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domingo, 20 de junio de 2010

PHILIP JOSE FARMER -- A Vuestros Cuerpos Dispersos

2ªparte

PHILIP JOSE FARMER -- A Vuestros Cuerpos Dispersos


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CAPITULO XVI

Al día siguiente, poco después del desayuno, varios guardias vinieron a por Burton y Frigate. Targoff miró con dureza a Burton, que sabía lo que estaba pensando. Pero no podía hacer nada excepto marchar al «palacio» de Goering. Este estaba sentado en un gran sillón de madera fumando una pipa. Les pidió que se sentasen, y les ofreció cigarros y vino.
— De vez en cuando -dijo-, me gusta relajarme y hablar con alguien que no sean mis colegas, que por cierto no son extremadamente brillantes. Sobre todo, me gusta hablar con alguien que haya vivido después de que yo muriese, y con hombres que fueran famosos en su tiempo. Aunque hasta ahora dispongo de pocos de ambos tipos.
— Muchos de tus prisioneros israelíes vivieron después de ti -dijo Frigate.
— ¡Ah, los judíos! -Goering agitó su pipa al aire-. Ese es el problema. Me conocen demasiado bien. Se muestran hoscos cuando trato de hablar con ellos, y muchos han intentado matarme, así que no me siento muy a gusto entre ellos. No es que tenga nada en su contra. No me gustan especialmente los judíos, pero tuve muchos amigos judíos... Burton enrojeció.
Goering, tras chupar su pipa, continuó:
— El Führer era un gran hombre, pero tenía algunos fallos. Uno de ellos era su actitud hacia los judíos. Por mi parte, me importaban mucho menos. Pero la Alemania de mi tiempo era antijudía, y un hombre debe ir a favor del Zeitgeist sí es que quiere llegar a algún lugar en la vida. Pero ya basta de esto. Aún aquí, un hombre no puede librarse de ellos.
Charló un rato, luego hizo a Frigate muchas preguntas acerca del destino de sus contemporáneos y de la historia de la Alemania de la postguerra.
— Si los estadounidenses hubiérais tenido algún sentido político, hubiérais declarado la guerra a Rusia tan pronto como nos rendimos. Hubiéramos luchado con vosotros en contra de los bolcheviques, y los hubiéramos aplastado.
Fricate no replicó. Goering les contó entonces diversas historias «jocosas», muy obscenas. Le pidió a Burton que le contase la experiencia que había tenido antes de ser resucitado en el valle.
Borton estaba sorprendido. ¿Habría oído hablar de aquello Goering por boca de Kazz, o es que habría un informador entre los esclavos?
Conto con todo detalle lo que había sucedido desde el momento en que había abierto los ojos para encontrarse en el lugar de los cadáveres flotantes hasta el instante en que el hombre de la canoa aérea le había apuntado con el tubo metálico.
— El extraterrestre, Monat, tiene la teoría de que algunos seres, llámeseles Ellos, o X, han estado observando a la humanidad desde que dejamos de ser monos. Al menos durante dos millones de años. Estos superseres han grabado, de alguna forma; cada célula de todo ser humano que haya vivido desde el momento de la concepción, probablemente, hasta el momento de la muerte. Esto parece un concepto asombroso, pero no es menos asombroso que la resurrección de la humanidad y el remodelado de este planeta para convertirlo en un gran valle fluvial. Las grabaciones pudieron haber sido hechas cuando los sujetos
vivían, o quizá fuera que esos superseres detectasen las vibraciones del pasado, tal como nosotros en la Tierra vemos la luz de las estrellas como fueron hace millones de años.
»Sin embargo, Monat se inclina por la primera teoría. No cree en los viajes temporales, ni en sentido limitado.
»Monat cree que los X almacenaron esas grabaciones. No sabe cómo pudieron hacerlo. Pero este planeta ha sido remodelado para nosotros. Obviamente, es un gran mundo-Rio. Durante nuestro viaje Río arriba, hemos hablado con docenas de personas cuyas descripciones no dejan lugar a dudas de que han venido de puntos muy dispersos, por todo este planeta. Uno era de muy arriba en el hemisferio norte; otro de muy abajo en el hemisferio sur. Todas las descripciones se combinan para darnos la imagen de un mundo que ha sido reconstruido en un valle fluvial zigzagueante.
»La gente con quien hablamos fueron asesinados o murieron accidentalmente allí, y resucitaron de nuevo en las áreas por las que estábamos viajando en aquel momento. Monat dice que los resucitados siguen siendo grabados, y que cuando uno de nosotros muere de nuevo, las grabaciones hasta aquel minuto son colocadas en algún lugar, quizá bajo la superficie de este planeta, y alimentadas a unos convertidores de energía en materia. Los cuerpos fueron reproducidos tal como eran en el momento de la muerte, y entonces los aparatos rejuvenecedores restauraron los cuerpos dormidos. Probablemente en la misma cámara en la que me desperté. Después, los cuerpos, de nuevo jóvenes y completos, fueron grabados y luego destruidos. Y las grabaciones fueron alimentadas de nuevo, esta vez mediante aparatos situados bajo el suelo. Una vez mas, los convertidores de energía en materia, probablemente usando el calor del núcleo fundido de este planeta como energía, nos reprodujeron sobre el terreno, cerca de las piedras de cilindros. No sé por qué no son resucitados la segunda vez en el mismo sitio en que murieron, pero tampoco sé por qué desapareció todo nuestro pelo, o por qué no crece el de nuestros rostros, o por qué fuimos circuncidados y las mujeres convertidas de nuevo en vírgenes. Ni por qué fuimos resucitados. ¿Con qué propósito? Quien nos haya puesto aquí no ha aparecido para explicarnos el motivo.
— Lo cierto es -intervino Frigate-, lo cierto es que no somos la misma gente que éramos en la Tierra. Yo morí. Burton murió. Tú, Hermann Goering, moriste. Todo el mundo murió. ¡Y no podemos ser devueltos a la vida!
Goering chupó ruidosamente su pipa, miró a Frigate, y luego preguntó:
— ¿Por qué no? ¿No estoy de nuevo con vida? ¿Puedes negar eso?
— ¡Si! Lo niego... en un cierto sentido. Tú estás vivo. Pero tú no eres el Hermann Goering que nació en el Mariembad Sanatorium de Rosenheim, en Baviera, el 12 de enero de 1893. No eres el Hermann Goering cuyo padrino era el doctor Hermann Eppenstein, un judío convertido al cristianismo. No eres el Goering que sucedió a von Richthofen tras su muerte y dirigió a sus pilotos contra los aliados incluso después de que terminase la guerra. No eres el Reichsmarschal de la Alemania de Hitler ni el refugiado arrestado por el teniente Jerome N. Shapiro. ¡De Eppenstein a Shapiro! ¡Ja! Y no eres el Hermann Goering que se suicidó tomando cianuro potásico durante su juicio por sus crímenes en contra de la humanidad.
Goering llenó de tabaco su pipa y dijo suavemente:
— Desde luego, sabes mucho de mí. Me imagino que esto debería enorgullecerme. Al menos, no fui olvidado.
— En general, lo fuiste -dijo Frigate-. Pero tuviste una reputación que hizo perdurar tu imagen como la de un siniestro payaso, un fracasado y un cerdo.
Burton quedó sorprendido. No se había imaginado que su amigo se enfrentase con alguien que tuviese el poder de vida o muerte sobre él, y que ya lo había tratado de una forma tan dolorosa. Pero quizá fuese que Frigate esperaba que lo mataran.
Era probable que estuviese apostando, confiando en la curiosidad de Goering.
— Explica tu teoría -dijo Goering-. No acerca de mi reputación; todo hombre de importancia espera ser difamado e incomprendido por las masas sin cerebro. Pero explícame por qué no soy el mismo hombre.
Frigate sonrió suavemente y contestó:
— Eres el producto, el híbrido, de una grabación de un convertidor de energía en materia. Fuiste construido con todos los recuerdos de ese hombre muerto, Hermann Goering, y con un duplicado de cada célula de su cuerpo. Tienes todo lo que él tuvo. Así que piensas que eres Goering. Pero no lo eres. ¡Eres un duplicado, eso es todo! ¡El Hermann Goering original no es nada más que moléculas que han sido absorbidas por el suelo y el aire, y de allí a las plantas, y de regreso a la carne de los animales y los hombres, para salir de nuevo como excrementos, und so weiter!
»Pero tú, que estás ante mi, no eres el original, tal como la grabación en un disco o una cinta no es la voz original, sino las vibraciones que surgen de la boca de un hombre y son detectadas y convertidas por un aparato electrónico, para ser luego reproducidas de nuevo.
Burton comprendió la referencia, pues había visto el fonógrafo de Edison en París, en 1888. Se sintió ultrajado, en realidad violentado, por las afirmaciones de Frigate.
Los ojos muy abiertos de Goering, y su rostro enrojecido, indicaba que también él se sentía amenazado en lo más profundo de su ser.
Tras tartamudear, Goering dijo:
— ¿Y por qué iban a tomarse esos seres todo este trabajo, solo para hacer duplicados?
Frigate se alzó de hombros y contestó:
— No lo sé.
Goering saltó de su silla y apuntó la boquilla de su pipa hacia Frigate.
— ¡Mientes! -gritó en alemán-. ¡Mientes, scheisshund!
Frigate se estremeció como si esperase ser golpeado de nuevo en los riñones, pero dijo:
— Debo de tener razón. Naturalmente, no tienes por qué creer lo que digo. No puedo probar nada. Y comprendo perfectamente cómo te sientes. Yo sé que soy Peter Jairus Frigate, nacido en 1918 y muerto en el 2008. Pero también debo creer, porque la lógica me lo indica, que soy tan solo, en realidad, un ser que tiene los recuerdos de ese Frigate que jamás se alzará de entre los muertos. En cierto sentido, soy el hijo de ese Frigate que nunca podrá volver a existir. No carne de su carne y sangre de su sangre, pero sí mente de su mente. No soy el hombre que nació de una mujer en aquel mundo perdido llamado Tierra. Soy el producto de la ciencia y una máquina. A menos...
— ¿Sí? -dijo Goering- ¿A menos qué?
— A menos que haya alguna entidad unida al cuerpo humano, una entidad que sea el ser humano. Es decir, que contenga todo lo que hace que el individuo sea lo que es, y que, cuando el cuerpo es destruido, esa entidad siga existiendo. De forma que, si el cuerpo fuera reconstruido de nuevo, esa entidad, que contiene la esencia del individuo, pudiera ser unida de nuevo al cuerpo. Y grabaría de nuevo todo lo que le sucediese al cuerpo. Así que el individuo original volvería a vivir de nuevo. Y no sería simplemente un duplicado.
— ¡Por todos los infiernos, Pete! -dijo Burton-. ¿Estás proponiéndonos la psiquis?
Frigate asintió y contestó:
— Algo análogo a la psiquis. Algo que los primitivos comprendían a medias y a lo que llamaron la psiquis.
Goering lanzó una estruendosa carcajada. Burton se hubiera reído también, pero no deseaba dar a Goering ningún apoyo, ni moral ni intelectual.
Cuando Goering hubo dejado de reír, dijo:
— Incluso aquí, en un mundo que claramente es el resultado de la ciencia, los supernaturalistas no dejan de actuar. Bueno, ya basta. Volvamos a asuntos más prácticos e inmediatos. Decidme, ¿habéis cambiado de idea? ¿Estáis dispuestos a uniros a mí?
— No obedeceré las órdenes de un hombre que viola mujeres; además, respeto a los israelitas -le contestó Burton, lanzándole una mirada asesina-. Prefiero ser esclavo entre ellos que libre a tu lado.
Goering resopló y dijo con sequedad:
— Muy bien, ya me lo imaginaba. Pero había esperado... Bueno, he tenido problemas con el romano. Si se sale con la suya, ya veréis lo misericordioso que he sido con los esclavos. No le conocéis. Unicamente mi intervención ha evitado que uno de vosotros sea torturado cada noche hasta morir, para su diversión.
Al mediodía, los dos volvieron a su trabajo en las colinas. Ninguno de ellos tuvo posibilidad de hablar con Targoff o algún otro de los esclavos, dado que su trabajo no los ponía, esta vez, en contacto con ellos. No hicieron ningún intento abierto de buscarlo para hablarle, pues esto hubiera significado exponerse a una buena paliza.
Después de regresar a la empalizada aquella tarde, Burton explicó a los otros lo que había sucedido.
— Lo más probable es que Targoff no se crea mi historia. Pensará que somos espías. Aunque no esté seguro, no puede arriesgarse... así que habrá problemas. Es una mala suerte que haya sucedido esto. Tendremos que cancelar el plan de fuga por esta noche.
No sucedió nada más... al principio. Los israelitas se apartaban de Burton y Frigate cuando intentaban hablar con ellos. Salieron las estrellas, y la empalizada fue inundada por una luz casi tan brillante como la luna llena allá en la Tierra.
Los prisioneros permanecieron dentro de sus barracones, pero hablaron en voz baja, uniendo sus cabezas. A pesar de su gran cansancio, no podían dormir. Los guardias parecieron haber notado la tensión, aunque no podían ver ni oir a los hombres de los barracones. Caminaban arriba y abajo por las pasarelas, se juntaban para hablar, y atisbaban al interior del recinto a la luz del cielo nocturno y las llamas de las antorchas de resina.
— Targoff no hará nada hasta que llueva -dijo Burton. Dio órdenes. Frigate tendría la primera guardia, Robert Spruce la segunda, Burton la tercera. Burton se acostó boca abajo sobre su montón de hojas e, ignorando el murmullo de voces y el moverse de los cuerpos, se quedó dormido.
Le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando Spruce lo tocó. Se alzó rápidamente, bostezó y se estiró. Todos los otros estaban despiertos. Al cabo de unos minutos se formaron las primeras nubes. En diez minutos, las estrelías habían sido cubiertas. Rugió el trueno muy arriba en las montañas, y el primer relámpago se ramificó en el cielo.
El rayo cayó cerca. Burton vio a su destello que los guardias estaban acurrucados bajo los techos que surgian de la base de las casetas de guardia en cada rincón de la empalizada. Se cubrian con toallas del frío y de la lluvia.
Burton reptó de su barracón al siguiente. Targoff estaba erguido junto a la entrada. Burton se alzó y dijo:
— ¿Sigue en pie el plan?
— No eres tan tonto como para preguntarme eso -le contestó Targoff. Un relámpago mostró su irritado rostro-. So Judas.
Dio un paso hacia adelante, y una docena de hombres le siguieron. Burton no esperó; atacó. Pero, mientras se abalanzaba, oyó un extraño sonido. Se detuvo a mirar a través de la puerta. Otro relámpago mostró a un guardia desplomado boca abajo en la hierba, debajo de una pasarela.
Targoff había bajado los puños cuando Burton le dio la espalda.
— ¿Qué es lo que pasa, Burton? -preguntó.
— Espera -le replicó el inglés. No tenía más idea que el israelita de lo que estaba sucediendo, pero cualquier cosa insospechada sería en su ventaja.
Los relámpagos iluminaron la maciza figura de Kazz en la pasarela de madera. Estaba blandiendo una enorme hacha de piedra contra un grupo de guardias que se hallaban en el ángulo formado por la unión de dos paredes. Otro relámpago. Los guardias estaban desplomados por la pasarela. Oscuridad. Al siguiente estallido de luz, otro había caído; y los dos que restaban se alejaban corriendo por las pasarelas en diferentes direcciones.
Otro relámpago que cayó muy cerca de la pared mostró que, finalmente, los otros guardias se habían dado cuenta de lo que estaba sucediendo. Corrieron a lo largo de la pasarela gritando y blandiendo sus lanzas.
Kazz, ignorándolos, dejó caer el extremo de una larga escalera de bambú al interior del recinto, y luego tiró un haz de lanzas. A la luz del siguiente relámpago, pudo ser visto avanzando contra los guardias más cercanos.
Burton tomó con violencia una lanza, y subió casi sin tocar la escalerilla. Los otros, incluyendo al israelita, lo siguieron. La lucha fue sangrienta y breve. Con los guardias de la pasarela acuchillados o despeñados, solo quedaban los de las torres de vigilancia. La escalera fue llevada al otro extremo de la empalizada y colocada contra la puerta. En un par de minutos, algunos habían bajado al exterior, y abierto ésta. Por primera vez, Burton tuvo oportunidad de hablar con Kazz.
— Pensé que nos habías vendido.
— No. Yo, Kazz, no haría eso -dijo en tono de reproche-. Sabes que te tengo afecto, Burton-naq. Eres mi amigo, mi jefe. Hice ver que me unía a tus enemigos porque eso era ser astuto. Me sorprendió que no hicieras lo mismo. No eres tan tonto.
— Ciertamente, tú tampoco lo eres -le respondió Burton-. Pero no podía animarme a matar a aquellos esclavos.
Los relámpagos mostraron a Kazz alzándose de hombros.
— Eso no me preocupó a mí -dijo-. No los conocía. Además, ya oíste a Goering. Dijo que de todos modos morirían.
— Ha sido una buena cosa que escogieras esta noche para rescatarnos -dijo Burton. No le dijo a Kazz el porqué, pues no quería confundirlo. Además, había cosas más importantes que hacer.
— Esta noche es una buena noche para esto -le contestó Kazz-. Se está llevando a cabo una gran batalla. Tulio y Goering se emborracharon mucho y discutieron. Se pelearon; sus hombres intervinieron en la pelea. Mientras se estaban matando los unos a los otros, llegaron invasores. Esos hombres oscuros del otro lado del río... ¿cómo los llamas?, los onondagas. Sus botes llegaron justo antes de que empezase a llover. Hicieron un ataque para robar esclavos. O simplemente por puras ganas de luchar. Así que me dije: ahora es un buen momento para iniciar mi plan, para liberar a Burton-naq.
La lluvia cesó tan repentinamente como se había iniciado. Burton podía oír gritos y aullidos de muy lejos, hacia el río. Arriba y abajo por las orillas de éste sonaban tambores. Le dijo a Targoff:
— Podemos intentar escapar, y probablemente nos será fácil, o bien atacar.
— Tengo intención de aniquilar a las bestias que nos esclavizaron -le dijo Targoff-. Hay otra empalizada cerca. He enviado hombres a abrir sus puertas. El resto están demasiado lejos como para llegar a ellas pronto. Están dispersas a intervalos de un kilómetro.
Por aquel entonces, ya había sido asaltada la casamata en la que vivían los guardias fuera de servicio. Los esclavos se armaron y luego comenzaron a andar en dirección al fragor de la batalla. El grupo de Burton estaba en el flanco derecho. No había recorrido aún un kilómetro, cuando se encontraron con cadáveres y heridos, una mezcla de onondagas y blancos.
A pesar de la densa lluvia, se había iniciado un fuego. A su creciente luz, vieron que las llamas surgían de la choza más larga. Recortadas en el resplandor se veían figuras en lucha. Los fugitivos avanzaron a través de la llanura. De repente, un bando se desmoronó y huyó hacia ellos, mientras los vencedores, aullando y gritando jubilosos, los perseguían.
— Ahí va Goering -señaló Frigate-. Desde luego, su gordura no le va a ayudar a escapar.
Lo indicó con el dedo, y Burton pudo ver al alemán moviendo desesperadamente las piernas, pero quedando retrasado con respecto a los demás.
— No quiero que los indios tengan el honor de matarlo -dijo Burton-. Le debemos a Alice el hacerlo nosotros. La figura de largas piernas de Campbell iba delante de todos, y Burton lanzó contra él una lanza. Para el escocés, el proyectil debio parecer surgido de la nada. Demasiado tarde, intentó hacer una finta. La cabeza de sílex se clavó en la carne entre su hombro izquierdo y el pecho, y cayó de costado. Trató de alzarse un momento después, pero fue derribado de una patada por Burton.
Los ojos de Campbell rodaron en sus órbitas; de su boca goteó sangre. Señaló otra herida, una gran cicatriz en su costado, justo bajo las costillas.
— Tu... tu mujer... Wilfreda... hizo esto -jadeó-. Pero ya la maté, la muy perra...
Burton quería preguntarle dónde estaba Alice, pero Kazz, aullando frases en su lengua nativa, dejó caer su maza sobre la cabeza del escocés. Burton recuperó su lanza y corrió tras Kazz.
— ¡No matéis a Goering! -gritó-. ¡Dejádmelo a mí!
Kazz no lo oyó; estaba demasiado ocupado luchando con dos onondagas. Burton vio a Alice cuando ésta pasó corriendo junto a él. Extendió una mano y la asió, haciéndole dar la vuelta. Ella gritó y comenzó a pelear. Burton gritó más fuerte y de repente, reconociéndole, ella se desplomó entre sus brazos y, comenzó a llorar. Burton hubiera intentado reconfortaría, pero temía que Goering se le escapase. La apartó y corrió hacia el alemán, arrojándole su lanza, que rozó la cabeza de Goering; éste chilló y dejó de correr, comenzando a buscar el arma, pero Burton ya estaba encima de él. Ambos cayeron al suelo y rodaron una y otra vez, tratando cada uno de estrangular al otro.
Algo golpeó a Burton en la parte trasera de su cabeza. Atontado, soltó su presa. Goering lo empujó hacia el suelo y se zambulló en dirección a la lanza. Agarrándola, se alzó y dio un paso hacia el postrado Burton. Este intentó ponerse en pie, pero sus rodillas parecían estar hechas de gelatina y todo giraba a su alrededor. Repentinamente, Goering se tambaleó cuando Alice le agarró las piernas por detrás, y cayó de bruces. Burton hizo otro esfuerzo, vio que podía al menos alzarse tambaleante, y se desplomó sobre Goering. De nuevo rodaron una y otra vez, con Goering apretando el cuello de Burton. Luego una flecha pasó sobre el cuello de Burton, quemándole la piel, y su punta de piedra se hundió en la garganta de Goering.
Burton se alzó, arrancó el proyectil, y lo clavó en la gruesa tripa del hombre. Goering trató de sentarse, pero se desplomó hacia atrás y murió. Alice cayó al suelo llorando.
El amanecer vio el fin de la batalla. Para entonces, los esclavos habían escapado de todos los recintos. Los guerreros de Goering y Tulio fueron aplastados entre las dos fuerzas -los onondaga y los esclavos- como trigo entre piedras de molino. Los indios, que probablemente habían hecho su ataque únicamente en busca de botín y para conseguir más esclavos y sus cilindros, se retiraron. Subieron a sus canoas, y remaron a través del lago. Nadie se sintió con ánimos para perseguirlos.

-
CAPITULO XVII

Los días que siguieron fueron muy atareados. Un somero censo indicó que al menos la mitad de los veinte mil habitantes del pequeño reino de Goering habían sido muertos, heridos gravemente, aprisionados por los onondaga o habían huido. El romano Tulio Hostilio había, aparentemente, escapado. Los supervivientes eligieron un gobierno provisional. Targoff, Burton, Spruce, Ruach y otros dos formaron un comité ejecutivo con unos poderes considerables, pero temporales. John de Greystock había desaparecido. Se le había visto al inicio de la batalla, y luego se había esfumado.
Alice Hargreaves se trasladó a la cabaña de Burton sin decir una palabra acerca del cómo o el porqué.
Más tarde, le explicó:
— Frigate dice que si todo el planeta se ha construido como las áreas que hemos visto, y no hay razón alguna para creer que no sea así, entonces el Río debe de tener al menos treinta y cinco millones de kilómetros de largo. Es increíble, pero también lo es nuestra resurrección, y todo lo de este mundo. Por otra parte, debe de haber de treinta y cinco a treinta y seis mil millones de personas viviendo a lo largo del Río. ¿Qué posibilidad tengo de hallar jamás a mi esposo de la Tierra?
»Además, te amo. Sí, sé que no he actuado como si te amase, pero algo ha cambiado en mí. Quizá la causa sea todo aquello por lo que he pasado. No creo que te hubiera amado en la Tierra. Quizá me hubiera sentido fascinada, pero también me hubiera sentido repelida, tal vez asustada. No hubiera podido ser una buena esposa tuya allá. Aquí, sí puedo. Mejor dicho, seré una buena compañera para ti, dado que no parece haber ninguna autoridad o institución religiosa que pueda casarnos. Eso en sí mismo muestra cómo he cambiado. El que pueda vivir tranquilamente con un hombre con el que no estoy casada...! Bueno, así son las cosas.
— Ya no vivimos en la era victoriana -le contestó Burton-. ¿Cómo podríamos llamar a esta era actual... la Era Mezclada? ¿La Edad de la Mezcla? Al final, resultará ser la Cultura del Rio, el Mundo Ribereño, o, más bien, muchas Culturas del Río.
— Siempre que dure -dijo Alice-. Comenzó repentinamente, puede terminar de la misma manera inesperada y súbita.
Ciertamente, pensó Burton, el verde río y la llanura herbosa y las boscosas colinas y las inescalables montañas no parecían una visión impalpable. Eran sólidas, reales, tan reales como los hombres que caminaban ahora hacia él: Frigate, Monat, Kazz y Ruach. Salió de la cabaña y los saludó.
Kazz comenzó a hablar:
— Hace mucho tiempo, antes de que hablase bien el inglés, vi algo. Traté de decírtelo entonces, pero no me comprendiste. Vi a un hombre que no tenía esto en la frente.
Señaló el centro de su propia frente, y luego la de los demás.
— Sé -continuó Kazz- que no puedes verlo. Pete y Monat tampoco. Nadie más puede verlo. Pero yo lo veo en la frente de todos, excepto en la de aquel hombre que traté de atrapar, hace mucho. Luego, un día, vi a una mujer que no lo tenía, pero no os dije nada. Ahora he visto a una tercera persona que no lo tiene.
— Quiere decir -explicó Monat- que es capaz de divisar ciertos símbolos o caracteres en la frente de todos y cada uno de nosotros. Sólo puede verlos a la luz del sol muy brillante y bajo un cierto ángulo, pero todo el mundo que jamás haya visto ha tenido esos símbolos... excepto los tres que ha mencionado.
— Debe de ser capaz de ver un poco más allá en el espectro que nosotros -intervino Frigate-. Evidentemente, quien fuera que nos marcase con el símbolo de la bestia, o como quiera llamársele, no conocía esta habilidad especial de la especie de Kazz. Lo que muestra que Ellos no son omniscientes.
— Evidentemente -dijo Burton-. Ni infalibles. De lo contrario, jamás me hubiera despertado en aquel lugar antes de ser resucitado. Bien, ¿y quién es esa persona que no tiene símbolo en su piel?
Habló con calma, pero su corazón latía con rapidez. Si Kazz tenía razón, quizá hubieran detectado a un agente de los seres que habían devuelto a la vida a toda la especie humana. ¿Serían Ellos dioses disfrazados?
— Robert Spruce -dijo Frigate.
— Antes de llegar a ninguna conclusión -dijo Monat-, no olvidemos que esta omisión puede haber sido accidental.
— Eso lo averiguaremos -dijo ominosamente Burton-. Pero, ¿por qué esos símbolos? ¿Por qué hemos tenido que ser marcados?
— Probablemente para identificación o numerado -dijo Monat-. ¿Quién puede saberlo, excepto quienes nos colocaron aquí?
— Vamos a ver a Spruce -dijo Burton.
— Primero tendremos que cazarlo -replicó Frigate-. Kazz cometió la equivocación de mencionarle que conocía lo de los símbolos. Lo hizo esta mañana, durante el desayuno. Yo no estaba allí, pero los que estaban dijeron que Spruce se puso muy pálido. Unos minutos más tarde se excusó, y no se le ha visto desde entonces. Hemos enviado grupos de búsqueda arriba y abajo del Río, al otro lado del Rio, y también a las colinas.
— Su huida es una admisión de culpa -dijo Burton.
Estaba irritado. ¿Era el hombre una especie de ganado marcado para algún propósito siniestro?
Aquella tarde, los tambores anunciaron que Spruce había sido atrapado. Tres horas más tarde se hallaba en pie frente a la tabla del consejo, en el recién construido edificio de reuniones. Tras la tabla se sentaba el consejo. Las puertas estaban cerradas, pues los consejeros creían que aquello era algo que podía ser realizado más eficientemente sin la presencia de una multitud. No obstante Monat, Kazz y Frigate estaban también presentes.
— Vale la pena que empecemos diciéndote -comenzo Burton- que hemos decidido ir hasta cualquier extremo con tal de lograr arrancarte la verdad. Va en contra de los principios de todos los que nos hallamos en esta mesa el recurrir a la tortura. Despreciamos y odiamos a quienes recurren a la tortura, pero creemos que ésta es una de esas ocasiones en que los principios deben ser olvidados.
— Los principios nunca deben ser olvidados -dijo con calma Spruce-. En fin nunca justifica los medios. Incluso cuando el mantener los principios signifique la derrota, la muerte, y el permanecer en la ignorancia.
— Hay demasiadas cosas en juego -replicó Targoff-. Yo, que he sido víctima de hombres sin principios; Ruach, que ha sido torturado varias veces; los otros; todos estamos de acuerdo. Usaremos contra ti el fuego y el cuchillo si es necesario. Debemos conocer la verdad. Ahora dime, ¿eres uno de los responsables de esta resurrección?
— Si me torturáis, no seréis mejores que Goering y los de su especie -dijo Spruce. Su voz estaba comenzando a quebrarse-. De hecho, seréis mucho peores, pues estáis obligándoos a vosotros mismos a ser como ellos con el fin de alcanzar algo que quizá ni siquiera exista. O, si existe, que quizá no valga el precio.
— Dinos la verdad -le dijo Targoff-. No mientas. Sabemos que debes de ser un agente; quizá uno de los directamente responsables.
— Hay un fuego ardiendo en esa piedra de ahí -dijo Burton-. Si no comienzas a hablar en seguida, serás... Bueno, el asado que sufrirás será el menor de tus dolores. Soy toda una autoridad en los métodos de tortura chinos y árabes, y te aseguro que hay algunas formas muy refinadas de extraer la verdad. Y no tengo ningún reparo en poner mis conocimientos en práctica.
Spruce, pálido y sudoroso, dijo:
— Si hacéis eso, quizá os estéis negando a vosotros mismos la vida eterna. Como mínimo, os hará retroceder mucho en vuestro camino, retrasará el objetivo final.
— ¿Qué es eso? -le replicó Burton.
Spruce lo ignoró.
— No podemos soportar el dolor -murmuró-. Somos demasiado sensibles.
— ¿Vas a hablar? -le preguntó Targoff.
— Incluso la idea de la autodestrucción es dolorosa, y debe ser evitada excepto cuando sea absolutamente necesaria -musitó Spruce-. Y eso a pesar de que sé que viviré de nuevo.
— Colocadlo sobre el fuego -dijo Targoff a los dos hombres que sujetaban a Spruce.
— Un momento -intervino Monat-. Spruce, la ciencia de mi gente era mucho más avanzada que la de la Tierra, así que estoy más cualificado para presentar una hipótesis. Quizá pudiéramos evitarte el dolor del fuego, y el dolor de traicionar tu misión, si simplemente afirmases lo que te voy a decir. De esa forma, no estarías llevando a cabo una traición positiva.
— Te escucho -dijo Spruce.
— Mi teoría es que eres un terrestre. Perteneces a una edad cronológicamente muy posterior al año 2008. Debes de ser el descendiente de los pocos que sobrevivieron a mi onda barredora mortífera. A juzgar por la tecnología y la energía necesarias para reconstruir la superficie de este planeta en un vasto valle fluvial, tu tiempo debe de ser muy posterior al Siglo XXI. Como simple suposición, digamos el siglo cincuenta.
Spruce miró al fuego, y luego dijo:
— Añádele dos mil años más.
— Si este planeta es más o menos del tamaño de la Tierra, solo puede contener a un número limitado de personas. ¿Dónde están los otros, los que nacieron muertos, los que murieron antes de tener cinco años, los imbéciles y los idiotas, y aquéllos que vivieron después del Siglo XX?
— Están en otro lugar -dijo Spruce. Miró de nuevo al fuego, y se le apretaron los labios.
— Mi propia gente -dijo Monat -tenía la teoría de que llegaría un tiempo en que serían capaces de ver en su pasado. No entraré en detalles, pero parecía posible que los acontecimientos pasados pudieran ser detectados y luego grabados. Naturalmente, el viaje temporal era una pura fantasía. Pero, ¿y si tu cultura fuera capaz de hacer lo que nosotros solo llegamos a teorizar? ¿Y si habéis grabado a cada ser humano que haya vivido alguna vez? ¿Localizado este planeta y construido el valle del Río? ¿Y si en algún lugar, quizá bajo la misma superficie del planeta, habéis usado la conversión de la energía en materia, y digamos que utilizado el calor del núcleo en fusión de este mundo y las grabaciones para recrear los cuerpos de los muertos en aquellos tanques? ¿Y si habéis utilizado técnicas biológicas para rejuvenecer los cuerpos y restaurar los miembros perdidos, para corregir cualquier defecto físico?
»Mi teoría es -continuó Monat- que habéis hecho nuevas grabaciones de los cuerpos recién creados, y las habéis almacenado en alguna gigantesca unidad de memoria. Luego, habéis destruido los cuerpos de los tanques, recreándolos una vez más a través de algún sistema de metal conductivo que también es utilizado para cargar los cilindros. Todos estos aparatos podrían estar enterrados bajo el suelo. Así, la resurrección habría tenido lugar sin necesidad de recurrir a métodos sobrenaturales.
»La gran pregunta es: ¿por qué?
— Si vosotros tuviérais el poder de hacer todo eso, ¿no creeríais tener el deber ético de hacerlo? -preguntó a su vez Spruce.
— Yo sí, pero solo resucitaría a los que se lo mereciesen.
— ¿Y si hubiera otros que no aceptasen tus criterios? -le preguntó Spruce-. ¿Crees realmente que eres lo bastante sabio y justo como para ser el juez? ¿Te colocarías al nivel de un dios? No, todos deben tener una segunda oportunidad, sin importar lo bestiales, egoístas, bajos o estúpidos que hayan sido. Luego, todo queda en sus manos...
Se quedó en silencio, como si lamentase su estallido y no quisiese decir más.
— Además -dijo Monat-, quizá deseáseis hacer un estudio de la humanidad, tal como existió en el pasado. Desearíais grabar todos los lenguajes que habló el hombre, sus costumbres, sus filosofías, sus biografías. Para hacer esto, necesitaríais agentes que se hiciesen pasar por resucitados y que se mezclasen con las gentes del Río para tomar notas, para observar, para estudiar. ¿Cuánto tiempo iba a llevar este estudio? ¿Un millar de años? ¿Dos? ¿Diez? ¿Un millón? ¿Y qué hay del destino final de todos nosotros? ¿Vamos a seguir aquí por siempre?
— Estaréis aquí todo el tiempo que sea necesario para rehabilitaros -gritó Spruce-. Luego...
Cerró la boca, echó una desagradable mirada, y luego la abrió para decir:
— Un contacto continuado con vosotros hace que incluso los más fuertes de entre nosotros tomemos vuestras características. Nosotros mismos debemos pasar por una rehabilitación. Ya en este momento, no me siento limpio...
— Colocadlo sobre el fuego -dijo Targoff-. Obtendremos toda la verdad.
— ¡No, no lo haréis! -gritó Spruce-. ¡Debería haber hecho esto ya hace mucho! ¿Quién sabe lo que...?
Cayó al suelo, y su piel tomó una coloración gris azulada. El doctor Steinborg, uno de los consejeros, lo examinó, pero a todos les resultaba evidente que ya estaba muerto.
— Mejor será que se lo lleve ahora mismo, doctor -dijo Targoff-. Hágale la disección. Esperaremos su informe.
— Con cuchillos de piedra, sin productos químicos ni microscopios, ¿qué clase de informe pueden esperar? -dijo Steinborg-. Pero haré todo lo que pueda.
Se llevaron el cadáver. Burton dijo:
— Me alegra que no nos obligara a admitir que estábamos marcándonos un farol. Si hubiera permanecido con la boca cerrada, nos hubiera derrotado.
— Entonces, ¿no lo ibas a torturar en realidad? -preguntó Frigate-. Esperaba que tu amenaza no fuera cierta.
Si lo hubiera sido, iba a salir de aquí, y no volver a veros nunca a ninguno.
— Naturalmente que no lo decíamos en serio -explicó Ruach-. Spruce hubiera tenido razón; no hubiéramos sido mejores que Goering. Pero hubiéramos podido intentar otros métodos. Por ejemplo, el hipnotismo. Burton, Monat y Steinborg son expertos en este campo.
— El problema es que seguimos sin saber si conseguimos la verdad -dijo Targoff-. Pudo haber estado mintiendo. Monat le dijo algunas teorías, y, si estaban equivocadas, Spruce pudo haber querido liarnos mostrándose de acuerdo con Monat. Creo que no podemos estar seguros.
Se pusieron de acuerdo en una cosa: la posibilidad de detectar a otro agente mediante la ausencia de símbolos en la frente debía de haber desaparecido. Ahora que Ellos, fueran quienes fuesen, sabían que los caracteres eran visibles para la especie de Kazz, tomarían las medidas adecuadas para evitar su detección.
Steinborg regresó tres horas más tarde.
— No hay nada que lo distinga de cualquier otro miembro de la especie homo sapiens. Excepto este pequeño artefacto.
Alzó una pequeña esfera negra y brillante del tamaño de una cabeza de fósforo.
— Localicé esto en la superficie de la parte delantera del cerebro. Estaba unida a algunos nervios con unos cables tan delgados que solo podía verlos bajo un cierto ángulo, cuando les daba la luz. Tengo la opinión de que Spruce se mató a si mismo por medio de este artefacto, y que lo hizo, literalmente, deseando morir. De alguna forma, esta bolita convirtió en realidad su deseo de morir. Quizá reaccionó al pensamiento soltando un veneno que no puedo analizar con mis recursos -concluyó su informe, y pasó la esfera de mano en mano.

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CAPITULO XVIII

Treinta días más tarde, Burton, Frigate, Ruach y Kazz regresaban de un viaje río arriba. Era justo antes del amanecer. Las frías y densas nieblas que se amontonaban hasta casi dos metros por encima del Rio, al final de la noche, giraban a su alrededor. No podían ver en ninguna dirección más allá de lo que podía llegar un hombre fuerte con un buen salto. Pero Burton, de pie en la proa del bote de casco de bambú y un solo palo, sabía que estaban cerca de la orill~ Oeste. Se hallaban junto al lugar en el que había poca profundidad y la corriente avanzaba más lenta, y ya habían virado hacia babor desde el centro del río. Si sus cálculos eran correctos, debían de estar cerca de las ruinas del palacio de Goering. En cualquier momento esperaban ver una cinta de oscuridad más densa apareciendo entre las aguas oscuras, la orilla de aquel territorio que ahora llamaban hogar. El hogar, para Burton, siempre había sido un lugar desde el que partir más allá, un sitio en el que descansar, una fortaleza temporal en la que escribir un libro acerca de su última expedición, un refugio en el que sanar sus últimas heridas, una torre de vigilancia desde la que buscar nuevos territorios que explorar.
Así que, tan solo dos semanas después de la muerte de Spruce, Burton ya sentía la necesidad de ir a otro lugar que no fuera aquél en el que se hallaba. Había oído rumores acerca de que se había descubierto cobre en la costa oeste, unos ciento cincuenta kilómetros Río arriba. Era en una extensión de la costa de no más de veinte kilómetros, habitada por sármatas del Siglo V antes de Jesucristo y frisones del Siglo XIII.
Burton no creía realmente que la historia fuera cierta... pero le daba una excusa para viajar. Ignorando las súplicas de Alice para que la llevase consigo, partió.
Un mes más tarde, y tras algunas aventuras, no todas ellas desagradables, ya casi estaban en casa. La historia no había sido totalmente carente de fundamento. Había cobre, pero en cantidades inapreciables. Así que los cuatro se habían metido en el bote para un fácil viaje a favor de la corriente, y con su vela empujada por el incesante viento. Viajaban durante el día, y atracaban el bote a las horas de comer, allá donde hubiera gente amistosa a la que no le importase que los extraños usasen sus piedras de cilindros. De noche, o bien dormían entre gentes amigas, o, de hallarse en aguas hostiles, seguían navegando en la oscuridad.
La última parte de su viaje fue realizada tras la puesta del sol. Antes de llegar a casa, tenían que pasar por la sección del valle en la que vivían indios mohawks del Siglo XVIII, ansiosos de esclavos, en un lado, y cartagineses del Siglo III antes de Jesucristo, igualmente ambiciosos, en el otro. Habiéndose deslizado a cubierto de la niebla, ya casi estaban en casa.
Bruscamente, Burton dijo:
— Ahí está la orilla. ¡Pete, baja el mástil! ¡Kazz, Lev, remos hacia atrás! ¡Vamos ya!
Unos minutos más tarde habían tocado tierra y sacado totalmente del agua el ligero navío, subiéndolo por la suave pendiente de la costa. Ahora que ya habían salido de la niebla, podían ver cómo el cielo palidecía por encima de las montañas del este.
— ¡A esto le llamo yo una buena navegación a ciegas! -exclamó Burton-. Estamos a diez pasos de la piedra de cilindros cercana a las ruinas.
Contempló las chozas de bambú dispersas por la llanura, y los edificios que se divisaban entre las altas hierbas y bajo los gigantescos árboles de las colinas.
No se veía a una sola persona. El valle estaba dormido.
— ¿No os parece extraño que no se haya levantado aún nadie? -dijo-, ¿o que no hayamos sido interpelados por los centinelas?
Frigate señaló hacia la torre de vigía situada a su derecha.
Burton maldijo y exclamó:
— ¡Por Dios, están dormidos o han desertado de su puesto!
Pero, mientras hablaba, sabía que aquél no era un caso de abandono del deber. Aunque no había dicho nada a los otros, desde el primer momento en que había saltado a tierra había estado seguro de que algo iba muy mal. Comenzó a correr a través de la llanura hacia la cabaña en la que vivía con Alice.
Estaba durmiendo en la cama de bambú y hierba del costado derecho del edificio. Solo se veía su cabeza, pues estaba acurrucada bajo una manta de toallas unidas las unas a las otras mediante cierres magnéticos. Burton apartó la manta, se arrodilló junto a la baja cama, y alzó a Alice hasta sentarla. La cabeza de ésta cayó hacia adelante, y sus brazos colgaron inertes. Pero tenía un color saludable y respiraba normalmente.
Burton pronunció tres veces su nombre. Ella siguió durmiendo. Abofeteó con fuerza sus mejillas; aparecieron rosetones en ellas. Parpadeó, pero siguió durmiendo.
Por aquel entonces, habían aparecido Frigate y Ruach.
— Hemos mirado en algunas de las otras cabañas -dijo Frigate-. Todo el mundo está dormido. He tratado de despertar a un par de personas, pero están totalmente noqueadas. ¿Qué es lo que pasa?
— ¿Quién te crees que tiene el poder necesario para hacer esto? -exclamó Burton-. ¡Spruce y su especie, sean quienes sean Ellos!
— ¿Por qué? -Frigate parecía asustado.
— ¡Me andan buscando! Deben de haber venido entre la niebla, haciendo que de alguna manera toda esta zona quedase dormida.
— Un gas somnífero podría lograr eso con facilidad -explicó Ruach-. Aunque quizá una gente con los poderes de ellos tengan artilugios que ni siquiera podamos imaginar.
— ¡Me andaban buscando! -gritó Burton.
— Lo cual quiere decir, si es cierto, que Ellos quizá vuelvan esta noche -dijo Frigate-. Pero ¿por qué iban a andar buscándote Ellos?
Ruach replicó por Burton:
— Porque él, según parece, fue la única persona que se despertó en la fase de prerresurrección. El porqué lo hizo es un misterio, pero es evidente que algo fue mal. Quiza también sea un misterio para Ellos. Me inclino a pensar que Ellos habrán estado discutiendo eso, y finalmente se han decidido a venir aquí. Tal vez para raptar a Burton con motivos de observación... o por algún objetivo más siniestro.
— Posiblemente Ellos deseasen borrar de mi memoria todo lo que había visto en esa cámara de cuerpos flotantes -dijo Burton-. Una tal cosa no debe de estar fuera de las capacidades de su ciencia.
— Pero le has contado esa historia a muchos -dijo Frigate-. No pueden seguir a toda esa gente y quitarles el recuerdo de tu relato de sus mentes.
— ¿Iba a ser necesario eso? ¿Cuántos se creen lo que les cuento? A veces, incluso yo lo dudo.
— Esta especulación no nos lleva a ningún sitio -intervino Ruach-. ¿Qué hacemos ahora?
— ¡Richard! -gritó Alice, y se volvieron, para verla sentada y mirándoles.
Durante algunos minutos, no lograron hacerle comprender lo que había pasado. Finalmente, ella dijo:
— Así que por eso la niebla cubrió también el suelo.
Pensé que era extraño, pero naturalmente no tenía forma de saber lo que estaba sucediendo.
— Buscad vuestros cilindros -dijo Burton-. Meted todo lo que queráis llevar en vuestras mochilas. Vamos a marcharnos ahora mismo. Quiero irme antes de que los demás se despierten.
Los ya grandes ojos de Alice se agrandaron aún más.
— ¡Adónde vamos?
— A cualquier lugar que no sea éste. No me gusta escapar, pero no puedo plantar cara y luchar con gente como ésa. No, si Ellos saben dónde estoy. No obstante, os diré lo que planeo hacer. Pienso hallar un extremo del Río. Debe tener un inicio y un fin, y debe haber una forma en que un hombre pueda llegar a sus fuentes. Si hay alguna forma en que hacerlo, yo la hallaré... podéis apostar vuestras almas a ello.
»Mientras tanto, Ellos me estarán buscando por cualquier lugar... espero. El hecho de que no me hallasen aquí me hace pensar en que no tienen ningún método para localizar instantáneamente a una persona. Quizá nos hayan marcado como a ganado... -indicó los símbolos invisibles de su frente-. Pero incluso el ganado logra escapar. Y somos ganado con cerebro.
Se volvió hacia los otros.
— Aceptaré gustoso que vengáis conmigo. De hecho, me sentiré muy honrado.
— Iré a buscar a Monat -dijo Kazz-. No le gustaría que lo dejásemos atrás.
Burton hizo una mueca y dijo:
— ¡El bueno de Monat! Odio hacerle esto, pero no se puede evitar: no puede venir con nosotros. Es demasiado ostensible. Sus agentes no tendrían problema alguno para localizar a alguien con su aspecto. Lo lamento, pero no puede venir con nosotros.
En los ojos de Kazz aparecieron lágrimas, que luego corrieron por sus prominentes mejillas. Con voz ahogada, dijo:
— Burton-naq, yo tampoco puedo ir. También yo tengo un aspecto diferente.
Burton no vió cómo las lágrimas humedecían sus propios ojos.
— Correremos con ese riesgo. Después de todo, debe de haber bastantes de tu especie por ahí. Al menos hemos visto treinta durante nuestros viajes.
— Pero hasta ahora ninguna hembra, Burton-naq -le replicó tristemente Kazz. Luego sonrió-. Quizá hallemos una cuando vayamos a lo largo del río.
Pero con la misma rapidez perdió su sonrisa:
— No, maldita sea, no voy. No puedo hacer daño a Monat. Los otros piensan que él y yo somos feos y damos miedo. Así que nos hemos convertido en buenos amigos. No es mi naq, pero casi. Me quedo.
Se acercó a Burton, lo asió con un abrazo que hizo que el aliento se le escapase con un fuerte jadeo, lo soltó, estrechó las manos de los otros, haciéndoles dar un respingo, luego dio la vuelta y se marchó.
Ruach, manteniendo en alto su mano paralizada, dijo:
— Vas a un viaje estúpido, Burton. ¿Te das cuenta de que podrías navegar a lo largo de este río durante mil años y aún estar a un millón de kilómetros o más del final? Yo me quedo. Mi gente me necesita. Además, Spruce dejó bien claro que debíamos buscar la perfección espiritual y no luchar con Ellos, que nos han dado una nueva oportunidad.
Los dientes de Burton destellaron blancos en su oscuro rostro. Hizo girar su cilindro como si fuera un arma.
— No pedí ser colocado aquí, como tampoco pedí nacer en la Tierra. ¡No pienso inclinarme ante los decretos de nadie! Pienso hallar el final del Río. ¡Y, si no lo logro, al menos me habré divertido y aprendido mucho en el camino!
Por aquel entonces, la gente comenzaba ya a salir tambaleante de sus chozas, bostezando y frotándose sus pesados ojos. Ruach no les prestó atención; contempló la embarcación mientras alzaba la vela, se ponía contra el viento, e iniciaba su marcha a través del Río, contra la corriente. Burton manejaba el timón; se volvió en una ocasión, e hizo girar el cilindro de forma que el sol se reflejó en él con múltiples destellos.
Ruach pensó que Burton se sentía verdaderamente feliz por haberse visto forzado a tomar aquella decisión. Ahora podría evadirse a las pesadas responsabilidades que surgían de tener que gobernar aquel pequeño estado, y podría hacer lo que quisiese. Podría iniciar la más grande de todas sus aventuras.
— Supongo que será lo mejor -murmuró para sí mismo Ruach-. Un hombre puede hallar la salvación en el camino, si lo desea, tal como la puede hallar si se queda en casa. Depende de él. Mientras tanto, yo, como el personaje de Voltaire... ¿cómo se llamaba...? las cosas terrenales comienzan a abandonar mi mente... Bueno, como él, seguiré cultivando mi propio pequeño jardín.
Hizo una pausa para mirar con algo de añoranza hacia Burton.
— ¿Quién sabe? Quizá algún día se encuentre con Voltaire.
Suspiró y luego sonrió.
— ¡Por otra parte, quizá Voltaire venga algún día a verme!

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CAPITULO XIX

-¡Te odio, Hermann Goering!
La voz surgió, y luego se desvaneció como si fuera el diente de un engranaje que se hubiera enganchado con el engranaje del sueño de otro hombre y entrase y luego saliese de su sueño.
Hallándose en la cima de su estado hipnopómpico, Richard Francis Burton sabía que estaba soñando. Pero estaba inerme para hacer nada al respecto.
Volvió el primer sueño.
Los acontecimientos eran borrosos y encajonados. Una relampagueante visión de sí mismo en la inconmensurable cámara de los cuerpos flotantes; otro relámpago de los Custodios sin nombre hallándole y volviéndolo a hundir en el sueño. Luego, una temblorosa sinopsis del sueño que había tenido justo antes de la verdadera resurrección en las orillas del Río.
El dios, un hermoso anciano vestido como un caballero de la época victoriana, acaudalado y de buena familia, estaba hurgándole en las costillas con un bastón de hierro y diciéndole que le debía la carne.
— ¿Cómo? ¿Qué carne? -preguntó Burton, consciente a medias de que estaba murmurando. No podía oír sus palabras en el sueño.
— ¡Paga! -decía el dios. Su rostro se difuminó, y luego reapareció con las facciones de Burton.
El dios no le había contestado en el primer sueño, cinco años antes. Ahora habló:
— Haz que tu resurreccidn me valga la pena, estúpido. He gastado mucho y me he preocupado aún más para darte a ti, y a todas esas otras piltrafas miserables y sin valor, una segunda oportunidad.
— ¿Segunda oportunidad de qué? -preguntó Burton. Se sentía asustado ante lo que podría responderle el dios. Se sintió muy descansado cuando el dios no le respondió, y entonces Burton vio que el único ojo de Yavé-Odin había desaparecido, y que de la órbita vacía surgían las llamas del infierno. Luego desapareció... No, no desapareció, sino que se metamorfoseó en una alta torre gris, cilíndrica y alzándose hacia las nubes grises mientras el rugido del mar surgía de entre la niebla.
— ¡La Fuente! -De nuevo volvió a ver al hombre que le había hablado de ella. Este hombre la había oído mencionar a otro hombre, que se había enterado de su existencia por boca de una mujer, a la que a su vez se lo había contado... etc. etc. La Fuente era una de las leyendas contadas por los miles de millones de personas que vivían a lo largo del Río, el Rio que serpenteaba como un gran ofidio alrededor de aquel planeta, de polo a polo, que surgía de lo inalcanzable y se hundía en lo inaccesible.
Un hombre, o un subhumano, había logrado escalar y atravesar las montañas del polo norte. Y había visto la Fuente, la Torre Negra, el Castillo de las Nieblas. justo antes de tropezar. O de ser empujado. Había caído de cabeza y aullando hacia los fríos mares bajo las nieblas, y había muerto. Y entonces el hombre, o el subhumano, se había despertado de nuevo a orillas del Río. La muerte no duraba siempre allí, aunque no había perdido filo su guadaña.
Había hablado de su visión, y la historia había viajado a lo largo del valle del Rio más deprisa de lo que podía navegar una embarcación.
Y así, Richard Francis Burton, el eterno peregrino y vagabundo, había ansiado escalar las murallas de la Fuente. Descubriría el secreto de la resurrección y de aquel planeta, pues estaba convencido de que los seres que habían remodelado aquel mundo también habían construido aquella torre.
— ¡Muere, Hermann Goering! ¡Muere, y déjame en paz! -gritó un hombre en alemán.
Burton abrió sus ojos. No podía ver nada, excepto el pálido brillo de las incontables estrellas a través de la abierta ventana que había al otro lado de la choza.
Su vista pasó sobre las oscuras formas del interior, y vio a Peter Frigate y a Loghu durmiendo en sus esterillas, junto a la pared de enfrente. Volvió la cabeza para ver la toalla blanca, del tamaño de una manta, bajo la cual dormía Alice. La blancura de su rostro se volvía hacia él, y la oscura nube de su cabello se desparramaba por el suelo, junto a su esterilla.
Aquella misma tarde, la embarcación de un mástil en la que él y los otros tres habían estado viajando por el río había llegado a una costa amistosa. El pequeño estado de Sevieria estaba habitado en su mayor parte por ingleses del Siglo XVI, aunque su jefe era un estadounidense que había vivido a principios del Siglo XIX y finales del Siglo XVIII, John Sevier, fundador del «estado perdido» de Franklin, que luego se había convertido en Tennesse. Este había dado la bienvenida a Burton y a su grupo.
Sevier y su gente no creían en la esclavitud, y no retenían a un huésped más de lo que éste deseaba. Tras permitirles cargar sus cilindros para alimentarse, Sevier les había invitado a un festejo. Era la celebración del Día de la Resurrección. Después, los había llevado al hostal para huéspedes.
Burton había tenido siempre un sueño ligero, y ahora lo tenía inquieto. Los otros comenzaron a respirar profundamente o a roncar mucho antes de que él sucumbiese al cansancio. Tras un sueño interminable, se había despertado al oír la voz que se había entrometido en sus sueños.
Hermann Goering, pensó Burton. Había matado a Goering, pero debía de estar vivo de nuevo en algún lugar del Río. ¿Acaso el hombre que ahora gruñía y chillaba en la vecina cabaña era alguien que había sufrido por causa de Goering, ya fuera en la Tierra o en el mundo del Río? Burton echó a un lado la toalla negra y se alzó rápida pero silenciosamente. Se ajustó un faldellín con los cierres magnéticos, se puso un cinto de piel humana alrededor de la cintura, y se aseguró de que la funda contuviese el puñal de sílex. Llevando una azagaya, un palo corto de madera dura con una punta de sílex, salió de la choza.
El cielo sin luna daba una luz casi tan brillante como la luna llena de la Tierra. Estaba iluminado por grandes estrellas de muchos colores y pálidas bandas de gas cósmico.
Los hostales se hallaban situados a dos kilómetros de distancia del Río, y colocados en una de las colinas de la segunda hilera de éstas que bordeaban la llanura. Había siete de aquellos edificios de bambú con techos de hojas. A una cierta distancia, bajo las enormes ramas de los árboles de hierro o bajo los gigantescos pinos o cedros, se hallaban otras cabañas. A un kilómetro de distancia, en la cima de una alta colina, se encontraba una gran empalizada circular, a la que coloquialmente se denominaba «casa redonda». Allí dormían las personalidades de Sevieria.
A cada kilómetro a lo largo de la costa del Rio se alzaban altas torres de bambú. Durante toda la noche brillaban antorchas en las plataformas, desde las que unos centinelas vigilaban la posible llegada de invasores.
Tras estudiar las sombras bajo los árboles, Burton caminó unos pasos hasta la cabaña de la que habían surgido los gritos y gruñidos.
Apartó la cortina de hierbas. La luz de las estrellas entraba por la ventana abierta, cayendo sobre el rostro del durmiente. Burton siseó sorprendido. La luz revelaba el cabello rubio y las anchas facciones de un joven al que reconocía.
Burton se movió lentamente, con sus pies desnudos. El durmiente gruñó, se puso un brazo sobre la cara, y se giró. Burton se detuvo, y luego reemprendió su silenciosa marcha. Colocó la azagaya en el suelo, sacó su daga, y apoyó suavemente su punta contra el hueco de la garganta del joven. El brazo cayó a un lado. Los ojos se abrieron y miraron a Burton. Este apretó su mano sobre la abierta boca del hombre.
— ¡Hermann Goering, no te muevas ni intentes gritar! ¡Te mataré si lo haces!
Los ojos azul claro de Goering parecían oscuros en las sombras, pero la palidez de su terror era claramente visible. Se estremeció y comenzó a sentarse, pero luego se tumbó de nuevo cuando el sílex se clavó en su piel.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? -preguntó Burton.
— ¿Quién...? -dijo Goering en inglés, y luego sus ojos se abrieron aún más-. ¿Richard Burton? ¿Estoy soñando? ¿Eres realmente tú?
Burton podía oler la goma de los sueños en el aliento de Goering y en la esterilla empapada de sudor en la que yacía. El alemán estaba mucho más delgado que la última vez que lo había visto.
— No sé cuánto tiempo llevo aquí -dijo Goering-. ¿Qué hora es?
— Diría que falta una hora para el amanecer. Es el día después de la Celebración de la Resurrección.
— Entonces, he estado aquí tres días. ¿Podría tomar un trago de agua? Mi garganta está tan seca como un sarcófago.
— No me extraña. Eres un sarcófago viviente... si es que eres adicto a la goma de los sueños.
Burton se alzó, haciendo un gesto con la azagaya hacia un pote de cerámica situado sobre una pequeña mesa de bambú cercana.
— Puedes beber si quieres, pero no intentes nada.
Goering se alzó lentamente, y se tambaleó hasta la mesa.
— Estoy demasiado débil para pelear contigo, incluso aunque quisiera. -Bebió ruidosamente del pote, y luego tomó una manzana de la mesa. Le dio un mordisco y dijo: ¿Qué estás haciendo aquí? Creí haberme librado de ti.
— Responde antes a mi pregunta -le dijo Burton-. Y date prisa. Me presentas un problema que no me gusta nada, ¿sabes?

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CAPITULO XX

Goering comenzó a masticar, se detuvo, miró, y luego dijo:
— ¿Por qué iba a presentártelo? No tengo ninguna autoridad aquí, y no podría hacerte nada aunque lo desease. Aquí soy tan solo un huésped. Esa gente son un pueblo malditamente decente; no me han molestado en lo más mínimo, excepto para preguntarme de vez en cuando si me encuentro bien. Aunque no sé cuánto me dejarán estar sin ganarme mi sustento.
— ¿No has salido de la cabaña? -preguntó Burton-. Entonces, ¿quién te ha recargado el cilindro? ¿De dónde has sacado tanta goma de los sueños?
Goering sonrió torvamente.
— Tenía una buena provisión del último lugar en que estuve; más o menos a un millar y medio de kilómetros Río arriba.
— Que indudablemente fue arrebatada por la fuerza a algunos pobres esclavos -le dijo Burton-. Pero, si allí te iban tan bien las cosas, ¿por qué te fuiste?
Goering comenzó a llorar. Las lágrimas rodaron por su rostro, sobre sus clavículas y a lo largo de su pecho, y sus hombros se estremecieron.
— Tuve... tuve que irme de allí. No era bueno con los demás... estaba perdiendo mi poder sobre ellos... pasaba demasiado tiempo bebiendo, fumando marijuana y masticando goma de los sueños. Decían que me estaba volviendo blando. Me hubieran matado, o convertido en un esclavo. Así que una noche me escapé... tomé un bote. Logré huir sin problemas, y seguí viajando hasta llegar aquí. Le ofrecí parte de mi suministro a Sevier a cambio de refugio por un par de semanas.
Burton miró con curiosidad a Goering.
— Ya sabías lo que te sucedería si tomabas demasiada goma -dijo-: Pesadillas, alucinaciones, ilusiones. Un deterioro mental y físico total. Debes de haber visto cómo sucedía en otros.
— ¡En la Tierra, era adicto a la morfina! -gritó Goering-. Luché contra ello, y logré vencer durante mucho tiempo. Luego, cuando las cosas comenzaron a ir mal para el Tercer Reich... y aún peor para mí... cuando Hitler comenzó a meterse conmigo, ¡empecé a tomar drogas de nuevo!
Hizo una pausa, y luego continuó:
— Pero aquí, cuando me desperté a una nueva vida, en un cuerpo joven, cuando pareció que tenía una eternidad de vida y juventud ante mí, cuando creí que no había ningún Dios justiciero en el cielo o demonio en el infierno para detenerme, pensé que podría hacer lo que me plugiese, y lograr salir con bien de ello. ¡Llegaría a ser aún más grande que el Führer! ¡Aquel pequeño país en el que me encontraste por primera vez sería solo el inicio! Podía imaginarme mi imperio extendiéndose millares de kilómetros Río arriba y abajo, a ambos lados del valle. ¡Podría haber sido el dirigente de diez veces más súbditos de los que jamás soñó tener Hitler!
Comenzó a llorar de nuevo, luego hizo una pausa para tomar otro trago de agua, y ponerse un trozo de goma de sueños en la boca. Masticó, y su rostro se fue relajando y tornando soñador con el paso de cada segundo.
— Pero no dejaba de tener pesadillas en las que tú me clavabas el arma en la tripa -dijo Goering-. Cuando me despertaba, la tripa me dolía como si me la hubiesen atravesado con una punta de sílex, así que tomaba goma para olvidarme del dolor y la humillación. Al principio, la goma me ayudaba. Yo era grande. Era el dueño del mundo, Hitler, Napoleón, Julio César, Alejandro, Gengis Khan, todos en uno. De nuevo era el jefe del Escuadrón de la Muerte Roja de von Richthofen; aquéllos eran días felices, de muchas maneras eran los más felices de mi vida. Pero pronto la euforia dejó paso a la amargura. Me hundí en el infierno; me vi acusándome a mi mismo, y tras el acusador un millón de acusadores más. No era yo mismo, sino las víctimas de aquel grande y glorioso héroe, aquel obsceno loco que era Hitler, al que yo adoré tanto. Y en cuyo nombre cometí tantos crímenes.
— ¿Así que admites que fuiste un criminal? -preguntó Burton-. Es una historia diferente a la que acostumbrabas a contarme. Entonces me decías que estabas justificado en todo lo que hiciste, y que fuiste traicionado por...
Se detuvo, dándose cuenta de que se había apartado de su propósito original.
— Parece casi increíble que seas acosado por el espectro de la conciencia. Pero quizá esto explique lo que ha asombrado tanto a los puritanos... el porqué los cilindros ofreciesen licor, tabaco, marijuana y la goma de los sueños, junto con la comida. Al menos, la goma de los sueños parece ser un regalo que lleva en sí una trampa peligrosa para aquellos que abusan de la misma.
Se acercó más a Goering. Los ojos del alemán estaban entrecerrados, y su mandíbula colgaba abierta.
— Conoces mi identidad. Estoy viajando bajo seudónimo, por una buena razón. ¿Recuerdas a Spruce, uno de tus esclavos? Después de que murieses, descubrimos, casi por accidente, que era uno de aquellos que, de alguna manera, han resucitado a todos los muertos de la humanidad. Aquellíos a quienes llamamos Eticos, por falta de un mejor nombre. Goering, ¿me estás escuchando?
Goering asintió.
— Spruce se suicidó antes de que pudiéramos sonsacarle todo lo que queríamos saber. Luego, algunos de sus compatriotas llegaron a nuestra zona, e hicieron dormirse temporalmente a todo el mundo, probablemente con un gas, tratando de secuestrarme y llevarme a dondequiera que estén sus residencias. Pero no me encontraron. Estaba en un viaje de exploración Río arriba. Cuando regresé, me di cuenta de que Ellos iban tras de mí, y desde entonces estoy huyendo. ¿Me escuchas, Goering?
Burton le abofeteó salvajemente en la mejilla. Goering dijo: «Ach!» y saltó hacia atrás, llevándose la mano a la cara. Tenía los ojos abiertos y mostraba una mueca.
— ¡Te he oído! -resopló-. Simplemente es que no me parecía que valiese la pena contestarte. Nada me parece que valga la pena, nada excepto alejarme flotando, muy lejos de...
— ¡Cállate y escucha! -le gritó Burton-. Los Eticos tienen gentes por todas partes buscándome. No puedo permitirme el dejarte con vida, ¿te das cuenta de eso? No puedo fiarme de ti. Incluso si fueras amigo mío no serías de fiar. Eres un gomadicto.
Goering lanzó una risita, dio un paso hacia Burton, y trató de echarle los brazos al cuello. Burton le empujó hacia atrás con tal fuerza que trastabilló hasta la mesa y solo evitó caerse agarrándose a ella.
— Esto es muy divertido -dijo Goering-. El día en que llegué aquí, un hombre me preguntó si te había visto. Te describió con todo detalle, y me dio tu nombre. Yo le dije que te conocía bien... demasiado bien, y que esperaba no volver a verte jamás. No a menos que pudiera tenerte en mi poder. Me dijo que debería notificárselo si volvía a verte. Que sabría recompensarme.
Burton no perdió el tiempo. Caminó hacia Goering y lo sujetó con ambas manos. Goering hizo un gesto de dolor.
— ¿Qué es lo que vas a hacer, matarme otra vez? -dijo.
— No si me das el nombre del que te preguntó acerca de mí. De lo contrario...
— Adelante, mátame -dijo Goering-. ¿Y qué? Me despertaré en cualquier otro lugar, a millares de kilómetros de aquí, lejos de tu alcance.
Burton señaló una caja de bambú situada en un rincón de la cabaña. Suponiendo que contenía las reservas de goma de Goering, dijo:
— ¡Pero también te despertarás sin eso! ¿Dónde vas a poder encontrar tanto en poco tiempo?
— ¡Maldito seas! -gritó Goering, y trató de liberarse para alcanzar la caja.
— Dime su nombre -exclamó Burton-, o tomaré la goma y la tiraré al Río.
— Agneau. Roger Agneau. Duerme en una cabaña justo fuera de la casa redonda.
— Me ocuparé de ti luego -dijo Burton, y golpeó a Goering con el dorso de la mano en el cuello.
Se volvió, y vio a un hombre acurrucado fuera de la entrada de la cabaña. El hombre se alzó y echó a correr. Burton salió persiguiéndolo. En un minuto ambos habían llegado a los altos pinos y abetos de las montañas. Su presa desapareció entre las hierbas que le llegaban hasta la cintura.
Burton frenó hasta un trote, divisó un destello de blanco, la luz de las estrellas sobre piel desnuda, y siguió tras el individuo. Esperaba que el Etico no se mataría en seguida, porque tenía un plan para extraerle información si podía noquearlo. Era mediante hipnosis, pero primero tendría que cazar al Etico. Era posible que aquel hombre tuviera alguna especie de transmisor dentro de su cuerpo, y que ahora mismo estuviera en comunicación con sus compañeros... allá donde estuvieran. Si era así, Ellos llegarían en sus máquinas voladoras, y estaría perdido.
Se detuvo. Había perdido a su presa, y la única cosa que le quedaba hacer ahora era despertar a Alice y a los otros y correr. Quizá esta vez debieran irse a las montañas y permanecer ocultos allí durante un tiempo.
Pero primero iría a la cabaña de Agneau. Era poco probable que estuviera allí, pero ciertamente valía la pena asegurarse.

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CAPITULO XXI

Burton llegó a la vista de la cabaña justo a tiempo para divisar la espalda de un hombre entrando en ella. Dio un rodeo para llegar por el lado en el que la oscuridad de las colinas y de los árboles dispersos por la llanura le daban una cierta posibilidad de ocultarse. Acurrucado, corrió hasta llegar a la puerta de la cabaña.
Oyó un fuerte grito a cierta distancia tras él, y se volvió, para ver como Goering llegaba tambaleándose. Estaba gritando en alemán a Agneau, advirtiéndole que Burton estaba justo fuera. En una mano llevaba una larga lanza que blandía contra el inglés.
Burton se volvió y se abalanzó contra la endeble puerta de bambú. Su hombro la arrancó de sus goznes de madera. La puerta voló hacia adentro, y golpeó a Agneau, que había estado justo detrás de ella. Burton, la puerta y Agneau cayeron al suelo, con este último bajo la hoja.
Burton se levantó de la puerta, se irguió, y saltó de nuevo con ambos pies desnudos sobre la madera. Agneau gritó y se quedó en silencio. Burton movió la puerta a un lado, para hallar a su presa inconsciente y sangrando por la nariz. ¡Bien! Ahora, si el ruido no atraía a la ronda y podía eliminar con rapidez a Goering, podría llevar a cabo su plan.
Alzó la vista justo a tiempo para ver la luz de las estrellas reflejándose en el largo objeto negro lanzado contra él.
Se echó a un lado, y la lanza se clavó en el suelo con un ruido sordo. Su mango vibró como una serpiente de cascabel preparándose para atacar.
Burton atravesó la puerta, calculó la distancia a que se hallaba Goering, y cargó. Su azagaya se hundió en el vientre del alemán. Goering alzó las manos en el aire, chilló, y cayó de costado. Burton se echó el inerte cuerpo de Agneau al hombro, y lo sacó de la cabaña.
Para entonces se oían gritos procedentes de la casa redonda. Comenzaban a encenderse antorchas. El centinela de la torre de guardia más próxima estaba aullando. Goering estaba sentado en el suelo, inclinado hacia adelante, agarrando el arma cerca de la herida. Miró con la boca abierta a Burton y dijo:
— ¡Lo has hecho de nuevo! ¡Eres...!
Cayó de bruces, con un gorgoteo agónico en la garganta. Agneau recuperó con frenesí el conocimiento. Se debatió, soltándose de la presa de Burton, y cayó al suelo. A diferencia de Goering, no profirió sonido alguno. Tenía tantos motivos como Burton para obrar en silencio... quizá más. Burton se quedó tan sorprendido que permaneció inmóvil, con el faldellín-toalla del tipo agarrado en las manos. Había comenzado a tirarlo a un lado, cuando notó algo cuadrado y duro dentro del forro de la toalla. Transfirió la tela a su mano izquierda, arrancó la azagaya del cadáver, y corrió tras Agneau.
El Etico había botado una de las canoas de bambú varadas en la orilla. Remaba furiosamente hacia el interior de las aguas iluminadas por las estrellas, mirando frecuenternente tras de sí. Burton alzó la azagaya tras su hombro, y la lanzó. Era un arma corta y de mango grueso, diseñada para luchar a corta distancia y no como jabalina. Pero voló recta y acabó su trayectoria en la espalda de Agneau. El Etico cayó hacia adelante e hizo volcar la estrecha embarcación. La canoa quedó boca abajo. Agneau no reapareció.
Burton maldijo. Había deseado capturar a Agneau vivo, pero no podía correr el riesgo de que escapase con vida.
Había aún una posibilidad de que Agneau no hubiera contactado a otros Eticos.
Volvió a las chozas de los huéspedes. Arriba y abajo de la costa estaban sonando tambores, y gentes con antorchas encendidas se apresuraban a ir hacia la casa redonda. Burton detuvo a una mujer y le preguntó si le podía dejar un momento su antorcha. Ella se la entregó, pero le soltó un chorro de preguntas. El contestó que pensaba que los choctaws del otro lado del río estaban efectuando una incursión. Ella se apresuró a correr hacia la asamblea reunida frente a la empalizada.
Burton clavó el extremo aguzado de la antorcha en la blanda tierra de la orilla y examinó la toalla que le había arrancado a Agneau. En el interior, justo sobre el cuadrado más duro que se notaba en el forro, había una costura cerrada con dos estrechas tiras magnéticas, que se abrían con facilidad. Sacó el objeto del forro y lo miró a la luz de la antorcha.
Durante un largo tiempo se quedó en cuclillas junto a la luz parpadeante, incapaz de dejar de mirar o de suprimir un asombro casi paralizador. Una fotografía, en aquel mundo en que no había cámaras, era algo inaudito. Pero una fotografía suya aún lo era más, tanto como el hecho de que aquella foto no había sido tomada en aquel mundo. Debía de haber sido hecha en la Tierra, aquella Tierra perdida ahora en la masa de estrellas, en algún lugar del centelleante cielo, y a Dios sabe cuantos miles de millares de años en el tiempo.
¡La imposibilidad se amontanaba sobre la imposibilidad! Pero había sido tomada en un tiempo y un lugar en que estaba seguro de que ninguna cámara lo había enfocado, conservando su imagen. Sus bigotes habían sido borrados, pero el retocador no se había molestado en suprimir el fondo ni su ropa. Allí estaba, retratado milagrosamente de medio cuerpo y aprisionado en un trozo plano de algún tipo de material. ¡Plano! Cuando giró el cuadrado, vio que su perfil resultaba visible. Si lo mantenía a un ángulo casi recto de su vista, podía conseguir una visión de medio lado de sí mismo.
— Fue en 1848 -se dijo a sí mismo, cuando era un subalterno de veintisiete años de edad en el Ejército de la India del Este. Y ésas son las montañas azules de Goa. Esta foto debió de ser tomada allí cuando estaba convaleciente. Pero, buen Dios, ¿cómo? ¿Por qué? ¿Y cómo consiguieron los Eticos tenerla ahora en su poder?
Evidentemente, Agneau había llevado aquella foto como una ayuda en su búsqueda de Burton. Probablemente cada uno de sus perseguidores tenía una similar oculta en su toalla. Estaban buscándolo Río arriba y Río abajo. ¿Quién podía decir cuántos agentes tenían Ellos disponibles, o cuán desesperadamente deseaban encontrarle, o por que lo deseaban?
Después de volver a colocar la foto dentro de la toalla, dio la espalda a la cabaña. Y en ese momento, su mirada ascendió hacia la cima de las montañas, esas alturas inescalables que limitaban el valle del Río a ambos lados.
Vio que algo parpadeaba contra una brillante nube de gas cósmico. Apareció por tan solo un abrir y cerrar de ojos, y luego hubo desaparecido. Unos segundos más tarde salió de la nada, mostrándose como un oscuro objeto hemisférico, que luego desapareció de nuevo.
Un segundo artilugio volador se mostró brevemente, reapareció a menor altura, y luego desapareció como el primero. Los Eticos se lo llevarían, y la gente de Sevieria se preguntaría qué era lo que les había hecho caer dormidos durante una hora o así.
No tenía tiempo de regresar a la choza y despertar a los otros. Si esperaba un momento más, sería atrapado.
Se volvió y corrió hacia el Rio, y comenzó a nadar a su través en dirección a la otra orilla, situada a algo más de dos kilómetros de distancia. Pero no había recorrido más de unos cuarenta metros cuando notó la presencia de alguna enorme masa encima de él. Se volvió de espaldas para mirar hacia arriba. Por encima solo había el suave destello de las estrellas. Luego, a unos quince metros sobre él, un disco con un diámetro de unos dieciocho metros cubrió una sección del cielo. Desapareció casi inmediatamente, y volvió a aparecer de nuevo a solo unos seis metros por encima de él.
Así que Ellos tenían algún método de ver en la distancia en mitad de la noche, y lo habían divisado huyendo.
— ¡So chacales! -les gritó-. ¡No lograréis cazarme!
Dio media vuelta y se zambulló, nadando directamente hacia abajo. El agua se tornó más fría, y le comenzaron a doler los tímpanos. Aunque tenía los ojos abiertos, no podía ver nada. De pronto, fue empujado por una masa de agua, y supo que la presión era producida por el desplazamiento de un gran objeto.
El artefacto se había zambullido tras él.
Solo había una forma de escapar. Tendrían su cuerpo muerto, pero esto sería todo. Podría escapar de nuevo, estar vivo en algún lugar del Rio, para burlarlos de nuevo y golpearles una vez más.
Abrió la boca y respiró profundamente, tanto a través de ésta como de la nariz.
El agua le atragantó. Solo mediante un enorme esfuerzo de la voluntad logró evitar cerrar los labios y resistir a la muerte que ya lo aferraba. Sabía con su mente que volvería a vivir, pero las células de su cuerpo no lo sabían. Estaban deseando vivir en aquel mismo momento, y no en un futuro racionalizado. Y forzaron de su garganta repleta de agua un grito de desesperación.

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CAPITULO XXII

— ¡Aaaaaayyyyyyyyyyy!
El grito lo alzó de la hierba como si hubiera rebotado de un trampolín. A diferencia de la primera vez que había sido resucitado, no se sentía ni débil ni asombrado. Sabía qué esperar. Se despertaría en las hermosas orillas del Río, cerca de una piedra de cilindros. Pero no estaba preparado para aquellos gigantes que batallaban a su alrededor.
Su primer pensamiento fue hallar un arma. No había nada a mano excepto el cilindro que siempre aparecía con un resucitado, y el montón de toallas de varios tamaños, colores y gruesos. Dio un paso, aferró el asa del cilindro, y esperó. Si era preciso, usaría su cilindro como un mazo. Era muy ligero, pero prácticamente indestructible y muy duro.
No obstante, los monstruos de su alrededor parecían poder soportar una paliza durante todo un día sin sentir nada.
La mayor parte de ellos eran de al menos dos metros y medio de alto, y algunos de casi tres; sus espaldas tremendamente musculosas tenían casi un metro de ancho. Sus cuerpos eran humanos, o casi, y sus pieles blancas estaban cubiertas con largos pelos rojizos o marrones. No eran tan peludos como un chimpancé, pero más que cualquier hombre que hubiera visto, y esto que había conocido a algunos seres humanos especialmente velludos.
Pero eran los rostros lo que les daba un aspecto inhumano y aterrador, especialmente dado que todos ellos estaban resoplando por la ira de la batalla. Bajo una estrecha frente había una prominencia ósea que corría sin interrupción por encima de los dos ojos, para continuar luego alrededor de ellos formando dos círculos. Aunque los ojos eran tan grandes como los suyos, parecían pequeñós en comparación con la ancha cara en la que estaban insertados. Los pómulos surgían prominentes, y luego se curvaban hacia arriba. Las tremendas narices daban a los gigantes el aspecto de unos monos con trompa.
En cualquier momento, Burton podría haberse sentido divertido por su aspecto. No ahora. Los rugidos que surgían de sus pechos, más grandes que los de los gorilas, eran tan profundos como los de un león, y sus grandes dientes hubieran hecho que un oso kodiak se lo hubiera pensado dos veces antes de atacar. Sus puños, tan grandes como una cabeza humana, aferraban porras tan gruesas y largas como postes telegráficos. O hachas de piedra. Blandían sus armas unos contra otros, y cuando acertaban un golpe, los huesos se rompían con chasquidos tan fuertes como los de la madera al astillarse. A veces, eran los palos los que se rompían.
Burton tuvo un momento para mirar a su alrededor. La luz era débil. El sol sólo se había alzado a medias sobre los picos al otro lado del Río. El aire era mucho más frío que el que había notado en cualquier otra ocasión en el planeta, excepto en sus fracasados intentos de subir a la cima de las perpendiculares montañas.
Entonces, uno de los vencedores de un combate miró a su alrededor buscando a otro enemigo, y lo vio.
Sus ojos se agrandaron. Por un segundo, pareció tan asombrado como Burton cuando había abierto por primera vez sus ojos. Quizá nunca había visto antes a un ser como Burton, al igual que Burton jamás había visto a ninguno como él. Pero si así era, no le llevó mucho el superar su sorpresa. Aulló, saltó por encima del maltrecho cuerpo de su contrario, y corrió hacia Burton, alzando un hacha que podría haber derribado a un elefante.
Burton también corrió, con su cilindro en una mano. Si lo perdía, no valía la pena que sobreviviese. Sin él, tendría que morir de hambre o malvivir de pescado y brotes de bambú.
Casi lo logró. Ante él apareció una abertura, y corrió entre dos titanes, que tenían los brazos el uno alrededor del otro y trataban cada uno de ellos de derribar al contrario, y otro que estaba retrocediendo ante los golpes dados por la porra de un cuarto. Justo cuando estaba casi a salvo, los dos que forcejeaban cayeron sobre él.
La velocidad con que corría hizo que no quedase directamente bajo ellos, pero el manoteante brazo de uno de los dos le golpeó en el talón izquierdo. El golpe fue tan fuerte que aplastó su pie contra el suelo y lo detuvo instantáneamente. Cayó hacia adelante, y comenzó a chillar. Debía de tener roto el pie, y varios músculos desgarrados en la pierna.
Sin embargo, trató de alzarse y cojear hacia el río. Una vez en él, podría alejarse nadando, si es que no se desmayaba por el dolor. Dio dos saltitos con su pie derecho antes de ser agarrado por detrás.
Voló por el aire, girando sobre sí mismo, y fue atrapado antes de comenzar su descenso.
El titán lo aferraba con una mano al extremo de un brazo extendido, con su enorme y poderoso puño apretado alrededor del pecho de Burton. Este casi no podía respirar. Sus costillas amenazaban con hundirse.
A pesar de todo, no había dejado caer su cilindro. Golpeó con él el hombro del gigante.
Suavemente, como apartando una mosca, el gigante golpeó el recipiente metálico con su hacha, y el cilindro fue arrancado de las manos de Burton.
El monstruo sonrió, y dobló el brazo para acercar más a Burton. Este pesaba setenta y dos kilos, pero el brazo no tembló con el esfuerzo.
Por un momento, Burton miró a los pálidos ojos azules hundidos en los círculos óseos. La nariz estaba marcada por muchas venillas rotas. Los labios sobresalían a causa de las enormes mandíbulas que había debajo de ellos, y no, como él había pensado al principio, debido a que fueran muy gruesos.
Entonces, el titán aulló y alzó a Burton por encima de su cabeza. Burton golpeó el enorme brazo con sus puños, sabiendo que era en vano, pero no deseando rendirse como un conejo atrapado. Y aún, mientras estaba haciendo esto, contempló, si bien no con toda la atención de su mente, diversos detalles del paisaje.
El sol había estado empezando a alzarse sobre los picos de las montañas cuando se había despertado. Aunque el tiempo pasado desde que había saltado en pie era solo de unos pocos minutos, el sol debería haber superado ya los picos. Pero no era así; colgaba exactamente a la misma altura que cuando lo había visto por primera vez.
Además, la inclinación hacia arriba del valle le permitía una visión de algo más de unos seis kilómetros. La piedra de cilindros junto a la que se hallaba era la última. Tras ella, solo había una llanura y el Río.
Aquello era el final del camino... o el inicio del Río.
No tenía ni tiempo ni deseos para apreciar lo que aquello significaba. Simplemente, se dio cuenta de esto durante el tránsito entre el dolor, la ira y el terror. Luego, cuando el gigante se preparó a alzar el hacha para cascar el cráneo de Burton, el monstruo se envaró y lanzó un aullido. Para Burton, fue como estar junto a una sirena de locomotora. La presión disminuyó, y Burton cayó al suelo. Por un instante perdió el sentido por el dolor de su pie.
Cuando recobró el conocimiento, tuvo que rechinar los dientes para evitar volver a gritar. Gruñó y se sentó, aunque no sin que una oleada de fuego que le subió por la pierna hiciera que la débil luz del sol casi se ennegreciese. La batalla estaba rugiendo a su alrededor, pero él se hallaba en un pequeño rincón de inactividad. Junto a él yacía el cadáver, grueso como un tronco, del titán que habla estado a punto de matarlo. La parte trasera de su cráneo, que parecía lo bastante gruesa como para resistir a un ariete, estaba hundida.
Alrededor del elefantino cuerpo gateaba otro herido.
Al verle, Burton olvidó por un instante su dolor. El hombre terriblemente maltrecho era Hermann Goering.
Ambos habían resucitado en el mismo lugar. No había tiempo para pensar en las implicaciones de la coincidencia. Comenzaba a volver a sentir el dolor. Además, Goering empezó a hablar.
Y no es que pareciese como si le quedase mucha habla o tuviese demasiado tiempo para charlar. Estaba cubierto de sangre. Había desaparecido su ojo derecho. La comisura de su boca estaba desgarrada hasta la oreja. Una de sus manos estaba aplastada. Le salía una costilla a través de la piel. Burton no podía comprender cómo lograba mantenerse con vida, y aún menos correr a cuatro patas.
— ¡Tú... tú! -dijo roncamente en alemán Goering, y se desplomó. Un borbotón de sangre brotó de su boca, cayendo sobre las piernas de Burton. Sus ojos se vidriaron.
Burton se preguntó si alguna vez sabría lo que había pensado decirle. No era que importase mucho, tenía cosas mucho más vitales en las que pensar.
A unos diez metros de distancia, dos titanes estaban en pie, dándole la espalda. Ambos estaban jadeando, aparentemente descansando un instante antes de volver a enzarzarse en la lucha. Entonces, uno habló con el otro.
No había duda al respecto. El gigante no estaba simplemente gritando. Utilizaba un lenguaje.
Burton no lo comprendía, pero sabía que era un idioma. No necesitó la réplica modulada y claramente silábica del otro para confirmar su descubrimiento.
Así que aquello no era algún tipo de mono prehistórico, sino una especie subhumana. Debía de haber sido desconocida para la ciencia del Siglo XX de la Tierra, dado que su amigo Frigate le había descrito todos los fósiles conocidos en el año 2008.
Yació con la espalda apoyada contra las costillas del gigante derribado, y se apartó del rostro algunos de los sudorosos y largos pelos rojizos. Luchó contra la náusea y la agonía de su pie y los músculos desgarrados de su pierna. Si hacía mucho ruido, quizá atrajese a aquellos dos, que acabarían el trabajo. Pero, ¿qué importaba eso?
¿Qué posibilidad tenía de sobrevivir con sus heridas, en un lugar en el que había tales monstruos?
Y casi peor que el dolor de su pie era el pensar que, en su primer viaje de lo que iba a llamar el Express del Suicidio, había alcanzado su objetivo.
Tan solo había tenido una posibilidad entre diez millones de llegar a aquel área. Y tal vez nunca lo hubiera logrado, aunque se hubiera ahogado diez mil veces. Y no obstante, había tenido una buena suerte fantástica. Quizá jamás volviera a suceder. E iba a perderla en seguida.
El sol se movía medio oculto por las cimas de las montañas del otro lado del río. Aquel era el lugar que había supuesto que existiría; había llegado en su primer intento. Pero, a medida que le fallaba la vista y disminuía su dolor, supo que estaba muriendo. Ello se debía a algo más que a los huesos aplastados de su pie. Debía de tener una hemorragia interna.
Trató de alzarse una vez más. Se levantaría, aunque solo fuera sobre un pie, y amenazaría con el puño al burlón hado y lo maldeciría. Moriría con una maldición en los labios.

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CAPITULO XXIII

El ala roja del amanecer tocaba suavemente sus ojos. Se alzó en pie, sabiendo que sus heridas estarían curadas, y que estaría totalmente sano de nuevo, pero sin acabar de creérselo. Cerca de él había un cilindro y un montón de seis toallas de diversos colores, formas y grosores, cuidadosamente doblados.
A un metro y medio de distancia, otro hombre, también desnudo, se estaba alzando de la corta hierba de brillante color verde. Burton notó cómo la piel se le ponía de gallina. El cabello rubio, el ancho rostro y los ojos azul claro eran los de Hermann Goering.
El alemán parecía tan sorprendido como Burton. Habló lentamente, como si surgiera de un profundo sueño.
— Aquí hay algo que va muy mal.
— Desde luego, algo no funciona -replicó Burton. No sabía más de los métodos de resurrección que cualquier otro hombre del Río. Jamás había visto una resurrección, pero quienes la habían contemplado se la habían descrito. Al amanecer, justo después de que el sol apareciese por encima de las montañas inescalables, surgía un resplandor en el aire junto a una piedra de cilindros. En un parpadeo, la distorsión se solidificaba, y un hombre, mujer o niño desnudo aparecía de la nada, sobre la hierba de la orilla. Y siempre, junto al «Lázaro», se hallaban el indispensable cilindro y las toallas.
A lo largo de un valle que podría tener de quince a treinta millones de kilómetros, y en el que vivían, según se estimaba, de treinta y cinco mil a treinta y seis mil millones de personas, podían morir un millón por día. Era cierto que no existían enfermedades, aparte de las mentales, pero, aunque no hubiese estadísticas, se podía asegurar que, probablemente, cada veinticuatro horas un millón de personas eran asesinadas en las miríadas de guerras entre el millón o así de pequeños estados, o en crímenes pasionales, ejecuciones de criminales, y en suicidios y accidentes. Había un contínuo y numeroso tráfico de aquéllos que sufrían la «pequeña resurrección», que era como se la llamaba.
Pero Burton jamás había oído hablar de que dos personas muriesen en el mismo lugar y momento, y que resucitasen juntas. El proceso de selección del área para la nueva vida era el azar... o al menos así lo había creído siempre.
Posiblemente podía ocurrir un tal caso, aunque las probabilidades fueran una en veinte millones. Pero que sucediera en dos ocasiones, una inmediatamente después de la otra, era un milagro.
Burton no creía en los milagros. Nada sucedía que no pudiese ser explicado por los principios físicos... si uno conocía todos los datos.
El no los conocía, así que, por el momento, no se preocuparía por la «coincidencia». Era más urgente resolver otro problema: ¿qué es lo que iba a hacer acerca de Goering?
El hombre lo conocía, y podía identificarlo a cualquier Etico que lo estuviera buscando.
Burton miró rápidamente a su alrededor, y vio un cierto número de hombres y mujeres que se les aproximaban en forma aparentemente amistosa. Había tiempo para cruzar algunas palabras con el alemán.
— Goering, puedo matarte o matarme. Pero no quiero hacer ninguna de las dos cosas... al menos por el momento. Ya sabes por qué eres peligroso para mi. No debería correr riesgos contigo, hiena traicionera. Pero hay algo diferente en ti, algo que no puedo definir, pero que...
Goering, que era notorio por su resistencia, parecía estar saliendo ya del shock. Sonrió torvamente y dijo:
— Te tengo entre la espada y la pared, ¿no?
Pero viendo la mueca de Burton, alzó rápidamente una mano y dijo:
— No obstante, juro que no revelaré a nadie tu identidad, ni haré nada para dañarte. Quizá no seamos amigos, pero al menos nos conocemos el uno al otro, y estamos en una tierra de extraños. Es bueno el tener un rostro familiar al lado. Lo sé, pues he sufrido mucho tiempo la soledad, la desolación del espíritu. Creí que me volvería loco. Esta es en parte la razón por la que me dediqué a la goma de los sueños. Créeme, no te traicionaré.
Burton no le creía. Sin embargo, pensaba que podía fiarse de él por un tiempo. Goering desearía tener un aliado potencial al menos hasta que hubiera estudiado a la gente de aquel área y supiera lo que podía o no podía hacer. Además, quizá Goering hubiera cambiado para bien.
No, se dijo Burton a sí mismo. No. Ya estás de nuevo en eso. Por muy cínico que seas verbalmente, siempre has sido demasiado dado a perdonar. Demasiado dispuesto a olvidarte de las injurias que te han sido hechas, y a dar otra oportunidad a quien te injurió. No vuelvas a comportarte como un estúpido, Burton.
Tres días más tarde, seguía incierto acerca de Goering.
Burton había tomado la identidad de Abdul ibn Harun, un ciudadano del Cairo, Egipto, en el Siglo XIX. Tenía diversas razones para adoptar ese disfraz. Uno era que hablaba un árabe excelente, conocía el dialecto cairota de aquel período, y tenía una excusa para cubrirse la cabeza con una toalla enrollada en forma de turbante. Esperaba que esto le ayudase a ocultar su apariencia. Goering no dijo a nadie una palabra con que contradecir su enmascaramiento. Burton estaba bastante seguro de esto, porque él y Goering pasaban juntos la mayor parte del tiempo. Estaban habitando la misma choza hasta que se ajustasen a las costumbres locales y pasasen por su período de pruebas, parte del cual consistía en un intensivo entrenamiento militar. Burton había sido uno de los más grandes espadachines del Siglo XIX, y también conocía todos los trucos de la lucha con armas o con las manos desnudas. Tras una demostración de su habilidad en una serie de pruebas, fue acogido como recluta. De hecho, le prometieron que lo harían instructor en cuanto aprendiese bien el idioma.
Goering consiguió casi con la misma rapidez el respeto de los habitantes locales. Cualquiera que fueran sus otras faltas, no le faltaba valor. Era fuerte y experto con las armas, jovial y encantador cuando deseaba serlo, y no iba muy por detrás de Burton en lograr el dominio del idioma. Era rápido en ganar y usar la autoridad, tal como correspondía al ex Reichsmarschal de la Alemania de Hitler.
Aquella sección de la orilla oeste estaba poblada principalmente por gentes que hablaban un idioma totalmente desconocido incluso para Burton, un excelente lingüista, tanto en la Tierra como en el planeta del Río. Cuando hubo aprendido lo bastante como para hacer preguntas, dedujo que debían haber vivido en algún lugar de la Europa Central durante los inicios de la Edad de Bronce. Tenían algunas costumbres curiosas, una de las cuales era la copulación pública. Esto le resultaba bastante interesante a Burton, que era uno de los cofundadores de la Royal Anthropological Society de Londres, en 1863, y que había visto cosas muy extrañas durante sus exploraciones en la Tierra. No participó, pero tampoco se sintió horrorizado.
Una costumbre que adoptó alegremente fue la de las patillas pintadas. A los hombres les dolía que el pelo de sus rostros hubiera sido permanentemente eliminado por los resucitadores, del mismo modo que les habían sido circuncidados los prepucios. No podían hacer nada con respecto a este último ultraje, pero podían corregir el primero hasta cierto punto. Se pintaban los labios superiores y patillas con un líquido oscuro hecho con carbón vegetal muy machacado, goma de pescado, tanino de abeto y otros componentes. Los más decididos usaban el tinte como tatuaje, y sufrían un doloroso y prolongado pinchado con aguzadas agujas de bambú.
Ahora Burton estaba doblemente disfrazado, y sin embargo se había puesto a merced de un hombre que podía traicionarlo a la primera oportunidad. Deseaba atraer a un Etico, pero no deseaba que este Etico estuviera seguro de su identidad.
Burton quería estar seguro de poder escapar a tiempo antes de ser atrapado por la red. Era un juego peligroso, como caminar por una cuerda floja sobre un pozo de lobos hambrientos. Pero deseaba jugarlo. Escaparía solo cuando fuera absolutamente necesario. El resto del tiempo sería la presa persiguiendo al cazador.
Y sin embargo, la visión de la Torre Oscura, o la Fuente, estaba siempre en el horizonte de sus pensamientos. ¿Por qué jugar al gato y al ratón, cuando podía ser capaz de escalar las mismas murallas del castillo en el que suponía tenían su residencia los Eticos? O, si el escalar no era la descripción correcta, introducirse en la Torre, entrar como un ratón lo hace en una casa... o un castillo. Mientras los gatos estaban mirando hacia otro lado, el ratón estaría deslizándose al interior de la Torre, y allí, quizá el ratón se transformase en un tigre.
Ante este pensamiento se echó a reír, recibiendo miradas de curiosidad de sus dos compañeros de choza: Goering y un inglés del Siglo XVII, John Collop. Su risa se debía a la ridícula imagen de sí mismo convertido en tigre. ¿Qué le hacía pensar que él, un hombre solo, podía hacer algo contra los moldeadores de planetas, a los resurrectores de miles de millones de muertos, a los alimentadores y mantenedores de aquellos llamados de nuevo a la vida? Se estrujó las manos, y supo que en su interior, y en el interior del cerebro que las guiaba, podía hallarse la perdición de los Eticos. No sabía qué cosa terrible era la que se ocultaba en su propio interior, pero Ellos le temían. Si lograse averiguar el porqué...
Su risa era de autoridiculización únicamente en parte. Una parte de sí creía realmente que era un tigre entre los hombres.
— Un hombre es como piensa ser -murmuró.
— Tienes una risa muy peculiar, amigo mío -le dijo Goering-. Algo femenino para un hombre tan masculino.
Es como... como una roca lanzada que resbala sobre un lago de hielo. O como la de un chacal.
— Tengo en mí algo de chacal y de hiena -replicó Burton-. Al menos, eso es lo que mantenían mis detractores... y tenían razón. Pero soy algo más que eso.
Se alzó de la cama y comenzó a hacer ejercicios para quitarse el óxido del sueño de los músculos. En unos minutos, iría con los otros a una piedra de cilindros situada junto a la orilla del Río y cargaría su recipiente. Luego, pasaría una hora limpiando el lugar. Después, ejercicios, seguidos por la instrucción en la lanza, la maza, la honda, la espada de obsidiana, el arco y las flechas, el hacha de sílex, y la lucha con pies y manos desnudos. Una hora de descanso para charlar y comer. Luego, una hora en la clase de idioma. Dos horas de trabajo para ayudar a construir las murallas que marcaban los límites de aquel pequeño estado. Media hora de descanso, y después la obligatoria carrera de un par de kilómetros para ir ganando resistencia. Cena de los cilindros, y el atardecer libre excepto para aquellos que tuvieran servicio de guardia u otras tareas.
Un tal horario y actividades estaban siendo duplicados en los pequeños estados arriba y abajo a todo lo largo del Río. Casi en todas partes, la humanidad estaba en guerra o preparándose para ella. Los ciudadanos debían mantenerse en forma y saber cómo luchar tan hábilmente como fueran capaces. Además, los ejercicios mantenían ocupados a los ciudadanos. Sin importar lo monótona que fuera la vida marcial, siempre era mejor que estar por ahí pensando en qué hacer para divertirse. La eliminación de las preocupaciones acerca de la comida, el alquiler, los recibos y todas las molestas tareas y deberes que habían mantenido ocupados y presurosos a los terrestres, no era una bendición absoluta. Existía la gran batalla contra el aburrimiento, y los líderes de cada estado estaban ocupados tratando de pensar formas en que mantener ocupados a sus súbditos.
El valle del Rio debería haber sido un paraíso, pero todo era guerra, guerra, guerra. Pero, no obstante, según algunos, la guerra era buena en aquel lugar. Daba sabor a la vida, y acababa con el aburrimiento. La ambición y la agresividad humana tenían su lado bueno.
Tras la cena, cada hombre o mujer quedaba libre para hacer lo que quisiese, mientras no fuese en contra de las leyes locales. Podía cambiar los cigarrillos y el licor suministrados por su cilindro, o el pescado que hubiese atrapado en el Rio, por un arco y flechas mejores, por escudos, cuencos, y tazas, sillas y mesas, flautas de bambú, trompetas de arcilla, tambores de piel de pez o humana, piedras preciosas (que realmente eran poco usuales), collares hechos con los huesos, bellamente articulados y coloreados, de los peces de las aguas profundas del Río, o de jade o de madera tallada, espejos de obsidiana, zapatos y sandalias, dibujos al carbón, el raro y caro papel de bambú, tinta y plumas hechas con espinas, sombreros fabricados con la larga y resistente hierba de las colinas, pequeños carros en los que descender por las laderas de las colinas, arpas hechas con madera y cuerdas sacadas de las tripas de los peces dragón, anillos de abeto para los dedos de las manos y los pies, estatuillas de barro, y otros artículos útiles u ornamentales.
Naturalmente, más tarde había el momento para el amor, que a Burton y a sus compañeros de cabaña les estaba negado, por aquel entonces. Solamente cuando hubieran sido aceptados como ciudadanos de hecho y de derecho se les permitiría trasladarse a casas propias y vivir con una mujer.
John Collop era un joven bajo y delgado, con largo cabello rubio, un rostro estrecho pero agradable, y grandes ojos azules con pestañas muy largas, negras y arqueadas. En su primera conversación con Burton había dicho tras presentarse:
— Fui liberado de la oscuridad del seno materno, ¿de qué otro lugar podía provenir?, a la luz de la Tierra creada por Dios, en el año del Señor de 1625. Con demasiada rapidez descendí de nuevo al seno de la madre naturaleza, confiado en la esperanza de la resurrección, y no siendo decepcionado, como puedes ver. Aunque debo confesar que esta vida venidera no es la que ciertas personas me llevaron a imaginar. Pero, ¿cómo iban a conocer ellos la verdad, pobres diablos ciegos que guiaban a otros ciegos?
No pasó mucho antes de que Collop le dijese que era miembro de la Religión de la Segunda Oportunidad.
Las cejas de Burton se alzaron. Había encontrado aquella nueva religión en muchos lugares a lo largo del Rio. Burton, aunque era un agnóstico, se dedicaba a estudiar detenidamente toda religión. Conociendo la fe de un hombre, se conocía al menos la mitad de ese hombre. Conociendo a su esposa, se conocía la otra mitad.
La religión tenía unos pocos simples dogmas, algunos basados en los hechos, y otros en hipótesis, esperanzas y deseos. En esto no se difería de las religiones surgidas en la Tierra. Pero los segundoportunistas tenían una ventaja sobre cualquier religión terrestre: no tenían dificultad alguna en probar que los hombres muertos volvían a nacer... y no solo una vez, sino muchas.
— ¿Y por qué se ha dado una Segunda Oportunidad a la humanidad? -preguntó Collop en su baja y segura voz-. ¿Se lo merece? No. Con pocas excepciones, los hombres son una especie rastrera, miserable, ramplona, malévola, estrecha de mente, extremadamente egoísta, generalmente belicosa y repugnante. Contemplándolos, los dioses... o el dios, debería vomitar. Pero en este vómito divino hay un grumo de compasión, si es que me perdonas por usar estas comparaciones. El hombre, por bajo que sea, tiene una molécula de divinidad en él: No es una frase vacía la que dice que el hombre fue hecho a imagen de Dios. Hay algo que vale la pena salvar aún en el peor de nosotros. Y de este algo puede construirse un nuevo hombre.
»Quienquiera que nos haya dado esta nueva oportunidad para salvar nuestras almas conoce esta verdad. Hemos sido colocados aquí, en el mundo del Río, en este planeta extraño bajo cielos extraños, para trabajar en nuestra salvación. Ni yo ni los líderes de mi religión podemos especular acerca del tiempo de que disponemos. Quizá el límite sea la eternidad, o únicamente un centenar o un
millar de años. Pero debemos usar el tiempo de que dispongamos, amigo mío.
— ¿No fuiste sacrificado en el altar de Odín por unos noruegos que se aferraban a la antigua religión, a pesar de que este mundo no es el Valhalla que les prometieron sus sacerdotes? -preguntó Burton-. ¿No crees que perdiste el tiempo y la saliva predicándoles? Creen en los mismos y viejos dioses, y las únicas diferencias en su teología son algunos ajustes que han debido hacer a las nuevas condiciones de aquí. Tal como tú te has aferrado a tu vieja fe.
— Los noruegos no tienen explicación alguna para este nuevo ambiente -respondió Collop-. Yo, en cambio, si. Tengo una explicación razonable, una que esos noruegos acabarán por aceptar, por creer tan fervientemente como yo. Me mataron, pero algún miembro más persuasivo de nuestra fe irá y hablará con ellos antes de que lo aten sobre el regazo de un ídolo de madera y le den una puñalada en el corazón. Y si ése no les convence, el próximo misionero lo hará.
»En la Tierra, era cierto que la sangre de los mártires era la simiente de la iglesia. Y aún es más cierto aquí. Si se mata a un hombre para callarle la boca, reaparece en algún otro lugar a lo largo del Río. Y un hombre que ha sido martirizado a un centenar de millares de kilómetros de distancia surge para reemplazar al mártir anterior. Nuestra fe acabará por vencer. Los hombres cesarán esas guerras inútiles y generadoras de odio, y comenzarán con la única tarea verdadera, la única tarea válida, la tarea de salvarse a sí mismos.
— Lo que dices acerca de los mártires es cierto acerca de cualquiera con una idea -replicó Burton-. Un hombre malvado que muere también surge en otro lugar para seguir cometiendo sus maldades.
— El bien prevalecerá; la verdad siempre triunfa -salmodió Collop.
— No sé lo que pudiste moverte por la Tierra ni cuanto duró tu vida -dijo Burton-, pero debió de ser muy poco para que seas tan ciego. Yo sé que las cosas no son así.
— Nuestras creencias no están fundadas únicamente en la fe. Hay algo muy real, muy sustancial, en lo que podemos basar nuestras enseñanzas. Dime, Abdul, ¿has oído hablar de alguien que fuera resucitado muerto?
— ¿Una paradoja? -exclamó Burton-. ¿Qué quieres decir con eso de resucitado muerto?
— Hay al menos tres casos comprobados, y cuatro más de los que ha oído hablar nuestra congregación, pero que no hemos podido autenticar. Eran hombres y mujeres que murieron en un lugar del Rio y fueron trasladados a otro. Cosa extraña, sus cuerpos fueron recreados, pero les faltaba la chispa de la vida. Y bien, ¿por qué era eso?
— No puedo imaginármelo -admitió Burton-. Dímelo tú, te escucharé, pues hablas como si supieras de lo que estás hablando.
Podía imaginárselo, puesto que había oído la misma historia en otros lugares, pero deseaba saber si la historia de Collop concordaba con las otras.
Era la misma, incluyendo los nombres de los lázaros muertos. La historia era que aquellos hombres y mujeres habían sido identificados por personas que los habían conocido muy bien en la Tierra. Eran todos gente justa y de rectas costumbres en la Tierra. La teoría era que habían alcanzado el estado de pureza que hacia que ya no fuera necesario que debieran continuar en el «purgatorio» del planeta del Rio. Sus almas habían ido a... algún lugar; y habían dejado tras de sí el exceso de equipaje que representaban sus cuerpos físicos.
Pronto, al menos eso era lo que decían los componentes de la nueva religión, más personas alcanzarían ese estado, y sus cuerpos quedarían atrás. Finalmente, pasado el tiempo suficiente, el planeta del Rio quedaría desplobado. Todos habrían eliminado su maldad y sus odios, y estarían repletos de amor. Incluso los más depravados, aquellos que parecían estar absolutamente perdidos, serían capaces de abandonar sus cuerpos físicos. Lo único que se necesitaba para alcanzar este estado ideal era amor.
Burton suspiró, se rió en voz alta y dijo:
— Plus ma change, plus c'est la méme chose. Otro cuento de hadas para darles esperanzas a los hombres. Las viejas creencias han sido desacreditadas, aunque algunos rehusan aceptar incluso esto; por tanto, hay que inventar nuevas creencias.
— Tiene sentido -le replicó Collop-. ¿Tienes una mejor explicación del porqué estamos aquí?
— Quizá. También yo puedo inventarme cuentos de hadas.
De hecho, Burton tenía una explicación. Sin embargo, no se la podía dar a Collop. Spruce le había hablado a Burton un poco acerca de la identidad, historia y propósitos de su grupo, los Eticos, y mucho de lo que había dicho estaba de acuerdo con las creencias de Collop.
Spruce se había matado antes de explicar acerca de la «psiquis». Probablemente, la «psiquis» tenía que ser parte de la organización total de la resurrección. De otra forma, cuando el cuerpo hubiera alcanzado la «salvación» y ya no viviese, no habría nada para continuar manteniendo la parte esencial de un hombre. Dado que la vida post-terrestre podía ser explicada en términos físicos, esa «psiquis» debía ser una entidad física, y que no debía ser dejada a un lado con la connotación de que era algo sobrenatural, como se había hecho en la Tierra.
Había muchas cosas que Burton no sabia. Pero había podido dar una ojeada al interior del planeta del Río, cosa que no había podido hacer ningún otro hombre.
Con los datos que tenía, planeaba hacer palanca para conseguir más, abrir un poco la tapa, y arrastrarse al interior del sancta sanctorurn. Para hacerlo, llegaría hasta la Torre Oscura. Y la única forma de llegar allí rápidamente era tomar el Express de los Suicidios. Primero, debía ser descubierto por un Etico. Luego, tenía que dominar a ese Etico, incapacitarlo para suicidarse, y, de alguna manera, sacarle más información.
Mientras tanto, continuaba representando el papel de Abdul ibn Harun, médico egipcio del Siglo XIX, ahora un ciudadano de Bargawhwdzys. Como tal, decidió unirse a la congregación de la Segunda Oportunidad. Anunció a Collop su desencanto con Mahoma y sus enseñanzas, y así se transformó en el primer converso logrado por Collop en aquella zona.
— Entonces debes jurar no tomar las armas contra ningún hombre, ni defenderte en forma física, mi querido amigo -le dijo Collop.
Burton, ultrajado, dijo que no permitiría a ningún hombre que le atacase sin darle su merecido.
— Lo que dices es lo acostumbrado -comentó con suavidad Collop-. Lo que te propongo es contrario al hábito, si, pero un hombre tiene que dejar de ser lo que ha sido, hacerse mejor... si tiene la fuerza de voluntad y el deseo para ello.
Burton lanzó un violento «no», y se marchó. Collop agitó tristemente la cabeza, pero continuó mostrándose tan amistoso como siempre. Provisto de un cierto sentido del humor, se dirigía a veces a Burton como su «converso de cinco minutos», no refiriéndose al tiempo que le había costado llevar a Burton a su rebaño, sino el tiempo que había permanecido en él.
Por aquel entonces, Collop consiguió su segundo converso: Goering. El alemán no había dedicado más que malas caras y pullas a Collop; luego comenzó a masticar de nuevo goma de los sueños, y comenzaron las pesadillas.
Durante dos noches mantuvo a Collop y Burton despiertos con sus gruñidos, su agitación, y sus gritos. A la mañana del tercer día, le preguntó a Collop si lo aceptaría en su congregación. Sin embargo, tenía que hacer una confesión: Collop debía comprender qué tipo de persona había sido, tanto en la Tierra como en aquel planeta.
Collop escuchó la mezcla de autocrítica y autobombo. Luego, dijo:
— Amigo, no me importa lo que hayas sido: solo lo que eres, y lo que serás. Te he escuchado únicamente porque la confesión es buena para el alma. Puedo ver que estás muy turbado, que has pasado penas y desesperación por lo que has hecho, y sin embargo que aún sientes un cierto placer por lo que fuiste, una gran figura entre los hombres. No comprendo mucho de lo que me dices, pues no sé mucho sobre tu era. Ni tampoco importa. Solo deben preocuparnos el hoy y el mañana; cada día se ocupará de sí mismo.
A Burton le parecía que no era que a Collop no le importase lo que Goering había sido, sino que no creía su historia de gloria e infamia terrestres. Había tantos falsarios, que los héroes o villanos genuinos habían sufrido una depreciación. Por ejemplo, Burton se había encontrado con tres profetas, dos Abraham, cuatro reyes Ricardo Corazón de León, seis Atila, una docena de Judas (solo uno de los cuales sabía hablar arameo), un George Washington, dos Lord Byron, tres Jesse James, un gran número de Napoleón, un general Custer (que hablaba con mucho acento de Yorkshire), un Finn MacCool (que no conocía el antiguo irlandés), un Tchaka (que hablaba un dialecto zulú incorrecto), y un cierto número de otros que podrían haber sido o no lo que pretendían ser.
Hubiera sido lo que hubiese sido un hombre en la Tierra, tenía que volver a reestablecerse aquí. Esto no era fácil, puesto que las condiciones habían sido alteradas radicalmente. Los grandes y los importantes de la Tierra eran constantemente humillados en sus pretensiones, y les era negada la posibilidad de probar sus identidades.
Para Collop, esta humillación era una bendición. Primero la humillación, luego la humildad, hubiera dicho. Y luego, naturalmente, vendría la humanidad.
Goering había sido atrapado por el Gran Proyecto, como lo llamaba Burton, debido a que era parte de su naturaleza el abusar de todo, especialmente de las drogas. Aún sabiendo que la goma de los sueños estaba desenterrando las cosas oscuras de su abismo personal, y desparramándolas a la luz, aún seguía masticando tanto como podía conseguir. Durante un periodo, temporalmente sano otra vez por la nueva resurrección, había sido capaz de luchar contra la tentación de la droga. Pero algunas semanas tras su llegada a aquella zona había sucumbido, y ahora la noche era rasgada por sus alaridos de:
— ¡Hermann Goering, te odio!
— Si continúa así -le dijo Burton a Collop-, enloquecerá. O se suicidará de nuevo, u obligará a alguien a que lo mate para poder escapar de si mismo. Pero el suicidio será en vano, y volverá a empezar de nuevo. Dime ahora, en verdad: ¿no es esto el infierno?
— El purgatorio más bien -le replicó Collop-. El purgatorio es un infierno con esperanza.

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CAPITULO XXIV

Pasaron dos meses. Burton señalaba los días en un palo de pino en el que hacía muescas con un cuchillo de sílex. Aquel era el catorceavo día del séptimo mes del año cinco D.R., el quinto después de la resurrección. Burton trataba de llevar un calendario, pues, entre otras muchas cosas, era un cronista. Pero era difícil. El tiempo no tenía mucho significado en el Río. El planeta tenía un eje polar que siempre estaba en un ángulo de noventa grados con respecto a la eclíptica. No había cambio de estaciones, y las estrellas parecían empujarse las unas a las otras y hacer imposible la identificación de luminarias o constelaciones individuales. Eran tantas o tan brillantes, que ni siquiera el sol del mediodía en su cenit podía ocultar enteramente a las mayores de ellas. Flotaban en el ardiente aire como fantasmas que no estuvieran dispuestos a retirarse ante la luz del sol.
Sin embargo, el hombre necesita del tiempo como un pez del agua, y si no tiene se lo inventa; así que para Burton era el catorce de julio del año cinco D.R.
Pero Collop, como muchos otros, contaba el tiempo como continuación del año de su muerte terrestre. Para él, era el año del Señor 1667. No creía que hubiese que dejar de contar a partir del nacimiento de Cristo. Aquel valle era el valle que se abre más allá de la sombra de la muerte. Admitía que aquella nueva vida no era la que había esperado, y sin embargo, en muchos aspectos, era mucho mejor. Se había dado a todos los hombres, por poco que se mereciesen ese regalo, otra oportunidad. Allí los ladrillos, que eran el amor místico, y la argamasa, que era el amor por el prójimo, debían ser moldeados en la construcción: el Planeta del Valle del Río.
Burton se burlaba del concepto, pero no podía dejar de sentir afecto por el hombrecillo. Collop era un hombre convencido; no estaba alimentando el horno de su bondad con las páginas de un manual o las hojas de un tratado. No ardía bajo el efecto de un soplo extraño. Lo hacía con una llama que se alimentaba en su propio ser, y ese ser estaba henchido de amor. Amor incluso por aquello que resultaba imposible amar, que es la forma más rara y difícil de amar.
Le contó a Burton algo de su vida terrestre. Había sido doctor, campesino, un liberal con una fe inquebrantable en su religión, y no obstante repleto de preguntas acerca de su fe y la sociedad de su tiempo. Había escrito una súplica en pro de la tolerancia religiosa, que había levantado tanto aclamaciones como condenas en su tiempo. Y había sido un poeta bien conocido durante un corto período, y luego olvidado.

Señor, haz que los incrédulos vean
que los milagros que cesaron revivan en mí.
El leproso limpio, el ciego curado,
los muertos resucitados por ti.

— Quizá mis versos hayan muerto, pero no su verdad -le dijo a Burton. Hizo un gesto con su mano para indicar las colinas, el Río, las montañas, el pueblo-. Como puedes ver si abres tus ojos y no persistes en esta testaruda ilusión tuya de que todo esto es obra de hombres como nosotros.
Luego, tras una pausa, continuó:
— O aunque aceptemos tu premisa, sigue siendo cierto que esos Eticos están haciendo únicamente la labor de su creador.
— Me gusta más -dijo Burton- ese otro verso tuyo:

Alma embotada, aspira:
no eres de la Tierra. ¡Sube más alto!
El cielo dio la chispa; a el devuelve el fuego.

Collop se sintió complacido, no sabiendo que Burton pensaba en sus líneas con un sentido diferente al pretendido por el poeta.
— A él devuelve el fuego.
Eso representaba llegar, de alguna manera, a la Torre Oscura, descubrir los secretos de los Eticos, y volver sus artefactos en contra de Ellos. No se sentía agradecido porque Ellos le hubieran dado una segunda vida. Se sentía molesto porque lo hubieran hecho sin consultarle. Si deseaban su agradecimiento, ¿por qué no le decían el motivo por el que le había sido dada una segunda oportunidad? ¿Qué razón tenían Ellos para mantener en la oscuridad sus motivos? El averiguaría el porqué. La chispa que ellos habían restaurado en él se convertiría en un rabioso fuego que los quemaría.
Maldijo al destino que lo había llevado a un lugar tan cercano a la Fuente del Río, y por consiguiente tan próximo a la Torre, y en unos pocos minutos se lo había vuelto a llevar de regreso a algún lugar en el centro del Río, a millones de kilómetros de distancia de su objetivo. Y sin embargo, si había estado allí en una ocasión, podía volver de nuevo. No tomando un barco, pues el viaje necesitaría al menos cuarenta años, y probablemente más. También debía contar con la posibilidad de ser capturado y esclavizado en un millar de lugares. Y, si lo matasen durante el camino, podía encontrarse revivido de nuevo muy lejos de su objetivo, y tener que comenzar a partir de cero.
Por otro lado, dada la selección, aparentemente al azar, de la resurrección, quizá se hallase una vez más cerca de la fuente del Río. Fue esto lo que le decidió a subir de nuevo al Express de los Suicidios. No obstante, aunque sabía que su muerte sería solo temporal, hallaba difícil el dar el paso necesario. Su mente le decía que la muerte era el único camino, pero su cuerpo se rebelaba. La feroz insistencia por sobrevivir de sus células superó su fuerza de voluntad.
Durante un tiempo, razonó consigo mismo que estaba interesado en estudiar las costumbres e idioma de los prehistóricos entre los que vivía. Luego, la honestidad triunfó, y supo que únicamente estaba buscando una excusa para alejar el triste momento. Y, a pesar de esto, no actuó.
Burton, Collop y Goering fueron trasladados de sus barracones de solteros para incorporarse a la vida normal de los ciudadanos. Cada uno de ellos tomó residencia en una cabaña, y al cabo de una semana había encontrado a una mujer que viviera con él. La fe de Collop no requería el celibato. Un miembro de la misma podía hacer voto de castidad si lo deseaba, pero su congregación razonaba que los hombres y las mujeres habían sido resucitados en unos cuerpos que retenían por completo el sexo de los originales (o, que caso de faltarles en la Tierra, les había sido suministrado allí). Era evidente que quien hubiera ideado tal resurrección había planeado que el sexo fuera usado. Era bien sabido, aunque algunos lo siguiesen negando, que el sexo tenía otras funciones aparte de la reproducción. Así que ánimo, muchachos, a revolcaros por la hierba.
Otro resultado de la lógica inexorable de aquella fe (que, por cierto, afirmaba que la razón no era de fiar) era que se permitía cualquier tipo de amor, siempre que fuera voluntario y no llevase en sí la crueldad o la fuerza. Quedaba prohibida la explotación de los niños, aunque aquél era un problema que, con el tiempo, dejaría de existir. En unos pocos años, todos los niños serían adultos.
Collop rehusaba tener una compañera de cabaña únicamente para aliviar sus tensiones sexuales. Insistía en buscar una mujer a la que amase. Burton se burlaba de él por esto, diciendo que era un prerrequisito que podía ser cumplimentado con facilidad: Collop amaba a toda la humanidad. Por consiguiente, teóricamente podía aceptar a la primera mujer que le dijese sí.
— De hecho, amigo mío -dijo Collop- eso es exactamente lo que sucedió.
— ¿Es entonces pura coincidencia que sea hermosa, apasionada e inteligente? -le preguntó Burton.
— Aunque me esfuerzo por ser algo más que humano, o mejor dicho, a llegar a ser un humano completo, soy demasiado humano -replicó Collop. Sonrió-. ¿Preferirías que me hubiese convertido deliberadamente en un mártir, escogiendo a una mujer fea y horrible?
— Si hubieras hecho eso, pensaría que eres más tonto de lo que pienso ahora que eres -le dijo Burton-. En cuanto a lo que a mí respecta, lo único que necesito en una mujer es belleza y afecto. No me importa un comino que tenga cerebro, y prefiero las rubias. Hay una tecla en mí que responde a las pulsaciones de una mujer de cabello de oro.
Goering se llevó a su cabaña a una valquiria, una sueca del Siglo XVIII, alta, de anchas espaldas y enormes senos. Burton se preguntaba si no sería un sustituto de la primera mujer de Goering, la cuñada del explorador sueco conde von Rosen. Goering admitió que no solo se parecía a su Karin, sino que además tenía una voz similar. Parecía ser muy feliz con ella, y ella con él.
Luego, una noche, durante la invariable lluvia de madrugada, Burton fue arrancado de un profundo sueño.
Creyó haber oído un chillido, pero lo único que pudo oír cuando estuvo totalmente despierto fue la explosión de un trueno y el restallido de un relámpago cercano. Cerró los ojos, solo para abrirlos de nuevo con sobresalto. Una mujer había gritado en una cabaña cercana.
Saltó en pie, echó a un lado la puerta de bambú, y sacó la cabeza. La fría lluvia le golpeó el rostro. Todo estaba a oscuras excepto las montañas del oeste, que eran iluminadas por los relámpagos. Luego, un rayo cayó tan cerca que se quedó atontado y sordo. Sin embargo, pudo divisar dos figuras fantasmagóricamente blancas justo fuera de la cabaña de Goering. El alemán tenía sus manos en el cuello de su mujer, que estaba agarrada a una de sus muñecas, tratando de apartarla.
Burton corrió, resbaló en la hierba húmeda, y cayó.
Justo cuando se alzaba, otro relámpago le mostró a la mujer de rodillas, inclinada hacia atrás, y el distorsionado rostro de Goering sobre ella. Al mismo tiempo Collop, enrollando una toalla a su cintura, salió de su cabaña. Burton se puso en pie y, aún en silencio, corrió de nuevo. Pero Goering había desaparecido. Burton se arrodilló junto a Karla, le tomó el pulso, y no pudo notar latido alguno. Otro destello del rayo le mostró el rostro de ella con la boca abierta y los ojos desorbitados.
Se alzó y gritó:
— ¡Goering! ¿Dónde estás?
Algo le golpeó en la parte de atrás del cráneo. Cayó de bruces.
Atontado, consiguió incorporarse sobre sus manos y rodillas, solo para ser derribado de nuevo por otro fuerte golpe. Semiinconsciente, consiguió sin embargo rodar sobre su espalda, y alzó sus piernas y manos para defenderse. El rayo le mostró a Goering de pie sobre él, con una porra en la mano. Su rostro era el de un loco.
La oscuridad siguió al rayo. Algo blanco y poco visible saltó sobre Goering en las sombras. Los dos pálidos cuerpos cayeron en la hierba, junto a Burton, y rodaron una y otra vez. Bufaban como gatos, y otro destello del relámpago mostró que se estaban arañando.
Burton se tambaleó poniéndose en pie y caminó pesadamente hacia ellos, pero fue derribado por el cuerpo de Collop, lanzado por Goering. De nuevo se puso en pie. Collop se alzó de un salto y cargó contra Goering. Se oyó un fuerte crac, y Collop se desplomó. Burton trató de correr hacia Goering. Sus piernas rehusaron obedecer sus órdenes: lo llevaron a la deriva, apartándolo de su punto de ataque. Luego otro estallido de luz y sonido mostró a Goering, como en una fotografía, inmóvil en el acto de dar un golpe con la porra a Burton.
Este notó como su brazo quedaba inerte al recibir el impacto de la porra. Ahora le desobedecían no solo las piernas sino también su brazo izquierdo. A pesar de todo, apretó su mano derecha en un puño y trató de golpear a Goering. Se oyó otro crac; sus costillas parecieron hundirse y clavarse contra su pulmón. Quedó sin aliento, y de nuevo cayó sobre la fría y mojada hierba.
Algo cayó a su lado. A pesar de su dolor, tendió la mano hacia ello. Era la porra. Goering debía haberla dejado caer. Estremeciéndose con cada dolorosa inspiración, se incorporó sobre una rodilla. ¿Dónde estaba el loco? Dos sombras danzaban y se desdibujaban, se unían y se separaban. ¡La cabaña! ¡Estaba bizqueando! Se preguntó si tendría una conmoción cerebral. Luego se olvidó de ello, cuando vio vagamente a Goering a la luz de un lejano relámpago. Más bien eran dos Goering. Uno parecía acompañar al otro. El de la izquierda tenía sus pies en el suelo, el de la derecha pisaba en el aire.
Ambos alzaban sus manos hacia la lluvia, como si tratasen de lavarlas. Y cuando los dos se volvieron y caminaron hacia él, comprendió qué era lo que estaban intentando hacer. Gritaban en alemán, y con una sola voz:
— ¡Límpiame la sangre de las manos! ¡Oh, Dios, lávamelas!
Burton se tambalcó hacia Goering, con la porra en alto. Pensaba dejarlo sin sentido, pero, de pronto, Goering se volvió y echó a correr. Burton lo siguió tan de cerca como pudo, bajando la colina, siguiendo otra, y luego por la llanura. Cesó la lluvia, murieron los relámpagos y los truenos, y al cabo de cinco minutos las nubes, como siempre, hubieron desaparecido. La luz de las estrellas iluminó la blanca piel de Goering.
Como un fantasma revoloteaba ante su perseguidor, aparentemente deseando llegar al Río. Burton iba tras él, aunque se preguntaba por qué lo hacía. Sus piernas habían recuperado casi toda su fuerza, y su visión ya no era doble. Al fin, halló a Goering. Estaba en cuclillas junto al Río, mirando fijamente las olas iluminadas por las estrellas.
— ¿Te encuentras bien ahora? -le preguntó Burton. Goering se sobresaltó. Comenzó a alzarse, luego cambió de idea. Gruñendo, metió su cabeza entre las rodillas.
— Sabía lo que estaba haciendo, pero no sé por qué -dijo con voz átona-. Karla me decía que se marcharía por la mañana, que no podía dormir por el ruido que yo hacía con mis pesadillas. Y yo actuaba en forma extraña. Le supliqué que se quedase; le dije que la amaba mucho, que me moriría si me abandonaba. Ella me dijo que me tenía afecto, mejor dicho, que me lo había tenido, pero que no me amaba. De pronto, me pareció que si quería conservarla tendría que matarla. Salió gritando de la cabaña. Ya conoces el resto.
— Pensaba matarte -dijo Burton-, pero puedo ver que eres tan poco responsable como un loco. No obstante, la gente de aquí no aceptará esta excusa. Ya sabes lo que harán: te colgarán boca abajo por los tobillos, y te dejarán colgado hasta que te mueras.
— ¡No lo comprendo! -sollozó Goering-. ¿Qué es lo que me está pasando? ¡Esas pesadillas! Créeme, Burton, si he pecado, bien lo he pagado. ¡Pero parece que debo seguir pagando! Mis noches son un infierno, y pronto también lo serán mis días. Entonces, sólo habrá una forma en que pueda conseguir la paz: me suicidaré. Pero no me servirá de nada; me despertaré de nuevo... y una vez más será un infierno.
— Manténte alejado de la goma de los sueños -le dijo Burton-. Tendrás que sudar sangre, pero puedes hacerlo. Me has dicho que lograste superar tu adicción a la morfina allá en la Tierra.
Goering se alzó y se enfrentó a Burton.
— ¡Ese es el problema! ¡No he tocado la goma desde que llegué a este lugar!
— ¿Cómo? Pero si juraría...
— Supiste que estaba usando esa cosa por la forma en que estaba actuando. Pues no, no he tomado ni un bocado de goma, pero no parece haber diferencia alguna.
A pesar del desprecio que sentía por Goering, Burton experimentó piedad. Le dijo:
— Has abierto la caja de Pandora que había en ti, y parece que no puedes volver a cerrarla. No sé cómo va a acabar esto, pero no me gustaría estar en tu mente. Y no es que no te lo merezcas.
Goering dijo, en una voz tranquila y determinada:
— Los derrotaré.
— Eso significaría que triunfases sobre ti mismo -dijo Burton. Se volvió para marcharse, pero se detuvo para una última pregunta-: ¿Qué es lo que vas a hacer?
Goering indicó con un gesto el Río.
— Ahogarme. Conseguiré comenzar de nuevo. Quizá esté mejor equipado en el próximo lugar. Y desde luego no quiero que me cuelguen como a un pollo en el escaparate de un carnicero.
— Entonces, adiós -le dijo Burton-. Y buena suerte.
— Gracias. ¿Sabes?, no eres un mal tipo. Pero escúchame un consejo.
— ¿Cuál es?
— Mejor será que tú también te mantengas alejado de la goma de los sueños. Hasta ahora, has tenido suerte. Pero un día de éstos va a apoderarse de ti como lo hizo conmigo. Tus fantasmas quizá no sean como los míos, pero a ti te parecerán tan monstruosos y terribles como a mí.
— ¡Tonterías! No tengo nada que ocultarme a mí mismo. -Burton lanzó una carcajada-. He masticado bastante de esa cosa como para saberlo ya.
Se alejó, pero iba pensando en el consejo. Había usado la goma en veintidós ocasiones, y cada vez se había jurado a sí mismo no volver a tocarla nunca más.
Caminó de regreso a las colinas, miró tras de si. La difusa figura blanca de Goering estaba hundiéndose lentamente en las aguas negras y plateadas del Río. Burton esbozó un saludo, pues nunca había sabido resistirse a los gestos dramáticos. Luego, se olvidó de Goering. El dolor en la parte trasera de su cabeza, que temporalmente había disminuido, volvió más agudo que antes. Sintió que las rodillas se le hacían mantequilla, y a solo unos metros de su cabaña tuvo que sentarse.
Debió de quedar inconsciente entonces, o semiinconsciente, pues no tuvo recuerdo alguno de haber sido arrastrado sobre la hierba. Cuando se le aclararon los sentidos, se halló echado en una cama de bambú, dentro de una cabaña.
Estaba oscuro, y la única iluminación que se filtraba a través de las ramas de los árboles fuera del cuadrado de la ventana era la de las estrellas. Volvió la cabeza y vio el contorno mal definido de un hombre acurrucado junto a él. El hombre mantenía un delgado objeto de metal frente a sus ojos, cuyo brillante extremo apuntaba a Burton.

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CAPITULO XXV

Tan pronto como Burton movió la cabeza, el hombre apartó el artefacto. Habló en inglés:
— Me ha llevado mucho tiempo hallarte, Richard Burton.
Burton tanteó por el suelo con su mano izquierda, que estaba oculta a la visión del hombre, buscando un arma. Sus dedos no tocaron más que polvo. Dijo:
— Y, ahora que me has encontrado, maldito Etico, ¿qué es lo que piensas hacer conmigo?
El hombre se movió ligeramente:
— Nada. -Hizo una pausa, y luego dijo-: No soy uno de Ellos. -Rió de nuevo cuando Burton jadeó-. Aunque esto no sea cierto del todo: soy uno de Ellos, pero no estoy con Ellos.
Tomó el aparato que había estado apuntando a Burton.
— Esto me dice que tienes el cráneo fracturado, y una conmoción cerebral. Debes de ser muy duro, pues deberías estar muerto, a juzgar por la gravedad de la herida. Pero podrías salir con bien, si te lo tomases con calma. Por desgracia, no tienes tiempo para convalecer. Los Otros saben que estás en esta zona, en un radio de más o menos cincuenta kilómetros. En un día o así, te habrán localizado.
Burton trató de sentarse, y descubrió que sus huesos se habían puesto tan blandos como el alquitrán al sol, y que una bayoneta le estaba abriendo la parte trasera del cráneo. Gruñendo, se volvió a acostar.
— ¿Quién eres, y qué deseas?
— No puedo decirte mi nombre. Si... o más probablemente cuando Ellos te cacen, rebobinarán tu memoria hasta llegar al momento en que te despertaste en la burbuja de prerresurrección. No sabrán qué es lo que hizo que te despertases antes de la hora. Pero conocerán esta conversación. Podrán verme, pero sólo como tú me ves, una sombra pálida sin facciones. También oirán mi voz, pero no la reconocerán, pues estoy usando un transmutador.
»Sin embargo, se quedarán horrorizados. Lo que han ido sospechando poco a poco y a desgana quedará demostrado repentinamente: que tienen un traidor entre Ellos.
— Me gustaría saber de qué estás hablando -dijo Burton.
— Te puedo decir esto -le respondió el hombre-: Te han contado una monstruosa mentira acerca del propósito de la resurrección. Lo que Spruce te dijo, y lo que enseña esa creación de los Eticos, la religión de la Segunda Oportunidad, son mentiras. ¡Nada más que mentiras! La verdad es que a todos vosotros, seres humanos, se os ha vuelto a dar vida únicamente para participar en un experimento científico. Los Eticos, y jamás hubo un nombre más inadecuado, han convertido este planeta en un inmenso valle ribereño, han construido las piedras de cilindros, y os han traído a todos vosotros de nuevo de entre los muertos con un propósito: grabar vuestra historia y costumbres. Y, secundariamente, para observar vuestras reacciones ante la resurrección y la mezcla de las distintas gentes de diferentes épocas. Eso es todo: un proyecto científico. ¡Y cuando hayáis servido a este propósito, volveréis al polvo!
»Esa historia acerca de que se os ha dado a todos una segunda oportunidad para alcanzar la salvación y la vida eterna, dado que esa es la obligación ética de Ellos... es una gran mentira. En realidad, mi gente no cree que valga la pena salvaros, pues no piensa que tengáis «almas».
Burton se quedó en silencio durante un rato. Se podía ver claramente que aquel tipo era sincero. O, si no lo era, que estaba involucrado emocionalmente, pues respiraba jadeante.
Finalmente, Burton habló:
— No puedo imaginarme que nadie lleve a cabo todo este gasto y trabajo sólo para realizar un experimento científico, o para efectuar grabaciones históricas.
— El tiempo cuelga pesadamente de las manos de los inmortales. Te sorprenderías ante lo que hacemos para que nos resulte interesante la inmortalidad. Además, cuando se tiene todo el tiempo posible, uno puede malgastarlo, y por eso ni siquiera los proyectos más gigantescos nos descorazonan. Después de que el último terrestre muriera, la tarea de preparar la resurrección nos llevó varios millares de años, aunque la fase final sólo necesita de un día.
— ¿Y tú? ¿Qué es lo que estás haciendo? ¿Y por qué estás haciendo lo que estés haciendo?
— Soy el único verdadero Etico de toda esa raza monstruosa. No me gusta jugar con vosotros como si fuerais marionetas o simples objetos a los que observar, animales de laboratorio. Después de todo, por primitivos y malévolos que seáis, sois pensantes y sensibles. En cierto modo sois como... como...
El impreciso interlocutor agitó una difuminada mano como si tratase de arrancar una palabra a la oscuridad. Al fin continuó:
— Tendré que usar el término que os aplicáis a vosotros mismos: sois tan humanos como nosotros. Igual que los subhumanos que usaron por primera vez un lenguaje eran tan humanos como vosotros. Y sois nuestros antepasados. Quizá incluso yo sea un descendiente directo tuyo. Toda mi gente podría descender de ti.
— Lo dudo -dijo Burton-. No tuve hijos. Al menos, que yo sepa.
Tenía muchas preguntas, y comenzó a hacerlas. Pero su interlocutor no le prestaba atención. Se llevaba el artefacto a la frente. De pronto, lo apartó e interrumpió a Burton en medio de una frase:
— He estado... no tenéis una palabra para ello... digamos que... escuchando. Ellos han detectado mi... whatan. creo que vosotros lo llamáis el aura. No saben de que wathan se trata, solo que es de un Etico. Pero llegarán aquí en los próximos cinco minutos. Tendré que irme.
La pálida figura se puso en pie.
— Tú también tendrás que irte.
— ¿Adónde me llevas? -preguntó Burton.
— No te llevo. Tendrás que morir; ellos deben encontrar sólo tu cadáver. No puedo llevarte conmigo; es imposible. Pero, si mueres aquí, ellos te perderán de nuevo. Y nos encontraremos otra vez. Entonces...
— ¡Espera! -exclamó Burton-. No comprendo. ¿Por qué no pueden localizarme? Ellos construyeron la maquinaria de resurrección. ¿Acaso no saben dónde está mi resurrector propio?
— No. Sus únicas grabaciones de hombres en la Tierra eran visuales, no audibles. Y la localización de los resucitables en la burbuja de prerresurrección fue dejada al azar, puesto que Ellos habían planeado dispersaros a lo largo del Río en una secuencia cronológica aproximada, pero con cierta parte de mezcla. Pensaban dedicarse a los individuos más tarde. Naturalmente, no tenían ni idea de que yo me opondría a Ellos. O de que seleccionaría a algunos de sus sujetos para que me ayudaran a derrocar el Plan. Así que Ellos no saben dónde tú, o los otros, apareceréis la próxima vez.
»Quizá te estés preguntando por qué no puedo disponer tu resurrector para que seas trasladado cerca de tu objetivo, la Fuente del Rio. El hecho es que dispuse el tuyo para que, la primera vez que murieses, te encontrases junto a la primera de todas las piedras de cilindros. Pero no te sirvió de mucho, así que supongo que los titántropos te mataron en seguida. Fue una lástima, pues ya no me atrevo a acercarme a la burbuja sin tener una excusa. Está prohibido a todos los no autorizados el entrar en la burbuja de prerresurrección. Son suspicaces; sospechan que alguien interfiere. Así que está en tus manos, y en las de la fortuna, el que vuelvas a la región del Polo Norte.
»En cuanto a los otros, jamás tuve oportunidad de disponer sus resurrectores. También ellos tendrán que ajustarse a las leyes de la probabilidad. Que son del orden de una entre veinte millones.
— ¿Otros? -preguntó Burton-. ¿Otros? Pero, ¿por qué nos escogiste?
— Tú tienes el aura correcta. Y también los otros. Créeme, sé lo que me estoy haciendo; escogí bien.
— Pero has dado a entender que me despertaste antes de que fuera hora, en la burbuja de prerresurrección, con un propósito. ¿Qué lograste con ello?
— Era la única cosa que podía convencerte de que la resurrección no era un acontecimiento sobrenatural, y te hizo comenzar a seguir el rastro de los Eticos. ¿Estoy en lo cierto? Claro que sí. ¡Toma!
Le entregó a Burton una pequeña cápsula.
— Trágate esto. Morirás instantáneamente, y quedarás fuera del alcance de ellos... por un tiempo. Y tus células cerebrales quedarán tan destruidas que no podrán leerlas. ¡Apresúrate! ¡Debo irme!
— ¿Y si no me la tomo? -preguntó Burton-. ¿Y si les dejo que me capturen ahora?
— No tienes el aura adecuada para hacer eso -contestó el hombre.
Burton casi decidió no tomarse la cápsula. ¿Por qué iba a permitir que aquel tipo arrogante le diera órdenes?
Entonces se hizo la reflexión de que no tenía que ir en contra de sus propios intereses para contrariar a aquel desconocido. Tal como estaban las cosas, tenía la posibilidad de seguirle el juego al desconocido, o de caer en manos de los Otros.
— De acuerdo -dijo-. Pero, ¿por qué no me matas tú? ¿Por qué quieres que lo haga yo?
El hombre se rió y dijo:
— Hay ciertas reglas en el juego, reglas que no tengo tiempo de explicar. Pero eres inteligente, y te imaginarás por ti mismo la mayor parte de ellas. Una es que somos Eticos. Podemos dar vida, pero no podemos quitarla directamente. No es que sea impensable para nosotros o esté fuera de nuestras capacidades. Simplemente, nos es muy difícil.
Bruscamente, el hombre hubo desaparecido. Burton no dudó; se tragó la cápsula. Hubo un relámpago cegador...

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CAPITULO XXVI

Y la luz del sol recién alzado le daba de lleno en los ojos. Tuvo tiempo para dar una rápida ojeada a su alrededor, vio su cilindro, su montón de toallas limpiamente dobladas... y a Hermann Goering.
Entonces Burton y el alemán fueron aferrados por pequeños hombres oscuros con grandes cabezas y piernas arqueadas. Llevaban lanzas y hachas de sílex. Usaban toallas, pero únicamente como capas sujetas alrededor de sus gruesos y cortos cuellos. A lo largo de sus desproporcionadamente grandes frentes, y alrededor de sus cráneos, para sujetar su largo y áspero cabello negro, llevaban tiras de cuero, evidentemente de piel humana. Parecían mongoloides, y hablaban un idioma que le era desconocido.
Sobre su cabeza fue colocado un cilindro vacío; le ataron las manos a sus espaldas con una tira de cuero. Ciego e inerme, mientras notaba los pinchazos de las puntas de piedra de las lanzas en la espalda, fue empujado a lo largo de la llanura. En algún sitio, cerca, atronaban unos tambores, y unas voces femeninas gemían un cántico.
Habían caminado trescientos pasos cuando le hicieron detenerse. Los tambores dejaron de sonar, y las mujeres detuvieron su cantinela. No podía oír nada excepto la sangre latiendo en sus oídos. ¿Qué infiernos estaba pasando? ¿Se hallaba en una ceremonia religiosa que requería que la víctima estuviera cegada? ¿Por qué no? Habían existido numerosas culturas en la Tierra que no deseaban que los asesinados ritualmente viesen quién vertía su sangre. Quizá el fantasma del muerto desease vengarse de sus asesinos.
Pero aquella gente debería saber ya que no había esa cosa llamada fantasmas. ¿O consideraban a los lázaros como fantasmas que debían ser devueltos a su lugar de origen, por el simple procedimiento de matarlos?
¡Goering! También él había sido trasladado allí, a la misma piedra de cilindros. La primera vez pudo ser coincidencia, aunque las probabilidades en contra eran muy altas. Pero, ¡tres veces consecutivas! No era...
El primer golpe aplastó el costado del cilindro contra su cabeza, dejándolo semiinconscíente, haciendo que un enorme tintineo le recorriese y que frente a sus ojos apareciesen chispas. Nunca sintió el segundo golpe, y así, una vez más, se despertó en otro lugar...

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CAPITULO XXVII

Y con él estaba Hermann Goering.
— Tú y yo debemos de tener almas gemelas -dijo Goering-. Parece que hemos sido puestos juntos en una yunta por quien sea responsable de todo esto.
— El buey y el asno tiran juntos del arado -dijo Burton, dejando que el alemán decidiese cuál de los dos era. Luego, ambos estuvieron ocupados presentándose, o tratando de hacerlo, a la gente entre la cual habían llegado. Eran, como luego averiguaron, sumerios del período Antiguo o Clásico; es decir, que habían vivido en Mesopotamia entre el 2500 y el 2300 a. de C. Los hombres se afeitaban las cabezas (lo cual no era nada fácil con navajas de sílex), y las mujeres iban desnudas hasta la cintura. Tenían una tendencia hacia los cuerpos bajos y cuadrados, ojos saltones y (para Burton) rostros feos.
Pero si el índice de belleza no era muy alto entre ellos, los habitantes precolombinos de Samoa que completaban con un 30 por ciento la población eran más que atractivos. Y, naturalmente, había el sempitermo 10 por ciento de gentes de cualquier lugar y tiempo, siendo los más numerosos los del Siglo XX. Esto era comprensible, dado que el número total de éstos constituía un cuarto de toda la humanidad. Naturalmente, Burton no tenía datos estadísticos científicos, pero sus viajes le habían convencido de que los hombres del Siglo XX habían sido desparramados deliberadamente a lo largo del Río en una proporción con respecto a los otros pueblos aún mayor de lo que cabía esperar. Esta era otra faceta de la disposición del Mundo del Rio que no acababa de entender. ¿Qué pensaban ganar los Eticos con aquella diseminación?
Había demasiadas preguntas. Necesitaba tiempo para pensar, y no lo conseguiría si lo gastaba con un viaje tras otro en el Exprés de los Suicidios. Aquella área, a diferencia de la mayor parte de las otras que visitara, ofrecía alguna paz y tranquilidad para el análisis. Así que se quedaría allí por algún tiempo.
Y además, estaba Hermann Goering. Burton deseaba contemplar su extraña forma de peregrinaje. Una de las muchas cosas que no había podido preguntarle al Misterioso Extraño (Burton tendía a pensar siempre con mayúsculas) era acerca de la goma de los sueños. ¿Qué lugar ocupaba en el plan general? ¿Era otro engranaje del Gran Experimento?
Desafortunadamente, Goering no duró mucho.
La primera noche, comenzó a gritar. Salió a la carrera de su cabaña y corrió hacia el Rio, deteniéndose aquí y allá para golpear el aire o enzarzarse con seres invisibles, y para rodar de aquí para allá sobre la hierba. Burton lo siguió hasta el Río: allí, Goering se dispuso a echarse al agua, probablemente para ahogarse. Pero se congeló al instante, comenzó a estremecerse, y luego se desplomó, rígido como una estatua. Sus ojos estaban abiertos, pero no veía nada del exterior. Su visión estaba vuelta hacia su interior. Y no se podía determinar qué horrores estaba contemplando, ya que no le resultaba posible hablar.
Sus labios se estremecían silenciosamente, y no dejaron de hacerlo durante los diez días que vivió. Los esfuerzos de Burton por alimentarlo fueron inútiles. Sus mandíbulas estaban agarrotadas. Adelgazaba a ojos vista, evaporándosele la carne, hundiéndosele la piel y marcándosele los huesos del esqueleto. Una mañana entró en convulsiones, luego se sentó y aulló. Un momento más tarde estaba muerto.
Curioso, Burton le hizo una autopsia con los cuchillos de sílex y sierras de obsidiana de que disponía. La distendida vejiga de Goering había estallado, derramando orina por todo su cuerpo.
Burton procedió a arrancar los dientes de Goering antes de enterrarlo. Los dientes eran artículos de cambio, dado que podían ser colgados de una tripa de pescado o un tendón para hacer con ellos collares, muy apreciados. También aprovechó el cuero cabelludo de Goering. Los sumerios habían tomado la costumbre de cazar cueros cabelludos de sus enemigos, los indios shawnee del Siglo XVII, que habitaban al otro lado del Río. Habían ideado la civilizadora mejora de coser varios cueros cabelludos para hacer faldas, capas e incluso cortinas. Un cuero cabelludo no valía tanto como los dientes en el cambalache, pero algún valor tenía.
Mientras estaba cavando una tumba junto al gran peñasco al pie de las montañas, Burton tuvo un destello de recuerdo iluminador. Había dejado de trabajar para tomar un sorbo de agua, cuando sucedió que dio una ojeada a Goering. La cabeza totalmente desprovista de cabello, y las facciones pacíficas como si estuviera durmiendo, abrieron una puerta en su mente.
Cuando se había despertado en aquella cámara colosal para hallarse flotando en una hilera de cuerpos, había visto aquel rostro. Pertenecía a un cuerpo de la hilera contigua a la suya. Goering, como todos los otros durmientes, tenía la cabeza afeitada. Burton sólo se había fijado en él de pasada, durante el corto tiempo antes de que los Guardianes lo detectaran. Después, tras la resurrección masiva, cuando se había encontrado con Goering, no se había percatado del parecido entre el durmiente y aquel hombre que tenía una gran mata de cabello rubio.
Pero ahora sabía que el alemán había ocupado un lugar cercano al suyo.
¿Era posible que los resurrectores, tan cercanos físicamente el uno al otro, hubiesen quedado trabados en fase? Si así era, cada vez que su muerte y la de Goering tuvieran lugar en momentos próximos, ambos serían revividos en la misma piedra de cilindros. La broma de Goering acerca de que tenían almas gemelas quizá no fuera tan errada.
Burton volvió a cavar, maldiciendo al mismo tiempo, porque tenía demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Si tenía otra posibilidad de echarle mano a un Etico, le arrancaría las respuestas, sin importar qué métodos tuviera que emplear.
Los siguientes tres meses, Burton estuvo atareado ajustándose a la extraña sociedad de aquella zona. Se halló fascinado por el nuevo lenguaje que estaba surgiendo del choque entre el sumerio y el samoano. Dado que los que hablaban el primero eran mucho más numerosos, su lengua dominaba. Pero allí, como en todas partes, el idioma principal obtenía una victoria pírrica. El resultado de la fusión era una mezcolanza, una forma de hablar con una gran reducción de su flexibilidad y una sintaxis simplificada. El género gramatical se iba al garete; las palabras eran sincopadas; los tiempos de los verbos eran recortados a un simple presente, que también era utilizado para el futuro; los adverbios temporales indicaban el pasado; las sutilezas eran reemplazadas por expresiones que tanto los sumerios como los samoanos podían comprender, aunque al principio pareciesen burdas e ingenuas. Y muchas palabras samoanas, con una fonética algo alterada, sustituyeron a palabras sumerias.
Esta aparición de lenguajes bastardos estaba teniendo lugar en todas partes Río arriba y Río abajo. Burton reflexionó que si los Eticos habían pensado grabar todos los idiomas humanos, mejor sería que se apresurasen. Las viejas lenguas estaban muriendo, o mejor dicho transmutándose. Pero probablemente Ellos ya hubieran completado la tarea. Sus grabadores, tan necesarios para llevar a cabo la traslación física, también debían de estar recogiendo todo lo que se hablaba.
Mientras tanto, por las tardes, cuando tenía una oportunidad de estar solo, fumaba los cigarros tan generosamente ofrecidos por los cilindros y trataba de analizar la situación. ¿A quién podía creer, a los Eticos o al Renegado, el Misterioso Extraño? ¿O estaban mintiendo todos?
¿Para qué necesitaba de él el Misterioso Extraño en su intento de provocar la ruptura de la maquinaria cósmica de Ellos? ¿Qué podía hacer Burton, un simple ser humano atrapado en aquel valle y tan limitado por su ignorancia, para ayudar a Judas?
Una cosa era cierta. Si el Extraño no lo necesitase, no se habría molestado en interferir con él. Deseaba llevar a Burton a aquella Torre del Polo Norte.
¿Por qué?
Le llevó a Burton dos semanas el imaginar la única razón que podía existir.
El Extraño había dicho que, al igual que los otros Eticos, no acabaría directamente con una vida humana. Pero no tenían ningún escrúpulo acerca de hacerlo indirectamente, como lo demostraba el haberle entregado el veneno. Por consiguiente, si deseaba tener a Burton en la Torre, era porque debía necesitar a Burton para que matase por él. Dejaría suelto al tigre entre su propia gente, abriría la ventana al asesino a sueldo.
Pero un asesino a sueldo tiene que ser pagado. ¿Qué era lo que ofrecía como paga el Extraño?
Burton llenó sus pulmones con el humo del cigarro, lo exhaló, y luego se tomó un trago de bourbon. Muy bien. El Extraño trataría de utilizarle. Pero que tuviera cuidado, pues también Burton utilizaría al Extraño.
Al cabo de tres meses, Burton decidió que ya había pensado lo bastante. Era hora de salir de allí.
En aquel momento estaba nadando en el Río y, siguiendo este impulso, fue hacia el centro. Bajó tanto como pudo antes de que el inevitable deseo de sobrevivir de su cuerpo le obligase a tratar de salir al ansiado aire. No logró llegar a él. Los peces carroñeros se comerían su cadáver, y sus huesos caerían al fango del fondo del Río, que allí tenía una profundidad de trescientos metros. Mejor que mejor. No deseaba que su cadáver cayese en manos de los Eticos. Si lo que el Extraño había dicho era cierto, quizá Ellos tratasen de rebobinar su mente para enterarse de todo lo que había visto y oído, caso de lograr atraparlo antes de que sus células cerebrales estuviesen dañadas. No pensaba en lo que hubiesen logrado. Durante los siete siguientes años, por lo que él sabía, escapó a la detección de los Eticos. Si el Renegado sabía dónde estaba, no se manifestó ante él. Burton dudaba que alguien supiese dónde estaba: ni siquiera él podía estar seguro de en qué lugar del Planeta del Río se hallaba, cuán lejos o cerca de la Torre. Pero marchaba, marchaba, marchaba, siempre estaba en movimiento. Y un día supo que debía de haber batido algún tipo de récord. La muerte se había convertido en una segunda naturaleza para él.
Si llevaba exactamente la cuenta, había hecho 777 viajes en el Exprés de los Suicidios.

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CAPITULO XXVIII

Algunas veces, Burton pensaba en sí mismo como en un saltamontes planetario, zambulléndose en la oscuridad de la muerte, aterrizando, mordisqueando un poco de hierba, con un ojo avizor para divisar la sombra que delatase el picado de la urraca: los Eticos. En aquel vasto valle de la humanidad, había catado muchas hojas, saboreándolas brevemente, y luego había proseguido su camino.
Otras veces pensaba en sí mismo como en una red tomando especímenes aquí y allá en el gran mar de la humanidad. Obtenía unos pocos peces grandes, y muchas sardinas, aunque se podía aprender mucho de los peces pequeños, tal vez más que de los grandes.
No obstante, no le gustaba demasiado la metáfora de la red, pues le recordaba que había otra red, mucho más grande, buscándole a él.
Pero cualesquiera que fuesen las metáforas o símiles que usase, era un hombre que veía mucho mundo, para usar una expresión del Siglo XX. Tanto, que varias veces se encontró con la leyenda de Burton el Vagabundo, o, en un área de habla inglesa, de Richard el Viajero, y, en otra, del Lázaro Saltarín. Esto le preocupaba un poco, puesto que los Eticos podían llegar a tener una clave de su método de evasión y tomar medidas para atraparle. O quizá llegasen a comprender cuál era el objetivo básico y montasen guardia cerca de las Fuentes del Río.
Al cabo de siete años, mediante muchas observaciones de las estrellas y a través de gran cantidad de conversaciones, se había formado una imagen del curso del Río.
No era una anfisbena, una serpiente con dos cabezas: la Fuente en el polo norte, y la desembocadura en el polo sur. Era la Serpiente de Midgard, con la cola en el polo norte, el cuerpo enroscado una y otra vez alrededor del planeta, y la boca mordiendo la cola. La Fuente del Río surgía del mar polar del norte, zigzagueaba a través de un hemisferio, circundaba el polo sur, y luego zigzagueaba a través de la superficie del otro hemisferio, de un lado para otro, siempre caminando hacia la Fuente que se abría en el hipotético mar polar.
Pero quizá esa gran extensión de agua no fuera tan hipotética. Si la historia del titántropo, el subhumano que afirmaba haber visto la Torre de las Nieblas, era cierta, dicha Torre se alzaba de un mar cubierto de niebla.
Burton había oído el relato pasado de boca en boca. Pero había visto a los titántropos cerca del inicio del Río, en su primer salto, y le parecía razonable que uno pudiera haber cruzado las montañas y llegado lo bastante cerca del mar polar como para darle una ojeada. Y adonde había ido alguien se podía llegar por segunda vez.
¿Y cómo fluía el Rio durante todo su curso?
Su velocidad parecía ser constante, aún cuando debiera haber disminuido e incluso cesado. A partir de esa consideración, supuso que existirían campos gravitacionales localizados que urgirían hacia adelante a la poderosa corriente hasta llegar a un área en la que la gravedad natural se hiciese cargo de ella. Quizá en algún lugar, tal vez debajo del mismo Río, hubiera artefactos que llevasen a cabo esta operación. Sus campos debían de ser muy restringidos, dado que la atracción que sentían en aquellas áreas los seres humanos no variaban en forma perceptible.
Había demasiadas preguntas. Debía proseguir hasta llegar al lugar o a los seres que pudieran darle las respuestas.
Y siete años después de su primera muerte, llegó al área deseada.
Era su 777 «salto». Estaba convencido de que el siete era un número afortunado para él. Burton, a pesar de las burlas de sus amigos del Siglo XX, seguía creyendo en la mayor parte de supersticiones que había aceptado en la Tierra. A menudo se reía de las supersticiones de los otros, pero sabía que algunos números le daban buena fortuna, que la plata colocada sobre sus ojos fortalecía su cuerpo cuando estaba cansado y le ayudaba en su segunda visión, la percepción que le advertía por anticipado de las situaciones desagradables. Ciertamente, en aquel mundo pobre en minerales no parecía haber plata, pero, si la hubiese, podría utilizarla en su ventaja.
Todo aquel primer día permaneció al borde del Río. No prestó ninguna atención a aquellos que trataban de hablar con él, dedicándoles una breve sonrisa. Al contrario de las gentes de la mayor parte de las áreas que había visitado, no eran hostiles. El sol se movía a lo largo de los picos del este, aparentemente apenas si superando sus cimas. La bola llameante se deslizaba a través del valle, más baja de lo que jamás había visto, excepto cuando había aterrizado entre los titántropos. El sol inundó el valle durante algún tiempo con su luz y calor, y luego inició su circuito justo por encima de las montañas del oeste. El valle quedó en sombras, y el aire se tornó más frío que en cualquier otro lugar en el que hubiera estado, excepto, naturalmente, en aquel primer salto. El sol continuó su círculo hasta que estuvo de nuevo en el punto en que Burton lo había visto por primera vez al abrir los ojos.
Cansado por su vigilia de veinticuatro horas, pero feliz, pasó a buscar un sitio en que albergarse. Ahora sabía que se hallaba en el área ártica, pero que no estaba en un punto situado justo debajo de la Fuente. Esta vez estaba en el otro extremo, la desembocadura.
Al volverse, escuchó una voz, familiar pero inidentificable (había oído ya demasiadas):

Alma embotada, aspira;
no eres de la Tierra. ¡Sube más alto!
El cielo dio la chispa; a él devuelve el fuego.

— ¡John Collop!
— ¡Abdul ibn Harun! ¡Y dicen que no existen los milagros! ¿Qué te ha pasado desde la última vez que te vi?
— Morí la misma noche que tú -dijo Burton-. Y varias otras veces después. Hay muchos hombres malvados en este mundo.
— Es natural. Había muchos en la Tierra. Sin embargo, me atrevería a decir que su número ha disminuido, pues mi congregación ha podido llevar a cabo un trabajo muy bueno, gracias a Dios. Especialmente en esta área. Ven conmigo, amigo. Te presentaré a mi compañera. Una mujer encantadora, fiel en un mundo que parece valorar muy poco la fidelidad matrimonial o, mejor dicho, cualquier tipo de virtud. Nació en el Siglo XX y enseñó inglés la mayor parte de su vida. En realidad, a veces pienso que no me ama tanto por mí mismo como por lo que puedo enseñarle del lenguaje de mi tiempo.
Lanzó una curiosa risa nerviosa, por lo que Burton supo que estaba bromeando.
Cruzaron las llanuras hacia los pies de las colinas, en donde ardían fuegos en pequeñas plataformas de piedra, frente a cada cabaña. La mayor parte de los hombres y mujeres habían sujetado toallas a su alrededor, formando parkas que les protegían del frío de las tinieblas.
— Este es un lugar gélido y hosco -dijo Burton-. ¿Por qué desea alguien vivir aquí?
— La mayor parte de estas gentes son finlandeses o suecos de finales del siglo XX. Están acostumbrados al sol de medianoche. No obstante, tú deberías ser feliz aquí. Recuerdo tu ardiente curiosidad acerca de las regiones polares, y tus hipótesis sobre las mismas. Ha habido otros como tú que han recorrido el Río buscando la Ultima Thule o, si me perdonas la comparación, el oro de los tontos que se halla al otro extremo del arco iris. Pero ninguno de ellos ha regresado, o lo ha dejado correr, aterrorizado por los enormes obstáculos.
— ¿Y cuales son éstos? -dijo Burton, aferrando a Collop por el brazo.
— Amigo, me haces daño. Uno: las piedras de cilindros se acaban, así que no hay dónde recargar los recipientes con comida. Dos: las llanuras del valle terminan repentinamente, y el Río prosigue su camino entre las mismas montañas, a través de un desfiladero de gélidas sombras. Tres: no sé lo que se halla más allá, pues nadie ha regresado para contármelo, pero me temo que aquéllos que han tomado ese camino se hayan encontrado con el fin que espera a todos los que cometen el pecado de la curiosidad.
— ¿A qué distancia se halla esa zambullida sin retorno?
— Siguiendo el curso del río, a unos cuarenta mil kilómetros. Navegando con presteza, podrías llegar en un año o más. Y sólo Dios sabe cuánto más tendrías que recorrer antes de llegar al final propiamente dicho del Río. Lo más probable es que murieses antes de hambre, aunque hubieses tomado provisiones en tu barco antes de dejar la última piedra de cilindros.
— Hay una forma en que averiguar eso -dijo Burton.
— Entonces, ¿no hay nada que pueda detenerte, Richard Burton? -dijo Collop-. ¿No abandonarás esta búsqueda infructuosa de lo físico cuando deberías estar dedicado a perseguir lo metafísico?
De nuevo Burton aferró a Collop por el brazo.
— ¿Has dicho Burton?
— Sí, lo he dicho. Tu amigo Goering me dijo hace algún tiempo que ése era tu verdadero nombre, y también me ha dicho otras cosas acerca de ti.
— ¿Está Goering aquí?
Collop asintió y dijo:
— Lleva aquí hace ya dos años. Vive a un par de kilómetros de este lugar. Lo podremos visitar mañana. Te sentirás complacido por el cambio que ha experimentado, lo se. Ha logrado superar la disolución iniciada por la goma de los sueños, y moldeado con los fragmentos de sí mismo un hombre nuevo y mucho mejor. De hecho, ahora es el líder de la congregación de la Segunda Oportunidad en esta área.
»Y mientras tú, amigo, has estado buscando una meta sin valor alguno en el exterior, él ha hallado la verdadera meta en su interior. Casi pereció en su locura, casi volvió a los malvados comportamientos de su vida terrestre. Pero por la gracia de Dios, y dado su verdadero deseo de mostrarse digno de que se le haya concedido otra oportunidad de vivir, ha... Bueno, ya lo verás mañana. Y ruego porque te aproveche su ejemplo.
Collop siguió explicándose: Goering había muerto casi tantas veces como Burton, normalmente por suicidio. No pudiendo soportar las pesadillas y la repugnancia de sí mismo, había buscado una y otra vez un breve e inútil descanso. Solo para enfrentarse de nuevo consigo mismo al día siguiente. Pero al llegar a aquel área y buscar la ayuda de Collop, el hombre al que había asesinado en otro tiempo, había logrado la victoria.
— Estoy asombrado -dijo Burton-. Y me alegro por Goering. Pero tengo otros planes. Preferiría que me prometieses que no le dirás a nadie mi verdadera identidad. Permíteme seguir siendo Abdul ibn Harun.
Collop afirmó que se mantendría en silencio, aunque le apenaba que Burton no fuera a ver a Goering de nuevo para poder juzgar por sí mismo lo que la fe y el amor podían hacer por los que parecían más depravados y sin esperanza. Llevó a Burton a su cabaña y le presentó a su esposa, una morena bajita y de finos huesos. Era muy alegre y amistosa, e insistió en acompañar a los dos hombres a visitar al jefe local, el valkotukkainen (palabra que en el habla local significaba el tipo de cabellos blancos, o mandamás).
Ville Ahonen era un gran hombre, muy tranquilo, que escuchó pacientemente a Burton. Burton reveló únicamente la mitad de su plan, diciendo que deseaba construir un barco para poder viajar hasta el extremo del Río. Pero no mencionó que deseaba llevarlo más allá. No obstante, evidentemente Ahonen se había encontrado ya con otros como él.
Sonrió con aire condescendiente, y replicó que Burton podía construir su nave. No obstante, la gente de por allí era conservacionista. No deseaba despojar el lugar de sus árboles. Debería respetar los pinos y abetos, pero había
bambú disponible. Aunque debería adquirir este material con cigarrillos y licor, lo cual le llevaría un cierto tiempo de acumular, a partir de lo que le suministrase su cilindro.
Burton le dio las gracias y se marchó. Más tarde, fue a dormir a una cabaña cercana a la de Collop, aunque no pudo conciliar el sueño.
Poco antes de que llegasen las inevitables lluvias, decidió salir de la cabaña. Iría hasta las montañas y se refugiaría bajo un saliente hasta que cesase la lluvia, se disipasen las nubes, y el eterno, pero débil, sol volviese a surgir. Ahora que estaba tan cerca de su objetivo no deseaba ser sorprendido por Ellos, y parecía probable que los Eticos concentrasen a sus agentes allí. Incluso la mujer de Collop podía ser uno de ellos.
Antes de caminar un kilómetro, la lluvia lo golpeó, y un rayo cayó cerca. A su cegador destello vio que algo parpadeaba, materializándose justo delante y a unos seis metros por encima de él.
Dio media vuelta y corrió hacia un soto de árboles, esperando que no le hubieran visto y poder esconderse allí. Si no lo observaban, podría llegar hasta las montañas, y, cuando pusiesen a dormir a todo el mundo de la región, se encontrarían con que se les había escapado de nuevo...

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CAPITULO XXIX

— Nos ha llevado a una cacería larga y difícil, Burton -dijo un hombre en inglés.
Burton abrió los ojos. La transición a aquel lugar era tan inesperada que se sintió atontado. Pero sólo por un segundo. Estaba sentado en una silla de algún material hinchable muy suave. La habitación era una perfecta esfera; las paredes eran de un color verde muy pálido y semitransparentes. Podía ver otras cámaras esféricas por todas partes: delante, detrás, encima y, cuando se inclinó, debajo. De nuevo se sintió confuso, puesto que las otras habitaciones no sólo tocaban los límites de la esfera en que se hallaban, sino que la intersectaban. Secciones de las otras salas entraban en ésta, pero entonces se convertían en tan incoloras y transparentes que apenas si podía detectarlas.
En la pared, al otro extremo de la habitación, había un óvalo de color verde más oscuro. Se curvaba para seguir la pared. En dicho óvalo se dibujaba un bosque fantasmal. Un pavo fantasma trotó de un lado para otro de la imagen. De ella surgía olor a pino y a maderas aromáticas.
Frente a él, al otro lado de la burbuja, estaban sentadas doce personas en sillas similares a la suya. Seis eran mujeres, y seis hombres. Todos de hermoso aspecto. Exceptuando a dos, todos tenían cabello negro o marrón oscuro y pieles muy morenas. El cabello de uno de ellos era tan rizado que parecía el de un negro. Una mujer tenía un largo cabello amarillo atado en un nudo. Un hombre tenía cabello rojo, tan rojo como la piel de un zorro; era hermoso, aunque sus facciones eran irregulares, su nariz larga y curvada, y sus ojos de un color verde oscuro.
Todos estaban vestidos con blusas plateadas o púrpura, con cortas mangas acampanadas y cuellos como golas, estrechos cinturones luminiscentes, faldellines y sandalias. Tanto los hombres como las mujeres tenían pintadas las uñas de las manos y los pies, usaban lápiz de labios, maquillaje en los ojos y pendientes.
Sobre la cabeza de cada uno de ellos, casi tocándoles el cabello, giraba un globo multicolor de unos treinta centímetros de diámetro. Estos globos volteaban, relampagueaban, y cambiaban de color, pasando por cada tonalidad del espectro. De vez en cuando, los globos emitían largos brazos hexagonales de color verde, azul, negro, o de un blanco deslumbrante. Luego los brazos desaparecían, solo para ser sucedidos por otros hexágonos.
Burton se miró. Estaba vestido únicamente con una toalla negra asegurada alrededor de su cintura.
— Me adelantaré a su primera pregunta diciéndole que no le vamos a dar ninguna información acerca de dónde se encuentra.
El que hablaba era el hombre de cabello rojo. Sonrió hacia Burton, mostrando unos dientes inhumanamente blancos.
— Muy bien -dijo Burton-. ¿Qué preguntas son las que van a responder, sean ustedes quienes sean? Por ejemplo, ¿cómo me hallaron?
— Mi nombre es Loga -dijo el hombre de cabello rojo-. Le hallamos a través de una combinación de labor investigativa y suerte. Fue un procedimiento complicado, pero se lo simplificaré: teníamos un cierto número de agentes buscándole, un número penosamente pequeño, considerando los treinta y seis mil millones novecientos mil seiscientos treinta y siete candidatos que viven a lo largo del Río.
¿Candidatos?, pensó Burton. ¿Candidatos a qué? ¿A la vida eterna? ¿Había dicho Spruce la verdad acerca del propósito que había tras la resurrección?
— No teníamos ni idea de que se nos estuviera escapando a través del suicidio -dijo Loga-. Ni siquiera lo sospechamos a pesar de que lo detectábamos en áreas tan separadas que no podía haber llegado a ellas excepto a través de la resurrección. Pensábamos que lo habían matado y había sido trasladado. Pasaron los años. No teníamos ni idea de dónde se podía hallar. Teníamos otras cosas que hacer, así que relevamos a todos los agentes del Caso Burton, como le llamábamos, exceptuando a algunos estacionados a ambos extremos del Río. De alguna forma, usted tenía conocimiento de nuestra torre polar. Después, averiguamos cómo había sido esto. Sus amigos Goering y Collop nos ayudaron mucho, aunque naturalmente no sabían que estaban hablando con Eticos.
— ¿Quién les notificó que estaba cerca del final del Río? -preguntó Burton.
Loga sonrió y le contestó:
— No tiene necesidad de saber eso. De todos modos, lo hubiéramos atrapado. Mire, cada espacio de la burbuja de restauración, es decir, el lugar en el que inexplicablemente se despertó usted durante la fase de prerresurrección, tiene un contador automático. Fueron instalados por motivos estadísticos y de investigación. Nos gusta llevar un control de lo que está sucediendo. Por ejemplo, cualquier candidato que haya sufrido un número de muertes superior a la media es estudiado, más pronto o más tarde. Habitualmente es más tarde, dado que tenemos poco personal.
»No fue sino hasta su setecientas setenta y sieteava muerte cuando comenzamos a estudiar algunas de las resurrecciones efectuadas con mayor frecuencia. La suya había alcanzado el número más alto. Supongo que se le podría felicitar por esto.
— ¿Hay otros?
— No los estamos persiguiendo, si es a eso a lo que se refiere. Y, hablando relativamente, no son muchos. No teníamos ni idea de que era usted quien había alcanzado este número tan asombroso. Su espacio en la burbuja PR estaba vacío cuando lo miramos durante nuestra investigación estadística. Pero los dos técnicos que lo habían visto cuando se despertó en la cámara PR lo identificaron por su... fotografía.
»Dispusimos el resurrector de tal forma que la próxima vez que fuera a ser recreado su cuerpo una alarma nos avisase, y así pudiéramos traerlo a este lugar.
— ¿Y si no hubiera vuelto a morir? -preguntó Burton.
— ¡Estaba destinado a ello! Usted planeaba intentar llegar al mar polar a través de la boca del Río, ¿no es así? Eso es imposible. El último centenar y medio de kilómetros del Río corre por un túnel subterráneo. Cualquier buque sería hecho pedazos. Como otros que se atrevieron a hacer ese viaje, usted habría muerto.
— Mi fotografía, esa que yo encontré a Agneau -dijo Burton-. Obviamente fue tomada en la Tierra cuando era empleado de John Company en la India. ¿Cómo fue conseguida?
— Investigaciones, señor Burton -dijo Loga, aún sonriendo.
Burton deseaba romper la expresión de superioridad de aquel rostro. No parecía estar retenido por nada. Aparentemente, podía caminar hasta Loga y golpearlo. Pero sabía que no era probable que los Eticos se hallasen en la misma sala que él sin algún sistema de seguridad. Era tan poco probable como el que hubiesen dejado libre a una hiena rabiosa.
— ¿Han logrado averiguar qué es lo que me hizo despertar antes de tiempo? -preguntó-. ¿O lo que hizo que esos otros también recuperaran el conocimiento?
Loga tuvo un sobresalto. Varios de los hombres y mujeres abrieron sus bocas.
Loga fue el primero en recuperarse. Dijo:
— Hemos realizado un examen minucioso de su cuerpo. No puede ni imaginarse lo minucioso que ha sido. También hemos estudiado cada componente de su... psicomorfo, creo que lo podría llamar así, o aura, si lo prefiere. -Hizo un gesto hacia la esfera que había sobre su cabeza-. No hemos logrado hallar clave alguna.
Burton echó la cabeza atrás y rió largo y tendido.
— ¡Así que ustedes, bastardos, no lo saben todo!
Loga sonrió tensamente.
— No. Jamás lo lograremos. Solo hay un ser que sea omnipotente.
Se tocó la frente, los labios, el corazón y los genitales con los tres dedos más largos de su mano derecha. Los otros hicieron lo mismo.
— Sin embargo, le diré que nos asustó usted... si es que esto va a hacerle sentirse mejor. Y aún sigue asustándonos. Mire, estamos bastante seguros de que debe de ser usted uno de los hombres contra los cuales se nos ha advertido.
— ¿Contra quién se les ha advertido? ¿Por quién?
— Por una especie de... - gigantesco computador. Un computador vivo. Y por su operador. -De nuevo hizo el curioso signo con sus dedos-. Eso es todo lo que deseo decirle... a pesar de que no recordará nada de lo que ocurra aquí abajo cuando le devolvamos al valle del Río.
La mente de Burton estaba empañada por la ira, pero no tanto como para no captar el «aquí abajo». ¿Quería decir eso que la maquinaria de resurrección y el cubil de los Eticos estaba bajo la superficie del Mundo del Río?
— Los datos indican que quizá tenga usted la potencialidad necesaria para destruir nuestros planes -continuó Loga-. No sabemos por qué iba a hacer usted eso o cómo podría lograrlo, pero respetamos nuestra fuente de información; no llega a imaginarse cuánto la respetamos.
— Si creen eso -dijo Burton-, ¿por qué no me dejan simplemente congelado? Suspéndanme entre esas dos barras. Déjenme flotando en el espacio, girando sobre mí mismo por siempre, como un pollo en el asador, hasta que se realicen sus planes.
— ¡No podemos hacer eso! -exclamó Loga-. Ese solo acto seria capaz de echarlo a perder todo. ¿Cómo iba usted a lograr su salvación? ¡Además, eso significaría una imperdonable violencia por nuestra parte! ¡Ni pensarlo!
— Fueron violentos cuando me obligaron a escapar y ocultarme de ustedes -indicó Burton-. Están siendo violentos ahora reteniéndome aquí en contra de mi voluntad. Y serán violentos conmigo cuando destruyan mi recuerdo de esta conversación con ustedes.
Loga casi se mesó los cabellos. Si era el Misterioso Extraño, el Etico Renegado era un gran actor. En tono dolorido dijo:
— Eso solo es cierto en parte. Teníamos que tomar ciertas medidas para protegernos. Si se hubiera tratado de cualquier otro hombre, lo hubiéramos dejado en paz. Es cierto que hemos violado nuestro propio código de ética haciéndole huir de nosotros, y examinándole. No obstante, era necesario. Y créame, lo estamos pagando en agonía mental.
— Podrían compensarlo en parte diciéndome por que yo, por qué todos los seres humanos que jamás hayan vivido, hemos sido resucitados, y cómo lo hicieron.
Loga habló, con interrupciones ocasionales de algunos de los otros. La que más intervenía era la mujer de cabellos amarillos, y al cabo de un tiempo Burton dedujo de su actitud y de la de Loga que o bien era su esposa, o bien tenía un alto cargo.
Otro hombre interrumpía también de vez en cuando. Cuando lo hacia, los otros mostraban una concentración y un respeto que llevaron a Burton a creer que era el jefe de aquel grupo. En una ocasión giró su cabeza de tal forma que la luz destelló en uno de sus ojos. Burton miró con asombro, pues no se había dado cuenta antes de que su ojo izquierdo era una joya.
Pensó que probablemente era un artilugio que le daba un sentido, o unos sentidos, de percepción que les estaban negados a los otros. A partir de aquel momento, Burton se sintió incómodo cada vez que el ojo facetado y brillante se volvía hacia él. ¿Qué era lo que veía el prisma de múltiples ángulos?
Al final de la explicación, Burton no sabia mucho más que antes. Los Eticos podían mirar al pasado con una especie de cronoscopio; con aquello podían grabar cualquier tipo de ser físico que deseasen. Utilizando estas grabaciones como modelo, habían realizado la resurrección con convertidores de energía en materia.
— ¿Qué es lo que ocurriría preguntó Burton- si recreasen dos cuerpos de un individuo al mismo tiempo?
Loga sonrió secamente y dijo que ese experimento ya había sido llevado a cabo. Sólo un cuerpo tenía vida.
Burton sonrió como un gato que acabase de comerse un ratón. Dijo:
— Creo que me están mintiendo. O diciéndome verdades a medias. Hay una falacia en todo esto. Si los seres humanos pueden llegar a un estado ético tan alto que al final pueden «ir más allá», ¿cómo es que ustedes, los Eticos, que se supone son seres superiores, siguen aquí? ¿Cómo es que no han «ido más allá»?
Los rostros de todos, excepto los de Loga y el hombre del ojo-joya, se pusieron rígidos. Loga rió y contestó:
— Muy astuto. Un punto excelente. Sólo puedo responder que algunos de nosotros van. Pero se nos exige más a nosotros, éticamente hablando, que a ustedes, los resucitados.
— Sigo pensando que están mintiendo -dijo Burton-. No obstante, no hay nada que pueda hacer al respecto. -Sonrió y añadio-: Al menos por el momento.
— Si persiste en esta actitud, jamás «irá más allá» -le dijo Loga-. Pero creíamos que le debíamos explicar lo que estamos haciendo... en la mejor forma posible. Cuando atrapemos a esos otros que también han sido manejados, haremos lo mismo con ellos.
— Hay un traidor entre ustedes -dijo Burton, disfrutando del efecto que producían sus palabras.
Pero el hombre del ojo-joya exclamó:
— ¿Por qué no le dices la verdad, Loga? Eso borraría esa repugnante sonrisa, y lo dejaría en su lugar adecuado.
— Muy bien, Thanabur. Burton, tendrá que ir con mucho cuidado de ahora en adelante. No debe suicidarse, y debe luchar tanto como hizo en la Tierra para permanecer con vida. Como hizo cuando pensaba que solo había una vida. Hay un límite en el número de veces que un hombre puede ser resucitado. Tras una cierta cantidad, que varía, por lo que no hay forma en que predecir el número que le corresponde a cada uno, el psicomorfo parece incapaz de volver a unirse al cuerpo. Cada muerte debilita la atracción entre el cuerpo y el psicomorfo. Finalmente, éste llega al punto de no retorno. Se convierte en... bueno, para usar una expresión acientífica: en una «psiquis perdida». Esta vaga sin cuerpo por el universo. Podemos detectar esos psicomorfos errantes sin instrumentos, al contrario de aquéllos de los... ¿cómo lo diría?... los «salvados», que desaparecen enteramente de nuestras posibilidades de detección.
»Así que, como ve, debe abandonar esa forma de viajar a través de la muerte. Por eso el suicidio continuado de aquellos pobres infelices que no pueden enfrentarse con la vida es, si no un pecado imperdonable, sí irrevocable.
— El traidor, el sucio desconocido que dice estar ayudándole, estaba en realidad utilizándole para sus propios fines -dijo el hombre del ojo-joya-. No le contó que estaba usted malgastando su posibilidad de ganar la vida eterna al llevar a cabo sus designios, que también eran los de usted. El o ella, quienquiera que sea el traidor, es malvado. ¡Malvado, malvado!
»Por consiguiente, debe usted ser cuidadoso de ahora en adelante. Quizá le quede un residuo de una docena o así de muertes. ¡O tal vez su siguiente muerte sea la última!
Burton se puso en pie y gritó:
— ¿No quieren que vaya al extremo del Río? ¿Por qué? ¿Por qué?
— Au revoir -dijo Loga-. Perdónenos esta violencia.
Burton no vio a ninguna de las doce personas apuntar un instrumento contra él. Pero la consciencia se escapo de él tan rápidamente como una flecha de un arco, y se despertó...

-
CAPITULO XXX

La primera persona en saludarle fue Peter Frigate. Frigate perdió su reserva habitual: lloró. Burton también sollozó un poco y tuvo dificultad, durante un rato, para responder a las preguntas amontonadas que le hacia Frigate. Primero, Burton tuvo que saber lo que Frigate, Loghu y Alice habían hecho desde que había desaparecido. Frigate replicó que los tres lo habían buscado, y luego navegado de regreso Rio arriba hasta Theleme.
— ¿Dónde has estado? -preguntó Frigate.
— He ido de un lugar a otro por la Tierra, y he caminado arriba y abajo por ella -citó Burton-. No obstante, a diferencia de Satanás, he encontrado al menos varios hombres rectos y perfectos, que temían a Dios y que repugnaban la maldad. Pese a todo, demasiado pocos. La mayor parte de los hombres y las mujeres siguen siendo los guiñapos egoístas, ignorantes, supersticiosos, ciegos, hipócritas y cobardes que fueron en la Tierra. Y, en la mayor parte de ellos, el viejo mono asesino de ojos sanguinolentos lucha con su cuidador, la sociedad, y acostumbra a escaparse y a ensangrentar sus manos.
Frigate charló mientras los dos caminaban hacia la enorme empalizada situada a un kilómetro de distancia.
El edificio del Consejo, que albergaba a la administración del estado de Theleme. Burton escuchaba a medias. Estaba estremeciéndose, y su corazón latía con fuerza, pero no porque hubiera vuelto a casa.
¡Recordaba!
Al contrario de lo que le había prometido Loga, recordaba tanto su despetrar en la burbuja de prerresurrección, hacía ya tantos años, como la sesión inquisitorial de los doce Eticos.
Solo había una explicación: uno de los doce debía de haber impedido el bloqueo de su memoria, lográndolo sin que los otros lo supiesen.
Uno de los doce era el Misterioso Extraño, el Renegado.
¿Cuál de ellos? En aquel momento no había forma en que averiguarlo. Pero algún día lo sabría. Mientras tanto, tenía un amigo en el tribunal, un hombre que quizá estuviera utilizando a Burton para sus propios fines. Y llegaría un día en que Burton lo utilizaría a él.
Había otros seres humanos en los que había interferido el extraño. Quizá los hallase. Juntos, asaltarían la Torre.
Ulises tenía su Minerva. Habitualmente, Ulises tenía que salir de las situaciones peligrosas a través de su propia astucia y valor; pero de vez en cuando, cuando la diosa había sido capaz de ello, le había tendido una mano de ayuda a Ulises.
Ulises tenía su Minerva; Burton su Misterioso Extraño.
— ¿Qué es lo que planeas hacer, Dick?

— Voy a construir un barco y navegar Río arriba. ¡Hasta el final! ¿Quieres venir conmigo?

-

POST SCRIPTUM

Así termina el Volumen Primero de la serie del Mundo del Río.
El Volumen Segundo narrará cómo Samuel Clemens buscó hierro
en aquel valle pobre en minerales, lo encontró, y construyó

su gran barco fluvial de paletas, el NO SE ALQUILA.

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