es el único acceso seguro para salir de aquí. ¡Marchaos ahora que podéis!
—¿Qué pasará contigo? —preguntó Mirabeth insistentemente.
—Me quedaré. Es esencial que registre los acontecimientos de los últimos días.
—Ya sé, por la historia —interrumpió Dan—. Pero podría venir con nosotros y escribirlo en algún otro sitio, donde esté más seguro.
—Creo que cualquiera de nosotros que atraviese esa ventana no podrá regresar aquí jamás. Pero habrá otros mundos, otras aventuras esperando, y ambos estáis bien preparados para afrontarlas.
—Pero usted morirá aquí dentro.
—Quizá... si mi dios así lo desea; si no, viviré y escribiré.
Malsueño relinchó ruidosamente al temblar de nuevo la caverna. Al otro lado del caballo, el hombre de la túnica se acercó y los miró con una expresión de serena paciencia.
Y Danyal comprendió que Foryth Teel estaría a salvo.
—Esta ventana no durará mucho tiempo. ¡Idos! —gritó el historiador, y esta vez el muchacho estuvo de acuerdo. Estrechó a Foryth en un fuerte abrazo y esperó mientras Mirabeth hacía lo mismo; luego se unió a la muchacha en el lomo de la inquieta yegua.
Los temblores sacudían el suelo, y la ventana parecía oscilar. Mirabeth taloneó los flancos de la yegua y, con un poderoso salto, Malsueño se lanzó hacia el frente y atravesó la ventana para penetrar en los nubosos remolinos del espacio y el tiempo.
Un instante más y el caos desapareció. Danyal y Mirabeth se encontraron en una calzada, un camino de liso adoquinado. El muchacho miró sobre su hombro, pero no vio señal alguna de la ventana mágica tras ellos.
Malsueño avanzaba con paso fácil y se acercó al ancho vado de un limpio arroyo. Un castillo más hermoso que todos los que habían visto en su vida se elevaba al otro lado del río. Torres plateadas se alzaban hacia el cielo y estandartes multicolores ondeaban y brillaban en la brisa primaveral.
—Veamos quién vive allí —dijo el muchacho conduciendo suavemente a la yegua a través del poco profundo vado.

Epílogo

A su Excelencia Astinus,
Maestro Historiador de Krynn.

Excelencia: como vos me pedisteis, he intentado recordar las impresiones exactas que tuve al concluir el asunto de la calavera y la piedra.
Los dos jóvenes humanos partieron, y los vi dirigirse a caballo hacia lejanas tierras de pastores. Ambos eran huérfanos, por lo que dejaban poco tras de sí, y yo sabía que iban a prosperar.
Saber esto me reconfortaba mientras la montaña seguía temblando a mi alrededor. Al kender nunca lo volví a ver, pero supongo que las cosas le fueron bien. Tenía madera de superviviente y por fin se había liberado de la terrible carga que de forma inconsciente había arrastrado consigo durante tantos años.
De entre los restos y escombros de tanta destrucción vi cómo se me acercaba un hombre de porte digno, vestido de gris de los pies a la cabeza, por lo que reconocí a Gilean inmediatamente.
El dios de la Neutralidad levantó una mano, impidiendo así que me hincara de rodillas ante él, como me proponía hacer.
—Has demostrado de sobra tu valía, mi fiel cronista —dijo la benigna imagen—. Debes saber que has demostrado ser capaz de servir en mi sacerdocio, si es que aún deseas volver al monasterio.
—Si aún lo deseo... —musité desconcertado; un momento después percibí lo que mi señor ya había reconocido—. ¿Y si no es ésa mi elección? Supongamos que mi destino no se halla en el sacerdocio.
—Entonces tengo otro trabajo para ti. —El viejo sonrió—. Un trabajo importante, y relacionado con un asunto muy apropiado para alguien como tú. —Yo esperé a que siguiera—. Debes viajar a Palanthas y, una vez allí, ve a la Gran Biblioteca.
Sentí que mi pulso se aceleraba, ya que no hay lugar en todo Krynn tan excitante y con tantas posibilidades para un historiador entregado.
Se agachó para coger del suelo un reloj de arena fabricado en plata —un objeto en el que no había reparado antes a pesar de que la mitad de la arena ya había pasado por el estrechamiento— y me lo ofreció.
—Te mereces esto; te lo has ganado. Es un tesoro importante para un historiador, una herramienta de valor incalculable que te permitirá viajar a los dominios del pasado. Allí podrás observar cómo se hace la historia, puesto que podrás surcar las corrientes del gran río a partir de su nacimiento.
—Señor, no soy merecedor de tal tesoro. —Yo estaba pasmado e impresionado por la enorme responsabilidad que entrañaba tal posesión.
—Mi cronista Astinus necesita un buen historiador de campo —continuó el dios, desestimando indiferente mis protestas—, un investigador que pueda viajar por todo el mundo, no sólo en este tiempo sino también en el pasado, para después contar con exactitud todos los acontecimientos que descubra.
—Pero, mi señor... —Me sentía infinitamente agradecido por el honor concedido, pero seguía sin considerarme merecedor de él—. ¿Acaso no he pecado de falta de objetividad, no he demostrado carecer de imparcialidad desapasionada, el peor delito de un auténtico historiador?
—Bah —dijo Gilean con una suave risa—, la imparcialidad y la reserva están sobrevaloradas. No, hijo mío; has aprendido que el verdadero historiador debe, inevitablemente, ser parte de la historia, porque en caso contrario fracasará en su intento de comprender las auténticas verdades de la narración.
Y así, Excelencia, llego a la Gran Biblioteca donde permanezco a la espera de recibir vuestras órdenes.
En devoción a la verdad, Foryth Teel.

Fin

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