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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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sábado, 5 de octubre de 2013

Dia De Suerte - Mary Higgins Clark



Mary Higgins Clark






Era un frío miércoles de Noviembre, Nora andaba deprisa, agradeciendo que la parada del metro solo estuviera a dos manzanas de distancia. Ella y Jack habían  tenido suerte al conseguir un apartamento en  Claridge House cuando se inauguro hacia seis años. De la forma en que habían subido los alquileres para los nuevos inquilinos, ahora ya no se lo hubieran podido permitir. Y su situación entre la tercera y la ochenta y siete lo hacía asequible  para el metro y autobús y para los taxis también. Pero los taxis no entraban en su presupuesto.
Hubiera deseado llevar algo mas caliente que la cazadora que le regalaron en la fiesta para celebrar la ultima película en la que había trabajado llevaba el nombre de la película bordado en el bolsillo, lo cual era una prueba visible de que tenía una sólida experiencia como actriz.
Se detuvo en la esquina. El semáforo estaba en verde, pero el tráfico estaba dando la vuelta, y tratar de cruzar podía costarle la vida a cualquiera. La próxima semana era el día de Acción de Gracias. Entre Acción de Gracias y Navidad, Manhattan sería un gran aparcamiento para coches. Trató de no pensar en que Jack no cobraría la paga extra de Navidad de Merrill Lynch. Durante el desayuno le había dicho que era uno de los que iban a despedir en Merrill Lynch, pero que esa misma mañana empezaba un nuevo trabajo. Otro trabajo distinto.
Cruzó corriendo la calle cuando el semáforo se puso en rojo, y casi la atropella un taxi que había pasado con el semáforo en ámbar. E! taxista le gritó: —No seguirás tan guapa si te aplastan, cariño. —Nora se dio la vuelta. El le estaba levantando el dedo corazón. En un impulso, ella hizo lo mismo y después se avergonzó de haberlo hecho. Corrió a lo largo de la manzana, ignorando los escaparates y pasando junto a una mujer metida en un saco de dormir, que estaba echada junto a la fachada de una tienda.
Estaba a punto de bajar las escaleras de la boca del metro, cuando oyó que alguien le llamaba. —Hey, Nora, ¿es que ya no saludas? —Junto al quiosco de periódicos, Bill Regan, con una sonrisa en su rostro que descubría su dentadura postiza demasiado brillante, le entregó un ejemplar plegado del Times—. Estás soñando despierta, —le dijo.
—Supongo que sí.
Ella y Bill habían entablado cierta amistad por sus encuentros diarios. Bill, un repartidor jubilado, ayudaba al vendedor del quiosco que era ciego, durante la bulla de la mañana, y después trabajaba como mensajero. —Esto me tiene ocupado, —le había explicado a Nora—. Desde que murió May, la casa está demasiado solitaria. Así tengo algo que hacer. Conozco a mucha gente simpática y puedo hablar mucho. May siempre decía que era un gran hablador.
El gran error que ella había cometido era que cuatro meses antes, el día del aniversario de la muerte de May, obedeciendo a un impulso, había invitado a Bill a tomar una copa. Ahora, este había cogido !a costumbre de ir a ver!a cada semana o cada dos semanas con alguna excusa, para que le dejara entrar. Jack ya estaba harto. Una vez dentro del apartamento, Bill se quedaba por lo menos dos horas, hasta que ella decidía echarle o invitarle a cenar.
—Tengo un presentimiento, Nora, —dijo Bill—. E! presentimiento de que hoy es mi día de suerte. Esta tarde se sortea el gordo.
El gordo de la Lotería Estatal iba ya por trece millones de dólares. Hacía seis semanas que no se había vendido el gordo. —Me he olvidado de comprar un número, —dijo Nora—. Pero no creo que tuviera esa suerte. —Cogió algunas monedas sueltas del bolsillo—. Más vale que me dé prisa, tengo una audición.
—Que tengas suerte. —Bill estaba claramente orgulloso de sus conocimientos del argot del show-business—. Siempre te lo he dicho. Eres la viva imagen de Rita Hayworth, cuando actuó en “Gilda”. Serás una estrella. —Por un instante, se miraron a los ojos. Nora se sentía tontamente impresionada. La habitual expresión dolorida había desaparecido momentáneamente de los ojos azul pálido de Bill. Unos mechones de pelo de color gris amarillento le caían por la frente. Su sonrisa parecía congelada en sus labios.
—De una forma u otra, tal vez ambos tengamos suerte, —dijo ella—. Hasta luego, Bill.
  En el teatro, había ya diecinueve esperanzadas candidatas delante de ella. Le dieron un número y trató de encontrar un lugar donde sentarse. Se le acercó alguien que le era familiar. El año pasado, Sam y ella habían tenido unos pequeños papeles en una película de Bogdanovich.
—¿Cuántos papeles van a repartir?, —preguntó ella.
—Dos. Uno para ti y otro para mí.
—Muy gracioso.
Era la una cuando finalmente le tocó. Era imposible decir si lo había hecho bien o mal. El autor y el productor estaban ahí, sentados con los rostros impasivos.
Más tarde fue a una audición para una película industrial de J.C. Penney. No estaría mal conseguir ese papel: serían tres días de trabajo.
  Había otro sitio donde quería dejar su fotografía, pero a las cuatro y media decidió no hacerlo e irse a casa. La intranquilidad que había sentido todo el día se había convertido en una gran depresión. Fue hacia una boca del metro, y llegó al andén justo en el momento en que el metro salía, luego se sentó cansada en un banco forrado de grafitti.
Esto le dio tiempo para hacer lo que había evitado hacer en todo el día. Pensar. Pensar en Jack. Pensar en ella y Jack. En que el apartamento se iba a poner en venta y que ellos no podían permitirse el lujo de comprarlo. Jack, cambiando de trabajo otra vez. Incluso en Manhattan, las empresas de inversiones estaban contadas. Ella ni siquiera sabía como se llamaba esa nueva empresa.
 
Tenía que afrontarlo. Jack odiaba las ventas. Se había metido en ellas sólo para tener ingresos mientras ella trataba de triunfar como actriz. Los fines de semana, escribía. Habían llegado a Nueva York con la tinta de los títulos universitarios todavía mojada, los anillos de casados todavía relucientes, convencidos de que en Manhattan iban a triunfar. Y ahora, seis años después, la frustración de Jack se mostraba de cien maneras distintas.
Un tren repleto entró en la estación. Nora se levantó, empujó para poder entrar y se agarró a una barra. Tratando de guardar el equilibrio, pensó que estaría lloviendo. La gente a su alrededor tenía los abrigos mojados y el olor a zapatos húmedos inundaba el vagón.
El apartamento le pareció un paraíso después de ese día. Las ventanas daban al East River, el Puente Triborough y Gracie Mansion. A Nora le parecía mentira que ninguno de los dos hubiera nacido en Manhattan. Simplemente eran neoyorquines. Si consiguiera un papel en una serie, al menos podría llevar los ingresos durante una temporada y esto le daría a Jack la posibilidad de escribir. Había estado cerca varias veces. Algún día lo conseguiría.
No le tenía que haber regañado por la mañana. Había estado tan avergonzado al admitir que había perdido el trabajo en Merrill Lynch. ¿Se había hecho ella tan crítica inconscientemente, que él no era capaz de hablar con ella, o tal vez estaba perdiendo la confianza en sí mismo? Te quiero, Jack, pensó. Fue a la cocina y cogió un trozo de queso y un racimo de uvas de la nevera. Lo prepararía junto con la jarra de vino, para cuando él llegara a casa. Arreglando la bandeja, sacando la copas de vino, sacudiendo los cojines del sofá y bajando la intensidad de las luces, de forma que se acentuara el perfil de la ciudad, disminuyó la preocupación que sentía Nora. No se dio cuenta hasta que entró en el dormitorio para cambiarse de ropa y ponerse un kaftan, de que la luz del contestador automático estaba parpadeando.
Había un mensaje. Era de Bill Regan. Su voz excitada dijo: —Nora, no salgas. Tengo algo que celebrar contigo. Iré a las siete. Nora, te lo dije. Lo sabía. Hoy es mi día de suerte.
Dios mío. Lo que le faltaba a Jack, que Bill Regan estuviera ahí esa noche. Día de suerte. Tenía que ser la lotería. Seguramente había vuelto a ganar algunos cientos de dólares. Ahora seguro que se quedaría toda la noche o insistiría en llevarlos a cenar a cualquier restaurante.
Si Jack pensaba que llegaría tarde, llamaba siempre antes. Esa noche no. A las seis, Nora mordisqueó un trocito de queso, a las seis y media se echó una copa de vino. Si al menos Jack hubiera llegado temprano. Habrían estado solos un rato hasta que llegara Bill.
A las siete y media, todavía no había llegado ninguno de los dos. Bill nunca llegaba tarde. Si hubiera cambiado de planes, seguramente habría llamado. La desesperación se mezcló con su preocupación. Viniera o no, la noche estaba arruinada. ¿Y dónde estaba Jack?
A las ocho, Nora no sabía qué hacer. No recordaba el nombre de la nueva empresa donde trabajaba Jack. La empresa de mensajeros en el Fisk Building en la Calle Cincuenta y siete Oeste donde trabajaba Bill estaba cerrada. ¿Habría ocurrido un accidente? Si al menos hubiera podido enterarse de las noticias locales. Y Bill siempre pasaba por el Central Park cuando iba a su casa. Decía que así hacía ejercicio. Lo hacía aunque lloviera. Treinta manzanas por el parque. En una noche como esa, no habría nadie haciendo footing. ¿Le habría pasado algo?
Jack llegó a las ocho y media. Su delgado rostro estaba pálido como el de un muerto, las pupilas agrandadas. Cuando ella corrió a su encuentro, la abrazó y empezó a mecerla. —Nora, Nora.
—Jack, ¿qué ha pasado? He estado tan preocupada. Tú y BilI, ambos tan tarde...
El la retiró. —No me digas que estás esperando a Bill Regan.
—Sí. Ha llamado. Dijo que estaría aquí a las siete. Jack, ¿qué te pasa? Siento lo de esta mañana. No quería hacer que te enfadaras. Jack, no me importa que cambies de empresa. Sólo estoy preocupada por ti... Tal vez yo pueda dejar de actuar una temporada y buscar un trabajo con unos ingresos regulares. Te daré tu oportunidad. Jack, te quiero.
Oyó un sonido ahogado, entonces notó que sus hombros empezaban a moverse. Jack estaba llorando. Nora atrajo su cabeza hacia sí, la acarició. —Lo siento. No sabía que te sintieras tan mal.
El no contestó, sólo la apretaba contra sí. Nora y Jack. Se habían conocido hacía diez años, en su primer día en Brown. Ella se había sentido atraída por la tranquila intensidad que sentía en él, por su delgado e inteligente rostro, la rápida sonrisa, que conseguía que se desvaneciera su habitual expresión seria. Chico conoce a chica. Después de ese primer encuentro, ninguno de los dos se interesaba por ningún otro.
Ahora, ella le quitó la chaqueta, una imitación de Burberry, comprada en las rebajas. —¡Jack, estás empapado!
—Supongo que sí. Oh, cariño, tengo que hablar contigo, pero esperaré. Dices que va a venir Bill. —Empezó a reírse, pero de nuevo se le saltaron las lágrimas.
Como un niño obediente acató la orden de tomarse una ducha caliente. Algo había ocurrido, pero no podrían hablar hasta que llegara y se fuera Bill Regan.
¿Qué le habría pasado a Bill Regan? Vivía en Queens. Les había enseñado unas fotografías del viejo bungalow. Tal vez el número de teléfono figurara en la guía. Le parecía imposible que hubiera podido olvidarse de la cita, aunque ya tenía setenta y cinco años.
Había una docena de Regans en Queens. Desesperadamente Nora trató de recordar la dirección.
Colgó el teléfono y buscó la lista de gente a la que mandaba una postal para Navidad. El año anterior le había pedido a Bill su dirección, para poderle mandar una. Cuando encontró la dirección, volvió a marcar el número de información y le dieron el número. Pero nadie cogía el teléfono en casa de Bill.
Desde el dormitorio oyó un fuerte ruido metálico. ¿Qué diablos estará haciendo Jack?, pensó, pero se olvidó rápidamente y volvió a marcar el número de BilI. Simplemente no estaba en casa.
Jack salió en pijama y albornoz. Parecía más tranquilo, aunque su gravedad podía hacer crujir el aire, como si estuviera cargado de corriente estática. Engulló una copa de vino y empezó a comerse el queso ansiosamente.
—Debes estar medio desmayado. Todavía queda alguna salsa de espaghettis del otro día. —Como si se excusara, Nora se encaminó hacia la cocina.
Jack la siguió. —No estoy inválido. —Empezó a preparar una ensalada, mientras ella puso el agua a cocer para la pasta. Poco después, oyó una fuerte aspiración. Rápidamente se volvió para mirarlo. Jack se había cortado gravemente en un dedo. Le salía mucha sangre. Ambas manos le temblaban. Trató de quitarle importancia—. A quién se le ocurre. Se me escapó el cuchillo. Nora, no pasa nada. Ve a buscar una tinta o algo.
No pudo convencerle de que la raja era profunda, de que tal vez necesitara algún punto. —Te digo que no es nada.
—Jack, te pasa algo. Por favor, dime lo que es. Si has perdido tu nuevo empleo, no te preocupes, ya nos las arreglaremos.
El empezó a reír, una risa extraña, profunda, que parecía proceder del interior de su pecho, una risa que parecía excluirla a ella. —Cariño, lo siento, —logró decir finalmente—. Dios, vaya noche. Tráeme algunas tiritas y vamos a comer. Hablaremos después. Los dos estamos demasiado nerviosos ahora.
—Pondré tres cubiertos por si aparece Bill.
—¿Por qué no pones cuatro, por si se ha ligado a una rubia?
—¡Jack!
—Qué diablos, vamos a comer y se acabó.
Comieron en silencio. El hueco a la derecha de Nora era un visible recuerdo de que Bill se había retrasado. Bajo la luz parpadeante de las velas, el vendaje en el dedo de Jack fue tomándose de un color rojo claro a una mancha marrón oscura.
La salsa Bolognese era la especialidad de Nora, pero no era capaz de tomarse ni un bocado. El color de la salsa se parecía demasiado al de la sangre de Jack. La desesperación comenzaba a producirle una enorme tensión en la espalda. Finalmente, retiró su silla. —Tengo que llamar a la policía para ver si alguien que responda con la descripción de Bill ha sufrido un accidente.
—Nora, Bili hace repartos por todo Manhattan. ¿Por qué comisaría vas a empezar?
—Con la que tenga al Central Park bajo su jurisdicción. Si ha sufrido un accidente mientras trabajaba o se ha puesto enfermo, alguien lo habrá llevado al hospital. Ya sabes la manía que tiene de cruzar el parque.
Llamó a la comisaría local. —El parque tiene su propia comisaría, la Veintidós. Le daré el número.
El sargento que contestó a su llamada la tranquilizó.
—No señora, no tenemos informes de que haya habido jaleo en el parque. Incluso los atracadores quieren mantenerse secos esta noche. —Se rió de su propia gracia—. Claro, tomaré nota de su descripción y su nombre, y también del suyo. Pero no se preocupe. Seguramente sólo se ha retrasado.
—Si hubiera ido al hospital porque se encontraba mal, ¿usted lo sabría?
—¿Está bromeando? Los únicos ingresos en urgencias que controlamos son los que entran con heridas de navaja o balas. No podemos enviar a un policía cada vez que alguien vaya porque le duele el estómago. ¿Entiende?
—Entonces, ¿cree que debo llamar yo misma a los servicios de urgencia de los hospitales?
—No estaría de más el hacerlo.
Nora le dijo a Jack lo que le había dicho el policía y notó que ahora Jack parecía estar más tranquilo. —Yo buscaré los números, tú marcas, —dijo él.
Empezaron por los hospitales más grandes de Manhattan.
Un hombre que respondía a la descripción de Bill había sido llevado al hospital Roosevelt sin papeles de identificación. Había sido atropellado por un coche en la Calle Cincuenta y siete, cerca de la Octava Avenida. Le pidieron a Nora que fuera para ver si era Bill y lo podía identificar. Estaba en coma y tenían que ponerse en contacto con algún familiar para pedir consentimiento y poder operarlo.
Ella estaba segura de que era Bill. —Tiene una sobrina en Maryland, —dijo—. Si es Bill, puedo ir a su casa y tratar de encontrar su nombre.
No quería que Jack también fuera, pero él insistió. Se vistieron en silencio, y Jack manchó de sangre su ropa interior, su jersey y sus tejanos. Cuando se puso las zapatillas Adidas señaló a la cama. —No te puedes imaginar cómo deseaba acostarme contigo esta noche.
—¿En pasado? —La respuesta salió de forma automática. En su mente se le apareció el rostro de Bill. Ese anciano tan cariñoso, con la tristeza formando parte de su expresión, su necesidad de hablar, hablar, hablar, de interesar a alguien, tratar de que alguien le escuchara. —Y Nora, me dije a mí mismo, no te puedes quedar mucho tiempo más en Queens. La casa no es la misma sin May. El techo necesita una reparación y el trabajo en el jardín es demasiado pesado. Con un poco de suerte, me iré a Florida, como el resto de los viejos. Tal vez incluso a alguna residencia, como el Cocoon, donde pueda hacer muchos amigos nuevos.
Cogieron un taxi al hospital Roosevelt. La víctima del accidente se encontraba en una zona del servicio de urgencia, separada por cortinas, con tubos en la nariz, la pierna entablillada, y una botella de suero conectada al brazo. El hombre tenía los ojos cerrados, y el vendaje le cubría medio rostro. Su respiración era irregular y débil. Pero el pelo gris era demasiado fino. Bili tenía el cabello grueso. Ella debería haberse acordado de decírselo. —No es el señor Regan, —le dijo Jack al médico.
Cuando se volvieron, Nora le dijo a Jack que se curara el dedo ahí.
—Vámonos, —contestó él.
Se apresuraron en salir, ambos deseaban dejar atrás el olor a medicamentos y desinfectantes, la imagen de una camilla que estaban éntrando en ese momento.
—Moto, —decía un camillero—. El imbécil se puso justo delante de un autobús. —Lo decía en un tono enfadado y frustrado a la vez.
El teléfono estaba sonando cuando llegaron a casa. Nora corrió para cogerlo.
Era el sargento de policía que había sonado tan jovial cuando había hablado con él anteriormente.
—Señora Barton, me temo que su presentimiento era correcto. Hemos encontrado un cuerpo en el Central Park, cerca de la Calle Setenta y cuatro. Los papeles que lleva en su cartera le identifican como William Regan. Nos gustaría que viniera a hacer la identificación positiva.
—Su pelo, ¿es grueso... gris amarillento, pero grueso para un hombre de su edad? ¿Sabe?, el otro fue una equivocación. Tal vez este también lo sea.
Pero ella sabía que no era una equivocación. Por la mañana ya sabía que algo iba a pasarle a Bill. Por la mañana al despedirse de él lo había sabido. Notó como Jack le quitó el teléfono. Estupefacta oyó que le decía que sí, que iría inmediatamente al depósito para una identificación positiva. —Me gustaría no tener que someter a mi mujer... De acuerdo. Entiendo. —Colgó e! teléfono y se volvió hacia ella.
Como a través de un cristal roto, ella vio que a su marido le había dado un tic nervioso en la mejilla. Al llevarse las manos a la cara para tratar de detenerlo, gimió de dolor. El vendaje volvió a enrojecer. Entonces los brazos de Jack la rodearon. —Cariño estoy seguro de que es Bill. Quieren que vayamos los dos. Me gustaría poderte ahorrar esto, pero quieren hablar contigo. Le han roto la cabeza. No había dinero en su cartera. Creen que fue un atracador.
Sus brazos parecían cintas de acero, que la aplastaban. Ella trató de soltarse. —Me estás haciendo daño...
No parecía oírla. —Nora, acabemos con esto. Trata de pensar que Bill ha tenido una vida larga. Mañana... oh cariño, espera y verás. El mundo, todo parecerá distinto... será distinto. —Incluso a pesar del shock en que se encontraba se dio cuenta de que la voz de Jack sonaba distinta, muy aguda, casi histérica.
—Jack, suéltame. —Su propia voz era un grito. El dejó caer sus brazos y la miró fijamente.
—Nora, lo siento. ¿Te hacía daño? No me daba cuenta... Dios, acabemos con esto de una vez.
Por tercera vez en menos de dos horas pararon un taxi. Pero esta vez tuvieron que esperar varios minutos, antes de poder hacerlo. Había doce mil taxis en Manhattan y todos estaban ocupados.
La lluvia se estaba convirtiendo en aguanieve. Algunas gotas que lograban evitar el paraguas, golpeaban a Nora en la cara. Incluso con su gabardina, forrada con la lana del abrigo que había tenido cuando iba a la universidad, tiritaba. El impermeable de Jack había estado demasiado empapado como para poder ponérselo, y su abrigo se estaba mojando también, a causa de sus inútiles idas y venidas. Finalmente un taxi libre se detuvo delante de ellos. La ventanilla se abrió un poquito.
—¿Hasta donde van?
—El... quiero decir Treinta y uno y Primera.
—De acuerdo. Suban.
El taxista era locuaz. —No tengo ganas de conducir esta noche. Voy a plegar temprano. Hace una noche como para llegar temprano a casa y acostarse.
Ahora Bill debería estar en casa, esa vieja casita que él y May compraron en 1.931. Debía haber muerto en su cama, pensó Nora. No merecía estar tirado en el frío y la lluvia. ¿Cuánto tiempo habría estado ahí tirado? ¿Habría muerto en el acto? Ella rezaba para que así fuera.
Era evidente que el hombre que se les acercó cuando entraron en el edificio les estaba esperando. Parecía tener cerca de cuarenta años y tenía el pelo rubio y unos ojos pequeños, pero de miradá intensa. Se presentó como Detective Peter Carlson y les acompañó a un pequeño despacho. —Estoy seguro de que la identificación será positiva cuando vean el cuerpo, —dijo——. Si creen que les es posible, me gustaría hacerlo ahora mismo. Si piensan que el hecho de verle les puede perturbar, podemos hablar primero.
—Yo quiero estar segura. —Sabía que él los estaba observando. ¿Qué estaría viendo? Deberían tener un aspecto horrible. ¿Se preguntaría por qué ella había llamado con tanta insistencia, para dar cuenta de un Posible crimen antes de que el cuerpo fuera hallado?
Jack golpeaba el suelo con el pie —un sonido continuo, fastidioso—, él, que siempre parecía tan tranquilo, que parecía obligado a no manifestar dolor o preocupación... Había empezado el día con ella regañándole. ¿Habría roto algún escudo protector que él necesitaba?
Como por telepatía los tres se levantaron. —Terminaremos en seguida.
Ella esperaba que les condujera a una sala con muchas losas colocadas en fila. Así era como se hacía en las películas. Pero el Detective Carison les acompañó a través de un pasillo hacia una ventana con cortinas.
Inconscientemente Nora recordó las ventanas de la sección de maternidad de los hospitales, recordó la primera vez que había visto a sus hermanos, cuando estos nacieron. Cuando se abrió la cortina no fue un recién nacido lo que vio, sino el rostro inmóvil y pálido de Bill Regan. Estaba tapado hasta el cuello con una sábana, un esparadrapo le tapaba la boca, tenía la frente machacada, y su pelo parecía más fino ahora.
—No hay duda, —dijo Jack.
Con la mano en su hombro, trató de alejarla de la ventana. Por un momento, parecía que no se iba a poder mover del sitio, miraba fijamente la boca de Bill. Era como si hubiera sido retirado el esparadrapo, y la sonrisa demasiado brillante lo hubiera reemplazado, y volvió a oír la ronca y esperanzada voz. —Tengo un presentimiento Nora, el presentimiento de que hoy es mi día de suerte.
Arriba en el despacho le contó su conversación al Detective Carlson, le contó que realmente tenía suerte en la lotería. Vanas veces le habían tocado algunos cientos de dólares y siempre decía que le iba a tocar el gordo. —Cuando hablaba de su “día de suerte”, se refería a la lotería. Estoy segura. Incluso creo que sería uno de los agraciados con el gordo.
—Sólo ha habido un ganador, —le dijo el Detective Carlson—. Si no me equivoco, nadie ha reclamado el premio todavía. ¿Está segura de que Bili Regan tenía un boleto?
—Me dijo que tenía uno.
—Pues no llevaba ninguno encima cuando lo encontramos. Pero quienquiera que haya vaciado su cartera se lo puede haber llevado sin saber lo que esto suponía. Supongamos que le tocara el gordo. ¿Es probable que fuera por ahí hablando de ello? Si se lleva un número de lotería encima es como llevar el dinero en efectivo.
Nora no se daba cuenta de que estaba sonriendo. Se echó el pelo hacia atrás notando que se le había rizado por la lluvia. —Te pareces a Rita Hayworth en “Gilda”,
—había dicho. Ahora le hubiera gustado decirle que había representado a Gilda y que realmente había un gran parecido. A Bill le hubiera gustado oír eso. Pero era tan difícil meter baza con Bill. Eso era lo que le había preguntado el Detective Carison.
—Bill era un hablador, —dijo----. Lo hubiera dicho.
—Pero ha dicho que por teléfono no especificó de qué se trataba. Sólo que era su día de suerte. Eso puede significar un aumento de sueldo, una buena propina al entregar algo, encontrarse dinero en la calle. Puede significar cualquier cosa, ¿verdad?
—Yo creo que tiene algo que ver con la lotería, —insistió Nora.
—Lo controlaremos, pero ha habido una serie de atracos en esa zona durante las últimas semanas. Cogeremos al atracador... y si ha matado al señor Regan, pagará por ello, se lo aseguro.
Mató al señor Regan. Ella nunca había pensado en Bill como “el señor Regan”.
Miró a Jack. Este miraba el suelo fijamente, y había empezado de nuevo a golpear el suelo con el pie. Entonces ocurrió algo. El despacho empezó a dar vueltas. Se estaba cayendo, y no podía respirar. Trató. de gritar “Jack”, pero sus labios no se movían. Notó como se caía de la silla.
Cuando abrió los ojos se encontraba en el duro sofá, cubierto de plástico. Jack presionaba una compresa fría contra su frente. Desde lo que le pareció una distancia enorme oyó al Detective Carison preguntarle a Jack si quería llamar a una ambulancia.
—Estoy bien. —Ahora podía hablar. Su voz era tan débil que Jack tuvo que acercar el oído a su boca para poder oír sus palabras. Sus labios tocaron su mejilla—. Quiero irme a casa, —murmuró.
Esta vez no tuvieron que esperar un taxi. Carison llamó a un coche patrulla. Nora trató de disculparse.
—Creo que no me he desmayado en mi vida... Es sólo este horrible presentimiento que he tenido todo el día, y ver ahora que se ha cumplido...
—Ha sido de gran ayuda. Me gustaría que todo el mundo se ocupara un poco de esos pobres ancianos.
Se encaminaron hacia la salida, ambos hombres la sujetaban, una mano firme bajo cada brazo. Fuera, la lluvia estaba aminorando, pero la temperatura había descendido radicalmente. Ahora el aire frío le sentaba bien.
—¿Qué va a pasar ahora?, —le preguntó Jack a Carison cuando arrancó el coche patrulla.
—Depende mucho de la autopsia. Patrullaremos más por el parque. Es una locura que alguien atravesara el parque en una noche así. Sólo teníamos algunos patrulleros en la calle, no había policías de paisano. Les tendremos informados.
Esta vez fue Jack el que insistió en que ella se tomara una ducha caliente, luego la estaba esperando con una limonada caliente y una píldora para dormir, cuando salió del cuarto de baño.
—Una píldora para dormir. —Nora miró la cápsula roja y amarilla—. ¿Cuándo te las han recetado?
—Oh, cuando fui al médico el mes pasado le dije que no dormía muy bien.
—¿Y cuál te dijo que era la causa?
—Una pequeña depresión. Nada de importancia. Pero no quería que te preocuparas. Vamos, acuéstate.
El inicio de una depresión. Y no le había dicho nada. Nora recordó todas las noches en que le había estado hablando de los buenos papeles que había obtenido:
“sólo es para unos días, pero el director es Mike Nichois”, o de las críticas de su primer papel fuera de Broadway la primavera pasada. Jack había compartido su alegría, le había preguntado si seguiría con él, después de que se hiciera famosa, y había vuelto a la infinidad de empleos, vendiendo obligaciones. La novela que por fin había terminado, había tenido éxito en las editoriales. “No es exactamente nuestro estilo, pero pruebe de nuevo”. El desaliento en sus ojos cuando decía: —Después de un día de ventas, cuando sé que no soy un vendedor, tratando de parecer entusiasmado cuando un valor sube, cuando en realidad no me importa. No sé, Nora, es como si perdiera la inspiración. Me voy a la máquina de escribir y nada sale como yo quiero. Sé que está ahí, pero no sale. No puedo escribir como yo quiero, si pienso en que el lunes tengo que volver a ese manicomio.
Ella no le había escuchado de verdad. Le había dicho lo orgullosa que estaba de que su primera novela no fuera rechazada rotundamente, que algún día, cuando fuera famoso, contaría esos primeros rechazos; todo formaba parte del juego.
El dormitorio servía también como despacho para Jack. Su máquina de escribir estaba sobre el pesado escritorio de roble que compraron de rebajas. Además tenía botes de typex, una taza sin asa, que servía para meter los lápices y los marcadores, la pila de papel que era su nuevo manuscrito, el manuscrito que no crecía.
—Vamos, tómate la limonada y los dos nos tomaremos una píldora para dormir.
Ella obedeció, sin atreverse a hablar, preguntándose si el amor que sentía por él se reflejaría en sus ojos. No le extrañaba que Bill hubiera estado tan necesitado de compañía. Si algo le pasaba a Jack, no querría despertar jamás.
Jack se acostó junto a ella, le quitó la taza de la mano y apagó la luz. Sus brazos buscaron su cuerpo. —¿Sabes esa canción sobre “dos personas soñolientas”? Si alguien me hubiera dicho que este día acabaría así...
Nora durmió profundamente y por la mañana despertó con la sensación de haber estado soñando toda la noche, sin poder recordar el qué. Le costó trabajo abrir los ojos, era como si tuviera los párpados pegados con pegamento. Cuando finalmente se incorporó, apoyándose sobre un brazo, vio que Jack ya no estaba. Las dos agujas del reloj estaban sobre el nueve. Las nueve menos cuarto. Ella nunca se levantaba tan tarde. Tratando de salir del letargo, se puso la bata y fue a la cocina. La cafetera estaba preparada, Jack le había hecho zumo de naranja fresco, otro de esos pequeños detalles que ella consideraba normales. El sabía cuánto le gustaba el zumo recién hecho, aunque él se conformaba con el zumo de paquete.
El ya se había vestido para el trabajo. No parecía haber perdido nada de la tensión de la noche anterior. Unas enormes ojeras demostraban que la píldora había tenido poco efecto. Cuando la besó, sus labios estaban secos y febriles. —Ahora sé cómo tener paz y tranquilidad por las mañanas. Darte una dosis que te deje K.O..
—¿A qué hora te has levantado?
—Sobre las cinco. O tal vez las cuatro, no lo sé.
—Jack, no vayas al trabajo. Siéntate y hablemos. Hablemos en serio. —Trató de oprimir un bostezo—. Dios, no consigo despertarme. ¿Cómo es posible que haya gente que se toma esas píldoras cada noche?
—Mira, tengo que irme. Hay algunas cosas que debo hacer... Sea como sea, tú vuelve a la cama y sigue durmiendo. Yo vendré temprano, no más tarde de las cuatro, y esta noche... esta noche será algo especial.
Otro bostezo y la sensación de que se le iban a cerrar los ojos, hicieron ver a Nora que ese no era el momento de hablar con Jack. —Pero si vas a venir más tarde, llama. Anoche estaba muy preocupada.
—No llegaré tarde, te lo juro.
Nora apagó la cafetera, se bebió el vaso de zumo de camino al dormitorio, y en tres minutos volvió a estar dormida. Esta vez, no tuvo sueños y cuando el teléfono la despertó dos horas después, sentía la cabeza despejada.
Era el Detective Carison. —Señora Barton, creí que le gustaría saberlo. Me puse en contacto con el servicio de mensajeros donde trabajaba Bill Regan. Volvió ahí alrededor de las seis de la noche, justo antes de que cerraran. Algunos de los otros mensajeros estaban a punto de acabar el trabajo. Estaba excitado; estaba feliz; dijo que ese día había sido su día de suerte, pero cuando le preguntaron qué significaba eso, cerró la boca y sólo les miró de forma misteriosa. La autopsia está programada para esta tarde. Nuestra teoría es que, por el golpe recibido en la cabeza y la cartera vacía, fue atacado por el atracador que intentamos arrestar.
Están equivocados, pensó Nora. Trató de no parecer crítica cuando dijo: —Lo que me intriga es que si fue atracado, ¿por qué no se llevaron la cartera? No creo que Bill llevara nunca más de unos dólares. ¿Llevaba mucha calderilla en el bolsillo, o quizás algunas fichas?
—Un par de dólares en calderilla, y unas seis fichas. Señora Barton, sé que no está satisfecha, porque usted quería al señor Regan. Si un atracador tiene tiempo, no se lleva la cartera. De esa forma, si es arrestado, nunca la lleva encima. El viejo tenía unos bolsillos profundos. Si el atracador cogió la cartera y encontró lo que quería, tal vez no se tomó la molestia de registrarle los bolsillos, buscando calderilla. No hay manera de saber con seguridad si el señor Regan llevaba dinero encima o no, ¿verdad?
—No, claro que no. ¿Ha controlado lo del boleto de lotería?
Ahora la voz de Carison se hizo más formal, con un toque de desaprobación. —No tenía ningún boleto de lotería, señora Barton.
Cuando Nora colgó, una frase de la conversación seguía repitiéndose en su mente. “No está satisfecha”. No, no lo estaba.
Calentó e! café y se vistió rápidamente. Había algo que tenía que hacer. No tendría paz consigo misma si no lo intentaba.
Estás loca, se decía a ella misma cuando se apresuraba calle abajo. El tiempo había cambiado dramáticamente. Hacía sol y el viento era cálido, un día más digno de abril que de noviembre. Era mejor así. Se alegraba de poder llevar la chaqueta que le regalaron al entrar en el reparto de la película. Su gabardina y el abrigo de Jack todavía estaban húmedos de la noche anterior cuando habían ido al depósito de cadáveres. El abrigo que Jack había llevado al trabajo el día anterior todavía estaba chorreando, así que había tenido que ponerse su viejo Mackintosh. Un deshauciado estaba clasificando los bocadillos medio comidos que había sacado de la basura. ¿Dónde estaría la mujer que estaba en el saco de dormir? ¿Habría encontrado refugio la noche anterior?
Al llegar al quiosco, apartó la vista. El propietario ciego se preguntaría qué le habría pasado a Bill que no iba a ayudarle esa mañana. Pero ella no se encontraba con fuerzas para contárselo ahora.
Tomó el Lexington Avenue Express hasta la Calle Cincuenta y nueve, donde hizo transbordo, luego cogió el tren, y fue hacia el Fisk Building. El Servicio de Mensajeros Dynamo Express constaba de una sola oficina en el quinto piso.
Todo el mobiliario que tenían era un escritorio con una cónsola de teléfonos, varios archivos de tres cajones de color gris fragata, y dos bancos en los que esperaban varios hombres pobremente vestidos. Cuando cerraba la puerta, el hombre que estaba detrás del escritorio, dijo de forma desagradable: —Tú, Louie, vé a la Calle Cuarenta. Debes llevar un mensaje a Broadway y Diecinueve. Léeme esto, para que yo sepa que lo has entendido. No quiero que pierdas el tiempo equivocándote de dirección.
El delgado anciano que estaba sentado en medio del banco se levantó, deseoso de complacerle. Mientras Nora miraba, leyó las instrucciones con mucha dificultad.
—Está bien. Vé a por ello.
Por primera vez, el hombre del escritorio miró a Nora. Llevaba un peluquín que no le estaba bien. Tenía unas mejillas gordas, en enorme contraste con una nariz larga y delgada. Sus ojos, de color de peniques oxidados, recorrieron su cuerpo, desnudándola mentalmente. —¿En qué puedo servirla, encantadora señora?
—Su voz ahora era halagadora, totalmente distinta de la voz gritona e irónica de hacía un instante.
Al dirigirse hacia él, las luces en la cónsola del teléfono empezaron a parpadear y sonó un zumbido. El apretó varios botones. —Servicio de Mensajeros Dynamo Express, espere por favor. —Sonrió a Nora—. Que esperen.
Ya sabía lo de Bill. —Esta mañana vino un policía haciendo preguntas. Pobre Charlatán. Dios, no se callaba nunca. Siempre le tenía que gritar que dejara de perder el tiempo en todos los sitios a los que tenía que ir. La gente se quejaba. —Nora debió gemir—. Claro que cuando digo “gritar” me refiero a que le decía: Vamos Regan, no todo el mundo quiere saber la historia de tu vida. Creo que me ha hablado de ti. Tú eres la actriz. Me dijo que te parecías a Rita Hayworth. Por una vez tenía razón... Espera, tengo que contestar a estas llamadas.
Ella se quedó frente al escritorio, mientras él contestaba al teléfono, tomaba nota y despachaba a los mensajeros conforme iban entrando. Entre estas actividades ella logró hacer algunas preguntas. —Sí, Bill estaba excitado anoche. Dijo algo referente a su día de suerte. Pero no quería decir por qué. Yo le pregunté si es que se había ido con una puta, en broma claro.
—¿Cree que se lo diría a alguien más?
—No lo sé.
—¿Tiene alguna lista de los lugares a los que fue ayer? Me gustaría hablar con la gente con la que él habló. ¿Va normalmente a oficinas, conoce a los recepcionistas?
—Supongo. —Estaba empezando a irritarse. Pero sacó la lista. El día anterior había sido un día ajetreado. Bill fue a quince sitios diferentes. Nora empezó por el primero: 101 Park Avenue, Sandreil and Woodworth, recoger un sobre del recepcionista en el décimoctavo piso y entregarlo en el 205 del Central Park South.
La agradable recepcionista del décimoctavo piso recordaba a Bill. —Sí claro, es un viejo muy simpático. Viene muchas veces. Me enseñó la foto de su mujer una vez. ¿Ocurre algo?
Nora esperaba la pregunta y sabía qué contestar.
—Tuvo un accidente ayer. Quiero escribir a su sobrina. Me había dejado un mensaje en mi contestador automático diciendo que era su día de suerte. Me gustaría decirle a su sobrina lo que esto significa. ¿Habló con usted de ello?
La recepcionista se dio cuenta naturalmente de que se trataba de un accidente mortal y por un momento se le entristeció el rostro por el dolor a causa de la muerte de un hombre que apenas conocía. —Lo siento. Bueno, sí, me lo dijo, pero yo estaba muy ocupada, así que le di el sobre y le dije: “Que tengas un buen día Bill”, y él dijo algo así como “Tengo el presentimiento de que es mi día de suerte”: —Inconscientemente la mujer había imitado la voz de Bill y Nora sintió un escalofrío mientras escuchaba—. Eso es exactamente lo que me dijo.
Su siguiente parada fue el apartamento de Central Park South. El conserje se acordaba de Bill. —Sí, claro, dejó un sobre para el señor Parker. De su contable, creo. Llamé al apartamento del señor Parker para ver si quería que se lo subiera, pero me dijo que lo guardara yo, que ya bajaba. No, no habló. Creo que no le di la oportunidad de hacerlo. A esa hora tenemos mucho trabajo sorteando el correo.
Parecía que ayer todo el mundo había estado demasiado ocupado para atender a Bill.
Una secretaria, delgada como un lápiz, en una oficina de Broadway le dijo a Nora que nunca animaba a los mensajeros a quedarse más tiempo del necesario. —Son como los repartidores. Le das la espalda y te quitan lo que pueden. —Se encogió de hombros como para invitar a Nora a compartir su desdeño por los ladronzuelos a los que tenía que soportar.
Después de esto, Nora se dio cuenta de que si no se organizaba mejor el trabajo, no lograría, recorrer todos los lugares que figuraban en la lista. Bill había cruzado toda la ciudad sin rumbo cierto, había hecho varios encargos en el centro, tres en las cercanías de la Calle Cincuenta, cuatro en la parte baja de la Quinta Avenida y dos por Wall Street. En vez de seguir el mismo rumbo que Bill, agrupó los lugares en los que Bili había estado, por zonas. Los dos primeros lugares no dieron resultado. Nadie recordaba quien había hecho el encargo. En el tercero, una escritora que había enviado un manuscrito a su agente, habló con Nora desde el teléfono del recibidor del hotel donde vivía. Sí, había llamado a un mensajero ayer. Claro que no había entablado conversación con el mensajero. ¿Ocurría algo? “No me diga que el manuscrito no fue entregado”.
A las tres, Nora se dio cuenta de que no había comido, que era infructuoso lo que estaba haciendo, que Jack llegaría pronto a casa y ella quería estar allí cuando llegara. Entonces habló con el joven vendedor de la tienda de pianos.
Este levantó la mirada esperanzadamente cuando ella entró. La tienda estaba vacía, a excepción de los pianos y órganos, expuestos en distintos ángulos para resaltar sus mejores características. Detrás de un pequeño órgano casero, con una muñeca del tamaño de un niño de cuatro años sentada en el banquillo y con sus dedos en las teclas, había un poster en el que ponía:




DEJA QUE LA MUSICA FORME PARTE DE TU VIDA.
El desengaño inicial del vendedor al ver que Nora no era una posible compradora, se disipó gracias a que le dio ocasión de pasar un rato con otro ser humano. No pensaba seguir en el negocio de la música, le dijo a Nora. Ese negocio estaba muy flojo. Hasta el dueño admitía que “los mejores tiempos habían sido hacía seis o siete años. Entonces todo el mundo quería un piano. Ahora, olvídate”.
—¿Ayer? ¿,Un mensajero? Con unos dientes algo extraños... Ah, sí, un hombre agradable. ¿Había hablado? ¡Que si había hablado! Estaba muy excitado. Me dijo que era su día de suerte.
—¿Te refieres a que dijo que se sentía feliz ?, —preguntó Nora rápidamente.
—No, eso no. Recuerdo exactamente que dijo que era su día de suerte. Eso es todo lo que dijo. Cuando le pregunté lo que quería decir con eso, me guiñó un ojo.
Sólo quedaba un lugar al que Bill había ido después de ese recado. Había estado en la tienda de pianos a las 4:10. Justo después de dejar el mensaje en el comestador.
El lugar en el que estuvo antes de visitar la tien-da de pianos fue donde el contable que había recogido el encargo había dicho a Nora: —Sí, el viejo dijo algo sobre sentirse afortunado o algo así. Yo estaba al teléfono y no le hice mucho caso. Estaba hablando con el jefe y no oía nada.
—Que se sentía afortunado. ¿Está seguro de que no dijo que había tenido suerte?
—Estoy seguro que dijo que se sentía afortunado, porque pensé que yo personalmente, me sentía horrible.
A las 3:45, se había sentido afortunado. A las 4:10 en la siguiente dirección, había dicho que era su día de suerte. Tenía razón, pensó Nora, lo sabía. La lotería se había sorteado entre las 3:30 y las 4:00. ¿Había tenido BilI uno de los números premiados? En Madison Avenue, paró a tomarse un café rápidamente. La radio estaba puesta. El día anterior había habido mil doscientos ganadores de mil dólares, tres ganadores de cinco mil dólares y un ganador del gordo de trece millones de dólares. El locutor dijo que todos los que hubieran comprado un número en Manhattan miraran la lista de números premiados.
Si Bill había ganado cinco mil dólares, era una fortuna para él. Varias veces había ganado unos cientos de dólares. Era extraño ver como algunos parecían ganar una y otra vez. Nora echó un vistazo a la lista. Podía descartar los lugares donde Bill había ido antes de las 3:30. Eso significaba que sólo quedaba un sitio más a donde
ir. Con disgusto vio que se trataba de las Torres Gemelas. Pero ya que había llegado tan lejos, iría allí y después se iría a casa.
Cuando Nora entró en la estación del metro, se preguntó cómo habría sido Bill capaz de aguantar ese trabajo. ¿Habría admitido alguna vez que la gente no quería escucharle, o tal vez el encuentro con el joven vendedor de pianos, que había agradecido la ocasión de poder hablar con alguien, había hecho de ese día, un día afortunado para Bili?
El metro estaba abarrotado. Eran las tres y cuarto. Se decía que a media tarde era buena hora para viajar, y que sólo en las horas punta era difícil encontrar asiento.
El hombre gordo que tenía a su lado se apoyaba contra ella deliberadamente con los movimientos del tren, y ella se alejó de él rápidamente.
La planta baja del World Trade Center estaba llena de gente que iba de un lado para otro, entrando en las galerías de los metros, cruzando hacia el otro edificio, entrando en los restaurantes y tiendas. La mayoría iba bien vestida. Nora perdió cinco minutos al dirigirse por equivocación al edificio número dos en vez del cuatro.
Su destino estaba en el piso cuarenta y dos. Mientras subía, se preguntaba por qué el nombre de esa empresa le parecía familiar. Probablemente porque lo había estado viendo todo el día.
Lyons and Becker era una empresa de inversiones. No muy grande, como pudo ver. Mejor así. De esa forma, la posibilidad de que alguien recordara a Bill, sería mayor.
El despacho exterior era pequeño, pero bien amueblado. Mas adentro, Nora veía algunos de los hombres y mujeres vendiendo acciones y obligaciones.
El recepcionista no recordaba haber visto a Bill.
—Pero espera un momento, yo a esa hora no estaba de servicio. Voy a buscar a la chica que me sustituyó.
La sustituta era una chica de piernas delgadas y un pecho más que abundante. Por un momento le escuchó extrañada, entonces sonrió ampliamente. —Claro, —dijo—. ¿Dónde tengo la cabeza? Claro que recuerdo a ese viejo. Casi se olvidó de coger el paquete.
Nora esperó.
—Estaba dándoselo, cuando él miró a su alrededor y vio a uno de nuestros vendedores. —Se volvió hacia su compañero de trabajo—. Ya sabes. Jack Barton, el tipo nuevo.
Nora sintió un pinchazo en la boca del estómago. Por eso el nombre de la empresa le había parecido familiar. Era la empresa de la que Jack había hablado ayer con tanto desprecio. Su nuevo puesto de trabajo.
—Sea como fuere, el viejo vio a Jack y pareció realmente sorprendido. Dijo: ¿Es ese Jack Barton? ¿Trabaja aquí? Yo le dije que sí. Jack estaba saliendo por esa puerta. —Con la cabeza hizo un gesto hacia una puerta para los empleados, al otro lado de la habitación—. El viejo se excitó muchísimo. Dijo: Tengo que contarle a Jack lo de mi día de suerte. Le tuve que gritar para que cogiera el paquete. A fin de cuentas, esa era la razón por la que había venido aquí, ¿no?
Debía haber un motivo para que Jack no le dijera que había visto a Bill. ¿Qué motivo?
Nora trató de oprimir el miedo, que era una confirmación de la intranquilidad del día anterior, comprando un periódico y leyéndolo por el camino hasta casa, pero las letras le bailaban ante la vista. Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue ir al cuarto de baño,donde sus abrigos colgaban de la barra de la cortina. El que ella había llevado la noche anterior estaba completanente seco, aunque había estado diez minutos bajo la lluvia. El abrigo que Jack había llevado al hospital y al deposito de cadáveres, su mejor abrigo, estaba sólo húmedo. Pero el abrigo que había llevado ayer cuando llegó a casa, todavía estaba empapado. Estaba segura de que había andado un trayecto bastante más largo que desde el metro, bajo la lluvia . Ella recordó la excitación, la tensión que crujía como corrientes de energía alrededor de su cuerpo, cómo la había abrazado y había llorado.
¿Cuánto había andado anoche? ¿Por qué había ido andando? ¿Con quién había estado... o a quién había estado siguiendo?
—Por favor, Dios, no... —murmuró—. No. —El había llegado a casa y ella le había obligado a ducharse y había llamado a la policía. Cuando salió del dormitorio, le ayudó a efectuar las llamadas. El había buscado los números. Pero ella estaba al teléfono la primera vez que salió. Y antes de eso, había oído ese sonido extraño, ese golpe metálico, y se había preguntado qué estaría haciendo.
Como un prisionero, camino de un destino inexorable, se encaminó al dormitorio, abrió el armario y sacó la caja de seguridad de metal donde guardaban sus papeles importantes, el certificado de bodas, las pólizas del seguro, los certificados de nacimiento. Llevó la caja a la cama y la abrió. El certificado de nacimiento de Jack estaba encima de todo. Despacio fue sacando todos los papeles uno por uno, hasta que llegó al último, un boleto de lotería de color rosa y blanco. No Jack, por favor, pensó. No. Tú no. No por mil dólares. No serías capaz. Debe haber una explicación.
Pero cuando comparó el número con la lista de números premiados del periódico, lo entendió. En su mano tenía el número que había sido premiado con los trece millones de dólares.
Bill Regan había sabido que tendría suerte. Ella había sabido que algo horrible le esperaba. Se quedó mirando por el dormitorio, tratando de encontrar alguna explicación. El manuscrito estaba junto a la máquina de escribir, el manuscrito que no crecía porque a Jack se le había acabado la inspiración. Las píldoras de dormir de Jack, para “una ligera depresión”. Entonces recordó su reprobación hasta que él había murmurado avergonzadamente el nombre de su nueva empresa y le había dicho que Merrili Lynch le había despedido... añadiendo como justificación, que se trataba de los recortes generales de personal. “Es simplemente que soy uno de los más bajos en el escalafón. No tiene nada que ver con mi trabajo’.
Así que ayer, BilI le había contado lo de su número y algo en la mente de Jack debió estallar. Debió esperar a que Bill dejara el Fisk Building y debió seguirle hasta el parque.
¿Qué iba a hacer? Rechazó la idea de llamar a la policía. Jack era su vida. Se mataría, antes de abandonarle.
Es mi día de suerte. Bill quería irse a Florida, donde podría vivir en una residencia con gente interesante, como los que vivían en Cocoon. Se hubiera merecido esa oportunidad.
Nora estaba sentada en el sillón del salón, cuando Jack entró. Había logrado concentrarse en el hecho de que el tapizado estaba realmente gastado y que unas fundas nuevas para los cojines, no disimularían que la espuma ya estaba aplastada. Aunque sólo eran las Cuatro y cuarto, ya era casi de noche y Nora observó que sólo faltaba un mes para el día más corto del año.
Se levantó cuando se abrió la puerta. Jack traía un ramo de rosas de tallos largos. —Nora. —La tensión había desaparecido. Anoche había sentido pena con ella por Bill, pero esa noche era su noche—. Nora, siéntate, espera. Dios mío, cariño, espera hasta que veas lo que nos ha pasado. Podré escribir, tú tendrás una criada, podremos comprar este apartamento, comprar una casa en el Cabo. Estamos arreglados para el resto de nuestras vidas. Quise contártelo ayer cuando llegué. Pero no quise que Bill Regan nos interrumpiera. Así que esperé. Y después con lo que ocurrió, era imposible contártelo.
—Ayer viste a Bili.
Jack la miró extrañado. —No, no le vi.
—Te siguió corriendo cuando saliste del despacho a las cuatro.
—Entonces no me alcanzó. Nora, ¿es que no me entiendes? Oí los números premiados en la lotería de ayer. Y me parecieron familiares. Es una locura. Los cogí al azar. Sabes que siempre que compro un número de lotería, elijo nuestro aniversario, tu cumpleaños, o algo por el estilo. Y después no encontraba el maldito boleto.
Jack, no mientas, no mientas.
—Me estaba volviendo loco. Y entonces me acordé. Cuando recogí mis cosas del escritorio en MerrilI Lynch la semana pasada, estaba encima. A no ser que lo tirara, tenía que estar en uno de los archivos que estaba ordenando. Fui corriendo hacia allí y repasé cada uno de ellos. Y lo encontré. No me lo podía creer. Creo que me dio un shock. Hice todo el camino andando. Y cuando tú me ofreciste dejar tu carrera por mí debías pensar que estaba loco cuando empecé a llorar. Estaba deseando contártelo, pero cuando pensaba que el viejo Bill iba a venir, pensaba que debía esperar.
No parecía darse cuenta de que ella no reaccionaba. Entregándole las rosas, le dijo: —Espera a que te lo enseñe, —y se apresuró hacia la habitación.
Sonó el teléfono. Ella lo cogió automáticamente, y deseó no haberlo hecho, pero ya era demasiado tarde.
—Diga.
—Señora Barton, soy el Detective Carlson. —Su voz era agradable—. Tengo que decirle que tenía razón.
—¿Que yo tenía razón?
—Sí, fue tan insistente, que volvimos a registrar su ropa. El pobre viejo tenía un boleto de lotería, cosido en el forro del abrigo. Le tocaron mil dólares ayer. Y le agradará oír que no fue atracado. Murió de un ataque cardíaco. Se daría un golpe en la cabeza al caer.
—No... no... no... —El grito de Nora se juntó con el lamento de Jack cuando salió corriendo del dormitorio, con la caja de seguridad en la mano, la ceniza del boleto de lotería resbalaba entre sus dedos.
   
 



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