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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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sábado, 20 de noviembre de 2010

El Corsario -- Lord Byron



George Gordon Byron

El Corsario



(Poema)





Lord Byron

El Corsario

                                                                                     Nessun maggior dolore
Che ricordarsi del tempo felice
Nella miseria.
Dante.

- I -

                                  «Del negro abismo de la mar profunda
sobre las pardas ondas turbulentas,
son nuestros pensamientos como él, grandes;
es nuestro corazón libre, cual ellas.
Do blanda brisa halagadora expire,
do gruesas olas espumando inquietas
su furor quiebren en inmóvil roca,
hed nuestro hogar y nuestro imperio. En esa
no medida extensión, de playa a playa,
todo se humilla a nuestra roja enseña.
Lo mismo que en la lucha en el reposo
agitada y feliz nuestra existencia,
hoy en el riesgo, en el festín mañana,
brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.
¿Quién describir pudiera nuestros goces?
¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,
siervo de los deleites, que temblaras
de las montañas de olas en la incierta,
móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,
del hastío sumido en la indolencia,
a quien ya el sueño bienhechor no halaga,
a quien ya los placeres no deleitan.
Sólo el infatigable peregrino
de esos caminos líquidos sin huellas,
cuyo audaz corazón, templado al riesgo,
al sordo rebramar de la tormenta
palpitando arrogante, hasta la fiebre
del delirio frenético en sus venas
sintiese hervir la sangre enardecida,
nuestros rudos placeres comprendiera.
Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,
y sólo por luchar la lucha anhela
el pirata feliz, rey de los mares.
Cuando ya el débil desmayado tiembla,
se conmueve él, apenas... se conmueve
al sentir que en su pecho se despierta
osada la esperanza, que atrevida
su corazón para el peligro templa.
¿Qué es a nosotros la temida muerte
como el rival odioso también muera?
¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo...
cobarde, eterno, aborrecible... ¡Sea!
Serenos aguardémosla. Apuremos
la vida de la vida, y después venga
fiebre traidora o descubierto acero
implacable a romper su débil hebra.
Cobardes otros, de vejez avaros,
revuélquense en el lecho que envenena
dolencia inmunda, y el impuro ambiente
con flaco pecho aspiren y fallezcan
luchando con la muerte... ¡Oh, no a nosotros
fúnebre lecho de agonía lenta;
¡césped fresco es mejor...! Y mientras su alma
sollozo tras sollozo tarda quiebra
los nudos de la vida, de un impulso
sus ligaduras rompe y se liberta
osado nuestro espíritu. Sus restos
del blanco mármol de su tumba estrecha,
grabado por el mismo que su muerte
hipócrita anhelaba, se envanezcan:
Cuando sepulte el mar nuestro cadáver
le bastará una lágrima sincera,
¡una lágrima sola! Henchido el vaso
del alegre festín en la ancha mesa
honra de nuestros bravos la memoria.
Corto epitafio su valor celebra
cuando en el día augusto del peligro,
al repartir el vencedor la presa,
recuerdo de dolor su frente anubla
y con voz ronca que insegura tiembla:
«¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha
los valientes que han muerto compartieran!»
   Así grito salvaje en sordo acento
repite el eco en las cortadas peñas
del islote escarpado del Corsario,
do del vivac se apagan las hogueras;
y en alegre cantar sus agrias notas
de los piratas al oído suenan.
En pintorescos grupos esparcidos
de fresca playa en la dorada arena,
aguzan unos sus puñales; otros
alegres ríen, bulliciosos juegan,
o sus fieles alfanjes desnudando
indiferentes, sin afán, contemplan
la sangre que los mancha. Precavidos
otros, con mano previsora pliegan
las anchas velas del bajel osado,
o el negro flanco recomponen; mientras
pensativos algunos por la orilla,
de las olas al son, lentos pasean.
A quien aguija de inquietud oculta
el afán incesante, allá en las quiebras
de las ásperas rocas, lazos tiende
a las marinas aves, o al sol seca
la red humedecida; y en la mancha
que del mar en los límites blanquea,
con los ojos de la ávida esperanza
del incauto bajel mira las velas.
De cien noches de horror y de combate
los lances con placer todos recuerdan.
Y de luchar ansiosos se preguntan:
«¿En dónde buscaremos nuevas presas?»
¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,
y basta, el capitán. Fiel obediencia
es su único deber: saben que nunca
les faltará el botín, y más no anhelan.
¿Y quién es ese capitán? Su nombre
pronuncian en voz baja y lo respetan
cuantos habitan las hermosas playas
que aquellas olas complacidas besan:
y más no saben, ni saber más quieren
Les basta un gesto, una mirada. Apenas
oyen su voz. De sus banquetes rudos
no anima el regocijo su presencia.
Mas ¿cómo ante la gloria de sus triunfos
acusar sus desdenes? Jamás llenan
para él la roja copa: indiferente
la mira y a sus labios no la acerca;
y es su sobrio manjar, que desdeñara
el más grosero de su banda, y fue
a ermitaño frugal ración escasa,
secas raíces de silvestres yerbas,
rústico pan y los jugosos frutos
que brinda el árbol en sus ramas tiernas.
El impuro placer de los sentidos
desdeñoso su espíritu desprecia,
¿Será que su energía no domada
de esa abstinencia misma se alimenta?
«Pronto a la mar.»-Y el mar surcan sus naves.
«A aquella playa el rumbo.»-Y allá vuelan.
«¡Sus!, ¡a las armas!»-¡Y el botín es suyo!
Así a su voz, que imperativa ordena,
sigue la acción; y todos obedecen,
Y su oculta intención nadie penetra.
Si suena escrutadora una palabra,
una mirada de desprecio muestra
de su temida indignación un rayo:
no sabe dar su orgullo otra respuesta.

- II -

                                  «¡Una vela!, ¡una vela!»-Ese es el grito
que despiertan otra vez los mudos ecos,
cual esperanza de botín. «¿Qué buque?
¿Qué nación? ¿Qué bandera?» El catalejo
al lejano horizonte se dirige.
«No es una presa: al hálito del viento
rojo estandarte en su elevada popa
ondula triunfador. ¡Es de los nuestros!.
¡Con soplo amigo, acariciadle, oh brisas!,
y antes de anochecer llegará al puerto.»
El cabo ya dobló, y el golfo corta
la prora que contrasta el mar revuelto.
¡Con qué noble altivez su rumbo sigue!
Sus blancas alas, que jamás huyeron
ante el contrario poderoso, tiende
como el ave marina en blando vuelo,
y sobre el mar deslizase atrevido
burlando los contrarios elementos.
¿Quién por reinar sobre la osada turba
que encierra ese bajel en su hondo seno,
no provocara de la mar las iras,
y del cañón el escondido fuego?
   Vedle llegar: repléganse las velas;
crujen los cables; ancla, y al momento
los que en la playa la arribada miran
del buque ansiado con curioso anhelo,
de la esculpida, acristalada popa,
ven al mar descender bote ligero.
Cúbrese el puente de marinos; vira
veloz la nave, hasta que el duro hierro
de la quilla la blanda arena corta,
en la roca con agrio son crujiendo.
¡Gritos gozosos de sorpresa grata;
de sincera amistad abrazos tiernos;
preguntas y respuestas presurosas;
dulces sonrisas de feliz contento!
   Cunde la nueva, y anhelante corre
la turba hacia la mar. En el estruendo
de bienvenidas, carcajadas, gritos,
más dulce suena el armonioso acento
de la mujer, que sin cesar repite
con voz cortada por afán inquieto,
del esposo, el hermano o el amante
el nombre preferido-«¿Qué fue de ellos?
¿Salváronse? Del triunfo o la derrota
no os preguntamos, no; pero ¿de nuevo
verémosle correr a nuestros brazos?
¿A oír su voz querida volveremos?
Haya sido sangriento el choque rudo,
hayan las ondas con furor violento
combatido al bajel, noble y constante
no habrá cejado su animoso pecho;
pero, decidnos, ¿viven?, ¿viven? Vengan
el asombro y el júbilo a traernos,
y el llanto que hoy anubla nuestros ojos
ardientes sequen sus ansiados besos»
   -«¿Dónde está el capitán? De graves nuevas
que el placer quizás turben del regreso
fieles nuncios hoy somos; mas no importa:
grato es al corazón el pasajero
júbilo del retorno. Juan, al jefe
condúcenos al punto. Volveremos
a celebrar el venturoso arribo,
y la importante nueva sabréis luego.»
   Y lentamente hacia el picacho agreste
trepando van por ásperos senderos
tallados en la roca; y al fin llegan
al ancha plataforma, do en el centro,
entre fragantes yerbas que a los aires
dan de silvestres flores el aliento,
el golfo dominando, se levanta
la torre del vigía. Bullen frescos
en no labradas tazas de granito
límpidos y sonoros arroyuelos,
que provocan la sed con linfas claras
donde sus alas humedece el viento.
¿Quién es aquél que en la vecina loma,
cabe la gruta lóbrega, en silencio
sobre las aguas su mirada extiende?
Sumergido en profundos pensamientos,
apóyase en la corva cimitarra
que tantas veces esgrimió soberbio.
El es, Conrado, ¡como siempre, solo!
«Adelante, adelante: ha descubierto
ya nuestro buque. Anúncianos, y dile
que de recientes nuevas mensajeros,
pretendemos hablarle. Juan, tú sabes
cuánto se irrita su carácter fiero
si pasos no esperados quizás osan
turbar su soledad.» Se acerca lento
Juan a Conrado, y con humilde labio
su mensaje le anuncia: él, altanero,
calla, y contesta a su pregunta sólo
de su cabeza leve movimiento.
   Los mensajeros tímidos avanzan
y a su presencia inclínanse. Ligero
silencioso saludo les responde.
«Letras son estas del espía griego
que nos revela fiel que ya cercanos
el botín y el peligro están de nuevo.
Mas, a pesar, señor, de sus noticias,
podemos anunciarte que..» -«¡Silencio!»
Y su discurso inútil así corta.
Absortos y humillados, sus recelos
entre sí murmurando, se retiran,
y su semblante observan desde lejos
y sorprender la sensación pretenden
de las ansiadas nuevas en su aspecto.
Conrado lo adivina; el rostro vuelve,
por orgullo quizás; recorre el pliego
de una mirada, y «¡mi cartera!» exclama.
«¿Do está Gonzalo, Juan?-Allá en el puerto,
en el bajel anclado. -De él no salga.
Esta orden mía llévale al momento.
Y vosotros, ¡en marcha! Preparado
todo a partir esté: yo mismo debo
mandaros esta noche-¡Aún esta noche...!
-Cuando cierre la sombra: el tenaz viento
refrescará al ocaso, más propicio.
¡Mi coraza, mi manto! Partiremos
dentro de una hora. Toma la trompeta;
mi carabina limpia, y que el armero
mi cimitarra de abordaje afile:
en el postrer combate más mi esfuerzo
cansó ese alfanje que la sangre embota
que el duro choque del contrario acero.
Cuando el instante designado llegue,
núncienlo exactos del cañón los truenos.»
   Obedientes ante él se humillan todos
y silenciosos se retiran. -Presto,
¡ay!, demasiado presto a la mar tornan!
Mas ¿quién a resistir tiene derecho?
Conrado lo ha querido: todos ceden.
Hombre de soledad y de misterio,
nadie le ha visto sonreír; suspiros
nunca brotaron de su altivo pecho;
su nombre al más osado de su tropa
temor infunde, y su mirar severo
el rostro adusto por el sol curtido
palidecer hiciera. ¿Qué secreto
lazo invisible los corsarios liga
a su indomable voluntad de hierro?
¿Qué magia, con la cual en vano luchan,
les fascina? El poder del pensamiento:
fuerza oculta en el fondo de la mente;
de afortunado triunfo hija primero,
y que después constante el genio osado
hábil conserva con tenaz empeño.
Ella a la firme voluntad de un hombre
quizás sujeta humilde todo un pueblo,
que en sus hazañas y gloriosos triunfos
es sólo de su mano el instrumento.
Así a los elegidos de la suerte
siempre los hombres se humillaron siervos:
¡Es el destino del mortal! Mas guarte,
guarte, esclavo feliz, que para el genio
con duro esfuerzo sin cesar te afanas.
De envidiar loco a tu insensible dueño,
¡ay!, si del yugo que dorado oprime
su sien erguida, te agobiara el peso,
de tu humilde dolor la carga leve
pidieras otra vez cansado al cielo!



- III -

                                  No cual los héroes es de antigua raza,
de alma infernal, mas de beldad divina,
el misterioso capitán: su aspecto
no la curiosa admiración excita;
só las negras pestañas, solo un rayo
de oculto fuego concentrado brilla.
No iguala a la de un Hércules su talla;
mas fornido es y fuerte, y quien le mira
con tranquila atención, algo descubre
de superior en él. Todos admiran
la honda impresión que su mirada causa,
que todos sienten y ninguno explica.
El sol ardiente que las playas dora
quemó en largas jornadas sus mejillas;
pálida y ancha es su serena frente,
y su abundante cabellera riza
medio la cubre; irónicos sus labios,
los pensamientos que ocultar ansía
a su pesar descubren desdeñosos.
De sus facciones las marcadas líneas
y de su tez cambiante los matices
atraen y turban a la par la vista;
y parece que ocultos pensamientos
en su alma incierta confundidos lidian.
Mas su secreto es ese: su mirada
los ojos que atrevidos la examinan
hace al punto bajar, que el de sus rayos
pocos audaces sostener podrían
el encuentro fatal que el alma hiela.
Vaga en sus labios infernal sonrisa
que cólera y espanto al par provoca:
y donde su mirada cae sombría
las alas tiende la Esperanza y huye,
y eterno adiós la Compasión suspira.
   ¡Cuán débil del culpable pensamiento
es el signo fugaz! Honda guarida
del escondido corazón los pliegues
son al genio del mal. Cuando palpita
el dulce amor en nuestro pecho, el alma
feliz irradia el fuego que la anima
y alegre su pasión publica al mundo:
el odio, la ambición y la perfidia
sólo en sonrisa amarga se revelan.
Labio que arquea leve la ironía,
ligera palidez que mate cubre
faz observada, signos son que indican
de profunda pasión oculto fuego.
Sólo en la soledad sorprenderías,
invisible testigo, sus afanes.
Entonces en la marcha interrumpida,
en los ojos que al cielo se levantan,
en las cerradas manos convulsivas,
en el pálido rostro contraído,
en las pausas que cortan su agonía
cuando el culpable súbito se vuelve
y sueña escuchar pasos, y que espían
el vago afán de sus terrores piensa,
en el fuego que inflama sus mejillas,
en el frio sudor que su sien baña,
de su alma enferma los misterios mira,
si hacerlo puedes sin temblar. El sueño
es ese que tras ásperas fatigas
le da el reposo. El corazón ya mustio
en abandono y soledad se agita
de un pasado fatal con el recuerdo.
Contempla su alma. -¡Oh!, no; ¿quién osaría
siendo sólo un mortal, clavar los ojos
del corazón humano en la honda sima?
   Y no a ser jefe de piratas rudos
del negro crimen en la odiosa vía
nació al mundo Conrado: su alma noble
sufrió tenaz violentas sacudidas
antes que al hombre declarando guerra
del cielo airado renegase altiva.
Del desencanto en la infecunda escuela
vio la llama apagarse de su vida:
para humillarse en demasía austero,
para ceder soberbio en demasía,
cual predilecta víctima, en el mundo
blanco juzgose de traidoras iras.
Y cual causa fatal de sus tormentos
su altanera virtud maldijo un día,
en vez de maldecir a los que infames
del abismo arrastráronle a la orilla.
Si de sus beneficios el tesoro
de los ingratos a la turba indigna
el prodigado imprevisor no hubiera,
conservara tal vez su propia dicha;
mas no lo quiso ver: y calumniado
cuando feliz su juventud hervía,
odio insensato a los mortales lento
creció en su corazón; de voz divina
creyó escuchar la vocación sagrada
que de soñadas culpas vengativa,
sobre el linaje humano le arrojaba
cual rayo de su cólera encendida.
Sintiéndose culpable, más culpables
juzgaba a los demás: hipocresía
llamando a la virtud, imaginaba
que en el secreto de cobarde intriga
ocultaban al mundo los honrados
lo que él osaba al resplandor del día.
Detestábanle: nada le importaba;
los mismos que le odiaban, a su vista
temblaban de pavor. Sólo de orgullo
nutriendo en hondo afán su alma egoísta,
quiso al desprecio inaccesible hacerse
de su altivez sobre la agreste cima.
Espanto siembre su temido nombre;
despierte su valor ansiosa envidia;
ódienle enhorabuena; mas que nadie
se atreva a despreciarle. -El hombre pisa
débil oruga, mas el pie detiene
si enroscada culebra ve dormida:
el gusano levanta la cabeza
mas no su muerte venga; el áspid silba,
enlázase al contrario moribundo,
el dardo ponzoñoso airado vibra,
y muere, sí; pero vengado muere,
y aunque aplastan su frente, no le humillan.
   Siempre el alma culpable oculto un resto
conserva de virtud: cándido brilla
entre odios acres sentimiento puro
de Conrado en el alma. El mundo indigna
juzga del hombre esa pasión de niños
que es quizá objeto de su mofa impía;
Conrado empero resistiera en vano
a ese afecto que tierno le domina,
al que de Amor el lisonjero nombre
negar no puede su altivez esquiva.
Sí; un amor es, sereno, inalterable,
que no enturbió jamás nube sombría,
jamás! En vano a sus audaces ojos
presentábanse hermosas cien cautivas:
sin despreciar adusto sus encantos,
sin pretender amante sus caricias,
pasaba por su lado indiferente.
Cariñosas, de amor languidecían
las beldades en vano en sus cadenas;
jamás en su fatal melancolía
la más ociosa de sus largas horas
quiso en sus brazos abreviar. Si digna
es del nombre de amor firme ternura
en vano tenazmente combatida
por el dolor, la ausencia y la desgracia;
noble pasión que el tiempo no amortigua,
que lucha audaz con la contraria suerte,
que nunca suspiró queja furtiva
en los tormentos del dolor; alegre
siempre al regreso, siempre a la partida
la ansiedad del amante reprimiendo
porque a su tierna amada no le aflija;
afecto puro nunca desmentido,
que nunca el tiempo aminorar podría:
si eso se llamaba amor, Conrado amaba,
era en verdad muy criminal; inicuas
sus hazañas; sus odios infernales:
no así aquella pasión. La mano fría
del crimen duro al apagar su alma
sólo de fuego le dejó una chispa:
de todas las virtudes la más dulce
aún arde de su pecho en las cenizas.


- IV -

                                  Detúvose un momento pensativo,
hasta que vio a lo lejos los piratas
lentos perderse en la torcida senda.
Y entonces exclamó: «¡Nuevas extrañas!
mil riesgos afronté, y hoy este riesgo
paréceme el postrero. La esperanza
abandonó mi corazón; mas firme
no cederá rendido en la batalla
mi incansable valor, ni mis soldados
desmayar me verán. Empresa es ardua
al encuentro correr del enemigo;
mas precavamos su feroz venganza:
a atacarnos no venga, y este asilo
sangrienta escena de sus iras haga.
¡Oh! Si mi plan obstáculos no encuentra;
si la fortuna nos sonríe grata,
verterán sus esposas llanto acerbo
en torno de sus piras funerarias.
Quizás incautos duermen: ¡que los sueños
con los halagos de su dulce magia
les acaricien! Con fulgor más vivo
nunca los despertó risueña el alba,
que el luminoso incendio que esta noche
entre las sombras vibrará sus llamas.
¡Vientos, sednos propicios! ¿Y Medora...?
¡Oh, débil corazón! Que al menos su alma
no agobie el peso que la mía oprime.
¿Por qué mi osado espíritu desmaya?
¡Y valiente yo fui...! ¡Mérito escaso
do valientes son todos! También clava
su aguijón el insecto y audaz lucha
cuando una fuerza superior le ataca.
Propio del hombre al par y de la fiera,
ese vulgar valor que el riesgo inflama
bien poco es para mí: más altos fines
ansió lograr un día mi constancia.
Con serena firmeza y bravo arrojo
a luchar enseñé a mi corta banda
contra crecida hueste; la conduje
con sagaz tino al triunfo que comprabas
escasas gotas de su sangre...Y ahora
más recurso no resta; ya no basta
mi ciencia perspicaz. ¡Victoria o muerte!
Pues bien; venga la muerte: no me espanta.
Mas ¿llevar a esos fieles compañeros
a cierta perdición...?¡Oh! ¡Jamás nada
mi destino importome; mas mi orgullo
cuánto, cuánto sufriera, si asechanza
a mis pies escondida me burlase!
¿Debo mi vida y mi poder y fama
así a un albur jugar? ¡Duro destino!
Conrado, acusa a tu demencia infausta;
al destino no acuses: el destino
aún tiene tiempo de salvarte. ¡Aguarda!
   Así, consigo hablando, distraído,
a la cumbre trepó, do coronaba
verde colina su soberbia torre.
Detúvose al umbral de pronto: su alma
el timbre melancólico y sonoro
de la voz dulce que jamás le cansa
hirió fascinador. Entre los hierros
que protectores cierran la ventana,
brotaba triste su armonioso acento
que iba a perderse en las tranquilas auras,
y así del tierno pájaro cautivo
decía el canto que entonó en la jaula:
   Mi corazón en misteriosa calma
dulce secreto de placer oculta;
cuando me miras, te lo dice el alma;
y luego allá en su fondo lo sepulta.»
   «Luz que no apaga las tinieblas arde
con tibios rayos en el alma mía.
Si inútil es que sus destellos guarde,
¿por qué así en lucha con la sombra fría?»
   «Sin consagrarme un triste pensamiento
no pases por delante de mi tumba:
lo que en mi amarga soledad más siento
es que me olvidarás cuando sucumba.»
   «Oye piadoso mi postrer gemido:
el valor no te veda que me llores.
Ven, y lo único dame que te pido:
¡Una lágrima premie mis amores!»
   Pasó el umbral; por corredor oscuro
entró Conrado en la escondida estancia
cuando de la canción la postres nota
en la bóveda estrecha resonaba.
-«¡Cuán triste es tu cantar, Medora mía!
-¡Alegre piensas que en tu ausencia amarga
pudiera resonar! Aun cuando lejos
no escuchas nunca mis cantares, mi alma
en sus acentos dócil se revela;
eco son de mi pecho sus palabras,
y aunque cierre mis labios el silencio,
mi amante corazón no mudo calla.
En solitario lecho, cuántas veces
de borrascosa tempestad las alas
dieron mis sueños al dormido viento,
y el blando soplo que la costa halaga
en mi mente zumbó como el mugido
que amenazante el huracán presagia,
y escuché al dulce son de su murmurio
de canto funeral la voz aciaga
que tu muerte llorando, tu cadáver
flotar hacía en las inquietas aguas!
Y saltando del lecho temerosa,
iba a ver si la luz ya vacilaba
del faro amigo en la elevada torre,
y temiendo que manos mercenarias
dejáranla morir, yo cuidadosa
daba alimento a su propicia llama.
Largas horas, insomne, de los astros
en el sereno azul la lenta marcha
con los ojos seguía, y esperando
la brisa que precede a la mañana
con soplo fresco, a la tardía aurora
llamaba loca en mis mortales ansias.
Y tristes sus destellos las tinieblas
rompían... ¡y a mi lado tú aún no estabas!
Por la llanura de la mar tendía
humedecida en llanto la mirada,
y ni mi acerbo lloro, ni mis votos
me hacían ver en la extensión lejana
del horizonte límpido, de un buque
brillar sobre el azul la vela blanca.
Hoy por fin a mis ojos anhelantes
apareció en el mar ligera mancha:
era un buque; acercose, pasó. Y otro
llega después y vira hacia la playa:
¡ay! ¡Aquél era el tuyo! Que no tornen
esos días, Conrado: dulce calma
en este grato albergue la paz brinda;
ricos tesoros escondidos guardas;
y el cielo puro que risueño brilla
y el campo fértil con sus verdes galas,
a terminar aquí la errante vida
en el reposo del placer te llaman.
no los peligros temo; bien lo sabes:
sólo tiemblo por ti, cuando te lanzas
huyendo de mis brazos, a la muerte.
¡Oh!, profundo misterio encierra tu alma,
que tan dulce conmigo, su ternura
tenaz reprime y su pasión contrasta.
-Sí: ¡misterio profundo! El desengaño
envenenó mi vida, y de heces agrias
llenó mi corazón: hollarle quiso
del hombre cruel la desdeñosa planta
cual inerte gusano, y rencoroso
víbora levantose a la venganza.
Otro bien no le resta al alma mía,
Medora, que tu amor: jamás de la alta
región serena de los cielos vino
rayo de compasión e iluminarla,
este odio al mundo que te aflige tanto,
de mi amor forma parte: están en mi alma
estos dos sentimientos tan unidos,
que entrambos morirán si los separan;
y el día que a los hombres amar pueda
te dejaré de amar. Pero, no; nada,
nada temas, Medora; mi pasado
harto ya te asegura mi constancia.
Tuyo es mi porvenir. Mas hoy de nuevo
al rigor de la suerte, resignada
cede, querida mía; aún es preciso...
oh, mi ausencia esta vez no será larga,
aún es preciso separarnos.-¡Cielos!
Bien lo previó mi corazón: ¡cuán raudas
de mis sueños de amor las ilusiones
vi los cielos cruzar de la esperanza!
¡A estas horas partir...! ¡Oh!, no es posible,
sujeto apenas de la inmóvil ancla
duerme ese buque en el tranquilo golfo;
y el otro aún en la mar... ¿Ves cuál descansan
de la ruda fatiga los morinos
al sol tendidos en la extensa playa?
En vano quieres que a afrontar se arrojen
de nuevo tras de ti la mar contraria.
Tú burlas, amor mío, mi flaqueza,
y en combatir mi espíritu te ensayas
y en templarlo al peligro; mas no irrites
un débil corazón que tanto te ama
y tu sangrienta mofa mataría.
Calla, Conrado de mi vida, calla:
ven y feliz dividirás conmigo
de tu frugal festín la mesa parca
que complacida preparé; y bien poco
tu sobriedad nuestros desvelos cansa.
Pero, mira, Conrado; complacida
yo la fruta escogí más sazonada,
aquélla que con tintas más hermosas
brillar he visto en las fecundas ramas.
Para buscar la fuente que más frescas
vierte en puro raudal sus linfas claras
tres veces de los próximos collados
he recorrido la umbrosas faldas
Verás cuán dulces tus sedientos labios
refresca hoy el sorbete. ¿No te agrada
verle brillar en el tallado vaso
de límpido cristal? Jamás embriaga
de la fecunda vid el jugo ardiente
tu pecho austero: cuando alegre pasa
de mano en mano en el festín la copa,
sobrio cual musulmán, de ti la apartas.
Ven; dispuesta la mesa, ya te espera;
y la encendida lámpara de plata
no teme, llena de dorado aceite,
las sombras densas que la luz apagan.
La mesa alegre, a tu servicio atentas,
circundarán mis jóvenes esclavas,
y entonaré con ellas dulces cantos,
o enlazaremos armoniosas danzas.
Si quieres que tu espíritu adormezca,
las cuerdas vibraré de mi guitarra
tan dulces a tu oído; y si no quieres,
en el libro de Ariosto, las desgracias,
de la infeliz Olimpia leeremos,
de Olimpia, crudamente abandonada
por quien tanto la amó. Y ¡ay!, en perfidia
hora a su burlador aventajaras
si de mi lado huyeres. Y a aquel otro,
ya sabes tú quién digo: una mañana
vi a tus labios brotar leve sonrisa
cuando el isolte de la pobre Ariadna
dejonos ver el despejado embiente,
y te mostré la roca solitaria,
y te dije, temblando de que un día
mi sospecha fatal se realizara:
«¡así me dejará Conrado en su isla!»
Y feliz me engañé: con fiel constancia
Conrado ha vuelto siempre.-¡Siempre! ¡Siempre!
Y siempre volverá, ¡Medora amada!
Mientras de vida un resto en este mundo
y en el cielo le quede una esperanza,
volverá siempre a ti. Pero del tiempo
en raudo vuelo los momentos pasan
y a la hora traen de la partida. ¿Cuáles
mir proyectos hoy son? ¿A do me arrastran?
¡Ay! ¿Para qué decírtelo, Medora;
si he de acabar por la fatal palabra
que nos desune, ¡adiós! Y bien quisiera
si tiempo hubiese, revelar... ¿Te alarmas?
¡Oh!, no; por mi no temas: mis contrarios
temibles hoy no son: valiente guardia
quiero que vele de la torre en torno,
e impensados ataques burle cauta.
Sola no quedarás; nuestras matronas
y tus jóvenes siervas te distraigan
de la ausencia en las horas. Cuando torne
gozaremos por fin en dulce calma
de asegurada paz grato reposo.
Pero, ¿qué escucho? ¿Es la trompeta? Calla:
¡Oh!, sí; ya Juan dio la señal. ¡Un beso...!
¡Otro! ¡Otro más...! ¡Adiós!»
                                           Y se levanta;
y en los abiertos brazos de Conrado
ella se arroja, y con pasión le abraza;
y sobre el pecho de su fiel amante
ocultando la faz que el llanto baña,
siente junto a sus labios conmovido
latir su corazón. El clavar ansia
en los azules ojos de Medora
trémula de emoción tierna mirada,
mas no se atreve a levantar su frente
que inclina débil aflicción amarga.
La blonda, destrenzada cabellera,
cae en desorden por su esbelta espalda,
y los brazos que amante la sujetan
los rizos de oro cubren. Y se apagan
y apenas ya palpitan los latidos
en su fiel pecho que el amor llenara.
Y retumba el cañón: a los corsarios
el propicio crepúsculo al mar llama;
se ocultó el sol, y en su dolor Conrado
maldice al sol con insensata rabia.
Contra su pecho oprime enternecido
y la oprime otra vez, y no se cansa
de estrechar a la mante que en sus brazos
implora su piedad desconsolada.
Y la lleva arrastrando hasta su lecho;
la contempla un instante: en corta pausa
piensa que para él no hay en el mundo
otro bien que su amor; y en duda amarga
vacila.-Mas de pronto un beso imprime
en su pálida frente, y veloz marcha.

- V -

                                  «¿Ha partido? ¿Ha partido?», al fin exclama
Medora en sí volviendo, «¡y ha un instante
a mi lado le vi...!» Salta del lecho,
cruza con pie ligero los umbrales;
y sólo entonces un raudal copioso
brota el acerbo lloro: gruesas caen
sus lágrimas pesadas, y no siente
cómo surcando sus mejillas arden.
En su pálida faz desencajada
honda huella grabaron los pesares
que no borrará el tiempo; la luz pura
que animó sus azules ojos de ángel,
al mirar el vacío en torno suyo
parece que ya lánguida se apague.
De pronto ve a Conrado. ¡Oh Dios, cuán lejos!
resplandecen sus ojos centellantes,
y el fuego ardiente brota en sus pupilas
de una pasión frenética a raudales,
entre el río de lágrimas que pronto
volverá a renacer más abundante.
«¡Ha partido!, ¡ha partido!» Convulsiva
sus manos lleva al corazón; con ayes
después desesperados, las levanta
y al cielo pide que sus penas calme.
Clava luego los ojos en la playa:
mira las velas en la anclada nave
izar al fresco viento... ¡Y no se atreve
a ver ya más! Con paso vacilante
entra y, «¡no es sueño!» sollozando exclama:
«¡Lleno de la aflicción está ya el cáliz!
   Y sin volver atrás los ojos tristes,
de roca en roca el angustiado amante
baja veloz. Si de la senda estrecha
al seguir las revueltas espirales,
otra vez ve lo que sus ojos huyen,
la torre altiva que domina el valle,
donde querida mano, a su regreso,
amiga la saluda antes que nadie;
y a Medora, la estrella de ventura
que tibios rayos en su cielo esparce,
de ellas tenaz el pensamiento arranca:
si hoy su flaqueza le detiene frágil,
si a los bordes se duerme del abismo,
mañana al fondo rodará. Y ¿quién sabe?
¿No vale más su amor que su destino...?
¿Por qué no abandonar a los azares
de la suerte su vida, y a las olas
sus atrevidos, misteriosos planes?
Detiénese un momento; mas, resuelto,
avanza nuevamente: si un instante
el corazón del hombre se enternece,
nunca traidor vacilará cobarde
de una mujer al lloro jefe osado.
Ve por fin su bajel; ve favorable
rizar la brisa las dormidas aguas,
y levanta su espíritu arrogante.
Apresura su marcha, y cuando sordo
oye el murmullo que resuena grave,
la cadencia armoniosa de los remos,
los gritos del marino, y mira hincharse
trémula palpitando la ancha lona,
y cual adiós de despedida al aire
en la playa ondular cándidos lienzos,
y ve después el pabellón de sangre
que de su buque izado en la alta popa
ondea de la brisa al soplo suave,
Apenas puede comprender que débil
su decidido corazón temblase.
Los negros ojos encendidos, lleno
el pecho altivo de embriaguez salvaje,
cual Conrado otra vez se reconoce,
y veloz corre entre las peñas ágil,
hasta que al pie de la colina mira
extendida la playa dilatarse.
Y se detiene; no porque las auras
de la vecina mar su sien halaguen:
detiene el paso, y el transporte calma
que afectado revela su semblante,
y su severo aspecto recobrando
a sus soldados marcha a presentarse.
   Bajo máscara falsa de orgullo
de su pecho los lúgubres afanes
ocultaba Conrado cuidadoso.
La austeridad de su arrogancia grave
inoportuna indiscreción rechaza
y audaz parece que obediencia mande.
Si acaso empero el ánimo dudoso
aspira a seducir, ¡oh cuán amable
disipando el temor, la simpatía
vibra en su voz que el corazón atrae!
Mas pronto helado soplo de su pecho
parece que egoísta el fuego apague:
es que al hombre desprecia; es que a sus ojos
más la obediencia que el afecto vale.
   Su guardia fiel a su alredor se agrupa;
Juan al encuentro de Conrado sale:
-«¿Todos están a la partida prontos?
-Todos, señor, esperan en la nave.
La última lancha al capitán aguarda.
-«¡Mis armas y mi manto!» El corvo alfanje
a su cintura ciñe, y de ancha capa
en los pliegues envuélvese. «Que llamen
a Pedro.» Pedro viene, y cariñoso
a su saludo contestando afable,
le dice el capitán: -«Esta cartera
tus órdenes contiene: aquí mis planes
hallarás desenvueltos. Con fiel celo
ejecuta mis órdenes: tú sabes
ejecutarlas bien. Doble la guardia
precava previsora todo ataque;
cuando el buque de Anselmo torne al puerto
que mis mandatos cumpla. Si reinasen
vientos propicios, antes de tres días
nos verás: hasta entonces. ¡Dios te guarde!»
   Y estrechando la mano del pirata,
salta con pie resuelto al bote frágil;
y los remos armónicos golpean
las móviles oleadas, que brillantes
de fosfórica luz cúbrense. Llegan
al anclado bajel; ya sobre el mástil
el jefe reclinado, silencioso,
tiende su vista por los anchos mares.
Suena agudo un silbido, y los corsarios
roncos hacen crujir los tensos cables;
y complacido el capitán contempla
cómo, al timón obedeciendo, parte
veloz el buque del seguro puerto;
y en mirar de su gente se complace
el animoso ardor, y hasta risueño
su esfuerzo excita y su tesón aplaude,
y su mirada audaz, de orgullo henchida,
en el joven Gonzalo va a fijarse.
Mas ¿por qué palidece y débil tiembla?
¿Tan súbito dolor de dónde nace?
¡Ay!, sus ojos la torre y la colina
volvieron a encontrar...! ¡Allí su amante...!
Quizás los ojos, húmedos en llanto,
Medora en el bajel ansiosa clave:
jamás con tanto amor sintió Conrado
latir su corazón, como ahora late.
Empero comprimiéndose, desciende
al hondo camarote, y de su viaje
objeto y plan descúbrele a Gonzalo.
Lámpara amortiguada ante ellos arde;
cubren la mesa desplegadas cartas,
brújulas, catalejos y compases.
Su plática duró hasta media noche;
y parece que eterna se dilate
aún la noche después: tanto las horas
a aquellos corazones anhelantes
lentas parecen. Bajo cielo puro
las brisas respiraban favorables,
y resbalaba sobre el mar el buque
como ligero halcón hiende los aires.
   Los altos promontorios de las islas
que al paso encuentran en su curso, audaces
con veloz rumbo los corsarios doblan,
para llegar al puerto antes que rasgue
la renaciente aurora el denso velo
de las amigas sombras. Ya distantes
miran trémulas luces, y el vigía
descubre el golfo estrecho, do las naves
descansan del pachá. Y una por una
cuentan las velas, y la empresa fácil
ya juzgan, viendo en los murientes fuegos
que duermen sin temor los musulmanes.
Entre los buques enemigos pasa
el buque audaz, sin descubrirlo nadie;
y en escondido, solitario golfo,
al abrigo de un cabo, que gigante
la fantástica forma sobre el cielo
negra dibuja, silenciosa cae
al fondo oculto de la mar el ancla.
Los corsarios se aprestan al ataque;
nada de arengas vanas: se hallan siempre
en mar y en tierra prontos al combate.
Inmóvil en la popa, acariciando
su luenga cimitarra de abordaje,
con aspecto sereno y voz muy baja
les habla el capitán... ¡y habla de sangre!



- VI -

                                  De cien galeras la soberbia escuadra
en la bahía de Coron hoy flota,
y los blancos cristales del serrallo
lámparas mil con su esplendor coloran.
En nocturno festín celebra ufano
Selim-pachá la próxima victoria
en que al corsario arrancará cautivo
del hondo nido de sus negras rocas.
El lo ha jurado por Alá y su alfanje,
y ha de cumplirlo. Las vecinas costas
cubren las naves de doquier venidas,
y los marinos con canciones roncas
hieren los aires, celebrando alegres
la rica presa y la cercana gloria.
Ya se reparten fáciles cautivos,
y con desprecio a sus contrarios nombran;
los centinelas duermen descudiados
y al enemigo en sueños lo derrotan.
Los otros van dispersos por la playa
y su valor ejercitando, acosan
a los esclavos griegos; ¡digna hazaña
que la energía de los turcos honra,
sacar la espada y espantar a siervos!
Hoy se contentan con quemar sus chozas,
y compasivos derramar desdeñan
sangre que inútil su valor desdora.
Tan sólo a veces el capricho alegre
hace esgrimir sus cimitiarras corvas;
para ensayar la fuerza de su brazo
la débil hebra de la vida cortan.
En tanto esperan en bullente orgía
ligeras pasen las nocturnas horas,
que los esclavos, si su vida estiman,
gozosos digan sus canciones todas,
y que el furor no brote de sus pechos
mientras les miren dominar sus costas.
   En su palacio, en medio de los jefes,
Selim sobre un diván muelle reposa:
Ya terminó el banquete, y él aún bebe
el vedado licor en anchas copas.
En torno suyo los esclavos pasan
las tazas llenas del café de Moka;
las largas pipas con las nubes de humo
llenan la estancia y el ambiente aroman,
mientras que bailan sueltas las almeas
al agrio son de destempladas notas.
A la mañana ocuparán sus naves;
pues como el mar de noche se alborota,
mejor se duerme sobre blandos lechos
que no arrullados por movibles ondas.
Olvidan, pues, el próximo combate
hasta que nazca la cercana aurora:
ellos entonces lucharán valientes,
más por su Dios que por su propia gloria;
su número y sus naves justifican
la confianza del pachá orgullosa.
   De pronto vese tímido que avanza
el negro esclavo que a la puerta ronda,
y antes de hablar inclina la cabeza
y con la mano el pavimento toca.
-«Señor, licencia para hablaros pide
un dervis, que a la puerta llegó ahora,
y que escapó de la isla del Corsario.»
Sale el esclavo a una señal, y torna
con el santo dervis. Los brazos cruza
sobre el oscuro verde de su ropa;
su marcha es lenta y vacilante, humilde
su mirada; en su aspecto se denota
más que la edad la penitencia austera;
no el temor sus mejillas descolora;
con el cabello que a su Dios consagra
el ancha frente pálida corona.
Un capuz cubre el rostro, y llena el pecho
sólo el amor de las celestes glorias.
Modesto, mas no tímido, sostiene
tranquilo la mirada escrutadora,
de los que antes que el Pachá le hablase
mudos aguardan que el silencio rompa.

- VII -

                                  -¿De do vienes, dervis?
                                      -Hoy me he escapado
de la guarida infame del Pirata.
-¿Dónde caíste en su poder?, ¿qué día?
-Mi caique a Scalanova navegaba,
desde la isla de Skio, cuando el cielo
quiso su rumbo interrumpir: las armas
del corsario apresaron nuestras naves,
a su tripulación llevando esclava.
Yo no temo la muerte, y no tenía
riquezas que perder; sólo mi marcha
pudo una noche interrumpir. Mi errante
libertad recobré: la frágil barca
de un pescador se me brindó a la fuga:
y cumpliendo por fin esa esperanza,
hoy vengo aquí, do tu poder me escuda:
¿Quién junto a ti, oh Pachá, teme al Pirata?
-¿Y qué hace allí? ¿Sus presas y sus rocas
a defender soberbio se prepara?
¿Conoce mi intención, sabe que ansío
su nido de escorpión dar a las llamas?
-Pachá, los ojos tristes de un cautivo
al recordar la libertad pasada,
mal a su propio vencedor espían.
Yo escuché sólo en la vecina playa
el murmullo incesante de las olas
que en el negro peñón me aprisionaban.
Sólo el azul de los tendidos cielos
dorados por el sol triste miraba,
sol cuya ardiente claridad no pueden
los ojos soportar de la desgracia;
e intenté, mis cadenas quebrantando,
de mi lloro secar la fuente amarga.
Mi fácil fuga te dirá que viven
sin recordar lo que peligros llamas;
¿pudiera yo, si sospecharan ellos
burlar así su activa vigilancia?
El centinela que mi fuga ignora
no ha de dar la señal de tu llegada...
Pachá, mi cuerpo fatigó la lucha
que ha sostenido con el mar, y ansía
descanso y alimento... Me retiro;
paz a ti y a los tuyos. -Tente, aguarda:
dervis, yo te lo mando... ¿Lo oyes?... ¡Tente!
aquí alimento te traerán mis guardias:
participa también de mi banquete.
Pero una vez tu cena terminada,
escúchame y responde. ¿Lo has oído?
Detesto los misterios.»
                                   ¿Quién la opaca
sombra ha visto que rápida la frente
nubló del religioso? Su mirada
casi feroz en el diván la fija,
y desdeña el banquete que le aguarda;
pero fue sólo pasajero rayo
de una encendida y apagada rabia.
Después sentose silencioso, inmóvil,
devuelta al rostro la perdida calma;
sírvenle la comida, y él desdeña
los manjares cual fruta emponzoñada:
Y en verdad que su ayuno y su fatiga
a los glotones convidados pasman.
-Dervis, ¿qué tienes? ¿Piensas por ventura
que sea este festín fiesta cristiana?
¿Odias a mis amigos? ¿Por qué evitas
probar la sal, la prenda más sagrada,
señal de paz entre contrarias tribus,
la que embota la aguda cimitarra,
y convierte en hermano al enemigo,
a quien la tienda se abre hospitalaria?
-Delicado manjar sólo sazona
la sal, y mi alimento en la montaña
es la áspera raíz, y bebo sólo
el agua pura de las fuentes claras.
Mis votos y mi regla me prohíben
partir con nadie el pan. Si os es extraña
esta conducta, y sospecháis que sólo
sobre mi frente vuestras iras caigan;
pero por todo tu poder, por todo
el poder del sultán, mi regla santa
yo guardaré, pues temo del profeta
la cólera divina, y que mis plantas
detenga en el camino hacia la Meca.
-Haz lo que quieras, y tu regla guarda;
pero contesta a una pregunta: ¿Cuántos
son los hombres...? ¡Qué miro...! ¿No es la clara
luz de la aurora? ¡No...! ¿Qué sol, qué astro
alumbra así las adormidas aguas?
¡Como un lago de fuego resplandecen!
¡Oh Dios! ¡Traición!, ¡traición! ¡Vengan mis guardias!
¿Quién incendió mis buques? ¡Y apartado
de ellos estoy...! ¡Mi roja cimitarra!
¡Dervis maldito! ¿Por ventura eran
esas las tristes nuevas que guardabas?
¡Un espía tal vez...!; ¡prendedle, atadle...!,
   El Dervis atrevido se levanta
al repentino resplandor, y al punto
de continente y de mirada cambia.
No es un pobre ermitaño; es un soldado
que salta en su caballo de batalla.
Arroja el alto gorro que le encubre,
el largo manto que le envuelve rasga;
brilla en su mano el damasquino alfanje,
ciñe su pecho la acerada malla;
cubre su frente el casco relumbrante
con pluma negra; de sus ojos salta
el fuego de sus iras, y esa oscura
sombra de duelo que su frente mancha,
hace creer al musulmán que sea
un genio de esos a que Afrites llaman,
demonios cuyos golpes dan la muerte.
En tanto horrible el grito se levanta
del combate empezado; las antorchas
su luz uniendo a la rojiza llama
que arde en el mar; el clamoreo confuso,
el choque rudo de encontradas armas,
truecan la costa en pavoroso infierno.
Sangre en el mar y en tierra se derrama
Los esclavos huyendo, desconocen
el grito que prender al Dervis manda:
éste recobra su sereno aspecto
y oculta a todos las secretas ansias
con que la muerte inevitable espera
sólo y allí; que la señal pactada
los suyos no aguardaron, y han prendido
muy pronto el fuego a la enemiga escuadra.
Ve el terror del contrario, el cuerno coge
que al lado pende del tahalí de grana,
y a su sonido le contestan lejos.
-«¡Bien, mis valientes! ¡Bravos camaradas!
¿Cómo pude dudar ni un punto de ellos,
y sospechar que así me abandonaran?»-
Extiende el brazo y círculos ligeros
sobre su frente con su alfanje traza:
repara el tiempo que perdió, y un hombre
para espantar la muchedumbre basta.
Armas soltadas y turbantes rotos
la alfombra cubren por el ancha sala,
y apenas hay un brazo que se eleve
a defender la frente amenazada:
hasta el mismo Selim retrocediendo
y confundido de sorpresa y rabia,
huye, y aun le provoca. El es valiente,
pero el furor que su razón embarga
le impide combatir, y huye del campo,
en su dolor mesándose las barbas.
   Ya del serrallo por las rotas puertas
aquel palacio invaden los piratas,
y el musulmán, con voces plañideras,
rinde rotos alfanjes a sus plantas;
en vano siempre, que su sangre corre
de los contrarios al furor; y avanzan,
avanzan bravos do el sonido oyeron
del clarín que a su lado les llamaba.
El ay de los heridos les anuncia
que el jefe sigue su obra sanguinaria,
y dan un grito de alegría al verle
solo y sombrío en la revuelta estancia,
Corto es el parabién, pero aún más corta
la respuesta. -«Selim se nos escapa,
y ha de morir. Si ya arden sus galeras,
¿por qué ese fuego la ciudad no abrasa?»
Prontas a obedecerle cien antorchas,
del minarete al pórtico las llamas
invaden el palacio. Placer fiero
píntase de Conrado en las miradas;
pero ¿por qué se demudó su rostro?
De una mujer la voz desesperada
ha resonado, y se conmueve, al punto
el corazón que goza en las batallas.
   -«¡Oh!, derribad las puertas del serrallo,
y a esas mujeres con honor salvadlas:
pensad tenéis amantes que os esperan;
que tras la afrenta viene la venganza.
El hombre es mi enemigo: las mujeres
débiles son; debemos respetarlas.
Yo lo olvidé, y el cielo nunca olvida
de cobardía y deshonor la mancha.
Corro, vuelo; me siga quien no quiera
tal crimen cometer.» Salta las gradas,
la puerta incendia del harén, y raudo
vuela su pie sobre las rojas ascuas.
El humo aspira y rápido lo arroja
al ir cruzando estancia tras estancia.
Como él, los compañeros que le siguen
llegan a tiempo aún: cada pirata
lleva en los brazos la mujer llorosa
a quien salvó sin contemplar sus gracias.
De sus cautivas el terrible miedo
se esfuerzan en calmar; sus apagadas
fuerzas alientan, y el honor debido
a las beldades indefensas guardan:
¡tanto ha sabido transformar Conrado
en dulce paz la embravecida rabia!
Mas ¿quién es ésa que el Corsario lleva
y del furor de los combates salva?
Es del pachá la hermosa favorita
del pachá a quien Conrado inmolar ansía,
la que es en el harén reina temida
y al mismo tiempo de Selim esclava.
   Conrado apenas dirigirle pudo
su breve voz a la infeliz Gulnara,
que en esa tregua que a la guerra diera
la compasión, al ver su retirada
no seguida, el contrario se detiene,
se reúne luego y torna a la batalla.
Selim ha visto sus inmensas fuerzas,
ve de Conrado la pequeña banda,
y se avergüenza del pasado miedo
que entre sus tropas difundió la alarma.
«Alá il Alá»-con pavoroso grito
dice, y se apresta al punto a la venganza,
que aquella rabia que al pavor sucede
saciarse sólo en los combates ama.
El fuego al fuego se opondrá; la sangre
sangre pide, y espada contra espada
hará que la victoria retroceda;
que la pelea renovó la saña
y los que fueron vencedores, ahora
serán dichosos si la vida salvan.
Conrado del peligro se apercibe,
en torno suyo a sus soldados llama:
-«¡Un esfuerzo!, y el círculo rompamos
que nos encierra.» -Se unen los piratas
cansados ya del último combate;
se agrupan, forman en columna, cargan,
vacilan... ¡Todo se perdió! Ahogados
de sus contrarios en la inmensa masa,
sitiados por doquier, luchan y luchan
aún con valor, mas ya sin esperanza,
¡Ah!, sus filas se han roto, y desbandados
muerden el polvo ya. La cuchillada
postrera dan con el postrer gemido;
no el contrario, el cansancio es quien los mata;
y heraldos, aún de sus crispadas manos
pueden apenas arrancar las armas.

- VIII -

                                  Antes de que los turcos renovasen
con nuevas iras la marcial pelea,
Gulnara fue con las demás cautivas
en libertad de los peligros puesta;
y apenas pudo serenar la mente
con los temores de la muerte inquieta,
cuando la hermosa de los negros ojos
en el soldado que librola piensa.
¿Quién fue? ¿Por qué para con ellas solas
endulzó el vencedor su ira soberbia?
¿Por qué a la hermosa en lance tan sangriento
él más amable que Selim se muestra
en los momentos de mayor ternura?
Es que el pachá su corazón le entrega
como un don harto rico, y a su esclava
orgulloso a la par ama y desdeña,
mientras Conrado consoló sus duelos
como un honor que a la mujer es deuda.
-«¡Ay!, es tal vez culpable este deseo
e inútil a la par; mas yo quisiera
ver mi libertador, darle las gracias
(lo que olvidé turbada por mis penas),
darle las gracias, pues salvó mi vida,
que mi dueño cruel tan poco aprecia.»
   De pronto mira que le traen cautivo
tras recogerle respirando apenas
de entre los muertos. Lejos de sus tropas
combatió de contrarios turba inmensa,
caro cediendo el campo, y cayó herido
sin obtener la muerte que desea.
Su contrario le ve, su herida cura
y a muerte al mismo tiempo le condena,
que la venganza le excitó, y el odio
nuevos suplicios pavoroso inventa
para que ante Selim soplo por soplo
la vida se consuma que aún le resta.
¿Ese es el que ella contempló triunfante?
De su sangrienta mano entonces era
cada signo una ley: ahora está inerme,
mas no abatido, y sólo la existencia
que conserva le duele; sus heridas
son despreciables para aquél que en ellas
la muerte ansió encontrar. ¿Sólo él debía
conservar una vida que desprecia?
Él sintió lo que aquel a quien derriba
la suerte infiel de lo alto de su rueda.
sintió el temor de las torturas crueles
do muestra el vencedor su ira funesta;
pero el orgullo que instigole un día
tanto delito a cometer, le esfuerza,
y más de un vencedor que de un cautivo,
es la arrogancia altiva que demuestra.
Ni temor, ni fatiga se descubre
en su mirada límpida y serena.
La muchedumbre en vano y sin peligro
prorrumpe en gritos llenos de insolencia,
los guerreros valientes, los que han visto
a su contrario combatir de cerca,
conocen ya su brazo, y no le insultan,
que su desgracia y su valor respetan;
mientras los guardias con secreto espanto
a las prisiones de Selim lo llevan.
   Un médico le vio, no compasivo
para curarle y aliviar sus penas,
sino por ver si sufrirá el tormento,
y calcular la vida que le resta.
Cuando mañana moribundo el día
se hunda en la mar, para Conrado empieza
del empalado la tortura horrible;
y cuando el sol disipe las tinieblas
verá si en los tormentos ha guardado
la constancia del ánimo altanera.
¡Suplicio horrible! Se una a la agonía
la sed devoradora: en torno vuelan
bandas sin fin de carniceros buitres
que se disputan su cercana presa.
«¡Agua!, ¡agua!» grita el moribundo, y nadie
a ese gemido de dolor contesta:
refinamiento de odio, pues si bebe
la vida acaba y el dolor con ella.
Médico y carceleros se retiran
dejándole cargado de cadenas.
   ¿Quién explicar podrá los pensamientos
que se agitan en su alma turbulenta?
El mismo la ignora: lucha y caos
dominan nuestra enferma inteligencia
cuando confunde sus ideas todas
de lo pasado la memoria eterna.
Remordimiento, engañadoras voces
que se levantan sólo en la conciencia
después que el crimen cometiste, y gritan:
«Ya yo te lo advertí; busca la enmienda.»
¡Vano reproche!; el ánimo inflexible
esa incesante acusación subleva;
sólo el débil se dobla y se quebranta.
sí, que esta es la verdad hasta en aquellas
horas de calma, solitarias, tristes,
en que el alma a sí misma se revela,
y un pensamiento pertinaz y fijo
no a los demás entre las sombras deja;
en que el salvaje aspecto del pasado
concurre a la memoria por mil sendas.
Los sueños ya de la ambición que expira,
el amor que dolido se recuerda,
la gloria sin peligro, el soplo leve
que de esta vida mísera nos resta,
los goces ignorados, el desprecio
por quien sin gloria nos venció, la acerba
memoria de un pasado irreparable,
el porvenir que en rápida carrera
ignoramos do marcha, todo, todo
lo que jamás tan vivo se recuerda,
pero que nunca se olvidó; las faltas
que ayer pudimos cometer ligeras
y hoy crímenes son ya; la certidumbre
de un mal desconocido, que atormenta
más si es más ignorado; todo aquello
que hace temblar del hombre la conciencia,
eso es lo que se ve dentro el sepulcro
del corazón al entreabrir sus puertas,
hasta que al fin, tú, Orgullo, te levantas,
y el espejo del alma altivo quiebras.
Todo lo oculta la altivez y todo
lo resiste el valor, aun en aquella
postrera al par que irreparable caída;
pero en la hora fatal todos conservan
el amor de la vida y todos temen,
aun el que menos los descubre. ¿Espera
éste tal vez mentidas alabanzas?
¿Es por ventura el fanfarrón que muestra
valor, y huye después? No; es el que mira
a la muerte en silencio y nunca tiembla,
es el que armado desde largo tiempo
aguarda firme la final pelea,
es el que al ver la muerte ya vecina
por recibirla se adelanta a ella.
En la más alta torre del castillo
Conrado está cargado de cadenas:
como el palacio devoró el incendio,
corte y prisión la fortaleza encierra.
Conrado aguarda la cercana muerte
sin acusar de injusta esta sentencia:
igual suerte a Selim él le guardaba.
Solo está, y los recuerdos que le apenan
no han conseguido perturbar su calma;
uno sólo incesante le atormenta:
¡Medora! ¿Soportar le será dado
de su derrota las terribles nuevas?
Los brazos alza con dolor al cielo
cuando en su mente fíjase esta idea,
y mirando sus hierros, los sacude
con rabia convulsiva: luego encuentra
un punto de descanso, y se sonríe
como burlando de sus propias penas.
-«¡Voy a dormir: lo pide mi fatiga;
y que la muerte a despertarme venga!»
Hablando así, sus ojos se cerraron,
y al dulce sueño sin temor se entrega.
A media noche comenzó sus planes,
que ejecutó con infernal presteza,
porque a la destrucción le basta un soplo
para arruinar cuanto delante encuentra.
Desde que el buque le aportó a las costas,
Conrado a un mismo tiempo, él solo, fuera
Dervis, soldado, vencedor, vencido,
pirata sobre el mar, caudillo en tierra,
destructor, salvador de las hermosas
y cautivo dormido entre cadenas.
   Conrado duerme en aparente calma:
¡feliz si el sueño aquel la muerte fuera!
Duerme... mas ¿quién sobre su duro lecho
viene a inclinar la lánguida cabeza?
¿Es algún ángel que a anunciarle baja
el paraíso que al morir le espera?
No, que es una mujer, aunque al mirarla
lo dudaríais por su forma esbelta.
Una lámpara lleva, y sus fulgores
con una mano alabastrina vela,
de temor que algún rayo del cautivo
hiera sus ojos y al dolor le vuelva.
Una mujer de pálidas mejillas,
de negros ojos y de trenzas negras
cuyos rizos adorna desprendidos
con una red de blanquecinas perlas.
De hada es el talle, y con los pies desnudos
blancos como la nieve el piso huella.
¿Cómo llegar hasta el encierro pudo,
entre la sombra y rudos centinelas?
¡Ah!, preguntad más bien qué es lo que puede
oponerse al poder de una belleza
a quien amor y compasión conducen!
Gulnara insomne meditaba, y mientras
mira aún en sueños el pachá al pirata,
ella su lecho silenciosa deja,
toma el anillo de Selim, que a veces
riendo se ciñó, y confiando en esta
señal temida, se abren a su paso
del calabozo las cerradas puertas.
Rendidos del combate, adormecidos
los centinelas por las duras piedras,
al paso y a la voz que los llamaba
alzaban dormitando la cabeza
para ver el anillo, y ni la causa
ni la persona indagan que lo lleva.





- IX -

                                  Ella le mira, y asombrada exclama:
«¿Cómo descansa en paz, cuando los duelos
que él ha causado los que viven lloran?
¿Cómo yo le amo tanto? ¿Por qué el sueño
así huyó de mis párpados, y sola
he venido hasta aquí? Sí, lo confieso.
¡Mi gratitud...! ¡Para ella es ya muy tarde!
¿Qué puedo yo ofrecerle...? Mas, silencio;
se agita, tiembla, el sueño se interrumpe,
respira con fatiga... está despierto.»
Conrado se incorpora y le deslumbra
la claridad. Lo que sus ojos vieron
le pareció mentira; agita el brazo,
y el duro son de los macizos hierros
el recuerda su mísera existencia.
-¿Quién eres tú? Si no eres algún genio
celestial, me pareces harto hermoso
para el oficio vil de carcelero.
-Pirata, yo conozco el valor todo
de la acción buena que conmigo has hecho:
yo soy una mujer que tú has librado
con tus amigos del terrible incendio.
Yo no te quiero mal... vengo de noche...
no sé por qué... pero a buscarte vengo.
-Si eso es así, los únicos tus ojos
son que de este vencido se dolieron.
La fortuna a los turcos favorece;
que la aprovechen y usen de su derecho:
gracias les doy, porque antes de que muera
me han deparado confesor tan bello.»
¡Cosa extraña!, se mezcla una alegría
glacial con los extremos sufrimientos,
que no endulza el dolor de aquel instante,
que no da al corazón ningún consuelo:
sonrisa de amargura, mas sonrisa
que en muchos labios pálidos la vieron,
y hasta el cadalso repetir sus chistes
a los hombres oyó; mas no el acerbo
dolor por eso mitigaron nunca.
Sea cual fuere el triste sentimiento
que animaba a Conrado, en sus miradas
de un oculto furor brillaba el fuego;
mientras que al par alegre sonreía
y era festivo y plácido su acento:
contrario a su carácter, pues su vida
de las miserias bajo el grave peso
robar pocos instantes han podido
al combate y los tristes pensamientos.
   -«Corsario, está resuelto tu suplicio;
pero un instante de flaqueza puedo
yo aprovechar, y de Selim las iras
ablandaré: salvarte es mi deseo,
aun ahora mismo; mas tus flacas fuerzas,
las circunstancias, el escaso tiempo
que resta para el día me lo impiden.
Una demora alcanzaré yo al menos
para la ejecución de la sentencia.
No con promesas consolarte quiero,
ni una resolución desesperada
que nos pierda a los dos, ahora tomemos.
-No te fascines, pues, ni la esperanza
hagas que nazca en mi angustiado pecho.
Si no vencí, no deberé a la fuga
una existencia que por mí perdieron
tantos otros; no obstante, un ser querido
hay, a quien siempre mi memoria vuelvo.
Mis ojos cual los suyos se humedecen.
En la senda trazada, ¿cuáles fueron
mis apoyos? Mi espada, mi galera,
mi cariño y mi Dios. A éste le huyeron
mis pasos desde niño: no a su trono
la oración del temor elevar quiero;
todavía respiro y tengo fuerzas
para afrontar el porvenir adverso.
Mi alfanje lo arrancaron de esta mano
que no sostuvo bien tan fiel acero.
Mi buque, o estrellado en esas costas
yace, o es presa de tu altivo dueño...
¡Pero mi amor...! Por ella, sí, por ella
aún mi plegaria elevaría al cielo.
Único lazo que a la vida me une.
¡Cómo desgarrará su tierno pecho
oh Dios, mi muerte!... Forma tan divina
nunca, si no es en ti, mis ojos vieron!
-¡Luego tu amor es de otra...! Y ¿qué me importa?
Nada... ¡Tú la amas:..! ¡Oh!, ¡qué envidia tengo
a las que pueden apoyar felices
su blanca frente sobre amigo seno,
y que jamás el hórrido vacío
de corazones sin amor sintieron;
cuya mente jamás, como la mía,
va fantásticas sombras persiguiendo!
-Yo creí, joven, que era tu cariño
del pachá que te adora.-¡Yo al soberbio
Selim amar...! ¡Oh, nunca, nunca! En vano
por atender a su pasión me esfuerzo.
Que sólo existe amor en almas libres,
yo de muy niña lo aprendí y aún creo;
mas soy esclava, esclava favorita,
y orgullosa y feliz mostrarme debo.
¡Oh!, ¡cuántas veces me pregunta!: «¿Me amas?»
y responderle «¡No!, ¡cuánto deseo!
Que es penoso sufrir una ternura
que aversión nos inspira en vez de afecto.
Pero aún es más penoso al ser que amamos
ver cual huye, y que lleno de otro objeto,
No comprende pasión que se le oculta...!
Selim toma una mano que no entrego,
que no rehúso, y que cual peso inerte
cuando él la suelta cae. Dentro del pecho
no late el corazón ni más aprisa
ni más despacio, y como amor no tengo
ni le tuve jamás, no puedo odiarle.
Fríos mis labios, de su ardiente beso
no sienten el calor. ¡Oh!, si yo hubiese
viva pasión por él sentido un tiempo,
hoy al trocarla en odio gozaría;
pero huye sin pesar, y sin deseo
vuelve otra vez, y siempre de él ausente
está mi apasionado pensamiento.
La reflexión aumenta mi disgusto:
soy su esclava, es verdad, pero prefiero
la servidumbre a ser su esposa libre...
¡Si su amor sensual pudiese al menos,
dejándome en la fría indiferencia
buscar a sus caricias otro objeto...!
Hoy, cautivo, si finjo una ternura
que no acostumbro, piensa que ese afecto
sólo es para romper estas cadenas,
para pagar la vida que aún te debo,
para volverte a la que tierno adoras,
a la que envidio y conocer no quiero.
¡Adiós!, el día llega, y es preciso
comprar tu salvación: ¡te la prometo!
Las manos del cautivo encadenadas
cariñosa estrechó contra su pecho:
bajó la frente, la linterna apaga,
y y desparece como dulce sueño.
¿Está aún allí? ¿Conrado está ya solo?
Esas líquidas perlas que está viendo
brillar en sus cadenas, son el llanto
que Compasión y Amor sobre él vertieron!
¡Lágrimas de mujer cuánto son fuertes!
Arma de su flaqueza al mismo tiempo
son su espada y su adarga: ¡huid tal lloro!
La virtud se doblega, el sabio es necio
cuando el dolor de la mujer penetra.
De Cleopatra las lágrimas hicieron
a un héroe huir y que perdiese un mundo.
Excusemos su falta, que a ese precio
¡cuántos a quienes rinde una hermosura,
no han perdido la tierra, sino el cielo!
¡Cuántos por complacerla en sus caprichos
se han entregado al enemigo eterno!
   Ya brilló la mañana y con sus rayos
iluminó el dolor del prisionero;
pero sin arrancarle esa esperanza
que siempre guarda el porvenir incierto.
Tal vez la noche le verá ya inerte,
y en torno suyo volarán los cuervos
ávidos de su presa: ese sol mismo
su agonía ha de ver, su adiós postrero,
y al dar vida a las plantas el rocío,
descenderá sobre sus fríos miembros.


- X -

                                  De sus rayos más fúlgidos vestido
al fin de su carrera el sol traspone
las altas cumbres que a lo lejos alzan
de la Morea los enhiestos montes,
No de las nubes en el manto envuelto
como en los cielos del sombrío Norte,
sino vertiendo al firmamento limpio
su ardiente luz en puros resplandores,
sobre el cerúleo mar vibra los rayos
para que rojos sus cristales doren.
El dios augusto de la luz envía
a las rocas de Egina sus adioses,
y retardando su celeste curso,
alumbra complacido las regiones
do a su culto se alzaron los altares
que hoy entre escombros el olvido esconde.
De las montañas la extendida sombra
veloz avanza, y los risueños bordes
va a besar de tu golfo, ¡oh Salamina!
Del astro moribundo a los fulgores
de púrpura se tiñen las colinas,
y en mar de luz parece que se borren
sus inciertos contornos, y suspenso
entre los cielos y la tierra, entonces
tras los collados de la antigua Delfos
va pausado a ocultar su disco enorme.
   Quizá en una tarde tan serena,
reina orgullosa de la Grecia noble,
su última luz en los marmóreos muros
de tus templos, oh Atenas, reflejose,
cuando tendía su postrer mirada
con majestad augusta al horizonte
el mejor de tus hijos. ¡Con qué anhelo
los discípulos fieles del grande hombre
los últimos instantes de su vida
miraban con la luz morir veloces!
¡Tened, tened! en la lejana cima
Helios aún brilla, dominando al orbe
y de la eterna despedida deja
que la ansiedad amarga se prolongue.
¡Oh, cuán sombríos sus serenos rayos
son a los ojos del dolor! Los montes
que de luz el ocaso siempre viste,
de sombra hoy cubren sus gigantes moles.
De negro luto fúnebre sudario
parece que afligido Febo arroje
sobre los dulces, extendidos campos
de los que siempre sonrió a las flores.
Y aun antes que su luz la alzada cumbre
del alto Citeron a Atenas robe,
en el pecho de Sócrates la copa
vierte el fatal licor; los lazos rompe
de la vida su espíritu, y al cielo
raudo vuela inmortal, al cielo a donde
por tan heroica muerte libertada,
jamás alma tan pura remontose.
   ¡Mirad! Desde la cima del Himeto
la casta reina de la oscura noche
su silencioso imperio en paz domina.
De su frente de plata, los vapores
de la tormenta présagos, no manchan
la pálida beldad. Alzan inmobles
su chapitel al cielo las columnas
reflejando los tibios resplandores;
y de trémulos rayos coronadas
en las mezquitas sobre esbelta torre,
de su celeste compañera irradian
la luz las medias-lunas. Y los bosques
do entre viejos olivos el Cefiso
cual ágil sierpe murmurando corre,
y los cipreses fúnebres, y el quiosco
con sus doradas cúpulas de cobre,
y la palma del templo de Teseo
que dando al aire su follaje dócil
solitaria se eleva y entre ruinas
triste parece que el pasado llore,
con magia irresistible del viajero
llaman los ojos, la atención absorben.
¿Qué corazón al misterioso encanto
de aquel sublime cuadro no responde?
¿Quién de la inspiración la voz sagrada
dentro del alma resonando no oye?
Allá en el fondo brilla el mar Egeo:
Su voz apaga la distancia; móvil
mece callado sus inquietas aguas
que de los elementos cansó el choque;
y allá a lo lejos sus hinchadas olas
de azul sombrío, sin fragor se rompen
contra la adusta frente de las islas
que el mar parece que enlazadas borden.
   ¿Por qué vuela hacia ti mi pensamiento,
hermosa Atenas de inmortal renombre?
¡ay!, sin que todo lo que el alma llena
la sombra excelsa de tu gloria borre,
nadie puede tender la vista absorta,
sobre tus mares, ni escuchar tu nombre.
¿Cómo un poeta que distancia y tiempo
no apartan de esa cuna de los dioses,
do de las bellas Cícladas los mares
de su alma son el único horizonte,
te negaría su cantar, y cómo
olvidarte pudiera? El rudo islote
del Corasrio fue tuyo un tiempo, ¡oh Grecia!,
y aun ahora lo es también: los aquilones
y las olas del mar sólo le baten,
y audaz la libertad reina en sus montes.



- XI -

                                  Cuando el poniente sol al alto faro
dio sus adioses últimos, en sombra
más que la noche y sus tinieblas densa,
el pensamiento hundiose de Medora.
Nació y ha muerto el sol del tercer día
y aún no Conrado a su regazo torna.
No amenaza borrasca nube alguna;
débil el viento más propicio sopla;
y la nave de Anselmo tornó al puerto
y en vano surcó intrépida las olas
en busca de su jefe. ¡Ay!, la ardua empresa,
aunque siempre al Pirata peligrosa,
si este buque aguardaran los corsarios,
coronárala acaso la victoria.
Ya refresca el crepúsculo la brisa:
sentada inmóvil en las duras rocas
Medora triste en su aflicción suspira.
En la alta cumbre de la parda loma,
los ojos en la mar, la halló el ocaso,
los ojos en la mar la halló la aurora.
La noche cierra: la inquietud la arrastra
a las vecinas playas, y llorosa
por la mojada orilla al azar corre,
sin ver las olas que avanzando sordas
bañan sus pies, y lúgubres mugiendo
le dicen que huya la engañosa costa.
Pero no siente nada; nada escucha:
sopla helada la brisa, ¿qué le importa,
si más fría que el hálito del viento
la angustia heló su corazón traidora?
Tal perturbó su mente combatida
el hondo afán de tan amargas horas,
tan cierta juzga su fatal desgracia,
que si el amante que perdido llora
de repente a sus brazos se arrojase,
muerta cayera delirando loca.
Destrozado por fin un buque arriba:
los marineros con mirada torva
y con aspecto lúgubre, en la playa
silenciosos contemplan a Medora.
Mancha la sangre sus desnudos brazos;
su voz cortada la aflicción sofoca;
pocos son, y salváronse del riesgo,
pero cómo salváronse aún lo ignoran.
Y callados se miran, y cada uno
espera que otros el silencio rompan.
Medora con los ojos les pregunta;
y cuando a hablar van ellos, hablar no osan
Perspicaz ella adivinolo todo;
mas no desfalleció: sintiose sola
al dolor en la tierra abandonada;
mas aquella mujer débil y hermosa
al nivel del peligro elevar sabe
en varonil esfuerzo su alma heroica.
Mientras de la esperanza al dulce halago
su alma constante vaciló dudosa,
la dormida energía evaporose
en ternura y en lágrimas; mas hora
se concentra indomable, y en su mente
desesperado un pensamiento brota:
«Cuando nada que amar queda en el mundo,
nada hay tampoco que temer.» ¡Ay!, rota
la cadena que el hombre al mundo liga,
¡con qué osadía a combatir se arroja!
Es que esas armas que el delirio esgrime
la desesperación es quien las forja.
   -«¿Calláis...? ¿Calláis?... Tenéis razón: no quiero
ni un acento escuchar de vuestra boca.
Pero, no, no; decicime... ¡ay!, no me atrevo...
Decid, decid; en la fatal derrota,
¿qué fue de mi Conrado? -Lo ignoramos.
Apenas de la noche entre las sombras
pudimos escapar. Pero no ha muerto:
algunos, a la luz de las antorchas,
rotas sus armas y manchado en sangre,
encadenado viéronle, señora.»
No escuchó más: en su interior en vano
aún la lucha, esforzándose prolonga;
los pensamientos que evitaba, entonces
a su mente en tropel todos se agolpan.
Al alma fuerte que en febril firmeza
brava el peligro contrastó, las cortas
palabras del corsario han ya rendido.
Vacila desmayada y cae Medora
a la orilla del mar, y otro sepulcro
le evitarán tal vez las turbias olas,
si a las iras del mar no la arrancasen
ansiosos los piratas, que se asombran
al sentir que sus ojos se humedecen
y que a pesar de contenerse, lloran.
En sus mejillas, antes sonrosadas,
como la muerte hoy pálidas, arrojan
el agua amarga sus callosas manos,
y de nuevo a la vida la retornan,
y a sus siervas llamando, el cuerpo frío
en sus brazos inmóvil abandonan,
Y en solemne silencio lo contemplan
mientras en triste coro ellas sollozan.
   Y mudos los corsarios lentamente
trepando van por las agrestes rocas
y a la gruta de Anselmo se encaminan
a comenzar la relación penosa;
que siempre a los valientes fue asaz duro
contar una batalla sin victoria.
   Audaces planes que el despecho dicta
y la venganza y el furor provocan
en voz alta propuso la osadía
en aquella asamblea tumultuosa.
Quién habla de rescate y de tesoros,
quién un ataque repentino apoya;
todos de muerte y de venganza tratan,
nadie la fuga o el reposo abona.
El alma de Conrado aún se cernía
sobre los restos de su osada tropa,
y arrojaba de su isla la flaqueza
que desmayada al infortunio postra.
Sea cual fuere su destino incierto,
los que siguieron su bandera roja
le salvarán o aplacarán sus manes.
Pocos, muy pocos son; pero no importa:
que cuando fieles son los corazones
los fuertes brazos su valor redoblan.

- XII -

                                  En deleitosa cámara escondida
del rico harén en el feliz retiro,
la suerte de Conrado meditando,
sobre cojines el pachá sombrío
sentado yace. Entre el amor y el odio
sus pensamientos vagan indecisos
sobre la frente hermosa de Gulnara,
sobre la torre estrecha del cautivo,
Reclinada a sus pies la favorita
contempla inquieta con curioso ahínco
anublarse su frente, y los enojos
disipar quiere del feroz caudillo;
y mientras brilladores centellean
sus negros ojos árabes, esquivo
al suelo musulmán los suyos baja
sólo en las cuentas del rosario fijos,
en tanto que en la víctima se ceba
su oculto pensamiento vengativo.
-Pachá, te ha coronado la victoria;
favorable a tu suerte fue el destino:
tus cadenas oprimen a Conrado
y han muerto los demás. De tu enemigo
dada está la sentencia: ¡y es la muerte...!,
bien mereciola; de su suerte es digno.
Mas ¿por qué en él tus odios se encarnizan?
hora que yace a tu poder rendido,
por precio de su vida más valiera
sus tesoros comprar. No ya el invicto
Corsario será luego: derrotado,
sin oro, sin soldados, sin prestigio,
a tus fieles galeras fácil presa,
en tu poder caerá. Si hoy el cuchillo
del verdugo segase su garganta,
de sus rapiñas el caudal opimo
embarcará su banda, y a otras playas
huyendo tu furor, pedirá asilo.
-¡Oh, si por cada gota de su sangre
mágica perla de celeste brillo
cual la que adorna del sultán la frente
me ofreciesen, Gulnara; si ancho río
de arenas de oro virgen me ofrecieran
por un cabello suyo; si... ¿qué digo?,
aunque viera a mis pies cuantos tesoros
finge la fantasía en su delirio
para adornar serrallos encantados
o el celestial jardín del paraíso,
todas esas riquezas no lograran
mi venganza comprar y su castigo.!
Sólo su muerte dilató mi saña
dudosa en la elección de su suplicio,
los tormentos buscando más horribles
y los que más prolonguen su martirio.
-¡Sea!, tus iras mitigar no quiero:
justo de tu venganza es el motivo;
la clemencia imposible. Era mi intento
los tesoros comprar, hoy escondidos
de ese pirata audaz. Libre a ese precio,
no fuera libre ya: si perseguirlo
intentaras de nuevo, dispersados
por tus triunfantes armas sus amigos,
nueva derrota hiciérale tu esclavo.
-Tal vez; mas ¿juzgas de mis iras digno
un instante de vida, un solo instante
flaco ceder a mi contrario inicuo?
Y ¿por qué...? ¿Por qué tú, mujer, me pides,
sensible en demasía, el sacrificio
de mi justa venganza? Tal vez quiera
premiar tu corazón, hoy compasivo,
la piedad tierna del infiel pirata
que sólo a ti y a tus esclavas quiso
perdonar en la lucha, sin que ciego
viese que más que vuestra vida, estimo
la reclusión de vuestro oculto albergue.
Tu gratitud elogio; mas te digo,
te lo digo en verdad, que de ti dudo,
y que hoy más en mis dudas me confirmo.
Él te salvó de las voraces llamas
y en sus brazos condújote atrevido
fuera de mi serrallo... ¡tú en sus brazos!
¡Y librarle ahora quieres del peligro
y con él huir quizás...! No me respondas:
el sobresalto en tu semblante ha escrito
la confesión del crimen. Pues bien: ¡guarte,
sirena que seduces mi cariño,
guarte de mi furor! No está su vida
amenazada sólo... Otro suspiro,
otra palabra compasiva, y pronto
tú, Gulnara, también... Pero preciso
no será tal rigor. Pérfida sierva,
medita mis palabras. ¡Oh!, ¡maldito,
maldito para siempre el día sea
en que el setrallo profanado ha visto
del incendio a la luz, mi hermosa esclava,
en brazos de mi bárbaro enemigo!
Más valiera, ¡oh Alá!, que entonces muerta...
llorado hubiese yo su amor perdido:
ahora es ya tu señor quien te reprende.
Mujer ingrata, ¿sabes que el delito
no sé dejar impune, y que las alas
de la inconstancia corta mi cuchillo?
   Levantose, y saliendo a pasos lentos,
Miró a Gulmara con desdén sombrío,
y por adiós dejole una amenaza.
¡Oh! cuán poco conoces, viejo inicuo,
el corazón de la mujer, que nunca
la amenaza domó, cedió al peligro!
¡Cuán poco sabe el déspota insensato,
oh Gulmara infeliz, cuánto cariño
guarda tu corazón cuando te aman,
cuánto cuando te insultan odio altivo!
¡Pobre mujer!, su amor no comprendía:
pensaba que su pecho compasivo
llenó la piedad sólo: era ella esclava
y debía sentir por el cautivo
fraternal sentimiento, cuyo nombre
preguntarse a sí misma no ha querido.
A un impulso cediendo irresistible,
se aventuró temblando en el camino
do le detuvo del pachá el enojo;
hasta que al fin en su ánimo indeciso
la lucha comenzó del pensamiento,
que fue de la mujer siempre el martirio,
el primer eslabón de la cadena
que a los bordes la arrastra del abismo.



- XIII -

                                  En el oscuro calabozo en tanto
tras luengas horas de inquietud amarga,
girando sobre un mismo pensamiento,
logró Conrado en abatida calma
la angustia dominar, que en lucha horrible
su combatido espíritu agitara,
cuando temió, ¡funesta incertidumbre!,
que cada instante, de su muerte aciaga
el suplicio espantoso le anunciase;
y al escuchar en la vecina estancia
sonoros pasos, a su inquieta mente
en cuadro espantador se presentaban
el palo agudo o las cortantes hachas
el apalo agudo o las cortantes hachas.
Su horrible anhelo dominó: a la muerte
no estaba entonces preparada su alma;
irritose su orgullo, pronto empero,
de combatir se fatigó, y cansada
indiferente se entregó vencida
a la horrorosa prueba que le aguarda.
El hirviente calor de la pelea,
el choque y el fragor de la borrasca,
pensar no le dejaron en el riesgo.
Ahora, en su muda soledad, le asaltan
cuantas punzantes sugestiones, débil

                               del ánimo constante el fuego apagan.
No poder apartarse de sí mismo;
mirar por fin de irreparables faltas
la enlazada cadena que inflexible
a vergonzosa perdición le arrastra;
amenazante contemplar la muerte,
y no poder frenético evitarla;
buscar en vano un esforzado amigo
que su ánimo levante, si desmaya,
y que al suplicio con serena frente
y denodado corazón ir le haga;
de los contrarios la enemiga, turba
ver alredor, que con calumnia osada
su último instante empañará, manchando
de toda su existencia las hazañas;
aguardar los tormentos, que desprecia
el espíritu audaz, pero que flaca
quizás la carne resistir no pueda;
pensar que si el dolor por fin le arranca
mal comprimida queja, aquella queja
su postrera corona le arrebata,
la del valor; saber que allá en el cielo
le niegan unos hombres que usurparan
de la piedad divina el monopolio
la vida que huye a su deseo rauda;
y, lo que vale más que esa dudosa
gloria incierta, el edén que la esperanza
pinta en el mundo a la ilusión, y aroma
de puro amor dulcísima fragancia,
ver cual se desvanece, cuando al mundo
de los brazos le roban de su amada:
esos los pensamientos son que horribles
en tenaz lucha y confusión batallan
del cautivo en el ánimo dudoso;
esas son las angustias que le alarman;
ese el afán que combatir él debe;
ese el afán que combatir alcanza
¡Mas, su resignación es burla impía...!
¿Y qué le importa? No sucumbe, y basta.
   Pausado deslizose el primer día
y a la oscura prisión no fue Gulnara:
el segundo pasó, pasó el tercero;
mas sin duda el encanto de sus gracias
alcanzar pudo de su amante dueño
lo que a Conrado prometió la esclava.
Pues el sol alumbró del cuarto día
al cautivo en la torre. Nubes pardas
ya de aquel sol los últimos destellos
robaban a la tierra, y en las alas
volaba la tormenta de los vientos.
¡Con qué ansiedad de las revueltas aguas
oyó el corsario el zumbador mugido
que su sueño feliz jamás turbara!
Su voz amiga que con tierno acento
suena a su oído, su valor inflama,
y pensamientos brotan más audaces
en su turbada fantasía. ¡Oh, cuántas,
cuántas veces del mar burló las iras
de frágil buque en las ligeras tablas,
y la corriente rápida bendijo
que arrastró su bajel en veloz marcha!
Cual de fiel compañero voz querida,
murmura de amistad dulces palabras
aún su sordo rugido, pero en vano
sus roncas olas al corsario llaman.
El aire silba, y retumbando el trueno
hace temblar las sólidas murallas
del antiguo torreón; con luz incierta
relámpago fugaz la alta ventana
que fuertes cierran enclavados hierros,
rápido alumbra, y más que de la blanca
luz de la luna el macilento rayo,
es a los ojos de Conrado grata
la roja claridad: hasta la reja
su pesada cadena lento arrastra,
y la muerte invocando, entrambas manos
al cielo, opresas de sus hierros, alza,
y un rayo que clemente de su vida
rompa el ya odioso lazo le demanda.
Al par el vengador fuego celeste
atrae el hierro que infernal plegaria;
la tempestad empero indiferente
siguió en el cielo su solemne marcha
y herirle desdeñó: los estampidos
calmando fueron su estruendosa rabia
y a lo lejos perdiéronse. Conrado
mas solo viose en su desnuda estancia:
¡ay!, es que desoyendo antiguo amigo
sus súplicas, infiel le abandonaba.
   De pronto hacia su puerta leve paso
oye que precavido se adelanta
de la dormida noche en el silencio;
con agrio son escucha que resbalan
los pesados cerrojos lentamente;
las llaves giran, y -«la hermosa esclava
viene por mí» -su corazón le dice;
y un rayo le ilumina de esperanza.
Un ángel mira en la piadosa sierva
y a su recuerdo su razón se exalta
y más bella a sus ojos aparece
que el serafín que en sus visiones santas
ve entre doradas nubes el devoto.
Es ella, sí; mas ¡cuánto la desgracia
marchitó su hermosura! Vacilante
fija en el suelo la insegura planta;
y palidez de muerte su faz cubre.
Triste arroja sobre él una mirada
que su fatal destino le revela
antes que sus rosados labios abra.
   -Sí; la muerte te espera inexorable.
Para evitar el sino que te aguarda,
sólo un recurso... ¡el último!, terrible,
muy terrible en verdad, pero la amarga
agonía del palo es más terrible!
   -Mujer, tu ciega compasión es vana:
jamás quise escapar a mi destino;
ya te lo dije. Mi ánimo no cambia;
Conrado es siempre el mismo. ¿Por qué tierna
de un vencido la vida salvar ansias
justa sentencia revocando? Harto
de Selim merecí la atroz venganza.
   -¿Por qué deseo libertarte? ¿Noble
no me libraste acaso en noche aciaga
del incendio voraz y la deshonra,
más para mí temible que las llamas?
¿Por qué deseo libertarte...? ¡Oh cielos!,
a pesar de los crímenes que infaman
tu nombre aborrecido, el alma mía
de tu dolor se enterneció, pirata.
Temíate, y salvaste mi existencia:
la que la vida te debió, se apiada
de tus tormentos... ¿Apiadarse dije?,
¡oh!, no, no; con delirio te idolatra.
No me respondas, no; no quiero oírte:
no me digas que es otra la que tú amas,
y que yo en vano te amaré. ¿Qué importa?
Aunque por ti suspire enamorada,
aunque me venza en hermosura, ¿acaso
de los peligros el horror contrasta
como yo, por tu amor? ¿Y tú has creído
que el corazón de esa mujer inflama
de la pasión el fuego...? Fuera yo ella
no yacieras cautivo. ¿Así se aparta
la mujer de un proscrito de su esposo,
y solo deja que los riesgos vaya
lejos a provocar? ¿Y que hace mientras
cobarde, oculta en su retiro? ¡Calla!,
no me contestes, no; de frágil hebra
pendiente, nuestras vidas amenaza
desnudo alfanje; si en tu pecho oculto
hay de valor un resto, si aún es cara
la libertad a tu ánimo abatido,
levántante, ¡valor...! Toma esta daga
y sígueme resuelto. -¿Con los hierros
que mis miembros oprimen...? ¿De los guardas
los vigilantes ojos burlar puedo
de cadenas cargado? Tú olvidabas
que así no puedo huir; que no estos hierros
el hierro necesito de las armas.
-¡Cuán poco en mí fías! De mis joyas
sobornó el oro a los guardianes. Basta
una palabra, una mirada mía,
para que rotas tus cadenas caigan.
¿A tu encierro pudiera de otro modo
abrirse paso mi resuelta audacia?
Te vi, te amé: mi astucia desde entonces
en tu servicio sin cesar se afana.
Criminal soy, pero por ti lo he sido,
si es criminal la mano que levanta
el hierro vengador, y del tirano
la frente hiere que el delito mancha.
¡Te estremeces de horror! ¡Tiemblas cobarde...!
Débil cautivo, escúchame: Gulnara
ya no es la sierva temerosa. Viose
escarnecida, envilecida, hollada;
vengarse necesita. El acusome
cuando era su sospecha imaginaria,
cuando humilde en su odiosa servidumbre
vivía, esposa fiel, sumisa esclava.
¡Oh! ¿Te sonríes...? Créeme, Conrado;
motivo nunca di a su suspicacia:
no le era infiel ni te quería entonces.
Mas, pues, supuso sin razón mi falta,
su predicción se cumplirá: merecen
tal castigo los celos. Nunca mi alma
el amor conoció: su oro comprome;
pero por todo el oro de sus arcas
comprar mi corazón quisiera en vano,
humilleme a su yugo resignada;
mas él creyó que si al harem de nuevo
tornado no me hubiese, huyera ingrata
despreciando su amor, contigo: y eso,
eso es mentira que celoso trama.
Mas dejemos hablar a esos profetas
que la suerte merecen que presagian.
No retardó mi súplica tu muerte.
De este falso favor dale las gracias
a su barbarie que el suplicio busca
que con más lentas agonías mata.
Con la muerte también, que yo desprecio,
me amenazó su enardecida saña;
mas su loca pasión de mi hermosura
guardará los encantos, que aún no cansan
a su sed de placer; y cuando un día
de mi beldad se sacie, pronto se hallan
un esclavo y un saco, y silencioso
los muros el mar bate de este alcázar.
¿Y del capricho de insensato viejo
nací a ser el juguete? ¿Soy alhaja
que al suelo arroja desdeñoso el dueño
cuando el dorado con su roce gasta?
Te amé apenas te vi; salvarte quiero,
quiero que sepas tú que también guarda
fiel gratitud el pecho de una sierva.
Si mi vida y mi honor su injusta rabia
no hubiera vengativo amenazado
(y él jamás olvidó sus amenazas)
entonces a su amor contigo huyera,
pero mi compasión le perdonara.
Ahora soy tuya; a todo estoy dispuesta.
Sé que tú me desprecias, que no me amas;
mas tú has sido el primero a quien yo quise,
y él el primero a quien odié. Si cuánta
pasión mi alma atesora comprendieses,
no de mí huyeras; del ardor que abrasa
de las hijas de Oriente el tierno pecho
no temerías la insaciable llama:
faro de salvación es hoy su fuego
que de osados mainotas ágil barca
en el puerto te muestra. Pero incauto
duerme Selim en la vecina estancia
que atravesar debemos: es preciso
que no despierte el déspota.-¡Gulnara!
¡Jamás hasta este instante he conocido
cuánto la suerte para mí es contraria,
cuánto empañose de mi honor el lustre!
Selim es mi enemigo, mas con franca
lucha y abierta guerra, de los mares
quiso arrojar mi tropa temeraria;
y yo aprestando mi bajel guerrero
vine a buscarle con mi heroica banda.
A la muerte con la muerte respondiendo,
mi alfanje contestó a su cimitarra;
que el alfanje es el arma de Conrado,
no el oculto puñal. Quien noble salva
a una mujer llorosa, no la vida
a su contrario cuando duerme arranca.
No te libré para que tú a mi esfuerzo
a ofrecerle vinieras esa paga:
que de mi compasión digna no eras
a juzgar no me obligues. ¡Adiós!, ¡marcha
y la paz puedas recobrar...! La noche
su largo curso silencioso acaba,
la última noche de reposo... -¡Cielos!
¿De reposo...? ¡Reposo! Apenas nazca
sobre la mar el sol, tus miembros todos
en el tormento crujirán. Dictada
está ya tu sentencia; la he leído;
pero más no veré; tu muerte aciaga
me matará. Mi amor, mi odio, mi vida,
todo mi ser pende de ti, ¡pirata!
¡Un golpe, un solo golpe, y libre somos!
Si él no perece, nuestra fuga es vana;
¿cómo burlar su cólera sangrienta?
Siguiera a nuestra ofensa su venganza.
Mis injurias impunes, tantos años
de esclavitud, mi juventud gastada
en sus placeres, vengará su muerte.
Pero ya que el alfanje mejor cuadra
que el puñal a tu diestra, de mi brazo
la fuerza probaré. Gané los guardias,
y en un momento terminado todo...
¡Adiós, adiós! En la segura calma
de la paz nos veremos, o ya nunca
a verme volverás. Si se acobarda
mi mano y yerra el golpe, a un tiempo mismo
mi tumba y tu suplicio verá el alba.


- XIV -

                                  Y antes de que Conrado le conteste
desaparece cual sombra fugitiva;
él recoge sus hierros y en silencio
sigue sus pasos con inquieta prisa.
Un pasadizo tortuoso, oscuro,
cruzaron sin saber do conducía:
ni lámparas, ni guardas a su paso
el prisionero encuentra; al fin, vecina
mira una débil luz. ¿Hacia ella debe
avanzar? ¿Debe huir? Sus pasos guía
a la ventura; un fresco parecido
al aire matutino, le acaricia
la enardecida frente; y por fin llega
a una espaciosa, abierta galería.
De la noche que empieza a disiparse
la última estrella en los espacios brilla,
y otra luz de una estancia allí cercana
de repente a Conrado hirió la vista.
Se dirige hacia allá, mas de su puerta
ve una mujer salir que en torno mira...
se adelanta... se vuelve... se detiene...
¡Es ella, en fin...! Su mano no acaricia
el puñal matador, ninguna angustia
en su semblante pálido se pinta.
¡Bendito sea el corazón piadoso
que supo sofocar la ira homicida!
Conrado la contempla; ella rehúsa
mirar las luces del naciente día;
recoge atrás rizados sus cabellos
que el blanco rostro y pecho le cubrían,
cual si su frente hubiérase inclinado
a algún objeto de terror; altiva
se acerca hacia el pirata... ¡ay!, olvidada
o sin saberlo, vése en su mejilla
una pequeña mancha, mancha roja,
¡leve Indicio que el crimen testifica!
   Conrado ha combatido en cien batallas;
ha sentido las penas prometidas
a un condenado, artoz remordimiento
y tentaciones su alma mortifican;
pero jamás el hacha, el cautiverio,
ni el terror del espíritu podían
hacer latir apresurado el pecho,
parar la sangre por sus venas frías,
ni conmover su ser, como la mancha
que sobre el rostro de Gulnara mira;
mancha de sangre que a sus ojos nubla
la belleza sin par de su heroína.
«   Hecho está... ¡Fue preciso...! ¡Selim muere!
¡Caro cuestas, corsario...! ¡Aprisa, aprisa...!
Son vanos los reproches; nuestra barca está
dispuesta, y se adelanta el día.
Los hombres que he ganado, me son fieles;
las obras de mi brazo justifican
mi desos por ti... Partamos pronto,
que esta horrible ribera está maldita.»
   A una señal ofrécense dispuestos
los que Gulnara sobornó, y le libran
en silencio a Conrado de sus hierros:
sus miembros sueltos con placer agita,
como el viento fugaz de las montañas;
pero no el peso de su pecho alivian,
mayor que el de sus hierros. No pronuncia
ni una palabra, y solo se contrista.
Gulnara hace otra seña, y una puerta
oculta se abre, que el camino indica
de la ribera. La ciudad dejando
llegan por fin a la anhelada orilla
donde las olas murmurando alegres
sobre la playa amarillenta expiran.
Conrado, absorto en su terror confuso,
tras de la esclava del pachá camina:
si es que le salva o que le vende ignora;
pero inútil será que a ello resista,
cual fuera inútil resistir las penas
si es que al suplicio de Selim le guían.
Ya está a bordo: las velas redondean
los blandos soplos de ligera brisa,
y el cielo y mar sin emoción contempla,
cuando de pronto ofrécese a su vista
el negro cabo de gigantes formas
donde el ancla arrojó... ¡Dios! ¿Quién podría
describir lo que siente? ¡Aquella noche
no tuvo igual en su azarosa vida!
En ese corto espacio vivió un siglo
de terror, de esperanza y de agonía.
Del promontorio la extendida sombra
envuelve al buque, y en sus manos frías
Conrado apoya la abrasada frente,
y mil recuerdos en su mente lidian.
Todo lo ve: Gonzalo, sus amigos,
el triunfo momentáneo, la fatiga,
¡la derrota...! ¿Y Medora? ¿Aguarda acaso
aún a su amante en la desierta isla?
De pronto se estremece, el rostro vuelve
y ve solo... a Gulnara la homicida!
   Ella observa su pálido semblante,
su mirada glacial y repulsiva:
se estremece, y en lágrimas bañada
cae a sus pies, y abraza sus rodillas.
-«Perdóname, Conrado, y aunque el cielo
mi acción fatal condene... ¿Qué sería
de ti sin ese crimen...? No has oído
aún mi disculpa, ¡y mi presencia esquivas!
No soy lo que parezco... Mis ideas
ha trastornado el miedo... ¿Vivirías
si no fuera por mí...? Piensa en ti mismo
y aborrece después a quien te libra.»
   Mal juzgaba a Conrado: él en sí propio
de crimen tal la expiación declina,
y ocultamente el corazón desgarran
penas calladas que profundo anida.
Con viento favorable el buque avanza
sobre las ondas de la mar tranquilas
que juegan murmurando por la popa
y con empuje blando lo deslizan.
Lejos, muy lejos, se descubre un punto;
ya un mástil, ya una vela se divisa.
A la pequeña nave de Gulnara
en aquel buque señaló el vigía.
Despliega nuevas velas, y la prora
rápida corta el mar; veloz camina
con el terror en sus hinchados flancos.
Brilla un tiro, retumba, y la encendida
bala atraviesa sin tocar la nave
y dentro el mar al sumergirse silba.
Conrado salta, y en sus negros ojos
el contento ignorado ardiente orilla.
-«¡Mirad, mirad mi pabellón sangriento!
¡Ellos son, ellos son! ¡Su nave es mía!
No me han abandonado.» -Los corsarios
le han conocido y su saludo envían.
Botan la lancha al mar y se mantienen
a la capa. -«¡Es Conrado!»-ardientes gritan
desde el puente del buque, y nadie puede
contener de la chusma la alegría.
Rápido, satisfecho y a sus labios
brotando del orgullo la sonrisa,
le ven saltar a bordo de su nave,
y rudas sus facciones ilumina
el fuego de sus ojos. Todos quieren
estrecharle en sus brazos. Él olvida
su peligro presente y su derrota;
responde a la benévola acogida
con dignidad; abraza a Anselmo, y siente
que aún no su estrella pálida se eclipsa.
   Tras la efusión de su placer, sintieron
recobrarle sin lucha, que les liga
extraño afecto al capitán, y ansiaban
por vengarle arrostrar rudas fatigas.
Si ellos supieran que a la esclava aquella
su libertad el capitán debía,
menos escrupulosos que Conrado
para lograr su fin, reina la harían.
A Gulnara contemplan y entre sí hablan
en voz baja, y la irónica sonrisa
brilla en sus labios; y la bella sierva,
débil y fuerte a un tiempo, el rostro, inclina
turbada y ruborosa, y suplicante
vuelve a Conrado con temor la vista;
baja su velo y permanece muda,
los brazos cruza sobre el pecho y fija
su mirada en el suelo; que aunque crucen
mil sentimientos por su mente altiva,
el alma aquella en el amor tan pura,
tan llena de odio si el furor la excita,
no del rubor de la mujer, el crimen
atroz que ha cometido, al rostro priva.
   Conrado lo conoce, y, sin embargo,
siente; ¿qué debe hacer? A la cautiva
perdonará, su crimen detestando.
Sabe que el cielo con sus santas iras
castigará esa falta: olas de llanto
que de Gulnara empañan las pupilas
no bastarán para lavar su mancha;
pero la mano que causó la herida,
la misma mano quebrantó sus hierros.
Los negros ojos de la esclava mira,
y ve su frente pálida inclinarse;
la ve cambiada, débil y abatida;
ve la mancha de sangre, mas ve blancas
de dolor y de espanto sus mejillas.
Su mano toma, y tiembla aquella mano
tan dulce del amor en las caricias,
tan terrible en el odio... Al fin, Conrado
se estremece y exclama con voz tímida:
-«¡Gulnara! -mas la hermosa no responde.
-«¡Gulnara amada!»Su mirada fija
en el corsario, y rápida en su seno
sollozando de amor se precipita.
Para arrancarle de tan dulce asilo
no basta su valor; y hasta vacila
esa virtud que es la única que resta
en su alma ya... Pero Medora misma,
el beso que desflora los encantos
de su infeliz rival perdonaría:
la Compasión lo roba a la Constancia;
beso que sin amores deposita
sobre unos labios que el deseo abrasa,
sobre unos labios que al placer incitan,
de do el perfume plácido se exhala
que del amor las alas acaricia.




- XV -

                                  Llegan por fin a la isla solitaria
con las últimas luces de la tarde,
y la ensenada con alegres cantos
suena, que el viento murmurando trae.
Todo sonríe; enciéndense los faros;
la mar surcan los botes ondulantes;
los alegres delfines juguetean
sobre las olas, las marinas aves
la vuelta de sus huéspedes saludan
con sus agudos gritos discordantes.
La ansiedad del marino ya adivina
tras cada fuego que en las costas arde
los amigos que aquella luz encienden.
¡Oh, goces del hogar! Su santa imagen
de la Esperanza ante los ojos brilla
cuando los mira de los hondos mares.
   Las luces brillan en el alto faro
y en la casa del jefe, que anhelante
busca la torre de Medora en vano.
¡Cosa extraña! La hermosa siempre sale
a ver los buques que a la costa arriban,
y hoy su ventana entre las sombras yace.
¿Por qué su luz los pasos no en camina
del caro capitán? Deja la nave
Conrado y salta en el pequeño bote;
manda al remero que con prisa avance...
¡Oh, si tuviera del halcón las alas
para, cual flecha, hacia el peñón lanzarse!
De los remeros la tardanza acusa;
se arroja al mar, sus olas corta, y ágil
salta en la áspera playa, y el sendero
toma que allá conduce; parase antes,
escucha y no oye nada entre el silencio;
la oscuridad domina en tal paraje.
Llama a la puerta de la torre; llama
más fuertemente, pero no abre nadie.
¡Ni un paso, ni una voz...! Con temblorosa
mano golpea... Al fin la puerta se abre
y una figura conocida, inmóvil
vio en el dintel, mas no la que estrecharle
suele en sus brazos. De los labios mudos
de la sirvienta ni un suspiro sale.
Coge Conrado la linterna en vano,
que de sus manos temblorosas cae:
allá en el fondo de la estancia oscura
otra lámpara da luz vacilante...
A ella corre... ¿qué vio? ¿Por qué en el muro,
se apoya y teme que sus pies resbalen?
   Fija la vista, sin hablar, no cesa
de contemplar la pavorosa imagen;
sus miembros, antes temblorosos, ahora
inmóviles están. En semejante
lúgubre escena, el alma dolorida
en aumentar sus penas se complace.
¡Fue tan hermosa en vida, que la muerte
aún en su rostro muéstrase agradable!
Las blancas flores que su mano estrecha
frescas están, y aumenta los pesares
verla cual niña que dormir fingiera.
Sus párpados de nieve flojos caen,
y ocultan, ¡ay!, bajo su denso velo
el rayo aquel de su mirar brillante.
La muerte de su trono luminoso
arrojó ya la vida; eclipse grande
sufren aquellos astros cristalinos.
Parece que aún sobre sus labios vague
la sonrisa feliz de los amores.
En blondos rizos sus cabellos de ángel
hasta el seno descienden, y la brisa
de primavera en torno los esparce.
La palidez de las mejillas, todo
indica que llegó el temido trance.
¡Medora ha muerto! Aguárdale una tumba
Conrado mudo en el dintel, ¿qué hace?
   Nada pregunta: inútil la respuesta
es a quien mira el mísero cadáver
de la que tanto amó... ¡Medora ha muerto!
¿Qué importa cómo...? ¡Ha muerto! ¡Eso es bastante!
Amor de la niñez, sola esperanza
de sus mejores años, casta imagen
de aquella a quien no odió, todo le ha sido
arrebatado en infeliz instante.
El hombre virtuoso paz encuentra
en la región do penetrar no es fácil
al criminal: su orgullo le extravía;
sólo en el mundo ve penas y afanes,
y perdido su amor, perdiolo todo.
Y si esto es ilusión, ¿quién separarse
pudo jamás de la ilusión que amaba
sin sentir el dolor? ¡Cuántos semblantes
no velan mal con la mirada estoica
un corazón que afligen penas graves!
¡Cuántas ideas lúgubres no oculta
de rojos labios la sonrisa amable!
   Los que sienten con fuerza, la tortura
no pueden explicar que al pecho abate.
Convergentes a un centro y dolorosos
los pensamientos brotan a millares.
Buscáis refugio y no le halláis, palabra
sin encontrar que vuestro mal retrate.
La angustia cierta es muda: el desaliento
postra a Conrado; amortecido late
su corazón en lúgubre reposo,
las lagrimas amargas a raudales
brotaban a sus ojos, como un niño;
nadie ese llanto vio: tal vez delante
de otro jamás llorara. El llanto enjuga
el rostro vuelve y silencioso parte,
el corazón desesperado y roto.
El sol rojizo de las ondas nace
sin disipar las penas de Conrado;
llega la noche, y negros sus pesares
son más que de los cielos las tinieblas;
y es que el dolor es ciego, es que anhelante
se vuelve siempre al punto más oscuro,
no sufre guía y corre hasta estrellarse.
   Para la dulce sensación nacido
fue de Conrado el corazón: el cauce
torció el destino al río de su vida
y hacia un abismo lo arrastró insondable
pero como la gota cristalina
que por las peñas de las grutas cae,
con el grosero polvo de la tierra
dentro del pecho la sintiera helarse.
Roca fue que en la cima de los montes
resiste las violentas tempestades
y a cuyo abrigo y apacible sombra
la flor tranquila y perfumada nace,
hasta que el rayo al fin al par quebranta
endurecida roca y tallo frágil,
la débil planta sucumbió sin lucha
y seca, el viento la arrastró hasta el valle,
mientras los trozos del peñasco roto
ennegrecidos y dispersos yacen.
   Y brilló la mañana y los corsarios
hacia Conrado temen acercarse;
pero Anselmo dirígese a la torre,
que es necesario que a su jefe le hable.
No está allí, ni en la playa le distingue;
lo buscan por doquier, ¡vanos afanes!
Un sol y aun otro sol correr les vieron
y con su voz cansar los ecos: nadie
les contestó. Los montes, las llanuras,
las cavernas exploran; roto un cable
hallan por fin que sostenía un bote:
no hay duda, el capitán surca los mares,
le esperan y vendrá: ¡vana esperanza
la que en sus pechos míseros renace!
Conrado no volvió, ni ha vuelto nunca.
No hay un indicio ni señal que aclare
aquel hondo misterio: ¿ha muerto? ¿Vive?
Nadie decirlo con certeza sabe.
Los piratas lloraron largo tiempo
a quien solo ellos lloran: elevarse
fúnebre monumento viose en la isla
a la memoria de Medora. Nadie
pensó dar ni una lápida a Conrado
donde el recuerdo de sus hechos graben:
ya están grabados en sus toscos pechos.
Él ha legado un nombre a las edades
que la virtud de amor tan sólo adorne
y que mil faltas maldecidas manchen.




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