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jueves, 23 de mayo de 2013

Cuentos de la Alhambra - Washington Irving


Cuentos
de la
Alhambra
-
Washington
Irving

El Palacio de la Alhambra
En mayo de 1829, acompañado por un amigo, miembro de la
Embajada rusa en Madrid, capital de España, inicio el viaje que había de llevarme
a conocer las hermosas regiones de Andalucía. Las amenas
incidencias que matizaron el camino se pierden ante el espectáculo que
ofrece la región más montañosa de España, y que comprende el antiguo
reino de Granada, último baluarte de los creyentes de Mahoma.
En un elevado cerro, cerca de la ciudad, se ha construido la antigua
fortaleza rodeada de gruesas murallas y con capacidad para albergar una
guarnición de cuarenta mil guerreros.
Dentro de ese recinto se levantaba la residencia de los reyes: el
magnífico palacio de la Alhambra., Su nombre deriva del término Aljamra, la
roja, porque, la primitiva fortaleza llamábase Cala- al- hamra, es decir,
castillo o fortaleza roja.
Sobre sus orígenes no están de acuerdo los investigadores. Para unos
la fortaleza fue construida por los romanos; para otros, por los pueblos
ibéricos de la comarca y luego ocupada por los árabes al conquistar el
territorio de la península.
Expulsados los moros de España, los reyes cristianos residían en ella
por breves temporadas. Después de la visita de Felipe V, el palacio cayó en
el más completo abandono.
La fortaleza quedó a cargo de un gobernador con numerosa fuerza
militar y atribuciones especiales e independiente de la autoridad del capitán
general de Granada.
Para llegar a la Alhambra es necesario atravesar la ciudad y subir por
un accidentado camino llamado la "Cuesta de Gomeres", famosa por ser
citada en cuantos romances y coplas corren por España.
Al llegar a la entrada de la fortaleza, llama la atención una grandiosa
puerta de estilo griego, mandada construir por el emperador Carlos V.
Ante ella, en banco de piedra, dormitaban dos viejos y mal
uniformados soldados, mientras que el centinela (por su edad debía ser una
verdadera reliquia militar) conversaba con un zaparrastroso individuo que al
punto se me ofreció como guía y buen conocedor de la Alhambra.
Con cierto recelo acepté sus servicios, los que más tarde resultaron de
mucha utilidad. Seguimos por un camino cubierto por frondosos árboles,
pudiendo ver a nuestra izquierda las cúpulas del palacio, y a la derecha, las
célebres Torres Bermejas, cuyo color rojo herían los rayos del sol.
Subiendo la sombreada cuesta, llegamos a una fortificación
construida para defender la entrada de los fuertes y que recibe el nombre de
barbacana. Ella guarnecía la "Puerta de la justicia" porque en aquel lugar
solían reunirse los jueces para atender pequeños asuntos. Atravesando esta
torre se observa la "Plaza de los Aljibes", donde los moros han perforado
profundos pozos que surten a la fortaleza de agua fresca y cristalina.
Frente a la plaza se encuentra, a medio construir, el palacio que,
según Carlos V, debía eclipsar en belleza todas las artes árabes.
Pasando por él, entramos con cierta emoción al palacio de la
Alhambra. Nos creímos elevados a lejanos tiempos y rodeados de personajes
de leyenda.
Con suma curiosidad examinamos el gran patio cubierto por lajas de
mármol, denominado el "Patio de la Alberca", en cuyo centro luce un
estanque de cuarenta metros de largo por diez de ancho, lleno de pececillos
de colores y rodeado de hermosas flores.
En uno de los extremos del patio se encuentra la Torre de Comares,
mientras que por su frente, después de atravesar un artístico arco, se entra
en el célebre "Patio de los Leones". En su centro, la famosa fuente, apoyada
en doce leones, arroja tenues hilos de agua, que magnifican las hermosas
filigranas sostenidas por delicadas columnas de mármol blanco.
Sobre el patio da la maravillosa "Sala de las Dos Hermanas", cuyas
paredes cubre un zócalo de vistosos azulejos, en los que están pintados los
escudos de los reyes y que contribuye a destacar los artísticos relieves y
vívidos colores que adornan las paredes.
Frente a esta cámara se encuentra la "Sala de los Abencerrajes",
donde, según la leyenda, encontraron la muerte los miembros de esa
familia, rival de los Zegríes.
La Torre de Comares y un original deporte volvimos sobre nuestros
pasos para visitar la célebre torre que lleva el nombre de su constructor,
donde se encuentra la renombrada "Sala de los Embajadores",
artísticamente decorada, y el "Tocador de la Reina"', especie de minarete
donde las bellas princesas se distraían en la contemplación del paisaje que
rodea la fortaleza.
Un fresco amanecer resolvimos ascender a la elevada torre para
admirar desde ella la hermosa vista de Granada y sus fértiles caronpiñas.
Debimos subir por una larga, oscura y peligrosa escalera en caracol
que nos impuso varios descansos hasta conseguir llegar a lo alto. Desde allí
íbamos contemplando los lugares más renombrados de la Alhambra. A
nuestros pies se abría paso entre las montañas el "Valle del río Darro",
cuyas arenas arrastran partículas de oro. Al frente se elevaba, en lo alto de
una colina, "El Geeneralife", soberbio palacio donde los reyes moros,
pasaban los meses de verano. Luego fijamos nuestra vista en el concurrido
paso que lleva el nombre de "Alameda de la Carrera de Darro" y en "La
Fuente del Avellano". Luego, en un desfiladero conocido peor el "Paso de
Lope" y el "Puente de los Pinos", famoso, no tanto por los sangrientos
combates que libraron cristianos y moros, sino porque allí Cristóbal Colón,
descubridor de América, fue alcanzado por un enviado de la reina Isabel,
cuando, convencido de que nada podía hacer España, se dirigía a Francia
para someter a consideración del rey de ese país su magnífico proyecto.
Después de admirar el paisaje, cuando el sol hacía imposible nuestra
permanencia en aquel lugar, nos disponíamos a descender; observamos, con
gran sorpresa, que en una de las torres de la Alhambra dos o tres
muchachos agitaban largas cañas, como si quisieran pescar en el aire.
Nuestro asombro creció al ver -que en otros lugares ocurría lo mismo.
No había muralla o torre a la que no se hubiesen encaramado los singulares
pescadores.
Preocupados y haciendo toda clase de suposiciones, llegamos al "Patio
de los Leones", desde donde buscamos a nuestro sapiente guía.
No tardamos en dar con él, y con ello desapareció el misterio que tanto nos
daba que pensar.
Las abandonadas ruinas de la Alhambra se habían convertido en un
prodigioso criadero de golondrinas y alondras, que revoloteaban en cantidad
sobre las torres.
¿Qué mejor pasatiempo que el de cazarlas por medio de anzuelos
encebados con apetitosas carnadas?
¡Pescar en el cielo!
He aquí el grato y productivo deporte inventado por los habitantes de
la Alhambra.
Leyenda del albañil y el tesoro escondido
Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen
creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades
señalados por la religión cristiana.
Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir
trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre
que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.
Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices
sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo
arrancaron del camastro.
Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como
por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror.
Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y
de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.
-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que
eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite
demora.
-Estoy a tus órdenes, buen padre -contestó el maese, algo repuesto de
la impresión-, siempre que me pagues de acuerdo con el trabajo.
-Serás bien recompensado. No tendrás quejas, pero como el asunto
requiere cierto secreto, me acompañarás con los ojos vendados.
Nada opuso a esta condición el albañil, ansioso como estaba de ganar
algunos céntimos. Largo fue el andar por tortuosos caminos, hasta que el
monje se detuvo ante la puerta de un sombrío caserón.
Rechinó, la cerradura al abrir y gimieron los goznes al cerrar. Un
intenso escalofrío sacudió el cuerpo del maese albañil cuando una mano lo
tomó del brazo guiándolo a través de un silencioso pasaje. Al quitarle la
venda se encontró en un gran patio, escasamente alumbrado.
-Aquí -dijo el monje señalando una fuente morisca- harás el trabajo. A
tu lado están los materiales necesarios.
-¿Qué he de hacer, buen padre?
-Una pequeña bóveda, que tratarás de terminar esta noche.
La impresión aceleraba el ritmo de su tarea, pero ella requería más
tiempo del calculado.
El canto de los gallos anunciaba la cercanía del alba, cuando el
monje, que no se había apartado de su lado, interrumpió la labor.
-Por esta noche es suficiente -dijo-; toma tu paga y deja que te vende
los ojos. Te guiaré hasta tu casa.
El maese albañil no opuso reparo. Durante el camino de regreso no
dejó de apretar la moneda de oro que le entregara el monje. Al llegar, éste le
preguntó si al día siguiente estaba dispuesto a finalizar el trabajo.
-Vivo para eso, buen padre, pero espero que el pago sea igual al de
hoy.
-Estaré aquí mañana a medianoche.
Y sin decir más, se perdió en la semioscuridad del amanecer.
La impaciencia abrumó todo el día al albañil. La curiosidad
atormentaba a su buena mujer. Pero de estas preocupaciones no
participaba su numerosa prole, que no hacía otra cosa que comer, desquitándose
del hambre de muchos meses.
Llegada la hora convenida y tomando las mismas precauciones de la
noche anterior, volvió el albañil a continuar su obra.
Al poner término al trabajo, el monje, cuya voz sonaba más cavernosa,
dijo:
-Sólo falta que me ayudes a traer los bultos que has de enterrar en
esta bóveda.
Un nuevo escalofrío sacudió al albañil. La sospecha de que su trabajo
se relacionaba con algún asunto macabro lo inmovilizó unos instantes. Sintió
erizársele los cabellos. Gruesas gotas de sudor perlaron su frente.
Fue necesario un nuevo pedido del religioso para que sus piernas,
sacudidas por violentos temblores, pudieran arrastrarlo hasta la última
habitación de la casa.
Allí, recién el aliento volvió a su alma. Contra lo que esperaba, sólo vio
en un rincón cuatro cofres destinados a guardar dinero.
Grandes fueron los esfuerzos que debieron realizar para arrastrarlos hasta
la bóveda. Una vez depositados allí, fácil resultó cerrarla, cuidando de borrar
las señales que delataran su trabajo.
Después de entregarle dos monedas de oro, vendarle los ojos y
conducirlo por un camino mucho más largo que las veces anteriores, el
monje, antes de desaparecer, murmuró a su oído:
-Detente aquí y espera a que suenen las campanas de la Catedral.
Una terrible desgracia caerá sobre ti y sobre tu familia si antes te vence la
curiosidad.
Para que ello no ocurriera, grato entretenimiento se proporcionó el
albañil con el alegre tintinear de las monedas de oro. Una vez que sonaron
las campanas y pudo arrancarse la venda, se encontró a orillas de un ría,
desde donde le era fácil volver a su casa.
La alegría del buen comer sólo alcanzó a durar dos semanas. Falto
nuevamente de dinero y trabajo, su familia volvió a caer en el más mísero
estado.
Pasaron así algunos meses. Un atardecer estaba sentado frente a su
destartalada casa reflexionando sobre su mala suerte, cuando una discreta
tosecilla lo trajo a la realidad.
Reconoció en el que interrumpía sus meditaciones a uno de los viejos
más ricos y avaros que habitaban en la ciudad.
-Parece, maese albañil, que no te sonríe la fortuna -dijo el anciano con
voz chillona.
-Así es, señor; malos son los tiempos que corren.
-Entonces, tomarás a bien que te ayude con un trabajillo, siempre
está, que me cobres barato.
-En cuanto a eso, no tenga temor, no hay en Granada quien trabaje
por menos precio.
-Por eso te busco, buen hombre. Necesito que me remiendes una casa
en forma suficiente como para que no se venga abajo.
-Quedo a sus órdenes, señor.
-Mañana al amanecer, te vendré a buscar y empezarás tu trabajo.
Al día siguiente, el viejo avaro llevó al albañil a un caserón al que
apenas sostenían las paredes. Después de recorrer las habitaciones fijando
las reparaciones necesarias, llegaron a un patio cuyo centro adornaba una
fuente morisca.
El albañil se detuvo, meditando, al parecer, sobre el precio que debía
cobrar por su trabajo.
-Quien habitó aquí -dijo a modo de comentario- se contentaba con
bien poco.
-Era suficiente para mi inquilino, un viejo y mísero clérigo, muerto
hace algunos meses -explicó el avaro-. Se le creía dueño de una gran
fortuna, pero, como sabrás, las apariencias engañan. Lo mismo dicen de mí,
porque tengo dos arruinadas fincas.
-Mucho es lo que hay que hacer y largo el tiempo a emplear. Creo
haber encontrado una solución. -Siempre que ella no aumente el precio.. .
-Por el contrario. Lo mejor será que habite esta casa mientras la
reparo: yo me ahorro el alquiler y usted la mano de obra.
La alegría del propietario no tuvo límites. El arreglo le resultaba en
esa forma mucho más barato de lo calculado.
Al día siguiente los viejos y escasos muebles del albañil fueron
trasladados al derruído caserón. Con la mudanza pareció cambiar la suerte
de la familia. El hambre huyó de la casa. A la antigua pobreza la reemplazó
un bienestar que aumentaba con el tiempo.
Tal situación convirtió al maese albañil en propietario de varias fincas,
entre las que se incluía el viejo caserón. La Iglesia recibió importantes donaciones.
Los pobres, generosa ayuda. Por largos años gozó de sus riquezas
y el aprecio de los habitantes de Granada.
Un día, sintiendo que la vida lo abandonaba, llamó a su hijo mayor.
-Eres mi heredero -dijo- y por lo tanto depositario del secreto de
nuestra fortuna.
-Si es tu deseo, padre mío -respondió el hijo, cuya pena no alcanzaba
a borrar la visión del dinero-, te escucho.
Y con voz que parecía un murmullo, el antiguo albañil contó a su
primogénito cómo la casualidad lo había llevado al sitio en que había
enterrado un tesoro, y del cual solamente había gastado una tercera parte.
Leyenda del mago y la princesa hechicera
Hace muchos años, ocupaba el trono de Granada el famoso rey moro
Aben-Habuz. Sus hazañas, tal como las relatan las viejas crónicas, no se
inspiraban, por cierto, en nobles y honrados propósitos. Amargas lágrimas
costaban a sus débiles vecinos los atropellos a que lo impulsaba su rapacidad.
De acuerdo con el viejo refrán "el que siembra vientos recoge
tempestades", el avaro rey, al llegar a una edad en que las energías
abandonan el cuerpo y el espíritu pide paz y tranquilidad, sólo cosechó
continuos sobresaltos y angustiosos temores.
Los príncipes vecinos, a quienes había despojado de bienes y
dominios, enterados de que la vejez abatía sus fuerzas, no tardaron en
sublevarse y llevar ataques que aumentaban su zozobra y su miedo.
La ubicación de la capital del reino no era, por cierto, muy estratégica.
Las altas montañas que la rodeaban, hacían casi imposible establecer la
proximidad de un ejército. Este favor que dispensaba la naturaleza a sus
enemigos, obligó a Aben-Habuz a tomar extremas medidas de vigilancia.
Estableció guardias en los picos más altos y senderos practicables.
Debían señalar por medio de hogueras la proximidad de los atacantes, para
poder enviar inmediatamente los refuerzos necesarios. Pero tales
precauciones no vencían la audacia de los príncipes. Cuando él recibía un
aviso, sus adversarios, que habían avanzado por algún oculto paso, huían
cargados de botín y prisioneros.
Esta situación agriaba día a día el fiero carácter de Aben-Habuz.
Un atardecer, mientras examinaba el horizonte esperando ver surgir
una de las tantas columnas de humo que señalaban la proximidad de
enemigos, le fue anunciada la llegada a la corte de un sabio y viejo médico
árabe, que creía proporcionarle algún remedio a sus males.
Llevado a su presencia, el visitante le causó honda impresión.
Una larga barba blanca le bajaba hasta la cintura. Los años no habían
vencido su alta osamenta. Venía caminando desde tierras lejanas sin más
arma y sostén que un grueso bastón en el que había grabado misteriosos
símbolos.
Al decir llamarse Ibrahim Eben Abu Ajib, murmullos de admiración y
respeto certificaron la fama que le precedía. No ignoraba el rey y sus
cortesanos la existencia de este hijo de Abu Ajib, nada menos que
compañero del gran Profeta. Desde niño vivió en Egipto, estudiando, aun por
más difíciles que ellas resultaran, todas las ciencias y artes que se
transmitían desde la más remota antigüedad.
La astrología no escapaba a su vasto saber, y dominaba la magia en
todos los colores del arco iris, porque, según él explicaba, la blanca y la
negra sólo era cosa de principiantes.
Como un aserto a su vasto saber, la corte comentaba que había
hallado el ansiado y muy buscado secreto de prolongar la vida. Que su edad
era de más de doscientos años, pero que había hecho su descubrimiento un
poco tarde, cuando no había tiempo de borrar canas y arrugas.
Como su personalidad y antecedentes daban brillo a la corte y sus
achaques necesitaban atención, Aben-Habuz no vaciló en dispensarle los
más gratos honores. Hizo amueblar suntuosas habitaciones, pero el mago
no se avenía con el bullicio del palacio y decidió habitar en una caverna
situada en la montaña sobre la que se levantaba el real albergue.
Dispuestos los arreglos convenientes, entre ellos perforar la roca en
tal forma que le permitiera observar las estrellas a toda hora, grabó en las
paredes misteriosos símbolos, desconocidos jeroglíficos egipcios y órbitas de
estrellas y planetas. Hizo construir singulares instrumentos, raros
mecanismos que causaron la admiración de los artífices de Granada, pero
nunca lograron conocer su aplicación: el sabio guardaba profundo secreto.
Los consejos de un médico resultan indispensables cuando a cierta edad
tienden a aparecer males ignorados.
Esa necesidad llevó al docto Ibrahim Eben Abu Ajib al puesto de
consejero favorito del rey de Granada.
En una de sus visitas, Aben-Habuz renovó sus quejas contra la
continua vigilancia que debía ejercer sobre sus vecinos y el daño que le
causaban sus correrías, cuando el mago, después de escucharlo en silencio
y meditar un largo tiempo, dijo:
-En Egipto, poderoso rey, vi y estudié un prodigioso invento. Se halla
colocado en una montaña que domina el valle en que se encuentra la ciudad
de Borza, cerca del río Nilo. Está compuesto de dos figuras de bronce: un
gallo y un carnero, que giran independientemente sobre un mismo eje. Si
algún peligro se cierne sobre la ciudad, el gallo empieza a cantar, mientras
que el carnero señala la dirección por donde avanza el enemigo. De esta
forma los laboriosos habitantes estaban siempre a cubierto (le una sorpresa.
-¡Mahoma me ilumine! -imploró el rey-. ¡Es eso lo que necesito! Un carnero y
un gallo centinelas. Dejaría de temer los asaltos de mis enemigos. ¡Allah
Akbar! Es la tranquilidad para mis últimos años.
Con suma paciencia esperó el mago a que el rey diera rienda suelta a
sus deseos; luego, con voz grave, de quien hace profundas revelaciones,
agregó:
-Conocéis ya mi viaje a las lejanas tierras de los faraones, siguiendo a
los victoriosos ejércitos de Amrou, y cómo trabé conocimiento con la flor de
la sabiduría.
Un día, paseaba con un respetable sacerdote a orillas del Nilo, cuando
interrumpió en forma extraña nuestra discusión sobre un elevado tema astrológico.
-Allí es -dijo solemne, al tiempo que me señalaba las grandiosas
pirámides- donde se encuentra la verdadera y única fuente del
conocimiento. De las tres, la que está en el medio guarda la momia del
Supremo Sacerdote a cuyos esfuerzos se deben estos maravillosos
monumentos. A su lado se encuentra el excelso libro de la Sabiduría, que
encierra los preciados secretos de la ciencia que enseña a Hacer cosas
extraordinarias y admirables: la magia.
Ese libro lo recibió Adán al ser expulsado del Paraíso; gracias a su
ayuda, el rey Salomón pudo construir el templo de Jerusalén y luego, el
Supremo Sacerdote, las Pirámides.
Saber que existía tal obra y enloquecer por el deseo de poseerla fue
una sola cosa. Con los soldados que tenía a mis órdenes y cientos de
esclavos egipcios taladré la pirámide hasta dar con uno de los múltiples
pasadizos. A riesgo de perder mi vida seguí sus vericuetos y logré encontrar
la cámara que guardaba desde hacía siglos la momia del Supremo
Sacerdote. Fácil me fue entonces apoderarme del libro y abandonar con gran
alegría el impresionante monumento. . . "
-Pero, ¿de qué me sirve, sabio Ibrahim -interrumpió impaciente Aben-
Habuz-, el hecho de que te hayas apoderado del libro de la Sabiduría?
-Pronto lo sabrás, poderoso señor; él me ha instruído en preciadas
cosas. Gracias a él no sólo obligo a un gentío a que venga en mi ayuda, sino
que puedo construir un aparato muy superior al que te he descripto.
-Sabio Eben Abu Ajib -imploró el-rey-, hazlo. ¡Consigue la tranquilidad
de mis últimos años, y todos mis tesoros serán tuyos!
-¡Allah Akbarl ¡Lo que es, es! ¡Lo que ha de ser, será! -contestó el
mago, dando término a la entrevista.
Y sin perder tiempo se dispuso a cumplir los anhelos del rey. Comenzó
a construir sobre la parte más alta del palacio una elevada torre, sobre la
cual fijó un eje, en el que giraban, en vez de un gallo y un carnero, un moro
a caballo armado de escudo y una lanza, que agitaba en la dirección en que
avanzaba el enemigo.
Debajo de la figura se abría una sala circular con aberturas que
dominaban los cuatro puntos cardinales. Frente a cada una de esas
extrañas ventanas, situó mesas sobre las que colocó diminutas figuras de
guerreros, alineadas en posición de dos ejércitos prontos a darse batalla y
separados por una pequeña lanza grabada con misteriosos símbolos.
La sala era guardada por una gruesa puerta de bronce con cerradura
de acero, cuya única llave guardaba el rey celosamente.
La terminación del mágico aparato coincidió con la falta de actividad
de sus enemigos. La impaciencia empezó a consumir al viejo rey.
-Antes -decía con voz quejumbrosa a sus consejeros- me molestaban
con una invasión diaria; ahora parece que estos bandidos no existen.
-Ya vendrán -solía repetir muchas veces al día Eben Ajib.
Pronto estas palabras tuvieron confirmación. Un amanecer, el guarda
de la torre dio la voz de alarma. La figura del moro había girado hacia la
Sierra Elvira y su lanza se agitaba en dirección al Paso de Lope.
Aben-Habuz saltó del lecho, gritando alborozado:
-¡Que las trompetas llamen a las armas!
Pero el mago, que había seguido en silencio al oficial portador de la
noticia, exclamó:
-De nada tienes necesidad, ¡oh rey! Dejad las armas tranquilas y a
vuestros guerreros en el descanso. Sólo pido que os dignéis subir a la torre.
Con gran trabajo y gracias a la ayuda del bicentenario Ibrahim, consiguió el
viejo rey ascender por la larga escalera. Abierta la pesada puerta, vio con
asombro que la ventana que dominaba la dirección por donde se señalaba la
presencia del enemigo estaba abierta.
Eben Ajib, después de observar un instante la montaña, habló al rey:
-Ya sabe por dónde avanza el enemigo, pero ten a bien observar lo que
ocurre en esta mesa.
El asombro de Aben-Abuz no tuvo límites. Las pequeñas figuras de
madera estaban en movimiento. Los caballos caracoleaban, los jinetes
agitaban sus lanzas, como el zumbido de un lejano mosquito se escuchaba
el sonido de trompetas, choques de armas, gritos y relinchos.
-Esto prueba que tus enemigos siguen avanzando. ¡Pero no te
inquietes, poderoso rey! -agregó el mago-. Si quieres que se retiren sin
causarles daño, toca las figuras con el asta de esta pequeña lanza, pero si
deseas destrozarlas, hiérelas con la punta.
Aben-Habuz luchó un instante con su conciencia. La ira agitó la larga
barba. Su cara tomó un color violáceo. Demasiado daño le había causado la
rebeldía de sus vecinos como para olvidarlos y otorgar clemencia.
-Debe haber algún escarmiento -exclamó trémulo, y tomando la lanza
mágica hirió a unas y tocó a otras figuras, las que sin tardanza se trababan
en ruda pelea.
Grandes esfuerzos tuvo que hacer el mago para dominar el
entusiasmo del rey, impedir la muerte de todos sus enemigos y convencerlo
de que ya era tiempo de abandonar la torre y enviar tropas en averiguación
de lo ocurrido.
Pronto retornaron los emisarios con una grata noticia. Un poderoso
ejército llegado hasta cerca de Granada, se había retirado al producirse
entre sus jefes una agria discusión, finalizada en sangrienta lucha.
Al demostrarse las fantásticas virtudes del aparato, Aben-Habuz
ordenó se celebraran grandes fiestas, en las que el mago ocupaba el sitio de
honor.
-Como has conseguido -díjole un día- mi tranquilidad y supremacía,
pídeme, sabio Ibrahim Eben Abu Ajib, la recompensa a que tienes derecho.
-¿Qué puedo pedirte, oh rey? Los estudiosos nos contentamos con
bien poco. Facilítame los medios para mejorar en algo mi humilde
habitación.
-Así será -contestó Aben-Habuz sin poder contener una sonrisa,
pensando qué ingenuos y fáciles de contentar eran los verdaderos filósofos.
Y sin perder un instante dio orden al tesorero para que entregara al sabio
las cantidades requeridas para poner en condiciones la caverna que
habitaba.
Las humildes necesidades de Ibrahim Eben Abu Ajib consistieron en
hacer abrir habitaciones contiguas a la primitiva sala; cubrir las paredes
con delicados y maravillosos tapices de seda de Damasco, los pisos con ricas
alfombras de Esmirna, sobre las cuales lucían valiosas otomanas y
preciados divanes.
-Los huesos se resienten después de tanto dormir sobre un duro
lecho, y a mi edad -agregaba- tampoco se podía sufrir la humedad que
destilaban estas paredes.
En una de las salas hizo construir un regio baño de mármol verde con
delicadas fuentes que vertían, además de exóticos perfumes, aceites
balsámicos y aromáticos.
-Esto -explicaba cada vez que se sumergía en el tibio compuestodevuelve
al cuerpo la agilidad que pierde en tantas horas de meditación y
estudio.
Como la luz que llegaba por la abertura de la sala era insuficiente,
ordenó colocar en todos los aposentos costosas lámparas de oro y fino
cristal, que llenó con un aceite especial cuya fórmula estaba en el Excelso
Libro de la Sabiduría y que daba una luz más suave y delicada que la del
más hermoso día.
Era la única, según él, que no fatigaba sus ojos en la lectura de los
misteriosos papiros.
Estos arreglos que parecían no tener fin, - alarmaron al celoso
tesorero. Un día, después de sumar las cantidades gastadas en la
decoración del retiro del mago, dio un grito de asombro y corrió a informar
al rey de tal derroche.
-No desesperes -aconsejóle Aben-Habuz-; estos sabios tienen sus
caprichos y hay que respetarlos; ya terminará por cansarse de amueblar su
vivienda.
El tiempo dio razón al rey. A poco finalizaron los trabajos de lo que el
sabio llamaba su humilde morada, y que era, para los demás, un lujoso y
confortable palacio subterráneo.
-¿Estáis contento? -preguntóle un día el tesorero.
-¡Así..., así! -contestó Abu Ajib-. Mi aposento está completo; sólo me
resta encerrarme y consagrar mi tiempo al estudio, pero algo falta para
entretener o alegrar mis fatigas mentales.
-¡Poderoso mago, tus deseos son órdenes!
-Es una pequeñez, cosa sin mayor importancia: algunas bailarinas y
cantantes.
-¡Bai ... la... rinas ... ¡ -tartamudeó asombrado el tesorero.
-¿Qué tiene de particular? -replicó el sabio con cierta gravedad-; mi
espíritu, aunque de alguna edad, necesita recrearse. Sencillos son mis
gustos, pero, de cumplirse mi deseo, quiero que éstas estén en la flor de la
juventud y posean exquisita belleza. Sólo así puede encontrar distracción un
filósofo.
Satisfechos sus deseos, los días comenzaron a transcurrir con suma
placidez.
Ibrahim Eben Abu Ajib, encerrado en su caverna, alternaba sus
estudios con las gracias y melodiosos cantos de las danzarinas.
El rey entretenía sus ocios encerrado en la torre, disponiendo
cruentas batallas y destrozando imaginarios ejércitos.
Como el juego llegó a cansarlo, le dio realidad provocando en toda
forma a sus adversarios. Los ataques de éstos no se hicieron esperar, pero
las continuas derrotas calmaron sus odios y los llevaron a proclamar la
invencibilidad del viejo rey y a pasar por alto sus insultos.
Falto de actividad, volvió Aben-Habuz a caer en nuevo aburrimiento.
Bulliciosas fiestas, magníficos torneos o hermosas doncellas sólo
despertaban momentáneo interés.
Pasaron algunos meses. Convencido de que aquel hastío no llevaba
miras de terminar, resolvió, después de una noche de cruel insomnio, llamar
al mago y ordenarle buscara una nueva distracción.
Pero su resolución no llegó a cumplirse. Un jadeante oficial irrumpió
en sus aposentos para informarle que el moro de bronce, inmóvil durante
tanto tiempo, había girado y agitaba su lanza hacia una de las montañas de
Guadix.
A medio vestir y sofocado por la rapidez, llegó Aben-Habuz a la sala de
la torre. La ventana situad: en aquella dirección permanecía cerrada y las
pequeñas figuras guardaban extraña quietud.
Venciendo su asombro ordenó que varios destacamentos, exploraran
cuidadosamente las montañas vecinas.
La curiosidad lo mantuvo en suspenso durante tres días. Cuando sus
ojos fatigados por la vigilancia en la torre se cerraban para descansar, el
bullicio de la tropa que regresaba de la inspección lo alteró nuevamente.
-Majestad -informó el oficial que mandaba los guerreros-, podéis estar
tranquilo en absoluto. El enemigo no se ha atrevido a asomar por el reino de
Granada. Sólo os puedo anunciar la captura de una bellísima joven
cristiana que descansaba cerca de una vertiente.
La sorpresa abrió los semicerrados ojos de Aben Habuz. Atusándose la
barba dijo:
-¿Una joven habéis dicho? ¿Bella para más? ¡Traedla inmediatamente!
Cumpliendo con la real orden fue llevada a su presencia una doncella
de prodigiosa belleza.
Un ¡ah! de asombro recorrió la sala del trono. Nunca hablase visto tan
esbelto cuerpo ni tan gracioso y exquisito andar. Su cabellera, recogida en
trenzas y adornada con joyas, palidecía al más oscuro negro mate. Sus
facciones tenían rara simetría; sus rosados labios dejaban entrever dos
hileras de dientes capaces de ruborizar a una perla. Dos delicadas rosas
eran sus mejillas, y su cuello una alhaja, rodeada por una cadena de oro
con una lira de plata.
Los fulgores de sus ojos, que apagaban los de los brillantes que
adornaban su frente, produjeron tal incendio en el viejo corazón de Aben-
Habuz, que casi llegó a perder los sentidos. Dominando aquella extraña
pasión, alcanzó a preguntarle:
-¡Oh maravillosa joven! Cuéntame cómo has llegado a mi reino.
Una voz dulce y melodiosa que lo turbó más aún, contestó:
-Huyendo de los enemigos de mi padre, un príncipe cristiano caído en
desgracia y prisionero ...
-No te dejes engañar -interrumpió el mago Ibrahim al oído de Aben-
Habuz-. Ella es el enemigo señalado por el moro de la torre. En sus ojos leo
algo maléfico. En su rostro advierto cosas que me hacen sospechar que es
alguna cruel hechicera transformada en hermosa doncella para dominarte.
-Sabio Abu Ajib -respondió el rey con enojo-. Tu ciencia será
profunda, pero en cuanto al conocimiento de estas cuestiones femeninas, lo
desafío al mismísimo rey Salomón. Esta joven en quien crees ver una
maléfica hechicera, es una bella e inocente paloma, que da recreo a mis ojos
y amor a mi corazón.
-Ten presente, poderoso rey -insistió Ibrahim-,' que mi proceder ha
sido desinteresado. He contribuído a destrozar a tus enemigos; en cambio
ahora te solicito me cedas a esta joven, que al par que entretenga mis
momentos de descanso, la estudiaré por si encuentro en ella una hábil
hechicera y poder así destruir sus malas artes.
-Tus pretensiones -repuso con voz agriada Aben Nabuz- no tienen
límites; ¿para qué quieres más bailarinas?
-Ninguna de ellas toca la lira de plata, y un rato de música es
agradable cuando la mente se halla fatigada.
-¡Pues búscate otra música! -gritó el rey en el colmo de la ira-. Esta
joven es mía y nadie en el mundo me la arrebatará. Siento tanto cariño por
ella como David, padre de Salomón, sintió por la sulamita Abisag.
Los presagios y ruegos de Ibrahim terminaron en borrascosa
discusión. El mago ofendido por las palabras del rey, se retiró a sus
aposentos. Aben-Habuz, riéndose de sus profecías, se dedicó a hacerle la
corte a la bella princesa. Creía suplir su falta de juventud y atractivos físicos
con espléndidos regalos. Los mercaderes de Granada debían venderle las
joyas más preciadas, las más raras y delicadas esencias, sedas y encajes
que llegaban de Asia y África.
La ciudad vivía de fiesta en fiesta. Bailes, torneos, corridas de toros se
daban en alegre continuidad. Nada conmovía a la princesa. Regalos y fiestas
los recibía como cumplidos, más que a su alcurnia, a su belleza, de la que
estaba muy envanecida.
Su conducta parecía guiada por el propósito de arruinar a su viejo
admirador, haciéndole gastar sumas fabulosas en innecesarios objetos.
Nada de lo que ideaba Aben-Habuz vencía la amable reserva de la princesa.
No lo desairaba ni le sonreía. Cada vez que, incontenible, le declaraba su
amor, ella, como respuesta, pulsaba la lira de plata.
Sus melodiosas notas parecían estar acompañadas del misterioso
poder de sumir al viejo rey en un sueño irresistible, del que despertaba
horas después con mayor vigor, pero curado por varios días de su
avasalladora pasión.
Mientras Aben-Habuz vivía en este ensueño olvidaba día a día los
deberes para con su reino. Los cortesanos, y luego el pueblo, empezaron a
murmurar lamentándose del estado de idiotez de su soberano y del derroche
a que lo conducía su favorita.
La situación llegó a agravarse cuando el pueblo, perdiendo todo
respeto, intentó asaltar el palacio y matar a la princesa cristiana.
El temperamento guerrero volvió a renacer en el pecho del rey. Al
frente de sus tropas atacó a los sublevados, derrotándolos y ahogando toda
posibilidad de nueva insurrección.
Al reinar la tranquilidad, Aben-Habuz hizo llamar al mago Ibrahim,
que permanecía en sus aposentos sin olvidar las ofensas y el triste resultado
de su pedido.
Con voz amable y ánimo de congraciarse, le dijo:
-Debo confesarte, sabio Abu Ajib, que tus profecías sobre la hermosa
cristiana se han cumplido. Espero de ti los consejos que me libren de
futuros peligros.
-Solamente puedo darte uno -replicó solemne Ibrahim-, que alejes
cuanto antes de tu lado a esa joven que causará tu ruina.
-Eso es imposible -gimió dolorido Aben-Habuz-. ¡Preferiría en este caso
perder mi reino! -Es que perderás ambas cosas -vaticinó el mago.
-No me abandones en esta cruel situación -imploró el rey-. Ten piedad
de mis sentimientos y busca la forma de evitar mayores riesgos, y cumplir
mi anhelo de hallar, lejos de las obligaciones e hipocresías de la corte, un
retiro pleno de amor y placidez.
Ibrahim meditó unos instantes, luego examinó con atención el
arrugado rostro del rey.
-¿En qué forma me recompensarías si te suministro lo que anhelas?
-¡Concederé lo que pidas! ¡Palabra de rey!
-¿Habéis escuchado, magno soberano, algún relato del asombroso
jardín del Irán, maravilla (le la Arabia Feliz?
-Como buen creyente conozco lo que a su respecto dice el Libro del
Corán, en el capítulo "La Aurora del día". Además he oído de labios de peregrinos
relatos increíbles y portentosas descripciones de ese lugar. Pero los
he considerado como exageraciones de viajeros para deslumbrar a sus oyentes...
-Tu incredulidad es inexacta. Lo dicho por ellos es verdad -
interrumpió Abu Ajib-. Tuve la suerte de ver el jardín y el palacio del Irán y
si tu paciencia es grande, ten a bien de escuchar mi relato, en el que
hallarás algo semejante a tus deseos:
Siendo joven erraba por el desierto cuidando los camellos de mi padre,
cuando un día uno de ellos se extravió en las dunas de Aden. La larga
búsqueda agotó mis fuerzas. Alcancé a llegar a un pequeño oasis, donde me
tumbé a dormir. Grato fue mi despertar frente a las puertas de una hermosa
ciudad, rodeada de jardines de incomparable belleza, que recorrí con
asombro y temor. Sus palacios, calles, plazas y mercados estaban desiertos.
Ni un solo ser viviente habitaba en ella. Impresionado por el silencio,
resolví volver al oasis, y cuando alcancé a cruzar la puerta por donde había
entrado, me volví a admirar sus bellos monumentos, pero la ciudad había
desaparecido en las arenas del desierto.
Preocupado por lo que creía un sueño, me orienté tratando de dar con
la caravana. En el camino tuve la fortuna de encontrar a un viejo sacerdote
mahometano, de mucho saber y conocimiento en leyendas y tradiciones.
Después de oírme me explicó que había visitado el maravilloso jardín
del Irán, que solía aparecer de vez en cuando a los viajeros del desierto. Su
origen se remontaba a la antigua época en que la tribu de los Additos
poblaba esas tierras. El rey Sheddad, hijo de Ad y bisnieto de Noé, tuvo la
idea de fundar una hermosa ciudad. Cuando se terminó de construir era tan
extraordinaria y magnífica, que el rey resolvió edificar un palacio con
jardines que superaran a los que, según el Libro del Corán, existen en el
paraíso celestial. Pero su soberbia fue severamente castigada por Alá. El rey
y sus súbditos desaparecieron misteriosamente. Un velo cayó sobre la
ciudad, ocultándola a la vista humana, y suele descubrirse de vez en
cuando, como un ejemplo del castigo que merece la vanidad.
Esta leyenda unida al recuerdo de la maravillosa ciudad no alcanzó a
borrarse de mi mente. Al conseguir el Libro de la Sabiduría, resolví, como
una de las primeras cosas, visitar nuevamente el jardín del Irán. Fácil me
fue hallarlo, e instalándome en el palacio del rey Sheddad, gocé durante
algún tiempo de las delicias de aquel edén. Mi poder obligó al genio que
cuidaba la ciudad a informarme cómo se hacía invisible tanta belleza. Así es
como puedo construir, si lo deseas, un palacio y un jardín que superen en
magnificencia a los del Irán. Mi poder es mayor del que requiere esa
empresa. Acuérdate que poseo el Libro de la Excelsa Sabiduría, anterior al
gran Salomón."
-Abu Ajib -imploró Aben-Habuz-. Demasiado conozco tu saber y poder
para que me atreva a ponerlos en duda. Sólo te pido que me hagas un
palacio semejante al que me has descripto y te recompensaré hasta con la
mitad de mi reino.
-¡Bah! -contestó despectivo el mago-. Nosotros los que consagramos
nuestra vida al estudio consideramos las riquezas como producto del
egoísmo, pero para conformarte, te pediré que me regales el primer animal
cargado que cruce la puerta del encantado palacio.
El rey no ocultó su alegría y apresuró la respuesta a tan poco pedir.
Ibrahim, demostrando una actividad insospechada, empezó a construir
sobre sus habitaciones subterráneas, en el centro de un patio rodeado de
gruesos muros, una torre con sólidas puertas, en torno a la cual, con la
ayuda de un cincel y una maza, labró dos misteriosos símbolos; una gran
llave y una mano gigantesca. Pronunciando algunas palabras cabalísticas,
dio fin a su trabajo.
Finalizada la obra, después de permanecer dos días en sus aposentos
haciendo misteriosas experiencias, subió a lo alto de la montaña. Pasada la
medianoche fue a despertar a Aben-Habuz y le dijo: -Poderoso rey, mi obra
está concluída. En lo alto de la montaña se encuentran a tu disposición el
palacio y los jardines de la belleza más fantástica que pueda concebir la
imaginación del hombre. Cuenta con las propiedades del jardín del Irán, que
queda oculto a todo el que no posea la clave secreta que enuncia el Libro de
la Suprema Sabiduría.
-¡Oh! -exclamó asombrado el rey-. En cuanto amanezca me instalaré
en ese palacio.
Las pocas horas que faltaban para nacer el nuevo día, transcurrieron
para Aben-Habuz con una lentitud desesperante. Antes que el sol iluminara
los picos de Sierra Nevada, ya estaba a caballo dispuesto para la partida. A
su lado, sobre un hermoso animal, cuya blancura podría rivalizar con la
nieve, iba la princesa cristiana, más hermosa que nunca, luciendo un
maravilloso vestido adornado con brillantes y esmeraldas.
El mago Ibrahim, que no gustaba de los ejercicios ecuestres,
caminaba al otro lado del rey ayudándose con su bastón y sin dejar de
observar a la joven y a la lira de plata que conservaba sujeta a la cadena de
oro que rodeaba su cuello.
La curiosidad impacientaba a Aben-Habuz. Estaban por llegar y no
divisaba las torres del monumental palacio ni los deliciosos jardines
prometidos.
-Ya te previne -explicó Abu Ajib- que guarda los mismos hechizos que
el del Irán. Nada has de ver hasta pasar por la puerta mágica.
Cuando llegaron al patio amurallado Ibrahim indicó al rey fijara su
atención en la llave y la gigantesca mano labrada sobre y a cada uno de los
lados de la enorme puerta.
-Estos son -dijo- los símbolos que protegen la entrada al maravilloso
retiro. Hasta que esa mano suba y tome la llave no habrá en el mundo quien
pueda atentar contra la tranquilidad del dueño de estas montañas.
El asombro que le produjo cosa tan notable distrajo tanto a Aben-
Habuz, que ni siquiera notó que el caballo de la princesa pasaba por la
puerta hasta llegar al centro del patio. Un grito del mago lo trajo a la
realidad.
-¡Ah!, rey de Granada -dijo alborozado-, he aquí mi recompensa: el
primer animal con su carga que atravesara la puerta encantada.
Aben-Habuz aumentó su buen humor. No esperaba por cierto una
broma semejante, pero cuando la insistencia del mago le indicó que aquello
era cosa seria, el enojo turbó su mente y sosteniendo la barba que se
sacudía al son de su ira, exclamó:
-Ibrahim Abu Ajib, no tolero bromas de mal gusto ni torcidas
interpretaciones a mi promesa. Ella era de entregarte el primer animal
cargado que atravesara esa puerta; toma, pues, la más robusta mula y
cárgala con mis mejores joyas, pero no pretendas, ni aun en broma,
quedarte con la dueña de mi corazón.
-De sobra sabes -contestó el mago- que desprecio los tesoros. Me
basta para poseerlos el Libro de la Excelsa Sabiduría, así que no niegues lo
que en buena ley prometiste; entrégame la cautiva como cosa mía.
A todo esto la princesa seguía, con despectiva sonrisa y desde su
cabalgadura, la discusión de aquellos dos ancianos sobre la propiedad de su
belleza.
Aben-Habuz, después de girar la cabeza como buscando nuevas
fuerzas, estalló indignado: -¡Ratón del desierto! ¡Guarda tu saber y rinde
respeto a tu señor y a tu rey!
-¡Ja!... ¡ja! -rió irónico Abud Ajib-, no sabía que tus pretensiones
llegaban a tanto, iluso muñeco que ordena obediencia a un monarca de la
sabiduría. Conténtate, Aben-Habuz, en manejar tu pobre estado y gozar en
ese paraíso de locos, mientras yo me divierto a tu costa en mi humilde
retiro.
Acompañando sus últimas palabras con un gesto (le desdeñosa
superioridad, tomó la brida del caballo que montaba la bella princesa y
golpeó con su bastón la superficie del patio. Un suave temblor agitó la
montaña, el mago y la cautiva desaparecieron tragados por la tierra, la que
volvió a unirse sin dejar la más pequeña señal de lo ocurrido.
Largo tiempo quedó Aben-Habuz sin habla. Pero al fin, consiguió salir
de su aturdimiento y, venciendo el dolor de su corazón, dio frenéticas
órdenes de que se cavase en el lugar en que se había ocultado el testarudo
mago.
Todos los esfuerzos realizados para descubrir su retiro fueron inútiles.
Al llegar a cierta profundidad la tierra volvía a unirse tapando los pozos
cavados. La entrada a los aposentos de Ibrahim había desaparecido tras una
pared de roca en la que se destrozaban las herramientas que pretendían taladrarla.
La desesperación del rey no tenía límites. A la pérdida de la amada se
añadía la ineficacia del aparato construído por Abu Ajib. La figura del
moro había girado y su lanza permanecía inmóvil después de señalar el
lugar por donde se había hundido el mago.
Para mayor tortura, cuando apenas la calma volvía a su corazón
llegaban, al parecer del interior de la montaña, e invadían los aposentos del
castillo, melodiosas canciones que acompañaban las dulces notas de la lira
de plata.
Un día un pobre pastor pidió ver al rey. Después de mucho insistir fue
llevado a su presencia. Buen rato permaneció de rodillas antes de que el mal
humor del monarca le otorgara permiso de hablar.
-Perdóname, rey mío -dijo el pastor-, si no te traigo una buena noticia.
Hoy, al amanecer, mientras buscaba una cabra extraviada encontré un pasaje
que parecía atravesar la montaña. Venciendo mi temor lo seguí hasta
llegar, con gran sorpresa, a los aposentos del mago.
-¡Al fin -exclamó frenético el rey- podré acabar con ese miserable!
-Fácil te será -agregó el pastor- porque cuando lo vi, Ibrahim Eben
Abu Ajib descansaba sobre un lujoso diván adormecido por una mágica
melodía que arrancaba de la lira de plata la princesa hechicera.
El rey, guiado por el pastor y seguido por los cortesanos, corrió a
buscar el pasaje descubierto, pero fue inútil, éste había desaparecido.
Ordenó efectuar nuevas excavaciones que resultaron vanas. Los símbolos
mágicos representados por la llave y la gigantesca mano protegían poderosamente
al señor de aquellas montañas.
Aben-Habuz alcanzó a vivir unos pocos años más, de los cuales no
gozó un solo día de la ansiada tranquilidad. El recuerdo de su bella cautiva,
las continuas luchas con los príncipes vecinos y las intrigas de la corte,
amargaban de sobra su corazón.
El lugar en que Ibrahim dijo o simuló construir el famoso palacio y
jardín fue llamado por los habitantes de Granada "La locura del rey" o "El
paraíso de los locos".
Allí se construyó muchos años después la Alhambra, y sus
guardianes, generalmente inválidos o ancianos, caen repentinamente, ya de
día o de noche, en un profundo y dulce sueño. La leyenda dice que eso
sucederá hasta que la mano alcance la llave y destruya al genio que
mantiene encantada a aquella montaña, guardiana de un poderoso mago
hechizado por una hermosa princesa.
Leyenda del príncipe Ahmed Al Kamel
Había una vez en Granada, un rey moro que no tenía más que un hijo
llamado Ahmed. La servidumbre del palacio no tardó en llamar al pequeño
príncipe Al Kamel o El Perfecto, a causa de las excepcionales cualidades morales
y físicas que revelaban sus pocos años.
Los astrólogos, hombres que se dedicaban a observar el estado del
cielo, pronosticando de acuerdo con la hora del nacimiento los sucesos que
ocurrirían en su vida, no señalaban más que hechos favorables.
Pero estos horóscopos o estudios sobre su destino admitían una
sombra, sin decir por ello que le fuera perjudicial. Ésta lo representaba
como "un gran amor que lo arrastraría a grandes peligros. La única forma de
salvarlo era evitar que se enamorara hasta llegar a la mayoría de edad.
Para prevenir esta contingencia, resolvió el rey, sabiamente, recluir al
príncipe en un lugar donde jamás pudiese ver el rostro de una mujer ni
llegase a sus oídos la palabra amor. Con este objeto hizo construir un
magnífico palacio en la cima de una colina que se eleva detrás de la
Alhambra, en medio de jardines deliciosos, pero rodeado de elevadas
murallas (palacio conocido en la actualidad con el nombre de "El
Generalife". El joven príncipe fue encerrado en este palacio y confiado a la
vigilancia y a los cuidados de Eben Bonabben, uno de los filósofos árabes
más sabios y austeros.. Había pasado la mayor parte de su vida en Egipto,
estudiando los jeroglíficos y examinando las tumbas y las pirámides, y
encontraba más encanto en una momia egipcia que en la más seductora de
las bellezas vivas. El sabio recibió la orden de instruir al príncipe en toda
clase de ciencias, con excepción de una sola cosa: debía ignorar por
completo lo que era el amor.
-Emplead, con este objeto todas las precauciones que creáis
convenientes -dijo el rey- pero acordaos, Eben Bonabben, que si mi hijo
aprende algo de esa ciencia prohibida, vuestra cabeza responderá por
vuestra negligencia.
Una grave sonrisa apareció en la apergaminada cara de Eben Bonabben.
-Vuestra Majestad puede estar tranquilo con respecto a su hijo, como yo lo
estoy con respecto a mi cabeza. ¿Soy el hombre capaz de dar lecciones de
esa funesta pasión?
Encerrado en el palacio y jardines creció el príncipe bajo los atentos
cuidados del filósofo. Era servido por esclavos negros; mudos, ignorantes del
amor, o, al menos, privados de la palabra para poderlo explicar. Su
educación intelectual fue el objeto particular de los cuidados de Eben
Bonabben, que se esforzaba en iniciarlo en las ciencias ocultas del Egipto.
Pero el príncipe hizo pocos progresos, demostrando bien pronto que no era
dado a la filosofía, ciencia que estudia las propiedades y efectos de las cosas
naturales.
Sin embargo, mostrábase asombrosamente dócil, siguiendo los
consejos que le daban. Escuchaba con paciencia, reprimiendo su fastidio,
las sabias y pesadas explicaciones de Eben Bonabben, del cual recibió las
nociones de todas las ciencias, y de esta forma cumplió dichosamente sus
veinte años, dotado de un saber prodigioso, pero totalmente ignorante de las
cosas del amor.
Pero llegado este tiempo se efectuó un cambio completo en la
conducta del príncipe. Abandonó por entero sus estudios y se dedicó a asear
por los jardines y a meditar al lado de las fuentes. Entre sus conocimientos
se le había enseñado un poco de música, y ella absorbía ahora una gran
parte del tiempo, y a la vez se iba desarrollando en él el gusto de la poesía.
El sabio Eben Bonabben se alarmó y trató de combatir estas dulces
inclinaciones explicándole un severo curso de álgebra, pero el príncipe se
apartó de este estudio con horror:
"¡No puedo sufrir el álgebra! -dijo-, ¡la aborrezco! ¡Necesito alguna cosa
que hable más al corazón!"
El sabio Eben Bonabben movió la cabeza al oír estas palabras.
"Se acabó la filosofía -pensó-, el príncipe ha descubierto que tiene un
corazón". Desde entonces ejerció sobre su discípulo una inquieta vigilancia y
dióse cuenta de que la ternura de su naturaleza estaba en efervescencia, y
que sólo necesitaba un objeto. Vagaba por los jardines del Generalife; lleno
de una dulce embriaguez, cuya causa desconocía; otras veces se sumía en
deliciosos sueños; o tomaba su laúd sacándole los sones más conmovedores
y en seguida lo arrojaba, deshaciéndose en suspiros y quejas.
Pronto esa predisposición al amor se manifestó aun con los objetos
inanimados; prodigaba tiernos cuidados a las flores que cultivaba; después
hizo objeto de sus predilecciones a ciertos árboles y entre ellos uno en
particular, de forma graciosa y delicado ramaje, al que rendía un culto
apasionado; grabó su nombre en la corteza, adornó sus ramas con guirnaldas
y cantaba dulces melodías en honor suyo, acompañándose de su
laúd.
El sabio Eben Bonabben se alarmó de la exaltación de su discípulo, a
quien veía aprender lo que se le ocultaba, pues la menor alusión podía ser
suficiente para revelarle el secreto fatal. Temblando por la salvación del
príncipe y por su propia cabeza, se apresuró a arrancarle de las seducciones
del jardín y lo encerró en la torre más alta del Generalife. Esta torre contenía
soberbios departamentos y gozábase desde ella una hermosa vista, pero se
elevaba muy por encima de la atmósfera de perfumes y de los bosquecillos
encantadores, tan peligrosos para la vivísima sensibilidad de Ahmed.
¿Pero qué hacer para hacerle aceptable esta violencia y para alegrar
en algo las largas horas de fastidio? Había agotado ya toda clase de
conocimientos agradables y, en cuanto al álgebra, no era posible ni hablarle
de ella. Por fortuna, Eben Bonabben, durante su estancia en Egipto, había
aprendido el lenguaje de los pájaros, que le enseñó un rabino judío, en cuya
familia este conocimiento se trasmitía de padres a hijos, desde el gran
Salomón, a quien se lo había enseñado la reina de Saba. A la primera
palabra que le dirigió al príncipe sobre esta cuestión, sus ojos brillaron de
placer, y se aplicó con tal ardor al estudio 'de esta ciencia, que al poco
tiempo era aún mas sabio en ella que su maestro.
La torre del Generalife dejó de ser un sitio solitario, pues encontró
compañeros con los que poder conversar.
La primera amistad que hizo fue la de un cuervo que había construído
el nido en una grieta en lo alto de las murallas, desde donde lanzábase al
espacio en busca de su presa. Pero el príncipe le encontró poco digno de
amistad y estima, pues no era más que un pirata del aire, necio y fanfarrón,
que no hablaba más que de rapiña, valentía y acciones feroces.
Trabó después conocimiento con un búho, pájaro de aspecto
importante y grave, enorme cabeza y ojos redondos, que pasaba todo el día
dormitando en un agujero del muro y lanzábase a merodear por la noche.
Mostraba grandes pretensiones de sabiduría, hablaba de astrología y
conocía algo de magia, pero era terriblemente dado a la metafísica y el
príncipe encontró sus discursos todavía más pesados y fastidiosos que los
del sabio Eben Bonabben.
Hizo después amistad con un murciélago que permanecía todo el día
colgado por las patas en un oscuro rincón de la bóveda y sólo salía,
furtivamente, cuando llegaba el crepúsculo. No tenía de las cosas más que
conocimientos borrosos e incompletos y se mofaba de todo lo que ignoraba o
apenas conocía, pareciendo no encontrar placer en nada.
Después de estos tres pájaros, fue de una golondrina de quien el
príncipe se prendó al poco tiempo. Era sumamente habladora, pero
inquieta, revoltosa, siempre en el aire, incapaz de seguir mucho tiempo una
conversación. Al fin se convenció de que era una charlatana que se
contentaba con revolotear por la superficie de las cosas sin profundizar en
nada y que, con sus pretensiones de saberlo todo, no conocía nada a fondo.
Tales eran los únicos plumíferos compañeros con quienes el príncipe
tuvo ocasión de ejercitarse en el lenguaje que acababa de aprender; la torre
era demasiado elevada para que otros pájaros pudieran frecuentarla. Se
cansó bien pronto de sus nuevas amistades, cuyas conversaciones decían
tan poco al espíritu y nada al corazón, y poco a poco fue cayendo otra vez en
su aburrimiento. Pasó el invierno y reapareció la primavera con sus flores,
sus verdores, sus brisas perfumadas y volvió para los pájaros el tiempo
dichoso de amarse y construir sus nidos. fue una explosión casi repentina
de conciertos y melodías en los bosques y jardines del Generalife, que
llegaban a los oídos del príncipe, encerrado en su torre solitaria. Por todas
partes se oía un solo tema invariable: "¡Amor!, ¡amor!, ¡amor!", cantado en
los aires y repetido por todas las voces y en todos los tonos: El príncipe,
perplejo, escuchaba en silencio:
"¿Qué es este amor -preguntábase- del cual parece estar lleno el
universo y que yo no conozco?"
Entonces interrogó a su amigo el cuervo, pero el impetuoso pájaro le
respondió con desdén:
"Dirigíos a la turba de pacíficos pájaros de la tierra que han nacido
para servirnos de presa a los príncipes del aire. Mi ocupación es la guerra, y
mis placeres los combates. En una palabra: yo soy un guerrero y no sé nada
de esa cosa que llaman amor".
El príncipe separóse de él con disgusto y fue a buscar al búho a su
retiro. "Esta es un ave de costumbres pacíficas -se dijo- y podrá resolverme
el enigma." Y pidió al búho que le dijera qué era ese amor que todos los
pájaros cantaban allá abajo, en el bosque.
El búho tomó un aire de dignidad ofendida y contestó:
"Mis noches se consumen en el estudio y mis días en reflexionar en
mi celda sobre lo que he aprendido. En cuanto a esos pájaros de que me
habláis no los oigo nunca; los desprecio, a ellos y al objeto de sus canciones.
¡Gracias a Alá, no sé cantar! ¡Soy un filósofo y no sé nada de eso que llaman
amor!"
Entonces el príncipe hizo a su amigo el murciélago, que seguía
pendiente de las patas, la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el
hocico, tomó un aire ceñudo:
"No vale la pena -dijo agriamente- venir a turbar mi sueño matinal
para hacerme una pregunta tan frívola. Yo no salgo hasta que oscurece,
cuando duermen todos los pájaros, y no me ocupo jamás de sus negocios.
Yo no soy ni cuadrúpedo ni pájaro, gracias al cielo. Conozco la perfidia de
todo el mundo y los aborrezco a todos en general y a cada uno en particular.
En una palabra: soy misántropo y no sé nada de lo que llaman amor".
El príncipe fue entonces a ver a la golondrina, a quien detuvo cuando
pasaba volando alrededor de la torre. La golondrina, como de costumbre,
tenia mucha prisa y apenas tuvo tiempo de responderle.
"A fe mía -dijo-, tengo tantos asuntos, tantas ocupaciones, que no he
tenido nunca tiempo de pensar en ello. Todos los días debo hacer mil visitas,
tengo mil negocios de importancia que examinar, y no me queda un
momento libre para ocuparme de esas tonterías. En una palabra: soy una
ciudadana del mundo y no sé una palabra de eso que llaman amor." Y
diciendo esto voló sobre el valle y se perdió de vista en un momento.
Quedóse el príncipe contrariado y perplejo, pero la misma dificultad
de satisfacerla, estimulaba aún su curiosidad. Hallándose de este humor,
entró en la torre su viejo guardián; el príncipe dirigióse vivamente a su
encuentro:
-¡Oh, sabio Eben Bonabben! -exclamó-, tú me has enseñado casi toda
la sabiduría de la tierra, queda una cosa que ignoro por completo y en la
que quisiera ser instruído.
-El príncipe no tiene más que preguntar: todo lo que encierra la
limitada inteligencia de su servidor está a ,su disposición.
-Dime, pues, ¡oh profundísimo sabio!, ¿qué es esa cosa que llaman
amor?
El sabio Eben Bonabben se quedó como herido por un rayo. Empezó a
temblar y cambió de color, sintiendo que su cabeza vacilaba ya sobre sus
hombros.
-¿Qué ha podido sugerir a mi príncipe semejante pregunta? ¿Dónde
puede haber aprendido esa vana palabra?
El príncipe le condujo a la ventana de la torre.
-¡Escuchad, oh Eben Bonabben! -dijo.
El sabio escuchó. El ruiseñor, posado en el ramaje debajo de la torre,
cantaba a su bienamada la rosa; de todas las ramas floridas y de los
espesos matorrales se elevaba un concierto; y el amor, el amor, el amor, era
el tema invariable.
-¡Allah Akbarl ¡Dios es grande! -exclamó el sabio Bonabben-, ¿quién
puede pretender ocultar ese misterio al corazón del hombre cuando hasta
los mismos pájaros conspiran a revelarlo?
Y volviéndose hacia Ahmed, le dijo:
-¡Oh príncipe mío!, cierra tus oídos a estos cantos seductores e impide
que llegue a tu inteligencia esta peligrosa ciencia. Sabe que el amor es la
causa de la mitad de los males que sufren los desdichados mortales. El es el
que enciende el odio y la discordia entre los amigos y los hermanos, el que
causa las sangrientas traiciones y el estrago de la guerra. Las inquietudes y
las penas, los días sin alegrías y las noches de insomnio, forman su cortejo.
Marchita la flor y destruye los placeres de la juventud y lleva consigo los
males y las tristezas de una vejez prematura. ¡Alá te conserve, oh príncipe
mío, en una completa ignorancia de lo que es amor!
Retiróse, el sabio Eben Bonabben dejando al príncipe en mayor
perplejidad. En vano intentó alejar de su espíritu esta preocupación; no por
eso dejó de ser menos señora de sus pensamientos, forzándolo a consumirse
en vanas conjeturas. "Con toda seguridad -decíase a sí mismo escuchando
los cantos melodiosos de los pájaros- que estos acentos no son los del dolor,
sino que expresan, por el contrario, la ternura y la alegría. Si el amor es una
cosa tan grande de desgracia y de discordia, ¿por qué estos pájaros no
languidecen en la soledad y por qué no se les ve despedazarse en lugar de
revolotear alegremente entre los árboles o juguetear reunidos entre las
flores?"
Reposaba una mañana sobre su lecho, meditando en este enigma. La
ventana de su cuarto, abierta de par en par, dejaba entrar la suave brisa
que venía del valle del Darro, saturada del perfume de los naranjos en flor;
oíanse débilmente los trinos del ruiseñor, que cantaba siempre su eterna
canción. Cuando el príncipe escuchaba suspirando, oyó de pronto en el aire
un ruido de alas: un bello palomo, perseguido por un gavilán, refugióse en la
habitación y cayó jadeante al suelo, mientras que su perseguidor, escapada
la presa, emprendió otra vez su vuelo hacia las montañas.
El príncipe recogió al ave fatigada, que respiraba agitadamente, y
después de haberla calmado con sus caricias, la metió en una jaula de oro y
le dio con su propia mano el trigo más blanco y el agua más pura. Pero el
ave rehusó todo alimento y permaneció triste y abatida, exhalando dolorosos
gemidos.
-¿Por qué te quejas? -le dijo Ahmed-, ¿no tienes todo lo que tu corazón
puede desear?
-¡Ay, no! -respondió el palomo-. !Me veo separado de la compañera de
mi corazón y en la dichosa época de la primavera, la del amor!
-¡Del amor! -exclamó Ahmed-. Te ruego, hermosa ave, que me digas lo
que es el amor.
-Muy bien puedo hacerlo, príncipe. El amor es el tormento de uno
solo, la felicidad de dos y la discordia y la enemistad de tres; es un encanto
que aproxima, atrayéndoles, a dos seres y los une con lazos de una dulce
simpatía, que los hace felices cuando están juntos y desgraciados cuando se
separan. ¿No existe acaso ninguna criatura a quien estéis ligado con los
nudos de este tierno afecto?
-Amo a mi viejo maestro Eben Bonabben más que a ninguna otra
persona; con frecuencia me resulta fastidioso y algunas veces me siento más
feliz sin su presencia.
-No es de esta clase de simpatía de la que hablo. Me refiero al amor, al
gran misterio y el principio de la vida, la alegría embriagadora de la
juventud, el sabio placer de la edad madura. Mira a tu alrededor, príncipe, y
verás cómo la naturaleza, en esta bendita estación, está toda llena de amor.
Cada criatura tiene su compañera; el pajarillo más insignificante
canta a su amada; hasta el mismo insecto, en el polvo, corteja a su dama, y
esas mariposas que veis revolotear alrededor de la torre y jugando en el aire,
son felices con sus amores. ¡Ay, príncipe! ¿Has malgastado tantos preciosos
días de tu juventud sin saber nada del amor? ¿No hay ninguna persona del
otro sexo, alguna bella princesa o gentil damita que haya cautivado tu
corazón y hecho nacer en tu pecho un dulce conjunto de penas agradables y
tiernos deseos?
-Empiezo a comprender -dijo el príncipe, con un suspiro-; he sentido
más de una vez esa inquietud pero sin conocer la causa.; pero, ¿dónde
encontrar en esta soledad un objeto como el que describes?
Después de algún rato más de conversación, la iniciación del príncipe
en la nueva ciencia fue completa.
-¡Ay! -dijo-. Si verdaderamente el amor es tal delicia y su privación
hace tan desgraciado, ¡Alá me libre de turbar la alegría de los que aman!
Y abriendo la jaula, sacó al palomo y lo puso en la ventana,
diciéndole:
-Vete, ave feliz; ve a gozar con la compañera de tu corazón estos días
primaverales de tu juventud. ¿Por qué te he de tener prisionero como yo, en
esta horrorosa torre donde el amor no puede entrar jamás?
El palomo, transportado de júbilo, batió sus alas, describió un círculo
en el espacio y después voló rápidamente hacia las floridas alamedas del
Darro.
El príncipe siguióle con la vista y se abandonó después a amargas
reflexiones. El canto de los pájaros, que poco antes le deleitaba, hacía ahora
mayor su amargura.
"¡Amor! ¡amor!, ¡amor!" ¡Ay, pobre joven! Ahora comprendía el
significado de sus cantos.
Cuando volvió a ver al sabio Bonabben, sus ojos chispeaban de coraje.
-¿Por qué -le dijo- me habéis tenido en esta abyecta ignorancia? ¿Por
qué el haberme ocultado el gran misterio y el principio de la vida, que
conoce hasta el más vil insecto? Ved cómo toda la naturaleza está
disfrutando de él y cada criatura se regocija con su compañera. Este, éste es
el amor que yo quiero conocer. ¿Por qué he de ser yo sólo el que no goce de
él? ¿Por qué he perdido tantos años de mi juventud sin conocer sus
delicias?
El sabio Bonabben comprendió que toda reserva había de resultar
inútil, pues el príncipe conocía ya la ciencia peligrosa y prohibida. Así es
como le in- formó de las predicciones hechas por los astrólogos y las
precauciones que se habían tomado en su educación para librarlo de los
males que le amenazaban.
-Y ahora, príncipe -agregó-, mi vida está en tus manos. Si el rey, tu
padre, descubre que durante el tiempo que has estado confiado a mis
cuidados has sabido lo que es el amor, pagaré con mi cabeza.
El príncipe se mostró más razonable que la mayor parte de los jóvenes
de su edad y se rindió a las reflexiones de su maestro sin oponer nada
contra ellas. Además, sentía un verdadero cariño por el sabio Bonabben, y
no habiendo sido instruido en el amor más que teóricamente, consintió en
tener oculta en su pecho la ciencia que había aprendido, antes de poner en
peligro la cabeza del filósofo.
Pero su discreción tuvo que pasar por una prueba mayor. Algunos
días después, cuando meditaba acodado en las almenas de la torre, el
palomo a quien había dado libertad apareció cerniéndose en el aire y vino a
posarse sin temor sobre sus hombros.
El príncipe lo estrechó tiernamente sobre su corazón y le dijo:
-Ave feliz, tú que puedes volar, por decirlo así, sobre las alas de la
aurora hasta las extremidades del mundo, ¿dónde has estado desde nuestra
separación?
-En una tierra lejana, príncipe, de donde te traigo buenas noticias en
premio de mi libertad. Durante mi caprichoso viaje a través de llanuras y
montañas, divisé debajo de mí un jardín delicioso, lleno de frutas y flores de
todas clases. Estaba situado en una verde pradera, a la orilla de un río caudaloso,
y en el medio del jardín se elevaba un magnífico palacio. Descendí
sobre un árbol para reposar de mi viaje y vi sobre la verde orilla una
bellísima princesa. Estaba rodeada de sus doncellas, tan jóvenes como ella,
que la adornaban con guirnaldas y coronas de flores, pero ninguna flor del
campo ni del jardín podía compararse con su belleza. Allí transcurría su
vida separada del mundo, pues el jardín estaba rodeado de altas murallas y
ningún mortal podía entrar en él. Al ver esta jovencita tan tierna, tan
inocente, tan pura, tan alejada de todo contacto con el mundo, pensé: "He
aquí el ser criado por el cielo para inspirar amor a mi príncipe".
Al oír este relato, el corazón de Ahmed se inflamó; toda la hermosura
latente de su naturaleza había encontrado de pronto un objeto en que
manifestarse y concibió por la princesa una vehemente pasión. Escribió una
carta, redactada en los más apasionados términos, que respiraba el más
ardiente amor, pero al mismo tiempo quejándose de la desgraciada esclavitud
de su persona, que le impedía ir a buscarla para arrojarse a sus
plantas. Agregaba algunas poesías de una elocuencia tierna y conmovedora,
pues, sobre ser naturalmente poeta, estaba inspirado por el amor. Después
escribió la dirección en esta forma:
"A la bella desconocida, de parte del príncipe cautivo, Ahmed", y
perfumándola con almizcle y esencia de rosa, la entregó al palomo.
-¡Ve, fiel mensajero! -le dijo-, atraviesa montañas, valles, ríos y
llanuras; no te detengas en los árboles ni te poses en la tierra, hasta que no
hayas entregado esta carta a la dueña de mi corazón.
El palomo se elevó en el espacio, y tomando vuelo partió rápidamente
en línea recta. El príncipe le siguió con la vista hasta que no fue más que un
punto en el cielo y desapareció por último tras una montaña.
Largo tiempo esperó la vuelta del mensajero y comenzaba a tacharlo
de olvidadizo, cuando una tarde, a la puesta del sol, el palomo entró en su
habitación, y, cayendo a sus pies, expiró. Algún arquero, cazando, le había
atravesado el pecho con una flecha, pero el pájaro fiel había empleado el
resto de vida que le quedaba en cumplir su misión. Inclinóse el príncipe con
dolor sobre este gentil mártir de la fidelidad y vio que llevaba un collar de
perlas del que estaba pendiente, y bajo un ala, una miniatura de esmalte
que representaba a una encantadora princesa en la flor de la juventud. Sin
duda alguna, era la bella desconocida del jardín; pero, ¿cuál era su nombre?
¿Dónde vivía? ¿Cómo había recibido su carta? ¿Había enviado ella este
retrato para indicarle que aprobaba su pasión? Desgraciadamente, la
muerte del fiel palomo dejaba todas estas cosas envueltas en la bruma de la
duda y el misterio.
El príncipe miraba, embebido, el retrato, hasta que sus ojos se
bañaron en lágrimas; lo besaba, estrechándolo contra su corazón, y
permanecía horas enteras contemplándolo con desesperada ternura.
"¡Bella imagen! -decía-. No eres, ¡ay!, más que una imagen; sin
embargo, tus preciosos ojos me miran tiernamente; esos labios de rosa
parecen querer hablar para infundirme valor. ¡Vana ilusión! ¿No han mirado
del mismo modo a algún rival más afortunado? ¿En qué lugar de este vasto
mundo puedo esperar descubrir el modelo? ¿Quién sabe qué montañas, qué
reinos nos separan, qué contratiempos pueden sobrevenir? Puede ser que
en este instante, en este mismo instante, se halle rodeada de amantes
mientras yo permanezco aquí, prisionero en una torre, consumiendo el
tiempo en la adoración de una vana pintura." Y el príncipe Ahmed tomó una
resolución. "Voy -se dijo- a huir de este palacio, que es para mí una odiosa,
prisión, y, peregrino de amor, recorreré el mundo entero en busca de esa
princesa desconocida."
Escaparse durante el día, cuando todo el mundo estaba despierto, era
cosa muy difícil; pero por la noche el palacio apenas estaba guardado, pues
nadie esperaba una tentativa de esa clase, de parte del príncipe, que
siempre había parecido resignarse con su cautividad. Pero, ¿quién le guiaría
en su huida en la oscuridad, no conociendo el país? Entonces se acordó del
búho, que, acostumbrado a volar de noche, debería conocer todos los
callejones y pasos ocultos. Habiendo ido, pues, a buscarle a su celda, le
interrogó sobre su conocimiento del país. El búho, revistiéndose de un aire
de importancia, le contestó:
-Has de saber, ¡oh príncipe!, que nosotros los búhos somos de una
familia muy antigua y numerosa, que aunque hayamos caído algo en
decadencia, poseemos castillos y palacios en ruinas en todas partes de
España. No hay torre en las montañas, fortaleza en las llanuras, ni
ciudadela en las poblaciones, donde no habite alguno de nuestros
hermanos, tíos o primos. Y durante los viajes que he hecho para visitar a mi
numerosa parentela, he explorado los rincones y escondrijos y estoy
perfectamente instruido de los sitios secretos del país.
El príncipe, loco de contento de encontrar al búho tan profundamente
versado en topografía, le informó entonces, en confianza, de su tierna pasión
y de la evasión -que proyectaba, rogándole que le acompañase y fuese su
consejero.
-¿Qué me propones? -le contestó el búho con aire de dignidad
ofendida-; ¿soy yo ave para intervenir en asuntos de amores; yo, que he
empleado mi vida en la meditación y el estudio de los astros?
-No te ofendas, severo búho- replicó el príncipe-; deja por algún
tiempo tus meditaciones y la luna y ayúdame en mi huida; te prometo que
recibirás cuanto pueda desear tu corazón.
-Yo poseo ya cuanto puedo desear -contestó el búho-; algunos ratones
bastan para mi frugal sustento y este agujero del muro es suficientemente
espacioso para mis estudios; ¿qué más puede desear un filósofo como yo?
-Acuérdate, ¡oh sabio búho!, de que mientras estás en la soledad de tu
celda contemplando la luna, tu talento se pierde para el mundo. Algún día
seré príncipe soberano, y entonces podré cubrirte de honores y dignidades.
El búho, aunque filósofo, y muy por encima de las necesidades
ordinarias de la vida, no estaba libre de ambición y decidióse finalmente a
partir con el príncipe para servirle de guía y consejero durante su
peregrinación.
Un enamorado ejecuta pronto sus deseos. El príncipe reunió todas
sus alhajas y las ocultó en sus vestidos para los gastos del viaje, y aquella
misma noche descolgóse al jardín por medio de su faja, escaló las murallas
del Generalife y, guiado por el búho, salvó felizmente la montaña antes de
que amaneciera.
Entonces deliberó con su guía acerca del camino que debían seguir.
-Si me es permitido darte un consejo -dijo el búho-, te recomendaría
que fueses a Sevilla. Has de saber que, hace muchos años, fui a visitar allí a
uno de mis tíos, búho de gran dignidad y poderío, que habitaba en un ala
arruinada del Alcázar- Durante mis paseos nocturnos por la ciudad, observé
con frecuencia una luz que brillaba en una torre solitaria. Al fin descendí a
posarme sobre la tronera y vi que la claridad provenía de la lámpara de un
mago árabe que se hallaba rodeado de sus libros de magia y sobre su
hombro sostenía un viejo cuervo, venido con él de Egipto. Conozco a este
cuervo y le debo la mayor parte de los conocimientos que poseo. Murió
después el mago; pero el cuervo continúa habitando la torre, pues estos
pájaros llegan a hacerse prodigiosamente viejos. Me atrevería a aconsejarte,
¡oh príncipe!, que fuésemos a buscar al cuervo, pues es adivino y hechicero
y muy versado en la magia, arte en que son renombrados todos los cuervos,
especialmente los de Egipto.
Quedó el príncipe maravillado de la sabiduría de este consejo, y tomó
por lo tanto el camino de Sevilla. No viajaba más que de noche, para
complacer a su compañero, y reposaba durante el día en alguna sombría
caverna o buscaba una torre desmantelada, pues el búho conocía todos los
escondrijos de esta clase y tenía una verdadera pasión por la arqueología,
ciencia que estudia los monumentos antiguos.
Al fin llegaron a Sevilla una mañana al despuntar el alba. El búho,
que aborrecía la claridad del día y la animación de las calles, se detuvo fuera
de las puertas de la ciudad, alojándose en la cavidad de un árbol.
El príncipe franqueó la puerta y encontró sin trabajo la torre mágica
que se eleva por encima de las casas de la ciudad, como una palmera se alza
por encima de los arbustos del desierto. Era la misma que existe aún,
conocida con el nombre de Giralda, la famosa torre construida en Sevilla por
los moros.
El príncipe subió por una larga escalera de caracol hasta lo alto,
donde encontró al cuervo adivino, misterioso pájaro, viejo, calvo,
desplumado y con una nube en un ojo, que le daba el aire de un espectro.
Estaba sostenido sólo sobre una pata, la cabeza inclinada a un lado,
mirando con su único ojo una misteriosa figura trazada en el suelo.
El príncipe se acercó con todo el respeto y la deferencia que
inspiraban su exterior venerable y su genio sobrenatural.
-Perdóname, ¡oh ancianísimo cuervo y sapientísimo mago! -le dijo-, si
interrumpo por un momento los estudios que son la admiración del mundo.
Tienes delante de ti a un peregrino de amor que desea consultarte para
saber cómo podrá obtener la posesión del objeto de sus desvelos.
-En otros términos -dijo el cuervo con aire entendido-: vienes a poner
a prueba mi habilidad en el arte de la quiromancia. Aproxímate, dame tus
manos y déjame descifrar las misteriosas líneas del destino.
-Dispénsame -dijo el príncipe-, no vengo para escrutar los secretos del
destino, que Alá oculta a los ojos de los mortales. Soy un peregrino de amor
y quiero simplemente encontrar un hilo que me conduzca hasta el objeto de
mi peregrinación.
-¿Y es posible que no encontréis el objeto de vuestra pasión en la
amorosa Andalucía? -dijo el viejo cuervo, fijando en él su único ojo-. ¿Y
sobre todo en la gallarda Sevilla, donde las gentiles bellezas de ojos negros
bailan alegres zambras a la sombra de los naranjos?
El príncipe enrojeció, algo contrariado al oír hablar tan cínicamente a
un pájaro tan viejo, que tenía ya un pie en el sepulcro.
-Créeme -le dijo en tono grave-, no me he puesto en camino para tener
tan poca constancia como supones. Las bellas andaluzas de ojos negros que
danzan bajo los naranjos del Guadalquivir no tienen para mí ningún interés.
Yo voy en busca de una purísima beldad desconocida, que es el original
de este retrato. Te suplico, pues, poderoso cuervo, suponiendo qué no
esté fuera del alcance de tu ciencia o del límite de tu poder, que me digas
dónde podré encontrarla.
El viejo cuervo de cabeza calva sintióse avergonzado de la severa
gravedad del príncipe y respondió secamente:
-¿Qué sé yo de la juventud y de la belleza? Yo no visito más que a las
personas viejas y marchitas, no las que tienen juventud y belleza. Yo soy el
adivinador del destino que lanza sus presagios desde lo alto de la chimenea
y bate sus alas en la ventana del moribundo. Dirigíos, pues, a otros para
tener noticias de vuestra desconocida beldad.
-¿Y a quién he de dirigirme si no es a los hijos de la sabiduría,
versados en los secretos del Libro
del Destino? Yo soy príncipe real, sometido a la influencia de los astros y
empeñado 'en una misteriosa empresa de la que puede depender la suerte
de los imperios.
Al oír que se trataba de un negocio de importancia en el que influían
los astros, cambió el cuervo de tono y de actitud, y escuchó la historia del
príncipe con profunda atención. Cuando hubo acabado, le dijo:
-En lo que respecta a la princesa, no puedo darte noticias por mí
mismo, pues yo no frecuento los jardines ni las mansiones de las damas,
pero vete sin tardanza a Córdoba y busca la palmera de Abderramán el
Grande, que se eleva en el patio de la Mezquita principal: al pie del árbol
encontrarás un gran viajero que ha visitado todos los países y todas las
cortes y ha sido favorito de reinas y princesas. Él te dará noticias del objeto
de tus pesquisas.
-Mil gracias por tus preciosas indicaciones -le dijo respetuosamente el
príncipe-. Adiós, venerable cuervo.
-Adiós, peregrino de amor -le contestó secamente el cuervo.
Y de nuevo tornó a meditar sobre el diagrama. El príncipe salió de
Sevilla, reunióse con su compañero de viaje, el búho, que aun dormitaba en
el hueco del árbol, y se pusieron en camino para Córdoba.
Llegaron allí después de atravesar los jardines suspendidos, los
bosques de naranjos y limoneros que dominan el encantador valle del
Guadalquivir y al
llegar a las puertas de la ciudad, el búho fuése a habitar a un oscuro
agujero de la muralla, y el príncipe Ahmed partió en busca de la palmera
plantada en tiempos lejanos por el gran Abderramán. Elevándose en medio
del gran patio de la Mezquita, destacábase como una torre por encima de los
naranjos y de los cipreses. Algunos derviches y faquires hallábanse sentados
en grupos en las galerías del patio, y numerosos fieles hacían sus
abluciones en las fuentes, antes de entrar en la Mezquita.
Al pie del árbol, mucha gente reunida escuchaba los discursos de un
personaje que parecía hablar con gran animación. "He aquí, sin duda
alguna -se dijo el príncipe Ahmed-, el gran viajero queme ha de dar noticias
de la desconocida princesa". Y se mezcló con la muchedumbre, pero quedóse
enormemente admirado al ver que a quien escuchaban era a un papagayo
que, con su plumaje de brillante verde, su mirar impertinente y su
presumido penacho, tenía el aspecto de un pájaro orgulloso de sí mismo.
-¿Es posible -preguntó el príncipe a uno de los que escuchaban- que
tantas personas serias disfruten con la charla de ese pájaro parlanchín?
-No sabéis de quién estáis hablando -le respondió el otro-; este
papagayo desciende de aquel famoso papagayo de Persia, renombrado por
su talento de cuentista. Lleva toda la ciencia de Oriente en la punta de su
lengua y sabe de memoria a todos los poetas. Ha visitado algunas cortes
extranjeras en las que ha sido considerado como un oráculo de
erudición. Por todo esto ha sido el favorito del bello sexo, que admira a los
sabios A papagayos que recitan poesías.
-Muy bien -dijo el príncipe-, voy a pedirle una entrevista particular a
este distinguido viajero. Obtuvo del pájaro la entrevista pedida y le explicó
su asunto. A la primera palabra que dijo, el papagayo fue presa de un
acceso de risa, tan prolongado, que le hizo venir las lágrimas a los ojos. -
Perdóname esta alegría -le dijo-; sólo nombrar el amor me hace reír a
carcajadas.
El príncipe se escandalizó de esta alegría intempestiva y le dijo:
-¿Acaso no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio
secreto de la vida, el vínculo de la simpatía universal?
-¡Paparruchadas! -exclamó el papagayo interrumpiéndole-. ¿Dónde
has aprendido, dime, esa jerga sentimental? Créeme: el amor ha pasado ya
de moda y no se oye hablar de él ni entre los espíritus refinados ni entre la
gente distinguida.
El príncipe suspiró acordándose del lenguaje tan diferente que
empleaba su amigo el palomo. "Como este pájaro ha vivido en la corte -se
decía- quiere echárselas de espíritu superior y delicado gentilhombre,
aparentando no saber nada del amor". No queriendo, pues, exponer de
nuevo al ridículo el sentimiento que llenaba su corazón, fue directamente al
objeto de su visita.
-Dime, maravilloso papagayo, tú que has sido en todas partes
admitido, y conoces todas las mansiones, ¿recuerdas haber visto el original
de este retrato? El papagayo `tomó con una de sus patas el medallón y
moviendo la cabeza de un lado a otro, lo examinó atentamente y exclamó:
-Palabra de honor que es una cara preciosa; pero ve uno tantas caras
bonitas, que difícilmente. . ., pero espera. . ., mirándola despacio. . ., no
cabe duda: ¡ésta es la princesa Aldegunda! ¿Cómo he podido olvidar a una
de mis mejores amigas?
-¡La princesa Aldegunda! -repitió el príncipe-, ¿y dónde podré
encontrarla?
-Poco a poco, poco a poco -contestó el papagayo-. Es más fácil
encontrarla que poderla obtener. Es hija única del rey cristiano de Toledo y
se halla encerrada lejos del mundo hasta que cumpla los diecisiete años, a
causa de una predicción de esos astrólogos intrigantes. No podrás verla,
pues ningún mortal ha podido conseguirlo. Yo fui llevado a su presencia
para distraerla y te juro, a fe de papagayo que ha visto el mundo, que no he
hablado en mi vida con princesa más discreta.
-Una palabra, en confianza, mi querido papagayo -dijo el príncipe-: yo
soy el heredero de un reino y algún día me sentaré en el trono. Veo que sois
un pájaro con talento y que conoce el mundo: ayudadme a obtener la
posesión de esta princesa y os elevaré, en mi corte, a una posición
distinguida.
-Con todo mi corazón -dijo el papagayo-; pero desearía, si fuera
posible, que fuese una renta fija, pues nosotros, espíritus elevados,
sentimos una gran repugnancia por el trabajo.
Pronto se cerró el trato; el príncipe Ahmed salió de Córdoba por la
misma puerta que había entrado, llamó al búho, que descendió del agujero
del muro, le presentó a su nuevo compañero como un sabio colega y
prosiguieron, reunidos, su viaje.
Iban demasiado despacio para la impaciencia del príncipe, pero el papagayo
estaba acostumbrado a la buena vida, y no le gustaba levantarse temprano.
Por otra parte, el búho prefería dormir al mediodía y hacía perder mucho
tiempo con sus largas siestas. Sus aficciones de arqueóloga eran también
causa de retraso, pues quería explorar todas las ruinas, contando largas
leyendas a propósito de todas las torres derruídas y antiquísimos castillos
del país. El príncipe había creído que el papagayo y el búho, siendo los dos
sapientísimos pájaros, se harían fácilmente amigos uno de otro, pero se
equivocó por completo. Continuamente estaban en disputa, pues el uno era
de espíritu superficial y el otro era filósofo. El papagayo recitaba versos,
criticaba las últimas obras y desplegaba toda su elocuencia a propósito de
pequeños puntos de erudición; por el contrario, el búho miraba estas cosas
como fútiles y sin importancia y no disfrutaba más que con la metafísica.
Además, si el papagayo cantaba cancionetas, repetía chistes, hacía gracias a
propósito de su grave compañero y reía inmoderadamente de sus propias
ocurrencias, todo lo cual era considerado por el búho como graves atentados
a su dignidad, tornábase sombrío y de mal humor, refunfuñaba y guardaba
silencio todo el día.
El príncipe no prestaba atención a las peleas de sus compañeros,
absorto en sus propios pensamientos y en la contemplación de la bella
princesa. De esta forma atravesaron los sombríos desfiladeros de Sierra
Morena, las áridas mesetas de la Mancha y de Castilla y bordearon las
riberas doradas del río Tajo. cuyos mágicos afluentes se extienden por una
mitad de España y Portugal. Al fin divisaron una ciudad fortificada, rodeada
de torres y murallas, construida en la cima de un roquizo promontorio que
bañaban las impetuosas olas del Tajo.
-He aquí la antigua y renombrada ciudad de Toledo -exclamó el búho-,
famosa por sus antigüedades. ¡He aquí las cúpulas y torres célebres,
revestidas de una legendaria grandeza en las cuales han meditado tantos
antepasados míos!
-¡Bah! -dijo el papagayo, cortando de repente su entusiasmo de
arqueólogo-. ¿Qué nos importan vuestras antigüedades, vuestras leyendas y
vuestros antepasados? Ocupémonos, mejor, de que estamos ante la
mansión de la juventud y de la belleza; mirad al fin, ¡oh príncipe!, el lugar
en que vive la princesa que desde hace tanto tiempo buscáis.
El príncipe miró en la dirección indicada por el papagayo y vio en una
verde pradera, regada por las aguas del Tajo, un palacio magnífico que se
elevaba en un delicioso jardín entre frondosos árboles. Era un lugar
semejante en todo al que el palomo le había descrito como morada de la
princesa pintada en el medallón. Quedóse mirándolo con el corazón
palpitante de emoción. "Puede ser que en este momento -pensaba- la bella
princesa Aldegunda juegue con sus compañeras en la sombra de aquellas;
glorietas, o se pasee con leve paso a lo largo de esas magníficas terrazas, o
repose bajo aquellos soberbios techos!" Mirando con más atención, vio que
los muros del jardín eran muy altos, lo que hacía imposible su acceso, y que
hombres armados patrullaban a su alrededor.
El príncipe volvióse hacia el papagayo, diciéndole:
-¡Oh, tú, la más perfecta de todas las aves que poseen el don de la
palabra humana, apresúrate a introducirte en ese jardín; ve a encontrar el
ídolo, de mi alma y dile que el príncipe Ahmed, el peregrino del amor, guiado
por las estrellas, acaba de llegar, en busca de ella, a las floridas márgenes
del Tajo!
El papagayo, orgulloso de su embajada, voló hacia el jardín y franqueó
sus altas murallas, y después de haberse cernido un momento sobre los
árboles y el césped, descendió a posarse en el balcón de un pabellón situado
a la orilla del río. Desde allí pudo ver a la princesa tendida sobre un diván,
con los ojos fijos en un papel y las lágrimas corriendo dulcemente por sus
pálidas mejillas.
Después de sacudir sus alas, arreglar su verde plumaje y levantar su
penacho, el papagayo vino a posarse cerca de ella, con aire galante,
diciéndole tiernamente:
-Seca tus lágrimas, encantadora princesa, pues vengo a traer el
consuelo y la alegría a tu corazón. Sorprendióse un poco la princesa de oír
una voz, pero habiéndose vuelto y no viendo más que a un pajarillo de verde
plumaje, que le hacia reverencias, dijo:
-¡Ay! ¿Qué alegría puedes traerme tú, si no eres más que un pájaro?
Disgustóse el papagayo de esta respuesta y le dijo: -A más de una
hermosa dama he consolado yo en mi vida; pero dejemos esto: Vengo de
embajador de un príncipe real. Sabe que Ahmed, príncipe de Granada,
acaba de llegar en tu busca y está acampado en este momento en las
floridas márgenes del Tajo.
A estas palabras, los ojos de la bella princesa brillaron con un fulgor
más vivo que los diamantes de su diadema.
-¡Ah, gentil papagayo! -exclamó-. Tus noticias son agradables en
verdad, pues me hallaba triste y enferma hasta la muerte por la duda en
que estaba de la constancia de Ahmed. Apresúrate a volver y dile que las
palabras de su carta las tengo grabadas en el corazón y que su poesía ha
sido el alimento de mi alma. Dile también que es preciso que se prepare a
probarme su amor por medio de las armas; mañana es el decimoséptimo
aniversario de mi nacimiento y el rey, mi padre, celebra un gran torneo.
Muchos príncipes descenderán a la liza y mi mano será la recompensa
del vencedor.
El papagayo reanudó su vuelo, atravesó los jardines y volvió al lugar
en que el príncipe esperaba su regreso. El júbilo que sintió el príncipe por
haber encontrado el original de su querido retrato y de haberla hallado
tierna y fiel, sólo puede ser comprendido por los privilegiados mortales que
han tenido la fortuna de realizar su sueño, cambiando lo anhelado por la
realidad. Pero una cosa turbaba su alegría: el torneo que debía realizarse.
Efectivamente, las riberas del Tajo relucían con el brillo de las armas y
resonaba el ruido de las trompetas de los diferentes caballeros que, seguidos
de sus soberbios cortejos, se encaminaban a Toledo para asistir a la
ceremonia. La misma estrella que había presidido los destinos del príncipe
había gobernado los de la princesa y hasta sus diecisiete años se la había
tenido encerrada lejos del mundo, para preservarla del amor. Pero la fama
de sus encantos había ganado, en lugar de perder, con esta reclusión. Multitud
de poderosos príncipes se disputaban su mano, y su padre, que era un
rey de talento, para evitar crearse enemigos eligiendo a alguno de ellos, los
había remitido a la decisión de las armas. Entre los rivales, muchos eran
célebres por su fuerza y bravura. ¡Qué situación la del infortunado Ahmed,
desprovisto de armas como estaba, e inhábil, además, para los ejercicios de
la caballería!
-¡Qué desgraciado príncipe soy -se dijo- por haber sido criado lejos del
mundo bajo la vigilancia de un filósofo! ¿De qué me sirven en amor el
álgebra y la filosofía? ¡Ay! Eben Bonabben, ¿por qué no me has instruido en
el manejo de las armas?
Entonces el búho rompió el silencio, empezando su discurso con una
exclamación piadosa, como devoto musulmán que era.
-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dios es grande y en sus manos están todos
los secretos! Él sólo gobierna los destinos de los príncipes de la tierra. Sabe
¡oh príncipe!, que este país encierra muchos secretos que únicamente
poseen los que, como yo, conocen las ciencias ocultas. Sabe que en las
montañas vecinas hay una caverna y dentro de ella una mesa de hierro;
sobre esa mesa de hierro hay una armadura mágica y a su lado un caballo
encantado, todo lo cual se halla allí encerrado desde hace muchas generaciones.
Abrió el príncipe de par en par los ojos, maravillado, y el búho,
encrespando sus plumas, a la vez que guiñaba continuó:
-Hace muchos años que acompañé a mi padre por estos lugares en un
viaje que hizo para visitar sus dominios y nos alojamos en esa caverna; por
eso conozco el secreto. Es tradición en nuestra familia, la cual he oído
contar con frecuencia a mi abuelo, cuando yo era pequeño, que esa
armadura había pertenecido a un mago árabe que se había refugiado en esa
caverna cuando cayó Toledo en poder de los cristianos, luego murió allí y
dejó su caballo y sus armas bajo un encanto mágico, que impide que pueda
servirse de ellos más que un musulmán y solamente entre el amanecer y el
mediodía. El que se sirva de ellos en ese espacio de tiempo, vencerá a todos
sus adversarios.
-Está bien -dijo Ahmed-; vamos a esa caverna. Guiado por su fabuloso
consejero, el príncipe encontró la caverna en uno de los más salvajes
rincones de las escarpadas rocas que se elevan alrededor de Toledo;
únicamente el triste ojo de un búho o el de un arqueólogo era capaz de
descubrir la entrada.
Una lámpara sepulcral, cuyo aceite no se agotaba nunca, esparcía
una melancólica claridad sobre los objetos circundantes. En el centro de la
caverna, sobre la mesa de hierro, yacía la armadura; la lanza estaba
apoyada en ella y a su lado se encontraba un caballo enjaezado para el
combate, pero inmóvil como una estatua. La armadura estaba limpia y
brillante, no habiendo perdido nada de su antiguo lustre; el caballo tan en
condiciones como si acabase de llegar de pastar, y cuando Ahmed le pasó la
mano por el cuello, golpeó el suelo con las patas y dio tal relincho de alegría
que retemblaron las paredes de la caverna. Provisto así de armas y caballo,
resolvió el príncipe entrar en liza en el próximo torneo.
Llegó por fin el ansiado día; el palenque para el combate se había
dispuesto en la Vega, al pie del escarpe que coronan las murallas de Toledo,
y estaba rodeado de estrados y galerías, cubiertos de ricos tapices y
protegidos del sol por toldos de seda. Todas las bellezas del país se habían
dado cita en estas galerías y debajo de ellas encontrábanse empenachados
caballeros acompañados de sus pajes y escuderos, y entre ellos hallábanse
los príncipes que se disponían a tomar parte en el torneo. Pero todas las
bellezas del país se eclipsaron, cuando apareció en el pabellón real la
princesa Aldegunda, que por primera vez se ofrecía a la admirada
contemplación del mundo. Un murmullo de admiración corrió por la
asamblea a la vista de su incomparable belleza, y los príncipes, que se
disputaban su mano únicamente confiados en los relatos que se les habían
hecho de sus encantos, sintieron acrecer su ardor para el combate.
Pero la princesa mostrábase inquieta; cambiaba frecuentemente de
color y dirigía miradas de inquietud y desconfianza sobre el empenachado
grupo de caballeros. Disponíanse las trompetas a dar la señal del combate,
cuando el heraldo anunció la llegada de un caballero extranjero y Ahmed
apareció a caballo en el palenque. Un yelmo de acero, enriquecido con
piedras preciosas, sobresalía de su turbante; su coraza estaba
damasquinada de oro; su daga y su cimitarra, cuajadas de pedrería, estaban
hechas en Fez. Llevaba a la espalda un escudo redondo y en la mano, la
lanza encantada. La gualdrapa de su caballo, ricamente bordada, barría la
tierra, y el soberbio animal caracoleaba y relinchaba de alegría al verse de
nuevo entre el aparato de las armas. El aspecto arrogante y gracioso del
príncipe atrajo todas las miradas y cuando fue proclamado su nombre, "El
Peregrino de Amor", sintióse el rumor producido por las bellas damas de la
galería.
Pero cuando Ahmed se presentó para entrar en la liza, se le cerró el
paso: sólo los príncipes -le dijeron- podían ser admitidos al combate. Entonces
dio a conocer su nombre y su rango: ¡peor todavía!, era musulmán y no
podía tomar parte en un torneo en que era el premio la mano de una princesa
cristiana.
Los príncipes rivales le rodearon, altaneros y amenazadores: uno de
ellos, de complexión hercúlea, lleno de arrogancia se mofó de su juventud y
delicados miembros, e hizo burla de su galante apodo. Montó en cólera el
príncipe y desafió a su rival. Tomaron distancia, dieron media vuelta y se
acometieron y al primer choque de la lanza mágica, el insolente Hércules fue
derribado de la silla. El príncipe hubiera querido detenerse aquí, pero, ¡ah!,
tenía que entendérselas con un caballo y armas poseídos del diablo y nada,
una vez en movimiento, podía detenerlos. El caballo cargó sobre los más
compactos grupos de caballeros; la lanza derribaba cuanto se le ponía
delante; el apuesto príncipe se encontró en ruda pelea con todos ellos en
medio del palenque, echando por tierra a grandes y pequeños, nobles y
villanos, y deplorando interiormente sus involuntarias hazañas. El rey
indignóse fuertemente del ultraje hecho a sus súbditos y sus huéspedes y
mandó a sus guardias a la refriega, pero fueron desmontados al primer
choque. El rey tiró entonces sus vestiduras de corte, embrazó su escudo y
su lanza, montó a caballo y avanzó para imponer al extranjero con la
presencia de la misma Majestad. ¡Ah!, la majestad no lo pasó mejor que la
gente vulgar: el corcel y las armas no distinguían de personas, y Ahmed, con
gran desesperación suya, fue lanzado contra el rey, que al momento cayó al
suelo con las piernas en alto, mientras la corona rodaba por el polvo.
En ese momento llegó el sol al meridiano, y el encanto mágico terminó
de obrar su' poder. El caballo se lanzó a través del llano, franqueó de un
salto la barrera, se sumergió en el Tajo, cuya impetuosa corriente atravesó,
llevó al príncipe, estupefacto y sin aliento, a la caverna, y volviendo á su
sitio junto a la mesa de hierro, quedóse otra vez como una estatua. Apeóse
el príncipe, no poco contento de verse al fin pie en tierra y dejó la armadura
donde la había encontrado, para que aguardase allí los decretos del destino.
Sentóse después en la caverna y se puso a reflexionar en el desesperado
estado a que habían llevado sus asuntos aquel caballo y armas diabólicos.
¿Cómo osaría presentarse en Toledo en adelante, después de haber cubierto
así de oprobio a sus caballeros y ultrajado a su rey? Además, ¿qué pensaría
la princesa de acciones tan violentas y tan poco corteses? Lleno de inquietud
mandó a sus alados mensajeros en busca de noticias. El papagayo recorrió
todas las plazas públicas y todos los sitios de reunión de la ciudad y bien
pronto volvió con un montón de chismes. La consternación era general en
Toledo: se habían llevado al palacio a la princesa privada de sentido; el torneo
se había terminado en la mayor confusión; todo el mundo se ocupaba
de la aparición repentina, las prodigiosas hazañas y, extraña desaparición
del caballero musulmán. Decían unos que era un mago, otros que era un
demonio que había tomado la forma humana, y otros hablaban de
encantados guerreros encerrados, según decía, la tradición, en las cavernas
de las montañas y pensaban que éste podría ser uno de ellos, que había
salido de su reposo para hacer esta algarada. Pero todos convenían en que
ningún mortal ordinario hubiera podido hacer tantos prodigios ni desmontar
a tan valientes y apuestos caballeros cristianos.
El búho partió cuando fue de noche, voló de acá para allá sobre la
ciudad en sombras y se posó sobre los tejados y las chimeneas. Después
dirigió su vuelo hacia el palacio real, situado en la parte más alta de Toledo,
rondó alrededor de sus terrazas y de sus muros, escuchando por todas
partes y mirando con sus grandes ojos redondos por todas las ventanas, a
costa de que dos o tres damas de honor se desmayaran de miedo.
Despuntaba el alba por encima de la montaña, cuando volvió de cazar ratones
y contó al príncipe lo que había visto.
-Cuando volaba alrededor de la real morada -le dijo-, vi a través de
una ventana de la torre más alta a una bella princesa; Reposaba en su lecho
y sirvientes y médicos la rodeaban, pero ella rehusaba toda asistencia y todo
alivio. Retiráronse y la vi entonces sacar de su pecho una carta, leerla y
besarla, después de lo cual dio rienda suelta a sus lamentaciones, lo que, a
pesar de ser filósofo, me apenó bastante.
El tierno corazón de Ahmed entristecióse al oír estas noticias.
-¡Oh sabio Eben Bonabben, qué verdad era lo que me decías! -
exclamó-. Penas; cuidados y noches sin sueño son el patrimonio de los
amantes. ¡Alá preserve a la princesa de esa cosa que se llama amor!
Nuevas noticias llegadas de Toledo confirmaron el relato del búho. La
ciudad estaba inquieta y alarmada: la princesa había sido encerrada en la
torre más alta del palacio y todas las avenidas estaban fuertemente
custodiadas. Mientras tanto una devoradora melancolía se había apoderado
de ella y nadie podía adivinar la causa; rehusaba toda alimentación y
rechazaba todo consuelo. Los médicos más hábiles habían ensayado su arte
en vano; se la creía sometida a la influencia de algún sortilegio y el rey había
hecho publicar un edicto anunciando que el que la curase recibiría en
recompensa la joya más rica de su real tesoro.
Cuando el búho, que dormitaba en un rincón oyó hablar del edicto,
movió sus grandes ojos con aire misterioso.
-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dichoso el hombre que haga esta cura, si
sabe lo que tiene que elegir en el tesoro real!
-¿Qué quieres decir, venerable búho? -dijo Ahmed.
-Escucha, ¡oh príncipe!, mi relato. Has de saber que nosotros, los
búhos, formamos una sabia corporación, aficionada a las investigaciones
oscuras y olvidadas. Durante mi reciente viaje nocturno en que exploré las
cúpulas y torres de Toledo, vi una academia de búhos arqueólogos que
tenían sus asambleas en una gran torre abovedada donde está depositado el
tesoro real. Discutían las formas, inscripciones, destino, fecha y procedencia
de las gemas, joyas antiguas y vasos de oro y plata amontonados en el
tesoro, pero lo que les interesaba principalmente eran ciertas reliquias y
talismanes que están allí desde la época del godo Rodrigo. Entre estos
objetos se encontraba un cofre de madera de sándalo con caracteres
misteriosos grabados en él, los cuales no eran conocidos más que por un
pequeño número de eruditos. Este cofre y estas inscripciones habían
ocupado a la academia durante muchas -sesiones y habían sido objeto de
largas y serias controversias. En el momento de mi visita, un viejísimo búho,
llegado recientemente del Egipto, estaba sentado sobre la tapa del cofre y
discurría sobre las inscripciones, llegando a la conclusión de que el cofre
encerraba el tapiz de seda del gran Salomón, que, sin duda alguna, había
sido llevado a Toledo por los judíos refugiados allí después de la caída de
Jerusalén.
Cuando el búho terminó su arqueológico discurso, el príncipe
permaneció un momento sumido en sus pensamientos.
-El sabio Eben Bonabben -exclamó al fin- me habló de las propiedades
maravillosas de ese talismán que desapareció después de la caída de Jerusalén
y que se creía perdido para la humanidad. La cosa permanece sin
duda secreta para los cristianos de Toledo; si yo pudiera apoderarme de ese
tapiz, estaría asegurada mi felicidad.
Al día siguiente quitóse el príncipe sus ricas vestiduras y se puso el
sencillo traje de un árabe del desierto. Ennegreció su cara y nadie hubiera
podido reconocer en él al soberbio guerrero que había causado tanta
admiración y terror en el torneo. Con un palo en la mano, un zurrón al
costado y una pequeña flauta pastoril, llegó a Toledo y presentándose en la
puerta del palacio se hizo anunciar como aspirante a la recompensa ofrecida
por la curación de la princesa.
Los guardias se apresuraron a rechazarlo rudamente.
-¿Qué puede un árabe vagabundo como tú -le dijeron- en un caso
como éste en que los sabios más eminentes del mundo han fracasado?
Pero el rey oyó el tumulto y ordenó que fuera llevado el árabe a su
presencia.
-Poderosísimo rey -dijo Ahmed-, delante de ti tienes un beduino que
ha pasado la mayor parte de su vida en la soledad del desierto. Esas soledades,
como es sabido, son la mansión de los demonios y espíritus malignos
que atormentan a los pobres pastores como nosotros durante las largas
veladas solitarias, entrando en el cuerpo de nuestras ovejas y de nuestras
vacas y enfureciendo algunas veces al mismo paciente camello. Nuestro
remedio contra ellos es la música y sabemos melodías transmitidas de
generación en generación, que cantamos y tocamos en nuestros caramillos
para ahuyentar los espíritus malignos. Yo he heredado este don de mis
antepasados y poseo ese talento en sumo grado. Si tu hija está bajo el
imperio de una influencia maligna de esa especie, respondo con mi cabeza
que he de curarla.
El rey, que era hombre de talento y no ignoraba que los árabes
poseían maravillosos secretos, llenóse de esperanza al oír el confiado
lenguaje del príncipe y lo condujo. en seguida a la torre, en lo alto de la cual
se encontraba la habitación de la princesa. Las ventanas se hallaban
situadas sobre una terraza con balaustrada, desde la que se descubría
Toledo y sus deliciosos alrededores. Hallábanse casi cerradas y apenas
dejaban pasar la luz, pues la princesa era presa de una devoradora, tristeza
que no admitía consuelo.
Ahmed se instaló en la terraza y se puso a tocar en su flauta pastoril
ingenuas melodías árabes que había aprendido de sus servidores en El
Generalife de Granada. La princesa permaneció insensible y los doctores
que estaban presentes movieron la cabeza con una sonrisa de incredulidad
y desdén. Al fin, el príncipe, dejando su caramillo, comenzó a cantar con
una sencilla tonada los versos amorosos contenidos en la carta en que le
había declarado su amor.
La princesa reconoció la canción: su corazón palpitó de alegría y
levantando la cabeza escuchó, mientras las lágrimas acudían a sus ojos y
corrían por sus mejillas. Hubiera querido pedir que el cantor fuese llevado a
su presencia, pero su pudor de doncella ataba su lengua; el rey adivinó su
deseo y a su orden fue introducido Ahmed en la habitación. Los enamorados
fueron discretos, contentándose con mirarse, pero sus miradas decían
mucho; jamás fue tan completo el triunfo de la música. Las rosas habían
aparecido en las tiernas mejillas de la princesa, recobraron sus labios su
antigua frescura y sus lánguidos ojos, su fascinante brillo.
Los médicos que se hallaban presentes mirábanse unos a otros
asombrados. El rey contemplaba al cantor árabe con una admiración
mezclada de respeto.
-Prodigioso joven -exclamó-. Tú serás en adelante el primer médico de
mi corte y no quiero hacer ya uso de otros remedios que tus melodías.
Recibe ahora tu recompensa, la joya más preciada de mi tesoro.
-¡Oh, rey! -respondió Ahmed-. Yo no necesito ni la plata ni el oro ni las
piedras preciosas. Tú tienes en el tesoro una reliquia trasmitida por los
musulmanes, dueños antes de Toledo; es un cofre de madera de sándalo
que encierra un tapiz de seda, dadme ese cofre y quedaré contento.
La modestia del árabe asombró a todos los presentes, pero su sorpresa
aumentó cuando una vez traído el cofre de sándalo, se sacó de él el tapiz.
Era una pieza de fina seda verde, cubierta de caracteres hebraicos y caldeos.
Los médicos de la corte miráronse, encogiéndose de hombros, y sonrieron de
la simplicidad de este novicio que se contentaba con tan ridículos
honorarios.
-Ese tapiz -dijo el príncipe- ha cubierto otras veces el trono del gran
Salomón y es digno, por tanto, de ser puesto a los pies de la belleza.
Diciendo eso extendió el tapiz en la terraza, bajo una otomana que se
había llevado allí para la princesa, sentándose él mismo a sus pies.
-¿Quién puede oponerse -dijo- a lo que está escrito en el Libro del
Destino? He aquí el cumplimiento de las predicciones de los astrólogos.
Sabed, ¡oh rey!, que tu hija y yo nos amamos en secreto desde hace mucho,
tiempo. ¡Reconoce en mí al Peregrino de Amorl
Apenas hubo acabado de hablar, el tapiz se elevó en los aires, llevando
al príncipe y a la princesa. El rey y los médicos se quedaron con la boca
abierta siguiéndoles con la vista hasta que no parecían más que un punto
en el seno de una blanca nube y desaparecieron al fin en la bóveda azul del
cielo.
El rey, lleno de furor, hizo venir al tesorero...
-¿Cómo has consentido que un infiel se apoderara de semejante
talismán?
-¡Ay, señor! No sabíamos de lo que se trataba y no habíamos podido
descifrar las inscripciones grabadas en el cofre. Si ese tapiz es
verdaderamente el que cubría el trono del gran Salomón, posee una
propiedad mágica y puede transportar a su dueño de un lugar a otro a
través del espacio.
El rey reunió a un poderoso ejército y marchó sobre Granada, en
persecución de los fugitivos. Después de una larga y penosa marcha
encontróse en la Vega y estableció allí su campo, enviando a un heraldo
para reclamar a su hija. El rey de Granada vino a su encuentro con toda su
corte y reconocieron en él al cantor árabe, pues Ahmed había heredado el
trono por la muerte de su padre y la bella Aldegunda se había convertido en
sultana.
El rey se aplacó fácilmente cuando se enteró de que su hija había sido
autorizada para seguir en su religión, no porque fuese de una escrupulosa
piedad, sino porque la religión es siempre un punto de honor y de etiqueta
entre los príncipes. En lugar de sangrientas batallas, hubo una serie de
fiestas y regocijos, hasta que el monarca, muy satisfecho, volvió a Toledo, y
la joven pareja continuó reinando en la Alhambra con tanta honra como
sabiduría.
Conviene agregar que el búho y el papagayo habían seguido los dos al
príncipe, a pequeñas jornadas, hasta Granada: el primero, viajando de
noche y deteniéndose en las diversas mansiones de su familia; el segundo,
distinguiéndose en las escogidas reuniones de las villas y ciudades que
encontraba a su paso.
Ahmed se acordó con reconocimiento de los servicios que ambos le
habían prestado durante su peregrinación y nombró al búho su primer
ministro y al papagayo su maestro de ceremonias. No hay necesidad de
decir que no hubo jamás reino más sabiamente administrado, ni corte en
que fuese mejor observada la etiqueta.
Leyenda del Aguador y la Herencia del Moro
Frente al palacio de la Alhambra, en un declive que parte del camino
hacia la campiña, se habían excavado, en lejanos tiempos, grandes
depósitos de agua que daban a ese lugar el nombre de "Plaza de los Aljibes".
Al final de esa explanada se hallaba uno de los más famosos pozos
árabes, cuya profundidad permitía extraer el agua más pura y fresca de
Granada.
Junto a esas cisternas, y siguiendo una antigua costumbre, se
reunían alrededor de los bancos de piedra todas las comadres, sirvientas,
vagabundos y ociosos con que contaba la ciudad. Su único pasatiempo lo
constituía el comentario e intercambio de noticias, chismes y cuentos que
les traían los aguadores.
Estos personajes, encargados de vender a los habitantes de Granada
el preciado líquido que llevaban en grandes vasijas de barro o cobre ya
cargadas a las espaldas, ya en pacientes burros, recorrían la ciudad de un
extremo a otro sin que nada pudiera escapar a sus vigilantes ojos o atentos
oídos.
Entre los que se surtían en aquel pozo, había uno, muy robusto y
ancho de espaldas, pero bajo y patizambo, llamado Pedro Gil, aunque nadie
lo conocía sino por el nombre "Peregil".
Nacido en Galicia, patria de los buenos mozos de cordel, Peregil se
había iniciado en su comercio con sólo una gran vasija que llevaba a la
espalda. Como era muy ahorrativo, pronto pudo reunir lo suficiente para
comprar un hermoso pollino que cargaba con varios cántaros.
En su comercio no tenía rival. Era el aguador más solicitado. Siempre
atento y alegre, despertaba la simpatía de sus clientes. Las damas o los
caballeros no podían dejar de escapar una sonrisa ante sus vivas respuestas
o graciosas ocurrencias. Era, al decir de los habitantes, el hombre más feliz
de Granada.
Pero como todo lo que reluce no es oro, si a alguien se le hubiere
ocurrido seguirle habría comprobado, con gran sorpresa, que al llegar a su
hogar aquella alegría se _transformaba en un angustioso padecer. Su
numerosa prole lo recibía con lloros y gritos de hambre y su abandonado
hogar, con más miseria.
Su esposa conservaba las antiguas costumbres de soltera, gustándole
más los aplausos a su fama de bailarina de bolero, el son de las alegres
castañuelas y las conversaciones con las vecinas, que atender al cuidado de
la casa y de los hijos. Todas las ganancias del buen Peregil las gastaba en
vestidos y adornos, llegando hasta quitarle el pollino los días de fiesta, para
ir a los bailes de los pueblos vecinos.
Peregil, que amaba con delirio a sus hijos, pequeños, pero fuertes y
patizambos como él, soportaba en silencio la extraña conducta de su
esposa.
Su amargura hallaba cierto desquite el día que conseguía ahorrar
unos cuantos céntimos y llevaba a sus retoños al campo, para jugar, correr
o saltar, después de una buena merienda.
Al fin de un día de calor insoportable, cerca de la medianoche, y como
todavía quedaban vecinos sentados frente a sus casas, desquitándose de las
horas de sufrimiento, decidió Peregil, pensando en sus hijos, hacer un
último viaje a la "Plaza de los Aljibes" y redondear así las ganancias del día.
Cantando y zurrando al pollino a modo de refresco y aliento, llegó a
los solitarios pozos. Disponíase a llenar los cántaros, cuando notó con cierto
temor una solitaria figura vestida a la usanza árabe sentada en uno de los
bancos de piedra.
La pálida luz de la luna daba a ella un aspecto espectral. Peregil
estuvo a punto de largar los cántaros y echar a correr, cuando aquel moro,
levantando lentamente un brazo, le hizo señas como para que se
aproximara.
Sus buenos sentimientos vencieron al recelo. -Apiádate -1e dijo el árabe
cuando estuvo cerca- de un hombre enfermo, ayudándole a regresar a la
ciudad. Te recompensaré doblando tus ganancias de esta noche.
-Te socorreré, buen hombre -respondió Peregil-, no por interés al
dinero, sino porque necesitas atención a tu enfermedad.
Con gran trabajo subió el moro en el asno. Sus fuerzas estaban tan
agotadas que Peregil debía caminar a su lado sosteniéndolo para que no
cayera.
-¿Dónde debo conducirte? -preguntó el aguador una vez que llegaron
a la ciudad.
-¡Ah! -dijo el moro-, no tengo ni casa ni amigos. Si puedes darme
albergue en tu casa obtendrás .generosa paga.
Peregil, compadecido del sufrimiento y estado de aquel extranjero, no
dudó un instante en acceder a su pedido, alojándolo durante esa noche en
su pobre choza.
Como siempre, sus hijos acudían a recibirle al son de clamores o
lloros de hambre, pero al ver al extraño personaje que montaba el jumento,
cesaron sus gritos y corrieron a esconderse detrás de su madre, quien a
tono con su genio empezó a gritar y gemir:
-Como si fuera poco, traer a casa tus infieles amigotes. ¿Quieres que
la Inquisición nos meta a todos en la cárcel? ¡Qué será de nuestros hijos...
-No alborotes a los vecinos -dijo su esposo-. Es cristiano no negar un
auxilio, más cuando este pobre hombre, sin nadie que lo cuide, está
expuesto a morir en el abandono.
La mujer seguía insistiendo, pero Peregil, demostrando desconocido
carácter y energía, amenazó a su esposa con razones más contundentes y
ayudó al moro a acostarse sobre una estera y una piel de oveja, en el sitia
más fresco de la humilde morada.
Pocos momentos después, el moro fue presa de gran agitación y
violentos temblores, ante los cuales nada podía hacer la escasa ciencia del
repartidor de agua.
En uno de los momentos en que su estado pareció mejorar, llamó
quedamente al generoso Peregil.
-Mi mal no tiene remedio -dijo-. La vida no tardará en abandonarme.
En reconocimiento a tu bondad sírvete aceptar este cofre.
Con gran trabajo y lentitud abrió el albornoz, y sacó de su pecho una
pequeña caja de madera de sándalo que entregó al honrado dueño de casa.
-Lo guardaré -contestó éste- con la esperanza de que cures lo antes
posible y puedas gozar de las propiedades que encierra.
Pero en ese momento las palabras que quiso pronunciar el enfermo
fueron cortadas por nuevos ataques que le produjeron la muerte, sin
alcanzar a explicar al aguatero los secretos que guardaba.
Al enterarse la mujer del triste fin del moro, casi llega a perder el
juicio.
-¿Quién te manda traer desconocidos a tu casa? -gemía desesperada-.
¿Qué vas a hacer cuando encuentren a este hombre muerto en nuestro
patio? ¡Nos llevarán presos por asesinos y perderemos todos nuestros bienes
en manos de la justicia!
El susto inmovilizó al buen Peregil durante un rato. Pero su
entendimiento no lo abandonó en aquel momento de peligro y le dio una
idea salvadora.
-¡Por suerte no ha amanecido! -exclamó-. Tengo tiempo de sacar el
cadáver fuera de la ciudad y enterrarlo en la ribera del río Genil. Como no
tenía parientes ni amigos, ni lo vieron entrar en nuestra casa, su
desaparición no será notada.
Su mujer encontró aceptable el plan y sin perder un instante
envolvieron el cuerpo del moro en la estera en que yacía, lo cargaron sobre
el asno, que condujo el aguador al sitio elegido para darle sepultura.
Pero el buen Peregil al enunciar su proyecto había olvidado que frente
a su casa vivía Pedrillo Pedrugo, un barbero famoso en Granada, tanto por
su maldad como por su arte de enterarse de todos los secretos e intimidades
de los habitantes. Su cara alargada como la de un zorro, su cuerpo raquítico
y sus piernas de mosquito, no cesaban de husmear sobre vida y milagros.
En la ciudad se decía que sus orejas de murciélago y sus ojos de búho
nunca dormían, para oír o ver cuanto ocurría o hablaban sus vecinos.
Estas ruines cualidades hacían que su clientela, casi siempre en
busca de chismes o secretos, fuera mayor que la de otros rapabarbas.
Tan agudos eran sus sentidos, que oyó llegar a Peregil más tarde de lo
acostumbrado; luego, el cese repentino de los gritos de los hijos y los
lamentos de la mujer; presintiendo que algo raro ocurría, se asomó
cautelosamente a una de las ventanas, alcanzando a ver a Peregil en el
momento en que ayudaba a un moro a bajar del asno y lo introducía en su
casa.
Aquello encendió tanto su curiosidad y le pareció tan singular, que
pasó la noche asomado a la ventana vigilando a su vecino, hasta que lo vio
con un extraño bulto atravesado en el borrico.
Pedro Pedrugo no aguardó más y, vistiéndose rápidamente, salió con
gran sigilo detrás del aguador, quien sin sospechar la vigilancia de que era
objeto llegó a la orilla del río y dio sepultura al desventurado moro.
El perverso rapabarbas se dio prisa en volver a su casa, donde, con
gran impaciencia, esperó el amanecer.
Una vez que el sol hubo alcanzado cierta altura, tomó la navaja y
otros utensilios propios de su oficio y se dirigió a la casa de la primera
autoridad de la ciudad.
El Alcalde era uno de sus diarios clientes, y después de sentarse
cómodamente, permitió que Pedrillo Pedrugo comenzara a pasarle jabón por
la barba.
A medida que iba cumpliendo su tarea comenzó a decirle:
-¡La ciudad se ha vuelto muy peligrosa! ¡Ocurren cosas sin nombre!
¡Increíbles! ¡Robo, asesinato y sepultura en pocas horas!
El asombro hizo incorporar al Alcalde en forma tan violenta, que
Pedrillo no pudo evitar que sus dedos llenos de jabón, porque en aquel
entonces no se usaba brocha, le dieran en las narices.
Resoplando y medio ahogado, pudo exclamar:
-¿Qué dices? ¿Me cuentas un sueño o una realidad?
-No es que quiera acusar a nadie -respondió el barbero, mientras
limpiaba con un paño, que hacía meses necesitaba lavarse, las municipales
narices; pero Peregil el aguador ha hecho esas cosas en lo que va de la
medianoche al amanecer.
-¿Y cómo pudiste enterarte de todo éso?
-Ya le contaré, señor, pero no llegue a pegar otro salto porque ahora
empiezo a pasar la navaja. Y así, mientras lo afeitó, lavó y secó con el sucio¡,
lienzo, narró su vigilancia, persecución y fúnebre tarea realizada por el
vecino.
El Alcalde era el hombre más perverso y avaro que vivía en la ciudad.
Administraba la ley de' acuerdo con sus intereses y siempre estaba dispuesto
a vender el fallo de la justicia al que mejor pagases.
Mientras el barbero curioso contaba lo visto, sus ojos se agrandaban
brillantes por la codicia. Aquél debía ser un crimen suculento en oro. Por
eso lo principal del caso estaba, no en detener al autor, sino en apoderarse
del botín, que agregaría nuevas riquezas a las muchas que ya tenía
guardadas.
Resuelto el principal problema, llamó al alguacil de confianza, un
sujeto tan flaco como un palo y seco como un higo, que vestía de acuerdo
con el cargo que desempeñaba: un ancho sombrero con, alas vueltas hacia
arriba, capilla y traje que de negro había venido a parar en color de ratón,
que destacaban su cuello almidonado, lo único blanco que tenían su cuerpo
y alma. Como distintivo de su . cargo y odiada autoridad, llevaba una vara
que parecía más gruesa que su cuerpo. De allí que los habitantes de
Granada lo llamasen la "Sombra de la vara".
Alpio el representante de la autoridad desplegó todo , su celo para
capturar al presunto asesino. Obró con tanta rapidez, que no había llegado
el pobre Peregil de realizar su primer viaje a la "Plaza de los Aljibes", cuando
fue detenido y llevado ante el terrible Alcalde.
Éste, después de mirarlo en forma amenazadora, exclamó con una voz
de trueno que al tembloroso y asustado aguador le pareció que salía del
infierno:
-¡Conque tú eres el asesino! ¡No pretendas negarlo! ¡Los ojos de la
justicia están en todas partes! ¡Eres carne de la horca! Pero da gracias a que
has tenido la suerte de dar con un juez piadoso que comprende que has
dado muerte a un moro, enemigo de nuestra religión. Te ayudaré por eso;
pero a condición de que me des lo que has robado y no hablaremos más de
este asunto.
Peregil, que al empezar el Alcalde su retahíla, había caído de rodillas,
juró y rejuró por todos los santos que era inocente, que no había asesinado
a moro alguno, y con todo candor narró la verdad.
El Alcalde no era capaz de dejarse impresionar por juramentos o
verdad alguna, así que cortando las justificaciones del aguador, dijo:
-Por más que invoques los santos, en tus ojos leo la codicia que te
impulsó a apoderarte de las alhajas y dinero del moro.
-Castígueme Dios si le miento, señor -contestó lloroso Peregil-, no
tenía más que un pequeño cofre, que me regaló en agradecimiento a mi
ayuda, y que no sé lo que contiene…
Fresca mercadería, se llegó a la tienda de un comerciante árabe y le
pidió que leyera el misterioso pergamino.
Éste, después de acceder a su pedido, contestó sonriente:
-Lo que aquí está escrito es una poderosa fórmula mágica que permite
destruir el encantamiento que pesa sobre un valioso tesoro.
-Eso es todo -replicó con cierta amargura el aguador-, pues que se
quede como está; yo nada entiendo de magia ni de tesoros encantados.
Y sin preocuparse más por el asunto se despidió del moro dejándole el
pergamino. Después de ambular por las calles de Granada vendiendo agua,
llegó de nuevo a la "Plaza de los Aljibes" dispuesto a cargar su garrafa y
hacer su último viaje. Pero un grupo de ociosos, reunidos junto a uno de los
bancos de piedra, se deslumbraba conversando sobre leyendas de fabulosos
tesoros escondidos por los moros en las cercanías de la Alhambra.
El buen Peregil estuvo un buen rato escuchando lo que se decía. El
recuerdo del pergamino empezó a torturarlo obligándolo a pensar que bien
podía haber un tesoro escondido y fácil de encontrar, gracias a sus
indicaciones.
Tan absorto iba en sus pensamientos e imaginando riquezas ocultas
debajo del Palacio, que estuvo varias veces a punto de caer y romper el cántaro
que colgaba a sus espaldas.
Aquella noche no se acordó de que existieran los lamentos de su
mujer e hijos y menos de pegar los ojos. Apenas amaneció, se llegó a la
tienda del moro y después de referirle lo ocurrido hizo la siguiente
proposición:
-Gracias a sus conocimientos pude enterarme de lo que decía el
pergamino; bien podemos ir juntos al sitio que él señala y probar su poder;
si él es ineficaz, nada habremos perdido, pero si resulta verdadero, el tesoro
lo dividiremos entre los dos.
-¡Por Alá, no corráis!- contestó el moro-; para que lo escrito aquí surta
efecto, debe ser leído a medianoche a la luz de una vela especial; sin sus
cualidades la fórmula no tiene ningún valor.
-No se preocupe usted -exclamó el aguador-, la tengo y la iré a buscar
en seguida.
El moro tuvo que aguardar bien poco el retorno de Peregil. Apenas
éste le entregó el trozo de vela que guardaba el cofre de sándalo, lo observó
cuidadosamente y después de tomar su olor dijo:
-Exóticas esencias y mágicos ingredientes entran en su composición;
es sin duda la vela que describe el pergamino. Su luz permitirá abrir las
cavernas más secretas, los muros más gruesos, las puertas y las rejas de
acero más resistentes, pero infeliz el que se halle en la cámara del tesoro si
ella llega a apagarse; sufrirá un eterno hechizo.
Como la impaciencia consumía al aguatero y la curiosidad y el interés
al moro, fácil les fue ponerse de acuerdo para comprobar esa misma noche
lo que aseveraba el pergamino.
Así que, después de un día que pareció el más largo de su vida y a
una hora bastante avanzada, provistos de un farol, subieron por la cuesta
que llevaba a la Alhambra hasta llegar a la Torre de los Siete Suelos, lugar
señalado por el documento como depósito del tesoro.
El lugar, rodeado de espesa arboleda y cruzado por murciélagos y lechuzas,
era famoso por las leyendas que originaba.
Para darse ánimo cambiaron unas pocas palabras y alumbrándose
con el farol cruzaron las ruinas del edificio hasta llegar a la entrada de un
pasadizo, cuya boca asomaba en los cimientos de la torre. De acuerdo con
las indicaciones del documento, debieron pasar por tres cuevas que se
comunicaban por largas escaleras; al llegar a la cuarta, un piso de gruesas
losas impedía el pasaje a las siguientes cuevas.
Medio muertos de miedo se detuvieron hasta que oyeron dar en un
campanario el toque de medianoche. Inmediatamente encendieron el trozo
de vela y el moro leyó rápidamente el pergamino.
Al sonar su última palabra, violentos ruidos subterráneos sacudieron
sus oídos. La tierra tembló y las losas se abrieron mostrando una escalera
de piedra.
Venciendo su temor y animándose uno a otro descendieron por ella
hasta llegar a una sala cuyas paredes estaban cubiertas con símbolos
misteriosos. En el centro del aposento se hallaba un enorme cofre asegurado
por siete barras de acero, custodiado a cada lado por moros armados, de
punta en blanco, pero convertidos en estatuas por algún hechizo.
Contra las paredes veíanse grandes recipientes llenos de piedras
preciosas, joyas y monedas de oro. El aguador y el comerciante se
precipitaron sobre ellos, hundiendo los brazos y sacando todo lo que podían
guardar sus bolsillos, pero tal era la impresión que les causaba la
inmovilidad y el rostro de los moros guardianes del cofre, que, contagiados
por un terror indescriptible, abandonaron la sala y corrieron escaleras
arriba hasta llegar a la cueva en que habían dejado la vela, cuya llama,
sacudida por la agitación de los recién llegados, se apagó al tiempo que
nuevos ruidos se dejaban oír y las losas del suelo se unían con gran
violencia.
El pánico que los sacudió fue tal, que, sin saber cómo, subieron las
escaleras, atravesaron las cuevas, los escombros y los árboles, hasta llegar a
contemplar la pálida luz de las estrellas al borde del camino que iba a
Granada.
Dejándose caer sobre la mullida hierba descansaron largo rato; luego,
más animados, resolvieron repartirse las riquezas que habían obtenido y
volver alguna otra noche por el resto. En prueba de mutua seguridad y
confianza, uno se quedó con el pergamino y otro con el trozo de vela, que
pese a todo no olvidaron de recoger. Hecho esto emprendieron el regreso no
sin antes decirle el moro a Peregil:
-Perdonadme, amigo, si os doy un consejo: que guardéis el mayor
secreto hasta que saquemos todo el tesoro y lo pongamos en sitio seguro. Si
algo de eso llega a oídos del Alcalde, bien podemos despedirnos de todo.
-Lo que usted dice es una gran verdad -contestó el aguador-, trataré
de no decir una palabra. -Estoy seguro de su discreción-replicó el moro-,
mas dudo de su mujer.
-Ella no sabrá nada -aseguró Peregil con gran energía.
-Confío en su promesa y en su silencio -terminó diciendo su
acompañante antes de despedirse.
La resolución del buen aguador era terminante, pero no contaba con
la dificultad que tiene un marido en ocultarle un secreto a la esposa. Al
regreso a su casa encontró a su mujer llorando sobre la piel de oveja.
-Ahí llega el perdido de mi marido -exclamó apenas lo vio-. ¡A qué me
trae otro protegido que nos lleve más a la miseria y al hambre!
Aumentando sus gritos y arañándose el pecho agregaba:
-¡Más desgracias nos esperan... ! ¿Qué va a ser de mí y de nuestros
hijos? ¡Los escasos bienes saqueados por jueces y alguaciles, mientras que
el haragán de su padre anda de juerga con moros infieles! ¡Sólo queda
largarnos por las calles a mendigar un pedazo de pan!
Fueron tan dramáticos los gestos y las palabras de su casquivana
mujer, que Peregil, llorando y sin poder contenerse, sacó de su bolsillo unas
monedas de oro y las puso en las faldas de la amargada esposa. Sentir el
suave tintineo del oro y desaparecer las lágrimas como por encanto, fue todo
uno. Su asombro llegó a un punto tal, que el aguador, asustado por el
tamaño que alcanzaban sus ojos y para evitar nuevos reproches, haciendo
graciosas cabriolas, sacó una hermosa cadena de oro y se la colgó sobre el
pecho.
-¿Qué has hecho, Peregil? -exclamó asustada-, ya sospechaba que no
andabas en buenas compañías. con toda seguridad que esto es producto de
algún robo o asesinato.
Y la pobre mujer, lanzando cortos chillidos, empezó a ver a su marido
colgado de la horca. Tal fue el cuadro que imaginó su mente, que presa de
un fuerte ataque de nervios, cayó desvanecida.
No bien repuesta, al aguador no le quedó más remedio, después de
hacerle jurar y rejurar guardar profundo secreto, que contarle la historia
que lo había puesto en camino de la buena suerte. Después que su mujer lo
hubo abrazado llena de alegría, dijo:
-¿Qué me dices ahora del resultado de las buenas acciones y la
herencia que ellas me trajeron?
Y sin más hablar se tendió a dormir mientras su esposa se pasaba la
noche contando las doradas monedas, probándose collares y joyas y
ansiando el día que pudiera lucirlas a la vista de todos.
A la mañana siguiente, el aguador tomó una de las monedas y fue a
venderla a un joyero del mercado, diciendo que la había encontrado entre
las ruinas de la Alhambra. El comerciante, después de cerciorarse de que
era de oro purísimo, se la compró por la tercera parte de su valor.
No reparó en ello el buen Peregil, que sin demora, empleó casi todo el
dinero en comprar ropas y juguetes a sus hijos, provisiones y dulces para
una opípara comida, pasando el resto del día jugando y saltando con los
pequeñuelos.
Su mujer no aguantó mucho tiempo el saberse rica. Empezó por
adoptar un aire misterioso y altanero, dándose importancia con sus vecinas,
a las que hablaba sobre proyectos que iba a realizar o vestidos que había
encargado. Esto motivó que la creyeran falta de juicio y fuera el motivo de
diversión de sus amigas.
Si bien no decía más, al llegar a su casa empezaba a ponerse sobre
sus harapos los collares de perlas, brazaletes y joyas, para tener el gusto de
mirarse y remirarse en un pedazo de espejo que colgaba de la pared.
Como aquello no le fue suficiente, su vanidad la llevó a asomarse a la
ventana para ver el efecto que causaban tan deslumbrantes adornos. Pero la
pobre no se acordó, en ese instante, que frente a su casa vivía Pedrillo
Pedrugo, que en esos momentos, sin clientes que atender, espiaba la calle.
Los destellos de los brillantes hirieron sus ojos. Asombrado, acercóse a la
ventanilla y con la mayor sorpresa reconoció a la mujer del aguador,
alhajada con tanta riqueza como una princesa oriental.
Después de registrar en su mente una lista de los adornos, corrió a
toda velocidad a la casa del Alcalde, contándole, una vez pasada su
agitación, lo que había visto.
Unos instantes después el alguacil "Sombra de la vara" era
comisionado para prender al aguador, que fue conducido ante el juez al caer
la tarde. -¡Pedazo de bellaco -vociferó el Alcalde-, has de pagar caro tu
engaño ¿Conque el infiel que murió en tu casa no te dejó nada más que un
cofre vacío? ¡Y ahora tu mujer luce más brillantes que una reina! ¡Miserable!
¡O me das todo lo que tienes o te mandaré a bailar en la horca
El atribulado Peregil creyó llegada su última hora y cayendo de
rodillas contó cómo había obtenido sus tesoros. El perverso Alcalde, el
taimado alguacil y el rapabarbas soplón escucharon con gran asombro la
fantástica historia.
Una vez repuesto de la impresión, el juez ordenó a "Sombra de la vara"
que detuviera en seguida al acompañante del aguador.
Aturdido por el temor de verse aprisionado por las mallas de tan
codiciosa red judicial, el moro no atinó en un principio a imaginar lo
sucedido. Pero llegar, y ver al lloroso Peregil, fue comprenderlo todo. Con
rabia y desprecio murmuró al pasar a su lado:
-¡Aturdido borrico! ¿No te dije cuán imprudente era confiar en tu
mujer?
Interrogado por el Alcalde, sus palabras no hicieron sino repetir la
historia contada por el aguador, pero el astuto avaro manifestó que no creía
en ella y que debía mandarlos a la cárcel e iniciar una severa investigación.
-Me parece que el señor juez no alcanza a comprender -respondió el
no menos ladino moro que en esa forma no obtendrá ningún beneficio.
Pocos somos en verdad los que conocemos el secreto y en la cámara
subterránea quedan tesoros como para enriquecernos varias veces. Bien
puede usted darnos la seguridad de que nos lo repartiremos por igual. De lo
contrario no diré una sola palabra por más tormento que me apliquen y se
perderá el tesoro.
El Alcalde pensó un instante; luego conferenció en voz baja con el
taimado alguacil, quien le dictó el siguiente consejo:
-No vacile en darle toda clase de seguridades, pues una vez en poder
del tesoro, fácil será deshacerse de ellos amenazándolos con la hoguera por
infieles y hechiceros.
Después de simular que meditaba una resolución, contestó:
-Es demasiado fantástica la historia que me relatan. Para
convencerme de ella debo presenciar ese conjuro esta misma noche. De ser
real nos repartiremos el tesoro como buenos amigos, pero si me engañan, no
obtendrán clemencia. Mientras tanto permaneceréis detenidos.
Estas palabras, que produjeron gran satisfacción a Peregil, fueron
acogidas con cierta reserva por el moro.
Antes de darse la medianoche el Alcalde, el alguacil y el rapabarbas,
armados hasta los dientes, llevando a sus prisioneros y al borrico, partieron
rumbo al lugar en que se encontraba el tesoro.
Su camino fue silencioso v. acompañados por la buena suerte de no
ser vistos, llegaron a la imponente Torre. Después de atar al asno en un
árbol comenzaron a descender las escaleras hasta llegar a la cueva con el
piso de losas.
Peregil encendió el trozo de vela y el moro empezó a leer el pergamino.
De nuevo se sintieron fuertes ruidos, tembló la tierra y con gran estruendo
se separaron las losas del piso dejando ver la estrecha escalera. Tal temor
entró al Alcalde, al mísero alguacil y al curioso barbero, que no se atrevieron
a moverse de donde se hallaban.
Bajaron el aguador y el moro, y sin dejarse intimidar por el fiero
aspecto de los que guardaban el cofre, tomaron dos de los jarrones de mayor
tamaño, repletos de joyas y monedas de oro, que Peregil llevó con gran
trabajo y esfuerzo hasta el borrico, manifestando que era cuanto podía
cargar el animal.
-Sí -apoyó el moro-, es por ahora lo suficiente como para hacernos
varias veces ricos.
-¿Cómo por ahora? ¿Acaso queda más aún? -preguntó el Alcalde.
-¿Que si hay? -contestó el árabe-. Queda lo que más vale, un cofre de
gran tamaño lleno de piedras preciosas.
-¡Pues hay que subirlo sin más tardanza! -exclamó fuera de sí el avaro
Alcalde.
-Hágalo si es su deseo, pero no cuente con mi. ayuda -respondió el
moro-. Creo que ya hemos sacado bastante.
-A mí también me parece -agregó Peregil-, porque mi pobre borrico no
podrá llevar más carga.
En vano amenazó e imploró el Alcalde, pero viendo que no vencía sus
firmes propósitos, dijo al alguacil y al barbero:
-Subiremos nosotros el cofre y nos repartiremos su contenido.
Y acompañado no de muy buena gana por sus secuaces, comenzó a
descender por la escalera.
El moro, que los observaba con atención, no bien vio que llegaban a la
cámara del tesoro, apagó la vela. Terroríficos ruidos se dejaron oír y las
losas volvieron a unirse con fuerte choque, sepultando a los tres perversos
carceleros.
El moro y Peregil no pararon hasta llegar donde pacía el cargado
borrico.
-¿Qué habéis hecho. . . ? -gimió Peregil una vez que el susto lo dejó
articular palabra.
-Nada que no sea la voluntad de Alá -respondió el moro-. Con los
traidores se ha enterrado la avaricia y la maldad. Estaba escrito en el libro
del destino. Así quedarán hasta que alguien conozca el secreto y deshaga el
poderoso hechizo, cosa que creo un poco difícil -y sin decir más, arrojó el
trozo de vela en medio del bosque.
Como nada podía hacer, Peregil se resignó a seguir a su fiero
compañero de regreso a la ciudad. Durante el camino el buen aguador no
pudo menos que abrazar repetidas veces a su noble borrico, por lo que el
moro llegó a pensar que más alegría le proporcionaba tener el animal que el
tesoro.
El reparto de las riquezas obtenidas no originó ninguna diferencia. El
moro, que tenía debilidad
por las piedras preciosas, entregó a Peregil casi todos los objetos de oro,
que, en su conjunto alcanzaban mayor valor.
No olvidaron la anterior lección. Así que en cuanto les fue posible
volvió el moro al África, mientras que el aguador resolvió trasladarse con su
familia y pollino al reino de Portugal.
Los consejos de su ambiciosa mujer le fueron en esos momentos de
mucha utilidad. Con el tiempo llegó a ser un importante personaje que
llevaba espada al cinto y ocultaba las torcidas piernas tras ricos justillos.
Su esposa, cargada de joyas y extravagantes vestidos, se entretenía en
velar por los hijos, que, no por ricos, dejaban de ser tan robustos y
patizambos como el padre, que olvidando el antiguo nombre comercial de
Peregil, llevaba el muy pomposo de don Pedro Gil.
Nadie extrañó en Granada a los tres personajes. Encantados en la
Cámara subterránea, esperarán, quién sabe por cuántos siglos, que les den
libertad y vuelvan a abundar en España soplones barberos, malvados
alguaciles y avaros Alcaldes.
Leyenda de la rosa de la Alhambra
La hermosa ciudad de Granada fue durante mucho tiempo la
residencia predilecta de los reyes de España. Pero una serie de terremotos
que asoló la región y sacudió por entero el antiguo palacio morisco,
atemorizó en tal forma a los reales personajes, que abandonaron
precipitadamente tan peligroso lugar.
La Alhambra permaneció durante largos años en completo abandono.
Los aposentos perdieron su brillo y los jardines su esplendor.
La Torre de las Infantas, morada de las tres famosas princesas Zayda,
Zorayda y Zorahayda, no escapaba al general descuido y se había convertido
en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas.
Contribuía en mucho el hacerla inhabitable la antigua creencia de que
la sombra de la bella Zorahayda, que había muerto en aquella Torre, solía
verse, a la luz de la luna, reclinada en la fuente del saloncito o derramando
amargas lágrimas junto a uno de los ventanales, mientras se oían dulces
notas de un laúd.
Como el tiempo borra los malos recuerdos, un buen día se les ocurrió
a los reyes de España volver a Granada.
Un ejército de obreros invadió la Alhambra, que al cabo de poco
tiempo lucía en todo su esplendor. Redobles de tambores y sones de
trompetas aturdieron a los apacibles habitantes de la montaña. Ondear de
banderas y pendones, cegadores brillos de armas y joyas, deslumbraron a
los habitantes de la ciudad, que con vivas y flores recibían a sus soberanos
Felipe V y su bella consorte Isabel, princesa de Parma.
Los aposentos y cámaras del Palacio de la Alhambra volvieron a vivir
la agitación y el bullicio que reina en una corte. El ir y venir de agraciadas
damas de honor, las galantes frases de los caballeros y las travesuras y
carreras de ligeros pajecillos, alternaban con alegres piezas musicales y
divertidas canciones.
Entre los muchos personajes que formaban la real comitiva se
contaba un paje llamado Ruiz de Alarcón, descendiente de ilustre y noble
familia. Era el favorito de la reina y eso significaba que su físico e ingenio
debían estar de acuerdo con la gracia y belleza que rodeaba a la hermosa y
exigente Isabel.
Se encontraba una mañana en los bosques cercanos al Palacio
adiestrando el halcón favorito de la reina, cuando éste, después de volar a
gran altura, se precipitó sobre un pájaro posado en las ramas de un árbol.
La avecilla consiguió eludir el ataque, lo que hizo que el halcón pusiera
mayor empeño en cobrar su presa, y sin hacer caso a las llamadas del paje,
empezó a perseguirlo hasta que, cansado, se posó sobre la muralla de la
Torre de las Infantas, situada en un barranco algo lejano de la Alhambra.
Con gran trabajo llegó el joven a los muros de la Torre, pero como ellos no
presentaban ninguna abertura y su elevación hacia difícil el escalamiento,
resolvió rodearlo para dar con la entrada.
Ella se abría frente a un pequeño jardín cercado por cañas y
enredaderas. Debió pasar un portillo y cruzar canteros llenos de rosales y
fragantes flores para llegar a la puerta, cerrada en esos momentos. Intentó
abrirla, después de llamar repetidas veces. Pero solamente el silencio
contestaba a sus tentativas. Tras breve espera, se resolvió a mirar por un
pequeño agujero que presentaba la puerta. Su asombro no tuvo límites al
observar que ella daba a un primoroso saloncito morisco, cuyas paredes
tenían delicados adornos que hacían juego con las columnas de una
hermosa fuente de alabastro rodeada de flores sobre la que se apoyaba una
guitarra ricamente adornada. En una de las esquinas colgaba una jaula
cuyo ocupante era un pájaro de raros colores y deliciosos trinos. En un
sillón y sin importarle el canto del ave, dormía plácidamente, entre delicadas
labores femeninas, un magnífico gato persa.
Este cuadro le causó cierta intranquilidad por cuanto le habían
asegurado que aquella Torre estaba deshabitada. Por un momento creyó
haber descubierto un aposento encantado y alguna princesa hechizada bajo
el aspecto de aquel gato persa.
Esta idea lo resolvió a llamar en forma más suave y examinar las
ventanas en busca de un ser humano. Nueva confusión trajo a su mente el
rostro de una bellísima joven, que se dejó ver por unos instantes.
Tras prudente espera, y convencido de que sufría alucinaciones o de
que allí había algún misterio o una dama en peligro, insistió en sus
propósitos, los que obtuvieron por recompensa el presentársele aquella
visión, esta vez convertida en una real y maravillosa beldad de quince años.
Ruiz de Alarcón, venciendo el hechizo de su belleza, la saludó haciendo una
cortés reverencia, al tiempo que decía:
-Más que hermosa princesa, perdón os pido por mi molestia, pero
necesito de vuestro permiso para recoger un halcón posado en lo alto de
esta Torre.
-Lamento, señor, no poder complaceros -contestó la dulcísima voz de
la joven- porque mi tía no me permite abrir la puerta a desconocidos.
-No me consideréis impertinente, pero es el caso que esa ave es la
favorita de la reina y no puedo dejar de rescatarla.
-¿Sois entonces un caballero al servicio de su majestad?
-Ese es mi cargo, encantadora princesa, pero muchos males me
aguardan si no regreso con ese malvado halcón.
-Pues entonces lo lamento mucho. Mi tía me ha advertido que jamás
deje entrar a los caballeros de la Corte.
-Pero considerad, gentil señorita, que entre ellos hay malos y buenos y
que el que os habla es un inocente paje, que caerá en desgracia si le negáis
este pequeño favor.
La joven, que por hermosa no dejaba de tener delicados sentimientos,
consideró que era verdaderamente penoso que aquel gentil paje resultara
perjudicado, sobre todo porque no se parecía por su físico y humildes
súplicas a los terribles y malvados caballeros de la Corte, que, según su tía,
eran tan peligrosos para las incautas jóvenes.
Viendo que la niña se manifestaba indecisa, el paje renovó sus
pedidos con tanta elocuencia, que la tímida y ruborosa joven terminó por
abrir la puerta.
Si a Ruiz de Alarcón la guardiana de la Torre le pareció muy hermosa,
sus sentidos se deslumbraron al apreciar toda la belleza y la gracia que
derramaba aquella aparición celestial, que convertía en mustias y pálidas a
todas las flores de Granada.
Venciendo su turbación, subió a buscar al desobediente pajarraco. Al
bajar encontró a la joven sentada cerca de la fuente y entretenida en tejer
un delicado encaje, pero al levantar la vista un ovillo de hilo se deslizó sobre
el suelo. Apresuróse el paje a recogerlo y doblando la rodilla se lo ofreció
como si fuera una reina, y como a tal le besó la mano cuando ella intentó
tomarlo.
A su exclamación de enojo quiso el joven responder con varias de las
galanterías que se acostumbraban en la Corte, pero fue presa de una gran
timidez. Las palabras morían en sus labios sin poder pronunciarlas, y lo
poco que alcanzó a decir eran sonidos inarticulados que contribuían a
confundirlo más aún.
Aunque inocente y candorosa, la niña alcanzó a comprender las
razones que perturbaban al paje y su enojo cedió ante la alegría de tener
rendido a sus pies a tan apuesto servidor de la reina.
Cuando el joven empezaba a recobrar la serenidad, una lejana voz
hizo sobresaltar a la guardiana de la Torre.
-Es mi tía que regresa -exclamó temerosa-. Marchaos, señor,
inmediatamente, que me ponéis en grave compromiso.
-No me moveré de aquí -contestó Ruiz de Alarcón-, hasta tanto no me
entreguéis como recuerdo esa rosa que adorna vuestros cabellos.
Con gran rapidez la niña desprendió la flor de sus trenzas y el paje,
poniéndola sobre su corazón, desapareció detrás de los arbustos que
adornaban el jardín.
Entrar la precavida tía Fredegunda a la Torre y darse cuenta de que
allí había ocurrido algo anormal fue todo uno.
-¿Qué es lo que ha pasado? -preguntó con su chillona voz.
-Nada que pueda decirse grave, querida tía -contestó la joven,
sofocada por la emoción-. Un halcón que perseguía su presa llegó hasta
aquí.
-¡Jesús, María! ¡Qué barbaridad! ¡Ya ni nuestro pájaro está a
resguardo de ese voraz halcón! ¡Ay, Dios mío! Ten cuidado de cerrar bien la
puerta.
Diciendo esto la buena anciana, después de poner orden en el
aposento, dedicó largo rato a aconsejar a su sobrina contra las acechanzas y
galanterías de Inahallernc de la Cnrre
Aunque jamás había sufrido ningún desengaño, porque nunca había
contado con facciones agradables, no por eso dejaba de trasmitir a la joven
cuanto conocía sobre los peligros que acechan a las jóvenes.
Su hermosa sobrina Jacinta, que hasta hacía poco tiempo había
estado completando su educación en un convento, era huérfana, siendo su
padre un valiente oficial muerto en el campo de batalla. Su tía la guardaba y
vigilaba con gran celo, pero su belleza y dulzura no habían pasado
inadvertidas para los habitantes de la ciudad, quienes con gran admiración
la llamaban la "Rosa de la Alhambra".
Pronto se cansó de Granada el rey Felipe V, y decidió dirigirse hacia
otra ciudad. Al enterarse la vigilante tía de la partida de los soberanos, no
dejó de observar atentamente el paso de los caballeros que constituían el
séquito real. Cuando el último de ellos hubo desaparecido a su vista,
emprendió el regreso muy satisfecha porque su sobrina ya no corría peligro
alguno. Pero al acercarse a su vivienda quedó muda por el asombro. Un
hermoso caballo árabe se revolvía inquieto frente al portillo del jardín,
mientras que entre las flores un apuesto joven se arrodillaba ante su
sobrina.
Al acercarse, el potro dio un relincho de aviso y el paje, sin esperar
más, besó la mano de la niña y saltando la cerca montó a- caballo,
desapareciendo en un instante.
Jacinta, afligida por la partida del joven, sin importarle lo que podía
pensar y decir la vigilante Fredegunda, se arrojó a sus brazos derramando
abundantes lágrimas.
-¡Ay, tía! -gemía entre sollozos-. ¡Se ha ido! ¡Se ha alejado de mí y
nunca más lo veré¡
-¿Pero a quién le ha sucedido eso? ¿Qué malas noticias trajo ese joven
que se arrodillaba ante ti? -¡Es él, tía, por quien lloro! ¡Es un paje de la reina
que se despedía de mí!
-¡Un caballero de esa laya! -exclamó fuera de sí la inmaculada tía-.
¿Cómo has conocido tú a ese personaje?
-El día en que el halcón de la reina se posó en la Torre, él era el
encargado de cuidarlo.
-¡Ay, niña de mi alma! ¡No existe ave de rapiña peor que esos alocados
pajes, que se divierten en cazar tan candorosas avecillas como eres tú!
Con gran enojo cerró la puerta de la Torre con toda clase de trancas
para que nada volviera a perturbar a su hermosa sobrina.
Bajo extrema vigilancia pasó la niña verano e invierno sin tener
noticias del apuesto paje. Al llegar la primavera y cuando todo era vida y
esplendor, la bella Jacinta empezó a perder colores mientras honda tristeza
le hacía olvidar sus agujas, enmudecer su dulce voz como también las
melodías que tañían las cuerdas de la guitarra.
Sus ojos ya no brillaban como las estrellas, el llanto los enrojecía casi
a diario.
La rígida Fredegunda creía aliviar sus penas diciéndole a menudo:
-¡Ay, candorosa sobrina! ¡Mira si no das razón a mis palabras! ¿No te
advertí repetidas veces de lo inconstantes y frívolos que son los caballeros de
la Corte? Por otra parte, ¿qué puedes esperar, tú, una pobre huérfana, de
un joven de noble familia? Aunque quisiera casarse contigo, estoy bien
segura de que sus padres se lo impedirían. Déjate, pues, de llorar y no te
aflijas por cosas imposibles.
Estas palabras no hacían sino aumentar el desconsuelo de Jacinta,
que para evitar las recriminaciones de su tía, trataba de aislarse lo más
posible.
Una calurosa noche -su tía hacía tiempo se hallaba entregada al
sueño- permanecía en el salón de la Torre evocando junto a la fuente aquella
feliz mañana en que el apuesto paje había solicitado su ayuda, cuando al
recordar cuán pronto la había olvidado, sus ojos se llenaron de lágrimas que
corriendo por las mejillas cayeron en la taza de la fuente. El agua, quieta
hasta entonces, empezó a agitarse y formar burbujas que fueron creciendo y
se convirtieron en una bella joven, vestida como una princesa árabe.
La aparición impresionó en tal forma a Jacinta, que olvidando sus
penas huyó del salón. Después de agitada noche y ya al amanecer, despertó
a su tía para contarle lo que le había ocurrido.
Mas la austera Fredegunda lo creyó un delirio o un sueño de su atribulada
cabecita.
-Con toda seguridad -dijo a modo de conformarla- que habías estado
recordando la vieja leyenda de las tres princesas moras.
-¿Qué leyenda es esa que no recuerdo, querida tía?
-Pero me parece que te la he contado hace mucho tiempo. Se refiere a
las tres hijas del entonces rey de Granada, Zayda, Zorayda, y Zorahayda,
que permanecieron guardadas en esta Torre por orden de su padre, hasta
que para poner fin a su cautiverio resolvieron escapar y casarse con tres
valientes caballeros cristianos, pero a último momento la menor de ellas se
dejó vencer por el temor, negándose a dejar esta Torre, en la que había de
morir poco tiempo después.
-Recuerdo ahora que conocía esta leyenda y que he acompañado con
lágrimas las desdichas de Zorahayda.
-No me extraña que ello ocurriera, por cuanto quien la pretendía era
uno de tus antepasados, que después de largo tiempo y cicatrizado su
corazón, se casó con una noble dama de la Corte.
-Es otra alma que sufre tanto como yo -pensó para sí la joven-, y no
he de temerle. Esperaré esta noche, por si nuevamente llega a aparecer.
Siguiendo su pensamiento, apenas se durmió la vigilante Fredegunda y en la
Torre reinó completo silencio, se levantó y bajó al saloncito que adornaba la
fuente morisca. El lejano campanario de una iglesia anunciaba la
medianoche, cuando la superficie del agua empezó a agitarse y a formar
burbujas, surgiendo la bella princesa, cuyos vestidos lucían valiosas joyas,
llevando en sus delicadas y pequeñas manos un precioso laúd.
La joven estuvo a punto de abandonar sus propósitos, y huir, pero la
triste voz v el sufrimiento que reflejaban sus bellas facciones la detuvieron.
-¿Cuáles son tus penas, hermosa criatura - dijo con tono cariñosopara
alterar con lágrimas la quietud de la fuente? ¿Qué pesar amarga tu
corazón para interrumpir la tranquilidad de la sala con lamentos y
suspiros?
-Lloro la ausencia de un doncel que en ¡vano prometió tenerme en su
memoria.
-No te aflijas, niña mía, porque penas mayores hay en el mundo y las
tuyas se resolverán con felicidad. Ten presente mis desdichas. Soy una princesa
mora a quien un caballero, tu antecesor, me cortejó y fue
correspondido al punto de convenir casarnos y convertirme a su religión,
pero en el instante de cumplir nuestros propósitos, me faltó valor, y como si
ello fuese un castigo, se apoderó de mi espíritu un hechizo que sólo tú
puedes romper, si nada en ti se opone a ello.
-Por el contrario -respondió muy emocionada Jacinta-, haré cuanto
pueda por libraros de él. -Gracias, niña mía, aproxímate sin miedo y bautízame
con el agua de la fuente según manda tu religión; sólo así descansará
mi alma.
Temblorosa acercóse Jacinta a la fuente y, después de sumergir su
pequeña mano en el agua, cumplió con aquel singular pedido. La princesa,
al término de la ceremonia, sonriente de felicidad, se desvaneció en
finísimas gotas de rocío, mientras que el laúd de plata se depositaba a los
pies de la niña.
Poco tardó en abandonar el aposento y refugiarse en el lecho. Apenas
concilió el sueño. Los primeros rayos del sol la sorprendieron pensando si lo
sucedido era una realidad o fantasía.
Sin poder contener la curiosidad, bajó al saloncito. La emoción casi la
desvanece al ver el laúd de plata en el mismo lugar que había quedado la
noche anterior. Corrió entonces a despertar a su tía contándole con voz
entrecortada por la agitación lo sucedido y la existencia del magnífico
instrumento.
Después de vestirse, bajó Fredegunda al salón, y su frío corazón se
enterneció cuando su sobrina, pulsando el laúd, arrancó de sus cuerdas
una melodía tan prodigiosa como cautivadora.
Jacinta encontró en la música felices momentos que le hacían olvidar
las penas de su corazón. Pero sin darse cuenta, las maravillosas notas del
laúd detenían a cuanta persona se aproximaba a la Torre.
Las propiedades de aquella extraordinaria música no tardaron en
conocerse y hacer famosa a su ejecutante.
Los nobles más distinguidos rivalizaban en invitar a aquella virtuosa
joven, porque sus ejecuciones eran un poderoso imán, sin el cual no había
fiesta posible.
Su celebridad corrió por España entera y en todas las ciudades se
elogiaba a la renombrada artista, cuya música exaltaba los sentidos.
Jacinta no se daba tiempo en atender tanta invitación y agasajos, y la
vigilante Fredegunda, cada vez más alerta y desconfiada, debía sostener
verdaderas batallas para contener a los admiradores de su maravillosa
sobrina.
Mientras esto ocurría, el rey Felipe V fue presa de una rara
enfermedad mental que, después de pasar por diversas alternativas, hizo
crisis en la manía de creerse muerto, y que como tal, ordenó debían darle
sepultura.
Grave conflicto causó a la reina y a los ministros tan raro capricho. No
podían desobedecer la real orden ni tampoco cumplirla, pues el enterrarlo
vivo hubiera sido castigado por el delito de regicidio.
Preocupados por tan complicado problema, los personajes de la Corte
buscaban toda clase de soluciones, cuando llegaron a sus oídos las
maravillosas virtudes de una joven tañedora de laúd. Al punto se destacaron
emisarios en su busca, y, pocos días después, la joven llegó al palacio
vestida al estilo andaluz y con su laúd de plata, en momentos que Isabel se
paseaba en compañía de sus damas de honor por los hermosos jardines.
Sorprendida quedó la reina al ver tan noble belleza y timidez en la joven que
enloquecía de admiración a España, y que con tanto acierto llamaban la
"Rosa de la Alhambra".
Su tía Fredegunda no tardó en informar a la soberana de su historia y
antepasados, aumentando el interés de la reina al enterarse de que
descendía de muy noble familia y de que su padre había dado la vida en
defensa de sus reyes.
-Espero -dijo Isabel- que tu llegada a la Corte confirme tus excelentes
dotes como ejecutante de tan precioso instrumento. Pero, si eres capaz de
aliviar el mal que aqueja a tu rey, gozarás de mi protección y muchos serán
los honores y riquezas que te aguardan.
Ansiosa de probar las virtudes de tan eximia artista, guió a la joven a
través del palacio hasta llegar a una tétrica aunque imponente sala, cubierta
con negras colgaduras. Largos velones iluminaban un suntuoso catafalco,
desde donde asomaba la nariz del monarca, que, con las manos cruzadas
sobre el pecho, esperaba que le dieran sepultura.
Entró la reina, haciendo señas de guardar silencio a los enlutados y
tristes caballeros que rodeaban a su esposo, y señalando un pequeño
asiento, indicó a la hermosa Jacinta que podía comenzar.
La emoción hizo en un principio vacilar sus delicados dedos, pero a
medida que iba tocando, su entusiasmo crecía y con ello mejoraba la forma
de ejecutar, que alcanzó a una perfección tal, que los presentes se sintieron
transportados al reino de la música. Después de tocar algunas melodías que
el maniático rey creyó sin duda provenían de los ángeles, la eximia artista
empezó a cantar al compás del laúd un famoso romance que exaltaba las
glorias de la Alhambra y los heroicos hechos de armas de los guerreros
moros. Como la canción se asociaba al recuerdo del apuesto paje, fue tal el
sentimiento que puso al entonarla, que el rey incorporóse en el catafalco
para luego arrojarse al suelo y ordenar con viva impaciencia que se le trajera
su espada y su escudo.
Al punto aquella orden fue coreada por vivas y gritos de alegría, las
ventanas fueron abiertas y el sol entró raudo.
Pasado este primer momento, todos se volvieron a la excelsa artista,
que había abandonado su asiento y presa de una intensa palidez, mientras
el laúd se deslizaba hasta el suelo, iba a caer desvanecida, si en el mismo
momento no la hubiesen recogido los brazos del apuesto Ruiz de Alarcón.
Repuesta la hermosa Jacinta de su emoción, no se negó a escuchar
las justificaciones que de su inexplicable silencio le ofrecía el joven. Como
era de imaginar, apenas confesó a su padre su afecto por la joven, éste le
prohibió en absoluto toda relación que no estuviera de acuerdo con su
alcurnia y nobleza.
Pero pronto la reina venció los escrúpulos de tan rígido padre, que al
conocer la gracia y belleza de su futura hija y las mercedes y favores que le
otorgaban en la Corte, consintió, sin más vacilar, no tardando mucho
tiempo en celebrarse con gran pompa las bodas de la hermosa "Rosa de la
Alhambra" con el gentil caballero Ruiz de Alarcón.
En su felicidad, olvidaron el mágico laúd, que al cabo de un tiempo
fue robado por un envidioso artista italiano traído a la Corte, antes de la
maravillosa cura del rey. A su muerte sus ignorantes parientes hicieron
fundir el preciado metal, mientras que sus cuerdas fueron aprovechadas en
un viejo violín de Cremona, cuyas mágicas notas dieron merecida fama al
gran Paganini.
Leyenda del Gobernador y el Notario
Entre las autoridades que gobernaron la Alhambra, se destacó, hace
muchísimos años, un viejo y valiente militar que, habiendo perdido un brazo
en una célebre batalla, era conocido por el nombre de "El gobernador
manco".
Ufano de su gloria y coraje, irritable y severo en sus actos, resultaba
imponente con los largos y erguidos mostachos que casi le llegaban a los
ojos, altas botas y larguísima espada.
Aplicaba con toda exactitud los reglamentos y ordenanzas que
establecían a la Alham Ira como fortaleza real. No se podía entrar con
ninguna clase de armas, a no ser algún noble caballero, y los jinetes debían
desmontar al llegar a la puerta y conducir por la brida a su cabalgadura.
Como el gobernador no hacía excepciones y mantenía con estricto
rigor su autoridad, muy pronto se indispuso con el capitán general que
mandaba en la provincia y que no toleraba que en su jurisdicción existiera
otro Estado que resistiese a su poder.
Esta enemistad, agriada por continuas discusiones, exasperaba y
enfurecía cada vez más a las celosas autoridades.
"El gobernador manco" alcanzaba cierta ventaja
sobre su rival, porque el suntuoso palacio de la capitanía, situado al pie de
la colina en que se levantaba la Alhambra, era dominado por una de las salientes
de la fortaleza y allí, en horas en que mayor era la cantidad de gente
que iba y venía, se paseaba erguido, espada al cinto, con desdeñoso gesto de
superioridad militar.
Cada vez-que bajaba hasta la ciudad, lo hacía con gran pompa, en la
vieja carroza tirada por ocho mulas y con numerosa escolta de caballerizos y
lacayos. Esta exhibición le causaba cierto placer, sobre todo al observar a
los impresionados habitantes de Granada contemplarlo con gran temor y
respeto. Pero no reparaba en las sonrisas de los amigos del capitán general,
que burlándose de tanto aparato lo llamaban: "El rey de los mendigos", de
acuerdo con la pobreza y mísero vestir de sus vasallos.
Pero el principal motivo de tanta enemistad lo proporcionaba el
derecho que tenía el gobernador de pasar las provisiones para la fortaleza
libres de todo impuesto provincial.
Este privilegio provocó que numerosas bandas de contrabandistas
hicieran grandes negocios en connivencia con los soldados de la guarnición.
La situación llegó a tal extremo, que el capitán general decidió un día
ponerle fin. Para resolver el asunto, llamó a un solapado notario que atendía
la secretaría y que se distinguía por tramar toda clase de enredos y pleitos
contra la autoridad de la Alhambra.
Después de estudiar el caso, el astuto secretario le aconsejó que
insistiera en detener y registrar cuanto cargamento pasara por la ciudad.
Para afirmar sus derechos, redactó un extenso memorial que debía enviarle
al gobernador.
Recibirlo el viejo militar y poner el grito en el cielo fue todo uno.
-Al diablo -exclamó furioso- con leyes y notarios. ¡Qué pobre
capitanejo ha de ser el que pretende asustarme con papeluchos y escritos de
un avenegra! ¡Ya le demostraré lo que vale una espada frente a un tinterillo!
Y sin más, contestó al largo escrito sosteniendo sus derechos al libre
tránsito y amenazando con castigar a los plebeyos aduaneros que se
atraviesen a detener cualquier cargamento destinado a la Alhambra.
Planteada tan grave situación, llegó un buen día una mula cargada
con víveres para el gobernador. El cabo que mandaba el pelotón, custodio
del animal, era como su jefe, testarudo y valiente. Al llegar a las puertas de
la ciudad puso sobre la carga la bandera de la Alhambra, y con aire de
desafío hizo avanzar sus cuatro soldados.
Habían caminado muy pocos pasos cuando sonó el "¿quién vive?" del
centinela.
-Fuerzas de la Alhambra -contestó con aire marcial el cabo.
-¿Qué lleváis?
-¡Víveres para el gobernador!
-Pasad .. .
El cabo dio la voz de marcha y apenas el reducido convoy caminó
unos metros, cuando varios aduaneros que permanecían ocultos en el
puente los rodearon en forma amenazadora.
-¡Deteneos! ¡-gritó el que parecía el jefe-. No podéis pasar sin que
hayamos visto lo que lleva ese animal.
Sin dejarse atemorizar, el cabo ordenó atención, preparar las armas y
seguir avanzando.
-No sois ciegos para ver la bandera de la Alhambra y por tanto lo que
llevamos escapa a todo registro. -
-¡Al diablo con tu bandera y para de una vez.
-No reconozco vuestra autoridad y si la queréis imponer os va costar
caro.
Dicho esto, fustigó a la mula, pero el jefe de los aduaneros se adelantó
y la tomó de las riendas. El cabo, después de dar la voz de alto, disparó el
fusil, hiriéndolo de muerte.
Los aduaneros cayeron sobre el viejo militar. que después de sufrir las
iras del populacho, traducidas en puntapiés, palos y golpes de puño, fue
cargado de cadenas y encerrado en la cárcel.
Sus soldados, que a favor de la confusión habían emprendido una
estratégica retirada, retornaron en busca de la mula, cuya carga había sido
registrada y aliviada.
Al enterarse el gobernador de los pormenores del grave episodio, el
insulto a su bandera y la prisión de un jefe de sus tropas, su cólera alcanzó
límites insospechados. Pensó enclavar cañones en la saliente que dominaba
a su enemigo y bombardear la capitanía general, pero como aquel plan no
era factible porque la artillería estaba fuera de uso, se conformó con enviar a
un soldado exigiendo - la entrega del cabo por considerar que únicamente él
podía castigar los delitos cometidos por sus súbditos.
El capitán general, aconsejado por el solapado notario, contestó,
después de muchos días, que como el hecho había ocurrido en la ciudad y la
víctima era uno de sus servidores, no cabía ninguna discusión ni duda
sobre sus derechos a juzgar al autor del crimen.
Insistió el gobernador en lo que creía justo y contestó el capitán
general con nuevos argumentos legales, cosa que ponía fuera de sí al viejo
militar, que odiaba todas las mañas y argucias de los defensores de la ley.
Mientras se cruzaban pedidos y negativas, el astuto notario, que se
divertía en provocar la ira del gobernador, continuaba con toda rapidez la
instrucción del sumario. El autor del hecho detenido en un pequeño
calabozo, consumía su impaciencia asomándose a una ventana cruzada con
gruesos barrotes por donde conversaba o recibía regalos de sus amigos.
Después de llenar cientos de hojas con declaraciones de testigos,
antecedentes y reconstrucciones, el falso notario consiguió enredar en tal
forma al cabo, que sin saber cómo terminó por confesarse autor del delito de
asesinato, que se castigaba con la muerte en la horca.
Al saber el gobernador el fin que aguardaba a su fiel soldado, llegó al
colmo de la furia y lanzó toda clase de amenazas contra la ciudad. Pero sus
autoridades parecieron ignorarlas y el día antes del señalado para cumplir la
sentencia el cabo fue puesto en capilla.
Llegadas las cosas a tal extremo, el gobernador no vaciló en resolver
personalmente este asunto. Hizo disponer la carroza, y escoltado por
soldados y servidores bajó a la ciudad como si fuese a visitar amigos.
Después de recorrer algunas calles, dirigióse hacia la casa del notario.
Se detuvo ante ella y ordenó que lo llamaran hasta la puerta.
-Según noticias, ha sido condenado uno de mis soldados -gritó el
gobernador.
-Así es, señor -contestó con socarrona sonrisa el notario-. No se ha
hecho más que, cumplir las disposiciones de la ley, como fácil os será
comprobarlo leyendo las declaraciones y la confesión del autor.
-Quisiera convencerme de esa justicia, si no tenéis inconvenientes -
pidió el gobernador.
El notario, inflado de vanidad, al poder demostrar su saber e
inteligencia en asuntos de esa clase, no tardó en regresar con el voluminoso
expediente. Acercándose a la carroza se puso a leer, dándose mucho tono y
autoridad, las principales partes del juicio. Lo hacía con tanta teatralidad,
que pronto los vecinos empezaron a rodearlo llenos de curiosidad.
-Si podéis, haced el favor de subir a la carroza -le interrumpió el
gobernador-. Me distrae este corrillo de abribocas y no puedo seguir vuestra
lectura.
Aceptó el notario de buen grado la proposición del gobernador, pero
no había terminado de sacar el segundo pie del estribo, cuando en contados
segundos se cerró con fuerza la puerta de la carroza, el conductor sacudió
varios latigazos a las mulas y coche, escolta y servidores, ante el asombro de
los vecinos, partieron a toda velocidad hasta llegar a la Alhambra y encerrar
al prisionero en uno de los mejores calabozos.
Después de tener asegurada tan valiosa presa, el gobernador envió a
un oficial con bandera de parlamento, proponiendo a su enemigo el canje de
los prisioneros.
El capitán general, herido en su dignidad, rehusó en forma altanera
esa proposición y ordenó se aceleraran los trabajos para levantar una gran
horca en el centro de la plaza.
-¿Con que ésas tenemos? -dijo el viejo militar, mandando se
construyese otro patíbulo en la parte de la fortaleza que dominaba la plaza.
Cuando estuvo listo, envió un nuevo mensaje advirtiéndole que en
cuanto el cabo fuese ahorcado, el pérfido notario bailaría al extremo de una
cuerda.
El capitán no varió sus propósitos. Hizo formar las tropas, mientras
redoblaban los tambores y tocaban las campanas anunciando la ejecución.
El gobernador no se quedó en menos. Mandó formar la guarnición de
la fortaleza al son de tambores y campanas que participaban la próxima
muerte del notario.
Su esposa, que seguía con desesperadas lágrimas toda la ceremonia,
cruzó acompañada de sus numerosos hijos la muchedumbre, que no
apartaba los ojos de lo que iba a ocurrir en lo bajo y en lo alto de Granada,
para caer de rodillas frente -al capitán general y pedirle aceptase la
proposición del enemigo.
-Bien conocéis -dijo- que el gobernador cumplirá con su palabra y mi
esposo será ahorcado. Comprended, señor, que por un capricho me priváis
de sostén y condenáis a la miseria a mis numerosos hijos.
Conmovióse el capitán general por tantas lágrimas que lo ayudaban a
no perder tan ladino consejero, y dio orden a un oficial para que condujera
hasta la Alhambra al arrogante cabo, que aun vestido con la ropa de
ajusticiado no dejaba de ir con la frente erguida y marcial continente, y pidió
se cumpliese el canje solicitado.
No se demoró mucho en sacar al notario del calabozo. La socarrona
sonrisa había desaparecido y el terror se reflejaba en sus ojos. Sus cabellos
encanecieron y fuertes temblores sacudían su cuerpo.
El gobernador, con agria sonrisa, observó un momento su lamentable
estado, y apoyando su brazo en la espada, dijo con severo tono:
-Veo que sufrís las consecuencias de mandar gente a la horca. Y
aunque estéis amparado en la ley, la confianza nunca debe cegaros, sobre
todo cuando sintáis deseos de provocar con esas chanzas a un viejo militar.
Según dicen los viejos habitantes de Granada, el capitán general no
tuvo, desde ese entonces, malos consejos y la paz volvió a reinar entre tan
celosas autoridades.
Las Cruzadas y los Primeros Reyes de Granada
No pueden leerse las maravillosas y graciosas leyendas de la
Alhambra sin recordar a los reyes que tuvieron la virtud de fundar y
construir esta joya arquitectónica, sublime demostración del genio de los
artífices árabes, monumento imperecedero de la gloria de España.
Para conocer tan interesantes hechos, debió el autor estudiar las
numerosas crónicas que se conservan en la Biblioteca de la Universidad de
Granada.
Según la historia, el primero de estos reyes, llamado Mohamed Abu -
Alhamar, nació en Arjona en el año 1195 de la Era Cristiana. Descendiente
de la noble rama de los Beni-Nasar, sus padres no escatimaron medios para
educarlo de acuerdo con el elevado rango que ocupaba la familia.
La civilización árabe había alcanzado en aquel entonces gran
adelanto. En las principales ciudades existían escuelas y sabios maestros de
artes y ciencias, donde los más ricos y distinguidos personajes educaban a
sus hijos.
Al llegar Abu-Alhamar a la mayoría de edad, demostraba gran
inteligencia y perspicacia, tanto en las ciencias como en los negocios
públicos, por lo que fue nombrado alcaide de las ciudades de Arjona y
Jaén. Pronto se distinguió por su bondad y justicia, lo que le proporcionó
enorme popularidad y merecido respeto.
A la muerte del rey Abou Hud, el pueblo musulmán se dividió en
varios bandos. Muchos nobles se manifestaron a favor del justiciero Abu-
Alhamar. Sus partidarios aumentaron en tal forma que, después de ser
aclamado en numerosas ciudades, llegó a Granada, donde fu é proclamado
soberano.
Su gobierno dio a sus entusiastas súbditos nuevos motivos de alegría
y bienestar. Creó un admirable sistema de policía y dictó estrictas leyes para
la administración de justicia. Atendía personalmente a los necesitados,
fundando numerosos hospitales para ciegos, ancianos y enfermos; escuelas
para instruir los niños, carnicerías, hornos públicos y un sistema de
irrigación que beneficiaba a la ciudad y los campos vecinos.
Por su sabia administración y sus inteligentes iniciativas, Granada se
había convertido en un centro de cultura y comercio que traía la
prosperidad a sus habitantes.
Como no hay felicidad duradera, y cuando menos se sospechaba,
sobre el reino se elevaron amenazadores nubarrones que presagiaban
sangrienta guerra.
Los ejércitos cristianos, aprovechando las divisiones y rivalidades de
los príncipes moros, habían empezado a recobrar el territorio que
permanecía en manos de los árabes.
Jaime el Conquistador se había apoderado de Valencia y Fernando el
Santo de Andalucía, llegando a sitiar, hasta que consiguiera tomarla, la
ciudad de Jaén.
Abu-Alhamar comprendió bien pronto la imposibilidad de resistir las
poderosas fuerzas de Castilla. Después de profunda meditación resolvió
presentarse, en forma secreta, al rey Fernando.
Cuando llegó a su presencia, besando la mano del monarca español,
dijo:
-Soy Mohamed Abu-Alhamar, rey de Granada; vengo a ponerme bajo
vuestro mando. Aceptadme como vasallo y disponed de mis pobres dominios
como mejor os plazca.
Fernando, que tenía buen corazón, apreció como se debía este gesto y,
abrazando a su rival, lo admitió con los derechos y prerrogativas de su más
noble vasallo, con la condición de pagarle cierto tributo anual y ayudarlo en
sus campañas militares.
El rey Fernando pronto necesitó el auxilio de Abu-Alhamar, quien
acudió al frente de quinientos guerreros para combatir contra los de su raza
y religión.
El valor que demostró el moro en la conquista de la ciudad de Sevilla,
sus solicitudes a Fernando para que tuviese clemencia con los vencidos, no
vencieron su triste fama ni su amargura al darse cuenta que a su reino le
amenazaban graves peligros.
Los habitantes de Granada esperaban a su rey con grandes festejos y
arcos de triunfo, en homenaje a su bravura y bondad. La multitud delirante
lo aclamó como "El Ghalib", o sea "El Victorioso", pero el apenado rey
exclamó: "¡Sólo Dios es vencedor!", palabras que adoptó por divisa,
haciéndolas grabar en su escudo.
Mohamed tenía presente que la paz que había comprado a tan duroprecio
no podía ser duradera. Siguiendo el viejo refrán "Ármate en tiempo de
paz y abrígate aun en verano", empezó a construir obras de defensa,
aumentando sus arsenales y estimulando en toda forma las artes e
industrias que dieran mayor poderío a Granada.
De estas iniciativas surge la que más brillo y renombre ha de dar a su
reino: el maravilloso palacio de la Alhambra.
Su construcción empezó en el año 1250 y fue dirigida y vigilada por
Abu-Alhamar, cuyas sencillas costumbres lo llevaban a mantener largas
conversaciones con los obreros y dirigir los trabajos de los artistas y
maestros de obra.
Pasaba la mayor parte del tiempo en los jardines, donde se cultivaban
las plantas y flores más exóticas y hermosas de España, leyendo o
completando la educación de sus tres hijos.
Permaneció fiel a su promesa de lealtad, y a la muerte de Fernando el
Santo envió, con su pésame al nuevo rey Alfonso X, un séquito de cien
caballeros que velasen sus restos en la Catedral.
Mohamed Abu -Alhamar llegó a vivir muchísimos años. Un día, al
salir al frente de las tropas para rechazar un ataque de sus enemigos, uno
de sus jefes, por casualidad, rompió la lanza contra el arco de la puerta. Sus
acompañantes vieron en ello una señal de mal augurio y rogaron al anciano
rey que desistiera de sus propósitos y confiara las tropas a otro jefe. Pero
Abu - Alhamar no hizo caso y ordenó continuar la marcha. Al atardecer, un
súbito malestar casi lo derriba del caballo. La extraña enfermedad tuvo un
trágico desenlace frente al cual se declararon impotentes los médicos de la
Corte, falleciendo el soberano.
Su cuerpo fue embalsamado y colocado en un suntuoso féretro de
plata labrada, que se depositó, acompañado por el dolor de sus súbditos, en
un magnífico mausoleo de mármol.
La Alhambra guarda, con sus restos, imperecedero recuerdo de su
esclarecido fundador. Pero la magna empresa lleva asociado otro no menos
ilustre hombre: el que continuó y dio fin a la construcción de tan suntuoso
palacio.
No puede quedar en el olvido el célebre príncipe Yusef Abul Hagig, que
ocupó el trono de GrpLnada en el año 1333.
Sus condiciones morales eran muy semejantes a las de su antecesor
Mohamed Abu - Alhamar, pero su físico mucho más agraciado, causaba
admiración. De alta estatura y prodigiosa fuerza, aumentaba su presencia y
nobleza con una larga barba negra. Su cultura y sus conocimientos se
extendían a todas las ciencias y artes de aquel entonces. Alcanzaba gran
fama como poeta y conquistaba a su pueblo por su cortesía y humanidad. Si
bien de mucho valor y coraje, aborrecía la guerra por sus inútiles matanzas,
por lo que llegó a prohibir a sus guerreros todo acto de crueldad, y mandó
respetar y proteger a las inocentes víctimas, es decir, las mujeres, los niños,
y los enfermos.
¡Tan nobles sentimientos no podían consagrarlo como un gran
guerrero! Derrotado por las fuerzas de los reyes de Castilla y Portugal, se
retiró a Granada, dedicándose enteramente a la educación y bienestar de su
pueblo.
Inició la construcción de diversas obras, entre las que se cuentan la
terminación de la Alhambra, iniciada por Abu-Alhamar, la Puerta de la
justicia y el Alcázar de Málaga. Agregó nuevos ornamentos y obras de arte a
patios y salones del palacio, revistiendo a su conjunto de la gracia y
elegancia que lo han hecho tan famoso y visitado.
Los nobles de la ciudad no tardaron en seguir el ejemplo del rey, y
pronto la ciudad se vio rodeada de hermosos palacios, verdaderas obras de
arte que llevaron a decir a un escritor que "Granada era en aquella época un
vaso de plata cubierto de esmeraldas y jacintos".
La nobleza de Yusef se manifestó cuando su peor enemigo, Alfonso XI
de Castilla, murió a raíz de una cruel epidemia mientras sitiaba la ciudad de
Gibraltar. En vez de alegría sólo manifestó pesar, diciendo que aquella
desgracia privaba al inundo de uno de los más ilustres príncipes.
Sus tropas suspendieron la lucha y abrieron camino a las fuerzas que
trasladaban hasta Sevilla al difunto rey.
El destino proporcionó al generoso Yusef un trágico fin. Un día,
mientras permanecía en la Mezquita Real, un demente lo atacó con un
puñal infiriéndole una herida mortal. El pueblo, indignado, vengó su muerte
destrozando al asesino.
Sobre su tumba de mármol fueron grabadas sentidas oraciones. Su
nombre flota imperecedero sobre la Alhambra, maravilla que eterniza su
recuerdo.
Leyenda del Gobernador y del Soldado
Irritado el "gobernador manco" por las continuas quejas y acusaciones
de que la fortaleza se había convertido en un refugio de malhechores y
contrabandistas, se decidió un día a limpiar sus dominios de tan peligrosa
vecindad. Desalojó, sin contemplación, de las cuevas que rodeaban al
palacio, a una numerosa población de vagos y gitanos.
Para que estas medidas se cumpliesen y los truhanes no volvieran a
sus antiguas guaridas, ordenó que destacamentos de soldados patrullaran
continuamente las alamedas y caminos, arrestando a toda persona
sospechosa.
Una luminosa mañana de verano, uno de esos destacamentos
mandado por el cabo que tanto dio que hacer al escribano, se encontraba
descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, y cerca del
camino que sube al Cerro del Sol, cuando repentinamente oyeron el trotar
de un caballo juntamente con una voz que entonaba, con buen acento, una
antigua canción guerrera.
No tardó en dejarse ver un robusto joven, con el rostro tostado por el
sol, cubierto por un sucio y deshilachado uniforme de soldado de infantería,
y montado en un hermoso caballo enjaezado al estilo árabe.
Asombróse mucho el veterano al contemplar a un militar que en
aquellas lamentables condiciones descendiera a caballo tan solitaria
montaña Sin tiempo para reflexionar, atinó a decir:
-¿Quién vive?
-Gente amiga.
-¿Quién sois?
-Un pobre soldado que vuelve de la guerra maltrecho y sin un
céntimo.
El cabo, el corneta y los soldados que componían la patrulla lo
rodearon con curiosidad viendo que llevaba sobre la frente un parche negro
que su barba era rubia y vivos sus ojos, que descubrían cierta picardía y
buen humor.
De buena gana contestó a las innumerables preguntas que le
dirigieron los guardianes del sendero. Agotada su curiosidad, creyó el recién
llegado que le tocaba interrogar a su vez.
-Os agradecería -dijo- me informéis qué ciudad es esa que diviso al pie
de esta colina
-¿Qué ciudad? -exclamaron todos con asombro mientras que el
corneta asumía el papel de informante-. ¡Qué cosa rara y graciosa! un
hombre que viene del Cerro del Sol y pregunta que ciudad es Granadal
-¡Granada! ... Por los cielos, ¿será posible?. . . -¡Que si es posible!
-insistió el corneta-. ¿No veis desde aquí las torres de la Alhambra?
-¡No trates de engañarme ni me vengas con bromas, mal corneta! Que
de ser verdad que esas torres son de la Alhambra, cosas más que'
maravillosas debo contar al gobernador.
-Pues como he decidido llevaros a su presencia -dijo al cabo-, pronto
podréis contárselas. Inmediatamente ordenó rodear al desconocido mientras
el corneta tomaba de la brida al caballo y poniéndose al frente dio la voz:
"¡De frente! ¡Marchen! ¡Arm. . . ", partiendo con marcial paso hacia el
palacio.
No era muy común en la fortaleza ver conducido prisionero a un mal
entrazado soldado seguido de tan hermoso caballo. Pronto los ociosos y
comadres que hablaban como cotorras varias horas al día cerca de los
aljibes y las fuentes, suspendieron sus conversaciones para entrar a
ocuparse de tan extraordinario caso. Todos los trabajos se paralizaban y las
mozas que habían ido a 'buscar agua abrían la boca con gran asombro al
ver pasar al cabo llevando tan apuesto prisionero. Rápidamente empezaron
los curiosos a unirse a la cola de la patrulla y a comentar si el preso era un
contrabandista, un desertor o un bandido. Pero la imaginación de uno fue
superior y pronto se dijo que el cabo había capturado al jefe de una terrible
banda de ladrones.
-Pues ahora -decían las mujeres unas a otras que le libre Dios de las
garras del gobernador manco, aunque no las tiene más que en una.
Se encontraba el fiero gobernador en uno de los frescos salones
interiores de la Alhambra, tomando el sabroso chocolate de la mañana en
compañía de su confesor, un grueso fraile franciscano del vecino convento,
sirviéndolos una hermosa doncella de lindos ojos negros, hija de su ama de
llaves y que, según decían las malas lenguas, manejaba a su capricho al
viejo gobernador, pero nosotros no hemos de hacer caso de esas
habladurías.
Con toda la ceremonia que indica el Código Militar, el cabo informó a
su superior de la prisión del sospechoso soldado. Incorporóse el viejo
gobernador henchido de autoridad, entregó a la linda doncella la taza de
chocolate, pidió la espada, atusóse el bigote y después de aclararse el pecho
con una tosecita, se arrellanó en el amplio sillón semejante a un trono y,
con majestuoso ademán y postura, ordenó comparecen ante su vista al
prisionero. El soldado, que mantenía, su excelente humor y tranquilidad, no
pudo reprimir un gesto de burla ante la rígida y autoritaria mirada del
gobernador, quien, después de observarlo un momento, dijo con voz de
trueno:
-Diga el prisionero las causas de su detención e informe sobre su
persona.
-Señor, nada más puedo decir que soy un pobre soldado que vuelve de
la guerra sin más bienes que cicatrices y golpes.
-¡Así que un soldado! ¡Eh! ¡Y a juzgar por vuestro maltrecho uniforme,
de infantería! ¿Y el hermoso caballo árabe que montáis forma parte de las
cicatrices y los chirlos?
-Sobre eso, y si su excelencia lo permite, tengo que decirle cosas tan
raras y extraordinarias que afectan grandemente la seguridad de esta
fortaleza y de toda Granada. Pero su excelencia debe oírlas a solas o a más
acompañado de las personas de más confianza y reserva.
El pedido hizo meditar al gobernador unos instantes y no encontrando
que perdiera nada en escuchar un cuento, ordenó al cabo y sus soldados
que se retiraran hacia la puerta, pero alertas, por si era necesaria su
intervención.
-Hablad -dilo el viejo militar- con confianza; este buen fraile es mi
confesor; y esta muchacha agregó señalando a la joven que fingía estar
ocupada en algún quehacer para enterarse de lo que hablaban- es
sumamente discreta e incapaz de revelar un secreto.
El soldado, que ya había admirado la hermosura de la moza, volvió a
mirarla con picardía y cariño, diciendo:
-Pues, siendo así, encantado de que nos acompañe esta joven.
Cuando los soldados se alejaron, el prisionero, con un ingenio y una
facilidad de palabra que no estaban de acuerdo con la profesión que
invocaba, comenzó a decir:
-Como he dicho a su excelencia, soy un soldado que después de
batallar y prestar toda clase de servicios, obtuvo justa licencia, por lo cual,
separándome de mi regimiento que acampaba en Valladolid, emprendí la
marcha a pie hacia mi pueblo natal, situado en Andalucía. Había llegado,
ayer tarde, a una árida región de Castilla la Vieja.
-¿Castilla la Vieja? -interrumpió indignado el viejo gobernador-.
¿Pretendéis, pedazo de pícaro, que crea tal embuste? ¡Que de ayer a hoy
habéis podido recorrer cerca de cien leguas de camino!
-Así ocurrió, excelencia -contestó sin inmutarse; el soldado-. Ello no
es más que una de las tarifas extraordinarias y verdaderas maravillas que
debo contaros.
-Si así es, podéis seguir hablando -dijo el gobernador arrellanándose
en el sillón y atusándose el bigote.
-Como caía la tarde y no distinguía ninguna casa o refugio donde
pasar la noche, apresuré el paso. Todo fue inútil, al llegar la noche no tuve
más remedio que acostarme en el llano, teniendo como al mohada mi morral
y como techo las estrellas. Sólo un bravo veterano como su excelencia puede
comprender que esto no es ninguna cosa del otro mundo para uno que ha
hecho algunas campañas.
El gobernador, halagado, asintió con la cabeza mientras sacaba el
pañuelo y espantaba unas moscas que zumbaban a su alrededor.
-Para no cansar a su señoría, concretaré mi historia. Después de estar
un rato acostado, no me resigné a tener que dormirme muerto de sed. Así
que recogiendo mi almohada emprendí de nuevo la marcha. Después de
caminar cerca de dos leguas, llegué a un barranco que servía de cauce a un
riachuelo, casi seco por la falta de lluvias. En la orilla contraria se levantaba
una torre moruna. Crucé el puente que me llevaba a su lado y, después de
examinarla, di con una bóveda cavada en sus cimientos. "He aquí -pensé- el
sitio apropiado para pasar la noche". Bajé hasta el arroyo, apagando mi sed
con un buen trago de agua dulce y pura, y abriendo el morral completé
mi cena con una cebolla y unos pedazos de pan que constituían todas mis
provisiones. Me senté sobre una piedra a orillas de un riachuelo, contento,
al fin, de tener un techo donde pasar la noche. Su excelencia, que es un
veterano, sabe muy bien que ése era un buen alojamiento para un soldado.
-En lugares peores he acampado en mis buenos tiempos -dijo el
gobernador, guardando el pañuelo en la cazoleta de su larga tizona.
-Roía con todas mis ganas los duros pedazos de pan -siguió contando
el soldado-, cuando me sobresaltó un ruido que salía de la bóveda. Al
prestar atención reconocí que lo producían los cascos de un caballo. Así
resultó ,a los pocos instantes. Por una puerta que daba al arroyo salió un
hombre conduciendo de la brida a un fogoso corcel. La oscuridad no
permitía individualizarlo, y pensé que no podía ser sino un contrabandista o
un bandolero quien vagaba por aquellas solitarias ruinas, pero, como no
tenía nada que me robase, pronto me tranquilicé y seguí dándole a los
dientes. El recién llegado acercóse al arroyo para darle de beber al caballo,
advirtiendo con gran sorpresa que era un moro, armado con coraza de acero
y reluciente casco que brillaba a la luz de las estrellas. El caballo, enjaezado
a la usanza ,árabe, llevaba grandes estribos. No bien llegó al agua, metió en
ella el hocico, bebiendo tanto que creí que iba a estallar.
"-Amigo -le dije sin poder contenerme-, mucha sed tiene su caballo.
"-Bien puede tenerla -me respondió el desconocido con acento árabe-,
hace casi un año que no la prueba.
"-¡Dios mío! Aguanta más que los camellos que he visto en África -
exclamé-. Pero como estaba aburrido de estar solo no vacilé en invitarlo a
que compartiera mi pobre cena. Al fin y al cabo, poco debe fijarse el soldado
en la religión que profesan sus compañeros, pues, como su excelencia
conoce muy bien, todos los militares del mundo son amigos en tiempo de
paz."
El gobernador, magnánimo y demostrando saber, asintió con la
cabeza.
-Pues como le decía, lo invité a compartir mis mendrugos.
-Mucho os agradezco -contestóme-, pero debo emprender
inmediatamente mi viaje y no tengo tiempo que perder.
-¿Y a qué región os dirigís? -le pregunté.
-A Andalucía, donde debo llegar antes del amanecer.
-Allí es mi destino -dije con alegría-, ya que no habéis aceptado la
cena, permitidme al menos que monte en la grupa de vuestro caballo, que es
bastante vigoroso y capaz de soportar una carga doble.
-Pues no encuentro ningún inconveniente en complacerte -contestó el
moro montando y ,agregando una vez que me acomodé en la grupa-: pero
ten cuidado de aguantarte firme, pues este caballo corre casi como el viento.
-No paséis temor -le respondí mientras iniciábamos la marcha-. El
caballo, después de andar al paso, tomó un trote largo y después un galope
que se convirtió al momento en una vertiginosa carrera. Todo pasaba a
nuestro lado como flechas. Apenas vi las luces de un pueblo le pregunté:
-¿Qué ciudad es aquélla?
-Segovia -me contestó-. Pero no había terminado de decir estas
palabras cuando las torres de la ciudad desaparecieron, hallándonos en las
sierras de Guadarrama. Después de rodear la muralla de Madrid y de
desfilar, ante mis asombrados ojos, montañas, valles, ríos, pueblos y
castillos, envueltos en el silencio de la noche, y para no aburrir a su señoría,
al llegar a la falda de una montaña, detuvo repentinamente tan
extraordinaria cabalgadura.
-Hemos llegado al fin de nuestro viaje -dijo. "-Por más que miré en
torno mío no alcanzaba a localizar la región en que me encontraba. Solamente
advertí delante de nosotros la entrada de una gran caverna. Mientras
la contemplaba asombrado, empezaron a brotar de ella, con la rapidez y
furia de un huracán, una multitud de guerreros moros, ya a pie o a caballo,
y antes de que hubiera podido preguntar nada a mi camarada, picó espuelas
y se unió a los aparecidos. Después de recorrer una larga y fatigosa senda
que bajaba hasta un valle próximo y gracias a la luz del día que pronto brilló
en todo su esplendor, pude ver grandes caravanas que bordeaban el camino,
y que contenían toda clase de escudos, yelmos, corazas, lanzas y cimitarras;
grandes pilas de municiones y equipajes diversos por el suelo. ¡Qué alegría
hubiese experimentado su señoría, como buen veterano, al admirar aquellas
espléndidas armas de guerra! En otras cavernas se alineaban numerosos
jinetes, lanza en ristre, con banderas desplegadas, como prontos para entrar
en batalla, pero permanecían inmóviles como estatuas mientras que en
otras había soldados que descansaban en el suelo al lado de sus caballos.
"Para finalizar la narración de estos maravillosos sucesos y no cansar a su
señoría, entramos por último en una fantástica caverna, cuyas paredes
estaban cubiertas con incrustaciones de oro, plata, brillantes, zafiros y otras
mil piedras preciosas. En una parte se alzaba el trono, en el que se hallaba
reclinado un rey moro, recibiendo homenaje de sus súbditos, rodeado de
sus nobles y guardado por unos descomunales soldados africanos, armados
de filosas cimitarras.
Hasta ese momento, y siguiendo esa costumbre, que tan bien conoce
su excelencia, de que el soldado no debe preguntar nada cuando está de
servicio, me fue posible aguantar mi curiosidad. Pero ante ese espectáculo,
no pude dejar de interrogar a mi acompañante.
-¿Puedes decirme, camarada -dije-, qué significa todo esto?
-Contemplas -respondió el guerrero con solemne voz y ademán- un
profundo y terrorífico misterio: Boabdil, el último rey de Granada, su corte y
su ejército.
-Difícil me resulta creerte -contesté-, tal rey y tal corte abandonaron
España hace cientos de años, para dejar sus huesos en el África.
-Lo que repites -me respondió el moro- no son más que falsas
historias, porque la verdadera ha sido que Boabdil y sus guerreros pelearon
hasta el fin por la defensa de Granada, y fueron encerrados gracias a un
poderoso hechizo en esta montaña. Los que se rindieron y abandonaron
Granada no eran más que una serie de espíritus a los que se les permitió
tomar esa forma para engañar a los reyes cristianos. Te confiaré, además,
amigo, que España es un país encantado; no hay cueva en la montaña,
solitario torreón o abandonado castillo en la sierra, donde no se oculten
hechizados guerreros, que duermen o dormirán por siglos hasta que Alá
considere que han expiado sus pecados y la hermosa España vuelva a sus
manos. Una vez al año, en vísperas de San Juan, se ven libres, mientras
dure la luz del sol, del mágico encantamiento y pueden rendir pleitesía a su
rey. En cuanto a mí -siguió diciendo el moro-, me toca vivir en la vieja torre
que hay al lado del riachuelo, donde debo volver antes de llegar el alba. Los
demás guerreros que habitan en estas cavernas, en cuanto cese el hechizo,
mandados por Boabdil, recobrarán el trono en la Alhambra, y después de
dominar a Granada, se llamará a todos los guerreros que se encuentran en
este país, para conquistar para el Islam toda España."
Alarmado por semejante noticia no pude menos que decirle:
-¿Pero esto ocurrirá dentro de poco tiempo? "-Alá es el único que
puede resolverlo. El día de nuestro desquite se nos aproximaba cuando el
rey nombró a un valiente veterano gobernador de la Alhambra. Mientras ese
guerrero conocido por el nombre del "Gobernador Manco" esté al- frente de
esa fuerte plaza, será imposible a Boabdil moverse a conquistarla".
Al escuchar el temor y el alto concepto que inspiraba a sus enemigos,
el gobernador se irguió en su asiento, acarició su espada y se atusó con
gran, pompa sus bigotes.
-Para finalizar este relato que puede cansar a su señoría, el guerrero
moro, después de explicarme los motivos que retenían a Boabdil, se apeó del
caballo diciéndome:
-Hazme el favor de cuidarme el caballo mientras voy a rendir
homenaje a Boabdil.
Después de decir esto y mezclarse con la multitud que desfilaba ante
el trono, se me ocurrió que bien podía aprovechar ese momento para huir de
aquel ejército de aparecidos, y con la decisión que un soldado debe tener,
como bien sabe su señoría, me apropié del caballo como trofeo de guerra
sobre un infiel y enemigo de la patria. Monté con rapidez, taloneé al animal
y emprendí la retirada a toda velocidad. Pronto me persiguieron centenares
de soldados que me dieron alcance y me arrastraron hasta la puerta de la
caverna de donde salían toda clase de guerreros en dirección hacia los
cuatro puntos cardinales.,
Aturdido por los acontecimientos y el frenético galopar, perdí el
conocimiento y al recobrarlo me encontré tendido en una desierta montaña,
con el caballo árabe a mi lado, pues al caer quedó enredada la brida a mi
cuerpo, impidiéndole huir a su guarida. "Su señoría, como persona de gran
ilustración e inteligencia, comprenderá, mi asombro al despertar en
semejante lugar. Después de incorporarme vi una ciudad y este hermoso
palacio. Con el caballo de la brida, por temor de montarlo y que hiciera una
de las suyas, empecé a descender hasta encontrarme con los soldados que
me informaron que la ciudad era Granada y que esta fortaleza era
gobernada por el muy temido y terror del infiel moro. Al enterarme de esta
grata noticia pedí que me condujeran ante su señoría a fin de informarle de
cuanto sabía y que pueda tomar las medidas que crea convenientes para
salvar al reino de la amenaza de ese formidable ejército encantado".
-Os he escuchado con atención -dijo el gobernador- y creo que bien
podréis decirme qué me aconsejáis para impedir ese ataque.
-No creo que un modesto soldado deba dictar consejos a un hábil y
valiente guerrero como su excelencia, pero podría decir, que deberíanse
tapiar todas las grutas y cavernas que existen en las montañas, de modo
que el encantado ejército de Boabdil quede aprisionado y deje de ser un
peligro para la seguridad de España. Además, si este reverendo monseñor -
agregó el soldado dirigiéndose al fraile- bendice las tapias y pone unas
cruces e imágenes de santos, creo que ello sería suficiente para desbaratar
cualquier tentativa de los infieles.
-Oportuna y eficaz resultaría tal medida -dijo gravemente el fraile.
El gobernador, apoyando su único brazo en su espada de fuerte acero
toledano, clavó iracundo sus ojos en el soldado y con voz de trueno dijo:
-¿Os creéis, pedazo de pícaro, que me vais a engañar con toda esahistoria
de torres, cavernas y moros hechizados...? ¡Ni lo pretendáis por un
segundo ... ! Sois sin duda un astuto zorro, pero sabed que os tenéis que
entender con otro más astuto y más viejo que no se deja engañar fácilmente.
¡A ver! ¡Guardias! ¡Poned cadenas a este bandido!
La joven y bella moza sintió impulsos de hablar en favor del
prisionero, pero el gobernador manco le impidió hacerlo con un rígido
ademán.
Al ponerle las cadenas uno de los guardias notó que uno de los
bolsillos abultaba en demasía y al registrarlo vio que era un bolsón de cuero
bastante pesado. Lo vació sobre la mesa, y ante el general asombro salieron
hermosas joyas, rosarios de perlas, cruces de brillantes e infinidad de
monedas antiguas que rodaban por la mesa y el suelo.
Hasta reunir las piezas de oro que habían ido a refugiarse en todos los
rincones de la habitación, el procedimiento de la justicia fue suspendido. El
.gobernador, a quien no había conmovido el episodio y conservaba toda su
gravedad y presencia, seguía con vigilante mirada la búsqueda de las piezas,
no descansando hasta que vio en el bolsón todas las monedas y alhajas
esparcidas.
El fraile, ante la vista de objetos tan sagrados, había sufrido un
ataque de indignación, poniéndose rojo como la grana.
-Sacrílego infame -exclamó-. ¿Dónde habéis robado estas sagradas
reliquias?
-Nada he hecho, monseñor -contestó el acusado-, esas reliquias
debieron ser robadas por el infiel moro a quien arrebaté el caballo. Iba a
referir. a su señoría, cuando ordenó que me cargaran cadenas, que al
recobrar el conocimiento encontré atado al arzón de la silla ese bolsón de
cuero que sin duda contenía el botín del infiel.
-Así será -replicó el gobernador-, pero por ahora y hasta mejor
resolver, os encerraré en un buen calabozo de las Torres Bermejas, que no
están bajo ningún hechizo' y libres de vuestros enemigos moros.
-Su señoría ordenará con acierto -dijo el prisionero con cierta ironía- y
mucho será mi reconocimiento por permanecer unos días en esta hermosa
fortaleza. A un soldado que ha cumplido varias campañas, poco le interesa
el lugar, con tal de tener una pasable cama y un regular rancho. Sólo
recuerdo a su señoría que no olvide tapiar todas las cavernas de las
montañas.
Sin decir más el prisionero fue conducido a un sólido calabozo de las
Torres Bermejas, el hermoso corcel a las caballerizas del gobernador y el
pesado bolsón guardado en el arcón de su señoría, en opinión contraria del
fraile, que alegó que por ser cosas sagradas debían depositarse en la iglesia;
pero como el rígido gobernador se había hecho cargo del asunto y nadie
podía discutirle su autoridad, no insistió el clérigo, si bien pensó informar
cuanto antes a la curia de Granada.
Las severas medidas del gobernador se explicaban, porque en aquella
época asolaba la región serrana de Granada una banda de pintorescos
ladrones capitaneados por el célebre y temido Manuel Borrasco, el cual no
se limitaba a fijar su lugar de operaciones en la campiña, sino que entraba
en la ciudad con distintos disfraces para informarse de las caravanas de
mercaderías o viajeros portadores de dinero u objetos de valor que estaban
próximos a salir y a los cuales se ocupaban de aligerar en las varias
encrucijadas del camino. La repetición de estas hazañas y robos, había
llevado la justa alarma a las autoridades. Todos los comandantes de puestos
militares fueron advertidos para que redoblasen la vigilancia y trataron en
toda forma de apresar a los malhechores.
El gobernador manco, al apresar lo que creía un célebre bandido, lo
creyó motivo suficiente para rehabilitar el mal nombre que gozaba la
fortaleza.
La noticia de la prisión del soldado no tardó en correr rápidamente
por la fortaleza y la ciudad. Aunque nadie conocía al preso, pronto fue
creída la versión de que era nada menos que el famoso bandido Manuel
Borrasco, terror de las Alpujarras, y que el gobernador manco lo había
encerrado en las Torres Bermejas. El calabozo en que se guardaba tenía una
ventana asegurada con gruesos barrotes de hierro, que daba a una
explanada donde solían reunirse los curiosos y las víctimas que acudían a
reconocerlo como autor de sus despojos. Después de mucho contemplarlo,
como una fiera de exposición, todos debieron confesar que aquel soldado no
era Manuel Borrasco, quien por sus facciones feroces no tenía el más ligero
parecido al simpático soldado.
Los comentarios seguían en aumento; a los curiosos de la ciudad se
unieron los que acudían de todas partes de España para contemplar a aquel
célebre bandido. Pero todos estaban de acuerdo en afirmar que aquel
soldado no era ni la sombra de Manuel Borrasco. Esta unanimidad llevó a la
gente a creer que la historia extraordinaria contada por el prisionero podía
ser verdadera, pues era muy conocida la leyenda, que se trasmitía de padres
a hijos, de que el ejército de Boabdil, presa de un mágico encanto, había
quedado encerrado en las montañas. Muchos escalaron el Cerro del Sol en
busca de la cueva. descripta por el prisionero, dando más verosimilitud a la
historia el hecho de encontrarse con un pozo cuya profundidad nadie
conocía, y no dudaban que debía ser la entrada al refugio subterráneo de
Boabdil.
Mientras esto ocurría, el soldado iba ganando el favor popular. Nadie
lo consideraba un bandido, y si lo era pertenecía sin duda a los llamados
caballerescos, que en España alcanzan tanta simpatía. Los habitantes de la
ciudad y la fortaleza, dejándose llevar por su sentimiento, empezaron a
criticar el rigor del gobernador y a considerar al prisionero corno una
víctima de su cruel, autoridad.
El prisionero, por otra parte, no abandonaba nunca su buen humor,
haciendo bromas y chistes a los que se acercaban a sus ventanas, y
dirigiendo galantes dichos a las muchachas que pasaban. Alguien le facilitó
una vieja guitarra con la que, sentado junto a la ventana, tocaba y entonaba
graciosas canciones, muy agradables a las jóvenes vecinas que por las noches
solían reunirse en la explanada para bailar sentidos boleros al son de
la guitarra. La forzada tranquilidad y un poco de aseo que incluía el haberse
afeitado la enmarañada barba, lo convirtieron en un atrayente y simpático
soldado a los ojos de las muchachas, opinión que compartía con sumo
agrado la hermosa doncella del gobernador, quien declaró, irresistible su
picaresca mirada. Esta joven, que simpatizó desde un comienzo con sus
desgracias, influyó repetidas veces en el ánimo del gobernador para obtener
su liberación. Como nada obtuvo, resolvió obrar por propia iniciativa
tratando de suplir la falta de libertad con buenos platos o dulces o algunas
botellas de delicados vinos, que no alcanzaban a llegar a la mesa o se
perdían en la despensa o amplia bodega del gobernador.
Mientras el prisionero era tan bien visto y considerado como persona
de confianza, el gobernador planeaba un ataque a sus enemigos. El hallazgo
de la bolsa con joyas y monedas fue probado con tanta exageración, que
provocó la intervención del capitán general, su más tenaz enemigo.
Alegaba que el prisionero había sido tomado fuera de la fortaleza y
dentro del territorio que estaba bajo su mando; que por lo tanto debía serle
entregada su persona y todo lo hallado con ella. El fraile, por su parte, no
permaneció quieto y mandó la denuncia al Gran Inquisidor, quien no tardó
en reclamarlo, por considerar que las cruces y reliquias pertenecían a la
Iglesia, y que el culpable, por considerarlo sacrílego, debía ser quemado en
el próximo auto de fe. El gobernador, encolerizado por estas reclamaciones,
gritaba que sólo él tenía autoridad para juzgarlo y que antes de que se lo
arrebataran, lo haría ahorcar como un espía tomado dentro-de la fortaleza.
El capitán general tramó enviar un fuerte destacamento de soldados para
apoderarse del preso y traerlo a la ciudad, mientras que el Gran Inquisidor y
un buen número de familiares del Santo Oficio conspiraban por su cuenta.
El gobernador no tardó en ser avisado de estas intenciones, ordenando
inmediatamente que al amanecer el prisionero fuese trasladado a un
calabozo que había dentro de las murallas de la fortaleza.
-¡Que traten de arrebatármelo ahora! -exclamó sacudiendo la
empuñadura de su larga tizona-. ¡Mucho tendrán que correr para ganarle a
un soldado viejo! Y tú -agregó dirigiéndose a su hermosa doncella-, no te
olvides de despertarme antes de que cante el gallo, pues quiero presenciar la
ejecución de mis órdenes.
El gobernador se acostó temprano, bufando de satisfacción al volver a
burlar a su acérrimo enemigo. Pasaron las horas. El canto del gallo anticipó
el amanecer. El sol ya comenzaba a elevarse a buena altura, cuando el
gobernador, en vez de despertarse al son de quedos golpes en la puerta, fue
sacudido por su veterano cabo, que, pálido por la emoción y el temor, sólo
atinaba a decir:
-¡Ha volado! ¡Se ha escapado... !
-¿Qué? ¿Quién ha volado? ¿El halcón? -preguntó medio adormilado el
gobernador.
-¡No, señor! ¡El prisionero... ¡ ¡El demonio...!, pues no podemos saber
cómo salió del calabozo, porque la puerta está cerrada y las rejas intactas.
-¿Qué? ¿Y el soldado de guardia?
-¡Dormido como un tronco!
-¿Quién fue la última persona que estuvo con él? -agregó el
gobernador, ya completamente despierto y tomando los hilos de la pesquisa.
Vuestra doncella, que le alcanzó la cena.
-¡Que comparezca en seguida!
Pero esta orden complicó momentáneamente el asunto. La habitación
de la hermosa joven estaba vacía y su cama indicaba que no se había
acostado en toda la noche. Ello demostraba que había huído con el
prisionero que tan bien cuidaba.
Esto infirió honda herida en el duro corazón del gobernador, pero no
había terminado de producirse, cuando una nueva comprobación se lo
destrozó del todo. Al entrar en su despacho se encontró abierto su fuerte
cofre, del que habían desaparecido el valioso bolsón y dos pesados talegos
repletos de monedas.
Esto lo resolvió a tomar cruel venganza, iniciando minuciosas
averiguaciones sobre el camino tomado por los fugitivos. Sólo se obtuvo el
testimonio de un viejo labrador, que dijo haber escuchado el galope de un
caballo en dirección a las montañas antes del amanecer, y asomándose a
una ventana, alcanzó a distinguir un jinete que llevaba una mujer en ancas.
-Examinad las caballerizas -exclamó el gobernador mancó.
Al momento se registraron, comprobándose que no faltaba másanimal
que el famoso caballo árabe, en cuyo lugar había amarrado un
grueso garrote, con un letrero que decía:
Al buen gobernador manco que oro, dote y esposa dio, regala este
animalejo.
Un soldado viejo.
Leyenda de la Niña y el Tesoro
Entre los habitantes de la Alhambra se contaba, hace muchísimos
años, a un pequeño hombrecillo llamado Lope Sánchez, de carácter tan
alegre y gracioso, que se había convertido en el animador de todas las
diversiones que se realizaban en la fortaleza. Cuando finalizaba su trabajo
en los jardines, solía sentarse en un banco de la explanada entonando
sentidas canciones que recordaban hechos de famosos guerreros, como el
Cid Campeador; Bernardo del Carpío; Hernando del Pulgar y otros, con gran
aplauso de los veteranos, para continuar luego con otras más alegres, que
permitían a los mozos y doncellas del lugar lucirse bailando fandangos y
boleros.
Como la generalidad de los hombres de poca estatura, Lope Sánchez
habíase casado con una mujer alta y robusta cuyo matrimonio le había dado
una hija, que a los doce años prometía ser tan bajita como el padre, pero de
rostro muy agraciado y hermosos ojos negros. Sanchica, como se llamaba la
niña, había heredado el alegre carácter paterno; siempre andaba cantando,
bailando o saltando por los jardines, alamedas o desiertos salones de la
Alhambra.
Según antigua costumbre, los habitantes de la fortaleza se reunían en
la elevada meseta del Cerro del Sol para celebrar alrededor de grandes
hogueras la víspera de San .Juan, al son de cantos y alegres bailes que
ejecutaba la incansable guitarra de Lope Sánchez. Transcurría la animada
velada, mientras San_ chica en compañía de otras niñas aprovechaba la
hermosa luz de la luna para saltar y recoger piedrecillas entre las ruinas de
la vieja torre conocida por "La silla del Moro", cuando con gran asombro
encontró una manecilla de azabache, delicadamente labrada, con los dedos
cerrados y el pulgar unido a ella. Contenta por el hallazgo, corrió a
enseñársela a su madre. No tardó en enterarse del asunto toda la
concurrencia, tejiendo toda clase de suposiciones y comentarios en los que
se destacaba un cierto temor supersticioso.
-¡Tiradla donde la encontrasteis, que es cosa de infieles! -aconsejaba
uno.
-¡Sí! -agregaba otro-. Estas cosas de los moros llevan hechizos y mala
suerte.
-¡No hagáis tal! -aconsejaba un tercero-, podéis sacar algunos
céntimos vendiéndola a los joyeros de la ciudad.
Cuando la discusión subía de tono y las opiniones llevaban las de
nunca entenderse, se acercó al corrillo un viejo soldado que había hecho
varias campañas en el África y que tenía el rostro tan tostado por el sol
como un moro, y después de examinar detenidamente la manecilla dijo:
-Esto es un maravilloso amuleto contra toda clase de sortilegios y
hechicerías, por lo cual debo de felicitarlo, amigo Lope, pues le traerá buena
suerte a vuestra hija.
La madre de la niña no vaciló en seguir las palabras del viejo soldado,
atando el amuleto con una cinta que colocó alrededor de su cuello.
El hallazgo de la manecilla hizo cesar el baile y las canciones para
dedicarse a recordar fantásticas leyendas sentados alrededor de las
hogueras. Pero la atención de todos la atrajo una anciana cuando empezó a
describir el palacio subterráneo de Boabdil, que todos sabían se hallaba en
las entrañas de la sierra.
-Entre aquellos escombros -dijo la narradora estremeciéndose y
señalando unos viejos muros y montones de piedras algo alejados de la
montaña- se halla un pozo por demás profundo que alcanza a llegar al
mismo fondo del Cerro. Por todo el oro del mundo no me atrevería a
asomarme a él. Tengo presente lo que le ocurrió hace algunos años a un
pastor de la Alhambra que traía sus cabras a ese lugar; bajó al pozo en
'busca de un cabrito que se había caído en él, y salió de allí temblando por
la impresión. Cuando consiguió calmarse, empezó a contar tan
extraordinarias historias, que todos los que lo conocíamos creímos que se
había vuelto loco. Varios días fue presa de un raro delirio con fantasmas
moros que lo perseguían por la caverna. Por largo tiempo, Pese a todas las
invitaciones y ruegos que se le hacían, estuvo sin subir a la montaña. Pero
un día desapareció para no volvérselo a encontrar más. Sus cabras
pastaban entre las ruinas y su sombrero y su manta estaban junto al pozo.
Un estremecimiento sacudió al auditorio, mientras que Sanchica, que no
había. perdido un detalle de la historia y que era sumamente curiosa se dejaba
llevar por el deseo de explorar el misterioso pozo. Disimuladamente se
apartó de sus compañeros y después de penoso andar entre tanto escombro
y piedras, consiguió llegar a la boca del pozo, que se abría en un declive del
Valle del Darro. La niña no titubeó en acercarse al borde y mirar hacia el
fondo: la oscuridad era impenetrable. Hondo temor se apoderó de Sanchica,
obligándola a alejarse unos pasos; pero calmada volvió a animarse y mirar
de nuevo; el miedo la alejó otra vez; pero al fin se decidió, y tomando una
piedra la arrojó dentro del pozo; por unos instantes nada sintió, luego
escuchó repetidos choques contra las piedras salientes que parecían
horribles truenos, hasta que finalmente se hundió en el agua, pero a
grandísima profundidad.
El silencio que sucedió al hundirse el guijarro fue de brevísima
duración, porque rápidamente comenzó a subir del pozo un apagado
clamoreo que fue aclarándose hasta dejarse oír nítidamente, aunque lejano,
el ruido de armas, cimbales y trompetas, como si un ejército marchase a la
guerra por profundos caminos de la montaña. El espanto alejó a la niña,
que se apresuró a volver junto a sus amigas, pero con gran sorpresa y
aumento de temor, vio que todas habían desaparecido y que la hoguera
estaba a punto de extinguirse. Sanchica llamó a gritos a sus padres y a
algunos de sus amigos, pero sólo le respondía el más profundo silencio.
Gritando de vez en cuando, bajó rápidamente la falda de la montaña y cruzó
los jardines del Generalife, hasta llegar a una alameda que conduce a la
Alhámbra, donde debió sentarse en un banco en el momento en que le
abandonaban las fuerzas.
El silencio de la noche era sólo alterado por el susurro de un cercano
arroyuelo. La placidez y tibieza de la atmósfera adormecían a la niña,
cuando de pronto fue llamada a la realidad por algo que brillaba a lo lejos.
Fijando la vista notó con sorpresa un gran número de guerreros moros,
cuyos rostros eran de una palidez cadavérica, que bajaban por la falda de la
montaña camino a las alamedas del palacio.
Armados de lanzas y adargas, cimitarras o hachas, cubiertos de
relucientes armaduras que lanzaban destellos al herirlas los rayos de la
luna, montaban en hermosos e inquietos corceles de pura raza árabe; pero
el sonido de sus cascos no se percibía; parecía que sus pisadas se
desvanecían al tocar la tierra. Entre los jinetes cabalgaba una bellísima
dama, ciñendo una corona en su hermosa frente, llevando sus trenzas
adornadas de riquísimas joyas y la montura recamada en oro. Pero alguna
pena muy grande debía acongojarle, porque su semblante reflejaba suma
tristeza y sus grandes ojos no se levantaban del suelo.
La seguía un gran cortejo de nobles y servidores lujosamente vestidos,
destacándose en medio de ellos, sobre un hermoso corcel de guerra, el rey
Boabdil el Chico, cubierto con su manto real bordado con perlas y piedras
preciosas, tocado de una corona de oro y diamante. La asombrada Sanchica
lo reconoció por el gran parecido que tenía con el retrato que tantas veces
había contemplado en la galería de pinturas del Generalife.
El extraño y deslumbrante cortejo desfiló entre los árboles seguido por
los atónitos ojos de la niña, pues aunque convencida de que aquellos
guerreros estaban bajo un mágico hechizo, no experimentaba ningún temor;
posiblemente contribuía a ello la manecita que llevaba en su pecho,
animándose a seguir a la cabalgata una vez que finalizó el desfile.
La comitiva se dirigió hacia la gran Puerta de la justicia, que estaba
abierta de par en par. Los centinelas de guardia yacían en los bancos de la
barbacana, al parecer hechizados y sumidos en un profundo sueño,
pasando los guerreros a su lado con las banderas desplegadas como si se
tratara de una marcha triunfal.
Al llegar Sanchica a la Puerta de la justicia vio cortado su camino por
la entrada de un gran subterráneo que parecía llegar hasta los cimientos de
la Torre. No vaciló un instante en descender por los desiguales escalones
labrados en la roca, que la condujeron a un pasaje iluminado con lámparas
de plata que despedían a la vez un exótico perfume. Después de recorrerlo
en toda su extensión llegó la niña a un espacioso aposento, adornado
lujosamente e iluminado también con lámparas de oro y cristal. Pero lo que
más llamó su atención fue un viejo de larga barba blanca, vestido a la moda
árabe, que presa de un extraño sopor, yacía recostado sobre un diván
sosteniendo débilmente un grueso bastón labrado. No lejos de él, una
hermosísima joven, vestida a la usanza española, ciñendo su frente una diadema
de brillantes y su negra cabellera salpicada de perlas, pulsaba
dulcemente una lira de plata. Aquella escena trajo a la memoria de Sanchica
una vieja historia, de una bella princesa cristiana cautiva en el corazón de la
montaña por el encanto de un viejo hechicero, el cual, a su vez, yacía en
continua modorra por las mágicas notas de la lira de plata.
La princesa pronto reparó en la niña y no pudo menos que manifestar
profunda sorpresa. Contemplándola con dulce mirada le preguntó:
-¿Estamos acaso, dulce niña, en la víspera de San Juan?
-Sí, señora -atinó a contestar la niña. -Entonces acércate sin temor -
agregó con un suspiro de alegría-, soy también cristiana y como por esta
noche cesa el mágico encantamiento, ayúdame a librarme de estas cadenas
con ese talismán que cuelga de tu pecho.
Y finalizando estas palabras, entreabrió su túnica, mostrando un
ancho cinturón de oro que rodeaba su talle y al cual se enganchaba una
cadena del mismo metal que se empotraba en el suelo.
Sanchica se apresuró a tocar el cinturón con la manecita de azabache,
cayendo la cadena al suelo con fuerte ruido. Esto despertó al viejo mago,
que comenzó a desperezarse; pero sin vacilar, la princesa empezó a tañer la
lira de plata, volviendo el hechicero a caer en nueva modorra.
-Toca ahora su bastón con la mágica manecita de azabache -dijo la
cautiva.
Hízolo así la niña, cayendo el bastón al suelo y quedando el mago
profundamente dormido. La princesa acercó su lira de plata al diván, y
apoyándola sobre la cabeza del durmiente hizo vibrar las cuerdas en los
oídos al son de la siguiente' invocación:
-¡Poderoso espíritu de la música! ¡Tenlo encadenado hasta que
amanezca el nuevo día! -Y dirigiéndose a Sanchica, agregó:
-Ven conmigo, pequeña, te enseñaré el palacio de la Alhambra en todo
su esplendor, pues ese talismán tiene el poder de des cubrir todas sus
maravillas.
La niña siguió en silencio a la princesa. Atravesaron la Puerta de la
justicia y llegaron a la Plaza de los Aljibes, la cual estaba llena de guerreros
formados en batallones con las banderas desplegadas. La Puerta del Alcázar
estaba custodiada por los guardias reales y largas filas de negros con sus
cimitarras desnudas. Sanchica no experimentó ningún temor ante todo esto,
pero no pudo contener su asombro cuando entró en el Palacio real, que la
luna iluminaba con tanta fuerza que parecía de día. Los salones, los patios y
los jardines que acostumbraba ver en abandono se habían transformado
completamente. De las paredes de los aposentos habían desaparecido las
grietas, manchas y telarañas, para verse cubiertas por magníficas telas de
damasco, luciendo las pinturas y dorados en todo su esplendor; los salones,
de ordinario desprovistos de muebles, estaban adornados por espléndidos
divanes y otomanas recamados con perlas y piedras preciosas, y las fuentes
de los patios y jardines arrojaban artísticos chorros de agua.
Las desiertas cocinas se habían transformado en bullicioso hormigueo
de cocineros y ayudantes que preparaban toda clase de salsas y suculentos
manjares, asando pollos y perdices que un ejército de mozos llevaba a las
mesas preparadas para un espléndido banquete. El "Patio de los Leones"
estaba repleto de jefes, guardias y cortesanos como en los antiguos tiempos,
mientras que en uno de los extremos de la Sala de la justicia el rey Boabdil,
sentado en su trono, empuñando un deslumbrante cetro, rodeado de los
nobles, recibía el saludo de sus súbditos.
A pesar de tal animación y gentío, reinaba un profundo silencio. La
tranquilidad de la noche sólo era alterada por el caer del agua en las
fuentes, no oyéndose una sola voz ni pasos que denunciaran a seres
vivientes. La niña, un poco sobrecogida por el asombro, seguía a la princesa
sin articular palabra. Después de cruzar todo el palacio llegaron a una
puerta que conducía a los pasadizos abovedados que cruzan por debajo de
la Torre de Comares. A ambos lados de la puerta había dos exquisitas
estatuas del más puro alabastro, que representaban deliciosas ninfas que
miraban hacia un mismo sitio de la bóveda. Ante ella se detuvo la hermosa
cautiva y haciendo señas a Sanchica para que se acercara dijo:
-Está guardado aquí un secreto que te voy a revelar en premio de tu fe
y tu valor. Estas estatuas vigilan un tesoro perteneciente a un antiquísimo
rey moro. Sólo debes decir a tu padre que abra un agujero en el lugar hacia
donde miran las estatuas y hallará riquezas que lo convertirán en el señor
más poderoso de Granada; el talismán te ayudará en todo y lo único que te
pido es que encargues a tu padre sea discreto y emplee una parte de él en
costear diariamente misas que me ayuden a librarme de este mágico
hechizo.
Después de estas recomendaciones llevó a la niña al cercano y
pequeño jardín de Lindaraja. La luna se reflejaba en las apacibles aguas de
la fuente iluminando las flores y arbustos. La princesa cortó una rama de
mirto y coronó a la niña con ella.
-Esto es lo único que puedo dejarte como recuerdo de mi persona y
verdad de mis revelaciones. Es necesario que retorne al aposento encantado.
No intentes seguirme porque podría ocurrirte alguna desgracia. ¡Ten
presente mi pedido de hacer decir misas!
Y después de pronunciar estas palabras, la joven desapareció en el
pasadizo que pasando por la Torre de Comares llevaba al interior de la
montaña.
El lejano canto de un gallo anunció la aurora, mientras que una fuerte
brisa empezó a soplar desde las montañas, y al rumor de hojas secas
llevadas por el viento, se unía el de puertas y ventanas golpeadas con fuerte
ruido.
Retornó la niña por el mismo camino que había recorrido en compañía
de la princesa, pero todo aquel fantástico ejército, la suntuosa corte del rey
Boabdil y sus servidores habían desaparecido. Los salones y galerías volvían
a presentar a la luz del amanecer sus arruinadas paredes cubiertas de
telarañas agitadas por el revolotear de los murciélagos que volvían a ocultarse
en los oscuros rincones y el croar de las ranas en el estanque.
Sanchica se apresuró a subir a las modestas habitaciones que
ocupaba su familia. No encontró ninguna dificultad en llegar a su cuarto,
pues la fortuna de su padre era tan poca que no tenía necesidad de cerrar
con llave las puertas. Después de poner la guirnalda de mirto debajo de su
almohada, cayó en profundo sueño. Era ya cerca de mediodía cuando se
despertó, y buscando a su padre, le contó su extraordinaria aventura. El
buen Lope Sánchez no pudo menos que reírse de buena gana del sueño y
candor de su hija, y, después de aconsejarle que olvidara tamaña fantasía,
volvió a su trabajo.
Recién iniciaba el arreglo de algunas matas de flores cuando vio venir
a Sanchica corriendo y gritando:
-¡Papá! ... ¡Papá! ... ¡Mira la guirnalda de mirto que la princesa me
puso en la cabeza!
El asombro hizo caer sentado a Lope Sánchez: la rama de mirto era de
oro puro y cada hoja estaba formada por una hermosa esmeralda. No estaba
habituado el alegre jardinero a ver y apreciar joyas de tanto valor, pero
repuesto de la impresión, tuvo buen cuidado de advertir a su hija que
guardase el más profundo secreto, cosa de que podía estar seguro, pues la
niña era un modelo de discreción. Después se dirigió al lugar donde estaban
las dos estatuas de alabastro y observó que sus cabezas se dirigían a un
mismo lugar en el interior del aposento. Luego de admirar tan sutil
procedimiento para indicar un secreto, tomó dos hilos y partiendo de los
ojos hizo una pequeña señal en el lugar donde se cruzaban. Ese día fue de
gran sufrimiento y agitación para el jardinero. No se apartaba un instante
de las estatuas, temiendo a cada rato que fuese descubierto el secreto del
tesoro. Temblaba cada vez que oía pasos, sintiendo tentación de volver la
cabeza de las figuras, sin atinar a reflexionar que durante siglos miraban en
aquella dirección, sin que nadie se ocupara del poder de tal coincidencia.
-Se va a descubrir todo -murmuraba-. ¡Vaya forma de guardar un
secreto! ¡Mirar donde no deben mirar! ¡Hay mujeres! Si no tienen lengua con
qué cotorrear, esté usted seguro que hablarán por los ojos.
La nerviosidad y agitación que le producían estos temores, el alejarse
cada vez que sentía aproximarse a alguien, finalizaron con la luz del día. El
crepúsculo hizo cesar la actividad de la Alhambra, los pasos que
retumbaban en los desiertos salones; las visitas fueron despedidas, la
puerta principal cerrada, y, poco a poco, invadieron el Palacio el croar de las
ranas, el canto de las lechuzas y el vuelo de los murciélagos.
Lope Sánchez esperó impaciente hasta una hora avanzada y provisto
de una linterna y algunas herramientas se dirigió con su hija al lugar que
guardaban las dos estatuas que señalaban, como siempre, el lugar que
escondía el tesoro. Después de pedirles permiso, el jardinero se puso a picar
la pared en un punto que había señalado. No había trabajado ni media hora
cuando dio con un nicho que guardaba dos grandes jarrones. En vano
intentó sacarlos, pues parecía que estaban empotrados en el muro, pero
bastó que los tocara la niña, para que perdieran su fijeza y pudiera
retirarlos con toda facilidad, viendo con gran alegría que se hallaban llenos
de oro, alhajas y piedras preciosas. Apresuraron a llevar los jarrones a sus
habitaciones, mientras las dos estatuas seguían señalando el lugar que
había guardado el tesoro.
Tanta riqueza le acarreó a Lope Sánchez un sinnúmero tal de
preocupaciones, que pronto su genio alegre se trocó en amargos pesares.
Empezó por pensar cómo iba a sacar un tesoro y ponerlo en lugar seguro,
para aterrorizarse por lo inseguro de sus habitaciones. A pesar de asegurar
con cerrojos y trancas las puertas y ventanas, no lograba conciliar el sueño.
Como ya no bromeaba ni cantaba con sus amigos y vecinos, éstos
empezaron a retirarle el saludo creyendo que estaba arruinado y que
tendrían que socorrerlo; los menos, sin embargo, sospecharon que tal
cambio de carácter podía deberse a una repentina fortuna.
La robusta mujer de Lope Sánchez no permanecía ajena a las
preocupaciones que asaltaban a su marido, y como lo consideraba
insignificante en muchos aspectos, solía pedir consejos a un confesor, fray
Simón, un rollizo fraile de anchas espaldas, barba larga y gruesa cabeza, del
cercano convento de San Francisco y que era el director y consejero
espiritual de la mayor parte de las mujeres de la vecindad, he vuelto, hija
mía, a decirte que anoche he rezado con gran fervor a 'San Francisco, pero
al parecer no está aún contento. Después de acostarme se me apareció en
sueños y con rostro severo me dijo: "¡Te atreves a solicitarme permiso para
disfrutar de un tesoro perteneciente a los infieles cuando conoces la ruina
de mi capilla! Para que ello sea posible pídele a Lope Sánchez una parte del
tesoro para que se me hagan dos candelabros para el altar mayor, y que el
resto quede para él".
Atemorizada por el relato, no vaciló la crédula mujer en ir al sitio
secreto donde su marido guardaba el tesoro, y llenando una gran bolsa de
cuero con monedas de oro, se las entregó al fraile. Este la llenó de tantas
bendiciones como días de su vida y guardándose la bolsa en una de las
mangas de su hábito, se despidió, adoptando un aire de humilde gratitud.
Al enterarse Lope Sánchez de labios de su esposa de este segundo
donativo, estuvo a punto de volverse loco.
-¡Oh, charlatana mujer! Me estás arruinando poco a poco -exclamaba-
, eres cómplice de un descarado robo. ¡Cuando seamos pobres irás a pedir
limosna!
Después de mucho hablar y decir, pudo la mujer calmarlo y hacerle
comprender que todavía era inmensamente rico y que San Francisco se
había contentado con bien poca cosa.
Pero fray Simón, que tenía una extensa parentela que sostener,
además de seis rollizos huérfanos que había recogido, volvió a hacer diarias
visitas a la buena mujer invocando la necesidad de algunas limosnas para
todos los santos del calendario, hasta que Lope Sánchez, desesperado por la
disminución de su capital, y considerando que no iba a alcanzar para todos
los santos del paraíso, resolvió escapar de las ansias del pedigüeño,
trasladándose ocultamente de noche a otra provincia de España.
Para llevar a cabo este propósito hizo trasladar a su mujer a una
lejana aldea donde debía esperarlo; empaquetó el tesoro que le quedaba y
compró un robusto mulo, que escondió en una oscura bóveda de la Torre de
los Siete Suelos, donde, según se afirmaba, salía por las noches el "Velludo",
un endemoniado caballo sin cabeza que galopaba a través de las calles de
Granada perseguido por siete enormes perros. Lope Sánchez, que no creía
en semejantes historias, eligió aquel lugar convencido de que nadie se
atrevería a entrar en la guarida de semejante monstruo. Cerca de la
medianoche, transportó con gran cuidado su tesoro a la terrible cueva, lo
cargó en el descansado mulo y emprendió viaje sigilosamente, ocultándose
en la densa sombra que los árboles proyectaban sobre el camino.
El rico jardinero había dispuesto sus planes con la mayor reserva, no
enterando a su esposa sino a último momento, pero por efecto de algún
misterioso aviso, sus propósitos llegaron a conocimiento de fray Simón. El
codicioso clérigo, al comprender que se escapaba para siempre el anhelado
tesoro, resolvió quitárselo por asalto en beneficio de la Iglesia y San
Francisco. Para llevar a cabo esa idea salió quedamente del convento
después del toque de Ánimas, y se dirigió hacia la Puerta de la justicia, escondiéndose
entre los arbustos de rosas y laureles que ornamentaban la
alameda. Reinaba un profundo silencio que interrumpía de tarde en tarde el
graznido de las lechuzas o el lejano ladrido de un perro. Pasaron varios
cuartos de hora, que eran señalados por la campana de la Torre de la Vela,
cuando oyó un ruido de herraduras que descendían por la alameda, y a
través de la oscuridad distinguió, aunque confusamente, el bulto de un
caballo. El rollizo fraile, mientras se recogía los hábitos, sonreía de satisfacción
pensando en el mal rato que iba a hacer pasar al honrado Lope.
Se agachó, dispuesto como un gato que vigila a un ratón,
manteniéndose inmóvil hasta que su víctima pasó frente a él, salió de su
escondrijo y saltó sobre el animal como el mejor maestro de equitación.
-¡Ja! ... ¡Ja!... -rió el codicioso fraile-. Veremos ahora de quién es el
tesoro…¡Ja! ... ¡Ja! ... Pero el segundo acceso de risa se cortó como por
milagro, porque de repente su cabalgadura empezó a encabritarse, a tirar
coces, dar enormes saltos y corcovos, para salir a galope tendido camino
abajo. El rollizo fraile hacía toda clase de esfuerzos para sujetar al
enloquecido animal, pero era en vano; su pelada cabeza recibía porrazo tras
porrazo contra las ramas de los árboles; los arañazos le cruzaban toda la
cara; y el hábito, hecho jirones, flameaba al viento.
Para colmo de su espanto, alcanzó a ver a siete perros que corrían
ladrando tras él. y entonces pudo comprender, aunque tarde, que había
montado en el endemoniado "Velludo".
Jamás jinete alguno cumplió un trayecto tan terrible como el fraile.
Después de bajar por la alameda de la Alhambra y dar algunas vueltas por
las montañas, entró en la ciudad. De nada servía a fray Simón invocar a
todos los santos del cielo, pues a cada nombre que pronunciaba hacía saltar
al terrible caballo hasta los techos de las casas. Toda la noche duró esta
carrera por las calles de Granada. Al jinete no le quedaba hueso sin
magullar cuando el canto del gallo anunció la aurora. Al oírlo, "Velludo" giró
sobre sus patas traseras y empezó un torturador galope en dirección a su
guarida. Atravesó como una flecha la ciudad, seguido de los siete perros,
que no habían cesado en toda la noche de aullar, ladrar y morder los talones
del atemorizado fraile. Apenas se anunciaba una débil claridad cuando
llegaron a la torre. Aquí el extraordinario animal hizo un raro corcovo, al
tiempo que soltaba un par de coces que hicieron dar al reverendo un doble
salto mortal en el aire, para llevarlo a caer en un seto espinoso, mientras el
caballo desaparecía en la oscura cueva seguido de los feroces perros, que al
cesar sus ladridos sumergieron a la comarca en un profundo silencio.
¿Tuvo mejor castigo la avaricia y el mal proceder?
Un campesino que iba a su labor encontró al aporreado y maltrecho
fraile tendido al pie del seto, cerca de la torre, pero en tan mal estado, que
no podía pronunciar palabra. fue conducido con sumo cuidado d su celda,
corriéndose la voz de que había sido maltratado por unos bandidos.
Transcurrieron algunos días antes de que pudiera moverse, pero en medio
de sus dolores, se conformaba con la idea de que aunque lo mejor del tesoro
se le había escapado, le quedaba una buena parte escondida debajo del
colchón. Así que en cuanto pudo levantarse, revolvió el lugar en que había
escondido la guirnalda de mirto y tildas las monedas que había sacado con
engaños a la mujer de Lope Sánchez, pero la sorpresa le produjo una
especie de desvanecimiento que le hizo dar un nuevo porrazo contra el
suelo: la guirnalda era una simple y seca rama de mirto y la bolsa de cuero
estaba llena de arena y piedras.
Fray Simón tuvo buen cuidado de callar el motivo de sus desgracias,
pues al revelarlas hubiese pasado por ser un miserable, al par de tener que
sufrir merecido castigo que le impondría su superior. Sus aventuras sobre el
"Velludo" sólo fueron contadas muchísimos años después a su confesor en
el lecho de muerte.
Por mucho tiempo no se tuvieron noticias de Lope Sánchez. En la
Alhambra se recordaban con simpatía sus bremas y cantos, atribuyendo su
cambio de carácter, poco antes de su desaparición, a algunas dificultades
económicas que le habían sumido en la miseria.
Al cabo de muchos años, uno de sus antiguos amigos, un inválido
veterano, fue atropellado en una de las principales calles de la ciudad de
Málaga por un lujoso coche arrastrado por seis caballos. Al instante se
detuve el carruaje, descendiendo para ayudar al accidentado, que
afortunadamente no había sufrido daños mayores, un señor ya anciano,
elegantemente vestido, con peluquín y espada. Al contemplarlo, el asombro
del soldado no tuvo límites: el personaje era nada menos que su antiguo
convecino y amigo Lope Sánchez, que en aquel momento acompañaba a su
hija a la iglesia para casarla con uno de los más grandes nobles del reino.
En el lujoso carruaje iban los novios, acompañados por la señora de
Sánchez, que había aumentado tanto de peso que parecía un gran tonel, e
iba tan cargada de plumas, alhajas, collares de perlas y diamantes y anillos
en todos los dedos, que parecía la reclame de un joyero. Sanchica se había
convertido en una hermosísima joven, envidia de más de una princesa; en
cambio el novio, sentado junto a ella, era una persona que daba lástima:
raquítico y consumido por las diversiones, lo cual era una inequívoca señal
de ser de sangre azul, todo un grande de España, con un metro cincuenta
de estatura. Este casamiento era arreglo y obra de la madre de la joven.
Lope Sánchez, a quien la riqueza no había endurecido el corazón,
invitó a su amigo a pasar algunos días en su propia casa, digamos mejor
palacio, proporcionándole toda clase de diversiones, teatros, corridas de
toros y fiestas, regalándole, al partir, una pesada bolsa de dinero para él y
otra para que repartiera entre sus viejos amigos inválidos de la Alambra.
El antiguo jardinero explicaba su cambio de fortuna diciendo que, al
fallecer un hermano muy rico que vivía en América, había heredado su
fortuna, en la que se incluía una próspera mina de cobre: pero los
incrédulos y envidiosos charlatanes de la Alambra juraban y recuraban que
su fortuna provenía de un tesoro que había encontrado en el palacio
morisco. Pro lo pronto, las dos ninfas de alabastro siguen mirando el mismo
sitio de la pared, lo que hace suponer que todavía existe algún tesoro
escondido, que bien pueda merecer la atención del visitante.

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