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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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sábado, 23 de octubre de 2010

Montague Rhodes James -- El número 13

EL NUMERO 13
Montague Rhodes James
**
Viborg es una de las ciudades de Jutlandia, de mayor prestigio e
importancia. Es sede de un obispado, tiene una hermosa catedral —restaurada
casi en su totalidad—, un encantador parque, un lago bellísimo y muchas
cigüeñas. Hald, a su vez, es uno de los lugares más atractivos de Dinamarca, y
Finderup, también otro donde Marsk Stig asesinó al rey Eric Glipping, el día de
Santa Cecilia del año 1286. En el siglo XVII, abrieron su tumba y dicen que la
calavera de Eric conservaba las huellas de cincuenta y seis mazazos. De todos
modos, mi intención no es exponer una guía turística.
Viborg tiene excelentes hoteles; el Preisler y el Fénix son algunos de los
mejores. Mi primo, personaje principal del relato, la primera vez que visitó
Viborg, se dirigió al León de Oro. Sin embargo, nunca más volvió a alojarse en
ese lugar. Tal vez las páginas siguientes expliquen la razón.
El León de Oro es uno de los pocos edificios de la ciudad que
sobrevivieron al gran incendio de 1726, que devastó la catedral casi en su
totalidad, así como la Sognekirke, la Raadhuus y otras construcciones tan
antiguas como interesantes. El León de Oro es una casa de ladrillo rojo. Su
frente es de ladrillo, con altos gabletes almenados y una leyenda en la parte
superior de la puerta principal. El patio por donde entran los vehículos es de
madera y estuco, de matices blancos y negros.
Cuando mi primo llegó al león de Oro, los últimos rayos del sol hacían
brillar cada detalle de la imponente fachada. El aspecto anticuado del lugar
impactó a mi primo, por lo que pronosticó días placenteros y entretenidos. Esa
posada conservaba todas las características de un lugar clásico de la vieja
Jutlandia.
No eran los negocios, en el sentido vulgar de la palabra, el motivo del viaje
de Mr. Anderson a Viborg. Estaba realizando algunas investigaciones sobre la
historia de la Iglesia en Dinamarca y se había enterado de que el Rigsarkiv de
Viborg conservaba algunos documentos, salvados del incendio, sobre los
últimos días del Catolicismo Romano en ese país.
Por lo tanto, se propuso dedicar el tiempo necesario, tal vez dos o tres
semanas, al examen y copia de esos documentos. En el león de Oro esperaba
contar con una amplia habitación que fuera dormitorio y a la vez estudio. Mr.
Anderson le informó lo que deseaba al posadero y éste, tras meditar unos
instantes, sugirió que lo mejor para conformar al caballero sería que él mismo
visitara los cuartos más amplios y eligiera el más conveniente. Mr. Anderson
aceptó la idea.
El piso superior fue descartado de inmediato: tantas escaleras exigían un
esfuerzo excesivo luego de un día de trabajo; en el segundo piso, no había
cuartos de la amplitud requerida, pero en el primero había dos o tres
habitaciones que se adecuaban con total precisión a las exigencias del caballero,
al menos en cuanto al tamaño.
El posadero recomendó con énfasis la Número 17, pero Mr. Anderson
advirtió que sus ventanas se abrían sólo hacia el muro ciego de la casa vecina,
por lo que durante la tarde, debía ser muy oscura. Prefería, por su parte, la
Número 12 y la Número 14. Las dos daban a la calle y tenían las ventajas de una
iluminación adecuada más una vista agradable, ventajas que aceleraron con
creces la elección.
Eligió, entonces, el cuarto Número 12. Éste tenía, al igual que los cuartos
vecinos, tres ventanas, todas sobre una misma pared. Sus dimensiones eran
poco habituales: el techo era muy alto y su longitud llamaba la atención. Carecía
de chimenea y en su lugar había una antigua estufa de hierro forjado, sobre la
que era posible observar un bajorrelieve que representaba a Abraham
sacrificando a Isaac, con la inscripción: I Bog Mose, Cap. 22 (es decir, Génesis
XXII). No había otro objeto interesante. El único cuadro atractivo era un viejo
grabado en colores de la ciudad, cercano a 1820.
La hora de la cena se acercaba. Cuando Anderson, ya más despabilado
luego de su baño habitual, descendió las escaleras, faltaban unos minutos para
que la campanilla sonase. Dedicó el tiempo que faltaba a observar la nómina de
huéspedes de la posada. Según una costumbre de Dinamarca, los nombres
estaban expuestos en una amplia pizarra, dividida en casilleros que sumaban la
cantidad de habitaciones del lugar, cada uno con el número correspondiente y
el nombre de su huésped. No encontró nada de mucho interés. Se habían
registrado un abogado (o Sagförer), un alemán y algunos viajantes de
Copenhague. El único detalle que generó asombro fue la ausencia del Número
13 en la lista de habitaciones, un detalle que Anderson ya había observado en
otros hoteles que visitó en Dinamarca. Sin embargo, no pudo evitar un
pensamiento: ¿la supersticiosa reacción que suele provocar este número tendría
tanta difusión y vigencia como para que fuera un obstáculo, a punto tal que un
viajero no pudiera instalarse en la habitación con ese número? Decidió
preguntarle al posadero si él o sus colegas, en verdad, se habían encontrado con
muchos huéspedes que rechazaron ocupar el cuarto Número 13.
No pudo contarme nada interesante (yo registro los hechos tal como me
los transmitió) sobre lo ocurrido, durante la cena. El resto de la velada, en la que
se dedicó a ordenar ropas, libros y papeles, tampoco tuvo trascendencia alguna.
Alrededor de las once, decidió irse a acostar, pero tal como le sucede a muchas
personas, le era casi imposible dormir sin haber leído unas páginas. Recordó
entonces que el libro que venía leyendo en el tren, el único que en ese momento
podía conformarlo, estaba en el bolsillo de su abrigo, colgado a la entrada del
comedor.
Tardó un instante en bajar y tomar el libro. Puesto que los corredores
tenían muy buena iluminación, le costó poco hallar el camino de regreso a su
cuarto. Al menos, eso fue lo que creyó. Pero al llegar allí, giró el picaporte, la
puerta se resistió a abrirse y él pudo escuchar, en el interior de la habitación,
pasos que se dirigían hacia la entrada. Por supuesto, se había confundido de
cuarto. ¿El suyo estaba a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era el 13.
El suyo, por lo tanto, debía estar a la izquierda, y así nomás fue. Ya en la cama,
leyó como de costumbre un par de páginas, apagó la luz y se dispuso a dormir.
Recién en ese momento reflexionó que, aunque en la pizarra del hotel no había
ningún cuarto con el número 13, existía, indudablemente, en la posada. Se
arrepintió de no haberlo ocupado él mismo. Quizá podría haber favorecido al
propietario ocupándolo y dándole la oportunidad de contar que un distinguido
caballero inglés había vivido en él durante tres semanas con sumo placer.
Aunque, quizás, tenía uso como habitación de servicio o algo por el estilo.
Incluso, seguramente, no era tan amplio ni agradable como su propio cuarto.
Con ojos somnolientos, observó su habitación, bajo la luz del crepúsculo que
daba la lámpara de la calle. Curioso brillo, sin duda, pensó. Las habitaciones
suelen parecer más amplias cuanto menos iluminadas están y este cuarto, por el
contrario, parecía haber disminuido en longitud y aumentado
proporcionalmente en altura. En fin, era más importante dormir que malgastar
el tiempo en reflexiones incoherentes. Así que se dispuso a hacerlo.
Al día siguiente de su llegada, Anderson se dirigió al Rigsarkiv de Viborg.
Lo recibieron, como suele hacerse en Dinamarca, con la mayor amabilidad, y
pusieron a su disposición cuanto necesitaba. Le facilitaron documentos cuya
cantidad e interés superó con creces sus expectativas. Además de los
documentos oficiales, encontró una carpeta con gran cantidad de cartas del
obispo Jörgen Friis, último obispo católico residente en esa sede, que describía
muchos detalles entretenidos y a la vez "íntimos", de la vida privada de
diversos personajes de la época. Abundaban las menciones acerca de cierta casa
de la ciudad, propiedad del obispo, deshabitada. Su inquilino anterior había
provocado un escándalo y esto significó un obstáculo para los partidarios de la
Reforma. Era un ser infame para la ciudad, a causa de sus prácticas, tan secretas
como condenables; sus adversarios decían también que había vendido su alma
al diablo. ¿Qué mejor prueba de la tremenda corrupción e impiedad de la
Iglesia de Babilonia que la protección que el propio obispo brindaba a
Troldmand, esa víbora que se nutría de sangre? El obispo afrontaba con coraje
tales acusaciones: acentuaba su repudio por los adeptos a llevar a cabo dichas
prácticas secretas, y solicitaba a sus opositores que presentaran el caso a un
tribunal eclesiástico, con el fin de que se investigase con la mayor severidad
posible. Nadie más interesado que él en castigar a Mag. Nicolás Francken, si en
verdad era culpable de los delitos que se le imputaban.
Antes de que cerraran el archivo, Anderson apenas tuvo tiempo para
echar una ojeada fugaz a la carta siguiente, escrita por Rasmus Nielsen, el jefe
de los protestantes. Esa lectura le bastó para darse una idea general de su
contenido: los cristianos ya no se sometían a las decisiones de los obispos de
Roma. El tribunal eclesiástico no era ni podía serlo el más competente para
dictaminar sobre una causa de tal gravedad e importancia.
Mr. Anderson abandonó el archivo acompañado por el anciano que lo
organizaba. Mientras caminaban, no pudieron evitar que la conversación girase
en torno a los documentos previamente mencionados.
Herr Scavenius, el archivista de Viborg, si bien estaba muy informado
sobre los documentos que tenía a su cargo, no era un especialista en los que se
referían al período de la Reforma. Tal vez por esa razón se mostró muy atraído
por los comentarios de Anderson. Leería con mucho interés, declaró, el artículo
que Mr. Anderson iba a escribir basándose en esos documentos.
—En cuanto a esa casa del obispo Friis —agregó—, es todo un enigma
conocer el sitio exacto donde pudo haber estado. He estudiado minuciosamente
la topografía de la antigua Viborg, y sin embargo, en el viejo inventario de
propiedades del obispo —datado en 1560, y que está casi completo en nuestro
archivo— falta la parte correspondiente a los bienes que tenía en la ciudad. No
importa. Tal vez algún día pueda encontrarla.
Tras un breve paseo —no recuerdo con precisión por dónde—, Anderson
regresó al León de Oro, donde lo aguardaban su cena, su solitario y su cama. Ya
en el pasillo, recordó que había olvidado comentarle al posadero la ausencia del
cuarto Número 13, pero decidió verificar si existía una habitación con ese
número, antes de alarmar con una alusión.
La respuesta no se demoró. La puerta con su número pintado con toda
claridad de ese estilo, allí estaba. Evidentemente alguien ocupaba el cuarto,
pues al acercarse a la puerta, oyó el rumor de pasos y de voces, o de una sola
voz, tal vez. En cuanto se detuvo un momento para verificar el número, el ruido
de pasos cesó de inmediato, al parecer muy cerca de la puerta. Anderson,
asombrado, creyó escuchar una respiración jadeante, como de una persona
profundamente convulsionada. Se dirigió a su cuarto y una vez más se
sorprendió por encontrarlo mucho más pequeño de lo que le había parecido en
el primer momento cuando lo habitó. La pequeña decepción que le hizo sentir
era fácil de remediar: si lo deseaba, podía mudarse a otra habitación. En ese
momento, necesitó un pañuelo que estaba en su maleta. Un sirviente había
colocado la maleta sobre un taburete, contra la pared, en el otro extremo del
cuarto. Pero iba a recibir una sorpresa: la maleta ya no estaba. Indudablemente,
algún sirviente —en un exceso de prudencia— la había guardado luego de
ubicar su contenido en el guardarropa. Allí, sin embargo, no había nada.
Comenzaba a preocuparse. De inmediato descartó la posibilidad de un robo,
pues en Dinamarca rara vez sucede. Era indudable que alguien había cometido
un estúpido error, lo cual eso no es tan raro, por lo que decidió increpar a la
mucama. De todos modos, no era una necesidad urgente y podía esperar hasta
la mañana. Resolvió entonces no molestar a la servidumbre. Fue hasta la
ventana derecha y contempló la calle desierta. Se enfrentó con la pared ciega de
un alto edificio. No había transeúntes, la noche era oscura; nada interesante
despertaba su atención.
Al estar la luz situada a sus espaldas, pudo observar su propia sombra,
reflejada en la pared del edificio de enfrente. A la izquierda también veía la
sombra del huésped del cuarto Número 11, un hombre de barba, que se
paseaba en mangas de camisa y al que descubrió cepillándose el cabello y luego
cubriéndose con una bata de noche. A la derecha se veía la silueta del huésped
del cuarto Número 13. Ésta, tal vez, se presentaba más interesante. Estaba igual
que Mr. Anderson, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando la calle.
Parecía un hombre alto y delgado... ¿o tal vez una mujer? De todos modos, la
persona desconocida se cubría la cabeza con algo parecido a un velo, antes de
irse a la cama. Anderson dedujo que debía tener en la habitación una lámpara
con pantalla roja, porque el reflejo de una luz rojiza danzaba en la pared de
enfrente. Se asomó para ver si podía ver algo, pero sólo distinguió los pliegues
de una tela clara, que parecía blanca, sobre el alféizar.
Al escuchar el ruido de unos pasos que se acercaban por la calle, el
Número 13 pareció darse cuenta de que estaba expuesto a curiosas miradas y,
con gran habilidad y rapidez, se apartó de la ventana; su luz roja se desvaneció.
Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla del cigarrillo sobre el
alféizar y se fue a dormir.
A la mañana siguiente lo despertó la mucama, que le traía agua caliente y
todo lo neesario para un baño personal. Anderson se incorporó, y luego de
pensar muy bien sus palabras, dijo, en el danés más correcto que pudo articular:
—No debió mover mi maleta. ¿Dónde está?
Como suele suceder, la criada se echó a reír y salió del cuarto sin decirle
nada.
Anderson, muy irritado, se sentó en la cama, dispuesto a llamarla otra vez.
De repente, fijó su vista en el extremo opuesto de la habitación. Sobre el
taburete estaba su maleta, en el mismo lugar en el que había visto que el
sirviente la dejó al entrar al cuarto por primera vez. Se trató de una ingrata
sorpresa para un hombre que siempre se jactaba de un profundo poder de
percepción. No quiso explicarse por qué la había ignorado la noche anterior. Al
fin de cuentas, era obvio que volvía a estar allí.
La luz del día no sólo le permitió ver la maleta sino comprobar las
verdaderas proporciones del cuarto, incluyendo sus tres ventanas, y verificar
que, después de todo, había elegido correctamente. Mientras terminaba de
vestirse, se asomó a la ventana del medio para ver el estado del tiempo. Y aquí
se llevó una segunda sorpresa. Su distracción, la noche anterior, sin duda había
llegado al extremo. Habría podido jurar que estuvo fumando un cigarrillo,
asomado a la última ventana de la derecha, antes de irse a dormir. Ahora
descubría la colilla sobre el alféizar, pero de la ventana del medio.
Salió de su habitación para ir a desayunar. Estaba retrasado, si bien el
Número 13 lo estaba aún más: sus botas todavía se hallaban al lado de la
puerta. Dedujo que el Número 13 era un hombre, no una mujer. Sin embargo,
en ese instante miró el número de la puerta: era el 14. Sin duda había pasado
junto al Número 13 sin darse cuenta. Tres errores estúpidos en tan sólo doce
horas eran mucho para un hombre metódico y fanático de la precisión, de modo
que volvió para asegurarse. El cuarto vecino al Número 14 era el Número 12, el
suyo. No existía en absoluto un cuarto con el Número 13.
Tras dedicarle unos minutos a repasar cuanto había comido y bebido en
las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió olvidarse del asunto. Si la vista
o el cerebro empezaban a fallarle, ya tendría otras oportunidades de saberlo. Si
otra era la explicación, estaba frente a una experiencia llena de interés. De
cualquier modo, convenía estar atento ante cada uno de los acontecimientos.
Durante el día, Anderson continuó el estudio de la correspondencia
episcopal ya mencionada. Y su decepción fue grande cuando descubrió que
estaba incompleta. Sólo pudo hallar una carta más relacionada con el asunto de
Mag. Nicolás Francken, redactada por el obispo Jörgen Friis, quien la dirigía a
Rasmus Nielsen. Decía así:
"De ningún modo podemos aceptar vuestras declaraciones acerca de
nuestro tribunal, por lo que estaremos dispuestos a combatirlos, y si fuera
necesario, hasta el último de los extremos en aquella opinión. No obstante ello,
dado que nuestro fiel y bienamado Mag. Nicolás Francken, a quien se han
atrevido a acusar con cargos tan falsos como maliciosos, ha sido
repentinamente sustraído a nuestro afecto, es evidente que, por esta ocasión, el
caso queda cerrado. Mas en cuanto a vuestras declaraciones, en las que
aseguran que el Apóstol y Evangelista San Juan, en su divino Apocalipsis, cita a
la Sacra Iglesia Romana con el símbolo de la Mujer vestida de púrpura y grana,
sabed que...", etcétera.
A pesar de sus investigaciones, Anderson no encontró respuesta alguna a
esa carta ni tampoco algún dato sobre la forma en que fue "sustraído" el casus
belli. Sólo dedujo que Francken había padecido una muerte súbita. Apenas dos
días mediaban entre la carta de Nielsen, evidentemente redactada cuando
Francken vivía, y la del obispo, por lo que se podía sospechar que había sido
una muerte inesperada.
Anderson visitó Hald durante la tarde y tomó el té en Baekkelund.
Aunque estaba algo nervioso, no descubrió alteración alguna en la vista o en su
mente. Sus experiencias anteriores le habían hecho dudar de eso.
Durante la cena, le tocó sentarse frente al posadero.
—¿Por qué razón —preguntó luego de cambiar una conversación
intrascendenteen la mayoría de los hoteles de este país no existe un cuarto
Número 13? Por lo que veo, aquí sucede lo mismo.
El posadero lo miró sonriendo.
—Es curioso que usted lo haya notado. La verdad, yo mismo me lo
pregunté varias veces. Un hombre erudito, me dije, no debe hacerle caso a tales
supersticiones. Yo estudié aquí, en la escuela secundaria de Viborg, y nuestro
viejo maestro siempre descartaba esas creencias. Hace muchos años que murió.
Era un hombre maravilloso, muy hábil con las manos y con la mente. Recuerdo
a mis compañeros, un día en que nevaba...
Y continuó con sus recuerdos.
—Entonces, ¿usted cree que no hay ninguna razón válida para omitir el
Número 13? —insistió Anderson.
—Por supuesto. Bueno, escuche, mi pobre padre me inició en el oficio.
Primero tuvo un hotel en Aarhuus, y luego, cuando nacimos nosotros, llegó
aquí a Viborg, su ciudad natal. Dirigió el Fénix hasta su muerte, en 1876. Allí
hice mis primeras armas como hotelero, en Silkeborg, y apenas hace dos años
compré esta casa.
Luego detalló en forma minuciosa las características del establecimiento
en el momento en que se hizo cargo.
—Y cuando usted vino aquí, ¿había un cuarto Número 13?
—No, justo iba a decírselo. Usted sabe, en un sitio como éste, atendemos a
viajantes de comercio sobre todo. Y no se le ocurra ofrecerles una habitación
con el Número 13. Preferirían dormir en la calle antes que eso. A mí me importa
un bledo el número de las habitaciones, y a menudo se los he dicho. Ellos
siguen con la idea de que les trae mala suerte. Y se pueden pasar el día
contando cuentos de historias sobre viajantes que han dormido en una
habitación Número 13 y que nunca han vuelto a ser los mismos, o que han
perdido los mejores clientes, o..., bueno, imagínese cosas así... —concluyó el
posadero, tras buscar en vano una frase más.
—Entonces, ¿para qué usa usted el cuarto Número 13? —preguntó
Anderson, y al decirlo sintió una extrema ansiedad, que desentonaba con la
importancia de su pregunta.
—¿El cuarto Número 13? Si acabo de decirle que no hay ningún cuarto con
ese número en esta posada. Pensé que ya se había dado cuenta; además, si
hubiera una habitación Número 13, estaría exactamente al lado de la suya.
—Sí, claro; lo que pasa es que... Sinceramente, anoche me pareció ver una
puerta con el Número 13 en ese pasillo, y estoy casi seguro de no haberme
equivocado también con haberla visto anteanoche.
Herr Kristensen, como Anderson lo esperaba, se echó a reír, y repitió una
y mil veces que en esa posada no había ni hubo jamás una habitación Número
13.
Anderson sintió algo de alivio ante la firmeza de la respuesta, aunque aún
persistían sus dudas. Entonces pensó que la única manera de resolver de una
vez por todas el problema era invitar al posadero, esa noche, a su habitación. Lo
sedujo con algunas fotografías de ciudades inglesas que había traído y con un
buen cigarro.
Herr Kristensen, contento por la invitación, la aceptó con ganas.
Acordaron encontrarse a las diez. Mr. Anderson se retiró en ese momento, para
escribir unas cartas. Aunque lo avergonzara aceptarlo, era innegable que la
existencia o no de ese bendito cuarto Número 13 comenzaba a preocuparlo, a tal
punto que, para regresar a su habitación, lo hizo por el lado del Número 11,
para no tener que cruzar la puerta Número 13 o el lugar que correspondía a la
puerta. Al entrar, inspeccionó con rapidez su habitación, pero no advirtió nada
que no fuera esa idea imprecisa de que estaba más pequeña que de costumbre;
por su maleta no debía preocuparse, la había vaciado y ubicado bajo la cama.
Por un momento logró olvidarse del Número 13 y se puso a escribir.
Sus vecinos no lo molestaban. Sólo se escuchaba, de vez en cuando, el
gemido de una puerta y el ruido de un par de botas arrojadas al pasillo; o el
canto de algún viajante que lo recorría. Sobre la calle mal empedrada se
escuchaba, cada tanto, algún carro, o bien los pasos veloces de algún transeúnte.
Anderson terminó sus cartas y pidió un whisky con soda. Se dirigió hacia
la ventana para observar el edificio de enfrente y las sombras reflejadas sobre su
pared.
Si mal no recordaba, el cuarto Número 14 lo ocupaba un abogado, persona
grave y formal, que muy poco hablaba durante las comidas; por lo general, se
limitaba a revisar una pila de papeles que ubicaba junto a su plato.
Al parecer, tenía el hábito de liberar sus instintos cuando se encontraba
solo. No cabía otra posibilidad para los movimientos con que en ese momento
se divertía. La sombra en la pared de enfrente demostraba, con toda claridad,
que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura se acercaba a la ventana,
agitaba y alzaba los brazos con gran agilidad, junto a una pierna macilenta.
Debía estar descalzo en un piso que mostraba gran solidez. Ningún ruido
denunciaba sus movimientos. El Sagförer Herr Anders Jensen, bailando a las
diez de la noche en un cuarto de hotel parecía un argumento justo para una
pintura histórica de gran estilo. Los pensamientos de Anderson, tal como los de
Emily en Los misterios de Udolfo comenzaron a "formar por sí mismos los
siguientes versos":
A mi hotel al regresar,
A eso de la hora diez,
Percibe en mí un malestar
El camarero esta vez.
Indiferente, la puerta
Cierro, y tiro el calzado,
No escuchando las reyertas
Que en mis vecinos alertas
Mi feroz danza despierta.
Y como la ley conozco,
De sus comentarios hoscos
Sonrío con desenfado.
Si el posadero no hubiese golpeado a la puerta, sin duda el lector ahora
tendría frente a sí un poema mucho más extenso. A juzgar por el gesto de
asombro que mostró al entrar en la habitación, Herr Kristensen se hallaba
sorprendido, tal como Anderson en otras ocasiones, por algo inusual en el
interior del cuarto. Evitó todo comentario. Demostró gran interés en las
fotografías de Anderson, las que le sirvieron de excusa para retomar aspectos
autobiográficos. Tal vez, la conversación se hubiese encauzado para el tema del
cuarto Número 13 si no fuese que el abogado, de repente, se puso a cantar de
una manera que no podía dejar dudas a nadie de que estaba borracho o
completamente loco. Su voz, aguda y chillona, revelaba un tono agrietado, tal
como si no hubiese cantado desde hacía mucho tiempo. Cantaba hasta llegar a
alturas increíbles, y luego proseguía en un ronco y desgarrado gemido, como el
viento feroz del invierno en el hueco de una chimenea o el de un órgano cuyas
notas saturaban los tubos. Ante sonido tan aterrador, Anderson no dudó de
que, de haber estado solo, se habría acercado al cuarto de algún viajante en
busca de refugio y compañía.
El posadero, boquiabierto, se tiró sobre la silla.
—No entiendo nada —dijo al fin, secándose el sudor de la frente—. Es
aterrador. Ya lo había escuchado antes, pero pensaba que era u n gato.
—¿Estará loco? —preguntó Anderson.
—Seguramente. ¡Pero qué cosa más decadente! Tan buen cliente según
dicen, le va muy bien con los negocios. Y tiene mujer e hijos que mantener...
En ese momento, alguien sacudió la puerta con golpes secos y perentorios
e interrumpió sin esperar la respuesta. Era el abogado, en bata de dormir y con
el cabello despeinado. Demostraba furor.
—Perdón, señor —comenzó—, pero le pediría por favor que dejara de...
Se interrumpió, asombrado, ya que ninguno de los presentes era
responsable de los estruendos y los cantos. Luego de una breve pausa, el salvaje
alarido se repitió con mayor estridencia.
—En nombre de Dios, ¿qué significa esto? —exclamó el abogado—. ¿De
dónde viene? ¿Qué es? ¿Acaso me estoy volviendo loco?
—Viene de su cuarto, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o algún animal
encerrado en la chimenea?
Acabó de decir eso, y Anderson comprendió lo inútil de su explicación.
Todo era preferible a guardar un silencio que taladraría ese gemido atroz, o a
contemplar el débil rostro del posadero, que se aferraba, temblando, al respaldo
del sillón.
—Imposible —repuso el abogado—. No hay chimenea allí. Si vine a este
cuarto es porque estaba seguro de que el ruido provenía de aquí. Pero sin duda
viene del cuarto vecino al mío.
—¿No había ninguna puerta entre su habitación y la mía? —inquirió
Anderson, sabiendo lo que preguntaba.
—No, señor —respondió Herr Jensen, seco.
—Por lo menos, esta mañana no la había.
—¡Ah! —dijo Anderson—. ¿Y esta noche?
—No estoy seguro —dudó el abogado.
De pronto, la voz que cantaba o gemía en el cuarto vecino se transformó
en una risa sofocada, un gruñido que estremeció a los tres hombres. Luego,
retornó un absoluto silencio.
—Y bien, ¿usted qué tiene qué decir, Herr Kristensen? —increpó el
abogado—. ¿Qué significa todo esto?
—¡Por Dios! —respondió Kristensen—. ¿Qué quiere que le diga? Yo
tampoco entiendo nada. ¡Ojalá no deba escuchar nunca más un sonido así en
toda mi vida!
—Lo mismo digo —respondió Herr tensen, y murmuró luego algunas
palabras que Anderson reconoció —aunque no podía asegurarlo—: era la
última frase del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum.
—Debemos hacer algo —propuso Anderson—. ¿Por qué no vamos los tres
e ingresamos en el cuarto contiguo?
—¡Pero si es el de Herr Jensen! —protestó el posadero—. ¿De qué servirá?
Él acaba de salir de ahí.
—Ya no estoy tan seguro —dijo Jensen—. Creo que este caballero tiene
razón. Tenemos que ir a ver qué pasa.
Las únicas armas de defensa de que disponían eran un bastón y un
paraguas; con ellas, la expedición se agrupó en el pasillo, presa de cierto temor.
En el corredor dominaba un silencio total, aunque por debajo de la puerta de al
lado filtrábase un poco de luz. Anderson y el abogado se acercaron. Jensen, tras
hacer girar el picaporte, arremetió con violencia. Fue en vano: la puerta no se
abrió.
—Herr Kristensen —dijo Jensen—. Será mejor que cuanto antes llame a
varios de sus empleados, los más fuertes, porque debemos aclarar esto.
El posadero aprobó y se alejó rápidamente, deseoso de abandonar el
campo de operaciones. Jensen y Anderson permanecieron en el corredor, sin
dejar de observar la puerta.
—No hay duda, es el Número 13 —dijo el segundo.
—Sí. Ahí está la puerta de mi cuarto, allá la del suyo —repuso Jensen.
—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —comentó Anderson,
ocultando una risa nerviosa.
—¡Por Dios, también la mía! —contestó el abogado, girando hacia la
posición de Anderson. De esa manera, quedó de espaldas a la puerta. Y, en ese
momento, la puerta se entreabrió, y de ella surgió un brazo, envuelto en
harapos amarillentos, aunque se veía la piel desnuda, cubierta por un vello
grisáceo y salvaje. La mano intentó clavarse en el hombro de Jensen.
Anderson tuvo el tiempo de empujar a Jensen a un lado, mientras profería
un grito que llamaba al rechazo y al terror. La puerta volvió a cerrarse y desde
el interior del cuarto, escucharon una risa ahogada.
Jensen no pudo ver nada, pero cuando Anderson, apresuradamente, le
sintetizó lo ocurrido, se mostró muy convulsionado y propuso abandonar la
expedición y encerrarse en uno de los dos cuartos.
En ese momento llegaron el dueño de la posada y dos robustos sirvientes,
los tres muy serios y preocupados. Jensen los recibió con una cantidad de
explicaciones, las que no resultaron estimulantes.
Los hombres abandonaron las barras que habían traído y anunciaron, sin
posibilidad de arrepentirse, que no estaban dispuestos a arriesgar la vida en ese
antro diabólico. El posadero estaba cada vez más nervioso e indeciso: sabía que,
de no desafiar el peligro, se arruinaría, su posada se vendría abajo y tampoco
estaba demasiado decidido a afrontarlo.
Por suerte, Anderson halló una estrategia para reanimar a la tropa
desmoralizada.
—¿Dónde está el tan afamado coraje danés? El enemigo no es un alemán
y, si así lo fuera, somos cinco contra uno.
Tal exhortación estimuló a ambos sirvientes y a Jensen. juntos embistieron
la puerta.
—¡Un momento! —los contuvo Anderson—. No pierdan la cordura.
Usted, Herr Kristensen, quédese aquí, con la lámpara, uno de ustedes rompa la
puerta, pero no entren cuando ceda —ordenó.
Los hombres asintieron. El más joven avanzó hacia la puerta; alzó la barra
de hierro y dio un rotundo golpe a la parte superior. El resultado fue diferente
al que esperaban. No se escuchó el seco crujido de la madera, sino un ruido
sordo y opaco, como si golpearan contra un muro hermético. El hombre tiró a
un costado la herramienta con un grito de dolor, y comenzó a frotarse el codo.
Todos acudieron hacia él. Anderson, luego, miró nuevamente hacia la puerta.
Había desaparecido. Miró otra vez hacia la puerta del corredor, cuyo revoque
mostraba el destrozo profundo producido por la barra. El Número 13 había
dejado de existir.
Todos, por un instante, permanecieron inmóviles ante la pared desnuda.
Desde el patio trasero se escuchó el canto de un gallo, y cuando Anderson giró
la cabeza descubrió a través del ventanal, en el fondo del extenso pasillo, las
primeras luces del alba.
—Tal vez —insinuó el posadero— para esta noche los señores preferirán
otro cuarto... ¿Uno con dos camas?
Ni Jensen ni Anderson rechazaron la propuesta. Luego de la reciente
experiencia, preferían permanecer juntos. Por esa misma razón decidieron que,
cuando cada uno de ellos ingresara en su cuarto para tomar lo que necesitaba
para pasar la noche, el otro lo acompañaría para iluminarlo. Los dos
comprobaron que ambos cuartos, el Número 12 como el Número 14, tenían tres
ventanas.
A la mañana siguiente, los expedicionarios se reunieron en el cuarto
Número 12. El posadero, como es natural, no quería la participación de
extraños, pero a la vez tenía mucho interés en que el misterio se aclarase lo
antes posible. Por lo tanto, había ordenado a los dos sirvientes que por el
momento trabajaran de carpinteros. Movieron los muebles y, tras arrancar
varios tablones, dejaron al descubierto la superficie del piso más cercano al
Número 14.
El lector, por supuesto, pensará que descubrieron un esqueleto, por
ejemplo, el de Mag. Nicolas Francken. No fue así. Sólo encontraron, entre las
vigas que sostenían el piso, una pequeña caja de cobre, que contenía un
pergamino plegado prolijamente, donde había escritas unas veinte líneas. Tanto
Anderson como Jensen, quien se confesó un discreto paleógrafo, se
entusiasmaron con el descubrimiento, que podía facilitar el esclarecimiento de
fenómenos extraordinarios.
Tengo en mi poder un ejemplar de una obra de astrología que jamás he
leído. En su portada tiene una xilografía de Hans Sebald Beham, que representa
a un grupo de sabios reunidos en torno a una mesa. Tal vez este detalle permita
que los especialistas descubran algo. Ahora no está a mi alcance y no puedo
recordar el título. Las páginas blancas del principio y del final llevan una
escritura que aún no he podido descifrar, a pesar de haber transcurrido ya diez
años. Tampoco he podido descubrir en qué sentido debería leerse, y mucho
menos a qué lengua pertenece tal escritura. Anderson y Jensen, tras someter a
un examen el documento encontrado en la caja de cobre, no lograron
conclusiones fehacientes.
Después de dos días de un análisis minucioso, Jensen, el más audaz de los
dos, puso en práctica la hipótesis de que la escritura sea latín o danés antiguo.
Anderson renunció a toda hipótesis y se limitó a donar —en actitud muy
digna— la caja y el pergamino al Museo de la Sociedad Histórica de Viborg.
Escuché este relato de sus propios labios, unos meses más tarde y después
de una visita a la biblioteca, en un bosque próximo a Upsala. En la biblioteca me
había burlado o nos habíamos burlado del contrato en el cual Daniel Salthenius
—posteriormente profesor de hebreo en Könisberg— vendía su alma al diablo.
Anderson, en verdad, no parecía muy entretenido.
—¡Qué muchacho estúpido! —exclamó, refiriéndose a Salthenius, que aún
era estudiante cuando cometió esa torpeza—. No se debe invocar a quien se
desconoce.
Y cuando yo sugerí las interpretaciones habituales, se limitó a encogerse
de hombros, con una queja. Esa misma tarde me contó el episodio que acabo de
relatar, aunque evitó sacar conclusiones y se negó a juzgar la hipótesis que yo
formulé por mi cuenta.

jueves, 21 de octubre de 2010

La catacumba -- Peter Shilston



La catacumba
Peter Shilston




Estoy relatando esta historia tal como me fue contada. Imaginen si pueden un autocar efectuando la visita de la isla de Sicilia a mediados de agosto, transportando un par de docenas de turistas ingleses de vacaciones, ansiosos de inspeccionar los lugares habituales de interés... Palermo en dos días, Agrigento en otros dos, Siracusa mereciendo sólo uno, un viaje en telesilla hasta la cima del Etna, y luego de vuelta a casa. El tipo de gente que uno encuentra en tales viajes es invariablemente el mismo: cierto número de maestros de escuela, serias parejas de jubilados, padres que han traído equivocadamente a sus hijos y están empezando a preguntarse por qué no se han ahorrado problemas yendo simplemente a la playa, y un puñado de personas solas sin ningún lazo aparente. Además, su comportamiento es siempre el mismo: algunos pasan todo el tiempo gruñendo sobre la calidad de los hoteles y la comida, los jóvenes se preguntan por qué no hay chicas jóvenes y atractivas disponibles en el viaje, los niños se aburren, y los maestros de escuela cargan por todos lados con sus mapas y sus guías y toman muchas fotos. Otros no parecen mostrar el menor interés por los lugares históricos y pasan todo su tiempo sentados en el café más próximo o comprando los recuerdos más horribles y variados.
Ese autocar en particular era uno de los típicos, creo. Entre sus miembros había un tal señor Pearsall, un tranquilo y solitario hombre de mediana edad de apariencia vagamente erudita. Había gozado del viaje turístico y se había mostrado convenientemente impresionado por los templos griegos de Agrigento y los mosaicos de la gran catedral de Monreale, pero no había conseguido hacer amistad con ninguno de los demás pasajeros, y como las vacaciones estaban a un par de días de su término empezaba a considerar el regreso a casa. En consecuencia, se mostró ligeramente irritado cuando la vieja señora Tavistock, en la parte de atrás del autocar, empezó a quejarse de dolores en el estómago. No había dejado de quejarse en todo el viaje, pero ahora parecía realmente enferma, lo que dio como resultado que Giuliano, el guía, pidiera al conductor que se detuviera en el primer pueblo a fin de buscar un doctor.
El primer pueblo resultó ser un conjunto de casas que ni siquiera estaba señalizado en los mapas, apiñadas debajo de un enorme farallón, sin ningún rasgo característico que permitiera distinguirlo de cualquiera de los otros cincuenta pequeños pueblos por los que habían cruzado a lo largo de su camino. Allí Giuliano fue en busca de un médico, dejando a sus turistas medio adormilados, leyendo ociosamente sus libros o charlando de cosas inconcretas. Era la media tarde, y el sol caía con fuerza. Todos los sicilianos sensatos estaban dentro de sus casas durmiendo la siesta. Todos los postigos de las ventanas estaban cerrados, y no se veía ni un alma en la calle.
Al cabo de un rato regresó Giuliano, lamentando informarles que iban a tener que esperar al menos una hora antes de que la señora Tavistock pudiera recibir atención y ellos pudieran continuar. Mientras tanto, podían salir y estirar las piernas, aunque era difícil que hallaran algo abierto. El autocar haría sonar el claxon para llamarles de vuelta cuando llegara el momento. En este punto se enzarzó en una animada conversación en italiano con Umberto, el conductor, que hizo varios gestos enfáticos, resultado de los cuales fue una información no demasiado alentadora. La gente del lugar, dijo Giuliano, no era muy sociable precisamente, de modo que los turistas no iban a encontrar muchas facilidades. Los autocares normalmente no se paraban nunca allí, y no tenía el menor objeto visitar el pueblo; realmente, no tema nada que ofrecer. Expresó de nuevo su consternación y habló unas cuantas palabras más con Umberto. El conocimiento del italiano del señor Pearsall no era demasiado grande, pero creyó captar que «no es probable que surjan complicaciones si van todos juntos».
Sin embargo, el señor Pearsall no tenía la menor intención de permanecer con los demás mientras se quedaban parados sin saber qué hacer. Había vislumbrado una iglesia en la parte de debajo de una calle lateral cuando penetraban en el pueblo, le pareció antigua y sorprendentemente grande para un lugar tan insignificante, y pensó que quizá valdría la pena efectuar una visita de exploración. Las «complicaciones» que Giuliano había mencionado (suponiendo que lo hubiera comprendido bien) podían interpretarse como ladrones. Les había advertido que tuvieran cuidado con los tirones de bolsos en las grandes ciudades, pero era muy poco probable que bandas de asaltantes se molestaran en patrullar un pueblo donde los turistas no se paraban nunca. Las calles aparecían absolutamente desiertas. Además, el señor Pearsall aún estaba en buena forma, e imaginaba que podía defender sus pertenencias contra cualquier tipo de ratero; o, en el peor de los casos, echar a correr lo suficientemente rápido como para librarse de él. Así pues, agarrando su cámara, comunicó su pretendido destino a otro pasajero (que no demostró ni la más pequeña inclinación a acompañarle) y partió decidido.
Las calles laterales del pueblo eran muy estrechas y ascendían en pronunciada pendiente la colina hacia el imponente farallón que lo dominaba desde arriba. Algunas de ellas tenían gradas. El señor Pearsall se preguntó si no sería claustrofóbico vivir bajo aquella gran sombra negra, y también especuló acerca de si el pueblo no habría sufrido nunca daños por la caída de rocas. Tras un par de vueltas por calles sin salida, desembocó en una pequeña placita pavimentada con guijarros, y tan desprovista de gente como el resto del pueblo, que daba paso a la iglesia. Una mirada al sol le indicó que estaba acercándose a ella por su lado oeste: la esquina meridional casi tocaba la base del farallón. Debido a que tenía exactamente el mismo color y textura que aquella imponente masa, la iglesia daba la inquietante impresión de haber sido tallada, por la mano de un gigante, de un solo bloque de la enorme roca.
Su primera sensación, nos dijo el señor Pearsall, fue de gran vejez y ruina general. La iglesia parecía mucho más vieja que los templos dóricos de Agrigento que habían admirado aquella misma semana, aunque su intelecto le decía que aquél no podía ser el caso. Supuso que debía tratarse de un edificio normando, aunque posiblemente erigido sobre unos cimientos aún más viejos: árabes o incluso romanos. El estilo era sin embargo lo suficientemente típico, aunque más bien fuera de proporciones. Dos achaparradas y pesadas torres, con muy pocas ventanas (y además muy pequeñas), flanqueaban un pórtico de tres amplios arcos puntiagudos. La escasa decoración que pudo existir en algún momento allí, apenas era ahora discernible. Parecía como si en su época hubiese habido frescos en el interior del pórtico, pero ahora el enlucido estaba terriblemente cuarteado, y en algunos lugares había caído por completo. Sólo unas pocas e imprecisas siluetas de figuras humanas —presumiblemente santos— podían descubrirse aún. Había una gran puerta de madera, deteriorada y carcomida, con paneles tallados en lo que en su tiempo habían sido recargados esquemas abstractos. Influencia morisca, se dijo a sí mismo el señor Pearsall, y empujó la puerta. Estaba cerrada.
Aquello era predecible bajo cualquier circunstancia, pero aun así irritante. El señor Pearsall retrocedió hasta la plaza para tomar una foto, y luego miró su reloj. Apenas habían pasado quince minutos desde que abandonara el autocar y aún quedaba mucho tiempo que matar. El día era más caluroso que nunca, y si había algunas tiendas en aquella plaza olvidada de Dios, todas estaban resueltamente cerradas. Decidió dar la vuelta a la iglesia, a falta de otra cosa que hacer. Además, durante parte del recorrido estaría en la sombra, donde haría más fresco. Sin gran entusiasmo, inició el camino. Era un hombre de temperamento tranquilo, pero si había algo que le irritaba era encontrarse de pronto sin nada que hacer cuando había confiado en estar ocupado.
A lo largo del lado sur, las cerradas casas estaban situadas tan cerca de la iglesia que la calle más bien parecía un túnel. No había avanzado gran cosa cuando observó una pequeña puerta lateral. No debe sorprendemos que intentara abrirla. Para su gran alegría, descubrió que no estaba cerrada con llave. Sorprendido ante su buena suerte, y felicitándose por su persistencia, penetró en el interior.
Al principio no vio nada, tan oscuro estaba después del fuerte resplandor del sol de la tarde allá afuera. Muy pronto, los ojos del señor Pearsall se acostumbraron a la penumbra y fue capaz de mirar a su alrededor. Inmediatamente supo que su paseo había sido provechoso. Con su metódica costumbre, empezó a clasificar cuanto podía ver. Una larga y alta nave, con pequeñas naves laterales a ambos lados. Claramente, otra iglesia normanda, con los puntiagudos arcos aprendidos de los árabes. Pero, a diferencia de algunas de las otras que había visto en sus visitas, aquella no había sido reformada durante el período barroco. No se veía ninguna pilastra corintia. Los capiteles de las columnas parecían una masa de grotesca talla, aunque estaban tan sucios de un espeso tizne que no podían distinguirse claramente. Por supuesto, todo el interior estaba muy sucio; los bancos llenos de polvo y las velas tan descoloridas que parecía como si no hubieran sido encendidas en años. Sin lugar a dudas, no esperaban visitantes, puesto que no había guía alguno para la visita ni postales visibles por ningún lado.
Entonces el señor Pearsall vio los mosaicos. Había sido iniciado ya en las maravillas que los normandos habían legado a Sicilia al respecto, con muestras tan asombrosas como las de la catedral de Monreale y la Capilla Palatina en Palermo, pero, pese a ello, los ejemplos de aquel arte desplegados en aquel lugar apartado le hicieron perder el aliento. Allí, algún anónimo artesano del siglo XII había tomado el estilo bizantino y lo había interpretado con un vigor y un álito propios. Una verdadera biblia popular de sorprendente fuerza cubría las paredes. El señor Pearsall olvidó por completo el paso del tiempo mientras seguía aquellos tesoros. Allí estaba la creación del mundo en una secuencia de siete cuadros, y allí estaban Adán y Eva tentados por la serpiente y expulsados del Paraíso. Seguían más escenas: Caín asesinando a Abel, la construcción del Arca, la embriaguez de Noé, la Torre de Babel, Abraham y la destrucción de las Ciudades de la Llanura, el sacrificio de Isaac; y así muchas más, cada una más sorprendente que la anterior.
Resultaba extraño, pensó el señor Pearsall mientras avanzaba de escena en escena lleno de maravilla y admiración, que los habitantes de aquel pueblo desanimaran a los turistas. Allí tenían algunos de los mosaicos más excelentes de la isla, si no de toda Italia, y sin embargo dejaban que fueran deteriorándose lejos de la vista, en una sucia iglesia cerrada. Solamente con un poco de iniciativa y energía por parte de las autoridades del pueblo, era seguro que los visitantes acudirían en tromba para ver tales maravillas. ¿Qué tenían en contra de los turistas? Seguro que en el lugar había suficientes propietarios de cafés en perspectiva y vendedores de recuerdos como para insistir en que se hiciera algo. ¿Por qué la iglesia no se mencionaba en ninguna de las guías turísticas que tan asiduamente había leído antes de iniciar el viaje? Tales eran los pensamientos que cruzaron la mente del señor Pearsall, pero al cabo de un rato empezó a sufrir otras dudas.
Se le hizo evidente que, aunque el artista poseía un gran vigor natural, era la plasmación del mal lo que más atraía lo mejor de su arte. La serpiente en el Jardín del Edén, por ejemplo, poseía un rostro humano que exhibía una siniestra y seductora mirada de soslayo. En la historia de Caín y Abel, no había la menor duda de que era Caín quien representaba al héroe: Abel, mientras yacía impotente en el suelo, era un simple y desventurado bobalicón, mientras que su asesino, de pie sobre él con una espada alzada para hendirle el cráneo, estaba lleno de potencia salvaje. En Babel, los soldados del rey Nimrod parecían meros autómatas sin voluntad. Por su parte, el cuadro de Saúl y la bruja de Endor estaba situado en el extremo más oscuro de la iglesia, quizá deliberadamente, cubierto de telarañas. Tras examinarlo de cerca, el señor Pearsall casi se alegró de ello, porque dentro de la cueva de la bruja había algunas desagradables formas no humanas que quizá hubiera sido mejor no exponerlas a la vista.
«Quizás el artista era un maniqueo —se dijo el señor Pearsall—, un cátaro o un albigense. (¿O son todos lo mismo? ¿He tomado bien las fechas?), más convencido de la existencia del mal que de la del bien. Quizá sus mosaicos fueron condenados por heréticos. Pero, en ese caso, ¿por qué no fueron destruidos, en vez de mantener cerrada la iglesia? Me pregunto qué habrá hecho con el Nuevo Testamento...»
Aquellos mosaicos aún le resultaron más turbadores. El señor Pearsall no pudo descubrir una Anunciación, ni siquiera una Natividad, pero había una horriblemente realista Matanza de los Inocentes, en la cual se representaba un amplio número de ingeniosos y repugnantes medios para asesinar niños, mientras el rey Heredes permanecía sentado en su trono, contemplando la carnicería y riendo. El retrato de Judas recibiendo sus treinta monedas de plata por parte de Caifas hubiera sido considerado una obra maestra de todos los tiempos, de no haber sido tan absolutamente desagradable. Y así seguía... a través de varios detestables retratos de gente poseída por los demonios, a través de las historias de Simón Mago y Ananías, los cuales eran de nuevo la más viva caracterización de sus respectivas escenas, hasta el aterrador cuadro de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
En ese momento, el señor Pearsall no sólo estaba claramente trastornado por los mosaicos, sino que empezaba a sentirse francamente mal. Al principio la iglesia estaba en completo silencio, pero ahora parecía llena de pequeños ruidos incapaces de localizar. Sus pasos resonaban una y otra vez en un largo decrescendo, pero parecía como si les respondiesen extraños roces y crujidos. Sin duda eran los sonidos normales de la vida roedora, o de una madera envejecida al inicio de su penosa muerte, pero cuando, como el señor Pearsall, uno se encuentra solo en una antigua iglesia en medio de un pueblo extraño, donde ni siquiera un solo habitante ha mostrado aún su rostro y donde además uno está rodeado por las más inquietantes ilustraciones del mal bíblico, tales explicaciones racionales pierden inevitablemente fuerza. Una o dos veces contuvo el aliento y permaneció completamente inmóvil para ver si los ruidos continuaban. No sólo por eso, sino que además tema la creciente sensación de que estaba siendo observado. Probablemente sólo eran los rostros de los mosaicos los que le provocaban aquello, pero en más de una ocasión pensó que había visto un movimiento exactamente en su ángulo de visión. Alarmado, dio media vuelta sólo para descubrir que no había nada.
Finalmente llegó ante una Virgen María que no sólo estaba desprovista de la habitual serenidad, sino que además poseía la voluptuosidad de un vampiro. Tan sorprendente era su expresión, que por un momento pensó que debía tratarse de una representación de la Prostituta Escarlata de Babilonia, pero no, tenía la postura y las ropas habituales de la Virgen. Además, en sus brazos estaba el niño Jesús, un horrible pequeño con una untuosa y mojigata sonrisa que hizo pensar al señor Pearsall en el saciado apetito hacia algo perverso. Se estremeció y sintió una sensación de tan agudo desagrado que por un momento olvidó completamente los ruidos.
Durante todo aquel tiempo había evitado mirar hacia el lado este, procurando reservar para el final la visión de lo que siempre era la gloria de las iglesias sicilianas: la gran figura de Cristo en el ábside encima del altar. Incapaz de contenerse por más tiempo, volvió su mirada en aquella dirección.
Por supuesto, era una obra maestra, pese a la suciedad y a las telarañas que lo envolvían. Como es costumbre, la imagen representaba la cabeza y los hombros de Cristo, vestido de rojo y azul, el brazo derecho levantado para dar la bendición, el izquierdo sosteniendo un libro abierto escrito en griego. El tratamiento dado por el desconocido artista era maravilloso, pero la expresión en el rostro de Cristo únicamente podía calificarse de horrible: una maligna sonrisa de desprecio, la mirada muy penetrante. El señor Pearsall no sabía griego, pero sospechó que las palabras escritas en la página abierta del libro no eran ningún texto normal de las escrituras. Y la mano derecha... ¿Era el gesto habitual de bendición? ¿O el primero y último dedos estaban erguidos con... el conocido gesto de los cuernos del diablo?
«Ésta es una iglesia blasfema —se dijo el señor Pearsall a sí mismo—. Los mosaicos pueden ser excelentes, pero también son terribles. Algún obispo, quizá incluso el Papa, los condenó e hizo que la iglesia fuera cerrada. Ni siquiera la gente del pueblo querrá hablar de ellos porque sigue siendo gente muy religiosa, ni dejará que los turistas entren en ella. En realidad, esos cuadros son capaces de provocar pesadillas a cualquiera. Bien, me alegro de haberlos visto, pero éste no es un lugar agradable para visitar solo.»
Miró a su reloj, y casi se sintió aliviado al descubrir que su hora había prácticamente expirado. Eso le dio una excusa para marcharse sin explorar el resto de la iglesia. Con paso rápido, que cualquier observador imparcial hubiera dicho que estaba peligrosamente cerca de una carrera motivada por el pánico, volvió a la puerta del lado sur por donde había entrado.
Estaba cerrada.
Durante un rato, el señor Pearsall luchó con la puerta de forma más bien fútil, sacudiéndola, girando a un lado y a otro la manija metálica, intentando averiguar si se había quedado trabada con algo, pero enteramente incapaz de conseguir algún resultado. Golpeó la puerta con la palma de las manos y le dio patadas, con lo que un gran estruendo resonó formando múltiples ecos por toda la iglesia, parecidos a una salva de cañonazos, y hasta el día de hoy jura que desde algún lugar le llegó como respuesta una especie de siniestra risita.
Con un considerable esfuerzo, logró tranquilizarse.
«Eso es estúpido —se dijo a sí mismo—. Probablemente se trata de algún vigilante que olvidó cerrar la iglesia antes de la siesta, y sólo se dio cuenta de su error cuando despertó. Debe de ser un hombre muy estúpido o descuidado, de lo contrario hubiese mirado para comprobar si había alguien dentro.»
De todos modos, no deseaba volver a golpear de nuevo la puerta y obtener aquel horrible eco, así que decidió buscar otra puerta que pudiera estar abierta. La lógica le sugería que debía haber una en el lado norte, quizá abriéndose a un claustro o algo parecido. Cruzó la nave con una cierta ansiedad nerviosa (y evitando cuidadosamente mirar la blasfema figura del Cristo, aunque podía sentir la cruel mirada clavada en él con una fuerza casi tangible) y fue en su busca.
Por supuesto, existía una puerta en el ángulo de la nave lateral norte, y no estaba cerrada, aunque daba la sensación de que hacía mucho tiempo que no había sido abierta. Necesitó desarrollar una gran fuerza para hacerla girar. Chirrió horriblemente mientras se abría hacia dentro, dejando escapar una lluvia de polvo, y un peculiar olor a moho se expandió por el aire. El señor Pearsall se encontró ante un tramo de gastados peldaños de piedra que descendían hacia la oscuridad.
Aquello no parecía en absoluto una salida. De hecho, el olor sugería que la cámara inferior, fuera lo que fuese, estaba completamente aislada del aire exterior, y así había estado durante mucho tiempo. Era un camino nada prometedor para alguien que deseaba abandonar el edificio, e incluso hoy el señor Pearsall no ha sido nunca capaz de proporcionar una explicación satisfactoria del porqué decidió descender aquellos peldaños. Ya era tarde, y después del turbador efecto de los mosaicos, la mayor parte de su celo explorador se había evaporado. Sin embargo, no conseguía resistir la atracción de aquel umbral. Más tarde se preguntó si realmente había poseído un completo control de sus movimientos. Todo aquel lugar tenía un aire claramente siniestro; pese a todo, empujó la puerta hasta abrirla por completo y dio sus primeros pasos tentativos hacia la descendente oscuridad.
La escalera era larga y curiosamente húmeda pese a la sequedad del clima. Muy pronto, todo rastro de luz procedente del cuerpo principal de la iglesia (que le había parecido tan tenebrosa cuando entró) desapareció, viéndose obligado a sacar el encendedor de su bolsillo y avanzar a la luz de la oscilante llama. Giró un recodo bajo un amenazante arco de piedra sin desbastar, descendió una rampa, y se quedó con la boca abierta ante la visión.
Era una catacumba. Un largo corredor se abría ante él, con pasadizos laterales a ambos lados. Quizá cubría toda el área bajo la nave. Y estaba habitada. Una larga hilera doble de formas humanas se alineaba en cada pasadizo. Todas las clases y edades tenían sus representantes allí: hombres, mujeres y niños, monjes y guerreros, eruditos y damas encopetadas. Todos vestidos con ropas que en su tiempo debieron de ser las mejores; pieles, sedas y trajes recamados, ahora lamentablemente rotos y deteriorados, pero conservando aún un destello de su pasada gloria. Y todos tenían rostro, puesto que evidentemente se había gastado mucho ingenio para conservar los cuerpos, aunque con distintos grados de éxito. Había una muchachita cuyas ropas parecían tener al menos doscientos años de antigüedad, pero que por su piel y su pelo cualquiera hubiera dicho que estaba dormida. Sin embargo, más allá, un hombre con ropas de clérigo había perdido su nariz y sus mejillas, y sus ojos se habían degradado hasta convertirse en unos glóbulos lechosos. Y algo más apartado, un soldado con coraza de acero repujado, que quizá fuera un mercenario del período del Renacimiento, había perdido enteramente su carne, sonriendo impávido desde su calavera desnuda.
¡Pobre señor Pearsall! El efecto habría sido ya bastante desagradable bajo una potente luz eléctrica y rodeado por sus compañeros de viaje, pero allí, completamente solo, encerrado, y tras la alarma y el trastorno de aquellos horribles mosaicos, y sólo con una tenue llama para protegerle de la oscuridad, la impresión fue abrumadora. Jamás ha conseguido explicar por qué no dio media vuelta y salió huyendo. Se refugia diciendo que «sintió como una llamada» que le atraía hacia allí. Realmente es irrefutable que caminó adentrándose en aquel pasillo, por entre aquellas espeluznantes hileras de muertos, el horror apoderándose de él, entrando en él, pero totalmente incapaz de retroceder.
Todos aquellos cuerpos llevaban allí mucho tiempo. El conocimiento que el señor Pearsall tenía de la historia de la indumentaria no era muy grande, pero estaba completamente seguro de que ninguno de aquellos deteriorados atuendos se había colocado más allá de mediado el siglo XVIII, y sin embargo la mayoría parecían medievales. Lo que le quedaba de su mente racional le dijo que catacumbas similares eran algo común en todas partes, pero tal pieza de información parecía extraordinariamente inútil. A medida que penetraba en la catacumba, le parecía retroceder en el tiempo hasta los inicios de la Edad Media. Muy pocos de los rostros conservaban carne ya en ellos; algunos casi estaban desnudos, con las ropas reducidas a pobres andrajos, y otras simplemente caídas en el suelo. Pero siguió adelante, hasta llegar al final.
Por entonces ya había perdido todo sentido de la orientación, pero sospechaba que estaba avanzando bajo el altar, bajo el Cristo de los cuernos del diablo bendiciendo y su malevolente mirada. Y allí estaba el centro de aquel laberinto de muerte: un gran trono de madera dorada, en buena parte podrida, donde había un cuerpo sentado, con las espléndidas ropas y la mitra de un obispo. Todo esto, el señor Pearsall lo vio a distancia, pero a medida que se iba acercando no miraba directamente a la figura. Intentó forzar la vista para mirar solamente las zapatillas, pues estaba convencido de que perdería la razón si miraba más arriba. Pero fue incapaz de luchar cuando una fuerza más fuerte que su propia mente le hizo levantar gradualmente la cabeza más y más arriba: la capa consistorial bordada en oro, las esqueléticas manos con el anillo episcopal rodeando holgadamente el hueso de un dedo, el báculo sujeto verticalmente en la otra mano, los huesos del rostro desnudos de toda carne, los risueños dientes amarillos, los ojos... ¡Los ojos! ¡No habían desaparecido! ¡Seguían vivos, penetrantes, mirando fijamente! ¡Dios mío! ¡Los mismos ojos del Cristo en el mosaico!
El encendedor cayó de la inerte mano del señor Pearsall, que se vio sumido en la oscuridad. Era un encendedor de forma cilíndrica, y pudo oír cómo rodaba fuera de su alcance. Por unos breves segundos tanteó inútilmente el suelo en su busca, luego se dio cuenta de que la búsqueda era inútil. Tendría que encontrar su camino de salida en una total oscuridad. ¿Cuan lejos estaba? ¿Cuántas vueltas había dado? Agitó sus brazos hacia delante y a ambos lados, caminó unos pocos pasos, tocó piedra, se volvió, anduvo un poco más hasta que encontró otro obstáculo, giró de nuevo... Fue en ese instante cuando empezó de nuevo a oír ruidos, un roce seco, horrible, que hubiese querido pensar que se trataba de una rata. Iba detrás de él. Avanzó más de prisa y chocó con uno de los cuerpos. Su rostro se enterró en la podrida tela y sintió cómo los brazos sin vida rodeaban sus hombros. Perdiendo completamente los nervios, gritó: un sonido ahogado que se extinguió rápidamente. Corrió a la ventura, golpeó contra otro cuerpo, volvió a correr y chocó de nuevo. Los cadáveres se estaban derrumbando a todo su alrededor, y sin embargo aún se oía un roce como si se arrastraran y un seco y sepulcral crujido detrás de él, también moviéndose. No rápidamente, pero pronto le alcanzaría si no conseguía hallar las escaleras. Cayó, se cortó en las manos y gritó de nuevo, pero no de dolor. Perdió la cuenta de cuántas veces tropezó con obstáculos, hasta que, lleno de arañazos y sangrante, no pudo ir más allá y se cubrió las espaldas apoyándolas contra el muro de piedra. El sonido susurrante estaba muy cerca ahora. Luz. ¡Necesitaba luz! Había perdido su encendedor y no tenía cerillas. Frenéticamente, sus manos rebuscaron en sus bolsillos esperando un milagro. ¡Por supuesto! ¡Los cubos de flash para su cámara! Con dedos temblorosos, extrajo uno y tanteó durante lo que le pareció una eternidad hasta conseguir encajarlo en su lugar. Pulsó el disparador y nada. ¡Un fracaso! Le dio un cuarto de vuelta y probó otra vez. Nada tampoco. El sonido susurrante estaba ahora tan sólo a unos pocos centímetros. ¡Piensa hombre, piensa! ¡Claro! Había olvidado correr la película, así que el flash no podía funcionar. Haz pasar la película a inténtalo de nuevo... justo a tiempo...
En el cegador instante pudo verle a no más de un metro de su rostro: las ropas doradas, la mitra, el cráneo, y los ojos, los terribles ojos...
Debió de perder el conocimiento. Cuando despertó, estaba rodeado por la brillante luz del día, tendido en el asiento trasero del autocar, y Giuliano se inclinaba sobre él. El otro turista le había dicho dónde se había dirigido el señor Pearsall, y cuando vieron que no regresaba a tiempo, Giuliano y Umberto se habían dirigido a la iglesia en su busca. Al entrar por la puerta sur (negaron categóricamente que estuviese cerrada) oyeron sus gritos desde la cripta y vieron el flash. Lo encontraron sin dificultad: estaba a pocos metros de las escaleras.
Giuliano se sentía más aliviado que irritado, pero reprendió al señor Pearsall por desordenar los cuerpos de la catacumba. Chocar contra ellos en la oscuridad podía considerarse una falta de cuidado y poco respeto, pero arrastrar deliberadamente un cuerpo desde su lugar de reposo... y además el cuerpo de un obispo...
El señor Pearsall no tuvo fuerzas para discutir.




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